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La Marcha De Los Vencidos Dunkerque

La Marcha De Los Vencidos Dunkerque

Аннотация

    «Como una cuña de acero, las fuerzas blindadas alemanas avanzaban hacia el oeste, hacia el mar, empezando a dibujar sobre los mapas de los estados mayores la gigantesca tenaza que iba a cerrarse a la espalda de las fuerzas francobritánicas que seguían en Bélgica.»
    Por primera vez en sus obras, Karl von Vereiter va a colocarse, casi de una manera exclusiva, «del lado aliado» y, más concretamente, del lado británico. De la mano de una pequeña unidad británica, de un grupo de valientes y sufridos hombres, va a hacernos revivir aquellas tremendas jornadas por el largo camino de la esperanza hacia las playas abarrotadas de soldados que miran, con temor e incertidumbre, el brazo de mar que les separa de la vida y de la libertad. Porque Dunkerque no fue una batalla, sino algo mucho más sencillo, más humano. Se trató de una retirada trágica -¿y hay alguna que no lo sea?-. Una retirada con todas las espantosas consecuencias que lleva consigo. Sólo Vereiter podía ser capaz de describir el ambiente opresivo que reina en los corazones de los hombres que se repliegan.


Karl von Vereiter La Marcha De Los Vencidos Dunkerque

    1967

Prólogo

I

    Por primera vez en sus obras, y en el caso concreto de La marcha de los vencidos, Karl von Vereiter va a colocarse, casi de una manera exclusiva, «del lado aliado» y, más concretamente, del lado británico.
    Esto, que pudiere sorprender al lector, tiene, no obstante, una sencilla y lógica explicación, que servirá para los asiduos lectores de las obras del periodista germano, especialmente en aquellas cuyas batallas no intervinieron las tropas del Tercer Reich.
    El autor, al emprender el amplio plan de trabajo que se había propuesto, disponiéndose a dar una visión completa de la Segunda Guerra Mundial, no podía limitarse, naturalmente, a aquellos hechos bélicos que se desarrollaron de manera exclusiva en Europa y el Norte de África.
    Por otra parte, no podemos olvidar que Vereiter es, además de periodista, un escritor de imaginación. Su deseo ha sido el de darnos algo que no fuese la descripción descarnada y técnica de las grandes batallas de la Segunda Guerra Mundial.
    Su proyecto era el de proporcionar al lector una serie de historias que, bajo la apariencia de una obra de ficción, encerrasen, como luego veremos, la experiencia vivida de muchos de esos personajes que fueron protagonistas reales de los hechos relatados.
    Es indudable que Vereiter, para obras como la presente, debió documentarse en las fuentes de origen que, como en este caso, estaban «al otro lado» de las trincheras, entre los adversarios de Alemania.
    Por eso, una vez terminada la contienda, y tras el estudio de lo que podríamos llamar «batallas vistas desde el lado alemán», Vereiter viajó mucho, buscó información y visitó a innumerables excombatientes que le proporcionaron la espina dorsal de los hechos que se proponía hilar en una monumental narración.
    Sólo así le fue posible pasar de un lado a otro e intentar, incluso, describir aquellos teatros de la guerra en los que no pudo estar jamás. Durante cerca de seis años, se movió de un lado para otro, coleccionando recuerdos vividos y archivando datos que hicieron posible la descripción, como por ejemplo, de la extensa y complicada campaña aliada en el Pacífico.
    Naturalmente, Vereiter no dio nombres, y si lo hizo los envolvió en el pudoroso manto del secreto; pero, incluso el lector menos atento sabrá descubrir, en innumerables ocasiones, esa verdad que no puede disfrazarse, ese hecho concreto que brilla por sí mismo, empapado aún en una realidad que la prosa novelesca del autor no consigue cubrir del todo.

II

    Así ocurre en el presente libro.
    Vereiter, consciente de que la aventura dolorosa de Dunkerque no puede ser vista del lado germano, se une a una pequeña unidad británica, a un grupo de valientes y sufridos Tommies. Y de la mano de estos hombres sencillos, va a hacernos revivir aquellas tremendas jornadas, por el largo camino de la esperanza, hacia las playas abarrotadas de hombres que miran, con temor e incertidumbre, el brazo de mar que les separa de la vida y de la libertad.
    Dunkerque no fue una batalla.
    Difícil es aún encontrar una definición exacta para lo que allí ocurrió.
    Se le ha llamado -término en el que muchos autores coincidieron- «el Milagro de Dunkerque». Es posible, con ciertas restricciones, que lo fuese.
    Pero para Vereiter es algo mucho más sencillo, más humano. Se trata de una retirada trágica -¿y hay alguna que no lo sea?-. Una retirada con todas las espantosas consecuencias que lleva consigo. Nadie, absolutamente nadie, que no haya vivido instantes como esos puede describir el ambiente obsesivo que reina en los corazones de los hombres que se repliegan.
    En Inglaterra, Vereiter encontró a muchos hombres que habían estado en Dunkerque. Así consiguió los detalles para escribir este libro, pero el temblor que su lectura nos proporciona, la angustia que destila cada momento, no lo consiguió el escritor más que mucho más tarde, cuando sintió, sobre su propia carne, el lacerante dolor de la derrota…

    Mayor H. S. Cowerland

Primera Parte

Los perros

    «Estaban ahí, en la noche, con las fauces abiertas, un brillo de estrella en la punta afilada de sus colmillos. Esperaban su hora. Porque también los perros, en el devenir de la Historia, tienen su momento estelar. Les habían llamado, hasta entonces, “el amigo del hombre”, pero fue el hombre, su amigo, el primero que les abandonó, volviéndoles la espalda.
    Fue, quizá, porque ya no les necesitaba. Cuando las cosas se salen de su sitio, cuando se desorbitan, se deshacen, saltan en pedazos o se desintegran, el hombre retorna a su unidad primitiva.
    Algunos dicen, no sin un cierto énfasis, que “la bestia que dormita en el interior del hombre se abre paso y sale al exterior”.
    Nada más inexacto.
    Lo que ocurre, simple y sencillamente, es que el hombre deja de ser hombre…
    …y se vuelve perro.»

