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El divino Augusto

El divino Augusto

Аннотация

    Al pie de la estatua de mármol de Augusto se leía la inscripción: Imperator Caesar Augustus Divi Filius. Un aciago día, un rayo fundió la C de César; entonces el oráculo auguró que al emperador sólo le quedaban cien días de vida. Augusto, profundo creyente de profecías y portentos, es ya un anciano, ha perdido a su único hijo, ha enterrado a sus amigos y rememora lo que ha sido su existencia junto con sus más recónditos pensamientos en una serie de escritos que numera a partir de cien, en orden descendente: uno por cada día que le queda de vida. En el primero exclama. «Dadme cicuta contra la locura que ataca la excitable estirpe de los poetas.»


Philipp Vandenberg El divino Augusto

    Traducción: María Antonieta Gregor
    Título original: Klascht Beifall, wenn das Stuck gut war

    Yo, Polibio, liberto del Divino Augusto y experto en el arte de la escritura, informo: esta mañana el César me mandó llamar a sus aposentos. Sospeché que debía haber sucedido algo fuera de lo común. “Júpiter en todos los caminos!” saludé, pero el Divino ignoró mi saludo y me hablo como abstraído.
    – ¿Cuánto tiempo has estado a mi servicio, Polibio?
    La pregunta me cogió desprevenido.
    – Bueno -dije-, hasta donde recuerdo, siempre.
    – ¿Y cuántos años suma eso? – insistió el César -.¿Treinta, cuarenta?
    – Más bien cuarenta que treinta -respondí- aun cuando nadie puede afirmarlo con certeza. El nacimiento de un esclavo no se registra en ninguna parte.
    – ¿Y cuánto hace que te otorgué la libertad?
    – Diecisiete años, menos treinta días -contesté-. ¡Cómo no recordar esa fecha! – me eché a sus pies y besé la orla de su túnica. A veces a los amos les gusta solazarse en la gratitud y el César no es una excepción.
    – Siempre me serviste con lealtad, Polibio -empezó de nuevo el Divino y me pregunté a dónde quería llegar En la brevedad del instante no se me ocurrió respuesta alguna a ese interrogante, pero lo que sucedió entonces me llenó de asombro.
    Augusto extrajo de sus vestiduras un saquito, me hizo una señal y yació su contenido en mis manos abiertas. Permanecí allí atónito, mientras en mis palmas se amontonaba una cantidad de oro. Jamás en la vida, Polibio, el liberto del Divino Augusto, había tenido tanto dinero en sus manos.
    – ¡Tómalo! -dijo el César-. ¡Ojalá te traiga suerte!
    Mentiría, si me propusiera escribir lo que le respondí al Divino. Ya no lo recuerdo. Estaba demasiado excitado, pero sin duda alabé la bondad del Excelso, su generosidad; y – esto si lo recuerdo – le juré eterna fidelidad
    – Escucha -continuó Augusto, es decir, formuló su discurso naturalmente de otra manera, en ese estilo inimitable con el cual remedo a los poetas, pero yo reproduciré sus palabras con las mías. -Escucha, te doy este oro en pago de un servicio que habrás de hacerme.
    Respondí:
    – ¡Señor, sabes que cumpliría cualquiera de tus deseos aunque no recibiera oro! -así discurrí más o menos con la mirada fija en el reluciente metal que sostenía en mis manos. Seguramente, alcanzaría para adquirir una casita con jardín en los Montes Albanos, un establo con algunas cabras y tal vez una vaca. Cultivaría vides y árboles frutales y toda clase de verduras que prosperasen en el suelo fecundo.
    Mientras dejaba caer nuevamente el oro en el saquito, percibí la voz del Divino como si me llegara desde muy lejos:
    – A partir de hoy, todos los días te confiaré un pergamino, cuyo contenido es secreto como el de los Libros Sibilinos. En los días de vida que me restan, escribiré mis más recónditos pensamientos. Sin embargo, no quiero que lleguen a conocimiento de hombre alguno antes de mi muerte. Por lo tanto, habrás de guardar este diario en un lugar seguro.
    Ciertamente, un cometido nada común, y me pregunto si un emperador no es más digno de ser compadecido que envidiado, cuando no dispone siquiera de un lugar donde guardar cosas importantes de las miradas de los curiosos. Sé de cientos de escondites, cada uno más seguro que el otro, y me cuidaré de delatarlos. Roma es una ciudad de escondrijos, porque Roma es una ciudad de pícaros y ladrones. Cada cual esconde todo de todos por miedo a perder sus bienes. Los ricos se esconden hasta de ellos mismos, pues deben temer por sus vidas. Algunos tienen dobles a quienes mandan a la calle para poder atender sus negocios sin exponerse.
    – Si eso es todo, Divino César… -dije. Augusto extrajo de entre los pliegues de su toga un pergamino enrollado y me lo alargó. Oculté el escrito en mi túnica con igual celeridad y me retiré. Así comenzó la cosa.
    Al día siguiente el César me entregó un segundo escrito, y un tercero un día más tarde. Por supuesto, me extrañó que no me dictara sus confesiones, ya que confiaba en mi reserva. Sin embargo, rechacé la idea: el Divino no cogía la pluma con frecuencia para escribir, tal como compete a un escriba. Los Césares son gente peculiar. De cualquier modo me cuidaré de echar siquiera una mirada a los rollos en tanto viva.
    Cuando me hizo entrega del cuarto escrito, Augusto me preguntó sobre el paradero de los anteriores y tan pronto lo hube tranquilizado, me encomendó enumerar los pergaminos diarios, pero no en la forma habitual, desde el principio, sino a partir de cien y en secuencia regresiva, a saber: noventa y nueve, noventa y ocho, etcétera, pues, decía, eso correspondía al número de días que le quedaban.
    - Ad libitum * -dije-, como lo desees – y apenas lo pronuncié, tuve clara conciencia del alcance de sus palabras: el anciano creía que no viviría más de cien días. Tal vez le infundiera ese pánico uno de los arúspices, en los que siempre había creído. Yo coincido más bien con el viejo Cicerón que dice que el destino no es lo que nos prometen los arúspices, sino lo que la vida nos depara. Sin embargo, la agorería permite vivir muy bien. Pocos dicen la verdad
    No obstante, Augusto es un hombre muy ilustrado, capaz de citar en la lengua griega a Platón, Aristóteles y Epicuro, y ni qué decir tiene a sus propios poetas, a quienes conoce como nadie, me refiero a Horacio, Virgilio y el desdichado Ovidio.
    El encargo del César de numerar sus escritos me puso en no menudo problema, pues al tomar los rollos de su escondite, me asaltaron dudas respecto de cuál sería el primero y el que habría de llevar la C de centum.
    Juro por mi diestra que hasta este momento no abrí uno solo de los rollos, aunque cada uno está atado sólo con una simple cinta. Lo juro. No tuve otra alternativa que abrir los cuatro pergaminos con la esperanza de poder darme cuenta así de su correcta sucesión. SI, lo confieso, leí cada uno de los folios, más aún, los devoré con manos húmedas. No debí hacerlo, lo sé, pero juro por mi mano derecha que jamás aflorará a mis labios ni una palabra de lo que llegué a saber.
    Si hasta este instante tenía al Excelso por un dios y creía que en su excelsitud platicaba con los dioses inmortales, al leer su diario comprendí que Augusto es todo menos un dios, como Júpiter o Apolo. Ni siquiera es un ser humano envidiable. Yo, al menos, no quisiera estar en su pellejo. Ni en sueños me han acontecido cosas tan descomunales como las que enfrentó el César' en su vida y ahora entiendo la obstinación del Divino de escribir todo de puño y letra. ¿Quién expondría en vida sus emociones más Intimas y sus secretos sentimientos sin reserva?
    Si no supiera fehacientemente que el propio Augusto escribe noche a noche sus pensamientos, pensaría que Livio le dictó ese pasaje donde confronta el heroico pasado de Roma con su desenfrenado presente. Ciertamente, a veces, hasta me parece reconocer el patético verbo de Virgilio y estar frente al gráfico simbolismo de Horacio. ¿A quién le puede extrañar, cuando Augusto es un ardiente admirador del uno y del otro? Por el contrario, el hecho de que no mencione el nombre de Ovidio, a quien desterró a Tomi, debe responder a una causa más profunda que la que se funda en la proscripción públicamente conocida.
    Yo, Polibio, liberto del Divino Augusto y experto en el arte de la escritura, llamo la atención sobre ello, pues la posterioridad podría poner en duda la autenticidad de sus palabras. A través de estos escritos, las generaciones venideras habrán de conocer a Augusto cómo era en realidad.

C

    Por el rayo de Júpiter, por la flecha de la virgen cazadora, por el tridente de Neptuno que impera sobre el Mar Egeo, estoy bastante loco como para coger la pluma entre el pulgar y la coraza de mi dedo de la salud, que se separa manchado e inerte de mi diestra, para dejar hoy, el día de las nonas de mayo cuya mala fama me ha hecho abstenerme toda mi vida de iniciar algo importante, constancia escrita de lo que jamás nadie debería enterarse, pues atañe a lo más recóndito de mí, a mis pensamientos y mis deseos, a mí: Imperator Caesar Augustus Divi Filius. Dadme cicuta contra la locura que ataca a la excitable estirpe de los poetas, cuando relampaguea el blanco de sus ojos, cuando aflora de su alma lo oculto en ella, cuando la oscura intención se clarifica en conocimiento.
    Escuchad, no pretendo ser un bardo, un poeta del reino de Minerva, tampoco quiero forjar yambos que sólo profundicen las aguas que llevan a la orilla de los bienaventurados (se llamen Publio Virgilio Marón o Quinto Horacio Flaco, o lleven un nombre que desde hace siete años me cuido de pronunciar), que profundicen esas aguas entre mí y aquellos a quienes Belerofonte sabe dominar con divinas riendas, cual Pegaso. Ni tú, Tito Livio, viejo amigo, ni el brillo y la dignidad de tu verbo bastarían para explicar mis hazañas que sometieron el orbe a nuestro dominio y que describen en las broncíneas estelas del Campo de Marte y por todo el imperio, la cosecha de setenta y seis años de vida: Res gestae. Pero ¿qué son los números cuando se trata de una vida, cuántas veces debes haber investido un consulado o el poder tribunicio, cuántos enemigos tienes que haber matado, cuántas tierras conquistado para llamarte dichoso?
    Yo, Imperator Caesar Augustus Divi Filius, el que capturó más enemigos, conquistó más tierras, invistió más cargos y dio más dinero al pueblo que cualquiera antes de mi nacimiento, no me llamo dichoso, no en estos días, en este lugar, pues he perdido a mi único hijo, por no hablar de los nietos Cayo y Julio fallecidos a temprana edad. Yo aticé también el fuego de las piras funerarias de todos mis amigos. Al escribir, oprimo con la mano mi ojo izquierdo, pues su potencia visual es inferior a la del derecho y si no apelo a esta medida me provoca mareos en la cabeza. Mi dentadura está deteriorada y los pocos dientes que me quedan me duelen, manchas rojas en mi pecho y en mi vientre, variables en orden, forma y número como las Pléyades, me producen un escozor tan intenso que a veces recurro al cepillo de baño para aliviarme. Con la regularidad de las mareas, mis riñones crían piedras tan molestas que sólo las copiosas libaciones me permiten soportar y despedirlas con un torrente de orina blanca: ¡Una vejez nada codiciable, por cierto! El único consuelo en esta implacable fatalidad es saber que los dioses castigan con sufrimientos a aquel a quien aman. ¿Cómo explicar si no el alevoso asesinato de mi tío y padre, el Divino Cayo Julio César, víctima de los puñales de odiosos conjurados en los idus de marzo? ¿Cómo explicar la solitaria agonía de Sócrates, quien a pesar de no haber dejado escrito alguno a la posteridad, se considera uno de los más sabios? Eurípides, el trageda de los dioses, fue despedazado por perros tracios; Lucrecio, quien escribió sobre la naturaleza de las cosas con mayor perfección que cualquier otro romano y supo quitar a los hombres el miedo a la muerte, este hombre después hubo de terminar trastornado y suicidarse. O tomad por ejemplo a Esquilo, quien luchó contra los persas en Maratón. ¡Qué ridícula y triste fue su muerte! A este autor de noventa tragedias, le cayó una tortuga sobre la cabeza mientras escribía, y esta lo mató. Y el propio Diógenes, el filósofo considerado dichoso, cuyo sepulcro en Corinto adorna un perro esculpido en mármol (admiro su ascetismo, pero su inmoralidad me horroriza), también él halló a avanzada edad una muerte nada envidiable: murió al devorar en su petulancia un pólipo crudo. El poeta radicado en la lejana Tomi, que creía divertir al pueblo a mi costa con su "Arte amatoria", escribe desde el destierro elegías, preñadas de lágrimas, y Quinto Horacio Flaco, quien, como él mismo solía decir, tuvo el arrojo de probarse como poeta impulsado por la pobreza, encontró por cierto su sabinum, pero ¿por qué se embriagó hasta morir, si realmente era feliz?
    Yo, Imperator Caesar Augustus Divi Filius, escribo esto con la sospecha de que a mí tampoco se me deparará un final mejor, aun cuando erigí a los dioses más templos que cualquier otra persona anterior a mí: el templo de Apolo con sus columnatas, en el Palatino, es obra mía, como también el templo de Julio divinizado y el lupercal, la gruta sagrada del fauno, donde Rómulo y Remo fueron amamantados por la loba. Anexé al Circo Máximo un pulvinario, donde son exhibidas las estatuas de los dioses durante los juegos, en el Capitolio consagré un templo a Júpiter Feretrius y a Júpiter Tonans; a mi se me debe la erección de los templos de Quiino, Minerva, Juno Regina y Júpiter Libertas en el Aventino, sin olvidar el santuario de los lares en.el punto más elevado de la Vía Sacra, el santuario de los penates en el distrito de Velia, el templo de Juventas, el templo de la Magua Mater en el Palatino y el Mars Ultor en mi propio foro. Si llevo buena cuenta, sólo en el período de mi sexto consulado hice renovar 82 templos de dioses y gastar cien millones de sestercios en ofrendas votivas para los dioses inmortales, pues donde moran los dioses, mora el poder.
    En el Campo de Marte, frente a un pueblo multitudinario, celebraba ayer el sacrifico de purificación quinquenal, cuando tuve un extraño presagio, no emanado del arte cruento que predice creciente fortuna por la observación de las entrañas de un animal (Marco Tulio Cicerón se mofaba de él, al proponer que bastaba simplemente elegir a la víctima propiciatoria adecuada para sus fines), no, los dioses me enviaron mi prodigio desde el cielo de una manera inesperada y apenas tuve tiempo de esconderme bajo la piel de becerro marino que siempre llevo conmigo para protegerme de los rayos del cielo. Reíd de las pamplinas de un anciano rengo, a quien no mitigan sus sufrimientos ni los baños de arena caliente ni las cataplasmas de junco. Yo valoro también la ciencia que los griegos que se pasean en las alamedas llaman fisiología, pero más valoro los augurios de los dioses inmortales cuya existencia se pondría en duda si no anunciaran el futuro a los hombres, pues si no supieran acerca del mañana que ellos mismos ordenan y determinan, no habría dioses, nuestros templos serían manicomios y nuestros sacrificios costumbres bárbaras. Sin embargo, como nos dan señales y estas determinan nuestro destino, nadie puede poner en duda la inmortalidad.
    El primer presagio se produjo con bastante antelación a mi nacimiento, cuando en Velitrae, la ciudad de mis antepasados, un rayo rozó el muro que la circunvalaba, lo cual prometía el poder máximo a un ciudadano de esa comarca, según la interpretación de los augures. Y el año en que vi la luz de este mundo proliferaron en el foro raras plantas, y los sacerdotes indicaron que anunciaban el nacimiento de un rey. El Senado ya había resuelto no criar a ningún recién nacido ese año, y separar a los párvulos de sus madres y exponerlos, pero al promulgar la ley, los senadores no contaron con las expectativas de las madres y la romanas encintas. Todas deseaban dar a luz a un rey, de acuerdo con el presagio, y su amenaza de negarse de allí en adelante a todos los senadores tuvo su repercusión. Si bien la ley fue promulgada, jamás fue grabada en bronce, ni se abrió camino hacia el aerarium, de modo que no pudo entrar en vigor.
    Atia, mi madre, me dijo que apenas salida de la infancia, se había hecho llevar a medianoche en litera hasta el templo de Apolo y, mientras oraba con devoción, Somnus, el amigo de las musas, cerró sus párpados y la hizo sumergirse en profundo sueño. Como en el anfiareion de Argos, donde las personas ven su futuro en sueños, el dios le mandó un sueño: un hombre se acercó a su cuerpo con ternura, le separó los trémulos muslos y penetró en ella impetuoso. Estridente griterío la arrancó de su sueño y los devotos orantes dijeron haber visto una serpiente que se deslizó velozmente de la litera y desapareció entre las grietas de las piedras del templo. A pesar de que mi madre se lavó como después de practicado el coito, quedó en su cuerpo una marca, parecida a la de Pitón, el demonio terreno que habita en un cuerpo de serpiente y que fue derrotado en victorioso combate por Febo Apolo. A los diez meses nací yo: Imperator Caesar Augustus Divi Filius.
    Mi progenitor Octavio aseguró fehacientemente que después de su triunfo sobre los bárbaros de la lejana Tracia, consultó el oráculo acerca del destino marcado por mí, su hijo nacido con retardo. Los sacerdotes del bosquecillo de Liber pater le instaron a ofrecer vino, y cuando lo derramó sobre el altar, se alzó una gran llamarada que emergió del techo del templo, como si en lugar del vino hubiera vertido brea hirviente. Según informaron los sacerdotes, solamente había acontecido un fenómeno similar cuando el gran Alejandro ofreció vino de Macedonia sobre el mismo altar.
    Aun antes de vestir la toga virus, hace ya 62 años, y conocer uno de mis nombres, me presenté ante hombres importantes en sus sueños, por ejemplo, ante Marco Tulio Cicerón, quien aseguraba que todos los sueños tenían una razón. Del cuerno colmado de zumo de adormidera Somnus le instiló en la memoria la siguiente imagen: Yo, un adorable niño, había bajado del cielo por una cadena de oro y me había quedado frente al Capitolio. Júpiter me invitó a entrar y puso en mis manos un látigo en señal de poder. Que los dioses me castiguen si una sola de estas palabras es mentira: Cicerón le contó su sueño al divino Julio, camino del Capitolio, y cuando ambos llegaron allí, Cicerón me señaló con el dedo y exclamó excitado: "¡Ese es el niño que se apareció en mis sueños!" Juro por mi diestra que aquella fue la primera vez que vi a Cicerón. A Quinto Cátulo, el pontífice, me aparecí dos noches consecutivas, como niño. En el primer sueño jugaba junto al altar de Júpiter Optimus Maximus y el soberano del cielo me hizo señas con la mano y depositó en mis brazos una estatua de la diosa Roma. A la noche siguiente volví a cruzarme en las visiones oníricas del sacerdote: estaba sentado sobre el regazo de Júpiter Capitalino y Quinto Catulo indicó a los servidores del templo que me bajaran de allí, pero Júpiter los rechazó con ademán tranquilizador: "Este niño debe ser educado para salvación del Estado."
    Personalmente, sé todo esto sólo de oídas, pero aquellos que lo cuentan, lo aseguran de buena fe, como aquella historia de mi tierna infancia, cuando todavía estaba en la cuna: una mañana, mi aya elevó los brazos al cielo consternada, pues yo había desaparecido. Grupos de rescate se dispersaron en todas direcciones hasta que por fin me hallaron en una torre orientada hacia el sol naciente, donde yo conminaba a las ranas a concluir su concierto matinal. ¡Qué digo! Mis balbuceos infantiles tuvieron el efecto del trueno de Júpiter: hoy en día, todavía no hay rana en ese lugar que se atreva a abrir la boca para croar.
    Anticipo todo esto a la intención de exponer mi vida, como un pescadero los frutos del mar, pues, aunque estoy acostumbrado a los presagios, ayer, el día anterior a las nonas, tuve el más aterrador de ellos, al menos así lo interpretaron los sacerdotes y no es de mi incumbencia negar su interpretación. En los arreboles del inminente crepúsculo un rayo emergió zigzagueante de una nube negra, buscó certero el reluciente mármol del Foro y rozó candente mi estatua de bronce que me muestra con la mano levantada. Allí, a los pies de la imagen del dios, donde las letras doradas proclaman Imperator Caesar Augustus Divi Filius, el rayo fulgurante asomó de la leyenda como la cabeza de una culebra que devora a un hurón y chocó contra el suelo con estruendo y mal olor. Quienes observaban desde lejos, se espantaron. Si en la distancia, los espectadores pudieron interpretar este prodigio como un augurio feliz, puesto que la luz de Júpiter había buscado la luz de la tierra, al acercarse, la dicha se trocó en profundo dolor: el rayo encendido fundió la C de mi nombre, de manera que quedó mutilado en un feo "aesar". Según la interpretación de los sacerdotes, la C fundida, equivalente a centum, indicaba que no me quedaban sino cien días de vida. Por otro lado, en la lengua de los etruscos, los que nos trajeron el don de la predicción, aesar significaba "dios". En consecuencia, al cabo de cien días sería acogido entre los dioses.
    ¿Debo dudar de esta señal, única entre los hombres, debo creer que mi vida será eterna? Sólo mi nombre perdurará eternamente. Imperium sine fine dedi. Mi morada está encargada. Las vestales guardan desde hace un año el testamento que dicté en parte a mis libertos Polibio e Hilarión y en parte escribí de puño y letra, para que nadie dude de su autenticidad. Y como ignoraba cuánto tiempo me concederían los dioses, en tiempos de mi sexto consulado mandé erigir un mausoleo entre el Tíber y la Vía Flaminia, donde se guardarán mis cenizas. Es una de las maravillas del mundo y no le va en zaga al del rey Mausolo de Halicarnaso, ni en proporciones ni en magnificencia. La circunstancia que debiera sepultar a todos los descendientes de mi sangre dentro del mármol de esa obra (Marcelo, el hijo de mi hermana Octavia, casado con mi licenciosa hija y a quien amaba como a un hijo, y Cayo y Lucio, mis fieles nietos) sólo confirmaría lo ya mencionado, a saber, que los dioses no escatiman sufrimientos a aquellos a quienes adjudicaron divinidad.
    No, los cien días que me han sido concedidos por los inmortales son bastante tiempo si se aprovecha Carpe diem. Horacio Flaco, el más grande artista de la vida me enseñó mucho. Para cada día fatídico tenía preparado lo adecuado. ¡Envidiable! ¡Qué soñador! Me enseñó a no temer a la muerte y, así, aguardo sin horror el final de estos cien días. El poeta dice que no hay que temer a la muerte, que no les afecta a los vivos ni a los muertos. Para estos no existe, pues los muertos no pueden morir, y los vivos ignoran su existencia. Cuando pienso en esto, comprendo con más claridad que yo tampoco temo a la muerte, sino más bien a la idea de ella. ¿Pero por qué pensar en cosas de las que nada sé? Es insensato.
    Viviré, pues, cien días, pensando en la vida, no en la muerte; quiero reír, no llorar (etiamsi est quaedam flere voluptas -conocéis a aquel que dijo esto); quiero tenderle la copa a Baco y cantar, quiero brincar en rondas con lozanas muchachas recién salidas de la niñez… en tanto Livia lo permita y usar con frenesí mi arrugado priapus en tanto Livia lo haga posible, pero sobre todo quiero llevar un diario y anotar en él día a día mis pensamientos. Quiero exponer mis reflexiones y explicar las razones de mis obras y omisiones, esforzarme en poner hacia arriba lo que está abajo, dar preferencia a lo importante, desdeñando lo intrascendente, valorando lo interior y no lo exterior. No quiero ocultar la verdad, toda la verdad (pues la verdad a medias es más peligrosa que la mentira), a fin de que yo, Imperator Caesar Augustus Divi Filius, no sea golpeado por los aletazos del propio pasado al subir las gradas del Olimpo. No quiero contar sólo las horas alegres… ¿acaso las tristes no fueron más? y asegurar estar lejos de todo error: Quandoque bonus dormitat Homerus. Sin duda, también el intachable Homero durmió alguna vez. ¿Pero no rigen leyes especiales para los grandes? Aquí, ya me detengo ante la palabra "grande" que por cierto siempre es relativa, pues si para un heleno Homero es “el más grande”, para un vir vere Romanus, lo es Virgilio.
    ¿Qué soberano es, sin embargo, "el más grande" a juicio de un romano? ¿Cayo Julio César o yo, Imperator Caesar Augustus Divi Filius? Los griegos, cuyos pensamientos son astutos como serpientes, pero cuyos actos se han vuelto perezosos como cocodrilos, consideraban que jamás se designaba "el más grande", en todo caso, los grandes. Me acogeré, pues, a su criterio y me incluiré entre los grandes, aun cuando me disgusta, pues sé muy bien que mis enemigos se regocijarán, pero mis amigos se sentirán defraudados.
    ¿Amigos? Vacilo por segunda vez. Muchos amigos entran en una casa pequeña, la más grande sólo conoce pocos. Yo cuento los amigos con los dedos de una mano, al menos, a los de esa especie que Aristóteles hubiera descrito como un alma anidada en dos cuerpos. Tuve aduladores de sobra en toda mi vida. Puedes comprarlos en el mercado como manzanas de Campania y estos dominan a la perfección el arte de decirte lo que tú mismo crees de ti. Quien valora a estos amigos, es digno de ellos. Siempre sostuve esta idea: el adulador es mi enemigo, el crítico mi maestro. Ciertamente, todavía tengo mis dudas sobre quiénes causan el mayor infortunio, si los amigos animados de las mejores intenciones o los enemigos con las peores. Sin embargo, post mortem, estoy seguro de ello, tendré más amigos que las manos estrechadas durante setenta y seis años.
    El brazo pesa, el ojo lagrimea, el aceite se consume. Cerraré, pues, el centésimo de mis días póstumos. Noventa y nueve días son largo tiempo para recordar.

XCIX

    Si fuera Júpiter, todas las noches levantaría la mano imperiosamente para conjurar a la madre del sueño, de la muerte y de los sueños. Así como Júpiter, gimiente de gozo en los brazos de Alcmena, la lujuriosa esposa del rey tebano, duplicó la noche de un manotazo para engendrar a Heracles, yo la reduciría a un instante, pues si empiezas a contar los días la luz se hace cada vez más escasa, y la oscuridad se te antoja interminable. La noche trae pensamientos sombríos. De joven, elogias de noche los días bellos y por la mañana a las bellas mujeres, pero cuando eres anciano no encuentras motivo para lo primero, ni oportunidad para lo segundo. Te arrastran en una silla de mano de un lugar a otro, pues tu presencia se considera indispensable, pero con los años te das cuenta que no es contigo con quien se quiere tener trato, sino sólo con tu nombre. Si hoy fuese aún aquel y no el ser al que dieron a luz, contra mi voluntad como se asegura, ningún individuo se preocuparía por el hijo de aquel C. Octavio y Atia, aun cuando ella era la sobrina del divino C. Julio César. Pero como Augusto, como Imperator Caesar Augustus Divi Filius, siempre hay alguien que me busca para atrapar un rayo del brillo de mi nombre, no para honrar al Excelso, sino al contrario, para elevarse a sí mismo.
    Cuando era Pontifex, Praefectus urbi feriarum Latinam causa lo recuerdo bien, nadie buscaba mi cercanía, pues me relacionaban, a mí, un advenedizo, con una familia nada distinguida y por añadidura proveniente de provincias, aun cuando, precisamente, Saturnia tellus, la tierra provinciana de Italia, engendró a los más grandes en el presente. ¿Acaso Virgilio, comparable a los dioses, no respiró en los comienzos de su existencia el aire claro en Mantua del norte? ¿Acaso Horacio no dio sus primeros pasos en la Venusia apúlica? Y el viejo Livio (ab imo pectore, le llevo cuatro años), el que escribió la historia de Roma en 142 libros, de acuerdo con el correr de los años, ¿no era oriundo de Patavium (Padua), una ciudad que hacía fruncir la nariz en Roma? En consecuencia, casi es un honor para mí que después de darme a luz en Roma, bajo el consulado de Marco Tulio Cicerón y Marco Antonio, mi madre Atia me criara en los Montes Albanos, en Velitrae, que hizo frente a Roma durante más tiempo que las demás ciudades provincianas.
    Todavía no contaba cinco años cuando Octavio murió en Nola. Quien quiera recoger luto, debe sembrar amor: yo no lo lloré. No lloré sino, cuando a un año escaso de luto, Atia puso sus ojos en L. Marcio Filipo, el gobernador de Siria que regresaba a la patria, pues nunca me pareció mi madre más hermosa y deseable que durante ese breve año de luto, con los cabellos sueltos como una meretriz del puerto. Jamás volví a sentir una sensación tan placentera como cuando me llevaba a la cama con ternura y sus cabellos dorados caían sobre mí como el ralo ramaje de un abedul de la Campania. Le tocaba entonces los senos turgentes y ella no se resistía a mis caricias porque creía que era tan sólo un niño. Sin embargo, ser niño no es una cuestión de edad y así como el Senado me autorizó más tarde a investir todos los cargos diez años antes del tiempo establecido por la ley, en los días de mi niñez ya era un hombre. Seguía a Atia con sigilo cuando se retiraba a su cubiculum para cambiarse de ropa y soltaba las fíbulas que aseguraban la túnica a sus hombros. Su desnudez excitaba entonces mi priapus más que la miel a mi lengua.
    L. Marcio Filipo me privó de ese goce infantil cuando se casó con mi madre, y todavía lo aborrezco por ello. Aun cuando Marcio estaba leatmente del lado de mi verdadero padre César, lo castigué con un profundo desprecio. Después de robarme a mi madre, intentó privarme de mi verdadero padre, al intimarme a rechazar su herencia. Era muy joven en aquel entonces y no hacía aún cinco años que vestía la toga virilis. Estaba en una edad en la cual tu raciocinio es aún flexible como una vara de sauce. Vacilé en obedecerle, pero el deseo de mi padre divino de que llevara su nombre y asumiera los derechos legados a su familia me hicieron olvidar todos los escrúpulos.
    Muchos me echaron en cara entonces que no me importaba sino la fortuna del Divino, de la cual me había prometido las tres cuartas partes. De todos modos fueron rumores difundidos por los secuaces de Cneo Pompeyo. Naturalmente, hoy sé por qué vomitaron veneno y hiel: Cayo Julio César, mi divino padre, alteró muchas veces su testamento para confiarlo luego a la custodia de la vestal más anciana del templo. Soldados con los que discutió a menudo su última voluntad aseguraron de manera fidedigna que medio año antes de su deceso Julio había instituido a Pompeyo como principal heredero. Mi acogida en la estirpe Julia me significó más que unos millones de sestercios, pues aun cuando había muerto, en Cayo Julio César tuve a un padre, más grande que todos los padres, un padre, cuyo antepasado Jullus era un hijo de Eneas, y su madre original Venus Genetrix . De todo esto quiso privarme el segundo marido de mi madre. ¿No es entonces justificado mi odio?
    Es casi la hora nona y un calor abrasador se cierne sobre la ciudad. Ordené al esclavo portero que no permitiese la entrada a nadie, ni siquiera a Livia, para que no perturbaran mi ligera siesta. No quiero que nadie se percate de mi secreta actividad, no quiero que se conozcan mis anotaciones en tanto aún respire. Mientras viva quiero seguir siendo aquel que hicieron de mí el Senado y el pueblo de Roma: Pater patriae, Pontifex Maximus, el excelso llamado Imperator Caesar Augustus Divi Filius.
    En tanto viva, deberán mantenerse en mi gobierno las virtudes de la honradez, el carácter pacifico, la probidad, la honestidad y la virtuosidad, y no debe llegar a conocimiento de nadie que el soberano obró con falsedad, ánimo pendenciero, falta de sinceridad, venalidad e inmoralidad, porque él también es un romano, un vir vere Romanus.
    Además, quod licet Jovi, non licet bovi, y por último, puedo abonar en mi favor que el imperio no se rige por ideas, sino por hechos. Las ideas son los brotes de un árbol y los hechos sus frutos. Siempre fui un hombre de acción. Si hubiera meditado largo rato en aquel entonces, cuando todos me aconsejaban rechazar la herencia de César, porque Marco Antonio, ese perro, se había adueñado del dinero del Divino, mientras yo, ignorante de todo, permanecía en Apolonia, la última voluntad de mi padre jamás se hubiera cumplido. Más tarde me hubieran colocado en fila con los asesinos de César, y dudo que esa infame fechoría hubiera sido jamás purgada. De este otro modo, partí con mis amigos M. Agripa y A. Salvidieno Rufo de Apolonia, donde me había enviado mi padre para preparar una campaña contra los persas y me dirigí a Brundisium. Nos trasladamos en una nave en la cual se habían cargado todos los dineros previstos para la campaña, pero la suma estuvo lejos de alcanzar para satisfacer el designio del Divino de distribuir 300 sestercios entre los menesterosos de Roma (deben haber sido 150.000). Por consiguiente, subasté una considerable parte de mi fortuna personal y de este modo satisfice la última voluntad de mi padre Cayo Julio César. Marco Antonio supuso que yo no reclamaría la herencia y en el ínterin había dilapidado la fortuna de mi padre para saldar sus inmensas deudas y otorgar generosos sobornos.
    Antonio pertenecía a esa clase de amigos que es mejor no tener. Por su naturaleza y carácter se diferenciaba apenas de su padre, un hombre ambicioso y ávido de placeres, quien después de muerto fue bautizado con el mote Cretio, porque murió en Creta a manos de los piratas. De tal padre tal hijo: Antonio se apropió de la fortuna de mi divino padre, pero me legó las obligaciones. Yo era todavía demasiado joven para enfrentar a ese individuo insidioso. Fui yo quien levanté la pira para el Divino, cerca del sepulcro de Julia. Yo adorné con un catafalco la tribuna del orador en el foro, donde pendía la túnica manchada que llevaba cuando lo mataron. Lloré ardientes lágrimas cuando se alzaron las llamas de la pira y cualquiera pudo verlo. Fui yo quien realizó los juegos prometidos por mi Divino padre en honor de Venus, aunque el Senado se mostró expresamente adverso y amenazó pedirme cuentas por ese "sacrilegio". Sin embargo, cuando el primer día de los juegos apareció un corneta en el cielo en la hora undécima y el fenómeno se repitió en cada uno de los diez días de los juegos y más aún, llegaron mensajes de todas las partes del imperio para anunciar que habían visto al Divino ascender al cielo dejando tras de sí una ancha estela de plata; aun aquellos que antes me habían censurado, alabaron mi lealtad filial y el fenómeno celeste se llamó sidus Julium.
    En aquel entonces contaba diecinueve años. ¡Ah, si volviera la juventud! Diecinueve años impetuosos y yo apremié al Senado para que me acogiera en sus filas. Jamás un romano de menor edad había compartido las gradas con los Patres conscripti. Por cierto, recuerdo bien que me alegré de llevar, contrariamente a mi costumbre, la barba de luto, porque creía que mi rostro lechoso brillaría como una flor primaveral entre la seca hojarasca otoñal. Pero así sucede en la vida de un hombre: una de tus mitades desea firmemente que se reconozca tu verdadera edad, la otra anhela que te calculen unos cuantos años menos. Jamás vives tu verdadera edad.

XCVIII

    Escribo esto el segundo día, previo a los idus de mayo: todavía no se habían enfriado las cenizas de mi padre, cuando me hirió un nuevo golpe del destino, más terrible que todo lo que me había sacudido hasta entonces en la vida. La pluma se abre, se interrumpe el flujo de la letra cuando lo recuerdo y los ojos se me llenan de lágrimas. Lloro y no me averguenzo. Sí, debéis saber cuánto amé a mi madre, cómo la idolatraba. ¡Atia amada!, ¿por qué me dejaste, bella, en la flor de tu vida? ¡Qué hubiera dado por sentir tu calor un poco más, sólo un poco más de lo que te concedió Morta, la que corta el hilo de la vida! No vaciles en llamarme "pie hinchado", como el infeliz rey de Tebas que amó a su madre Yocasta como a sí mismo, no me irrita. ¿Por qué habría de hacerlo? Jamás amé a mujer alguna como a Atia. ¡Ay, si me hubiera sido concedido el poder de Apolo que prometió a la hermosa doncella Deifobe tantos años de vida como granos de arena fuera capaz de coger en sus manos! Como Apolo hizo con la doncella, hubiera seducido a mi madre con los deseos de mi concupiscencia infantil, y todos los días hubiera sacrificado pichones a Volupia y la décima parte de mi oro a Vesta, hubiera envidiado a Favonio, el viento del oeste de propiedades generadoras, por jugar entre los pliegues de su túnica, y en las Floralias, en las que se prohibía a las mujeres decir no durante cinco días, la hubiera poseído como el fauno de patas de chivo.
    Si alguna vez hubierais rozado sus largos muslos, la blancura de sus hombros, y sus amplios senos, si tan sólo una vez hubierais sido acariciados por sus largos y finos dedos y hubieseis aspirado el perfume de sus cabellos, no os burlaríais de mi ardor. Aún hoy, de noche, envejecido entre vino y meditación, cuando escitas y cántabros juran venganza por mi fortuna en la guerra de modo que no puedo pensar en dormir, oprimo mis muslos contra el mármol de Paros de su estatua, obra de mano griega. Esto supone para mi mayor placer que el que pueden darme con su arte lascivo las meretrices libias, cuyos senos puntiagudos me mueven a risa, antes que provocar mi voluptuosidad.
    ¡Feliz el poeta forjador de yambos, a quien se erigió, según mis deseos, un digno monumento funerario en la cima de las colinas del Esquilino, feliz porque alejado de los negocios, evitó el foro para cosechar manzanas y peras injertadas y racimos de uva purpurina, pero sobre todo feliz por haber preferido los sarmientos a las ondulaciones que una mujer realiza bajo la pica de un hombre! Tú no conoces el tormento de un adolescente enamorado, que, aun sintiéndose culpable, está dispuesto a brindar sus besos al cuerpo adorado con locura, pero sólo cosecha compasión y condescendientes palabras de consolación de la boca de su madre. Horacio Flaco, si Melpómene nacida del fulgor de las estrellas te quitó la razón cuando te ofreció sonriente la máscara trágica, a mí me atraparon los rizos de Atia, el cabello de mi madre.
    Cada cual tiene, pues, su Melpómene.
    En su búsqueda del enigma de los números, Pitágoras no debió martirizar su cerebro más que yo el mío, preguntándome si mi madre Atia sabría de mis inquietudes. Con la edad, los hechos se diluyen, pero los pensamientos crecen. Y, sin embargo, medito sin palabras cuál de las dos Atias puede ser designada mejor madre: la que hubiere cedido a las emociones de su hijo, o aquella que, altiva, no las tomó en cuenta. Si lo primero hubiera significado la realización de mis sueños, lo otro superó el tormento de mi vida. A semejanza de Eneas, el héroe vagabundo a quien Júpiter prohibió deleitarse en la feraz Cartago con Dido, la incomparable hija del rey, yo también vagué desorientado por el otro sexo. Lo que no pudo ser entre Eneas y Dido, y lo que trajo como consecuencia la enemistad púnico-romana, fue para mí motivo suficiente para ser siempre más enemigo que compañero de las mujeres.
    Abandonado por mi amada madre, reprimí el secreto delito con pecaminosos amoríos, busqué contraponer a la madurez de Atia la lozana juventud de la niñez y no demostré aversión cuando Publio Servio Isáurico, procónsul de la provincia de Asia y afecto al Divino y a mí en la misma medida, me ofreció a su hija: una gacela de ojos oscuros como azabache. ¿Pero de qué le sirven al toro los encantos de la ternera, cuando busca a la vaca de ubre bamboleante? En consecuencia, permanecimos en silencio frente a frente y ni la conmovedora desnudez de su cuerpo de niña, ni el olor picante de los sahumerios lograron aproximarnos. La dejé partir como un gladiador triunfante que, obedeciendo la señal del emperador, renuncia al golpe de gracia. En cambio le di oro, y a su padre el siguiente consulado.
    La niña tenía quince años, demasiados para mí. Por esta razón hice acostar en mi lecho a Claudia, la hijita de Publio Claudio, de sólo diez años. Por la favorable pelvis de Venus, también ella me fue impuesta. Antonio me colgó al cuello a la tímida pequeñuela. Por su casamiento con Fulvia, se había convertido en su padrastro y creía que de este modo robustecería nuestro pacto, el triunvirato con Lapido. Me falla la memoria y el suceso sigue siendo tan enigmático como el dicho de las sibilas. Al despertar del sueño de la reconciliación me encontré desposado con una criatura. Si la de quince me había causado serias dificultades, el encuentro con la de diez me provocó tal aversión que ni siquiera toqué el vello de su gruta de Venus, aun cuando todas las noches me la ofrecía impelida por Fulvia, su madre.
    Mucho más me hubiera gustado hacer con ella, lo que en virtud del compromiso me imponían practicar con su hija, pues Fulvia era una mujer experimentada, a quien tres connubios y cinco hijos le habían dado el aspecto de la diosa Vesta, la guardiana del fuego del hogar, y su cabello se parecía al de mi madre Atia. Fulvia, a cuyo progenitor llamaban Bambalio "el tartamudo", lo cual la hizo sufrir tanto que sólo brindó sus favores a hombres del más alto rango, también quería asegurar el futuro de su hija, y todos los días, a la hora de Aurora, enviaba a un mandadero a recoger la sábana manchada. En aquellos días pensé seriamente decapitar una paloma para testimoniar la ansiada "porquería", pero cuando al cabo de una luna, Fulvia osó acercarse descaradamente a mi lecho y tuvo la insolencia de llamarme "hombre sin energía", a mí, Imperator Caesar Augustus Divi Filius, la eché junto con su hija. Seguidamente les mandé el acta de divorcio y ofrecí a Juno el sacrificio de un ternero con las astas doradas.
    Tú, Mecenas, fuiste un consuelo para mí, al murmurar en el foro que Claudia no era núbil aún y por esa razón no había sido tocada por mí. Naturalia non sunt turpia. Lo hiciste cubriéndote la boca con la mano, con la certeza de que al día siguiente el rumor circularía por toda Roma. Y como prueba, por así decir, me arrastraste por los lupanares vecinos al circo, me procuraste mujeres de Meroe, cuyo pecho no se distingue del del * lactante, en tanto nadie entiende sus cantos lujuriosos. Invitaste a mis cenas a efebos coronados de hiedra, bellos como el Apolo de la isla. ¡Qué canto estridente arrancaba tu oro de sus gargantas cuando imitaban a Baco euius, el estático! ¡Qué risas cristalinas al remedar a Baco Iyaeus, el que nos libra de preocupaciones!
    Esa noche creíste trastornarme, viejo rufián. Mandaste a los depilados muchachos jónicos ungir los pies de los comensales y enlazar ramas verdes en torno a sus pantorrillas mientras recitaban obscenos versos picarescos (doy gracias a los dioses que Virgilio no estuviera presente). ¡Viejo pederasta! Quisiste hacerme creer entonces que todos los grandes habían mantenido jovenzuelos para sus horas solitarias: el intachable Arístides, el temerario Alejandro, el sagaz Aristóteles, el sabio Platón y aun los mismos trágicos Sófocles y Esquilo. Zeus amó al bello Ganímedes, Apolo a Jacinto, Poseidón a Pelopo y Hefaisto a Peleo. Me turbé y me alejé asqueado cuando tres mancebos se hicieron el amor sobre una piel de oveja, incitados por un procaz griterío.
    Y mientras en un rincón apartado, asido a una copa de rojo falernés lloraba a mi madre Atia, sentí el cuerpo de una mujer que se estrechaba contra mi dorso. La dejé hacer, más aún, respondí a la suave presión sin averiguar quién era la causante… tan bien me sentí en ese instante. Tampoco reconocí la voz que me preguntó burlona si no me complacían los bellos efebos. "No, en tanto haya mujeres como tú" le contesté y me volví. Y entonces el agradable contacto se interrumpió tan abruptamente que de buena gana me hubiera apresurado volver la espalda a la desconocida
    La mujer se sobresaltó. – ¿No eres tú Cayo César? -inquirió e intentó alejarse. No se lo permití, le pregunté su nombre y supe entonces que se llamaba Escribonia. Era la hermana de Lucio Escribonio Libón y estaba casada con un individuo de nombre Cornelio Escipión, del que no vale la pena hablar. ¿Qué os diré? Al cabo de un mes estábamos casados.
    Aunque de noble origen, Escribonia era una prostituta. Todas las mujeres son prostitutas. Una vez cruzado el límite de la virginidad (y en Roma es casi imposible encontrar una mujer que no lo haya hecho), obran contra la ley y la moral a plena conciencia. Esto es precisamente lo que les depara mayor placer: el encanto de lo prohibido, lo censurable, lo que no se debe hacer. Sólo por esto las matronas se entregan a sus esclavos, sólo por esto buscan a los mejores amigos de sus maridos, sólo por esto las honorables romanas se disfrazan para vender sus favores en los lupanares del circo y más de uno se habría enredado con su propia mujer, oculta tras una brillante máscara de seda.
    Las mujeres y el vino tienen mucho en común: jóvenes y burbujeantes siempre son bienvenidas y las dejamos sin que nos quede una impresión. El vino y las mujeres requieren de una determinada edad para ofrecerte el máximo goce, llamémoslo madurez. ¡Pero cuidado! Así como el vino alcanza una edad en que su sabor no mejora ya, por el contrario, empeora de año en año, las mujeres también superan el cenit rápidamente. Si pienso en Escribonia, esto sucedió de un día al otro, después de consumada nuestra boda. El matrimonio significa la muerte de toda pasión. Todo lo que hacía Escribonia, lo hacía con la cabeza, no con el corazón. Si se casó conmigo, fue con el propósito de incrementar su prestigio y su riqueza. Cuando dormía conmigo, me conminaba a engendrarle un hijo varón y previo el acto bebía una infusión de arsenogonon, cuyas semillas en forma de testículos se asemejan a las del olivo y se les atribuye la virtud de engendrar varones. Si este recurso conocido en todo el mundo hubiera mostrado el efecto prometido, me hubiera ahorrado muchos problemas. Pero no fue así…
    Debo interrumpir aquí, pues escucho a Livia. Ella no debe ser testigo de mis pensamientos.

XCVII

    Alrededor de la tercera hora de la madrugada desperté empapado en sudor como una cebolla en jugo y tuve miedo. ¡Es tan difícil familiarizarse con la idea de que la muerte no puede habérselas con uno! Pero entonces me asaltó de repente la idea (ya amanecía) de que sólo el necio prefiere una comida más larga, a la breve y mejor preparada. ¿No estuvieron siempre ricamente tendidas mis mesas? ¡Lo estuvieron, por Júpiter! Y es una necedad preferir la vida larga a la grata. ¿La vida?
    ¿Qué es en definitiva? ¡La vida! Salir del vientre materno, ser amamantado por sus pechos, lanzado a un mundo desconocido, buscar sostén en todo y en todos. Tendrás suerte si hay buena gente que te señala el camino de tu evolución. Maestros y filósofos te enseñarán y tú comprenderás. El fin de la enseñanza es la adaptación y la abnegación, los dioses se ríen de estos tormentos. Y antes de que te percates las olas te arrastran al río de la vida, obedeciendo a las riberas, señalándote de manera inalienable la dirección, y todos tus esfuerzos se reducen a permanecer a flote. El río se convierte en torrente y el torrente se vuelca en el océano eterno. Cuando lo alcanzas por fin, cubierto de magulladuras, y hallas tiempo para percatarte de ello, buscas respuesta a la pregunta: por qué haber nadado con tanto vigor por tu vida, evitando con postrer esfuerzo los escollos y los remansos devoradores, cuando el mar te exige todas tus fuerzas para mantenerte a flote y tu fuerza es limitada respecto de la succión del oscuro cocitus. No lo niego, esta noche sentí la succión de las aguas de Estigia.
    Vuelvo a Escribonia, la ramera exuberante: tan pronto logró su propósito de compartir el lecho del Divino, tan pronto deposité en ella el semen divino (Júpiter no pudo hacerlo mejor cuando engendró a Minos con la ayuda de Europa), esta mujer, ávida todavía, mostró su malhumor. No me averguenza decirlo, me llamó hombre débil, hijito de mamá, y se alejó como una gata preñada, harta del gato. No se lo impedí. ¡Oh, Venus Genetrix, que hiciste que Anquises pariera a Eneas, el parecido a los dioses! ¡Oh, inútiles semillas de arsenogonon! Pusieron a mis pies una niña y ya entonces me asaltó la duda si en verdad yo era su padre. Confié la pequeña a una nodriza iliria y dejé librada a Escribonia a los ociosos del circo.
    Mucho hablaremos aún de mi hija Julia, por cierto nada bueno. Corresponde a la peculiaridad de la naturaleza que el ser humano nazca de cabeza y se vaya a la tumba con los pies hacia adelante según la costumbre romana. Julia nació de un "parto difícil" pues, contrariamente a lo natural, vino al mundo de pies, lo cual es de mal agüero y no le ha traído suerte a nadie, tampoco a ella. Seguramente, la llevarán a la sepultura de cabeza, pero no será a mi mausoleo; ya he tomado las debidas previsiones.
    En aquel entonces, todavía no contaba veinticuatro años, pero, por Baco, me embriagué en mil orgías. Ofrecí mil tragos de vino por el cinturón de Venus, para que me cediera el aderezo como lo hizo una vez con Júpiter a fin de fortalecer su potencia amorosa, pues las mujeres me seguían con sus chillidos, Roma Dea, y yo las tomaba como venían: Pompeya, Antonia, Fulvia, la huraña Favonia y Hersilia, la que no tenía ombligo; Roda, la de anchas caderas. He olvidado los nombres de la mayoría. Debéis saber que la fama nos hace sensuales y en aquel entonces mi fama estaba en pleno florecimiento. Era triunviro, había vencido a los asesinos de César en Filipo, derrotado a Lucio Antonio en la guerra de Perugia y por el pacto de Brundisium se me reconoció el occidente del imperio, a mí, Divi Filius. No obstante, creía que la fama de un hombre descansa en su propio mérito sólo en una pequeña parte. La mayor parte de ella se la debe a la histeria de las mujeres, ansiosas de solearse en el aura del excelso.
    En una de las innumerables fiestas que Mecenas celebraba en el Esquilino (sí, escribo celebraba con toda conciencia, pues otro verbo cualquiera representaría una grosera simplificación) se produjo aquel excitante encuentro que transformaría mi vida entera. Hoy, todavía, después de medio centenio, mi nariz huele la fragancia de los pimpollos del jardín de mi amigo, pues Mecenas cultivaba todas las especies de árboles consagrados a los augustos dioses: la encina de invierno para Júpiter, el laurel para Apolo, el olivo para Minerva, el álamo para Hércules y el mirto para Venus.
    Bajo un arbusto de mirto (¡quién no conoce sus flores blancas de inserción axilar!) vi a Livia por primera vez. La propia Venus dispuso ese encuentro: sonriente avanzó hacia mí, una niña en vías de convertirse en mujer, 19 años, casada con Tiberio Claudio Nerón y madre de un hijo de tres años. Lo que me quitó el aliento fue su vientre sensual de embarazada. Orgullosa como Venus Genetrix lo exhibía, a duras penas disimulado por la túnica, y todavía no hallo respuesta a la pregunta si era pudor o impudicia lo que caracterizaba su porte.
    Amé a esta mujer desde el primer momento, lo maternal de su cuerpo juvenil, pero no sólo eso, aunque me enloqueció, y me hizo poseerla ese mismo día con todo el vigor de mis lomos. Sin embargo, me fue vedado lo que logró Anfitrión, el nieto de Perseo, quien, después que Júpiter visitó a su esposa Alcmena, cohabitó con ella una segunda vez a la noche siguiente (como se sabe dio a luz mellizos, Heracles, el hijo del dios e Ificles, el hijo del hombre). Yo no negué jamás la paternidad de Tiberio Nerón. Antes bien, le exigí la cesión de la divina mujer, así es, se lo exigí, y la hubiera tomado por la fuerza si no se me cedía de común acuerdo. Sin embargo, el marido se mostró razonable al reconocer mi pasión. Poco después de los idus de enero contraje nupcias con Livia, pero el niño que vino al mundo casi enseguida, se llamó Nerón Druso.
    ¡Júpiter! Han pasado 52 años desde entonces y todavía amo a Livia… en la medida en que se puede amar aún a una mujer después de tanto tiempo. Es para mí madre y amante. Me acompaña en todos mis viajes. Le regalé por ellos dos ciudades: Liviópolis en el lejano Ponto, y Livia, en Judea. Siempre se mostró comprensiva con mis actos. Si yo sufría, ella padecía conmigo. Creo que mi dolor por el hijo que le engendré y nació prematuro y muerto la afectó más que su propio dolor, y me envió a consolarme con otras mujeres.
    Aunque nada deseaba con mayor ardor que un descendiente, jamás hice reproches a Livia. Antonio Musa, mí médico personal, dice que a pesar de un amor recíproco, existe en el cuerpo una cierta aversión que provoca la mutua esterilidad, pero la unión con otro compañero posibilita una descendencia normal. No logro liberarme de esta idea. Cui dolet, meminit.

XCVI

    He reflexionado y Antonio Musa cree que no debiera andar con remilgos. Muchas romanas de noble estirpe considerarían un honor ponerse a mi disposición, someterse a los deseos del Imperator Caesar Augustus Diví Filius. Soy hijo del divino, y un vástago engendrado por mí sería asimismo divino. ¡Por Cástor y Pólux, todavía tengo vigor viril! Aunque los años hayan dejado sus huellas en mi rostro, mis testículos están turgentes. Se dice que Masinisa, el príncipe numidio, procreó un hijo a los 88 años con la bella Sofoniba. Cuando murió a la edad de 92 años, dejó en total diez hijos. Y Catón, el censor, tuvo un hijo a los 80 con la hija de su cliente Salonio. Es ridículo pensar en un heredero varón a los 76 años, cuando estoy seguro que ya no veré a mi descendiente. ¡Sapere aunde! Si engendrara a un monstruo como Julia, ese cáncer, me lamentaría aun en el lejano Olimpo. ¡Oh, cuánto mejor no haber tenido hijos y morir solo!
    ¿Por qué aborrezco a Julia? Julia es el retrato fiel de su madre, sin embargo la amé cuando era una niña. Sólo se puede odiar lo que una vez se amó. Y no es el odio lo que empuja a los hombres a su perdición, sino el desprecio, pues el odio es un sentimiento, aun cuando en la dirección opuesta, pero el desprecio es un estado. Ciertamente, mi desilusión fue grande. El labrador suplica a Genetrix el envío de un hijo que algún día tomará el arado de sus manos y el simple soldado aspira entregar la espada sobre la tierra conquistada a su primogénito. Sólo quería lo mejor para mi hija. Cuando todavía no había dejado el pecho la prometí a Antio, el hijo de Marco Antonio. Sin embargo, la suerte quiso que Julia, apenas núbil, se uniera a Marcelo, el hijo de mi hermana Octavia. Fue en tiempos de mi noveno consulado y yacía gravemente enfermo. Por lo tanto, encomendé la organización de la fiesta a Agripa, mi fiel amigo desde los días compartidos en la escuela de rétores.
    Marcelo era uno de los mejores y lo amaba como a mi propio hijo. Ciertamente, ahora me surge el interrogante si no lo amé demasiado frente a mis amigos. Después de la batalla de Accio, mi sobrino cabalgó a mi derecha en el cortejo triunfal; valiente como ninguno me acompañó a la guerra contra los cántabros. En su calidad de edil, Marcelo brindó al pueblo no menos de veintitrés juegos. Pero la voluntad del destino quiso que apenas a los dos años de haberse unido a Julia, contrajera la misma enfermedad que me había impedido participar en el ágape nupcial y el arte de Musa, que a mí, más próximo a la muerte que a la vida, me devolvió a los romanos como un regalo; no logró salvarlo a él.
    ¿Podía sospechar que la influencia de Escribonia, su madre, que se apoderó de Julia en aquel entonces tendría consecuencias tan devastadoras? Escribonia la arrastró a las bacanales organizadas por artistas, y bailarines; de noche las encontraba en el foro acompañadas de la peor canalla donde profanaban la tribuna del orador, el podio de los grandes del Estado, con sus bromas groseras. Recordando a mi divino padre Cayo Julio César, quien dio a su hija a su mejor amigo (Pompeyo y Julia llevaron un matrimonio feliz, si bien el destino puso un fin abrupto a la unión), la confié en manos de Agripa después de un largo año de duelo.
    El viejo, pensé (Marco Vipsanio Agripa ya contaba 23 años al nacer Julia) sabría domesticar a esa impetuosa criatura. A la sazón había consumido a dos mujeres en sendos matrimonios y, por Hércules, no llevaba una vida lo que se dice contemplativa. ¡Qué hombre! A intervalos de un año, le hizo a Julia los siguientes hijos: Cayo César, Vipsania Julia y Lucio César. Pasaron tres años y vinieron entonces Agripina y Agripa. A este último se le puso el apelativo Póstumo. Me cuesta ocultar las lágrimas, pues Agripa, el muy amado, murió al regresar de Panonia.
    Los padres de hijos varones imponen constantemente escalas más altas, en cambio los padres de hijas mujeres son ciegos: si sólo hubiera barruntado lo que ya sabía media ciudad en aquel entonces, jamás hubiese apremiado a Tiberio, el hijo del primer matrimonio de Livia, para que se divorciara de Vipsania Agripina y tomara por esposa a Julia. Ciego como el ebrio hijo de Neptuno se me pasaron inadvertidos el vicio y los amoríos de Julia con hombres inmorales como Sempronio Graco, Julio Antonio, Tito Quinctio, Apio Claudio Pulcro y Cornelio Escipión, para nombrar sólo a los de peor fama, en cuyos brazos se arrojaba. Sordo como los acompañantes de Ulises respecto del canto de las sirenas, deseché las advertencias de Livia en el sentido que una hija jamás es igual a su padre; por el contrario porque sus caracteres son tan distintos, se atraen como la costa y la corriente.
    Todos deben saber esto: nunca profesé afecto a Tiberio, a quien adopté por insistencia de Livia y llamo infortunado al pueblo de Roma que estará entre esos dientes que trituran tan lentamente. Sin embargo, Tiberio César Augusto no merecía el castigo que le preparó Julia. ¡Cástor y Pólux sean indulgentes! Aun cuando su carácter tan desdeñoso para con las personas me resulta una crueldad, ¿no debo reconocer al mismo tiempo que Julia lo llevó a tan tétrico carácter?
    Tiberio no es hacedor, jamás lo será, pero es una excelente herramienta. Todo cuanto hace por orden superior, culmina en la realización del cometido. Así, en esos días le confié el census, listas de ciudadanos para su recuento per cápita, para la evaluación de sus bienes y para el reclutamiento de soldados jóvenes. Nadie creía que la Pax Augusta tenía como gestor sólo palabras y pactos, si vis pacem, para bellum.
    Tiberio no podía amar a Julia, hoy tengo la plena certeza. Su verdadero amor era para Agripina y jamás se sobrepuso a su separación. Recuerdo un encuentro fortuito que Fortuna dispuso arbitrariamente en el parque de Mecenas. Ambos se quedaron frente a frente en silencio, los ojos llenos de lágrimas hasta que finalmente se separaron dolientes, cada cual en dirección opuesta. Ese día ordené a los pretorianos que los vigilaran para evitar que sus caminos volvieran a cruzarse.
    En estas condiciones el matrimonio de Julia y Tiberio estaba condenado al fracaso de antemano. A los pocos días, el hijo evitó el tálamo de mi hija, y un niño nacido inesperadamente en Aquilea y que no llegó a sobrevivir el puerperio, se consideró un presagio de desgracia. De allí en adelante, Julia y Tiberio se eludieron y sólo se los vio juntos en la ceremonia fúnebre de Druso, el hermano de Tiberio.
    A pesar de la advertencia de los presagios adversos, Druso fue al alto Norte a pelear contra los catos, queruscos y suebos y murió de agotamiento. Tiberio llevó sus restos a Roma y durante todo el trayecto fue a la cabeza del cortejo. Yo pronuncié la oración fúnebre en el Circo Flaminio. En ese momento me encontraba en una campaña y no pude cumplir los ritos usuales en honor de sus victorias con la simultánea entrada al pomerium. Mandé poner sus cenizas en mi mausoleo.
    En aquella ocasión, Julia organizó la distribución de alimentos entre las mujeres con más resistencia a la obediencia de mis órdenes que simpatía hacia su difunto cuñado, y todo cuanto hay que decir sobre Julia de aquí en adelante, más valdría callarlo. Si no le estuviera reservada a los dioses y a sus descendientes análoga injusticia, dudaría de mi divinidad. Por lo tanto, este disgusto no es para mí sino prueba de mi origen divino como Caesar Divi Filius.
    Para castigar a su padre y a su legítimo esposo, Julia no sólo practicó su depravado cambio de vida en las casas de conocidos bribones de la ciudad, no, como se paseaba con bailarines y actores sobre los escenarios, cualquiera podía hacerse una idea de su conducta. Tiberio, quien pasaba más tiempo en las provincias que en Roma, no podía ni quería reprimirla, y mis exhortaciones y advertencias no hallaban eco alguno, por el contrario, eran un desafío a entregarse al más desenfrenado libertinaje. Cuando pienso en los beneficios y perjuicios de mis admoniciones, recomiendo a los padres tolerancia frente a los problemas generacionales, pues si al principio sólo imperó entre mí y Julia una diferencia de mentalidad, una forma distinta de interpretar la moral y las costumbres, degeneró luego en una abierta hostilidad. Al respecto, contestadme esta pregunta: ¿qué es mejor, un extraño o un enemigo?
    A más de un filósofo no le alcanzó su sabiduría. Cuando reconocí mi error, ya era demasiado tarde. Ni los infames asesinos de mi divino padre, ni las salvajes hordas de Germania me demandaron tanta fatiga como luchar con Julia, mi propia hija. En mi decimotercero consulado trascendió que junto con Tulo Antonio, el hijo de Marco Antonio, forjaba un complot contra su esposo y su propio padre. Hay un límite en el cual se enfrentan el amor paternal y la estupidez. En consecuencia, debí proceder. Procesé a Iulo en un juicio justo: fue condenado y ejecutado. Yo, su padre, envié a Julia el acta de divorcio actuando en representación de Tiberio, quien estaba en Rodas entregado a la vida contemplativa, tal como Horacio en su sabinum, y la desterré a la isla de Pandataria, donde la tierra es peñascosa y árida y lleva a pensamientos sombríos. El hecho de que Escribonia, su madre, la acompañara por propia voluntad me demuestra que ambas tenían asuntos en común. Aquellos que antes se habían quejado de la vida ligera de Julia, exteriorizaron su disgusto por el rigor del padre, y el propio Tiberio pidió clemencia y dispuso que se permitiera conservar a la proscripta todos sus regalos. Al igual que el atrevido poeta en la lejana Tomi, Julia escribió cartas plañideras, suplicaba un día por su vida y otro por la muerte, y falsa como una víbora, su madre no le iba en zaga en su lloriqueo. Durante cinco años no mostré clemencia alguna. Bajo el consulado de Lucio Aelio Lamia y Marcos Servilio autoricé a Julia a abandonar la isla, le legué una renta anual y la mandé a Regio, en el extremo sur del territorio, donde moran Escila y Caribdis, uno, un monstruo de doce pies, seis cabezas y horribles fauces, el otro un engendro que sorbe tres veces al día el agua del mar para volver a expulsaría con tremendo rugido. ¡Que Escila y Caribdis se lleven a la madre y a la hija! No quiero volver a verlas.

    xcv

    Hesíodo, el poeta de Beocia, afirma que la corneja vive nueve veces más que el hombre, el ciervo tanto como la corneja y el cuervo tres veces lo que el ciervo. Eso es absurdo, dicen nuestros sabios, sin embargo, quién duda que todos esos animales aventajan al hombre en longevidad. ¡Ah si fuera un ciervo, un cuervo, por Hércules! Hasta me conformaría con ser una corneja. Hoy comenzaría una nueva vida. No es que crea que vaya a hacerlo todo mejor, no, pero impondría a mi vida como meta no dejarse llevar por el destino. Tu destino no es sino una imagen de tu carácter. Si echas una mirada retrospectiva a tu destino, reconocerás tu carácter. Mas si conoces tu carácter (aquí me atasco, pues ¿quién es capaz de decir que se conoce a sí mismo?) tu destino también te será designado.
    A fin de que el hombre no vaya al encuentro de la vida con arrogancia por este conocimiento, los dioses encomendaron a las parcas echar velos y niebla sobre los individuos: Nona, la que hila el hilo de la vida; Décuma, la que te lleva con el poder del viento huracanado, y Morta, la vestida de negro, que corta el hilo a su antojo. De este modo, jamás sabes si has sobrepasado el punto culminante de la vida, si has gozado de la dicha en su forma suprema, si has superado la desgracia.
    Si después de larga postergación, la esperanza te promete un suceso, el tiempo se extiende como la cuerda de un arco y parece interminable como la carrera del sol. Sin embargo, es ilusorio que el tiempo se extienda… observa tan sólo la cuerda del arco: ni el mismo Ulises, que lo tendió con la ira del hombre humillado que retorna a casa después de largos años de odisea, fue capaz de alargar la cuerda, sólo dio esa impresión. Si hallas satisfacción en la vida porque Fortuna te es benigna y Venus te saluda con policromos velos de seda, entonces, caro amigo, este tiempo se te antojará brevísimo en su fugacidad y se te escapará de las manos. Si echo una mirada a mis 76 años vividos, las distancias son por igual cercanas y lejanas, sólo se encuentran en la senectud y en la juventud. La juventud se nutre de sueños, la vejez de recuerdos, y tanto una como la otra parecen interminables. Pero en la mitad de la vida el tiempo huye más a prisa que el viento que mueven en primavera las golondrinas con su aleteo, y jamás se logra retener un día. Horacio Flaco, sobre cuyo sepulcro lloré como un pequeñuelo, aun cuando nunca fue mi amigo como se afirma (le he perdonado hace tiempo que en Filipo luchara con los asesinos de mi padre y abandonara su escudo en actitud deshonrosa) escribió uno de sus cantos más bellos: Carpe diem. Lo transcribo de memoria porque deseo que perdure por siempre como el Imperio que yo creé.

    ¡Vive el día!

    ¡Oh, Leuconoe, jamás quieras escudriñar, lo que es malo saber! Cuánto tiempo de vida nos concederán los dioses benévolos.

    Tampoco intentes interpretar supersticioso los números caldeos, pues en verdad, obrarás con más sabiduría si obedeces la voluntad de los dioses.
    Ya sea este el último invierno, ya sea que Zeus añada otros que estrellen el mar Tirreno contra la roca viva, espera y enyesa tu vino, también adapta tu esperanza al tiempo. Mientras platicamos, se nos escapa la fugaz juventud,
    ¡Vive el día y no penes por el mañana engañoso!

    Hubiera dado la mitad de mis más preciosos años, si alguna vez hubieran fluido de mi pluma palabras como estas. ¿Acaso el placer supremo no es ser poeta? Los poetas curan las heridas abiertas por la razón. Ellos son los verdaderos legisladores. En mi vida entera jamás conocí a un hombre más alegre que Horacio Flaco, quien, consciente del poder de sus palabras afirmaba que jamás moriría del todo, pues se había erigido su propio monumento con palabras, mucho más duraderas que el bronce. Y yo, Caesar Augustus Divi Filius me pregunto hoy ¿cuánto durará mi fama? ¿Acaso no empieza a desmoronarse ya el prestigio de mi divino padre Cayo Julio César? ¿Acaso Farsalia no es para muchos sólo el nombre de una ciudad, al borde de la planicie tesálica, aun cuando allí se hundió la República? ¿Y Sila, el gran dictador? La guerra de Yugurta y aquélla contra Mitrídates no tienen lugar en la memoria de la mayoría de los romanos, porque en el ínterin se libraron batallas más grandes y grávidas en consecuencia. Vacilo, pues, y dudo que el nombre del divino Augusto perdure más allá de cien años, que no se abata como la rama cargada de frutos, que no se quiebre y se extinga y se hunda en el olvido tan pronto madure la nueva cosecha.
    ¿No traje al Lacio épocas doradas? ¿No planté nuestros mojones fuera de la trayectoria anual del sol? ¿Quién negará que hay garamantes de mirada tétrica y britanos chapurreros, cuyo idioma sólo entienden los cuervos, que tiemblan a un mero meneo de mi diestra, que esta diestra impera sobre las Columnas de Hércules como sobre las estepas meóticas o del Caspio, y que los indos de piel oliva me ofrecen sacrificios? El Nilo de siete desembocaduras está en manos romanas y asimismo el Danubio delimitador de fronteras, cuyos orígenes los griegos buscaron en los Ripeos, hasta que Tiberio los descubrió en Retia. Virgilio no era un adulador cuando decía que otros podían crear ciertamente esculturas en bronce de formas más blandas y arrancar al mármol rasgos más llenos de vida, defender mejor el derecho y calcular con el compás las órbitas del firmamento y anunciar con exactitud la ascensión de las estrellas, pero a los romanos les competía dominar al mundo, imponer la cultura y la paz, proteger a los sometidos y subyugar a los rebeldes. ¡Por Júpiter, yo no actué de otro modo!

