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Secretos personales

Secretos personales

Аннотация

    Un marido millonario y sexy, un precioso ático en Park Avenue y montones de dinero para dar y tirar. Elizabeth Wellington parecía tenerlo todo… ¿o no era así?
    Reed, un hombre de negocios, estaba casado con su empresa y ella se pasaba muchas noches completamente sola. Todavía amaba y deseaba a su marido, pero Reed tenía secretos, algunos suficientemente importantes como para destruir su vida en común.
    Entonces el destino les deparó una alegría inesperada: finalmente tenían la oportunidad de ser padres, pero, ¿sería demasiado tarde?


Barbara Dunlop Secretos personales

    Secretos personales
    Título Original: Marriage. Manhattan Style (2008)
    Serie Multiautor: 4º Escándalos en Manhattan

Capítulo Uno

    Elizabeth Wellington tiró al aire la moneda dorada de diez dólares con la cabeza de la libertad, por encima de su gran cama de matrimonio.
    – Cara, lo hago -susurró en voz alta en la habitación vacía, siguiendo la trayectoria hacia el techo.
    Si era cruz, esperaría a la siguiente semana. Al momento adecuado. Cuando ella estuviera ovulando, y sus posibilidades de quedar embarazada fueran las máximas.
    – ¡Venga! ¡Que salga cara…! -murmuró, imaginándose a su marido, Reed, en el despacho de su casa, pegado a su habitación. Reed, atractivo y sexy, estaría leyendo correos electrónicos e informes financieros, con su mente puesta en el negocio del día.
    La moneda dio en el borde de la cama y cayó en la mullida alfombra.
    – ¡Maldita sea! -rodeó la cama con columnas y pestañeó tratando de ver la moneda.
    Un momento más tarde se quitó los zapatos, se agachó, se levantó la falda para que no le impidiera el movimiento y, apoyada sobre sus manos, miró debajo de la cama. ¿Era cara o cruz?
    – ¿Elizabeth? -se oyó a Reed por el pasillo.
    Con sentimiento de culpa, Elizabeth se puso de pie de un salto y se alisó el pelo.
    – ¿Sí? -contestó, mirando de reojo la caja de monedas de colección.
    Corrió a la cómoda y cerró la tapa de la caja.
    Se abrió la puerta del dormitorio, y ella fingió una pose natural.
    – ¿Has visto mi PDA? -preguntó él.
    – Umm, no -ella se apartó de la cómoda y divisó la moneda.
    Estaba de canto contra la mesilla, brillando con la luz de la lámpara de Tiffany.
    Reed miró alrededor de la habitación.
    – Juraría que me la metí al bolsillo antes de irme de la oficina.
    – ¿Llamaste? -preguntó ella, moviéndose hacia la moneda con la intención de ocultarla con su pie desnudo antes de que la mirada de Reed se posara en ella.
    No quería darle explicaciones.
    – ¿Puedes marcar tú?
    – Claro -ella agarró el teléfono que tenía al lado de la cama y marcó el número de su teléfono móvil, poniéndose entre Reed y la moneda, con cuidado de no estropear el resultado de su caída.
    Un teléfono sonó desde algún lugar del ático.
    – Gracias -le dijo él, dándose vuelta en dirección a la puerta.
    Unos segundos más tarde él gritó desde el salón:
    – ¡La he encontrado!
    Elizabeth suspiró, aliviada.
    Quitó el pie y miró la posición de la moneda. Dirigió la luz del flexo hacia ésta y bajó la cabeza. Si la mesilla no se hubiera interpuesto en el camino, y la moneda hubiera seguido su curso, habría sido… ¡Sí, cara!
    Levantó la moneda. La decisión estaba tomada. Iba a seguir el consejo de su mejor amiga en lugar de seguir el del profesional de la medicina.
    En apariencia, su decisión chocaba con el sentido común. Pero su amiga Hanna sabía más sobre su vida que el doctor Wendell.
    El doctor sabía todo sobre su salud física. Conocía sus niveles de hormonas y su ciclo menstrual. Incluso había visto una ecografía de sus ovarios. Pero no sabía nada sobre su matrimonio. No sabía que ella había estado luchando desde su primer aniversario por recuperar la sinceridad e intimidad que Reed y ella habían compartido en el comienzo de la relación.
    En los cinco años que habían transcurrido desde que se había casado con Reed Wellington III, Elizabeth había aprendido que la empresa estaba primero, los negocios de Nueva York en segundo lugar, y su matrimonio bastante más abajo en la lista.
    Ella sabía que un bebé podía mejorar la situación. Ambos habían querido un bebé durante años. Un bebé sería un proyecto importante para compartir, un modo de que ella encajara más claramente en el mundo de Reed, y una razón para que él pasara más tiempo en el mundo de su mujer. Ella hacía mucho tiempo que quería tener un bebé. Pero cada vez dudaba más de que un bebé fuera la solución.
    Un bebé necesitaba un hogar cálido y lleno de cariño. Los niños necesitaban experimentar afecto, calidez y autenticidad. Cuanto más se distanciaban Reed y ella, más dudaba de que su sueño de formar una familia pudiera arreglar las cosas.
    Guardó cuidadosamente la moneda en su caja de madera, cerró la tapa y acarició con la punta de los dedos su madera tallada. Reed le había regalado la moneda de la estatua de la Libertad y la caja de la colección de monedas en las primeras Navidades que habían pasado juntos. Y todos los años él había ido agregando monedas nuevas. Pero a medida que el valor de la colección había ido aumentando, su matrimonio se había ido debilitando.
    Irónico, realmente.
    En los primeros tiempos, cuando ella sólo había tenido una moneda, su relación había sido más armoniosa. Por aquel entonces habían bromeado juntos, habían compartido secretos, habían cometido errores y se habían reído juntos. Y muy a menudo habían terminado en la cama o en el sofá o en la alfombra si no había muebles blandos a mano.
    La primera vez que habían hecho el amor había sido en un banco del jardín trasero de la finca de Connecticut de la familia de Reed. El cielo estaba salpicado de estrellas. Ellos estaban solos, y los besos de Reed se habían hecho apasionados. Reed había acariciado su espalda a través del escote que tenía su vestido por detrás. Ella había sentido que su piel se estremecía, que sus pezones se ponían rígidos, y que el deseo se apoderaba de ella.
    Hasta entonces habían esperado, pero ya había llegado el momento. Ambos lo habían sabido, y él la había tumbado en el banco. Después de largos minutos, tal vez horas, de besos y caricias, él le había quitado las braguitas. Y luego se había internado en ella. Dos semanas más tarde, él le había propuesto matrimonio, y ella se había convencido, entusiasmada, de que aquélla era una historia para toda la vida.
    Sus amigas y su familia de New Hampshire le habían advertido que no se casara con un millonario. Le habían dicho que la familia de Reed, adinerada desde siempre, lo ponía en una clase social totalmente diferente a la de ella. Y que posiblemente las expectativas de ella y las de Reed sobre el matrimonio fuesen diferentes.
    Pero Elizabeth había estado segura de que el profundo amor entre ellos superaría todos los obstáculos.
    Ahora, cinco años más tarde, estaba mucho menos segura, pensó, mientras se acercaba a las puertas de cristal del balcón de su lujoso dormitorio. Debajo de su ático del piso doce del número setecientos veintiuno de Park Avenue, ronroneaba el tráfico, y las luces de la ciudad se extendían hacia el horizonte de aquella suave noche de octubre.
    Elizabeth cerró las cortinas.
    Aunque reconocía la sabiduría en el consejo de Hanna, ella había preferido poner la decisión en manos del destino. La suerte era «cara», así que la decisión estaba tomada. Ella estaba luchando por su matrimonio de una forma diferente, y la lucha empezaba en aquel mismo momento.
    Caminó hacia la cómoda. Abrió el cajón de arriba y revolvió entre camisones y batas. Y allí la encontró.
    Sintió un cosquilleo en el estómago cuando tocó la bata de seda roja que había usado en su noche de bodas.
    Abrió la cremallera de su falda y se la quitó. Luego tiró su chaqueta, blusa y ropa interior en una silla. De pronto se sintió ansiosa por ver a Reed. Se puso la bata y se sintió decadentemente bella por primera vez en años. Luego fue al cuarto de baño adyacente al dormitorio y se arregló el pelo.
    Tenía pestañas oscuras y gruesas y éstas destacaban sus ojos verdes. Tenía las pupilas levemente dilatadas. Se puso barra de labios, un poco de colorete en las mejillas y se alejó del espejo levemente para ver el efecto. Estaba descalza y tenía pintadas las uñas de los pies de un color cobre. La bata cubría sólo unos centímetros de sus muslos, y terminaba con una puntilla de encaje. Tenía un gran escote de encaje también, que dejaba entrever sus pechos.
    Como toque final se puso perfume en el cuello y se bajó un tirante. Luego se estiró y se pasó la mano por el vientre. El diamante de su anillo se reflejó en el espejo de cuerpo entero.
    Reed era su marido, se recordó. Ella tenía derecho a seducirlo. Además, Hanna estaría orgullosa.
    Atravesó la habitación y apagó la luz. Salió y caminó por el pasillo.
    – ¿Reed? -dijo con voz sensual en la puerta de su despacho.
    Abrió y puso una pose sensual.
    Dos hombres levantaron la vista del papel que estaban leyendo.

    Al ver el atuendo sexy de su esposa, Reed se quedó con la boca abierta. Las palabras que iba a pronunciar se desvanecieron en sus labios. La carta del Organismo regulador del mercado de valores que tenía en la mano cayó al escritorio, mientras, a su lado, el vicepresidente, Collin Killian, dejaba escapar una exhalación de shock.
    A Collin le llevó tres segundos apartar la vista. Reed pensó que no podía culparlo. Elizabeth había tardado cinco segundos en exclamar y salir corriendo por el corredor.
    – Uh… -empezó a decir Collin, mirando por encima del hombro hacia la puerta, ahora vacía.
    Reed juró mientras se ponía de pie y oía el portazo del dormitorio. Collin agarró su maletín.
    – Te veré luego -dijo.
    – Quédate -le pidió Reed atravesando la habitación.
    – Pero…
    – Acabo de descubrir que el Organismo Regulador del Mercado de Valores me ha abierto una investigación. Tú y yo tenemos que hablar.
    – Pero tu esposa…
    – Hablaré con ella primero.
    ¿En qué estaba pensando Elizabeth?, se preguntó.
    Caminó hacia el pasillo.
    Collin gritó por detrás de él:
    – ¡Me parece que lo que ella tiene en mente no es hablar!
    Reed no se molestó en contestar.
    Pero, visto lo visto, Elizabeth tendría que hablar, pensó Reed. Él no llevaba el control de su temperatura corporal, pero estaba seguro de que no era la fecha apropiada. Él echaba de menos el hacer el amor espontáneamente tanto como ella, pero también quería ser padre. Y sabía perfectamente que ella quería ser madre.
    El hacer el amor programadamente era frustrante. Pero era un sacrificio que valía la pena.
    Puso la mano en el picaporte tratando de controlar sus hormonas, entusiasmadas por la imagen que lo estaría esperando dentro del dormitorio. Su esposa era una mujer sexy y sensual, pero él tenía que ser fuerte por los dos.
    Abrió la puerta y dijo:
    – ¿Elizabeth?
    – ¡Vete! -dijo ella con la voz apagada mientras se envolvía en un albornoz. La luz del aseo la iluminó por detrás mientras cerraba la puerta y entraba en el dormitorio.
    – ¿Qué sucede? -preguntó él suavemente.
    Ella agitó la cabeza.
    – Nada.
    Él deseaba estrecharla en sus brazos, quizás meter las manos por debajo del albornoz y apretarla contra su cuerpo. Le llevaría tan poco esfuerzo abrirle el albornoz, ver la bata que tenía debajo y mirar su lujurioso cuerpo…
    Collin se figuraría que debía marcharse.
    – ¿Es el momento adecuado? -preguntó Reed.
    Sabía que no era posible que ella estuviera ovulando, pero tenía esperanzas. Ella agitó la cabeza lentamente. Él se acercó.
    – Entonces, ¿qué estás haciendo?
    – He pensado… -hizo una pausa-. Quería… -lo miró con sus ojos verdes-. No sabía que Collin estaba aquí.
    Reed sonrió.
    – Debe de pensar… -empezó a decir Elizabeth.
    – De momento, debe de pensar que soy el hombre más afortunado del mundo -respondió Reed. Ella le clavó la mirada.
    – Pero no lo eres.
    – Esta noche, no.
    Ella desvió la mirada.
    – ¿Elizabeth?
    Ella lo volvió a mirar.
    – Pensé… No estamos…
    El imaginaba qué quería decir. Era tentador, muy tentador. En aquel momento no había nada que él deseara más que hacerle el amor apasionadamente en su enorme cama y fingir que no existía ninguno de sus problemas.
    Deseaba postergar la charla sobre la investigación del Organismo regulador del mercado de valores. Pero no quería arriesgarse. Si hacían el amor en aquel momento, Elizabeth no se quedaría embarazada aquel mes, y sus lágrimas romperían el corazón de él.
    – ¿Puedes esperar a la semana que viene? -preguntó Reed.
    La pena y la decepción nublaron los ojos de Elizabeth. Ella abrió la boca para hablar, pero luego apretó los dientes y cerró los ojos unos segundos.
    Cuando los abrió su expresión se suavizó y pareció recuperar el control.
    – ¿Ocurre algo? ¿Por qué está Collin…?
    – No ocurre nada -le aseguró Reed.
    Nada excepto una investigación fraudulenta, que Collin invalidaría tan pronto como le fuera posible.
    Reed no había hecho ningún negocio ilegal ni falto de ética, pero podía caerle la máxima sentencia por el actual clima que se respiraba en relación con los delitos de cuello blanco.
    Por eso se tenían que ocupar de ello cuanto antes.
    Tenía que encontrar una solución antes de que la prensa o cualquier otra persona metiera la nariz. Incluida Elizabeth. Sobre todo Elizabeth.
    Su especialista decía que a menudo la infertilidad estaba relacionada con el estrés, y ella ya estaba suficientemente estresada por querer quedarse embarazada, por no mencionar la organización de la fiesta de su quinto aniversario de casados, como para agregarle más preocupaciones.
    Lo que menos falta le hacía era preocuparse por un posible caso en los juzgados.
    – Tengo que ir al apartamento de Collin un rato -le dijo Reed a Elizabeth.
    – ¿Un rato? -ella pareció sorprendida.
    – Sí, pero es una cuestión rutinaria -contestó Reed.
    Esperaba no tardar mucho.
    – Claro -dijo ella asintiendo.
    – ¿Por qué no te ocupas del menú del catering mientras estoy fuera?
    Habían invitado a trescientos invitados a la fiesta. Había muchos detalles que necesitaban la atención de Elizabeth.
    – Claro… -contestó ella-. Me ocuparé de los postres…
    El comentario sarcástico no era típico de Elizabeth, y Reed sabía que debía preguntarle qué pasaba.
    Pero no quería meterse en ello, porque podría llevarlo a abrazarla, a besarla y a echar sus buenas intenciones por la borda. La tentación era demasiado fuerte.
    – Te veré dentro de una hora -le dijo él sensualmente.
    Le dio un casto beso en la frente.
    Le acarició el pelo y se estremeció todo entero. Ella le agarró la muñeca un momento. Y aquello fue suficiente para que Reed dudara de su decisión de marcharse.
    Pero tenía que irse. Le había prometido que haría todo lo posible por darle un hijo.
    Y lo haría.
    Sin mirarla, caminó hacia la puerta. Salió al pasillo y fue a su despacho. Collin estaba al lado del escritorio, con expresión incierta.
    – Vamos -dijo Reed poniéndose la chaqueta de su traje y yendo hacia la entrada del ático.
    Collin no hizo ninguna pregunta. La discreción era lo que más le gustaba a Reed de Collin.
    – Tengo la carta del Organismo regulador del mercado de valores -le confirmó Collin cuando la puerta se cerró detrás de ellos.
    Se dirigieron al ático de Gage Lattimer. El amigo y vecino de Collin y Reed, Gage, había sido nombrado también en la carta del Organismo regulador como parte de la investigación.
    – ¿Tienes el sobre también? -preguntó Reed.
    No quería que Elizabeth pudiera encontrarse con ningún resto de la prueba.
    – Todo -dijo Collin deteniéndose frente a la gran puerta de roble del apartamento de Gage-. Y he cerrado tu buscador de páginas web.
    – Gracias -asintió Reed.
    Esperaron en silencio.
    La puerta finalmente se abrió. Pero no fue Gage el que estaba frente a ellos, sino una alta y atractiva morena que parecía a la defensiva y que tenía aspecto de culpabilidad.
    – ¿Está disponible Gage? -preguntó Reed, con la esperanza de no estar interrumpiendo algo. Aunque la mujer estaba totalmente vestida.
    – El señor Lattimer no está en casa en este momento.
    ¿Era ése un acento británico?
    – ¿Y usted es…? -preguntó Collin.
    – Jane Elliot. La nueva ama de llaves del señor Lattimer.
    Reed vio el desorden del piso por encima de su hombro.
    La mujer cerró un poco la puerta, impidiendo que Reed mirase.
    – ¿Me dice por favor quién lo busca?
    – Reed Wellington.
    Collin le dio una tarjeta de negocios a la mujer y le dijo:
    – ¿Puede decirle que me llame cuanto antes?
    – Por supuesto -contestó la mujer asintiendo.
    Luego entró nuevamente en el piso y cerró la puerta.
    – Espero que Gage no le esté pagando mucho, porque necesitará dinero -murmuró Reed cuando se dieron la vuelta para llamar al ascensor.
    – Yo le pagaría lo que me pidiese -dijo Collin.
    Reed no pudo evitar sonreír mientras apretaba el botón para llamar al ascensor. Luego volvió a pensar en el problema que los preocupaba.
    – Entonces, ¿qué diablos crees que pasa con esto? -preguntó cuando se abrieron las puertas.
    – Creo que tal vez deberías haber pagado el chantaje.
    Reed dio un paso hacia atrás.
    Como era un hombre rico, a menudo era el blanco de amenazas y pedidos financieros. Pero un chantaje particularmente extraño había llegado hacía dos semanas.
    – ¿Diez millones de dólares? -le preguntó a Collin-. ¿Estás loco?
    – Las dos cosas podrían estar relacionadas.
    – La carta del chantaje ponía «El mundo conocerá el sucio secreto del modo en que los Wellington hacen su dinero». No decía nada sobre una investigación del Organismo regulador.
    Reed no habría pagado en ningún caso. Pero se lo habría tomado más seriamente si la amenaza hubiera sido más específica.
    – La transmisión fraudulenta de información confidencial en el comercio es un secreto sucio.
    – También es una invención ridícula.
    Cuando al principio Reed había leído la carta del chantaje, no le había dado importancia. Había muchos locos sueltos. Luego se había preguntado si alguno de sus proveedores en el extranjero podría estar involucrado en una práctica que no fuera ética. Pero los había controlado a todos. Y no había encontrado nada que pudiera justificar el «sucio secreto» de la riqueza de los Wellington.
    Él no tenía ningún secreto sucio. Era absurdo sugerir que él estaba involucrado en el tráfico de información confidencial. E imposible de demostrar, puesto que él no lo había hecho. Ni siquiera era lógico. La mayoría de la riqueza suya, de su padre y de sus antecesores, se derivaba del buen hacer de sus empresas. Reed no hacía casi negocios en el mercado de valores. Y lo poco que hacía era como diversión, a ver qué tal se le daba.
    ¿Dónde estaba el desafío en el engaño? Él no necesitaba el dinero. Y el engaño no sería nada divertido. Entonces, ¿cómo iba a involucrarse en el tráfico de información confidencial?
    – Tienen algo -dijo Collin cuando se paró el ascensor en el segundo piso-. El Organismo regulador no hace una investigación sobre especulaciones.
    – Entonces, ¿a quién llamamos? -preguntó Reed.
    Además de ser vicepresidente, Collin era un buen abogado.
    Collin metió la llave y abrió la puerta de su apartamento.
    – Al Organismo regulador del mercado de valores, para empezar.
    Reed miró su reloj. Las nueve y cuarto.
    – ¿Conoces a alguien a quien podamos recurrir?
    – Sí -Collin tiró el maletín encima de la mesa del apartamento, propiedad de Wellington International-. Conozco a un hombre -agarró un teléfono inalámbrico-. ¿Te apetece servirte un whisky?
    – De acuerdo.
    La llamada fue breve.
    Cuando terminó, Collin aceptó un vaso de whisky y se sentó en un sillón.
    – Nos mandarán un informe completo por la mañana, pero es algo que tiene que ver con Tecnologías Ellias.
    Reed reconoció el nombre de la empresa.
    – Ese fue un negocio de Gage. Él pensó que iban a tener éxito, así que ambos invertimos.
    Pero no podía creer que Gage Lattimer, su amigo y vecino, hubiera recomendado unas acciones basadas en el tráfico de información confidencial.
    Luego Reed volvió a pensar en el tema, pensando en voz alta.
    – Subieron rápido. Sobre todo cuando aquel sistema de navegación…
    Una luz se le encendió a Reed en la cabeza de repente.
    – ¿Qué? -preguntó Collin.
    – Kendrick.
    – ¿El senador?
    Reed asintió.
    – Maldita sea. ¿Cuánto quieres apostar a que él estaba en el comité de aprobación?
    – No en el que adjudicó el contrato de navegaciones.
    – Sí… -Reed tomó un sorbo de whisky-. Ese.
    Collin juró entre dientes.
    Reed sentía lo mismo. No había hecho nada malo, pero si Kendrick estaba en el comité de aprobación, daría esa impresión.
    – Yo compro acciones en Ellias -pensó Reed en voz alta-. Kendrick, quien, como todo el mundo sabe, es un defensor de mi compañía Envirocore.com, aprueba un lucrativo contrato a favor de Ellias. Las acciones de Ellias suben. Yo hago unos cuantos cientos de miles de dólares. Y, de pronto, el Organismo regulador está involucrado.
    – Te has olvidado de un paso -dijo Collin.
    – De la persona que hizo el chantaje -replicó Reed.
    Si la persona que había hecho el chantaje era el que había alertado al Organismo regulador, entonces Reed no se lo había tomado lo suficientemente en serio.
    La persona que había hecho el chantaje obviamente tenía información sobre la cartera de acciones de Reed. También sabía que Reed era el dueño de Envirocore.com. Y sabía que Kendrick estaba en el comité de aprobación del contrato del sistema de navegación del Senado. Además, el extorsionador sabía cómo juntarlo todo para hacer daño a Reed.
    Aquello no era ninguna tontería.
    Collin miró el cuadro que tenía en frente.
    – Nadie en su sano juicio va a pensar que tú has infringido la ley por unos pocos miles de dólares -dijo Collin.
    – ¿Estás bromeando? Mucha gente disfrutaría viendo caer a un rico de toda la vida de su pedestal.
    – ¿Puedes demostrar que eres inocente?
    – ¿Probar que una llamada telefónica, una reunión o un correo electrónico no tuvo lugar? No sé cómo puedo hacer eso.
    – ¿Llamaste a la policía cuando te enviaron la carta con el chantaje?
    – No. Archivé la carta con todo lo demás.
    Había sido un error, evidentemente.
    – ¿Quieres llamarlos esta noche?
    Reed asintió.
    – Será mejor salir al ruedo.

