Скачать fb2
Una Cinta Roja y Brillante

Una Cinta Roja y Brillante

Аннотация

    Dentro de la Antología “El Amor puede Esperar”
    A Gift of Joy Anthology
    A bright red ribbon (1995)
    Con la Navidad como tema común, estas cuatro historias dentro de la "Antología El amor puede esperar", demuestran que la nieve y el frío son un buen escenario para el amor:
    La Nochebuena de Eve, de Virginia Henley (Christmas Eve)
    El milagro, de Brenda Joyce (The miracle)
    Una cinta roja y brillante, de Fern Michaels (A bright red ribbon)
    Mi verdadero amor, de Jo Goodman (My true love)
    Sola en su coche y extraviada, una viajera cansada se pierde en una tormenta de nieve. Pero un perro que llevaba un lazo rojo la llevará a un lugar seguro… y en los brazos de un inverosímil héroe.
    Morgan Ames había estado esperando durante dos años a que su ex-novio le propusiera matrimonio. Él la había dejado en la víspera de Navidad, pero le había comprometido proponerle matrimonio dos años más tarde, si sentía que estaban destinados a estar juntos. Mo trata de volver a casa, pero se queda varada en una tormenta de nieve, es rescatada por un perro, y por Marcus Bishop.
    Mo empieza a preguntarse si realmente quiere casarse con Keith después de todo.


Fern Michaels Una Cinta Roja y Brillante

***

CAPÍTULO 01

    Incluso en su sueño, Morgan Ames sabía que estaba soñando, sabía que despertaría con la almohada empapada de lágrimas y que se enfrentaría a la dura realidad. Gritó, como solía ocurrir, en el instante en que Keith iba a ponerle el anillo en el dedo. Eso le hizo saber que era un sueño. Nunca pasaba de este punto. Despertó y miró el reloj de la mesilla de noche; eran las cuatro y diez. Se secó las lágrimas de las mejillas, pero en esta ocasión sonrió. Hoy era Nochebuena, el día en que Keith le regalaría el anillo y por fin fijarían la fecha de la boda. El gran acontecimiento que tanto había esperado tendría lugar delante del árbol de Navidad de sus padres. Keith y ella estarían en el mismo lugar en que estuvieron ese mismo día hacía dos años, y a la misma hora. Su romance estaba vivo y funcionaba.
    Se levantó de la cama y se puso la cómoda y cálida bata amarilla y unos gruesos calcetines de lana. Se dirigió a la pequeña cocina para prepararse café.
    Nochebuena. Para ella era el día más maravilloso del año. Antes, siendo todavía adolescente, sus padres trasladaron la cena y la apertura de los regalos a la Nochebuena para poder dormir hasta tarde el día de Navidad. La comida era abundante; antes de la misa recibían la visita de amigos, luego abrían los regalos, cantaban villancicos y bebían ponche de huevo.
    Mo sabía que una tetera nunca hervía si no se dejaba de mirar, así que preparó tostadas mientras esperaba el zumbido. Estaba tan excitada que al untar la mantequilla y la mermelada le temblaban las manos. La tetera silbó. Al verter el agua en la taza con la bolsita de té salpicó la encimera.
    Dentro de dieciséis horas vería a Keith. Por fin. Hacía dos años la había llevado junto al árbol de Navidad porque quería hablar con ella de un asunto. Él estaba bastante nervioso, pero ella aún lo estaba más, convencida de que el asunto sería el anillo de compromiso que le regalaría. Ella lo esperaba, sus padres lo esperaban, sus amigos lo esperaban. Sin embargo, Keith le cogió las manos y dijo:
    «Mo, tengo que decirte una cosa. Necesito que lo comprendas. Es problema mío. Tú no has hecho nada para que… Lo que intento decirte es que necesito más tiempo. No estoy preparado para comprometerme. Creo que los dos necesitamos más experiencia. Los dos trabajamos, y acaban de ascenderme, comenzaré el año que viene. Trabajaré en la oficina de Nueva York. Es una gran oportunidad, pero las horas son largas. Alquilaré un piso en la ciudad. Lo que me gustaría decir es… que nos demos un respiro. Creo que nos iría bien una separación de dos años. Para entonces ya tendré treinta años, y tú veintinueve. Seremos más maduros y estaremos mejor preparados para dar este paso.»
    El té caliente le quemó la lengua y ella dio un grito. Aquella noche también gritó. Hubiera deseado parecer moderna, mostrar indiferencia, decir de acuerdo, bien, no hay problema. Pero no pudo decir nada de eso. En cambio, estalló en lágrimas y se arrojó a sus brazos, preguntándole si lo que decía significaba que saldría con otras. Su respuesta le sentó tan mal que no dejó de sollozar. Él le dijo:
    «Ssshhh, todo irá bien. Dos años no es tanto tiempo. Quizá no seamos el uno para el otro. Entonces lo sabremos. Sí, para mí también será duro. Mira, sé que te ha pillado por sorpresa… No quería que fuera así, quería llamarte… Esto es lo que te propongo: dentro de dos años a partir de esta noche nos encontraremos aquí, delante del árbol. ¿De acuerdo, Mo?»
    Ella asintió humildemente con la cabeza. Al poco él añadió:
    «Mira, Mo, tengo que irme. Mi jefe celebra una fiesta en su casa de Princetown. No puedo llegar tarde. Las fiestas de Navidad son perfectas para hacer contactos. Tengo un pequeño regalo de Navidad para ti.» Antes de que pudiera secarse los ojos y sonarse la nariz, o decirle que tenía regalos para él al pie del árbol, él se había ido.
    Fue la peor Navidad de su vida. Y también el peor Año Nuevo. La Navidad y el Año Nuevo siguientes también fueron horribles porque sus padres la habían mirado con compasión y luego con ira. Sólo la llamaron para decirle: «Morgan, sigue con tu vida. Ya has malgastado dos años. En todo ese tiempo, Keith no te ha llamado ni una sola vez ni enviado ninguna postal.» Ella se mostró terca porque amaba a Keith. Siguieron palabras amargas, hasta que ella colgó y se echó a llorar. Pero esta noche todo cambiaría. La vida por fin sería maravillosa. Cuando sus padres vieran lo feliz que era, su relación se suavizaría.
    Mo miró el reloj. Las cinco y media. Hora de ducharse, vestirse y preparar el coche para las dos semanas de vacaciones. Oh, la vida era tan buena. Lo tenía todo planeado. Irían juntos a esquiar, pero antes ella iría al apartamento de Keith de Nueva York, donde se quedaría y le prepararía el desayuno. Harían el amor hasta quedar exhaustos.
    Dos años era mucho tiempo para seguir siendo fiel… y ella lo había sido. Se estremeció al imaginar a Keith acostado con otras mujeres. A él le gustaba el sexo más que a ella. De ningún modo le habría sido fiel; ella lo sentía en el corazón. Cada vez que su madre sacaba el tema, ella se iba de casa. A sus padres no les gustaba Keith. A su padre le encantaba decir: «Conozco esa clase de tipos No son de fiar. Morgan, olvídate y haz tu vida.»
    Esta noche comenzaría una nueva vida. A menos… a menos que Keith no se presentara. A menos que Keith decidiera que la vida de soltero era mejor que casarse y adquirir un sinfín de responsabilidades. Dios santo, ¿qué haría si ocurría eso? Bueno, no ocurriría. Siempre había sido optimista, y ahora no vería razón para cambiar.
    No ocurriría porque cuando Keith la viera, se volvería loco. Ella había cambiado en los dos últimos años. Había perdido unos cuantos kilos en los lugares adecuados. Estaba delgada y esbelta porque cada día iba al gimnasio y cada noche, después del trabajo, corría cinco kilómetros. Se hizo un nuevo corte de pelo en Nueva York. Y durante su estancia allí fue a un salón de belleza para que la aconsejaran sobre el color de pelo y el maquillaje. Tenía un aspecto más profesional, cada vez más parecido a las ejecutivas que se veían por Madison Avenue. Había perdido el aspecto de chica de pueblo. Aprendió a comprar ropa de moda a mitad de precio en los grandes almacenes. Ahora se miró el conjunto informal de Calvin Klein, las botas de Ferragamo y el bolso de Chanel que había encontrado en un mercadillo. Dentro de la maleta de diseño francés llevaba otros conjuntos de Donna Karan y Carolyn Roehm.
    Al igual que a Keith, también la habían ascendido y aumentado el sueldo. Si todo iba bien, se plantearía abrir su propio despacho de arquitectos. Contrataría ayudantes que ella misma se encargaría de supervisar. Los clientes con los que trabajaba le decían que debería abrir su propio despacho, que se independizara. Uno en concreto le prometió que la financiaría después de ver los planos que ella le hizo para una casa en la playa de Cape May. Su padre, también arquitecto, le ofrecía su apoyo y había llegado a ocuparse de las gestiones. Ahora si quería, podía hacerlo. Pero ¿quería asumir tanta responsabilidad? ¿Qué le parecería a Keith?
    Lo que quería, lo que realmente quería, era casarse y tener un hijo. Siempre podría trabajar de asesora y contar con clientes a título personal para mantenerse. Para que todo fuera perfecto lo único que necesitaba era un marido. Keith.
    Sonó el teléfono. Mo frunció el entrecejo. Por las mañanas no solía recibir llamadas tan temprano. Cuando descolgó el auricular se le aceleró el corazón.
    – Hola -dijo con recelo.
    – ¿Morgan? -Su madre. Siempre pronunciaba su nombre interrogativamente. -¿Qué ocurre, mamá?
    – Morgan, ¿cuándo vienes? Me hubiera gustado que vinieras anoche como te pedimos tu padre y yo. Deberías habernos hecho caso, Morgan.
    – ¿Por qué? ¿Qué ocurre? Ya os dije por qué no podía. Ahora mismo estaba a punto de salir.
    – ¿Has visto qué día hace?
    – No. Mamá, aún está oscuro.
    – Morgan, abre las persianas y míralo. ¡Está nevando!
    – Mamá, cada año nieva, ¿y qué? Sólo son dos horas coche, quizá tres si se pone a nevar mucho. Voy con el todoterreno. -Subió las persianas de la habitación para ver el exterior. Tragó saliva: sería todo un reto. Hasta donde alcanzaban sus ojos, el mundo era blanco. Se fijó en la luminosidad, y la brillante luz que solía despertarla agradablemente cada mañana era tan tenue como el vapor de sodio luchando contra la primera luz del amanecer y los copos de nieve. -Mamá, está nevando.
    – Es lo que estoy diciéndote. Creo que comenzó hacia medianoche. Cuando tu padre y yo nos acostamos parecía que sólo sería un chaparrón, pero ahora hay varios centímetros de nieve. Como parece que la tormenta viene del sur, donde tú estás, seguramente aún caerá más nieve. Papá y yo hemos hablado y estaríamos más tranquilos si esperaras a que acabara la tormenta. El día de Navidad es tan bueno como Nochebuena. Morgan ¿cuánta nieve hay por allí?
    – Parece que mucha. Mamá, no puedo ver más allá. Mira, no os preocupéis por mí. Esta tarde tengo que estar en casa. He esperado demasiado tiempo para esto. Por favor, mamá, lo entiendes, ¿verdad?
    – Morgan, lo que entiendo es que eres una imprudente. El otro día vi a la madre de Keith y me dijo que no había estado en su casa desde hacía diez meses. Y vive justo al otro lado del río, por Dios. También me dijo que no lo esperaba para Navidad, ¿qué te parece eso? No quiero que arriesgues tu vida por una estúpida promesa.
    Morgan se echó a temblar. Las palabras que temía, las palabras que ni siquiera quería oír, acababan de ser pronunciadas: Keith no iría a casa por Navidad. Recuperó la compostura casi en el acto. A Keith le encantaban las sorpresas. Era muy propio de él decir a su madre que no iría a casa para luego presentarse y exclamar «¡Sorpresa!». Si no pensara cumplir su promesa, le hubiera enviado una nota o llamado por teléfono. Keith no era tan insensible. ¿O sí? Ya no sabía qué pensar.
    Pensó en los desagradables sentimientos que la habían acosado durante los dos últimos años, sentimientos que había logrado vencer. ¿Había enterrado la cabeza en la arena? ¿Había hecho oídos sordos? ¿Podía ser que Keith quisiera tomarse un descanso de dos años para suavizar la separación, creyendo que así ella se enamoraría de otro hombre y le ayudaría a salir del atolladero en que se hallaba? Sin embargo, ella se había aferrado a él, convencida de que siendo fiel a sus sentimientos tendría su recompensa esta misma noche. ¿Era una tonta? Según su madre, lo era. Esta noche la historia lo diría.
    Ahora estaba segura de una cosa, de que nada le impediría ir a casa. Ni las nefastas palabras de su madre, ni por supuesto una tormenta de nieve. Si era una tonta, merecía un castigo.
    Pocas horas antes había apilado las bolsas de vivos colores navideños llenas de regalos delante de la puerta. Cinco bolsas llenas a rebosar sólo para Keith. Se preguntó qué había pasado con el regalo que le compró dos años antes. ¿Su madre lo habría llevado a casa de la madre de Keith o seguiría en el armario del sótano? Nunca se lo había preguntado.
    Este año había gastado mucho dinero en él. Incluso había tejido un calcetín y lo había llenado de toda clase de golosinas y detallitos para él. En el dobladillo del calcetín rojo había bordado su nombre con hilo verde. ¿Era una tonta? Mo se puso la parka forrada de borreguillo. Abrigada, cargó con las bolsas que pudo y descendió por las escaleras al vestíbulo. Antes de salir y enfrentarse al tiempo se vio obligada a hacer tres viajes. Tuvo que utilizar la pala y calentar el coche.
    Cuando metió la pala en el maletero del todoterreno estaba exhausta. La calefacción y la refrigeración anticongelante funcionaban a toda pastilla, pero aun así tuvo que rascar el hielo del parabrisas y de la ventanilla de su lado. Comprobó si en la guantera estaba la linterna. Hurgó en el pequeño recinto, segura de que tendría que haber pilas de recambio, pero no encontró ninguna. Se fijó en el indicador de gasolina; estaba a más de la mitad, lo suficiente para llegar a casa. Anoche, al volver del trabajo había querido llenar el depósito, pero no lo hizo por tener prisa por llegar a casa y acabar de envolver los regalos para Keith. Dios, se había pasado horas haciendo complicados lazos y adornos para los paquetes envueltos en papel dorado. Seguro que con más de la mitad del depósito tendría suficiente para llegar a casa. El Cherokee consumía poca gasolina. Si estaba en lo cierto, para este trayecto no gastaría más de un cuarto del depósito. Bien, de momento no se preocuparía por ello. Si las condiciones de la carretera lo permitían, pararía en la 95 o cuando estuviera en Jersey Turnpike.
    Cuando Mo se quitó la parka y las botas se sintió entumecida por el frío. Dudó entre tomar una taza de té o moverse para entrar en calor. Quizá debería esperar a que pasara la hora punta de tráfico. Quizá debería llamar a Keith y preguntarle directamente y sin rodeos si se reuniría con ella delante del árbol de Navidad. Si lo hacía, podría estropear las cosas. Sin embargo, ¿por qué arriesgar su vida conduciendo en medio de una feroz tormenta si al final era para nada? No le importaría evitar la compasiva mirada de sus padres y hacer el viaje al día siguiente por la mañana y regresar por la noche para curarse las heridas. Si realmente él no iba a presentarse, las cosas irían así. Como no tenía ninguna garantía, no vio más opción que la de adentrarse en la tormenta.
    Deseó tener un perro o un gato al que acariciar, un cuerpo caliente al que amar desinteresadamente. Los últimos dos años deseó muchas veces tener un animal, pero no se atrevía a aceptar que necesitaba a alguien. ¿Qué importaba que ese alguien tuviera cuatro patas y el cuerpo cubierto de pelo?
    Tenía la agenda en la mano, pero se sabía de memoria el número de Keith en Nueva York. No estaba en el listín, pero lo había conseguido preguntando en la agencia de corredores de bolsa en la que Keith trabajaba. Lo había conseguido con artimañas. ¿Y qué? No había roto la promesa marcando el número de teléfono. Sólo lo hizo para tranquilizarse sabiendo que si le urgía podía llamarlo. Al coger el teléfono portátil de la encimera de la cocina irguió la espalda. Se fijó en el reloj colgado en lo alto: las siete cuarenta y cinco. Él aún estaría en casa. Marcó el número. El teléfono sonó cinco veces antes de que se activara el contestador automático. Quizá estuviera en la ducha. Siempre iba con prisas, saliendo de casa por las mañanas con el pelo aún mojado.
    «Vamos, adelante, si no contesto ya sabes lo que tienes que hacer. O estoy durmiendo o liado con algo. Deja tu mensaje, pero procura no contar intimidades. Espera la señal.»
    En Nueva York debía de hablarse con prisas. El acento ronco y grave que Mo oyó la trastornó. Colgó. Poco después se puso la parka y los guantes de piel. Apagó la calefacción de su acogedor apartamento, se fijó en el pequeño árbol de Navidad sobre la mesilla y pensó un deseo.

