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El rumor de un escándalo

El rumor de un escándalo

Аннотация

    Solo hace falta un escandaloso rumor para arruinar una reputación…
    Lady Joanna Ware es la favorita de la sociedad, una anfitriona que ha dejado atrás su infeliz matrimonio con un mujeriego… hasta que su difunto esposo la deja al cuidado de su hija ilegítima fruto de sus escarceos amoroso…
    Alexander, Lord Grant, es un explorador laureado como un héroe y aventurero. Desdeña a la sociedad y no quiere tener lazos familiares… hasta que su mejor amigo le deja al cuidado de su hija ilegítima…
    Joanna y Alex discrepan nada más conocerse, así pues, ¿cómo van a comportarse de un modo lo bastante civilizado como para aunar fuerzas y recatar a la niña huérfana? Salvar a Nina les llevará de los rutilantes salones y bailes del Londres de la regencia a las gélidas y áridas tierras del Polo Norte y les pondrá a prueba a ellos mismos y a sus emociones. ¿Qué pasará cuando su amarga hostilidad se convierta en un deseo apasionado?
    Cuidado con las mujeres escandalosas


Nicola Cornick El rumor de un escándalo

    Mujeres escandalosas, 1
    Título Original: Whisper of Scandal
    Traducido por: Fernando Hernández Holgado
    Con una hueste de furiosas fantasías
    por mí comandada,
    con una ardiente lanza y un caballo de aire
    hacia la tierra salvaje me aventuro.
    Por un caballero de fantasmas y sombras
    soy convocado a torneo,
    diez leguas más allá del fin del ancho mundo.
    Paréceme que ya no hay viaje.
    Anónimo,
    La Canción de Tom O'Bedlam,
    en torno a 1600.

PRIMERA PARTE

La viuda de hierba

    Definición: una «viuda de hierba» es una esposa cuyo marido se espera que retorne después de un plazo limitado de ausencia, habitualmente tras un viaje. La «hierba» se refiere al colchón, generalmente relleno de la misma. La «viuda» es abandonada sobre la hierba-colchón. Ello podría sugerir la idea de que la esposa abandonada ha sido «puesta a pastar», según la coloquial expresión. El término suele aplicarse «con una sombra de malignidad», a modo de comentario ambiguo y provocador.

Uno

    Londres, mayo de 1811
    Llegaba tarde. Año y medio tarde.
    Alex Grant se detuvo en la entrada de la casa londinense de lady Joanna Ware, en Half Moon Street. De haber esperado ver alguna señal de duelo, se habría quedado profundamente decepcionado. No había crespones negros en las contraventanas, y la aldaba de plata que daba la bienvenida a los visitantes había vuelto a ser instalada. Lady Joanna, según parecía, ya había dado por concluido el luto justo un año después de que la noticia de la muerte de su marido llegara a sus oídos.
    Alex alzó la aldaba y la puerta principal se abrió silenciosamente. Un mayordomo apareció ante él, todo vestido de negro. Era demasiado temprano para la hora de las visitas. El mayordomo consiguió hacer evidente ese hecho, así como su desaprobación, con un leve arqueamiento de cejas.
    – Buenos días, milord. ¿En qué puedo serviros?
    «Milord». Aquel hombre no lo conocía y sin embargo había reconocido su categoría social con cierta exactitud. Era impresionante: justo lo que habría esperado del mayordomo de una figura tan prominente y destacada de la alta sociedad como lady Joanna Ware.
    – Me gustaría ver a lady Joanna, por favor.
    Eso no era exactamente verdad. Tenía muy pocas ganas de ver a lady Joanna Ware: únicamente un férreo sentido del deber, la obligación que sentía para con un colega fallecido, lo había empujado a presentar sus condolencias a la viuda. Además, la evidente falta de luto, que en el fondo no era más que falta de respeto a una persona tan eminente y respetada como David Ware, había despertado su indignación.
    El mayordomo se había hecho a un lado para dejarlo entrar en el vestíbulo, pese a que su expresión todavía reflejaba dudas. El elegante suelo de baldosas blancas y negras se extendía hasta el nacimiento de una escalera curva. Dos altos criados de librea, gemelos idénticos, según pudo observar Alex, montaban guardia como estatuas a cada lado de una puerta cerrada. De repente, desde el otro lado llegó hasta Alex una estridente voz femenina que consiguió estropear de algún modo aquella escena de aristocrática elegancia:
    – ¡Primo John! ¡Haced el favor de levantaros y cesar de acosarme con todas esas ridículas propuestas de matrimonio! Además de aburrirme, me estáis ensuciando mi alfombra nueva. La he comprado para lucirla, no para que se deteriore bajo las rodillas de molestos pretendientes.
    – Lady Joanna está ocupada, señor -informó el mayordomo a Alex.
    – Al contrario. Acaba de anunciar que no lo está -atravesó el vestíbulo y abrió la puerta, ignorando la ahogada exclamación de escándalo del mayordomo y disfrutando con las consternadas expresiones de los criados gemelos.
    La sala en la que entró era una luminosa biblioteca, pintada en blanco y amarillo limón. La chimenea estaba encendida, pese a la calidez de aquella mañana de mayo. Un perrito gris, adornado con un lacito azul en lo alto de la cabeza, que descansaba al lado del fuego, alzó la cabeza para clavar en Alex una inquisitiva mirada. Un aroma a lilas y a cera de abejas flotaba en el aire.
    La habitación era cálida y acogedora. Alex, que hacía cerca de siete años no conocía la placidez de un hogar y que tampoco había sentido la necesidad de disfrutar de ninguno, se quedó sorprendido. Descansar en una sala semejante, elegir un libro de aquellas estanterías y servirse un brandy de la licorera, antes de hundirse en una cómoda butaca frente a la chimenea, se le antojó de pronto la mayor de las tentaciones.
    Pero se equivocaba. Porque la mayor de las tentaciones era la mujer que se hallaba al pie de los altos ventanales, con el sol arrancando reflejos entre dorados y cobrizos a su preciosa melena color castaño. Su rostro era un óvalo perfecto; los ojos, de un azul violeta; la nariz, pequeña y recta. Todo ello se completaba con una boca de labios indecentemente sensuales, de tan rojos y llenos como parecían. No era convencionalmente bella en ningún aspecto. Demasiado alta, demasiado esbelta, demasiado angulosa, pero nada de eso importaba un ápice. Con un vestido mañanero rojo cereza y una cinta a juego en el pelo, estaba deslumbrante. No había allí rastro alguno de luto que oscureciera la vida y la vitalidad que emanaba de su persona.
    Pero Alex dispuso de poco tiempo para apreciar la belleza de lady Joanna Ware, porque ésta ya lo había visto y corría en ese momento hacia él.
    – ¡Querido! ¿Dónde os habíais metido? ¡Llevo horas esperándoos! -se lanzó a sus brazos-. ¿Tan mal estaba el tráfico en Piccadilly?
    Sintió su cuerpo cálido y suave, como si hubiera sido diseñado específicamente para encajar con el suyo. Un estremecimiento de asombro lo recorrió ante aquella sensación de íntimo reconocimiento. Olía a flores de verano. Por un instante vio su rostro alzado hacia él, con sus ojos violeta muy abiertos… antes de que lo tomara de la nuca para atraerlo hacia sí y darle un beso en los labios.
    Entró en un estado de excitación tan intenso como instantáneo. El cuerpo entero de Alex reaccionó a la irresistible seducción de sus labios, tan frescos, tan suaves, tan tentadores. De pronto ya no fue capaz de pensar en otra cosa que no fuera la presión de su cuerpo contra el suyo, o la absoluta necesidad de llevársela a la cama. O a la cama de ella, que presumiblemente estaba más cerca.
    Pero ya lady Joanna había empezado a apartarse, dejándolo con nada más que la promesa del paraíso y una incómoda excitación. Sus labios se detuvieron sobre los suyos durante un segundo más y Alex casi gruñó en voz alta. Para entonces un brillo travieso ardía en sus ojos violeta mientras bajaba la mirada a su pantalón.
    – ¡Vaya, querido, qué contento os habéis puesto de verme!
    Si le estaba llamando «querido», era precisamente porque no tenía la menor idea de quién era, se recordó Alex mientras se refugiaba estratégicamente detrás de un escritorio lleno de libros, con la intención de esconder su demasiado obvia incomodidad. Pero le sonrió, desafiante. Si ella podía utilizarlo de una manera tan descarada, él bien podría comportarse con la misma falta de escrúpulos. Se lo merecía por manipularlo de aquella forma cuando no tenía la menor idea de quién era, y a buen seguro le importaría aún menos. Decidió, pues, seguirle el juego:
    – ¿Qué clase de hombre no reaccionaría así, cariño mío? Mi impaciencia es absolutamente disculpable. Tengo la sensación de que han pasado días, más que horas, desde que abandoné vuestro lecho -ignoró su ahogada exclamación y se volvió hacia el otro ocupante de la sala, un tipo rubicundo y de mediana edad que los había estado observando boquiabierto y con ojos como platos-. Lamento no recordar vuestro nombre, señor… -murmuró Alex-, pero me temo que habéis llegado tarde en vuestras demostraciones de amor. Lady Joanna y yo… -dejó la frase sin terminar, de manera insinuante.
    – ¡Querido! -en ese momento había un claro reproche en la voz de Joanna. Y también una cierta chispa de ira-. No es de caballeros revelar ese tipo de detalles…
    Alex se acercó para tomarle una mano y depositar lentamente un beso sobre su palma.
    – Disculpadme, pero creía que ya habíamos revelado la intimidad de nuestra relación con aquel delicioso beso -su piel era maravillosamente suave bajo sus labios. El deseo volvió a asaltarlo, implacable en su demanda. Nunca se había caracterizado por su afición a los affaires amorosos, pero desde la muerte de su esposa no le había faltado compañía femenina, agradables aventuras sin complicaciones. Aquella mujer, sin embargo, la «viuda alegre» de David Ware, no podría ser nunca uno de sus amours. Era la viuda de su mejor amigo: una mujer en la que Ware le había advertido que no confiara. Y sin embargo, pese a reconocer todas las razones por las que debía mantenerse alejado de Joanna Ware, su cuerpo se encargaba de recordarle que no sólo le gustaba mucho, sino que la deseaba. Y con desesperación.
    En aquel momento, lady Joanna retiró bruscamente la mano. Un toque de color iluminó sus mejillas al tiempo que un brillo acerado asomaba a sus ojos.
    – No sé si perdonaros. Estoy muy enfadada con vos, querido -la última palabra fue siseada entre dientes.
    – No me extraña nada, querida -replicó Alex con toda tranquilidad.
    Enredado en aquella curiosa mezcla de hostilidad y deseo, casi se había olvidado del hombre, que justo en aquel instante improvisó una envarada reverencia.
    – Considero que esto ya es demasiado, madame -fulminó a Joanna con la mirada, se despidió de Alex con un tenso asentimiento de cabeza y abandonó la biblioteca dando un portazo.
    Se hizo un silencio, solamente turbado por el crepitar del fuego en la chimenea. Joanna se volvió entonces hacia él para mirarlo de arriba abajo, entornando los ojos, con las manos en las caderas y la cabeza ladeada. Toda pretensión de encontrar algún placer en su compañía había desaparecido de golpe, una vez que se habían quedado solos.
    – ¿Quién demonios sois vos?

    En realidad, Joanna sabía perfectamente quién era: su reacción se debía precisamente al beso. Ya ni se acordaba de la última vez que había besado a un hombre: con su marido, la experiencia no había sido en absoluto tan dulce, arrebatadora y perversa como la que acababa de disfrutar con aquel hombre. Ella sólo había querido darle un rápido beso en los labios: algo superficial, insignificante. Pero tan pronto como aquella boca se apoderó de la suya, había sentido un irrefrenable deseo de acariciar los duros rasgos de su rostro. Y también de explorar su cuerpo, deleitándose con la textura de su piel, su aroma, su sabor. Lo había deseado tanto que todavía le flaqueaban las rodillas sólo de recordarlo. Una feroz espiral de deseo se enroscaba en su vientre. Precisamente ella, que nunca había esperado volver a sentir algo parecido en toda su vida.
    Pero aquel hombre era Alex Grant, el mejor amigo de su marido, compañero de exploraciones, que, como David, no cesaba de navegar por el mundo en busca de guerras, gloria o aventuras, intentando encontrar alguna secreta ruta comercial hacia China o cualquier otra sandez semejante. Se acordaba perfectamente de él. Alex Grant había sido padrino de boda de David, cuando se casaron diez años antes.
    Todavía sentía una punzada en el pecho cuando recordaba lo muy feliz e ilusionada que se había mostrado aquel día. Las altas expectativas y la falta de buen juicio siempre habían sido la mejor receta para un matrimonio desgraciado. Pero aquella soleada mañana de mayo toda aquella desilusión aún no había existido. Se acordaba del Alex Grant de aquel día. Ya en aquel entonces había sido extraordinariamente atractivo, y lo seguía siendo, aunque con rasgos algo más suavizados. Siempre acompañado de su preciosa esposa, una deliciosa criatura rubia. ¿Annabel, Amelia? Joanna no recordaba bien su nombre, pero sí la expresión de adoración con que había mirado a Alex.
    Experimentó una punzada de culpabilidad. Por lo general no tenía costumbre de besar a los maridos de otras mujeres, principalmente por lo mucho que había detestado que tantas mujeres casadas hubieran besado al suyo. Las infidelidades de David no habían constituido ningún secreto, pero tampoco tenía intención de imitarlo. Besar a Alex había constituido un error en muchos aspectos, según parecía. Todavía aturdida por su propia reacción física a su contacto, a esas alturas ya lo odiaba por ser, sencillamente, otro canalla mujeriego.
    Alex le hizo una elegante reverencia que contrastó con su tosco aspecto de marinero, enfundado en su viejo uniforme de capitán. Un uniforme que, por cierto, le sentaba demasiado bien, resaltando como resaltaba sus anchos hombros y su figura musculosa. Era un hombre de gran presencia física, que emanaba fuerza y autoridad.
    «Al igual que David», se recordó, estremecida.
    – Alexander, lord Grant a su servicio, lady Joanna.
    – Demasiado a mi servicio, más de lo que me gustaría, creo -replicó fríamente ella-. No tengo deseo alguno de hacerme con un amante, lord Grant.
    – Estoy desolado -sonrió: un fogonazo de dientes blancos que contrastó con su atezado rostro.
    «Mentiroso», pronunció Joanna para sus adentros. Sabía que su persona le disgustaba tanto como a ella la suya.
    – Lo dudo. ¿Qué os ha movido a idear una patraña tan humillante?
    – ¿Y qué os ha movido a vos a besarme como si lo pretendierais, cuando en realidad no era así?
    Una vez más, el aire de la sala se cargó de tensión. Ah, el beso. En eso tenía razón. Nunca antes había besado a un desconocido con tal grado de entusiasmo.
    – Si hubierais sido un caballero, habríais fingido que estábamos prometidos, y no que éramos amantes -lo fulminó con la mirada-. Aunque supongo que el hecho de que vos tengáis esposa habría vuelto imposible tal curso de acción.
    Por un instante, lord Grant se la quedó mirando estupefacto.
    – Soy viudo.
    Al contrario que David, que siempre había intentado ganar popularidad con frases largas y cumplidos, aquel hombre era lacónico hasta niveles casi groseros. Se notaba que no le importaba la opinión de nadie, fuera buena o mala.
    – Lo siento -murmuró una formal pero sincera condolencia-. Me acuerdo de vuestra esposa. Era encantadora.
    Su expresión se cerró como una puerta que hubieran cerrado de golpe, para tornarse fría, implacable. Evidentemente no quería hablar de Annabel… o de Amelia o comoquiera que se hubiera llamado.
    – Gracias -dijo, brusco-. Pero yo creía que era yo quien debía presentaros mis condolencias, y no al revés.
    – Si sois hasta ese punto tan convencional…
    – ¿No le guardáis luto? -su tono contenía una nota de censura y de furia.
    – David murió hace cerca de un año, como bien sabéis. Vos estuvisteis allí.
    Alex Grant le había escrito desde el Ártico, donde la misión de David de hallar el paso del noroeste que atravesaba el polo había muerto, literalmente, en aquellas interminables y heladas tierras. La carta había sido tan directa y lacónica como su autor, aunque Joanna había sido capaz de discernir en sus palabras su profundo dolor por la pérdida de un noble camarada. Pero ése era un dolor que ella no podía compartir, y tampoco pensaba disimularlo.
    Conforme la recorría con su oscura mirada, Joanna pudo percibir los esfuerzos que estaba haciendo por dominar su ira. El aire parecía arder con su desprecio.
    – David Ware era un gran hombre -pronunció entre dientes-. Se merecía algo mejor que esto… -abarcó con un gesto de su brazo la luminosa sala, carente de cualquier símbolo de luto.
    «Se merecía algo mejor que vos». Joanna pudo escuchar las palabras, pese a que no llegó a pronunciarlas.
    – Estábamos separados -le dijo con un tono ligero que enmascaraba realmente el dolor que latía debajo-. Vos erais su amigo. Por fuerza debíais saberlo.
    – Sabía que él no confiaba en vos -apretó los labios hasta convertirlos en una fina línea.
    – El sentimiento era recíproco. ¿Pensáis, acaso, que debería añadir la hipocresía a mis pecados y fingir que lamento su muerte?
    Vio algo feroz y violento relampaguear en sus rasgos, y casi retrocedió de miedo antes de darse cuenta de que era la lealtad, y no la furia, el sentimiento que lo impulsaba.
    – Ware fue un héroe.
    Había escuchado tantas veces aquella frase que le entraron ganas de ponerse a gritar. Al principio se la había creído ella también: arrancada de una oscura vicaría rural, deslumbrada por el espíritu aventurero de David, traicionada por él antes de que se hubiera secado del todo la tinta de la escritura de boda… Y vuelta a traicionar años después de una manera todavía más cruel. Cerró los puños de rabia. Alex Grant la estaba mirando y su oscura expresión era demasiado penetrante. Se obligó a relajarse.
    – Por supuesto que lo fue -reconoció con tono ligero-. Lo dice todo el mundo, así que supongo que será cierto.
    – Y sin embargo, tal parece que ya habéis considerado la idea de sustituirlo. En los clubes he oído historias sobre pretendientes que se desviven por ganar vuestra mano.
    El descaro de su acusación la dejó en un principio sin palabras; luego la puso aún más furiosa. Se preguntó por lo que David le habría contado sobre ella. Suficiente para provocar su disgusto: eso era seguro.
    – Escuchando los rumores de los clubes, no oiréis más que mentiras. Os equivocáis, lord Grant. No tengo deseo alguno de volver a casarme.
    «Jamás», añadió para sus adentros. Alex arqueó una ceja.
    – ¿Acostumbráis entonces a besar a desconocidos?
    Aquel hombre era un insufrible provocador. Pero no podía replicar nada a eso: ella lo había besado a él, al fin y al cabo. Había obedecido a un impulso, a un intento desesperado por disuadir a John Hagan, primo de su marido, que se había mostrado especialmente insistente y molesto con sus atenciones durante las últimas semanas.
    – Creo que descubriréis -replicó fríamente- que, al anunciar nuestra ficticia asociación, acabaréis causando un gran revuelo social. John Hagan no perderá el tiempo en difundir el escándalo. No puedo creer que ésa fuera vuestra intención cuando vinisteis aquí a darme el pésame.
    – Simplemente os seguí el juego.
    Sus ojos oscuros volvieron a estudiarla, pensativos. En ellos, Joanna no veía ni la apreciación ni la admiración a las que estaba acostumbrada, sino una fría y calculadora especulación. ¿Habría sido realmente amigo de David? Le resultaba extraño. Aquel hombre era firme como una roca cuando David había sido puro azogue, arena que se escurría entre los dedos. El gesto de sus labios era firme y decidido, mientras que el de David había sido blando, irónico. Cada rasgo del rostro de Alex era duro y afilado, como esculpido en la roca de su herencia escocesa.
    – ¿Por qué me besasteis entonces? -su voz contenía también un leve acento escocés, que sonaba ciertamente exótico-. Os lo he preguntado antes, pero parecéis tener la mala costumbre de eludir aquellas preguntas que os disgustan.
    Joanna lo maldijo para sus adentros. ¿También se había dado cuenta de eso? Alzó la barbilla.
    – Necesitaba… persuadir a John Hagan de que cesase en sus atenciones para conmigo -cruzó los brazos con fuerza en un intento por combatir el miedo que la envolvía cada vez que John Hagan estaba cerca. Los efectos de su visita aún no habían desaparecido del todo-. Es el primo de David -explicó- y, como tal, pretende erigirse ahora en cabeza de la familia.
    – De modo que pretende apropiarse del estatus de su primo… así como de la viuda.
    Joanna entrecerró los ojos al escuchar su tono.
    – Algo habréis oído al respecto.
    – Pues recurristeis a una solución bastante extrema.
    – Mi primo no habría aceptado una negativa más sutil. Llevaba semanas importunándome.
    – Entonces fue una suerte que apareciera yo. ¿O habríais llamado a alguno de vuestros criados, uno de esos atractivos gemelos, para besarlo en mi lugar?
    Aquello fue demasiado: rara vez Joanna se descomponía tanto. Aquel hombre tenía algo que atravesaba todas sus defensas, algo provocador que se le metía debajo de la piel. No podía negar que era terrible, fatalmente atractivo, pero ella no tenía absolutamente ningún deseo de sucumbir a esa atracción. Los hombres, según había descubierto, representaban por lo general demasiados problemas: más de los que merecían. Eran preferibles los perros. Max, que yacía tan plácidamente en su cojín de borlas, la adoraba con una devoción sencilla que superaba con mucho cualquier otra atención que hubiera llegado a recibir de los veleidosos varones.
    – Efectivamente, sí que son atractivos mis criados, ¿verdad? -le dijo con tono dulce-. Aunque me sorprende que vos también os hayáis detenido a admirarlos.
    – Os equivocáis -repuso Alex, divertido-. Sólo era una observación objetiva, ya que parecéis rodearos de objetos caros y atractivos. Los criados de librea, el perro… -paseó la mirada por la biblioteca, deteniéndose en el ramo de lirios que Joanna había dispuesto tan cuidadosamente en el centro de la mesa de palisandro, así como en la elegante porcelana del paño de la chimenea y su colección de acuarelas-. He oído también que habéis alcanzado una gran popularidad en la alta sociedad, y no dudo de que sea cierto. Supongo que todo esto os agrada.
    – Es muy gratificante -nunca había pretendido destacar, pero de algún modo la popularidad y la prominencia le habían salido al paso. En realidad, lo que había sucedido era que se había servido de amigos y conocidos para ahuyentar la soledad resultante del abandono en que le había tenido su marido. En sus nueve años de matrimonio, calculaba que habría estado con David quizá una quinta parte de todo ese tiempo, tal vez menos. Sus amistades más estrechas, en cambio, siempre habían estado a su lado.
    – Vos disfrutasteis de una popularidad similar la última vez que estuvisteis en Londres -le recordó bruscamente.
    Tres años antes, David y Alex habían regresado de una expedición naval a América del Sur cargados de historias sobre incursiones en la selva, descubrimientos de antiguas ruinas y ataques sufridos a manos de extrañas y salvajes criaturas. Al menos David había presumido de ello; incluso había mostrado a quien quisiera verlas las huellas de los colmillos que algún felino gigante le había dejado en el brazo. Joanna, por aquel entonces, habría deseado que el puma lo hubiera devorado vivo, en lugar de perecer bajo sus disparos. Había detestado la manera en que se había regodeado en su popularidad, volviendo a casa borracho al amanecer siempre procedente de algún burdel, apestando a perfume de mujerzuela. David había alardeado de sus hazañas por todo Londres, desde las mesas de juego hasta los salones de baile, pasando por las casas de citas. Se había comportado de una manera soez y vulgar, pero la gente lo había disculpado como parte de su extraordinaria figura: David Ware, el héroe. Joanna se había imaginado una vida muy distinta cuando se casó con él. Un amante marido, una familia numerosa. Había sido increíblemente ingenua.
    Alex, por el contrario, según creía recordar, se había burlado de aquellas desmedidas atenciones de la buena sociedad y había escapado a Escocia, mientras su camarada monopolizaba todo el reconocimiento de las hazañas y disfrutaba de los beneficios de la fama.
    – Yo no voy buscando fama -lo dijo como si ella hubiera sugerido su implicación en alguna actividad ilegal o repulsiva, o ambas cosas a la vez-. Mientras esté aquí, no me veréis cortejando a la alta sociedad. De hecho, pienso abandonar Londres tan pronto como reciba mis órdenes del almirantazgo.
    – Antes tendré que despacharos de mi cama -le dijo Joanna con tono mordaz-, dado que habéis anunciado a todo el mundo que la ocupáis.
    Una vez más, Alex le lanzó aquella desconcertante e inesperada sonrisa. Era la mirada de un adversario, que no de un admirador.
    – Imagino que lo disfrutaréis.
    – Desde luego que sí.
    – ¿Cómo pensáis hacerlo?
    Joanna ladeó entonces la cabeza y se lo quedó mirando con expresión pensativa.
    – No lo sé muy bien todavía. Pero podéis estar seguro de que será algo público y humillante. Y probablemente vos seréis el último en enteraros. Es lo menos que os merecéis por haberme ofendido de esta manera.
    – Mereció la pena -comentó él, profundizando su sonrisa.
    Joanna apretó los dientes. Era conocida por su frialdad glacial, y ciertamente no iba a dejar que eso cambiara por culpa de aquel hombre. Sabía que Alex sólo había proclamado ser su amante para castigarla por haber intentado manipularlo. Lo mejor que podía hacer era no enzarzarse en discusiones con él. Le tendió la mano.
    – Bien, lord Grant. Os agradezco la visita y os deseo buena suerte en vuestros futuros viajes.
    Él volvió a tomarle la mano. Probablemente había sido un error ofrecérsela, porque sólo su contacto, transmitiéndose a través de sus nervios, le hizo temblar de pies a cabeza. Durante un enloquecedor instante temió que fuera a besarla de nuevo, y el corazón empezó a latirle desbocado. Pudo sentir casi el seductor calor de sus labios contra los suyos, respirar el aroma de su cuerpo, saborearlo…
    – Me habéis despachado con buen juicio, lady Joanna -le dijo él, sin soltarle la mano-. Pero si alguna vez volvéis a requerir un amante…
    – No temáis, que no os llamaré a vos. Los héroes no son de mi gusto.
    Lo último que quería era otro héroe, reflexionó fríamente. Había creído encontrar uno en David. Lo había idolatrado. Y todo para acabar descubriendo que era un canalla. Un ídolo con pies… y también otras partes… de barro.
    Alex le sonrió. Cálida, íntima, su sonrisa la aturdió. De repente le resultó imposible respirar, hasta que él le soltó la mano.
    – Entonces os deseo que paséis un buen día.
    Le había hecho una reverencia y se había retirado antes de que ella pudiera recuperarse lo suficiente como para llamar al mayordomo y pedirle que lo acompañara hasta la puerta. Incluso después de que la puerta se hubo cerrado a su espalda, Joanna tuvo la sensación de que el aire de la biblioteca seguía ardiendo por la intensidad de su presencia.
    Se sentó entonces en la alfombra y se abrazó a Max, que aceptó el abrazo con un tolerante suspiro. «No quiero otro héroe», pensó. «Sería una estúpida si volviera a casarme». Por un instante el dolor amenazó con asaltarla, pero estaba tan acostumbrada a ignorarlo que desapareció en un santiamén, dejando detrás únicamente el habitual vacío. Apoyó la barbilla sobre el lacito de Max, reconfortada por el calor de su cuerpecillo.
    – Saldremos a comprar, Max. Como siempre.
    Compras, bailes, fiestas, salidas a montar en el parque. La monótona repetición de todas aquellas actividades conseguía devolverle la seguridad. Como siempre.

    Mientras doblaba la esquina de Half Moon Street y Curzon Street, Alex seguía pensando en la encantadora viuda de David Ware. No era de extrañar que fueran tan numerosos los hombres que llamaran a su puerta. Era una mujer impresionante y espectacular con una fría confianza en sí misma que escondía una pasión interna: una pasión lo suficientemente intensa como para incendiar los sentimientos de un hombre. Era como el máximo trofeo al que podía aspirar a conquistar cualquier varón. ¿Quién no habría deseado tener a semejante mujer adornando su hogar y calentando su lecho?
    Alex imaginaba que él debía de ser el único hombre en todo Londres al que desagradaba lady Joanna Ware, y que además no albergaba deseo alguno por poseerla. Recordaba bien las últimas y amargas palabras que pronunció Ware sobre su mujer mientras yacía en su lecho de muerte, con su cuerpo devorado por la fiebre, pálido como la cera y lívido de dolor.
    – No necesito pedirte que cuides de Joanna… Ella siempre ha sido perfectamente capaz de cuidar de sí misma…
    Ahora lo entendía mejor. Joanna Ware poseía una dura y fría autosuficiencia que distaba mucho de atraer a aquellos hombres que gustaban de mujeres dóciles y obedientes. Y sin embargo también había percibido una cierta vulnerabilidad acechando detrás de aquella fortaleza. La había visto en sus ojos cuando ella intentó manipularlo para defenderse de John Hagan. O quizás simplemente fueran imaginaciones suyas: probablemente se había dejado engañar. Lady Joanna era sin duda una mujer manipuladora que utilizaba a los hombres en su beneficio. Ciertamente había intentado utilizarlo a él, y al final había salido escaldada.
    El amante de lady Joanna… Se tensó de sólo pensarlo. Nunca se había tenido por un hombre imaginativo, pero acababa de descubrir que no era cierto. Porque podía imaginarse perfectamente a sí mismo acostándose con Joanna Ware, despojándola de aquel tentador vestido rojo cereza para exponer su blanquísima piel a su mirada y a la caricia de sus labios, hundiéndose en ella para volar juntos hacia cotas de intolerables placeres…
    Estuvo a punto de chocar contra una farola mientras lo pensaba. Su cuerpo entero se constreñía con una necesidad que jamás antes había experimentado. Una necesidad que nunca podría permitirse satisfacer. Joanna Ware estaba fuera de su alcance: ni siquiera le gustaba. Y él era un hombre que mantenía un férreo control sobre sus necesidades físicas, porque emocionales no tenía. Así había sido desde que murió Amelia, una situación que no tenía intención alguna de cambiar.
    Instintivamente apresuró el paso, aún consciente de que nunca podría escapar a los recuerdos o a la culpabilidad que envolvían la muerte de su esposa. Nunca había podido escapar a aquellos fantasmas. Y en aquel momento, por alguna razón, tampoco podía escapar a las últimas palabras de David Ware:
    – Joanna… que el diablo se la lleve.
    ¿Qué podía haber hecho para que Ware le tuviera una aversión tan grande? No, la palabra «aversión» no alcanzaba a describir aquella ponzoña, aquel odio… Alex se encogió de hombros, decidido a ahuyentar aquellos pensamientos. Había cumplido con su deber. Había visitado a la nada doliente viuda, como también había entregado al abogado de Ware la carta que éste le había encomendado en su lecho de muerte. El asunto quedaba cerrado.
    Se retiraría a su hotel hasta que recibiera noticias del almirantazgo sobre sus nuevas órdenes. Confiaba en que no le hicieran esperar demasiado. Al contrario que tantos oficiales que disfrutaban de sus permisos en tierra, Alex ansiaba volver a marcharse. Londres en mayo anunciaba ya la promesa del verano y no quería quedarse hasta entonces. Quizá la capital le evocara demasiados recuerdos. Quizá había pasado ya demasiado tiempo fuera de Inglaterra como para que pudiera volver a sentirse como en casa. En realidad, no tenía casa alguna. No la quería, no la había querido durante siete años… hasta que entró en la biblioteca de Joanna Ware y experimentó aquella sensación de calor y de intimidad. Pero semejantes comodidades domésticas nunca existirían para él.
    – ¡Alex!
    Alguien lo llamó desde el otro lado de la calle, y se volvió para ver a un alto y atractivo joven que se abría paso entre la multitud de paseantes y carruajes. Pese a su relativa juventud, desplegaba una suprema seguridad en sí mismo al tiempo que atraía las miradas de cada mujer con quien se cruzaba, fuera joven o mayor, impresionable debutante o matrona respetable. Las cabezas femeninas se volvían a su paso. Las damas se agitaban y contoneaban como un campo de amapolas bajo una guadaña, y a cambio él repartía sonrisas tan traviesas y seductoras que Alex llegó a temer que tarde o temprano alguna acabara desmayándose.
    – ¿Parando el tráfico como siempre, Dev?
    – ¿Qué remedio me queda? -replicó su primo al tiempo que estrechaba entusiasmado su mano-. Eres un hombre difícil de localizar, Alex. Llevo tiempo buscándote por todo Londres.
    Continuaron conversando mientras caminaban, con Dev adaptando su paso a la leve cojera de Alex.
    – Creía que estabas con el escuadrón de East India -le dijo Alex-. ¿Cuándo has vuelto?
    – Hace dos semanas -respondió James Devlin-. ¿Dónde te alojas? Pregunté por ti en White's, pero no supieron decirme nada.
    – Estoy en Grillon's.
    Su primo se lo quedó mirando de hito en hito.
    – ¿Por qué, si puede saberse?
    – Porque es un buen hotel. Y porque no quiero que me encuentren.
    Devlin se echó a reír.
    – Eso sí que puedo entenderlo. ¿Qué has hecho? ¿Deshonrar a unas cuantas debutantes? ¿Saquear algún mercante español?
    Los labios de Alex se curvaron en una reacia sonrisa.
    – Deshonrar debutantes no es mi estilo. Como tampoco lo es la piratería -se quedó mirando pensativo a su primo-. He oído que el año pasado entraste en Plymouth con varios candeleros de oro español de metro y medio de altura colgados de la cofa del palo mayor.
    – Te equivocas -repuso Devlin, sonriente-. Ése fue Thomas Cochrane. Yo hice colgar una araña de diamantes de la vela gavia.
    – Por los dientes de Belcebú… ¿no interfirió eso en tu navegación? No me extraña que el almirantazgo te considere un verdadero pillo -lo miró de arriba abajo. Su primo lucía un extravagante chaleco de un azul a juego con sus ojos y una perla en una oreja. Debería haber parecido afeminado, pero no era así, probablemente gracias a su innegable virilidad. Sacudió la cabeza-. Y esa perla que luces en la oreja no te ayuda en nada. ¿A quién pretendes parecerte? ¿A Barbanegra? Por el amor de Dios, quítatela si tienes intención de presentarte ante la junta del almirantazgo.
    – A las damas les encanta. Por cierto… pensé que quizá habías venido a la capital a buscar novia.
    – ¿De veras? -inquirió secamente Alex.
    – No te hagas el tonto conmigo. Todo el mundo sabe que la muerte de Alasdair significa que Balvenie anda necesitado de un heredero, y dada tu afición a las aventuras peligrosas tal vez quieras engendrar uno antes de tu próxima expedición.
    – Para eso tendría que darme prisa.
    – Puedo ver que no deseas ponerme al tanto de tus planes -repuso Dev.
    – Tienes buena vista -se encogió de hombros.
    Su mayorazgo escocés de Balvenie se encontraba indudablemente sin heredero desde que su primo Alasdair Grant falleció el pasado invierno. La muerte del joven a causa de la escarlatina había supuesto un doble golpe, dado que Alasdair había sido el único heredero de la baronía Grant. Alex, que hasta el momento se las había arreglado para ignorar las presiones que lo empujaban a casarse y engendrar un heredero mientras su primo estuvo vivo, era ahora incómodamente consciente de la situación en que se encontraba: otro deber que no tenía ningún deseo de cumplir. Elegir a alguna estúpida debutante, o a alguna mustia viuda, y convertirla en lady Grant sólo para poder concebir un hijo era algo que le repugnaba profundamente.
    Volver a casarse era lo último que deseaba hacer. Y sin embargo… ¿qué otro remedio le quedaba si quería salvaguardar Balvenie para el futuro? Sentía la culpabilidad y la obligación, esos dos fantasmas gemelos que siempre le seguían los pasos, acercándose poco a poco, cada vez más.
    – No tengo actualmente plan alguno de matrimonio, Devlin -le confesó, algo cansado-. Sería un pésimo marido.
    – Otros, por el contrario, dirían que serías perfecto… ya que estarías ausente.
    – Supongo que tienes razón.
    – En cualquier caso, me alegro de haberte encontrado, Alex. No me vendría mal una pequeña ayuda por tu parte.
    Alex reconoció aquel tono de voz. Era el mismo que solía usar Dev cuando era niño y sus disparatadas hazañas terminaban haciendo que Alex tuviera que sacarle de todo tipo de problemas. Dev tenía ya veintitrés años, pero seguía protagonizando las mismas hazañas y las consecuencias solían ser igual o más funestas. En su opinión, si su primo había escapado por los pelos de la horca había sido únicamente gracias a su legendario encanto.
    – ¿De qué se trata esta vez, Dev? -inquirió, exasperado-. De dinero no puedes andar mal. ¿Has seducido a la hija de algún almirante? Si es así, mi consejo es que te cases con ella. Redundaría en beneficio de tu carrera.
    – Tus orígenes calvinistas escoceses siempre acaban saliendo a la luz -replicó Dev con tono alegre-. He seducido a la hija de un almirante, pero ni ha sido la primera ni será la última.
    – Entonces ardo en curiosidad -dijo Alex, irónico.
    Se hizo un silencio mientras Dev guiaba a su primo por una calle lateral, hasta un café cercano. El Cabeza de Turco estaba oscuro y olía a granos de café y ricas especias. Se sentaron en un tranquilo rincón; Alex pidió café y Dev chocolate.
    – ¿Chocolate? -inquirió Alex, aspirando la dulce fragancia de la taza cuando le fue servida.
    – Alégrate de que no haya pedido sorbete con gusto a violetas -pronunció Dev, riendo-. Francesca lo adora.
    – ¿Cómo está tu hermana?
    – No lo sé. Ya no me habla. Creo que está triste.
    – ¿Triste? -Alex se sobresaltó, aguijoneado nuevamente por la culpabilidad.
    James y Francesca Devlin eran ahora sus únicos parientes vivos y apenas los había visto durante el último par de años. Cuando falleció su madre, la hermana del padre de Alex, pudo salvar su conciencia consiguiéndole a Devlin una comisión de servicio en la marina y a Francesca un hogar con una tía lejana como carabina, antes de zarpar hacia el otro lado del océano. No era un hombre rico; sólo tenía su salario de oficial y pequeños ingresos de sus fincas en Escocia, pero sabía asumir sus responsabilidades, materialmente al menos. Emocionalmente la cosa cambiaba. No quería compromisos ni gente que dependiera de él. Siempre estaba deseando abandonar Londres y volver al mar, encontrar algún nuevo desafío, alguna nueva aventura…
    «Pero Balvenie necesita un heredero», se recordó. Había responsabilidades de las que nunca podría escapar. Una vez más, se encogió de hombros como para sacudirse aquella indeseada imposición. Devlin tenía razón, pero él no podía contemplar la posibilidad de volver a casarse. Sería otra carga, otra cadena.
    – ¿Hay algo que Chessie necesite? -preguntó-. Si necesitaba dinero, debiste habérmelo dicho…
    – No es eso -lo miró directamente a los ojos-. Has sido más que generoso con ella, Alex -de repente frunció el ceño-. Es compañía lo que necesita Chessie. La tía Constance no es una compañera muy divertida para una chica de su edad. Oh, es una mujer muy buena… -se apresuró a añadir al ver que Alex enarcaba las cejas-, pero demasiado buena, si sabes lo que quiero decir. Se pasa media vida rezando, una actividad que no resulta muy excitante para Chessie. Y la pobrecita quiere disfrutar de su primer baile para el año que viene, pero dudo que la tía Constance se muestre de acuerdo. No hay duda de que lo considera algo demasiado frívolo… -se interrumpió, jugueteando con su cuchara-. Escucha, Alex -alzó de repente la mirada-. Necesito tu ayuda.
    Alex esperó. Se notaba que su primo estaba nervioso.
    – Tiene que ver con el dinero, si entiendes lo que quiero decir.
    – No entiendo nada. ¿Qué pasó con los beneficios de esa araña de diamantes?
    – Se gastaron hace tiempo -respondió Dev, un tanto desafiante-. El caso es que he terminado con la marina, Alex, y he comprado acciones en un barco con Owen Purchase. O al menos estoy intentando recaudar los fondos para hacerlo. Planeamos organizar una expedición a México.
    Alex maldijo entre dientes. Owen Purchase había sido camarada suyo en la batalla de Trafalgar: uno de los estadounidenses que habían luchado junto a los ingleses contra el francés. Purchase era un brillante capitán, casi una leyenda, y para Dev siempre había sido un héroe, un modelo a seguir.
    – ¿Por qué México?
    – Oro.
    – Paparruchas.
    Dev se echó a reír.
    – ¿No crees en las historias de tesoros perdidos?
    – No. Tú tampoco deberías creer en ellas, y Purchase aún menos -Alex se pasó una mano por el pelo. ¿Maduraría alguna vez su primo? No podía creer que Dev hubiera renunciado a su comisión de servicio en la marina por una empresa tan disparatada-. Por el amor de Dios, ¿por qué tienes que estar siempre ideando juegos tan alocados y peligrosos?
    – Eso es mejor que congelarme el trasero en alguna remota región helada en busca de una ruta que no existe. El almirantazgo te está utilizando, Alex. Te pagan una magra pitanza por arriesgar tu vida por la noble causa del imperio… y, sólo porque te sientes culpable por la muerte de Amelia, dejas que te envíen a un lugar dejado de la mano de Dios tras otro… -interrumpiéndose cuando Alex hizo un involuntario gesto de enfado, alzó las manos en un gesto de rendición-. Te pido disculpas. He ido demasiado lejos.
    – Desde luego que sí -gruñó Alex, dominando su furia.
    No pensaba hablar de la muerte de Amelia con nadie. Sin excepciones. Pero el comentario de Dev le había dolido. Amelia había muerto cinco años antes, y desde entonces, Alex había aceptado misiones y destinos extremos, los más arriesgados y peligrosos posibles. No había deseado otra cosa. Incluso en aquel preciso momento, sentado allí con Dev, sentía la urgencia de escapar, el deseo de dar la espalda a todas aquellas tediosas responsabilidades y cargas familiares. Pero por el momento estaba atrapado en Londres, a la espera de que el almirantazgo decidiera qué hacer con él.
    – Uno de estos días -masculló, desahogando parte de sus frustraciones con su primo-, alguien te atravesará con una bala, y ese alguien bien podría ser yo.
    Dev se relajó.
    – No lo dudo -replicó con tono alegre-. Y ahora, respecto al favor que quiero pedirte…
    – Eres un descarado.
    – Eso siempre, pero… -arqueó una ceja-. Es fácil y no te costará ni un penique de tu patrimonio. Además de que me lo debes en tu calidad de hermano mayor que nunca tuve.
    Alex suspiró. Una vez más se preguntó cómo conseguía su primo salirse siempre con la suya.
    – Tu lógica es errónea -le espetó-. Pero continúa.
    – Necesito que asistas a la velada que ha convocado para hoy mismo la señora Cummings en Grosvenor Square.
    – Estás de broma.
    – No.
    – Pues entonces no me conoces lo suficiente después de veintitrés años. Detesto los bailes, las veladas, los almuerzos y las fiestas de cualquier tipo.
    – Éste te encantará -repuso Dev, sonriendo-. Porque será en tu honor.
    – ¿Qué? Ahora sí que has perdido el juicio.
    – Y tú te estás convirtiendo en un viejo huraño y cascarrabias. Necesitas salir más y disfrutar un poco. ¿Qué tenías planeado para esta noche? ¿Pasar la tarde leyendo un libro en tu hotel?
    Eso, reflexionó Alex, se había acercado peligrosamente a la verdad.
    – No hay nada de malo en eso.
    – Pero una velada será mucho más divertida -se rió Dev-. Y la señora Cummings es terriblemente rica y yo necesito convencerla de que financie mi viaje a México. Así que pensé…
    – Entiendo -dijo Alex. Ahora veía exactamente adónde quería llegar su primo.
    – Tanto el señor como la señora Cummings son grandes admiradores de los exploradores, y a ti te tienen por el más avezado de todos. Así que cuando se enteraron de que yo era primo tuyo, pues, bueno… Prometieron ayudarme a cambio de que yo consiguiera persuadirte de que asistieras a la velada.
    Alex puso los ojos en blanco.
    – Devlin… -masculló en tono de advertencia.
    – Ya lo sé. Pero es que pensé que asistirías de todas formas, dado que lady Joanna Ware estará allí y como ella es tu amante…
    – ¿Qué? -Alex dejó su taza en el plato con tanta fuerza que hizo temblar la mesa.
    – Es lo que se dice por ahí. Yo me enteré por lady O'Hara justo antes de que nos encontrásemos. Estás en boca de todo el mundo.
    – Ah -según sus cálculos, había transcurrido una hora entera desde que John Hagan abandonó Half Moon Street. Evidentemente, el tipo no había perdido el tiempo en difundir el rumor sobre la supuesta relación de lady Joanna Ware.
    – Admito tu buen gusto -le estaba diciendo Dev-. Siempre había oído que lady Joanna era fría como una tumba… yo habría intentado probar suerte de haber sabido lo contrario.
    – Puedes irte quitando la idea de la cabeza, muchacho -replicó Alex secamente. La sensación de masculina posesión que se apoderaba de él cada vez que pensaba en Joanna Ware resultaba tan intensa como desconcertante. Se dio cuenta de que había reaccionado puramente por instinto. Era una sensación completamente ajena a su carácter-. Y tampoco hables con descortesía de lady Joanna -añadió, preguntándose por qué sentía aquella necesidad de defenderla.
    Dev arqueó las cejas.
    – Muy vehemente te veo, Alex.
    – Y ella no es mi amante -terminó, rotundo.
    – ¿A qué viene ese mal genio? -sonrió Dev-. ¿O es que te sientes frustrado precisamente de que no sea tu amante?
    – Basta.
    Dev se encogió de hombros.
    – ¿Pero estarás allí esta noche? -no consiguió borrar del todo la nota de súplica de su voz.
    – Deberías habérselo pedido a Purchase -pronunció Alex, sombrío-. A él le gustan esas cosas.
    – Purchase está cenando con el Príncipe Regente. Una invitación que tengo entendido que tú declinaste, Alex.
    – Detesto toda esa estupidez de la fama y la popularidad.
    Dev se echó a reír.
    – Pero esto es diferente. Esto es por mí.
    Alex reflexionó sobre ello. No aprobaba la decisión de Dev de renunciar a su comisión de servicio en la marina, pero el daño ya estaba hecho, Podía intentar disuadir a su primo de su desquiciado plan mexicano, pero dudaba que llegara a tener éxito; por algo había heredado Dev la legendaria obstinación que caracterizaba a la familia. Y Alex sabía que corría el riesgo de pasar por un completo hipócrita si jugaba el papel de responsable y aburrido hermano mayor. Ciertamente, había organizado sus propias expediciones con la aprobación y el apoyo de la Marina Real, pero… ¿qué diferencia había entre buscar aventuras bajo la bandera de su país o embarcarse para probarse a sí mismo de una manera diferente? Lo que movía a Dev era el coraje y el deseo de aventura e independencia. Y él no estaba huyendo de ningún fantasma del pasado, un cargo del que Alex sí era culpable, al menos en parte.
    Alex tamborileó impaciente con los dedos en la mesa. Tal y como le había dicho a Dev, detestaba los eventos sociales. Y, sin embargo, si asistía a aquella velada y ayudaba a Devlin, podría atenuar un tanto la culpabilidad que lo acosaba por haber descuidado a su familia.
    Además de que volvería a ver a lady Joanna Ware.
    Por un instante volvió a sentirse como si fuera un adolescente en Eton, esperando entusiasmado a ver a la hija del director. El deseo de ver a Joanna no podía ser más fuerte, pese a que él mismo sabía que era la cosa más estúpida que podía hacer. Si lo que quería era una mujer, bien podía contratar una cortesana para una noche, o dos noches o las que fueran con tal de desahogar su deseo. Ésa sería una solución sencilla, sin complicaciones. Desear a la tentadora viuda de David Ware no era ni una cosa ni la otra.
    El problema estribaba en que se trataba de Joanna Ware, y no de alguna dama de cascos ligeros de Covent Garden. Dudaba que acostarse con alguna cortesana aliviara su ansia. Podía decirse que su deseo no era más que la consecuencia natural de una prolongada abstinencia de compañía femenina, pero eso habría significado mentirse a sí mismo.
    Joanna Ware era la tentación hecha persona. Resultaba irritante. Aquella mujer le estaba prohibida. Incluso le disgustaba profundamente.
    Iría a aquella velada y la pondría a prueba: a ver si tenía el coraje de despedirlo públicamente como amante suyo, delante de todo el mundo.
    Recordó que, cuando en su lecho de muerte David Ware le entregó la carta dirigida a su abogado, una singular y triunfante sonrisa asomó a sus labios mientras susurraba:
    – A Joanna le gustan las sorpresas. Que disfrute de ésta.
    Alex dudaba que lady Joanna fuera a mostrarse especialmente encantada con aquella sorpresa en particular. Con toda seguridad no esperaba volver a verlo. Su presencia le desagradaba tanto como la suya a él.
    Devlin seguía esperando su respuesta.
    – Muy bien. Allí estaré.