Capítulo Dos

    La fiesta en el Grande Hotel Bergere estaba en todo su apogeo el sábado por la noche. A los invitados se les había servido una cena de gourmet en la Sala de cristal, y ahora se estaban moviendo por el edificio de columnas de mármol hacia el salón de baile para tomar cócteles y bailar.
    Elizabeth había visto a Collin acercarse, así que rápidamente ella se había ido al aseo.
    Sabía que algún día tendría que encontrárselo y mirarlo a la cara, pero estaba postergando el momento todo lo que podía. No quería pensar en lo que se le había visto con aquella bata roja.
    Salió del aseo después de refrescarse, peinarse y retocarse el maquillaje y aceptó una copa de champán de un camarero muy elegante. Luego se concentró en una serie de objetos a subasta que había en el camino al salón de baile principal. Quería darles a Collin y a Reed el tiempo suficiente para que terminasen la conversación.
    Hanna la miró.
    – ¿Y? ¿Cómo fue la cosa anoche?
    Elizabeth bajó la cabeza para mirar un objeto que se subastaba. Era una gargantilla de rubíes y diamantes. Y lo máximo que habían ofrecido hasta entonces eran diez mil dólares. Ella agregó mil dólares.
    – Es bonita. Si la consigues, ¿me la vas a dejar alguna vez? -dijo Hanna señalando las joyas con la cabeza.
    – Claro…
    Hanna agarró a Elizabeth del brazo y la apartó de la gente.
    – Entonces, ¿lo hiciste o no?
    Elizabeth asintió.
    – ¿Qué sucedió?
    – Se me fastidió.
    – No entiendo. ¿Estaba dormido o algo así?
    – Me puse una bata roja muy atrevida -Elizabeth omitió la parte de la moneda, porque no quería que Hanna supiera que no se fiaba de su opinión-. Luego lo sorprendí en su despacho.
    – ¿Y? -preguntó Hanna.
    – Y Collin estaba allí también.
    Hanna se puso la mano en la boca para ocultar su sonrisa.
    – ¡No te rías! -le advirtió Elizabeth-. Me quedé mortificada.
    – ¿Estabas… indecente?
    Elizabeth intentó recuperar la dignidad diciendo:
    – No había desnudez evidente.
    – ¿Te vio el trasero? -preguntó Hanna.
    – No vio mi trasero. Era una bata. Era sexy, ¡pero cubría todo lo que hay que cubrir!
    – Entonces, ¿cuál es el problema?
    – Que intenté seducir a mi marido, y él se marchó a una reunión con Collin -Elizabeth buscó a Reed con la mirada y lo encontró conversando con Collin.
    – Oh… -dijo Hanna comprendiendo.
    – Sí. Oh. Al parecer, no soy irresistible como esperaba.
    Hanna preguntó:
    – ¿Qué dijo exactamente Reed?
    Elizabeth respondió con tono brusco, aunque sabía que nada de aquello era culpa de Hanna.
    – ¿Tengo que contarte todos los detalles?
    – Por supuesto. Si no, ¿cómo vamos a aprender de ello?
    – De acuerdo. Dijo «Tengo una reunión con Collin. Volveré dentro de una hora. Deberías ocuparte del menú de la fiesta de aniversario» -ella estaba empezando a odiar ese menú.
    – Oh -susurró Hanna.
    Elizabeth miró el salón principal.
    – Vayamos al bar.
    – Sí -respondió Hanna.
    – Hay momentos en la vida en los que una mujer, definitivamente, necesita tomar un par de copas.
    Miraron hacia el salón de baile principal. Elizabeth quería darse prisa y desaparecer, pero se vio obligada a caminar cuidadosamente con su vestido de fiesta plateado.
    – Vannick-Smythe… -le advirtió Hanna en voz baja.
    Elizabeth miró hacia su vecina cotilla, Vivian, y ésta la vio.
    – Uh… Oh… Nos ha visto-dijo.
    Hanna inclinó la cabeza.
    – Finge que estamos totalmente sumergidas en la conversación.
    – De acuerdo.
    – Me sorprende que no haya traído a sus perros -dijo Hanna, refiriéndose a los perros de raza de Vivian Vannick-Smythe.
    Los dos perros estaban constantemente al lado de su ama y hacían juego con el cabello teñido de la mujer.
    – Supongo que no ha podido meterlos en la lista de invitados -especuló Elizabeth.
    Hanna se rió.
    – Oh… Aquí viene -dijo. Luego subió el tono de su voz al nivel de la conversación-. ¿Y qué piensas del golpe político de ayer en Barasmundi?
    Elizabeth rápidamente se metió en el juego.
    – No creo que una mujer pueda mantener el poder en Africa Occidental -resistió las ganas de mirar a Vivian, ya que la mujer se había detenido a su lado-. Pero si Maracitu gana las elecciones, podría conseguirse cierta estabilidad en el norte, quizás inspiraría a los líderes tribales a participar en las reglas democráticas.
    Hanna era presentadora de noticias en la televisión, y una persona muy interesada por la política. Elizabeth suponía que su plan era hacer que la conversación fuera lo más inaccesible posible para Vivian.
    Afortunadamente, a Elizabeth también le interesaba la política mundial. Era una de las razones por las que Hanna y ella se habían hecho tan amigas.
    Hanna comentó:
    – No sé de qué modo podría inclinarse por el voto constitucional el gobierno…
    – Bueno, ciertamente no esperaba verte aquí -dijo Vivian Vannick-Smythe interrumpiendo las palabras de Hanna.
    Elizabeth levantó la vista y vio los ojos de Vivian clavados en ella. Su tono hostil la tomó por sorpresa.
    – Hola, Vivian.
    – Como mínimo, deberías hacer algo para que parasen las especulaciones -dijo la mujer.
    – ¿Qué especulaciones?
    ¿Sabía alguien que estaba intentando quedarse embarazada?
    ¿O era que Collin había divulgado su intento fallido de seducción?
    – La investigación del Organismo regulador del mercado de valores, por supuesto -dijo Vivian con un brillo de triunfo en la mirada y una sonrisa cruel-. No sé en qué anda metido ese esposo tuyo. Y, por supuesto, no es asunto mío, pero cuando el Organismo regulador empieza a investigar…
    – Vivian Vandoosen, ¿no? -Hanna se abrió camino entre ambas mujeres y extendió la mano, dando la oportunidad a Elizabeth de pensar en una respuesta.
    Vivian miró a Hanna.
    – Vannick-Smythe -la corrigió con voz imperiosa.
    – Por supuesto -dijo Hanna-. Debe de haber sido un lapsus. Ya sabes cómo son estas cosas. Conozco a tanta gente importante en mi trabajo, que a veces los otros se me pierden un poco en esa mezcla.
    En cualquier otra oportunidad Elizabeth se habría reído por aquella expresión insultante hacia Vivian. Pero aquella vez se había quedado preocupada por lo que había dicho su vecina.
    – Me temo que tendrás que disculparnos -dijo Hanna, agarrando a Elizabeth del brazo para alejarla de Vivían.
    – ¿De qué está hablando? -preguntó Elizabeth en voz baja cuando pasaron por la fuente en dirección a la puerta del patio.
    – Pensé que sabrías… -dijo Hanna-. La noticia no saldrá hasta mañana.
    Elizabeth se detuvo bruscamente.
    – ¿Hay una noticia?
    Hanna pareció incómoda.
    – Bert Ralston está trabajando en ella ahora mismo.
    Elizabeth abrió los ojos como platos cuando su amiga mencionó al periodista de investigaciones más famoso de los medios de comunicación.
    – ¿Es tan importante?
    Hanna asintió a modo de disculpa.
    – Están haciendo una investigación relacionada con tu marido y Gage Lattimer por tráfico de información confidencial de los valores de mercado de Tecnologías Ellias.
    Elizabeth se quedó sin habla.
    – Vamos a tomar una copa -dijo Hanna.
    – ¿Cómo…? Yo no… ¿Tráfico de información confidencial? Reed jamás haría algo deshonesto, estoy segura.
    – ¿Cómo es que no lo sabes? -preguntó Hanna, deteniéndose frente al bar.
    El camarero uniformado estaba detrás de una fila de copas burbujeantes.
    – Dos martinis de vodka.
    – Reed no me lo dijo.
    Hanna asintió mientras el camarero mezclaba las bebidas.
    – ¿De verdad?
    – ¿Por qué no me lo ha dicho?
    Hanna agarró las copas y le dio una a Elizabeth mientras se alejaban.
    Elizabeth agarró el pie de la copa.
    ¿Su marido era sujeto de una investigación por un acto delictivo y no se había molestado en decírselo?
    La noche anterior él le había dicho que no sucedía nada. Que se trataba de un asunto rutinario. Aunque Collin evidentemente sabía qué sucedía.
    Los empleados de Reed sabían más que su esposa. Los medios de comunicación sabían más que ella. Hasta Vivian Vannick-Smythe sabía más que ella.
    ¿Cómo era posible que Reed la hubiera puesto en esa posición?
    – ¿Se ha acabado mi matrimonio ya? -preguntó Elizabeth con un nudo en la garganta.
    – Creo que esa pregunta vas a tener que hacérsela a Reed -dijo Hanna, tratando de elegir las palabras con cuidado.
    Elizabeth tomó un sorbo de la fuerte bebida. Sintió que la determinación reemplazaba a la desesperación.
    – Esa no es la única pregunta que le haré.

    Estaban en su ático. Los ojos verdes de Elizabeth brillaban como esmeraldas cuando se dirigió a Reed.
    – ¿Cómo no me has dicho que el Organismo regulador del mercado de valores te ha abierto una investigación?
    Ah, de eso se trataba, pensó Reed.
    Elizabeth había estado extrañamente callada en la limusina, así que él sabía que pasaba algo. Al menos, ahora podía argüir una defensa.
    Reed encendió una lámpara que estaba detrás de ellos.
    – No se trata de un problema serio -dijo.
    – ¿Que no es un problema serio? Están echando veinte años de cárcel por delitos de cuello blanco en estos tiempos…
    – Yo no lo hice -se defendió él.
    Ella sonrió.
    – ¿Ya me has imaginado en un juicio, con una condena y en la cárcel? Eso sí que es un voto de confianza… -se quejó él.
    – No te he condenado. Tengo miedo por ti.
    – Pareces enojada.
    – Estoy asustada y enojada.
    – No tienes por qué estarlo.
    – Oh, bueno. Gracias. Eso lo arregla todo.
    – ¿Crees que el sarcasmo es la solución? -preguntó él.
    Reed no tenía ningún problema en hablar del tema. Pero quería tener una conversación razonable. Sobre todo, quería ahuyentar los temores de Elizabeth de que él podía ir a la cárcel.
    – Creo que la solución es la comunicación -respondió ella-. Ya sabes, la parte en que tú me cuentas lo que sucede en tu vida. Tus esperanzas, tus miedos, tus aspiraciones, tus cargos delictivos pendientes.
    – ¿Y de qué habría servido que te lo contase? -preguntó Reed.
    – Podríamos haber compartido la carga.
    – Tú tienes tu propia carga.
    – Somos marido y mujer, Reed.
    – Y los maridos no se descargan de su peso preocupando a sus esposas.
    – No es verdad. Lo hacen siempre.
    – Bueno, este marido no lo hace. Tú tienes demasiado en qué pensar ahora mismo.
    – ¿Te refieres al menú de la fiesta?
    – Entre otras cosas. No tenía sentido que nos preocupásemos los dos, y no quería disgustarte.
    – Bueno, ahora estoy muy disgustada.
    – Deberías dejar de estarlo.
    Él se iba a ocupar de ello.
    Sólo era cuestión de tiempo. Pronto la vida volvería a su curso normal.
    – Bromeas, ¿no?
    – No es nada -Reed se acercó a ella-. Pronto se esfumará.
    Elizabeth levantó la barbilla y preguntó:
    – ¿Qué hiciste?
    – Nada.
    – Quiero decir, para que ellos desconfiaran de ti.
    – Nada -repitió él con convicción.
    – ¿O sea que el Organismo regulador del mercado de valores está investigando sobre un ciudadano inocente del que no se sospecha nada?
    Reed dejó escapar un profundo suspiro.
    Realmente no tenía la energía suficiente como para hablar del tema aquella noche. Era tarde, y aunque al día siguiente era domingo, tenía que hacer una llamada internacional a primera hora de la mañana. Quería dormir. Quería que Elizabeth durmiera también.
    Ella movió la cabeza hacia un lado y preguntó:
    – ¿Qué me dices de Tecnologías Ellias?
    – Compré algunas acciones -dijo él, reacio-. Gage también. Su valor aumentó drásticamente, e hizo que sonara una alarma. Collin se ocupará de ello. Y ahora, vayamos a la cama.
    – ¿Esa es toda la información que me vas a dar?
    – Es toda la información que necesitas.
    – Quiero más.
    – ¿Por qué esto tiene que ser un problema?
    ¿Por qué Elizabeth no podía confiar en que él se ocuparía de ello? Era su problema, no el de ella. La inquietud de su mujer no iba a ayudar a mejorar la situación.
    – Reed -le advirtió ella dando golpecitos con el pie en el suelo.
    – Bien -Reed se quitó la chaqueta del traje y se aflojó la corbata-. Al parecer, el senador Kendrick estaba en un comité que dio a Tecnologías Ellias un contrato gubernamental muy lucrativo.
    Ella achicó los ojos.
    – Y creen que el senador te advirtió sobre ello… -dijo ella.
    – Exactamente -dijo Reed-. ¿Estás contenta ahora?
    – No, no lo estoy.
    – Por eso mismo no te lo conté. Quiero que estés contenta. No quiero que te preocupes por nada.
    ¿Era tan difícil que ella comprendiera eso?, se preguntó Reed.
    – No necesito que me protejas -replicó Elizabeth apretando los labios.
    Reed se acercó y comentó:
    – El médico dijo que tenías que estar tranquila.
    – ¿Cómo puedo estar tranquila si mi esposo me miente?
    Él no le había mentido.
    Sólo había omitido una pequeña información innecesaria para que no se estresara sin motivo alguno.
    – Eso que dices es ridículo -señaló él.
    – ¿Es eso lo que piensas?
    Notó que ella quería seguir discutiendo.
    Bueno, él no estaba dispuesto a entrar en otra discusión a la una de la madrugada.
    – Lo que pienso es que Collin se está ocupando del asunto -afirmó con convicción-. La semana que viene esto ya no representará nada en mi vida. Y tú tienes cosas mucho más importantes en que pensar ahora mismo.
    – ¿Cómo el menú para la fiesta? -repitió Elizabeth.
    – Exactamente. Y la temperatura basal de tu cuerpo -él intentó quitar peso a la conversación-. Y esa bata roja tan insinuante…
    – Yo también tengo cerebro, Reed, por si no lo sabías.
    ¿Por qué le había dicho eso?
    – ¿Te he dicho alguna vez que no lo tuvieras?
    – Yo puedo ayudarte a resolver tus problemas.
    – Ya les pago mucho dinero a profesionales para que me ayuden a resolver los problemas.
    De ese modo, Elizabeth y él podían llevar una vida tranquila.
    – ¿Esa es tu respuesta?
    – Esa es mi respuesta.
    Elizabeth esperó que él dijera algo más, pero Reed se sintió satisfecho de terminar ahí la conversación.

    Reed fue el último en llegar al almuerzo de negocios que se celebraba en la sala de juntas de Wellington International. Gage, Collin, el magnate de los medios de comunicación Tren Tanford y la detective privada Selina Marin ya estaban sentados alrededor de la lustrosa mesa cuando él entró.
    – ¿Ya has conseguido hablar con Kendrick? -preguntó Gage sin preámbulos.
    Reed agitó la cabeza y cerró la puerta por detrás de él antes de ocupar su lugar a la cabeza de la mesa.
    Había café recién hecho en una mesa contigua, y por las ventanas se veían los colores del otoño en el parque de abajo.
    – Su secretaria dice que está en reuniones en Washington toda la semana.
    – ¿No tiene teléfono móvil? -preguntó Collin.
    – No pueden interrumpirlo -dijo Reed, repitiendo las palabras que le habían dicho a él.
    Su expresión dio a entender a los presentes que le parecía una excusa poco válida.
    Nunca había tenido problema en ponerse en contacto con Kendrick hasta entonces. De hecho, generalmente era Kendrick quien se ponía en contacto con él.
    – Necesitamos que Kendrick lo niegue -dijo Trent-. Al menos, necesitamos que niegue públicamente que te ha dado información confidencial. Y yo preferiría tenerlo en video.
    – Lo tendrás -dijo Reed, esperando que fuera pronto.
    Era algo que interesaba a todo el mundo, incluso al senador, tenerlo grabado. Como no podían identificar a la persona que los había chantajeado, el respaldo de Kendrick era la mejor forma de parar la investigación.
    – ¿Llegaste a algo con la policía? -preguntó Reed a Selina.
    – Tuve una conversación con el detective Arnold McGray -ella deslizó una pila de papeles sobre la mesa en dirección a Reed.
    – Han sido sorprendentemente cooperativos. Aquí está la lista de víctimas de chantaje del edificio.
    – La policía está en un punto muerto -dijo Collin-. Tienen esperanza de que los ayude el potencial humano.
    Reed suspiró y agarró la carta. Leyó el nombre de Julia Prentice, quien antes de casarse con Max Rolland había sido chantajeada por haberse quedado embarazada fuera del matrimonio. El de Trent Tanford por su relación con la victima de asesinato, Marie Endicott, y el príncipe Sebastian, quien también había recibido una carta de amenaza.
    En el caso del príncipe, la persona que había escrito la carta no había pedido dinero, y finalmente se había probado que había sido su ex novia. Así que el incidente del príncipe no parecía estar relacionado.
    – ¿Alguna conexión entre la mía y las otras dos extorsiones? -le preguntó Reed a Selina.
    – Son tres amenazas diferentes -contestó ella-. Tres incidentes que no están relacionados. Tres cuentas bancarias en un paraíso fiscal cuyo rastro no se puede seguir… -hizo una pausa-. El mismo banco.
    Reed sonrió. O sea que los tres podían estar relacionados. Eso les aportaba mucha más información para seguir.
    – Empezaré a buscar conexiones entre los casos -dijo Selina.
    – ¿Alguna idea de por qué mi chantaje fue de diez millones y el de los otros de un millón? -preguntó Reed.
    Selina torció los labios.
    – Ninguno de los otros pagó.
    – Por supuesto que no pagamos -dijo Trent.
    – Tendrías que ponerte contento -le dijo Gage a Reed-. EI tipo evidentemente piensa que eres solvente.
    – Contento no es precisamente como me siento.
    Él no necesitaba aquella basura en su vida. Su vida ya era bastante complicada.
    – ¿Qué me dices del asesinato de Marie Endicott? -preguntó Collin, sacando el tema que habían evitado sacar.
    – No me gusta nada especular sobre eso -dijo Trent.
    A Reed tampoco le gustaba. Pero ignorar la posibilidad de que el asesinato pudiera estar ligado a los chantajes no cambiaría los hechos, y no reduciría el peligro.
    – La policía no está dispuesta a llamarlo asesinato -dijo Selina-. Pero esa cinta de seguridad que desapareció me pone los pelos de punta. Y creo que tenemos que operar suponiendo que los casos están relacionados.
    – Esa es una suposición muy grande -dijo Collin.
    – ¿Sí? Bueno, yo me estoy preparando para lo peor -luego Selina se volvió a Trent y agregó-: Me pregunto si el autor del chantaje cometió un asesinato para sentar un precedente.
    – Generalmente, hay dos razones para un asesinato: pasión o dinero.
    – El que ha hecho el chantaje quiere dinero definitivamente -dijo Reed-. Y si obró por pasión, tendríamos probablemente otro cuerpo muerto, no más cartas con chantajes.
    – Es verdad -dijo Collin.
    – Pero no sabemos nada seguro -intervino Trent.
    Trent tenía razón. Y Reed no estaba en una posición en que pudiera arriesgarse. Tres personas de aquel edificio habían sido extorsionadas y una estaba muerta.
    Reed le devolvió la lista a Selina.
    – Contrata tanta gente como te sea necesaria -dijo Reed-. Y pon a alguien para que proteja a Elizabeth -hizo una pausa-. Pero dile que mantenga cierta distancia. No quiero que nadie le hable a mi mujer sobre el chantaje -miró a todos los presentes para que quedase claro.
    Todos asintieron y él se puso de pie.
    Quería mantener a salvo a Elizabeth. Pero también quería que estuviera tranquila.
    Cuando aquello se hubiera terminado, Elizabeth y él tenían que fundar una familia. Y, Dios mediante, aquello iba a terminar pronto.

Capítulo Tres

    – Tu matrimonio no está terminado en absoluto -dijo Hanna cuando pasaron por delante de un grupo de comensales hacia una mesa de un rincón en su restaurante favorito.
    Elizabeth había pedido un entrecot por costumbre. Pero estaba segura de que no podría comérselo.
    – Pero Reed ya no me habla de nada importante -le dijo Elizabeth a Hanna-. No quiere hacerme el amor. Y cuando le pido más información, se enfada. ¿Cómo puedo seguir casada con un hombre que no me deja entrar en su vida?
    Hanna tomó un sorbo de coca-cola light y dijo:
    – Deja de intentarlo.
    La respuesta sorprendió a Elizabeth
    – ¿Que deje de intentar estar casada con él?
    Aquélla no era la respuesta que había esperado.
    – Deja de intentar entrar en su vida -Hanna mordió su sándwich.
    – Eso no tiene sentido.
    Estaban casados. Se suponía que Elizabeth estaba en la vida de Reed.
    Hanna agarró una servilleta de papel del dispensador metálico y se limpió la boca.
    – Te digo esto como mejor amiga tuya que soy, y como alguien que te quiere mucho…
    – Esto no puede ser bueno -murmuró Elizabeth.
    – Te has puesto un poco… aburrida últimamente -dijo su amiga.
    «¿Aburrida?», pensó. ¿Qué clase de mejor amiga era que le decía eso?
    – Te ocupas demasiado de Reed y de su vida.
    – Es mi marido.
    Hanna agitó la cabeza.
    – No importa. Sé que quieres tener un niño. Y eso es admirable. Y sé que amas a Reed. Y eso es admirable también. Pero Elizabeth, Lizzy, tienes que tener una vida propia.
    – Tengo una vida.
    Hanna la miró, dudosa.
    Bueno, tal vez ir al spa, comprar ropa de diseño y planear fiestas no era una vida muy productiva, pero Reed organizaba muchos actos sociales. Era importante que ella tuviera un papel en ello.
    – Si tú tuvieras tu propia vida, no te obsesionarías tanto con la de Reed.
    – Daría igual que tuviera una vida excitante y ocupada. Seguiría preocupándome por mi marido y más si está bajo una investigación por un delito.
    – Él te ha dicho que se ocupará de ello.
    – Por supuesto que me lo ha dicho. No quiere que me preocupe. Está obsesionado con eso.
    – Creo que es muy dulce de su parte.
    – ¿Dulce? ¿Del lado de quién estás?
    – Lizzy, has perdido totalmente la perspectiva. No se trata de estar de un lado u otro. Se trata de tu felicidad. El asunto es que la vida de Reed está centrada en el trabajo, sus negocios, sus socios, su familia y amigos y en su matrimonio.
    – No tanto en su matrimonio -replicó Elizabeth.
    – Quizás. Pero eso no es a lo que quiero llegar. Lo que quiero decirte es que tu vida también se centra en su trabajo, sus negocios, sus socios, su familia y sus amigos, y en tu matrimonio. ¿Ves dónde está el problema?
    – Eso no es verdad.
    No podía ser verdad. Ella no era una mujer de los años cincuenta sin un pensamiento propio.
    – ¿Quiénes son tus amigos? ¿Tus viejos amigos? ¿Los que no tienen nada que ver con Reed?
    Elizabeth hizo un repaso mental de los amigos con los que había crecido o los que había conocido en la universidad.
    – Mis viejos amigos no viven en Manhattan -dijo finalmente.
    Después de su matrimonio había sido difícil pasar tiempo con sus viejos amigos. Ellos parecían creer que su vida era una gran fiesta, que el dinero lo resolvía todo, que la gente rica no podía tener ni un problema. Y si lo tenían, debían olvidarse de él e irse de compras.
    – Y todos los de él, sí -dijo Hanna con expresión de triunfo.
    Elizabeth miró su entrecot y pensó que podía consolarse en la comida después de todo.
    – ¿Qué es lo que intentas decirme?
    – Todos tus amigos actuales son amigos de Reed en realidad.
    – Excepto tú.
    – Me conociste a través de Trent. ¿Te acuerdas de Trent? El amigo de Reed…
    – Esto parece una intervención.
    – Lo es -dijo Hanna.
    – Bueno, no quiero que intervengas.
    – Oh, querida mía…
    Elizabeth cortó un trozo del suculento entrecot.
    – No sé por qué tengo que hacerte caso, de todos modos. Tú fuiste la que insistió en que lo sedujera la semana pasada. Y eso no dio resultado…
    – Eso fue porque lo hiciste mal.
    – Lo hice perfectamente. Aparecí con aquella bata roja. El problema fue Reed. Él estaba a punto de ser arrestado. ¿Cómo puede concentrarse un hombre en la pasión cuando están a punto de arrestarlo? -dijo Elizabeth y volvió al entrecot.
    – Necesitas un trabajo -dijo Hanna.
    Elizabeth tragó.
    – Créeme, si hay una cosa que no necesito es dinero -dijo Elizabeth.
    – No es el dinero lo importante. Lo importante es salir de tu casa, intercambiar opiniones e ideas con otra gente, salir con gente que no tenga nada que ver con tu marido ni con tu deseo de quedarte embarazada.
    – ¿Y no crees que eso puede alejarnos más?
    – Tendrías algo interesante de que hablar cuando volvieras a casa.
    Elizabeth iba a protestar diciendo que Reed y ella hablaban de cosas interesantes, pero se calló al darse cuenta de lo vacío que sonaría eso.
    Reed era un adicto al trabajo y se negaba a hablar de Wellington International con ella. Pensaba que los problemas de negocios podrían afectarla. Pero si ella introducía sus propios asuntos de negocios, sobre todo si había problemas, ella estaba segura de que él se involucraría en la conversación.
    Hmmm… Conseguir un trabajo. Desarrollar una identidad. La idea le resultó atractiva. De hecho, se preguntaba por qué no se le había ocurrido antes.
    Pero había un problema.
    – ¿Y quién va a contratarme? No trabajo desde que me gradué en la universidad, con una licenciatura en teatro musical.
    Elizabeth no podía imaginarse de apuntadora o algo así. Sería estúpido ser la esposa de un millonario y aceptar un puesto bajo. Sin mencionar lo embarazoso que podría ser para Reed.
    – El trabajo no tiene por qué gustarle a él -agregó Hanna, adivinando los pensamientos de Elizabeth.
    – ¿Y eso no estropearía el objetivo?
    Ella estaba intentando salvar su matrimonio, no disgustar a su marido.
    – ¿Qué quieres tú?
    Elizabeth se sintió cansada de repente.
    – Tarta de frambuesa.
    – ¿Y después de eso?
    – Un bebé. Mi matrimonio. Ser feliz. No lo sé.
    – ¡Bingo! -dijo Hanna. -¿Bingo qué?
    – Hazte feliz, Elizabeth. Busca tu felicidad. Independientemente de Reed, de un bebé o de lo que sea. Constrúyete una vida propia que te dé satisfacción. Lo demás tendrá que solucionarse alrededor de eso -Hanna hizo una pausa-. ¿Qué tienes que perder?
    Era una excelente pregunta.
    Había poco que perder. Si no cambiaba algo drásticamente y pronto, perdería su matrimonio. Ciertamente, no tendría un bebé. Y no tendría ningún tipo de vida.
    Hanna tenía razón.
    Tenía que salir fuera y conseguir un trabajo.