CAPÍTULO 02

    En cuanto salió, le cayeron grandes copos de nieve encima v el fuerte viento le impidió avanzar con facilidad. Llegó al Cherokee. Puso la tracción en las cuatro ruedas y encendió el limpiaparabrisas.
    El Cherokee se puso en marcha hacia el acceso a la carretera 195. El todoterreno tardó cuarenta minutos en subir por la rampa. En ese momento ella supo que estaba cometiendo un error, pero ya era demasiado tarde y no había modo de dar media vuelta para regresar al apartamento. Hasta donde alcanzaba su vista, los coches estaban pegados unos a otros. La visibilidad era casi nula. Sabía que arriba había una señal verde pero no pudo verla.
    – ¡Oh, mierda!
    Cuando el coche de delante se deslizó hacia la derecha saliéndose de la carretera, Mo accionó el freno de mano. Volvió a pronunciar su palabrota preferida. Dios, ¿qué haría si el limpiaparabrisas se congelaba? Por el ruido que hacía le pareció que no tendría que esperar demasiado para saberlo.
    La radio estaba llena de interferencias que hacían imposible enterarse de algo. Advertencias sobre el mal tiempo. Eso ya lo sabía. No sólo lo sabía sino que estaba participando en ello. Apagó la radio. El reloj del salpicadero indicaba que llevaba más de una hora en la carretera y que ni siquiera estaba cerca de Jersey Turnpike. Al menos no se lo parecía. Con la nieve que caía era imposible leer las señales.
    Una blanca Navidad, el día más maravilloso del año. Los dos últimos años había vivido con este único pensamiento. En Navidad nunca ocurría nada malo. ¡Mentira!, se dijo. Keith te dejó en Navidad, Eve, justo delante del árbol. ¡No te mientas a ti misma!
    – De acuerdo, de acuerdo -murmuró. -Pero esta Navidad será diferente, esta Navidad todo irá bien.
    Keith te lo recompensará, pensó. Créelo. Seguro, y Santa Claus bajará por la chimenea un minuto después de medianoche.
    Mo echó una mirada al indicador de gasolina. Estaba en la mitad. Bajó la calefacción. La calefacción consumía gasolina, ¿verdad? Pensó en las botas de Ferragamo que llevaba. Maldita sea, había dejado las de caucho delante de la puerta para no olvidarlas. Seguían delante de la puerta. Ahora deseó tener a mano el traje de esquiar y el gorro de lana, pero los había dejado en casa de su madre el año anterior, cuando fue a esquiar por última vez.
    Volvió a intentar poner la radio. La señal era peor que antes. Al igual que la nieve y el hielo acumulándose en el parabrisas. Era preciso que parara y limpiara el parabrisas o de lo contrario sufriría un accidente. Mo dirigió el coche hacia la derecha. Puso el intermitente y se apeó. Luego esperó a que los coches pasaran por la izquierda y calculó cuánto espacio tenía que dejar. La capucha de la parka volaba hacia atrás dejándole al descubierto la cabeza y el rostro. Se las apañó a tientas con el limpiaparabrisas y la espátula. La franja que logró aclarar era irrisoria. Dios, ¿qué iba a hacer? ¿Coger la próxima salida de la maldita carretera y buscar algún resguardo? Siempre había alguna estación de servicio o parada de camiones. El problema era cómo saber si estaba cerca de la salida.
    Al volver al todoterreno sintió miedo. Los guantes de piel estaban empapados. Se los quitó y los arrojó al asiento trasero. Deseó tener sus guantes acolchados de esquiar y una humeante taza de té.; Condujo durante otros cuarenta minutos, deteniéndose otra vez para limpiar el parabrisas. Estaba lidiando una batalla perdida y lo sabía. El viento era como una navaja, y la nieve caía con más fuerza. No era una simple tormenta de invierno, era una tempestad. Había gente que moría en las tempestades. Algún idiota incluso había hecho una película sobre personas que practicaron el canibalismo después de un accidente de avión en plena tormenta de nieve. El miedo volvió a apoderarse de ella. ¿Qué le pasaría? ¿Se quedaría sin combustible y moriría congelada? ¿Cuándo la encontrarían? ¿El día de Navidad? Imaginó las lágrimas de sus padres, sus reproches.
    De pronto se dio cuenta de que delante no había ninguna luz. Había procurado con demasiada prudencia mantener la distancia con el coche de delante. Pisó el acelerador con la esperanza de encontrarlo. Santo cielo, ¿se había salido de la carretera? ¿Había cruzado el puente Delaware? ¿Estaba en la zona de Jersey? No lo sabía. Volvió a encender la radio pero no recibió más que interferencias. La apagó. Miró fugazmente el espejo retrovisor. No vio la más mínima luz. Detrás no había nada. Gimió de miedo. Era el momento de parar, salir del coche y ver qué había. W Antes de apearse abrió la cremallera de la bolsa de lona que iba en el asiento del copiloto. Buscó una camina y se la ató en la cabeza para que la capucha de la Parka se aguantara. Cogió un par de calcetines de dormir enrollados y se los puso en las manos. Le sentaron como un guante. ¿Tenía dos pares? Encontró otro par y se lo puso. Encogió los dedos. No tenían agujeros para los dedos. Maldita sea. Se acordó de las tijeras de manicura que llevaba en el monedero. En un minuto hizo unos agujeros y pudo conducir con firmeza. Sal fuera, a ver qué hay, se ordenó. Limpia los parabrisas, utiliza la linterna. Utiliza todas tus fuerzas.
    Mo hizo todo aquello. Nieve virgen. Nadie la había pisado antes que ella. Casi le llegaba hasta las rodillas. Si caminaba, le entraría nieve en las botas y los pantalones. A la altura de las rodillas. ¡Oh, Dios! Dentro de nada se le congelarían los pies. Puede que no la encontraran hasta el deshielo de la primavera. ¿Dónde estaba? ¿En un campo? Lo único que sabía era que no estaba en la carretera.
    – Te odio, Keith Mitchell -dijo. -De verdad, te odio. ¡Todo esto es por tu culpa! No, no lo es -sollozó. -Si soy tan malditamente estúpida es culpa mía. Si me quisieras, me esperarías. Esta noche sólo era una cita. Mi madre te diría que me he retrasado por la tormenta. Podrías quedarte en casa de mi madre o ir a casa de la tuya. Si me quisieras. Ahora estoy aquí, en peligro, porque… quise creer que me querías. Como yo te quería. ¡Milagros navideños, idioteces!
    Mo reinició su camino en el Cherokee.
    ¿Cómo era posible, se preguntó, que hiciera tanto frío y sin embargo estuviera sudando? Se secó el sudor de la frente con la manga de la parka. Nunca había estado tan aterrada. Por lo que sabía, podría estar conduciendo sobre un lago o un estanque. Se estremeció. Quizá debería apearse y caminar. Probar suerte en la nieve. Estaba en una situación imposible de vencer y lo sabía. Estúpida de mí, pensó. Quizá la nieve no fuera tan profunda como creía. Quizá sólo se acumulaba en ciertos lugares. Dejó de especular cuando el Cherokee dio una sacudida, avanzó a trompicones y por último se aró en seco. Esperó un segundo antes de volver a darle el contacto. Aún quedaba gasolina de reserva. El motor tosió y se ahogó. Apagó la calefacción y el limpiaparabrisas, luego volvió a intentarlo en vano. Salir del coche y caminar era la única solución.
    Mo se desplazó sobre el asiento trasero hasta el maletero. Con los dedos fríos y temblorosos abrió las cerraduras de las maletas. Sacó finos jerséis de lentejuelas -que seguramente no abrigarían en absoluto- de la bolsa. Se quitó la parka y se puso tantos jerséis vistosos como pudo. De nuevo con la parka, se puso medias hasta las rodillas y los dos últimos pares de calcetines en las manos. Era mejor que nada. Se metió en el bolsillo las llaves del todoterreno y se colgó del cuello la cinta del monedero. Estaba preparada. Al salir del Cherokee emitió un fuerte suspiro.
    El viento era más afilado que un cuchillo. Dio varios pasos en la nieve que le llegaba hasta los muslos y se quedó exhausta. Se le heló la bufanda de seda con la que se tapaba. Tenía las cejas y las pestañas cubiertas de copos de nieve helados. Deseó cerrar los ojos, dormir. ¿Cómo demonios se las arreglaban los esquimales? Sintió un impulso de reír histéricamente.
    De pronto se encontró tumbada boca abajo sobre un montón de nieve. Se arrastró. Era lo máximo que podía hacer. Ponerse de pie equivalía a escalar el Everest. Se arrastró hasta que sus brazos ya no pudieron más, luego se levantó y volvió a intentar caminar. Repitió el proceso una y otra vez hasta sentirse tan casada que apenas Podía moverse.
    – Que alguien me ayude -suplicó. -Por favor, Señor, no dejes que muera así. Seré buena persona, lo prometo. Iré más a la iglesia. Rezaré más. Procuraré hacer las buenas acciones. No seré egoísta. Lo juro, sí. No lo digo por decir, de verdad…
    Un violento golpe de viento la empujó hacia atrás. Su espalda chocó con un árbol y se quedó sin aliento. Gritó mientras las lágrimas le derretían el hielo de las pestañas.
    – ¡Ayuda! -bramó. Gritó hasta que se le agotó la voz.
    El tiempo perdió todo significado mientras se arrastraba. Ahora, los intervalos entre el tiempo que se arrastraba y el tiempo que intentaba ponerse de pie eran más largos. Intentó volver a gritar, pero como mucho emitió débiles sonidos. El único que podía oírla era Dios, y Él parecía estar ocupado en otros asuntos.
    Mo tropezó y cayó. Trató de levantarse, pero las piernas no le respondían. En toda su vida no había sentido el dolor que ahora le desgarraba las articulaciones. Alzó la cabeza y por un fugaz instante creyó ver una débil luz. En menos tiempo que un latido, la luz se desvaneció. Seguramente era una alucinación. ¡Muévete!, se ordenó silenciosamente. ¡Levántate! No te encontrarán hasta que salgan los narcisos. Cuando las lilas florezcan te enterrarán. Te recordarán de este modo. Incluso puede que graben esto en tu lápida: «¡Socorro. Por favor, que alguien me ayude!»

CAPÍTULO 03

    Necesitaba dormir. Lo único que deseaba era dormir. Estaba demasiado atontada. Y el corazón parecía latirle desbocadamente. ¿Cómo podía ser? El corazón no debía latirle. Maldita sea, Morgan, levanta. ¡Ahora! ¡Muévete, maldita sea!
    Se levantó. Estaba helada. Sabía que su cuerpo estaba perdiendo el calor. La ropa le congelaba el cuerpo. Apenas podía ver nada. ¡Muévete, maldita sea! Puedes hacerlo. Morgan, nunca has sido una perdedora. Bueno, quizá sólo en lo que respecta a Keith. Siempre te las has arreglado para ver las cosas por el lado bueno. Tropezó y cayó, y haciendo acopio de las fuerzas de su cuerpo entumecido trató de incorporarse. En esta ocasión no lo consiguió.
    Visualizó la imagen de sus padres delante de su tumba cerrada en una habitación llena de lilas. Sintió una punzada en el estómago y al poco logró levantarse, con los pulmones a punto de explotar por el esfuerzo.
    La nieve y el viento la azotaban como un maremoto. La empujaban hacia atrás y azotaban en la cara y el cuerpo. ¡Muévete! ¡No te detengas! Sigue, sigue, sigue.
    – ¡Socorro! -gritó. De nuevo estaba en el suelo, a cuatro patas. Agitó la cabeza para despejarse y creyó advertir un movimiento. -Por favor -lloriqueó, -ayudadme. -Sintió el calor de un aliento, algo que le tocó la mejilla. Dios. Él estaba dispuesto a ayudarla.
    Gritó.
    – ¡Guau, guau!
    ¡Un perro! El mejor amigo del hombre. Ahora su mejor amigo.
    – No eres mejor que Dios, pero me servirás -masculló Mo. -¿Lo entiendes? Necesito ayuda. ¿Puedes encontrarla? -Mo acercó las manos al perro, pero éste se retiró ladrando por lo bajo. Quizá ladraba fuerte pero no podía oírlo por la tormenta. -Intentaré seguirte, pero no creo que pueda.
    El perro volvió a ladrar y se marchó con la misma rapidez con la que había aparecido.
    Mo se desesperó. Sabía que tenía que moverse. Seguro que el perro vivía cerca. Quizá la luz que había visto antes era una casa y el perro vivía allí. De nuevo, al avanzar a rastras perdió el sentido del tiempo.
    – Guau, guau, guau.
    – ¡Has vuelto!
    Sintió que le lamía la cara ligeramente. El perro llevaba algo en la boca. Quizá alguna presa. Le lamió. Se desprendió de algo, lo cogió y trató de dárselo a ella.
    – ¿Qué es?
    El perro ladró con más fuerza, alzando la cabeza y arremetiendo contra ella, arrojándole lo que fuera que tuviera en la boca. Ella lo cogió. Una cinta. Y al poco ella comprendió. Hizo cuanto pudo por atársela a la muñeca, y fue arrastrada por el perro.
    Transcurrió el tiempo… no sabía cuánto. Una, do tres veces, el perro tenía que acercársele y golpearla ligeramente, sintiendo la cinta helada en la cara. En un momento, al desfallecer y creer que ya no volvería a recuperarse, el perro le lamió la nariz, ladrándole al oído. Ella obedeció y se movió.
    Y acto seguido vio unas ventanas iluminadas. Le pareció distinguir un árbol de Navidad. El perro ladraba urgiéndola a que lo siguiera. Ella serpenteó tras él, rezando y dando gracias a Dios mientras se arrastra sobre su vientre. Una puerta del tamaño de un perro. Una puerta del tamaño de un perro grande. El perro entró por ella, ladrando desde dentro. Quizá no había nadie en casa para abrirle la puerta. Obviamente, el perro pretendía que lo siguiera. Ella se abrió paso.
    Sintió el calor del fuego de una chimenea. No había nada mejor en el mundo. Sintió un cosquilleo por todo el cuerpo. Rodó sobre sí misma para acercarse al fuego. Olía a pino y algo más, quizá a canela. El perro ladró furiosamente mientras daba vueltas a su alrededor. Quería algo, pero ella no sabía qué. Lo vio por el rabillo del ojo, una gran toalla amarilla. Pero ella no podía cogerla.
    – Tráela aquí -ordenó.
    El perro obedeció.
    – Bueno, feliz Navidad -dijo una voz tras ella. -Siento no haber estado para darte la bienvenida, pero estaba duchándome y arreglándome en el otro lado la casa. Creía que Murphy ladraba por algún animal ¿Siempre te presentas de este modo? Aunque no te reprocho. De hecho estoy encantado de tener a alguien con quien compartir la Nochebuena. Siento no poder ayudarte, pero creo que deberías levantarte. Murphy indicará el camino del dormitorio y el baño. Encontraras una bata caliente. Ponte lo que necesites. Cuando vuelvas tendré algo de comida caliente para ti. Estás bien, ¿verdad? Tienes que moverte y recuperar la circulación. La congelación puede ser peligrosa.
    – Me he perdido y tu perro me ha encontrado -susurró Mo.
    – Lo imaginaba -dijo la voz riendo entre dientes. -Tienes una voz muy bonita -dijo Mo, adormecida. -Necesito dormir. ¿Puedo dormir aquí, delante del fuego?
    – No, no puedes. -La voz sonó tajante, autoritaria. -Mo abrió los ojos. -Tienes que quitarte la ropa mojada. ¡Ahora!
    – ¡Sí, señor! -dijo Mo graciosamente. -No es que seas muy hospitalario. Podrías ayudarme, ¿sabes? Estoy medio muerta. Podría estar muerta. Aquí mismo, en el suelo de la cocina. ¿Y qué pasaría? -Giró sobre sí misma y trató de sentarse. Murphy se puso tras ella, así que no pudo hacerlo.
    Ella vio a su anfitrión, vio la silla de ruedas, y luego la amargura y la frustración de su rostro.
    – El tacto no es mi fuerte -se excusó. -Lo siento. Aprecio tu ayuda y tienes razón, tengo que quitarme esta ropa mojada. Puedo hacerlo. Si no es demasiada molestia, agradecería algo de comida… Aunque puedo hacerla yo misma, si tú…
    – Puedo arreglármelas solo, creo que puedo improvisar algo que no sea de sobre. Ya sabes, comida de verdad. También es la hora de la cena de Murphy.
    Su voz era fría e impersonal. Era atractivo y musculoso, quizá de pie midiera un metro ochenta.
    – No puede ser la hora de la cena. ¿Qué hora es?
    – Pasa de las tres. Murphy suele comer pronto. No sé por qué, pero es así.
    Ella estaba de pie… toda una proeza. Hizo lo posible para aparecer digna mientras Murphy se dirigió a la cocina.
    – Siento no haber traído ningún regalo. No está muy bien que me haya presentado de esta manera y con las manos vacías. Pero las circunstancias…
    – ¡Ve!
    Murphy correteó por la sala. Mo avanzó apoyándose contra la pared hasta llegar al baño. Para ser un baño era muy bonito, todo azul y blanco, con alfombras y toallas a juego. Y se estaba muy caliente. Sin duda la ducha estaba pensada para él, tenía un asiento especial y barras de hierro. Ella se quitó la ropa hasta quedar desnuda. Abrió el grifo de la ducha y enseguida fue recompensada con agua caliente. Nada podía sentarle mejor, pensó bajo el chorro de agua. Dejó que el agua corriera por su cuerpo y pensó en preguntar a su anfitrión dónde había comprado la ducha que tanto reconfortó su molido cuerpo. El jabón era Ivory, estaba limpio y tenía un aroma dulce. La botella de champú era negra y algo masculina. No le importó. Se lo aplicó en los rizos negros y luego se lo aclaró. Decidió que le gustaba el olor y pensó en fijarse en la botella para saber el nombre.
    Cuando el agua se enfrió salió de la ducha, y de no estar tan cansada se hubiera echado a reír: Murphy sostenía la toalla. Era una toalla grande del mismo amarillo que la manta de la cocina. El perro avanzó hacia el armario de la ropa blanca que estaba un poco abierto. Ella observó cómo escogía una toalla más pequeña, sin duda para el pelo.
    – Eres un perro muy listo -le dijo. -Te debo la vida, chico. Veamos, te daría un trofeo de oro. El pelo me quedará tan sedoso como el tuyo. Cuando esté en casa te enviaré unos cuantos bistecs. Ahora veamos, él ha dicho que por aquí había una bata caliente. Ah, aquí está. Como suponía, de color verde oscuro. -Se la puso, con la toalla pequeña aún enrollada a la cabeza. La bata olía como el champú. Quizá todo se compraba junto.
    Él había dicho que podía ponerse lo que quisiera. Lo hizo, escogió unos calcetines y un juego de ropa interior que le iría grande. Se lo puso, la cintura cubriéndole casi todo el vientre. Como si le importara. Lo único que deseaba era entrar en calor. Observó el dormitorio de él. Dios, ni siquiera sabía su nombre, pero sabía el nombre de su perro. Qué extraño. Quería hacer algo. La idea le vino en la ducha, pero ahora la descartó. Vio el teléfono y la chimenea al mismo tiempo. Sabía que no estaría conectado, y tenía razón. Se sentó cerca del fuego, en un nido de almohadones, haciendo señas al perro para que se acercara.
    – Me gustaría que fueras mío, de verdad. Gracias por salvarme la vida. Ahora hazme un último favor: busca esa cinta de Navidad y cógela para mí. Quiero tener algo para recordarte. No ahora sino cuando salgas. ¿Lo harás por…? -Un momento después estaba dormida.