XCIV

    Yo quiero ocultarlo: esta mañana cerré las puertas de mi cubiculum, me asomé ávido a la plata del espejo, y cuando aparté la vista de mi imagen, el sol iluminaba el mediodía. Casi no me doy lujos aparte del espejo, cuyo dorso está guarnecido en oro y su mango de marfil reproduce a la ninfa Eco que sostiene en alto un arco. El arco sirve de marco al espejo. El oro y la plata son de la máxima pureza y fueron probados con piedra de Lidia.
    Hasta mi muerte, debe quedar en secreto que nada amo tanto como contemplarme al espejo. Ni las flores en primavera, ni los frutos otoñales, ni el regazo de una virgen, ni siquiera los senos fluctuantes de una perfumada meretriz excitan mis sentidos como el espejo con mi imagen reflejada. Ciertas personas aborrecen su propia imagen, yo amo la mía desde hace ya sesenta años.
    Al igual que Narciso, a los dieciséis años descubrí por primera vez mi otro yo, por un lado fascinado y por otro perplejo, pues (así contestaron a mis torturantes preguntas) nadie sino yo mismo me miraba desde el espejo, efectos del aire rebotado que vuelve a llegar a los ojos. Desde entonces los espejos ejercen en mí el efecto de un dulce veneno, y gozo la plata centelleante como un consuelo en el dolor, como placer en la alegría, maravilloso en su propiedad de obedecer a aquel que se mira en él. Los espejos combados como una copa amplían el ojo, la nariz y todo cuanto se les acerca. Los espejos de varias curvaturas como las tetas de una loba preñada te muestran un pueblo entero, aun cuando sólo se mire en ellos una sola persona. Los espejos distorsionantes como los del templo de Esmima tuercen y alargan tus miembros, y la imagen grotesca que ves te infunde horror o te mueve a risa y todo sucede por la variedad de forma de múltiple aplicación que le dan a la plata: ahuecada caliciforme, hundida en el centro como un escudo tracio, realzada, al través o torcida, inclinada hacia adelante o hacia atrás.
    Cuando me acosaba el miedo ante el enemigo (un sentimiento nada raro) mostraba a la superficie argentina mi rostro furibundo, si (joven aún) languidecía por el amor de Atia, movía ávido los labios, y cuando la pena o la impotencia daban rienda suelta a mis lágrimas, la vista de los torrentes que manaban de los ojos de mi imagen me consolaba. ¿Qué hay de vergonzoso en esta conducta? ¿Qué de reprochable en mi secreto? Marco Antonio se jactaba públicamente de orinar de noche en una bacinilla de oro y lo consideraba placentero. Yo, Imperator Caesar Augustus Divi Filius, quise guardar para mí el secreto del espejo, aunque no sé por qué habría de avergonzarme y estoy seguro que ni Mecenas, con quien compartí largos momentos de mi vida, ni mi esposa Livia, quien no ignora uno solo de mis pasos, supieron de mis goces. Quien me sorprendió varias veces, se llama Publio Ovidio Nasón. Aquí se pronuncia su nombre por primera vez.
    ¿No cuidé de mis poetas como un pastor de sus corderos en las dehesas de Campania? Virgilio, Horacio, Propercio, Tibulo y ese desdichado Ovidio ¿no llevaron una vida contemplativa, según era la meta de sus anhelos? Todos creían que Mecenas era su amigo y patrocinador y por eso le cantaron loas sin sospechar que era yo quien financiaba su inclinación. ¡Por Apolo, no me quejo! ¿Qué cuestan estos poetas? Ni siquiera se necesita ser rico para comprar uno de ellos. Sólo quien está en condiciones de mantener una legión (en opinión de Craso y también mía) puede llamarse rico. El debía saberlo, pues era el más opulento de los quirites, después de Sila, y aun cuando sólo sus tierras se estimaban en doscientos millones de sestercios, no se dio por satisfecho y se adueñó de todo el oro de los partos.
    Los hijos de las Musas son seres sensitivos, al menos aparentan resistirse a recibir recompensa alguna por su arte (sin embargo, detrás de esta actitud no se esconde la modestia, al contrario, creen que sus obras son impagables) y sólo están dispuestos a recibir en nombre de la amistad. Existen sutiles diferencias: los hijos de Talia, los que se entregan a la comedia, son los más comparables a lo normal, si bien son caracteres sombríos por su aspecto y forma de vida; los tragedas, bajo el velo de Melpómene, han abandonado la tierra hace mucho y se elevan siempre sobre prominentes coturnos. ¡Ay de aquel que tira de los hilos de su destino! Pero si te encuentras con uno de la rara especie que es sagrada a Erato (¡Musageto, el tañidor de la lira quiere evitarlo!), entonces pon pies en polvorosa, huye hacia la tierra de los partos o hacia Lusitania en occidente, pues éstos son en extremo sensuales, como bien lo permiten suponer la lírica y la erótica.
    Ovidio era uno de ellos. Traía en sí la timidez del venado, el miedo de la liebre, venteaba el calor del ser humano como un sabueso, pero quien se acercaba a él reconocía su falsedad de reptil. Pues hasta que las generaciones decidan quién era el más grande de mis poetas y quién mereció la múltiple corona de laurel, el hombre de Tomi es de todos el más inteligente. Pero los hombres sagaces son peligrosos. ¡Ah, si sólo hubiera seguido siendo funcionario en la Sulmo, rica en agua! Pero no, tuvo que venir a Roma con el dinero del padre, ansioso de aprender retórica, viajar a Grecia y a la provincia de Asia. Allí aprendió arte y filosofía y regresó como si hubiera aprendido la epopeya con Homero, la mítica con Hesíodo, el himno con Píndaro, la bucólica con Teócrito. Y sobre todo descolló en el arte de la elegía, ensamblada en dísticos (pentámetro a continuación del hexámetro, ya se sabe) para ser recitados en los festines. ¿Quién podría haberle llegado a los zancajos a este niño prodigio, capaz de avasallar las palabras con música? Escribió poemas a Corma, la amada, a la que dio forma su cerebro como Fidias al mármol – le envidio esta facultad-. Este poema me hace verter ardientes lágrimas todavía y coger el espejo.
    De regreso de las provincias se encontró con Valerio Mesala Corvino, mi verdadero amigo, a quien debo el título de Pater patriae. En aquel entonces, cuando el pueblo me aclamó con ese nombre a la entrada del teatro y me cubrió de laureles, mi primera reacción fue la de apartarme. Pero al día siguiente, en la curia, Valerio Mesala se levantó (fue durante mi consulado decimotercero) y habló (jamás olvidaré sus palabras): “¡Salud y fortuna, César Augusto, para ti y tu casa! Pues con este deseo estamos convencidos de suplicar a los dioses al mismo tiempo eterna fortuna para el estado y alegría para esta ciudad. El Senado y el pueblo de Roma te saludan como padre de la patria!” Enseguida estalló una ovación desde las galerías, pues en Roma no había otro que hablara como él. Yo no encontré mejores palabras de agradecimiento que desear que los inmortales me preservaran el unánime amor del Senado y del pueblo hasta el fin de mis días.
    Por consiguiente, le debo mucho, pero Ovidio le debe todo, por cuanto lo acogió en su círculo de poetas, donde Tibulo, Ligolamo, Cayo Valgio Rufo, Emilio Macer y Sulpicia lidiaban entre sí con palabras. También fue Mesala quien acercó a mí al advenedizo.
    Al igual que Horacio, reconocí a Ovidio digno de preparar el terreno para las leyes reformistas. Los lictores podrán anteceder al pretor con su centenar de haces, los ediles ser severos e inflexibles, hasta el propio cuestor puede comportarse con grosería, pero es en vano. Una nueva era no es el resultado de leyes y disposiciones, una nueva era quiere ser comprendida por sus hombres. Así pensaba yo y reconocía que, con sus palabras, los poetas nos guían con mayor libertad que las leyes. Fidus, pax, honor, pudor y virtus son virtudes deseables, pero no las crea ninguna ley del mundo. Viene Horacio y nos canta su Carmen saeculare y ¡ved, la virtud está en boca de todos!
    Publio Ovidio Nasón me pareció el hombre adecuado para imponer a la era que lleva mi nombre un monumento melodioso. El, que no tenía siquiera un recuerdo de la República, anunció que otros se alegraran del pasado, él era feliz por haber nacido en la época presente. Ovidio era el poeta de la conformidad y sus versos difundían conformidad. Si no fuera una verdad de Perogrullo, la guerra civil se hubiera enseñado que los ciudadanos insatisfechos son peligrosos, pero los satisfechos son buenos ciudadanos. Por lo tanto, exigí hexámetros dactílicos sobre la conformidad. A dos de mis leyes perentorias (Lex Julia de maritandis ordinibus y Lex Julia de adulteriis coercendis) debió prepararles el terreno el hijo de Sulnio y, en efecto, Ovidio adornó con la astucia del zorro el serio tema en un tratado al que puso por título Ars amatoria.
    El arte de amar, dice, es un arte que se puede aprender como la capacidad de escribir, narrar o declamar, pues se basa en reglas determinadas. Aunque a oídos de la mayoría esto suena inmoral y frívolo, de manera que los escribas tuvieron que esforzarse para acelerar el flujo de las plumas por la cuantiosa demanda de esta obra, el poema didáctico formado por dísticos puros se movía absolutamente dentro del marco de las leyes. Hasta un filemón, viejo como yo, dejó escapar una risita y aprendió (es sabido que aprendemos mejor sonrientes) cómo Publio Ovidio Nasón supo olvidar a una joven que no había prestado atención a ningún cortejante.
    Decía: recalca cuanto te sea posible lo malo. Llama regordeta a la muchacha de piel lisa por su excesiva gordura; negra, cuando sea castaña, y tíldala de enjuta si su figura es esbelta, y si no es torpe, puedes llamarla insensata. Desafía a una mujer a cantar cuando carezca de voz. Si se expresa incorrectamente hazla hablar mucho. Si no domina las cuerdas, invítala a pulsar la lira. Si sus dientes son defectuosos provoca su risa con tus cuentos. Si a veces sus ojos lagrimean, háblale de cosas que la hagan llorar. Así habla Ovidio y nadie lo hace mejor.
    En el cenit de mi existencia llamé a Ovidio para encomendarle la composición de un monumento semejante al de Virgilio en aquella epopeya de la Eneida. El poeta me preguntó en tono provocador, cómo habría de adornar mi imagen con palabras, si no me conocía en absoluto. Parecía razonable. Lo invité, pues, a vivir conmigo en la casa hortensia en el Palatino, que, como sabe todo romano, no se distingue por la amplitud de sus aposentos, ni por la suntuosidad arquitectónica: dos pequeños pórticos de toba de los Montes Albanos, en tanto los recintos no conocen ni la decoración del mármol ni el codiciado arte del mosaico.
    Al principio, admiré su cultura y su intelecto, ocultos detrás de cada una de sus palabras, pero pronto me harté de su mirada escudriñadora que seguía todos mis actos. Me sorprendí a mí mismo tratando de hacer esto o aquello subrepticiamente, aunque no había oportunidad. Participaba hasta en mi vida amorosa, ya me dedicara a Livia o a las pequeñas que me enviaba Mecenas, mi buen amigo.
    Tuve un violento sobresalto cuando me descubrió por primera vez frente al espejo, sentí verguenza, pero el pudor desaparecía a medida que con más frecuencia me atrapaba en ese juego. Ovidio era en extremo prudente como para dejar que sus ojos, las comisuras de sus labios o las arrugas de su frente delataran lo que pensaba en lo más íntimo de su ser. En esto, se distinguía de Horacio Flaco, quien llevaba siempre el corazón sobre la lengua y sus pensamientos en los pliegues de su rostro. Muy pronto, el hombre de Sulmo se hizo de mí un juicio mucho mejor del que yo tenía de mí mismo. No gastó palabras en censuras y economizó el incienso que poetas como Horacio, Virgilio y el mismo Tibulo me ofrendaban con largueza.
    Si platicábamos (más de una noche se nos fue así en un vuelo), el tema de conversación giraba en torno al conocimiento, una palabra de la que carece nuestro acervo lingüístico y los griegos llaman "sophia". "Omnia mutantur nihil interit." Así definía Ovidio el conocimiento llevado a una breve oración, lo cual significa: El alma humana (y creo en ello firmemente) es inmortal, no fenece y sólo cambia en su exterior, al aposentarse en otro ser después de la muerte. Forma al hombre aquello que él hace. Si sus acciones son buenas, grandes, nobles, también se ennoblecerá su alma, pero si hace lo contrario, su alma se pervertirá. Ovidio creyó reconocer la voz de un amigo en el aullar de un perro, porque el amigo se abandonó al ethos de un perro. Pero en la misma medida, dice Ovidio, puedes hablar con los caballos, o con las palomas, porque van en camino de hacerse humanos.
    Los filósofos griegos, que, como su nombre indica, aspiran a la sabiduría, propagan estas ideas en sus escuelas, y el hombre de Sulmo las conoció allí en sus años mozos. A los discípulos de esa doctrina, que se propagó en Roma como una peste después de la muerte de mi divino padre, se los llama pitagóricos. Pitágoras de Samos afirmaba que en el mundo imperaba la legalidad, la armonía lo cual se expresa en relación numérica, o guarda analogía con dichas relaciones numéricas.
    Cuando contemplo el firmamento de noche, debo rendirme a su teoría, pero ¡por Hércules!, ¿por qué el "uno" ha de ser un buen número y el "dos" malo? "El uno", dicen estos discípulos, "está a la cabeza de todos los valores: el dos es el origen de toda multiplicidad y, por ende, el origen de toda adversidad". Más aún, predican que los números impares son de derecha, viriles y buenos, en tanto los pares son de izquierda, femeninos y malos. Ninguno de los alumnos puede decir en rigor de verdad cuánto de todo esto engendró realmente la cabeza de Pitágoras, pues el maestro no dejó constancia escrita de sus ideas. Ovidio está vinculado a esta doctrina, pero sobre todo a aquella cuyo contenido es la migración de las almas. Tan pronto me abandonó, el poeta empezó su obra Metamorfosis con las siguientes palabras:
    "¡Quiero comunicar, cómo las formas se trocaron en otros cuerpos, ¡Dioses, sed propicios a mi comienzo (vosotros también los investisteis) y guiad el hilo continuo de la poesía desde los orígenes de la creación hasta nuestro tiempo…!"
    Así empezó a narrar con lengua ágil acerca de los dioses y héroes de la Hélade y de Roma, del caos del principio hasta el presente. No puedo negarlo, una obra de arte del más alto rango y merecedora de mi beneplácito. Escribió año tras año, se explayó en interminables monólogos y en artísticos suasorios, hizo discutir consigo mismos a los héroes acerca de si esto era loable y aquello desaconsejable. Desde las primeras muestras de su creación, descubrí en Ovidio el empeño de entretejer el presente con los mitos del pasado.
    Los dioses ostentaban rasgos censurables de carácter que se reconocen a diario en las gradas de la curia, cuando los senadores acuden presurosos a las sesiones. Y algún amorío de Júpiter se parece más en figura y postura a la secreta relación de un cónsul que a la idea del mito. Lo confieso, la mofa oculta en su noble arte me procuraba una deliciosa diversión, pero la risa se me atascó en la garganta cuando advertí que el escarnio y la ironía del poeta no se arredraban ante mí, el Divino. ¡Por Baco! ¡Ese infame escritordillo a quien acogí bajo mi techo como a un hijo, me endosó con descaro los rasgos de Narciso, el frágil cazador de Diana (todos los niños conocen la historia) que dio su nombre a la flor.
    Ovidio describe a Narciso, a mí pues, como un adolescente de delicada figura e insensible soberbia, cuyo corazón no es capaz de emocionarse con mancebos ni doncellas, en consecuencia inepto para amar. Deja morir así a Eco, la ninfa encendida del bosque que se consume sin ser amada y sólo se perpetúa en el eco de su voz. Pero Narciso pasea por el bosque y se arrodilla junto a la fuente mansa para aplacar su sed. Descubre entonces su imagen reflejada y despierta en él otra sed. Toma por cuerpo lo que es sombra y lo fascina su imagen como esculpida en mármol de Paros. Aunque los versos son blasfemos, están preñados de una serena belleza en la cual me reconozco a mí mismo:

    "Yacente contempla siempre los ojos cual dos estrellas, mira con deleite el cabello, digno de Apolo y de Baco.
    Mira el alargado cuello y la tersura de las mejillas imberbes.
    Y la gracia del rostro y el rubor destacándose de la nívea blancura;
    admira en sí mismo, lo que lo hace digno de admiración;
    se añora fascinado; el que elogia es el mismo elogiado, el que allí aspira es codiciado y al mismo tiempo inflamado y se quema.
    ¡Cuán a menudo se acerca en vano con sus besos a la engañosa fuente!"

    Y continúa en estos términos. El poeta me describe como deplorable fenómeno, presa del delirio, imberbe (lo que me distingue de todos), el pecho cubierto de una mancha rojiza (podría rascarme horas enteras). Me hace morir de languidez, pero en lugar de un cuerpo destinado a la hoguera, sólo perdura la flor amarillo azafrán en el centro y corola de níveos pétalos, a la que llaman narciso, la flor del mundo subterráneo.
    Cien veces leí el pasaje con enfermizo afán y por mucho que me agradaban las palabras, su contenido me enfureció. Yo, Imperator Caesar Divi Filius, me convertiría en el hazmerreír de los romanos. Por consiguiente, di orden de proscribir a Publio Ovidio Nasón a Tomi y hacer desaparecer sus obras de las bibliotecas públicas. No di razón alguna para justificar esta sanción, pero la medida dio motivo a muchas especulaciones, a las que hice frente en todo momento con silencio. De este modo pude estar seguro de que la obra Las metamorfosis del poeta, que abarcaba a la sazón quince volúmenes, jamás sería publicada.
    Desde entonces evité obstinadamente su nombre y no toleré que ni él ni sus versos fueran mencionados en lugares públicos, ni qué decir en mi presencia. Esto sucedió bajo el consulado de M. Furio Camilo y Sexto Nonio Quintiliano, hace ya seis años. Desde entonces el exiliado escribe elegías, bellas en su tristeza (se dice que un poeta jamás puede dejar de escribir y si interrumpe su labor se encuentra con la muerte). Ex Ponto, ha pedido clemencia y sus palabras a su esposa y a su hija, según he oído, están llenas de tristeza y melancolía. Estoy seguro que se ha arrepentido mil veces de su juego y habrá de expiar otras tantas veces, pues morirá en tierra de bárbaros.

    Yo, Polibio, liberto del Divino Augusto y experto en el arte de la escritura, estoy recibiendo desde hace ya siete días los manuscritos del Divino. ¿El Divino? Cada día, César pierde un poco de su divinidad. El Augusto no es digno de veneración y respeto. Como una serpiente muda de piel, así Augusto se despoja de su prestigio y reconocimiento. Pero tal como la muda de piel de la serpiente siempre hace brotar otra más bella y lozana, el César muestra también cada día una faceta nueva y más hermosa de su vida. Si el Divino resulta empequeñecido a través de este diario, el hombre se agigantará.
    ¿El Divino un Narciso? Aunque a menudo estoy cerca del César, no he advertido nada de esta peculiaridad. A decir verdad, jamás presté atención, y esto no habla sino del acentuado don de observación de Ovidio que descubriera su secreto. ¿Qué hay de malo en esa peculiaridad? Lo que para uno es su orinal, lo es para el otro el espejo.
    Ovidio debió pagar cara su osadía. Su lugar de exilio en Tomi, situado en la costa norte del Ponto Euxino, es tan ignoto y lejano para un romano como la Munda española o la gala Uxellodunum. Creo que se morirá de nostalgia. Y si Augusto pensó que la veda de Ars amatoria de Ovidio haría caer el libro en el olvido, se equivocó radicalmente: copistas piratas exigen precios usurarios por la obra. No se necesita sino prohibir un libro para asegurar su éxito. Después de mis lecturas clandestinas del diario he comprendido por primera vez en qué medida el Estado y la política se sirven de las artes. Hacen de ellas uso abusivo como precursoras para favorecer sus ambiciosos planes, y esto me hace estremecer. Los griegos trataban a cada especialidad del arte como a una amante, los romanos, como a una esposa legítima.

XCIII

    Ahora sabes, Livia, por qué a veces me avergüenzo y oculto la cara en mis brazos ante ti. No quería que me llamaran Narciso o enamorado de mi mismo o me pusieran motes escarnecedores. Nadie, ni tú, debía saber de mi inclinación, que toda la vida estuve empeñado en mantener secreta más allá del cocitus. Tal vez destruya lo escrito antes de llegar a mi fin, para que sólo quede para mí. ¿Pero por qué escribir todo esto entonces? preguntas con razón. ¿Por qué maltrato mi gotoso índice que apenas puede guiar la pluma, por qué torturo mis ojos, por qué? Te lo diré.
    Hay tres épocas decisivas en la vida del ser humano: el presente, el pasado y el futuro. De joven sólo conoces el futuro, sólo preguntas por el mañana, por la recompensa de aprender. Más tarde, cuando vistes la toga, cuando te llevan la cosecha a tu granero y Fortuna te sonríe de todos lados, entonces quisieras detener el tiempo, pero el presente es despiadado. Apenas llegado, ya ha desaparecido, ya es pasado, y tú te preguntas desorientado: ¿cuándo, oh, Júpiter, podré tener una visión simultánea de esas tres etapas que son el contenido de mi vida? Y Júpiter te responderá: al final de tus días. En consecuencia, miro hacia atrás. Como el cantor ciego dejo que lo pasado sea pasado y vivo, vivo una segunda vez. Las palabras escritas no pueden prolongar tu vida, sólo profundizar y ayudar a distinguir como Ulises ante Nausica, menos enamorado que consciente de su deber.

XCII

    ¿Debo desnudarme del todo, realmente? Me asaltan dudas. ¿Debo escribir toda la verdad acerca de mi vida? ¿De hecho debo desplegar mi vida, volcar hacia afuera lo más íntimo de mí? ¿Lo hago? ¿No lo hago?

XCI

    ¡No lo haré, no, por todos los dioses, no! ¿Acaso quiero realmente vivir una vez más, recorrer de nuevo todos los caminos, experimentar todo el dolor, todas las alegrías, todas las sandeces, toda la sabiduría? ¿Sabiduría? Es más fácil servir a los demás con la sabiduría, que a uno mismo

XC

    Si guardo silencio de por vida, vendrán tiempos en los que otros me conocerán mejor de lo que yo me conocí. Por lo tanto, debiera relatar mi vida como fue para mí y para ningún otro, a fin de que los montones de ceniza no se transformen en volcanes, ni el río se agoste hasta quedar reducido a un arroyuelo. Pues no todo el que cuenta de los reyes y cónsules ab urbe condita es un Tito Livio. Por lo demás, he encontrado placer en escribir, desde que han mamado de mi pecho tantos poetas. A partir de hoy, el tiempo que me queda son tres lunas.

LXXXIX

    Quiero comenzar por el principio, allí donde el hombre encuentra al eidolon, al decir de los griegos, la ciega veneración de la imagen. Nosotros los romanos, tomamos prestado este vocablo como tantas otras cosas de que carecemos, y la mayoría de las veces buscamos también nuestros ídolos en el lugar de donde proviene la palabra. No hago excepción alguna y mentiría si afirmara que mi divino padre Cayo Julio César, a quien amo, se me presentó como ídolo en mis años mozos.
    Los modelos no se aman, los modelos se respetan y admiran. Así, el gran macedonio Alejandro me merece profunda admiración. Me siento más emparentado con él que con Cayo, no por la sangre, sino en alma y carácter y por las circunstancias que encauzaron su vida. Hoy todavía me estremezco al pensar en mi quinto consulado, cuando avancé hacia el gran modelo, hacia su cadáver, entiéndase, embalsamado con sustancias aromáticas a la manera de los ptolomeos. Parecía vencido por el sueño, cansado de conquistar el mundo.
    A él y sólo a él debe el pueblo de los alejandrinos que lo respetara después de la victoria de Accio, que no arrasara la ciudad como se lo merecía, que no demoliera el elevado palacio a orillas del mar que brindó asilo a Antonio y Cleopatra contra mí. No lo hice. Aunque la venganza hubiera significado justicia, mostré verdadera nobleza en honor a Alejandro, quien fundó esa ciudad sobre la margen occidental de la desembocadura del Nilo, de improviso pero con certeza, cuando arrojó su manto en la arena, trazó el contorno rectangular con la espada y marcó calles y edificios (otras nueve ciudades llevaban a la sazón su nombre). En su mausoleo de mármol rojo, hice levantar la pesada lápida y me enfrenté al modelo como a una estatua de Lisipo, lleno de reverencia y emoción. Contaba yo exactamente 33 años, la edad en que murió Alejandro.
    Jamás pude olvidar lo que vi. El Magno *, desprovisto de barba mostraba una especie de sonrisa que nunca encontré en la vida, una sonrisa de satisfacción, consciente de sus hazañas, de orgullo y conciencia de su propio valer, más aún, de presunción y superioridad. Así sólo sonríe al agonizar un hombre que secciona con un decidido golpe de espada un nudo inextricable sin ponerse a buscar el comienzo o el final de la cuerda, un hombre que marcha al desierto hacia Júpiter Ammon para hacerse confirmar la divinidad y el dominio del mundo, un hombre que no conoció serios adversarios como no fuera él mismo. Nada deseé con mayor ardor en aquel entonces que morir como el gran macedonio, con una sonrisa. Cara a cara, así permanecí por espacio de horas, y mis impacientes acompañantes insistían en que contemplar a los demás ptolomeos muertos que yacían sepultados desde hacía tres centurias, convertidos en momias. Deseo ver a un rey, dije en tono imperioso a mis necios acompañantes, a un rey, no cadáveres. Por esta razón, evité también visitar a Apis, porque es propio de romanos venerar a los dioses, pero no a los bueyes.
    Eché afuera al estúpido pueblo y ningún murmullo de voces perturbó mi recogimiento. Al rojo reflejo de las crepitantes teas observé fijamente el pequeño cuerpo. Como yo, Alejandro era de baja estatura, lo cual da la razón a aquellos que afirman que los pequeños están predestinados sobre todo a lo grande, pues la energía con que viene un individuo se distribuye en menor volumen de cuerpo. Como yo, Alejandro escribía a su madre cartas a escondidas. Se llamaba Olimpia, la animaba la misma pasión que a Atia, y, según se cuenta, Júpiter Ammon habría cohabitado con ella, adoptando también la forma de serpiente. Como yo, el gran macedonio despreciaba los juegos con atletas rebosantes de vigor, y mostraba más propensión por la filosofía. Solía decir que amaba a Aristóteles como a su padre, y las tragedias de Esquilo, Eurípides y Sófocles. Cuando dormía, La Ilíada de Homero siempre estaba bajo su almohada, junto a su espada. Y así como yo envidio a Horacio por su dicha de desdeñar bienes, dinero y fama a cambio de forjar versos, Alejandro también veía a su otro yo en un sabio. Cuando en Corinto, invitó a Diógenes a formular un deseo, el cínico le dijo que se apartara un poco del sol, nada mas. Al general le agradaron en igual medida la arrogancia y la grandeza que entrañaban las palabras del filósofo y que le hicieron pronunciar aquella famosa frase – que nadie entiende mejor que yo -: "Si no fuera Alejandro, sería Diógenes." Alejandro decía que el lujo era mayor esclavitud que el trabajo de esclavo (y en esto también coincido con él), sólo es real la actividad esforzada. Así, censuraba a los hombres entregados a la opulencia y al lujo ostentoso como Hagnon de Teos, las suelas de cuyos zapatos estaban claveteadas con clavos de plata; Leonato, que se hacía traer arena de Egipto para sus ejercicios físicos, o Filotas, que mandaba tejer redes de cien estadios para sus cacerías. En este aspecto se mostró más indulgente que yo. Sibien censuraba la conducta licenciosa, el macedonio no promulgó, como yo, una ley que le pusiera contención.
    El gran Alejandro me enseñó la tolerancia, pero el suelo donde germinó la semilla fue poco fecundo en este sentido, pues una mirada retrospectiva a mis 76 años de vida, no me permite descubrir vestigios de tolerancia, y donde esta asoma inesperadamente, más que llamarse así, debiera dársele el nombre de desidia, a la que lamentablemente tenía propensión. Jamás practiqué, como Alejandro, el arte de disparar con el arco, ni el salto desde el carro cuando los indómitos caballos cruzan los bosques en veloz carrera, tampoco perseguí a los zorros para cogerlos de la cola. Sin duda, fue consecuencia de mi precaria salud, que se evidenció a temprana edad y me obligó a ahorrar mis energías, pero gracias a la ayuda de las Musas logré llegar a esta avanzada edad, ¡por Júpiter!
    A mí, Imperator Caesar Augustus Dlvi Filius y a él, el gran Alejandro, nada nos causaba mayor temor que las premoniciones de los malos sueños, presagios y sentencias de los oráculos. ¿No es paradójico? Un movimiento de nuestra mano, un plumazo, podrían significar la muerte de pueblos, el incendio de ciudades, la alteración del curso de los ríos, pero si un relámpago zigzaguea inesperadamente en el cielo, me cubro enseguida con la piel del becerro de mar, en tanto Alejandro echaba mano de la copa. Al gran macedonio siempre lo rodeaba una horda de babilonios, yo prefería a los egipcios, porque creo en los astros y desconozco las leyes que rigen sus trayectorias. Si a él le prometió dicha un manantial que surgió del suelo cuando iban a levantar su tienda, camino de la India, a mí un blanco rocío matutino me profetizó un regreso con salud. Ambas señales anunciaron la verdad, no se puede negar, pues jamás se hizo mayor abuso del vaticinio de los dioses que en aquellos tiempos.
    En aquel entonces, cuando murió Lépido y yo asumí el cargo de pontífice, hice recolectar todos los libros de agorerías que circulaban en Roma para quemarlos públicamente. ¡Por Apolo, superaban dos millares! Solamente respeté los libros de las Sibilas en el templo de Apolo, en el Palatino, pues sólo ellos conocen el futuro a través de sediciones, inundaciones, nacimiento de monstruos y otras señales del cielo. Los quindecimviri custodian su secreto. A diferencia de Alejandro, yo visitaba los oráculos con escepticismo, jamás consulté a la Pitia de Delfos, al menos no en persona, y si me dais una respuesta de Claro, un oráculo donde los romanos se apiñan, me muestro escéptico.
    En cambio, el macedonio aseguraba que los sacerdotes de los oráculos le habían proporcionado vaticinios secretos y el profeta del oráculo del desierto lo llamó hijo de Júpiter, lo cual unos califican de leyenda y otros lo atribuyen a desconocimiento del idioma, pues si el sacerdote alzó la mano y saludó al macedonio con la palabra “paidion" lo llamó simplemente "hijo mío", pero si pronunció equivocadamente "paidios", por no conocer el griego, llamó al macedonio "hijo de Júpiter". Como se ve, a menudo basta una sola letra para decidir sobre la divinidad.
    Así pensé frente al difunto Alejandro, y quise separarme como un amigo de un amigo que acaba de exhalar su último suspiro, y le besé la frente, pero tropecé. Por torpeza o por la excitación, estuve a punto de precipitarme dentro del sarcófago y para evitarlo alargué mi mano izquierda con la mala fortuna de tocar la nariz de Alejandro, que se rompió en muchos pedazos cual si hubiera sido de cristal, y en un abrir y cerrar de ojos que visible un agujero donde antes había estado la nariz. La sangre se me heló en las venas al ver eso, quise huir, pero un oscuro poder no me dejó levantar los pies del suelo. No sé cuánto duró mi entumecimiento, pero dos guardianes debieron llevarme afuera. Ningún sacerdote fue capaz de interpretar si el accidente era un mal presagio, pues una señal de esa clase les era desconocida a todos y parecía no tener sentido.
    Creedme, lo que escribo es la verdad y me esfuerzo en vano por apartar de mi la imagen, por más que cierro los ojos no lo logro.
    La aparición me sigue como mi propia sombra, y, como mi sombra, siempre está presente: un agujero negro en la cabeza de Alejandro, ninguna herida que prometía curación mediante la atención de un especialista, no, ya entonces como hoy tuve la impresión de haber destruido para siempre a ese individuo parecido a los dioses… mi propio ídolo.

LXXXVIII

    Próximo al vómito, mi mano se resiste a escribir. No logro desterrar de mi mente el agujero en la cabeza de Alejandro. Lo veo ante mí con toda claridad, un profundo agujero negro en lugar de nariz y en el fondo una tétrica cavidad… No puedo describirlo.

LXXXVII

    Cuando lo vi, el gran Macedonio llevaba trescientos años de muerto y me pregunté si esos restos conservados que veían mis ojos eran Alejandro Magno o su imagen, el recuerdo, su sombra o nada más que una manida acumulación de átomos como pronosticaron Demócrito, Leucipo y cien años más tarde Epicuro. Ciertamente, los sacerdotes de Egipto adornaban a sus muertos como para asistir a un banquete, los bañaban durante setenta días en óxido de sodio para quitar al cuerpo todo líquido. Si damos crédito a Herodoto, quien informó ampliamente sobre el particular, extirpaban la masa encefálica por la nariz y las entrañas por un corte practicado en los tegumentos abdominales, lo lavaban con vino de palma y luego lo envolvían junto con sustancias aromáticas en vendas interminables de lienzo. Sobre ellas vertían por último una brea viscosa. De este modo, de acuerdo con el deseo de los sacerdotes, los cadáveres se conservaban por milenios, equipados para la eternidad.
    Pues a diferencia de los griegos que entregan sus muertos a la tierra donde se descomponen y a diferencia de nosotros, los romanos, que incineramos a nuestros muertos en una pira y sólo sepultamos las cenizas, los egipcios conservan a sus muertos como fueron en vida, los cubren de joyas y sustancias aromáticas y los dejan expuestos en sarcófagos en bóvedas subterráneas, más parecidas a moradas que a bóvedas sepulcrales. Su camino hacia el juez de los muertos es penoso e involucra innumerables deberes. Si sus obras en vida merecen un juicio aprobatorio, regresan a su cuerpo.
    En opinión de sus sacerdotes que, por razones de higiene, llevan la cabeza rapada, el hombre se compone de seis elementos, tres materiales: su cuerpo, el nombre y la sombra, y tres sobrenaturales: aneh, ha y ka. Ka es el hálito vital, imperecedero e inmortal; llaman ba a la fuerza espiritual del hombre que sobrevive a la muerte, y aneh a la imperecedera energía vital. Esto lo entenderá quien quiera hacerlo, a mí ya me resulta difícil comprender lo del cuerno, el alma y el espíritu que, según nuestros filósofos, integran al ser humano.
    Repito mi pregunta: ¿ese cuerno inanimado frente al cual estuve sumido en contemplación, era el gran Alejandro, lo que fue el gran macedonio o ese cuerpo conservado tenía tanto que ver con Alejandro como Aristóteles con su doctrina? Quiero decir que el yo necesita por cierto un cuerpo, pero es indiferente que sea un cuerpo cualquiera. Lo divino en mí, lo que me ha convertido en Imperator Caesar Dlvi Filius ¿no pudo surgir también en el cuerpo de Livio, Horacio o Virgilio? ¿Mi divina simiente no pudo haber germinado en el vientre de Julia, Escribonia u Octavia, en lugar de hacerlo en el útero de mi madre Atia? Areo, mi filósofo de palacio, un griego como todos los discípulos de esta doctrina, con el que a diario discuto sobre la muerte y la vida, dice que el alma es la que mantiene la cohesión de la sustancia del hombre, si abandona el cuerpo, este muere y descompone. Así, dice Areo. Daría crédito a sus palabras, si aquel a quien llamamos Phiosophus no dijera otra cosa. Según unos, sólo los seres humanos tendrían alma; otros aseguran que los animales también la tienen, y Tales, representante de la idea que todo lo que se mueve de algún modo tiene alma, dijo que aun el imán es portador de un alma porque atrae al hierro. ¡Sic!
    Aristóteles opinaba que obtener alguna certeza sobre el alma, es una de las cosas más arduas. Debió estar en lo cierto, pues escribió tres libros sesudos sobre el tema. Demócrito creía reconocer el aima en el fuego. No demasiado lejos se movían los pitagóricos que identificaban el alma con las diminutas partículas de polvo suspendidas en el aire e iluminadas por el sol. A estos es más fácil darles crédito que a Empédocles, puesto que el fuego y los rayos solares son los elementos más sutiles e incorpóreos. Empédocles trajo a discusión todos los elementos. Tierra, agua, fuego y aire. De estos elementos se compondría el alma y Aristóteles vuelve a refutar la hipótesis al asegurar que el alma es una entidad en el sentido conceptual, así como si una herramienta, por ejemplo, un hacha, fuera un cuerpo natural. Entonces, el ser hacha sería su entidad y esto sería precisamente el alma. Si esta se separara ya no quedaría el hacha sino tan sólo su nombre. Esto rige también para los miembros del cuerpo. Aristóteles dice que si el ojo fuese un ser vivo, su alma sería la facultad de ver, pues esa es la esencia del ojo en sentido conceptual. Pero el ojo es la materia para la facultad de ver. Si es sacrificado ya no existiría el ojo, como no fuera según su nombre, un ojo esculpido en piedra y pintado con colores. Esto puede hacerse extensivo de la parte al todo del cuerpo.
    Deduzco de esto (y la idea me hace feliz) que el cuerpo desecado que vi en Alejandría no era aquel Alejandro Magno, amado por dioses y hombres desde hace tres centenios, sino sólo una parte vital fuera de funcionamiento e inservible, pero, no obstante, desencadenante del fin. De este modo, el agujero que hice por torpeza en la cabeza del gran macedonio es de menor importancia, aun cuando la vista del mismo me hace estremecer una y otra vez. Me alegro de librarme de semejante suerte. He dispuesto que al día siguiente de mi deceso, mi cuerpo sea incinerado inmediatamente en el Campo de Marte.

    Yo, Polibio, liberto del Divino Augusto y experto en el arte de la escritura, temo que los augures tengan razón. César Augusto evidencia manifestaciones cada vez más acentuadas de caducidad. Por momentos se acerca a la ventana y mira hacia afuera fijamente, como a la espera de una señal del cielo, luego pasa horas en su aposento en un incesante ir y venir, las manos cruzadas a la espalda y la mirada fija en el mármol del pavimento. Si alguien le dirige la palabra, no obtiene respuesta, pero de repente sale de su ensimismamiento y se sobresalta al notar mi presencia o la del esclavo que le trae su comida.

LXXXVI

    Si he de ser sincero, las mujeres determinaron mi vida más que las batallas y la guerra, y en esto no me diferencio de mi divino padre Julio. El motivo de mi presencia en Alejandría, donde vi al gran Macedonio, también fue una mujer, de nombre Cleopatra, perteneciente a la dinastía de los Ptolomeos que hablaban griego, y cuyo nombre tomaron del primer rey que sucedió a Alejandro en Egipto: Ptolomeo. Desde entonces, todos los reyes de Egipto lo adoptaron (creo que fueron tres docenas), tal vez para demostrar la unidad de su dinastía. Y dado que en la conversación diaria, ni qué hablar de los documentos, no se sabía si se hablaba del padre o del hijo, del nieto o del tío, se dio a cada cual un apelativo para identificarlos como Soter, el salvador, Philadelphos, el que ama a su hermano, Euergetes, el benefactor o Phiopator el que ama a su padre.
    Aquella Cleopatra de la que quiero informar aquí, también llevaba el apelativo Phiopator. Cuando vino al mundo, Julio César contaba ya 30 años de edad, Marco Antonio 13 y yo no había nacido aún. Cualquier comparación halaga a esta sucia egipcia, nacida de madre desconocida y de un padre de moral corrupta, quien o tempora o mores se paseaba por las calles disfrazado de flaulista. (Los síntomas de degeneración de esta especie no son raros en gente que por centurias desposó a sus hermanas e hijas.) Esto demuestra cómo la inmoralidad puede destruir aun a la estirpe más prestigiosa y que mis leyes en pro de la moral son tan necesarias como el trigo de las provincias, si habremos de preservar al pueblo romano de su propia decadencia
    El año en que yo nací, Pompeyo, muy útil al Estado como general, pero una fatalidad como estadista, venció a Mitrídates rey del Ponto, y fundó la provincia siria. De este modo llevó las águilas romanas hasta las fronteras de Egipto. Mi padre Divus Julius que en ese entonces era cónsul y había formado un triunvirato con Pompeyo y Craso propuso un pacto al flautista. Contra el pago de seis mil talentos lo consideraría como amigo y aliado. El Ptolomeo pidió el dinero prestado (¡por Mercurio, a Roma!), una suma que equivalia casi a los tributos recaudados en un año, una acción que le valió el odio de su pueblo. Debió temer por su vida y huyó con su hija Cleopatra a Roma para solicitar apoyo. Ibi fas, ubi proxima merces: Ptolomeo compró adeptos mediante crecidos sobornos y emprendió el arduo regreso por Asia Menor, donde él y su hija buscaron refugio en el santuario de Artemisa en Efeso, donde aguardarían el aviso de Roma para osar el retorno a Alejandría.
    Pompeyo no pensaba sino en su propio beneficio y dejó el asunto en manos de su partidario Aulo Gabinio, a la sazón gobernador de Siria. Gabinio se contaba entre las personas que me son profundamente detestables: logró encaramarse en todos los cargos, pero no para servir al Estado, no, sólo aspiró a los cargos de tribuno y de cónsul en busca de su propia ventaja y en ese momento, como procónsul de Siria también intentó sacar provecho. Gabinio exigió al ptolomeo diez mil talentos y el egipcio a su vez pidió crédito a Roma y pagó… ¡qué otra alternativa tenía! Bien mirado, el flautista fue más astuto que los romanos, pues, si estos querían volver a ver su dinero, tendrían que instalar nuevamente al rey depuesto en el trono de Egipto contra viento y marea. So pretexto que Berenice, la otra bija del rey, que había quedado en el país, se había desposado con Arquelao del Ponto sin autorización de Roma y de este modo lo había convertido en soberano de Egipto, se recabo al Senado a porfía el consentimiento para invadir al país del Nilo.
    En aquel entonces iba al frente de la caballería Marco Antonio. Yo contaba a la sazón siete años y las historias que llegaron a mis oídos desde el lejano Egipto me llenaron de descomunal entusiasmo. Un romano había devuelto el trono al desdichado monarca, un triunfo de la justicia, al parecer. ¡Por Júpiter! Más tarde supe que aquellos que se envuelven en el manto de la justicia, son en su mayoría los más grandes canallas. Tomad por caso a Sila, el "dichoso". ¡Cuánta desdicha trajo a nuestro pueblo en nombre de la justicia! Apenas hubo muerto, Lépido trató de erradicar sus leyes, asimismo en nombre de la justicia y ¿quién sabe si mis propias leyes que hoy no encuentran enemigos, no serán juzgadas como injustas a mi muerte? El derecho es el mayor adversario de la justicia. En Egipto, Marco Antonio se hizo de muchos amigos, porque faltó al aborrecido flautista y dio honrosa sepultura a Arquelao, muerto en combate, y a aquellos alejandrinos que maquinaron el retorno del antiguo rey les prometió protección. Si embargo, llegó demasiado tarde para impedir que Ptolomeo hiciera ejecutar a su propia hija Berenice, reina de Egipto durante su ausencia. De este modo, Cleopatra se convirtió en heredera del trono. Entretanto, Gabinio y Rabino aunaron esfuerzos en su intento por recuperar el préstamo hecho a Egipto. Cargamentos enteros de tesoros egipcios saqueados, obtenidos por coacción o sustraídos de los templos fueron despachados al territorio itálico, hasta que los egipcios se levantaron y los echaron a golpes de sus tierras. En Roma, fueron llevados ante la justicia y Gabinio fue desterrado, aun cuando circularon sumas elevadas en concepto de soborno. Rabino, en cambio, recuperó la libertad cuando mi divino padre volvió a Roma después de la guerra de las Galias, suplicó a Cayo que al exigir al flautista el pago de la considerable suma que le debía, también cobrara la parte que le adeudaba a él.
    Se consideraba a Egipto el país más rico, apartado y misterioso del orbe. Regularmente, como el movimiento de los astros, el Nilo salía de madre y volcaba en el valle limo fecundo que sus aguas arrastraban desde su cauce superior, cuyas fuentes sólo conocían los dioses. Este fenómeno aseguraba dos cosechas anuales, sobre todo de cereales, más del doble de las propias necesidades. Desde hace milenios, ofrecen a sus dioses, dotados de cuerpo humano y cabezas de gato, cocodrilo o chacal, oro y joyas preciosas que guardan en tesoros más ricos que el de Delfos en su época de mayor esplendor.
    ¿La vida de un pueblo no se asemeja a la trayectoria del sol en un día estival? Misterioso, asoma por un lugar bien determinado, asciende hasta el cenit, se pone luego inevitablemente y desaparece. Volvamos al tema. En aquel entonces, se cernía sobre Egipto el crepúsculo vespertino y ninguna potencia del mundo hubiera estado en condiciones de frenar la decadencia de este pueblo. Este pensamiento me sugiere una pregunta: ¿dónde se alza el sol sobre el Imperio romano?
    En aquel entonces, después del primer consulado de mi divino padre, el estado de cosas en Alejandría no podía ser más caótico que en Roma: Craso había caído en Oriente, en su lucha contra los partos, Divus Julius combatía en las Galias contra Vercingétorix, Clodio era asesinado en Roma y en consecuencia el Senado consideró como única salvación elegir a Pompeyo consul sine collega. Los patres conscripti, temían que en momentos tan turbulentos pudiera surgir un nuevo Catiina que con lengua demagógica planificara un vuelco, pero, en realidad, con su decisión no hicieron sino encomendar las ovejas al lobo: Pompeyo era una especie de Catilina.
    Mi divino padre fue el primero en advertirlo, aun cuando estaba enterado de los acontecimientos en Roma sólo por boca de sus espías, que se movían en un regular servicio de correo entre la provincia gala y la capital. ¡Por Mars Ultor! Mi padre Divus Julius siguió cada uno de los actos de Pompeyo con desconfianza, no se dejó impresionar por la simpatía del Senado ni por las aclamaciones jubilosas del pueblo, y cuando ya no vio otra alternativa cruzó el Rubicón con su ejército. En aquel tiempo, este río constituía aún el límite entre la Galia Cisalpina y la madre patria itálica.
    Yo había cumplido apenas los catorce, pero me preparé para recibir la toga virilis, como correspondía a un vir vere Romanus y comprendí muy bien el significado del osado paso de mi padre. Cuando un imperator de regreso a la patria cruzaba sus límites sin relevar a sus tropas, equivalía a una guerra civil. Entonces comprendí que podía ser del todo oportuno atentar contra el Estado y la ley, cuando está en juego el bienestar del Estado. Comprendí claramente que no debe temerse a las leyes, sino a los jueces, pues aunque Cayo Julio César había infringido el derecho y la ley, jamás fue acusado, al contrario, más tarde, cuando los romanos se percataron de la necesidad de ese paso, el Senado y el pueblo agradeció a mi divino padre por este arrojado paso de transgredir las leyes.
    Pocos años más tarde, esto me animó a obrar de la misma manera cuando el Senado rehusó delegarme el consulado durante las luchas con los asesinos del Divino. Aunque no sin temor en lo íntimo de mi ser, marché resuelto contra Roma, a la cabeza de mis tropas e impuse mi elección junto con mi tío Quinto Pedio. Parece, pues, ser ley que aquellos que salvaron a la patria hubieron de abrirse camino a Roma con la espada.
    Volvamos a Pompeyo: este reconoció su inferioridad respecto al Divus Julius y huyó a Grecia, donde mi divino padre le infligió una aniquiladora derrota en Farsalia. Pompeyo vio su salvación en Egipto, pero a su llegada lo asesinó un mercenario romano.
    Tres días más tarde Cayo Julio César puso pie en Alejandría. Ptolomeo había muerto y Julio se propuso ejecutar el testamento del flautista, cuya copia había quedado en Roma. El documento prometía a Cleopatra y al joven Ptolomeo la sucesión al trono, además de contener las disposiciones en cuanto a los bienes materiales. El Divino admitió abiertamente su intención de cobrar las deudas del gobierno egipcio ¡por Mercurio!
    Alrededor de los idus del mes de octubre se produjo aquel inusitado encuentro, que es el motivo de mi largo preámbulo. Bien entrada la noche los guardias anunciaron la llegada de un mercader siciliano que solicitaba hablar con el Divus Julius para trasmitirle un mensaje de la reina. Plauto, autor de 130 comedias en 66 años de vida, no pudo imaginar mejor la escena: Apolodoro, así se llamaba el siciliano, depositó a los pies del Divino un saco de dormir y de entre las sábanas salió Cleopatra, la reina de Egipto. Ya se conoce el ulterior curso de los hechos: esa misma noche los dos compartieron un mismo lecho y el acontecimiento hizo historia universal.
    A menudo me he preguntado qué pudo impulsar a mi divino padre a entregarse a la sucia ptolomea. Hoy creo conocer la respuesta, porque yo tampoco hubiera obrado de otro modo en la misma situación. No fue la diferencia de edad de más de treinta años lo que lo sedujo. Divus Julius no era amante de las niñas tiernas como Mecenas. La meta de sus apetitos eran las mujeres maduras como las esposas de sus amigos, pero en especial las de sus enemigos. Sé de primera fuente que compartió el lecho con Nurcia, la mujer de Cneo Pompeyo, con Tertula, la mujer de Marcos Craso, con Lolia, la mujer de Gabinio, todas matronas de edad madura. A un hombre como Julio, tampoco podían sacarlo de quicio las artes en cuestiones amorosas que se le atribuían a la ptolomea, al punto de dejar las armas en forma incondicional. Pero lo que debió impresionar profundamente a Cayo Julio César pudo ser el origen de la joven soberana. Nosotros, los romanos (y no me excluyo) tenemos un complejo de pasado, envidiamos a los griegos por su gloriosa historia y nos afanamos en la búsqueda febril de orígenes comunes. Así, Virgilio escribió su Bucolica, basándose en Teócrito, y sin la Ilíada de Homero, no habría una Eneida. No sin razón contamos nuestros años ab urbe condita, para que todos sepan, dónde tuvo su origen nuestro pasado. Los romanos están ávidos de pasado, su mala memoria cubre de una capa dorada todo lo pretérito y creo que Roma volverá a caer una vez más debido a su mala memoria.
    Tomad a Cayo Julio César, mi divino padre, quien está por encima de toda crítica. ¿Pero dónde quedó su buena memoria cuando se arrojó en los brazos de la disoluta ptolomea? Por cierto, bajo su piel corría sangre real, sangre de faraones, más aún, la sangre del gran Alejandro, sangre divina en cien ramificaciones. ¡Esto sedujo al Divus Julius! ¡Su sangre y la de ella engendrarían un dios! Sin embargo, el pasado nos enseña que los dioses también pueden engendrar monstruos. Bien es cierto que ese bastardo procreado por el Divino tenía brazos y piernas y tal vez una cabeza sobre los hombros; bien es cierto que mi Divino padre, aturdido por los conjuros amorosos de la Ptolomeo quiso al bastardo y es posible también que sólo quisiera demostrar a la joven sucia, cuán potente era aún a los 52 años. ¡Por Príapo!… ociosas reflexiones frente al triste suceso: este Cesarión, este deleznable Cesarito a quien su madre puso el rimbombante nombre de Ptolomeo Caesar Theos Philopator, tuvo la osadía de disputarme la herencia de César, a mí Imperator Caesar Divi Filius. Era de temer. Pero la ley prohíbe instituir heredero a otro que no sea un romano, si bien ninguna ley prohíbe otorgar a un extranjero la ciudadanía romana.
    "¡Venus y Baco obnubilaron sus sentidos!" Aún hoy, después de tanto tiempo, resuenan en mis oídos las palabras de mi madre Atia, quien en su agitado ir y venir, mientras se mesaba los cabellos, aseguraba a voz en cuello que yo era el único heredero legítimo del Julio, y era su hijo y ella su sobrina. Nunca aparecen tantos parientes como cuando hay una herencia. "Un bastardo egipcio con cabeza de lobo y cuerpo humano" chilló Atia furibunda.
    Pero cuando en Roma se propagó la noticia de que el Divus Julius habría prendido fuego a las naves enemigas después de su victoria sobre la flota egipcia y que las llamas se extendieron a las instalaciones portuarias de Alejandría con el lamentable saldo de 700.000 rollos de papiro de la biblioteca real convertidos en pasto del fuego, yo también empecé a dudar de la razón de mi divino padre. ¡Sacrificar 700.000 libros por una ramera egipcia!
    ¡Os digo por propia experiencia, que es extenuante ser un dios, por Júpiter!
    ¡Cuánto alivio hay en la debilidad humana! Pero un dios es divino, sus actos son divinos. El adjetivo divino implica muchos otros.

    Adorable
    ejemplar
    digno de ser imitado
    glorioso
    irreprochable
    excelso más allá de toda loa
    sobresaliente
    agraciado
    escogido
    invulnerable
    inmaculado.

    ¿Quién se preocupa si un romano de los aledaños lo hace con su nieta? Pero cuando el divino Julio poseyó a Cleopatra, tal vez ni siquiera por bajos instintos, sino por elevar su sentimiento de propia valía al servir a una sucesora del gran Alejandro, las masas atronaron en el Foro, oradores a sueldo cantaron poesías injuriosas y el pueblo los aplaudió. Se guiaron entonces por Platón quien predicaba que la divinidad sólo se alcanza cuando el alma se aparta de los apetitos del cuerpo y se sumerge en el conocimiento de la divinidad. No obstante, esa misma gente era más bien adepta de Diógenes el detractor de la cultura, que exhibía desvergonzadamente su miembro en las gradas de la academia cual un padrillo.
    Para mi divino padre Julio, la aventura egipcia, cuyo lado humano no me es ajeno, pero que condeno en sus consecuencias, se convirtió en prodigio de la decadencia. Aun cuando corriera de victoria en victoria, pacificara el Egipto, venciera a Farnaces del Ponto, derrotara a los pompeyanos en África y España y recorriera Roma en triunfo con más frecuencia que cualquier otro imperator anterior a él, Cayo Julio César llevaba una mancha que lo hacía vulnerable a él, el Divino. ¿De qué valian los banquetes públicos a cielo abierto, las carretadas de carne, los altos toneles de falernés, seis mil anguilas gordas y paga triplicada para los legionarios, qué un botín de diez mil kilos de oro? El pueblo es una ramera. Por dinero bailará para ti, pero jamás te amará.
    Estoy fatigado…

LXXXV

    ¿Dónde concluí ayer?… ¡Ah, sí! Escuchad el curso que siguió la vida.
    Al principio preponderó la curiosidad, cuando la fabulosa reina egipcia emprendió viaje a Roma, según mandó divulgar, para renovar el pacto de ayuda que su padre, el flautista, había celebrado con los romanos. Jamás oculté mi odio hacia esa ramera faraónica, pero no puedo negarle su olfato para lo provechoso. Como si conociera a los romanos mejor que ellos a sí mismos, no se presentó como soberana de un estado extranjero, sino como el personaje de una fábula, de otra estrella, rodeada de animales salvajes del desierto. Esclavos negros arrastraban la litera pintada de colores chillones, otros le daban aire fresco con abanicos de plumas de pavo real sujetos a varas de la altura de un árbol. Su atavío refulgía de oro y piedras de colores, pero, con perdón de mi divino padre Julio, no puede decirse que la egipcia fuera bella. Seguramente, la elevada toca que llevaba en la cabeza tenía la misión de disimular su estatura de enana (en Germania conocí mujeres cuya talla era dos veces la de la egipcia), su nariz se asemejaba al pico de un águila y los ojos, delineados con pintura negra, no se alcanzaban a ver, si bien me acerqué hasta unos pocos palmos.
    Lo recuerdo bien, me encontraba sobre las gradas del templo de Vesta, junto con Marcio Filipo, el segundo marido de mi madre Atia. De pronto, me percaté del lío que la extranjera traía sobre el regazo. Filipo también lo vio.
    – ¡Mira -dijo-, a ese debes temer!
    – Sí -asentí-, Cesarión.
    – ¿Un Cesarito? -observó-, ni siquiera eso, un bastardo.
    – ¿Cómo pudo hacerme esto el Divus Julius? -me quejé.
    – Tu madre Atia vierte lágrimas por esta afrenta -dijo Filipo.
    – Ella no debe llorar.
    – Entonces sé un hombre y procede.
    Lo miré, pero Filipo guardó silencio, aunque su mirada firme delató sus pensamientos. De súbito, empecé a temblar de la cabeza a los pies. Me abrí paso entre las hileras de curiosos, corrí a casa y llorando de rabia me abracé a mi madre Atia. Cuando inquirió el motivo de mi excitación le informé del humillante encuentro y ella me estrechó como a un pequeño y me dijo que no debía preocuparme, pues no permitiría que me despojaran de mi herencia. Me oculté entonces un día y una noche en los jardines pues mi llanto de impotencia era incontenible.
    Esta pena del corazón debilitó mi cuerno al extremo que rechacé todo alimento, ora no podía retenerlo, ora no me pasaba por la garganta, ora lo devolvía, ora no lo digería. Me sentía entonces más próximo a la muerte que a la vida y una ardiente fiebre estremecía mis miembros como las ramas de una encina al soplo invernal del aquilón. Con buenas intenciones, Atia veló por mi prestigio al hacer divulgar la noticia que había sufrido una insolación durante la preparación de los juegos romanos.
    El Divus Julius no toleraba a los enclenques, pero este padecimiento lo había experimentado en carne propia, de ahí su costumbre de evitar los rayos solares. En realidad, en aquellos días Musa ya sospechaba que tenía piedras en mis órganos, una enfermedad que arrastro conmigo hasta el día de hoy como una carga del destino y hoy como entonces procuro aliviarme con lithospermum, también conocido con el nombre de trigo de Zeus o hierba de Heracles y que como todas las plantas medicinales exhibe una belleza seductora. La planta crece en la isla de Creta, alcanza hasta unos quince centímetros de altura, sus hojas duplican el tamaño de las de la ruda y sus tallos leñosos tienen el grosor de un carrizo. En el lugar de inserción de las hojas en el tallo, centellean como perlas pequeñas piedrecitas como engarzadas por un orífice. Estas piedrecitas molidas y bebidas disueltas en vino blanco, disgregan las piedras del cuerpo y alivian el dolor. Me curé con la ayuda de Esculapio a quien sacrifiqué un pollo, según la antigua usanza.
    Atia me instó entonces a buscar la proximidad de Julio, pero mi divino padre había abandonado Roma hacía mucho para recorrer a prisa la carretera rumbo a España, con el propósito de pedir cuentas a los hijos de Pompeyo, Cneo y Sexto. Yo lo seguí por mar, sufrí un naufragio y fui maltratado por los piratas, pero logré llegar al sur de la península antes de que se librara la decisiva batalla de Munda. De acuerdo con la recomendación de mi madre no me aparté del lado del Divino, ni siquiera cuando la suerte amenazó abandonar a Cayo en la guerra y los primeros buscaron su salvación en la huida. En esa ocasión, Cayo Julio César recorrió las líneas de combate vociferante, profiriendo terribles amenazas, cual un bestiario en su lid con los leones. Temí por mi vida y confieso por Marte que esperaba medroso la oportunidad de escapar, cuando mi mirada se cruzó con la suya. Hoy tengo la certeza que ese breve instante decidió mi vida.
    – ¡Huye! -me gritó Julio con ojos centelleantes-, ¿Por qué no huyes como los demás, hijo de mamá?
    No quise conceder este triunfo al Divino y por eso grité con voz más atronadora que la del César: ¡Malditos cobardes! ¿Y vosotros pretendéis ser romanos?
    – Se me escapó un gallo, pero el gritar me quitó el miedo.
    Hoy sé que el Divino Julio también combatía el miedo con sus gritos, pues después del victorioso combate, admitió que a menudo había peleado por el triunfo, pero jamás hasta entonces por la vida.
    Después de Munda, que costó la vida a 30.000 pompeyanos (sólo Sexto escapó a la masacre), Cayo Julio César me amó como a un hijo, aun cuando nunca se podía saber qué pasaba en su interior en un momento dado. Días enteros escondió la cabeza en el hueco del brazo, porque lo torturaban punzantes jaquecas. La "santa enfermedad", también llamada por los médicos epilepsia, porque las personas se desploman como guerreros heridos tan pronto hace presa de ellas y se anuncia mediante letargos de larga duración. Cuando alcanza su punto culminante provoca espasmos de los miembros como en un sacerdote de los oráculos en trance. Más de una vez gocé de este hermoso y estremecedor espectáculo, cuando la divinidad se apodera del cuerpo, y nunca comprendí por qué esto es una gracia que sólo es concedida a unos pocos.
    El Divino recorrió sin darse tregua las provincias hispanas y fundó nuevas colonias: Nova Cartago en el sur, Tarraco en el norte e Hispalis y Urso cerca de las Columnas de Hércules, y en setiembre, después de una ausencia de medio año, regresamos a Roma. Extenuado por las fatigas de la campaña y los frecuentes desvanecimientos, el Divino se retiró a su casa de campo en Lavinum. Allí se cumplió mí destino: debió ser alrededor de los idus de setiembre, sea como fuere Cayo Julio César alteró su testamento. Contrariamente a la vieja costumbre de anunciar públicamente su última voluntad durante un festín o en medio de los legionarios, guardó silencio y depositó el pergamino en el templo de las vírgenes vestales.
    Por Atia, mi madre, supe que Cleopatra seguía aún en la ciudad, pero el vínculo con César se había roto. No supo decirme la razón. Hoy creo que no quiso decírmela, pues en Roma no sucedía nada sin que ella no lo supiera. De todos modos, como el Divus Julius pareció escurrírsele de las manos, la ptolomea hizo causa común con Marco Antonio.
    ¡Por Júpiter! Ya vuelve a alborear mientras yo confío todo esto al papel. Aurora, la de los dedos de rosa, se levanta del lecho y unce los corceles al carro de oro para que anuncien el nuevo día. Níveo rocío ha caído sobre la hierba, lágrimas que Aurora llora por Memnon, su hijo, a quien dio muerte Aquiles. Tengo escalofríos y lo mejor para un viejo como yo es buscar el calor de la cama, pero sólo me quedan ochenta y cuatro días para explicar lo que me interesa. Quiero concluir el cuadro de aquella época anterior al momento en que asumí la herencia de mi divino padre.
    La derrota que los partos infligieron a Craso cerca de Carras torturó al Divino César como un dardo clavado en su carne. Cayo se hubiera consolado si sólo hubieran sido las siete legiones y 4.000 hombres de caballería, ciertamente cabeza y mano, lo que el procónsul de Siria perdiera, pero en manos de los bárbaros también cayeron todas las insignias de los romanos. ¡Qué verguenza! César planificó entonces una campaña contra los partos a través del territorio armenio, una empresa temeraria que sólo se le podía ocurrir a alguien que jamás sufrió una derrota. Signado por la enfermedad, el Divino reclutó tropas, reunió naves y dinero de los estados clientes y me encomendó hacerme cargo de la vanguardia en el puerto macedonio de Apolonia. Designado Magister equitum para el año siguiente, me puse en camino con mis amigos Agripa y Mecenas, para esperar ulteriores indicaciones en la provincia.
    De esta manera no llegué a enterarme de la conspiración que se gestaba contra Cayo Julio César. ¿Contra quis ferat arma deos? Sesenta republicanos se conjuraron para asesinarlo, sesenta criaturas miserables, ¡por Plutón!, que negaron su divinidad, cuestionaron la dictadura y temieron seriamente (ya se habían encargado de hacer circular el rumor) que César quisiera hacer de Alejandría, la capital del Imperio.
    Lo que aconteció en las gradas del teatro de Pompeyo en aquellos idus de marzo, no sólo fue un alevoso asesinato cometido contra mi divino padre, fue también el intento de suicidio de nuestra res publica, una burla a la humanidad que sacrificó a uno de sus más grandes. El amor a la patria (así se justificó el asesinato) hace brotar desde antiguo raras flores. Desconfiad de aquellos que predican este amor. Se parecen a atroces grillos que aman y matan al mismo tiempo.
    Supe de la muerte del Divino por una carta en la cual mi madre me suplicaba regresar a Roma. Obedecí su reclamo, desembarqué sin mucha alharaca en la baja Italia y me dirigía a Roma por tierra cuando recibí una segunda carta con la copia del testamento de César: el Divus Julius me había nombrado heredero y adoptado en lugar de su hijo. A partir de entonces, llevé el nombre de Gaius Julios Caesar Divi Filius, pero más de una vez deseé haber seguido siendo el que nací: Cayo Octavio. De esto hablaremos más adelante.

LXXXIV

    Mano, ¿por qué rehúsas escribir mis pensamientos? ¡Miserable miembro, semejante a las ramas secas en invierno, cubierto de una fina y arrugada piel de la que sobresalen oscuras venas! ¡Escribe, herramienta inútil y abandona tu rigidez que convierte en tormento cada letra! ¿Qué causa tu parálisis, qué?

LXXXIII

    Nil nisi istud

    Yo, Polibio, liberto del Divino Augusto y experto en el arte de la escritura, afirmo: la muerte llega antes de lo que uno piensa. Estoy seguro que el Divino no vivirá el centésimo día. Dice el esclavo portero que por momentos pronuncia nombres extraños y habla con seres invisibles. Terribles visiones. Pero al instante cita de memoria a los filósofos griegos. Es curioso. Hoy me entregó un pergamino en el cual sólo escribió una frase. No sospecha que yo lo sé y lo dejo en esa creencia. Tal vez, estas sean las últimas anotaciones del Divino.

LXXXII

    Nil nisi istud

LXXXI

    Desde hace días no puedo conciliar el sueño y me tiemblan las manos como hojas de encina. Había interrumpido mis notas diarias porque el miedo a lo desconocido es mayor que la satisfacción por lo logrado. Mi cuerpo descansa ocioso como el de un difunto y los pensamientos huyen, a veces al pasado, a veces al futuro, pues, cercano a la muerte, el cerebro está más colmado de divina inspiración que en la mitad de la vida. El estoico Posidonio, de quien Cicerón obtuvo su sabiduría, habla de un hombre de Rodas que al agonizar pronosticó a seis de sus contemporáneos cómo irían muriendo sucesivamente. Posidonio explicó esta manifestación de tres maneras: por un lado, en su proximidad a los dioses, el alma está en mejores condiciones de reconocer que a la distancia de la vida; por otro, el aire está lleno de almas inmortales, y conocer la verdad es cosa de la experiencia. Por último, los dioses tienen trato con aquellos que van a su encuentro. ¡Por Febo, el dios del conocimiento! ¡Cómo me apremia la segunda visión! En mis últimos días conozco cosas que jamás había experimentado, escucho palabras que jamás fueron pronunciadas y luego… ¡esas noches interminables! Aparecen aterradoras imágenes, tragedias en una única edad, las escenas vienen y van, el eco de las palabras se apaga, siento odio, miedo y desprecio, veo orates e impíos, pero necesito escribir lo que he experimentado. ¡Experimentado, no soñado!
    La noche anterior a la víspera se me aparecieron hombres sin rostro. El primero llevaba una vida solitaria en una isla, una vida sombría y atroz, en constante temor, perseguido por visiones. El desdichado miraba todos los días al mar desde el peñasco más alto como si esperara salvación, pero, si alguien se acercaba, era para arrojarlo de la roca, al pie del acantilado había gente de mar provista de palos que descargaban sobre lo que aún se movía en su cuerpo lacerado.
    El segundo ser sin cara asfixió al primero con una manta, porque a pesar de estar achacoso y decrépito, a pesar de su avanzada edad no podía morir. Un cojo antipático, de bastante estatura, cuero enjuto cubierto de pelo, una risita insidiosa que no borraba la vista de martirios y ejecuciones, su entretenimiento predilecto. Con peluca y larga túnica se entregaba a la lascivia. Al decir de los romanos, hasta la propia muerte le temía. Avanzó con el hacha hasta el altar donde el sacerdote se disponía a matar al toro, pero antes de que pudiera consumar el sacrificio, el hombre sin cara se le adelantó y le partió la cabeza con el hacha.
    "¡Ah, si el pueblo romano tuviera un solo cuello!" clamó mientras culebreaba por las calles desiertas de la capital. Para los juegos en el circo, reunía ancianos y hombres defectuosos que luego dejaba a merced de las bestias.
    "¡Oderint dum metuant!' clamaba una y otra vez.
    Una mano asesina puso fin a sus días y cedió lugar a un idiota que daba la impresión de que la naturaleza sólo le había comenzado a hacer dejando luego la obra inconclusa. Un engendro de miembros torcidos que no le permitían sino desplazamientos vacilantes. Su cerebro no alcanzó sino el desarrollo del de un niño y eso le hacía invitar distraído a sus banquetes a los que había mandado matar la víspera. Babeaba y moqueaba. De noche, casi no dormía, o su sueño era muy breve, y, por consiguiente. Durante el día se quedaba dormido en cualquier ocasión: durante las comidas, en el tribunal o durante una representación teatral. De hecho, jamás gobernó, sino que fue juguete en manos de otros y estos pusieron fin a su vida con setas venenosas.
    También se presentó ante mí otro personaje sin cara: un jovencito barbirrojo, conducido por su madre, al que nunca le fue deparada la dicha de jugar con caballos o escuchar los cantos del poeta. No hubiera causado mucho daño, pero una ridícula soberbia, una grotesca vanidad y una enfermiza ambición fueron la causa de sus fatales aberraciones. Cantaba acompañándose con la lira durante diez horas seguidas, en un teatro colmado, cuyas puertas permanecían cerradas pues a nadie estaba permitido levantarse de su asiento. Y como el público forzado superaba el número de habitantes de una ciudad, en ese lapso moría gente y se producían alumbramientos en el teatro. Obligó a suicidarse a sus mejores amigos, que en la mayoría de los casos se cortaban las venas. Pensó envenenar a todos los senadores y encomendó a un asesino dar muerte a su propia madre. Así lo vi, sin cara. Y vi arder Roma, mi Roma, la que adorné con templos y pórticos, mientras él cantaba versos homéricos desde la torre del palacio de Mecenas en el Esquilmo. Murió por su propia mano.
    "¿Quién eres?" le grité cuando su imagen se alejaba, y escuché la respuesta desalentado: "El último de sangre Julia".
    No sólo me ha sido vaticinado mi propio fin. Al parecer me aguarda todavía algo peor: conocer la ruina del Estado, provocada por canallas y oscuros hombres de honor. ¡Qué sombría vejez, qué inexplicable designio de los dioses, que en vida me han proporcionado el don de Apolo! Harían bien en retenerlo, pues a nadie sirve conocer el futuro. Al contrario, nos deja desesperanzados, impotentes, desconsolados, quebrantados.
    ¿Qué ventaja hubiera sido para Craso, a quien los romanos llamaban dives, el rico, que en riqueza y dicha daba de comer al pueblo en diez mil mesas, saber que en el Eufrates sufriría la más indigna derrota y le sería cercenada la cabeza como a un toro? ¿Hubiera experimentado gozo Pompeyo, al que llamaban Magnus, por su tercer consulado, la victoria sobre Mitrídates y los tres triunfos si le hubiesen vaticinado el desenlace, la derrota de Farsalia y pocos días más tarde su asesinato en la costa de Egipto? Y Cayo Julio César, al que todos llamamos divus, el Divino, ¡qué tormentos hubiera sufrido mi padre de saber que sería apuñalado por sus propios amigos dos días antes de la mayor de sus campañas!
    La razón me hace dudar de este repentino don, pero Areo, a quien informé del phainomenon, se refirió a los estoicos, al sagaz Crisipo de Sobos en Cilicia, a Diógenes, el babilonio, a sus discípulos y a Antípater de Tarso, un discípulo de Diógenes, que manifestó al respecto lo siguiente: si hay dioses y no predicen a los hombres el futuro, no aman al hombre o bien ni ellos mismos saben lo que sucederá, creen que al hombre no le incumbe conocer el futuro o piensan que no condice con su dignidad anunciar a los hombres con anticipación lo que habrá de acontecer. Sin embargo, nos aman, son benéficos y tienen buenas intenciones para con el género humano, y saben muy bien acerca de lo que es dispuesto y determinado por ellos mismos. Para nosotros no es indiferente conocer el futuro, pues seríamos más prudentes si supiéramos al respecto. Los dioses de ninguna manera consideran impropio para su dignidad la visión del futuro, pues nada es más bello que la beneficencia. Por lo tanto, no es concebible la existencia de dioses que no anuncien el futuro. Los dioses existen, en consecuencia anuncian el futuro. Y cuando lo hacen, también nos abren caminos al conocimiento, pues de lo contrario anunciarían en vano y cuando abren caminos, no es posible que no haya vaticinio. Por consiguiente, hay una especie de visión del futuro.
    Así discurren los estoicos y yo no quiero dudar de su doctrina, puesto que en la stoa poikile recibí profundos conocimientos, por ejemplo, el que sólo el sabio es verdaderamente libre y que a un sabio no lo puede quebrantar nada de este mundo, sólo él está más allá de la dicha y el infortunio, del dolor y del hado exterior.
    Esta suerte de pensamientos me sumen siempre en profunda tristeza, no los pensamientos en sí, sino el hecho de que ningún romano jamás predicara enseñanzas similares y que todo cuanto atañe al espíritu provenga de los griegos. Nosotros, los romanos, podremos dominar el orbe, desde el naciente hasta el poniente, pero el espíritu humano siempre estará dominado por los griegos, por ende también el nuestro, y me pregunto: ¿quién es el verdadero soberano del mundo? ¿César Augusto o Zenón de Citión?
    Amo al padre de la escuela estoica, aun cuando está en grosera oposición a la doctrina del placer de Epicuro. Perseguir el goce, dice, significa desconocimiento del propio ser. El goce es dolor. El placer nos hace esclavos. El placer siempre busca nuevas necesidades. El placer es insensatez. Aborrezco el placer, aun cuando no estoy libre de él o tal vez por esa razón. Eudaimonia, la vida en armonía con uno mismo, siempre fue mi meta, pero al final debo confesar que sólo me moví en círculo.

LXXX

    Lo que he dicho sobre la filosofía, también rige para las artes: ¿qué sería Roma sin la Hélade? Nombradme a un artista contemporáneo de jerarquía, oriundo del suelo itálico. ¿Guardáis silencio? Es prudente. ¿Qué pueblo es este, cuyos pintores son sordos y sus filósofos tullidos? Ciertamente, me pregunto si un pueblo sin artistas, un pueblo sin filósofos tiene futuro. Escucho decir a algunos que el Foro rebosa de arte y filósofos… Sin duda, ¿pero acaso no importamos artistas y filósofos como productos de alfarería y cereales?
    El dinero ha echado a perder a las artes. Para un romano es más importante el material del que está formada una obra de arte, que su contenido. Por todas partes hay bustos de mármol con cabezas intercambiables de plata, ¡qué deplorable fenómeno! Esta es la razón por la cual sólo quedan imágenes vivas de unos pocos. Y como se carece de imágenes del espíritu, también se descuida a las imágenes del cuerpo.
    Personalmente, doy más importancia a la pintura que a la escultura, porque requiere una mayor destreza. Miles de cabezas pueden haber sido esculpidas en mármol a mi imagen y semejanza, pero pocos son los artistas que me han visto cara a cara, porque unos toman la obra de otros como modelo. A veces, me dan accesos de asco que me hacen brotar el sudor cuando me enfrento a una de esas chapucerías, y las más espantosas las mando destruir. ¡Cómo le envidio a Alejandro su pintor Apeles, el único a quien le fue permitido crear retratos del gran macedonio, y yo no descansé hasta conseguir uno! Al principio, estuvo colgado en mi dormitorio, para poder mantener coloquios con Alejandro, pero al cabo de los años durante los cuales cambié de acuerdo con la ley de la naturaleza (mi espejo no admite engaños) doné la obra de arte al pueblo romano y lo exhibí públicamente en el gran vestíbulo de mi Foro. ¿Por qué, oh, dioses, no me disteis un Apeles? Lo hubiera cubierto de oro y le hubiera cedido a mi más bella compañera de lecho como lo hizo Alejandro. Ciertamente, cuando mandó a Apeles pintar a su amante Pancaspe en desnudez digna de veneración, y se percató que la bella también perturbaba los sentidos del artista, se la regaló. Se cuenta que Pancaspe sirvió de modelo para la Afrodita Anadyomene, que traducido a nuestra lengua significa "surgente", pues emerge del mar, nacida de su espuma. Compré ese cuadro que todavía no encontró su igual en el mundo, a un precio que la decencia prohíbe mencionar, y lo expuse en el templo de mi divino padre. Tengo debilidad por los artistas, cuyas obras todavía despertarán admiración cuando sus cuerpos ya estén convertidos en polvo.
    Se dice de Apeles (aunque al respecto el tiempo ha generado algunos mitos) que compitió con otros pintores de su época para demostrar quién tenía la mano más diestra en la reproducción de la naturaleza. ¿Quién dictaminaría en esa competencia? ¿Acaso no sucede que a uno se le antoja mejor logrado esto, y a otro aquello, porque cada cual experimenta esto así, y aquello de otro modo? Se convino, pues, que decidirían los caballos. Cada pintor pintaría un corcel, y, una vez concluida la obra, la presentaría a los nobles brutos en el establo. Al principio, nada ocurrió, pero cuando le llegó el turno a Apeles y expuso su caballo, se escuchó un regocijado relincho. El ensayo se repitió varias veces con el mismo resultado.
    Me pregunto, ¿por qué en Roma la escultura es sólo una hijastra de aquellos padres y madres que en la arcaica provincia celebran triunfos? y escucho la respuesta: los griegos tienen más imaginación, son más creativos, los domina el instinto de la imitación y el afán de crear, dones de los que carecemos los romanos. Es absurdo, la causa tiene raíces más profundas: el elevado arte de los griegos se fundamenta en la vivencia de la religión. A diferencia del romano, a quien los sacerdotes y profetas acercan a sus dioses, un griego sólo encuentra acceso a los inmortales a través de la voz del poeta, a través de la obra de un artista.
    Los helenos no conocen al pontifex maximus, ni el collegium de los dieciséis sacerdotes, consideran bárbaro el derecho a castigar a las vestales cuando dejan apagar el fuego de la hornalla del Estado y un delito darles muerte cuando pecan contra su virginidad. Sin embargo, para el romano esta es una ley sagrada y los sacerdotes son los mediadores.
    Entre los griegos, asumieron ese deber los artistas. Hombres como Homero, Fidias y Apeles regalaron a los griegos a Zeus, Hera, Apolo y Afrodita, y creo que con el ritmo, la palabra y el arte de hacer versos, así como por la imitación de colores y formas hicieron más por los dioses que todos los sacerdotes romanos juntos. Pues estos (y lo afirmo como pontifex maximus) son sólo auxiliares en cumplimiento de las leyes religiosas, pero aquellos son creadores de la verdadera fe. El Zeus de Olimpia, una obra de Fidias en oro y marfil, enseñó a los hombres a creer; otros, tan agobiados por el peso de la pena, la desgracia y el luto hasta el punto que el sueño ya no se abatía sobre sus párpados, olvidaron su infortunio ante esta imagen. Por eso los griegos calificaron de santo todo lo bello, y de bello todo lo sagrado. Y sus cuadros y estatuas conformaron su fe en los dioses.
    ¡Qué distinto es en Roma! Aquí los dioses se crean por orden expresa con oro por valor de seis mil talentos, ojos de vidrio fundido y pedestales de piedra egipcia. Y la inscripción que informa del donante reviste más importancia que la misma obra de arte. El arte, otrora algo divino, se ha convertido en prostituta y los artistas en alcahuetes de los ricos. El pasado es ese tiempo en el que los artistas callan acerca de su arte, porque el arte habla por sí mismo. Hoy se me ha ocurrido una regla: cuanto menor el arte, más se abre la boca. Fama, la errante mensajera de Júpiter, es la constante compañera de los artistas, asoma pequeña de sui escondite, pero rápidamente crece en fuerzas y tamaño, luce un aura sobre la cabeza, tiene innumerables ojos, lenguas y bocas. Así corren los artistas graznando por las calles para anunciar sus intenciones, pero no sus destrezas, pues de otro modo debieran guardar silencio. ¿O se hubiera gastado una palabra acerca del pintor Arelio, si no se le hubiera ocurrido pintar a las diosas romanas tomando como modelos a sus amantes? Y el escándalo no consistió en el hecho en sí, sino en su número.
    ¿Dónde quedó ese tiempo en que los artistas tenían poder sobre los que imperaban y estos se ponían a los pies de aquéllos y de su arte como los cínicos a los del sabio Antístenes? Hoy sucede todo lo contrario: los que tienen el poder en sus manos mantienen artistas para su propio provecho, cual si fueran animales domésticos, el arte ha degenerado en comercio, las imágenes han perdido relieve para ser sólo copias o ideal. En el Foro no ves sino héroes, héroes de bronce, héroes de mármol, hasta héroes de oro, y todos guardan parecido entre sí. ¡Por Júpiter, no son sino plagios, plagios pagados a un precio muy caro!

