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Tu rostro mañana: 3 Veneno y sombra y adiós

Tu rostro mañana: 3 Veneno y sombra y adiós

Аннотация

    «Uno no lo desea, pero prefiere siempre que muera el que está a su lado, en una misión o una batalla, en una escuadrilla aérea o bajo un bombardeo o en la trinchera cuando las había, en un asalto callejero o en un atraco a una tienda o en un secuestro de turistas, en un terremoto, una explosión, un atentado, un incendio, da lo mismo: el compañero, el hermano, el padre o incluso el hijo, aunque sea niño. Y también la amada, también la amada, antes que uno mismo.»
    Así arranca `Veneno y sombra y adiós`, el tercer y último volumen de `Tu rostro mañana`, la grandiosa novela de Javier Marías que, por fin completa, y como ya ha anticipado la crítica extranjera, se revela como una de las cumbres literarias de nuestro tiempo. El narrador y protagonista, Jacques o Jaime o Jacobo Deza, acaba por conocer aquí los inesperados rostros de quienes lo rodean y también el suyo propio, y descubre que, bajo el mundo más o menos apaciguado en que vivimos los occidentales, siempre late una necesidad de traición y violencia que se nos inocula como un veneno. Con sus nuevos y cruciales episodios en Londres, Madrid y Oxford, con su desenlace sobrecogedor, se cierra aquí una historia que es mucho más que una historia apasionante, contada con la maestría de uno de los mejores novelistas contemporáneos, y tal vez el más profundo y arriesgado.


Javier Marías Tu rostro mañana 3 Veneno y sombra y adiós

    © 2007, Javier Marías
    Para Carmen López M,
    que ha tenido la gentileza
    de quererme seguir oyendo
    pacientemente hasta el final
    Y para mi amigo Sir Peter Russell,
    y mi padre, Julián Marios,
    que generosamente me prestaron
    buena parte de sus vidas,
    in memoriam

V Veneno

    – Uno no lo desea, pero prefiere siempre que muera el que está a su lado, en una misión o en una batalla, en una escuadrilla aérea o bajo un bombardeo o en la trinchera cuando las había, en un asalto callejero o en el atraco a una tienda o en un secuestro de turistas, en un terremoto, una explosión, un atentado, un incendio, da lo mismo: el compañero, el hermano, el padre o incluso el hijo, aunque sea niño. Y también la amada, también la amada, antes que uno mismo. Todas esas ocasiones en las que alguien cubre con su cuerpo a otro, o se interpone en la trayectoria de una bala o de una puñalada, son excepciones extraordinarias y por eso se destacan, y la mayoría son ficticias, están en las novelas y en las películas. Las pocas que se dan en la vida son impulsos irreflexivos o dictados por un sentido del decoro aún muy fuerte y cada vez más raro, hay quienes no podrían soportar que su hijo o su amada se fueran al otro mundo con la idea última de que uno no impidió su muerte, no se sacrificó, no dio su vida por salvar la de ellos, como si se tuviera interiorizada una jerarquía de vivos que ya va quedándose anticuada y pálida, los niños merecen más vivir que las mujeres y las mujeres más que los hombres y éstos más que los ancianos, algo así, así era antes, y esa vieja caballerosidad pervive en algunas personas, cada vez en menos, en los de ese decoro tan absurdo si bien se mira, porque, ¿qué debería importar el pensamiento último, el despecho o la decepción fugaces de quien un instante después ya estará muerto, sin más capacidad de decepción ni despecho ni de pensamiento? Es verdad que aún hay unos pocos que tienen esa preocupación arraigada y a los que eso importa, y que por lo tanto actúan para el testigo a quien salvan, para quedar bien ante él o ella, y ser recordados con admiración y agradecimiento eternos; sin acordarse de veras en el decisivo momento, sin plena conciencia entonces, de que nunca disfrutaran esa admiración ni ese agradecimiento, porque serán ellos quienes un instante después ya se habrán muerto.
    Y mientras él hablaba me vino a la cabeza la expresión difícilmente comprensible si no intraducible, que por eso no dije en el acto, me habría llevado un rato explicársela a Tupra: 'Es lo que nosotros llamamos vergüenza torera', me acudió al pensamiento, y en seguida: 'Claro que los toreros cuentan con un montón de testigos, una plaza entera más millones de telespectadores a veces, y puede entenderse mejor que piensen; "Yo de aquí salgo con la femoral reventada, yo de aquí salgo cadáver antes que como un cobarde, ante tanta gente que lo contaría sin fin ya para siempre". Esos toreros temen el horror narrativo más que a la peste, el mal paso último que los defina, para ellos su final sí cuenta mucho, como para Dick Dearlove y casi cualquier personaje público, me imagino, cuya historia está a la vista de todos en todos sus tramos, o en sus capítulos, hasta el desenlace que acaba marcándola entera, o que le da injusto y falaz sentido'. Y luego no pude evitar soltarlo, aunque interrumpiera con ello a Tupra, brevemente, Pero era una aportación a lo que él decía, y una manera de fingir el diálogo:
    – A eso lo llamamos en español ‘vergüenza torera'. -Y dije tal cual las dos palabras, para a continuación traducírselas-. 'Bullfighter's shame’ literalmente, o 'sense of shame'. Otro día te explicaré en qué consiste, aquí no tenéis toreros. -Pero ni siquiera estaba seguro de que fuera a haber otro día, en aquel momento. Ni un día más a su lado, ningún día.
    – Bien, pero no te olvides. No, no tenemos. -Tupra sentía siempre curiosidad por las expresiones de mi lengua sobre las que de tarde en tarde yo lo ilustraba, cuando venían a cuento y eran llamativas. Pero ahora me estaba ilustrando él a mí (ya sabía hacia dónde iba, y también él o su camino me provocaban curiosidad, más allá del rechazo al término del trayecto que preveía), de modo que prosiguió-: De eso a dejar morir a otro para salvarse hay sólo un paso, y a procurar que sea ese otro quien muera en lugar de uno mismo, y hasta a propiciarlo (ya sabes, es él o yo), tan sólo uno más y muy corto, y ambos se dan fácilmente, sobre todo el primero, lo da casi todo el mundo en una situación extrema. Por qué si no en los incendios de teatros y discotecas muere más gente aplastada y pisoteada que abrasada o asfixiada, por qué en el hundimiento de un barco hay quienes ni siquiera esperan a llenar un bote antes de descolgarlo, con tal de alejarse ellos pronto y sin carga, por qué existe esa misma expresión de 'Sálvese quien pueda', que supone prescindir de todo miramiento hacia los demás y reinstaurar de pronto la ley de la selva, que todos tenemos naturalmente asumida y a la que no nos cuesta volver ni un segundo, aunque llevemos más de media vida con ella en suspenso o manteniéndola a raya. En realidad nos hacemos violencia para no seguirla y no obedecerla en todo momento y en cualquier circunstancia, y aun así la aplicamos mucho más de lo que nos reconocemos, sólo que disimuladamente, con un barniz de civilidad en las formas o bajo el disfraz de otras leyes y regulaciones respetuosas, más lentamente y con numerosos rodeos y trámites, todo es más trabajoso pero en el fondo es la ley que rige, es la que manda. Así es, piénsalo. Entre las personas y entre las naciones.
    Tupra había dicho el equivalente inglés de 'Sálvese quien pueda', que quizá denote aún menos escrúpulos, 'Every man for himself', esto es, 'Cada hombre por su cuenta' o 'Cada uno a lo suyo': que cada uno mire por su pellejo y se ocupe de sí mismo tan sólo, de ponerse a salvo por cualquier medio, y allá se las compongan los otros, los más débiles, torpes, ingenuos y tontos (también los más protectores, como mi hijo Guillermo). En ese instante se permite implícitamente empujar y arrollar y pasar por encima soltando coces, o abrirle la cabeza con el remo al desgraciado que intente retener nuestro bote y subirse a él cuando ya se desliza hacia el agua conmigo y con los míos dentro, y nadie más nos cabe, o no queremos compartirlo ni correr así el riesgo de que nos lo vuelquen. Con ser las situaciones distintas, esa voz de mando pertenece a la misma familia o género que otras tres, las que ordenan fuego a discreción, una matanza y una desbandada, una huida en masa: la que autoriza a disparar a mansalva y sin ningún criterio, a quien uno aviste y a quien uno pille, la que insta a pasar a bayoneta o cuchillo y a no hacer prisioneros ni a dejar cuerpo vivo ('Sin cuartel', es el aviso, o aún peor, si es 'A degüello'), y la que urge a salir corriendo, a retirarse con las filas rotas e indisciplinadas, pêle-mêle en francés o pell-mell en el inglés que lo calca, es decir, en tropel o atropelladamente; o bien dispersas, cada soldado en una dirección acaso y no hay suficientes para separarlos, atento sólo a su instinto de supervivencia y desentendido entonces de la suerte de sus compañeros, que ya no cuentan y en realidad dejan de serlo, aunque vayamos aún todos uniformados y sintamos el mismo miedo en la fuga única, más o menos.

    Me quedé mirando a Tupra a la luz de las lámparas y a la luz del fuego, ésta hacía su tez más cobriza que de costumbre, como si tuviera sangre india de América -quizá sus labios eran de sioux, se me ocurrió entonces-, y más que de color cerveza se le veía del color del whisky. Todavía no había llegado a destino, acababa de iniciar su recorrido y no lo haría muy lento, y era seguro que antes o después volvería a preguntarme aquello, '¿Por qué no se puede? ¿Por qué no se puede ir por ahí pegando y matando, según has dicho?'. Y yo aún no tenía respuestas que con él valieran, debía seguir pensando en lo que nunca pensamos porque lo damos por universalmente acordado, es decir, por inmutable y consabido y cierto. Las que me rondaban la cabeza valían para la mayoría, tanto que cualquiera podía enunciarlas; pero no para Reresby, tal vez era aún Reresby o nunca dejaba de serlo y era siempre todos, a la vez Ure y Dundas y Reresby y Tupra, y quién sabía cuántos más nombres a lo largo de su vida agitada en tantos sitios distintos, aunque ahora pareciera estabilizado. Seguramente eran legión sus nombres y él no los recordaba hasta el último, o hasta el primero, quienes acumulan tanta experiencia suelen olvidarse de lo que hicieron en alguna época, o en varias. Ni siquiera hay rastro en ellos de quienes fueron entonces, y es como si no hubieran sido.
    – También hay quien echa una mano, en esas situaciones -murmuré sin el menor énfasis-. Hay quien ayuda a subir a otro al bote o quien lo saca de entre las llamas, jugándose la propia vida. No todo el mundo sale despavorido, a ponerse a resguardo. No todos dejan atrás a los desconocidos.
    Y la vista se me quedó helada en las llamas. Cuando llegamos aún había rescoldos de un fuego anterior en la chimenea, y a Tupra le costó poco avivarlo, sin duda por gusto o por ahorrar en calefacción, la noté baja, les da por economizar así a muchos ingleses, no importa si están forrados. Eso significaba que tenía servicio o que no vivía solo, allí en su casa de tres pisos que en efecto estaba en Hampstead, el lugar era casi de lujo o al menos de adinerados, quizá ganaba mucho más de lo que yo habría supuesto (tampoco me había parado a pensarlo), no dejaba de ser un funcionario por alta que fuese su jerarquía, y yo no la hacía tan alta. Así que tal vez la casa no era de él sino de Beryl y la debía a su matrimonio aún no disuelto, o más bien al primero y a un divorcio ventajoso, Wheeler me había dicho que se había casado dos veces y que Beryl se planteaba reconquistarlo por no haber mejorado en ningún aspecto desde que se habían separado. O bien Tupra contaba con otras fuentes de ingresos aparte de su profesión conocida, o los extras que le aportaba ésta ('las gratas sorpresas frecuentes, y en especie', según Peter) excedían con mucho mi capacidad imaginativa. Me parecía improbable que hubiera heredado semejante casa del primer Tupra británico y aun del segundo, uno u otro habrían sido emigrantes de algún país de escaso rango. Aunque quién sabía, quizá el abuelo o el padre habían espabilado y habían amasado una fortuna rápida, todo puede darse, acaso sucia o de usura o banca que son lo mismo, esas vuelan como relámpagos sólo que se quedan y crecen, o eran ellos los que habían hecho gran boda, inverosímilmente a no ser que ya poseyeran la sabiduría irresistible con las mujeres y fuera ésta un legado de ellos a su descendiente.
    Estábamos en un salón amplio que no era el único de la casa (había visto otro desde un pasillo, o era sala de billar tan sólo, tenía mesa con tapete verde), bien amueblado, bien alfombrado, con estanterías muy caras (eso yo sé calcularlo) y en ellas muy nobles libros costosos (eso lo sé yo ver de lejos, y de una sola ojeada), y divisé en las paredes un seguro Stubbs de caballos y lo que me parecieron un probable Jean Béraud de gran tamaño, escena de casino antiguo elegante, Baden-Baden o Montecarlo, y un posible De Nittis de dimensiones más discretas (pues también de eso distingo), escena de sociedad en el parque con purasangres al fondo, no creía que fueran copias. Alguien entendía allí de pintura o había entendido, alguien aficionado a las carreras o en general a la apuesta, y desde luego mi anfitrión lo era a aquéllas, como lo era al fútbol o al menos a los blues del Chelsea. Para adquirir tales cuadros no hay que ser multimillonario en libras ni en euros, pero sí le ha de sobrar a uno el dinero, o estar muy convencido de que va a seguirle entrando después de cada dispendio. El ambiente era más propio del hogar de un diplomático acomodado o de un profesor eminente para el que es prescindible su sueldo, de los que ejercen no tanto para ganarse la vida como para gozar de reconocimiento, que de un cargo del Ejército destinado a indefinibles y oscuras labores civiles, no olvidaba que las iniciales del MI6 y el MI5 significaban Military Intelligence; y entonces caí en la cuenta de que Tupra podía tener una graduación alta, Coronel, o Mayor, o tal vez Comandante o Capitán de Fragata como Ian Fleming y su personaje Bond, sobre todo si procedía de la Marina, del antiguo OIC que había dado los mejores hombres según Wheeler, el Operational Intelligence Centre, o de la NID que lo englobábanla Naval Intelligence División, poco a poco iba yo estudiando y enterándome de la organización y distribución de esos servicios en los libros que guardaba Tupra en su despacho y que en ocasiones yo hojeaba, cuando me quedaba solo hasta tarde en el edificio sin nombre o llegaba a él temprano para adelantar o completar algún informe, y entonces podía encontrarme a la joven Pérez Nuix secándose el torso con una toalla, porque había pasado allí la noche o eso es lo que me decía.
    Fijé los ojos cansados en el fuego que Reresby había encendido y que contribuía no poco a hacer de su salón un lugar de cuento o de encantamiento, me vino a la memoria la imagen del Londres más acogedor y en realidad infrecuente si es que no nunca existente, cómo decir, el de la casa de los padres de Wendy en la versión de Peter Pan de Walt Disney, con sus cristaleras cuadriculadas por listones de madera lacada en blanco y sus estanterías igualmente blancas, sus racimos de chimeneas y sus apacibles cuartos abuhardillados, o así recordaba yo aquel hogar visto a oscuras en la infancia, de dibujos animados tan reconfortantes que uno deseaba quedarse a vivir en ellos. Sí, era cómoda y suave la casa de Tupra, de las que ayudan a abstraerse y a apaciguarse, algo tenía también de la del Profesor Higgins encarnado por Rex Harrison en My Fair Lady, aunque la de éste estuviera en Marylebone y la de Wendy en Bloomsbury, creo, y la suya allí en Hampstead, más al norte. Quizá necesitaba de ese entorno tranquilo y benigno para compensarse y aislarse de sus muchas actividades entrecruzadas y turbias y hasta violentas, quizá su ascendencia extranjera sin categoría o sus orígenes en Bethnal Green o en otro barrio deprimente lo habían hecho aspirar a un modelo de decoración tan opuesto a lo sórdido que casi no se encuentra más que en las ficciones, para niños si son de Barrie o para adultos si son de Dickens, era seguro que habría visto esa película que salió del primero, del dramaturgo, como todos los nifios de nuestra época en cualquier país del mundo nuestro, yo la había visto un montón de veces, en el mío.
    Sacó uno de sus cigarrillos egipciacos y me ofreció, ahora era mi anfitrión y lo tenía presente maquinalmente, también me había ofrecido una copa que yo había declinado por el momento, él se había servido un oporto no de botella, sino de garrafa con medalíita colgada al cuello, como las que se pasaban velozmente los comensales (eran varias, nunca cesaban), en el sentido de las agujas del reloj, a los postres de las high tables a las que a veces era invitado por mis colegas en mis lejanos tiempos de Oxford, quizá los suyos le mandaban todavía frascas de producción propia, de las que no se consiguen en el mercado, extraordinarias. No había estado al tanto de cuánto había bebido Tupra a lo largo de la inacabable velada que aún no acababa, pero no menos que yo, suponía, y a mí no me apetecía o cabía una gota más, a él el alcohol no parecía afectarlo, o sus estragos no se hacían en él visibles. No habían sido producto de eso su aterramiento y su castigo o paliza o thrashing a De la Garza, en todo ello había actuado con precisión y cálculo. Pero quién sabía si lo habría sido la decisión de mostrarle su muerte variante -sus variadas muertes- y de dejarnos vivos a ambos para que las recordáramos siempre, rara vez coinciden la resolución de hacer algo y la ejecución del acto, aunque vayan seguidas y aun parezcan simultáneas, tal vez había tomado aquélla con la cabeza vaporosa, humeante, y se la había despejado y helado durante los pocos minutos en que yo había permanecido aguardándolo con nuestra confiada víctima en el lavabo de los tullidos, yo se la había llevado hasta allí con engaño y con la falsa promesa de una buena raya, aunque yo ignorara entonces para qué se la ponía donde me la había pedido, a la víctima, y que la promesa era un pretexto. Debía haberlo imaginado, debía haberlo previsto. Debía haberme negado a todo. Se la había preparado a Tupra, se la había servido, había acabado por tener parte en ello. Iba a preguntarle por curiosidad: '¿Era coca de verdad lo que le has pasado al pobre diablo?'. Pero, como ocurre tras los silencios, los dos hablamos a la vez y él se adelantó una fracción de segundo, para responder a lo último que yo había dicho:
    – Oh sí. Sí, claro -murmuró Reresby como con pereza-. Siempre hay quien se mira actuar, quien se ve a sí mismo como en una representación continua. Quien cree que habrá testigos que relatarán su generosa o ruin muerte y que eso es lo que más importa. O que se los imaginan si no puede haberlos, el ojo de Dios, el escenario universal, lo que tú quieras, todo eso. Quien cree que el mundo depende de sus relatores y los hechos de que se cuenten, aunque sea muy improbable que nadie vaya a molestarse en contarlos, o en contar esos concretos, quiero decir los de cada uno. La inmensa mayoría de las cosas sólo ocurren y no hay ni hubo nunca registro de ellas, aquello de lo que nos llega noticia es una porción infinitesimal de lo acontecido. La mayoría de las vidas, y no digamos de las muertes, nacen ya olvidadas y no dejan ei menor rastro, o se hacen desconocidas al cabo de un poco de tiempo, unos años, unos decenios, un siglo, eso es en realidad muy poco tiempo, tú lo sabes. Piensa en las batallas, por ejemplo, en cuan importantes fueron para quienes las libraron y a veces para sus compatriotas, de cuántas no nos dice nada ni siquiera el nombre, hoy en día ignoramos hasta la guerra a la que pertenecieron, y además nos traen sin cuidado. ¿Qué significan hoy para nadie Ulundi y Beersheba, o Gravelotte y Rezonville, o Namur, o Maiwand, Paardeberg y Mafeking, o Mohacs, o Nájera? -Este último lugar no lo pronunció como es debido-. Pero hay muchos que se resisten a eso, incapaces de aceptarse como insignificantes o como invisibles, me refiero a una vez muertos y convertidos en materia pasada, una vez que no están ya presentes para defender su existencia, para gritar: 'Eh, que estoy aquí. Puedo intervenir y tener influencia, hacer el bien o causar daño, salvar o afligir, y hasta torcer el curso del mundo, puesto que aún no he desaparecido'. -'Soy aún, luego es seguro que he sido', pensé, o recordé que lo había pensado mientras limpiaba la mancha roja de la escalera de Wheeler y su cerco no se borraba del todo (si es que había habido tal mancha, cada vez más lo dudaba), el esfuerzo de las cosas y de las personas por evitar que digamos: 'No, esto no ha sido, nunca lo hubo, no cruzó el mundo ni pisó la tierra, no existió y nunca ha ocurrido'-. Tú hablaste de esos individuos -prosiguió Reresby, que había ido tomando un extraño impulso, para elevarse-. No son muy distintos de Dick Dearlove, según la interpretación que de él hiciste. Padecen de horror narrativo, esa fue tu expresión si mal no recuerdo, o repugnancia. Temen que el final lo emborrone y lo condicione todo, un episodio tardío o último arrojando su sombra sobre cuanto vino antes, cubriéndolo y anulándolo: que no se diga así que no eché una mano, que no me arriesgué por los otros o me sacrifiqué por los míos, piensan en los momentos más absurdos, cuando no hay nadie para contemplarlos o van a morir quienes los vean, empezando por ellos mismos. Que no se propague que fui un cobarde, un desalmado, un carroñero, un asesino, piensan sintiéndose bajo los focos, cuando nadie los enfoca ni va a hablar jamás de ellos, por su poca importancia. Serán vivos anónimos y serán muertos anónimos. Serán como si no hubieran sido. -Se quedó callado un instante, dio un sorbo a su oporto y añadió-: Tú y yo seremos de esos, de los que no imprimen huella, dará lo mismo lo que hayamos hecho, nadie se ocupará de contarlo, ni siquiera de averiguarlo. No sé tú, pero yo no pertenezco a esa clase de sujetos, los que son como Dearlove aunque no sean celebridades sino todo lo contrario. Hablaste de ellos. Los que padecen el complejo K-M, según nuestra jerga, en alguna de sus modalidades. -Se paró, miró de reojo a la lumbre y agregó-: Yo sé que soy invisible, y lo seré aún más cuando esté muerto, cuando ya sólo sea materia pasada. Materia muda.
    – ¿K-M? -pregunté, pasando por alto sus últimas frases proféticas o vaticinadoras-. ¿Y eso qué es, Matar-Asesinar? -Hablábamos en el inglés con él obligado, luego dije 'Killing-Murdering’ así sí coincidían las iniciales.
    – No, no significa eso, aunque podría, no se me había ocurrido -respondió Tupra sonriendo muy levemente á través del humo-.Sino Kennedy-Mansfield. El segundo apellido fue un empeño de Mulryan, al que siempre fascinó la actriz Jayne Mansfield, era su favorita desde la infancia, apostó a que perduraría en la memoria de todo el mundo y no sólo por su singular muerte, se equivocó de plano. La verdad es que era el sueño de cualquier niño o adolescente, ¿no? Y de cualquier camionero. ¿La recuerdas? Seguramente no -siguió sin darme tiempo a contestarle-, lo cual demostraría aún más lo inapropiado y gratuito, lo exagerado de su M para dar nombre a ese complejo. Pero bueno, así lo llamamos ya desde hace tiempo, es la costumbre, y casi siempre es para uso interno. Aunque no creas -rectificó-, así han acabado llamándolo algunos altos cargos, por contagio nuestro, y hasta ha aparecido el término en algún libro.
    – Creo que sí recuerdo a Jayne Mansfield -dije aprovechando una mínima pausa.
    – ¿Ah sí? -Tupra se mostró sorprendido-. Bueno, tienes edad para ello, pero no sabía si en tu país se llegaban a ver esas películas frivolas. Durante la dictadura.
    – En lo único en que no estábamos aislados era en el cine, a Franco le encantaba y tenía su propia sala en El Pardo, el Palacio en el que vivía. Veíamos casi todas las películas, excepto unas pocas que la censura prohibía terminantemente (no para él, desde luego: le gustaba escandalizarse, como a los curas, y admirarse de las infamias del mundo exterior, de las que nos protegía). Otras las proyectaban cortadas o con los diálogos cambiados en el doblaje, pero la mayoría se estrenaban. Sí creo recordarla, a Jayne Mansfield. No es que se me aparezca ahora mismo su cara, pero sí su estampa. Una rubia platino voluptuosa, ¿no?, llena de curvas, hacía comedias en los años cincuenta o quizá sesenta. Bastante tetuda.
    – ¿Bastante? Santo cielo, no la recuerdas en absoluto, Jack. Espera, te voy a enseñar una foto divertida, la tengo por aquí a mano. -No le costó mucho a Tupra encontrarla. Se levantó, fue hasta un estante, agitó los dedos como si fuera a activar con tiento la combinación de una caja fuerte y sacó de él lo que parecía un libro grueso pero resultó ser una caja de madera y no metálica, que se fingía un volumen. La tumbó, la abrió allí mismo y rebuscó un par de minutos entre las cartas que guardaba, a saber de quién serían, para tenerlas tan localizadas, tan cerca. Mientras lo hacía arrojó ceniza a la alfombra, el pulgar contra la boquilla de su Rameses II, como si no importara. Contaba con servicio, seguro. Permanente. Por fin extrajo una postal de un sobre, con cuidado, el índice y el corazón haciendo pinza, me la acercó-. Aquí está. Mira. Ahora la recordarás mejor, con toda nitidez. En cierto sentido es inolvidable, si la descubrió uno de chico. Puede comprenderse la fascinación de Mulryan. Nuestro amigo ha de ser más lujurioso de lo que parece. Sin duda privadamente. O lo fue en su tiempo -añadió.
    Cogí la foto en blanco y negro con los mismos dedos que Tupra había empleado, y en efecto me hizo sonreír al instante, mientras él me la comentaba con palabras similares a las de mi pensamiento. Sentadas a una mesa, codo con codo, en plena cena o antes de empezar o a los postres (hay unos tazones que desorientan), dos actrices entonces célebres, a la izquierda de la imagen Sofía Loren y a la derecha Jayne Mansfield, su rostro dejó de serme desvaído nada más volver a verlo. La italiana, que precisamente nunca fue plana sino exuberante -otro sueño de muchos, de duración larga-, luce un muy púdico escote y mira de reojo pero indisimuladamente, las pupilas se le van sin poder dominarlas, como con mezcla de envidia, perplejidad y susto o es decir con incrédula alarma, los pechos mucho más abundantes y descubiertos de su colega americana, en verdad llamativos y destacados (hacen aparecer exiguo su busto, por contraste), y aún más en una época en la que la cirugía aumentativa era improbable, o infrecuente en todo caso. Las tetas de Mansfield, hasta donde puede de juzgarse, se ven naturales, sin rigidez, sin hieratismo, con blandura grata y movimientos imaginables ('Ojalá me hubieran tocado unas así a mí esta noche y no las rocosas de Flavia', pensé fugazmente), y debieron de ser apoteósicas en aquel restaurante romano o americano, quién sabe, meritoria la impasibilidad del camarero que se divisa entre las dos, al fondo, sólo la figura, la cara le queda en sombra, aunque cabría preguntarse si no utilizaba su servilleta blanca como escudo o como pantalla. A la izquierda de Mansfield hay un comensal masculino de quien sólo se ve una mano que sujeta una cuchara, a él se le debían de fugar los ojos hacia su derecha tanto como los suyos a Loren hacia su izquierda, con distinta avidez seguramente. A diferencia de ésta, la rubia platino mira de frente a la cámara con sonrisa cordial un poco helada, y si no con despreocupación -es bien consciente de su muestrario-, sí con tranquilidad absoluta: ella es la novedad en Roma (si es que están en Roma), y a la gloria local la ha hecho menguar, la ha convertido en pacata. Una mujer guapa de rasgos, Jayne Mansfield, sí me alcanzó un recuerdo de infancia y con él acudió un título, La rubia y el sheriff: grande la boca y los ojos grandes, toda ella belleza vulgar y grande. Para niños, era cierto; también para mucho adulto, como yo mismo.
    Esto decía Tupra y esto pensaba yo, mientras él me iba ilustrando. Intercalaba risas breves, le hacían gracia la foto y la situación, y es verdad que la tenían.
    – ¿Puedo mirar cómo la titularon? ¿Puedo darle la vuelta? -le pregunté, no fuera yo a ver sin permiso lo escrito por quien se la hubiera mandado en su día.
    – Claro, adelante -me contestó con un ademán de generosidad.

    Nada notable ni imaginativo ni chusco, la postal sólo rezaba ‘Loren & Mansfiel’, The Ludlow Collection, llegué a ver eso, no me entretuve en intentar leer lo que le habían garabateado con rotulador tiempo atrás, dos o tres frases, algún signo de admiración bromista, con una letra quizá femenina, amplia, algo redonda, mi vista cayó sobre la firma un segundo, nada más que una inicial, 'B', podía ser Beryl, también sobre la palabra 'fear', que es 'miedo' en inglés.
    Una mujer con humor, si era mujer quien se la había enviado. De hecho con un humor sobresaliente, fuera de lo común, porque una foto como esa divierte sobre todo a los hombres y por eso me reí con ganas del aprensivo rabillo del ojo de Sofía Loren, de su encogimiento y recelo ante el victorioso e intimidatorio escote transatlántico, reímos al unísono Reresby y yo con la risa que une desinteresadamente, igual que aquella vez en su despacho, cuando le hablé de los posibles zuecos del tiranuelo elegido, votado, y del estampado de estrellas patrióticas que le había visto en la camisa por televisión, y al decir yo 'liki-liki', esa palabra cómica que es imposible escuchar o leer sin querer repetirla inmediatamente: liki-liki, ya está. Me había preguntado en aquella ocasión, al reparar en las risas que tanto desarman, en la suya y la mía unidas, si en el futuro quedaría él desarmado o lo quedaría yo, o tal vez los dos. Parte de aquel mañana estaba ya aquí, y de momento, me di bien cuenta, el desarmado era yo.
    'Tiene cojones', pensé con grosería a lo De la Garza, con irritación; 'ha logrado que me ría desenfadadamente en su compañía. Hace apenas un rato estaba furioso con él y en realidad lo estoy aún, esto va a durar; hace muy poco más que he asistido a su brutalidad, he temido que matara a un desgraciado con frialdad metódica, que le rebanara el cuello sin razones de peso, si es que alguna lo puede ser; que lo estrangulara con su propia redecilla ridicula y lo ahogara en el agua azul; y he visto de cerca la paliza que le ha propinado sin recurrir a sus manos para asestarle un solo golpe, pese a los guantes puestos amenazadores.' Tupra no se había olvidado de ellos; lo primero que había hecho tras avivar el fuego había sido sacarlos del bolsillo de su abrigo y arrojarlos a las llamas con las tiras de papel toalla en que los había envuelto. Por fin se iba disipando el olor a cuero y a lana quemados o era predominante el de la leña, se habrían secado bastante desde nuestra salida del cuarto de baño de los discapacitados, 'La peste no durará', había dicho al lanzarlos con gesto casi maquinal, como depositar las llaves o las monedas al regresar de la calle. Los había conservado hasta poder destruirlos, eso no se me había escapado, y en su propia casa además. Era cauto hasta con lo que no había que serlo. 'Y ahora ya está tan tranquilo, enseñándome una foto chistosa y comentándola con jovialidad. (En el abrigo sigue la espada, cuándo va a sacarla, cuándo la guardará.) Y también yo estoy tan tranquilo, viéndole la gracia a la escena y riéndome con él, oh sí, resulta un hombre simpático, en primera y en penúltima instancia, y no podemos evitarlo, tendemos a llevarnos, a caernos bien.' (Ya no lo resultaba en la última, pero esa no solía llegar, aquel día sí.) Rastreé rápida, mentalmente (algo era algo, aunque no mucho para mi recobrado enfado) el origen de la postal. Durante unos instantes hasta había perdido de vista qué hacía allí aquella foto, y qué hacíamos allí él y yo. No era una noche para reírse, y sin embargo nos habíamos reído juntos poco después de que él se convirtiera en Sir Punishment. O en el Caballero Venganza, quizá Sir Revenge. Pero en ese caso de qué se había vengado, era un exagerado, un drástico: de una nimiedad, de una estupidez.
    Le devolví la postal, él estaba junto a mi butaca, de pie, mirando por encima de mi hombro cómo yo miraba a las dos actrices o símbolos sexuales pretéritos -uno mucho más remoto que el otro-, compartiendo o más bien contemplando mi inesperada diversión.
    – ¿Qué pasa con Jayne Mansfield? -le pregunté-. ¿Qué tiene que ver con Kennedy? ¿El Presidente Kennedy, supongo? ¿También fue amante suya? ¿No era Marilyn Monroe la que se cuenta que estuvo con él y no sé qué historia de un cumpleaños sensual? Mansfield debió de ser una imitación, ¿no?
    – Oh, sí, hubo varias -respondió Tupra mientras volvía la foto al sobre, el sobre a la caja y la caja al estante, todo en orden-. Hasta en Inglaterra tuvimos una, Diana Dors, ¿no recordarás a Diana Dors? Fue casi sólo de consumo nacional. Era más basta, aunque no fea ni mala actriz, con cara un poco de bruta y cejas demasiado oscuras para su melena rubio platino, no sé por qué no se lo tiñeron todo igual. Yo la conocí, ya cuarentona; coincidíamos en locales del Soho que estaban de moda, a finales de los años sesenta o en los primeros setenta, ya empezaba a amatronarse entonces, había hecho siempre sus incursiones en la bohemia, creía que eso la rejuvenecía o la modernizaba. Sí, era más basta que Mansfield, y también algo más turbia, menos jovial -añadió como si lo hubiera sopesado un instante-. Pero de haber estado sentada a esa mesa de la postal, ya no sé quién habría asustado a quién. En su juventud tenía una figura de clepsidra. -E hizo con las manos el movimiento antiguo de muchos hombres para dibujar una mujer llena de curvas, yo creo que la botella de Coca-Cola imitó ese trazo en el aire y no al revés. 'She had an hourglass figure', eso dijo Tupra en inglés. Hacía largo tiempo que no veía a nadie hacer ese gesto, también ellos caen en desuso como las palabras, porque casi siempre son sustitutivos de éstas y corren por tanto su misma suerte: de hecho son decir sin decir, a veces con gravedad y eran motivo de duelo, aún lo son de desafío y muerte. Y así hasta cuando nada se dice todavía se habla y se significa y se cuenta, qué maldición; si yo me hubiera tocado la papada dos o tres veces seguidas con el envés de la mano en presencia de Manoia, él habría comprendido el ademán italiano de menosprecio o de oídos sordos al interlocutor y habría desenvainado su espada contra mí, si acaso llevaba también él una oculta, quién sabía, a su lado Reresby parecía razonable y manso.
    Sí, Tupra me estaba distrayendo con sus anécdotas, con su conversación o era cháchara. Yo seguía cabreado aunque se me olvidara a ratos, y deseaba mostrárselo, pedirle cuentas por su acción salvaje, más en regla, más en serio que durante nuestra despedida falsa frente al portal de mi casa en la Square o plaza, pero él me iba conduciendo de una cosa a otra sin centrarse del todo en ninguna, sin ir al grano de lo que me había anunciado o casi exigido que oyera, dudaba que finalmente fuera a contarme nada de Constantinopla o de Tánger, había mencionado esos lugares sentado al volante, se había especializado en Historia Medieval, quién lo hubiera adivinado, en Oxford, y en ese campo sí podía haber sido oficioso discípulo de Toby Rylands, que a su pesar fue Toby Wheeler durante breve tiempo, en su lejana y borrada Nueva Zelanda, lo mismo que del hermano Peter. También me había prometido Tupra unos vídeos que guardaba en casa y no en la oficina, 'no son para que los vea cualquiera', había dicho, y en cambio a mí sí iba a enseñármelos, de qué serían y por qué había de verlos, quizá yo prefiriera no tenerlos ante mis ojos nunca; podría siempre cerrarlos, aunque cuando uno decide hacerlo se cierren inevitablemente un poco tarde, un poco demasiado tarde para no vislumbrar algo y hacerse una horrible idea, y para no enterarse. O bien cree, una vez apretados, que la visión o la escena han concluido cuando aún no lo han hecho -el sonido engaña, y aún más engaña el silencio- y entonces los abre demasiado pronto.

    – ¿Qué pasó con Jayne Mansfield? ¿Qué tuvo que ver con Kennedy? -le insistí. No iba a permitir que siguiera errando, con divagaciones, no aquella noche prolongada por su exigencia; que pasara de una cosa principal a otra secundaria y de ésta a un paréntesis y del paréntesis a un inciso, y que, como hacía a veces, no volviera nunca de sus inacabables bifurcaciones, llegaba casi siempre un momento en que sus desvíos no alcanzaban senda, sino tan sólo maleza o arena o ciénaga. Tupra era capaz de entretener a cualquiera indefinidamente, de irlo interesando en lo que carecía de interés y era accesorio, pertenecía a esa rara clase de individuos que llevan el interés consigo o lo crean, cómo decir, ellos lo traen y reside en sus labios. Son los más escurridizos de todos, también los más persuasores.
    Me miró con ironía, sé que cedió porque quiso, habría podido hasta guardar largo silencio, aguantarlo tanto rato como para diluir en el aire mis dos preguntas y así borrarlas, lograr que se perdieran como si no las hubiera formulado nadie y allí yo no estuviera. Pero estaba.
    – Nada. Sólo que son personas marcadas por sus episodios finales. Exageradamente señaladas por ellos, hasta el punto de que las definen o las configuran y casi anulan cuanto hicieron antes, aunque fueran cosas importantes y no las fueron las de Mansfield. Esas dos personas habrían tenido motivo para padecer de horror narrativo, como tú dijiste de Dick Dearlove, si hubieran sabido lo que las amenazaba a su término. Tanto John Kennedy como Jayne Mansfield habrían sufrido de su propio complejo, K-M según lo llamamos, si hubieran adivinado o temido sus respectivas muertes. Claro que habría muchos más, qué sé yo, desde James Dean a Abraham Lincoln, desde Keats a Jesucristo. Lo primero que recuerda todo el mundo de ellos, casi lo único, es su final llamativo o anómalo, o demasiado temprano, o extravagante: Dean muerto a los veinticuatro años en accidente de coche, cuando tenía ante sí una extraordinaria carrera de estrella y el mundo entero lo adoraba; Lincoln asesinado por John Wilkes Booth, bien teatralmente, en un palco, al poco de ganar la Guerra de Secesión y de haber sido reelegido; Keats fallecido en Roma, de tuberculosis, a los veinticinco, la literatura se perdió tantos poemas; Cristo en la cruz, un adulto en toda regla para su época, un hombre hecho y derecho y si acaso algo tardío en su obra, pero malogrado, joven sin serlo desde el punto de vista de nuestros remolones y longevos tiempos. Ya te he dicho que si lo llamamos K-M fue por empeño de Mulryan. Habría servido cualquiera de estos otros nombres, y muchos más, no son pocos quienes deben su celebridad máxima o su ausencia de olvido a su forma de morir, o a su hora, cuando habría uno dicho que aún no les tocaba, o que era injusto. Como si la muerte entendiera de justicia o le preocupara impartirla, o quisiera entender, es algo absurdo. A lo sumo es arbitraria, es caprichosa, quiero decir que establece un orden que no siempre cumple, y elige o descarta: a veces viene resuelta y con todas las probabilidades, se acerca, nos sobrevuela, mira, y de pronto decide dejarlo para otro día. Mucha memoria ha de tener para acordarse de cada vivo sin que se le escape nadie. La suya es una tarea infinita, y aun así la lleva a cabo con minuciosidad ejemplar desde hace siglos. Qué eficaz siervo, que nunca se cruza de brazos ni se cansa. Ni se olvida.
    Su manera de referirse a la muerte, de personalizarla, me hizo pensar de nuevo que tenía más tratos con ella de los habituales, que la había visto actuar muchas veces y acaso la habría encarnado unas cuantas. Aquella misma noche había ido resuelto hacia De la Garza, se le había acercado, lo había sobrevolado con su lansquenete como aquel helicóptero con sus aletas que nos asustó a Wheeler y a mí en su jardín junto al río: al final se había limitado a despeinarnos, él se había limitado a cortarle la falsa coleta y a hundirle la cabeza en el agua ya golpearlo, lo había dejado para otro día, como si fuera Sir Death efectivamente, en una noche de descartes. O quizá, como medievalista, aunque no practicante, Tupra estaba acostumbrado a la visión antropomórfica de los viejos siglos: la anciana decrépita con la guadaña o el Caballero Muerte con su armadura completa y su espada y su lanza, de quién la consideraría 'eficaz siervo', de Dios, del Demonio, de los hombres, o de la vida que sólo así se abre paso.
    – Sé lo que le ocurrió, sé cómo acabó el Presidente Kennedy, como todo el mundo -le respondí-. Pero ignoro lo que le sucedió a Jayne Mansfield. De hecho lo ignoro casi todo sobre esa clepsidra apabullante. -Y, tras citarlo así humorísticamente, añadí una nota española a lo que había dicho-: Supongo que también habría valido para el complejo el nombre de García Lorca. No sería el mismo en nuestra evocación, no se lo recordaría ni leería de igual modo si no hubiera muerto como murió, fusilado y arrojado a una fosa común por los franquistas, antes de cumplir los cuarenta. Buen poeta como fue, no se lo añoraría ni ensalzaría tanto.
    – Desde luego, ese es otro caso bien nítido de final determinante, de muerte siempre presente que envuelve y arrastra al personaje -contestó Tupra sin hacerme demasiado caso; me pregunté si estaría suficientemente enterado de las circunstancias del asesinato-. Jayne Mansfield, a lo largo de su breve carrera brillante y su no muy extensa declinante, hizo cuanto estuvo en su mano y a buen seguro en su busto para atraer la atención de la prensa y hacerse autopropaganda. Siempre tenía las puertas abiertas a los reporteros, allí donde estuviera, también en los hoteles cuando viajaba, en las suites y aun en los cuartos de baño; le encantaba que vinieran a fotografiarla a su mansión de estilo español de Sunset Boulevard, en Beverly Hills, toda de color rosa y llena de perrillos y gatos, vestida con insinuantes prendas y en posturas provocativas, nada le parecía nunca ridículo ni desdeñable, recibía a cualquier idiota o malintencionado de la publicación más mediocre. Posó desnuda en Playboy un par de veces, se casó con un húngaro musculoso, mostraba con deleite su piscina y su cama, ambas en forma de corazón, al último aprendiz de provincias. Se divorció del forzudo y de algún otro marido, fue a Vietnam a animar a las tropas con sus picardías y sus jerseys ceñidos, y cuando hasta Las Vegas le quedó ya inalcanzable, erró por Europa con espectáculos de poca monta y figuró en películas italianas de Hércules. Se dio a la bebida, armó bulla, escandalizó laboriosamente, porque en el declive de su trayectoria lo conseguía a duras penas, se le hacía muy poco caso y ademas no estaba dotada. Se contó que se había hecho adepta a la Iglesia de Satanás, un disparate inventado por un tal Antón LaVey, su Sumo Sacerdote, un calvo con pueril perilla diabólica y cuernos postizos sobre la calva, de supuesto y falso origen húngaro o transilvano, ávido de publicidad igualmente y un farsante compulsivo: se reclamaba autor de la Biblia Satánica, plagiada de cuatro o cinco escritores dispares, entre ellos el famoso alquimista renacentista John Dee y el novelista H G Wells, bien rastreables; decía haber mantenido relaciones sexuales con Marilyn Monroe y no iba a ser menos con Mansfield. Fantasías ambas aventuras, pero ya sabes, la gente se cree cualquier bajeza de las celebridades, cualquier mal gusto. Él estaba loco por ella y ella lo llamaba a veces desde Beverly Hills, rodeada de amigos, para reírse y burlarse de sus demoniacos ardores, le calentaba la rasurada cabeza a distancia. Más tarde se rumoreó que el despechado LaVey le lanzó una maldición al amante de ella entonces, un abogado de nombre Brody, y aquí empieza la leyenda de la muerte de Jayne Mansfield. Viajaba una noche de junio de 1967, ya de madrugada, desde un lugar llamado Biloxi, en Mississippi, en uno de cuyos clubs actuaba en sustitución de su exuberante amiga y rival Mamie Van Doren, camino de Nueva Orleans, donde al día siguiente iba a ser entrevistada en un programa de la televisión local, se tomaba todas las molestias, nada le parecía insignificante. El Buick en el que se trasladaba iba atestado: un joven que conducía, el tal Brody, ella con tres de sus cinco hijos, los habidos con el musculoso húngaro, y cuatro perros chihuahua, no es de extrañar que se la pegaran. A unas veinte millas de su destino, el coche se empotró a gran velocidad contra un camión que había frenado al toparse con un lento vehículo municipal que rociaba las marismas con un insecticida antimosquitos, Mulryan hace hincapié siempre en este detalle sórdido, cenagoso y sureño. El choque fue tan violento que el techo del Buick quedó cercenado. Mansfield, el conductor y el amante murieron en el acto, sus cuerpos salieron despedidos a la carretera. Los tres críos, dormidos en la parte de atrás, sufrieron sólo magulladuras, y de los chihuahuas no hubo noticia, seguramente porque no les pasó nada y quizá escaparon.
    – Tupra hizo una pausa, arrojó algo al fuego, para mí fue invisible, tal vez una mota que se había quitado de la chaqueta o una cerilla que no le había visto encender y que sostenía entre los dedos. Lo contaba todo como si fuera un informe que tenía en la cabeza, memorizado. Se me ocurrió que, dada su profesión, podía guardar centenares o millares de ellos, de lo sucedido y de lo posible, de lo comprobado y de lo aventurado, no sólo por él, sino por mí, por Pérez Nuix, Mulryan, Rendel y otros; y por otros también del pasado como Peter Wheeler y quién sabía si su mujer Valerie y Toby Rylands y hasta la señora Berry. Acaso Tupra era un archivo andante-. La ostentosa peluca rubia de Jayne Mansfield cayó sobre el guardabarros -continuó-, lo cual dio origen a dos rumores igualmente desagradables, y que probablemente por eso se instalaron en la imaginación de la gente: según uno, la actriz habría quedado escalpada en el accidente, su cuero cabelludo arrancado de cuajo como por un indio del Salvaje Oeste; según el otro, habría sido decapitada junto con el techo del Buick, y la cabeza habría rodado por el asfalto hasta caer a la zona pantanosa plagada de mosquitos y larvas, al borde de la carretera. Ambas ideas eran demasiado irresistibles para la malignidad popular: no era bastante que la mujer cuya abundancia adornó las paredes de los garajes, los talleres y los tugurios, los camiones y las taquillas de estudiantes y soldados durante un decenio hubiera muerto con gran violencia a los treinta y cuatro años, cuando aún era deseable pese a su veloz decaimiento y podía haber sacado más partido a sus esplendores; era mucho mejor si además había quedado calva y fea en la muerte, o grotescamente descabezada y con la cabeza en el fango. A la gente le gustan los castigos crueles, y los giros sarcásticos de la fortuna, y la desposesión repentina de quien lo tuvo todo, no digamos la desposesión absoluta que es la muerte inesperada, y todavía más si es con sangre.
    '¿Por qué me habla precisamente de cabezas cortadas', pensé, 'cuando él ha estado a punto de segar una ante mis ojos, hace nada?' Y pensé que Tupra me conducía hacia algún lugar, más cercano que Nueva Orleans y Biloxi, con aquella truculenta historia. Pero no lo interrumpí con preguntas y me limité a citarlo, con aquella cita suya bien conocida desde nuestro primer encuentro:
    – Y además todo tiene su tiempo para ser creído, ¿no es eso lo que tú piensas?
    – No lo sabes tú bien, Jack, hasta qué punto todo lo tiene -me contestó, y reanudó su relato en seguida-: Fue entonces, tras su muerte, cuando LaVey empezó a presumir publicamente de su aventura con ella (ya sabes, los muertos son tan callados y no ponen objeciones), y a propagar en la prensa que el espectacular accidente se había debido a la maldición por él lanzada contra su amante Brody, de tal potencia que se la había llevado por delante a ella sin ningún miramiento, al ir a su lado, en el lugar del riesgo. Y la gente también adora las confabulaciones y los ajustes de cuentas, lo esotérico y lo peregrino y los peligros cumplidos. La mayoría de la gente niega el azar, lo detesta, la mayoría de la gente es tonta. -Recordé que le había oído decir lo mismo o algo parecido a Wheeler, quizá era una de las convicciones, una de las bases sobre las que nuestro grupo había trabajado siempre, al igual que todo Gobierno-. Si Jayne Mansfield se había fascinado o había coqueteado con la Iglesia de Satanás, nada menos, poco tenía de extraño que su agraciado rostro hubiera acabado así, en una ciénaga y mordisqueado por los bichos hasta que se lo recogieron; o bien con su célebre cabellera rubio platino desprendida del cráneo, había sido siempre su segundo rasgo más destacado después del que resulta conspicuo en la postal que te he enseñado. La chusma quiere explicaciones para todas las cosas -Tupra utilizó esa palabra, 'rabble', 'chusma', hoy tan mal vista-, pero las quiere ridiculas, inverosímiles, enrevesadas y conspirativas, y cuanto más lo sean más las acepta y se las traga y más la contentan. Incomprensible, pero ese es el estilo del mundo. Así que aquel mamarracho calvo y con cuernos fue escuchado y creído, hasta el extremo de que en quienes la recuerdan y aun la veneran (y no son pocos, échale un vistazo a Internet y te quedarás sorprendido), lo que prevalece de Jayne Mansfield no son sus cuatro o cinco divertidas comedias de Hollywood, ni sus dos clamorosas portadas de Playboy, ni sus voluntariosos escándalos libertinos, ni su mansión rosa demente de Sunset Boulevard, ni siquiera el hecho audaz de haber sido la primera estrella de la era moderna que enseñó las tetas en una película convencional americana, sino la tétrica leyenda de su muerte humillante para un símbolo sexual como ella, quizá provocada por un satanista, un depravado, un hechicero. Eso, irónicamente, causó más sensación y le trajo más publicidad que cuanto había inventado a lo largo de su vida para procurársela, renunciando a toda intimidad diariamente, no digamos a lo que suele llamar dignidad el agobiante común de las gentes. Fue una lástima que no pudiera disfrutar de los mil reportajes que hubo sobre su figura y sobre el suceso, ver las planas enteras dedicadas a su fallecimiento tan horrendo y novelesco. De nada sirvió que el ataúd en que se la enterró fuera asimismo rosa: su nombre quedó ya envuelto en el negro, en la negrura de una maldición mortal diabólica y de una vida pecaminosa coronada por el castigo, de una carretera lóbrega, rodeada de cieno, y de una linda cabeza separada de su voluptuoso cuerpo hasta el postrer fin de los tiempos. Y hoy, si no hubiera muerto de ese modo, con esos elementos atribuidos que encienden la imaginación de la chusma, estaría casi del todo olvidada. No lo estaría Kennedy, obviamente, si se hubiera limitado a sufrir un infarto en Dallas, pero no te quepa duda de que se lo recordaría infinitamente menos y con emoción sólo discreta si su nombre no se asociara al instante con su asesinato a tiros y con alambicadas conjuras jamás resueltas. En eso consiste el complejo Kennedy-Mansfield, en el temor a quedar marcado para siempre por la forma de terminar, desvirtuado, y a que la vida entera parezca haber sido sólo un trámite, un pretexto, para llegar a un acabamiento chillón que nos retratará eternamente. Ese peligro, ojo, lo corremos todos, aunque no seamos personajes públicos sino individuos oscuros, anónimos y secundarios. Cada cual asiste a su relato, Jack. Tú al tuyo y yo al mío.
    – Pero no siempre es temor, lo que hay a eso -dije-. Hay quienes desean y buscan finales así, escénicos, espectaculares, incluso con recursos sólo verbales si no tienen otros a mano. No sabes cuántos escritores se han esmerado para pronunciar una memorable última fiase. Aunque sea difícil de calcular cuál va a ser de verdad la última, y más de uno la haya malgastado, al precipitarse y hablar a destiempo. Luego ya no se le ha ocurrido nada, o ha soltado una majadería, en el momento extremo.
    – Oh sí, oh bueno. Siempre es temor. El que ansía ese final llamativo es porque teme no estar a la altura de su reputación, o de su grandeza, asignada por otros o por sí mismo a solas, qué más da. Aquel que siente el horror narrativo, según tus términos, como Dick Dearlove según tu criterio, teme que se le estropee la figura, o el cuento que se ha ido contando, tanto como el que se prepara un desenlace brillante y hasta teatral y hasta excéntrico, eso depende del carácter de cada uno y de la índole del borrón, que algunos confundirán con rúbrica, y la muerte es borrón siempre. Porque no es lo mismo matar a alguien que suicidarse que ser muerto por alguien. Ser verdugo que desesperado que víctima, ni víctima heroica que víctima estúpida. Dentro de lo malo de morir antes de tiempo, y además a lo bestia, a la Jayne Mansfield viva no le habría parecido desdeñable su leyenda de muerta, aunque sin duda habría preferido no llevar peluca en aquel viaje. Y no creo que vuestro Lorca ni aquel cineasta italiano rebelde y provocador, Pasolini, hubieran quedado insatisfechos del todo de la clase de borrón que les tocó en suerte, desde un punto de vista estético, o de nuevo narrativo si quieres. Eran artistas y eran algo exhibicionistas, y sus memorias se han visto beneficiadas por sus muertes injustas y violentas, casi asimilables al martirio, ¿no? Quiero decir por parte de los palurdos. Tú y yo sabemos que ni uno ni otro se sacrificaron por nada a conciencia, sólo tuvieron mala suerte.
    Tupra había empleado dos veces la palabra 'chusma' y ahora hablaba de 'palurdos' (pero ya no recuerdo si lo que dijo fue 'boors' o yokels'). 'No debe de tener en mucho a la gente', pensé, 'para que le salgan esos vocablos con tanta facilidad y desenvoltura, y con desprecio natural, no subrayado. Aunque en el último esté incluyendo a personas cultas y cursis, desde biógrafos hasta periodistas, sociólogos, literatos e historiadores, a cuantos en efecto ven como mártires de causas políticas y aun sexuales a aquellos dos asesinados célebres, aún más célebres por sus asesinatos. Reresby no debe de considerar gran cosa la muerte, no le parecerá extraordinaria; tal vez por eso me ha preguntado por qué no se puede ir por ahí administrándola, quizá la juzgue un azar más y el azar él no lo niega ni lo detesta, ni requiere explicaciones para las cosas todas, a diferencia de la gente tonta, que necesita ver signos y concatenaciones y vínculos por todas partes. Puede que deteste tan poco el azar que no le_ importe fundirse en él de vez en cuando, y erigirse en Sir Death con su espada, y hacerse siervo del eficaz siervo. Él debió de ser un palurdo algún día, o mucho tiempo.'
    – Tú no tienes en mucho a la gente, ¿verdad? -le dije-. Tú no tienes en mucho a la muerte. A la muerte de la gente.
    Tupra se mojó los labios, no con la lengua sino con los propios labios, como si frotara uno con otro y eso bastara para humedecerlos, al fin y ai cabo eran muy carnosos y extensos y algo de saliva llevarían siempre. Luego bebió de su copa, tuve la sensación inquietante de que se relamía. Me ofreció licor de nuevo, ahora sí acepté, el paladar como con oblea o con un velo, me sirvió de la garrafa hasta que dije con la mano 'Basta'.
    – Ahora por fin vas llegando -me contestó, y eso me hizo pensar otra vez que me conducía, hasta cuando era yo el que le pedía cuentas era él quien conducía. Mal acusado y mal testigo. Me miró con complacencia desde sus ojos azules o grises, desde sus pestañas como medias lunas, el fuego les prestaba brillo-. Ahora vas a volverme a hacer reproches, por qué he hecho lo que he hecho y todo eso. Eres de tu época, Jack, demasiado de tu época, y eso es lo peor que puede ser uno, porque se pasa mal si uno sufre por lo que sufren todos, no hay resquicio cuando todo el mundo está de acuerdo y ve lo mismo, y da importancia a las mismas cosas, y las mismas le parecen graves y las mismas insignificantes. En la unanimidad no hay claridad ni hay respiro, no hay ventilación, ni en el lugar común tan compartido. Uno tiene que salirse de eso para vivir mejor, más cómodo. También más de verdad, sin la adherencia del tiempo en el que ha nacido y en el que va a morir, nada oprime tanto, nada nubla como ese sello. Hoy se da enorme importancia a la muerte individual, se hace una falsa tragedia por cada persona que muere, más aún si es con violencia, más aún si es asesinada; aunque el pesar luego dure poco, y la condena: nadie viste ya de luto y eso es por algo, rápido el llanto pero más veloz el olvido. Hablo de nuestros países, claro, en otros sitios de la tierra no se ve así, qué remedio les queda, si en ellos tienen las muertes incorporadas al transcurrir del día. Pero aquí es cosa tremenda, en el instante al menos. Tal persona ha muerto, qué horrible desgracia; tantas se han estrellado o han volado por los aires, qué catástrofe, o qué infamia. Los políticos tienen que multiplicarse para asistir a funerales y entierros y no hacer de menos a nadie, el agudo dolor, o es el soberbio, los reclama como ornamento, porque consuelo no dan ni pueden darlo, es todo aparatosidad, aspaviento, vanidad y rango. De los vivos, el rango, pomposos y exagerados. Y sin embargo, si bien se piensa, ¿qué derecho tendríamos, cuál es el sentido de quejarnos y montar un drama con algo que ha visitado a todo bicho viviente para convertirlo en bicho muerto? ¿Qué puede haber tan grave en eso, en algo tan sumamente natural, tan corriente? Sucede en las mejores familias, ya sabes, desde hace siglos, y en las peores no digamos, con aún menos intervalos. Sucede además todo el rato y lo sabemos perfectamente, aunque finjamos asombrarnos, y asustarnos: cuenta los muertos que se mencionan en cualquier telediario, lee la lista de fallecimientos de cualquier periódico, en una sola ciudad, Madrid, Londres, esa lista es larga todos los días del año; mira las esquelas, y son muy pocos los que las ponen, mira las necrológicas, aun menos quienes las merecen, una infinitesimal minoría, pero no faltan ninguna mañana. Cuántos perecen cada fin de semana en las carreteras y cuántos han muerto en las incontables batallas. No siempre se vieron como hoy las pérdidas, a lo largo de la historia, o más bien casi nunca. Se estaba más familiarizado y también más conforme, se aceptaban el azar y la suerte, buena o mala, se admitía estar expuesto a ella a cada instante; la gente venía al mundo y desaparecía, era lo normal, a veces nada más entrar en él, la mortalidad infantil ha sido enorme hasta hace ochenta o setenta años, como la de las madres en el parto, se despedían del hijo nada más verle la cara, si les quedaban ganas, o les daba tiempo a tanto. Las plagas eran frecuentes y casi cualquier enfermedad mataba, de las que ahora ni nos enteramos o ni nos suenan los nombres; había hambrunas, había guerras continuas y además eran verdaderas, de lucha diaria y no esporádica como ahora, y los generales desdeñaban las bajas, los soldados caían y no pasaba gran cosa, sólo eran individuos para sí mismos, ni siquiera tanto para sus familias, no se libraba ni una de los cadáveres prematuros, era la regla; los gobernantes ponían cara de circunstancias y efectuaban nuevas levas, reclutaban más tropa y la enviaban al frente a seguir cayendo, casi nadie rechistaba. Se contaba con la muerte, Jack, no había tanto pánico a ella, no era una calamidad insuperable ni una tremenda injusticia; era lo que podía llegar y con frecuencia llegaba. Nos hemos hecho muy blandos, tenemos la piel muy fina, creemos que esto debe ser para siempre. Deberíamos estar acostumbrados a la provisionalidad, a lo contrario. Nos empeñamos en no estarlo, y por eso es tan fácil meternos miedo, ya lo has visto, basta con desenvainar una espada. Y así llevamos las de perder ante quienes todavía ven a los muertos como meros gajes del oficio, a los propios y a los ajenos, como accidentes del día. Ante los terroristas, por ejemplo, o ante los narcotraficantes de altura, o ante los mañosos multinacionales. Así que sí, Iago. -No me gustaba cuando me llamaba por el nombre del encizañador; me resonaba sucio, no me reconocía (yo, que me reconozco en tantos)-. Hace falta que algunos no tengamos en mucho a la muerte. A la muerte de la gente, como has dicho con escándalo, te lo he notado pese al tono neutro, buen disimulo pero insuficiente. Conviene que algunos nos salgamos de nuestra época y miremos como en tiempos más recios, los pasados y los futuros (porque volverán, te lo aseguro, aunque no sé si tú y yo los veremos), para que no nos pase colectivamente lo que dijo un poeta francés: 'Par délicatesse j'ai perdu ma vie’ -Y se molestó en traducírmelo, ahí vi un restó del palurdo atrás dejado-: 'Por delicadeza he perdido la vida'.
    Le miré los pies, los zapatos, como había hecho en uno de nuestros iniciales encuentros, temiendo que calzara cualquier aberración, botas cortas de color verde, piel de caimán como el Mariscal Bonanza, o hasta zuecos. No era así, llevaba siempre elegantes zapatos marrones o negros, con cordones, en modo alguno eran de palurdo, sólo resultaban dudosos los chalecos de los que rara vez prescindía, si bien se los veía más anticuados o fechados que nada, como un vestigio de los años setenta en los que él habría comenzado a asomarse a la vida en serio, quiero decir con verdadero conocimiento de causa y responsabilidades, o con sentido cabal de sus opciones. Había en él algo disonante, de todas formas: con su trabajo^ con sus gestos, con su entorno, su acento, hasta con su propia casa tan de inglés acomodado, tan de manual o de película cara, o de ilustración de cuento. Quizá eran los abundantes rizos sobre el abultado cráneo, o los caracolillos de las sienes aparentemente tintados, quizá la boca mullida y como carente de consistencia, un chicle aún no endurecido. Sin duda parecía atractivo a mucha gente, pese al elemento repulsivo en él, nunca sabía identificarlo del todo, aislarlo con exactitud, señalarlo, puede que no dependiera de un rasgo y que fuera más bien el conjunto. Quizá lo veía yo sólo, las mujeres no debían de captarlo. Ni siquiera las perspicaces como Pérez Nuix, acostumbrada a percibirlo y adivinarlo todo, con la que seguramente se había acostado. Eso tendríamos ya en común, Tupra y yo, o era yo y Reresby. O Ure, o Dundas.
    – Y en vista de eso te permites darle una paliza y un susto de muerte a un pobre idiota inofensivo, y además con mi ayuda; si llego a saber lo que le preparabas. Por nada, porque sí, porque no hay que tener en mucho a la muerte. No puedo estar más en desacuerdo. Creo que ese verso es de Rimbaud -añadí para acomplejado, ya me había comido demasiado terreno. Me arriesgué, no estaba seguro en absoluto.
    Pero él no atendió al dato; yo era culto, conocía lenguas, había enseñado en Oxford en el pasado, no me concedió ningún mérito. Quémennos, que yo reconociera una cita. Rió con sequedad, una sola vez, como si imitara amargura.
    – No hay nadie inofensivo, Jack. Nadie -dijo-. Y no pareces tener en cuenta que la culpa ha sido tuya. Piénsalo un poco.
    – ¿Qué quieres decir? ¿Por haberle dejado acercarse, congeniar con la señora? Ella estaba deseando ser cortejada, por el primer mameluco, por quien fuese. No te remontes tan lejos. Tú mismo me lo advertiste. -Se me había quedado rondando la palabra desde que me la confirmó Manola en italiano, y las palabras no se disipan hasta que uno las suelta cuantas veces haga falta. Claro que en inglés sonaba más rebuscada, 'mameluke' e inapropiada, ni siquiera tiene nuestro más frecuente significado.
    – No sólo por eso. Te pedí que los encontraras, que trajeras a Flavia de vuelta, que no te entretuvieras y que quitaras de en medio a ese Garza. No fuiste capaz de hacerlo. Tuve que ir yo en vuestra busca y arreglarlo. Y todavía te quejas. Para cuando di con ellos, Mrs Manoia ya tenía la mejilla marcada. Si yo no me hubiera ocupado, la cosa habría sido peor, no conoces al marido, yo sí. No podía limitarme a hacer que expulsaran al español de mierda. -Pensé que se olvidaba a veces de que yo también lo era, español, tal vez de mierda. Con una señal, con una herida en la cara de Flavia, eso a él no le habría bastado. Se habría ido por tu amigo y le habría arrancado un brazo con suerte, si es que no la cabeza. Me reprochas estupideces sin la menor importancia, vives en un mundo minúsculo que apenas existe, a resguardo de la violencia que ha sido la norma en todo tiempo y lo es en casi todas partes, es como tomar un interludio por la función entera, no tenéis ni idea, los que nunca salís de esta época ni de estos países nuestros en los que hasta anteayer mandó también la violencia. Lo que hice no fue nada. El mal menor. Y por tu culpa.
    El mal menor. Así que Tupra pertenecía a esos hombres inconfundibles que siempre han existido y que también conozco en mi tiempo, son siempre tantos. A los que se justifican diciendo: 'Fue necesario y evité así un mal mayor, o eso creía; otros se habrían encargado de hacer lo mismo, sólo que con mucha más crueldad y más daño. Maté a uno para que no mataran a diez, y a diez para que no mataran a cien, no me corresponde el castigo, sino que merezco un premio'. O bien a los que responden: 'Fue necesario, defendía a mi Dios, a mi Rey, mi patria, mi cultura, mi raza; mi bandera, mi leyenda, mi lengua, mi clase, mi espacio; mi honor, a los míos, mi caja fuerte, mi monedero y mis calcetines. Y en resumen, tuve miedo'. El miedo, que exculpa tanto como el amor, del que es tan fácil decir y creer 'Es más fuerte que yo, no está en mi mano evitarlo', o que permite recurrir a la frase 'Es que yo te quiero tanto', como explicación de los actos, como coartada o disculpa o atenuante. Quizá pertenecía incluso a los que aducirían: 'Ah no, fue la época, quien no la haya vivido no puede entenderlo. Ah no, fue el lugar, era malsano, era oprimente, quien no haya estado allí no puede ni figurarse nuestra enajenación y su hechizo'. No sería, en cambio, al menos, de los que escurrirían todo el bulto, él nunca pronunciaría estas otras palabras: 'Oh no, yo no quería, yo fui ajeno, ocurrió sin mi voluntad, como en las humaredas tortuosas del sueño, eso fue cosa de mi vida teórica o entre paréntesis, de la que en realidad no cuenta, no pasó más que a medias y sin mi consentimiento pleno'. No, Tupra no llegaría a esa bajeza a la que yo sí he llegado a vecces , para contarme algunos pasos. Pero entonces preferí no adentrarme en estos aspectos, sino que contesté a lo último que me había dicho:
    – Yo trabajo para ti, Bertram, pero en lo que trabajo. No me pidas más. Yo estoy para interpretar y dar informes, no para reducir a gañanes borrachos. Ni siquiera para entretener a señoras declinantes, y clavármelas hasta el esternón en el pecho.
    Tupra no podía evitar que le hiciera gracia lo que se la hacía. Hasta ahora no nos habíamos dado ocasión de comentar el suplicio, menos aún de reírnos, o él de mí, por mi mala suerte y mi estoicismo imperfecto.
    – Picos duros, ¿eh? -Y soltó una carcajada sincera-. Ni loco habría aceptado yo su invitación al baile, con esos bastiones. -Dijo 'bulwarks’ quizá sería más ceñida su traducción por 'baluartes'.
    Lo había logrado otra vez. También a mí me hace gracia lo que me la hace. No pude reprimir la risa, el enfado se deshizo momentáneamente, o se aplazó cuando ya no tocaba. Durante unos segundos reímos los dos a la vez, juntos, sin dilación ni adelanto, con la risa que une a los hombres desinteresadamente entre sí y que suspende o disuelve sus diferencias. Lo cual significaba que, pese a mi cabreo y a mi aprensión en aumento -o era ya malestar, aversión, repugnancia-, yo no le había retirado la mía del todo. Quizá llevaba camino de racionársela, pero no me había sustraído aún a ella ni se la había negado. No del todo, aún, la risa.