Dos

    – ¿Cómo es lord Grant? -la señora Lottie Cummings, gran anfitriona de la alta sociedad y una de las más estimadas amigas de lady Joanna Ware, ignoraba a los invitados que se amontonaban en las salas de recepción para acribillarla a preguntas sobre la escandalosa noticia de su affaire-. Ya sabes que yo solamente he oído hablar de él, Jo querida, y ni siquiera he visto un retrato suyo.
    – Bueno -dijo Joanna-. Es alto.
    – También lo es mi tía Dorotea -Lottie soltó una risita impaciente-. Querida, tendrás que mejorar esa descripción.
    «En realidad no es mi amante». ¿Por qué había dejado deteriorarse la situación hasta tal punto? ¿Por qué no contestar simplemente que no eran amantes? ¿Que todo había sido un rumor infundado? Joanna no estaba muy segura de ello. La furia contra el altivo comportamiento de Alex, y lo que ella misma reconocía como una mezquindad infantil en respuesta al desagrado que él parecía profesarle, la impulsaban a castigarlo. El problema era que, si a esas alturas negaba la relación, provocaría un escándalo casi tan grande como el anuncio original.
    Pero una verdad todavía más profunda y turbadora era que de hecho le gustaba la idea de que Alex Grant fuera su amante. Le gustaba demasiado mientras se imaginaba lo que sería llevarlo a su lecho, sentir sus manos en su cuerpo, entregarse a él con todo aquel deseo que nunca había sentido por ningún hombre antes. Había amado apasionadamente a David cuando se casó con él, pero la intensidad de aquel sentimiento nunca había tenido su correlato en el deseo físico. Siempre que David la había tocado, había sentido una vaga expectación, como si algo excitante hubiera estado a punto de suceder. Sólo que, desafortunadamente, nunca había sucedido nada. Y después la relación se había tornado tan horriblemente agria que nunca más había querido que David volviera a tocarla.
    Durante los últimos años, su lecho matrimonial se había asemejado a las nevadas llanuras del Ártico, vacías e inexploradas. Se había sentido terriblemente sola a lo largo de todo su matrimonio, pero incluso una vez muerto David, Joanna no se había permitido acercarse a ningún otro hombre: no había confiado lo suficiente en ninguno para hacerlo. Y Alex Grant no podía ser ese hombre. David lo había envenenado con historias en contra de ella, estaba segura. Pero lo más importante era que estaba cortado según el mismo patrón que David: era un aventurero, un explorador, un hombre capaz de abandonar su hogar y su familia para partir hacia lo desconocido.
    – ¿Y bien? -Lottie seguía esperando, impaciente.
    – Es moreno -dijo Jo.
    – Querida… -Lottie suspiró profundamente, alzando las manos-. ¡Sabes que llevo una vida tan aburrida! Sólo te pido un poquito de excitación, por favor.
    – Es lo más que puedo hacer, Lottie. Lord Grant y yo no somos realmente amantes. El rumor no es cierto.
    Para entonces, Lottie la estaba mirando con expresión compasiva.
    – Jo, querida, no tienes que explicarte ni disculparte conmigo. ¡Nadie te está culpando por haber tomado un amante! Ha transcurrido una eternidad desde la muerte de David. Y tengo entendido que el encantador lord Grant es muy, muy seductor. ¿Es cierto… -sus oscuros ojos relampaguearon de repente- que unas horribles cicatrices surcan su pecho como consecuencia de una pelea con un oso polar?
    – No tengo ni idea -repuso Joanna-. ¿Quién querría pelearse con un oso polar? Eso suena altamente peligroso.
    Recordó la leve cojera de Alex. Recordaba también vagamente que David le había mencionado que Alex había resultado gravemente herido en una expedición anterior. Al contrario que su difunto marido, sin embargo, Alex no se había mostrado nada inclinado a hablar de ello.
    – Lottie, no me estás escuchando. Lord Grant y yo ni siquiera nos conocemos apropiadamente, y por favor, no sigas hablando así: estás impresionando a Merryn -miró a su hermana pequeña, que permanecía sentada en silencio mientras Lottie parloteaba. Merryn era tan contenida como locuaz era Lottie, y su serenidad era un antídoto contra la legendaria indiscreción de la señora Cummings.
    Tenía el hábito del silencio, que había adquirido durante la larga y difícil enfermedad del tío de ambas. Para su mala suerte, la costumbre y la convención dictaban que la hermana menor y soltera asumiera siempre el cuidado del familiar enfermo. A veces Joanna sentía remordimientos por haber dejado que su hermana se hiciera cargo sola de su tío. Ella había escapado a la sofocante atmósfera de la vicaría y ya no había vuelto nunca. Por lo que sabía, tampoco lo había hecho su otra hermana, Tess. Merryn era la única que había tenido que soportar la colérica naturaleza del reverendo Dixon.
    – A mí no me importa -dijo Merryn, con un brillo de diversión en sus ojos azules-. Oh, y creo que la historia del oso polar no es más que una invención, Lottie.
    Lottie hizo un puchero con los labios.
    – Oh, pero si Jo no ha visto realmente el pecho de lord Grant, nunca podremos estar seguras de ello, ¿verdad? ¿Habéis hecho el amor en la oscuridad, Jo querida? ¡Eres más puritana de lo que había imaginado!
    – Moralmente soy intachable -le dijo, sincera-. Lottie, sé que tengo fama de casquivana, pero no es cierto. Es todo una pura fachada.
    Lottie abrió mucho sus ojos oscuros.
    – ¡Oh, eso ya lo sé, cariño! ¡Todos los caballeros dicen que tienes un corazón de hielo! ¡Y al mostrarte de esa manera con ellos, precisamente lo que consigues es tenerlos a todos detrás de ti, jadeando!
    – Yo no lo hago para estimularlos -protestó Joanna algo incómoda, porque tras las palabras de Lottie latía la envidia, a la vez que contenían una nota de verdad-. Es simplemente que no confío demasiado en los hombres.
    – Oh, bueno, cariño… -Lottie le puso una mano en el brazo con gesto consolador- yo tampoco, pero… ¿para qué preocuparse por eso? Yo los seduzco y los despacho luego, y eso es lo que me mantiene contenta.
    Joanna se preguntó si eso sería verdad. Los discretos affaires de Lottie eran bien conocidos por la alta sociedad, pero que esas infidelidades le hicieran feliz, eso nunca lo había sabido a ciencia cierta. Ambas vivían en un mundo de espejos donde el artificio y la superficialidad eran altamente cotizados, mientras que la sinceridad era considerada motivo de burla. Lottie jamás había hablado en serio con ella, y después de diez años en la alta sociedad londinense, Joanna tampoco había confiado en nadie nunca: muy pronto había tenido ocasión de descubrir que ningún secreto era respetado. Lo que significaba que cualquier conversación privada se convertía rápidamente en un on dit: un rumor.
    – Bueno, si tú quieres tener algo con lord Grant, por mí no tienes que preocuparte. Yo no tengo ningún affaire con él -insistió una vez más, suspirando-. Y no puedo creer que lo hayas invitado esta tarde, Lottie, como tampoco doy crédito a todo este extravagante despliegue en su honor.
    Cuando llegó a la velada de Lottie y descubrió que se esperaba la llegada de Alex Grant, se había mostrado tan consternada como incrédula. Que Alex, con su aparente desprecio hacia la adulación social, hubiera sido tan hipócrita como para aceptar aquel baile en su honor, la había decepcionado en el fondo: lo cual había reforzado su suposición de que no era más que un vanidoso aventurero.
    Porque error no podía haber ninguno. Lottie le había asegurado que él le había enviado recado confirmando su asistencia, y como resultado el salón había sido decorado con enormes esculturas de hielo, una de las cuales consistía en un hombre a tamaño natural blandiendo un espada en una mano y una bandera británica en la otra: una clara representación del propio Alex en su conquista de territorios vírgenes. También había largas telas de blanco satén que cubrían la escalera imitando una cascada helada, así como fanales rojos y verdes colgando del techo en un esfuerzo por simular la aurora boreal. El plato fuerte era un oso disecado, bastante apolillado por otra parte, que de pie en una esquina de la entrada asustaba a todo aquél que pasaba por allí. Todo en su conjunto era algo espantosamente vulgar, pero de alguna manera conseguía funcionar gracias a la frescura y al descaro de Lottie.
    – ¿No es maravilloso? -Lottie estaba exultante-. Me he superado a mí misma.
    – Desde luego -murmuró Joanna.
    – Y tú has venido convenientemente vestida para la ocasión -lanzó una aprobadora mirada a su vestido de satén blanco, con diamantes-. ¡Qué acierto el tuyo! ¡Te queda precioso ese color, cariño! ¡Las otras damas parecerán simples debutantes a tu lado!
    – Yo más bien dudo -dijo Merryn de manera inesperada- que todo este despliegue sea del gusto de lord Grant, Lottie. Ya sabes que tiene reputación de hombre discreto y reservado.
    – Tonterías. Le encantará.
    – Bueno, y si no es así, estoy segura de que se mostrará lo suficientemente cortés como para no expresarlo -repuso Merryn-. Tengo entendido que es el epítome de la caballerosidad.
    – Pareces saber mucho de él… -se burló delicadamente Joanna, haciéndola ruborizarse-. ¿Acaso te ha cantado alguien sus alabanzas?
    – No -respondió, enrojeciendo aún más-. He leído sobre sus expediciones, eso es todo. El señor Gable estuvo escribiendo sobre él en el Courier. Es un verdadero héroe. Al parecer, rechazó una invitación a cenar del propio Príncipe Regente, lo que no ha hecho sino aumentar su fama. Su presencia es celebrada en todos los clubes.
    Joanna se había estremecido al escuchar la palabra «héroe».
    – No entiendo que haya nada que celebrar por su fracasado intento de llegar al Polo Norte. Según yo tengo entendido, David y lord Grant partieron para descubrir el paso del noroeste y fracasaron. Cuando se vieron atrapados en el hielo, David murió y lord Grant logró regresar a casa -alzó las manos en un gesto exasperado-. No veo ocasión alguna para celebrar nada. ¿O acaso me estoy perdiendo algún dato fundamental?
    Lottie le dio un golpecito con su abanico en el brazo, desaprobadora.
    – No seas tan dura, Joanna querida. ¡Esas exploraciones son tan fantásticas y excitantes! Lord Grant es la esencia depurada del héroe noble y discreto, solitario y endemoniadamente atractivo, igual que David.
    – David -repuso secamente Joanna- no era ni discreto ni solitario.
    Lottie se puso a juguetear con su vestido, desviando la mirada.
    – Bueno, supongo que era bastante sociable…
    – ¿Sociable? Sólo hay una palabra para eso.
    Lottie alzó su copa de champán y la apuró de un trago.
    – Jo, querida, ya sabes lo mucho que me arrepiento de haberme dejado seducir por él, pero era un héroe y… ¡me pareció una descortesía resistirme! -clavó en Joanna sus oscuros ojos grandes-. ¡Y además a ti no pareció importarte demasiado!
    – No -reconoció, volviendo la cabeza-. No me importaba a quién pudiera seducir David.
    Había habido tantas mujeres… Durante los meses que siguieron a la muerte de David, había recibido visitas de un buen número de ellas afirmando haber sido amantes de su marido, incluidas dos antiguas criadas, tres hijas de propietarios de pubes y una chica que trabajaba en la tienda donde Joanna compraba sus sombreros. Siempre le había extrañado que David se hubiera mostrado tan dispuesto a acompañarla en sus compras la última vez que regresó a Londres: al final lo había entendido. David se había atrevido incluso a tener un affaire con Lottie. Eso y el hecho de que ambas continuaran siendo amigas, reflexionó amargamente Joanna, era una muestra tanto de la vaciedad de su matrimonio como de la poca consistencia de sus amistades.
    Descubrió que Merryn la estaba observando y le lanzó una tranquilizadora sonrisa. Su hermana pequeña había llevado una vida tan protegida en la campiña de Oxfordshire… Joanna no tenía ningún deseo de impresionar o preocupar a su hermana.
    – De todas maneras, estábamos hablando de lord Grant, y no de tu difunto y disoluto marido -le recordó Lottie con su habitual insensibilidad. Parecía impasible a la tensión del ambiente-. ¿Sabe besar bien, Jo querida? Si no es así, te aconsejo que lo dejes plantado. Es terrible soportar las babas de un torpe. Créeme, te lo digo por experiencia.
    Merryn se echó a reír y Joanna se relajó un tanto. Al menos siempre se podía contar con Lottie para aligerar las tensiones con alguno de sus escandalosos comentarios. Ella, sin embargo, dedicó un compasivo pensamiento al desafortunado señor Cummings, un rico banquero cuyo único propósito en la vida consistía aparentemente en financiar el estilo de vida de Lottie y arrostrar luego sus consecuencias.
    – No pienso hablar de eso -declaró. Por un instante, el frenético rumor del salón desapareció de golpe y volvió a encontrarse en la biblioteca de su casa, con Alex Grant besándola con explícita demanda. Un violento calor empezó a correr por sus venas y…
    Lottie lanzó un gritito de placer.
    – ¡Mira la cara que está poniendo tu hermana! -le dijo a Merryn-. ¡Debe de besar de maravilla!
    – Resulta más que gratificante saber que, si van a dejarme plantado, no será por mi falta de habilidad -murmuró una voz masculina al lado de Joanna, con tono divertido-. Vuestro fiel servidor, en eso y en todo… lady Joanna -recorrió con la mirada su vestido blanco-. Qué encantadora y virginal estáis esta noche…
    Joanna dio un respingo y se volvió en su silla. Alex Grant estaba de pie junto a ella y la miraba con un brillo de diversión en sus ojos oscuros. No entendía cómo había podido pasarle desapercibida su llegada, dado que una multitud de admiradores ya se estaban empujando y dándose codazos en sus esfuerzos por demandar su atención. El ruido del salón iba en aumento y un rumor de excitación recorría a los presentes como una brisa agitando un maizal. Ya antes había sido testigo Joanna de aquel mismo efecto con las entradas de David, tal que un héroe conquistador. Una vez más el recuerdo le provocó escalofríos.
    Acompañaba a Alex un joven muy guapo y muy rubio, que la observaba con una abierta e inquisitiva admiración. Joanna le sonrió y el joven reaccionó con contento y con un punto de turbación que resultó conmovedor. Miró luego a Alex, que lejos de ruborizarse la contemplaba con expresión sardónica.
    – Entonces… ¿seguimos siendo amantes? -le preguntó él en voz baja, al tiempo que se inclinaba para tomarle la mano. Con su aliento le acarició los tirabuzones que le caían sobre una oreja, provocándole un estremecimiento.
    Alzó la mirada hasta sus ojos. Tenía unas pestañas largas y espesas que habrían sido la envidia de cualquier mujer, tan injusta podía llegar a ser la naturaleza. Y unos ojos fantásticos que, ahora que podía verlos de cerca, eran de un gris oscuro más que castaños, velados por una expresión inescrutable.
    Fue entonces cuando se dio cuenta de que se lo había quedado mirando fijamente… y de que él estaba sonriendo, con una ceja enarcada a modo de burlón desafío.
    – Tan amantes como lo éramos antes -respondió ella, cortante-. Es decir: nada.
    – Lástima. Pocas veces he sacado tan poco placer físico de una aventura.
    – Bueno, si preferís frecuentar Haymarket a Curzon Street, no seré yo quien os lo impida -le espetó Joanna.
    Lottie soltó un gritito de protesta ante la perspectiva de que su invitado de honor pudiera dar media vuelta y marcharse.
    – ¡Oh, por supuesto que lord Grant encontrará mi velada muchísimo más entretenida que un burdel, por muy lujoso que sea! ¡Os lo garantizo!
    Joanna cruzó una mirada de complicidad con Merryn, que lanzó una risita.
    – Me permito presentaros a mi primo, el señor James Devlin -dijo Alex, volviéndose hacia el atractivo joven-. Es un gran admirador vuestro, lady Joanna.
    Se sucedieron las presentaciones. James Devlin saludó con una reverencia primero a Joanna y después a Merryn. Parecía cortésmente deslumbrado, aunque Joanna supuso que habría practicado más que de sobra con impresionables debutantes. Merryn, para su agrado, mantuvo perfectamente la compostura y se mostró impasible, aunque el ligerísimo rubor de sus mejillas sugería que no era del todo indiferente a la admiración del señor Devlin.
    Ante eso, Joanna experimentó un enorme alivio y placer, seguidos de una fuerte punzada de preocupación. Era consciente de que se mostraba demasiado protectora con Merryn: como mayor de las tres hermanas, había hecho de madre de las demás, algo que había resultado casi inevitable dada la indiferencia que siempre les habían demostrado sus padres. Esperaba que ahora que Merryn había dejado de cuidar a su tío enfermo, pudiera disfrutar de la oportunidad de trabar relación con algún honesto y atractivo joven. Pero… ¿podría James Devlin ser descrito como tal? Probablemente no. Parecía demasiado peligroso para andar suelto entre inocentes jovencitas.
    Alex, mientras tanto, se estaba mostrando extremadamente cortés con Lottie, agradeciéndole el haber organizado un evento tan elegante. A pesar del desagrado que sentía por su persona, a Joanna le intrigaba ver la facilidad con que era capaz de seducir a cualquiera.
    – Me abrumáis con tanto honor, señora Cummings -le estaba diciendo.
    – Ya se lo había dicho yo -terció Joanna con falso tono dulce-. Dada vuestra aversión a que os traten como un héroe debido a vuestra fama, milord, estoy segura de que detestaréis tanta alharaca.
    James Devlin ahogó una carcajada.
    – Me temo que Joanna ha dado en el blanco, Alex.
    – Seguro que podré soportarlo -murmuró-. La propia lady Joanna se encargará de que todo esto no se me suba demasiado a la cabeza.
    – Precisamente vuestra discreción hace que seáis aún más admirado -lo aduló Lottie-. ¡Hasta la última dama de este salón moriría por poder derretir esa helada y distante actitud vuestra!
    Joanna reprimió entonces una muy poco femenina carcajada.
    – Habla por ti, Lottie. Yo no tengo deseo alguno de empezar una discusión, aunque tus esculturas de hielo podrían resultar muy útiles a la hora de aplacar cualquier ardor.
    – ¿Esculturas de hielo? -inquirió Alex.
    – Efectivamente. Si todavía no las habéis visto, milord, os sugiero que lo hagáis. ¡Seguro que apreciaréis especialmente la representación de vos mismo descubriendo las irresistibles tierras del Ártico y plantando vuestra bandera con un estilo marcadamente fálico!
    Lottie la fulminó con la mirada al tiempo que acariciaba sugerentemente con su abanico la manga del inmaculado traje de Alex, en un intento por distraerlo.
    – ¿Seríais tan amable de satisfacer una pequeña inquietud que tengo, milord? -ronroneó-. ¿Es cierto que en una ocasión forcejeasteis con un oso polar y que tenéis cicatrices que lo demuestran? ¡Joanna se niega en redondo a decírmelo!
    – Porque no tengo ni idea al respecto -intervino Joanna-. E interés menos aún.
    Alex le lanzó otra burlona mirada, que esa vez le hizo ruborizarse. Una reacción que no pudo irritarla más dado que la última vez que había enrojecido debía de haber tenido unos doce años.
    – Me decepcionáis, lady Joanna.
    – Soy consciente de ello. Vos me habéis dejado obvia la desaprobación que sentís por mí.
    – Oh, por favor -insistió Lottie-, enseñadnos esas cicatrices… ¿Son tan impresionantes como la de lord Nelson? Tengo entendido que él también tropezó con un oso en las soledades del Ártico.
    – Madame… -Alex apartó firmemente el abanico de su anfitriona cuando sus plumas le hicieron cosquillas en la muñeca-. Me temo que necesitaría conoceros mucho más íntimamente antes de permitirme la licencia de desnudarme en vuestro salón o, para el caso, en cualquier otro cuarto -volviéndose hacia Joanna, le ofreció su mano-: ¿Me haréis el honor de este baile, lady Joanna? Rara vez bailo, pero el cotillion no se me da mal.
    – Por mucho que me halague vuestro ofrecimiento, milord -dijo Joanna, sonriendo recatadamente-, me temo que no podremos bailar si lo que ambos deseamos es acabar con los rumores de nuestro affaire. Además de que mi carné de baile ya está lleno.
    – Abrid entonces otro y empezad de nuevo. Ansío hablar con vos.
    – ¿La palabra «por favor» os es acaso desconocida, milord? -replicó Joanna, molesta por su prepotente actitud-. Es posible que tuviera un mayor deseo con vos si mostrarais un mínimo de cortesía.
    Un brillo perverso apareció de pronto en los ojos de Alex, dejándola sin aliento.
    – Como gustéis -murmuró-. Ya veis, lady Joanna, que a veces me rebajo a suplicar… siempre que deseo algo lo suficiente.
    Sus miradas se enzarzaron durante un largo instante, con una sonrisa asomando a los ojos de Alex. Joanna pudo sentir que el suelo cedía levemente bajo sus pies. Recuperándose, sonrió a su vez.
    – Contrariamente que vos, milord -repuso, volviéndose hacia James Devlin-, vuestro primo ha tenido la previsión de enviarme una nota esta tarde solicitándome el primer baile -levantándose, ofreció su mano a Dev-. Señor Devlin, estaré encantada de bailar con vos. Esto es… -vaciló- si no te importa quedarte sola, Merryn…
    – Oh, me acercaré a hablar con la señorita Drayton -dijo su hermana-. No te preocupes por mí.
    La expresión de disgusto que apareció en el rostro de Alex cuando se dio cuenta de que había perdido aquel lance verbal fue suficiente recompensa para Joanna. Dev le lanzó una mirada medio arrepentida y medio satisfecha.
    – Tú nunca pierdes ocasión de recordarme que planificar bien una batalla es ya medio ganarla, Alex -murmuró-. Ésa es tu táctica.
    – ¡Os han superado en habilidad, milord! -exclamó Lottie-. Tendréis que bailar conmigo. Al señor Cummings no le importará… toda vez que ya ha abierto el baile conmigo y tiene la costumbre de retirarse enseguida a su despacho.
    Levantándose, ofreció su mano con gesto imperioso a Alex y, al cabo de un momento, éste la aceptó. A Joanna le dio un pequeño vuelco el estómago. Lottie, según parecía, estaba decidida a seducirlo, porque ya lo estaba tomando del brazo de manera sorprendentemente íntima, a la vez que lo miraba con un brillo depredador en los ojos.
    Aunque motivos para molestarse por ello no tenía ninguno, ya que no solamente había insistido en que ella no era la amante de Alex, sino que prácticamente había incitado a su amiga a que lo sedujera.
    Los invitados cedieron un tanto en su amable presión y les permitieron pasar al salón. Joanna era bien consciente de los inquietos susurros y del rumor de las conversaciones, así como de las sonrisas de adulación de las damas que se esforzaban por atraer la atención de Alex.
    – Y yo digo, madame -pronunció Devlin, caminando a su lado-: ¿No es extraordinario? ¿Quién habría pensado que precisamente Alex suscitaría una expectación semejante? ¡Esto es casi como escoltar a un personaje real!
    – Sospecho que lord Grant es probablemente más popular que el Príncipe Regente -repuso irónicamente Joanna-. La sociedad es muy veleidosa, señor Devlin, y además está muy aburrida. Siempre anda a la busca de la última sensación, y en este momento la última sensación es vuestro primo. Los exploradores están de moda. No dudo de que la moda del año que viene será el papel de pared chino o las razas escocesas de perros.
    – Alex no es comparable a un perro, madame -protestó Dev, aunque sonriendo-. Que sea una buena presa para toda madre casamentera es, sin embargo, indiscutible.
    – ¿De veras? -Joanna experimentó una extraña inquietud en el estómago-. Desconocía que lord Grant estuviera buscando esposa.
    – Oh, dudo que él desee una esposa -explicó cándidamente Dev-. Pero actualmente Balvenie carece de heredero.
    – Entiendo. Por supuesto -una familiar frialdad empezó a devorarle el corazón. También David había querido tener un hijo-. Sí, la mayor parte de los hombres desean tener un heredero.
    Aunque había pretendido adoptar un tono indiferente, algo en su voz debió de haber llamado la atención de Dev, porque éste le lanzó una rápida y sorprendida mirada. Joanna le sonrió entonces inocentemente y el ceño del joven se despejó del todo. Era demasiado fácil de engañar.
    Tanto tiempo les llevó abrirse paso entre la multitud que para entonces el cotillion había terminado y la orquesta, al ver acercarse a Alex con su pareja, atacó en su honor una animada versión de la marcha patriótica Rule Britannia, de Thomas Arne. Mirándolo, Joanna pudo ver que permanecía absolutamente impasible. Colgada literalmente de su brazo, Lottie tenía una expresión radiante mientras la sala entera estallaba en un espontáneo aplauso.
    – Habría sido más apropiado -le susurró Joanna a Dev- que tocaran la Much Ado About Nothing, también del señor Arne: mucho ruido y pocas nueces.
    Alex le lanzó entonces una inescrutable mirada y Joanna descubrió que la había oído. Dev miraba perplejo a uno y a otra.
    – Tengo la impresión, lady Joanna, de que ninguno es del agrado del otro. ¿Me equivoco? Cuando Alex me dijo que ni vos ni él compartíais una relación, um… íntima… yo pensé que él simplemente se mostraba… -se interrumpió, confuso, desmintiendo así la sofisticación que sugería su aspecto.
    – Me temo que tengo mis prejuicios contra los exploradores, señor Devlin -repuso Joanna, apiadándose de él-. Sobre todo después de haberme casado con uno.
    – Oh, pero David era un hombre admirable -le aseguró Dev, iluminándose de repente su expresión-. Desde que era niño, era mi héroe.
    – Mucho me temo que los héroes suelen ser hombres de convivencia difícil -al ver su mirada de asombro, añadió con tono amargo-: Siempre es difícil responder a las expectativas creadas.
    La marcha patriótica terminó con una floritura, sonaron de nuevo los aplausos y Alex hizo una agradecida reverencia a la multitud antes de que Lottie lo arrastrara al siguiente baile, una contradanza.
    – Espero que Alex disculpe mi osadía -le dijo Dev a Joanna mientras se incorporaban a la danza-. De hecho, me sorprendió que os pidiera el baile. La combinación de su vieja herida y su falta de afición lo mantiene habitualmente fuera de la pista.
    Joanna también se había sorprendido. Aunque la lesión de su pierna no parecía grave, tampoco podía imaginárselo bailando cómodamente durante media hora seguida una contradanza como la que estaba ejecutando en aquel momento. No le había pasado desapercibido su gesto de disgusto cuando Lottie le preguntó por las heridas del oso polar, sobre las que no había querido extenderse. Al igual que el asunto de su popularidad como explorador y la muerte de su esposa, aquello no constituía tema de discusión alguno: su actitud lo dejaba bien a las claras. Era demasiado autoritario e intimidante.
    – Si Alex aceptó la invitación de la señora Cummings fue únicamente como un favor personal hacia mí -le estaba diciendo Devlin-. Os aseguro que no es tan poco servicial como parece.
    – Os tomaré la palabra, señor Devlin -repuso Joanna, sonriendo-. Segura estoy, por lo demás, de que a vuestro primo le es indiferente con quien yo pueda bailar, de manera que no corréis peligro alguno de que os llame al orden.
    – Eso espero. Aunque ya antes me advirtió que no me acercara demasiado a vos -Dev la miró con expresión de franca admiración-. Cosa de la cual no puedo culparlo, madame.
    – Vuestro primo es un impertinente -le espetó Joanna al tiempo que lanzaba una furiosa mirada en dirección a Alex, al otro lado de la pista. Dado que le parecía extremadamente improbable que David le hubiera hecho prometer a Alex que la protegiera y velara por ella, sino más bien al contrario, sólo podía suponer que Alex había advertido a su joven primo en su contra porque la consideraba peligrosa para su virtud.
    Se permitió observarlo por unos segundos mientras bailaba con Lottie. La señora Cummings estaba convirtiendo una decente contradanza en algo mucho más sensual. Se pegaba a Alex como una hiedra, como si quisiera palpar aquellas presuntas cicatrices de oso polar. Mientras veía a Alex despegar literalmente sus dedos de la pechera de su camisa, Joanna decidió que las persistentes atenciones de su amiga eran la penitencia más amable que se merecía.
    – En la nota que me enviasteis esta tarde mencionabais un favor, señor Devlin -dijo de repente, volviéndose hacia el joven-. ¿Cómo puedo ayudaros? Aunque si tiene algo que ver con vuestro primo, os advierto que no tengo absolutamente ninguna influencia sobre él.
    – Sé lo que queréis decir, madame -repuso Dev, sombrío-. Alex tiene demasiada seguridad en sí mismo como para aceptar consejos de nadie.
    – Estáis diciendo que es un arrogante -dijo Joanna.
    – Bueno, supongo que ésa sería una manera de nombrarlo. Lo cierto es que me encuentro en mala disposición con él desde el momento en que renuncié a mi comisión de servicio en la marina para tomar parte en una expedición rumbo a México. Me estaba preguntando… si pudierais dignaros vos a hablar con él, madame, para intentar suavizar un poco la situación entre nosotros.
    – Podría intentarlo, pero con ello sólo conseguiría empeorarla, señor Devlin. Me temo que por lo que se refiere a contar con la desaprobación de vuestro primo, os llevo una considerable ventaja.
    La figura que adoptó el baile en aquel momento los había llevado muy cerca del lugar donde Merryn estaba charlando con la señorita Drayton. Joanna se dio cuenta de que Devlin se había quedado mirando a su hermana.
    – ¿No baila lady Merryn?
    – Mi hermana prefiere actividades más intelectuales -explicó Joanna, sonriente. Merryn era una intelectual que no ocultaba su preferencia por las sesudas discusiones antes que por el baile. Lo cual había limitado su círculo de amistades y mucha gente de la buena sociedad, Lottie incluida, la consideraba una extravagante por su falta de frivolidad.
    Dev seguía observándola con una sorprendente expresión de interés.
    – Lástima, porque estoy seguro de que sería una gran bailarina. Pero admiro a las mujeres que se destacan de las demás.
    – Si sois capaz de hablar con ella de arquitectura naval, os aseguro que os ganaréis su aprobación -le dijo Joanna con tono ligero. La música tocó entonces a su fin y tanto Dev como ella se sumaron al aplauso general-. Ha estado asistiendo a las conferencias de la Real Institución con algunas de sus amistades.
    – ¿De veras? -frunció el ceño-. Yo asistí a la última de la semana pasada, que versaba sobre el nuevo diseño de las fragatas americanas.
    – Entonces me parece a mí que tenéis un interés en común -repuso Joanna con una sonrisa. De pronto le puso una mano sobre el brazo-: Un consejo os doy, señor Devlin. Merryn ha vivido la mayor parte de su vida en la campiña y no está habituada a las formas y maneras de la alta sociedad de la capital. Lamentaría mucho verla… decepcionada de alguna manera.
    Una vez más vio el ceño nublar el semblante de Dev, hasta que su expresión se aclaró al tiempo que le cubría una mano con la suya y le presionaba los dedos en un apretón de consuelo.
    – No tengáis miedo alguno, madame. Yo no seduzco a las damas jóvenes -se interrumpió-. Bueno, la sinceridad me obliga a admitir que sí lo hago, pero os juro que no haré nada que pueda molestaros en relación con vuestra hermana.
    – Devlin -Jo se volvió para ver que Alex se había desembarazado de Lottie Cummings, quien para su sorpresa estaba bailando con John Hagan. Alex se dirigía directamente hacia ellos, ignorando las manos tendidas y los esfuerzos de aquéllos que pretendían ganar su atención. Tenía clavada la mirada en sus manos entrelazadas, y Joanna tuvo la impresión de que Dev se la soltaba con una parsimonia un tanto provocativa, casi desafiante.
    – Alex -le dijo Dev, con una sonrisa dibujándose en sus labios-. ¿Has venido a interrumpirnos?
    – El señor Cummings -explicó Alex, sin apartar la mirada de Joanna-, desea hablar de tu expedición mexicana contigo, Dev. Así que será mejor que abandones a tu pareja y te reúnas con él en el salón.
    La expresión del joven se iluminó de golpe.
    – ¿Le has hablado en mi nombre, Alex? ¡Eres el mejor camarada del mundo! A sus pies, lady Joanna -improvisó una reverencia-. Por favor, disculpadme.
    – Por supuesto -repuso ella, sonriendo-. Y buena suerte.
    – ¿Puedo acompañaros al comedor, lady Joanna? -se ofreció Alex-. Los enérgicos flirteos que habéis tenido que sufrir de mi primo por fuerza exigirán algún descanso.
    – Sólo estábamos bailando, milord -le lanzó una mirada cargada de disgusto.
    – ¿Es así como lo llaman ahora? -arqueó una ceja.
    – Tengo entendido que habéis advertido al señor Devlin de que se mantenga alejado de mí -dijo Joanna mientras pasaban al comedor, donde las esculturas de hielo de Lottie habían empezado a derretirse al calor de las velas-. Mi bondadoso carácter me impulsó a suponer que mi difunto marido os habría pedido que os tomarais un fraternal interés por mi bienestar, con el fin de protegerme de los jóvenes exaltados.
    Alex se echó a reír.
    – No habríais podido estar más equivocada, lady Joanna. Vuestro marido me aseguró que erais perfectamente capaz de cuidar de vos misma, y yo me siento más que inclinado a creerlo.
    Joanna experimentó una sensación que, curiosamente, se asemejaba mucho a la tristeza. De modo que David la había presentado como si fuera una arpía y Alex no había dudado de su versión. Por supuesto. Todo el mundo tenía a David Ware por un absoluto héroe, y Alex había sido su más cercano amigo. Se obligó a sobreponerse. ¿Qué había esperado? David nunca había cantado sus alabanzas: durante años habían vivido separados, aborreciéndose mutuamente. ¿Cómo habría podido ser de otra manera cuando David había pensado que ella le había fallado en lo único que había requerido de su persona? Durante sus cinco años de matrimonio habían discutido sin cesar, para terminar dirigiéndose apenas la palabra.
    Aspiró hondo en un intento por tranquilizarse. David estaba muerto y nada de eso debería importarle ya. Y, sin embargo, la pobre opinión que Alex Grant tenía de ella parecía contar mucho más de lo que debería.
    Se detuvo bruscamente ante una efigie de hielo, a tamaño natural, del propio Alex.
    – ¿De veras? -inquirió, burlona-. Dudo que sintáis necesidad alguna de proteger a vuestro primo de cualquier peligro imaginario, lord Grant. En el pasado no tuvisteis ningún empacho en dejar que se las arreglara solo, y su hermana también, según tengo entendido, mientras recorríais el mundo en busca de la gloria…
    La mano enguantada de Alex se cerró con fuerza sobre su muñeca, quitándole el aliento. La expresión de sus ojos era la de una auténtica fiera, aunque procuró mantener un tono suave y tranquilo:
    – ¿Es esto acaso un intento de despacharme como supuesto amante a la vista de todo el mundo? Confieso que había esperado algo más original que una lista de todas aquellas cosas en las que supuestamente he fallado a mi familia.
    – No os apresuréis tanto -replicó Joanna, sosteniéndole la mirada-. No os decepcionará mi despedida, os lo aseguro -se liberó de un tirón y se frotó la muñeca. El apretón no le había hecho daño, pero había habido algo en su contacto y en sus ojos, algo feroz y primitivo, que la había afectado sobremanera. El tono de aquel encuentro había pasado, en el lapso de un segundo, de la enemistad disfrazada de cortesía a la más abierta hostilidad.
    Joanna se daba cuenta ahora de que había proyectado sobre Alex todos aquellos defectos que había detestado en David, y quizá eso fuera injusto, pero no estaba de humor para ser generosa. Al fin y al cabo, él tampoco lo había sido con ella.
    – Podéis quedaros tranquilo por lo que se refiere a la virtud de vuestro primo -le dijo-. No estoy interesada en jóvenes bisoños, pese a lo que vos podáis pensar -lo miró de arriba abajo-. Ni tampoco en aventureros, ciertamente, por muy románticos y misteriosos que otras damas puedan encontrarlos -cuadró los hombros-. Lord Grant, yo no sé lo que mi marido os dijo sobre mi persona para que me tengáis tanta aversión, pero sabed que no me importa ni vuestra desaprobación ni vuestra actitud condenatoria.
    – David nunca me habló de vos -le aseguró Alex-. Únicamente os mencionó una sola vez, justo antes de morir.
    Apretó el abanico con tanta fuerza entre sus manos enguantadas que hasta crujieron las varillas. No le había pasado desapercibido el indiscreto grupo de invitados que se había arremolinado a la entrada del comedor, deseosos de contemplar la escena que se estaba desarrollando entre lady Joanna y su supuesto amante.
    – Bueno -dijo con tono sarcástico-, si David estaba en su lecho de muerte… supongo que lo que dijo debió ser verdad.
    – Quizá -repuso Alex, con la boca convertida en una fina, furiosa línea-. David me aconsejó que jamás confiara en vos, lady Joanna. Me dijo que erais mentirosa y manipuladora. ¿Os importaría explicarme qué fue lo que hicisteis para ganaros un odio tan grande de vuestro propio marido?
    Sus miradas se anudaron. Alex la miraba fijamente, con los ojos entrecerrados, y de repente ella también lo odió a él: por haber creído a su desleal e irresponsable esposo, por haber aceptado sus palabras sin dudarlo, por haberla condenado sin haber escuchado su versión. Quería explicárselo todo. De repente deseó hacerlo con una pasión que a ella misma la sorprendió, que le robaba el aliento y le desgarraba el corazón.
    Pero al mismo tiempo era consciente de que no podía confiar en Alex Grant, un hombre que prácticamente era un desconocido para ella. «No confíes en nadie»: ésa era su máxima por lo que se refería a la alta sociedad de la capital. A ella se había apegado desde el día en que, recién casada y nada más entrar en la tienda de madame Ermine de Bond Street, había escuchado a dos damas hablar de sus aventuras íntimas con todo lujo de escandalosos detalles. Fue precisamente aquella conversación la que la puso por vez primera al tanto de las infidelidades de David. Desde entonces, como resultado, no confiaba sus secretos a nadie. Y menos aún al amigo más cercano de su difunto marido, colega y aliado suyo.
    – Suponéis entonces que soy yo la pecadora -le dijo en aquel momento, con tono amargo-. Lamento que penséis eso.
    Vislumbró entonces una sombra de duda en los ojos de Alex; o al menos eso le pareció. Pero fue algo tan fugaz y pasajero como un simple parpadeo. Vio que sacudía ligeramente la cabeza.
    – Eso no me basta, lady Joanna.
    Joanna acabó por perder la paciencia. Había permanecido separada de David durante cinco largos años, y durante cada uno de ellos había abrigado y acumulado silenciosamente su dolor. Y ahora aquel hombre parecía esforzarse por desenterrar y hacer aflorar aquel dolor, destruyendo de paso todas las defensas que había levantado para protegerse.
    – Pues bien, lord Grant, tendrá que bastaros. Yo nada os debo, ni nada podría deciros que pudiera cambiar vuestra opinión sobre mí, así que me ahorraré el esfuerzo -cuadró nuevamente los hombros-. Recuerdo que estabais esperando a que yo pusiera fin a nuestra supuesta relación. Os doy satisfacción ahora mismo y os anuncio que no necesitamos volver a vernos más.
    Volviéndose hacia la escultura, arrancó la espada que empuñaba la efigie. El hielo produjo un satisfactorio crujido al romperse. Los invitados de la señora Cummings contuvieron el aliento a la vez.
    Acto seguido, rompió la espada en dos y arrojó los pedazos a los pies de Alex.
    – Esto es lo que pienso yo de los exploradores y de sus habilidades amatorias -pronunció con toda claridad, para que la sala entera pudiera oírla-. Espero que podáis navegar en los helados mares árticos mejor de lo que sabéis hacerlo por el cuerpo de una mujer… porque en caso contrario podríais acabar en España, antes que en Spitsbergen -sonrió-. Consideraos despachado a partir de este momento, lord Grant -y añadió dulcemente-: Que paséis una buena noche.

Tres

    La señora Cummings seguía de pie en medio del comedor contemplando los restos del banquete. En un raro gesto de generosidad, había despedido a los criados por esa noche, dejando la limpieza para el día siguiente. Las velas estaban apagadas y el ambiente olía levemente a humo. La única luz que se filtraba en la sala procedía de la primera del alba, que asomaba ya por los barrios orientales de Londres. Las esculturas de hielo se derretían, con las gotas cayendo sobre los grandes cuencos de cristal como si fueran lágrimas. Lottie se sentía deprimida, y sin embargo no lograba entender por qué.
    La velada había supuesto un gran éxito, todo un aldabonazo social que sería comentado durante meses. Aun sin la excitante discusión que habían mantenido lady Joanna Ware y su supuesto amante, lord Grant, habría resultado enormemente entretenida. La comida, como siempre, había sido exquisita, la música excelente y las esculturas habían constituido el remate perfecto. Pero entonces… ¿por qué se sentía como si hubiera perdido una guinea y encontrado un cuarto de penique?, se preguntaba Lottie mientras untaba distraídamente un dedo en los restos de la crema de pétalos de rosa y se lo llevaba a los labios. Su marido, Gregory, apenas había asomado la cabeza, pero la verdad era que nunca lo hacía. Llevaban vidas perfectamente separadas, y así había sido desde el principio. Ella se había casado con Gregory por su dinero y no por su personalidad, algo de lo que no tenía nada que arrepentirse, pensaba Lottie, ya que personalidad no tenía ninguna. No, el desinterés de su marido no era la causa de su depresión. Ella no quería sus atenciones. Pero quería las atenciones de otros. De alguien más atrevido, más intrépido, más excitante que el pobre y viejo Gregory.
    Era una lástima que Alex Grant hubiera rechazado sus propuestas de establecer una relación. Lottie no había esperado un rechazo semejante: eso era algo que muy rara vez le ocurría. Sabía de su reputación de hombre frío, pero a la vez había albergado la esperanza de que fuera ella quien acabara derritiéndolo con su calor. Al fin y al cabo era un hombre, y por tanto alguien gobernado por el deseo y la lascivia. No le había pasado desapercibida la manera en que había mirado a lady Joanna, y sabía que deseaba secretamente a la sensual viuda de David Ware.
    Pero con ella no había hecho otra cosa que perder el tiempo, reflexionó Lottie mientras se chupaba la crema de los dedos. Joanna era una verdadera frígida, la pobrecita: eso se lo había contado el propio David, un día en que se acostaron juntos. Ella, en cambio, habría sido la mujer mejor capacitada para ofrecer a lord Grant las delicadas atenciones que requería un intrépido aventurero como él. Sólo que Alex había rechazado sus avances. Lo había hecho de una manera exquisitamente cortés, encantadora incluso, pero seguía siendo un rechazo y Lottie continuaba sintiéndose ofendida. Inmediatamente había enviado un criado a Gregory para instarle a que de ninguna manera se dignara a financiar el ridículo viaje mexicano del taimado primo de Alex. Había sido una pequeña venganza, quizás, pero al menos le había hecho sentirse algo mejor…
    El ruido de la puerta al cerrarse suavemente y el rumor de unos pasos en el suelo de mármol le hicieron volverse con rapidez. Había pensado que estaba sola, pero en aquel momento distinguió una alta figura recortándose en el umbral.
    – Creía que ya os habíais marchado -dijo mientras veía a James Devlin entrar en la habitación.
    – No. Vuestro marido y yo hemos estado hablando.
    – ¿Y? -¿acaso Gregory la había desafiado contrariando sus deseos y financiando a aquel estúpido joven?, se preguntó, furiosa.
    Pero Dev ya estaba negando con la cabeza.
    – No financiará nuestro viaje. Dice que la aventura es demasiado arriesgada.
    – Oh, cuánto lo siento… -Lottie se le acercó para ponerle suavemente una mano sobre el brazo-. Debéis de sentiros tan decepcionado, querido…
    Ciertamente lo parecía, con aquella expresión tan triste en sus bellos rasgos. De repente le entraron ganas de besarlo. Le ofreció una copa, que se bebió de un trago, y luego otra. Ella misma tomó una y brindó con él.
    – ¿En qué situación os deja eso ahora? -inquirió, compasiva.
    – Pues con media acción puesta en un barco y sin dinero para navegar a ninguna parte.
    Lo dijo con un tono filosófico, resignado. Lottie lo miraba enternecida. Era un joven encantador. Quizá no tan maduro ni tan enérgico como su primo, un chiquillo frente a un hombre de verdad, pero estaba allí y era extremadamente guapo, mientras que ella se sentía tan aburrida y deprimida…
    Le quitó la copa vacía de la mano y la dejó sobre la mesa, inclinándose sobre él en el proceso y rozándole el brazo con los senos. Fue un gesto que habría podido resultar perfectamente accidental… o no. Lo sintió tensarse y sonrió.
    – Querido -le dijo, tan cerca de él que sus cuerpos prácticamente se tocaban-, ¿hay algo, lo que sea, que pueda hacer yo para que os sintáis mejor?
    Era, según descubrió con no poco deleite, un joven ingenioso y rápido de mente. No tuvo necesidad de hacer más explícito el significado de sus palabras.
    La tomó de los hombros y la atrajo hacia sí para apoderarse de sus labios en un beso que, contrariamente a las expectativas de Lottie, nada tuvo de vacilante ni de inexperto. Ella se lo devolvió de buena gana, casi con avidez, al tiempo que deslizaba las manos por su espalda así como por sus nalgas, enfundadas en aquellos pantalones deliciosamente ajustados que llevaba, apretándose contra su miembro excitado. Él acogió sus demandas con tanta diversión como habilidad, y Lottie no pudo evitar pensar que lo había subestimado… sobre todo cuando Devlin la alzó en vilo y la tumbó sobre la mesa, entre los restos de merengue y de fruta. Pudo sentir incluso como las fresas se espachurraban bajo su corpiño, con su sabroso y denso aroma elevándose en el aire.
    – ¡Mi vestido! -le gustaba demasiado aquel vestido para dejar que un impetuoso amante se lo estropeara. Pero ya era demasiado tarde.
    – Sois lo suficientemente rica como para compraros otro -replicó él. Terminó de estropearle la ropa cuando le bajó el corpiño hasta la cintura, para descubrirle los senos. La seda quedó rasgada, pero antes de que ella pudiera quejarse, sintió la fresca y pegajosa caricia de las fresas en su piel desnuda… y luego su boca lamiéndola, chupándola, saboreándola.
    Empezó a agitarse sin aliento, consternada, presa de la espiral de deseo que se anudaba cada vez con mayor fuerza en su vientre, esforzándose por no gritar de puro placer e incredulidad ante la experta acción de sus labios y de sus manos. La puerta estaba abierta, según recordó lánguidamente: cualquiera podría entrar. Los criados… siempre estaban escuchando o espiando por el ojo de las cerraduras. Lottie había corrido algunos riesgos en su momento, ya que ello formaba parte de la diversión de aquel juego, pero aquel hombre era imprudente hasta extremos de locura. No había tenido ni idea, no había sospechado nada parecido… Gregory estaba al tanto de sus indiscreciones, pero se divorciaría en caso de que el escándalo fuera demasiado grande: su honor así se lo exigiría. Tenía que poner fin a aquello. Pero el placer que estaba sintiendo era demasiado dulce, demasiado delicioso…
    Había deslizado una mano bajo sus faldas, sobre su muslo, y Lottie ansiaba sentirlo dentro. Pero de repente algo entró en contacto con su húmedo calor. Algo duro, grueso y de tacto suave que empezó a deslizarse íntimamente en su interior, un frío helado que se hundía en su calor: el mango de la espada de la escultura de hielo. El estupor que le produjo aquel gesto ilícitamente erótico, tanto más potente por ello, la impulsó a incorporarse de la mesa, toda excitada y escandalizada.
    – No podéis hacer eso…
    – Sí que puedo -y volvió a tumbarla entre los merengues aplastados y las fresas regadas por doquier, inclinándose de nuevo para besarla mientras le abría aún más los muslos y continuaba hundiendo aquella perversa espada en su interior.
    Sabía a champán y a fresas. Lottie podía sentir el hielo derretido resbalando por la cara interior de sus muslos, mientras su temperatura corporal alcanzaba niveles increíbles. Arqueándose hacia atrás, el orgasmo la asaltó en una enorme y abrumadora marea: incluso tuvo que morder con fuerza una servilleta de lino para evitar soltar un grito que despertara a toda la casa.
    Cuando se recuperó lo suficiente, se dio cuenta de que tenía restos de fruta en el pelo y de que yacía medio desnuda en un charco de agua de hielo. Devlin la contemplaba, riéndose. A la luz del amanecer tenía un aspecto maravillosamente joven, vital y muy, pero que muy perverso. El corazón le dio un vuelco en el pecho.
    – ¿Habéis disfrutado?
    – Oh, sois… -descubrió, desconcertada, que en aquel momento no sentía hacia él más que una sencilla y enorme gratitud. Pero se esforzó por dejar a un lado aquellas poco familiares sensaciones para recuperar su actitud de costumbre-. Bueno, querido… -murmuró-. ¡Sois todo un hallazgo! -estiró una mano hacia él, y comprobó satisfecha que estaba perfectamente excitado.
    – Aquí no -le dijo, alzándola en brazos con una facilidad que no pudo resultar más seductora-. ¿Qué me decís de una cita en los jardines?
    – En el invernadero se está muy bien en esta época del año -sugirió Lottie mientras el joven caminaba ya hacia la terraza a grandes zancadas.

    Alex Grant esperaba en las oficinas de Churchward y Churchward, lujoso bufete de abogados londinense, intentando dominar su impaciencia. Decididamente, aquello no había formado parte de su plan. Dado que todavía seguía esperando a que el almirantazgo le otorgara una nueva comisión de servicio, había decidido ignorar las numerosas invitaciones a actos sociales que había recibido para pasar el día visitando a un viejo colega en el hospital naval de Greenwich. Pero nada más levantarse aquella mañana, su mayordomo, Frazer, le había informado con tono sombrío que había recibido no las nuevas órdenes, sino una carta urgente de sus abogados. Efectivamente: cuando abrió la carta del señor Churchward, el apresuramiento del abogado no había podido por menos que sorprenderlo, ya que lo convocaba inmediatamente a una reunión en su despacho.
    Pero ahora que ya estaba allí, el señor Churchward se mostraba obstinadamente silencioso, ya que lady Joanna Ware aún no había llegado y no habría sido correcto, en palabras del abogado, que empezaran a abordar la naturaleza del problema sin que la dama estuviera presente.
    Impaciente, Alex tamborileaba en la mesa con los dedos, a su lado. La pierna le dolía ese día, como resultado sin duda de los esfuerzos hechos en el baile de la señora Cummings, la noche anterior. Aquello lo ponía de un humor irritable. En la oficina no se escuchaba otro sonido que no fuera el rumor de papeles, o el tictac del reloj que marcaba la prolongada espera a la que los estaba sometiendo lady Joanna.
    Alex no había tenido intención alguna de volver a ver a lady Joanna antes de abandonar Londres, y el hecho de que estuviera obligado a hacerlo ahora, si acaso se dignaba aparecer, bastaba para disgustarlo profundamente. Era cierto que lady Joanna lo había despachado de una manera tan pública como humillante, tal y como le había prometido, pero él era lo suficientemente hombre como para soportarlo. Ella se lo había advertido, él la había subestimado y en consecuencia se había llevado su merecido. No, lo que más le molestaba era el asunto de las últimas palabras de David Ware.
    Jamás antes había cuestionado la integridad de su difunto colega y le disgustaba hacerlo ahora, sobre todo cuando no tenía razón alguna para dudar de sus amargas palabras referidas a su mujer. Y sin embargo… y sin embargo la conmovedora palidez del rostro de Joanna seguía ante sus ojos, y evocar su expresión le hacía sentirse como si acabara de recibir una patada en el estómago.
    «Suponéis entonces que soy yo la pecadora. Lamento que penséis eso». Alex había podido percibir su dolor en aquel preciso instante. No lo había deseado así: no albergaba el menor deseo de dejarse conmover por aquella mujer, ni sentir la menor afinidad con ella. Y sin embargo no había sido capaz de evitarlo.
    Era fácil idealizar a un hombre tras su muerte, sobre todo a un hombre como David Ware, que ya en vida había sido aclamado como héroe. Joanna debía de haber sido un vistoso adorno para la fama de Ware, bruñendo su gloria con su elegancia y estilo. Pero entonces algo debió de haber sucedido: todo se enturbió en su relación.
    «Suponéis que soy yo la pecadora»… En lo más profundo de su ser, no podía evitar sentir una punzada de compasión por Joanna Ware. Y sin embargo sus dudas persistían. En su lecho de muerte, Ware había llamado a su esposa mentirosa y manipuladora: palabras duras, pronunciadas con un tono amargo. Tenía que haber alguna razón…
    Impaciente, desechó aquellos pensamientos. Ignoraba por qué malgastaba tanto tiempo pensando en Joanna Ware. Resultaba tan irritante como inaceptable que se sintiera atraído por ella de aquella manera tan extraña, en directa contradicción con los deseos de ambos. Y sin embargo, no lograba sacudirse aquella sensación. Persistía y lo llenaba de enfado y de incomodidad.
    De repente se oyó un ruido al otro lado de la puerta, momentos antes de que el empleado la abriera con una reverencia un tanto teatral y lady Joanna Ware entrara en el despacho. Alex se levantó, y también el señor Churchward, aparentemente tan ansioso de recibir a su cliente que casi derribó el montón de papeles que había sobre su escritorio.
    – ¡Milady!
    Churchward pareció momentáneamente impresionado, lo cual no era de sorprender. La entrada de Joanna había aportado algo luminoso y vital a aquella lúgubre habitación. Por un instante, Alex también se sintió deslumbrado, como si hubiera mirado directamente al sol. Era extraño, porque la primera impresión que había tenido de Joanna había sido de una fría superficialidad y autosuficiencia, y en cambio, en aquel momento, toda ella era encanto y calidez. Era como estar viendo a una mujer diferente. Estaba estrechando la mano del señor Churchward y sonriendo del genuino placer de verlo, desaparecida su fría fachada.
    Esa mañana lucía un luminoso vestido mañanero, con una chaquetilla a juego ribeteada de encaje negro. Una deliciosa pamela cubría sus rizos castaños, recogidos en un moño. Estaba arrebatadoramente hermosa, muy joven y desconcertantemente inocente. Era un conjunto tan claro como elegante, conservador y al mismo tiempo sutilmente seductor. Alex, nada interesado por las modas, no entendía cómo la vista de un atuendo tan perfectamente respetable podía suscitarle el efecto precisamente opuesto. Viéndola tan cubierta de la cabeza a los pies, le entraban ganas de desnudarla… Se removió, incómodo.
    – Me sorprende ver que vuestro perro puede moverse -comentó cuando el Terrier entró trotando en el despacho tras Joanna, luciendo en la cabeza su lacito amarillo, a juego con el vestido de su dueña-. Veo que no lo cargáis en brazos. Espero que no se haya cansado demasiado con los cuatro pasos que ha dado desde vuestro carruaje hasta aquí.
    Joanna se volvió rápidamente para clavar sus ojos azul violeta en él. No parecía nada complacida de verlo. Sus sensuales labios se curvaron en una desaprobadora mueca, que Alex encontró extremadamente atractiva.
    – Mi perro se llama Max. Es un Border Terrier y tiene una gran energía. Simplemente prefiere no cansarse demasiado.
    El animal aceptó encantado una galleta que el señor Churchward había sacado de un cajón. Acto seguido, como para confirmar la frase, se hizo un ovillo en el suelo y se puso a dormir.
    – El señor Churchward no me avisó de que estaríais aquí -añadió Joanna-. No esperaba veros.
    – Yo tampoco esperaba venir -repuso Alex mientras le sacaba una silla-. De manera que somos dos los decepcionados -encogiéndose de hombros, se volvió hacia el abogado-. Dado que finalmente lady Joanna se ha dignado a obsequiarnos con su presencia… ¿podemos comenzar ya?
    – Gracias, señor -dijo el señor Churchward con tono seco. Ordenando sus papeles, se ajustó sus lentes con firmeza-. Madame… -le tembló un poco la voz y Alex se dio cuenta de que se estaba esforzando por reprimir la emoción-, he de manifestarle en primer lugar lo mucho, lo muchísimo que siento ser portador de tan malas noticias en relación con la muerte de su marido. Cuando nos reunimos hace un año para tratar de los preocupantes términos de su testamento… -se interrumpió, sacudiendo la cabeza-. El caso es que lamento enormemente… tener que causarle mayores tribulaciones.
    – Querido señor Churchward… -le dijo ella con tono amable-, ¡temo que me estáis poniendo nerviosa! -esbozó una sonrisa reconfortante, aunque Alex creía percibir una cierta tensión bajo su aspecto relajado-. Vos no sois en absoluto responsable del comportamiento de mi difunto marido. Os ruego que no os lo toméis de una manera tan personal.
    Desviando la mirada de la reposada expresión de Joanna a la angustiada del señor Churchward, Alex no pudo por menos que preguntarse por los términos del testamento de David y del codicilo, el documento que él mismo había llevado desde el Ártico a requerimiento de Ware. Había dado por supuesto que su camarada había dejado su considerable fortuna a lady Joanna, para que continuara disfrutando del lujoso estilo de vida al que claramente estaba tan acostumbrada. Eso habría encajado con la personalidad de Ware, su código del honor y su sentido del deber. Pero en aquel momento, mientras contemplaba el sombrío rostro del abogado, y recordando al mismo tiempo las palabras de odio con que Ware se había referido a su esposa, cayó en la cuenta de que su suposición bien habría podido resultar falsa.
    – ¿Cuáles fueron los términos del testamento de Ware?
    Tanto Joanna como el abogado dieron un respingo, como si se hubieran olvidado de su presencia. Ella se negaba a mirarlo, concentrada como estaba en alisarse la falda con un gesto algo nervioso. Churchward, por su parte, había enrojecido.
    – Señor, os ruego me perdonéis, pero no estoy seguro de que eso sea de vuestro interés.
    Joanna alzó súbitamente los ojos y Alex sintió el impacto de su mirada como si fuera un golpe físico.
    – Al contrario, señor Churchward. Imagino que si lord Grant está aquí es porque David lo implicó de algún modo en mis asuntos. Si eso es así, entonces se merece conocer la verdad desde el principio.
    – Como gustéis, madame -cedió el abogado, a regañadientes-. Aunque debo decir que se trata de algo altamente irregular.
    – David -afirmó Joanna con tono dulce- era un hombre muy irregular, señor Churchward -mirando de nuevo a Alex, aspiró profundamente y pareció escoger sus palabras con sumo cuidado-. Mi difunto esposo legó su patrimonio a su primo John Hagan en su testamento, dejándome a mí sin un solo penique -se interrumpió-. Puede que sepáis, lord Grant, que David adquirió una finca en Maybole, en Kent, con el dinero que ganó con sus navegaciones.
    Alex asintió. David Ware, como hijo menor, no llegó a heredar el patrimonio familiar. En Maybole adquirió una propiedad en la que levantó una ostentosa mansión, en la cual Alex había estado una vez.
    – Sus disposiciones -continuó ella- me dejaron en una situación económica muy comprometida -una vez más bajó la mirada para alisar un imaginario pliegue de su falda-. Nunca me explicó sus actos. Pero no dudo de que tenía sus motivos.
    – Yo tampoco -repuso él. Estaba sorprendido de que su difunto colega hubiera tenido la poca delicadeza de dejar a su esposa sin un céntimo. Aquello no parecía concordar con su carácter, aunque… ¿acaso Ware no le había confesado que tenía sus razones para desconfiar de su esposa?-. En mi experiencia, Ware siempre tuvo buen criterio a la hora de juzgar a las personas. Y nunca hacía nada a no ser que tuviera un buen motivo para ello -aseguró con tono seco-. La provocación debió de haber sido proporcional a su reacción.
    Las mejillas de Joanna se encendieron de furia.
    – Gracias por vuestra no solicitada opinión -replicó fríamente-. Debería haber adivinado que, a falta de cualquier evidencia en contra, os pondríais sin dudarlo de su parte.
    – Fue imperdonable por parte del comodoro Ware dejar en tales apuros a lady Joanna -murmuró el señor Churchward. El abogado, según pudo observar Alex con no poca curiosidad, no hizo intento alguno por mostrarse imparcial-. Un héroe no hace esas cosas.
    El señor Churchward era un hombre que siempre hacía las cosas de la manera correcta y formal, pensó Alex. Y David Ware parecía haber vulnerado ese código al dejar desasistida a su esposa.
    – Seguro que tuvo que dejaros alguna pensión, lady Joanna -aventuró con tono brusco-. No puedo creer que Ware os dejara en la más completa indigencia.
    Se hizo un corto silencio.
    – David me legó una pequeña suma de dinero, es cierto… -se mordió el labio inferior.
    Alex experimentó una punzada de alivio al oír aquello. Y en aquel momento se dio perfecta cuenta de lo que había sucedido. Ware debía de haber dejado a su esposa mínimamente abastecida, cubiertas sus necesidades básicas. Pero ella era tan ambiciosa y despilfarradora que eso le había sabido a poco.
    – Supongo que esa suma no alcanzará a mantener vuestro extravagante estilo de vida -la miró de arriba abajo, sin escatimar una mueca burlona.
    – Es cierto que me gusta vivir bien -respondió Joanna con tono altivo, alisándose de nuevo la falda.
    – Entonces sólo vos tenéis la culpa. Es una simple cuestión económica. Si no poseéis el dinero, no lo gastéis.
    – Gracias por la lección -le espetó Joanna-. Anoche no tuvisteis ningún escrúpulo en recordarme que David me odiaba, lord Grant. Supongo que estaréis encantado de descubrir que existe una evidencia que confirma vuestro aserto.
    Alex vio entonces que Churchward se tensaba indignado.
    – ¡Milord! -exclamó con tono reprobador-. ¡Qué poco galante vuestra actitud al sugerir tal cosa!
    – Efectivamente, pero también acertada -murmuró Joanna con tono tranquilo-. David me odiaba y buscó castigarme por medio de ingeniosas maneras, incluso después de muerto. En eso demostró la misma resolución que lo había hecho famoso -suspiró-. De cualquier modo, será mejor que dejemos de lado este asunto y volvamos al que tenemos entre manos.
    – Un momento -Alex alzó una mano. Estaba pensando en la hermosa casa de Half Moon Street y en las comodidades y lujos de la vida que llevaba lady Joanna. Se preguntó quién estaría pagando todo eso si su pensión era realmente tan minúscula como ella afirmaba.
    Los parientes más cercanos de David Ware estaban muertos y Alex tenía la impresión de que la propia Joanna, como hija de un conde, procedía de la pequeña nobleza rural relativamente empobrecida. Si Ware la había dejado prácticamente sin nada, el origen de la relativa fortuna de su viuda resultaba cuando menos curioso.
    – Si vos heredasteis una mínima parte de la fortuna de Ware y el grueso fue a parar a manos de John Hagan… ¿se puede saber de qué vivís?
    Inmediatamente oyó al señor Churchward rezongar de disgusto. Al abogado, al igual que a la propia Joanna, no le habían pasado desapercibidas las implicaciones de su pregunta. «¿Quién os mantiene? ¿Acaso algún amante?».
    Joanna enarcó las cejas. Una sonrisa se dibujó en sus deliciosos labios.
    – Yo creía que os habían enseñado modales en la academia naval, lord Grant.
    – Prefiero formular una pregunta directa cuando lo que busco es una respuesta directa.
    – Bueno, pues os recuerdo que no estáis ladrando órdenes a uno de vuestros marineros -dijo Joanna, y se encogió de hombros con un elegante gesto-. De cualquier forma, responderé a vuestra pregunta -volvió a adoptar un tono frío, helado-. La casa de Half Moon pertenece al señor Hagan. En cuanto al resto… preparaos para llevaros una sorpresa -se lo quedó mirando con expresión burlona-. Confío en que seáis lo suficiente fuerte como para soportarlo. Me gano la vida trabajando.
    – ¿Vos trabajáis? -Alex estaba ciertamente asombrado-. ¿De qué? -no hizo intento alguno por disimular la incredulidad de su tono.
    Joanna se echó a reír.
    – Desde luego que no de cortesana… si es que habéis pensado que ése es el único talento que estaría en condiciones de ofrecer.
    – En cuanto a eso… -dijo, sosteniéndole la mirada- ignoraba sinceramente que ése fuera uno de vuestros talentos. ¿O debería haberlo imaginado?
    Un brillo de disgusto asomó a los ojos de Joanna.
    – ¡Milord, por favor! -exclamó el señor Churchward, ruborizado.
    – La gente me paga para que diseñe el interior de sus casas, lord Grant -explicó ella, bajando de nuevo la mirada-. Soy una mujer reputada por mi buen gusto. Me pagan bien y además, hace unos años, recibí una herencia de mi tía -se removió en su asiento mientras miraba al señor Churchward, que parecía aún más incómodo que antes-. Pero nos estamos desviando del asunto. El señor Churchward tiene más malas noticias que comunicarme, me temo. Acabemos con su sufrimiento.
    – Gracias, milady -dijo el abogado con tono entristecido. Colocando sobre el escritorio la carta que dos días atrás le había entregado Alex, procedió a alisarla cuidadosamente. Casi como si, al hacerlo, pudiera alterar su contenido-. Lord Grant me hizo entrega de esta carta de parte de su marido -le explicó a Joanna-. Es un codicilo de su testamento.
    – David me la confió cuando se estaba muriendo -añadió Alex.
    Joanna se lo quedó mirando pensativa, con expresión inescrutable.
    – Otro de los melodramáticos gestos de David en su lecho de muerte. No mencionasteis esto cuando fuisteis a mi casa, lord Grant.
    – No, porque ignoraba que su contenido estuviera relacionado con vos.
    Vio que bajaba las pestañas, velando completamente su expresión. Sólo el dibujo invisible que trazaban sus dedos sobre la mesa sugería que estaba mínimamente alterada. Pero sabía bien lo que estaba pensando: podía interpretarla tan claramente como si lo hubiera dicho en voz alta.
    Lo consideraba un peón de David; alguien a quien su difunto marido había manipulado sirviéndose de su lealtad. No le gustaba nada que lo juzgaran así, como si no tuviera un criterio propio. Pero entonces descubrió con amarga ironía que él también la había juzgado a ella de la misma manera. No a partir del conocimiento directo que hubiera podido tener de su persona, sino únicamente de las palabras de Ware. La tensión se adensaba por momentos, hirviendo de hostilidad.
    – Proceded a la lectura del documento, señor Churchward, por favor -pidió cortésmente Joanna.
    El abogado se aclaró la garganta.
    – «Escrito de mi puño y letra, por el comodoro David Ware el siete de noviembre del año nueve» -los miró a ambos por encima de sus lentes-. «Fue una negligencia por mi parte haber dejado en tan mal lugar en mi testamento a mi esposa, lady Joanna Carolina Ware. Soy consciente de que algunas voces podrían criticar esa negligencia. Es por eso por lo que he decidido corregir mi última voluntad con este codicilo…».
    Alex miró a Joanna. No parecía una mujer que estuviera esperando ansiosa alguna ganancia inesperada, sino más bien una sorpresa aún más desagradable.
    – «Dejo al cuidado de lady Joanna…» -el señor Churchward se interrumpió, tragando saliva- «a mi hija de corta edad, Nina Tatiana Ware».
    Alex experimentó una violenta punzada de sorpresa. Había sabido que Ware había tomado una amante rusa durante su última expedición al Ártico. La relación con la joven no había sido ningún secreto. Había incluso alardeado de ello, afirmando que procedía de la nobleza pomor, los rusos del mar Blanco, pese a haberla encontrado en un burdel. Los hombres de Ware habían hecho bromas sobre la promiscuidad de su capitán, así como del detalle de que incluso en un viaje en el que las mujeres escaseaban, hubiera encontrado el tiempo y la oportunidad de visitar un burdel. Alex creía recordar que la joven había abandonado Spitsbergen rumbo a territorio ruso. Pero Ware jamás había mencionado la existencia de un bebé. Sólo podía suponer que la cercanía de la muerte había impulsado a su colega a adoptar alguna disposición para con su hija ilegítima.
    Las palabras de Churchward reclamaron nuevamente su atención:
    – «Nina tiene cinco años y es huérfana residente del monasterio de Bellsund, en Spitsbergen» -le tembló la voz-. «Sé que mi esposa acogerá dichosa esta prueba de mi fecundidad…».
    El abogado se interrumpió. Al mirar a Joanna, Alex descubrió que se había quedado pálida como la cera.
    – Madame… -murmuró Churchward, apenado.
    – Os ruego que prosigáis -lo animó con tono firme.
    – «Dos son las condiciones que impongo a este legado» -continuó leyendo el abogado-. «La primera es que mi esposa viaje en persona al monasterio de Bellsund en Spitsbergen, donde actualmente está siendo atendida mi hija, y la traiga de vuelta a Londres para hacerse cargo de ella» -el abogado había acelerado la lectura, como si apresurando las palabras pudiera amortiguar de alguna manera su impacto. El papel le temblaba en las manos-. «Soy consciente de que Joanna detestará las constricciones que le impongo, pero si su deseo de tener una hija es tan fuerte como supongo, no le quedará otra elección que exponerse a sí misma a grandes peligros e incomodidades con tal de acudir en rescate de la criatura…» -esa vez se interrumpió, al tiempo que Joanna contenía el aliento-. Madame…
    Había palidecido aún más. Estaba tan blanca que Alex llegó a temer que fuera a desmayarse.
    – Abandonar a una niña en un monasterio -susurró-. ¿Cómo fue capaz de hacer tal cosa?
    Alex ya se había levantado y había abierto la puerta de la sala contigua: en aquel momento estaba pidiendo un vaso de agua. Uno de los empleados se apresuró a proporcionárselo.
    – ¡Aire fresco! -dijo Churchward, abriendo la ventana y dejando entrar una brisa que por poco se llevó los papeles de su escritorio-. ¡Las sales…!
    – El brandy… -sugirió Alex- sería más efectivo.
    – No guardo bebidas espirituosas en mi lugar de trabajo -repuso el abogado.
    – Yo habría imaginado que las necesitaríais en determinadas ocasiones… tanto para vos mismo como para vuestros clientes.
    – Estoy perfectamente -declaró Joanna.
    Estaba sentada muy tiesa, todavía muy pálida, pero con una expresión perfectamente digna. Alex le puso el vaso de agua en la mano con gesto firme. Ella alzó la mirada hasta su rostro antes de llevárselo a los labios, obediente. Sus mejillas recuperaron poco a poco el color.
    – Así que… -pronunció al cabo de un momento- mi difunto marido se las ha ingeniado para manipularme desde la tumba. Todo un éxito por su parte -miró a Alex-. ¿Sabíais vos que David tenía una hija ilegítima, lord Grant? -dejó delicadamente el vaso sobre la mesa.
    – No. Sabía que tenía una amante, pero no que la mujer se hubiera quedado encinta. Era una joven rusa que afirmaba pertenecer a la nobleza pomor. Creía que había regresado a Rusia, pero supongo que debió de morir antes que Ware, dado que éste se refería en su carta a su hija como huérfana.
    – Una noble rusa… Eso debió de encantar a David -parecía triste, desilusionada-. ¡Cuánto habría aumentado su prestigio un detalle semejante!
    – La chica era muy joven -dijo Alex- y también imprudente. Su familia la había repudiado, se había desentendido de ella, según tengo entendido -sintió que algo se le removía por dentro al ver la tensa expresión de Joanna-. Lo lamento.
    Se dio cuenta de que había sido sincero. Fuera cual fuera su opinión sobre Joanna Ware, sabía que la dama se encontraba en una posición inmensamente difícil. Por fuerza tenía que admirarla, cuando la mayor parte de las mujeres que conocía se habrían desmayado por la impresión.
    – No soy tan ingenua como para pensar que David no era capaz de algo semejante. Tal vez incluso debería alegrarme de que no existan más retoños suyos regados por el mundo, al menos que yo sepa -lo miró-. ¿Sabéis vos acaso de alguna otra andanza parecida, lord Grant?
    – No -Alex se removió incómodo-. Lo lamento mucho -las promiscuas tendencias de Ware constituían un aspecto de su personalidad que Alex siempre había encontrado difícil de aceptar. Algunos las habían considerado parte de su heroico y carismático personaje. Alex, por el contrario, las había contemplado como una simple debilidad, pero una debilidad disculpable por lo mucho que se había enfriado su lecho matrimonial, dada la problemática relación con su esposa.
    Miró en aquel momento a Joanna. No parecía una mujer capaz de desincentivar a un hombre. Parecía más bien dulce, tentadora, y eminentemente atractiva.
    – No intentéis suavizar el golpe -una leve sonrisa asomó a sus labios-. No hay consuelo que pueda recibir de vos, ¿verdad, lord Grant?
    – Más bien poco, me temo. Pero también lamento que Ware considerara justo hacer lo que hizo.
    – Bueno, algo es algo -terció el señor Churchward, gruñón.
    – Porque… -prosiguió Alex- temo que su juicio flaqueó al decidir entregar el futuro de su hija en las manos de lady Joanna.
    Vio que Joanna se lo quedaba mirando con los ojos muy abiertos, estupefacta.
    – ¿Me consideráis una tutora inadecuada?
    – ¿Cómo podéis pensar lo contrario? -replicó él-. Ware no confiaba en vos. Él mismo me lo dijo. No entiendo por qué determinó entregar la tutela de su hija a una mujer que tanto lo desagradaba.
    Joanna se mordió el labio inferior con fuerza.
    – Siempre manifestáis una fe ciega en los juicios de David, lord Grant. ¿Acaso carecéis de criterio propio?
    Alex apoyó la mano en la mesa con tanta fuerza que hizo temblar el montón de documentos que había sobre la misma. Estaba furioso: con Ware por haberlo involucrado en una vendetta tan personal contra su mujer, y con lady Joanna por haberlo obligado a cuestionarse a sí mismo. O a cuestionar, aunque sólo hubiera sido por un instante, sus propios principios y su propia lealtad hacia su amigo.
    – Ware fue mi amigo y colega durante cerca de diez años -pronunció entre dientes. Se preguntó si estaba intentando convencer de ello a Joanna… o a sí mismo-. Siempre fue un gran director de hombres. Nunca me falló. Me salvó la vida en más de una ocasión. Y sí, confío tanto en su palabra como en su juicio.
    Permanecieron mirándose fijamente, desafiantes, hasta que el señor Churchward alzó una mano en un gesto pacificador:
    – Lord Grant, ¿os importaría posponer esta discusión hasta que hayamos terminado? -se limpió los lentes, volvió a calárselos y continuó con la lectura-: «Por la presente nombro a mi colega y amigo Alexander, lord Grant, tutor de mi hija junto a mi esposa, de manera que pueda compartir con ella todas las decisiones y responsabilidades relativas a su crianza» -se aclaró la garganta-. «Lord Grant será además el único fideicomisario, encargado en solitario de todos aquellos aspectos económicos referidos al mantenimiento y educación de mi hija».
    – ¿Qué? -estalló Alex.
    Se sentía atrapado, frustrado y furioso. Apenas podía dar crédito a lo que estaba escuchando. Ware había sido su amigo desde la infancia. Y sin embargo, pese a conocer su historia, su estilo de vida y las exigencias de su profesión, Ware lo había colocado en aquella ingrata tesitura, le había endosado la responsabilidad de cuidar de su hija, de velar por su bienestar y su educación… Una responsabilidad que ahora se vería obligado a compartir con la mujer que el propio David había detestado.
    Indudablemente, Ware había perdido el juicio antes de morir. O eso o lo había enredado en aquella venganza contra su esposa, sin importarle los sentimientos de cualquiera que no hubiera sido él mismo. Alex no podía creer que un hombre de honor hubiera sido capaz de algo semejante.
    Miró a Joanna. Sus ojos ardían como zafiros.
    – Entonces… -pronunció lentamente-, resulta que la niña tendrá que residir conmigo mientras que vos administraréis la bolsa del dinero por los dos, lord Grant.
    – Eso parece -dijo Alex. Podía sentir la mirada de Joanna recorriendo su rostro con tal intensidad que hasta percibía su furia y consternación, pese a los esfuerzos que hacía por disimularlo.
    – Declarasteis al comienzo de esta entrevista desconocer el contenido de esta carta, lord Grant -su tono era seco, duro y escéptico-. Lo encuentro difícil de creer dada la relación de confianza mutua que manteníais con David.
    – Creedlo -bastante trabajo le estaba costando lidiar con el ofensivo comportamiento de Ware. No estaba de humor para ser amable con nadie-. No tenía la menor idea. Yo deseo esta carga tan poco como vos.
    – Pues así como vos pensáis que David se equivocó al depositar el bienestar de su hija en mis manos -declaró Joanna con tono cortés, pero con la ira ardiendo en cada una de sus palabras-, no acierto yo a imaginar cómo pudo ocurrírsele a mi difunto marido, ni por un momento, que vos seríais la persona más adecuada para cuidar de una criatura o para administrar su fortuna.
    – Al menos yo he demostrado que puedo atender económicamente a mi familia -replicó Alex, lanzándole una desdeñosa mirada que le hizo ruborizarse-. Yo no eludo mis responsabilidades. Por contra, vuestro disparatado estilo de vida difícilmente podría considerarse adecuado para la estabilidad que requerirá la señorita Ware, lady Joanna.
    – ¿He oído bien? ¿Disparatado, habéis dicho? -exclamó, ofendida-. Vos no sabéis nada de mi estilo de vida, lord Grant… ¡aparte de lo que os dijeran las mentiras de David o vuestras propias arrogantes suposiciones! Por cierto que vos sois el único que va por ahí recorriendo el mundo como una bala de cañón disparada con pésima puntería. ¡Quizá seáis capaz de atender económicamente a vuestra familia, pero habéis demostrado no tener el menor interés por vincularos emocionalmente con ella!
    La furia y la culpabilidad que acosaban de continuo a Alex estallaron con toda su fuerza al escuchar aquellas palabras. Escasa había sido su fortuna, pero había empleado hasta el último penique que le reportaban sus propiedades en mantener a sus primos. Eso bastaba. Tenía que bastar, porque más no podía darles. Era Amelia quien se había mostrado amante, cariñosa, solícita. Cuando ella murió, Alex había desterrado todos aquellos sentimientos de su vida. Pensar en Amelia volvió a desgarrarle las entrañas como un cuchillo.
    Había fallado una vez antes: no podría volver a hacerlo por lo que se refería a la obligación que, muy a su pesar, había contraído con Ware. Estada comprometido, impelido por su honor y por sus remordimientos de conciencia a asistir a la hija huérfana de Ware.
    – Estoy seguro de que vuestras objeciones sólo obedecen a la noticia de que yo seré vuestro administrador y fideicomisario -le dijo, desahogando una fría rabia-. Imagino que daríais lo que fuera por poder alterar esa situación, lady Joanna, dado que aparentemente, Ware os dejó sin los recursos necesarios para mantener vuestro lujoso estilo de vida.
    – Yo no ando necesitada de dinero, lord Grant. Como os dije antes, gano lo suficiente para sufragar mis necesidades y he heredado todavía algo más. Además, el dinero no es sustituto del amor. El mismo amor que vos, de una manera tan singular, fracasáis en dar a aquéllos que dependen de vuestra persona, y el que sin duda la hija de David necesitará en su vida…
    – ¡Lord Grant! ¡Lady Joanna! -los interrumpió Churchward-. ¡Por favor! ¡Esto es intolerable!
    Se hizo un largo, denso y tormentoso silencio, únicamente roto por los ocasionales murmullos malhumorados del abogado.
    – El señor Churchward tiene razón -dijo al fin Joanna, haciendo un visible esfuerzo por recuperar su autocontrol-. Este enfrentamiento personal nuestro en nada ayuda a resolver la situación, lord Grant.
    Se miraron fijamente, con tanta hostilidad como impotencia.
    – ¿Por qué? -inquirió Alex con tono feroz-. ¿Por qué pudo hacer Ware algo así?
    Joanna sacudió la cabeza.
    – No tengo la menor idea del motivo por el cual David os endosó a vos semejante responsabilidad -una amarga sonrisa asomó a sus labios-. Sí que entiendo, en cambio, el motivo por el que me hizo esto a mí. Deseaba castigarme por no estar a la altura de lo que consideraba eran mis deberes como esposa. Y la manera fue mandarme al último confín del mundo para rescatar a su hija -le tembló la voz levemente por un momento-. Buscaba para ello explotar mi desesperada necesidad de tener un retoño, diciéndome que podía quedarme con Nina, pero a condición de que fuera a buscarla personalmente, en un viaje que sabía que me horrorizaría y pondría en peligro mi vida… -se interrumpió, volviendo el rostro para que Alex no pudiera leer su expresión. Cuando continuó, su voz había recuperado su tono calmo-. Y, sin embargo, no consigo imaginar qué llevó a David a enredaros a vos en esta venganza. Quizá sabía que inevitablemente llegaríamos a enfrentarnos y que, al vernos obligados a compartir la tutela de la niña, acabaríamos degollándonos mutuamente -lo miró-. Lamento de verdad que David os haya involucrado en todo esto, lord Grant.
    Se levantó de la silla. El perro, Max, soltó un gruñido mientras se incorporaba a su vez y se sacudía, levantando una nube de polvo dorado en el cuadrado de luz que entraba por la ventana.
    – Si eso es todo, señor Churchward -se dirigió cortés al abogado-, os ruego entonces me disculpéis. Tengo urgentes preparativos que hacer para el viaje.
    Alex también se levantó.
    – ¡Esperad un momento! No podéis marcharos así de golpe. Tenemos que hablar.
    – No deseo hablar con vos en este momento, lord Grant. Sólo conseguiríamos seguir discutiendo. Entiendo que necesitaremos tratar de muchos asuntos, pero os sugiero que solicitéis con antelación una entrevista.
    – Habláis como si tuviéramos que organizar una velada o una fiesta de disfraces -le espetó Alex-, en lugar de garantizar el bienestar de una niña indefensa.
    Joanna lo ignoró y tendió la mano al abogado:
    – Aceptad por favor mis disculpas, señor Churchward, por las difíciles circunstancias en que os ha colocado mi difunto marido. Siempre os estaré agradecida por el servicio que habéis prestado a mi familia, y lamento enormemente haberos arrastrado a esta situación.
    – Madame… -Churchward parecía muy afectado- sabéis perfectamente que si existiera alguna manera de poder ayudaros…
    – Lo sé -Joanna aspiró profundamente y Alex se dio cuenta de pronto de que le estaba costando mantener la dignidad-. Tened por seguro que me mantendré en contacto, y gracias una vez más por todo.
    – Esperad -dijo nuevamente Alex-. Os acompañaré a vuestro carruaje, lady Joanna.
    – No necesito vuestra compañía.
    – Insisto.
    – Y yo os ruego que no lo hagáis -lo miró con expresión feroz, y Alex pudo ver lo cerca que estaba en aquel momento de perder el control-. Sé que si insistís en acompañarme es para hablar conmigo. Pero yo no puedo seguir hablando de esto. Por favor, disculpadme.
    La puerta se cerró a su espalda y, durante unos segundos, reinó un silencio sepulcral en el despacho. Alex se dio cuenta de que el abogado lo miraba con expresión inescrutable.
    – ¿Queda algún asunto pendiente más, señor Churchward? -le preguntó cortés.
    – Ninguno, milord.
    – Tal parece que profesáis una gran simpatía por lady Joanna.
    El abogado entrecerró los ojos, disgustado, y se limpió los lentes con gesto enérgico.
    – Soy perfectamente imparcial en todos mis tratos con mis clientes, lord Grant. Lady Joanna siempre me ha tratado con exquisita cortesía y consideración, y a cambio yo le correspondo con una absoluta lealtad.
    – Muy conveniente -murmuró Alex-. ¿Y David Ware? ¿Contaba él también con vuestra lealtad?
    Se hizo un brevísimo silencio antes de que Churchward respondiera:
    – Siempre serví bien al comodoro Ware.
    – Una respuesta de abogado. ¿No os agradaba Ware?
    – Es generalmente aceptado que el comodoro Ware era un héroe.
    – No es eso lo que os he preguntado.
    La puerta de la oficina contigua estaba entreabierta: Alex podía escuchar el rumor de voces y el rasgueo de plumas de los empleados, pero en el santuario del señor Churchward el silencio era absoluto.
    – Quizá… deberíais preguntaros vos mismo por qué os interesa tanto mi respuesta, lord Grant. ¿Por qué lo preguntáis? -alzando los ojos, lo miró con expresión desafiante-. Vos fuisteis el mejor amigo del comodoro Ware. Entiendo que vuestra lealtad hacia él es inquebrantable. Que paséis un buen día, lord Grant.
    Lo dijo mientras sostenía la puerta a Alex, después de haber dejado su pregunta flotando en el aire.