I

    El grito, desgarrador como el lamento de una pobre bestia herida, rompió el silencio estático de la noche. Desde su fuente de origen, una garganta contraída por un dolor inmenso, un grito brincó a la calle, rebotando sobre las fachadas de las casas abandonadas, deshaciéndose en el filo de las esquinas, salpicando el arroyo en mil pedazos que eran, en eco repetido hasta el infinito, como mil gritos tan desgarradores como el primero.
    Los hombres, que se habían sentado al pie de la fuente sin agua de la plaza, se irguieron; sus manos fueron, en un gesto automático, en busca de las armas que habían dejado a su lado.
    En el fondo de sus pechos, donde el cansancio se había alojado como una bestia inmunda, el corazón se puso a latir asustado, como un pájaro, golpeando con sus alas la jaula del tórax.
    De todos ellos, de los hombres que soñaban momentos antes, de los que dormían sin soñar, de los que estaban despiertos y soñaban con los ojos abiertos, sólo uno echó a andar unos cuantos pasos, su fusil en la mano, intentando perforar las tinieblas de aquella noche sin luna.
    Conteniendo la respiración, el sargento Cuberland se detuvo, la mirada fija en la negrura, inspeccionando hacia el lugar de donde procedía el lamento.
    Le parecía imposible que el enemigo hubiera llegado hasta allí. Aquella misma tarde, cuando el sol se teñía de rojo en el oeste, habían abandonado la posición los tres pelotones de la sección, por orden expresa del teniente Foster.
    Su unidad, el segundo pelotón, había sido la primera en marcharse. Pero Cuberland sabía que los otros dos: el primero, mandado por Aldous Ryder, y el tercero, bajo las órdenes de Richard Kirk, debían haberle seguido, con un pequeño intervalo de tiempo, dirigiéndose, tal y como se les había ordenado, a este pequeño pueblo belga cuyo nombre desconocían por completo.
    Detrás de Robert Cuberland, los hombres se animaron.
    El primero en moverse fue Winston Williams, al que sus compañeros llamaban, en broma, WC, ya que su nombre completo era Winston Charles Williams.
    A WC le dolían tremendamente los pies. Se había cambiado de calcetines aquella misma mañana. El último par que poseía. Pero tenía la planta irritada y los dedos hechos un desastre.
    Las asquerosas botas del ejército no estaban hechas para él que -se le saltaban las lágrimas al recordarlo- se hacía los zapatos a medida, utilizando siempre el más fino y suave charol, el único material que le servía para el desempeño de su artística profesión.
    Era profesor de baile.
    Sus pies le preocupaban. Porque como todos aquellos hombres que habían llegado de Inglaterra, formando el llamado BEF (Cuerpo Expedicionario Británico), Winston no pensaba morir.
    Una guerra -se decía- es indudablemente una porquería en la que uno se juega el pellejo, pero cuando se posee la intuición de volver, es natural que uno se preocupe por lo que hará cuando todo termine.
    Detrás de él, Blow, Brandley y Wilkie, se acercaron también al sargento.
    Y fue Wilkie quien preguntó en voz baja:
    – ¿Qué ha sido ese grito, señor?
    Robert no despegó los labios. ¿Para qué? Él era el primero en haber deseado poder contestar la pregunta que acababan de formularle. Pero Mathew Blow, que estaba junto a Wilkie, se volvió, sonriendo, para decirle:
    – No te preocupes, John. Debe ser una mujer belga que está pariendo.
    Brandley -Nick para los amigos-, el cuarto miembro del pelotón, se echó a reír.
    – No me extrañaría que fuese cierto -intervino-. He oído decir que nacen muchos más niños durante la guerra que en tiempo de paz.
    Sin volverse, el sargento gruñó:
    – ¿Queréis dejar de decir idioteces?
    Al mismo tiempo, Robert se dijo que era necesario hacer algo. Quedarse allí no iba a resolver absolutamente nada. Aunque, en el fondo, malditas eran las ganas que tenía de exponer la vida de sus hombres de manera tan estúpida.
    No tardó, no obstante, en decidirse.
    – Dos por cada acera -dijo en voz baja-. Yo iré por el medio de la calle.
    Los hombres quitaron el seguro a su fusil, aplicaron el índice al gatillo y empezaron a andar.
    El pueblo entero -no debía ser muy grande, aunque ignoraran sus verdaderas proporciones, ya que habían llegado a él de noche- parecía sumido en un silencio ominoso, casi cósmico.
    Era como si aquel pedazo de mundo se hubiese separado, bruscamente, del resto del planeta, y flotara, solo, en el espacio, fuera de las leyes comunes, en un paréntesis de quietud increíble.
    Los hombres del pelotón de Cuberland se esforzaban por hacer el menor ruido posible. Esto para WC era casi un prodigio. Porque a cada paso que daba, sentía sus pies como hundidos en un líquido viscoso, ardiente…
    ¡Sus pobres pies!
    Si las cosas seguían así -y no habían hecho más que andar desde hacía casi tres semanas-, sus «instrumentos de trabajo» terminarían por echarse a perder definitivamente.
    Suspiró.
    Había dejado su hermoso local, un sótano cuya instalación le había costado un ojo de la cara, a su socio, el afortunado Delley, un antiguo minero de Gales, que había tenido la suerte, siendo muy joven, de perder un brazo en una explosión de grisú.
    ¡El brazo izquierdo, naturalmente!
    ¡Maldita sea!
    Un brazo. Porque, ¿para qué sirve un brazo, cuando se tienen dos? Delley se había hecho fabricar uno falso y le bastaba para ceñir a su pareja que, ¡palabra de honor!, no solía darse cuenta de que el miembro que se cerraba alrededor de su cintura era falso.
    Claro que un brazo servía. Su socio lo había mostrado, no sin cierto orgullo, el día que le llamaron para que se presentase en el cuartel de Sunder Street.
    Y el muy cínico, con cara compungida, paseando el brazo ortopédico por delante de la nariz del sargento que les había recibido, juraba que daría cualquier cosa por poder ir a la guerra al lado de su amigo y socio, Winston Charles Williams.
    Sumido en tales pensamientos, el soldado chocó con John Wilkie.
    – ¿Qué puñetas haces? -protestó John con viveza-. ¿Es que no miras por dónde vas?
    – Perdona…
    Williams se preguntó si había golpeado al otro, sin malicia, en el trasero. Quizá le había dado con la rodilla. Y pensó, con verdadero horror, en las espantosas almorranas que padecía el hombre con el que había chocado.
    Pero Wilkie no protestó más. Alargando el brazo, dijo:
    – Mira, ahí está…
    Winston abrió los ojos, mirando hacia donde el otro le indicaba. Casi en seguida vio una masa, caída en el centro de la calle, inmóvil, demasiado quieta para su gusto…
    – Debe estar muerto… -musitó, conmovido.
    Luego se volvió, viendo al sargento que avanzaba, por el centro de la calle. Robert se detuvo junto al cuerpo, inclinándose un poco. Después empuñó la linterna eléctrica y la encendió.
    El casco fue lo primero que hizo que los hombres comprendiesen que se trataba de un británico. Se acercaron al suboficial.
    Éste confió la linterna a Brandley, que fue el primero en llegar a su lado; luego se arrodilló, volviendo el cuerpo del hombre, que yacía boca abajo.
    Retiró precipitadamente una de las manos. En el cono luminoso, sus dedos aparecieron manchados de sangre.
    Fue entonces cuando Nick exclamó con voz ahogada:
    – ¡Pero si es Thomas!
    Sin dejar de examinar al soldado, Robert inquirió:
    – ¿Qué Thomas? ¿Le conoces?
    – Sí, señor. Es Thomas Carew, del tercer pelotón. Era paisano mío, de un pueblecito cerca de Cambridge.
    El era puso un poco de frío en la espalda de Winston. La muerte le daba escalofríos.
    Pero, en aquel momento, Thomas abrió los ojos -unos ojos azules e infinitamente tristes-. Sus labios temblaron antes de que unas palabras, apenas audibles, llegasen a los oídos de los presentes:
    – …a boy… a little boy…
    Cuberland frunció el ceño.
    – ¿Qué está diciendo? -inquirió Blow a su espalda.
    – ¡Silencio! -ordenó el sargento.
    Luego, levantando la cabeza del herido, preguntó, con voz dulce:
    – ¿Qué dices, amigo? No temas… vamos a curarte…
    Los labios de Thomas volvieron a temblar.
    – …un niño… le pregunté si era éste el pueblo… si había visto otros soldados ingleses…
    Respiró con fuerza, entornando los ojos. A la luz amarillenta de la linterna, su rostro parecía de cera, con una piel casi traslúcida.
    – ¿Un niño? -insistió Robert.
    – …sí… un niño… no entendí lo que dijo… le volví la espalda… entonces me atacó… me clavó un cuchillo… ¡estoy muy mal! ¡Voy… a morir!