    Tendríamos eso en común, habernos acostado con la joven Pérez Nuix ambos, estaba casi seguro aunque no se me había ocurrido preguntárselo, a él ni aún menos a ella, y eso que compartir una cama despiertos marca arbitrariamente la frontera entre la discreción y la confianza, entre el secreto y las revelaciones, entre el deferente silencio y las preguntas con sus respuestas o con sus evasivas a veces, como si entrar en el cuerpo de otro con brevedad suprimiera, además de las físicas, otras barreras de paso: biográficas, sentimentales, sin duda las del disimulo o la precaución o reserva, es algo absurdo que dos personas, tras enlazarse, se sientan más facultadas o impunes para indagar en la vida y los pensamientos del que estuvo encima o debajo, o en pie de espaldas o de frente si la cama no hizo falta, o para relatarlos prolijamente, verbosos y hasta abstraídos, hay quienes follan con alguien sólo para rajar luego a destajo, como si se hubieran ganado una patente en el entrecruzamiento. Eso me ha molestado a menudo en mis aventuras ocasionales, de una sola noche o mañana o tarde, y todas son así en primera instancia, mientras la repetición no se aparece, todas son así cuando se inauguran y no se sabe si se clausurarán acto seguido, o lo sabe una de las partes, al instante lo sabe y se lo calla educadamente y da lugar al malentendido (la educación es un veneno, nos pierde); finge que eso no va a interrumpirse en seguida, sino que en efecto algo se ha abierto que no tiene por qué cerrarse, y entonces a lo que da pie es a un gran engorro. Y a veces lo sabe uno antes incluso de la entrada en el nuevo cuerpo, sabe que quiere probar sólo esa vez, cerciorarse, quizá jactarse para sus adentros o escandalizarse de sí mismo, y hasta puede que anotar el dato con vistas a rememorarlo o es más bien a recordarlo; o aún más tenue, a tener constancia: 'Esto ha ocurrido en mi vida', podrá decirse uno ya siempre, sobre todo en la vejez o en la edad madura, cuando el pasado invade mucho el presente y éste, desinteresado o escéptico, mira rara vez ya hacia adelante.
    Sí, me ha fastidiado a menudo que luego me hayan expuesto sus características e interioridades, que me hayan dibujado un retrato de sus personalidades, desviado inevitablemente, o que hayan intentado singularizarme ('Nunca me había pasado esto con ningún hombre'), en parte para halagarme y en parte para salvar su reputación que nadie había puesto en entredicho. Me ha irritado que a partir de ese momento se hayan movido por mi casa, si en ella estábamos, con excesiva familiaridad o soltura y actitud apropiativa ('¿Dónde tienes el café?', por ejemplo, dando por sentado que yo guardaba café y que podían hacérselo ellas directamente; o bien 'Voy al cuarto de baño', en vez de preguntar si pueden ir a él, como habrían hecho un rato antes, aún vestidas o sin todavía ensartarse; una exageración, este verbo). Me ha sublevado que se hayan dispuesto a dormir una noche entera en mi cama sin ni siquiera consultármelo, dando por descontado que quedaban invitadas a demorarse en sus sábanas por haber yacido sobre su colcha un rato o haber apoyado las manos en ella para procurarse equilibrio mientras permanecían de pie, inclinadas, de espaldas a mí, more ferarum, subida la falda, los tacones firmes de los zapatos puestos. Me ha airado que uno o dos días después se presentaran sin avisar en mi casa, para saludar cariñosa y espontáneamente, pero en realidad para repetir con premeditación y asentarse, con la seguridad infundada de que les franquearía el paso y les dedicaría tiempo a cualquier hora y en cualquier circunstancia, estuviese o no atareado, acompañado o no de otras visitas, contento o arrepentido (pero más probablemente olvidado) de haberles permitido poner pie ayer en mi territorio. Deseoso de estar solo o echando de menos a Luisa. Y me ha reventado que me llamaran por teléfono más tarde diciendo 'Hola, soy yo', como si el trato carnal ya pretérito confiriera exclusividad o unicidad, o acentuara la identidad, o garantizara un alto grado de ocupación de mis pensamientos, o me obligara a reconocer una voz de la que acaso -eso con suerte- brotó sólo un gemido, o unos cuantos educadamente.
    Pero lo que más me ha enfurecido, a veces, ha sido sentirme en deuda (absurdamente, en estos tiempos) por haberme acostado con ellas. Sin duda un vestigio de mi época de infancia, cuando aún se consideraba que el interés y la insistencia venían del varón siempre y que la mujer cedía, o aún es más, concedía u otorgaba, y era ella la que hacía un regalo valioso o un favor grande. No siempre, pero con demasiada frecuencia, me he juzgado artífice o responsable último de lo habido entre ellas y yo, aunque yo no lo hubiera buscado ni anticipado -si es que no lo he visto venir en la mayoría de las ocasiones, no me lo he maliciado-, y he supuesto que lo lamentarían nada más concluirlo y yo retirarme o hacerme a un lado, o mientras se volvían a vestir o se alisaban la ropa y se la enderezaban (hubo una casada que me solicitó una plancha: hecha un acordeón su ceñida falda, marchaba directamente a una cena de matrimonios muy finos sin poder pasar antes por casa; le presté mi buena plancha y salió muy ufana, su prenda silenciosa y sin huella de sus avatares), o si no más adelante, cuando se quedaran a solas y meditabundas, o rememorativas, mirando la misma luna a la que yo no haría caso, desde sus ventanas sentidas como nupciales de pronto, en la duermevela de la madrugada.
    Y así he tenido a menudo el impulso de compensarlas en el instante, mostrándome delicado, paciente o propenso a escucharlas; atendiendo suavemente a sus cuitas o sosteniéndoles su cháchara; velando su desconocido sueño o haciéndoles caricias que no venían a cuento y que a mí no me salían, pero que me sacaba; fraguando enrevesadas excusas para irme de sus casas antes del amanecer, como un vampiro, o para salir de la mía en plena noche y darles así a entender que no podían pernoctar en ella y que debían vestirse y acompañarme abajo y conducir sus coches o coger un taxi (y he pagado de antemano al chófer), en lugar de confesarles que ahora ya no quería seguir viéndolas más, ni oyéndolas, ni respirar adormecido a su lado. Y alguna vez el impulso ha sido de recompensarlas, simbólica y ridículamente, y entonces les he improvisado un regalo o les he preparado un buen desayuno si la hora llegaba y nos encontraba aún juntos, o he accedido a un deseo que estuviera a mi alcance cumplirles y que hubieran expresado no a mí sino al aire, o a una petición sí a mí, pero implícita o no formulada, o lo bastante distanciada en el tiempo para no resultar asociable, o sólo si uno se empeñaba en vincular verbo con carne. No, en cambio, si la petición era explícita y cercana, porque en esos casos no he logrado sustraerme a una desagradable sensación de transacción o de cambalache, que falsificaba el conjunto y lo tornaba sórdido, o de hecho lo suprimía, como si no hubiera sucedido.
    Quizá por eso Pérez Nuix me pidió su favor mucho antes, cuando aún no había pasado por mi cabeza que aquella noche pudiéramos acabarla tan cerca, y aun alcanzar la mañana sin habernos desprendido del todo, uno de otro. O bueno, sí había cruzado mi pensamiento, pero no como posibilidad posible sino como improbabilidad hipotética (ocurrencias en la recámara, saber que uno aceptaría lo que en modo alguno va a darse), y la primera vez había sido mientras ella bajaba y subía las cremalleras de sus botas y se secaba con mi toalla, y se le soltaba el punto de una media que degeneró en carrera ancha y larga, y sus muslos se mostraban sin preocuparse y al hacerlo no me excluían. 'Ella no me descarta, no es más que eso', había pensado. 'Nada más, eso es todo, soy yo quien se fija y lo tiene en cuenta. En realidad no es nada.' Y también: 'Y todavía medía un abismo entre el deseo y el no rechazo, entre la afirmación y la incógnita, entre la voluntariedad y la pura ausencia de planteamiento, entre un "Sí" y un "Puede", entre un "Ya" y un "Veremos" o es menos que eso, es un "En fin" o un "Ah bueno" o es ni siquiera pensarlo, un limbo, un hueco, un vacío, no me lo planteo ni se me ocurre ni tan siquiera ha cruzado mi mente'. Para ella yo era aún invisible cuando me pidió el favor, o lo fui toda la noche, y aun por la mañana. Excepto quizá el breve rato de noche en que me puso sobre las mejillas las palmas bien abiertas de sus manos como si me profesara afecto, los dos tumbados y metidos ya en mi cama para dormirnos, las palmas suaves; en que me miró a los ojos y me sonrió y se rió y con delicadeza me cogió la cara, como a veces hacía Luisa cuando su cama era aún la mía y no teníamos todavía sueño, o no el bastante para darnos las buenas noches y la espalda hasta la mañana.
    Pero aquel rato vino más tarde. Y, como ocurre casi siempre cuando uno hace más de una pregunta sin pausa, la joven Pérez Nuix empezó por contestar la última. 'Aún no me has pedido el favor del todo, todavía ignoro en qué consiste, exactamente. Y qué particulares son esos, qué particulares particulares', habían sido mis dos preguntas, repitiendo esa expresión de ella, 'particulares particulares'.
    – Por extraño que hoy nos resulte, Jaime, con los nervios siempre de punta y el permanente pánico al terrorismo -dijo-, ha habido unos cuantos años, y además recientes aunque nos parezcan lejanos, en los que al MI5 y al MI6, digamos que les faltó trabajo. Desde la caída del Muro de Berlín sus funciones disminuyeron tanto como sus preocupaciones, y los presupuestos de que disponían se derrumbaron, ahora se ha visto que fue una gran imprudencia. Se pasó, por ejemplo, de casi novecientos millones de libras para el MI5 en 1994 a menos de setecientos en el 98. Luego fueron subiendo otra vez, tímidamente y poco a poco, pero hasta los atentados de las Torres Gemelas en 2001, que hicieron dispararse las alarmas, trajeron golpes de pecho y destituciones de cargos intermedios, hubo un periodo de siete u ocho años en el que buena parte de los Servicios de Inteligencia del mundo, y desde luego de los nuestros, se sintió casi inútil y superflua, cómo decir, desocupada, prescindible, ociosa, y lo peor, aburrida. Mucha de la gente dedicada durante décadas a estudiar a la Unión Soviética se encontró, si no en el paro, casi sobrante, con la sensación de haber perdido no sólo el tiempo, sino una gran porción de su vida, que de repente concluía. Con la abrupta sensación de ser pasado. Quienes sabían alemán, búlgaro, húngaro, polaco, checo, dejaron de ser llamados con la frecuencia habitual, y hasta los expertos en ruso perdieron protagonismo y tareas. De pronto había una especie de excedente no reconocido, de pronto personas fundamentales ya no servían, o sólo para asuntos menores. Fue tan deprimente que hasta los jefes se dieron cuenta de lo desmoralizador de la situación, y te aseguro que son siempre los más ciegos, como en todos los trabajos y en todas partes, para advertir los problemas de sus subordinados. Bueno, la verdad es que se percataron los últimos, con increíble tardanza, y tan sólo unos días antes del 11 de septiembre, si mal no recuerdo, la prensa, The Independent creo, sacó la noticia de que el MI5, a través del entonces Director General Sir Stephen Lander, se aprestaba a ofrecer sus servicios de espionaje a las grandes empresas del país, como British Telecom, Allied Domecq, Cadbury Schweppes y otras, a las que podía proporcionar información muy útil sobre sus competidores extranjeros. Al parecer fue la agencia la que se ofreció a las compañías, y no a la inversa, en el curso de un seminario celebrado en su sede ahí en Millbank, al que fueron invitados, por primera vez en la historia si no me equivoco, representantes de la industria y de las finanzas, tanto del sector público como sobre todo del privado. La coartada era que resultaba tan patriótico y vital ayudar a la economía británica y hacerla más competitiva en el mundo, así como resguardar a nuestras grandes firmas de los espías ajenos que sin duda existen, como proteger a la nación de los peligros y amenazas contra su seguridad, interiores y exteriores, políticos, bélicos y terroristas. La idea era, de hecho, comercializar las actividades del SIS -recordé las siglas, se las había oído a Tupra o a Wheeler: Secret Intelligence Service, a ella le salieron en inglés aunque habláramos en español, s, i, s, o es, ai, es, a nuestros oídos- y conseguir lucrativos contratos que equivalían a privatizar parcialmente la agencia, obtener de inmediato grandes beneficios y rescatar del hastío a buen número de ociosos y de deprimidos, destinándolos al servicio más o menos directo de las empresas. Y eso, claro está, implicaba el riesgo seguro de repartir sus fidelidades. Lander lo negó todo tajantemente a través de un portavoz, quien aseguró que ofrecerse a espiar para compañías privadas a cambio de remuneraciones excedía las competencias del MI5 y que semejante propuesta sería ilegal. Admitió que el MI5 ya montaba, desde hacía tiempo, operaciones con vistas a descubrir la presencia de espías extranjeros en nuestras compañías, y que asesoraba, gratuita y principalmente, a las industrias de defensa y nuevas tecnologías cuando se disponían a firmar contratos importantes o ante sospechas de fraude informático. Pero aseveró que la controvertida ponencia de Lander durante aquel seminario, cuyo tema había sido Trabajo secreto en una sociedad abierta, había versado tan sólo sobre la amenaza creciente de los hackers, y que, sin cargo alguno, habían aconsejado a las empresas públicas y privadas acerca de los mejores métodos para precaverse de ellos y combatir el pirateo informático. Varios de los invitados, sin embargo, reconocieron bajo anonimato que la iniciativa de Lander había sido otra, y que les había prometido beneficiarlos en sus negocios con información privilegiada y constante sobre compañías e individuos, si ellos se lo 'pedían'.
    La joven Pérez Nuix hizo un alto y ahora sí me aceptó alguna bebida, se le estaría secando la boca con su parlamento, boca de atractivos labios firmes y encarnados, labios de Sigrid o de tebeo, uno mira siempre los de quien le habla seguido, los alumnos los de los profesores, los oyentes los de los conferenciantes, los auditorios los de los intérpretes, los espectadores los de los locutores y los políticos (éstos salen tan mal parados). Me levanté, fui a la cocina, y desde allí (no mucha distancia, era mediano mi apartamento) le voceé lo que había en casa, solamente Coca-Cola, cerveza, vino y agua, un mal anfitrión porque en Londres no tenía apenas costumbre de serlo, casi todas las personas que venían a verme, muy pocas, venían nada más que a eso, a estar brevemente ocupadas conmigo. También le ofrecí café y leche, o café con leche si le apetecía algo caliente, me contestó que vino si lo había blanco y estaba frío. Recordé que también guardaba seis botellas intactas de Sangre y Trabajadero, que me había enviado un antiguo y amable amigo de Cádiz, pero me daba pereza ponerme a abrir a aquellas horas una caja claveteada.
    – Aquí tienes. Para mi gusto está frío, no sé para el tuyo -le dije, depositando ante sus rodillas, sobre sendos posavasos (soy un hombre de limpieza) la botella de un Ruländer que descorché allí mismo (entiendo poco de vinos) y una copa no del todo adecuada, que me permitió llenarle hasta casi el borde. 'Como lo beba por sed, pronto va a emborracharse', pensé al ver que nunca alzaba en horizontal la mano, para interrumpirme. La carrera de la media le crecía siempre, cada vez que hacía un movimiento, por pequeño o delicado que fuese, o cruzaba las piernas, y las cruzaba y descruzaba a menudo, con el consiguiente retroceso de la falda, mínimo en cada cruce pero más subida paulatinamente la falda (hasta que de un tirón se la bajase). Seguía sin percatarse del estropicio en marcha, cuando tal vez ya le tocaba. Dentro de lo que son las carreras, no le sentaba mal a su pierna, aunque parecía destinada a convertirle en andrajos las medias si nuestra conversación duraba lo bastante, y ella ya había olvidado enteramente su anuncio de 'un momentito', y quizá yo también, en parte. Me di cuenta de que, tras la estrañeza y el sentimiento de provisionalidad iniciales, me agradaba tener visita larga, y además con perro a los pies, si se están quietos hacen que uno se sienta más apacible, y aun acomodado. El animal, en apariencia ya mucho más seco, seguía adormilándose con un ojo abierto, echado cerca de su dueña. ('Sleep with one eye open, when you slumber', canturreo y cito a veces para mis adentros.) Se lo veía bondadoso e ingenuo y recto, lo contrario de un chistoso y de un vivales.
    – ¿Tú no te sirves? -me preguntó Pérez Nuix-. No me digas que no me acompañas. Qué bochorno, beber yo sola. -Y lo superó al instante, porque dejó vacía la copa de un solo trago como si fuera Lord Rymer la Frasca en sus momentos más ávidos. Tenía sed, sin duda, era normal tras la caminata bajo la lluvia, lo raro era que no me hubiera pedido algo antes. Volví a llenársela, no tan alta.
    – Luego, dentro de unos minutos me sirvo -le contesté-. Continúa. -Y para que aquello no sonara a orden, me incliné y acaricié otra vez al perro en la cabeza y el lomo, huesos menudos. Ahora ya ni siquiera irguió el cuello, se habría acostumbrado a mi presencia y no me hizo maldito el caso, era muy digno aquel pointer. Pero todo el mundo cree suavizarse si muestra afecto a los animales, y con mi maniobra yo busqué ese efecto. (Si hay algo que no soporto es a esos escritores, hay cientos, que se fotografían con sus perros o gatos para dar una imagen afable, cuando solamente la dan afectada y cursi.) Aproveché mi inclinación amistosa para mirarle a la joven Pérez Nuix los muslos a su altura y con detenimiento, no negaré que me iban llamando. Supongo que ella fingió no darse cuenta, no se los cubrió ni los apartó un milímetro. Ahora sí me sentí tan pueril como De la Garza, pero la admiración sexual previa al sexo es pueril siempre, qué puede hacerse.
    – Esas medidas no sé en qué quedaron, posiblemente fueron adelante, pero bajo cuerda y con menos énfasis del previsto -prosiguió entonces ella, tras soplarse también, sin pausa, la mitad del vino de la copa segunda: esperaba que no se le pusiera la lengua gorda-. Porque poco después vino el 11 de septiembre y a partir de aquel día nadie volvió a ser enteramente superfluo. Pero esas medidas, sobre todo, si eran ciertas, llegaban demasiado tarde y no eran originales, sino la oficialización de lo que ya venía ocurriendo desde hacía años sin intervención ni casi conocimiento de los altos mandos, o bueno, conocimiento lo había a medias, pero acompañado de pasividad, vista gorda, algo de curiosidad y manga ancha. Los agentes más desocupados, una vez superado el prolongado periodo de desconcierto tras la caída del Muro, se habían ido procurando sus clientes externos, ocasionales o no, cada uno dentro de sus respectivos ámbitos y posibilidades. Unos pocos arrumbados incluso renunciaron, los que pudieron se dieron de baja (según la responsabilidad adquirida eso aquí no es fácil, a veces ni es factible). Pero la mayoría no lo logró o simplemente no lo quiso, y sin embargo empezaron a trabajar aquí y allá desde dentro, y a servir, por tanto, a diferentes amos. Ofrecieron sus habilidades al mejor postor o aceptaron los encargos mejor pagados. ¿Y qué clase de personas o de entidades particulares tenían o tienen interés en contratar a agentes? Sí, a algunos les cayeron tareas propias de detectives, comprobar una infidelidad, investigar desfalcos o malversaciones, cobrar deudas a morosos; o de guardaespaldas, proteger a figuras del espectáculo o a potentados en actos públicos, cosas así. Otros echaron una mano o las dos a aquellos de sus excompañeros convertidos en mercenarios, de éstos ha habido unos cuantos, no les falta actividad en África. Pero el círculo de encargos se fue ampliando, con el tiempo los agentes de campo rasos se los propusieron y luego se los proporcionaron a los cargos intermedios, y me imagino que para el 2001 éstos habían convencido a los altos mandos de las ventajas de trabajar no sólo para el Estado. Lo cierto es que durante esos siete u ocho años, durante aquel largo intervalo sin principal enemigo, se creó una red paralela de clientes diversos, de todo tipo. Más de una vez, seguramente, miembros del MI5 y del MI6, ignorándolo o sabiéndolo, o no queriéndolo saber pero intuyéndolo, habrán prestado servicios a delincuentes, o incluso al crimen organizado, o quizá a Gobiernos extranjeros al final de la cadena, en la remota sombra. Puede ser, nadie lo sabe ni va a averiguarlo, a estas alturas nada es muy nítido y todo está muy mezclado. Uno se acostumbra a no preguntar a quienes lo recompensan, y además casi todo se tramita y se ventila a través de intermediarios y de testaferros. Si uno tuviera que llevar a cabo una investigación previa para saber quién está detrás de cada encomienda, no se acabaría ni se empezaría nunca, y el negocio no valdría la pena.
    La joven Pérez Nuix se detuvo y dio cuenta de la segunda mitad de su copa segunda. Dudé, pero por cortesía hice un ademán mínimo de volver a llenársela, sin llegar a tocar la botella. Hasta ahora no le había notado ningún titubeo ni dificultad en el habla, pero si continuaba a aquel ritmo podrían aparecerle en cualquier instante, o la incoherencia, o la somnolencia, y yo ya quería oírlo todo. De nada de eso había indicios, debía de estar habituada al vino. Hasta su vocabulario era escogido y preciso, de persona leída, no se me había escapado su utilización de vocablos no demasiado frecuentes, 'arrumbados', 'encomienda', 'rasos'. Tal vez era, pese a su ascendencia paterna, como esos ingleses que han aprendido mi lengua más en los libros que hablándola, y su español resulta libresco. Así que me levanté y le anuncié, antes de que ella pudiera decir 'Sí' o 'No' a mi amago de gesto interrogativo:
    – Voy por una copa para mí, ahora ya sí me apetece. -Y a continuación me permití la advertencia, o la reserva-: No sé si a ti te convendría una tercera, en tan poco tiempo. Eso sería beber como una inglesa, no como una española. Traeré algo de picar, en todo caso.
    Cuando regresé con mi copa y unas aceitunas y unas patatas fritas de bolsa en sendos cuencos, la pillé inspeccionándose la carrera. Desde el pasillo, antes de entrar, casi oculto a ella-me detuve y la espié unos segundos: uno, dos, tres; y cuatro-, la vi mirándosela y pasándole un índice con cuidado (acaso un índice ensalivado, o acaso con una gota de esmalte de uñas, como se ponían antiguamente las mujeres en el punto suelto para frenar el corrimiento, a ver si la media les aguantaba aparente al menos hasta volver a casa; aunque para frenar nada era ya tarde). Cuando volvió a tenerme delante, cruzada ella de brazos y también de piernas, no hizo referencia alguna al desperfecto indumentario, lo cual era extraño: habría sido el momento para sorprenderse, lamentarse y hasta disculparse si hubiera querido, por el aspecto teóricamente tirado que la raya le confería, a mí no me desagradaba ni me producía mal efecto, y aun me entretenía, observar con discreción su avance. Me pregunté cuánto más tiempo mantendría la ficción de no haberse enterado, y por qué la mantenía, aquello era ya indisimulable. Y entonces me vino por primera vez aquella noche -y por primera vez nunca- la idea de que no era sólo que no me descartase, sino que, sin palabras y sin rozarme, sin ni siquiera mirarme -o me miraba sólo de frente al hablarme, como si allí no hubiera más mirar que el del habla explicativa y neutra-, me estaba diciendo que podía suceder lo que sucedió finalmente, bastante más tarde y cuando no era de esperar, pese a la cercanía insistente de los dos en mi cama, que no era tan amplia: la abertura de la seda o nylon como símil y como promesa o anuncio, sus progresivas longitud y ensanchamiento, el no suprimirla ni ponerle remedio yendo al cuarto de baño a quitarse la prenda o incluso a cambiársela (conozco a mujeres que llevan siempre en el bolso un par de repuesto, y Luisa es una de ellas), el dejar la carrera ir creciendo e ir desnudando mayor superficie de muslo y pronto, posiblemente, alguna de la parte anterior de la pantorrilla, que nunca he sabido cómo se llama o si tiene nombre, quizá es garrón, quizá canilla, no le sienta bien ninguno; aunque esa zona la cubrían las botas, que sin embargo también se habían abierto fugazmente antes, por sus cremalleras, nada más llegar su dueña empapada y sentarse; sí, la carrera en la media como cremallera sin dientes, incivilizada y autónoma e incontrolable, con el elemento salvaje de lo que en realidad se rasga, sólo que este era un rasgado en el que no intervenía mi mano ni la de nadie, la tela se separaba sola y aun así quedaba pegada a la pierna, cubriendo y descubriendo al tiempo y marcando el contraste, avanzando en ambas direcciones la carne sin velo, hacia abajo y hacia arriba, hacia la rodilla suave y hacia el muslo alto, y casi todos los varones sabemos lo que se encierra o se abre al final de un muslo femenino alto. (Yo lo distinguiría sin querer más adelante -un pico oscuro- en el lavabo de mujeres de una discoteca, donde se me diría con desparpajo: 'You come and see' o 'Ven tú a verlo'.)
    Me sentí algo avergonzado, casi violento, al darme cuenta de que se me estaban ocurriendo estos pensamientos, al pensar en ellos. Eran del todo inadecuados, me habían asaltado por relativa sorpresa, y lo malo es que una vez que una idea nos entra en la mente es imposible no haberla tenido y resulta muy arduo expulsarla o borrarla, lo mismo da cuál sea: quien concibe una venganza es muy probable que intente cumplirla, y si no puede por pusilanimidad, o por su vasallaje, o ha de esperar largo tiempo por las circunstancias, entonces lo más seguro es que viva ya con ella y que le amargue las duermevelas con su latido nocturno; si aparece una animadversión contra alguien, será extraño que no se traduzca en maquinaciones y difamaciones y actos de mala fe, de los que procuran daño, o que se queden ahí acechantes, en la retaguardia, exhalando inquina para el dilatado mañana; si surge la tentación de una conquista amorosa, lo normal será que el conquistador se ponga manos a la obra, con infinitas paciencia y urdimbre si le hacen falta, o que, si no se atreve, tampoco pueda desechar el proyecto hasta el lejano día en que se aburra de las inconcreciones y de su actividad sólo teórica o futuriza, es decir, imaginaria, y se le disipe la condensación que oprime sus despertares brumosos; si lo que se abre camino es la posibilidad de matar a alguien -o de mandarlo matar, es más frecuente-, será fácil que uno acabe averiguando al menos las tarifas de los sicarios, y se diga que estarán siempre ahí, y si no sus hijos, para recurrir a ellos cuando se venzan las vacilaciones y el anticipado remordimiento; y si se trata de un deseo sexual repentino, tan inesperado como los de los sueños, tan involuntario acaso, será difícil no sentirlo ya a cada instante, mientras no se satisfaga y quien lo enciende aún se nos muestre, aunque no se esté dispuesto a dar ningún paso para lograrlo ni lo vea uno factible en hora alguna de su existencia, la que nos queda por delante. La que nos queda por detrás ya no cuenta, para los anhelos ni las fantasías, y ni siquiera para la codicia. Ni para el lamento. Sí en cambio para las especulaciones.
    Al recordar esto en casa de Tupra, en su confortable salón que invitaba a una confianza rayana en el apaciguamiento, me pregunté si no habría espiado la carrera y los muslos de Pérez Nuix aquella noche con los mismos ojos aprensivos y descontrolados de Sofía Loren hacia el busto blanco de Jayne Mansfield flotando sobre el mantel de un restaurante, sólo que con admiración y deseo en vez de con envidia y suspicacia. En ese caso ella lo habría notado, y además desde muy pronto (miradas así alertan al observado). Me serví mi copa y la joven me arrimó un poco la suya, no podía no llenársela sin resultar por ello paternalista o tacaño en vino, y cuan feas ambas cosas; así que dio comienzo a su tercera en seguida, sólo un sorbo moderado, al menos se comió un par de aceitunas y una patata. Juzgué que mi pensamiento había sido vanidoso e idiota, pero tuve el convencimiento de que había sido asimismo acertado, a veces también se acierta con lo idiota. 'Puede ser', pensé, 'puede que deje extenderse libremente su roto para señalarme un camino de improvisada lujuria y guiarme, pero cuidado: va a pedirme un favor, aún no lo ha hecho en detalle, seguimos en la fase en que no le es dado contrariarme y en la que ofrecerme algo le parecerá aconsejable, quién sabe si aun entregármelo aunque no haya habido exigencia mía al respecto ni insinuación tampoco, y que durará como mínimo hasta que yo responda "Sí" o "No", o incluso "Veré qué puedo hacer, veré de hacerlo", o "Esto otro querré a cambio". Y sería natural que esta fase se prolongara aún más tiempo, durante varios días, hasta que yo hubiera cumplido de veras, con irreversibles palabras o hechos, más allá de la promesa o anuncio o de la posibilidad entreabierta de un "Déjame reflexionar" o un "Ya veremos" o un "Depende". Pero ella no me ha formulado su petición todavía, no del todo, y a mí, por lo tanto, no me ha llegado el turno de pronunciarme, de conceder ni negar, de dar largas, de hacerme de rogar ni de mostrarme ambiguo.'
    – Sea como sea -continuó entonces la joven, en la mano otro de mis cigarrillos Karelias del Peloponeso-, una vez ampliado un campo es muy difícil volver a acotarlo, sobre todo si no existe verdadera voluntad de hacerlo. Qué me quieres que diga. -Sí, Pérez Nuix hablaba muy bien las dos lenguas ('acotar' no es tan frecuente), pero de tarde en tarde se le escapaban anglicismos raros al utilizar la mía, o la de ambos-. Uno abre una rendija, y si fuera hay un vendaval, luego no hay manera de cerrarla. Lo que crece no está dispuesto a disminuir, sino a expandirse, y casi nadie renuncia a los ingresos que está en su mano ganar, aun menos si ya ha probado a ganarlos y está acostumbrado a ellos. Los agentes de campo fueron pioneros en aceptar encargos externos durante la etapa de vacío de actividades, llamémosla así aunque no es muy exacto, y no te creas que ni siquiera ahora, cuando todo ha vuelto al rendimiento pleno, se los recompensa con salarios muy altos, la mayoría no cobra más que tú o que yo, y eso es poco, o así lo sienten, para los riesgos que corren a veces y el tiempo que emplean en averiguar un dato nimio. Muchos tienen familias, muchos contraen deudas, se pasan largas temporadas de viaje y no todo es a cuenta ajena. Se les pide que justifiquen sus gastos, y hay ocasiones en que no es posible: cómo va a firmarte un recibo alguien a quien sobornas, o a quien pagas por un soplo, los delatores, los confidentes, los topos, o a quien te hace cualquier chapuza o te cubre o te esconde, no digamos los matones que se contratan sobre la marcha para salir de un aprieto o quitar obstáculos de en medio, o aquel a quien compras para que te perdone la vida, el único medio puede ser superar la cantidad ofrecida por el que le encargó matarte, una especie de subasta. Cómo te van a presentar facturas. La burocracia financiera es irracional, contraproducente, absurda, no ayuda nada, es un fardo, y entre esos agentes cunde siempre el descontento, tienen la sensación de que hacen más de lo que se les reconoce, de que se ensucian las manos y a menudo llevan una vida perra por proteger a una sociedad que ignora no sólo sus sacrificios y sus valentías y sus salvajadas ocasionales, sino, por definición o principio, hasta sus nombres. Los ignora hasta cuando mueren en acto de servicio, está prohibido revelarlos, ya sabes, así lleven décadas criando malvas. Es gente que se deprime y que se pregunta a diario por qué está metida en esto. No son individuos abnegados o meramente patrióticos, a los que les basta saber que hacen el máximo por su país sin que se entere nadie, ni sus amistades ni sus vecinos ni siquiera sus familias, las más de las veces. Eso es de otra época, o de las edades ingenuas que se dejan atrás pronto. Quizá algunos fueron así al comienzo, cuando se enrolaron; pero te aseguro que esa satisfacción íntima no dura, llega un día en que todo el mundo ansia prosperar y necesita el agradecimiento, la palmada en la espalda, el halago, ver mencionados su nombre y sus méritos, sólo sea en un comunicado interno de la empresa para la que trabaja. Y ya que eso no lo hay, quieren dinero al menos, holgura, algún lujo, vivir bien cuando libran, dar lo mejor a sus hijos, hacer buenos regalos a sus mujeres o a sus maridos, costearse amantes y lograr que no los abandonen, si uno no está muy disponible ha de poder compensarlo y las compensaciones cuestan pasta, divertirse es caro, complacer es caro, presumir es caro, gustar es caro. Quieren lo que todo el mundo en un mundo en el que ya no hay disciplina, y así no miran demasiado de quiénes vienen las tareas extra. Y como los jefes tampoco desean que se les pongan en contra esos agentes de los que dependen, pasan por alto estas misiones ajenas, cuando llegan a su conocimiento, y luego algunos acaban por transitar la misma senda. ¿Por qué crees que tú y yo cobramos tanto, comparativamente? Es poco para un agente de campo, que puede estar ausente largo tiempo, sufrir ciertas penalidades o incluso jugarse el cuello, y que a lo mejor, en un caso extremo, ha de decidir si se lo rebana a otro hombre. Pero es mucho para lo que hacemos y para dónde y cómo lo hacemos, con horarios no muy rígidos y sin ningún peligro, con comodidad considerable, un cristal por medio y sin deslomarnos. -Volví a pensar que su léxico era abundante para lo que se gasta en España, sin duda de persona leída de literatura elevada, no como la rebajada de ahora, cualquier ignorante publica una novela y se la ensalzan: mis actuales compatriotas apenas si sabrían utilizar 'cundir', 'holgura', 'transitar', 'deslomarse'. Nunca había oído a Pérez Nuix hablar tanto ni tan seguido, era como si estuviera conociéndola de nuevo, una segunda impresión tan novedosa como la primera. Se detuvo un instante, bebió otro sorbo parco y concluyó-: ¿Cómo te figuras que vive tan bien Bertie y que tiene tanto? Claro que trabajamos todos para particulares particulares, de vez en cuando, sabiéndolo o no sabiéndolo, puede que con más frecuencia de la que creemos, ya te he dicho que en realidad no nos incumbe, cuando recibimos órdenes. Y además, ¿por qué no habríamos de hacerlo, por qué no aprovechar nuestras habilidades? Da lo mismo, Jaime, viene sucediendo a todos los niveles desde hace años y no importa gran cosa. No te quepa duda de que nada esencial cambia por ello, ni aumenta la inseguridad de los ciudadanos. Al contrario. Quizá al contrario. Cuantas más teclas toquemos, en más terrenos tendremos mano, en más los protegeremos.
    Me quedé callado un momento, no pude evitar echar un vistazo más, subrepticio, lorenesco, hacia la carrera que seguía su curso. No faltaba mucho para que las medias no se sujetaran, me pareció, y entonces tendría que quitárselas, qué pasaría.
    – James Bond se supone que es un agente de campo, ¿no? -dije inesperadamente, para ella al menos, porque se rió sin querer, con sorpresa, y contestó en medio de la risa breve:
    – Sí, claro. ¿Y eso a qué viene?
    – No sé, pero gasta un huevo, y nunca me ha parecido que le planteen problemas de presupuesto.

    La joven Pérez Nuix volvió a reírse, y quizá no sólo por cortesía, sino porque mi broma fácil le había hecho auténtica gracia. Fuera por el vino o por sus crecientes comodidad y confianza, las carcajadas, noté, le brotaban sin afectación y sin escatimarlas, asimismo como a Luisa cuando estaba de buen humor o desprevenida. No era una faceta para mí del todo nueva, se la había visto en el edificio sin nombre y en alguna salida nocturna con Tupra y los otros, pero en el trabajo los rasgos o características se aparecen amortiguados: se contienen los enfados y se aplazan las diversiones, allí carecen de margen y se les da poco tiempo. La risa también contribuía al destrozo de la prenda herida.
    – Ten en cuenta -me respondió- que los agentes de la vida real nunca han contado con la fortuna de Fleming ni con el respaldo de los Broccoli. Sin ellos todo es más arduo, más tacaño y más prosaico.
    Lo dijo como si yo debiera saber quiénes eran estos últimos, de nombre algo chistoso si es que era un nombre ('broccoli’, en italiano, significa lo que parece, es decir, 'brécoles', y la cosa no mejora en sentido figurado, el equivalente más exacto sería tal vez 'tarugos'). Y lo cierto es que lo ignoraba.
    – No sé quiénes son esos -confesé sin hacerme el listo. Serían conocidos en Inglaterra, pese al evidente origen, pero yo no tenía ni idea.
    – Durante décadas Albert Broccoli fue el productor de las películas de Bond, junto con otro tipo llamado Saltzman. En las más recientes aparecen en su lugar una tal Barbara Broccoli y un tal Tom Pevsner. Supongo que ella será la hija y que él habrá muerto, me suena haber visto un obituario hace unos años. Esa familia debió de amasar gran dinero, las películas existen desde 1962, qué te parece, y todavía se hacen, creo, desde luego yo procuro verlas si me entero.
    'Tengo que preguntarle a Peter', pensé, 'antes de que se me muera', y me extrañó que se me representase ese temor y se me ocurriera esa idea: pese a su edad provecta nunca me imaginaba el mundo sin él, o a él sin el mundo. No era de esos viejos que llevan su desaparición ya pintada en el rostro, o en la dicción, o en los andares. Al contrario. El joven que había sido, y el hombre adulto, seguían tan presentes en él que parecía imposible que dejaran de existir a la vez todos, tan sólo por una cuestión de absurdo tiempo acumulado, no tiene el menor sentido que sea el tiempo el que determine y dicte, más fuerte que las voluntades. O acaso, como había dicho su hermano Toby Rylands hacía muchísimos años, 'Cuando uno está enfermo, como cuando uno es viejo o está perturbado, se hacen las cosas a partes iguales con voluntad propia y con voluntad ajena. Lo que no siempre se sabe es a quién pertenece la parte de la voluntad que ya no es nuestra. ¿A la enfermedad, a los médicos, a los medicamentos, a la perturbación, a los años, a los tiempos pasados? ¿Al que ya no somos… que se la llevó consigo?'. 'A nuestro rostro ayer', podía haber añadido; 'ese lo tendremos siempre mientras se nos recuerde o algún curioso se detenga ante nuestras fotografías, y en cambio llegará un mañana en el que todo rostro será calavera o cenizas, y entonces resultarán indiferentes y nos pareceremos todos, nosotros y nuestros enemigos, los más queridos y los más odiados.' Sí, tenía que preguntarle a Wheeler por aquellas dedicatorias del afortunado y desventurado Ian Fleming, que había tenido gran éxito pero escasos años para disfrutarlo, por qué se habían conocido y hasta qué punto, '… who may know better. Salud!’, en 1957 le había puesto eso Fleming en su ejemplar. Desde que había empezado a trabajar con Tupra disponía de menos tiempo para ir a Oxford a verlo, o quizá era que antes me sobraba, y me pesaba más el ánimo, y llenaba el uno y levantaba algo el otro así, con mis visitas. No dejábamos pasar dos semanas, con todo, sin hablar por teléfono un rato. El me preguntaba cómo me iba con mi nuevo jefe y mis compañeros y en mi nuevo e impreciso oficio, pero sin exigirme detalles ni indagar en los actuales asuntos del grupo, esto es, en las traducciones de personas ni en las interpretaciones de vidas. Tal vez sabía mejor que nadie lo fundamental que era mi reserva, o quizá no necesitaba inquirir, mantenía hilo directo con Tupra y estaba al cabo de la calle de mis principales actividades, de mis progresos o mis retrocesos. A veces creía percibir en él, sin embargo, cierta voluntad de no inmiscuirse, de no sonsacarme y hasta de no oírme si iniciaba yo algún relato relacionado con mis tareas, como si no quisiera saber, o estar fuera le diera envidia -era posible, mientras alguien como yo estaba dentro, un extranjero al fin, un advenedizo-, o se sintiera algo dolido por haber perdido mi frecuentación en parte y haber propiciado él esa pérdida con sus oficios de intermediario, sus intrigas y sus influencias. No llegaba nunca a notarle un dejo de despecho, ni de sarcasmo hacia sí mismo, ni de resquemor por mi alejamiento, pero sí algo parecido a la mezcla de pesar y orgullo, o de arrepentimiento amordazado y satisfacción ahogada, que asalta a ratos a los protectores cuando se les emancipan los protegidos, o a los maestros cuando se ven desbordados por los discípulos en audacia, talento o fama, aunque unos y otros finjan que eso jamás ha ocurrido ni va a ocurrir mientras vivan.
    Por quien más se interesaba era por Pérez Nuix, dentro de su general distanciamiento de aquel grupo al que él había pertenecido en otros tiempos, tan remotos y tan distintos. No estaba seguro de si por lo mucho que le había oído hablar a Tupra de sus cualidades ('Esa chica medio española tan competente que tiene', así se había referido a ella Wheeler cuando yo aún no la conocía, 'nunca logro recordar cómo se llama, dice que será la mejor de todos si se las apaña para retenerla.' Y había añadido como si se acordara de otra: 'Esa es una de las dificultades, la mayoría se harta y abandona pronto') o porque en algún momento pensaba que yo podría vincularme a la joven y así salir de mi aturdimiento sentimental y de mis ocasionales tumbos sexuales, mucho más infrecuentes de lo que él suponía, los ancianos tienden a creer promiscuos -quiero decir con éxito, efectivos- a cuantos ellos juzgan en la edad viril y por lo tanto todavía jóvenes. Wheeler veía que pasaban los meses y que la situación con Luisa no se arreglaba, como él habría preferido -ni siquiera había coletazos; ni un vaivén, aunque fuera de los que dejan las puertas más cerradas que antes; pero al menos hay una leve zozobra, mientras se entreabren-, de modo que desde su distancia, a tientas si es que no a ciegas, con un poco de ingenuidad y respetuoso paternalismo, ejercía de casamentero, tenuemente, cuando un nombre femenino aparecía en nuestras conversaciones, y el de Patricia Pérez Nuix era por fuerza el más persistente y duradero.
    '¿Qué tal te llevas personalmente con ella? ¿Hay algo de compañerismo entre vosotros?', me preguntó en una ocasión. 'En contra de lo que se cree, lo mejor que puede tenerse con el otro sexo es compañerismo, es lo más eficaz para las conquistas y también lo que lleva más lejos.' En otra indagó sobre sus aptitudes: '¿Te interesa su charla, su visión de las cosas, los elementos en que se fija? ¿Es tan buena como asegura Tupra? ¿Te lo pasas bien con ella?'. Y en una tercera fue aún más directo o más curioso: '¿Es guapa esa chica? Más allá de su juventud, me refiero. ¿A ti te atrae?'.
    Y yo le había contestado cada vez, sin alacridad pero con deferencia: 'Sí lo hay, incipiente, quiero decir que podría haberlo. Pero aún es pronto para eso, no nos hemos encontrado en situación inequívoca de ayudarnos, de sacarnos el uno al otro de un apuro o de un dilema, son esas cosas las que crean el compañerismo. O la mucha costumbre, el tiempo que ya no se advierte'. Y luego: 'Sí es buena, ve mucho y afina; matiza, aunque sin fiorituras, no se recrea ni exhibe; sí resulta entretenida, cuando me toca interpretar junto a ella no suelo irritarme ni aburrirme, siempre la escucho de buen grado y sin esforzarme'. Y más adelante: 'Sí, es bastante guapa, sin exagerar. Pero tiene humor, es carnal y no se guarda la risa, lo más atrayente de las mujeres, tantas veces. Más que atraerme hasta el punto de tomarme molestias que ya no suelo tomarme, de dar un paso por ese rumbo, digamos que no le haría ningún asco si se me presentara la oportunidad de balde'. Recuerdo que recurrí al español para toda esta frase, no hay rival para 'no hacer ascos' en otras lenguas, y añadí: 'No es más que una hipótesis: no se me ocurre, ni me lo planteo. Estaría fuera de lugar, es mucho más joven que yo. En teoría yo no podría aspirar a ella'.
    Wheeler me respondió con sincera extrañeza:
    '¿Ah no? ¿Desde cuándo te pones límites? ¿Desde cuándo trabas? Si no me equivoco, eres más joven que Tupra, y, por lo que yo sé, él aún no se los pone, ni en ese ni en ningún otro campo.'
    Podía estar hablando en general o haciendo una referencia concreta a la liaison entre él y Pérez Nuix de cuya pasada existencia tenía yo tantas sospechas. Fue un dato más a favor de ellas.
    'No todos somos iguales, Peter', le contesté. 'Y cuanto más mayores los hombres, más nos diferenciamos, ¿no? Usted debería saberlo. Tupra y yo somos muy distintos. Seguramente lo fuimos siempre, desde nuestras respectivas infancias.'
    Pero él no me hizo caso, o se lo tomó a broma.
    'Oh vamos vamos. No lograrás hacerme creer que te has vuelto tímido a estas alturas, Jacobo. O que te ha entrado complejo de edad y has desarrollado esa clase de escrúpulos. ¿Qué importan diez años más, o veinte? Cuando la gente es adulta, lo es ya para siempre, y se iguala todo muy rápido a partir de entonces. Es algo sin vuelta atrás, por fortuna, aunque haya algunas personas que nunca llegan a serlo, ni en el aspecto vital ni en el intelectual, cada vez hay más de esas y son una peste, yo no las aguanto, están llenas las tiendas, los hoteles y las oficinas, y hasta los hospitales y los bancos. Es algo deliberado, provocado por nuestras sociedades. Aunque no entiendo por qué, les va bien crear irresponsables. No sé cómo te lo explicas. Es como si les conviniera crear inválidos. ¿Cuántos años tiene esa chica tan lista?'
    'No más de veintisiete, supongo. Tampoco muchos menos.'
    'Bah. Es una mujer hecha y derecha, habrá ya cruzado lo que Joseph Conrad llamaba la línea de sombra, o estará a punto de hacerlo. Ya sabes, la edad en que la vida se encarga de uno, si es que no se ha hecho cargo de ella uno antes. La línea que separa lo cerrado de lo abierto, la página escrita de la página en blanco: allí donde empiezan a agotarse las posibilidades, porque las que uno descarta se van volviendo irrecuperables, y están más perdidas cada día que uno cumple. Cada fecha de penumbra; o de memoria, que es lo mismo.'
    'Eso sería en tiempos de Conrad, Peter. Ahora, a los veintisiete, la mayoría de la gente se sigue sintiendo sin estrenar, cómo decir, con todas las puertas de par en par y la vida de verdad aún no iniciada, esperando eternamente. Se sale a edad más tardía, de esa escuela de los irresponsables. Y como acaba usted de decir: cuando se sale.'
    'Sea como sea. La tuya le será indiferente a esa muchacha, si le interesas o te ve la gracia. Si tiene tanto ojo como decís, no se habrá dormido en la pubertad ni en la infancia, no se habrá enquistado, sino que estará plenamente incorporada al mundo, en su momento se subiría a él con prisa, quizá obligada por sus circunstancias. Y no será de las que se divierten con hombres muy jóvenes, si tanto acierta. Le resultarán transparentes, en exceso descifrables, con las tapas cerradas se conocerá ya todo el cuento.' Wheeler hizo una pausa larga, de las que anunciaban su cansancio de hablar, por teléfono se fatigaba pronto, a la mano del viejo le pesa hasta el auricular, a su brazo le cuesta mantenerlo en alto. Antes de despedirse añadió: Tupra y tú no sois tan distintos, Jacobo. Lo sois. Pero no tanto como tú te crees, o como quisieras. Y deberías estar menos solo ahí en Londres, te lo tengo dicho, aunque ahora estés más distraído y más ocupado. No es lo mismo'.
    Allí la tenía yo ahora, a la chica tan lista, y guapa sin exagerar, en mi casa, de noche, en mi sofá, con su perro, su media abierta, para pedirme un favor, bebiendo demasiado vino, y fuera se veía la lluvia aposentada, cómoda, tan sostenida y fuerte que parecía iluminar ella sola la noche con sus hileras continuas como varas flexibles metálicas o como lanzas interminables, era como si excluyera para siempre el raso y descartara todo otro tiempo futuro en el cielo y no permitiera ni concebir su ausencia, al igual que los abrazos cuando se dan con sentimiento y ganas y la repugnancia cuando es repugnancia lo único que ya existe entre los mismos dos que se abrazaron antes; lo uno antes y después lo otro, casi siempre van las cosas en ese orden, no en el inverso. Allí estaba la joven Pérez Nuix hablándome, probablemente ya la mejor sin aguardar a que pasara más tiempo, la que más afinaba y la más dotada de nuestro grupo en el edificio sin nombre, la que más arriesgaba y quien más profundo veía de nosotros cinco, más que Tupra y más que yo y mucho más que Mulryan y Rendel, me pregunté si adivinaría o sabría cuáles iban a ser mis reacciones y mi respuesta cuando por fin me pidiera a las claras lo que había venido a pedirme tras su caminata, mojada bajo el paraguas. Y pensé que sin duda habría hecho sus mediciones, sus cálculos y sus pronósticos, y que seguramente sabría lo que yo aún ignoraba sobre mí mismo -quizá tenía su presciencia-; yo debía ir con pies de plomo y apartarme de sus previsiones, o a propósito contravenirlas, pero eso era difícil, porque también era capaz de prever cuándo y en qué yo me apartaría, intencionada y previsoramente, de sus previsiones por mí previstas. Así podíamos acabar anulándonos el uno al otro y nuestra conversación no tendría verdad ni sentido, como nada de lo que hiciéramos. Cuando las fuerzas están parejas, es entonces cuando se deponen las armas: cuando la lanza se arroja a un lado y se baja el escudo para tumbarlo en la hierba, la espada se hinca en la tierra y sobre su empuñadura cuelga el yelmo. Era mejor que descansara y no intentara anticiparme, menos aún ir en mi contra; mejor no ser artificial y beber más de mi copa, sin cuidado, tranquilamente, sabiendo que al fin y al cabo estaba en mi mano contestar 'Sí' o 'No', y todavía guiar la charla.
    – Broccoli, Saltzman, Pevsner, todos nombres extranjeros, quiero decir no británicos. Resulta llamativo, ¿no?, un poco raro, que los productores de Bond sean de origen alemán o italiano. -Eso respondí a la vez que daba un trago, cediendo a mis curiosidades onomástico-geográficas y sin urgiría a entrar en materia. Debían de ser otros ingleses postizos, los miembros de aquellas adineradas familias. Entre unas y otras razones, en verdad había unos cuantos-. Aunque tengan la nacionalidad o hayan nacido aquí. Suenan a británicos falsos.
    – Bueno, eso es de lo más normal, no sé qué quieres decir con falsos. Se tiene la idea equivocada de que aquí no hay demasiada mezcla o de que la presencia extranjera es muy reciente, con ese Abramovich que se ha adueñado del Chelsea y ese Al Fayed y otros árabes millonarios. Hace siglos que Gran Bretaña está llena de apellidos no ingleses. Mira a Tupra, mírame a mí, mira a Rendel y mírate a ti. El único de nosotros cuyo nombre no viene de fuera es Mulryan, y hasta cierto punto, tiene toda la pinta de ser irlandés.
    – Pero yo no soy inglés, yo no cuento -le dije-. A todos los efectos soy español, y estoy aquí sólo temporalmente. Bueno, eso creo, así me siento, aunque vete a saber si no acabaré por quedarme. Y tú no lo eres más que a medias, ¿no?, quiero decir británica. Tu padre es español, Nuix es catalán, supongo. -Lo pronuncié como sería debido, no a la castellana, sino como si se escribiera 'Nush'. Los ingleses, en cambio, había observado que la llamaban 'Niux', esto es, como si para ellos se escribiera 'Nukes.'
    – Él sí fue español, dejó de serlo -contestó la joven Nukes-. Pero yo ya no soy medio nada, sino sólo inglesa. Tanto como lo pueda ser Michael Portillo, el político, ya sabes, estuvo a punto de ser candidato tory a Primer Ministro, su padre era un exiliado de la Guerra Civil. Y luego fue candidato ese Howard, que se cambió el apellido pero es rumano de procedencia. Y en Irlanda ya hubo hace muchos años aquel Presidente de nombre inequívocamente español, De Valera, tan nacionalista como cualquier O'Reilly, imagínate que surgió del Sinn Féin. Tienes a los Korda, que dominaron durante décadas la industria cinematográfica del país, y al pintor Freud, y a aquel músico, Finzi, y al director de orquesta Sir John Barbirolli, y a ese cineasta que hizo la película Full Monty, no recuerdo si es Cattaneo o Cataldi. Tienes a Cyril Tourneur, el contemporáneo de Shakespeare, y a los poetas Dante y Christina Rossetti, y a aquel amigo lúgubre de Byron, el Doctor John Polidori, y a Joseph Conrad con su prosa, se llamaba Korzeniowski. Gielgud era apellido lituano o polaco, y nadie recitó mejor inglés en un escenario; Bogarde era holandés, y también estaba el viejo actor Robert Donat, que interpretó a Mr Chips, el suyo era abreviatura de Donatello, creo. Estaban editores de prestigio como Chatto y Victor Gollancz, y el librero Rota. Tienes a Lord Mountbatten, que era Battenberg al principio, y hasta a los Rothschild. Por no hablar de los Hanover, que reinaron aquí durante siglos y aún siguen, por mucho que disimulen ahora llamando a su dinastía Windsor, hicieron el cambio hace nada, con Jorge V. No sé, hay montones desde hace mucho, y la mayoría son o fueron tan británicos como Churchill, o como Blair o Thatcher, O como Disraeli, for that matter, Primer Ministro bajo la Reina Victoria y ya me dirás cuánto de inglés tiene ese nombre. -Se detuvo un momento. Era más enterada y culta de lo que yo había creído, seguramente habría estudiado también en Oxford, como tantos funcionarios; o bien, por ser su apellido extranjero, se tenía los precedentes bien aprendidos y se identificaba con ellos. Se sentía inglesa del todo, era interesante saberlo, nunca padecería conflictos de lealtades; me pareció que su reacción denotaba incluso cierto patriotismo, eso resultaba ya preocupante, como el de cualquiera. Se bebió su tercera copa hasta el fondo; encendió otro de mis cigarrillos del Peloponeso y le dio dos caladas seguidas, como si estuviera por fin decidida a abordar su asunto y estos fueran los preparativos últimos, el equivalente de la carrerilla mental que a menudo tomaba en el trabajo cuando me iba a dirigir la palabra más allá del saludo o de la pregunta o respuesta aisladas: beber, fumar, marcar oralmente un punto y aparte. Con la leve agitación, supongo (había gesticulado mientras se proclamaba británica y me aclaraba que no era medio compatriota mía, en contra de mi creencia, o más bien de mis sensaciones), la carrera de la media le avanzó más hacia abajo, se le iba acercando a la bota; por arriba le había alcanzado el borde de la falda, luego ya no se la vería crecer a menos que se le subiera ésta un poco o se la subiera ella, y por qué habría de hacer eso, no era descartable que distraídamente lo hiciera, o acaso era mi deseo. Pero fue punto y seguido-: Lo que te quiero pedir -dijo en otro tono, más dubitativo y modoso- tiene que ver justamente con ingleses de apellido extranjero, y también con una hija y un padre, la hija soy yo y el padre es el mío, por eso es un favor grande. No somos tan ricos como lo serán los Broccoli, desde luego, y parte del problema es ese. -Se paró, como si no estuviera segura de si le convenía deslizar o no pequeñas bromas, dudaba entre la solemnidad y la ligereza, casi todos los que piden algo acaban incurriendo en lo primero, o temen que su solicitud no tenga fuerza, Y la exageración es obligada, ha de rebajar la gravedad el que les presta oído. Y si la mentira o la fabulación no lo son tanto, más vale contar con su probabilidad, la credulidad absoluta ante el relato de un drama o peligro dejará vendido a quien los atienda. Así, no me preparé para suspenderla, pero sí para combatirla y minarla, porque yo soy crédulo por naturaleza, hasta que oigo la nota falsa.
    – Dime de qué se trata, Dime y veré qué puedo hacer, o si puedo hacer algo. Qué le pasa a Mr Pérez Nuix, los dos apellidos son suyos, ¿no? -Tampoco yo logré evitar que me saliera la condescendencia del que está en disposición de escuchar, sopesar, pensárselo, ser un momentáneo enigma, tener en vilo y conceder o negar o mostrarse ambiguo. Uno se siente siempre un poquito importante, sabe que encontrará placer en el 'Sí' y en el 'No' y en el 'Puede' ('Qué bien me porto', se dirá; o 'Qué duro soy, qué inconmovible, yo no me chupo el dedo ni me toma el pelo nadie'; o 'Si todavía no me pronuncio, seré dueño de la incertidumbre'), e invita a hablar con magnanimidad y paciencia: 'Tú dirás', o 'Dime', o 'Explícate'; o con intimidación y apremio: 'Desembucha', o 'Tienes dos minutos, aprovéchalos y ve al grano' (o 'Make the story shorts' si se está hablando en inglés, 'Abrevia'), yo le estaba dando a la joven todo el tiempo del mundo de aquella noche, la lluvia fuera nos quitaba prisa.
    – Sí, mi madre se llamaba Waller de soltera. Él les pone guión, Pérez-Nuix -contestó, y dibujó ese guión en el aire-, yo no. Yo, como Conan Doyle. -Sonrió, pensé que sería la última vez en un buen rato, el que le llevara exponer su caso-. Mi padre es un hombre mayor, a mí me tuvo tardíamente, de su segundo matrimonio, tengo por ahí una medio hermana y un medio hermano que me llevan un montón de años, nunca he tenido mucho trato con ellos. Aunque era considerablemente más joven que él, mi madre murió hace seis años, un cáncer galopante. El ya estaba jubilado por entonces; bueno, hasta donde puede jubilarse quien ha hecho demasiadas cosas, la mayoría improductivas y vagas y sin abandonarlas del todo nunca. Siempre fue un mujeriego, aún lo es en la medida de sus posibilidades, pero se quedó desamparado entonces, o quizá desconcertado: incluso perdió el interés por las demás mujeres. Claro que eso fue pasajero, unos cuantos meses de repentino viudo envejecido, rejuveneció en seguida. Lo había pasado muy mal de niño en España, durante la Guerra y después, hasta que su padre consiguió sacarlo y traerlo a Inglaterra, mi abuelo había salido en el 39 y no pudo mandar por él hasta el 45, cuando acabó la guerra aquí contra Alemania; mi padre vino ya con quince años y siempre estuvo a caballo de los dos países, había dejado hermanos mayores que él en Barcelona, que ya no quisieron cambiar de país cuando les fue posible. Tampoco lo tuvo fácil al principio en Londres, hasta que se abrió paso. Se casó bien, las dos veces; no le costó en exceso, era un hombre encantador y guapo. Un enorme error y una injusticia, según sus palabras, que le tocara pasar dificultades al comienzo de su vida, pero desde luego las olvidó y se resarció muy pronto. Eso lo decía riéndose, de todas formas. El siempre sostenía, ha sostenido, que al mundo se viene para correrse una juerga, y el que no lo entienda así se ha equivocado de sitio, eso dice. Tenía muy buen humor, lo tiene, es de esas personas que huyen de la gente triste y que se aburren en el sufrimiento; aunque tengan motivos para él acaban por sacudírselo, les parece un sinsentido y una pérdida de tiempo, como un periodo de tedio involuntario, impuesto, que interrumpe la permanente fiesta e incluso puede arruinarla. El sintió muchísimo la muerte de mi madre, yo lo vi, su dolor fue muy sincero, rozó la desesperación algunos días, andaba como trastornado, encerrado en casa, lo cual era en él insólito, se.ha pasado la vida yendo a sitios sociales y procurándose diversiones. Pero era incapaz de quedarse anclado en la pena más allá de unos meses. El lamento lo tolera sólo como coquetería breve, el ajeno y el propio, como un juego en busca de ánimos o de cumplidos, y demorarse en él le habría parecido desaprovechar la existencia, un desperdicio.
    Esa era la palabra que había utilizado Wheeler, y también mi padre, para referirse a otra cosa muy distinta, a los muertos de las guerras, sobre todo una vez que las contiendas han concluido y se ve que en realidad todo sigue en su sitio, más o menos, como seguramente habría seguido, más o menos, ahorrándonos la carnicería. Así se sienten las guerras, con excepciones, cuando las aleja el transcurrir de los años y la gente ignora hasta las batallas cruciales que permitieron su nacimiento. Según el padre de la joven Nuix, también era un desperdicio dedicarle tiempo al desconsuelo, al duelo. Y me pasó por la cabeza que quizá su idea no era tan diferente de la de mis dos ancianos, aunque sí más tajante: no sólo eran un desperdicio los muertos, bélicos o pacíficos, sino también que nos ensombrecieran y nos arrastraran con ellos, sin permitirnos recuperarnos ni volver a alegrarnos. Nos hincaran la rodilla en el pecho y pesaran sobre nuestra alma.
    – ¿Cómo se llamaba tu padre de nombre, cómo se llama? -le pregunté, me corregí en seguida. Me había contagiado de sus oscilaciones temporales, 'Sostenía, ha sostenido', 'Decía, eso dice', 'Tenía, lo tiene', supuse que se le escapaban los inadecuados tiempos verbales porque el padre ya era mayor, y le costaría más cada día ver en él al de su infancia; nos ocurre a los hijos, que tomamos a los padres y madres de cuando éramos niños por los más verdaderos, los esenciales y casi los únicos, y más adelante, aun reconociéndolos y respetándolos, aun sosteniéndolos, los vemos un poco como impostores. Quizá nos vean ellos a su vez así, a nosotros, de jóvenes y de adultos. (Yo me estaba ausentando de la niñez de mis hijos, quién sabía por cuánto más tiempo; la única ventaja sería, si se prolongaba mucho el extrañamiento, que luego no nos veríamos como impostores, ni ellos a mí ni yo a ellos. Más bien como tío y sobrinos, algo así, algo raro.)
    – Alberto. Albert. Bueno, Albert. -La segunda forma la había dicho a la catalana, esto es, con el acento agudo, y la tercera a la inglesa, con el acento llano. Deduje que era de esta última manera como habría acabado llamándose el padre en su país de adopción: como lo llamarían sus conocidos y amigos, y su segunda mujer en casa, y como la niña Pérez-Nuix lo oiría, antes de renunciar a su guión pretencioso-. ¿Por qué?
    – Por nada. Si se me habla de alguien a quien no conozco, me hago mejor idea si sé su nombre de pila. Esos nombres condicionan bastante, a veces. Por ejemplo, no resulta indiferente que Tupra se llame Bertram. -Y me aproveché, con la siguiente frase, de mi pasajera posición de mando, fue una tentativa de crearle inseguridad a la joven, o de meterle una prisa que ya no existía, estaba acomodado a la situación y a su presencia agradable, definitivamente mi salón era más acogedor con ella dentro, y más entretenido-. Todavía no sé por qué me estás contando todo esto de tu padre. No es que no me interese, cuidado. Me gusta saber de ti, además eso.
    – No te preocupes, no me he ido por las ramas; o no del todo, ya voy a ello -me contestó algo apurada. Había surtido efecto mi frase, a veces es muy sencillo poner a alguien nervioso, incluso a los que así no se ponen. Ella era de esos, como Tupra y Mulryan y Rendel. También yo debía de serlo, si me habían admitido en su grupo, aunque no creyera poseer esa virtud o no tuviera conciencia de ella, a menudo me noto por dentro los nervios como alfileres. Luego acaso fingíamos todos, o manteníamos la calma en el trabajo, y no fuera tan eficazmente-. Bueno, desde la muerte de mi madre… Mi padre lleva seis años más desatado que nunca, más necesitado de actividad y de compañía. Y a partir de cierta edad, por sociable y encantador que uno sea, hacerse con ambas cosas puede costar dinero; él lo ha gastado a manos llenas, ya sin el control de mi madre.
    – ¿Qué, se lo dejaba administrar por ella?
    – No exactamente. Era sobre todo que venía de ella, ella era quien más tenía, de familia, y más o menos en orden y asegurado. No que fuera rica, no una fortuna, pero lo bastante para no padecer ahogos, digamos, durante una vida, o incluso vida y media de comodidades. Lo que él ganó siempre fue esporádico. Se metía con optimismo en negocios azarosos y varios, producción cinematográfica y televisiva, editoriales, bares de moda, incipientes casas de subastas que no despegaban. Alguno iba bien y le proporcionaba grandes beneficios un año o dos, pero nunca estables. Otros iban fatal, o se lo engañaba, y perdía lo invertido de golpe. En unas y en otras rachas, jamás cambió su estilo de vida, ni se privó de sus entretenimientos y festejos. Mi madre se encargaba de ponerle un poco de freno, de que no se le disparase el derroche hasta el punto de constituir un peligro para su economía. Eso se terminó hace seis años. Ahora, hará un mes, me he enterado de que ha contraído tremendas deudas de juego. Siempre fue un entusiasta de las carreras, y de las apuestas a sus queridos caballos; pero es que ahora apuesta a todo, a lo que sea, y además ha ampliado el campo a Internet, donde la variedad es ilimitada; frecuenta timbas y casinos, sitios en los que nunca le falla la presencia de gente excitada, lo que más lo ha atraído desde que yo tengo memoria, así que esos lugares se han convertido en su principal manera de continuar hoy con la juerga en que para él consiste el mundo; y para acceder a ellos no hace falta caer en gracia ni esperar a ser invitado, lo cual es una gran ventaja para un hombre ya entrado en años. Luego, desaparecía de casa durante temporadas, y yo no sabía nada de él hasta que se acordaba de avisarme una noche desde Bath o Brighton o París o Barcelona, o desde un hotel aquí en Londres, le daba por coger una habitación, date cuenta, en la propia ciudad en la que tenía su casa, y nada mala, para sentirse más partícipe de la animación y el trasiego, deambular por el vestíbulo y entablar conversación en los salones, normalmente con absurdos turistas americanos, los más deseosos de departir con nativos. También me he enterado de que, hasta hace sólo unos meses y desde hacía decenios, mantuvo en alquiler fijo una pequeña suite en un hotel con solera, el Basil Street, que no es de lujo y se ve un poco anticuado, pero imagínate el dispendio, e imagínate para qué la habrá tenido, y el agasajo es lo que sale más caro. Esa deuda, al menos, ya está saldada, los del hotel fueron comprensivos y llegué a un compromiso con ellos. No así las de juego, claro, que se le han hecho demasiado elevadas, como suele pasarles a los aficionados ingenuos y a quienes se esfuerzan por caer bien a sus nuevos conocidos, y a mi padre le encanta renovar su círculo de amistades. -La joven Pérez Nuix tomó aliento (pero sin aspaviento), descruzó y cruzó las piernas, inviniéndoles la posición (la de abajo arriba y la de arriba abajo, creí hasta oír el avance de la rasgadura, ojo no le perdía), y me acercó su copa por la base, una pulgada. Prefería que no bebiera tanto, aunque parecía tener buen aguante. No me di por enterado, esperaría a que insistiera, o a que la empujara en mi dirección más pulgadas-. Por fortuna no las tiene muy dispersas, las deudas, algo es algo. Dentro de todo, no carece de sensatez absolutamente, así que le fue pidiendo créditos a un banco; bueno, más bien a un banquero amigo, a título semipersonal, era amigo de mi madre en principio, suyo sólo por proximidad o consorcio. Este señor, sin embargo, Mr Vickers, delegó en un testaferro, para no involucrar a su banca ni de lejos, entiendo: un hombre de muy variados negocios, relacionado con loterías y apuestas entre otras mil cosas, y prestamista ocasional por tanto. Las sumas procedían del banquero siempre, en este caso, pero el testaferro quedó encargado de efectuar las entregas y también de recuperarlas, con sus intereses digamos bancarios. Y como, si no logra cobrarlas, deberá responder él ante Vickers y satisfacerle esas cantidades de su bolsillo, no sé si te vas haciendo ya una idea del apuro en que se encuentra mi padre.
    – Bueno, no sé, lo denunciarían, ¿no? ¿O cómo va eso? ¿No puedes llegar a un arreglo con ese Vickers, si era amigo de tu madre?
    – No, no va así la cosa, no me entiendes -dijo Pérez Nuix, y en las últimas tres palabras hubo un acento de desesperación cernida, el primero que le notaba-. El dinero es suyo en origen, sí, pero a todos los efectos prácticos es como si no lo fuera. Es sólo como si él hubiera dado la orden: 'Préstale a este caballero, hasta tal máximo, y que te lo devuelva con estos intereses y en tal plazo. O que no te lo devuelva, me da lo mismo; tú me lo traes'. Oficialmente él no lo toca, ni para darlo ni para recobrarlo. No es asunto suyo ocuparse de las transacciones, al cuidado del testaferro desde el primer hasta el último paso, y sobre las que el banquero no ejerce control alguno; se trata justamente de quitarse eso de encima; en consecuencia, renuncia a intervenir, ni querría. No querrá ni saber si lo que le llega en la fecha fijada viene del deudor o no; lo recibe de quien lo recibió antes de él, como debe ser. Eso es todo. El resto no es de su incumbencia. Así que el problema no lo tiene mi padre con Vickers, sino con este hombre, y no es de los que van a una comisaría a cursar denuncias inútiles. No estamos en tiempos de Dickens, cuando la gente iba a la cárcel por cualquier deuda ridícula. ¿Qué ganaría además con eso, con meter entre rejas a un hombre de setenta y cinco años? Eso en el supuesto de que le fuera posible.
    – ¿No lo embargarían, a tu padre?
    – Déjate de vías legales y lentas, Jaime, ese hombre no recurriría a ellas para saldar una cuenta pendiente, y supongo que por eso delegan en él Vickers y otros, para que nadie tenga que perder el tiempo y todo salga como estaba previsto.
    – ¿No puede vender, tu padre? La casa, lo que le quede. -La mirada de la joven, un destello impaciente pese a su posición de inferioridad o desventaja (había empezado a pedirme), me hizo comprender que esa solución no contaba, bien porque ya hubiera vendido, bien porque ella no estuviera dispuesta a que su padre se quedase sin su techo de siempre, eso es lo único que consuela y calma a los viejos y a los enfermos cuando les toca pararse, por andariegos que hayan sido. No insistí, me desvié en seguida-. Bueno, si lo que me estás diciendo es que temes que le den una paliza o incluso un navajazo, tampoco veo qué sacarían en limpio de eso, ni el banquero ni su testaferro. El cadáver de un casi anciano en el río. -'Demasiadas películas antiguas', pensé al instante. 'Siempre me imagino el Támesis devolviendo sus cuerpos hinchados, cenicientos, mecidos.'
    – Al primero le pagaría el segundo, olvídate de él, está fuera del juego; sólo lo ha desencadenado, y aunque el dinero provenga de él, ya no proviene. -'Según eso', pensé, 'las cosas no las desencadena el que pide, sino el que accede a la petición que le llega; más vale que me aplique el cuento'-. En cuanto al testaferro, en esta ocasión sufriría una pérdida, pero en otras habrá obtenido y seguirá obteniendo ganancias. Lo que no puede permitirse es un precedente, que alguien no cumpla y no le pase nada. Quiero decir, nada malo. ¿Lo entiendes? -Y aquí volvió a aparecer la nota, quizá era más de exasperación incipiente que de lo que he dicho antes-. No es que fueran a dañar, por fuerza, físicamente a mi padre, aunque tampoco es descartable, en absoluto. En todo caso lo perjudicarían gravemente, eso es seguro. Tal vez en mí misma, si no encontraran otro medio mejor para escarmentarlo, o, desde su punto de vista, para aplicar las reglas, penalizar un impago y hacer justicia. No podrían dejar sin su andanada a un navegante temerario, que se ha saltado el peaje. Con todo, no es lo que más me preocupa, lo que a mí pudiera ocurrirme, y no es muy probable que me convirtieran en su objetivo, saben que conozco a gente, que estoy blindada por algunos flancos, que sé defenderme; no de una paliza ni de un navajazo, claro, pero no irían por ahí conmigo, sino que intentarían desacreditarme, hacer que no volviera a trabajar en nada de lo que me interesa, echarme a perder el futuro, y lograr eso con alguien joven no es nada fácil, el mundo da tantas vueltas… que, no sé, se pone del revés muchas veces. Lo que sobre todo temo es lo que le hicieran a él, física o moralmente, o biográficamente. Va tan ufano por la vida que no comprendería lo que le estuviera pasando. Eso sería lo peor, su desconcierto, no levantaría cabeza. No sé, le arruinarían lo que le resta de vida, o se la acortarían. Eso en el caso de que no decidieran quitársela, toco madera y cruzo los dedos. -Y la tocó y los cruzó, ante mi vista-. A un hombre mayor sí que es fácil hundirlo del todo. No digamos matarlo, cruzo los dedos. -Y en efecto los cruzó de nuevo-. Se cae sólo con empujarlo.
    Se calló un momento y se quedó mirando su copa vacía, pero esta vez no quería o no se acordó de acercármela. Acarició con los mismos dos dedos la base. Era como si viera en ella a su alegre y frivolo y frágil padre, bastaría con volcarla para que se rompiera en pedazos.
    – ¿Y qué puedo hacer yo al respecto? ¿Cómo entro yo en todo esto?
    Levantó en seguida la vista y me miró con sus ojos veloces y vivos, eran castaños y jóvenes y no estarían aún muy cargados de pegajosas visiones que no se marchan.
    – Ese hombre al que te tocará interpretar pasado mañana o al otro, o como tarde la semana que viene -me contestó casi pisándome la segunda pregunta, como quien lleva largo tiempo esperando ver un faro en la niebla y por fin lo distingue y lo vocea-, es ese testaferro, nuestro problema, el problema. Y es otro inglés con apellido extranjero. Se llama Vanni Incompara.

    Vanni o Vanny Incompara, así dijo que se lo conocía, aunque su nombre era John oficialmente, era inglés sin duda, no estaba segura de si por nacimiento -resultaba ser un hombre elusivo, ella estaba recopilando ahora datos sobre su pasado, con inesperadas tinieblas en el rastreo- o por haber adquirido con rapidez la ciudadanía, valiéndose de influyentes contactos o mediante algún subterfugio discreto y raro, y así no le constaba si era un inmigrante de primera generación o de segunda, como lo eran Tupra y ella, esto último, nacidos ambos ya en Londres, ignoraba si Bertram lo era en realidad de tercera o cuarta o enésima, tal vez su familia llevaba siglos aposentada en la isla. Nunca le había preguntado por eso, tampoco por el origen de su extraño apellido, no sabía si era finlandés, ruso, checo, armenio o turco, como yo le sugerí y a mí me había sugerido Wheeler la primera vez que me habló de quien se convertiría en mi jefe, burlándose de su nombre un poco, cuando yo aún no lo conocía, ni si era indio, apuntó ella de pronto, la verdad era que no tenía ni idea, a ver si un día se acordaba de averiguarlo, él nunca mencionaba sus raíces, ni a parientes vivos ni muertos ni remotos ni cercanos, esto es, a consanguíneos -debió de pensar en Beryl al puntualizar, desde luego yo pensé en ella-, como si hubiera surgido en el mundo por generación espontanea; también era cierto que no tenía por qué hacerlo, en Inglaterra se tendía a ser reservado si no opaco en lo personal, hablaba de sí mismo y de lo que había vivido a veces, pero siempre con vaguedad, sin jamás situar ni fechar con precisión las andanzas que evocaba, cada una aislada de las otras y sin apenas contexto, como si nos mostrara tan sólo pequeños fragmentos de lápidas destrozadas.
    Era posible que este John Incompara hubiese llegado a Inglaterra hacía no demasiados años, eso explicaría que aún le gustara ser llamado por el diminutivo de su nombre italiano, Vanni lo era de Giovanni, me explicó didáctica y amablemente, por si yo no había caído en la cuenta. Se había empezado a tener noticia de sus actividades, en todo caso, en tiempos bastante recientes, y a buen seguro era un individuo hábil: había hecho con celeridad dinero -o acaso ya lo traía- y amistades de relativa importancia, y si delinquía, como era probable, se cuidaba de disfrazar o maquillar las ilegalidades con los asuntos de guante blanco y de no dejar pruebas ni indicios en sus sospechadas acciones más drásticas, o más brutales. Contra él no había nada, o ella no tenía nada efectivo con lo que intentar negociar, por ejemplo, la directa condonación de la deuda paterna, sin más rodeos. Lo único de que disponía ahora era de mí. Vanni Incompara iba a ser examinado, estudiado, interpretado por el grupo y a mí me iba a tocar trabajar con Tupra en ello. En la medida de su conocimiento, se trataba de un encargo de terceros, de algún particular particular que seguramente estuviera pensándose si hacer negocios con él y quisiera precaverse y saber más, hasta qué punto era de fiar y hasta qué punto engañaba, hasta cuál era constante y hasta qué otros rencoroso, o paciente, o peligroso, o resuelto, cosas así, las habituales. De paso, Incompara quería probar, si su previsible encuentro con Tupra le daba oportunidad de ello, a establecer un inicio de trato o aun de confianza con él, al que sabía excelentemente relacionado en casi todos los ámbitos, una fecunda vía de acceso a mucha gente adinerada y a celebridades. Lo que me pedía Pérez Nuix no era gran cosa, bien mirado, dijo. Un inmenso favor para ella, para mí no tanto esfuerzo, se reafirmó pese a mis anteriores protestas, ahora que me lo estaba explicando. Sólo que ayudase a Incompara, en la medida de mis posibilidades y de mi prudencia, a salir del escrutinio con un notable o un aprobado; que emitiera una opinión favorable en lo relativo a su fiabilidad, a su falta de peligrosidad y rencor hacia sus socios y sus aliados, a su capacidad para resolver problemas y vencer dificultades, a su valor personal; que tampoco exagerara la nota, y no me apartara en exceso de lo que en él viera Tupra, o yo creyese que Tupra advertía (no solía pronunciarse mucho en nuestra presencia, sino que nos preguntaba, nos apretaba, y así intuíamos hacia dónde nos dirigía y se encaminaba); que introdujera matices y sombras, lo cual me sería fácil, para que nuestro jefe no se encontrara con un cuadro de una sola luz y un color, del que se inclinara a desconfiar por principio y por demasiado nítido; que en ningún caso lo perjudicara. Y que, si por ventura notaba la más leve corriente de afinidad o simpatía entre los dos hombres, la fomentara y la celebrara luego, asimismo sin insistir, con discreción y aun con indiferencia; sólo un eco quedo, un rumor, un murmullo. 'Un murmullo sosegado y paciente o desganado y lánguido’, pensé, 'de palabras que se van deslizando suave o desmayadamente, sin el obstáculo de la alerta ni de la vehemencia, y que así se absorben pasivamente o como un regalo y parecen algo que no computa ni cuesta ni trae provecho. Como los que llevan y desprenden los ríos en mitad de la noche de fiebre, una vez apaciguada; y ese es uno de los tiempos en que todo puede ser creído, hasta lo más inverosímil y descabellado y hasta una mancha de sangre que borramos aunque no existiera, como se cree a los libros que le hablan a uno entonces, a su fatiga, a su sonambulismo, a la fiebre, a sus sueños, aunque esté o se crea muy despierto, y nos convencen de lo que quieran, incluso de ser un hilo de continuidad entre vivos y muertos, ellos en nosotros y nosotros en ellos, y de entendernos.' Y a continuación me vinieron a la memoria las aproximadas palabras de Tupra en la cena fría de Sir Peter Wheeler junto al río Cherwell de Oxford: 'A veces dura días tan sólo, el efecto de ese tiempo, y a veces dura ya siempre'.
    – Pero si ese individuo no perdona una deuda a un hombre mayor e indefenso -le dije a Pérez Nuix tras quedarnos callados ambos durante unos segundos, yo había apoyado la mejilla derecha en el puño mientras la escuchaba, y así aún la mantenía; y me di cuenta de que ella había hecho lo mismo mientras me hablaba, los dos con la postura idéntica como un matrimonio estable que se contagia los gestos-; si lo ves capaz de acciones brutales y es lo que más temes de él con tu padre; y si además no es tipo que engañe, como me dijiste hace ya rato ('yo lo sé, yo lo conozco', has dicho); entonces no veo de qué modo podría persuadir yo a Tupra de no percibir lo que le será manifiesto. Quizá me atribuyes dotes que no poseo, o demasiada influencia, o tienes a Bertram por un despistado y un pardillo, lo cual no creo. El es mucho más veterano que yo, y más ducho, y más agudo. Y también que tú, seguramente. Me refiero a veterano. -Hice esa puntualización innecesaria pensando en la opinión del propio Tupra sobre sus capacidades, según Wheeler, y porque tampoco quería rebajarla. Pero ella no recogió el cumplido indirecto.
    – No, no me has entendido del todo, Jaime -me contestó con su nota de desesperación o exasperación de nuevo, pero la reprimió en el acto-. No he llegado a explicarme, cuando te he dicho eso. Yo he estado con Incompara, sí, me he reunido con él ya un par de veces, a ver qué podía sacarle, qué se podía hacer por mi padre, a intentar calmarlo y ganar tiempo, ver qué cosas le interesan y si tenía en mi mano alguna moneda de cambio que yo ignorase, y resulta que la tengo. Si tú me ayudas. No es tipo que engañe mucho, en efecto. Quiero decir que uno advierte en seguida que no tendrá escrúpulos si ha de dejarlos de lado o le es muy conveniente. Y su brutalidad probable. No tanto personal (no me lo imagino pegando palizas) cuanto en las órdenes que dé y en las decisiones que tome. Se advierte su dureza en los pactos, su obcecado apego a los cumplimientos, una especie de reglamentista, aunque esto podría ser una escenificación para justificar ante mí su intransigencia en mi asunto. Apego a los cumplimientos ajenos, claro está, no a los propios. Un rasgo, por lo demás, hoy tan común a tanta gente, nunca estuvieron los ojos tan satisfechos de llevar sus beams bien visibles. -No le salió ahí la palabra española, 'vigas'; eso le pasaba muy rara vez, pero alguna; era inglesa al fin y al cabo, eso decía-. Pero todo eso no es malo, no es negativo ni disuasorio a la hora de valorar la eficacia de alguien con quien se va a contar como socio. Al contrario, y por eso recurren a él y lo utilizan personas como Mr Vickers, un hombre honrado que simplemente no quiere ocuparse ni saber nada de los detalles confusos o desagradables. Bertie distinguirá todo eso en Incompara, desde luego, y en ello tú no vas a contradecirle, porque lo observarás también y porque sería inútil discutirle algo palmario. Claro que Incompara es de cuidado (si no mi situación no sería tan grave), y en esos aspectos no es ya que no engañe, sino que le resultaría muy difícil hacerlo. No te estoy pidiendo que mientas en casi nada, Jaime, sobre todo allí donde no serviría. Ninguna mentira sirve si no es creíble. Bueno, si no es creída. Perdona que insista en esto, pero lo que te pido es poco, y mucho lo que yo ganaría.
    – ¿Qué ganarías, exactamente?
    – Vanni Ineompara estaría dispuesto a perdonarle la deuda a mi padre, a cambio de esto. Íntegra.
    – ¿A cambio de qué, exactamente? -Volví a emplear el mismo adverbio-. ¿Con qué quedaría contento ese individuo? ¿Cuál habría de ser la consecuencia, en qué se concretaría tu parte? Y tú le crees.
    Sí, le creo en esto. Él no dudaría en escarmentar a mi padre o a cualquiera que no le cumpliese, pero estoy segura de que siempre prefiere ahorrárselo. No le importará no cobrar el dinero si se le compensa con algo que valga, de dinero ya anda largo. Él sabe que se ha pedido asesoramiento sobre él, a nuestro grupo. Bueno, a Bertie, que es quien recibe las instrucciones de arriba y la mayoría de los encargos privados. Los de enjundia. Yo no sé quiénes han solicitado su informe, Incompara no me lo ha dicho, pero eso a nosotros nos da lo mismo, ¿no? Lo ignoramos casi siempre, de todas formas. Sean quienes sean, para él es importante que le den el visto bueno y lo acepten, o llegar a acuerdos con ellos, o entablar negocios, o participar de sus proyectos. Me daría por pagada la deuda si al final eso se produce, es decir, si esa gente que lo va a someter a examen no lo rechaza, eso le basta. Lo achacaría a mi intervención, a mi colaboración, al menos en parte, suficientemente, eso dice, no las tendrá todas consigo, conocerá sus puntos flacos y los creerá detectables para un ojo entrenado, como nos pasa a todos cuando nos sabemos bajo la lupa. Eso tardaríamos en saberlo unos días, el resultado, quizá alguna semana, pero mientras tanto… En el peor de los casos, contaríamos con un aplazamiento para mi padre.
    – Sí, su español era decididamente libresco: no le salía ‘vigas' pero sí 'escarmentar', 'entablar' o 'enjundia'. Había hecho suya la cuestión, querría dejar al padre lo más a un lado posible, librarlo hasta de los trámites, había asumido ella su deuda y por eso decía 'Me la daría por pagada', o 'mi situación', o 'mi asunto'. Ni siquiera 'Nos' y 'nuestro'.
    – ¿Por qué estás tan segura de que me va a tocar a mí, interpretar a ese Incompara? ¿No podría tocarte a ti, y así no tendrías problemas, ni que pedirle el favor a nadie?
    – Llevo ya unos cuantos años con Bertie -me contestó-. Suelo saber a quién va a asignar cada sujeto, cuando no es trabajo rutinario y estoy enterada de antemano. Cuando hay dinero grande por medio o se requiere un tacto especial por la razón que sea. No sé, sí hubiera que realizar un estudio de la actual novia del Príncipe, por ejemplo (y eso ya caerá, antes o después nos caerá eso), recurriría a mí para la tarea. Para ayudarlo, vamos, como segunda opinión, como contraste, porque ahí no delegaría en nadie. Él sigue, además, un alambicado sistema de turnos, dentro de nuestras características. No es muy rígido, pero según ese turno y mis cálculos, también te toca. Qué más quisiera yo que ser elegida para Incompara, ojalá. Si me equivoco y así sucede, no te quepa duda de que me alegraré la primera, más que tú y más que él, más que nadie. Me facilitaría las cosas, preferiría no depender de ti. No importunarte con esto, no mezclarte. He dudado mucho antes de pedirte nada. Lo he dudado estos días atrás, y ahora mismo durante la caminata, más de una vez he estado a punto de dar media vuelta y marcharme a casa. Lo que yo no puedo hacer es ofrecerme, ni mostrar predisposición a encargarme de alguien, porque Bertie se preguntaría el porqué al instante, y me lo preguntaría, y se le despertarían sospechas, él no las rehuye ni las duerme nunca, no descarta tenerlas de nadie. Ni de su madre, si le queda madre, nunca le he oído hablar de alguien suyo, ya te he dicho. Y hay aquí otro elemento: por lo que yo sé, Incompara debe de andar ya metido en demasiados sitios. Bertie considerará, entre otros factores, que tú eres el menos expuesto, digamos, a contaminaciones azarosas previas, por no llevar aquí mucho tiempo en Londres.
    Me quedé mirándola y le serví la copa que antes le había escatimado, la cuarta. La vi cansada, o quizá empezaba a acusar el esfuerzo de convencer y pedir, eso cuesta, y tensa, y eso agota, y hay un momento en que, por mucho empuje con que se acometiera el asalto, se duda de la concesión y del éxito. Se piensa que todo es en balde, que la gente es capaz de negar o se complace en negar y niega, y siempre encuentra para ello excusas inapelables: 'Ahora ando mal de dinero', 'No me quiero ver envuelto', 'Me pides demasiado, compréndelo', 'No saldría bien, se me da fatal eso', 'Tengo mis lealtades', 'No puedo asumir tanto riesgo', 'Si por mí fuera lo haría, pero hay otros involucrados'; o bien aún más claro, 'Qué gano yo a cambio'. Quizá la joven Pérez Nuix se iba ya preguntando, perdida la fe de pronto, por cuál de estas fórmulas me inclinaría. Sí, qué ganaba yo a cambio. No veía el beneficio y ella sabría que me era imposible verlo porque para mí no lo había. Ni siquiera había tirado por esa senda, hasta ahora, ni siquiera había intentado inventárselo. Le miré la carrera de nuevo -le miré las piernas cada vez más descubiertas- en aquellos instantes de distracción suya, casi de abandono. Esperaba que reaccionara antes de que le estallaran las medias (eso sería un susto), o de que se le quedaran flojas, colgando (eso es repugnante), o se le cayeran de golpe al suelo (eso es embarazoso), ninguna de esas tres posibilidades me hacía gracia, romperían todo el encanto de la tela rasgada pero aún tirante. Así que señalé hacia sus muslos con la barbilla alzada y le dije (se me escapó, mi voluntad no intervino o aparentó no hacerlo):
    – Vaya carrera que se te ha hecho en la media, no sé si te has dado cuenta. Habrá sido durante la caminata. O el perro.
    – Sí -contestó con naturalidad, sin sobresalto-, hace un ratito que me la he visto, pero no quería interrumpirte. Voy al cuarto de baño un momento, será mejor que me las quite. Qué vergüenza. -Se levantó (adiós visión) y cogió el bolso, el perro se irguió, se dispuso a seguirla, ella lo frenó en inglés con dos palabras (era un perro autóctono, naturalmente), lo convenció de permanecer echado, desapareció. 'Qué vergüenza', lo dijo ya desde el pasillo, fuera de mi campo visual. Pero no se la noté, no la sentía. 'No está tan cansada ni tan desalentada ni tan abatida', pensé. '¿Interrumpirme a mí? No ha podido ser una confusión ni un despiste. Ni por el vino. Es ella quien está hablando, quien está contando, quien ha venido hasta aquí y está rogando, aunque todavía no haya hecho esto último propiamente, ni con el tono ni con el vocabulario ni con la pesadez ni con la insistencia. Pero aun así está rogando, sólo que sin arriesgarse a provocar rechazo y resultar contraproducente. Pide sin patetismo y sin humillarse, casi como si no pidiera. Tampoco lo hace con soberbia. Como si expusiera.' Cuando regresó no calzaba ya medias, luego no era de esas precavidas mujeres que llevan unas de repuesto; o sí, pero había decidido no ponérselas, las botas sobre la piel, no hacía frío en la casa. Cruzó las piernas como si nada hubiera pasado (volvió la visión, mejor en parte), cogió dos aceitunas, cogió una patata, bebió un tímido trago, tal vez controlaba lo que bebía más de lo que yo había creído-. Tú me dirás, Jaime, qué me respondes. ¿Puedo contar con tu ayuda? Es un favor grande.
    Llevaba demasiado rato sentado. Me levanté y me acerqué a la ventana, la subí, la abrí unos segundos, asomé la cabeza y miré al cielo, a la calle, me mojé las mejillas levemente, la nuca, no pararía la lluvia en varios días y varias noches, tenía toda la pinta de ir a quedarse sobre la ciudad algún tiempo, o sobre el país que para ella era 'country' y acaso era también 'patria’ el peligroso y hueco concepto y la peligrosa e inflamadora palabra, la que permite decir a una madre para justificar al hijo: 'La patria es la patria, y las mentiras ya no son las mentiras cuando se trata de ella’. Pobre y cautiva madre, la del traidor no a esa patria, sino al amigo antiguo, siempre es más seguro jugársela a un solo individuo, por próximo que sea, que a la idea abstracta y vaga de la que cualquiera puede erigirse en representante y así a cada paso podría uno encontrarse con acusaciones de desconocidos, de abanderados a los que nunca ha visto, que se sentirán traicionados por nuestras acciones o pasividades; es lo malo de las ideas, que les salen representantes de bajo las piedras, en todas partes, y todos pueden adherirse a ellas de acuerdo con su orfandad o conveniencia, y proclamar que las defienden con lo que sea, bayoneta y delación, persecución y tanque, mortero y difamación, o saña y daga, todo vale. Quizá a mí me era más fácil que a Pérez Nuix intentar jugársela a Tupra. Para mí era un solo individuo y sólo eso, mientras que tal vez para ella representaba a su patria, en alguna medida, o al menos encarnaba una idea. El engaño vendría de ella, pero por la persona interpuesta que yo sería, y esas personas ayudan indeciblemente a difuminar la culpa, parece que uno no tenga tanto que ver o tras el cumplimiento apenas nada, por supuesto ante los demás pero también ante uno mismo, y por eso se recurre tanto a ellas, a testaferros, sicarios, soldados, a matones, hombres de paja, asesinos a sueldo y a la policía; e incluso a la justicia, que a menudo hace las veces; de brazo ejecutor de nuestras pasiones, sí lograrnos primero enredarla y convencerla luego. Cuesta menos acabar con alguien o buscarle la ruina si uno sólo da la orden o activa las maquinaciones, o paga la suma o va a quien debe con el chivatazo o urde la trama, o si pone la denuncia y conspira y son otros los que conducen a nuestra víctima hasta el calabozo, no digamos si la ajustician tras pasar por incontables intermediarios, legales todos, que se van repartiendo la culpa por el largo camino hasta que a nosotros nos devuelven sólo las enfriadas sobras, migajas de poco peso, y lo único que recibimos al final del proceso que originamos es una frase escueta, un mero comunicado, a veces un sobreentendido: 'Se ha dictado sentencia', o 'Se ha cumplido', o 'Problema resuelto', o 'Ya no tienes de qué preocuparte', o 'Acabado el tormento', o 'Puedes dormir tranquilo'. O bien 'He hecho el hecho' o 'He cometido el acto’ (lo que una vez fue ‘I have done the deed’ en boca de un escocés antiguo). Sería menos siniestro en mi caso, se trataría de llamar a Patricia un día o ni siquiera eso: de susurrarle en la oficina, cuando nos cruzáramos y nos rozáramos: 'Se lo ha tragado'. El nombre principal de la traición, Del Real ese nombre, también había actuado por personas interpuestas contra mi padre: primero reclutó al segundo nombre, aquel profesor Santa Olalla que prestó su firma para reforzar una denuncia contra quien no conocía, y luego… No habían ido por él ellos dos, por Juan Deza, el día de San Isidro del 39, sino que habían enviado a la policía de Franco para detenerlo y meterlo en la cárcel, y después habían intervenido testigos, fiscal, abogado y juez de farsa, casi nada es nunca directo ni cara a cara, ni vemos el rostro de quien nos pierde, casi siempre hay alguien en medio, entre tú y yo, o yo y el muerto, entre él y ella.
    – ¿Por qué no se lo has pedido a Tupra directamente? ¿No crees que se mostraría comprensivo, que te haría el favor si le explicaras lo mismo que a mí, lo de tu padre? Haría una excepción, seguramente. A él lo conoces mucho más que a mí, me da la impresión de que os tenéis confianza y hasta algo de afecto irónico, por así llamarlo, como si os hubierais tratado también fuera de la oficina. -No quise continuar por ahí, no quise insinuar lo que me sospechaba que habría existido entre ellos; lo que no creía era que aún se diera, lo imaginaba más como cosa pasada, y puede que pasajera en su día, o sólo a medias voluntaria. Ahora le hablaba a más distancia que antes, con la espalda contra la ventana abierta, notaba el aire atravesar mi camisa, por fortuna no llovía oblicuó, tendría que volver a bajar la guillotina en cuanto se hubiera despejado el humo-. De hecho a mí me conoces muy poco. ¿Qué te ha llevado a pensar que yo sea más accesible que él, más propenso a conceder lo que pides, más útil? No sé, él te guardará algo de agradecimiento, aunque sólo sea por los años de colaboración y buen trabajo. Yo, en cambio -dudé un momento, hice recapitulación fugaz, no hallé nada-, aún no tengo por qué tenértelo, que yo sepa o que recuerde.
    – Tú eres español -me dijo-, y por lo tanto menos rígido en materia de principios. Acabas de llegar a esto, puede que te largues pronto y eres un asalariado. No es que Bertram tenga demasiados, ni que sean los más nobles, según el común entender de la gente; claro que es capaz de hacer excepciones, en este oficio no hay más remedio, como en la mayoría, por otra parte. Pero los que tiene sí los observa, y uno de ellos es no jugar con el trabajo. Si se produce un fallo, lo acepta, pero no quiere que se deba a negligencia ni que sea deliberado, es decir, falso. Sólo acepta los inevitables, cuando de verdad nos equivocamos, o nos engañan, o andamos mal de perspicacia, a todos nos sucede de vez en cuando, andar con los ojos bizcos y meter la pata hasta el fondo. No, no me haría este favor, no este precisamente. Me instaría a buscar otras soluciones, pensaría que ha de haberlas, yo sé que no, le he dado a la cuestión mil vueltas. Es más, si él estuviera al tanto, lo tomaría como un dato más sobre Incompara, lo aprovecharía para el informe y quién sabe si en su perjuicio, me arriesgaría a que por mi culpa saliese todo al revés de como necesito. Él tiene en mucho su prestigio, presume de su experiencia. No se considera infalible, pero está convencido de prestar grandes servicios, al Estado y a los clientes, los que acuden a él no son gente insignificante. También tiene en mucho su ojo para elegir colaboradores. Aquí no entra cualquiera, por si no te has dado cuenta. Tú empezaste como traductor de lenguas. Si has pasado a otras cosas es porque te ha visto capacitado y te has ganado su confianza. Has sido rápido. Lo último que esperaría es que uno de nosotros le tergiversara una interpretación a propósito, o le pidiera a él hacerlo. A ti creo que, en cambio, nada de esto te importa mucho. Me parece que estás aquí sólo esperando, y ganando dinero mientras, con algo que te cuesta poco y te divierte más que la radio. Esperando a saber qué hacer, a ver qué hacer, o a ser llamado desde Madrid, a que alguien te diga 'Vuelve'. No te lo tomes a mal, pero creo que no tienes el orgullo puesto en esto. Por eso te lo pido a ti y no a Bertie. Qué más te da. De verdad, es un favor grande.
    'Ven, ven, estaba tan equivocada antes', pensé. 'Ocupa de nuevo este lugar a mi lado, no había sabido verte. Ven. Ven conmigo. Regresa. Y quédate aquí para siempre.' Seguían pasando las noches y yo no oía palabra alguna que se asemejara a estas, nada equivalente, ni un murmullo contradictorio o un falso eco. Quizá tenía razón Pérez Nuix, quizá estaba allí sólo a la espera, 'waiting without hope’ como dijo un poeta inglés al que luego han copiado tantos. Pero si la voz no llegaba nunca, por teléfono o por inesperada carta, o en persona cuando por fin visitar a a mis hijos, habría un día en que me despertaría con la sensación de ya no estar esperando ('Anoche todavía sí, pero, ¿y hoy? Soy una jornada más viejo, es la única diferencia y sin embargo mi existencia ha cambiado. Ya no aguardo'). Descubriría esa mañana que me había acostumbrado a Londres, a Tupra y a Pérez Nuix, a Mulryan y a Rendel, a la oficina sin nombre y a mi trabajo diario y a Wheeler de tarde en tarde, el cual había conocido a Luisa y se convertiría de pronto en el vínculo con mi olvido. Descubriría que me había acostumbrado del todo, quiero decir, hasta el punto de no extrañarme al abrir los ojos ni preguntarme más por ninguno de ellos. Serían mi cotidianidad y mi mundo, lo que es sin porqué y el aire, y a Luisa no la echaría de menos, ni a mis pasadas ciudad y vida. Sólo a los niños.
    Bajé la ventana, empezaba a notar algo de fresco y sobre todo observé que lo notaba ella: no llevaba ya medias, la veía tentada de estirarse la falda para protegerse los muslos y así privarme de esa visión que me agradaba. Pero permanecí aún en el sitio, dando la espalda a la calle, al cielo, a la lluvia. Y también pensé: 'Esta mujer lleva camino de convencerme, como sin duda tenía previsto. Pero todavía está en mi mano responder "Sí" o "No", o "Puede"'.
    – Antes has dicho que no tendría que mentir en casi nada -le contesté-. ¿Cuál sería exactamente ese 'casi'? ¿Qué debería decirle a Tupra que no veo o sí veo en Incompara y que sí veré o no veré, probablemente? Sea lo que sea, también él lo verá o no lo verá, ¿no te parece?
    La joven Pérez Nuix ya no bebía apenas. O se le había pasado la sed furiosa o conocía perfectamente su aguante, y lo medía. Sí fumaba. Encendió otro cigarrillo Karelias, debía de haberle gustado el picor leve. Descruzó las piernas con el mechero en la mano y no las dejó demasiado juntas, y entonces, desde donde yo estaba, me pareció ver el fondo entre ambas, el pico de unas bragas blancas. Procuré que mis ojos no se quedaran fijos en ello, se habría dado cuenta en seguida. Tan sólo les permití fugaces pasadas.
    – Algunas cosas fundamentales no es nada fácil advertirlas, en un encuentro, en una conversación o en un vídeo, no sé si habrá alguno de Incompara que te pueda enseñar Bertie. No es probable pero puede, él consigue de casi todo el mundo. No es sencillo advertir, por ejemplo, que una persona es cobarde, y que en el momento de mayor peligro va a dejarte en la estacada, sobre todo si es peligro físico, o qué sé yo, de cárcel. A mí me ha dado la impresión de que Incompara es así, el par de veces que lo he visto. Puedo estar equivocada, pero no convendría, en ningún caso, que el informe reflejara eso, le haría un daño irreparable. Quienes lo han encargado no querrían saber nada de él si se le atribuyera esa característica, seguro. Eso a nadie le gusta, eso lo hace sentirse a uno frágil, y en precario. De hecho es lo que más miedo da, tener el convencimiento de que si se tuerce un asunto o se pone feo, el que debería ayudarnos se va a largar, va a escaquearse y a dejarnos colgados, o aún peor, a cargarnos el muerto para salvarse. Si tú también percibes eso, no debes contárselo a Bertie, haría falta que ahí mintieses, o que te lo callases, vamos. Y si lo percibe él, debes intentar persuadirlo, con tiento, de que Incompara no es así, de que en él no hay ese rasgo. -Hizo un alto mínimo y se le abstrajo la mirada, como si en verdad estuviera pensando, o desentrañando, a la vez que hablaba, y eso no es frecuente en nadie-. Es de los más difíciles de apreciar, lo mismo que su contrario. Es en lo que más patinamos, y hasta cuando creemos saberlo nos queda siempre un resto de duda que no se disipa hasta que se nos presenta una ocasión de comprobarlo. No hay que esforzarse, por tanto, para sembrar esa duda. Lo que las personas anuncian o proclaman respecto a esa cuestión, respecto a su carácter valeroso o pusilánime, no sirve apenas. De hecho es lo que mejor esconden, y ni siquiera resulta muy apropiada esa palabra: la mayoría de las veces lo hacen tan bien porque en realidad lo ignoran, tanto como el novato al que todavía no ha llegado su bautismo de fuego. La gente se lo imagina, cómo responderá, de acuerdo con sus deseos o con sus temores; pero casi ninguno tenemos certeza de cómo reaccionaremos en una situación de riesgo. A lo sumo lo averiguamos cuando se nos pone a prueba, pero eso no ocurre a menudo en nuestras vidas normales y puede no ocurrir nunca, lo habitual es que atravesemos los días sin sobresaltos ni peligros grandes… Ni siquiera nos asegura nada descubrir que en una oportunidad concreta nos condujimos con valor o con cobardía, porque a la próxima podríamos comportarnos de muy distinta manera, incluso de la opuesta. Nunca tenemos garantizados el arrojo ni el pánico, y si uno mismo se desconoce en esa faceta, es un mérito enorme que un observador, un intérprete, logre distinguirlo con acierto en alguien, es decir, logre prever lo que hasta el interesado ignora, el interesado va medio ciego en ese campo. Por eso estás tú aquí, entre otras razones: tú tienes buen ojo para discernir ese rasgo, aún mejor que el de Réndela y no es que lo opine yo, se lo he oído comentar a Bertie y él los elogios con cuentagotas. Seguramente se fía de ti en ese terreno más que de ningún otro, incluido él mismo. Así que no te costaría mucho hacerlo vacilar ahí, no caería en saco roto lo que tú dijeras. Sí te resultaría más difícil en otros aspectos, por ejemplo en lo relativo a la falta de escrúpulos, a la dureza de Incompara hacia quienes tiene en el puño, a su brutalidad por delegación que te he mencionado. Pero en todas esas cosas no tendrías que mentir, ni que callar siquiera; no serían obstáculo, ya te he dicho, para que quienes lo investigan se asociaran con él o lo admitieran o lo que sea, sino más bien ventajas y virtudes. La cobardía no, en cambio, en ella no hay beneficio alguno. Eso es indeseable para todo el mundo. Me refiero a la del otro, claro, no a la propia. Con la propia todos llegamos a términos. -Tampoco aquí le salió la expresión española, y tradujo literalmente ‘to come to terms with’ que significa ‘adaptarse', o 'aceptar', o 'alcanzar un compromiso' o 'llegar a un acuerdo'. O quizá es 'habérselas'. Tal vez sí estaba algo cansada, o bebida sin denotarlo apenas. Es cuando más fallan las lenguas.
    Era verdad, casi nadie lo sabe, ni una vez sometido a prueba. Si aquella noche me hubieran preguntado cómo reaccionaría ante un hombre que sacara una espada en un lavabo público y amenazara con cortarle a otro el cuello en presencia mía, no habría tenido la menor idea o me habría equivocado, de aventurarme. Me habría parecido tan improbable, tan anacrónico, tan inverosímil, que quizá me habría atrevido a responder, con el optimismo que traen las figuraciones de lo que no va a ocurrir, o lo que es sólo hipotético y por lo tanto imposible: 'Se lo impediría, le sujetaría el brazo y le pararía él golpe, lo obligaría a soltarla, lo desarmaría'. O bien, si la imagen se me hubiera aparecido vivida y le hubiera dado crédito o carta de realidad durante un instante, habría podido contestar: 'Qué dices, qué pesadilla, qué espanto. Me echaría a correr sin volver la vista, saldría por piernas, no fuera a caerme a mí un mandoble, no fuera á llevarme yo el tajo'. Eso había sucedido no mucho después de aquella noche de lluvia, y me había quedado a medio camino, por expresarlo de alguna manera. Ni me había enfrentado al hombre ni había huido. No me había movido ni había cerrado los ojos como los cerró De la Garza y los cerré yo más tarde en casa de Tupra, con menos peligro real o físico pero más peligro moral acaso, o para la conciencia; había permanecido allí atónito y aterrado y le había gritado, había recurrido a la palabra, que a veces detiene tanto como la mano y es más rápida y a veces no sirve de nada ni tan siquiera es oída, y también había mirado con impotencia, o fue quizá con prudencia, más preocupado por mi piel aún a salvó que por la de la víctima ya condenada, a la que no se podía librar de su sino. No sé si eso es natural o es cobardía. Sí, tenía razón Pérez Nuix: ni siquiera se sabe lo que es casi nunca, en qué consiste esa actitud. Para ella hay infinitos disfraces y máscaras, o jamás se presenta en estado puro. Las más de las veces ni se la reconoce, porque no hay modo de separarla de lo demás que nos configura, de desgajarla del núcleo de cada uno, ni de aislarla, ni de definirla. No se la reconoce en uno mismo y sí en los otros, sin embargo, ahí sí se la distingue, extrañamente, cuando se manifiesta. Yo no estaba nada seguro de lo que ella afirmaba y al parecer también Tupra, de que estuviera especialmente capacitado para percibirla en la gente antes de tiempo, para predecirla. De lo que estaba seguro era de que en mí yo no sabía verla, como el Valor tampoco, ni antes ni después áe manifestarse* Resulta oprimente ignorar eso y además saber que no va nunca a aprenderse, pero así vivimos.
    – Creo que sobrestimas mi influencia -le contesté-, la que yo pueda ejercer sobre Tupra y sus opiniones, en ese terreno difícil o en cualquier otro. No creo que ninguna visión mía le hiciera abandonar o modificar una suya, quiero decir cuando la tenga, cuando haya captado algo, y él capta siempre muchas cosas. Desde la primera vez que lo vi su mirada me llamó la atención, de tan acogedora, de tan abarcadora y apreciativa. Esos ojos suyos halagadores y a la vez temibles, a los que nunca es indiferente lo que tienen delante, con una disposición tan activa que dan la impresión de ir a desentrañar en seguida lo que quiera que avisten, una persona, un objeto, un ademán, una escena. Como si absorbieran cada imagen que se pone ante ellos, y la capturaran. Mira, por escurridiza que sea la cobardía, algo así no se le pasaría por alto. Y si yo la notaré en tu amigo, según dices, él también, y se hará su idea. Yo no voy a movérsela, ni aunque me empeñe. Ni aunque lo emborrache.
    La joven Pérez Nuix se echó a reír, una risa simpática, levemente maternal, sin burla o con no más de la que se le hace a un niño por una contestación o un enfado ingenuos, y aproveché su desprevención momentánea para dirigir mi vista hacia donde procuraba no fijarla, ella aún no había vuelto a cruzar las piernas.
    – Disculpa -dijo-, es que me hace gracia comprobarlo también en ti, tan listo. Es increíble lo mal que nos vemos todos, a nosotros mismos, lo mal que nos calibramos y que calculamos nuestras fuerzas y debilidades. Hasta los más dotados y los más entrenados para ahondar en el prójimo y descifrarlo nos volvemos tuertos y tontos cuando nos miramos. La falta de perspectiva, eso será, y la imposibilidad de observarnos sin saber a la vez que nos estamos viendo. Cuando nos tenemos de espectadores es cuando más representamos y falseamos, y nos adecentamos. -Se detuvo y me miró con una mezcla de estupefacción jovial y piedad involuntaria. Me había llamado 'listo' y le había salido con espontaneidad; si era adulación, la había bien disimulado-. ¿Tú no te das cuenta, Jaime, de cuán en gracia le has caído a Bertie? ¿De que lo estimulas y lo diviertes? ¿De que ahora mismo te tiene tanta simpatía que hará un esfuerzo por aproximarse a lo que tú veas siempre que no sea disparatado, a lo que le digas que veas, aunque sólo sea para confirmarse a sí mismo que ha hecho una magnífica adquisición contigo, un gran fichaje? Ten en cuenta, además, que tú has venido recomendado no sólo por Wheeler, sino por Rylands desde la ultratumba, su maestro. No siempre será así, por supuesto; se cansará algún día, o te le harás rutinario; incluso te desaprobará a veces, te desdeñará, Bertie no es nada constante y de casi todo se aburre pronto, o le va y viene a rachas. Pero ahora eres la novedad, y además habéis congeniado, a vuestra manera varonil y sobria, o tácita, o lo que sea, yo sé a lo que me refiero. En estos momentos tú tienes sobre él mucho más ascendiente del que te imaginas, y me parece que ni te has enterado. Algo transitorio, si quieres, y moderado, Bertie no termina nunca de desconfiar de nadie y no hay forma de manipularlo, casi ni de conducirlo, ni de desviarlo. Pero sí de crearle dudas en unos pocos terrenos, y tú estás ahora en condiciones de hacerlo. Lo sé bien porque yo pasé por el proceso, y lo reconozco. Reconozco su complacencia y su agrado, cómo le divierte y lo estimula tu trato, más o menos como lo animaba mi compañía antes. Yo le hice mucha gracia, se la he hecho durante mucho tiempo. No de un modo varonil, precisamente. Y no es que ya no, no me quejo de la estima personal ni de la consideración profesional que me tiene. Pero ya no hay en mí el elemento de pequeña fiesta cotidiana que le supuse al principio y más allá, la verdad es que le duré bastante, no está bien que yo lo diga pero así fue, pregunta a Mulryan o a Rendel, o a Jane Treves, por ser mujer sintió más celos, ya la conocerás, se sentía postergada cuando coincidíamos ambas. Tú puedes persuadirlo ahora, Jaime. Seguramente no pasado mañana, ni tampoco hoy de cualquier cosa, pero sí de aquello en lo que él esté inseguro y a ti te crea sobresaliente. Es el caso del valor y de la cobardía, ya te he dicho, está convencido de tu competencia en eso. Como lo estoy yo, por otra parte, se te da muy bien verlo. Es lo que te pido, Jaime. Ese hombre cancelaría la deuda y mi padre quedaría a salvo. Ya lo ves: es un favor grande.
    Había empleado esa misma fórmula varias veces, era una manera de decir 'por favor' sin decirlo directamente y con las preceptivas palabras, las que indican súplica o ruego, sobre todo cuando van repetidas, 'Por favor, por favor. Por favor, por favor'. Cruzó las piernas y dejé de ver, ya podía mirar sin impertinencia hacia cualquier lado, aún veía los muslos sin medias. Bebió de su copa, un trago corto, y se llevó otro Karelias a sus labios rojos -una remota viñeta de infancia-, sin encenderlo. El perro estaba completamente dormido, como si se hubiera hecho a la idea de quedarse allí toda la noche, y así, tan yacente, parecía aún más blanco. Miré por la ventana y me aparté de ella, no había cambios, seguían cayendo las varas flexibles o interminables lanzas, como si excluyeran para siempre el raso, cada vez más dominantes. Di unos pasos y volví a sentarme donde había estado. Tuve la sensación de que el silencio ya no era una pausa, sino que la exposición de Pérez Nuik había acabado; de que ahora daba su petición por hecha y por concluida, incluidos los halagos tímidos y las argumentaciones, y las persuasiones prudentes para convencerme. Sentí que me tocaba contestar de una vez, que ella no iba a añadir nada más. Contestar 'Sí' o 'No', o 'Puede', o 'Veremos'. O darle algo más de esperanza sin comprometerme a nada: 'Veré qué puedo hacer, veré de hacerlo'. Lo que no pondría fin a la conversación ni a la visita sería un 'Depende'. No estaba yo seguro de querer ese término, así que no le respondí todavía, sino que le hice otra pregunta:
    – ¿De cuánto es esa deuda, exactamente?
    Encendió el cigarrillo y creí verla sonrojarse un instante, era la lumbre, o el rubor sólo acechante, como cuando en la oficina un nombre hacía breve acopio de energía antes de dirigírseme para charlar un rato, es decir, más allá del saludo o de la consulta aislada, como si tomara impulso o carrerilla, y en eso yo notaba que ella no me descartaba, aunque sin saber que no, seguramente, ni haberse hecho el planteamiento. Pensé: 'Le da vergüenza confesarme la cifra. Por baja, y que yo sepa entonces que no puede pagarla, o por alta, y que así me entere de lo desmesurado que es, o de lo loco que está su padre, y quizá ella tambíén por tanto’.
    – Cerca de doscientas mil libras -me respondió al cabo de unos segundos, y alzo las cejas en un gesto que no fue inglés desde luego, como si añadiera: 'Ya me dirás tú qué hago'. No fue muy distinto lo que añadió de hecho-. Qué te parece.
    Hice un cálculo rápido. Eso era cerca de trescientos mil euros, o de cincuenta millones de las antiguas pesetas, no me había reacostumbrado del todo a la libra y quizá nunca me acostumbre del todo al euro, para las cantidades grandes que no se manejan cotidianamente.
    – Que ese Incompara es muy generoso, dentro de sus defectos -le contesté-. O que para él vale mucho ese informe. -Y a continuación hice una pregunta más, tal vez la que yo menos esperaba y no sé si ella, dependía de cuánto me conociera, de cuánto supiera más de mí que yo mismo, de hasta qué punto o con qué hondura me hubiera traducido o interpretado durante aquellos meses de trato cercano, por mantener los términos que empleábamos a veces para nuestro vago trabajo. Se me ocurrió como una gracia y no vi motivo para resistirme. Así, además, la forzaría a poner algo sobre la mesa, a valorar mi participación, a pensar en mí y en mi riesgo, en mi posible perjuicio y en mi improbable beneficio. Pedir un favor es fácil y cómodo, lo difícil y desazonante es oír la petición y tener que decidir si acceder o negarse. Una transacción supone más tarea y más cuidado y cálculo para las dos partes. En el favor sólo dirime y calcula uno, el que va o no va a prestarse, porque nadie está obligado a devolverlos, ni siquiera a agradecerlos. Uno pide, aguarda, y recibe o no; luego, en ambos casos, puede marcharse tranquilamente, tras haber traspasado un problema o haber creado un conflicto. No, no atan los favores hechos, no hay en ellos contrato ni deuda, o sólo moral y eso no es nada, es aire, eso no es práctico. Así que lo que para mi sorpresa dije fue-: ¿Y qué gano yo a cambio?