LXXIX

    ¡Lo he visto con mis propios ojos! Ha echado hojas nuevas. ¡Júpiter, está brotando vida nueva! El día de las calendas de junio, el roble seco de la ladera meridional del Palatino, que durante un año dejó caer sus ramas como condenado a muerte, se ha cubierto de repente de un suave verdor, de las ramas nudosas han salido tiernas hojas y los agoreros menean la cabeza desconcertados. Por primera vez me arrepiento de haber destruido los libros de predicciones. En alguna de las dos mil compilaciones seguramente se hubiera podido consultar el significado del portento. Ciertamente, parece un milagro cuando la vida se extingue en un roble con todos los signos que anuncian la muerte de la planta y de pronto reanuda su crecimiento en contra de todas las leyes de la naturaleza.
    Ahora bien, la destrucción de los libros de predicciones no supone la invalidación de los presagios. Pues, si los innumerables signos que hasta ahora siempre he mirado con alguna desconfianza (sobre todo, porque alguna gente hizo de esta patraña un negocio) han de tener cierto significado, mi acto no destruyó los presagios ni su contenido. ¿Y qué otro significado puede tener el hecho de que el roble al pie de mi casa despertara a una nueva vida, sino que a mi también me será concedida una nueva vida?
    Sin duda, setenta y seis años son el doble de lo que la vida suele conceder por término medio a un romano. ¿Sin embargo, no hay sobrados ejemplos de individuos que superaron en mucho esta edad? Anacreonte, el poeta ebrio de amor, tan generoso con el vino como con las elegías y los yambos, dice (espero que en estado de sobriedad) que Argantonio, el rey de los tartesios, había alcanzado la edad de 150 años, Ciniras, el rey de los cipriotas 160, y un cierto Aigimio 200. Helánico, contemporáneo de Herodoto, informa de epeios que vivían en Etolia y llegaron también a los 200 años, y lo apoya Damastes, el geógrafo e historiador de Sigeón, autor de un recuento de todos los pueblos. Los reyes de Arcadia habrían llegado a vivir 500 años, y Perifo, un rey de la isla de los lutmios: 600. Ciertamente, casi recelo al afirmar esto, nadie inferior a Jenofonte de Colofón, el discípulo escriba de Sócrates, demasiado haragán para escribir, el que se erigió un monumento imperecedero con la Anabasis, dice saber que el hijo de Perifo vivió 800 años. En verdad, 800 años me parecen un dato resultante de la ignorancia de la época que en aquel entonces computaba un verano por un año, el invierno por un segundo año y a veces cada estación por un nuevo año. Sin embargo, aun si se divide el número de acuerdo con lo antedicho, el resultado sigue siendo considerable.
    El roble reverdece y me promete nueva vida, ¡Júpiter! ¿Aragantonio de Gades no gobernó 80 años, como se puede probar, después de acceder al trono a edad avanzada? Masinisa, el príncipe de Numidia que combatió contra los romanos con tanta valentía en Hispania, ¿no dejó al morir a los 90 años, un hijo de cuatro? Y sobre Gorgias, el más grande de los oradores de los griegos ¿quién dudó seriamente de sus 108 años, en los que, gracias a su verbo, consiguió todas las riquezas? Hemos olvidado a Quinto Fabio Máximo, el legado de mi divino padre en la provincia hispánica, que el último día de sus funciones como Cónsul suffectus, falleció a los 93 años y a Marcos Perperna a quien llegué a conocer cuando era censor. ¿Alguien cuestionará sus 98 años de vida? ¿Algún romano de categoría y educación cuestiona acaso la persona de Marco Valerio Corvo (yo le hice erigir una estatua en el Foro para conmemorar su victoria contra los celtas con la ayuda de un cuervo, de ahí su nombre Corvo) sólo porque alcanzó la edad de 100 años?
    ¡Morta, la inexorable parca, se mantenga alejada! Me queda aún toda una vida, tiempo suficiente para procrear un hijo, dotarlo de educación y poder, tiempo suficiente para prepararme para el fin del que nadie se libra. Mors et fugacem perseguitur virum.
    Setenta y nueve días, Júpiter, setenta y nueve días que aún me quedan según la voluntad de los agoreros, no alcanzan. ¿Por qué la luz fulgurante del rayo hirió la C del nombre glorificado que jamás me arrepentí de adoptar? ¿Por qué no la D panzona en la palabra del Divino? ¿Si al calor del rayo se hubiera fundido la D. me hubiesen sido concedidos otros quinientos días? ¿O mil días si la pérdida hubiera sido la de la M en mi orgulloso título? ¿Dónde, cuándo, cómo traza Fortuna el límite entre la dicha y el infortunio? hablad, ¿si hubiese renegado del nombre de mi divino padre (y no pocos me lo aconsejaron, hasta mi madre Atia), me hubiera librado de este final, al no encontrar el rayo una meta plena de señales?
    Muchos presagios relacionados con mi vida se cumplieron de manera extraña, pero siempre fueron buenos augurios. En cambio, de los malos, ninguno respondió a la verdad en relación con mi futuro, ya sea porque el destino decidió en contra o porque lo pronosticado no se produjo ni para bien ni para mal. Tampoco me son ajenos los rayos. Bajo el consulado de Marco Marcelo y Lucio Arruntio el rayo de Júpiter hirió mi estatua en el panteón de Agripa con tanta fuerza que la lanza empuñada por la mano fue arrojada al suelo y se quebró. En aquella ocasión los videntes me vaticinaron días aciagos, a su entender la suerte en la guerra me había abandonado. En realidad, después de aquel terrible prodigio conquisté toda la Retia hasta el Danubio superior, Nórico y Panonia, y las insignias de campo romanas alcanzaron el río Albis en el norte de Germania. ¿Todo eso sin suerte en la guerra? ¿A qué presagio debo dar crédito, pues, al rayo devastador del Foro o a la potencia germinativa del roble? Puesto en situación de elegir, me aferro al prodigio que me promete dicha, spemque metum que inter dubii. Quien desea y espera vive ya en el futuro.
    El roble debiera ser regado con vino, como corresponde al sagrado árbol de Júpiter. Nada favorece más el crecimiento que el zumo de los racimos. Otros se ríen de nosotros, los romanos, por esta costumbre que enseñó a los árboles a beber vino, pero será por envidia, porque para ellos el vino es un bien demasiado costoso o porque todavía no lo intentaron poner en práctica? Quiero ofrendar el mejor falernés, que encierra en sí la fuerza del sol en las pendientes de la vía Apia, para que prosperen los retoños y cuando apriete el calor del verano tenderé lonas sobre las tiernas hojas del árbol. Pues en tanto el roble eche brotes, viviré. ¿Quién dudaba? Destinado a morir y no talado aún por desidia, el brillante verdor de las hojas busca la luz. ¿Alguna vez tuvo significado más profundo un prodigio?
    ¡Fuera deprimente tribulación! ¡Fuera tétricos pensamientos! Dum spiro, spero. Aun cuando me falte el aliento, esto no significará aún la muerte, porque tampoco se puede confiar en ella. ¿O acaso ya ha sido olvidada la suerte del pretor Cayo Aelio Tuberón, que fue llorado por muerto, colocado sobre la pira según el rito de los antepasados, y cuando las llamas se alzaron, se levantó y se marchó a su casa? ¿O la del caballero Corficio que al cabo de años estuvo junto a la sepultura de sus propios enterradores, porque poco antes de la cremación se habría decidido por la vida? De Gabieno, mi comandante de flota, que tuvo un final tan deplorable, se cuenta que después de ser decapitado sobrevivió para desplazarse entre los esbirros de Sexto Pompeyo. Ejecutado en la playa, de tal manera que la cabeza le quedó apenas sujeta al tronco, su cadáver yació un día entero por allí, hasta que al caer la noche empezó a gemir e implorar. Dijo haber regresado del mundo subterráneo para traer un mensaje a Pompeyo. Este mandó una delegación y Gabieno declaró que la toma de partido de Pompeyo complacía a los dioses del averno. Dichas estas palabras expiró. Aun cuando esto se asegura a pies juntilas, dudo de la exactitud de tal exposición y sospecho que se funda en un rumor intencionado.
    ¿Por qué, por Hércules, los dioses han concedido tanta vida a los animales que viven cinco y hasta diez generaciones, y al hombre, en cambio, nacido para cosas superiores, le llega su fin al cabo de tres? Si fuera un perro estaría precisamente en el umbral de la juventud, retozaría en celo por las callejas tras el olor de una perra. Pero yo soy Imperator Caesar Augustus Divi Filius y mis sentidos se embotan, mis miembros se entumecen, mis ojos y mis oídos fallan en su cometido y tampoco se puede esperar de los dientes que mastiquen para ayudar a una buena digestión. ¡No soy lo que se dice un Zenófilo, que vivió sólo para la música y alcanzó la edad de 105 años sin achaques!
    Ya me asalta la duda si el reverdecer del roble es más bien una gracia o un castigo, si la vida de cada cual, aun en su brevedad, no es bastante larga cuando se la sabe aprovechar. No, no es a la muerte a la que temo, sino el momento en que sobrevendrá. ¡Cómo envidio por su muerte a Quilón, el sabio que murió de alegría por la victoria de su hijo en los juegos Olímpicos, o a Sófocles que expiró en medio del regocijo por el triunfo de uno de sus dramas! ¡Qué apacible fue el fin del progenitor de mi divino padre: por la mañana, al calzarse los zapatos, o el del cónsul Juvencio Talna, al hacer su sacrificio en el templo, o el del actor Ofilio Hilaro, durante su propio ágape!
    Pero las más bellas de las muertes las tuvieron el pretor Cornelio Galo y el Caballero Tito Hetercio: dejaron de existir mientras hacían el amor. ¡Oh, Venus, si pudieras concederme igual suerte!

    Yo, Polibio, liberto del Divino Augusto y experto en el arte de la escritura, me lamento ante la divinidad de Venus. ¡Apenas escapado de la muerte cercana, el Divino quisiera morir durante el acto de amor! Se me ocurre que su razón no es del todo clara ya. Jamás hubiese creído que un César moribundo atrajera tantos curanderos, agoreros y astrólogos. De este modo hasta morir se convierte en un negocio. Intento figurarme cómo yo, Polibio, dominaría la situación. La muerte de un escriba le es indiferente a los vaticinadores, por lo tanto, no ofrezco condiciones para semejante situación, ni me preocupo por ello. Sin embargo, la vida es el arte de extraer conclusiones correctas de falsas premisas.

LXXVIII

    El pueblo participa de mi destino. No pasa un solo día sin que un sabio trepe al Palatino con buenos consejos en sus talegas: filósofos de Aquea, eruditos en astrología provenientes de Egipto, milagreros de las provincias galas. De estos y de sus milagrosas mixturas es de quienes más desconfío, pues ninguno conoce la meta de su curación, como no sea la edad, contra la cual no ha germinado aún ninguna hierba. En cuanto a los filósofos y a los astrólogos titubeo respecto de cuáles se merecen mi confianza, aunque vale la pena reflexionar sobre ambos.
    Otrora los griegos enseñaron la belleza del cielo y el encanto del universo, su brillo e inconmensurable grandeza; hoy, los descendientes de aquellas cabezas predican que la tierra es una era sobre la que se juntan las hormigas y el hombre está étnicamente inmerso en la refinación de sus formas de vida (conocéis las acerbas palabras de Posidonio). Este Posidonio, un amigo de Pompeyo, enseña que todos los acontecimientos están relacionados con la propia vida y al individuo no le queda sino tener valiente resistencia y aprender a dominarse.
    En el fondo, Posidonio negaba todo y a todos: a Platón, que veía a los cuerpos celestes como dioses, y a Aristóteles, que, si bien no los divinizaba, los consideraba diferentes a nuestro mundo. El sol, la luna y la tierra que él, por Júpiter, no podía negar en verdad, serían, en cierta manera, partes de un todo de un extraño organismo, dice Posidonio. El corazón es el sol, la tierra el estómago, el mar la vejiga, la luna el hígado. Las exhalaciones subirían al cielo y proveerían al sol, a las estrellas, de fuerza vital, y después de cumplida su tarea descenderían a la tierra de noche, purificadas por la luna. Pero el organismo en su totalidad estaría animado por una suerte de alma universal.
    Entretanto, cada generación acuña su propia filosofía, de manera tal que los hijos de aquellos padres aseguran que el sol, la luna y la tierra, el cosmos en general, constituirían una única acumulación de pneuma, esa energía vital cuyos diferentes componentes actúan constantemente unos sobre los otros. En consecuencia, todo depende de lo demás de alguna manera: cada estrella, cada grano de arena sería eslabón de una cadena y estaría colmado del logos, la razón universal que todo lo penetra, que se manifiesta como destino. En algún momento, dicen los filósofos, este cosmos será -consumido en su totalidad por el fuego y remplazado por un nuevo cosmos.
    – ¿Y yo, dónde estoy yo, César Augusto? – le pregunté a un alejandrino errante.
    Este no me negó su respuesta y me explicó que el pneuma cósmico llega a mis pulmones por medio de la respiración, se introduce hasta el corazón y el sistema circulatorio y cuida de mantenerme con vida, a mí, oh Divino, y de este modo, yo, como cualquier otro estaría en relación con el pneuma cósmico. Lo que los griegos llaman cosmos (y en su lengua también tiene el significado de adorno), los romanos lo califican de mundus, el mundo en su perfecta belleza, pero necesitamos una segunda palabra para abarcar todo lo que significa el cosmos para los griegos, a saber, caelum, el cielo.
    – ¿Y yo, dónde estoy yo? – repetí mi pregunta y el sabio se inclinó, tomó entre el pulgar y el índice unos granitos de arena, los dispersó sobre la palma de su izquierda, sopló y dijo: – ¡Aquí, allá y más allá, en todas partes!
    No debiéramos platicar con los filósofos. Con cada una de sus sentencias te vuelves más pequeño. El alejandrino afirmó que habría incontables mundos como el nuestro y que debemos admitir asimismo la existencia de otras tantas naturalezas creadoras, otros tantos soles y lunas, y otros tantos astros, ya incontables en nuestro universo.
    – ¿Cómo queréis medir, explorar y registrar vosotros, los filósofos -pregunté al sabio-, aquello que sucede fuera de nuestro mundo, si no conocéis siquiera la propia medida, ni el principio ni el fin? ¿Acaso crees que los hombres merecen ver lo que no están en condiciones de comprender en su propio mundo?
    – ¿Creer? -El alejandrino esbozó una sonrisa sabia. (Sonreír es el arma más afilada de los filósofos, la emplean siempre que lo apropiado sería la perplejidad.) -Creer es cosa de los sacerdotes -replicó el sabio-, los filósofos viven del poder. La fuerza científica de las pruebas. Aun cuando no tenga la apariencia, el mundo no sería un disco, sino una esfera perfecta, como lo delata la vista del mar abierto. Gira verticalmente en derredor de su propio eje, y, aun cuando sintamos el deslizamiento en silencio, su raudo movimiento origina un poderoso sonido, cuyo zumbido supera nuestra capacidad auditiva. Junto con el zumbar de las estrellas reina en el cosmos un grato multisón de armonía y dulzura que el hombre debe haber muerto para experimentarlo.
    Mi cerebro se resiste con pertinacia a comprender todo esto, aun cuando el alejandrino me convence con lengua pródiga como un mercader de ganado en el macellum. Aristóteles ya había enseñado -citó al discípulo de Platón, si bien negó muchas de sus ideas-, que el universo sólo es finito sacado de su movimiento, sólo lo finito es ordenado. Ciertamente, habría un lugar hacia el cual se movería la tierra, pues todo lo que se mueve viene de alguna parte y llegará a alguna parte. Y este, de dónde se mueve, y aquel, adónde va, debieran ser diferentes según la especie. Esto lo comprenderá quien quiera hacerlo, pero será aconsejable un asentimiento de cabeza, si no quieres que te tomen por un tonto incapaz de comprender las relaciones superiores. ¿Pero quién, pregunto, cree aún en los dioses, cuando cielo y tierra, hombres y cosas son despedazados y disecados como las entrañas de las víctimas de un sacrificio?
    Los sabihondos lo reducen todo a su origen y también dividen a este en sus elementos y a estos a su vez en átomos y, después de realizada la labor, son menos felices que todos los demás. ¿Para qué todo esto? me pregunto. Llamadme tranquilamente tonto, a la postre no me duele ni me ofende, pero el calor del sol sobre mi cráneo siempre ha significado más para mí que la aglomeración de confusas ideas en su interior. Sí, creo que son los filósofos quienes desatan las guerras con sus ideas, porque siempre están en movimiento, hacen jugar lo uno contra lo otro, nunca se dan por satisfechos en su afán de transformar la faz de este mundo. Jamás ven las cosas como son, sino como corresponde a su teoría.
    Arrastré, pues, al alejandrino al exterior, al fresco de la noche, donde el fulgor de las estrellas ofrecía un patético espectáculo, lo bastante sensual como para querer alargar la mano hacia el seno de una bella mujer, lleno de voluptuosidad.
    – ¿Qué sientes tú, sabio? -le pregunté.
    – El nexo de los cuatro elementos -me respondió, y señaló el cielo con las manos-. Por encima de todo el fuego, lo supremo, con los astros rutilantes; más abajo, el aire que todo lo penetra, y más abajo el agua y la tierra fluctuando en equilibrio.
    – ¿No sientes nada más?
    Indignado, el alejandrino eludió una respuesta que hubiera dejado suponer ignorancia, e inició un ampuloso monólogo, como empeñado en persuadirme a comprar el cosmos: siete astros errantes flotan entre el cielo y la tierra en su danza alrededor del sol, que es dios y soberano al mismo tiempo sobre la naturaleza, proveedor de luz y de vida para nosotros, los terráqueos, como las demás estrellas de la creación. Merece ser llamado sietemesino y mezquino quien crea reconocer a los dioses en imágenes, como un niño al amigo en diálogo con su muñeco. Si existiera en realidad otro dios que no fuese el sol, sería todo sentimiento, todo visión, todo oído, todo alma, todo espíritu, todo él mismo. Los hombres han creado de acuerdo con sus virtudes los dioses de la castidad, de la concordia, de la esperanza, del honor, de la clemencia y de la lealtad, y les han asignado los nombres correspondientes. Conscientes de su flaqueza, dividen en partes lo divino y lo veneran en partes. Cada cual venera aquello que necesita o aquello que teme.
    Esto, dijo el alejandrino con un guiño, hace brotar extrañas flores, cuando a Febris, la diosa de la fiebre, se le consagra un templo sobre el Palatino, lo mismo que a Orbona, así se llama la divina matadora de la simiente, o a Rumina, la diosa de los rebaños que amamantan. En verdad, opinó el sabio, no sé si el número de dioses no supera al de los hombres, dado que cada pueblo honra a sus propias divinidades y cada individuo a su espíritu protector particular. Me pregunto si no es ridículo suponer que los dioses celebran connubios entre sí y algunos permanecen siempre viejos y canosos, alados o tullidos, mientras otros parecen haber adquirido a perpetuidad la juventud y la belleza. A quien los dioses quieren perder, le roban la razón.
    Los dioses son alados sueños del ser humano, y muchos nada más que una coartada. Cuando ya no vemos otra salida, pedimos ayuda a los dioses, lo cual equivale a un abuso de la virtud: pues pío sólo es aquel que ofrece sacrificio a los dioses sin que le apremie una necesidad. ¿Cómo se comportan, en cambio, los romanos? El humo de los holocaustos oscurece el cielo y quien avanza desde lejos hacia la ciudad, podría pensar que de ella se eleva hacia el cielo una inconmensurable devoción. Pero, sucede lo contrario, el cielo se oscurece por el masivo desprecio hacia los dioses que sólo son invocados en beneficio propio o por inseguridad de los suplicantes respecto de sí mismos: que Fortuna disponga que una mujer acaudalada cruce el camino, ¡por Mercurio!, el mercader anhela hacer proficuos negocios, y Clemencia quiera impedir que la estafa traiga consigo elevadas penalidades.
    Por el momento, Fortuna es una amante declarada de los romanos, a quien (no puedo negarlo) le fue dedicado un templo en el Campo de Marte hujusce dici. ¿Yo mismo no hubiera dedicado un templo en honor de Fortuna Redux después del feliz retorno de Oriente? Asentí. ¿Las casadas no caminarían hasta el cuarto poste de la Vía Latina para implorar la fidelidad de sus inconstantes maridos? Asentí. ¿Las doncellas no oran a Fortuna virilis en las calendas de Aprilis para tener un poco de suerte con los hombres? Asentí. ¿No es irrisorio dedicar templos a Fortuna equestris, Fortuna obsequens y Fortuna privata, adjudicarle toda ganancia, toda pérdida, identificarla con el destino incierto del individuo, cuando los dioses, silos hay, representan la seguridad?
    ¿Qué podía hacer? Asentí y se produjo un prolongado momento de reflexión.
    – ¿Entonces no ves manera alguna de influir el propio destino? -le pregunté, no sin ira-. ¿No crees, pues, ni en señales ni en profecías, no te dejas influir por los estornudos ni un atragantamiento y tampoco te preocupa haberte puesto el zapato en el pie que no corresponde?
    El alejandrino se abstuvo de responder, pero su risa desvergonzada delató su pensamiento.
    Me exalté: – Extranjero, el día en que mis propios soldados volvieron sus espadas contra mí -creedlo o no me calzaron el zapato izquierdo en el pie derecho, ¡por Júpiter!
    – ¡Qué signo atroz, César!
    – ¡No tomas en serio mis palabras, alejandrino!
    – ¿Cómo hacerlo, * César, cuando día tras día miles de millares de individuos amodorrados confunden los zapatos sin que les acontezca mal alguno? Pero si quieres saber dónde se decide acerca de tu vida, mira al cielo.
    Intuí entonces adónde quería llegar el sabio, y con un movimiento de la mano lo invité a pasar al interior.
    No se hizo de rogar.
    – La ciencia de los astros – empezó a decir, y reconocí un fulgor en sus ojos-, llamada por unos astrología, porque enseña las leyes de los cuernos celestes, y por otros astronomía, lo cual no hace diferencia alguna, es una ciencia y, por lo tanto, demostrable. Y
    Yo: – ¿Demostrable? Qui nimium probat, nihil probat. Hace más de un decenio, uno como tú me profetizó la muerte, y ya ves, aún estoy vivo.
    El: – Una oveja negra, no hace un rebaño negro.
    Yo: – No, pero muchas, sí. Muchos vienen del este o de tu país y propagan fábulas según las cuales a cada individuo le está asignada una estrella: las luminosas para los ricos, las pequeñas para los pobres, las oscuras para los débiles, y con su brillo se opaca el hombre. En consecuencia, las estrellas determinarían el destino.
    El: – Verdades a medias.
    Yo: – Las verdades a medias son las mentiras más peligrosas.
    El, a boca de jarro: – ¿No hiciste grabar en el reverso de tus monedas la constelación de tu natalicio, Capricornio?
    Yo, a la defensiva: -¡Eso fue hace mucho tiempo, extranjero! Hasta mi divino padre Cayo Julio César creía en el poder de los astros. Ignoro qué lo indujo a ello, tal vez su antigua hostilidad hacia Cicerón, quien, como se sabe, fue un gran detractor de esta teoría, y en su soberbia formuló la pregunta si acaso los 40.000 romanos caídos en la batalla de Cannae habían tenido la misma estrella. Todo cuanto merecía la aprobación de Julio, también era bueno para mí, en mis años mozos. Pero entonces se produjo el inesperado deceso de Craso y de Pompeyo, a quienes los entendidos en los astros habían vaticinado una gran longevidad y una muerte digna dentro de las propias murallas, pero Craso cayó en la batalla de Carras, a orillas del Eufrates, y Pompeyo fue vilmente asesinado en Egipto después de la batalla de Farsalia. Dime, hombre de la sabihonda Alejandría, ¿dónde quedó la mano conductora de los astros?
    – Los astrólogos -replicó éste- no son sacerdotes. Lo fueron en el antiguo Egipto, pues ellos fueron los primeros en observar la órbita desviada de las estrellas errantes respecto de la de las estrellas fijas, y a través de estas constelaciones reconocieron las guerras y el hambre, el favor y la inclemencia de los dioses. Hoy, los astrólogos son discípulos de Tales, o de Arquímedes o de Pitágoras o de Apolonio, porque su ciencia no es asunto de la fe, sino de las matemáticas, que en la lengua de los griegos significa teoría de la ciencia y, por lo tanto, sus resultados tampoco son ideales religiosos, sino conocimiento científico.
    – Por consiguiente, Craso y Pompeyo murieron como consecuencia del conocimiento científico.
    – No es la ciencia la que se equivoca, sino el hombre que se sirve de ella, y lo hace erróneamente. César, los astros no son causa del destino humano, sino signos, así como la coloración rojiza de las hojas no es causa del inminente invierno, sino una señal, pero si te guías por el color de las hojas para hacer acopio de alimentos, procurarte ropa de abrigo y recoger leña a fin de hacer frente al rigor del invierno, procederás con prudencia y estarás mejor pertrechado que aquel que no recuerda la inhóspita estación sino cuando cae la primera helada.
    – Si te entiendo bien, alejandrino, los caldeos hicieron un mal trabajo en relación con Craso y Pompeyo.
    – Lo cual no me extraña – me interrumpió el sabio-. No conozco sus nombres, pero el resultado de sus cálculos, si es que dominaban la ecuación angular, nos dice que eran astrólogos trashumantes de los que por unos ases vaticinan una larga vida y luego se esfuman para no dejarse ver jamás.
    – ¡Por Júpiter, así fue!
    – Un sagrado precepto de la astrología prohíbe predecir la muerte. Este precepto impone silencio cuando se vislumbra el fin. Esa sola circunstancia te permitirá reconocer qué criaturas del espíritu eran esos profetas.
    Las palabras del alejandrino me causaron una profunda impresión. Me sonaron apodícticas en su persuasión y mucho menos categóricas que todo cuanto había oído hasta entonces de los caldeos. Pero como había abjurado de esa doctrina y la senectud nos hace empedernidos, me refugié en las osadas ideas de Cicerón, que con agudo intelecto y lengua aguzada calificó de locura el error de los astrólogos, en todo caso, en lo que se refería a las agorerías de los nacimientos. Los caldeos sostenían que en el zodíaco, el círculo de los astros, residía cierta energía capaz de mover y alterar el cielo en cada parte de este círculo, en unas de esta manera, en otras de manera diferente, según que el astro se encontrara en ese momento en esta parte o en las vecinas y esta energía era determinada por los astros, llamados astros errantes. Cuando atraviesan una parte determinada en el momento de nacer un individuo o una que tenga alguna vinculación o compatibilidad con ellos, llaman a esto conjunción de tres o conjunción de cuatro, y porque a través del avance y retroceso de los astros se producirían grandes alteraciones como el cambio de las estaciones y todo cuanto vemos es provocado por la energía del sol, creían que el recién nacido estaba condicionado por su nacimiento como la temperatura del aire, y que la posición de los astros configuraba sus talentos, sus sentimientos y su carácter. De este modo, pues, se formaría el destino del individuo. A juicio de Cicerón esto era un increíble desvarío. Hasta el estoico Diógenes, un discípulo de Crisipo, o sea, uno de ese gremio de filósofos bien dispuesto hacia la astrología, hasta este babilonio puso en duda las teorías de sus amigos, después de estudiar su ciencia, y afirmó que por los astros sólo se podía leer la naturaleza del individuo y aquello para lo cual está mejor dotado.
    Sin embargo, también niego esto y hago referencia al ejemplo de los hermanos mellizos que si bien son parecidos en su aspecto exterior, en destino y carácter la mayoría de las veces son bien distintos, y me remonto a Rómulo y Remo a quienes Rhea Silvia dio a luz el mismo día para Marte, el dios de la guerra.
    – ¿Conoces el desarrollo de la historia, extranjero? Aquí, en este lugar, sobre el Palatino, Rómulo fundó una ciudad, como se lo prometieron los auspicios. Eso fue hace 767 años. Remo se mofó de su hermano y saltó por encima de la mezquina murallita que este había levantado en derredor de su fundación. Rómulo montó en cólera y lo mató. ¿Por qué, alejandrino, por qué, pregunto, Remo no mató a Rómulo, de manera tal que hoy Roma se llamaría Rema, si para ambos salió la misma estrella cuando se produjo su alumbramiento, y, no obstante, uno fue asesino y el otro víctima?
    El astrólogo sonrió. – ¿Por qué no cuentas el final de la historia, César? ¿Por qué callas el final del rey de los romanos? ¿No aconteció que mientras Rómulo revistaba su ejército en el Campo de Marte, el cielo se oscureció en pleno día y el fundador de Roma fue elevado hasta los dioses?
    – ¡Así sucedió, en efecto!
    – Aconteció, pues, de día.
    – No, era de noche, es decir, noche y día al mismo tiempo. Tan sólo parecía ser de noche, porque el sol se había ofuscado, pero en realidad era de día. ¿A qué viene este circunloquio?
    – ¿Ves? -replicó el alejandrino-. ¿Quién dice que Remo sufrió una desgracia al ser matado por su hermano?
    Ciertamente, la impresión era que Rómulo le había causado un terrible daño, pero quizás eso significó para él una gran dicha.
    Le grité entonces, lo traté de sofista, lo llamé Protágoras, Gorgias, Hipias y Prodico por emitir dos fallos sobre una cosa. Luego otdené a los pretorianos que lo arrojaran fuera y le eché un aureus.
    Canalla de astrólogos.

LXXVII

    No hallo tiempo para continuar. Cuando expulsé al alejandrino, se dejó olvidado un legajo de escritos y desde que comencé a leerlos, no he podido dejarlos. Es la ciencia secreta de los astros. ¡Júpiter, cuánta sabiduría! ¿Seré un cautivo del círculo de animales?

LXXVI

    Concededme otro día de meditación.

LXXV

    Un día no basta, por todos los dioses, nos sería necesaria una vida entera. Esto lo dice el emperador César Augusto en las nonas de junio.

LXXIV

    Nil nisi istud.

LXXIII

    Nil nisi istud.

LXXII

    Mandé buscar al alejandrino. ¿Podía sospechar que en aquel hato de escritos arrugados se ocultaban todos los enigmas del universo? Todos los albergues son inspeccionados y las puertas vigiladas. Lo buscan hasta en el puerto de Ostia. No conozco siquiera su nombre. Atrox Fortuna ¿por qué me has castigado haciéndome ignorar su sabiduría, cuando mil preguntas me acosan?
    Toda una vida estuve rodeado de cabezas perfumadas y bien peinadas, que se hacían llamar astrólogos, creí ciegamente en sus vagas profecías, seguí su consejo, mandé erigir un templo al cometa y lleno de gratitud recompensé con oro toda buena nueva. Ahora, después de tomar conocimiento de los escritos del alejandrino, comprendo que fui llevado de las narices como Polifemo por Ulises y sus compañeros, pues el cometa que durante los primeros siete días de mi gobierno surcó el cielo boreal y fue visto en todas las comarcas, no tenía ningún significado halagueño (como sucede con todos los cometas que recorren el firmamento) según me vaticinaron. Los astrólogos dijeron que era mi estrella en ascenso para la salvación del mundo y para cosechar el favor de los romanos, anunciaron al pueblo que el fenómeno celeste señalaba la acogida del Divino entre los inmortales. Hoy sé que aquella luz del cielo y su cola anunciaban las terribles guerras civiles del este.
    Los cometas son el anuncio de grandes desgracias, pero estas no vienen porque las precedió ese fenómeno, sino los fenómenos se anticiparon porque aquellas debían producirse.
    Si he comprendido correctamente los escritos del alejandrino, intentaré explicar esta diferencia, pues detrás de ella se esconde el significado total de la astrología. ¿Dónde empezaré?… En Babilonia, en el confín oriental del Imperio.
    Allá en la Mesopotamia, se observa desde tiempos remotos el sol, la luna y los planetas. Hombres sabios compararon su trayectoria y su constelación con los acontecimientos de su país, con catástrofes, guerras, carestía, pestes, merced e inclemencia para los humanos, y al cabo de centurias de practicar estas confrontaciones descubrieron regularidades. Desde un principio inclinaron sus testas reverentes frente al sol y la luna, dadores de luz y vida, pero a los planetas les dieron los nombres de sus máximas deidades: Istar, por la diosa del amor; Marduc, por el dios creador; Nergal por el dios de la peste y de la muerte; Ninurtu, por el dios de la guerra y de la caza, y Nabu por el dios de la sabiduría.
    Nosotros, los romanos, dimos a los planetas los nombres de nuestros dioses: Venus, Júpiter, Marte, Saturno y Mercurio, de los cuales, Júpiter y Venus causan el bien, Marte y Saturno el mal., aquellos de naturaleza cálida y húmeda, estos fríos y secos, mientras Mercurio se inclina ora por el bien, ora por el mal. Sol, Júpiter, Saturno y Marte son de naturaleza masculina y, según los escritos del alejandrino, se ocupan del trabajo diurno; en cambio, Luna y Venus son del género femenino y su tiempo es la noche. Mercurio fluctúa entre ambos, un hermafrodita veleidoso y ora muestra aquí, ora allá su temperamento cambiante. De hecho, los dioses planetarios alimentan ideas de fuga, pero Sol los vigila secretamente, les permite evadirse hasta un determinado punto, y entonces los hace regresar con brazo fuerte. A diferencia de la tierra que gira por el universo hacia la derecha, el sol, la luna y los planetas lo hacen en dirección contraria, de modo que la atmósfera no se aglomera hacia un lado para formar una masa inerte, sino que es seccionada y dispersada por las órbitas de los planetas.
    Todo esto se conoce desde hace más de mil años, y es irrefutable en teoría, pero, según las anotaciones de los sabios, el rastro de evasión de los planetas deja su efecto en la tierra. Así, en los escritos se sabe informar que un planeta a 15 grados de distancia del sol (el gremio de astrólogos alejandrinos llama a esta situación egkarsios, lo que en nuestro idioma significa algo así como sesgo) es particularmente eficaz por su importancia determinante para bien o para mal. Pero si se acerca más al sol, cae bajo sus rayos, se hace invisible y pierde su influencia. En general, sus escritos consideran favorables el propodismos, su avance, y el protos sterigmos, la primera detención, y desfavorables el deuteros sterigmos, segunda detención y el anapodismos, la marcha regresiva. Cuando un planeta es cercado por otros dos, el presagio puede ser benigno u ominoso, ya sea que quede en medio de los malévolos Marte y Saturno o de los auspiciosos Júpiter y Venus. Los sabios llaman agathopoioi a estos dadores de alegría y kakopoioi a los malignos.
    Las órbitas que forman los astros son de proporciones diversas. ¡Cuánta sabiduría puede intuirse en la aparición de Saturno! Ocupa la posición más elevada y, sin embargo, nos parece el más pequeño. Necesita treinta años para regresar a su punto de partida. Por su naturaleza, sería frío e inerte. Júpiter necesita doce años para recorrer su trayectoria, Marte sólo la sexta parte, y Venus ni siquiera la doceava parte. De los dioses planetarios Venus es el más fascinante para mí, y no sólo para mí, pues a Venus todos los pueblos le han dado muchos nombres como madre de los dioses, Isis entre los egipcios y Juno en nuestra prehistoria. Si aparece en el cielo antes que amanezca se la llama Lucifer, pero si lo hace al ponerse el sol, recibe el nombre de Vesper. Esto ya lo dijo Pitágoras el año 42 ab urbe condita. Cuando Venus asoma, brinda rocío vivificante, fecunda con ternura el vientre de la tierra e incita a todo ser viviente a la procreación. Es como Atia, mi madre. Sí, creo que Atia es Venus.
    A continuación de Venus encontramos a Mercurio y nos tienta creer que el irresoluto hermafrodita imita a Venus, fascinado por la forma bajo la cual se presenta la estrella madre. A semejanza de ella también danza en el cielo a la hora del ocaso o bien a la salida del sol, y a ambos se los ve ora en el cuarto sector del cielo, ora en el tercero, alejados del sol.
    Pero no hay mayor enigma en el cielo que la diosa Luna, a quien se ha dedicado un templo en el Palatino, Luna Noctiluca. Los griegos la llamaron Selene, nombre relacionado con la palabra luz, como el nuestro Luna, aun cuando Tales, el de Mileto, uno de los siete sabios, ya había demostrado que esta diosa no irradia luz, sino refleja la que el dios Sol le provee. Llena de la vanidad de una mujer acicalada cambia su aspecto casi a diario, ora se presenta con formas ampulosas, ora adelgazada, despectiva, ora se contrae hacia adentro, ora se comba hacia afuera como grávida, manchada y ceñuda, brillante y cuidada, redondeada hasta completar un disco y luego se opaca para hacerse invisible hacia el final del mes.
    Se dice que Endimión fue el primero entre los hombres en descubrir todas estas propiedades. Era rey de la Elide, donde se celebran desde tiempos remotos las competencias olímpicas. Podía estar seguro de Selene, pues, apenas desaparecida tras las crestas de las montañas, se encontraba con él en una gruta, ora de día, ora de noche, y allí se entregaban a su amor inextinguible. En rigor de verdad, Endimión, el hombre de la Elide, fue violado, pues, obligado por Zeus a elegir su propia forma de morir, escogió la del sueño eterno con los ojos abiertos. De este modo, engendró cincuenta hijas con Selene, número que corresponde a los meses de un periodo olímpico.
    Lo que Saturno tarda treinta años en realizar, Luna lo hace en veintisiete días y un tercio y después de una pausa de dos días comienza de nuevo su trayectoria. Se convirtió así en maestra de todos los fenómenos del cielo, en escala para los meses y nuestro tiempo. A pesar de todos los enigmas que los sabios resuelven desde hace más de mis años, Noctiluca siempre crea otros nuevos y cada respuesta abre otros interrogantes. Cuando los humanos quisieron saber por qué la diosa Luna se mostraba manchada al aumentar de volumen, los hombres de ciencia hallaron una clara explicación: en su opinión (y su teoría está fuera de toda duda) el sol consume toda la humedad de la tierra, en cambio, la suave fuerza de la Luna es capaz de atraer esa humedad, pero no de desecaría. Las manchas que siempre han inquietado a los hombres no son sino impurezas de la tierra, aspiradas pero no desecadas.
    Descrito todo esto de manera exhaustiva, viene a continuación el siguiente interrogante, que, apenas explorado, provoca un nuevo objeto de controversia. Empecemos por el hecho que la luna y el sol se oscurecen. ¿Cuánto tiempo se ha necesitado para reconocer que la noche no es sino la sombra de la tierra? El miedo ante lo desconocido atribuyó a la noche todo el mal de la humanidad, sus descendientes e hijos, generados espontáneamente: el hado, la muerte, el sueño, los sueños, censuras y quejas, afanes, hambre y miedo, la vejez, la ira y la imprudencia, todos los hijos de la noche, nietos del caos, una sombra, nada más, ridículo. ¿Acaso Sócrates, hijo de un cantero y una comadrona, no predicaba que el saber era el único bien y la ignorancia el único mal de los hombres? Plutón, soberano del reino de las sombras, no es, en definitiva, sino soberano sobre las leyes de la naturaleza, según las cuales la luz sigue a la oscuridad y la oscuridad a la luz, la muerte a la vida y de la muerte surge una nueva vida… panta rhei.
    La noche espectral causa terror a muchos y no me excluyo, como si las tinieblas fueran lo incierto. Por esta razón, Orco es el invisible, el rey sombrío, pero los escritos del alejandrino fugitivo me enseñan que las sombras y la oscuridad pueden involucrar más certidumbre y seguridad que la luz del día, más aún, que no es sino a través de la oscuridad de las sombras como se conoce la verdad.
    No es la luz la que nos informa sobre el tamaño del sol, la luna y la tierra, sino que su sombra es la indicación mansa de la naturaleza. Y los hombres, a los que en tiempos remotos ese oscurecimiento de la luna y el sol los hacia arrojarse desde peñascos y rocas, perdieron su miedo desde que Tales de Mileto predijo el año cuatro de la 48 Olimpíada un eclipse de sol (eso fue el año 170 ab urbe condita) y Sulpicio Galo, el tribuno de guerra en Macedonia, se presentó frente al ejército de Emilio Paulo para anunciar que la luna se oscurecería la noche siguiente, de acuerdo con las leyes de la naturaleza, pero no debían mostrar ningún temor (esto aconteció la víspera de la batalla de Pidna). E Hiparco, el bitinio, calculó todos estos fenómenos con 600 años de antelación, hasta el fin del mundo.
    Parece próximo el tiempo en que vosotros, hombres de ciencia que estáis por encima de la naturaleza de los mortales, expulsaréis del Olimpo a los viejos dioses, ya que el número rige sobre la palabra, y Horacio y Virgilio moverán a risa como poetas apartados de la realidad. El tiempo parece cercano, ya que no hay milagros, sino sólo explicaciones. ¿Qué temerán entonces los hombres, Júpiter? ¿Nos encontraremos a una hora determinada en el circo para contemplar el espectáculo del cielo como a las fieras? Pues, según los escritos del alejandrino, no cabe duda que volverán a producirse oscurecimientos en la rotación, y la luna se oscurecerá a la sombra de la tierra, y el sol a la sombra de la luna. A mi parecer, todo es destino, no casualidad, la luz y la sombra, la alegría y el dolor son contracciones periódicas de los astros. Hallé algunos dibujos, misteriosos círculos y sistemas y símbolos en el zodíaco que representan a las constelaciones. De acuerdo con esto, nací bajo el signo de Libra, dominado por Venus y, así dice el escrito, que busca reconocimiento y simpatías en todos (no lo negaré). Asimismo le son propios el amor a la paz y el sentido de justicia. Sin embargo, todo esto me interesa poco, pues he tenido setenta y seis años para descubrir mi propio yo. Con ojos afiebrados releí esta suma de sabiduría y experiencia y sólo busqué averiguar una cosa: cuánto tiempo me concedería Morta.

LXXI

    El legajo parece interminable y cada escrito excita mis sentidos más que el precedente. Por esta razón, en la búsqueda de apuntes sobre mi final puse arriba de todo los últimos folios y entre estas páginas ennegrecidas y ajadas de las que emana el mórbido olor de pellejos secos me he encontrado en un mundo lleno de misterio, situado más allá de los límites del Imperio, y así está bien. Me cuesta trabajo descifrar los textos cortados, y la arcaica lengua griega hace lo suyo para que esta empresa sea aun más ardua y tediosa.
    Si leo durante el día, por la noche me persiguen sombríos espectros y la oscuridad se me hace insoportable; si leo de noche, al día siguiente las personas que se mueven a mi alrededor adquieren formas extravagantes: los pretorianos se truecan en cíclopes de un solo ojo; en lugar de mis esclavos me rodea una bandada de aves y me niego a comer, porque en los trozos de carne recién cocidos que me ofrecen en fuentes de plata creo reconocer carne humana: la pantorrilla de la bailarina Medea o la garganta de Lolio, el gladiador tracio. Cuento los dedos de los pies de mis visitantes para cerciorarme que sean cinco y no ocho y observo si apuntan hacia la misma dirección que sus rostros y si la parte posterior de sus túnicas no esconde un rabo peludo. Estoy al borde de la locura.
    Lo que me atormenta no son los engendros de mi fantasía o la señal de una muerte cercana, las aterradoras imágenes se desprenden del picante moho de los escritos del alejandrino. Parecen ser más viejos que él mismo y no servir para otro fin que el de encerrar todos los secretos con los que los dioses dominan al mundo y dan a los sacerdotes el poder de regir a los hombres. El misterio es el origen de toda religión, y, así, los sacerdotes de los egipcios guardaron durante centurias conocimientos secretos para servirse de lo inexplicable y sembrar el miedo, el asombro y la admiración en su propio beneficio.
    Si fuera un hombre de la plebe, capaz de leer y que hubiera llegado involuntariamente a la posesión de estos pellejos, el miedo me hubiera paralizado y me hubiese hecho caer de rodillas, pues no es otro el sentido de estos apuntes secretos.
    Como pude enterarme la víspera a través de los sucios folios, existen antropófagos entre los populosos escitas que habitan en enjambres junto al Ponto Euxino. Aman el oro más que a la sangre y a los animales más que a la gente, razón por la cual forjan sus animales en oro y devoran a los seres humanos según la jerarquía del gusto de sus miembros. Más al norte, en los confines del mundo, viven los arimásperos, que tienen oro en abundancia, pero sólo pueden verla con media visión, pues poseen un solo ojo en medio de la frente y su nombre deriva del número uno que en su lengua se dice arma. El oro que atesoran es custodiado por enormes grifos y todo aquel que osa acercarse a los tesoros de los arimásperos es destrozado y devorado. Según los escritos, sus vecinos, los que corren con la velocidad de un caballo y saltan con la agilidad de un venado, no tienen nombre. Sus pies apuntan hacia atrás como si corrieran en reversa y beben de calaveras humanas. A modo de vestiduras, sólo penden de sus caderas pieles de animales.
    Los portentos, según el capricho de los dioses, parecen infinitos y variados como el ser humano. A trece jornadas del río Boristenes, cuyas fuentes son desconocidas como las del Nilo, y que rodea las tierras escitas como el océano a Britania, se extiende el erial poblado de sauromatas, que apenas necesitan alimentarse y no hacen trabajar la boca sino a intervalos de tres días. Tal vez en esta alimentación aberrante resida la causa de que ciertos pueblos sean inmunes al veneno de las víboras, más aún, sean capaces de curar heridas con su saliva, o, como los psilios de la región del gran Sirto, aletarguen a las serpientes con el olor de su saliva. La facultad de la gente de Libia de hacer estos milagros llega al extremo de arrojar a sus recién nacidos a los ofidios más grandes y temibles para probar la castidad de sus mujeres: si las serpientes huyen de los recién nacidos, se considera a estos hijos legítimos, pero si los reptiles se acercan a ellos queda probado que son fruto de una relación adúltera y nadie impide que los inocentes sean mordidos y muertos. ¡Roma Dea, cuántos niños morirían en Roma de acuerdo con esta costumbre!
    Si alcanzo a comprender lo del veneno, otros prodigios me dejan perplejo, pues, así lo escriben los alejandrinos, entre los tribalos y los ilirios, mezclados entre sí más allá del mar, habría hombres capaces de matar a sus enemigos con la furibunda mirada de sus ojos, y cada uno de ellos tendría dos pupilas. Supe algo similar de la tribu de los tibios del Ponto de los cuales se dice que en un ojo tendrían dos pupilas y en el otro la imagen de un caballo.
    Lo insondable, lo inconcebible más allá del reino de los partos, lleva al extravío y a la locura. Allá los seres humanos tienen cabeza de perro, sus manos rematan en garras y emiten sonidos que no se pueden comparar con ningún lenguaje propio de los humanos. En cada pie presentan ocho dedos (así consta en los escritos) y una tribu en particular, la de los monópados vienen al mundo con un solo pie, pero su única pierna está dotada de tan grande elasticidad que ningún bípedo puede darles alcance. En otro lugar están los escíapodos, que en nuestra lengua significa pies para echar sombra, un pueblo que utiliza sus pies descomunales para procurarse sombra en un territorio desprovisto de árboles. Acalorados por el sol abrasador, se acuestan de espaldas sobre la tierra y para protegerse levantan los pies hacia el sol, como abanicos, a la manera de los egipcios.
    En la India viven los gimnosofistas, como llaman a sus sabios, y estos se distinguen por su comportamiento análogo al de los dioses. Se mantienen en equilibrio sobre un pie, apoyado sobre la arena candente, y perseveran con la vista fija en el sol desde su salida hasta el ocaso. Los indios dicen que son santos y sabios y nadie debe conocer sus pensamientos. En las regiones australes de esta extraña tierra, los hombres presentan pies enormes en tanto los de las mujeres son tan pequeños que les ha valido el nombre de estrutópodos, es decir, pies de gorrión. Algunos escitas carecen de nariz y respiran a través de dos agujeros que presentan en la cabeza. Y el pueblo de los astómeros, en las nacientes del Ganges, es por cierto el más curioso de todos. Estos hombres (si en realidad se trata de tales) están cubiertos de pelos como los lobos, pero les falta la abertura de la boca. Se nutren a través de enormes ollares, pero no de alimentos y bebidas, sino del aroma de las flores, las hierbas, las raíces y los frutos. Su órgano es tan sensible que un olor acre es capaz de matarlos. Esclavos de sus instintos, algunos indos tienen trato carnal con los animales y el resultado son dioses u hombres monstruosos con rabos peludos como de toros u orejas como las de los elefantes, con las cuales cubren sus desnudeces.
    Son diversos los signos portentosos de los dioses cuando las doncellas dan a luz serpientes o hipocentauros, de manera que no extraña que una criatura recién nacida vuelva al seno materno por propio impulso, como aconteció en Sagunto, el mismo año en que Aníbal destruyó la ciudad. A menudo me atormentaron en mi juventud pensamientos de este tipo. Cuando Atia me acariciaba y cuando ocultaba mi cabeza en su regazo, mis pensamientos buscaban refugio en su útero. Me sentía entonces rodeado de calor y blandura, protegido, y se desvanecía todo temor frente al mundo. No pude dejar de recordarlo al explorar entre los escritos secretos del alejandrino.
    Hay otro fenómeno que me provoca un delirio febril: la enumeración de aquellos seres que nosotros llamamos hermafroditas, mitad Hermes y mitad Afrodita, o para expresarnos en nuestra lengua Mercurio y Venus en un solo cuerpo, o esos otros que en un principio fueron mujer y luego hombre o viceversa. Esto no es cuento, aun cuando se tejen muchas fábulas en derredor de ellos, pues bajo el consulado de Publio Licinio Craso y de Cayo Casio Longino, en el año 582 ab urbe condita, una muchacha se trocó en varón a la vista de sus progenitores, quienes llevaron a la niña-varón a una isla solitaria. En Argos, según los escritos, habría vivido un argivo de nombre Arescón, que originalmente se llamaba Arescusa y había sido mujer con todos los atributos que exige el lecho de un hombre, pero de pronto le empezó a brotar la barba y los rasgos viriles desplazaron a los de la mujer.
    Si el deseo impetuoso se interrumpe a mitad de camino y permanecen dos sexos en una persona, no es raro que hombre y mujer luchen en solitario combate como Hermafrodito, el hijo de Hermes y Afrodita, con Salmaquis, la bella náyade. A la edad de apenas tres veces cinco años, el vástago de los dioses partió de las laderas del monte Ida hacia Licia, y sus vecinos los canos, y allí descansó a las orillas de un verde estanque, rodeado de bosques rumorosos. Despojado de sus vestiduras polvorientas, se reflejó en las refrescantes aguas sin percatarse de la proximidad de Salmaquis, la más hermosa de las hurañas acompañantes de Diana y más dedicada al ocio que a tender el arco. Ella le habló y lo hizo enrojecer y se le ofreció sobre la susurrante hojarasca.
    Este fue el sueño que alimenté en mi adolescencia antes de vestir la toga virilis: que una virgen se me acercara solícita a orillas de un fresco estanque y rodeara con sus brazos mi cabeza acalorada, que me reclamara en lugar de soportarme y me tomara por la fuerza. Pero a mí me fuenegado ese ardiente deseo y una y otra vez fui a refugiarme en brazos de Atia, deshecho en lágrimas, sin revelarle la razón de ellas. Si me hubiera encontrado con Salmaquis hubiera satisfecho su deseo gustosamente, junto con la ropa me hubiera despojado de mi pudor y preparado un lecho bajo los árboles.
    El pudoroso hijo de los dioses, en cambio, mostró un comportamiento extraño y trató de liberarse de su abrazo. El deseo se trocó en lucha, en la cual no salió triunfante ni el apremio ni la resistencia. En la estéril puja la ninfa suplicó la ayuda de los dioses para que jamás fuera separada del ser amado. Antes de que pudiera darse cuenta, Salmaquis y el doncel fueron uno, como la hiedra prolífera y el tronco del árbol al cual se envuelve sin que se la pueda desprender. Ambos fueron uno, no varón y mujer, sino ambos y ninguno. Pero como ningún mortal conoce la ubicación del verde estanque y porque los dioses no quisieron que Hermafrodito se quedara solo en su transformación, cada uno sale como andrógino de las aguas verdes, a las que una vez entraron como hombre o mujer.
    Esto lo leí en los amarillentos escritos del alejandrino, cuyo olor me aturde mientras leo o ¿será el contenido? Sigo explorando, pues estoy seguro que tropezaré con ¡alguna referencia a mi deceso. Maldigo el día en que, ignorante, eché de mi casa al sabio y lo maldigo dos veces, y cada día extiendo ante milos mórbidos pellejos como una rústica del mercado sus verduras marchitas, y mi vista salta ¡de nuestra escritura a la del griego y trato de ordenar las páginas y solucionar el secreto embrollo que parece no conocer ni principio ni fin.

LXX

    El tercer día de mis investigaciones me despertó de mañana un águila de la especie de hipaetos, que con sus alas cortas vigilan los bosquecillos romanos. Debí quedarme dormido, rendido por tanto leer y, con la apacible aurora, entró en mi aposento la brisa matutina. ¡Cómo me asusté cuando vi al ave extender sus alas ante mí y picotear con su pico corvo que le impide beber, los escritos que yacían dispersos en mi mesa. Aturdido por el ligero sueño y el brusco despertar de los sentidos, agité los brazos a mi alrededor y la mensajera de Zeus buscó la distancia. Desdeel repecho de la ventana seguí con la vista sus aleteos ditirámbicos hasta que desapareció silenciosamente entre los oscuros árboles del Aventino.
    Hasta entonces no descubrí la destrucción que las garras y el pico del águila habían causado en los escritos del alejandrino. Con la palma de la mano alisé la superficie de las páginas dañadas. El ave había dejado profundas huellas en los pellejos e involuntariamente empecé a buscar las palabras faltantes, una ardua empresa no exenta de tensa expectativa. De este modo, entre las sabias enseñanzas de los egipcios y los griegos, tropecé con un legajo de pellejos, cada uno de los cuales tenía en su parte superior el signo del dios serpiente Asclepio. Parecían muy viejos y frágiles y bastaba un grosero manotazo para destruir las líneas desleídas, de manera que hice trabajar mis manos con el máximo cuidado.
    Los escritos se habían originado misteriosamente en la isla Cos, donde funcionaba la escuela de médicos de los asclepianos, hombres sabios, herederos del hijo apolíneo. Allí, en un bosquecillo del radiante dios, todos habían depositado su saber con humildad y aun cuando se decía que conocían un remedio seguro para cada enfermedad, más aún, la llave de la vida eterna, fueron muriendo uno tras otro, cuando consideraron llegado su tiempo. Hace tiempo que el dios se ha afincado en Roma por orden de las sibilinas, pero el conocimiento secreto permaneció en la isla, custodiado por los sacerdotes y el águila de Zeus se me antojó una advertencia para que me abstuviera de leer los escritos y penetrar en sus conocimientos secretos. Sin embargo, la curiosidad que caracteriza a los ancianos como a las pequeñuelas, fue demasiado poderosa y empecé a husmear como un sabueso que ventea al tejón, proveedor de grasa, en su cueva. Tuve suerte en mi búsqueda.
    Aun cuando escrito en griego y adulterado, reconocí el nombre de mi padre Cayo Julio César y el de Sila y Pompeyo, y comprendí que allí un vidente vaticinaba en tiempos remotos acerca de los conductores de Roma, más aún, que una hilera de números fijaba con la aproximación del día, la edad que alcanzarían. Atribuía a Pompeyo 58 años, a Sila 60, pero al Divus Julius le pronosticaba que no llegaría a terminar sus 56 años, como le estaba predestinado. El corazón empezó a latirme a un ritmo desenfrenado y la sangre zumbé en mis sienes como viento huracanado entre la fronda de los robles, pues cabía suponer que encontraría asimismo mi nombre en la lista de vaticinios.
    Como si con la muerte de mi divino padre hubiera concluido un capítulo de la historia romana, la enumeración concluyó en este pergamino con el nombre de Cayo Julio, pero no sin hacer referencia a una siguiente página. La busqué con mano trémula, temeroso de hacerlo y tentado de olvidarlo, pero temí matar en mí toda esperanza. Revolví los frágiles pergaminos como un loco, de manera que los que estaban más abajo quedaron arriba, aparté los ya vistos y en verdad tropecé con mi nombre atacado por el pico corvo del águila: Cayo Julio César Octaviano, el primero de una nueva serie.
    ¡Cómo me asustó, cómo me golpeó el destino cuando me percaté de lo inconcebible! En ese pasaje en el que se hacía una relación de los años y días de mi carrera, había un agujero abierto por el corvo pico del hipaetos y en ese momento se me antojó que el águila no había devorado un fragmento del pergamino enmohecido, sino un trozo de mí, años de mi existencia, como aconteció con el hígado de Prometeo, hijo de titanes. Desde ese instante estoy sumido en la sordera, un no poder oír de ese tipo que amortigua las voces a mi alrededor y los ruidos diurnos para hacer más sonoro un fragor parecido al de un torrente al borde de los Alpes.
    Al principio, creí poder vivir sin el rumor de voces a mi alrededor, de modo que no me lamenté por mi repentina sordera, pero el hervor, el borboteo y los bufidos que percibo en los conductos auditivos me hacen enloquecer. Por momentos golpeo la cabeza contra la mesa o las jambas de la puerta con la esperanza (hasta ahora infructuosa) de que la conmoción me hará recobrar la audición y desaparecerá este rumor atroz. Este inexplicable murmullo de aguas turbulentas casi no me deja conciliar el sueño, las noches se me antojan interminables y los pensamientos que vuelven a poblar mi mente una y otra vez me atormentan durante la vigilia. Cavilo si ese constante zumbido y fluir en mis oídos no es una imperiosa señal de los dioses que dan a conocer al mortal en sus últimos días el decurso de la vida, hasta que se extingue silenciosamente en la muerte.
    Musa, quien halla una explicación para todo, habla de una pérdida de la audición y vierte a gotas aceite hirviente en los conductos de mis oídos. El dolor me hace gritar como un retiario al hincarse en sus carnes el tridente del adversario. Musa asegura con muchos ademanes que es el único recurso que promete curación. ¡Júpiter, qué hubiera dado en mis años mozos por escapar del palabrerío a mi alrededor y ser sordo a las sugerencias de dudosos consejeros, que, ya sea por la vía escrita u oral, no podrían expresarse de manera más torpe! No oculto que hasta me irrita el olor rancio de las formas de expresión anticuadas y el perfumado y alechugado estilo de mi amigo Mecenas. Pero son peores aún los poetas parleros, esos muertos de hambre: abruman al César con sus desbordamientos en la esperanza de que su pensión honorífica los librará de luchar por su diario sustento.
    A todo aquel que algún día ocupe mi lugar, no le puedo aconsejar sino que sofoque su entusiasmo por la palabra de un poeta, pues así como la amable primavera trae consigo a los molestos mosquitos, los poetas se convierten en una plaga con su interminable garrulería. Si tienen un traspié, sólo ellos sufren el daño, pero un desliz de sus lenguas puede llegar a tener consecuencias devastadoras, como lo demuestra el ejemplo del indiscreto desterrado de Tomi. La exteriorización de sus constantes desbordamientos se vuelve una carga para ti y llegas a hartarte de sus loas después de centenas de repeticiones. Sin embargo, sordo a todo sonido como me encuentro en el presente, nada deseo con mayor ardor que escuchar su palabrerío, pues el silencio escogido por propia voluntad es una inspiración, pero el silencio impuesto, un castigo que te colma de angustia. Empiezo a morir.

    Yo, Polibio, liberto del divino Augusto y experto en el arte de escribir, estoy desconcertado: una pérdida de la audición ha dejado sordo al emperador. Camina pesadamente de un lado al otro sin poder oír y, aunque no está privado del habla, rehúsa usar su voz. Todo esto lo hace aparecer inquietante, inaccesible. Debo retractarme de lo dicho con anterioridad: a pesar de todo, creo que el César es un dios y, si no lo es, al menos está en camino a la divinidad. Sólo los dioses sufren tan cruel destino. Desde hace cierto tiempo me tortura la conciencia. Pienso si no cometo sacrilegio al leer los pensamientos secretos del Divino antes de archivarlos en mi escondrijo, pero esos pergaminos diarios son como un dulce veneno que crea adicción. Aun si la conciencia me lo ordenara, no podría dejar de hacerlo. Aguardo con avidez el recibo del próximo escrito del César.

LXIX

    Desde que los oídos me han negado su servicio, mi entorno se ha convertido en un teatro. Todos vienen a mí, se me acercan y forman con los labios sonidos ininteligibles, como los peces del acuario de Mecenas, a la vez que se acompañan con violentos movimientos de brazos y piernas. Livia me trata como si fuera un infante al igual que Musa, y yo desvío la mirada cuando aparecen ante mí. Areo me ha traído una tablilla que remplaza a la perfección el lenguaje, pero obliga a quienes me hablan a reducir su verbosidad habitual.
    Poco a poco he empezado a aprovecharme de mi sordera y a ordenar mis pensamientos en una visión retrospectiva, a la manera de Livio, según la sucesión de los cónsules romanos. Pues quienes vengan después de mi serán quienes exijan una rendición de cuentas y no pretendo eludirla.

LXVIII

    Hoy, a un día de los idus de junio, yo, que me he quedado sordo, quiero aclarar las circunstancias que se sucedieron a la muerte de mi divino padre Cayo Julio César.
    Era muy joven aún, demasiado joven para aceptar la herencia del Divino. En Roma me llamaban entonces el "muchacho", por cierto con intención cariñosa, pero en la mayoría de los casos había un dejo de soma en la expresión. Si en aquel entonces creía poder cambiar al mundo todavía, hoy me pregunto si el mundo no me cambió a mí, y mucho a partir de aquellos fatídicos idus, pues nada transforma tanto a los hombres como el poder. Aborrezco esta palabra, porque sabe ocultar su verdadero carácter. Poder… ¿Qué es el poder? Considero a la influencia la forma más débil del poder: la llamamos potentia. Si el poder es de naturaleza política, la más acertada es la calificación opes, y la autoridad equivale a potestas. El poder en el sentido de fuerza es vis y en forma eufemística hablamos de rerum potiri, cuando alguien se apropia del poder.
    Rerum potiri me parece la palabra indicada en relación con Marco Antonio, quien, antes de mi regreso a Roma desde Apolonia, se trocó en mi enemigo, inescrupuloso y en apariencia invencible. Me aventajaba casi una generación en edad, y yo, el muchacho que el Divino había acogido post mortem en la estirpe Julia, le inspiraba desprecio. Después de alzarse con el tesoro del Estado y los papeles privados de mi padre, hizo manifiesta su esperanza de que yo renunciara a la herencia de Cayo Julio César.
    Un hombre de su experiencia política (Antonio invistió el consulado con el Divino el año de la muerte de este), estaba familiarizado con el poder, conocía sus secretos, consistentes en esencia, en saber que el otro nos aventaja en cobardía. Con el dinero de mi padre Divus Julius, Marco Antonio reclutó 3.000 soldados armados, pero no tanto para la protección del Estado cuanto para su seguridad personal, y aun aquellos que aprobaron el asesinato de mi divino padre, porque estaban convencidos que se había eliminado a un dictador, pronto temieron que tal vez el dictador había dejado el campo libre al tirano. Esta situación me valió grandes simpatías, tanto más cuanto que pagué de mi propio peculio los legados del César (nada menos que 300 sestercios a 150.000 plebeyos menesterosos) para lo cual hube de subastar una gran parte de mis fincas privadas, pues Antonio, seguro que yo renunciaría a la herencia, se apoderó de la fortuna del Divino y no me dejó ni un as.
    El tiempo nos enseñó quién de ambos hizo la inversión más prudente. Si fuese posible regir al mundo con dinero, los acaudalados banqueros serían los dioses de Roma, pero, gracias a Mercurio, el manejo del dinero requiere cierta inteligencia y sólo los menos de los adinerados fueron bendecidos con ella, es cierto que en la mayoría de los casos sobreestimamos la astucia de los ricos, que, como la del zorro, sólo pone de relieve la estupidez de las gallinas.
    ¿Pero dónde residió el error de Antonio desde un principio? Creo que formaba parte de aquellos romanos que prefieren la victoria a la paz y aun cuando vivió una juventud ávida de placeres, aun cuando estudió en Atenas a los filósofos de los griegos, amaba más el chacoloteo de las armas que a su mujer, más aún que a su amante Citeris.
    Cuando contemplo a los conductores de ejércitos de Roma (y no excluyo siquiera a mi divino padre Julio), observo que la aptitud para la guerra siempre va aparejada en ellos con la incapacidad de amar. ¿Acaso el Divus Julius y Marco Antonio no cambiaron de carácter de la noche a la mañana, cuando, ya entrados en años los dos, los inflamó por primera vez el amor por aquella mujer, la licenciosa Ptolomea?
    Personalmente, siempre vi en la guerra un mal necesario para llegar a la paz, la cual a su vez debe su existencia a la guerra. ¿Por qué habría de negarlo? La idea de una inminente batalla me revolvía las entrañas como una espada afilada, al extremo de hacerme expeler la comida por todos los poros del cuerpo, y cuando quedaba exonerado a veces perdía la conciencia y yacía en el suelo indefenso como un pescado en la ribera. Mis enemigos se mofaban de mí y decían en tono de burla que yo pretendía imitar al Divus Julius, quien, como es sabido, era frecuente víctima de la divina enfermedad y fuera de sí cual un branquifero jónico sacudía los miembros convulsivamente y se le daban vuelta los ojos que quedaban en blanco.
    Relata refero. ¡Por Marte! ¿Por qué los romanos niegan tener miedo? Al parecer, la palabra ha sido relegada de nuestro acervo lingúístico desde los días de las tristes proscripciones, bajo el dictador Sila, y si existe aún un sentimiento parecido es el miedo al miedo. El romano no teme a nada, excepción hecha de sí mismo. Visto de este modo, yo debo ser un romano de otra raza, pues el miedo y la angustia me han acompañado desde mis primeros días. Quizás, en los años que vendrán, me llamarán cobarde por esta circunstancia, o bien sabio, pues a veces la impavidez y la estupidez van de la mano.
    Aquellos días, después de la muerte violenta del Divus Julius, el pavor me acompañó como mi propia sombra y no logré desembarazarme de él. Nadie era capaz de decir quién había sido su enemigo y quién su amigo. Yo tampoco, pero a mí, el muchacho, me vino bien ser subestimado por todos. Hombres como Marco Antonio, Dolabela, Lépido o Bruto y Casio, eran conocidos por su temperamento, patente en sus palabras y en sus actos. En cambio, yo no había tenido oportunidad aún de presentarme en público (excepción hecha del discurso fúnebre que pronuncié durante las exequias de mi abuela Julia, a los doce años) y mi cargo de pontífice tampoco me ofreció oportunidad de perfilarme. Ni carne ni pescado, era indiferente para la mayoría, sin embargo, cuando se conoció el testamento del Divino, la situación cambió de un día al otro. Y bien, adoptado por Cayo Julio César, se me atribuyó el carácter y la ideología de mi padre. Había nacido un nuevo César, y (lo confieso) me sentí exigido más allá de mis fuerzas. Los Césares no nacen, se hacen. Por lo tanto, se explica el miedo del que hablé, tanto más cuanto que no tenía sólo un enemigo: todos hablaron contra mí por diversos motivos y no hallé respaldo sino en el pueblo.
    Bruto y Casio, los enemigos declarados de mi padre. Eran menos de temer que Marco Antonio, su amigo declarado. No sin segundas intenciones había rivalizado por el favor de Julio César, luchó con él en las Galias y en los Balcanes, en Farsalia comandó el ala izquierda y en ocasión de las lupercales intentó ceñir en la cabeza de Cayo la corona real que mi padre rechazó. Antonio fue un adulador servil, interesado únicamente en su provecho personal. Cuando consideró llegado el momento de apoderarse del poder, hizo confirmar al Senado sus propias leyes, y creó así el temible equilibrio consistente en provocar miedo y tener miedo que él llamaba politica.
    ¡Oh, qué personas dudosas se llamaron amigos de mi divino padre!: Lépido, ese flemático afeminado (la víspera de los idus de marzo Cayo había sido su convidado y, aunque en la ciudad proliferaban los rumores acerca de un inminente atentado, y por todas partes le hacían advertencias, Lépido no realizó esfuerzo alguno para protegerlo o retenerlo como hubiera hecho un buen amigo, un verdadero amigo). Creo que Cayo Julio César no tuvo un solo amigo verdadero y confieso avergonzado que yo tampoco lo fui. Antes bien, me hubiera llamado su devoto o su admirador, nada más.
    Es el destino de los grandes hombres. La grandeza trae aparejada la soledad. Si los astrólogos me hubieran profetizado en aquellos tiempos que al final de mi existencia de Caesar Divi Filius pasaría las noches en soledad, sin amigos y dedicado a relatar mi turbulenta vida ¿qué hubiera hecho? Seguramente hubiera abdicado, abandonado todos los cargos e imitado a Horacio y a Virgilio en su sueño de una vida bucólica, hubiera vivido mis inclinaciones y obrado según mi propio albedrío, no como esperaban que lo hiciera. Tal vez me hubiese divertido como Antonio con las mujeres lujuriosas de Roma, o pasado mis días entregado al sueño para embriagarme por las noches como Lépido, o embarazado a las esposas de mis mejores amigos como Dolabela, o vivido como Mecenas entre yambos y elegías… Quizá hubiese sido aquel que jamás me fue concedido ser: yo mismo.
    Tal como soy, no hago sino buscar el compromiso. ¡Júpiter, jamás fui un genio como mi divino padre capaz de tomar sus decisiones por sí solo y diigirse con certidumbre a su meta! Aborrezco todo lo genial. Los genios no soportan los compromisos y yo los busco. Convine integrar el triunvirato de Bononia con Antonio y Lépido, aun cuando no hubiese necesitado la ayuda del uno ni el apoyo del otro. Cicerón había atacado despiadadamente a Antonio en sus Filípicas, en tanto Hirtio y Pansa, los cónsules, le infligieron tal derrota en Mutina que no vio otra salida que huir a la Galia cisalpina. Lépido, gobernador de las Galias e Hispania, había merecido del Senado la proscripción y, no obstante, acepté celebrar con ambos el pacto de la amistad, porque temía la agitación de los adeptos que ambos tenían todavía en Roma. Nos dividimos el imperio del siguiente modo: a mí me tocó el oeste, a Antonio el este y Lépido gobernó la capital. Fue un compromiso predestinado al fracaso.
    Hoy me avergüenzo de ese compromiso porque hizo retroceder a Roma y el imperio a la época de terror de las proscripciones, pero a la sazón contaba sólo veinte años y tenía la inexperiencia propia de esa edad. ¿Qué podía hacer? Cuando pienso en ese año que siguió a la muerte de mi divino padre, me llenan de asco las indignas transacciones que se hacían con los partidarios: si me dejas matar a tu amigo, que es mi enemigo, te cederé a mi amigo, que es tu enemigo, para que lo mates. Homo homini lupus.
    En mi desorientación busqué la ayuda de Marco Tulio Cicerón. Por su postura política se le consideraba un ardiente republicano y, en consencuencia, un adversario de mi divino padre, aunque jamás su enemigo. El año de mi nacimiento ya investía el consulado. Busqué, pues, consejo en él y la sabiduría de la edad. En cambio, Antonio, hostigado por Cicerón en sus Filípicas, donde lo tildaba de dictador, exigió la cabeza del gran romano y yo cedí.
    ¡Qué vil cobarde fui! Cicerón, a quien abandoné en la proscriptio ¿no me allanó el camino a Roma al convencer a los senadores que confiaran los cargos, a mí, un muchacho que en virtud de la ley no estaba en condiciones de asumirlos por mis pocos años? ¿No fue Cicerón quien convenció a inclinarse en mi favor a aquella mayoría de republicanos y adeptos moderados del Divino, sin los cuales hubiese sido impotente? ¡Oh, Cicerón, padre, qué final ignominioso te deparó Antonio! Cercenaron tu cabeza y tus manos. Yo las vi con mis propios ojos en la tribuna de los oradores en el Foro. ¡Qué vergüenza! Derramé lágrimas de dolor y lágrimas de rabia por mi propia impotencia y juré por Júpiter bregar por el poder absoluto para que no se repitiera jamás semejante arbitrariedad. Quiero entregarme a mis lágrimas…

LXVII

    ¡Gracias, Jupiter Optimus Maximus! Escuchad lo que aconteció durante la noche que pasé entregado al llanto. El torrente de lágrimas derramadas por Marco Tulio Cicerón parecía no querer concluir. Mis almohadas quedaron mojadas como las paredes de una tienda con el rocío de la mañana. ¡Cómo he llorado a este grande del Estado que halló tan miserable fin! ¡Cómo peno por él! En mi dolor se mezcló la ira por mi propia cobardía, por mi flaqueza e ingratitud. Jamás vertí lágrimas más ardientes. No pude conciliar el sueño y el zumbido en mis oídos sordos creció hasta semejarse al rumor de la resaca en los acantilados de Escila y Caribdis. Atormentado, metí los pulgares en mis orejas como si el insoportable fragor viniera de afuera. Yací horas enteras en la misma posición, entregado al llanto, hasta que el tenue arrebol de Aurora me envolvió en ligero sopor.
    Un anciano necesita poco sueño y a mí me bastan tres horas, pero no había reposado ni la mitad de ese tiempo cuando desperté súbitamente: como si la marea se hubiera retirado de los espumosos escollos, como si hubiese amainado el temporal, no hubo sino silencio a mi alrededor, pero en medio del silencio escuché el gorjeo jubiloso de las aves de policromo plumaje que pueblan el Palatino. ¡Por Júpiter, había recuperado la audición! ¡Podía oír de nuevo!
    Cogí por los hombros al pretoriano apostado frente a mi puerta, lo zamarreé y le ordené que me hablara a voz en cuello.
    – ¿Qué debo decir, César? -preguntó el amedrentado guardián.
    – Di lo que quieras – le contesté-. Todo me parecerá hermoso sólo con que penetre en mis oídos. El pretoriano carraspeó ceremonioso, como un candidato al participar en un certamen de poetas, y mientras yo acercaba un oído más que el otro a su boca, empezó a declamar la oda de Horacio: Solvitur acris hiems, que forma parte de la instrucción escolar de todo romano. Al principio, lo hizo en voz queda, vacilante, pero mis interjecciones lo animaron a recitar con voz plena y sonora. En un primer momento escuché con la alegría propia del niño que recibe un regalo inesperado, pero luego me uní a la estentórea declamación y al unísono concluimos los divinos versos:
El crudo invierno cede ya con la grata
vuelta de la primavera y de Favonio,
las naves que estaban en seco, mojan
de nuevo sus quillas en el rumoroso mar;
el rebaño ya no se complace en el establo
ni el labrador al lado del fuego del hogar;
las praderas ya no están blancas de nieve.
Venus, la diosa de Citera vuelve a dirigir
los coros bajo el resplandor de la luna.
Gracias y Ninfas danzan alegres, acompasado el pie
al alegre ritmo de la danza, mientras Vulcano forja
para Júpiter los rayos flamígeros.
Ha llegado el momento de perfumarse la cabeza
y coronarla con las hojas de mirto y las flores
que nos da la tierra libertad.
Ha llegado el momento de sacrificar al Fauno
en el bosque umbroso la nívea oveja
o un macho cabrío, si lo prefiere.
Llama con el pie la pálida Muerte
tanto a la choza del pobre como al palacio del rico.
¡Oh, afortunado Sestio! La vida es demasiado breve
para permitimos largas esperanzas.
¡Qué pronto te rodean la noche eterna y los Manes,
y Plutón la lúgubre morada te abre!
Cuando te encuentres allí, no es de esperar que
caprichosos dados te hagan rey del banquete
ni admirarás del gentil Lícidas las gracias que hoy
te ofrece, con las que encenderá en doncellas
el amor que hoy arde en los jóvenes.