    – No digas tonterías -se apresuró a decir el sargento-. Tu herida no es grave… ¡Vosotros, ayudadme! Vamos a quitarle la ropa…
    John y Mathew se inclinaron. Cuberland levantó el cuerpo mientras los otros tiraban de las mangas de la guerrera. Después de quitársela, John, nervioso, desgarró la camisa, al tiempo que Robert volvía al herido, poniéndolo boca abajo.
    De la herida, situada en el lado derecho y a la altura de las últimas costillas, brotaba una sangre espumosa, casi rosada, con burbujas que daban al líquido un raro aspecto de grosella.
    Cuberland meneó dubitativamente la cabeza.
    – Le han atravesado el pulmón -dijo, con voz sorda.
    John había desgarrado la funda de su paquete sanitario y empezó a colocar pedazos de gasa sobre la herida, pero la sangre los empapaba a toda velocidad.
    Se volvió, a medias, hacia Blow:
    – ¡Pásame tus vendas, Mathew!
    Entonces, bruscamente, Robert dejó caer el cuerpo.
    – No es necesario -dijo lúgubremente-. Acaba de morir.
    Se quedaron inmóviles, como estatuas. En pie, Winston olvidó momentáneamente su dolor de pies. Le pareció como si una mano helada le recorriese la espalda.
    Cuberland se incorporó, imitado por los otros dos.
    Fue entonces cuando oyeron el rumor de unos pasos que se acercaban. Con un gesto inquieto, Bradley, que seguía empuñando la linterna del sargento, dirigió el cono luminoso hacia el extremo de la calle.
    El haz amarillento tropezó con un rostro.
    Todos le reconocieron.
    Era Richard Kirk, el jefe del tercer pelotón, seguido por sus hombres. Menos por Thomas, que yacía muerto en el suelo.
    – ¡Bajen esa luz! -gruñó Kirk-. ¡Me están deslumbrando!
    Nick obedeció rápidamente, y el cono luminoso apuntó al suelo, dejando ver la figura inmóvil del muerto.
    Sin decir una sola palabra, Richard se acercó entonces, mirando a la forma que yacía sobre el adoquinado de la calle. El muerto tenía el rostro medio vuelto, mostrando un perfil acusado que la muerte hacía anguloso, como la esfinge de una medalla.
    – ¿Qué ha ocurrido? -preguntó Richard, levantando la cabeza para mirar al otro suboficial.
    – Oímos un grito -repuso Cuberland-. Estábamos en la fuente, descansando… Todavía vivía cuando lo hallamos. Dijo que lo había atacado un niño.
    – ¿Un niño? ¿Bromeas, Cuberland?
    – No bromeo, Kirk. Eso es lo que dijo el pobre, antes de morir. Nos explicó que, al llegar aquí, preguntó a un zagal si había visto a otros soldados ingleses. El joven le contestó, pero Thomas no entendió lo que decía. Entonces le volvió la espalda y el muchacho lo atacó.
    – Un niño… -repitió sordamente Kirk-. Es extraño…
    Hubo un silencio.
    Los hombres del pelotón de Robert miraban con curiosidad al jefe del tercer pelotón. Y más que a su persona, al arma que empuñaba.
    Richard Kirk no era ya un muchacho. Debía tener los treinta y cinco años. Militar profesional, había pasado diez largos años en la India. De ahí su rostro curtido, plisado por miles de pequeñas arrugas que daban a su piel un no sé qué de apergaminado: una faz momificada en la que era imposible descubrir la menor expresión.
    Kirk llevaba un Long Rifle, un fusil extraordinario, con una lente telemétrica. Cuidaba su arma con un cariño que parecía exagerado a los demás.
    Por otra parte, todo el mundo había oído hablar de las dificultades que Richard tuvo para que le permitiesen llevar el arma a Francia. Las ordenanzas prescribían taxativamente un mismo armamento para las tropas. Y era natural, ya que las municiones debían ser uniformes para todos los soldados, suboficiales y oficiales.
    No obstante, Kirk se había salido con la suya.
    Se hablaba mucho de aquel hombre en todo el regimiento. El botón negro que llevaba en la solapa no era ninguna decoración extraña, sino luto por un hermano que había muerto durante los largos meses de la drôle de guerre, en una patrulla, no lejos de la Línea Maginot.
    Se decía que Harold, el hermano de Kirk, había sido salvajemente mutilado antes de morir.
    Richard había sido autorizado a asistir al sepelio de los restos de Harold, pero nadie le había oído volver a hablar de aquel triste asunto.
    Ni una sola palabra.
    Intentando romper el pesado silencio que se había hecho, Cuberland inquirió:
    – ¿Y el pelotón de Aldous?
    – Viene detrás -repuso Kirk-, con el teniente. Han tenido que esperar al jefe de la sección. Foster fue llamado al puesto de mando del comandante Simmons.
    Robert hizo un vago gesto hacia el cuerpo caído a sus pies.
    – ¿Quieres que lo llevemos hasta la fuente? Podríamos esperar allí la llegada de los otros.
    Richard asintió con la cabeza.
    Después, sin volverse, dijo:
    – ¡Ben! ¡Andrew!
    Los dos hombres dieron un paso al frente, luego un taconazo doble resonó con fuerza.
    – Dad vuestros fusiles a Keith y coged a Thomas.
    – ¡A la orden!
    Mientras regresaban hacia la fuente, Cuberland se admiró, sotto voce, de aquella férrea disciplina que reinaba en la unidad de Kirk. Un poco excesiva para su gusto, demasiado rígida…
    Y no era que él no la impusiese en su pelotón. Pero era distinto. Sus relaciones con sus hombres, dentro del respeto que éstos le debían, se desarrollaban dentro de un esquema normal, humano.
    De todos modos, prefería a Kirk que a Ryder, el blanducho jefe del primer pelotón, el papa-gateau como le llamaban, siempre dispuesto a arriesgar un paquete con tal de salvar de un arresto a uno de sus muchachos.
    Claro que de los tres jefes de pelotón que formaban la sección del teniente Foster, sólo Aldous no era profesional. Había estado en el ejército, pero se hallaba en la reserva cuando le llamaron.
    ¿Qué podía esperarse de un maestro de escuela?
    Era cierto aquello de que «quien con niños se acuesta… mojado se levanta». Indudablemente, Aldous Ryder, habituado a vivir entre niños, había tomado a sus hombres como alumnos… y poco le faltaba para que les cambiase los pañales.
    Al acercarse a la fuente, Kirk se dirigió directamente al grifo.
    – No te molestes -le dijo Robert que caminaba junto a él-: no hay agua.
    Kirk no dijo nada.
    Se volvió, ordenando a sus hombres que dejasen el cuerpo de Thomas Carew junto al borde de la acera.
    – Echadle una manta encima -dijo después.
    Se sentó sobre el borde del pilón que rodeaba a la fuente, sacando un paquete de cigarrillos. No invitó a nadie, extrayendo uno solo, que encendió parsimoniosamente.
    Paseó luego su fría mirada por las fachadas silenciosas de las casas.
    – Han debido huir todos… -dijo.
    – Sí -repuso Robert.
    – Incluso el niño.
    Cuberland suspiró.
    – Sigo sin poder creer que una criatura haya sido capaz de clavar un cuchillo en la espalda de un soldado. Quizás había un hombre cuando el pobre Thomas se volvió.
    – Me extrañaría. Carew no solía mentir.
    – Yo no he dicho que mintiese, pero el hombre podía estar oculto mientras Thomas hablaba con el niño.
    – De todos modos, ¿quién le ha matado? Un alemán, desde luego, no…
    – No.
    – ¿Entonces?
    Robert se encogió ligeramente de hombros.
    – ¡No comprendo nada! Esta guerra es para volverse loco. Fíjate en lo que ha pasado en primera línea. ¿Qué hemos hecho? ¡Nada! No hemos disparado ni un solo tiro. Y cuando creíamos que íbamos a entrar en combate… ¡zas!, llega la orden de retirada.
    Richard no le escuchaba; continuaba paseando su helada mirada sobre las fachadas que, ahora, cuando el alba se acercaba, iban cubriéndose de un gris sucio…
    Las ventanas estaban tan herméticamente cerradas como las puertas. Y Kirk se preguntaba, fríamente, sin dejarse llevar por ninguna clase de cólera, detrás de qué ventana, al otro lado de qué puerta latía el corazón del asesino de Thomas Carew.
    No había, en la mente ordenada del sargento, ninguna precipitación, sólo la fría decisión, siempre que fuera posible, de vengar la muerte del soldado que había caído de una manera estúpida, cruel… aunque mucho menos que su hermano Harold.
    Tampoco se produjo ninguna descarga emotiva en su mente cuando recordó a Harold. Le había visto, mutilado, en su féretro, sin ojos, con las orejas cortadas y el bajo vientre manchado de sangre.
    Sus manos, distraídas, ausentes del control de su cerebro, como seres independientes a él, acariciaron el Long Rifle. No había disparado ni un solo tiro desde que llegó a Francia.
    Tenía mucho tiempo, mucho tiempo delante de él.