    Pero Pérez Nuix no había caído en la trampa, en mi improvisada y semiinconsciente trampa. No había pasado a ofrecerme algo al instante, una compensación, una suma, un porcentaje, un regalo, ni siquiera la promesa de su gratitud eterna. Sin duda sabía que esto último no significa nada tangible, ni simbólico tampoco, probablemente. La gente lo dice demasiado, 'Tendrás mi agradecimiento eterno', es una de las frases más vacuas que puedan oírse y sin embargo se oye a menudo, siempre con ese epíteto invariable, siempre el mismo e irresponsable 'eterno', un indicio más de su absoluta falta de concreción, de verdad y aun de significado, y hasta se agrega a veces: 'Cualquier cosa que yo pueda hacer por ti, ahora o más adelante, mientras yo exista, no tendrás más que pedírmela', cuando lo cierto es que casi nadie va y pide en el acto -parece entonces un do ut des, un aprovechamiento-, y si lo hace en el futuro la frase hueca está ya olvidada y además uno no apela a ella, es raro que alguien le recuerde a otro: 'Hace tiempo me dijiste…'; y si se atreve es posible que se encuentre con esta respuesta: '¿Eso te dije? No lo sé, es extraño, lo dudo, ya no me acuerdo', o bien 'Cualquier cosa excepto esa, esa no, es la única imposible, es la peor, no me pidas eso', o bien 'Cuánto lo siento, qué más quisiera yo, no está en mi mano, ojalá hubieras venido a mí hace unos años, ahora ya no es como antes'. De tal manera que quien sólo quiere su viejo favor devuelto acaba pidiendo uno de nuevas, como si no hubiera habido historia, y debiéndolo suplicar acaso ('Por favor, por favor. Por favor, por favor'). Ella era lo bastante lista para no prometerme quimeras, ni estrafalarias recompensas en especie, nada asible ni inasible, presente ni venidero.
    – Nada -dijo-. De momento nada, Jaime. Es sólo un favor y puedes negármelo, no vas a sacar nada de ello, no hay contrapartida, aunque tampoco creo que te costase mucho ni que fueras a correr ningún riesgo. Siempre puedes haberte equivocado ante Bertie si la cosa sale mal y no cuela, nos sucede a todos, también a él mismo, él sabe perfectamente que ninguno es infalible. No lo era su admirado Rylands ni lo era Wheeler, y bien que le pesó a este último, según se dice. No lo eran siquiera Vivian ni Cowgill ni Sinclair ni Menzies, gente de otra época, algunos de los mejores o de los más reputados, en esto y en todo. -Sabía pronunciar el nombre como buena inglesa o como buena espía, también ella dijo 'Mingiss'-. No lo han sido los más poderosos de los tiempos recientes, ni Dearlove ni Scarlett ni Manningham-Buller ni Remington, todos han metido la pata en algún asunto, en algún aspecto. No lo fueron Ewen Montagu ni Duff Cooper ni Churchill. Por eso te he dicho antes que el favor era grande para mí y para ti no tanto. Te ha molestado; es la verdad, sin embargo. No, no creo que obtuvieras nada a cambio, ninguna ganancia. Pero tampoco desgracias ni pérdidas. Así que tú verás, tú dirás si sí o no, Jaime. Nada te obliga. No se me ocurre con qué podría tentarte.
    – ¿Dearlove, has dicho? ¿Quién es? ¿Richard Dearlove? -Recordé que era uno de los nombres inverosímiles y para mí desconocidos que me habían surgido en los ficheros de uso restringido que yo había fisgado en la oficina un día. Me había parecido un nombre más propio de gran ídolo de masas que de alto cargo o de funcionario, y por eso se lo he atribuido al cantante-celebridad a quien aquí llamo Dick Dearlove para resguardar su identidad verdadera, vano empeño. Me pudo la curiosidad inmediata y con eso aplacé un poco más mi respuesta. Y aún tenía otra curiosidad por satisfacer, más mediata pero más firme.
    – Sí -contestó-. Sir Richard Dearlove. Durante bastantes años, hasta hace no mucho, ha sido nuestro invisible jefe máximo, ¿no lo sabías? El jefe del MI6, 'C' o 'Mr C' -Esa inicial la pronunció a la inglesa, 'Mr Si’ digamos-. Nunca se ha publicado una fotografía contemporánea de él, está prohibido, nadie lo ha visto ni conoce su aspecto; ni siquiera ahora, cuando ya no ocupa el cargo. Así que ninguno sabemos cómo es, nadie lo reconocería si se lo cruzara en la calle. Eso es una gran ventaja, ¿no? Para mí la quisiera.
    – ¿Y nunca le hemos hecho un informe? Quiero decir con vídeos, ya me imagino que no se lo habrá llevado hasta el despacho de Tupra para espiarlo a escondidas desde nuestro vagón de tren, desde nuestra cabina. -Me di cuenta en seguida de que me había salido decir le hemos hecho', como si me considerara ya parte del grupo, y desde antes de mi llegada. Estaba desarrollando un sentido de pertenencia raro, enteramente involuntario. Pero preferí no pararme en ello entonces.
    – Quién sabe -dijo ella con desgana-. Pregúntaselo a Bertie, él tiene vídeos de todo el mundo, ya te lo he dicho. -Me dio la impresión de estarse impacientando con mi demora, o con mi remoloneo, yo aún no había oído aquella orden o especie de lema, 'Don't linger or delay’, 'No te entretengas ni esperes', y además nunca le he hecho caso, ni después ni antes. Debía de querer ya saber a qué atenerse y marcharse. Al menos si mi contestación final era 'No', marcharse entonces, no perder más tiempo nocturno conmigo, largarse con su perro manso y con una probable sensación de ridículo y un rencor instantáneo, o hasta con duradero agravio. Si era 'Sí', en cambio, quizá se quedara todavía un rato, para celebrar su alivio, pensé, o para darme nuevas instrucciones, con lo que había venido a buscar ya en el saco. Debía de irritarla que le preguntara ahora por Sir Dearlove, el auténtico, o por cualquier otra persona o asunto. Que a aquellas alturas abriera paréntesis o me inventara meandros. Pero tendría que aguantarse, aún era yo quien conducía la conversación y determinaba su curso, y ella no podía permitirse contrariarme, todavía. Es el único cálculo que ha de hacer quien pide, bien mirado, una vez que se ha lanzado y ha pedido (antes sí, antes más, debe dilucidar hasta qué punto le compensa, o le conviene descubrir sus carencias y sus incapacidades): ha de ser amable y paciente y aun untuoso, seguir los tiempos que le son marcados, medir sus pasos y sus palabras y su insistencia, hasta conseguir lo solicitado. Excepto si es alguien tan importante que hacerle un favor constituye ya un honor para el que se lo hace, un privilegio. Ese aquí no era el caso, así que cambió de tono y añadió-: No, no lo creo, pero todo es posible. Supongo que existir sí existen imágenes, hoy las hay de quien uno quiera; y si sólo unos pocos tienen acceso a las suyas, no sería nada extraño que Bertie fuera uno de ellos.
    – ¿Por qué has dicho que Wheeler lamentó tanto no ser infalible? ¿Qué ocurrió, qué le ocurrió? ¿A qué te refieres? -Esa era mi curiosidad más firme, y más profunda.
    Noté de nuevo su fastidio, sus destemplados nervios, su agotamiento oscilante que le iba y venía. Era fácil que la estuviera hartando o sacando de quicio. Pero otra vez se reprimió, o se sobrepuso, la voluntad no le flaqueaba.
    – No sé qué le ocurrió, Jaime, fue hace mucho tiempo, durante la Segunda Guerra Mundial o a su término, y yo a él no lo conozco personalmente. Se cuenta, se dice que tuvo un fallo de apreciación que le salió muy caro. No previo algo que lo hizo sentirse fatal, o culpable, o un inútil, o muerto en vida, lo ignoro con exactitud. Lo he oído comentar alguna vez de pasada, como ejemplo de desdicha, pero no he preguntado o no me han contestado, la mayoría de nuestras actuaciones siguen siendo secretas al cabo de sesenta o más años, puede que lo sean para siempre, oficialmente al menos. Las filtraciones suelen proceder de fuera y a menudo son especulativas, no muy fiables. O de gente con resentimientos, que se dio de baja o fue expulsada, y distorsiona luego. Es difícil saber nada preciso de nuestro pasado, desde dentro sobre todo, los de dentro son o somos los más discretos y los menos curiosos, es como si no hubiéramos tenido historia. Los más conscientes de lo que no debe contarse, porque vivimos en ello. Así que lo siento, no sé decirte. Tendrías que preguntarle a él, a Wheeler. Tú sí lo conoces bien, fue tu valedor, tu introductor, fue tu padrino.
    Ella sí que empleaba el 'nosotros' y el 'nuestro' sin reparar en ello, de forma natural y frecuente, estaba incorporada al grupo desde hacía mucho más tiempo y se sentía heredera del originario, del que habían creado contra los nazis aquellos Menzies o Ve-Ve Vivian o Cowgill o Hollis o incluso Philby o el mismísimo Churchilí, Wheeler suponía que habría sido este último el alumbrador de la idea, por ser el más listo y el más atrevido, y el que menos temía el ridículo.
    – ¿A quién se lo has oído comentar? ¿A Tupra? ¿Recuerdas si lo que ocurrió tenía que ver con su mujer, la de Wheeler? Se llamaba Valerie, ¿te suena?
    – No sé a quién se lo he oído, Jaime. Puede que a Bertie, es lo más probable, o a Rendel, o a Muiryan, o quizá a otra persona en otro sitio, no me acuerdo. Pero no sé más, nada más que eso, que algo grave pasó, que él falló en algo o así lo juzgó, y estuvo a punto de retirarse, creo, de abandonarlo todo. Fue hace mucho tiempo.
    No supe si decía la verdad o si no se consideraba autorizada a contármelo o si quería zafarse de aquellas inacabables preguntas mías, no adentrarse -la noche avanzada- en un episodio lejano y ajeno y tal vez extenso, que en el mejor de los casos conocería de segunda mano y que no guardaba relación alguna con sus actuales problemas, los que la habían traído a mi casa tras mucho pensárselo y tras mucho andar bajo la lluvia: con su padre y aquel Vanni Incompara y el banquero Vickers y la saltarina deuda de doscientas mil libras, me admira la capacidad de alguna gente para acumular cantidades de las que no dispone, y en cierto modo me da envidia -es toda una habilidad, si no un don; una alegre mentalidad desde luego-, una envidia solamente teórica o de ficción, literaria y cinematográfica, la posición vicaria de Pérez Nuix no era en aquel momento envidiable. Me dio pena por primera vez (la pena siempre interviene), quizá porque su cansancio la estaba aniñando, o era la contenida zozobra que de vez en cuando le asomaba en los ojos fugaces y vivos y en las comisuras de los labios, que trataban de esbozar sonrisas leves y atemorizadas, para hacérseme agradables. Decidí que ya era hora de sacarla de dudas: había hecho suficiente esfuerzo, me había seguido largo rato empapándose por la ciudad semivacía, había rumiado, había expuesto su caso, me había dedicado indecisión y tiempo, y luego decisión y más tiempo.
    – Está bien, Patricia -dije dando por concluido mi turno de interrogaciones y aplazamientos-. Voy a intentarlo, aunque sigo creyendo que Tupra verá cuanto haya que ver, y será más de lo que yo perciba. Pero veré qué puedo hacer, veré de hacerlo.
    Ese era el grado de aceptación que menos me comprometía. Uno podía fallar y equivocarse y no estar a la altura de sus intenciones, ella misma lo había dicho y no podría reprocharme un fracaso. Ni siquiera decepcionarse, yo se lo había advertido. Yo quedaba así más libre que si mi respuesta hubiera sido 'Esto otro querré a cambio', más que nada por no correr el peligro de empezar a desear o a esperar lo que quisiera que le hubiera exigido, y así a temer por mi descalabro. Aún es más, si uno no teme, las posibilidades de éxito serán mayores sin duda, y siempre habrá tiempo para levantar más tarde la mano y reclamar un premio y decir: 'Quiero eso en recompensa'. Claro que ésta puede entonces negársenos sin miramientos ni explicaciones ni excusas: no hay ni obligación moral, entonces, no hay vínculo ni hay convenio, no expresos, y acaso no quede rastro siquiera, ya muy pronto, del inmenso favor que uno hizo, como de la mancha y el cerco de sangre una vez buscada su desaparición y limpiados y arañados a fondo, o de los infinitos crímenes y nobles actos que permanecieron desde su comisión ocultos, o que los lentos siglos se entretienen en diluir hasta borrarlos, tan lentamente, y en hacer que no hayan sido. Como si siempre cayera todo como nieve sobre los hombros, resbaladiza y mansa, hasta lo que provoca estruendo y propaga incendios. (Y desde los hombros va al aire, o se derrite, o va al suelo. Y la nieve siempre para, luego.)
    Casi no quedó rastro de lo que vino después, o queda un vestigio titubeante en mi más lánguida memoria y tal vez también en la de ella, pero nunca lo comprobaremos, quiero decir entre nosotros, frente a frente, con nuestras palabras cruzadas. Sucedió como si ya en el mismo momento de suceder ambos quisiéramos fingir que no ocurría, o no darnos por enterados, no registrarlo y que no contara, o silenciarlo hasta el extremo de poder negarlo más tarde, el uno al otro, y ante los demás si uno se iba de la lengua o el otro hablaba y presumía, e incluso cada uno a sí mismo, como si los dos supiéramos que no acaba de existir aquello de lo que no hay constancia ni reconocimiento explícito, o que jamás es mencionado; aquello que, por así decir, se comete a escondidas o a espaldas de sus autores, o sin su consentimiento pleno, o con su sesteante conciencia: lo que hacemos diciéndonos que no estamos haciéndolo, lo que acontece mientras nos persuadimos de que no está aconteciendo, no es tan raro como suena o parece, es más, eso pasa todo el tiempo y apenas si nos causa alarma ni nos hace dudar de nuestro juicio. Nos convencemos de no haber tenido tal pensamiento indigno ni tal otro maligno, de no haber deseado a esa mujer o esa muerte -la muerte de ningún enemigo ni de ningún marido ni de ningún amigo-, de no haber sentido momentáneo desprecio o animadversión hacia quien más reverenciábamos o mayor gratitud debíamos, ni envidia de nuestros fastidiosos hijos que van a seguir viviendo cuando ya no estemos y se apropiarán de todo y ocuparán con prisa nuestro puesto; de no haber intrigado ni traicionado ni urdido, ni haber procurado la perdición de nadie cuando sí buscamos la de varios con verdadero ahínco, ni habernos visto tentados a nada que nos avergüence; de no haber obrado de mala fe al contarle algo dañino a alguien para que se defendiese -nos argüimos eso y ya somos virtuosos, caritativos-, y para que saliera así de su inocencia y supiera con quién estaba gastándoselas; pero también, y aún es más extraordinario porque afecta a los hechos y no sólo a la engañadiza mente, de no haber huido cuando sí salimos corriendo y dejamos atrás todo lamento, de no haber empujado o aplastado a un niño para hacernos hueco en el bote cuando el barco se estaba hundiendo, de no habernos parapetado detrás de otro en el peor instante, para que los golpes o las cuchilladas o las balas cayeran sobre ese otro de al lado que esperaba nuestra protección acaso: quién sabe si nuestro ser más querido, aquel por quien declamamos mil veces que daríamos sin vacilar la vida, y resulta que si vacilamos y no la damos ni la hemos dado, ni la daríamos tampoco si una segunda oportunidad se nos ofreciese; de no haber echado nuestra culpa a nadie ni haber acusado en falso para salvarnos, ni haber actuado nunca con egoísmo y por miedo horrendos. Nos creemos que no hemos nacido cuando y donde vinimos al mundo, que somos más jóvenes y de otro sitio más noble o menos oscuro, que nuestros padres no son los que fueron ni tenían tan vulgar apellido; que conseguimos por méritos propios lo que hurtamos o nos regalaron, que heredamos en justicia cualquier cetro o trono o mera vara o mera silla sin utilizar malas artes y sin usurparlos, que alumbramos ocurrencias e ideas leídas o escuchadas a otros más sabios o más pensativos, cuyo temido nombre silenciamos siempre y a los que detestamos por habérsenos adelantado, aunque en el fondo sepamos, en algún recodo raro de la conciencia a salvo, que no hay tal adelantamiento y que sin su precedencia esas ideas tan suyas serían aún menos nuestras o ni siquiera podrían serlo, en absoluto; creemos ser quien más admiramos, y tratamos de aniquilarlo para que así eso se cumpla, creemos poder suplantarlo del todo y hacerlo olvidar con nuestros logros que le debemos enteros y expulsarlo del inestable recuerdo del mundo, y nos tranquilizamos diciéndonos que fue sólo un pionero al que ya hemos superado y al que abarcamos, y así lo hacemos prescindible; nos persuadimos de que no nos pesa el pasado porque jamás lo atravesamos (cNo fui yo, no me pasó, no lo viví, nada he visto, yo no he sido, es una figuración, un recuerdo ajeno que extrañamente se me ha trasplantado o contagiado'), y de que nunca dijimos lo que sí dijimos ni robamos lo que sí robamos, de que nunca vitoreamos al dictador ni delatamos a nuestro mejor amigo que tan intolerablemente fue mejor desde el primer hasta el último día ('Fue él quien se lo buscó, yo no tuve que ver, yo callé, fue un imprudente, él se forjó su ventura, destacó en lo que no convenía y no cambió a tiempo de bando, ni siquiera quiso pasarse'); y hasta de no llamarnos por nuestro verdadero nombre, sino solamente por el falso o por los que se van sucediendo o añadiendo y van variando, sean Rylands o Wheeler, o Ure o Reresby o Tupra o Dundas, o Jacques el fatalista o Jacobo o Jaime.
    La gente cree lo que quiere creer, y por eso es tan lógico y fácil que todo tenga su tiempo para ser creído. A pie juntillas: hasta lo manifiestamente falso y lo contrario de lo que estamos viendo, también eso es creído en su tiempo de credulidad, cada suceso en el suyo y todos en el tiempo ido. Todo el mundo está dispuesto a volver la vista y a distraerse, a negar lo que está delante y a no oír nada de lo que se grita, y a sostener que no hay alaridos sino un inmenso y apacible silencio; a modificar cuanto haga falta, de los hechos y de lo acontecido -el cojo a sentir su pierna y el manco a sentir su brazo y el decapitado a dar tres pasos como sí aún no hubiera perdido la voluntad ni la conciencia-, pero sobre todo de su pensamiento, de sus sentidos, de su memoria y de su anticipación del futuro, que se toma a veces por presciencia. 'Esto no fue así. Esto que va a ocurrir no ocurrirá o no habrá ocurrido. Esto no pasa', es la constante letanía que tergiversa el pasado, el porvenir y el presente, y así nunca nada está fijo ni a salvo, ni es seguro ni tampoco es cierto. Todo lo que existe no existe o lleva en sí su no existencia, la pasada y la venidera, no perdura y no se sostiene, y hasta los acontecimientos más graves están en precario y acabarán por visitar y recorrer el tuerto olvido, que tampoco es firme ni estabiliza ni pone nada a resguardo. Por eso todas las cosas parecen decir 'Soy aún, luego es seguro que he sido', mientras todavía colean y se dilatan y no han cesado. Tal vez es su derrotada forma de agarrarse al presente, su resistencia a desaparecer que también oponen los objetos y lo inanimado, no las personas tan sólo, que se aferran y se desesperan y casi jamás se rinden ('Pero es aún no, aún no’ mascullan con pánico, con sus escasas fuerzas), tal vez es la tentativa de dejar su huella de las cosas todas, de hacer más difícil su negación o su difuminación o su olvido, es su manera de decir 'Yo he sido’ y de impedir que los demás digamos 'No, esto no ha sido, nadie lo ha visto ni lo recuerda ni jamás lo ha tocado, nunca lo hubo, no cruzó el mundo ni pisó la tierra, no existió y nunca ha ocurrido'.
    No fue un acontecimiento grave, sino leve para nuestro tiempo y placentero, lo que sucedió sin que sucediera entre la joven Pérez Nuix y yo aquella noche bien entrada, quizá en la hora que los romanos llamaban el conticinio y que en realidad ya no existe en nuestras ciudades, pues no hay en ellas hora alguna en que todo esté quieto en silencio. Ella respiró con satisfacción o alivio y me dio las gracias por mi promesa que no lo era, es decir, por mi anuncio de que vería de hacerlo, eso no es gran compromiso. De pronto pareció muy fatigada, pero le duró sólo un momento, en seguida se puso en pie con energía, fue hasta la ventana y miró más de cerca la lluvia que no se cansa. Se estiró con discreción -sólo los puños, no los brazos; y los muslos, sin ponerse de puntillas ni de talones-, y entonces me pidió quedarse. Le daba mucha pereza irse ahora, tan tarde, dijo, y no debía preocuparme, se levantaría muy temprano para sacar al perro, saldría con tiempo para regresar a su casa y ducharse y cambiarse ('Y calzarse medias nuevas', pensé al vuelo), y no tendríamos que ir juntos hasta el edificio sin nombre, como un extraño matrimonio que no se separara al marchar al trabajo. Nadie allí se imaginaría que nos habíamos encontrado fuera para conspirar ni que nos habíamos despedido tan poco antes. Yo accedí, cómo podía negarme a cosa tan nimia tras haber concedido la principal (bueno, su intento), aunque fueran de naturaleza distinta; la noche estaba asquerosa para echarse otra vez a la calle y quién sabía cuánto le llevaría aparecer a un taxi, y primero habría que llamarlo, si los teléfonos contestaban. También prefería, por delicadeza escénica, que no se marchara nada más obtener lo que buscaba (o su anuncio), eso habría convertido la visita en exclusivamente utilitaria. Lo era y los dos lo sabíamos, pero no podía gustarnos que se subrayara, ni tampoco era conveniente para cuanto nos quedaba aún por hacer en los siguientes días, sobre todo a mí, que debía interpretar y quizá ver a Incompara. Me ofrecí a dormir en el sofá y cederle la cama; ella no consintió, era la intrusa y la inesperada, no iba a privarme de mi colchón y mis sábanas.
    – El sofá para mí -dijo. Pero al mirarlo con otros ojos y verlo incómodo, y tal vez aún algo mojado por ella misma y la lluvia que había traído, propuso lo que le tocaba, por edad y por desenvoltura-: Tampoco creo que nos pase nada si dormimos los dos en la cama, siempre que a ti no te importe. A mí no, desde luego. ¿Es ancha?
    Claro que no me importaba, mi juventud había transcurrido en la época en que se acostaba uno en cualquier cama y junto a recién conocidos, donde lo pillara la noche brava o de inducido éxtasis o de supuesta espiritualidad o de farra, los años setenta tan esforzadamente espontáneos y tan poco aseados si es que no sucios a veces, y parte de los ochenta, que aun se les parecieron. Y claro que me importaba, ya no era aquel joven ni solía dormir más que en mi propia cama, y llevaba demasiados años acostumbrado a hacerlo sólo al lado de Luisa, ni siquiera al de mi breve y estúpida amante que echó a perder mucho de lo que había, o de lo atesorado, aunque Luisa nunca supiera de ella a ciencia cierta; y después, en Londres, sólo al lado de algunas esporádicas mujeres -tres hasta entonces, exactamente- con las que el desaseo, o la suciedad si se quiere, se habían producido ya antes y a las que por tanto no había peligro de querer tantear por vez primera en sueños o en la duermevela, ni de procurar su roce con la respiración contenida y fingiendo azares, ni de observar a oscuras pero con los sentidos despiertos y los ojos bien abiertos, e intensos inútilmente.
    Así es como me vi metido en la cama con la joven Pérez Nuix, tan alerta ante su calor, su presencia, que a duras penas conseguía dormirme, y aún me dejaba menos conciliar el sueño la incógnita que me rondaba de si a ella le ocurriría lo mismo, si estaría aguardando o temiendo una mayor cercanía mía, una aproximación paulatina, sigilosa, inicialmente tan insensible como para dudar que existiera, igual que las de los tocones de autobús o de tranvía o metro que, so pretexto de las apreturas y de los vaivenes, acababan restregándose y aun aplastándose contra el sufrido busto de la mujer elegida, siempre sin utilizar las manos -luego la palabra 'tocones' no es del todo la adecuada- y por tanto con la coartada de la involuntariedad de sus frotamientos, en toda ocasión atríbuibles a la avasalladora presión del gentío y a las curvas y los traqueteos. Si hablo de ello en pasado es porque hace tiempo que no asisto a ese espectáculo sonrojante en ningún transporte público, e ignoro si se dan todavía en estos tiempos, que son más respetuosos únicamente en ese campo; en mi infancia y en mi adolescencia sí los veía a menudo, e incluso no descarto haber participado en alguno tímido a mis trece o catorce años, cuando todo es sexo imaginario o frustrado en las mentes de los incipientes hombres. Y por asociar tales escenas a ese pasado remoto, supongo, me ha salido hablar de tranvías, que son fantasmas desde hace décadas, lo mismo que los agradables autobuses madrileños de dos pisos, idénticos a los de Londres hasta que retiraron éstos hace poco, sólo que de color azul en vez de rojo, y con la entrada sin puerta -sólo una barra vertical a la que agarrarse, y desde la que tomar impulso- a la derecha y no a la izquierda, de acuerdo con el lado por el que circulaba en mi país el tráfico.
    También los sexos son entradas sin puertas, quiero decir que si están desembarazados de ropa ya no hay que abrirlos para penetrar en ellos, los sexos de mujer, se entiende. Yo dejé que ella se metiera en la cama antes, a solas, esperé en el salón un rato para que se preparara y se cambiara a su aire, de modo que cuando aparecí al fin en la alcoba, al cabo de esos minutos, la joven Pérez Nuix se encontraba ya bajo las sábanas y yo no tenía manera visual de saber de cuáles ni de cuántas prendas se había despojado para acostarse. Le había prestado una camiseta limpia, de manga corta, porque eso es lo que yo me pongo para dormir cuando preveo frío, pijamas propiamente no tengo. 'Eso me vale, gracias', había dicho, luego lo más probable era que llevara eso sólo y no se cubriera las piernas con nada, aunque también era casi seguro que habría conservado por pudor las bragas, o por consideración, o por pulcritud y para no manchar lienzo ajeno, como yo conservé mis calzoncillos en forma de pantaloncitos y me puse otra camiseta, no tanto porque sintiera frío aquella noche cuanto para evitarle a ella algún roce casual, piel con piel, carne con carne, eso podría darse tan sólo a la altura de nuestras piernas, las mías con pelo y las suyas bien lisas, era española pura en su depilación tan cuidada. Pero antes de apagar la luz que ella había dejado encendida para que yo no entrara a ciegas -la de la mesilla-, pretexté poner algo de orden entre mi ropa y la suya, que habíamos depositado ambos sobre la misma butaca, y entonces pude ver y contar las prendas que se había quitado, y no sólo conté el sostén, como me imaginaba, sino su demás lencería, como en modo alguno me imaginaba, allí estaban sus blancas bragas dobladas, un solo pliegue, eran exiguas, es decir normales, y pensé en seguida: 'Los faldones de la camiseta le serán lo bastante largos, yo soy más alto, le habrá bastado con ellos para sentirse tapada'. Pero no me sirvió ese pensamiento, y a partir del instante en que quedó a oscuras el cuarto y me introduje entre las sábanas, me di cuenta de que en toda la noche no iba a olvidar el dato extraño e inesperado y de que me sería casi imposible así dormirme, dándole vueltas y buscándole un significado: qué sentido tenía que se las hubiera quitado y que su sexo estuviera -como quien dice- al descubierto, tan cerca de mí y del mío, sólo nos separaban unos pocos centímetros y dos telas finas o ni siquiera, la de mis pantaloncitos con abertura a propósito y la de su camiseta prestada, si es que no se le habían subido los faldones al meterse en la cama y no se había preocupado de estirárselos, era posible que ahora su culo -se había echado hacia el lado contrario al que yo ocupaba, luego me daba la espalda- estuviera desnudo y muy próximo a mi miembro sin remedio desperezado, un desastre, no pegaría ojo por culpa de la alerta física y de la actividad mental repetitiva, pensando y pensando en el dato, en el miembro, en las nalgas y más abajo, en la vecindad de todo y en la ausencia de puertas y hasta de barra y de hilo, dudando si acercarme disimuladamente y posarme con tiento, haciendo ver que era inconsciente, que era en sueños, algo meramente instintivo, involuntario, animalesco casi, a la tensa y despejada espera, sin embargo, de ver si se escabullía en el acto, si se apartaba al primer contacto o toleraba y no se movía ni rehuía, no cedía ni me dejaba caer en el aire, en el vacío, en hueco; a tanto como a esperar presión o estímulo no me atrevía, todo esto era sólo con el pensamiento que en seguida se hace obsesivo en esta clase de circunstancias, es el tipo de duda o idea que una vez alumbradas no se disuelven ni se retiran, aún menos si la sangre se ha concentrado e impide todo amaine o respiro, todo aplacamiento o distracción o tregua, y la tentación se vuelve fija. Al cabo de un rato de acechar su respiración -no me parecía la de una persona dormida- y de refrenar, casi aguantar la mía, se me ocurrió levantarme e irme al sofá con una manta, pero en realidad no quería salir de allí ni perder la inverosímil proximidad alcanzada, era una especie de promesa que en sí misma satisfacía y que me permitía mantener la ignorancia mortificadora y esperanzadora, fantasear con lo que podría pasar en cualquier instante si se producía el roce y ninguno de los dos lo esquivaba ni se sobresaltaba, había tan pocos centímetros de distancia y todo es cuestión de tiempo y espacio y de coincidir en ellos, el tiempo ya lo teníamos y casi también el espacio, sólo faltaba un deslizamiento leve para tenerlo a nuestro favor completamente, un desplazamiento mínimo, era tan fácil que parecía imposible que no fuera a darse, quizá un tanteo leve previo y en seguida mi miembro se habría colado en su sexo y ambos estarían en el mismo sitio, el uno en el interior del otro como sin darnos cuenta, hasta podríamos fingir no dárnosla y continuar dormidos aunque estuviéramos los dos bien despiertos, lo sabía de mí y lo creía de ella; firmemente pero sin certeza, claro, y ese era el freno o uno de ellos.
    Aquella situación de inminencia sexual callada no me era nueva, esto es, lo era con la joven Pérez Nuix pero no en mi vida, más de una vez había ocurrido así con Luisa, al principio en silencio y apaciguadamente, se habían producido ese leve tanteo previo y el mínimo desplazamiento que nos había hecho coincidir en el espacio y en el tiempo, eso es lo que determina y cuenta en los hechos importantes, y por eso es tan vital a veces not to linger or delay, no esperar ni entretenerse, aunque eso pueda ser también lo que nos salve, nunca sabemos qué nos convendrá y qué es lo bueno, nadie muere si no coinciden en los mismos lugar e instante la bala y su frente, o la navaja y su pecho, o el filo de la espada y su cuello, y por esa razón aún vivía De la Garza, porque su cuello y la lansquenete de Reresby, o su Katzbalger, no habían coincidido exactamente, pese a haber estado a punto varias veces. Pero en aquellas ocasiones con Luisa la aquiescencia era segura o casi, y sí podían esperarse la presión y el estímulo, al fin y al cabo todas las noches nos metíamos en la misma cama, ella más pronto y yo más tarde, como si me acercara a visitarla en sus sueños o yo fuera su fantasma, y el resto entraba dentro de lo previsible y probable, o al menos de lo posible. Y si se daba una negativa, de ella o incluso mía, era un rechazo circunstancial, razonado y momentáneo ('Hoy estoy agotada', u 'Hoy estoy muy preocupado, con la cabeza en otra parte', o aún más intrascendente, 'Mañana he de madrugar muchísimo'), no esencial ni a la totalidad ni al propio acto, como sí podría ser el de la joven Nuix con inequívocas y aplastantes palabras: 'Pero, ¿qué diablos haces, qué te has creído?', o bien más suaves y diplomáticas, 'No sigas por ahí, no te lo aconsejo, no vas a llegar a ningún lado', u otras más humillantes, 'Vaya, te creía con mayor control, más maduro, menos español salido, no tan español de antes'.
    No hubo esas palabras hirientes ni las hubo de ninguna otra índole cuando por fin me atreví al roce y apoyé levemente mi miembro en sus nalgas y noté al instante no los faldones de la camiseta sino la firmeza y el calor de su carne, era una de esas mujeres seguramente frioleras que despiden el calor que no sienten, son como estufas para el que está cerca y las toca, aunque ellas estén quizá pasando frío, como las personas con fiebre. No hubo palabra ni reacción alguna, de acercamiento ni de alejamiento, de disuasión ni de aliento, era como si en verdad estuviera profundamente dormida, me pregunté si era posible que lo estuviera tanto como para no reparar en el contacto, de piel a piel sin mediación alguna, pensé que no y que tenía que estar fingiendo, pero uno nunca tiene la absoluta seguridad de nada, de casi nada relativo a los otros, y puede que ni a uno mismo. Me arrimé un poco más, presioné un poco más, tan poco aún que ni siquiera tuve la certeza de haberlo hecho, a veces uno cree haberse desplazado o movido, o haber empujado o acariciado, pero la aproximación es tan tímida y aterrorizada que puede engañarse, y no resultar para el otro perceptible el avance, tal vez ni el tacto. Y en eso estaba, en un sí y un no, en un deseo irresistible y en un freno último temeroso o civilizado, en una presión tan milimétrica que quizá ni lo era, cuando me acordé de pronto, ridiculamente: 'Un condón', pensé. 'No puedo atreverme a intentarlo sin llevar un condón puesto, y para eso hace falta un mínimo de consentimiento expreso, de permiso, de acuerdo. Si ahora me levanto y lo busco y regreso con él luego a la cama, habré perdido mi posición tan cercana, tendría que empezar el tanteo de nuevo, ella podría alejarse y quizá no vuelva a estar tan a las puertas. Y con eso puesto ya no tendría coartada, ya no podría decirle, si me regañase y me detuviese en seco: "Ay, perdona, ha sido sin querer, estaba ya dormido y no me he dado cuenta de que te tocaba. No era mi intención, disculpa, me iré al otro extremo", porque la funda ridícula sería irrefutable prueba de que sí era mi intención, y además alevosa.'
    Ese pensamiento me hizo apartarme un poco, inmediatamente, lo bastante para perder el contacto, y al perderlo me reafirmé en mi insegura idea de que lo había habido, y con la fantasmal presión por mi parte que no había sido esquivada ni rechazada; y al cabo de unos segundos abandoné mi postura ('Un maldito condón', pensaba, 'en mi juventud los despreciábamos, ni se me ocurría comprarlos, y ahora en cambio los necesitamos siempre') y ya no quedé detrás de ella, en lugar privilegiado, sino tumbado boca arriba, preguntándome qué hacer o cómo hacer o si desistir pese a mis ilusiones crecidas y procurar dormirme y no hacer nada. Metí un brazo bajo la almohada para mejor apoyar la cabeza, un involuntario ademán cavilatorio, y con ese mismo gesto me destapé el pecho, casi hasta la cintura, y le destapé a ella los hombros. Y eso fue suficiente -o fue pretexto- para que la joven Pérez Nuix se despertara o simulara que se despertaba. Y fue entonces cuando por primera y única vez en toda aquella noche que pasamos juntos no fui para ella invisible, pese a estar a oscuras: se dio la vuelta y me puso sobre las mejillas las palmas bien abiertas de sus manos como si me profesara afecto, las palmas suaves; me miró a los ojos durante unos cuantos segundos (uno, dos, tres, cuatro; y cinco; o seis, siete, ocho; y nueve; o diez, once, doce; y trece) y me sonrió y se rió mientras con delicadeza me cogía o me sujetaba la cara, como a veces hacía Luisa cuando su cama era aún la mía y no teníamos todavía sueño, o no el bastante para darnos las buenas noches y la espalda hasta la mañana, o cuando yo la visitaba tarde como un espectro al que se ha dado cita y se espera, y me acogía. Sólo entonces no fui invisible para Pérez Nuix, justo cuando luz no había. Mis ojos estaban acostumbrados a ver en la penumbra de mi alcoba sin persianas ni contraventanas, como casi todas las de aquella isla grande que se adormece con un ojo abierto; pero no los ojos de ella, que no conocían el espacio. Aun así me miró y sonrió y se rió, fue breve. Luego se dio de nuevo media vuelta y me ofreció la espalda, adoptó la misma postura que antes como si no hubiera ocurrido ese mirarse en penumbra y se dispusiera a seguir durmiendo. Pero sí había ocurrido, y esa fue para mí la señal del consentimiento, del permiso, el acuerdo, y me hizo salir de la cama un momento y buscar como un rayo un preservativo y ponérmelo, y regresar con mucha más seguridad y aplomo a mi propia posición de antes, y al roce y al tanteo y al ligero empuje, ahora ya no contra las nalgas sino un poco más abajo, hacia la humedad y el pasaje, hacia el pasadizo, more ferarum, a la manera de las fieras, así se llama con latinajo. Ella no se movió, o no al principio de mi deslizamiento ahora fácil ('Me la estoy follando', pensé al adentrarme, y no pude evitarlo), se dejó hacer, no participó si es que eso puede decirse o es posible, en todo caso no hablamos, no hubo más señales por parte de ninguno de que estuviera sucediendo lo que sucedía, cómo expresarlo, fingimos fingir estar dormidos y no enterarnos, no reconocérnoslo, como si aquello se produjera en ausencia nuestra o sin nuestro conocimiento, aunque en algunos instantes se le escaparon a ella sonidos y quizá a mí también a mi término, los reprimí a conciencia, según mi criterio me limité tan sólo a respirar más hondo, a suspirar a lo sumo, pero quién sabe, uno se oye poco a sí mismo, en todo caso los sonidos y aun los gemidos son admisibles dentro del sueño, hay quien incluso lanza parlamentos enteros dormido y no por ello es acusado de estar consciente. No se oía, tampoco se veía casi nada, yo sólo veía su nuca en la oscuridad y demasiado cerca, y sin duda por eso se me representaron visiones, las que acababa de contemplar durante largo rato en el salón ('Será breve, un momentito', me había anunciado desde la calle, hasta qué punto habría sabido lo falso de eso), las cremalleras de sus botas bajando y subiendo, la carrera de sus medias que le avanzaba por todas partes pero sobre todo muslos arriba, como si indicara así el camino; y también otra visión más antigua, la de su pecho descubierto, una falda estrecha, en la mano una toalla y un brazo alzado que añadía un suplemento de desnudez a la imagen al mostrar sin pudor la axila limpia y tersa y recién lavada y por supuesto afeitada, aquella mañana temprano en el edificio sin nombre, aquella vez en que el rubor no la asaltó y a mí me dio por pensar que la joven Nuix no me descartaba, o no me excluía enteramente aunque tampoco se sintiera atraída, tras verse vista por mí y decidir no taparse, o tal vez no había habido ni decisión por medio. Fue todo silencioso y tímido, en verdad fue fantasmal y no hubo apenas más cambios, sólo al cabo de un rato noté también el empuje suyo, ya no era sólo el mío y ninguno era ya disimulado ni leve, era como si nos abrazáramos con fuerza sin utilizar los brazos, ella apretaba hacia mí y yo hacia ella, pero nada más con una parte del cuerpo, la misma en ambos como si sólo fuéramos esa o sólo en ella consistiéramos, parecía que nos tuviéramos prohibido enlazarnos de ninguna otra forma, ni con los brazos ni con las piernas ni por la cintura ni con los besos. Creo que ni siquiera nos cogimos la mano.

    Sí, eso tendríamos casi seguro en común, Tupra y yo, o Ure o Reresby o Dundas, o quién sabía cuántos más nombres que habría empleado en otros países y que quizá ya nunca usaba en esta época suya más sedentaria, bastante asentado en Londres, era posible que se aburriese allí un poco, aunque viajase de vez en cuando en desplazamientos breves, o tal vez no y estaba ya muy cansado de sus correrías antiguas, y de sus brotes de cólera esparcidos, y de malaria, y peste, y de sus incendios en tierras lejanas. Su casa no era la de un hombre provisional ni apresurado, la de quien sale y entra y echa un vistazo y se va y vuelve y fuma un pitillo y nunca dura en ningún sitio. Posiblemente era un común muy escaso, sin embargo, el que tendríamos: yo me había acostado con Pérez Nuix de aquella manera demasiado tácita y clandestina, no sólo respecto a los demás, sino a nosotros mismos. Él, en cambio (nada más era sospecha, pero muy fuerte), la habría frecuentado íntimamente durante un periodo tal vez dilatado o por lo menos no desdeñable, acaso cuando ella le fue novedad y quien más lo estimulaba y lo divertía y le suponía un elementó de pequeña fiesta cotidiana, o grande. En todo caso se habrían visto las caras mientras se acostaban, habrían hablado después, se habrían contado algo de sus vidas y de sus opiniones (aunque Tupra contase sólo a su fragmentario modo, es decir, poco), y al encontrarse en un cuarto habrían tenido la certeza de que sucedía lo que sucedía, a diferencia de mí, que no la tuve siquiera -o la tuve aún menos, puesto que se iniciaba justo entonces el pasado de lo sucedido- cuando me retiré del pasaje que jamás se atraviesa y salí con el mismo cuidado y tiento de mis tanteos y de mi entrada; cuando me aparté unos centímetros y me volví hacia mi lado y por primera vez le di a la joven la espalda que ella me había ofrecido casi todo el rato -excepto cuando me miró y me cogió la cara-, y puse un brazo bajo la almohada ya no para pensar ni para maldecir, sino para llamar al sueño.
    Quizá lo único que tendríamos en común Tupra y yo era un vago y pálido parentesco que suelen ignorar los hombres y que las lenguas no recogen, pero sí el sentimiento y en ocasiones los celos y en ocasiones la camaradería; excepto la lengua anglosajona según leí una vez en un libro, no de un inglés sino de un compatriota mío, y no un ensayo ni una obra lingüística sino una ficción, una novela, cuyo narrador recordaba la existencia de una palabra en ese idioma pretérito que designaba el parentesco o la relación adquiridos por dos o más hombres que se hubieran acostado o hubieran yacido con la misma mujer, aunque fuera en diferentes épocas y con los diferentes rostros de esa mujer en su vida, su rostro de ayer u hoy o mañana. Se me quedó en la memoria esa noción curiosa, aunque aquel narrador no estaba seguro de si se trataba de un verbo, cuyo inexistente equivalente moderno sería ‘conocer’ (o ‘follar’ en grosero y contemporáneo), o de un sustantivo, que consecuentemente denominaría a los 'conyacentes' (o 'cofolladorés'), o la acción en sí misma (la 'cofornicación', digamos). Uno de los posibles vocablos, no sé cuál, era 'ge-bryd-guma’, lo había retenido sin procurarlo ni hacer esfuerzo, y a veces me acudía a la punta de la lengua, o del pensamiento: 'Santo cielo ahora soy, ahora se me ha convertido en "guebrídguma" de ese, qué degradación, qué horror, qué abaratamiento, qué espanto', si veía o me enteraba de que una antigua amante o novia mía se emparejaba o tonteaba de más con alguien despreciable u odioso, con un imbécil o con un infrahombre, ocurre con gran frecuencia o así nos parece, y además siempre estamos expuestos y no podemos oponernos. (Había decidido que la pronunciación sería esa, 'guebrídguma', aunque no tuviera ni idea, naturalmente.)
    Al principio de conocer a Tupra había pensado o había temido adquirir con él ese parentesco a través de Luisa, de alguna manera irreal y rocambolesca -o más bien me había alegrado de que ella estuviera en Madrid y de que nunca fueran a encontrarse y eso así no pudiera darse-, cuando había visto con claridad que casi ninguna mujer se le resistiría y que yo llevaría las de perder si competía con él en ese campo algún día, llegara en primer lugar o a la vez o en segundo. Y ahora resultaba que probablemente lo había adquirido por otro conducto inesperado y más ligero, y que me hacía ser el que viene luego y no el que estaba ya antes o había estado: aquél tiene cierta posición de ventaja, porque puede oír y averiguar cosas de éste, pero también es el que se arriesga al contagio, de haber alguna enfermedad por medio, y en realidad es eso, la enfermedad si la hubiera, la única manifestación tangible de ese extraño y débil vínculo con el que nadie cuenta conscientemente hoy en día, aunque de hecho exista sin ser nombrado y sobrevuele desatendido las relaciones entre los hombres y entre las mujeres, y entre los hombres y las mujeres. Esa lengua medieval ya no hay quien la hable ni apenas quien la conozca. Y bien mirado, hay algo más que en algunos casos se transmite por la persona interpuesta, desde el que estuvo antes con ella hasta el que estuvo luego, pero que no es tangible ni visible: la influencia. A lo largo de la conversación de aquella noche con la joven Pérez Nuix había tenido a ratos la impresión de oírla hablar por boca de Tupra, pero eso podía deberse también a sus varios años de trabajo en común y de continuo contacto, no por fuerza a su condición de examantes. Lo cierto es que nunca sabemos de quién proceden en origen las ideas y las convicciones que nos van conformando, las que calan en nosotros y adoptamos como una guía, las que retenemos sin proponérnoslo y hacemos nuestras. ¿De un bisabuelo, un abuelo, un padre, no necesariamente los nuestros? ¿De un maestro lejano al que nunca escuchamos y que educó al que sí tuvimos? ¿De una madre, de un aya que la cuidó a ella de niña? ¿Del exmarido de nuestro amor, de un 'guebrídguma' al que jamas hemos visto? ¿De unos libros que no hemos leído y de una época que no vivimos? Sí, es increíble lo que la gente habla, lo que dice y cuenta y deja escrito, este es un fatigoso mundo de transmisión incesante, y así nacemos con la obra bien avanzada pero condenados a que nunca nada se acabe del todo, y llevamos acumuladas -retumban en nuestras cabezas, indistintas- las voces agotadoras de los incontables siglos, creyéndonos ilusamente que algunos pensamientos e historias son nuevos, jamás oídos ni leídos, cómo podría ser, si la gente no ha parado de contar irremediablemente desde que tuvo el habla y todo lo suelta más pronto o más tarde, lo interesante y lo fútil, lo privado y lo publico, lo íntimo y lo superfluo, lo que debería permanecer oculto y lo que ha de ser difundido, la pena y las alegrías y el resentimiento, las certezas y las conjeturas, lo imaginario y lo acontecido, las persuasiones y las sospechas, los agravios y la adoración y los planes para la venganza, las proezas y las humillaciones, lo que nos enorgullece y lo que nos avergüenza, lo que parecía un secreto y lo que pedía serlo, lo consabido y lo inconfesable y lo horroroso y lo manifiesto, lo sustancial -el enamoramiento- y lo insignificante -el enamoramiento-. Sin pensárselo dos veces, va y lo cuenta.
    – Tampoco a mí se me habría ocurrido, no te jode, de haber tenido elección -le contesté a Tupra cuando dejamos de reír juntos desinteresadamente, a pesar mío, respecto a los 'bulwarks' o baluartes contra los que él me había arrojado-. Pero tú me has obligado, como a todo lo demás de esta noche, incluido estar aquí todavía a las mil y gallo. -Bueno, 'at an unearthlyh hour’ fue lo que dije, con mi inglés a veces libresco; ‘a una hora no terrenal', literalmente-. No sé si te das cuenta, pero hace como un día entero que tan sólo me das órdenes, la mayoría fuera de horarios. Va siendo hora de que me marche. Quiero dormir, estoy cansado. -Así pasé de nuevo de la risa traicionera y breve a la seriedad más duradera, si es que no al enfado. E hice un ademán de ir pensando en levantarme, no más que ir pensando, porque aún no me lo permitiría: quería hablarme de Constantinopla y de Tánger en pasados siglos, siempre más voces agotadoras e historias que no conocemos. Pero no lo hacía y seguramente no iba a hacerlo, son esas cosas que se anuncian para no volver luego a ellas, se siembran para abandonarlas, como señuelos verbales; y pretendía mostrarme sus cintas privadas, o serían discos. Tampoco llegaba eso-. Si no me cuentas muy rápido lo de Tánger y Constantinopla, yo me largo, Bertram. Estoy harto, estoy que me caigo. Y no tengo humor para seguir charlando.
    Tupra soltó una especie de rugido leve, algo indeciso entre la carcajada seca y.la ahogada expresión de un desprecio. Se puso en pie y me dijo:
    – No te impacientes, Jack, que aquí no cabe la prisa. Voy a enseñarte esos vídeos que te he dicho, aprenderás con ellos y te vendrá bien verlos. No en el momento, no son agradables y es muy posible que se te vaya el sueño, que te lo quiten para las próximas horas, ya te he dado permiso para no ir a trabajar mañana, o más bien hoy, no perdamos tiempo. -Miró el reloj muy velozmente, yo también: para Londres no era terrenal la hora, para Madrid sí lo era. Los niños ya estarían dormidos, pero quién sabía qué haría Luisa, aún podía estar despierta, con quién o con nadie-. Pero te vendrá bien más tarde, haberlos visto. Dentro de unos pocos días, y te servirán para siempre. Quizá ya no des importancia a lo que no la tiene, es lo primero que debería enseñarse a todo el mundo y en cambio nadie se ocupa de eso, al contrario: se educa para que cualquier idiota haga un drama de cualquier tontería. Se educa para sufrir sin verdadero motivo, y con sufrir por todo no se gana nada, o con atormentarse. Eso paraliza, eso abruma, eso impide moverse. Pero ya ves, la gente se da hoy golpes en el pecho hasta porque se dañe a una planta, no digamos si es a un animal, oh qué crimen, qué escándalo. Se vive en un mundo irreal, delicado, de mentira, blando. -'Cursi', pensé, 'al inglés le falta esa palabra tan útil, y tan amplia'-. El espíritu entre algodones, permanentemente. -Y volvió a rugir un poco, sonó esta vez como una tosecilla sarcástica-. Eso es en nuestros países. Y cuando en ellos irrumpe lo que es normal en otros sitios, lo que es su moneda diaria, nos encontramos desprotegidos y sin reflejos, bocados tiernos, y sólo al cabo de un tiempo reaccionamos, y entonces lo hacemos desmesurada y ciegamente, errando el blanco. Con excesivo miedo retrospectivo, como ha sucedido con los atentados, los de aquí, y los de tu ciudad, y de los de Nueva York y Washington ni hablemos.
    – En Madrid nada ha cambiado mucho -le dije-. Es ya como si no hubieran ocurrido.
    Pero él no me prestó atención, estaba a lo suyo. Su voz grave se había tornado aflictiva. Solía resultarlo casi siempre un poco, con su tonalidad de cuerda, como si surgiera del paso del arco sobre el violonchelo. Pero a veces esa cualidad se le acentuaba y producía en quien la oía un sentimiento suave, casi grato, debilitador de aflicción; en mí al menos lo producía.
    – No es que no haya que tener miedo, entiéndeme. Es que debíamos haberlo tenido ya antes, haber contado con él como con el aire, y también haberlo infundido. Infundirlo y tenerlo, todo el tiempo, ese es el estilo invariable del mundo, que se nos ha olvidado. Es algo natural en otras partes, más alertadas. Pero aquí nadie se entera y nos adormecemos sin mantener un ojo abierto, nos pilla todo de improviso y entonces no damos crédito. El miedo retrospectivo no sirve de nada, todavía menos que el anticipado. No es que ese sirva de mucho, pero por lo menos pone a la espera, más que en guardia. Siempre es mejor infundirlo. Ven, vamos, te enseñaré esas escenas, no son largas. Algunas te las pasaré aceleradas.
    Me sirvió de su oporto de garrafa sin consultarme -quizá pensó que lo necesitaría para enfrentarme con lo instructivo no agradable-, cogió su copa y yo la mía a instancias suyas -me hizo un doble gesto con la cabeza y un dedo-, y me condujo a una habitación más pequeña que abrió con una llave de su llavero. Me pregunté quién más viviría en la casa, para no querer Tupra que entrara allí sin su permiso o su acompañamiento, tal vez sólo fuera el servicio. Encendió un par de lámparas. Era una especie de estudio que al instante me recordó a su despacho en el edificio sin nombre, estaba lleno de libros tan costosos como los del salón o más -quizá sus joyas de bibliófilo-; no había en cambio ningún cuadro, sólo el dibujo enmarcado de un busto de militar con bigote levemente curvado, tal vez algún ídolo suyo del MI6 o como se llamara antiguamente, al primer golpe de vista me pareció de la Primera Guerra Mundial, o como tarde de los años veinte; no creía que fuera un antepasado, un Tupra, vestía uniforme británico de oficial, no supe distinguir el rango. Había una mesa y sobre ella un ordenador; una butaca con ruedecitas detrás de la mesa, allí se encerraría a trabajar Reresby en casa; dos poufs. Con un pie los colocó delante de un armarito de baja altura cuyas portezuelas de madera abrió para que apareciera una televisión dentro, estaba absurdamente camuflada, como las minineveras en algunos hoteles finos que se avergüenzan de tenerlas. Me indicó que me sentara en uno de los poufs y así lo hice. Fue hasta la mesa, la rodeó y sacó de un cajón, que también abrió con llave, un DVD, tras rebuscar durante unos segundos, luego guardaría allí unos cuantos, o más de uno y más de dos. Encendió la televisión, el reproductor de DVD que estaba debajo, e introdujo en éste el disco. Tomó asiento en el otro poufs a mi izquierda, casi a mi altura pero un poco más atrás, ligeramente a mi espalda, los dos muy cerca de la pantalla aún azul, yo más encima, cogió el mando, yo había de mirar de reojo para poder verlo, y para captar su expresión torcer el cuello. Cada uno sostenía su copa en la mano, él lo hizo todo con una sola, o con el pie, como he dicho.
    – ¿Qué, qué vamos a ver, qué vas a ponerme? -le pregunté con una mezcla de impaciencia y desenfado-. No será una película, ¿verdad? No son horas.
    Aún no sentía temor, me lo impedían la irritación y el cansancio, me parecía improbable que nada pudiera quitarme el sueño. Además, ya había visto bastantes cosas desagradables y difícilmente instructivas aquella noche, y no en un vídeo sino en la realidad palpable y respirable, a mi lado, todavía llevaba en el cuerpo, aunque ya amortiguado, el espanto de la espada cernida sobre el cuello del mameluco, y en mi cerebro aún resonaban los pensamientos inútiles que me habían asaltado: 'Lo va a matar, no, no puede ser, no va a hacerlo, sí, va a decapitarlo aquí mismo, a separarle la cabeza del tronco, este hombre de ira lleno, y yo ya no puedo evitarlo porque la hoja va a bajar y es de dos filos, es como un rayo sin trueno que despedaza callando, y va a segar en todo caso'. No creía que pudiera verlas peores, y cuanto pusiera Tupra ante mis ojos sería además ya pasado, algo ya sucedido, irremediable, filmado, en lo que mí intervención no contaría. No tendría vuelta de hoja, a cada visión se repetiría idéntico. Pero debí haberlo sentido, el temor, la aprensión, el encogimiento, el sobrecogimiento, desde el momento en que la voz de Tupra se había hecho más aflictiva que de costumbre y me había producido un amago de congoja sin motivo ni significado, como la de la música cuando es doliente y no hay razón objetiva -sí, violonchelo o violín o viola de gamba, son sólo notas, o un piano a veces-, como si él ya se hubiera adentrado en desastres retrospectivos que sin embargo pueden reproducirse y volver a hacerse presentes infinitas veces, al estar grabados o registrados, de los que yo no tenía conocimiento ni siquiera la menor sospecha.
    – Esto que vas a ver es secreto. Nunca hables de ello ni lo menciones, ni siquiera conmigo más allá de esta noche, porque mañana ya no te lo habré enseñado. Son filmaciones que guardamos por si un día hacen falta. -'Por si acaso', pensé, ‘ese es el lema de nuestro trabajo, así parece'-. En ellas hay hechos vergonzosos o embarazosos, también delitos que no han sido denunciados ni perseguidos, cometidos por individuos de cierto fuste contra los que no se han tomado medidas ni iniciado acciones porque no convenía o no conviene o porque aún no es el momento o porque se ganaría poco con eso. Trae mucha más cuenta tenerlas, guardarlas, previéndoles una utilidad futura, con algunas se podría obtener mucho a cambio. A cambio de que sigan aquí sepultadas y nunca vistas por nadie, se entiende, además de por nosotros. Con otras ya se ha obtenido, les hemos sacado ya buen provecho, y además nunca se agota su beneficio posible, porque el material jamás lo destruimos ni lo entregamos, solamente se lo mostramos en ocasiones a quienes en él aparecen, a los interesados, si es que no se fían o no se creen que existan grabaciones semejantes y quieren cerciorarse y verlas. No tienen que venir aquí, descuida (aquí han venido contadas personas), ahora se hacen copias fácilmente y se les enseñan hasta en el móvil, o se les mandan. Así que estos discos son un tesoro: pueden persuadir, disuadir, conseguir importantes sumas, hacer retirarse a un candidato insalubre, callar bocas, lograr concesiones y acuerdos, abortar maniobras y conspiraciones, aplazar o mitigar conflictos, provocar incendios, salvar vidas. No va a gustarte su contenido, pero no los desprecies ni los condenes. Ten presente lo que valen y para lo que valen. Y el servicio que rinden, el bien que hacen al país a veces. -Había utilizado esa misma expresión nada más conocernos, en la cena fría de Wheeler en Oxford, cuando yo le había preguntado por sus actividades y él había sido huidizo en su respuesta: 'Negociar ha sido siempre mi habilidad mejor, en diferentes campos y circunstancias. Incluso rindiendo a mi país servicio, uno debe procurar eso si puede, ¿no?, aunque sea lateral el servicio y se vaya antes que nada tras el beneficio propio'. Ahora había vuelto a decir eso, 'el país', la palabra 'country' que también podía significar 'patria' en mi lengua, y en ella, dados nuestra historia y nuestros precedentes, se ha hecho un vocablo desagradable y peligroso que revela mucho, negativo todo, sobre quienes lo emplean; su equivalente inglés carece al menos de su emotividad y su pompa, un equivalente imperfecto. 'El país', el país, era curioso. A Tupra se le había olvidado de nuevo que el suyo y el mío no eran el mismo, que yo no era británico sino español, probablemente un español de mierda. Esa fue la vez que más cerca estuve de creer que me había ganado su confianza sin que se hubiera él percatado, es decir, sin que hubiera mediado su decisión de otorgármela: cuando perdió de vista, bien entrada aquella noche, en su casa a la que casi nadie iba, ante la pantalla aún en blanco, a punto de enseñarme sus imágenes reservadas, que yo le servía a él mientras le servía, y por un sueldo, pero no a su country. Ni tampoco al mío, desde luego. En cuanto a él, era imposible adivinar hasta qué punto le rendía servicios laterales o frontales al suyo o si iba siempre tras el beneficio propio. Quizá ya eran cosas indistinguibles, en su cabeza. Añadió-: Prepárate, vamos allá. Ni una palabra a nadie, ¿queda claro? Y apretó en el mando el botón de avance.
    Lo que vi a continuación no debería contarse, y yo debo hacerlo tan sólo a ráfagas. En parte porque algunas escenas me las pasó aceleradas, como me había anunciado, y por suerte me enteré de ellas a medias, pero siempre lo suficiente y más de lo que yo habría querido; en parte porque en algunos instantes -uno, dos, tres, cuatro; y cinco- volví la cara o cerré los párpados, y en una o dos ocasiones me puse la mano a modo de visera sobre los ojos, a la altura de las cejas, con los dedos prestos, para poder ver o no ver lo que ya estaba viendo. Pero vi o entreví lo bastante de cada filmación o episodio, porque además Reresby me instaba a mantener la vista al frente ('No, no te vuelvas, aguanta, mira, no te pongo esto para que te apartes, no te escondas', me ordenaba cuando yo rehuía la visión de un modo u otro, y dime ahora si a lo que has asistido antes es tan terrible, dime si he exagerado, dime si tiene la menor importancia'; y por 'antes' se refería a lo que había ocurrido o él había hecho ocurrir en el lavabo de los tullidos, en mi presencia y ante mi impotencia, o ante mi pasividad y mi miedo, o mi cobardía simple). En parte, por último, porque no me atrevo a contarlo o no soy capaz de hacerlo, no cabalmente.
    A medida que miraba y entreveía y veía, un veneno me fue entrando, y si utilizo esta palabra, veneno, no es del todo a la ligera ni sólo metafóricamente, sino porque se introdujo en mi conocimiento algo que nunca había estado allí antes y me provocó una sensación instantánea de estar enfermando gradualmente, algo ajeno a mi cuerpo y a mi vista y a mi conciencia, en verdad una inoculación, y este último vocablo es preciso etimológicamente, pues contiene el término latino 'oculus', del que de hecho procede, y por ahí penetraba mi inesperada y nueva dolencia, por los ojos que absorbían imágenes y las registraban y las retenían, y ya no podrían borrarlas como se borra la sangre del suelo, menos aún no haberlas visto. (Quizá sólo, cuando se hubieran curado, podría yo dudar de ellas: cuando hubiera pasado el tiempo que nivela y difumina y mezcla.) Así que entró en mí, como a través de una aguja lenta, lo que me era bien externo y desconocía completamente, lo que no había previsto ni concebido ni tan siquiera soñado, y tan de fuera venía todo que no me servía de nada haber leído en la prensa sobre casos parecidos, que allí siempre resultan remotos y exagerados, ni en las novelas, ni haberlos visto en el cine, del que jamás lo creemos todo porque en el fondo sabemos que es fingido, por mucho que nos desvivamos por los personajes o nos identifiquemos con ellos. Sin embargo las primeras escenas que me mostró Tupra en la pantalla tuvieron un engañoso elemento de comicidad relativa, por lo que aún no me costó bromear ni preguntarle al respecto (de haber empezado por las que siguieron, habría enmudecido desde el principio, seguramente):
    – ¿Qué es esto? ¿Porno?
    Y eso fue como darle a Reresby la venia para ilustrarme hasta donde él quería -siempre poco, concisamente- acerca de aquella grabación inicial y también de las otras o de la mayoría, pues sobre dos o tres escena guardó un extraño y total silencio -o acaso era significativo-, como si no cupiera decir nada de ellas.
    – No en la intención. Ni en los resultados -me respondió muy frío, mi comentario no le había hecho gracia-. Esa mujer es una alto cargo del Partido Conservador, de su ala más rancia, a día de hoy con expectativas altas de ascenso, como contrapeso tranquilizador para los votantes más rígidos; y como suele lanzar soflamas contra la degradación de la moral y las costumbres, y el sexo desenfrenado y todo eso, es interesante ver lo que hace en esta cinta, y algún día podría ser útil pasársela. Ahí no está su marido.
    La escena era sin prolegómenos, quiero decir que probablemente se había montado a partir de lo fundamental tan sólo, o del grano, lo cual lamenté bastante, pues me habría gustado saber de dónde habían salido, o qué le habían propuesto, o cómo habían llegado a eso, los dos maromos que -in medias res el episodio, insisto- ya le estaban practicando un sandwich, los tres enrevesados sobre una moqueta verde un poco descolorida o quizá era problema de la filmación, de regular calidad aunque lo bastante nítida para que yo reconociera a la alto cargo, esto es, me sonara de haberla visto con anterioridad en la televisión, en el Parlamento o en las noticias. Hasta recordaba su voz de viento o más bien como de secador eléctrico, una de esas personas que, aunque lo quieran, no pueden o no saben hablar quedamente ni hacer la más mínima pausa, para sus allegados un tormento. Por suerte esa grabación carecía de sonido, o de otro modo, a la vista de sus gestos de gran embeleso doble ante las embestidas simultáneas de los maromos posterior y anterior -o eran intermitentes, una sincronización defectuosa, y a ratos un mal encaje, se soltaban-, sus aullidos nos habrían parecido un vendaval o un serrucho. Aquellos dos sujetos tenían pinta de funcionarios en la medida en que su escasa ropa permitía hacer apuestas, y ninguno era muy joven ni muy esbelto, y uno de ellos -con el pantalón sólo abierto, un rasgo de pereza más que de urgencia- llevaba unos tirantes muy tirantes sobre la desnudez de su torso, que le conferían un aire incongruente, como si fuera una mezcla imposible de oficinista y carnicero. En cuanto a la mujer, rondaría los cuarenta años y conservaba a su vez la falda, convertida en un mero cinturón arrugado, y no era muy atractiva pese a su notable busto a la vista, sin operar ningún pecho. Podían estar en una habitación de hotel o en un despacho, el estrecho campo visual no ayudaba a aclararlo, la cámara centrada sólo en los personajes fornicantes, aquellos dos mendas sí que eran 'guebrídgumas' plenos, lo estaban siendo en el acto. Desde luego parecía una película porno, de presupuesto bajo o casera y con intérpretes suplentes. Quién y cómo habría rodado la escena era por supuesto una incógnita, pero hoy cualquiera es capaz de hacerlo, hasta con un teléfono móvil e incluso sin estar presente, a distancia, y así nadie está libre de ser captado en las situaciones más íntimas, o en las más desaforadas.
    Tupra aceleró al cabo de un minuto o menos y se lo agradecí, no valía la pena contemplar tanto esfuerzo para un final sin sorpresas. Llegué a distinguir una expresión, en la alto cargo, de complacido desconcierto a la conclusión de su emparedado, como si se estuviera diciendo: 'Qué bárbara, cómo he sido capaz de tanto. Tendré que volver a probarlo, a ver si me ha parecido lo que creo', Quizá era su primera duplicidad, una osadía. Mi jefe recuperó la velocidad normal entonces, para pasar en seguida al segundo episodio, este sí con sonido, que mostraba a dos conocidos actores y a un tercer individuo, para mí anónimo, soltando sandeces entre descompuestas risas y esnifando cocaína en un salón, en un sofá, las rayas listas sobre la mesa baja, gruesas si es que no bestias, las hacían disminuir como quien da sorbos a un vaso.
    – No sé quién es ese -dije señalando al de la derecha y dándole a entender a Tupra que había reconocido a los dos juveniles astros.
    – Un miembro de la familia real. Muy lejano en la línea de sucesión, muy secundario. Nos habría venido de maravilla que hubiese sido uno más prominente, más próximo. -Y aceleró la imagen de nuevo, era monótona, consistía todo en las carcajadas lelas y en el festín de polvo.
    Aquel comentario me dio que pensar fugazmente, me pregunté por qué les habría venido de perlas (tomaba aquel 'nos' más por el MI6, o por el conjunto de los Servicios Secretos, que por nuestro grupo) que le diera a la droga nadie, o que fuera adúltero, o corrupto, o que delinquiera. Deberían haberse alegrado de que los principales parientes de la Reina no se pusieran ciegos de coca, como aquel trío.
    – No entiendo -expresé mi incomprensión-. ¿Por qué os habría convenido eso? -Y así tuve a bien no incluirme.
    Tupra congeló la imagen para contestarme.
    – Qué pregunta más ingenua, Jack, eres decepcionante a veces. A nosotros nos conviene eso siempre, con cualquiera que tenga importancia, peso, capacidad de decisión, nombre, influencia. Mejor para nosotros, cuantas más manchas y más altas. Como le conviene a todo el mundo, por otra parte, con los que tiene cerca. A ti te interesa que tu vecino esté en deuda contigo, o haberlo pillado en alguna falta y poderle hacer la faena de contarlo o el favor de callártelo. Si la gente no infringiera las leyes, si no burlara los códigos ni jamás cometiera bajezas ni errores, nosotros no conseguiríamos nada, nos sería muy difícil disponer de una moneda de cambio y casi imposible torcerle la voluntad, obligarla. Tendríamos que recurrir a la fuerza y a la amenaza física, y ese estilo está en desuso, se procura abandonarlo desde hace ya tiempo, nunca sabe uno si saldrá bien parado de eso o si te acabarán llevando a juicio y desgraciándote. Los individuos en verdad poderosos pueden hacerlo, complicarte la vida y lograr que te destituyan, tocar teclas y que te acaben sacrificando. Con la gente insignificante sí, como tu amigo Garza. Con esos el estilo sigue en uso y no hay otro más eficaz, te lo garantizo. Los que ni siquiera rechistarían. Pero con otros es siempre un riesgo. Con ellos tampoco vale el dinero, cuando ya poseen mucho. Pero en cambio casi todos son capaces de medir y hacer cálculos, de avenirse a razones, de ver lo que les compensa. Tú sabes hasta qué punto se ocultan cosas, nunca he conocido a nadie que no estuviera dispuesto a ceder, poco o mucho, por que se silenciara algo, por que no trascendiera, o al menos no llegara a conocimiento de alguien determinado. Cómo no va a convenirnos que la gente sea débil o vil o codiciosa o cobarde, que caiga en las tentaciones y meta la pata hasta el fondo, incluso que participe en crímenes o los cometa. Es la base de nuestro trabajo, es la sustancia. Aún es más: es el fundamento del Estado. El Estado necesita la traición, la venalidad, el engaño, el delito, las ilegalidades, la conspiración, los golpes bajos (las heroicidades, en cambio, solamente con cuentagotas y de tarde en tarde, por el contraste). Si no los hubiera, o no bastantes, tendría que propiciarlos, ya lo hace. ¿Por qué crees que se crean cada vez más delitos nuevos? Lo que no lo era pasa a serlo, para que nadie esté nunca limpio. ¿Por qué crees que intervenimos en todo y lo regulamos todo, hasta lo ocioso y lo que no nos atañe? Nos hace falta la violación, el quebranto. De qué nos servirían las leyes si no las incumpliera nadie. Sin eso no iríamos a ninguna parte. No podríamos ni organizamos. El Estado precisa de las infracciones, lo saben hasta los niños, aunque sin saber que lo saben. Son los primeros en prestarse a ellas. Se nos educa para entrar en el juego y colaborar desde el principio, y en él seguimos hasta el último día, y aun después de muertos. Las cuentas jamás se saldan.
    Yo torcía un poco el cuello para mirarlo de reojo de vez en cuando, pero lo cierto es que Tupra, retrasado respecto a mi posición en su pouf me hablaba sobre todo a la espalda. Su voz me llegaba muy cercana y muy suave, era casi un bisbiseo grave, no tenía por qué alzarla, no había alrededor más que silencio. Aquel 'nos' penúltimo (cnos atañe') había sido aún más amplio que el anterior, se sentía parte del Estado, representante suyo, quizá guardián, quizá servidor de la patria, pese a su tendencia a ir antes que nada tras el beneficio propio. Supuse que sería capaz de la traición él mismo, aunque sólo fuera por abastecer al país, por satisfacer sus necesidades.
    – ¿El Estado necesita la traición? -le pregunté algo extrañado (lo justo tan sólo, empezaba a vislumbrar su sentido).
    – Claro, Jack. Sobre todo en tiempo de asedio, de invasión o de guerra. Es lo que más se conmemora, lo que más une, lo que las naciones más recuerdan así pasen los siglos. Qué sería de nosotros sin ella.