Cuatro

    Joanna subió al carruaje a Max, que saltó al asiento y enseguida se quedó dormido. Pidió luego al cochero que la esperara y echó a andar por las atestadas aceras hacia el parque de Lincoln's Inn. Necesitaba respirar un poco de aire, necesitaba espacio y tiempo para pensar. Apenas era consciente de las multitudes que pasaban a su lado: para ella sólo eran manchas de colores y borrosas nubes de rostros. El murmullo de las voces, los gritos de los vendedores callejeros y los gritos de cocheros y palafreneros le estallaban en los oídos. El sol lucía con demasiada fuerza y le hería los ojos. Los olores de los cuerpos que se le acercaban demasiado, los de las bostas de los caballos, los del césped cortado y de las flores, agrios unos y dulces otros, la avasallaban. Caminó casi a ciegas hasta que encontró un banco a la sombra de un olmo y se sentó, sintiéndose repentinamente cansada.
    No le dolía que David le hubiera sido infiel: demasiadas veces había sucedido antes. Desde el principio de su matrimonio lo había sabido incapaz de mantener sus calzas abrochadas. Y sin embargo, jamás se le había pasado por la cabeza que pudiera engendrar un hijo con otra mujer. Cuando se enteró de la existencia de la hija de David por las palabras del abogado, su primera reacción había sido de sorpresa y de incredulidad, de negativa automática. El mundo entero había basculado en las tinieblas, difuminándose. Luego se había llamado a sí misma ingenua y estúpida por haber supuesto sin más que, sólo porque David no había tenido hijos con ella, otra mujer no hubiera podido dárselos. En aquel preciso momento, todos sus sueños y anhelos de maternidad, que secretamente había acariciado y reprimido a la vez durante años, afloraron de golpe. Se sentía invadida por la ira y la amargura, así como por una tristeza que le robaba el aliento.
    «Eres una arpía frígida y estéril…». Todavía recordaba las palabras de aquella última y horrible pelea que había tenido con David, y que terminó con ella yaciendo inconsciente y sangrando en el suelo. Le había encolerizado sobremanera que, después de cinco años de matrimonio, hubiera fracasado en bruñir y rematar su gloria proporcionándole un hijo y heredero, primer eslabón de una estirpe de exploradores que siguieran sus pasos por el globo. Qué no habría dado él por haber visto satisfecho aquel deseo…
    Pero David había estado ausente de la mayoría de sus años de casada, lo cual, según Joanna, había significado una grave desventaja a la hora de tener descendencia. Él se había comportado, sin embargo, como si una simple mirada suya hubiera bastado para que concibiera trillizos. Como eso no sucedió, el placer que al principio había sentido por su joven esposa se había trocado en impaciencia, y al final en abierta hostilidad y rabia. Joanna había soportado su furia en silencio, asaeteada por el remordimiento de no haber sido capaz de cumplir con su deber de esposa.
    Sus ciclos menstruales siempre habían sido regulares. Al principio había dado por hecho que quedarse encinta sólo era una cuestión de tiempo. Pero, al cabo de un tiempo, se dio cuenta de su error. Sus relaciones sexuales con David, que inicialmente no entrañaron más que una tibia decepción, pronto se convirtieron en una penosa obligación y más tarde en algo que temía por su absoluta falta de amor. Sabía que a muchas mujeres les desagradaba la forzada intimidad del aspecto físico del matrimonio, pero ella se obstinó ciegamente en esperar un placer mayor de sus acoplamientos. Un placer que nunca llegó a experimentar. Terminó diciéndose que un hijo sería al menos un consuelo: pero tal parecía que tampoco eso iba a ser.
    Su tía, cuyo carácter supersticioso se agravó durante los últimos años de su vida, solía enviarle pociones y ungüentos, además de darle consejos tan sorprendentes como inapropiados viniendo como venían de la esposa de un vicario. La había sermoneado asimismo sobre la sumisión de la esposa en el lecho matrimonial, y Joanna se había esforzado por obedecerla. Pero ni los consejos ni las pociones habían ayudado a producir la tan ansiada progenie. Así hasta que cierta noche, cegado por la rabia y la frustración, David se había acercado a su cama para poseerla una vez más sin ningún cuidado y consideración… para después pegarla y maltratarla físicamente. Fue entonces cuando los remordimientos de Joanna se convirtieron en odio hacia su persona.
    Se abrazó con fuerza mientras horribles visiones y repugnantes recuerdos acosaban su mente, ocultándole el azul del cielo o el canto de los pájaros. El dolor desgarrador, los gritos de cólera de David, la fusta abatiéndose una y otra vez sobre su cuerpo desnudo, implacable… Había sabido que David había tenido intención de demostrarle su absoluto poder sobre su persona, amo de su hogar y de su esposa, en cuerpo y espíritu. Se había creído dueño de cada aspecto de su vida, pero se había equivocado. Aquella ferocidad suya había terminado convirtiendo a una dócil cónyuge en una mujer completamente diferente.
    Después de aquella paliza, los ciclos menstruales de Joanna habían cesado completamente, hasta el punto de que había llegado a preguntarse si no se habría quedado por fin encinta. Lo había anhelado con desesperación, con cada fibra de su ser. Y, sin embargo, su intuición le había susurrado lo contrario. Intentó ignorar aquella obstinada voz, pero con el tiempo fue creciendo en intensidad. Empezó a creer que el odio que sentía por David era una úlcera que había matado toda posibilidad de engendrar un hijo. Supersticiosa como su tía, llegó a pensar que había sido maldecida y abandonó toda esperanza.
    Pero luego, meses después, sus ciclos volvieron, casi como si no hubiera sucedido nada: para entonces, sin embargo, se había sentido vacía, despojada, diferente. Y estéril, tal y como David la había acusado durante la paliza. Los médicos le habían asegurado que no tenía lesión alguna, que se encontraba físicamente bien. Pero ella, en el fondo, lo había sabido. Había estado segura.
    Abrió los ojos, y el cielo, de un azul puro, apareció ante ella. Oyó el sonido de las voces que llegaban hasta ella, vio la riqueza de colores que la rodeaba. Aspiró profundamente.
    Se había dicho a sí misma que no le importaba no poder tener hijos. Que no le importaba que fuera para siempre «la viuda de hierba», la esposa abandonada mientras su marido navegaba por el mundo. Se había labrado un lugar propio en la alta sociedad de Londres. Adoraba su hermosa y lujosa existencia, su preciosa y elegante casa. Tenía un trabajo; tenía amistades. Y se había repetido a sí misma que no deseaba nada más.
    David había sabido ya en aquel entonces que se había mentido a sí misma y a los demás. Y había puesto al descubierto aquella falsedad, con todo lujo de terribles detalles, en su carta: «Soy consciente de que Joanna detestará las constricciones que le impongo, pero si su deseo de tener una hija es tan fuerte como supongo, no le quedará otra elección que exponerse a sí misma a grandes peligros e incomodidades con tal de acudir en rescate de la criatura».
    ¡Aquellas palabras tan crueles e insensibles le habían revelado a ella misma la verdadera naturaleza de su desesperación, que no era otra que su secreto y persistente deseo de ser madre! Sintió un doloroso nudo en la garganta. David había desenmascarado la pretensión que la había protegido hasta entonces, desvelando su debilidad y su vulnerabilidad. Se preguntó si Alex Grant habría reparado en la implicación de las palabras de David, si se habría dado cuenta de que su marido la había detestado precisamente por su incapacidad para darle hijos. Se estremecía solamente de imaginar sus burlas.
    Ahora ya no podía continuar mintiéndose a sí misma. Ya no podía fingir que la vida que llevaba satisfacía todos sus deseos. La verdad dolía demasiado. Era más dolorosa que cualquier otra cosa que se hubiera permitido sentir antes. Pero también le había regalado una oportunidad. Tenía que salvar a aquella niña, la pequeña Nina Tatiana Ware, sola y abandonada en un monasterio perdido en las soledades del Ártico. El corazón se le aceleraba ante la necesidad que sentía de reclamar a aquella criatura. Aunque tuviera que bajar al infierno, rescataría a Nina y la criaría y educaría como si fuera hija suya. Era como si el carácter generoso de su naturaleza, sistemáticamente frustrado porque nunca había encontrado ni personas ni causas merecedoras de su amor, hubiera estallado de golpe, dejándola estremecida de anhelo y entusiasmo.
    – ¡Lady Joanna!
    Aquél no era momento para que la interrumpieran. Mascullando una muy poco femenina maldición y enjugándose apresurada las lágrimas, se volvió para descubrir a Alex Grant acercándose por el sendero de grava. Debería haber previsto que no se conformaría con su rechazo. No era de la clase de hombres que se resignaban cuando no se salían con la suya. De repente descubrió que no podía hablar: tenía la garganta seca, rígida. «Si me dice que todo esto es culpa mía porque yo misma empujé a David a los brazos de otra mujer», pensó irritada, «o si vuelve a exigirme otra vez, con esas maneras tan altaneras suyas, que le explique lo que le hice a David para que me odiara tanto, creo que le abofetearé en público».
    Pero Alex no dijo nada. Simplemente se sentó en el banco a su lado y paseó la mirada por la franja de césped del parque, hasta los edificios que se alzaban detrás. Reinó un silencio extrañamente cómodo. La brisa agitaba las hojas sobre sus cabezas, refrescando las acaloradas mejillas de Joanna. Los sonidos de la ciudad quedaron ahogados, como alejando de pronto las preocupaciones del mundo.
    Joanna se volvió para mirarlo. Su cuerpo estaba relajado: un cuerpo esbelto y fuerte, elegante, vestido con su chaqueta, sus calzas y sus altas botas. Parecía sentirse perfectamente cómodo dentro de su propia piel. Se dio cuenta de que apenas se había fijado en su aspecto mientras estuvo en la oficina del señor Churchward.
    Como David, Alex Grant era un hombre muy físico, de una gran fortaleza. Y sin embargo existía una diferencia entre ambos, que Joanna no conseguía identificar del todo. Su intuición le decía que Alex, al contrario que su camarada, jamás haría un mal uso de su poder, de su fuerza.
    Fuera como fuese, tenerlo sentado a su lado le transmitía una sensación extrañamente reconfortante, casi relajante.
    – Averiguaré qué navíos viajarán al Ártico y solicitaré al almirantazgo me permita viajar al monasterio de Bellsund para traer de vuelta a la señorita Ware.
    La sensación de tranquilidad desapareció de golpe.
    – Al contrario -repuso ella fríamente-. Yo contrataré uno y me encargaré de viajar a Bellsund para traer personalmente a la señorita Ware.
    – Eso es imposible -declaró Alex, rotundo, pero Joanna detectó un cierto sentimiento bajo sus palabras. ¿Sorpresa, desaprobación o quizá algo más complejo? No podía estar segura.
    – ¿Y eso? -se le ocurrían al menos diez razones por las que era difícil, cuando no imposible, que una mujer como ella viajara hasta Spitsbergen. Pero deseaba escuchar las suyas.
    – No hay barcos que naveguen regularmente al Ártico -dijo Alex-. No encontraréis a nadie que os lleve.
    – Lo harán si les pago el dinero suficiente.
    Una vez más, distinguió una extraña emoción en su mirada.
    – Debéis de ganar mucho dinero vendiendo adornos y bagatelas a la alta sociedad si os podéis permitir contratar un barco -pronunció desdeñoso-. Aunque estoy seguro de que no tenéis ni idea de los costes de una operación semejante.
    Así era, pero por nada del mundo lo habría admitido en voz alta.
    – Me conmueve vuestro interés, pero vuestros temores son infundados. Ya os mencioné que, además de los ingresos de mi trabajo, también heredé una considerable fortuna de una tía mía, hará cerca de un año.
    Eso no era del todo cierto: la suma no era tan notable y se quedaría corta para sufragar un viaje como aquél, pero Alex Grant no tenía por qué saberlo. Sus miradas se encontraron. La suya, brillante de desafío; la de él, oscura y tormentosa.
    – No podéis navegar sola hasta el Ártico -a esas alturas ya estaba furioso-. La mera idea es absurda. Yo ya me he ofrecido a escoltar a la señorita Ware hasta Londres.
    – ¡No! -Joanna no podía explicarle que tan pronto como se enteró de la existencia de la hija de David, se había visto asaltada por la abrumadora y tenaz necesidad de reclamarla como suya. Únicamente sabía que el pensamiento de aquella niña huérfana refugiada en un monasterio tan lejano le había despertado un sentimiento insólito por su intensidad: la urgencia de defenderla y protegerla contra toda adversidad-. David dejó asentado ese requerimiento. Y yo debo cumplirlo.
    – Vos nunca habéis cumplido ningún requerimiento que os impusiera vuestro marido -le espetó-. ¿Qué sentido tendría empezar ahora?
    – Porque quiero hacerlo. Los monjes se sentirán mucho más inclinados a entregarme la niña a mí que a vos, lord Grant -lo miró de arriba abajo-. Carecéis del arte de la persuasión, por lo que veo. Os atrae más la acción directa, a tenor de lo que he visto hasta ahora.
    – Podré convencerles perfectamente de que me entreguen a Nina -replicó Alex-. Conozco el monasterio de Bellsund… Los monjes confían en mí -esa vez fue él quien la miró detenidamente-. Imagino por el contrario que tendrán considerables dudas a la hora de entregaros la niña a vos, lady Joanna. Una mujer sola, una viuda, es una figura respetable pero indefensa en aquella sociedad. Y aún más si es extranjera.
    Ése era otro obstáculo que Joanna no había anticipado. No dudaba del aserto de Alex, porque durante el poco tiempo que tenía de conocerlo había sido brutalmente sincero con ella.
    – Lo siento, pero no puedo permitir que actuéis en mi nombre en este asunto. Y tampoco entiendo -añadió- por qué os mostráis tan solícito a la hora de ofrecerme vuestra ayuda. Habría pensado que cualquier otra responsabilidad, cualquier otra carga, habría sido lo último que desearíais en vuestra vida. Y que yo sería precisamente la última persona a la que os dignarais ayudar.
    – No estoy en absoluto deseoso de ayudaros a vos -parecía exasperado y furioso a la vez-. La amistad que tuve con Ware hace que me sienta obligado para con su hija, eso es todo. De haber sabido que había dejado a una hija huérfana en una situación tan desesperada… -se interrumpió-. Ware me nombró su tutor legal, al igual que a vos. Pienso por tanto asumir seriamente ese deber y hacer todo lo que esté en mi mano por ayudarla. Si eso significa asistiros a vos, aunque sea en contra de mi voluntad, lo haré.
    – ¡Qué amabilidad por vuestra parte! -a esas alturas, Joanna también estaba exasperada-. ¡Pues bien, no acepto vuestra reacia ayuda, lord Grant! Soy perfectamente capaz de viajar sola hasta Bellsund.
    Intentó aparentar una confianza que estaba muy lejos de sentir. De hecho, se estremecía de miedo cuando pensaba en la tarea que tendría que cumplir. Ella no era una exploradora a la búsqueda de nuevas tierras y nuevas aventuras. David nunca había querido que viajara con él y ella había escuchado historias horribles sobre calamidades y naufragios. Si hubiera dependido de ella, no habría ido más lejos de las tiendas de Bond Street, pero no le quedaba otro remedio…
    Por un instante, creyó leer en la mirada de Alex tanta piedad como irritación. Y se tensó de inmediato.
    – Si no tenéis nada pertinente que añadir a nuestra conversación, entonces os deseo que paséis un buen día. Tengo preparativos de los que ocuparme. Volveré a ponerme en contacto con vos cuando vuelva de Spitsbergen con Nina. Aunque para entonces… imagino que estaréis nuevamente fuera de Londres, embarcado en alguna de vuestras aventuras.
    Pero Alex decidió ignorar su pulla.
    – Sois una completa estúpida por pensar siquiera en emprender ese viaje, lady Joanna.
    – Gracias. Soy consciente de la estima en que me tenéis. Y vos sois un grosero.
    Se dispuso a levantarse, pero él se lo impidió sujetándola de la muñeca.
    – ¿Estáis realmente preparada para partir hacia lo desconocido, lady Joanna? -la quemaba con la mirada-. No creo que tengáis el coraje necesario para cometer semejante imprudencia.
    Se liberó de un tirón, indignada tanto por sus palabras como por el incendiario poder de su contacto.
    – Os equivocáis, lord Grant -replicó con tono helado-. Sé que me consideráis vana y frívola, pero iré a Spitsbergen y os demostraré lo contrario. No tengo intención de sucumbir a los mareos, ni a las fiebres, como le pasó a David, ni a… ¡al escorbuto, o a cualquiera de las enfermedades que soléis padecer los marineros! Me llevaré mucha fruta y me abrigaré bien para protegerme de los fríos…
    Se interrumpió cuando Alex soltó una carcajada.
    – La fruta se pudrirá en unos cuantos días, y dudo mucho que vuestros vestidos a la moda de Londres puedan soportar un invierno polar, lady Joanna.
    – Es precisamente por eso por lo que pienso partir de inmediato. ¿Qué peligro puede haber? ¡La gente viaja cada semana a destinos tan lejanos como la India o las Américas!
    – No tenéis ni la menor idea de lo que estáis diciendo -le espetó bruscamente Alex, demoliendo su optimismo con una sola frase-. ¡Apostaría a que no habéis viajado nunca al extranjero!
    – He estado en París -replicó Joanna, desafiante-. Fui durante la Paz de Amiens.
    – ¡París es escasamente comparable con el Ártico! -Alex soltó el aliento con un suspiro exasperado-. Lady Joanna, por favor -añadió, frustrado-. Ignoráis por completo las incomodidades que entraña un viaje semejante -la miró nuevamente de arriba abajo, desde su vistoso sombrero hasta sus zapatos a la moda-. Lo odiaríais. No soportaríais tener que prescindir del agua caliente, ropa limpia o de criados que os atendieran.
    Joanna enrojeció visiblemente.
    – ¿De veras pensáis que esas cosas me importan tanto?
    – Desde luego -se encogió de hombros-. Y no es que os culpe por ello…
    – ¡Qué magnanimidad la vuestra!
    – … pero una mujer que no tiene nada importante que hacer en la vida, cuya entera existencia se centra en la ociosidad y la frivolidad… nunca sería capaz de sobrevivir a un clima tan hostil.
    Joanna no se detuvo a escuchar el resto de sus palabras: estaba demasiado furiosa. ¿Ociosa, superficial? ¿Cómo se atrevía aquel altanero de Alex Grant a insultarla de esa manera? De repente se sintió más determinada que nunca a demostrarle que estaba en un error.
    – No -lo interrumpió-. Estáis malgastando vuestro aliento, lord Grant.
    Alex se levantó para alejarse unos pasos, furioso. Caminaba con rigidez, como resintiéndose de su antigua herida. Volvió luego con tanta rapidez que Joanna dio un respingo. Apoyando una mano en el brazo del banco, se inclinó hacia ella. Una vez más, su presencia física pareció anegarla. Una marea de calor la invadió por dentro, dejándola estremecida y excitada.
    – No lo entendéis, lady Joanna -le dijo entre dientes. Los ojos le ardían. Joanna podía sentir su furia como una fuerza viva-. Han muerto mujeres en viajes menos exigentes que éste.
    – Y también han muerto mujeres en su hogar -argumentó, acalorada-, de enfermedad o de parto, o simplemente al arder su ropa al contacto de una vela. Y hombres también. Lord Rugby murió de un resfriado que contrajo en Brighton. Nadie está libre de sufrir accidentes, lord Grant.
    – Pero siempre se puede intentar evitarlos, en vez de ir a su encuentro -parecía como si quisiera sacudirla por los hombros-. ¿Por qué sois tan insensata, lady Joanna? Si insistís en partir, entonces tendré que hacer todo lo que esté en mi mano para impedirlo -se irguió-. Nadie os venderá un pasaje. Me ocuparé personalmente de que fracaséis en esta empresa antes de que lo intentéis siquiera.
    Finalmente la había tomado de los hombros. La sensación de su contacto restalló como un látigo en su interior, haciéndola estremecerse. La obligó a levantarse. De repente estaban muy cerca, tanto que Joanna podía escuchar su respiración acelerada y oler el aroma de su colonia mezclado con el fresco aire de la mañana. Alzó la mirada hasta sus ojos y volvió a leer la furia en ellos. Y vio también el momento en que se transmutó en otra cosa, una emoción ardiente y primitiva que le robó el aliento.
    Inclinó la cabeza. Joanna supo que iba a besarla.
    Pero no así: no furioso como estaba. Joanna no llegó a pronunciar las palabras en voz alta, pero sus sentimientos debieron de reflejarse en sus ojos, porque lo vio fruncir ferozmente el ceño como si él también se hubiera dado cuenta, asombrado, de lo muy cerca que habían estado de besarse en público. Retiró las manos de sus hombros como si su contacto le hubiese quemado.
    – Lady Joanna… -esa vez pareció como si no pudiera soportar dirigirle la palabra, y mucho menos tocarla.
    – Lord Grant.
    – Os recuerdo que tenemos audiencia -murmuró con una sonrisa triste-. Aunque, a juzgar por lo que sucedió ayer en vuestra casa, eso debería moveros a arrojaros a mis brazos.
    – Procuraré contenerme, por muy duro que me resulte -replicó, fría e irónica a la vez. En realidad se sentía estremecida por dentro. De hecho, había estado efectivamente a punto de lanzarse a sus brazos. El calor de su contacto todavía corría por sus venas.
    Dándole deliberadamente la espalda, vio que varias damas se acercaban hacia ellos.
    – ¿Cómo es que esas damas visten exactamente igual que vos? -le preguntó de pronto Alex.
    – Porque desean imitar mi estilo -respondió Joanna, suspirando-. Pero me temo que ahora tendré que inventarme una nueva moda. Para no parecer como todo el mundo.
    – Qué dura y exigente debe de ser vuestra vida -murmuró él-. Me sorprende que os queden energías para planificar un viaje al Ártico, cuando tenéis tantas cosas que hacer aquí.
    – Y tantos adornos y bagatelas que vender, ¿verdad? -repuso dulcemente Joanna, citando las mismas palabras que antes había utilizado él-. Disculpadme, lord Grant. Tengo que contratar un barco. Estoy segura de que lo entenderéis.
    Tuvo la satisfacción de verlo fruncir el ceño de nuevo.
    – Eso lo veremos -después de musitar una maldición, giró sobre sus talones y se alejó.

Cinco

    – Por supuesto que lord Grant no querría que os aventurarais a viajar al Ártico, Jo querida -le estaba diciendo Lottie Cummings-. Tiene todas las razones del mundo para estar en contra de que las mujeres viajen, y todas tienen que ver con la muerte de su esposa, pobrecito -sirvió el té en las tazas de porcelana de Sèvres que tanto gustaban a Joanna.
    Estaban sentadas en el salón del desayuno de la casa de Lottie, una habitación que la propia Joanna había decorado y amueblado, tan ligera y luminosa como su propia dueña.
    – Murió en un horrible accidente -añadió Lottie mientras le pasaba el plato de pastas-, o de escarlatina o de viruela, o de alguna otra espantosa enfermedad. No lo recuerdo exactamente, pero al parecer, lord Grant se culpó a sí mismo porque él había insistido en que lo acompañara en el viaje.
    – Pobre -murmuró Joanna, sorprendida ella misma de la punzada de compasión que sintió por lord Grant-. Debió de ser una prueba horrible -aquella pérdida por fuerza tuvo que haberlo marcado. Con sus maneras bruscas y su brutal sinceridad, Alex era un hombre de pasiones intensas. Lo había sentido antes, había percibido aquella emoción volcánica en él. Se estremeció al recordarlo.
    – Bueno… -Lottie hizo un vago gesto con la mano y las pastas y bombones de la bandeja bascularon peligrosamente hacia la boca abierta y expectante de Max- eres muy generosa al compadecerlo, querida, cuando se ha mostrado tan descortés contigo. Siempre pensé que tú eras mejor persona que yo. Le preguntaré a Julia Manbury lo que sucedió exactamente con su mujer -añadió-. Ella siempre se acuerda de los viejos escándalos.
    Joanna removió lentamente la leche de su té.
    – ¿Llegaste a conocer a lady Grant? -era consciente de que su interés no era del todo objetivo. Sentía una extraña inquietud que se asemejaba notablemente a los celos.
    Lottie arrugó la nariz.
    – Creo que la recuerdo vagamente. Creo que era una mocosa encantadora. No muy inteligente, pero dócil y bonita.
    – Tal y como a lord Grant le gustan las mujeres -comentó secamente Joanna-. Calladas y obedientes. David era igual -añadió con amargura-. Esos aventureros están cortados por el mismo patrón: les encantan las esposas sumisas.
    – Oh, querida -un brillo de malicia asomó a los ojos de Lottie-. Realmente estás a matar con lord Grant cuando lo comparas tanto con David.
    – ¿Cómo podríamos llevarnos bien? Lord Grant me ha jurado que se asegurará personalmente de que nadie me ofrezca un pasaje a Spitsbergen, aunque yo todavía espero persuadir a alguien de que lo haga -suspiró-. Tengo la sensación, sin embargo, de que me saldrá muy caro.
    – ¿Ah, sí? ¡Pues yo conozco el barco adecuado para ti! -Lottie se llevó una almendra garrapiñada a la boca-. Mucho me temo que mi querido señor Cummings se ha negado a patrocinar al encantador primo de lord Grant en su descabellado plan de buscar oro en México, lo que ha dejado al pobre Devlin en una lamentable situación económica. El joven posee un cúter a medias con un fantástico capitán americano de nombre Owen Purchase, que parece que luchó en Trafalgar… El capitán Purchase tiene una voz deliciosa -explicó Lottie, distraída-. Yo me derrito de deseo cada vez que la escucho. El caso es que Cummings no es tan receptivo como yo y les ha negado su apoyo… ¡de manera que en este mismo momento ambos están desesperados por encontrar un contratista para su barco!
    Joanna se sintió aturdida ante la velocidad de pensamiento y de palabra de su amiga.
    – Recuerdo al capitán Purchase -murmuró-. Participó en una expedición con David. ¿Dices que tiene un cúter? ¿Qué dimensiones tiene?
    – Oh, no pequeñas, supongo. ¡Y con cañones! ¿No es terriblemente excitante? -le dio una palmadita en la rodilla-. Déjame el asunto a mí, querida. ¡Ya sabes que soy una mujer muy emprendedora! Me encantaría organizarte ese viaje. Necesitaremos muchísima ropa de abrigo. Tendrás que venir conmigo a Oxford Street: he visto unos fantásticos mantones de piel en Sneider's. Nos llevaremos a Max al polo, y a Hanson, mi mayordomo, y a Lester, mi doncella, porque sin ella estaría perdida, y…
    – ¡Espera! -Joanna se llevó una mano a la cabeza, que había empezado a darle vueltas-. ¿Piensas ir tú también?
    Lottie la miró con expresión apenada:
    – ¡Por supuesto que sí, querida! No iba a organizar este viaje para ti para luego quedarme en tierra, ¿no te parece?
    – ¿Y me estás sugiriendo que me lleve a Max a un viaje al Polo Norte? ¿Y a tu mayordomo y a tu doncella?
    – Necesitaremos sirvientes -repuso con toda tranquilidad su amiga-. ¿Cómo nos las arreglaremos si no? Max se moriría de tristeza si lo dejaras en Londres; de todas formas, él ya lleva su abrigo de pieles, aunque no estaría de más que le consiguiéramos unas botitas, no vaya a ser que las patas se le queden pegadas al hielo…
    – ¿Pero por qué habrías de querer ir tú a Spitsbergen? -inquirió Joanna-. Tengo entendido que es el lugar más incómodo y desagradable del mundo.
    – Oh, no lo dudo… ¡pero qué maravillosa aventura sería ésa, Jo querida! Yo siempre he querido viajar, pero nunca había encontrado la excusa necesaria… ¡Impondremos una nueva moda! ¡Un nuevo estilo!
    Joanna la miró desconfiada. Detrás del deseo de Lottie de abandonar todas las comodidades del hogar tenía que haber algo más que aburrimiento… ¿Tendría James Devlin algo que ver en ello? Últimamente, el joven parecía haberse ganado la confianza de Lottie.
    – ¿Qué pensará el señor Cummings de todo esto? Dudo que se alegre de ver a su mujer emprendiendo un viaje de meses al Ártico.
    – Oh, el señor Cummings no me dará problema alguno. Sólo sirve para gastar dinero, y yo podría ayudarlo en esa tarea dedicándolo a una buena causa. Por lo demás, se merece que le den una buena lección -eligió un bombón de la bandeja de plata-. En cuanto al viaje, lo único que no entiendo es esa frenética necesidad que te ha entrado de reconocer como tuya a esa pequeña hija bastarda de David… ¡y cargarte con la responsabilidad de criarla! La verdad es que todo eso me parece extraordinario y…
    – Por favor, Lottie -la interrumpió Joanna-. No es culpa de la pobre Nina que David la engendrara fuera de su matrimonio. Y, por favor, no hables de ella como si fuera una extraña mascota que fuera a adoptar.
    – Oh, muy bien. No la llamaré así si no te gusta, pero convendrás conmigo en que resulta ciertamente extraño que quieras hacerte cargo de su persona.
    Lottie clavó en ella su inquisitiva mirada y Joanna pensó por un momento en confesárselo todo. Cuando estaba a punto de hacerlo, sin embargo, cambió de idea. A Merryn habría podido confiarle sus sueños y anhelos de ser madre, y cómo la necesidad de tener un hijo la había devorado como una súbita e inesperada pasión. Pero con Lottie… La relación que mantenía con ella nunca había sido de profunda amistad. Lottie era amable y generosa, pero también terriblemente indiscreta y absolutamente incapaz de lealtad. Joanna sabía que el escandaloso legado de David ya daría lo suficiente que hablar en la alta sociedad londinense como para que encima su amiga contribuyera a los rumores.
    – David me pidió que cuidara de Nina -explicó un tanto incómoda, consciente de que aunque había dicho la verdad, no era ésa la verdadera razón.
    – Eso ya lo sé, querida -repuso Lottie, tan poco perceptiva como siempre-. Pero David está muerto. Ya podría pedirte lo que fuera, que a ti nada te obligaría a cumplirlo. Podrías perfectamente dejar a la mocosa en Spitsbergen y olvidarte de ella. Yo lo haría. Piensa en los rumores que correrán por Londres cuando todo el mundo se entere -frunció el ceño-. Tú disfrutas actualmente de los favores de la alta sociedad, Jo querida, pero me pregunto si podrás soportar esto. Tu primo John Hagan lo desaprobará y…
    Joanna la interrumpió con un gesto de impaciencia.
    – ¡No soporto a ese hombre! ¿Piensas acaso que me afectará en algo su opinión?
    – Quizá no, pero tiene influencias. Y a veces creo que te olvidas de que es él quien posee la casa de Half Moon Street. Si quisiera, podría ponerte las cosas muy difíciles, querida. Y ahora mismo te encuentras sola y desprotegida, con muy poco dinero.
    – ¡Gano varios miles de libras al año! -protestó-. Y tengo la pensión y la herencia de…
    – Lo sé. Como te he dicho, muy poco dinero. ¡Con eso no me alcanza a mí ni para sombreros! -la contempló admirada-. Me asombra que con esa miseria que ganas puedas vestir con tanta elegancia.
    Joanna se quedó callada. Sabía que había un punto de verdad en lo que le estaba diciendo Lottie. A veces se olvidaba de lo muy precario que era su lugar social. La alta sociedad londinense la había acogido con los brazos abiertos, pero en cualquier momento podría repudiarla.
    Cuando se enteró por vez primera de la existencia de Nina Ware, ni por un momento se le había pasado por la cabeza abandonarla a su suerte. Tanto su corazón como su cabeza se rebelaban ante el simple pensamiento. Era imposible. Quizá Alex pretendiera ejercer de tutor de la niña movido por su sentido del deber. En su propio caso se trataba, además, de una cuestión de amor.
    Sabía, sin embargo, que David le estaba exigiendo mucho más que hacerse simplemente cargo de una hija ilegítima. Le estaba imponiendo un alto precio a pagar, al pedirle al mismo tiempo que defendiera a Nina de los prejuicios y la crueldad de una sociedad que la marcaría para siempre con el estigma de la bastardía. Si aceptaba el desafío, Joanna sabía que ella misma podría verse también condenada y marginada. No tenía más hogar que la casa de Half Moon Street, que pertenecía a John Hagan desde la muerte de David. Hagan había consentido generosamente que continuara viviendo allí, pero ahora que ella había rechazado su proposición de matrimonio… ¿demostraría esa misma generosidad en el futuro? Y luego estaba el hecho de que no tenía más ingresos que su herencia y el dinero que ganaba con sus encargos. Si a su regreso a Londres nadie quería contratarla, si la sociedad le negaba sus favores, estaría arruinada.
    Estremecida ante la perspectiva, procuró ahuyentar aquellos pensamientos para concentrarse únicamente en la pequeña, huérfana y sola en aquel lejano monasterio. Una vez más el corazón le rebosó de amor: un amor que fortalecía su decisión de rescatarla y llevarla a casa, fueran cuales fueran las dificultades que tuviera que arrostrar.
    – Te acompañaré en el viaje como carabina y te ofreceré todo mi apoyo -le aseguró Lottie con tono consolador. No esperó su respuesta: su pensamiento ya había saltado a otro asunto-. Me pregunto si Merryn querría acompañarnos en este viaje. Creo que sería bueno para ella. Así la sacaríamos de su mundo y la presentaríamos a algunos jóvenes oficiales. Siempre la veo tan alicaída…
    – Es que es así de callada -dijo Joanna-. Sé que te cuesta entenderlo, Lottie, pero Merryn es feliz tal como es.
    – ¡Pero no puede quedarse aquí! No tiene amigos ni ningún lugar donde vivir. Y nosotras nos marcharemos pronto, si queremos preparar la expedición este verano.
    – Le preguntaré a Merryn qué es lo que quiere hacer. Mientras tanto, tenemos el problema práctico de contratar el barco.
    – Y la cuestión de la ropa -le recordó Lottie.
    – Por supuesto. Pero probablemente el barco sea lo más importante.
    – Querida, ¿qué puede ser más importante que la ropa? -Lottie se recostó en el sofá, alzó los pies en el aire y admiró sus zapatillas rojas, que asomaban bajo la falda de su vestido-. Me pregunto si el señor Jackman podría diseñarme unos zuecos a la moda para utilizarlos en la nieve.
    – Tendrás que ponerte botas -le advirtió Joanna.
    – ¡Sólo si son lo suficientemente elegantes! ¡No quiero ninguna de esas botazas que suele llevar la gente pobre! -se estiró de nuevo para elegir un bombón y sonrió como una gatita satisfecha-. De cualquier forma, no necesitas preocuparte por el barco. ¡El capitán Purchase acogerá encantado la idea de que contrates la Bruja del mar y lo saques así de sus apuros! Devlin y él nos llevarán al polo. Voy a mandar un recado a Dev ahora mismo.
    Joanna pensó que Alex Grant se volvería loco de furia cuando se enterara de que no sólo había desoído sus advertencias en contra de viajar a Spitsbergen… sino que además había reclutado para ello a un amigo suyo y a su propio primo. No podría detenerla. Y sin embargo, mientras se decía eso, una traicionera sensación le recorrió la sangre: el anhelo de que Alex estuviera de su lado, y no contra ella.

    – ¿Teníamos que encontrarnos aquí, Purchase? -Alex paseó la mirada por la taberna con un gesto de cierto desagrado. La pequeña sala estaba mal iluminada y llena de humo, con un bullicio de voces y risas. Olía a cerveza y a perfume barato.
    Estaban en los bajos fondos de Holborn, y resultaba evidente que el local ofrecía algo más que bebidas. La hermosa joven que lo saludó a su llegada se había mostrado decepcionada cuando Alex rechazó su oferta de compañía. Se limitó a pedir y a pagar una pinta de cerveza: nada más lejos de su intención que darse un rápido revolcón con una de aquellas mujeres. Eso no le habría reportado ningún alivio, y la perspectiva no se le antojaba ni remotamente atractiva. A quien deseaba era a Joanna Ware. Joanna, con su cuerpo grácil y esbelto, que si no había visto sí que había imaginado con todo lujo de detalles… Joanna, en quien no confiaba y a quien sin embargo deseaba con una lascivia que lo consumía. Joanna, a quien quería castigar por su insistencia en viajar sola al Ártico para rescatar a la pequeña Nina, inconsciente de los peligros a los que se exponía.
    Pero él frustraría fácilmente aquel plan. Para eso había ido a aquel antro esa noche.
    – Te veo de mal humor -le dijo Owen Purchase, inclinando su silla hacia atrás al tiempo que se llevaba la jarra de cerveza a los labios-. Tengo entendido que, últimamente, ése es tu estado habitual.
    – Supongo que te lo habrá dicho Dev -Alex tomó asiento en un banco, detrás de la tosca mesa de madera-. Supongo que él también estará aquí, en el piso de arriba, en compañía de alguna joven, ¿verdad?
    – ¿Qué eres ahora? -se sonrió Purchase-. ¿Su padre?
    – A veces me siento como si lo fuera -rezongó-. Quiero sacarlo de este lugar y advertirle que tenga cuidado con la sífilis…
    – Es joven, Grant. Los jóvenes tienen que aprender a cometer sus propios errores. Nunca escuchan a los mayores -bajó la jarra, apoyó los codos sobre la mesa y contempló a su colega con un brillo de diversión en sus ojos verdes-. Y tengo entendido que los mayores tampoco. David Ware, por ejemplo.
    – Ya has oído las noticias, entonces.
    – He oído que Ware te nombró tutor de su hija bastarda junto con su viuda -dijo Purchase-. Y que andas intentando impedir que ella viaje a Spitsbergen para rescatar a la chica.
    – Y se dice también que tú estuviste en Queer Street porque Cummings y sus amigos banqueros se habían negado a financiar tu disparatado viaje a México -repuso Alex-, de modo que ahora piensas dejar que lady Joanna contrate tu barco para emprender su aún más disparatado viaje a Spitsbergen.
    Purchase se echó a reír, con sus blanquísimos dientes brillando en su bronceada tez.
    – Las malas noticias viajan rápido. Me haré con esa fortuna en México y te demostraré que estás equivocado.
    – Tal vez. Mientras tanto, ¿puedo persuadirte de que no aceptes la oferta de lady Joanna?
    Purchase se quedó callado por un momento y sacudió lentamente la cabeza.
    – Ya estoy comprometido. Firmé los papeles esta misma tarde.
    Alex sintió una punzada de asombro seguida de otra de furia. Joanna, según parecía, no había perdido el tiempo.
    – Maldita sea -masculló entre dientes-. La ignorancia y el dinero forman una fatal combinación.
    Purchase enarcó las cejas.
    – Te muestras muy vehemente, Grant. ¿Por qué?
    Alex podía sentir como perdía la paciencia por segundos, tal y como le había sucedido en el parque de Lincoln's Inn, cuando Joanna le dejó claro que pretendía ignorar su consejo de no viajar a Spitsbergen.
    – El Ártico no es lugar para una mujer -dijo bruscamente, intentando dominar su furor-. Tú lo sabes bien, Purchase.
    – Tiene un clima duro, desde luego.
    – ¡Duro! -estalló Alex-. ¡Es letal! ¡Y estamos hablando de una mujer que no sabe vivir sin lujos! No tiene la menor idea de lo que es el hambre, las privaciones, el frío implacable…
    – Pronto lo descubrirá -repuso Purchase, desapasionado.
    – Pronto morirá -él mismo se sorprendió de la violencia de sus sentimientos.
    Owen Purchase se lo quedó mirando de hito en hito.
    – No sabía que esa mujer te gustara, Grant.
    – No me gusta -le espetó Alex.
    El capitán se encogió de hombros.
    – Si no es la preocupación por lady Joanna lo que anima esos sentimientos tuyos, ¿qué es entonces? ¿Remordimientos por lo de tu esposa?
    Alex sintió que el estómago le daba un vuelco. Remordimientos. Culpabilidad.
    Ni a sus más cercanos amigos les había confiado la culpabilidad que sentía por la muerte de Amelia, y mucho menos la vergüenza que lo acosaba día a día. Había sido él quien había obligado a Amelia a viajar en su compañía. Suya era la responsabilidad de su muerte.
    Al principio la culpabilidad lo había consumido por entero: había sido como una bestia voraz que casi lo había engullido, destruido. De algún modo, con el tiempo, había encontrado la manera de convivir con ella, de aplacarla, serenarla. Pero cuando Joanna Ware, en su ingenuidad, le había expresado su determinación de viajar al Ártico, la bestia se había despertado para clavarle unas garras tanto o más agudas que antes. Todos sus recuerdos habían regresado de golpe. Amelia había emprendido aquel viaje… y había muerto. Y de alguna manera, sin saber cómo ni por qué, eso mismo le ponía más furioso que nunca con Joanna.
    – Lees demasiada poesía, Purchase. Tu propia imaginación te domina.
    Purchase se echó a reír.
    – Si tú lo dices… -se inclinó hacia delante-. Lady Joanna me pagará en efectivo, por adelantado -hizo un elocuente gesto-. ¿Qué puedo decir? Soy un aventurero, Grant, y no suelo rechazar ofertas semejantes. Sabrás que Dev y yo formaremos la tripulación. Zarpamos en una semana.
    – ¿Una semana? -exclamó Alex-. Sólo aprovisionarte te llevará más tiempo.
    – El dinero manda. Y el de lady Joanna es poderosamente persuasivo.
    – Es una locura -Alex se recostó en su asiento, presa de una mezcla de exasperación, frustración y una muy reacia admiración hacia la tenacidad de lady Joanna Ware-. Supongo, por supuesto, que no habrás reforzado tu barco para resistir el hielo.
    – La Bruja del mar no tiene casco acorazado, pero es un velero lo suficientemente duro como para soportar todo eso.
    Alex se puso a trazar con su jarra lentos círculos sobre la mesa, pensativo.
    – ¿Te has planteado reconsiderar tu comisión?
    Purchase negó con la cabeza.
    – Lo siento, Grant.
    – Entonces dame pasaje a mí también.
    – ¿Como tripulante?
    – Como viajero. Lo pagaré.
    – ¿Por qué?
    – Porque yo también soy tutor legal de Nina Ware, y me siento obligado a garantizar su seguridad.
    – Tengo la impresión de que Ware escogió bien cuando te nombró tutor de la niña, Grant. Puede que lo odies por haberte cargado con la responsabilidad, pero sé que siempre cumplirás con tu deber.
    – ¿Y bien?
    – Tendrás que preguntarle a lady Joanna si desea que la acompañes -respondió Purchase, sonriendo de oreja a oreja y disfrutando claramente del momento-. Ella es quien tiene la última palabra.
    Alex soltó una maldición.
    – Purchase…
    – No te preocupes. Si te rechaza, siempre podrás trabajar de mozo de camarote -volvió a sonreír, hasta que la expresión de Alex se relajó al fin, aliviado-. Así está mejor. Dime, ¿qué diablos te ha sucedido para convertirte en un oso tan cascarrabias?
    – Lady Joanna pone constantemente a prueba mi paciencia -contestó Alex, sucinto. Cada vez que la recordaba afirmando desafiante que viajaría al Ártico y que su ropa de abrigo bastaría para protegerla del frío polar, experimentaba una violenta punzada de irritación. En aquel momento no había sabido si sacudirla por los hombros o besarla. Precisamente el hecho de que hubiera querido besarla constituía el mayor problema.
    – Ah -Owen Purchase se irguió en su asiento-. Lady Joanna es una gran mujer…
    Alex lo fulminó con la mirada.
    – Es tu lascivia la que habla, Purchase.
    – Podría retarte en duelo por eso, Grant, pero me caes demasiado bien para matarte. Admito que siento una cierta inclinación hacia lady Joanna.
    – La quieres para ti.
    El capitán no lo negó.
    – Era demasiado buena para Ware.
    – Me sorprende oírte decir eso -repuso Alex, tenso-. Tú admirabas a Ware tanto como yo.
    Estaba sinceramente sorprendido. Nadie criticaba a David Ware. Había sido un héroe. Todo el mundo lo sabía.
    – Oh, vamos, Grant. Ware era un capitán condenadamente bueno, pero también un marido condenadamente malo. Lo sabes perfectamente. Eras tú quien siempre tenía que ir a buscarlo a los burdeles para que pudiera embarcar a tiempo.
    – Y a cambio -replicó Alex- me salvó la vida, Purchase. No me pareció un mal trato.
    – Ah, bueno… -se lo quedó mirando pensativo-. Entiendo tu sentido del deber.
    – Dudo que lo entiendas -repuso Alex al tiempo que se frotaba el muslo para calmar el dolor, constante recordatorio de su lesión-. Ware pudo haberme dejado morir en aquella grieta, Purchase. Debería haberlo hecho, porque arriesgó su vida por mí, en lugar de asegurarse de que uno de los dos sobreviviera para guiar a nuestros hombres de vuelta a casa. Así que no me hables de sus debilidades.
    – Yo no he dicho que Ware no tuviera un gran coraje físico. Pero… ¿acaso no entiendes que lo hizo por su propia gloria? Lo verdaderamente responsable habría sido no haber puesto en peligro su propia vida y la de vuestra tripulación, en lugar de jugar a los héroes.
    – Basta ya -masculló Alex entre dientes. Se daba cuenta de que el deseo que sentía Purchase por Joanna había empezado a nublar su juicio. Quizá habían sido amantes en el pasado y ella había emponzoñado sus pensamientos en contra de su marido. O quizá aún lo seguían siendo. De repente estaba hirviendo de furia.
    Purchase apuró entonces su jarra.
    – Una cosa más y dejaré de tentar mi suerte. ¿Nunca se te ocurrió pensar que su sentido de la disciplina era excesivo? -un brillo de desprecio asomó a sus ojos-. Sí, sus hombres lo obedecían, pero no lo amaban como los tuyos a ti… por muy inapropiado que resulte hablar de «amor» con un inglés.
    – Escocés -lo corrigió Alex, aunque con una leve sonrisa.
    – Peor aún -murmuró Purchase-. No me extraña que seas tan adusto. Es el duro hierro de tu alma.
    – Dev dice que la culpa la tiene mi educación calvinista -se interrumpió, sacudiendo la cabeza-. Pero dejemos esto, Purchase. Sólo conseguiremos discutir y no quiero pelearme contigo.
    Por un instante la tensión pareció flotar en el aire, hasta que la expresión del americano volvió a relajarse.
    – ¿Otra? -inquirió, alzando su jarra.
    – No, gracias. Necesito localizar a lady Joanna y persuadirla de que me permita acompañarla en su viaje. Por el bien de la niña.
    – Recurre a tu encanto, si es que tienes alguno, Grant -le aconsejó Purchase, ladeando la cabeza-. De cualquier forma, tienes suerte. Lady Joanna acaba de doblar en este preciso momento la esquina de Castle Tavern.
    Alex se asomó a la ventana de mugrientos cristales. La tarde estaba ya muy avanzada y la luz primaveral comenzaba a desaparecer, dejando el cielo veteado de rosa y oro. Los faroles de las calles ya habían sido encendidos y las luces de las posadas, tabernas y garitos de juego moteaban el empedrado. Las multitudes de la noche, escandalosas y alborotadoras, apestando a ginebra y cerveza, atiborraban el estrecho callejón. Holborn a aquellas horas era el último lugar donde habría esperado ver a Joanna Ware.
    – ¿Qué diantre estará haciendo aquí?
    Purchase llamó a una de las extremadamente atractivas taberneras para que le rellenara la jarra.
    – Es la Lady of the Fancy.
    – ¿La qué?
    – La patrona del club de boxeo -explicó Purchase-. Su protegida. Creo que hay combate esta noche.
    – ¿Lady Joanna asiste a combates de boxeo? -Alex no salía de su asombro.
    – Es el deporte de moda en la alta sociedad. El duque de York será uno de los patrocinadores que asistirán esta noche.
    – Por mí como si asiste el propio rey. No me parece un espectáculo apropiado para una dama.
    – Pues díselo a ella cuando la veas -repuso el capitán con tono risueño, antes de hacer un guiño a la camarera que acababa de sentarse a su lado-. Seguro que eso te será de gran ayuda cuando intentes persuadirla de que te permita acompañarla a Spitsbergen -suspirando, volvió a alzar su jarra de cerveza-. Buena suerte, Grant. La necesitarás.

Seis

    – Un caballero desea veros, madame -Daniel Brooke, antiguo boxeador de éxito que dirigía a la sazón la posada de Tom Belcher, la Castle Tavern de Holborn, entró en el pequeño reservado y se inclinó con reverencia ante Joanna.
    La escena resultaba extremadamente cómica, ya que Brooke era bajo, ancho, calvo y musculoso: de hecho, parecía casi más ancho que alto. Era el primo pequeño de Jem Brooke, un hombre al que Joanna no podía estar más agradecida. Jem, otro antiguo boxeador de categoría, la había protegido durante un tiempo de la ira de David, tras la terrible paliza que recibió por culpa de su fracaso a la hora de proporcionarle un heredero. A la mañana siguiente al suceso, Jem se presentó misteriosamente ante su puerta diciéndole únicamente que un caballero le había enviado para asistirla. Joanna no había tenido idea de quién había podido ser aquel misterioso caballero, ni de cómo había llegado a enterarse de su situación. En cualquier caso, la estatura, corpulencia y habilidades de Jem habían resultado de gran ayuda cuando David se aventuró a ir a buscarla aquel mismo día, haciendo valer sus derechos matrimoniales. Jem lo había arrojado a la calle con una sola mano.
    Pero una vez que David volvió a embarcarse, Joanna ya no necesitó de un guardaespaldas. Durante un tiempo ayudó a Jem a abrir una taberna propia en Wapping, donde actualmente servían platos de pescado particularmente sabrosos. Pero, de algún modo, en el proceso había terminado convirtiéndose en la dama preferida de los boxeadores, patrona y mascota suya a la vez: una Lady of the Fancy. Y entonces ya no tuvo corazón para confesarles que aborrecía la lucha y la violencia de cualquier clase.
    Era por eso por lo que estaba en aquel momento sentada sola en aquel reservado, con un vaso de cerveza negra en la mano, mientras en la sala adjunta peleaban en un improvisado cuadrilátero el actual campeón, Hen Pearce, y un joven aspirante. Iba por su segundo vaso y el fuerte sabor de la malta ya le había hecho entrar en calor. Joanna rara vez bebía, y habitualmente sólo vino y champán. Aquella bebida era mucho más vulgar, pero la relajaba. La última semana había estado salpicada de sorprendentes revelaciones, en las cuales los peores sucesos del pasado habían terminado por aflorar, al igual que sus propios sentimientos. Sus emociones estaban en carne viva: de ahí que en aquel momento, escondida en aquel rincón, con cincuenta hombres aclamándola en la habitación de al lado, se sintiera oscuramente y secretamente a salvo.
    De repente la puerta se abrió y Joanna se estremeció cuando una oleada de ruidos alcanzó el reservado: los golpes sordos, el sonido de la carne contra la carne, los murmullos de compasión de la multitud cuando el aspirante llevaba las de perder. Se tapó con fuerza los oídos.
    Poco a poco fue consciente de que Alex Grant estaba delante de ella, impecable con su traje vespertino. Vio que movía los labios y dejó de cubrirse las orejas.
    – ¿Se puede saber qué diablos estáis haciendo en una taberna de boxeadores, cuando tanto os disgusta ese deporte?
    Maravilloso. En el lapso de diez segundos, aquel hombre se las había arreglado para dar al traste con su tranquilidad.
    – ¿Cómo sabéis que me disgusta?
    – Porque estáis sentada aquí sola, con las manos en los oídos y una expresión tal que si estuvierais comiendo limones -explicó Alex-. ¿Qué estáis haciendo aquí?
    – He venido a procurarme un guardaespaldas para que me acompañe a Spitsbergen -contestó Joanna, y señaló a Brooke-. Lord Grant, os presento a Daniel Brooke, antiguo campeón de boxeo. Brooke, lord Grant.
    Brooke se inclinó cortésmente ante el recién llegado. Pero con un brillo acerado en los ojos, como si al mismo tiempo se estuviera preparando para una pelea.
    Joanna vio que Alex le devolvía a Brooke la misma mirada fríamente evaluadora. Muchos hombres se habían sentido intimidados por el aspecto de Brooke: no era ése el caso de Alex. Era al menos una cabeza más alto y mucho más delgado y menos corpulento, pero su aspecto resultaba igualmente intimidante. Joanna pensó que un hombre tenía que ser fuerte, decidido y valiente para poder sobrevivir en los remotos rincones del mundo que había visitado. Enseguida corrigió, sin embargo, ese rumbo de pensamientos; no por casualidad eran los mismos que la habían seducido la primera vez que vio a David. David Ware, el héroe…
    Los dos hombres continuaban midiéndose con la mirada y Joanna sintió algo eléctrico y elemental en el aire, hasta que Brooke retrocedió un paso y asintió con la cabeza, con lo que la tensión se atenuó.
    – Un guardaespaldas -pronunció Alex, asintiendo también, y Joanna vio que los abultados músculos de los hombros de Brooke se relajaban un tanto.
    – Efectivamente, lord Grant. ¿Cuento con vuestra graciosa aprobación?
    Una leve sonrisa asomó a los labios de Alex.
    – El viaje que pensáis hacer estará lleno de sorpresas, lady Joanna. Y no todas agradables.
    – Ya me lo imaginaba. Desgraciadamente, Brooke no ha aceptado mi oferta porque no le gusta el frío. Es malo para sus articulaciones.
    – Gajes de su antigua profesión, supongo -comentó Alex.
    – ¿Puedo ofreceros una bebida, señor? -inquirió Brooke, cortés.
    – Gracias, pero no. Sólo he venido a hablar con lady Joanna -se volvió hacia ella-. ¿Os dais cuenta de que el boxeo es ilegal, milady?
    – Los duques de York y de Clarence están asistiendo ahora mismo al combate, al igual que tres magistrados de Londres. No creo que vayan ellos a tener problemas con la ley.
    Alex señaló entonces el sillón que ella tenía delante.
    – ¿Puedo? -bajó la mirada a su vaso-. ¿Es eso cerveza?
    – Cerveza negra -contestó Joanna, y esperó la inevitable recriminación.
    Alex se volvió hacia Brooke:
    – Creo que tomaré una bebida después de todo, gracias, Brooke. Brandy, por favor.
    Brooke abandonó la habitación después de hacer una reverencia.
    – Veo que estáis extremadamente amable esta noche -comentó Joanna.
    – Ningún hombre que estuviera en su sano juicio se comportaría de otra manera en presencia de un boxeador -volvió a mirar su vaso-. ¿Estáis quizá embriagada, lady Joanna? La cerveza negra es la más fuerte de todas.
    – Lo sé. Es deliciosa.
    – Estáis embriagada.
    – Hay tantas cosas de mi persona que desaprobáis… -repuso dulcemente, y se volvió ligeramente en su sillón para mirarlo-. ¿Por qué estáis aquí, lord Grant? ¿Y cómo es que sabíais dónde encontrarme, por cierto?
    – Me lo dijo Owen Purchase.
    – Ah. Entonces también os habrá dicho que Lottie y yo hemos contratado su barco y sus servicios para que nos lleve a Spitsbergen.
    – Efectivamente -Alex frunció repentinamente el ceño-. ¿La señora Cummings piensa viajar también?
    – Está convencida de que será toda una aventura para ella -explicó, suspirando-. Supongo que habréis intentado disuadir al capitán Purchase de que rechazara nuestra oferta…
    – Lo hice. Y fracasé.
    Joanna sonrió levemente ante su sinceridad. Empezaba a darse cuenta de que jamás escucharía una mentira de Alex Grant, por muy incómoda que resultara la verdad que tuviera que reconocer. Se trataba de una cualidad que habría admirado en circunstancias normales. Pero la desconfianza que él le profesaba, aquella venenosa semilla que había sembrado David en su alma, siempre se interpondría entre ellos.
    – El capitán Purchase es muy leal -dijo ella-. O quizá la razón estriba en el dinero que le ofrecí.
    Alex se echó a reír.
    – Purchase es, como vos misma acabáis de insinuar, un aventurero -de repente su expresión se transformó, volviéndose afilada, penetrante-. Parece teneros en alta estima. ¿Lo conocéis bien?
    – No de la manera que vos imagináis -le espetó Joanna-. Lord Grant, vuestras opiniones resultan ofensivas. ¡Puedo ver que consideráis inconcebible que alguien pueda pensar bien de mí sin que sea al mismo tiempo mi amante!
    – Os suplico me perdonéis. Nada más lejos de mi intención que insinuar tal cosa. Brooke parece teneros también en gran estima.
    – Los boxeadores me aprecian. Soy su Lady of the Fancy -se rió al ver su expresión-. Vaya, lord Grant. Veo que volvéis a desaprobar mi comportamiento.
    – No me gustan los boxeadores -le confesó, tenso-. Como tampoco la popularidad que vos parecéis disfrutar entre ellos. Ser aclamada por una fraternidad de boxeo no me parece precisamente algo muy envidiable.
    – Claro que no -replicó Joanna, que ya estaba empezando a perder la paciencia-. Uno tendría que remontar el Ganges en canoa para ganarse vuestra admiración, lord Grant. Ah, pero me olvidaba… -añadió, burlona-. Eso no es aplicable a las mujeres, claro.
    Vio que su rostro había recuperado su severidad habitual.
    – Es cierto que prefiero que las mujeres se queden en casa.
    – Ése es su sitio -repuso Joanna con tono irónico-. Por supuesto.
    Reinó un breve silencio mientras Brooke servía la copa de brandy para volver a desaparecer tan discretamente como el más experimentado mayordomo. Joanna podía sentir la mirada de Alex clavada en su rostro, intensa y pensativa. Se sentía tensa, acalorada. Había algo en aquella silenciosa mirada que la desnudaba de todo disfraz y pretensión, dejando sus sentimientos al descubierto. Deseó con todas sus fuerzas que eso no fuera así. Alex Grant era un hombre que sentía tanto desagrado como desconfianza por ella, mientras que él, a su vez, era la última persona por la que deseaba sentir aquella turbadora atracción. Una atracción que parecía tirar de su persona en direcciones opuestas, provocándola, excitándola contra su voluntad.
    – No habéis respondido a mi pregunta -le recordó bruscamente-. ¿A qué habéis venido?
    – A suplicaros me permitáis acompañaros a Spitsbergen -explicó él, y añadió irónico-: Purchase me aseguró que vos teníais la última palabra. Si me rechazáis, no me quedará más remedio que ganarme el pasaje trabajando como mozo de camarote.
    Joanna soltó una espontánea carcajada.
    – ¿Mozo de camarote?
    – Eso es. Incluso Devlin mandaría sobre mí.
    – Eso supondría un lamentable desperdicio de vuestra experiencia y habilidad -reflexionó Joanna-. ¿Le ofrecisteis al capitán Purchase pagar vuestro pasaje?
    – Lo hice. Y continuó respondiéndome que la decisión era vuestra.
    – Qué reconfortante me resulta su actitud -repuso Joanna-. La respuesta es no.
    Al ver la leve sonrisa que asomó a sus labios, adivinó que había estado esperando su negativa.
    – Permitidme que intente persuadiros de que cambiéis de idea. No es demasiado tarde.
    – ¿Os referís a mi voluntad de viajar a Spitsbergen?
    – Me refiero a todo este asunto -la recorrió con su oscura mirada, pensativo-. Dependéis demasiado del gusto y los caprichos de la alta sociedad, lady Joanna. Serán muchos los que desaprueben no sólo vuestro viaje a Spitsbergen, sino que os hagáis cargo de la hija bastarda de vuestro marido. Sospecho que John Hagan, por ejemplo, quedará consternado. ¿Qué sucederá si llegáis a perder el favor de la alta sociedad londinense?
    Se hizo un silencio. Por unos segundos no se oyó más que el tumultuoso rumor de la multitud al otro lado de la puerta, elevándose y descendiendo como una marea.
    – Entonces me moriré de hambre -repuso Joanna con tono ligero. Ya había afrontado antes aquellos temores; se negaba a dejarse intimidar por ellos-. Pero afortunadamente eso no le sucederá a Nina, ¿verdad, lord Grant? Porque supongo que David os habrá dejado los medios necesarios para mantenerla, como fideicomisario nuestro que sois.
    Se hizo otro silencio. Joanna esperó, enarcando una ceja. Por una vez, Alex Grant pareció… ¿avergonzado? ¿Desconcertado quizá?
    – Ware me dejó el mapa de un tesoro -masculló, malhumorado.
    Joanna parpadeó asombrada.
    – ¿Perdón? ¿El mapa de un tesoro, decís?
    Alex se llevó una mano al bolsillo interior de su chaqueta y extrajo un trozo de papel muy fino, amarilleado por el tiempo. Lo desdobló y se lo entregó. Joanna se quedó sin aliento. Era el tosco dibujo de una isla con ensenadas, bahías y calas, con una gran equis señalando un lugar cercano a una playa, en una larga península. Identificó también, como si no pudiera faltar para redondear el tópico, el símbolo de una calavera y dos tibias.
    – Vaya… ¿cómo es que David no depositó el dinero en un banco, como habría hecho cualquier persona normal?
    Vio que un ligero rubor cubría las mejillas de Alex, y se preguntó si no lo habría pensado él también. No parecía el tipo de hombre habituado a ir por ahí desenterrando tesoros. Casi a su pesar, se sonrió. Resultaba tan gratificante ver a Alex Grant en desventaja por una vez…
    – ¿Trajisteis este mapa de Spitsbergen junto con la carta?
    – ¡No! -casi gritó Alex-. Churchward me lo entregó. Estaba con el testamento de Ware.
    – A mí todo esto me huele mal -comentó Joanna, sacudiendo la cabeza-. Típico de David lo de mostrarse tan misterioso.
    – A mí me parece altamente insatisfactorio -le confesó él, tenso.
    – Bueno, eso también era típico de David. Era un hombre altamente insatisfactorio en muchos aspectos -miró a Alex: su expresión era inescrutable-. Pero me estoy olvidando -añadió, incapaz de disimular la amargura de su voz- de que, a vuestros ojos, David no podía hacer nada malo, ¿verdad, lord Grant? Estaba por encima de todo reproche. Incluso aunque esperara que vos desenterrarais la fortuna de Nina, cosa que debería haber hecho él -se removió en el sillón-. Es por esa razón que os repito que no podéis acompañarme a Spitsbergen. Ni os agrado ni confiáis en mí, y el viaje será ya de por sí lo suficientemente incómodo como para que encima tenga que soportar vuestra desaprobación a cada momento. Si queréis embarcaros para encontrar ese supuesto tesoro, la elección es vuestra, además de vuestra responsabilidad. Pero no vendréis con nosotros.
    El ceño de Alex se había profundizado.
    – No tiene absolutamente ningún sentido que naveguemos por separado, lady Joanna.
    Le dio la razón en silencio. Pero eso no cambiaba su convicción de que él era la última persona a la que deseaba ver en su barco.
    – No necesitamos ser enemigos -continuó Alex-. Podríamos intentar ser amigos, por el bien de la niña.
    – Disparáis demasiado alto. Mantengamos nuestras expectativas dentro de lo razonable: me conformo con que mantengamos una relación civilizada. Pero la respuesta sigue siendo no. Sois autoritario por naturaleza… estaríais siempre intentando decirme lo que debo hacer, con lo que terminaríamos discutiendo otra vez. Simplemente el hecho de teneros cerca me hace sentir…
    – ¿Qué os hace sentir? -arqueó una ceja, burlón.
    – ¡Furiosa! -exclamó Joanna, levantándose. Era cierto. La sala parecía haberse empequeñecido, dominada por la presencia de Alex. La hostilidad hervía entre ellos como una tetera en ebullición.
    Alex también se levantó.
    – Jurasteis que haríais cuanto estuviera en vuestro poder para traer a Nina a casa. Hasta en eso habéis mentido.
    Se lo quedó mirando fijamente, consternada por su tono de desprecio.
    – ¿Qué queréis decir?
    – Cualquiera con un mínimo de sentido común podría ver que redunda en el propio interés de Nina que aceptéis mi escolta. Pero sois tan terca que no consentís en ello.
    – ¡Os prohíbo que me habléis así! -estalló, colérica-. Yo no soy terca. ¡Soy la única de los dos que tiene un poco de criterio! Sólo llevamos diez minutos hablando y ya estamos discutiendo. Lo que Nina necesita es estabilidad y seguridad… ¡y no un par de tutores que andan a la greña como el perro y el gato!
    Le dio la espalda antes de enjugarse las lágrimas que amenazaban con escapar por las comisuras de sus ojos. No quería llorar delante de Alex Grant. Ya le había hecho sentirse demasiado vulnerable. Sus sentimientos estaban en carne viva. David había escogido bien cuando le envió a aquel hombre para atormentarla.
    – Debéis disculparme -pronunció apresurada-. Es tarde y mi negocio aquí ha concluido.
    Se volvió para descubrir que Alex se le había acercado. Demasiado.
    – Estáis llorando -dijo con la voz ronca por una extraña emoción que ella no logró identificar.
    – ¡Por supuesto que estoy llorando! ¡Llevo una semana horrible! -lo fulminó con la mirada-. Idos, lord Grant. ¿Es que no lo entendéis? ¡No quiero llorar delante de vos!
    Pero él ignoró sus palabras. Tenía una mano en su cintura, y el calor de su mano atravesaba el corpiño de seda de su vestido. ¿Cómo había sucedido? La estaba acercando hacia sí, como si deseara consolarla. Nunca antes Joanna había asociado la proximidad física de un hombre con el consuelo: David solamente la había tocado cuando había querido acostarse con ella. Y seguro que a Alex, precisamente, no podía preocuparle menos que estuviera alterada o no. Se sentía confundida, turbada. Ignoraba cuál era la emoción que estaba asomando en aquel momento a su rostro.
    Alzó entonces Alex una mano para secarle las lágrimas con el pulgar. A Joanna le dolió el corazón por la ternura de aquel gesto. Levantó la mirada para encontrarse con la deslumbrante intensidad de aquellos ojos grises… y al momento siguiente la estaba besando con tanta delicadeza como persuasión. La sorpresa la dejó temblando.
    – Abrid la boca -susurró él, y Joanna sintió que la cabeza le daba vueltas mientras entreabría los labios en una instintiva reacción a su orden y a la presión de los suyos. Alex se los separó aún más con sensual deliberación y ella sintió de inmediato la lenta caricia de su lengua. Sabía a brandy mezclado con la sal de sus propias lágrimas. Un violento calor la asaltó de golpe, abrasándola. Hasta que de repente se separaron y quedaron de pie uno frente al otro, mirándose.
    – ¿Qué ha sido eso? -fue Joanna quien encontró primero la voz-. ¿Consuelo?
    – Difícilmente lo llamaría yo así -por un instante pareció tan desconcertado y confuso como ella. Lo cual no pudo por menos que provocarle a Joanna una fuerte punzada de placer-. No era eso lo que pretendía hacer -le confesó.
    – Ya me lo imagino.
    Se mordió el labio inferior. Se sentía aturdida y acalorada. El aire parecía restallar de tensión. Procedente de la otra sala llegaba hasta ellos el rugido de la multitud, tan atávico como el acelerado latido de su pulso. Había algo igualmente primitivo en los ojos de Alex, pero no la asustaba. La atraía, de hecho.
    – Pero ahora que ya he empezado… -la estaba acercando de nuevo hacia sí- confieso que llevaba queriendo hacer esto desde hacía tiempo. En el parque de Lincoln's Inn, e incluso antes…
    Pudo haberlo detenido. Sabía que debería haberlo hecho. Alex Grant no le gustaba, y sin embargo, por algún motivo, aquella aversión no hacía sino aumentar la atracción que sentía hacia su persona. Convocaba una cruda pasión que la seducía y horrorizaba a la vez. Era como una oscura corriente de atracción que la tentaba con su perversa dulzura, hasta el punto de que se abrazó a él, en lugar de rechazarlo. Y, cuando se vio dentro del círculo de sus brazos, ni lo entendió ni le importó.
    Esa vez no fue tan tierno como la primera vez. Su boca se apoderó de la suya con toda la pasión que Joanna siempre había sospechado habitaba en él. Y ella se abandonó entonces al peligro y a la excitación, alzando las manos hasta su cuello. El beso fue tan urgente y primario que la dejó temblando. De pronto desapareció la dama de hielo, la mujer a la que David Ware había llamado frígida, estéril. Fue consciente por un segundo de que jamás antes había experimentado nada parecido, de que nunca había vivido una intensidad semejante, un deseo tan feroz. Era lo que siempre había buscado en vano, sin encontrarlo. Emitió un leve gemido de rendición mientras sentía su dura necesidad apretándose contra ella. Una ardiente espiral de deseo se anudaba y apretaba en su interior. Ansió de pronto que le hiciera el amor allí mismo, en aquel reservado de taberna, con el rugido de la multitud resonando en sus oídos.
    Cuando finalmente la soltó, Joanna se llevó los dedos a la boca con gesto incrédulo, palpándose los labios húmedos e irritados por la vehemencia del beso.
    – Vaya -murmuró Alex-. Esto ha sido interesante.
    ¿Interesante? ¿Así lo llamaba él? Joanna se lo quedó mirando fijamente, toda ofendida. La había besado con ternura y deseo, con una fiera pasión que le había dejado temblando… ¿y lo juzgaba interesante? La verdad era que sólo necesitaba abrir la boca para hacerle enfadar.
    – Me alegro de que lo penséis -repuso con tono helado.
    Su sonrisa era pura perversión. Parecía condenadamente satisfecho consigo mismo. El disgusto y la furia de Joanna crecían por momentos.
    – Parece que no necesitáis gustarme para que os bese -dijo Alex, mirándola con expresión ardiente-. Ni yo gustaros a vos para que me devolváis el beso.
    – Es inexplicable -estaba roja como la grana-. Porque vos no podéis desagradarme más.
    – Y sin embargo… -le acarició una mejilla con un dedo.
    Tuvo la sensación de que la piel le ardía ante su contacto. Sin saber cómo, resistió el poderoso impulso de permitir que le acunara la mejilla en el hueco de la mano, intensificando la caricia. Se sintió simultáneamente mortificada y fascinada por su propia reacción ante él. Estaba sintiendo ya de nuevo como crecía su excitación en su interior, apretándose como el nudo de una soga.
    – Y sin embargo me deseáis -terminó Alex la frase.
    – Deseo también un carruaje de cuatro caballos y un collar de diamantes de Hatton Garden -repuso Joanna-, pero nunca los tendré. Eso no sucederá. Como no sucederá tampoco ninguna clase de affaire entre nosotros.
    – ¿Ah, no? -su voz era peligrosamente dulce. Bajó la mano hasta la base de su cuello: su contacto era tan suave como el roce de un ala de mariposa.
    Joanna contuvo la respiración: sabía que el pulso que latía en aquel punto estaría acelerado, desbocado. Alex delineó entonces con un dedo su delicada clavícula… y deslizó la mano bajo el escote de su vestido para acariciarle fugazmente la parte superior de un seno. Fue una caricia rápida, pero de efectos tan intensos que por poco se le doblaron las rodillas. Los pezones se le endurecieron instantáneamente y un débil gemido escapó de sus labios. La mirada de Alex era fija, oscura, consumida de deseo.
    Acto seguido le bajó una hombrera del corpiño del vestido y continuó la caricia con los labios, deslizando la boca por la tersa piel de su cuello y la deliciosa línea de sus senos, hasta el valle que se abría entre ellos. La mente de Joanna se vio asaltada por todo tipo de eróticas imágenes, derretido su cuerpo en aquella lánguida sensación de placer. Aquello era un juego, un desafío, una prueba a la que él la estaba sometiendo, y sabía que debía detenerlo, tenía que hacerlo… Pero no quería debido precisamente a la red de sensual deleite en la que estaba atrapada.
    Sintió la palma de su mano contra su seno, cálida a través de la seda de su camisola. La caricia de sus dedos volvió a arrancarle un gemido. Tambaleándose, estiró una mano con intención de sujetarse en algo y rozó el borde de la mesa: su alianza de oro arañó la madera. Aunque nimio, el detalle logró llamar su atención, y no porque sintiera que estaba siendo desleal de alguna forma a la memoria de David, sino porque le recordó quién era Alex. El mejor amigo de su difunto marido, un hombre capaz de despreciarla y, al mismo tiempo, de hacerle el amor de la más exquisita de las maneras.
    Se apartó rápidamente, asqueada de sí misma, y Alex la soltó. Estaba respirando tan aceleradamente como ella. Por un momento ninguno de los dos dijo nada, hasta que Alex sonrió.
    – ¿Habéis cambiado de idea? ¿Podré acompañaros?
    Joanna se quedó tan desorientada que al principio no supo de qué estaba hablando. Luego recordó: Spitsbergen, el Ártico, el viaje…
    – ¿Me habéis besado solamente para intentar seducirme y lograr así mi consentimiento?
    Alex pareció acoger divertido la desilusión que traslucía su voz.
    – No. No me habría detenido de haber querido seduciros.
    – Fui yo quien se detuvo. No vos.
    – Sabía que terminaríamos discutiendo sobre eso, como de tantas otras cosas -le lanzó una desafiante mirada-. Habéis disfrutado.
    – Vos también -alzó la barbilla.
    – En eso sí que estamos de acuerdo.
    Volvió a reinar un tenso silencio.
    – Sí que llegáis a resultar irritante. Es desconsolador que pueda llegar a encontraros tan exasperante y al mismo tiempo…
    – ¿Y al mismo tiempo haceros desear rasgarme la ropa y hacerme el amor? -sonrió al ver su expresión ofendida-. Disculpadme, pero ya sabéis lo muy directo y sincero que soy.
    – Lo que desee o no desee hacer da exactamente lo mismo -declaró Joanna-. No podéis acompañarme a Spitsbergen.
    Pronunció las palabras con un tono tal de determinación que logró sorprenderlo.
    – ¿Me rechazáis… después de esto?
    – Esto ha sido un error, lord Grant -retrocedió un paso-. La hija de David es lo único que nos ha reunido, y yo pienso ir a rescatarla a Spitsbergen. Vos iréis a donde os mande el almirantazgo, imagino -le sostuvo la mirada-. Y dado que siempre habéis dejado claro que no deseáis ningún tipo de responsabilidad o lazo emocional con nadie… quizá prefiráis ejercitar en el futuro vuestra tutoría legal mediante abogados. ¿Me equivoco?
    Para entonces, Alex ya estaba furioso:
    – ¿Continuáis insinuando que yo eludo mis responsabilidades? Pues no es cierto: pretendo asumir la que tengo para con Nina. Así que os acompañaré en ese viaje y velaré por vuestra seguridad. Vos difícilmente podréis garantizarle un buen hogar si caéis enferma, herida o muerta.
    – Pero yo no os quiero conmigo -replicó Joanna, cada vez más irritada por su terquedad-. ¡Ya os lo he dicho! ¿Es que no veis que…?
    – Puedo ver que tenéis miedo de nuestra mutua atracción -le espetó Alex, brutal-, y que ésa es la verdadera razón de vuestro rechazo -sus iris habían adquirido un intenso color gris oscuro-. Tenéis miedo de que si pasamos algún tiempo juntos, acabemos convirtiéndonos en amantes… porque eso es lo que ambos queremos.
    A Joanna se le secó la garganta al escuchar aquellas palabras. Eso era precisamente lo que más temía.
    – Eso si no acabamos matándonos antes -sugirió con falso tono cortés.
    Alex sonrió de nuevo:
    – Sería un riesgo que merecería la pena correr.
    – No pienso lo mismo.
    – ¿Pretendéis fingir acaso que nada sucede entre nosotros?
    – No. No puedo negar esta impertinente e incómoda atracción -Joanna hizo un gesto de impotencia-. Pero no deseo tener un affaire con vos.
    Alex se acercó entonces nuevamente a ella.
    – Sí que lo deseáis. Puedo ver que sí. Lo que sea que os quema por dentro, me quema igualmente a mí, Joanna.
    Abrumada por su cercanía física, no pudo hacer otra cosa que encogerse de hombros.
    – Ya lo veis: siempre estamos en desacuerdo -alzó la cabeza para encontrarse con la intimidad de su mirada-. No niego que os deseo -le confesó, sincera-. Ni me gusta ni lo entiendo, pero…
    Se interrumpió. La mano de Alex había vuelto a posarse sobre su cintura: su contacto cálido, compulsivo, parecía atraerla hacia sí. Volvió a apartarse, sobrecogida. Ni por un momento pensaba que aquel hombre era como su difunto marido. Alex podía ser demasiado directo e incluso brutal, pero no insincero ni deshonesto. Lo sentía. Lo sabía instintivamente. Jamás le haría físicamente daño. Y sin embargo, permitirse tener un affaire con él sería una locura. Porque una vez que su deseo se hubiera consumido, no quedarían nada más que reproches y un mutuo desagrado.
    – No lo haré -declaró-. Me consideráis vana y frívola como tantas otras damas de la alta sociedad, pero no lo soy, y aunque lo fuera, vos seríais el último hombre al que tomaría como amante. Nunca me entregaría a un hombre que no me respeta.
    – Pues habéis estado muy cerca de hacerlo.
    – Razón por la cual no pienso volver a veros -replicó Joanna.
    La temperatura de la habitación cayó de golpe, como si alguien hubiera abierto una puerta para dejar entrar un frío viento invernal.
    – Pues me veréis de sobra -dijo Alex-. Porque pretendo viajar en ese barco.
    – No os quiero a bordo: ya os lo he dicho.
    – Vuestros deseos no cuentan para nada en todo esto. Como tutor de Nina, no puedo permitir que os pongáis a vos misma en peligro por culpa de vuestra propia estupidez.
    Joanna apretó los dientes.
    – ¡Qué arrogante que sois! No necesito héroe alguno que me proteja. No se me ocurre una posibilidad peor -tras recoger su capa y su sombrero de la silla donde los había dejado, abrió rápidamente la puerta-. Brooke -llamó, lanzando al mismo tiempo a Alex una desafiante mirada-. Lord Grant se marcha.
    – Milord -el boxeador le hizo una cortés reverencia que apenas logró disimular su hostilidad, antes de hacerse a un lado para franquearle la salida. Alex lo ignoró. Tomando la mano de Joanna, se la besó.
    Joanna sintió el roce de sus labios en la piel y reprimió la reacción que la sacudió por entero. Viendo aquello, Brooke se afirmó bien sobre sus pies, preparándose para pelear.
    – ¿Milady? -pero ella negó con la cabeza. Alex se apartó galantemente para que pasara primero y salieron juntos.
    Ya había caído la noche y hacía calor. Los socios del club de boxeo habían abandonado la taberna una vez acabado el combate, ebrios de cerveza y buen humor por el dinero que habían ganado. Cuando vieron a Joanna, estallaron en vítores y se apresuraron a rodearla, haciéndole reverencias, deseosos de besar su mano. Aquello pareció darle fuerzas y, de repente, empezó a soplar besos a sus admiradores, lo cual los exaltó aún más. El ceño de Alex se profundizó.
    Dos socios, ambos muy jóvenes y elegantemente vestidos, hicieron una aparatosa reverencia a Joanna y empezaron a competir recitando sonetos en su honor. Mientras tanto, los miembros más escandalosos de la multitud empezaron a abuchearlos con tales gritos que ella se vio obligada a intervenir.
    – Idos a casa a dormirla, lord Selsey -dijo cuando uno de los jovencitos intentó besarla y a punto estuvo de desplomarse en la calle-. Estáis bebido.
    – Ni hablar, madame -repuso Selsey-. Estoy lo suficientemente sobrio como para ofreceros mi mano y mi corazón…
    – Otra vez -suspiró Joanna-. Me temo que vuestro tutor legal no lo permitiría.
    – Podríamos fugarnos -sugirió esperanzado, rebotando esa vez contra una farola. Apenas se mostró ligeramente decepcionado cuando Brooke lo agarró del pescuezo y lo arrojó a un lado.
    – Me temo que en este momento no necesito preocuparme en absoluto por vuestra seguridad -le dijo Alex a Joanna, abriéndose paso entre la multitud para llegar a su lado-, dado que debéis de tener a más de un centenar de hombres a vuestro servicio.
    – Sí -sonrió-. ¿No es maravilloso?
    – Son gente borracha y vulgar.
    – Y totalmente devotos a mi persona -replicó ella-. Los amo.
    – ¡Nosotros también os amamos, madame! -gritó un boxeador, que fue coreado por la multitud.
    Selsey, que estaba siendo sostenido por su igualmente borracho amigo, se había quedado mirando a Alex con ojos como platos.
    – ¡Hey! -exclamó-. No puede ser… ¡milord, sois vos! ¡Lord Grant, es un inmenso honor conoceros, señor! -ensayó otra reverencia y a punto estuvo de rodar por el suelo-. Amigos… -se dirigió entonces al gentío- éste es Alex Grant, el explorador. Ya sabéis, el hombre que se enfrentó con un puma para salvar la vida de su amigo y que descubrió las ruinas de Azer… Azerban… que descubrió ciertas ruinas en un desierto, vamos, y que…
    En cuestión de segundos, según le pareció a Joanna, Alex se vio rodeado de admiradores. La multitud de socios y aficionados se apresuró a alabar al último héroe que se había dignado a visitar su santuario.
    – ¡Un beso! -gritó alguien-. ¡Un beso de nuestra Lady of the Fancy para lord Grant!
    Alex se volvió hacia ella, con una perversa expresión de desafío asomando a sus ojos.
    – ¿Qué decís, lady Joanna? Seguro que no querréis decepcionar a vuestros admiradores.
    – Por supuesto que no -repuso, imprudente.
    Se puso de puntillas, con la intención de besarlo en una mejilla. Pero Alex tomó su rostro entre sus manos y la besó en los labios.
    – Yo creía… -dijo cuando él por fin la soltó, sujetándola al mismo tiempo cuando la vio tambalearse- que no teníais deseo alguno de popularidad, lord Grant.
    – Y no lo tengo. Pero sí que tenía un gran deseo de volveros a besar.
    – Hipócrita -lo insultó, y lo oyó reír.
    De repente la multitud se tragó a Alex para llevárselo lejos de allí.
    – Me temo que he sido totalmente eclipsada -murmuró Joanna mientras se ajustaba los guantes-. He perdido a todos mis admiradores en favor de lord Grant… ¡y él todavía les hace ascos!
    – Sabe aprovecharse de sus ventajas -comentó Brooke, mirándola de reojo-. Me gustaría verlo pelear.
    – Pues estuvisteis a punto de verlo esta noche -repuso Joanna-. Hace unos minutos pensé que ibais a atacarlo.
    Brooke se encogió de hombros.
    – No lo habría hecho, milady. No cuando parecéis haberos encaprichado de su persona.
    – ¡No es verdad! -exclamó, ruborizada-. Brooke, yo…
    – Avisadme en cuanto deje de gustaros… para enfrentarme con él -le abrió la puerta del coche de caballos que le había conseguido-. Éste es Tom Finn -le presentó al cochero-. Tom se encargará de llevaros sana y salva a casa.
    Al volver la mirada, Joanna pudo ver al duque de Clarence abrirse paso entre la multitud para darle una palmadita a Alex en la espalda. Los dos prácticamente fueron transportados en volandas por la multitud en busca de la cervecería más próxima. Pensó que le estaba bien empleado que se hubiera convertido en héroe, a su pesar, de la fraternidad de boxeo. De esa manera tendría que pensárselo dos veces antes de expresar su severa desaprobación.
    Cerró firmemente la puerta del carruaje y se recostó en el asiento con un suspiro. Sabía que Alex no había renunciado a su deseo de escoltarla hasta Spitsbergen. No podía explicarse la atracción que sentía hacia él. Recordó sus propias palabras: «Nunca me entregaría a un hombre que no me respeta». Y la respuesta de Alex: «Pues habéis estado muy cerca de hacerlo».
    David Ware no había mostrado la menor consideración para con sus sentimientos y su autoestima, y ella había aprendido de la peor manera posible a no dejar que eso volviera a sucederle. No se entregaría a otro aventurero, a un hombre que sólo se quedaría con ella el tiempo suficiente para disfrutar de los placeres del lecho y que después se marcharía en otra expedición, a la busca de otro desafío, de otra aventura. Ninguna mujer sería capaz de retener nunca a Alex Grant, porque su primer amor sería siempre viajar y explorar.
    Además, Alex jamás confiaría en ella, jamás le gustaría, porque la sombra de David siempre se cernería entre ambos. Aunque le contara toda la verdad sobre la crueldad de David, dudaba que la creyera. Había sido amigo de su difunto marido desde la infancia. David le había salvado la vida en una ocasión, y Joanna sabía que se consideraba obligado a guardar lealtad a la memoria de su amistad.
    Eso fue lo que se recordó mientras subía a su habitación con intención de dormir. La noche se avecinaba larga, y la cama solitaria.