II

    El sol salpicaba de rojo los tejados de las casas. Marchando a la cabeza de los hombres, teniendo a la derecha al sargento Ryder, el teniente George Foster suspiró, contento de que la noche hubiera terminado. Y, con ella, aquel ir y venir incesante, la larga estancia en el puesto de mando del comandante Simmons, en medio de una atmósfera tan cargada de humo de cigarrillos que hubiera podido ser cortada con un cuchillo.
    – Éste es el pueblo, sargento -dijo con la mirada fija en los chorros de oro que el sol ponía sobre el borde de los aleros.
    – ¿Vamos a quedarnos mucho en él, mi teniente?
    Le agradaba la voz del suboficial. Era dulce, queda, susurrante como el frufrú de las faldas de una mujer; clara, con una perfecta fonética en cada letra, en cada sílaba.
    «Una voz de maestro», pensó, sonriendo.
    Luego, en voz alta:
    – No, no nos quedaremos mucho, sargento. Partiremos enseguida. La posición que se nos ha asignado está a quince kilómetros al otro lado de este lugar.
    Bajaban la cuesta que conducía al poblado. Cargados como mulos, los hombres iban inclinados hacia adelante, con las espaldas encorvadas, como una cohorte de curiosos jorobados. Tenían que clavar los tacones de las botas en la tierra para llevar un paso rápido y no correr cuesta abajo.
    Los Tommies penetraron en la calle principal. El rascar de las suelas claveteadas de las botas se convirtió en el ruido recio de los pasos, que se hicieron rítmicos. Las mudas fachadas de las casas devolvían el eco de los pasos…
    – ¡Otro pueblo vacío! -suspiró Aldous.
    Era un hombre de cerca de cuarenta años, aunque su rostro sonrosado estaba impregnado de un aire juvenil; más que eso, aniñado casi. Los cabellos, que ahora no se veían bajo el casco, tenían un color pajizo, como el de las cejas, hirsutas y revueltas como dos manojos de estropajo.
    Pero debajo de ellas, vivos como peces, los ojos, de un azul purísimo, no se estaban jamás quietos. Y eran ellos, más que cualquier otro detalle de aquel rostro, los que inundaban de juvenil brillo la fisonomía del suboficial Ryder.
    No habían atravesado más que una minúscula aldea, en las colinas. Pero la generalización que acababa de manifestar Aldous era, para el teniente, que sabía la verdad, un axioma.
    – Así será de aquí en adelante, señor Ryder -le dijo.
    Aldous sonrió.
    Volvía a comprobar, no sin cierto regocijo, que el oficial le llamaba señor, cuando no sargento. Era el único de los tres jefes de pelotón al que trataba de aquella deferente manera.
    Ryder lo encontraba natural… y divertido, al mismo tiempo.
    ¡Era tan joven! ¿Qué edad podría tener el teniente? ¿Veintidós? ¿Veinticinco?
    Y parecía instruido. Lo fuera o no, era un joven educado, sencillo, un buen oficial al que su cargo -tenía que ser naturalmente serio- había empezado a pintar algunas arrugas en las comisuras de los labios.
    – Ahí están los otros -dijo Foster cuando desembocaban en la plazuela.
    Pero entonces, al abarcar con la mirada el grupo de hombres que se estaban incorporando junto a la fuente, dispuestos a formar correctamente a la llegada del oficial, Aldous, con un tono de voz conmovido, musitó:
    – Hay una baja, señor… mire allí, hay un cuerpo tendido junto a la acera.
    Los dos sargentos se adelantaron hacia los recién llegados. Ambos, Robert y Richard, saludaron rígidamente.
    Pero el primero fue quien anunció, con voz neutra, completamente impersonal.
    – Hemos sufrido una baja, mi teniente. El soldado Carew fue agredido y asesinado anoche por un desconocido. Yo lo había destacado para que anunciase al sargento Cuberland nuestra llegada.
    Después de una pausa, y contestando a una pregunta del oficial, tomando la palabra, Robert fue más explícito. Como testigo casi directo de lo acontecido, dio toda clase de detalles al teniente Foster.
    – ¿No hay nadie en el pueblo? -inquirió éste luego.
    – No lo sabemos -repuso Robert-. No nos hemos movido de aquí, señor.
    – Bien. El camión con las ametralladoras y los morteros llegará dentro de poco. Disponemos de algunos minutos… ¡Es intolerable! -agregó volviendo bruscamente la mirada hacia el cuerpo del muerto-. Yo no creía que reaccionasen así…
    Después miró a los suboficiales.
    – Ayer -anunció-, el rey de los belgas capituló. Ordenó el alto el fuego a sus tropas. Se ha rendido a los alemanes. En cierto modo, aunque no nos consideran como enemigos… todavía somos unos intrusos para los habitantes de este país.
    – Enemigos es la palabra justa, mi teniente -dijo Kirk-; de otro modo, no podríamos justificar la muerte de Thomas.
    – Desde luego… eche una ojeada a las casas, sargento Kirk. Si halla usted a alguien, condúzcalo hasta mí. Aunque es más que probable que el culpable haya huido.
    – ¡A sus órdenes!
    No pidió ayuda alguna. Con el Long Rifle en la mano, empezó a andar. Se dirigió directamente a la alcaldía, la única casa cerca de la plaza cuyo portalón estaba entreabierto.
    Lo empujó y entró.
    Había una especie de patio pequeño, cubierto con un techo de cristal de colores. Una amplia escalera nacía al fondo. Fue hacia ella, subiendo los escalones de uno en uno.
    En el piso superior, el único que había sobre la planta baja, desembocó en un rellano del que partían, a derecha e izquierda, sendos pasillos. Vio en las paredes de los dos corredores infinidad de cuadros, pero la negrura de la pátina no le permitió más que adivinar, más que ver, la claridad difusa de algunos rostros.
    Entonces oyó un vago rumor de conversación, al fondo del pasillo que se dirigía hacia la derecha.