    Pensé que tal vez le había sido útil sin querer, entonces, en su calidad de hombre de Estado, cuando lo había traicionado con la interpretación de Incompara, pero eso no me ayudó a sentir mi deuda zanjada. Sin duda era por eso, en parte, por lo que tenía tanta tolerancia con él -siempre podía irme-, o tanto miramiento, o tan poca severidad o así yo lo creía, por aquel malestar duradero y por aquel fallo voluntario mío, aún no estaba seguro de que se hubiera dado cuenta de cuan deliberado había sido. Y también porque nos profesábamos simpatía, a mi pesar a veces, quién sabía si al suyo, la joven Pérez Nuix era demasiado optimista. Aquella noche Tupra había puesto la mía a prueba, y aún iba a seguir haciéndolo, con la sesión de cine.
    Dejó de hablar y acto seguido volvió a apretar el botón de avance. La anterior escena terminó al instante y apareció una nueva en la pantalla, y con ella empezó a entrarme el veneno. Dos individuos en camiseta y con pantalón de camuflaje y botas cortas, soldados presumiblemente, tenían a un tercero, encapuchado, sentado en un taburete y encadenado de pies y manos. Había sonido, pero lo único que se oía era un jadeo exagerado, el del cautivo, como si acabara de correr quinientos metros o tuviera un ataque de ansiedad o pánico. Se hacía angustiosa aquella respiración fuerte y rápida y como inaplacable, era muy posible que la provocara el miedo, estar atado y no ver nada debe de hacer temer cada segundo futuro, y no hay tregua con los segundos. Había una luz cenital cuyo origen quedaba fuera de cuadro -a buen seguro una lámpara con pantalla colgada del techo- y que iluminaba a los tres hombres, o mejor dicho, a los dos camuflados no todo el rato, daban vueltas alrededor del tapado y en sus recorridos pisaban sombra. Fuera del haz de luz, al fondo de la imagen, había dos o tres personas más, sentadas en fila contra una pared y cruzadas de brazos, pero no se distinguían sus rostros ni apenas sus figuras, demasiado en penumbra. Los soldados cesaron en sus rodeos y con malos modos obligaron al prisionero a levantarse y a ponerse de pie sobre el taburete, lo guiaron para que subiera. Los vi manejar una soga, y aunque la cabeza del encapuchado salía ahora del encuadre -el plano era fijo, cámara estática-, todo hacía suponer que se la habían puesto alrededor del cuello y que estaría amarrada a una viga o a alguna barra horizontal y alta, porque uno de los encamisetados le dio un patadón al taburete y la víctima quedó colgando sin poder hacer pie, aunque muy cerca, aquello era un ahorcamiento.
    Me sobresalté, quizá jadeé inesperadamente, me volví hacia Tupra y le dije con alarma:
    – ¡Qué es esto!
    En su desplome el cautivo debía de haber golpeado o más bien rozado la invisible lámpara, porque el haz de luz hizo durante unos instantes un vaivén o balanceo leve.
    – No te vuelvas, sigue mirando, aún no ha acabado -me contestó Tupra con imperiosidad. Y me dio con las puntas de los dedos rígidos en el codo, como si yo fuera un niño desobediente.
    Cuando fijé de nuevo los ojos en la televisión, aún vi cómo los pies del ahorcado pataleaban en busca de apoyo mientras su jadeo daba paso a una especie de gutural gruñido, pero era algo que no arrancaba, no podía, algo ahogado. Esos pies, sin embargo, encontraron en seguida apoyo: uno de los camuflados le abrazó las dos piernas con fuerza y se las elevó lo más posible, y el otro recogió el taburete y se lo colocó otra vez bajo las suelas. Una vez allí estabilizado, le quitaron la cuerda y lo hicieron descender al suelo. De un empellón lo sentaron y los dos soldados reiniciaron sus merodeos en torno al prisionero, que ahora tosía, tenía que estar congestionado. Las botas cortas hacían más ruido en esta ronda, como si sus dueños marcharan al unísono y pisaran a fondo con ese propósito, con el de hacer amenazante ruido, evocaban el redoble de tambores que anunciaba en el circo la inminencia de un creciente riesgo, o en las plazas la de la ejecución ansiada. Y al cabo de unos treinta segundos -o quizá fueron noventa- repitieron la operación, es decir, subieron al taburete al encapuchado y simularon que lo ahorcaban, o no es exacto, sino que de hecho empezaron a ahorcarlo -el patadón, el mismo método-, y al poco se detuvieron. En esta ocasión el cautivo perdió un zapato en su pataleo, quizá duró un poco más que el primero. Eran zapatos normales, viejos, de cordones pero sin los cordones. No llevaba calcetines. 'Esto es como Tupra en el lavabo', alcancé a pensar tumbadamente, 'cuando alzó y bajó la espada y volvió a alzarla y a bajarla. Cada vez yo ignoraba si le cortaría la cabeza al capullo, y ahora, aunque lo que me enseña ya haya ocurrido y además pueda pararse su acción en el vídeo, o hasta dejarse para otro día como si ya diera lo mismo (la escena seguirá ahí y no va a cambiar nunca), en este instante yo ignoro si estos tipos acabarán por ahorcar al pobre diablo en alguno de sus amagos, y ya quiero saberlo, aunque sea un desconocido y ni siquiera vea qué cara tiene. Él también lo ignoraría entonces, y entonces no era pasado. No sería un hombre joven, con esos zapatos marrones abarquillados.' Le calzaron el que se le había salido antes de volver a sentarlo, misterios de la pulcritud y el orden. Uno de los soldados levantó aire con una mano, agitándosela de arriba abajo delante de la nariz, como si le hubiera llegado un horrible olor repentino procedente del colgado. Seguían sin hablar, nadie hablaba, tampoco los espectadores oscuros, y eso debe de infundir aún más miedo a quien se encuentra a ciegas e inmovilizado, más que voces desabridas o insultos, a no ser que sean en una lengua desconocida, lo que da más pavor es no entender lo que se le dice a uno, yo creo, en una situación de vida o muerte.
    Aún repitieron la operación una tercera vez, todo idéntico, la cabeza del cautivo fuera de cuadro y después reapareciendo junto con la cuerda ya tensada, el cuerpo cayendo a plomo en un trayecto muy corto para que nada fuera irremediable en la caída, el haz de luz oscilando unos instantes por efecto de algún roce o acaso de la sacudida, quizá la segunda y la tercera vez lo mantuvieron menos segundos ahorcándose, aunque me engañara mi angustia y a mí se me hicieran más largos. La víctima estaría más débil a cada broma, le habrían descoyuntado algo y el corazón desbocado. Obviamente no se le había partido la tráquea, habría sido definitivo, los camuflados no daban tiempo a eso, gente bien adiestrada, debían de saber a partir de qué momento se haría demasiado tarde, y tampoco sería muy grave, supuse, si se les iba la mano y el hombre se les quedaba tieso, quizá no había nadie en el mundo que estuviera al tanto de su suerte, ni siquiera de su paradero. Se los veía a todos relativamente tranquilos, a verdugos y a testigos, diligentes o atentos pero sin saña, como si llevaran a cabo o asistieran a un desagradable trámite, pero trámite al fin y al cabo.
    Tupra congeló la imagen con el preso ya descolgado y con toses, las piernas muy flojas e irresponsables, y en esta ocasión no lo sentaron. La capucha negra siempre puesta, con su única abertura para boca y fosas nasales (pero en la boca cinta adhesiva), para los ojos no había. Parecían a punto de llevárselo, tal vez de regreso a una celda, tal vez a la enfermería. Poco a poco recuperaba el jadeo.
    – Qué, ¿lo has visto? -me preguntó Tupra. Y en su tono percibí una excitación casi divertida, para mí inexplicable, yo notaba ya el veneno.
    – Qué haces -le contesté-. Quiero ver cómo termina esto, si se cargan a ese desdichado.
    – Aquí se acaba la escena, ya no hay más, se pasa a otra. Así, ¿lo has visto? -'Did you see him?’ fue lo que dijo, refiriéndose por tanto a alguien y además masculino, no a un objeto ni a un detalle ni al episodio en sí mismo, habría utilizado ‘it' en los tres casos.
    – ¿A quién? -'Whom?', pregunté, quizá incurriendo en hipercorreccíón, con esa forma del dativo cuando aquello era acusativo, otro misterio del orden y la pulcritud excesiva, en medio de la conmoción que sentía.
    Tupra chasqueó la lengua con desdén espontáneo.
    – También en esto estás torpe, Jack. Vamos a ver, para qué tienes los ojos, el ojo es rápido y lo capta todo. Lo has hecho mejor otras veces, estás perdiendo facultades o será que estás cansado. -Entonces rebobinó las imágenes con el mando sobre el que mandaba, buscó un punto de la grabación y lo dejó congelado, lo hizo con celeridad y pericia, estaba acostumbrado a esos manejos. Era uno de los momentos en que el cautivo caía, la soga tensándose, el taburete a la mierda, y el haz de luz balanceándose muy breve y ligeramente, con poca fuerza y a cada vaivén con menos, también con menos recorrido. Dos, no más de tres mínimos vaivenes, pero en ese instante los tres sujetos del fondo aparecían iluminados por el haz desplazado, había sido una fracción de segundo, miré hacia ellos, no lograba distinguirlos del todo pero algo familiar había-. Qué, ¿lo ves ahora?
    – Espera -contesté aún inseguro, guiñando los ojos para ver más nítido-. Espera.
    Tupra no esperó, activó el zoom y amplió sus rostros en un recuadro, tenía un reproductor de DVD con prestaciones que yo desconocía en el de mi casa de Madrid, aún no me lo había comprado en Londres. Y entonces sí vi con claridad el conocido rostro cuadrado y surcado, conocido por media humanidad, la que ve televisión y lee prensa, con sus gafas inconfundibles y su aspecto de médico o químico alemán, o más bien de médico o químico o científico nazi, siempre que lo había visto en pantalla o en foto no me había costado nada imaginarlo con bata blanca en torno a la corbata, es más, su cara casi pedía a gritos, necesitaba esa bata blanca, era incongruente que no la llevara. Él, como todos los políticos y dirigentes democráticos mundiales, había negado públicamente cien veces tener que ver, haber dado órdenes, haber aprobado o consentido o estar enterado de prácticas como aquella y hasta de las menos brutales, las solamente vejatorias. Nadie en el mundo exterior sabía lo que yo sabía ahora: que, lejos de eso, había asistido, una vez al menos, al triple ahorcamiento a medias de un individuo encadenado de pies y manos, y que lo había hecho literalmente cruzado de brazos, impasible, sentado, y como máxima autoridad presente, como también lo habría sido en casi cualquier otro sitio en el que hubiera estado. Ya lo había dicho Tupra, aquellos vídeos no eran para que los viese cualquiera (un periodista se habría puesto a dar saltos). Y si los ateso raban como oro en paño era porque en todos ellos estaba fijado -reperible indefinidamente- alguien famoso, o poderoso, o adinerado, o con prestigio o con influencia. A las terceras de cambio yo ya lo había olvidado y había atendido tan sólo a la acción principal, cómo no iba a hacerlo. Quizá para Tupra, en cambio, lo único que contaba era el fondo oscuro, o su instante iluminado. Claro que él ya había visto antes la escena, no lo pillaba por sorpresa. Su actitud me confirmó, en todo caso, que no tenía en mucho la muerte posible y que tampoco era un sádico. Por lo menos no disfrutaba con el sufrimiento ajeno, aquellos amagos de ahorcamiento le traían sin cuidado, o eran sólo el necesario marco de lo que le interesaba.
    – Sí, lo veo ahora -dije-. Pero, ¿por qué guardas esto? Él es americano, es aliado, es de los vuestros. -Y en seguida me percaté de que no había dicho 'de los nuestros', como acaso le habría parecido lógico a Tupra y lo habría sido a aquellas alturas, pensé que me había adentrado en un terreno fangoso sin apenas darme cuenta. Sí, estaba dentro y sabía, estaba de hecho en un bando, pese a no sentirme yo en ninguno. Y, lo que era aún más inesperado y habría resultado impensable un año antes o medio: había visto lo que estaba vedado a casi todos los demás ojos del mundo, o todavía no había acabado de verlo.
    – Ya. Y qué importa. Nunca se sabe. -Bebió de su copa, a mí no me apetecía ya mucho la mía. Sacó y encendió un Rameses II. Sólo me ofreció después, con su cigarrillo ya humeante, y eso se lo cogí, tabaco-. Ni siquiera se sabe quién es de los nuestros, ni si lo será mañana, en eso más vale ni pararse. Tampoco lo sé yo de ti ni tú de mí. Sigamos.
    Y continuó la sesión, la inyección de veneno, mientras su voz a mi lado, ligeramente a mi espalda, sonaba de tanto en tanto para hacer algún breve apunte o comentario, casi como cuando en las antiguas sesiones de fotos, con proyector y pantalla, tras un viaje infrecuente entonces -por ejemplo en mi infancia-, los viajeros, los que las enseñaban a los parientes o a las amistades, situaban cada diapositiva en su contexto y les explicaban: 'Aquí estamos arriba del todo en el Empire State, el rascacielos más alto del mundo', cuando todavía lo era; 'fijaos qué vértigo'. Y qué vértigo, sí, qué vértigo el que yo fui sintiendo a cada nueva escena. Algunas eran inocuas, más gente pillada en actos sexuales normales, pero que si se hacen públicos o son presenciados se transforman extrañamente en anómalos, sobre todo si los llevan a cabo personajes célebres, o muy serios, o de cierta edad, o respetables, siempre hay algo de afanoso y ridículo en el sexo objetivado, no se comprende cómo ahora hay tantas personas que se filman en ello por gusto, para recrearse luego en el parcial bochorno. También individuos ofreciendo y aceptando sobornos, alguno en metálico, alguno de rostro por mí conocido, alguno español o más bien española, qué rubia hipócrita, pero todas estas cosas Tupra las aceleraba y sólo volvía a la velocidad real cuando la escena era violenta e insólita. Insólita para mí, se entiende; no para él, desde luego; quién sabía si para Pérez Nuix y Mulryan y Rendel, era posible que ellos nunca hubieran visto imágenes como aquellas o que estuvieran al cabo de la calle y se conocieran al dedillo estas mismas; quién sabía si para Wheeler, o quizá él había contemplado equivalentes de sobra a lo largo de su vida joven, y no en pantalla. Pero yo no, yo nunca había visto una ejecución más que en las películas, o últimamente en las televisiones, que aunque den noticias resultan ya tan ficticias como el propio cine, tres hombres y una mujer a la orilla de un mar, esperando quietos de pie con las manos libres, estaban perdidos y para qué iban a atárselas, una luz de madrugada, me acordé al instante de ese cuadro apaisado que está en Madrid, Gisbert el pintor o me acudió ese nombre, el fusilamiento de Torrijos y sus compañeros liberales en Málaga, se veía arena y se veían olas, quizá algo de paisaje al fondo y nutrido el grupo de los condenados, y al buscarlo en Internet más tarde, ya de mañana, comprobé que eran dieciséis si se incluía a la mujer y al niño que uno de ellos tenía abrazados, pero seguramente esa familia se despedía tan sólo de su premuerto y no iba a correr la misma suerte que el marido y padre, en todo caso eran catorce y cuatro más en el suelo ya abatidos, con los ojos vendados y junto a una chistera que acaso un cadáver había conservado tenazmente puesta hasta el momento de empezar a serlo, irían por tandas al no dar abasto, allí cayeron cincuenta y tantos en 1831 ('Muy de noche lo mataron con toda su compañía', me acordé del romance del buen Lorca, cité para mis adentros), los seis mejor vestidos agrupados a la derecha, la tropa junta a la izquierda y el del gorro frigio despreciativo y sobrado (hasta en la muerte compartida hay clases), aún más que el de los lentes en el núcleo de los señores, Torrijos sería el rubio ('el general noble, de la frente limpia'), o no, sería el de las botas cortas que cogía de las manos a dos de sus camaradas ('Caballero entre los duques, corazón de plata fina'), traicionado al volver al país por el Gobernador de Málaga ('Lo atrajeron con engaños que él creyó, por su desdicha'), también había estado en Inglaterra huido durante varios años, regresar a España es peligroso siempre, donde de hoy a mañana tanto cambian los rostros, aunque se haya sido un héroe de la Guerra Peninsular o de la Independencia ('El Vizconde de La Barthe, que mandaba las milicias, debió cortarse la mano antes de tal villanía'), y allí estaban los frailes que jamás han faltado en nuestros acontecimientos sombríos (y si no eran curas y si no fueron monjas), uno leyendo o rezando y dos tapando miradas, los tres agoreros, el pelotón de ejecución más atrás, a la espera y difuminado ('Grandes nubes se levantan sobre la sierra de Mujas'), es posible que el que lo comandaba dejara caer el pañuelo blanco que sujeta en su mano izquierda, quizá desde la punta del sable, a la vez que gritaba '¡Fuego!' ('Entre el ruido de las olas sonó la fusilería,

    y muerto quedó en la arena, sangrando por tres heridas… La muerte, con ser la muerte, no deshojó su sonrisa'); y también me acordé de los ejecutados sin juicio o con farsa en esas mismas playas de Málaga por quien la tomó más de un siglo después con sus huestes franquistas y moras y con los Camisas Negras de Roatta o 'Mancini': Duque de Sevilla su inoportuno título, el de quien sembró de cadáveres las orillas y el agua y los cuarteles y cárceles y los hoteles y las tapias, unos cuatro mil, se dijo, y aunque no fueran tantos; y enfrente de los ajusticiables dos tipos con metralletas o con armas que se les asemejaban, no entiendo yo de eso, dos tipos encorbatados y repeinados, seguro que llevaban peine en el bolsillo como yo, como meridionales, y al decir 'Dai' uno de ellos, ambos lanzaron interminables ráfagas, dispararon y dispararon derrochando balas como si debieran gastarlas, mientras se derrumbaban los cuerpos y también una vez caídos, la mujer y un hombre boca arriba y los otros dos de lado, se acercaron más, siguieron, buscaron la verticalidad de las armas, la arena daba saltos y parecía que los dieran la carne y las ropas modestas de los ya muertos muertísimos, sangrando por veinte heridas, a cada gratuito impacto. 'Esto es un ajuste de cuentas en alguna playa escondida del Golfo de Taranto, seguramente no lejos de Crotone, en Calabria, hace ya unos cuantos años', murmuraba Reresby acentuando bien el nombre esdrújulo, 'Taranto', y hablaba desde tan adentro que era como si la voz surgiera de un yelmo. 'Es interesante. Uno de los verdugos ha hecho carrera, primero en la construcción, luego en política, y ahora tiene un cargo bueno en el actual Gobierno. El otro ya no vive, en cambio, se lo cargaron en seguida, en la represalia por esto. Útil ahora, ¿no?, este vídeo.' Y en la pregunta se le notaba una especie de orgullo de coleccionista, tal vez tenía motivos para sentirlo.
    Tampoco yo había visto, ni siquiera concebido, una violación inhumana inducida, con espectadores como en una tienta, un coso pequeño, casi un patio de corrala, hombres bien trajeados bajo unos toldos blancos, rojos, verdes, un sol dañino, bigotes poblados y sombreros texanos y no pocos habanos entre los dientes, sonaba una festiva charanga de fondo, voces de jaleo y aliento en español y en inglés, y en la arena una mujer, un caballo, unos mamporreros, unos desgarros, no lo soporté, cerré los ojos, '¡No los cierres!', así que desvié la mirada, '¡No la apartes!'. Pero la mantuve apartada excepto en algún instante, aquello sí que no pude aguantarlo porque además no daba crédito, nunca había imaginado algo así ni que fuera posible en el mundo y sólo para divertirse, y aquello sí que era mortal veneno, me entraron aquellas imágenes -lo que llegué a vislumbrar de ellas, muy pronto me salvaron los párpados, después el cuello girado- como si fueran un mal reptil, una serpiente, o tal vez una anguila o sanguijuelas bajo la piel, cómo decir, internas, se introdujeron como un cuerpo extraño que me causara un dolor inmediato y una opresión y un ahogo y la necesidad urgente de que me lo sacaran ('Pese esto sobre tu alma'), pero lo que entra por los ojos no hay manera de extirparlo, como lo que entra por los oídos tampoco, ahí se instala y no hay remedio, o hay que esperar algo de tiempo para poder persuadirse de que uno no vio u oyó lo que sí vio u oyó -y siempre queda una duda o su huella-, de que fueron imaginaciones o malentendidos o espejismos o perturbaciones o interpretaciones malintencionadas, ninguno estamos a salvo de ellas cuando nuestro pensamiento y nuestra percepción se tuercen y todo lo juzgamos a una luz sesgada y siniestra. 'Esto es Ciudad Juárez, en el Estado de Chihuahua, en México, ya sabes', murmuró Tupra con su voz cada vez más hundida y un tono nada indiferente, sino casi luctuoso, grave, a imitación no sonaba, 'y ahí tienes a una de las mil mujeres allí desaparecidas, de las que tanto ha hablado la prensa. Lo importante para nosotros no es eso, con serlo mucho, sino ese hombre de ahí, a la derecha en segunda fila, el que va todo de blanco con la corbata roja.' Eso me obligó a mirar un momento, de reojo y reaciamente -qué mal se vence la curiosidad por lo que nos señala un dedo-, distinguí al hombre entre el público, un gordo risueño de mediana edad y piel lustrosa y tupido pelo, pero no pude evitar ver también lo irracional y más desgarros y ya algo de sangre -como una espada o una lanza- y volví de nuevo la cabeza, hacia el lado de Reresby, sus ojos fijos en la pantalla pero ahora muy guiñados, como si necesitara gafas o bien se preparara a cerrarlos también en cualquier instante, tal vez aquel episodio, aunque lo hubiera visto más veces y supiera cómo terminaba, le producía gran dentera o angustia o incluso repugnancia ('Manchado de sangre y culpable, culpablemente despierto'), no hay nadie que lo soporte todo y ya he dicho que tampoco era un sádico. 'Entonces, hace de esto unos años, era un empresario muy rico, sin llegar a ser un magnate. Ahora ya lo es, y se presenta como candidato a una alcaldía de consideración, en otra zona, en otro Estado fronterizo con los Estados Unidos, Coahuila. Y además va a ganarla. Nos será ventajoso tenerlo aquí a la vista, disfrutando del espectáculo.' Pronunció mal este nombre, a la inglesa -no tan conocido como Chihuahua-, aproximadamente dijo 'Coujuaila'. Lo peor era que aquel coso no parecía algo excepcional, no hacía pensar que se había montado todo para una ocasión única, la charanga, los toldos, la bestia y sus experimentados guías, la convocatoria, seguramente por Internet y en clave, o por mensajes de móviles, seguramente en voz baja. Lo que entreví era muy probable que ocurriera más veces, acaso con ligeras variantes, otro animal quizá, no quise continuar por ahí y me arranqué toda figuración de cuajo.
    – Es Coahuila -recurrí a corregirle o me fue imposible no hacerlo, más misterios del orden y de la precisión impertinente, a todo trance. Se lo dije aún mirándolo. Pero él no me miraba a mí, siguió con los ojos clavados en la televisión todavía unos segundos, entrecerrados casi, su expresión era de desprecio y asco por lo que contemplaba, desde luego no era el rostro de un hombre impasible ante la crueldad y el padecimiento ajenos, estaba juzgando severamente; después aceleró con el mando y al poco detuvo la imagen.
    – Ya puedes mirar, estás a salvo. He parado ya en otra escena, en la siguiente. Pero Jack -añadió con irritación amortiguada, incluso comprensiva-, no te estoy enseñando todo esto para que no lo veas, sino para que lo veas. Si no qué sentido tiene.
    – No quiero ver más, Bertie -le contesté-. Si todo es así no quiero ver nada. Creo que sé por dónde vas, y no me hace falta, y además: ¿cómo es que no utilizáis estas imágenes para poner remedio? Podrían servir para averiguar, a través de ese gordo al que tenéis tan identificado y al que tan bien le va, qué está sucediendo en ese sitio, y para pararlo. No entiendo vuestra pasividad. No os entiendo.
    – ¿Qué crees, que una copia de esta escena no obra en poder de los mexicanos, de los americanos? Si ellos no toman cartas en el asunto, poco más podemos hacer desde aquí nosotros; y no siempre es fácil actuar, un vídeo así no sería admitido como prueba en algunos países, la manera de obtenerlo lo invalidaría. ¿Y de qué se acusaría al gordo, de asistir a un espectáculo ilegal? ¿De pasividad? ¿De negación de ayuda? Bah. También entiendo que lo guarden y lo archiven para mejor ocasión, por si acaso. Yo no puedo reprochárselo, nosotros hacemos lo mismo con la mayoría de los que nos conciernen, con los de nuestros territorios. Puede salvar más vidas obligar a algo a alguien señalado, más tarde, que entrar a saco en seguida con los subalternos. Y nosotros queremos salvar vidas siempre. Andamos siempre haciendo cálculos, sopesando si vale la pena dejar morir ahora a una persona para que luego vivan muchas otras por eso. En primer lugar vidas británicas, claro, la prioridad se comprende. Como en la guerra. A todo debemos sacarle el máximo rendimiento, aunque haya que esperar varios años. Igual que con el trabajo diario de la oficina, a veces hay que aguardar a que alguien esté en condiciones de llevar a cabo lo que le hemos previsto en sus capacidades. Lo que tú prevés incluido, Jack, lo que nos anuncias. Todo cuenta de lo que me dices, nada se pierde. Con esto es lo mismo. -Sí me había mirado durante las últimas frases, sus pestañas ya separadas, asomando el gris en la penumbra, sus ojos absorbentes ya abiertos, que lo hacían a uno, a cualquiera, sentirse digno de atención y de desciframiento; y me pareció que sus palabras ahora habían ido encaminadas a acentuarme ese sentimiento. Yo aún no me había vuelto hacia la pantalla de nuevo, pese a haberme él tranquilizado al respecto-. Anda, mira. Tendrás que ver una grabación más al menos. Avanzaré más rápido, me saltaré unas cuantas, ya que te afectan tanto. -No se ahorró aquí la sorna.
    No me importaba. Levanté dos dedos para indicarle que aún no era el momento, que deseaba aclarar algo. Quizá necesitaba un minuto para recuperarme de lo ya visto y otro para hacerme a la idea de que aún me quedaba por ver algo más, sin duda ingrato, más veneno. Pero lo disimulé preguntándole, como si mi curiosidad tuviera urgencias:
    – ¿De dónde salen? ¿Cuál es esa manera de obtenerlas? Lo que me has mostrado hasta ahora… Nada era para permitir que hubiera cámaras.
    – De cualquier sitio, de todas partes y de mil maneras, hoy es inabarcable la oferta. Contamos con nuestros propios medios tradicionales, por un lado: con nuestros instaladores, y nuestros infiltrados y sobornados que filman. Pero también se venden imágenes, hay todo un mercado flotante y nosotros compramos lo que nos interesa, nos salen baratas cuando el que las ofrece ignora la identidad de quienes aparecen en ellas. Nosotros sí solemos saberlo o podemos averiguarlo, si se trata de meros mandados o de remotos sicarios o bien de gente de cierto peso. Es como en el arte: si el que compra conoce el valor y el que vende lo desconoce, el resultado es una ganga. Hoy cualquier imbécil posee y lleva una minicámara en el bolsillo o incorporada al móvil, y si un turista pilla por azar algo grave, incluso un crimen, es más probable que intente sacarle dinero antes que llevárselo a la policía. Ella no paga, nosotros sí y otros también, a través de intermediarios. Lo mismo que cuando captan a alguien famoso follando o desnudo, lo pondrán en el mercado de las revistas y televisiones sensacionalistas, conviene tener a alguien al tanto. Otras veces nos envían vídeos nuestros colegas de otros países, y nosotros les correspondemos con lo que puede servirles, los satélites consiguen bastante. Ahora es lo más fácil del mundo, que surjan grabaciones de cualquier cosa. La gente ya no tiene ni idea de dónde hay cámaras o todavía no se cree que existan tantas, lo más sensato es partir de la base de que las hay en todo lugar y tiempo, hasta en las habitaciones de hotel y en los prostíbulos y en las saunas y en los cuartos de baño públicos (no en los de los tullidos, por cierto, ahí no suelen ponerlas), y aun en las casas particulares. Nadie está hoy a salvo de ser filmado en cualquier actitud y en cualquier circunstancia, por tanto en plena comisión de un delito o de perversas faenas sexuales, eso es posible siempre. Aunque no tenemos tanta suerte, claro, y en conjunto es una mínima parte, lo que nos llega y vemos. Podemos hacer uso inmediato de muy poco, me refiero a uso legal. Pero no están mal nuestros archivos para el futuro o para lo hipotético, con vistas a acuerdos privados. A la ger\fe le importa sobremanera su imagen y está dispuesta a renuncias y a pactos. Te sorprendería cuánto le importa, aunque no sea famosa, aunque sean empresarios anónimos para la mayoría, por ejemplo, para quienes ven televisión y leen prensa, ellos saben que en seguida dejarían de serlo, anónimos. Está muy extendido ese pánico tuyo, el pánico narrativo, o esa repugnancia, así la llamaste, todo el mundo está convencido de poder tener una historia o de constituir su posible materia, basta con que alguien la cuente, con que decida contarla. Y en efecto, nada es tan simple como sacar del anonimato a una persona. Muchos individuos luchan y se desviven por salir de él ellos mismos, ya sabes, ofrecen su cotidianidad en Internet, veinticuatro horas, maquinan escándalos o estafas sonadas, intentan tirarse a una celebridad aunque sea la más fea, se inventan chismes disparatados para que los inviten a relatarlos en el más mísero y recóndito programa de madrugada, buscan el contagio indirecto de cualquier fama ajena aunque sea nefasta, o se pelean en el estudio de televisión y se insultan, y procuran hacerse estúpidas e inanes fotos en compañía de un actor, un futbolista, un cantante, un millonario, un político, un miembro de la realeza, una modelo. Hasta se cargan a un conocido o desconocido de manera truculenta o enrevesada, especialmente cruel o llamativa o escalofriante, el crío mata a un niño más pequeño, el adolescente a sus padres, la jovenzuela a una compañera más débil, el adulto monta una escabechina en un sitio público o manda en secreto a siete al otro barrio, uno tras otro, a la espera de ser por fin descubierto y provocar asombro. Porque eso está al alcance de cualquiera, matar a alguien, al alcance del mayor tonto. Y no saben que les bastaría con seguir con sus vidas y que alguien les encontrara la gracia y adoptara el punto de vista apropiado y entonces decidiese contarlas, o por lo menos interesarse y hacerles caso. Con que alguien viera en ellas un elemento vergonzoso u ocultable, una lacra o una anomalía. Y eso en el fondo no es tan difícil, Jack, porque todos encerramos alguna, sin ni siquiera saberlo a veces o sin saber señalarla. Dependemos del que nos mira. Y lo peor que puede pasarle a la gente es que no la mire nadie. La gente no lo soporta y languidece por eso. Hay gente que se muere de eso, o que por eso mata.
    Y me dio tiempo a pensar: Tupra ha hecho suya mi teoría, o retazos de ella. Tiene la delicadeza de no utilizar exactamente mis mismas palabras, o bien de reconocerlo en las excepciones, "así lo llamaste", "según tus términos", dice citándome cuando me cita verbatim. Tiene el buen gusto de no apropiarse, en mi presencia al menos, de la idea de que la gente detesta ser omitida o pasada por alto y prefiere siempre ser vista y juzgada, para bien o para mal o aun para fatal, incluso lo necesita y lo ansia; de que no ha podido prescindir todavía del supuesto ojo de Dios que nos observó y vigiló durante tantos siglos, del acompañamiento que supone pensar que algún ser nos atiende en todo momento y lo sabe todo sobre nosotros y sigue nuestra trayectoria al detalle como quien sigue un relato del que somos el protagonista; de que lo que aguanta mal o no consiente es no ser contemplada por nadie ni ser aprobada ni desaprobada, premiada ni castigada ni amenazada, no contar con ningún espectador o testigo a su favor ni en su contra; y así busca o se inventa sustitutivos para ese ojo ya cerrado o herido, o fatigado o inerte, o aburrido o tuerto, o que ha apartado la vista como yo estoy haciendo; quizá por eso a la gente le importa hoy tan poco ser espiada y filmada, y aun tiende a propiciarlo a menudo, con exhibicionismo, aunque pueda perjudicarla y atraer sobre ella precisamente lo que la horroriza tanto, la conversión de su historia en un desastre. Es como una doble necesidad contradictoria: quiero que se sepa qué soy y qué he sido, y que se conozcan mis hechos, lo cual me causa pavor al mismo tiempo, porque puede arruinar para siempre el cuadro que me estoy pintando. De modo que cuando yo no esté delante, Tupra se apropiará, seguro, de todo sin miramientos, de cuanto le dije al hablar de Dick Dearlove y se me ocurrió otras veces, y creerá haberlo alumbrado (y en eso no se distinguirá de un vulgar jefe). Tal vez tuviera razón Pérez Nuix y yo le influya bastante más de lo que creo, lo estimule y lo divierta. Tal vez por eso sienta debilidad por mí, y me invite o me arrastre a su casa y me enseñe esta colección de horribles vídeos, y conmigo tenga tanta paciencia, y me pase tanto por alto, hasta que me cubra los ojos y aparte la vista de lo que me muestra generosamente, en un acto de gran confianza, y ante ello me deje tuerto'.

    Y también pensé en seguida: 'Pero todo toca a su fin y los cheques se gastan hasta los números rojos, y yo no debo confiarme'. Y a continuación le dije:
    – Está bien, pon ya lo que tengas que poner y acabemos. Es ya muy tarde y quiero volver a casa.
    – Ah sí, es verdad -respondió él con ironía-. Tus luces encendidas. ¿Crees que ella te estará aún esperando? Si es así no te será fácil librarte más tarde, de su insistencia. -Miró el reloj y añadió-: Vaya plantón. ¿Le dirás de mi parte que lo lamento tanto?
    Era el tipo de hombre al que le excita pensar en mujeres, en quienes sean, en la mera idea y más aún en las mujeres de amigos, y enviar mensajes a través de sus maridos o novios a las desconocidas. Piensa que así sabrán de él, que se enterarán de su existencia al menos y podrán sentir curiosidad y figurárselo, y así practica un coqueteo imaginario y sin objetivo.
    – Ya te he dicho que nadie me espera ni tiene llaves mías, Bertram. -Me bebí mi copa de un trago, como para ir concluyendo algo-. Anda, dale ya, qué más quieres que vea. -Y señalé hacia la televisión con la barbilla.
    El le dio de nuevo al botón de avance e inmediatamente al de aceleración, pero no puso ésta al máximo, sino en la segunda velocidad tan sólo, por lo que aún pude ver con relativa claridad las imágenes, aunque sin sonido, y eran todas desagradables en mayor o menor grado, con las peores siguió entrando el veneno, alguna aburrida o sórdida en el mejor de los casos, dos tipos de pelo canoso y piel rojiza tirados sobre una cama, esnifando cocaína en calzoncillos (cuánto material les daba la droga, quizá por eso ningún Gobierno quiere legalizarla, sería como disminuir los delitos), no tenían interés ni producían impresión alguna, me abstuve de preguntar quiénes eran, serían tipos conocidos o importantes, quién sabía si locales o del Canadá o de Australia, tal vez mandos de la policía, uno de ellos llevaba puesta una incongruente gorra de plato azul marino, ladeada; estuve a punto de jugar en mi contra, de ceder a una curiosidad jocosa cuando apareció en la pantalla un político español nacionalista al que todos vimos hasta el hartazgo (bueno, a lo de español él habría objetado), en el minucioso proceso de disfrazarse de señora ante un espejo de cuerpo entero, o más bien de anticuada puta, le costaba un mundo que le quedaran rectas las medias, se le torcían y arrugaban todo el rato y vuelta a quitárselas y a empezar de nuevo, rasgó dos pares y las tiró con lástima, también forcejeaba con una especie de faja, la visión era cómico-patética, en mi país habrían pagado una buena suma por ella, me tentó pero me refrené, y logré no pedirle a Tupra que me la pasara a su ritmo, quería terminar ya cuanto antes; cuatro individuos patibularios le pegaban una paliza en un salón de billares a un pobre hombre de edad avanzada y distinguido aspecto, lo arrojaban cuan largo era sobre el tapete verde y lo apaleaban con los tacos, empuñándolos por la parte más fina y vareándolo con la más gruesa, lo ponían boca arriba y a la primera le rompían las gafas, le seguían dando en la cara con los cristales saltando y a buen seguro incrustándosele a cada nuevo golpe, y después por todo el cuerpo, en las costillas y en las caderas y en las piernas y en los testículos, a veces iban a eso, con el taco en vertical se los buscaban, debieron de partirle las rótulas y las tibias, el hombre no sabía con qué cubrirse, debieron de quebrarle también las manos con las que trataba de protegerse en vano, cuatro son muchos palos que se alzan y bajan y se vuelven a alzar y siempre bajan, como las espadas. Aquí no pude reprimir un comentario:
    – No me dirás que alguno de esos salvajes se ha hecho importante, que ahora tiene algún cargo. No me lo puedo creer, con esas pintas.
    Tupra detuvo al instante la imagen, no iba a dejar pasar bestialidades sin que yo las viera, aunque fuera aceleradas. Quedó congelada en el pobre hombre cuando ya se habían retirado sus castigadores, inmóvil sobre la mesa, sangrando por la nariz y las cejas, quizá por los pómulos y por otras brechas, un amasijo con cortes e hinchado.
    – No sería imposible, en absoluto. Pero no -contestó a mi espalda, esta vez yo no me había vuelto a mirarlo, y menos mal que fue así, pensé en seguida-. Aquí el importante es el viejo, a quien avergonzaría esta escena. Ten en cuenta que hay quien desea ocultar haber sido una víctima, tanto o más que haber sido un verdugo. Que hay gente dispuesta a mucho por que no se sepa lo que le ha pasado, lo que le han hecho tan humillante y bárbaro, y a más aún por que no se vea. Por que no lo vean ni se enteren sus seres queridos, por ejemplo, que sufrirían desconsolados y no podrían olvidarlo nunca, imagínate que este hombre fuese tu padre. Pero su importancia es distinta de la de los demás que has visto, es de otra índole. El no tiene apenas poder ni influencia, o no directos. Pero tú no sabes quién es, ¿sabes quién es? -Y sin dejarme contestar 'No' siquiera, me lo dijo-. Es Mr Pérez Nuix, el padre de nuestra Patricia. -Y pronunció el doble apellido a la inglesa, sonó como si hubiera dicho en su lengua 'Pears-Nukes', más o menos.
    Fue entonces cuando pensé que era mejor que no estuviera viéndome el rostro. Sentí en él y en el cuello un calor repentino, abarcador, y a continuación por todo el cuerpo, como cuando lo pillaban a uno en el colegio con las manos en la masa, sin posibilidad de excusas ni de embustes. 'No lo engañé', pensé en el acto, 'y sabrá seguramente que lo intenté a conciencia. Que le mentí sobre Incompara, tal vez se dio cuenta desde el primer instante y así todo quedó sin efecto, de nada sirvió, él no picó e Incompara no obtuvo nada de lo que pretendía, y así la deuda no fue saldada, o al hombre se la cobraron con esa brutal paliza, por quién filmada, habrían citado al padre en aquellos billares para arreglar el asunto, una trampa, y lo más probable era que eso lo supiera de antemano Reresby, que supiera lo que en verdad lo aguardaba, mandara instalar allí una cámara oculta o pagara al encargado, o a un quinto patibulario que no aparecía en cuadro porque no participaba en la tunda y tan sólo la dirigía o la presenciaba para informar más tarde de su cumplimiento, y de paso la grabó con su móvil o su minicámara.' Los pensamientos se me agolparon y también una vergüenza intensa con ramificaciones diversas, o es que eran vergüenzas distintas, aunque simultáneas. Pero no podía descubrirme tan fácilmente, tras semejante revelación lo normal no era mi silencio, habría sido como reconocer que estaba al tanto de aquello, o de una parte, de algo.
    – ¿Y eso? -le pregunté nervioso. No era sospechoso, los nervios podían deberse al encarnizamiento que acababa de contemplar, sin sonido por suerte-. ¿Por qué? ¿A qué se dedica, qué les había hecho a esos tipos?
    – Tenía muchas deudas de juego, y ya sabes lo que pasa a veces con eso. Nunca te las perdonan, según con quiénes las contraigas.
    'Está disimulando', pensé, 'me lo cuenta como si yo no supiera, cuando debe de suponer que sé bastante. Me está probando. Quiere ver si me derrumbo y confieso o si me hago de nuevas hasta el final, sin soltar prenda. Querrá ver cómo me comporto cuando se me coge en falta.'
    – ¿De cuándo es este vídeo, cuándo fue esto?
    – Relativamente reciente -contestó-. Hará un par de meses o menos.
    – ¿Lo sabe Patricia? Quiero decir, ¿ha visto esto?
    Ella no me había contado nada, quizá por el absoluto fracaso de mi favor o de mi fingimiento: para qué darme la mala noticia que al fin y al cabo no me atañía, o hacerme sentir responsable, para qué más mezclarme. Tampoco me había informado de lo contrario, es decir, de que todo hubiera salido bien y la deuda estuviera zanjada, gracias a mis oficios en parte. Pero nunca se me había ocurrido que tuviera que hacerlo, de haber sido ese el resultado, y yo no había vuelto a preguntarle, una vez es una vez y eso hay que respetarlo, la primera no da pie a una segunda, de lo que sea, en contra de lo que muchos creen.
    Tupra rió de nuevo como con una tos seca, eso indicaba sarcasmo o incredulidad ante lo que oía.
    – No, cómo va a haberlo visto, por quién me tomas. Ya tuvo bastante con lo que llegó a ver en el hospital. El padre se pasó allí una buena temporada, no sé si ha salido hace nada, y aún está por ver cómo se queda, ya lo ves, tiene sus años, de algo así no se recuperará del todo, lo batieron bien, al pobre diablo.
    Sí, allí estaba el pobre padre de la joven Pérez Nuix, al que ella querría tanto, congelado ante mis ojos en su más triste momento, los suyos semicerrados, la poca expresión que tenían era de desengaño, como si nunca hubiera esperado del mundo algo tan feroz en su carne, él era un hombre liviano que se aburría en el sufrimiento, me sentía culpable de lo que le habían hecho y esa era una de mis vergüenzas varias, quizá no había sido convincente al opinar sobre Incompara, se hace difícil mentir cuando uno no presta a su mentira ni el menor asomo de crédito, debía haberme esforzado más, haberle insistido a Tupra y haber suscrito mis palabras con mi pensamiento para convertirlas así en veraces, o quizá no era fallo mío y él había visto lo que había visto, que además era evidente: que aquel Vanni Incompara no era de fiar en nada y encima era un despiadado, Pérez Nuix lo habría captado pero habría necesitado engañarse, es lo que necesitamos todos, hasta los que tenemos el don, los más dotados, cuando la visión nos afecta y nos resulta insoportable. Tal vez había sido una empresa imposible, la de persuadir de lo contrario a mi jefe, que ahora me pasaba este vídeo con qué propósito, o era pura coincidencia y no lo había, al fin y al cabo yo podía haberme callado mi comentario y entonces él no habría detenido la escena, la habría dejado correr sin referirse a ella y sin contarme quién era la víctima. 'Y en cambio parece que me esté diciendo: "Mira bien, no me engañaste, mira en qué paró tu tentativa, Iago, no fraguó tu acción taimada y no hice caso de tus insidias, no tragué a tu recomendado y así no le permití acercarse, él montó en mayor cólera por causa de tus expectativas falsas, más habría valido mil veces que no se las hubieras creado, puede que entonces hubiera sido más magnánimo con ese viejo alegre y distinguido, compatriota tuyo, que le hubiera mandado un esbirro tan sólo y no cuatro, o con cortas porras de goma y no con largos y duros tacos, o que hubiera zanjado el asunto de otra forma, sin ira ni violencia acaso. Metiste la pata y me subestimaste, creíste poder confundirme y para eso te falta mucho. Te falta la vida entera". También puede ser que no esté diciéndome nada.'
    – ¿Y cómo no lo impediste, siendo el padre de Patricia? -Yo seguí haciéndome el loco, los caminos hay que andarlos hasta que los cortan mar, desierto, selva, precipicio o muro-. No irás a decirme que no estabas al tanto; que la cámara que rodó esto estaba allí por casualidad, que no tuviste nada que ver y compraste la grabación en el mercado. Mucha coincidencia, ¿no?, el padre de una compañera vapuleado.
    Pero Tupra no se inmutó, o eso supuse. Yo seguía dándole la espalda, prefería no ver su expresión a cambio de que él no viera la mía. Su voz sonó tranquila:
    – Claro que no fue coincidencia. Precisamente por atañer a una compañera nos la trajeron, nos la ofrecieron. Pensaron que podría interesarnos, para saber de sus puntos flacos o para tomar represalias contra los agresores. No te creas que nos contamos mucho de nuestros problemas personales, en el grupo. Pat no cuenta casi nada. De no ser por esto, yo me habría enterado tan sólo a medias. Ella sólo me dijo que su padre había sufrido un accidente y estaba hospitalizado. No solemos mezclar, tú ya lo has visto.
    – ¿Y no las habéis tomado, represalias? ¿Tampoco en este caso habéis tomado medidas? ¿Y por qué guardas la cinta?
    – Aquí nada se tira, ya te lo he dicho, no se entrega ni se destruye nada, y esta paliza está aquí a buen recaudo, no es para que la vea nadie. Tal vez un día convenga enseñársela a Pat, eso sí, quién sabe, para convencerla de algo, de que se quede, de que no se nos vaya, nunca se sabe. Represalias, de momento no vale la pena, esos cuatro no son nadie, hacen esto como otras cien cosas para cien amos distintos, y ya caen solos de vez en cuando sin necesidad de ir por ellos, están hechos a la cárcel. En cuanto a los que están detrás, es mejor esperar, como tantas veces, a una mayor utilidad futura, ya te lo he explicado.
    – ¿Era esto lo que querías que viera? -Sabía que no, de haberlo sido no lo habría pasado acelerado, arriesgándose a que yo no hablara nada y así no le diera oportunidad de ilustrarme. Aún le quedaba más veneno por inocularme, o más tormento al que someterme.
    – No, no es esto. Venga, sigamos.
    Y volvieron a aparecer más escenas veloces aunque no demasiado, mudas, seguía pudiendo ver lo principal de ellas, vi cómo un hombre le chillaba a otro metido en un coche, en un garaje, quiero decir uno particular, no un estacionamiento público, le chillaba de pie inclinado, con un codo sobre la ventanilla abierta que le impediría al otro subirla, las dos caras tan juntas que le debía de arrojar saliva, vi cómo sacaba una pistola de su chaqueta, un movimiento muy rápido, y apoyaba el cañón bajo el lóbulo de la oreja de su adversario o de su abroncado, vi cómo no tardaba ni tres segundos más en apretar el gatillo y dispararle allí bajo el lóbulo, a quemarropa. Me llevé la mano a los ojos, para verlo sólo entre los dedos, es una estupidez, vi saltar sangre y pequeños huesos, pero así cree uno ver menos o dejar de ver en cualquier instante, aunque no llegue ese instante porque los dedos no se cierran nunca del todo. La sangre salpicó al asesino, eso no pareció importarle, tendría una ducha cerca o en su coche otra camisa, otro traje, o acaso era aquel su garaje, el de su casa, se dio media vuelta y salió de cuadro volviéndose la pistola al bolsillo, fue una secuencia muy breve, por el tipo de pantalones -un poco cortos y estrechos, grises pero brillantosos- habría dicho que era americano, para que Tupra conservara el vídeo debía de ser de la CÍA o algo así, del Ejército, me abstuve de hacer preguntas, quizá estaba ahora en su cúpula, quién sabía nada, lo sabría Reresby.
    Sin solución de continuidad vi una muerte a martillazos o deduje que era una muerte, una mujer empuñaba el arma, de treinta y tantos, llevaba falda y tacones y un collar de perlas colgándole sobre un ajustado jersey de pico, entonadas las tres prendas en verde, parecía salida de los años cincuenta o de los primeros sesenta, una secretaria o una ejecutiva o una empleada de banco, en todo caso una oficinista, derribaba a un hombre bastante más alto de un salvaje martillazo en la frente, era de mi edad o de la de Tupra pero más pesado y ancho que nosotros, en una habitación de hotel seguramente, el hombre fornido caía de espaldas y ella se montaba sobre él a horcajadas y seguía dándole con el martillo, machacándole el cráneo siempre, por eso di por descontada su muerte, cuánto pánico le tenía o cómo debía de odiarlo, el collar le bailaba, se le remangaron las faldas, extrañamente no llevaba medias pese al otoñal atuendo, quizá se las había quitado antes y quizá las bragas para follar vestida o las bragas no hace falta, o él a ella para violarla y habría querido tenerla así encima o debajo con las piernas abiertas, quién sería ella entonces, quién ahora y quién la víctima, continué sin decir palabra, esta grabación terminó abruptamente, la mujer con el martillo en alto como Tupra con su espada, aún no había puesto fin a sus golpes, no pude evitar acordarme de la rara actriz Constance Towers en aquella película antigua, The Naked Kiss era su título y en España Una luz en el hampa, algo ridículo, hacía algo parecido en la primera escena pero no con martillo sino con su zapato afilado o con un teléfono, y se le caía la cabellera en mitad de su crimen, resultaba ser una peluca rubia y se quedaba calva ante los espectadores, quizá era eso lo que más impresionaba, como en el falso caso de Jayne Mansfield, y también me cruzó el pensamiento la temida imagen de Luisa con la que había fantaseado en mis peores momentos o en los más alterados, atacada por aquel que me sustituyera, el hombre torcido que no la dejará respirar a sol ni a sombra y la aislará totalmente, y que acaso una noche de lluvia y encierro cierre sus manos grandes sobre su cuello mientras los niños -mis niños- miran desde una esquina aplastándose contra la pared como si quisieran que cediera ésta y desapareciera, y con ella la mala visión, y el impedido llanto que ansia brotar pero no alcanza, el mal sueño, y el ruido prolongado y raro que su madre hace al morirse, ojalá tenga un martillo a mano para que no sea ella quien muera sino que muera el hombre torcido, el despótico y posesivo que no es así en los primeros pasos y encuentros, sino deferente, respetuoso y aun precavido, el que no se queda a dormir nunca ni aunque se lo imploren, como yo mismo, y se viste de arriba abajo de nuevo pese a la hora y el desmadejamiento y el frío, y al salir a la calle lleva otra vez sus guantes puestos, ese hombre tan parecido a Tupra.
    Es posible que yo no dijera palabra también por mi abatimiento, a medida que se sucedían las escenas me sentía más encogido, disminuido, anquilosado ('Sigue, sigue soñando, con muerte y hechos sangrientos'), como si la faceta del mundo que se me estaba mostrando estuviera expulsando a las otras, a las habituales, no sólo a las risueñas y alegres sino también a las anodinas y neutras, a las indiferentes, a las rutinarias, que son -sobre todo éstas- nuestra salvación y esencia. Esa es la facultad del veneno, se infiltra y lo contamina todo. El abatimiento era por acumulación, sin embargo, porque a la vez me daba cuenta de que nada de lo que allí desfilaba me producía, a pesar de todo, tanto ni tan dañino efecto como lo que había tenido lugar ante mis ojos sin la mediación de una pantalla, en el lavabo de los minusválidos. No es lo mismo la violencia que está al lado y se respira y mancha que la que uno contempla proyectada, por mucho que la sepa real, no ficticia, la televisión no salpica, solamente nos asusta. Y de vez en cuando me volvía a la cabeza la pregunta de Tupra, la que me había hecho en el coche antes de ponernos en marcha y lo había llevado a decidir que nos trasladáramos a su casa, 'Por qué no se puede ir por ahí pegando, matando. Es lo que has dicho'. Semejante tontería, no hay nadie que no lo sepa, cualquiera puede contestarla. Pero a la luz de lo que él me enseñaba ('Pesen estas visiones sobre tu alma; caiga tu espada sin filo y ruede tu escudo; quítate el yelmo y suelta tu lanza'), yo seguía sin encontrar más respuestas que las tontas y pueriles, las heredadas y nunca alcanzadas, las consabidas y vacuas, las que ha aprendido todo el mundo y tiene listas para soltarlas sin haberles dedicado un pensamiento propio, ni el más mísero y distraído, ni habérselas cuestionado: porque no está bien, porque la moral lo condena, porque la ley lo prohíbe, porque se puede ir a la cárcel, o al patíbulo en otros sitios, porque no se debe hacer a nadie lo que no quiero que a mí me haga nadie, porque es un crimen, porque hay piedad, porque es pecado, porque es malo, porque la vida es sagrada, porque resulta irremediable y no tiene vuelta de hoja y lo hecho no se deshace. Pero era seguro que Tupra me había preguntado más allá de todo eso.
    Vi más ráfagas, tal vez no debo contarlas, las vi peor, más confusas, encabalgadas casi, Reresby aumentó la aceleración, también él tenía que dormir, podía estarle entrando sueño aunque sonaba muy despierto, quizá se unía por fin a mis deseos de acabar ya cuanto antes, yo quería terminar con la fiebre, mi dolor, la palabra, el baile, la imagen, el veneno, el sueño, al menos por aquel día o por aquella larguísima noche, las cosas que comprometen o inculpan al final no son variadas, sexo singular, sexo violento, sexo adúltero o meramente irrisorio, palizas, consumo de drogas, algo de tortura, crueldad y sadismo, corrupciones, sobornos, estafas y delaciones y deudas, conspiraciones fallidas y traiciones descubiertas, homicidios improvisados y asesinatos previstos, poco más queda, casi todo se reduce a eso y también están las matanzas, vi otro ametrallamiento, este masivo, de civiles de un país africano, una veintena de mujeres y hombres y niños y ancianos, cayeron a cámara rápida como si fueran fichas de dominó y así no parecía tan grave ni tan siquiera cierto, ejecutado por soldados o tiradores negros pero ordenado por un oficial blanco de uniforme, no sé si reglamentario o de semifantasía, quizá era un mercenario entonces que más tarde se habría reincorporado a su Ejército, ha habido ingleses, sudafricanos y belgas que han hecho el viaje de ida y vuelta, y creo que también franceses. De ser así, a ese militar europeo lo tendría Tupra bien cogido, lo habría dejado ascender, hacer carrera, seguro que no lo había avisado de la existencia de la grabación ni lo había denunciado, estaría a la espera de verlo encumbrado, en su nación, en la OTAN, para entonces pedirle un favor inmenso, o más bien obligarlo a hacérselo, por la fuerza de la imagen.
    Y por fin paró, quiero decir que recuperó la velocidad normal para una secuencia concreta y con ella el sonido, hubo de rebobinar un poco para pillarla desde el principio.
    – Aquí está -dijo-. Esto es lo que quiero que aún veas antes de volver a casa. Fíjate bien, y cuando estés en la cama piensa en mí y piensa en ello.
    Como todas las demás, fue una escena corta, en eso no había mentido aunque la visita se hubiera hecho eterna, casi todas estaban montadas en aquel DVD sin apenas preámbulos, interesaba la brutalidad, el delito o la farsa, no lo que hubiera antes ni lo que viniera luego, sino lo aprovechable tan sólo para chantajear al filmado. Había tres hombres en una especie de cobertizo, al fondo se vislumbraba alguna cola de animal fustigando, probablemente de vaca o de buey, en el suelo había paja esparcida, me imaginé el olor de allí dentro. Los dos hombres de pie tenían atado al tercero, sentado en una silla de enea, con las manos a la espalda y cada pie amarrado a una pata, naturalmente a las delanteras. Había puesta una cassette o una radio, se oía una melodía que reconocí parcialmente, mi memoria musical tan fiable: Comendador se había aficionado a las canciones locales durante su estancia en la prisión de Palermo tras ser detenido en aquella aduana por culpa de la gota de sangre que le asomó en mala hora o en buena por una de sus fosas nasales y levantó las sospechas de un carabinero con ojo crítico o deductivo, que le echó literalmente los perros que huelen la cocaína. Me había mandado un par de cedes de regalo, uno de Modugno y otro de un tal Zappulla, y estuve casi seguro de que era la voz de éste la que sonaba en la vaqueriza a volumen alto, entonando una canción que figuraba en mi disco, recordaba algunos tíulos, era ‘I puvireddi’ o 'Suspirannu’, o "Luntanu, o 'Bidduzza,, o 'Moro pe ttia’, bonitas, gratas, algo horteras en su melancolía, las había escuchado con insistencia y gusto durante un periodo mío melancólico y algo hortera, aquel cobertizo debía de estar en Sicilia, también me lo hizo pensar la lupara que uno de los centinelas llevaba colgada al hombro con una correa, la escopeta de cañones recortados con la que allí se ha cazado y quizá aún se caza, y se han ajustado cuentas y tal vez aún se ajustan, al otro individuo le asomaba un pistolón enfundado bajo la axila, la chaqueta echada sobre los hombros con garbo, las mangas vacías y las de la camisa arremangadas, en la muñeca un reloj grande cuadrado, apoyada una mano en el respaldo de la silla del prisionero, más grueso y mayor que ellos, que eran jóvenes y delgados, y los tres movían los labios siguiendo la letra del canto, se la sabían de memoria todos y la canturreaban a la vez que Zappulla, y aunque cada uno lo hacía por su cuenta, por así decir, absorto, aislado, como para dentro y no a coro, resultaba curiosa esa sintonía que les permitía compartir algo momentáneamente, como si no fueran dos guardianes y su cautivo o dos verdugos y su víctima y a ésta no la aguardara aígo malo, y las colas de los animales, al fondo, parecían moverse al mismo son, los seres vivos del lugar recóndito en extraña e incongruente armonía, el hombre de la lupara incluso se balanceaba levemente sin levantar los pies del suelo, sólo le bailaban las piernas y el torso con la escopeta de dos cañones, al cadencioso ritmo de 'I puvireddí’ o de "Moro pe ttia’, 'Los pobrecitos' o 'Muero por ti' en dialecto.
    Esto duró pocos segundos, porque en seguida se abrió la puerta -se entrevió la hierba, un campo ameno- y entraron otros tres sujetos que tras de sí la cerraron, y el que iba al frente y mandaba era Arturo Manoia. Allí estaba con sus gafas de violador o de funcionario que se subía con el pulgar constantemente aunque no se le resbalasen, vi que también lo hacía estando así, de pie y activo, ocupado, con su mirada casi invisible a causa de los grandes cristales y de la excesiva movilidad de sus ojos mates de color café con leche, como si tuviera dificultades para fijarlos más allá de unos segundos, o aversión a que se los escrutaran. Lo reconocí al instante, acababa de verlo durante toda una velada inolvidable y ni siquiera aparentaba menos años, sería una grabación reciente o era un hombre sin edad y que a diferencia de su mujer no cambiaba, allí estaba con su mentón invasivo, con su barbilla demasiado larga que no llegaba a convertirlo en prognato pero tal vez sí en un bazzone. Con su disposición general para la represalia. Nada más conocerlo había pensado que la ejercería a la menor provocación o pretexto y aun sin necesidad de ellos, que sería un individuo irascible aunque con fama de ponderado, porque la cólera no la dejaría salir casi nunca. Pero también había pensado que las pocas veces que le aflorara debían de ser temibles, 'no para presenciarlas'. Y ahora, cuando ya me había despedido de él y lo había perdido de vista en persona, al final de la noche, inesperadamente, me tocaba asistir a una, a un ataque de ira suyo en pantalla. Lo sentí como una maldición y lo supe nada más verlo aparecer en el vídeo, con su traje y su corbata, por la puerta del cobertizo. Me preparé, me hice el propósito de no apartar la vista ni tapármela, pasara lo que pasara. Quería demostrarle a Tupra que a lo largo de su sesión ya me había endurecido, o había creado ya en mi interior el antídoto contra su veneno; o la resistencia al menos.
    No se interrumpió la música cuando entraron los tres nuevos, ni siquiera se bajó el volumen, así que oí poco de lo que Manoia le decía al maniatado y todavía comprendí menos, me pareció que el acento meridional lo tenía exagerado o bien que mezclaba el dialecto con el italiano. Pero le hablaba con fiereza, con indignación, con desprecio, con su voz hiriente ahora elevada, agitando las manos y soltándole alguna torta que otra de pasada, como si formaran parte de la gesticulación tan sólo, subrayados de sus increpaciones, sopapos casi involuntarios o por él inadvertidos, eso sólo puede ocurrir cuando el abofeteado ya no vale nada y se lo ha cosificado. El otro contestaba lo que podía, él sin duda en dialecto porque no le entendía palabra, eran frases entrecortadas, abortadas por la catarata incesante y veloz de Manoia, no quise fijarme en el prisionero apenas, cuanto menos lo individualizara menos me importaría lo que acabase ocurriéndole, algo horrible iba a ocurrirle, era seguro, la situación lo pedía y además la escena figuraba en aquel DVD escogido y montado, de episodios ruborizantes o atroces sin paja, me fijé pese a todo, por la costumbre, era un hombre relleno, con boca de piñón en una cabeza grande, pelo muy corto pajizo y rizado, ojos saltones, piel curtida de pequeño hacendado que aún recorre a pie los campos, bien vestido en un estilo aldeano, no más de cuarenta años. Por fin Manoia paró la cascada -pero no la ira-, o hizo una pausa breve, y a continuación le entendí una cosa: 'Tappa-tegli la bocca', les ordenó a los secuaces, aunque sonó más bien como 'Dabbadegli la bogga', con sus consonantes sonoras donde debían ser sordas, y quizá lo entendí a posteriori por las imágenes, al ver cómo el del pistolón y el de la escopeta le metían dos paños en la boca al cautivo, uno tras otro, casi a presión, cómo cupieron, y le ponían encima una buena tira de cinta adhesiva, de oreja a oreja, sin dejarle toser libremente como necesitaba, se le enrojeció e inflamó el rostro, los ojos parecieron a punto de salírsele de las órbitas durante unos instantes, los carrillos hinchados como con flemones, los paños eran a cuadros rojos y blancos, quizá servilletas de una trattoria, por encima de la cinta asomaban puntas y por debajo, qué habría hecho tan garrafal o tan grave, delatar como Del Real, traicionar, acobardarse, fallar, huir, quedarse dormido, no parecía un mero enemigo, podía serlo, tal vez alguien había muerto por culpa suya, un agente del Sismi a quien aún no tocaba, si Manoia era del Sismi. Este se sacó entonces algún objeto del bolsillo de la chaqueta, no pude verlo, era corto, una navajita, una cucharilla, una lima puntiaguda y metálica, un lápiz. 'Adesso vedrai’ le dijo, 'Ahora verás', eso sí sonó claro pese a la canción que continuaba. La cabeza del hombre sentado le quedaba a la altura del pecho, de los brazos. Se aproximó más a él, sólo precisó un par de pasos, y con lo que quisiera que llevara en la mano efectuó dos movimientos rápidos sobre su cara, el ademán era de dentista antiguo que se dispone a arrancar una muela por las bravas, uno y dos, y se los arrancó, ya lo creo, de cuajo, no las muelas, se los hizo saltar como quien saca con el cuchillo de postre los huesos de dos melocotones partidos, o pepitas de una sandía, o unas nueces de sus cáscaras por fin abiertas tras el forcejeo, y yo hube de cerrarlos pese a mi propósito, qué remedio le queda a uno, procuré no tapármelos con la mano para que a Tupra le cupiera la duda de si los aguantaba abiertos, mientras Zappulla cantaba y yo captaba tan sólo un vocablo suelto de vez en cuando, ‘sfortúnate', 'mangiare', 'cerco', soffro', 'senza capire’, ‘'malate’, 'desdichadas', 'comer', 'busco', 'sufro', 'sin entender', 'enfermas', insuficientes para adquirir sentido aunque uno siempre puede dárselo a todo, desdichadas las cuencas de mis ojos vacías, me obligan a comer servilletas o paños, busco salvarme y sufro mutilaciones, sin entender la crueldad de estas bestias enfermas… 'E quando son le feste di Natale', eso no ayudaba en modo alguno pese a ser lo más largo que captaba mi oído, porque oír seguía oyendo, y también los inhumanos bufidos de incredulidad y desesperación y dolor, que no gritos, no podía haberlos con los incrustados paños a cuadros, y en cambio ya no veía, algo era algo, aunque intentara hacerle creer lo contrario a Reresby y quizá lo lograra.
    Y en resumen, tuve miedo ('Ojalá pudiera olvidar lo que he sido o no recordar lo que debo ser ahora'). Miedo de Manoia y miedo de Tupra y también vagamente de mí mismo, que me mezclaba con ellos ('Sí, ojalá pudiera no recordarlo, lo que debo ser ahora'). Tupra detuvo la imagen, la congeló con el mando, ya me había inoculado hasta la última gota de su veneno y además por los ojos, como dicta la etimología. Supe que la había parado porque dejé de oír sonido. Los abrí, me atreví a mirar, por suerte el momento helado era uno en que la espalda de Manoia tapaba la cara del hombre ya ciego.
    – Has visto bastante -dijo Tupra-, aunque la escena aún no termina: nuestro amigo insulta algo más a su víctima y a continuación la degüella, te ahorraré ver eso, es mucha sangre. Así que él podía haberse ahorrado a su vez lo que has visto, ¿por qué añadiría ese sufrimiento previo a quien iba a matar de todas formas, a los pocos segundos? -Esto lo dijo sinceramente intrigado y como deplorándolo, y como si a ese porqué le hubiera dado ya muchas vueltas sin jamás penetrarlo-. No lo comprendo, ¿y tú? Jack, ¿lo comprendes? Jack.
    Me había quedado callado, durante unos momentos no quería articular palabra porque temía que si hablaba me desmoronaría y se me quebraría la voz, y hasta llorar podía, y eso no debía suceder bajo ningún concepto, me lo tenía prohibido allí y entonces. Apreté las mandíbulas, las seguí apretando, y al cabo me sentí con aplomo para contestarle con lo que quiso ser una imitación de sarcasmo:
    – Habérselo preguntado. Has perdido tu oportunidad. Has tenido toda la noche para averiguarlo. -Me pareció que eso lo desconcertaba un poco, no debía de esperarse esta salida. Añadí-: Quizá aún no lo sabía, cuando le hizo lo otro, que iba a matarlo. Quizá no lo había decidido. A veces la furia no se va con el primer castigo, y hay que ir más allá para satisfacerla. Quizá ya no le quedaba sino matarlo. Hay a quienes ni siquiera eso les basta, e intentan matar dos veces, matar al muerto inútilmente. Mutilan el cadáver o profanan la tumba, y lamentan haber matado por no poder volver a hacerlo. Sucedió mucho en nuestra Guerra Civil. Sucede ahora con ETA, a la que una vez no satisface. -Y luego insistí en lo primero-: Pero a mí qué me cuentas, es amigo tuyo, habérselo preguntado.
    Tupra encendió un cigarrillo nuevo, oí el sonido del mechero, todavía no lo miraba. Paró el DVD del todo, se levantó, sacó el disco, se quedó en pie ante mí, sosteniéndolo delicadamente entre los dedos, dijo:
    – Oh no, Manoia no sabe que tengo esta grabación, no tiene ni idea. Bueno, supondrá que algo tengo relativo a él, pero no sabe qué. Ni se le ocurrirá que sea esto. En todo caso, ya ves, es probable que le haya salvado la vida a ese imbécil, a ese Garza. En vez de enfadarte conmigo, deberías dar gracias de que yo me haya encargado de su castigo, por seguir con tu palabra. No se habría ido sin uno, eso es seguro.

    Hacía rato que sabía por dónde iba, 'Fue necesario y evité así un mal mayor, o eso creía; maté a uno para que no mataran a diez, a diez para que no cayeran cien, a cien para salvar a mil’, y así hasta el infinito, la vieja excusa que tantos llevarían siglos preparando y elaborando en sus sepulturas cristianas y no cristianas, a la espera del Juicio que no llegaba, cuantos aún creían en ese Juicio en la hora de su partida, casi todos los asesinos de la larga historia, y los instigadores. Pero yo no quería hacerle ahora reproches, sino mantenerme entero, no lo estaba, cuánto no habría dado por mostrarme indiferente. Probé con una pregunta verdadera, es decir, con una que le querría haber hecho de todas formas, también cuando estuviera entero.
    – Si él supone que tienes algo y además tienes nada menos que esto, ¿cómo es que te he visto con pies de plomo durante toda la velada? Parecía que quisieras agradarle tú a él, no exigirle. Por lo que me has explicado, estas grabaciones os sirven sobre todo para conseguir concesiones sin problemas ni resistencias y hacer chantajes, pero he tenido la impresión de que no te resultaba fácil convencerlo de lo que quisiera que fuese, o sacarle lo que intentaras sacarle.
    Tupra me miró entre levemente divertido y levemente irritado. Yo aún no me había movido del pouf, así que me miró desde arriba.
    – ¿Quién te ha dicho que él no tiene otra grabación de nosotros? La ventaja puede perderse, quedar anulada en esos casos. -Dijo 'de nosotros', no 'de mí', pensé que podía ser de Rendel o de Mulryan, aunque a éste lo veía muy cauto, era incapaz de imaginar a Pérez Nuix comportándose como Manoia en aquel establo. O de Tupra, por supuesto, o de alguien por encima de todos ellos o de todos nosotros, yo también ya era 'nosotros', O un vídeo comprometedor de otra índole, no equivalente, no equiparable, no tan atroz, ojalá no lo fuera. Lo que había visto en el de Sicilia era repugnante, también en los de Ciudad Juárez y otros sitios, se me haría imposible olvidarlo, o lo que habría sido más deseable, borrarlo: como si jamás hubiera existido ni pisado la tierra o cruzado el mundo, ni pasado ante mis ojos.
    – Eso era en Sicilia, ¿no? -le pregunté entonces; empleé un tono técnico, es el que más ayuda cuando uno está a punto de derrumbarse.
    – Muy bien, Jack, siempre mejorando -contestó él, e hizo amago de aplaudirme, no pudo con el disco entre unos dedos y el cigarrillo entre otros-. ¿Qué te lo ha dicho, la canción, la lengua o las dos cosas?
    – Las tres. También el tipo con la lupara. No tiene mérito. -Supuse que conocería el término, aunque no supiera italiano. Me equivoqué, me extrañó.
    – ¿La qué?
    – La lupara. -Y se lo deletreé en inglés-. Así llaman allí a la escopeta de dos cañones.
    – Vaya, sí que sabes. -Quizá sí le estaba molestando que lograra aparentar entereza; tras tanto taparme la vista, debía de haber estado seguro de que me vendría del todo abajo, al ver al hombre con quien había compartido cena y copas, cuya mano había estrechado, con cuya mujer había bailado, sacándole los ojos a alguien. Y claro que me había hundido, me sentía tembloroso por dentro y quería de una vez largarme, pero no le tocaba a Tupra contemplarlo, aquella noche ya me había atormentado bastante y no estaba dispuesto a darle más gusto. Flavia no tendría ni idea de la faceta cruel de su marido, es asombroso cómo los rostros más queridos no los conocemos hoy, ni ayer, y mañana ya no digamos.
    – Lo que me gustaría saber es cómo había allí una cámara, en lo que imagino una vaqueriza remota, perdida en medio del campo, ¿no es muy raro? -Intenté mantener el tono técnico, no me iba mal con él, en mi esfuerzo por sobreponerme.
    Tupra volvió a mirarme desde lo alto, ahora más divertido que irritado.
    – Sí, habría sido muy raro, Jack, si el tipo con la lupara, mira cómo aprendo de ti -sonó como si hubiera dicho en inglés 'looparrah', no tenía muy buen oído-, no la hubiera puesto y escondido allí previamente. Podría haber terminado como el de la silla, si lo hubieran descubierto.
    Lo que pregunté a continuación me traía en realidad sin cuidado; lo hice sólo para apuntalarme, a la espera de poder irme, en el mismo tono siempre.
    – ¿No me dirás que es inglés, con esa pinta? No me dirás que es un agente nuestro. -Estuve a punto de decir ‘vuestro', pero me corregí o cambié a tiempo, acaso irónicamente, acaso por vaga conveniencia mía.
    La respuesta era obvia, 'Para qué está el dinero', o 'Para qué están los contactos', o 'Para qué los chantajes', pero Tupra quiso hacerse el interesante a última hora. La verdad era que se lo había hecho intermitentemente a lo largo de la noche entera.
    – Eso es mucho querer saber, Jack. -Se apartó de mí, volvió al cajón del que había sacado el disco, lo guardó cuidadosamente, cerró el cajón con llave, el de sus tesoros. Y entonces volvió a preguntármelo, desde el otro lado de la mesa, en penumbra. Dijo con su boca grande, con su boca mullida y carnosa, sobrada de extensión y carente de consistencia, a la vez que echaba humo-: Te lo habrás pensado ya bien todo este rato, contéstame ahora a lo que te pregunté en el coche. Ahora has visto cosas que no habías visto ni volverás a ver, eso espero. Dime ahora: ¿por qué no se puede ir por ahí pegando, matando? Según tú. Ya has visto cuánto se hace y con qué despreocupación a veces, en todas partes. Explícame entonces por qué no se puede.
    Ninguna de las contestaciones clásicas me valía ante él, lo había sabido desde el primer momento. No había creído que Reresby volviera a ello, no sé por qué no, él nunca perdía el hilo ni olvidaba lo que estaba pendiente ni soltaba a su presa si no quería, al igual que yo, al igual que Wheeler. Miré a mi alrededor estúpidamente, como si en las paredes fuera a encontrar respuesta, la habitación medio en sombras, con las luces bajas. Me fijé unos instantes en la única imagen, quizá para descansar de las otras, de las de la televisión maldita y de la viva de Tupra: el retrato de un oficial británico con corbata y bigotes curvados y con su Military Cross, la condecoración así llamada, el pelo con pico de viuda, las cejas espesas y la mira da elegiaca, como seguramente era la mía, y era esa mirada doliente en la que vi reflejado mi abatimiento lo que me delataría ante Tupra, pese a mi tono impostado. Distinguí a duras penas la firma del dibujo, 'E Kennington. 17', decía, ese nombre lo había yo oído en boca de Wheeler al hablarme de la campaña de la careless talk, 1917, en plena Primera Guerra, la que él y mi padre habían alcanzado a vivir de niños, parecía increíble que no se hubieran borrado aún del mundo, que no estuvieran ya medio a salvo en el tuerto e inseguro olvido como sí lo estaría el oficial del retrato a menos que Tupra conociera su identidad, en aquella contienda se había matado quizá peor que en ninguna otra, quiero decir de peor manera, con técnicas perfeccionadas pero también cuerpo a cuerpo y con bayoneta, y los que habían caído en los frentes eran incontables, o no se atrevió nadie a contarlos. Intenté una maniobra mínima de diversión, intenté ganar tiempo:
    – ¿Quién es ese militar de ahí? -Y señalé el dibujo.
    Lo que dijo Reresby fue contradictorio, como si sólo quisiera quitarse la pregunta de encima:
    – No lo sé. Mi abuelo. Me gusta su cara. -Pero insistió en seguida-: Dime por qué no se puede.
    No sabía qué contestar, aún estaba muy tocado, aún estaba consternado y conmocionado. Me salió una frase, sin embargo, casi sin querer, desde luego sin pensarla, como para no quedarme mudo:
    – Porque no podría vivir nadie.

    No pude comprobar su efecto ni si había alguno, me quedé sin saber si se habría o no reído, si se habría burlado, si me la habría rebatido o la habría dejado caer con desdén sin recogerla siquiera, porque entonces oí la voz de la mujer a mi espalda, nada más yo pronunciarla:
    – Bertie, con quién estás, y qué haces, no me dejas dormir, sabes qué hora es, ¿no te acuestas?
    Era un tono doméstico. Me volví. La mujer había encendido la luz del pasillo y su figura en sombra se recortaba a contraluz, en el umbral, había abierto la puerta y no se le veía la cara. Llevaba una bata transparente hasta los pies, de gasa o algo parecido, con cinturón o ceñida por la cintura y el resto era ligero vuelo, esa impresión daba, su silueta se aparecía nítida y como desnuda a través de la gasa, aunque posiblemente no lo estaba, si había oído mi voz, o voces; calzaba zapatillas de tacón alto y fino, como si fuera una modelo antigua de lencería o de camisones y saltos de cama, una pin-up girl de los años cincuenta o de los primeros sesenta, una mujer de mi infancia. Parecía una imagen de calendario. Olía bien, con un olor sexuado que desde la puerta penetró en el cuarto, creando la ilusión de disipar sus horrores. No tenía una figura de clepsidra ni de botella de Coca-Cola, pero casi, se le perfilaba perfecta y atractivamente contra la luz fuerte a su espalda; era alta y de piernas largas, un tobogán por el que deslizarse, luego cabía que fuera su exmujer, Beryl, que tanto había encendido y alterado a De la Garza. Me acordé de él, quizá estaba todavía tirado en el suelo del cuarto de baño de los minusválidos, ya no tan limpio, malherido y sin poder moverse. Me entró mala conciencia, pero no sería yo, aquella noche, quien fuera a buscarlo y a comprobarlo, me sentía estragado y rendido. Ya me interesaría por él otro día en la Embajada, seguro que antes o después alguien lo recogería y llamaría a una ambulancia. Los Manoia, en cambio, haría rato que dormirían en sus camas del Hotel Ritz, plácidamente y reconciliados, y Flavia estaría satisfecha y contenta de haber obtenido un triunfo nocturno y haber provocado un incidente, aunque también se habría preguntado, al cerrar los ojos: 'Esta noche todavía sí, pero, ¿y mañana? Seré una jornada más vieja'. Fuera quien fuese la mujer del umbral, su aparición me obligaba a marcharme, o por fin me lo permitía. No me pareció que Tupra estuviera por presentármela.
    – Un poco de trabajo tardío con un colega. En seguida voy, querida -le dijo desde detrás de la mesa. De hecho la llamó 'my dear', 'querida mía'.
    'Así que a él sí lo esperaba alguien y no vive solo, o al menos no le falta compañía querida algunas noches', pensé poniéndome en pie. 'Así que tiene un punto flaco, una persona a su lado. Y le gusta el viejo estilo, que no es precisamente lo que él llama el estilo del mundo. Quizá ese estaba en la pantalla, y en el lavabo de los tullidos, y con él acaba de envenenarme.'