    – ¿Un trabajo? -repitió Reed.
    Elizabeth se puso perfume mientras se preparaba para ir a la cama.
    – ¿Quieres decir que quieres formar parte de alguna organización caritativa? -preguntó Reed.
    Había una serie de organizaciones que se alegrarían de contar con su ayuda.
    – No me refiero a eso. Me refiero a un verdadero trabajo.
    Reed se quedó perplejo.
    – ¿Por qué?
    – Eso haría que salga de casa, al mundo, me ayudaría a conocer gente nueva.
    – Puedes salir de la casa cuando quieras.
    – El hacer compras no me da la misma satisfacción.
    Él la miró, intentando adivinar qué le pasaba realmente.
    – Hay más cosas que ir de compras.
    – Exactamente -Elizabeth se puso de pie y agarró un bote de crema.
    – La Fundación del hospital estaría encantada de tenerte en su junta directiva.
    – Mi licenciatura es en teatro.
    – Entonces, la junta directiva de las artes. Puedo llamar a Ralph Sitman. Estoy seguro de que uno de los comités…
    – Reed, no quiero que hagas una llamada. Quiero preparar mi curriculum, salir y solicitar un trabajo.
    – ¿Tu curriculum? -preguntó Reed sin poder creerlo.
    Ella era una Wellington. No necesitaba un curriculum.
    – Sí -ella se giró hacia el espejo y se aplicó la crema en la cara.
    – ¿Piensas ir a los teatros con un curriculum debajo del brazo?
    – Así es como se hace, generalmente.
    – No en esta familia.
    Si él tenía suerte, la gente pensaría que ella era una excéntrica. Pero algunos pensarían que necesitaba dinero. Que él era un miserable que no satisfacía sus necesidades.
    Elizabeth cerró la puerta del cuarto de baño que había en el dormitorio.
    – ¿Cómo dices?
    – No es digno -le dijo él.
    – ¿Ganarse la vida no es digno?
    Él intentó mantener la calma.
    – Tú ya te ganas la vida.
    – No, tú te la ganas.
    – Y gano lo suficiente.
    – Te felicito.
    – Elizabeth, ¿qué sucede?
    Ella se cruzó de brazos.
    – Necesito una vida, Reed.
    ¿Qué quería decir con eso?, pensó él.
    – Tú tienes una vida.
    – Tú tienes una vida -lo corrigió ella.
    – Es nuestra vida.
    – Y tú no estás nunca en ella -le reprochó Elizabeth.
    – Hace meses que no salgo de Nueva York -dijo él.
    Y no era fácil de arreglar. Pero él quería estar allí para concebir un bebé, y quería estar cerca de Elizabeth por si lo necesitaba para algo. Era un momento difícil para ambos, se daba cuenta, y estaba haciendo todo lo posible para que todo estuviera tranquilo.
    – ¿Crees que esto tiene algo que ver con tu presencia física en la ciudad?
    – ¿Y de qué se trata? Por favor, Elizabeth, ¡por el amor de Dios! Dime qué ocurre…
    Ella dudó. Luego dijo:
    – Se trata de que quiero un trabajo.
    – ¿Haciendo qué?
    – No lo sé. Lo que pueda conseguir. Apuntadora, ayudante de producción, recadera -suspiró y agregó-: Esto no es negociable, Reed.
    – Genial. Todos nuestros amigos y socios vendrán a los estrenos. Todos irán con sus novias. Yo estaré solo, porque mi esposa será la recadera.
    – No, Elizabeth Wellington será la recadera.
    – ¿Y no crees que eso puede ser un poco humillante para mí?
    – Entonces usaré mi apellido de soltera.
    – Usarás tu apellido real -protestó él.
    – De acuerdo -ella se acostó y se tapó hasta el cuello.
    Reed se acostó a su lado, más irritado con su esposa que con el Organismo regulador del mercado de valores.
    Serían el hazmerreír de todo Manhattan.
    Sabía que estaba demasiado enfadado como para seguir discutiendo aquella noche.
    Apagó la luz de su mesilla de noche, cerró los ojos y oyó el tic del termómetro digital de Elizabeth.
    Luego se dio la vuelta y abrió los ojos.
    – Estoy ovulando -dijo ella retorciéndose para mirarlo.
    Reed se reprimió un juramento.
    – Vale -dijo tratando de controlar su voz.
    Se acercó a ella, le quitó el termómetro de la mano, lo puso en la mesilla, y apagó su luz.
    Habían hecho el amor cientos de veces, tal vez miles de veces.
    Podían hacerlo en aquel momento. Era fácil.
    Reed la rodeó con un brazo y hundió la cara en su pelo. Aspiró su fragancia, dándoles la oportunidad de acostumbrarse a la idea de hacer el amor.
    Su cabello era suave, y él se lo acarició.
    Su fragancia había sido una de las primeras cosas que él había amado de ella. Recordaba haber bailado bajo las estrellas, en el crucero, sentir el viento de junio acariciándolos mientras ella se balanceaba en sus brazos con aquel vestido rojo…
    A los pocos minutos de empezar a bailar él había sabido que la iba a amar, había sabido que iba a casarse con ella, había sabido que iba a pasar el resto de su vida cuidando a aquella mujer graciosa, atractiva y embriagadora.
    Reed le besó el cuello en aquel momento, le acarició el cuerpo por encima del satén del camisón. Le besó el hombro, el lóbulo de la oreja…
    Deseaba decirle que la amaba, pero había tanta tensión entre ellos… Él estaba creando un frágil espacio de paz, un refugio en medio de la dura conversación que tendría que tener lugar en los siguientes días.
    Rodeó su cintura, y deslizó las manos hacia sus pechos.
    El deseo se iba apoderando de él lentamente. Su respiración se volvía más agitada…
    Le acarició el hombro. Luego le bajó un tirante del camisón.
    Acarició su brazo y le buscó la mano para entrelazar sus dedos con los de ella.
    Pero se encontró con que ella tenía la mano apretada en un puño.
    Se giró para mirarla.
    Estaba tensa.
    – ¡Maldita sea! -juró Reed.
    Y se levantó de la cama.
    Ella abrió los ojos y Reed se horrorizó al ver la aversión en su mirada.
    No iba a forzarla a hacer el amor, como si ella fuera una mártir, daba igual la causa.
    – Esto es un matrimonio -afirmó él-. No una granja de sementales.
    Agarró su bata y se dirigió a la habitación de invitados.

    Sola en la cama, Elizabeth había llorado hasta dormirse.
    Ella había querido hacer el amor. Había deseado desesperadamente concebir un bebé. Pero la discusión que habían tenido había vuelto una y otra vez a su mente, mientras Reed la acariciaba, hasta que se le había apagado el deseo por él y sus caricias le habían parecido vacías.
    Ella sabía que se le pasaría. Estaba segura de que en un rato, tal vez horas, se le pasaría y se volvería a sentir segura en brazos de Reed. Pero había necesitado un poco de tiempo antes de hacer el amor.
    Finalmente se había dormido de madrugada. Luego se había despertado con el ruido de la aspiradora, y había sabido que había llegado Rena, la asistenta, y que Reed se había ido a trabajar.
    Parte de ella no había podido creer que él se hubiera ido sin despertarla para hacer el amor. Pero luego recordó su expresión cuando se había ido, enfadado, de la habitación. Ella lo había enfadado, y tal vez lo hubiera herido. Después de todo, Reed había intentado dejar atrás la pelea y hacer el amor.
    Ella había sido la que había fallado.
    Elizabeth se levantó, se duchó, se vistió y se marchó en su coche a las oficinas de la Quinta Avenida de Wellington International.
    Tomó el ascensor hasta la planta de los ejecutivos y caminó, decidida, por los suelos de mármol, sin darse la oportunidad de dudar.
    Le pediría disculpas a Reed. No por la discusión, sino por estar tan fría después. Ya se le había pasado. Y se lo diría.
    Por si acaso, se había puesto ropa interior sexy. Frente al edificio había un hotel…
    – Elizabeth -dijo la secretaria de Reed, Devon, poniéndose de pie-. ¿Te está esperando Reed? -miró un momento hacia la ventana que comunicaba con el despacho de Reed.
    – Es una sorpresa -admitió ella.
    Esperaba que fuera una sorpresa agradable.
    Elizabeth miró por la ventana que comunicaba el despacho de Reed con la sala donde estaba su secretaria y vio el perfil de una mujer. Tenía el pelo negro y una chaqueta azul.
    – Tu esposa está aquí -dijo Devon por el teléfono.
    Hubo un momento de pausa y luego la mujer, con cara de culpabilidad, miró a Elizabeth por la ventana.
    – ¿Quién es ésa? -le preguntó Elizabeth a Devon.
    – Es una aspirante a un puesto de trabajo -contestó Devon, ocupada con unos papeles de su escritorio.
    Algo en la atmósfera hizo sentir incómoda a Elizabeth.
    – Espero no estar interrumpiendo nada -dijo Elizabeth.
    – Estoy segura de que no hay problema -respondió Devon.
    Se abrió la puerta del despacho de Reed y la mujer salió primero. Era una mujer con aspecto seguro, alta, de pelo corto, ropa clásica.
    La mujer asintió al ver a Elizabeth cuando pasó por su lado, dejando un perfume de coco en el aire.
    – No te esperaba -dijo Reed.
    – Sorpresa -dijo Elizabeth con una sonrisa dirigida a Devon.
    Él la hizo pasar.
    – Siento molestarte -dijo ella cuando él cerró la puerta.
    – No hay problema -le indicó un par de sillas de piel al lado de una mesa.
    – ¿Quién era esa mujer?
    – ¿Quién?
    – La mujer que acaba de salir. Devon ha dicho…
    – Es una cliente -se dio prisa en decir Reed.
    Elizabeth se quedó petrificada, con una sensación terrible en el estómago.
    ¿Por qué le estaba mintiendo?
    – ¿Qué clase de cliente?
    – Es la dueña de una cadena de almacenes de muebles en la Costa Oeste.
    Elizabeth asintió.
    – ¿Necesitas algo? -preguntó Reed en tono formal.
    «Que me devuelvan a mi marido», habría dicho ella.
    Se sintió confusa. ¿Seguía con el plan de seducción? ¿Podría hacer el amor con él sabiendo que le estaba mintiendo?
    – ¿Cariño? -dijo él en un tono más íntimo.
    – Me siento mal por lo que pasó anoche -dijo ella, tomando la decisión deprisa.
    – ¿Por lo del trabajo?
    Ella agitó la cabeza.
    – Lo… otro.
    – Oh.
    – He pensado que tal vez… -miró alrededor y se humedeció los labios-. Podríamos recuperar el tiempo perdido.
    Él pestañeó.
    Ella le mantuvo la mirada.
    – No estarás sugiriendo que hagamos el amor aquí, ¿verdad?
    – En El Castillo -ella nombró el hotel que había enfrente.
    Él miró su reloj.
    – ¿Debería haber pedido una cita contigo? -preguntó, tensa.
    – Gage y Trent van a venir dentro de diez minutos.
    – Cancélalo.
    – Elizabeth…
    – Es el momento, Reed.
    – Puede esperar hasta esta noche.
    – ¡Pero deberíamos haberlo hecho anoche! -exclamó ella sin pensar.
    – Sí. Deberíamos…
    Ella se puso de pie. Se sintió muy estúpida por haberse puesto la lencería fina negra para un marido adicto al trabajo. No sabía por qué había pensado que aquel día podía ser diferente. Reed era un hombre muy ocupado. La encajaba en su agenda cuando podía, y sería mejor que ella no pidiera más que eso.
    Él también se puso de pie.
    – Adiós, entonces -dijo Elizabeth girándose hacia la puerta, tratando de manejar su rechazo.
    Pero en el último momento una vocecita en su interior la urgió a mostrarle lo que se acababa de perder.
    Se desabrochó los primeros cuatro botones del vestido y se dio la vuelta.
    Reed abrió los ojos e involuntariamente tomó aliento.
    – Disfruta de tu reunión -le dijo ella, abrochándose otra vez los botones.
    Salió antes de que él pudiera recuperar la voz.
    En un impulso se detuvo frente al escritorio de Devon y le preguntó:
    – ¿Qué tipo de trabajo era?
    Devon pareció confundida.
    – El de la mujer a la que estaba entrevistando Reed -añadió Elizabeth-. ¿Qué tipo de trabajo era?
    – Oh… -Devon hizo una pausa-. Contable.
    – Gracias.
    – De nada.
    Elizabeth se dirigió al ascensor y se encontró con Trent y con Gage, que venían del lado opuesto. Al menos lo de la reunión era verdad, pensó.
    La verdad era que no sabía qué iba a hacer con aquella situación.

Capítulo Cuatro

    El padre de Reed se sintió irritado.
    – ¿Dices que Kendrick no llamó nunca, nunca sugirió ni dio a entender…?
    – Nunca -lo interrumpió Reed-. Ni una sola vez.
    – Cosas como éstas son las que pueden causar un impacto en la empresa.
    – Lo sé, padre.
    – Son estas cosas las que pueden causar una pérdida de millones de dólares.
    – Eso también lo sé -insistió Reed.
    Anton, su padre, dijo desde detrás de su escritorio:
    – ¿Tienes un buen abogado? ¿Cooperarás totalmente?
    – Por supuesto que cooperaré totalmente. No tengo nada que ocultar.
    Anton lo miró en silencio y Reed se estremeció ante su actitud.
    – Sabes que no tengo nada que ocultar, ¿verdad? -preguntó Reed.
    – No serías el primero en sucumbir a la tentación.
    Reed se quedó helado al oír aquellas palabras de boca de su propio padre.
    – ¿Crees que yo engañaría?
    – Creo que tienes mucho orgullo. Pienso que tienes determinación suficiente como para tener éxito.
    – Claro. Me pregunto de quién la habré sacado -murmuró Reed.
    – Necesito saber de qué va todo esto -dijo Anton.
    – Se trata de un hombre inocente acusado de tráfico de información confidencial, y un intento de chantaje de diez millones de dólares.
    – ¿Puedes demostrar que te han chantajeado?
    – Soy la tercera victima en mi edificio.
    – Eso no es una prueba.
    – No, pero la policía está trabajando en ello. Si encuentran a la persona que hizo el chantaje, el Organismo regulador del mercado de valores quitará los cargos casi seguro.
    – ¿Necesitan más ayuda?
    Reed agitó la cabeza.
    – Yo he iniciado mi propia investigación, y Collin ha puesto un equipo legal para ello.
    – Nunca me ha caído bien Collin.
    – Se graduó con las mejores notas en la Facultad de Derecho de Harvard.
    – Con una beca.
    – Padre, la gente que consigue becas es tan capaz como aquélla que las da.
    Anton respondió:
    – La genética tiene algo que ver.
    – No sigas…
    – ¿Cómo está Elizabeth?
    – Te juro que me voy a ir…
    – Sólo te he hecho una pregunta.
    – Sólo has relacionado a Elizabeth con la clase media. Por lo tanto, según tú, genética pobre. No intentes negarlo.
    – De acuerdo. No lo negaré. ¿Cómo está Elizabeth?
    «Terriblemente sexy. Terriblemente frustrada. Probablemente enfadada», pensó él, porque eran casi las ocho y todavía no había vuelto a casa.
    – Está bien -contestó.
    Anton se acercó al bar y abrió una botella de whisky.
    – Tu madre y yo estamos esperando que nos digas que estás esperando un hijo.
    – Lo sé.
    Cuando sirvió dos vasos de whisky, Anton se dio la vuelta y se acercó.
    – ¿Alguna razón en particular por la que no ha sucedido?
    – Tendremos niños cuando estemos preparados.
    – Tu madre está ansiosa.
    – Madre ha estado ansiosa desde que he tenido dieciocho años.
    – Y ahora tienes treinta y cuatro -le dio un vaso de whisky a Reed.
    Reed no se podía imaginar a sí mismo contándoles las cuestiones de fertilidad a sus padres.
    – Tengo que volver a casa -dijo Reed después de beber el whisky de un trago.
    – Puedo enviarte a alguien de Preston Gautier para repasar la cuestión con Collin.
    – Collin es un buen profesional -dijo Reed-. Está todo bajo control.
    Al menos la investigación del Organismo regulador del mercado de valores estaba bajo control. No se podía decir lo mismo del chantaje. Ni de la situación con Elizabeth.
    Reed todavía tenía en la memoria la imagen de su esposa con la ropa interior sexy que le había mostrado en su despacho.
    Si no hubiera tenido una reunión con Gage y Trevor habría dejado todo y habría ido tras ella como un perrito.
    Pero había tenido que volver al mundo real.

    Elizabeth iba por el tercer Margarita en el loft de Hanna, tratando de ahuyentar la vida real y soportar la humillación.
    – ¿Fuiste a la oficina a seducirlo? -se rió Hanna sin poder creerlo.
    – Llevaba ropa interior sexy -señaló Elizabeth.
    – ¿Has hecho alguna vez algo así?
    Elizabeth negó con la cabeza.
    – Se quedó sin habla -se rió Elizabeth al recordarlo.
    – Estoy segura.
    Elizabeth se puso seria. En realidad, nada de aquello era gracioso.
    – Creo que yo estaba celosa.
    – ¿De qué?
    Elizabeth le contó la situación en la que lo había encontrado con la mujer del perfume de coco.
    Hanna se quedó en silencio.
    – ¿Crees que tiene una aventura? -preguntó Elizabeth.
    – No, en absoluto -dijo Hanna, convencida.
    – ¿Y por qué mintió?
    – Estamos hablando de Reed. No va a engañar a su mujer…
    – Reed también es humano -replicó Elizabeth.
    – Sólo tienes como prueba una mentira, una pequeña mentira, que quizás no sea siquiera una mentira. ¿Y si Devon cometió un error?
    – Devon es muy eficiente.
    – Puede equivocarse también. Y además, la prueba es muy poco fiable como para pensar en infidelidad -dijo Hanna.
    – ¿Qué me dices de esto? -Elizabeth se puso de pie-. Suponte que eres un hombre -se abrió uno de los botones de su vestido-. Eres un hombre, y no has tenido sexo durante tres semanas… -se desabrochó otro botón-. Tu esposa, una esposa que está ovulando, aparece en tu despacho… -se desabrochó dos botones más- y te muestra esto -Elizabeth le enseñó su lencería sexy.
    – ¡Guau! -exclamó Hanna.
    Elizabeth se cerró el vestido.
    – ¿Cómo es que una reunión de rutina tiró más de él que yo?
    – ¡Maldita sea! ¡Estás en buena forma! -exclamó Hanna.
    – Es el spa, mi entrenador personal…
    – Quiero ir a ese spa.
    Ambas mujeres se quedaron en silencio mientras Elizabeth se abrochaba los botones.
    – Sigo pensando que te equivocas -dijo Hanna.
    Elizabeth quería creer desesperadamente a Hanna. Pero algo le advertía de que estaba pasando algo.
    En aquel momento sonó su móvil y ella vio que era Reed.
    No contestó.
    – Debe de estar preguntándose dónde estás.
    – Que se lo pregunte -contestó Elizabeth.
    – Debe de estar preocupado.
    – Le está bien empleado.
    – ¿Me prometes algo? -Hanna se acercó a ella.
    El teléfono siguió sonando.
    – ¿Qué?
    – Prométeme que creerás en él, que confiarás en él hasta que demuestre lo contrario. Reed es un buen hombre, Elizabeth. Y te quiere.
    Elizabeth respiró profundamente y agarró el teléfono.
    – Hola…
    – ¿Dónde estás? -preguntó Reed tomando a Elizabeth por sorpresa.
    – Le estoy enseñando mi ropa interior a alguien que le interesa.
    Hubo un silencio.
    Hanna le quitó el teléfono de la mano y se lo puso en la oreja.
    – Reed, soy Hanna. Lo siento mucho. Creo que le he dado demasiados cócteles Margarita a Elizabeth -después de una pausa dijo-: No, no la dejaré conducir -le devolvió el teléfono a Elizabeth.
    – Hola, cariño -dijo Elizabeth, luego empezó a tener hipo.
    – ¿Estás borracha?
    – Un poquito.
    – Te enviaré un coche.
    – ¿Estás borracho tú también?
    – No, no estoy borracho.
    – ¡Pero no vas a venir tú en persona!
    – Estoy en Long Island. Acabo de estar con mis padres.
    – ¿Y si los llamo? -lo desafió.
    Tal vez estuviera en Long Island, o quizás estuviera en un hotel con alguien, desconfió ella.
    – ¿Para qué vas a llamarlos?
    – No lo sé. Para decirles hola. Lo que sea.
    – Elizabeth, deja de beber.
    – Claro…
    Se sentía un poco mareada de todos modos. Y una resaca no la ayudaría a buscar trabajo. Porque con sexo o sin él aquella noche, a la mañana siguiente iba a buscar un trabajo, iba a empezar su propia vida.

    Reed esperó en el vestíbulo que llegase el coche de Elizabeth. Henry, el conserje, estaba detrás de su escritorio.
    Cuando llegó Elizabeth Reed y Henry la ayudaron a subir al ático.
    Reed tiró su ropa en un sofá y luego la llevó directamente al dormitorio. Allí la dejó en la cama y le quitó los zapatos.
    – ¿Sabes? No debería ser tan difícil para dos personas casadas tener sexo -dijo ella con los ojos cerrados.
    – No -dijo él-. No debería ser tan difícil.
    Reed le quitó las joyas suavemente y le desabrochó el vestido mientras ella seguía con los ojos cerrados. Los ojos de Reed se agrandaron al ver el sujetador y las diminutas braguitas.
    – ¿Reed?
    – ¿Sí?
    – Prométeme algo.
    – Por supuesto.
    – Si me quedo dormida… -ella se calló.
    – ¿Sí?
    – Hagamos el amor de todos modos.
    Él agitó la cabeza.
    – ¡Como si fuera a suceder!
    – Bien -sonrió ella.
    – Elizabeth, te digo que no.
    – Siempre me dices que no -dijo ella frunciendo el ceño.
    – Nunca te digo que no.
    – Yo me arreglé, me puse toda sexy y… -se quejó ella.
    Él dirigió su mirada al encaje negro que realzaba sus pechos.
    – Sí.
    – Hanna me ha dicho que estaba sexy.
    Él se sonrió.
    – Estás borracha.
    – Voy a buscar un trabajo -dijo ella, decidida.
    – Hablaremos de ello mañana por la mañana.
    La expresión de Elizabeth cambió.
    – Por favor, déjame embarazada esta noche -y luego todo su cuerpo se relajó. Se quedó dormida.
    – Así, no -susurró él-. Así, nunca.
    Le quitó suavemente el resto de la ropa, la acostó y arropó. Luego se echó atrás para admirar su belleza y vulnerabilidad.
    Su teléfono móvil sonó y él lo atendió enseguida, por miedo a que despertase a Elizabeth.
    Pero ella ni se movió.
    – Soy Collin. Selina está en mi casa -dijo una voz.
    Eran las nueve y media.
    – ¿Ocurre algo? -preguntó Reed.
    – ¿Puedes venir?
    – ¿Por qué no venís aquí? Elizabeth está dormida…
    Reed, por alguna razón, no quería dejarla sola.
    – Enseguida iremos -y Collin colgó. Reed cerró suavemente la puerta del dormitorio.
    La realidad era que habían perdido la oportunidad aquel mes. Ya que Elizabeth tardaría por lo menos veinticuatro horas en estar remotamente romántica otra vez.
    Y eso la enfadaría también.
    Empezaba a sentirse un poco agobiado con tantos problemas, los de su negocio y los personales.
    Por primera vez Reed se preguntó si el trabajo duro y la ingenuidad serían suficientes para salir sin cargos.
    Hubo unos suaves golpes en la puerta de entrada. Fue a abrir.
    Reed llevó a Collin y a Selina a su despacho.
    – Creí que tenías a alguien protegiendo a Elizabeth -le dijo Reed a Selina.
    Selina se sobresaltó.
    – Y tengo a alguien -contestó.
    – Ha ido al centro hoy. Quiero información sobre cosas como ésa.
    – De acuerdo -dijo Selina.
    – ¿Ocurrió algo cuando Elizabeth estuvo en el centro? -preguntó Collin.
    – Visitó a una amiga. Pero yo no sabía dónde estaba.
    – Para que quede claro, ¿quieres un informe de las actividades diarias de la señora Wellington o de amenazas potenciales?
    – No estoy espiando a mi esposa -protestó él.
    – Tal vez podríamos cambiar algunos aspectos de la operación -sugirió Selina-. Pon a Joe más cerca de la señora Wellington. Por ejemplo, como su chófer. De ese modo no tiene que estar oculto, y puede informarte cada tanto.
    – Eso me gusta. ¿Qué más tenéis? -comentó Reed.
    – A Kendrick -dijo Collin.
    – ¿Te has puesto en contacto con él?
    Collin agitó la cabeza.
    – Está todavía en Washington, reacio a que lo localicemos. Pero ha salido a la luz más información.
    – ¿Es de ayuda?
    Collin y Selina se miraron.
    – Lamentablemente, Hammond y Pysanski también invirtieron en Ellias y ganaron un pastón.
    – Pero ellos son…
    – Los antiguos socios de negocios de Kendrick.
    – Esto tiene mala pinta… -dijo Selina.
    Reed se defendió.
    – ¿De verdad creéis que habría empleado este plan para traficar con información confidencial? ¿Creéis que un senador iba a otorgar el contrato a cuatro de sus socios más cercanos pensando que nadie se daría cuenta? Es estúpido.
    Collin se inclinó hacia delante.
    – ¿Y ésa va a ser tu defensa?
    – ¿Tú tienes una mejor?
    – De momento, no. Pero si no se me ocurre algo mejor que eso, la Escuela de Leyes de Harvard habría tirado mucho dinero y tiempo conmigo.
    – Quiero que esto se termine de una vez. Ya hay muchos problemas sin la necesidad de estas distracciones.
    – Mañana me reúno con el Organismo regulador del mercado de valores -dijo Selina.
    – Llévate a Collin contigo.
    Selina cambió de expresión.
    – ¿Qué ocurre?
    – A veces Collin choca con mi estilo de hacer las cosas.
    – ¿Hay problemas entre vosotros dos?
    – Diferencias de estilos -dijo Collin.
    Reed no podía creerlo.
    – Arreglad vuestras diferencias. Os quiero a ambos en esa reunión.
    Selina miró a Collin. Él asintió. Y entonces ella hizo lo mismo.
    – Que Joe pase por la oficina mañana por la mañana -dijo Reed-. Lo traeré al ático y le presentaré a Elizabeth.