CAPÍTULO 04

    Murphy se puso de cuclillas para vigilar a la muchacha que dormía en la habitación de su amo. Dio varias vueltas a su alrededor, olisqueándola. Luego saltó sobre la cama y tiró del edredón hasta que le quedó colgando de la boca. Después bajó a la planta inferior. A los diez minutos había vuelto con la cinta roja.
    – Así que está aquí -le dijo su amo. -Dámela, Murphy. Se suponía que tenía que ser para el árbol.
    El perro de pelaje dorado se detuvo, ladró, retrocedió unos pasos, pero no soltó la cinta. En su lugar, recorrió apresuradamente la sala hasta el dormitorio, seguido de su amo y del suave ruidillo de la silla de ruedas. Él observó cómo el perro colocaba la cinta sobre el edredón, cerca de la cara de Mo. Siguió observándolo tirar delicadamente de la pequeña toalla amarilla de su cabeza. Le acarició con el hocico los tirabuzones negros para luego tocárselos con una pata.
    – Ya veo -dijo con tristeza Marcus Bishop. -Con ese pelo negro se parece un poco a Marcey. Ahora que lo tienes todo controlado creo que ya es hora de que cenes. Ella quería la cinta, ¿verdad? ¿Por eso se la has traído? Buen chico, Murphy. Dejemos dormir a nuestra invitada. Quizá se despierte a tiempo de cantar algún villancico con nosotros. Has hecho bien, Murphy. Marcey estaría muy orgullosa de ti. Maldita sea, estoy orgulloso de ti y si no vamos con cuidado esta muchacha intentará apartarte de mi lado.
    Marcus sintió que le picaban los ojos cuando Murphy se inclinó sobre la chica durmiente para lamerle la mejilla. Entonces juraría que el perro lloraba, pero no pudo estar seguro porque tenía los ojos anegados en lágrimas.
    De vuelta en la cocina, Marcus metió la ropa en la secadora. Con una cuchara puso pienso en el plato de Murphy. El perro lo miró y se alejó.
    – Sí, ya sé. Es un contratiempo. Lo superaremos y seguiremos adelante. Sólo si pasamos estas primeras Navidades estaremos en el buen camino para superarlo, pero ahora tienes que ayudarme. No puedo hacerlo solo.
    El perro hundió la cabeza entre las patas pero no dio la menor señal de que le importara lo que su amo acababa de decir. Marcus dejó caer los hombros.
    El fatal accidente había ocurrido hacía exactamente un año. Marsha, su hermana gemela, conducía cuando tuvo lugar el choque frontal. Él llevaba puesto el cinturón, pero ella no. Tardaron cuatro horas en sacarlo del coche. Sufrió seis operaciones y aún le esperaba otra. Tras esta última, según dijo el especialista ortopédico, era casi seguro que volvería a caminar.
    La pequeña casa había sido de Marcey. Fue a vivir allí después de que su marido muriera de leucemia, sólo cinco años después de casarse. En esos trágicos años Murphy fue su única compañía. Ella prefirió mantenerse distante. Pintaba, escribía una columna de crítica de arte en el Philadelphia Democrat, daba largos paseos y veía mucho la televisión. Decir que estaba alejándose de la vida era suavizar las cosas. Después del accidente, para él fue más fácil adaptar ese lugar a sus necesidades que la casa principal. Además, allí Murphy era más feliz.
    Murphy era de los dos, pero el perro sentía mayor debilidad por Marcey porque ella siempre llevaba pastillas de regaliz para él en el bolsillo.
    Él y Murphy habían llorado juntos al ir cada semana con flores a visitar la tumba de Marcey. En aquellas ocasiones, él siempre se aseguraba de meterse pastillas de regaliz en el bolsillo. Alguna vez, aunque no siempre, Murphy no tocaba la pastilla de regaliz. Era significativo, era un recuerdo que trataba de mantener intacto.
    Tener a alguien con quien compartir las Navidades iba a ser bonito. Un tiempo de milagros, decía el Good Book. Que Murphy hubiese encontrado a esa chica en plena tormenta en cierto modo era un milagro. Ni siquiera sabía su nombre.
    Marcus examinó el pavo en el horno. Quizá sólo debería hacer un sándwich y reservar el pavo para mañana, cuando la muchacha estuviera más preparada para una cena completa.
    Contempló el árbol de Navidad del centro de la sala y se preguntó si otras personas lo colocarían en ese lugar. Sólo poniéndolo así podía colgar las luces. Podía haber pedido a algunos de los sirvientes de la casa principal que le echaran una mano, y podía haber pedido que le prepararan una comida de Navidad. Pero él necesitaba hacerlo, necesitaba tener la responsabilidad de cuidarse solo, por si la próxima operación no daba buenos resultados.
    Se enorgullecía de ser realista. Si no lo fuera, estaría sentado en su silla chupándose el dedo y mirando la lele. La vida, maldita sea, era demasiado preciosa para malgastarla así como así. Acabó de decorar el árbol, encendió las luces y silbó ante su gran obra. Se le empañaron los ojos de lágrimas cuando se fijó en ciertos adornos que habían sido de Marcey y John. Deseó tener una casa llena de niños y perros. Deseó tener amor, bullicio, música, sol y risas. Algún día.
    Maldita sea, deseó estar casado y rodeado de pequeños que lo llamaran papá. Papá, haz esto; papá, ayúdame. Y una atractiva mujer que desde la cocina le dedicara una sonrisa. Marcey le había dicho que lo pensaba demasiado y que por ese motivo nadie se casaría con él. Le dijo que tenía que salir más, que necesitaba reír más, que dejara de tomarse tan en serio. ¿Quién dijo que tenías que ser mejor ingeniero que papá?, le hubiese dicho. Y habría añadido: Si no silbas cuando trabajas, es que ese trabajo no es para ti. Después de aquella pequeña charla se convirtió en un tonto que silbaba porque le gustaba lo que hacía, le gustaba estar al mando de la fábrica de la familia, la sociedad ingeniera más grande de Nueva Jersey. Maldita sea, pero después de la guerra del Golfo lo destinaron a Kuwait. En términos de prestigio eso era algo significativo. Pero a él no le importaba…
    Su silla pareció cobrar vida. A los pocos segundos estaba sentado en el umbral de la puerta, observando a la muchacha dormida. Por alguna razón se sintió próximo a ella. Chasqueó los dedos a Murphy. El perro levantó una pata.
    – Mira cómo está, Murphy. Asegúrate de que respira. Es bueno que la chimenea esté encendida. Si duerme toda la noche entrará en calor.
    Se quedó mirando al perro dar vueltas alrededor de la muchacha y olfatear el edredón que se le había deslizado de los hombros. Como antes, le olisqueó la negra melena, deteniéndose lo suficiente para lamerle la mejilla y asegurarse de que tenía la cinta roja. Marcus lo llamó con una señal. Bajaron juntos a la sala de estar, donde estaba el árbol de Navidad.
    Sólo eran las seis. Se avecinaba la noche. Preparó dos sándwiches de jamón, cortó uno de ellos en cuatro, luego los dispuso en dos platos acompañados de pepinillos y patatas fritas. Para él una cerveza, y zumo de uva para Murphy. Los colocó sobre la bandeja plegable adaptada a su silla. Entró en la sala, luego se levantó de la silla y se sentó en el sofá. Apretó un botón y la gran pantalla de televisión que había en el rincón cobró vida. Puso el canal del tiempo.
    – Murphy, presta atención, has salvado de esto a nuestra invitada. Lo llaman tormenta de nieve. Maldita sea, podían habérmelo dicho a las diez de la mañana. Murphy, ¿sabes lo que no he acabado de entender nunca? ¿Cómo se supone que Santa Claus baja por la chimenea en Nochebuena cuando el fuego está encendido? Todo el mundo lo enciende en Nochebuena. ¿Crees que soy el único que se lo ha preguntado?
    Siguió hablando con el perro mientras le daba patatas fritas. Hacía un año que sólo hablaba con Murphy, con la excepción de los médicos y el servicio de la casa. Su negocio funcionaba, estaba a cargo de personas capaces de sustituirle. En este sentido, era más que afortunado.
    – ¿Has oído eso, Murphy? Dos metros de nieve. Estamos aislados. Desde la casa grande ni siquiera pueden bajar aquí a ver cómo estamos. Puede que nuestra invitada se quede unos días. -Esbozó una sonrisa de oreja a oreja y no supo por qué. Finalmente se quedó dormido, al igual que Murphy.

CAPÍTULO 05

    Mo abrió un ojo, cobrando conciencia al instante de dónde estaba y de lo que le había pasado. Trató de estirar brazos y piernas. Se mordió el labio inferior para no gritar del dolor. Una ducha caliente, un par de aspirinas y algo de linimento podrían hacérselo todo más soportable. Cerró los ojos, preguntándose qué hora era.
    Rezó, agradeciendo a Dios estar viva y mucho mejor del lo que podía esperarse bajo estas circunstancias.
    ¿Dónde estaba su anfitrión? ¿Su salvador? Supuso que tendría que levantarse para saberlo. Volvió a intentar incorporarse hasta quedar sentada. Con el edredón envolviéndola, se fijó en el mobiliario. Por las cortinas, la alfombra azul claro y la chaise-longue tapizada de satén, le pareció femenino. Además, en la habitación había una ligera fragancia a polvos de tocador. Una ligera fragancia, como si hiciera mucho que la ocupante ya no viviera allí. Se fijó en el gran armario con puertas de persiana que ocupaba toda la pared. Quizá el olor de polvos de tocador procedía de ese lugar. En los armarios suele haber esencias. Bajó la mirada hacia las flores lilas y blancas del estampado del edredón. Combinaba con el juego de cama. ¿Utilizaban los hombres esponjosas toallas amarillas? Si eran objetos abandonados, sí. Su anfitrión le pareció de la clase de hombre que utilizaría el verde, el marrón y el beige.
    Vio el reloj que había a la altura de sus ojos, junto al teléfono que no funcionaba.
    Eran las 3.15. Santo Dios, había dormido doce horas. Era Navidad. Sus padres estarían muy preocupados. ¿Dónde estaría Keith? Jugueteó con la fantasía de que andaría buscándola, pero sólo por un minuto, a Keith no le gustaba el frío. Sólo fingía que le gustaba esquiar porque estaba de moda.
    Se levantó apretándose el cinturón de la holgada bata y caminó por la habitación en busca de la esencia que le resultaba familiar. En un lado del armario había ropa de mujer; en el otro, de hombre. Así pues, había una señora. En el vestidor, cerca de la chaise-longue, había una fotografía de una mujer morena, muy atractiva, y de su anfitrión. Los dos sonreían y él le rodeaba los hombros. Una pareja muy guapa. Ella no tenía ninguna fotografía así con Keith. Se sintió decepcionada.
    Mo corrió las cortinas y parpadeó. Nunca había visto tanta nieve. Temió que el todoterreno estuviera sepultado bajo la nieve. ¿Cómo iba a encontrarlo? Quizá el perro supiera hallarlo.
    En el baño, Mo se desnudó y se duchó con agua bien caliente. Luego se puso la misma ropa interior, los calcetines y la bata. Había entrado en calor, y eso la reconfortó. Tenía la piel irritada por el viento. Necesita crema. ¿Su anfitrión tendría alguna allí, en el baño? Miró debajo del lavabo y encontró lo que necesitaba: cosméticos y perfume. La señora debía de haberse ido apresuradamente y enfadada. Las mujeres no suelen olvidarse los cosméticos así como así.
    Ahora estaba preparada para presentarse ante su anfitrión y sentarse a comer.