VI Sombra

    No me di prisa, I did linger and delay o sí esperé y me entretuve, y dejé transcurrir unos dos meses hasta que se presentó aquel 'otro día' en que me decidí a interesarme personalmente por De la Garza, en la Embajada. No es que no me preocupara su suerte, pensaba a menudo en ella con intranquilidad y pesadumbre, y en las jornadas siguientes a aquella noche desagradable y larga estuve atento a los periódicos londinenses por ver si traían alguna noticia al respecto, pero ninguno se hizo eco del incidente, sin duda Rafita ni siquiera había denunciado la agresión ante la policía. La intimidación de Tupra, o la mía al traducir sus palabras con sus instrucciones precisas, había surtido efecto a buen seguro. También compré El País y el Abc a diario (éste por estar más pendiente que otros de las vicisitudes de los diplomáticos, como de las de los obispos), pero tampoco apareció nada en ellos durante los primeros días. Sólo al cabo de unos diez, en un reportaje sobre la inseguridad comparada de las capitales europeas, el corresponsal de El País en Londres mencionaba de pasada en su informe: 'Entre la colonia española cundió cierta alarma cuando se supo, hace unas semanas, que un empleado de la Embajada había sido hospitalizado a consecuencia de la paliza que unos desconocidos le habían propinado una noche, sin aparente motivo y en plena calle, según su versión inicial. Más tarde confesó que la brutal agresión (numerosos hematomas y varias costillas rotas) había tenido lugar en una discoteca de moda y que había sido producto de una reyerta, lo cual tranquilizó los ánimos, al permitir entenderlo como un hecho meramente casual, aislado e incluso tal vez merecido, o por lo menos personalizado'.
    A De la Garza le habría sido imposible ocultar su estado a sus superiores y compañeros y habría tenido que justificar su baja, así que habría contado eso, quizá que unos tipos rudos lo provocaron, o que salió en defensa de una dama (a los ofensores de damas les gusta pasar por lo contrario: aún recordaba su frase 'Las mujeres son todas putas, y las más guapas las españolas'), o que alguien había insultado a España y a él no le quedó más remedio que ponerse bravo y fajarse, me dio curiosidad saber qué fantasía habría inventado para salir algo airoso del episodio (airoso según su criterio y en el relato tan sólo, era evidente que lo habían tundido): 'A mí me dejaron mullido, sí, pero no sabéis la somanta de hostias que se llevaron ellos, los clapé de lo lindo', se habría pavoneado, siempre mezclando lo zafio y lo rancio, como tantos de nuestros escritores pasados y presentes, qué plaga. Sólo la antipatía que se le profesaría en su entorno podía explicar lo de 'tal vez merecido', era un tanto impropio, seguramente al corresponsal le habría caído una reprimenda, por opinatorio. Me divirtió imaginarme como un tipo camorrista y rudo, y al menos me enteré de que Tupra había acertado, le había diagnosticado allí mismo, en el lavabo, dos costillas rotas, tres, a lo sumo cuatro, quizá era de los que calculaban el efecto de cada golpe y de cada corte, según el lugar escogido y la fuerza con que los dieran, como cirujanos o matarifes, quizá tenía experiencia y había aprendido a medir la intensidad y la hondura y nunca se le iba la mano, sabía exactamente cuánto daño infligía y procuraba no excederse, si eso no entraba en sus planes. Con él más valdría no pelearse, quiero decir físicamente.
    Así que lo dejé correr un tiempo, prefería llamar a De la Garza o ir a verlo cuando estuviera más recuperado y se le hubieran aplacado un poco el rencor y el susto; y el miedo, lo más profundo. Por lo que supe nos había obedecido, a Tupra y a mí, nos había hecho caso: ni siquiera le había ido con el cuento a Wheeler, ni a su influyente padre de ya menguante influencia, Don Pablo. A aquél hacía bastante que yo no lo visitaba, pero seguía hablando con él por teléfono cada diez o quince días, conversaciones encantadoras y estimulantes, como casi siempre, pero más bien rutinarias. Una vez le mencioné despreocupadamente a Rafita y me atajó en seguida: 'Oh, ¿no te has enterado de lo que le sucedió? Algo terrible, le dieron una paliza en toda regla y todavía está en el hospital, creo. No lo sé por él directamente, aún no está para hablar con nadie, sino por gente de la Embajada y por su padre, que vino a Londres para acompañarlo y cuidarlo en los primeros días, estuvo con él todo el tiempo, ni siquiera pudo desplazarse a Oxford, y como yo ya no me muevo, ni pudimos vernos'. 'Vaya por Dios, ¿y cómo fue eso?', le pregunté hipócritamente. 'No lo sé bien', me respondió. 'Debía de estar borracho y al parecer se ha desdicho de sus explicaciones un par de veces, se ha contradicho, lo mismo ni él lo sabe a ciencia cierta, o no lo recuerda por los vapores, ya viste cómo le daba a la frasca, en seguida hizo amistad con Lord Rymer aquí en casa, ¿te acuerdas? Se pasaría de impertinente, supongo, con ese léxico grosero y para mí incomprensible que le da por emplear a veces, por lo visto fueron compatriotas suyos, es decir, vuestros, quienes le zurraron la badana en el cuarto de baño de una discoteca, como si hubieran quedado allí para pegarse, suena a cosa de colegiales, ya le cuadra. Pero lo cierto es que lo machacaron, eso no fue cosa de niños, le rompieron varios huesos fundamentales. En el lavabo de los discapacitados, por cierto: todo un augurio.' Wheeler no podía evitar verle un lado cómico a casi todo, así que añadió con malicia leve (me imaginé fácilmente la sonrisa ocular en su rostro): 'Ahora creo que es pura escayola. Algunos enfermos lo atisban desde el pasillo y lo confunden con la Momia'. Y ya siguió con otro asunto, relativo a la peculiar expresión que había intercalado en español, obviamente: '¿Aún decís eso, "zurrar la badana", o resulta muy anticuado? A propósito, nunca he sabido qué significaba "badana", ¿tú tienes idea?'. Me di cuenta de que no tenía ni zorra, una vergüenza semejante a la que me hacían pasar mis alumnos oxonienses tantos años atrás, cuando me veía obligado a mentirles en clase ante sus preguntas malintencionadas y a improvisar etimologías descabelladas y falsas de las que tomaban nota seriamente. 'El español es una lengua, mucho más que el inglés y que otras, en la que con frecuencia ignoráis lo que estáis diciendo', continuó Sir Peter, 'y sin embargo lo decís todo con gran ufanía y desparpajo: ¿qué diablos significa "joder la marrana", por ejemplo? Quiero decir literalmente. ¿O "a pie juntillas" (hay autores ignorantes que escriben "a pies juntillas", lo he observado, y no sé ahora, pero antes no estaba admitido)? ¿O "a pie enjuto", o "a dos velas", o "caérsele los anillos"? Los anillos nunca se caen, al contrario, cuesta quitárselos. ¿Y por qué llamáis "manzanas" a los bloques de edificios entre calles? Al parecer nadie lo sabe, se lo he preguntado hasta a miembros de la Real Academia Española y todos se encogen de hombros sin preocuparse ni avergonzarse. Hmm, "manzanas", ¿no es absurdo? No hay ninguna semejanza con la fruta, ni siquiera a vista de pájaro… ¿Y por qué hacéis ese gesto raro que equivale precisamente a "a dos velas"? Os lleváis dos dedos a las fosas nasales y los bajáis hasta el labio superior, es muy extraño, no veo la relación con nada. Habláis mucho con ademanes y gestos y la mayoría no tienen sentido, son poco transparentes, a menudo incoherentes con su significado, como ese de apoyar los dedos tiesos sobre la palma vertical de la otra mano, ¿sabes cuál digo?, te lo haría si me estuvieras viendo, no te veo ya nunca, vienes poco, ¿Tupra te explota o es que tienes novia?, creo que con él se indica "Corta, no sigas", ¿o es quizá "Vamonos"…?'
    Wheeler era incansable con las cuestiones lingüísticas y los modismos, se detenía y demoraba en ellos y se olvidaba del resto momentáneamente, y yo, como supe desde que por primera vez di clases de traducción y de español allí en Oxford, tenía un profundo desconocimiento de mi lengua, algo por lo demás no muy grave, que
    comparten conmigo casi todos mis compattiotas y andan tan frescos. Empezaba a pensar que a veces se le iba un poco la cabeza como se le iba el habla. No de la misma manera, no es que se quedara en blanco, en absoluto, y tampoco que desvariara o se hiciera líos, sino que divagaba algo más de la cuenta y no escuchaba con las mismas alacridad y atención con que lo había hecho siempre, como si lo exterior le interesara menos y lo interior le ganara terreno, sus disquisiciones, sus cavilaciones, su pensamiento insistente como suele serlo el de los viejos, tal vez sus recuerdos aunque éstos no fuera muy propicio a contarlos ni a compartirlos, pero quizá sí a rememorarlos mentalmente, a ordenarlos, a desplegarlos ante sí mismo y explicárselos y sopesarlos, o acaso era sólo a colocarlos bien rectos y a contemplarlos, como quien da unos pasos atrás y mira su biblioteca o sus cuadros o sus alineados soldaditos de plomo si los colecciona, lo que se ha acumulado y dispuesto a lo largo de una vida entera, seguramente sin más propósito que ese -y ese se encuentra-, el de retroceder y mirarlos.
    Esa especie de locuaz ensimismamiento que le notaba por teléfono me hacía temer en ocasiones que no me restara ya demasiado tiempo para preguntarle cuanto quería preguntarle siempre e iba aplazando por discreción, por respeto, por mi aversión a sonsacar a las personas y desvalijarlas de lo que se reservan o guardan, a resultar excesivamente curioso o aun impertinente, por mi natural tendencia a esperar que la gente me diga sólo lo que desee plenamente decirme y no lo que esté tentada a contarme por el hilo o enredo de la conversación o por el halago o la vehemencia -la tentación de contar es tan fuerte como pasajera, y es fácil que desaparezca en cuanto se la ha resistido o bien se ha cedido a ella, sólo que en este último caso ya no hay remedio sino sólo arrepentimiento o, como dicen los italianos, rimpianto, lamento rumiado para nuestros adentros-. Y lo cierto es que quería preguntarle cosas antes de que fuera muy dificultoso o imposible, quería saber de su paso por la Guerra Civil, que tanto había marcado a mis padres, aunque hubiera sido anecdótico y breve, ignorado por mí hasta hacía poco; de sus andanzas con el MI6, de sus encargos especiales en el Caribe, el África Occidental y el Sudeste Asiático entre 1942 y 1946, según rezaba el Who's Who, en La Habana y en Kingston y en otros sitios desconocidos, aunque tuviera aún prohibido revelarlas al cabo de sesenta años y sin duda de los que le quedaran de vida, se llevaría el relato a la tumba si yo no se lo arrancaba, aquel Teniente Coronel Provisional Peter Wheeler, nacido en las antípodas Rylands; de su callada relación con su hermano Toby, a quien yo había conocido primero y admirado y llorado, sin tener ni idea del parentesco; también de su actividad con el grupo para el que en su creación no hubo nombre ni debía haberlo ahora, ni 'intérpretes de personas' ni 'traductores de vidas' ni 'anticipadores de historias', había criticado a Tupra por emplear en privado tales términos: 'Los apelativos, los motes, los apodos, los alias, los eufemismos hacen fortuna y se quedan sin que se dé uno cuenta', había dicho, 'acaba uno refiriéndose a las cosas o a las personas siempre de la misma forma, y eso se convierte con facilidad en un nombre. Y luego ya no hay quien lo quite, ni quien lo olvide'; y era verdad, yo ya no podría olvidarlos porque formaba parte de aquel grupo y eran esos los que había oído, o de sus degradados herederos contemporáneos; y también quería saber de la muerte de su mujer Val o Valerie, tan joven, aunque él prefiriera dejar eso siempre para otro día y además pensara en el fondo que nunca debía contarse nada.
    Incluso me parecía -era menos una comprobación que una sospecha- que Wheeler podía estar aflojando la mano que antes agarraba y no soltaba la presa, como aún hacíamos Tupra y yo y la joven Pérez Nuix probablemente, los tres todavía en edades desasosegadas o por lo menos interventoras, cuánto duran en verdad los afanosos años, los de la zozobra y la aceleración del pulso, los del movimiento y el vuelco, el vértigo, los de aquellos y tantos pasos, tantas dudas y tal tormento, en que se forcejea y urde y lucha y se aspira a hacer rasguños al otro y a evitárselos a uno mismo y a torcer las cosas en su beneficio, aunque éste se disfrace a menudo de nobles causas con tanto arte que hasta a nosotros nos engaña, artífices de los disfraces. Quiero decir que Wheeler se apartaba de sus maquinaciones y de lo que se hubiera trazado, o esa impresión me daba, como si la voluntad y la determinación le hubieran por fin menguado o quizá de pronto las desdeñara y no les viera ya compensación ni mérito, tras décadas de fortalecérselas y cultivárselas y alimentárselas, y desde luego de aplicarlas. Estaba concentrado en sí mismo, poco más le interesaba. Tenía más de noventa años, no podía extrañar ni reprochársele, ya era hora.
    Y a pesar de esos avisos, de mi creciente temor a no disponer de un tiempo que con él siempre había sentido como ilimitado, yo seguía aplazando mis visitas y mis preguntas y no iba a verlo. También habría querido que me contara más de Tupra, de sus antecedentes, su historia, su peligrosidad, su carácter, de las 'probabilidades en el interior de sus venas' -él sabría más de ellas, lo conocía desde hacía más tiempo-, sobre todo tras aquella noche de la espada y los vídeos cuyo recuerdo me había hostigado durante semanas y lo haría indefinidamente; pero sobre este asunto, una vez que decidí no largarme ni sustraerme, no abandonar aún mi puesto y con él mi actividad, mi salario y mi aturdimiento, tal vez rehuía la posibilidad de averiguar de veras y de que, si Wheeler me complacía y descifraba a Tupra cabalmente, eso me hiciera parar lo que de momento, no sin violencia, había resuelto que continuara. Me daba cuenta de que había llegado a un punto en el que cada jornada que transcurría se me hacía más difícil dar marcha atrás, no digamos dejarlo todo y regresar a Madrid -a trabajar en qué, a vivir cómo, a estar cerca de Luisa mientras ella se me alejaba-, de donde sin embargo tampoco había salido enteramente. Mi mente estaba allí en gran medida, pero no mi cuerpo, y éste se iba acostumbrando a deambular por Londres y a respirar sus olores al despertar y al adormecerse (siempre con un ojo abierto, por la falta de persianas o como un habitante más de la isla grande), a pasar parte del día en compañía de Tupra y Pérez Nuix y Mulryan y Rendel y en ocasiones de Jane Treves o Branshaw, a ciertas rutinas inicialmente salvadoras en las que, sin haberlo previsto, de repente uno se encuentra prendido como en una tela de araña, sin ser capaz de imaginar otra vida distinta de la que lleva, aunque ésta no sea gran cosa y haya llegado como por azar y sin que la llamara nadie. No, ya no me resultaba fácil pensarme en otro trabajo menos cómodo y peor pagado, menos atractivo y variado, al fin y al cabo cada mañana me enfrentaba a nuevos rostros o ahondaba en los conocidos, y era un reto desentrañarlos. Apostar por sus probabilidades, vaticinar sus comportamientos, era casi como escribir novelas, o por lo menos semblanzas. Y de vez en cuando había salidas, traducciones sobre el terreno y algunos viajes.
    Así que también iba retrasando mi vuelta a Madrid, me refiero a una visita a mis niños y a mi padre y a mis hermanos y amigos, habían pasado demasiados meses sin poner pie en mi ciudad y por lo tanto sin ver ni percibir a Luisa, que era lo que más me atraía y asustaba. A ella le había dicho, dos días después de aquella noche, cuando la había telefoneado para inquirirle sobre el bottox y las manchas mujeriles de sangre, que aún tardaría un poco. 'Los niños preguntan que cuándo vienes', había llevado buen cuidado en no preguntarlo ella, y en no incluirse. 'No sé si será muy pronto’, le había contestado yo, y le había mencionado que debía acompañar a mi jefe en un viaje, no se sabía cuándo, podía ser en cualquier momento, estaba atado hasta entonces. Y era cierto, así me lo había anunciado Tupra, sólo que al final fueron varios los viajes a los que me arrastró durante el mes siguiente, desplazamientos breves, de un par de días, tres dentro de la isla grande y uno a Berlín, al continente.
    Los dos fuimos a Bath con Mulryan, a Edimburgo solos y a York con Jane Treves, quien al parecer era de Yorkshire y conocía el terreno, aunque no vi que hiciera falta ser un experto para moverse por aquellas ciudades de tamaño bien humano. A Pérez Nuix no la llevaba, quizá para castigarla por su tentativa de engaño en el asunto de Incom-para y de su palizado padre, del que me debía de considerar cómplice ingenuo y muy poco responsable, o quizá para que no coincidiéramos ella y yo en hoteles juntos, se me ocurría: a veces pensaba que él lograba enterarse de todo, y que así estaría al tanto hasta de lo sucedido en mi casa, en mi cama, en silencio y como si no pasara, la noche de la lluvia constante.
    En cada sitio tuvimos una sola reunión en la que yo pudiera ser útil como intérprete, de lenguas o de personas, y en Tupra vio a más gente, como supuse, fue por su cuenta y no me invitó a esos encuentros. En Bath se alojó en un hotel distinguidísimo (Mulryan y yo en otro sólo agradable, nuestra jerarquía era distinta), el Royal Crescent si no recuerdo mal el nombre, en el cual vivía 'casi permanentemente', dijo mi jefe, un millonario mexicano, 'oficialmente retirado pero aún muy activo a distancia y desde ¡a sombra', con el que deseaba llegar a unos acuerdos. Aquel hombre, de avanzada edad, pelo y bigote blancos, con vestigios de apostura o ésta en vísperas de derrumbarse, parecido al viejo actor César Romero y apellidado Esperón Quigley, hablaba un esmerado inglés con mal acento (les sucede a muchos latinos de los dos continentes), y mi concurso sólo fue necesario en unas cuantas ocasiones, cuando la dicción del caballero resultaba tan opaca para el oído inglés puro de Tupra y el medio irlandés de Mulryan que las correctas palabras se les hacían irreconocibles, en la extravagante pronunciación de Esperón Quigley. Como de costumbre, no presté atención a lo que dirimían, no era asunto mío, a priori me aburría y prefería no enterarme. El resto del tiempo me quedó libre, y me dediqué a pasear, a contemplar el río Avon, a visitar los baños romanos y algunos comercios de antigüedades y releer a Jane Austen en un sitio en el que ella había estado unos años de escasa fertilidad literaria, así como alguna página de William Beckford, que se recluyó allí largo tiempo y vivió y murió a disgusto, lejos de su querida abadía o mansión de Fonthill que lo había conducido a la ruina. En una de mis vueltas por la ciudad me topé asombrado con una tienda, una joyería y relojería de copete más bien mediano, que se llamaba Tupra inverosímilmente. No estaba lejos de otra con más pretensiones que, si no me falla la memoria, se anunciaba en el escaparate como proveedora del Almirantazgo (me imaginé que se referiría sólo a relojes, y no a pe-druscos y abalorios para la marinería). Cuando le mencioné la coincidencia a Tupra, me contestó secamente:
    – Oh sí, ya lo sé. Nada que ver. Ninguna relación en absoluto. Ninguna. -Podía ser cierto o falsísimo, y el relojero ser su padre. Pero no me atreví a insistirle.
    Aun así no pude dejar de hacerle una broma privada, como se dice en su lengua:
    – En todo caso sería más propio que la provisión al Almirantazgo la hiciera la relojería Tupra y no otra cercana que he visto que se encarga aquí de eso. Aunque sólo sea por tus relaciones, por nuestras relaciones con el antiguo OIC, ¿no te parece?-Recordaba las palabras de Wheeler aquel domingo antes del almuerzo, en Oxford, cuando me habló de las dificultades para reclutar a los integrantes iniciales del grupo, nada más creárselo: 'Hubo que peinar a toda velocidad el reino. La mayoría provino de los propios Servicios Secretos, del Ejército, algunos del antiguo OIC, nunca lo has oído, el Operational Intelligence Centre de la Marina, eran pocos pero muy buenos, quizá los mejores; y por descontado de nuestras Universidades'. Y vi una expresión de extrañeza y vago recelo en Tupra (como si se preguntara cuánto más sabía, y si me habría subestimado en mis aprendizajes), al oír en mi boca aquellas siglas pretéritas, que era raro que conociera un español del siglo XXI, y aun de la segunda mitad del XX.
    También me dejó ratos libres durante los dos días de Edimburgo, y allí paseé de nuevo y releí a sus dos hijos mejores, Conan Doyle y Stevenson, algunos cuentos, y subí hasta Calton Hill para divisar la vista que más entusiasmaba al segundo, deslumbrante pese al transcurrido tiempo. De él me llevé asimismo unos poemas y un librito sobre la ciudad, Picturesque Notes era el subtítulo, de 1879 nada menos. Hablaba allí de Greyfriars, y contaba cómo cerca de este cementerio ajardinado, desde la ventana de una casa ya entonces demolida cuyo emplazamiento le señaló un sepulturero, vigilaba el ladrón de cadáveres Burke, que junto con su compinche Haré los sacaba de sus tumbas aun frescos para venderlos a los científicos y anatomistas, y había acabado por asesinar a gente para acelerar el proceso y que no decayera el comercio: 'Burke, el hombre de las resurrecciones', decía Stevenson con ironía, 'infame por tantos asesinatos a cinco chelines por cabeza, solía sentarse acto seguido, con pipa y gorro de dormir, a ver pasar los entierros de camino hacia la hierba'. Ese era uno que no había tenido paciencia, pensé, para que se le aparecieran los rostros mañana, y prefería verlos desfilar, fumando, como eran ayer y para siempre.
    Y a Tupra le leí en voz alta, en el viaje en tren hacia Edimburgo, los dos solos, unos versos que Stevenson había escrito hacia el final de su vida en los Mares del Sur, en Apemama, con verdadera y extraña nostalgia por 'nuestra ciudad ceñuda': 'El viento vomitante del invierno, la arrojadiza lluvia, el infrecuente y bienvenido silencio de las nieves, la mañana tardía, el día macilento, la noche, el mugriento sortilegio de la ciudad nocturna, ¿os acordáis? Ah, si pudiera uno olvidarse', decía, echando sinceramente de menos tan desolador panorama. Y más adelante añadía: 'Cuando la luz de mis ojos expirantes disminuya y ceda, y la voz del amor llegue insignificante a mis oídos que estarán cerrándose, ¿qué sonido vendrá sino el viejo grito del viento de nuestra ciudad inclemente? ¿Qué volverá sino la imagen del vacío de la juventud, llenado por el ruido de pasos y aquella voz de descontento y embeleso y desesperanza?'. Y en otro poema aún le persistía el mismo espíritu, desdeñando los mares remotos y cálidos que con tanto ahínco había buscado, y añorando terriblemente 'nuestro borrascoso clima' de Edimburgo: 'Un mar que no está en los mapas envuelve y confina a una isla sin luces, en vano, al hijo errante. La voz de generaciones muertas me llama, sentado en la lejanía, a levantarme, con diligencia volver atrás sobre mis numerosos pasos, y, acabado todo cambio, tenderme cuan largo soy en aquella notable ciudad de los muertos'. Así que le leí estos versos, claro está que en su lengua, en la de Tupra y en la de los versos: 'The belching winter wind, the missile rain, the rare and welcome silence of the snows, the laggard morn, the haggard day, the night…'.
    – ¿Tú crees que sucede así siempre, Bertram? -le pregunté, lo llevaba sentado enfrente, él en el sentido de la marcha, yo en el contrario-. Tú que sabes de muertes -añadí con algo de mala idea-, ¿crees que al final todos nos volvemos hacia el lugar primero, por humilde o deprimente o tenebroso que fuera, por mucho que nuestra vida haya cambiado y se hayan transformado nuestros afectos y hayamos alcanzado inimaginables fortunas y logros a lo largo del trayecto? ¿Crees que uno acaba por mirar siempre de nuevo hacia su pobreza, o su degradado barrio, o hacia la pequeña ciudad de provincias o el mortecino pueblo desde el que se asomó, al resto del mundo, y del que durante tantos años salir pareció imposible, y que entonces se echa todo eso en falta? Se cuenta que los muy viejos recuerdan sobre todo su infancia y casi se encierran en ella, mentalmente, y que tienen la sensación de que todo lo habido en medio, entre aquel periodo lejano y su presente declive, sus codicias y sus pasiones, sus combates y sus reveses, ha sido falso, una acumulación de distracciones y errores, y de inmensos afanes por cosas que en realidad no importaban; y se preguntan si no ha sido todo un interminable rodeo, una travesía inútil para regresar a lo esencial, al origen, a lo único que de verdad cuenta… cuando se llega a fin de cuentas. -Y pensé entonces: ¿Por qué se enfrentaron y para qué tanto esfuerzo, para qué guerrearon en lugar de mirar y de quedarse quietos, por qué no supieron verse o seguirse viendo, y a qué tanto sueño y aquel rasguño, mi dolor, mi palabra, tu fiebre, y tantas las dudas, y tal tormento-. Tú sabrás mucho de eso, habrás estado en la muerte de muchos. Y ya ves lo que le sucedía a Stevenson: recorrió medio mundo y al final sólo pensaba en su ciudad natal, desde la Polinesia. Mira cómo empieza este otro: 'Los trópicos se difuminan, y me parece como si yo, desde el Halkerside, o más alto, desde el AMerrnuir, o el escarpado Caerketton, en sueños volviera a mirar…'.
    – Esos son montes cercanos a Edimburgo -me interrumpió Tupra como si fuera una nota a pie de página, y se quedó callado. Yo esperé a que respondiera a mis preguntas, a que añadiera algo más. No le había leído los versos tan sólo por gusto y para matar el tiempo del viaje. Y si le había mencionado degradados barrios y provinciales ciudades había sido confiando en que tal vez se diera por aludido y pensara en Bethnal Green, si es que de allí procedía, o en el relojero de Bath, si es que con él había pasado parte de su niñez, por ejemplo, y me hablara un poco de ellos. Pero Tupra sólo contestaba a lo que quería, lo tenía bien sabido-. Stevenson se marchó a Samoa por su salud, principalmente, que yo recuerde -dijo al cabo de unos segundos-, no por ansia aventurera. Y además él no era viejo. Murió a los cuarenta y cuatro años.
    – Eso da lo mismo -contesté yo-. Cuando escribió estos poemas debía de notar que su fin estaba próximo, y sólo se acordaba, con enorme nostalgia, del inhóspito lugar de su infancia. Fíjate en lo que dice en estos versos: '…y cuando la voz del amor llegue insignificante a mis oídos que estarán cerrándose…'. Ves, ni siquiera la cercanía de su mujer le cuenta, o prevé que no va a contarle, en su última conciencia del mundo, en sus últimos instantes, sino sólo las momentáneas visiones del pasado que 'refulgen y se esfuman y perecen'… Y mira con qué claridad termina: 'Esas yo recordaré, y luego todo lo olvidaré', así dice.
    Tupra se quedó pensativo un momento. Nadie se resiste a un análisis de textos, lo sé por experiencia.
    – Cómo puede ser. ¿A ver? Repíteme lo del amor insignificante,
    Y se lo repetí:
    – 'Yet when the voice of love shall fall insignificant on my closing ears…'
    – Tonterías -me cortó Tupra. 'Nonsense', fue la palabra en su lengua-. Eso no fue lo mejor que escribió Stevenson. Desde luego no era un gran poeta. -Volvió a quedarse callado, como para subrayar su veredicto, y después añadió, para mi sorpresa-: Pero léeme más, anda.
    A casi todo el mundo le gusta que le lean en voz alta. Y volví a ello:
    – 'Situada a lo lejos entre campos y bosques, veo a la ciudad surgir espléndida de sus bancos de humo, rocosa, con torreones y agujas, su fortaleza virgen embanderada…' -Y mientras seguía miré con disimulo a Tupra y lo vi complacido, pese a que no le gustaran los poemas de Stevenson-. 'Allí, sobre la extensión soleada de una colina, junto a la casa de los reyes, reposan los muertos, mis muertos, los de palabra fuerte y pronta. Sus obras, donde la sal se incrusta, aun perviven; el mar acribilla las torres que erigieron; la noche se estremece atravesada por sus luces intensas. Los artífices, uno tras otro, aquí, en esta enrejada celda donde la lluvia borra y el orín consume, se hundieron en el silencio eterno…'
    Y quién sabía si a él nadie había vuelto a leerle desde la infancia.

    Allí, junto al Firth of Forth y el Fife, en Edimburgo, requirió mis servicios solamente una noche, para otra cena-cum-celebridades o cum-mamarrachos que también era cena-cum-Dick Dearlove, o el cantante planetario a quien así he llamado. Por suerte no me obligó a asistir al concierto que éste ofreció en el Festival previamente, aunque sí a fingir ante todos que me lo había tragado del primer a! último acorde con indescriptible entusiasmo: 'Acuérdate de mencionar la interpretación fabulosa de "Peanuts from Heaven” y la milagrosa de "Bouncing Bowels” esas dos las incluye siempre en versiones heterodoxas, cada vez suenan distintas aunque sean ya clásicos suyos', me advirtió por si acaso me preguntaba alguien o el mismísimo Dearlove, cerca del cual se las ingenió para sentarme. 'Con el pretexto de entretener a esos dos compatriotas tuyos que ahora lleva a menudo en su séquito, procura darle charla, aun a riesgo de resultar entrometido y pesado, lo más que puede ocurrir es que no te haga caso o que se cambie de lugar para evitarte. Hablale de su tremendo éxito en España, y no se lo circunscribas al País Vasco, por lo que más quieras: eso podría ofenderlo aunque sea cierto, por local y limitado. Llama su atención, cáele en gracia, invítalo a tomarse confianzas, sonsácale lo que puedas sobre su supuesto simbolismo sexual, allí donde vaya, él se lo cree, en todas partes. Que se sienta halagado y propenso a jactarse, invéntate gente española que sabes que está por sus huesos, que daría lo que fuese por echarle mano al paquete, conocidos tuyos, gente real cuya figuración lo encienda, jovencitos, tus propios hijos, ¿qué edad tienen?, no, son demasiado niños, pues sobrinas y sobrinos tuyos, lo que sea, sondéalo a ver qué te cuenta, después de las actuaciones está agotado a la vez que eufórico, se le suelta la lengua y anda con la guardia baja, por la excitación y las aclamaciones y por lo que se haya metido antes para aguantar el desenfreno, no sé cómo no ha reventado ya, tantos años sometiéndose a estas superconcentradas sesiones de gloria. A mí me conoce demasiado, pero con un desconocido al que no va a volver a ver (no creo que te recuerde de la otra vez), con alguien como tú puede que largue mucho más que conmigo o que con cualquier otro inglés, se sentirá más impune y a los divos les gusta presumir sobre todo con los recién llegados, también necesitan renovarse el auditorio de impresionables. Ojalá te contase alguna aventura, algún triunfo sexual llamativo, alguna hazaña, tú ve por ese camino aunque te parezca impertinente, ya te digo, lo peor que pasaría es que te diera la espalda y no quisiese entrar en materia. A ver si lo confirmamos, si nos hacemos una idea más clara de hasta qué punto sería o es capaz de poner en peligro la visión de su biografía, de en qué medida se arriesgaría a exponerse a ese horror narrativo tuyo, y a acabar engrosando las filas de la hermandad Kennedy-Mansfield, de las que ya no existe deserción posible.' Así hablaba Tupra a menudo, en particular cuando nos daba instrucciones o nos hacía encomiendas, con una mezcla de coloquialismos y de expresiones desusadas o singulares suyas, como si en esa habla se fundieran sus probables orígenes arrabaleros y su indudable formación oxoniense, me costaba recordar que de medievalista y en la frecuentación de Toby Rylands, o es que la figura de éste se me iba borrando, absorbida por la de su hermano Peter, hay ciertos vivos que incorporan o abarcan, o se superponen a los muertos que les fueron próximos, y hasta los tachan.
    Lo que Tupra me pedía me parecía una empresa imposible: que Dick Dearlove me hablase a mí en esos términos y de esas cosas, aún más con gente en medio, en una cena de veinte o más comensales, pendientes todos de su apoteosis. Lo intenté, con todo; Tupra no me exigía resultados. Me colocó casi enfílente del ídolo, y aunque las personas que lo flanqueaban trataban de acaparar su interés mediante alabanzas, logré meter algunas bazas que le suscitaron curiosidad, más por peculiarmente españolas que por mérito mío.
    – ¿Cómo es que en España son tan permisivos sexualmente? -me preguntó tras un breve intercambio de comentarios sobre costumbres y leyes-. Durante mucho tiempo tuvimos la impresión contraria en Inglaterra.
    – Esa impresión era correcta -contesté. Y precisamente para ver si le sonsacaba algo, me abstuve de decir que la que tenía actualmente también lo era, sino que añadí-: ¿Por qué cree que somos tan permisivos ahora, Mr Dearlove?
    – Llámame Dick -dijo en seguida-. Todo el mundo me llama así, con buen criterio y mejor tino. -Y soltó una risa ya gastada, que sus vecinos le corearon. Supuse que era una broma que habría hecho mil veces a lo largo de su vida de agasajo y coba (pero siempre queda alguien que no la ha oído, era un hombre consciente de eso, de que nada se agota del todo nunca, por mucho que se lo estruje), jugando vulgarmente con uno de los significados de la palabra ‘dick’ que no es otro que el de 'polla'. Al fin y al cabo era célebre por su hipersexualidad o pansexualidad o hepta-sexualidad o lo que fuese, aunque en público él no lo reconociera, quiero decir ante la prensa-. Pues no sé qué vida llevaras tú en tu país, tú te lo pierdes -añadió con paternalismo-, pero cada vez que he ido allí de gira me han faltado energía y tiempo para atender a la descomunal demanda. Todo el mundo parece dispuesto a que le pongan un rabo, mujeres, hombres y casi niños. -Y rió de nuevo, con carcajada menos antigua-. Quizá con la excepción del País Vasco, donde parecen desconocer el sexo, o limitarse a imitarlo porque han oído hablar de él en otros sitios, en el resto de España he tenido que hacer castings para escoger los huéspedes de mi cama, o de mi cuarto de baño si la cosa había de ir rápida, de tanta oferta tras los conciertos, y también antes: en los vestíbulos de los hoteles se han formado colas para subir a mi habitación un rato, y casi siempre me ha valido la pena interrumpir el descanso. Mucho más fogosos que aquí, y mucho más fáciles; en Gran Bretaña hay más castidad, por increíble que suene, y no digamos en Irlanda, ahí sí que son remilgados, como los vascos.
    De pronto me molestó que hablara así de mis compatriotas, como si fueran hordas sexuales, con displicencia. Me molestó pensar que aquel gárrulo con fama se llevaba jovencitas o jovencitos al catre sin mérito y sin esfuerzo en Barcelona, Gijón, Madrid o Sevilla, daba lo mismo, cada vez que pisara España, y allí había dado unos cuantos conciertos a lo largo de los años. Hasta me alegró saber que en San Sebastián y Bilbao se lo ponían más arduo, algo era algo; y al notarme esta reacción pueril e idiota me di cuenta de que nunca nos libramos del patriotismo enteramente, todo depende de las circunstancias y de dónde estemos y de quién nos hable para que de repente surja un vestigio, un resto. Yo puedo pensar y decir cosas terribles de mi país, al que hoy considero envilecido hasta la médula y embrutecido en demasiados aspectos; pero si las oigo en boca de un extranjero despreciable y fatuo, recibo una punzada extraña, si es que no inexplicable, algo similar a lo que debió de sentir De la Garza, él tan primario, cuando vio que yo no lo defendía del inglés con espada que iba a decapitarlo, y quizá pensó en chivarse al Juez de esta manera más adelante, 'cuando todas esas piernas y brazos y cabezas segadas se junten el último día y griten todas "Morimos en tal lugar"', al cabo de los incontables siglos: 'Me mató este hombre con una espada y de mí hizo dos trozos, y este otro estuvo presente, lo vio, no movió un dedo; y el que asistió y no hizo nada hablaba mi lengua y ambos éramos de la misma tierra, más al sur, no tan lejana, aunque hubiera mar por medio: se quedó ahí mirando como una estatua con cara de pasmo, un tío de Madrid, no te jode, un paisano, uno del foro, y ni siquiera intentó pararle el brazo'. Se ve como una agravante ser de la misma tierra, en efecto, y así lo entendí yo siempre cuando mi padre me contaba los atroces relatos de nuestra Guerra: eran de la misma tierra la miliciana y el niño que aquélla estampó contra la pared de un cuarto piso en Alcalá esquina a Velázquez, y lo eran Emilio Mares y los hombres que lo torearon en Ronda, y aún más lo era el malagueño de la boina roja que le entró a matar, le dio puntilla y luego no se privó de castrarlo. Lo eran Del Real el delator y mi padre, y también el otro, Santa Olalla, el catedrático que aportó su firma de mayor autoridad a la denuncia, y aun el novelista de barato éxito, Darío Flórez, que declaró como testigo de cargo y le hizo llegar aquel aviso siniestro al delatado por mediación de mi madre cuando ella aún no era mi madre ni la de nadie: cSi Deza no vuelve a acordarse de que tiene una carrera, podrá vivir; en otro caso, lo hundiremos'. Para mí habían sido siempre los nombres de la traición, y esos nunca hay por qué protegerlos, y lo fueron porque venían todos de la misma tierra, mi padre y ellos, y en dos de los casos por la amistad preexistente, sin que él les hubiera dado nunca a los otros motivo para retirársela ni cancelársela, sino al contrario.
    Ahuyenté mi resquemor absurdamente patriótico. No sólo debía hacerlo si quería proseguir con el encargo de Tupra (había sido mucho más fácil de lo esperado, abordar el tema; y veía los ojos grises de mi jefe a lo lejos, cerca de una cabecera, observándome absorbentes, preguntándose cómo me iba), sino que además no tenía sentido albergarlo. Los mismos comentarios de Dearlove los podía haber hecho un compatriota mío, sin ir más lejos De la Garza, de haber sido él un cantante idolatrado y haber podido elegir entre docenas de chicas para acostarse durante sus giras, y me habrían sentado mal igualmente, por altaneros y despectivos. Y sin embargo, sin embargo… había un escozor añadido, me era imposible negármelo, algo irracional, inquietante, desagradable, atávico. Quizá Tupra sentía lo mismo cuando se hablaba con desdén de Gran Bretaña o de los británicos, en presencia suya y en labios continentales o transoceánicos o de la verde Erín, donde es casi una norma. Y quizá por eso, por coherencia última, no tenía reparo en dedicarse a lo que se dedicaba, con más entrega y ahínco de lo que yo creía, y era verdad lo que me había dicho al poco de conocernos, así lo atenuara con ligero cinismo: Incluso rindiendo a mi país servicio, uno debe procurar eso si puede, ¿no?, aunque sea lateral el servicio…'. Comprendí en aquel momento, extemporáneamente, que lo más probable era que se lo rindiera sin pausa cuando ello no fuera contra su particular beneficio, y que, llegada la necesidad, llegada una guerra, llegado el día, yo no sería para él más que un español de mierda al que no vacilaría en hacer fusilar, como Dearlove había sido para mí, durante mi reacción fugaz patriótica, tan sólo un engreído inglés hijo de puta al que habría dado dos hostias sin pestañear.
    Uno de los comensales más cercanos, una diseñadora de extravagantes modas ya entrada en años (ella misma vestía una mezcla incomprensible de refajos, plumas y harapos), me echó sin querer un capote para que la conversación no decayera y siguiera por donde me convenía:
    – ¿Ah, sí? -le dijo-. Yo creía que en Bretaña nadie se te resistía, Dickie, y resulta que es en España donde tienes la cama y el cuarto de baño de bote en bote. -No dijo realmente 'Bretaña', sino 'Britain’ que es la forma abreviada de referirse a Gran Bretaña; en cambio sí dijo ‘de bote en bote' o 'a reventar', esto es, ‘jam-packed’
    Era evidente que eran amigos y se tenían confianza, o bien Dick Dearlove (así parecía, eso también) hablaba con desparpajo hasta de las cosas más íntimas delante de cualquiera, como era yo; eso les sucede a menudo a los individuos muy célebres y perennemente alabados, acaban por figurarse que cuanto digan o hagan será bien recibido porque forma parte de su continuo espectáculo, y llega un momento en que no distinguen entre lo público y lo privado (excepto si hay un fotógrafo o un periodista por medio, y entonces son más discretos o exhibicionistas según el caso): si son tan aplaudidos en la primera esfera, y tan consentidos, por qué no habrían de serlo igual en la segunda, si en ambas son ellos los indiscutibles protagonistas, todos los días de su vida hasta el término.
    – Tú lo sabes mejor que yo, Viva, aunque seas mujer -contestó Dick Dearlove entre irónico y pesaroso-. A nuestra edad; por muy famosos que seamos, y yo lo soy mucho más que tú, hay ocasiones en que no nos queda sino pagar, a tocateja o en especie. Hay un cierto tipo de bocados por los que aquí en Bretaña tengo que pagar casi siempre, rarísima vez me salen ya gratis, hace unos años aún, la mitad de la nación está estreñida; mientras que en España, mira, jamás he debido gastar ni un euro en eso, parece como si allí los jóvenes se dieran por satisfechos no con el acto en sí mismo, tampoco voy a presumir a estas alturas de mis ejecuciones, qué puedo decir, el cuerpo obedece cada vez menos a la imaginación, que en cambio es infatigable, estoy deseando que se me canse un poco, ojalá se adecuaran lo uno a lo otro algo más, todo esto está muy mal pensado, por lo menos para mí; sino con poder luego contarlo a sus amistades, si es que no en algún programa de televisión. Es extraordinario lo mucho que allí se viven las cosas no porque apetezcan de veras, parece, sino tan sólo para contarlas a continuación, ¿no?, un país muy dado al cotilleo y a la jactancia, ¿no es verdad?, un país muy narrativo, de lo más impúdico. -Y las interrogaciones retóricas me las dirigió a mí, como conocedor del paño-. Todo el mundo lo cuenta y lo pregunta todo, en las ruedas de prensa y en las entrevistas me río un montón y me dedico a esquivar, son toscos y descarados y desconocen el sentido de la vergüenza, es insólito para un país europeo. Ha habido polvos españoles en los que he notado claramente que tenían una prisa loca por terminar, y no porque no lo estuvieran pasando más o menos bien, cuidado, de algo sirvo aún, sino de pura impaciencia por salir a dar la noticia, me los imagino llegando muy contentos al bar, o al colegio a la mañana siguiente: '¿A que no sabéis quién me la ha metido hasta el fondo y por todas partes?'. -Se detuvo un instante y se quedó sonriendo un poco alelado, como si aquello le hiciera tanta gracia que podía recuperarla intacta al cabo del tiempo, en mitad de una cena tras un concierto edimburgués. También como si recordara algo del pasado, algo perdido que quizá ya no iba a volver-. No sé si sus amigos les creerán, lo mismo está duro y eso puede convertirse en un problema, porque desde hace algún tiempo los hay que van con su cámara de bolsillo o con su móvil, yo creo que a la caza de pruebas aunque todos dicen que los llevan encima porque los llevan encima siempre, así que hay que cachearlos antes de entrar, no sería divertido que me hicieran una foto en plena función. Todo eso se les requisa, les paso uno de esos aparatos de los aeropuertos, como varitas, ya sabéis, y así además los voy sobando con el instrumento, lo cual les encanta y les da mucha risa, y te vas haciendo una idea de lo que te aguarda, gente bien formada en general. Se dejan hacer como corderillos, con tal de pasar a la habitación. Aquí son mucho menos complacientes y menos vivos, no intentan colarte cámaras ni nada, y eso es lo malo: no les compensa tanto poder contarlo y presumir, o será que aquí me tienen muy visto. Quizá por eso en parte hay que pagar, o lo mismo es que se corrió la voz y ya saben todos que no me resisto, que alguna suma me podrán sacar. Y a veces ni pagando consigue uno gran cosa, bocados tiernos, ¿verdad, Viva?, en nuestras queridas Inglaterra y Escocia y Gales. Ahora no me deprimas diciéndome que tú sí.
    El que se estaba deprimiendo era yo. Dick Dearlove habría cumplido ya los cincuenta, seguía siendo famosísimo pero lo había sido más antes, en su plenitud. Aún abarrotaba sus conciertos y provocaba delirios, pero tal vez más por su nombre y su historia que por su presente fuerza, como les ocurre a la mayoría de los cantantes británicos de los años setenta y ochenta que han perdurado y mantenido su actividad, desde Elton John a Rod Stewart o los Rolling Stones. Llevaba el pelo patéticamente largo para su edad, muy rubio y muy rizado, parecía un ex-miembro de Led Zeppelin o de King Crimson o de Emerson, Lake & Palmer que treinta años más tarde intentara conservar sin cambios su enquistado aspecto juvenil. De espaldas, con aquella melena casi frita, podía confundírselo con Olivia Newton-John al final de Grease, sólo que si se daba la vuelta u ofrecía el perfil, sus facciones eran lo opuesto a las edulcoradas de aquella australiana o neozelandesa o lo que quisiera que fuese: la nariz, siempre aguileña, se le había afilado sin curvatura, sólo en sentido horizontal; los ojos, siempre chicos, se le veían ahora agrandados, pero de un modo anómalo y un poco grimoso, como si hubiera logrado realzarlos por el drástico método de afeitarse las pestañas o recortarse los párpados mediante cirugía u otra barbaridad así; y sus indudables esfuerzos para no engordar le habían jugado la mala pasada de dejarle un cuello apellejado y numerosos surcos en mejillas, mentón y frente (quizá le había caducado su ración de bottox), y en cambio no le habían evitado lucir una blanda barriga en medio de un cuerpo estirado y flaco. Nada de eso se le notaba apenas de lejos, cuando se desquiciaba en los escenarios, pero sí en cuanto se bajaba de ellos o en los primeros planos de las pantallas gigantes, que por lo demás no se prodigaban. Se había apartado de la mesa, se había puesto de lado para mirar de frente a la diseñadora Genevieve Seabrook y había cruzado las larguísimas piernas, de manera que pude ver con sorpresa y disgusto que se había embabuchado en algún momento, es decir, en el trayecto hasta el restaurante se había deshecho de sus botas altas característícas -en ninguna actuación las perdonaba, desde hacía tres decenios o más, así hiciera calor- y se había calzado unas ridiculas babuchas doradas y negras, puntiagudas de punta curva y erguida y con los talones al aire (los llevaba tatuados, observé con malestar), que le conferían un aire doméstico o cuasi veraniego que contribuyó asimismo a mi depresión. El tipo me seguía pareciendo tan mamarracho como la primera vez y aún más repelente, pero también me dio una mínima lástima, por el candor con que reconocía sus actuales dificultades conquistadoras y no tener más remedio que apoquinar en sus lances, al menos en los británicos con 'bocados tiernos'. Esperaba no enterarme de cuan tiernos podían ser a lo largo de aquella aberrada conversación, yo no pensaba indagarlo por mucho que Tupra me hubiera encomendado una deprimente misión. De hecho decidí no preguntarle ni sonsacarle a Dearlove nada más, cuanto había oído me daba para un informe somero (al fin y al cabo mis oportunidades eran escasas, con tanto comensal admirativo o cobista alrededor, si no celebérrimo a su vez), y el resto me lo podía inventar si Ure me insistía o me exigía (se me ocurrió que en Escocia Tupra tendería a llamarse así, o tal vez preferiría Dundas en Edimburgo). -No, no te lo diré, querido Dickie -le contestó Viva Seabrook con una sonrisa tan cariñosa como maliciosa en la relativa medida en que puedo calificarla, pues las capas de maquillaje se le abigarraban y debían de sumar el grosor de una máscara mortuoria egipcia, quiero decir de faraón-; pero debes tener en cuenta que a sus edades más tempranas los chicos están dispuestos a todo por metérsela a alguna mujer. Esa es mi suerte, aunque a veces me tapen la cara con la sábana o con mis propias faldas y eso me siente bastante mal. Ahora ya no tanto, pero la primera vez que uno me puso la almohada encima, me entró un ataque de indignación y el jovencito salió huyendo, espantado por mis palabrotas e insultos. Yo creo que estoy de buen ver, pero claro, necesitan no asociarme con sus madres ni con sus tías, comprendo que eso es un anticlímax, y por lo general son tan elementales, tan auténticamente despiadados y brutos… Ya sabes.
    Me extrañó que también ella hablara con tanto sans-gêne delante de desconocidos como yo. Quizá lo propiciaban el medio y su vanidad; quizá no veían a la gente a su alrededor, como si sólo los muy famosos se captaran entre sí y el resto del mundo les fuera una nebulosa que no importaba ni contaba más que como público o dique que jalea y aplaude, o que en el peor de los casos guarda un respetuoso o cohibido silencio y se Umita a asistir al diálogo de las celebridades, como si se encontrara a oscuras en un teatro. En cierto sentido era como sí estuvieran solos, ellos dos. Y lo que Dearlove le respondió, tras apoyar unos instantes sus rizos sobre el inmenso escote de Seabrook, como si buscara consuelo o refugio en el seno de la vieja amiga, me reafirmó en esa impresión:
    – Oh Viva, cuánto nos queda, o cuánto me queda a mí. Llegará un día en que sólo sea un recuerdo para los de más edad, y ese recuerdo cada vez será más tenue a medida que se vayan muriendo Jos que lo conserven, uno tras otro, la cuenta siempre menguante y nunca más ya creciente, y durante tantos años fue cuenta en aumento que ahora no lo puedo resistir. No es sólo que uno se haga viejo, y que desaparezca, sino que también irán desapareciendo cuantos puedan hablar de mí, los que me han visto y escuchado y los que se han acostado conmigo, por jovencísimos que fueran en el momento, se harán viejos y gordos y morirán, como si padecieran todos una maldición. No es de esperar que mis canciones me sobrevivan y que las sigan oyendo las generaciones futuras, y qué será de ellas cuando yo ya no esté para defenderlas y repetirlas, cuando ya no sea capaz de aguantar conciertos como el de hoy. No volverán a sonar. Ni siquiera he compuesto apenas en los últimos quince años, grandes melodías que otros pudieran recuperar y cantar mañana, aunque fuese en versiones horrendas, y ahora ya no tengo el ímpetu para ponerme a escribir. No creo que me saliera nada memorable. -Y añadió desconertantemente-: Si ni siquiera a McCartney y a Lennon les sale ya nada desde hace siglos, cómo iba a lograrlo yo. Seré olvidado del todo, Viva. No quedará rastro de mí.
    Había algo de teatral en su voz y en los ademanes con que acompañó estos lamentos, pero también se notaba que encerraban una parte de verdad. Estiró más las piernas, y yo me erguí un poco para verle mejor los asquerosos talones tintados, sentía curiosidad por distinguir el dibujo o lema de sus tatuajes.
    – Pero si Lennon lleva treinta años muerto -no pude evitar decir-. Cómo diablos va a componer.
    – Eso no importa -me contestó rápido Dearlove-. Y además, tampoco fue nunca tan bueno. Si no le hubieran pegado unos tiros, la gente hoy vomitaría al oír sus canciones. -'Otro de la hermandad Kennedy-Mansfield’ pensé-. Vaya tipo pretencioso y blando, y con mala voz. -Y a continuación me fulminó con sus agrandados ojos chicos de sajado párpado, como si yo fuera un acérrimo defensor de Lennon, lo que nunca he sido ni seré. Más bien estaba de acuerdo con el diagnóstico del Doctor Dearlove, antiguo dentista, pero hacérselo saber entonces habría parecido coba de la más rastrera.
    Al menos mi imprudente intervención tuvo la virtud de ponerlo de momentáneo mal humor, es decir, de animarlo y sacarlo de la melancolía hacia la que se había deslizado, y durante el resto de la cena volvió a ser un hombre alegre y de impertinentes bromas tirando a pesadas. Yo me lo pasé casi callado, aliándome con disimulo de vez en cuando y estirando mucho el cuello para leerle los talones, pero no lo conseguí.
    Más tarde, muy harto, informé a Ure o Dundas de la manera más resumida posible:
    – Te confirmo cuanto te dije la otra vez, y sólo te hago esta matización: está tan preocupado por su posteridad que quién sabe, a lo mejor cometería un día una barbaridad para que al menos se lo recordase por ella. No cree que su música vaya a perdurar más que él. Así que en un momento de desesperación, lejos de evitarlo a toda costa, podría echarle un borrón a su vida, y darle por ingresar deliberadamente en los Kennedy-Mansfield, como los llamas tú. Pero tendría que ser en medio de una depresión profunda, de una obnubilación, algo así, o dentro de bastantes años, cuando ya esté retirado y no dé conciertos ni lo arrope la multitud. Está tan centrado en sí mismo que ve como una maldición injusta que se mueran quienes lo han admirado y conocido a él, como si eso no les tocara ni lo compartieran cuantos han pisado la tierra o cruzado el mundo. -Y en seguida añadí-: Tú que lo conoces más, ¿sabes qué lleva tatuado en los talones de los pies? -Me parecio conveniente formularle la pregunta con esa absurda especificación, 'de los pies', porque 'heels' también puede significar 'tacones' en inglés.
    Pero Tupra no me hizo caso. No se dio por contento y hube de relatarle hasta la última frase intercambiada en la cena, con Dearlove, con Viva Seabrook, con mi compatriota de la farándula que se sentaba cerca y con cualquiera que hubiera metido mínima baza en la conversación. Detestaba que me solicitara estas reproducciones escrupulosas de diálogos, que me obligara a vivirlos por segunda vez. Me sentía como esos vacuos escritores de diarios que registran sus mezquinas vidas con gran detalle y además las dan luego a la imprenta, para tedio de lectores incautos o muy mezquinos y vacuos a su vez.
    A York no supe por qué me llevó. Paseamos largamente por eí adarve de la muralla larguísima, circundando la ciudad, como si fuéramos dos centinelas o dos príncipes. Quiso que nos llegáramos en coche a Coxwold, un pueblecito vecino en el que se encuentra la casa que hace dos siglos y medio Ríe la del escritor Laurence Sterne, Shandy Hall, así llamada en honor de su novela más importante, Tristram Shandy. Atribuí su empeño a la influencia de Toby Rylands, quien llevaba años trabajando, cuando yo lo traté, en 'el mejor libro que jamás se haya escrito', según me dijo una vez -no tanto con inmodestia cuanto con convicción-, sobre la otra obra principal de Sterne, A Sentimental Journey o Viaje sentimental como si Tupra quisiera rendir de ese modo homenaje a su antiguo maestro de Oxford o del MI6 o de ambos, a lo que no tuve nada que oponer sino todo lo contrario, y además yo no era quién para objetar. Sin embargo, nada más llegar buscó al encargado de la casa-museo, un hombre más joven que él y que yo y al que me presentó inverosímilmente como Mr Wildgust ('Ráfaga Salvaje' en su literalidad), con el que se encerró a hablar en un despacho mientras me instaba a recorrer por mi cuenta el lugar. En cada habitación de aquella grata y apacible casa de dos plantas había un anciano o una anciana -voluntarios, jubilados sin duda- que, lo quisiera uno o no, daban al visitante extensas explicaciones sobre la vida y costumbres de su dueño dieciochesco y sobre las rehabilitaciones llevadas a cabo en la mansión, tanto en tiempos de un tal Mr Monkman, venerado fundador de la Laurence Sterne Trust, como en la actualidad (aporté de buen grado una pequeña cantidad a la causa). En el amplio jardín cometí un acto probablemente penado por la ley: arranqué una pequeñísima planta, que escondí y mantuve húmeda durante el resto del viaje, y que más tarde, en Londres, sin apenas cuidados ni esfuerzo, se me convirtió en otra planta de extraordinarias lustrosidad y pujanza, aunque nunca averigüé su nombre, ni en inglés ni en español (me hizo ilusión llevarme y conservar algo vivo del jardín de la familia Shandy). Tupra no se molestó en visitar la casa, ya la conocía, dijo, y seguramente era verdad. Al cabo de una hora salió con Wildgust, un semijoven de aspecto afable e inocente y alegre, con gafas y pelo rubiáceo algo largo, y regresamos a York, donde tal vez él se encontró con alguien más, pero yo no. No me pidió ninguna interpretación de nadie ni mi opinión de nada, ni siquiera de Sterne, de la inacabable muralla ni de Shandy Hall.
    Costaba creer que un hombre tan práctico como Tupra tuviera otra relación con Coxwold o con Mr Wildgust que la profesional, y a su vez era difícil imaginar por qué iba a ver a éste en persona y de qué podría servirle aquel encargado de vida aparentemente contemplativa -no debía de tener mucho quehacer: cuando llegamos estaba enfrascado en la lectura de una novela, en el puesto de los objetos y las postales, sin cliente alguno-, perdido en una aldea de Yorkshire a la que en su día habían destinado como párroco al no muy vocacional, mundano e irreverente Reverendo Sterne. Tampoco resultaba fácil figurarse cuáles eran sus asuntos con un zapatero berlinés al que fuimos a ver en su diminuta y elegante tienda, llamada Von T (calzado sólo para caballeros, hecho a mano), la vez que viajamos hasta el continente, poco después de estos otros desplazamientos en la isla grande. Claro está que Reresby se probó y compró zapatos, y que el señor Von Truschinsky, de la Bleibtreustrasse, tomó a instancias de Tupra, con unos bonitos y artesanales aparatos de madera que yo no había visto hasta entonces, las medidas exactas y completas de mis dos pies -ancho y largo, altura, empeine y tatuable talón-, en la confianza, dijo con modestia y tacto y en un notable inglés, de que quedara contento y me animara a seguir el ejemplo de mi jefe y le encargara más pares en el futuro, desde Inglaterra o desde España, pues lo cierto es que también yo compré dos pese a los elevados precios, con excelentes resultados, eso sí, y mejora general de mi aspecto a ras de suelo. (Y pensar que una vez había temido que Tupra calzara botos o zuecos o algo peor si lo hay.) Lo raro era que tanto esos pares míos como los que Reresby adquirió eran de sendas marcas inglesas de las que nunca había oído hablar -acaso por exquisitas-, Edward Green, de Northampton, en activo desde 1890, y Grenson, no de dónde, desde 1866. Me pareció extravagante viajar hasta Berlín para hacerse allí con ellos -él eligió un modelo Hythe y otro Elmsley, aquél en 'Chestnut Antique' y éste en ‘Burnt Pine Antique’ yo uno Windermere en 'Black’ y otro Berkeley en 'Tobacco Suede’-, en vez de comprarlos en nuestro país, quiero decir en el de Tupra y en el que vivía yo. Después de la ceremonia de medición, llevada a cabo con parsimonia y delicadeza extremas por el dueño y empleado único, Tupra pasó con Von Truschinsky a la trastienda, y departieron tras la cortina durante unos quince minutos mientras yo me distraía mirando catálogos de zapatos finos, de ahí que ahora sepa tanto sobre los verdaderos nombres de sus colores y que algunos de los que llevo los creó el superlativo John Hlustik, lo cual no me dijo mucho entonces pero me sonó a importante y a checo. El murmullo que me llegó no fue de inglés, tampoco tuve la impresión de que fuese de alemán.
    Como en York, no me hizo traducir a nadie en Berlín ni conocer a nadie más. Me dejó tiempo libre, no me invitó a una cena que tuvo con gente de la ciudad. Durante el vuelo de regreso pensé que al menos me preguntaría por el zapatero, mi por fuerza superficial opinión, y acaso por el señor Wildgust con retraso, aunque yo no hubiera estado presente en la parte sustancial de sus conversaciones con ninguno de los dos. Pero como al cabo de una hora de pasarlo mal en el aire Tupra siguiera hablándome sólo de carreras de caballos y de fútbol (le reventaban las antinaturales riqueza rusa y antipatía lusa de su equipo de toda la vida, el Chelsea), no me resistí a preguntarle yo a él:
    – Por curiosidad, ¿en qué lengua hablabais a solas, Mr Von Truschinsky y tú?
    Me miró con tan bien fingida sorpresa que hasta dudé si era real.
    – En qué íbamos a hablar, en inglés. En lo mismo que contigo, qué sentido tenía cambiar. Además, yo sé poco alemán.
    No era cierto lo del inglés, pero no quise discutir. Así que cambié de tema, o quizá no tanto:
    – Escucha, Bertram. Entiendo que me hicieras acompañarte a Bath y a Edimburgo, espero haberte sido allí de utilidad. Pero no me explico por qué quisiste que fuera contigo a York ni por qué he venido a Berlín. No me has dado tarea, no he visto de qué podía servir. Y no me digas que por llevar compañía, porque te desagrada viajar solo. En York tenías la de Jane, aunque luego casi ni la aprovecháramos. -Jane Treves no había tomado parte en la excursión a Coxwold ni caminó largamente por el adarve medieval. Tan sólo habíamos cenado con ella. Podía ser que Tupra la hubiera visto sin mí. Podía ser, por qué no, que él sí la hubiera aprovechado y ella hubiera dormido en su habitación.
    – Estaba muy ocupada con sus parientes. La incluí en el viaje más que nada para que tuviera ocasión de verlos. Hacía mucho que no los visitaba. Estoy muy contento de su trabajo. No ha parado últimamente.
    – Y en cambio, con todas estas escapadas, a mí me estás obligando a retrasar mi viaje a Madrid. No sé si te das cuenta de que hace siglos que no veo a mis hijos, no los voy a reconocer. Ni a mi padre. Mi padre está muy mayor, sólo tiene un año menos que Peter. A veces tengo miedo de no ir a volver a verlo. -Y aquí sí insistí-: ¿Para qué me has hecho venir? ¿Para comprar zapatos? ¿Para renovarme el calzado?
    Tupra sonrió con sus labios gruesos que ni siquiera se le afinaban apenas al estirarlos.
    – Convenía que te presentara a Clemens von T, es ya un viejo amigo y da un magnífico servicio, se puede confiar en él. Seguro que a partir de ahora calzarás mucho mejor. Podrás tratar directamente con él, además. Para el mes que viene no hay viajes previstos, así que no habrá inconveniente en que te traslades unas semanas a Madrid. Si quieres. Dos o tres.
    Un permiso tan largo. Me desconcertó. Se lo agradecí. Pero no había manera de que contestara a lo que decidía no contestar, eso lo sabía yo bien, ni de que diera explicaciones de lo que no quería o no debía explicar. Abandoné. Supuse que con aquellas frases se refería a otra cosa que a los zapatos, que más adelante me encargaría tratar de algo que no fuera calzado con Clemens von T. Sin embargo lo cierto es que todavía hoy, pasado ya todo el tiempo de la fiebre y el sueño, bien de vuelta ya en Madrid, sigo pidiéndole mis bonitos y duraderos pares a su diminuta tienda de Berlín.

    No mintió Tupra en aquel avión, y organicé mi viaje a Madrid para el mes siguiente, una estancia de quince días, me di cuenta de que con eso tendría bastante y hasta quizá me sobraría, quiero decir que no sabría qué hacer allí con mi tiempo, tras haber visto una vez a todos.
    Es extraño e incongruente el proceso de las nostalgias, o del echar de menos, tanto si es por ausencia como por abandono o por muerte. Uno cree al principio que no puede vivir sin alguien o alejado de alguien, la pena inicial es tan afilada y constante que se siente como un hundimiento sin límite o como una lanza interminable que avanza, porque cada minuto de privación cuenta y pesa, se hace notar y se nos atraganta, y uno sólo espera que pasen las horas del día a sabiendas de que su paso no nos llevará a nada nuevo sino a más espera de más espera. Cada mañana abre uno los ojos -si se ha beneficiado del sueño que no permite olvidar del todo, pero que confunde- con el mismo pensamiento que lo oprimió justo antes de cerrarlos, 'Ella no está y no va a volver', por ejemplo (sea volver a mí o de la muerte), y se dispone no a atravesar la jornada fatigosamente, pues ní siquiera es capaz de mirar tan lejos ni de diferenciarlas, sino los siguientes cinco minutos y luego otros cinco fatigosamente, y así seguirá de cinco en cinco si es que no de uno en uno, enredándose en todos y a lo sumo tratando de distraerse durante dos o tres de su conciencia, o de su parálisis cavilatoria. No será por su voluntad si eso sucede, sino por algún azar bendito: una noticia curiosa en el telediario, el rato de completar o de empezar un crucigrama, la llamada irritante o solícita de quien no soportamos, la botella que se nos cae al suelo y nos obliga a recoger los añicos para no cortarnos cuando por pereza andemos descalzos, la infame serie de televisión a la que le vemos la gracia -o es simplemente que nos acostumbramos a la primera a ella, de golpe- y a la que nos entregamos con inexplicable consuelo hasta los títulos de crédito concluyentes, deseando que se iniciara al instante otro episodio que nos permitiera aferramos a un estúpido hilo de continuidad hallado. Son las rutinas halladas las que nos sostienen, lo que a la vida le sobra, lo tonto inocuo, lo que no entusiasma ni nos pide participación ni esfuerzo, el relleno que despreciamos cuando todo está en orden y nosotros activos y sin tiempo para añorar a nadie, ni siquiera a los que ya se han muerto (aprovechamos esos periodos para sacudírnoslos de nuestras espaldas, de hecho, aunque eso sirva sólo temporalmente, porque los muertos se empeñan en seguir muertos y siempre vuelven más tarde, para hacernos sentir la punzada de su alfiler en el pecho y caer como plomo sobre nuestras almas).
    Pasa entonces ei tiempo, y a partir de un día difuso volvemos a dormir sin sobresaltos y sin recordar en el sueño, y a afeitarnos ya no al azar ni a deshoras sino por la mañana; ninguna botella se rompe ni nos irrita ninguna llamada, prescindimos del culebrón, del crucigrama, de las salvadoras rutinas sobrevenidas que observamos con extrañeza en la despedida porque ya casi ni comprendemos que nos hicieran falta, y hasta de las personas pacientes que nos entretuvieron y nos escucharon durante nuestra temporada de luto, monótona y obsesiva. Alzamos la cabeza y miramos a nuestro alrededor de nuevo, y aunque no haya nada promisorio ni llamativo, ni que sustituya a lo añorado y perdido, empieza a costamos mantener esa añoranza y nos preguntamos si de verdad perdimos. Aparece una pereza retrospectiva respecto al tiempo en que amábamos o nos desvivíamos o nos exaltábamos o nos angustiábamos, uno se siente incapaz de volver a prestar tanta atención a alguien, de tratar de complacerla y de velar su sueño y de ocultarle lo ocultable o lo que le haría daño, y en la asentada ausencia de alerta halla uno un enorme descanso. 'Fui abandonado', piensa, 'por la amante, el amigo o el muerto, tanto da, todos se fueron, el resultado es el mismo, me quedé a lo mío. Acabarán lamentándolo, porque gusta saberse querido y entristece saberse olvidado y yo ahora los voy olvidando, y el que muere, más o menos, también sabe lo que le espera. Yo hice cuanto pude, aguanté a pie firme, y aun así se me apartaron.' Cita uno entonces para sus adentros: 'La memoria es un dedo tembloroso'. Y añade luego de su cosecha: 'Y no siempre atina a señalarnos'. Descubrimos que nuestro dedo ya no atina, o que lo logra cada vez menos, y que quienes nos absorbieron la mente noche y día y noche y día, y estaban fijos en ella como un clavo martillado y hundido, se desprenden poco a poco y comienzan a no importarnos; se tornan borrosos, temblorosos ellos mismos, y hasta se puede dudar de su existencia como si fueran una mancha de sangre ya frotada, lavada y limpiada, o de la que sólo queda el cerco, lo que mas tarda en quitarse, y ese cerco ya va cediendo.
    Pasa entonces más tiempo y llega un día, antes de que desaparezca el rastro, en el que la mera idea de acercarse a ellos nos representa de pronto una carga. Aunque no vivamos contentos y todavía los echemos en falta, aunque aún suframos por su lejanía o su pérdida en alguna ocasión suelta -una noche miramos desde la cama nuestros zapatos solos, dejados al pie de una silla, y nos invade la pesadumbre al acordarnos de los de tacón de ella que solían ponerse a su lado año tras año, subrayando que éramos dos hasta en el sueño, en la ausencia-, resulta que quienes más quisimos, aún queremos, se han convertido en gente de otra época, o perdida por el camino -el nuestro, a cada uno le cuenta el suyo-, en seres casi pretéritos a los que no apetece volver porque ya nos son consabidos, y el hilo de la continuidad se ha roto con ellos. Miramos siempre el pasado con un sentimiento de superioridad soberbio, hacia él y hacia sus contenidos, así sea nuestro presente más bajo o más desdichado o enfermo, y el futuro no nos augure mejoría de ningún tipo. Por brillante y feliz que fuera, lo pasado se nos aparece contaminado de ingenuidad, de ignorancia, en parte de tontería: en ello nunca sabíamos lo que vendría después y ahora sabemos, y en ese sentido sí es inferior, objetiva y efectivamente; por eso lleva consigo siempre un elemento de irremediable tontuna, y nos hace sentir vergüenza por haber permanecido en Babia, por haber creído en su tiempo lo que hoy nos consta que era falso, o quizá no lo era entonces, pero ha dejado también de ser cierto, al no haber resistido o perseverado. El amor que parecía firme, la amistad de la que no dudábamos, el vivo con el que contábamos como vivo eterno porque sin él era inconcebible el mundo o que el mundo fuera aún tal mundo, y no otro sitio. A nuestro muerto más querido no podemos evitar mirarlo un poco de arriba abajo, más al cabo del más tiempo que va haciéndolo más caduco, no sólo con pena sino con lástima, sabedores de que no se ha enterado -oh, fue un iluso- de cuanto sucedió tras su marcha, mientras que nosotros sí estamos al tanto. Asistimos a su entierro y oímos lo que allí se decía, también lo que se murmuraba entre dientes, como si los que hablaban temieran que él aun pudiera escucharlos, y vimos a sus dañadores presumir de íntimos suyos y fingir que lo lloraban. Él no vio ni oyó nada. Murió en el engaño como todo el mundo, sin saber nunca lo bastante, y es eso precisamente lo que nos lleva a compadecerlos a todos y a considerarlos pobres hombres y pobres mujeres, pobres niños adultos, pobres diablos.
    Tampoco saben ya de nosotros los que dejamos atrás o se íueron de nuestro lado, para nosotros han quedado fijos e inamovibles igual que los muertos, y la sola perspectiva de volver a encontrarlos y de tener que contarles y oírles se nos hace muy cuesta arriba, en parte porque nos parece que ni ellos ni nosotros querríamos contar ni oírnos nada. 'Qué pereza', pensamos, 'esa persona no ha asistido a mis días durante demasiado tiempo. Solía saberlo casi todo de mí, o lo principal al menos, y ahora se le ha hecho un hueco que no podría ser colmado, aunque yo le relatara con todo detalle ío habido sin su conocimiento inmediato. Qué pereza tratarse de nuevo, y explicarse, y qué trastorno reconocer al instante las viejas reacciones y los viejos vicios y las viejas zozobras y los viejos tonos, los míos con ella y los suyos conmigo; y hasta los mismos celos mordidos y las mismas pasiones, sólo que acalladas. Ya nunca podré verla como a alguien nuevo, tampoco como a mi ser cotidiano, me resultará gastada a la vez que ajena. Iré a casa a ver a Luisa, y a los niños, y tras estar largo rato con ellos y empezar a reacostumbraríos, me sentaré al lado de ella otro rato mas corto, quizá antes de salir a cenar a un restaurante, mientras esperamos a la canguro que tarda, en el sofá compartido durante tantos años pero ahora como una visita extraña, de confianza y de desconfianza, y no sabremos cómo comportarnos. Habrá pausas y carraspeos, y frases estúpidas e inauditas estando los dos cara a cara, como "Bueno, ¿qué tal te va?" o "Te veo con muy buen aspecto". Y entonces nos daremos cuenta de que no podemos ni estar juntos sin estarlo de veras, y de que además no lo queremos. No habrá entera naturalidad ni artificialidad completa, no se puede ser superficial con quien conocemos profundamente y desde siempre, tampoco hondo con quien nos ha perdido el rastro y escondido el suyo, y tanto ignora. Y al cabo de media hora, tal vez de una, de dos a lo sumo, a los postres, consideraremos que ya está, y lo que será más raro, que con esa vez basta y me sobrarán trece días. Y aunque impensablemente cayéramos el uno en brazos del otro y ella me dijera lo que llevo tanto tiempo deseando oírle, "Ven, ven, estaba tan equivocada antes. Ocupa de nuevo este lugar a mi lado. No he ahuyentado tu fantasma, esta almohada es aún la tuya y no había sabido verte. Ven y abrázame. Ven conmigo. Regresa. Y quédate aquí para siempre"; aunque en vista de eso yo cerrara mi apartamento de Londres y me despidiera de Tupra y de Pérez Nuix, de Mulryan y Rendel y aun de Wheeler, e iniciara la tarea rauda de convertirlos en un largo paréntesis -pero hasta los interminables se cierran y luego puede uno saltárselos-, y regresara a Madrid entonces con ella -y no digo que no lo hiciera si hubiera esa oportunidad, si me la diera-, lo haría sabiendo que lo interrumpido no puede reanudarse, que aquel hueco permanece siempre, quizá agazapado pero constante, y que un antes y un después nunca se sueldan.'