    Elizabeth se despertó mal por la mañana. No había sido buena idea beber con el estómago vacío. Y hacía mucho que no se emborrachaba. Y pasaría mucho más tiempo hasta que bebiera más de dos copas por la noche.
    Vio un vaso de agua en la mesilla y dos aspirinas.
    «Bendito Reed», pensó.
    A la luz del día no pensaba que Reed pudiera engañarla. Iba contra sus principios.
    Aunque quisiera engañarla, su honor y sus principios se lo impedirían.
    La lluvia resonó en los cristales.
    Se había enfadado por varios motivos con Reed el día anterior.
    Sin embargo, cuando Reed la había llevado a la cama y la había acostado, ella había recordado por qué se había enamorado de él.
    No se acordaba de muchas cosas, pero sabía que le había pedido que le hiciera el amor.
    Pero si hubiera sucedido se acordaría, pensó.
    Así que no había ocurrido. No estaba embarazada. Y era el tercer día de ovulación.
    Pero ni siquiera pensaba que pudiera salir de la cama, y mucho menos seducirlo.
    Sonó un trueno en la distancia. Y de pronto el sonido de la lluvia ya no le taladró el cerebro. Las aspirinas habían hecho su efecto.
    Intentó dormirse pero no pudo. Finalmente se destapó y se levantó.
    Se duchó, se vistió y se maquilló un poco para disimular la mala cara.
    No se sentía bien como para ir al gimnasio. Y la lluvia hacía imposible un paseo. Debía hacer algo dentro.
    Elizabeth miró a su alrededor buscando inspiración.
    Vio las estanterías del salón y tuvo una idea. Podía deshacerse de algunos libros y donarlos a la biblioteca. Llamaría a Rena, la asistenta, para que le llevara algunas cajas de cartón en su camino al ático.
    A Reed le gustaban las historias de intriga, el típico libro que no se volvía a leer si se sabía el final. Decidió deshacerse de algunos libros suyos también.
    Fue a su despacho y empezó a buscar.
    En ese momento olió un aroma que llamó su atención e intentó identificar. No era polvo, ni piel, ni olor a brillo de muebles…
    Era perfume de coco.
    Se quedó petrificada.
    La mujer que había estado en el despacho de Reed olía a coco…
    – ¿Elizabeth? -la llamó Reed desde la entrada del ático.
    ¿La mujer del perfume a coco había estado en el ático? ¿En su ático? ¿En su casa?
    ¿Qué iba a hacer? ¿Se enfrentaba con él? ¿Buscaba más pruebas? ¿Lo ignoraba?
    – Aquí estás -Reed apareció sonriendo-. ¿Te sientes bien?
    Ella lo miró en silencio, tratando de conciliar al hombre que ella conocía con semejante comportamiento. ¿Mientras ella estaba intentando desesperadamente salvar su matrimonio él ya lo había terminado?
    – Quiero que conozcas a alguien -dijo Reed.
    – Joe, ésta es mi esposa, Elizabeth Wellington.
    El hombre dio un paso al frente. Era un hombre fuerte, alto.
    – Es un placer, señora Wellington -el hombre le extendió la mano.
    – Hola -dijo Elizabeth y le dio la mano.
    – Joe será tu chófer -continuó Reed.
    Ella se sorprendió. El hombre parecía una especie de mercenario. Definitivamente, no era alguien con quien ella quisiera estar sola en un callejón.
    – ¿Elizabeth? -dijo Reed-. ¿Estás bien?
    Ella lo miró y dijo:
    – No necesito un chófer.

Capítulo Cinco

    Hanna estaba preparando un té en la encimera de su apartamento.
    – Insistió en ponerme un chófer.
    Elizabeth había tratado por todos los medios de quitarle la idea a Reed de que le pusiera un chófer, pero su cabezonería había sido terrible.
    – Quizás sólo quiera que tengas un chófer. El otro día volviste totalmente borracha.
    – Ese hombre no es un chófer.
    – Te ha traído aquí, ¿no?
    – Yo creo que es un delincuente -afirmó Elizabeth.
    – ¿Y tú crees que Reed contrataría a un delincuente?
    Elizabeth dudó en responder. Pero finalmente dio voz a lo que le venía dando vueltas en la cabeza.
    – ¿Y si ellos tienen razón?
    – ¿Quiénes?
    – Los del Organismo regulador del mercado de valores. ¿Y si Reed tiene una vida secreta? ¿Y si su riqueza proviene realmente de sus tratos con el submundo? Ya sabes que tiene un montón de dinero…
    – Deliras, Elizabeth. Reed es un buen marido y un excelente hombre de negocios.
    Cierto, pero últimamente parecía ocultar muchas cosas.
    – No es tan buen marido -señaló Elizabeth-. Anda tonteando con la mujer del perfume de coco.
    – Tú no sabes realmente si está tonteando con la mujer del perfume de coco.
    – Me mintió sobre ella. Y yo sé con certeza que ella ha estado en nuestra casa. ¿Sabes? Mis padres me advirtieron antes de casarme acerca de la gente rica. Decían que no se podía confiar en ellos. Que eran ricos por un motivo, y que la razón no era el trabajo duro y el comercio justo.
    – Elizabeth…
    – ¿Qué?
    – Tú no estabas de acuerdo con tus padres acerca de eso, ¿lo recuerdas?
    – Me equivocaba. Y mira adonde me ha llevado.
    Hanna reprimió una sonrisa.
    – A mí me parece que tienes mucha imaginación. Olvídate de ser apuntadora o recadera. A lo mejor podrías dedicarte a escribir guiones para una futura carrera.
    – ¿Qué futura carrera? Probablemente me matarán en un fuego entre bandas de delincuentes, porque sabría demasiado para entonces.
    – Estás loca -dijo Hanna agarrando el teléfono-. ¿Cómo se llama?
    – Reed Anton Wellington Tercero.
    Hanna agitó la cabeza.
    – Me refiero a tu chófer.
    – Oh, Joe Germain. ¿Qué estás haciendo?
    – Estoy llamando a Bert Ralston. Si le dedicas sólo una hora a un periodista de investigación, no te imaginas todo lo que puede averiguar.
    Elizabeth volvió al sofá. Era una idea no del todo mala. Al menos así Hanna la creería. Y, al menos, ella sabría si corría algún peligro con Joe.
    ¿Cómo era posible que Reed le hiciera aquello?
    Hanna colgó el teléfono.
    – ¿Sabes? Anoche estabas más divertida cuando estabas borracha.
    – No te estás tomando suficientemente en serio esto -se quejó Elizabeth.
    Hanna se puso de pie para servir el té.
    – Me lo tomo todo lo en serio que merece. ¿Quieres galletas de vainilla?
    – ¿Cómo es que no tienes resaca? -preguntó Elizabeth siguiendo a Hanna a la zona de la cocina.
    – Porque no bebí tanto como tú. Por cierto, ¿cómo te sientes?
    – ¿Te refieres al margen del miedo a que me mate algún delincuente de una banda o a irritar a mi chófer?
    – Sí.
    – Tengo un poco de dolor de cabeza. Reed me dejó unas aspirinas en la mesilla.
    – Una prueba más de su naturaleza maligna y su sangre fría -bromeó Hanna.
    – Él no quería que yo sospechase nada.
    – Bueno, no lo ha conseguido, ¿no?
    – Eso es porque tengo una mente deductiva y brillante.
    – Más bien por tu paranoia.
    – He oído mentiras, he aspirado el perfume de coco.
    Sonó el teléfono de Hanna y Elizabeth se sobresaltó.
    Hanna atendió el teléfono. Apartó la boca del receptor y formó con la boca el nombre de Bert Ralston.
    – ¿De verdad? -pronunció al oír algo al otro lado del teléfono.
    – Gracias. Te debo una -y colgó.
    – ¿Y? -preguntó Elizabeth. Se sentó porque de pronto sus piernas no la sostenían.
    – Joe Germain no es un chófer. Es un guardaespaldas.
    – ¿Qué?
    – Es un guardaespaldas, Lizzy. Trabaja para una agencia nacional llamada Resolute Charter. Reed está tratando de protegerte.
    Elizabeth sintió cierto alivio momentáneo. Pero luego surgieron preguntas.
    – ¿De qué está tratando de protegerme?
    – Supongo que de los periodistas. Como también están implicados Hammond y Pysanski, el asunto del Organismo regulador del mercado de valores está atrayendo mucha atención.
    Elizabeth no tenía ni idea de quiénes eran Hammond y Pysanski. Pero Reed no era miembro de una banda de delincuentes.
    – Eso no explica la presencia de la mujer del coco -señaló Elizabeth.
    Hanna se sentó en una silla a su lado.
    – Si esperas un poco de tiempo, estoy segura de que lo de la mujer del perfume de coco se explicará solo.

    – Papá ha llamado aquí buscando una explicación.
    Elizabeth estaba encantada de oír la voz de su hermano Brandon al otro lado del teléfono.
    – ¿Por qué no me ha llamado a mí? -Elizabeth se sentó en su sofá favorito.
    – Papá cree que el FBI tiene tu teléfono pinchado.
    – Se trata del Organismo regulador del mercado de valores, y no pinchan teléfonos -replicó.
    Aunque no estaba tan segura, pensó Elizabeth.
    Si lo hacían, tal vez ella pudiera obtener alguna información sobre la mujer del perfume de coco.
    – ¿Qué tal lo llevas?
    – Bien.
    La verdad era que en aquel momento estaba más preocupada por otras cosas que por el Organismo regulador.
    – Entonces, ¿no estás preocupada? -preguntó Brandon.
    – Tiene un buen abogado, y dicen que la cosa va bien.
    Cuando terminó de hablar pensó que en realidad Reed no le había vuelto a decir nada desde el día en que habían hablado de ello por primera vez.
    – ¿Cómo van las cosas en California? -preguntó Elizabeth, animada.
    – He contratado otro veterinario, y estamos buscando dos técnicos.
    – ¿El negocio va bien?
    – Está aumentando. Todavía no estamos en la franja de impuestos en la que estás tú, pero Heather tiene puesto el ojo en una pequeña casa en la costa.
    – ¿Vas a vender la casa en la urbanización privada?
    – Con una familia que va en aumento…
    – ¿Heather está embarazada otra vez?
    Elizabeth sintió rabia al notar la pena que sentía ante aquella noticia. Los bebés siempre eran una alegría, aunque sólo fuera un sobrino. Pero no podía evitar la sensación de frustración.
    – No, Heather no está embarazada. Lucas no tiene ni un año todavía.
    – Claro… -Elizabeth sintió vergüenza por su reacción.
    – ¿Lizzy?
    – ¿Sí?
    – Lamento que no te quedes embarazada.
    Elizabeth se quedó helada y sintió un nudo en la garganta.
    – ¿Cómo has…? -preguntó.
    – Lo vi en tus ojos cuando Heather estaba embarazada -dijo Brandon con tono protector-. Y luego cuando tenías a Lucas en tus brazos… Y lo he notado en tu voz cada vez que hablabas de niños…
    – Lo estamos intentando -dijo.
    – Lo sé. Y supongo que tienes todos los recursos médicos a tu alcance.
    – Sí.
    – Te quedarás embarazada, ya lo verás.
    – ¿Cuánto tardó…? -Elizabeth se calló. No era asunto suyo.
    – ¿Cuánto tiempo tardó Heather en quedarse embarazada?
    – Sí.
    – Dos meses más o menos.
    Elizabeth sintió una intensa punzada de tristeza. Ella y Reed llevaban tres años intentándolo.
    – Ya verás como pronto tendrás un bebé en brazos -la animó su hermano.
    – ¿Y si no ocurre?
    – Es pronto para pensar en alternativas, créeme. Soy médico.
    – Eres veterinario.
    – Pero me paso mucho tiempo con ese tema en gatos, perros, caballos, cabras…
    – Yo no soy una cabra.
    – El principio es el mismo.
    En aquel momento Heather se acercó y le quitó el teléfono.
    – Tu hermano es un bruto. Lo voy a matar -dijo Heather.
    – Yo no he dicho que sea una cabra -se defendió Brandon.
    – Cállate -dijo Heather. Luego se dirigió a Elizabeth y le dijo-: Hay muchas alternativas. ¿Has intentado la fertilización in vitro?
    – Mmmm… No.
    – ¿La inseminación artificial? Con el esperma de Reed, por supuesto.
    – Me he estado tomando la temperatura.
    – Eso es bueno. Levanta las caderas, y no te muevas durante media hora después.
    – De acuerdo.
    – Brandon no lo sabe, pero yo me tomé la temperatura durante seis meses antes de quedar embarazada de Lucas, y sabía exactamente en qué momento estaba ovulando.
    La conversación con Heather la estaba tranquilizando.
    – En cuanto a las alternativas, si no funciona nada, tomaremos tus óvulos y el esperma de Reed y lo implantaremos en mi útero.
    – ¿Qué?
    – Seré tu madre de alquiler.
    – No puedes…
    – Puedo, y lo haré -dijo Heather.
    Elizabeth se emocionó. Dejó escapar un sollozo ante el ofrecimiento más generoso que un ser humano pudiera hacerle.
    – Lizzy, tú eres mi cuñada, y te quiero. Y quiero que sepas que tienes muchas opciones antes de darte por vencida. ¿De acuerdo?
    Elizabeth asintió sin poder hablar.
    – Voy a tomar eso como un sí -dijo Heather.
    – Yo también te quiero -susurró Elizabeth.
    – ¿Podéis venir a visitarnos? ¿Le está permitido a Reed irse del estado?
    La pregunta sorprendió a Elizabeth y la hizo reír.
    – Sí.
    – Bien. Hagamos un plan para vernos entonces.
    – Claro…
    – Oh, Lucas está llorando. Tengo que dejarte. ¡Os veremos pronto!
    Elizabeth se quedó mirando el teléfono. Su cuñada era un ángel.
    De pronto trató de imaginarse qué estaría haciendo Reed. O con quién estaría. Pensó en el consejo de Hanna. No era razonable pensar que él tenía una aventura.
    Lo que era razonable era preguntarse si Reed iba a ir a cenar a casa.
    Marcó el teléfono de su oficina y llamó a Reed.
    La atendió Devon.
    – Acaba de marcharse a una cena de negocios.
    – ¿Sabes en qué restaurante?
    Devon dudó.
    – Yo…
    Maldita sea. Era sospechoso.
    – No importa. Sé cuál es. Lo he apuntado esta mañana -mintió-. Creo que era Reno's, o quizás The Bridge…
    – Alexander's -dijo Devon.
    – Oh, sí, Alexander's. Gracias -dijo Elizabeth tan animadamente como pudo.
    Elizabeth decidió llamar a «su chófer» y darle alguna utilidad.
    El hombre apareció inmediatamente.
    – ¿Cómo haces para venir tan pronto? -preguntó Elizabeth cuando lo vio después de colgar.
    – Estaba aquí al lado.
    – ¿Al acecho?
    – Algo así…
    – ¿Es eso lo que haces?
    – ¿Cómo, señora?
    – Cuando no estás conduciendo, ¿simplemente estás al acecho en el edificio?
    – A veces lavo el coche -él la acompañó al ascensor.
    – ¿Y disparas a los tipos malos?
    Joe apretó el botón del ascensor sin contestar.
    – Sé que tienes un arma -insistió.
    – Porque ésta es la ciudad de Nueva York. Es peligrosa.
    Apareció el ascensor y él la invitó a que entrase primero.
    – Sé que no eres chófer.
    – Soy chófer, señora.
    – Elizabeth.
    – Señora Wellington.
    – Sé que eres mi guardaespaldas.
    Él no contestó.
    – Deduzco que no puedes confirmar ni negar que eres mi guardaespaldas, ¿no?
    Atravesaron la entrada.
    – ¿Adonde quiere ir? -preguntó Joe con tono profesional.
    – Fingiré que no lo sé. Pero creo que tú y yo deberíamos ser sinceros el uno con el otro.
    – ¿La llevo a cenar a algún sitio?
    – ¿No hay una relación especial entre guardaespaldas y protegido? ¿Una que exige completa sinceridad?
    – ¿A visitar a alguna amiga?
    – A espiar a mi marido.
    Joe se quedó inmóvil.
    – ¿Es un conflicto de intereses para ti? -preguntó Elizabeth.
    – No -contestó Joe y siguió caminando.
    – Bien. Vamos al restaurante Alexander's, por favor.

    Reed se detuvo en el vestíbulo de Alexander's y se alegró de que el informante de Selina tuviera razón.
    En el reservado separado parcialmente por una columna estaba el senador Kendrick. Estaba flanqueado por dos mujeres jóvenes. No era de extrañar. El senador tenía fama de mujeriego. No era que a Reed le importase. Su vida privada era cosa suya.
    Reed pasó por al lado del maître y fue en dirección a Kendrick antes de que éste lo viera.
    – Buenas noches, senador -dijo sin esperar que lo imitase.
    Se metió en el reservado y se puso al lado de la mujer rubia.
    El senador lo miró con expresión insegura. La mujer sonrió.
    Vino el camarero y le preguntó:
    – ¿Le apetece una copa, señor? ¿Vino?
    – Un Macallan de dieciocho años -respondió Reed-. Con un cubito de hielo.
    El camarero asintió.
    – Reed… -dijo Kendrick con un asentimiento de la cabeza.
    – ¿Ha vuelto de Washington, entonces, senador? -preguntó Reed.
    – Esta tarde.
    – He intentado ponerme en contacto con usted varias veces.
    – Recibí tus mensajes.
    – ¿Y?
    – Y mis abogados me aconsejaron no hablar públicamente del tema.
    – Por el contrario, mis abogados me aconsejaron que lo convenciera para hablar públicamente del tema.
    Kendrick frunció el ceño.
    – Me ha sorprendido leer lo de Hammond y Pysanski -Reed miró al senador, un hombre en quien había confiado durante años.
    – A mí también.
    – ¿Hay algo que yo debería saber? -preguntó Reed.
    – ¿Quieres que vayamos al aseo un momento, Michael? -preguntó la mujer morena.
    – No, el señor Wellington no se quedará mucho tiempo.
    El camarero dejó la bebida de Reed encima del mantel blanco.
    – ¿Es Reed Wellington? -preguntó la mujer rubia.
    – El mismo -respondió Reed con una sonrisa de cortesía.
    – Lo he visto en el periódico esta mañana. Es mucho más apuesto en persona -agregó la mujer.
    Reed tomó un sorbo de whisky y miró a Kendrick.
    – ¿Tiene algo que ocultar? -preguntó.
    – ¿Qué crees?
    – Creo que Hammond y Pysanski han dado un giro inesperado a los acontecimientos.
    – ¿Eso me hace culpable? -preguntó el senador
    – Eso me hace parecer culpable a mí -dijo Reed.
    – Si tú vas a la cárcel, yo voy detrás.
    – Trent afirma que es mucho mejor que demos la cara.
    Kendrick agitó la cabeza.
    – No quiero cerrar ninguna puerta.
    – ¿Qué me dices de lo otro?
    Reed no necesitaba mencionar el asesinato y el chantaje para que Kendrick comprendiera.
    – Quiero que mi familia esté a salvo y cuanta más información pueda dar usted… -dijo Reed.
    – Yo no puedo ayudarte en eso -replicó Kendrick.
    Pero Reed notó algo en la mirada de Kendrick que lo hizo sospechar. ¿Estaría el Organismo regulador para el mercado de valores en la pista de algo?
    Reed se bebió el whisky y agregó:
    – Esto no va a gustar a mi cuadro directivo.
    – Sí -dijo Kendrick-. Porque perder la contribución a la campaña de Wellington International es mi mayor preocupación ahora mismo.
    – ¿De verdad tiene una preocupación mayor ahora mismo?
    – ¿Te refieres a otra cosa que no sean los cargos del Organismo regulador?
    – Cargos de los cuales somos inocentes -dijo Reed mirándolo fijamente para ver su reacción.
    – Como si eso importase. Lee los periódicos, sigue las noticias… ¿Quién no quiere ver a un senador corrupto y a un millonario ir a la cárcel?
    – ¿Sí? Bueno, yo creo que las posibilidades de ir a la cárcel disminuyen notablemente si no cometes un delito.
    – Esa ha sido siempre mi primera línea de defensa -dijo Kendrick.
    – Entonces, deje que Trent grabe sus afirmaciones.
    Kendrick agitó la cabeza.
    – No puedo hacerlo.
    – Voy a averiguar por qué -le advirtió Reed.
    Esperó un momento. Pero Kendrick no respondió.
    Entonces Reed deslizó su vaso hacia el centro de la mesa y se puso de pie.

Capítulo Seis

    Elizabeth, de pie en la cocina, se preguntó cuánto hacía que Reed y ella no comían en el comedor…
    Claro que Reed no iba a tener hambre, después de aquella bonita cena de cuatro en Alexander's.
    Oyó la llave en el cerrojo del ático.
    Ella se había sentido tentada de hacer las maletas y marcharse antes de que él llegase, pero no dejaba de oír la voz de Hanna en su cabeza pidiéndole que pensara que Reed no era culpable hasta que se demostrase lo contrario.
    Bueno, Reed lo iba a tener que demostrar de un modo u otro.
    – ¿Elizabeth? -llamó Reed.
    – ¿Un día duro? -preguntó ella mirando de reojo el reloj que marcaba las diez y cuarto.
    – Me han retenido en varias reuniones.
    – Ah… -asintió ella-. ¿Con alguien en particular?
    – La última ha sido con Collin
    – ¿Sólo con Collin?
    – Sí -la miró extrañado.
    – Hmm… ¿Has comido? ¿Estabas en el despacho?
    – Estaba abajo. En el apartamento de Collin.
    Ella no respondió.
    – Podemos pedir que nos traigan algo de Cabo Luca -Reed agarró el teléfono.
    – ¿No has comido? -preguntó ella, sorprendida.
    – Ni un bocado. Estoy muerto de hambre.
    Ella se sorprendió de que su marido mintiera tan bien.
    – ¿Ninguna otra reunión esta noche?
    – ¿A qué viene tanta curiosidad?
    – Sólo intento darte conversación. Quiero saber cómo ha ido el día de mi querido esposo.
    – Cuéntame tú. ¿Algo nuevo sobre la fiesta de nuestro aniversario?
    – Hemos elegido las servilletas.
    – Eso está bien.
    – ¿Nada sobre el senador Kendrick?
    Reed entornó los ojos.
    – ¿Por qué preguntas eso?
    – Por la investigación del Organismo regulador.
    – Te he dicho que no te preocupes por eso.
    – Bueno, estoy preocupada por ello. Leo los periódicos.
    – Lo he visto brevemente hoy.
    – ¿Sólo a Kendrick?
    – Sí. Trent ha pensado que era mejor que hablase a solas con él. Por si quieres saberlo, queremos que haga una declaración pública diciendo que somos inocentes. De esa forma, todo se aclarará.
    Elizabeth se rió forzadamente.
    – ¿Inocentes? -repitió.
    – Por supuesto.
    A Elizabeth se le hizo un nudo en la garganta, pero cuando pudo hablar levantó la voz:
    – No sé qué diablos estabais haciendo Kendrick y tú durante cuatro horas con esas dos supermodelos, pero no me pareció nada inocente…
    Reed la miró, agrandando los ojos.
    – Vaya -murmuró.
    – ¿Quiénes eran, Reed? Si te acuerdas de sus nombres… Hace un mes habría jurado sobre la Biblia que eras un esposo fiel. Luego he pensado que había una mujer. Ahora no sé cuántas puede haber. ¿Cuánto tiempo hace que vives una mentira?
    – ¡Elizabeth! -se acercó a ella.
    Ella rodeó el sofá.
    – Aléjate de mí.
    – Te juro que no tengo ni idea de qué estás hablando.
    – Jura todo lo que quieras, Reed. Porque sé lo bien que mientes.
    – He sido totalmente fiel -dijo con sinceridad.
    – ¿Por eso no quieres hacer el amor conmigo? ¿Ha sido por ella?
    – No hay ninguna «ella». No he hecho el amor contigo porque no has querido que te toque. Luego he estado trabajando. Y después te has emborrachado. Quiero tener un niño tanto como tú, pero no estoy dispuesto a hacerle el amor a una esposa inconsciente.
    – Entonces quizás sea mejor que tengas un niño con otra persona -dijo ella con un sollozo.
    Sus propias palabras le habían dolido. Ella lo amaba, y le dolía la idea de que él tuviera un hijo con otra persona.
    – ¿Con quién? -preguntó él, enfadado.
    – No lo sé. Tal vez con la rubia que estaba encima de ti en el restaurante, o tal vez…
    – No sé qué te ha dicho la gente. Pero mi reunión con el senador ha sido…
    – ¿Dicho? -ella se rió-. Nadie me ha dicho nada. Yo estuve allí. Te he visto, Reed. La vi a ella.
    – ¿Cómo…?
    – Me ha llevado el chófer ¿O es mejor que diga mi guardaespaldas, Joe, de Resolute Charter? ¿Me está protegiendo de otras mujeres?
    – La rubia no era nadie. Ni siquiera sé su nombre. Esa mujer estaba con el senador…
    – ¡Deja de mentirme!
    Reed se acercó a ella y la agarró por los hombros.
    – No te estoy mintiendo sobre la rubia. La vi durante veinte minutos. Confírmalo con Collin, si quieres. Y sí, he contratado un guardaespaldas. Pero también es chófer. ¿Quieres ir al centro? ¿Quieres beber con Hanna? ¿Quieres ir a buscar trabajo? De acuerdo. Pero quiero que estés a salvo mientras lo haces -Reed siguió hablando-: Estoy bajo una investigación, Elizabeth. Te juro por Dios que soy inocente, y nadie va a demostrar lo contrario. Pero la opinión pública piensa algo distinto. Podrían abordarte periodistas o gente común por la calle. Joe va a protegerte.
    – ¿No te importa que busque un trabajo?
    – En absoluto. Si tienes intención de hacerlo, lo harás. Tú no eres mi prisionera, Elizabeth. Aunque a veces desearía que lo fueras -confesó.
    – ¿Cómo puedo creerte? -preguntó ella.
    – ¿Puedo demostrarte que jamás me he acostado con otra mujer?
    Ella deseaba ardientemente que pudiera hacerlo.
    – Ningún hombre puede demostrar eso. Pero nadie puede demostrar que lo he hecho tampoco. Te juro que no te he sido infiel. Te amo, Elizabeth -sus manos se relajaron en sus brazos, y él la abrazó.
    – Tengo tanto miedo… -ella derramó unas lágrimas.
    – Yo te mantendré a salvo.
    – Tengo miedo de ti, miedo de nosotros, miedo de que no podamos lograrlo. Quiero creerte, Reed. Deseo tanto poder creerte…
    El se echó atrás y le agarró la cara con una mano.
    – ¿Qué sucede? ¿Qué está pasando realmente?
    – Es como si ya no te conociera… Y tú no me conocieras a mí. No es que haya mucho que conocer. Ya no soy nada…
    – Tú lo eres todo para mí -dijo Reed.
    – Pero yo necesito ser todo para mí. Necesito tener mi propia vida, mi propia identidad.
    – ¿Para que te sea más fácil dejarme?
    – ¿Tú quieres dejarme?
    – Jamás.
    – Dímelo sinceramente -dijo ella.
    – Jamás. Vayámonos fuera, solos tú y yo. Haremos un viaje. Haremos el amor en cualquier momento, cuando queramos. Olvídate del estúpido termómetro.
    Era una oferta tentadora.
    Fuera de Nueva York lo tendría todo para sí, pensó ella.
    – A París o Marsella… -dijo él.
    Con aquella expresión relajada, Reed parecía el hombre del que ella se había enamorado.
    Él la besó. Y ella sintió la tentación de dejarse envolver por él. Pero antes tenía que solucionar otros asuntos.
    – ¿Hablas en serio? -preguntó ella.
    – Totalmente. Reservaré el avión particular.