    Él estaba en la cocina preparando puré de patatas. La mesa estaba puesta para dos personas, y en el suelo había un plato. En medio de la mesa había un gran pavo.
    – ¿Puedo ayudar? -dijo ella con voz ronca.
    Él la miró.
    – Puedes sentarte. Soy Marcus Bishop. Feliz Navidad.
    – Soy Morgan Ames. Feliz Navidad a usted y a Murphy. No sé cómo agradecerle que me haya acogido. He mirado fuera y hay muchísima nieve. Creo que nunca he visto tanta, ni siquiera en Colorado. Pero aquí todo parece maravilloso. Huele muy bien, y creo que sabrá igual de bien.
    Él parecía divertirse con su entusiasmo.
    – Lo intento. La mayoría de las veces sólo hago cosas a la plancha. Éste ha sido mi primer intento con un gran plato. No te garantizo nada. ¿Te importaría bendecir la mesa?
    – Por supuesto que no -repuso ella. -Tengo mucho que agradecer.
    Rezó, agradeciendo a Dios estar viva y mucho mejor de lo que podía esperarse bajo estas circunstancias.
    En los labios de Bishop se dibujó una sonrisa Murphy gimió, sintiéndose desplazado. Mo se sonrojó.
    – Lo siento. Ya ve, he prometido…
    – Hiciste un trato con Dios -dijo Marcus.
    – ¿Cómo lo sabe? -Cielos, él sí que era atractivo. La fotografía de la habitación no le hacía demasiada justicia.
    – Cuando se está muy cerca del último momento todos dependemos de la ayuda del Señor. La mayoría de las veces lo olvidamos. Lo duro es vivir siendo consecuente con esas promesas.
    – Nunca lo había hecho antes. Ni siquiera cuando las cosas me iban mal. Nunca le pedía ayuda. Esta vez fue distinto. He visto que soy mortal. ¿Está diciendo que he hecho mal?
    – No exactamente. Es algo tan natural como respirar. La vida es preciosa. Nadie está dispuesta a perderla. -La voz se le quebró levemente.
    Mo miró a su anfitrión y, antes de que él bajara la cabeza, advirtió cierta expresión de dolor en sus ojos. Quizá la señora Bishop… había fallecido. Se puso nerviosa y pensó en cambiar de tema.
    – ¿Qué lugar es éste, señor Bishop? ¿Estoy en una ciudad o es el campo? Por la ventana sólo he visto una casa en la colina.
    – Estamos en la ladera de Cherry Hill.
    Ella asintió y probó la comida.
    – Está delicioso -dijo. -No me di cuenta de que conduje tanto. Apenas había visibilidad. No sabía si había pasado por el puente Delaware o no. Seguí las luces del coche que iba delante, pero de pronto las perdí y me quedé sola. Luego el coche se averió, seguramente por la helada.
    – ¿Adonde ibas? ¿De dónde venías?
    – Vivo en Delaware. Mis padres viven en Woodbridge, Nueva Jersey. Iba a casa por Navidad, como miles de personas. Mi madre me llamó y me alertó sobre la nieve. Como tengo un Cherokee con tracción en las cuatro ruedas creí poder arreglármelas. Cuando emprendí el viaje, por un instante pensé en dar media vuelta. Ahora desearía haber hecho caso de mi intuición. Seguramente es la segunda cosa más estúpida que he hecho en mi vida. Así pues, vuelvo a darle las gracias. Allí fuera podía haber muerto, y todo por querer ir a casa. Intenté llamar por teléfono desde la habitación pero no había línea. ¿Cuánto cree que tardará en volver?
    – Un día más o menos. Hace una hora que ha dejado de nevar. He oído un parte que decía que las brigadas de emergencia ya están trabajando en ello. La electricidad es lo primero que arreglarán. En ese sentido, soy afortunado de tener calefacción de gas y un generador de repuesto por si se va la electricidad. Cuando se vive en el campo, este tipo de cosas son necesarias.
    – ¿Cree que la casa de la colina tampoco tiene teléfono?
    – Si yo no tengo línea, ellos tampoco -dijo Marcus con calma. -Es Navidad, ya sabes.
    – Lo sé -dijo Mo, con lágrimas en los ojos.
    – Come -dijo Marcus.
    – Mi madre suele poner malvavisco en los boniatos. Y sazona con semillas de sésamo el brócoli cortado. Le da un sabor muy distinto. -Pidió un poco más de pavo levantando el plato.
    – Me gusta como sabe así, pero lo tendré en cuenta y algún día lo probaré.
    – No, no lo hará. Me parece que usted es una persona que hace las cosas a su manera y que no está dispuesta a cambiar porque sí. Me parece muy bien, pero no debería seguirme la corriente. Lo único que ocurre es que me gusta el malvavisco en los boniatos y las semillas de sésamo en el brócoli.
    – No me conoces en absoluto, ¿por qué sacas esta conclusión?
    – Sé que usted está acostumbrado a hacer las cosas a su manera. Me ordenó que me duchara y me quitara la ropa mojada. Ahora mismo, hace sólo un minuto, me ha ordenado que coma.
    – Es por tu bien. Eres de las que tienen carácter respondón, ¿verdad?
    – Sí. Por cierto, su ropa interior es áspera. Debería poner suavizante en el aclarado.
    – ¡Aja! -gruñó Marcus. -Eso demuestra lo poco que sabes. El suavizante afecta a la fibra y hace que el material no absorba el sudor.
    – Yo sólo decía que le quitaría aspereza. Lo siento. A veces hablo demasiado. ¿Qué hay de postre? ¿Tomaremos café? ¿Puedo traerlo, o prefiere que siga aquí sentada y que coma?
    – Eres mi invitada. Tú quédate sentada y come. Hay budín de pasas y ciruelas, y claro, también tomaremos café. ¿Qué clase de cena de Navidad crees que es?
    – La clase de cena en que las verduras son congeladas, los boniatos de caja y el relleno del pavo envasado. Y el budín de pasas y ciruelas puede comprarse congelado. Estoy segura de que el postre será tan delicioso como todo. De hecho, sé cuando algo me gusta. La mayoría de los hombres no saben cocinar en absoluto. Al menos los que yo conozco. -Volvía a barbotear -Puede llamarme Mo. Todo el mundo me llama así, incluso mi padre.
    – No te encariñes con mi perro -dijo Marcus mientras servía el budín en un plato.
    – Señor Bishop, más bien me parece que él se está encariñando conmigo. Debería servir el budín en un plato pequeño de postre. Cuidado, ha salpicado en el suelo. Yo lo limpiaré. -Fue a levantarse de la silla cuando él repuso tajante:
    – Siéntate.
    Mo lo hizo, desconcertada.
    – Señor Bishop, yo no soy un perro. Sólo quería ayudar. Siento haberle ofendido, sólo quería ayudar. Creo que no me apetece postre o café. -Su tono era tenso y tenía los hombros rígidos. Necesitaba levantarse de la mesa, pues de lo contrario se echaría a llorar. ¿Qué le pasaba?
    – Soy yo el que tiene que disculparse. He tenido que aprender a hacerlo todo solo. Al principio las salpicaduras eran un problema. Ahora sé cómo hacerlo: humedezco un trapo y lo restregó con el palo de la escoba. Tardé un poco en idearlo. Tienes razón sobre la comida congelada. Últimamente no he tenido muchos invitados a los que impresionar. Y puedes llamarme Marcus.
    – ¿Intentaba impresionarme? Qué amable, Marcus. Acepto tus disculpas y te ruego aceptes las mías. Finjamos que yo pasaba por aquí para desearte feliz Navidad y me atrapó la tormenta de nieve. Como eres un hombre bueno, me ofreciste tu hospitalidad. Veamos, hemos dicho que eres un buen hombre y que yo quiero que aceptes mi palabra de que soy una buena persona. A tu perro le gusto. Hay que tenerlo en cuenta.
    Marcus rió entre dientes.
    – Bien dicho.
    – Esta casita es encantadora. Apuesto a que tienes sol todo el día. Cuando sale el sol uno enseguida se siente mejor, ¿no crees? ¿Tienes flores en primavera y verano?
    – Lo tengo todo. A veces Murphy planta las semillas. Deberías ver los tulipanes en primavera. La primavera pasada, después del accidente, me pasé casi todo el tiempo fuera, no quería estar en la casa porque me sentía demasiado abrumado. Soy ingeniero, así que en el jardín me las arreglo con las herramientas que tienen asa grande. En abril y mayo el jardín parece un arcoíris. Si por entonces pasas por aquí, para y compruébalo por ti misma.
    – Me gustaría mucho. Bien, casi no me atrevo a preguntarte esto, pero ¿te sentirías ofendido si yo lavara los platos?
    – ¡Cielos, no! Odio lavar los platos. Siempre que puedo utilizo platos de papel. Murphy también come en platos de papel.
    Mo soltó una carcajada. La cola de Murphy golpeteó sobre el suelo.
    Mo llenó el fregadero de agua caliente y jabón. Marcus le iba pasando los platos. Terminaron en veinte minutos.
    – ¿Qué te parece un brindis de Navidad? Tengo un vino muy bueno. Antes de que nos demos cuenta, la Navidad habrá terminado.
    – Es un buen vino -dijo ella.
    – A mí no me lo parece. ¿Quieres decir que te parece bien? -En la voz de Marcus había cierta ironía, pero ella no se lo tomó mal. -¿A qué te dedicas, Morgan Ames?
    – Soy arquitecta. Diseño centros comerciales. Mi mayor ambición es que alguien me contrate para que diseñe un puente. No sé por qué, pero tengo debilidad por los puentes. Trabajo para una empresa, pero estoy planteándome la posibilidad de independizarme el año que viene. Es una idea que me da un poco de miedo, pero si he de hacerlo alguna vez, ha de ser ahora. No sé por qué lo creo así, pero así es. ¿Tú trabajas aquí o en una oficina?
    – El noventa por ciento en casa, el diez por ciento en la oficina. Tengo una furgoneta adaptada a mi condición. Claro, no puedo levantarme totalmente. Tengo varios empleados que son mis piernas. Es una forma de decir que me las arreglo bien.
    – ¿Dónde dormiste anoche?
    – Aquí, en el sofá. No es ningún problema. Como puedes ver, es bastante ancho y mullido… los almohadones son extra gruesos. Pero dime, ¿qué te parece mi árbol? -preguntó con orgullo.
    – Me encanta. Siempre me ha gustado la Navidad. Debe de ser mi punto débil. Mi madre dice que en Nochebuena solía ponerme enferma de ansiedad por la llegada de Santa Claus. -Deseó acercarse al árbol e imaginar que estaba en casa esperando a que apareciera Keith y le pusiera el anillo en el dedo, y las lágrimas le afloraron a los ojos.
    Se acercó al árbol y luchó contra el ardor que sentía detrás de los párpados frotándoselos, como si el motivo de ese picor fuera el humor de la madera que ardía en la chimenea. Al poco se acordó de que los leños de la chimenea eran de mentirijilla.
    – A mí también. Siempre temía que se olvidara de nuestra chimenea o que se le rompiera el trineo. Me portaba tan malditamente bien durante diciembre que mi padre me llamaba santo. Tengo muy buenos recuerdos de la infancia… ¿Estás bien? ¿Te pasa algo? Si quieres hablar, yo sé escuchar.
    ¿Quería hablar? Observó la tranquila casa, al hombre de la silla de ruedas y al perro echado a sus pies. Ella pertenecía a ese cuadro. El único problema era que los ocupantes no eran los deseados. Nunca volvería a ver a «e hombre, así que, ¿por qué no hablar con él? Quizá él le diera alguna opinión o consejo en lo que se refería a Keith. Asintió con la cabeza y alzó la copa para pedir más vino.

CAPÍTULO 06

    Hasta que terminó su triste historia no se dio cuenta de que seguía de pie delante del árbol de Navidad. Se sentó, sabiendo que había bebido demasiado vino. Volvió a tener ganas de llorar cuando vio preocupación en el rostro de Marcus.
    – Todo el mundo tiene derecho a hacer el ridículo una vez en la vida. Lo siento. -Ella alzó de nuevo la copa, pero tuvo que esperar a que Marcus descorchara otra botella. Sus movimientos le parecieron algo torpes. Quizá no estaba acostumbrado a beber mucho vino. -No creo que sea una buena bebedora, nunca he bebido tanto vino.
    – Yo tampoco. -El vino sobrepasó el borde de la copa. Murphy lo lamió.
    – No quiero ponerme mal. Keith solía beber mucho y ponerse fatal. Con sólo mirarlo yo también me descomponía.
    – Yo nunca he podido aguantar a un hombre que no sabe beber -dijo Marcus con un curioso timbre de voz.
    – Tu voz suena graciosa -dijo Mo.
    – Pues la tuya suena como si estuvieras preparada para cantar. ¿Lo estás? Espero que no seas una de esas cantantes que desafinan. -La miró lascivamente desde la silla.
    – ¿Y qué pasa si lo soy? ¿Acaso no es bueno para el alma cantar? Es el sentimiento. Dijiste que íbamos a cantar villancicos para Murphy. ¿Por qué no lo hacemos?
    – Porque no estás preparada -repuso Marcus. Bajó el reposapiés y se deslizó de la silla. -Tenemos que sentarnos juntos delante del árbol. Estar sentado es tan bueno como estar de pie… creo. Ven aquí, Murphy, tienes que estar con el grupo.
    – Es mejor estar sentados -dijo Mo, e hipó. Marcus le dio golpecitos en la espalda y al poco apoyó el brazo sobre su hombro. Murphy se contoneó alrededor hasta que quedó sentado en el regazo de ambos.
    – Pero ¿qué te pasa? ¿O no es de buena educación que lo pregunte? -Dio un sorbo de la botella que Marcus le ofreció. -Así está bien. ¿Para qué se necesita una copa?
    – Odio lavar las copas. La botella va bien. ¿Cuál es la pregunta?
    – ¿Eh?
    – La pregunta.
    – La pregunta era… ¿funcionan todas las partes de tu cuerpo…?
    – Esa no era la pregunta. ¿Por qué quieres saber si todas mis partes funcionan? ¿Te sientes atraída por mí? ¿O es una indirecta para intentar llevarte a mi perro? En cuanto a mi cuerpo, funciona perfectamente.
    – Parece que te has puesto a la defensiva. ¿Cuándo fue la última vez que lo… bien… cómo sabes que funcionan…? -preguntó Mo.
    – ¡Lo sé! ¿Es que piensas aprovecharte de mí? Puede que te lo permita… Pero no, no lo permitiría.
    – Estás bebido -dijo Mo.
    – Sí y es por tu culpa. Tú también estás borracha.
    – ¿Qué esperabas? No has parado de llenarme la copa. Lo sabes, yo no me atrevería. ¿Te importa, Marcus?
    – No. Pero dime, ¿qué vas a hacer con ese gilipollas que te espera delante del árbol de Navidad? La Navidad ya está casi terminada. ¿Crees que aún estará esperando?
    Mo rompió a sollozar. Murphy correteó alrededor y le lamió las lágrimas. Ella meneó la cabeza.
    – No llores. Ese idiota no te merece lo más mínimo. A Murphy no le gustaría. Los perros son buenos jueces del carácter de las personas.
    – A Keith no le gustan los perros.
    Marcus alzó las manos al aire.
    – ¡Ahí está! Me remito a las pruebas. -Su voz sonó tan dramática que Mo se echó a reír.
    No fue exactamente un beso porque ella estaba riendo, pero para Murphy lo fue, aunque la posición de Marcus, con las manos torpes, no parecía coordinar demasiado con ella.
    – Gracias. Eres muy amable -dijo Mo.
    – ¡Amable! ¡Amable! -bramó Marcus irónicamente.
    – ¿Bonito?
    – Bonito es mejor que amable. Nadie me lo había dicho antes.
    – ¿Cuántas hubo… antes?
    – No es de tu incumbencia.
    – Tienes razón. Cantemos Campanas de Belén. Estamos demasiado borrachos para recordar la letra de otro villancico. ¿Cuánto falta para que termine la Navidad?
    Marcus echó un vistazo al reloj.
    – Muy poco. -Volvió a besarla, con menos torpeza y más agilidad en las manos. Murphy colaboró tirándoles del regazo.
    – ¡Me ha gustado!
    – Eres muy guapa, Mo. Ése es un nombre horrible para una chica. Aunque Morgan me gusta. Te llamaré Morgan.
    – Mi padre quería un niño. Él me lo puso. Es triste. ¿Sabes cuántas veces he repetido esta frase en las últimas horas? Muchas. -Por ninguna razón concreta, no paraba de asentir con la cabeza. -Campanas de Belén…
    Marcus se le unió, desafinando tanto como ella y riendo.
    – Háblame de ti -pidió ella finalmente. -¿Tienes más vino?
    Marcus señaló el botellero de la cocina. Mo logró ponerse en pie, fue a la cocina, descorchó la botella y volvió a la sala con una bandeja.
    – Como no he visto nada para picar he traído un poco de pavo para cada uno.
    – Me gustan las mujeres que piensan con la cabeza. -Mordió una pata de pavo, asintiendo. No estaba borracho, pero simulaba estarlo.
    ¿Por qué?, se preguntó ella. Él también le caía bien. La silla de ruedas no le intimidaba como ocurría a otras mujeres. Ella era y pensaba por sí misma. Había querido compartir con aquel extraño sus tribulaciones íntimas. A Murphy le gustaba. A él también. Cielos, él le había cedido su habitación. Ella lo miró con expectación, esperando que él hablara de sí mismo. ¿Por qué le costaba abrirse?
    – Tengo treinta y cinco años -dijo de pronto. -Dirijo mi propia empresa de ingenieros. Tengo buenos ingresos y un buen plan de pensiones. Esta casita me pertenece. Me encantan los perros y los caballos, incluso me gustan los gatos. Y casi me he acostumbrado a esta silla de ruedas. Soy autosuficiente. Trato a la gente mayor con respeto. Fui un gran boy scout, tengo muchas medallas que lo demuestran. Solía esquiar. No voy mucho a la iglesia, pero creo en Dios. No tengo… ninguna hermana ni hermano. Intento ser positivo, mirar adelante y no sumirme en el pasado. Dada mi condición, vivo al día. Así es más o menos mi vida.
    – Suena bien. Me parece que te las arreglas muy bien. Todos tenemos que hacer concesiones… una silla de ruedas no es el fin del mundo… Pero será mejor que hablemos de otra cosa.
    – ¿Cómo te sentirías si en Nochebuena llegaras a tu casa y en la sala encontraras a Keith en una silla de ruedas? ¿Y si te dijera que el motivo por el que no ha estado en contacto contigo era que no quería ver compasión en tus ojos? ¿Cómo te sentirías si nunca más volviera a caminar? ¿Y si por fin te dijera que tú eres su único apoyo? -Aguardó a que ella asimilara la pregunta, consciente de que en su estado achispado afectaría las respuestas.
    – No deberías preguntarme algo así en este momento. No puedo pensar claramente. Quiero cantar un poco más. El año pasado no canté porque estaba demasiado triste… ¿Me preguntabas sobre este año o el pasado?
    – ¿Y eso qué importa? -repuso Marcus fríamente.
    – Hay diferencias. El año pasado hubiera… hubiera… dicho que no me importaba porque quería a Keith… Pero no lo compadecería. Quizá lo hiciera al principio. Keith es muy activo. Yo podría ayudarle, pero él no sabría qué hacer, se deprimiría y renunciaría. ¿Cuál era la otra parte de la pregunta?
    – Convertirte en su único apoyo.
    – Oh, sí. Podría hacerlo. Tengo una buena profesión, un seguro de salud. Podría abrir mi propio negocio. Seguramente ganaría más dinero que él. Conociendo a Keith, creo que al cabo de un tiempo sentiría resentimiento. Quizá no, pero yo intentaría que todo funcionara porque es mi forma de ser. No soy de las que huyen. Nunca lo he sido. ¿Por qué quieres saberlo?
    Marcus se encogió de hombros.
    – Quizá por mí. Por si alguna vez me siento atraído por una mujer. Sería bueno saber cómo reaccionaría. Me has sorprendido… no te has asustado por la silla de ruedas.
    – No estoy enamorado de ti -repuso Mo. -¿Qué tengo de malo?
    – No tienes nada de malo. No estoy tan borracha como para no saber lo que digo. Estoy enamorada de otro. Esa silla me trae sin cuidado. Y si estuviera enamorada de ti no me importaría. Has dicho que todo tu cuerpo funciona bien. ¿O es mentira? Me gusta el sexo. El sexo es maravilloso cuando dos personas se gustan.
    – ¿Lo crees? A mí también me gusta.
    – Me alegro -dijo Mo. -Quizá sea mejor que me tumbe en el sofá y duerma un poco.
    – Quiero hacerte otra pregunta.
    – ¿Cuál?
    – ¿Y si hubieras pasado esta Navidad en tu casa y hubiera ocurrido lo mismo? Después de dos años, ¿cómo te sentirías?
    – No lo sé.
    – ¿De verdad?
    – Sí. Oye, tengo que ir al baño. ¿Quieres que te traiga algo cuando vuelva? Bueno, ¿qué respondes? Recuerda, no hay nada para picar. ¿Cómo es eso?
    – Tengo palomitas de maíz Orville Redenbacher. Las de colores. Son muy festivas.
    – ¡Vaya! Te estás convirtiendo en un baúl de sorpresas, Marcus Bishop. Cuando llegué eras una persona autoritaria. ¡Y mírate ahora! Estás como una cuba, has comido una pata de pavo y ahora dices que tienes palomitas de maíz. Volveré enseguida. Quizá deberíamos tomar café con las palomitas. Dios, estoy impaciente porque acabe este día.
    – Murphy, síguela. Si se marea, ven a avisarme -dijo Marcus. El perro obedeció.
    Pocos minutos después ella volvió al comedor.
    – ¡Hagamos las palomitas en la chimenea! -exclamó. -Traeré la cafetera y la pondremos en el fuego. Así no tendremos que subir y bajar.
    – Es una buena idea. Son las diez y media.
    – Queda una hora y media. A las doce en punto te daré un beso. Bueno, quizá un minuto después. ¡Cuando te haya besado se te caerán los calcetines! ¡Ya verás!
    – No me gustaría acostumbrarme.
    – A mí tampoco. Te besaré porque quiero hacerlo. I ¡Así que atente a las consecuencias!
    – ¿Y qué pensará Keith?
    – ¿Qué Keith? -repuso Mo, y soltó una carcajada palmeándose los muslos antes de perder el equilibrio y caer en el sofá.
    Murphy ladró. Marcus se echó a reír. Al levantarse, ella dijo:
    – Me gustas, eres guapo. Tienes una sonrisa muy bonita. Hace mucho que no me divertía tanto. La vida es demasiado abrumadora. A veces es necesario pararse y mirárselo… con cierta perspectiva. Me gustan los parques de atracciones. A veces me gusta comportarme como una niña. Hay un parque acuático al que me gustaría ir, y me encanta el Gran Aventura. Keith jamás iría, así que yo fui con mis amigos. No fue lo mismo que compartirlo con alguien que se quiere. ¿Te gustaría ir? Si quisieras podría llevarte. -Quizá.
    – Odio esa palabra. Keith siempre la decía. Es otra forma de decir que no. Todos los hombres sois iguales.
    – Te equivocas, Morgan. No hay dos personas iguales. Si juzgas a todos los hombres en relación a Keith te perderás muchas cosas. Ya te lo he dicho, es un tonto.
    – Bien. Palomitas y café, ¿de acuerdo?
    – De acuerdo.