Siete

    El ambiente de la habitación era cargado y sofocante. Olía a polvo y a cera de muebles: lo más opuesto que Alex podía imaginar al aire fresco y al interminable horizonte del mar. Tan pronto como entró allí, se había sentido atrapado y nervioso. Pese a su condición de marinero, miembro de la casta más supersticiosa de los hombres, Alex nunca se había considerado un ser irracional. Sin embargo, en aquel preciso momento, tenía la fuerte convicción de que algo malo estaba a punto de suceder, y sentía una extraña inquietud en el estómago mientras miraba a los hombres que se hallaban sentados alrededor de la mesa.
    Aquella semana había resultado extremadamente dura por culpa del inexplicable comportamiento de David Ware al confiarle la tutela de su hija. Alex deseaba perdonar a su amigo y entender por qué había actuado de aquella manera, pero no encontraba explicación racional alguna, más allá de que Ware había querido lo mejor para Nina y había pensado en él como el mejor tutor posible. Pero eso no encajaba con los hechos: dejaba preguntas sin respuesta que habían empezado a atormentarlo en sus noches de insomnio. Si Ware hubiera querido realmente lo mejor para Nina, ¿por qué nunca antes había mencionado su existencia, ni se había tomado interés por su bienestar? ¿Por qué, en su lecho de muerte, no se lo había contado ni había confiado la niña a su cuidado, en lugar de exigir a Joanna que emprendiera aquel peligroso viaje al Ártico para rescatarla?
    No parecía haber respuestas satisfactorias, y cada vez le estaba resultando más difícil tanto explicar como cerrar los ojos a los escasamente admirables aspectos del comportamiento de Ware: sus infidelidades, su despreocupación hacia aquéllos que dependían de él, su inflexible dureza con su esposa.
    Lejos de ayudarlo, el encuentro de la pasada noche con Joanna había excitado tanto su furia como su frustración sexual hasta un punto insoportable. Se había mostrado firmemente determinado a acompañarla a Spitsbergen y desairado en la misma proporción por su negativa. Se encontraban en un punto muerto. Su irritación aumentaba por culpa del lamentablemente escaso control que parecía tener sobre sus propios deseos físicos: deseoso de Joanna pero desconfiando al mismo tiempo de su persona.
    Como si no hubiera tenido suficiente con todo ello, había experimentado el inesperado e indeseado impulso de consolarla en el reservado de aquella taberna. Le habría gustado poder explicar sus lágrimas como una treta femenina, pero instintivamente se había dado cuenta de que no fingía. Su aflicción había sido demasiado real. Las sorprendentes revelaciones de aquella semana la habían afectado demasiado, y él había querido protegerla movido por un sentimiento que nada había tenido que ver con la lascivia. Y eso sí que resultaba particularmente preocupante.
    Se pasó una mano por el cuello, intentando aliviar la tensión de sus músculos. Toda aquella situación era enloquecedora. Joanna no podía irritarlo más. Se sentía embrujado.
    Joanna, por cierto, también lo había sorprendido. Él había dado por hecho que se mostraría inclinada a tener una aventura amorosa, como tantas viudas de su mismo ambiente. Pero cuando lo rechazó, lo hizo con una pasión que no le dejó la menor duda sobre su sinceridad. En aquel preciso momento había visto a una Joanna diferente, opuesta a la frívola anfitriona de la alta sociedad que había imaginado.
    Aquella mañana había intentado ventilar su mal genio y su frustración física con una sesión de esgrima en la academia de Henry Angelo. Lo cual probablemente había sido un error, dado que a esas alturas la pierna le dolía como un demonio, y detestaba el hecho de que notara cada vez más las limitaciones de su vieja lesión. En el fondo de su mente latía el temor, leve pero persistente, de que un día esa herida le impediría seguir explorando y lo confinara en «casa», como una fiera salvaje obligada a vivir el resto de su vida en cautividad. El simple pensamiento le horrorizaba.
    Luego, al regresar a Grillon's, fue cuando Frazer lo recibió con la noticia de que el almirantazgo se había dignado por fin a ocuparse de él.
    – Deseaban veros inmediatamente, milord -le había informado su mayordomo-. Tuve que decirles que estabais ocupado con ciertos asuntos perentorios. Pero eso fue hace unas dos horas. Me temo que no estarán muy contentos de haber tenido que esperar tanto…

    Alex se había preparado para enfrentarse a un glacial recibimiento por culpa de su tardanza: de ahí su sorpresa ante tanta cordialidad. Semejante actitud no pudo por menos que despertar su desconfianza.
    – ¡Qué alegría volver a veros, viejo amigo! -Charles Yorke, primer lord del almirantazgo, le estrechó efusivamente la mano.
    Yorke no era un hombre a quien Alex profesara un gran respeto. Le disgustaba el hecho de que el primer lord de los mares tuviera que ser un político, no un marinero. ¿Cómo podía un hombre así entender el desafío que entrañaba ser un oficial de a bordo, por no hablar de las experiencias de sus subordinados? Peor aún era la circunstancia de que Joseph, su hermano, ocupara también un sillón en la junta del almirantazgo. Era cierto que Joseph había servido al menos en la marina, pero su nombramiento, para Alex, no era más que un caso de nepotismo. Era consciente de que ésa era la manera en que se conducían muchos negocios y nombramientos, pero eso no significaba que le gustara. Se sentó en la silla que le señaló Charles Yorke mientras procuraba disimular su hostilidad.
    Tuvo que recordarse que si estaba allí era para recibir sus nuevas órdenes de viaje. Dado que Joanna había rechazado su oferta de acompañarla a Bellsund, no tenía ninguna necesidad de suplicar a sus superiores que le permitieran viajar de nuevo al Polo Norte. De hecho, no tenía responsabilidades que lo retuvieran en Londres en aquel momento. Muy bien podría salir de aquella oficina en cuestión de minutos para volver a su barco. Así podría escapar del calor sofocante de aquella habitación para respirar de nuevo el aire del mar. Se sentía oprimido, como si las monstruosas montañas de papel que se extendían sobre aquella larga mesa fueran a aplastarlo de un momento a otro. Nunca se había sentido bien en los lugares cerrados. Ya desde su infancia en Speyside, siempre había preferido vivir y trabajar al aire libre.
    – Estoy encantado de teneros de vuelta en Londres, Grant -estaba diciendo Charles Yorke-. ¡Y no soy el único! Su Excelencia el duque de Clarence me comentó que anoche causasteis verdadera sensación en el club de boxeo de Cribbs's.
    Alex reprimió una mueca de disgusto. Había pasado la mayor parte de la noche intentando escapar de un eufórico gentío que no había dejado de brindar por él y de invitarlo a bebidas… hasta que casi se había caído de la silla con tanto exceso. Afortunadamente, Yorke no parecía esperar una respuesta de su parte.
    – Para el almirantazgo sería un gran placer que entrarais a trabajar aquí durante un tiempo -hizo un gesto magnánimo-. Sería una buena promoción para vos. En un año o dos podríais ascender quizá a oficial de bandera…
    Alex vio que Joseph Yorke sonreía con los dientes apretados, asintiendo con la cabeza.
    – Sois un héroe, Grant -continuó Charles-. Un ídolo del gran público.
    Alex experimentó una punzada de asombro. ¿Trabajar en el almirantazgo?
    – Os estoy muy agradecido, caballeros. No entiendo, sin embargo…
    – ¡Claro, por supuesto! -exclamó Charles Yorke-. Sois un simple marinero, ¿verdad, Grant? Esa modestia vuestra… -desvió la mirada hacia otro de los miembros de la junta, James Buller, un político de carrera, como esperando que dijera algo.
    – El gobierno está contento con vos, Grant -dijo Buller con su voz atiplada-. Necesita un héroe ahora que Nelson ya no está con nosotros. Cochrane es demasiado extravagante y llamativo, aparte de contestatario. Además, los exploradores están de moda.
    – Comprendo -repuso Alex, sombrío, y miró a sir Richard Bickerton, antiguo compañero de armas de Nelson, que le hizo un leve guiño de complicidad.
    – Sois famoso, Grant -constató Bickerton-. Sé lo mucho que os gustará la idea.
    – Desde luego, señor -dijo Alex, y aspiró profundamente-. Pero, caballeros, me hacéis un honor excesivo. Yo lo único que deseo es recibir nuevas órdenes de viaje y regresar a mi barco.
    Un tenso silencio se alzó de pronto en la mesa. Alex miró a Charles Yorke, que se había puesto a juguetear con su pluma.
    – ¿Señor? -inquirió cortésmente, a la espera.
    – El caso es, Grant… -empezó Yorke- que no hay dinero para más exploraciones por el momento, ya lo veis. No es posible lo que nos pedís.
    – El gobierno no se lo puede permitir -confirmó Buller con humor sombrío.
    – La situación podría cambiar dentro de unos años, por supuesto -continuó Yorke-, pero por ahora necesitamos que os quedéis aquí, en la capital, haciéndoos ver, trabando contactos. Sois un hombre famoso, como bien ha dicho Bickerton. Seréis el mejor embajador de la marina en la alta sociedad londinense. ¡Un huésped de honor en todos los actos sociales! ¡Cenas, bailes, veladas! ¡Una vida agradabilísima!
    Alex soltó muy lentamente el aire que había estado conteniendo. Aquello pintaba cada vez peor. Podía ver su futuro ante sus ojos: encadenado a una mesa en algún absurdo trabajo del almirantazgo durante el día, pasando las tardes y noches en interminables eventos hasta que la buena sociedad terminara cansándose de él, o una nueva estrella rutilante lo desplazara. Sintió en aquel momento que las paredes de aquella habitación se cerraban sobre él: se sintió atrapado, aterrado ante la perspectiva de no volver a recibir nunca más otra comisión de servicio, otro destino.
    Podía ver que Joseph Yorke lo miraba con disgusto y un punto de envidia. Pensó en lo irónico que resultaba que lo envidiaran por algo que ni siquiera había buscado en primer lugar: la fama y afecto del gran público. Sobre todo cuando lo único que quería era escapar precisamente de toda aquella popularidad.
    – Caballeros -tensó la mandíbula, consciente de la furia y de la extraña desesperación que se estaba apoderando de él-. ¿Podría pediros que reconsiderarais vuestra decisión? Yo soy un marinero. No estoy hecho para ejercer de embajador del almirantazgo en la sociedad de la capital.
    – Eso coincide exactamente con mi opinión, Grant -terció de pronto Joseph Yorke, mostrándose de acuerdo con él-. Y es lo que les dije a mis compañeros. Carecéis en absoluto de modales y habilidades sociales.
    – ¡Absurdo! -exclamó Charles, interrumpiendo a su hermano antes de volverse hacia Grant-. ¡La alta sociedad os adora!
    – Pero yo no la adoro a ella -replicó Alex-. Por favor, os suplico que no me asignéis ese papel.
    Era consciente de que la diplomacia no era su fuerte. Nunca había sido un político ni había cultivado los contactos necesarios para prosperar, lo cual hasta ese momento no le había importado. Solamente había sido un marinero, un explorador. Sus hombres eran como Devlin y Purchase, jóvenes deseosos de aventuras y éxito, eficaces y atrevidos. El almirantazgo los había querido en el mar… hasta ahora. Porque ahora parecía que eran los políticos y los financieros quienes estaban al mando, que no quedaba ya dinero para exploraciones y que él estaba a punto de ser promocionado para un oficio en el que sus únicas responsabilidades serían seducir a la alta sociedad y lucirse como heroico explorador en los salones de baile de Londres. El simple pensamiento le revolvía el estómago. Sentía el impulso de dimitir de la marina, antes que aceptar aquel trabajo. Tragó saliva. Era mayor y más sabio que Devlin, y no podía rechazar una orden del almirantazgo por un capricho. Pero… ¿qué remedio le quedaba cuando la única opción que le ofrecían era encadenarse a una mesa durante el día y desfilar por las noches para divertimento de las multitudes?
    La mayoría de los miembros de la junta lo miraban con absoluta perplejidad. La expresión de Joseph Yorke era de envidia. Sólo Bickerton tenía un brillo de comprensiva simpatía en sus ojos.
    – Entiendo vuestra necesidad de haceros a la mar, viejo compañero -dijo Bickerton-. Pero… -su encogimiento de hombros indicaba que se encontraba en minoría, y que por tanto la discusión estaba perdida.
    – Caballeros -repitió Alex. De repente había vislumbrado un destello de esperanza, y decidió encomendarse a él-. Os suplico consideréis la alternativa que estoy a punto de proponeros.
    Charles Yorke estaba frunciendo el ceño, molesto de que su generosidad no hubiera encontrado la respuesta que había esperado.
    – ¿Una alternativa, Grant? ¿Una alternativa a cultivar el trato y la aprobación del Príncipe Regente, así como de las clases directoras de la sociedad?
    – Creo -pronunció solemnemente Alex- que será de vuestro agrado.
    Se hizo un silencio. Todo el mundo lo miraba expectante.
    – Es una misión de caridad. Una que estoy moralmente obligado a cumplir.
    Charles Yorke se inclinó hacia delante, ceñudo.
    – Continuad, Grant. Una misión de caridad, ¿eh? Me gusta como suena.
    – Cuando David Ware murió, dejó una hija ilegítima. El asunto salió a la luz hará un par de días. Yo fui nombrado uno de los tutores de la niña. El otro tutor no es otro que la viuda de Ware, lady Joanna.
    Un rumor de comentarios y especulaciones recorrió la mesa.
    – Un asunto vergonzoso -sentenció uno de los miembros de la junta-. ¿En qué habría estado pensando Ware?
    – Qué desfasado por su parte colocar a su esposa en semejante situación -comentó fríamente Joseph Yorke-. Nada más opuesto a su personalidad.
    – Desde luego -convino Alex-. Ware dejó a su hija al cuidado de un monasterio ortodoxo en Spitsbergen, un lugar poco ideal para una niña pequeña. Considero mi deber asistir a lady Joanna acompañándola en el viaje de rescate que piensa emprender para buscar a la niña y traerla a Londres consigo. Así que ya lo veis, caballeros… es por eso por lo que tengo la imperiosa necesidad de regresar al Ártico lo antes posible.
    Vio que Bickerton esbozaba una leve sonrisa, como aprobando la conveniencia de su estrategia: la sinceridad.
    – Buen trabajo, Grant.
    Buller, sin embargo, se mostraba cauto.
    – No hay dinero con que financiar esa expedición -empezó.
    – Y sin embargo… ¡qué maravillosa aventura! -exclamó Charles Yorke alzando las manos y sonriendo de oreja a oreja-. Ya estoy viendo los titulares de las gacetas… «¡Intrépido aventurero parte al Polo Norte en misión de rescate! ¡Héroe polar acude al auxilio de una viuda indefensa y una niña huérfana!». ¡Absolutamente espléndido, Grant! Al príncipe le encantará. Y a los periódicos. ¡Al público en general!
    El anterior rumor de comentarios se transformó en un rugido de aprobación una vez conocida la opinión del primer lord del almirantazgo. Alex se recostó en su silla con un suspiro de alivio.
    – ¡Espléndido! -repitió Buller, frotándose las manos-. ¡Iré enseguida a comunicarle al primer ministro la noticia!
    – Yo se lo diré al primer ministro -dijo Joseph Yorke, fulminándolo con la mirada-. Y al Príncipe Regente.
    – Buena táctica la vuestra, Grant -felicitó sir Richard Bickerton a Alex momentos después, mientras abandonaban juntos el edificio del almirantazgo-. Dudaba que os salierais con la vuestra, viejo amigo, pero tengo que reconocer que lo de utilizar en vuestro favor el deseo del almirantazgo de contar con un héroe… ha sido una estratagema suprema -se echó a reír-. Además, para cuando volváis, seguro que habrán vuelto a cambiar de idea y decidan asignaros un destino excitante, como la América del Sur. ¡Sobre todo si volvéis cubierto de gloria de este viaje!
    – Gracias, señor -repuso Alex-. Eso es exactamente lo que estaba esperando.
    – ¿Os dais cuenta de que toda esta historia empezará a circular por la alta sociedad de la capital en cuestión de minutos? -le preguntó Bickerton, rascándose la barbilla con gesto pensativo-. Será el rumor más comentado en todos los bailes de Londres. Yorke no perderá el tiempo en rentabilizarlo -miró a Alex-. Por cierto, penosa actitud la de Ware al dejar en semejante situación a lady Joanna. Me sorprende en un hombre como él.
    – Soy de la misma opinión.
    – ¿Qué piensa lady Joanna de vuestro plan de escoltarla hasta Spitsbergen?
    – Ella no desea mi compañía -le confesó-. Pero no le quedará otro remedio que aceptarla.
    Bickerton soltó un discreto silbido de asombro.
    – Me alegro de no estar en vuestro pellejo, Grant. Jamás se me ocurriría incurrir en la desaprobación de lady Joanna -frunció el ceño-. Por cierto, no creo que esa escapada suya sea bien acogida por la alta sociedad. Una cosa es que vos, un explorador, un héroe, parta hacia el Ártico en misión de caridad… Pero que una mujer sola, una viuda, viaje hasta el último confín del mundo para rescatar a la hija bastarda de su marido… -sacudió la cabeza-. Algunos lo considerarán una excentricidad, y otros un completo escándalo.
    Alex hundió las manos en los bolsillos.
    – Lady Joanna es muy testaruda. No renunciará a la idea de partir.
    – Entonces es bueno que os tenga a vos para protegerla -gruñó Bickerton-. Es una mujer de gran temple y entereza.
    – Todo el mundo dice lo mismo -repuso Alex, y vaciló antes de preguntarle-: ¿Conocíais vos a David Ware, señor?
    – No muy bien. ¿Por qué queréis saberlo?
    – Me preguntaba por lo que pensabais de él -admitió. No estaba muy seguro de por qué le había hecho aquella pregunta. Quizá, pensó irónico, porque quería ver confirmada su convicción de que David Ware había sido una gran persona, y despejar así las dudas que habían comenzado a asaltarlo.
    – Un espléndido compañero, incuestionablemente -lo definió Bickerton-. Un verdadero héroe, lo cual hace que todo este asunto de la hija bastarda resulte más que sorprendente. Aunque… -se encogió de hombros- supongo que todo gran hombre tiene su punto débil. ¡Y el de Ware era ciertamente las mujeres! -se despidió con un apretón de manos y volvió a entrar en el edificio.
    Alex continuó caminando por la Strand, y giró por Adam Street hacia el Támesis. La fría brisa del río contrastaba con el calor de la primavera londinense. Mientras contemplaba los barcos, sintió alivio y placer de estar al aire libre, así como de haber escapado a la trampa dorada que le había preparado el almirantazgo. Se preguntó cómo reaccionaría lady Joanna cuando se enterara de que se había erigido en salvador de Nina: el intrépido explorador que desinteresadamente se había ofrecido a viajar a Spitsbergen y rescatar a la hija de Ware. Bickerton tenía razón; Yorke sacaría todo el provecho posible de la noticia y lo utilizaría para inflar la popularidad de Alex, y con ella la del propio almirantazgo.
    Esbozó una amarga sonrisa. Si había hecho todo aquello había sido para salvarse del desastre que habría supuesto que el almirantazgo lo destinara a Londres. Y movido por la necesidad de escapar al insoportable papel del explorador famoso reverenciado por la sociedad, festejado incluso por el propio Príncipe Regente.
    Sabía que lady Joanna lo despreciaría por haberla utilizado.

    Hacía una tarde perfecta para pasear en carruaje por Hyde Park.
    – Ir de compras es tan cansado… -suspiró Lottie mientras se dejaba caer en los cojines de su landó descubierto, al tiempo que sonreía a sus criados-. Me iría ahora mismo a casa a descansar antes del baile de esta noche… ¡si no fuera por la necesidad que tengo de estar aquí para ver y que me vean! -un leve ceño nubló su frente mientras desviaba la mirada hacia Joanna, sentada frente a ella, con un parasol rosa en una mano-. Querida Joanna, ¿seguro que no me dejas comprarte esos dos lacayos gemelos tan apuestos que tienes? Los míos están bien, pero no se parecen tanto y estoy harta de pedir a la agencia que me consigan unos idénticos -esbozó una mueca-. Es tan decepcionante…
    – Lo siento, Lottie -repuso Joanna, sonriendo-. No deseo venderlos. ¡Demasiado placer me causa la envidia que suscitan!
    – Oh, bueno, eso puedo entenderlo -frunció los labios mientras alisaba con los dedos el rico bordado del asiento del landó-. Pensé que podría intentar persuadirte, ya que si no… ¿qué otra cosa podría hacer en la vida? ¡Sabes perfectamente que vivo para gastar!
    Joanna suspiró. Sabía que Lottie estaba aburrida. Aburrida con la vida de la alta sociedad de la capital, con sus frivolidades y extravagancias. Aburrida con los eventos y actos sociales, pese a que siempre andaba a la busca de nuevas experiencias.
    A Joanna le encantaba el ajetreo social de la temporada londinense. Era algo familiar, entretenido, y de alguna forma también seguro porque ocupaba y distraía sus pensamientos del fracaso de su matrimonio, así como de su frustrado deseo de tener una familia propia. Pero en el fondo sabía también que la vida de la alta sociedad era vana y vacía. Al contrario que Lottie, sin embargo, tenía su trabajo, sus bocetos y sus diseños. Alex Grant podía desaprobarlos, pero a ella le daban un sentido, un propósito en la vida, a la vez que le aportaban unos ingresos. Aunque todavía estaba por ver si le quedarían clientes para cuando volvieran de Spitsbergen. Esa misma mañana había tenido que decirle a lady Ansell que la redecoración de su comedor tendría que posponerse unos seis meses. Y la dama no se había mostrado nada contenta con la idea.
    – ¡Queridas! -lady O'Hara, inveterada cotorra de la alta sociedad, se había acercado a bordo de su carruaje-. ¡Acabo de enterarme de la noticia! -puso su mano enguantada sobre el borde del landó de Lottie, en un gesto de confianza-. ¡Qué noble gesto el vuestro, lady Joanna, y qué valentía al decidiros a rescatar a la hija bastarda de vuestro marido! -se inclinó hacia Jo, con un brillo severo asomando repentinamente a sus ojos grises-. Por supuesto, siempre es difícil para una dama viajar al extranjero, especialmente a un lugar tan remoto como el Polo Norte, y mantener al mismo tiempo una reputación honesta.
    – Haré todo lo posible por mantenerla -repuso Joanna, y se volvió para mirar a Lottie-. La voz ha corrido rápido -añadió secamente-. Apenas ayer me enteré yo misma de la existencia de la hija de David.
    – Bueno, a mí no me eches la culpa -replicó Lottie-. ¡Llevas todo el día de compras conmigo, así que sabes perfectamente que no he tenido oportunidad de cotillear sobre ti! ¡Ya me habría gustado ser la primera en difundir el rumor! Ya veo que alguien me ha ganado la mano. Quizá los criados estuvieron escuchando a escondidas cuando hablamos ayer, o quizá el señor Jackman ha corrido ya la voz de que le encargamos esas botas esquimales tan especiales para nuestro viaje…
    Lady O'Hara, cuyo carruaje se estaba ya alejando del landó de Lottie, separado por el de la señora Milton y lord y lady Ayres, soltó un gritito de entusiasmo.
    – ¿Botas esquimales? ¡Se pondrán de moda este invierno!
    – Siempre resulta gratificante ponerlas de moda -asintió Joanna-. Porque es el calzado más cómodo y elegante imaginable.
    – Le diré a todo el mundo que las encargue -prometió lady O'Hara.
    Lottie miraba a su alrededor con los ojos brillantes.
    – ¡Evidentemente hoy estamos en boca de todo el mundo, Jo querida! ¡Qué sensación tan gratificante!
    – No estoy tan segura de que todo el mundo lo apruebe -murmuró Joanna.
    Un escalofrío le recorrió la espalda cuando recordó las proféticas palabras que le había dirigido Lottie el día anterior: «Tú disfrutas actualmente de los favores de la alta sociedad, pero yo lo que me pregunto es si podrás soportar esto. Piensa en los rumores de escándalo…».
    – ¡Lady Joanna! -esa vez fue lord Ayres quien las saludó. Era un hombre delgado y seco, de eterna expresión desaprobadora-. Seguro que el rumor que he escuchado no puede ser cierto… -dijo con tono lastimero-. La pasión por los viajes es algo muy poco conveniente en una mujer.
    – ¿Y en un hombre? -inquirió Joanna con tono dulce.
    – Tampoco debería ser estimulado -replicó lord Ayres-, a no ser que el viajero sea un heroico explorador como lord Grant. Él sí que está debidamente equipado para hacer frente a toda clase de peligros -se estremeció-. Pero indudablemente el viaje en general es un negocio arriesgado y vulgar. Preferiría que no emprendierais ese viaje, lady Joanna. ¡Dios no permita que acabéis inaugurando una nueva moda!
    – Pero vos viajáis a Brighton y a Bath cada año, milord -protestó Joanna mientras lady Ayres asentía como para reforzar la opinión de su marido.
    – Brighton no es el extranjero -señaló la dama-. Fuera es mucho más difícil mantener la propia reputación.
    – Las comodidades son horrendas, y la comida pésima -añadió lord Ayres con sombría satisfacción-. ¿Qué comen en el polo, por cierto? ¿Pescado?
    – Encurtidos de huevos de eíder, un pato del Ártico -respondió Joanna-, o al menos eso me han dicho. Mi difunto marido sostenía que era todo un manjar.
    Lady Ayres se puso tan pálida que pareció a punto de desmayarse. A duras penas consiguió Lottie reprimir la risa y mantener un rostro serio.
    – Es maravilloso que allí haya patos. Podremos usar su plumón para rellenar nuestros colchones. De ese modo las comodidades no serán tan horrendas.
    – Pero serán igualmente escasas e inaceptables -le recordó Joanna a su amiga mientras lord y lady Ayres se apartaban para hacer espacio a los demás curiosos que se habían acercado-. Lord Grant tenía razón, Lottie. Las detestaremos. No tendremos agua caliente, ni comida apropiada. Y nos congelaremos hasta que los dedos se nos caigan de las manos.
    – ¡Qué excitante! -Lottie parecía excitada ante la perspectiva de aquella aventura, por muy helada que fuera-. ¡Tendrás que pedirle al maravilloso capitán Purchase que te mantenga en calor, mientras yo hago lo propio con el adorable primo de lord Grant! O quizá yo también se lo pida al capitán Purchase -añadió, pensativa-. Todavía no he decidido a cuál de los dos otorgaré mis favores.
    La multitud de curiosos parecía haber aumentado mientras hablaban, y en aquel momento la presión de jinetes y carruajes era tanta que los caballos del landó corrieron peligro de asustarse. Joanna sintió que se le encogía el corazón cuando vio a John Hagan abrirse camino entre el gentío. Había esperado que, después de haberla visto con Alex, hubiera cesado en prodigarle sus indeseadas atenciones, pero al parecer era más tenaz de lo que imaginaba. Como primo de David Ware, contaba con la espuria excusa de preocuparse por su bienestar, pero Joanna sabía que eso no era más que eso: una excusa. Sólo después de que ella hubiera enviudado, sus untuosas atenciones habían incluido una propuesta de matrimonio, en lugar de un mero affaire.
    – Hoy el Ring está más atascado que Bond Street -comentó Hagan con tono desagradable, aferrándose al landó de Lottie-. Querida prima -se dirigió melodramáticamente a Joanna-, ¿qué es ese nuevo escándalo que he oído? ¿Vais a viajar al Polo Norte? ¡No puede ser! En tanto que mujer, sois demasiado delicada para emprender ese viaje. Y yo, como cabeza de la familia, simplemente no puedo permitirlo.
    – Os equivocáis, Hagan.
    Joanna giró rápidamente la cabeza al escuchar la voz de Alex Grant. Un brillo travieso brillaba en sus ojos.
    – Además -añadió-, me tendrá a mí para que la proteja durante el viaje -le hizo una reverencia-. A sus pies, lady Joanna.
    – Lord Grant -Joanna inclinó la cabeza con helado desdén, mientras él acercaba su montura al carruaje. Montaba divinamente: parecía como si hubiera nacido a lomos de un caballo-. Me temo que me he perdido la parte de nuestra conversación en la que acepté que me acompañarais a Spitsbergen -comentó, sarcástica-. Recordádmela.
    – ¡Oh, pero no podéis rechazar la generosa oferta de lord Grant de asistiros en tan difícil tesitura! -intervino lady O'Hara-. ¡Sé por labios de lord Barrow, que lo escuchó del propio Charles Yorke, que lord Grant suplicó al almirantazgo que le permitiera ofrecerse a vos como protector! -lanzó a Alex una aduladora sonrisa-. ¡Todo un héroe! ¡Tan bueno! ¡Tan noble!
    – ¿Perdón, madame? -Joanna se quedó mirando a lady O'Hara con expresión confusa-. ¿Que lord Grant hizo qué?
    – Suplicó a la junta del almirantazgo que volvieran a mandarlo al Ártico -terció otra dama-. ¡Yo también lo he oído! ¿No es cierto, lord Grant? ¡Lord Yorke dijo que os mostrasteis tan conmovido por la apurada situación de lady Joanna que urgisteis a la junta a que apoyara vuestra causa! -juntó las manos-. Yo estoy de acuerdo con lady O'Hara, milord… ¡Vuestra nobleza es digna de admiración!
    Se alzó un murmullo de aprobación, salpicado por un par de «bravos» soltados por algún que otro caballero. Joanna miraba a Alex con creciente incredulidad.
    – No sé si lo comprendo bien. ¿Es posible que hayáis ignorado expresamente mis deseos, milord?
    – Sí que lo he hecho, sí -admitió Alex-. Me temo que os he ganado por la mano, lady Joanna.
    – ¡Pero qué gran hipócrita sois, lord Grant! -exclamó Joanna, furiosa, mirando a la multitud de admiradores que habían seguido a Alex al Ring-. ¡Así que fuisteis vos quien difundió los términos del testamento de David! Fingís desinteresaros por la fama y la adoración del público… ¡y utilizáis luego a un amigo muerto y a una niña inocente para inflar vuestra reputación y frustrar al mismo tiempo mis planes! -se dio cuenta de que estaba temblando de rabia, por la enormidad de su engaño-. Sabíais que yo no quería que me acompañarais en este viaje. ¡No pude habéroslo dejado más claro! Os aseguro que creía conocer cada truco que un vanidoso aventurero podía concebir para agrandar su fama… ¡pero éste los supera a todos!
    Alex también había montado en cólera.
    – No fue así… -empezó, pero en ese momento un grupo de excitados admiradores reclamó su atención, suplicándole que les hablara de su último viaje.
    – Lottie -dijo Joanna, aprovechándose de que Alex estaba distraído y se había vuelto para hablar con los jóvenes-, por favor, dile al cochero que avance. Quiero irme a casa ahora mismo.
    Lottie, que había estado concentrada hablando con John Hagan, esbozó una mueca de disgusto.
    – Pero, Jo querida… ¡todo el mundo está hablando de nosotras! ¡No vayas a estropearme la diversión!
    Para entonces, Alex ya se había desembarazado de sus admiradores y se inclinaba para poner una mano sobre el brazo de Joanna.
    – Lady Joanna, debemos hablar…
    – Como siempre, habéis escogido el peor momento de todos, lord Grant -le espetó-. ¡No tenemos nada que decirnos excepto adiós!
    No supo lo que sucedió después. Tan pronto estaba sentada en el landó como, al momento siguiente, Alex se estiró para alzarla en vilo y sentarla sobre su enorme caballo negro, delante de él. Acto seguido avanzó abriéndose camino entre la multitud, que deliraba de entusiasmo. Gritó una dama, una joven debutante se desvaneció por la impresión y otra sufrió un ataque de lo que a Joanna le pareció más bien envidia.
    – ¿Qué diablos estáis haciendo? -inquirió ruborizada y disgustada mientras Alex continuaba alejándose de su bulliciosa audiencia.
    – Un viejo truco de los pomores rusos -respondió Alex, sombrío-. Por cierto, vuestro lenguaje es impropio de una dama. No es la primera vez que me doy cuenta.
    – ¿De veras? -estaba consternada. Y su proximidad física no la ayudaba en nada. Podía sentir la dureza de su pecho contra su espalda, así como la fortaleza de sus muslos. Con su aliento le acariciaba el vello de la nuca. Se estremeció visiblemente-. Aprendí ese lenguaje de mi tío -era un clérigo provisto de un amplio vocabulario para todo lo que se refería al infierno y sus demonios. Suspiró-. ¿Qué es lo que queréis de mí para haberme secuestrado delante de todo el mundo?
    – Hablar con vos. Sin audiencia. Quiero ofreceros una explicación.
    – No hay nada que explicar.
    Medio se había vuelto hacia él. Lo cual demostró ser un error porque se acercaron más todavía: sus brazos la sujetaban como si fueran cinchas de hierro, su expresión era dura, decidida. Fruncía ferozmente el ceño.
    – Explotasteis la situación en vuestro propio beneficio -le recriminó ella-. Os servisteis de vuestra popularidad para intentar obligarme a que os aceptara como acompañante -estaba furiosa, pero, más que eso, se sentía traicionada. Ambos podían disentir, pero ella había creído en su sinceridad. En aquel momento se sentía una estúpida ingenua: deslumbrada por la atracción física que experimentaba hacia él y engañada al mismo tiempo por haberlo juzgado una persona sincera y honesta.
    – Ya os he dicho que no fue así -pronunció con tono fiero y marcado acento escocés.
    Joanna sintió que el corazón le daba un vuelco al escuchar la vehemencia de su voz.
    – Lady Joanna… -se interrumpió-. Iban a darme un trabajo de oficina en el almirantazgo -le espetó, brusco-. Para que desfilara por la alta sociedad como héroe y explorador de salón. No quiero ser una celebridad doméstica. Antes preferiría abandonar la marina.
    Era la verdad, cruda y sin adorno alguno: Joanna lo supo en cuanto la escuchó. Había tantas cosas que resonaban en su voz, detrás de aquellas palabras… No le suplicó que lo entendiera. Simplemente la miró, y en ese momento Joanna sintió que el mundo entero basculaba fuera de su eje. Todos sus sentidos estaban concentrados en él. Podía sentir su mirada como una caricia.
    – Joanna…
    – No. No os aprovecharéis de mi maldita susceptibilidad para intentar conseguir lo que deseáis.
    Lo vio sonreír: un fogonazo blanco en su tez bronceada.
    – Me conocéis demasiado bien.
    – Me gustaría rechazar de nuevo vuestra oferta. Y no os miento.
    – Lo sé.
    Sintió sus brazos cerrarse en torno a ella con mayor fuerza. Sabía que Alex podía percibir su conflicto interno. La excitación la consumía, confundida con el deseo que sentía por su fortaleza, por su protección.
    – Ojalá os hundáis en un pozo del infierno -masculló, cediendo al fin. ¿Por qué no podía rechazarlo sin más? Detestaba su propia debilidad. Pero no podía negar el extraño sentimiento de afinidad que sentía hacia él.
    – ¿Otra de las expresiones de vuestro tío?
    – Sí. ¿Sois consciente de que no me gustáis?
    – No podría ser más consciente de ello.
    – Entonces tendremos que establecer ciertas reglas entre nosotros.
    Sintió que se quedaba muy quieto. Expectante, ya que sabía que estaba a punto de capitular.
    – Muy bien.
    – Ninguno de los dos mencionará a David en presencia del otro -exigió Joanna-. Nunca. Este acuerdo nuestro será únicamente en beneficio de Nina.
    Pudo percibir su sorpresa. Sabía que había esperado de ella una demanda muy diferente.
    – Yo creía que en algún momento querríais contarme vuestra versión de la historia en relación con Ware.
    – Pues no -declaró, enfática-. No pienso ceder en esto, lord Grant. Sólo si aceptáis esta condición, podréis acompañarme a Spitsbergen.
    Vio una extraña e intensa emoción asomar a sus ojos, a la vez que esbozaba aquella sonrisa suya de aventurero. De repente se sintió tan aturdida como una atolondrada debutante en su primera visita a la capital.
    – Gracias -repuso con tono suave.
    Si no hubiera visto con sus propios ojos la desesperación con que le había confesado su temor de verse atrapado en Londres, jamás lo habría creído. Pero, una vez más, había recuperado su inescrutable reserva.
    – Creo que si hemos llegado a un acuerdo… deberíamos dar una imagen de unidad, de consenso -sugirió de pronto Alex.
    Joanna se volvió para mirar por encima del hombro la indiscreta marea de gente que los seguía, unos a pie y otros a caballo, deseosos de descubrir cómo acabaría aquel episodio.
    Alex siguió la dirección de su mirada y frunció el ceño.
    – Permitidme que os acompañe esta noche al baile de lady Bryanstone.
    Lo dijo como si no esperara rechazo alguno por su parte. Joanna no pudo por menos que admirarse de nuevo de su arrogancia.
    – Lo siento, pero le prometí a lord Lewisham que iría con él -contestó con altivez-. Y creo que deberíais bajarme ahora mismo.
    Alex desmontó de inmediato y la ayudó a bajar con la misma facilidad con que antes la había alzado en vilo. Por un fugaz instante, Joanna sintió la presión de su cuerpo contra el suyo, duro, musculoso. Sus pies ya habían tocado el suelo, pero él seguía sin soltarla.
    – Lewisham, ¿eh? -le susurró al oído, con su mano sobre la suya-. ¿Siempre elegís acompañantes tan mayores e inofensivos?
    Joanna lo miró fijamente. Era consciente de que solía escoger como acompañantes a caballeros de confianza, inofensivos y prácticamente asexuados. En los nada seguros brazos de Alex Grant, que era donde se encontraba en ese momento, se daba cuenta de que si elegía aquella clase de compañías era porque no representaban amenaza alguna. Eran precisamente lo opuesto a Alex, que poseía el infinito encanto de un peligroso aventurero.
    – Decidle a Lewisham que habéis recibido una mejor oferta -insistió él-. Decidle que iréis conmigo.
    Joanna se estremeció. Después del encuentro que habían tenido en el club de boxeadores, sabía que sería una locura permitir que la acompañara aquella noche. A solas con Alex, al amparo de la oscuridad de la noche londinense, podría olvidarse de los escrúpulos que antes la habían llevado a rechazarlo. Tragó saliva.
    – Cuando reciba una mejor oferta, entonces despacharé a lord Lewisham -declaró y se salió del círculo de sus brazos. Quería recuperar el control y escapar al tumulto de emociones que Alex le provocaba. Ahora que ya había aceptado su escolta en el viaje, lo más difícil sería guardar las distancias-. No necesito que ningún explorador me acompañe al baile de lady Bryanstone. No requiero vuestra protección para ello. Que tengáis un buen día.

Ocho

    Dos horas llevaba preparándose para el baile de lady Bryanstone y Joanna todavía estaba en bata, debatiendo sobre su peinado con Drury, su doncella personal, cuando John Hagan irrumpió en el vestidor sin llamar a la puerta. Estaba rojo de furia y blandía en una mano un trozo de papel.
    – ¡Esto es demasiado! -exclamó-. ¡Mirad! -acercó la hoja a la nariz de Joanna, de modo que no le dejó otro remedio-. ¡Habéis convertido el apellido de la familia en el hazmerreír de todo el mundo, madame, y esto tiene que terminar!
    Joanna despachó a su doncella, que se retiró a toda velocidad.
    – ¿Qué puede ser tan importante como para que irrumpáis aquí con tan escasa cortesía? ¡Vuestra conducta es sorprendente, señor!
    – ¿Que mi conducta es sorprendente? -le espetó Hagan-. ¿Vos me habláis de conducta cuando vuestra imagen aparece en los panfletos más escandalosos de esta ciudad como la mujerzuela de un burdel? -blandió de nuevo la hoja.
    Joanna le quitó tranquilamente el papel de las manos y lo alisó sobre la mesa del tocador. Ciertamente era aquélla una de las más escandalosas hojas de chismes que se publicaban en la capital. En la caricatura de portada figuraba Alex sentado a horcajadas sobre un globo terráqueo, con una bandera en una mano y una espada en la otra, al estilo de la famosa escultura de hielo del baile de Lottie. Joanna se preguntó por un momento si el dibujante habría estado presente en la fiesta. Alex parecía severo y distante, un aventurero escrutando el lejano horizonte. A sus pies correteaban varias figurillas vestidas con uniformes de marina: pudo reconocer el redondeado rostro de Charles Yorke y la pronunciada barbilla de su hermano, con su eterna expresión envidiosa. Había una tribuna compuesta por entusiastas admiradores que incluían al Príncipe Regente y sus hermanos, cierto número de boxeadores y jóvenes de la nobleza. Y allí estaba ella, toda desmelenada y con la ropa descompuesta, aferrada a una pierna de Alex y suplicándole que la llevara en sus viajes. Era una caricatura lograda, ingeniosa y muy cruel.
    – Oh, Dios mío… -se llevó una mano a la boca.
    – Precisamente -dijo Hagan, balanceándose sobre sus talones, con las manos detrás de la espalda y luciendo su favorita expresión de engreída superioridad moral.
    – Es muy divertida -se atrevió a comentar Joanna.
    – ¿Cómo podéis decir eso? Vos parecéis una meretriz.
    – Al Príncipe Regente lo han pintado como un tentetieso. Y lord Yorke es un gnomo. Creo que, en comparación, he salido relativamente bien librada.
    Hagan la miró con expresión desdeñosa.
    – No me sorprende que digáis eso: forma parte de vuestro comportamiento. Os burláis de mí y de la memoria de vuestro difunto marido, y todavía lo consideráis divertido -le quitó el papel de las manos-. Pero esta veleidosa vida vuestra ha acabado, madame. Iréis a Maybole.
    – ¿Perdón? -inquirió sorprendida.
    – Una estancia en el campo es justo lo que necesitáis. Os retiraréis de la capital.
    El corazón de Joanna empezó a latir a toda velocidad.
    – Iré al Ártico y recogeré a la hija de mi difunto marido -declaró, categórica-. No tenéis jurisdicción sobre mi comportamiento, primo John. Lamento no hacer lo que me pedís, pero el bienestar de Nina es ahora mi prioridad.
    Hagan enrojeció todavía más.
    – No os comportáis como debería hacerlo una respetable dama. Es una vergüenza. Cesaréis en ese ridículo plan de ir al Polo Norte a rescatar a la hija bastarda de Ware. No la adoptaréis -la agarró con fuerza de la muñeca-. Si persistís en vuestros propósitos, madame, no me quedará otra opción que desentenderme de vos. No tendréis casa a la que volver. Y me aseguraré de que nadie os hospede en Londres, y mucho menos que os contrate.
    La soltó con una exclamación de disgusto para alejarse varios pasos de ella. El aparatoso traje de gala que llevaba le daba un aspecto jorobado, casi maligno.
    Joanna cerró los puños, clavándose las uñas en las palmas. Intentó tranquilizarse, se esforzó por encontrar una manera de salir de aquel embrollo. Hagan estaba obsesionado con las formas y las apariencias. Hasta que Alex Grant llegó a Londres, hasta que la carta de David se hizo pública, se había mostrado más o menos conforme con la forma de vida de su prima. De hecho, la había contemplado como una especie de adorno del apellido Ware con su estilo y elegancia, con la popularidad de que disfrutaba en los ambientes de la capital.
    Joanna estaba segura de que ésa era la razón que le había llevado en primer lugar a proponerle matrimonio. No era hombre que se dejara arrastrar por las pasiones. Había visto a la elegante viuda de David Ware y había pensado que podría constituir un buen ornamento para su hogar. Ya había enterrado a dos esposas y tenía un heredero; ahora poseía Maybole y quería una elegante anfitriona que adornara su nueva propiedad.
    Todo eso había cambiado de golpe, por supuesto. Joanna sabía que no recibiría más propuestas de matrimonio de John Hagan, no ahora que había demostrado ser una molestia antes que un adorno. Intentaría doblegarla, y si se negaba, la desposeería.
    – ¡Primo John, por favor! Sabéis que no tengo adónde ir, y que Merryn depende de esta casa tanto como yo, así como Nina, una vez que la hayamos traído de Spitsbergen. Dependemos de vuestra caridad.
    Hagan se volvió. La expresión de su rostro era una mezcla de cálculo y lascivia: a Joanna le dio un vuelco el estómago. Debería haber previsto, pensó amargamente, que no tenía sentido alguno apelar a una naturaleza bondadosa que no poseía.
    – Quizá -pronunció lentamente, con un tono untuoso- podamos llegar a un acuerdo sobre la niña… y sobre vuestro hogar.
    – Un acuerdo -repitió Joanna.
    Se sintió enferma. No necesitaba preguntarle por la clase de acuerdo que tenía en mente: podía verlo en sus ojos. Se le había acercado por detrás y estaba jugueteando con los broches de su bata. Estaba desesperada. Podía sentir su aliento caliente y acelerado en la nuca. Pensó en David, y en la fría crueldad con que la había poseído.
    – Primo John… -empezó.
    – Querida…
    – Realmente no deseo…
    – No deseáis perder vuestro hogar, ¿verdad? -murmuró Hagan-. O ser desposeída. Porque lo seréis, querida, si no tenéis el buen sentido de complacerme.
    Se quedó paralizada. Si lo rechazaba, perdería su hogar y su lugar en la capital. Se vería repudiada, no tendría dinero ni medios de conseguirlo. La mayoría de los parientes de David estaban muertos: por ahí no encontraría ayuda alguna. Y en cuanto a los miembros de su propia familia, eran tan pobres como ella. Lottie podría acogerla a ella y a Merryn si Hagan las echaba, pero con Nina estaría ya menos dispuesta a hacer lo mismo.
    Mientras tanto, Hagan había deslizado una mano dentro del escote de su bata y sus sudorosos dedos rozaban en aquel momento un pezón con repugnante intimidad. Joanna sintió su húmeda boca en un lado del cuello. Cerró los ojos con fuerza mientras él terminaba de abrirle la prenda.
    Estaba haciendo aquello, se recordó desesperada, no solamente para salvar a Nina, sino para que tuviera un hogar y para defenderla de aquéllos que durante el resto de su vida la señalarían como una bastarda. El instinto maternal se despertaba nuevamente en su interior. Tenía que reclamar y proteger a toda costa a su hija. David ya había abandonado una vez a Nina; ella no podría hacer lo mismo.
    Y, sin embargo, el precio era demasiado alto. Un escalofrío le recorrió todo el cuerpo. ¿Qué garantía tenía en todo caso de que Hagan cumpliría su parte del trato, una vez que la hubiera poseído? Y si se negaba, ¿acaso no podría forzarla, como había hecho el mismo David? El pensamiento la dejó paralizada. Le flaqueaban las rodillas solamente de pensar en la crueldad de David.
    Hagan la estaba ya empujando hacia la cama. En un intento por abstraerse de las sensaciones de su propio cuerpo, Joanna concentró la mirada en la espléndida seda oriental de la colcha. La seda de origen chino era un trabajo de lo más delicado. Sintió una violenta punzada de tristeza. Le encantaban las cosas hermosas. No deseaba renunciar a su elegante casa, a su colección de pinturas y porcelanas, a sus envidiados criados de librea, para verse arrojada a la calle. Ni podría vivir como una institutriz o una criada. De repente se vio asaltada por un estremecimiento de una clase muy distinta. Por supuesto, nunca podría ser una institutriz, ni una criada. Carecía de formación intelectual y tampoco quería hacer un trabajo manual para vivir. Sabía que era una frivolidad por su parte, pero al menos era sincera consigo misma.
    Pero en lo más profundo de su ser, latía la convicción de que nunca podría reclamar a Nina como suya si no tenía un hogar que ofrecerle. Ésa era la verdad que la penetraba hasta la médula: ésa sería la pérdida inconsolable.
    Hagan respiraba tan fuerte que Joanna casi esperó que fuera a ahogarse, o a caer enfermo. Sus húmedos labios estaban recorriendo el camino que iba desde el cuello hasta uno de sus senos. Aquél era un precio muy alto que pagar por todas las cosas que apreciaba y quería mantener. Sólo se había acostado con un hombre en su vida y no había querido que el segundo fuera John Hagan. Había querido…
    Había querido a Alex.
    El pensamiento estalló en su cabeza con la fuerza de una explosión. Se imaginaba perfectamente lo que habría dicho Alex si hubiera podido verla en aquel momento: casi podía escuchar sus palabras de denuncia, su tremendo desprecio por su falta de fibra moral. Alex era fuerte. Él no habría cedido con tanta facilidad.
    Aquel pensamiento fue seguido por otro aún más radical: pediría a Alex protección para ella y para Nina. Él la había persuadido de que aceptara su escolta hasta Spitsbergen: pues bien, ella respondería con una oferta aún más escandalosa. Le pediría que se desposara con ella. Eso la protegería de la ira de Hagan, y le permitiría al mismo tiempo ofrecer un hogar seguro y estable a Nina. Era su única esperanza, porque una vez que rechazara nuevamente a su primo, éste no cejaría hasta verla arruinada.
    Se liberó bruscamente del abrazo de Hagan y empezó a componerse la ropa.
    – Lo siento, primo John. No puedo hacer esto.
    Hagan soltó un rugido de rabia y deseo frustrado.
    – ¡Oh, claro que puedes, pequeña zorra! ¡No vas a librarte de mí ahora!
    Joanna no lo dudó: recogió un jarrón del alféizar y se lo estrelló en la cabeza. El jarrón se rompió y Hagan se tambaleó como una bestia herida, jurando en unos términos que ella jamás había oído antes. Ni siquiera después de sus nueve años de matrimonio con un marinero.
    La puerta del dormitorio se abrió de golpe. Merryn apareció en el umbral con otro jarrón de porcelana en la mano. En sus rasgos se dibujaba tal expresión de furia que Joanna casi soltó un grito al verla.
    – ¡No rompas ése también! -gritó Joanna, envolviéndose en su bata mientras Hagan pasaba de largo frente a Merryn y bajabas las escaleras, tambaleándose-. Ya he roto una pieza de Worcester y es tremendamente cara -miró los pedazos dispersos por el suelo y sacudió la cabeza-. ¡Qué desastre!
    – Drury me dijo que el señor Hagan irrumpió en el dormitorio y que estaba a punto de violarte o de asesinarte -dijo Merryn, bajando el jarrón. Miró el cabello despeinado de Joanna y su ropa desarreglada-. Espero no haber llegado demasiado tarde…
    – En absoluto -le aseguró Joanna-. Sigo viva, como puedes ver, y no iba realmente a violarme -vaciló-. Bueno, quizás lo habría hecho. Me sugirió un… arreglo, pero en el último momento me arrepentí y creo que mi negativa lo enfureció.
    – ¿Un arreglo? ¿Así es como lo llamas? -Merryn dejó cuidadosamente el jarrón sobre la cómoda-. Seguro que tu virtud es más valiosa que una pieza de porcelana.
    Joanna se echó a reír.
    – No estoy muy segura de ello… Nunca se me había ocurrido semejante comparación. Todo depende de lo que uno quiera, y yo adoro mi colección de porcelanas -vio la consternada expresión de su hermana y esbozó una mueca-. Lo sé. Piensas que soy una frívola.
    – No. Pienso que estás bromeando a propósito sobre todo esto porque no quieres alarmarme. Todo apunta a que el señor Hagan intentó chantajearte para que te acostaras con él… ¡sapo odioso y detestable…!
    – Tienes razón. Y como al final lo rechacé y herí además su orgullo, voy a tener que actuar rápidamente antes de que nos eche a las dos a la calle.
    Merryn se dejó caer pesadamente en la cama, arrugando la exquisita colcha de seda china. Joanna, conmovida por el gesto que había tenido al acudir en su rescate, se abstuvo de protestar.
    – ¿Fue con eso con lo que te amenazó? -inquirió Merryn.
    – En efecto -reconoció, sombría.
    – Sapo odioso y detestable… -repitió-. ¿Qué vamos a hacer ahora?
    – Voy a intentar persuadir a lord Grant de que se case conmigo -dijo Joanna. El corazón le latía a toda velocidad, pero sabía que sonaba confiada. No podía ser menos: había dispuesto de años para perfeccionar su aspecto exterior, siempre escondiendo el tumulto de sentimientos que le bullían por dentro. En aquel momento, su sentimiento principal era el horror. Desde que la idea de casarse con Alex asaltó su mente, había estado oscilando entre el miedo y… bueno, un miedo todavía mayor.
    Merryn se había estremecido al escuchar sus palabras.
    – ¿Casarte? ¡Pero si ni siquiera te gusta!
    – Eso no tiene nada que ver -replicó Joanna, esforzándose tanto por acallar sus propias dudas como por convencer a su hermana-. Fíjate en la cantidad de matrimonios que se han arreglado por pura conveniencia. Si tengo que casarme con lord Grant para proteger mi nombre y mis propiedades, hermana mía… ¡da igual que me guste o que no!
    Merryn se la quedó mirando fijamente.
    – ¡Pero tú juraste que jamás volverías a casarte! Dijiste que era lo último que querías en el mundo.
    – Mentía. Lo último que quiero es perder todo esto -señaló la opulenta habitación, con la suntuosa alfombra roja y su exquisita decoración-. Yo soy muy frívola… -explicó, viendo la desconcertada expresión de su hermana- y esto me hace feliz.
    – Tener un hijo es lo que te hará feliz. Te haces la frívola, Jo, pero en realidad no lo eres.
    – Sí que lo soy -sonrió-. Oh, admito que hacerme cargo de Nina y procurarle un buen hogar me haría muy feliz, pero no estoy preparada para hacerlo en medio de la pobreza. Tengo un estilo de vida que mantener.
    Merryn adelantó el labio inferior en un gesto de terquedad que Joanna recordaba de su más tierna infancia.
    – Sé que te las das de egoísta, Jo. Pero lo cierto es que si estás haciendo todo esto es por Nina y también por mí. Para que tengamos un techo sobre nuestras cabezas y podamos estar seguras y protegidas.
    – Te equivocas -repuso secamente Joanna-. Lo estoy haciendo por mí misma.
    De todas formas, se acercó para abrazarla. La estrechó contra su pecho por unos segundos, enternecida.
    – Preveo un gran obstáculo -dijo Merryn apartándose el cabello de la cara y frotándose los ojos, sospechosamente enrojecidos por las lágrimas.
    – ¿Oh? ¿De qué me he olvidado?
    – Tú no tienes nada que ofrecerle a lord Grant. Es quizás esperar demasiado de él pedirle que consienta en todo eso por una pura cuestión de honor, así como por su responsabilidad hacia Nina.
    Se hizo un silencio. Merryn seguía sentada en la cama con las manos entrelazadas sobre su regazo, mirando ansiosa a su hermana. No por primera vez, Joanna se preguntó cómo había podido tornarse tan cínica mientras que Merryn había permanecido siempre tan ingenua. Suponía que la culpa la tenía la perversa influencia que la alta sociedad londinense había ejercido sobre ella, además de la desilusión de su matrimonio con David.
    En todo caso, lo que no podía decirle a Merryn era: «Te equivocas. Siempre puedo entregarle mi cuerpo a lord Grant».
    No, eso no podía decírselo: Merryn se quedaría consternada. Y, si era sincera consigo misma, ella también: quizá como último efecto de su educación de vicaría. Pero Alex podía darle algo que necesitaba: los medios que requería para mantener a Nina y para seguir disfrutando de las comodidades a las que se había acostumbrado, y esa vez sí que estaba dispuesta a sacrificarse para ello. Su tío probablemente la habría denunciado como una mujer pública, pero Joanna no veía que eso fuera muy diferente de cualquier matrimonio de conveniencia donde se negociara fríamente con tierras y riquezas.
    – Bueno, si se lo planteo a lord Grant como una cuestión de negocios, tal vez resulte. Me ocuparé de todos los aspectos de la crianza de Nina, y quizá también de acoger a su joven prima bajo mi ala cuando baje a Londres, a cambio de que él se libere de cualquier obligación familiar…
    – Sigue sin parecerme precisamente un matrimonio ideal -protestó Merryn.
    Joanna se echó a reír.
    – Una mujer, cuanto menos vea a su marido, mejor. Ése es para mí el matrimonio ideal.
    – Supongo -dijo Merryn, dubitativa- que lord Grant podría dejarse persuadir. Él no es un hombre rico, pero nosotras podríamos vivir modestamente, tal vez en algún pequeño pueblo… -se interrumpió-. Aunque entiendo que eso a ti no te gustaría -terminó, triste.
    – Lo odiaría -le confesó francamente Joanna-. Ya sabes que detesto el campo. Lo encuentro insulso y sucio.
    Recordó por un momento las largas y monótonas horas que había pasado en la vicaría rural de su tío, medidas únicamente por el péndulo del reloj del salón. Aquel mortal aburrimiento había sido una de las razones por las que prácticamente se había arrojado a los brazos de David Ware, cuando lo conoció en una reunión local. Le había parecido tan gallardo y tan lleno de vida en comparación con su apagada existencia… Y, por supuesto, lo había sido, pero también se había comportado como un auténtico bellaco, de manera que Joanna había terminado cometiendo un terrible error.
    Pero no se permitiría seguir pensando en el desastre de su primer matrimonio. Esa vez mantendría los ojos bien abiertos, y se casaría con Alex para asegurarse todas aquellas cosas que eran importantes para ella.
    – El campo no es tan malo -estaba diciendo Merryn-. Es mucho más acogedor que Londres. Recuerdo que tenía lugares para jugar y tranquilos rincones para retirarse a leer.
    – A veces -sonrió Joanna- tengo la impresión de que crecimos en lugares por completo diferentes.
    – Claro. Tú no leías.
    – No. Siempre lo encontré aburrido.
    – Ni hacías excursiones.
    – Por miedo a estropearme la ropa.
    – Por eso no es sorprendente que prefieras Londres, donde puedes estar entretenida todo el tiempo -terminó Merryn. Miró el reloj de pared y se levantó.
    – ¿Vas a salir esta noche?
    Por un fugaz segundo su hermana pareció sospechosamente culpable, pero al final negó con la cabeza.
    – Son ya las diez, Jo. Sabes que sigo viviendo según el horario del campo. No, me voy a la cama.
    – Que pases una buena noche, entonces -la besó en las mejillas-. ¿Podrías pedirle por favor a Drury que suba? Necesito que me ayude a vestirme.
    Merryn cerró la puerta a su espalda y Joanna se quedó sentada por un momento contemplando su imagen en el espejo. ¿Realmente iba a hacer aquello? Esa noche, en el club de boxeadores, le había asegurado a Alex que ella velaba por su propia reputación: eso debía de ser cierto, porque en caso contrario no estaría en aquel momento sufriendo y preocupándose por la licitud de sus acciones. Aquello no sería más que un trato fruto de su propia elección, decidida como estaba a conseguir las cosas que más quería. Y la experiencia no sería comparable a la cruel y brutal posesión de David. Cerró los ojos por un momento: mejor no pensar en David, sobre todo cuando estaba planeando seducir a su mejor amigo.
    Se acercó al armario y empezó a revisar sus vestidos. El rojo de seda era demasiado escandaloso. El bordado en oro era demasiado formal. El de terciopelo violeta estaba demasiado visto.
    Una hora después, ataviada con su vestido más favorecedor, de gasa color plata, pensó que parecía totalmente una sofisticada matrona de la alta sociedad. A la luz, las diversas tonalidades adquirían un brillo opalescente. Era un vestido de seductora, un disfraz. Se esforzó por dejar que le transmitiera confianza, por convertirse realmente en la dama que la miraba desde el espejo. Pero le resultaba sorprendentemente difícil. Se sentía aterrada. Por primera vez en su vida, deseó ser como Lottie, respaldada por su experiencia con decenas de amantes.
    La verdad era que no sabía muy bien cómo tenía que seducir a Alex, aunque… ¿tan difícil podría ser? Recogió su chal de gasa y se lo echó sobre los hombros. El carruaje esperaba fuera. Ya no podía echarse atrás.