    Reed encontró un chalet en el pequeño pueblo de Biarritz en el sur de Francia, con vistas al Atlántico, castillos y caminos de piedras. Tenían un chef a su disposición, y sobre todo, no había Organismo regulador del mercado de valores, ni chantajes. Era un lugar paradisíaco.
    Pero debajo de la alegría de Elizabeth había un fondo de tristeza.
    Reed pensó que tenía que mejorar su relación con Elizabeth. Lo de la rubia de Alexander's había sido la guinda de la tarta. Muchos malentendidos.
    Y no estaba seguro de por qué ella había desconfiado de él, en primer lugar.
    Le parecía que todo había empezado con su descabellada idea de buscar trabajo. ¿Estaría aburrida? ¿Sola?
    A él le habría encantado pasar más tiempo con ella y también le habría encantado darle un hijo. Y estaba haciendo todo lo que podía de su parte. Pero no lo lograba. Y últimamente el mundo parecía estar en contra de él para colmo…
    Elizabeth no era feliz, y él, como esposo, tenía que solucionar el problema.
    – ¿Estás cansada? -le preguntó-. ¿Quieres echarte una siesta?
    – ¿Podríamos dar un paseo por la orilla del mar mejor?
    – Por supuesto.
    Después de que Elizabeth fuera a cambiarse salieron tomados de la mano.
    – Es maravilloso -dijo ella mirando el mar.
    – Creo que el pueblo está por allí -Reed señaló hacia el sur, hacia los viñedos, los edificios de piedra y los hoteles internacionales.
    – Vamos a comprobarlo -propuso ella.
    Empezaron a caminar
    Se encontraron con varias tiendas en el camino y echaron un vistazo a su mercadería. En una de ellas, Elizabeth se había interesado por unas bufandas de colores, y Reed se las había comprado.
    Finalmente ella le contó que había tenido una conversación con Heather
    – Fue una conversación extraña… Ellos saben que estamos intentando tener un niño -dijo Elizabeth.
    – ¿Se lo has contado tú? -preguntó Reed.
    Ella agitó la cabeza.
    – Brandon me ha dicho que lo veía en mis ojos cuando miraba a Lucas, y en mi voz cuando hablaba de él.
    Reed asintió.
    – Heather… -Elizabeth dudó-. Se ofreció a ser una madre de alquiler.
    Reed se quedó petrificado.
    ¿Sabía algo Elizabeth que no sabía él? ¿Le había dado alguna mala noticia el doctor Wendell? ¿Tenía algo que ver aquello con esa tontería de su infidelidad?
    – ¿Por qué? -preguntó él-. ¿Te has hecho más pruebas?
    – No. Pero llevamos tres años intentándolo sin éxito.
    Era verdad, pero el primer año y medio no habían intentado tener un niño, simplemente no habían intentado evitarlo.
    Habían pensado que sucedería naturalmente. Miles de mujeres se quedaban embarazadas todos los días.
    – No me gusta esto -dijo Reed-. No es asunto de Brandon. Ni de Heather. Hay demasiada gente entrometiéndose en nuestra vida.
    – Ella intentaba…
    – No me importa. Quiero que termine. Yo te quiero a ti y solo a ti. Quiero que lo nuestro sea como era antes, contigo transpirando y gimiendo…
    – ¿Reed? -lo miró como censurándolo.
    – Te echo de menos -dijo él.
    – Yo también te echo de menos -susurró ella, apoyándose en su brazo.
    – No quiero que seamos conscientes de que estamos haciendo el amor.
    – Lo sé.
    – Mis padres… -él se calló.
    No quería que Elizabeth sintiera más presión por la ansiedad de sus padres.
    – Es posible que estén locos acerca de mi pedigree -dijo ella continuando con lo que él iba a decir-, pero definitivamente quieren que tengas descendencia.
    – Mis padres son esnobs.
    – ¿De verdad? -ella sonrió.
    Él le apartó un mechón de cabello de la cara con suavidad.
    – ¿Podemos hablar un poco más de gemidos y sudor? -sugirió ella.
    Él se excitó instantáneamente.
    – No, aquí no podemos -dijo él.
    – ¿Y en el chalet? ¿En una de las diez habitaciones que tiene?
    – He visto que la cama grande tiene columnas -comentó él, ansioso de repente por llegar a la casa.
    Ella sonrió.
    – Hacer el amor debe ser un juego y una diversión -dijo él.
    – Parece como si quisieras atarme a la cama, ¿no?
    – Absolutamente -dijo Reed.
    Ella se rió.
    Reed le agarró la mano y fueron en dirección al chalet.

Capítulo Siete

    En el chalet, Jean Louis, el chef, se alegró de verlos. Y cuando Elizabeth vio la hermosa mesa puesta y el aroma de la comida, supo que tendrían que postergar el hacer el amor.
    Se excusó para cambiarse y se puso un vestido de noche negro.
    Reed estaba esperándola abajo.
    – ¿Me acompañarías a la bodega? -le dijo.
    Ella sonrió. Se sentía relajada, sexy y juguetona por primera vez después de meses.
    – ¿Puedo confiar en ti en la bodega? -preguntó.
    Reed sonrió.
    – Ven y lo comprobarás.
    Ella fingió dudar, pero su marido la guió por un pasillo corto que terminaba en una puerta de madera.
    La escalera de piedra que había detrás de la puerta era estrecha y la luz era tenue.
    Reed la agarró de la cintura mientras bajaban las escaleras.
    Allí él encendió una luz, y ella exclamó, sorprendida.
    – Estamos buscando la fila ocho -dijo él.
    – ¿Qué estamos buscando? -preguntó Elizabeth.
    – Esto -él la agarró por las caderas y la subió a una mesa antigua en medio del pasadizo.
    – ¿Qué…?
    Él la silenció con un beso. Se puso entre sus rodillas y la estrechó en sus brazos.
    Siguió besándola. Sus labios eran suaves, húmedos, y se abrieron para ella. La lengua de Reed exploró su boca con avidez. El deseo se apoderó de Elizabeth de los pies a la cabeza.
    Las manos de Reed se deslizaron por sus rodillas desnudas. Reed le besó el cuello, las orejas, los hombros, mientras ella se aferraba a sus brazos para sujetarse.
    Le acarició las piernas.
    – Tenía el presentimiento de que no podía confiar en ti aquí -dijo ella.
    Él metió los dedos por debajo de la goma de sus braguitas y se las bajó.
    – Aquí no -exclamó ella.
    Ella miró alrededor, la habitación era fría y polvorienta.
    – No, aquí no.
    Pero él le bajó las braguitas totalmente y se las quitó. Luego se las metió en el bolsillo.
    – Más tarde -dijo él con mirada ardiente.
    – Pero…
    Él la acalló con un dedo en sus labios.
    – Estarnos de vacaciones, Elizabeth. Podemos jugar.
    Reed la bajó de la mesa, y le alisó la falda.
    Luego la llevó hacia la escalera de piedra.
    – ¿Reed?
    – ¿Sí?
    – El vino.
    – Tienes razón.
    Elizabeth se apoyó en la sólida mesa y dejó que Reed eligiera el año y la cosecha. Si había algo que sabía su marido era elegir un buen vino.
    Lo observó buscar una botella entre todas las que miró.
    Era un hombre muy atractivo. Ella se excitó al mirarlo.
    No pudo evitar imaginar la cama de columnas.
    Pero Reed y ella tenían problemas que una noche de placer no podría arreglar. No obstante, comunicarse sexualmente no les haría daño alguno. Incluso los ayudaría. Y podría ser satisfactorio.
    – Después de ti -dijo él, haciendo un gesto hacia la escalera con una de las botellas que había escogido.
    Una mujer joven estaba ayudando a Jean Louis en la cocina. Esta les sirvió alcachofas y ensalada. A eso le siguió sopa de zapallo, gambas, salmón y una bandeja de quesos. Finalmente, la tarta más deliciosa que Elizabeth había comido jamás.
    Para cuando retiraron los platos, Elizabeth se había quitado los zapatos y se había acomodado en un sofá de estilo Luis XV.
    – Ven aquí -le dijo Reed con una sonrisa, fijando sus ojos azules en ella.
    Ella se excitó de repente. Dejó la taza de café, extendió las piernas y caminó hasta donde estaba Reed.
    Él tomó su mano y la sentó en su regazo. Le soltó el cabello y le besó el cuello.
    Se oyeron unos pasos en la puerta y ella se puso rígida al ver a Jean Louis.
    Reed le agarró la mano para que ella no se bajara de su regazo.
    – No necesitamos nada más esta noche -dijo Reed al chef.
    – Bonne nuit, monsieur -dijo Jean Louis.
    – Lo será -susurró Reed a Elizabeth cuando el chef cerró la puerta.
    – Ha sido incómodo -dijo Elizabeth.
    – ¿El exhibicionismo no es una de tus fantasías?
    Ella se sorprendió. Las fantasías no solían ser tema de conversación en su matrimonio.
    – No -contestó.
    Él se rió y la besó.
    – Lo tendré en cuenta.
    – De verdad, Reed. No…
    – Ya está apuntado… No voy a olvidarme.
    – Pero…
    Él la besó profundamente en la boca. Con la mano le acarició la zona de detrás de la rodilla y deslizó su mano por el muslo, recordándole que estaba desnuda bajo el vestido negro.
    Elizabeth lo rodeó con sus brazos y pronunció su nombre entre besos. Él volvió a besarla apasionadamente.
    Ella rozó su torso con los pechos. Sus pezones se endurecieron, eran sensibles a la tela de su vestido. Su piel empezó a estremecerse a su tacto.
    Reed le agarró el trasero desnudo y se deslizó hacia su espalda, levantándole el bajo del vestido hasta las caderas. Empezó una íntima exploración y pronto ella comenzó a sudar.
    Ella le desabrochó los botones de la camisa y puso la mano en su pecho, empezando a acariciarlo.
    – Te he echado de menos -susurró él.
    Ella asintió. Las palabras estaban fuera de su alcance en aquel momento. Sentía la suavidad de la piel de Reed, sus músculos firmes, el fuego en sus venas.
    Él le acarició la pierna, la rodilla, jugó con el arco de su pie. Ella echó atrás la cabeza y los besos de Reed encontraron su cuello. Luego bajó la boca hasta su pecho. Besó sus pezones a través de la seda del sujetador.
    Ella gimió.
    – Te quiero -susurró Reed contra su pecho-. Estoy locamente, apasionadamente enamorado de ti.
    – Oh, Reed.
    – Pase lo que pase…
    Reed la levantó en brazos y la llevó por el pasillo hasta su dormitorio. Luego cerró la puerta.
    Las luces estaban apagadas pero la iluminación del pueblo y la luz del faro daban una cierta luminosidad a la habitación.
    Reed la sentó en el borde de la cama. Luego se quitó la chaqueta y la corbata. Tenía la camisa abierta. Se agachó y se arrodilló y le abrió a Elizabeth las piernas para ponerse en medio de ellas.
    Ella lo besó y hundió los dedos en su pelo. Se echó hacia delante y entró en contacto con el pecho de Reed.
    Él le quitó el vestido, le desabrochó el sujetador y éste cayó entre ellos. Luego la miró y la tumbó suavemente en la cama. Él le acarició el vientre, el ombligo, el espacio entre sus pechos y los hombros.
    Su boca siguió a sus manos, trazando el rastro con besos en todo su cuerpo, y finalmente la besó en la boca tirando de ella hacia él.
    Elizabeth sintió el algodón de su camisa sobre su piel, su vientre, sus pechos.
    El beso se hizo más profundo y ella hundió los dedos en su espalda y cerró los ojos. Se estremeció de deseo.
    Luego los abrió y vio algo amarillo. Reed le extendió el brazo izquierdo y pasó uno de los pañuelos a lo largo de él.
    Estaba bromeando, pensó ella. Tenía que estar bromeando.
    Pero Reed se lo ató a la muñeca y, por el otro lado, a un poste de la cama.
    Él movió su otro brazo y ella sintió la misma sensación. Se estremeció.
    – ¿Reed?
    – Confía en mí -susurró él.
    Entonces se puso de pie y se quitó la camisa y todo lo demás.
    Ella estaba inmóvil, sin mover el brazo. Miró el cuerpo magnífico de Reed. Tenía el pecho ancho, los hombros fuertes, los brazos tonificados, las manos hábiles.
    Se inclinó hacia Elizabeth y ella tragó saliva.
    Reed la situó en el centro de la cama. Puso una rodilla a cada lado de su vientre, sin poner peso sobre ella.
    Le extendió el brazo derecho otra vez y le anudó un extremo a la muñeca.
    No lo haría en serio, ¿no?, se preguntó ella.
    Reed ató el otro extremo del pañuelo a la columna de la cama.
    – Reed…
    – ¿Crees que voy a hacerte daño?
    Negó con la cabeza.
    – ¿Crees que te haría algo que no te apeteciera?
    Ella volvió a agitar la cabeza.
    – ¿Confías en mí?
    Elizabeth asintió.
    – Bien.
    Él la besó en la boca apasionadamente. Ella lo habría abrazado, pero su instinto le decía que se quedara quieta.
    Él le besó la mandíbula, el cuello, los hombros. Jugó con uno de sus pezones y luego lo metió en su boca.
    Elizabeth gimió y se arqueó y entonces él se ocupó de su otro pezón.
    Ella se estremeció de placer.
    Pronunció su nombre, pero él siguió acariciando su vientre, sus piernas, sus rodillas, hasta sus tobillos.
    Luego deslizó una mano por la parte interior de un muslo y subió lentamente hasta su centro. Y ella casi se murió de placer.
    Separó las piernas.
    – Ahora, Reed -dijo.
    Él se puso encima de ella, y entró dentro con un solo movimiento. Elizabeth dio un gemido gutural y lo rodeó con sus brazos instintivamente. Los pañuelos se cayeron y ella se dio cuenta de que no los había atado realmente. Se aferró a él fuertemente con las piernas para sentirlo.
    La sensación fue abrumadora. Ella estaba ardiendo, mientras sus cuerpos se encontraban.
    Sintió una sensación casi insoportable en su cerebro y en su cuerpo, un latido rápido, caliente, que irradiaba todo su cuerpo.
    Gimió el nombre de Reed y apretó su cuerpo contra el de él mientras el ritmo de Reed se hacía cada vez más rápido y más violento, hasta que algo estalló dentro de ella, y la dulce miel pareció derramarse en todo su cuerpo.
    Luego, su pulso volvió lentamente a la normalidad.
    Reed le alisó el pelo.
    – Eres hermosa.
    – Te quiero -respondió ella.
    Él la estrechó fuertemente y rodó con ella por la cama.
    Reed le acarició el cabello nuevamente, con la cabeza de Elizabeth apoyada en su hombro.

    Su viaje a Biarritz fue como una segunda luna de miel.
    Caminaron por la playa, alquilaron un yate, hicieron surf y visitaron tiendas pequeñas, incluso compraron un cuadro que enviaron por barco.
    Hicieron el amor todos los días y fue como volver a conocerse.
    Él temía el regreso a la realidad. Había llamado a Collin, a Selina y a Devon todos los días, pero sin interrumpir el ritmo pausado que tenía con Elizabeth.
    Pero sabía que se le estaban acumulando cosas en el escritorio, y que tenía que volver.
    Habían anunciado lluvia.
    Que lloviera. Le daba igual, pensó él. Reed imaginaba una tarde de lluvia maravillosa con su increíble esposa, dentro del chalet.
    – ¿Por qué no puede ser siempre así? -preguntó ella.
    – ¿Te refieres al atardecer?
    – Me refiero a nosotros. A estar juntos, sin problemas.
    Reed sonrió.
    – Bueno, en primer lugar, nos quedaríamos sin dinero.
    Ella se incorporó para mirarlo.
    – ¿Sí?
    – Por supuesto.
    – Tal vez podríamos vender algunas empresas. O tal vez podrías contratar a un director que te las dirigiera, ¿no?
    – No funciona así.
    Todo en su conglomerado estaba interconectado. Y también estaba interconectado con las empresas de su padre. Wellington International corno un todo valía mucho más que la suma de sus partes.
    – Entonces, ¿cómo funciona? -preguntó ella.
    Reed no sabía bien cómo explicarle las complejidades de su trabajo.
    – Las empresas dependen unas de otras -le dijo-. Y alguien tiene que ocuparse de toda la escena.
    – ¿Y qué me dices de Collin?
    – Collin tiene su propio trabajo. No puede hacer el mío también.
    Ella dejó escapar un suspiro.
    – Me parece que exageras. No creo que seas imprescindible. Esta semana no te han echado de menos.
    – Una semana no es mucho tiempo.
    Y él había estado controlando unas cuantas cosas desde su ordenador portátil y el teléfono.
    – Me gusta que pasemos tiempo juntos.
    – A mí también me gusta que pasemos tiempo juntos.
    Alguien golpeó suavemente la puerta.
    – ¿Señor Wellington?
    – ¿Sí?
    Reed abrió la puerta y vio a uno de los empleados de la casa.
    – Una llamada telefónica para usted, señor.
    – Evidentemente, debe de ser algo importante -dijo Elizabeth.
    – Evidentemente -repitió él.
    Había decidido tener el teléfono móvil apagado casi todo el tiempo, y le había pedido a la gente de la oficina que no se pusiera en contacto con él a través del teléfono del chalet salvo que fuera una emergencia.
    El hombre uniformado le indicó dónde estaba el teléfono. Este estaba en un rincón de la habitación. Reed se sentó en una silla.
    – ¿Sí?
    – Reed, soy Mervin Alrick. Reed se sorprendió de oír la voz del padre de Elizabeth.
    – ¿Señor Alrick?
    Elizabeth miró a Reed frunciendo el ceño.
    – Me temo… Me temo que te llamo para darte una noticia terrible.
    El pecho de Reed se comprimió.
    – ¿Sí? -preguntó lentamente.
    Elizabeth lo miró, preocupada.
    – Se trata de Brandon.
    – ¿De Brandon?
    Elizabeth se puso de pie.
    – Brandon y Heather han tenido un accidente de coche en la costa.
    – ¿Están bien? -Reed extendió la mano hacia Elizabeth, y ella se acercó para tomársela.
    – ¿Qué? -susurró ella.
    – Me temo… -Mervin carraspeó.
    – ¿Señor Alrick?
    – Han muerto.
    – ¿Ellos?
    – Ambos -dijo Mervin con voz rota.
    Reed tiró de Elizabeth hacia él. Al ver la expresión de Reed, ella lo miró con miedo.
    – Díselo a Elizabeth -agregó Mervin.
    – Sí, por supuesto. Iremos allí lo antes posible. ¿Y Lucas?
    – Está bien. Él estaba con la niñera.
    – Mi avión está en Francia. Iremos directamente a San Diego.
    – Sí… Bueno… -Mervin estaba intentando mantener el control.
    – Lo llamaremos pronto -dijo Reed y colgó.
    – ¿Reed? -preguntó Elizabeth.
    Él se dio la vuelta para mirarla, y puso una mano en cada uno de sus hombros.
    – ¿Porqué tenemos que ir…?
    – Se trata de Brandon -dijo Reed. No sabía cómo decírselo-. Ha muerto en un accidente de coche hoy.
    Elizabeth negó con la cabeza.
    – ¡No! ¡No! ¡No puede ser!
    – Heather ha muerto también.
    Elizabeth dio un paso atrás. Seguía agitando la cabeza.
    – Lo siento mucho, cariño.
    Brandon era su único hermano y ella lo adoraba.
    – ¡No puede ser! -susurró Elizabeth con lágrimas en los ojos.
    Reed la estrechó en sus brazos. Ella se quiso soltar.
    – No… No es posible… No puedo creerlo… No lo creo…
    – Tengo que llamar a Collin -Reed agarró el teléfono sin dejar de abrazarla-. Él se pondrá en contacto con el jet y organizará todo.
    Elizabeth dejó escapar un gemido que rompió el corazón de Reed.
    – Tenemos que ir a California -dijo Reed-. Lucas nos necesita.
    Elizabeth levantó la mirada y se quedó petrificada.
    – ¿Y Lucas?
    – Lucas está bien. Está con su niñera. Pero tenemos que estar con él.
    Ella asintió. Las lágrimas corrían por su rostro sin parar. Reed rodeó sus hombros y usó la otra mano para llamar a Collin.

Capítulo Ocho

    Elizabeth pasó la siguiente semana en un estado de shock, teniendo a Lucas en brazos, consolando a sus padres, asistiendo al funeral en California.
    Afortunadamente, Reed se ocupó de todos los asuntos legales del testamento. Su hermano había nombrado a Elizabeth como custodia de Lucas y a Reed como administrador de su finca. Entre Reed y Collin ella sólo había necesitado firmar papeles y recoger las cosas de Lucas.
    Había visto brevemente a los padres de Heather en el funeral. Estos estaban prácticamente paralizados por el dolor. Apenas habían hablado, pero habían abrazado a Lucas todo el tiempo, claramente afectados por el hecho de que se mudaba a Nueva York.
    Por fin, estaban de regreso en el ático. La habitación de Lucas ya estaba arreglada y decorada y él estaba adaptándose bien a una rutina con Elizabeth. Seguía un poco triste y confuso por momentos, pero ya había empezado a gatear por el piso, poniéndose de pie agarrado a los muebles, y demostrándole a Elizabeth que tenía que hacer muchos cambios si quería proteger tanto a él como a sus valiosas antigüedades.
    Elizabeth le dio un ligero beso en el pelo y lo puso contra su hombro para llevarlo a su cuna. Aquel día se le había hecho tarde para la siesta. Lucas había estado muy inquieto y caprichoso y había mordido todo lo que encontraba a su paso.
    Al pobre le estaban saliendo los dientes, y lo estaba pasando mal.
    Elizabeth se puso de pie. Hubo golpes en la puerta y el niño se sobresaltó en sus brazos. Ella lo acunó inmediatamente, rogando que permaneciera dormido.
    Rena apareció desde la cocina, secándose las manos en un paño.
    Elizabeth le hizo señas para que no despertase al niño, y el ama de llaves se dirigió a la puerta de entrada mientras Elizabeth llevaba al niño por el pasillo. Luego lo dejó suavemente en la cuna.
    Dejó la puerta entreabierta y volvió al salón.
    Allí encontró a Rena con un sobre en la mano.
    – Es para usted -dijo la mujer.
    La dirección del remitente era de unos abogados de California. Elizabeth suspiró. Debía de ser algo relacionado nuevamente con el testamento.
    – Estaré en el despacho de Reed.
    Abrió el sobre del correo privado y leyó por encima la carta. Algo le oprimió el corazón. Pero decidió leer detenidamente la carta.
    Los padres de Heather querían a Lucas. Aquélla era una notificación legal en la que la familia Vance se oponía al testamento.
    Querían que Lucas volviera a California, querían criarlo ellos, se oponían a los deseos de Heather y Brandon y querían quitarle a su sobrino.
    Con mano temblorosa, Elizabeth marcó el número de Reed.
    No estaba en la oficina. Entonces, trató de localizarlo en el móvil. Pero saltó su contestador y tuvo que dejar un mensaje.
    Rena volvió a golpear la puerta.
    – ¿Señora Wellington? -Rena apareció en la puerta del despacho-. Hanna Briggs ha venido a verla.
    – Que pase.
    – ¿El bebé ya está dormido? -preguntó Hanna con una sonrisa en los labios cuando entró. Pero, al ver la expresión de Elizabeth, dejó de sonreír
    – Echa una ojeada a esto -dijo Elizabeth y le dio el papel.
    – No pueden hacer esto -dijo Hanna.
    – Lo están haciendo. Creen que serán mejores padres que yo.
    – Eso es ridículo.
    – Alegan que han visto a Lucas todos los días de su vida, que San Diego es un lugar mucho mejor para criar a un niño, que Lucas los conoce mejor. Además de eso, ellos son padres con experiencia, mientras que yo… -la voz de Elizabeth se quebró-. Yo sólo tengo experiencia en comprar ropa de diseño y organizar fiestas.
    Hanna le agarró la mano.
    – Eso es una locura.
    – No se equivocan. Yo, efectivamente, compro ropa de diseño y organizo fiestas. Y hasta la semana pasada, no había cambiado un pañal en mi vida.
    – Bueno, tienes razón. Porque el cambio de pañales es la primera cosa en la que piensa un juez a la hora de determinar la custodia de un niño.
    – Sabes a qué me refiero.
    – Lo sé. Pero te estás adelantando a los hechos.
    Elizabeth sabía bien lo que quería decir Hanna. Se había adelantado a los hechos cuando había pensado que Reed la engañaba con otra mujer y cuando había pensado que Joe era un delincuente.
    – No puedo ponerme en contacto con Reed.
    – Probablemente esté en una reunión.
    – El siempre está en una reunión.
    Desde el viaje a Francia las cosas entre ellos habían mejorado, pero ella sentía que, lentamente, volvían al estado anterior. Y aunque estaba muy ocupada con el pequeño Lucas, no podía dejar de notar que Reed tenía las noches llenas de obligaciones por sus numerosos negocios.
    – Tal vez deberías llamar a Collin -sugirió Hanna.
    – Tú odias a Collin.
    – Sólo porque es abogado. Pero tienen su utilidad.
    Elizabeth pensó en aquello.
    ¿Esperaba a ponerse en contacto con Reed? ¿O empezaba a actuar por su cuenta? Tenía que desarrollar cierta independencia de Reed.
    Decidió llamar a Collin.
    Reed no estaba con él. Pero Elizabeth decidió hablarle.
    – En realidad, necesito un consejo legal.
    Hubo una pausa. Luego Collin dijo:
    – Por supuesto.
    Elizabeth le contó lo que había sucedido y los detalles del caso.
    – ¿Sabe Reed esto?
    – No he podido ponerme en contacto con él.
    – Le diré que te llame -Collin colgó.
    Elizabeth colgó frunciendo el ceño.
    – No me ha servido de mucha ayuda.
    Sonó el teléfono.
    Elizabeth contestó, aliviada.
    – ¿Has recibido mi mensaje? ¿Por Collin? Creí que no estabas con Collin.
    – No estoy con él. Collin me ha llamado.
    O sea que atendía las llamadas de Collin y no las suyas, pensó Elizabeth.
    – ¿Dónde estás? -preguntó ella.
    – ¿Qué sucede? Collin me ha dicho que los Vance se han puesto en contacto contigo.
    Elizabeth le explicó el contenido de la carta.
    – Collin va a pasar por el ático para llevarse los papeles -dijo Reed-. No quiero que te preocupes por ello.
    – ¿Cómo puedo no preocuparme por ello? -Elizabeth miró el reloj. Eran casi las cinco-. ¿No vas a venir a casa ahora?
    – Tardaré un poco. Tengo… una llamada internacional que hacer con la Costa Oeste.
    – Comprendo -Elizabeth no lo creyó totalmente.
    Había habido algo en el tono de su voz que no le había sonado a verdad, algo que le hacía pensar que estaba buscando excusas.
    No le gustaba sentir aquello, pero cuanto más se alejaban del viaje a Biarritz, más palidecía la confianza. Si la amaba como decía, ¿no debería acudir corriendo a casa? ¿No deberían ser ella y Lucas lo más importante en su vida?