CAPÍTULO 07

    Marcus acarició las orejas de Murphy mientras escuchaba el ruido de cazuelas y cacharros que hacía su invitada en su pulcra cocina. Puertas de armarios se abrían y cerraban. Más ruidos de cazos y cacharros chocando. Olió a café y se preguntó si se le habría caído al suelo. Miró el reloj. Dentro de poco ella se marcharía. ¿Cómo era posible sentirse tan próximo a alguien que acababa de conocer? No quería que se marchara. Aborrecía al anónimo Keith.
    – Creo que tendrás que volverte para ver cómo se hacen las palomitas -dijo ella. -Yo pensaba que todo el mundo tenía un recipiente especial para hacer palomitas. Improvisaré con este cazo. Se quedará negro, pero lo limpiaré por la mañana. Puede que tengas que tirarlo. A mí me gusta el café cargado. ¿Y a ti?
    – A mí también.
    – Bien. Por las mañanas te despierta de golpe. -No creo que ésa sea la tapa para ese cazo -dijo Marcus.
    – Irá bien. Ya te he dicho que estoy improvisando.
    – Explícame cómo lo vas a improvisar con eso -repuso él en cuanto las palomitas comenzaron a golpetear contra la tapa y salirse del cazo. Murphy dio un salto para coger los granos, mientras Mo miraba impotente lo que ocurría. El maíz siguió haciéndose y las palomitas volando por la habitación. -Yo no pienso limpiarlo. Pero no te preocupes, Murphy se las comerá. Le encantan las palomitas. ¿Cuántas has puesto? El café ya está hecho.
    – He puesto una taza llena. Es demasiado, ¿eh? Pensaba que serían de colores. ¡Qué decepción!
    – Yo también estoy decepcionado -dijo Marcus con expresión solemne.
    Mo sirvió el café en dos tazas.
    – Sabe a… jarabe.
    – Sí, ¿verdad?
    – Puedo afirmar que nunca he tomado un café como éste -dijo Marcus.
    Mo se sentó cerca de él.
    – ¿Qué hora es?
    – Es tarde. Estoy seguro de que mañana las carreteras ya estarán despejadas. El teléfono ya funcionará y podrás llamar a casa. Encontraré a alguien que te lleve en coche. Tengo un buen mecánico que podrá arreglar tu todoterreno. ¿Cuánto tiempo pensabas pasar con tus padres?
    – Bueno, dependía de… no lo sé. ¿Y tú qué harás?
    – Trabajar. En la oficina hay mucho trabajo. Estaré muy ocupado.
    – Yo también. Me gusta tu olor-dijo Mo. -¿Dónde compraste el champú de la botella negra?
    – Alguien me lo regaló junto a otros productos por mi cumpleaños.
    – ¿Cuándo es tu cumpleaños?
    – El 10 de abril. ¿Y el tuyo?
    – El 9 de abril. ¿Qué te parece? Los dos somos Aries.
    – Vaya -dijo Marcus mientras le rodeaba los hombros.
    – Qué sorpresa -suspiró ella. -Soy una persona casera y me gustan los lugares acogedores y cálidos con montones de plantas. Tengo muchos tesoros que he ido acumulando con el tiempo y a los que intento buscar su lugar. Eso revela quién soy a los que me visitan. Apuesto a que por eso me gusta esta casita. Es acogedora, cálida y cómoda. Una casa grande también puede serlo, pero una casa grande necesita niños, perros y un montón de cachivaches.
    Ahora vaciló en decirle que la casa grande de la colina era de su propiedad. Podría hablarle de Marcey y de su próxima operación. Se mordió el labio. Ahora no; no quería estropear el momento. Le gustaba estar sentado con ella, sentirla a su lado. Miró de reojo el reloj. Las doce menos cuarto. Miró fijamente la taza de café que acababa de terminarse.
    – Marcus, ¿crees que Keith se habrá presentado? -preguntó ella.
    Él no lo creía, pero no podía decirlo.
    – Si no lo ha hecho es un idiota.
    – Su madre le dijo a la mía que no iría a casa por Navidad.
    – Ah. Bien, quizá quería darle una sorpresa. Quizá cambió de planes. Todo es posible, Morgan.
    – No, no lo es. Estás haciendo de abogado del diablo. Cambiaré al Plan B y seguiré con mi vida.
    Él deseó estar incluido en esa vida. Estuvo a punto de decirlo, pero ella le interrumpió cogiéndole el brazo y señalando el reloj.
    – Prepárate. Recuerda, he dicho que te daría un beso que no olvidarías.
    – Estoy preparado.
    – Así me gusta. Estaría bien que demostraras cierto entusiasmo.
    – No me gustaría que me subiera la presión -dijo Marcus con una mueca. -Y si…
    – Nada de y si… Sólo es un beso.
    – Hay besos y besos. A veces…
    – Esta vez no. Lo sé todo acerca de besos. Jackie Bristol me lo contó todo cuando tenía seis años. Él tenía diez y lo sabía todo. Le gustaba jugar a médicos. Aprendió todo eso observando a su hermana mayor y su novio.
    Ella estaba muy cerca de él. Podía verle una ligera peca en el tabique de la nariz. Sabía que él recelaba de su entusiasmo. Bueno, le demostraría que no era fingido, y también a Keith. Un beso era… pues… lo que era.
    No fue uno de esos besos largos y apasionados, pero tampoco de esos ligeros como plumas. Fue un beso imprudente. Ella sintió un hormigueo por todo el cuerpo. Quizá se debiera a tanto vino. Decidió que no le importaba mientras presionaba no sólo la lengua sino todo su cuerpo contra él. Él respondió, introduciéndole la lengua en la boca. Ella percibió el sabor del vino y se le formó un ligero gemido en el estómago que fue ascendiendo hasta la garganta. Mo se excitó más de lo que esperaba.
    Aquí era donde se suponía que debía decir: «De acuerdo, he cumplido mi promesa, te he besado tal como he dicho.» Para luego levantarse e ir a la cama. Pero no quería ir a la cama. Quería… necesitaba…
    – Aún sigo con los calcetines puestos -dijo Marcus. -Quizá debas intentarlo de nuevo. ¿O esta vez intento yo dejarte sin calcetines?
    – Adelante -dijo ella mientras se pasaba la lengua por los encendidos labios.
    Ella sintió sus manos sobre su cuerpo… suaves, buscando. Encontrando. Las manos de ella también comenzaron a buscar. Se sentía tan cálida y húmeda como él debido a los tanteos de sus dedos. Ella siguió acariciándole con excitación, abriendo la bata y dejando al descubierto sus pechos. Él acarició uno con la punta de la lengua. Cuando tuvo el endurecido pezón rosado en la boca ella creyó que nunca había sentido un placer tan exquisito.
    Un minuto antes tenía la ropa puesta y ahora estaba desnuda. Ahora estaban cerca del fuego, cálido y excitante. Ella estaba sobre él sin recordar cómo había llegado allí. Se deslizó sobre él y quedó sorprendida por la erección de Marcus. Su melena negra caía como una cascada. Inclinó la cabeza y volvió a besarlo. Un sonido de exquisito placer se escapó de sus labios cuando él le cogió los pechos con las manos.
    – Móntate -dijo él con gravedad.
    Ella lo hizo y le cabalgó con frenesí haciéndole alcanzar el clímax.
    Transcurrió cierto tiempo antes de que se movieran, y cuando lo hicieron ella quiso mirarlo, decir algo. Pero se acurrucó entre su brazo. La bata los cubría cálidamente. Ella tenía el pelo tan húmedo como él. Esperó a que él dijera algo, pero él yacía silencioso, acariciándole el hombro con la mano bajo la bata. ¿Por qué no decía nada?
    Su imaginación se desató: relación de una noche, chica perdida en una tormenta de nieve, un hombre le ofrece cobijo y alimento. ¿Era éste el precio? ¿Por la mañana la respetaría? Maldita sea, ya era por la mañana. ¿Qué demonios la había llevado a hacer el amor con aquel hombre? Estaba enamorada de Keith. Estaba. En este momento no recordaba ni el aspecto de Keith. Había engañado a Keith. Pero ¿lo había hecho? No. Tuvo ganas de llorar, pero se calmó cuando Marcus la atrajo hacia sí.
    – Yo nunca he tenido una relación de una noche. No me gustaría… no quiero que pienses que soy de las que saltan de cama en cama… ésta ha sido la primera vez en dos años… yo…
    – Shhh, está bien. Ha sido lo que ha sido… cálido, maravilloso, y significativo. No nos demos ninguna explicación. Duerme, Morgan -susurró él.
    – Te quedarás aquí, ¿verdad? -dijo ella con tono somnoliento. -Me gustaría despertar a tu lado.
    – No me moveré. Yo también voy a dormir.
    – De acuerdo.
    Era una mentira, aunque pequeña. ¡Como si él pudiera dormir! Siempre el último de la fila, Bishop. Ella pertenecía a otro, así que no se hacía ilusiones. Qué perfecto había sido. Qué perfecto seguía siendo. Jódete Keith, o como te llames. No te mereces a esta chica. Espero que te mueras. No has sido fiel a esta chica. Lo sé con la misma certeza que sé que cada mañana sale el sol. Ella también lo sabe… sólo que se niega a aceptarlo.
    Marcus fijó la mirada en el fuego con dolor y tristeza. Mañana ella se habría ido. Nunca volvería a verla. Él seguiría con su vida, su terapia, su trabajo, su próxima operación. Estaría solo con Murphy.

CAPÍTULO 08

    Eran las cuatro cuando Marcus llamó al perro para que ocupara su lugar bajo la manta. El perro mantendría el calor mientras él se duchaba y se preparaba para el día. Se deslizó por el suelo, se agarró al sofá y trató de ponerse en pie. Sintió que el dolor le recorría las piernas cuando se dirigió al baño ayudándose de unas muletas. Era su paseo diario, el paseo que los terapeutas consideraban obligatorio. Mientras apretaba los dientes le resbalaban las lágrimas. En la ducha, se sentó en el asiento de azulejos, abrió el agua y dejó que le mojara las piernas y el cuerpo. Siguió así hasta que el agua se enfrió.
    Tardó veinte minutos en vestirse. Estaba poniéndose los zapatos cuando oyó el quitanieves. Ayudado de las muletas se dirigió a la sala de estar y a la silla de ruedas. Estaba pálido por el esfuerzo. El dolor tardaba unos quince minutos en desaparecer. Se inclinó, cogió la cafetera y la llevó a la cocina para preparar café. Mientras esperaba, miró por la ventana. Drizzoli y sus dos hijos intentaban sacar la furgoneta. Marcus encendió las luces, abrió la puerta y pidió al chico que se acercara. Le preguntó acerca de las condiciones de la carretera y sobre el tiempo en general. Le explicó lo del todoterreno. El chico prometió decírselo a su padre. Comprobarían si funcionaba y lo llevarían a la casa pequeña.
    – En el garaje hay un bidón de cinco litros de gasolina -dijo Marcus. Extrajo un sobre blanco y se lo entregó: era el regalo de Navidad para Drizzoli. Dinero.
    – Señor Bishop, el teléfono ya funciona -dijo el chico.
    Marcus sintió un vuelco en el corazón. Podía desconectarlo. Si lo hacía, no se estaría comportando mejor que ese Keith o como se llamara. Al poco pensó en los angustiados padres de Morgan. Con dos tazas de café sobre la bandeja plegable, Marcus dirigió la silla a la sala.
    – Morgan, despierta. Murphy, despiértala.
    Ella estaba preciosa, con el pelo despeinado y rizado sobre la cara. La observó mientras ella se estiraba perezosamente debajo de la manta y caía en la cuenta de que estaba desnuda.
    – Buenos días. Ya es casi mediodía. Y están despejando la carretera y me han dicho que el teléfono ya funciona. Puede que quieras ir arriba y llamar a tus padres. Tu ropa está en la secadora. El encargado del mantenimiento ha ido a comprobar el todoterreno. Si se pone en marcha lo traerá aquí. De lo contrario, lo remolcará hasta un garaje.
    Mo se ciñó la bata alrededor del cuerpo y se levanto. Suspiró profundamente. Bueno, ¿qué esperaba? Una relación de una noche solía tener un final así. ¿Por qué había esperado algo distinto?
    – Si no te importa, me ducharé y vestiré -dijo. -¿Puedo utilizar el teléfono del dormitorio?
    – Claro. -Él había esperado que llamara desde la sala para poder escuchar la conversación. La observó dirigirse al baño con la taza de café en la mano. Murphy estaba medio levantado y soltó un gañido. Marcus sintió que se le ponía carne de gallina. Desde el día del funeral de Marcey Murphy no había gañido así. Sabía que Morgan se iba.
    Marcus miró el reloj, el trabajo de los hombres al otro lado de la ventana. Transcurrieron treinta minutos.
    Murphy ladró cuando vio a Drizzoli acercarse a la propiedad de su amo.
    Dentro de la habitación, con la puerta cerrada, Morgan se sentó sobre la cama, ya totalmente vestida, y marcó el número de sus padres.
    – Mamá, soy yo.
    – Gracias a Dios. Estábamos muy preocupados, cariño. ¿Dónde estás?
    – En algún lugar por Cherry Hill. El todoterreno se averió y tuve que caminar. No lo creerás, pero me encontró un perro. Ya te lo contaré cuando esté en casa. Mi anfitrión me ha dicho que las carreteras están despejadas y que ahora están comprobando si mi coche funciona. Pronto estaré preparada para salir. ¿Pasasteis una buena Navidad? -No preguntaría por Keith. No preguntaría porque de pronto descubrió que ya no le importaba si se había presentado delante del árbol o no.
    – Sí y no. No fue lo mismo sin ti. Tu padre y yo tomamos ponche de huevo. Cantamos Noche de paz, claro, desafinando, y luego nos sentamos, preocupados por ti. Fue una tormenta muy fuerte. Creo que nunca había visto tanta nieve. Papá me dice que si el todoterreno no funciona irá a buscarte. ¿Cómo ha sido tu primera Navidad fuera de casa?
    – Bastante bien. Mi anfitrión es un hombre encantador. Es el dueño del maravilloso perro que me encontró. Cenamos un pavo bastante bueno. Incluso cantamos Campanas de Belén.
    – Bueno, cariño, como no vamos a salir puedes llamar cuando quieras. Me siento aliviada sabiendo que estás bien. Llamamos a la policía, a todo la gente que se nos ocurrió.
    – Lo siento, mamá. Tenía que haberte hecho caso y haber esperado a que amainara la nieve, pero tenía muchas ganas de llegar a casa. -Ahora preguntaría si Keith estuvo allí.
    – Keith estuvo aquí -se le anticipó la madre. -Llegó sobre las once. Dijo que había tardado siete horas de Manhattan a casa de su madre. Se quedó desconcertado al ver que no estabas, pero más por él que por ti. Lo siento, Morgan, pero ese hombre nunca me gustará. Es todo lo que tengo que decir al respecto. Y papá piensa lo mismo. Conduce con cuidado, cariño. Llámanos, ¿de acuerdo?
    – De acuerdo, mamá.
    Morgan colgó y sintió que se le revolvía el estómago. Ocultó la cara entre las manos. Lo que había esperado durante dos años, lo que había deseado y rogado, había sucedido. Pensó en el viejo dicho: «Ándate con cuidado con lo que deseas porque podrías llegar a tenerlo.» Ahora no quería lo que había deseado.
    Ya era de día y el sol irrumpía en la habitación. La fotografía del marco plateado reflejaba la luz. ¿Quién era aquella mujer? Debería habérselo preguntado a Marcus. ¿Seguía amando a esa mujer morena? Debió de quererla mucho para conservar sus cosas intactas y expuestas a un recuerdo constante.
    Anoche había sentido emociones extrañas.
    Keith y ella nunca habían alcanzado tal éxtasis. Sin embargo, había otras cosas que hacían que una relación funcionara. Marcus iba en silla de ruedas, pero a ella no le desagradaba. Pero ahora era el momento de irse. ¿Cómo iba a hacerlo?
    Al mirar por la ventana le dio un vuelco el corazón. Era el todoterreno. Funcionaba. Se levantó y salió. Pensó que los adioses eran duros. Sobre todo éste. Se sintió tímida, como una colegiala, cuando le dijo:
    – Gracias por todo. Pienso mantener mi promesa y enviar carne para Murphy. ¿Puedes darme tu dirección? Si alguna vez pasas por Wilmington ya sabes, para y… podemos vernos… Esto no se me da muy bien.
    – A mí tampoco. Aquí tienes mi tarjeta con mi teléfono. Llámame cuando quieras si… si tienes ganas de hablar. Sé escuchar.
    Mo le ofreció su tarjeta.
    – Te digo lo mismo.
    – Sólo necesitas un poco de anticongelante. Hemos llenado el depósito de gasolina. Conduce con cuidado. Estaré preocupado, así que llámame cuando llegues a casa.
    – Lo haré. Gracias de nuevo, Marcus. Si alguna vez quieres construir una casa o un puente, puedes contar conmigo. De verdad.
    – Lo sé. Lo tendré en cuenta.
    Mo se encogió de hombros. Qué tensos y formales se mostraban. No podía marcharse de este modo. Se inclinó sobre él, mirándolo a los ojos, y le besó ligeramente los labios.
    – Nunca olvidaré esta visita. -Ahora, pensó, dime que quieres que vuelva a visitarte. Dime que no me vaya. Me quedaré. Juro que me quedaré. Nunca más volveré a pensar en Keith, nunca mencionaré su nombre. Di algo.
    – Ha sido una Navidad muy bonita -dijo él. -He disfrutado mucho contigo. Sé que Murphy también se ha alegrado de tenerte con nosotros. Bien, conduce con cuidado y acuérdate de llamarme cuando llegues a casa.
    – Su voz sonó fría y distante. Lo de anoche había sido lo que él dijo; fue lo que fue. Nada más. Ella se lamentó desesperadamente, pero no iba a darle la maldita satisfacción de saberlo.
    – Lo haré -dijo Mo amablemente. Jugueteó un poco con Murphy, susurrándole al oído. -Cuida de él, ¿de acuerdo? Me parece que suele ser un poco testarudo. Tengo la cinta y siempre la conservaré. Te enviaré carne. -Como tenía los ojos anegados en lágrimas, Mo se volvió y no volvió a mirar a Marcus. Un segundo después se encontró en el reconfortante aire frío.
    El Cherokee estaba caliente y ronroneaba como un gatito. Antes de poner la tracción en las cuatro ruedas encendió las luces. No miró atrás.
    Había sido un entreacto. Uno de esos extraños sucesos que pasan una vez en la vida. Una anécdota en el tiempo.
    En poco más de veinticuatro horas se había enamorado de un hombre que iba en silla de ruedas… y de su perro. Lloró porque no supo qué hacer.