    Lottie estaba dibujando. El dibujo no figuraba entre sus numerosos dones femeninos y, como resultado, el mapa le había salido llamativamente torcido. John Hagan, que lo contemplaba por encima de su hombro, no parecía muy impresionado. Ajustó las velas para que proyectaran más luz sobre el escritorio.
    – ¿Estáis segura de que era así? -inquirió.
    Lottie se encogió ligeramente de hombros.
    – Casi. Recuerdo que había una larga península y el tesoro estaba enterrado cerca de la playa y se llamaba… -se interrumpió. No conseguía recordar el nombre del lugar que había visto en el mapa de Spitsbergen dibujado por David Ware.
    – Tendréis que volver a echarle otro vistazo -dijo Hagan-. No pienso perder el tiempo en un viaje semejante sin saber al menos el nombre del lugar.
    Lottie soltó un exagerado suspiro.
    – Querido, por mucho que disfrute corrompiendo a James Devlin, me temo que sospechará si me descubre más interesada por el mapa del tesoro que le entregó su primo… que por su falo.
    Se hizo un silencio. Lottie vio que Hagan enrojecía rabiosamente, y adivinó que en aquel momento se la estaba imaginando cometiendo una flagrante inmoralidad con Devlin, y no pensando en el oculto tesoro de David Ware. «¡Hombres!», exclamó para sus adentros. Todos eran iguales, sólo pensaban en lo mismo. Sabía que, a la menor insinuación por su parte, Hagan acabaría poseyéndola encima de aquel mismo escritorio. Pero no tenía intención de darle esa oportunidad: tenía sus criterios de selección. Además, Hagan estaba particularmente poco atractivo aquella noche, con aquel enorme chichón en la frente y el corte debajo del ojo. Le había preguntado por lo que le había sucedido, y él se había negado a contestar.
    – Estoy seguro -pronunció Hagan, aclarándose la garganta- de que encontraréis alguna manera de distraer la atención del señor Devlin. Parecéis una criatura de lo más… imaginativa -subrayó la última palabra.
    Lottie esbozó una sonrisa felina y se inclinó hacia delante para que él pudiera admirar el generoso escote de su vestido.
    – Eso os costará, querido -le advirtió-. Si consigo más información, esperaré una parte mayor de ese maravilloso tesoro.
    – Sois avariciosa, madame -repuso Hagan, contemplando su escote con arrobada expresión-. Y sin embargo, dudo que tengáis necesidad de dinero.
    – No -admitió Lottie, apurando su brandy sin molestarse en ofrecerle otra copa-, pero considero justo que me paguéis debidamente la ayuda que os estoy prestando, querido. Después de todo, Joanna es mi mejor amiga y estoy siendo un poquito desleal con ella al asistiros en todo este asunto, ¿o no?
    – Me parece a mí que no estáis encontrando todo este proceso demasiado oneroso, madame -gruñó Hagan.
    – Oh, Devlin es un amante muy bien dotado -dijo Lottie con aire risueño y despreocupado-, pero es un joven, ya lo sabéis. Temo que sus demandas sexuales puedan dejarme exhausta -soltó un profundo suspiro-. Necesito tener… la seguridad de que mis esfuerzos merecen la pena -batió las pestañas con coquetería-. El señor Cummings se niega a comprarme esa maravillosa pulsera de diamantes que lady Peters se vio obligada a subastar para pagar sus deudas de juego. Dice que ya tengo demasiados diamantes. ¡Como si una mujer pudiera tener demasiados diamantes! Así que ya veis…
    Hagan jugueteaba con su copa vacía de brandy.
    – Estoy seguro de que conseguiréis vuestro deseo, madame.
    – Bueno, eso es estupendo, querido -murmuró, levantándose y recogiendo sus dibujos-. Permitiré entonces al señor Devlin que siga fornicando conmigo con su vigor acostumbrado hasta que me revele todos sus secretos -vio la mirada de mal disimulado deseo de Hagan y esbozó una deslumbrante sonrisa. Cómo le encantaba escandalizar a la gente…-. Los criados os acompañarán a la salida -añadió-. Que paséis una buena noche.

Nueve

    La noche había sido larga y calurosa. Alex estaba cansado y bastante borracho. Lo cierto era que el alcohol era lo único que le había ayudado a soportar aquella interminable velada. Charles Yorke había organizado una cena en el almirantazgo con el Príncipe Regente como invitado de honor, y dado que lady Joanna Ware se había negado a que lo acompañara al baile de lady Bryanstone, a Alex se le habían acabado los pretextos para negarse. Al menos si quería que la junta continuara apoyando su viaje de Spitsbergen, financiando el abastecimiento de la expedición y un navío de guerra para acompañar a la Bruja del mar, en caso de que surgieran dificultades.
    Mientras entraba en Grillon's y se dirigía a su dormitorio, Frazer acudió a su encuentro, con su cara larga y adusta aún más larga y adusta a la luz de las velas.
    – Hay una dama esperándolo, milord.
    Alex maldijo entre dientes. Esquivar invitaciones de damas sobreexcitadas se había convertido en una costumbre durante la última semana, pero hasta el momento ninguna había tenido la temeridad de invadir su dormitorio, y menos aún con la connivencia de su mayordomo.
    – Frazer, son las tres de la madrugada.
    – Lo sé, milord.
    – Y me gustaría dormir.
    – Sí, milord.
    – Y estoy algo bebido.
    Frazer olisqueó un par de veces.
    – Indudablemente oléis a taberna, milord -se interrumpió-. Se trata de lady Joanna Ware, milord.
    – Como si es el mismo Papa de Roma -replicó Alex, irritado. ¿Joanna estaba allí, en su cámara, a las tres de la mañana? Debía de estar alucinando-. Deberías haberla echado.
    – Lo intenté. Pero se negó a marcharse.
    Alex se giró en redondo. La puerta de su cámara estaba abierta y Joanna se encontraba en el umbral. Detrás de ella, una vela ardía sobre la mesilla, proyectando un halo de luz en torno a su cabeza, bruñendo su cabello de bronce y oro. Avanzó hacia él, con las faldas de su vestido haciendo el ruido más leve y sensual del mundo. Alex aspiró la fragancia de su perfume, a miel y rosas mezclado con su calor, tan dulce y seductor que le subió directamente a la cabeza… y le bajó a la entrepierna. Lucía un vestido de encaje plateado que se tensaba en los lugares apropiados… ¿o eran los inapropiados? Se la quedó mirando de hito en hito.
    Al fondo, la cama sin deshacer. Hacía un minuto se moría de ganas de dormir. En aquel momento, sin embargo, la tentación era de una naturaleza completamente diferente.
    – ¿Qué diablos estáis haciendo aquí? -sabía que sonaba grosero, pero la alternativa era estrecharla en sus brazos y besarla. Y no tenía ninguna gana de hacer algo parecido delante de Frazer.
    – Brooke os localizó de mi parte -explicó Joanna-. Necesito hablar con vos.
    – ¿No podéis esperar?
    – Evidentemente no, ya que en ese caso no estaría aquí -arrugó la nariz al detectar su hedor a alcohol-. ¡Oh, estáis embriagado!
    – Sólo un poco.
    – Lo siento, madame -intervino Frazer.
    – No te disculpes por mí, Frazer -dijo Alex-. Soy perfectamente capaz de disculparme solo si la situación lo requiere -se volvió hacia ella-. Lady Joanna, idos a casa. Ya iré a buscaros yo por la mañana.
    – Por la mañana puede que ya no esté allí.
    Lo dijo con un levísimo temblor en la voz que no le pasó desapercibido, pese al estado de embotamiento de su cerebro. Mirándola a los ojos, leyó en ellos una férrea determinación a la vez que una gran ansiedad, evidente en la manera en que apretaba las manos. Sintió entonces que algo se removía en su interior, una corriente de compasión que se mezclaba con otra cosa, un sentimiento que hacía tiempo que había creído perdido. Soltó una maldición.
    – ¡Milord! -se permitió recriminarle Frazer, como un tío ofendido-. ¡No se jura delante de una dama!
    – Frazer, tráeme por favor un poco de agua fría -le pidió, ignorando su reproche-. Lady Joanna, ¿qué puedo ofreceros? Aparte de mi carruaje para llevaros de vuelta a casa, claro está.
    – He venido a seduciros -se apresuró a contestar.
    – Disculpadme, milord -dijo Frazer en medio del silencio que siguió a sus palabras-. No creo que deba estar presente en un momento como éste.
    – Desde luego que no -repuso Alex-. Excúsanos, por favor -tomó a Joanna del brazo y entró con ella en la habitación. Cerró la puerta a su espalda-. ¿Habéis venido aquí a seducirme? -repitió.
    – Sí -parecía contrariada.
    – ¿Entonces por qué no lo habéis hecho?
    – ¿Perdón?
    – Esas cosas no se anuncian. ¡Se hacen!
    Vio que Joanna se mordía el labio inferior.
    – ¡No podía! Frazer estaba presente y no quería escandalizarlo. Me simpatiza: me sirvió una copa de vino mientras os esperaba y estuvimos hablando de su hogar… -se interrumpió, como si se hubiera olvidado por un momento de la realidad de su situación. Por un instante, su expresión fue trágica. Parecía también como si tuviera diecisiete años en lugar de veintisiete; pese a la sofisticación de su vestido tenía un aspecto perdido, desconsolado, tan triste como una virgen que acabara de escuchar a su madre historias sobre el deseo descontrolado de los hombres.
    Un sentimiento de ternura lo asaltó. Lo reconoció con incredulidad, mientras se preguntaba si no sería la bebida que se le había subido a la cabeza. ¿Podría Joanna Ware suscitarle una emoción semejante cuando ni la quería ni la apreciaba? Parecía una locura. Sólo por un segundo, temió haberse vuelto loco de verdad.
    – Habéis organizado un enredo espectacular, ¿sois consciente de ello? -le dijo con mayor brusquedad de lo que había esperado.
    Un brillo de indignación asomó a sus ojos azul lavanda.
    – ¡Vaya, gracias! ¡Disculpadme si no tengo detrás una experiencia en la que apoyarme!
    – Soy incapaz de imaginarme lo que estáis pensando.
    – ¡Yo también! -se ruborizó aún más.
    Llamaron tentativamente a la puerta. Frazer asomó la cabeza y pareció enormemente aliviado al ver que ambos seguían respetablemente vestidos. Tendió a su señor una palangana de agua fresca. Sin pensárselo dos veces, Alex se la vació sobre la cabeza. Joanna se mostró escandalizada.
    – ¡Pero qué desastre! Tenéis bajo los pies una alfombra Aubusson, os lo recuerdo. Aunque… que una alfombra así esté en un hotel frecuentado por gente como vos es algo que escapa a mi entendimiento.
    – Bueno, al menos ahora puedo pensar con un mínimo de coherencia -murmuró Alex secándose la nuca con una toalla, mientras Frazer se retiraba con la palangana-. ¿Queréis explicarme de una vez qué diablos significa todo esto?
    Vio que Joanna fruncía los labios… y volvió a sentir el impulso de besarla.
    – Necesito que os caséis conmigo.
    Alex basculó sobre sus talones, sorprendido.
    – ¿Por qué?
    – Porque estoy desesperada.
    – Gracias -repuso secamente-. Sigo esperando comprender qué papel juega la seducción en todo esto.
    Joanna suspiró profundamente y se alejó unos pasos. Esa vez, el rumor de sus faldas le recordó el siseo de un gato furioso.
    – Hasta ahora, en las únicas ocasiones que no hemos discutido, hemos terminado besándonos -explicó, enojada-. Me pareció, por tanto, la manera lógica de acercarme a vos.
    – Podría acostarme con vos -dijo Alex-. ¿Pero por qué imagináis que consentiría en casarme?
    En ese momento parecía más furiosa todavía. Alex supuso que habría podido decírselo de una manera más galante, pero la cabeza aún le daba vueltas.
    – Porque se supone que sois un caballero -le espetó ella-. ¡Y eso es lo que hacen los caballeros!
    – Vuestra lógica os falla.
    – Y a vos vuestras maneras -sonaba exasperada. Finalmente sacudió la cabeza con gesto derrotado-. Lo siento. Estoy cansada, y evidentemente no estaba pensando con coherencia. Ahora me doy cuenta de que he hecho el ridículo…
    – Joanna… -de repente se dio cuenta de que había tomado sus manos entre las suyas. La sintió temblar, y sintió también el impulso de reconfortarla, tan inquietante como poco familiar. El contraste entre la cruda emoción de sus rasgos y su sofisticado aspecto resultaba en extremo desconcertante-. Explicádmelo todo.
    Se liberó de sus manos y fue a sentarse en el borde de la cama. El cuerpo de Alex reaccionó instintivamente a la imagen que ofrecía: con varios mechones escapando de su moño, extendida la gran falda plateada… Maldijo para sus adentros. ¿Acaso no era consciente de lo que le estaba haciendo, presentándose en su cámara a mitad de la noche? Había proclamado atrevidamente su decisión de seducirlo y en aquel momento parecía pensar que, sólo porque él la había rechazado, reunía aún menos atractivos que Frazer.
    Indudablemente no iba a sentarse a su lado: con ello sólo conseguiría incrementar la tentación. Hundiendo las manos en los bolsillos, se alejó hacia el otro extremo de la habitación.
    – Se trata de John Hagan -empezó, apresurada-. Me dijo… me dijo que si viajaba al Ártico, no tendría ya casa a la que volver, y que se aseguraría de que nadie más me proporcionara alojamiento -hizo un gesto de desesperación-. Me dijo también que no quería a Nina en la familia, que era la bastarda de David y que debía abandonarla a su suerte… -le tembló la voz-. Luego quiso… -volvió a interrumpirse-. Bueno, me sugirió un arreglo…
    – Entiendo -repuso Alex, indignado-. Y vos lo rechazasteis.
    – No exactamente.
    De pronto, su mirada se tornó desafiante. Aquellas dos palabras le sentaron a Alex como una patada en el estómago.
    – Necesito ofrecerle un hogar a Nina. Y no se me ocurría otra salida. No puedo trabajar como sirvienta ni vivir con escaseces. ¡Necesito mis comodidades! Así que pensé…
    – ¡Por todos los demonios, Joanna! -exclamó, tuteándola. Sintiéndose a punto de explotar, la agarró de los hombros-. Te negaste a tener un affaire conmigo invocando tus presuntos principios morales… ¡y luego te acuestas con John Hagan a cambio de que te garantice tu estilo de vida! -la soltó bruscamente. Estaba hirviendo de furia, presa de un instinto de posesión desquiciado, primitivo-. Debí haber adivinado… -añadió con amargura- que si en aquella ocasión te hubiera ofrecido aquel carruaje de cuatro caballos y aquel collar de diamantes, habrías cambiado de idea sobre mí.
    – No fue así -protestó Joanna. Tenía las manos en las caderas y echaba chispas por los ojos-. ¡Hagan me estaba chantajeando y yo me veía sin salida alguna! -se le quebró la voz-. Quiero realmente ayudar a Nina y protegerla, Alex. En cualquier caso, no pude soportarlo -pareció recuperarse-. Era demasiado repulsivo y temí también que pudiera engañarme.
    Alex soltó una carcajada.
    – Vuestros temores eran probablemente ciertos -se la quedó mirando. Él mismo estaba asombrado de la furia que lo invadía. Si le enfurecía que ella se hubiera planteado siquiera sucumbir al chantaje de Hagan, todavía le encolerizaba más aquel despreciable sujeto por su intolerable comportamiento.
    Ahora entendía por qué Joanna se había acercado a él. Necesitaba no solamente un hogar para ella misma y para Nina sino, lo que era más importante, la protección de su apellido contra la perversa venganza de Hagan. El hombre era un personaje influyente y pondría a la alta sociedad en su contra. Joanna, viuda sin una fortuna propia, había sobrevivido y disfrutado de los favores de la sociedad gracias a que había complacido a aquéllos que tenían poder e influencia. Pero ahora toda esa gente podía abandonarla simplemente para demostrar que había sido un juguete, una creación suya.
    Se dio cuenta en ese momento de que Joanna estaba recogiendo su chal, dispuesta a marcharse.
    – Fue un error por mi parte venir aquí -le espetó con tono brusco-. Ahora me doy cuenta de ello. Si Hagan se atreve a expulsarme realmente de mi casa, supongo que podré encontrar a algún otro caballero que desee desposarse conmigo…
    A Alex todavía le dolía la cabeza por la borrachera: el proceso de recuperación estaba tardando más de lo habitual. Pero de una cosa estaba seguro: nadie más iba a casarse con Joanna Ware. Eso le parecía tan claro como el agua.
    – ¿Lewisham quizá, o Belfort, o Preston? -sugirió-. No son hombres, querida. Apenas se mantienen en pie.
    – Lo sé -volvió a lanzarle una mirada de desafío-. Pero son seguros. Y Merryn, Nina y yo también estaríamos seguras con ellos.
    – Ninguno se dignaría acoger a la hija ilegítima de otro hombre -le recordó Alex.
    – Supongo que no -jugueteó con los flecos de su chal de gasa-. Sé que tú no tienes más ganas de casarte que yo, Alex, pero al menos podrías consentir por el bien de la niña. David te nombró su tutor por alguna razón, y creo que la razón fue porque sabía que no la abandonarías. Por mucho que detestes la responsabilidad que cargó sobre tus hombros, sé que cumplirás con tu deber… -se interrumpió-. Porque detestas sentirte responsable, ¿verdad? Percibo en ti todo el tiempo esa furia y ese resquemor…
    La amargura y la furia volvieron a hacer presa en él. ¿Cómo podía confesarle lo muy culpable que se sentía por la muerte de Amelia y lo mucho que lo irritaban las responsabilidades y obligaciones que, sin embargo, era incapaz de rehuir? Era como un castigo, una penitencia. Oh, sí, David Ware había elegido bien a los tutores de su hija, porque ninguno de ellos abandonaría jamás a la niña. Joanna, con su tenaz deseo de ayudarla, y él con aquel sentimiento de culpabilidad del que nunca podía liberarse…
    – Sí -gruñó-. Lo detesto.
    – ¿Por qué?
    Nunca antes le había mentido. Con no poca sorpresa se dio cuenta de que hasta el momento habían sido completamente sinceros el uno con la otra. Pero aquello era distinto. Aquella úlcera suya, aquellos remordimientos, la culpabilidad que sentía por la muerte de Amelia, era algo de lo que nunca hablaba y no iba a empezar a hacerlo ahora. No, con una verdad a medias sería suficiente.
    – Porque detesto atarme a las cosas. No deseo responsabilidades. Soy un explorador -se encogió de hombros-. Es una compulsión difícil de explicar…
    Joanna asintió con la cabeza, ensombrecida su expresión.
    – Entiendo.
    Dado que Ware había tenido esa misma compulsión, Alex imaginaba que Joanna la habría entendido muy bien, más que cualquier otra mujer que hubiera conocido. Y sin embargo…
    – Tú no deseas eso en un hombre -adivinó.
    – Por supuesto que no -su tono se había teñido de amargura-. Pero quiero a la niña, Alex. Siento una obligación moral hacia ella, pero sobre todo tengo que ayudarla. No puedo dejarla abandonada, tan lejos, indefensa, sin nadie que la quiera… Al mismo tiempo, soy lo suficientemente frívola como para desear mantener mi estilo de vida. Lo admito sinceramente -aspiró hondo y se levantó-. Así que te propongo un trato. Sé que tengo poco que ofrecerte a cambio, pero sólo te pido que nos des la protección de tu apellido y un lugar donde vivir… -sonrió levemente- para Merryn, para Nina y para mí misma. Quizá tu prima Francesca pueda quedarse con nosotras también. Yo podría hacer de madrina suya en su presentación en la alta sociedad, eso si no me veo repudiada -se interrumpió-. No te pido nada más. Yo educaré a Nina y cuidaré de ella, mientras que tú serás libre de viajar a donde te plazca, sin obligaciones ni compromisos. ¿Qué dices?
    Alex reflexionó sobre ello. Por un lado le parecía una solución obvia a todas sus dificultades. Proporcionando a Joanna un apellido y un hogar, no solamente la protegería de Hagan y de la censura social, sino que también se aseguraría de que Nina estuviera bien cuidada y mantenida. Ejercería además un mayor control sobre el futuro de la niña que si se retiraba y la dejaba en manos de Joanna, limitándose a sufragar sus gastos. Al mismo tiempo, cumpliría con su deber. Joanna proporcionaría a Nina los cuidados y el cariño que tanto necesitaba, y a la vez podría acoger a Chessie bajo su ala. Y lo mejor de todo era que él quedaría libre para ir a donde le pluguiera, para perseguir sus sueños hasta los confines del mundo, si así lo deseaba. Le parecía un arreglo ideal. Ciertamente él no había buscado mayores responsabilidades, habría preferido no tener ninguna, pero ya tenía a Chessie y bajo ningún concepto habría abandonado a Nina. No podía. Su honor lo obligaba.
    Pero entonces, en el fondo de su mente, resonó la voz de Devlin y el pensamiento que no había dejado de acosarlo desde que regresó a Londres. «Balvenie necesita un heredero…».
    Había estado ignorando aquella voz, aquella necesidad, porque su lacerante culpabilidad por la muerte de Amelia no le permitiría por nada del mundo buscarle una sustituta.
    Miró a Joanna. Estaba muy pálida: su rostro parecía esculpido en mármol. Recordó las palabras del codicilo de David Ware, las frases que habían revelado con toda claridad el deseo de maternidad de Joanna. Su decisión de reclamar a Nina y acogerla como hija había nacido de un impulso profundo y poderoso, casi desesperado. Pero… ¿existiría alguna razón por la que Joanna no podía ser madre, tener un hijo propio? Era cierto que en nueve años de matrimonio no le había dado a Ware un heredero, aunque quizá eso se debiera a una mera cuestión de suerte, de azar. Ella creía que tenía muy poco que ofrecerle, pero se equivocaba de medio a medio.
    Un heredero para Balvenie. Ésa sería otra responsabilidad a la que daría satisfacción. El arreglo sería perfecto. Se casaría con Joanna por unas razones aparentemente tan pragmáticas como las de ella. Porque la deseaba, sí, pero nunca la amaría y no traicionaría a Amelia de manera alguna. No buscaría reemplazarla.
    Joanna se encontró con su mirada, y Alex descubrió sorprendido que seguía tan nerviosa como antes.
    – Tienes miedo -le espetó, fijándose en el temblor de sus dedos y en la manera que tenía de juntar las manos para disimularlo.
    – ¡Por supuesto que tengo miedo! Juré que nunca volvería a casarme. No es ningún secreto que mi matrimonio con David fue desgraciado. ¡Y no deseo que otro aventurero vuelva a desfilar por mi vida, prometiéndomelo todo para luego marcharse dejándome sin nada! -parecía desesperada.
    – Al menos esta vez ambos conoceríamos perfectamente los términos de nuestro acuerdo antes de comprometernos -declaró él con tono áspero.
    Era la primera vez que Joanna le había hablado de su distanciamiento con Ware, y Alex sabía que lo había hecho inconscientemente, bajo presión.
    – Sí -suspiró ella-. Ya no soy tan joven e ingenua como cuando me casé con David. Así que no te pido nada más que un apellido y un hogar -se irguió-. ¿Qué dices?
    – No. No quiero como esposa a una niñera con pretensiones.
    Joanna alzó la barbilla.
    – Tengo entendido que las niñeras son más baratas que las esposas.
    – Quizá -la agarró por los hombros y sintió el calor de su piel a través de la seda de su vestido. Su deseo por ella hervía como una caldera a punto de estallar-. No quiero un matrimonio puramente nominal -añadió, pensando en Balvenie y en su necesidad de tener un heredero-. Has venido aquí a seducirme, así que hazlo.

    Joanna se quedó repentinamente sin aliento. Las intenciones, pensó, incluso las malas, estaban bien en la teoría, pero la práctica… Escrutó su rostro, de expresión tan severa, tan sombría. ¿Seducirlo? Lo creía imposible viéndolo tan distante, tan inalcanzable. De hecho, ya antes le había parecido imposible, una pura locura imaginarse que podría llegar a hacerlo. Su confianza en sí misma siempre había sido de lo más pobre, parapetada detrás de la tentadora fachada de aquel vestido plateado.
    – ¿Me estás diciendo que no te casarás conmigo a no ser que te seduzca? -inquirió, entre incrédula y ofendida-. ¡Eres todavía menos caballero de lo que pensaba!
    Vio que se echaba a reír, y lo maldijo entre dientes.
    – Si tuvieras más experiencia, sabrías que muy pocos hombres se comportan como caballeros en ocasiones como ésta. Algunos serían capaces de hacerlo, quizá. Yo soy lo suficientemente sincero como para reconocer que no soy uno de ellos -la miraba fijamente. Y con una expresión que le hacía sentirse cada vez más excitada-. Me hiciste una original sugerencia, si mal no recuerdo. Y sí, tienes razón. No me casaré contigo a no ser que me seduzcas. Sellemos el trato.
    – ¿Que sellemos el trato? -Joanna arrugó la nariz-. Qué expresión tan sumamente vulgar.
    Dio un paso hacia ella.
    – No quiero malentendidos en nuestro matrimonio, Joanna. Si nos casamos, no será solamente de manera nominal. Te deseo, y nunca me casaría contigo para aceptar luego que le otorgaras a otro el placer que a mí me niegas.
    Joanna reconocía al menos cierta honestidad en sus palabras. Recordó la absoluta incapacidad de David para serle fiel, y se sintió de pronto, curiosamente, deseada y apreciada. Por lo demás, él tenía razón, por supuesto: la idea había sido suya, aunque tuviera la sensación de que había transcurrido una eternidad desde entonces. En aquel momento le parecía imposible a la vez que extrañamente fascinante.
    – Placer -susurró, incapaz de evitar un leve estremecimiento de expectación.
    – Sí -de nuevo una perversa sonrisa iluminó sus ojos grises. Ladeó la cabeza-. ¿Tengo que entender que no estás acostumbrada a ello?
    No lo estaba, por supuesto. David Ware no se había preocupado de más placer que del suyo propio. Poco espacio había quedado en su universo para nadie que no fuera él mismo.
    – Yo… -no tenía manera alguna de hablar de tales cosas sin mencionar a David, y en ese momento tampoco tenía ninguna gana de hablar con él.
    – Para ser una aspirante a seductora, te veo extrañamente reticente.
    Como seductora, era un desastre. Lo sabía perfectamente: no necesitaba que él se lo recordara. Como sabía también que no podría seguir adelante con aquella humillante prueba. Era, sólo ahora se daba cuenta de ello, la natural conclusión del terrible y peligroso juego al que habían estado jugando, desconfiando simultáneamente el uno del otro, provocándose mutuamente y enredándose al mismo tiempo en aquella extraña y poderosa atracción que no parecía disminuir.
    Hasta que Alex le había lanzado su último desafío, y ella se había revelado demasiado débil para aceptarlo. Intentó imaginar el futuro que la esperaba sin hogar y sin dinero. Por unos estremecedores segundos, se quedó completamente en blanco: no fue capaz de convocar con la imaginación ni una sola imagen de lo que sería una existencia semejante. Pero la alternativa estaba justo delante de ella, y la asustaba.
    – Nunca puedes abstenerte de criticarme, ¿verdad? He cambiado de idea. No acepto el acuerdo.
    Soltando un gruñido exasperado, Alex hundió de pronto una mano en su pelo, la acercó hacia sí y la besó. En el preciso instante en que se fundieron sus labios, el deseo se apoderó de ella, más intenso y ardiente que nunca. Obligándose a apartarse para no ahogarse en él, abrió los ojos.
    – No besaré a un hombre que huele a brandy, gracias.
    – Vaya -sonrió-. No es cualquier brandy: es el mejor brandy del Príncipe Regente -se la quedó mirando con expresión sombría, concentrada-. La decisión es tuya. O esto… o nada.
    Joanna se echó a temblar.
    – Nada.
    Alex no se movió. Estaba entre ella y la puerta.
    – Cobarde. Estás dispuesta a arriesgar un oscuro y azaroso futuro para Nina y para Merryn, así como para ti misma… ¿sólo porque no te atreves a acostarte conmigo?
    La temperatura de la habitación pareció aumentar de golpe.
    – Chantajista… No eres mejor que Hagan -alzó una mano para abofetearlo. Sentía una estremecedora mezcla de emociones: ira, deseo, vergüenza y una furiosa excitación.
    Le sujetó la muñeca casi con negligencia, para soltarla de inmediato.
    – La idea fue tuya -le recordó-. Y por una vez era buena. Pero… -se encogió de hombros- será como tú quieras -sentenció y se hizo a un lado con la intención de dejarle marchar.
    – No -pronunció Joanna sin darse cuenta, como si un resorte se hubiera activado repentinamente en su interior-. No puedo. Quiero a Nina -quería a la niña, con desesperación. Y también tenía otros objetivos no tan altruistas. Bajó la mirada a su vestido plateado-. Y quiero vivir en Londres y llevar ropa bonita y…
    Alex se echó a reír.
    – ¿Así que al final te acostarás conmigo por tu guardarropa? Muy bien.
    La levantó en vilo y la arrojó sobre la cama. Fue un movimiento tan brusco y sorprendente que por un momento fue incapaz de reaccionar, aturdida. Alex se cernió entonces sobre ella, avasalladora y arrebatadoramente masculino, y Joanna sintió que se le aceleraba el corazón con una mezcla de temor, fascinación y el más perverso placer. La sensación parecía enroscarse en su vientre, anudándose con una tensión insoportable.
    Se sentía atormentada por la más atroz necesidad, furiosa consigo misma y a la vez frenéticamente necesitada de sentirlo dentro de ella. Nunca había experimentado un deseo tan abrumador: el solo hecho de pensar en ello le hacía retorcerse de desesperación.
    Alex se inclinó lentamente hasta cubrirle la boca con la suya, atrapándola entre su cuerpo y la cama. Joanna estiró los dedos de las manos sobre la colcha y pudo sentir el tosco brocado bajo sus palmas. El beso era una clara declaración de intenciones, y su propio cuerpo la reconoció como tal.
    Los labios de Alex se mostraban insistentes, exigentes, con su lengua enredándose con la suya y provocándole una acalorada respuesta que apenas podía controlar. Podía sentir su miembro excitado contra su vientre; y también la manera en que se excitaban sus pezones contra su camisola de seda y alzaba las caderas para apretarse contra él. Hasta que un pensamiento atravesó como un rayo aquella neblina sensual.
    – Por favor, no me estropees el vestido -murmuró, recordando el altísimo precio que había pagado por él en la tienda de madame Ermine.
    Alex soltó un exasperado suspiro.
    – Quítatelo entonces -le dijo-. Antes de que yo lo haga con mucha menor delicadeza.
    – No podré quitármelo sin la ayuda de una doncella.
    Alex suspiró de nuevo: Antes de que ella se diera cuenta de nada, la había tumbado bocabajo. Soltó un pequeño grito de protesta cuando sintió sus impacientes dedos en el cuello de su vestido, ocupados en desabrochar la hilera de botones de perla que corrían todo a lo largo de la espalda.
    – Por favor, no me arranques los botones -le pidió cuando lo oyó maldecir.
    – Necesitas pensar en otra cosa -pasó a acariciarle la nuca con los labios, haciéndole estremecerse. Luego se dedicó a mordisquearle la piel desnuda de un hombro mientras sus dedos proseguían su camino descendente. Trabajó finalmente con los broches del vestido con una concentrada eficacia que la ofendió y excitó a la vez. Para entonces estaba temblando de pies a cabeza.
    Terminó de sacarle el vestido. Joanna oyó el sonido de la tela al rasgarse y se dispuso a protestar, pero él volvió a girarla y se apoderó nuevamente de su boca: sabía tan deliciosamente bien que se olvidó de sus objeciones. No tardó en retorcerse de placer bajo sus caricias. La asaltó una punzada de aprensión, que murió enseguida. No, Alex no era David, siempre egoísta en su necesidad. Desde el principio, además, había sabido que tampoco era un hombre que se sirviera de su fuerza para aterrorizar a los demás. Con las manos y la boca le estaba regalando un exquisito placer, al tiempo que le deslizaba la camisola por los hombros para exponer sus senos a su mirada. Su contacto era leve, sus caricias infinitamente dulces mientras continuaba provocando su respuesta.
    Se retorcía inquieta, deseosa, buscando su boca. Alex se detuvo, abanicando con su aliento un rosado pezón, y ella se arqueó entonces para acercarlo a sus labios.
    – Tienes la más deliciosa…
    Joanna esperó, tenso su cuerpo como un arco.
    – … ropa interior -deslizó una mano por su vientre, encima de la seda de sus enaguas-. ¿La compras en Bond Street?
    – Como si eso te importara… -le agarró la cabeza para acercarlo una vez más a su seno, y lo escuchó reír mientras le lamía y mordisqueaba el pezón. Casi chilló cuando la sensación la desgarró por dentro, hasta que recordó que estaban en una habitación de hotel y que Frazer andaba cerca: la cascada de placer no hizo sino multiplicarse por la perversidad de la situación.
    Lo atrajo hacia sí, hundiendo las uñas en los duros músculos de sus hombros, y le desgarró la camisa sin que le importara lo más mínimo. Al fin y al cabo, él no se preocupaba tanto de su apariencia como ella.
    Ése fue su último pensamiento lógico antes de que él la besara de nuevo para transportarla a aquel oscuro y erótico lugar del cual no querría nunca más escapar. Su lengua volvió a enredarse con la suya, y Joanna lo abrazó desesperada. Para entonces ya la había desnudado del todo y fueron sus propias manos, no las de él, las que buscaron la cintura de su pantalón, febriles en su deseo de eliminar la última barrera que se interponía entre ellos. Lo oyó contener el aliento, vio a la luz de las velas la sombría intensidad de su expresión y no pudo evitar sentir una punzada de temor, a manera de último y oscuro recuerdo de la crueldad de David.
    Esa vez, sin embargo, Alex percibió su reacción, y se apartó. Sus ojos brillaban con la misma necesidad que Joanna podía sentir dentro de sí, un deseo que batallaba con los últimos jirones de su miedo.
    – No temas.
    ¿Cómo se había dado cuenta? La tensión de sus músculos se aflojó cuando él le besó con exquisita ternura la mejilla, la sensible piel de detrás de la oreja, la fina línea del cuello.
    – Confía en mí.
    Así lo hizo. Y sintió alivio. Él jamás le haría daño. Estaba segura.
    Alex empezó a deslizarse hacia atrás y le separó los muslos. Joanna se quedó helada cuando lo vio bajar la cabeza hacia ella. Soltó un pequeño gemido de rechazo e intentó moverse, pero para entonces la estaba sujetando con firmeza, ferozmente posesivo, mientras la maestría de su lengua le hacía gritar. Se vio atrapada en una creciente espiral de placer, y luego por un remolino de sensaciones que la tomó enteramente por sorpresa, para arrojarla a un profundo abismo. Jadeó y abrió los ojos, la habitación empezó a girar y su cuerpo rodó una y otra vez por un torrente de delicias sin fin…
    – Nunca… no sabía -yacía aturdida y sin aliento en la cama.
    Miró a Alex. Estaba a su lado, apoyado sobre un codo. Parecía inmensamente complacido consigo mismo.
    – No sabías… -murmuró él- lo extraordinario que es.
    Joanna busco la sábana, repentinamente deseosa de cubrirse y esconder su vulnerabilidad.
    – Yo no quería decir… -empezó, pero Alex le bajó la sábana para dejarla nuevamente expuesta a su mirada.
    – Sé lo que querías decir -sonrió-. Todavía no hemos terminado.
    Joanna soltó un leve gemido mientras él procedía a poseerla, hundiéndose en su calor de un solo y profundo embate. Había transcurrido demasiado tiempo desde la última vez, pero, aparte de ello, nunca había experimentado nada parecido. Antes se había limitado a soportarlo, esperando a que acabara de una vez. Con Alex, en cambio, se había visto inmediatamente asaltada por la tormenta de sensaciones de hacía unos momentos, con el placer ardiente reverberando por su cuerpo. Lo sentía enorme, llenándola por completo, y sin embargo se desesperaba por atraerlo aún más hacia sí, por sentirlo todavía más dentro. Empezó a retorcerse bajo su cuerpo, jadeando, cerrando los puños sobre las sábanas.
    – Alex…
    La besó de nuevo, mordisqueándole suavemente el labio inferior y lamiéndoselo luego, retrayéndose y empujando con fuertes y fluidos embates. Joanna alzó las caderas para acudir a su encuentro y lo oyó gruñir mientras se hundía más profundamente en ella… hasta que de repente se detuvo.
    Se sintió suspendida sobre el abismo durante unos interminables y angustiosos segundos. Acercó luego él los labios a sus senos y se concentró en chuparla, mordisquearla, atormentarla, alimentando un fuego que amenazaba con consumirla.
    Lo abrazó desesperada mientras él volvía a hundirse en su interior, aún más violentamente que antes, y el placer estalló en su cabeza en una explosión de luz blanca. Lo oyó pronunciar su nombre en un ronco murmullo, el sonido más dulce que había oído en su vida, y finalmente se vertió en ella. Ambos quedaron muy quietos, íntimamente enlazados, y todo lo que pudo escuchar a partir de aquel momento fue el rumor de sus respiraciones. Sentía su duro cuerpo contra el suyo, húmedo y caliente.
    En un determinado momento, él le apartó el cabello de la cara antes de besarla en los labios. Fue el beso más tierno que había recibido nunca. Sentía su cuerpo consumido por una completa satisfacción, resbalando poco a poco hacia el sueño. Sabía que debería levantarse, ir a casa, pero se sentía demasiado bien para moverse. Y el sueño la reclamó antes de que pudiera formular un solo pensamiento más.
    Se despertó al cabo de unas pocas horas. Las velas se habían consumido y el aire olía a sebo. Sentía lánguido el cuerpo, lleno, saciado, y por unos instantes dejó vagar la mente, sin importarle dónde pudiera estar. Entonces lo recordó y se sentó en la cama.
    Miró a Alex. Parecía más joven, casi vulnerable, tan distinta su expresión de su habitual severidad que el corazón le dio un vuelco, asaltada por una inmensa ternura. La sábana se había deslizado hasta su cintura, revelando su torso duro y musculoso. Una sombra de barba oscurecía su mentón.
    Se quedó allí sentada, inmóvil, incapaz de sobreponerse a la sensación que se extendía por su pecho. No era estupor, ni vergüenza, ni ninguna otra sensación que hubiera esperado experimentar al despertarse desnuda en el lecho de un hombre al que apenas conocía desde hacía una semana. Tampoco era miedo al futuro, o arrepentimiento, o lamentación por el pasado. No sabía lo que era, pero lo sentía precisamente por Alex Grant, y eso la asustaba. La asustaba mortalmente.
    No se trataba del capricho que había sentido por David Ware antes de que se casaran. Ni por un momento había sentido por Alex aquella ciega e incuestionable devoción que tan ingenua y absurdamente había profesado a su marido. Sabía lo que le diría Lottie si llegaba a enterarse. Casi podía escuchar su voz: «Lo que sientes es gratitud, cariño, porque al contrario que David… ¡Alex se ha dedicado a darte placer en la cama! Has hecho un nuevo descubrimiento…».
    Lottie, estaba segura, se mostraría bromista e irreverente, y probablemente también celosa. Pero la mera gratitud, la sorpresa del descubrimiento, no definían del todo unos sentimientos que prefería no examinar demasiado de cerca, al menos por el momento.
    Intentó levantarse sigilosamente de la cama. Su ropa estaba regada por el suelo. Aquel vestido plateado ya nunca volvería a ser el mismo, pero si conseguía recoger todos los botones de perla, quizá madame Ermine pudiera salvar aquel estropicio. Tendría que inventarse alguna excusa, por supuesto, que explicara los rotos y descosidos…
    Pero Alex la había sentido moverse y estiró perezosamente un brazo para atraerla nuevamente hacia sí. Joanna experimentó una punzada de pánico. Forcejeó un poco, pero él la sujetó con firmeza.
    – ¿Y bien? -inquirió.
    Su tono era divertido, dulce y cálido a la vez. Joanna se vio presa de un extraño anhelo: como si anhelara aquella intimidad y supiera al mismo tiempo que era ilusoria.
    – ¿Hacemos el trato?
    – No lo sé -repuso, sincera-. No estoy segura…
    – Yo creo que sí -sonrió él-. Me casaré contigo y te daré, a ti y a Nina, la protección de mi apellido. A cambio, tú formarás un hogar para ella así como para Merryn y Chessie, si quieres. Y… -deslizó la mano por su vientre, provocándole un estremecimiento de excitación- me darás también un heredero para Balvenie.
    Por un instante, Joanna pensó que había escuchado mal. Luego se quedó completamente inmóvil dentro del círculo de sus brazos. Recordó las palabras de Devlin en el baile de Lottie, cuando le mencionó que las propiedades escocesas de Alex carecían de un heredero. En todos sus planes y cálculos, había pasado por alto aquel detalle. La incredulidad dio rápidamente paso a la más absoluta desesperación.
    Alex le estaba pidiendo la única cosa que ella no podía darle.
    No pudo por menos que maravillarse de la ironía de la situación. Le estaba pidiendo algo que casi cualquier mujer de su edad podía darle… y sin embargo ella era incapaz.
    Alex no lo sabía. Sabía que David y ella habían discutido mucho, y que él había acabado odiándola. Sabía también que no habían tenido hijos, pero lo que no sabía era que ésa había sido precisamente la razón de su distanciamiento. Había estado a punto de decírselo aquella primera noche en el baile, cuando él le preguntó por lo que había hecho para incurrir en el odio de su marido.
    «En cinco años de matrimonio fui incapaz de darle el heredero que tanto deseaba, así que me pegó hasta asegurarse de que nunca jamás podría tener un hijo». Pero eso no llegó a decírselo a Alex. Seguía siendo su secreto.
    – No habías mencionado antes lo del heredero.
    Su voz sonó tensa, y las manos de Alex, que la habían estado acariciando de la manera más dulce del mundo, se detuvieron en su piel por un instante.
    – ¿Ah, no? -parecía sinceramente sorprendido-. Pero tú quieres tener hijos, ¿verdad?
    – Yo… -abrió la boca con intención de decirle la verdad. Pero luego pensó en Nina, la única hija que tenía alguna esperanza de reclamar como tal, y la desesperación se cerró en su pecho con dolorosa crueldad.
    Si consentía en los términos de Alex, le estaría negando deliberadamente la posibilidad de tener el heredero que tanto ansiaba. Lo engañaría, lo estafaría, le mentiría con tal de satisfacer sus propias necesidades y las de la hija de su marido. Pero la feroz necesidad maternal que ardía en ella era tan poderosa que sofocó cualquier otro sentimiento.
    – Por supuesto -dijo-. Siempre he querido tener hijos -su voz sonó áspera a sus propios oídos, ronca de traición, si bien no había formulado más que la pura verdad-. Aunque nadie puede garantizarnos un heredero -añadió-. Eso siempre está en manos de Dios.
    «Alex no lo sabrá nunca…», se recordó.
    – Cierto -sonrió él-. Pero nosotros siempre podemos esforzarnos todo lo posible por engendrar uno.
    Su mano siguió su recorrido a todo lo largo de su cadera, al tiempo que acercaba los labios al perfil de su cuello. Para entonces, Joanna estaba temblando, tanto como resultado de sus caricias como de la enormidad de la mentira que, por omisión, acababa de contarle.
    – Entonces -susurró él contra su piel ardiente-. Estamos de acuerdo.
    «Todavía estás a tiempo de cambiar de idea…». Su conflicto, su necesidad, su desesperado deseo de tener un hijo la torturaban. Sólo tenía que pronunciar una palabra.
    – Sí -el susurro escapó de sus labios y pareció quedar suspendido en el aire.
    Entonces Alex bajó la cabeza a su seno, y Joanna sintió que su mente empezaba a dar vueltas hacia algo oscuro, caliente y perversamente feroz… y él la poseyó de nuevo. La traición se había consumado.

SEGUNDA PARTE

Spitsbergen, el Ártico

    Definición: un aventurero es una persona que disfruta asumiendo riesgos; alguien que viaja a regiones poco conocidas; alguien comprometido con aventuras peligrosas pero gratificantes; atrevido, impetuoso, alocado.

Diez

    Spitsbergen, el Ártico, junio de 1811
    Joanna sentía unas horribles, desagradables e insoportables náuseas. Aquello era repugnante, peor que sus peores expectativas, que ya habían sido bastante malas de por sí. Llevaba mareada casi un mes y a esas alturas lo único que quería era morirse, pero por desgracia la muerte no parecía demasiado interesada en reclamarla.
    El barco dio otro bandazo. Joanna gruñó. Su boda, celebrada mediante una licencia especial la misma mañana de su partida, había empezado tan bien… Había estado absolutamente divina, con un precioso vestido rosa con mangas abullonadas y un enorme sombrero a juego. Alex había estado espléndido con su uniforme de marina. Lottie había ejercido de madrina, Merryn de dama de honor y Dev y Owen Purchase habían sido padrinos del novio. Luego habían subido a bordo de la Bruja del mar y la pesadilla había empezado.
    Sin haber tenido experiencia de ningún tipo, Joanna había estado tranquilamente segura de que sería una buena marinera. Pero a las tres horas de travesía el tiempo había empezado a deteriorarse y una tormenta había estallado en el mar del Norte.
    – Puede que tengamos un poco de movimiento -había informado el capitán Purchase con su sensual acento americano, escrutando un horizonte que de repente se había tornado de un gris plomizo, cubierto por cortinas de lluvia que barrían el mar-. Os sugiero que bajéis, madame.
    Joanna lo había hecho y ya no había vuelto a subir desde entonces. Ignoraba cuántos días habían pasado o el progreso que habían hecho en su viaje. Seguía tumbada en su camarote mientras el mundo se alzaba y hundía en torno a ella, y con él su estómago. No podía moverse sin que una oleada de náuseas le subiera por la garganta. Se había metido en la cama, rezando para que el mundo terminara de una vez. No había sido así. En lugar de ello, su mundo había quedado reducido a los crujidos y chirridos del barco, al hedor a aceite y alquitrán y a un sentimiento de abyecta tristeza y desesperación.
    Se volvió en su catre, de cara a la pared. Se sentía sola y desgraciada. Alex no había acudido a verla en varios días. Lo cual probablemente tendría algo que ver con el hecho de que le había prohibido que se acercara a ella mientras ofreciera un aspecto tan grotesco y lamentable. Aquella primera noche, se había mostrado extremadamente amable y delicado. Le había acariciado la frente bañada en sudor, le había acercado el cubo cuando lo había necesitado, e incluso había intentado que comiera algo para que se le asentara el estómago. Joanna se había muerto de vergüenza de que la viera pálida como un fantasma, vomitando como un borracho en la calle. Esas cosas le hacían sentirse vulnerable y desprotegida. Siempre se había enorgullecido de su estilo y elegancia, y sin ellos se sentía casi desnuda, sobre todo frente a la perceptiva mirada de Alex. Por una pura cuestión de orgullo le había prohibido que apareciera por allí, así que suponía que no podía culparlo de que no hubiera vuelto, excepto para llevarle los grasientos caldos que ella se negaba a ingerir.
    Dio otra vuelta en su camastro mientras la náusea se alzaba como una ola. Todo indicaba que lord y lady Ayres habían tenido razón. Realmente era imposible mantener un mínimo de estilo y de reputación mientras se viajaba.
    Recordó las montañas de equipaje que habían juntado aquella tarde en el muelle de Londres. Lottie se había llevado un baño de asiento y cajas de jabones con aroma a hierbas, veinte libras de bombones y golosinas, un pupitre para escribir con banqueta incluida, siete baúles, un mayordomo y un ama de llaves. Joanna había intentado ser más práctica, con su cajón de manzanas y naranjas, varios sacos de leña, una gran cesta forrada de piel para Max, una caja de juguetes para Nina y sólo cinco baúles. Nunca olvidaría la cara de pasmada incredulidad que puso Alex cuando vio sus equipajes. Dev y Owen Purchase se habían desternillado de risa. Alex había mirado entonces a Joanna y a Lottie, ataviadas con sus capas de piel de foca y sus botas esquimales, y se había limitado a menear la cabeza.
    – Pareces un oso -le había dicho a Joanna.
    – No es precisamente el más encantador cumplido que he recibido en lo que toca a mi atuendo -había repuesto ella, adoptando un tono formal en beneficio de la audiencia-. Aunque no había esperado menos de vos, milord.
    – La comida se pudrirá en unos días -había añadido Alex-. El pupitre servirá para hacer leña, sin embargo. Debería haber pedido al almirantazgo dos barcos más en lugar de uno para transportar todo vuestro equipaje.
    En aquel momento, la banda de música que el almirantazgo había enviado para despedirlos atacó una solemne pieza. La multitud estalló en vítores y lord Yorke aprovechó para soltar un discurso. Alex la había tomado entonces del brazo para bajarla al camarote que compartirían: un minúsculo cuchitril que Joanna había tomado al principio por una despensa.
    – ¿Esperas que compartamos esto? -le había preguntado, incrédula-. Es más pequeño que cualquiera de los armarios de mi casa.
    – No me sorprende.
    – Y la cama es como un ataúd -se había quejado ella. No le había pasado desapercibida la mirada de resignación de Alex. Ya le había predicho él que no lo pasaría bien en el viaje, y en aquel momento había tomado conciencia de que le estaba dando la razón antes incluso de partir.
    – Agradece que no tengas que dormir en una hamaca, como la mayoría de la tripulación -había replicado con frialdad antes de dejarla allí.
    Por lo que se refería a Joanna, aquél había sido el mejor momento del viaje.
    Echaba de menos a Merryn, que había preferido quedarse en Londres con su amiga la señorita Drayton, otra intelectual como ella. Como presente de despedida, Merryn le había regalado dos libros de su biblioteca: el libro de viajes del doctor Von Buch y el diario de la travesía de Constantine Phipps al Polo Norte en 1774.
    – Son tremendamente interesantes -le había asegurado su hermana, entusiasmada-. Sé que te encantarán.
    – Seguro que sí -había respondido Joanna antes de guardarlos en el fondo de su baúl.
    Enseguida Lottie había acudido a visitarla, parloteando sin cesar sobre lo maravilloso que era el capitán Purchase, lo divertido de la tripulación, lo confortable de los alojamientos y lo maravillosamente bien que se lo estaba pasando a bordo. Hasta el punto de que Joanna había llegado a preguntarse si realmente viajaban en el mismo barco.
    – Te perdiste las islas Shetland… aunque la verdad es que no ha sido para tanto. Tenían un aspecto amenazador y estaba lloviendo. Con la tormenta perdimos además al Razón, el navío del capitán Hallows, aunque Purchase está convencido de que al final nos alcanzará. Para mí, el verdadero gozo de este viaje es la compañía de tantos jóvenes y apuestos oficiales. ¡No sabría con quién quedarme! -se había quedado mirando a Joanna con el ceño fruncido-. Soy afortunada de poder contar con sus atenciones para distraerme, porque tú te estás convirtiendo en la compañera más aburrida del mundo, querida mía, siempre aquí encerrada, a oscuras… ¿No podrías hacer un pequeño esfuerzo, Jo querida? ¡Estoy segura de que tu mareo es más mental que físico!
    Joanna se había abalanzado en aquel momento sobre el cubo y Lottie había soltado un chillido antes de desaparecer corriendo: desde entonces no había vuelto. De hecho, Max era el único que había permanecido a su lado durante todo el viaje, acurrucado en su cama, roncando, ajeno a todo y demostrándole una vez más que los perros eran mucho más fiables y dignos de confianza que las personas.
    Abrió los ojos y se quedó mirando la lámpara de aceite que colgaba del techo, balanceándose al ritmo de las olas. La luz del sol moteaba de oro las paredes de tabla. De repente le entraron ganas de abandonar aquella fétida oscuridad y salir a respirar aire fresco. Estaba tan cansada de sentirse enferma…
    Llamaron a la puerta. Joanna dio otra vuelta en la cama, presa de la familiar náusea, y rezó para que no fuera Lottie dispuesta a hablarle de su última conquista.
    – Ya sé que no me has dado permiso para entrar, pero aquí estoy.
    Era Alex. Lo primero que sintió fue un extraño embarazo de volver a verlo, como si fuera un desconocido que hubiera invadido su habitación. Lo segundo fue horror: no se había lavado en dos días, ¿o habían sido tres? Tenía el camisón sucio, el pelo enmarañado y probablemente olería mal. De hecho, estaba segura de que olía mal.
    – Ya te dije que no podías entrar -la voz le salió como un graznido-. Tengo un aspecto espantoso.
    Alex se echó a reír. Y ella lo maldijo en silencio.
    – Sí, eso es absolutamente cierto. La verdad es que nunca te había visto en tan mal estado.
    Joanna se volvió hacia él y se lo quedó mirando irritada. En contraste con su propio aspecto, él parecía en mejor forma que nunca, vital, bronceado: su cuerpo irradiaba salud por todos los poros. Llevaba consigo el aroma del mar, del aire fresco, del sol, de la brisa salobre.
    – Podrías haberme mentido, ¿no? -enterró el rostro en la almohada.
    – Yo nunca miento.
    El camastro se hundió ligeramente bajo su peso. Joanna se quedó helada. ¿Por qué se quedaba? Quería que se marchara de una vez para hablar de tonelajes con Devlin, o de navegación con Owen Purchase, o de lo que fuera que hablaran los marineros en un viaje: temas todos ellos en los que no estaba interesada lo más mínimo.
    – Te he traído gachas de avena.
    Avena. Repugnante. El estómago le dio un vuelco.
    – Por favor, llévatelas.
    – No -el camarote parecía llenarse de su presencia-. Te las vas a comer. Ya basta. Frazer está harto de prepararte caldos y tú no cesas de rechazarlos. Además, si no comes pronto, te pondrás enferma de verdad.
    – ¿Enferma de verdad? -Joanna se sentó en el camastro sin darse cuenta, con las heladas mantas resbalando hasta su cintura-. ¿Crees que estoy fingiendo?
    Vio su sonrisa y casi lo odió.
    – No, claro que no. Algunas personas son propensas a los mareos, pero una vez que pises tierra firme, los efectos se desvanecerán como por arte de magia.
    Joanna se arrebujó de nuevo bajo las mantas.
    – Entonces no vuelvas a despertarme hasta que toquemos tierra.
    – No.
    Se dio cuenta, incrédula, de que le estaba quitando las mantas: se aferró a ellas como si le fuera la vida en ello.
    – Esto se ha acabado. Comerás y te levantarás. Estamos navegando por la costa oeste de Spitsbergen. Tendrás que estar preparada para cuando desembarquemos. Además… te gustará la vista. Es muy hermosa.
    – La única vista que quiero ver es la de la tierra firme antes de pisarla.
    – Deja de quejarte y de compadecerte de ti misma. Te estás comportando como una chiquilla.
    Le arrojó la almohada. Riendo, Alex la atrapó al vuelo sin dejar caer el cuenco de gachas. Joanna volvió a sentarse, furiosa.
    – Levántate de una vez -una traviesa sonrisa bailaba en sus labios-. ¿Quieres que te traiga un espejo para que veas lo urgente que es que te pongas presentable?
    – ¡No! -Joanna sabía que era una frívola, aunque siempre había pensado que había peores pecados que desear lucir en todo momento la mejor apariencia posible. En aquel momento se sentía sucia, desarreglada, penosamente consciente de su propia imagen.
    Pero además, Alex la miraba de una forma muy extraña… que la llenaba de vergüenza y la excitaba a la vez. Le recordaba la noche que habían pasado juntos en su hotel. Resultaba curioso que, ahora que estaba respetablemente casada con él, se sintiera tan cohibida en su compañía. Habían compartido tantas intimidades aquella ilícita noche, que en el instante en que se separaron, no había podido por menos que maravillarse de lo poco que se conocían.
    – Oh, dame el cuenco -le pidió con tono brusco, capitulando finalmente. Ante la mirada de satisfacción de Alex, empezó a comer a rápidas cucharadas. La comida le supo sorprendentemente buena. El estómago se le asentó y de repente le entró más hambre: terminó apurando el resto-. Estaban sabrosas -pronunció a regañadientes-. Gracias -suspiró-. Lamento haber ofendido a Frazer.
    – Estoy seguro de que lo olvidará si pruebas su estofado de alcatraz -vio que palidecía y añadió-: Aunque fui yo quien te preparó las gachas.
    Joanna se lo quedó mirando asombrada.
    – ¿Tú?
    – Por supuesto. Los marineros somos gente de recursos -ladeó la cabeza-. Supongo que tú no sabrás cocinar, ¿verdad?
    Joanna experimentó una punzada de disgusto por la manera en que formuló la pregunta, como esperando su negativa.
    – Por supuesto que no. ¿Por qué habría de saber? Soy la hija de un conde -su tía había intentado enseñarle las mínimas habilidades domésticas que debía dominar la sobrina de un vicario: hornear o preparar conservas y encurtidos… pero había sido en vano-. No es necesario que me mires de esa manera -añadió a la defensiva-. ¿Realmente esperabas que tuviera esas habilidades? Ya sabías cómo era cuando te casaste conmigo.
    Se hizo un silencio. Por alguna razón, Joanna se sintió pequeña y desgraciada. Nunca antes había lamentado su absoluta carencia de habilidades culinarias.
    – Cierto. Ya lo sabía.
    Aquellas palabras distaron mucho de procurarle el consuelo que esperaba. Alex se levantó de pronto de la cama y ella suspiró de alivio. Tenerlo tan cerca obraba efectos muy extraños en su equilibrio emocional.
    – Haré que Frazer te traiga agua caliente. Te sentirás mucho mejor una vez que te hayas bañado -ya en la puerta del camarote, se volvió hacia ella-. ¿Joanna?
    Su tono de voz le provocó un estremecimiento.
    – Si no te levantas, volveré y te vestiré yo mismo -le advirtió con tono amable, pero con un peligroso brillo en los ojos-. Y creo que eso no te gustaría. Como doncella no soy precisamente muy hábil.
    Esa vez el estremecimiento fue más intenso y prolongado. Pensó inmediatamente en la manera en que la había desnudado en Grillon's.
    – Y, Joanna… -seguía mirándola con expresión turbadora- esta noche volveré a compartir tu… nuestro camarote -señaló a Max-. El perro tendrá que buscarse otro. Me niego a compartir tu cama con esa mata de pelo.
    Se marchó, dejándola boquiabierta. No estaba segura de qué era lo que más la había sorprendido: si la orden de desalojo de Max o la perspectiva de que Alex viviera con ella en aquel minúsculo camarote, aunque sólo faltaba una semana para que tocaran tierra. Una semana podría hacérsele eterna. Nunca había imaginado que Alex pudiera llegar a forzar una intimidad con ella en las presentes circunstancias.
    Se abrazó las rodillas. No deseaba tener intimidad alguna con él. Cada vez que la tocara se acordaría de su deseo de tener un heredero, así como de su propia capacidad para proporcionárselo. Le recordaría su traición y lo vacío de sus promesas. Lo había engañado de una manera odiosa, pero… ¿qué otro remedio le había quedado? Nina, abandonada y privada de amor, la necesitaba, y a cambio ella necesitaba desesperadamente acogerla. Había hecho lo que había tenido que hacer para asegurar un futuro para ambas, pero la culpa le pesaba como una losa de plomo en el pecho.
    Pensó de nuevo en la noche que había compartido con Alex. En aquel momento le parecía algo lejano, distante, como si no hubiera sido nada más que un febril sueño. Aquella experiencia había despertado todos sus sentidos, descubriéndole las múltiples posibilidades que ofrecía la relación entre un hombre y una mujer. Había sido algo tan tentador como peligroso, porque le había hecho desear más de lo que Alex estaba preparado para darle. Y también porque le había hecho ver lo muy diferente que habría podido llegar a ser su vida si no se hubiera enamorado de David. Lo único que había querido ella había sido un amante marido y una familia. Un objetivo aparentemente sencillo que no se había revelado como tal; y ahora su segundo matrimonio también se presentaba envenenado, en esa ocasión por una horrible mentira.
    Cerró los ojos, aspiró hondo y volvió a abrirlos. Mejor era no pensar en ello. Alex nunca conocería la verdad. Ella simplemente tendría que jugar su papel, entregarse en el lecho matrimonial y esperar que sus ansias de aventura lo alejaran pronto de su lado, por largo tiempo. Alex era un aventurero, después de todo. Como David, era muy improbable que pasara mucho tiempo en su compañía. Y ella tendría a Nina, a Merryn y a Chessie: la familia que necesitaba. El pensamiento debería haberla alegrado. Pero, en lugar de ello, la dejaba triste, desconsolada.
    Se bajó del camastro. Milagrosamente, el mundo no se movía. Con agua caliente, ropa limpia y la ayuda de una doncella, pensó, todo volvería a arreglarse. Así tenía que ser. Tenía que seguir adelante con su viaje y con su matrimonio, continuar aquel rumbo hacia lo desconocido, porque no le quedaba otra opción.