    Así recitamos a todo pulmón, yo y el pretoriano. Entonces, convencido de no ser ignominiosamente engañado por mis sentidos, corrí aprisa, tan aprisa como me lo permitió mi doliente osamenta por los interminables corredores del palacio, clamando una y otra vez Solvitur acris hiems! y, cual montañas, los muros devolvieron el eco.
    La repetición de mi voz me embelesó como mi propia imagen reflejada en el espejo. Así es, por primera vez sentí complacencia por este órgano mío, aun cuando es expresión de mis pensamientos desde hace setenta y seis años.
    ¿Por qué, por Júpiter, no es sino la pérdida de las cosas lo que nos hace advertir su valor?
    Detrás de todas las puertas que abrí intempestivamente y con voz jubilosa, no encontré sino perplejidad y asombro. Aquí y allá me saludaron compasivos en la creencia que el César, destinado a morir, había perdido la razón.
    – ¡Creed lo que se os antoje! -les grité sin detenerme en mi carrera, seguido por una horda cada vez más numerosa-, pero escuchad la voz del César, así como yo la oigo por voluntad del amante de Pan.
    De pronto me salió al paso Antonio Musa, a quien habían mandado llamar para asistirme. Ocultaba en el puño izquierdo una pequeña redoma.
    – Aleja de mí amargas pócimas, Musa -exclamé-, pues la causa de mi alegría no es enfermedad alguna ni delirio, sino la recuperación de mi audición.
    Para probar mi afirmación, Musa se cubrió la boca con la mano a fin de que yo no percibiera el movimiento de sus labios y me invitó a repetir: "Yo, emperador César Augusto, he recobrado mi audición por designio divino."
    Repetí las palabras tal como llegaron a mis oídos, lo hice varias veces y Antonio Musa meneó la cabeza. -En verdad, César, en verdad eres divino -farfulló por fin. Sin embargo, me pareció percibir en sus palabras más desaliento que gozo.
    Esto aconteció hoy, en los idus de junio, bajo el consulado de Sexto Pompeyo y Sexto Apuleyo.

LXVI

    Antes de reanudar mis pensamientos en relación con aquel momento de mi vida que concluyó con el vil asesinato de Cicerón, quiero expresar que el proceso de escribir se me antoja, a partir de este momento, nuevo y distinto. Si hasta ahora reconocía sólo con la luz de mis ojos lo que mi zarpa callosa trasladaba al papel con esfuerzo, a partir de este instante escucho en silencio cada palabra escrita con el sonido de mi voz.
    Vuelvo a Marco Antonio. Desde aquel día en que mandó eliminar a Marco Tulio, me inspiró profundo odio y comprendí que en Roma no había lugar sino para uno de los dos. Jamás en mi vida, ni antes ni después, decidí de manera tan libre de claudicación: él o yo. Jamás olvidé la ira impotente que me obligó a ocultar esa mi decisión a la espera de que llegara mi hora. Como al pasar, pregunté a Marco Antonio si Roma podía permitirse el lujo de proceder de ese modo con sus hombres más importantes y él me respondió risueño que había obrado por amor a la patria (fuese lo que fuere lo que entendía por eso). Desde entonces, la expresión "amor a la patria" me causa horror. La vida me ha enseñado que el amor a la patria es el último refugio de los canallas.
    Al principio, Fortuna pareció mostrarse propicia con Antonio. El Senado declaró hostes a los asesinos de mi padre, y Bruto y Casio que habían huido de Roma por diferentes caminos, se reunieron en Sardes. Al unir sus fuerzas dispusieron de diecinueve legiones, un ejército de unos 80.000 hombres y, dado que todos los soberanos de Oriente, dependientes de Roma, se habían volcado entretanto del lado de los asesinos del César, la situación pareció amenazadora para Roma y exigió obrar con premura. Cedí a las insistencias de Antonio y marché con él hacia el este. En la ciudad que hoy lleva mi nombre, pero entonces se llamaba Filipo, nos salieron al encuentro los enemigos del Estado.
    Hoy, cuando faltan sesenta y seis días para mi deceso (si es que los augures no se han equivocado) quiero declarar que el desarrollo de aquella batalla no corresponde a la imagen que trazaron las crónicas del imperio por orden mía, en el sentido de que esta ciudad hubiera debido llamarse Colonia Antonia antes que Colonia Julia Augusta Philippensium, pues en aquel entonces, antes del combate decisivo, experimenté por primera vez esa sensación de espinas y púas hincándoseme en las entrañas, que siempre me asalta en idénticas situaciones. Ciertamente, esa noche que pasé en vela, vacilé y hasta concebí la idea de huir. Pero con las primeras luces del alba, Antonio arrasó el campamento de Casio. Este escapó, se ocultó en una colina cercana a la ciudad, y, perdido todo contacto con Bruto de quien creía que había corrido su misma suerte, esa noche se arrojó sobre su espada. Vae victis.
    Sin embargo, Casio se equivocó. Bruto estaba a punto de conquistar mi propio campamento y si Antonio no hubiera acudido en mi ayuda y vencido también a Bruto, yo hubiese estado perdido. Bruto escapó y se quitó la vida cuando supo del suicidio de Casio.
    Inseguro, como era entonces, regresé a Roma por mar, con la cabeza de Bruto en mi equipaje, y la arrojé a los pies de la columna conmemorativa de mi divino padre Cayo Julio César, en señal de venganza cumplida. Entre los romanos se alzó un clamor jubiloso y la algazara se prolongó durante tres noches seguidas. En los atrios de todos los templos ardió el fuego de los holocaustos, la gente me aclamó como salvador del imperio y yo… no los convencí de lo contrario.
    ¿Qué podía hacer? ¿Presentarme en el Foro y anunciar a voz en grito que a la hora de la batalla estaba sentado sobre mis propios excrementos porque el miedo me impedía contener mis necesidades? ¿Echar a perder el regocijo del pueblo aclarándole que el verdadero vencedor de Filipo se llamaba Marco Antonio y no Cayo César?
    Me pregunté por qué Antonio no saboreó esta victoria en doble batalla ni se solazó en el esplendor de un triunfo romano en lugar de pacificar en el este del imperio a los vasallos insubordinados. Hasta más tarde no comprendí la verdadera intención del ambicioso triunviro. De ninguna manera tomó en serio al muchachito. Me consideraba demasiado joven e inexperto para aprovechar su ausencia, y menos aún disputarle el rango. Se sentía Primus inter pares. ¿Pero qué lo atrajo al este del imperio?
    A tantos años de distancia puedo materializar sus reflexiones. En el testamento de mi divino padre, conocido entretanto por doquier (me ocupé de que así fuera), no había nada que descifrar: de acuerdo con la voluntad de Cayo Julio César, yo, Divi Filius, debía continuar la obra de su vida. Amargado y decepcionado, Antonio no vio otra alternativa que hacer hincapié en mi juventud, mi inexperiencia y, según su opinión, mi estupidez, mientras él, en su mejor edad viril, probado en numerosos combates y en muchos victorioso, imitaba a Julio como mejor podía. A su juicio, yo no podría sostener por mucho tiempo la comparación, y los romanos, hasta entonces incuestionablemente de mi lado, le brindarían su favor.
    Nuestro triunvirato le acordaba la administración de las cinco provincias orientales: Aquea, Ponto, Asia, Siria y Cilicia. En el este habita gente rara: llenos de humildad se arrojan a los pies de cualquier vencedor y lo veneran como a un dios. Esta gente de Oriente creyó reconocer en Marco Antonio al impetuoso Dioniso que sólo tiene en común con nuestro Baco su inclinación por el vino y las mujeres, pero en Asia todavía se lo adora como dios de dioses y se lo celebra con algarabía y danzas, y los hombres y mujeres que no se entregan al amor públicamente, agitan en éxtasis antorchas y tirsos.
    A Antonio el papel le vino como anillo al dedo, por cuanto ni en guerra dejaba pasar una mujer dotada por la naturaleza con los atributos que un chivo lascivo como él aspira en toda hembra, y más de un príncipe vasallo (así se asegura) le cedió su esposa por unas noches con la esperanza de disponerlo favorablemente en relación con la imposición de tributos. En su afán de remedar la divinidad de mi padre Divus Julius, llegó al extremo de ataviarse con las galas de Dioniso, presentarse en público acompañado de ridículos bailarines de baja ralea y hacerse adorar con genuflexiones como un dios. Yo, a quien se me deben honras de esta clase por resolución del Senado, jamás paré mientes en estas nimiedades. Una genuflexión no hace dios a nadie.
    Por supuestos lo que se le antojó más digno de imitar fue el desliz de mi divino padre con la reina ramera de Egipto. Para demostrarle su poder, la mandó comparecer en Tarso, y Cleopatra no vaciló en aceptar el desafío. Empleó oro, presentes y toda la magnificencia oriental para impresionar a ese muerto de hambre proveniente de una familia empobrecida y, al igual que a mi divino padre, lo involucró en la más escandalosa aventura amorosa.
    Como es sabido, las meretrices de Roma son las más caras del imperio y a más de uno le cuestan bienes y hacienda, pero una prostituta como la ptolomea, que por añadidura paga por sus favores, es algo único en el mundo. Casi podría comprender a Antonio. De todos modos, le prometió su ayuda (los dioses sabrán en qué condiciones) para una campaña bélica que proyectaba contra los partos a fin de vengar la afrentosa derrota de Craso, una empresa que la muerte impidió llevar a cabo a mi divino padre. Así lo atrajo a su capital y Marco Antonio entró en el país del Nilo sin escolta militar, como un simple viajero, para no provocar a los orgullosos alejandrinos.
    Muy pronto cundió en Roma la noticia de este romance y Fulvia vomitó hiel y veneno por la escandalosa conducta de su esposo. Circulaba el rumor que fuera de sus atributos físicos no había en ella nada femenino. Aventajaba a los hombres en su ambición y despotismo, más aún, se la tenía por el único hombre de Roma. En su afán por dominar a los que mandaban, Fulvia ya había hecho grandes a dos hombres: a Clodio y a Escribonio, y en Roma nadie dudaba que también había ayudado a subir a su alta posición a Antonio, más dado a embriagarse y entretenerse con mujeres livianas. Por consiguiente, debió considerar una ignominia que la engañara con la reina de los egipcios.
    Cleopatra y Fulvia se parecían en carácter y temperamento y no dudé un instante que la romana realizaría los mayores esfuerzos para reconquistar a su esposo. Fue mucho lo que cavilé al respecto, pero hasta que ya casi era tarde no me percaté que su furor se dirigía contra mí. Nadie es tan impredecible en sus actos ni tan ocurrente como una mujer celosa. Fulvia se alió a su cuñado Lucio Antonio contra mí, y proyectaron desencadenar una verdadera guerra civil, seguramente, con la esperanza que tan pronto cundiera en Egipto la noticia del conflicto, Marco Antonio abandonaría a Cleopatra y regresaría a Roma para impedir una lucha abierta.
    Gracias a Júpiter, en aquella ocasión reconocí rápidamente la situación y actué sin dilaciones ni titubeos. Obligué a Lucio y a Fulvia a replegarse junto con sus adeptos hacia Perusia y allí, Lucio Antonio se entregó, en tanto Fulvia huyó con su suegra a Grecia donde murió sin mi intervención, ese mismo año.
    A menudo las victorias son quisquillas comparadas con lo que le espera al vencedor. ¿Qué podía hacer? ¿Matar al hermano de Marco Antonio? Hubiera encolerizado al triunviro y yo temía más que nadie su ira. Si lo dejaba escapar, habría de temer el escarnio de los romanos por mi clemencia, una palabra desconocida en aquellos tiempos. Opté pues por un tercer camino y perdoné a Lucio Antonio. Después de haberse retractado públicamente y confesado ser la víctima de las maquinaciones de Fulvia, lo envié a la lejana Hispania en una comisión proconsular, pero no tuve contemplaciones con los equites y los senadores que se contaban entre sus adeptos.

    Recuerdo ese frío día de febrero en que desfilaron ante mí en interminable columna para escuchar sus sentencias. Algunos me escupieron, otros cayeron de rodillas para implorar clemencia, pero no fui indulgente aun cuando en algunos casos me costó pronunciar la frase que se haría proverbial: "¡Debe morir!" Esto también en César Augusto.
    El Senado me otorgó los ornamenta triumphalia por la victoria de Perusia y de este modo me acuñaron vencedor sin que me diera cuenta de cómo había sucedido y los cronistas registraron mi segunda victoria en los anales. Este proceso me llenó de orgullo, pero hoy sé que los días más felices de la humanidad coinciden con las páginas en blanco de los anales.
    Demasiado tarde para utilizar a Fulvia, Antonio regresó precipitadamente a territorio itálico apenas oyó hablar de una guerra civil y yo salí a su encuentro, alta la testa orgullosa. Así es, y le pedí cuentas de cómo había podido gestarse una insurrección encabezada por su esposay su hermano. Fue una situación embarazosa para él y después de pronunciar una solemne afirmación de inocencia e ignorancia sobre el evento, solicitó de motu proprio la renovación de nuestra alianza. Todavía nos encontrábamos en Brundisium para concluir los tratados cuando llegó de Alejandría la nueva de que Cleopatra había dado a luz mellizos: un varón y una niña, lo cual llenó de orgullo a Marco Antonio. Yo le dije:
    – Tú eres romano y ella una egipcia. No puedes desposarla.
    – ¿Quién habla de esponsales? – replicó Antonio-. ¡Por Venus y Roma, si me hubiera casado con todas las que dejé encintas, menudo trabajo hubiese tenido!
    – Esa mujer es como el lampazo, piensa en mi divino padre Julio. Tan pronto atrapa a un hombre no lo suelta más, al menos no por propia voluntad. Cuanto más prolongues tus relaciones con ella tanto mayor será tu dependencia. No es demasiado tarde aún. Cuando la gente habla de ti, todavía te nombra Antonio, el romano, pero pronto emplearán otros epítetos, escucharás insultos como alejandrino, Ptolomeo o Cleopatro.
    – Muchachito -(sí, Antonio me llamaba muchachito, lo cual me contrariaba y a él no le correspondía hacerlo a pesar de los diecinueve años que me llevaba)-, ¿qué entiendes tú de mujeres? Convengo con Eurípides que mil de ellas compensan la vida de un hombre. Esto significa que no las debes tomar en serio. Cleopatra es una mujer experta en cosas del amor y está dispuesta a compartir su dinero, su poder y su influencia. ¿Pretendes que lo rechace sólo por ser romano?
    – Tú no eres un romano cualquiera, Marco Antonio, eres un romano a quien de acuerdo con un pacto se le ha confiado la dirección de una parte del Estado. Eres un romano en quien están puestas todas las miradas y, por inmoral que sea el pueblo, quiere ver moralidad en sus conductores.
    Nuestro diálogo fue haciéndose más agresivo. Antonio me llamó fanático y no escatimó zaherirme como era su costumbre.
    – Me sorprende escuchar esto de tu boca cuando no se te cae de los labios el nombre de tu divino padre, a quien pones como ejemplo para todo romano. ¿Olvidas que el Divus Julius preparó una ley que le acordaba a él, el endiosado, la facultad de disponer de toda mujer que se le cruzara en el camino y despertara su lascivia? ¿Y quién mandó esculpir la escandalosa estatua de Afrodita que aún hoy decora el atrio del tempo de Venus Genetrix y no sólo ostenta los rasgos faciales de Cleopatra, sino también su pubis y sus senos? ¿Fue mi obra o la de tu divino padre Julio, tan sólo para nosotros un modelo de virtud y moralidad?
    – ¡De mortuis nil nisi bene! -exclamé airado.
    – Entonces tampoco hables de Cleopatra -replicó Antonio enojado-. ¿Habrá de fracasar nuestro pacto por una mujer?
    – Puedes mantener cuantas concubinas te venga en ganas, de esas que llevan su piel al mercado -dije en un intento de limar asperezas- pero no pagues sólo sus servicios, gratifica sobre todo su reserva. Se dice que las mejores mujeres son las mudas. Para tu casa y el trato cotidiano elige una romana cuyo valor sobreviva a su belleza, no una como Fulvia, con la boca rebosante de hiel y el corazón de rabia, escoge una noble mujer de su casa que represente bien tus asuntos y no te sea ajena cuando estás lejos.
    – Dime el nombre de esa mujer excepcional -se burló Antonio.
    Y le respondí: -Lo haré.
    El: – Despiertas mi curiosidad.
    Yo: – Octavia, mi hermana.
    – ¿Octavia? -repitió Antonio y guardó silencio.
    – El destino la privó de su marido -proseguí-. Dio a luz tres hermosos hijos que no han hecho mermar su renombrada belleza y porque es inteligente y experimentada en literatura, muchos hombres cuyos nombres omitiré mencionar, han pretendido cortejarla aun cuando todavía no ha fenecido el año de duelo.
    – ¿Una viuda con tres hijos? -replicó Antonio en tono de mofa.
    – Algo que Octavia tiene en común con la egipcia, pero ella es más joven que Cleopatra. Además, una persona de tan alto prestigio en Roma, no necesita de especial encomio.
    Como es habitual entre hombres, nos pusimos de acuerdo con un apretón de manos y renovamos el pacto. Cedí a Lépido la provincia Áfricana en agradecimiento por su lealtad en la guerra de Perusia y el Senado autorizó la boda de Antonio con mi hermana antes de concluir el año de duelo. Ese mismo año tomé por esposa a Escribonia, la hermana de Lucio Escribonio Liben, en la creencia de robustecer a través de este lazo mi influencia en la esfera senatorial, pero en realidad fue el comienzo de mi infortunio.

LXV

    De noche, cuando escribo, emergen ante mí innumerables rostros, pero sólo unos pocos me causan agrado. Hoy vi a Sexto Pompeyo. Era un calco fiel de su padre Cneo Pompeyo, quien había integrado un triunvirato con el Divas Julius y Craso. También se le parecía en la falsedad de su carácter. Que ambos hallaran una muerte indigna es un enigmático designio del destino: el padre fue asesinado en Egipto y el hijo en la provincia de Asia. Desde su nave anclada frente a Pelusio, Sexto debió presenciar cómo los esbirros de Ptolomeo masacraban al autor de sus días. Pudo escapar a la provincia de África y más tarde a Hispania, donde apoyó a su hermano para rebelarse contra mi divino padre.
    Jamás oculté la antipatía que sentía por Sexto. La situación al comienzo de mi carrera política era bastante caótica como para que mi intrigante Pompeyo viniera a avivar las brasas. A la muerte de su padre el Senado se incautó de la considerable fortuna de esta familia plebeya. Cneo y Sexto, los dos hijos, habían sido derrotados por Cayo en la Munda española, donde el mayor de ambos perdió la vida y como Sexto Pompeyo ya no vislumbraba futuro alguno, decidió regresar a Roma para exigir la restitución de la fortuna de su progenitor.
    Consiguió para sus fines la mediación de Marco Antonio e imagino que Sexto debió comprar su simpatía con pingues promesas. ¡Después de todo se trataba de 700 millones de sestercios! Antonio le procuró el cargo de comandante de la flota, praefectus classis et orae maritimae, según el título rimbombante tan propio de nosotros, los romanos. La negociación se llevó a cabo de manera tan sigilosa y rápida que Sexto ya había zarpado con la flota cuando se conoció en Roma la resolución. Estalló una tempestad de indignación y el cónsul recién nombrado Quinto Pedio, que con ayuda de la ley que mereció su nombre, Rex Pedía, instituyó tribunales especiales contra los asesinos de mi divino padre, proscribió a Sexto y le exigió la restitución del cargo y de las naves romanas. Bastante ingenuo si se tiene en cuenta que la proscripción equivalía a una sentencia de muerte. ¿Creían seriamente los patres conscripti que Sexto Pompeyo regresaría para colocar su cabeza sobre el cadalso?
    Sexto no releyó siquiera a los marineros, se negó a entregar las naves y con la flota romana conquistó Sicilia, donde, apoyado por todos los infelices cuyos nombres figuraban en las listas de proscritos, gobernó como un rey pirata, capturó los barcos de Cartago y Egipto, cargados de cereales y llevó a Roma al borde de la hambruna.
    En aquel entonces, todavía contaba a Salvidieno Rufo entre mis amigos. Era de una exquisita cultura, de mi misma edad y el año en que murió mi divino padre me acompañó a Apolonia. En la guerra de Perusia tuvo una participación decisiva por cuanto las catapultas de sus soldados tenían mayor alcance que las de todos los demás. Sexto Pompeyo me causaba desagrado, pero la sola idea de luchar contra él me revolvió las tripas. En consecuencia, encomendé a Salvidieno desafiarlo con los pocos barcos disponibles.
    Una victoria me hubiera traído gran prestigio, pero el resultado fue otro: con su superioridad militar Sexto derrotó a Salvidieno en el estrecho de Messana, una victoria que le proporcionó mucho reconocimiento, y a mí grandes cuitas. Envalentonado y descarado, Sexto Pompeyo se apareció a partir de entonces con más frecuencia en las costas itálicas para saquear los puertos y atacar las poblaciones hasta convertirse en el horror de los habitantes ribereños.
    Todavía no he logrado dilucidar en qué relación estaban Sexto Pompeyo y Marco Antonio: si este lo utilizaba a aquel como intrigante o aquel buscaba a este y procuraba ganarse su amistad, lo cierto es que llegué a saber de sus reiterados encuentros secretos. Por los motivos nombrados me pareció aconsejable arreglarme con Sexto. Nos reunimos en Misenum y manus manum lavat, concertamos un convenio por el cual el rebelde suspendería sus actos de piratería y en compensación conservaría su cargo de gobernador de Córcega. Cerdeña y Sicilia. Más aún, le prometí un consulado y la restitución de la legítima herencia de su padre asesinado. De todos modos, pensé, Sexto Pompeyo ya tenía las islas prometidas en su poder. En consecuencia mi ofrecimiento no significaba nada más que la legalización de las circunstancias existentes y, seguramente, la perspectiva del más alto cargo estatal, lo haría retomar el camino de la virtud. ¡Mañana!”
    En el ínterin cedí a la petición de Sexto de sellar el pacto con una unión matrimonial entre nuestras familias, como la ya celebrada entre Antonio y Octavia a través del convenio de Brundisium. A fin de que el pacto no se malograra a último momento le propuse a mi querido sobrino Claudio Marcelo, hijo del primer matrimonio de Octavia (el niño tenía a la sazón tres años), y Sexto escogió a su hija, de la misma edad de Claudio. Ambos niños quedaron comprometidos. ¡Júpiter, qué injusticia hubiera cometido con mi sobrino si el casamiento hubiese llegado a consumarse y me colma de aflicción que a este, a quien amé como a mi propio hijo, le hiciera más tarde el mal servicio de entregarle por esposa a mi hija Julia, un monstruo, una medusa! Había abrigado la esperanza que mis concesiones harían entrar en razón a Sexto Pompeyo, pero fui defraudado. La mano del César tampoco consigue hacer de un pícaro otra cosa que un estafador.
    Continuaron los asedios a las regiones costeras y el bloqueo de los puertos de importancia vital. Mis intentos de enfrentar al rebelde en el mar, fracasaron deplorablemente en su totalidad, pero yo contaba con Agripa, el amigo fiel de los días compartidos en la escuela de retores en Roma. A él encargué la ampliación del puerto de Bayas y la formación de una nueva flota y en poco tiempo cumplió con ambos cometidos, más aún, en un abrir y cerrar de ojos logró salir airoso en lo que yo había fracasado: más de una vez había tratado de cruzar hasta Sicilia y combatir a Sexto Pompeyo, pero cada una de las expediciones se malogró en virtud de la superioridad técnica y el mejor conocimiento topográfico del enemigo, pero quizá también porque el rebelde me inspiraba más temor que él que merecía. Había reclutado veinte mil esclavos libertados que sirvieron como remeros y nuestra flota había realizado maniobras durante todo el invierno, de manera que mi miedo era injustificado, pero ¡convenza a uno a quien le da diarrea cada vez que oye hablar de una batalla, una ofensa tanto para la vista como para el olfato! Por esta razón relegué en Agripa el comando supremo de la flota.
    El combate naval de Milea significó cuantiosas pérdidas para ambos bandos y no hubo vencedores, Sexto Pompeyo forzó una decisión y nuestros parlamentarios convinieron una batalla naval en la bahía de Nauloco. Cuando Agripa me explicó sus planes ofensivos, hube de morderme la lengua para no ordenarle la retirada. El miedo obnubiló mis sentidos, me desvanecí apenas iniciado el combate como presa de una enfermedad mortal y quedé tendido en el suelo, con los ojos abiertos como un branquífero jónico. La noche de mi desmayo me pareció eterna, hasta que me despertaron gritos de júbilo.
    Sin embargo, el regocijo por el triunfo obtenido no logró amortiguar la iniquidad sufrida. En consecuencia, juré por Marte evitar la guerra en todo lo que me quedara de vida. Aquellos que me tienen inquina lo han atribuido a cobardía, y tal vez tengan razón, pero los superan en número los que aseguran que yo soy un hombre de paz y jamás intenté sacarlos de su creencia. Pero la vejez y la mentira no se llevan bien. Quiero confesar por propia voluntad cuánto admiré la estrategia militar de mi divino padre Cayo Julio César, sus guerras y sus victorias, y no menguará mi prestigio frente a la posteridad si admito que las expediciones conquistadoras del gran Alejandro me impresionaron, y nada me ha parecido más digno de aspiración que llevar las insignias de campo romanas hasta el Indo y el Ganges, dejando en la arena la huella cruenta de una fuerza indomable. Lamanteblemente, los primeros intentos fracasaron cuando reconocí que la sola idea de la sangre y los dolores, secuelas inevitables de la guerra, me invalidaba para la lucha.
    Por lo tanto, de todos los títulos honoríficos que el Senado y el pueblo me han otorgado a lo largo de mi vida, el de imperator es la mayor zalamería, pues jamás fui general. El sentimiento de mi excelsitud nunca me hizo dudar de lo justo de la divinidad: yo soy Augusto, el excelso, yo soy pater patriae, el padre de la patria, pero del título de imperator siempre me separó un mundo. En aquel entonces, cuando después de ganada la batalla me fue conferido por aclamación el titulo de emperador, recibí el honor agradecido, pero temeroso del papel que haría si llegaba a conocerse mi comportamiento durante las operaciones. Por esta razón, me despojé del nombre Cayo y reconocí el titulo honorífico imperator como praenomen imperatoris. En consecuencia, adopté la denominación imperator en lugar de Cayo.
    Nos habían quedado diecisiete naves…
    Aquí voy a suspender la escritura. Un rumor extraño en mi vientre promete aliviarme de mi estreñimiento.

LXIV

    Estreñimiento.

LXIII

    Exoneración.

LXII

    De mis sentidos decadentes, el olfato parece el menos afectado, pues el hedor producido por mis excrementos acumulados durante tres días, me ha impedido volcar en el papel mis pensamientos, hasta que inesperadamente moví los intestinos. En un comienzo, al arreciar las contracciones, su asqueroso flujo fue incontenible. Bueno, Musa facilitó las labores previas con bebidas aceitosas. Para mí, que desde hacía días me pesaba el abultado abdomen como una roca, el acontecimiento fue una liberación. Ahora puedo concluir lo que la evacuación interrumpió de manera tan brusca.
    De la temible flota de Sexto Pompeyo habían quedado diecisiete naves, con las que el rebelde escapó a Mitilene, en la isla de Lesbos. Desde allí se dedicó a asolar el Mediterráneo oriental y se convirtió en enemigo de Marco Antonio. En su séquito se encontraba entonces Marco Ticio, un personaje fluctuante en lo concerniente a sus ideas políticas, un hombre que ora estaba de este lado, ora de aquel, según quien le ofreciera las mayores ventajas. En esos días era partidario de Antonio, gobernaba la provincia de Asia por su encargo y tenía orden de impedir que Sexto Pompeyo se pasara al bando de los partos con el lastimoso resto de su flota. El rebelde lo intentó de todos modos, cayó prisionero y fue ejecutado por orden de Antonio.
    Aquel Marco Ticio, ejecutor de la condena, se volcó a mi lado poco después junto con su tío Planco. Ambos alegaron haber sido ofendidos en su honor por Cleopatra. De hecho, hablaron del honor, una palabra que sólo conocían de oídas, pero a mí no me preocupaba mucho, por cuanto ambos me eran de gran utilidad para los planes que tejía contra Marco Antonio.
    El mal olor me impide pensar. Livia mandó asperjar agua perfumada y rehúsa entrar en mis aposentos. Invaden el palatium repugnantes miasmas, que, comparadas con la fetidez de cualquier lupanar del circo, se diría de esta que proviene de un florido prado en primavera.

LXI

    Noches cálidas. Me he retirado a un cenador, custodiado por dos pretorianos. La lamparita parpadea acogedora. El estridente chirrido de las incansables cigarras, mezclado con el rumor de la algazara circense que llega hasta aquí, me lastima los oídos. ¿Será realmente el último verano que me concederán los dioses? Siempre he preferido el verano a las demás estaciones. La primavera y el otoño (ni que hablar del atroz invierno) sólo puedo soportarlos con mucha vestimenta de abrigo y trapos para envolverme las piernas y los brazos. Más de una vez creí que me quedaría congelado, cuando entumecido por el frío inclemente no lograba realizar movimiento alguno con mis miembros. Hoy, en cambio, envuelto en cálidas mantas, me siento rodeado de bienestar.
    El caos del Estado sigue siendo un espejo de sus conductores. Al recordar los días de mi primera edad viril reconozco la desorientación por todos lados, si bien en gran medida, se mantuvo oculta al pueblo al menos en cuanto se refería a los asuntos privados de sus gobernantes. Quiero decir que la crisis del Estado son en su origen crisis personales de los dirigentes. Si en aquel entonces yo, Antonio y Lépido, hubiéramos gozado de aquel equilibrio anímico que Epicuro llama la dicha suprema, los destinos del Estado hubieran seguido otro derrotero. Por el contrario, a la cabeza del Estado no hubo sino tres individuos caóticos, yo incluido. A duras penas, y en vano, tratamos de aferrarnos el uno al otro mediante pactos y alianzas, como si estas tuvieran la virtud de convertir en amigos a los enemigos. Lo correcto es lo contrario: las alianzas se celebran entre enemigos, pues los amigos no necesitan de pactos.
    Yo, Imperator Caesar Divi Filius, Antonio y Lépido buscamos nuestra salvación en el triunvirato que renovabamos esperanzados cuando surgía una nueva crisis. Esto me recuerda la conducta de ese tonto animal que al acercarse un enemigo esconde la cabeza porque de ese modo cree tornarse invisible. ¡Júpiter, qué ingenuo fui al participar de ese juego pueril! ¡Pero decidlo a un joven de veinticinco años, que sobre los fundamentos de su confusa juventud se propone erigir un nuevo edificio estatal!
    Yo era el menor en aquella constelación trina. Antonio hubiera podido ser mi padre y Lépido mi abuelo y naturalmente, el intento de anudar nuestro destino personal mediante lazos familiares tuvo un deplorable fracaso. ¡Como si los hijos y los sobrinos pudieran quitar del camino las piedras que se echaron recíprocamente a los pies de sus padres y tíos! De nada servía que cada cual estuviera ligado con todos por lazos de parentesco: Lépido era el suegro del hijo de Antonio. A mi me correspondía el lugar de yerno de Antonio; Junia, la esposa de Lapido, era hermana de Bruto y cuñada de Casio, los que mataron a mi divino padre Julio. Según ha llegado a mis oídos, Junia, la cuñada, vive aún y me aventaja en edad unos cuantos años. Se dice que logró reunir una gran fortuna. Hubo más uniones familiares, pero no quiero abundar en el tema para no acrecentar la confusión y, entretanto, los parentescos por elección han aumentado en esta ciudad. Estos parentescos asfixiarán a Roma.
    Si afirmo que el caos del Estado es siempre consecuencia de la propensión al caos de sus conductores, estoy dispuesto a probarlo: ninguno de nosotros tres, a quienes nos fue confiado el gobierno del Estado, provenía de hogares en los cuales las relaciones familiares fueron intactas. Nuestros matrimonios no nacieron del corazón, sino de nuestros cerebros, y es preferible no concertar jamás las uniones. En realidad, Sila debiera habernos servido de ejemplo admonitorio. No desposó mujeres sino familias, se separó de su tercera esposa para vincularse mediante un cuarto connubio a la poderosa casa de los Metelo (no sólo con la noble Cecilia Metela). Pero todavía no ha Uegado la era en que los hombres aprenderán la lección de la historia.
    ¿Qué sucedió? Me separé de Escribonia cuando no llevábamos aún un año de casados, aunque me dio una hija. En aquel entonces, ya intuí que esta criatura no podía ser sino un retrato de su disoluta madre, cuya vida depravada no podía soportar por más tiempo. Antonio no me fue en zaga y repudió a mi hermana Octavia, aunque le debía el nacimiento de una hija y la prolongación de nuestro triunvirato. Por esta razón, no puedo hacerle ningún reproche, aunque lo lamente por mi hermana que no obró por Otros motivos que los que yo tuve. Afortunadamente, yo hice luego una maniobra feliz al casarme con Livia Drusila, la hija de Marco Lucio Druso Claudiano, aun cuando los dioses me negaron un descendiente de sus entrañas. En aquellos días se rumoreó que mi único propósito al casarme con Livia había sido vengarme al mismo tiempo de tres enemigos: de Sexto Pompeyo, con quien en su momento estuvo vinculada en Sicilia; de Marco Antonio que la había acompañado a Aquea, y de Tiberio Claudio Nerón, su marido, de quien se separó embarazada. ¡Por Venus y Roma, es la verdad! No obstante, estoy agradecido a los dioses, porque Livia es una mujer maravillosa.
    ¿Y Antonio? Se echó al cuello a la reina prostituta de los egipcios, que dominaba todos los idiomas, no sólo el nuestro. En el lecho le quitó ciudades florecientes y puertos estratégicos que los legionarios ganaron en dura lucha. Lo conminó a devolverla a las antiguas fronteras del reino egipcio y Antonio obedeció, dócil como un niño. Sunt pueri pueri, pueri puerilia tractant. El calor de su cuerpo sensual le hizo olvidar el motivo que lo había hecho partir rumbo al este. Mal preparado y ya demasiado avanzado el año, inició por fin su expedición para enfrentar a los partos.
    La empresa fracasó. Ocho mil legionarios romanos perdieron la vida, pero el puerco mandó decir a Roma que había salido victorioso. La derrota fue conocida cuando solicitó refuerzos y nuevos soldados (nuestro pacto se lo permitía) pero no le hice caso a su petición, es decir, le envié un puñado de legionarios como muestra de mi buena voluntad y le negué un contingente más numeroso de tropas so pretexto de tener que contrarrestar las amenazas de las tribus ilirias a las fronteras de nuestro imperio. Además, debía enfrentar la hostilidad de Lépido, no conforme ya con la provincia de África y codicioso de mis dominios.
    Como un marino en aguas ignotas sondeé hasta dónde podía ir, y en esto Cleopatra se convirtió involuntariamente en mi aliada. Retuvo a Antonio en el este y su prolongada ausencia de Roma diezmó día a día a sus partidarios en el Senado. Al principio este cuerpo le confirió el titulo honorífico de imperator, pero pronto dudaron de sus triunfos militares. Yo me encargué de atizar esas dudas, pero me faltó la oportunidad para declararlo hostis frente al pueblo y el Senado. Inesperadamente, su prestigio volvió a consolidarse (así lo dispuso el destino), cuando se supo que había conquistado Armenia y tomado prisionero al rey Artavasdes. Lástima que a continuación cometiera un error decisivo: Antonio llevó al soberano capturado a Alejandría y lo arrastró triunfante por la ciudad. Fue la primera vez ab urbe condita que un general romano no celebró el triunfo en Roma. Debía haber perdido la razón. En lugar de desfilar rumbo al Júpiter Capitolino como lo exigía la tradición romana, avanzó coronado de hiedra hacia el templo alejandrino de Serapis, donde Cleopatra lo recibió condescendiente y de este modo privó a los romanos de su entretenimiento predilecto: panem et circenses. Ningún romano se perdía un triunfo. Además, el triunfador tenía la obligación de regalar al pueblo parte de su botín, pero Antonio defraudó a los suyos y prefirió recompensar a los alejandrinos.
    También convirtió en reyezuelos a los tres bastardos que engendró con Cleopatra: Alejandro Helio, un niño de seis años fue nombrado rey de Armenia, Media y Partia, un territorio que no había conquistado aún; Cleopatra Selene, hermana melliza del anterior, fue reina de Creta y Cirenaica, y Ptolomeo Filadelfo, el menor de dos años, regiría por voluntad de su padre sobre Siria y los príncipes de la provincia de Asia. Cesarión, fruto del imperdonable desliz de mi divino padre, que a la sazón contaba apenas trece años, fue nombrado "rey de reyes", Antonio llegó a atreverse a af¡rmar que Cesarito era el único descendiente legítimo del Divus Julius. Por supuesto, esto iba dirigido principalmente contra mí y otras eventuales pretensiones sobre la herencia.
    Debí haber reaccionado mucho antes, pero la guerra de Iliria me tenía prisionero. A mi triunfal regreso, en el año de mi consulado, me dirigí a Marco Antonio por la vía epistolar para emplazarle un ultimátum: o bien dejaba a Cleopatra y revocaba la distribución de territorios o de lo contrario yo disolvía nuestro pacto y lo declaraba hostis. Irreflexivo, golpeando a su alrededor como un niño a quien se le quita su juguete preferido, el beodo me contesté por escrito. ¿Qué me había dado, para que osara ¡imponerle condiciones? ¿Por qué me alteraba que compartiera su lecho con la reina si, en definitiva, era su esposa? Yo mismo era mucho más inmoral que él. (¡Las cosas que hay que oír!) ¡Como si Livia fuera la única mujer con la que dormía! Me felicitaba si al recibo de esa carta no estaba haciendo el amor con Tertula, Terentila, Rufila, Salvia o Titisenia. (Era Rufila, poseedora de los senos más hermosos.)
    Esa carta difamatoria me robo el sobrio raciocinio y ningún poder del mundo es capaz de dominar a las Furias una vez desatadas. Resuelto, como mi divino padre contra el rey del Ponto, socavé el buen nombre de Marco Antonio. De noche hice distribuir volantes por el Foro en los cuales eran enumerados los denigrantes excesos del héroe de las mujeres, su prodigalidad que lo llevó al extremo de rechazar todo adminículo para orinar que no fuera una bacinilla de oro, la circunstancia de estar hechizado por la egipcia y haber entregado comarcas romanas a soberanos extranjeros. ¿Cuándo regalaría Roma?
    A pesar de todo, pudo contar aún con un cierto número de adeptos en el Senado, mientras yo entraba en la Curia acompañado de una guardia personal. ¿Por qué he de negarlo? Tuve miedo cuando exigí a los senadores que tomaran una decisión: quien reconociera en favor de Antonio, habría de anunciarlo públicamente y adherirse al esclavo egipcio. Nadie le impediría su partida. Perdí de este modo algunos hombres ilustres, pero logré superior ganancia por la deserción de dos hombres de la parte contraria. Antonio cometió la imprudencia de dejar partir a Roma a Ticio y a Planeo, dos viejos amigos de quienes ya hemos hablado. Ambos detestaban a Cleopatra por haberle hecho perder la cabeza al amigo, según contaban, y resolvieron no regresar a Alejandría. En aquel entonces reinaba en Roma una gran expectativa en cuanto a sus razones, y en el caldarium de las termas el vapor echaba a volar la imaginación. La aversión compartida hizo el resto y los tres forjamos el siguiente plan.
    Hicimos correr la voz que Ticio y Planeo habían traído a Roma el testamento de Marco Antonio. Enrollamos un pergamino en blanco, lo sellamos con ilegibles sellos de alfareros, como los que traen estampados en su parte inferior los productos de alfarería egipcia y, de acuerdo con la antigua usanza, Planco entregó el documento a la custodia de la suprema vestal. Proseguí luego con el plan: exigí a la sacerdotisa mayor la entrega del escrito y la amenacé con la fuerza si no me permitía echarle una mirada. ¡Júpiter, una lograda jugada de ajedrez! Trémulo de ira me presenté ante el pueblo, (Fedro, el actor de los altos coturnos, no podría haber realizado una mejor actuación), fingí el espanto que hace presa de todo verdadero romano cuando se entera de una traición a la patria. Con mirada horrorizada, mientras señalaba con los dedos separados mis ojos que jamás habían visto el mal, dije que hube de reconocer la última voluntad de Marco Antonio, una vergüenza para él que se mostraba como salvador de la patria, pero una humillación para el Senado y pueblo de Roma.
    Enseguida hice una relación de todo cuanto se nos había ocurrido en el baño de vapor para calumniarlo, difamarlo, ensuciarlo, denigrarlo ofenderlo, exponerlo y deshonrarlo. En caso de que Antonio muriera en Roma, dije, ha dispuesto que sus despojos sean paseados por el Foro en solemne cortejo y luego enviados a Cleopatra, a Alejandría. Abucheos. Pero, continué, si encontrara la muerte en el este, su cadáver no deberá regresar a Roma, sino recibir sepultura en Alejandría. Gritos de protesta: ¡Traidor! ¡Renegado! Proseguí: los hijos que engendró con Cleopatra han sido instituidos como herederos del imperio en el este, despojando de este modo a Roma de sus posesiones, y, por último, prometió a Cesarión la herencia del Divas Julias.
    A partir de ese día le quedaron muy pocos amigos a Marco Antonio en Roma y yo tuve repentina conciencia del enorme poder que puede entrañar la propaganda hostil. Una boca infamante bien dirigida remplaza a diez mil espadas.

LX

    Ebriedad. ¡Por Baco, no puedo escribir!

    Yo, Potibio, liberto del divino Augusto y experto en el arte de la escritura, comprendo en este momento, cómo se engendró ese odio abismal que separó a Augusto y a Antonio, y, a mi juicio, todo romano debiera enterarse de esto. Pero también comprendo en este momento que, por su disposición, el divino era todo menos general y estadista, y que los dioses lo colmaron de dicha. Si bien expuso todo esto en los pasados días con claro pensamiento, sin escatimar en autocrítica, de repente sus sentidos volvieron a obnubilarse. Ha empezado a beber, lo cual no le conviene y lo sabe. ¿Por qué lo hace? Balbucea y pelea con hombres invisibIes, pero de súbito arguye con palabras bien hilvanadas y yo me pregunto si está realmente ebrio o si su borrachera es fingida. Los hombres con los que dialoga están todos muertos:
    Con Cicerón, Platón, Epicuro… ¡Ninguno de ellos se encuentra ya entre los vivos! Sin embargo, el adivino parece entender su lenguaje.

LIX

    En noches solitarias invito a hombres sabios a participar de mis orgías: no sólo a aquellos con los que comparto mis pensamientos y cuya palabra entiendo, sino también adversarios y oponentes, cuando se trata de experiencias de la vida y asuntos del Estado. Platón es uno de esos intrigantes que se cree nueve veces la calva más inteligente de Atenas, pues todo lo sabe mejor y ninguna otra opinión es válida a su alrededor, menosprecia hasta el rojo vino setinés en favor del aguado vino de Cos, que se vende a mitad de precio, y para todo encuentra un fundamento. No me agrada.
    Anteayer se trabé en ruda disputa, pues el calvo de Atenas se encontró con Epicuro proveniente de la isla de Samos y Cicerón de Tusculum. Fue una larga velada y todavía me zumba la cabeza, en parte por el vino y en parte por las recias discusiones. Ya el brindis horaciano con que inicié la comissatio nos dividió violentamente, pues cuando alcé la copa de rojo setinés en honor de los dioses y pronuncié las palabras: Nunc est bibendum, nunc pede libero pulsanda tellas!, cuando ofrecí more graeco, es decir, beber vino puro, Platón arrojó a un lado al magister bibendi como el cíclope de un solo ojo a los compañeros de Ulises, echó pestes contra la esclavitud romana que no se detenía siquiera frente a la copa, y dijo que prefería el zumo de uvas de la isla de Cos, mezclado con agua de mar, según la antigua costumbre, pero luego bebió bastante y no del griego.
    Epicuro rió. Rió mucho y a sonoras carcajadas, aun de cosas aparentemente serias. Rió con alegría, con entusiasmo, desdén, indignación y timidez. Sólo él rió, si recuerdo bien, a pesar de su intenso dolor de vejiga, y aun cuando sólo mojó los labios en su ciato.
    – Es un loco -dijo Epicuro- quien te aconseja llevar una bella vida en la juventud y buscar un bello final en la vejez, no sólo porque la vida es igualmente digna de vivirse para el joven y el viejo. La preocupación por una bella vida es la misma que por una bella muerte. Pero los más desdichados son aquellos que proclaman que no quisieran haber nacido o, puesto que ya están en este mundo, ansían la muerte. Nada les impide tomar en serio su discurso, pero son palabras huecas que nadie quiere escuchar. Convenceos -prosiguió-, que la muerte no puede haceros nada, pues el bien y el mal, lo bello y lo espantoso son cosa de la sensibilidad Pero en la muerte no se siente nada. Este es el motivo por el cual el verdadero descubrimiento de que la muerte no puede hacemos nada, también nos convierte en placer lo efímero de la vida, no porque añade a la vida un tiempo eterno, sino más bien porque nos hace añorar la inmortalidad.
    Yo escuchaba.
    Entonces empezó a hablar Cicerón, con grandes aspavientos, como era su costumbre: – Quien ha traspuesto una vez los límites de la modestia, debe ser verdaderamente inmodesto. En mi alienta siempre la esperanza de un poco de inmortalidad, que la posteridad me recuerde más allá de mi muerte. Por esta razón recurrí a Lucio Luceo, el hijo de Quinto, con quien espero ver glorificado mi nombre en una obra suya (creo que no es un deseo censurable). Luceo me la propuso varias veces. Cuando tenía prácticamente concluida su historia de la guerra de los confederados y la guerra civil, recordé que, a modo de continuación de los acontecimientos, quería referirse a mis hazañas, pero no entrelazándolas con la otra exposición histórica, sino en una obra aparte. ¿Acaso Calistenes no trató por sí solo la guerra de Focea, Polibio la de Numancia y Timeo la de Pirro, sin relacionarlas con la historia corriente? Objetivamente no tiene gran importancia, pero sí la tiene en el aspecto personal: libra de la larga espera hasta que Luceo llegue por orden cronológico a mis hazañas, en lugar de comenzar con la salvación del Estado gracias a mi intervención. Mentalmente, ya veo ante mí cuánto más rico y bello parecerá todo, pues he pedido al talentoso escritor que describa mis méritos con más calor de lo que le merezcan a su convicción, y a este respecto dejar un poco de lado las reglas de la historiografía. Luceo opina que la amistad puede apartarlo tan poco del camino correcto como a Hércules la voluptuosidad, lo cual alude a que, en la encrucijada entre la vida regalada y el camino arduo, Hércules eligió la fatiga que conduce a la inmortalidad. Pero yo le encarecí que tuviera en cuenta nuestra amistad y le supliqué que dejara prevalecer aquí y allá un poco más mi amor y no la verdad.
    Me sorprendí.
    – Mi destino -prosiguió Cicerón- cautivará al lector, pues nada despierta mayor interés que las vicisitudes y la volubilidad de la suerte. Ciertamente, no puedo asegurar que toda mi vida haya sido una experiencia agradable, sin embargo, creedme, leer sobre ella será gratificante. Cuando gozas de seguridad, nada te hace tanto bien como el recuerdo de pasados sufrimientos. Y a aquellos que escaparon al infortunio y contemplan sin pena los destinos ajenos, les causa placer compartirlos. ¡Nombradme a uno a quien la muerte de Epaminondas frente a Mantinea no le haya provocado sentimientos encontrados de dolor y placer! ¡Por Júpiter, no sacó la lanza de su herida hasta que no le aseguraron que su escudo estaba a buen recaudo, sólo entonces expiró libre de ignominia. La suya fue una bella muerte. ¿Y la de Temístocles? ¿Quién no se compadeció de los helenos fugitivos? En cambio, los anales, las tablas de los magistrados interesan a una escasa minoría en comparación con el destino de un hombre importante lleno de amenazas y vicisitudes. El lector pide suspenso y admiración, placer y dolor, temor y esperanza. Aguarda ansioso el final desolador y de este modo encuentra profunda gratificación y rico goce.
    – ¿No provocan meneos de cabeza los hombres importantes cuando se convierten en sus propios biógrafos? – preguntó Cicerón-. Jamás se puede hacer sin embarazo, pues, si te colmas de méritos, dirán que eres un fanfarrón si, por el contrario, los callas, tu imagen resultará extraña, la subestimarán y nadie se declarará dispuesto a poner en su verdadero lugar tus logros. A esto se agrega que todo el que habla de sí mismo merece poca fe y provoca a los críticos, quienes dirán que los heraldos de los juegos gímnicos son más modestos que tú, entregan las coronas a los vencedores, los nombran con voz estentórea, pero al finalizar los juegos cada cual se vuelve a otro heraldo para recibir su propia corona, a fin de no tener que proclamarse a sí mismo campeón.
    Comprendía muy bien sus palabras, sin lugar a dudas dirigidas contra mi, pues Cicerón se cuenta entre aquellos para quienes mi Res gestae, escrita a temprana edad, es como un dardo en el ojo, puesto que nadie, ni siquiera mi divino padre Julio osó escribir nada parecido en primera persona. ¿Debo empequeñecer mis hazañas por ese motivo? ¿Debo hablar de mi persona, de mi vida, como si fuera de un extraño? ¿Debo callar los innumerables honores e impensae? ¿Qué debo hacer?
    Alegué pues: – Yo he dado al orbe una era de paz. ¿Quién lo negará? A la cabeza del Estado creé las condiciones para que el templo de Jano Quirino fuera cerrado tres veces, lo que sólo sucedió dos, antes de mi ab urbe condita, a saber, bajo Numa Pompilio y después de la Primera Guerra Púnica, cuando también reinó la paz en todo el imperio. Yo he antepuesto el bienestar del pueblo al propio y satisfice con mis recursos el testamento de mi divino padre, del que fui despojado contra todo derecho. A cada romano le tocaron entonces 300 sestercios, lo cual me llevó al borde de la ruina. Sin parar mientes en ello, durante mi quinto consulado, asigné a cada uno 400 sestercios del botín de guerra, y la misma suma en mi décimo consulado. Cuando asumí el undécimo mandé distribuir doce donativos de cereales entre 300.000 individuos para que no pasaran hambre.
    – Los veteranos de mi ejército -continué-, se beneficiaron con mil sestercios por cabeza del botín de guerra y tierras de labranza suficientes para vivir. Solamente por las tierras para mis veteranos pagué a las comunidades itálicas 600 millones de sestercios y otros 260 millones por predios en las provincias. Como si no bastara, bajo el consulado de Tiberio Nerón y Cneo Pisón, y en los años subsiguientes, destiné otros 400 millones de sestercios para los mercenarios que regresaran a su tierra natal después de cumplido su servicio militar. ¡Por Mercurio, hasta saneé el tesoro del Estado! Lo hice cuatro veces de mi propio peculio, lo cual me costó 150 millones, y para la caja militar, creada a sugerencia mía para indemnizar a los veteranos fuera de servicio, entregué 170 millones de mi propia fortuna.
    – ¿Debo callar al respecto o referirme a ello como si otro hubiera obrado de tal modo? -inquirí-. ¿Quién lo consideraría justo? Seguramente, nadie. Sería injusto para un justo.
    ¡Ay, jamás debiera haber tomado la palabra! Pues seguidamente habló Platón con ademán imperativo, como si hubiera de convencer a críticos académicos, y, por cierto, todavía estaría discurriendo si todos los demás no nos hubiéramos retirado sin saludar cuando ya despuntaba el nuevo día, pues el filósofo explicó cada palabra ex ovo usque ad malum y ni un rayo de Júpiter hubiera sido capaz de interrumpir su perorata. No di crédito a mis oídos cuando el sabio de Atenas se explayó sobre el derecho y la injusticia, y animado por el vino censuró el bien y alabé el mal, de tal suerte que yo, Caesar Divi Filius, el más justo de entre todos los romanos, empecé a dudar de mi probidad. Pero, por Baco, a medida que desarrollaba su discurso, me percaté que Platón estaba ebrio como un sátiro de Dioniso.
    Decía: -Todos aquellos que se esfuerzan por la justicia, practican la virtud con sumo desagrado, la consideran algo necesario, no algo bueno, y hacen bien en proceder de tal modo, pues es preferible por mucho la vida del injusto que la del justo. Por naturaleza, el hacer injusticia es bueno, pero malo padecer injusticia y el padecer injusticia se distingue por un mal mayor que el bien por el hacer injusticia. No fue sino cuando los hombres se hicieron unos a otros bastantes injusticias y las padecieron de otros, que les pareció ventajoso comportarse de alguna manera y no causar ni sufrir injusticias, crearon leyes y pactos, y a lo impuesto por la ley lo llamaron legal y derecho. Esta es la esencia de la justicia que está en el medio, entre lo óptimo cuando uno puede cometer injusticias sin padecer castigo, y lo peor, cuando uno debe sufrir injusticias sin poder vengarse. Entre estos dos polos se encuentra lo justo, no amado por bueno, sino encomiado por la incapacidad de cometer injusticia.
    – Si reconocéis – prosiguió Platón – que aquellos que bregan por la justicia, la practican sólo por incapacidad para cometer injusticias y con repugnancia, seguid mis pensamientos: permitid a cada cual hacer lo que quiera: al justo y al injusto, y observad adónde conduce la ambición del uno y del otro. Estoy seguro que sorprenderéis en flagrante al justo aspirando a lo mismo que el injusto. Pongo por testigo a Giges, el antepasado de los lidios. Este hombre parece haber sido un pastor, un buen pastor que servía al soberano del país, pero cierto día la tierra lidia tembló, el suelo se hendió, quedó abierta una brecha y en el fondo de esa brecha, Giges descubrió un caballo de bronce provisto de ventanas. En su interior halló un cadáver de descomunales proporciones, totalmente desnudo, sin nada en su cuerpo más que un anillo. Se apoderó de él y desapareció. En ocasión del siguiente encuentro con el rey, durante el cual los pastores le informaban sobre los cuidados prodigados a sus rebaños, Giges hizo girar el anillo de modo que la piedra del mismo quedó en el interior de su mano y al punto se tomó invisible. Los presentes confirmaron el fenómeno al hablar de él como de un ausente. Contento con el hechizo, el pastor se presentó ante la esposa del rey y la indujo a cometer adulterio. Por último, acechó al monarca, le dio muerte y se apropió del poder.
    – Si hubiera dos de esos anillos – arguyó Platón – y el justo se pusiera uno y el injusto el otro, sin duda, cada uno aprovecharía su posibilidad de servirse furtivamente en la plaza del mercado, visitar el lecho de la mujer más altiva, matar a sus rivales y liberar a los amigos de sus ligaduras. Cada cual obraría del mismo modo, tanto el injusto como el justo, y esto es la prueba de que nadie es abnegadamente justo, sino sólo por obligación.
    Por supuesto, entendí la censura dirigida contra mí, pero antes de que pudiera ordenar mis ideas en mi embriaguez (por Baco, había bebido por cuatro), se me adelantó Cicerón, el elocuente, y le respondió.
    – Si recuerdo bien, ateniense -dijo-, tú eres el autor de la consigna: los estados no podrían ser dichosos sino cuando fueran gobernados por filósofos o si todos los soberanos fueran filósofos. Yo la interpreto en el sentido de que tú, ateniense, ves la salvación del Estado en la combinación del poder y la sabiduría. ¡Qué idea atinada! Pero, según lo veo yo, tanto el poder como la sabiduría están indisolublemente ligadas a la justicia, de modo que la una parece inconcebible sin la otra. ¿Por qué hablas de repente como Sócrates, más aún, como los sofistas que emiten dos juicios contrapuestos sobre cada cosa según la dirección de la cual viene el tintineo de la bolsa? Su intelecto es de naturaleza rabulística, no verdadera filosofía, pero tú eres un hombre del intelecto y de la ciencia. ¿Por qué hablas entonces con su lengua? Nosotros, los romanos, somos renombrados por nuestro trato intransigente con el derecho, tenemos merecida fama de haber transmitido este derecho a otros pueblos, pero no me avergüenza admitir que este derecho tuvo su origen en la Hélade…
    Una palabra trajo la otra, vociferante y agresivo el vino de Cos se mezcló con el setinés de mucho cuerpo y cada cual habló sin tener en cuenta al interlocutor, como si no escuchara lo que el otro decía (la algazara en el Foro, a mediodía, no podía ser más confusa).
    – ¿Los dioses, los inmortales, no son un ejemplo de mi argumento? ¿Y el propio Zeus que se trocó en un toro blanco para raptar a la bella y seductora Europa que jugaba en la orilla y llevarla a la isla de Creta? ¿O Asclepio, el hijo de Apolo, a quien le han consagrado un famoso santuario en Epidauro? ¿Miente Píndaro, el poeta de Beocia, en sus himnos a los dioses cuando anuncia que Asclepio consintió por dinero curar a un rico moribundo y por eso Zeus lo ató con un rayo? Afirmo que si era el hijo de Apolo no bebió importarle la ganancia, pero, si así fue, entonces no era hijo de Apolo. De lo contrario, la injusticia no se detendría siquiera frente al umbral de los dioses – así habló Platón.
    – ¿No es eso contrario a la razón, cuando la razón es el principio y el supremo bien, más importante que la filosofía misma, pues ella es origen de todas las demás virtudes? Y la razón enseña que nadie sin entendimiento, sin equilibrio del alma y sin justicia puede llevar una vida placentera y sin contrariedades, una vida razonable, equilibrada y justa. En consecuencia, la virtud y la justicia crecen junto con la vida placentera y esta no se deja separar de ellas. Me parece mejor dar crédito a la mitología y no a las ciencias naturales, pues la fe siempre te deja albergar un rayo de esperanza en cuanto a ablandar a los dioses mediante la adoración, en tanto las ciencias naturales son inexorables. Si llevas una desgracia con entendimiento, el provecho es mayor que si eres feliz sin entendimiento. Es preferible que una cosa bien preparada fracase a que una mal preparada se logre por pura casualidad – así habló Epicuro.
    – La razón nos obliga a admitir que todo sucede por obra del destino. Pero yo llamo fatum, a lo que los griegos heimarmene, el orden y la sucesión de causas, en que cada causa está concatenada con otra y una cosa se origina de sí misma. De ahí que no sucede nada que no debía suceder y del mismo modo no sucederá nada que no esté contenido en la naturaleza con su causa. Por consiguiente, el destino no es lo que dan a luz miles de supersticiones, sino lo que los físicos llaman la causa de las cosas, por la cual aconteció lo pasado y también acontecerá lo por venir – así habló Cicerón.
    – "¿No debemos elogiar a Foinix, el preceptor de Aquiles que le recomendó ayudar a los aqueos si le daban regalos, pero dejarlos librados a su ira si no había presentes?"
    – "No os maravilléis que los vaticinadores pronostiquen el futuro, pues todo está aquí, sólo está ausente según la época, como en la simiente la fuerza de la futura cosecha". – El placer es el primer bien que nos es congénito, es el principio y el fin de una vida bienaventurada. No el placer de la lujuria y la sensualidad, sino la libertad del cuerpo de dolores y del alma de desasosiego. No son las bacanales ni las fantasías nocturnas, los placeres con efebos y mujeres, los pescados caros ni los manjares exóticos de una mesa opípara los que hacen agradable la vida, sino la razón sobria.
    Ciertos signos de nuestro futuro se encuentran en la naturaleza. El habitante de Cos observa con atención la salida de Sirio y luego deduce si el año será saludable o insalubre.
    Así hablaron confusamente, cada cual como le vino en ganas. No sé qué dijo cada uno en un momento dado. Sólo sé que Platón seguía hablando cuando todos se habían marchado. Todavía escuchaba su voz estentórea que resonaba por los corredores cuando hacía ya un buen rato que me había marchado con los demás y buscaba en el lecho el placentero sueño que sólo promete el rojo setinés. ¡Por Baco, qué ebrio estaba!
    (Esto lo escribí el noveno día previo a las calendas de Quintilis, tal como me quedó grabado en la memoria.)

LVIII

    Si me detengo de tiempo en tiempo y miro atrás para seguir las huellas de mi vida, como Narciso su imagen reflejada, obro con la misma preocupación que el orador Marco Tulio, a quien al final sólo movió el temor a que la posteridad lo ignorase o lo calificase de loco en lugar de héroe. Esto por un lado, por otro, el placer de revolver entre las propias hazañas se vuelve embeleso, y hurgo entre ellas como entre guisantes en venta, que desecados y ponderados en sacos abiertos, no despiertan un verdadero deseo de compra sino cuando la rústica que los ofrece mete las manos en los sacos con los dedos separados. Tomadme pues, por una vendedora del mercado, pero tributad a mi mercancía el debido respeto.
    Gané mi primera batalla sin derramamiento de sangre, gracias a la propaganda lanzada por mí contra el amante de la egipcia. Los mismos dioses vinieron en mi auxilio y enviaron a Antonio amargos presagios: Pisauro, una de las colonias fundadas por el rival, desapareció bajo el mar durante un seísmo; todos pudieron ver con sus propios ojos cómo brotaba el sudor de una estatua de mármol de Antonio, y no dejaba de manar por mucho que se lo enjugara; en Atenas un huracán derribó una estatua de Dioniso, deidad a la que trataba de imitar como un niño.
    Deliberadamente, evité promover una nueva guerra civil, por lo tanto marché en solemne procesión al Campo de Marte, la lanza recién sumergida en sangre en la diestra, y prometí venganza a Belona, la diosa de la guerra. Mi ira no iba dirigida contra Marco Antonio, sino contra Cleopatra, que con sus artimañas había seducido a un valiente romano, obnubilando sus sentidos con drogas e indisponiéndolo contra su propio pueblo. El pueblo entero me respaldó y prestó por libre decisión el juramento de lealtad. A él se sumaron setecientos senadores. Las provincias de Galia, Hispania, Cerdeña, Sicilia y África se pusieron de mi lado. No obstante, la superioridad de Antonio, mi verdadero adversario, se me antojaba enorme. Sólo pensar en la grosera desproporción de nuestras fuerzas, me revuelve las entrañas aún hoy: yo contaba con doscientos cincuenta naves de guerra, Antonio con quinientas; tenía a mi disposición una infantería de ochenta mil soldados, el enemigo de cien mil. La caballería integrada por doce mil hombres era igual en ambos bandos.
    Toda mi esperanza residía en un terreno que hiciera menos evidente la desproporción, así pues, desafié a Antonio y le propuse que viniera a mi encuentro y al de mi ejército a una distancia de la costa equivalente a la que un caballo pudiera cubrir al galope en un día. El enemigo y su amante exigieron en cambio un combate naval. Nos enfrentaríamos en Farsalia, donde ya habían medido sus fuerzas el Divus Julius y Pompeyo. No reaccioné.
    Mi buen Agripa, caro amigo, a ti, sólo a ti debo la dicha de la victoria, pues mientras yo titubeaba aún, mientras mi cuerpo se retorcía como el de una víbora asustada, tomaste la decisión y con una parte de la flota pusiste proa a la provincia griega donde acechaban Antonio y Cleopatra. Sin embargo, no fuiste a tomar el toro por los cuernos ni atacaste su campamento frente a Accio, sino un punto de apoyo en el sudoeste, lo cual puso de cabeza su estrategia, y el agresor se convirtió en defensor, pues, en la lejana Aquea, Antonio y Cleopatra necesitaron poderosos refuerzos para mantener a un ejército y una flota de tal magnitud. Por consiguiente, apartaron la vista del oeste, donde yo tenía a mi disposición la mayor parte de la flota y del ejército, y trataron de echar a Agripa del sur. Según lo habíamos convenido, esa sería la señal para que yo levara anclas. Rápido como viento favorable, crucé con mis naves el mar Jónico, pero todavía no habíamos desembarcado en Epiro cuando fui presa del miedo al divisar en el horizonte la flota del enemigo. No pude contener mis necesidades como en los días previos y pensé en emprender la retirada. Súbitamente, el viento rápido se tomó en tempestad y por varios días ya no se pudo pensar en una batalla. Por fin, en las calendas de setiembre, amainó el temporal. Agripa me alentó y me informó acerca de circunstancias inauditas en el campamento del enemigo: numerosos desertores y una fiebre galopante que habría diezmado las tripulaciones de las naves. Sin embargo, desconfié de él, creí que pretendía engañarme con sus discursos, hasta que comprobé con mis propios ojos que en la otra orilla eran incendiadas las embarcaciones por falta de tripulación. Entonces cobré renovado coraje.
    Agripa había fijado la ofensiva para la mañana siguiente y si yo dudaba todavía acerca de si la postergación del plazo no significaría una ventaja para nosotros, quedé convencido cuando al rayar el alba encontré a un desconocido mientras me dirigía del campamento a las naves. El hombre tiraba de un burro. ¡Belona debía haberlo enviado!
    – ¿Quién eres tú? – le pregunté.
    Sin detenerse, me sonrió y dijo: – Me llaman Eutico, señor, y mi burro se llama Nicón. -Apenas hubo pronunciado esta frase, desapareció junto con su asno. En griego, Eutico significa feliz y se le dice Nicón al vencedor. Ponderé el extraño suceso, reprimí mis miedos, y a la hora sexta, cuando empezó a soplar un viento tibio, nuestros barcos se hicieron a la mar.
    Se ha informado mucho sobre la batalla de Accio. Por cierto, en los anales me citan como vencedor, aunque el verdadero héroe de Accio fue Marco Vipsanio Agripa. Con su genialidad innata, el comandante de la flota supo transformar la superioridad del enemigo en desventaja para él. La flota de Antonio no sólo superaba a la nuestra en número de unidades, sino también las naves eran mucho más grandes. Jamás hubiéramos logrado vencer a sus decarremes en mar abierto, pero Agripa recordó la batalla de Salamina, en la cual los helenos en notoria inferioridad de condiciones respecto de los persas, forzaron a estos a luchar en un lugar donde no pudieran desplegar sus efectivos, y se valió del ejemplo. Buscó, pues, que la contienda se desarrollara en el angosto estrecho que forma el golfo de Ambracia frente a la península de Accio. Por así decir, Marco Artitonio y la prostituta egipcia lucharon con la espalda contra el muro, y el estrecho les impidió poner en juego la superioridad de su flota.
    Cuando las naves de Cleopatra desplegaron sus velas inesperadamente y se abrieron paso entre los dos bandos de combatientes para poner proa a pleno viento rumbo al Peloponeso, Antonio saltó de la nave insignia que navegaba a toda vela (así me informaron) a un pentarreme, y ofuscado, olvidándose de la victoria, dio orden de seguir a la egipcia en lugar de luchar. ¿Ese era Antonio, el romano, para quien la proximidad de la mujer que lo humillaba y castigaba con su desdén significaba más que la posible victoria? ¿Ese era Antonio, el romano que me odiaba como un enemigo al enemigo, aun cuando teníamos trato de amigos, que era superior a mí en la guerra y no obstante huía como si yo lo hubiera forzado a emprender la fuga?
    Alrededor de la hora décima concluyó la batalla y mi botín constaba de trescientas naves. ¡Por Júpiter, no exagero! En acción de gracias, mandé adornar Accio, el lugar de la victoria, con espolones de proa y erigir una estatua al burro y a su conductor, que de tan extraña manera me profetizaron ese triunfo.
    Horacio, el amado venusiano, tejió doradas palabras en una de sus más hermosas odas para exaltar la gesta. La guardo en mi memoria, y comienza con loca alegría y alborozo: Nunc est bibendum, nunc pede libero
Ahora debemos beber, amigos,
danzar alegres, cubrir las mesas
de nuestros dioses, al modo Salio
con ricas viandas. Ya tiempo era.

Fuera antes crimen sacar el Cécubo
del barril viejo, cuando una reina
los funerales de Roma urdía
y sus cimientos minaba pérfida.

Una manada de hombres viciosos
la mantenían en su demencia,
y ella, embriagada por la Fortuna,
creyó, propicia siempre tenerla.

Mas cuando el fuego funde su escuadra
su furia cede; brumas ahuyenta
el vino egipcio, se aleja y siente
claros temores: la sigue el César.

Como a la tierna paloma el águila
o a la liebre huida galgo en la estepa
así él la sigue, forzando el remo
y ardiendo en ansia de hacerla presa.

    Al volverse la hoja en mi beneficio, salió a luz lo reprochable en esa mujer, pues mientras evitaba al amante y lo mantenía exiliado en una islita desde la cual la capital le parecía inalcanzable, Cleopatra me envió a mi, al vencedor, sus parlamentarios, que suplicaron clemencia como niños. Hábil como la araña que teje su tela, la prostituta me rodeó de zalamería a través de Eufronio, el preceptor de sus hijos. Aunque no era insensible a la boca de miel de las mujeres, tuve presente el desliz de mi padre y deseché las bellas palabras, las adulaciones y los cumplidos almibarados para exigir la entrega de Antonio: si ya no le interesaba ese hombre debía hacerlo matar. La ramera se negó, y entregó a mi liberto Tirso, a quien había encomendado la misión, al ebrio Antonio. Más tarde se dijo que este obró cegado por los celos, porque Tirso había pasado largo rato en los aposentos de la ptolomea, pero en verdad no fue sino un último intento de venganza, ruin, alevoso e inmoral. Lo flageló como a un criminal extranjero y lo fletó en un barco a Roma con las extremidades desechas. Mandó decir que el emisario lo había irritado con su lengua atrevida y su comportamiento altanero. Su desgracia lo tenía furibundo. Si me servía de reparación, me ofrecía a su liberto para que le infligiera el castigo que él había impuesto al mío.
    Más y más sátrapas que en otro tiempo habían jurado lealtad a la ptolomea, le volvieron la espalda porque comprendieron que yo, Caesar Divi Filius, había sido elegido por el destino para conducir el imperio. A Herodes, rey de los judíos le correspondió una posición clave en esto. Uno de los más leales del enemigo sobrellevó la derrota de Accio mejor que Antonio, y mientras este se lamentaba y se quejaba de su suerte, el hebreo reunió todas sus fuerzas y buscó la manera de hacer frente al descalabro. En secreto, aconsejó a Antonio que se separara de Cleopatra, que le diera muerte y de ese modo preservara su última oportunidad, pero el mismo dios que me hizo triunfar en Accio, dejó sordos sus oídos y, en consecuencia, Herodes buscó su salvación a mi lado. Se despojó de su corona y vino a mí como un ciudadano ordinario, pero no sin orgullo. Alegó que Antonio lo había hecho rey y por esa razón lo sirvió y no lo hizo con nadie más. Por lo tanto, consideraba como propia la derrota de Marco Antonio. Acudía a mí, con la esperanza de que su hombría lo salvara. Yo, Caesar Divi Filius, habría de probar qué clase de amigo había sido, y de quién lo había sido.
    ¿No fueron esas palabras prudentes? Le brindé, pues, mi confianza, para que no extrañara a mi enemigo.
    Esperé día tras día que la egipcia me entregara a su quebrantado amante, pero nada sucedió. ¿Qué fue lo que dijo el poeta maldito?: Speremus pariter, pariter metuamus amantes.
    Ciertamente, debió amar a ese héroe de las mujeres. ¡Por Júpiter, hubiera salvado su cabeza si hubiese abandonado a Antonio a su suerte! No lo hizo y confieso libremente que me defraudó.
    El solo recuerdo de esa mujer me ha provocado un derrame de bilis y he regurgitado un humor acerbo y verdoso que ha manchado el pergamino. Quiero concluir aquí… debo hacerlo. ¡Ramera egipcia!

LVII

    Jamás me sobrepondré de esa derrota sin lucha que me infligió Cleopatra. Todavía me duele la espina. Dos veces subí a la cuadriga como triunfador con el atavío festivo de Júpiter Optimus Maximus, tres veces celebré el triunfo curul y el Senado me adjudicó más triunfos que yo rechacé, sometí a todo el orbe y goberné con clemencia, pero con esta mujer fracasé. Lo único que por fuerza admiré en ella fue su orgullo que la acompañó hasta la muerte. Sólo los grandes son realmente orgullosos, los pequeños son vanidosos.
    Cuando llegue mi última hora quisiera tener el mismo orgullo de esa gran prostituta que aun frente a una muerte segura puso en escena un gran espectáculo, digno de un Esquilo en certamen de trágicos durante las grandes Dionisias. Temo morir una muerte fatua, con cantos plañideros en derredor del lecho mortuorio y ofrendas de humo en los altares, que me peinen el cabello sobre la frente, apliquen carmín a mis mejillas, me aten la barbilla cuando caiga laxa y me ofrezcan una copa de adormidera para lograr la eutanasia. Sería una muerte indigna y estremecedora. ¡Por las sierpes de las cabelleras de las Furias, así sólo muere un nuevo rico, lleno de grasa y de dinero, que ofrece el espectáculo para la parentela, no un Caesar Divi Filius! ¿No dijo mi divino padre Julio a sus asesinos con voz decepcionada et tu, mi fili, antes de cubrirse el rostro con latoga a la manera de un general y morir de pie? ¡Cuánta dignidad! Nada de luto ni lágrimas, nada de autocompasión, sino compasión por los asesinos… ¡Real grandeza!
    ¿Y la egipcia? No sin envidia e impulsado a decir la verdad sin adornos, quiero narrar la muerte de Cleopatra, tal como me fue informada. ¡Oh, qué agonía, qué óbito!

LVI

    Mientras Antonio escribía cartas lacrimosas que sin contestar, yo tomé las fortalezas fronterizas de Pelusio con el apoyo de Herodes y me encontré frente a las puertas de Alejandría. Estaba preparado para librar una batalla, al menos en cuanto al estado de mis intestinos), pero no vale la pena hablar de la toma de la capital. Las espadas no fueron desenvainadas ni se usaron las lanzas. En las calendas de Sextilis entré en ella con mirada de vencedor. Al regreso a Roma, el Senado y el pueblo exigieron que ese día se celebrara cada año con un día festivo, y el mes que hasta entonces se conoció con el nombre de Sextilis recibió el de Augusto en mi honor.
    A la victoria sin lucha en tierra, siguió la rendición la flota enemiga, pero en un principio no pude encontrarse a Cleopatra ni a su enamorado amante. Hubo intercambio de noticias entre las distintas localidades, hasta que Diomedes, el escriba, transmitió a los romanos la noticia del suicidio de la reina. La ptolomea había planificado con serenidad el curso de la historia, pues con esa falsa información no perseguía otro fin que enviar a Marco Antonio a la muerte. Su orgullo le impedía, por cierto, buscar la muerte, la admisión de su fracaso, antes que Marco Antonio. Desesperado, tal vez en estado de ebriedad, que él refirió a la sobriedad en sus últimas semanas de vida romano se arrojó sobre su espada. Agonizaba cuando supo que la egipcia vivía y se había encerrado en su mausoleo en el templo de Isis.
    El moribundo yacente en su camastro fue mitad mediante una cuerda hasta lo alto del muro.
    Presumiblemente, Antonio expiró en sus quiero creer que las últimas palabras de su boca fueron para asegurar que no moría ignominiosamente por cuanto lo había vencido un romano.
    Hoy, a cuarenta y cuatro años de esos eventos y cara a cara con mi propia muerte, puedo admitir que el encuentro con la soberana egipcia me causó temor. Habían llegado a mi conocimiento demasiadas noticias perturbadoras, misteriosas e inexplicables de su vida, de modo que me asustaban sus hechizos. ¿Qué debía hacer? ¿Matarla por haber seducido al Divus Julius y concebido un hijo suyo? Eso me pareció brutal e impropio de un hombre de paz. ¿Aherrojaría y pasearla por Roma en señal de triunfo? Hubiera sido una afrenta para el prestigio de mi divino padre. Ciertamente, podía desterraría como a mi hija Julia o meterla en un lupanar, pues ese era su verdadero lugar, pero todo hubiera creado mala sangre y la certeza de que un día volvería a asediarme.
    Antes de partir a Roma hice cundir una noticia de la mayor infamia, según la cual la arrastraría triunfante por toda la capital del imperio, pues estaba seguro que Cleopatra se adelantaría y escogería el suicidio. Mandé a Epafrodito, su guardián, que se mostrara ciego, sordo y mudo si a la egipcia se le ocurría coger un puñal. Estaba convencido que lo elegiría si decidía acabar con su vida, pero después de su espectacular suicidio supe que ya lo había preparado con bastante anticipación y que había probado el efecto de varios venenos en animales y hasta en esclavos, según se aseguraba.
    En los idus de Sextilis, antes de que subiéramos a las naves, Epafrodito vino a yerme en el campamento portador de una carta sellada de la ptolomea en la cual expresaba el deseo de ser sepultada junto a Marco Antonio. La carta no contenía nada más, pero supe en el acto que Cleopatra había puesto fin a su vida.
    Si vivió como una ramera, murió como una soberana, digna del gran Alejandro, su antepasado. Yo que la había evitado en vida, rehusé verla muerta, pero me proporcionaron una exhaustiva descripción de cómo fue hallada en sus ornamentos reales, sonriente, sobre una cama de oro, sin huellas ni señales de haber luchado con la muerte que le procuró una sibilante áspid metida en un cántaro en el cual la reina sumergió su brazo sin que los guardianes lo advirtieran. De este modo puso fin a sus días según su deseo, no el mío. Horacio cantó con estas palabras tan orgulloso óbito que yo le envidio:

    Pero ella quiere morir más noble.
    Ni ante el acero tímida tiembla
    ni con su nave rápida
    busca orilla que la defienda.