    Reed le pidió a Collin que fuera al ático. Juró por el hecho de que él no pudiera ir inmediatamente. Elizabeth tenía demasiadas cosas encima: el cuidado de Lucas, la superación de la muerte de su hermano… ¡Y ahora, además, aquello!
    Collin se marchó de la sala de juntas, y Gage entró.
    – ¿Qué ocurre? -preguntó Gage, y tomó asiento.
    – Esto -Reed deslizó otra carta del extorsionador-. ¡No la toques! -le advirtió a Gage. Si él no las hubiera borrado abriendo la carta, la policía podría obtener huellas. Gage leyó la carta.
    Hammond y Pysanski son el principio. Yo soy el único que puede parar esto ahora.
    ¡Paga!
    – ¿Quién es este tipo? -Gage tenía una mirada turbulenta.
    Reed agitó la cabeza.
    – Trent evitó que llegase a los medios la conexión con Hammond y Pysanski.
    – ¿Es alguien cercano a ti? ¿O alguien relacionado con la policía?
    Reed no tenía ni idea, pero aquel giro que estaban dando los acontecimientos era muy inquietante.
    – No lo sé, pero si es alguna de las dos cosas, tendríamos que preguntarnos hasta dónde llega el asunto.
    – ¿Realmente crees que te tiene atrapado? ¿O que puede atraparme a mí? ¿Por qué no me ha chantajeado a mí? -dijo Gage.
    – Quienquiera que sea, lleva planeándolo mucho tiempo. Quizás haya conseguido alguna prueba contra mí pero no contra ti.
    – ¿Yo soy sólo un daño colateral?
    Reed se rió.
    – Tal vez. O quizás piense que yo valgo más dinero.
    – Lo vales.
    – Es por eso…
    – Diez millones. ¿Cuánto tiempo te llevaría juntar ese dinero?
    – Cinco minutos.
    Gage asintió al ver a Selina entrar en la habitación.
    Ella extendió la mano hacia el maletín, sacó una bolsa de plástico y metió la carta dentro. Luego la cerró, se sentó y la leyó.
    – Llevaré esto a un laboratorio privado. Dudo que consigamos huellas digitales. La operación ha sido demasiado sofisticada como para cometer un error como ése.
    – ¿Y la policía? -preguntó Reed a Selina.
    – No voy a darle esto al laboratorio corrupto de la policía. Me pondré en contacto con ellos más tarde.
    – ¿Hay más pistas? ¿Algo más con lo que seguir?
    – Todavía sigo con lo de Hammond y Pysanski. En mi opinión, tenemos más posibilidades de solucionar el tema del Organismo regulador del mercado de valores que en encontrar al extorsionador. Si cortamos el asunto del Organismo regulador, el problema del chantaje desaparecerá -dijo Selina.
    – Desaparecerá el chantaje sólo en mi caso -dijo Reed.
    El chantajista tenía otras víctimas en mente.
    – Y como tú eres quien me paga el sueldo, tú eres quien me importa más -dijo Selina.
    – ¿Y yo? -preguntó Gage fingiendo tono de ofensa.
    – Tú serás una victoria colateral -dijo Selina.
    – ¿Me has oído decir eso? -preguntó Gage.
    – Yo oigo todo -dijo Selina y volvió a prestar atención a Reed-. Algo ha disparado esta segunda carta. Vamos a tener que repasar los detalles de tus últimos días.
    Reed asintió, resignado, preocupado por Elizabeth. Esperaba que Collin se ocupase bien del tema del testamento.
    Últimamente parecía que se veía envuelto en una docena de problemas diferentes.

    Elizabeth estaba sentada frente a Collin. Este tenía el documento en la mano.
    – Según una lectura preliminar, soy muy optimista. Pero tengo un amigo que es miembro del colegio de abogados de California. Puedo pedirle que vuele mañana para que podamos empezar a trabajar con un plan de defensa adecuado.
    Elizabeth asintió, agradecida a Collin. Era frío y controlado, y su experiencia se notaba en cada turno de la conversación. Pero ella no podía dejar de pensar que quien debería estar allí era Reed. Debía ser su marido quien le diera consuelo y consejo, no su abogado.
    Pero Hanna tenía razón. Debía valerse por sí misma.
    – Me gustaría encontrarme con tu amigo -dijo Elizabeth a Collin-. Estoy disponible en cualquier momento.
    – Organizaré un encuentro.
    De pronto se abrió la puerta del ático y Collin y ella se dieron la vuelta.
    Reed acababa de entrar.
    – ¿Qué me he perdido? -preguntó.
    Elizabeth miró su reloj. Eran casi las nueve.
    – He leído los papeles. Voy a pedirle a Ned Landers que vuele mañana.
    Elizabeth miró a Reed y dijo:
    – Está todo bajo control. No tienes que preocuparte.
    – Eso es…
    – Sé que estás ocupado -se volvió, le dio la mano a Collin y agregó-: Gracias por tu consejo, Collin. Te agradezco que te hayas tomado el tiempo para ello.
    – No hay problema. Siempre estoy disponible para ti, Elizabeth.
    Reed estaba callado al otro lado de la habitación.
    – Buenas noches -les dijo Collin a ambos.
    – ¿Qué es eso de «No necesito tu ayuda. Está todo bajo control»? -preguntó Reed en cuanto se marchó Collin.
    – Está todo controlado, Reed. Collin ha dicho que estamos en una posición fuerte. Dice que los Vance tendrían que demostrar que no somos adecuados como padres para ganar en el juicio.
    – Me alegro de saber lo que dice Collin, pero yo también tengo algo que decir, ¿no te parece?
    – Tú no estabas aquí.
    – Tenía una reunión.
    – Tú siempre tienes una reunión -dijo con sarcasmo.
    – Habría estado aquí si hubiera podido.
    – Baja la voz.
    Reed dejó escapar una profunda exhalación.
    – Quiero los detalles -dijo.
    Ella le señaló los papeles de la mesa.
    – Allí los tienes.
    – Quiero saber también lo que ha dicho Collin exactamente -agregó Reed agarrando los papeles de la mesa.
    – Te diré todo lo que recuerdo.
    Él la miró achicando los ojos.
    – ¿Qué ocurre? -preguntó ella.
    Reed estaba actuando como si estuviera celoso de Collin.
    Se quedó callado un momento.
    – No me gusta que me reemplacen por mi abogado. Este es nuestro problema, no tu problema solo.
    – Puedo ocuparme yo de él, Reed. Tendré ayuda profesional.
    – Entonces, ¿no me necesitas? ¿Es eso lo que estás diciendo?
    Elizabeth no quería tener una pelea. Lo que importaba era Lucas. Toda su energía y sus recursos emotivos tenían que dirigirse a él.
    Reed se dio la vuelta bruscamente y caminó por el pasillo hasta su despacho.
    Ella había metido la pata, pensó Elizabeth. Había causado rabia y pena.
    Se armó de coraje, lo siguió por el pasillo y entró en el despacho.
    – ¿Reed? -lo llamó.
    Él no la miró, pero movió la cabeza.
    – Lo siento -afirmó Elizabeth.
    Aquello llamó la atención de Reed.
    – Deberíamos trabajar juntos en esto. Es muy importante para mí tu punto de vista -le dijo ella.
    – También es mi hijo.
    – Por supuesto. Pensé que estabas muy ocupado. Intentaba…
    – Siento haber llegado tarde. Las cosas están complicadas… en la oficina en este momento.
    Ella asintió.
    – Lo que importa es Lucas.
    – Sí. Ahora somos sus padres, y tenemos que procurar su bienestar. En todos los frentes.
    Una lágrima cayó por la mejilla de Elizabeth.
    – ¿Por qué nos hacen esto?
    Reed agitó la cabeza.
    – No lo sé, cariño. Ellos también quieren a Lucas.
    – Pero Brandon y Heather nos eligieron a nosotros -dijo ella.
    Elizabeth no conocía a los Vance. Tal vez fueran egoístas o ruines. Había alguna razón por la que Lucas había sido encomendado al cuidado de ella. Y ella no iba a fallar a su hermano y a su cuñada.
    – Y el juez lo verá así -dijo Reed-. Hablaremos con Ned Landers juntos.
    – Juntos, sí -repitió ella.
    Pero una parte de ella se preguntó si Reed lograría ir a la reunión con Landers.

Capítulo Nueve

    Ned Landers les aconsejó a Reed y a Elizabeth que siguieran con sus vidas normalmente. Eso ayudaría a que se los viera como padres adecuados.
    También les había recomendado que siguieran con el plan de hacer una fiesta para el aniversario de su boda, pero Elizabeth había dejado de ocuparse de ello y la había dejado en manos de su vecina y organizadora de la fiesta, Amanda Crawford. Según el abogado, aquello les haría parecer una familia con una red de amigos y familia extensa, algo que también los ayudaría con su imagen de padres.
    Hanna se había ofrecido a cuidar a Lucas durante la noche de la celebración de su aniversario, y por alguna razón Reed había insistido en que Joe Germain pasara la noche en el ático también.
    Hanna no había estado muy conforme con ello, hasta que Joe había llegado y ella le había echado el ojo al alto y atractivo chófer y guardaespaldas.
    – Gracias por venir, Joe -dijo Reed.
    Joe asintió y saludó con un asentimiento de cabeza a Hanna.
    Hanna se fijó en él cuando éste se dio la vuelta.
    Elizabeth le dio un codazo a su amiga.
    – Tranquila, chica. No creo que tenga permiso para darse el lote con una chica en horas de trabajo.
    – ¿Cómo lo sabes?
    – Debería estar en el libro de instrucciones o algo así.
    Hanna se rió. Luego miró el vestido rojo de Elizabeth.
    – Estás estupenda -dijo.
    Hanna agarró a Lucas de brazos de Elizabeth.
    – Hay un par de biberones en el frigorífico.
    – Sí, mamá -bromeó Hanna.
    Elizabeth pensó inmediatamente en Heather.
    – Lo siento -dijo Hanna.
    – Está bien. Supongo que tenemos que seguir adelante. Y soy yo la primera que debo hacerlo…
    – Lo estás haciendo muy bien -afirmó Hanna.
    Elizabeth se sintió reacia a dejar a Lucas.
    – No sé cómo hacen los padres normalmente…
    – Estoy entrenado en seguridad en incendios, primeros auxilios, conducción defensiva y combate cuerpo a cuerpo -dijo Joe.
    Reed sonrió.
    – ¿Ves? No tienes que preocuparte de nada.
    – ¿Sabes cambiar pañales? -preguntó Hanna bromeando.
    – Lo que haga falta -respondió Joe agarrando a Lucas de manos de Hanna y poniéndoselo contra su hombro como si hubiera hecho aquello toda la vida.
    Elizabeth pensó que Hanna parecía fascinada por Joe.
    Reed le tomó la mano y se dispusieron a partir.
    – ¿Es soltero Joe? -preguntó Elizabeth en voz baja.
    – Creo que sí. ¿Por qué? -preguntó Reed.
    Elizabeth miró a su amiga. Esta parecía haber entrado en su más profunda fantasía.

    Vivian Vannick-Smythe estaba de pie con un sombrero de plumas diciendo algo sobre el Organismo regulador del mercado de valores a Reed, mientras él miraba a su alrededor buscando a Elizabeth. Entonces la vio bailando con el príncipe Sebastian. Este la estaba apretando demasiado para su gusto. Pero sabía que el hombre se iba a casar pronto con su ayudante Tessa Banks, así que no le dijo nada.
    – Creo que la reputación de todo el edificio está en juego -dijo Vivian-. Y yo en tu lugar…
    – Tú no eres yo -dijo Reed.
    Vivían tomó aliento y siguió.
    – Si estuviera en tu lugar, haría todo lo que estuviera a mi alcance para terminar con este asunto cuanto antes.
    – ¿Y no crees que estoy haciendo eso? -replicó Reed.
    – Tienes que pensar cómo proteger a tu familia, a tus amigos y a tus vecinos…
    Reed no le prestaba demasiada atención, en realidad.
    De pronto, oyó una voz familiar.
    Era su padre.
    Anton miró a Vivian hasta que ésta murmuró algo y se marchó.
    – Elizabeth tiene buen aspecto.
    – Lo lleva lo mejor que puede.
    – Está ocupándose de su sobrino, ¿no?
    – De nuestro sobrino -lo corrigió Reed.
    – Sí, claro. Y hay abuelos en la escena también, ¿no?
    – ¿Te refieres a los Vance?
    – Comprendo que quieran criar al niño.
    – Lucas, se llama Lucas. Y nosotros somos sus guardas legales.
    – ¿Crees que eso es sensato? -preguntó su padre.
    Reed se sintió molesto.
    – No es cuestión de ser o no sensato. Lucas es responsabilidad nuestra.
    – A no ser que los abuelos ganen el juicio.
    – No lo harán.
    – Me pregunto si te lo has pensado bien -dijo su padre.
    Reed esperó a ver adonde quería llegar Anton.
    – ¿Has pensado en el impacto que… que este sobrino…?
    – Lucas.
    – ¿… tendrá en tus futuros hijos?
    – Por favor, dime que no estás sugiriendo…
    – No es hijo tuyo.
    – ¿Te preocupa su pedigree? ¿Por su herencia?
    Anton lo miró con dureza.
    – Voy a adoptar a Lucas. Tendrá el mismo derecho legal que pueda tener un futuro hijo mío si lo hay -afirmó Reed.
    – Él será tu hijo mayor. El heredero de los Wellington.
    – Sí, ¿y qué?
    – No puedo permitir…
    – No puedes hacer nada para detenerme. Y créeme, es mejor que no lo intentes, por tu propio interés.
    Reed se dio la vuelta y se alejó.
    – ¿Reed? -Collin apareció a su lado.
    – ¿Dónde está la barra más cercana?
    Collin se la señaló y Reed caminó en esa dirección.
    – Han puesto fecha para el juicio en California -dijo Collin-. Es dentro de tres semanas.
    – ¿Qué dice Ned Landers?
    – Está un poco preocupado por la relación que existe entre Lucas y los Vance. Tienen documentación y fotos que prueban que lo veían casi todos los días. Establecieron un fideicomiso días después de su nacimiento…
    – Yo también puedo hacer eso -lo interrumpió Reed.
    – Demasiado tarde -dijo Collin-. Además, nuestro argumento no es que tú has estado presente en la vida de Lucas desde que nació, sino que Elizabeth y tú sois quienes Brandon y Heather escogieron para guardianes. La solidez económica es evidente también. Sólo…
    Reed sabía a qué se refería y lo interrumpió.
    – Soy inocente hasta que se demuestre lo contrario -señaló-. Un juez lo entenderá, supongo.
    – Ellos intentarán usarlo a su favor.
    – Que lo hagan.
    – No te pongas hostil -le advirtió Collin.
    – No necesito ponerme hostil. Estoy en mi derecho.
    – Y no te muestres engreído. Algunos jueces ven la riqueza como una desventaja y no como una ventaja.
    – Quizás debieras ir en mi lugar el día del juicio, Collin.
    – ¿Quieres decir contigo?
    – No, en mi lugar. El miércoles me reemplazaste con éxito en la reunión que tuviste con mi mujer.
    – No seas idiota -le dijo Collin, sorprendido.
    – Elizabeth parecía muy agradecida.
    – Me enviaste tú -señaló Collin.
    – Ambos sabemos por qué yo no estaba allí.
    – ¿Me estás acusando de algo?
    – ¿Hay algo de qué acusarte?
    Collin señaló la copa que tenía Reed en la mano.
    – ¿Cuántas llevas?
    – No las suficientes.
    – ¿Realmente piensas que tengo alguna intención con tu esposa?
    – No.
    Por supuesto que no. La sola idea era ridícula.
    – Bien. Porque si me interesara tu esposa te lo diría directamente. Luego lo solucionaríamos.
    – Vale. Pero pienso yo que podría encargar a Joe que te matase.
    Reed se daba cuenta de que estaba dirigiendo hacia Collin una rabia que no tenía nada que ver con él.
    – Es verdad -dijo Collin-. Pero, antes de eso, tenemos que ocuparnos de la fecha del juicio.
    – Sí. ¿Y si las cosas no salen como esperamos? -preguntó Reed.
    – Tenemos muchas cosas a favor. Ojalá pudiera decir lo mismo del asunto del Organismo regulador del mercado de valores.
    De pronto Reed vio a lo lejos a Selina con cara de preocupación. En la pista de baile estaba Elizabeth bailando con otro hombre.
    Entonces Reed le pidió a Collin:
    – Echa un vistazo a mi mujer, y distráela, si hace falta…
    – De acuerdo -dijo Collin.
    Reed fue en dirección a Selina.
    – ¿Qué sucede?
    – Se trata de Hammond y Pysanski -respondió casi sin aliento.
    – ¿Qué ocurre?
    – Hay pruebas, fechas, compras, beneficios… de que no es la primera vez que una decisión de un comité de Kendrick produce una ganancia inesperada.
    Reed miró hacia el salón de baile y se dio cuenta por primera vez de que Kendrick y su mujer no habían ido a la fiesta. ¿Había subestimado la importancia del problema para Kendrick? ¿Sería posible que el senador fuese realmente culpable?
    Reed se acercó a Selina y bajó la voz cuando dijo:
    – Sigue…
    – Hammond puso cincuenta mil dólares en una empresa llamada End Tech en el año 2004. Dos meses más tarde, la empresa consiguió un contrato federal para R &D inalámbrico. Hammond y Pysanski compraron Aviaciones Norman justo antes del premio a un gran helicóptero en el 2006. Y el año pasado Hammond consiguió Saville Oil Sands justo antes de la escisión del mercado.
    Reed soltó un juramento.
    – Sí -Selina estuvo de acuerdo-. Si sumas eso a Ellias, tenemos un cuadro nefasto para poner delante de un jurado.
    – ¿Y Kendrick puede tener conexión en todos estos casos?
    – Su comité tomó la decisión todas las veces.
    – Estoy perdido -dijo Reed.
    – Eres inocente -señaló Selina.
    – Dile eso a un jurado después de que la acusación les muestre fotos de los holdings de mis propiedades y mis aviones.
    – De acuerdo. Es un desafío, sí.
    Fue la primera vez que Reed vio un brillo de ansiedad en los ojos de la mujer.
    – ¿Selina?
    Selina lo miró con una sinceridad que decía más que cualquier palabra.

    Elizabeth estaba bailando con Trent Tanford, su vecino, cuando vio a Reed hablando con una mujer. Esta no estaba vestida de fiesta, sino que llevaba un par de vaqueros y una chaqueta. Estaba de espaldas y ella no la identificó, pero la expresión de Reed era intensa.
    Cuando terminó la canción, Elizabeth le dio las gracias a Trent y decidió ponerse detrás de una columna de mármol para tener una vista mejor de Reed con aquella misteriosa mujer.
    Y de repente la mujer se dio la vuelta y ella se quedó helada. Se le hizo un nudo en el estómago.
    Era la mujer del perfume de coco.
    Reed se había apartado de la fiesta de su aniversario para tener una conversación íntima con la mujer sobre la que había mentido sobre su trabajo y a quien había llevado a su casa.
    – ¿Elizabeth?
    Vio a Gage frente a ella cuando se dio la vuelta.
    – ¿Quieres bailar conmigo?
    – Claro… -dijo Elizabeth.
    Y se dejó llevar a la pista por Gage. Intentó ignorar a Reed, pero no pudo. Él parecía enfadado. La mujer parecía disgustada. Y luego Collin se unió a ellos, el traidor.
    ¿Habría estado cubriendo las mentiras de Reed?
    – Gage… Mmmm… La mujer que está allí con Reed… ¿Sabes cómo se llama? -preguntó Elizabeth en voz baja y con tacto-. La conocí hace unas semanas en la oficina de Reed, pero no puedo acordarme de su nombre.
    Gage dudó un momento. Elizabeth desconfió de él también.
    – Creo que es Selina.
    Elizabeth lo miró.
    – Está relacionada con la aplicación de la ley de algún modo… -dijo Gage.
    Estupendo. Primero Selina era una persona que había ido a una entrevista de trabajo, luego era una cliente y ahora era una persona relacionada con la ley. Ella no era estúpida. Aquello era una conspiración, y no podía creer a nadie.
    – Suena bien -dijo ella.
    Elizabeth vio a Amanda hablando con Alex Harper, pero de repente Alex tocó a Amanda en el hombro y ésta se dio la vuelta y se marchó. Alex frunció el ceño y pareció que la llamaba. Pero Amanda siguió caminando.
    Luego finalmente terminó el baile. Y Elizabeth miró por última vez a su marido y luego salió por una puerta lateral.

    – No te esperaba tan temprano -dijo Hanna.
    – Echaba de menos a Lucas -mintió Elizabeth, con la esperanza de ocultar que había estado llorando en la limusina.
    – Lucas es un encanto, y Joe realmente cambia pañales… -comentó Hanna.
    – Protección pediátrica -intervino Joe, levantándose de la silla.
    – Pero tenías razón -dijo Hanna-. No se le permite hacer nada cuando está de servicio.
    Elizabeth se rió.
    – ¿Le has propuesto algo a mi guardaespaldas?
    – Soy su chófer -la corrigió Joe.
    – Es una persona que cumple las normas -dijo Hanna.
    – ¿Te importaría llevar a Hanna a su casa? -le preguntó Elizabeth a Joe.
    No veía la hora de quedarse sola y desahogarse.
    – En absoluto. Hay… un pequeño asunto que tenemos que terminar -contestó Joe.
    – Yo… -empezó a decir Hanna.
    Elizabeth se alegró por su amiga.
    – Buenas noches, Elizabeth -le dijo Joe.
    – Te llamaré -dijo Hanna.
    – Cierre con llave -le advirtió Joe.
    Elizabeth cerró con llave. Luego se dio la vuelta y se agarró de la mesa que había en la entrada.
    Se sentía mareada.
    ¿Qué iba a hacer?
    ¿Cómo Reed podía hacerle el amor tan apasionadamente cuando la mujer del perfume de coco, Selina, lo esperaba en Nueva York?
    Caminó por el pasillo, acercó la oreja a la habitación de Lucas y decidió hacer algo que jamás había hecho. Abrir el ordenador portátil de Reed.
    Le llevó sólo tres intentos adivinar su contraseña y meterse en su correo. Miró las fechas de los mensajes, hasta que llegó a las fechas de cuando habían estado en Francia. Selina Marin. Selina Marin. Selina Marin…
    Había docenas de correos electrónicos de Selina, y docenas de respuestas de Reed.
    Elizabeth no tuvo el coraje de abrir ninguno de ellos. La última esperanza de que pudiera estar equivocada se le borró. Reed tenía una querida, y la vida de ella era una mentira.