Once

    Alex se hallaba en el puente de mando, observando la costa de Spitsbergen. Navegar por aquellas aguas nunca dejaba de emocionarlo. Representaban el mayor desafío que había experimentado nunca, algo quijotesco, que podía cambiar con un simple cambio de viento: un plano mar azul que de pronto podía volverse de un gris furioso. Estaban las aves que seguían al barco, reclamándolo como los espíritus de los marineros perdidos en sus inmensidades. Y la montañosa línea de costa, cortada por las enormes cicatrices de los fiordos, con rocas tan afiladas que podían cortar una embarcación en dos.
    Había navegado a Spitsbergen dos veces antes. En la primera ocasión, justo después de la muerte de Amelia, había encontrado en aquel crudo paisaje un eco de su propia culpabilidad y dolor. Su primer matrimonio había estado presidido por el amor. Amelia se había desposado con él cuando apenas había abandonado el internado. Su segundo casamiento había sido un asunto completamente distinto. Sólo él tenía la culpa de haber aceptado aquel matrimonio de conveniencia, que además se estaba revelando muy inconveniente.
    No por primera vez en las últimas semanas, Alex se preguntó con rabia por lo que había esperado de Joanna Ware. Había decidido casarse con ella sabiendo perfectamente lo muy vana y superficial que podía llegar a ser. Se había casado sin ilusiones, esperando únicamente que le proporcionara el heredero del que Balvenie carecía.
    Pero había esperado también que la incendiaria pasión que había estallado entre ambos en Londres, que tanto lo había sorprendido y agradado, seguiría ardiendo. Nunca había imaginado que Joanna respondería con tan desenfrenado deseo. Lo que había imaginado más bien era que se mostraría tan superficial en la cama como fuera de ella. En lugar de ello, sin embargo, había descubierto a una mujer de pasiones inesperadamente profundas, una mujer a la que ansiaba hacer el amor con un deseo feroz.
    Pero no había sido capaz de satisfacer aquel deseo porque Joanna había sufrido de mareos durante la travesía… y porque la pasión que había ardido entre ellos parecía haberse reducido a cenizas. En aquel momento una incómoda sensación de alejamiento se interponía entre ellos, una reserva que se alzaba como una barrera que requeriría la voluntad de ambos para ser demolida. Por el bien de su matrimonio, esperaba que Joanna estuviera dispuesta a intentarlo. No quería una fría y distante relación con una virtual desconocida. Un matrimonio únicamente de nombre no le proporcionaría el heredero que necesitaba.
    Tamborileó con los dedos en la borda. Dudaba seriamente que fuera a morir de deseo insatisfecho, por muy grande que fuera su frustración, aunque el hecho de que Devlin y Lottie Cummings estuvieran viviendo un indiscreto affaire delante de todo el mundo no hacía sino aumentarla. Más preocupantes eran las dudas que tenía sobre la capacidad que tendría Joanna de hacer frente a las privaciones del viaje al monasterio de Bellsund, así como de su reacción emocional a lo que encontrara allí.
    Alex tenía el presentimiento de que todo ello iba a ser muy difícil. El comportamiento de Joanna una hora atrás, en el camarote, no había sentado un buen precedente. Se había mostrado tan mimada y caprichosa como una chiquilla, lo cual le había irritado, pese a sus esfuerzos por mostrarse tolerante. Claro que comprendía su situación: los mareos en un barco podían llegar a ser algo altamente desagradable. Habían tenido además la mala suerte de padecer un verano de tormentas, pero una vez que el mar se había serenado lo suficiente, había confiado en que Joanna se levantaría, comería algo y se prepararía para desembarcar.
    Eso era lo que llevaba esperando durante las dos últimas horas. En aquel momento, sin embargo, ya se había resignado a la idea de que no se reuniría con él en cubierta. Se sentía tan furioso como decepcionado con ella. Joanna le había asegurado que haría lo que fuera con tan de rescatar y proteger a Nina. Pero, una vez más, había tenido que cuestionar sus propias expectativas. Joanna era como era, una mujer nada habituada a las privaciones. Y él, simplemente, había esperado otra cosa.
    Oyó un rumor de voces en la cubierta de popa y se volvió rápidamente para ver acercarse a Joanna, escoltada por una falange de jóvenes oficiales, entre los que se contaba Dev. Era Joanna, no cabía duda, pero una Joanna restaurada en toda su gloria londinense, vestida con un abrigo rojo forrado de piel, con guantes a juego y con el cabello recogido bajo su sombrero, luciendo sendos coloretes en las mejillas en lugar de la fantasmal palidez de unas horas antes. Llevaba en brazos a Max, también ataviado con un abriguito rojo.
    – Me siento maravillosamente bien -le dijo cuando llegó a su altura. Le sonrió más en beneficio del público que la rodeaba que del propio Alex, mientras le ponía una mano enguantada en el brazo-. No sé lo que tenían esas gachas, Alex querido… ¡pero el caso es que han obrado un milagro! Y… ¿quién habría imaginado que Frazer demostraría la aptitud de una diestra doncella?
    Sus admiradores rieron la broma. Alex sintió que se le secaba la garganta.
    – Alex querido…
    Una cosa que no estaba dispuesto a tolerar era que se dirigiera a él con aquel falso y frívolo tono que tanto ella como sus amigas desplegaban a su capricho. Aquella sensual sonrisa suya le recordó inmediatamente a la mujer con quien había hecho el amor en Londres: lo que hizo que le entraran ganas de estrecharla en sus brazos y besarla hasta hacerle perder el aliento, con público o sin él. De repente sentía la necesidad de desgarrar aquella superficial fachada y redescubrir a la mujer dulce y sensible que había reaccionado a sus caricias aquella noche.
    – Caballeros… -Alex despachó a los oficiales con un enérgico gesto: de repente todos parecieron recordar que tenían algún trabajo que hacer. Como resultado, enseguida se quedaron solos-. Dudaba ya que te reunieras conmigo. Has tardado mucho.
    Joanna enarcó las cejas.
    – Menos de dos horas.
    Una traviesa sonrisa asomó a sus labios. Todos los sentidos de Alex se activaron de golpe.
    – Si crees que eso es mucho tiempo… -añadió ella- ya verás lo que tardo en prepararme para un baile. Aunque, por supuesto, no creo que tengas que soportar eso -dejó de sonreír-. Me olvidaba de que, tan pronto como regresemos a Londres, seguro que presionarás al almirantazgo para que te adjudique otro destino. No me queda duda de que apenas nos veremos a partir de entonces.
    Alex no pudo por menos que sorprenderse de lo mucho que le dolió la ligereza de su tono. Y eso que sabía que aquello no era más que lo que habían acordado como parte de su pacto.
    – No te desentenderás de mí tan fácilmente -replicó con tono suave-. Tendremos que compartir la responsabilidad de la educación de Nina. Pienso, además, quedarme en Inglaterra hasta que te hayas instalado convenientemente en tu nuevo hogar… y estés encinta de mi heredero, claro está.
    Vio que se ruborizaba intensamente. Y que bajaba la mirada, ocultando su expresión.
    – No es nada delicado por tu parte hablar tan abiertamente de tales asuntos -dijo con tono helado-. Cualquiera podría oírte.
    – Mi querida Joanna, me temo que tendrás que flexibilizar un tanto tu criterio sobre lo que es o no decoroso. No solamente pienso hablar de tales asuntos: pretendo hacerte el amor en cada ocasión disponible. No quiero que te quepa duda alguna sobre mis intenciones.
    La oyó soltar un profundo suspiro, señal de que sus amorosas insinuaciones eran tan bien acogidas como la peste.
    – Puede que tengas que pasar más tiempo del que imaginas en tierra firme, si lo que pretendes es que me quede embarazada.
    Alex le sonrió, decidido a no ceder.
    – La espera tendrá sus compensaciones. Dudo que llegue a aburrirme de frecuentar tu lecho.
    Joanna frunció los labios con terca expresión. Resultaba obvio que no tenía ganas de seguir conversando: se había dado la vuelta para que él no pudiera verle la cara. Parecía estar estudiando la vista con concentrada atención. Alex esperó.
    ¿Qué debía esperar de ella ahora? ¿Que denigrara la cruda belleza de aquel escenario, de la misma manera que Lottie Cummings había hecho con las Shetland? Era bien consciente de que Spitsbergen era demasiado fría y estaba demasiado vacía para agradar a mucha gente. Había quien se asustaba, sobre todo si no había visto más que las suaves y verdes praderas del sur de Inglaterra. Como escocés que era, Alex estaba acostumbrado a paisajes que intimidaban a los hombres de otras tierras: le encantaban, en ellos encontraba tanta paz como inspiración. Pero sabía que no podía esperar que Joanna sintiera lo mismo.
    Esperó, paciente, a que le dijera que aquel lugar era para ella el infierno en la tierra.
    Joanna había alzado la cabeza hacia el cielo, y Alex recordó en ese momento que no había visto el sol durante varias semanas. No había subido ni una sola vez a cubierta. Se dio cuenta de que estaba absorbiendo el calor del ambiente con absoluta sensualidad, como habría hecho un felino, con los ojos cerrados y una leve sonrisa en los labios. Alex experimentó una súbita punzada de excitación. Los labios de Joanna eran suaves, rosados, y estaban abiertos en franca admiración. Quiso besarla. Anheló besarla.
    Volvió a abrir los ojos.
    – Qué maravilla volver a respirar aire fresco -comentó-. Ya casi me había olvidado de la sensación.
    – No es tan maravilloso cuando hace mal tiempo -repuso él. Le intrigaba aquel repentino cambio de actitud: de la dama terca y petulante a la relajada y sensual-. Lo único bueno de las tormentas que hemos soportado es que siempre hemos tenido el viento detrás, con lo que hemos conseguido reducir considerablemente el tiempo de nuestro viaje. Yo había previsto que tardaríamos dos meses o más.
    – Entonces puedo considerarme yo también afortunada -Joanna giró sobre sus talones y empezó a caminar por la borda de estribor, con una mano en la barandilla-. No sabía que hiciera tanto calor -exclamó por encima de su hombro.
    Alex se echó a reír. Merryn le habría acribillado a preguntas sobre el clima, la media de temperaturas, los registros de presión. Joanna, en cambio, parecía contentarse con sentir a flor de piel que hacía un calor relativo para encontrarse en el Ártico. No tenía ninguna curiosidad intelectual, al contrario que su hermana.
    – Probablemente dentro de una hora estará nevando.
    Lo miró dubitativa:
    – ¿De veras?
    – Es posible -Alex se encogió de hombros-. La previsión del tiempo no es una ciencia exacta, sobre todo aquí, donde los fenómenos cambian dramáticamente en el espacio de media hora.
    – Oh, bueno… -sonrió ella-. Disfrutaremos de lo bueno mientras dure, entonces.
    No era, según reflexionó Alex con no poca sorpresa, una mala filosofía.
    Joanna continuó caminando por el puente mientras admiraba la vista. El cielo era de un perfecto color azul.
    – No hay humo aquí que oscurezca el paisaje -comentó-. Todo lo contrario que Londres, con sus nieblas. Todo es tan luminoso que hasta me duelen los ojos, y el aire es tan claro y fresco que corta como un cuchillo. ¡Todo centellea! -había una expresión de admirado asombro en su rostro mientras contemplaba las escarpadas cumbres de las montañas, cortadas por lenguas de glaciar, con los flancos cubiertos por amplias faldas de nieve-. Tanta nieve… -susurró- y tan blanca que casi parece azul. Nunca había visto nada parecido, ni siquiera cuando era niña y nevaba cada invierno en el campo -volvió a girarse rápidamente, como si no pudiera permanecer quieta-. ¿Dónde están los icebergs? -inquirió de pronto.
    – Aquí no hay icebergs -dijo Alex-. No se forman de la misma manera que lo hacen en el noroeste. Nadie sabe por qué.
    – ¿No hay icebergs? -hizo un mohín de decepción-. Pero habrá mar de hielo…
    – Mucho más hacia el norte.
    Su expresión volvió a iluminarse:
    – ¡Oh, me encantaría verlo!
    – Quizá puedas. Un barco de las pesquerías de Groenlandia se nos acercó esta mañana y nos dijo que este verano los hielos se estaban deslizando bastante hacia el sur -se acercó para acodarse en la borda, a su lado. Observó que le brillaban de entusiasmo los ojos, tan azules que parecían reflejar el cielo.
    – Nunca había visto un lugar tan vacío -susurró, y se volvió espontáneamente hacia él-. Es muy hermoso.
    Alex sintió que el corazón le daba un vuelco mientras contemplaba su rostro, tan vital y excitado. Jamás antes la había visto tan animada.
    – ¿Lo dices en serio?
    – Claro que sí -le aseguró estremecida, abrazándose como una niña que estrechara una mascota contra su pecho-. No tenía ni idea. Pensé que sería oscuro, frío y triste, o neblinoso, húmedo y horrible. O… simplemente horrible -estaba riendo.
    – Puede ser también todas esas cosas -le advirtió Alex.
    – Ya lo supongo -el brillo no llegó a morir en sus ojos-. Pero, en un día así, es mágico.
    – Y sin embargo, tú odias el campo en Inglaterra.
    Joanna se echó a reír.
    – Es verdad. Soy muy veleidosa.
    Se miraron durante un buen rato, y Alex sintió que algo cálido se despertaba en su interior.
    – Estás llena de sorpresas, Joanna. Creí que odiarías este lugar.
    – Yo también lo creía. Y probablemente lo odiaré cuando se ponga a llover. Y detesto el frío. Pero, por el momento, esto es como el paraíso -lo miró, ladeando la cabeza-. ¿Sabes? Antes me preguntaba por qué te convertiste en explorador. Una vez dijiste que sentías la compulsión de viajar y yo no lo entendí, pero ahora… -con una mano en la barandilla, se quedó contemplando el mar-. Es como si hubiera algo allí, algo oculto que te llamara y reclamara, incesante, sin dejarte descansar…
    Alex sintió que se le erizaba el vello de la nuca. Jamás en toda su vida había oído a nadie poner en palabras la pasión y el misterio elemental que sentía como aventurero en tierras lejanas. Y en aquel momento aquella mujer, que no compartía su pasión, y a la que había juzgado frívola y superficial, los había descrito con mayor precisión de lo que habría podido hacerlo él mismo. Nunca había compartido esos pensamientos con nadie, jamás se los había contado a Amelia, ni siquiera a Ware o a cualquiera de sus compañeros de viaje, tan encerrados como estaban en su interior: eran su secreto, la esencia de su alma.
    Seguía mirando fijamente a Joanna y vio que sus ojos se abrían con asombro, sorprendida de leer aquella pasión en los suyos.
    – Así es -reconoció con voz levemente ronca por la emoción-. Eso es exactamente lo que siento.
    – Entonces casi lo lamento por ti -dijo ella, volviéndose de nuevo para contemplar la costa-. Porque imagino que no te dará ninguna paz.
    – Pero… ¿cómo lo sabes? -le tomó una mano. Se sentía turbado, vulnerable de una forma que no conseguía identificar, como si ella hubiera visto demasiado en su alma-. ¿Te lo dijo acaso Ware?
    – David -pareció sobresaltada por la sorpresa, antes de echarse a reír-. No. No creo que David explorara porque sintiera la compulsión de hacerlo. Muy pronto se dio cuenta de que era un medio para adquirir fama y riquezas, y lo explotó como tal. Pero tú… -una sonrisa asomó a sus ojos-. Tú eres diferente, ¿verdad?
    – Sí. Yo no soy como Ware.
    Se quedó asombrado tan pronto como lo dijo, como si hubiera sido de alguna forma desleal para con su amigo, y sin embargo sabía que era cierto. Había sido testigo de la manera en que David Ware había vivido y disfrutado de su popularidad. Había entendido sus valores, pero nunca los había asumido como propios.
    Continuó mirando a Joanna. Durante un largo momento, la emoción afloró entre ellos como algo dulce y frágil, hasta que una expresión distante regresó a sus ojos al tiempo que se apartaba de él.
    – Perdona -le dijo con tono contenido-. Prometimos no hablar de David y sé que es de mala educación en una dama hablar del esposo difunto… con el actual.
    – Joanna… -empezó Alex. No estaba seguro de lo que quería decirle. De lo único que era consciente era de que, por unos instantes, había compartido con ella una poderosa afinidad que deseaba recuperar. Él era el primer sorprendido de la intensidad de aquel deseo. Pero Joanna había vuelto a apartarse y, siguiendo la dirección de su mirada, vio que Lottie Cummings se acercaba apresurada hacia ellos. Estaba envuelta en pieles hasta el cuello y tenía un aspecto cómico, como el de un hombre vestido de oso. Reprimió una maldición. La magia se había roto.
    – Lottie, ¿qué te parece la vista de Spitsbergen? -le preguntó Joanna.
    – Es absolutamente espantosa, Jo querida -se estremeció de manera exagerada-. ¡Estoy empezando a desear no haber venido!
    El resto de viajeros, pensó Alex con ironía, llevaba pensando lo mismo durante semanas. Salvo Devlin, por supuesto. Resultaba imposible guardar secretos en un barco y el voraz apetito de Lottie por los jóvenes era un asunto ampliamente discutido por la tripulación, en medio de una procaz hilaridad.
    Joanna acogió decepcionada la reacción de desagrado de su amiga.
    – ¡Pero si hace tan sólo una semana me decías que te lo estabas pasando maravillosamente bien! -protestó.
    – ¿Sólo una semana? -replicó, irritada-. ¡Tengo la sensación de que han transcurrido años! Yo creía que el Círculo Polar Ártico sería más agradable… Suena como si debiera resultar interesante, pero… ¿qué es lo que encuentro? ¡Nada! ¿Dónde está la gente, dónde las ciudades? -hizo un amplio gesto con el brazo-. ¿Dónde están los árboles? Dios sabe que jamás experimenté la necesidad de ver árboles… ¡hasta que he dejado de verlos por completo!
    Por un instante, los ojos de Joanna se encontraron con los de Alex en una tímida mirada de diversión cómplice.
    – Nada me dijiste hace un momento sobre la falta de árboles, Joanna -murmuró. No pudo evitar preguntarse si tendría la suficiente independencia de criterio como para expresar su propio punto de vista sobre el escenario ante la desaprobación de la señora Cummings.
    – Cierto -reconoció Joanna-. Me parece ciertamente una lástima que haya tan poca vegetación que suavice la vista -aspiró profundamente-. Pero deberás admitir, Lottie, que el paisaje es espectacular. Es magnífico en su misma crudeza y desolación.
    Alex sonrió, complacido, y vio que se ruborizaba. Ésa era Joanna, pensó de pronto: ingeniosa a la hora de contemporizar, siempre deseosa de mantener contento a todo el mundo. Recordando los esfuerzos que había hecho por consolar al señor Churchward por el asunto del testamento, volvió a experimentar una extraña punzada de emoción.
    Lottie, mientras tanto, la estaba mirando con una expresión extremadamente desaprobadora.
    – ¡Creo que tus mareos te han trastornado el juicio, Jo querida! Es el lugar más yermo y desagradable que he visto en mi vida.
    – Lo que lleva obligatoriamente a la pregunta de por qué has venido -musitó Joanna antes de tomar del brazo a su amiga-. Venga, vamos abajo. Hudson nos preparará una tetera que te levantará el ánimo…
    – Querida, Hudson abandonó el barco en las Shetland… ¡junto con Lester, mi doncella! ¿Acaso no recuerdas que me quejé de esto contigo durante todo el tiempo…?
    – Debí de haber estado demasiado mareada para prestarte atención -repuso, lanzándole una mirada de disculpa-. Me preguntaba precisamente por qué Frazer tuvo que hacer de doncella, en lugar de Lester…
    – Oh, Frazer ha demostrado ser un hombre maravillosamente polifacético -dijo Lottie, con un expresivo gesto-. Y con un gran talento a la hora de vestirme y peinarme, tan bueno como la mejor doncella.
    – Y muy diestro con las tenacillas de rizar el pelo -convino Joanna.
    – ¿Seguro que no es impropio que Frazer vea a una dama en paños menores? -inquirió Alex-. Me sorprende que su espíritu puritano pueda soportarlo.
    – Oh, Frazer me ha asegurado que ha visto a muchas damas en paños menores -repuso Joanna con una traviesa sonrisa-. Antes de ingresar en la marina, trabajaba como sastre -se apresuró a explicarle al ver su expresión estupefacta. Frunció el ceño-. ¿No te lo dijo?
    – No. El pasado de Frazer siempre ha estado envuelto en el misterio -se preguntó qué más le habría confiado su adusto mayordomo a su esposa-. Espero… -añadió, incapaz de contenerse- que no haya estado hablando de mí también.
    – ¿Por qué habría de hacer algo así? -preguntó ella con tono ligero-. Es la discreción personificada.
    – Por supuesto. Por supuesto que sí… Me deleita verte tan recobrada, Joanna, que hasta has recuperado las ganas de tomar un té. Pero lamento decirte que tu vajilla de porcelana se rompió durante las tormentas. Tendrás que usar platos y tazones de metal. Y… habrá que lavarlos bien antes, no vaya a ser que el cocinero los haya desinfectado con vinagre para evitar el gorgojo.
    Joanna se estremeció.
    – ¿Podría este viaje ser más desagradable, Alex querido?
    – Muchísimo más -respondió, sombrío. Tal parecía que su esposa se estaba distanciando nuevamente, recuperado su personaje londinense, cambiando a ojos vista. Pero estaba decidido a recuperarla-. Joanna… -la tomó de la mano en el instante en que se disponía a pasar de largo por delante de él, y la atrajo hacia sí-. Te pido por favor unos minutos de tu tiempo.
    Despachó a Lottie con un cortés asentimiento de cabeza y le sostuvo empecinado la mirada al ver que parecía reacia a marcharse. Al final lo hizo.
    – ¿Sí?
    – Por favor, no me llames «Alex querido» -le apretó la mano-. A no ser que lo digas en serio.
    – Sólo es una expresión -replicó a la defensiva-. No significa nada.
    – Precisamente -bajó la mirada a Max, que con su abriguito rojo estaba prácticamente apretujado entre ambos-. Y tampoco te sirvas del perro como escudo.
    Acto seguido se inclinó y la besó. Percibió su sorpresa, pero ella no hizo ningún movimiento por apartarse, lo cual lo alegró sobremanera. De hecho, entreabrió ligeramente los labios bajo los suyos: sabía deliciosamente bien, dulce como la miel, fresca como la nieve. Al cabo de un momento le quitó a Max de los brazos, lo puso firmemente en cubierta y la estrechó contra su pecho para besarla más cómoda y largamente.
    El enorme sombrero rojo le molestaba, así que le desató hábilmente el lazo y se lo quitó para hundir los dedos en su pelo… estropeando al mismo tiempo su delicado peinado, obra de Frazer. La oyó musitar una protesta ahogada y la besó con mayor insistencia hasta que la sintió rendirse de nuevo: su cuerpo había vuelto a ablandarse contra el suyo, e incluso le había agarrado de las solapas del abrigo. El mundo de Alex pareció contraerse de golpe. De pronto no comprendía más que a Joanna: su contacto, su aroma, su sabor y su propia irrefrenable necesidad, como si nunca pudiera saciarse de ella.
    Una ráfaga de viento se alzó entonces, balanceando el barco hacia estribor y separándolos. Alex la sujetó a tiempo de evitar que cayera: vio que estaba sin aliento, las mejillas sonrosadas por el frío viento del norte, la melena rizada cayendo desordenada sobre sus hombros.
    Permanecieron mirándose fijamente, y Alex leyó en su rostro sorpresa y algo más, algo primario y apasionado que le aceleró el corazón. Experimentó un impulso de posesión que lo dejó estremecido, asombrado de su intensidad. Alzó una mano para acariciarle tiernamente una mejilla. Justo en aquel momento se dio cuenta de que no estaban solos, así que al final la dejó caer, resignado.
    – No hay intimidad ninguna en un barco -murmuró con tono triste, sonriendo.
    Dev acababa de subir al puente: llevaba en una mano el sombrero rojo de Joanna, que había rodado por cubierta y a punto había estado de caer al mar. Se lo ofreció con una aparatosa reverencia.
    – Lady Grant…
    Joanna aceptó el sombrero con unas palabras de agradecimiento y una sonrisa. Había recuperado su elegancia y estilo habituales, pero cuando se despidió de Alex con una mirada, se mostró por un instante tímida a la vez que levemente sorprendida. O al menos eso le pareció a él. Después de recoger a Max, bajó apresurada los escalones para reunirse con Lottie.
    – Venía a decirte que viajaré contigo hasta Bellsund -le dijo Dev-. A partir de allí, organizaremos una partida de hombres rumbo a la bahía de Odden, en busca del presunto tesoro de Ware. Se encuentra a corta distancia de allí.
    Alex asintió con la cabeza y se quedó mirando fijamente a su primo.
    – Espero que no le hayas contado a nadie lo del mapa.

    Dev se apresuró a desviar la mirada, como si ocultara algo.
    – ¡Por supuesto que no! -suspiró. En aquel preciso instante llegaron hasta ellos unas risas procedentes de la cubierta inferior-. Será mejor que le recuerde a la tripulación que entretener a lady Grant no forma parte de sus obligaciones. Están tan seducidos por ella que seguro que se habrán olvidado de que, supuestamente, trae mala suerte llevar una mujer a bordo -se echó a reír-. Eres un tipo con suerte, Alex. No hay un solo hombre en este barco que no te envidie.
    – Excepto tú, imagino -repuso secamente.
    Dev esbozó una mueca.
    – Oh, la señora Cummings es muy… complaciente… pero lady Grant es… -se interrumpió, y Alex se quedó sorprendido al ver que su primo se había ruborizado.
    – Lady Grant es… ¿qué?
    – No me obligues a ponerlo en palabras -le pidió Dev, ruborizándose aún más-. Sabes que no soy bueno expresándome -frunció el ceño-. Hay algo como… inocente en lady Grant, pese a que ya era viuda cuando se casó contigo -sacudió la cabeza-. Parece como la princesa de un cuento de hadas. Y no se te ocurra tacharme de imaginativo, o de extravagante -añadió al ver que abría la boca para hablar-, porque sé que tú también lo sientes. Vi la manera en que la mirabas.
    – Ves demasiadas cosas -no le apetecía compartir aquel momento con nadie más. Seguía intentando aclararse él mismo, ya que jamás en toda su vida había experimentado nada parecido.
    – Eres consciente de que a Purchase le gusta, ¿verdad? -continuó Dev-. Con lo cual quiero realmente decir que está genuinamente enamorado de ella.
    Alex entrecerró los ojos mientras evocaba la conversación que había mantenido con Owen Purchase en Londres. Ahora estaba seguro de que su amigo nunca había sido amante de Joanna, pero eso no quería decir que no quisiera serlo. Descubrió que no le gustaba la idea. No le gustaba en absoluto: un sentimiento que no tenía nada que ver con la necesidad que tenía de asegurarse un heredero.
    – Purchase jamás me engañaría -dijo, intentando ignorar el instinto primario que lo impulsaba a ir a buscarlo para arrojarlo por la borda de su propio barco-. Hace años que es mi amigo. Y Joanna… -pensó en su esposa, tan dulce y apasionada en sus brazos, y en la expresión de sorpresa que había visto en su rostro cuando se separaron después de besarse, como si no pudiera creer que lo que estaba sintiendo fuera real. Había reconocido aquel sentimiento porque él también lo había experimentado-. Joanna tampoco me engañaría.
    Dev lo miraba con una sonrisa burlona.
    – ¿Por qué te casaste con lady Joanna, Alex?
    – De labios de cualquier otra persona -gruñó-, habría considerado impertinente esa pregunta.
    – Siento curiosidad -repuso Dev, impertérrito-. No me pareces el tipo de hombre que codicie bien la fama de Ware o de su esposa, bien… -dejó la frase sin terminar.
    – ¿Es eso lo que piensa la gente? -Alex se había quedado estupefacto-. ¿Que aspiro a ocupar el lugar de Ware? -nunca prestaba atención a los rumores, pero ahora se daba cuenta de que las habladurías debían de tener por tema su supuesto deseo de sustituir a Ware como explorador heroico, tanto en la sociedad londinense como en su lecho-. No se trata de Joanna. Ni de Ware, por cierto. Se trata de acoger a la hija de Ware y de dar a Balvenie un heredero.
    No le pasó desapercibida la extraña expresión que asomó a sus ojos.
    – ¿Un heredero? -inquirió.
    – Recuerdo que eso fue lo que tú mismo me aconsejaste en cuanto regresé a Londres -pronunció, frunciendo el ceño.
    – Desde luego -Dev evitó su mirada-. Discúlpame -dijo bruscamente-. Seguro que Purchase me está buscando -y se marchó sin más, dejando a Alex aún más sorprendido. Y preguntándose por lo que habría dicho para suscitar aquella reacción en su primo.

Doce

    – No sé muy bien -dijo Joanna después de cenar, mientras bebía su té en un tazón de metal- qué es lo que puede hacer una en un barco para pasar el tiempo.
    Alex y ella estaban solos en el comedor, ya que Dev y Owen Purchase se hallaban en cubierta y Lottie había desaparecido para seleccionar alguna ropa que llevar a la lavandería. Joanna se había quedado sorprendida de descubrir que había vuelto a recuperar el apetito después de tantos días subsistiendo a fuerza de gachas y galletas secas. Pero eso fue hasta que vio la comida que había preparado el cocinero del barco, una especie de guiso de carne con guisantes que no se parecía a nada que hubiera visto antes. Consciente de la mirada de Alex, se había obligado a probar varios bocados sin quejarse, pasándolos con un poco de cerveza. La bebida le había sabido horrible, pero había conseguido distraerla del sabor de la comida.
    – Podrías leer -sugirió Alex-. ¿Qué me dices de esos libros que te regaló tu hermana?
    – Encuentro muy áridas las memorias de viaje del doctor Von Buch -explicó Joanna. Ya había empezado a usar las páginas para rizarse el pelo, enrollándolas convenientemente.
    – ¿Y el relato de la expedición del capitán Phipps?
    – Lleno de tediosos detalles sobre los víveres del barco y sobre el refuerzo del casco con vigas y cuadernas, sea lo que sea que signifique esa palabra -dijo Joanna-. Supongo que tú lo encontrarás fascinante, ¿verdad? -se burló.
    – En absoluto. El pobre Phipps debería haberse limitado a navegar para dejarle la escritura a otro -jugueteó con su copa de brandy, observándola con un interés que le hacía estremecerse-. Podríamos jugar al ajedrez, si quieres -murmuró-. O hablar.
    Hablar. El interés que de repente parecía demostrar Alex por su compañía al margen del lecho matrimonial le parecía algo extraordinario. Apenas ese mismo día no había tenido empacho en decirle que el único interés que tenía por ella era engendrarle un heredero. Joanna había supuesto entonces que se mostraría extremadamente atento con ella en el lecho, para ignorarla prácticamente fuera del mismo. E indudablemente conocía a muchos matrimonios que sobrevivían a base de hablar lo menos posible. Y sin embargo, ahora parecía que Alex deseaba hablar con ella, aparte de hacerle el amor.
    – Supongo que preferirías estar trabajando -le dijo mientras lo veía colocar las piezas del ajedrez-. No pareces la clase de hombre que guste de permanecer ocioso.
    – Tienes razón, por supuesto -sonrió-. La inactividad me desagrada. Pero esta tarde la deseo pasar contigo.
    Extraordinario, sin duda. Joanna no conseguía imaginar por qué podía querer tal cosa. Fue consciente de su rubor, y tomó una de las piezas en un intento de disimular su confusión. Era de un color crema oscuro, de tacto suavísimo.
    – ¿Son de hueso? -preguntó, incrédula.
    – Hueso de ballena. Spitsbergen es territorio de balleneros -alzó la mirada-. ¿De dónde crees que proceden todos esos accesorios de moda que te gustan tanto, Joanna?
    – Nunca había pensado en ello -admitió-. Te referirás supongo a los mangos de paraguas y parasoles, las varillas de los corsés…
    – Y al aceite y los jabones.
    Joanna se estremeció.
    – Creo que a partir de ahora me negaré a llevar corsés.
    Alex la miró con una sonrisa en los ojos.
    – A mí no me oirás quejarme -se recostó en su silla, observándola-. Espera a ver una ballena, Joanna -una vez más adoptó el mismo tono de orgullo y placer que había utilizado cuando le habló de Spitsbergen-. Son las criaturas más espléndidas y sobrecogedoras del universo. Una ballena azul sería capaz de volcar un barco con un simple giro de su cola.
    – ¿Y quién podría culparla por ello cuando el hombre las caza para convertirlas en mangos de paraguas? ¿Veremos ballenas azules aquí?
    – Sería raro: es la ballena jorobada la que abunda en estas aguas. Pero tú eres una chica de campo -añadió-. Seguro que estarás familiarizada con la caza desde niña.
    – Nunca me gustó. Es algo deliberadamente cruel -volvió a colocar la pieza de ajedrez en su lugar-. Una opinión, por cierto, que nunca contó con el favor de mi tío, me temo. Era el típico vicario de la vieja escuela.
    Alex se echó a reír.
    – ¿Te refieres a que era cazador, pescador… y además juraba y echaba sermones?
    – Algo así -Joanna abrió la partida, avanzando el peón blanco-. Si aprendí a jugar al ajedrez fue precisamente porque la alternativa era leer sus libros de sermones.
    Se hizo el silencio en cuanto comenzó el juego. Joanna se fijó en los dedos de Alex mientras movía las piezas por el tablero: unos dedos largos, fuertes y morenos, que enseguida se imaginó recorriendo su piel. Se obligó a concentrarse en la partida. La luz del camarote se había suavizado con la caída de la tarde. Owen Purchase le había dicho que, en aquellas latitudes septentrionales, el sol nunca llegaba a ponerse del todo en aquella época del año.
    La luz proyectaba sombras sobre el rostro de Alex, destacando el perfil de sus pómulos y de su mandíbula, así como la hendidura de su concentrado ceño.
    Joanna ganó finalmente la partida y pudo leer la sorpresa en sus ojos.
    – ¿Otra? -le preguntó, sonriendo recatadamente-. Estoy moralmente obligada a concederte la revancha.
    Alex se irguió y acercó un poco más su silla a la mesa mientras volvía a colocar las piezas.
    – No esperabas que te ganara, ¿verdad? -añadió, mirándolo de reojo.
    Alex soltó una reacia carcajada.
    – Admito que no pensaba que el ajedrez fuera tu fuerte.
    – Porque me consideras una estúpida, ¿verdad? -Joanna le indicó que abriera el juego, y enseguida sacó sus caballos.
    – Una táctica agresiva -la miró por un momento-. Y no, nunca te he considerado una estúpida.
    – Frívola entonces. Extravagante a irresponsable -se apoderó de un peón.
    – Eso sí que lo pensé -admitió Alex-. Una actitud demasiado crítica por mi parte.
    – Y arrogante -agregó ella con tono dulce.
    – Eso también te lo concedo -la sombra de una sonrisa asomó a sus labios.
    Esa vez Joanna advirtió que Alex le hacía el cumplido de concentrarse a fondo en el juego. Cuando ella se enrocó, entrecerró los ojos y reanudó su ataque.
    – Jaque -dijo él, avanzando un alfil para amenazar el rey.
    Le tomó entonces una mano y ella alzó la mirada para encontrarse con el brillante gris de sus ojos. Sacudiendo la cabeza, la liberó.
    – Jaque mate -pronunció ella, moviendo su reina y gozando de su expresión de absoluto desconcierto.
    – Que el diablo me lleve… ¿Qué jugada ha sido ésa?
    – Se llama «la victoria de la reina» -explicó Joanna-. La inventó mi tío. Al principio generó un gran escándalo y un ir y venir de cartas entre los ajedrecistas, pero al final se aceptó como conforme a las reglas.
    Alex reconstruyó mentalmente la jugada y se quedó mirándola pensativo. Y admirado.
    – Debería haberla previsto.
    – ¿Quieres que juguemos otra? Así tendrás la oportunidad de ganarme al menos una y salvar tu orgullo.
    – No, gracias. Sé reconocer la superioridad de un rival.
    – Entonces eres un hombre fuera de lo corriente.
    – Eso espero.
    Se hizo un tenso silencio, cargado de súbitas posibilidades.
    – Creo que subiré a cubierta a respirar un poco de aire fresco antes de retirarme -dijo bruscamente Joanna, levantándose. Era consciente de lo que estaba a punto de suceder entre ellos, y le sorprendía lo muy nerviosa que eso le hacía llegar a sentirse. Había dormido con Alex antes, se recordó desesperada. Y había estado bien. Mucho mejor que bien. El término no hacía justicia a la experiencia. Realmente no tenía nada que temer…
    Alex se levantó también.
    – Excelente idea. Te acompaño.
    Un nudo de pánico se le cerró en el estómago.
    – No puedes retirarte cuando yo. Necesitaré al menos dos horas para prepararme para acostarme, y requeriré la ayuda de Frazer…
    – Será mucho más divertido contar con la mía -le dijo él mientras le abría cortésmente la puerta-. Estoy seguro de que, cualquier cosa que pueda hacer Frazer, yo sabré hacerla mejor.
    – Necesito que me calienten las sábanas -dijo, cada vez más nerviosa.
    – Eso puedo hacerlo yo.
    – Con una bolsa de agua caliente -se apresuró a aclarar-. Y alguien que me desabroche el vestido y me cepille el pelo… -se interrumpió.
    – Insisto en que a mí me encantaría hacerlo.
    – ¿Cepillarme el pelo?
    – Y ayudarte a desnudarte -la tomó de la mano mientras la ayudaba a subir los escalones que conducían a cubierta-. Acepta mi ayuda, Joanna. Eres mi mujer y te deseo. Y si no hubieras estado tan mareada durante todo el viaje, me habría pasado en tu cama la travesía entera. Ésa es la mejor manera de pasar el tiempo en un barco… y al diablo con el ajedrez.
    Aquella brusca aseveración la dejó sin aliento.
    – Habrías estado en mi catre, mejor dicho -su propia voz le sonaba extraña-. Ese… cajón no merece el nombre de cama.
    – La descripción no importa. Da igual como lo llames: soy tu marido y ocuparé tu camarote. Contigo -se interrumpió-. Por cierto… todavía no hemos discutido. ¿He de suponer que por una vez estamos de acuerdo en algo?
    – ¿Me estás pidiendo que duerma contigo porque…?
    – Estás respondiendo a una pregunta mía con otra. Además, la razón ya la sabes. Te lo estoy pidiendo porque siento una fuerte atracción física por ti y el deseo de volver a hacerte el amor.
    Parecía impaciente, pensó Joanna: tal vez incluso ligeramente irritado. Lo cual no pudo por menos que irritarla a su vez.
    – Bueno, eso es muy propio de ti. Admites que te gusto…
    – No, admito que te encuentro muy atractiva. El verbo «gustar» no describe en absoluto la situación.
    – Admites entonces que me encuentras muy atractiva y luego haces que parezca un insulto -terminó de subir los escalones, pisando fuerte-. Durante cerca de cinco minutos, mientras jugábamos al ajedrez, me sentí… reconciliada contigo en cierta forma, Alex, pero ahora… ¡todo eso se ha acabado!
    Alex la acorraló entonces entre su cuerpo y la borda del barco.
    – Reconócelo -le dijo-. Sabes perfectamente que tú también me deseas -en un impulso, la besó-. Eres mi esposa y quiero un heredero -susurró contra sus labios-. Hicimos un trato.
    Aquellas palabras fueron como un cubo de agua fría que hubiera arrojado de repente sobre su piel ardiente. Recordó de pronto que la necesidad de Alex de tener un heredero constituía su única preocupación. Era por eso por lo que había consentido en casarse con ella, y la razón de que su matrimonio tuviera unos cimientos tan débiles, como si se hubiera edificado sobre arena. Alex y ella habían firmado un trato. Había llegado la hora de empezar a pagar.
    Aspiró hondo. De una manera tan aterradora como traicionera, de repente descubrió que deseaba contarle la verdad a Alex. Aquella tarde había surgido entre ellos una frágil tregua que nunca podría repetirse ni durar si las mentiras y el engaño se empeñaban en atrofiarla. No podría volver a hacer el amor con él sabiendo que le estaba mintiendo deliberadamente sobre sus posibilidades de concebir un heredero.
    – Alex, hay algo que debo decirte, yo…
    – ¡Queridos!
    Lottie se abalanzó sobre ellos, surgiendo de entre las sombras como una enorme polilla, y Joanna oyó a Alex jurar entre dientes. Un sentimiento de inmenso alivio la invadió. Ya le había estado fallando el coraje, y el momento de la verdad había pasado.
    – Desde luego que no hay intimidad alguna en un barco -masculló Alex con tono triste, soltándola-. Señora Cummings… -improvisó una tensa reverencia- ¿qué podemos hacer por vos?
    – Nadie puede dormir debido a tanta luz como hay -dijo Lottie-, así que he decidido organizar una pequeña fiesta -señaló al abigarrado grupo de tripulantes que la seguía, portando varios instrumentos musicales-. El señor Davy me ha asegurado que en la tripulación hay músicos prodigiosos.
    – Curioso -dijo Joanna, mirando a Alex-. No tenía idea de que los marineros tuvieran tantas y tan diversas habilidades.
    Alex se echó a reír.
    – La tripulación de Purchase está formada en su integridad por antiguos marineros de la armada, y todos saben de todo: costura, carpintería, reparación de velas y redes, calzado, barbería… Y han demostrado además su competencia al menos en tres instrumentos musicales. Por no hablar de que saben conducir trineos y orientarse por las estrellas.
    – Dios mío -murmuró Joanna, esbozando una mueca cuando la improvisada orquesta empezó a tocar-. No me lo esperaba. Supongo entonces que su habilidad para la costura superará con mucho a la mía.
    Alex la llevó a un lado de cubierta mientras la banda acometía una giga, una danza popular. Para entonces, Lottie ya estaba bailando con el contramaestre. La tripulación reía y batía palmas mientras la música flotaba en el aire de la noche. Se encendieron faroles y linternas, y se distribuyeron raciones de ron que empezaron a pasar de mano en mano.
    El licor abrasó la garganta de Joanna y la noche pareció de pronto más colorida y luminosa. En un determinado momento alguien la apartó de Alex y empezó a dar vueltas por cubierta, girando sin cesar de brazo en brazo, bajo la bóveda azul del cielo, con la brisa fresca en la cara y las risas alegres resonando en sus oídos.
    Alex la alcanzó entonces y se puso a bailar con ella. Rechazó la petición de Dev de cedérsela: la abrazaba con tanta fuerza que Joanna podía sentir el firme latido de su corazón contra el suyo. El ron seguía circulando, ella volvió a beber y vio que Alex meneaba la cabeza con un gesto de censura, aunque sonriendo. Finalmente se quedó exhausta y Alex extendió una estera sobre cubierta, en un tranquilo rincón alejado de la fiesta, y la invitó a sentarse con él.
    Se resentía de la dureza de la madera en la espalda, pero Alex le pasó un brazo por los hombros, envolviéndola en su calor. Relajada, apoyó la cabeza en su pecho.
    – Imagino que no siempre será así -dijo con voz soñadora-. En invierno será de lo más deprimente, ¿no?
    – Sí. Un invierno lo pasé en Spitsbergen como joven oficial en una de las expediciones de Phipps. Nos quedamos atrapados en los hielos: llegamos a temer que acabaran rompiendo el casco. Al final conseguimos cortar el hielo alrededor del barco, para que el casco no sufriera, pero de allí ya no pudimos escapar -soltó una corta carcajada-. Aquel año todo el mundo se puso muy nervioso.
    – ¿Qué sucedió? -inquirió Joanna. Sentada al aire libre, disfrutando de aquella noche tan agradable y protegida por los brazos de Alex, le costaba creer que aquella tierra fuera al mismo tiempo capaz de matar… pese a que sabía que el propio David había muerto allí.
    – Nuestros oficiales de mayor graduación nos mantuvieron a todos muy, pero que muy ocupados -le estaba diciendo Alex-. Con el primer toque de corneta, nos obligaban a correr por el hielo durante dos horas, alrededor del barco. Abrimos un paso a través del hielo, y lo señalamos con postes y antorchas. Lo bautizamos como el «Paso Podrido».
    Joanna se echó a reír.
    – ¿Sobrevivieron todos?
    – Más que el hielo, fue la falta de comida lo que casi nos mató. Tuvimos suerte de escapar con vida.
    Joanna se estremeció: la sombra de David se había cernido entre ellos. Alex no dijo nada, pero ella sabía que él también estaba pensando en su amigo. Se arrebujó aún más contra su pecho, en un intento por ahuyentar aquellos fantasmas. Por un instante, Alex no respondió: Joanna detectó cierta tensión en su cuerpo, como si se estuviera resistiendo a aquella intimidad, pero finalmente suspiró y la estrechó contra su pecho, con la mejilla contra su pelo.
    La noche se estaba volviendo más fría. Joanna se estremeció levemente.
    – ¿Tienes frío? -le preguntó él.
    – No. Tengo miedo.
    – ¿Del viaje?
    – De lo que nos espera al final del viaje -le confesó ella-. Hay tantas cosas que me resultan desconocidas… -alzó la cabeza para poder mirarlo. No sabía por qué se estaba confiando a él: quizá fuera el efecto del ron, que le había soltado la lengua. Alex no era un hombre que invitara a las confidencias. Era demasiado reservado, demasiado celoso de su intimidad. El sol ya se había ocultado detrás de las montañas y la noche ártica se había llenado de sombras alargadas. Le resultaba imposible leer su expresión.
    – Te queda encontrar a Nina y procurarle un buen hogar -dijo Alex-. Sería extraño que no estuvieras preocupada, ahora que estás tan cerca de hacerlo.
    – ¡Preocupada! -exclamó, sin poder evitarlo-. ¡Estoy aterrada!
    Tuvo la impresión de que sonreía.
    – No hay vergüenza alguna en tener miedo. Te estás aventurando hacia lo desconocido. Eres muy valiente, Joanna.
    Se quedó tan sorprendida que por un momento fue incapaz de pronunciar palabra.
    – ¿De veras? Yo creía que aventurarse hacia lo desconocido era navegar los siete mares y explorar tierras desiertas, y que lo valiente era pelear con fieras salvajes…
    – Te equivocas -se echó a reír-. El coraje lo demostramos al enfrentarnos con lo que nos asusta, con lo que no deseamos hacer. El coraje consiste en domesticar el miedo, en evitar que nos domine. Tú no querías venir aquí, pero lo has hecho. No has permitido que el miedo gobierne tus actos. Ésa es la verdadera valentía.
    Joanna se estremeció al escuchar sus palabras: ella se sentía de todo menos valiente. Alex se quitó entonces su abrigo y se lo echó sobre los hombros. Inmediatamente se sintió enormemente reconfortada, protegida no sólo por su calor, sino por su presencia. El abrigo conservaba su olor, un aroma a colonia de cedro y a aire polar, y le entraron ganas de envolverse en él pese a que hizo un débil intento por rechazarlo.
    – ¡Oh, no! -exclamó al ver que se quedaba en mangas de camisa-. ¡Te vas a congelar!
    – Pronto bajaremos al camarote -repuso. Inclinó la cabeza para volver a besarla, y esa vez Joanna sintió que el calor nacía de su interior en una lenta espiral de placer sensual.
    Pensó aturdida que las raciones de ron a bordo eran una cosa maravillosa. Aplacaban sus miedos y suavizaban las duras aristas de la culpa que la asaeteaba cada vez que pensaba en el engaño del que había hecho víctima a Alex.
    – Me alegro de que hayas venido conmigo -susurró. Sintió que se quedaba muy quieto por un momento, hasta que volvió a frotar la mejilla contra su pelo.
    – ¿De veras? -había una nota extraña en su voz.
    – De veras. Gracias -se sentía reconfortada, agradecida y feliz-. Raspas… -añadió soñolienta, alzando una mano para tocar la sombra de barba que le cubría la mejilla-. Un caballero siempre se afeita, en todo momento y lugar.
    Le pareció oír que gemía suavemente, como reacción al tierno contacto de sus dedos en su piel.
    – Basta -dijo él, capturando su mano y besándole los dedos-. No es mi estilo hacer el amor con una mujer bebida, pero tú me tientas.
    – No estoy tan bebida -susurró Joanna.
    – Entonces no me dejas otra elección.
    La había alzado en brazos antes de que tuviera tiempo de respirar, y en aquel momento la apartaba de las risas, de las luces y del tumulto, en dirección al camarote. Joanna se sentía acunada por el suave balanceo del barco sobre las olas. Una ardiente excitación hervía en su interior, con los brazos de Alex cerrándose sobre ella como una cincha de acero, seguros y firmes.
    Una vez bajo cubierta, la bajó delicadamente al suelo y la apoyó contra la puerta del camarote antes de empezar a besarla. El placer la recorrió de pies a cabeza, arrancándole un gemido de necesidad. No tardaron en quedar ambos sin aliento. Finalmente, Alex abrió la puerta de una patada y entraron apresurados. Joanna miró el diminuto catre.
    – ¿Cómo vamos a…?
    Pero él la acalló poniéndole un dedo en los labios. Hundió los dedos en su pelo, obligándola a ladear la cabeza para poder besarle el cuello. Joanna podía sentir su sonrisa de placer contra su piel, mientras sus labios buscaban la sensible piel de detrás de su oreja. La mordisqueó levemente, y ella se apartó. Quiso decirle que tuviera cuidado y no le rompiera los volantes del corpiño… pero aquella preocupación quedó olvidada en una marea de sensaciones tan intensas que la dejó estremecida.
    Alex le bajó el corpiño del vestido para desnudarle un seno: lo sostuvo durante unos segundos en su palma, pellizcando el pezón con delicadeza, frotándolo con dos dedos hasta que le arrancó un gemido. En sus veintisiete años de vida, pensó aturdida, jamás había imaginado que su propio cuerpo pudiera ser fuente de un deleite tan exquisito. Llegó incluso a temer que le fallaran las piernas.
    Alex inclinó la cabeza para delinear lentamente el pezón con la punta de la lengua. Joanna ahogó una exclamación y ella misma se lo metió en la boca: era una tortura tan deliciosa… Podía sentir el ardor que se anudaba y crecía en su vientre, incendiándola por dentro. Y lo sintió luego levantarla nuevamente en vilo para sentarla en el camastro, antes de arrodillarse frente a ella.
    Alex buscó de inmediato la cinta de su enagua, que procedió a bajar con habilidad. Le alzó luego las faldas con todos sus encajes y volantes, que formaron una suerte de espuma sobre la blanca piel de sus muslos, dejándola únicamente con las medias de seda. Aquello era demasiado. Joanna se sentía a punto de explotar. Se aferró a sus hombros, hundiéndole los dedos en la piel a través de la camisa, y lo acercó hacia sí para poder besarlo de nuevo: su boca contra la suya, con los pezones presionados con fuerza contra el muro de su pecho.
    Sin interrumpir el beso, Alex se irguió entonces y ella se estiró tras él, suspirando por su boca.
    – No te muevas -susurró, perverso.
    Se apartó por fin, y Joanna abrió los ojos para descubrir que se la había quedado mirando fijamente. No tuvo problemas en imaginar el aspecto que debía de ofrecer: la melena derramada sobre los desnudos hombros, con un seno al descubierto, como suplicando las atenciones de su boca y de sus manos. Emitió un leve gemido y Alex bajó la cabeza para delinearle la curva del seno con la lengua y acariciarle el pezón, arrancándole un grito. El vello de la piel se le erizó al instante, sensible al más ligero contacto.
    Sintió las manos de Alex viajando por su cuerpo, sentada como estaba en el borde del camastro. Sus dedos exploraban ya la cara interior de sus muslos, exponiéndola a sus caricias, antes de recorrer su vientre y sus caderas para volver nuevamente a su entrepierna, seduciéndola, atormentándola sin cesar. Instintivamente se inclinó hacia delante: justo entonces él empezó a hundirse en su húmedo calor, y ella suspiró de alivio. Anhelaba sentirlo todo él, como la primera vez, pero Alex parecía contenerse.
    Con cada suave balanceo del barco sobre las olas, se fue hundiendo cada vez más profundamente en su interior, poco a poco… hasta que Joanna ansió desesperadamente encontrarse de nuevo en medio de una feroz tormenta. Quería mucho más que aquel delicioso tormento. Quería todo de él. Se removió, inquieta: Alex la mantenía en una posición tal que le impedía hundirse a fondo en ella. Apoyaba las manos sobre sus muslos desnudos, por encima de las medias, separándoselos todo lo posible, y ella tenía que sujetarse en el borde del catre si no quería caerse hacia atrás. Temblaba de pies a cabeza, presa de una intolerable necesidad.
    – ¡Alex! ¡Basta! -estaba a punto de llorar. Aquello era demasiado-. Por favor… -rogó-. No puedo soportarlo.
    Alex se inclinó entonces hacia delante para besarla con ternura: al hacerlo, se hundió más profundamente en ella, arrancándole un gimoteo de extasiado placer. Acto seguido deslizó las manos bajo sus caderas y la alzó en vilo para penetrarla por fin por completo, sin dejar de moverse, provocándole un tierno a la vez que aterrador clímax. Se sintió conquistada, dominada, y sin embargo experimentó al mismo tiempo una sensación de poder y de triunfo, estremecida hasta la médula por la fuerte emoción que la embargaba. Las lágrimas se le acumularon detrás de los párpados y no supo por qué. Sentía el cuerpo blando, lánguido, saciado. Sentía las manos de Alex recorriendo su cuerpo, desnudándola, tumbándola en el catre donde acto seguido se echó detrás de ella, con su pecho en contacto con su espalda.
    – Podemos dormir así -le dijo, y la envolvió en sus brazos.
    Se sentía asombrosamente cómoda. Ya ni se acordaba de la última vez que se había sentido tan segura.

Trece

    El toque de corneta que sonó a las seis de la mañana siguiente casi le rompió la cabeza en dos.
    – Maldito Purchase… -masculló Alex entre dientes. Se pasó una mano por la cara. Joanna había tenido razón la noche anterior: necesitaba urgentemente un afeitado.
    Se dio la vuelta. Joanna yacía a su lado y el toque de corneta no la había afectado lo más mínimo. Olía tan bien que, por primera vez en su vida, se sintió tentado de ignorar la llamada para quedarse exactamente donde estaba. Había algo tan conmovedor y vulnerable en aquella imagen de Joanna dormida, tan diferente de la reservada mujer que escondía tras su elegante fachada… Él seguía vislumbrando atisbos de una Joanna distinta, pero cuanto más los perseguía, más parecían escapársele. Ni siquiera estaba seguro de por qué deseaba conocerla mejor. Del acuerdo al que se había comprometido con ella no le había pedido más que un heredero, pero a esas alturas le resultaba imposible guardar las distancias. La pasada noche, reflexionó, no había estado pensando en engendrar un heredero.
    El deseo le había borrado todo pensamiento de la cabeza y había sido a Joanna a quien había querido, no el hijo que ella pudiera darle. Y, sin embargo, su situación no era tan sencilla como el deseo que lo embargaba. Estaba comprometido, cuando se había jurado que nunca más volvería a estarlo. Había pensado en un principio que su compromiso no se extendería más que a asuntos prácticos, como velar por la seguridad de Joanna durante el viaje, pero desde que la besó el día anterior, todo aquello parecía haberse convertido en algo mucho más profundo.
    «Me alegro de que hayas venido conmigo», le había susurrado ella la noche anterior, y Alex se había sentido como si de repente le hubieran robado el aliento del cuerpo. Después de aquello, había esperado sentir la familiar sensación de ahogo asociada a la responsabilidad, así como la urgencia de ser libre. No había ocurrido nada parecido. De hecho, estaba incluso empezando a gustarle el pensamiento de estar con Joanna, y eso resultaba más aterrador que cualquier peligro al que se hubiera enfrentado anteriormente.
    En aquel instante, su cuerpo se tensó con una sensación parecida a la ternura. Lentamente, reacio casi, alzó una mano para acariciarle una mejilla.
    Pero, en lugar de ello, lo que tocó fue algo peludo. De repente descubrió que, en algún momento de la noche, Max se las había arreglado para escurrirse entre sus cuerpos: un bulto feliz y caliente que roncaba con placidez. El animal abrió un ojo, miró a Alex con una expresión de absoluto triunfo y continuó durmiendo.
    La corneta volvió a sonar, esa vez con una nota aún más urgente. Algo pasaba. Se levantó del catre, recogió su ropa y se vistió a toda prisa. Podía escuchar gritos procedentes de cubierta, con un retumbar de pasos. Joanna se había despertado y estaba sentada en la cama, aferrando las mantas. Parecía confusa, soñolienta y asustada.
    – ¿Alex? ¿Qué pasa? ¿Sucede algo malo?
    – No. No te preocupes. Vuelvo enseguida -se inclinó para darle un apresurado beso. De repente, recordando que ella solía tardar unas dos horas en vestirse, le sugirió-: Pero quizá tú deberías levantarte también.
    Una vez arriba, lo primero que hizo fue echarse un cubo de agua fría por la cabeza. Dev, luciendo un aspecto mucho más fresco que él, lo miraba con una taza de cacao caliente en la mano.
    – Eres demasiado viejo para beber tanto ron -le comentó su primo-. Tienes un aspecto terrible. O quizá es que estás demasiado viejo para permitirte otros excesos…
    – Basta -le espetó Alex, y desvió la mirada hacia donde Owen Purchase estaba enfrascado en una profunda conversación con el timonel-. ¿Cuál es la emergencia?
    – Mar de hielo -respondió Dev, lacónico-. Hace una media hora que ha cambiado el viento y el hielo nos está empujando hacia la costa.
    Alex se acercó a la borda. El cielo estaba gris y soplaba un viento muy frío. Enseguida detectó el problema: el viento del noroeste empujaba los bloques de hielo hacia el barco, acorralándolo contra la línea de costa. Apenas unos cuarenta metros hacia el oeste el agua estaba limpia, libre de peligro. Pero no podían llegar hasta allí y, al cabo de una media hora según sus cálculos, estarían completamente rodeados de hielo o bien se estrellarían contra las rocas.
    – ¿Qué te parece? -le preguntó Purchase con tono urgente, acercándose.
    – Que no tenemos elección -contestó Alex, sombrío-. Si esperamos, nos estrellaremos -miró hacia el mar abierto-. Tendremos que cortar el hielo hasta llegar a aguas limpias. Y empezar ya.
    – Nunca había hecho esto antes -suspiró Purchase-. Es condenadamente peligroso. El hielo es inestable y…
    – Yo sí lo he hecho, y no es tan peligroso como quedarnos aquí esperando a naufragar -se dirigió a Dev-. Trae las sierras.
    Mientras su primo se alejaba corriendo, Alex se volvió para descubrir que Joanna había subido a cubierta. Reprimió un gruñido, arrepentido de no haberle ordenado que se quedara abajo. Lo último que deseaba era batallar con mujeres histéricas en un momento como aquél.
    – ¡Alex! -se acercó a él y le puso una mano sobre el brazo; estaba muy pálida-. ¿Qué sucede?
    – Nada. Vuelve abajo.
    Se lo había dicho en un tono muy brusco. Vio que alzaba enseguida la barbilla y se lo quedaba mirando con expresión testaruda. Había un brillo de furia y obstinación en sus ojos azules.
    – No. No bajaré. No hasta que me hayas contado lo que pasa.
    – El barco está atrapado en el hielo, lady Grant -le informó Purchase-. Lord Grant va a abrirnos un paso hasta mar abierto.
    Joanna lo miró y volvió a concentrarse en Alex.
    – ¿Es peligroso?
    – Sí. Pero si no lo hacemos, pereceremos todos.
    Oyó a Purchase murmurar una protesta, no por el contenido de sus palabras, sino por la manera brutal en que las había expresado.
    Joanna palideció todavía más. Sus ojos brillaban como zafiros. Alex la observaba, expectante.
    – Podrías morir ahogado -dijo, y no era una pregunta. Volvió a mirar a Purchase y, detrás de él, a la tripulación, que esperaba: Dev con las sierras de hielo, hombres con sogas y escaleras.
    Alex la vio estremecerse, como si palpara la tensión en el aire.
    – No había imaginado que volvería a convertirme en viuda tan pronto -dijo Joanna-. Esto no me gusta nada -agarró a Alex de las solapas del abrigo y lo atrajo hacia sí. Su aliento le acariciaba los labios-. Ten cuidado -susurró con vehemencia.
    Había algo en sus ojos que hizo que el corazón le diera un vuelco en el pecho. Lo besó en una mejilla, lo soltó y se instaló luego junto a la borda, como dejando claro que pretendía pasarse todo el día allí.
    Los hombres se sonreían y Purchase le hizo un ligero guiño a su primo.
    – Parece que ahora tienes algo por lo que volver, Grant.
    – Sí -respondió, y miró de nuevo a su mujer.
    Alguien había llevado una manta y un tazón de cacao a Joanna, que se había acurrucado en un rincón de cubierta. Lo estaba observando. Una vez más, Alex sintió que algo se removía y ardía en su interior. Algo por lo que vivir… Durante demasiado tiempo había estado convencido de que no había nada por lo que mereciera la pena seguir viviendo.
    Dev lanzó entonces la escalera de cuerda. Tenía que bajar ya.

    Joanna nunca había pasado tanto frío en toda su vida. Tenía la sensación de que las manos, pese a sus guantes forrados de piel, se le habían congelado sobre la borda del barco como pajarillos en una rama. El frío la calaba hasta los huesos, helándole la sangre en las venas.
    No podía creer que aquel hermoso país del que se había enamorado el día anterior se hubiera convertido en un paisaje tan gris y hostil, con aquel viento cargado de nieve. El progreso de los trabajos de cortar el hielo había sido desesperadamente lento. Había observado con el corazón en la boca cómo Alex y Devlin, de pie en los inestables témpanos, abrían lo que parecía un estrechísimo camino en la superficie de hielo. Conforme el agua iba aflorando, Owen Purchase hacía avanzar centímetro a centímetro a la Bruja del mar, utilizando muy poco velamen para evitar que embarrancara. Cada ruido, cada crujido que hacía el barco parecía magnificarse mientras el hielo se deslizaba por los flancos del barco e iba quedando atrás. Y al fondo, siempre inalcanzable, la tentadora cinta azul de agua que significaría la liberación.
    – Llevas todo el día aquí fuera -le recriminó Lottie, apareciendo de repente. Iba envuelta en tres abrigos de piel de foca y sostenía en las manos un cuenco de caldo para Joanna.
    – No puedo bajar -repuso, castañeteando los dientes-. Necesito saber que a Alex no le ha pasado nada.
    Lottie se marchó enseguida y Joanna se bebió el caldo. Luego, pese al frío, debió de haberse quedado dormida, porque no sabía cuánto tiempo había pasado. La despertó un fuerte crujido: el barco se estremeció mientras el viento inflaba las velas, hacia mar abierto. Alguien gritó en la proa, corrieron los hombres, la escalera de cuerda fue lanzada de nuevo por la borda y Alex y Devlin se apresuraron a subir de nuevo. La tripulación los recibió con aplausos y palmadas en la espalda mientras el barco ganaba velocidad rumbo al norte.
    Joanna dio un paso adelante y se tambaleó, entumecida y aterida de frío como estaba. Al otro lado de la ancha cubierta, Alex la vio y se quedó inmóvil por unos segundos. Al momento siguiente estaba frente a ella, agarrándola de los brazos con un brillo de furia en sus ojos. Pero debajo también latía el asombro… y otro sentimiento que hizo que el corazón le diera un vuelco en el pecho.
    – ¿Te has pasado todo el día aquí fuera? -le espetó.
    Su abrigo estaba empapado y casi congelado bajo sus dedos. Tenía hielo hasta en las pestañas.
    – Sí -respondió.
    – ¡Has podido morir congelada! -rugió-. ¿Es que no tienes cabeza?
    – Tanta como tú -replicó Joanna-, que ahora mismo me estás sermoneando cuando deberías estar abajo, quitándote toda esa ropa empapada.
    Permanecieron mirándose fijamente con una expresión mezclada de furia y estupor, hasta que Alex la abrazó y la besó con tanta vehemencia que la dejó aturdida. Lo hizo luego con mucha mayor ternura: el beso se convirtió en una conversación sin palabras que hizo que Joanna se alegrara enormemente de no haber perdido la fe en él.
    Cuando la soltó, le retuvo la mano, que apoyó sobre su corazón, y se la quedó mirando en silencio. Joanna podía sentir un frío helado y un ardiente calor a la vez. Estaba absolutamente desconcertada. Sabía que se estaba enamorando de Alex. Su cerebro la había advertido contra ello, pero su corazón no lo había escuchado y había dado el salto. Mientras sentía sus dedos enlazados con los suyos, viendo como los copos de nieve se derretían y resbalaban por su rostro, supo que se estaba enamorando cada vez más, irremediablemente.
    «Es otro aventurero», le susurró una voz interior, y aunque sabía que Alex no era como David, se estremeció. No mucho tiempo atrás había querido perderlo de vista, para poder olvidar el engaño del que le había hecho víctima. Pero ahora ansiaba que se quedara con ella, pese a que le dolía cada día el conocimiento de que su matrimonio se fundamentaba sobre una mentira. Estaba atrapada.