    Así que, pese a mis sinceras ganas de pisar otra vez mi ciudad y ver a los míos, incluso a los que ya no se sintieran míos; de enfrentarme a sus rostros de ayer tras haberme ausentado del hoy y su hoy e ir a encontrarme sin transición ni aviso con los de mañana, no sólo planeé una estancia de dos semanas en lugar de las tres que mi jefe había llegado a ofrecerme, sino que aún aplacé un poco más mi marcha, a la vuelta de Berlín, para interesarme antes por De la Garza.
    Pensé en llaníarlo sin más e inquirir por su salud, pero se me ocurrió que si decía mi nombre tal vez no quisiera ni ponerse, y que si decía uno falso e inventaba un pretexto o consulta ociosa, me resultaría difícil preguntarle luego por su estado físico, de repente y sin venir a cuento, siendo un supuesto desconocido. Decidí, pues, visitarlo por sorpresa, esto es, sin cita previa. Pero como en ningún sitio oficial hoy entra nadie sin especificar a qué viene y demostrar que algo allí se le ha perdido, telefoneé a un conocido de la BBC Radio con el que había compartido tediosos programas sobre terrorismo y turismo al principio de mi vida en Londres, antes de ser reclutado por Tupra o más bien por Wheeler, y que, al igual que yo, había logrado abandonar pronto su aburrido puesto y mejorar su posición sin duda, con un cargo impreciso pero no del todo menor en la Embajada española en la Corte de mi patrón St James, o San Jacobo. Este individuo, untuoso y traicionero, con espíritu de déspota a la vez que de fámulo (con frecuencia van unidos, pese a la oposición de superficie), se llamaba Garralde y carecía enteramente de escrúpulos cuando su medro andaba en juego; siempre estaba dispuesto a mostrarse servil no ya con los poderosos y famosos, sino con quienes él calculaba que podrían serlo un día, aunque fuese poco: lo suficiente, sin embargo, para hacerle un favorcillo futuro o poder él reclamárselo; de la misma manera, era despreciativo con quienes en sus previsiones jamás iban a serle de utilidad alguna, si bien tampoco tenía reparo en volverse encantador con ellos súbitamente y con el mayor cinismo, si descubría al cabo del tiempo que se había equivocado. Tenía una cara ancha, de luna a punto de ser llena; los ojos chicos, la piel muy porosa, como si fuera pulpa, y los dientes algo separados, y éstos le conferían un aspecto salaz que, por lo que yo sabía, se correspondía sólo con su mentalidad ansiosa -era como si segregara jugos sin pausa-, pero no con sus actividades: esa clase de sujeto que requiebra a todo el mundo entre risas -probablemente a mujeres y a hombres, a éstos sólo de manera implícita, cómo decir, e interrogativa, interesándose mucho por ellos-, pero que, llegado el raro caso de por fin ser requerido por alguno de sus requebrados, se escabulle también entre risas, temeroso de sus incumplimientos. Llevaba ua pelo extraño, parecía un gorro de Davy Crockett (sin la cola de castor o de mapache o de lo que fuera, había ya suficientes colgajos con los de De la Garza en esa Embajada; aunque allí no sé los pusiera), y siempre me pregunté si aquel pelo-gorro de trampero no era en realidad un pelucón tan aparatoso y tupido que justamente por eso nadie se atrevía a sospechar que lo fuera. Cada vez que lo veía me entraban ganas de darle un buen tirón, enmascarado de viril cariño o de viril y pesada broma, por ver si me lo quedaba en la mano, y de paso probar su tacto (lucía grimoso pero aterciopelado).
    No me había tomado en consideración al conocernos -un desgraciado de la radío; él siempre se creyó más que eso, aunque también entonces lo fuera-, pero ahora me tenía catalogado como alguien con influencias y algún misterio. Desconocía con exactitud la índole de mi trabajo y a quiénes servía, pero estaba más o menos al tanto de mi frecuentación ocasional de discotecas chic, restaurantes de lujo, hipódromos, cenas con celebridades, Stamford Bridge, y también de tugurios espantosos en los que ningún español se aventuraba (las rachas multitudinarias de Tupra duraban a veces semanas), todo ello en compañía de nativos, la cual no es fácil en Inglaterra para casi ningún extranjero, ni siquiera para los diplomáticos. (Ahora además me vería con los zapatos extraordinarios de Hlustik y Von Truschinsky, Gárralde era muy detallista y papanatas, hasta la repugnancia.) Sentía por mí lo mejor que los conocidos pueden sentir por uno, lo más conveniente: desconcierto e intriga. Eso lo llevaba a fabular sobre mis contactos y poderes, y así se prestaría a cualquier cosa que yo le solicitara. Le pedí sin explicaciones una cita en la Embajada, y una vez ante su mesa le aclaré el asunto de primeras (en voz prudente, compartía espacio con otros tres funcionarios, aun le quedaba por medrar de lo lindo, si pensaba continuar en aquel ámbito).
    – En realidad no he venido a verte a ti, Garralde. Quería concertar una cita contigo para no tener problemas a la entrada. Te voy a visitar sólo tres minutos. Para hablar de nuestras cosas te invitaré a almorzar otro día, te llevaré a un sitio nuevo de miedo, te va a entusiasmar, allí se ve gente, toda recién levantada. Se saltan el desayuno, ya sabes. -Para él el término 'gente' significaba gente importante, la única que le interesaba. Empleaba expresiones horteras como 'la flor y nata’ o aún peor, 'la crème de la crème, 'el cogollito' y 'la jet’; hablaba de 'big names' y de 'primeros espadas', decía que los fines de semana él estaba ‘unplugged' (hablando en español, se entiende). Podría llegar bastante lejos con su combinación de pleitesía y abuso, pero no dejaría de ser nunca un cateto mundano. También exclamaba 'Oro!' cuando algo le parecía estupendo o un hallazgo, se lo había oído a una amiga italiana y lo encontraba originalísimo-. En cuanto acabemos aquí (será cuestión de dos minutos), quiero que me indiques el despacho de un colega tuyo, Rafael de la Garza. Es a él a quien quiero ver, pero sin que me espere.
    – ¿Y por qué no le has pedido a él la cita? -me preguntó el vil Garralde, más por cotillería que por ponerme trabas-. Te la habría dado seguro.
    – No lo creo. Está resentido conmigo, por un par de tonterías. Quiero arreglarlo, ha habido un malentendido. Pero no debe saber que estoy aquí. Me señalas su despacho y ya me presento yo allí solo.
    – Pero, ¿no es mejor que yo te anuncie? Él tiene más jerarquía.
    Era como sí no me hubiera oído. Hábil para sus relaciones, pero en sí mismo lerdo. Me irritó, estuve a punto de abalanzarme sobre su nutrido cabello, resultaba inverosímil que se pareciera tantísimo al legendario gorro de Crockett, rey de la salvaje frontera (aunque se lo vi más apelmazado que otras veces, quizá empezaba a asemejarse a un gorro ruso de invierno). Me contuve una vez más, al fin y al cabo iba a hacerme un pequeño favor que intentaría cobrarme pronto, no era de los que aguardaban.
    – Qué te acabo de decir, Garralde. Si me anuncias no querrá recibirme, y además puedes tú cargártela, ¿no lo entiendes?
    Como era un hombre rastrero, este último argumento agilizó un poco su mente. Por nada del mundo quería enemistarse nunca con un superior, ni contrariarlo, aunque no lo fuera suyo en escala directa. Sentí conmiseración por él un instante: cómo se podía tener por encima a Ratita de la Garza. Nuestro mundo está mal ordenado y es injusto y es corrupto, puesto que permite eso, que haya gente a las órdenes de un tan gran capullo. Era lo más patético concebible. Claro que también era tremendo que alguien pudiera tener por encima a Garralde y hubiera de obedecerle.
    – Está bien, como digas -contestó-. Déjame mirar al menos si está solo. Si tuviera una reunión, te serviría de poco entrar por sorpresa. No podrías deshacer el malentendido, ya me contarás, con testigos.
    – Te acompaño. Así ya me guías y me indicas la puerta. Esperaré fuera, descuida, y antes de entrar te daré tiempo a alejarte. No se enterará de que has tenido que ver con mi visita.
    – ¿Y cuándo quedamos tú y yo para ese almuerzo? -me preguntó antes de ponernos en marcha. Tenía que asegurar su pago, el menor, el inmediato al menos. Ya trataría de sacarme algo mejor más adelante, bien de intereses. Pero yo pensaba pasármelos por el forro, y a lo mejor también el almuerzo. Se cabrearía momentáneamente, pero le aumentarían el respeto por mí y la intriga, al verme tan despreocupado de mis compromisos-. Me encantaría conocer ese sirio que dices.
    – El sábado si te va bien. Luego tengo que irme a Madrid unos días. Te llamo mañana y quedamos. Yo reservo.
    – Oro!
    No soportaba que exclamara eso. La verdad es que de él no soportaba nada. Reservaría su madre, lo llamaría su padre, eso decidí entonces, ya encontraría luego pretextos.
    Me condujo por unos pasillos alfombrados y llevaderamente laberínticos, por lo menos torcimos seis veces. Por fin se detuvo a prudente distancia de una puerta entornada o casi abierta, oímos voces declamatorias, o era una sola, sonaba como si recitara unos versos de ritmo machacón y raro, no resultaba muy audible, o quizá una letanía.
    – ¿Está solo? -le pregunté en un cuchicheo.
    – No estoy seguro. Podría estarlo, aunque hable. Espera, no, ahora me acuerdo: hoy ha venido el Profesor Rico. Tiene una charla magistral esta tarde en el Cervantes. Lo mismo están ensayándola. -Y a continuación consideró necesario ilustrarme-: El Profesor Francisco Rico, nada menos. No sé si lo sabes, pero es una gran eminencia, un primer espada, y muy severo. Al parecer trata a patadas a la gente que le parece idiota o que lo importuna. Es muy temido, muy impertinente, muy cáustico. Ni loco debes interrumpirlos, Deza. Es académico de la Española.
    – Será mejor que el Profesor no te vea, entonces. Esperaré aquí a que terminen. Tú sí lárgate, no te vaya a caer una bronca. Gracias por todo y no te preocupes, ya me apaño.
    Garralde dudó un momento. No se fiaba de mí, con razón. Pero debió de pensar que, pasara lo que pasara o hiciera lo que yo hiciera, más le valía no estar presente. Se alejó por los pasillos, volviéndose cada pocos pasos y repitiéndome sin articular sonido hasta que desapareció de mi vista (se le leían bien los labios):
    – No entres, no se te ocurra interrumpirlos. Es académico.
    Había aprendido de Tupra y de Rendel a moverme sin hacer casi ruido, lo mismo que a abrir puertas cerradas, si no tenían complicaciones, y a atrancarlas, como la del lavabo de los minusválidos. Así que avancé hasta la altura del despacho de De la Garza, pero manteniéndome lo más alejado de él que podía, por la orilla opuesta del pasillo. Desde allí vi la habitación casi entera, en todo caso los vi a los dos, al mameluco y a Rico, la cara de éste la conocía bien de la televisión y los diarios y no era apenas confundible, un hombre calvo que curiosa y audazmente no se comportaba como calvo, con mirada displicente o incluso hastiada a menudo, debía de vivir muy harto de la ignorancia circundante, debía de maldecir sin pausa haber nacido en esta época iletrada por la que sentiría un desprecio enorme; en sus declaraciones a la prensa y en sus escritos (le había leído alguno suelto) daba la impresión de estarse dirigiendo no a unos futuros lectores más cultos, en los que sin duda no confiaba, sino a otros del pasado, bien muertos, como si creyera que en los libros -a ambos lados de los libros: hablan en mitad de la noche como habla el río, con sosiego o desgana, y su rumor también es tranquilo o paciente o lánguido- estar vivo o estar muerto sólo fuera una cuestión azarosa y secundaria. Quizá pensaba, como su compatriota y mío, que 'es el tiempo la única dimensión en que pueden hablarse y comunicarse los vivos y los muertos, la única que tienen en común y los une', y que por eso todo tiempo es indiferente y compartido por fuerza (en él hemos estado y estaremos todos), y que se coincida en él físicamente resulta tan sólo algo accesorio, como que se llegue tarde o pronto a una cita. Le vi su característica boca grande, bien trazada y como esponjosa, recordaba un poco a la de Tupra, pero en menos húmeda y salvaje. La mantenía cerrada, casi apretada, no era de ella de donde provenían los primitivos ritmos, sino de la de Rafita, quien al parecer no sólo se sentía rapero negro de noche y en los locales chic idióticos, sino también hip-hopper blanco a la luz del día y en su mismísimo despacho de la Embajada, aunque ahora vistiera convencionalmente y no llevara chaqueta rígida y grande, ni aro de adivina en la oreja, ni redecilla pseudotaurina ni sombrero ni bandana ni gorro frigio ni nada puesto sobre su cabeza hueca. Terminó su recitado con soniquete y le dijo con satisfacción a Francisco Rico, hombre de gran saber:
    – Qué, ¿qué le ha parecido esto, Profesor?
    El Profesor llevaba gafas grandes, posiblemente gruesas y con cristales sin antirreflejo, pero aun así pude distinguirle una mirada gélida, de estupefacción mohína, como si, más que enfadarse, en verdad no diera crédito a las pretensiones o sometimientos de De la Garza.
    – No me emociona. Ps. Tah. Ni por asomo. -Así lo dijo, 'Ps'. Ni siquiera le salió el 'Pse' más clásico, que quiere decir 'Regular' o 'Ni fu ni fa' (nadie sabe qué significa esto último, pero sin cesar se emplea). 'Ps', sobre todo seguido de 'Tah', era mucho más descorazonador, muy disuasorio.
    – Déjeme que le suelte otro, Profesor. Está mucho más elaborado y tiene más mala hostia, más puña.
    Ya estaba con sus semijergas y sus semigroserías, y a Rafita no lo disuadía nadie. Me sentí más tranquilo al comprobar que no había cambiado apenas desde la última vez que lo había visto, tirado en el suelo y palízado, con un susto de muerte literal en el cuerpo, tembloroso y suplicante en silencio, los ojos desviados y turbios sin ni siquiera atreverse a mirarnos, al castigador y a su acompañante, que era yo, estaba asociado. Lo veía recuperado, la cosa no habría sido muy grave si seguía dispuesto a importunar a cualquiera doquiera. Debía de ser de los que nunca aprendían, un sujeto sin remedio. Claro que no era previsible que el Profesor Rico le sacara una espada ni una daga, ni que lo agarrara de la nuca y le golpeara la frente contra la mesa, varias veces. A lo sumo le soltaría un gran bufido, o lo pondría a caldo con crudeza, en efecto tenía fama de mordaz e hiriente, como había comentado el vil Garralde, y de no guardarse sus opiniones rudas ni sus ofensas, cuando las consideraba justificadas. Estaba indolentemente sentado en una butaca, la cabeza echada hacia atrás como la de un juez desinteresado y escéptico, las piernas cruzadas con garbo, el antebrazo derecho apoyado en el respaldo, en la mano un cigarrillo cuya ceniza dejaba caer al suelo dándole golpecitos tenues con la uña del pulgar al filtro. Era obvio que si alguien no le ponía un cenicero justo debajo, él no iba a molestarse en buscarlo. Despedía el humo por la nariz a veces, algo un poco anticuado hoy en día, por eso todavía elegante. La prohibición de fumar en dependencias oficiales le traía sin duda al fresco. Iba bien vestido y calzado, la camisa y el traje me parecieron de Zegna o de Corneliani o por ahí, pero los zapatos no eran de Hlustik, eso seguro, debían de ser también meridionales. Rafita estaba de pie frente a él, se lo notaba excitado, como si le importara el juicio de Rico, que por lo demás no escuchaba al no ser benévolo por el momento. Cada vez hay más personas así en todo el mundo, que sólo se enteran de lo que les gusta o halaga, y lo que no, como si no lo oyeran directamente. Empezó siendo un fenómeno propio de los políticos y de los artistas mediocres afanosos de éxito, pero se lo han contagiado a las poblaciones enteras. Yo los veía a los dos como desde la fila cinco de un teatro, y si me centraba bien frente a la puerta entreabierta, ambos aparecían en mi campo visual sin cortes.
    – Mira, joven De la Garza -le dijo Rico con insultante paternalismo en el tono-, resulta meridiano que Dios no te ha llamado por este camino de los versos simplones y sin sentido. Estás a leguas del Struwwelpeter, y Edward Lear te da cien vueltas. -El Profesor era pedante a sabiendas, esto es, por gusto, ya que sin duda Rafita no había oído jamás esos nombres, yo conocía por casualidad el de Lear, de mis pedantes años de Oxford, el otro ni me sonaba entonces, después he averiguado algo-. Bien, no creo que debas contravenir sus designios, derr, más que nada por que no pierdas el tiempo. Claro que tampoco te habrá llamado por el de los refinados, a tu alcance no estaría ni 'Una alta ricca rocca…’ y eso que le llevarías seis siglos largos de progreso. -Esta cita o lo que fuera la pronunció con un cuidadoso acento italiano, luego supuse que no era en español sino en italiano, pese a la coincidencia de las palabras; tal vez era de Petrarca, en quien estaba especializado, como en tantos otros autores mundiales y hasta en el Struwwelpeter seguramente, su saber era inmensurable-. Hay cosas, ets, que no pueden ser. Así que no insistas, pf. -Me llamó la atención que, siendo miembro de la Real Academia Española, recurriera a tantas onomatopeyas desacostumbradas en nuestro idioma y en principio indescifrables, aunque a la vez me resultaban todas perfectamente comprensibles y nítidas, quizá poseía un talento especial, era un maestro de la onomatopeya, un inventor, un creador, eso además. 'Derr' designaba prohibición a buen seguro. 'Ets' me pareció una advertencia muy seria. 'Pf' me sonó a caso perdido.
    Pero Rafita pertenecía a su época y no quería enterarse o en verdad no se enteraba, no sé si viene a ser lo mismo en demasiados casos actuales. Así que prosiguió con lo suyo:
    – Ya verá como este le gusta, Profesor, lo va a dejar flaseado. Ahí va. -Entonces lo vi mover manos y brazos ridiculamente como un rapero (no que él fuera ridículo, que lo era, sino que lo son cuantos se dedican a canturrear con gesticulaciones esas monsergas sin gracia ni mérito, el triunfo del recitativo en aleluyas, santo cielo, a estas alturas), daba unos braceos más o menos ondulantes que intentaba hacer pasar por ademanes airados de negro barriobajero, aunque de vez en cuando le salía la cruel vena española y se le quedaban unos dedos como de folklórica en pleno desplante. Era todo patético, en consonancia con sus terribles versillos, una cantilena insoportable que largó flexionando sin parar las piernas al supuesto ritmo de una musiquera imaginaria y rala-: Te convierto en un pelele que me rasca el ukelele -así empezaba, con semejante rima-, soy el pasto de las cobras, se alimentan de mis sobras, te inoculo mi veneno, contra él no tienes freno, no me piques las espuelas si no quieres perder muelas, juu-yu, yu-jú. -Y en seguida, sin apenas tomar aliento, acometió otra estrofa o bloque o lo que fuera-: Que mis balas tienen hambre y están llenas de cochambre, y te buscan el cerebro pa dejártelo bien cerdo, chamusquina entre las cejas, la sesera en las orejas, vomitando por los poros y eres mierda de inodoro, juu-yu, yu-jú.
    – ¡Basta! -El muy notable Profesor Rico lo había mirado de hito en hito, otra cosa que casi nadie sabe ya lo que significa pero que todo el mundo entiende; y supongo que lo había escuchado de igual modo, si ello es posible, lo cual dudo pero al fin ignoro. Había palidecido, en todo caso, al oír estos octosílabos chafarrinosos, como yo mismo, imagino, por allí no había espejos para comprobarlo. Pero a continuación sentí calor en la cara y debí de sonrojarme, por una mezcla de enfurecimiento y de vergüenza ajena: ¿cómo era posible que aquel espectacular majadero entretuviera y molestara al admirable Francisco Rico con tal sandez y patochada? ¿Cómo podía creer que aquello (además, grosero) tuviera valor poético alguno, ni siquiera como falso Limerick, y esperar un veredicto aprobatorio de una de nuestras máximas autoridades literarias, de visita en Londres, gran lumbrera, quizá aún cansado de su viaje, quizá necesitado de tiempo para, dar los últimos retoques a su magistral lección de aquella tarde? Me entró una indignación parecida a la que me invadió al descubrirlo en la pista rápida de la discoteca, latigando con su redecilla insensata a la imprudente Flavia. Entonces me había venido un pensamiento único, breve y simple, y eso que aún desconocía las inminentes consecuencias traumáticas de aquel incidente: 'Es que le daría de tortas y no acabaría'. Me había acordado de ello más tarde, con pesar, con una especie de arrepentimiento vicario (sobre todo mío, pero también en nombre de Tupra vagamente, él no parecía arrepentirse de nada, como era natural al soler obrar con determinación y conciencia; al menos no se lamentaba de lo relacionado con el trabajo), durante y después de la tunda y desde luego antes, cada vez que la lansquenete de Reresby subía y bajaba. ¿Cómo no había escarmentado De la Garza, cómo no se había hecho más discreto? ¿Cómo podía componer ninguna pieza, por incoherente y grotesca que fuera, con elementos de violencia, tras haberla él sufrido a lo bestia, a manos nuestras? ¿Cómo podía mencionar siquiera la palabra 'inodoro', después de haber estado a punto de morir ahogado en el agua azul de uno de ellos? 'Quizá por eso', pensé, me dije en aquel pasillo, todavía inadvertido, invisible, un voyeur y un eaves-dropper. 'Quizá anda obsesionado con lo que le ocurrió, y esta es su única forma (idiota) de resarcirse o de superarlo, creer que él podría ser Reresby (creerlo a su manera pueril y torpe) y meterle a alguien unos balazos, o por lo menos miedo, o envenenarlo, o saltarle las muelas a golpes, o bien hacerle todo eso al propio Tupra, a quien tendrá absoluto pánico y rogará todos los chas no volver a encontrarse, en esta ciudad que: comparten. Fantasear es gratis, lo sabemos desde muy niños; luego seguimos sabiéndolo, pero aprendemos a hacerlo ya poco, cada vez menos con los años, al darnos cuenta de que no nos sirve.' Me dio algo de pena, al instante volvió a darme algo de pena y ésta atemperó mi indignación, no así la del Profesor egregio, claro está, que ni tenía mis pensamientos ni con él deudas pendientes-: ¡Basta! -gritó sin alzar la voz, la sensación de grito la transmitió su tono impostado, semejante al que emplean los camareros de los bares madrileños para vocear pedidos a los de la cocina o la barra, por encima o por debajo del estruendo de los clientes-. ¿Es que no estás en tus cabales o qué ventolera te ha dado, De la Garza? ¿Tú crees que a mí puede interesarme oír esa sarta de necedades -dudó- tam-támicas que me estás largando? Vaya inmundicia. Reg. Menuda tabarra. -Eran palabras antiguas o es que el léxico general de los españoles se ha reducido hoy a tal mínimo que casi todas lo parecen, antiguas: 'ventolera', 'sarta', 'necedades', 'tabarra', también la expresión 'no estar en sus cabales', me gustó ver que yo no era el único en emplearlas, durante un segundo me sentí identificado con Rico, lo cual me resultó lisonjero, inopinadamente o no tanto (es un hombre eximio). Su nueva onomatopeya, 'Reg', me pareció tan transparente y lograda como las anteriores, equivalía a asco, moral y estético.
    El Profesor no se movió, no se levantó, sin duda era capaz de controlar el cuerpo, le bastaba con desatar la lengua, brevemente. Tan sólo arrojó su colilla a un cubículo con lapiceros que le pillaba a mano y se tocó el puente de las gafas, primero con el dedo índice y luego con el corazón, dos veces, como si quisiera asegurarse de que no le habían salido disparadas junto con su irritación. De la Garza se quedó paralizado, con las piernas momentáneamente flexionadas, una postura poco airosa, cercana a la de quedarse en cuclillas. Pero se irguió en seguida. Y como no habría bebido, se pudo sentir alarmado.
    – Ay, perdóneme, Profesor, yo no sé, no entiendo, había leído en algún sitio que le interesaba el hip-hop, que lo veía relacionado con algunas formas poéticas arcaicas, con las coplas de ciegos, los pliegos esos de cordel, los cancioneros, los romanceros, todo eso…
    – Me confundes con Villena -intercaló Rico, refiriéndose a un muy conocido y muy atento poeta español (atento a todos los fenómenos). No lo dijo ofendido, sólo profesoral y aclaratorio.
    – … Que lo veía muy medieval, en suma…
    Y entonces ocurrió. Se interrumpió porque ocurrió entonces. Al mover la cabeza de un lado a otro mientras no entendía y se disculpaba, asustado por la reacción franca de Rico, o ruda de Rico (pero él se la había buscado), me vio y me reconoció en seguida, como si llevara tiempo temiendo encontrarme o a menudo soñara conmigo y yo le aplastara el pecho en sus pesadillas. Al mirar hacia la derecha me vio allí, en línea recta, de pie al otro lado del pasillo como un convidado de piedra, y al instante supo quién era. Y yo vi el efecto inmediato de aquella sorpresa y de aquel reconocimiento. De la Garza se encogió instintivamente, todo él, como si fuera un insecto que al advertir un peligro se estrecha, se contrae, se disminuye, intenta desaparecer y borrarse para que la muerte no lo alcance, para no ser individualizado ni visto y no existir y así negarse ('No, yo no soy lo que ves, yo no estoy, no te equivoques'), porque la única forma segura de evitar la muerte es no ser ya, o quizá aún mejor, nunca haber sido. Pegó los brazos a los costados, pero no como el boxeador que va a defenderse o cubrirse, sino como si repentinamente lo hubiera acometido un gran frío y tiritara. Y encogió también el cuello, de manera parecida a como lo había hecho en el lavabo de los tullidos, cuando ladeó la cara y por primera vez avistó la ráfaga turbia de metal en alto y vio el doble filo de refilón, de reojo, a punto de abatírsele encima: hundió la cabeza entre los hombros como con un espasmo, con el mismo gesto que debieron de hacer sin querer o queriendo todos los guillotinados de doscientos años y los que padecieron el hacha a lo largo de los cien siglos, y hasta las gallinas y pavos desde que al primer hombre aburrido o hambriento se le ocurrió decapitar a uno de ellos. También como entonces, el labio superior se le levantó, casi se lé dobló, fue un rictus, le dejó al descubierto la encía seca y en ella se le enganchó la parte interior del labio al faltar toda saliva. Y en sus ojos vi un pavor irracional, predominante, excluyente, como si mi sola presencia lo hubiera sacado de la realidad y en un segundo hubiera olvidado dónde estaba, en la Embajada española en la Corte de San Jacobo o San Jaime, allí donde trabajaba o pasaba el rato a diario rodeado de vigilancia y de compañeros que lo protegerían, se encentraban a poca distancia; había olvidado que tenía enfrente al prestigioso Profesor enojado, y que allí yo no podría hacerle nada. Lo más desazonante para mí, lo que me dejó desconcertado y quieto, era que yo no quería hacerle nada, sino más bien al contrario, interesarme por su recuperación, por su salud, comprobar que nada había sido irreparable, e incluso, si se terciaba, y pese a lo mal que me caía, decirle que lo lamentaba. Lamentaba no haber hecho más, no haberlo impedido, no haberlo ayudado a huir ni defendido, no haber sido capaz de hacer entrar en razón a Tupra (aunque éste calculaba bien y con él nada era cuestión de precipitación ni de razón perdida). Y hasta me habría gustado convencer al capullo de que dentro de todo había tenido suerte y había salido bien librado, y de que mi colega Reresby, pese a su brutalidad y por increíble que fuera, le había hecho un favor inmenso al adelantarse y evitar así que el sanguinario Manoia (yo lo había visto y no visto actuar en un vídeo, él sí era Sir Cruelty, cerré los ojos, no quise tapármelos, aquello era para vendárselos) tomara a su cargo el castigo. Pero no podía ni debía explicarle nada de eso, menos aún delante de Rico, quien al ver la transformación de Raflta miró con no más que displicente curiosidad hacia mi lado (debía de despreciar todo lo suyo, lo tendría por total memo y desquiciado). Fue una sensación muy desagradable, pero sobre todo inasumible, descubrir que yo provocaba espanto. Era por asociación, por asimilación sin duda, al fin y al cabo yo no lo había tocado, quizá De la Garza temió ver aparecer también a continuación a Tupra, a mi espalda, como si para él hubiéramos de ir ya siempre juntos. Pero yo venía solo y sin que lo supiera mi jefe, mi visita no le habría hecho gracia. 'Que no te llame a ti a pedirte cuentas, que te deje en paz, que te olvide', me había instado a decirle de parte suya, a traducirle al caído, antes de abandonarlo y rozarle al salir la cara con el faldón de su abrigo armado. 'Que se haga a la idea de que no hay de qué pedirlas, no existen razones para denuncias ni para protestas. Que no lo cuente, que se calle. Ni como aventura. Y que lo recuerde.' Y Raflta había cumplido las instrucciones al pie de la letra, se había inventado una patraña para justificar su maltrecho estado ante los suyos. Y claro que Jo habría recordado, es más, no habría hecho otra cosa desde entonces, convertido en un manojo de nervios día y noche, en la vigilia y en el sueño, noche y día, por mucho que se atreviera luego a cantarle un rap a Rico y a otras inimaginables marnelucadas. Al verme allí en el pasillo, tan cerca, quizá acechante desde su perspectiva, hubo de pensar con pánico que era yo quien no lo dejaba en paz ni lo olvidaba. 'Podía haberse quedado sin cabeza, ha estado a punto', había añadido Reresby. 'Y como no la ha perdido, dile que está aún a tiempo, otro día, cualquiera de estos, sabemos dónde encontrarlo. Que no olvide eso, dile que la espada estará ahí siempre,' Esta última frase yo la había omitido, no la había traducido, me había negado a endosármela, pero sí el resto. A De la Garza se le habría quedado grabado todo, pese a su menguada conciencia tras el susto del acero agudo y la paliza contra las romas barras: 'Sabemos dónde encontrarte'. Nada era más cierto, y ahora yo ya lo había encontrado y era su terror, su amenaza.
    'Me tiene un miedo invencible', pensé fugazmente. 'Cómo puede ser, no creo habérselo dado a casi nadie antes, y ahora este hombre se ha quedado inmóvil y disminuido del pavor que siente al verme, pese a estar aquí en su despacho inviolable, en la Embajada, junto a un miembro de la Real Academia, objetivamente a salvo, no tendría más que gritar para que acudieran raudos otros diplomáticos y algún vigilante o guardia. Y sin embargo él intuye que llegarían tarde si yo tuviera una pistola o una espada o una navaja y las usara contra él al instante, sin importarme mi suerte ni mediar una palabra, eso es lo que él sabe intuitivamente, o quizá tiene demasiado vivo el recuerdo de que cuando vislumbró el doble filo nada había ya que hacer para salvarse: la muerte llega en un segundo, uno está vivo y sin darse cuenta está muerto, así sucede a veces y desde luego todo el tiempo en las guerras y en sus bombardeos desde el altísimo aire, esa práctica extendida e ilegítima siempre, consuetudinaria y aceptada pero deshonrosa siempre, mucho más que la ballesta en tiempos de aquel Ricardo Yea and Nay o Sí y No, de aquel Coeur de Lion voluble con el que acabó una saeta de deshonrosa ballesta al final del siglo XII: uno oye el estampido y ya no oye más ni ve nada, y no será uno, sino tal vez otro que después aún siga vivo, el que oirá el silbido de la bala que se incrustó en nuestra frente. Sí, este hombre está dispuesto ahora mismo a hacer lo que yo le mande, su temor a mí -o es a Tupra, pero yo soy ya su representante o su secuaz o símbolo- no solamente lo ha vivido en la realidad durante unos minutos que se le harían eternos, como a mí rnismo, sino que además lo ha anticipado muchas veces, dormido y despierto: quizá nos haya visto aproximarnos como dos sicarios con paso firme para despedazarlo, y hayamos protagonizado sus pesadillas de persecución y alcance y más persecución y alcance, y hayamos sido repetitivo plomo sobre su alma desde entonces.' Porque 'hasta los sueños saben eso, que a uno suele alcanzárselo, y lo saben desde la Iliada como me había dicho Tupra aquella noche, algo más tarde, los dos quietos en su coche frente a la puerta de mi casa, en la que él creía que me esperaba alguien y nadie había, sólo las luces encendidas y tal vez el bailarín enfrente.
    Entonces di tres zancadas rápidas y hablé. Me asomé al despacho y dije con desenfado, casi con jovialidad:
    – ¿Qué, cómo andas, Rafita? Se te ve ya muy recuperado. -Y añadí en seguida, para que viera que iba a guardar las formas y que mi intención no era violenta ni pendenciera-: Siento interrumpir. ¿No me presentas? -Y me fui derecho al Profesor Rico, quien no hizo el menor ademán de levantarse, se limitó a estirar mucho el brazo hacia arriba como las antiguas damas y acercarme así la mano lo más posible sin moverse, era distinguida su mano y su puño de la camisa muy fino, por lo menos de Cupri o de Sensatini, grandes marcas, se la estreché con afabilidad (la mano). Y como De la Garza no reaccionara ni pronunciara aún palabra (tan sólo me miraba aterrado: me tenía tanto miedo que no pondría trabas a mi aproximación a Rico, de hecho no me impediría nada, comprendí que podía hacer lo que quisiera), avancé mi nombre-: Jacques Deza, Jacobo Deza. Usted es Don Francisco Rico, ¿verdad? El famoso erudito Rico.
    Lo complació saberse reconocido y se dignó contestarme, seguramente sólo por eso, pues su actitud general no denotó interés real ninguno (fuera yo quien fuese, al fin y al cabo, estaba estigmatizado por venir del agregado rapero).
    – Deza, Deza… ¿No es usted amigo, o conocido, o discípulo… ea, bué, lo que sea… de Sir Peter Wheeler? Me suena. -Los dos eran grandes figuras y estudiosos, sabía que se conocían y apreciaban.
    – Sí, soy buen amigo suyo, Profesor.
    – Me sonaba. Asociaba el nombre. Alguna vez me lo habrá mencionado. Por qué, ni idea. Me sonaba -dijo satisfecho de su buena memoria.
    De la Garza no atendía a este intercambio hueco. Se había alejado de donde yo estaba, se había colocado detrás de su mesa, de pie, como para protegerse con ella y poder correr si hacía falta.
    – ¿Qué coño quieres? -me dijo de pronto. Pero a pesar del taco, su tono no fue hostil ni destemplado, más bien implorante, como si lo único que le importara fuera perderme de vista como por ensalmo (que le desapareciera la mala visión, el mal sueño) y deseara con todas sus fuerzas que yo le contestara: 'Ya me voy. Nada. No he venido'.
    – Nada, Rafita, sólo quería cerciorarme de que ya estabas bien de tu percance, de que no te había dejado secuelas. Pasaba por aquí cerca y se me ha ocurrido entrar a preguntarte, me tenías preocupado. Es una visita amistosa, en seguida me iré, no te impacientes. ¿Estás bien? ¿Ya del todo? Sentí mucho lo que te pasó, te lo aseguro.
    – ¿Qué fue eso? ¿Qué percance? -intervino Rico con escepticismo-. Cualquier cosa que te pasara fue poca, visto lo visto y oído lo oído -añadió como para sus adentros, pero se le oyó perfectamente.
    Rafita, sin embargo, no hizo caso al comentario crudo, había puesto en un segundo plano al Profesor y su enfado, estaba demasiado ocupado conmigo, alerta, tenso, como si temiera que en cualquier instante le saltara como un tigre al cuello. Para mí fue una sensación rara, al principio divertida en parte, me sabía incapaz de hacerle daño y no tenía voluntad de hacérselo. Yo lo sabía pero él no, y el saber no es transmisible, en contra de lo que los docentes creen; sólo puede persuadirse. Me hacía un poco de gracia el abismo entre su percepción y mi conocimiento, y a la vez me angustiaba verme sentido así, como un peligro, como alguien amenazante y violento. De la Garza estaba casi fuera de sí, estaba en ascuas.
    – De verdad que sólo quiero saber cómo estás, créeme -intenté calmarlo, convencerlo-. Te pusiste muy pesado, metiste la pata hasta el fondo, mucho más de lo que te imaginas, pero esa reacción de mi jefe no me la esperaba, lo siento. Me pilló por sorpresa y me pareció desproporcionada. Desconocía sus planes, no pude hacer por evitarla.
    – ¿Qué jefe, Sir Peter? No me entero de nada, de qué estáis hablando, élgar. Si tuvo una mala reacción con él no me extraña, no tiene edad para imbecilidades. -Rico volvió a la carga, no tanto porque le interesara el asunto cuanto porque se aburría. Pareqía de esos hombres que no soportan tener la cabeza inactiva, y si uno no entiende lo inmediato ajeno, se encuentra con ella nada más que esperando, algo inaguantable para los que sin cesar conciben. 'Élgar' denotaba exigencia.
    – Vete, vete de aquí, vete ya -me dijo el mameluco con infantilismo. No me escuchaba, no atendía a razones, probablemente ni me oía. Había perdido los nervios del todo y lo había hecho en un muy breve lapso, lo cual me reafirmó en mi idea de que habríamos paseado por sus pesadillas largamente, Tupra y yo, a buen seguro allí inseparables-. Por favor, márchate, te lo ruego, déjame, qué más queréis, joder, no he dicho nada, no le he contado la verdad a nadie, ya basta.
    Rico encendió otro cigarrillo, se había dado cuenta de que el oscuro conflicto era entre De la Garza y yo exclusiva y quizá patológicamente, y de que no iba a sacar nada en limpio. Hizo un gesto de desentenderse, de abandonar sus tentativas sin pena, y murmuró otra de sus onomatopeyas variadas:
    – Esh -dijo. Me sonó exactamente como 'Allá este par de idiotas, voy a meditar mis cosas, no puedo perder más el tiempo'.
    Vi a Rafita desencajado, con los puños apretados aún pegados al cuerpo (no como arma sino como escudo), la mirada turbia, la respiración muy agitada, le había entrado una tos intermitente pero incontenible en cada acceso, presa de un pánico que revivía y que quizá llevaba también meses temiendo. Aún le duraría esa nebulosa de perpetuo miedo, se lo fiaba largo. Muy mal lo habría pasado aquella noche, el peligro real de muerte se percibe siempre y en él se cree inmediatamente, aunque al final se quede sólo en susto de muerte. Era inútil insistirle. Me pregunté qué le habría ocurrido si hubiera sido Reresby, y no yo, quien se le hubiera aparecido imprevistamente a la puerta de su despacho. Habría perdido el conocimiento, le habría dado un ictus, un doble infarto. Yo había ido allí en favor suyo (en la medida en que eso era posible), no tenía sentido que él siguiera padeciendo por mi presencia. Podía irme tranquilo, por otra parte. Lo veía bien físicamente. Quién sabía si le quedaba algún dolor, o desperfectos, pero estaba recuperado en conjunto. Otra cosa era su inseguridad presente y también futura, lo acompañaría durante mucho tiempo. Ahora estaría mal instalado en el mundo, con un suplemento de miedo y uña permanente sensación de zozobra. Aunque eso no le impidiera seguir diciendo sandeces, habría acabado con su ufanía de fondo, con la más profunda.
    – Ya me voy, no te alteres. Veo que estás bien, aunque no lo parezcas en este momento. Supongo que soy yo. Mientras canturreabas tus pareados se te veía en forma. Ya nos veremos. -Advertí que con esta última frase inocente lo había aterrorizado aún más. Sin duda desde su punto de vista equivalía a una amenaza. Pero no me importó, no lo saqué de su error, no lo habría conseguido, y a la postre me daba lo mismo. Había tenido un poco de debilidad y con mi visita ya había pagado el tributo-. Adiós, Profesor. Un honor conocerlo. Lamento que haya sido un encuentro tan breve y anómalo.
    – Todo es anómalo con el joven De la Garza -dijo con desdén, restando trascendencia al episodio, habría asistido a otros peores; y se puso en pie, no pafa estrecharme la mano sino para marcharse. Se le había pasado el enfado, nada de aquello iba con él, su mente vagaba por mejores terrenos-. Espere, yo también me largo. Te veré esta tarde, Rafita. No tendré la fortuna de que faltes a mi conferencia.
    Allí lo dejamos, a De la Garza, protegiéndose todavía detrás de su mesa, sin atreverse a sentarse. No se despidió, no debía de ser adn capaz de articular palabras civilizadas. Y mientras los dos recorríamos el laberinto llevadero, el Profesor y yo, camino de la salida, no pude por menos de esbozar una disculpa:
    – Ya ve, tuvimos un incidente y no se le ha pasado.
    – No -contestó-. Ya puede usted sentirse satisfecho: lo tenía cagado, menudo canguelo. Suerte la suya, de mantenérselo así alejado. Es pegajoso. Yo tengo algo de amistad con su padre, por eso he de tolerarlo. De tarde en tarde, menos mal, sólo cuando vengo a Londres a una de estas latas oficiales.
    Cuando salí a la calle y nos separamos (no fue antes, extrañamente), noté que aquel miedo de Rafita también me había halagado. Imponer respeto, infundir temor, verse a uno mismo como peligro, tenía su lado grato. Lo hacía a uno sentirse más confiado, más optimista, más fuerte. Lo hacía sentirse importante y -cómo decirlo- dueño. Pero antes de coger el taxi también me dio tiempo a que aquella inesperada vanidad me repugnara. No es que esto último ahuyentara el engreimiento, sino que convivió con él. Las dos cosas estaban mezcladas, hasta que se disiparon, y más tarde se me olvidaron.

    Cuando uno lleva tiempo sin volver a un sitio bien conocido, aunque sea la ciudad en la que nació y a la que está más acostumbrado, en la que ha vivido más largamente y en la que aún están sus hijos y su padre y hermanos y hasta el amor que tuvo firme durante muchos años (aunque ese lugar sea para él como el aire), llega un momento en que se íe difumina y el recuerdo se le enturbia, como si la memoria se le viera aquejada, de miopía y -cómo decirlo- de cinematografía: las diferentes épocas se le yuxtaponen y empieza a no saber del todo qué lugar dejó o de cuál salió la vez ultima, si del de su infancia o del de su juventud o del de su edad viril o ya madura, en la que el entorno pierde peso y a uno le cuesta admitir que en realidad le vale un rincón propio en casi cualquier parte del mundo.
    Así había llegado a ver Madrid durante mi ya prolongada ausencia: difuminada y turbia, acumulativa, oscilante, un escenario que me atañía poco pese a tener en él tanto invertido -tanto pasado, también tanto presente a distancia, y que sobre todo podía pasarse sin mí con indiferencia (al fin y al cabo me había dado de baja, me había expulsado de su representación modesta). Cierto que cualquier sitio puede pasarse sin uno, en ninguno es imprescindible, ni siquiera para las pocas personas que afirman echarlo en falta o aun morirse sin su presencia, porque todo el mundo busca sustitutos y los encuentra más pronto o más tarde, o acaba por conformarse y en la conformidad se vive cómodo y ya no se quiere introducir ningún cambio, ni siquiera para que lo perdido vuelva, o lo muy llorado, ni para recuperarnos… Quién sabe quién nos sustituye, sólo sabemos que se nos sustituye siempre, en todas las ocasiones y en todas las circunstancias y en cualquier desempeño, sin que importen el vacío o la huella que creyéramos haber dejado o dejáramos en efecto, hayamos desaparecido o muerto como hayamos desaparecido o muerto, malogrados o ya cumplidos, violenta o apaciblemente: en el amor, la amistad, en el empleo y en la influencia, en las maquinaciones y en el miedo, en la dominación y hasta en la propia añoranza, en el odio que también acaba por cansarse de nosotros y en el atan de venganza, que se nubla y cambia de objetivo porque se entretiene y espera o it delays and lingers, como me dijo Tupra que no hiciera; en las casas en que habitamos, en los cuartos en que crecimos y en las ciudades que nos consienten, en los pasillos por los que corrimos de niños alocadamente y en las ventanas a las qué nos asomamos de jóvenes soñadoramente, en los teléfonos que nos persuaden o nos escuchan pacientes con la risa al oído o con un murmullo de asentimiento, en el juego y en el negocio, en las tiendas y en los despachos, ante nuestros mostradores y ante nuestras mesas y en la partida de ajedrez y en la de cartas, en el paisaje infantil que creíamos sólo nuestro y en las agotadas calles de tanto ver marchitarse, una generación tras otra y todas tristes a su término; en los restaurantes y en los paseos y en los amenos parques y campos, en los balcones y en los miradores desde los que vimos pasar tantas lunas aburridas de nuestro espectáculo, y en nuestras butacas y sillones y en nuestras sábanas, hasta que no queda olor en ellas ni ningún vestigio y se rasgan para hacer tiras o paños, y en nuestros besos se nos sustituye y se cierran al besar los ojos para mejor olvidarnos (si la almohada es aún la misma, o para que no nos entrometamos en una traicionera ráfaga de la visión mental incontrolable); en los recuerdos y en los pensamientos y en las ensoñaciones y en todas partes, y así sólo somos todos como nieve sobre los hombros, resbaladiza y mansa, y la nieve siempre para…
    Hacía tiempo que yo había parado en Madrid, también me había evaporado o fundido, de mí no quedaba ni rastro o eso era lo más probable, o tal vez solamente el cerco, lo que más tarda en quitarse, y también el nombre, del que no me había desprendido, no había llegado aún a eso extraño. No en la casa de mi padre, claro está, allí no había cesado, pero yo no me refería a esa, sino a la que fue la mía. Y ahora quizá sabría quién me había sustituido en mi sitio, aunque fuera alguien provisional y que en modo alguno iba a quedarse, el definitivo se hace esperar o aguarda paciente su turno, el que nos sustituye de veras siempre tarda, deja que pasen otros y se quemen en la pira que encendió Luisa para nosotros un día y que luego sigue ardiendo y consumiendo a quienes se acercan, sin extinguirse automáticamente después dé nuestro calcinamiento. Por aquel que estuviera hoy a su lado no debía aun preocuparme, o sólo lo justo, levemente, por el mero hecho de que estuviera a su lado, y al de mis hijos.
    Había tomado la decisión de no avisarlos de antemano, desde Londres, sino sólo una vez que estuviera instalado, y que a mi llamada pudiera seguirla una inmediata visita semisorpresa. Pensaba asegurarme de que estaban en casa -conocía los horarios, pero siempre puede haber excepciones o emergencias- y entonces aparecer a los pocos minutos, con grandes risas y con mis regalos. Ver la algarabía de los niños, y de reojo la mirada divertida de Luisa, quizá nostálgica momentáneamente, eso ya me habría supuesto un simulacro de triunfo y una corta mecha de esperanza ilusa, acaso la suficiente para sostenerme durante aquella estancia artificial de dos semanas, nada más aterrizar ya la vi larga.
    Me alojé en un hotel y no en casa de mi padre, sabía por mis hermanos -más que por él, que se callaba lo malo- que su salud había empeorado mucho en los últimos dos meses, tras descubrirle los médicos tres pasados 'infartitos’ -así los llamaron extraoficialmente- de los que él ni se había enterado, no sabía decir en absoluto en qué momentos los había sufrido; y aunque mis hermanos, mi hermana, algunas nietas y mis cuñadas pasaban con frecuencia a verlo, no había quedado más remedio que meterle allí a una cuidadora, una señora colombiana bastante dulce que dormía en el cuarto que yo podría haber ocupado, y que descargaba además de tareas a la criada de siempre, ya entrada en años; Así que no quise alterar con mi presencia la nueva organización establecida. Podía costearme sin problemas hasta el Palace, con mis actuales ganancias, y en él me reservé una habitación amplia. Me resultaba más fácil estar allí que en cualquier casa ajena, incluidas la de mi padre y las de mis mejores amigos o amigas, las mujeres más hospitalarias: en ellas no sólo me habría sentido intruso sino exiliado de la mía, mientras que en un hotel podía fingirme extranjero del todo y visitante, ya que no turista, y no tener tanta sensación ingrata de repudiado y recogido.
    Hablé por teléfono con mi padre, como siempre una conversación breve, aunque ahora él no tuviera el pretexto de que lo llamaba desde Inglaterra y supusiera eso muy caro (pertenecía a una generación ahorrativa que utilizaba ese aparato sólo para dar o recibir recados, si bien Wheeler no era así, quizá fuera una generación de España), quedé en ir a verlo al día siguiente. Le noté la voz normal, no distinta de las ocasiones últimas desde Londres, lo telefoneaba cada semana o aun con menos intervalo; algo cansada, no más de eso, y no le gustaba sostener el brazo en alto. Lo raro fue, sin embargo, que me hablara sin la menor alharaca ni tono celebratorio alguno, como si nos hubiéramos visto un par de días antes, si no la víspera. Era como si no tuviera de pronto mucho sentido del tiempo, o del transcurso, y lo que le era conocido o muy próximo lo tuviera presente siempre, tanto como para no echarlo de menos, quiero decir palpablemente, o no darse cuenta de que en realidad faltaba. Yo era yo, uno de sus hijos, y por lo tanto alguien invariable, estaba lo suficientemente asentado en su mente como para no reparar de veras en mi ausencia física ni en mi distancia ni en el es-paciamiento anómalo de mis visitas o más bien en su inexistencia. El no salía ya apenas. 'He venido de Londres, papá', le dije, 'estaré por aquí unos quince días.' ‘Ya. ¿Y qué te cuentas?', me preguntó sin énfasis. 'No demasiado. Pero ya hablaremos, iré a verte mañana. Hoy quiero ir a ver a los niños, casi no voy a reconocerlos.' 'Estuvieron aquí hace unos días, con su madre. Ella no viene mucho, pero sí cuando puede. Y llama.' Luisa no era tan fija y estable como yo, por eso se percataba de sus venidas o no venidas, hasta cierto punto aún le era nueva. 'Estará muy agobiada', contesté como si todavía fuera algo mío y debiera disculparla. Sabía que no hacía falta, ella le tenía mucho afecto a mi padre y además el suyo se le había muerto unos años antes, había sustituido en lo posible con él a esa figura perdida. Si no iba a verlo con más frecuencia sería porque en verdad no podía. '¿Estaba guapa?', le pregunté estúpidamente. 'Es guapa, Luisa. No sé por qué me preguntas, tú la verás más que yo.' Él sabía de nuestra separación, no se le había ocultado, como se hace a veces con los viejos con las noticias que les disgustan. 'Ahora vivo en Inglaterra, papá', le recordé, y hace tiempo que no la veo'. Se quedó callado un momento y contestó: 'Ya sé que vives en Inglaterra. Bueno, hijo, si eso quieres. Espero que esa estancia en Oxford te esté siendo fructífera'. No es que ignorara que ahora estaba en Londres, pero a ratos se le mezclaban los tiempos, lo cual no tiene en realidad nada de extraño, son un continuum y se está siempre en él, de todas formas, hasta que deja de estarse aparentemente.
    Tenía que llamar a Luisa antes de presentarme en su casa, no sólo para cerciorarme de que los niños iban a estar, sino por respeto a ella. Aún guardaba las llaves del piso y quizá no se habían cambiado las cerraduras; a lo mejor podía entrar sin más y sin avisar a nadie, primero susto y sorpresa luego; pero la posibilidad me parecía abusiva, a ella eso no le habría hecho gracia, y además me arriesgaba a tropezarme con mi sustituto provisional, fuera quien fuese, si se le había concedido ya acceso habitual a la casa. No era probable, pero en la falta de certeza hay que abstenerse: habría resultado violento y a mí me habría hecho aún menos gracia. La sola idea de encontrarme a un tipo desconocido en el sofá, en mi sitio, o preparando algo de cena rápida en la cocina, o viendo la televisión con los niños para hacerse el paternal y el simpático, o corte Guillermo el camarada, me revolvía el estómago. Estaba preparado para el dato, no para la visión directa, que se me representaría más tarde en Londres y no olvidaría en la vida.
    Marqué el número, era media tarde, los niños ya habrían vuelto del colegio. Me contestó ella misma, cuando le dije que estaba en Madrid se quedó muy cortada, tardó en reaccionar, como sí se estuviera haciendo su rauda composición de lugar ante el imprevisto, y luego: cómo no me has avisado, a quién se le ocurre, esto no se hace; quería daros una sorpresa, bueno, sobre todo a los críos, aún quisiera dársela a ellos, no les digas que estoy aquí, déjame aparecer por la puerta sin que sepan nada, ya no saldrán hoy, supongo, ¿puedo ir ahora?
    'Ellos no, pero yo sí', me contestó con precipitación y algo turbada, hasta el punto de que me pregunté -fue involuntario- sí era cierto o si acababa de decidirlo, quiero decir salir de casa, largarse, quitarse de en medio cuando se produjera el encuentro, para ahorrarse verme y no coincidir conmigo.
    '¿Tienes que salir ahora?' Había contado con su presencia, con su mirada benevolente ante la reunión de los cuatro, no tenía el mismo valor si ella no era testigo.
    'Sí, dentro de un rato, estoy esperando a la canguro', dijo. 'Casi déjame que la llame en seguida, antes de que se ponga en camino, para advertirle de tu venida. Ella no te conoce, podría no querer dejarte entrar si no está enterada, le tengo ordenado no abrir a desconocidos bajo ningún concepto, y para ella lo serías, lo siento. Cuelga para que la avise y te llamo luego. ¿Dónde estás?'
    Le di los números del hotel y de la habitación. Era como si tuviera una prisa excesiva, y hoy todas las canguros podrán ser localizadas en cualquier momento aunque no estén en casa, ninguna carecerá de móvil. Se me pasó por la cabeza que quizá iba a llamarla por vez primera, para que viniera volando ante la situación creada, de ahí la urgencia, y así le diera tiempo a llegar -y a ella a irse- antes de que yo me presentara. Si su salida era improvisada, no iba a dejar a los niños solos ni siquiera un rato, esperándome sin saberlo y si mi llave valía. Tuve la desoladora sensación de que quería evitarme. Pero no podía fiarme, tal vez me había acostumbrado demasiado a interpretar a la gente, a toda, a la del trabajo y a la de fuera, a analizar cada inflexión de voz y cada gesto y a percibir algo oculto tras cada aceleración o demora. Esa no era manera de andar por el mundo, sino la más indicada para las figuraciones.
    Tardó de más en devolver la llamada, me dio tiempo a impacientarme, a recuperar mis sospechas, a desear que me comunicara la cancelación de su cita y así disiparlas. También a pensar que estaba ganando tiempo, quiero decir haciéndolo, dándoselo a la canguro para desplazarse y retrasando así de paso mi puesta en marcha en la misma dirección, hacia nuestra casa que ya no era mía. Aguardé sin moverme, sentado en la cama, así se hace cuando algo es cuestión de un momento a otro, maldita esa expresión que eterniza cada segundo y nos suspende. Había pasado más de un cuarto de hora cuando por fin sonó el teléfono.
    'Hola, soy yo’ dijo Luisa como había dicho la joven Pérez Nuix al llamar a mi puerta en la noche de la lluvia sostenida y fuerte, en Luisa estaba más justificado, al fin y al cabo para mí había sido un 'yo' inequívoco durante muchos años -eso suele darse por descontado, que no hay más 'yo' en los matrimonios- y llevaba un buen rato ahora esperándola. También estaba en su derecho de no dudar que iba a reconocerla sin necesidad de más -quién si no, quién sino yo, sino ella-, desde la primera palabra y el primer instante, y podía estar casi segura de ocupar mucho o bastante mis pensamientos, aunque eso no debió de planteárselo en aquel momento, su cabeza se encontraba en otro sitio, o intentaba combinar ese sitio con mi indeseada presencia, no lograba sacudirme la impresión de que para ella era eso, un contratiempo. 'Perdona, la canguro ha estado comunicando hasta ahora mismo. Ya está avisada de que vendrás y de que no debe chafarte la sorpresa, no les dirá nada a los niños. ¿Cuánto tardarás?'
    'No sé, desde aquí unos veinte minutos, calculo, cogeré un taxi.'
    'Entonces haz el favor de no salir hasta dentro de otros quince o veinte, para darle tiempo a ella a instalarse y a poner a los niños en orden. Procura no alterarles demasiado el horario, por favor, o si no mañana estarán muertos de sueño y tienen colegio. A ver si puede ser que estén acostados no más tarde de las once, y eso ya es mucho para sus costumbres. Ya tendrás más ocasiones de verlos, ¿cuántos días te quedas?'
    'Dos semanas', contesté, y volvió a parecerme que eso suponía para ella otro problema imprevisto, si es que no una contrariedad, algo con lo que habría de lidiar, un fastidio.
    '¿Tanto?' No fue capaz de reprimirse, sonó más alarmada que alegre. '¿Y eso?'
    'Ya te dije que tenía que acompañar a mi jefe en un viaje. Al final resultaron ser cuatro, uno tras otro. Así que me ha premiado, supongo, con uno largo para mí solo.' Y añadí: '¿No voy a verte hoy entonces?'.
    'No, no lo creo, volveré cuando los niños ya estén dormidos. La canguro se quedará lo que haga falta, por eso no te preocupes; en cuanto los meta en la cama te puedes ir tranquilamente, no se te ocurra esperarme. Si me hubieras advertido que venías, lo habría arreglado de otra forma. Ya hablaremos, ya quedaremos con calma.'
    La ciudad que un día antes estaba difuminada y turbia se hace nítida al instante en cuanto uno vuelve a pisarla; el tiempo se comprime, desaparece el ayer -o es intermedio-, y es como si no hubiera salido uno nunca. De pronto sabe otra vez qué calles hay que tomar, y en qué orden, para ir de un lugar a otro, los que sean, y también cuánto se tarda. Veinte minutos, había calculado en taxi, desde el Palace hasta mi casa con el tráfico abominable, y esos fueron casi exactos. Y en vez de pensar con ilusión en mis niños, a los que por fin iba a ver tras larga ausencia, no pude evitar cavilar sobre Luisa durante el desencantado trayecto. No es que esperara un gran recibimiento suyo, pero al menos curiosidad, simpatía, las que me había manifestado por teléfono cada vez que había hablado con ella desde Londres, qué había cambiado, qué le había entrado conmigo, por respirar el mismo aire. Tal vez me tuviera esa simpatía y sintiera esa vaga curiosidad por mí sólo a distancia, si me sabía lejano, si yo era una voz al oído sin rostro ni cuerpo ni visión ni alcance; entonces podía permitírselas, pero no aquí, no donde habíamos vivido contentos y juntos y luego nos habíamos hecho algo de daño. Aquí había prescindido, se había desacostumbrado a mí y no sabía bien dónde meterme: yo ya no rondaba hacía tiempo. No había soltado prenda sobre su cita, aquella salida que le había surgido al enterarse de que yo andaba cerca en carne y hueso, estaba medio convencido de ello. No tenía obligación de soltarla, desde luego, ni yo le había preguntado, ni le había insistido en que anulara su compromiso, eso es fácil y gratis y cualquiera lo hace con menores motivos o por simple antojo ('Por favor, por favor, hoy es un día especial, me gustaría tanto veros a todos juntos, seguro que puedes cambiarlo, anda, qué te cuesta intentarlo'); pero lo normal es que todo el mundo dé explicaciones aunque no se le pidan, y se excuse sin necesidad, y cuente su vida inane y se explaye y raje, por el mero placer de usar la lengua, por suministrar información superflua o por evitar vacíos, por provocar celos o envidia o por no levantar sospechas al resultar enigmático. 'El hablar funesto', había dicho Wheeler. 'La maldición de hablar. Hablar y hablar sin parar, para eso a nadie se le acaban las municiones nunca. Esa es la rueda que mueve el mundo, Jacobo, por encima de cualquier otfaxcosa; ese es el motor de la vida, el que nunca se agota ní se para jamás, ese es su verdadero aliento.' Luisa lo había retenido, ese aliento, se había limitado a decirme: 'Ellos no saldrán ya hoy, pero yo sí, dentro de un rato', y ni siquiera había añadido lo mínimo en estos casos, 'Es una cita que no puedo deshacer, de hace semanas', o 'Ya no me da tiempo a avisar', o 'No me es posible aplazarla, porque es con gente de fuera que no estará en Madrid ya mañana'. Tampoco había expresado el educado pesar que le causaba la coincidencia, aunque el pesar fuera falso (pero al dejado de lado eso algo le consuela, o le conforma): 'Qué rabia, qué mala pata, qué lástima, me habría encantado ver a los niños al verte. Si lo hubiera sabido antes. No querrás esperar hasta mañana, ¿verdad? Tanto tiempo'. Había puesto punto en boca, en realidad como si no supiera qué cita tenía ni dónde iba, como si acabara de inventársela más que como si quisiera ocultarla. Esa fue mi sospecha, por deformación profesional acaso, mi deformación inglesa. Tendría donde ir de todas formas, dónde refugiarse unas horas, las que yo pasaría en su casa. No le faltaría ya un novio, un amante, aunque fuese pasajero. Sería cuestión de localizarlo, o a lo mejor ni de eso, si él le había dado ya unas llaves. 'Parece que no quiere verme', pensé en el taxi. 'Pero me va a ver, seguramente. No he venido hasta aquí para aguantar un día más sin mirarla, sin volver a contemplar su rostro.'
    La sorpresa de los niños fue enorme. Marina me miró al principio con fijeza y con desconfianza; luego se acostumbró, más como suelen hacerlo los crios pequeños con los desconocidos -es asunto de minutos, si el adulto tiene algún arte- que como si me recordara con precisión, es decir, con datos. También ayudó que su hermano la instruyera al instante ('Es papá, tonta, ¿no te das cuenta?'). Los regalos contribuyeron a facilitar el encuentro, y la sonrisa aprobatoria, casi beatífica de la canguro, una chica joven con buena mano que acudió a abrirme la puerta: no me atreví a probar mi llave por si estaba caduca, llamé al timbre como cualquier visitante. La niña hizo preguntas absurdas ('¿Y dónde vives?', '¿Tienes perro?', '¿Y llueve siempre?', '¿Hay osos?'), Guillermo se encargó de las que contenían reproche ('¿Por qué no te vemos nunca?', '¿Allí te lo pasas mejor que aquí?', '¿Conoces a niños ingleses?') y también de las aventurero-librescas, veía películas sin parar y ya leía bastante ('¿Has visitado la escuela de Harry Potter?', '¿Y la casa de Sherlock Holmes?', '¿No te da miedo salir de noche, con la niebla y los destripadores, o ya no hay destripadores en Londres?', '¿Es verdad que las figuras del Museo de Cera no se distinguen de las reales si se ponen juntas?'). (No había estado en aquella escuela, pero sí en el 221B de Baker Street, de hecho vivía muy cerca y me pasaba por allí a menudo; y en York había descubierto la oscura y descuidada tumba de Dick Turpin, el bandolero de la casaca roja y el antifaz y el sombrero de tres picos y las botas altas hasta los muslos, con él estaba enterrado su fiel caballo Black Bess, que en realidad era una yegua, y había visto el lugar donde lo habían ahorcado, en Tyburn, en las afueras, vestido elegantemente. Una noche me había seguido un perro blanco, tis tis tis, a lo largo de calles y plazas y parques hasta mi casa, él solo bajo la lluvia intensa, para los niños era mucho más misterioso si omitía a su dueña; lo dejé secarse y dormir en casa, y sí, me lo habría quedado, pero se fue a la mañana siguiente, cuando lo saqué de paseo, y ya no he vuelto a verlo nunca, quizá no le gustó mi comida para personas, para perros no tenía. Otra noche había visto a un hombre sacar una espada en una discoteca, de dos filos, la sacó del abrigo y amenazó a la gente, que se apartó aterrada; cortó unas cuantas cosas con gran habilidad y dominio, una mesa, un par de sillas, unas cortinas, hizo añicos unas cuantas botellas y a dos mujeres les rajó la falda sin causarles el más mínimo daño, medía muy bien, era un artista; luego envainó la espada en su abrigo largo, se lo puso -eso lo obligaba a caminar muy rígido, como un espectro- y se marchó tan tranquilo, sin que nadie se atreviera a pararlo; tampoco yo, cómo se os ocurre, estáis locos, me habría hecho trizas en un instante, era muy rápido con su arma (era como un rayo sin trueno que despedaza callando). Estuve a punto de decirles que una tercera noche la había pasado en la casa de Wendy, la novia de Peter Pan, pero me abstuve: la niña era lo bastante pequeña para creérselo, el niño no, pero sobre todo no quería rememorar los vídeos que allí se me habían mostrado, de hecho no quería recordarlos nunca y los recordaba constantemente ('El viento mueve la mar y los barcos se retiran, con los remos presurosos y las velas extendidas. Entre el ruido de las olas sonó la fusilería… ¡Malhaya el corazón noble que de los malos se fía!… Sobre los barcos lloraba toda la marinería, y las más bellas mujeres, enlutadas y afligidas, lo van llorando también por el limonar arriba.' El romance de Torrijos se me quedó para siempre asociado a aquella tanda de escenas siniestras). Y me di cuenca -lo había olvidado, hacía tanto que no charlaba con Guillermo y Marina- de que casi todo lo que le pasa a uno, sin apenas cambios, puede convertirse fácilmente en una historia para niños. Historias intrigantes o tenebrosas, de las que los protegen y los preparan, y les dan recursos.)
    Una vez que se acostaron, tuve por primera vez la certeza, en muchos meses, de que estaban sanos y salvos; el tiempo volvió a comprimirse o se aplastó más todavía, y durante unos segundos tuve la sensación de no haberme movido jamás de su lado y de no haber conocido nunca a Tupra ni a Pérez Nuix, a Mulryan ni a Rendel; cuando al poco entré de puntillas en sus respectivos cuartos, para apagar las luces y comprobarlo, al niño se le había deslizado sin sobresalto hasta el suelo el Tintín que habría estado repasando ya casi dormido, y la niña se abrazaba a un osito destinado una noche más a asfixiarse bajo el diminuto abrazo de sus sueños simples. Poco o nada había cambiado en mi ausencia. Sólo Luisa, que no estaba allí, y aunque yo sí estaba seguía sin verla. En su lugar una canguro discreta, se había hecho a un lado, no había interferido en el encuentro, se había limitado a ayudar con los crios cuando ya les había tocado cenar e irse a la cama. Dijo llamarse Mercedes, pese a ser polaca: quizá un nombre adoptado, para españolizarse antes. Hablaba bien nuestra lengua, la había aprendido en sus tres años de estancia, antes ni idea, dijo, tenía novio madrileño, pensaba casarse y quedarse (le vi colgada una crucecita al cuello), todo eso me contó mientras yo remoloneaba. 'No se te ocurra esperarme', me había advertido Luisa, me había sonado un poco a advertencia. Estaba en su derecho de no quererme allí mientras ella no estaba, podría haberme dedicado a chafardear, a detectar variaciones ya curiosear su correo, a abrir sus armarios y oler sü ropa, a entrar en su cuarto de baño y oler su champú y su colonia, a mirar si me conservaba en foto en su alcoba (sería improbable), en el salón permanecían unas pocas familiares en las que yo estaba presente, de los cuatro juntos, procuraría que los niños no me olvidaran del todo, el rostro al menos.
    – ¿Vienes con frecuencia? -le pregunté a Mercedes-. Parece que los niños te conocen bien, y te hacen caso. -No fue una pregunta falta de intención enteramente.
    – Sí, algunas veces. No demasiadas. Luisa no sale mucho de noche. Más, últimamente. Más por las tardes. -Y entonces la delató, sin querer a buen seguro, pero sin dilación ni espera. Basta con que la gente hable para que cuente de más en seguida, aunque no cuente nada; la gente proporciona datos nada más abrir la boca, sin caer en la cuenta de que lo son y sin que se le pidan, y así delata a cualquiera sin proponérselo, o se traiciona a sí misma, y nada más flotar las palabras ya es demasiado tarde: 'Ay, no me he dado cuenta, qué tonto, no lo pretendía'-. Hoy ha tenido suerte de encontrarme en casa. Normalmente no me llama tan tarde, siempre el día antes por lo menos. Podía haber estado ya pillada en otra casa, voy a cuatro familias distintas, a cuidar de sus niños. Cuatro además de Luisa.
    – Ah, pues sí que ha sido suerte. ¿Con cuánta antelación te ha avisado?
    – Nada. El tiempo para desplazarme. Tengo que coger un autobús y un metro hasta aquí, pero me ha dicho que hoy me pagaba un taxi. Lo que pasa es que en mi zona no pasan muchos, por eso he tardado. Vente corriendo', me ha dicho, 'que me ha salido una emergencia.' Me ha advertido que usted venía, para que le abriera la puerta. Pero habría mirado por la mirilla y le habría abierto de todas formas, ya lo conocía de las fotografías. -Y señaló tímidamente hacia ellas, como si la avergonzara haberse fijado.
    Así que había atinado en mis sospechas, tanta práctica en la oficina sin nombre quizá no era en balde. Luisa no preveía salir, lo había hecho para no verme. No había osado obligarme a aplazar mi encuentro con los niños, para eso le habría costado aún más inventarse un pretexto creíble ('Tanto tiempo', había dicho, consciente de que en efecto era tanto). Dónde habría ido, no es tan fácil pasar unas horas fuera de casa si no se tiene nada en perspectiva, cuando la tarde empieza a vencerse, entre dos luces. Podría haberse metido en un cine, en cualquiera, o haber ido de tiendas al centro, aunque eso la aburría mucho; haberse refugiado con el amante, o haber ido a ver a una amiga, o a su hermana. Tendría que hacer tiempo de sobra hasta que yo me hubiera marchado, hasta que ella calculara que había abandonado la casa, que había despejado el campo, y sabría que me costaría arrancarme, allí me sentía muy cómodo, todo era tan parecido.
    Eran las once pasadas, el tope para que se acostaran los niños en las ocasiones excepcionales, conmigo habían estado más que entretenidos pero también los había visto cansados, no había sido muy difícil convencerlos para que no siguieran en danza mucho más allá de su horario, y la polaca era a partes iguales persuasiva y autoritaria. Luisa no tardaría en aparecer, no demasiado. Si aguantaba allí media hora, lo más probable era: que coincidiéramos. Saludarla al menos, darle un beso en la mejilla, quizá un abrazo si me lo respondía, oír su voz pero con imagen, percibir sus cambios, su leve marchitamiento o su realzada belleza al tenerme ahora a mí lejos y a otro cerca más lisonjero; verle la cara. No quería más, pero ante tan poco sentía impaciencia, una impaciencia insoportable. Ahora se me habían agregado la inseguridad, la intriga, tal vez algo de despecho, o era mi orgullo herido: ella no compartía siquiera mis curiosidades elementales, cómo podía ser tras tantos años de haber sido para el uno el otro el principal motivo, me parecía un agravio inasumible que de eso no quedara rastro, que ella pudiera esperar otra jornada y no a mañana necesariamente -nadie podía asegurarme que no me evitara también mañana y pasado y al otro con diferentes pretextos, y durante toda mi estancia; que me instara a recoger a los niños en el portal las próximas veces y a llevármelos por ahí, o que cuando yo subiera ella hubiera salido siempre, o que me los dejara en casa de mi padre para que me encontrase allí con ellos y así además vieran aí abuelo de paso-. Si, era ofensivo que no tuviera ninguna prisa por reconocerme, en el hombre cambiado, en eí hombre ausente, en el hombre solo, en el extranjero que vuelve; que no deseara descubrir sin demora cómo era yo sin ella, o en quién me había convertido. ('Qué desgracia saber tu nombre aunque ya no conozca tu rostro mañana', cité o recordé para mis adentros.)
    – ¿No te importa que me quede un rato, hasta que llegue Luisa? -le pregunté a la falsa Mercedes-, Me gustaría saludarla, aunque fuese un momentito. No tardará mucho en regresar, supongo. -'Qué ironía hiriente', pensé, 'estoy pidiéndole permiso a una joven canguro polaca a la que no había visto en la vida para permanecer un poco más en mi casa o en la que lo fue, en la que yo elegí y monté y amueblé y decoré junto con Luisa, en la que habitamos los dos durante mucho tiempo, y aún la pago indirectamente. Uno sale de un sitio y ya no puede volver nunca, no del mismo modo, cualquier hueco que dejamos es al instante ocupado o nuestras cosas son tiradas o arrumbadas, y si uno reaparece es ya sólo como un fantasma, sin corporeidad, sin derechos, sin llave, sin pretensiones y sin futuro. Nada más que con pasado, y por eso puede ahuyentársenos.'
    – Luisa me ha dicho que me quedara hasta que ella volviera -contestó-. Va a pagarme también el taxi de regreso, si se hace demasiado tarde. Para que no tenga que esperar los buhos, hoy no hay muchos, no es fin de semana. -La palabra me sonaba en el contexto, eran los autobuses o metros nocturnos, creía, me había olvidado de su existencia-. No hace falta que usted la espere en la casa, ninguna falta -añadió-. A lo mejor sí tarda todavía bastante. Yo estaré aquí y me haré cargo, si los niños se despiertan o necesitan algo.
    Era discreta, pero sus frases me parecieron disuasorias, casi órdenes. Como si Luisa la hubiera aleccionado al llamarla y en realidad me estuviera diciendo: 'No, será mejor que te largues, porque Luisa no quiere encontrarte. Tampoco le hace gracia que estés aquí en ausencia suya, sin control ni vigilancia, yo rio tengo suficiente autoridad, los míos no bastan; ya no se fía de tí, dejó de fiarse hace tiempo'. O bien: 'Te ha borrado, en todos estos meses ha limpiado tu mancha y ahora ya sólo lucha contra tu cerco, lo único que se le resiste. No quiere tu impregnación de nuevo, ver su tarea arruinada. Así que haz el favor de marcharte, o serás considerado un intruso'. Y fueron estas interpretaciones las que me decidieron del todo a quedarme.
    – Aun así la aguardaré -dije, y tomé asiento en el sofá, después de coger un libro de las estanterías. Éstas no habían cambiado, los volúmenes permanecían en la misma distribución y orden en que yo los había dejado tiempo atrás, allí seguía mi biblioteca entera, quiero decir la nuestra, no habíamos procedido a un reparto y no tenía donde llevarme los míos, en Inglaterra era todo provisional y además carecía de espacio, y no iba a meterme en mudanzas sin saber dónde iba a vivír, a medio ní a largo plazo. Mercedes no se atrevería a oponerse, no se atrevería a echarme si me sentaba y leía y callaba, sin hacerle más preguntas ni importunarla ni sonsacarla. De esto último no se había dado cuenta, o acaso cuando ya era tarde-. No tengo ninguna prisa -añadí-, estoy recién llegado de Londres. Así le daré las buenas noches. Se las daré en Madrid y en persona.

    Esperé y esperé, leyendo en silencio, oyendo pequeños ruidos que me resultaban familiares o que recuperé en seguida: la nevera con sus humores cambiantes, lejanas pisadas en el piso de arriba de vez en cuando y un sonido como de cajones que se abren y cierran, esos vecinos no se habían mudado y mantenían sus costumbres nocturnas; también me llegaron las débiles notas del violonchelo que antes de acostarse siempre practicaba el niño que vivía con su madre viuda al otro lado del descansillo, era muyrposible que ya fuera casi un adolescente, había mejorado bastante en su dominio del instrumento, se atrancaba o se interrumpía menos, por lo que me parecía escuchar, que no era mucho, el muchacho procuraba no tocar muy alto, era educado, solía dar las buenas tardes desde muy pequeño con amabilidad pero sin empalago, intenté dilucidar si interpretaba algo de Purcell o de Dowland, no hubo forma, los acordes muy tenues y mi memoria musical desentrenada, en Londres oía discos en casa y rara vez iba a conciertos, pero no estaba tan a menudo en casa, allí no había el aturdimiento que me sostenía a diario y que me libraba de la maldición de hacer planes. Lo único que supe es que no era Bach, seguro.
    La canguro polaca sacó su teléfono móvil e hizo una llamada, se retiró a la cocina para hablar con su novio y que yo no la oyera, quizá por pudor, quizá para no imponerme una conversación melosa o tal vez obscena (nunca se sabe, por católica que fuera). Pensé que de no haber estado yo presente habría llamado desde el de Luisa, desde el fijo, para charlar más despreocupadamente al ahorrarse todo el gasto, aunque sólo fuera por eso debía de reventarle que no me hubiera largado cuando me tocaba. Había cogido Enrique V de las estanterías, ya que Wheeler lo había citado en su casa junto al río Cherwell y a él se había referido, desde entonces lo tenía a mano y lo leía a trozos o lo hojeaba de vez en cuando, pese a haber dado ya hacía tiempo con ios fragmentos por él evocados. O había cogido más bien King Henry V, al tratarse de la versión inglesa, un ejemplar de la vieja edición Arden de Shakespeare, comprado en 1977 en Madrid según una anotación de mi mano en la primera página, y en alguna ocasión lo había marcado, imposible recordar cuándo había sido eso -ni siquiera conocería a Luisa-, y mi cabeza no estaba para prestarle atención al texto ni para hacer mucha memoria, me limitaba tan sólo a pasar la vista y a fijarme en lo señalado por aquel lector joven que yo había sido, un día remoto e inexistente, de puro olvidado. Mi cabeza estaba pendiente solamente de un ruido y de ahí que me alcanzaran los otros, por el oído aguzado a la espera del que me importaba, el del ascensor subiendo, seguido del de una llave. El primero me llegó varias veces, pero se detuvo en otros pisos y nada más una en el nuestro, y esa vez no lo acompañó el segundo, no era Luisa quien regresaba.
    Mercedes volvió al salón, con expresión más contenta o suavizada. Era una chica agraciada, pero rubia y pálida y fría hasta el desleimiento, luego como si no lo fuera. Me preguntó si me importaba que encendiera la televisión, le dije que no aunque era mentira, porque su sonido barrería el resto; pero yo era allí una mera visita inesperada, si es que no efectivamente un intruso: me iba convirtiendo cada vez más en uno, cada minuto que me demoraba. La joven recorrió canales con el mando a distancia y decidió quedarse en una película de animales de verdad que interpretaban papeles, Babe, el cerdito valiente, la deduje al instante, me sonaba haber llevado a Guillermo a verla al cine hacía ya unos cuantos años, era incomprensible que la pusieran a aquellas horas los programadores tarados, cuando la mayoría de los niños están dormidos. La miré con agrado un rato, me exigía menos que Shakespeare y el cerdito era un gran actor, se me ocurrió que quizá lo habían nominado al Oscar aquel año, pero no creía que lo hubiera ganado; se la buscaría en DVD a Marina, acaso no la habría visto, al haber nacido más tarde. Estaba pensando en el triste sino de los actores -su trabajo puede hacerlo cualquiera, niños y perros, elefantes, monos y cerdos, mientras que aún no se sabe de animal alguno que haya compuesto música o haya escrito un libro; bueno, según lo estricto que se sea con la noción de animal, bien mirado- cuando vi a Mercedes ponerse en pie de un brinco, recoger sus cosas en un segundo y, tras murmurarme un 'Adiós' escueto, llegarse rápidamente a la entrada. Sólo cuando ya estaba allí oí la llave y oí la puerta, era como si su oído fuera finísimo y hubiera sabido en qué instante se bajaba Luisa de un coche o de un taxi, delante del portal de casa. Debía de tener mucha prisa por marcharse, la canguro, no querría entretenerse más que lo justo para que le abonaran el estipendio y el transporte prometido, el caro, ya eran cerca de las doce, Luisa se había ausentado algo más de cuatro horas. O tal vez no era sólo eso, sino que quería advertirle en seguida que no iba a estar allí sola, en contra de lo que creería: que: yo me había empeñado en aguardarla, contraviniendo sus deseos, o acaso desobedeciendo unas órdenes que Mercedes habría recibido y debería haber hecho cumplirse. Las oí cuchichear unos momentos, me alcé del sofá, no me atreví a agregarme; luego oí el golpe de la puerta, la polaca se había ido. A continuación los pasos de Luisa por el pasillo -tacones altos, los reconocí sobre la madera, para salir se los ponía siempre-, en dirección a su cuarto de baño y su alcoba, ni siquiera asomó la cabeza, tendría urgencia, supuse, como tantas veces le sobreviene a uno en el instante de llegar a casa; me pareció normal dentro de todo, si había estado con gente y no había querido levantarse -por ejemplo- durante una cena, de la mesa de alguien o de la de un restaurante. O tal vez querría recomponer su imagen antes de aparecérseme, si había estado con mi sustituto efímero y volvía como vuelven las mujeres a veces de esa clase de prolongados encuentros, con la falda arrugada o no muy recta, el pelo desarreglado, el lápiz de labios borrado a besos, una carrera en la media y aún pintados en los ojos los restos de la vehemencia. O tal vez su enfado era tan grande que había decidido acostarse sin saludarme, dejarme en el salón hasta que me cansara, o hasta que comprendiera que si ella había dicho que no iba a verme aquella noche, aquella noche no me vería. A lo mejor pensaba encerrarse en el dormitorio y no salir más, desvestirse y apagar la luz y meterse en la cama, haciendo como que yo no estaba, como que seguía en Londres y en Madrid no existía, o en verdad era un fantasma. Era capaz de eso y aun de más -la conocía- cuando trataba de imponérsele algo y ella no lo aceptaba. Pero tendría que abandonar la alcoba antes de cerrar los ojos, una vez al menos, y podría interceptarla entonces en el peor de los casos: estaba más allá de sus fuerzas no entrar a ver a los niños y comprobar que dormían tranquilos y a salvo.
    Esperé más, no deseaba precipitarme, menos aún ir a aporreaursu puerta, rogarle que se dejara ver, hacerle preguntas torpes a través de una barrera, pedirle unas explicaciones que no tenía derecho a pedirle. Mal comienzo habría sido, tras una separación tan larga, más valía rehuir todo viso de confrontación o reproche innecesarios y absurdos, sobre todo por mí indeseados. A partir de aquel momento la iniciativa debía ser suya, yo ya la había tomado comprometida al rehusar marcharme, una vez acabado el pretexto de disfrutar de mis hijos despiertos. Al oír la llave de la entrada le había quitado el sonido a la televisión, pero aún tenía ante mi vista las andanzas de aquel émulo de De Niro o John Wayne en cerdo -un cerdito educadísimo- y de sus compañeros de reparto: unos perros, unas ovejas, un caballo, un malhumorado pato, todos actores soberbios.
    Al cabo de unos minutos oí la puerta de su alcoba abrirse y unos pocos pasos, aún llevaba los tacones luego no se había cambiado, pero caminó más quedamente, procurando no hacer ruido; se asomó a la habitación de la niña y después a la del niño, no llegó a entrar en ninguna o apenas un metro para acercarse, estaría todo en orden. Aún no quise salir a su encuentro, preferí que viniera ella al salón, si venía, y cuando por fin lo hizo -sus pisadas ya más firmes, normales, le bastaba con haber respirado su sueño profundo para despreocuparse de despertar a los crios-, creí comprender, pese a sus esfuerzos de enmascaramiento recién llevados a cabo en su cuarto de baño que también había sido el mío, por qué había intentado evitarme, y que no había sido por no verme, sino por que yo no la viera a ella.
    Tenía muy buen aspecto al primer golpe de vista, bien vestida, bien calzada, no demasiado bien peinada aunque la hacía atractiva su melena recogida en una cola, le daba un aire juvenil e ingenuo, casi como de muchacha pillada in fraganti al volver muy tarde a casa, quién era yo para regañarla, ni siquiera para extrañarme. Antes de reparar yo en lo anómalo le dio tiempo a decirme una o dos frases, con una expresión en su rostro que era mezcla de contento al verme y de enojo por encontrarme, también de temor a que la cazara o acaso era de vergüenza en pugna con el desafío, como si la hubiera cazado ya en algo que no podía gustarme o me iba a parecer reprobable, y no supiera si arriar bandera para reconocerlo o izarla para encastillarse en ello, es extraño cómo las antiguas parejas, tiempo después de dejar de serlo, aún se sienten responsables mutuamente y como si se debieran lealtades, aunque sólo sea contarse cómo les va sin el otro y lo que les sucede, sobre todo si les ocurre algo raro o es malo lo que les está pasando. A mí me estaban ocurriendo cosas que había callado en la distancia: había perdido pie sin duda, o asideros, juicio, me dedicaba a una tarea cuyas consecuencias ignoraba o incluso si las había, a cambio de un salario sospechoso por alto; se me habían introducido venenos desconocidos hasta entonces, y en efecto llevaba una existencia más fantasmal cada día, inmerso en el estado onírico del que vive en país ajeno y empieza a no pensar siempre en su lengua, muy solo allí en Londres aunque rodeado de personas a diario, eran todas del trabajo y no cuajaban como amistades puras, ni siquiera Pérez Nuix se me había hecho muy distinta -ni mi amante, no lo era, al no haber habido repetición ni risas- tras la noche compartida carnalmente con ella, lo habíamos disimulado y silenciado en exceso, ante los demás y ante nosotros mismos, y lo que se finge que no ha ocurrido y siempre es tácito acaba por no haber sucedido, aunque sepamos lo contrario; ambas cosas son ciertas, lo que escribió Jorge Manrique en las Coplas por la muerte de su padre, hace unos quinientos treinta años y a tan sólo dos de su propia muerte temprana antes de cumplir los cuarenta, herido por un arcabuzazo cuando asaltaba un castillo (aún peor, más deshonroso, que Ricardo Yea and Nay, al que alcanzó un ballestazo) -'Si juzgamos sabiamente, daremos lo no venido por pasado'-, y exactamente lo opuesto, y entonces podremos dar lo pasado por no venido, por no venido cuanto nos ha pasado y nuestra vida entera por no habida. Y así qué importa cuanto en ella hagamos, o por qué será que nos importa tanto…
    – Tenías que quedarte, ¿eh, Jaime? -le dio tiempo a decirme a Luisa-. Tenías que aguantar hasta verme.
    Pero ahora ya sí, tras el primer golpe de vista, reparé en lo anómalo en seguida, era imposible no hacerlo, para mí al menos. Había intentado maquillárselo, ocultarlo, taparlo, quizá de la misma manera que Flavia habría procurado sin éxito, con la ayuda inverosímil de Tupra en el lavabo de señoras, hacer invisible su señal en la cara, su erosión de la soga, su arañazo del látigo, la marca producida por los estúpidos zurriagazos de De la Garza durante su poseso baile sobre la pista rápida. Lo que llevaba Luisa en el rostro no era eso, ni uno sfregio, un chirlo, un corte ni una raspadura, sino lo que se ha conocido siempre como un ojo morado en mi lengua y en inglés como un ojo negro, aunque al no ser reciente el impacto o causa la piel ya amarilleaba, son colores mezclados los que van apareciendo tras esos golpes, nunca hay uno solo sino que en cada fase conviven varios y además son cambiantes, quizá de ahí el desacuerdo entre los dos idiomas (si bien el mío se aproxima al otro al referirse también a ello como 'un ojo a la funerala'), tardan mucho en irse todos, mala suerte para nosotros que no hubiera pasado el suficiente tiempo. Al ver aquello ya no tuve que contestar a sus frases, ni que disculparme. Lo malo fue que tampoco pude saludarla ni darle un beso ni abrazarla, había esperado infinitamente aquel encuentro y ni siquiera me salió una sonrisa ni un 'Hola, niña', así la llamaba a menudo cuando estábamos juntos y en buenos términos. Me acerqué al instante y lo primero que dije fue:
    – ¿Qué tienes aquí? Déjame ver. ¿Qué te han hecho? ¿Quién ha sido?
    Le cogí la cara entre las manos con cuidado de no tocarle la zona afectada, indudablemente se acababa de untar potingues en el cuarto de baño, un exceso, y aun así no le había servido. El párpado ya no estaba hinchado o muy poco, pero era seguro que lo había estado. Calculé que el daño sería de hacía una semana, tal vez diez días, y era efecto de un golpe, no me cupo duda, dado con el puño fuerte o con un objeto contundente como un bate o una porra de cuero, había visto ojos y pómulos y mentones parecidos hacía mucho tiempo, cuando en la época franquista salían de comisaría, de la Dirección General de Seguridad en Sol o de Carabanchel, la cárcel, estudiantes detenidos y más o menos vapuleados, compañeros míos de la Facultad con peor fortuna de la que yo tuve siempre en los llamados 'saltos' y en las manifestaciones prohibidas y sofocadas a palos» había unas porras más largas, flexibles, cuyos trallazos dolían sobremanera, la vara se doblaba sobre la carne y las utilizaban los policías o 'grises' que cargaban a caballo, a veces me parece increíble que en plenos años setenta corriéramos ante sus cascos al salir de clase, cada pocos días o semanas. Aunque todo puede volver, hay que saberlo.
    Ella apartó la cara, me esquivó, dio dos pasos atrás para restablecer nuestro alejamiento, sonrió como si mis preguntas le hicieran gracia, pero yo vi que no se la hacían.
    – Qué dices, nadie me ha hecho nada. Me di contra la puerta del garaje hace una semana o por ahí. El maldito móvil. Me llamaron, me distraje, calculé mal la distancia cuando la puerta ya estaba bajando. Me dio de lleno, yo qué sé, es pesadísima, debe de ser hierro forjado. Ya lo tengo casi bien, fue más aparatoso que grave. No me duele.
    – ¿El móvil? ¿Ahora tienes móvil? ¿Cómo no me lo habías dicho? ¿Cómo no me has dado el número? -Y a la vez que le preguntaba todo esto, sorprendido, pensé, me acordé: 'Algo así me hizo decirle Reresby a De la Garza, tuve que traducírselo cuando estaba inmóvil y caído en el suelo y también magullado o vapuleado: "Dile que si ha de ir a un hospital, que cuente lo que tantos borrachos y tantos deudores, que la pue/ta del garaje se le abatió encima de golpe". Luisa no se habrá convertido en ninguna de esas dos cosas, en borracha ni en deudora, no creo. Pero qué bien sabía Tupra que las puertas de los garajes son casi siempre un invento'. Y gracias a él me quedé aún más convencido de que ella me estaba mintiendo. No tenía la imaginación que desarrolla el hábito, y había incurrido en el lugar común, como cualquier embustero bisoño que aún rehuye lo inverosímil, esto es, lo que cuenta con más posibilidades de ser creído en su tiempo.
    – Es por los niños -respondió-. Me he dado cuenta de que no tiene sentido, por mucho que nos desagrade el chisme, que una canguro o mi hermana, por ejemplo, o en el colegio, no me puedan localizar inmediatamente si les ocurre algo. -La polaca podía haberla llamado a su móvil desde la cocina, entonces, y haberle advenido que yo seguía inamovible en el piso, y haber averiguado con bastante precisión cuándo ella llegaría-. Sobre todo no estando tú aquí. Lo compré por tranquilidad. Ahora soy la única a la que pueden recurrir en una emergencia, estoy sola con ellos. Y el número, para qué te hace a ti falta, en Londres. Si todavía habláramos a diario… -Por desgracia no percibí reproche en estos últimos comentarios, ya me habría gustado. No podía dejar de mirarle el ojo morado, amarillento, azulado, negro, el blanco aún un poco enrojecido, lo habría renido atravesado de venillas los primeros días después del puñetazo. Aparentaba no tener ya conciencia de ello, pero me veía mirárselo insistentemente y eso la ponía algo nerviosa, lo noté sobre todo cuando volvió la cara hacia la televisión y se me colocó de perfil, para escapar a mi escrutinio. E intentó cambiar de tema-: ¿Qué estabas viendo, una película de cerdos? ¿Y eso? ¿A qué se debe la novedad? -añadió con su ironía amable que me era tan simpática y conocida. Debió de verme la fugaz sonrisa-. Les gustaría a los niños, ¿cómo los has encontrado? ¿Muy crecidos? ¿Muy cambiados?
    Tenía ganas de hablar de ellos con ella, de decirle qué impresión me habían causado al cabo de tanto tiempo. Pero no me iba a dejar desviar tan fácilmente. No sólo yo era como era, sino que además tenía ahora cerca los ejemplos de Tupra y de Wheeler, que nunca abandonaban la presa cuando había algo que sacarle, tras las digresiones y los rodeos y las evasivas.
    – No me vengas con cuentos, Luisa, que tú y yo no habremos cambiado tanto. Lo del garaje está muy gastado, se rebelan las puertas y golpean a todo el mundo -le dije, y una vez más caí en la cuenta de que sólo la llamaba por su nombre cuando discutíamos o estaba enfadado, más o menos como me llamaba ella Deza en ocasiones parecidas, y también en otras muy distintas-. Dime quién te ha hecho eso. Espero que no sea el tipo con el que estés saliendo, o tendríamos muy crudo el panorama.
    – ¿Tendríamos? En el supuesto de que esté viendo a alguien, ya me dirás qué tienes que ver tú con eso -me atajó en seguida, no con acritud, pero sí con firmeza; y aún tuvo ánimo para recuperar la ironía y suavizarme de inmediato el corte-: Si vas a continuar por este camino, más vale que sigas viendo a tus animalillos mientras yo recojo, y en cuanto acabe te marchas, los críos madrugan y ya es muy tarde. Hablaremos otro día que estemos más frescos, pero no de esto. Ya te he dicho lo que me pasó, no te empeñes en ver fantasmas. Y si es una manera de preguntarme si salgo con alguien, tampoco eso te concierne, Deza. Anda, mira un rato al cerdo y vete a dormir, estarás cansado del viaje y de los niños. Agotan, y estás desacostumbrado a ellos.
    No podía evitar que me hiciera gracia y me cayera en gracia siempre. Tenía debilidad por ella, no se me había pasado en el tiempo de Londres. No es que no lo supiera -seguramente no se me pasaría nunca-, pero tenerla de nuevo delante me lo confirmaba o me lo hacía patente, debía llevar cuidado de no quedarme embobado sin querer, en cualquier instante, mientras ella trajinaba y no me hacía caso. Aparte de nuestra conyugali-dad, o del amor no olvidado, Luisa era para mí de esas personas cuya compañía se procura y se agradece y casi por sí sola compensa de los sinsabores, y se anticipa durante todo el día -es lo que nos lo salva- cuando uno sabe que va a encontrarla a la noche como un premio por poco esfuerzo; con las que se siente a gusto incluso en los malos momentos y se tiene la sensación de que allí donde estén, allí está la fiesta; por eso cuesta tanto renunciar a ellas o ser expulsado de su cercanía, porque uno cree estarse perdiendo algo incesantemente, o -cómo decir- vivir en los márgenes. Pensar que pudieran morir esas personas se nos hace insoportable: aunque estemos lejos de ellas y no las veamos ya nunca, sabemos que no se han terminado y que su mundo existe, el que crean con su sola emanación o aliento; que la tierra las alberga y que por tanto se conservan su espacio y su sentido del tiempo, con los que puede fantasearse a distancia: 'Ahí está esa casa', pensamos, 'ahí está esa atmósfera con sus pasos, ese ritmo del día, la música de las voces, el olor de las plantas que ella cuida y esa pausa de su noche; yo ya no participo, pero ahí están las risas, ahí las gracias y los donaires y los regocijados amigos de los que se despidió Cervantes cuando se iba muriendo, "deseando veros presto contentos en la otra vida". Y saber que ahí está todo ayuda, saber que es recuerdo para nosotros pero que no lo es para todo el mundo, que para mí es ya pasado pero que aún no lo es de veras o en sentido absoluto -es tan sólo un accidente, o mala suerte, o mi falta, que yo lo perciba como pretérito a diario-, que otros entran y salen y lo disfrutan sin hacerle demasiado caso, como no se lo hacíamos nosotros cuando formábamos parte de esa atmósfera y de ese ritmo, de las gracias y los donaires, de la música de esa casa y aun de la pausa de su noche quieta. Que no fue un agradable sueño ni cosa de otra vida imaginada'. Allí estaba yo ahora comprobando su permanencia, sin querer marcharme. Ante mis ojos tenía a la persona que representaba la fiesta, con su humor y su firmeza y su sonrisa frecuente, y hasta con sus tacones altos. Hasta cierto punto eso bastaba, saber que no había cesado, que aún pisaba la tierra y aún cruzaba el mundo, que no estaba ya medio a salvo en el tuerto e inseguro olvido, o ya del lado del tiempo en el que conversan los muertos.
    Y sin embargo había ahora una amenaza, o aún peor, había ya un daño visible que le había hecho alguien y que acaso se repetiría agravado, quién sabía (quién sabe cuándo para nada una vez que algo ha empezado). Lo que yo sí sabía era que insistir no iba a servirme: si ella decidía no contar o no hablar de algo, no había forma de torcerle el brazo, tendría que tratar de averiguar por otros medios, cuáles, en el primer momento no se me ocurrió ninguno a excepción de los niños y prefería no utilizarlos, y entonces me sorprendí pensando: 'Siempre podría pedirle ayuda a Tupra'. Si se había enterado, como yo suponía, de la noche de Pérez Nuix en mi casa y de nuestro acuerdo a sus espaldas; si por tanto había resultado inútil mi favor a ella e íncompara no había obtenido de él nada, y el padre de la joven había recibido la consiguiente paliza por sus reincidentes deudas y además Reresby me había hecho verla (tacos de billar; seguramente para informarme de mi fracaso, y para que aprendiera), no le sería difícil conseguirme el nombre del individuo con el que saliera Luisa, aunque fuera en otro país y la moza, por fortuna, aún no estuviera muerta. Esa había sido una de mis aprensiones durante mi tiempo en Londres, desde mi marcha, cuando pensaba en quién habría de sustituirme tarde o temprano, y entre las figuras posibles me había aterrado siempre la del hombre despótico y posesivo que sojuzga y aisla y desliza poco a poco sus exigencias y sus prohibiciones, disfrazadas de enamoramiento y flaqueza y celos y de lisonja y ruegos, la del sujeto torcido que declina las invitaciones primeras a compartir almohada para no parecer intruso y que no le asome el menor rasgo invasor o expansivo, y que al principio se muestra siempre deferente, respetuoso y aun precavido; hasta que un día al cabo del tiempo -o acaso una noche de lluvia y encierro-, cuando ya se ha adueñado del territorio entero y no deja respirar a Luisa a sol ni a sombra, cierra sus manos grandes sobre su cuello mientras los niños -mis niños- miran desde una esquina aplastándose contra la pared como si quisieran que cediera ésta y desapareciera, y con ella la mala visión, y el impedido llanto que ansia brotar pero no alcanza, el mal sueño, y el ruido prolongado y raro que su madre hace al morirse. Ante esa pesadilla siempre había pensado, para despejarla: 'Pero no, esto no ha de ocurrir, esto no ocurre, no tendré esa suerte y no tendré esa desgracia (suerte en el imaginario y en la realidad desgracia)…'. Ahora me encontraba con un trazo real de esa figuración horrible, en forma de ojo morado o de colores cambiantes, y con que en ese terreno de la realidad no había una gota de suerte sino un gigantesco mar de desgracia que lo anegaba todo y ahuyentaba lo imaginario hasta suprimirlo, esa esfera ya no existía, o es que nunca convive con el peligro cierto: demasiados cobardes envenenados hay en España que cada año matan a sus mujeres o a quienes lo fueron o a quienes ellos quisieran que lo hubieran sido, y a veces también se llevan por delante a sus hijos para hacerles aún más daño, es una plaga contra la que no sirven persuasiones ni amenazas ni leyes ni condenas más severas, porque ellos hacen caso omiso de lo exterior y se les va la mano hasta el fondo sólo porque las quieren tanto o las odian tan crucialmente que no pueden vivir sin ellas sabiendo lo mismo que yo sé de Luisa y que me alegra en mi tristeza, en cambio (es decir que me consuela): que ellas siguen en el mundo y quieren ser o son pasado solamente para nosotros o ellos, pero no para el resto. cEn un país como este no puedo arriesgarme', pensé. 'Con un ojo morado por un puñetazo ya no puedo arriesgarme y dejarlo sólo en sus manos y a su voluntad quizá menguada y no meterme, me basta para saber que ella se ha puesto en peligro y que por lo tanto también habrá puesto a los niños, sólo sea porque pueden perderla, y ya han sufrido una semipérdida desde que me fui de casa.'
    Así que me alejé dos pasos y decidí no preguntarle más, ya preguntaría en alguna otra parte, disponía de dos semanas, debían serme suficiente para indagar o para convencerla, y quizá otro día ella recibiera otro golpe, durante mi estancia, y entonces ya no quisiera callar y cerrarse ('Calla, calla y no digas nada, ni siquiera para salvarte. Guarda la lengua, escóndela, trágala aunque te ahogue, como si te la hubiera comido el gato. Calla, y entonces sálvate.' Pero quizá no sea así siempre, por mucho que en los momentos más graves se nos aconseje y senos inste a ello).
    – Está bien, me voy ya -le dije-. No te entretengo más, es verdad que es tarde, ya hablaremos, te llamo mañana o pasado y quedamos cuando te convenga. El cerdito, no es por nada, lo estaba mirando tu canguro polaca. Todo sea dicho, actúa de maravilla, a la altura de los más grandes. -Y ya en la puerta hasta la que me acompañó más sonriente y luminosa, como si ya empezara a aliviarla el inminente cese de mi mirada, añadí-: Pero ti conosco, mascherina. -Era una expresión aprendida hacía mucho, de mi remota novia italiana que me había enseñado su lengua más o menos; y esa expresión carnavalesca, que también Luisa conocía, era como decirle: 'Pero no me engañas'.