    Procurando hacer el menor ruido posible -la espesa alfombra que cubría el suelo amortiguaba completamente sus pasos-, avanzó por el pasillo hasta llegar junto a una puerta, igualmente a su derecha, de donde procedían las voces musitadas de dos personas.
    Kirk, junto a Ryder, el maestro, eran los únicos hombres de la sección que hablaban francés; Aldous porque lo había estudiado en Londres y Richard porque lo aprendió durante su estancia en las colonias, cuando visitó Indochina en varias ocasiones, y, especialmente, cuando contrajo una grave enfermedad tropical, la amebiasis, que le obligó a permanecer todo un año en el sur de Francia.
    No entendía sin embargo lo que estaban hablando en la habitación, ya que quien fuese, se estaba expresando en lengua flamenca, pero sabía que los belgas, en general, conocían perfectamente el francés.
    Entró en la estancia.
    Era una sala de juntas. En primer término, medio centenar de sillas tapizadas de rojo; al fondo, una estrada, con una amplia mesa directoral, en la que estaban sentados un hombre y un niño que no debía tener más de quince años.
    Sobre ellos, imponente, el retrato del rey Leopoldo.
    Debieron darse cuenta, al mismo tiempo, de la presencia del intruso, ya que volvieron la cabeza hacia la puerta, al unísono. El hombre se puso lentamente en pie, pero el muchacho permaneció sentado, y el inglés pudo percatarse que, al cerrar los puños, el joven intentaba disimular el temblor de sus manos.
    En un correcto francés, Kirk se anunció, manifestando al mismo tiempo el motivo de su visita.
    Y sus ojos se posaron, con fría firmeza, interrogativos, sobre el pálido rostro del muchacho.
    El hombre, con una aureola de cabellos blancos, aunque aún era joven, clavó en los ojos del inglés una mirada orgullosa.
    Richard tuvo una sonrisa triste, que apenas entreabrió sus delgados labios. Su boca, en realidad, parecía una herida abierta en la parte inferior de su rostro.
    – Deben ustedes acompañarme. El teniente Foster, mi jefe de sección, desea hablarles.
    El hombre se volvió hacia el joven.
    – Vamos, Erich.
    Siguieron al sargento.
    No pronunciaron ni una sola palabra mientras se acercaban a la plazuela. El sargento presentó al hombre, retrocediendo luego un par de pasos, pero deteniéndose para seguir, con toda atención, la conversación.
    Foster se encaró con el alcalde.
    – Es muy lamentable lo ocurrido, señor…
    – Me llamo Albert Dremberg.
    – Decía que es muy triste lo ocurrido, señor Dremberg. Se trata de un vil asesinato perpetrado en la persona de uno de mis hombres.
    – Créame que también lo siento yo.
    – ¿Quién queda en el pueblo?
    – Nosotros dos: mi hijo y yo.
    – ¿Y no tiene usted idea de quién puede ser el culpable?
    – En absoluto.
    Hubo una pausa; después, Foster atacó directamente.
    – ¿Por qué se ha quedado usted aquí? Sabe muy bien que los alemanes no tardarán en llegar…
    El orgullo encendió una luz peligrosa en las pupilas del belga.
    – Yo no soy un cobarde. Y mi cargo me obliga a quedarme aquí. No quiero que los hombres de este pueblo, cuando regresen, y regresarán, puedan decir que abandoné la localidad… como ellos.
    Foster asintió con la cabeza.
    – Eso dice mucho en su favor, señor Dremberg.
    – Gracias.
    El teniente británico miró al hijo del alcalde. El mismo brillo peligroso lucía en las pupilas del joven. Había algo desagradable en aquellas dos personas, algo indefinible que Foster no podía precisar, ni darle un nombre concreto.
    – Le agradezco mucho su colaboración, señor alcalde.
    Habían hablado en inglés, lengua que, por lo visto, también conocía Dremberg, pero que no utilizó cuando el sargento Kirk se dirigió a él.
    – Mi hijo y yo estamos a su entera disposición, señor teniente.
    – Gracias… ¡ah, una cosa! No tenemos agua… ¿es que las cañerías están rotas?
    – No. Corté el agua para evitar inundaciones. Usted sabe que las mujeres, con las prisas de la huida, son muy capaces de dejarse abiertos todos los grifos de la casa…
    Rieron.
    Todos, incluso los soldados que, respetuosamente, escuchaban la conversación.
    Todos menos Kirk.
    El sargento no movió un solo músculo de la cara. Su mirada seguía clavada en el rostro del hijo del alcalde, y cuando Erich miró hacia él, el joven belga volvió rápidamente la cabeza hacia otro lado.
    Dremberg hizo un movimiento afirmativo con la cabeza.
    – Voy a abrir inmediatamente el paso del agua. Si necesita alguna cosa más…
    – Muchas gracias.
    Se alejaron los dos belgas.
    Diez minutos más tarde, tras una sonora salida de aire, el grifo soltó un potente chorro de agua. Los soldados primero, luego los dos suboficiales y el teniente se apresuraron a llenar sus cantimploras, lavándose después los rostros ennegrecidos por el polvo.
    Kirk no se acercó a la fuente. Tenía sed, tanto como los demás y ganas de refrescar su piel quemada por el sol, mancillada por el polvo. Pero no dio ni un paso hacia la fuente. Y cuando, solícito, sonriente, uno de sus soldados, Ben Otway, se acercó a él ofreciéndole su cantimplora, el sargento movió negativamente la cabeza.
    – No, gracias, no tengo sed.
    Fue después junto al cuerpo de Thomas. Foster se reunió con él. Al ver al teniente, Richard dijo:
    – Podríamos darle sepultura en las afueras del pueblo, ¿no le parece, señor?
    – Perfectamente.
    – Mi pelotón lo hará, mi teniente, si no ve usted inconveniente.
    – De acuerdo.
    Andrew y Abraham llevaron el cuerpo hasta las afueras del poblado. El sargento halló un sitio adecuado y, con su pala de combate, contribuyó, lo mismo que sus hombres, a dar sepultura a Thomas.