CAPÍTULO 09

    La llegada a casa fue como había imaginado. Sus padres la abrazaron. Su madre se secó las lágrimas con el dobladillo del delantal y su padre se comportó con cierta brusquedad, pero ella advirtió la humedad de sus ojos.
    – Cariño, ¿quieres desayunar algo?
    – Huevos con beicon no es mala idea. Pero asegúrate de que…
    – De que la yema está poco hecha y la clara tostada por el borde. Con dos tiras de beicon, tres tostadas para mojar y un vasito de zumo. Lo sé, Morgan. Señor, me alegro tanto de que estés a salvo y en casa. Papá ira a buscar tus bolsas. ¿Por qué no vas arriba, te bañas con calma y te pones algo de ropa que no parezca de una tienda de segunda mano?
    – Es una buena idea, mamá.
    En la intimidad de su habitación se fijó como una adolescente en el teléfono que había sido su contacto con el mundo exterior. Lo único que tenía que hacer era marcar el número, y oiría la voz de Marcus. ¿Debería hacerlo ahora o después del baño, ya vestida y maquillada? Decidió esperar. Marcus no parecía la clase de hombre que se sienta al lado del teléfono a esperar la llamada de una mujer.
    El baño le resultó delicioso. La sedosa sensación del agua estaba impregnada de aceite de baño de jazmín salvaje, su fragancia preferida. Mientras se relajaba en la humedad y el vapor se obligó a pensar en Keith. Sin haberlo preguntado a su madre, sabía que después de su llamada ésta había telefoneado a la madre de Keith. Se sintió tan feliz por estar a salvo que soportaría a Keith. Todos los regalos que había preparado con tanto esmero. Todo el dinero que se había gastado. Bueno, cuando volviera a Delaware los devolvería.
    Mo oyó a su padre entrar en el dormitorio, el ruido de las maletas depositadas en el suelo, las bolsas de los regalos. Cuando la puerta se cerró suavemente, sus hombros se relajaron. Estaba sola con sus pensamientos. Deseó tener un teléfono inalámbrico para llamar a Marcus. La idea de hablar con él mientras estaba en la bañera le produjo un agradable estremecimiento.
    Al cabo de un rato salió de la bañera. Se vistió, se secó el pelo y se maquilló con moderación. Se puso unos Levis y un jersey que ensalzaba su esbeltez, así como un poco de perfume y unos pendientes de perlas. Hurgó en el cajón en busca de calcetines de lana. En el armario había unas zapatillas Nike Air que había dejado en una de sus visitas.
    En la cocina, su madre la miró boquiabierta.
    – ¿Vas a ir así?
    – ¿Tiene algo de malo mi jersey?
    – Bueno, no. Es sólo que pensé que te arreglarías para… Keith. No tardará mucho en llegar.
    – Bueno, será mejor que se apresure porque tengo que salir un momento cuando termine este magnífico desayuno. Supongo que podrás decirle que espere o que vuelva en otro momento. Abriremos los regalos esta noche después de la cena. ¿Por qué no imaginamos que es Nochebuena?
    – Lo mismo ha sugerido papá.
    – Pues así lo haremos. Oye, no se lo digas a Keith. Quiero que sólo estemos nosotros.
    – Sí, cariño, si es lo que quieres. Cuando salgas ve con cuidado. Que hayan quitado la nieve de las carreteras no quiere decir que no pueda haber accidentes. El hombre del tiempo dijo que las autopistas seguían siendo un riesgo.
    – Iré con cuidado. ¿Necesitas que te traiga algo?
    – Antes de que nevara ya lo teníamos todo. No necesitamos nada. Abrígate, hace mucho frío.
    La primera parada de Mo fue en la carnicería de la calle principal. Pidió doce bistecs y pidió que los enviaran por correo a la dirección de Marcus. Pagó con la tarjeta de crédito. La siguiente parada fue en el centro comercial Menlo Park, donde se dirigió al Gloria Jean's Coffe Shop. Pidió medio kilo de café aromático, y repitió la operación.
    Pasó un rato echando un vistazo a los grandes almacenes Nordstrom; estaban tan llenos de gente que sintió claustrofobia.
    A las cuatro volvió sobre sus pasos, se detuvo en el Gloria Jean's para pedir un café y lo tomó sentada en un banco. No quería ir a casa. No quería ver a Keith. Lo que quería era llamar a Marcus. Y eso es exactamente lo que voy a hacer, se dijo. Estoy harta de hacer lo que la gente quiere que haga. Quiero llamarlo y voy a llamarlo. En cuanto terminó el café buscó un teléfono.
    Mo marcó el número y, en cuanto oyó su voz, sintió que perdía la cabeza.
    – Marcus, soy Mo. Dije que te llamaría al llegar a casa. Bueno, ya estoy aquí. De hecho, estoy en un centro comercial. Mi madre me ha enviado a buscar algo. No he podido llamar antes.
    – Me he preocupado al ver que no llamabas. Una llamada no cuesta tanto.
    Él se había preocupado y estaba reprendiéndola. Se lo merecía. Le gustó saber que se había preocupado.
    – ¿Qué estás haciendo? -preguntó ella.
    – Estoy pensando en la cena. Fiambres en conserva, algo fácil. Soy de los que miran partidos de fútbol por la tele. Me parece que Murphy te echa de menos. He tenido que ir a buscarlo dos veces. Estaba en mi habitación, tumbado en los almohadones en que dormiste.
    – Qué gracioso. Le he enviado los bistecs por correo. Deberían llegar mañana. He atado la cinta roja en el cabezal de mi cama. La llevaré conmigo a Wilmington. ¿Se lo dirás?
    – Se lo diré. ¿Cómo estaba la carretera?
    – Mal, pero se podía conducir. Mi padre me enseñó a conducir con cuidado. -Debía de ser la conversación más banal de toda su vida. ¿Por qué el corazón le palpitaba tan rápido? -Marcus, esto no es ninguna reunión de negocios. Quería preguntártelo ayer. ¿Quién es la mujer de la fotografía de tu habitación? Si no quieres hablar de ello, no pasa nada. Es sólo que me recordó un poco a mí misma.
    – Se llamaba Marcey. Murió en un accidente en el que yo también estaba. Yo llevaba puesto el cinturón, ella no. Preferiría no hablar de ello. Tienes razón, te pareces un poco a ella. Murphy enseguida se dio cuenta. Te quitó la toalla del pelo y te lamió el pelo. Creo que quería… enseñarme el parecido. Su muerte fue un duro golpe para él.
    Ella sintió haberlo preguntado.
    – Lo siento. No quería… lo siento mucho. -Estaba a punto de llorar. -Ahora debo colgar. Gracias de nuevo. Cuídate. -Entonces le cayeron las lágrimas y no hizo nada por detenerlas.
    Al dirigirse hacia el aparcamiento caminaba como un autómata. No pienses en la llamada de teléfono, se dijo. No pienses en Marcus y su perro. Piensa en mañana, cuando ya no estés aquí.

CAPÍTULO 10

    Al ver el coche de Keith hizo una mueca. Sólo un adolescente tendría un Camaro de color amarillo canario. El día con que había soñado durante dos años había llegado.
    – ¡Ya estoy en casa! -exclamó al entrar.
    – Mo, mira quién está aquí -dijo su madre. Dicho esto, se retiró seguida del padre.
    – Keith, qué alegría verte -dijo ella con cierta sequedad. ¿Quién era el hombre que estaba de pie delante suyo, con gafas de sol y un gorro de montar a caballo?
    – Estuve aquí… ¿Dónde estabas? Creí que teníamos una cita delante del árbol de Navidad. Tus padres estaban muy preocupados. Estás muy cambiada, Mo -dijo él, tratando de abrazarla. Ella lo evitó y se sentó.
    – No creía que vinieras.
    – ¿Por qué pensaste una cosa así? -Él pareció algo desconcertado por el comentario.
    – Mejor así -dijo ella, ignorando la pregunta -¿Qué has hecho estos dos años?
    El rostro de él cobró una expresión recelosa.
    – Un poco de todo. Trabajar, comer, dormir, divertirme un poco. Seguramente lo mismo que tú. He pensado mucho en ti. Mucho. Cada día.
    – Pero nunca llamaste ni escribiste.
    – Formaba parte del trato. El matrimonio es un gran compromiso, las personas necesitamos estar seguras jotes de dar ese paso. No creo en el divorcio.
    Qué virtuosas sonaban sus palabras. Ella observó cómo rebuscaba en los bolsillos hasta dar con lo que buscaba. Le tendió una pequeña caja con un lacito rojo.
    – Ahora estoy seguro. Sé que querías prometerte en matrimonio hace dos años. Yo no estaba preparado. Ahora lo estoy. -Le acercó la caja, sonriendo y Mo no hizo nada por coger la caja plateada. -¿No quieres abrirla?
    – No.
    – ¿No?
    – No, no quiero abrir la caja. No, no quiero comprometerme y no quiero casarme contigo.
    – ¿Eh? -Él pareció perplejo.
    – ¿Qué negativa no has comprendido?
    – Pero…
    – ¿Pero qué, Keith?
    – Creí que… estábamos de acuerdo… fue una separación temporal para ambos. ¿Por qué lo estropeas de este modo? Mo, siempre tienes una actitud negativa. ¿Qué estás diciendo?
    – Estoy diciendo que he tenido dos años para pensar en nosotros. En ti y en mí. Hasta hace unos días pensaba que funcionaría. Ahora ya no lo sé. No soy la misma persona, y seguro que tú tampoco. Y otra cosa, aunque me pagaras no subiría en ese coche de chulo que tienes. Tú también hueles a chulo. Lo siento. Te agradezco este regalo… sea lo que sea. Keith, esta pausa fue idea tuya. Quiero que sepas que te he sido fiel. -Y lo había sido. No hizo el amor con Marcus hasta el día de Navidad, a partir de cuando supo que lo de Keith y ella no funcionaría. -Mírame a los ojos, Keith, y di que me has sido fiel. ¿No? ¡Lo sabía! Tienes una buena vida. Envíame una felicitación de Navidad y yo haré lo mismo.
    – ¡Estás dándome plantón! -El tono de Keith era tan amenazador que Mo se echó a reír.
    – Es exactamente lo mismo que tú hiciste hace dos años. Estaba demasiado ciega para verlo. Todas las mujeres que has tenido harían lo mismo que yo. Nadie te quiere. Keith, te conozco mejor de lo que creía. No me gusta la palabra plantón. Rompo contigo porque ya no te quiero. Ahora, por mucho que mereciera la pena, no tendría tiempo para una relación. He decidido montar mi propio despacho. ¿Podemos estrecharnos la mano y quedar como amigos?
    – ¡Maldita sea! He conducido durante siete malditas horas desde Nueva York sólo para mantener mi promesa. Ni siquiera estabas aquí. Pero yo al menos lo he intentado. Podía haber ido con mis amigos a Vail. Eres tú la que ha puesto fin a esto. -Dicho esto, salió de la habitación raudamente, guardándose la caja plateada en el bolsillo.
    Mo se sentó en el sofá. Se sentía aliviada, de algún modo más optimista.
    – Mamá, siento como si acabaran de quitarme un gran peso de encima -le dijo cuando ésta entró. -Desearía haberos hecho caso a ti y a papá. ¿Lo has visto comportarse? ¿Siempre ha sido así?
    – Cariño, siempre ha sido así. No quería decírtelo, pero dadas las circunstancias, lo haré. La verdad es que no creía que viniese estas Navidades, excepto por una cosa. Cada mes su madre le envía un buen cheque. Este año su madre quería que viniera para las fiestas y le dijo que se lo daría el día de Navidad por la mañana. De haberlo tenido antes se hubiera ido a Vail. Mo, no te sientas mal.
    – No, mamá. Lo que estás cocinando huele de maravilla. Vamos a comer, abrir los regalos, dar gracias a Dios por ser una familia estupenda, y acostarnos.
    – Me parece muy bien.
    – Mamá, me iré por la mañana. Tengo que ocuparme de algunas cosas. -Comprendo. -Mamá, feliz Navidad.

    A la mañana siguiente Mo se puso en marcha con el depósito lleno, ropa de abrigo en el asiento del copiloto, una linterna nueva, una pala, calentadores, comida para una semana, dos pares de mitones y un par de botas forradas de piel de cordero.
    Abrazó y besó a sus padres, aceptó las herramientas que le dio su padre, hizo sonar el claxon y se puso en camino. Tenía planeado parar en Cherry Hill. Por qué, no lo sabía. Seguramente para volver a enloquecer. La sola idea de ver a Marcus y a Murphy la inundaba de excitación.
    Tenía preparado todo un discurso, palabras que seguramente jamás diría. Diría «Hola, me dirigía a mi casa y se me ha ocurrido parar a tomar un café.» Después de todo, había enviado un montón de cosas. Podría cocinar un bistec para Murphy. Quizá Marcus la saludara con un beso, quizá le pidiera que se quedara.
    Hasta que se halló cerca de la salida de Cherry Hill no se dio cuenta de que Marcus no le había preguntado si Keith se había presentado. Eso significaba que no estaba interesado en ella. «Fue lo que fue.» Pasó de largo la salida con los ojos anegados en lágrimas.

CAPÍTULO 11

    Durante enero y febrero sufrió mucho. Descolgó el auricular del teléfono miles de veces, pero siempre volvía a colgarlo. Él podía llamarla. El teléfono funcionaba en ambos sentidos. Lo único que tenía de él era una breve nota agradeciendo el café y los bistecs. Decía que Murphy seguía restregándose en los almohadones y que él se había convertido en un adicto al café. La última frase era personal: «Espero que tu Navidad con retraso fuera como querías.» Una M mayúscula ponía punto final a la nota.
    Ella debía de haber escrito mil cartas para responder a esa escueta nota, pero no envió ninguna.
    Estaba enamorada. Enamorada de verdad. Por primera vez en su vida.
    Y no había ninguna maldita cosa que pudiera hacer para evitarlo. A no ser que quisiera volver a ser una estúpida, cosa que no tenía intención de ser.
    Se concentró en el sinfín de detalles necesarios para montar su propio negocio. Ya tenía la oficina, había encargado las persianas verticales, ayudó a poner la alfombra y el zócalo. Su padre había hecho tres mesas, por si crecía y contrataba ayudantes. Su madre empapeló las paredes, sacó brillo a los adornos mientras ella iba a buscar clientes a pie. La inauguración oficial estaba prevista para primeros de abril.
    Ya tenía dos clientes, y otros dos apalabrados. Si tenía suerte, podría devolver el préstamo de su padre en tres años en lugar de cinco.