    No perdí tiempo. Al día siguiente fui a visitar a mi padre, como le había anunciado; me quedé a almorzar con él, y a los postres apareció mi hermana, que solía pasar a verlo casi a diario y nada sabía aún de mi llegada (mi padre había olvidado mencionárselo, 'Ah, creía que lo sabríais todos'), le fue motivo de sorpresa y contento. Y cuando él fue a echarse un rato a instancias de su cuidadora y nos dejó a los dos solos, Cecilia me puso al tanto de la situación médica con más detalle (no eran optimistas las previsiones, a medio o más bien corto plazo), y una vez que también me hubo contado acerca de ella y de su marido, y que yo hice lo posible por no contarle de mí más que inocuas imprecisiones, me atreví a preguntarle si sabía algo de Luisa: qué vida hacía, si se veían, si estaba enterada de si salía con alguien o no todavía. Lo ignoraba casi todo, me dijo: hablaban por teléfono de vez en cuando, sobre todo para cuestiones prácticas relacionadas con los respectivos hijos, y en alguna ocasión coincidían allí, en la casa de nuestro padre, pero por lo general pocos minutos, Luisa solía ir con prisa, saludaba cariñosamente y dejaba a los niños para que pasaran un rato con su abuelo o con sus primos, los hijos de mi hermana o los de mis hermanos, se cruzaban con unos u otros si era sábado o domingo; luego, al cabo de un par de horas, pasaba de nuevo a recoger a Guillermo y Marina, apurada también de tiempo. Tenía entendido que se presentaba ella sola de tarde en tarde, entre semana, a hacerle compañía y darle charla a su suegro, siempre habían tenido buena relación propia. Así que quizá hablaría más con él, o de asuntos más personales, que con ningún otro miembro de la familia, aunque fuera de Pascuas a Ramos. No, no tenía idea de la vida que hacía en sus horas libres, no podrían ser muchas en ningún caso. Tampoco le había comunicado que viera a nadie, pero eso no significaba ni que sí ni que no, Luisa no iba a tenerla a ella al corriente de sus progresos o pasos, o no de los de esa clase. Su marido se la había encontrado una tarde, haría dos o tres meses, saliendo de una galería de pintura o de una exposición, no recordaba, en compañía de un hombre que él no conocía, lo cual no tema nada de particular, obviamente, lo contrario habría sido lo raro; la actitud en que iban le pareció normal, de compañeros o amigos, quería decir que ni siquiera los había visto cogidos del brazo, nada. Lo único que pensó fue que sería un artístico. En aquel momento la interrumpí (empezaban a faltarme reflejos en mi propia lengua).
    – ¿Quieres decir un artista? ¿Por qué? ¿Te dijo qué aspecto tenía?
    – No, llamamos artísticos a los que van así, de artísticos, de originales. Pueden o no ser artistas, es lo de menos. Pero llevan algo que les da ese sello, es una cosa voluntariosa, para que se les note la intensidad, o eso, la artistería, no sé, puede ser un jersey negro de cuello alto, o un bastón de adorno con asquerosa cabeza de galgo en el puño, o un sombrero anacrónico que nunca se quitan, o un pelo de músico, con oleaje, ya sabes. -E hizo el gesto correspondiente con las manos por encima de la cabeza, más o menos como si se la lavara a distancia, sin rascarse. 'O una redecilla goyesca ridicula', me dio tiempo a pensar fugazmente. 'O tatuajes en cualquier sitio, pero no digamos en los talones'-. O en mujeres un bonete, o medias de esas flojas que sólo llegan a cubrir la rodilla, o una gorra marinera o de negra chula y creída, o un horrendo trenzadillo rasta.
    Me hizo gracia comprobar que detestaba esas medias. No tenía ni idea, en cambio, de a qué se refería con 'una gorra de negra chula y creída', y me dio curiosidad, por cierto. Pero no podía entretenerme, mi otra curiosidad ya era una urgencia.
    – Ya. ¿Y qué es lo que llevaba el tipo? ¿O lo llevaba todo, el jersey, el bastón, el sombrero?
    – Coleta. A Federico le llamó la atención porque además no era joven, de tu edad o por ahí. De la nuestra.
    – Sí, no es demasiado raro verlos ahora en algunos ambientes. Hombres hechos y derechos, sujetos maduros que llevan eso y se creen muy piratas o bandoleros; o perilla, y entonces se creen el Cardenal Richelieu o un psiquiatra o sabio de película, es una epidemia entre los profesores universitarios; o bigote y mosca y se creen muy mosqueteros. Todos unos farsantes. -Con mi hermana me podía permitir mostrarme tan arbitrario, exagerado y maniático como solía serlo ella, era cosa humorística de familia, compartida por todos excepto por mi padre, al que no habíamos salido mucho, en ecuanimidad ni en buen temple. Yo, por ejemplo, tengo por costumbre no fiarme tampoco de los individuos que calzan sandalias más o menos de fraile, los tengo a todos por impostores y traicioneros; ni de nadie con bermudas o pantalones cortos (me refiero a hombres), lo cual me lleva a no fiarme hoy en día de casi ningún varón en verano, sobre todo en España, paraíso de los atuendos ignominiosos y desvergonzados. Quizá esas intuiciones convertidas en normas, esos drásticos prejuicios, o superficialidades que para mí definen sin más fundamento que el de una experiencia personal limitada (como por lo demás lo son todas), me habían ayudado no obstante con Tu-pra en mi ya no tan nuevo trabajo, aunque sólo fuera por la rotundidad con que, una vez adquiridas la confianza para juzgar en voz alta y la irresponsabilidad a que obliga toda emisión de un veredicto, me manifestaba a veces sobre los sujetos de interpretación y apuesta. Con todo, esas generalizaciones se basan en algo, aunque pertenezca tan sólo a la esfera de las percepciones: en cada persona hay ecos de otras y no podemos desoírlos, se producen lo que he llamado 'afinidades' entre individuos muy distintos o incluso opuestos, que en ocasiones nos conducen a ver o captar sombras de parecidos físicos en principio descabellados. 'No hay ningún rasgo común objetivo entre esta hermosa mujer y mi abuelo', pensamos, 'y sin embargo ella me lo trae a la mente y me lo recuerda', y entonces tendemos a atribuirle el carácter y las reacciones, la irascibilidad y el ventajismo de aquel despótico antepasado nuestro. Y lo sorprendente es que acertamos mucho -cuando contamos con tiempo para comprobarlo-, como si la vida estuviera llena de inexplicables parentescos no consanguíneos, o como si cada ser que existe y pisa la tierra o cruza el mundo dejara en el aire invisibles e intangibles partículas de su personalidad e hilos sueltos de sus actos y resonancias tenues de sus palabras, que se posan al azar luego en otros como la nieve sobre los hombros, y así se perpetúan de generación en generación indefinidamente, como una maldición o una leyenda, o como un recuerdo padecido ajeno, logrando de esta manera la infinita y agotadora combinación eterna de los mismos elementos-. ¿Y qué más te dijo? ¿Cómo era, aparte de la coleta? ¿Cómo iba vestido? ¿No se lo presentó? ¿Cómo se llamaba? ¿A qué se dedica?
    – Yo qué sé, no lo sé. No se fijó ni lo vio apenas. Se cruzaron nada más, y ella y él se saludaron, 'adiós, adiós', pero sin pararse. Tampoco se conocen tanto, Federico y Luisa.
    – Ya, ¿la parejita llevaba prisa?
    – Sin pararse nadie, Jacobo, ni Federico ni ellos. No empieces ahora a mirar mal, o a mirar raro, a cualquier tipo con coleta. Y además, fuera quien fuese, a lo mejor desde entonces ya se la ha cortado. Tampoco los llames parejita, porque no hay ningún motivo para ello, ni el menor indicio, ya te he dicho cómo fue el encuentro, veo que no se te puede contar nada. Así es como se calienta uno sin necesidad la cabeza.
    Preferí no hablarle del puñetazo, del golpe intolerable, del ojo a la virulé o a la funerala, era mejor que siguiera investigando yo solo sin alarmarla, si Cecilia no sabía más que lo que me había contado tampoco iba a aportarme ninguna pista al respecto, no me importaba que achacara mi inquietud exclusivamente a los celos, bastaban para justificar mi curiosidad insistente y al fin y al cabo existían, quizá tanto como mi preocupación por que a Luisa pudiera maltratarla un chulo, un miserable, con coleta o sin ella, qué más daba: alguien que probaba a ocupar mi sitio pero que difícilmente iba a quedarse, no le tocaba. Aun así había que echarlo. Si era violento, si era un peligro, si levantaba la mano, había que echarlo sin tardanza, sin que tuviera oportunidad de prolongarse, porque también se lleva uno sorpresas y siempre existe ese riesgo de que lo sin futuro no acabe. Y a falta de la voluntad, la fuerza, la dureza o ía valentía de ella, yo era el único capacitado para intentarlo, o eso me dije.
    Así que esperé a que se levantara mi padre (o a que lo ayudaran a levantarse y lo acompañaran al salón, hasta el sillón en el que siempre había leído, bajo su lámpara de luz agradable) y a que mi hermana se marchara, para continuar con mis indagaciones, o con mis tanteos. No confiaba en que él supiera mucho, o apenas nada, pero si era, de cuantos tenía yo a mano, quien acaso más hablaba con Luisa de sus asuntos personales, según había apuntado Cecilia, aunque fuese de tarde en tarde y con las limitaciones naturales entre una nuera y un suegro, o más bien entre dos personas con tantísima edad por medio, tal vez pudiera orientarme, si no en lo relativo al aspirante a mi puesto -ella nada le contaría de eso; y a lo mejor había varios-, sí al menos en lo que me atañía: cómo me veía ahora, tras haber abandonado yo el campo y haberme expulsado a mí mismo mansamente de su existencia -incluso de su vida práctica-, y haberme descabalgado sin objeciones de su tiempo y del de nuestros hijos. Le pregunté a mi padre por ella y volvió a decirme que no venía mucho a verlo, aunque fui descubriendo, o comprobando, que ahora medía mal las duraciones de la presencia o ausencia de determinadas personas, como si le pareciera que las más gratas o amenas lo visitaban siempre poco, aunque de algunas me constara que se pasaban por allí casi a diario -era el caso de mi hermana y de mis sobrinas mayores, él había tenido debilidad por la compañía de las mujeres y la tenía ahora más todavía, cuando ya estaba tan débil y necesitado de suavidades-. Deduje que algo semejante le ocurriría con Luisa, quien ni de lejos aparecería con la misma frecuencia, pero que, por la familiaridad con que se refería a ella y algún comentario significativo, debía de hacerlo más a menudo de lo que él se figuraba o sentía. Le insistí ('Pero qué te dice, qué te cuenta cuando viene, ¿habla de mí contigo o procura no mencionarme? ¿Crees que tiene dudas, que puede estar medio arrepentida, o sueno ya siempre en sus labios como si me hubiera encontrado un lugar del que no me muevo ni va a moverme, uno demasiado estable y tranquilo?'), y de pronto se me quedó mirando con sus ojos claros sin contestarme, la frente apoyada en una mano, en un brazo del sillón el codo, era su postura habitual cuando pensaba preparándose para decir algo, tenía la impresión a veces de que componía mentalmente sus frases, las primeras, unas pocas, antes de pronunciarlas (luego ya no, las siguientes). Se me quedó mirando con una mezcla de interés, leve impaciencia y leve lástima, como si yo no fuera exactamente su hijo sino un cuitado amigo más joven, al que apreciara de veras y en el que encontrara extrañas dos cosas, tal vez decepcionantes: una, que me afanara tanto por una cuestión de sentimiento ajeno y quizá de cálculo ajeno, contra los que nada puede hacerse; la otra, que todavía no entendiera, siendo ya bien adulto, siendo padre, a mis años y con mi experiencia, la índole incombatible de estos dolores, o acaso sólo son desasosiegos, con sus lamentos.
    – Te veo muy inconforme, Jacobo -me dijo por fin, al cabo de un rato de considerarme-, y tienes que conformarte. Si alguien ya no quiere estar con uno, uno tiene que aguantarse. A solas, y sin estar pendiente de la observación o la evolución de ese alguien, a la caza de señales y a la espera de vuelcos. Si se produce uno de éstos, no será porque tú estés mirando, ni preguntándome a mí ni sondeando a nadie. No se puede estar encima, no se puede aplicar una lupa ni un catalejo, ni recurrir a espías, ni agobiar, ni por supuesto imponerse. Tampoco fingir sirve de mucho, no sirve hacerse el displicente ni tan siquiera el civilizado, si uno no se siente civilizado ni displicente al respecto, y no me parece que tú te sientas ninguna de las dos cosas, todavía. Ella te lo notará, ese fingimiento. Ten en cuenta que una de las características del enamoramiento, o de sus aledaños, incluso de sus disfraces involuntarios (se confunde mucho con el empecinamiento, en la fase primera y en la fase última, cuando el amor del otro se percibe aún sin arraigo o ya perdiéndose), es la transparencia. A la persona querida, o que así se siente o se ha sentido (a la que ha conocido eso), es muy difícil engañarla, a no ser, claro está, que ella misma prefiera engañarse, lo cual no es infrecuente, eso lo admito. Pero uno sabe siempre cuándo ya no se lo quiere, si está dispuesto a enterarse: cuándo todo se ha reducido a costumbre, o a falta de arrojo para ponerle término, o a deseo de no armar revuelo y de no hacer daño, o a miedo vital o económico, o a mera ausencia de imaginación, la mayoría de la gente no es capaz de imaginarse otra vida que la que lleva y ya sólo por eso no la cambia, ni se mueve, ni se lo plantea; pone parches, aplaza, busca distracciones, se echa un amante, se va de timbas, se convence de que lo que hay es llevadero, se encomienda al tiempo; pero ni se le ocurre intentarlo. Al sentimiento sólo lo vence el cálculo, y sólo a veces. Y de la misma manera uno sabe cuándo aún se lo quiere, sobre todo si lo que está deseando es que eso ya se aplaque o mejor cese, como suele ser el caso entre los que se separan. El que tomó la decisión, si no es egoísta ni sádico, ansia que el otro se salga, que se desprenda de la tela de araña, que deje de quererlo y de oprimirlo con ello. Que pase a otra persona o que no pase a ninguna, pero que de una vez se desentienda. -Mi padre se calló un momento y volvió a fijar en mí con atención sus ojos, como mira uno a veces en las despedidas. Parecía que me escrutara, lo cual era improbable porque había perdido mucha vista y le costaba leer y hasta ver la televisión, yo creo que más bien la oía. Y sin embargo producía el efecto contrario, con su mirada azul cada vez más pálida clavada en mi rostro, como si me traspasara y al hacerlo supiera más de mí de lo que yo sabía-. Creo que tú tienes que desentenderte de Luisa, Jacobo. No lo has hecho, aunque te hayas ido lejos respetuosa y caballerosamente y todo lo que tú quieras. No lo has hecho. Y no te queda más remedio, tanto si puedes como si no puedes. Déjala respirar del todo, déjale aire, no te interpongas. Déjale toda la iniciativa. Nada está en tu mano. Si un día se da cuenta de que sin ti no está bien, si descubre que te echa de menos hasta el punto de la desgracia, no creo que tenga reparo en decírtelo ni en pedirte que vuelvas, por lo que la conozco. Sabe rectificar, y no es soberbia. Mientras no haga eso será que no quiere, y no va a cambiar por lo que tú hagas o digas ni por cómo te comportes, aquí o a distancia; para ella eres transparente, como ella lo será para ti si estás dispuesto a ver de veras y a reconocer lo que veas. Que no lo estés es otro asunto, y lo comprendo. Pero no me preguntes lo que yo no puedo saber y tú sí, en cambio: ella para mí no es transparente. -Y añadió sin transición-: ¿Tienes alguna novia allí en Londres?
    Ahora fui yo quien se quedó pensando, pero no por duda. No, en verdad no tenía nada ni remotamente parecido a una novia; tan sólo había habido encuentros fugaces, sin continuidad ni entusiasmo, sobre todo en los iniciales meses de asentamiento y reconocimiento y tanteo: de las tres mujeres que habían dormido en mi casa en aquel periodo, sólo una había vuelto con mi consentimiento (otra lo había intentado sin éxito), y éste se había terminado pronto, a la tercera ocasión o a la cuarta. Con posterioridad había pasado por allí una mujer más, sin consecuencias. Después, la joven Pérez Nuix se había paseado un poco por mi imaginación, no podía negarlo, y tras nuestra noche juntos aún lo hacía de vez en cuando, pero aquel raro engarce había quedado teñido por las ideas vagas de favor y pago, que apagan la imaginación muy fácilmente; y aunque las de secreto y taciturnidad la enciendan, quizá no bastan para contrarrestar aquéllas, de mayor gravedad o más fuertes.
    – No -contesté-. Sólo hay lances sueltos, y a mi edad ya no estimulan ní casi divierten. O sólo a los que se engríen muy simplemente. No es mi caso.
    Mi padre sonrió, a veces le hacían gracia las cosas que yo decía.
    – No, puede que ya no. Lo fue en el pasado, no obstante, cuando eras más joven, así que no te pongas tan por encima. Tampoco es el caso de Luisa, de eso estoy seguro. Yo no sé si ve a alguien. Como es natural, no me habla de esas cosas, aunque acabará por hacerlo, si duro lo bastante. Me tiene confianza, y yo creo que me lo contará, si le surge algo serio. Lo que sí percibo es que eso justamente no lo descarta, y aun que tiene prisa por que aparezca. Tiene prisa por recomponerse, o por rehacer su vida, o como se diga vulgarmente, tú lo sabes. Quiero decir que aún no la veo insegura de su atractivo, no es eso, aunque ninguno de los dos seáis ya muy jóvenes. Sino más bien temerosa de ir a empezar 'lo definitivo' demasiado tarde. Ella te tuvo evidentemente por eso, por lo definitivo, durante muchos años, y darse cuenta de que no lo eras no la ha llevado a pensar que eso no existe, sino que os habíais equivocado y que ella había perdido un precioso y larguísimo tiempo. Tanto que ahora debe apresurarse a encontrar eso definitivo, a lo que no ha renunciado de momento, aún no le ha dado tiempo a corregir sus expectativas, o sus ilusiones, todavía debe de estar en el absoluto desconcierto. -Ahora sé le acentuó en la cara una expresión de lástima, parecida a la de muchas madres cuando observan a sus niños chicos y los ven aún tan ignorantes y tan lentos en su aprendizaje (tan desprotegidos por tanto). La ingenuidad da lástima las más de las veces. Mi padre parecía estarla viendo en Luisa, de quien hablaba, pero posiblemente la estaba viendo también en mí, que le preguntaba por ella cuando él no podía ayudarme. Sólo, a lo sumo, distraerme y hacerme caso, en eso consiste asumir las preocupaciones de otro-. Es algo un poco pueril, seguramente. Como si siempre hubiera tenido un modelo en la cabeza y el enorme revés contigo no la hubiera hecho abandonarlo, no todavía, y pensara: 'Si no era quien yo creía, habrá de ser otro. Y dónde está entonces, he de dar con él, tengo que verlo'. Eso es lo más que puedo decirte. No está necesitada de halagos, ni por supuesto de conquistas efímeras para reafirmarse. Cada vez que salga con alguien, si lo hace, será mirándolo como al definitivo, como a un futuro marido, y pondrá todo su empeño en que no se tuerza, lo tratará con infinitas buena voluntad y paciencia, queriendo quererlo, deseándolo a ultranza. -Hizo una pausa y alzó la vista hacia el techo, como para mejor imaginársela al lado de un imbécil permanente, ejerciendo con él esa paciencia. Después añadió con pesar-: Mal asunto para ella. Yo diría que eso espanta a los hombres, o sólo atrae a los pusilánimes. A ti, desde luego, te espantaría, Jacobo. No eres de los que se casan. Aunque hayas estado casado bastantes años y ahora lo eches de menos. En realidad sólo la echas de menos a ella, no el matrimonio. Siempre me sorprendió que te prestaras. También me ha sorprendido que no se te acabara antes, jamás creí que algo así fuera a durarte.
    No quise adentrarme por aquel camino, seguramente no sentía curiosidad por mí mismo, o, como decía aquel informe anónimo de los ficheros de la oficina, me daba por descontado o me tenía sabido; o quizá, por el contrario, me consideraba un caso perdido con el que no había de malgastar reflexiones. Así que insistí en hablar de quien conocía mucho más o bien no conocía tanto, quién sabía:
    – ¿Tú crees que por esa prisa podría quedarse con un hombre que no le conviniera, con alguien nefasto?
    – No, no tanto como eso -me respondió-. Luisa es inteligente, y cuando tenga que decepcionarse lo hará, aunque sea de mal grado y se resista y le cueste… Quizá con alguien mediano o que la satisfaga parcialmente tan sólo, o incluso que tenga algún elemento que le desagrade, eso puede. Lo que sí me parece es que a ese posible marido, sea como sea, a ese proyecto, a aquel en quien fije la vista, le dará incontables oportunidades, pondrá mucho de su parte, intentará ser comprensiva al máximo, como sin duda lo intentó contigo hasta que superaste el límite, supongo, nunca os he preguntado qué os pasó exactamente… A ese hombre no le entregará cheques en blanco, pero antes de despedirlo gastará casi entero el talonario, poco a poco. Que yo sepa, sin embargo, todavía no existe esa persona, o aún no ha adquirido la suficiente importancia como para que me hable a mí de ella, o me consulte. Ten en cuenta que yo soy para Luisa ahora lo más aproximado a un padre, y que conserva ese espíritu infantil que la hace tan grata y la lleva a solicitar consejo de sus mayores. Bueno, lo conserva en algunos aspectos. En otros no, desde luego. ¿Cuándo has dicho que te vuelves a Oxford?
    Lo vi cansado. Había hecho un esfuerzo, también él un esfuerzo de traducción o interpretación, como si él mera yo y yo fuera Tupra en nuestra oficina, y Tupra le estuviera apretando para que le hablara de Luisa, ojalá nunca la pusieran a ella bajo el escrutinio, no había motivo para que eso ocurriera, sólo pensarlo me dio escalofríos. Mi pobre padre me había complacido, había tratado de ayudarme, un favor al hijo, me había dicho lo que creía, cómo la veía, lo que le parecía esperable de su futuro inmediato. Quizá tuviera razón en sus estimaciones, y si Luisa estaba saliendo con alguien a quien se le había ido la mano en un mal momento, un muy mal día, podía darse que estuviera intentando disculparlo y corregirlo y comprenderlo en vez de apartarse o salir corriendo, que es lo que hay que hacer cuando aún se está a tiempo, es decir, cuando no está uno anudado, sino sólo envuelto. Podía darse que quisiera hacer caso omiso y borrarlo, que procurara relegar el hecho a la esfera de los malos sueños o arrojarlo a la bolsa de las figuraciones, como hacemos la mayoría cuando deseamos que no nos falle tan pronto el rostro, que no nos falle ya hoy sin ni siquiera tener la deferencia de esperar a mañana para decepcionarnos. La capacidad de aguante de muchas mujeres es casi infinita, sobre todo cuando se sienten salvadoras o sanadoras o redentoras, cuando creen que ellas podrán sacar del marasmo o la enfermedad o el vicio a un hombre al que quieren, o al que han decidido querer a toda costa. Piensan que con ellas él será distinto, que se enmendará o mejorará o cambiará y que se le harán indispensables por tanto, a veces me ha parecido que redimir a alguien era para ellas una forma -ingenua, ilusa- de asegurarse la incondicionalidad de ese alguien: 'No puede vivir sin mí', piensan sin llegar a pensarlo del todo, o a formulárselo. £Sabe que sin mí volvería a ser un desastre, un incapaz, un enfermo, un deprimido, un drogadicto, un borracho, un fracasado, una mera sombra, un sentenciado, un desecho. No me dejará nunca, ni nos pondrá en peligro, no me hará putadas, no se arriesgará a que me marche. No sólo me estará agradecido siempre, sino que tendrá conciencia de que conmigo está a flote y hasta nada rápido en su avance, mientras que sin mí se hunde y muere ahogado.' Sí, esto parecen pensar muchas mujeres cuando en su camino se cruza un hombre difícil o calamitoso o desahuciado o violento, un desafío, un reto, una tarea, alguien a quien enderezar o arrancar de un infierno. Y resulta incomprensible que tras tantos siglos de experiencias ajenas y de relatos aún no sepan que esos hombres creerán haber levantado cabeza y haberío hecho todo ellos mismos en cuanto se sientan despejados y optimistas y sanos -en cuanto se sientan reales y ya no espectros-, y que lo más probable es que entonces las vean a ellas como a un estorbo, como a quien les impide correr libremente o seguir ascendiendo. Y también resulta incomprensible que no se den cuenta de que serán ellas las más enredadas o las anudadas y las que jamás estarán dispuestas a abandonarlos, porque habrán convertido en poco menos que su misión a esos hombres, dependientes y desnortados o irascibles y llenos de lacras, y uno nunca renuncia a una misión si la tiene o cree tenerla, si por fin la ha encontrado y la ve inacabable, la ve de por vida, la cotidiana justificación de su gratuita existencia o de sus incontables pisadas sobre la tierra y de su travesía tan lenta por el reducido mundo…
    Me levanté y le puse la mano en el hombro, era un gesto que calmaba a mi padre en los últimos años, cuando se sentía asustado o débil o se desconcertaba, cuando abría mucho los ojos como si viera por primera vez el mundo, con una mirada tan inescrutable como la de los niños de pocas semanas o días, que observan, supongo, ese sitio nuevo al que se los ha arrojado y tal vez intentan descifrar nuestras costumbres y descubrir las que serán las suyas. La visión de mi padre debía de ser tan escasa como a veces se dice que es la de esos niños, quizá sólo distinguía sombras, manchas, la luz conocida y los confusos colores, era imposible saberlo, él aseguraba ver mucho más de lo que nos parecía, posiblemente por una especie de orgullo que le impedía reconocerse tan disminuido como en verdad lo estaba. Sabía quién era yo y el oído lo conservaba fino, así que tal vez, sobre todo, veía con el recuerdo. Y por eso, en parte, me situaba en Oxford en consonancia, donde había vivido, en efecto, aunque hacía ya muchos años, y de donde además había vuelto. De Londres, en cambio, aún ignoraba si regresaría (había regresado ahora; quiero decir para quedarme). A lo largo de aquellas dos semanas de estancia lo hice en uno u otro momento, cada vez que fui a verlo: apoyaba mi mano en su hombro y allí la mantenía un rato, haciendo una leve presión para que bien la sintiera, para que constatara que yo estaba cerca, en contacto, para darle seguridad y aplacarlo. Le notaba los huesos, también la clavícula, un poco salientes, había adelgazado desde mi marcha, y me daban al tacto una impresión de fragilidad, no como si pudieran romperse pero sí dislocarse fácilmente, por un mal gesto o por un esfuerzo; cuando lo manejaba su cuidadora lo hacía con delicadeza. En una ocasión, sin embargo, volvió la vista con curiosidad hacia mi mano posada, en modo alguno con rechazo. Se me ocurrió que acaso le parecía extraño verse objeto de ese gesto que posiblemente él había tenido conmigo muchas veces durante mi infancia, cuando él era el alto y yo sólo crecía poco a poco, el padre inclinado que pone la mano sobre el hombro del hijo para aleccionarlo, o para inspirarle confianza o brindarle protección simbólica, o para apaciguarlo. Miró mi mano aquella vez como quien mira una inocua mosca que se le ha posado, o quizá algo más grande, una lagartija que se inmoviliza un instante en sus recorridos, como si oyera pasos a sus espaldas. '¿Por qué me pones así la mano?', me preguntó con una media sonrisa, como divertido. '¿No te gusta?', le pregunté yo, y él respondió: 'Bueno, si quieres. No me molesta'. Pero en aquella primera visita, como en la mayoría, no se dio mucha cuenta o se limitó a sentir mi suave presión orientadora, tranquilizadora, sin decirme nada. Yo le contesté:
    – Ahora no vivo en Oxford, papá. Allí voy sólo de tarde en tarde, a visitar a Wheeler, te he hablado de él, ¿no te acuerdas? Sir Peter Wheeler, el hispanista. Es casi de tu edad, te lleva un año. Ahora estoy en Londres. Me volveré dentro de dos semanas.
    Quizá la sagaz interpretación de Luisa le pasaba factura, se había esmerado por mí y ahora le tocaba pagarlo. Era como si de repente se hubiera cansado de su perspicacia y se le hubieran mezclado los tiempos de nuevo, como el día anterior por teléfono. Tal vez ya no aguantaba demasiado rato siendo él mismo, quiero decir el de siempre, el alerta, el intelectualmente exigente, el que nos instaba a sus hijos a seguir y seguir pensando, el que nos decía 'Y qué más' cuando dábamos por concluidos una argumentación o un razonamiento, el que nos impelía a seguir mirando las cosas y a las personas más allá de lo necesario, cuando uno tiene la sensación de que ya no hay nada más que mirar y que continuar es perder el tiempo. 'Allí donde uno diría que ya no puede haber nada', eran sus palabras. Sí, a medida que cumplo años sé que eso fatiga y desgasta, y a veces me vienen ganas de no prestar ya más atención a mis semejantes ni al mundo, me pregunto por qué debería y por qué diablos lo hacemos todos en mayor o menor grado, ni siquiera estoy seguro de que no sea una fuente más de conflictos, incluso si miramos con buenos ojos. Él había cumplido los noventa. No era extraño que quisiera descansar de sí mismo. Y también del resto.
    – Ah, vaya -respondió algo molesto, como sí yo lo hubiera engañado a propósito y por gusto-. Siempre me has hablado de Oxford. Que te habían ofrecido allí un puesto, para dar clases. Un tal Kavanagh, que escribe novelas de miedo y es medieval ista, ¿verdad? Y claro que sé quién es tu amigo Wheeler, hasta le he leído algún libro. ¿Pero no se llamaba Rylands? Siempre lo has llamado Ry-lands. -No le dije que eran hermanos, se habría armado aún más lío-. ¿Y entonces en qué Universidad estás, en Londres?
    Así funciona la memoria de los ancianos. Se acordaba de Aidan Kavanagh o de su nombre, y hasta de sus novelas de éxito que publicaba bajo pseudónimo, un hombre simpático y deliberadamente frivolo, el jefe del departamento o de la SubFacultad de Español durante mi temporada oxoniense, ahora jubilado desde hace no mucho; también se acordaba de Rylands, aunque confundiéndolo; y en cambio no recordaba que me había ido a trabajar a la BBC Radio en mi segunda estancia inglesa, tan reciente que aún duraba. No tenía por qué recordar lo que había venido luego: al igual que a Luisa, le había contado poco -vaguedades, quizá evasivas- de mi nuevo empleo. Es curioso cómo uno oculta instintivamente, o más bien calla -es distinto-, lo que desde el principio le parece algo turbio: como uno no le dice a Luisa que ha conocido a una mujer con la que apenas ha cruzado unas frases en una reunión o en una fiesta, con la que aún no puede haber y además no va a haber nada, pero que lo ha atraído al instante. Tal vez ni mi padre ni Luisa me habían oído mencionar nunca a Tupra, o de pasada tan sólo, cuando era sin lugar a dudas la figura dominante de mi vida en Londres (y al cabo de un par de días comprobé hasta qué punto). No me pareció que valiera la pena, en aquel momento, desengañar a mi padre y decirle que no daba clases en ningún sitio.
    – Me voy ahora, papá -le contesté-. iré viniendo estos días, cuando tenga un rato. ¿Quieres que te avise, que llame antes de pasarme?
    Mi prolongada ausencia me hacía sentirme un poco intruso y tener ese miramiento, acaso impropio de un hijo respecto a la casa del padre, que también fue la suya durante muchos años. Yo estaba aún de pie, todavía con la mano en su hombro. Alzó la vista hacía mí, no sé si viéndome o adivinándome o recordándome. Su mirada era limpia en todo caso, sorprendida, ligeramente desamparada, como si no entendiera bien que me marchara. Se le veían muy azules los ojos en los últimos tiempos, más que en toda su vida, quizá porque ahora ya no usaba gafas.
    – No hace falta, hijo. Para mí seguís viviendo todos aquí, aunque os hayáis marchado hace tiempo. -Se quedó callado y añadió-: También vuestra madre.
    Me quedé con la duda de si ella seguía viviendo en la casa o si él le reprochaba que también se hubiera ido, al morir, hacía más tiempo que nadie. Serían las dos cosas, probablemente.

    Y seguí sin perder tiempo, / did not linger or delay or loiter or dally. Aunque tenía muchas ganas de volver a ver a los niños y no digamos a Luisa, y a mi hermana, y por primera vez a mis hermanos y a unos pocos amigos, y de pasearme por la ciudad como un extranjero, me sentí con algo que hacer concreto y urgente, con algo que averiguar y que resolver o a lo que poner remedio. Eso sí lo había aprendido de Tupra, al menos en la teoría: Luisa estaba seguramente en peligro, y ahora entendía que a veces no cabía hacer sino lo que había que hacer y además en seguida, sin esperar ni dudar ni entretenerse: tan sólo había que llevarlo a efecto como un hombre distraído o más bien ocupado, con actitud de trabajo y sin preguntarse. Sí, había ocasiones en las que uno sabía lo que pasaría en el mundo si no hubiera coacciones ni impedimentos, en que uno veía capacidades seguras de las personas, y para evitar que se desplegaran con toda su fuerza debía haber alguien -yo, por ejemplo, y quién si no en aquel caso- que las disuadiera o se lo impidiera. A Tupra le bastaba convencerse de lo que se daría en cada oportunidad si no lo frenaban él u otro centinela -la autoridad o las leyes, el instinto, la luna, la tormenta, el miedo, la espada cernida, los invisibles vigías-, para adoptar medidas escarmentadoras si esas eran las recomendables, las que tocaban según su criterio. 'Es el estilo del mundo', decía ante tantas cosas y situaciones: lo decía ante las traiciones y las lealtades, las zozobras y la aceleración del pulso, los vuelcos y el vértigo y las vacilaciones y los tormentos y los daños involuntarios, ante el rasguño y el dolor y la fiebre y la herida incurable, ante las aflicciones y los infinitos pasos que todos damos creyendo que la voluntad los guía, o al menos que interviene en ellos. Todo le parecía normal y aun rutinario a veces, la prevención o el castigo y jamás correr un grave riesgo, sabía demasiado bien que la tierra está infestada de fervores y afectos y de inquinas y malevolencias, y que a menudo los individuos no pueden evitar unos ni otras y además no quieren hacerlo, porque son mecha y pábulo de su combustión, también su razón y su lumbre. Y que no precisan de motivo ni meta para nada de ello, de finalidad ni causa, de agradecimiento ni agravio o no siempre, o que, como dijo Wheeler, 'llevan sus probabilidades en el interior de sus venas, y sólo es cuestión de tiempo, de tentaciones y circunstancias que por fin las conduzcan a su cumplimiento'. Y probablemente esa disposición suya tan drástica, a veces ín-misericorde, o sólo práctica, era para Tupra un rasgo más de ese estilo del mundo al que él se conformaba o ceñía; esa actitud irreflexiva, inclemente, resuelta (o era de una reflexión tan sólo, la primera), también formaba parte de ese estilo inmutable a través de los tiempos y de cualquier espacio, y no había por qué cuestionarla, como tampoco hay que hacerlo con la vigilia y el sueño, o el oído y la vista, o la respiración y el caminar y el habla, o con cuanto se sabe que 'así es y así será siempre'.
    Ahora yo me sentía como él, es decir, de los que no avisaban o no siempre, de los que tomaban resoluciones en la distancia y sin que sus motivos fueran apenas identificables, o sin que los actos establecieran con ellos un vínculo de causa a efecto, y todavía menos las pruebas de la comisión de tales actos. Tampoco yo las necesitaba, en aquella arbitraria o fundamentada vez -quién sabía, y qué importaba- en la que no pensaba mandar la menor advertencia o aviso antes de soltar el sablazo, ni siquiera necesitaba las acciones cumplidas o demostradas, los acontecimientos, los hechos ni la certidumbre para ponerme en marcha y arrancar de la vida de Luisa al hombre con el que se estuviera enturbiando y que la amenazaba, y a mis hijos también por tanto. Primero tenía que averiguar, después iría a encontrarlo. Ella no iba a decirme acerca de él ni una palabra, y menos tras haber yo sospechado inmediatamente de aquel sujeto aún sin nombre ni rostro, como responsable de su cara herida con los mil colores. Así que el siguiente paso, tras las conjeturas de mi padre y su creencia de que mi mujer le daría larga cuerda a quien la ilusionara ahora, o a quien ella enfocara (cSí, es mi mujer todavía, sensu stricto, pensé. 'No nos hemos divorciado ni al parecer hay prisa, ninguno de los dos lo ha planteado', y eso me reafirmó en mi determinación, o en mi reflexión primera que no admitía segunda), era ir a ver a su hermana o hablar con ella por teléfono; y aunque nunca habíamos congeniado en exceso ni nos habíamos creado un trato propio; aunque llevaba una vida poco familiar e independiente y a los niños y a mí nos veía sólo de tarde en tarde, como una mera adherencia de Luisa, con ella sí solía quedar una o dos veces al mes, Luisa iba a visitarla a su casa sin hijos y con el marido por lo general ausente, o bien almorzaban juntas en un restaurante y se contaban de sus respectivas vidas, no sabía hasta qué punto pero suponía que casi todo. Si alguien podía estar enterado, si alguien podía conocer a aquel hombre de la mano larga, conocer su rostro y su nombre, esa era ella, su híspida hermana menor Cristina. Y por mucho que se debiera a Luisa y a mí me hubiera considerado un prescindible apéndice, si algo la preocupaba -y aquel individuo era muy preocupante si mis deducciones eran acertadas, y también si no lo eran-, estaba seguro de que me lo diría y dfe que no recibiría mal una voz afín sobre el asunto.
    La llamé al caer la noche, se sorprendió, ni siquiera sabía que estaba en Madrid, tampoco tenía por qué a menos que hubiera hablado con su hermana en el día y ésta se lo hubiera comentado, me preguntó cómo me iba en Londres, me chocó que tuviera presente mi paradero, 'Bien', le contesté sin entrar en detalles, era sólo una pregunta refleja, y en seguida le pedí verla un rato lo antes posible, 'Imposible', dijo, 'mañana salgo de viaje y estoy muy liada con preparativos', 'Cuánto te vas', 'Una semana', 'A la vuelta será un poco tarde, tendría que ser antes, yo sólo estaré aquí quince días, bueno, ya menos, ¿a qué hora sales?', le insistí, 'A la hora de comer, pero antes estoy pillada, ¿no me lo puedes contar por teléfono? ¿Es sobre Luisa?', 'Sí, es sobre Luisa'. Entonces se quedó callada unos segundos y me pareció que tomaba asiento. 'A ver qué me vas a decir, Dime, venga', '¿Ahora?', 'Sí, ahora. Si es lo que me imagino no nos llevará mucho tiempo ni vamos a discutir, me parece, no vamos a estar en desacuerdo. Se trata de Custardoy, ¿verdad?'.
    '¿Quién?'
    'Custardoy, el tipo con el que está saliendo. ¿O es que no lo sabes? Ay Jaime, no me digas que no lo sabías.' Esto último no sonó como si temiera haber metido la pata conmigo, sino como si no diera crédito a mi posible ignorancia. Quizá me había considerado siempre un distraído, o aún peor, un pasmado.
    'Acabo de llegar, no sabía el nombre.' Ahora ya lo sabía y sabía de su existencia en la actual vida de Luisa, luego eso ya no eran conjeturas. Sólo me faltaba conocer el rostro y averiguar dónde encontrarlo. Custardoy. Era un apellido infrecuente, extraño, en la ciudad no habría muchos. 'Llevo fuera un montón de tiempo, y en conversaciones telefónicas cuesta enterarse. ¿Quién es? ¿A qué se dedica?'
    'Es pintor, o copista, o las dos cosas. Las malas lenguas dicen que también es falsificador de cuadros, en todo caso está metido en el mundo del arte. En realidad me alegra que me hayas llamado, estoy bastante preocupada con eso. Aunque no sé yo si se puede hacer nada, en este tipo de empeños casi nunca se puede hacer nada.'
    '¿Preocupada? ¿Por qué? ¿Empeños?'
    'Dime tú primero lo que querías decirme. ¿Qué te ha contado Luisa?'
    Dudé si fingir que sabía algo más de lo que sabía, pero no me pareció prudente, Cristina era híspida y, si se daba cuenta, podía optar por no soltar ya más palabra. Eso era lo último que deseaba ahora, dependía de ella enteramente, sin querer ya me había dado mucho, sin necesidad de yo sonsacarle.
    'La verdad es que muy poco, nada', admití por fin. 'Según Luisa, cuanto ella haga ya no es asunto mío, y tiene razón en principio. Lo que pasa es que la vi anoche un momento, fui a visitar a los niños, ella me evitó y se largó antes de que yo llegara, pero la esperé hasta su vuelta, tardó varias horas, no sé dónde fue, me dejó con la canguro, y creo que me evitó porque me la encontré con la cara hecha un cromo y no querría que se la viera. Dice que se golpeó con la puerta del garaje, pero tiene un ojo morado y para mí que alguien le ha soltado un puñetazo, y eso ya no me preocupa, me alarma, y además sí es asunto mío, cómo no va a serlo. Como si te lo hubieran pegado a ti, o a cualquier amiga. ¿Tú sabes algo de eso?'
    'Como si me lo hubieran pegado a mí no, Jaime, que yo bien te traigo sin cuidado.' Mi cuñada tuvo la suficiente aspereza para contestarme eso primero. Luego cambió de tono y dijo como para sí: 'Otra vez entonces, no me digas. Esto no puede ser'.
    '¿Otra vez? ¿Ya ha pasado antes?'
    Cristina no me respondió en seguida. Hizo una pausa como si se mordiera el labio y calibrara algo. Pero su vacilación fue de un instante.
    'Según ella, no, nunca ha pasado nada, ni lo que tú te sospechas ni lo que yo me he sospechado. Mira, te cuento esto porque estoy preocupada, y más aún con lo que me dices, no sabía nada, hace un par de semanas que no la veo y no me ha insistido para que nos encontráramos antes de este viaje mío, confiará en que a mi regreso no le quede ya marca y así no pueda preguntarle. Pero no creo que le haga gracia que hable contigo de esto. Si no me lo ha prohibido expresamente será sólo porque ni se le ha pasado por la cabeza que tú y yo fuéramos a tener contacto. A mí tampoco, la verdad. ¿Sabía ella que venías?'
    'No, la avisé una vez en Madrid, ayer mismo. Quería que fuera una sorpresa para los niños.'
    'No le ha dado tiempo a prepararse', reflexionó, 'ni a pensar en las filtraciones posibles. Seguramente no querrá que sepas ni que sale con ese hombre.'
    '¿Qué es lo que tú te has sospechado?'
    'Bueno, según ella, hace un par de meses o así resbaló en la calle y al caer se dio en la cara contra uno de esos pivotes metálicos del Ayuntamiento, lo cual no es extraño en principio dado que la ciudad está llena, creo que los llaman bolardos, hay que andar sorteándolos para no romperse las rodillas. ¿No te lo contó?'
    'No, en absoluto. Y hablamos por lo menos una vez a la semana.'
    'Pues mira, era como para contarlo. Se había hecho un buen corte. Superficial, pero le iba desde el lateral de la nariz hasta la mitad de la mejilla, una cosa bien visible.' 'Uno sfregio' pensé, me vino en seguida la aprendida palabra, 'un chirlo'. 'Y tenía una raspadura en la barbilla. Por cómo me lo contó no me lo acabé de creer, y aquello tenía más pinta de arañazo, o de zurriagazo, o de guantazo, los conozco porque a una antigua medio amiga mía le cayeron unos cuantos hace años; luego el marido acabó cargándosela, cuando yo ya no la trataba, por suerte, algo fue algo.' Toqué madera instintivamente. 'Así que le pregunté a las claras si Custardoy le había puesto la mano encima, si le había podido soltar un manotazo. Me lo negó y me dijo que estaba loca, que cómo se me ocurría. Pero se ruborizó al decírmelo, y yo sé cuándo mi hermana miente, porque llevo desde pequeña viéndole la cara cuando lo hace. Además he tenido mis noticias luego.'
    '¿Qué noticias? ¿Tú lo conoces, al tipo?' Me di cuenta de que ya prefería no mencionar su nombre, aunque lo tenía bien asido en la memoria, como si fuera un hallazgo, un tesoro. Era una información valiosa.
    'Sí, de vista. Y de oídas. Hace unos años no era raro encontrárselo tomando copas de noche en Chicote, o en eí Cock, o en el Del Diego o en otros, un tipo artístico, un ligón nocturno, aunque al parecer no sólo, sino de toda hora, uno de esos que al instante sabe reconocer quién quiere ser abordado y con qué propósito, o capaz de crear la disposición y el propósito en el otro, es decir, en las mujeres. Es lo que me han contado. No sé si ahora seguirá yendo a esos sitios, porque yo no voy. Lo mismo tú lo has visto alguna vez, en los ochenta o en los noventa.'
    '¿Cómo es? ¿Lleva coleta?', le pregunté, no pude evitarlo. Ardía en deseos de saber eso,
    'Sí, ¿cómo lo sabes?'
    'Algo sé. Pero entonces no me suena. O no tengo memoria de nadie en particular con coleta. Bueno, la verdad es que dejé de salir de noche casi cuando nació Guillermo, y a lo mejor no la llevaba antes. El apellido no me dice nada, desde luego. ¿Qué noticias?'
    'Después de verle ese corte a Luisa y de que me diera tan mala espina, le pregunté por Custardoy a un conocido, Juan Ranz, que lo conoce desde que eran chicos. Nunca se llevaron bien ni tienen apenas trato desde hace años, pero sus padres eran amigos y los dejaban juntos cuando se visitaban, para que jugaran y se entretuvieran, así que lo padeció bastante; dice que era un niño adulto, impaciente por subirse al mundo, como si quisiera salir de su cuerpo aún no formado. Luego, ya de mayor, Custardoy le hacía copias de cuadros al padre de Ranz, experto en arte (por lo visto es magnífico y te copia a la perfección cualquier cosa de cualquier periodo, cuesta distinguirlas de los originales y de ahí su fama de que falsifica), y por eso siguió viéndolo de vez en cuando, a través del padre. Juan es intérprete en las Naciones Unidas y su mujer también se llama Luisa, por cierto.'
    '¿Y qué más te contó?'
    'Lo más llamativo, o lo más inquietante, lo que más puede atañemos, es que, siendo un hombre de éxito con las mujeres, debe de haber en su trato con ellas un componente algo siniestro, porque Ranz sabe de algunas que han salido espantadas de su relación con él, quiero decir de su relación en la cama (algunas eran prostitutas y no habían tenido más que esa). Y luego ni siquiera han querido contarlo ni hablar de ello, como si necesitaran olvidarlo lo antes posible y zafarse de la experiencia. Como si la experiencia las quemara, su mero recuerdo, y no se prestara a hacer de ella un relato. E incluso si eran dos las putas que habían estado a la vez con él (al parecer es aficionado a los tríos, con mujeres siempre), las dos habían salido igualmente espantadas y sin querer soltar prenda. Y sucede lo esperable: que muchas otras, putas o no, sienten una curiosidad irresistible por saber qué diablos hace o no hace. Ya sabes que hay por ahí mucha tonta suelta.'
    Era de lo peor que podía oír. Un tipo con éxito pero putero, que dejaba huella en la cama, aunque fuera una huella de espanto. 'Un individuo así ni siquiera tendrá que hundirme ni cavar mi tumba aún más hondo, en la que ya estoy sepultado', pensé, 'porque mi recuerdo lo habrá suprimido de un plumazo, con el primer terror y la primera súplica y la primera fascinación y la primera orden, y ahora Luisa puede estar subyugada.'
    'Pero Luisa no es tonta, no lo era, nunca lo ha sido', dije. 'Quizá ese hombre sea distinto con las que no son putas. Quizá cuando disponga de más de una noche se comporte de otro modo y aun del opuesto, precisamente para asegurárselas, esas más noches. ¿O es que crees que el elemento siniestro consiste en eso, en que las zumba a todas? No creo. Eso se habría contado, se habría sabido, esas mujeres se habrían puesto en guardia unas a otras. Las mujeres os contáis estas cosas, ¿no?, quiero decir detalles. Las españolas al menos. ¿En qué términos te ha hablado de él? ¿Está enamorada, encaprichada? ¿Ansiosa, colgada, distraída, halagada? ¿Hasta qué punto va en serio? No estará enamorada. Y de qué lo conoce, de dónde ha salido.' Quizá la información de aquel Ranz me había puesto más nervioso que ninguna otra cosa, incluido el ojo negro de Luisa, estaba ya amarillento. '¿Qué más te contó ese amigo tuyo?'
    'Nada muy bueno, excepto lo bueno que es en su trabajo. Para él no es trigo limpio, no es de fiar, bajo ningún concepto. Y no es de los que se enamoran, o no solía serlo, eso me dijo. Pero quién sabe, en ese terreno la gente cambia en cualquier instante. Cuando supo que mi hermana salía con él, dijo: "Huuy", como quien augura un desastre. Por eso anduve interrogándolo, y por lo de la supuesta caída contra el pivote y ese corte que me dio mala espina. De hecho se lo pregunté abiertamente, si creía que Custardoy sería capaz de pegar a una mujer.' Y Cristina se quedó callada, como si hubiera terminado un grupo de frases.
    '¿Y qué te contestó? Dime'
    'No fue concluyente, pero vaya. Se lo pensó un momento y dijo: "Supongo. No me consta que lo haya hecho, eso no lo he oído decir y él a mí no iba a contármelo. Nadie presume de eso. Pero supongo que sería capaz, perfectamente". Así que ya ves. (Claro que él no le tiene simpatía y tampoco se lo puede tomar por el oráculo.) Fue entonces cuando me contó lo de las putas y eso; bueno, y entendí que no sólo putas. Ahora me vienes tú con que Luisa tiene otro golpe del que no me ha dicho una palabra. Si se hubiera dado contra una puerta y se le hubiera puesto un ojo morado lo normal es que me lo hubiera contado, no nos hemos visto últimamente pero sí hemos hablado por teléfono. Y a ti en cambio no te contó lo del pivote. No sé, sí que estoy muy preocupada. Y mira, Jaime, Luisa no es tonta, pero tú sólo la has conocido en una situación estable, contigo. Quitando los últimos meses hasta que te fuiste, vale, pero había un resto de estabilidad mientras tú seguías en la casa, como un aplazamiento, una inercia. ¿Y ahora cuánto llevas fuera, nueve meses, doce, quince? Es mucho tiempo para el que se queda, más que para el que se marcha. En esta situación no la conocemos, ni tú ni yo, antes de ti era muy joven. La gente es imprevisible cuando se separa. Hay quien se encierra en su casa y no quiere ver a nadie, y hay quien se lanza a las calles y se mete en cualquier cama que se le abra. Hay quien primero hace una cosa y luego la otra, o la otra y la una, me gustaría saber las tonterías que estarás haciendo tú en Londres, completamente a tu aire y sin obligaciones familiares. Por supuesto también hay términos medios. Luisa no se habrá lanzado a las calles porque, rfara empezar, tiene a los niños. Pero tampoco se habrá limitado a llorar contra la almohada. Debe de estar algo impaciente, algo ilusionada, como mínimo tendrá curiosidad por conocer a otro hombre, por probar qué tal sale, y la curiosidad lleva a tonterías sin cuento y a empeñarse en ellas hasta que la curiosidad se pasa. La verdad es que me ha contado poco, quiero decir de lo que siente, o de lo que espera; a lo mejor no espera nada y sólo deja que transcurra el tiempo hasta ver más claro y saber lo que quiere. O si quiere algo. Por lo que me dijo Ranz, y por su fama, es improbable que ese Custardoy la presione, para que viva con él o se divorcie, o esas cosas; si no es de los que se enamoran. Tampoco yo le he preguntado mucho, lo reconozco: ya sabes cómo soy, lo de los demás lo oigo si me lo cuentan, pero no me interesa gran cosa, a no ser que se ponga grave. Sólo sé que sale con ese tipo y que se lo pasa bien y le gusta, eso es obvio. Cuánto, lo ignoro; pero puede que mucno, sí, puede que esté colada y que por eso sea discreta y se lo calle. Digamos que no oculta esa relación pero tampoco la va proclamando. Me refiero conmigo, con otra gente me imagino que la aireará aún menos. No me la anunció a bombo y platillo, vamos, no me dio la gran noticia. Y juntos los he visto sólo una vez, un momento y desde el coche, no es que estuviera un rato con ellos ni nada. Aún la veo en plan reservado, o pudoroso, como si aí cabo de tantos años de casada le diera vergüenza tener un novio.'
    '¿Cómo fue eso de que los viste?' Aunque fuera tan sucinta como decía, aquella sería para mí la única imagen de los dos juntos, aparte de la demasiado indirecta y desatendida de mi cuñado, a través de mi hermana. Y tenía necesidad de figurármelos. Era extraño figurarse a Luisa al lado de alguien, ya no al mío. Más que repugnante u ofensiva, me parecía irreal la idea, como una actuación, como una farsa. Y era más irreal que dolorosa, también eso. Las separaciones de esta índole no tienen sentido, por normales que se hayan hecho en el mundo desde hace ya mucho tiempo. Uno se pasa años girando en torno a una persona, contando con ella en todo instante, viéndola a diario como si fuera una prolongación natural de sí mismo, llevándola incorporada en sus andares y en sus ocupaciones, en sus divagaciones y hasta en sus sueños. Pensando en contarle la menor nimiedad que haya presenciado o que le haya ocurrido, por ejemplo la petición de una madre rumana de toallitas empapadas para sus niños. Uno es con esa persona, como aquella gitana húngara era con ellos o el perro de Alan Marriott era sin pata. Tiene un conocimiento de sus pensamientos y preocupaciones y actividades permanentemente renovado, detallado y constante; sabe cuáles son sus horarios y sus costumbres, a quiénes ve y con qué frecuencia; y cuando al caer la tarde uno se encuentra con ella los dos nos contamos lo que nos ha pasado y lo que hemos hecho durante la jornada, en la que ninguno abandonó del todo la conciencia del otro en ningún momento, y a veces esos relatos son pormenorizados; después se acuesta uno con ella y es lo último que ve en el día, y -lo que es más extraordinario- se levanta también con ella, que sigue ahí por la mañana, al cabo de las horas privadas, como si fuera uno mismo, que jamás se marcha ni desaparece y a quien nunca perdemos de vista; y así un día tras otro a lo largo de muchos años. Y de pronto -aunque no es 'de pronto', pero así lo parece una vez consumado el proceso y asentado el alejamiento: de hecho es 'muy poco a poco' y además vimos su inicio, pero sin querer enterarnos-, uno pasa a no tener noción de lo que esa persona piensa, siente y hace cotidianamente; transcurren días y semanas enteras sin que haya apenas noticia, y ha de recurrir a terceros -a quienes solían saber mucho menos: en comparación con uno, nada- para averiguar lo más básico: qué vida lleva, a quién ve, qué la angustia de los niños, con quién sale, si tiene un dolor o se ha puesto enferma, si su ánimo es ligero o nublado, si se sigue cuidando la diabetes y da sus largos y prescritos paseos, si le han dado un disgusto o le han hecho daño, si el trabajo la agota o la agobia o le trae satisfacciones, si teme el envejecimiento, cómo ve el futuro y cómo contempla el pasado, de qué modo me mira a mí ahora; y a quién quiere. No tiene ningún sentido que se pase del todo a la casi nada, cuando nunca dejamos de recordar y en lo fundamental somos los mismos. Todo es ridículo y subjetivo hasta extremos insoportables, porque todo encierra su contrario: las mismas personas en el mismo sitio se aman y no se aguantan, lo que era afianzada costumbre se vuelve paulatinamente o de pronto -tanto da, eso es lo de menos- inaceptable e improcedente, quien inauguró una casa encuentra prohibida la entrada en ella, el tacto, el roce tan descontado que casi no era conciencia se convierte en osadía u ofensa y es como si hubiera que pedir permiso para tocarse uno mismo, lo que gustaba y hacía gracia se detesta y estomaga y se maldice y revienta, las palabras ayer ansiadas envenenarían el aire y provocarían hoy náuseas, no quieren oírse bajo ningún concepto, y las dichas un millar de veces se intenta que ya no cuenten. Borrar, suprimir, desdecirse, cancelar, y haber callado ya antes, esa es la aspiración del mundo y así nada es o nada es nada, las mismas cosas y ios mismos hechos y los mismos seres son ellos y también su reverso, hoy y ayer, mañana, luego, y antiguamente. Y en medio no hay más que tiempo que se afana por deslumbrarnos, lo único que se propone y busca y así no somos de fiar las personas que por él aún transitamos, tontas e insustanciales e inacabadas todas, sin saber de qué seremos capaces ni lo que al final nos aguarda, tonto yo, yo insustancial, yo inacabado, tampoco de mí debe nadie fiarse…
    'Un día que quedamos a almorzar', contestó Cristina. 'Hace ya unos meses, fue antes de lo del bolardo y el feo corte, yo aún no tenía reservas ni preocupaciones, es más, me traía sin cuidado lo que hiciera o con quién fuera con tal de que se animara un poco, ella es la hermana mayor, no lo olvides, nunca he tendido a protegerla mucho, ella a mí sí, es lo normal. Luisa había quedado luego con él, en su casa o en su estudio, no me acuerdo. Nos entretuvimos, se nos hizo algo tarde y se alarmó al ver la hora, porque no habían quedado arriba, sino en el portal para subir juntos o quiza iban antes a otro sitio, no sé, le daba horror que él la esperara. Así que la acerqué en mi coche, ella no había sacado el suyo; pensaba haber ido en metro, dijo, lo más rápido, pero desde la boca más cercana tenía un trecho de andar y a eso ya no le daba tiempo, así que la llevé hasta la puerta. En esa zona no hay quien aparque y casi ni pude pararme, sólo lo justo para que se bajara, la dejé casi en la esquina. De modo que no me lo presentó ni nada, aunque ya te digo que yo lo conocía de vista, de aquí y de allá, de la noche. Sólo los vi juntos desde el coche, medio minuto, mientras esperaba a que se me abriera el semáforo, desde la esquina'.
    '¿Qué zona era? ¿Qué esquina?'
    'Al final de Mayor, pasado Bailén, al lado del Viaducto. Casi donde empieza la Cuesta de la Vega.'
    '¿No recuerdas el número del portal?'
    'No me fijé. ¿Para qué quieres saberlo?'
    '¿En qué acera?'
    'Pues en la única con casas. En la otra está ya el adefesio, ¿no te acuerdas? ¿Para qué?'
    El adefesio era la Almudena o museo de los horrores ecuménicos, la espantosa catedral moderna, más o menos del Opus Dei o así lo parece, con una estatua del Papa polaco allí fuera, totus tuus pero con una frente abombada, casi frankensteiniana, y los brazos abiertos y alzados como si fuera a arrancarse a bailar una jota; y eso, con ser horrible, quizá sea lo menos feo, hay allí, entre otras infamias, unas vidrieras infames de un inimaginable artista llamado Kiko (Kiko Algo), nada decente se puede esperar de tal nombre. Ahora caía, ahora visualizaba el tramo.
    'Para nada. Para imaginármelos. ¿Y qué viste?'
    'Qué iba a ver, pues nada. Ella se saltó el semáforo en rojo al cruzar Mayor, tan apurada iba, como diez minutos tarde. Lo único que me llamó la atención fue que se había puesto a llover, y él, en vez de guarecerse en el portal (no tenía más que retroceder dos pasos), la esperaba fuera, mojándose. Quizá estaba allí para otear mejor, por la impaciencia.'
    'O quizá para añadir motivos de reproche por el retraso', dije yo torcidamente, 'Así podría crearle aún peor conciencia, decirle que por su culpa se había empapado, o incluso resfriado. ¿Cómo la recibió? ¿Se abrazaron, le dio un beso, la cogió de la cintura?'
    'Creo que no, que no se tocaron. Por la actitud y algún gesto me pareció que ella se apresuraba a excusarse, señaló hacia mi coche, le daba explicaciones, ¿qué importa eso?'
    '¿Llegaste a verlos entrar?'
    'Sí, justo antes de que se me pusiera en verde el semáforo. Ahora que me preguntas tanto, puede que él estuviera algo enfadado, porque entró antes que ella sin cederle el paso, Luisa iba detrás poniéndole una mano en el hombro, como si quisiera calmarlo o que se le fuera el disgusto; como todavía disculpándose.'
    'Ya. Un tipo colérico, un artistoide, un histérico. Poco caballeroso, en todo caso.'
    'Bueno, tampoco tanto, no sé, fue un momento. De caballeroso no va, desde luego. Bien vestido sí, con corbata siempre, muy clásico. Pero su éxito consiste, supongo, en que va más bien de rufianesco, eso atrae a muchas mujeres. A mí no, para nada, pero yo soy rara o es que ya he conocido a unos cuantos, y no compensan. Aquel día, con el pelo hacia atrás, todo mojado, resultaba un poco inquietante. Da la impresión de §er un hombre tenso, concentrado, con nervio, quiero decir en tensión permanente. De vista me pareció siempre algo sombrío. Cordial y seductor, pero sombrío.'
    '¿Qué edad tiene?'
    'No sé, ahora rondará los cincuenta, me imagino. Aunque aparenta menos.'
    'Diez o doce años mayor que Luisa. Eso es malo, le tendrá autoridad, o influencia. ¿Sabes cómo se llama de nombre?'
    'Esteban, creo. Espera. Sí, Esteban. Luisa lo ha llamado así alguna vez, aunque suele referirse a él más por el apellido, como si quisiera distanciarse o hacer ver que en realidad no es tan íntimo.' 'También yo llamo a la joven Pérez Nuix por su apellido', pensé, 'pero no es en absoluto el mismo caso.' 'Ya te he dicho, a ratos es como si le diera vergüenza tener un novio. Con hijos, después de ti, todo eso.'
    'Esteban Custardoy. ¿No estás segura? ¿Como pintor no es conocido? Quiero decir, ¿su nombre no sale en los periódicos, no hace exposiciones y eso?'
    'No, que yo sepa; pero tampoco me fijo, lo último que puede interesarme es la pintura contemporánea. Yo creo que es más copista. Luisa me mencionó que a veces le encargan cuadros del Prado y se pasa allí las horas muertas, estudiando y copiando. O de otros museos de fuera, y entonces viaja para verlos unos días al menos, a cualquier lugar de Europa. Ranz me dijo que había aprendido con el padre, Custardoy el viejo lo llamaban, que ya le hacía copias al suyo, al de Ranz me refiero. A él lo llamaban al principio Custardoy el joven. No sé si ahora.'
    Me quedé callado un momento. Encendí un Karelias, me había traído diez paquetes, en Madrid no podría comprarlos.
    'Hay algo que no casa mucho, Cristina. No me pega que Luisa tolere a un individuo que la maltrate, menos aún si lo ha conocido hace nada, hace unos meses. Si nuestras sospechas son ciertas, no le ha pegado una vez, sino dos. No entendería que aún lo viera y se acostara con él como si nada; que no hubiese cortado a la primera, no digamos a la segunda. Ayer mismo me lo negaba; en cierto modo lo protegía, o se protegía, quiero decir su relación con él, que nadie la toque ni se inmiscuya, que nadie se meta. Se puede comprender que yo sea el último con el que esté dispuesta a hablar de un novio, más aún si es problemático, y aunque le represente un peligro. Pero, ¿contigo? ¿Cómo te explicarías tanto aguante? Y encima en una mujer nada sumisa como ella'. Me di cuenta de que era la primera vez que lo decía y también que lo pensaba o me lo figuraba de veras, como algo real y regular, continuado:'… y se acostara con él como si nada', había salido de mi boca. Sí, claro, se acostaban, es una de las gracias de los noviazgos y es la costumbre. Tero eso no significa mucho, no por fuerza', me apresuré a pensar para rebajar la imaginación fugaz y las palabras; 'también yo me he acostado con Pérez Nuix y con otras y es casi como si no hubiera ocurrido. No están en mi pensamiento, no me acuerdo de ellas, o sólo de tarde en tarde y sin emoción alguna. Bueno, con Pérez Nuix es distinto, porque la veo a diario y cada vez que la veo me acuerdo o más bien lo sé, aunque mi polvo con ella fuera el más impersonal, cómo decir, casi a ciegas, casi anónimo, silente. También me acosté con otras mujeres regular y continuadamente, en el pasado, con Clare Bayes en Inglaterra sin ir más lejos, o con aquella novia en la Toscana a la que debo mi italiano. Y qué, son sólo datos de un archivo, registrados hechos que desde hace mucho no me condicionan ni influyen. No, eso no significa gran cosa, una vez que cesa. Lo único es que lo de Luisa está sucediendo y aún no ha cesado, y además le hace daño y nos amenaza a todos, a los cuatro.'
    Ahora fue Cristina la que se quedó pensativa unos segundos. La oí resoplar al otro lado del hilo, quizá se había hartado ya de la charla o debía reanudar sus preparativos de viaje.
    'Yo qué sé, Jaime. A lo mejor estamos equivocados y no le ha hecho nada, se dio contra un pivote y contra la puerta del garaje, una mala racha. Lo malo es que ni tú ni yo nos creemos eso. A mí me da que está empeñada en tirar adelante con él, por mucho que se haga la tonta o la distanciada, y en estos casos todo es posible, cuando alguien quiere querer no lo disuade nada circunstancial ni externo. Sólo el querido cuando rechaza su querer, y ni así a veces. La gente tiene mucho más aguante de lo que pensamos. Una vez enredadas, las personas lo aguantan casi todo, al menos durante un tiempo, lo sé por propia experiencia. Creen que podrán hacer cambiar lo malo, o que lo maío es pasajero. Y Luisa es paciente, tiene mucha correa, mira cuánto tardó en terminar contigo. Lo que no sé es por qué estamos hablando. Ella de momento no nos va a decir ni a contar nada, ya lo hemos visto. Ni siquiera podríamos intentar convencerla. No veo que nada esté en nuestra mano. Tengo que seguir con mis asuntos, Jaime, me voy mañana y esta conversación no nos lleva a ningún lado, aparte de a alimentarnos la preocupación mutuamente.' Me quedé callado, me quedé pensando en sus palabras: 'Una vez enredadas, las personas lo aguantan casi todo, al menos durante un tiempo'. 'Todo es cuestión de enredar al otro, de intervenir, de pedirle, de preguntar, exigirle. De hablar con él y entrometerse', seguí pensando y seguí callado. 'Jaime, ¿estás ahí?'
    'Podríamos intentar convencerlo a él', dije entonces.
    '¿A él? No lo conocemos, sobre todo tú. Vaya ocurrencia. Conmigo no cuentes. Además me voy mañana. Y si fueras a hablar tú con él, lo mismo se te reía en la cara o te soltaba un puñetazo, ¿no te das cuenta?, si efectivamente es un violento. ¿O es que le vas a ofrecer dinero para que se quite de en medio, como un padre antiguo? Bah, por lo que yo sé, ni siquiera lo necesita, trabaja para coleccionistas forrados. Luego le iría con el cuento a Luisa, y ya me dirás cómo ibas a justificarle a ella semejante intromisión en su vida, estáis separados. No te volvería a dirigir la palabra, eso lo sabes, ¿no? Te haces cargo.'
    Pero tal vez nada de eso ocurriría con mi tentativa de convencimiento. De modo que hice caso omiso de sus objeciones y me limité a preguntarle, como si ahora no la hubiera oído:
    'Aparte de la coleta, dime: ¿cómo es, qué aspecto tiene?'

    Había aprendido de Reresby y Ure y Dundas y hasta me había contagiado algo de Tupra, pero todavía no era como él ni deseaba serlo, excepto en alguna ocasión suelta, aquella era una ocasión suelta. Tal vez no se pueda imitar a la gente tan sólo a ratos y a conveniencia, y para actuar una vez como el modelo -una vez única- antes deba asemejársele uno en todo momento y circunstancia, es decir, también a solas y cuando no le hace falta, y para eso hay que tener motivos más fuertes que los encontrados, esto es, que los que vienen de fuera y nos asaltan. Hay que tener una necesidad profunda, una íntima voluntad de cambio, no era mi caso. Me comporté como pensaba que él se habría comportado, inicialmente, pero llegó un instante en el que ya no estuve seguro o no supe imaginármelo, o preferí no estarlo o no me imaginé a mí mismo, y me entraron dudas, lo que él no debía de padecer casi nunca; y así volví a pensar que podría ayudarme, o al menos darme consejo y reafirmarme, o al menos no disuadirme. No lo llamé hasta entonces, cuando habían pasado ya unos días desde mi llegada y mi primera visita a los niños, mi robada visión de Luisa, mi encuentro con mi hermana y mi padre, mi conversación telefónica con mi cuñada Cristina Juárez, y tras haber dado unos pocos pasos en su estela imaginaria.
    Empecé por consultar el listín y buscar aquel infrecuente apellido, Custardoy. Descubrí que me había quedado corto en mis suposiciones, porque no es que figuraran pocos, sino que en todo Madrid sólo había uno: vivía en la calle de Embajadores y por desgracia la inicial de su nombre no era la E de Esteban, sino una maldita R de Roberto, Ricardo, Raúl, Ramón o Ramiro, quién los quería. Estaría su número bajo otro nombre, acaso el de su casero si vivía en régimen de alquiler, aunque me parecía improbable que no poseyera casa o estudio propios, si le pagaban tan bien los coleccionistas, seguramente por falsificaciones con las que dar un cambiazo en una iglesia mal vigilada o que vender como auténticos a museos ingenuos y provinciales, ya había decidido que aquel hombre era un estafador, un corrupto, en mi composición de lugar, en mi pensamiento. También podía ser que apareciera bajo su segundo apellido, algunas personas recurren a eso para no ser muy molestadas, a él lo alterarían los timbrazos cuando trabajaba, le harían perder precisión, concentración, daría pinceladas erróneas o agujerearía el lienzo por los nervios, la pintura se le correría, era un artístico, quién sabía su segundo apellido, ni siquiera Luisa, probablemente. Llamé a Información por si acaso, y pregunté por un Custardoy en la calle Mayor, no tenían noticia de ninguno, sólo del de Embajadores de nuevo. Entonces me desplacé hasta el tramo breve de esa primera calle, el tramo más allá de Bailén y anterior al inicio de la Cuesta de la Vega y al inmediato parque, llamado de Atenas, que no conocía más que de atravesarlo en coche algún remoto día, y allí tuve suerte, porque sólo había dos portales y uno se correspondía con dependencias del Ayuntamiento cercano, deduje que sería el otro, el número 81. En el portero automático no figuraban nombres sino tan sólo los pisos, cuatro y un bajo. Era casi la hora de comer -un mal cálculo mío- y la enorme puerta de madera historiada estaba cerrada, luego no pude saber si además había portero de carne y hueso al que preguntar en otro momento. Pensé en llamar a un par de timbres e inquirir por Custardoy, pero si por casualidad acertaba y me contestaba él en persona, furioso por la inesperada interrupción de sus fraudulencias, tendría que improvisar algún invento, decir que le traía un telegrama y no subir luego, cuando me abriera, los empleados de Correos son informales e incomprensibles, se quedaría un rato aguardando, lanzaría maldiciones y se olvidaría en seguida, reclamado por su arte falso. Probé con un timbre cualquiera y no respondió nadie. Probé con un segundo y al cabo de un rato oí la voz de una señora.
    '¿Don Esteban Custardoy, por favor?', dije.
    '¿Quién dice?' Era una señora de cierta edad, sin duda.
    'Cus-tar-doy', lo pronuncié lento y claro. 'Don Es-te-ban.'
    'No, aquí no es.'
    'Me habré equivocado de piso. ¿Sería tan amable de decirme cuál es, señora? Le traigo un telegrama.'
    '¿Me trae un telegrama? ¿De quién? Aquí no recibimos telegramas.'
    'A usted no, señora.' Me di cuenta de que con ella no llegaría a ninguna parte. 'Es para su vecino, el señor Custardoy. ¿Qué piso es, si me hace el favor?'
    '¿Aquí? Es el segundo derecha', contestó. 'Pero no hay ningún Bujaraloz, se ha equivocado.' Siempre suenan fatal esos telefonillos, pero aquella mujer, además, debía de ser aragonesa y sorda, como Goya, para que le saliera tan fluido y fácil el nombre de ese pueblo zaragozano no tan famoso, Bujaraloz. Me disculpé y le di las gracias, lo dejé estar.
    Me atreví a probar con un tercer timbre y no hubo respuesta, la gente sale a almorzar fuera como loca en Madrid. Aún probé con un cuarto, y al instante oí otra voz femenina, era más joven y esperanzadora.
    '¿Esteban Buscató?', me dijo. Aquel era el apellido de un antiguo jugador de baloncesto, sería aficionada, pensé. 'No, no lo conozco, no me suena que viva aquí.' Se oían crujidos y un mar de fondo, era como si tuviera una caracola pegada al oído y hubiera por allí un barco a punto de naufragar.
    'Es Custardoy', repetí. 'Cus-tar-doy. Un señor que es pintor, quizá pueda decirme en qué piso vive o tiene su estudio. Es pintor, el pintor.'
    'Aquí no hemos pedido ningún pintor.'
    'No, yo no soy el pintor, señora', insistí ya con poca fe. 'Traigo un telegrama para el señor Custardoy. Él es el pintor. ¿No le suena que viva un pintor aquí? Un pintor, no de brocha, sino como Goya, ¿no le suena?'
    'Sí, claro que me suena Goya. Es el de La maja' Y sonó un poco ofendida. 'Pero, como puede usted imaginar, no vive aquí. Ni en ningún otro sitio, no sé si se ha enterado de que ya murió.'
    Maldije para mis adentros el extraño apellido del falsificador y abandoné. No podía estarme allí tanto rato, llamando a todos los timbres, o lo haría en otra ocasión (de dos en dos, no debía abusar), o regresaría a otra hora en la que pudiera estar el portero humano, si es que lo había. De todas formas se me ocurrió que quizá Custardoy hubiera alquilado o comprado su piso o estudio bajo un nombre falso, como correspondería a un delincuente, o bien con su verdadero nombre y que Custardoy fuera un pseudónimo. En ninguno de esos dos casos nadie de aquella casa sabría darme razón de él.
    No se me escapaba que Tupra, ante semejante fracaso parcial (tenía la casi seguridad del edificio, lo cual ya era mucho, pero había de cerciorarme y averiguar piso y puerta), no habría tenido reparo en apostarse frente a mi casa desde temprano -esto es, frente a la de Luisa-, esperar a verla salir y seguirla cuantas veces hiciera falta, en la certidumbre de que en alguna de ellas se dirigiría hacia aquella zona del Palacio Real y el adefesio catedralicio, de la Cuesta de la Vega y el Parque de Atenas, de los Jardines de Sabatini y el Campo del Moro, del Viaducto y las Vistillas o lo que quedara de ellas, había leído que entre el Ayuntamiento y la Iglesia planeaban cargárselas para sacar buen provecho al terreno con oficinas episcopales o viviendas semiclericales o un aparcamiento o algo así: hacía el Madrid de los Austrias, que se mezclaba con el de Carlos III, hasta desembocar en aquel u otro portal. Pero yo sí tenía reparo. No era sólo que seguirla a escondidas me pareciera mal, o ruin, sino que sobre todo temía ser descubierto y entonces todos mis planes se vendrían abajo: ella se pondría alerta, se enfadaría a buen seguro y me prohibiría entrometerme en cualquier aspecto o rincón de su vida, yo ya no podría hablar con Custardoy ni influirle sin que ella me atribuyera el resultado o el cambio, me culparía de la deseable ruptura o retirada del estafador y no me volvería a dirigir la palabra, como había vaticinado su hermana: si no ya nunca, durante largo tiempo. Había de salvarla sin que sospechara mi intervención, o lo menos posible. Algo se maliciaría siempre, por la coincidencia de mi estancia en la ciudad: justo cuando yo aparecía o poco después, su novio haría mutis, era demasiada casualidad y se quedaría con el convencimiento de que yo había tenido algo que ver. Pero si lo hacía bien y sin exponerme ante ella, sería un convencimiento sin pruebas ni tan siquiera indicios, y esos suelen debilitarse pronto, para acabar arrojados a la bolsa de las suspicacias y las figuraciones.
    Durante los días siguientes visité o saqué por ahí a los niños lo más que pude, cruzándome en alguna ocasión con Luisa, al recogerlos o devolverlos, y en la mayoría no, sólo con la canguro polaca. Evité remolonear, como había hecho la primera noche; evité preguntarle a Luisa más por su golpe, o a lo más que me atrevía era a comentarios laterales y neutros: 'Veo que eso ya va mejor, a ver si tienes más cuidado'. Tampoco insistí en que quedáramos a solas un día, en que saliéramos a cenar y a charlar con tranquilidad, era preferible no verla apenas durante aquella estancia y lograr arrancarla de la relación siniestra en que se había metido, aunque ella no la considerara así o la atrajera, aún peor. Y en el caso de que llegara a extrañarse por mi falta de insistencia, siempre podría decirle con caballerosidad: 'Eres tú la más ocupada aquí. Yo estoy sólo de paso, soy casi un turista. He juzgado lo más correcto dejarte la iniciativa a ti. Además voy a ver a menudo a mi padre, que no está bien. Te envía sus saludos, pregunta por ti'. Así que procuré apartarme, no coincidir más que cuando en verdad coincidiera, no hacerme muy visible ni el encontradizo, como habría sido mi tentación y tendencia de no haberme sentido con aquella tarea imprevista, concreta, urgente, vital, nada más llegar a Madrid. No es que me resultara fácil guardar una actitud tan discreta, sobre todo porque pasaron los días de la primera semana sin que Luisa pareciera lamentar desaprovecharme ni -lo más hiriente- mostrara curiosidad por mi vida en Londres ni por el que yo era allí, por saber a quién trataba ni si me había convertido en otro, aunque fuera superficialmente, ni por mi actual trabajo del que por teléfono le había contado tan poco, hasta el punto de más bien rehuir sus ocasionales preguntas, quizá hechas perfunctoriamente y por educación, pero preguntas al fin. Ahora no había ninguna de ninguna clase, ni buscaba la oportunidad de formulármelas: durante aquella primera semana no partió de ella nada, ni vernos ni encontrarnos ni salir a almorzar, ni invitarme a quedarme un rato en la casa, a cenar o a tomar una copa en su compañía, cuando yo traía a Guillermo y Marina al atardecer tras haberlos llevado al cine o al Retiro o a cualquier otro lugar. Era como si no tuviera casi espacio mental para ocuparse de nada que no fuera su relación con Custardoy, o eso era lo que yo suponía que se lo llenaría entero, qué otra cosa podía ser. La veía embebida, enfrascada. Pero no era el enfrascamiento propio de la mera ilusión, ni de la plenitud. Tampoco el de la simple zozobra o el tormento o la angustia, sino el de quien está esforzándose por comprender, o por desentrañar.
    Y en efecto vi a mi padre, y a mis hermanos y a unos pocos amigos, y fui a librerías de viejo y paseé. A uno de aquellos libreros le compré un regalo para Sir Peter, un gran libro de carteles propagandísticos de nuestra Guerra Civil, vi que se reproducían unos cuantos con el mismo motivo de lo que en su país se llamó 'careless talk' o 'conversación imprudente', con advertencias muy similares, a mí me sonaba haber visto algunos españoles con anterioridad y a él no, le gustaría conocer el precedente y a la señora Berry también. Tenía que ir a visitarlo sin falta, nada más regresar. Y volví por aquella zona, por la de Custardoy, y miré el portal de su casa o estudio de la calle Mayor desde la acera de enfrente una mañana. El portal seguía cerrado, luego era posible que no hubiera portero o que tuviera horarios breves o perezosos o excéntricos. Finalmente había decidido no preguntarle en todo caso, si coincidía con él: más valía que nadie me viera ni me pudiera identificar, menos aún asociar con Custardoy. Si me interesaba a cara descubierta por aquel copista y falsificador, podía quedar ya vendido según lo que después se diera entre él y yo, nunca se sabe cuando dos hombres se encaran y además discuten, cuando uno intenta sacarle algo al otro, o exigírselo, u obligarlo o convencerlo o disuadirlo o ahuyentarlo. Desde el lateral de la abominable Almudena miré hacia arriba, hacia los balcones, en la peregrina idea de tener la gran suerte de que mientras yo estaba allí Custardoy fuera a asomarse al suyo, lo reconocería por la coleta y por la desganada descripción de Cristina, y sabría entonces, sin más esfuerzo ni indagación, en qué piso trabajaba o vivía. Había balcones en los tres primeros pisos y en el cuarto sólo ventanas, parecía un poco abuhardillado. Los balcones del que quedaba sobre el enorme portón eran de piedra, con columnitas, los de los dos siguientes de hierro forjado con filigranas, todos con contraventanas de tablillas que estaban abiertas, señal de que todo estaba habitado y ningún vecino ausente o de viaje, Custardoy en la ciudad. Observé cada balcón y cada ventana, tratando de asimilar -más que de imaginar, eso me parecía un ejercicio desagradable y superfluo- que tras alguno de ellos Luisa y Custardoy se encontraban y se acostaban, reían y hablaban, se relataban su día, quizá discutían y él le soltaba un guantazo en la mejilla con la mano abierta o un puñetazo en el ojo con la mano cerrada. Tenía que ser iracundo aquel individuo, o tal vez no, tal vez era frío y lo hacía con cálculo, para advertirle pronto, y para recordarle, de qué y de cuánto era capaz. Y podía ser que alguna noche mi mujer saliera por aquel historiado portal que tenía enfrente, tiritando de miedo y de excitación, espantada y a la vez cautiva. No, no me gustaba aquel tipo, cuanto sabía de él y cuanto imaginaba.
    También me dio por acercarme por las mañanas al Museo del Prado, antes de cualquier otro paso y nada más desayunar, no tenía más que cruzar una calle desde mi hotel. No era sólo que lo disfrutara y que ahora llevara mucho tiempo sin asomarme al lugar. También tenía presente la frase de mi cuñada Cristina relativa a Custardoy: '…a veces le encargan cuadros del Prado y se pasa allí las horas muertas, estudiando y copiando'. De modo que lo primero que hice, el primer día que entré en el Museo y antes de dirigir mi vista hacia pintura alguna, fue recorrerlo de arriba abajo y de punta a punta fijándome en cuantos copistas trabajaban allí, buscando a un hombre de unos cincuenta años, con coleta en el pelo y éste echado hacia atrás, dispuesto a pasarse las horas muertas delante de algún cuadro por él no elegido, bueno, regular o malo. No hace falta dedique no vi a ninguno de esas características, sino que aún es más, la mayoría eran mujeres bastante jóvenes, aunque no todas tanto como para ser estudiantes de Bellas Artes sin excepción. Quizá sea uno más de los oficios de los que la población femenina se ha apropiado y hace bien, el de copista como el de restaurador. Tampoco el segundo día vi a nadie así. Hice el mismo recorrido previo, aunque ya con menos fe o superstición: esa tarea es tan lenta que lo más probable era que allí siguieran sólo los de la jornada anterior, como así me pareció; habría sido una casualidad extraordinaria que Custardoy diera comienzo a una de sus copias o falsificaciones entonces, justo en aquella fecha en la que yo estaba allí, y tan alerta. Eso no me fue obstáculo, sin embargo, para mantener la costumbre en mis posteriores visitas, y antes de nada recorría siempre a buen paso todas las salas, mirando con detenimiento a las personas -no muchas- que, sentadas ante sus caballetes o alguna de pie, se afanaban en reproducir lo que tenían ante sus ojos, lo ya existente, y por lo general mejor pintado varios siglos atrás.
    Al quinto día me levanté a las tantas, tras una noche de relativa farra con viejos amigos de la ciudad, y sólo me acerqué al Prado, por tanto, hacia la una del mediodía, unas dos horas más tarde de lo habitual. Quería mirar algunas salas de italianos que hacía años que no veía, y como los responsables de ese Museo tienen la ridícula manía de cambiarlo todo de sitio cada poco tiempo -como si rigieran un supermercado- y preveía que me llevaría un rato dar con la actual ubicación de aquellos cuadros, prescindí de mi caminata preliminar o inspección de los copistas. Y fue allí y entonces, en una de aquellas salas grandes y alargadas del piso de abajo, cuando al pasar vi a un sujeto con breve coleta de piratería o taurina que no estaba copiando nada, pero que tomaba notas o hacía esbozos a lápiz delante de una pintura, en un cuaderno de apreciable tamaño, aunque no tanto como para no poder sujetarlo con la otra mano. El hombre estaba de pie, bastante cerca del óleo y por lo tanto de espaldas a mí o a cualquiera que no se hubiera puesto a su altura o hubiera decidido entorpecer su visión. Yo estaba en mi derecho práctico a ambas cosas, no son pocas las ocasiones en que hoy en día los turistas groseros -casi una redundancia- o los groseros nativos de cualquier ciudad se interponen sin la menor paciencia ni miramiento entre un cuadro y su espectador, y aun le dan a éste un par de codazos escasamente disimulados para que se aparte y ocupar su sitio más centrado, el estilo del mundo del que hablaba Tupra se ha hecho maleducado y en España más, aunque de hecho se trate de un fenómeno cuasi universal. Yo me mantuve a cierta distancia, y no sólo para no incurrir en eso. En principio lo observé desde detrás, pero así como a su derecha no había espacio sino un cordón y la pared lateral, a la izquierda del cuadro había una puerta alta y a la izquierda de ésta otro cuadro (eran los dos únicos de la pared del fondo), de modo que me desplacé precavidamente hacia aquel lado, para adquirir la mayor perspectiva posible de su perfil, procurando no entrar, eso sí, o lo mínimo, en su campo visual. En seguida comprendí que no debía preocuparme apenas por esto último, él estaba muy concentrado en el cuadro y en su cuaderno de dibujante, hacía oscilar los ojos del uno al otro con gran rapidez, sin atención para nada más, ni siquiera lo distraía el continuo tráfico de la turistada, eminentemente italiana allí (iban a admirar las obras de sus connacionales antiguos), la cual, curiosamente, no se empeñaba en agolparse donde estaba él y mirar lo que él miraba importunándolo, sino que, al verlo tan absorto y trabajador, seguía de largo sin detenerse ante aquel óleo, como si se sintiera intimidada por la figura inmóvil y tensa y estuviera dispuesta a cedérselo para su exclusivo y momentáneo usufructo. Vi que lucía bigote y patillas no muy largas, pero algo más de lo que hoy es normal, o quizá resultaban llamativas porque, así como su pelo era liso y rubiáceo en conjunto y sin visibles canas, esas patillas se veían rizadas y mucho más oscuras, casi negras pero también más entreveradas de blanco y gris, como si la vejez hubiera decidido empezar su tarea por los flancos, dejando la clara cúpula para después. Era bastante alto y delgado, quizá con un poco de acumulada cerveza en torno a la cintura, pero la impresión general era de un tipo enjuto y huesudo, y lo que lograba adivinar de los pómulos y la amplia frente acentuaba esa impresión, lo mismo que su mano derecha, la que mostraba activa y veloz, de dedos largos y fuertes como los de un pianista profesional; en realidad dedos como teclas que infunden temor. Al no poder mirarlo de frente, y no verle por tanto los ojos ni los labios ni la dentadura ni la expresión (la nariz sí, de perfil), me resultaba imposible interpretarlo, quiero decir de la manera en que lo hacía en el edificio sin nombre con tantos rostros famosos o desconocidos, a los que sin embargo casi siempre oía hablar, tanto en persona como en los vídeos. Por lo que alcanzaba a distinguir (lo más que se me ofrecía era el lado izquierdo, cuando fingía contemplar el otro cuadro separado del suyo por la elevada puerta y me atrevía a colocarme a su altura, protegido por la distancia), todo podía coincidir, o nada entraba en contradicción, con la perezosa pero a la postre precisa descripción que Cristina me había hecho de Custardoy. Le había preguntado por su aspecto sólo al final, cuando ella ya estaba cansada y con prisas por acabar. 'No sé', había contestado, 'un tipo huesudo o todo nervio, con una nariz larga como de cantante agitanado, ¿sabes Ketama?' (me sonaba que era un grupo musical semiflamenco), 'y unos ojos raros negros, no sé decirte en qué consiste, pero tienen algo raro, singular, poco grato para mí. A veces lleva bigote y a veces no, como que se lo afeita y se lo deja crecer o algo así, lo he visto con él y sin él.' '¿Y qué más? Dime más', la había instado yo, como me instaban a mí Tupra o Mulryan o Rendel o Pérez Nuix en las sesiones, uno más que los otros. 'Nada más. No sé. Ten en cuenta que lo conozco sólo de vista. Me lo he ido encontrando durante años aquí y allá, sé quién es y he oído hablar de él como de tanta otra gente (bueno, hasta lo de Luisa, ahora más). Pero nunca hemos sido presentados, que yo recuerde, jamás lo he tenido muy cerca ni he cruzado una palabra con él.' 'En algo más te habrás fijado', le había insistido yo, sabedor de que si uno estruja siempre acaba por salir eso, algo más. 'Bueno, ya te he dicho que siempre va con corbata, como si quisiera compensar la pinta algo bohemia que le dan la coleta y ese bigote a medio crecer con que lo he visto a veces: un contraste, una originalidad. Viste muy correcto, muy clásico, aspira a ser elegante, supongo, no llega a tanto. Quizá eso le sea incompatible con la cara tan salaz que tiene, no sé cómo explicártelo, una de esas caras que despiden sexualidad, una exageración, puede que sea por eso por lo que tiene éxito en parte, se le huele. Nada más verlo de lejos, uno ya sabe por dónde va. Al menos siendo mujer. Te mira con descaro, te mide. Te repasa en un santiamén, de la cabeza a los píes, deteniéndose sin disimulo en los pechos y en el culo, si estás sentada en los muslos. Se lo he visto hacer con muchas mujeres en Chicote y en el Cock, hace años, según entraban; y alguna vez, a distancia, me lo ha hecho también a mí, le da lo mismo que vayas acompañada o no. No debí de atraerlo mucho o vio que a mí su estilo no me va, nunca se me aproximó en ningún local. Según dice Ranz, él sabe en seguida dónde hay una presa y dónde no, y aún más rápido sabe si le interesa hincarle el diente o si le da completamente igual.' Me había molestado pensar que en Luisa sí había visto una presa y que la habría calado al instante, nada más echarle el ojo, vista la actual situación. Y a continuación no había podido evitar preguntarme si también habría percibido lo mismo de haberse producido su encuentro cuando ella y yo estábamos juntos. El siguiente pensamiento había sido aún peor: no era imposible que se hubieran conocido antes de mi salida de casa y de mi marcha a Londres, antes de nuestra separación. Ya no aguanté pensar más, ahí lo dejé.
    En el individuo del Prado no podía advertir nada de eso, quiero decir de su voracidad sexual, aunque su mirada estuviera atentísima a un cuadro que contenía a una mujer, a una madre. Tal vez la habría repasado también físicamente, antes de ninguna consideración artística o pictórica o incluso técnica. Acaso le habría provocado rechazo que la mujer figurara en la tabla con sus tres hijos pequeños; no tenía por qué ser así, sin embargo, si él era Custardoy, ya que Luisa le gustaba sin duda y era madre y tenía dos. (Claro que la mujer del cuadro era una matrona muy poco agraciada, mientras que Luisa se mantenía esbelta, y a mis ojos guapa y juvenil, a otros ojos ya no sé.) Lo que sí había advertido desde el primer instante era que vestía con chaqueta y corbata y que calzaba zapatos negros de cordones. Estos no serían de Grenson ni de Edward Green, pero eran sobrios y de buen gusto, sin suelas gruesas ni de goma, no cabía poner reparos a su indumentaria, si acaso que resultaba excesivamente convencional. Pero la coleta no lo era, en efecto, aunque desde hace años ya no sea infrecuente, o no del todo, ver a hombres luciéndola de cualquier edad (la edad ya no actúa como freno de nada, ha perdido todas las batallas contra la moda y la presunción). Le daba un aire rufianesco, era un adjetivo que le había aplicado Cristina con justeza, si él era él.
    En alguna de mis pasadas, siempre a una distancia prudente para evitar que reparara en mí, logré vislumbrar que no me había equivocado al principio: hacía varios esbozos de las cuatro cabezas del cuadro y asimismo tomaba notas, las dos cosas a gran velocidad. Si era Custardoy era posible que le hubieran encargado una copia y que estuviera llevando a cabo un estudio preliminar. O bien, si era tan bueno como se decía, quizá no necesitaba ponerse frente a la pintura misma con un caballete y pinceles durante largas horas y larguísimos días, sino que le bastaba con aprehenderla y memori-zarla (memoria fotográfica, tal vez) y con una buena reproducción en su taller, la verdad es que lo ignoro todo sobre las técnicas de copiar, no digamos de falsificar (una falsificación no prepararía en esta ocasión, nadie podría creerse que la pieza del Prado no fuese la auténtica y original).
    No quería eternizarme, con todo, en su vecindad: cuanto más rato permaneciera como su sombra, más riesgo corría de que se diera la vuelta o girara la cabeza a su izquierda y me descubriera, si bien era sumamente improbable que me conociera o reconociera de fotos que Luisa podría haberle enseñado, o a lo mejor ni siquiera y no me había visto jamás. Así que me alejaba un poco y miraba brevemente otro cuadro, Mícer Marsilio Cassoti y su esposa, de Lorenzo Lotto, y luego volvía a acercarme, no quería que se me marchara de pronto y perderle yo entonces la pista; me apartaba algo más y le echaba una ojeada a un Retrato de caballera de Volterra, pero los ojos se me iban en seguida hacia el hombre de la coleta, no me atrevía a perderlo de vista más que unos segundos; me distanciaba de nuevo y observaba la Santa Catalina de Yáñez de la Almedina, con sus rojos y azules y la larga espada sobre la rueda de su martirio, y esa figura me entretenía, hasta el punto de alarmarme tras medio minuto de contemplación y regresar casi corriendo a las cercanías del cuadro de ía madre y los niños. Entre idas y venidas y espera, tuve oportunidad de fijarme bien en él: era de tamaño mediano, metro y pico por uno, algo así, calculé; un retrato de grupo, familiar, según el cartel Camilla Gonzaga, Condesa de San Segundo, y sus hijos, del Parmigianino, cuyo apellido verdadero era Mazzola, leí, como el de un famoso futbolista de mi temprana infancia que se enfrentaba al Real Madrid de Di Stéfano y Gento, me pareció recordar que jugaba de delantero en el ínter de Milán. Sobre fondo muy oscuro, como negro, se recortaba la robusta Condesa, bien vestida, enjoyada sin exageración, sosteniendo en su mano derecha una copa dorada con incrustaciones que quedaba vagamente fuera de lugar, con tanto niño alrededor; o acaso no era tal copa, sino la gruesa borla de su cordón. Rayana en la gordura, o no tanto (una mujer ancha en todo caso), su expresión era muy ausente o nada vivaz, aunque hubiera en su mirada un vestigio de sosegada,