* * *

    – Hemos de ponernos en marcha…
    Los hombres ya estaban dispuestos, con las armas en bandolera, los cascos sobre la cabeza. Winston se había lavado y vendado los pies y se hallaba preparado para la nueva marcha.
    Richard se acercó al oficial, cuadrándose ante él.
    – Si me lo permite, mi teniente -dijo-, desearía formar la retaguardia…
    – Me parece bien.
    Foster se volvió hacia los otros jefes de pelotón, alzando la mano:
    – Adelante… paso maniobra… ¡MARCH!
    Los hombres esperaron hasta que el oficial pasó delante, luego se pusieron a andar, arrastrando los pies, más por costumbre que por otra cosa.
    Kirk, junto a sus muchachos, esperó, sin moverse, junto a la fuente. Cuando los otros dos pelotones hubieron desaparecido detrás de las últimas casas, volvió el rostro hacia los Tommies y gritó, con voz ronca.
    – ¡Fusil al hombro! ¡Paso de maniobra! ¡En marcha!
    Dejó que los tres hombres le precedieran. Y con el Long Rifle en la mano, se quedó el último.
    No se detuvo hasta que hubieron doblado la última esquina; entonces, con voz silbante, pero no muy alta, ordenó:
    – ¡Alto!
    Los hombres se detuvieron, volviéndose, mirándole con una luz de extrañeza en las pupilas.
    Pero él no dio explicación alguna. Se limitó a decir:
    – Esperadme aquí. Vuelvo en seguida.