    Corre a su alcázar. Sereno el rostro
    ve su desastre. Con entereza
    coge las sierpes y al pecho aplica
    las sucias bocas que la envenena.

    Muere arrogante, como ella quiere
    no en nave extraña, ni entre befa
    de vencedores llevada en triunfo
    como una humilde mujer cualquiera.

    Yo, Imperator Caesar Augustus Dlvi Filius, me pregunto: ¿quién cantará mi muerte?

LV

    Hoy, con la distancia que dan los años, la despreocupación con que emprendí la aventura egipcia yace oculta bajo las arrugas de mi rostro y el espejo delata la desaparición de mi sonrisa, el brillo de mis ojos y un frío cinismo. Hoy, la victoria de Accio y la toma de Egipto se me antojan incomparablemente más importantes que en aquel tiempo, y no pocas veces juego con la suposición: ¿qué suerte hubiera corrido Roma, si no hubiera sido yo el vencedor y sí Antonio y su meretriz?
    Júpiter (aquí vuelvo a vacilar), porque no serían invocados los dioses romanos, sino Amon, Mut y Chons, esos dioses vacunos y caprinos que, no me atrevo siquiera a pensar en ello, se aparean con toros, mientras que otros preñan a sus hipopótamos o los hacen derivar río abajo despedazados según la voluntad divina, para preocupación de la amante hermana y esposa. ¡Por la barba trenzada de Osiris! ¡Qué abyecto pensamiento, invocar al vendado juez de los muertos en lugar de Baco con su tirso! Amón hubiera desplazado a nuestro Júpiter Capitolino, en lugar de recibir ricos presentes, los romanos deberían pagar duros tributos, la pobreza dominaría el territorio itálico y no quiero ni pensar en mi propia suerte. Para desventaja de Roma, Atenas alcanzaría nuevo prestigio en razón al idioma común con la capital alejandrina y sus antepasados comunes. Roma sería provincia al borde del imperio, comparable a la desesperada Cartago en su ocaso. Nuestro actual orgullo de ser un vir vere romanus, equivaldría a una ignominia y escupirían la tierra al escuchar el nombre del Caesar Divi Filius. En lugar de describir la misión del troyano Eneas, el antecesor romano que por voluntad de Júpiter fundó un imperio de moral y orden, Publio Virgilio Marón hubiera hablado de la historia familiar de los Ptolomeos, obligado a ser un adulador. ¿Y Horacio Flaco? No hubiera vertido en el papel ni una Carmen, ni una sátira, pues Horacio aspiraba la dicha de ser romano como el aire embalsamado de su Sabinum. Sólo de este modo llegó a ser uno de los más grandes. Pero la grandeza, el único concepto genuino que siempre estuvo relacionado con Roma, hubiera sido relegada, escarnecida, prohibida en favor de la arrogancia ptolomea.
    Yo, por el contrario, Caesar Divi Filius, después de mi victoria puse al país del Nilo bajo las órdenes de un praefectus Aegypti, permití que el pueblo conservara a sus deidades de cabeza de toro y sólo castigué con la pena capital a aquellos que me hubieran puesto en peligro o representaban una amenaza para el futuro del Estado romano. Nadie, ni siquiera mis enemigos, pudo reprocharme que mandara matar al bastardo, Ptolemaios Caisar Theos Philopator Philometor (¡qué horrible suena ese nombre!) cuando huyó de mi gente. Es posible que haya sido el hijo carnal de mi divino padre Julio o no (jamás lo creí seriamente), pero no dejó de ser lo que siempre fue, un Cesarito. A Antulo, el hijo mayor de mi adversario, lo hice decapitar, aun cuando buscó refugiarse junto a la estatua de mi divino padre, no por ciega sed de venganza, sino por temor a que conspirara contra mí. En cambio respeté la vida de sus otros seis hermanos que fueron criados por Octavia junto a su propia familia.
    A mi regreso, los romanos me colmaron con sus interminables aclamaciones. El tercer día anterior a los idus de Januarius cerré las puertas del templo de Jano, en señal de paz en todo el imperio y al llegar el verano me tributaron un triple triunfo: el dálmata, el de Accio y el de Alejandría. En ese momento empezó realmente la Era de Augusto, si bien este título no me fue otorgado sino dos años más tarde, una época ligada siempre a los conceptos de bienestar y paz, concordia y felicidad, justicia y disciplina. El imperio estaba pacificado, por lo tanto, podía dedicarme a la reorganización del Estado y cargar sobre mis hombros los destinos de Roma, como Eneas el escudo.
    ¡Misión nada fácil para un hombre de treinta y cinco años que llama a su madre Saturnia Tellus! La tierra itálica engendró muchos hijos e hijas, pero los menos siguieron mi ejemplo. Yo ambicionaba un imperio universal según el modelo de mi divino padre Julio o del gran Alejandro, quienes alimentaban el sueño de llevar las insignias más allá de los hitos que demarcaban las fronteras. Por cierto, hoy me pregunto si un Imperium Romanum más pequeño, no hubiera sido más dichoso.
    ¿Pero qué podía hacer? Reuní lo que Antonio había regalado y dilapidado con desmedida prodigalidad. Chipre y Cirene volvieron a ser provincias romanas. Restituí la independencia a las ciudades fenicias de Siria, al igual que a Ascalón y Calcis. Dejé contento a Herodes al devolverle sus plantaciones de balsameros y Palestina por añadidura. Asimismo, se permitió a Femetalces de Tracia y a Deiotaro de Paflagonia conservar sus reinos. El rey Amintas recibió Isauria y la Cilicia tracia que Marco Antonio había regalado a su amada, y a Arquelao le dejé su reino de Capadocia.
    Busqué establecer los límites del imperio según la naturaleza, no según los mapas y menos aún según la voluntad de los estrategas. En el norte y en el sur me los fijaron las estepas y los desiertos, en el oeste el océano, y en el este el más grande de los ríos: el Eufrates. Por esa razón dejé en paz a Artajerjes de Armenia y a los partos, aun cuando todavía tenían en su poder las águilas imperiales que Craso había perdido en Carras, pues se me antojaba más importante un imperio pacificado que una comarca del mapa que retuviera nuestras águilas.

LIV

    ¡Júpiter, me han descubierto! El perspicaz Tito Livio, que me visita regularmente para discutir conmigo sobre la historia de Roma, señaló la corcova sobre mi dedo mayor y dijo: – "La huella de la pluma delata al escritor."
    Al principio alegué no comprender y le pregunté cuál era el significado de sus palabras, pero por toda respuesta Livio puso su mano junto a la mía y entonces observé que la zona deprimida de mi dedo no se diferenciaba en nada a la del suyo.
    Una sonrisa astuta dibujó cien arrugas en su rostro viejo cuando dijo:
    – ¡César, no irás a quitarle el pan a un anciano historiador!
    En boca de ese hombre que escribió la historia del imperio en más de cien libros ab urbe condita, aquellas palabras sonaron a burla y no me pareció oportuno mentirle al viejo (¡Júpiter, yo le llevo tres años!). Posé mi mano sobre su boca en señal de que jamás habría de repetir lo que iba a confiarle y luego le hablé de mi ímprobo trabajo.
    – Lo sabía, no puedes engañarme, César – dijo Livio, y al percatarse de mi perplejidad añadió-. Puedo reconocer tu actividad aun sin ver las huellas en tu mano, lo reconozco en tu silencio.
    – ¿En mi silencio?
    – Los escritores guardan silencio, callan respecto de las cosas sobre las cuales antes hablaban con deleite, pues el silencio es la etapa previa a la escritura. Contempla tan sólo a los párvulos que luchan con el estilo. Cada uno de sus intentos de escribir va precedido por un breve silencio. Es un instante de concentración de las ideas. Tú, César, tenías predilección por hablar de la muerte, la hora de morir, la vida después de la muerte, pero desde hace unas semanas no mencionas ese tema. ¿Qué mayor evidencia de que estás escribiendo sobre el particular?
    Revelé pues al sagaz pataviés * el enigma de mis postreros cien días y expresé mis reparos acerca de si valdría la pena escribir para la posteridad, si bien era saludable para mí.
    ¿Valer la pena? Livio sonrió. Dudaba que él estuviera haciendo algo que valiera la pena cuando describía la historia del pueblo romano desde un principio, ni osaba afirmarlo sin dudas, pero le causaba una profunda satisfacción conservar los comienzos de Roma y, si su nombre permanecía ignorado entre el gran número de historiadores, la fama y la grandeza de aquellos que opacaban su nombre sería su consuelo. Así habló el hombre que, locuaz como Cicerón e impetuoso como Demóstenes, conservó con rigor aqueo los acontecimientos de la historia romana, desde el desembarco de los troyanos en suelo itálico hasta la batalla de Accio.
    No lo amo como a Agripa, pero me merece enorme respeto y lo llamo mi amigo. Ciertamente, no es un ardiente adepto de mi política y jamás ocultó sus ideas republicanas; por su juicio acerca de Cneo Pompeyo lo llamo a veces “pompeyano” en tono de mofa, pero sus escritos son insobornables frente a la propia convicción, y ni los hombres más acaudalados del Estado fueron capaces de desviar el fluir de su pluma, ya fuese por vanidad personal o por el afán de hermosear en su beneficio los hechos del pasado.
    Sólo los débiles prohíben las ideas, y donde las ideas son prohibidas, el Estado se vuelve enfermizo. ¿Acaso el Divus Julius, mi divino padre, no me dio un luminoso ejemplo? No contestó con discursos infamantes el escrito de Cicerón, en el cual pone a Catón por el cielo, sino que reaccionó con una sobria réplica. Envidio a Livio su fama irreprochable que trajo a Roma hombres de Gades y Tarso, sólo por encontrarse con él una vez. El César tiene muchos admiradores, pero el número de sus enemigos, que me obliga a rodearme de una guardia personal de mil custodios, no es menor. Livio, en cambio, no necesita guardián personal aunque nuestro quehacer es el mismo. Ambos amamos nuestro Estado, él al esclarecer el pasado para mostrar qué es lo digno de imitar hoy para el propio bien o el del Estado, o qué puede ser evitado después de desdoroso comienzo y terrible final; yo, al encauzar el presente, según el ejemplo de nuestros antepasados a quienes Livio ha descrito con tanto acierto.
    Tampoco es un secreto que él no me ama sino que me respeta. Desdeña todo principado y llama la atención sobre doscientos cuarenta años de reinado romano, que siempre hizo infeliz al pueblo, y ni que hablar de ejemplaridad. Así, ninguno de los reyes que alguna vez gobernó Roma sale bien parado, ni el primero ni el último, pues el crimen, el homicidio y la violencia son sus constantes acólitos. Empecemos con Rómulo. Fue el primero en surgir de un acto de violencia cometido por Marte con la vestal Rea Silvia. A su vez, se libró por la fuerza de su hermano gemelo Remo y aun en tiempos de paz, sabe informar Livio, se rodeaba de trescientos custodios armados. Con fina ironía, duda de las oscuras nubes que habrían envuelto al rey como manto protector para llevarlo al cielo. Ya en aquellos días, dice, hubo gente que "murmuraba por lo bajo" que Rómulo había sido asesinado. No fue diferente la suerte corrida por Tarquino, el último rey. Abusó de la manera más ultrajante de Lucrecia, la esposa de un amigo, y la amenazó con la espada si no se sometía a sus caprichos. La mataría y dejaría en su lecho el cuerpo desnudo de un esclavo recién estrangulado y todos creerían que la había sorprendido en flagrante adulterio. Semejante amenaza venció la resistencia de la virtud, pero después que la desdichada indicó a su esposo las huellas del extraño en su propio lecho, se quitó la vida con un puñal. Esta fatalidad conmovió a los romanos más que la propia desventura, pues el rey convirtió a los soldados y trabajadores libres, en canteros y esclavos. En consecuencia, lo desterraron junto con su familia y lo asesinaron para vengarse de él.
    Livio dice que todos los reyes son tiranos y el pueblo teme a los tiranos como al fuego.
    Le pregunté si yo era un tirano.
    – No eres un tirano, César -me respondió-, pero sí una especie de rey.
    – ¿No acabas de decir que los tiranos y los reyes son una y la misma cosa?
    Livio guardó silencio, fiel a su distinguida modalidad y sólo cuando ya se marchaba expresó:
    – Tú eres un César, y eso es más que rey.
    – ¿Entonces soy más que tirano? – grité a su espalda.
    Ayer, quinto día previo a las calendas de Quintilis, no obtuve respuesta a mi pregunta.

LIII

    ¡Cómo centellea el rojo setinés en la copa! ¡Nunc est bibendum!
    Cada vez me cuesta más retener las ideas, no sólo porque el ojo derecho que aún me queda lagrimea y me niega su servicio al cabo de corto tiempo, sino también porque las fallas de mi memoria son más y más frecuentes. ¡Qué mundo es este en el que nos pasamos la vida entera aspirando la cultura y la sabiduría, y apenas hemos logrado una pizca de esos bienes, morimos como un árbol después de la cosecha! Como el árbol del que se han recogido los frutos, perdemos todos los accesorios que nos adornan, se nos caen los dientes y el pelo, la piel se marchita y arruga y el estómago no tolera sino los alimentos livianos, propios de un párvulo. Buscas en las circunvoluciones de tu cerebro nombres, fechas y sucesos, pero no encuentras sino embrutecimiento o cosas supuestamente correctas que más tarde prueban ser equivocadas. No me excluyo en este aspecto de la masa humana y por momentos dudo de mi divinidad ¿un Júpiter que se atasca al hacer el recuento de sus amantes, un Jano que olvida el comienzo de un final, Apolo que no recuerda el nombre del dragón?
    Jamás gocé de la memoria del Divus Julius, capaz de rememorar en todo momento el número de los caídos por su intervención como si hubiera acabado de suceder (si recuerdo bien y mi memoria no vuelve a jugarme una mala pasada, al final de su vida sumaban 1.192.000). Mi divino padre podía escribir y leer al mismo tiempo, escuchar las noticias y dictar, y cuando dictaba empleaba hasta siete escribas. Jamás fui un Ciro que llamaba por sus nombres a los soldados de su ejército integrado por varios millares de hombres, tampoco un Escipión que hizo lo propio entre los romanos, ni siquiera un Cineas, el embajador del rey Pirro, quien al día siguiente de su llegada a Roma supo llamar por sus nombres a todos los patricios y senadores de Roma. En cierta medida domino la lengua de los griegos, bastante difícil para un romano, pero no soy un Mitrídates, rey de veintidós pueblos y capaz de hablar en otros tantos idiomas.
    ¿Quién soy? Quiero significar quién soy más allá del nombre Gaius Caesar Divi Filius. Por cierto, el nombre perdurará como la colmena que aún subsiste cuando sus laboriosas ocupantes han huido o se han extinguido. ¿Pero qué es un nombre? ¡El espejo! ¡Espejo, si sabes la respuesta, habla! ¿Qué hay detrás de los ojos llorosos y el círculo rojo azulado que los rodea? ¿Qué oculta la frente surcada de arrugas, ese campo en que la vida ha grabado tan lenta y regularmente su obra de destrucción, que escapa a la percepción? Bien está que así sea, pues si nos percatáramos en un solo día de los cambios de la vida, nos mataría el honor y la desesperación de lo visto.
    ¿Qué quisieron decir los Siete Sabios, cuando en la entrada del templo de Apolo de Delfos, donde se guardaba todo el saber, escribieron las palabras "conócete a ti mismo"? ¿Qué pretendes conocer, cuando ignoras lo que es conocimiento? Quien no sabe qué es un embustero y que existen los embusteros jamás podrá reconocer a un hombre como tal. Pero, por Can, nada es más difícil que el conocerse a si mismo, pues quien lo intenta es a la vez sujeto y objeto del conocer y no puede obtener resultados sino a través del constante cambio de ambas posturas. ¡Contéstame, maldito espejo, antes de que escupa a la cara macilenta y grotesca que me mira!
    – ¿Macilenta? ¡Es tu imaginación! ¡Observa el color rosado de mi piel, alisada con unturas, observa la lozanía de la carne!
    Conozco demasiado bien esta segunda juventud, este último ardor que permite al individuo experimentar un nuevo florecer reñido con la naturaleza, y nos lo muestra rosado como lechón recién parido.
    – ¿Por qué eres tan severo contigo mismo?
    – ¿Severo? Di más bien considerado. Toda la vida traté de apartarme de ti, de mí, llámame como quieras, eludí la discusión como el gato al fuego y censuré la virtud suprema, la lealtad respecto de mí mismo. Ciertamente, es deslealtad presentar al individuo que lleva tu nombre y negarte a ti mismo. Combatí el vicio con leyes, por lo cual merecí ser llamado bueno por los buenos y malo por los malos, y a menudo me pregunté al respecto por qué obré así si un malo no se hace bueno por la ley, ni un abyecto noble. Yo viví (al menos exteriormente) la vida del censor magnánimo, porque ese es el rol que me impusieron, pero más de una vez hubiera preferido putañear como mi divino padre.
    – ¡Divino! ¿Livia no llevó secretamente a tu lecho una ramera de grandes senos, como a ti te gustan, y ojos de azabache para que te diera placer?
    Sí, secretamente y sin desearlo, debía hacer el amor con esclavas cuando a Livia se le antojaba, con mujeres que respondían a su gusto, meretrices a las que despreciaba, mientras Divus Julius buscaba los favores de las damas más distinguidas sin ocultarse.
    – ¿Qué te lo impedía?
    Mi nombre virtuoso, mi nombre que, por haberme formado la vida de este modo, es sinónimo de virtuosidad.
    Aborrezco la virtud, pero lo que más desdeño es congraciarse con la virtud, por eso me desprecio.
    – ¿Me desprecias, desprecias a tu imagen?
    – Sí, a ti, que me miras con expresión tan magnánima, generosa, sin censura, retrato insípido de esa virtud a la que se le dedicó por deseo mío un día de fiesta en los idus del mes que lleva mi nombre. ¡La virtud! ¿Qué es eso? ¿Acaso no ve cada cual la virtud de otra manera? En el ángulo de mira de los estoicos detrás de la virtud se oculta la vida razonable y natural, nada más. Para Epicuro era saber descubrir las condiciones del verdadero placer. Platón predicaba la virtud como la idoneidad del alma para la obra que le está destinada y Aristóteles llamaba virtud a una cosa intermedia entre dos extremos que él condenaba por igual, a saber: la prudencia entre el desenfreno y la apatía, la valentía entre la intrepidez y la cobardía, la justicia entre el cometer injusticias y el soportarlas, la generosidad entre la mezquindad y la dilapidación, la mansedumbre entre la cólera y la incapacidad para experimentar una ira justificada, el pudor entre el libertinaje y la mojigatería. Dicho con acierto, me parece que el Peripatético olvidó mencionar que la virtud es una carga y requiere fortaleza moral en el cumplimiento del deber. Y como estoy seguro que nadie conocerá mi verdadero carácter antes de transcurridos estos cien días, puedo confesar mi sincera opinión: la virtud no es sino la placenta del vicio.
    – ¿Eso dices tú, imitador de la virtud?
    ¡No me hagas reír, imitador de la virtud! Ciertamente, me llaman el justo, porque predico la justicia, pero mis dedos están pringosos de sangre. Jamás maté con mis propias manos, no, ¿pero qué diferencia existe entre el asesinato y la fría orden impartida? Después de la batalla de Filipo eliminé por la espada a mis adversarios peligrosos (hasta un hijo de Antonio debió morir aun cuando jamás había proferido una palabra en mi contra, pero temía que alguna vez pudiera constituir una amenaza para mí). El bastardo Cesarión fue asesinado por orden mía. Aunque Antonio y Cleopatra se suicidaron, yo me siento culpable por su muerte. Me llaman austero, Júpiter, porque promulgué leyes que castigan el concubinato de hombres y mujeres y penan la infertilidad con drásticos impuestos. Desterré a mi disoluta hija Julia porque mancillaba la imagen irreprochable, en apariencia, de su padre. Lo hice sin poder contener las lágrimas, creedme, por satisfacer a mi investidura en el Estado, no por convicción, y si anteriormente me refería a mi hija de distinta manera, ello respondió también al motivo precitado, pues en su desenfreno, Julia no es distinta a su padre quien, esclavo de las pasiones embarazó vírgenes y compró su silencio, poseyó a mujeres castas, de preferencia a las de sus amigos sin que ellos lo supieran y violó a Livia, en avanzado estado de gravidez, en el propio lecho de su marido Tiberio Claudio Nerón, pero ella gimió de placer y no vaciló ni un instante cuando le anuncié mi deseo de desposarla y resarcí a su esposo con una considerable suma. ¿Eso fue virtud? Me consideran pacífico, un hombre que aborrece la guerra, muy cierto, pero no valoro la paz por amor a ella, todo lo contrario. Si vis pacem, para bellum. Me duele no haber librado jamás una batalla en el frente, aunque me han otorgado el titulo de emperador de por vida, sólo porque pensar en el enemigo armado me hacía defecar. A veces, la paz responde a causas extrañas. El pueblo me llama Augusto, lo cual me halaga porque hasta ahora no se otorgó a nadie este título, ni a mi divino padre, y las generaciones venideras deducirán de esta circunstancia que fui amado por el pueblo como ninguno y viví sin enemigos. Sin embargo, jamás entré en el Senado sin el peto oculto bajo la toga y esta coraza me protegía también en la calle. En consecuencia, no queda mucho de aquello que se vincula con mi nombre, salvo que siempre me esforcé por hacer lo que convenía en su momento.
    – ¿Un oportunista, entonces?
    Si entiendes por oportunista a un hombre que se echa sin reparos al suelo de los hechos dados, si.
    – ¡Pero los oportunistas son débiles!
    En la vejez hay cosas que te molestan más que el reproche de ser un débil. Ulises, el aguerrido antepasado, ¿merece ser llamado un débil porque temió el canto de las sirenas y se hizo amarrar al mástil de su nave? Ulises conocía su flaqueza y obraba conforme a este conocimiento. Si hubiera sobrestimado sus fuerzas, hubiese naufragado como todos los que lo precedieron al chocar con los escollos del mar. Por lo tanto, es preferible un débil consciente de su flaqueza que un fuerte que sobrestima sus fuerzas. Esta es mi idea de la virtud.
    Así le hablé al espejo y lo hice callar. El espejo es mi otro yo, mi conciencia que me enfrenta desde la plata. Llamadlo pueril o senil, calificadlo como queráis, yo vivo con mi imagen, charlo con ella y me acompaña. Ciertos días la amo y por momentos la aborrezco (¿debo avergonzarme por confesarlo?) ¿Acaso Aristóteles, a quien nadie se ha atrevido aún a negarle grandeza, no hablaba con su alma, si bien jamás la había visto, como él mismo admitió? Así es, más aún, forma parte de las cosas más arduas conseguir alguna certeza acerca del alma. Pero conozco bien a mi imagen reflejada y necesito contemplarla un rato bastante largo antes de que empiece a hablar por impulso propio. Es como si saliera de mi propio yo para hablar conmigo. Vivo con mi espejo como con un amigo, lo saludo cada mañana, me enojo con él por su perverso rigor y cuando lloro es cuando más lo amo.
    Nunc est bibendum!

    Yo, Polibio, liberto del divino Augusto y experto en el arte de la escritura, tomé un espejo en la mano para saber qué diría mi imagen. A juicio del César, es menester mirarse un buen rato para entender el lenguaje de la propia alma. Pasé media noche mirando al espejo con los ojos casi fuera de las órbitas, a la luz de la lámpara. Tener que contemplarse a sí mismo es una tortura y al cabo de corto tiempo uno se siente estúpido. De todos modos, no escuché nada, excepción hecha de los sonidos que yo mismo causé. Esto me sugiere dos preguntas: ¿estará loco el Divino? o ¿careceré de alma? Tal vez sólo posean alma los intelectuales y los filósofos, o quienes nacieron libres, como los romanos. Fuese como fuere, hasta ahora no eché de menos este dispositivo. Al contrario, cuando leo las dificultades que le causa su alma al Divino, renuncio a ella de buena gana.

LII

    Me gusta el rojo setinés. Doy gracias a Baco por él.

LI

    Detesto el rojos setinés. Se escapa…
    Se me escapa por arriba y por abajo. Asco…

L

    Desde hace dos días no abandono el lecho y aun para evacuar los humores de mi cuerpo Antonio Musa me acerca un recipiente de vidrio en el cual introduzco mi dolorido pene. ¡Por el portentoso hijo de Apolo, la vejiga me va a matar! A intervalos irregulares el dolor me lacera las entrañas como un puñal. Hasta ayer ya no deseaba vivir, estaba dispuesto a renunciar a los días que me quedan y prefería la muerte a la vida.
    Musa me trató como a una gallina muerta. En medio de atroces tormentos me metió en el ano sus dos dedos más largos, semejantes a patas de araña, lo cual me hizo vomitar por allí, como por el gaznate cuando el estómago está repleto. Simultáneamente, me oprimió el abdomen con la otra mano como si fuera el vientre de una parturienta, para poder palpar mi vejiga con los dedos de la otra. Lograda la operación que me llevó al borde del desvanecimiento, Musa movió la cabeza satisfecho como si se hubiera confirmado su sospecha y en respuesta a mis apremios me reveló su descubrimiento: en mi vejiga se habían acumulado piedras más grandes que las pepitas de oro que lavaban del río lucanés los habitantes de Tunos. Musa propuso extirparías según el más novedoso procedimiento conocido para evitar el envenenamiento de la orina o la rotura de la vejiga.
    El dolor en mis entrañas me nubló los sentidos al extremo que autoricé a Musa a realizar los preparativos para la intervención, pero cuando sus ayudantes me separaron las piernas como en el potro de tortura y ataron cada una al borde de la cama con correas de cuero, les ordené detenerse y pedí explicaciones. Musa me hizo notar lo apremiante del caso, pero no le permití proceder hasta que me aclarara los pasos a seguir. Me dijo entonces que haría con la mano entera lo que momentos antes con dos dedos, y en la mano llevaría un bisturí para abrir la vejiga. Mediante unas pinzas de pico largo extraería piedra por piedra y luego dejaría que la herida se curase por sí sola de manera natural.
    Solamente volcar en el papel este procedimiento hipocrático me priva de los sentidos. Injurié a Musa llamándolo inhumano por pretender realizar esta clase de operaciones en un cuerpo vivo. ¿Qué lo diferenciaba ya de los temibles alejandrinos que maltrataban a los muertos, los envolvían en hierbas, corteza y cáñamo para impedir la descomposición y luego los cortaban pedazo a pedazo, por amor a la ciencia, según anunciaban? Yo, Caesar Divi Filius pregunto qué extraño amor es ese que presta más atención a los 300 huesos, 500 músculos, 210 articulaciones y 70 canales sanguíneos que al individuo entero, al hombre.
    Eché a Musa de mi presencia junto con sus siervos pálidos como cadáveres y le grité todo mi dolor. Sentí entonces un alivio momentáneo, como si hubiera sido una señal de los dioses. Fue una de esas oleadas de bienestar que se apoderan de mi cuerpo, consistente en la transición del dolor a la sensación de librarme de él. El galeno se marchó, pero a poco regresó con un menjunje de semillas de hiedra y vino añejo, que bebí ávido a pesar de su sabor amargo. ¡Por Esculapio, no hubiera vacilado en beber ojos de rana en sangre de buey si me hubiese prometido alivio!
    Antonio Musa me advirtió que la hiedra separaba a los médicos como el Rubicón a la madre patria de las provincias. Unos consideraban que obraba milagros, otros la tenían por mortal, pero él había descubierto el secreto de la hiedra y la distinguía por su sexo. La hiedra hembra tiene hojas duras y crespas, un tallo grueso y un gusto ardiente. Es perniciosa para la vista y esteriliza a hombres y mujeres. La planta masculina, en cambio, quita los calambres, ablanda los pechos de las mujeres, favorece la menstruación y la expulsión de la placenta, pero sobre todo tiene propiedades diuréticas.
    En el templo de Esculapio haré colocar una estatua de oro del tamaño del trigo cartaginés, en honor a la hiedra, a la hiedra macho, se entiende, para conmemorar el alivio de los tormentos del Divus Augustus, y a Musa le erigiré una estatua junto a la de Esculapio.

XLIX

    En las calendas del mes Quintilis, yo, Imperator Caesar Divi Filius, me veo por primera vez libre de los peores dolores, pero apenas abandoné mi hedionda cama el destino me sorpendió con un nuevo golpe. ¡Cómo me horroricé al mirar por la ventana! La verdeante fronda del roble que pocos días antes prometía nueva vida se veía marchita y achaparrada a la luz del sol, condenada a muerte. Esto ha matado mi última esperanza de que el portento de la naturaleza castigara las mentiras de los agoreros. Ya ha pasado la mitad de los días que me quedaban y conviene mirar discretamente hacia la salida. Sé sincero, amigo, sería poco deseable que este decrépito y envejecido que huele más a mortalidad que a ser humano viva más de lo que se le prometió. Habla, ¿por qué te aferras de este modo a tu vida? Levanta la piel marchita de tu pecho y de tus brazos y luego suéltala. ¿No cae fláccida como un trapo mojado? Y tus piernas que se niegan más y más a sostenerte ¿no se parecen a verdes tallos que engrosan en nudos? ¿Qué quedó de todo tu orgullo, tu cabellera? una rala corona. Y ahora que ya no ofreces una imagen agradable a la vista, la debilidad de tus ojos te impide apreciar la belleza del universo.
    Llamé a Musa para que me quitara el asco que amenaza asfixiarme. Arden mil piras funerarias y el humo no me deja respirar. Mi médico me dice que los romanos más ancianos habían ordenado a sus herederos que condujeran a la colina capitolina víctimas propiciatorias en acción de gracias, porque yo, Caesar Divi Filius, los había sobrevivido. Según me informó, arden por toda la ciudad hogueras festivas porque doblegué a la muerte como Esculapio, quien, si recuerdo bien, fue herido por el rayo de Júpiter. Yo me inclino a creer que son piras funerarias, creo que Musa anunció mi muerte y ahora está sorprendido de que viva aún. Vivo con oleadas de dolor en el vientre, pero vivo.

XLVIII

    ¡Oh, Livia, esta mañana he despertado como en sueños con una dulce voluptuosidad! No sé qué la provocó, pero mi miembro estaba erecto y se veía poderoso, como no recuerdo haberlo visto en mucho tiempo. Incrédulo como un niño que cree menos en sus ojos que en sus manos, me lo palpé Y al manipularlo se acrecentó mi excitación. Todavía en el lecho batí palmas para llamar al esclavo y ordenarle que llamara a Livia, pues al César le habían acometido deseos y la requería a su lado.
    En edad no nos separan sino cinco años, pero para mí Livia es una eterna imagen de juventud, adorable como Venus y Roma. La fragancia de su piel no le va en zaga a las flores de las cortesanas más caras. Y se justifica, pues todas las mañanas, a mediodía y por la noche se hace bañar y ungir, todos los días cambia los ramilletes de buen olor que lleva entre los muslos y los senos, compuestos de hierbas raras de la provincia de Asia. Aunque envejecimos juntos, Livia se conservó para mí como la que conocí en mis tiernos años: alta, de amplias caderas, el largo cabello ondulado partido al medio recatadamente (aún hoy perfecciona su brillante matiz con azafrán) y sus ojos, dos tizones. Su mirada, que una vez sostuve tan seguro de mí mismo que la obligué a separarse – de Tiberio Claudio Nerón a pesar de llevar un hijo suyo en el vientre, delata esa mezcla de impudicia y seguridad en sí misma que hace tan deseables a las mujeres. Para mi nada varió.
    Cuanto más envejecía y cuanto más me lo hacía notar el espejo, tanto más difícil me resultaba sostener su mirada franca que todos los días me escudriñaba y levantaba entre ambos un muro invisible. Su arte de saber vivir consiste en no contradecirme jamás, apartarse de toda crítica y, no obstante, imponerme su voluntad (inadvertidamente a su juicio). No intento disuadirla (¿qué me puede quitar de divinidad que ella persevere en esa idea?), y por añadidura, para que su comportamiento parezca legitimado exteriormente la elevé a la dignidad de Augusta, un título que la convierte en corregente. A partir de ese día comenzó a mostrarse dominante conmigo, lo cual puede convenir a una dama de su posición, pero no a la esposa del Imperator Caesar Augustus. Si la mando llamar, obedece, pero basta un solo parpadeo de sus ojos para testimoniarme su desagrado, razón por la cual me irrito y trato de evitar su mirada. Debo resistirme a invitarla a mi lecho, desde que mis apetitos fracasan una y otra vez, pues veo en su rostro una expresión de creciente compasión, esa compasión que ningún varón soporta indemne. ¿Dónde está mi espejo?
    Recuerdo ese primer encuentro en que Livia me salió al paso inesperadamente. Mecenas daba una fiesta en sus jardines y medio Roma estaba en pie. Baile a la luz de las antorchas, música frenética y las mujeres más bellas de la ciudad, entiéndase bien, las más bellas, no las más decentes. Claudio Nerón trajo a su esposa ante mi petición, según la nueva costumbre, a pesar de su estado. Ver a Livia Drusila y sentirme inflamado de pasión fue todo uno. Quedé tan fuera de mis cabales que la arranqué del brazo de su marido como una pera de una rama nudosa y con palabras zalameras la llevé a un cercano santuario entre negros pinos, dedicado por Mecenas a Lara, la diosa de la tierra. Palpé con creciente deseo su vientre turgente, la despojé de sus ropas con mano trémula sobre el frío mármol, devoré con los ojos lo que el claro de la luna me permitía ver y me abalancé sobre elia con el ímpetu de un toro.
    Naturalmente, lo recuerdo. Siento la cera de su piel, el suave vello de su pubis, escucho sus voluptuosos gemidos y el leve murmullo de nuestros cuerpos unidos. Todo se me antoja tan cercano como si hubiera sucedido ayer. Sí, creo que a medida que avanza mi senectud, acontece lo que con todos los recuerdos: con el correr de los años los más recónditos afloran a nuestra memoria y los recientes son reprimidos. En aquel instante, cuerpo con cuerpo, creí tener que entregarle mi semilla, creí que esta savia de mi cuerpo impartiría mi carácter a la vida que palpitaba en su seno, pues esa misma noche supe que me casaría con Livia Drusila.
    ¿Tuviste éxito?
    ¿Exito? Al día siguiente convencí a su esposo que me la cediera, lo cual no se concretó sin amenazas a Tiberio Claudio Nerón, lo confieso. Ciertamente, fue un éxito, pero no fui menos afortunado en el uso de mi semen: Druso, el hijo que Livia dio a luz antes de los idus de Januarius, recibió el nombre de Claudio al nacer, pero toda la vida fue un Julio con las más elevadas virtudes, mi Druso, mi hijo. Desposé a Livia a los tres días del alumbramiento. La criatura que yo le engendre vino al mundo prematuramente y murió a temprana edad. Sólo quedó Tiberio, que no puede negar su verdadera ascendencia. No pude resistirme al deseo de Livia de que lo adoptara; ¡pero contempladlo! ¡Escuchad lo que dice y piensa! ¿Pensar? ¡Es el receptor de las órdenes de su madre y eso a los cincuenta y seis años!
    Aparté el espejo en el preciso instante en que Livia entró en mi cubiculum. Despidió con un ademán a su esclava frente a la puerta y se acercó a mi lecho. El lazo de su túnica holgada estaba suelto y ésta presentaba un tajo al costado. Emanaba de ella un aroma extraño. Permaneció así ante mí, de pie, la mirada fija.
    – ¿Me hiciste venir, César?
    – Ciertamente, Livia – en mi voz había triunfo, el orgullo de un hombre que inesperadamente recupera su vigor viril. Le alargué la mano en un gesto cordial:
    – ¡Ven!
    Confiaba que tomaría mi mano, se subiría al lecho de rodillas y se me ofrecería como una diosa complaciente, pero Livia permaneció inmóvil. La miré y observé que apretaba los labios y en la comisura de sus labios jugueteaba una sonrisa burlona. Su parpadeo sólo delató un sentimiento: compasión.
    En un abrir y cerrar de ojos fui presa de la cólera que exacerbo aun más mi lascivia. De un tirón aparté la sábana para que pudiera apreciar mi potencia viril y se desvaneciera presto su burla. Bajé la vista orgulloso como el cazador de su presa. En cambio, mi mujer rehusó dirigir la mirada hacia mi priapo y la clavó en mi rostro, con esa invariable sonrisa despectiva.
    – ¡Ven! – repetí, esta vez casi suplicante.
    Y mientras Livia posaba su reverente rodilla sobre el borde de mi cama, mientras se levantaba la túnica con ambas manos a la manera de una rústica de la Campania, a quien el esclavo le arroja higos desde la higuera, mi condenado miembro se abatió, quiero ser sincero, se desinfló, y antes de que pudiera darme cuenta pendió fláccido como un tallo de puerro.
    Me quedé rígido, petrificado como una estatua, incapaz de cubrirme con la sábana. Esta mañana he muerto una pequeña muerte. Cuando Livia advirtió lo que había sucedido se contuvo, no dijo nada y su sonrisa pareció desvanecerse. En absoluto silencio bajó de la cama, ordenó sus ropas y se dirigió a la puerta. Mientras se alejaba, se volvió, murmuró algo que no pude entender, pero en ese preciso instante murió mi amor por ella.
    Incapaz de pensar en nada, tomé el espejo y vi reflejado en él un rostro descompuesto, de ojos enrojecidos, cabellos enmarañados y hoyos en la piel arrugada. De pronto, brotaron hojas de la maraña de raíces y el tronco se cubrió de corteza. Despavorido, arrojé lejos de mí el adminiculo de plata.
    Ahora sé que la muerte no es un proceso único: antes de perder la vida sufres muchas muertes pequeñas, y la suma de ellas es, por cierto, un alivio.

XLVII

    Si los videntes tienen razón, me quedan tan sólo cuarenta y seis días. ¿Por qué, me pregunto, habrían de mentirse a si mismos los dioses? ¡Ah, no, Apolo vaticinador, tú pronosticaste y habrás de mantenerte en tu predicción! Quiero paladear cada uno de estos cuarenta y seis días, sorberlos como vino de Retia, dejarlos disolver sobre la lengua como la negra miel egipcia, empezar una nueva vida cada amanecer. ¡Fuera los pensamientos sombríos! ¡Vuélvase el dolor allí de donde ha venido! Que Musa ensaye sus artes en los cadáveres alejandrinos, no en la vejiga colmada de piedras del César.
    Desde que le impedí practicar en mi aquella operación dudo seriamente si pensaba emplear su técnica en mi beneficio o en el suyo, si mis enemigos no lo habrán sobornado con el propósito de poner a mi vida prematuro fin. Todavía me falta la última prueba. Pero, ¿por qué me miente mi médico a falta de un mejor saber? ¿Por qué consideró buenas las perspectivas de éxito de la intervención cuando es sabido que durante mi gobierno, y este lleva ya más de cuarenta años, apenas sobrevivió una docena al procedimiento del cortador de piedras?
    En la vejez no ha disminuido el número de mis enemigos. Quien impera sobre los hombres no puede esperar general aprobación, y si me resulta difícil acabar con mis enemigos, más me cuesta aún entenderme con mis amigos. Muchos de los que se llamaban mis amigos, probaron ser enemigos cuando estuvo en juego su propio beneficio y, si he de ser sincero, el egoísmo tampoco se detuvo ante mí: no, cuando codicié a Livia, la mujer de mi amigo Tiberio Claudio; no, cuando me interesó aumentar el propio bienestar con las ganancias provenientes de las provincias. Sólo le di a Agripa lo que le debía, ni un as de menos, pero tampoco de más, como si la amistad fuera una cuestión de réditos. ¡Mercurio, esto me remuerde la conciencia!
    Siempre desconfié de Musa y de sus misteriosas pócimas, así como recelo de toda clase de medicina. Jamás lo llamé amigo. Se cuenta entre esa especie de médicos que sólo practican su profesión con miras a lo que les redituará y se hacen pagar con oro cualquier servicio. Musa es un liberto y se merecía la libertad, pero hoy ostenta la riqueza que amasó gracias a mi precaria salud, pues cualquier movimiento de mis intestinos incrementaba su fortuna. Pero no sólo esto. A poco de quedar yo restablecido de la gota, el Senado le otorgó el derecho de usar anillos de oro y, repuesto yo de la diarrea, exención vitalicia de impuestos. ¿Qué otras hazañas quedaban por hacer?
    No exagero. Si me dolía una muela y Musa hallaba una bebidita eficaz, se hacia extensiva la exención de impuestos a sus descendientes. Si la gota torturaba mis rodillas me calmaba con cataplasmas calientes de hierbas y el beneficio se extendía a todos los médicos que llegara a producir Roma. Se me ocurre que a los médicos jamás se les retribuye con la debida largueza. Sin embargo, muere más gente por culpa de sus médicos que de sus enfermedades. Musa fracasó deplorablemente con sus baños fríos y bebidas, cuando Marcelo, mi amado sobrino y yerno, enfermó de la misma fiebre que amenazó segar mi vida. Ambos fuimos sometidos a la misma terapia. Yo sobreviví gracias a los dioses y porque mi endeble naturaleza se resistía a una muerte temprana, pero Marcelo, que jamás había tenido una enfermedad, falleció al día siguiente a los diecinueve años.
    Con la pena que sentía por mi querido sobrino se mezcló ya entonces la duda de si Musa no habría hecho suya la misión de Morta, si no se habría enredado en las redes de Fortuna como cualquier otro romano, si su arte no seria sino un bien pagado convertir en realidad ciertas esperanzas.
    Pronuncié la oración fúnebre frente a la pira en el Campo de Marte, hecho un mar de lágrimas y mientras las palabras expresaban el dolor de mi corazón y las llamas se alzaban inexorables, eché una repentina mirada al rostro de Tiberio. Claudio Nerón, el hijo de mi esposa Livia y me horroricé: ni un asomo de condolencia se reflejaba en aquellas facciones, y por supuesto ni qué hablar de dolor, cuando debía estar consternado por la suerte del amigo de su misma edad. Musa estabá a su lado, el rostro pétreo, la mirada apartada de las llamas, contrariamente a lo que corresponde a un romano pío. Transido de dolor, como si el difunto hubiera sido mi propio hijo, no le di mayor importancia al incidente, pero años más tarde los frecuentes encuentros de Tiberio y Musa, más frecuentes de lo que hacia necesarios el estado de salud del primero, me trajo a la memoria lo advertido durante las exequias de Marcelo.
    Hijastro y sobrino fueron amigos desde un principio, pero de hecho sólo había lugar en la historia para uno de ellos. Hubiera deseado que fuera Marcelo, pero sus cenizas descansan desde hace treinta y siete años en mi mausoleo en el Campo de Marte.
    A pesar de lo mucho que amé a Livia (escribo amé y no me sorprendo), su hijo Tiberio siempre fue un extraño para mí, aun después de adoptarlo a instancias de su madre. La circunstancia de que amara más a Octavia, su tía, que a Livia, no me pasó inadvertida y no hizo sino agudizar lo encontrado de mis sentimientos hacia el muchacho. Tiberio es impredecible y falso como una serpiente y no me extrañaría que él, a quien instituí heredero testamentario, haya buscado la colaboración de Musa para poner a mi vida prematuro fin. ¡Por Júpiter! Tiberio cuenta ya cincuenta y seis años, la edad en que halló la muerte el Divus Julius. Yo mismo daba por vivida mi vida a los cincuenta y seis, eliminados ya todos mis enemigos y perdidos los amigos. Virgilio, Horacio y Mecenas se habían marchado antes que yo, y a mí me quedaron dos decenios para llorarlos. ¡Empezar su vida a los cincuenta y seis años, qué idea atroz!

XLVI

    Desde hace días me atormenta el pensamiento de si hice bastante por la inmortalidad. En verdad, la Pax Augusta fertiliza los campos, adorna las ciudades, y los mercados están abarrotados de mercancías. Jamás fue mayor la riqueza y más bajos los intereses que en estos tiempos. El hartazgo hace lanzar al pueblo sonoros eructos y nunca se lo ha visto tan rechoncho. Como las vacas en las dehesas de Campania regurgitan en su saciedad, no dejan de masticar con deleite y una y otra vez empiezan a manducar de nuevo. Cuando no hay guerra, imperan los instintos: la gula, la fornicación, la dulce vida y, ocasionalmente, las artes se desperezan.
    Pero una ojeada a los anales me delata algo amenazador: en ellos jamás se registró la paz, sólo las guerras parecen dignas de mención. En mis cuarenta y cinco años de gobierno, la guerra jugó un papel secundario, como el coro en la tragedia que, si bien dirige la acción, nada tiene que ver con los personajes que actúan. Hoy nadie habla ya de la prudencia y la bondad de mi divino padre, pero hasta un niño es capaz de enumerar sus batallas y decir el número de enemigos muertos. Debo admitirlo, traté de imitarlo en mi Res gestae, pero apenas hube concluido me alarmé: lo digno de mención cabía en una sola tablilla, aun cuando mencioné cada uno de mis actos entre los diecinueve y los setenta y seis años.
    Clemencia y justicia, amor a la patria y paz ocupan bastante menos lugar que el imperio de la violencia y la corrupción, el afán de lucro y las guerras. Pues la historiografía no es cuestión de lógica e inteligencia, la historiografía nace del ideal de una posteridad exagerada. La paz, dicen los filósofos, no es sino la ausencia de la guerra y esta es un estado natural, o como lo expresa Homero: el hierro seduce y se lleva al hombre consigo por si solo. Desde la fundación de la ciudad la espada segó más que la hoz y temo que a mi muerte no será distinto. Un pueblo que se da el lujo de tener veinte fetiales, que durante toda una vida no hace sino declarar la guerra a sus enemigos, no se merece la paz.
    Días atrás informé sobre las razones de mi amor por la paz. Las resumiré en una frase para la posteridad: aborrecía la guerra. La aborrecía porque la temía, todo lo demás ya ha sido dicho. La guerra es un maestro brutal, no sólo deroga leyes, sino trueca las acciones de los hombres en lo contrario: la arremetida impremeditada se vuelve valentía, a la reflexión se la llama de pronto cobardía, las buenas costumbres se consideran el embozo de un carácter timorato; los fanáticos y los agitadores pasan por personas merecedoras de crédito y por sospechosas quienes los contradicen. La bajeza y la perfidia se equiparan a la prudencia y de quien las ve al través, se dice que tiembla ante el adversario. Cosecha loas quien se anticipa a los planes perversos con acciones perversas, y, en general, el hombre prefiere ser tenido por un malvado, pero sagaz, y no por un tonto, aunque decente. Lo uno lo avergüenza, de lo otro se ufana.
    El autor de estas sabias palabras es Tucídides, uno de los más grandes hombres de la antigua Hélade antes de su decadencia, quien encontró en Salustio un aplicado imitador que dijo lo siguiente sobre su arte de historiador: "Quien busca conocer el pasado como también el futuro, que de acuerdo con la naturaleza humana seguramente volverá a ser lo mismo o parecido, puede tener por útil mi descripción y esto me satisfará." Leí repetidas veces su prosa de rigurosa composición, en la que describe la guerra civil, y si me llevo por lo que afirma, tiemblo por el futuro de Roma, porque la venganza, la brutalidad y la ley del más fuerte siempre prevalecerán por encima del derecho y de la virtud. ¡Ah, si Tucídides pudiera componerme un monumento con palabras como a Pausanias, el espartano, o a Temístocles, el ateniense (ambos sufrieron una muerte indigna, pero sus nombres gozarán de elevado prestigio por toda la eternidad, porque el ateniense ensalzó sus hazañas).
    La esencia del Estado es el poder, decía Tucídides y cosechó silencio de Platón, porque este consideraba la esencia del Estado a la justicia. Se produjo así el desacuerdo entre dos hombres amantes por igual de la paz, pero cada cual a su manera. Me pregunto, por qué justificamos nuestro cruento oficio por espacio de centurias mediante nuestra humana civilización que a los extranjeros les es tan remota como a un romano la religión de los egipcios. No me convence lo que afirman los filósofos en la provincia de Aquea donde Heráclito, "el plañidero", quiso hacernos creer que la guerra es la madre de todas las cosas. Según estos filósofos la guerra y la paz serían una ley natural como la simpatía y la antipatía y hasta se encontrarían en la naturaleza inanimada, donde cada cosa encuentra a su dominador.
    El agua, opinan, extingue al fuego que todo lo devora, el sol absorbe el agua, y todo cuerpo celeste, incluido el sol, es oscurecido por la violencia de otro. La piedra imán, dicen, atrae al hierro, pero rechaza a su igual y ningún poder terreno consigue juntarlas. El diamante, dicen, raro gozo de un rico propietario, tampoco puede fracturarse mediante la fuerza bruta, pero en sangre de chivo salta en pedazos como el vidrio expuesto a la llama. Todo esto podrá ser exacto y no contrariar a la naturaleza, pero es prueba suficiente de que debe existir la guerra entre seres humanos. Me espanta examinar los anales del imperio que registran los nombres de los magistrados, los eclipses de sol y de luna y otros prodigios, los encarecimientos y los donativos de cereales; que citan a los más arrojados, en la batalla, pero jamás a los más amantes de la paz. Se considera el más valiente al tribuno del pueblo Lucio Sicio Dentato que combatió en ciento veinte batallas después de la expulsión de los reyes. Su orgullo eran las cuarenta y cinco cicatrices de la parte anterior de su cuerpo, pero su fama el hecho de que no presentaba ninguna en el dorso. Dentato marchó en triunfo frente a nueve generales. Marco Sergio, el bisabuelo de Catilina, perdió la mano derecha en su segunda campaña y fue herido veintitrés veces. Aníbal lo tomó prisionero dos veces y escapó otras tantas, la última después de pasar veinte meses encadenado. Siguió luchando valientemente con una mano de hierro aun cuando le mataron dos corceles, tomó Cremona, Placencia y doce campamentos galos enemigos. Si la valentía es una virtud, entonces estos dos hombres fueron los más virtuosos del imperio, pero si la valentía es sólo una manifestación de egoísmo y codicia, sus acciones serían reprochables. ¿Por cuál criterio debo decidirme?
    Yo no fui un valiente, más bien un cunctator como Quinto Fabio, el dictador, pero así como a este se le otorgó más tarde el epíteto Maximus, para mí también llegó la hora en que mi vacilación fue interpretada como grandeza.
    Y sí en un principio el titubeo de Quinto fue una ignominia en la guerra contra los cartagineses se trocó de improviso en virtud y Ennio elogió al irresoluto con las palabras: unus homo nobis cunctando restituit rem. Así de relativas son la valentía y la virtud.

XLV

    He encomendado al esclavo encargado de traerme todas las mañanas la fuente con agua perfumada, que al despertar me diga la cantidad de días que aún me quedan de vida.

XLIV

    Mandé flagelar al esclavo, pues me dijo que me quedaban sólo cuarenta y cuatro días. Me resulta insoportable empezar el día con esta expectativa.

XLIII

    La experiencia más terrible de la vejez es sobrevivir a los amigos. He vivido más que Virgilio, Agripa, Mecenas y Horacio.
    Me figuro ser el último árbol de un bosque condenado a la tala antes de sucumbir a la gangrena, un fósil objeto de la curiosidad y el asombro de quienes lo miran, un obstáculo en el camino de la generación venidera, un raro espécimen como los gigantes Pusio y Secundila de los jardines de Salustio o la enana Andrómeda.
    Con cada amigo que te deja, muere una parte de ti: Virgilio me dio la confianza en mí mismo; Mecenas, un poco de inmortalidad, y Horacio, la alegría de vivir, pero Agripa fue mi segundo yo. Es a quien más extraño. Convivimos en el Palatino bajo un mismo techo, le entregué mi anillo de sello cuando enfermé de gravedad y no pude concluir los negocios del Estado. Sin embargo, fue él quien me precedió en abandonar este mundo. Aconteció hace veintiséis años, durante el consulado de Marco Valerio y Publio Sulpicio. Durante la retirada de Panonia le atacó una enfermedad galopante difundida entre los bárbaros de las provincias del norte y falleció. Lloré ocho días seguidos, luego le dediqué una oración fúnebre en el Foro y deposité sus cenizas en mi mausoleo.
    En realidad, lo que el pueblo tanto ama en mí, Caesar Augustus Divi Filius, es la obra de Agripa. Mis victorias, mis conquistas en las provincias fueron sus triunfos; mi generosidad y mi dignidad, las suyas. Nos conocimos en los días de la pubertad, cuando en la escuela de retores practicábamos el arte de la libre plática según el modelo de los helenos, y fuimos como dos hermanos a partir de entonces. Su dureza compensaba mi blandura en los saltos, su temeridad daba alas a mi vacilación. Enumerar todas sus acciones sería como llevar leña al monte. En Filipo estuvo de mi lado y comandó la flota en Accio, en Nauloco venció a Sexto Pompeyo. Sin embargo, no sólo era hombre de librar batallas. Como praetor urbanus brindó al pueblo acueductos y baños, hizo mensurar el imperio desde Gades hasta las fronteras del reino de Partia y desde Briania a la provincia de Egipto, confeccionó itinerarios y lo registró todo en tablas accesibles a los romanos en los pórticos del Campo de Marte. En honor de los dioses erigió un templo tan alto y hermoso como el cielo, y como muestra de reconocimiento no pidió sino la siguiente inscripción en el epistio del atrio: Marcus Agripa Consul Tertium Fecit. Los romanos lo llaman Panteón porque alberga las estatuas de muchos dioses y su bóveda da la impresión de elevarse hasta el cielo. Quieren a este edificio, porque a poco de concluir su construccion fue alcanzado por un rayo, señal de contento de los dioses, pues, así lo dicen los escritos etruscos, nueve dioses del cielo arrojan sus rayos, pero es un msterio cuál de los nueve se anunció en el edificio de Agripa.
    Aunque tenía mi misma edad, no pocas veces Agripa sofrenó mi temperamento; el águila venció al halcón, el discernimiento a la impetuosidad. En una ocasión me tocó juzgar a unos ladronzuelos y dominado por la ira iba a condenarlos a muerte cuando Agripa me arrojó de entre la muchedumbre, una tablilla en la cual había garrapateado las palabras: "¡Levántate, verdugo!" De este modo apaciguó mi desmedida cólera y salvó la vida de los acusados. Siempre hacía lo correcto a su debido tiempo, trocaba loas e invectivas según lo exigiera la situación y sabía dar la impresión de estar en condiciones de dominar cualquier situación. Agradezco a los dioses que no debiera marchar yo contra las tribus de los cántabros en la lejana España, cuyo salvajismo e incultura son temidos desde tiempos remotos. Después de largos años de luchas estériles los propios soldados se amotinaban y confesaban mutuamente su miedo frente a un enemigo cuyas reacciones eran impredecibles. En aquella situación, Agripa mostró puño de hierro, degradó a la Legio Augusta en pleno y de este modo obligó a los soldados a un combate victorioso. En virtud de este logro, prometí al amigo su propio triunfo, pero Agripa, con su habitual modestia, renunció.
    A menudo le pregunté si era feliz, pero jamás obtuve respuesta, salvo un encogimiento de hombros, pues mi amigo había sido un "parto difícil", uno de esos que viene al mundo con los pies hacia adelante, en lugar de hacerlo de cabeza, lo cual es contra natura y por otro lado un presagio inequívoco de gran infortunio. Cuando su vida fue segada a los cincuenta y un años, los agoreros vieron en su prematura muerte la prueba de la desgracia, pero yo dudé y aún hoy ignoro si me puedo llamar dichoso por estos veintiséis años más de vida que me fueron concedidos o si la mejor suerte le correspondió a Agripa a quien mandé llevar a la pira, con los pies hacia adelante, tal como había nacido.
    ¿Pero qué es la suerte en realidad? ¡Qué insensatos son los tracios, esos bárbaros dados a la bebida, que al final de cada día colocan en una urna guijarritos de distintos colores: uno blanco por la felicidad, uno negro por la desgracia. Cuando deja de existir un tracio se cuentan sus piedras y se da a conocer el color al que le correspondió la mayoría. Entonces sus deudos consideran su vida feliz o desdichada. ¡Como si una hora de dicha no pudiera hacer olvidar las cuitas de toda una vida! ¡Tracios necios! Si quisiera daros un consejo, sería este: pesar en lugar de contar. Una roca pesa más que un sinnúmero de cascajos.

XLII

    Sobre mi escritorio se apilan libeli y epistulae, la tarea diaria del César. Esperan la subscriptio. ¡Cómo aborrezco estos trabajos! Cada nuevo día Tiberio trae más legajos, resultado del censo, y temo que me asfixiaré entre tantos pergaminos, los guarismos me ahogarán.
    Me asalta la angustia cuando pienso en el futuro de nuestro pueblo. Roma cuenta con 800.000 habitantes y, según lo indican las listas, 200.00 son plebeyos que aguardan con sus bocazas abiertas las raciones gratuitas de granos. El número de esclavos es aun mayor, estómagos caros de los que se rodéan muchos ricos, no porque los necesiten, sino porque es un signo de bienestar poder llamar propios a cien, quinientos o mil de ellos.
    Las casas, bajo cuyos techos la gente se apiña como hormigas en su hormiguero, hubieran llegado a las nubes si yo no hubiese limitado su altura mediante la ley a siete pisos. En algunas de estas insulae habitan quinientos individuos bajo un mismo techo, miserables agujeros donde la gente enferma, pero hacen ricos a los usureros. De acuerdo con el ejemplo de mi divino padre, eximí a los humiliores por ley, por una única vez del pago del alquiler por un año, pero me cuidé de no repetirlo, pues, ¿de qué vale la simpatía de la gente inferior, cuando al mismo tiempo nos atraemos el odio de quienes tienen voz en el Estado? Muchos nombres importantes como Cicerón y Mecenas debieron su riqueza a la especulación con tierras y viviendas, aun cuando esto no se conoce, pues los propietarios de Roma alquilan sus insulae a locatarios de oficio, quienes a su vez encargan a subinquilinos la recaudación de los ignominiosos alquileres. Las construcciones de madera de delgados tabiques, son habitadas en catastrófica promiscuidad y en Roma no pasa un día en el que no se incendie una insulae o se derrumbe como el tallo de un cereal bajo el peso de la espiga. ¿Júpiter, en qué terminará esto? Y con todo la expansión de Roma es menos que la de aquella Cartago que antes de su destrucción alojaba a 300.000 individuos, o la de Siracusa o Babilonia dentro de cuyos muros vivieron alguna vez 400.000 habitantes.
    Mientras los ricos se ceban con su riqueza y sus fortunas crecen sin que ellos necesiten mover un dedo, la pobreza consume a los plebeyos. Si sopla el frío aquilón se congelan porque carecen de ropas, pero aquellos que pueden comprar túnicas más abrigadas no las necesitan, pues cierran con vidrio las ventanas de sus casas e impiden de este modo la entrada de corrientes de aire. Estas diferencias atizan la envidia y el odio y, sin embargo, día a día miles de plebeyos pujan por llegar a Roma y reclamar el derecho conquistado durante la guerra civil de ser mantenidos y entretenidos a costa del Estado: panem et circenses.
    En general, predomina la opinión de que mejor es ser un romano pobre que un rico habitante de provincia. Esto suena a disparate y por otro lado tiene lógica, puesto que el plebeyo romano tiene más derechos que un terrateniente provinciano. Roma no es sólo la capital del imperio, Roma es el imperio, una isla en el mar de la codicia provinciana, y, no obstante, son las provincias las que mantienen con vida a esta ciudad que librada a sus propios recursos hubiera sido incapaz de subsistir desde hace mucho. Mi propósito era crear una nueva aristocracia imperial mediante la acogida en el Senado de distinguidos provincianos, consciente de que esta atraería muchos enemigos en Roma. Yo creía que de este modo lograba acrecentar la importancia de las provincias y confiaba que los senadores de afuera representarían en sus comarcas la causa de Roma, pero muchos de ellos, seducidos por el brillo exterior de esta ciudad, se trasladaron a la capital con un numeroso séquito de adeptos. Yo mismo soy el culpable de este fenómeno, pues de una ciudad de barro y madera hice una ciudad de mármol.
    Para contrarrestar la carencia de viviendas, mandé construir suburbios y dividí a Roma en catorce regiones, a saber:

    1 – Porta Capena
    2 – Caelomontium
    3 – Isis y Serapis
    4 – Templum Pacis
    5 – Esquiliae
    6 – Alta Semita
    7 – Via Lata
    8 – Forum
    9 – Circus Flaminius
    10 – Palatino
    11 – Circus Maximus
    12 – Piscina pública
    13 – Aventino
    14 – Trans Tiberim

    Roma es un eterno inflarse y reventar. Las calles y los caminos se han vuelto tan estrechos entre los desfiladeros de casas que los habitantes de los pisos superiores pueden estrecharse las manós. Más de una vez me animó el deseo de prender fuego a los barrios más bajos de la ciudad y reconstruirlos según una concepción más moderna. Hace ocho años, durante el consulado de Marco Emilio Lépido y Lucio Arruncio, estallaron incendios en varios distritos de la ciudad. No quiero nombrar a los incendiarios, pero no puedo ocultar mi desilusión, porque las llamas fueron extinguidas al día siguiente. A regañadientes, y debido a la presión pública, hube de aprobar la creación de un cuerpo de bomberos integrado por 7.000 hombres, y estos 7.000 servidores vigilan que ningún edificio se convierta en pasto de las llamas. Temo que Roma jamás cambiará su fisonomía.

XLI

    El resultado del censo me llena de orgullo.
    Yo, Imperator Caesar Augustus Divi Filius, domino el mundo. Mando sobre 54 millones de individuos, de los cuales ni la décima parte posee la ciudadanía romana. Tiberio ha contado 4.233.000 ciudadanos romanos. Los judíos suman cuatro millones, los habitantes de las provincias galas siete millones y sólo en Egipto se han registrado ocho millones.
    Mi dominio se extiende de las Columnas de Hércules hasta las puertas de la India. Puede haber pueblos y países en los cuales sean aún desconocidas las águilas romanas, puede haber comarcas en el norte y en el sur, inhóspitas por el frío y la eterna oscuridad, que ignoran el nombre de César, pero no hay ningún pueblo de cultura que no doble la rodilla ante mí, Imperator Caesar Augustus.
    En mi imperio jamás se pone el sol, pues cuando se oculta en el extremo oeste para dejar paso a la noche, la desplaza en el este donde al mismo tiempo comienza un nuevo día. La causa de este prodigioso fenómeno es la forma esférica de la tierra, que atrae a ella tierras y mares como el imán al hierro. Según Artemidoro, el geógrafo de la provincia de Asia, la mayor distancia de oeste a este suma ora 8.578.000 pasos ora 8.945.000. El babilonio Isidoro informa de 9.818.000 pasos, pero la diferencia proviene del curso del camino.
    Artemidoro determinó la distancia de dos maneras: cuenta 5.215.000 pasos desde la desembocadura del Ganges en el océano oriental, pasando por India y Partia hasta la ciudad siria de Miiandro en la bahía de Iso; 2.113.000 pasos desde allí hasta la isla de Chipre, Patras en Licia, Rodas, Astipalaia en el mar Carpático, Taemarum en Laconia, Lilibaeum en Sicilia y Caralis en Cerdeña; desde allí a Gades hay 1.250.000 pasos o sea un total de 8.578.000 pasos.
    Por el otro camino mide 5.169.000 pasos desde el Ganges hasta el Eufrates, desde este río hasta Mazaca en Capadocia 244.000 pasos, de Capadocia por Frigia y Caria hasta Efeso 499.000 pasos, otros 200.000 hasta Delos y 212.500 pasos hasta el istmo de Corinto. Hasta Patras en el Peloponeso 90.000, hasta Leuca 87.500 y hasta Corcira otros 87.500. Otros 82.500 hasta Acroceramia, 87.500 hasta Brundisium y de aquí a Roma 360.000. Más de 519.000 pasos llevan por el camino a los Alpes hasta la aldea Escingomago, a través de la Galia se alcanza Iliberis en los Pirineos después de 468.000 pasos, 831.000 conducen al océano en la costa de Hispania. Restan 7.500 pasos hasta Gades. Esta distancia de este a oeste suma 8.945.000 pasos. Retengo estas cifras en la cabeza, porque yo mando sobre cada uno de estos pasos.
    De sur a norte mi mundo parece más pequeño, pero es sólo apariencia, porque el sur y el norte no han sido explorados en su frigidez y oscuridad. Isidoro midió 5.462.000 pasos desde el océano de Etiopía en el extremo austral hasta la desembocadura del río escita Tamais en el norte. Seguramente, la tierra se prolonga más al norte. Isidoro afirma que al cabo de 1.250.000 pasos se alcanza la misteriosa isla Thule, pero esto es sólo una suposición, una temeraria afirmación como la del bibliotecario Eratóstenes que hace dos sigios y medio calculó la circunferencia de la tierra en 252.000 estadios, lo cual equivale en la medida romana a 31.500 pasos.
    El imperio sobre el cual reino por voluntad de los dioses desde hace una generación, es tan grande que el color de la piel de la gente varía y el sol cambia su sombra. La piel y el cabello de la gente se aclara hacia el oeste y el norte, pero hacia el este y el sud, en los confines más remotos, oscurecen hasta tomar el color negro de la brea, como calcinados por el sol. A mediodía del equinoccio, al comenzar el verano, la sombra del reloj de sol en Roma es una novena parte más corta que el gnomon, mientras que en Siena, cinco mil estadios al sur de Alejandría, la vara no arroja sombra alguna ese mismo día, y un pozo practicado en la tierra verticalmente, es iluminado por el sol en todos sus lados. Este es el día en que la sombra alcanza en Venecia la longitud del gnomon.
    Mi brazo llega hasta las fronteras de la India, donde los oretes pueblan una montaña en la cual las sombras se proyectan hacia el sur en verano y hacia el norte en invierno, y donde hay regiones sin sombra que reciben el nombre de "Askia", los sin sombra. Mi brazo llega hasta Britania, donde las noches son cortas en verano y los días parecen interminables, mientras que en el invierno este fenómeno se invierte. Mi brazo llega tan lejos que los pueblos denominan de distinta manera el comienzo del día, porque la vida y las costumbres del uno son extrañas al otro. Según los sacerdetes romanos, el día empieza después de medianoche y dura hasta la medianoche siguiente, y esta sabiduría responde a las enseñanzas de los egipcios, que, en cuestiones de mediciones, se consideran los más experimentados. En cambio, los atenienses, a quienes por encima de todas las cosas les interesa el arte y la filosofía, miden el día desde una puesta de sol a la siguiente, los umbrios de mediodía a mediodía y los babilonios de la salida del sol hasta la salida del sol.
    La posición geográfica dentro del imperio nos legitima a los romanos como pueblo del medio. Roma es el centro del mundo habitado, y, excepción hecha de los dioses, le cabe regir el mundo. En ninguna parte la tierra se muestra más fecunda para toda clase de vegetales que en el suelo itálico. En ninguna parte la talla de los individuos es tan pareja, de distinguida altura mediana y acertada mezcla de color de piel. En ninguna parte las costumbres son tan benignas y el espíritu tan ágil. El romano es el justo medio entre el frío galo, el terco britano por un lado y el egipcio fácilmente irritable y el colérico etíope por el otro, y también por esto escogido mediador y soberano.
    Lo que lo distingue de todos los pueblos es su uso apasionado de la espada, que está habituado a desenvainar irreflexivamente. No es hombre de negociar y hacer grandes rodeos. Busca obtener con la espada lo que la naturaleza le ha negado, y en esto no se detiene siquiera ante sus propios compatriotas. Dan testimonio de esto las guerras civiles que diezmaron de manera atroz al pueblo romano. Hace doscientos años, después del triunfo de Publio Cornelio Escipión sobre los cartagineses, habitaban en suelo itálico cuatro millones de hombres, la cuarta parte, esclavos. Cien años más tarde, cuando Mario concluyó victoriosamente la guerra de Yugurta, se contaban siete millones, y hoy, a otros cien años, este guarismo demográfico ha disminuido. Parecería que el pueblo romano ha sido escogido para despedazarse a sí mismo y que no se haga demasiado poderoso. Sólo pensarlo me hace cubrirme la cabeza con la toga.

XL

    ¡Basta de luto! Todavía late la sangre en mis venas.
    ¡Ah, si tuviera a Horacio a mi lado, e¡ inmortal, que tenía un consuelo para cada cuita! Ansioso de procurarme un bálsamo para el corazón, hurgo entre sus escritos y encuentro la oda Los límites del dolor.

    No siempre torrencial desde las nubes
    la lluvia cae sobre rastrojos ásperos,
    ni, sin cesar, las locas tempestades
    irritan al mar Caspio
    ni en la región Armenia
    dura el inerte hielo todo el año.
    Ni eternamente el Aquilón combate
    las encinas del Gárgano,
    ni los desnudos olmos lloran siempre
    las hojas de que fueron despojados.
    Débil tú, con acentos doloridos
    por aquel Misté gimes
    que las crueles Parcas te robaron,
    y al levantarse el día ve tus lágrimas
    y al retirarse el sol te ve llorando.
    Pero Néstor, de noble y larga vida,
    no la pasó gimiendo
    por su Antíloco amado,
    y el prematuro fin del joven Troilo
    así padres y hermanas no lloraron.
    Cesen ya, Valgio amigo,
    esos lamentos blandos.
    Celebremos más bien los nuevos triunfos
    del César: el Nifates ahora helado;
    el Eufrates famoso, que, sintiéndose
    sólo un vencido más unido a tantos
    de su caudal reduce la fiereza
    y a los Gelonos que también domados
    en límites prescriptos
    cabalgarán por sus estrechos campos.