    casi indiferente determinación. Los ojos un poco bovinos y a punto de resultar saltones, las cejas demasiado delgadas y como si no fueran de pelo sino dibujadas, los labios más bien finos y en absoluto tentadores, quizá lo mejor que tenía era la muy lustrosa y rosada piel, sin una arruga, a la altura de las mejillas era como si le pudiera estallar. Lo que más sorprendía era su desentendimiento de los hijos, Troilo, Hipólito y Federico según el cartel; no estaba en modo alguno pendiente de ellos, no les dirigía una mirada ni los acariciaba ni tan siquiera le cogía la mano al de la derecha, teniéndola bien cerca de la suya izquierda, inerte. La Condesa era como una estatua estupefacta rodeada de otras estatuas absortas de menor tamaño, porque lo curioso era que los niños tampoco le prestaban a ella la menor atención, si bien dos de ellos se agarraban distraídamente al cordón de su vestido. Cada figura miraba hacia un lado distinto y siempre exterior, como si todas y cada una estuvieran mucho más interesadas por personas o elementos que se hallaban fuera del cuadro que por su madre y sus hermanos las unas, por sus hijos la otra, la central. El niño mayor de la izquierda era el menos agraciado y semejaba un hospiciano, un huérfano, en parte por el feo y drástico corte de pelo, en parte por la mohína expresión; el más pequeño tampoco parecía muy feliz ni afectuoso, tan sólo desprotegido, a punto de tirar del cordón de la madre como quien cede a un acto reflejo o simplemente habitual; al de la derecha, el más mono y con los ojos más despiertos, se lo diría completamente ajeno al grupo, como si quisiera salirse ya pronto de él, y también de su corta y paciente edad.
    La única mirada que podía seguirse o imaginarse era la de la Condesa, teniendo en cuenta que a la izquierda, pasada la elevada puerta que los distanciaba aún más (mero azar de la colocación de aquel mes), estaba colgado el retrato de su marido, hacia el que ella dirigía acaso aquellos ojos nada cálidos y quién sabía si decepcionados, o dolidos al recordar. 'Se retrataron por separado', pensé, 'el marido y padre solo, por un lado, la mujer y madre con los niños, por otro, dos tablas distintas, dos espacios estancos o aislados en vez de uno familiar y común para todos: más o menos como estoy yo, allí solo en Londres, mientras que Luisa permanece junto a Guillermo y Marina aquí en Madrid, sólo que ella sí está pendiente de nuestros hijos y ellos de ella, o así fue siempre hasta ahora, sería lamentable que ese Custardoy los estuviera alejando, a las mujeres les ocurre a veces, que de pronto no tienen ojos ni mente más que para el hombre nuevo que están conquistando o para el antiguo y amado que están perdiendo, y eso es lo único que pueden anteponer a sus criaturas de tarde en tarde y por lo que pueden relegarlas a segundo término pasajeramente, como tal vez esa Condesa fija su mirada en el soldado lejano que está fuera del cuadro y quizá de su tiempo, descuidando con ello a Troilo, Hipólito y Federico, que ya se han acostumbrado a que su madre no les haga apenas caso y viva obsesionada con el marido ausente, y tal vez a ellos los vea ya sólo como una cadena y un impedimento y un estorbo, no creo que ese pudiera ser nunca el caso de Luisa, aunque yo haya

    coincidido a menudo con la canguro polaca estos días, por algo será, o podría ser. Y desde luego ella no vive obsesionada conmigo, por muy ausente que yo esté. Probablemente yo le di algún motivo, pero fue ella quien me expulsó de su tiempo, y del de los niños'.
    'Pedro Maria Rossi, Conde de San Segundo. Hacia 1533-35', rezaba el cartel, y a continuación se hablaba del personaje: 'Pedro Maria Rossi (1504-1547) fue un brillante militar que sirvió a Francisco I de Francia, Cosme I de Medici y Carlos V ('Un mercenario o qué', pensé; 'a mi manera yo lo soy ahora también'). 'E1 retrato se pintó cuando militaba en el bando imperial, lo que explica la inclusión de la palabra "IMPERIO" y la proliferación de citas clásicas.' La mirada azul grisácea del Conde era aún más fría que la de su mujer, casi despreciativa, casi acerada y casi cruel, aunque resultaba más difícil imaginar que se la dirigía a ella que figurarse que la de ella iba a él. ('El podría ser Sir Cruelty', pensé.) Las barbas y el bigote largos lo avejentaban (sería un hombre de unos treinta años cuando posó) y dificultaban saber en primera instancia sí era bien parecido o sólo gallardo y severo, en segunda se veía que seguramente sí lo era (las tres cosas, quiero decir). La nariz, de trazo noble, se le veía bastante grande, más que la mía pero no tanto como la de Custardoy, que además era levemente ganchuda. Al igual que Santa Catalina y que Reresby, llevaba espada, a su izquierda (luego sería diestro), pero la suya estaba envainada y sólo asomaban la empuñadura y el áliger, no la hoja. Vestía un elegante atuendo de pieles y a la derecha se aparecía la estatua de un joven con casco y asimismo espada, presumiblemente el dios Marte. Las manos eran distinguidas, acaso de dedos demasiado finos para ser los de un guerrero. Pero casi lo más llamativo era la agresiva coquina con costura o pespuntes o como se llame eso (sería de cuero recio, no de enea o de mimbre como parecen la mayoría en los cuadros), visible y obscenamente dirigida hacia arriba, erguida -un recordatorio permanente de la erección-, mucho menos discreta y modesta, por ejemplo, que las que se les pueden ver al Emperador Carlos V y a Felipe II en sus retratos de cuerpo entero, pintados ambos por Tiziano, ahí en el mismo Museo del Prado. 'Quizá ese Conde, ese soldado, ese marido, no se corresponda conmigo', pensé, 'con el que ya se va o ya se fue; sino con el que está llegando o ya ha entrado y además es un violento que porta espada, con ese hijo de puta de Custardoy. Quizá la mirada de la mujer sea entonces de devoción y miedo y por eso parezca como paralizada y sin voluntad, son dos sentimientos tan dominantes y fuertes, juntos o por separado, tanto da, que pueden anular momentáneamente cualquier otro, los demás, incluso eí del amor a los hijos. Ojalá Luisa no lo mire así, ojalá no le tenga miedo ni menos aún devoción. Pero eso, cómo lo mira ella a él, eso yo nunca lo voy a saber.'
    Aparté la vista del cuadro una vez más y miré hacia Custardoy o hacia el que podía ser Custardoy y vi que él había desviado a su vez la suya y miraba hacia mi lado; durante un par de segundos tuve el convencimiento de que nuestros ojos se encontraron, pero el cruce fue tan fugitivo que cabía la posibilidad de que los dos hubiéramos echado simultáneamente un vistazo a la pintura que más o menos hacía pareja con la que cada uno teníamos delante, yo la de Pedro Maria Rossi y él la de Camilla Gonzaga con Troilo, Hipólito y Federico, hijos de ambos, allí llevaría Custardoy no menos de siete minutos garabateando palabras y trazos, desde que yo había reparado en él y seguramente estaba desde antes, eso es mucho rato para observar un solo cuadro. En ese par de segundos pude verle la cara de frente por primera vez, y al instante me produjo la impresión de un rostro obsceno y bronco y frío, con su frente amplia o con entradas, su bigote no muy poblado (pero oscuro como sus patillas) y su nariz no tan ganchuda como de perfil, lógicamente (sí, de pronto se me representó un cantante visto en televisión, de pelo largo, sería el de aquel grupo Ketama), y con unos ojos muy negros y enormes y algo separados sin apenas pestañas, y esa carencia y esa separación debían de hacer insoportable o quizá irresistible su mirada obscena sobre las mujeres que conquistara o comprara y acaso también sobre los hombres con que rivalizara. Eran ojos que asían, como manos, y una noche o un día se habían posado en la cara y el cuerpo de Luisa y la habían hecho su presa. ('Y unos ojos raros negros, no sé decirte en qué consiste, pero tienen algo raro, singular, para mí poco grato', me los había maldescrito Cristina.) Por eso, para que no les diera tiempo a fijarse en mí o no me asieran, me alejé de mi retrato del Conde, retrocedí unos pasos y me metí en una sala contigua, a la izquierda y a un nivel levemente más alto (sólo había que subir tres o cuatro escalones). Desde allí podría asomarme cada medio minuto o así para que Custardoy no se me escapara sin yo darme cuenta, y a la vez me exponía mucho menos a entrar en su campo visual de nuevo. En aquel primer relámpago de su rostro de frente me recordó a alguien que no era el cantante, a alguien que yo conocía personalmente, pero fue demasiado fugaz para saber a quién, o si el recuerdo era cierto.
    La sala contigua era más o menos de dominación alemana. En ella estaba el famoso Autorretrato de Durero, y su Adán y su Eva. Pero la vista se me fue en seguida hacia un cuadro alargado y estrecho que llevaba viendo desde la infancia, entonces era normal que me impresionara y me diera cierto miedo teñido de curiosidad, Las edades y la Muerte, de Hans Baldung Grien, que también forma pareja con otro de sus mismos formato y dimensiones que se encuentra al lado, La armonía o Las tres gracias. En él la Muerte, a la derecha, tiene agarrada del brazo a una vieja, o enla zada, de la que tira

    sin violencia ni prisa, y la vieja le pasa el otro brazo por encima del hombro a una joven y con la mano izquierda tira de su vestimenta escasa, como si la arrastrara a su vez suavemente. La Muerte lleva la clepsidra en su mano derecha ('Una figura de clepsidra', recordé) y con la izquierda sostiene desmayadamente una lanza dos veces quebrada (casi parece un rayo sin trueno), sobre cuya punta cae o queda la mano de un niño dormido que yace a los pies del grupo, tal vez a él le falta mucho para agregarse a éste, se mantiene ajeno a sus transacciones. A su izquierda, una lechuza; al fondo, un paisaje solar que se diría lunar, sombrío, desolado y con una torre ardiente en ruinas; una inevitable cruz cuelga del cielo. Siempre me había preguntado, desde niño, si la joven y la vieja eran la misma persona a muy diferentes edades o si eran dos distintas, es decir, si la anciana tira de sí misma desde su juventud hasta su vejez, para dejarse arrebatar por la Muerte luego, o bien no, y entonces el asunto sería más enojoso y grave. Lo cierto es que les veía demasiado parecido: los ojos azules, la nariz, los labios nada carnosos, el mentón algo afilado, el pelo largo con ondulaciones, la estatura, los pechos no muy abundantes y más bien centrífugos, los pies, la figura entera, hasta la expresión presentaban semejanzas, o en todo caso no eran opuestos en modo alguno. La joven frunce el ceño con preocupación o fastidio, pero no con alarma ni con espanto, como probablemente le habría ocurrido de haber sido su arrastradora una desconocida, o tan sólo otra persona, aunque hubiera sido su madre. No lucha ni se debate ni trata de zafarse de la mano en el hombro, a lo sumo procura que no le arranquen del todo su vestimenta ligera. Por su parte, la vieja centra toda su atención en ella y no en la Muerte, y en su mirada hay una mezcla de gravedad, comprensión, firmeza y lástima, nunca inquina, como si le dijera a la joven (o a sí misma cuando era joven): 'Lo siento, pero no hay más remedio' (o 'Vamos, hay que seguir avanzando; te lo digo yo, que ya he llegado'). A la Muerte que la lleva del brazo no sólo no le hace caso, sino que tampoco se le resiste ni opone, mira más hacia su pasado que hacia su futuro, acaso porque -pese a las promesas de la cruz suspendida en el aire y de la torre infernal en llamas, con un boquete como de cañonazo- sabe que de futuro ya hay poco o nada.
    'Y ahí está Sir Death o el Caballero Muerte', pensé, 'como corresponde a la tradición alemana e inglesa y en general germánica: es sin duda un varón, es el Muerte, porque aunque ya es cadavérico, un semiesqueleto con la piel tan pegada a los huesos que apenas los cubre -en realidad se diría que es un disfraz prestado para pisar el mundo, sobre todo si se mira a los ojos más hundidos que el resto-, se le ven unas hilazas de barba saliéndole del mentón, y otras que parecen diminutos tentáculos, más de jibia o calamar que de pulpo, asomándole por la zona del miembro y los testículos desaparecidos, ahora hay sólo un agujero donde debió de erguirse una coquilla un día. Lo que no es es el Sargento Muerte de la canción de Armagh ('And when Sergeant Death' s cold arms shall embrace me'), un caballero en su plenitud, un guerrero brioso y fuerte y capacitado para arrancar vidas sin tregua, un profesional experto con sus fríos brazos disciplinados y atareados siempre, de hecho es la figura más débil y ajada de las tres del cuadro, o de las cuatro, con su lanza rota y sumisa, tanto que hasta la toca un niño desprevenido. Sin embargo hay determinación y energía en su escuálido brazo que agarra, y sobre todo es el dueño del tiempo, él tiene el reloj y sabe la hora y ve agotarse la arena o el agua, lo que contenga su instrumento, sus ojos rojizos están sólo atentos a eso y lo escrutan, no a la vieja ni a la joven, la hora es lo único por lo que él se guía, lo único que cuenta para este Caballero Muerte tan desnudo y decrépito como nuestra anciana latina de la guadaña, este Sir Death sin armadura ni yelmo ni espada.' Y me vino a la memoria el 'tic-tac tan descomunal' de aquel saloncito sepulcral en el cementerio lisboeta de Os Prazeres, que, según el viajero que 'con cierta indiscreción' lo descubrió y observó, 'era respecto al tic-tac normal lo que el grito es a la voz'; y me volvió la frase enigmática sugerida por la visión del reloj despertador que lo causaba -'de aquellos que se veían en las cocinas del tiempo de nuestros padres, redondo, con su campana en casquete esférico y dos pequeñas bolas por patas'-, la frase que decía: 'A mí me parece que es el tiempo la única dimensión en que pueden hablarse y comunicarse los vivos y los muertos, la única que tienen en común'. Quizá cuando toda la arena o toda el agua cayesen y marcasen el acabamiento de la vieja pintada por Baldung Grien que tal vez era también la joven, cuando las hubieran por fin enviado con los más influyentes y animados', aún hubiera que darle la vuelta al reloj o clepsidra para que iniciara el otro cómputo, el que mi paisano viajero se preguntaba cuál sería: si el tiempo que llevarían muertas o el que faltaba para el juicio final. Y si eran las horas de soledad, ¿contaría las ya pasadas o las que quedaban por pasar?
    Me iba asomando a la sala de los italianos, más grande, y volvía sobre mis pasos para mirar otro poco el cuadro alemán, que ya no me daba miedo pero me intrigaba. Desde el umbral vi también La Anunciación de Fra Angélico, del cual una copia excelente a su tamaño presidía y había presidido el salón de mi padre desde que yo tenía memoria, él y mi madre se la habían encargado a un copista amigo, un Custardoy de los años treinta o cuarenta, Daniel Canellada su nombre, lo recordaba; divisar aquella pintura era para mí como estar en casa. En uno de mis breves desplazamientos a la sala contigua me entretuve de más ante el Baldung Grien, y al regresar a la italiana ya no vi al hombre delante del Parmigianino, quiero decir de la Condesa y sus hijos. Bajé los escalones de una zancada y miré a ambos lados con sobresalto, por fortuna lo distinguí en seguida, camino de la escalera que conducía a la planta superior y luego hacía la salida, su cuaderno bajo el brazo, ya cerrado. Así que allí empecé a seguirlo, o allí me convertí más en su sombra, de manera distinta de como lo había sido de Tupra durante nuestros viajes» en ambos casos me relegaba. Una vez arriba, entró en la consigna y yo esperé de espaldas a que reapareciera, girando el cuello cada tres segundos para no perderlo de nuevo, y cuando salió descubrí con espanto que lo que allí había dejado y recogido ahora era un sombrero, quizá un fedora ('Un tipo con coleta y sombrero', pensé, 'quizá con fedora. Lo que faltaba'). Tuvo el detalle de no ponérselo mientras estuvo aún bajo techo, sino solamente cuando pisó la calle, y entonces vi -no me trajo mucho alivio- que era de ala más ancha que el susodicho fedora, más de pintor o de director de orquesta, más de artista, todo negro. Ya tocado, inició su descenso por las escaleras exteriores, frente al Hotel Ritz, y yo fui tras él, siempre a distancia. Cruzó el Paseo del Prado a buen paso y se detuvo ante una brasserie, estudió la carta y echó un vistazo al interior a través de las cristaleras, haciendo visera con una mano para quitarse reflejos (¿no le bastaba el ala de su presumido sombrero?), como si considerara almorzar en el local -pero para Madrid era temprano si no era uno guiri; tal vez yo estuviera en un error y él lo fuera; no me parecía, percibía algo inequívocamente español en el conjunto de su figura, en especial en los andares, o quizá era en los pantalones-, y yo aproveché aquel alto para mirar los escaparates de una tienda cercana de objetos de arte toledano, en la que vendían espadas; eminentemente para turistas, seguro, aunque hoy en día no se las dejarían llevar en ningún avión, tendrían que facturarlas y aun así, y no cabrían en las maletas fácilmente; tampoco les permitirían viajar con ellas en los trenes, me pregunté quién diablos las compraría ahora si no podían ser transportadas, un coleccionista de armas blancas decorativas como Dick Dearlove tendría que habérselas hecho enviar no sé cómo. La mayoría serían del celebérrimo acero toledano, bien españolas y bien medievales, pero me llamó la atención que también había, entre las expuestas, alguna que se presumía escocesa y hasta llevaba inscrito 'McLeod' en el guardamano, una concesión innoble a las masas anglosajonas cinematográficas. Se me pasó por la cabeza que debía comprarme una, no en aquel momento, claro está, sino más tarde, algo había aprendido de Tupra sobre el efecto que puede producir esa arma arcaica. Casi todas, sin embargo, eran mucho más largas y grandes, a buen seguro más difíciles de manejar y pesadas que la 'destripagatos' o lansquenete o Katzbalger, se les veían unas hojas bestiales. Cortarían una mano de un tajo. Descuartizarían. 'Pero no', pensé de nuevo, 'más valdría que fuera una espada de la que no tuviera que deshacerme, una que pudiera volver a su sitio, usada o no, da lo mismo, que no tuviera que tirar o dejar olvidada a propósito, para que luego la encontrara alguien siempre.'
    El ya probable Custardoy siguió adelante por la Carrera de San Jerónimo, pasó junto a mi hotel, se asomó a la entrada, leyó la placa que hay allí y que dice algo tan increíble como que el Palace se concibió, diseñó y construyó en el cortísimo plazo de quince meses de 1911 y 1912, a cargo de la empresa Léon Monnoyer, francesa o belga, supongo, no sé cómo a los constructores de hoy -esa plaga, esa marabunta- no se les cae la cara de vergüenza, o de desvergüenza; se detuvo ante la estatua de Cervantes un poco más arriba a la izquierda, también él con su espada envainada, enfrente del Congreso más o menos, fue sólo un instante, había furgonetas de la policía estacionadas, cinco o seis agentes con metralletas fuera de ellas para proteger a sus señorías aunque no se viera a ninguna, estarían todas dentro o de excursión o en los bares. El hombre con coleta y bigote debía de haber recogido también, en la consigna del Museo, una cartera sin asas en la que habría metido el cuaderno, la llevaba bajo el brazo y andaba rápido, con seguridad, con la vista alzada o a la altura del hombre, mirando abiertamente a su alrededor y a las personas con las que se cruzaba, ya muy cerca de Lhardy me llevé un pequeño susto, porque aminoró el paso y volvió la cabeza para observarle las piernas a una chica con la que casi había chocado, me pregunté si intencionadamente. Temí que me distinguiera, que me reconociera, quiero decir de antes, del Prado. Fue un gesto español ese suyo en el que también yo incurro a veces, cuando lo hacía en Londres tenía la sensación de ser el único, en Madrid no tanto, aunque cada vez somos menos los hombres que nos atrevemos a mirar lo que queremos, sobre todo cuando no somos mirados o lo mirado está de espaldas y por lo tanto no molestamos ni incomodamos, en esta época tan poco libre que los puritanos van imponiendo hasta la represión de los ojos, a menudo tan involuntarios. La suya fue una ojeada veloz, apreciativa y descarada, con aquellas gruesas canicas negras intensas y desazonantes, sin pestañas y separadas, más o menos coincidían con lo que me había dicho Cristina sobre su asimiento visual de las mujeres; pero no era para tanto acaso, yo mismo me fijo a veces en un culo y unas piernas que se alejan, de similar manera, quizá con ojos menos penetrantes y medidores, más irónicos o más festivos. Los suyos era como si salivaran.
    Si al llegar a la destrozada Puerta del Sol continuaba recto adelante, sí no se metía en el metro ni se desviaba ni cogía un autobús o un taxi, estaríamos en el buen camino, quiero decir en la dirección de la casa o taller o estudio de Custardoy, y entonces él sería él, sin lugar a dudas. Temí que fuera a apartarse de la senda cuando al comienzo de la calle Mayor cruzó de acera, pero me tranquilicé en seguida al ver que era para entrar en una librería con buena pinta, Méndez de nombre. Desde el otro lado de la calle, a través del escaparate, lo vi saludar afectuosamente a los dueños o empleados (sendas palmadas en los brazos; y tuvo el detalle de quitarse el sombrero, algo era algo), y debió de gastarles bromas, porque los dos se rieron con ganas, risas generosas y espontáneas. Salió al cabo de unos minutos con una bolsa de la librería, algo habría comprado y me pregunté qué leería, y volvió a cruzar a mi acera, por lo que yo retrocedí bastantes pasos, hasta alcanzar de nuevo la distancia que con él había mantenido desde la salida del Museo. Pero hube de pararme otra vez de inmediato, y sacar dinero parsimoniosamente de un cajero automático para hacer tiempo y no adelantarlo, porque él se encontró con una conocida o amiga, una joven con pantalones y pelo corto y chaqueta de ante con flecos, a lo Daniel Boone o Davy Crockett o General Custer cuando lo ensartaron, le vi unos ojos azules. Ella le sonrió con simpatía y le estampó dos besos en las mejillas, el individuo debía de vivir en el barrio; hablaron unos minutos animadamente, debía de caer bien aquel hombre (ahora no se quitó el sombrero, pero al menos se tocó el ala con los dedos al avistar a la joven, el ademán clásico de respeto en la calle), y ella se rió a carcajadas con alguna frase que él dijo ('Es de los que hacen reír, como yo cuando me da la gana', pensé. 'Eso podría explicar lo de Luisa en parte. Mala suerte. Mala cosa'). Nadie sospecharía que pegaba a mujeres, o a una mujer, la que a mí aún más me importaba.
    Se despidió y siguió, sus andares eran resueltos, casi fieros a ratos cuando apretaba el paso, seguro que a él no se le acercarían rateros ni atracadores de los que abundan en esa zona turística y despluman a los japoneses con preferencia; quizá tampoco mendigos, eran andares de alguien que no está para esa clase de bromas, por simpático que fuera; y el deber de pedigüeños y ladrones es notar eso al instante, adivinar con quién se las tienen. Dejó el mercado de San Miguel a la izquierda y prosiguió, ahora la calle se inclinarla un poco hacia abajo. En la pared de un edificio vi una inscripción en piedra que decía sobriamente, sin pompa: 'Aquí vivió y murió Don Pedro Calderón de la Barca', el dramaturgo que entusiasmó a Nietzsche en su día, y aun a la entera Alemania; y un poco más allá, en la otra acera, una placa más moderna señalaba: 'En este lugar estuvo la Iglesia de San Salvador, en cuya torre Luis Vélez de Guevara situó la acción de su novela El diablo Cojuelo -1641-', jamás se me había ocurrido leerla, ni siquiera en Oxford, Wheeler, Cromer-Blake y Kavanagh seguro que la conocerían. Custardoy se acercó un momento a la estatua que había justo enfrente, en la Plaza de la Villa, curioso que a un pintor lo llamaran tanto las tres dimensiones. 'A Don Alvaro de Bazán', se leía al pie escuetamente, el Almirante al mando de la flota española en la batalla de Lepanto, allí donde a Cervantes lo hirieron dejándole inutilizada la mano izquierda en 1571, a sus veinticuatro años, lo cual le permitió hacerse llamar 'el manco sano' en el mismo texto de sus adioses que yo le había citado a Wheeler sin que él quisiera enterarse: adiós a las gracias y a los donaires y a los regocijados amigos. Allí se encontraba asimismo la Torre de los Luxanes, donde se dice que permaneció prisionero Francisco I de Francia tras ser capturado por los españoles durante la batalla de Pavía en 1525; pero como en otros varios sitios de España se asegura que también estuvo cautivo en ellos, una de dos: o muchos mienten o el Emperador Carlos V se dedicó a pasear al Rey francés y a exhibirlo como un mono o un trofeo, de aquí para allá todo el rato.
    Custardoy seguía en el buen camino, en el que debía ser el de su casa, siempre Mayor adelante, y yo tras él como su sombra algo distante o desgajada. 'Llevo ya un tiempo siendo sombra', pensé, 'lo he sido o lo soy lateral de Tupra, acompañándolo en sus viajes y despachando con él casi a diario, siempre a su lado como un subalterno, un intérprete, un apoyo, un aprendiz, un aliado, en alguna ocasión como un esbirro ("No doubt, an easy tool, deferential, glad to be of use. Sin duda, una herramienta cómoda, deferente, contento de ser de utilidad"). Ahora lo estoy siendo de este hombre que aún no sé si es el que busco, pero no soy ninguna de esas cosas en lo que a él respecta; para él soy una sombra siniestra, punitiva, amenazante y de la que aún no sabe, como suelen ser las que van detrás y no ve uno; más le vale no seguir su camino, o que el suyo no sea al fin el que yo espero y quiero.' Justo después de estos pensamientos creí que acabaría librándose, porque al llegar a la altura de la Capitanía General o del Consejo de Estado (soldados con metralletas ahora, en la primera puerta), cruzó de nuevo la calle como si fuera a entrar en el Istituto Italiano di Cultura, que se halla justo enfrente. Sin embargo no lo hizo, y en cambio se metió por una bocacalle estrecha que venía a continuación, se desvió y me alarmé, no podía ser que él no fuera él a última hora y que ni siquiera se aproximara a aquel portal historiado ante el que me había parado ya dos veces. Al final de la callejuela, muy corta y para peatones, lo vi desaparecer a la izquierda, así que apreté un poco el paso para ver por dónde tiraba y no perderlo, y al alcanzar yo aquel punto estuvo en un tris de verme: había allí, en un recodo, la terraza de un bar antiguo, El Anciano Rey de los Vinos, en la que él se disponía a tomar asiento mirando hacia el Palacio Real oblicuamente; en Madrid, con el calentamiento, hace un tiempo más o menos veraniego durante casi seis meses al año, por lo que las terrazas están puestas mucho después y mucho antes de las épocas que les corresponden. Me di la vuelta en seguida para ocultarle el rostro, y fingí leer, como un turista, otra placa metálica que había allí mismo en alto (bueno, la leí de hecho, claro): 'Junto a este lugar estuvieron las casas de Ana de Mendoza y la Cerda, Princesa de Éboli, y en ellas fue arrestada por orden de Felipe II en 1579'. Aquella era la dama tuerta, intrigante y quizá espía, seguramente habría esparcido en su tiempo brotes de cólera, y de malaria, y peste, como había hecho Wheeler según me había confesado, y también Tupra a buen seguro, o éste había prendido mechas para provocar grandes incendios. (De este tipo de contagios ninguna época ha estado a salvo; en todas hay gente con teas, en todas hay gente que habla.) Se la representaba siempre, a la dama, con su parche negro en un ojo, me sonaba que en el derecho por el vago recuerdo de algún cuadro, y hasta creía haber visto una película, con Olivia de Havilland interpretándola.
    Vi de reojo que Custardoy pedía al camarero, y retrocedí por la callejuela hasta la esquina con Mayor, pensando qué hacer, de momento quitarme de en medio. Desde allí no tenía visión de él, y desde casi cualquier otro punto él la tendría de mí, probablemente. Había allí una ridícula estatua ante la que Custardoy, con buen criterio, no se había detenido; era una de esas de 'tipos anónimos' que proliferan en nuestras ciudades (una contradicción en sí misma, la 'democratización' de los monumentos), pero el tipo se parecía sospechosamente a Hemingway, patrono de los turistas. Y había otra placa metálica en alto, que decía: 'En esta calle mataron al secretario de Don Juan de Austria, Juan Escobedo, el 31 de marzo de 1578, noche del Lunes de Pascua'. De nuevo me sonaba algo, aquel asesinato turbio; quizá la propia Princesa de Éboli había participado en él, aunque habría sido muy tonto mandar matar a un enemigo justo al lado de sus casas. (Más tarde fui a mirar en los libros y al parecer aún no se sabe si fue orden de la Princesa, del mismísimo Felipe II o de su conspirador secretario, Antonio Pérez, que acabó en el exilio; al cabo de cuatro siglos y pico todavía un crimen irresuelto, el de aquella calleja mínima llamada del Camarín de Nuestra Señora de la Almudena en aquel tiempo. Pero no sé por qué he dicho 'aún', 'todavía': de nada sirve el transcurso en algunos casos, tanto queda ignoto y negado y oculto, hasta para nosotros mismos de nuestros propios actos.) 'Mucho tuerto y mucho manco, mucho cojo y mucho muerto en estas antiguas calles', me sorprendí pensando. 'No se alterarán por uno más, si se tercia.'
    Decidí dar pequeñas vueltas por las inmediaciones, de manera que cada no mucho rato pudiera regresar a algún punto desde el que viera a Custardoy a distancia y controlara sus movimientos, no debía perderme el momento en que pagara su consumición, se levantara y se pusiera de nuevo en marcha, desde El Anciano Rey de los Vinos hasta su presunta casa había muy poco trecho, tenía que atravesar sólo dos calles. Así que me alejaba un poco, me paraba ante otra estatua en Bailén, esta vez un tosco busto del admirable escritor madrileño Larra, que se suicidó en 1837 de un pistoletazo en la sien, ante el espejo, sin haber cumplido los veintiocho años (otro de la hermandad Kennedy-Mansfield, en verdad cuántos), tal vez por amores desgraciados pero quién sabe; y luego ante otra más, un poco grotesca, de un tal Capitán Melgar con condecoraciones y bigotes curvos, que me recordó levemente al improbable antepasado de Tupra dibujado por Kennington y visto en su casa, y del que leí en la inscripción que había muerto en la batalla del Barranco del Lobo, en Melilla, durante la Guerra de África, en 1909; lo grotesco no era tanto su busto como otra figura desproporcionada -no llegaba a liliputiense ni a Pulgarcito en comparación, pero sí casi a enano- de un soldado vestido de Beau Geste que intentaba trepar por el pedestal o columna con su fusil en la mano, no quedaba claro si para adorar a su Capitán en lo alto o para asaltarlo y cargárselo. Y a continuación desandaba el camino, sólo que por la otra acera, por la del gran adefesio católico, y observaba a Custardoy sentado. Le habían servido una caña y unos boquerones y unas bravas ('Así que se toma su aperitivo en toda regla', pensé; 'considerará que ha trabajado lo bastante, no lleva prisa, tendrá para rato'), y había desplegado un periódico que leía con las piernas cruzadas, alzando los ojos enormes y mirando alrededor de tanto en tanto, debía ser prudente por eso y volví a alejarme, hasta la altura del Palacio Real en esta ocasión, tan sólo para contemplar más estatuas espantosas, en Madrid una constante: toda una fila de reyes visigodos vestidos de pseudorro manos y con una inscripción poco comprensible, sobre todo para cualquier extranjero y yo me sentía algo extranjero: 'Ataúlfo, Mu. A° de 415', decía la primera, y la misma incógnita ¿'Murió Año de…'?) para Eurico, 'de 484', Leovigildo, 'de 585', Suintila, 'de 633', Wamba, 'de 680'… Más allá, un gran monumento, 'iniciado por mujeres españolas a la gloria del soldado Luis Noval', que tuvo que ser un soldado heroico y en verdad mimado por las mujeres, también iba vestido de Beau Geste o Beau Sabreur o Beau Ideal o de todos juntos: 'Patria, no olvides nunca a los que por ti mueren, MCMXII (en inglés ese vocativo tendría que haber sido 'Country', la palabra empleada por Tupra la noche de nuestro conocimiento y que me había hecho pensar si su espíritu podía ser fascista en el sentido analógico). Pero mi país los olvida a todos, justamente, a los que mueren por él y a los que en modo alguno, incluido ese Noval, que nadie tendrá la menor idea en Madrid de quién diablos fue ni por qué se distinguió ni qué hizo. Y cada vez que retrocedía y volvía a entrar en mi campo visual la terraza, más aposentado me parecía el individuo de la coleta, así que me atreví a iniciar otro recorrido y bajar por la Cuesta de la Vega, 'Junto a este lugar se emplazó desde el siglo IX la Puerta de la Vega, principal entrada al Madrid musulmán', o bien 'Ymagen de María Santísima de la Almudena, ocultada en este sitio el año 712 y descubierta milagrosamente en el de 1085' ('La escondieron al año siguiente de la invasión de los moros', pensé, 'para que no se la cargaran, supongo.' Pero aquella efigie de una Virgen muy blanca con corona y Niño, metida en un nicho, no tenía ninguna pinta de ser del siglo VIII, así fuera una réplica de la verdadera, sino una falsificación descarada; Custardoy habría sabido decirlo), y hasta me llegué al Parque de Atenas, donde el busto vulgar de turno, casi clandestino esta vez por su emplazamiento recóndito, era nada menos que del jubiloso Boccherini, que vivió en Madrid veintitantos años y aquí murió en la penuria, sin que nunca lo haya honrado esta ciudad tan ingrata (ni siquiera se sabe dónde están sus huesos ni si hubo tumba para albergarlos); a su espalda había una lápida con una cita de un tal Cartier que rezaba: 'Si Dios quisiera hablar a los hombres, se serviría de la música de Haydn; pero si quisiera oír música, elegiría, sin duda, la de Boccherini'. Sí, también a mí me acompaña donde quiera que voy, como la de Mancini.
    Me había alejado demasiado y subí la Cuesta a toda prisa, temeroso de quedarme sin saber lo que necesitaba saber, por un mal cálculo o un descuido. Al alcanzar de nuevo la esquina de Mayor con Bailén -miré hacia el portal a mi derecha, Custardoy no estaba entrando-, se me ocurrió que el mejor lugar desde el que dominar la terraza sin ser advertido, o parte de ella, era en lo alto de una doble escalera corta que llevaba directamente a la estatua del Papa polaco-jotero, así que la subí y me apoyé en la balconada, dándole la espalda a Totus tuus, su figura era en verdad la más fea y no por falta de competencia, la gente me tomaría por un devoto, andaba mezclado con unos cuantos que se hacían fotografiar ante ella imitando su postura de invitación a la danza. Desde allí veía al hombre, no se me escaparía cuando se levantara. Esperé. Esperé. Seguía leyendo el periódico con su sombrero puesto (estaba al aire libre, al fin y al cabo); había dejado su cartera sin asas en la silla de al lado, y parecía tener antenas para detectar a las mujeres con buen porte, porque cada vez que pasaba o se sentaba una alzaba los ojos y la repasaba, tal vez era olfato lo que reñía. 'Mal se lo ha puesto Luisa, también en ese aspecto', pensé. 'Ha de ser hombre al que nunca le basta una sola'. Deseé tener prismáticos para observarlo mejor. Aun así, a aquella distancia, seguía habiendo algo en él que me recordaba a alguien, una afinidad o un parecido, de la misma manera que Incompara me había traído a la memoria a mi antiguo compañero de clase Comendador, ahora constructor respetable en Nueva York o Miami o donde hubiera ido. Pero no caía, no lograba identificar al modelo, quiero decir ai primer individuo de aquel estilo con el que alguna vez me había cruzado.
    Por fin le vi chasquear los dedos dos veces, con el brazo en alto, una manera desdeñosa y ya anticuada de llamar a los camareros. 'No irá a pedir otra cerveza', pensé, 'ya tiene dos vasos vacíos.' Llamaba para pagar, por suerte; se sacó del bolsillo del pantalón unos billetes (también yo los llevo así, sin cartera) y dejó uno sobre la mesa, como hacíamos los madrileños de antes, el dinero nunca debe ir de mano a mano, sin pasar por lugar neutro. Conocía al camarero, lo cual hacía más descorteses sus ya muy clasistas chasquidos: mientras éste depositaba la vuelta, asimismo sobre la mesa, él le dio una leve palmada en el brazo, como había hecho con los libreros, quizá tomaba el aperitivo a diario en El Anciano Rey de los Vinos. Le dijo algo ya al marcharse y el camarero rió con ganas, lo mismo que los de Méndez y que la joven General Custer o Coronel Crockett con flecos, aquel tipo tendría su gracia. Llegaba el momento de averiguar si él era él o era otro. No salió de aquel recodo por la calleja del asesinato irresuelto, sino por Bailén, eso era buen indicio. Al pasar por delante, miró los escaparates de la tienda de instrumentos musicales que ocupa toda esa esquina, cruzó Mayor sin tardanza y se paró ante el semáforo de Bailén, para él en rojo. Pero entonces me quedé sin visión suya y retrocedí apurado en seguida, hasta encontrar un punto desde el que volviera a verlo, a la izquierda de la tienda del horroroso templo, que estaba a la izquierda de Totus, quién diablos compraría allí nada. Desde allí divisaba todo el ángulo, tras unas rejas, quedé justo enfrente de su portal, si es que lo era, sólo que en alto, no repararía en mí, no miraría hacia arriba, me sentí como el vampiro de Dusseldorf cuando acechaba. Custardoy ya sólo tenía que atravesar aquella calle, cuando el disco se le pusiera en verde, y meterse en aquel portal hacia el que yo lo empujaba, estaba una vez más cerrado. Ahora lo veía bien, era inconfundible con su sombrero, vería también sus pasos cuando empezara a darlos. 'Uno, dos, tres, cuatro, cinco…', me puse a contarlos mentalmente al abrírsele el semáforo, tenía los pies pequeños considerando su estatura, siguió por donde debía, ya no habría de pararse,'… cuarenta y cinco, cuarenta y seis, cuarenta y siete, cuarenta y ocho; y cuarenta y nueve.' Y allí se detuvo, ante el portal adecuado, ya llevaba la llave en la mano. Y entonces pensé con una efímera sensación de triunfo: 'Ahí te quería ver, ahí te tengo'.
    Todavía aguardé unos minutos, por ver si se abría alguna ventana que me indicara en qué piso vivía y que había entrado en su casa. No hubo suerte en eso. Bajé la escalera, crucé las dos calles que tal vez cruzaría Luisa a menudo si es que iba mucho a verlo -a dormir no podría-, dudé si coger un taxi hasta el Palace, no vi ninguno libre en la duda, inicié el recorrido de vuelta. A la altura de la Plaza de la Villa me detuve a mirar mejor la estatua que él había mirado, Don Alvaro de Bazán o Marqués de Santa Cruz, acaso era la menos fea de cuantas había encontrado. La rodeé, en la parte posterior del pedestal se leía una inscripción: 'El fiero turco en Lepanto, en la Tercera el francés, en todo el mar el inglés, tuvieron de verme espanto. Rey servido y patria honrada dirán mejor quién he sido por la Cruz de mi apellido y con la cruz de mi espada'. 'Siempre tan fanfarrones los españoles', pensé, sintiéndome aún muy ajeno, 'debería aprender de ellos, para creer que mis enemigos huyen diciendo: "Voyme, español rayo y fuego y victorioso te dejo. Ya os dejo, campos amenos, de España me voy temblando…". Ellos se lo dicen todo siempre, aunque tengan enfrente a un compatriota que no se irá tan fácilmente. Custardoy y yo lo somos.' El Almirante tenía el brazo extendido, y en esa mano llevaba algo. No se veía muy claro, podía ser un mapa enrollado, o una bengala de General, más probablemente. La otra mano, la izquierda, asía el puño de su espada enfundada, más o menos como la del solitario Conde en su cuadro. 'Muchas espadas también', pensé, 'por estas antiguas calles.'

VII Adiós

    A veces uno sabe lo que quiere hacer o lo que tiene que hacer o incluso lo que piensa hacer o lo que va a hacer casi seguro, pero necesita que además se lo digan o se lo confirmen o se lo discutan o se lo aprueben, en cierto sentido es una maniobra que uno lleva a cabo para descargarse un poco de responsabilidad, para difuminarla o para compartirla, aunque sea ficticiamente, porque lo que uno hace lo hace tan sólo uno, independientemente de quién nos convenza o nos persuada o nos aliente o nos dé el visto bueno, o hasta nos lo ordene o encargue. En algunas ocasiones disfrazamos esa maniobra de duda o de desconcierto, nos presentamos ante alguien y le hacemos la gran faena de pedirle opinión o consejo -la gran faena de pedirle o preguntarle algo-, y con eso ya logramos, como mínimo, que la siguiente vez que nos hablemos ese alguien nos inquiera por ello, qué pasó, cómo salió todo, qué decidimos por fin, si nos resultó o no de ayuda, si le hicimos o no caso. Con eso ya está envuelto, si es que no enredado, si es que no anudado. Lo hemos obligado a ser partícipe, sea nada más como oyente, y a plantearse la situación y preguntarse por el desenlace; le hemos hecho conocer nuestra historia y ya nunca podrá ignorarla o borrarla; y también le hemos dado cierto derecho a interrogarnos más tarde al respecto, o es cierto deber que le hemos impuesto: '¿Qué hiciste al final, cómo resolviste aquello?', nos dirá esa vez siguiente, e incluso parecería raro, una falta de interés o de cortesía, que no volviera a referirse al caso expuesto y al que lo forzamos a contribuir con palabras, o, si declinó pronunciarse y no soltó prenda, con la mera escucha de nuestra consulta. 'No lo sé, no puedo ni debo opinar, y además no quiero saberlo', pudo muy bien contestarnos, y aun así ya dijo algo: con esa respuesta dijo que el asunto no le gustaba y que le parecía venenoso o turbio, que no quería tomar parte en él ni siquiera como testigo auditivo, que prefería no estar enterado y que ninguna opción le hacía gracia, que era mejor que no hiciéramos nada y que lo dejáramos correr o nos apartásemos; y que le ahorrásemos a él el cuento, en todo caso. Aunque uno diga 'No sé' o 'No quiero oír' ya dice mucho, no hay escapatoria cabal cuando se le pregunta a alguien, ni siquiera con inhibirse ni con callar se salva, porque con su silencio está ya reprobando o desaconsejando, mucho más que otorgando, contrariamente a lo que afirma el dicho. Ojalá nunca nadie nos pidiera nada, ni casi nos preguntara, ningún consejo ni favor ni préstamo, ni el de la atención siquiera. Pero eso nunca ocurre, es un deseo baldío. Siempre nos llega alguna pregunta penúltima, siempre queda alguna petición rezagada. Ahora era yo quien preguntaría, ahora iba yo a hacer la mía, en principio comprometedora para cualquier destinatario, salvo quizá para el que iba a escucharla. De él tenía que aprender aún bastante, para mi desasosiego y tal vez mi desgracia.
    Al atardecer llamé a Tupra desde la habitación de mi hotel, sólo podía tocarle a él ciarme consejo, e instrucciones con suerte, hacerme recomendaciones y servirme de guía, y además era el más indicado para esa clase de cuestiones en las que con hablar no basta; también era el más previsible, esto es, quien más probablemente me confirmaría que debía hacer lo que creía, o no me disuadiría de lo que debía. Calculé que podía ya estar en casa a aquella hora, aunque fuera una menos en Inglaterra, a no ser que tuviera el día multitudinario y festivo y hubiera reclutado a todos, incluidos Branshaw y Jane Treves, para salir en manada. Marqué su numero directo y lo cogió una mujer, sin embargo, seguramente la silueta atractiva, anticuada (casi figura de clepsidra), que había visto al final de aquella noche de vídeos, recortada contra la luz de un pasillo, a la puerta de su pequeño estudio; si era su mujer o ex-mujer, si era Beryl, él entendería aún mejor mi caso.
    '¿Cómo te va, Jack? Qué gentil por tu parte llamar a dar noticias. ¿O es para interesarte por mí y por los demás? Más amable todavía, en medio de tus vacaciones.'
    Había algo de ironía en su tono, desde luego, pero también le noté cierta alegría de oírme, o era divertimiento, conmigo aun se divertía. Preferí no disimular ni engañarlo más allá de los saludos.
    'Tengo un asunto que resolver aquí, Bertie. Me gustaría saber qué te parece, qué debería hacer según tu criterio. ' Lo llamé Bertie para complacerlo, para bien predisponerlo, aunque él se daría cuenta de eso, y le resumí la situación sin rodeos: 'Hay un tipo aquf, le dije. 'Creo que pega a mi mujer, o a mi ex-mujer, lo que sea, aún no estamos divorciados, salen juntos no sé desde cuándo, probablemente hace unos meses. Ella lo niega, pero ahora mismo tiene un ojo morado, y no es la primera vez que se da un buen golpe por accidente en los últimos tiempos, según su versión, claro. Eso me ha contado su hermana, que piensa como yo, por su cuenta. No me hace ninguna gracia que mis hijos corran el más mínimo riesgo de quedarse sin madre, estas cosas nunca se sabe cómo acaban, hay que cortarlas de raíz, ¿tú no crees? En fin, no me quedan demasiados días para arreglarlo. Me gustaría dejarlo zanjado antes de volverme, la intranquilidad es insoportable en la distancia, y distrae mucho del trabajo. No quisiera que ella se enterase de mi intervención, fuera cual fuese, en todo caso. Aunque sería difícil que no sospechase, estando yo aquí estos días, sí resulta que por mi acción el panorama le cambia, y de eso se trata. Hablar con él no tendría sentido, lo negaría. Ademas no parece un tipo apocado, ni un pusilánime, más bien todo lo contrario; desde luego no es ningún De la Garza. Tampoco ganaría nada con insistirle a ella para que lo admita, la conozco bien, es muy terca. Y aunque lo consiguiera: la situación no variaría en esencia, ella está con él pese a todo.' Me paré. Lo que vino a continuación me costaba más decirlo: 'Debe de estar muy colada. Aunque no le haya dado tiempo a eso, quiero decir a estarlo de veras. Eso no ocurre en unos meses, ha de hacerse poso. Supongo que es la novedad, el primero que me sustituye, la ilusión excesiva, algo pasajero. Pero todo dura mientras dura, no sé si me entiendes. Y dura ahora'.
    Tupra se quedó callado unos segundos. Luego contestó ya sin ironía, pero tampoco con mucha seriedad, había cierta ligereza en su tono, como si mi problema no le pareciera gran cosa, o no le viera una solución complicada.
    '¿Y me preguntas a mí qué debes hacer? ¿O qué me preguntas, lo que yo haría? Tú lo sabes bien a estas alturas, Jack, lo que yo haría. Supongo que tu consulta es en realidad retórica, y sólo quieres que te reasegure. Pues bien, te reaseguro, faltaría más. Si quieres quitar el problema de en medio, quítalo.'
    'No estoy del todo seguro de entenderte, Bertie. Ya te he dicho que hablar con él no llevaría a ninguna parte…' Pero no me dejó terminar la frase. Quizá tenía algo de prisa, o se había irritado por mi lentitud (podría haberme dicho de nuevo 'Don 't linger or delay, just do it'). Quizá lo había pillado en la cama con Beryl, o con quien fuera la mujer que tenía al lado y por eso ella había contestado el teléfono, por estar tan cerca, encima o debajo, de frente o de espaldas, a lo mejor les había interrumpido un polvo, nunca sabemos lo que pasa al otro lado del hilo, o mejor dicho, lo que pasaba justo antes de que sonara el timbre. Cuántas veces habría llamado desde Londres a Luisa y ella acabaría de regresar de verse con Custardoy en su estudio, o cuántas estaría él presente en su dormitorio, en mi casa, mirándola hablar medio desnuda conmigo, aguardando impaciente a que terminásemos. Si la visitaba. Podía ser que no o solamente de noche, por ios niños. Yo no les había preguntado, pero tampoco ellos lo habían mencionado espontáneamente, de hecho no habían mencionado a nadie nuevo ni ajeno.
    'Look, Jack, just deal with him' dijo Tupra. 'Just make sure he's out of the picture.' Esas fueron en inglés sus palabras, y ahí lamenté enormemente que esa no fuera mi lengua, porque no sé para un anglohablante, pero para mí eran demasiado ambiguas, no acababa de entenderlas con la nitidez que habría querido; si me hubiera dicho 'Just get rid of him' o 'Well, dispose of him', habría sido más claro, aunque tampoco enteramente: 'Deshazte de él' es lo que significa eso, y al fin y al cabo hay muchas maneras de deshacerse de alguien, no sólo con el matarile; o tal vez si la frase hubiera sido 'Just make sure you get him off her back' o bien '… off your backs' habría sabido que me decía 'Asegúrate de que se lo quitas a ella de encima', o bien '… de que os lo quitáis los dos de encima', pero tampoco me habría sentido capaz de traducir esa expresión a una acción concreta e inequívoca, porque hay asimismo muchas formas de sacudirse de la espalda a alguien, que es lo que el inglés diría. Ojalá lo que le hubiera oído fuera 'Just scare him away, scare him to death' y entonces me habría constado que sólo me recomendaba ahuyentarlo con un susto de muerte, como había hecho él con De la Garza, no más que eso, y convertirme a lo sumo en Sir Punishment y en Sir Thrashing, nunca en Sir Death ni en Sir Cruelty. Pero lo que salió de sus labios fue más bien 'Encárgate de él. Asegúrate de que lo sacas del cuadro', literalmente, o '… de que se queda fuera del cuadro', no sé, el vocablo 'picture'podía entenderse igualmente como 'dibujo' o 'retrato' o 'panorama' o 'escena', o incluso como 'foto' o 'película', sin embargo me quedó la idea literal primera, la de cuadro o pintura, había que sacar a Custardoy del cuadro, suprimirlo de él o ponerlo aparte, como al Conde de San Segundo en el Prado, que estaba fuera del de su familia, aislado, sin poder acercarse ya nunca más a su mujer ni a sus hijos, por los siglos de los siglos. De haber tenido lugar el breve diálogo en un episodio de Los Soprano, o en El Padrino, habría comprendido perfectamente que me sugería o me incitaba a cargármelo. Pero quizá entre mafiosos hay ya unos códigos preestablecidos, por si resultan ser objeto de escucha, que les permiten ser muy lacónicos en sus órdenes y aun así interpretados correctamente a la primera. Además, aquel no era un diálogo de película ni nosotros éramos mafiosos ni yo estaba recibiendo una orden, a diferencia de otras veces con Tupra o Reresby o Ure o Dundas, sino solamente orientación, el consejo que le había solicitado. Pero el lenguaje es difícil cuando uno no sabe a qué atenerse y necesita saberlo con precisión, porque casi siempre es metafórico o figurado. No debe de haber mucha gente en el mundo que diga abiertamente 'Kill him' o que en español diga 'Mátalo'.
    Me atreví a insistirle un poco, aunque suponía que eso podría impacientarlo. O bueno, colé mi pregunta a toda prisa antes de que me colgase, aquellas dos últimas frases suyas me habían sonado a conclusión, a despedida casi, como si ya no tuviera nada más que añadir, después de eso. O como si lo hubiera aburrido mi consulta, mi pequeña historia.
    '¿Puedes indicarme cómo, Bertie?', le dije. 'No estoy tan acostumbrado como tú a espantar a individuos.'
    Oí primero su risa paternalista, seca, levemente despreciativa, no era una risa que pudiéramos haber compartido, no era la que une a los hombres desinteresadamente entre sí, y entre sí a las mujeres, y la que entre mujeres y hombres puede establecer un vínculo aún más fuerte y más tensado, una unión más profunda, compleja, y más peligrosa por más duradera o con mayor aspiración de durabilidad, quizá Luisa y Custardoy tenían esa, la espontánea e inesperada, la simultánea, ya que él hacía reír con facilidad a todo el mundo, según parecía. La de Tupra fue una risa de cierta decepción menor, de impaciencia, dientes pequeños con luminosidad, se la había visto en persona otras veces. Luego me contestó:
    'Si de verdad no sabes cómo, Jack, entonces es que no puedes hacerlo. Más vale que no lo intentes, deja que las cosas sigan su curso. Déjalo correr, renuncia a torcerlo, y que tu mujer se las componga, tú verás, allá ella. Pero yo creo que sí sabes cómo. Lo sabemos todos siempre, aunque no estemos acostumbrados. Otra cosa es que no nos veamos en ello. Es cuestión de verse. Y ahora tengo que dejarte. Suerte.' Y puso fin a la comunicación, se la había alargado yo un poco.
    Ya no me atreví a llamarlo de nuevo, debía manejarme con lo que tenía. 'Y que tu mujer se las componga, tú verás, allá ella', eso me había sonado a reproche o a afeamiento encubierto, como si en realidad me hubiera dicho: 'Vas a abandonarla a su suerte, quizá vas a permitir que la maten un día y que tus hijos se queden huérfanos'. Y también tuvo eco esta otra frase: 'Es cuestión de verse'. Lo que probablemente había querido decir con aquello era que la única manera de imaginarse haciendo lo que uno nunca se imagina haciendo es pasar a hacerlo, y entonces se ve uno sin remedio en ello, por fuerza se acaba viendo.
    A continuación llamé a un antiguo amigo a la madrileña, esto es, a alguien con quien uno ha tenido un buen trato superficial hace años y al que no ha vuelto a frecuentar desde entonces: si con él no ha habido ningún roce o discusión o pelea, no-minalmente sigue siendo un amigo, aunque podamos no haber mantenido jamás una conversación con él a solas, fuera del amplio y variable grupo que nos reunía en el pasado cada vez más remoto. Era uno de esos toreros con seguidores fanáticos que se retiran y regresan a los ruedos cada pocos años y vuelven a retirarse -ya no estaría muy lejos la tarde en que se hubiera de cortar la coleta definitivamente-, y con el que había coincidido en una época de mi vida, con Comendador y más tarde (Comendador me lo había presentado, él se infiltraba en todos los ámbitos), en las timbas nocturnas, hasta muy altas horas, que el Maestro organizaba en su casa con miembros de su cuadrilla y algún colega y toda clase de moscones, entre los que yo me encontraba; hay toreros que no están ni un minuto solos y que además reciben a todo el mundo, si viene avalado por alguien de confianza, aunque sea de tercera mano: el amigo de un amigo del que verdaderamente es amigo, y no sólo a la madrileña. Era un hombre muy cordial y cariñoso, también sentimental respecto a cualquier tiempo de su vida pasada, y cuando le pedí ir a verlo no sólo no puso ningún inconveniente ni mostró el menor recelo tras un decenio o más de silencio entre nosotros, sino que me instó a ir cuanto antes:
    'Vente hoy mismo, hombre. Además hay partida esta noche.'
    '¿Qué tal te iría mañana por la mañana?', le pregunté. 'Estoy aquí pocos días, ahora vivo en Londres, y hoy he de ir a ver a mi padre, que anda regular, con muchos años.'
    'Hecho, no se hable más. Mañana. Pero vente hacia la una, ya para el aperitivo. Esta noche acabaremos tarde.'
    'Es para pedirte un favor', preferí anticiparle. 'Un préstamo. No de dinero, ando bien, no te preocupes.'
    'Que no me preocupe, dice', me contestó riendo. 'A mí tú no tienes con qué preocuparme, Jacobito.' Era de los que me llamaban Jacobo, no recuerdo ya por qué. 'Óyeme: lo que sea. Como si me quieres pedir mi mejor traje de luces, niño.' No seguía mucho la actualidad taurina, y menos aún desde Londres, pero deduje que ahora estaba en activo. Más valía que me informara un poco, antes de visitarlo, por no faltarle al respeto con mi ignorancia.
    'Pues mira, no andaremos muy lejos de eso', le dije. 'Mañana te lo explico.'
    'Tú te vienes, miras a tu alrededor y te llevas de aquí lo que quieras, chiquillo.' En verdad era un hombre generoso, no lo decía por decir, eso seguro. Se llamaba Miguel Yanes Troyano, su apodo era 'Miquelín' y era hijo de banderillero.
    A la mañana siguiente, al tanto ya de sus últimos triunfos por Internet, y con un regalo, me presenté en su inmenso piso de la zona que en mi infancia se conocía como 'Costa Fleming', más cerca de Chamartín, el estadio por antonomasia, el del Real Madrid, que de Las Ventas, la plaza de toros por cuya puerta grande había salido a hombros unas cuantas veces. Habría preferido hablar a solas con él, pero eso era imposible, siempre estaba acompañado. Puesto que él ya sabía que le iba a pedir un favor y un préstamo, había tenido la consideración, sin embargo, de no imponerme varios testigos. Pero allí estaba su apoderado de toda la vida, él nunca faltaba, un hombre de su edad, taciturno, muy discreto, lo conocía poco pero de antiguo.
    – No sé yo si al señor Cazorla le va a aburrir nuestra charla, Maestro -dije tanteando, por si acaso.
    – Nada -contestó Miquelín lanzando dos dedos al aire; me había recibido con un gran abrazo y un beso, como si yo fuera un sobrino-. Eulogio nunca se aburre, y si se aburre piensa, ¿verdad, Eulogio? Delante de él puedes decir lo que quieras, Jacobito, que ni lo va a contar ni va a juzgarte. Tú me dirás, en qué puedo servirte.
    Me costó arrancar unos instantes, mi petición me daba algo de vergüenza. Pero la manera de vencer ésta era formular aquélla y pasar el trago. Todo da más corte antes que luego, y hasta que durante.
    – Quisiera saber si me podrías prestar una espada, un estoque de los tuyos, durante un par de días, calculo.
    Vi que no se lo esperaba y que Cazorla daba un respingo, se estiró una manga. Iba vestido con traje, chaleco incluido, de un gris demasiado claro, asomándole un pañuelo en pico del bolsillo exterior de la pechera, una florecilla en el ojal, era de la vieja escuela. Pero él no hablaría si Miquelín no lo invitaba a hacerlo. Éste encajó bien la sorpresa y respondió en seguida:
    – Uno y dos y tres, los que tú quieras, Jacobo. Ahora mismo vamos donde los trastos y eliges el que más te guste, claro que no son muy distintos. Ahora bien, y me perdonas: si me hubieras pedido dinero lo último que se me habría ocurrido es preguntarte para qué lo querías; pero en fin, una espada es más raro. ¿Qué es, para disfrazarte?
    Podía haberle mentido, aunque disfrazarse sólo con espada no tenía ningún sentido. Podía haber inventado otra cosa absurda, como que iba a ir a una becerrada privada, pero no me pareció bien engañar a un hombre tan buerio, tampoco creo que lo hubiera logrado. Supuse que comprendería mi causa y que él tampoco me juzgaría.
    – No, Miquelín. Es para darle un susto a uno. Tiene que ver con mi mujer. Bueno, con mi ex-mujer, nos separamos hace ya tiempo, aunque aún no estamos divorciados. -Siempre tenía empeño en dejar eso claro, me di cuenta, como si tuviera importancia-. Me largué a Londres por eso, para no estar por aquí rondando mientras ella se me alejaba. No sé si fue muy buena idea, en vista de lo que me he encontrado. Tenemos dos críos, un niño y una niña, y no quiero que corran riesgos. Ese tipo no les conviene a ninguno, y a la que menos a ella.
    Miquelín lo comprendía, bastaba con lo que le había dicho, lo vi en su forma de escucharme, como si asintiera. No se cuestionaba nada, los amigos eran los amigos y allá cada cual con sus asuntos. Luego se echó a reír afectuosamente, divertido en parte, era un hombre de carcajada frecuente, la edad no se las había espaciado.
    – ¿Pero dónde vas a ir tú, con una espada? -me dijo-. ¿Oyes para lo que la quiere, Eulogio? Vamos a ver, Jacobo, ¿la vas a utilizar o no? ¿Se la vas a hincar hasta el fondo o nada más que la puntita? ¿O es que sólo vas a enseñársela, huy qué miedo?
    – Espero no utilizarla -contesté. En verdad no lo sabía, tan sólo había pensado en el efecto que producía ver aparecer esa arma, según las disquisiciones de Tupra.
    – Pero hombre, ten en cuenta dos cosas, Jacobo, niño. Una, que el estoque sólo hiere por la punta, clavándolo, y para eso hay que coger impulso si quieres que de verdad pinche hondo; filo no tiene casi, para dar un tajo no te sirve. Otra, que si esa espada atraviesa a un toro, que pesa seiscientos kilos, y se la metes hasta el puño cuando no tocas en hueso, imagínate a un hombre lo que le haces, lo dejas tieso a poco que se te vaya la mano. ¿Tú te quieres arriesgar a tanto? No, hombre, no, para dar un susto una pistola. Mejor limpia, por si acaso.
    No se me había ocurrido relacionarlo: al oírle a Miquelín hablar de lo que le haría un estoque a un hombre, caí en la cuenta y me recorrió un escalofrío de repugnancia, aunque no fue, curiosamente, extrañamente, de repugnancia hacia mí mismo, aún debía de verme ajeno a lo que proyectaba, o aún veía el proyecto vacío de contenido, o es que nunca hay repugnancia enteramente sincera hacia uno mismo y eso es lo que nos permite hacer todo, según nos vamos acostumbrando a las ideas que nos surgen o nos instilan, poco a poco, o asumimos que vamos a hacer lo que haremos. 'Me asemejaría a aquel malagueño atravesado, con malas pulgas, muy cabrón, de cuidado', pensé, 'el que toreó a Emilio Mares en las afueras de Ronda hace unos setenta años, ayudado y jaleado por sus cantaradas, y le entró a matar con el estoque y le cortó las orejas y el rabo, los alzó en una mano y saludó con la otra quitándose su boina roja en plan montera, allá en los campos amenos, Al que se cargó con saña al antiguo compañero de Universidad de mi padre, presumido con gracia y frívolo con deliberación, hombre muy grato, permanentemente de buen humor, según me dijo, del que tenía tan buena idea y que se había negado a cavar su tumba antes de ser fusilado, es decir, a que sus verdugos lo torearan además de matarlo. Y entonces lo habían lidiado, literalmente, con banderillas y pica y espada. Menos mal que Miquelín me ha advertido, con sus involuntarias palabras.'
    – ¿Limpia? -pregunté. No entendía el término.
    – Sí, cuya existencia no conste, que no esté registrada, y sobre todo que no se haya empleado en ningún delito. Ya te digo, por si acaso. -Miquelín tenía bien presente el acaso, como todos los toreros, supongo.
    – ¿Por si acaso qué, Miquelín?
    – Por qué va a ser, chiquillo. ¿Tú lo oyes, Eulogio? -Y soltó otra carcajada, me debía de ver como a un pardillo, lo era en estas cuestiones-. Porque si te echas una pistola al bolsillo siempre puedes acabar disparándola. Tú le vas a dar sólo un susto a alguien, vale, pero nunca sabes cómo va a tomárselo el otro. A lo peor no se asusta, y entonces tú qué, qué haces.
    – Ya. ¿Y de dónde saco yo una pistola así? -Yo sabía que el Maestro tenía armas, desde luego de caza para cuando se iba a su finca de Cáceres, allí pasaba temporadas. Y quizá también de las otras, como casi todos los que han hecho buen dinero, de las cortas que para cazar no valen. Pero lo más probable era que las tuviera todas en regla, por lo tanto ninguna limpia del todo.
    – Yo te la presto, hombre, lo mismo que te habría prestado la espada o lo que quisieras. Pero dónde ibas a llevar tu una espada, hombre, eso además, vaya ocurrencia. La pistola te cabe en el bolsillo. -Tampoco había pensado en eso, en que yo no tenía un abrigo con una funda a la espalda, ni siquiera una gabardina. Y no estaba el tiempo para abrigos. Y Miquelín añadió-: Venga ahora mismo. Eulogio, anda, niño, hazme el favor, tráeme la Llama de mi padre. Y también la otra, el revólver.
    – ¿Dónde las tienes ahora? -le preguntó Cazorla.
    – Están ahí en la biblioteca, detrás de Las mil y una noches y un poco más a la izquierda, son varios tomos marrones. Anda, búscamelas y tráetelas para acá.
    El apoderado salió de la habitación (me pregunté qué biblioteca tendría el Maestro, separada del salón, nunca la había visto durante las viejas timbas; pero era bastante leído, como más de un torero), y al cabo de poco rato volvió con dos cajas o bultos envueltos en paños y se los puso a Miquelín delante, encima de la mesa baja.
    – A ver, tráete unos guantes para Jacobo, si me eres tan amable, Eulogio. Más vale que no les plantes los dedos, si vas a utilizar una de ellas -me dijo a mí-. Se te puede olvidar luego limpiarla, como no tienes costumbre.
    Cazorla seguía tan servicial como lo recordaba, su admiración por el Maestro era infinita, a la devoción se acercaba. Volvió a salir y en seguida regresó con un par de guantes blancos, como de maître o de mago. Eran de tela fina, me los puse, y entonces Miquelín desenvolvió los bultos con cuidado, casi con solemnidad, quizá no tanto porque fueran armas cuanto porque habían pertenecido a su padre. Muchos padres que habían pasado la Guerra guardaban algún arma, reglamentaria o no, también el mío, yo sabía que tenía una Star o una Astra, una de las que se fabricaban en Eibar. Pero nunca se la había visto y no era cuestión de preguntarle ahora ni de ponerse a revolver en su casa. 'Se la debió de jugar durante la postguerra', pensé, 'por conservarla y no rendirla. Siendo de los vencidos. Y habiendo estado en la cárcel.' El padre de Miquelín, por fuerza mayor que el mío, podía haber sido de los vencedores, pero nunca habíamos hablado de eso, ya no importaba. Tampoco habíamos hablado nunca de nada serio, ni personal, para el caso. Las amistades madrileñas son en verdad originales, a menudo inexplicables.
    – ¿Puedo cogerlas ahora? -le pregunté. Eran bonitas, el revólver con su culata de madera, estriada, la pistola formando casi ángulo recto.
    – Espera un poco -me dijo-. Eran de mi padre, las dos, así que no están fichadas por los mangantes de ahora, si me las pillaran se las venderían. El revólver es de antes de la Guerra, creo. Inglés, un Enfield. Se lo regaló un escritor inglés que se aficionó una temporada a los toros y mi padre convenció a su matador para que lo dejara ir con la cuadrilla en los viajes. Quería escribir algo desde cerca, tenía un personaje fijo que se llamaba Biggles, de una serie, creo que era aviador, y en una de las novelas pensaba enviarlo a correr aventuras a España. Mi padre me lo contaba orgulloso, porque por lo visto el tal Biggles era muy famoso en su patria. -Allí estaba la palabra, 'patria'; quizá no significaba tanto, Miquelín no le había dado ningún énfasis, acaso porque no se había referido a la propia, a la nuestra-. La pistola es de después, una Llama, española, automática. El revólver carga seis balas, la Llama diez. Eso te va a dar lo mismo en principio, si no prevés dispararla. Y si no te queda más remedio, tienes de sobra en ambos casos: si no te bastaran es que ya estás muerto. Con un cargador te vale, para la pistola. Aquí están las municiones. Bien conservadas, con aceite, todo funciona, como me enseñó mi padre. La pistola se te puede encasquillar, como todas. Pero en cambio mira lo que abulta el revólver, con el tambor, y el cañón tan largo. Yo creo que te irá mejor la Llama. ¿No te parece, Eulogio, que para un susto le va mejor la pistola? -Miquelín manejaba con soltura las dos armas.
    – Lo que tú digas, Miguel. Tú serás el que más entienda -se limitó a contestar Cazorla encogiéndose de hombros.
    – ¿Sabes usarla? -me preguntó Miquelín entonces-. ¿Sabes cómo funciona? ¿Has tenido alguna en la mano?
    – En la mili -respondí-. Luego ya nunca más. -Y pensé en lo raro que era eso, o en lo nuevo. Debió de haber muchas épocas en las que lo insólito fuera que un burgués no dispusiese de algún arma en su casa, y la guardase a mano.
    – Lo primero, Jacobo: nunca el dedo sobre el gatillo hasta que estés bien seguro de que vas a disparar. Siempre por encima del guardamonte, ¿de acuerdo? Aunque la pistola no esté montada. Y aunque no esté cargada.
    Iba a preguntarle qué era el guardamonte, me sonaba a palabra antigua, claro que también Miquelín iba siendo ya antiguo, una reliquia, lo mismo que su generosidad. Pero no hizo falta, porque en seguida él me lo mostró y vi dónde colocaba el índice. A continuación me pasó el arma, para que yo hiciera el gesto, o lo imitara. No me acordaba de cuánto pesaba una pistola, en las películas las sostienen como si fueran dagas. Hay que hacer esfuerzo con el brazo para levantarla. Más aún para mantenerla en alto apuntando.
    Y entonces el Maestro me enseñó a manejarla. No sé, creo que a aquellas alturas ya tenía asumido el dictamen de Wheeler de que los individuos llevan sus probabilidades en el interior de sus venas y todo eso, y estaba más o menos convencido de saber aplicármelo a mí mismo; creía conocer bien las mías de antemano, aunque no tanto como debía de conocer él las suyas, que además contaba con el factor de su mucho más larga experiencia: él había dispuesto de más tiempo que yo, de mayores tentaciones y más variadas circunstancias para conducir esas probabilidades a su cumplimiento; había vivido e intervenido en guerras, y es en ellas donde se puede ser más persuasivo y encerrar más peligro y hacerse más ruin que los enemigos; donde se puede sacar más provecho de la mayoría de la gente, que según él era tonta y frívola y crédula, y en la que resultaba fácil prender un fósforo que diera lugar a un incendio; donde mejor y más impunemente puede hacerse caer a otros en la odiosa y destructiva desgracia de la que jamás se sale, y así convertir a esos sentenciados en bajas, en no-personas, en talados árboles de los que rebañar leña podrida; y también es el tiempo más propicio para esparcir brotes de cólera, y de malaria, y peste, y para poner muchas veces en marcha el proceso de la negación de todo, de quién eres y de quién has sido, de lo que haces y lo que has hecho, de lo que pretendes y pretendiste, de tus motivos y tus intenciones, de tus profesiones de fe, tus ideas, tus mayores lealtades, tus causas…
    Oh sí, uno no es nunca lo que es -no del todo, no exactamente- cuando está solo y vive en el extranjero y habla sin cesar una lengua que no es la propia o la del principio; pero en su país no lo es tampoco cuando está en una guerra o cuando lo dominan la ira o la obstinación o el miedo: uno se siente hasta cierto punto irresponsable de lo que haga o presencie, como si todo perteneciera a una existencia provisional, paralela, ajena o prestada, ficticia o casi soñada -o quizá es teórica como mi vida entera, según el informe sin firma del viejo fichero que me concernía-; como si todo pudiera ser relegado a la esfera de lo imaginado tan sólo y jamás ocurrido, y desde luego de lo involuntario; todo echado a la bolsa de las figuraciones y de las sospechas e hipótesis, y aun a la de los meros y desatinados sueños, tras los cuales siempre cabe decirse, una vez despierto: 'No, yo no quería que apareciera ese deseo anómalo o ese odio mortífero o ese remordimiento infundado, esa tentación o ese pánico o ese afán punitivo, esa amenaza ignorada o esa maldición sorprendente, esa aversión o esa añoranza que ahora pesan todas las noches como plomo sobre mi alma, esa asquerosidad o esa violencia que yo mismo causo, esos rostros ya muertos y para siempre configurados que pactaron conmigo no tener más mañana (sí, ese es nuestro pacto con los que se callan y son expulsados: que no hagan ni digan más, que desaparezcan y ya no cambien) y que ahora vienen a susurrarme palabras temibles e inesperadas y quién sabe si aun impropias de ellos o ya no tanto, mientras yo estoy dormido y he abandonado la guardia: he dejado sobre la hierba mi escudo y mi lanza'. Y además uno puede repetirse infinitas veces las inquietantes palabras de Yago, no ya sólo después, sino durante sus actos: 'I am not what I am. Yo no soy lo que soy'. Y de la misma manera que el que encarga un crimen, o el que amenaza con uno, o el que se destapa miserias exponiéndose a un chantaje, o el que compra a escondidas -el cuello del abrigo alzado y la cara siempre en sombras, nunca enciendas un pitillo-, le advierten al asesino a sueldo o al amenazado o al chantajista posible o a la conmutable mujer ya olvidada en el deseo y que aun así nos da vergüenza: 'Ya lo sabes, a partir de ahora no me has visto nunca, no sabes quién soy, no me conoces, yo no he hablado contigo ni te he dicho nada, para ti no tengo rostro ni voz ni aliento ni nombre, ni siquiera nuca o espalda. No han tenido lugar esta conversación ni este encuentro, lo que ocurre aquí ante tus ojos no ha sucedido, no está pasando, ni estas palabras las has oído porque no las he pronunciado. Y aunque las oigas ahora, yo no las digo'; así, del mismo modo puede uno decirse: 'Yo no soy lo que soy ni lo que veo que hago. Es más, ni siquiera lo hago'.
    Lo que no tenía tan asumido, o simplemente ignoraba, es que lo que uno haga o no haga pueda depender no sólo del tiempo, las tentaciones y las circunstancias, sino de tonterías y ridiculeces, del pensamiento azaroso y superfluo, de la duda o el capricho o de un estúpido arranque, de las asociaciones inoportunas y del tuerto olvido o los volubles recuerdos, de la frase que te condena o del gesto que te salva.
    Así que allí iba yo a la mañana siguiente -el día amenazaba lluvia- con mi pistola prestada en el bolsillo de la gabardina, dispuesto a hacer algo definitivo y sin saber qué exactamente, aunque sí aproximadamente y lo que quería sacar en limpio: había que quitar a Custardoy de en medio, o sacudírselo de encima, o sacarlo fuera del cuadro; no tanto del mío, que no era más que un chafarrinón entonces o tal vez un esbozo inconcreto -'Estás muy solo ahí en Londres', como me decía Wheeler-, cuanto del de Luisa y los niños, que era en el que aquel individuo malsano se andaba colando y quizá estaba a punto de instalarse para muy largo tiempo, o en todo caso el suficiente para resultar una enfermedad y un peligro. De hecho ya lo era, llevaba ya demasiado acechando o rondando el marco y efectuando incursiones en la tabla o el lienzo, y a Luisa le había puesto la mano encima y el ojo morado y le había producido un corte o un chirlo, lo segundo me lo habían contado y lo primero lo había visto, y nada le impediría cerrar sus manos grandes sobre su cuello -aquellos dedos de pianista, o eran más bien como teclas- una noche de lluvia y encierro más adelante, cuando ya la hubiera sojuzgado y aislado y le hubiera deslizado poco a poco sus exigencias y sus prohibiciones disfrazadas de enamoramiento y flaqueza y celos y de lisonja y ruegos, un tipo envenenado y despótico, el hombre torcido. Ahora veía muy claro que yo no quería tener la suerte ni la desgracia de que Luisa muriera o de que la mataran (suerte en el imaginario y en la realidad desgracia), que no podía permitírmelo porque lo de la realidad no tiene vuelta y jamás puede ser deshecho, ni siquiera quizá compensado, en contra de lo que la mayoría cree (y al muerto desde luego no hay nunca manera de compensarle su muerte, y acaso tampoco a sus vivos, que sin embargo hoy piden dinero tantas veces, poniéndole así precio a la gente cuando ya ha dejado de pisar la tierra o de cruzar el mundo).
    No podía evitar tocar la pistola mientras caminaba, e incluso agarrarla, como si me llamara la culata o necesitara acostumbrarme a su peso y a su tacto y a sostenerla en la mano, a veces la alzaba un poco, siempre dentro del bolsillo, y si la empuñaba del todo llevaba buen cuidado de mantener el dedo sobre el guardamonte y no rozar el gatillo, como me había recomendado Miquelín aunque el arma no estuviera montada. 'Qué fácil debe de ser usarla', iba pensando, 'una vez que uno dispone de ella. O más bien qué difícil no usarla, aunque sólo sea para apuntar y amenazar con ella y para que se la vean a uno. Disparar ya costará mucho más, eso es seguro, pero en cambio pide ser blandida y parecería imposible no complacerla. Quizá las mujeres se resistirían más, pero para un hombre es como tener un juguete que tienta, no deberían estar nunca en poder nuestro, y sin embargo la mayoría de las que se fabrican o se heredan o existen van a parar a nuestras manos, rara vez a las de ellas más cautas.' También tenía cierta sensación vanidosa de invulnerabílidad, o era que al cruzarme con la gente iba pensando: 'Soy más peligroso que ellos en estos momentos y no lo saben, y si alguien se me pusiera chulo o intentara