* * *

    Erich se separó de la ventana; una sonrisa de triunfo flotaba en sus labios.
    – Ya se han ido, padre…
    – ¡Los muy cerdos! -exclamó Dremberg-. ¡Ojalá hubiera podido envenenar el agua y hacer que reventasen todos!
    – Uno, por lo menos, se ha quedado aquí… -dijo Erich.
    La expresión colérica desapareció como por ensalmo del rostro del alcalde. Puso una mano sobre el hombro de su hijo.
    – Diré que fuiste tú, Erich…
    – Debiste dejarme el cuchillo.
    – No. Otra vez… quise hacerlo yo mismo. Esos puercos no saben que todos nuestros antepasados fueron germanos. Hace sólo cien años que nuestra familia vive en Bélgica. Pero ahora, volverán los hermosos tiempos. Y todos aquellos que han hablado mal de los alemanes, lo pagarán.
    – Sobre todo el señor Molinard…
    Era el maestro del pueblo. Un francófilo de corazón, un patriota cien por cien.
    Dremberg cerró los puños.
    – ¡Deja que regrese ese granuja! -dijo con rabia-. ¡No se escapará! ¡Lo prometo!
    – ¿Y la bandera, papá? -inquirió entonces el joven.
    – Vamos a ponerla ahora mismo. No creo que haya más ingleses en las colinas. Estos son los últimos que han pasado. Tráela, por favor…
    Erich se encaminó a un enorme armario que había en la sala de reuniones, abrió las pesadas puertas, hurgó en el interior y extrajo, con cuidado, una bandera con la cruz garuada. Su padre la cogió en sus manos con verdadera veneración.
    – Voy a colgarla ahora mismo.
    Fue hacia el balcón, abriéndolo de par en par, salió al exterior y colocó la anilla superior en el mosquetón de la cuerda, que cerró con fuerza.
    Detrás de él, Erich se puso firmes y levantó el brazo derecho en alto.
    El alcalde empezó a tirar del cabo. La seda comenzó a desplegarse, subiendo lentamente hacia lo alto del mástil.

* * *

    En la cuadrícula del dispositivo telemétrico se dibujó con una claridad notable, la silueta del alcalde en el balcón.
    Una mueca, más que una sonrisa, entreabrió ligeramente los finos labios del sargento Kirk.
    Apuntó con cuidado.
    En sus manos, el Long Rifle se movió con una lentitud desesperante, pero sin vacilación ni temblor alguno. El hombre y el arma formaban un solo cuerpo.
    Sólo cuando vio, en parte, la esvástica, entre los pliegues sedosos de la bandera, Richard tuvo como un sobresalto. Los músculos de su cuerpo se pusieron rígidos y, escapando entre sus dientes apretados, el aire silbó como al salir de una válvula.
    Un calor intenso, como un brusco ataque de fiebre, le quemó las sienes. El odio le hacía daño, como si una bestia extraña le mordiera en el pecho.
    Pero aquella súbita reacción no duró mucho. Casi en seguida, su espíritu de cazador se sobrepuso y una gran paz se extendió por su cuerpo. Volvió a convertirse en la rígida estatua de siempre, y en el visor telemétrico, la silueta de Dremberg se reflejó sin que la lente se moviera una décima de milímetro.
    Contuvo la respiración.
    La cruceta estaba ahora sobre la redonda y germánica cabeza del alcalde. El punto central se había detenido sobre la boca. Porque Kirk sabía que la trayectoria sería ascendente y que la bala había de estallar en el cerebro de aquel canalla.
    Una bala dum-dum, que había preparado cuidadosamente, como las otras que guardaba, escondidas, preparadas desde que vio el cuerpo mutilado de Harold, antes de que la tierra de Francia lo cubriera para siempre.
    Apretó el gatillo.

III

    Como una cuña de acero, las fuerzas blindadas alemanas avanzaban hacia el Oeste, hacia el mar, empezando a dibujar sobre los mapas de los estados mayores la gigantesca tenaza que iba a cerrarse a la espalda de las fuerzas francobritánicas que seguían en Bélgica.
    Dejando tras ellos el profundo carril de sus orugas, los tanques del Grupo de Ejércitos A, mandado por Von Rundstedt, habían roto el frente aliado en Las Ardenas, atravesando luego el Mosa para, realizando entonces lo que se llamó «movimiento de bisagra», lanzarse, no hacia París (como prevenían los viejos planes de invasión), sino hacia el Atlántico.
    De nada sirvieron los esfuerzos desesperados de los franceses.
    Como en Polonia, las divisiones de caballería del Segundo Ejército de Huntziger fueron barridas por los Panzer. Y tampoco consiguieron nada las divisiones motorizadas del Noveno Ejército de Corap, su masa de infantes, sus cañones del 75…
    Guderian, Reinhardt, Hoth, y dentro de las panzerdivisionen de este último, el joven general Rommel (el futuro Zorro del Desierto), perforaron las defensas enemigas, pasaron sobre los ríos, dislocando la resistencia gala, lanzándose, en una carrera alocada, hacia los pueblos de la costa, hacia Abbeville, Boulogne, Calais…
    La gigantesca tenaza se cerraba.
    Dos ejércitos franceses: el Séptimo, mandado por Giraud y el Primero, bajo las órdenes de Blanchard, estaban encerrados ahora, en territorio belga, junto a la totalidad del Cuerpo Expedicionario Británico, que mandaba Lord Gort.
    Cientos de miles de hombres que retrocedían, cansados, hacia un lugar que la Historia pintaba de esperanza:

    DUNKERQUE.