    Al otro lado del puente, Marcus Bishop se dirigía en silla de ruedas al jardín precedido de Murphy. En la bandeja plegable tenía dos cervezas y el teléfono móvil. Estaba inquieto, muy irritable. Dentro de dos semanas volvería al hospital. A pesar de haber esperado tanto la operación a vida o muerte, le daba miedo. No había ninguna garantía, pero el cirujano confiaba en que dentro de seis meses caminaría, ayudado de una intensa terapia. Bueno, podría arreglárselas. El dolor era la mitad de su ser. Quizá luego se vería con ánimo para llamar a Morgan y… y charlar. Se preguntó si se atrevería a entrometerse en su vida con Keith. Aun así, no había nada de malo en llamarla y charlar de Murphy. Se cuidaría de no mencionar la noche de Navidad, cuando hicieron el amor.
    – El mejor sexo de mi vida, Murphy -dijo hablando consigo mismo. -Ya me conoces… demasiado corto demasiado tarde o como se diga. ¿Qué habrá visto ella en ese gilipollas? Es un capullo, eso y aún más. Murphy, tú sí sabes escuchar. Maldita sea, llamémosla y… dentro de poco será su cumpleaños… y el mío. Quizá deba esperar hasta entonces y enviar una felicitación. O podría enviarle flores. Lo que pasa es que quiero hablar ahora con ella. Aquí viene el cartero, Murphy. ¡Ve a coger la correspondencia!
    Murphy corrió y volvió al cabo de un minuto con el pequeño saco donde el cartero metía el correo. Murphy la dejó en el suelo delante de Marcus. Le encantaba ir corriendo hasta el cartero, que siempre llevaba galletas de perro en el bolsillo.
    – ¡Vaya, vaya!, Murphy, ¿querrás mirar esto? Es una carta o postal de ya sabes quién. Vaya, justo hablábamos de ella y de repente llega carta suya. Esto significará algo. Veamos… Ah, ha abierto su propio negocio. La inauguración es el 1 de abril. Desea que tú y yo nos encontremos bien, y agrega que esta primavera hace un tiempo espléndido. De momento ya tiene cinco clientes, pero su padre tuvo que prestarle dinero. Está impaciente porque alguien le pida que construya un puente. Si alguna vez pasamos por Wilmington tenemos que parar y visitar su nueva oficina. Eso es, Murphy. Podría enviarle un árbol. Cuando se abre una oficina nueva se ha de tener un árbol. Quizá rosas amarillas. Son las diez de la mañana. Puede que lleguen a las doce. Y a las doce puedo llamar y hablar con ella. Eso es lo que vamos a hacer. -Murphy movió la cola en señal de asentimiento.
    Marcus encargó un ficus y una docena de rosas amarillas. Se aseguró de que el envío llegara a las doce y media. A las doce y media marcó el número de ella y sintió que el corazón se le disparaba.
    – Morgan Ames. ¿En qué puedo servirle?
    – Morgan, soy Marcus Bishop. He llamado para felicitarte. Acabo de recibir tu postal.
    – Oh, Marcus, qué alegría. Hoy he recibido tus regalos. El árbol es justo lo que necesitaba para la oficina y las flores son preciosas. Has sido muy amable. ¿Cómo estás? ¿Cómo está Murphy?
    – Estamos bien. Debes estar contentísima con la inauguración. ¿Cómo se ha tomado Keith que abras tu propio negocio? No sé por qué supuse que abrir tu propia oficina no era algo que pensaras hacer tan pronto. Seguramente no lo entendí bien.
    – Lo comenté con mi padre y él no encontró ninguna razón para esperar. Sin la ayuda de mis padres no lo habría conseguido. Y respecto a Keith… no funcionó. Se presentó, pero yo tomé una decisión. Sencillamente él no es la persona que yo creía. No sé si puedes comprenderlo, pero sentí que me había quitado un peso de encima.
    – ¿De verdad? Si ése es tu deseo, me alegro por ti. Ya sabes lo que se dice: cuando tiene que ser así, que así sea. -Se sintió pletórico por la noticia.
    – Y bien, ¿cuándo te parece que podrás pasarte por aquí y ver mi nuevo despacho?
    – Pronto. ¿Tienes servicio de bar?
    – Puedo tenerlo y lo haré. Tenemos que celebrar nuestros cumpleaños. Será un placer llevarte a cenar para celebrarlo, si dispones de tiempo.
    – Encontraré el tiempo. Deja que despeje el trabajo y vaya a verte. Lo único que me detendrá es mi próxima operación. Lo más probable es que sea esta semana.
    – Te deseo lo mejor. Si hay algo que pueda hacer… pero qué tonta soy, ¿verdad? Como si realmente pudiera hacer algo. A veces me paso de la raya. Quiero decir…
    – Sé a qué te refieres, Morgan, y lo aprecio. Murphy está… te echa de menos.
    – Os echo de menos a los dos. Gracias de nuevo por el árbol y las flores.
    – Disfrútalos. Volveremos a hablar, Morgan.
    En cuanto Marcus colgó el auricular alzó el puño en el aire.
    – ¡Uau! -Murphy reaccionó a ese extraño gesto saltando sobre el regazo de Marcus. -Le han encantado el árbol y las flores. Ha dejado a ese fulano. Y en lo que se refiere a ti y a mí, Murphy, quizá sigamos teniendo una oportunidad. Si esta maldita operación no estuviera tan próxima… Tengo que pensar, que hacer planes. Voy a trabajar en esto. Quizá podamos hacer que las cosas funcionen. Me ha invitado a cenar. Cielos, se ha ofrecido a pagar la cena. Eso tiene que significar algo. Está interesada. En nosotros, porque tú y yo vamos juntos. -El perro se retorció, meneando alegremente la cola. -Murphy, me encuentro bien. Realmente bien.

    Mo colgó el auricular con un brillo en los ojos. Enviar la invitación fue una buena idea. Se fijó en las flores y en el gran ficus que había situado en el rincón. Era lo mejor del mundo. Él le había preguntado por Keith y ella le contó la verdad. Todo había salido con naturalidad. Ahora deseó haber preguntado por la operación. Seguramente se operaba para aliviar el dolor que siempre parecía sentir. ¿Hasta qué punto preguntarle por su invalidez, u operación, sería pasarse de la raya? Ella no lo sabía. Además, no era de su incumbencia, al igual que Marcey tampoco lo era. Si él quisiera que ella lo 'supiera, si quisiera hablar de ello, habría dicho algo al respecto.
    No importaba. Él había llamado y habían acordado uña cita. Necesitaría un nuevo conjunto, ir a la peluquería y hacerse la manicura. Oh, esta noche iba a dormir tan bien. Quizá incluso soñara con Marcus Bishop.
    Pasó el resto del día y la noche entera sumida en tos pensamientos.

CAPÍTULO 12

    Al cabo de dos días Marcus Bishop descolgó el auricular a la tercera señal. Dijo su nombre con tono somnoliento y esperó. Un segundo después se irguió.
    – Joder, Stewart, ¿qué hora es? ¡Son las cinco! ¿No querías que fuese a las once? De acuerdo. Tengo que dejar las cosas preparadas para Murphy. No, no, no comeré ni beberé nada. Stewart, no me digas que no me preocupe. Ya estoy sudando. Hasta luego.
    Colgó.
    – Venga, Murphy, vamos a ver a Morgan para preguntarle si puede cuidar de ti hasta que pueda caminar o… Bien, seamos positivos. Coge tu correa, el cepillo y todos los trastos que quieras llevar. Ponlos en la cesta de delante de la puerta. Vamos.
    Silbó y cantó. De haber sido posible hubiera bailado una giga. No se molestó en ducharse -en el hospital se ocuparían de eso. -Aunque así se afeitó. Después de todo iba a ver a Morgan. Incluso podía ocurrir que le diera un beso de buena suerte. Uno de esos besos para-quedarse-sin-calcetines.
    Observó el despliegue de cosas que Murphy había llevado delante de la puerta. La cesta de plástico estaba a rebosar. Marcus se inclinó y hurgó entre el contenido. Su correa, su cepillo, sus vitaminas, sus juguetes preferidos, su manta, su cojín, unos viejos calzoncillos y una prenda de Marcey con la que le gustaba dormir, además de la bolsa de malla con el champú y los polvos anti-pulgas.
    – Puede que cuando vea todo esto nos dé una patada en el trasero. ¿Estás seguro de que quieres todos estos trastos?
    Murphy retrocedió y soltó los tres ladridos que Marcus consideraba como una afirmación. Ladró una y otra vez, saltando y correteando para que Marcus lo siguiera. En el fregadero Murphy alzó la pata indicando la puerta de la secadora. Marcus la abrió y observó al perro sacar la toalla amarilla y llevarla a la entrada.
    – Vaya por Dios. De acuerdo, ponía con el montón de cosas. Seguro que esto facilitará las cosas.
    Diez minutos más tarde iban por la autopista. A los cuarenta minutos, con tráfico muy escaso, Marcus localizó el complejo de apartamentos en que vivía Morgan. Tardó diez minutos en encontrar la entrada del apartamento. Gracias a Dios disponía de rampa y puerta especial para minusválidos. En el interior del vestíbulo estudió la fila de buzones y del portero automático. Presionó el botón y mantuvo el dedo apretado. Al escuchar su voz sonrió.
    – Estoy en el vestíbulo y necesito que bajes ahora, no hace falta que te arregles. Recuerda, te he visto en peores circunstancias.
    Ella bajó a toda prisa.
    – ¿Qué pasa? -dijo ella al salir del ascensor.
    – Nada y todo. ¿Puedes cuidar a Murphy? Hace una hora me llamó mi cirujano y quiere operarme esta misma tarde. La persona que tenían que operar ha pillado gripe. Tengo todo lo que Murphy necesita. ¿Puedes hacerlo?
    – Claro que sí. ¿Todo esto es suyo?
    – Lo creas o no, él mismo lo ha preparado. Estaba impaciente por venir. No sabes cómo te lo agradezco, el chico que suele cuidar de él cuando yo no puedo está trabajando en Perú. Si lo llevara a una perrera sé que no dormiría.
    – No es problema. Buena suerte. ¿Puedo hacer algo más por ti?
    – Rezar. Bueno, gracias otra vez. Le gusta la comida de verdad. Cuando mires lo que hay verás que no hay comida de perro.
    – De acuerdo.
    – ¿Cómo llamas a esto que llevas? -preguntó Marcus.
    – Es mi albornoz. Era de mi abuelo. Es viejo y suave como la seda. Es como un viejo amigo. Aún mejor, es muy caliente. Y esto, aunque parezcan calentadores de lana, son unos calzoncillos largos. Y lo que llevo en el pelo son rulos. Así soy -dijo Mo.
    – Sólo era curiosidad. Apuesto a que cuando te maquillas estás sensacional. ¿Sueles maquillarte?
    A Mo le afloraron las inseguridades y el rubor le subió. No quiso decirlo, no creyó que lo diría hasta que vio la expresión de Marcus:
    – ¿Por qué? ¿Marcey se maquillaba mucho? Bueno, siento decepcionarte, pero yo me maquillo poco. No puedo permitirme los caros potingues que ella llevaba. Lo que ves es lo que soy. En otras palabras, tómalo o déjalo y nunca más vuelvas a compararme con tu mujer o tu novia. -Dio media vuelta con la cesta de Murphy y éste la siguió.
    – ¡Espera! ¿Qué mujer? ¿Qué novia? ¿De qué caros potingues estás hablando? Marcey era mi hermana. Creí que te lo había dicho.
    – Pues no, no me lo dijiste -repuso Mo por encima del hombro, y sonrió de oreja a oreja. Ah, la vida era maravillosa. -Buena suerte -dijo mientras se cerraba la puerta del ascensor.
    Una vez en el apartamento, Mo se sentó en el suelo de la sala junto al perro de pelo sedoso.
    – Veamos qué tenemos aquí -dijo examinando la cesta. -Hummm, veo que la limpieza nos ocupará mucho tiempo. Tenemos un pequeño problema. De hecho, un problema muy, muy grande. En este complejo de apartamentos está prohibido tener animales domésticos. Oh, has traído la toalla amarilla. Es muy amable de tu parte, Murphy -dijo y lo acarició. -Colgué la cinta roja en mi cama. -Hablaba con el perro como si fuera una persona capaz de responderle. -Bien, no es un problema sencillo. Tendremos que dormir en la oficina. Puedo comprar un saco de dormir y llevar tu equipaje allí. Hay una cocina y un baño. Quizá mi padre pueda venir a instalar una ducha. Pero quizá no sea necesario. Siempre puedo ducharme aquí. Podemos cocinar en la oficina o comer fuera. Te he echado de menos. He pensado mucho en ti y en Marcus. Creí que nunca más volvería a saber de vosotros. Pensaba que él estaba casado. ¿Puedes creerlo?
    »De acuerdo, voy a ducharme, prepararé café y luego iremos a la oficina. Estoy segura de que no tiene nada que ver con la de Marcus. Es una oficina personal, si sabes a qué me refiero. Es agradable tener a alguien con quien hablar. Me gustaría que pudieras responder.
    Mo entró en la cocina para inspeccionar la nevera. Restos de comida china que debería haber tirado hacía una semana, restos de comida italiana que debería haber tirado hacía dos semanas, y el bistec a la pimienta que la noche anterior se había preparado ella misma. Lo calentó en el microondas y se lo ofreció a Murphy, que lo devoró en pocos segundos.
    – Supongo que con esto aguantarás hasta la tarde.
    Vestida con un traje de mujer de negocios, Mo cogió su maletín. La correa y los enseres de Murphy fueron a parar a una bolsa. En el último momento buscó un bol para el agua en el armario.
    – Supongo que también tendremos que llevar tu cama y tu manta.
    Después de otros dos viajes, lo único que le quedaba era llamar a su madre.
    – Mo, ¿qué ocurre?
    – Mamá, necesito que me ayudes. Si papá no está inundado de trabajo, ¿crees que podrá pasar por aquí?
    – Le contó los últimos acontecimientos. -Yo no puedo vivir en la oficina, por la calefacción y todo eso. ¿Crees que puedo encontrar una casa que sirva también de oficina? El local podría subarrendarlo, pero ahora no tengo tiempo para ocuparme de ello. Tengo mucho trabajo, mamá. Todo ha sido repentino. Casi parece como el día de la inauguración, que todos los que necesitaban un arquitecto me escogían a mí. No me quejo. ¿Puedes ayudarme?
    – Por supuesto. Esta semana papá no tiene nada que hacer. Es por la jubilación. No quiere viajar, no quiere cuidar del jardín, no sabe lo que quiere. Anoche mismo hablaba de hacer el curso de cocina de Julia Child. Nos prepararemos y saldremos dentro de una hora. -Su tono bajó. -Deberías ver el brillo de sus ojos… ya está preparado. Te veremos enseguida.
    En cuanto llegaron a la oficina, Murphy se instaló en pocos segundos. Se apropió de un recuadro bañado de sol delante de la ventana. Junto a él tenía su pelota roja, un gato de goma que maullaba y su lata de caramelos de plástico. Se dedicó a lamer un hueso de caldo casi tan grande como él.
    Mo trabajó sin interrupción hasta que a las doce y diez llegaron sus padres. Murphy los miró con recelo hasta que vio la entusiasta bienvenida que les daba Mo, momento en que se unió a ella, lamiendo la mano de la madre y ofreciendo la pata al padre.
    – Esto es lo que yo llamo un caballero. Me siento más tranquilo sabiendo que estás acompañada por este perro en lugar de tan sola -dijo su padre.
    – Sólo es temporal, papá. Marcus vendrá a buscarlo en cuanto… bueno, no lo sé exactamente. Papá, tengo mucho trabajo. Incluso tengo un problema con esto- echa una mirada y dame tu opinión. El cliente vendrá a las cuatro y estoy ofuscada. El sistema de calefacción no funcionará de la manera en que quiere instalarlo. Tengo que quitar paredes, mover ventanas… y no querrá pagar los cambios.
    – Ahora mismo. Tu madre y yo hemos decidido que yo me quedaré a ayudarte. Ella ha quedado de verse con una agente inmobiliaria a las doce y media. Le telefoneamos y lo hemos arreglado todo. Le hemos dicho exactamente lo que necesitas, así que no hará perder el tiempo a tu madre con cosas inadecuadas. Conociendo a tu madre, estoy seguro de que encontrará el lugar perfecto antes de las cinco de la tarde. ¿Por qué no vas a verlo con ella mientras hecho un vistazo a estos planos?
    – Mo, creo que deberías contratarle -bromeó su madre. -Seguramente trabajará gratis. Un par de días a la semana le irían de maravilla. Yo podría quedarme aquí y cocinar para ti o pasear el perro. Sería un placer para nosotros, Mo, si te parece que funcionará y no piensas que nos entrometemos en tu vida.
    – Me encantaría, mamá. Murphy no es mi perro, pero me gustaría que lo fuera. Me salvó la vida.
    – Háblame de Marcus Bishop, y no me digas que no hay nada que decir. Veo cierto brillo en tus ojos, y no precisamente a causa del perro.
    – Más tarde, ¿de acuerdo? Creo que es hora de ver a la agente inmobiliaria. Mamá, ve por ello. Recuerda, necesito un lugar cuanto antes. De lo contrario tendré que dormir en un saco en la oficina. Si pierdo el apartamento por tener un perro no creo que me devuelvan la fianza, y era considerable. Si encuentras algo sería perfecto Porque mi contrato actual vence en mayo. No sabría como pagártelo. Te lo agradezco, mamá.
    – Para eso están los padres, cariño. Hasta luego. John… ¿me oyes?
    – Ummm.
    Mo guiñó el ojo a su madre.
    Padre e hija trabajaron sin pausa, deteniéndose lo para comerse la pizza que encargaron. Cuando el cliente de Mo cruzó la puerta a las cuatro en punto, presentó a su padre como su socio John Ames.
    – Ahora, señor Caruthers, verá la conclusión a que hemos llegado Mo y yo. Tiene todo lo que quería, con el sistema de calefacción incluido. ¿Ve esta pared? Lo que hemos hecho ha sido…
    Sabiendo que su cliente estaba en buenas manos, Mo fue a la cocina a preparar café. En el último momento añadió galletas en la bandeja. Cuando entró en el despacho con la bandeja en la mano, su padre estaba dando la mano al cliente con una sonrisa.
    – Al señor Caruthers le ha gustado tu idea. Tiene lo que quería más el atrio. Está dispuesto a asumir los gastos extras.
    – Señor Caruthers, dentro de unas semanas me mudo otra vez. Como he decidido asociarme necesito más espacio. Le informaré de mi nueva dirección y número de teléfono. Si se entera de alguien interesado en subarrendar un local, llámeme.
    Menos de diez minutos después de que Caruthers se fuera, Helen Ames irrumpió por la puerta acompañada de la agente inmobiliaria.
    – ¡Ya lo tengo! ¡El lugar perfecto! Un agente de seguros que tenía la oficina en su casa quiere alquilarla. Está vacía. Puedes mudarte esta noche o mañana. Tiene luz y gas a su nombre, con lo que él se hará cargo de las facturas. Es parte del contrato. Es maravilloso, Mo, incluso hay un pequeño jardín vallado para Murphy. Me he tomado la libertad de apalabrar tu mudanza. La señorita Oliver tiene un cliente que tiene su propio camión. Hemos quedado que se ocupará del traslado de tus muebles. Lo único que tenemos que hacer es empaquetar los objetos personales, y si nos ayudas, tu padre y yo podemos ocuparnos. Esta misma noche ya puedes estar instalada. La casa está en condiciones habitables, así es como lo dicen los agentes inmobiliarios. La señorita Oliver está de acuerdo en ocuparse de subarrendar este lugar. Mañana su jefe se muda de oficina. Como mucho, Mo, sólo perderás medio día de trabajo. El jardín es muy bonito, con una magnífica glicina que te encantará. El agente de seguros que era el dueño se alegra de alquilarlo a alguien como nosotros. Es un contrato de tres años con opción a compra. La madre de su mujer vive en Florida, y esta última quiere ir allí porque por lo visto no está muy bien de salud. Me encanta cuando las cosas salen bien para todas las partes. Después de que le contara la historia de Murphy no ha puesto ningún reparo por el perro.