XXXIX

    Yo, Imperator Caesar Augustus, gobierno sobre un imperio que responde a la voluntad de los dioses en su totalidad. ¿De qué otra manera se explicarían los portentos más frecuentes que todas las crueldades de la naturaleza, maravillas que surgen de un lugar y no en otro, lo cual sólo está relacionado con la magnitud de este imperio y la peculiaridad específica de sus comarcas? No quiero hablar de Epiménides, Pitágoras o Empédocles, quienes con ayuda de la ciencia realizaron cosas de dioses, tampoco mencionaré los oráculos ni los sueños de los hombres porque de todos modos son conocidos como señales de los dioses, ¡por la divinidad de Summanus!, aquí sólo se hará mención de los portentos de la naturaleza en el este y el oeste, el sur y el norte del imperio que nos parecen misteriosos en el lugar donde acontecen, pero que no se toman como extraordinarios, pues así decía Cicerón, la costumbre es una segunda naturaleza.
    En Samosata, la provincia de Siria borbotea cieno ardiente en un pantano llamado Malta, y todo aquel que entra en contacto con la sangre negra de la tierra queda envuelto en llamas corno una tea. Lúculo y sus soldados conocieron esta brea cuando sitiaron Samosata: soldados y armas ardían en llamas y ni el agua era capaz de extinguirlos, sino sólo la arena y la tierra. En otros lugares, la brea recibe el nombre de nafta. Una vez encendida se consume sin detenerse ante nada que se ponga en contacto con ella y hasta las piedras que generalmente no alimentan el fuego, empiezan a arder contra natura. Medea, la hija de Aetes, rey de Cólquida, experta en cuestiones de magia, debió matar de esta manera a Creusa, hija de Creón, su rival en el amor de Jasón, arrojándola a las llamas del holocausto después de mojarla en nafta.
    Si aquí arden los pantanos, en otras partes las montañas vomitan fuego, las montañas de Hefaisto, las chimeneas candentes del dios cojo: el Etna en la isla de Sicilia, el monte Cinmera en Licia y el Cofanto en Bactriana, más aún, islas enteras están en llamas como Hiera Hefaiston en las islas de Eolia, que durante la guerra de los aliados amenazó quemarse como un leño ardiente, hasta que víctimas propiciatorias del Senado extinguieron el fuego terráqueo. Los antiguos informan que en una ocasión ardió la superficie del lago Trasimeno, lo cual sería particularmente asombroso, pues desde entonces jamás se observó un fenómeno similar.
    ¡Qué multiplicidad de portentos! Si bien los dioses buscaron a menudo su salvación en cavernas y montañas o en las hendiduras de las rocas, acecha en algunas mortal infortunio. Las grutas de Caronte, el botero desdentado que boga sobre el Aqueronte, están diseminadas por todo el imperio como una peste maloliente. De cuevas con corriente de aire emanan vapores letales. A apenas dos días de travesía, en Sinuesa y Puteoli salen del interior de la tierra vapores capaces de adormecer y matar. En el país de los hirpinos, en el valle de Amsanctus, rodeado de sombríos árboles y entre escarpadas paredes rocosas, hay un lugar del terrible Plutón que ningún curioso abandona con vida, porque las emanaciones tóxicas nublan sus sentidos y lo matan. Encontramos un fenómeno similar en la Hierápolis frigia, cerca de la frontera con Caria, donde se levanta el templo dedicado a Cibeles, la Magna Mater. Si un profano penetra en el recinto sagrado sufre un desmayo paralizante y una atormentadora agonía. Los sacerdotes de Cibeles no entran en el templo sin rezar devotas oraciones y de este modo escapan al mortal hálito.
    De ordinario, las islas están firmemente ligadas a la tierra por su base y su posición no varia jamás, pero en las provincias lejanas hay islas que derivan sobre las aguas como balsas y trepidan bajo los pies como terreno cenagoso. En la provincia de Lidia se llama islas de Calamina a estas tierras flotantes que derivan al empuje de los vientos y hasta pueden ser movidas mediante varas. En la guerra contra Mitrídates fueron un refugio para muchos. Encontramos fenómenos parecidos en Ninfaion, pero también en Cécuba, Mutina y Reate. A setenta estadios de esta última localidad se encuentra Cutilia, la ciudad de aborígenes, y un lago epónimo con un bosque flotante que diariamente cambia su posición. Por el mismo fenómeno ha cobrado fama el lago Vadimonio, un ojo de agua en el sur de Etruria. En Caria, donde el meandroso río Harpaso riega la provincia de Asia, se encuentra una roca flotante que puede ser movida con un dedo y, sin embargo, esa piedra opone resistencia a cualquier fuerza.
    Ningún elemento nos ofrece un enigma mayor que el agua, distinta en su especie, según su procedencia y grande e infinita como el imperio en la multitud de sus apariciones. No voy a referirme al agua que aquí es fría como el hielo y allá borbotea de la tierra, caliente como un baño de vapor. Tampoco al agua dulce que encontramos en el mar como en Gades o frente a las islas Celidónicas. Aquí hablaremos de los verdaderos enigmas del líquido elemento como la fuente de Dodona. En la provincia de Macedonia, donde Júpiter se manifiesta en el murmullo del roble sagrado, borbotea un manantial de agua fría. Si el visitante sumerge en ella una tea encendida, se apaga, por cierto, esto no es nada extraordinario, pero lo desconcertante es el fenómeno inverso, pues si te acercas a la fuente con una tea apagada, las borboteantes aguas de Júpiter la encienden. En Iliria, donde me sorprendió la noticia de la muerte de mi divino padre, tropezamos con un fenómeno similar: si los habitantes del lugar tienden ropa sobre el agujero de una fuente, esta se prende fuego espontáneamente, aunque el agua que brota de la tierra es fría y no evidencia llamas.
    Son tan variados los portentos de las fuentes que el agua del río Asiaques en la región del Ponto da a la leche de las yeguas coloración negruzca. Los habitantes del Pontose nutren con esta leche negra y se distinguen de los pueblos vecinos por su longevidad. Las aguas del Linquestis, en la alta Macedonia, que fluyen hacia el Erigon, embriagan. Se las llama aguas agrias y su efecto no es sino el del vino. El agua de la fuente que se encuentra en el templo de Pater liber en la isla de Andros también sabe a vino, pero sólo una vez al año, en las nonas de Januarius, por lo que en Andros este día recibe el nombre de "regalo de dios", y no dudo de este fenómeno, aunque no lo haya comprobado personalmente, pues informó de él Muciano, cónsul por tercera vez, después de verlo con sus propios ojos. Por increible que suene, en Ilión, el río Janto tiñe de rojo a los vacunos que beben sus aguas; el río Melas de Beccia, que surge de la tierra en Orcomenos, ennegrece a las ovejas, mientras que el Cefiso, que baja por las laderas del Parnaso, las blanquea.
    Nadie vaya a creer que todos estos fenómenos están limitados a las provincias lejanas y se los exagera y multiplica camino a Roma, como un rumor del suburbio Trans Tiberim que se infiltra en el Palatino, pues también en nuestra más inmediata proximidad tenemos fenómenos parecidos: en el sur de Etruria, donde el Treia desemboca en el Tíber, donde se encuentra Falero, que se alzó contra Roma después de la Primera Guerra Púnica, el agua de los ríos blanquea los vacunos.
    ¡Qué grandes, qué diversas, qué inquietantes y desconcertantes son las obras de la naturaleza en este Imperium Romanum! Tan infinitas como el desarrollo de sus fronteras. Del mar surgen tierras y, de repente, como si los dioses quisieran restablecer el equilibrio, las aguas se tragan islas. Por voluntad de Júpiter, Sicilia fue separada en tiempos remotos de Italia, Eubea de Beocia, Chipre del triángulo Cilicia-Siia, Besbico de Bitinia y Leucosia de la precordillera de las Sirenas en la Campania meridional. Se hundieron en el mar tierras como la isla Atíantis, llorada por Platón, y que dio su nombre al océano occidental o Acarnania en el mar Jónico, cuyos habitantes se ufanan de no salir jamás sin armas. Después de un seísmo en la bahía de Corinto, quedaron sumergidas las ciudades de Helice y Bura, y Cea, la más bella de las islas Cicladas, se hundió como una piedra en el hielo a 30.000 pasos. El Ponto se tragó a Pirra y Antisa, levantadas a orillas del mar Meótico, que por su poca profundidad podría ser más bien un charco, pero por su extensión es un mar. Y cuando no es el mar el que calma su hambre insaciable, la tierra se devora a sí misma como en Tíndaris, la más leal de todas las ciudades sicilianas, mi respetable colonia que quedó reducida a la mitad a causa de un violento deslizamiento de tierra. El propio César enfrenta desconcertado la insondable voluntad de los dioses. Tíndaris demostró a los romanos su más firme lealtad durante las Guerras Púnicas, así como durante los disturbios causados por las sublevaciones de esclavos. ¿Por qué, nos preguntamos, fue tragada de la faz de la tierra Cárice junto con el monte Cíboto, por qué Sipio, a orillas del río epónimo, en la provincia de Asia, donde los romanos vencieron al seléucida Antioco?
    Los mares que rodean al imperio por todos lados reconocen en la luna a quien los gobierna, pues como el imperio tiene una interminable extensión y la acción de la luna cambia según el punto de mira del observador, los movimientos del mar parecen diferentes, múltiples y portentosos. El mar se hincha dos veces entre dos salidas de la luna y dos veces retrocede en ese mismo tiempo, al menos así sucede en suelo itálico. En otras partes sus movimientos parecen más frecuentes como frente a la isla Eubea, donde la pleamar y la bajamar alternan siete veces, y con mayor violencia, como en el norte de Britania dónde hay una diferencia de ochenta varas en las mareas.
    Los dioses se muestran adversos o amistosos como las aguas en las que habitan, cordiales y bien intencionados respecto de los hombres como Neptuno-Poseidón, a quien se le han erigido dos templos en Roma, o repulsivos como Forquis, el padre de Escila a quien Ulises debió sacrificar seis de sus compañeros, sabios como Proteo el pastor de los habitantes del mar, o terribles como Tritón, el demonio marino con cuerpo de pez. La luna purifica constantemente las aguas marinas y amontona en Mesina todas las inmundicias. A este fenómeno se debe la leyenda, según la cual tendrían allí sus establos los vacunos del sol. Otros, y entre ellos nada menos que Aristóteles, afirman que la gente se muere durante la marea baja, jamás durante la pleamar. En la provincia gala esta aseveración fue observada y ratificada en su exactitud.
    Se dice que la luna trae en sí el hálito de la vida y los cuerpos se hinchan al aumentar la luz, lo cual fue observado en las ostras y otros animales sin sangre. De este modo, se dice, (yo no puedo comprobarlo) también se multiplica la sangre del ser humano al crecer la luna y la misma potencia hace aumentar la savia de plantas y hierbas. Data de tiempos muy remotos la controversia acerca de si la luna debe considerarse un cuerpo terrestre, como lo aseguraron Anaxágoras y Demócrito, o si su composición es diferente y extraña, una opinión avalada por los estoicos, Platón y Heráclito. Pero griegos y romanos comparten la idea de que por sus cualidades de nutriente, creciente y clemente, la luna es un astro femenino, mientras el sol, con su calor abrasador debe considerarse su contraparte masculina. Si el sol encuentra su alimento en el mar, la luna succiona su humedad de las aguas dulces de la tierra.
    El imperio es tan inmenso que el viento huracanado que se levanta con devastadora fuerza en sus límites, alcanza el centro como una débil brisa, agotado por la larga travesía por tierra y por mar. El imperio es tan dilatado, que las temidas tempestades de las provincias no son conocidas ni de nombre en Roma, porque jamás soplan fuera de una zona determinada. Por esta razón, tampoco se conocen en las provincias los vientos del suelo itálico. El tiempo en el que – como dice Homero – sólo habría habido cuatro vientos, ha quedado muy atrás, y Eolo, que en una ocasión tuvo prisioneros a los vientos en una isla flotante, cuenta hoy cien hijos e hijas y resulta difícil citarlos a todos por sus nombres: Volturno, Fénix y Ostra o, en la lengua de los griegos Euro, Euronoto y Noto, Africo llamado Libs por los griegos, Libonoto o como se llamen. En las provincias se conocen en general los etesios, vientos fuertes, aun cuando aquí y allá braman con diferente violencia y en diferentes direcciones. Nosotros, los romanos, miramos hacia el sur, de donde vienen a mediados de julio y duran cuarenta días; en España y en Asia soplan del este; en la provincia Aquea, del nordeste. En tanto los etesios no dejan de soplar, los griegos se abstienen de realizar cualquier expedición de guerra al norte, pues sus artes navales son modestas y sus marinos no están en condiciones de gobernar sus veleros contra el viento.
    Es tan inmenso el imperio que se desconocen las fuentes de los ríos que atraviesan la tierra en todas direcciones. Al menos, en lo que atañe a los ríos más grandes. Mientras unos dicen que el Nilo tiene su origen en el oeste de la provincia de África, otros aseguran que la interminable corriente arrastra sus aguas desde la India. Y el propio Petronio, prefecto de Egipto a principios de mi gobierno, no pudo desentrañar el misterio, pero reconoció el error de Herodoto que fijaba la fuente entre las rocas Crofi y Mofi. En cambio, mercenarios romanos descubrieren la fuente del Danubio, recorrido en canoas por tracios y panonios al norte de los Alpes, y desde hace poco conocemos también su desembocadura de siete brazos: Así como el Danubio, al que los griegos llamaban Istros, delimita el Imperio Romano por el norte, el Eufrates y el Tigris forman el límite natural hacia el este. La navegación por estos ríos gemelos es tan variable como sus respectivos cursos que se aproximan hasta medio día de viaje el uno al otro, luego vuelven a separarse (uno va al sur y el otro al este). Río abajo, el caudaloso Tigris arrastra balsas de madera, pero río arriba no se puede navegar, porque los escollos y los remolinos destrozarían cualquier embarcación. El Eufrates es distinto, separa Cilicia de Armenia y es recorrido por embarcaciones confeccionadas con madera de sauce y cueros. La forma de estas se asemeja más a un escudo que a una barca, y en cada una los navegantes llevan consigo un burro o más en las de mayor tamaño. Llegados a destino, los escudos flotantes son desguazados, se vende la madera, se arrollan los cueros y los navegantes se confían a sus jumentos. Luego remontan el río por tierra hasta el punto de partida de su viaje.
    El Pado es compartido por la Galia Cisalpina y la Galia transpadana. Este río nace en Liguria y alrededor de la ascensión de los Canes es cuando tiene mayor caudal. En esta época se sale de madre a menudo y busca nuevos cauces. A fin de poder llegar por la vía navegable a Padua y Ravena mandé construir un canal que uniera los dos brazos de la desembocadura del Pado, y le puse mi nombre.
    Tan variados y múltiples como los portentos de los mares en mi imperio, son los milagros de sus ríos: algunos se secan después de un tramo de un día y vuelven a aparecer en otro lugar como el Tigris de la Mesopotamia, el Lico en la provincia de Asia y el Erasino en Argolia. Otros se niegan a mezclar su agua dulce con el agua salada como el Alfeo, rico en caudal en el Peloponeso, que fluye de mala gana al fondo del mar y emerge como fuente en el norte de Sicilia con el nombre de Aretusa. ¿De qué otra manera se explicaría que objetos arrojados al río en la provincia aquea vuelvan a flotar en las costas sicilianas? Este fenómeno dio origen a la leyenda según la cual el dios fluvial Alfeo, enamorado de la ninfa Aretusa, la siguió hasta el fondo del mar para emerger en la fuente siciliana unido a ella. También existe una secreta unión entre la fuente de Esculapio en Atenas y la de Falero, pues lo que se sumerge en aquella, lo lanza esta a la superficie.
    ¡Cuán numerosos son los portentos de la naturaleza en este Imperium Romanum! Si no me doliera tanto el dedo de la salud de mi diestra, si no me lagrimearan mis fatigados ojos, no acabaría jamás de enumerar tan prodigiosas cosas. Yo, Caesar Divi Filius, mando sobre el imperio, pero sobre la vida mandan los dioses.

    Yo, Polibio, liberto del divino Augusto y experto en el arte de la escritura, temo por mi vida. Adonde vaya, me siento perseguido. Roma está llena de rumores. Se habla de un complot contra el Divino. Ciertas personas parecen dudar de los presagios que conceden al César sólo treinta y ocho días más. ¿O su muerte se retrasa demasiado para ellas? Llamala atención que yo, Polibio, sea el único que visite al César cotidianamente, y en el palacio se preguntan por cierto cuál es el motivo. Augusto no dicta cartas, pues está demasiado ocupado consigo mismo. Y Livia o Tiberio o Musa, o los tres mancomunados, retienen todo escrito que le es enviado. No tengo sino un deseo: ¡no quisiera morir tan solo como César Augusto!

XXXVIII

    Miedo. Me rodean demasiados soldados. Vivo en medio de un bosque de lanzas, en una maraña de espadas amenazantes y por todas partes centellean puñales. Tengo miedo. Ciertamente, llamé a los pretorianos para mi protección, para que apaciguasen mis temores, pero hete aquí, que temo a aquellos que deberían quitarme el miedo.
    Cada vez se acercan más. Al principio custodiaban los portones del palacio, luego patrullaron los corredores y hasta hace unas pocas semanas cruzaban sus lanzas frente a mis puertas, pero desde ayer montan guardia de este lado de las puertas, dentro de mis aposentos. Mantienen la vista al frente y no la desvían para mirarme. El prefecto a quien mandé llamar, me explicó que obedecía órdenes de Livia. Mi esposa declaró en su descargo que Tiberio había reforzado las guardias porque en la ciudad reinaba desasosiego. En el Foro se distribuían libelos en los cuales se anunciaba con palabras soeces mi deceso, dibujos en las paredes me ridiculizaban en la figura de un elefante achacoso, con mis rasgos fisonómicos, que se arrastra para morir en el monte bajo.
    Esta es la maldición del hierro: si no diriges la espada contra otros, estos la dirigen contra ti. Homo homini lupus. Las armas tienen su propia moral y sus portadores cantan siempre la canción del más fuerte. Los débiles sólo cosechan el escarnio, y en mi condición actual soy débil. Sin embargo, creo que sólo los débiles comprenden la desgracia que causan las armas, los débiles como el provecto Cicerón o (no puedo evitar, mencionarlo aquí) el proscripto de Tomi que se quejaba con tanto acierto: ¿quién conocería a Héctor si Troya hubiera seguido siendo feliz? Sólo por la ruta de la desgracia el héroe transita hacia la fama.
    Si debiera mi fama al fragor de las armas, quisiera no haber nacido, y los dioses castiguen con la muerte y el olvido de su nombre a todo aquel que me suceda y empuñe la espada. Si miro hacia atrás con la experiencia del anciano, reconozco la causa de la belicosidad romana que casi no me atrevo a expresarlo, se tiene por una virtud, como el pudor y la dulzura: es el orgullo propio de los romanos, la soberbia de creerse los únicos entre todos los pueblos para dominar al mundo por la voluntad y elección de los dioses. ¡Por la divinidad de Marte! Son nuestras derrotas las que atizan esta presunción. Si las derrotas aniquilan a otros pueblos, a los romanos los llenan de orgullo.
    ¿Quién habla de la victoria de Cayo Flaminio sobre los insubrios a orillas dle río Adda? Nadie. Pero aun cuando sucedió hace 230 años todavía está en boca de todos la derrota que le infligió Aníbal en el lago Trasimeno, donde 15.000 valientes romanos perdieron la vida porque sin atender a los prodigios (cayó con su caballo sin motivo aparente frente a la estatua de Júpiter Stator) marchó intrépido a la batalla. La derrota de Cannae que se convirtió en la tumba de 50.000 romanos es celebrada hoy como una victoria, ni siquiera injustamente si se lo mira con objetividad, puesto que Aníbal no supo sacar ventaja de este triunfo. Roma quedó abierta a los cartagineses, por toda la capital subían al cielo las llamas de los holocaustos y los ancianos aguardaban puñal en mano, dispuestos a sacrificar a mujeres y niños para evitar que cayeran en manos del mortal enemigo. Pero Aníbal titubeó y la mayor de las derrotas se trocó en la más grande victoria, pues Cartago cayó, y Roma sigue en pie aún. Livio se burló en su Historia del Estado: "Vincere scis, Hannibal, victoria uti nescis". Esta clase de sucesos que, a pesar de ser derrotas a menudo se tornaron en lo mejor, nos han llevado a ufanamos de ser el pueblo escogido por ios dioses para imperar sobre todos los demás y es sólo una cuestión de tiempo cuándo quedarán sometidos a las águilas romanas aquellos que hasta ahora nos han hecho frente.
    Hoy reconozco la injusticia de muchas guerras ofensivas y no excluyo de ellas a mi divino padre. ¿Por qué, por Júpiter, necesita el Imperio Romano cebarse continuamente con más colonias? Es grande el peligro de atragantarse como un heliogábalo *, en medio de la abundancia de sus manjares. Creo que no hay bellum iustum, ni guerras justas ni injustas, sólo hay guerra, así como sólo existe el placer (ni caro ni barato) del cual Diógenes decía: Ve a un lupanar y verás que no hay diferencia entre el placer caro y el barato.
    Me dan ganas de refr. Me río, porque mi risa irrita a los pretorianos. No son capaces de interpretarlo: un decrépito César que escribe y se ríe solo, es demasiado para el cerebro de un pretoriano, cuyo sueldo anual es de setecientos cincuenta denarios. Con el correr de los años se han juntado seis mil de estos estúpidos para mi protección. ¿Para mi protección? Estos idiotas me dan miedo y dispuse que jamás hubiera en la ciudad más de un tercio. El resto está en los cuarteles de los pretorianos al norte de Roma entre vía Nomentana y vía Collatina.
    Sólo conozco a mis legiones sobre el papel, por las nóminas de sueldos que otorgan a cada uno doce mil sestercios después de veinte años de servicios. ¿Son veinticinco legiones? ¿Son menos? Tiberio sabría responder, pero no me animo a preguntarle. La pregunta podría interpretarse como debilidad. ¡Un emperador que olvida el número de sus legiones! Por lo tanto empiezo a contar con mis dedos entumecidos: tres legiones llevan mi nombre, una Legio Augusta tiene su cuartel de invierno en la Britania superior, otra en Numidia y la tercera en la Germania superior. En Fenicia está estacionada la Gallica y en Arabia, la Cirenaica. La Scythica custodia Siria, la Macedonia, Tracia. En la Britania inferior se encuentra la Victrix, en Judea la Ferrata, en Mesia superior la Claudia y en Mesia inferior la segunda Claudia. Queda la Fulminata que, (por Marte, no estoy seguro) está estacionada en Capadocia como la Apollinaris. Casi me olvido de la Valeria en la Britania superior. Tres Gemina, reclutadas de otras legiones, se encuentran en la Panonia superior, Judea y Dacia. ¡Por la divinidad de Marte! ¿Dónde están mis otras legiones?
    Un anciano decrépito y enclenque como yo no debiera regir sobre este imperio. ¿Por qué no me matáis, idiotas? ¿Para qué portáis lanzas, espadas y puñales? ¿Para mi protección? ¡Para darme miedo! ¡Miedo! ¿Por qué no me matáis, idiotas? ¿Esperáis órdenes? ¿Dónde acecha mi asesino? ¿Detrás de qué columna se oculta mi enemigo? ¿Quién es mi enemigo? ¿Livia, para quien mi muerte no se produce con bastante rapidez? ¿Tiberio?

XXXVII

    Callar, dice Esquilo, es una eficaz hierba medicinal contra la desgracia.

XXXVI

    Con mis leyes, escasas en número, pero de mucho más vasto alcance en su repercusión que todas las leges datae existentes hasta ahora, me hice de una cantidad de enemigos en las clases pudientes, pues reducen sus ventajas y el derecho siempre debe constituir el justo medio entre la ventaja y la desventaja. Un pueblo que querella ardoroso respecto de si debe incluirse en el precio del alquiler la sombra que da el asno en el sol, requiere leyes perentorias. Promulgué, pues, la Lex Julia de ambitu, con la cual puse contención a la obrepción.
    Quienes habían logrado acceder a un cargo mediante dinero, quedaban excluidos por cinco años del desempeño de cualquier otro cargo. De este modo, se incrementaron las oportunidades para los escasos recursos y me atraje la simpatía de todos aquellos que hasta ese momento sólo veían abrirse puertas por el poder del oro. Mis leyes sobre la moralidad, la Lex Julia de maritandis ordinibus, la Lex Julia de adulteriis coercendis y la Lex Papia Poppaea, contribuyeron a incrementar mi impopularidad, porque la inmoralidad, favorecida por los desórdenes de las guerras civiles, logró.introducirse sobre todo en los mejores círculos. Impuse a los hombres y mujeres célibes elevados impuestos y por otro lado otorgué bonificaciones por matrimonio y nacimiento. Este se me antojó el único medio fructífero para contrarrestar la alarmante merma de la población entre los ciudadanos romanos. Más aun, llegué al extremo de permitir por ley el matrimonio con una liberta y, contrariamente al derecho vigente hasta ese momento, declaré legítimos ciudadanos romanos a los descendientes de estas uniones.
    Promulgué, no sin razón, la Lex Papia Poppaea el año en que investían el consulado Marcos Papio Mutilo y Quinto Popeo Segundo, dos funcionarios irreprochables, pero conocidos calaveras de los que no estaba a salvo ninguna falda, por supuesto, solterones. ¿No dice acaso la tradición que los mismos dioses inmortales son en parte del sexo masculino y en parte del femenino y en sus encuentros engendraron nuevos dioses por voluntad divina? Los cónsules romanos, en cambio, tenían amoríos con esta y aquella según su antojo y capricho y llegaban a usar fétidas vejigas de pescado para prevenir el peligro de dejar descendencia, por Hades. Les era ajena la idea de una mujer recatada, pura, hacendosa y amante de los niños, consuelo en la desgracia y sostén en la vejez, como la de la perduración del Estado en jóvenes que labraran la tierra, practicaran un oficio, cruzaran el mar con naves repletas de ricos productos y cultivaran bellas ideas y bellas artes en tiempos de paz, si bien capaces asimismo de defender al país en tiempos de guerra. Su conducta llevaba el sello del egoísmo, del placer de la cama, las relaciones con muchas mujeres, tal como se dijo de mi divino padre.
    Para hacer prevalecer la Lex Papia Poppaea convoqué al pueblo en el Foro y exigí que los célibes se separaran de los casados. La Via Sacra serviría de línea divisoria entre ambos y como era de esperar la cantidad de solteros superó por mucho a los unidos en matrimonio y bendecidos con descendencia. Primeramente, elogié la conciencia cívica de los unos y prometí premiarlos con la exención de impuestos, luego me dirigí a la maliciosa mayoría del otro lado de la calle y los amonesté más o menos en los siguientes términos: "¿Cómo he de llamaros? ¿Hombres? No, porque no cumplís deberes de hombre. ¿Ciudadanos? No, pues a juzgar por vuestros actos, el Estado va camino de su ruina. ¿Romanos? No. En definitiva vosotros bregáis para borrar este nombre. Fuese lo que fuere lo que creáis ser vosotros, yo, Caesar Augustus Divi Filius, me estremezco, pues aunque hago todo por elevar el número de romanos, vosotros superáis a los otros. Desearía que fuese a la inversa. Estáis empeñados en extinguir nuestra especie, sin preocuparos por el designio de los dioses y la provisión de nuestros antepasados, estáis empeñados en aniquilar al pueblo romano, contra el que no pudo el más terrible enemigo. Vuestra conducta es peor que la de los asesinos y profanadores de templos. Os convertís en asesinos si no permitís que vengan al mundo quienes serán vuestros descendientes, en sacrílegos si ponéis prematuro final al nombre y al honor de vuestros antepasados. Es traición a la patria, dejarla estéril como un campo mcultivado en la fértil Campania. Son los individuos los que hacen a un pueblo y es el pueblo el que constituye una ciudad, no los pórticos y las plazas.
    ¡Oh, cuál seria la ira de Rómulo, el padre de todos vosotros, si viera la conducta inmoral de su descendencia! ¡Cómo se enojaría Marco Curcio, él que se arrojó con sus armas y el valor de un guerrero en una profunda grieta abierta en el Foro! Según el oráculo, la peligrosa hendidura no se cerraría hasta que Roma sacrificara su supremo bien. La valentía de Curcio tuvo éxito, pues la tierra se cerró sobre él y el peligro quedó conjurado. ¿Y Hersilia, la sabina raptada, no derramaría lágrimas de pesar, al ver amenazada de extinción a Roma, la ciudad en la cual quiso quedarse por propia voluntad? Nuestros padres combatirían todavía por sus mujeres y no hubieran celebrado la paz si no hubiese sido por las súplicas de sus esposas e hijos. Pero vosotros vivís sin compañera del sexo opuesto, como vírgenes vestales. Entonces, vosotros, inútiles romanos, debierais haceros pasibles del mismo castigo que ellas cuando cometen actos deshonestos con hombres: ¡debierais ser emparedados vivos!"
    Les dije: "Os entregáis a vuestra lujuria e inmoralidad hoy con esta, mañana con aquella, pues vuestra diversión no consiste en estar solos, por el contrario, hacéis muescas en los troncos de los árboles, una por cada conquista y los árboles mueren privados de su corteza. ¿No advertís, vosotros, Marcios, Fabios, Quintios, Valerios y Julios (no os excluyo) que también os estáis extinguiendo? ¿No os dais cuenta que Roma parece una ciudad extraña por la cantidad de extranjeros, libertos y esclavos? ¿Que siguiendo el ejemplo del filósofo, debemos echar mano de un farol para hallar a un verdadero romano? ¿Creéis que de la tierra brotarán hombres para hacerse cargo de vuestros bienes y cometidos públicos como nos cuentan en su florida prosa los escritores de mitos? Y, para colmo, las leyes sobre moral jamás fueron más liberales en Roma que en la actualidad. La ley no sólo os permite contraer matrimonio con una liberta, sino comprometeros con una niña que no haya cumplido aún los doce, en consecuencia una impúber, y en ambos casos la ley os promete la rebaja en los impuestos”.
    Y concluí más o menos así: "Me llamáis Padre de la Patria, lo cual suena a burla, en tanto no participéis de este título. Si me amáis de veras y no me habéis otorgado el mencionado título por adulación sino para honrarme, aspirad a ser maridos y padres."
    Dudo que la fuerza de mis palabras fuera bastante. La inmoralidad denigra al ser humano al extremo de que al final termina amándola. A mi juicio, no son sino las leyes las que hacen interesante a la inmoralidad.

XXXV

    Quien descubrió el oro en la tierra, ya sea Prometeo u otro, debiera ser entregado al verdugo, pues no trae más que desgracia.
    En una época Egipto fue el país más rico en oro de la tierra, tan rico que los egipcios cubrían a sus muertos con él. Égipto se hundió y hoy ningún pueblo aventaja a los romanos en tesoros y todo liberto lleva en el bolso la coticula para examinar inadvertidamente la vajilla de su anfitrión. Cuelgan oro de su cuerpo, lo incrustan en los cielorasos, las paredes y las camas, más aún, lo comen y beben molido como cebada, inducidos por la creencia que de ese modo hallarán la vida eterna.
    "Por cierto, esta es la época dorada, pues el mayor honor se le tributa al precioso metal. Por oro se vende hasta el amor." El autor de este pensamiento satírico es el proscripto de Tomi y no puedo menos que elogiarlo. ¿Por qué, por Júpiter, el mundo enloquece a la vista del oro? ¿Por qué, por Júpiter, nadie reconoce la maldición que pesa sobre él? Nombradme uno que haya sido feliz por manipular oro, uno solo. ¿Acaso Creso, el rey de Lidia, a quien el río Pactolo le arrastró tanto oro que podía bañarse en él? Este monarca vivía en la abundancia, y se empolvaba los pies y la cabellera con oro pulverizado; así fue, en efecto, pero murió a manos de su encarnizado enemigo Ciro y su reino se desmoronó. ¿Filipo, tal vez, el soberano macedonio, padre del gran Alejandro? Solía dormir sobre una copa de oro que colocaba debajo de la almohada. Filipo fue asesinado durante sus preparativos de guerra. ¿Tal vez Cleopatra, la reina de los egipcios cuyo palacio rebosaba de reluciente oro? Conocéis su denigrante final. ¿Tal vez el Divus Julius que tenía guardadas diez mil barras de oro? No mencionemos su horrible muerte. ¿O Marco Antonio quizá, que rehusaba beber como no fuera en copas de oro, ni orinar sino en bacinillas de este metal? También él se quitó la vida.
    Ahora los romanos exigen a las provincias tributos en oro y no sé cómo impedirlo. Durante siglos se pagó en plata, hasta la vencida Cartago hubo de pagar en plata un total de 400.000 kilos, a razón de 8.000 por año, durante 50 años. De este modo fuimos vencedores por voluntad de los dioses. Pero ahora que egipcios y asiáticos, bitinios e hispanos habrán de liquidar en oro sus impuestos, temo por la perduración de nuestro pueblo. Los romanos no descansarán hasta que la Vía Apia que conduce a sus sepulcros sea pavimentada con adoquines de oro.
    ¡Oro! No comprendo semejante delirio ni la devoción que se le tiene al oscuro metal. La plata es más clara, parecida a la luz del día y en la batalla su brillo llega más lejos que el del oro, y, no obstante, es menos costosa para los hombres. ¡Por Hércules, ¿a quién le corresponde la fama de haber acuñado las primeras monedas de oro? Me averguenzo por cada Aureus, aunque lleve mi efigie. Imprimid un cerdo o un gallo, como era costumbre bajo el rey Servio Tulio, en los comienzos de Roma, para indicar el equivalente de un animal inferior (pecus) de donde el dinero obtuvo su nombre. ¡Por Júpiter! ¿Por qué ha de ser la cabeza del César, mi cabeza calva, huesuda, angulosa y macilenta, de ojos invisibles de tan hundidos y una boca que se reduce a una raya? Imprimid en vuestro dinero a Jano bifronte y evitadme este engaño, pues el dinero no es sino eso. Ciertamente, antes de la Primera Guerra Púnica (en aquel entonces eran cónsules Quinto Oguinio y Cayo Fabio) cuando empezaron a circular las primeras monedas de plata (corría el año 484 ab urbe condita estas tenían el valor inscrito, fueran de bronce o de plata, pero luego vino la guerra, el Estado ya no estuvo en condiciones de satisfacer los altos costos, y aquellos a quienes se confió el Estado por un año, estafaron al pueblo en favor del Estado, como si el pueblo estuviera para servirlo y no a la inversa. Se acuñaron monedas por la sexta parte de su peso y la diferencia se utilizó para saldar las deudas. ¡Por Mercurio, el divino bribón, nada ha cambiado desde entonces en el procedimiento! El dinero es un fraude y el fraude siempre impone nuevas injusticias. ¿Podemos condenar a Septumuleio porque virtió plomo derretido en la boca de la cabeza cercenada de Cayo Sempronio Graco, antes de llevársela al monedero Lucio Opimio? Por la cabeza del Graco debía pagarse al portador su peso en oro. Hoy en día, el dinero no difiere en nada: una cabeza en apariencia valiosa, lastrada con plomo. Por esta razón, los romanos desprecian el dinero y por la misma razón adoran al oro como a un ser divino.
    Las prostitutas se pavonean por las calles con sus zapatos de oro, cuyas suelas van dejando sus nombres impresos en el polvo. ¿Habría de llamárselas felices por esto? Los heliogábalos cubren sus manjares con oro en láminas y dan a las viandas asadas un precioso aspecto, pero la marrana no deja de ser marrana aunque la envuelvan en oro, y lo mismo rige para los senadores y sus matronas, ávidas de ostentación. Usan atavíos confeccionados con telas entretejidas con hilos de oro y a algunos les cuesta cargar su peso. Ya no les basta la oria púrpura, exigen que sea de oro. ¡Por cierto, una edad de oro!
    En los años que vendrán, si los hay, la gente hablará del delirio del oro de nuestro siglo, una época en que se tributaba al Aureus la veneración debida a un dios. Entretanto, los dioses pusieron un límite natural a la ostentación pública, al hacer del cro el más pesado de todos los metales. La ley sólo permite a los senadores y hombres de abolengo usar anillos de oro en el dedo vecino al meñique y esto desde los días de nuestros antepasados. Así lo atestiguan las estatuas de Numa Pompiio y Servio Tulio. Nuestros mayores llevaban el anillo en el dedo contiguo al pulgar, llamado dedo de la salud según la costumbre romana, y, cuando era joven, el anillo se llevaba en el dedo meñique.
    En Galia y en Britania, donde todo es diferente y contra natura, nuestros soldados observaron que la gente llevaba el anillo en el dedo mayor y trajeron la mala costumbre a Roma. Fazit: hoy en día se encuentra en el Foro a hombres absolutamente honorables que llevan anillos en los diez dedos para demostrar su bienestar y buena suerte que los dioses hacen prosperar, como si Fortuna fuese factible de ser comprada.
    Herodoto nos ha dejado un elocuente ejemplo para demostrar que un anillo de oro de ninguna manera significa la felicidad, sino sólo el destino que los dioses han reconocido a cada cual. Herodoto nos cuenta de Polícrates, hijo de Ayaques, tirano de Samos y muchas islas y ciudades costeras del Asia Menor, y famoso además en Jonia y toda Grecia, porque todo cuanto tocaba se resolvía felizmente. El rey Amasis de Egipto, a quien le unía una estrecha amistad, previno a Polícrates de la envidia de los dioses y aconsejó al tirano apaciguar a los inmortales (de acuerdo con la costumbre de los antepasados, es decir, desprendiéndose de su bien más preciado y cuya pérdida le significara el mayor dolor. El objeto debía arrojarse tan lejos que no pudiera caer en manos de ningún mortal).
    Polícrates meditó, reconoció la bondad del consejo de su amigo, y entre sus joyas escogió un anillo de oro, de magnifico brillo, que llevaba engastada una esmeralda. La sortija era obra del samio Teodoro, hijo de Teleles. Decidido a ofrendar esa joya a los dioses, el afortunado tirano se hizo llevar mar adentro en una nave impulsada por cincuenta remeros, se quitó del dedo el precioso anillo y lo arrojó a las aguas. De regreso a su palacio, Polícrates se sintió muy desdichado, pero seguro de haber satisfecho a los dioses.
    No había pasado aún una semana, cuando un pescador le llevó un pescado de descomunal tamaño, una presa como jamás había logrado quitar al mar ni que le causara mayor orgullo, digna del rey y su corte. El tirano agradecido invitó a su mesa al pescador. Cuando los cocineros evisceraron al enorme pescado descubrieron en su estómago el anillo de su señor. Todos los amigos de Polícrates se apartaron entonces de él, pues arguyeron que tanta suerte en un individuo durante toda su vida causaba miedo e inquietud. De hecho, al enfrentarse a sus últimos días, es más digno de encomio un mendigo sano que un rey enfermo.
    El más afortunado de los tiranos sufrió la torturante muerte de un león en el circo y la muerte indigna de un esclavo numidio porque con la ayuda del oro pensó acrecentar su fortuna. Oroites, un sátrapa persa que odiaba al tirano de Samos, prometió a Polícrates la mitad de sus tesoros en oro a cambio de su protección contra el soberano persa. Si le enviaba a su hombre más leal, le mostraría sus tesoros. Meandro, el escriba del rey de Samos partió a toda prisa rumbo a Sardes para inspeccionar las riquezas del postulante, que al final no eran tantas, por lo que el astuto sátrapa mandó llenar de piedras ocho arcas y diseminó sobre ellas todo su oro. Eso fue lo que captó el escriba con ojos codiciosos e informó a su señor sobre lo visto. El oro llevó a Polícrates al país asiático a pesar de las palabras de advertencia de su hija, inspiradas por una tétrica visión onírica: el tirano volaba por los aires cual un ave, y era bañado por Zeus y ungido por Helio.
    Apenas el dichoso samio pisó suelo asiático, los esbirros del persa lo atravesaron con sus lanzas y colgaron su cadáver en maderos cruzados. Así se cumplió el sueño de la hija: al caer la lluvia el rey muerto fue bañado por Zeus y al salir el sol brotó sudor de su cuerpo. Esta es la felicidad que recibe el nombre de oro.
    Escribí esto en los idus de Quintilis que todavía me prometen treinta y cuatro días.

XXXIV

    Muchos creen que las victorias son lo más importante en la vida de un hombre. ¡Oh, no, amigos, ya lo he señalado: son las derrotas, son las derrotas! Nombradme a un vencedor que piense seriamente en las circunstancias de la victoria. Cayo Julio, mi divino padre, no lo hizo y confieso por propia voluntad que yo tampoco. Las victorias son siempre mérito propio, las derrotas la culpa de los demás. Para contar las victorias de mi vida no alcanzan los dedos de ambas manos, pero para contar las derrotas basta el pulgar.
    El día que supe de la derrota de Quintilio Varo me acometió tan intenso dolor que golpeé mi cabeza contra las jambas de la puerta y clamé entre lágrimas: "¡Varo, Varo, devuélveme mis legiones!" Cuando llegó la noticia del robo de las águilas y estandartes (era el cuarto.día previo a los idus de setiembre, bajo el consulado de Quinto Sulpicio Camerino y Cayo Popeo Sabino, ¡jamás olvidaré ese día!) lloré como un niño a quien un extraño le arrebata su juguete preferido, me negué a tomar alimentos y durante largos meses no me corté el pelo ni la barba en señal de duelo, lo cual, por Júpiter, jamás había acontecido por más de setenta años. Proclamé día de duelo aquel día vergonzoso (aún hoy se lo solemniza), pero lo peor es que empecé a dudar de mi divinidad, recelé de Júpiter, así es, confieso que dudé de su existencia por haberme dejado en la estacada, a mí, el hijo de los dioses.
    En aquel entonces abundaron los malos presagios: el templo de Marte fue alcanzado por un rayo, plagas de langostas atacaron la ciudad sin detenerse ante la gente, devoraron lo poco verde que quedaba después de un seco verano y a su paso los árboles y plantas quedaron convertidos en esqueletos. Sobre los Alpes se alzaron hacia el cielo columnas de fuego, como sí el firmamento se hubiera incendiado y un cometa siguió su derrotero hacia el norte. Las tropas acampadas en Germania también informaron acerca de sombríos presagios. Jamás les había acontecido nada parecido: enjambres de abejas cubrieron de panales los altares de campaña romanos hasta dejarlos irreconocibles, una estatua de la diosa de la victoria, siempre orientada hacia la tierra enemiga, se volvió para mirar a Roma, y en los campamentos volaron lanzas, arrojadas por manos invisibles.
    Germania es un país inhóspito, lleno de pantanos y bosques y sus habitantes son gente hostil. Mis espías estimaron su número en unos tres millones. El pueblo se compone de muchas tribus, de las cuales cada una es más bárbara que las otras y cree dominar sobre las demás. El nombre de germanos les fue puesto por los galos. Ambos pueblos están separados desde antiguo por el río Rhenus. Julio César, mi divino padre, conoció sus aguas turbulentas, cuyo origen se encuentra en los Alpes Réticos, cuando los suebos dirigidos por Ariovisto cruzaron el río durante la Guerra de las Galias. No obstante, el Divus Julius logró batirlos en retirada, al igual que tres años más tarde a los usipectos y tencteros, pero desde entonces no pasa un año en el que no se produzca un nuevo foco de insurrección a orillas de este río. Comparados con nosotros, los romanos, los germanos son gigantes, sobre todo sus mujeres son las de mayor talla que se pueda encontrar en el mundo. Además, juegan un papel más preponderante que las nuestras. Las sacerdotisas son las encargadas de los oficios religiosos, predicen a través de oráculos y su poder se hace notar hasta en la política, por cuanto aconsejan a los hombres a luchar. Las tribus germánas adoran al sol y a la luna, sobre todo a esta última, porque en sus tierras aparece con más frecuencia que el sol, y su deidad suprema es Mercurio, pero, como sus vecinos galos, también veneran a Hércules y a Marte, si bien no en templos como nosotros, sino en ventosos bosquecillos a cielo abierto. No conocen la cultura. Cada tribu reconoce tres clases: los libres, los semilibres y los siervos que equivalen a nuestros nobles, libertos y esclavos. Por lo demás no hay comparación alguna entre los romanos y los germanos, pues estos carecen de medios, desconocen la propiedad de tierras y sus superiores les adjudican anualmente una parcela de tierra para su explotación. En ellas crían ovejas, cabras, vacas, caballos y cerdos que son para ellos sustento, principal fuente de ingresos y fundamento de un modesto bienestar.
    Son demasiado torpes de entendederas para temer a un enemigo, y por esta causa son particularmente peligrosos para los romanos. No conocen nuestra gloriosa historia e ignoran nuestro cometido divino, pues hablan una lengua dura, sin melodía, que nadie entiende fuera de sus animales domésticos. Ni siquiera sus caudillos dominan nuestro idioma. ¡Por Júpiter, vienen de otro astro! Si fueran prudentes y obraran según la razón y no de manera intempestiva, los germanos serían superiores a cualquier pueblo del orbe, sin excluir a los partos invencibles. Parecería ser la voluntad de los dioses y contrario a la propia razón, que las tribus germánicas sean enemigas entre sí como los lobos de las estepas de Asia, que sólo se decida a atacar la tribu cuyo ámbito de vida se ha vuelto demasiado estrecho y sólo se defiende aquella que es agredida, mientras las demás contemplan la guerra como si fuera un espectáculo que no les afecta.
    El día de mañana informaré más acerca de los germanos, puesto que con aquella campaña va inseparablemente unido el nombre de una mujer.

XXXIII

    Mi primer encuentro con los germanos quedó muy atrás en el tiempo. ¡Júpiter, casi treinta años! Todo se desarrolló como un milagro, sin presentar combate. Lo recuerdo bien, sucedió durante el consulado de Lucio Domicio y Publio Escipión, y he guardado esta campaña en la memoria porque las circunstancias fueron más que extraordinarias. En aquellos días tuve un ardiente romance con Terencia, la esposa de Mecenas. Mi amigo sabía de nuestra relación y me hizo reproches. Yo no lo contradije. ¿Cómo hacerlo? Cuando la pasión abre las puertas, la razón salta por la ventana. ¡Qué mujer, esta Terencia! Ojos de fuego, cabello rizado como la piel de la oveja, senos como la saliente proa de un trirreme y piernas como dos columnas jónicas de mármol de Paros. ¡Venus no podría ser más agraciada! Su forma de andar se asemejaba al paso acompasado de un noble corcel y me inflamaba de pasión toda vez que venía a mí. En cierta manera se parecía a Atia, mi madre, por su dulzura y sensualidad, y quizás ese fuera el motivo de tan ciega pasión, capaz de hacerme olvidar los privilegios de mi amigo.
    – ¿Qué pides por Terencia? – acosé a Mecenas, al amigo, en ocasión de una de nuestras juergas nocturnas de invierno.
    Mecenas descargó sobre la mesa la copa de rojo retio que hice servir a propósito more graeco y gritó: – ¡Terencia no es una meretriz que se puede comprar, César, Terencia es mi esposa!
    – Sin duda, Mecenas – alegué-, me malinterpretas, yo no hablo de dinero. Jamás osaría ofrecerte dinero sonante por tu mujer, pero tú podrías halagar al amigo y cederme a Terencia hasta que se extinga mi pasión. Quiero decir, Livia es también una bella mujer y seguramente sabrá consolarte durante esta etapa.
    – ¡César! – Mecenas no ocultó su indignación (tal vez fuera auténtica) y me recriminó con duras palabras-. No ha transcurrido un año desde que promulgaste leyes matrimoniales terminantes que te valieron fama de mojigato e hipócrita. Siempre te defendí contra todas las invectivas y aseguré que ni lo uno ni lo otro era procedente, pues sólo habías obrado en salvaguardia de la res publica. ¿Cómo enfrentaré a tus críticos si pones las pruebas en sus manos?
    – ¡Nadie necesita enterarse! -lo interrumpí-. La cosa será un secreto entre ambos.
    – ¡Un secreto! ¡No me hagas reír! -exclamó Mecenas airado-. ¡Cítame un solo secreto que haya perdurado como tal en Roma! Cuanta más reserva se pone en el tratamiento de un asunto, tanto más numerosos son los que saben de él, porque cada cual lo propaga bajo juramento de guardar silencio y el que recibe la información la pasa a otro de la misma manera. Créeme, César, te cedería a Terencia, pero el rumor según el cual el Caesar Divi Filius, el severo legislador, se acuesta con la mujer de su amigo Mecenas, circularía por las calles más aprisa que el viento de las golondrinas en las calendas de Mayo. Si, si no fuera en Roma, sino en la Efeso oriental, la Córduba hispana o la gala Alesia… ¡Pero nada menos que aquí en Roma!
    En la actualidad, ya no recuerdo qué me dio más alas, si la idea de poseer a Terencia o el vino de Retia. Me levanté bruscamente, agarré por los brazos al amigo y grité: Te tomo la palabra y mañana mismo partiré hacia la provincia gala. Terencia puede seguirme por otro camino. De este modo, nadie alimentará suspicacias.
    No le di tiempo a posibles objeciones, lo besé y le agradecí con lágrimas de emoción. Por la noche llamé a Tiberio y le anuncié que rio toleraría por más tiempo las incursiones de las tribus germánicas en suelo itálico. Además, era necesario saldar la derrota de Marco Lolio contra los usipetos, sicambros y tencteros que habían cruzado el Rin.
    Tiberio se sorprendió de mi ambición de gloria, pero más aún de que dejara acéfala la capital del imperio en un momento en que, debido a las severas leyes morales, los desórdenes estaban a la orden del día y conspiradores secretos urdían aviesos planes. Aturdido por los encantos de Terencia, no me dejé convencer por esos argumentos y, para cumplir con mi deber de César, nombré praefectus urbi a Tito Estatilio Tauro, un funcionario de confianza. (Agripa, a quien le hubiera correspondido el nombramiento en primer lugar, se encontraba en Siria en una misión militar).
    Visto friamente, en aquella oportunidad obré como en ninguna otra de mi vida con gran ligereza y en contra de mi principio, según el cual es mejor un mariscal reflexivo que uno intrépido. Pero Terencia merece la gloria de haberme hechizado como lo hizo Circe con Ulises y sus compañeros, pues no sólo descuidé los hechos (debido a las conspiraciones se llegaron a dictar sentencias de muerte), sino ignoré los presagios infaustos según la interpretación de los sacerdotes: la víspera de mi partida hacia las Galias, un lobo corrió por la vía Sacra rumbo al Foro y provocó un baño de sangre entre los romanos. Pero en esos momentos estaba dispuesto a dar la vida por poseer a Terencia aunque fuera durante unos breves instantes. A quien los dioses quieren perder, lo privan de la razón. La aventura con Terencia se prolongó por espacio de dos años. Fue una época feliz en todo sentido. Triunfé sin librar combate, Terencia se me entregaba complaciente, las tribus germánicas, cuyo salvajismo es impredecible como el del Océano Atlántico, se retiraron a los bosques de los que habían venido. Los dioses estuvieron de mi lado.
    Sicambros, usipetos y tencteros, habitantes todos ellos de la margen derecha del Rin, tuvieron la osadía de atacar a algunos soldados romanos, se los llevaron a la rastra y los crucificaron. A pesar de que avancé hacia ellos a marcha reforzada, no pudimos ver al enemigo cara a cara en nmguna parte. Era demasiado peligroso seguir a los bárbaros hasta sus bosques, pues sólo ellos conocían sus desfiladeros y caminos de cornisa. En aquel terreno intransitable, los espías se encargaron de transmitir cualquier movimiento del enemigo, mientras este perdía toda orientación en los oscuros bosques. Seguramente, debieron ser estos espías los que alertaron a los germanos del avance de dos legiones. En particular, temían a la caballería romana, pues el caballo como animal de montar les es desconocido como lo fue para los romanos el elefante antes de las Guerras Púnicas. Esa fue la razón por la que mandaron emisarios de paz sin que les fuera exigido, más aún, impusieron castigos por propia voluntad, de modo que acordé celebrar la paz, sobre todo para poder dedicar más tiempo a Terencia, a sus henchidos senos y a sus piernas jónicas.
    Debo confesar que bajo el influjo de esta mujer sensual dejé pasar una oportunidad de esas que no se presentan dos veces. Si en aquellos días hubiera tenido menos en cuenta el bienestar de mi priapo y más el de la res publica, y si con Tiberio a la cabeza hubiese desafiado a la chusma germana a luchar, creo que no nos hubieran podido quitar la victoria, hubiésemos vivido en paz, libres de las constantes incursiones y se le hubiese ahorrado a los romanos la ulterior humillación en los bosques de la margen derecha del Rin. Iremos paso a paso.
    Durante mi permanencia en las Galias encomendé a mis hijastros Tiberio y Druso la conquista de Retia y Vindelicia. Cruzaron los Alpes por caminos separados y no encontraron en los abúlicos pueblos montañeses una resistencia digna de mención, de modo que bastó dejar al mando de la provincia recién ganada un centurión. Mi querido Druso contaba a la sazón 25 años, y era justificado cifrar en él las mayores esperanzas. Por lo tanto, lo nombré gobernador de las tres provincias galas.
    Pero como no dejaban de producirse los ataques germanos, mi joven hijastro me pidió permiso para combatir contra las hordas nórdicas. Consentí Druso marchó contra los sicambros, cerca de la isla de Batavia, entró en el territorio de los usipetos y navegó por el Rin, río abajo hasta el Océano. Sometió a los frisones de barbas rojas y cabello rubio e invadió la tierra de los caucos, donde sus barcos quedaron varados por la bajamar hasta que llegó la marea alta.
    Bajo su consulado compartido con Tito Crispino, Druso incursionó * por segunda vez contra los germanos para vencer a los catos, suebos y marcomanos y arrasar la tierra de los queruscos hasta el Elba, un río que fluye hasta los montes de los vándalos. El intento de atravesar el Elba fracasó, y mientras emprendía la retirada una mujerona germánica de descomunal altura le salió al encuentro y le dijo: "¿Adónde quieres ir, insaciable Druso? No te ha sido dado contemplar todas estas tierras. Vuelve sobre tus pasos, pues ya está cercano el final de tus hazañas." La mujer desapareció entre los árboles y jamás la volvieron a ver. Druso emprendió el regreso hacia el Rin, que guarneció de sur a norte con fortalezas y castillos, y en el camino sucedió lo inconcebible: Nerón Claudio Druso, el audaz general, se cayó del caballo y murió, mientras los lobos aullaban en derredor de su campamento.
    Amé a Druso como a un hijo propio y encomendé a los centuriones, tribunos de guerra y a los más ilustres hombres de las ciudades traer su cadáver a Roma. Junto con Tiberio pronuncié la oración fúnebre, y luego se guardaron sus restos en mi mausoleo. Por sus méritos como general le otorgué post mortem el nombre Germánico.
    Lloro y mi dolor no tiene límites porque las parcas son tan despiadadas con los hombres y no reparan en la edad ni en los talentos. Laquesis determina despótica sobre cada destino. Druso contaba veintinueve años e iba hacia el cenit de su existencia cuando Morta cortó el hilo de su vida sin conmiseración. Y aquí espera sentado un septuagenario de ojos lacrimosos que ya no le prestan servicio, casi entumecidos los miembros, un anciano que bizquea temeroso hacia la puerta y tiembla al escuchar cualquier murmullo…

XXXII

    Explicaré por qué conclui ayer de manera tan abrupta: mi dolor por Druso me hizo apretar la pluma con tanta fuerza sobre el pergamino que la coraza de asta que protege mi dedo de la salud inmóvil se dobló como una brizna de hierba al viento. Ahora trato de guiar mi escritura con una nueva fíbula de cuerno de búfalo del sur de las Galias y continuar mi informe sobre la derrota en Germania.
    La zona este de la margen derecha del Rin jamás se llamó a sosiego, pues no habíamos pacificado una tribu bárbara cuando ya se sublevaba otra, y en su lucha constante contra las cohortes romanas aprendieron cada vez mejor la artesanía y la táctica bélicas. Advertí a Tiberio, en ese momento en Germania sólo para representar nuestros asuntos, que algún día los bárbaros nos batirían con nuestros propios métodos.
    Obligado por Druso a retirarse con su pueblo del río Meno hacia el este, Maroboduo, rey de los marcomanos, reunió allí a una serie de tribus germánicas con las que formó un ejército de setenta mil hombres y cuatro mil jinetes. Signado por la senectud y la enfermedad como un lobo de pelo gris, insté a Tiberio a anticiparse a un ataque de Maroboduo, pero durante las operaciones mi hijastro se enteró de la insurrección de los panonios, dio media vuelta y mandó sus doce legiones al sur a aquella provincia conquistada apenas unos pocos años antes. El marcomano no aprovechó la favorable situación militar y selló la paz con nosotros. Agradecido guardo hasta hoy el recuerdo de este arreglo. Maroboduo, el germano, es un amigo de los romanos. Hasta rehusó marchar contra nosotros cuando el querusco Arminio le exigió su colaboración.
    Este Arminio es un ejemplo alarmante de cómo los germanos sacaron poco a poco provecho del arte bélico de los romanos. Tiberio lo había traído a Roma cuando contaba nueve años, e, impresionado por su peculiar astucia, lo hizo adiestrar según las costumbres romanas. Cuando el advenedizo cumplió los veintiún años lo elevó al rango de tribuno y le encomendó la conducción de las tropas de apoyo germánicas. No se percató que un germano no deja de serlo en lo íntimo de su ser, así como un romano sigue siendo romano aun en circunstancias como las que beneficiaron a Arminio, a quien se concedió la ciudadanía romana. Cuando Quintilio Varo, el gobernador de la provincia de Germania, introdujo el derecho romano en la tierra de los bárbaros e impuso a las tribus germanas los tributos de rigor, Arminio se pasó al bando de nuestro enemigo, de cuyo seno había salido, y buscó el apoyo de los demás príncipes tribales.
    El plan que Arminio puso en escena contra nosotros fue genial y digno de un general romano. Antes de mostrarse como enemigo, el querusco tramó insurrecciones entre las tribus bárbaras establecidas en la frontera oriental, pero Varo se figuró marchar hacia una zona amiga. Al principio, los conjurados lo escoltaron, pero a mitad de camino se retiraron so pretexto de reunirse con los contingentes aliados. En realidad, las tropas ya estaban preparadas con intenciones hostiles.
    Un soldado romano nada teme tanto como los bosques de Germania. Ni las arenas del desierto de Cartago, ni los abismos de Creta, ni los pantanos del Nilo o las encrespadas olas entre Escila y Caribdis infunden semejante pavor al miles como la tenebrosa espesura en esta tierra de bárbaros, abandonada de la mano de los dioses. Para colmo de infortunio al tórrido verano siguió la repentina irrupción del otoño. Densa niebla envolvió los bosques, el territorio era azotado por tempestades y lluvias, y los legionarios romanos a duras penas lograban mantenerse en pie en ese terreno barroso, cubierto por una inextricable red de raíces. La tormenta arrancaba de cuajo nudosos árboles frondosos y quebraba ramas que sepultaban bajo su peso a los cumplidores soldados.
    El temporal bramaba desde hacia cuatro días en los bosques de Germania, cuando se supo para desaliento general que las tribus bárbaras, bajo la conducción del querusco Arminio, tenían rodeados a los romanos con sus armas en alto, pero los soldados tenían sus miembros entumecidos por el frío y ninguno atinó a usar sus flechas y sus lanzas arrojadizas. Tampoco pudieron protegerse con sus escudos, porque la lluvia los había inutilizado. El agua absorbida por los cueros había duplicado su peso. En su desesperación, los romanos quemaron sus carros para que el enemigo no pudiera emplearlos en su beneficio si caían en sus manos, como era de esperar.
    Los germanos, familiarizados con las condiciones meteorológicas y el terreno rico en emboscadas, empujaron al ejército romano hasta concentrarlo en los bosques. Privadas de toda orientación que tal vez les hubiera posibilitado una vía de evasión, tanto la caballería como la infantería fueron masacradas como esclavos Áfricanos.
    Quintilio Varo fue el primero en advertir que los romanos habían perdido la batalla, y sin titubear se arrojó sobre su espada. Los oficiales siguieron su ejemplo y los últimos soldados que aún combatían, se lanzaron a ciegas contra las armas de los germanos al enterarse de la suerte de sus superiores, puesto que la idea de huir era inconcebible. Ese cuarto día anterior a los idus de setiembre, bajo el consulado de Quinto Sulpicio Camerio y Cayo Popeo Sabino perdí hasta el último hombre de tres legiones. ¡Oh, Varo, Varo, devuélveme mis legiones!
    Fieles a su carácter salvaje y sanguinario estos bárbaros dieron vueltas con el cadáver de Quintilio Varo, Arminio le cortó la cabeza y se la mandó al rey de los marcomanos para que, a la vista del cruento trofeo, Maroboduo accediera a marchar con él contra Moguntiaco, donde estaba acuartelado el ejército romano del Rin. El odio de los queruscos contra el cuartel de Moguntiaco se debía a que Druso había emprendido todas sus campañas contra los germanos desde aquel lugar. Maroboduo se negó. Creo que los dioses de Roma lo inclinaron por esa decisión, pues la caída de la provincia pendía en aquellos momentos de hilos de seda, pero Júpiter fue más fuerte que el belicoso Odín del que se dice que es el más astuto de los dioses germanos, y pasa sumido en cavilaciones desde la mañana hasta bien entrada la noche.
    A este cavilador se le atribuye la invención de las runas (así se llama a los ininteligibles caracteres gráficos de los germanos), como también la de la ciencia, la literatura y la predicción. Elevado fue el precio que Odín pagó por su sabiduría. Por un trago de la fuente del gigante Mimar adquirió el conocimiento supremo pero hubo de dejar un ojo. Si bien la media visión era para él un impedimento, supo hallar sustitutos en toda clase de animales maravillosos como Hugin y Munin, dos cuervos que le traían noticias de toda la redondez de la tierra, y Esleipnir, un caballo negro de ocho patas, daba al ase (así llaman estos bárbaros a sus dioses) la mayor velocidad entre todos.
    Odín tiene predilección por sembrar la discordia entre los hombres, y la guerra es su ocupación preferida. Esto explicaría la belicosidad de los germanos. Además, aseguran que sabe encontrar acceso a las quinientas cuarenta puertas de Hades, que deja su vida en el campo de batalla usando las armas.
    Esta hostilidad entre los hombres no se detiene siquiera frente al propio cargamento ni la propia familia.En la tribu querusca Segestes se levantó contra el victorioso Arminio y le puso cadenas, pero más tarde también él las cargó. La enemistad de los dos queruscos se fundaba en causas privadas. Segestes es padre de un varón y una mujer, y estos, contrariamente a su padre, son hostiles a los romanos: Segismundo, educado por Segestes en la piadosa fe de los romanos y consagrado sacerdote en el altar de los ubios, rasgó su banda de sacerdote después de la derrota romana y se unió a los rebeldes; por su parte, Tusnelda, prometida por su padre a un hombre probo, se dejó seducir por Arminio y desde ese día comparte su lecho de buen grado. Pero Segestes es para nosotros un fiel amigo. Júpiter lo asista.

    Yo, Polibio, liberto del divino Augusto y experto en el arte de la escritura, leo con sentimientos encontrados lo que el César piensa sobre el pueblo germano. Mis antepasados fueron germanos. Yo soy un liberto y por ende un romano, peró los libertos somos romanos de segunda clase y, sin lugar a duda, la sangre que corre por mis venas es de origen germánico. Jamás he visto esas tierras ni entiendo el lenguaje de sus habitantes y, sin embargo, el destino de ese pueblo me toca de cerca. ¿Por qué y con qué derecho los romanos tratan como a idiotas a todos los demás seres humanos que son diferentes a ellos?

XXXI

    Me preocupa el futuro del imperio en sus fronteras septentrionales, pues los germanos no constituyen un enemigo que se pueda vencer, son un pueblo de muchos enemigos y hoy maquinan un plan, mañana otro. Tan pronto has triunfado sobre uno, surge un nuevo enemigo y los romanos nos enfrentamos a ellos como Hércules a la hidra de Lerna, ese monstruo de nueve cabezas que el gigante destrozaba inútilmente, porque cada una de ellas volvía a regenerarse inmediatamente. Para cumplir su cometido, Hércules remplazó la maza por la antorcha encendida y con ella quemó las cabezas en vía de desarrollo. En mis noches sin sueño me pregunto ¿cómo quemar a los germanos?
    A mi edad, un hombre aprecia más las blandas almohadas de la cama que el duro cuero de la silla de montar, y por esta razón encomendé a Tiberio y a Germánico, hijo de Druso, la causa de Germania. Germánico es un hombre que tiene conmigo más afinidad que Tiberio: es decidido y valeroso y me brinda la lealtad propia de su padre carnal. Su cabecita estaba cubierta aún de rizos de niño al producirse la repentina muerte de Druso, y obligué a Tiberio a adoptarlo, antes de que yo mismo lo adoptara a él. Hoy, Germánico ya tiene veintinueve años. A esa edad yo investía los más altos cargos del Estado y luchaba con Antonio por el principado: preferiría reconocer como sucesor a Germánico y no a Tiberio, cuyo carácter es fluctuante como un tallo de hierba florida, ni que hablar de sus cincuenta y seis años. Hoy ya le gritan por la calle: ¡Ave, senex Imperator!, un saludo que yo no escuché ni una vez dirigido a mí.
    Creo que el pueblo tampoco tiene en cuenta sus años. Tiberio fue senil aun de joven, en el sentido de que carecía de poder de decisión. Los hombres como Tiberio son mandaderos ideales, predestinados a un puesto subalterno, y no puedo quejarme de sus obras, pues siempre cumplió lo que yo, Caesar Divi Filius, le encargué. Sin embargo, cuanto más me acerco al fin, me pregunto qué sucederá si en ausencia de mis órdenes Tiberio se ve obligado a obrar por iniciativa propia. ¿Habrá de recibir órdenes de su hijo Germánico, por su idiosincrasia, un ejecutivo de ideas rápidas?
    ¡Qué fácil cambia el avasallamiento una vida en vengativo albedrío! Espartaco también fue un recto maestro de esgrima antes de sublevar a los esclavos y lanzarse contra nuestro pueblo.
    Tiberio nunca exigió ningún cargo, por lo tanto, hube de imponérselos, puse en su lecho mujeres que suponía le harían bien (cuando ni siquiera lo amedrentaba un dragón como Julia), lo introduje en la sociedad de poetas y filósofos, pues eludía el trato de las personas, excepción hecha de los soldados, y todo lo aceptó con indiferencia. Fuese donde fuere que se encontrare, siempre llevaba una vida sencilla, y en Roma llega a desdeñar la escolta de los lictores, mientras otros, de una clase inferior, jamás se dan por satisfechos por muchos que reúnan a su alrededor. Torpe y pesado transita por Roma y en cada uno de sus movimientos se observa que le falta la espada.
    ¡Por la divinidad de Apolo!, no es tonto, no, gozó del mejor adiestramiento en retórica griega, pero parece tener inhibiciones para ponerla en práctica, como un mancebo en el lupanar cuando va a probarse como hombre y fracasa. Cierto día, para dar testimonio de su bondad, anunció su intención de visitar a todos los enfermos que soportaban en Roma un pesado destino y brindarles consuelo de acuerdo con el ejemplo del divino Augusto. Eso fue lo que dijo, pero sus hombres ejecutaron su cometido de otro modo. Reunieron a los enfermos sin contemplar su capacidad de movimiento, los clasificaron por enfermedad y de este modo pretendieron ofrecer al emperador un espectáculo excitante. De hecho, Tiberio había tenido la intención de visitarlos en sus casas y en sus lechos y, al percatarse del error de su gente, mi hijastro se quedó mudo. Hasta después de prolongada vacilación, mientras los enfermos sufrían más de la cuenta el calor de la jornada, no se acercó a cada uno y no balbuceó palabras de consuelo, sino de disculpa para la gente de la clase baja.
    No, Tiberio no es el sucesor que hubiera deseado para el principado, al que hice por propia voluntad mi heredero, así como mi divino padre Julio lo hizo conmigo. Lo admito, cedí a las presiones de Livia, quien recurrió a todos los portentos y promesas de esta tierra para probar que Tiberio era un César por voluntad de los dioses.
    A modo de prueba, Livia arguye que, estando encinta de Tiberio, tomó un huevo de gallina de un nido, le dio calor con las manos ayudada por sus esclavas, y al cabo de unos días la cáscara se hendió para dejar salir un pollito con una cresta en forma de corona. El astrólogo Escribonio predijo al niño un gran futuro. Ceñiría en su cabeza una corona sin diadema. Cuando Tiberio, camino de Iliria, consultó el oráculo de Gerión, le ordenaron arrojar en la fuente de Apono tres dados de oro: los tres mostraron la cara con el número más alto. Lo dice Livia.
    No es un secreto que Tiberio no marchó por propia voluntad a Rodas, donde llevó por ocho años el pallium griego, calzó sandalias con correas anudadas hasta la media pierna y vivió una vida senciil- en una granja: esto sucedió a instancia mía. Su nombramiento como legatus sólo me sirvió de excusa. Su alejamiento de Roma (aconteció durante el consulado de Décimo Lelio Balbo y Cayo Antistio Veto) no debía tener la apariencia de una proscripción, si bien no era otra cosa. En aquel entonces, preví como sucesores a mis sobrinos Cayo y Lucio, sin llegar a decidirme por uno u otro, y un tercer candidato no podía causar sino mayor desasosiego.
    Cuando le comuniqué mi decisión a Tiberio, prorrumpió en lágrimas, pataleó como un infante iracundo y por cuatro días se negó a tomar alimento alguno, pero yo conocía a mi Claudio y sabía que no era capaz de aguantar hasta las últimas consecuencias. Y aun cuando para entonces ya se había hartado de mi hija Julia, a quien le había entregado por esposa, hizo hincapié en su fidelidad conyugal y sus deberes de padre. Me mantuve inflexible, pero prometí no emplear jamás la palabra "proscripción" en relación con su nombre. Antes bien, siempre presentaría el brillante ejemplo de Marco Agripa, quien, cuando Marco Marcelo fue llamado a desempeñar los negocios del Estado, se retiró a Lesbos para no obstaculizar el camino al otro. ¿No había sido Agripa un hombre importante?
    Este parangón surtió su efecto, pues Tiberio vivía de arquetipos, más aún, se consideraba realizado al copiar modelos. ¡Por Júpiter, que personaje deplorable! Las ideas e iniciativas propias le son tan ajenas como las deidades con cabezas de animales de los egipcios. Hube de ocuparme hasta de su separación de Julia, a quien envié en su nombre el acta de divorcio, según lo prevé la ley. Creo que, de no haber mediado mi intervención, hubiese tolerado hasta el fin de sus días el adulterio y la vida disipada de ese monstruo. ¿Por qué, oh, dioses de Roma, me quitasteis a Cayo y a Lucio y me dejasteis a este Tiberio, un provecto prematuro? Obligado por la necesidad, después de la muerte de ambos, mandé a Tiberio regresar a Roma. ¿Qué otra alternativa me quedaba sino conferirle la tribunica potestas y convertirlo en el segundo hombre del Estado? Fue un error.
    El César no debiera nombrar en vida a un corregente, pues es firmar la propia sentencia de muerte. El César debe gobernar para bien del Estado, caer cuando le llega su hora y morir según la voluntad de los dioses. De este modo y de ningún otro debe dejarle lugar a su sucesor, tal como procedió mi divino padre. Todo otro pensamiento o plan, por honestas que sean las intenciones, confunden al pueblo. Un pueblo no puede servir a dos señores, y un princeps no se hace, nace.
    Y bien, como he obrado de distinta manera, debo temer por mi vida, en los ridículos treinta días que aún me quedan.

XXX

    En relación con lo que escribí hace dos días olvidé mencionar que, como todo romance, el mío con Terencia tuvo un desenlace indigno. Los hombres viven del olvido, las mujeres del recuerdo. De este modo, la pasión degeneró en hábito y ambos regresamos a Roma decepcionados. Mecenas no perdonó jamás a Terencia nuestra aventura en las Galias. El matrimonio se disolvió poco después bajo el consulado de Marco Valerio Mesala y Publio Sulpicio Químo. Jamás me hizo un reproche, pero todos mis intentos de consolar a Terencia sobre la extinción de mi pasión, fracasaron en su amargura. Los mensajes que le hice llegar quedaron sin respuesta, y un buen día Terencia desapareció y nunca pude averiguar su paradero.
    Entonces me despreciaba y no hubo mujer alguna, ni siquiera Livia a quien no se le pasó inadvertido mi desliz, capaz de apartarme de la repugnancia que sentía por mí mismo. Asqueado, despedía sin tocarlas a las empolvadas criaturas, apenas púberes, con las que en situaciones análogas, buscaba complacerme. El lecho en el que me revolcaba como un verraco, se me antojaba podrido y húmedo aunque las sábanas eran las mismas de siempre, me levantaba, entonces me vestía aprisa, pasaba a hurtadillas frente a los guardias dormidos y me escapaba del palacio.
    La noche transforma a una ciudad y la oscuridad convierte a unas en ninfas y a otras en rameras. De noche, Roma es una prostituta, un ser que repele por su agitación, un ser maloliente, venal y chillón. Esa noche comprendí mejor que nunca por qué Horacio, Virgilio, Propercio y Tibulo le volvieron la espalda. Desaliñada como una ramera después de realizado su cometido, yacía allí despojada del brillo de los templos y pórticos. Se me antojó que negras bestias dotadas de muchas patas intentaban apoderarse de ella para devorarla. ¡Por la divinidad de Venus y Roma, qué ciudad! ¿Dónde estaba la sonrisa que acompaña a una mujer de noche, su deseo de agradar? En lugar de sonrisa esta ciudad esgrime una risa cínica, cinismo hasta debajo de los altos tejados. Despreocupada, como si no existieran leyes, exhibía su impudicia en lugar de encantos físicos y gracia. Más aún, creí reconocer que aquellos encargados de velar por la ciudad se alineaban entre los ilegales que practican la usura y especulaciones clandestinas, se entregan a juegos de azar junto a las alcantarillas y comercian con esclavos por caminos prohibidos. A la luz de las teas los rostros mostraban la máscara solapada de rufianes, encubridores y ladrones, o las facciones extrañas de los individuos a los que está vedada su permanencia en Roma. Salían de sus agujeros como voraces alimañas, acuclillados en torno a los fuegos intercambiaban mercancías prohibidas, oro e ideas… seguramente no para bien del Estado.
    Como si hubiera querido aspirar dentro de milo más posible de esa Roma que no conocía, de esa ciudad a la que no quería, empecé a correr sin tener en cuenta el peligro de caer dentro de un hoyo o extraviarme. Profetas de religiones extrañas danzaban a porfía con sus adeptos, en los baños que por ley debían estar clausurados de noche, había una tumultuosa concurrencia y no fui acuchillado por los bandoleros en los pantanos Pontinos o en los Montes Albanos, porque tuve la presencia de ánimo de abrir mi túnica y mostrar a los criminales que no traía conmigo más que mi desnudez. Al parecer, mi actitud divirtió al cabecilla de barba negra, pues me arrojó una moneda, que me cuidé de recoger.
    En los alrededores del circo la gente danzaba embriagada por la dicha que se compra, y en cada nicho de los muros ofrecían estupefacientes que se sorbían a través de mangueras, milagreros marcados con signos mágicos, astrólogos y rameras por millares. Se levantaban las faldas, mostraban sus senos al pasar y hacían movimientos obscenos con la pelvis. Algunas lanzaban estridentes alaridos o voceaban una cifra, el precio de sus favores. Colmadas de Baco, el agitador del tirso, bailaban como frenéticas tiadas, cachondas mujeres bárbaras y nobles matronas en apariencia, cuyo cuerpo jamás dejaba de ostentar joyas. Antes de que pudiera darme cuenta se formó a mi alrededor un corro de individuos danzantes que me arrastraron consigo en medio de gran algarabía por las oscuras callejas, de paso por tabernas ruidosas de las que emanaban nauseabundos olores como de grasa rancia, vino derramado y el sudor de gente excitada. Me dio un acceso de asco e intenté liberarme, pero dos robustas mujeres desgreñadas me rodearon en poderoso abrazo con sus miembros superiores y no me soltaron. Por lo tanto, sobrio en cuerpo y mente, seguí pateando con la vociferante horda de ebrios, sin atreverme a levantar la voz por temor a ser reconocido.
    Esa era, pues, la Roma de la plebe, la Roma de las masas, ávidas de pan y juegos, para las que los patres conscripti y sus decisiones eran tan ajenas como las provincias orientales, y el César un ser extrano parecido a Osiris, el dios de los egipcios, a quien por una antigua costumbre se le erigían templos. Soy yo, quise gritarles, César Augusto, pater patriae, pero me abstuve en la seguridad de que se reirían de mi. ¡Júpiter! ¿Quién me hubiera creído?
    Con soeces exclamaciones la cola irrumpió en un lupanar en el que honorables caballeros se divertían con mujeres de variado color de piel, y su impudicia llegó al extremo que ni las prostitutas ni sus amantes interrumpían su lúbrica actividad cuando alguno corría a un lado la cortina que protegía las oscuras cellae, más aún, las incitaciones de los intrusos enardecían a algunos. Y yo, Caesar Divi Filius, me vi en medio de ese faunesco maremágnum de sensualidad y ardor, empujado, zamarreado, oprimido y pisoteado.
    El establecimiento se me antojó uno de la peor clase, en esos en los que las lupae se prestan para mucho más que la relación ordinaria con un individuo del otro sexo. Bajo la influencia de hipomanes, un filtro preparado con el flujo de la vagina de yeguas, las lupae se exhibían en posturas artísticas para excitar más de lo acostumbrado los sentidos de los parroquianos, y, aunque no me extrañaban los vicios de las mujeres que se compran, ni me es desconocido su lúbrico juego, jamás fui testigo de semejantes excesos en ocasiones anteriores ni posteriores.
    Uno de mis insolentes acompañantes pareció percatarse de mi estupefacción y mi curiosidad mezclada con repugnancia, y de un empellón me hizo caer dentro de una cella. Después de arrancar en mi caída la sucia cortina que la cubría, fui a dar con una montaña de carne sudorosa y jadeante, un hombre dueño de la musculatura de un gladiador empeñado, al parecer, en aniquilar con sus arremetidas a la lupa yacente bajo su cuerpo. Estaba poseido de tan frenético furor que no advirtió mi presencia, al menos no abandonó a su víctima, pero esta volvió la cabeza y lanzó un grito agudo al verme. Me quedé paralizado.
    Reconocí a Terencia. Por un instante nuestras miradas quedaron presas la una de la otra. Todo sucedió sin que el gladiador lo advirtiera, lo cual aumentó la embarazosa situación. Tan pronto me repuse de la sorpresa, me lancé hacia el exterior, defendiéndome con violentos golpes de las zarpas de mis acompañantes, corrí despavorido por las callejas oscuras, caí varias veces, me levanté otras tantas y por fin encontré la dirección que conducía al Palatino. Días más tarde envié un tribuno al lupanar para hacer averiguaciones en torno a Terencia, y a su regreso me informó que en el establecimiento señalado no conocían a mujer alguna que respondiera a ese nombre.
    Desde ese momento ya no sentí placer en alternar con mujeres. Ni el espíritu maternal de Livia ni los encantos de las tiernas niñas lograron despertar mis instintos. Me sentía sucio, vacío, sólo atraído por los mancebos de muslos depilados y abiertos. Livia condescendió con mis inclinaciones y hasta hizo buscar por la ciudad a los jóvenes más nobles que habrían de someterse a mis caprichos. A todos los amé al estilo griego, a tergo, y los recompensé con real largueza por el placer que me brindaban con sus firmes caderas, sus brazos delgados y cabello rizado. Sin embargo, la diversión no duró mucho: los condilomas hicieron lo suyo. ¿Qué era yo smo un viejo depravado exoletus, un lastimoso espectro expuesto a las burlas de los romanos?
    ¡Qué asco!