Capítulo Diez

    Reed no comprendía por qué Elizabeth se había ido de la fiesta. Si hubiera estado preocupada por Lucas tendría que haber dicho algo. Y él no había tenido otra alternativa que excusarse por ella.
    – ¿Elizabeth? -la llamó cuando entró en el ático en voz baja para no despertar a Lucas-. ¿Elizabeth? -repitió, dejando las llaves encima de la mesa.
    Su bolso y su abrigo estaban allí, y Hanna y Joe evidentemente se habían marchado ya.
    Caminó por el pasillo y miró en su despacho, en la habitación de Lucas, y luego en el dormitorio de ambos.
    – Estás aquí -dijo él.
    Se detuvo al ver una maleta encima de la cama.
    – ¿Qué ocurre?
    ¿Había habido alguna noticia? ¿Se marchaba a California?
    Ella no respondió ni lo miró.
    Sus mejillas estaban surcadas de lágrimas y tenía el cuerpo rígido cuando caminaba.
    – ¿Elizabeth? -Reed se acercó a ella.
    – ¡No me toques! -exclamó Elizabeth.
    – ¿Qué sucede?
    – Sabes perfectamente qué es lo que sucede -Elizabeth lo miró por primera vez y él vio su rabia.
    – ¿Qué?
    Ella abrió un cajón.
    – No te hagas el tonto conmigo.
    – No me hago nada. ¿Por qué estás haciendo las maletas? ¿Adónde vas? -preguntó él.
    Algo iba temblé men te mal.
    – Selina Marin. ¿Significa algo ese nombre para ti?
    Oh. ¿Se había enterado del chantaje Elizabeth? ¿Temía por Lucas?
    – No quería decírtelo -empezó a decir Reed-. Porque…
    – ¿No crees que puedo imaginar por qué lo mantienes en secreto?
    – Estaban sucediendo tantas cosas… Y tú tenías tantas preocupaciones…
    Elizabeth se rió histéricamente, y luego dijo:
    – ¿Crees que yo estaba demasiado ocupada como para que me hablases de tu querida? -espetó.
    Reed se quedó demasiado pasmado como para reaccionar. Luego gritó:
    – ¿Mi qué?
    El grito despertó a Lucas. Y el bebé empezó a llorar.
    Elizabeth se acercó a la puerta inmediatamente.
    – ¿Me puedes decir de qué diablos estás hablando? -preguntó Reed, enfurecido, agarrándola del brazo.
    – Déjame marchar.
    Él la soltó y Elizabeth fue a la habitación del niño.
    Reed la siguió.
    – No tengo ninguna querida -afirmó, caminando tras ella.
    Elizabeth agarró al niño en brazos y lo acunó contra su hombro.
    – ¿Me has oído? -exclamó Reed.
    – Te he pillado, Reed.
    – ¿Pillado haciendo qué?
    – Sé que ella no es una clienta, sé que no es una aspirante a un puesto de trabajo en tu empresa, sé que tus amigos y colegas te han estado encubriendo. Mientes cuando dices que estás en reuniones…
    – No miento.
    – Baja la voz.
    – No miento, Elizabeth. Cuando digo que estoy en reuniones, estoy en reuniones. No puedo compartir contigo todos mis asuntos, pero eso es por tu propio bien.
    Ella bufó.
    – ¿Cuánto hace, Reed? ¿Cuánto tiempo llevas acostándote con Selina Marin?
    – Selina Marin es detective privado.
    – Qué bien. Es la cuarta profesión para la intrépida señorita Marin.
    – Es detective. Y no me acuesto con ella -le aseguró.
    – Demuéstralo.
    Reed casi se rió. Elizabeth era casi tan mala como la Organización reguladora del mercado de valores, pidiéndole que demostrase algo que no había sucedido nunca.
    – Vi los correos electrónicos.
    – ¿Qué correos electrónicos?
    – Los correos desde Francia. Le escribías a esa mujer todos los días. ¿Cómo has podido hacer algo así? -los ojos de Elizabeth se llenaron de lágrimas.
    Reed se pasó una mano por el pelo, preguntándose cómo era posible que su vida se hubiera descarrilado de tal manera.
    Vio que Lucas tenía los ojos cerrados, y decidió salir de su dormitorio para que Elizabeth terminase de acostarlo nuevamente.
    Esperó en el vestíbulo. Por su mente pasaron varias posibilidades que la podían haber llevado a pensar aquello.
    Tenía que sacar a la luz lo del chantaje, pensó. Pero, ¿cómo había podido imaginar Elizabeth que tenía una aventura con Selina? Seguramente debía de haber algo más que correos electrónicos sobre negocios para que lo culpase con tanta certeza.
    Elizabeth salió del dormitorio de Lucas y dejó la puerta entreabierta.
    Reed extendió la mano hacia ella y le dijo con suavidad:
    – Ven y siéntate.
    Ella agitó la cabeza.
    – Por favor, ven. Algo ha ido muy mal, y no vamos a solucionarlo hasta que lo hablemos.
    – No quiero que me mientan.
    – No voy a mentirte.
    Ella se rió forzadamente.
    – Un mentiroso diciéndome que no va a mentir. ¿Cómo es posible que dude de la sinceridad de eso?
    – Elizabeth… -dijo él.
    – Hemos terminado, Reed. Se acabó.
    – ¿Cómo has visto mis correos? -le preguntó él.
    – Me metí en tu ordenador -dijo ella después de sentirse momentáneamente sobresaltada.
    – La contraseña no estaba allí para mantenerte al margen.
    – Le escribiste desde Biarritz todos los días. Mientras tú… Mientras nosotros…
    – ¿Los leíste?
    Elizabeth agitó la cabeza. Él le agarró la mano, pero ella se soltó.
    – Me han hecho un chantaje, Elizabeth -le confesó.
    – ¿Porque tienes una aventura?
    Reed contó hasta diez.
    – Sentémonos.
    Ella lo miró con desconfianza.
    – ¿Quieres saber la verdad?
    Ella pestañeó rápidamente.
    – Quiero saber la verdad. Necesito saber la verdad. No me mientas más. Por favor, Reed, no lo puedo soportar.
    Él sintió que su corazón se contraía. Y aquella vez, cuando le agarró la mano, ella se lo permitió.
    Reed la llevó al salón y la hizo sentar en una silla frente a él.
    – Me han chantajeado -empezó a decir-. El mes pasado me enviaron una carta en la que me pedían diez millones de dólares o «el mundo conocerá el sucio secreto de cómo los Wellington hacen su dinero». Yo la ignoré. Luego empezó la investigación de la Organización reguladora del mercado de valores, y nos dimos cuenta de que eso estaba relacionado con el chantaje. También nos dimos cuenta de que mi chantaje podía estar relacionado con Trent y con Julia y, aquí está el mayor problema, la policía no podía descartar que la muerte de Marie Endicott no haya sido un asesinato y no esté relacionada con los chantajes.
    – ¿Y no me lo contaste? -preguntó Elizabeth.
    – No quería preocuparte. Tú estabas tratando de quedarte embarazada.
    – ¿Pero cómo es posible que no me lo contases?
    – No había nada que tú pudieras hacer.
    – Yo podría haberte dado apoyo moral.
    – Sí, bien.
    Ella pareció enfadada y se puso de pie.
    – Quiero decir, yo soy suficientemente hombre como para no cargar a mi mujer con mis problemas.
    – Entonces cargaste a Selina en mi lugar.
    – Sí. Y a Collin, a Trent y al Departamento de Policía del Estado de Nueva York.
    – Pero no a mí.
    – Elizabeth…
    – Yo no soy de cristal.
    – Estábamos intentando concebir un bebé. La fiesta te estaba llevando un montón de tiempo… Después la Organización reguladora inició la investigación, y luego estaba Lucas. Y pensé que no tenías que saber que podía haber un asesino en el asunto. El doctor Wendell dijo específicamente que no tenías que tener estrés. Un asesino es estrés, da igual como lo cuentes.
    – Y por eso contrataste a Joe.
    – Selina contrató a Joe.
    Elizabeth agitó la cabeza con tristeza.
    – A ver si lo tengo claro: tú no te acuestas con Selina.
    – No me acuesto con Selina.
    – Te acuestas conmigo.
    – Tan a menudo como puedo.
    Ella no sonrió, y él lamentó haber hecho aquella broma.
    – Con Selina compartes tus problemas, tus miedos, tus aspiraciones y tus secretos.
    Reed no sabía cómo responder a eso.
    – En Francia me atabas a las columnas de la cama…
    – En realidad, no…
    – … mientras hablabas de los temas importantes de nuestras vidas, de nuestro matrimonio y nuestro futuro con ella -la voz de Elizabeth se elevó-. ¿Sabes lo que pienso, Reed?
    Él tenía miedo de responder.
    – Creo que estás casado con Selina y que tienes una aventura conmigo -ella se balanceó en la silla.
    – Eso no es justo.
    – Apuesto a que pasas más horas al día con ella que conmigo. Y, ¿hay algo sobre ti que ella no sepa? Está buscando un asesino, así que supongo que tienes que contarle todos los detalles.
    – Te estás pasando…
    – ¿Le mientes a ella sobre dónde estás? ¿Con quién estás?
    – Por favor, ¿puedes…?
    – No quiero compartir tu cama solamente. Necesito más que los minutos que me dedicas al margen de tus obligaciones. Quiero más información que los retazos que me das. Te necesito a ti, Reed. Quiero compartir tu vida contigo.
    – Tú estás compartiendo mi…
    – Esto no es un matrimonio. Tú y yo no compartimos lo que comparten los matrimonios y lo que fundamenta su vida juntos. Sí, somos buenos en la cama. Me atraes mucho. Hasta me gustó lo de los pañuelos en Francia. Pero necesito más. Te necesito todo. No puedo, no voy a jugar el papel de segundona por detrás de tus profesionales.
    Elizabeth hizo una pausa y luego continuó diciendo:
    – Voy a terminar de hacer las maletas, Reed. Luego Lucas y yo nos iremos.
    – No, no lo harás.
    – Sí, claro que lo haremos. Y tú no puedes detenerme.
    – Me voy yo -dijo Reed-. Es casi media noche. No vas a salir con un bebé y llevártelo a un hotel en medio de la noche. Vosotros dos os quedáis aquí.
    Él no esperó la respuesta. Simplemente, se dirigió a la puerta y salió del ático.
    No tenía otra opción. Si ella había tomado una decisión, la había tomado. Él había sido el mejor marido que había podido ser, y si eso no era suficiente, lo único que le quedaba por hacer era apartarse.

    Elizabeth había puesto a Lucas en su tumbona cuando llegó Hanna.
    – Lo único que puedo decir es que Joe Germain sabe cuidar el cuerpo de una chica -dijo Hanna cuando llegó al día siguiente al mediodía.
    – ¿Una buena noche? -preguntó Elizabeth, agotada de su mala noche.
    No había dormido apenas, y no había parado de dar vueltas en la cama.
    Sabía que no podía seguir con Reed, pero a la vez lo echaba mucho de menos, especialmente en la cama grande.
    Cuando pensaba que él no iba a estar nunca más allí, que sus brazos no la volverían a abrazar, que nunca más iba a sentir su cuerpo encima del de ella, quería morirse.
    Hanna sonrió y dijo:
    – Joe es el hombre más sexy, más recio y más creativo del planeta.
    Elizabeth hizo un esfuerzo por sonreír.
    – Jamás se me habría ocurrido que… No habría…
    – ¿Lizzy? -Hanna miró sus ojos y la miró, preocupada-. ¿Qué diablos ocurre?
    Elizabeth se puso a llorar y Hanna la acompañó al sofá y se sentó con ella.
    – ¿Qué ha sucedido? ¿Se trata de los Vance? ¿De Lucas?
    Elizabeth agitó la cabeza. Sentía un nudo en la garganta y tenía el pecho oprimido.
    – Se trata de Reed.
    – ¿Ha sucedido algo con la Organización reguladora?
    – Reed y yo rompimos anoche. Él no tenía una aventura. Eso lo sé. Pero es lo mismo. No comparte su vida conmigo, Hanna. Lo han extorsionado por diez millones de dólares, y ni siquiera me lo ha mencionado. Pero con ella… A ella… le envía una docena de correos electrónicos al día.
    – ¿Te refieres a que tu marido tiene sexo por Internet? -preguntó.
    – Yo diría que tiene una vida por Internet. A mí me miente, me evade, me protege. Pero ella está al tanto de sus esperanzas, de sus miedos, de sus sueños. Yo quiero eso -dijo Elizabeth.
    – Pero él no se acuesta con ella…
    – No.
    – ¿Y se acuesta contigo?
    – Se acostaba.
    – ¿Y no hay ningún modo de arreglar lo otro? Quiero decir, ahora que tú sabes lo del chantaje…
    – Si no es esto habrá otra cosa. Algo por lo que se preocupe y que a mí me disguste, cosas que necesita mantener en secreto por mi propio bien. ¡Tiene ese increíble sentimiento de protección! Y se niega a tratarme como a una adulta. Yo podría ayudarlo. Podría haberlo ayudado.
    – ¿Con la amenaza del chantaje?
    – Sí.
    – Sí. Bueno, por supuesto. Porque con tu extensa experiencia en técnicas de investigación delictiva, y tu entrenamiento en combate cuerpo a cuerpo…
    – Pareces Joe…
    – ¿Has intentado hablar con Reed?
    – Sí, me he cansado de hablarle.
    Pero no había modo de convencerlo de que la dejase participar. Si ella no podía entrar en su vida, no podía ser su esposa.
    – ¿Lo amas todavía? -preguntó Hanna.
    Las lágrimas que se habían secado amenazaron con volver a salir.
    – No es algo que puede acabarse de un día para otro.

    – Te digo que se ha terminado. La dejé porque ella me lo pidió -Reed se puso de pie y habló con firmeza.
    – Y yo te digo que no puede terminarse durante tres semanas más -dijo Collin.
    – No es que yo no la vaya a mantener. Ella puede tener lo que quiera.
    – Ese no es el tema, y tú lo sabes.
    Reed lo sabía. Pero se negaba a aceptarlo.
    – Para hacerla feliz, tengo que alejarme -afirmó.
    – Pero para protegerla, tienes que volver -Collin se sentó en una silla-. El juez querrá ver una familia intacta. ¿Quieres que Elizabeth pueda quedarse con Lucas? Tienes que volver al ático y quedarte allí hasta que termine el juicio.
    – No es posible -dijo Reed.
    Intentó imaginar la reacción de Elizabeth si lo veía aparecer de nuevo.
    – Tú no lo comprendes. Jamás has estado casado -añadió.
    – No te estoy dando consejos para tu matrimonio -respondió Collin-. Te estoy dando consejos legales. Duerme en el sofá. Come en restaurantes. Tú trabajas dieciocho horas al día, de todos modos. No tendréis que veros mucho.
    Las palabras de Collin le recordaron a las de Elizabeth.
    – No trabajo dieciocho horas al día.
    – ¿Cuántas veces has tenido cenas de negocios durante el último mes?
    Reed intentó recordar.
    – Algunas.
    – Diecisiete, para ser exactos. Devon me ha mostrado tu agenda.
    – ¿Diecisiete? -dijo Reed, sorprendido.
    Además, había tenido las reuniones de la Cámara de Comercio y un par de viajes de negocios a Chicago, pensó.
    Intentó recordar su última noche con Elizabeth. Habían comido juntos en el aniversario de su matrimonio, por supuesto. Pero él se había estado ocupando de un montón de problemas mientras ella había estado bailando con otros hombres.
    – Quiero dejarte clara una cosa -dijo Collin-. Yo no tengo ningún interés en tu esposa. Pero me alegro de que lo haya hecho. Si yo estuviera en su lugar, te habría dejado hace mucho tiempo.
    – Wellington International no se dirige sola -señaló Reed.
    Él no iba a cenas de negocios porque prefiriese eso a volver a casa. Eran importantes. Eran necesarias.
    – ¿Y crees que no lo sé? -apuntó Collin.
    – ¿Y cuál es tu solución?
    – Mi solución es quedarse soltero.
    Reed se sentó.
    – Me parece que yo voy a hacer lo mismo.
    – Pero no hasta dentro de tres semanas.
    – De acuerdo -dijo, reacio, Reed.
    Por Elizabeth y por Lucas.
    Ella se resistiría, estaba convencido de ello. Pero él la convencería de que era por su propio bien.

    La última persona que Elizabeth pensaba que podía llamar a la puerta era Reed. Era surrealista que no hubiera empleado su llave. Además, se lo había estado imaginando durante tantas horas en su mente, que verlo en persona le había provocado un shock.
    Pero notó que su corazón daba un salto de alegría también.
    Reed no entró.
    – Siento molestarte -dijo.
    – No hay problema. Lucas acaba de acostarse a dormir la siesta.
    Reed asintió.
    – Yo…
    Elizabeth se preguntó si necesitaría algo, más ropa, o algo así.
    – ¿Podemos hablar? -preguntó Reed, muy serio.
    – Por supuesto -dijo ella, con esperanza, a su pesar.
    Lo dejó pasar.
    Reed entró y dejó las llaves en el sitio donde solía dejarlas habitualmente.
    Aquel gesto comprimió el corazón de Elizabeth.
    – ¿De qué quieres hablar?
    Deseaba que aquello se acabase cuanto antes. Sabía que su presencia le iba a revolver la historia y que la esperaba el llanto una vez más cuando Reed se marchase.
    Elizabeth se sentó en un sofá.
    – He estado hablando con Collin -empezó a decir-. Collin cree… Bueno, por Lucas…
    Ella sintió un nudo en el estómago. ¿Reed iba a pelear por la custodia de Lucas? «¡No, por Dios!», pensó ella.
    – Por el bien de Lucas, y por el juicio, para tener más oportunidad de ganar contra los Vance, deberíamos seguir juntos hasta que se consiga la custodia. Tres semanas.
    Elizabeth se quedó sin habla.
    ¿Juntos pero sin estar juntos?, se preguntó.
    – ¿Elizabeth? -Reed la miró.
    – Yo…
    Sería horrible verlo todos los días sabiendo que su relación estaba muerta.
    – No puedo -respondió.
    – Lo sé. Eso es lo mismo que le he dicho a Collin.
    Elizabeth se sintió aliviada de que él estuviera de acuerdo con ella.
    – Pero tenemos que seguir juntos -agregó Reed fijando sus ojos azules en ella.
    Él se acercó a ella y se agachó.
    – Si nos separamos, los Vance conseguirán lo que quieren. Su abogado usará nuestra separación para ganar el caso. Eso pone en riesgo a Lucas, Elizabeth.
    Ella cerró los ojos. Deseó correr a los brazos de Reed para que la consolase y le dijera que todo iba a ir bien.
    – Dormiré en el sofá -dijo Reed. Como habían arreglado la otra habitación para Lucas, no había ninguna otra libre para él.
    – Yo puedo dormir en el sofá -dijo ella.
    Reed agitó la cabeza.
    – Tú necesitas descansar. Tienes un bebé de quien ocuparte.
    – ¿Y tú no tienes nada que hacer? -saltó ella-. Tú tienes una corporación que dirigir, cargos delictivos contra los que defenderte y un chantaje.
    – Somos bastante patéticos, ¿no?
    Ella frunció el ceño. No podía tomárselo con humor.
    – Lo siento -él movió su mano hacia la cara de ella, pero se detuvo a tiempo-. Voy a volver a la oficina. Probablemente llegue tarde.
    Elizabeth lo observó marcharse. Y no se movió hasta que lloró Lucas.
    Entonces hizo un esfuerzo, y encontró una sonrisa para el bebé. Lo cambió y le dio el biberón con cereales. Y juntos construyeron una torre de ladrillos en el suelo del salón y miraron dibujos animados.

    Rena se tomaba los fines de semana libres, así que Elizabeth recogió y lavó todo lo de Lucas. Y para cuando le dio el baño, lo acostó, puso una lavadora con su ropa, y preparó los biberones para la mañana siguiente, estaba rendida.
    Se puso un camisón y se sentó en el sofá. A pesar de las protestas de Reed, dormiría en el sofá. Se sentía menos sola allí que en la cama grande.
    Suspiró y pensó en Reed. No le quedaba más alternativa que separarse. Compartir con él una porción tan pequeña de su vida era peor que no compartir nada.
    Cuando oyó el ruido de la llave en el cerrojo, Elizabeth cerró los ojos, fingiendo estar dormida. Lo oyó acercase, quedarse inmóvil y respirar profundamente. Luego se movió a un lado del sofá.
    – ¿Elizabeth?
    Ella no contestó.
    – Sé que estás despierta.
    ¿Cómo lo sabía?
    Ella lo oyó agacharse a su lado.
    Sorprendentemente, había un toque de humor en su voz.
    – Cuando estás dormida, roncas.
    Ella abrió los ojos.
    – Yo no ronco -dijo.
    – Es un ronquido muy suave, muy de dama, pero definitivamente, roncas.
    – Estás mintiendo.
    Él miró su cuerpo.
    – ¿Qué estás haciendo, Elizabeth?
    – Estoy durmiendo.
    – Mi esposa no va a dormir en el sofá. Ella se incorporó.
    – Bueno, tú eres muy alto, yo apenas quepo -respondió.
    Ambos se miraron.
    – Tenemos que compartir la cama -dijo él finalmente.
    – No podemos compartir la cama.
    – Es una cama grande. Yo me quedaré en mi lado, y tú en el tuyo.
    Ella agitó la cabeza.
    – Eso es una locura.
    – ¿Hay algo de esta situación que no sea loco? -preguntó él.
    Ella no pudo responder.
    Reed la agarró por debajo de los hombros y las piernas.
    – ¡Reed!
    Reed la levantó.
    – Necesitas dormir. Y yo también. Y hay un solo modo de lograrlo -Reed empezó a ir en dirección al dormitorio.
    Ella se sintió cómoda envuelta en sus brazos. Tenía que hacer un esfuerzo para no derretirse.
    Reed se detuvo al lado de la cama. No la dejó en el suelo inmediatamente, sino que la miró a los ojos durante un largo momento, haciéndola desear todo lo que no podía desear.
    – Que duermas bien -murmuró finalmente, y la dejó en la cama.
    En segundos desapareció, yéndose al cuarto de baño adjunto. Ella oyó el ruido de la ducha y del ventilador.
    Y Elizabeth hundió la cara en la almohada y sollozó, frustrada.

Capítulo Once

    Elizabeth se despertó en el silencio. Y le costó un segundo darse cuenta de por qué tenía aquel nudo en el estómago. Luego lo recordó. Reed se iba a marchar, y volvió a sentir dolor.
    La luz del día se filtró entre las cortinas de la habitación.
    Ella se sintió confusa. Generalmente la despertaba Lucas a las siete de la mañana. Miró el reloj de la mesilla, y descubrió que eran casi las diez.
    ¿Qué pasaba con Lucas?
    Saltó de la cama y corrió por el pasillo hacia el dormitorio del niño.
    Sintió pánico al ver que Lucas no estaba allí. Pero de pronto lo oyó, el gorjeo del bebé y la voz de Reed.
    – El truco es asegurarte de que la base es sólida. Eso quiere decir que los ladrillos rojos van primero.
    Lucas gorjeó en aparente acuerdo, totalmente concentrado en el juego.
    Elizabeth caminó por el pasillo. Se quedó en la entrada un momento mirando la torre de colores antes de que Reed la viese.
    – Buenos días -dijo él, manteniendo su atención en Lucas y los ladrillos.
    – Podría haber… -empezó a decir ella.
    – Estabas cansada. No hay problema. No pensaba ir a la oficina hoy.
    Elizabeth pestañeó, tratando de registrar sus palabras.
    – He invitado a cenar a mis padres.
    Ella sintió pánico.
    – ¿Que has hecho qué? -preguntó.
    ¿Antón y Jacqueline en su casa? ¿En medio de aquello? Ella miró alrededor de la habitación desordenada.
    – He invitado a cenar a mis padres -repitió él.
    – ¿Por qué? Rena no está hoy. ¿Has pedido el servicio de un catering? -Elizabeth corrió a la cocina.
    ¿Estaba planchado el mantel bordado? ¿Tenían velas nuevas?
    – Les he dicho que pediríamos una pizza
    Elizabeth se quedó helada y lo miró.
    – ¿Es eso una broma? -preguntó Elizabeth.
    No estaba de humor.
    – No es una broma. Quieren conocer a Lucas.
    – ¿Piensas invitar a Anton y a Jacqueline a comer pizza?
    Ellos eran los reyes de la sociedad de Nueva York.
    – Se lo he advertido.
    – No puedes hacer esto. Yo me voy a sentir mal. Van a pensar que soy la peor anfitriona del mundo. A ellos no les gusto ya…
    No le importaba, puesto que ya no serían sus suegros.
    – Te preocupas mucho -dijo Reed poniéndose de pie.
    – No. No me preocupo lo suficiente.
    – Pediré algo más para acompañar la pizza.
    – De ninguna manera. Yo iré a Pinetta a comprar unos filetes. ¿Todavía tenemos aquel vino tan bueno en la bodega?
    ¿Dónde estaba su cartera?
    Reed le agarró el brazo para detenerla.
    – Estás en camisón -le dijo.
    Elizabeth lo miró. Tomó aliento y dijo:
    – Me cambiaré primero… por supuesto.
    – No vas a cambiarte. Quiero decir, no vas a ir corriendo a comprar filetes. Les he dicho que habría pizza y les daremos pizza.
    – ¿Por qué me haces esto? ¿Tanto me odias?
    ¿La estaba castigando por dejarlo?
    Él la soltó inmediatamente.
    – Yo no te odio, Elizabeth. Estás ocupada. Estás agotada. Y estás disgustada. He elegido este momento para oponerme a mi padre. Si quiere venir a visitar a Lucas sin avisar con tiempo, puede hacerlo, pero no habrá nada más que pizza y cerveza.
    – ¿Entonces se trata de tu padre y de ti? ¿No quieres castigarme?
    – ¿Yo? ¿Castigarte?
    – Por dejarte -dijo ella.
    Reed la miró mientras Lucas agarraba ladrillos.
    – Yo jamás haría algo que te hiciera daño. Tú eres mi esposa, y te protegeré hasta que tú me obligues a dejar de hacerlo. ¿Lo comprendes?
    Elizabeth sintió ganas de llorar nuevamente.
    – Sí. Podemos darles pizza.