CAPÍTULO 13

    Todo salió como dijo su madre.
    Los chaparrones de abril dieron paso a las flores de mayo. Junio entró con cálidas temperaturas y un brillante sol. El único fallo en la vida de Mo era la falta de comunicación con Marcus.
    Poco después del Cuatro de Julio, Mo metió a Murphy en el Cherokee un soleado domingo y se dirigió a Cherry Hill.
    – Algo va mal, lo presiento -murmuró al perro durante el trayecto a lo largo de New Jersey Turnpike.
    Murphy estaba extasiado cuando el todoterreno se detuvo cerca de su vieja casa. Correteó alrededor de la casa, ladrando y gruñendo, antes de deslizarse por su puerta. Al otro lado siguió ladrando y luego aulló. Como todas las puertas estaban cerradas Mo tuvo que tomar el mismo camino de Nochebuena.
    En el interior todo estaba limpio y ordenado, pero todo tenía una gruesa capa de polvo. Sin duda, Marcus se había ausentado para mucho tiempo.
    – Ni siquiera sé en qué hospital está -se dijo. -¿Dónde está, Murphy? Él no te abandonaría, ni siquiera me abandonaría a mí. Lo sé, no lo haría.
    Se preguntó si tenía derecho a husmear en el escritorio de Marcus. Preocupada, se sentó y pensó en su cumpleaños. Había esperado tanto que le enviara una postal, una de esas tontas postales que dejan su verdadero sentido en el aire, pero su cumpleaños había pasado sin ninguna noticia de él.
    – Quizá te haya abandonado, Murphy. Supongo que no le intereso. -Suspiró mientras apoyaba la cabeza en la pelambrera del perro. -De acuerdo, es hora de irse. Sé que te gustaría quedarte y esperar, pero no podemos. Volveremos otro día. Volveremos tantas veces como sea necesario. Te doy mi palabra, Murphy.
    En el trayecto de vuelta a casa, Mo pasó por su vieja oficina y se sorprendió al ver que se había convertido en un puesto de verduras coreanas. Sabía que la señorita Oliver la había subarrendado, pero era lo único que sabía.
    – La vida sigue, Murphy. Cómo es ese viejo dicho, ¿el tiempo pasa para todos? No importa, algo así.

    El verano dio paso al otoño y antes de que Mo lo supiera sus padres habían vendido su casa y alquilado una propiedad en el valle de Wilmington. Su padre trabajaba a jornada completa en la oficina mientras su madre asistía a todas las reuniones de mujeres del estado de Delaware. Era la mejor solución.
    El día de Acción de Gracias lo pasó en la propiedad de sus padres, su madre ocupándose de la comida. Fue un día sin novedades. Mo y su padre se durmieron en la sala después de la cena. Más tarde, mientras ponía la correa a Murphy, su madre le dijo:
    – Vosotros dos necesitáis un ayudante en la oficina. He concertado una cita con una nueva secretaria y lo primero que haréis el lunes por la mañana será aceptar las solicitudes de trabajo de nuevos ayudantes. Ya estamos casi en Navidad y ninguno de nosotros ha ido de compras. Es la temporada más bonita del año y el tiempo es precioso. Todos necesitamos disfrutar más de la vida. Papá y yo nos iremos de viaje después de Navidad. Iremos a Florida en coche. No quiero oír ni una palabra, John. Y tú, Mo, ¿cuándo fue la última vez que hiciste vacaciones? Ni siquiera lo recuerdas. Bueno, el 10 de diciembre cerraremos tu oficina hasta el 2 de enero. No hay nada más que decir. Si tus clientes se oponen, deja que vayan a otra parte.
    – De acuerdo, mamá -cedió Mo.
    – Como siempre, Helen, tienes razón -dijo John.
    – Sabía que estarías de acuerdo. Cuando estemos en Florida jugaremos al golf.
    – Helen, por el amor de Dios. Odio el golf. Me niego a darle a una pelotita con un palo y de ninguna manera pienso ponerme pantalones de golf ni esos malditos gorros con pom-pom.
    – Ya veremos -se mofó Helen.

    En casa, acurrucada en la cama junto a Murphy, Mo encendió el televisor que finalmente acabaría por hacerla dormir. Se sentía excitada por alguna razón. Era casi Navidad, y Marcus Bishop seguía sin aparecer en su vida. Pensó en el sinfín de veces que había llamado a la Ingeniería Bishop para sólo enterarse de que el señor Bishop estaba ausente e ilocalizable.
    – Al infierno contigo, Marcus Bishop. No creo que tu conciencia te permita seguir viviendo después de dejarme plantada con tu perro y olvidarte de él. ¿Qué clase de hombre eres? Él te añora.
    Maldita sea, lo estaba perdiendo. Tenía que dejar de hablar sola o se volvería loca.
    Advirtiendo su estado de humor, Murphy se le acerco Le lamió las mejillas y alzó las patas sobre su pecho.
    – Olvida lo que acabo de decir, Murphy. Marcus te quiere… lo sé. No te ha olvidado. Tal vez la operación fue mal y esté recuperándose en alguna parte. Creo que cuando decía que estaba acostumbrado a la silla y que no le importaba hablaba por hablar. Sí que le importa. ¿Y si han tenido que amputarle las piernas? Oh, Dios, -sollozó. Murphy gruñó, erizándosele el pelaje. -Tranquilo, Murphy. Nada de eso ha pasado, estoy segura.
    Se durmió, porque estaba cansada y porque cuando lloraba le resultaba difícil mantener los ojos abiertos.

    – ¿Qué vas a hacer, cariño? -preguntó Helen Ames en cuanto Mo cerró la puerta de la oficina.
    – Subiré a preparar un pastel de chocolate. Mamá, es 20 de diciembre. Faltan cinco días para Navidad. Escucha, creo que tú y papá tenéis el derecho de iros a Florida mañana. Os merecéis tomar el sol por vacaciones. Murphy y yo estaremos bien. Incluso podría llevarlo a Cherry Hill para que pase la Navidad en casa. Siento que debería hacerlo por él. Quién sabe, quizá Florida os encante y queráis retiraros allí. Mamá, hay cosas peores. Hagas lo que hagas, no obligues a papá a ponerse esos pantalones. ¿Me lo prometes?
    – Te lo prometo. Pero ¿no te importa pasar las Navidades sola con el perro?
    – Mamá, de verdad que no me importa. No hemos parado de hacer cosas. Es una buena oportunidad para no hacer nada. Ya sabes que Nochebuena nunca me ha importado mucho. Llamadme cuando lleguéis, y si no estoy dejad un mensaje. Conducid con cuidado y parad de vez en cuando.
    – Buenas noches, Mo.
    – Buen viaje, mamá.

CAPÍTULO 14

    La mañana del 23 de diciembre Mo se levantó temprano, se preparó huevos con beicon y luego sacó a Murphy a pasear. Durante la noche había soñado que estaba en Cherry Hill, que había comprado un árbol de Navidad, lo había decorado, había preparado una cena para ella y Murphy, y… pero entonces despertó. Bueno, iba a vivir el sueño.
    – ¿Quieres ir a casa, viejo amigo? Reúne tus cosas. Vamos a comprar un árbol y recorrer el trayecto. Mañana hará un año que nos conocemos. Tenemos que celebrarlo.
    Poco después de mediodía, Mo se encontró arrastrando un pequeño abeto por el patio trasero de Marcus. Como antes, se escurrió por la puerta del perro y cruzó la cocina hasta la puerta del patio. Tardó bastante en localizar la caja de los adornos de Navidad, pero, con las chimeneas encendidas, la cabaña se caldeó rápidamente.
    En la puerta principal colocó la corona de flores con el lazo rojo. De nuevo en el interior de la casa, colocó las luces del árbol y entre sus ramas puso adornos de vivos colores. De cuclillas, empujó el árbol hasta que quedó perfectamente ubicado en el rincón. Era maravilloso, pensó tristemente en cuanto acabó de decorarlo. Lo único que faltaba era Marcus.
    Pasó el resto del día limpiando y quitando el polvo. Cuando terminó sus labores, hizo un pastel y preparó un estofado con carne de hamburguesa.
    Durmió en el sofá porque no tuvo fuerzas para acostarse en la cama de Marcus.
    El día de Nochebuena comenzaba a caer, agrisándose y nublándose. Parecía que fuese a nevar, pero el hombre del tiempo había dicho que este año no serían unas Navidades blancas.
    Vestida con téjanos, zapatillas de deporte y una cálida camisa de franela, Mo comenzó los preparativos para la cena. La casa estaba invadida del olor de la fritura de cebollas, el aroma del árbol y de las galletas de jengibre que estaban haciéndose en el horno. Casi se sintió aturdida al fijarse en el árbol con los regalos a sus pies, regalos para Murphy y para Marcus. Cuando se marcharan, después de Año Nuevo, los dejaría allí.
    A la una metió el pavo en el horno. El budín de pasas y ciruelas, hecho por ella misma, estaba enfriándose en la encimera. Las patatas y el malvavisco estaban junto al budín. Las semillas de sésamo y el brócoli estaban listos para la cocción en cuanto sacara el pavo del horno. Echó una última mirada a la cocina y a la mesa dispuesta para una persona antes de retirarse a la sala a mirar la televisión.
    Murphy saltó del sofá con el pelaje erizado. Gruñó y comenzó a corretear por la habitación, yendo de aquí para allá. Asustada, Mo se levantó para mirar por la ventana. No había nada excepto los árboles desnudos que rodeaban la casa. Encendió más luces, incluso las del árbol. Como precaución, atrancó las puertas y ventanas. Murphy siguió gruñendo inquieto. Al poco empezó a emitir agudos gañidos, pero no se acercó a la puerta. Mo corrió las cortinas y encendió las luces del exterior. Comenzaba a inquietarse. ¿Debía llamar a la policía? ¿Qué diría? ¿Mi perro se está comportando de un modo extraño? Maldición.
    Los lamentos de Murphy eran muy extraños. Quizá no fuera un perro preparado para defender a su dueño, su propiedad y su casa. Desde que lo tuvo nunca se había puesto a prueba. Para ella sólo era un gran animal capaz de querer incondicionalmente.
    En un instante de pánico dio una vuelta por la casa y comprobó los cerrojos de todas las puertas. Las puertas eran robustas y sólidas, pero no se tranquilizó.
    El ruido del exterior era espantoso y parecía proceder de la zona de la cocina. Se armó con un cuchillo de trinchar en una mano y una sartén de hierro en la otra. Murphy seguía correteando y gimiendo. Ella esperó.
    Al ver que el pomo de la puerta giraba se preguntó si tendría tiempo de correr a la puerta principal y subir al Cherokee. Tenía miedo de arriesgarse y miedo de que Murphy echara a correr en cuando estuviera fuera.
    Al ver que se movía la cortina de la puerta del perro se quedó helada. Murphy también lo vio y soltó un ladrido ensordecedor. Mo dio un paso hacia la izquierda, alzando la sartén, con los hombros erguidos y el cuchillo en la misma posición.
    Ella vio su cabeza y parte del hombro.
    – ¡Marcus! ¿Eres tú? ¿Por qué entras por la puerta de Murphy? -Los hombros se le relajaron con alivio.
    – Todas las puertas están cerradas con pestillo. Estoy atascado. ¿Qué demonios estás haciendo en mi casa? Y con mi perro.
    – Lo he traído por Navidad. Te echaba de menos. Pensé… podías haber llamado, Marcus, o enviar una postal. Te juro que creí que habías muerto en la mesa del quirófano y que nadie de tu empresa quería decírmelo. Marcus, tuve que mudarme de apartamento porque en el mío estaba prohibido tener animales. He abandonado la oficina por tu perro. Bueno, aquí lo tienes. Me voy y sabes qué te digo… no me importa que estés atascado en esa puerta. Has desperdiciado casi un año de mi vida. No hay derecho. No tienes excusa, y aunque la tengas no quiero escucharla.
    – ¡Abre la maldita puerta!
    – ¡Y un cuerno, Marcus Bishop!
    – Escucha, somos personas adultas y sensatas. Discutámoslo racionalmente.
    – Que pases una feliz Navidad. La cena está en el horno. Tu árbol en la sala, decorado, y en la puerta Principal hay una corona. Aquí tienes a tu perro. Supongo que es todo lo que necesitas.
    – No puedes irte y dejarme así atascado…
    – ¿Qué te apuestas? Has jugado con mis sentimientos. ¡Me has dejado sola con tu perro! Eres mucho más idiota que Keith. ¡Y yo me he creído tus sandeces! Supongo que la culpa es mía.
    – ¡Morgan!
    Mo se dirigió apresuradamente hacia la puerta principal. Murphy ladró. Ella se detuvo.
    – Lo siento. Tú le perteneces a él. Te quiero… eres un compañero y amigo maravilloso. Nunca olvidaré que me salvaste la vida. De vez en cuando te enviaré bistecs. Cuida de ese… ese gran bobo, ¿me oyes? -dijo, y cerró la puerta violentamente.
    Estaba abriendo la puerta del garaje cuando sintió alguien a su lado. A su izquierda oyó los ladridos de Murphy.
    – Vas a tener que escucharme quieras o no quieras. Mírame cuando te hablo -dijo Marcus Bishop frente a ella.
    La rabia y la hostilidad de ella se desvanecieron.
    – ¡Marcus, estás de pie! ¡Caminas! ¡Es maravilloso! -La ira le volvió tan repentinamente como había desaparecido. -Esto sigue sin justificar tu silencio de nueve meses.
    – Mira, envié postales y flores. Te escribí cartas. ¿Cómo demonios iba a saber que te habías mudado?
    – Ni siquiera me dijiste a qué hospital ibas. Intenté llamarte pero en tu oficina no me decían nada. Por un dólar, en la oficina de correos te hubieran dado mi nueva dirección. ¿Se te ocurrió alguna vez?
    – No. Pensé que… bueno, pensé que te habías fugado con mi perro. Perdí la tarjeta que me diste. Me desanimé cuando me enteré que te habías mudado. Lo siento. Toda la culpa es mía. Tenía el gran sueño de entrar caminando en casa de tus padres el día de Nochebuena y estar junto a ti frente al árbol. Mi operación no fue tan fácil como el cirujano esperaba. Tuvieron que hacerme una segunda operación. La terapia fue tan intensa que apenas podía pensar. No me estoy lamentando, estoy tratando de explicártelo. No tengo nada más que decir. Si quieres quedarte con Murphy, de acuerdo. No tenía ni idea… él te quiere. Cielos, yo te quiero.
    – ¿Me quieres?
    – Claro que sí. Durante la recuperación no hice más que pensar en ti. Era lo que me ayudaba a seguir. Hoy incluso he ido a esa tienda coreana y mira esto. -Alargó un montón de postales y sobres. -Parece que no sabes leer. Esperaban que fueras a buscar el correo. Dijeron que las flores que enviaba de vez en cuando les gustaban mucho.
    – ¿De verdad, Marcus? -Se acercó y cogió la correspondencia. -¿Cómo te has salido de la puerta del perro?
    Marcus resopló.
    – Murphy me empujó. ¿Por qué no entramos y hablamos como dos personas civilizadas que se quieren?
    – Yo no he dicho que te quiero.
    – ¡Dilo!
    – De acuerdo, te quiero.
    – ¿Y qué más?
    – Te creo y también quiero a tu perro. -¿Viviremos felices aunque ahora sea guapo y rico? -Claro que sí, pero eso es lo de menos. Cuando ibas en silla de ruedas ya te quise. ¿Funciona todo… tu cuerpo?
    – Comprobémoslo.
    Murphy los precedía en el camino hacia la casa.
    – Te levantaré en brazos para cruzar el umbral.
    – ¡Oh, Marcus!, ¿de verdad?
    – A veces hablas demasiado. -La besó como nunca había besado a nadie.
    – Eso me ha gustado. Hazlo otra vez, y otra, y otra.
    Él lo hizo.

SOBRE LA AUTORA

    Fern Michaels es una reconocida autora de bestsellers del New York Times de EE.UU, con reconocidos libros como Fool Me Once, Sweet Revenge, The Nosy Neighbor, Pretty Woman, y docenas de otros libros y novelas cortas.
    Hay más de setenta millones de ejemplares de sus libros impresos. Fern ha construido y financiado varios grandes centros de atención diurna en su ciudad natal, y es una apasionada amante de los animales, hasta ha equipado a los perros policiales de todo el país con chalecos especiales antibalas.
    Ella comparte su hogar en Carolina del Sur con sus cuatro perros y un fantasma residente llamada Mary Margaret.

***

Top.Mail.Ru