    Dos días después entraron en la bahía de Isfjorden.
    – Partiremos mañana a las siete -dijo Alex, llevándose a Joanna a un aparte después de la cena habitual de estofado de carne y galletas deshidratadas-. El hielo es demasiado grueso para que podamos navegar hasta la sonda de Bellsund, así que echaremos el ancla aquí y continuaremos viaje por tierra.
    Le pareció que Joanna acogía la noticia con desagrado.
    – ¿A las siete? -suspiró-. ¡Y pensar que en Londres rara vez me levanto antes de las once!
    – Me temo que mañana tendrás que madrugar mucho más para poder estar preparada para salir a esa hora. La señora Cummings y tú tendréis que viajar en el carromato de las provisiones. Sé que resultará incómodo, pero en Spitsbergen no hay carruajes, por no hablar de carreteras.
    – Puedo montar a caballo -replicó Joanna-. Me habitué a hacerlo en Londres y no pretendo perder una costumbre tan sana. Hay pantalones especiales para que pueda montar a horcajadas, y una chaqueta de estilo militar que me queda muy bien…
    Alex se perdió el resto de la descripción, impresionado por la imagen que sus palabras habían conjurado. ¿Joanna en pantalones y montando a horcajadas? La miró, intentando imaginar el efecto que causaría en la tripulación de Purchase. Durante tres noches había saciado su deseo en el lecho de Joanna, y sin embargo no había disminuido en absoluto. De hecho, desde el día en que tercamente había insistido en quedarse en cubierta mientras Dev y él liberaban el barco del hielo, la necesidad que había sentido por ella se había mezclado con algo mucho más profundo y complicado. Todo lo cual lo había impulsado a buscar su compañía durante los días siguientes, aunque no hubiera sido más que para dar un paseo por cubierta con buen tiempo, o para hablar, o para jugar al ajedrez. Juego al que ella siempre le ganaba, por cierto: a eso sí que se había resignado.
    – Veremos cuánto tiempo aguantas encima de una silla -la miró, meneando la cabeza-. Esto no es como montar por Hyde Park.
    Joanna arqueó las cejas y lo miró a su vez con una expresión de desafío que cada vez le resultaba más familiar.
    – Tú mismo dijiste que era una chica de campo -le recordó-. Te apuesto lo que quieras a que aguanto tanto tiempo en la silla como tú.
    – Cincuenta guineas a que no.
    – Ganaré -le prometió con una sonrisa-. Ya lo verás.
    A la mañana siguiente, Alex deseó haber hecho otra apuesta: la de que Joanna no estaría preparada a tiempo para salir a las siete. Purchase tocó diana a las seis: una hora después no había señal alguna ni de ella ni de Lottie Cummings.
    – Supongo -se dirigió con tono sombrío a Dev- que no habrá la menor posibilidad de que la señora Cummings está lista para viajar dentro de otra hora…
    – Efectivamente -repuso su primo, sonriendo-. Será mejor que pidas refuerzos y mandes a Frazer.
    Lottie apareció hora y media después. Tras una espera de otra media hora, Alex bajó la escalera y entró en el camarote de Joanna sin llamar.
    Y se quedó paralizado de sorpresa.
    Su esposa, con el pelo recogido en una larga y gruesa trenza, estaba sentada en el borde del catre luciendo el más provocativo atuendo que había visto en su vida. Los pantalones de montar color beige se adherían perfectamente a sus bien torneados muslos. La chaqueta azul marino resaltaba su cintura de avispa, a la vez que acentuaba el volumen de sus senos. Se le secó la garganta. La mente se le quedó completamente en blanco. Todo su cuerpo se tensó de deseo.
    – ¿Me he retrasado? -inquirió preocupada, malinterpretando su expresión-. Lo siento. No consigo calzarme las botas -añadió y señaló un par de brillantes botas negras de húsar, con alegres borlas.
    – Es como intentar meter un cerdo grande en una conejera -dijo Frazer con tono amargo desde el suelo, donde estaba sentado-. Imposible, milord.
    Sacudiendo la cabeza, Alex puso manos a la obra y, tras mucho tirar y empujar, consiguió calzarle las botas con ayuda de su mayordomo.
    – Incluso la señora Cummings se ha dado más prisa que tú -le informó mientras la ayudaba a levantarse. La miró detenidamente. Ahora que estaba de pie, su traje de montar parecía aún más escandaloso que antes, debido a lo corto de la chaqueta. Tras lanzar una expresiva mirada a Frazer, y resistiendo el impulso de cubrirla con una manta, la sacó del camarote.
    Para cuando Joanna hubo bajado por la escalera de cuerda hasta el bote, parecía como si hasta el último marinero de la Bruja del mar hubiera encontrado un motivo para hacer una pausa en el trabajo y contemplar la maniobra. Owen Purchase y Dev, apenas capaces de disimular su admiración, se encargaron de remar hasta la costa. Lottie, obviamente envidiosa de la atención que su amiga había suscitado, ignoró aposta a Dev y montó un escándalo cuando tuvo que desembarcar en la playa de guijarros. Insistió especialmente en que Purchase la cargara en brazos hasta donde estaban esperando los caballos, para no mojarse su traje de montar.
    – ¿Se puede saber qué es eso? -inquirió con tono desagradable, señalando uno de los lanudos ponis que el guía ruso pomor había llevado hasta la playa-. ¡Eso no puede ser un caballo!
    – Los más preciados purasangres se romperían las patas en un terreno tan duro como éste -explicó Alex-, donde nacieron por cierto estos pequeños y resistentes ponis. ¿Habéis cambiado de idea sobre montar con nosotros, señora Cummings?
    – No -se apresuró a asegurarle Lottie, lanzando a Purchase una mirada seductora y presionando descaradamente su cuerpo contra el suyo mientras éste la ayudaba a montar-. Quiero conocer el país.
    – Pues sólo verás la mitad si te empeñas en montar a la amazona, Lottie -señaló Joanna, instantes antes de que Alex se inclinara para ayudarla a subir al poni-. ¿No preferirías montar a horcajadas?
    – En un caballo no, gracias -respondió, haciendo ruborizarse a Dev.
    Joanna montó con tanta agilidad que Alex y su primo se la quedaron mirando asombrados. Recibió las riendas del guía y le dio las gracias en un más que correcto ruso. Alex no salía de su sorpresa, mientras una sonrisa de admiración asomaba al curtido rostro del guía.
    – Merryn me enseñó unas cuantas frases en ruso antes de salir de Inglaterra -le explicó al ver su expresión de estupor-. Pensé que podría servir de algo.
    Alex estaba impresionado. Y también algo avergonzado por haber supuesto que Joanna vivía tan pendiente de sí misma que jamás se le habría pasado por la cabeza aprender algunos rudimentos de aquella lengua. En ese momento vio que Owen Purchase sonreía a Joanna, y experimentó una punzada de posesivo orgullo, a la par que otra, igualmente violenta, de celos. Enseguida puso su poni al lado del de su esposa, adelantándose al capitán.
    Cabalgaron durante todo el día. El paisaje de Spitsbergen nunca le había parecido tan hermoso. Soplaba una templada brisa del sur. Diminutas amapolas amarillas florecían entre las negras rocas.
    – Hay ranúnculos -dijo Alex-. Salen muchos en el verano.
    – Preciosos -comentó Joanna-. ¡Mira, Lottie!
    – Querida -dijo su amiga-. Difícilmente puedo excitarme tanto por una planta tan pequeña.
    No vieron a nadie durante todo el día. Al principio Joanna se mostró locuaz, haciendo preguntas y comentarios sobre la vista, pero conforme fue avanzando el día se fue quedando callada. Y, para cuando empezó a caer la tarde, Alex pudo ver que se estaba tambaleando de cansancio sobre la silla. Intentó persuadirla de que subiera al carromato de las provisiones, pero ella se negó en redondo, terca. No podía por menos que admirarla por su determinación, pero al mismo tiempo le entraron ganas de sacudirla por los hombros.
    – No tienes que demostrar nada -le espetó cuando se detuvieron para que abrevaran los caballos-. Que el diablo me lleve… ¡Me has ganado al ajedrez y has demostrado que tienes resistencia suficiente para cabalgar por un terreno tan duro durante horas! -señaló el carromato, donde una malhumorada Lottie esperaba sentada entre cajones y sacos-. ¡Por el amor de Dios, tómate un descanso!
    – No sería un descanso, porque entonces estaría obligada a escuchar las quejas de Lottie -repuso ella mientras volvía a montar-. Además, un carromato es un medio de transporte que no conviene nada a mi estilo -sonrió-. La reputación de Lottie nunca se recuperará cuando se sepa en Londres que ha estado viajando encima de un saco de galletas deshidratadas.
    Para cuando Alex detuvo la marcha, al borde de una pequeña ensenada, pudo ver que Joanna casi se había quedado dormida sobre la silla. La ayudó a bajar, sosteniéndola delicadamente: sentía por ella ternura, piedad y también un punto de exasperación. Estaba pálida de cansancio.
    – La culpa sólo la tienes tú -le dijo con mayor brusquedad de lo que había pretendido.
    – Lo sé -le sonrió-. Como siempre, tienes razón.
    Alex frunció los labios.
    – Supongo que pensarás que ahora también estoy siendo demasiado crítico contigo.
    – Puedes dejarme tranquilamente que cometa mis propios errores -dijo Joanna-, aunque te agradezco tu preocupación -miró a su alrededor-. ¿Dónde vamos a dormir?
    Alex señaló un punto en la costa.
    – En aquella cabaña de tramperos.
    Era un edificio largo y aplastado, apenas mayor que un cajón grande; parecía casi un desperdicio que un mar furioso hubiera arrojado a la playa. A su alrededor había huesos dispersos blanqueados por el sol y las mareas. Nada más verlos, Lottie soltó un chillido teatral antes de lanzarse en brazos de Owen Purchase.
    – ¿Se puede saber dónde nos habéis traído?
    El guía se estaba riendo, Alex le tradujo la pregunta.
    – Dice que era el hogar de un trampero noruego que estuvo cazando osos, zorros árticos y patos el pasado invierno.
    – Pues dejó muchos restos detrás -rezongó Lottie.
    – Oh… -exclamó Joanna-. Supongo que no habrá agua caliente.
    – No hasta que la calentemos nosotros -dijo Alex.
    – ¿Comida?
    – Prepararemos unas gachas de avena y cacao -señaló el carro-, una vez que encendamos fuego.
    Joanna esbozó una mueca. Alex esperó a que se quejara de las escaseces e incomodidades, pero no dijo nada. Lottie, por el contrario, gruñía por las dos.
    – ¿En qué puedo ayudar? -preguntó Joanna al cabo de un momento.
    – Podrías recoger madera de abedul para el fuego. Arde bien. Encontrarás alguna en la playa, de la que arrastra el mar. Pero no te pierdas de vista -añadió-. Siempre hay peligro con los osos.
    La vio acercarse a donde estaba Lottie y le dijo algo. Su amiga negó con la cabeza.
    – Querida -la voz de Lottie llegó hasta Alex-. ¿Qué sentido tiene estar rodeada de hombres tan fornidos y capaces si tenemos que alzar un dedo nosotras para hacer algo? No, ni hablar. Pretendo quedarme aquí hasta que alguien me dé de comer y de beber. Por si lo has olvidado, he pagado por hacer este viaje.
    – Recuérdame -le dijo Owen Purchase a Alex al oído, muy serio- por qué diablos consentí que esa mujer nos acompañara.
    – Porque es rica y porque Dev quería dormir con ella -respondió en el mismo tono.
    Purchase se echó a reír.
    – Se está comportando exactamente como imaginé que lo haría. A veces acertar es una verdadera desgracia.
    – Mientras que con Joanna… -Alex siguió con los ojos la esbelta figura de su esposa mientras caminaba por la playa, agachándose para recoger ramas y maderas- ha sucedido lo contrario.
    – No estoy de acuerdo -Purchase se lo quedó mirando durante un buen rato-. Lady Grant se está comportando también de manera exacta a como imaginaba. Tus expectativas eran las equivocadas, Grant -declaró, y se marchó, dejando a su amigo sin habla.

    Joanna descansaba sobre las mullidas pieles del trineo tirado por perros, con Max ovillado a su lado. Alex había tenido razón: aquello era mucho más cómodo que cabalgar. La noche anterior le había dolido todo el cuerpo, pero despertarse por la mañana había sido todavía peor. Y además cubierta de polvo, sucia y con el pelo hecho un desastre. Había encontrado un plato de estaño para mirarse, y casi se arrepintió de haberse molestado, porque estaba pálida, más todavía que cuando padeció los mareos en el barco. No lo había creído posible, pero pudo verlo con sus propios ojos.
    El desayuno había consistido en tiras de la carne más desagradable que había probado nunca. El tiempo había cambiado y, en medio de la niebla, el fuego se había negado a arder bien, chisporroteando y echando humo, así que no había habido cacao caliente.
    – Es carne de foca en salazón -le había confiado Dev mientras le pasaba un plato de lo que le había parecido cuero hervido-. Pero, por favor, no se lo digáis a la señora Cummings. Cree que es carne de vaca.
    Habían desayunado en silencio, incluso Lottie, a la que curiosamente parecían habérsele agotado los motivos de queja. Pero al menos ese día, pensaba Joanna mientras se estiraba perezosamente al calor de las pieles del trineo, estaban cruzando pasos de montaña, lo que significaba viajar sobre nieve, en vez de cabalgar por el rocoso terreno del llano.
    No había absolutamente nada que ver. La niebla era demasiado densa: sólo ocasionalmente se alzaba para revelar montañas negras como el carbón. La nieve siseaba bajo los patines del trineo. Joanna no podía creer que un país que le había parecido tan hermoso apenas el día anterior, pudiera ahora mostrarse tan inhóspito, de color plomo de horizonte a horizonte, deprimente y oscuro.
    – Todo es tan gris… -se había quejado ya antes de emprender la marcha.
    – Y horrible -había añadido Lottie cuando se instaló a su lado en el interior forrado de pieles del trineo. Al principio se había negado a subir, pretextando que jamás había visto perros con unos ojos tan azules y que desconfiaba de ellos, no fueran a volcar el trineo.
    – Según Alex, éste es el mejor tiempo que podía hacernos -comentó en aquel momento Joanna con tono triste, volviéndose hacia su amiga-. A veces llueve durante veinte días seguidos. Y eso cuando no nieva. Así que supongo que deberíamos considerarnos afortunadas.
    – Querida, no hay nada mínimamente agradable en este condenado país. ¿Tú no te arrepientes de haber venido? No puedo creer que ese pequeño bribón de David merezca tantos trabajos por nuestra parte, cuando podríamos estar ahora mismo paseando por Hyde Park o probándonos sombreros en la tienda de la señora Piggott -no esperó su respuesta, sino que continuó-: ¿Te enteraste de que el sombrero parisién estará de moda este invierno? Es lady Cholmondeley quien patrocina la moda y sostiene que debería decorarse con flores, pero la verdad es que yo prefiero fruta. Pienso lucir el que he encargado de piel de castor y adornarlo con ciruelas y albaricoques. ¿Qué te parece?
    Joanna, que había estado inquieta pensando en su primer encuentro con Nina, dio un respingo.
    – Perdona, Lottie. No te estaba escuchando.
    – ¿Y por qué no? -parecía ofendida.
    – Estaba pensando en Nina -le confesó- y en si le gustarán los juguetes que he traído para ella.
    – ¡Querida! ¡Por supuesto que sí! ¡Son de Hamley's! ¡Le encantarán! ¡Probablemente nunca habrá visto un juguete antes, encerrada en aquel horrible monasterio con un montón de monjes!
    Joanna frunció el ceño.
    – Supongo que no. Es cierto que puedo darle muchas cosas que seguro que nunca había tenido antes…
    – Juguetes, ropa bonita -asintió Lottie-. Sólo piensa en lo bien que nos lo pasaremos cuando volvamos a Londres, querida, vistiendo a la pequeña con versiones en miniatura de los últimos modelos. ¡Porque será como una muñequita! -de repente pareció desanimarse-. Espero, eso sí, que sea bonita. Porque no sé lo que haremos con ella si no lo es.
    – Lottie… -dijo Joanna- Nina no es un juguete.
    Le dolía la cabeza. De repente le entraron ganas de llorar, y no sabía por qué. Seguro que Nina estaría encantada de recibir tantos juguetes y regalos… Y sin embargo… Pensó en el cajón de pelotas, peonzas y muñecas que viajaba en el carromato de las provisiones, y volvió a experimentar una inexplicable punzada de ansiedad. Quería hablar con Alex, compartir sus temores con él: cosa que no podía hacer porque en aquel momento cabalgaba a la cabeza del convoy, con Dev, Owen y el guía.
    Aquella tarde llegaron a un pequeño poblado de cabañas, al pie de otro fiordo. Karl, el guía pomor, estaba que no cabía en sí de orgullo.
    – Es su hogar, ¿verdad? -dijo Joanna cuando Alex las estaba ayudando a bajar del trineo-. Hasta ahí sí que alcanza mi ruso.
    Miró a su alrededor. La aldea no era más que un grupo de cabañas alineadas a lo largo de la costa, pero parecían sólidas y estaban construidas de ladrillo y no de ramas, como la choza de los tramperos de la pasada noche. Había una fragua, un par de graneros y un edificio bajo que parecía un salón comunal. Sobre una pequeña colina, frente al mar, se alzaba una gran cruz de madera.
    – El pueblo pomor es muy religioso -le explicó Alex-. El monasterio de Bellsund está a un solo día de viaje de aquí. Siempre ha habido lazos muy estrechos entre el pueblo y la abadía.
    Los habitantes acudieron a saludarlos: cazadores con gruesas pellizas de pieles, mujeres con delantales blancos y niños que se escondían detrás de sus faldas.
    – No sabía que hubiera gente viviendo aquí de manera permanente -Joanna estaba sorprendida-. Según el libro de Merryn, los asentamientos servían principalmente para pasar el invierno.
    – ¡Así que lo leíste! -exclamó Alex, sonriendo-. Yo pensaba que los libros te aburrían.
    – Leí por encima algunos capítulos -murmuró ella.
    – Eso lo hacen los noruegos, que vienen sólo a cazar. Pero algunos pomores llevan aquí muchos años. Y, como puedes ver, acompañados de sus familias.
    – Tiene que ser una vida muy dura.
    Lottie no dejaba de mirar a su alrededor con su habitual expresión de desdén.
    – Qué lugar tan primitivo y horrible… -empezó a decir, pero Joanna le soltó una patada en el tobillo.
    – Qué deliciosa aldea -dijo Joanna, sonriendo a Karl-. Estamos muy contentos y agradecidos de poder quedarnos aquí.
    – Esta noche celebrarán una fiesta en nuestro honor -le informó Alex, y señaló a Owen Purchase, que había sacado su fusil y estaba charlando con un par de cazadores pomor-. Purchase cazará unos ptarmigan para nosotros.
    – ¿Ptarmigan? -Lottie arrugó la nariz-. ¿Eso no es un pájaro? ¿Qué vamos a hacer? ¿Roer sus huesos? Os recuerdo que no estamos en la Edad Media.
    – Estoy seguro de que os sentiréis mucho mejor después de haber tomado un baño caliente, señora Cummings -le dijo Alex, señalando a las mujeres que se habían apelotonado en torno a ellas-. Están esperando a mostraros los baños de sudor, donde podréis bañaros y relajaros a placer.
    – ¡Baños de sudor! -exclamó Lottie-. ¡Qué desagradable! ¡No pienso ponerme a sudar! -una niña pequeña se había agarrado a sus faldas y ella dio un tirón y las retiró bruscamente, con lo que la criatura se echó a llorar.
    Alex se volvió hacia Joanna:
    – Parece entonces… que el baño lo tendremos que disfrutar solamente nosotros, esposa mía.
    La idea de tomar un baño, de sudor o de cualquier otro tipo, le resultaba extraordinariamente tentadora. Pero la idea de compartirlo con Alex, sin embargo, resultaba más que inquietante. Lo miró desconfiada:
    – ¿Piensas acompañarme?
    – Es la costumbre aquí, en el Polo Norte -respondió con una expresión sospechosamente inocente.
    – ¿De veras?
    – Tomar un baño juntos es algo perfectamente respetable en una pareja casada, Joanna -le tomó una mano-. Te aseguro que yo jamás haría nada que pudiera ofender la sensibilidad de nuestros anfitriones, y en todo caso… -bajó la voz- durante estos últimos días, nuestra relación ha ganado en intimidad. No tienes por qué mostrarte tan tímida.
    – ¡No me estoy mostrando tímida! -exclamó, ruborizada.
    – Claro que sí. Lo has hecho desde el principio -le acarició una mejilla-. Y eso me gusta. Pero insisto en que ya no hay ninguna necesidad.
    Joanna cerró los ojos por un momento. Estaba encendida y excitada por la expresión de sus ojos, pero a la vez se sentía completamente desorientada. Los sentimientos que Alex estaba empezando a suscitarle se le antojaban demasiado complejos y difíciles de controlar. Al principio solamente había pensado en reclamar a Nina, pero cuando empezó a enamorarse de él, todo eso había cambiado. Recordaba haberle dicho en una ocasión a Merryn que los aventureros eran la última clase de hombres de los que debía enamorarse, porque para ellos lo único importante era viajar y explorar. Pensó en aquellas palabras con un escalofrío.
    Sus anfitriones habían comenzado a descargar su equipaje del carro para llevarlo a una de las cabañas. Riendo y parloteando, las mujeres rodearon a Joanna y se la llevaron a la más cercana.
    – Ya irán a buscarme cuando estés lista -le dijo Alex, sonriente, al ver su mirada de aprensión-. Les he dicho que nos hemos casado hace poco -añadió-. Quieren darnos el bania nupcial. El baño nupcial.
    Tal parecía que la noticia de su reciente boda había llenado de entusiasmo a las mujeres de la aldea. Mientras la introducían en el cálido y umbrío interior de la cabaña del baño, no dejaron de admirar y de tocar su ropa y su pelo. Sus escasos conocimientos del idioma se revelaron totalmente inadecuados: lo único que podía hacer era sonreír y asentir con la cabeza. Las mujeres le indicaron que se sentara en un banco con cojines y se aprestaron a deshacerle la trenza.
    La temperatura de la cabaña era extraordinariamente calurosa comparada con la del exterior, y además olía maravillosamente bien: un rico aroma a pino y abedul. La única luz era la que entraba por un alto ventanuco y por los resquicios de las paredes de tabla. Joanna empezó a relajarse conforme el calor se filtraba en sus venas. Una joven le sirvió una copa de vino con nuez moscada: una bebida fuerte a la vez que sabrosa. Para entonces ya le estaban cepillando la melena, admiradas de su longitud y belleza. La lenta cadencia del cepillado y el efecto del vino consiguieron relajarla. En la aromatizada oscuridad de aquel mágico espacio, sus temores por Nina y por la relación que establecería con ella se desvanecieron. Sus preocupaciones por el futuro se evaporaron por completo. Ni siquiera se dio cuenta del momento en que las mujeres empezaron a despojarla de su traje de montar. Las botas despertaron una gran hilaridad, sobre todo cuando fueron necesarias tres mujeres para quitárselas.
    Sólo cuando comenzaron a quitarle la ropa interior tomó conciencia Joanna, con una sensación de absoluto asombro, de que pretendían desnudarla completamente. Se irguió de golpe: la cabeza le daba vueltas por el vino y el calor. Las mujeres revoloteaban a su alrededor como una bandada de pájaros, charlando y riendo, ignorando sus débiles esfuerzos por resistirse. Una joven que no debía de tener más de dieciséis años le sonrió mientras le ponía una mano suavemente sobre el brazo.
    – Por favor, no os preocupéis, milady. Todo esto forma parte de los preparativos nupciales.
    – ¡Hablas inglés! -exclamó Joanna. De repente se sintió enormemente aliviada, muchísimo menos sola-. ¿Cómo te llamas?
    – Me llamo Anya y aprendí vuestra lengua en la escuela del monasterio de Bellsund -respondió la adolescente. Tenía unos ojos castaños de mirada risueña y la sonrisa más feliz que Joanna había visto en su vida-. La bania nupcial es una tradición muy bella -le confió-. Nos alegramos tanto cuando nos enteramos de que vos y el «lord severo» acababais de casaros…
    – El «lord severo» -se rió Joanna-. Sí, es una buena descripción de Alex.
    – Así que os pondremos bella para él -añadió la chica mientras una compañera terminaba de despojar a Joanna de su ropa interior, sin darle siquiera oportunidad de protestar-. Aquí tenéis jabón, y aceites de almendra para vuestro cabello…
    – Gracias -se apresuró a responder Joanna, haciéndoles un gesto para que se apartaran-. Por favor, ya me lavaré yo misma y… umm… ¿podríais prestarme un albornoz?
    Se alzó un murmullo de desconcierto. Evidentemente, su pudor británico había sorprendido a sus anfitrionas. Se retiraron sin embargo de buena gana, dejándole agua fresca y limpia para que se lavara y, lo más importante para Joanna: intimidad.
    Una vez sola, se enjabonó lentamente el pelo, aspirando deleitada el aroma del aceite de almendras. El jabón era muy fino y olía a hierbas, y disfrutó bañándose concienzudamente. Al cabo de un buen rato, Anya llamó suavemente a la puerta y le entregó un albornoz de finísima lana, para indicarle a continuación que debía pasar a las estancias interiores del baño. Se levantó del banco tan aturdida y desorientada que a punto estuvo de caerse.
    La cabeza le dio todavía más vueltas cuando entró en la estancia interior y Anya cerró la puerta sigilosamente a su espalda. Allí el calor era horrible, como el de las calderas del infierno. No había ventanas: sólo un largo banco corrido junto a la pared… y Alex estaba sentado en él. Estaba, por lo que Joanna podía distinguir a través de los vapores, completamente desnudo, aparte de la toalla que tenía sobre el regazo. Su torso brillaba ya de sudor.
    – ¿Cómo has entrado aquí? -le preguntó estúpidamente mientras retrocedía hacia la puerta, palpando con los dedos la rugosa madera.
    – Hay otra entrada -le explicó él al tiempo que estiraba una mano y la obligaba a sentarse a su lado.
    Estaba tan aturdida y desconcertada que se dejó caer en el banco como si fuera una muñeca de trapo, y él tuvo que sostenerla. En la penumbra, distinguió el brillo de sus blancos dientes.
    – ¿Te encuentras bien?
    – Me siento muy rara -admitió-. Me temo que estas curiosas costumbres me resultan muy poco familiares.
    – Por supuesto -le apartó el cabello de la cara y ella dio un respingo ante su contacto-. Relájate -le pidió en un murmullo-. Estás muy tensa. Esperaba que el baño hubiera hecho su efecto, es famoso por sus propiedades medicinales, ¿sabes?
    – Medicinales -repitió. Eso sonaba más reconfortante.
    – ¿Quieres que te cuente un poco de la historia de estos baños? -le propuso él-. Podría ayudarte a relajarte.
    Joanna pensó que la historia nunca le había interesado especialmente… pero cualquier cosa serviría para distraerla de la poderosa presencia de Alex a su lado. El calor estaba aumentando. Alex se inclinó hacia delante para verter un poco de agua en el montón de piedras calientes que se alzaba en el centro de la habitación: el vapor se elevó de golpe, envolviéndolos, dificultando su respiración.
    Echó luego un chorro de líquido transparente de una botella y el aroma y los vapores hicieron que Joanna sintiera unas terribles ganas de tumbarse. La habitación giraba lentamente a su alrededor. La sangre le latía con fuerza en las venas.
    – Vodka -explicó Alex-. Un desperdicio, pero forma parte del ritual.
    – ¿Qué es el vodka? -inquirió Joanna.
    – Un licor tan fuerte que haría que el ron de anoche te supiera a la limonada de Gunter's -respondió, sonriendo.
    – Vuelvo a sentirme embriagada -le confesó ella.
    – Es sólo el aroma, y la intensidad del calor -explicó mientras se acercaba un poco más a ella-. Todos los escandinavos tienen la costumbre de tomar baños -murmuró al cabo de un momento-. Es una tradición que tiene siglos de existencia. En países con climas tan duros como éste, los vapores calientes relajan los músculos y alivian el alma.
    – Delicioso -murmuró. Estaba empezando a acostumbrarse a la intensidad del calor. Sentía como si le vibrara la piel: una nueva y extraña conciencia de su propio cuerpo que parecía abrirse paso por momentos.
    – Después de los baños de vapor -continuó él-, suelen golpearse unos a otros con varas de abedul, para activar la circulación sanguínea.
    Joanna ahogó una exclamación. Su mente se llenó de sombrías imágenes… y la temperatura de su cuerpo subió un poco más.
    – ¿Varas de abedul? -repitió con voz débil-. ¿Se golpean unos a otros?
    – Es la costumbre. Por razones medicinales.
    – Oh, claro. Por supuesto.
    Joanna no pudo por menos que reflexionar sobre lo decadente de su pensamiento, por haber imaginado lo que había imaginado.
    – Y luego -terminó Alex- salen fuera y corren completamente desnudos, o se revuelcan en la nieve. O bien se sumergen en las aguas del fiordo.
    – Qué extraordinario -nunca se había sentido tan consciente de su propio cuerpo. El banco de madera le quemaba la piel. Estaba toda sonrosada, sudaba a chorros y la sensación del albornoz en contacto con su piel húmeda resultaba insoportablemente pegajosa. Los pezones se le habían endurecido con el roce de la lana. Se suponía que aquello, se recordó severa, era una experiencia relajante y medicinal… no sensual.
    – Pareces incómoda -le dijo Alex con tono divertido-. Estarías mucho más relajada si te quitaras el albornoz.
    Joanna se dio cuenta de que tenía las manos cerradas con fuerza sobre el cuello del albornoz. Alex, en cambio, apoyó la cabeza en las tablas de madera que tenía detrás y cerró los ojos con una expresión de absoluta serenidad que resultaba casi irritante. Se relajó un poco más. Era cierto que, si se quitaba la prenda, estaría muchísimo más cómoda. Y prácticamente estaban a oscuras allí dentro… Alex no sería capaz de verla si se quedaba desnuda. Además, era su marido…
    Sigilosa, casi furtivamente, se bajó el albornoz por los hombros, sacó los brazos y lo dejó caer al suelo con un suspiro de alivio. Las columnas de vapor empezaron a enredarse en su cuerpo desnudo, y se sintió caliente y excitada… en absoluto relajada.
    – Tradicionalmente -dijo Alex sin abrir los ojos-, el sudor de la novia se utiliza en el horneado del pastel de bodas. Eso después de haberla bañado en leche y sometido a baños de vapor.
    – Sé que esto te va a sonar a Lottie… pero la verdad es que no me parece muy agradable que otros tengan que comerme.
    Alex abrió los ojos de pronto y recorrió su cuerpo con una lenta mirada. Deteniéndola en la base de su cuello, se inclinó para lamerle las gotas de sudor que habían quedado allí.
    – Yo te saborearé. Con eso bastará para los dos.
    Joanna sintió que el corazón le daba un vuelco antes de empezar a latirle a toda velocidad. Con un profundo y violento latido que parecía reverberar en todo su cuerpo.
    – Ummmm… -la voz de Alex era ronca, grave- salado.
    Joanna se estremeció pese al intenso calor. Estaba como hechizada: la oscuridad, los aromas, la calidez del ambiente… Se sentía aturdida, lánguida, y sin embargo, al mismo tiempo más viva y despierta de lo que se había sentido nunca.
    Recostada en el banco de madera, empezó a sentir las manos y los labios de Alex por todo su cuerpo: estaba tan caliente, húmeda y dispuesta que casi se puso a gritar de anhelo. Cuando lo sintió hundirse en ella, fue como un sueño febril: su mente empezó a vagar y a girar en lo oscuro mientras se entregaba por entero a él.
    Más tarde, Alex la envolvió en el albornoz para llevarla a su cabaña, donde se vistieron para la fiesta. Comieron ptarmigan asado, pan recién horneado, fruta y miel. Los aldeanos bailaron y entonaron las canciones de boda de su tierra: a Joanna le regalaron una camisa con la que, según la tradición, tendría que arropar a su primer hijo para que le diera buena suerte. Joanna sintió una punzada de dolor, pero dobló la prenda y la guardó cuidadosamente al fondo de su arcón.
    El festín nupcial se fue animando. Al ver a Lottie deslizarse sigilosamente fuera de la cabaña en compañía de un joven y apuesto pomor, Joanna no pudo por menos que preguntarse por lo que pensaría Dev. En aquel momento, sin embargo, el joven estaba rodeado por tres jóvenes aldeanas, con lo que ni siquiera pareció notarlo. Al cabo de un rato, Alex la llevó de nuevo a la cabaña y volvió a hacerle el amor.
    Joanna yacía despierta, contemplando el tenue resplandor del sol de medianoche. Dormido, Alex mantenía una mano ligeramente apoyada sobre su vientre, en un gesto de posesión. Pronto le preguntaría si sabía si se había quedado encinta o no: estaba segura de ello. De repente el dolor le desgarró las entrañas como ya lo había hecho otras veces, y supo que sufría no sólo por la mentira que los separaba, sino por la amarga verdad. Que, por mucho que lo anhelara, nunca sería capaz de darle un hijo a Alex.

Catorce

    Joanna se despertó en los brazos de Alex. Se sentía dolorida, entumecida. La magia de la noche anterior había desaparecido: la mañana era húmeda y gris, y ella sentía el corazón frío y triste también. Ese día no iba a ser fácil. Porque ese día irían a Bellsund a buscar a Nina, y tenía miedo. Y porque recordando como recordaba la ternura que le había demostrado Alex, ella se sentía una impostora, la mujer que lo había traicionado. Se despreciaba profundamente a sí misma.
    Sintiendo el picor de las lágrimas en la garganta, se desasió de los brazos de Alex. Él emitió un leve gemido de protesta, pero no se despertó, y un momento después, Joanna se deslizaba fuera de la cabaña. Max, bostezando, saltó de su cesta para seguirla fuera. Se acercó a la costa para lavarse la cara y las manos: el agua estaba tan fría que le cortó el aliento.
    Se preguntó cómo sería abandonar a la carrera el intenso calor de la cabaña de los baños para sumergirse en las heladas aguas del fiordo. Sólo los más duros, o los más locos, podrían sobrevivir a una experiencia parecida. Aunque ella misma, durante aquel viaje, había hecho cosas que provocarían un desmayo a las matronas de la alta sociedad que tan bien conocía.
    Oyó un crujido de guijarros en la playa, ante ella: al levantar la vista del agua, el corazón casi se le congeló en el pecho. Se había olvidado de las instrucciones que le había dado Alex sobre su seguridad: de que en aquella tierra había más de una manera de hallar una muerte rápida.
    Porque allí, frente a ella, estaba una de ellas: no del blanco purísimo que siempre había imaginado, sino de una suerte de color crema, brillando al sol de la mañana. El oso olisqueó el aire, volvió la cabeza y la miró directamente.
    Era hermoso. Era también enorme y terrorífico… y sin embargo encantador en su poder, su fortaleza, su elegancia. El corazón comenzó a latirle desbocado. Se irguió y permaneció inmóvil, viéndolo acercarse. El animal se movía lentamente, sin dejar de mirarla. Se sentía como transfigurada, fascinada, aterrada. Sabía que debía moverse, correr para protegerse y dar la alarma en la aldea, pero las piernas se negaban a obedecerle. Abrió la boca y no emitió sonido alguno, excepto un leve jadeo.
    Oyó entonces un ruido a su espalda: el rumor de unos pasos en la ladera de piedras que se hallaba detrás y volvió la cabeza. Alex estaba en lo alto de la pequeña colina, con un fusil en las manos. Estaba muy pálido, con los ojos brillantes. Max corría a su alrededor, sin dejar de ladrar: el eco de sus ladridos resonaba en las altas paredes de las montañas del fiordo.
    Y, aun así, el oso continuaba acercándose.
    Alex no se movió. El oso estaba a menos de cincuenta metros de ella: era inmenso. Se alzó entonces sobre sus dos patas traseras y pareció bailar por un momento como un boxeador en el cuadrilátero. El terror la anegó como si fuera una marea. Intentó escapar, subir la ladera, y resbaló con los guijarros. El oso estaba tan cerca que casi podía sentir su aliento en la cara.
    Alex no iba a ayudarla.
    El grito se negaba a salir de su garganta. Estaba aturdida de desesperación. Entonces él alzó el fusil y disparó por encima de la cabeza del oso. El tiro resonó en la montaña con el estruendo de un cañón. La bestia se detuvo y miró a Joanna durante lo que le pareció una eternidad antes de dar media vuelta y marcharse lentamente.
    Joanna yacía inmóvil en el suelo, temblando, con el cabello en los ojos; el pulso le latía con tanta fuerza en los oídos que, por unos segundos, fue incapaz de escuchar nada más. Por fin se sentó y miró a Alex: estaba terriblemente pálido. Cuando bajó el fusil, pudo ver que estaba temblando.
    – No podía matarlo -su voz sonaba extraña, remota-. Debí haberle disparado mucho antes.
    Lo miró, conmovida por su tono.
    – Alex… -empezó, vacilante. Sólo ahora estaba reaccionando. Quería gritarle por haber puesto en peligro su vida, pero no podía encontrar la voz. Quería agarrarlo por los hombros y zarandearlo por haber esperado tanto. Quería llorar. Y sin embargo, había algo en la inmovilidad de Alex y en la expresión de asombro con que seguía mirando la dirección en la que había desaparecido el oso, que la impulsó a quedarse callada.
    – Fallé -pronunció él en voz baja. Volvió a mirarla, esa vez con dureza-. Fracasé otra vez -cayó de rodillas frente a ella y la agarró de los hombros con fuerza, clavándole los dedos-. No deberías haber venido. Sabía desde el principio que no deberías haber venido. No podía protegerte bien -la soltó bruscamente, se irguió y empezó a alejarse.
    – ¿Adónde vas?
    Pero no contestó. Ni siquiera se dio la vuelta.
    Los otros, alertados por los ladridos de Max y por el disparo, corrían ya hacia ella: Dev como nunca había visto correr a nadie, Owen Purchase armado de un fusil, Lottie sujetándose su capa. Y, detrás de ellos, los habitantes de la aldea.
    Joanna se levantó por fin y se sacudió el polvo de las faldas con manos temblorosas.
    – ¡Jo! -la voz de Lottie había perdido su habitual confianza. Le tomó las manos-. Oímos el tiro. ¿Qué ha pasado?
    – Salí yo sola. Una estupidez, cuando me habían dicho que tuviera cuidado. Me olvidé… -se estremeció convulsivamente-. Un oso, Lottie. Era tan hermoso… Alex dijo que no podía matarlo, y de verdad que yo no quería que lo hiciera, pero tenía tanto miedo… -se le quebró la voz.
    Dev, que se había agachado para recoger el fusil que había dejado caer Alex, se la quedó mirando boquiabierto.
    – ¿Alex no le disparó?
    – Disparó por encima de la cabeza del oso -dijo Joanna. Volvió a estremecerse y Lottie le pasó un brazo por los hombros mientras la acompañaba de regreso a la cabaña.
    – ¿Dónde está Grant? -quiso saber Purchase. Apretaba los labios con fuerza y tenía una expresión fiera en los ojos.
    – Se ha ido -los dientes le castañeteaban tanto que apenas podía formar las palabras-. No sé adónde…
    – No hables más -la reprendió Lottie-. No hasta que hayas vuelto a entrar en calor.
    La arroparon con mantas y le dieron a beber brandy. Lottie se arrodilló frente a ella, frotándole las manos. Owen Purchase estaba furioso con Alex: quería matarlo por haber faltado de aquella manera a su deber.
    – Nadie murió -señaló Joanna mientras bebía a sorbos el fuerte licor.
    – No lo entiendo -dijo Lottie, que seguía sin salir de su asombro. Joanna nunca la había visto así: toda su pose de frivolidad se había desvanecido-. ¿Se puede saber por qué Alex no disparó antes? ¿Por qué no acabó con el oso?
    – No lo sé -repuso Joanna, estremecida bajo las toscas mantas-. No lo sé… Dijo que me había fallado, no sé de qué manera, y luego… -hizo un débil gesto- se marchó sin más.
    Por el rabillo del ojo, vio que Dev y Purchase intercambiaban una mirada. Alzó la cabeza, deseosa de defender a Alex de su censura. Pese a la furia que había sentido contra él, no podía soportar que lo culparan.
    – Yo no quería que lo matara -pronunció, desafiante-. Era demasiado hermoso.
    – Habría sido un espectáculo repugnante -dijo Lottie, recuperando su frialdad habitual.
    – Pero un gran banquete -terció Dev, triste.
    Joanna acercó las manos al fuego.
    – Escucha, Dev. Alex dijo que había fallado antes… ¿qué querría decir con eso?
    Vio que los dos hombres volvían a intercambiar otra mirada.
    – No lo sé.
    – Sí que lo sabes -dijo Owen Purchase, sombrío-. Los dos lo sabemos, Devlin. Quería decir que Amelia murió por su culpa, y ahora… -esbozó un gesto de rabia contenida- ha vuelto a fracasar a la hora de proteger adecuadamente a Joanna.
    – La muerte de Amelia no fue en absoluto culpa de Alex -protestó Dev-. Resultó gravemente herido en su intento por salvarla. Su pérdida casi lo destrozó y…
    – Bueno, pues ahora ha estado a punto de perder a su segunda mujer -repuso Owen, desdeñoso-. Corrió un riesgo innecesario. Debería haberlo disparado cuando lo tenía a cien metros por lo menos.
    – Caballeros -Joanna se levantó para interponerse entre ellos-. Éste no es ni el momento ni el lugar para pelearse. Necesitamos encontrar a Alex -miró suplicante a Dev-. ¿Sabes tú dónde está, Devlin?
    – Probablemente habrá ido a la bahía Wijde -murmuró el joven-. Hay un lugar allí del que me habló una vez. Se llama Villa Raven. No está lejos.
    – ¡Una villa! -la expresión de Lottie se había iluminado de manera extraordinaria, como si de repente hubiera salido el sol-. ¿Por qué no me dijo nadie que había una villa aquí? ¡Qué maravilla! ¡Salgamos enseguida!
    – Señora Cummings -dijo secamente Purchase-, no se trata de una villa como las del Támesis de Londres. Villa Raven no es mejor que esta cabaña: probablemente será mucho peor. El paraje es hermosísimo, pero se dice que trae mala suerte a los que se aventuran a visitarlo.
    – Uno de los miembros de la tripulación de Sprague perdió allí un dedo por congelación -asintió Dev-. Y luego está Fletcher, que murió también allí de escorbuto…
    – Suena encantador -repuso Joanna, irónica, y recogió su capa-. Yo iré. Necesito hablar con Alex.
    – ¡No! -Lottie la sujetó de un brazo-. Jo querida… ¡pero si has estado a punto de perecer devorada por un oso polar! ¿Cómo puedes pensar en aventurarte sola por las heladas extensiones de Spitsbergen?
    – Llevaré un fusil. Papá me enseñó a utilizarlo cuando era jovencita. Odiaba el ruido y el olor a pólvora, pero sabré usarlo.
    – Yo os acompañaré, madame -Owen Purchase dio un paso adelante-. Hay unas cuantas cosas que quiero decirle a Grant.
    – No -se opuso Joanna firmemente. Lo único que sabía era que resultaba imperativo que encontrara a Alex. La expresión que había visto en sus ojos cuando se marchó la había conmovido hasta el alma-. Gracias, pero reconvenir a Alex no solucionará este problema en particular, capitán Purchase.
    Dev le tendió entonces su fusil.
    – No intentaré deteneros -le dijo-, pero sí os daré un consejo. Llevaos a Karl de guía y enviadlo de vuelta cuando localicéis a Alex. Esperaremos aquí a que volváis. Oh, y si necesitáis disparar contra un animal, procurad hacerlo tumbada. Así soportaréis mejor el retroceso del arma.
    – Lo tendré en cuenta cuando vuelva a atacarme otro oso polar -replicó, irónica.
    Lottie, a su vez, le entregó la cartera de la que no se separaba nunca.
    – Encontrarás algo de agua y de comida aquí. Asegúrate de volver sana y salva, Jo querida.
    – Gracias -abrazó a Lottie y salió de la cabaña. Karl estaba descansando al sol, fumando un tabaco extremadamente fuerte y hediondo. Se levantó nada más verla y le hizo una torpe reverencia.
    – Por favor, llevadme a Villa Raven -dijo Joanna, y enseguida vio desvanecerse su sonrisa. Masculló algo, malhumorado, y escupió en el suelo.
    – Dice que el lugar está habitado por malos espíritus -tradujo Purchase.
    – Haced el favor de decirle que no necesita acompañarme todo el camino, sino tan sólo mostrarme dónde está.
    Entre los dos hombres se estableció un breve diálogo, al final del cual el guía asintió claramente reacio. Purchase se volvió hacia ella.
    – Todo arreglado. Karl os llevará al lugar en cuestión y esperará a que lleguéis a la cabaña. Luego os acompañará de vuelta -meneó la cabeza-. Ojalá me permitierais acompañaros, lady Grant. Todo esto no me gusta nada.
    – Necesito ver a Alex a solas -dijo Joanna-. Capitán Purchase… estoy segura de que lo entenderéis.
    Vio asomar un extraño brillo a los ojos del capitán.
    – Oh, claro que lo entiendo. Y Devlin tenía razón -añadió, reacio-. Grant es un buen tipo. Sólo dije lo que dije porque estaba furioso con él.
    – Gracias -repuso ella, emocionada.
    Recordó la insistencia con que Alex se había opuesto en Londres a que viajara a Spitsbergen. Y también la reflexión de Lottie cuando le comentó que la muerte de Amelia Grant explicaba su feroz determinación de disuadirla de que emprendiera el viaje.
    «Fallé», le había dicho Alex. «No pude protegerte…».
    Calzó un pie en el estribo y montó.
    – Vamos.

    – ¿Qué estás haciendo aquí?
    Alex había esperado que alguien saliera en su busca. Había supuesto que se trataría de Dev o de Owen Purchase, y no habría tenido entonces el mejor escrúpulo en mandarlos al diablo.
    Ni por un momento había imaginado que sería Joanna.
    La vio desmontar, atar su montura a un poste y subir los podridos escalones de Villa Raven. Lanzó una mirada de disgusto a su alrededor, como desagradada por el aspecto de la destartalada choza, una pared de la cual estaba casi cubierta por la arena de la playa.
    Alex sintió una punzada de furia. Sabía que no era justo desahogar aquella furia con Joanna, pero a esas alturas no le importaba. Todos los recuerdos que durante tanto tiempo había reprimido, toda la culpabilidad, todo el horror, habían regresado a su alma como una marea ponzoñosa. Había amado a Amelia y le había fallado. Había empezado a amar a Joanna contra todo sentido y razón… y había vuelto a fallar. La amargura le atravesaba y envenenaba las entrañas como un cuchillo oxidado.
    – ¿No te quedaste contenta con haber estado a punto de morir devorada por un oso? -inquirió-. ¿Tan necesario te parecía volver a aventurarte fuera de la aldea, sin nadie para protegerte?
    Joanna llevaba al hombro el fusil. Lo bajó para apoyarlo cuidadosamente contra la pared de la choza.
    – Sé disparar -repuso ella.
    A juzgar por la expresión de sus ojos azules, Alex tuvo la sensación de que quería dispararlo a él. Excelente. Eso era mucho mejor para su estado de ánimo.
    – No te quiero aquí -le espetó, brutal. La culpabilidad y el dolor volvían a acosarlo, como le había estado sucediendo desde el momento en que se había alejado de ella. Furia contra Joanna, contra sí mismo, remordimientos… En un impulso la agarró por los hombros, y la sintió estremecerse-. ¿A qué has venido?
    Alzó la mirada hacia él. Sus ojos tenían el mismo color azul, cándido e inocente, que recordaba de su encuentro en la oficina de Churchward. Le parecía que había transcurrido una eternidad desde entonces.
    – He venido a buscarte -respondió sin más, sosteniéndole sin miedo la mirada-. Pensé que podrías necesitarme.
    Cerró los ojos con fuerza. Sus palabras le dolían, y esa vez fue él quien se estremeció.
    – No. No te necesito.
    – Sí que me necesitas -repuso con toda tranquilidad.
    Alex negó con la cabeza.
    – Cúlpame. Discute conmigo -se pasó una mano por el pelo, desesperado-. Siempre estamos discutiendo.
    – Esta vez no -ella se apartó y fue a sentarse en los escalones de la cabaña.
    Había querido descubrir a la verdadera Joanna Ware, la mujer que había vislumbrado tras la fachada de dama elegante de la alta sociedad. Allí estaba: la tenía delante. Y se dio cuenta de que había cometido un error fundamental; no había fachada. La preferida de la sociedad londinense, la Lady of the Fancy del club de boxeadores, eran una y la misma. El estilo, la ropa, los bailes y las fiestas eran simples facetas de una personalidad capaz de un amor y una generosidad inusitadas por sus seres queridos. Él no lo había visto antes porque había estado predispuesto a juzgarla como una mujer vana y frívola. El odio que le había profesado Ware y su propia obstinación lo habían cegado.
    Recordó las palabras que acababa de dirigirle: «Pensé que podrías necesitarme». Se había preocupado por él y había hecho a un lado su propio orgullo y su propia furia para ofrecerle su consuelo. En realidad, le había dado toda una lección. La miró. Tenía la mirada clavada en la bahía con una expresión ferozmente concentrada, resuelta.
    Alex sintió una punzada de emoción tan sumamente violenta que incluso se tambaleó. Su esposa. Con estupor se dio cuenta de que, hasta ese momento, siempre había pensado en Amelia como su esposa: ese papel jamás se lo había adjudicado a Joanna. Aunque Amelia había muerto cinco años antes, la había entronizado en su corazón como su esposa… para siempre. No importaba que se hubiera casado con Joanna, que deseara que fuera la madre de su heredero. De alguna manera, había seguido pensando en Amelia como su verdadero cónyuge.
    Hasta ahora… Porque todo eso había cambiado.
    Se sentó junto a ella. Joanna lo miró de reojo, pero no dijo nada. Al cabo de un momento, Alex le tomó una mano. Vio una leve sonrisa asomar a sus labios. Quería besarla.
    – Quiero hablarte de Amelia -le dijo bruscamente.
    La oyó contener el aliento. Y le pareció distinguir un fugaz brillo de miedo en sus ojos.
    – Tú nunca hablas de ella -le recordó.
    – Bueno, pues voy a hacerlo ahora.
    – ¿La amabas? -le preguntó, evitando mirarlo.
    – Sí -respondió-. Sí que la amaba. Mucho. Nos conocíamos desde que éramos casi unos niños. Yo quería que ella viajara conmigo siempre que pudiera. Ella no se mostraba muy deseosa de hacerlo, pero yo insistía. Pensaba, en mi arrogancia, que el lugar de una esposa estaba siempre junto a su marido.
    La brillante mirada de Joanna estaba en aquel momento fija en su rostro.
    – ¿Qué sucedió? -preguntó con tono suave.
    – Llevábamos cinco años casados cuando me destinaron a la India -explicó Alex-. El barco sufrió el ataque de la escuadra francesa al mando del almirante Linois. Escoltábamos a un par de mercantes que estaban anclados en la boca de Vizagapatam -se interrumpió-. Se produjo un accidente en el polvorín. Una chispa…
    Todavía podía oír la explosión en su cabeza, sentir el sabor del humo y la pólvora en la boca, oler la sangre. Se estremeció. Los dedos de Joanna estaban cerrados sobre los suyos, su mano pequeña y caliente, dentro de la suya.
    – Un terrible incendio destruyó el barco -continuó con tono inexpresivo-. Bajé a la sentina en busca de Amelia. La encontré, pero… -vaciló-. Había sufrido horribles quemaduras. Sabía que iba a morir. Casi con su último aliento, me pidió que la perdonara por haberme fallado -su voz se enronqueció-. Seguía disculpándose conmigo, una y otra vez, pidiéndome perdón por no haber podido escapar a las llamas. Pero fui yo quien le falló a ella. Yo había insistido en que me acompañara. Si se hubiera quedado en casa, en Inglaterra, ahora estaría viva.
    Hubo un silencio. El viento estaba empezando a levantarse, azotando las paredes de la antigua cabaña.
    – Estaba embarazada -terminó Alex-. Y nunca volví a querer otra esposa, ni otro hijo, hasta que fuiste a buscarme aquella noche al hotel para hacerme tu propuesta.
    Por un instante, distinguió una vívida emoción en el rostro de Joanna. Sus dedos temblaron dentro de los suyos. Un momento después, ella inclinó la cabeza y la cortina de su pelo ocultó su expresión.
    – Perdiste también un hijo -murmuró-. Oh, Alex… Lo siento tanto…
    – Nunca le conté a nadie lo del niño -le confesó él.
    El recuerdo de Amelia siempre había estado presente en su alma, poderoso. Ahora se daba cuenta de que se había aferrado a él porque, de alguna manera, había sentido que si empezaba a olvidarla, eso habría significado también sentirse menos culpable, menos responsable de su muerte. Durante años no había querido que nadie ocupara su lugar. Balvenie no podía tener un heredero porque él había perdido a su esposa y al niño que habría debido ser su sucesor. Pero entonces había aparecido Joanna, y todo había empezado a cambiar.
    – Amelia era muy buena, muy dulce. No tenía fortaleza ninguna. No era como tú -hasta tiempos muy recientes, había pensando que Joanna era débil. También en eso se había equivocado-. Ella nunca habría cabalgado hasta aquí para buscarme, como tú acabas de hacer. Habría esperado a que yo volviera.
    – Por tus palabras, debió de ser una mujer sensata y de buen sentido -comentó Joanna, bajando la mirada a sus botas esquimales-. ¿Qué mujer en su sano juicio habría cabalgado hasta aquí, estropeando sus bonitas botas y su traje de montar en el proceso?
    Alex reconoció la profunda emoción que latía bajo aquellas aparentemente desenfadadas palabras. La obligó suavemente a levantar la cabeza. Sentía su piel caliente bajo sus dedos, tan tersa que le asaltaron unas irrefrenables ganas de besarla. De pronto, el impulso fue más fuerte. Ansiaba reconfortarla, expresarle su admiración por lo que había hecho.
    – Me alegro de que hayas venido -le dijo con tono suave.
    Sus miradas se enlazaron. La atrajo hacia sí, envolviéndola en sus brazos. Estaba admirado: ¿cómo podía una mujer que parecía tan frágil demostrar al mismo tiempo tanta resistencia? Apoyó el mentón sobre su pelo.
    – Hoy, cuando vi acercarse al oso… no pude moverme. Fue terrible -sus manos se tensaron sobre su cuerpo-. Sabía lo que tenía que hacer, pero era como si una fuerza invisible me impidiera moverme. No consigo explicármelo. Sólo podía pensar en que había fallado antes y que en ese momento iba a volver a suceder, pero de diferente manera…
    – Tú no le fallaste a Amelia, Alex -repuso Joanna-. Hiciste todo lo posible por salvarla. Dev me dijo que tú mismo estuviste a punto de perder la vida por ello. Y, hoy… tampoco me fallaste a mí.
    – Tardé demasiado en disparar. Y debí haberlo matado -la furia lo barrió por dentro, pero esa vez la marea se mostró menos poderosa que antes. Algo había empezado a aflojarse en su interior, liberándolo.
    – Si lo hubieras hecho… entonces sí que me habría enfadado contigo -fue la réplica de Joanna-. ¿Cómo habrías podido matar a una criatura tan hermosa? -suspiró, levemente estremecida por el viento que se había levantado del mar-. Deberíamos volver. Los otros estarán preocupados.
    – Enseguida. Sólo quiero tenerte un poco más para mí. No sólo carecemos de intimidad en el barco. En la expedición también.
    Joanna le sonrió.
    – Pues ayer nos las arreglamos bastante bien -comentó recatadamente. Y añadió, cuando él se dispuso a besarla-: sin embargo, me niego a hacer el amor en esta repugnante villa. Seguro que estará llena de pulgas.
    – No hay: hace demasiado frío -volvió a besarla.
    Pero ella lo apartó con delicadeza.
    – No. Me niego.
    – Oh, como quieras -se incorporó y la ayudó a levantarse. Luego se quedó inmóvil, mirándola a los ojos-. Joanna Grant, eres la mujer más sorprendente que he conocido.
    Una vez más, por un fugaz segundo, volvió a ver aquella sombra en sus ojos. Pero de inmediato sonrió.
    – Me alegro de que seas consciente de ello -repuso con tono ligero. Bajó la mirada a sus pies. La suela de una de sus botas se había despegado-. Antes dijiste que los marineros sabían también fabricar y reparar calzado. ¿Crees que alguno podría arreglarme esta bota?

Quince

    Fue a la mañana siguiente cuando continuaron viaje por la costa, hacia el asentamiento de Bellsund. Nada más regresar a la aldea, Alex había insistido en que Joanna descansara, y dado el estado de sus músculos, no había discutido con él.
    Se había sentado al sol, a cubierto del viento, escuchando las voces de las mujeres mientras lavaban la ropa y reflexionando al mismo tiempo sobre la tragedia de Alex. No solamente había perdido a su esposa, sino también a su hijo. No había creído que pudiera sentir más remordimientos por su traición, pero en aquel momento la culpa la consumía. Alex no se merecía que lo engañaran así.
    Él le había preguntado el día anterior por qué había acudido a buscarlo, y ella le había contestado que porque había pensado que podía llegar a necesitarla. Eso había sido verdad, pero no toda la verdad. Había ido a buscarlo porque su instinto la había empujado a ello. Había sabido que sufría de un dolor terrible. Y ella había querido aliviar aquel dolor porque lo amaba.
    Estaba enamorada de él. Absoluta y desesperadamente.
    Estaba enamorada de Alex Grant, el explorador, el aventurero, el hombre que carecía de lazos y de responsabilidades. El hombre a quien le había ofrecido un trato y a quien había estado engañando desde el principio.
    – Ahora puedes ver por qué Purchase no quería navegar hasta aquí -le dijo Alex, interrumpiendo sus tristes reflexiones. Cabalgaban sobre guijarros hacia Bellsund. El carromato, con Lottie y el equipaje, avanzaba traqueteante detrás: hasta ellos llegaban sus gritos de queja, mezclados con los graznidos de las aves marinas-. Cuando el viento sopla del este, empuja los hielos hacia la bahía y los acumula en la entrada.
    Joanna frenó su montura un momento para contemplar la vista. Enormes bloques de hielo se amontonaban unos encima de otros en la boca de la bahía, como arrojados por manos de gigante. Era fácil imaginarse el naufragio de un barco en aquel paraje. Se estremeció de miedo.
    – Eso es lo que nos habría sucedido si no hubieras sacado del hielo a la Bruja del mar, ¿verdad? Los bloques de hielo nos habrían aplastado.
    – O eso o nos habríamos estrellado contra las rocas de la costa. Estos mares son muy peligrosos. El poder de la naturaleza es inmenso.
    Joanna asintió.
    – ¿Cuándo quedará libre la bahía?
    – Eso podría ocurrir en cualquier momento -respondió él-. En los meses del verano, el hielo puede desplazarse y desaparecer en cuestión de horas. Lo viste tú misma. Cuando el viento cambia, la corriente vuelve a empujar el hielo. Mira, ya se ve el monasterio de Bellsund -añadió-. Allá arriba, sobre el promontorio.
    Joanna se volvió en la silla de montar.
    – Parece más una fortaleza que un monasterio -susurró-. No me lo imaginaba así.
    Los muros estaban construidos con enormes sillares. Había puertas monumentales y macizas torres redondas, rematadas por chapiteles. Tras la muralla exterior se distinguía un gran revoltijo de edificios más pequeños: el pueblo al que daba cobijo el monasterio. La misma existencia de una comunidad tan grande en aquellas vastas soledades resultaba algo impresionante, extraordinario.
    Volvió a estremecerse. Ahora que ya casi había llegado al final del viaje, se sentía temerosa, aterrada ante la perspectiva de encontrarse por fin con Nina y reclamarla como hija. Irguiéndose en la silla, se dio cuenta de que Alex la estaba observando.
    – ¿Te encuentras bien? -le preguntó con tono suave-. Ya sabes que no tienes por qué hacer esto. Puedo ir yo y…
    – No, gracias. Tengo que hacerlo yo.
    Clavó espuelas y puso su montura al galope, repentinamente desesperada por llegar a su destino. Al cabo de unos segundos, Alex la alcanzó y se puso a su altura: continuaron galopando juntos hacia las puertas del monasterio. El carromato y los demás jinetes quedaron atrás.
    Las puertas se abrieron a un amplio patio empedrado rodeado de edificios. Un mozo de cuadra se adelantó para ocuparse de sus caballos. Alex bajó de un salto y la ayudó a desmontar. Joanna puso por fin los pies en el suelo, consciente de pronto de su enorme cansancio. Tan agradecida le estaba por su ayuda que por un instante se aferró a sus hombros antes de sacar la fuerza necesaria para apartarse y caminar sola.
    Alex estaba hablando en ruso con un joven monje que había salido a recibirlos. Joanna se mantenía a un lado, discreta y callada. Sólo en aquel momento se daba cuenta de lo mucho que él le había facilitado las cosas, guiándola a través de aquellas extrañas tierras, protegiéndola y, por fin, hablando con los monjes en su nombre. La garganta se le cerró de emoción, consciente de lo mucho que le debía.
    – Van a llevarnos a ver al padre Starostin -le explicó Alex-. Es el superior del monasterio, el abad. Es un hombre sabio y estudioso. Parece ser que lleva viviendo en Bellsund desde hace más de cuarenta años.
    – Gracias -le dijo Joanna al monje. Aunque era joven, tenía un rostro de hombre mayor, sereno y contemplativo. Su escrutinio le hacía sentirse vulnerable, como si viera demasiadas cosas en ella, todas sus esperanzas y temores. Y a esas alturas se sentía cansada, demasiado para poder disimular sus sentimientos.
    El monje los llevó a través de una serie de pasadizos porticados entre los edificios. Pasaron por delante de una preciosa iglesia, un campanario y varias puertas que se abrían a un frondoso jardín botánico.
    – La temperatura de aquí es templada, dado que nos encontramos en un valle -murmuró Alex al ver su expresión de asombro-. También tienen un inteligentísimo sistema de canalización subterránea de agua caliente, que calienta el suelo fértil.
    – Lottie estará encantada. Al fin verá árboles.
    – Y también podrá tomar un baño caliente, lo cual sin duda le agradará todavía más, ya que rechazó los baños de vapor. El alojamiento de los invitados es muy cómodo.
    Joanna también se moría de ganas de disfrutar de un buen baño caliente. «Pronto», pensó. «Pronto podremos calentarnos, cambiarnos de ropa y dormir en camas mullidas. Todo se arreglará».
    Doblaron una esquina, pasaron bajo un arco tallado en piedra y llegaron ante una puerta de madera maciza. El joven monje llamó varias veces, murmuró algo y entró, dejándolos en el umbral.
    – Sólo será un momento -le aseguró Alex-. Ha ido a avisar al abad de que estamos aquí.
    Para entonces, Joanna tenía el corazón en la garganta. Sus pensamientos se atropellaban unos a otros como mariposas atrapadas en una red. Por primera vez se preguntó qué aspecto tendría Nina. ¿Habría salido a David, o se parecería más a su madre rusa? Se preguntó también por su reacción cuando se viera de pronto arrancada de aquel entorno; ella, una niña que era apenas mayor que un bebé y que ya había perdido a su madre. ¿Por qué no había pensado antes en eso? Otra oleada de ansiedad la barrió por dentro.
    Justo en aquel instante, se abrió la puerta.
    – El abad Starostin desea veros -informó el joven monje.
    Joanna vaciló, pero Alex la tomó del brazo y dio un paso adelante.
    – Coraje -le susurró.
    Estaban en una especie de despacho, con amplios ventanales que daban a los jardines, con el mar de fondo. Un enorme fuego ardía en la chimenea. El suelo de piedra estaba cubierto de lujosas y coloridas alfombras; un gran libro abierto mostraba bellas ilustraciones miniadas con figuras de hombres y monstruos marinos, ballenas y sirenas. La habitación desprendía tal sensación de serenidad que, por un momento, el pulso de Joanna se tranquilizó y se permitió disfrutar de aquella paz.
    Un hombre se levantó de una silla junto al fuego y se dirigió hacia ellos. Era viejo y algo encorvado; en una mano llevaba una carta cuya escritura reconoció Joanna, no sin un sobresalto, como la de David. Así que era cierto. Hasta aquel momento no había llegado a creérselo del todo, pero era verdad: su difunto marido había dejado instrucciones en el monasterio sobre todo lo relativo a su hija. Había advertido a los monjes que un día su esposa se presentaría a buscarla. Y ahora allí estaba…
    Surgió el entusiasmo como una explosión de luz. Un estremecimiento la recorrió y supo enseguida que Alex también lo había sentido, por la mirada que le lanzó. Se adelantó, incapaz de esperar.
    – Padre abad…
    Pero la expresión grave del anciano monje no se inmutó. Sus ojos grises, vivos e inteligentes, escrutaron su rostro. Le estrechó la mano; Joanna sintió su piel áspera y fría en contraste con sus dedos febriles.
    – Bienvenida a Bellsund, lady Grant -le dijo en un perfecto inglés, y se volvió hacia Alex-: Lord Grant, es un placer volver a veros -frunció levemente el ceño-. Tengo entendido, lady Grant, que habéis venido desde Inglaterra para recoger a Nina Ware, la hija de vuestro difunto marido, y llevárosla a vuestra casa, ¿es eso cierto?
    – Lo es -apenas fue capaz de formular las palabras. El pulso le atronaba los oídos: tenía la sensación de que los demás podían oírlo, resonando en los muros de piedra. Estaba temblando.
    El abad asintió lentamente.
    – Es lo que dispuso el comodoro Ware en su carta -dijo con un tono de voz extraño, enigmático-. Os llevaré enseguida con Nina, dado el largo viaje que habéis hecho y… -sonrió débilmente- lo muy deseosa que seguro estaréis de verla.
    Lo siguieron a través de interminables corredores hasta que volvieron a salir a cielo abierto. Joanna, que tantas cosas había querido preguntarle, se mantuvo durante todo el tiempo callada mientras caminaba al lado del abad. Su aprensión era ahora de una naturaleza distinta: procedía de la actitud de tranquila resignación del anciano, de aceptación de lo que había sucedido. No había detectado censura alguna en su voz. No se había opuesto a que viera a Nina, ni a que se la llevara. Pero había algo más, algo que no conseguía identificar. Joanna podía percibirlo, y sabía que Alex lo sentía también, porque en aquel momento se había acercado a ella, como ofreciéndole un tácito consuelo con la fortaleza de su presencia.
    Doblaron una esquina y caminaron a lo largo de un edificio largo y bajo, hasta un jardín… donde se oían voces infantiles. Joanna parpadeó asombrada.
    – Tenemos una escuela aquí -les informó el abad Starostin, y Joanna recordó que Anya le había dicho que ella aprendió su inglés en la escuela del monasterio-. Los cazadores y tramperos van y vienen continuamente. Pero aquí siempre habrá un lugar para sus hijos.
    Los niños estaban jugando. Había unos diez u once; tenían aros y pelotas, pequeñas piedras redondeadas de la playa y peonzas pintadas que brillaban al sol. Joanna pensó de inmediato en el cajón de juguetes de Hamley's. Eran mucho más caros y sofisticados que aquellos juguetes caseros y artesanales. Podría regalarle a Nina cientos de juegos y muñecas diferentes, mimarla con regalos de todo tipo.
    – Ésta es Nina -dijo el abad, señalando a una niña que estaba sentada con otros dos compañeros, charlando mientras jugaban con piedras de colores-. Tiene casi seis años.
    Era morena como su madre, pensó Joanna, y no rubia como David…
    Era una niña de aspecto delicado, de pelo negro y ojos del mismo color. Llevaba un vestido rosa, con un diminuto delantal blanco de encaje. «Ropa vieja», pensó Joanna. «Yo le compraré ropa nueva, la que le guste: vestidos de todos los colores del arco iris y sombreros con cintas a juego…».
    Quiso correr hacia la niña, abrazarla, estrecharla contra su pecho. La urgencia de hacerlo le robó el aliento.
    – El otro niño y la niña son sus primos -le estaba diciendo el abad-. Se llaman Toren y Galina.
    – ¿Primos? -Joanna se volvió para mirarlo-. Pero yo creía que Nina era huérfana…
    – Y lo es. Pero la madre vino originalmente a Spitsbergen con un hermano. Él tiene familia aquí, en la aldea, y cuando Nina quedó huérfana y a cargo nuestro, nos pidió que se la entregáramos. Nina estudia aquí, pero no vive con nosotros, sino con su tío y sus primos.
    Joanna vio como Nina alzaba una de las brillantes piedras al sol, riendo mientras contemplaba sus reflejos dorados y rojizos. La otra pequeña, Galina, se mostraba seria, casi solemne. Entregó otra piedra a Nina y juntaron sus cabecitas morenas mientras la contemplaban.
    Algo duro y frío pareció alojarse de repente en el pecho de Joanna. Primos, compañeros de juegos, amigos… Familiares en la aldea. Una escuela, una comunidad, gente que la quería. Todo aquello era muy diferente a lo que se había imaginado.
    Nina estaba muy bien cuidada y alimentada. Era feliz.
    El abad seguía hablándoles en voz baja de la familia de Nina, de la escuela y de los estudios que recibían los niños. Joanna intentó imaginársela en un escenario completamente distinto, paseando con su institutriz por un parque de Londres, o en su landó, o jugando con Max. Nina haría nuevas amistades. Haría incluso quizá estudios superiores, en uno de los seminarios de Bath. Los horizontes eran enormes, las posibilidades infinitas.
    «Y yo la querré», pensó mientras la veía jugar con su prima. «La quiero. Le daré todo lo que necesite».
    Pero algo en su interior había empezado a romperse y resquebrajarse. Intentaba ignorarlo, pero la grieta fue ampliándose por momentos hasta llenarla de una desesperación que amenazó con consumirla.
    En todos sus pensamientos y planes, jamás se habían planteado lo que Nina podría querer. Nunca se había imaginado que ella pudiera tener otros parientes, y que éstos fueran gente que la amara y que la echaría de menos cuando se marchara de allí.
    «He sido tan egoísta…», se recriminó. «Sólo he pensado en lo que yo quería». Podía sentir como su corazón se desmoronaba pedazo a pedazo. El abad la observaba con expresión perspicaz.
    – Me doy cuenta, padre, de que Nina es muy feliz aquí. Tendremos que hablar de su futuro. Tanto lord Grant como yo nos aseguraremos de hacer todo lo posible para que la pequeña se quede con su familia durante todo el tiempo que desee. Pero ahora, si me disculpáis…
    Dio media vuelta y se retiró antes de echarse a llorar.