XXIX

    Con el espejo en la izquierda y la pluma en la diestra estoy sentado aquí, empeñado en vano en reprimir aquellas denigrantes experiencias. ¡Si, contémplate, miserable anciano libertino! ¿Fue Pudor quien enrojeció tus ojos? ¿Fue la ira de Zeus la que surcó tu rostro con la reja del arado vengador? ¿Fue la furia de Vulcano la que dejó cráteres en tu nariz? ¡Deplorable larva! ¿Imperator Caesar Augustus Divi Filius? Irrisorio. Eres un monstruo depuesto, César, un repugnante espectro, y si tu exterior ya es bastante repelente al punto de que si fueras a pie por el Foro a la luz del día, los rapaces te seguirían bullangueros haciéndote cuernos oon los dedos como a un ilusionista venido a menos, no me atrevo siquiera a imaginar tu interior, presumiblemente carcomido por gusanos, descomponiéndose en fétida putrefacción.
    Podrás echarte al coleto tanto rojo de Retia como puedas, mejor dicho, como tu estómago esté en condiciones de retener, pero no te cambiará, sólo lo hará con tu mirada. Lo horroroso de la vida es la verdad de cuyo camino siempre te apartaste. ¡Mírala a los ojos, mírate a los ojos! ¿No es excesivo tu respeto por la muerte, comparado con el escaso respeto que tuviste por la vida? Si al final conservas una sonrisa, tu vida habrá sido una ganancia. Sólo entonces.
    Intenta, pues, sonreír.
    Primer intento: una mueca, no una sonrisa.
    Segundo intento: un mostrar los dientes.
    Tercer intento: risa sardónica. ¡Júpiter! ¿Es tan difícil sonreír?
    Cuarto intento: cloqueo.
    Quinto intento: risa ahogada.
    ¡Oh, Júpiter! tú que pusiste a mis pies un imperio que abarca desde las nacientes del Eufrates hasta las Columnas de Hércules, regálame una sonrisa!

XXVIII

    En busca de una sonrisa. Embriaguez. Decía Sófocles que beber obligado no es mejor que estar forzado a pasar sed.

XXVII

    Esta noche, el sueño estuvo ausente. Apenas hube terminado de escribir mis pensamientos, me retiré a mi cubiculum para entregarme al descanso y confié la luz de mis ojos a Hipnos, el amigo de Apolo y de las musas. De pronto, me sobresaltó un fragor que hizo trepidar los muros del palacio. La tierra pareció temblar. Llamé a la guardia para averiguar acerca de lo sucedido, pero los pretorianos que se presentaron en ese mismo momento en las puertas, no me contestaron y me interceptaron el paso con sus lanzas cruzadas.
    – ¿Quién os dio la orden de tratarme de este modo, a mí, el César – increpé a los yelmos rojos. Tampoco obtuve respuesta-. ¿No fui yo quién os recompensó con tierras al finalizar vuestro servicio? ¿Yo, Imperator Caesar Augustus Divi Filius? -tuve la impresión de hablar con un muro. Los pretorianos, la cabeza en alto, miraban sin yerme, a través de mí, ignorando mi presencia. Empecé de nuevo-. ¿Quién, hijos de perra, está detrás de esta conspiración? ¿Livia? ¿O es Tiberio quien ha metido sus dedos en el juego? ¡Por Marte! ¿Quién?
    Silencio.
    – ¡No osaréis levantar la mano contra el Padre de la Patria! -grité a los insubordinados-. ¡No, contra un anciano escogido por los dioses! – hice el intento de abrirme paso entre los guardias, inútilmente-. Con suave presión, como si tuvieran órdenes de no causarme daño, me empujaron de nuevo dentro del aposento. Desesperado, presa de ira impotente, me dejé caer sobre el lecho y lloré. Así pasé la noche.
    Por la mañana se presentó Livia y le expuse mis quejas por el trato recibido de los pretorianos. Pregunté quién les había dado esas directivas.
    Nadie había encomendado a los pretorianos impedirme la salida de mis aposentos, ni ella, Livia, ni Tiberio, su hijo y mi hijastro. Si los guardias hablan asumido esa actitud debía ser consecuencia de su preocupación por mi seguridad. Reinaba en Roma gran intranquilidad, y el deber de los pretorianos era proteger la vida del César.
    Después de estas explicaciones, Livia me notificó que la víspera se había desplomado el águila dorada que ostentaba la entrada al palacio, símbolo sagrado del Imperio Romano y de su emperador, y se habla hecho añicos sobre las piedras del pavimento. ¡Qué los dioses nos protejan!

XXVI

    Cuanto más cavilo sobre lo acontecido la víspera, (el sueño me es tan lejano como la juventud y la salud), más me preocupa el Imperio Romano. ¿O me tortura la preocupación por mí, por los últimos días de vida que me quedan? Lo cierto es que mi corazón corre como un jinete asiático, me brota sudor en la nuca que siento fría y viscosa, estar solo me hace estremecer, y me invade la angustia de un criminal sentenciado. El supplicium ultimum se acerca más y más con cada día, con cada noche que queda atrás, y el diario que comencé en condiciones absolutamente distintas, es en estos momentos el único esparcimiento de un César, al cual nadie presta oídos ya, porque cada cual cree conocer el número de días que aún le quedan y al sucesor, que, transcurrido el inexorable plazo, ocupará su lugar. Me siento apartado, inservible como una fuente cascada que cumple mal los servicios, debe ceder su lugar a otra nueva y espera el momento en que irá a parar al montículo de desechos.
    Cuanto más pienso en lo acontecido la víspera, mejor comprendo que los romanos padecen más durante la paz que durante la guerra. Es verdad que en tiempos de las guerras civiles el pueblo estaba dividido en diversas facciones, pero los ciudadanos se sentían satisfechos de poder imponer sus metas. Ahora, en cambio, unificados bajo un principado, los romanos están sometidos al mal de una larga paz, y la unidad los fastidia más que cualquier arma. Creo que el futuro del imperio depende de que los romanos logren superar en sus mentes la barbarie de las guerras fratricidas. Pues antes de que el primer miles pise el campo de batalla, las guerras ya han sido preparadas en la mente de los hombres. Por esta razón son en primerisimo lugar una cuestión de cabeza, y solo en segundo, cosa de los puños.
    Cuanto más pienso sobre lo acontecido la víspera, tanto más necesario se me antoja dejar asentados mis pensamientos por escrito, pues nada es más efímero que una idea que no ha sido volcada a un pergamino. No todos son Sócrates, que se negó a escribir y, no obstante, sus pensamientos no cayeron en el olvido, porque pronunció cada uno de ellos a viva voz y entre sus discípulos encontró diligentes ayudantes que retuvieron sus palabras en el papel. Lo admito, tomé la resolución tarde y bajo la presión de esos cien días, pero quien vive al día, librado a sus apetitos, cumple día a día el objetivo de su vida, y la muerte jamás lo sorprende a deshora, pero para quien como yo se preocupa por la posteridad y quiere conservar su obra para el bien de ella, la muerte siempre es inoportuna, pues interrumpe algo que se ha comenzado. No soy un Herodoto que toma la pluma para que no caiga en el olvido por el paso del tiempo lo que realizaran griegos y bárbaros y a menudo quedó sin nombrarse, y lo que Cicerón tradujo con las palabras: “Nescire quid ante quam natus sis acciderit, id est semper esse puerum”; no soy un Tucídides, a quien le interesó saber porque atenienses y espartanos lucharon por la hegemonía; Livio es también superior a mis líneas, porque en sus libros devolvió a los romanos lo que perdieron en agotadoras luchas: la historia de su pasado. No obstante, les llevo una ventaja a los grandes historiadores: la experiencia politica y militar. Lo que digo a continuación no es un reproche: Tucídides es el único historiador que probó sus fuerzas como general. El resultado es sobradamente conocido: le valió veinte años de ostracismo y, sin embargo, nadie explicó mejor que él los acontecimientos políticos en base al carácter de los gobernantes. ¿Pero quién da prueba fehaciente que Tucídides interpretó correctamente a los personajes y de este modo las causas que motivaron sus actos? Por esta razón atribuyo tanta importancia a mis fatigosos apuntes.
    Cuanto más pienso sobre lo acontecido la víspera, tanto más claro se me aparece el destino de Herodes, el rey de los judíos, que no era judío, pero gobernó a ese pueblo durante cuarenta años. Bajo el consulado de Cayo Calvisio Sabino y Lucio Pasieno Rufo, cuando Herodes frisaba por los setenta, sucedió que enemigos del Estado arrojaron al suelo el águila romana entronizada sobre la entrada al recinto del templo de Jerusalén. La caída del águila, símbolo del domino romano, que quedó hecha añicos, y la política herodiana, provocó la insurrección del pueblo y el fin de su reinado. Y como los signos se repiten, no dudo ya en mi cercano fin.
    Herodes se contaba entre las figuras más versátiles que he conocido en mi vida. Digo esto, aun cuando ostentó por treinta y siete años el título honorífico rex socius et amicus populi Romani, aun cuando nos legó a mí y a Livia 1.500 talentos (suma que hice llegar a sus deudos), aun cuando por épocas le tuve gran afecto, y aun cuando construyó en la costa fenicia un puerto que lleva mi nombre: Cesarea. El rey de los judíos siempre tuvo la astucia de sentarse sobre el caballo adecuado, sólo su pueblo pudo haber tenido dificultades para adaptarse a la conversión. Los oportunistas se dan en todas partes.
    Los judíos nos profesan profundo odio desde que nos apoderamos de su territorio. Herodes debía ser un pequeñuelo cuando esto sucedió, hijo del idumeo Antipatro y una árabe con dos brasas por ojos, famosa en su tierra por su belleza. De su padre heredó la ciudadanía romana, sin saber de qué lado debía ponerse en aquellos tiempos confusos de la guerra civil. Antípatro estaba aún del lado de los asesinos del César; Herodes, en cambio, se volcó primeramente hacia Marco Antonio, pero pronto reconoció al verdadero triunfador y se pasó a mi bando. Esto sucedió en una época difícil. Jamás olvidé esta acción y fui un gran patrocinador de su carrera. A una edad a la cual a un romano le está vedado el Senado, (ni que decir del cargo de cónsul), ya investía el puesto de gobernador de Galilea y, a instancias mías, el Senado lo impuso como rey de los judíos.
    ¡Qué sencillo parece a medio siglo de ocurridos los acontecimientos, por Júpiter! En realidad, a Herodes le esperaba en aquel entonces una situación nada envidiable: después de invadir la provincia de Siria, los partos hicieron rey al macabeo Antígono, de modo que en su trono se sentó otro soberano. Sin embargo, con dinero y argumentos prudentes supo conseguir un ejército de mercenarios y en esto lo benefició que los partos hubieran saqueado la ciudad a su entrada a Jerusalén, mientras Antigono observaba los excesos sin hacer nada por impedirlos. Herodes incursionó tres años por el territorio para reconquistar el reino que le había sido adjudicado, pero encontró en Antígono un adversario casi invencible, y cuando llegó el momento de tomar Jerusalén, Sosio, el gobernador de Siria, acudió en su ayuda con once legiones. Al cabo de un sitio de cincuenta y cinco días la capital cayó en sus manos.
    A fin de congraciarse con los jerosolimitanos Herodes prometió compensar a cada uno de nuestros legionarios que renunciara a saquear a la ciudad y a sus habitantes con bienes por igual valor. Con este proceder creyó ganar amigos entre los judíos, pero su intervención no surtió efecto, porque en razón de no ser hijo de madre judía seguía siendo por ley un extraño en su propia tierra. Y sus promesas lo llevaron al borde de la ruina financiera. Antígono fue capturado por los romanos y ejecutado.
    Los judíos son un pueblo peculiar. Mil años de fatalidad les han trastornado la cabeza. No dejan de hablar del fin de los tiempos, niegan la supervivencia del alma después de la muerte, como lo enseñan los filósofos griegos y, asimismo, el fatal destino de la existencia humana. Como los polluelos que buscan el calor de la clueca, se aglomeran en sus templos y prohíben con la espada la entrada a ellos de todo infiel, como si fueran a llevarse consigo los misterios del espiritú.
    Aunque su templo es más grande que cualquier templo de Roma, se honra en él a un solo dios, del cual afirman que es el único y verdadero. Este híbrido es de su propiedad y por eso los aborrezco. Pues silos egipcios adoran a deidades representadas por hipopótamos preñados y mujeres con cabeza de gato, ninguno de sus sacerdotes calvos osa negar a los dioses romanos.
    Hoy me arrepiento de haberles dejado a los judíos su dios. Creía que un solo dios era impotente contra el panteón romano, pero me equivoqué. Un pueblo que adora a un solo dios, queda más a merced de él que un pueblo politeísta. Nosotros ofrecemos sacrificios a dioses de los cuales no conocemos siquiera su prosapia como Pales, el dios de las dehesas, en cuyo honor celebramos en aprilis las Palias con hogueras de rastrojos y pasteles de mijo. Veneramos a Cardea, la diosa de los goznes de las puertas, y a Abundancia, y en todo el imperio no se les ha erigido un templo. Si anunciara su fin como corresponde al Pontifex maximus, ningún romano levantaría la voz, pero si un extraño posara el pie en el umbral del templo de los judíos, desprovisto de estatuas donde veneran a su único dios, todos los judíos se alzarían como un solo hombre.
    Esto causa risa, pues en silos judíos están desavenidos y cada uno es enemigo de su vecino. Aquellos que se asemejan a nuestra nobleza, los que invisten cargos del Estados, son los saduceos. Aceptaron a Herodes y la supremacía romana y su fe es conservadora como la del Senado romano. Estos saduceos que ponen en duda la supervivencia del alma, son enemigos de los fariseos. Aquellos judíos que en su mayoría pertenecen a la capa media del pueblo son afectos a las innovaciones religiosas y, asimismo, bien dispuestos para los compromisos politicos. Se llama esenios a aquellos ascetas que se retiran al desierto para orar, y zelotes a los radicales desposeídos. A estos es a quienes considero los más peligrosos, porque sus actos son regidos por fantasías y raros engendros de su cerebro.
    Lo peor no es que alguien cualquiera les haya dicho en algún momento que vendría un profeta para liberarlos de todos sus enemigos e instaurar un imperio judío de paz y justicia, lo malo es que creen en ello firmemente, lo malo es que no reconocen a ese hombre en mí, Caesar Augustus Divi Filius, quien les ha traído la paz bajo Herodes y establecido los límites de un reino que en tiempos de su rey no era mucho más grande.
    En todo el Imperio Romano se levantan sectarios y falsos profetas seducidos por los zelotes y anuncian la venida de un salvador del mundo. ¿Qué esperan aún? Yo, Caesar Augustus Divi Filius ¿no he traído la paz a los hombres? ¿No me ha ensalzado Virgilio como salvador del mundo en su Georgica? ¿Qué más pretendéis, hombres desmedidos?
    A la muerte de Herodes, los judíos le imputaron cualquier cantidad de infamias, porque estaba en contra de las masas y me alababa como salvador y redentor, como al mesías cuya venida anunciaban los profetas desde tiempos remotos. De mortuis nil nisi bene. Sin embargo, apenas los restos de Herodes fueron inhumados en su Herodeion, los judíos dijeron que el año de su muerte el rey había mandado matar a todos los recién nacidos porque los astrólogos de la Mesopotamia habían pronosticado el nacimiento de un Mesías y un cometa les había señalado el camino para llegar a él. ¡Como si un lactante pudiera disputarle el trono a un septuagenario!
    Pero así como el pueblo carece de unidad entre sí, las familias tampoco viven en concordia. Los judíos no conocen el respeto por los ancianos y la ley del matrimonio es para ellos más un mal que un deber. Herodes decía poseer diez esposas, lo cual le hubiera significado el destierro en Roma, y, según creo, otros tantos hijos, todos enemistados entre si y con su padre. En la disputa por la herencia del provecto soberano hubo tanta violencia que durante el consulado de Marco Valerio y Publio Sulpicio Quimo, Herodes huyó a Aquilea donde me encontraba en ese momento.
    Venía en compañía de dos de sus hijos, Alejandro y Aristóbulo, quienes, según declaró, atentaban contra su vida para apoderarse de la corona. Yo, Caesar Augustus Divi Filius, debí oficiar de mediador entre dos generaciones. En consecuencia, amonesté a los hijos por sus negros pensamientos y desear la muerte a su progenitor, y, por otro lado, también censuré al padre por recelar de sus propios vástagos. Mis palabras surtieron efecto y ambas partes se confundieron en un estrecho abrazo de reconciliación mientras derramaban ardientes lágrimas.
    En agradecimiento, el rey judío donó a los romanos trescientos talentos para los juegos circenses. A Herodes le gustaban los ludi, y por aquellos días los eleos proyectaban suspender sus juegos, celebrados desde tiempos muy remotos, y despedir a los helanodices. El monarca no vaciló ni un instante, ofreció ayuda personalmente y donó una gran cantidad de oro que posibilitó mantener la continuidad de los juegos hasta el día de hoy.
    Cuando fue inaugurada la ciudad portuaria de Cesarea con la debida pompa, el rey organizó juegos griegos: juegos de competencia deportiva y certámenes de músicos, además de juegos romanos que comprendían carreras de carros, combates de gladiadores y luchas con fieras. Corrió entonces el rumor de que yo, el César de Roma, había pagado la descomunal competencia para que fuese digna de un acontecimiento romano. ¡Tan poca fe merecía la generosidad de Herodes! Dejé que la gente pensara lo que le viniera en gana, pues no necesitaba avergonzarme.
    Así era Herodes, el rey de los judíos, que no era judío. Desde su lecho de muerte llegó a juzgar todavía a aquellos insensatos que habían derribado el águila imperial romana a la entrada del templo.
    Y aun cuando sentía próximo el fin de sus días, exigió la pena de muerte para aquellos delincuentes judíos y los mandó quemar vivos. Su muerte causó poco dolor, y apenas sus despojos fueron depositados en el sepulcro, sus hijos Arquelao, Antipa y Salomé se marcharon a Roma por distintos caminos, para impugnar ante mí el testamento de su padre. Como si eso no bastara, comparecieron ante mí al mismo tiempo cincuenta judíos para solicitar su liberación del dominio de los reyes. La desunión de este pueblo me indujo a tomar una resolución que todavía se mantiene vigente en nuestros días: di por concluido el reinado. Hoy ya los judíos no tienen reyes.
    ¿Pero qué sucederá mañana?

XXV

    En lo que respecta a un dios de los judíos al que llaman Jahvé, me resulta difícil reconocerlo. Medito si el politeísmo es un síntoma de degeneración o si la fe en un solo dios representa una evolución tardía del politeísmo. Mi modesto intelecto no ha encontrado una respuesta y, en consecuencia, para mí, Júpiter sigue siendo tan sagrado como Apolo, por quien tengo especial inclinación. Pregunté a Areo, el sabio, y este me explicó (haciendo alusión a Aristóteles, Platón y Jenófanes) que los más sabios de los griegos se hablan burlado del cielo de los dioses, como lo calificaron Homero y Hesíodo, porque ni el nacimiento y la muerte, ni el adulterio y el engaño son propios de un dios. Y Jenófanes de Colofón que negó toda certeza de saber humano, llegó a la conclusión de que sólo había un dios, distinto a todo aspecto humano, carente de miembros, pero capaz de ver, pensar y oírlo todo sin tener necesidad de moverse de un lado a otro. Nuestros dioses, dice Jenófanes, no son sino exageradas ideas de nosotros mismos. Si las vacas, los caballos o los leones tuvieran aptitudes plásticas, sus dioses se verían como vacas, caballos o leones.
    ¡Qué terrible fascinación emana de esta idea! Si Jenófanes estuviera en lo cierto, nuestros dioses no nos hubieran enseñado la moral, sino que la habrían aprendido de los hombres. ¡Júpiter, qué idea sacrílega! Por momentos pienso como un griego y esto es útil para la filosofía, pero para la religión es una profanación, pues la filosofía es la enemiga de los dioses.
    Los griegos, que deben ser llamados padres de la filosofía, carecen de palabras para denominar a la religión, hablan de eusebeia, de piedad, lo que según las palabras del estoico, significa justicia para con los dioses. ¿Pero qué es la justicia para con los dioses? ¿No es esa justicia que el hombre exige para sus congéneres? ¿No son los dioses de Homero un retrato de la sociedad humana? Lo único que les es ajeno son la senectud y la muerte, pero por lo demás sufren como nosotros, se tornan somnolientos y ceden a la fatiga y el hambre y la lujuria no les son menos extrañas que al hombre, de modo que, de acuerdo con la teoría griega, se podrían extraer dos conclusiones: o bien los hombres son dioses o los dioses no son sino seres humanos.
    En su búsqueda de lo divino Aristóteles se valió de la geometría. Dijo que una recta de origen A y extremo final B es imperfecta en todo sentido, en tanto la misma línea curvada en una circunferencia es la suprema perfección, es la divinidad por ser infinita, o sea no tiene principio ni fin. Una bella parábola, pero no me satisface. Quiero decir, investigar la naturaleza de los dioses no es asunto de la geometría, porque en su calidad de absoluto los dioses, si es que existen, se sustraen al recurso de los números y las líneas. Además, con la ayuda de la circunferencia se puede probar todo y nada, como nos lo mostró Platón, quien la empleó para ejemplificar las cosas más diversas. Si les tomo a mal algo a los helenos es esto, que sólo admitan motivos razonables, como si fuese posible acceder a los dioses de esta manera. Creo que con lo divino sucede como con el amor: lo sientes y no puedes sustraerte a él, pero se mantiene invisible y por encima de toda comprobación. No quiero divagar.
    En la búsqueda de un solo dios, leí los escritos del estoico Zenón, quien afirma que solo hay una única divinidad, el logos universal. Sin embargo, dice el filósofo de Citión, este logos se muestra por todas partes, en el cosmos como en el hombre que no representa sino una imagen del cosmos. Más aún, Zenón considera a los rutilantes astros del cielo puro fuego del logos, de modo que yo me pregunto ¿qué no es divino, por Júpiter, en este mundo? En cambio, a través de maestros samios, aprendí de Pitágoras, (posible creador de la palabra philosophos, lo cual es difícil probar porque rehusó dejar asentada su doctrina por escrito para evitar que su saber fuera transmitido a profanos) que el hombre de ninguna manera es semejante al dios y dios es el modelo del hombre. Sócrates, de humilde origen y, no obstante, una de las mentes más inteligentes de la humanidad, fue condenado por envilecer a los dioses, sin embargo, es erróneo creerlo ateo. Grávido de su propio conocimiento, Sócrates desdeñó al Olimpo de los griegos con blasfemo escarnio, en favor de una única divinidad, cuyo nombre jamás mencionó y su teoría ganó numerosos adeptos. Hasta sus propios jueces disintieron: doscientos ochenta lo declararon culpable, doscientos veintiuno lo exoneraron de toda culpa, y yo pienso ¿cuál habría sido mi sentencia?
    Sé que la sola idea es sacrilega para un Pontifex Maximus y jamás la he traducido en palabras, ni siquiera ante mis pocos amigos, pero frente a mi cercano fin ¿he de mentirme y callar que el politeísmo me repugna en muchos sentidos? En el Foro, tropezamos por doquier con ídolos de oro, cuyos nombres han caldo en el olvido hace mucho. Nombradme el significado de Vacuna, Rumina y Lara, a las que Roma ha consagrado fastuosos templos e imágenes de bronce, aun cuando, en su tiempo, Numa Pompilio prohibió la erección de estatuas a los dioses. Se me ocurre que es solo cuestión de tiempo y todos se extinguirán para dejar lugar a un único dios. Solo un único dios es todopoderoso, solo uno es el origen de todo ser. Los romanos lo llamamos Júpiter, los griegos le pusieron por nombre Zeus, y otros le adjudicarán otra denominación. Sólo me pregunto por qué los griegos, de quienes proviene todo lo ordenado, claro, explicito con la constancia de una fuente borboteante, no nos han dado a los que vivimos hoy una respuesta a esta apremiante cuestión: ¿por qué ninguno de los grandes filósofos fue más allá de los bellos principios del espíritu y del alma, para explicamos el de dios, en tanto trataron de probar con Acribia que la flecha disparada descansa, o sea, que no se mueve como cabría suponer (¡sabéis, en qué pienso!). No es el error en silo que me mueve (la vida es error, el saber es muerte) sino la idea de haber adorado ídolos toda una vida y haber sido negligente en la veneración del verdadero dios.
    ¿Júpiter, que otra cosa podía hacer más que estudiar a los viejos filósofos? Si la fe descansa en un compromiso que tomamos con nosotros mismos, he obrado correctamente ante mi conciencia, porque serví a los dioses de mis antepasados como al país que me fue legado por mi divino padre, pero si la fe es un bien al cual se requiere conquistar y formar según la propia inventiva, entonces me equivoqué, porque di más crédito a los primeros que a mi conciencia. Quizá la fe sea siempre una empresa arriesgada, es ciega y no puede demostrar buenos motivos, pues la seguridad objetiva y la fe auténtica se excluyen. El que sabe, no necesita creer.
    En este sentido soy un vir vere Romanus y no me distingo de un romano común, que, en su incertidumbre acerca de lo divino, está dispuesto a servir a todos los dioses, con la esperanza de que entre ellos estará el correcto, más aún, erige santuarios al dios desconocido por temor a haberse olvidado de alguno. Pero el espíritu de la época que personifica el romano culto, anda a la búsqueda de ese solo dios y estoy seguro que muchas deidades a quienes se ofrecieron sacrificios para saciar su sed de sangre, perderán prestigio y con los años caerán en el olvido, y está bien que así sea, pues un dios que cae en el olvido no es tal: no es sino la deificación de los atributos de un dios omnipotente que hoy es estimado y mañana será desdeñado. Dicho con franqueza, creo que nuestro panteón, apretada colección de dioses romanos, consiste en esta deificación de atributos divinos y se remonta al único omnipotente Zeus-Júpiter.
    ¿Pero qué hicimos nosotros de este dios? Le conferimos facciones humanas, el aspecto, los sentimientos y pensamientos de un hombre, ni siquiera inteligente. Y si temo algo de los judíos antes quienes ningún romano debe temer, es su fe que desarma, que de acuerdo con la ley prohíbe la representación de su todopoderoso y la concepción de toda leyenda que no esté inscrita en el libro de sus libros. No, no es a los judíos a quienes debemos temer, sino a su dios, porque ejerce poder no compartido.
    Para no dar origen a una opinión equivocada: estoy orgulloso de ser romano desde que tengo uso de razón, pero precisamente porque amo a Roma, al Imperio Romano, me está permitido volcar en palabras críticas y reparos en relación con los dioses. Según parece, somos incapaces de formar nuestros propios dioses, deidades más afines a nuestra idiosincrasia que los fantásticos, poéticos y mitológicos dioses de Grecia. Pero tal vez haya sido la admiración de nuestros antepasados hacia los escultores griegos que crearon obras de arte de sorprendente fidelidad con el ser vivo, ante quienes vale la pena doblar la rodilla, mientras los romanos adoraban a Júpiter en un guijarro y a Marte en una jabalina, ningún viviente representó a Zeus tan poderoso y vital como lo hizo Fidias de Atenas, si bien en lugar de piel y huesos, empleó oro y marfil. Jamás la diosa del amor fue esculpida con formas tan graciosas y dignas de veneración como las que talló el cincel de Praxiteles sobre mármol de Paros. Sin embargo, ¿fue ese un motivo para adoptar como nuestros a los dioses de los griegos?
    Dado que estos dioses nos han sido destinados y detrás de uno seguramente se esconde el caudal primordial de la conciencia humana, la afluencia de deidades extranjeras me colma de preocupación. La ingenua devoción de los romanos acoge a cualquier deidad ajena, siempre que sea bastante exótica y extravagante. Desde que mi divino padre se trajo a rastras a Roma a la prostituta egipcia, desde que fue permitido a los rapados sacerdotes de Cleopatra mostrar en Roma las inmorales imágenes de sus dioses, ya no se pudo desterrar de las cabezas de los romanos la diosa Isis. Las paredes de las casas están embadurnadas con su símbolo, un trono. Sé de reuniones secretas de sus discípulos en oscuros lugares, donde los hombres farfullan en su honor oraciones incomprensible y antes de ser iniciados en sus misterios meten las manos desnudas en cestas repletas de serpientes y escorpiones ponzoñosos. Solo quien sobrevive a este procedimiento es bienvenido a la diosa, según la ley secreta de sus adeptos.
    Del este ha venido Mitra, cuyos discípulos ostentan un gallo como símbolo de su adicción. Propagan la lucha por el bien y antes de ser invitados al santo banquete con el dios de la luz (se sirve en él agua, pan y vino) deben recorrer siete peldaños de servidumbre, como corax, nymphus, miles, leo, persa, heliodromus y pater, lo cual simbolizaría la ascensión del hombre a través de las esferas planetarias. Estas extrañas torturas que no entiendo y me repugnan como la carne que los britanos ablandan bajo sus monturas, prometen la resurrección después de la muerte. Esto me resulta tan difícil de entender como el tribunal de los muertos que decide sobre la vida eterna. Los discípulos de Mitra no tienen sus santuarios en templos, sino preferentemente en cavernas rocosas, porque el dios de los misterios, según afirman, surgió de una roca. Para conmemorar este nacimiento los discípulos de Mitra celebran una fiesta orgiástica hacia fin de año y, según he oído decir, colocan en la cueva a un recién nacido y lo adoran. ¿Qué es lo mejor de esta fe?

    Yo, Polibio, liberto del divino Augusto y experto en el arte de la escritura, empiezo a dudar si este diario secreto del divino César está destinado a la posteridad, si Augusto quiere verdaderamente que alguien llegue a leer una sola de sus líneas, si el Divino no escribe sus pensamientos solo porque nada proporciona más claridad que el proceso de escribir. Pues lo que el Pontifex Maximus ha confiado al pergamino en los últimos días, no solo pone en duda a los dioses romanos, sino que da preferencia a otros dioses extranjeros, en particular a un dios único de nombre desconocido. El sacrilegio no es la expresión adecuada para este proceso, pues el César no es un romano cualquiera, tampoco “sólo” un conductor del Estado, Augusto es Pontifex Maximus y esto supone que es el personaje más importante de la religión oficial de los romanos. Si en su calidad de César dijera que un faraón egipcio gobernaría mejor sobre el Imperio Romano, el escándalo sería el mismo. Mi religiosidad personal consiste en creer que unos dioses dictaron el borrador de este universo, pero hasta ahora su dictado no ha sido suscrito.

XXLV

    La nuestra es una época de misterios y requiere tolerancia, pues lo que para unos es una vaca que suministra manteca, para otros es una deidad celestial. Todas las religiones son buenas en tanto hacen de nosotros hombres buenos… Esto se aplica también a los misterios. El origen de los misterios es el deseo. Si el hombre no tuviera deseos secretos no habría misterios.
    Todo esto se enmascara con lo inexplorado y las enseñanzas secretas, y no entraré en más detalles sobre el particular, puesto que yo mismo me cuento entre los iniciados a dichos misterios, a quienes está vedado, so pena de muerte, hablar de lo que se desarrolla en el santuario.
    Cuando a edad temprana viajé a Grecia para estudiar a los grandes filósofos, conocí al hierofante del Templo de Eleusis, que es así como se le dice al supremo sacerdote del santuario, y le confesé que en mi búsqueda de la verdad y de la claridad había elegido el camino de la Hélade. Entonces, el hierofante, cuyo nombre debo mantener en secreto, me explicó que no encontraría la verdad en el Agora, ni en la Academia, pues la verdad de los filósofos no era sino una lucha por la verdad. La verdad no requiere de muchas palabras, necesita silencio. Sólo éste conduce al conocimiento. ¡Júpiter, sus palabras me fascinaron! Pedí, pues, al anciano que me informara sobre su doctrina. El hierofante puso un dedo sobre sus labios. Lo miré desconcertado. Finalmente, me contestó: – ¡Ven el día catorce del mes de Boedromion y observa!
    Los griegos dan el nombre Boedromion al mes de setiembre, y, aunque en Roma me aguardaban asuntos apremiantes, esperé con paciencia el día indicado por el sacerdote. En noches áticas, que sumergen al firmamento en una tenue claridad, busqué el consejo de filósofos y sacerdotes para saber cuál era el misterio que envolvía al santuario de Eleusis. Me dijeron que Deméter, la diosa de los cereales, visitó el lugar en tiempos en que Eleusis era todavía n reino de feraces llanuras en las que prosperaban los granos. Deméter había llevado consigo a su hija Perséfone, na doncella de rizos blancos y aspecto amoroso. En la ribera del río eleusino se abrió de pronto la tierra, Hades, el ios del mundo subterráneo, salió bramante de la brecha, raptó a la niña y desapareció. Desesperada, Deméter recorrió el país en busca de Perséfone, y, para no ser reconocida, adoptó la figura de una mujer jibosa. El rey Celeo que mperaba sobre Eleusis tomó a Deméter como preceptora de sus hijos. De todos ellos, Demofón, el joven sucesor al trono, fue quien se granjeó más la simpatía de la diosa, y esta decidió hacerlo inmortal, para lo cual lo exponía al fuego de noche, pero la reina la descubrió, y, pensando que la jorobada quería matar a su hijo, gritó angustiada y golpeó a la mujer. Encolerizada, la diosa interrumpió su obra, luego reveló su identidad a la pareja real y no valieron promesas ni piadosas preces para apaciguar a Deméter. En su ira exigió al rey la erección de un templo, deseo que el rey Celso satisfizo. La diosa se encerró en él, prohibió a la tierra dar frutos y los hombres tuvieron que pasar hambre.
    Entonces, Zeus comprendió que era un error dejar a Perséfone en poder de Hades. Ordenó, pues, que la niña de rizos blancos volviera con su madre y que de allí en adelante pasara dos tercios del año sobre la tierra y el tercio restante en el mundo subterráneo. Con esto la ira de Deméter se aplacó, la diosa dio a la tierra nueva fecundidad y decidió abandonar el templo. Al despedirse reunió a los sacerdotes del santuario y les enseñó lo que debía hacerse para obtener una vida mejor sobre la tierra. Los sacerdotes guardaron el secreto en sus corazones, y antes de morir lo confiaron a su sucesor, pero jamás se asentó por escrito la palabra de la diosa, pues, volcada al pergamino, su significado era de difícil comprensión.
    Esto es lo que aprendí de los sacerdotes y sabios hasta el comienzo de los misterios. El día señalado del mes de Boedromion, los sacerdotes del santuario fueron a Atenas para anunciar el comienzo de las celebraciones al pie de la Acrópolis. De este acontecimiento podía participar cualquier persona, siempre y cuando dominara la lengua griega y estuviera libre de sospecha de asesinato.
    La gente avanzaba entre cantos y danzas por la calle sagrada rumbo a Eleusis, y yo marchaba con ellos junto al hierofante, presa de febril expectativa ante el inminente suceso que comenzarla cuando el sol se hubiera ocultado detrás de las colinas. En ese momento, portadores de antorchas llameantes separaron a los iniciados del pueblo profano, me dieron de beber, me cubrieron la cabeza con un saco, llegaron a mis oídos los gritos mortales de los animales que eran sacrificados, la noche me envolvió y me invadió un dulce arrobamiento.
    Aquí quiero cumplir con el santo precepto y guardar silencio sobre todo lo demás, pues el camino para ser uno con la divinidad es agobiante y tortuoso como el regreso de Ulises, y lo que se retiene en el pensamiento es solo una parte volátil de lo visto, por así decir, lo superficial, comparable a la cáscara leñosa de la nuez. Quien no haya gustado jamás la dulzura del meollo, no puede saber que el goce se esconde detrás de la cáscara visible. Pero, calla ya César, pues el conocimiento no se debe divulgar.

XXIII

    Noche a noche, día a día, la muerte se me va haciendo cada vez más familiar. Escucho muy cercanos los lúgubres cánticos. El esclavo portero, a quien pregunté de dónde venía el son órfico de los cantos, se encogió de hombros y fingió no haber escuchado nada. Miente, naturalmente, miente por indicación de Livia. No quiere alarmarme. Un César muere cantado por infinidad de voces, lo sé. De este modo, ensayan para cuando me llegue la hora. ¿Quién se muere aquí, en realidad, por Júpiter?
    Me familiaricé con la muerte desde que Orfeo emergió de detrás del cortinado de mi cama. Adivinaba su presencia allí desde hacía varias noches.
    – Orfeo – clamé-, divino cantor, tú conoces el reino de los difuntos mejor que las costas de la tierra, donde sólo te acontecieron cosas malas, e ignoras qué es el temor frente a Hades. Quitame el miedo si es injustificado, pero si los mortales hemos de temer al mundo subterráneo, dime la verdad.
    Entonces Orfeo levantó el laúd y comenzó a modular sonidos halagadores sin formar palabras, pero la melodía de las sílabas, la queja y la risa de los sones que seducen a las aves y a los peces y hasta atraen a los árboles y a las rocas como la piedra imán, me transmitió su contenido y comprendí su respuesta.
    – ¡Ven, ven conmigo y te mostraré lo que tú ansías ver! -cantó Orfeo y me extendió su mano derecha.
    Vacilé un instante, dudando si mi deseo no era sacrílego, si el reino de las sombras silenciosas era realmente codiciable o más bien lo era el de los suaves céfiros, los tibios campos bañados de sol y aun de la niebla otoñal, pero las ansias de conocer lo inevitable hizo que se desvanecieran mis reparos y acepté la mano tendida. Cantó Orfeo con voz potente. Acostumbrado a derretir la nieve de las montañas, su canto convocó a los tempestuosos vientos. Con las ropas aglobadas, empezamos a elevamos, al principio lentamente, luego cada vez con mayor rapidez a través de la tierra, el agua, el aire y el fuego. Miré hacia abajo a lo largo de mi cuerpo y me asombró que esos miembros encorvados por la vejez y que a duras penas me prestaban servicio desde hacía unos cuantos años ya, se estiraran y distendieran como los músculos de acero de un gladiador, y me causó una placentera sensación deslizarme por los elementos, liviano como una pluma.
    De repente, Orfeo dejó de cantar y con su voz enmudeció el fragor del fuego, el bramar de los vientos, el murmullo del agua y los ruidos de la tierra para dejar paso al silencio. Tuve miedo y apreté con más fuerza la mano de mi acompañante.
    – ¡Orfeo! -grité-. ¿Orfeo, qué significa esto?
    Al hablar, advertí que no tenía voz: movía los labios, mis cuerdas vocales vibraban y mis pulmones expelían aire, sentía todo esto, pero no lograba proferir un solo sonido. Lo extraño fue que, no obstante, el cantor entendió mi pregunta. También él movió los labios e interpreté su respuesta a pesar de no haber oído sus palabras.
    – Esta es la quintaesencia – respondió Orfeo-, el quinto elemento que llaman éter, la sustancia primordial, ignota para el hombre, porque escapa a la comprensión de todo mortal que el pasado y el futuro son uno como la cima y el abismo, el agua y el fuego, la oscuridad y la luz.
    – ¡No lo entiendo! – exclamé sin voz.
    – Todavía te cuentas entre los mortales, César.
    Cuando los abandones, tú también lo comprenderás.
    – ¿Entonces hubo un tiempo en el que tú tampoco entendías la quintaesencia?
    – Lo hubo, ciertamente – afirmó Orfeo-. Fue cuando exploré el Hades en busca de Eurídice. Débil como los mortales, obré como mortal insensato y tonto, y entonces ni el poder de mi voz fue capaz de persuadir a Hades. ¿Conoces la historia?
    – La conozco, en efecto, pero quiero escucharla de tus labios.
    – No suena diferente a la contada por el poeta: Perdí a Eurídice por la mordedura de una serpiente cuando apenas la había desposado. Mis lamentos ablandaron a las piedras, hombres y bestias se juntaron a mi alrededor para consolarme, pero mi pena aumentaba día a día. Decidí entonces buscar a mi amada en el reino de las sombras y embelesar al soberano del mundo subterráneo con mi canto. Créeme, jamás los dedos se deslizaron con más suavidad sobre las cuerdas, jamás la voz estuvo cargada de mayor fervor que aquella noche en que ablandé a Hades, pero hube de cumplir la condición que este me impuso. Debía retornar solo por el mismo camino por el que había ido allá, y Eurídice me seguiría a prudente distancia, aunque la gracia quedaría sin efecto si yo osaba volver la cabeza una sola vez. Empecé a caminar. Sin vacilar, ponía un pie delante del otro, pero pronto me asaltaron dudas. ¿Se podía confiar en las sombras? Continué la marcha con la imagen de Eurídice ante los ojos. La idea de estrechar a la amada en mis brazos después de mil pasos (hubieran podido ser mil veces mil) me enloqueció, y mi añoranza creció como un arroyuelo a punto de desbordar. De pronto, no lo pude evitar y volví a la cabeza. Ya conoces el final.
    Asentí.
    – Nunca más volviste a ver a Eurídice.
    – Vi una sombra y la sombra se esfumó.
    Conmovido, guardé silencio un largo rato, al cabo del cual inquirí:
    – ¿Qué condición tiene pensado imponerme Hades, cantor?
    – No debes darte a conocer a nadie -me contestó Orfeo y me soltó la mano. Me sentí perdido y desvalido como una yegua en un prado desierto. Antes de que pudiera formularle más preguntas, el cantor se alejó por donde habíamos venido. Mientras se marchaba me gritó una advertencia y sus palabras resonaron con un extraño eco, como si hubieran rebotado contra invisibles paredes negras: – ¡Camina siempre hacia adelante, hacia la luz que te precede! -me arrojó una moneda y desapareció.
    Escuché el silencio. Jamás en mi vida me había enfrentado a semejante ausencia de todo rumor: silencio, mutismo, inmovilidad, calma absoluta, impasibilidad, indiferencia, descansar en uno mismo, demorarse, durar, contenerse en uno. Dejé de respirar, pero sin que se desencadenaran esas sensaciones que preceden a la asfixia. No me hacia falta. Al contrario, tenía la impresión de que a través de mi silenciosa presencia había despertado a la vida a la infinita nada. Si apretaba el paso se levantaban aglobadas nubes de polvo de color grisáceo-negruzco. La luz que me precedía empezaba a oscilar como la linterna del vigía del templo en la noche capitalina. No sentí temor alguno; al parecer esta clase de emociones se habían extinguido. Tuve conciencia de que el tiempo es una sensación, que el pasado, el futuro y el presente no son sino una emoción, que la juventud y la vejez son impresiones, ideas creadas por nosotros mismos, en realidad lo uno es como lo otro y no puede haber discusión que la una cede lugar a la otra, porque tú mismo tampoco puedes darte lugar a ti mismo. Transité pues, por el polvo, no puedo determinar si fueron días o noches o solo un instante, pues el camino se hacia sin esfuerzo y no provocaba cansancio ni agotamiento.
    Caminé, me convertí en uno con el proceso de la marcha que no permitía otro pensamiento más que el de marchar, hasta que la luz que había ante mi empezó a tremolar, como si una corriente de aire empujara a la llama. Al acercarme observé una figura que llevaba una larga túnica suelta. Tiraba de una cuerda, que, levemente tensa, se perdía a lo lejos, y allá, en la lejanía, reconocí una barca a orillas del río. ¡Qué río extraño! Sus olas parecían rígidas como vidrio fundido; ni un rumor, ni el menor chapoteo llegaba a mi oído, no se percibía ni un hálito de la frescura que nos hace sentir el arroyuelo más pequeño. Terrible visión. La tétrica figura de la que ya estaba tan próximo que casi podía tocarla con la mano y todavía no se había dado a conocer, balanceaba al andar su linterna en señal de que debía seguirla. Obedecí. Cuando llegó a la orilla del río congelado, mi sombrío compañero acercó la barca y con un amplio movimiento del brazo, sin duda una invitación a subirme a ella, se volvió. Me quedé paralizado. No puedo decir que estuviera asustado, pero la vista de aquel personaje me inhibió de hacer cualquier movimiento. El que me miraba era un anciano flaco, de ojos enrojecidos, un ser cuya piel marchita y descolorida le pendía en colgajos. Pero lo más horroroso eran sus gruesos cabellos enmarañados, de los que emanaba la única manifestación de vida, pues al observar después con más atención, pude comprobar que las greñas no eran sino víboras que se retorcían y agitaban su lengua bífida. Reconocí entonces con un interminable escalofrío a Caronte. En el cuenco que formaba su tendida mano huesuda deposité mi moneda. El viejo acercó el aureus a sus ojos, murmuró algo que pareció un rezongo y finalmente su mano se perdió entre los numerosos pliegues de su túnica.
    Salté a la barca con arrojo, y el viejo, cuyos movimientos me habían parecido penosos hasta entonces, me imitó.
    – ¡Chusma viviente! -gruñó el botero mientras se apartaba de la orilla mediante una vara fma y quebradiza. ¡Júpiter!, la barca se deslizó veloz por el agua congelada y no se escuchó ni un golpe de ola ni chapoteo al hundirse la pértiga en el agua-. ¡Chusma viviente! -repitió el anciano, que bogaba sin hacer ruido, sin dignarse a echarme una mi-rada. No obstante, sabía que se refería a mí.
    – Tu recompensa es el oro -dije valeroso-, haz, pues, tu trabajo.
    El botero gruñó: – Cuando transporté a Heracles por las aguas de Estigia, cargué cadenas durante un año.
    – También cruzaste a la otra orilla a Eneas y no sufriste daño alguno -le hice notar.
    – ¡Loco desvarío! -protestó Caronte-. Jamás llegaré a entender esa ardiente avidez que hace presa del hombre cuando cruza dos veces el océano.
    – Solo unos pocos gozan de la gracia de Júpiter de ser elevados al éter.
    De pronto, el botero volvió la cabeza, miró hacia esta orilla y una risa cloqueante sacudió su cuerpo enjuto. Seguí su mirada y divisé un ovillo de sombras en pugna: mujeres, hombres y niños privados de la vida gritaban, se debatían y suplicaban ser los primeros en ser transportados a las tierras de la añoranza.
    Caronte les gritó: – ¡Ninguno alcanzará la otra orilla, ninguno, antes de que sean inhumados sus huesos, aunque sus sombras vaguen y tremolen cientos y miles de años! -lanzó una repulsiva carcajada, extendió los brazos, y el viento, que no supe de donde provenía, hinchó su manto e impulsó a la barca por el río silencioso.
    Más allá se abrió un oscuro abismo, tan inquietante como la caverna de las islas de las cabras que me vendieron los napolitanos, custodiado por el tricéfalo Cerbero. El botero me abandonó allí sin despedirse. Al percatarse de mi presencia, el can movió el rabo, pero no se levantó, y yo entré en el reino de las sombras: bosques y colinas sin color a la tenue luz, y en medio un movimiento centuplicado, cuerpos transparentes que se mecían como tallos de hierba que el viento hace ondear, unos en constante movimiento ondulante, otros oscilantes como péndulos. Pero en el seno de las masas que superan la imaginación más frondosa, descubrí sombras especiales, cuya diferencia respecto de la otra multitud residía sobre todo en su desasosiego. Reconocí entre ellas a Sísifo, el mañoso héroe, porque en movimiento reiterado hacía rodar la roca hasta la cresta de la colina, y jadeante reanudaba su obra cuando la piedra había rodado cuesta abajo hasta el valle. Encontré a Tántalo, el rey oriental que una vez había comido en la mesa de los dioses, lo cual no había sido concedido antes a ningún mortal, y vi sus tormentos con mis propios ojos: languidecía de sed, seca la lengua, aun cuando el agua le llegaba al cuello, pero cada vez que se inclinaba ávido para sorbería, el agua se retiraba hasta la tierra. Para saciar su hambre hubieran bastado las peras, las manzanas y las jugosas brevas que pendían sobre su cabeza, al alcance de la mano. Sin embargo, estos frutos tampoco le estaban destinados al príncipe, y revoloteaban por los aires como azotados por un huracán en cuanto pretendía tomarlos. Los dioses lo juzgaron debido castigo por su infame fechoría. Tántalo había matado a su propio hijo y ofrecido su carne como manjar a los dioses para averiguar si los inmortales eran realmente omniscientes.
    También vi a Ticios, el eterno penitente, estirado sobre el suelo en toda su longitud de trescientos metros, la talla de un gigante, y, no obstante, expuesto sin remedio a la voracidad de una yunta de buitres que le destrozaban el hígado, asientos de los apetitos. Ese fue su castigo por haber querido violar a Leto, la madre de Apolo y Artemisa. A pocos pasos reconocí a Orión, el gigante de cacería, y a Sirio, su perro. Aún en el Hades persigue empecinado a la presa con maza de bronce, porque así lo quiso Artemisa. ¿Cuál fue el delito?: amenazar jactancioso a la diosa con el exterminio del mundo animal, pero una flecha del carcaj de Artemisa lo abatió.
    Rodeado del estridente graznido de aves del extraño sonido causado por el revoloteo de los espíritus, emergió de la noche del más acá, llevando en los brazos a la floreciente Hebe, a la que hacía objeto de sus bromas y caricias, y fue el primero que sintió alegría en el reino de las sombras. Pregunté al arrogante héroe de dónde sacaba la alegría, el placer y el goce en aquella demoniaca región, y Hércules me respondió risueño: "En la tierra pueden recorrerse diversos caminos, el camino fácil y agradable del placer y del vicio, o el penoso y abnegado de la virtud. Quien elija el primero, encontrará en el Hades justicia niveladora, pero al que opte por el segundo le espera la suprema bienaventuranza. -Mi madre me engañó en cuanto al derecho de primogenitura al retenerme en su vientre y dejar expedito a mi hermano gemelo el camino a la vida. Más tarde, la hice enloquecer al matar a mi esposa e hijos, pero expié mí culpa en la tierra doce veces: estrangulé al león invulnerable, maté a la hidra de Lerna, capturé con mis propias manos a la veloz corza, acabé con flechas con las aves antropófagas y con la lanza maté al jabali de Eurimanto. Limpié con astucia los establos de Augías, rey de Elea, desviando hacia ellos las aguas de los ríos Alfeo y Peneo. Intrépido, dominé al toro de Creta que vomitaba fuego y a los caballos del tracio Diómedes que devoraban a los hombres. Me apoderé del cinturón de Hipólito sin luchar, como también de los bueyes del gigante Gerión y de las manzanas de las Hespérides, las hijas de clara voz de Atlas. Cuando hube vencido al can Cerbero terminé mi expiación sobre la tierra y entré en el más allá libre de toda culpa." Así habló el divino héroe y no me preguntó mi nombre.
    Proseguí mi camino sin darme a conocer, siguiendo el impulso de encontrarme con la sombra de mi madre Atia, la del gran Alejandro y la de mi divino padre. Paseé la mirada de aquí para allá mientras recorría grises montículos y valles, crucé bosques muertos, poblados de árboles que jamás habían sentido un soplo de viento. Y una y otra vez pude ver a individuos dolientes, de cuerpos vidriosos, aferrados los unos a los otros como murciélagos apiñados en la lobreguez de una bóveda. En un prado gris de asfodelos que brindaba lugar a miles de cuerpos etéreos, Minos administraba justicia sobre una roca iridiscente. Con su cetro de oro separaba a los virtuosos de los viciosos y a los malos los sentenciaba a un justo castigo. Pero a los que Minos escogía, le estaba permitido ponerse detrás del juez de los muertos y proseguir su camino al más allá para alcanzar la dicha prometida.
    Entre los cuerpos ondulantes reconocí a Julio por su calva incipiente, empujado dentro de la masa por las otras almas. No lo protegían esclavos y me pareció que nadie se preocupaba por su presencia. -¡Oh, divino padre! -lo llamé desde lejos, pero mi voz no tuvo el alcance debido, por lo tanto, me mezclé entre el pueblo peregrino. Luché contra la corriente, como un nadador en un río en crecida. Apenas creía haber avanzado lo bastante para hacerme oír, una nueva oleada de gente se lo llevaba consigo. Hasta que no estuve en medio de aquellos exangues cuerpos etéreos no me percaté de sus rostros semejantes a máscaras, que no delataban ninguna emoción, ni pesar ni alegría, ni esa loca agitación claramente evidente en sus movimientos. Era como si cada uno mostrase la expresión facial con la que había abandonado la vida terrenal.
    No sé de dónde saqué fuerzas, me impulsé hacia adelante usando los brazos a modo de remos, y más de una vez perdí de vista mi meta, pero, inesperadamente, empujado en esa misma dirección, me encontré cerca de Julio, tan cerca que pude ver su rostro descompuesto por el dolor.
    – ¡Oh, padre, Divus Julius! – exclamé y le extendí los brazos. Como si hubiera escuchado mis gritos, Cayo volvió la cabeza y me miró con ojos inexpresivos, aunque sin delatar emoción alguna. Entonces proferí las palabras fatales, pues al no reaccionar Julio a mis repetidos llamados, al no dejar de contemplarme con esa máscara de sufrimiento, le pregunté en tono de reproche:
    – ¿No me reconoces, padre? ¡Soy yo, tu hijo César Augusto!
    El mundo gris se desvaneció ante mis ojos y la noche privada de color cedió lugar a la abrasadora luz del sol. Hubo de protegerme los ojos con la mano y amonesté al esclavó que había corrido la cortina.

XXII

    El mundo subterráneo está más cerca de mí que la salida de mi palacio, a la que la guardia pretoriana me impide llegar. Invento mil excusas para tener acceso a los recintos más apartados, desde cuyas ventanas podría ver el exterior sin obstáculos. Por todas partes se elevan al cielo en la ciudad las columnas de humo de los sacrificios en sufragio del César. Musa anda detrás de esto.
    ¡Cuántas veces ha anunciado mi muerte, creyendo que no sobreviviría a sus venenos! Y si no, anuncia ciertamente a diario mi inminente muerte, pero yo, César Augusto, soy fuerte. Me matarán si no expiro el centésimo día. ¡Júpiter, qué destino atroz!
    La vida es insuficiente, sin duda, lo he comprendido a lo largo de setenta y seis años, pero la experiencia más amarga es este morir en soledad, alejado de toda muestra de compasión y pena. Por lo tanto, cada vez me refugio más en el sueño, el redentor hermano de la muerte. Me entrego a él varias veces al día, siempre que me sale al encuentro. Sin embargo, los viejos necesitamos dormir poco, de modo que por las noches me atormenta el insomnio. ¡Qué tortura bárbara! Desde hace mucho tiempo me resisto a apagar la luz de mi cubiculum, por un lado, por miedo a los intrusos y, por otro, porque los intervalos entre el sueño y la vigilia son tan breves que no justifican el trabajo.
    Entonces contemplo con ojos empañados el cielo raso donde pintores pompeyanos han perpetuado entre caracolas y frondas los tiernos años de Mercurio, el dios del sueño y de las visiones oníricas, pero las imágenes ya me son demasiado familiares para provocarme embeleso. Ni siquiera encuentro placer en los versos de Horacio, convertidos por la repetición en cháchara de mercado. Me parece seguro que Mercurio me acompañará a recorrer mi última senda. Si conoce mi vida en virtud de su divina omnisciencia, yo conozco la suya gracias al cálido matiz de la sangre de buey. Nació de Maya, la ninfa pudorosa, después de su voluptuosa unión con Júpiter. Al día siguiente de haber sido dado a luz, Mercurio salió de su cuna y halló una tortuga con cuya caparazón y tripas de oveja se confeccionó una lira de siete cuerdas. Acompañado de sus sones y con el desenfado de los impúdicos mancebos durante un banquete, recorrió el umbroso camino hacia Pieria, donde se encontraban las praderas de los vacunos inmortales. Quince vacas despertaron su envidia. Con mano diestra y rápida entretejió ramas de mirto y taniarisco para confeccionar enormes plantillas que ató a sus pies, a fin de que las huellas dejadas se asemejaran más a las de un gigante que a las de un enano. ¡Cuántas veces mis ojos fatigados siguieron esas huellas y las del rebaño que fue conducido en reculada por el suelo arenoso, de manera tal que las de las pezuñas posteriores aparecen delante y las de las anteriores atrás.
    De regreso a la cueva, Mercurio sacrificó a la dioses olímpicos dos de las reses, cortadas en doce trozos, y luego se metió en su cuna de fragantes sábanas como si nada hubiera sucedido. Pero a la madre honesta no le pasaron inadvertidas las travesuras del pequeño y lo reprendió. En castigo guiaría la vida de los ladrones por oscuras gargantas. Entonces el niño se levantó airado de su cuna y exigió a Júpiter su parte de las inagotables riquezas y, además, las mismas honras sagradas tributadas a Apolo.
    Apenas despuntaba la mañana desde el océano, Apolo iracundo inició la búsqueda del rebaño de vacas sagradas sustraídas, y así llegó hasta la gruta de la ninfa. Bajo amenazas preguntó al infante dónde había escondido las reses, pero Mercurio fingió ignorancia, aseguró no haber visto ni oído nada, a él sólo le importaba dormir y mamar la leche materna, duro era el suelo y delicados su piececitos. Apolo no le creyó ni una palabra, apostrofó al niño de ladrón y truhán y se lo llevó al Olimpo a rastras para dejarlo ante las rodillas del padre.
    Júpiter supo reconciliarlos al exigir a uno la restitución de las vacas y al otro amor, por su hermano. Hechas las paces, ambos emprendieron el arduo camino a Pilos, donde Mercurio mantenía escondido el rebaño. Para darse aliento pulsó las cuerdas de su lira y alabó la dignidad de los dioses. Pero como Apolo sólo sabía tocar la flauta, codició con indomable ansia la lira del hermano que marchaba a su lado, un instrumento capaz de colmarlo de alegría y sumirlo en dulce sueño. Pidió, pues, encarecidamente a Mercurio que se la cediera; Apolo le ofreció a cambio las vacas y la fama entre los dioses. El astuto Mercurio objetó el generoso ofrecimiento y arrancó al instrumento los sones más tiernos, hasta que Apolo, fuera de si, colmó al hermano con todas sus posesiones y retuvo tan solo la facultad de la adivinación superior. Al menos, así ha sido perpetuado el mito en mi techo.
    Mientras estoy tumbado despierto y sigo con la vista estos acontecimientos una y otra vez, voy comprendiendo claramente que los críticos de nuestra fe en los dioses tienen razón cuando aseguran que los olímpicos son sólo un retrato de los mortales tan buenos y tan malos, astutos y tontos, despóticos y sumisos como ellos, y su inmortalidad es solo el sueño irrealizable de los hombres. Si sigo el hilo de este pensamiento, entonces no hay duda que me merezco el honor de llevar el nombre divino, pero no sirve para más, aunque lo repita a menudo.
    Me acuesto y empiezo a contemplar de nuevo la vida de Mercurio dado a luz por Maya, la pudorosa ninfa después de la voluptuosa unión con Júpiter… etcétera… etcétera…

XXI

    Desde ayer rechazo toda alimentación. No quiero seguir viviendo en esta impotencia y despreciado, ni siquiera los veinte días que aún me quedan. De este modo les jugaré una broma a las Parcas y a todos los que esperan mi muerte con avidez. Les daré una prueba de que la voluntad del César se cumplió hasta su último suspiro. Estoy acostumbrado a las privaciones, a menudo me he impuesto el ayuno, tanto en la guerra como en la paz para dar ejemplo a los romanos, aunque sé muy bien que se rieron de mí. El vientre es su dios más amado; le hacen ofrendas hasta provocar el vómito y, apenas sucedido esto, vuelven a hartarse como gladiadores ante su última comida. Los romanos son un pueblo de glotones y hasta el más pobre de la Suburra *, al que el dinero apenas le alcanza para una sardina, pide atún, a despecho del sabio filósofo que predicaba que no vivimos para comer, sino que comemos para vivir.
    Sé que los romanos se mofan de mí, me llaman gimnosofista, porque estos vivían en los bosques, desnudos, entregados a una vida ascética; con abstinencia absoluta de la carne, su alimentación era frugal y adoraban a la naturaleza. En verdad, no es así, estoy lejos de esta doctrina, porque pronto descubrí que el supremo goce no reside en el sibaritismo, sino en la razón sobria que persigue las causas de la búsqueda y la evitación de necesidades. La frívola riqueza nos ha hecho pobres, pobres en imaginación y en el arte culinario: solo lo exótico que nos viene de las colonias nos parece adecuado y deseable, aderezado con condimentos extraños que queman como fuego y descomponen los intestinos con pestilente hedor. Donde por siglos la sal y la miel llenaron su cometido, se requieren hoy hierbas y salsas de los más apartados rincónes de la tierra. Y bichos que a los griegos todavía les resultan extraños como alimento, como las ostras y los caracoles, se tienen por preciados manjares condimentados.
    Por rápidos senderos traen desde la lejana Germania jabalíes, terribles rayas y tortugas de las costas etíopes, Egipto provee flamencos zancudos y cocodrilos de anchas colas (de los primeros, según he oído decir, son muy apetecidos los sesos hervidos, de los últimos solo la rabadilla). No conozco animal marino que no haya llegado a las mesas romanas, hasta se comen anguilas, pulpos y erizos de mar, que por mucho tiempo causaron terror a los hombres, aderezados con garum. O tempora!, O mores! Observad al romano mediocre que cruza el Foro, cómo lucha con los bordes de su toga porque se le zafan constantemente del cinturón, pues la tela resulta estrecha para cubrir el hinchado abdomen. Hubo épocas, no tan lejanas, en que la esbeltez y la proporción del cuerpo se tenían por un ideal al que todos aspiraban. ¿Y hoy? Hoy se envidia lo opuesto, y el panzudo pater familias anuncia públicamente con su mofletuda cara de luna cuánto le ha costado su aspecto. Nada le proporciona mayor placer que la mesa opípara y las libaciones copiosas.
    ¡Cuánto ha cambiado el concepto del placer! Según la concepción estoica se ha trocado en lo contrario, puesto que los filósofos llamaban placer a la aprobación de una cosa y aversión a su condenación. Y cuando Epicuro pregonaba que el placer era la meta suprema de sus aspiraciones, no se refería al goce que procuran los excesos, sino a la libertad del cuerpo de dolores y a la del alma de desasosiego. El sabio aconsejó cierto día a su discipulo Solomeneo de Lampsacos, que si quería hacer rico a su amigo Pitocles, no debía colmarlo de regalos materiales, sino liberarlo de sus apetitos. Si Epicuro fuera contemporáneo y romano (los dioses le ahorraron este destino), se reirían de él como de un volatinero en el Campo de Marte.
    ¡Por Baco! ¿Quién pretendió calificarme enemigo del vino? De acuerdo con las costumbres lo bebí bien mezclado, aunque no pocas veces puro y sin preocuparme por si me excedía de mi límite. Me pregunto, pues, ¿por qué se impone hoy deleitarse con avidez y sorber diversos vinos en gran número, hacer el vino circular por la boca para luego fruncir los labios y escupirlo sobre el mármol de Laconia? Esto se tiene por distinguido. ¿Dónde ha quedado el respeto por la savia de la vida que prospera solo por voluntad de un dios? El deja llover sobre la tierra el agua de las nubes, y, gracias al sol, esta se convierte en noble vmo. ¿Dónde ha quedado el respeto por la creación que el vino me insufla con cada trago, como si reflejara la propia vida? ¿Dónde han quedado los ingeniosos discursos preparados, con los que nuestros antepasados, fieles a las antiguas costumbres, abrían cada orgía para convencerse unos a otros en estimulante embriaguez? ¿Dónde han quedado las amistades para toda la vida iniciadas con el tintineo de las copas. ¿En esta ciudad nos hemos olvidado ya que bastaba una sola copa de rojo falernés para regalar al mundo un poema de Horacio?
    El torpe menosprecio de la cotidianidad me repugna, equivale a un menosprecio de la propia vida. ¡Solo cuenta y se observa lo extraordinario, lo inaudito, lo inconcebible! La aurea mediocritas está expuesta a la compasión, más aún al ridículo. ¿Qué fue Epicuro, el que disfrutaba de las hortalizas de su diminuta huerta? Un incorregible enmendador del mundo; ¿y Horacio, que podaba en el Sabinum sus propias vides? Un soñador. La virtud de la modestia ha degenerado en la exorbitancia.
    Ningún vicio ha mezclado tanto veneno ni ha desenvainado con tanta frecuencia el puñal como la exorbitancia. No conoce la verguenza ni el respeto por la ley y la moral, y prolifera como la maleza, de manera que lo que hoy se tiene por abuso mañana se relacionará con el nombre de lo cotidiano. Tan solo observad a los marsios, hérnicos o vestinos, pobladores del territorio sabino en nuestra prehistoria, que vivían en la mayor modestia, se alimentaban de bellotas, raíces y bayas y jamás se quejaron de su suerte. Pero cuando los dioses los favorecieron con las benignas espigas, esos pueblos pelearon con puntiagudas armas para obtener mayor bienestar, y de este modo lucharon por su propia ruina. ¿Por qué no aprendemos de la historia? ¿Acaso griegos, persas y egipcios no han demostrado que la historia no es otra cosa que una constante repetición de conocidos sucesos con nombres diferentes?
    Salustio, que se hizo historiador decepcionado por la política romana y a quien no le espantaba dar consejos a mi divino padre Julio, aun cuando éste le llevaba algunos años, admitía haberse preguntado con frecuencia dónde los hombres famosos encontraron su grandeza y los pueblos aumentaron su crecimiento, pero por otra lado también reflexionó sobre por qué los ricos se arruinaron, y, así dice el historiador, siempre encontró las mismas ventajas y males: los vencedores dieron poco valor a la riqueza y a la abundancia, los vencidos las codiciaban. Construir una casa o una alquería, decorarla con exceso de estatuas, tapices y costosas obras de arte y dar a todo, menos a si mismos, un toque admirable, no significa tener riquezas como adorno, eso significa más bien ser una ignominia para la riqueza.
    Ciertamente, a mi no se me puede reprochar sibaritismo, pero las advertencias de Salustio me hacen tener conciencia de que tampoco yo estoy libre del abuso, de ese afán de poder que me hizo eliminar a todos mis enemigos y cosechar las más excelsas honras. Aun cuando me esforcé por unificar mis conceptos de los valores con los del pueblo (tal vez porque me esforcé, debo decirlo) la brecha entre el César y el ciudadano romano común fue cada vez más profunda, y hoy no puede negar que los ideales del soberano y los de los súbditos son distintos como las estaciones a lo largo del año. El exceso de poder siempre significa el comienzo de una decadencia del poder, ya que la desigualdad (el poder no significa otra cosa) se manifiesta cada vez con más claridad, puesto que al ciudadano ordinario se le hace cada vez más difícil la identificación con el sistema (y esta es la condición para el poder, de lo contrario, este poder debe ser calificado de dictadura). Sé que todo poder necesita justificación y todos los intentos de justificación son una parte esencial de la historia. Por eso me interesó justificar las pretensiones de poder de mi divino padre, y Tiberio está llamado a explicar mi desmesura en relación con el poder. Poder (no puedo menos que reír, reírme de mí, el poderoso, el más poderoso entre los poderosos, Caesar Augusrus Dlvi Filius), a quien, cautivo del propio poder, se le prohíbe poner un pie fuera del Palatino, a quien no le es dado morir allí donde se le antoja más apetecible. Cualquier plebeyo es más poderoso que yo, el César; puede ir adonde le plazca, hablar con quien desee hacerlo, morir donde se le ocurra. Ciertamente, al retiario del circo le ha tocado mejor suerte que a mí, pues se le permite luchar por su vida, lo cual me ha sido negado. Agonizo como un perro decrépito al que se echa de la casa porque ya cumplió sus servicios y no puede brindar más utilidad.
    ¿Júpiter, así muere un dios?

    Yo, Polibio, liberto del divino Augusto y experto en el arte de la escritura, lloro cada vez que dejo a César. No desearía esta muerte al peor de mis enemigos. ¿Debe extrañarnos que el Divino se refugie en sus delirios y se retraiga en sus pensamientos por la senda que se abre ante él? Tal vez las generaciones posteriores se pregunten cómo y por qué fue posible esta solitaria agonía del emperador César Augusto. Quiero dar aquí la respuesta: El propio Augusto colocó los hitos de esa senda. Como él mismo escribe, la brecha entre el romano común y el César se hizo cada vez más profunda, tan profunda que desde hace algún tiempo Augusto existe en las mentes de la gente como un dios misterioso, inaccesible e invisible. Nos inclinamos ante su estatua porque jamás tenemos ocasión de ver su verdadera imagen. Le ofrecen incienso como a un dios para que les sea propicio. Su invisibilidad es expresión de su poder. Miles de veces, miles de soldados obedecieron la palabra de un ser invisible. Y aquellos que lo ven con bastante frecuencia, glorifican cada una de sus palabras o, como yo, estamos obligados a guardar silencio. Si Augusto se presentara hoy en el Foro, flaco y trastornado, estoy seguro que los romanos se reirían de esta criatura miserable, le arrojarían frutas podridas y nadie creería que es el divino Augusto. Intuyo que el César lo sabe. La omnipotencia que lo rodeaba, se ha vuelto impotencia.

XX

    Ignoran mi actitud de rechazar la comida. El esclavo imperturbable coloca ante mí los platos e imperturbable viene a retirarlos. ¿Qué debo hacer? El hambre me está debilitando pero más me enerva la idea de que mi hambre pase inadvertida. Todo sería en vano.

XIX

    El cansancio domina los miembros de mi cuerpo y el cerebro. Hoy he pasado el día entero en cama, sin tocar comida ni bebida alguna. Aburrido, he recorrido con la vista infinidad de veces la vida azarosa de Mercurio. Indiferencia sin respeto ni sentimientos. Mantengo la vista fija al frente, como si estuviera aletargado, pero por momentos capto por el rabillo del ojo caras que se asoman curiosas a la puerta, como si exploraran en busca de signos de vida en el anciano. Creo haber reconocido a Livia, pero puedo estar equivocado.
    Por enésima vez me he refugiado en la lectura de Epicuro, mi supremo consuelo. Semejante suerte sólo podría describirla un eterno doliente, pues él también sufrió penosa y larga agonía. Sin embargo, escribió sus memorias en su lecho de muerte. Quiero imitarlo en tanto el cerebro y la mano me lo permitan, pero dudo que venga acompañado de esa alegría y la paz habituales en el samio. La vejez, opinaba el sabio, no debiera cansarse cultivando la filosofía, así como la juventud no debiera evitarla, pues nadie es maduro en exceso o inmaduro cuando se trata de la salud del alma. Y quien afirme que ya ha pasado el tiempo de filosofar o todavía no ha llegado, se asemeja a uno que dice que ya no está dispuesto o no lo está todavía para la dicha. La filosofía le hace bien tanto al viejo como al joven, al primero porque a pesar de sus años lo rejuvenece con el gratificante recuerdo del pasado, y al segundo porque a pesar de su poca edad lo madura en la impavidez frente a lo que vendrá. Es bueno practicar lo que crea felicidad, pues todo lo poseemos cuando ella está presente, pero cuando nos falta hacemos cualquier cosa por lograrla.
    Así escribe Epicuro y continúa: cada individuo debe familiarizarse con la idea de que la muerte no le importa. Todo lo bueno y lo malo reside en la sensibilidad y la muerte es la pérdida de la sensibilidad. Por lo tanto, hay que hacer el correcto descubrimiento de que la muerte no nos afecta, esta vida efímera solo es placentera porque borra el ansia de inmortalidad. Pues en la vida ningún conocimiento es más horroroso para aquel que ha comprendido que en la ausencia de vida no hay nada terrible. Por lo tanto, es un orate aquel que dice que tiene miedo a la muerte, no porque su presencia provoque dolor, sino porque su sola proximidad provoca dolor. Pues lo que en presencia no preocupa, acusa, no obstante, infundado dolor en la mera expectativa.
    En Roma, nadie comprendía al griego como Lucrecio. Murió cuando yo contaba ocho años y lamento no haberlo conocido, pues lo consideraba el póstumo portavoz del samio, aun cuando lo separan de él dos centurias. Cuando leo su poema didáctico De rerum natura, reconozco en nuestra lengua las palabras del griego mezcladas con la melancolia propia de los romanos cuando analizamos el significado de la vida. Lucrecio necesita siete mil hexámetros para liberar al hombre del temor a la muerte y a los dioses, y para ello, recurre como Epicuro a la teoría de los átomos y de la mortalidad del alma.
    Todo esto no es consuelo para mí, y me parece que Lucrecio tampoco vislumbró en ellas ningún rayo de esperanza, pues abandonó inesperadamente el escenario de la vida, al darse muerte con su propia mano. Nadie podrá afirmar si su suicidio estuvo ligado a gozo o torturas interiores, pues nada se conoce acerca de las circunstancias que lo rodearon. Solo se sabe que Lucrecio contaba a la sazón cuarenta años. En esto se distingue del gran modelo, pues si Epicuro desdeñó la tradicional creencia en los dioses (aseguraba friamente que los dioses no eran sino seres dichosos constituidos por átomos particularmente sutiles que habitaban en intermundos, ajenos al curso de los mundos), su vida transcurrió en armonía con su teoría y en sus más de setenta años de vida halló esa calma espiritual por la que lo envidio sobre todas las demás cosas.
    Ya no puedo más…

XVIII

    Calendas del mes Sextilis, que ahora llaman Augusto. Suena a burla.
    En aquel entonces, hace cuarenta y cuatro años, cuando tomé posesión de la pagana Alejandría, me sentí honrado como Julio, mi divino padre, por dar mi nombre a treinta y un días del año. Hoy, ese honor se me antoja una afrenta, pues es la forma más barata de reconocimiento y no obliga a nada. Al contrario: soy yo quien, desde entonces, debo ofrecer una fiesta cada uno de esos días conmemorativos, como si la única manera de celebrar aquella conquista fuera con comilonas y borracheras. Hasta ahora, en las calendas del mes de Augusto, siempre me llevaban al Foro en una litera. Allí, se exhibían las deidades egipcias mitad hombre, mitad animal y los artistas y esclavos danzaban de acuerdo con el ritual egipcio. Seguramente, en consideración a mi estado, hoy han desistido de exponer al público los miserables restos del emperador César Augusto, pero no dudo que los festejos se celebrarán sin mí. Algún día esta fiesta caerá en el olvido como ha sucedido con muchas otras. Sunt lacrimae rerum.

XVII

    Todo cambio de guardia me sobresalta, porque presiento a un asesino emboscado detrás de cada pretoriano. Creo que a los yelmos rojos los divierte avanzar hacia mí con las armas desenvainadas para regresar luego a su lugar a paso redoblado. Sin duda, se han percatado de mi miedo hace tiempo. ¿O es solo mi imaginación? Tal vez mi muerte les sea indiferente.
    ¡Oh, no, les interesa sobremanera! A los pretorianos les conviene la muerte de cada emperador, pues la costumbre impone dejarle a cada uno un legado por fieles servicios. ¡Fieles servicios! Creo que no está lejos el día en que el César será asesinado por su propia guardia para disfrutar cuanto antes del legado. Los pretorianos son soldados sin moral, no luchan por sus convicciones, sino por la bolsa de dinero. La protección del César no les importa. Alzarían sus armas por cualquiera que los recompensase. ¿Recompensar?
    Si poseyera oro podría sobornar a los guardias y huir, pero por un lado me han quitado todo, como suele hacerse con un idiota inhabilitado, y por otro ¿adónde iría?