    Reed se daba cuenta de que Elizabeth estaba nerviosa.
    El había dejado que pidiera un centro de mesa con flores y pusiera un mantel. Y admitía que era gracioso ver a su madre morder una porción de pizza con cubiertos de plata. Su madre había dicho que la comida estaba deliciosa, y Elizabeth no la había creído.
    Y ella siguió nerviosa después de la cena, cuando su madre se había sentado en el suelo con su traje de lino para jugar con Lucas. Elizabeth había corrido a su lado cuando Lucas le había agarrado la blusa de seda con intención de llevársela a la boca. Jacqueline había quitado serenamente las manitas del niño y le había dado un juguete, que Lucas rápidamente se había metido en la boca. Jacqueline se había reído, pero Elizabeth no se había relajado.
    Reed le dio a su padre una segunda copa de cerveza alemana y se sentó en la otra silla.
    – Tu madre y yo hemos estado hablando -empezó a decir Anton poniendo la copa en la mesa que había entre padre e hijo.
    Reed se preparó.
    – Yo estuve fuera de lugar el otro día -su padre miró a Lucas, Jacqueline y Elizabeth que estaban en el suelo.
    – ¿Cómo?
    – Sobre Lucas -dijo Anton-. Estuvo mal decir que no deberías adoptarlo.
    Reed no podía creerlo.
    – Como te he dicho, tu madre y yo hemos estado hablando.
    ¿La madre de Reed? ¿Su madre había hecho que su padre cambiase de parecer? Reed miró a su madre con más respeto.
    Anton levantó la copa de la mesa y sorbió.
    – El bebé hace feliz a tu madre.
    – Lucas -insistió Reed.
    – Lucas -repitió Anton.
    – Lucas hace feliz a Elizabeth también -dijo Reed.
    A lo mejor tenía que aprender del niño, pensó.
    – Deberías ir a California -dijo Anton.
    Reed volvió su atención a su padre después de mirar a Lucas.
    – ¿A hacer qué?
    – Para hablar con los Vance. Ellos quieren algo. Averigua qué es.
    – Quieren a Lucas -dijo Reed.
    Anton agitó la cabeza.
    – Dicen que quieren a Lucas. Pero averigua lo que quieren realmente.
    – ¿No estarás pensando que es un chantaje?
    No podía ser. Los Vance no usarían a Lucas para conseguir dinero. Obviamente, lo amaban.
    – Tu madre dice que los bebés son maravillosos. Pero también dice que una vez que has criado a los tuyos, quieres nietos. No quieres volver a empezar… -Anton hizo una pausa-. Los Vance quieren algo -asintió hacia Elizabeth y Lucas-. Esta es su familia. Ve a averiguar cuánto quieren para arreglar el problema.
    Reed pensó un momento.
    – Madre te da muchos consejos…
    Anton lo miró, censurándolo. Luego la expresión de su padre se ablandó y dijo:
    – Sí, bueno. Así es. El jet está en el aeropuerto. Me he tomado la libertad de borrar tus actividades de tu agenda de mañana.

    En pocos segundos Reed descubrió que los Vance no querían dinero. Amaban a Lucas, y sólo querían lo mejor para su nieto. Después de media hora de desesperarse tratando de hacerles entrar en razón, Reed decidió poner todas sus cartas sobre la mesa.
    Les habló de la infertilidad de Elizabeth y él, de la angustia que había causado en su matrimonio, del profundo amor de Elizabeth por su hermano y de su apasionado deseo de cumplir los deseos de Brandon y Heather.
    No habló de su dinero, pero tampoco lo ignoró. Les dijo que Lucas viviría en los mejores lugares de Nueva York. Cuando creciera tendría acceso a los mejores colegios privados, a la cultura, a viajes, a miles de experiencias que enriquecerían su vida.
    Entonces, al final, admitió los problemas por los que estaban pasando Elizabeth y él en su matrimonio. Pero les aseguró que él iba a hacer todo lo que tuviera a su alcance para mantener su familia intacta.
    Mientras decía aquellas palabras, sintió que era verdad, que iba a luchar con uñas y dientes por Elizabeth. Él la amaba. Y encontraría la forma de recuperarla.
    Margante Vance fue la primera que mostró una grieta. Admitió su temor a que Reed alejara a Lucas de ellos. A diferencia de Reed, ellos no eran ricos, y California estaba muy lejos de Nueva York. Ellos no querían ser padres, pero deseaban desesperadamente ser abuelos. Querían ser parte de la vida de Lucas, verlo crecer.
    Reed inmediatamente les había ofrecido su avión, una docena de hoteles de Manhattan en los que tenía participación, la habitación de invitados de la casa de sus padres en Long Island, y se ofreció a enviar a Elizabeth y a Lucas a California tan frecuentemente como le fuera posible. Les dijo que no había nada que deseara más que saber que la casa de los Vance era un segundo hogar para Lucas cuando Elizabeth y él necesitasen estar fuera.
    Al final, los Vance habían aceptado, entusiasmados, no impugnar el testamento. Reed les había prometido una visita para el fin de semana. Pero sabía que debía hablar con Elizabeth primero.
    En su vuelo de regreso, se sintió más y más deseoso de hablar con Elizabeth.
    Pero en el aeropuerto de Nueva York, lo esperaban Selina y Collin.
    Ambos se acercaron a él cuando fue hacia su limusina.
    – Marchaos -dijo.
    Era la primera vez que estaba decidido a que Elizabeth estuviera en primer lugar.
    – Tenemos que hablar contigo -dijo Collin.
    – No me importa.
    Se iba a ir a casa, y nada ni nadie iba a detenerlo. Pagaría los malditos diez millones de dólares si tenía que hacerlo para conseguirlo.
    – Es importante -dijo Selina.
    – Mi vida también -replicó Reed.
    – Se trata de tu vida -intervino Collin.
    – Tenemos información -agregó Selina.
    – Yo tengo un matrimonio que salvar -respondió él divisando a su chófer.
    Este corrió hacia él con un paraguas y agarró el maletín de Reed.
    – Podemos decírtelo en el coche -sugirió Collin.
    Reed suspiró.
    – Vamos a ir directamente al ático. No voy a ir a la oficina, ni a la comisaría. Y no nos detendremos para nada que no sean los semáforos -miró al chófer-. Y hasta ésos serán opcionales…
    – Sí, señor -contestó el hombre con una sonrisa picara.
    Reed volvió a mirar a Selina y a Collin.
    – Entrad -dijo con tono de irritación.
    – Es importante -repitió Selina mientras se sentaban, con un tono de disculpa.
    – Siempre es importante -dijo Reed-. Ese es el problema en mi vida. Si decidiera entre Elizabeth y las cosas que no son importantes, no tendría problema, ¿no? -no esperó una respuesta-. Pero todos los días, casi cada hora, hay algo vitalmente importante que ocupa mi tiempo y mi atención. Me paso las noches con vosotros y con Gage y Trent, porque corro el riesgo de ir a la cárcel, porque un extorsionador podría quitarme dinero… Incluso podría morir alguien… Pero, ¿sabéis qué? Eso se va terminar a partir de este momento. Ahora mismo voy ir a mi casa con Elizabeth.
    Selina miró a Collin y dijo:
    – ¿Quieres decírselo tú o se lo digo yo?
    Collin hizo un gesto a Selina para que hablase.
    – Se trata de la conexión de Pysanski.
    – No me digas. Se ha empeorado el asunto, ¿no?
    – He pasado los dos últimos días en Washington -dijo Selina-. Y descubrí que todas las compras de Hammond y Pysanski estaban hechas en las cuarenta y ocho horas siguientes a que se hiciera la lista provisional del comité sobre el proyecto en cuestión.
    – ¿Cuántas empresas había en la lista? -preguntó Reed.
    ¿Habían comprado Hammond y Pysanski las empresas que aparecían en la lista especulando?
    – Generalmente, de tres a cinco -dijo Selina-. Pero parece que la decisión no oficial coincidió con la lista provisional. Porque invirtieron en la empresa adecuada todas las veces.
    – Entonces, Kendrick es culpable -dijo Reed.
    – Al principio, yo también pensé que era Kendrick. Pero luego encontré esto. -Sacó un papel de su maletín-. Uno de los ayudantes del senador, Qive Neville… Aparecían diez mil dólares depositados en su cuenta el día después a la compra de valores de Hammond y Pysanski.
    – ¿Sería un retribución? -preguntó Reed.
    Selina asintió.
    – Pero Gage y tú comprasteis vuestras acciones antes que Hammond y Pysanski -dijo ella-. Antes de la lista provisional -sonrió Selina.
    – Entonces, ¿se ha acabado? -preguntó Reed.
    Collin le golpeó el hombro.
    – Se ha acabado -le dijo.
    La limusina paró frente al número 721 de Park Avenue.
    Reed le devolvió el papel del banco a Selina.
    – Bien hecho, equipo. Espero que no os toméis mal esto. Pero adiós -Reed salió del coche.

    – ¿Sabes? Hay otra opción -dijo Hanna.
    – No, no la hay -respondió Elizabeth.
    No había forma de salvar su matrimonio. Lo único que le quedaba era salvarse a sí misma. Reed no iba a cambiar nunca. Por eso tomaba una medida tan drástica.
    Hanna dejó la copa de vino en la mesa baja y dijo:
    – Puedes decirle que te has equivocado, que lo amas, y que quieres salvar tu matrimonio.
    – Sí -se oyó una voz masculina.
    Elizabeth casi tiró la copa que tenía en su regazo. Hanna abrió los ojos como platos y miró hacia el vestíbulo.
    – Puedes hacer eso -dijo Reed dejando las llaves.
    – Reed… -dijo Hanna tragando saliva.
    – Hola, Hanna.
    – Lo siento tanto… -dijo, incómoda-. Yo estaba… Estábamos…
    Reed negó con la cabeza.
    – No lo sientas. Si pensara que puedes convencerla, me marcharía y te dejaría que siguieras.
    – Ella no me convencerá -dijo Elizabeth, decidida.
    Eran casi las diez de la noche, y aquel día era otro ejemplo de la agenda despiadada de Reed. Había ido a Chicago por una reunión. Claramente, había pasado todo el día allí. Claramente, había tenido cosas más importantes que hacer que arropar a Lucas cuando se fuera a dormir.
    Quizás fuera culpa suya. Tal vez ella no fuera lo suficientemente interesante como para que él volviese a casa a su lado. Tal vez debería haber conseguido un trabajo hacía años y haberse transformado en una esposa más interesante para él.
    Pero, ¿cómo iba a saber si ella era interesante o no si apenas aparecía para conversar?
    Reed agarró la botella de vino y levantó las cejas al ver que estaba vacía.
    – ¿Queréis que abra otra? -preguntó.
    Hanna se puso de pie.
    – Yo tengo que marcharme, y dejaros…
    – Quédate -le dijo Reed-. Evidentemente, tú estás de mi parte. Parece que habéis empezado sin mí, pero me encantaría unirme a la fiesta.
    Hanna miró a Elizabeth como sin comprender. Esta se encogió de hombros. Reed y ella no tenían planes de estar solos. Y era casi mejor que estuviera Hanna, para que no se hiciera una situación tan incómoda entre ambos hasta la hora de dormir.
    – Trae otra botella de vino -le dijo Elizabeth.
    Reed sonrió sinceramente y ella sintió que aquella sonrisa la debilitaba. Sería mejor no emborracharse si se quedaba con él.
    Reed fue a buscar el vino y luego volvió con una botella abierta.
    – Es un Château Saint Gaston del ochenta y dos -dijo con satisfacción Reed.
    Elizabeth pestañeó.
    – ¿Acabas de abrir una botella de vino que cuesta diez mil dólares? -preguntó Hanna con un carraspeo.
    Reed fingió mirar la etiqueta.
    – Creo que sí -contestó Reed, y sirvió tres copas de vino.
    – Propongo un brindis -dijo, aún de pie.
    – Por favor, no lo hagas… -dijo Elizabeth.
    Ella no sabía qué tenía él en mente, pero desconfiaba.
    – Un brindis -dijo Reed con voz más suave-. Por mi hermosa e inteligente esposa.
    – Reed… -le rogó Elizabeth.
    – Hoy te he mentido -dijo Reed.
    Eso no tenía nada de nuevo, pensó ella.
    – No he estado en Chicago.
    Ella se estremeció ante aquella creatividad.
    – Me da igual. Salud -dijo ella. Levantó la copa para beber.
    – Esta es una botella de vino de diez mil dólares. Merece cierto respeto… -comentó él.
    Elizabeth dejó escapar un profundo suspiro.
    – He estado en California -continuó.
    Elizabeth esperó.
    – Irónicamente, por consejo de mi querido padre, fui a ver a los Vance.
    Ella se quedó helada.
    – No… -dijo ella.
    – Y mientras estaba allí me di cuenta de que tú, querida Elizabeth, tienes razón, y que yo estoy totalmente equivocado -se sentó en el reposabrazos del sofá donde estaba ella-. Te prometo que no te mentiré nunca más.
    Elizabeth buscó sus ojos. La miraban con calidez y cariño, pero ella no sabía qué decir.
    – Gracias -pronunció finalmente.
    Él sonrió y luego levantó la copa y tomó un sorbo de vino.
    Elizabeth hizo lo mismo, aunque no podía probar nada.
    – Te amo -dijo Reed.
    – ¡Eh! Realmente creo que… -Hanna se puso de pie.
    – Bebe el vino -le ordenó Reed-. Es posible que te necesite más tarde.
    Hanna se sentó nuevamente.
    – ¿Por dónde iba? -preguntó él.
    – ¿Estás borracho? -preguntó Elizabeth, tratando de entender aquel comportamiento.
    No parecía Reed.
    – Oh, sí, ahora recuerdo. Los Vance no van a impugnar el testamento.
    – ¿Qué? -Elizabeth tenía miedo de haber oído mal.
    Él asintió para confirmarlo y luego repitió:
    – Los Vance no van a pelear por la custodia de Lucas. Y no, no estoy borracho.
    Elizabeth sintió una punzada de optimismo.
    – ¿Cómo…? -empezó a preguntar.
    – Con habilidad, inteligencia y ganas. Además de un jet privado muy rápido.
    – Deja de dar vueltas -le pidió Elizabeth.
    Aquélla era una conversación sería.
    – Oh, creo que voy a dar unas vueltas más -Reed bebió otro sorbo de vino. Y agregó-: Vale cada céntimo.
    – Sigue, Reed.
    – Gracias. Y ahora, ¿quieres ayudarme a convencerla de que vale la pena que se quede conmigo?
    – Vale la pena que te quedes con él -dijo Hanna.
    – Traidora -murmuró Elizabeth.
    Pero hasta ella se estaba quedando sin excusas para abandonarlo. Era verdad que le había mentido sobre Chicago, pero lo había hecho por Lucas, y por ella.
    – Elizabeth me dijo que eras estupendo en la cama -dijo Hanna.
    – ¡Hanna! -exclamó Elizabeth horrorizada.
    – Bueno, ésa es sólo una de mis virtudes -dijo Reed.
    Hanna sonrió.
    – Y una cosa más -se puso serio-. Estaré en casa todas las noches de ahora en adelante. O trabajaré a tiempo parcial. O venderé mis empresas. O podemos mudarnos a Biarritz si es necesario.
    – ¿Qué estás diciendo? -preguntó Elizabeth.
    – Estoy diciendo que estoy dispuesto a hacer todo el esfuerzo que haga falta en mi matrimonio, como lo he puesto en mis negocios.
    Elizabeth se quedó sin habla. Sintió una opresión en el pecho. Miró a Reed.
    – ¿Estás hablando en serio? -preguntó.
    – Me parece que la palabra que estás buscando es «sí» -dijo Hanna codeando a Elizabeth.

Capítulo Doce

    Elizabeth y Reed estaban yendo a la habitación de Lucas cuando éste se movió.
    Reed entró en la habitación y lo acunó hasta que el niño volvió a dormirse, mientras Elizabeth iba a su dormitorio.
    Reed se quedaba. Iban a tratar de solucionar sus problemas. Él había decidido que valía la pena luchar por su amor, y si había algo que su esposo podía hacer era lograr cualquier objetivo que se propusiera.
    Aunque habían dormido cientos de veces en su cama, ella sabía que aquella noche sería diferente. Era el principio de un nuevo matrimonio, una nueva familia.
    Elizabeth abrió el cajón de arriba de su cómoda y vio la caja de la colección de monedas. Lentamente abrió la tapa, sacó la moneda de la libertad de diez dólares y la sopesó en la palma.
    – Cara -susurró-, lo hago.
    Cruz, también lo haría. Aquella vez no necesitaba tirar la moneda.
    La metió en su sitio y sacó la bata roja de seda que se había puesto la noche de bodas. Era apropiado, porque aquél era un nuevo comienzo.
    Se quitó la ropa, pero cuando iba a ponerse la bata sus ojos vieron otra tela en el cajón. Era amarillo limón, y azul y violeta brillantes. Eran los pañuelos que habían comprado en Francia.
    Elizabeth hizo una pausa. Dejó la bata a un lado y tocó la textura de los pañuelos. Luego sonrió. Aquélla no era su luna de miel. Era un comienzo diferente, una relación diferente, una relación basada en la autenticidad en lugar de en la fantasía.
    Se ató el pañuelo amarillo encima de los pechos como si fuera un biquini. Luego se ató el azul y el violeta envolviendo sus caderas, dejando una pierna medio descubierta y parte de la cadera, al descubierto.
    Se peinó, se puso perfume y luego esperó de pie, en medio de la habitación.
    Reed entró y la miró de arriba abajo.
    – ¿Nos vamos a Tahiti? -preguntó.
    – Creo que vamos al nirvana -respondió ella.
    Reed sonrió y la rodeó con su brazo, tirando de ella hacia él. Con la otra mano le acarició el trasero.
    – Te quiero -pronunció él.
    Y la besó.
    Ella echó atrás la cabeza y abrió la boca para sentir su lengua en un impulso de pasión y deseo que no podía contener.
    Ella le quitó la chaqueta y dejó que ésta cayera al suelo. Luego le desabrochó los botones mientras él la mordía suavemente en el hombro. Su mano se deslizó por el improvisado pareo, y jugó con su piel.
    Agarró su pecho y lo acarició con el pulgar.
    – Me encantan estos pañuelos -dijo él.
    – Son muy versátiles -respondió ella.
    Él se rió suavemente.
    – Nada va a impedir que hagamos el amor. Me da igual lo que diga la ciencia, esto está bien.
    Ella asintió y gimió cuando él deslizó un dedo dentro de ella.
    – ¿Voy demasiado deprisa?
    – No -ella agarró su cinturón.
    Él se quitó la ropa y tiró de ella hacia la cama en medio de besos, caricias y seda.
    Cuando ella estuvo desnuda, él le estiró los brazos por encima de la cabeza y le acarició la piel que iba desde sus muñecas hasta los dedos de los pies y a la inversa.
    Ella se estremeció al sentir aquella sensación, soltó sus manos y acarició los músculos de Reed desde sus hombros hacia su pecho.
    Él se puso encima de ella y se colocó entre sus piernas. Tomó uno de sus pezones con la boca. Ella se movió al estremecerse. Luego él tomó el otro, y luego se movió hacia su boca, besándola profundamente durante un rato largo.
    Él se echó atrás y la miró a los ojos mientras se adentraba en ella lentamente. Ella sintió la presión, luego el calor y la plenitud, y entonces él paró.
    Se miraron un momento.
    Reed flexionó las caderas. Ella echó la cabeza atrás exponiendo su cuello a los besos de él. Entrelazó sus dedos al cabello de Reed, y él murmuró su nombre una y otra vez mientras se detenía el tiempo y él la llevaba más alto, más allá de la luna y las estrellas, hasta que el universo entero explotó alrededor de ellos.

    Elizabeth se despertó con los gorjeos de Lucas en su habitación. El brazo de Reed estaba encima de su vientre, sujetándola firmemente contra su cuerpo.
    – Buenos días, hermosa -susurró él contra su pelo.
    – Buenos días, guapo -dijo ella.
    Él le dio una serie de besos tiernos en la nuca.
    – Hay un bebé que se está despertando -le advirtió ella, a pesar de su deseo.
    – ¿No puedes resistirte a mí?
    – No quiero resistirme a ti.
    – Oh, eso es lo que quería oír.
    – Pero tengo que ir a buscar a Lucas.
    – Iré yo a levantarlo. Tú dúchate si quieres.
    Elizabeth miró el reloj.
    – Se te hará tarde para ir a trabajar.
    Él se encogió de hombros.
    – Se me hará tarde para ir a trabajar, ¿y? ¿A quién le importa?
    Ella se puso boca arriba para mirarlo.
    – Reed, no tienes que demostrar…
    – ¿Qué van a hacer? ¿Despedirme?
    – Sólo te digo…
    – Ve a darte un baño -repitió Reed-. ¿Qué come Lucas en el desayuno?
    – Cereales -ella lo miró-. ¿Realmente vas a…?
    – ¿Qué crees que dije anoche?
    – Que vendrías a casa más temprano por las noches.
    – ¿Y el resto?
    ¿Se refería a trabajar a tiempo parcial, vender sus empresas o mudarse a Francia?
    – Pensé que era un discurso muy bueno.
    – Hablé en serio, Elizabeth.
    – De acuerdo -asintió ella, dándose cuenta de que él hablaba en serio-. Voy a tomar un baño con espuma.
    – Me alegro por ti.
    Ella lo rodeó con sus brazos y lo estrechó.
    Se oyó la vocecita de Lucas, Reed apartó las mantas y ella se dirigió al cuarto de baño.
    Mientras se llenaba la bañera, se cepilló los dientes y se peinó.
    Llovía y la lluvia golpeaba el cristal de la ventana del cuarto de baño. Se alegraba de que terminase octubre. Noviembre sería mejor. Tal vez fuera buena idea que se fueran a Tahiti.
    Probó el agua con la punta del pie. El vapor le dio una sensación de vértigo y se sintió mareada de repente. Se agarró al toallero para estabilizarse y cuando se sintió bien se metió en la bañera.
    Llevaban sólo tres semanas con Lucas, pero ella se daba cuenta de cuánto apreciaba tener un rato para sí. Se imaginó a Lucas sentado en la trona y a Reed calentándole los cereales. Sonrió. Los esperaban meses de felicidad.
    Meses.
    Su ciclo menstrual había pasado.
    Su ciclo se había atrasado… Y ella se había sentido mareada antes de meterse en la bañera. También había estado algo mareada hacía tres días en el ático. Contó con los dedos.
    No podía ser. No podía ser. Se habían perdido sus días de ovulación. Habían ido contra los consejos del médico.
    Y no obstante…
    Sus manos temblaron mientras salía de la bañera. Abrió el armario del baño y buscó entre el champú y otras cosas la prueba del embarazo.
    Miró la fecha de caducidad. Estaba vigente. Luego siguió las instrucciones y se puso a esperar.
    Cuando pasó el tiempo, se acercó. Dos lineas. Elizabeth pestañeó.
    Había dos líneas. Estaba embarazada. Lucas iba a tener un hermanito o hermanita. Reed y ella iban a tener un bebé.
    Se sentó en el borde de la bañera. Le temblaban las piernas y sintió frío en todo el cuerpo. Cuando se le pasó se envolvió con los brazos y pensó que tenía un bebé en su interior. Un pequeño dentro de ella.
    Un resplandor la iluminó.
    Se puso de pie, se envolvió con el albornoz y fue a darle la noticia a Reed.
    – Hierro, calcio, vitamina A y fibra -estaba leyendo en voz alta él la caja de los cereales.
    – Tiene buena pinta. Hasta yo me lo comería -dijo Hanna.
    Elizabeth se detuvo al ver a Reed. Joe y Hanna estaban al lado de la trona de Lucas.
    Todos se dieron la vuelta para mirarla. Ella tenía el albornoz medio abierto y el pelo despeinado. Hasta Joe sonrió.
    – ¿Estás de servicio? -le preguntó a Joe.
    Si iba a aparecer por allí con tanta frecuencia, sería mejor que se acostumbrase a verla en albornoz.
    – Estoy de visita -dijo Joe, su mano rozó la de Hanna, y ésta agarró sus dedos un instante.
    – Ahh…
    – He olvidado decirte que Selina y Collin solucionaron el problema del Organismo regulador del mercado de valores -dijo Reed.
    Elizabeth se dio la vuelta para mirarlo.
    – ¿Está resuelto?
    – Sí.
    – ¿Estás fuera de peligro?
    Reed asintió.
    – Fue uno de los ayudantes de Kendrick. Te contaré todos los detalles, si quieres.
    – ¿Ya no necesito un guadaespaldas entonces?
    – Ya no más.
    Lucas golpeó con sus manitas en la trona y gorjeó.
    – Entonces… Hay algo que tengo que decir.
    Todos esperaron.
    – Estoy embarazada.
    Tardaron un momento en darse cuenta de lo que acababa de decir.
    Hanna gritó de alegría y Joe la felicitó.
    Reed la miró en estado de shock.
    Luego, finalmente dijo:
    – ¿Cómo diablos…?
    – En Biarritz, supongo -dijo Elizabeth.
    Había sido científicamente posible, pero dada la historia de Reed y ella, el quedar embarazada les había parecido imposible.
    – ¿Hiciste algo diferente? -preguntó Hanna.
    Joe le dio un codazo.
    – No me refiero a eso -agregó Hanna.
    – Me ató a las columnas de la cama -dijo Elizabeth.
    Hanna se rió. Joe hizo un ruido ininteligible.
    – No puedo creer que hayas dicho eso -dijo Reed.
    Elizabeth se encogió de hombros.
    – Sólo intento ser sincera, y mira, funciona.
    Reed la envolvió con sus brazos y la estrechó contra sí.
    – De aquí en adelante -le dijo él al oído-, este asunto de la sinceridad sólo es entre tú y yo.
    Elizabeth se rió al escucharlo, y lo abrazó fuertemente.
    Y el mundo para ellos se transformó en un lugar de permanente felicidad.

Barbara Dunlop


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