    – ¡Joanna! -Alex llegó prácticamente corriendo al patio interior del monasterio. Estaba terriblemente preocupado. Había detectado en su voz aquel tono crispado que tan bien estaba empezando a conocer. No significaba que la situación no le importara, sino todo lo contrario: era su defensa, su protección. Estaba seguro de que sufría horriblemente, y el simple pensamiento le ponía enfermo.
    Había estado a punto de salir tras ella cuando el padre Starostin se lo impidió, poniéndole una mano en el brazo.
    – Vuestra esposa es una mujer extraordinaria. Su comportamiento es generoso y desinteresado, al anteponer la felicidad de la pequeña a sus propios deseos y anhelos.
    – Sí -había repuesto Alex, sacudiendo la cabeza. No podía dar crédito a lo que había hecho Joanna. No cuando sabía lo profunda, desesperadamente que había querido a Nina-. Hay otros asuntos que deberemos tratar, por supuesto. Formalidades, finanzas…
    – No os preocupéis. Nos hemos arreglado muy bien hasta ahora. No tenéis ninguna obligación financiera para con nosotros, lord Grant -había mirado a Nina, que seguía absorta en su juego-. Yo me aseguraré de que, cuando sea lo suficientemente mayor, conozca la verdad. Tanto lo de su padre, como lo de la generosidad demostrada por lady Grant. Y ella siempre podrá escribirle, visitarla…
    – Por supuesto.
    – Vuelva a verme con su esposa cuando esté recuperada, lord Grant -le había pedido el abad-, y hablaremos de ello. Sois, por supuesto, bienvenido para quedaros en Bellsund durante todo el tiempo que deseéis.
    Alex le había dado las gracias y se había marchado, impaciente por buscar a Joanna, pero para entonces había desaparecido. El cielo se había tornado denso y gris, con amenaza de nieve. Se había levantado viento del norte, de un frío que cortaba la piel.
    Lottie estaba supervisando la descarga de su equipaje cuando Alex llegó a la puerta del pabellón de los invitados. Por una vez, la dama parecía encontrarse de buen humor.
    – ¡Agua caliente! -le dijo a Alex, con expresión radiante-. ¡Calor! ¡Jóvenes mancebos! Creo que con gusto me quedaría a vivir aquí.
    – Los jóvenes mancebos son monjes, señora Cummings. Os ruego que nos los corrompáis -se pasó una mano por el pelo con gesto impaciente-. ¿Habéis visto a Joanna? Estábamos hace un momento hablando con el abad y necesito localizarla urgentemente…
    – ¡Oh, ha salido! -respondió Lottie, señalando vagamente la puerta-. Dijo que estaría fuera durante un buen rato…
    Alex salió antes de que ella hubiera terminado de hablar.
    No pudo encontrarla en la exuberante belleza de los jardines tropicales y se detuvo en seco, frustrado. Intentó pensar adónde podría haber ido, de haberse sentido lo suficientemente desesperada como para no querer ver a nadie. Iba a pie, así que era imposible que hubiera llegado muy lejos. Abandonando el monasterio, se dirigió hacia la costa.
    La encontró en la playa: estaba de pie, inmóvil, contemplando el mar. No llevaba capa ni sombrero. Alex supuso que debió de habérselos dejado en el pabellón de los huéspedes, para salir tal y como estaba. La nieve se arremolinaba en torno a ella. El viento hacía ondear su oscura melena.
    – Joanna -se detuvo a unos pasos de distancia y ella se volvió para mirarlo. Le dio un vuelco el corazón cuando vio su expresión: la mirada de sus ojos azules era aterradoramente vacía. Dudaba incluso de que lo hubiera visto, y mucho menos de que supiera quién era.
    Parecía absolutamente reconcentrada en sí misma, y él no sabía cómo llegar hasta ella. El vestido se le pegaba al cuerpo, empapado ya por la nieve. Tenía copos en el pelo, la cara, los labios. Mirándola, experimentó una violenta punzada de emoción.
    – Tenemos que ponernos a cubierto -le gritó para hacerse oír por encima del rugido del viento. Ya era demasiado tarde para volver al monasterio. La nevada se había convertido en ventisca, y había visto estallar muchas tormentas como aquélla. Si no se refugiaban pronto en alguna cabaña de tramperos, no tardarían en perderse en la nieve y, muy probablemente, morirían congelados antes de que tuvieran oportunidad de volver al pueblo.
    Le pasó un brazo por los hombros, envolviéndola en su capa, y la guió a lo largo de la costa hasta la cabaña más cercana. Al contrario que la mayoría de las cabañas de los tramperos, era cómoda y estaba bien cuidada, perfectamente preparada para resistir los largos inviernos de Spitsbergen.
    Una vez dentro, Joanna se sentó en el borde del camastro. No dejaba de abrazarse, aunque no temblaba de frío. Era como si no fuera consciente ni de ella misma ni de lo que la rodeaba. Alex deseó haber tenido algo con lo que encender un fuego, alguna bebida caliente que ofrecerle, pero no había nada que pudieran hacer excepto sentarse a esperar a que pasara la tormenta.
    – Tienes que quitarte esa ropa empapada. Vamos. Si no, te pondrás enferma.
    Se dejó desnudar dócilmente. Sólo cuando quedó únicamente vestida con la enagua alzó repentinamente los ojos y se encontró con su mirada. Había una furia tan ciega en su expresión, mezclada con un dolor tan fiero, que Alex no pudo evitar un estremecimiento.
    – Alex…
    Estiró los brazos con desesperada necesidad, y él la estrechó contra su pecho. Se sorprendió a sí mismo acunándola, susurrándole cariñosas palabras, besándole el cabello. La sintió estremecerse con el súbito asalto de las lágrimas; lágrimas que le empaparon la camisa, ardientes contra su piel fría.
    Lloraba con tanta desesperación que las convulsiones sacudían todo su cuerpo. Y él continuó abrazándola con fuerza hasta que finalmente empezó a calmarse.
    – Tenía que hacerlo -murmuró.
    – Lo entiendo -estaba tan emocionado que apenas podía hablar-. Fuiste tan generosa… Mucho más de lo que nunca pude imaginar.
    – No quería serlo -masculló, furiosa-. Quería llevármela conmigo… -sollozó una vez más.
    – Shh… -Alex continuó acunándola en sus brazos. Viendo su rostro bañado en lágrimas, sus ojos hinchados y enrojecidos, sintió una enorme, inefable compasión por ella. Le acarició la mejilla, le hizo alzar la barbilla y la besó en los labios: y entonces el mundo pareció explotar.
    Ni hubo amor ni ternura alguna en aquel beso. Fue algo profundamente físico, un desesperado grito de Joanna por liberarse de una intolerable tensión. Alex sabía que ella sólo lo deseaba como un escape para el dolor, pero su entrega era total y su propio deseo estalló en toda su plenitud. Si antes se había mostrado receptiva a sus caricias, en aquel momento se mostró tan vehemente y elemental como la misma tormenta.
    La besó mientras sus manos buscaban su piel desnuda por debajo de su camisola. Ella le ofreció sus labios, arrebujándose en su regazo, y Alex dejó de pensar en nada que no fuera su aroma, o el sabor de su lengua en la suya. Reaccionó apoderándose de su boca con creciente exigencia, y el beso creció en intensidad.
    Fue ella quien lo atrajo hacia sí y lo tumbó a su lado en la cama, deslizando las manos por los músculos de sus hombros y de su pecho. Alex sintió la presión de sus senos a través de la tela de su camisa, y su cuerpo se endureció e incendió hasta límites insoportables. Aún pudo, sin embargo, recuperar los últimos restos de autocontrol y se apartó después de sembrarle el cuello de besos.
    Estaba ruborizada; su respiración se había acelerado y un fulgor de deseo ardía en sus ojos azules.
    – Joanna… -susurró- espera…
    – Te deseo -lo agarró de la camisa y tiró de él hacia sí para reclamar sus labios-. Oh, por favor… -su voz había cambiado: desprendía un tono desesperado mientras volvía a besarlo con renovado ardor y deslizaba las manos bajo su camisa.
    Alex se estremeció bajo sus caricias. Cuando ella le sacó la camisa y aplicó la boca allí donde habían estado sus manos, soltó un gruñido en voz alta.
    – Por favor, Alex… -en aquel momento, le estaba recorriendo el vientre desnudo con los labios.
    Podía sentir la caricia de su aliento mientras la punta de su lengua trazaba un tentador sendero hacia la cintura de su pantalón.
    – Por favor, hazme el amor.
    ¿Cuántos hombres habrían desoído aquel ruego?, se preguntó, aturdido. Sentía que debía hacerlo: un caballero le habría ofrecido su consuelo de otra forma que la puramente física. Debería hablar con ella, escucharla, animarla a que se desahogara con él. Y sin embargo, si lo único que deseaba Joanna en aquel momento era escapar al intolerable dolor que para ella suponía renunciar a Nina… entonces él no podía negarse a complacerla.
    Al momento siguiente, todos aquellos pensamientos desaparecieron en el incendio conjurado por sus labios y sus manos. Le estaba abriendo ya el pantalón, y la oyó contener el aliento cuando descubrió por fin lo duro y dispuesto que estaba para ella. Arrodillándose frente a él, liberó su falo.
    Fue entonces cuando descubrió, a la débil luz de la cabaña, que estaba desnuda. Estiró los brazos hacia ella y la sentó a su lado, en el camastro. Le dolía el corazón de sólo mirarla, tan bella y tan dulce, y al mismo tiempo con aquel aspecto tan insoportablemente lascivo, con aquella expresión de abandono…
    – Ahora -dijo ella. El brillo azul oscuro de sus ojos parecía desafiarlo.
    – No -si tenía que hacer aquello, no sería un rápido acoplamiento que la sacara de su dolor. Porque no estaba dispuesto a consentir que lo utilizara de aquella manera. Se aseguraría de que no olvidara nunca aquel momento.
    Le demostraría a las claras lo mucho que la amaba.
    Volvió a acariciarle una mejilla y deslizó los dedos por sus sensuales labios, viendo cómo sus ojos se oscurecían un poco más. Inquieta, nuevamente estiró los brazos hacia él, pero Alex se resistió. Inclinándose, la besó de nuevo: fue un beso que comenzó con delicadeza para acabar desplegando tanta dulzura como sensualidad. La sintió suspirar contra su boca y fue prolongando el beso hasta que la tensión y el apresuramiento desaparecieron al fin, reemplazados por un deseo de una naturaleza distinta, tierno, sereno. Su cuerpo entero pareció relajarse bajo sus manos, derretido de placer.
    Sólo entonces le permitió que lo tocara a voluntad, con sus manos viajando por su cuerpo en caricias que no tardaron en excitarlo con excesivo apresuramiento. Un fuego rugía en sus venas y se obligó a apaciguarlo, controlándolo para no hundirse de pronto en ella y tomar lo que tanto quería. Fuera, mientras tanto, la tormenta desplegaba una rabia que amenazaba con arrancar la cabaña de sus cimientos.
    Alex gruñó cuando Joanna se sentó sobre él, toda caliente y sudorosa. Incapaz de permanecer quieto, se medio incorporó para acudir a su encuentro y hundirse en ella. La oyó contener la respiración y reclamó nuevamente sus labios, sintiendo la presión de sus senos contra su pecho y afirmando las manos en sus caderas para sujetarla con fuerza.
    – Te amo -susurró ella.
    Alex escuchó las palabras y las sintió como una caricia en el alma. Algo en su interior, la última resistencia que había estado oponiendo, saltó como un resorte.
    «Yo también te amo…».
    Sintió como se tambaleaba al borde del abismo; la oyó luego gritar y cayó entonces con ella en un vertiginoso remolino de luz. Jamás había experimentado nada parecido.

    Joanna se despertó con el calor del sol. Abrió los ojos y vio los rayos que se filtraban por las contraventanas cruzando su cuerpo en barras de luz y sombra. Por un instante fue consciente de una sensación de sublime bienestar y felicidad, hasta que recordó todo lo que había sucedido y algo en su interior se heló de pronto como una flor expuesta a la escarcha. Podía ver su propia ropa regada por el suelo. Ella estaba envuelta en la capa de Alex: debajo estaba desnuda. Él se había marchado.
    Estremecida, recogió la ropa y se vistió lo más rápido que pudo. La temperatura de la cabaña era muy baja y estaba empezando a congelarse por dentro y por fuera. Estaba rígida y entumecida y se movía lenta, dolorosamente.
    Abrió la puerta de la cabaña y la luz la deslumbró: el sol estaba alto en el cielo. Debió de haber dormido durante toda la noche y parte de la mañana. El viento, frío y cortante, jugaba con su pelo. Envolviéndose en la capa, echó a andar por la playa. El mar volvía a estar tranquilo, con la niebla rizándose sobre su superficie.
    Se sentó en una roca y se abrazó las rodillas. La furia y el dolor que se habían apoderado de ella el día anterior habían desaparecido. Se sentía cansada, agotada, pero ya no sufría. Resultaba curioso, pensó, que David no le hubiera mentido. Efectivamente su hija la había estado esperando al final de su viaje. Probablemente nunca había esperado que ella tendría la tenacidad necesaria para hacer el viaje a Spitsbergen y reclamarla. Le había puesto la tentación delante de los ojos para hacerle sufrir, pero ella había sido más fuerte de lo que él había imaginado, porque había hecho el viaje y había sobrevivido. Y al final había hecho lo justo y lo adecuado, lo único que había podido hacer: renunciar a llevarse a Nina consigo.
    Pues bien, ya había pasado todo. Lo que había sentido por David se le antojaba ahora remoto, frío. Era como si se hubiera vaciado de todo sentimiento por él. Ya no tenía el poder de herirla porque lo peor había pasado ya, porque había sobrevivido y porque había cambiado: se había vuelto más fuerte y valiente de lo que había soñado nunca, y además Alex había estado durante todo el tiempo a su lado.
    Le dio un vuelco el corazón cuando se permitió recordar el abandono con que se había entregado a Alex, en medio de su desgracia. Se había entregado completamente y sin reservas. Al principio la causa había sido su necesidad de desahogar el dolor, de olvidar. Pero Alex se había negado a que lo utilizara de aquella forma. Él había conseguido que lo viera como era realmente, un hombre al que amaba por su integridad, su resolución y su sinceridad. Lo amaba por ser un hombre de principios y de honor, el héroe que siempre había anhelado desde que era niña, un hombre que había jurado protegerla y que había sido fiel a su palabra.
    Por un instante experimentó una punzada de euforia y esperanza. Hasta que la verdad de su situación la barrió como una marea y le entraron ganas de gritar, porque sabía que enamorarse de Alex era probablemente la cosa más absurda que habría podido haber hecho. Él poseía todas esas admirables cualidades y muchas más, pero seguía teniendo un corazón de aventurero: explorar era lo que daba sentido a su vida, y nunca lo había ocultado. Él no quería un hogar estable, ni vínculos emocionales. Había sido escrupulosamente sincero con ella al dejarle claro todo eso desde el principio. Ahora la razón original de su matrimonio, rescatar a Nina y proporcionarle un hogar seguro, había desaparecido, y sin embargo seguían juntos. Y lo que era peor: la única condición y exigencia que él le había planteado, la de darle un hijo, nunca sería satisfecha por su parte.
    Lo había engañado. Ésa era la peor traición de todas.
    Tenía que decírselo. No podía soportarlo por más tiempo, y ahora que todo lo demás había terminado… sólo quedaba acabar aquello, también.
    Un rumor de pasos en la grava la devolvió a la realidad. Alzó la cabeza y vio a Alex de pie a unos pocos metros de ella. Estaba en mangas de camisa, despeinado por el viento. Fue mirarlo y sentir como si cada fibra de su ser despertara a la vida. Alex, que había poseído su cuerpo con arrebatadora pasión y ternura desde el principio. Alex, el marido que se había convertido en su amante en todos los sentidos de la palabra…
    Alex, el marido al que había engañado.
    Sabía que tenía que poner punto final a aquello. Desvió la mirada, abrumada por la emoción, incapaz de encontrar las palabras.
    – Siento no haber vuelto cuando te despertaste -le dijo él-. Fui al pueblo a buscar algo de comida y a dar recado al monasterio de que estábamos bien.
    Joanna experimentó una punzada de culpabilidad. No había dedicado un solo pensamiento a sus compañeros, que probablemente habrían estado muy preocupados por ella. Miró la comida de poco apetitoso aspecto que llevaba en las manos.
    – Gracias -aspiró profundamente e hizo lo que le pareció un esfuerzo colosal, sobrehumano-: Lo lamento. Lamento muchísimo que todo esto haya sido para nada.
    Alex frunció el ceño.
    – Joanna, tú tomaste la decisión correcta respecto a Nina -le aseguró con una ternura que le partió el corazón-. Nadie puede reprochártelo: al contrario. Ha sido muy valiente -le tomó una mano-. Me hago cargo de que renunciar a Nina es algo terriblemente difícil para ti. Pero, con el tiempo, tendremos hijos. Sé que tal vez no desees hablar de esto ahora, pero una vez que se haya aplacado tu dolor…
    Joanna sintió de pronto que algo se rompía en su interior.
    – No -le tembló la voz-. Por favor, no digas nada más. Tú y yo nunca tendremos hijos.
    Alex se quedó paralizado. Joanna aprovechó para retirar la mano: le parecía indigno tocarlo. Entrelazó los dedos para evitar que le temblaran.
    – Cuando estábamos en Londres, me preguntaste por qué David y yo nos habíamos peleado. La razón fue porque había fracasado en darle un heredero. En cinco años de matrimonio, ni una sola vez me quedé embarazada. David y yo discutimos porque yo era estéril.
    La palabra, tan dura y tan fría, pareció quedar suspendida en el aire. Alex la miraba de hito en hito.
    – Pero seguro que no sería más que… una casualidad. Tú misma dijiste… -su voz contenía una nota de esperanza- que concebir un hijo estaba en las manos de Dios. A no ser que estés segura de que no puedes concebir, y exista una buena razón para ello, tú…
    Se interrumpió. Joanna sabía que debía de haber visto el cambio en su expresión, la culpabilidad que no podía ocultar.
    – Hay una buena razón.
    Alex sacudió la cabeza, estupefacto.
    – Pero cuando yo te dije que deseaba un heredero para Balvenie… ¡tú no me dijiste nada de esto! -se la quedó mirando con incredulidad y creciente desdén. Como no lo contradijo, se levantó para alejarse de ella-. ¿Tengo que entender… -inquirió con un tono de tensión que ella apenas reconoció- que me engañaste conscientemente? ¿Que cuando fuiste a pedirme que me casara contigo e hiciéramos nuestro trato, ya sabías que yo te estaba pidiendo algo que jamás podrías darme?
    – Sí. Lo sabía.
    Alex se pasó una mano por la nuca.
    – Entonces hiciste todo esto por…
    – Por Nina -se le quebró la voz-. Y por mí misma, lo admito. Alex… ¡Era mi única oportunidad de tener un hijo! -lo miró suplicante-. Ya sabes lo desesperada que estaba…
    – Pero tú sabías que, con nuestro acuerdo, me privabas al mismo tiempo de un hijo de mi propia sangre, de un heredero. Lo único que yo quería -soltó una amarga carcajada-. Oh, no fingiré ahora que sé lo que siente una mujer que se ve privada de la posibilidad de tener un hijo -sacudió la cabeza-. Pero sí sé lo que siente un hombre al verse privado del heredero que desea -la miró-. Compadezco tu situación -pronunció con voz áspera-. Diría que hasta entiendo tus motivos. Pero la deshonestidad de tu comportamiento… -se interrumpió-. Me mentiste -las palabras sonaron como piedras en el silencio reinante-. Ware me advirtió que eras egoísta y manipuladora. Qué irónico resulta que, cuando yo ya había llegado a creer que el manipulador era él… tenga que darle la razón al final.
    – Divórciate de mí -dijo Joanna, impotente. Le rompía el corazón tener que pronunciar aquellas palabras, pero era lo único que podía hacer para devolverle su libertad-. Podrías volver a casarte y engendrar un heredero…
    – No -la interrumpió-. Tú seguirás siendo mi esposa.
    Joanna se lo quedó mirando de hito en hito.
    – ¡Pero no puedes desear eso! ¿Por qué habrías de hacerlo?
    Contuvo el aliento mientras Alex le daba la espalda y caminaba unos cuantos pasos a lo largo de la playa. Sabía cuáles eran las palabras que deseaba escuchar de sus labios; pero sabía también que, con su engaño, había perdido el derecho a reclamar su amor.
    – Seguirás siendo mi esposa porque te tengo lástima, Joanna -le dijo Alex por encima del hombro-. Me doy cuenta de que debiste de estar muy desesperada para hacer lo que hiciste. No empeoraré las cosas organizando un monstruoso escándalo que pudiera arruinarte la vida -se volvió para mirarla con expresión pétrea-. Puedes volver a Londres. Te daré una carta para los abogados. Llevarás mi apellido y tendrás una pensión que te permitirá vivir como hasta ahora lo has hecho. Yo me dedicaré a viajar -se volvió de nuevo para contemplar el horizonte gris de la fría bahía-. Embarcaré aquí. El almirantazgo probablemente me juzgará por desertor, pero la verdad es que en este momento no me importa.
    Echó a andar, y Joanna lo observó alejarse. Había creído haberlo perdido todo cuando renunció a Nina, pero se había equivocado. Aquello era todavía más doloroso: saber que amaba a Alex y verlo alejarse de ella. Y peor aún saber que la despreciaba por su engaño y que, muy probablemente, desearía no volver a verla nunca, pese a que seguirían atados para siempre en un matrimonio sin amor.
    Permaneció sentada en la fría tierra. Así estuvo hasta que, cuando sintió que no quedaba ya nada por hacer, decidió volver al monasterio para hacer su equipaje.

Dieciséis

    No vio señal alguna de Alex cuando regresó al monasterio, y se alegró enormemente de no tener que enfrentarse con él mientras estuviera tan afectada y fuera tan incapaz de disimular sus sentimientos. Tarde o temprano tendrían que reunirse y hablar, pero en aquel momento no estaba segura de que pudiera soportarlo. Habían vuelto a convertirse en dos extraños y además de la manera más dolorosa posible, destrozados por su engaño después de haber pasado juntos la noche más dulce y tierna del mundo. Le parecía demasiado cruel.
    Deprimida, se obligó a dirigirse al pabellón de invitados del monasterio, preparándose para soportar la descarada curiosidad de Lottie y sus preguntas carentes de tacto. Cuando entró, sin embargo, no encontró a nadie. A nadie excepto a Frazer y a Devlin, cuya ropa estaba cubierta de polvo y lucía una expresión malhumorada. Caminaba de un lado a otro de la habitación mientras el mayordomo llenaba el baño de asiento con cubos de agua caliente.
    – La muy embustera, mentirosa y manipuladora… -estaba diciendo Dev, y por un terrible instante, Joanna temió que Alex se lo hubiera contado todo a su primo, con lo que, en consecuencia, ahora la odiaría.
    El corazón se le encogió en el pecho. Pero cuando el joven se volvió y la descubrió en el umbral, se ruborizó con gesto culpable.
    – Os suplico me perdonéis, lady Grant -dijo-. Sé que es vuestra amiga.
    – Te refieres a Lottie, supongo -adivinó Joanna, haciendo a un lado sus propias preocupaciones-. ¿Qué ha pasado? ¿Dónde está?
    – Abajo, en el puerto.
    – Dios mío… ¿se ha escapado con alguno de los marineros?
    – Se ha fugado con John Hagan -explicó Dev, sombrío-. Y con el tesoro de Ware -se pasó una mano por su espeso cabello rubio, dejándoselo en punta-. Que el diablo se la lleve -y añadió con tono triste-: Jamás llegué a creerme que me amaba. ¡Fui yo quien le dijo que todo había terminado! ¡Pero ahora resulta que fue ella quien me engañó!
    – No juréis en presencia de una dama, señor Devlin -le reconvino Frazer, desaprobador-. Lo que no quita que la señora Cummings sea la mujer más descarada e inmoral que conozco.
    – Necesito entender qué es lo que ha pasado -dijo Joanna, sentándose-. ¿Qué está haciendo aquí John Hagan? ¿Cómo ha llegado hasta aquí? ¿Y cómo… -frunció el ceño, extrañada- cómo sabía lo del tesoro?
    Dev se puso aún más colorado.
    – Lottie debió de contárselo -musitó antes de secarse la cara con una toalla-. Ella… me persuadió… de que le enseñara el mapa del tesoro cuando estábamos en Londres.
    – Sois un estúpido, muchacho -dijo Frazer, severo.
    – Lo sé. Maldita sea… Lo he estropeado todo. Ayer por la tarde fui a la bahía de Odden a buscar el tesoro. Lo desenterré y lo traje hasta aquí, yo hice todo el trabajo sucio… ¡para que al final Hagan se presentara tranquilamente aquí esta misma mañana a reclamarlo en tanto que legítimo heredero de Ware!
    – Sigo sin comprender cómo ha llegado hasta aquí.
    – Compró un pasaje al capitán Hallows en el Razón -le explicó Dev-. Ya sabéis que los perdimos muy pronto con la tormenta, a la altura de las Shetland: llegaron apenas esta misma mañana -señaló el gran ventanal de la sala, que daba al mar-. El hielo desapareció en una noche. Cambió el viento, el hielo se deshizo y quedó abierto el paso para los barcos. El señor Davy nos ha traído a la Bruja del mar desde Isfjorden.
    Joanna se acercó al ventanal. Toda la bahía de Bellsund, con las montañas de fondo, brillaba blanca y clara bajo el sol de la tarde. En aquel momento se veían dos barcos anclados en la boca. La diminuta Bruja del mar aparecía empequeñecida por la fragata de la Marina Real Británica.
    – Purchase ha salido para encargarse de los aprovisionamientos -le informó Dev-. Estaremos listos para zarpar mañana mismo.
    Parecía un tanto turbado, y Joanna adivinó enseguida que ya sabía que Alex no viajaría con ellos. Frazer, por su parte, fingió ocuparse con las toallas y el agua caliente, evitando su mirada.
    – Lo siento -le dijo Dev-. Había esperado que Alex… -se interrumpió, y empezó de nuevo-. No entiendo cómo puede abandonar esta misión a estas alturas… y, sobre todo, abandonaros a vos.
    Se calló, incómodo. Frazer estaba sacudiendo la cabeza y murmurando entre dientes unas palabras que a Joanna le sonaron a «maldito estúpido», por mucho que el severo mayordomo deplorara maldecir.
    – Alex no me está abandonando -replicó Joanna, forzando un tono ligero. Lo menos que podía hacer, reflexionó, era proteger a su marido de la censura de sus amigos, cuando nada de todo aquello había sido culpa suya-. Fue algo que habíamos acordado desde el principio.
    Apoyada en el alféizar de piedra de la ventana, se quedó mirando fijamente la vista… y parpadeando para contener las lágrimas. Sabía que su voz sonaba débil y poco convincente. Sabía que ninguno de los dos hombres creía en sus palabras.
    Se volvió hacia ellos. Tanto Dev como Frazer la miraban con idéntica expresión de compasión.
    – No me has dicho todavía… -se apresuró a dirigirse a Devlin- de qué clase de tesoro se trata.
    – Oh… -el rostro de Dev se aclaró un tanto-. No es en absoluto lo que habíamos imaginado.
    – ¿Por qué no me sorprende? Supongo que se tratará de otra de las desagradables bromas de David.
    – Lo es, en cierta forma -repuso Dev, perplejo-. El tesoro es una pieza de mármol. Sospecho que Ware debió de encontrar una veta en el roquedo de la costa y se le ocurrió explotarla. Hagan parece deleitado ante la perspectiva. Dice que es de una calidad tan alta que sólo puede encontrarse en Italia, y que en Londres hará una fortuna -apretó la mandíbula-. Purchase y yo intentamos convencerlo de lo equivocado de sus planes, pero el abad nos advirtió de que sería inútil.
    – El abad es un hombre sensato y de buen criterio -intervino Frazer-. ¿Vais o no a tomar ese baño, señor Devlin?
    – Os dejo tranquilo -dijo Joanna con una sonrisa, y miró el baño de asiento-. Al menos el baño que trajo Lottie os proporcionará alguna comodidad, mal que os pese su traición.
    – Lo siento. Ella es vuestra amiga.
    – Me temo que Lottie siempre ha sido monstruosamente indiscreta.
    – Y monstruosamente desleal -añadió el joven con tono amargo.
    Joanna se encogió de hombros: nada de todo aquello le importaba demasiado. Encontrar a Nina para luego renunciar a ella, y luego terminar perdiendo a Alex representaba una pérdida tan inmensa que no tenía tiempo para ocuparse de la perfidia de Lottie Cummings.
    Sacó a Max de su cesta y lo cargó bajo el brazo.
    – Me bajo al puerto -anunció-. Necesito localizar al capitán Purchase y hacer algunos preparativos -salió al gran patio del monasterio. Se sentía enormemente aliviada de que el hielo hubiera despejado la boca de la bahía y pudieran regresar a Inglaterra antes de lo previsto. No se sentía capaz de quedarse allí, en Bellsund, con la hija de David tan cerca y a la vez tan lejos.
    En cuanto a Alex, le pondría las cosas fáciles. Ella había contratado el viaje de vuelta en la Bruja del mar, pero no pensaba abordarla. En lugar de ello, le compraría un pasaje al capitán Hallows en el Razón. Sería un viaje ciertamente incómodo con Lottie y John Hagan a bordo, pero no le importaba. En aquel momento no sentía más que una inmensa tristeza por haber perdido a Alex para siempre. Con el poco dinero que le quedaba, pagaría a Owen Purchase para que llevara a Alex a donde se le antojara ir. Pequeña recompensa para una traición tan grande, pero era lo único que podía hacer por él.
    Traspasó las enormes puertas del monasterio y se detuvo en lo alto de la ladera. Hacía otro luminoso día de verano, como aquél que había saludado su llegada a Spitsbergen. La brisa del sur jugueteaba con su melena y hacía ondear sus faldas. Podía sentir la caricia caliente del sol en la espalda. El cielo era de un azul vívido, con la silueta de las montañas nítidamente recortadas. La nieve era tan blanca que hería los ojos.
    Volvía a casa. Había llegado el momento de las despedidas.
    Miró los barcos anclados en el fiordo. Regresaba a Londres, regresaba a la misma vida que había conocido antes. Resultaba extraño que, al final, nada hubiera cambiado realmente. Viviría con su hermana en la capital y diseñaría bellos interiores para sus clientes y asistiría a eventos de moda, y sonreiría y bailaría, y patinaría por la superficie de su vida como había hecho antes. Sería lady Grant en vez de lady Joanna Ware, pero eso apenas tendría importancia porque Alex estaría en la India, o en la cuenca del Amazonas, o en Samarcanda, donde fuera. Ella tendría que pedirle a Merryn un atlas o comprarse un globo terráqueo para saber dónde quedaban todos aquellos lugares.
    O quizá no, porque seguir con el dedo los viajes de Alex por el globo solamente serviría para recordarle lo muy lejos que estaba de ella.
    Escuchó de repente unos pasos a su espalda y se volvió con rapidez: el corazón le aleteó de esperanza por un instante, hasta que descubrió que no era Alex, sino Owen Purchase quien había ido a buscarla. Permaneció a su lado, mirando el horizonte, y por unos segundos ninguno de los dos dijo nada.
    – Pensáis huir, ¿verdad? Pretendéis iros con Hallows en el Razón.
    Joanna negó con la cabeza.
    – No huyo. Vuelvo a casa.
    – Venid conmigo -le pidió de pronto él. Y añadió, para sorpresa de Joanna-: Tomaremos la Bruja del mar. Iremos a donde nos plazca. A cualquier lugar del mundo.
    Joanna lo miró a los ojos y el corazón le dio un vuelco de estupor.
    – Owen… -empezó, pero él negó con la cabeza.
    – No digáis nada. Aún no -volvió de nuevo la mirada al horizonte-. Nunca pensé que haría algo así. Nunca imaginé que terminaría traicionando a un amigo para fugarme con su esposa -aspiró hondo y la miró de nuevo-. Pero la verdad es que vos sois demasiado buena para él, Joanna. No os merece, y eso casi me vuelve loco -soltó una amarga carcajada-. Suena algo tan trillado… pero es verdad.
    – No -protestó Joanna-. No es verdad. Owen, si vos supierais…
    – Yo lo único que veo -dijo Purchase con un tono casi feroz- es que vos estáis aquí y que os encontráis triste, y que Grant no aparece por ninguna parte y que, además, es el mismo canalla que os ha puesto en este estado de ánimo. Y eso no puedo soportarlo…
    Joanna hizo un esfuerzo por encontrar las palabras adecuadas.
    – Owen… fuisteis vos quien me dijo que Alex era un hombre bueno, un gran tipo, y teníais razón -suspiró-. Yo no soy mejor que Alex. Lo que pasa es que él y yo no estamos hechos el uno para el otro. Algo sucedió entre ambos, algo que no puede arreglarse, y es por eso por lo que me marcho.
    Owen le tomó entonces una mano. Sus ojos tenían un impresionante color verdiazul: el color del mar de verano. Era tan sumamente atractivo que Joanna se sonrió, triste, ya que… ¿cuántas mujeres no lo habrían dado todo por estar en aquel momento en su lugar? Y sin embargo ella nunca podría irse con Owen, porque amaba demasiado a Alex. No agravaría su traición con otra.
    Liberó suavemente la mano y vio que Purchase sonreía también, como si aceptara resignado su rechazo. No dijo nada. No era necesario.
    – Que el diablo me lleve -dijo el capitán al cabo de un momento, con un fondo de amargura en la voz-. La única ocasión en mi vida que una mujer me rechaza… y la única ocasión que realmente me importa.
    Alzó una mano a modo de despedida y se alejó, con sus botas resonando en la grava.

    Alex había pasado una hora de aquella tarde con el capitán Hallows, de la fragata Razón, un hombre al que siempre había considerado un insoportable estirado y que, en las presentes circunstancias, le había desagradado todavía más.
    – Estoy deseoso por abandonar este lugar dejado de la mano de Dios, Grant -le había espetado cuando se encontraron en la biblioteca del monasterio-. El tiempo es malo y el hielo podría volver a cerrarse en cualquier momento. Nos estamos reaprovisionando a marchas forzadas. Pretendo zarpar mañana mismo, con la marea de la mañana.
    – Por supuesto -había dicho Alex-. Spitsbergen no es lugar para marineros temerosos -observó como el indignado rostro de Hallows enrojecía por momentos. Y volvió a enrojecer con la misma o peor indignación, antes de que se retirara para volver a su barco.
    Alex pidió luego recado de escribir y dedicó la siguiente hora a redactar una carta para sus abogados de Londres, con todas las disposiciones relativas a la pensión que recibiría su esposa. Joanna, pensaba, portaría aquella carta consigo cuando se marchara a bordo de la Bruja del mar. Por un instante sus pensamientos variaron de dirección, sombríos y furiosos, para concentrarse en la traición de su esposa, pero luego los hizo a un lado, ya que… ¿qué sentido tenía insistir en ello? Joanna lo había traicionado de la peor manera posible, deliberadamente, desde el principio. Le costaba sobremanera reconocer que si le dolía tanto su perfidia era precisamente porque se había enamorado de ella. Ésa era una debilidad que estaba perfectamente decidido a exorcizar. Los trazos furiosos de su escritura le ayudaron a expresar sus sentimientos: desgraciadamente estropearon también tres buenas plumas y varias hojas de papel en el proceso.
    Pasó el resto de la tarde ocupado en conversaciones con el abad Starostin sobre los asuntos prácticos, económicos, sobre el futuro de Nina. Y eso porque aunque el abad le había asegurado que no tenía ninguna obligación que cumplir, Alex había insistido en lo contrario. Seguía siendo uno de los tutores legales de la niña, junto a su esposa, y estaba determinado a asumir sus responsabilidades. En cuanto al presunto tesoro de Ware, él también había visto el mármol que Dev había llevado de la bahía de Odden y sabía que John Hagan lo había reclamado como suyo en tanto era heredero de David. Poco después, tras volver a hablar con el abad, ambos habían convenido en que aquello no tendría ningún uso práctico para Nina y, en consecuencia, Alex no se opondría a la insistencia de Hagan de llevárselo a Inglaterra.
    Alex pensaba para sus adentros que Hagan estaba loco al imaginar que podría explotar aquel mármol en cantidades suficientes para hacerse con una fortuna, porque el duro clima de Spitsbergen daría al traste con el plan. Por su parte, pensaba dejar que aquel canalla avaro y sin escrúpulos lo descubriera por sí mismo.
    Todas aquellas conversaciones sobre asuntos prácticos lograron tranquilizar un tanto a Alex, frío y poco emocional como era, pero en el fondo de su alma seguía ardiendo algo terriblemente peligroso: odio contra Joanna por lo que le había hecho y estupor y consternación por la traición que había sufrido. Y, sin embargo, lo que seguía sintiendo por ella no era en absoluto tan simple.
    Tenía que reconocer que Joanna había desplegado un enorme coraje y resistencia en aquel viaje, frente a lo que había esperado de ella. Había demostrado también una admirable generosidad al dejar a Nina con su familia. Era buena y cariñosa, y Alex sufría por la Joanna que había creído haber empezado a conocer y a amar. Deseaba volver a verla. Lo deseaba violentamente, más de lo que había creído posible.
    Finalizadas las conversaciones formales, Starostin ordenó les sirvieran comida y un vino con especias, y pasaron a hablar de los viajes de Alex, de Spitsbergen y del futuro de Rusia, mientras la luz cambiaba de un blanco luminoso al azul claro que anunciaba la inminencia de la noche. Finalmente, Starostin se acercó a un pequeño armario de madera situado en una esquina del despacho y sacó dos vasos y una botella verde.
    – ¿Me acompañaréis con una copa de vodka, lord Grant? Debo advertiros que es una bebida fuerte.
    Alex se echó a reír.
    – He bebido licores más fuertes en mis viajes.
    – Por supuesto -el abad sirvió dos copas. Se acercó luego a los altos ventanales, donde se hallaba Alex, y le tendió una-. ¿Sabéis que da mala suerte no bebérsela de un solo trago?
    Brindaron y Alex apuró el licor de golpe, a la manera tradicional… y casi se atragantó. Beber con aquel abad, reflexionó, bien podría convertirse en la prueba más dura y exigente de aquel viaje.
    Varias horas y ocho copas de vodka después, Alex se sentía bastante más sosegado de lo que se había sentido en todo el día mientras volvía tambaleándose al pabellón de invitados del monasterio. Una vez allí, se derrumbó sobre las mantas de piel de foca de su camastro y al instante se quedó dormido. Se despertó para descubrirse en esa misma posición: ni siquiera se había quitado las botas.
    Evidentemente, Frazer le había dejado por imposible: no podía culparlo por ello. Sabía que olía fuertemente a licor. Se sentía como si tuviera una caldera funcionando a tope en el cerebro. El edificio estaba silencioso. Acostumbrado al ruido de los viajeros, en particular a las quejas de Lottie Cummings, se quedó tumbado, disfrutando de aquellos momentos de tranquilidad. Hasta que se dio cuenta de que tanto silencio resultaba sospechoso. Se incorporó, miró el reloj de pared… y volvió a mirarlo horrorizado antes de levantarse de la cama, llamando a Frazer a gritos.
    El mayordomo apareció inmediatamente en el umbral. Llevaba una navaja barbera en una mano, con una toalla al brazo, y una palangana de agua caliente en la otra, que dejó sobre la cómoda.
    – Ya era hora, milord -comentó, frunciendo los labios.
    Alex se pasó una mano por la nuca.
    – ¿Dónde está todo el mundo?
    Pasó de largo por delante de Frazer, hacia la otra habitación. Cada dormitorio se abría a una redonda sala central: las otras puertas estaban entornadas. Podía ver la espartana cámara que compartían Dev y Owen, con dos pequeños maletines en el centro. La habitación contigua, donde debería haber estado el equipaje de Joanna, se hallaba vacía. Una repentina y violenta punzada de terror atravesó su cerebro dolorido.
    Lanzó una mirada a Frazer, que a su vez se la devolvió con lo que Alex no tuvo dificultad en interpretar como una expresión de enorme desaprobación.
    – Frazer, ¿dónde está lady Grant?
    – Se ha marchado, señor -respondió, y cerró la boca como un cepo que acabara de saltar.
    Alex esperó. Como no parecía que Frazer fuera a decir nada más, inquirió:
    – ¿No tienes ninguna otra información que darme, Frazer?
    – El capitán Hallows terminó de aprovisionarse ayer, milord. Mientras vos estabais dormido, zarpó rumbo a Inglaterra -volvió a cerrar la boca con un audible chasquido que indicaba su poca disposición a seguir hablando.
    – ¿Lady Grant se ha marchado con Hallows en el Razón? ¿Cuánto hace?
    Hubo un silencio.
    – ¿Cuánto? -bramó Alex.
    – Cuatro horas, milord -respondió el mayordomo, reacio-. Quizá cinco.
    – ¿Por qué diablos no me despertaste?
    Frazer lo fulminó con la mirada.
    – Lady Grant me pidió que no lo hiciera.
    Alex se frotó las sienes. La ausencia de Joanna, las habitaciones, el silencio… todo aquello parecía una burla. Había sido él quien le había dicho a Joanna que volviera a Londres, se recordó. Él le había dicho que se embarcara en Spitsbergen. Y le había dicho también que no deseaba volver a verla. Enfermo de amargura por su traición, se había creído él mismo aquellas palabras. Y sólo ahora, cuando ya se había marchado, se daba cuenta de lo mucho que le habían cegado la decepción y la furia… para no ver lo que realmente deseaba.
    Recogió su abrigo.
    – Prepara mi equipaje, por favor, Frazer. Y haz que lo bajen al puerto junto con los demás. ¿Dónde está el capitán Purchase?
    – El capitán Purchase está terminando de aprovisionar la Bruja del mar, milord.
    Alex se apresuró a abandonar el edificio. Podía ver la Bruja del mar sola en la bahía una vez más, un diminuto barco en el mar azul, empequeñecido por los negros picos de las montañas. El mar estaba perfectamente tranquilo, con el sol arrancando cegadores reflejos a su superficie.
    Encontró a Purchase en medio de sus hombres, ayudándolos a rodar los barriles de provisiones por la pasarela del barco.
    – ¿Es cierto? -le preguntó con tono urgente-. ¿Se ha ido?
    – Entiendo que te refieres a lady Grant -dijo Purchase, mirándolo con endurecida expresión-. Efectivamente. Zarparon esta mañana con la marea -una leve y fría sonrisa asomó a sus labios-. Me dejó pagados en tu nombre los servicios de otros seis meses: para ti, para que te lleve a donde se te antoje -le lanzó una mirada cargada de disgusto-. Te lo puso muy fácil, Grant. Te entregó la Bruja del mar. Así que dime, ¿adónde deseas ir?
    Alex se volvió para mirar el pequeño y estilizado bajel. Joanna y él lo habían contratado juntos, como símbolo del acuerdo al que habían llegado en un principio. Un acuerdo por el cual él le había ofrecido su apellido y protección, mientras que ella le había prometido la libertad de perseguir sus sueños.
    Pero ahora sus sueños habían cambiado.
    Pensó en aquel acuerdo. Le había pedido y exigido a Joanna libertad para continuar con su vida de explorador, sin compromisos ni concesiones. Libertad para viajar a donde se le antojara, sin responsabilidades que lo constriñeran.
    Había sido imperdonablemente egoísta.
    ¿Qué podía ofrecer un aventurero como él a la mujer que lo amaba tanto?, se preguntó. Podría ofrecerle su corazón, quizá. Podría entregarle su amor, a cambio del suyo.
    Pensó en Dev, diciéndole en Londres que no era dinero lo que Chessie necesitaba, sino cariño y amor. Pensó en Joanna echándole en cara que hubiera atendido a su familia en un sentido material, descuidándola al mismo tiempo en el emocional. Pensó en el acuerdo que le había propuesto y en el engaño del cual le había hecho víctima, empujada por su desesperado deseo de tener un hijo al que amar, hasta el punto de que se había mostrado dispuesta a todo para conseguirlo. Pensó en los peligros que había arrostrado para acudir a buscarlo a Villa Raven, y en la manera en que había derribado las defensas que había erigido en torno a su corazón, después de la muerte de Amelia. Y, por encima de todo, pensó en el sacrificio que había hecho al renunciar a Nina Ware por el bien de la niña y de aquéllos que la querían. ¿Y qué le había ofrecido él a cambio? Le había proporcionado protección material, quizá. Y nada más.
    Pero eso todavía podía cambiar. El corazón empezó a latirle acelerado.
    – ¿Podrías alcanzar al Razón? -preguntó bruscamente a Purchase.
    Una luz radiante asomó a los ojos del capitán.
    – ¿Vas a salir tras ella?
    – Sería un imbécil si no lo hiciera -repuso Alex.
    – Llevas mucho tiempo comportándote como tal. ¿Por qué romper ahora esa costumbre?
    – Porque la amo -miró a su amigo fijamente a los ojos-. Lo sabes perfectamente. Porque tú también la amas.
    Purchase no se molestó en negarlo.
    – Sé que ella es demasiado buena para ti… -replicó con amargura-, pero es a ti a quien ama -meneó la cabeza-. Ella te quiere y a cambio tú la has tratado tan mal como Ware. Le has hecho daño -apartándose, le dio la espalda. Tenía la espalda rígida, con todos sus músculos en tensión-. Me dan ganas de matarte, Grant. Puede que no la maltrataras físicamente, tal como hizo Ware, pero a tu manera has sido tan cruel como él…
    – ¿Qué?
    Purchase se volvió rápidamente. Su expresión no podía ser más dura.
    – He dicho que has sido tan cruel como Ware…
    – No me refería a eso, sino a lo de que Ware la maltrató físicamente.
    Esperó. Purchase se quedó callado y Alex pudo sentir como el terror le corría por la espalda, hasta que ya no pudo soportarlo más.
    – Por el amor de Dios, Purchase -estalló-. Dímelo.
    – Intenté decírtelo antes -el capitán se pasó una mano por su pelo rubio-, pero tú no estabas dispuesto a escuchar una sola crítica contra él, ¿recuerdas, Grant? -le lanzó una mirada asesina-. Ware me lo contó él mismo, una noche que estaba bebido. Alardeaba de ello, el muy canalla: de la discusión que habían tenido porque ella no había sido capaz de darle un heredero, y de la manera en que le había pegado. Dijo que aquella noche la había dejado tumbada inconsciente en el suelo… -cerró los puños-. Estuve a punto de matarlo con mis propias manos.
    – Debió habérmelo dicho -de repente, Alex se sintió enfermo, consternado… y absolutamente encolerizado. Pensó en Churchward y en la devoción que profesaba a Joanna, en Daniel Brooke y en los socios del club de boxeo que habían jurado protegerla, en Purchase y en su secreto. Y pensó también en David Ware, el héroe… Se había quedado estupefacto, desgarrado por la incredulidad y el desengaño.
    – Ah, Grant… -dijo Purchase-. Debería habértelo contado ella, no yo. Si lo he hecho es porque estaba demasiado indignado para guardar silencio -suspiró-. En interés de nuestra amistad, debería confesarte también que le propuse a Joanna que se fugara conmigo.
    – ¿Qué? ¿Cuándo?
    – Anoche. Puedes decirme todo lo que quieras -esbozó un desdeñoso gesto-. Ahora mismo no puede importarme menos.
    – De modo que ella te rechazó -murmuró Alex. La esperanza había empezado a arder en su pecho-. No se fue contigo.
    – No hay necesidad de que me lo restriegues por la cara -su sonrisa sardónica se profundizó-. Es una gran mujer -le lanzó una mirada feroz-. Será mejor que no vuelvas a estropearlo todo.
    – No lo haré. Te lo juro.
    – Entonces, ¿a qué estás esperando? -Purchase señaló el barco-. ¡Vamos!
    – No yo: tú. Por mucho que me duela admitirlo, tú eres mejor marinero que yo. Yo no podría dar caza al Razón. Tú sí -vaciló-. ¿O acaso estoy exigiendo demasiado de nuestra amistad?
    Purchase se sonrió.
    – Estás exigiendo demasiado, cierto. Pero… -de repente se echó a reír-. No andas equivocado: yo soy mejor marinero -le dio una palmadita en el hombro-. Venga. Por esta vez formarás parte de mi tripulación.
    – Manda a un hombre a decirle a Frazer que traiga los equipajes -dijo Alex-. Y… ¿dónde está Devlin?
    Dev llegó justo en aquel momento, a la carrera.
    – ¡Lady Grant se ha ido!
    – Lo sé -dijo Alex, sin aminorar el paso mientras se dirigía hacia el barco.
    – Maldito imbécil… -masculló su primo, indignado.
    – Todo lo que me digas es cierto. Pero no tenemos tiempo para eso ahora. Tenemos que aprovechar la marea.
    Dev lo agarró entonces de un brazo.
    – ¿Piensas salir tras el Razón?
    – Yo no. Nosotros.
    Dev pareció vacilar por un instante.
    – ¿Quién capitaneará la Bruja del mar?
    – Purchase.
    – Ah, menos mal. Esto… quería decir…
    – Querías decir que sólo así tendremos posibilidades de conseguirlo. ¿Es que nadie aquí aprecia mis cualidades como marinero?
    – No es eso -dijo Dev, ruborizándose-. Tú eres el mejor. Pero es que Purchase es atrevido hasta la temeridad. Y eso es lo que necesitas ahora.
    – Gracias -pronunció Purchase, apareciendo de pronto a su lado y haciéndole una irónica reverencia-. Lo preguntaré de nuevo: ¿se puede saber a qué estamos esperando?

Diecisiete

    – ¡Jo querida! -exclamó Lottie mientras se deslizaba en el camarote de Joanna, a bordo del Razón, y cerraba sigilosamente la puerta a su espalda-. ¡Lo siento tantísimo! ¡Por favor, dime que me perdonas!
    – ¿Por qué, Lottie? -Joanna no estaba de humor para perdonar nada-. ¿Te estás disculpando por haber conspirado con John Hagan para robar el presunto tesoro de David… o por alguna otra cosa que no sé? -enarcó una ceja-. ¿Intentaste acaso seducir a Alex durante el viaje, mientras estuve mareada y enferma? Todo Londres sabía que te acostaste con David la última vez que estuvo en la capital, así que supongo que desearías mejorar tu marca acostándote con mi segundo marido -suspiró-. Eres muy rara, Lottie. Tienes ya muchas cosas, y sin embargo siempre estás deseando apoderarte de lo de los demás.
    – No es eso -Lottie ensayó su mejor expresión compungida-. Con David me mostré increíblemente discreta -soportó la mirada de desprecio que le lanzó Joanna y abrió los brazos en un gesto de impotencia-. Lo siento. Pero ya sabes que David era un rijoso inveterado, querida… ¡Yo sólo fui una de tantas, así que en justicia no puedes culparme por ello! Y en cuanto a John Hagan, si hubiera sabido lo horriblemente ordinario que era, te juro que nunca habría consentido en ayudarlo, pero sentía curiosidad por aquel tesoro, querida… Me parecía algo tan romántico, si sabes lo que quiero decir… -se interrumpió, descorazonada, viendo que Joanna arqueaba las cejas con escepticismo-. Me sentía desgraciada -murmuró-. Sabía que Devlin sólo estaba jugando conmigo y que pretendía poner fin a nuestro affaire ayer mismo. Me dijo que se aburría conmigo -de repente se mostró ofendidísima-. ¿Te imaginas? Y el encantador Owen Purchase estaba enamorado de ti, Jo querida, así que no me quedaba nadie con quien jugar…
    Joanna volvió a suspirar.
    – Esto parece una comedia de Shakespeare, donde todo el mundo está enamorado de la persona equivocada. Sólo que de graciosa no tiene nada.
    – ¡Absurdo, querida! Tú estás enamorada de Alex y él ciertamente está enamorado de ti, lleva mucho tiempo estándolo… porque de lo contrario nunca me habría rechazado. Me insinué a él ya en Londres… -añadió, animada-, pero me temo que no estaba interesado en mí.
    Joanna se quedó mirando fijamente a su amiga: ataviada con un riquísimo vestido de rayas color crema y rosa, las arrugas empezaban a dibujarse alrededor de sus ojos y en sus mofletudas mejillas. Ese día se había maquillado más de lo habitual: sólo la mirada apagada de sus ojos castaños traicionaba su infelicidad. Una infelicidad genuina: sólo en ese momento se daba cuenta Joanna de ello. Quizá había amado realmente a James Devlin, y cuando él dio por terminado su affaire, le había dolido algo más que el orgullo. O tal vez fuera cada vez más consciente de que el tiempo no perdonaba, y de que no siempre tendría a decenas de jóvenes suspirando por sus atenciones.
    Quizá simplemente no fuera feliz con la vida de lujos que llevaba al lado del señor Cummings y estuviera buscando otra cosa: Joanna no estaba segura. «Un día», pensó, «arreglaremos nuestra amistad y le haré todas estas preguntas en persona: tal vez entonces pueda ayudarla…». Pero ese día, no. Ese día sus sentimientos estaban en carne viva. La traición de Lottie no era nada, un simple arañazo, al lado del dolor provocado por la pérdida de Alex, y se sentía tan vacía y tan cansada que no le quedaban fuerzas para nada.
    Lottie, con aquella percepción suya que tan bien le había servido en el pasado, se dio cuenta de que era la ocasión de dejar las cosas tal como estaban… por el momento. Se levantó con un rumor de sedas.
    – Bueno, no quiero atosigarte más. Pero me alegro de que volvamos a ser amigas, Jo querida… y te juro que a partir de ahora no tendré secretos para ti, y que nunca más intentaré seducir a ningún marido tuyo.
    – Te lo agradezco, Lottie -repuso Joanna, cansada, mientras la veía abandonar su camarote-. Te veré en la cena.
    Dado que estaban atrapados en el mismo barco y que lo seguirían estando durante semanas, reflexionó, lo más razonable era volver a tender puentes. No estaba, sin embargo, dispuesta a mostrarse igual de generosa con John Hagan. Eso sí que era pedir demasiado. Había ordenado a sus criados que cargaran a bordo las lajas de mármol, cuidadosamente envueltas en mantas, y las almacenaran en la sentina. No cesaba de hacer planes para explotar a fondo aquella veta, planes de los que Joanna no quería saber nada.
    El mar estaba en calma. Con Max a su lado, Joanna continuó sentada en su camarote, mucho más lujoso que el de la Bruja del mar, mientras se preguntaba cómo se las arreglaría para soportar el viaje. Se sentía sola y vacía. Sin recursos para disfrutar siquiera de su propia soledad. «Me quedaré aquí encerrada, compadeciéndome a mí misma», pensó. «Y será sencillamente horrible».
    Faltaba muy poco para la hora de la cena cuando escuchó unos pasos en la escalera, acompañados de la excitada voz de Lottie:
    – ¡Jo, querida, sal rápido! ¡Tienes que venir a ver esto!
    La puerta del camarote se abrió de golpe y apareció su amiga, toda entusiasmada. Entró y le tomó las manos entre las suyas.
    – ¡Es la Bruja del mar! ¡Ha venido a buscarte, Jo querida! ¡Sabía que lo haría!
    Joanna se sintió como si hubiera recibido un golpe en el plexo solar. No quería concebir esperanzas, no se atrevía.
    – ¿Quién?
    – ¡Alex, por supuesto! -Lottie le apretaba las manos, excitada-. ¡Nos han alcanzado a toda velocidad y creo que quieren abordarnos! Ni siquiera han lanzado la chalupa… Se han colocado a nuestro lado para saltar con sogas, ¡como los piratas! El capitán Hallows está furioso. ¡Ven a verlo!
    En cubierta reinaba la misma agitación que Joanna habría imaginado en una batalla naval. La Bruja del mar se había acercado tanto al Razón que las bordas casi se rozaban. Desde el pequeño bajel habían lanzado sogas a la fragata. Alex había saltado ya a bordo y tiraba de ellas para acercar las dos embarcaciones. Dev lo ayudaba en la tarea.
    El capitán Hallows gritaba colérico, todo colorado:
    – ¡Eres un maldito pirata, Purchase! ¡Eres condenadamente peligroso! ¡Te colgarán por esto! -sentenció, y se volvió hacia Alex-. En cuanto a ti, Grant… ¡no puedes abordar mi barco! Esto llegará a oídos del almirantazgo… ¡no volverán a darte otro destino! ¡Te harán un consejo de guerra! -fulminó con la mirada a Dev, que se reía tanto que a punto estaba de caerse de la soga-. Y tú, Devlin… ¡Falta de disciplina, ése es tu problema! ¡No sois más que un puñado de piratas y os colgarán a todos!
    – Entonces será mejor que me lleve lo que he venido a buscar y no te cause mayores problemas, Hallows -dijo Alex. Al volverse, su mirada se encontró con la de Joanna, cuyo corazón latía a toda velocidad. Decidido, dio un paso hacia ella.
    – ¿Qué estás haciendo aquí? -le temblaba la voz-. Se suponía que estaba huyendo de ti. ¡No puedes haber venido a buscarme!
    – Puedo y lo he hecho -le aseguró Alex. Sonrió de pronto, y Joanna sintió encenderse una leve llama de esperanza en su corazón-. He venido a preguntarte si todavía me amas.
    Todo el mundo a su alrededor contuvo la respiración, ella incluida.
    – No esperarás que te declare mi amor delante de toda esta gente -objetó con voz débil-. Eso sería de muy mal gusto.
    – Pues es lo que espero de ti.
    Todo el mundo la estaba mirando. Por un momento temió que fuera a desmayarse.
    – Joanna… te amo. Siempre te he amado. Por ti iría hasta el último confín del mundo -sonrió-. Que quede eso claro entre nosotros.
    Se alzó un pequeño aplauso.
    – Bien hecho, Alex -aprobó Dev.
    – Gracias.
    Y volvió a sonreír, con aquella sonrisa de pirata que ella recordaba tan bien. El corazón de Joanna dio otro vuelco.
    – Y ahora, vendrás conmigo -añadió él-. Antes de que Hallows nos fusile a todos.
    La alzó en brazos. Joanna sintió el calor de su cuerpo, oyó el latido de su corazón. Se aferró a él, sin atreverse a creer todavía que era real, que estaba allí, que había ido a buscarla.
    – ¡Espera! -le dijo, poniéndole una mano en el pecho-. ¡Mi equipaje! ¡Mi ropa! Alex…
    – No los necesitamos.
    – ¡No puedo marcharme sin mi equipaje!
    – Joanna -pronunció con un tono tan firme que acalló toda protesta-. No voy a esperar dos horas a que termines de empaquetar tus cosas. Hallows me habrá cargado de grilletes para entonces.
    – Oh, muy bien -repuso, resignándose a lo inevitable-. ¡Max! -gritó de pronto cuando Alex estaba a punto de entregarla a Purchase, que esperaba en su barco-. ¡Oh, Alex, no puedo abandonar a Max!
    Alex juró entre dientes.
    – Agarra el maldito perro, Devlin -gritó, pero Max ya había subido a cubierta y, de un salto, se plantó en la Bruja del mar.
    – Ya lo ves -dijo Joanna, riendo-. Te dije que tenía mucha energía. Lo que pasa es que prefiere no cansarse demasiado.
    De repente, a su espalda, se oyó un extraño y fantasmal gemido, que hizo detenerse a Alex por segunda vez. Una figura apareció en cubierta, aparentemente ajena a la conmoción reinante, toda ella cubierta de polvo y sosteniendo un pequeño pedazo de piedra en las manos.
    – ¡Primo John! -exclamó Joanna-. ¿Qué…?
    Ante sus ojos, la piedra se resquebrajó hasta convertirse en arena que se escurrió entre sus dedos. Alex bajó la mirada al montón de polvo blanco y meneó la cabeza.
    – Creo que el señor Hagan acaba de descubrir que su presunto tesoro no vale nada.
    – ¡Tú sabías que esto sucedería! -lo acusó Joanna, mirándolo a los ojos-. ¿Sabías que el tesoro de David no tenía ningún valor…?
    – Lo supe tan pronto como me enteré de que era mármol. Se congela en el suelo, pero cuando se calienta, se parte y resquebraja hasta convertirse en polvo.
    Una ráfaga de viento barrió la cubierta, dispersando el polvo blanco.
    – Típico de David -comentó Joanna, suspirando-: dejarle a su hija una herencia falsa y vacía.
    – Una herencia de la que se apropió su primo -añadió Alex-, y todo para nada -le sonrió-. Mientras tanto, tú y yo, amor mío, tenemos mucho que hablar.
    Se acercó a la borda y la entregó por fin a Owen Purchase. El capitán la bajó delicadamente al suelo.
    – Mucho lamento tener que soltaros, lady Grant. Pero me temo que he renunciado a mis pretensiones sobre vos.
    – Antes de que me abandonéis del todo -repuso Joanna-, debo expresaros mi más sincero agradecimiento -estirándose, lo besó en una mejilla-. Fuisteis vos quien envió a Jem Brooke para protegerme contra la violencia de David, ¿verdad? -susurró-. No lo entendí hasta que recordé que habíais estado en la misma expedición que David aquel invierno y regresado a Londres con él. Debisteis de enteraros entonces de lo sucedido, pese a que él intentó mantenerlo en secreto.
    Owen se la quedó mirando fijamente a los ojos durante un largo instante, hasta que al fin sonrió.
    – No sé de qué estáis hablando -dijo, y se marchó para ponerse nuevamente al timón de su barco.
    Alex saltó en ese momento a cubierta, a su lado. Devlin acababa de soltar las sogas y la Bruja del mar se impulsó de pronto hacia delante, dejando atrás al navío en cuestión de segundos.
    – Si yo fuera Hallows… -dijo Alex mientras se volvía para mirar al Razón, cada vez más pequeño-, odiaría también a Purchase.
    Se miraron en silencio. Fue como si el mundo se detuviera de golpe; hasta las montañas parecían contener el aliento.
    – Tú me regalaste la Bruja del mar y la libertad para ir a donde se me antojara -sonrió Alex-. Fuiste muy generosa, Joanna, pero no quiero tu regalo. Te quiero a ti.
    Joanna tragó saliva, emocionada.
    – Te amo -susurró-. Pero no podía imaginar que fueras a perdonarme…
    – Joanna, yo también te amo -tomó sus manos entre las suyas-. Entiendo lo que hiciste y por qué lo hiciste. Sí, claro que te he perdonado. Te juro que todo lo que te dije hace un momento no eran meras palabras y falsas promesas.
    – Pero yo te mentí, Alex -estaba temblando-. Te engañé, te tendí una trampa.
    – Y luego me confesaste la verdad -le sostuvo la mirada-. Hay muchas cosas que deseo decirte, Joanna -añadió con la voz ronca de emoción-, pero primero quiero que sepas que sé lo de Ware. Sé lo que te hizo.
    El corazón de Joanna dio un vuelco de terror. Había un brillo feroz en los ojos de Alex, que la asustaba aun sabiendo que aquella furia no iba dirigida contra ella. Si David no hubiera estado muerto, sabía que Alex se habría encargado de que se reuniera prontamente con su Hacedor.
    – ¿Quién te lo dijo? -inquirió antes de exhalar un leve suspiro-. Owen, supongo. Era un secreto. No eran muchos los que lo sabían.
    – ¿Por qué? -le apretó las manos. Su contacto era cálido, fuerte-. ¿Por qué nunca me dijiste nada, Joanna? ¿Acaso no confiabas lo suficiente en mí?
    – No -respondió, sincera-. Al principio no -alzó la mirada hacia él, como suplicándole que la comprendiese-. Sabía que no me creerías. ¿Por qué habrías de haberlo hecho, cuando David te había envenenado en mi contra? -suspiró-. Más tarde quise decírtelo, pero yo sabía que lo considerabas un héroe -bajó la vista a sus manos entrelazadas-. Y creer eso de él habría supuesto una horrible traición por tu parte.
    – Maldito canalla… -masculló Alex. Joanna alzó una mano y le puso los dedos sobre los labios.
    – No, Alex. Sólo era un hombre. Podía llegar a ser muy duro… tenía fallos y defectos, pero también virtudes -se interrumpió cuando Alex soltó una carcajada de incredulidad, y sonrió débilmente-. Y una de esas virtudes fue el coraje que demostró al salvarte la vida.
    – Me asombra que seas tan generosa como para decir eso -gruñó él mientras la abrazaba.
    Joanna ansiaba sumergirse en el calor y la intimidad de aquel abrazo, pero no se atrevió. Alex conocía ahora toda la verdad, pero eso no cambiaba nada. Aunque la había perdonado por su engaño, aquello no cambiaba la necesidad que tenía de un heredero.
    – Fue por eso por lo que creíste que no podías tener hijos -pronunció de pronto Alex. Su tono seguía siendo áspero: la furia resultaba palpable en sus palabras-. Discutiste con Ware porque él te acusó de ser estéril, y luego el muy miserable te pegó y acabó por convertir tus temores en realidad -sus caricias no podían ser más tiernas, pese a la violencia de su voz-. Sólo por eso habría podido matarlo…
    Joanna se puso a temblar.
    – Conforme se fueron sucediendo los meses de matrimonio y yo seguía sin concebir, se puso más y más furioso -susurró-. No había razón ni explicación alguna, pero yo empecé a creer que la culpa era mía. Luego, cuando discutimos y me pegó, yo… -se interrumpió. Gruesas lágrimas rodaron silenciosamente por sus mejillas.
    – Joanna, necesito preguntarte algo… -vaciló-. Después de que él te pegara… cuando te atendieron los médicos, ¿te dijeron ellos que nunca más podrías tener hijos?
    Joanna apoyó la mejilla en su pecho. Sentía verdadero pavor a volver a abrir su mente a aquellos recuerdos, pero sabía que tenía que hacerlo. Tenía que dejar entrar la luz en su alma y confiar en que, esa vez, Alex estaría allí para ayudarla.
    – No-no… Ya sabes cómo son los médicos. No podían estar seguros. Es sólo lo que sentía yo -se apartó de él-. Me sentía diferente. Vacía. Es difícil de explicar. Perdí toda esperanza, supongo.
    – Pero ahora… -murmuró Alex con una ternura que la dejó maravillada-, ¿podrías permitirte a ti misma concebir alguna esperanza y esperar a ver lo que sucede?
    Joanna desvió la mirada hacia el mar azul.
    – No lo sé -contestó, honesta-. Alex, tengo miedo de tener esperanza, de recuperar aquellos sueños y anhelos que tenía. No quiero concederles el poder de herirme de nuevo…
    – Sí, lo entiendo -la besó en el pelo-. Pero si tú me amas, Joanna, como yo te amo a ti, entonces no importa que no podamos tener un hijo: lo importante es que nos tengamos el uno al otro. Con eso me basta. ¿Será suficiente también para ti?
    Joanna se sonrió.
    – Hace apenas un rato yo estaba convencida de que te había perdido. Había abandonado toda esperanza. Pero sigo teniendo miedo, Alex. Tú eres un aventurero, un explorador. Tu primer amor será siempre viajar.
    – Eso te lo dije yo mismo, ¿verdad? Fui terriblemente egoísta al no entregarme a ti, al no ofrecerte nada de mí mismo. Ni a ti, ni a Devlin, ni a Chessie, ni a nadie que me quisiera o se preocupara por mí -suspiró-. Es cierto que siempre desearé viajar. Es una pasión, pero no creo que vuelva a ser nunca mi primer amor. Tú misma cambiaste eso el día que fuiste a buscarme a Villa Raven. Yo ya estaba medio enamorado de ti en aquel entonces -le confesó-. Ya lo había estado en Londres, creo, aunque fingía que era sólo deseo, y no amor -le acarició la mejilla-. Sería deshonesto por mi parte prometerte que me quedaré en un mismo lugar durante el resto de mi vida. Pero he pensado que podríamos empezar poco a poco: volver a Londres, donde necesitaría hacer las paces con el almirantazgo, y luego ir a Balvenie y a Edimburgo. Podría enseñarte mi casa…
    La soltó, sin hacer intento alguno por volver a tocarla. Joanna sabía que estaba esperando a que tomara una decisión. Miró su rostro de rasgos duros, el del mismo hombre al que antaño había tenido por un enemigo… y se sintió abrumada por la fuerza del amor que sentía por él.
    – Tengo entendido que Edimburgo es una ciudad muy bella -dijo al fin-. Creo que sus tiendas son casi tan buenas como las de Londres -pero el miedo volvió a asaltarla; no podía evitarlo-. Oh, Alex… mucho me temo que no estamos hechos el uno para el otro…
    – No. Somos diferentes, eso es todo. Que eso no te dé miedo -añadió-. Merece la pena que luchemos por este matrimonio, ¿no te parece?
    Joanna se apoyó en la barandilla, sintiendo la caricia de la brisa y su sabor salado en los labios. Tal vez no funcionara, por supuesto. Ella era todo un personaje de la alta sociedad londinense y necesitaría del bullicio y la diversión de la capital. Alex amaba viajar por el mundo. Y, sin embargo, las cosas no eran blancas o negras: había matices. Alex había ensanchado sus horizontes y le había enseñado a sentirse verdaderamente viva. Le había enseñado también que había muchas más cosas que ver, mucho más que experimentar, de lo que había imaginado. Y, por ella, Alex estaba dispuesto a volver a Inglaterra y fundar un hogar. Eso le daba una buena medida del alcance de su amor.
    – Bueno, no sé si estoy preparada para seguirte hasta los confines de la Tierra, pero sí que iré contigo a Escocia -le acarició tiernamente una mejilla, sintiendo el áspero y sensual tacto de su barba bajo sus dedos-. Gracias a ti, me he aficionado a viajar. Quizá me atreva a conocer otras tierras, si tú me acompañas. O podríamos volver al Ártico en invierno, para admirar la aurora boreal, Alex querido -sonrió, enfatizando la palabra-. Y esta vez te aseguro que lo de «querido» va en serio.
    La estrechó de nuevo en sus brazos. Y con tanta fuerza que Joanna pudo escuchar el fuerte latido de su corazón en su pecho.
    – La camisa que te regalaron en nuestro desayuno nupcial… la destinada a nuestro primer hijo para que le traiga buena suerte… ¿la conservas todavía?
    Joanna se arrebujó contra él.
    – Sí -respondió-. No pude romperla, ni dejarla allí. Porque representaba… -vaciló-. Representaba un pequeño rayo de esperanza para el futuro.
    Alex la obligó delicadamente a alzar la mirada.
    – Pues entonces vayamos al encuentro de ese futuro.
    Le dio un beso cargado de dulzura y promesas. Un beso que hizo que Joanna sintiera la llama de la esperanza renacer en su corazón, para no volver a extinguirse nunca.
    – Ah, y dado que te has dejado toda la ropa en el otro barco… -susurró él contra sus labios-. Me temo que solamente hay una manera de pasar el viaje de vuelta…

Nicola Cornick

    Nicola Cornick nació en Yorkshire, Inglaterra.
    Creció en los lugares que inspiraron a las hermanas Brönte para escribir libros como Jane Eyre. Uno de sus abuelos fue un poeta. Con tal herencia fue imposible para Nicola no convertirse en escritora. Estudió historia en la Universidad londinense.
    Ha escrito más de quince novelas para la editorial Harlequin, y ha sido nominada para varios premios, inclusive el Premio de Romance de RNA, RWA RITA, y Romantic Times.

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