XVI

    Espejo infalible, tú, mi segundo yo surgido de la bruñida plata, admite que te equivocas, aclara en el acto que ese espectro ojeroso, de ojos hundidos, no es quien te reta a duelo cara a cara, no es el Imperator Augustus Divi Filius. ¡Confiesa que es el rostro fatigado y laxo como acelga hervida que un viejo decrépito y enclenque de la Suburra dejó olvidado! ¿Por qué no confiesas el fraude tras el cual se esconde el cuero arrugado que la máscara teatral disfraza? Espejo, tú me ocultas mi verdadero rostro. ¿Por qué disimulas mi gracia, mi dignidad y mi natural encanto, con las que me han reproducido los artistas del imperio, ya sea bruñido metal o mármol de Paros? No me engañes, espejo, amigo de toda la vida, tú que jamás me engañaste con tu reflejo. ¿Por qué me torturas ahora, al final de mis días, al pretender hacerme creer que la manzana seca y podrida que me mira, soy yo, Imperator CaesarAugustus Divi Filius?
    Ciertamente, el hambre y la sed empiezan a consumirme al punto que mi organismo no se nutre sino de sí mismo y es solo cuestión de tiempo cuánto tardará en desvanecerse mi propio yo, pero dime una razón por la cual el comer, el devorar al propio yo debe comenzar en esa parte del cuerpo que tú no puedes percibir sin el espejo. Demócrito, quien encuentra respuesta a todas las preguntas con su teoría de los átomos, decía en relación con la imagen, que el hombre percibe que lo reconocido no es sino un reflejo de aquello que ha de ser reconocido. En consecuencia, mi hado quiere que me seque como un río en el desierto, me achaparre como una planta marchita en otoño y no me distinga en nada de ambos.
    ¡Ay, si nunca me hubiera mirado al espejo, para no llegar a este descubrimiento! ¡Por Júpiter! ¿Qué puede ser más pavoroso que la propia imagen reflejada? La vida me exigió setenta y seis años para llegar a este reconocimiento. Creedme, el placer que os otorga el espejo en los años verdes no compensa el terrible descubrimiento con que te enfrentas cierto día. Ninguna arma es más cruel que este espejo y mi mano se entumece obstinada en no seguir el flujo de la escritura. Siento asco, asco de lo que vuelco en el papel, porque es el excremento del cerebro que se esconde tras la horrenda máscara. Confieso que el deseo de vivir guió mi pluma desde que comencé este diario, pero ahora no me queda en la vida sino un solo deseo: morir. Morir.
    Todavía persevero en dejar intactas las comidas y he llegado a rechazar también el agua y el vino, a pesar de que todo está seco y árido en mí. Me acosa como una pesadilla la idea de que uno de mis órganos pueda romperse como vidrio cuarteado al realizar un movimiento brusco. Hasta he rechazado el agua que me trae Polibio, mi liberto y último confidente, en una botella escondida bajo su túnica. Quiero morir. Polibio es mi único lazo con el mundo exterior y temo por su vida. Me dice que se siente observado a cada paso y no cabe duda que se le mantiene alejado de todos los sucesos importantes.
    Me une a Polibio un importante secreto: cada día lleva las notas de mi diario a un escondite. Confío en él, pero creo que no me dice la verdad sobre todo cuanto acontece a mi alrededor y de lo cual no me entero. No quiere preocuparme. Sin embargo, precisamente en este momento la verdad es lo más importante. Si le pregunto por los holocaustos que propagan por la ciudad su humo negro y fétido, me contesta que no son tales. Si insisto en mi interrogatorio y le pido que me explique el origen de las humaredas, asegura ignorarlo. Si le encargo que averigüe por qué Roma está envuelta desde hace días en humo, me promete hacerlo, pero al día siguiente alega haberse olvidado de preguntar. Se empeña en protegerme.
    Si lograra huir, podría aproximarme a las hogueras y hablar a los romanos: -Ved, soy yo, Imperator Caesar Augustus Divi Filius y estoy vivo. No deis crédito a quienes os salgan al paso para anunciaros que el César ha muerto. No les creáis hasta haber visto con vuestros propios ojos cómo bajan su cadáver del Palatino al Campo de Marte para entregarlo a la pira funeraria. Creed solo lo que se ofrezca a vuestra vista y no lo que os cuenten o prometan. En Roma, la mentira circula como en tiempos de la guerra civil y no he conseguido sofocarla porque no hay ley que la prohíba.
    Pero, aunque lograra escapar, ¿creerían en mí, en este esqueleto seco y descarnado que apenas puede mantenerse en pie, que necesita del brazo del esclavo para andar, que mira este mundo despiadado con ojos hundidos y fatigados? ¿No estaré muerto quizá? Tal vez la muerte sea el tránsito imperceptible de un estado a otro y uno no se percate siquiera de haber fenecido. Quizá lo que escribo en el papel no sea sino algo que imagino. Júpiter, quizá…

XV

    Quizá… Quizá…

XIV

    Inesperadamente Livia se acercó a mi cama por la mañana como una aparición divina. ¡Livia!
    – ¿Por qué rechazas los alimentos? -me preguntó en tono de reproche y añadió sonriente-. ¡Viejo caprichoso!
    – ¿Por qué evitas mi presencia, me mantienes encerrado y vigilado como a un monstruo? – inquirí a mi vez.
    – Todo es para protegerte -respondió Livia.
    – ¡Para protegerme! ¡No me hagas reír! Temo más a quienes me guardan que a aquellos de quienes debo ser protegido.
    – ¡Despídelos, entonces!
    – No me obedecen. ¡Canalla corrupta!
    Livia dio media vuelta e hizo una señal a los guardias apostados en la puerta, quienes se retiraron después de presentar armas. Me sentí liberado y a pesar de mi debilidad intenté incorporarme. Fue en vano. Sin fuerzas, volví a cer en el lecho.
    – ¡Debes comer! -me amonestó Livia -. ¡Eres un viejo caprichoso!
    – ¿Para qué? – pregunté indiferente.
    – Para recuperar tus fuerzas.
    – ¿Para qué? Una mirada al calendario te dirá que, a partir de hoy, las nonas de Augusto, me quedan dos semanas de vida…
    – Parece complacerte regodearte en tu propia muerte -observó Livia-. ¿No te basta cumplir la voluntad de los dioses, después de una vida realizada? ¿Es menester que provoques a los dioses e interfieras en sus planes al intentar adelantar el día señalado para tu muerte? Tu comportamiento no alterará el orden de los inmortales, pero sí el de tu vida. Cada uno de nosotros tiene la certeza de que morirá. ¿Quién dice que no sea yo la que cerrará los ojos antes que tú? Divino César, por extrañas circunstancias te ha sido dado conocer el día de tu muerte, lo que solo es concedido a unos pocos. Vivirás y morirás, pues, en certidumbre. La certidumbre es algo divino, algo inmortal, algo que les está vedado a los demás mortales. ¿Por qué te rebelas contra las – circunstancias extraordinarias de tu muerte después de haber vivido setenta y seis años? ¿No crees que Druso, Lucio, Cayo, hasta el propio Julio y Alejandro se hubieran considerado dichosos de haber podido llegar a esa edad? ¿Qué quieres, César, vivir eternamente?
    Así, más o menos, discurrió Livia, y mientras hablaba, entraron en la habitación los esclavos portadores de manjares preparados con tanta exquisitez que eran un regalo para la vista. Livia me ofreció un plato tras otro y yo los tomé y comí, devoré aquellas delicias hasta vomitar y después de sentirme liberado empecé a engullir de nuevo.

XIII

    Esta noche estuvimos acostados juntos durante un corto rato, cuerpo sobre cuerpo. Livia me miraba con sus ojos cristalinos. Estaba tan cerca de mí que podía ver las venitas de sus córneas y nos susurramos cosas como en nuestros años apasionados. Para mí, sigue siendo una bella mujer, aunque las arrugas surquen su cuello y sus senos pendan por la ley de la gravedad. A la evidente aspereza de su piel se opone la suavidad que emana de su tacto. Jamás he gozado tanto sus caricias como esta noche, pero me avergoncé de mi cuerpo, de este cuerpo consumido que provoca más asco que amor. El paso de setenta y seis años deja sus huellas.
    Al principio dudé si Livia obraba por compasión, (ciertos filósofos dicen que el amor es compasión), si no buscaba complacerme, así como el verdugo satisface el último deseo de un candidato a morir, pero antes de que pudiera traducir en palabras mis cavilaciones, Livia me preguntó a su vez si todavía sentía placer con ella. Descubrí un leve dejo de censura en su voz. Sus caricias, su sumisión me emocionaron hasta las lágrimas y, avergonzado por mis dudas, me alegré de no haberlas expresado. La sensación de su leve peso sobre mi cuerpo creció hasta convertirse en agradable excitación, en un embate de olas contra la orilla, y, sin habernos unido, experimenté el éxtasis de los años jóvenes. Me parece que durante toda una vida he empleado los sentidos equivocados para el amor. Lo que me participaban los ojos, los oídos, la nariz y aún la boca se me antojaba más deseable que el sentido de la piel, cuyas sensaciones llamamos tacto. ¿No escribe Aristóteles en su tratado sobre el alma (la obra comprende tres volúmenes) que los animales son superiores al ser humano en todas las clases de percepciones, menos en la sensibilidad? ¡Cuánta razón tenía! ¡Cuanta más sensibilidad es capaz de desarrollar el hombre, mayor es su percepción del placer y del dolor, de lo placentero y lo doloroso. Y quien tiene esto también tiene deseos, pues son la tendencia hacia lo placentero. Este me parece que es el motivo por el cual la pasión y el deseo no son fenómenos propios de la juventud, sino que se dan a lo largo de toda la vida como se disemina el sembrado por el campo. ¿Acaso la juventud no muestra por momentos la sobriedad y la claridad de la vejez, y esta aquella impetuosa locura que por lo común se adscribe a los jóvenes? El motivo de esto es el mismo que el que hace prosperar la siembra de distinta manera según sea la fertilidad del suelo, aunque las semillas no difieran. La vejez puede ser un suelo tan fecundo como la juventud para el deseo y la pasión.
    Se me ocurre que el hombre ama demasiado con la mente en lugar de dejar rienda suelta a los sentimientos. Si el amor fuera cosa del cerebro y de la razón, los grandes filósofos de Grecia, los Siete Sabios: un Solón, un Tales, un Bias, un Quilón, un Demetrio, un Pitaco, un Cleóbulo debieran haberse asfixiado en la dicha del amor. Sin embargo, cualquier niño sabe que lo que sucede realmente es lo contrario: la capacidad de amar mengua al crecer la razón. Platón supo interpretar todas las virtudes, aun aquellas que son desconocidas a la mayoría, pero no supo hablar del amor, que es más importante que todas las virtudes, porque de él emanan. La dicha de amor de esa especie era tan desconocida al sabio Platón que desechaba a las mujeres, y los mancebos tampoco le satisfacían. ¡Oh, cuán platónico! ¿Y qué significaron Jantipa para Sócrates y Pitias para Aristóteles? Una carga de la que ambos trataron de desembarazarse de distintos modos. ¡Por la divinidad de Venus y Roma, es mejor ser tonto que sabio como los dioses!
    Me eché a reír y Livia inquirió la razón de mi risa, pero guardé silencio por temor a romper el hechizo del instante que me había librado de la duda. Toda mi vida me he avergonzado de mi modesta cultura, de la crasa distancia respecto de Cayo Julio (por no hablar de Marco Tulio Cicerón) porque la divinidad requiere sobre todo sabiduría. Ahora bien, consciente de mi sensibilidad que se aparta detodos los sabios, me considero feliz de no haber sido un filósofo, un Empédocles, porque ni este sabio, que pasó por Sicilia hace quinientos años y filosofó sobre el amor, aseguraba con absoluta seriedad que no había un devenir ni un desaparecer en el verdadero sentido, sino solo mezcla y disgregación, (en su lenguaje: mixis y diallaxis o amor y odio: philia y neikos), jamás conoció el verdadero amor, aunque sus adeptos lo veneraban como a un dios.
    ¿Qué dioses son estos cuyo cerebro responde a todas las preguntas, hasta aquellas que se refieren al origen del hombre, de las plantas, y los animales, cabezas sin tronco, brazos a los que les faltan los hombros, y ojos que necesitan un rostro, que empezaron a crecer, pero nunca, conocieron a una mujer en sus momentos de excitación? Se cuenta de Empédocles que, para dar testimonio de su divinidad saltó dentro del cráter del Etna, al cual nadie se atrevía a asomarse, e indemne volvió a trepar hasta el borde del cráter. De todos modos, Vulcano castigó la soberbia del filósofo al vomitar sus sandalias sin calcinar.
    Esta vez me cuidé de no reír, para sentir tanto tiempo como fuera posible el cuerpo de Livia sobre el mío. Cuando se alejó, el tiempo me pareció demasiado fugaz.

    Yo, Polibio, liberto del divino Augusto y experto en el arte de la escritura, no quiero afirmar que Livia finja. Sobre todo, no se lo deseo al César. A veces el amor se va de viaje, pero no emigra. Permítaseme, no obstante, la pregunta: ¿A qué se debe el repentino cambio? Las mujeres como Livia no hacen nada impremeditado. ¿Qué persigue, pues, con su repentina demostración de afecto? De repente ha resuelto que Augusto debe morir en Capri, su isla predilecta. Yo acompañaré al César.

XII

    En el palacio reina una atmósfera de partida. Ayer, Livia me preguntó a boca de jarro si sentía en mi las fuerzas necesarias para pasar el mes de verano fuera como todos los años, en Capri o en Nola. Positivo. Desde que he vuelto a ingerir alimentos regularmente, ha regresado la ida a mi cuerpo, Livia ignora los prodigios. Yo creo en ellos. ¿Pero es razón para echarme en la cama a la espera de la muerte?

XI

    Llevaré conmigo a Capri este diario y allí lo continuaré a fin de que lo una vez iniciado quede concluido para conocimiento de la posteridad. Livia me acompañará. También lo harán Antonio Musa, quien me inspira una inexplicable desconfianza; Areo, encargado de encauzar mis ideas en mi último viaje, y Polibio, mi viejo confidente, a quien encomendaré esconder las últimas páginas de mi diario. Tiberio se encuentra camino a Illyricum, donde recientes disturbios reclaman su presencia. Se marchó sin despedirse y según me informó Polibio, en esta ocasión los romanos volvieron a gritarle en tono de mofa "¡Ave, senex Imperator! ¡Por cierto, un destino nada fácil! Sólo nos escoltarán un manípulo de pretorianos y otros tantos esclavos. Partiremos mañana, el cuarto día previo a los idus de Sextilis.

X

    Astura, en el ager Laurens. Fui transportado hasta aquí en una litera porque Livia me prohibió montar a caballo. Todo se hizo sin llamar la atención, pues nos pusimos en camino al alba, cuando Roma dormía aún. Sentado detrás de bamboleantes cortinas, no miré hacia afuera sino una sola vez, cuando, en cumplimiento de mi deseo, cruzamos el Campo de Marte y pasamos por mi mausoleo.
    Estoy sentado en mi tienda, solo. Las brisas del mar me traen una agradable frescura. Aquí debió desembarcar Eneas y aquí se le escapó la marrana preñada que quería ofrendar a los dioses en acción de gracias. El cansancio me vence…

IX

    Estamos en el mar. El fresco viento del norte hincha las velas. Partimos antes del amanecer para aprovechar los vientos favorables. Nos empujan a gran velocidad a lo largo de la costa de Campania. Tengo escalofríos, aun cuando los rayos del sol caen casi verticalmente desde el cielo y una vez más debo hacer uso de mi bacinilla porque los intestinos no retienen lo que he confiado a mi estómago. Es curioso… cuando marchaba al combate en mis años mozos, me acometía el mismo malestar. ¡Fuera, miedo detestable!
    Miro hacia el este y reconozco la Campania, sumergida en una bruma blanco lechosa, fecunda tierra romana y, no obstante, tan helénica aún como en aquellos días en que fue colonia griega. Su gente habla griego todavía, y se viste a la usanza de los griegos. Jamás hice el intento de hacerlos cambiar, pues de todas las provincias la aquea es para mí la más querida, a diferencia de mi divino padre, cuyas preferencias lo inclinaban más por Egipto. Yo valoro la sabiduría y el arte de los helenos, más aún, me he esforzado para que los jóvenes romanos reciban la educación escolar de los griegos. Prohíbo enérgicamente que cualquiera afirme lo contrario, porque yo introduje en Roma las escuelas latinas (antes, algo inconcebible), en las cuales se enseñan textos latinos. ¿Acaso Virgilio, Horacio y Catulo no son dignos de ser estudiados en su lengua vernácula? Sí, lo son. Lo son, aunque en lo más íntimo de su ser eran griegos, o precisamente por eso, y por haber sido formados en la cultura y el espíritu griegos, por ser discípulos de Platón, Sócrates y Epicuro y todos juntos admiradores del cantor ciego. Son ellos, pues, quienes deben guiar a la juventud romana hacia los poetas y filósofos de los griegos, hacia su idioma y escritura tan distintos a los nuestros. Debéis saber que solamente es un vir vere Romanus aquel que habla las dos lenguas, la nuestra y la de los griegos.
    Desde hace varias generaciones el efebo romano es educado según el modelo griego. En uno de los innumerables tenduchos, detrás del Foro, aprende esforzadamente de los menospreciados ludi magister el arte de escribir en tablillas de cera y escapar a su bastón danzarín. El grammaticus se hace cargo del niño cuando este cuenta doce años y le enseña lenguaje, sintaxis, estilo y métrica hasta que viste la toga virilis. El romano no puede entrar a la escuela de retores sin esta preparación. Allí aprende lo que hace a un auténtico orador, pues lo que lo distingue no es su lenguaje fácil o el colorido sonido de su voz, sino el flujo de sus ideas. Un tartamudo sabio cosecha más prestigio que un cantor tonto. Sin embargo (ya empiezo con las restricciones), ningún orador ha logrado lo que se cuenta de un flaustista frigio, que hizo perder la razón a un semejante con su arte.
    Lo que distingue al romano del griego es el objeto de su educación. Un romano versado en todas las artes del espíritu, las pone al servicio de la res publica, y las artes que carecen de un propósito, cuando son toleradas, se permite que las cultiven aquellos que carecen de la aptitud práctica para la política. Si Virgilio, Horacio y Catulo hubieran sido griegos por nacimiento, los hubiesen adornado con los laureles de los sabios, pero como romanos no se les tributa más que el honor del arte, mal pagado por añadidura, siempre y cuando no cuentes entre tus admiradores con un Mecenas o un César. Un Marco Tulio Cicerón, un Marco Terencio Varrón, que pensaban como griegos, pero actuaban como romanos, no cosecharon fama y fortuna con sus cabezas sino con sus posaderas, que en el momento indicado ocuparon las sillas de cuestor, pretor y cónsul, y la de tribuno de la plebe y pretor respectivamente, lo cual, como se vio en la época de las guerras civiles, no requería en realidad sino un trasero ancho y aguantador.
    En cambio, en la provincia griega, jamás fue requisito para las artes del espíritu investir un cargo oficial, al contrario: solo los más cultos, inteligentes y cuerdos eran llamados al desempeño de sus cargos, en base a esas virtudes. Pensad en los Siete Sabios, cuyos nombres resplandecen en lo alto de las puertas del templo de Apolo en Delfos, no porque sus aceros fueran más afilados que el del adversario, ni sus flechas más raudas. Rápidos eran sus pensamientos, cortantes sus reacciones y ningún heleno nombró arconte a un Solón porque invistiera ese cargo casualmente, sino que se referían a él, llenos de respeto, como al sabio legislador Solón. De Quilón, el segundo Sabio, no se alaban sus cualidades de estratega que hubieran bastado para honrar al romano más capaz, sino su sabiduría de la vida que le permitió hacer de Esparta la primera de las ciudades del Peloponeso. El tercero, Tales de Mileto, no alcanzó fama porque convocó a la unidad a las ciudades jónicas para hacer frente a los persas, sino porque de su cerebro nació la idea de que el ángulo circunferencial en la hemiesfera siempre es un ángulo recto. A Demetrio de Falero, el cuarto, lo conocemos menos como estadista ateniense que por sus escritos filosóficos, y lo mismo rige para Cleóbulo de Lindo, el quinto de la serie. Si Pitaco de Mitilene, el lesbio de pie plano, hubiera sido romano, no se hubiese sabido de él mucho más que el hecho de que venció al olimpiónico Frimón en combate cuerpo a cuerpo en la guerra de los atenienses, pero para los griegos fue mucho más importante su sabiduría que el celebrado triunfo en el campo de batalla, y dejaron asentados por escrito cada una de las sabias sentencias para legarlas a la posteridad, como aquella con la que rechazó la cesión de unas tierras por parte de los habitantes de la isla, para distribuirlas entre los pobres. En esa ocasión dijo: "Tener lo mismo, es más que poseer más". Según el dictamen de los romanos el séptimo de los Sabios, Bias, habría prestado a su pueblo el mayor servicio, cuando supo engañar con astucia a AMates, rey de Lidia, durante el sitio de Priene, en cuanto a que no había provisiones en la ciudad. Sin embargo, los griegos retuvieron sus palabras y discursos, porque los tuvieron en mayor estima que sus triunfos militares.
    Si la posteridad me aplicara la misma escala, a mi Imperator Caesar Augustus Divi Filius, no me atrevo a imaginar lo que quedaría de mi fama. Tengamos en cuenta que un Tales, un Platón y seiscientos años de filosofía no provocaron sino que siempre el más fuerte domine al débil. Esto lo atestigna un viejo romano sumido en sus cavilaciones…

VIII

    De buena gana hubiera concluido ayer mis pensamientos, pero me lo impidió la revolución en mis intestinos. ¿Es este el fin? No quiero pensar en ello… ¿Dónde había quedado?
    Me hace pensar, a mí, el romano, qué poco pudieron hacer seiscientos años de filosofía en los romanos, no digo helenos, pues soy un vir vere Romanus hasta la más recóndita fibra de mi corazón. Ciertamente, Atenas es mi pasión, pero Roma es mi amor y me arrogo el mérito de haber devuelto a los romanos la plena conciencia de su nacionalismo, orgullo y arrogancia. No logré rescatar a los dioses vernáculos, pues desde hace centurias los griegos han hecho prevalecer su presencia en nuestro panteón y de muchos de los nuestros no ha quedado más que el nombre y tras él se esconde una deidad griega. Por buenas razones, tampoco devolví a las escuelas a los filósofos romanos… No tuvimos ninguno y aquellos que alabaron con toda sabiduría el ser romano como Virgilio y Horacio, son romanos como yo, pero dotados por la naturaleza de mentalidad griega. Como ya he mencionado, la cabeza es el mayor obstáculo en el amor.
    Fueron menester mucha insistencia y una suma respetable para convencer a los epicúreos que alabaran el territorio itálico con magnas palabras, tal como Hesíodo glorificó en su momento a Aquea y a sus dioses. Podrá la amapola lucir con el brillo del sol en las plateadas laderas del Parnaso, podrán centellear como monedas flotantes las islas del Egeo y saludar el templo de Apolo los escarpados picos de Ática, ningún surco aqueo supera la divina belleza de la tierra en las fuentes del Clitumno en tierra de Umbría. Jamás fui un romano más fervoroso que allí en medio del camino de la provincia gala, entre arroyos turbulentos que borbotean por las verdes praderas con su incesante murmullo. Una colina de mediana altura, engalanada de oscuros cipreses, junta para numerosas arterias de irregular fuerza las aguas que pronto forman un estanque de cristalina superficie. Pero al parecer, el Clitumno reúne nuevamente las fuerzas en esta laguna para surgir con revoltosa alegría del otro lado, como río, y arrastrar consigo a las barcas entre claros fresnos y plateados álamos. En la orilla saluda al sagrado templo con la imagen divina vestida de blanco. Clitumno es adorado como dios del oráculo por la gente de la cercana Hispellum, y numerosas tablillas votivas dan testimonio de su don de la adivinación. No lejos de allí hay un balneario que prepararon para milos habitantes de Hispellum. ¡Jamás me refresqué y solacé tanto en el agua como en la nieve! Luego, extenuado por las largas caminatas, descansaba en las gradas talladas en la piedra. Por todo esto les regalé el templo, pero Hispellum pasó a ser coloniadentro de la sexta región. Añoro las mañanas de mayo en las cantarinas fuentes del Clitumno, añoro el agua del dios, el murmullo de los arroyos, añoro el susurro de los árboles y el sublime aislamiento del lugar, añoro la emoción interior de ser un romano, que sentí sobre esta tierra.
    Pedí a Virgilio que, más o menos con las mismas palabras, escribiera una loa a nuestra tierra, y después de un primer momento de vacilación el epicúreo cantó la sigiuente oda para gloria de la patria. Es el más bello de sus poemas y me conmueve cada vez que lo leo:
Mas no los Medos con sus selvas ricos
No el Ganges bello, y turbio el Hernio de Oro
No Bactria, no los Indos, no Pancaya
con arenas de incienso envanecida,
Osen a Italia disputar sus glorias.
Italia a quien el seno
No con la reja revolvieron toros
que por la ancha nariz llamas despiden
y dientes de dragón la tierra mullen
Mies de guerreros no espigó sus campos
Con duros yelmos y apretadas picas
No: mas ¿veis cuál abunda
en llenas mieses y suaves vinos,
cual olivos la alegran y rebaños?
Allá erguida campea
el guerrero corcel, acá, bañadas
frecuentes veces en tu sacro río
Miro albas reses y el fornido toro
Cabeza de las víctimas, Clitumno,
que romanas conquistas
Condujeron en triunfo al Capitolio
Eterna, primavera, aquí floreces
Mitiga ajenos tiempos el estío
Dos veces cada año
Prole anuncian las hembras del rebaño
y da sus pomas el frutal dos veces
No aquí rabiosos tigres, de leones
la raza maldecida aquí no prueba,
ni vegetal ponzoña, al que en el campo
hierbas cogiendo va, traidora engaña.
No rastrera en enormes vueltas gira
Ni en tanto espacio como en lueñes tierras
Cierra la sierpe su escamosa espira
Contempla luego y mira
Tanta egregia ciudad, tanta obra insigne
Tantos castillos, fábrica del hombre
Acumulada piedra sobre piedra
Que dan temor, y las corrientes aguas
que viejos muros sojuzgadas lamen.
¿O el mar diré que a un lado y a otro lado
la Patria ciñe? ¿Tantos lagos bellos?
A ti, príncipe entre ellos
Lario, o a ti, que al férvido Océano
en olas y fragor, Benacio, copias?
¿O cantaré los diques, del Lucrino
Las allegadas moles; y el furioso
Rugir del mar, por donde la onda Julia
Lejos retumba al ímpetu del ponto,
y el Tirreno agitado
Hierve, y las fauces del Averno invade?
Tierra en todo fecunda,
Venas de argento y cobre Italia encierra,
Y en oro bullidor su seno abunda
y ella hijos fuertes a sus pechos cría:
Los Marsos, las sabélicas legiones,
El sufrido Ligur, el Volsco armado
de dardo invicto; Manos ella y Decios
Brota, grandes Camios, Escipiones
Nacidos a la guerra; y madre es tuya
¡Oh, César soberano,
Que hoy triunfante en las últimas regiones
Del Asia, haces que el Indo tiemble, y huya
De las almenas del poder romano!
¡Salve, madre feliz, de mieses rica,
Rica en hombres de pro, Saturnia Tierra!
¡Salve! En tu honor mi voz y mi deseo
A las artes agrícolas levanto
Que celebraron las antiguas gentes,
El sello rompo de las sacras fuentes
y las lecciones del anciano ascreo
Por las romanas poblaciones canto.

VII

    ¡Capri! Bello mundo, de ricos colores, a mis pies. Fiebre en el sol del que me protege una blanca vela de lino. Me acerco al fin. ¡Siete días, Júpiter, solo me quedan siete días!… Quiero vivirlos, gozarlos. A los rumores del vientre se ha asociado la fiebre en constante aumento. Musa pretende confinarme en el lecho, pero lo hice a un lado de un empellón. Quiero gozar del panorama de esta región que vi por primera vez a mi regreso de la campaña a Egipto. ¿Cuánto tiempo pasó desde entonces? ¿Cuarenta y cuatro años? Cuarenta y cuatro años, ciertamente. Muchos días, numerosos inviernos disfruté desde entonces en esta mansión, a la que puse por nombre Villa Jovis.
    Miro hacia el norte y hacia el sur y creo reconocer a Ulises en su balsa bamboleante. Del mar centelleante emergen el cabo de Circe y las islas de las sirenas. Se huele el perfume del acanto, cuyas blancas flores en la alta copa nadie conoce porque los griegos sólo hicieron famosa en sus capiteles la fronda, florece el asfodelo y el hinojo silvestre se seca por la canícula estival como la piel del dorso de mis manos; en medio, arbustos de mirto y alcaparro, de cuyos pimpollos se nutría la bella Friné que sirvió de modelo a Praxiteles para su inmortal Afrodita.
    De tiempo en tiempo, me obligo a cerrar los ojos por un instante para retener la belleza del mundo, pero a regulares intervalos me dan vahídos. De pronto, abro los ojos y lo veo ante mí, barbudo, con la piel curtida por el agua de mar y el sol.
    – ¡Divino! -exclamó asombrado-. ¿Qué haces en esta isla?
    – Busco a mis compañeros -me responde-. Todos fueron capturados por Circe, menos Eurioco. Fue el único que por intuir algo malo no traspuso la puerta para ir hacia la sombría casa de piedras labradas de la atroz hechicera. Circe tocó a cada uno de mis hombres con su vara y los convirtió en cerdos. Y ellos se disputaron las bellotas y las rojas cerezas silvestres.
    – ¡Por todos los dioses, elude a la hechicera! -grito excitado-. Te trocará en un cerdo como a tus compañeros. Solo hay un recurso eficaz para escapar al hechizo.
    – ¿Lo conoces? -me pregunta Ulises.
    Asiento, me inclino como por casualidad y arranco del suelo pedregoso una planta de flores blancas como la leche y raíces negras.
    – Toma -le digo, y le ofrezco la flor-. Los dioses la llaman moll y es más rara que el oro de los ríos. Mastícala con los dientes y traga esta divina hierba.
    Ulises hace lo que le indico y entonces le digo lo que le espera. -Ve a la casa de la mujer de bellos rizos. Se mostrará complacidad por tu visita. Te dará de beber en copa de oro, te tocará con su vara, te ordenará ir a la, pocilga y echarte entre gruñidos junto a tus compañeros. Pero tú, Ulises, no habrás de temer, pues ningún hechizo de Circe obrará en ti. Me percato de la mirada escéptica del paciente que desconfía de mis palabras. -Confía en mi saber -lo tranquilizo- y muéstrate remilgado cuando Circe te ofrezca su amor, también cuando te convide a su mesa a comer y beber en vajilla de plata, y laméntate por la pérdida de tus amigos. De este modo harás que la maga vuelva a tus compañeros a su estado natural. Los peludos verracos de nueve años se convertirán en lo que eran, jóvenes hombres de buena estatura y mejor conformación.
    – ¿Por qué haría Circe semejante cosa? – inquiere el paciente.
    – ¡Hasta los mismos dioses luchan en vano contra el amor! – le contesto-. Tú también hallarás satisfacción junto a la divina señora, pero cuidate de entregarte a Circe antes de haberle recabado su solemne juramento de que te dejará volver a casa.
    – Se hará como tú lo aconsejas. ¿Y cuando la hechicera satisfaga mis deseos?
    – Entonces corresponderás a los suyos durante un año y un día. Circe te dejará partir con vientos favorables hacia el norte, hacia los bosquecillos de Perséfone, donde se mezclan el Aqueronte, el Piiflegetón y el Cocito, los ríos silenciosos. En una cueva encontrarás al vidente ciego Tiresias entre hordas de difuntos, formaciones etéreas del reino de Plutón. El te dirá cómo regresar a tu casa, a Itaca.
    De pronto, Ulises prorrumpe en sonoras quejas y maldiciones contra mí, porque cree que me burlo de su suerte. Entonces le ofrezco acompañarlo junto con sus camaradas.
    El paciente se acerca a mí y me mira a los ojos.
    – ¿Quién eres tú, anciano decrépito, y de dónde obtienes tu saber?
    – Soy Imperator Caesar Augustus Divi Filius – le respondo-. Conozco tu destino, pues todos los que como yofluctúan entre la vida y la muerte, conocen el destino de los demás, pero no el propio.

VI

    ¡Oh, qué idus! La fiebre tira de mí y me zamarrea como el celidonio que en marzo doblega los árboles. Antonio Musa me administra bebidas amargas que no me traen ningún alivio. La vida es un tormento. Me he sorprendido en diálogo con aquellos que me precedieron en el camino a la muerte, como si yo hubiera muerto ya. Esto me proporciona un gran alivio, pero tan pronto la razón me devuelve a la realidad me aterra la idea de morir. La vida es terrible, la muerte un alivio. Vivir significa adivinar, morir es la certeza. La vista se me va al oeste. El sol se hunde en el espejo infinito. Avanza el crepúsculo, la noche. Me estremezco. Mi espejo. ¡Oh, no, no!

V

    Por la noche emergieron del mar los dioses del Nilo con sus cabezas de cocodrilo y avanzaron raudos como naves por las aguas iluminadas por la luna. El pánico de verlos y comprender de pronto su raro lenguaje me paralizó, y no logré apartar la mirada de ellos.
    – Yo soy Ra -dijo uno-, el caminante solitario del desierto celestial y el gran dios que se genera a sí mismo. También soy Kephaa, el dios del eterno cambio, que, escondido en el vientre de su madre Nut, modela y esculpe su propia forma. Soy el guardián del Libro de los Destinos, en el cual todo está escrito. Soy el ayer, conozco el mañana y la dirección de mi camino está determinada por el orden universal.
    – Yo soy Tot -me inmiscuyó otro- y ayudo a Osiris a ganar con trampas y lazos. Yo estoy en todas partes y en todo momento: en el norte y en el sur, de día y de noche; de noche, cuando nació Sejlem, de noche, en la caída en medio de las tinieblas, de noche, cuando Horus fue heredero al trono, de noche cuando Isis se lamenté en Abidos, frente al sarcófago de su hermano, de noche, cuando las almas son sacrificadas con ocasión de la gran fiesta de la labranza; de noche, cuando Horus celebró su victoria sobre todos los enemigos. Soy el amo de la luna, nacido de la cabeza de Set, después que este comió la semilla de Horus.
    – Yo soy Ptah -exclamó un tercero de cabeza calva-. El constructor del mundo, el que crea a las criaturas en su torno de alfarero y abre las bocas con herramientas de bronce. Creé este mundo con corazón y lengua y en mí se unifica lo masculino y lo femenino.
    De repente, cayó del cielo un objeto luminoso que profirió plañidero estas palabras: – Yo soy Sehet, el radiante ojo de Horus, brillante como Ra, y destruyo la triple supremacía de Set con mi fuego devorador. ¡Viva el flamígero ojo de Horus, rodeado de fragantes nubes!
    – ¡Pero qué -exclamó otro, y se desprendió de las sombras-, qué es aquello comparado conmigo, el ojo de Uzab con el brazo flexionado! Mía es la energía de la luz, pues yo soy el espíritu del fuego. Carezco de cuerpo, pero mi ojo abarca por si solo sesenta y tres miembros, no, sesenta y cuatro, si Tot no me ha engañado. Brillo durante la larga noche en la cuarta era de la tierra. Unicamente el que lleve mi ojo de lapislázuli o jaspe resurgirá en el mundo subterráneo.
    – ¡Mírame a mí! -gritó a mis pies una voz horripilante-. Yo soy el demonio Sui, el de cara de cocodrilo, y mis dientes parecen cuchillos de pedernal. Mi alimento son las palabras del poder que arranco a los hombres por la fuerza y mi goce de la vida: los signos del zodíaco. Mis zarpas están provistas de terribles uñas candentes que inspiran eterno pavor. Yo, en cambio, nada temo tanto como la luz.
    Ante mí surgió sorpresivamente del suelo una figura encordelada. Debajo de los brazos en cruz llevaba el cayado y el látigo. -Yo soy Osiris, el soberano del mundo, el sol en toda su forma nocturna, y domino todo el terreno. El hálito de mi nariz rebosa vida, energía y salud. Las palabras de mi boca borran el mal. Engendré a Geb, la tierra fecunda, di a luz a Met, la bóveda celeste. Los demás dioses se inclinan ante mí y obedecen mis órdenes. Mira la blanca corona de Atef sobre mi testa, mi atributo de rey de los hombres y de los dioses. Observo con ojo vigilante el corazón de los hombres y separo con cuidado la verdad de la mentira, la justicia del fraude, la virtud de la pecaminosidad, las tinieblas y la luz.
    Y, mientras hablaba con su voz cavernosa, Osiris se acercó a mí más y más y sus ojos de rojo fulgor resaltaron en su rostro cetrino. Me protegí los ojos con la mano, porque su vista me hizo estremecer. Percibí el aliento del dios sobre la mano, tan cerca estaba de mí, y entonces grité desesperado: – ¡Fuera, fuera de aquí, dios extranjero, nada tengo que ver contigo! Yo soy romano.
    – ¡Di tu nombre! -me conminó la voz.
    – Octaviano – respondí titubeante.
    El dios elevó entonces su estentórea voz que resonó por la isla como trueno: -¡Tu, Imperator Caesar Augustus, destruiste el reino de mis hijos, tus soldados pisotearon nuestras imágenes y asesinaron como a reses de matadero a aquellos en los que se continuaba mi sangre. Te reíste de mí y me negaste cual si hubiera sido un fantasma, como sí no pudiera ser, lo que no debe ser. En este momento pesaré tu corazón, antes de que deje de latir.
    Y mientras Osiris hablaba de esta suerte, sentí su mano sobre el pecho y no pude eludir su presión por más que retrocedí con trémulos miembros. Fuera de mí, me eché a un lado, y con la fuerza que todavía me han dejado los dioses, me incorporé y corrí como un desaforado. Corrí a ciegas a través de la noche, siempre cuesta arriba para alcanzar el pico más elevado de la isla y ni los gritos de los guardias fueron capaces de interrumpir mi carrera. Extenuado e inconsciente me quedé tendido donde a menudo antes había contemplado embelesado la extensión del mar.
    Dos esclavos me encontraron allí sacudido por los violentos estremecimientos que provocaba la elevada temperatura. Unos pretorianos me bajaron a la villa. Pero ya no puedo permanecer por más tiempo en este lugar. Me marcharé de esta isla que tanto amé en otros tiempos, pues estoy seguro que los dioses del Nilo retomarán.

    Yo, Polibio, liberto del divino Augusto y experto en el arte de la escritura, empiezo a comprender que durante su vida nada afectó tanto al César como la conquista de la provincia egipcia; no la toma del país, sino más bien la muerte de Cleopatra, de la cual se sintió culpable. Cleopatra, que hizo perder la razón a Julio, su padre adoptivo, ha perseguido a Augusto hasta sus postreros días. Teme la venganza de los dioses egipcios, los teme porque se burló de ellos durante toda su vida.

    Iv

    Neápolis.
    Me costó mucho trabajo hacer comprender a Livia por qué necesitaba abandonar esta isla, pero finalmente cedió a mi insistente ruego y abordamos la nave a toda prisa. Los remedios de Musa ya no surten efecto. Por momentos mi cuerpo enflaquecido se retuerce atormentado como el de un animal desollado, y experimento todo esto en estado de lucidez. Todos los que, a excepción de Polibio, dudan que esté realmente consciente y cuchichean a mis espaldas, Polibio es el único que conoce mis pensamientos, porque tan pronto termino un pergammo lo hace desaparecer y lo guarda en un lugar secreto. No puedo impedirle que lo lea.
    ¿Está obnubilada mi conciencia porque reparto oro entre el pueblo? La gente me vitorea en las calles, a mi, Caesar Augustus Divi Filius.
    ¿Está obnubilada mi conciencia porque coroné con ramas de hiedra a los marineros de una nave alejandrina?
    ¿Está obnubilada mi conciencia porque exijo que todos los romanos usen en esta ciudad túnicas griegas y que, los griegos, por su parte, lleven togas romanas?
    ¿Está obnubilada mi conciencia porque ofrecí un fastuoso banquete a los efebos y los observé cómo engullían y se embriagaban?
    ¿Está obnubilada mi conciencia por exteriorizar alegría e incitar a la juventud de la ciudad a saquear los árboles y arrojar determinados manjares?
    ¿Está obnubilada mi conciencia porque llamé Afrodita a Livia, a mi sensual amada, y Asclepio a Musa, mi curandero, ávido de dinero?
    ¿Está obnubilada mi conciencia…? De repente mis ligeros miembros se han tornado pesados como plomo.

III

    ¡Bailad, amigos, golpead la tierra con vuestros pies y lanzad gritos jubilosos! ¡Mirad cómo corren, saltan y arrojan la jabalina los jóvenes, ved cuánta es su alegría y cómo gozan en competencia gimnástica! ¡Ved a Caronte, el huesudo barquero con su cabellera de sierpes, cómo huye de las sibilantes lanzas!
    Pasé el día en los Juegos Gímnicos que los griegos celebran en mi honor cada cinco años. ¡Qué extraño designio que el destino me concediera aún este día en que los jóvenes (a diferencia de lo que ocurre en Roma, donde la competencia ha degenerado en servicio de esclavos) se pasean desnudos en la rueda de los dioses y de los héroes, cada uno un Apolo, un Apolo que Mercurio vence en la carrera y a Ares y a Forbas en pugilato. Ved la velocidad que despliega Hermes, ved su vigor. Gimnasios y palestras llevan su nombre. Ved a Hércules, el pancracio, que se mide en combate con monstruos, y a Teseo, que domina todas las tretas en la lucha y el pugilato, y a Jasón, campeón en cinco competencias seguidas. Estos son los juegos de los griegos. Me estremezco cuando pienso en los juegos romanos o en lo que los romanos llaman juego.
    Panem et circenses. Creo que los romanos harían César a un burro siles prometiera vientres saciados y ojos gratificados. Ya no es menester que Hércules domine monstruos, ni que Agamenón envíe su flota a cruzar el mar, hasta los terribles elefantes de Aníbal han sido domeñados. En el presente los romanos buscan a sus héroes en el circo, y los juegos, que en otro tiempo fueron un acto sagrado de acuerdo con el modelo griego, han degenerado en puro pasatiempo, en vicio y pecaminosidad que no pone barreras ni a las honorables matronas. So pretexto de honrar a los dioses inmortales, los romanos ansían juegos más novedosos y descabellados.
    ¡Por Júpiter! ¿Qué hay de pío en que toros salvajes claven sus astas en un gladiador, que su sangre salpique por doquier y los leones se ceben con sus entrañas? ¿Qué hay de pío en que durante las Floralias mujeres casadas se desnuden y recorran la ciudad pintarrajeadas como egipcias y realicen movimientos obscenos ante la gente? ¿Llamáis pío que en las Saturnales, cuya duración es de siete días y otras tantas noches, el amo comparta su lecho con la esclava y el esclavo con la señora de la casa? Si que es una rara piedad usar de pretexto las Liberales para mostrar a las mujeres penes descomunales. Era Pío exponer al fuego en esas ocasiones pasteles votivos y un particular signo de piedad que los romanos escupieran frijoles negros para ahuyentar a los lemures, pero estos antiguos ritos cedieron paso a los excesos eróticos. La piedad fue desplazada por la lujuria. Cien días de feriae en el año incitan a buscar cada vez más innovaciones, y muchos van de una fiesta a la otra tambaleantes por la ebriedad.
    Entendedme bien, jamás fui un detractor de los goces de la vida, agité con pasión el cubilete y no vacilé en viajar a la provincia griega para asistir a sus certámenes literarios, pero lo que en suelo romano se designa ludi ya no tiene nada en común con el origen aqueo, es más farsa que imitación. Ningún pueblo de la tierra tributó mayores honras a sus juegos y a sus participantes que los helenos, independientemente de que la rama de olivo se otorgara por el sublime arte del canto, el drama o la rauda carrera. Así mensuraban aquellos para quienes la historia de su pueblo era sagrada, el período después del turno cuadrienal de sus juegos más importantes, y a ese lapso de tiempo no lo designaban según el nombre del conductor del pueblo, como haremos nosotros, que imponemos los nombres de nuestros cónsules, no, los griegos ponían a esos intervalos el nombre del campeón en la competencia de la disciplina más aclamada. Uno de estos "pies ligeros", como se los suele llamar aún hoy en día en la provincia aquea, "honrado como un atleta", era comensal vitalicio en el pritaneo, en el teatro se codeaba en la orchestra con los personajes más encumbrados del Estado, se cantaban sus logros en versos y su imagen era esculpida en mármol.
    He visto con mis propios ojos las estatuas de los campeones de Olimpia y leído acerca de sus proezas inscritas en bronce y en mármol: las de Pulidamas, el vencedor del pancracio, que comprendía lucha, pugilato y carreras de cabalos y de carros. Se dice que era tan fornido que dominó con sus manos a un león en lo alto del Olimpo y mantuvo asido a un toro por las extremidades posteriores hasta que al animal se le desprendieron las herraduras. Con la fuerza de sus músculos consiguió detener los troncos de un auriga y le impidió continuar la carrera. Tanto confiaba en su ursino vigor que pretendió detener el derrumbe de una caverna de piedra con sus brazos, y su temeridad le costó la vida. Vila estatua de Timantes de Cleonas, un luchador experto en todas las disciplinas como Pulidamas, que a diario tendía un arco de grandes dimensiones para probar sus fuerzas, y el día en que estas le fallaron encendió una hoguera y se arrojó en ella. También vila estatua de Teagenes, venerada por los griegos y a la cual se atribuye la virtud de realizar curaciones milagrosas. Cuando apenas tenía nueve años, se dice, el rapaz cargó sobre sus hombros la estatua de un dios y la llevó a su casa, y cuando se hizo hombre su ambición de descollar en las competencias deportivas lo llevó de victoria en victoria. Durante su vida, Teagenes obtuvo 1.400 coronas en carreras, boxeo y todas las destrezas imaginables. Lo recuerda una estatua de bronce. Aun después de muerto Teagenes, un atleta que nunca había podido vencerlo flagelaba noche a noche el bronce, hasta que la estatua se desprendió del pedestal y aplastó a su profanador. De acuerdo con la ley draconiana, que castigaba con el destierro aun a los objetos inanimados, los eleos echaron la estatua al mar, pero a partir de ese momento la tierra de Olimpia no dio más frutos y la gente acudió a Delfos para pedir consejo a Apolo. El omnisciente les respondió por boca de la pitia que la tierra no volvería a ser fecunda hasta que rescataran a Teagenes con todos los honores. Los pescadores zarparon en sus barcas y tendieron las redes en el fondo del mar hasta encontrar lo que buscaban, llevaron la estatua a tierra y la colocaron en su lugar original. Aconteció entonces lo vaticinado por Apolo: la tierra se cubrió de verdor y dio nuevos frutos.
    Los griegos no conocen la crueldad sanguinaria de nuestros juegos, y les repugna. En este sentido soy más griego que romano, pues no quiero ni puedo ver sangre. Me provoca náuseas y vómitos. La sola idea de vientres abiertos y cuerpos desmembrados me revuelve las entrañas. Pero esto es precisamente lo que los romanos quieren ver. ¿Por qué soy tan distinto a ellos?
    Cuando era joven y recibí la herencia de mi divino padre, Atia intentó acostumbrarme por la fuerza a ver sangre fresca, y me obligaron a presenciar los sacrificios practicados por el sacerdote en honor a Júpiter Capitolino. Con mano rápida clavaba el cuchillo en el cuello del toro atado y la sangre manaba entonces como un torrente en las fuentes colocadas más abajo, en cuya superficie se formaba espuma de claras burbujas. El olor dulzón y las ropas ensangrentadas del sacerdote me provocaban violentos escalofríos. Más de una vez perdí el sentido y tuvieron que llevarme fuera del templo.
    No dudo de las buenas intenciones de mi madre cuando me mandaba asistir una y otra vez a esas ceremonias cruentas, y un día que me rebelé me acompañó al templo de Júpiter Capitolino, para darme un ejemplo de su valentía. Pero sucedió que ese día Lucio Sulpicio, el veterano y diestro sacerdote encargado de los sacrificios, fue reemplazado por un joven inexperto. Se llamaba Severo y realizó su tarea con tan poca destreza que la sangre saltó de la garganta del toro en un chorro que describió amplia parábola y manchó la túnica de Atia a la altura del pubis. Desde entonces evité presenciar sacrificios en el templo, más aún, solo pensar en sangre fresca me hace brotar sudor en la nuca y me pone la carne de gallina. Tenía la esperanza de que la repugnancia por la sangre moriría de muerte natural a medida que avanzara en edad (no hay mejor médico para el alma que el tiempo) pero me equivoqué. Hasta el día de hoy la vista de la sangre me perturba, porque recuerdo a mi madre con sus ropas manchadas, y por esta razón aborrezco los juegos romanos.
    Aborrezco las sanguinarias orgías con animales y personas, pues no son otra cosa los espectáculos en nuestros teatros. Alaridos mortales y lamentos de dolor resuenan en las galerías, donde antes el público escuchaba lleno de respeto y emoción la palabra del poeta y por todas partes campea el maligno placer de ver morir. Cuando el gladiador levanta su espada para hundirla en el cuerpo del adversario derrotado, cada romano se siente héroe. ¡Ay, si Horacio no hubiese pronunciado jamás las sublimes palabras Dulcet decorumst pro patria mori! Hoy se muere por diversión, para regocijo de las masas. Morir por la patria se considera una estupidez, algo que se les deja a los mercenarios extranjeros. ¿Quién mueve aún una mano por amor a la patria?
    Ha quedado demostrado, por otra parte, que la prohibición de estos bárbaros juegos seria algo tan insensato como prohibir a los romanos comer y beber, pues ludi et circenses se ha convertido para muchos en la razón de su vida. En curiosa armonía se mezclan en las gradas ricos aburridos y chusma a la que le espanta el trabajo, para gozar juntos de la borrachera de la sangre, y las diferencias de clase, con harta frecuencia motivo de disturbios y guerras civiles, desaparecen ante las miradas ávidas. Aunan sus gritos en demanda de sensaciones más novedosas, y yo me pregunto: ¿cómo concluirá todo esto? ¿Cómo se satisfará en el futuro la sed de sangre de los romanos? ¿Qué espectáculo atroz espera ver aún la gente cuando ya luchan hombres contra animales, mujeres contra hombres, senadores contra esclavos?
    El pasado enseña que la sangre siempre exige más sangre, así como la guerra exige nuevas guerras.
    Hace precisamente un centenio *, Lucio Sila mandó a los arqueros mauritanos abatir leones salvajes en el circo, y a la vista de las bestias agonizantes muchos creyeron que nada podría superar semejante despliegue de crueldad. ¡Craso error! Pompeyo envió a la arena a dieciocho elefantes y los enfrentó a criminales condenados, provistos de una lanza como única arma para luchar por su vida… al menos eso creían los infelices, pero ninguno sobrevivió. Irritados por su propia sangre y el ataque de los reos empeñados en clavarles sus picas en los ojos, los paquidermos dieron horrenda muerte a sus provocadores. Cicerón se lamentaba en aquel momento, preguntándose cómo una persona culta podía encontrar divertido que un hombre débil fuera destrozado a la vista de todos por una enorme bestia o que un magnifico espécimen de la fauna exótica fuese atravesado por una pica.
    Hoy me inclino a creer que Pompeyo obraba con deliberación. No le importaba tanto la dudosa diversión de la gente como el poder absoluto. Pretendía que los romanos se acostumbraran a ver sangre, un espectáculo que se tomó cotidiano durante la guerra civil. Ya pasó el tiempo de las guerras civiles, y también las guerras con otros pueblos se nos han vuelto ajenas como nunca, pero no nos libramos del espectáculo de la sangre. Ciertamente, parecería ser que la sangre en el circo es un sustituto de la sangre no derramada en el campo de batalla. Esto es un sacrilegio. La sangre que tan poco nos preocupa dentro del propio cuerpo, aun cuando nos mantiene vivos, despierta un placer morboso cuando mana de la carne de otro, del cuerpo desnudo e inerme de un semejante. Esto es inicuo. Los romanos estamos embruteciendo con enfermiza pasión, el César ha degenerado en animal de guía de una feroz manada. ¡Qué ignominia! ¡Oh, qué verguenza ser emperador de semejante pueblo!

II

    Me encuentro en Nola, en mi casa de campo.
    Este cuerpo mío me ha servido lealmente por espacio de setenta y seis años y yo lo consideré como algo muy natural. Cuando molestaba mi voluntad con su negligencia, lo torturaba con el acíbar de exóticas medicinas y él entendía la advertencia y obedecía, pero ahora que ni acres infusiones de raíces ni resinas provenientes de árboles egipcios logran infundirle miedo, y las mixturas del curandero Musa antes bien provocan vómito que curación, se me antoja que mi cuerpo consumido y aquello que unos llaman alma, otros espíritu o hálito, van por distinto camino, y de este modo retornan a la condición de la indocilidad de la infancia. Al oponerse los miembros del cuerpo a la voluntad del espíritu, se enfrentan de manera misteriosa la niñez y la vejez, el nacimiento y la muerte. Siento como si llevara dos vidas, una ostenta el sello de la voluntad, la otra está determinada por la inhibición, y me divierte observar cómo se combaten mutuamente la voluntad y la inhibición. Creo que la juventud y la vejez solo son vencedores diferentes. En la juventud triunfa la voluntad sobre la inhibición, y en la vejez ocurre lo contrario. La muerte sobreviene cuando la inhibición ha vencido por completo a la voluntad.
    La visión, que el destino me ha limitado a un solo ojo desde hace años, se me nubla cada vez más y obliga a los restantes sentidos a redoblada vigilancia. No me apeno por ello, aun cuando el espejo siempre me deparó el mayor de los placeres, pues de este modo la mirada tiene que volverse forzosamente hacia el interior (perdonad, por lo tanto, la letra despareja y los caracteres cada vez más grandes). El verdadero conocimiento no necesita del ojo, más aún, se ha comprobado que la vista lo obstaculiza en cierto sentido. En mi penumbra pienso que todos los filósofos, aun aquellos a quienes admiro, se ocupan más de lo remoto que de lo cercano, explicaron y predijeron el origen del Universo y la trayectoria de los astros, los eclipses de sol y los terremotos, pero no se dignaron aclarar al hombre su vida y su muerte. Pues el mismo Aristóteles, que analizó la naturaleza de la vida y la muerte, y en consecuencia, el alma del ser humano, habla más de los elementos de los cuales esta está constituida y de la movilidad o inmovilidad de estos que de su inmortalidad y las consecuencias resultantes. Considera al cuerpo una herramienta del alma, pero Aristóteles deja a sus discípulos la cuestión de si el alma puede existir en realidad sin esta miserable herramienta. El alma, dice, se comporta respecto del cuerpo como la vista respecto al ojo. Privado de la visién, el ojo ya no es tal. Por lo tanto, la esencia del ojo reside únicamente en la facultad de ver. Por consiguiente, la esencia del cuerpo sólo reside en el alma. ¡Por Júpiter, esto me probaría la existencia del alma, pero no su facultad de separarse del cuerpo perecedero y, por ende, su inmortalidad. Sin el ojo la visión es inconcebible. Pero ¿qué pasa con el alma sin el cuerpo que después de la muerte se deshace en humo y ceniza?
    Caronte, sentado a los pies de mi cama, se alza de hombros perplejo. A él no debe preocuparle esta cuestión. Desde hace días no se separa de mi lado. No habla, no pena, sólo está presente. La muerte es un tema absolutamente tolerable, cuando se es capar de mirarla a los ojos. Al pricipio me asustaba y me mesaba los pocos pelos que me han quedado cuando me miraba al espejo, y en lugar de la imagen habitual me enfrentaba con el horroroso rostro de Caronte. Me frotaba el ojo derecho, el más sano, y pasaba una punta de la toga por la superficie de plata, pero ni lo uno ni lo otro hacía variar mi imagen. Si forzaba a mi rostro a esbozar una risa sardónica, la imagen reflejada permanecía invariable, y su expresión tampoco cambiaba si intentaba una mueca siniestra. Creo que me faltan las fuerzas.
    Durante toda mi vida me he esforzado en desempeñar el papel del emperador César Augusto. Con mimética destreza representé al Padre de la Patria, al Augusto, al Divino, al César, al Poderoso, pero así como un actor es capaz de expresar triunfo y pesar, dolor y alegría tras una máscara cambiante y con la manera y la vehemencia de sus movimientos, sin revelar su verdadero yo, tras la máscara del emperador César Augusto se ocultó aquel que fue parido por mi madre Atia, yo. Con el ímpetu de la juventud y la experiencia de la vejez desempeñé cada rol que esperaba de mí el pueblo romano. Como Tespis, el creador de la tragedia, arrastré de lugar en lugar mi carro cargado de carátulas y accesorios, a veces escarnecido, otras aclamado. ¿Fui bueno? ¿Fui malo?

I

    Mi última aparición.
    ¿Dónde está mi espejo?… No, ya no me obedece. Mi imagen permanece rígida.
    Fue una obra interminable. El tiempo dirá si fue tragedia o comedia. Yo hago mutis por el foro.
    Aplaudid, si la obra fue buena.

    Yo, Polibio, liberto del divino Augusto y experto en el arte de la escritura, lloro a mi señor. Tal como lo predijeron los agoreros, Augusto dejó de existir a los cien días del extraño prodigio, al día siguiente de entregarme el último pergamino de su diario. Fue el día decimonoveno del mes que lleva su nombre. Su vida duró setenta y seis años menos treinta y cinco días. Si en tiempos venideros los datos sobre el día de su muerte difieren, ello se deberá a que Livia ocultó en un primer momento el fallecimiento de su esposo. Tiberio se encontraba aún en Dalmacia y Livia temía que se produjeran disturbios en tanto estuviera ausente su hijo y sucesor designado.
    La agonía de Augusto fue tan apacible como el curso de su vida. El divino ya no tuvo conciencia que moriría en el mismo aposento donde expiró su padre carnal Octavio, a quien negó durante toda su vida. Funcionarios del Estado transportaron su cadáver desde Nola a Roma en tres noches, para evitar la canícula diurna. En el ínterin también llegó Tiberio y junto con su hijo Druso pronunciaron la oración fúnebre para el Divino, el padre frente al templo de Julio deificado, y Druso desde la tribuna de los oradores en el Foro. Acto seguido, doce senadores cargaron al difunto César sobre sus hombros y lo llevaron a la pira levantada en el Campo de Marte. Yo, Polibio, lloré como un niño cuando las llamas lo envolvieron, y cien mil romanos lloraron conmigo. Al día siguiente, cuando las cenizas se hubieron enfriado, los más notables pisaron descalzos la escoria y recogieron los restos del César para guardarlos en su mausoleo, situado entre la vía Flaminia y la ribera del Tíber.
    Las vestales llevaron a la Curia el testamento que el Divino había escrito con su propia mano y con mi ayuda, bajo el consulado de Lucio Planco y Cayo Silio. Aun cuando conocía gran parte de su contenido, me aguardaba una gran sorpresa. Tiberio recibió la mitad de la herencia y la otra mitad se la repartieron Livia y Druso, a razón de un tercio para cada uno. Entre el pueblo romano habrían de distribuirse cuarenta millones de sestercios, cada pretoriano recibiría mil y los legionarios trescientos. A mi también me legó mil sestercios (secretamente contaba con ellos) pero la verdadera sorpresa se encontraba en un codicilo.
    El testamento contenía diversas disposiciones: Ni su hija Julia ni su nieta del mismo nombre descansarían jamás en su mausoleo. El destierro de Ovidio se mantendría vigente hasta su muerte. Su Res gestae habría de ser sepultada en bronce y expuesta frente al mausoleo. Su segunda obra con un panorama sobre la magnitud y las conquistas del imperio habría de ser revisada por Tiberio y puesta ad acta. Fuera de estas no dejaba ninguna otra obra escrita de puño y letra, ni Memorias que de nada servían más que para satisfacer la propia vanidad, ni Diario, que, con miras a su publicación debía ser falaz y desleal o bien escrito con el propósito de lograr el autorreconocimiento; se sustraía a la información pública. Siempre que surgieran testigos que augurasen estar en posesión de anotaciones debidas a la pluma del emperador César Augusto, estos habrían de ser castigados con todo rigor de la ley, y -condenados sin miramientos hacia su persona.

Apéndice

    Prólogo de Polibio

    ad limitum: expresión latina. A gusto, a voluntad.

100

    Imperator Caesar Divi Filius Denominación oficial del emperador Augusto, textualmente: general y emperador, hijo del Divino (Julio César), complementada más adelante con el nombre Augusto;
    via sacra: calle sagrada;
    aerarium: cámara del tesoro y archivo del templo de Saturno, en el cual se guardaban documentos del Estado;
    Liberpater deidad de los itálicos equiparable a Dioniso;
    toga virilis: túnica del varón romano adulto que vestía por primera vez entre los 14 y los 18 años; Somnus: dios del sueño;
    imperium sine fine dedi: creé un imperio sin fin;
    carpe diem: vive, disfruta el día (Haz de ello lo mejor, título de una oda de Horacio);
    priapus: del griego Príapo, dios del placer, en sentido lato, pene;
    etiamsi est quaedam flere voluptas: aun cuando en el llanto también reside cierto placer (Ovidio:
    Tristia 4, 3, 37);
    quandoque bonus donnitat Homerus: alguna vez también duerme el irreprochable Homero (Horacio, Ars poetica 359);
    vir vere Romanus: un verdadero romano
    post mortem: después de la muerte.

99

    Pontifex: sacerdote
    praefectus urbi feriarum causa: intendente de la ciudad durante la época de feria, cuando casi no quedaba nadie en Roma; Saturnia tellus: los campos de Italia.
    ab imo pectore: desde lo más profundo del pecho (Catulo)
    Quos ego: a vosotros os ayudaré
    cubiculum: dormitorio;
    quod licet Jovi, non Iicet bovi: Lo que está permitido a Júpiter, está lejos de poder hacerlo la gleba
    sidus Julium: la estrella Julia;
    patres conscripti: tratamiento dado a los senadores.
    Idus dies maius: los idus de mayo (= 15 de mayo) las fechas de los romanos se referían siempre a: las calendas (primer día), las nonas (quinto al séptimo día) y los idus (día decimotercero o decimoquinto

97

    sapere aude: osa practicar la razón (Horacio, Epístolas 1, 2, 40)
    sella curulis: sitial reservado a los altos magistrados
    si vis pacem para bellum: si quieres la paz, prepárate para la guerra (proverbio lat. de origen desconocido).

95

    Virgilio sobre la misión del romano: Eneida VI, 847-853.

94

    fides, pax, honor, pudor, virtus: las virtudes más codiciables para Augusto eran la fidelidad, la paz, el honor, el pudor y la nobleza
    Carmen saeculare: poema secular;
    Lex Julia de maritandis ordinibus y Lex Julia de adulteris coercendis: estas dos leyes de Augusto contienen en el primer caso la prohibición de matrimonios entre miembros de distintas clases y en el segundo caso la contención del adulterio
    omnia mutantur, nihil interit: todo cambia, pero nada se pierde
    Mito de Narciso en Metamorfosis III 344 y sig. Ovidio, Metamorfosis, Munich, 1959; ex Ponto: del Mar Negro.

93

    Cocitus: río del mundo subterráneo, río de los lamentos.

90

    ab urbe condita: desde la fundación de Roma (título de la Historia de Livio que comprende 142 volúmenes).

89

    quindecimviri: textualmente quince hombres que por resolución del Senado estaban autorizados a ver los Libros Sibilinos; Casio Dion describió la rotura de la nariz de la momia de Alejandro Magno, libro 51, 16, 5.

87

    sic: de hecho
    Del Alma: título de la obra en tres tomos de Aristóteles, en la que el filósofo se explayó exhaustivamente sobre el tema.

86

    O temporal O mores!: ¡Qué tiempos, qué costumbres! (Cicerón)
    ibi fas, ubi proxima merces: Donde está la mayoría del dinero, allí está el derecho
    consul sine collega: para evitar el abuso del poder, el Senado elegía anualmente dos cónsules. Un solo cónsul podía hacer y deshacer libremente a su antojo
    bucolica: poesía que trata de cosas concernientes a los pastores y la vida campestre.

85

    magister equitum: capitán de caballería
    contra quis feral anna deus?: ¿Quién osa esgrimir armas contra los dioses? (Tibulo, eleg. 1.6.30)
    res publica: el Estado.

83

    nil nisi istud: nada más fuera de esto.

81

    oderint dum metuant: si no me temen, que me odien;
    phainomenon: fenómeno (griego, Augusto tenía predilección por los vocablos griegos) los estoicos acerca de la adivinación en Cicerón: De la adivinación, II, 49.
    stoa poikile: pórtico pintado (griego); lugar de reunión de la escuela filosófica de los estoicos.

79

    mors et fugacem persequitur virum: la muerte también alcanza a los que huyen (Horacio, am. 3, 2, 13)
    spem que metum que inter dubii: oscilante entre el miedo y la esperanza (Virgilio, Eneida);
    dum spiro, spero: En tanto respiro, tengo esperanza.

78

    La cosmología y la filosofía acerca del fin de los tiempos como la difunde el alejandrino, son tratadas por Plinio el Viejo en su Historia Naturalis XXXVII, Libro II
    huisce diei: para cada día
    Fortuna redux: F. para el regreso a casa
    Fortuna virilis: F. para tener suerte con los hombres
    Fortuna equestris: F. para las cuestiones de equitación
    Fortuna obsequens: F. para la obsecuencia
    Fortuna privata: F. para los asuntos privados
    qui nimium probat, nihil probat: quien quiere probar demasiado, no prueba nada (Horacio)
    Cicerón respecto de la Astrología: De divinatione, XLII-XLVII.

72

    atrox Fortuna: atroz diosa de la muerte
    año 142 ab urbe condita: Desde la fundación de la ciudad de Roma en el año 753 a.C. corresponde al año 612 a.C. de nuestra cronología
    Luna noctiluca: Luna, iluminadora de la noche
    panta rhei: griego, según Heráclito: todo está fluyendo
    zodiakos: griego, círculo de animales.

71

    Los portentos de la humanidad, que por momentos tienen visos de fantásticos, han sido descritos por Plinio Historia Naturalis, VII, y se basan en informaciones de autores anteriores como, por ejemplo Herodoto: Korysthenes = río Dniéper.

70

    retiario: gladiador que lucha con red y tridente.

68

    relata refero: yo informo, lo que fue informado
    homo homini lupus: un hombre es para su semejante un lobo
    proscriptio: destierro.

67

    solvitur acris hiems: Cede el crudo invierno. Una de las odas más conocidas de Horacio.

66

    hostis: enemigo
    vae victis: ¡Ay de los vencidos!
    primus inter pares: primero entre sus iguales
    clementia: clemencia
    proconsular, como gobernador de provincia
    ornamenta thrinumphalia: adornos triunfales
    De mortuis nil nisi bene: no hables mal de los muertos.

65

    praefectus classis et orae maritimae: comandante de la flota y de las regiones costeras
    manus manum lavat: una mano lava a la otra
    pater patriae: padre de la patría título oficial de Augusto
    praenomen imperatoris: prenombre imperator.

61

    sunt pueri, pueri puerilia tractant: los niños son niños, y los niños hacen niñerías (refrán romano)
    panem et circenses: pan y circo.

59

    commissatio: bacanal
    nunc est bibendum, nunc pede libero pulsanda tellus: A beber, y golpear con el pie libre la tierra
    more graeco: según la costumbre griega
    magister bibendi: maestro de ceremonia de una bacanal
    ciato: vaso pequeño para beber los diálogos de Augusto con Epicuro, Platón y Cicerón en la ficticia bacanal se fundamentan en las siguientes obras: Epicuro, Carta a Menolkeo (Cartas de la Antigiledad, Bríefe des Altertums, Zurich y Stuttgart, 1965); Cicerón: Cartas a su hermano y a Luceo (Briefedes Altertums); Cicerón, De divinatione (Munich); Augusto, Res gestae (Stuttgart, 1975); Platón, El Estado (Munich s/año); Res Gesíae: rendición de cuentas; honores: cargos honoríficos; impensae: dineros propios para inversiones públicas
    ex ovo usque ad malum: textualmente, del huevo a la manzana (quiere decir de la A a la Z)
    fatum: hado
    heimarmene griego destino

58

    Horacio sobre la batalla de Accio en su oda: "Nunc esí bibendum"' 1, 37, 1,
    speremus pariter, pariter metuamus amantes: quien ama debe tener esperanzas y temores (Ovidio, am. 2, 19, 5).

57

    Et tu, mi fili: ¿Tú también, hijo mío?

56

    Muerte de Cleopatra: Horacio, Odas 1,37 (ver amba).

55

    carmen: poesía
    praefectus Aegypti: gobernador egipcio.

54

    stilus: estilo para escribir.
    nunc est bibendum: ¡A beber!
    Pax Augusta: la paz augustea
    Fetiales: veinte sacerdotes instituidos con carácter vitalicio, cuya misión era transmitir partes de derecho internacional, sobre todo declaraciones de guerra
    Tucídides sobre el sentido de su histonografía en: Historia de la guerra del Peloponeso 1, 22
    Cunctator: indeciso
    maximus: el más Grande
    unus homo nobis cunctando restituit rem: uno solo nos salvó el Estado gracias a su indecisión.

43

    Marcus Agrippa Consul Tertium Fecit: lo erigió Marco Agripa cuando fue cónsul por tercera vez.

42

    libelli: solicitudes elevadas al César
    epistulae: documentos de la oficina del César
    subscriptio: nota manuscrita, firma.
    insula: casa de vecindad o inquilinato
    humiliores: pobres, de baja cuna.

41

    Las cifras relativas a las distancias, calculadas por Artemidoro de Efeso e Isidoro de Karax provienen de escritos perdidos de estos dos geógrafos. Gracias a Plinio, que registró estas cifras en su Historia naturalis (II, CXII, 242 y sig.) han llegado a nuestro conocimiento.

40

    Límites del dolor: de las Odas de Horacio, II "Non semper imbres nubibus hispidos"'

39

    Summanus: deidad cuya identidad era un enigma para los romanos; respecto de los portentos de la naturaleza en Plinio, libro II: Los nombres propios de los vientos son intraducibles en parte
    Padus: el río Po.

38

    vincere scis, Hannibal, victoria uti nescis: Sabes vencer, Aníbal, pero no sabes aprovechar la victoria (Livio 22, 51, 4›
    bellum iustum: guerra justa
    Gemina: nombre que se daba a las tropas compuestas por elementos provenientes de diferentes legiones.

36

    leges datae: leyes promulgadas por el emperador, en contraposición a las dictadas por el parlamento o leges rogatae: discurso de Augusto a los célibes romanos, tomado de Casio Dion 56, 4-9.

35

    coticula: piedra de toque con la que podía establecerse el contenido de oro; Herodoto sobre la suerte y la muerte de Polícrates: Historias III, 39-44, 120 y sig.

32

    miles: soldado.

31

    ave, senex imperator: Se te saluda, general provecto
    legatus: enviado, embajador
    tribunica potestas: poder tribunicio.

30

    thyrsus: vara enramada de hiedra, atributo de Baco
    plebs: la capa social más baja
    lupanar burdel
    lupa: loba, ramera
    cella: nicho
    a tergo: sobre el dorso, por detrás
    exoletus: viejo homosexual.

26

    supplicium ultimum: pena de muerte
    nescire quid ante quam natus sis acciderit, id est semper esse puerum: no saber qué sucedió antes de tu nacimiento significa seguir siendo un niño (Cicerón, orat. 34, 120)
    Rex socius et amicus populi Romani: rey, aliado y amigo del pueblo romano
    ludi: juegos
    hellanodice: Arbitro y organizador de los juegos olímpicos.

25

    Vacuna: deidad sabina de lá tranquilidad
    Rumina: deidad de los rebaños que amamantan
    Lara: diosa de la tierra
    Coras Nymphus, Miles, Leo, Perra, Heliodromus, Pater títulos latinos en la jerarquía de los servidores de Mitra
    Zenón de Elea intentó probar que la flecha disparada no se mueve.

21

    suburra: arrabal, IV región de Roma
    garum: salsa picante para sazonar comidas
    pater familias: padre de familia
    aurea mediocritas: dorada mediocridad.

19

    de rerum natura: de la naturaleza de las cosas
    inter mundii: intermundos.

18

    sunt lacrimae rerum: las cosas tienen sus lágrimas (Virgilio, Eneida, 1, 462).

11

    Manípulo = dos centurias de 60 a 80 hombres cada una.

10

    ager Laurens: región que circundaba la ciudad Laurentum entre la desembocadura del Tíber y Numicius
    ludi magister maestro de escuela elemental
    grammmaticus: maestro de la escuela superior.

8

    Virgilio escribió el Canto de la Patria en su Georgica II, 136-176.

7

    villa Jovis: casa de Júpiter.

3

    feriae: días de fiesta o de feria
    orchestra: los primeros asientos en el teatro
    Dulcet decorumst pro patria mori (sin métrica: dulce et decorum est pro patria mori) dulce y decoroso es morir por la patria
    circenses: circo.

    Epílogo de Polibio

    ad acta: archivar.

Philipp Vandenberg

    Philipp Vandenberg nació en Alemania en 1941. Tras estudiar Germanística e Historia del Arte, trabajó como periodista para dedicarse finalmente a la labor de la escritura y convertirse en uno de los autores de obras históricas y arqueológicas más famoso de Europa. En todos sus libros destacan Nerón, César y Cleopatra, La Grecia perdida y El pompeyano, caracterizados todos ellos por su amenidad y rigor histórico.

***


notes

    * Al final del libro se encontrará la explicación de las frases en latín.
    * La exclamación figura en la edición impresa, pero en latín no se utiliza el signo exclamativo ni interrogativo al comienzo de la frase. [Nota del escaneador]
    * La cacofonía existe en la edición impresa [Nota del escaneador]
    * Los patronímicos en latín se escriben corrientemente con mayúscula, por lo que debería aparecer más correctamente “Romani”. [Nota del escaneador]
    * Se refiere a Alejandro Magno.
    * En el original impreso se cierra aquí la interrogación, pero debe existir un error y lo que se espera es la “coma” para separar la forma en vocativo. [Nota del escaneador].
    * Así en el original impreso. El gentilicio correcto es patavino, -a (del lat. «Patavïnus», de «Patavíum») adj. y n. Paduano.
    * Flagrante anacronismo, pues Heliogábalo fue un emperador romano (205?-222 d. de J. C.) más tardío. Su nombre era Vario Avito Casiano, cambiando este nombre por el de Marco Aurelio Antonino al subir al trono cuando sólo era sacerdote del culto al dios-sol sirio-fenicio Elagabal (origen de su sobrenombre) en su pueblo natal, Emesa de Siria, tras el asesinato de Caracalla por Macrino, merced a las intrigas de su madre Soemis y su tía abuela Julia Donna (16 de mayo de 218). Fue asesinado por los pretorianos y su reinado declarado infame por el Senado.
    A quienes interese pueden consultar la Historia Augusta, Akal/Clásica, Madrid, 1989, edición a cargo de Vicente Picón y Antonio Cascón. El personaje abarca desde la página 335 hasta la 372, que fue elaborada por el historiador Elio Lampridio. [Nota del escaneador].
    * Este verbo parece un neologismo. El esperado sería almogavarear (de «almogávar») intr. Hacer correrías por tierras enemigas (entre otros posibles). [Nota del escaneador].
    * Así en el original de la traducción. La forma etimológica y correcta es Subura; era el valle entre el final del sur del Viminal y el final occidental del Esquilino, u Oppius, que se conectó con el forum por el Argiletum, y continuó hacia el este entre el Oppius y el Cispius por el Clivus Suburanus, terminando en la Porta Esquilina. Actualmente este distrito es atravesado por la Via Cavour y la Via dello Statuto. Otra depresión se extendía de la Subura hacia el norte entre el Viminal y el Quirinal, y uno tercer – de norte hacia el este entre los Cispius y el Viminal que fue caracterizado por los vicus Patricius. El origen del Subura fue llamado primae fauces (Mart. II.17.1) y estaba quizás situado cerca del Praefectura Urbana cruenta pendent qua flagella tortorum HJ 329, n15). [Nota del escaneador].
    * Centenario [Nota del escaneador].
    [*1]Falta en el original, se sobreentiende la errata.
    [*2]En el original impreso figura Cuid, inexistente en latín.
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