* * *

    Habían ocupado una corta línea de trincheras, sobre un altozano. Después de descargar la ametralladora y los dos morteros, así como municiones para ambos, el camión se alejó, rumbo al sur, seguido por la mirada lánguida de WC.
    – ¿Por qué no me habrán pegado un balazo en un brazo? -suspiró, mirando la polvareda que el pesado vehículo dejaba a su paso.
    Mathew Blow, que estaba sentado a su lado, liando un cigarrillo francés de los llamados troupe, se echó a reír.
    – ¿Y por qué no en un pie, bailarín?
    – ¡No digas eso! ¡Ni en broma!
    Después de encender su cigarrillo, el soldado miró detenidamente los pies de su compañero.
    – ¿Los tienes asegurados? -inquirió con sorna.
    – No, pero debí hacerlo antes de salir de Inglaterra. Por desgracia, esos cochinos de las Compañías de Seguros no hacen pólizas en caso de guerra.
    – ¡Qué lástima! -se mofó Blow-. Debían prever algo así para tipos tan importantes como tú. También debió Nick asegurar sus manos.
    – ¡Bah!
    – ¿Es que no las consideras importantes? ¡Fíjate en él!
    Winston volvió el rostro.
    Nick Brandley estaba sentado junto al tronco de un árbol, con una lente en forma de embudo incrustada en el ojo derecho. Había colocado su macuto sobre las rodillas y, con una minúscula pinza, desmontaba un reloj de pulsera.
    – ¿Qué hace? -inquirió WC.
    – Ya lo ves. Arreglando un reloj.
    – ¿De quién es?
    – Del teniente. Se le metió polvo dentro.
    – ¡Bah! Un vulgar relojero… ¡y quieres comparar sus manos con mis pies!
    – Es un tipo estupendo. El teniente lo ha dicho: un verdadero mecánico de la precisión.
    – Hay muchos más relojeros que profesores de danza.
    Blow posó sobre el rostro de su amigo una mirada llena de malicia y curiosidad.
    – Oye, Williams… tú también enseñabas a bailar a las muchachas… ¿no es cierto?
    – ¡Pues claro!
    – ¿Qué clase de baile?
    – De todo. Moderno y clásico.
    – ¿Quieres decir que se ponían delante de ti como esas chicas de los ballets?
    – Sí.
    – ¡Vaya suerte la tuya! Menuda ración de vista que has debido darte, granuja. Porque esas tipejas tienen unos muslos que dan miedo… ¡y no hablemos de lo demás!
    El otro frunció el ceño.
    – ¡Eres un sucio puerco, Blow! Un profesor no se fija en esas cosas. Nosotros, los danzarines, somos como los médicos. Para un doctor, una mujer, por hermosa que sea, no es más que una enferma…
    – ¡No me cuentes cuentos! El médico de mi pueblo, un joven que llegó hace unos tres años, no era como tú dices. Cuando una chica bien hecha iba a visitarle, ¡le sobraba tiempo! ¡Menudo sobo que debía meterle! Recuerdo que, una vez, tuve que esperar tres cuartos de hora en la sala… había entrado una mujer de miedo…
    – En todo hay excepciones, merluzo. Ese médico era tan cerdo como tú…
    Mathew se llevó el dedo al mentón.
    – ¿No será que eres del sindicato de los maricas?
    – ¡Vete al infierno, por no mandarte a otro sitio que huela peor!
    – Ya estoy en él, WC.
    Enfadado, Winston echó mano a la bayoneta, que había dejado a su lado.
    – ¡Voy a…! -amenazó, levantando el arma.
    – ¡Cuidado, el sargento! -le advirtió el otro.
    En efecto, Cuberland avanzaba hacia ellos. Se detuvo, con el ceño fruncido. Luego sonrió débilmente.
    – Algún día voy a enseñaros a los dos a estaros tranquilos… ¡Vamos! Hay que emplazar el mortero.
    Se pusieron en pie.
    – ¿El mortero? -inquirió Blow.
    – Sí. El teniente ha ordenado que dejásemos la ametralladora al tercer pelotón. Al sargento Kirk no le quedan más que tres hombres.
    Una sombra pasó por el rostro de los tres hombres al recordar la muerte de Carew. Echaron a andar hacia el tramo de trinchera que les pertenecía y que formaba el flanco derecho de la pequeña posición.
    Foster estaba allí, mirando al horizonte con los gemelos. Se volvió, al oírles llegar, bajando el aparato óptico, que dejó colgando alrededor de su cuello, golpeándole el pecho.
    – Hay que batir aquella vaguada -dijo, señalando con el brazo extendido.
    Blow y Winston llevaron el mortero hasta el emplazamiento. John Wilkie había allanado la tierra con una pala. Cuando la plancha entró en contacto con el suelo, John la calzó con algunas cuñas de madera.
    – Durante el día -dijo entonces el oficial, dirigiéndose al sargento Cuberland-, no montaremos más que una guardia sencilla: un solo hombre bastará para vigilar. Por la noche, por desgracia, deberemos estar todos alerta.
    – Bien, señor.
    George Foster se alejó, andando despacio. Se detuvo aún para encender un cigarrillo, pero miró, a través del humo, la silueta recogida sobre sí mismo de Brandley, que continuaba su trabajo.
    Se acercó a él, sin que el soldado se diera cuenta.
    – ¿Estaba muy estropeado, Nick? -inquirió.
    Sobresaltado, Brandley estuvo a punto de soltar la rueda dentada que sujetaba en la pinza. Levantó la cabeza, sonriendo.
    – Un poco sucio, mi teniente, pero he aprovechado para desmontarlo. Tenía el espiral flojo… ¿no se atrasaba últimamente?
    – Sí, es cierto…
    El ruido estrepitoso de la motocicleta les hizo volver la cabeza. Envuelto en una densa polvareda, el vehículo frenó a pocos pasos del árbol. Prevenido, Nick se apresuró a extender un pañuelo sobre el reloj en piezas.
    El motorista, con casco de cuero y el fusil a la espalda, abandonó el vehículo, acercándose al oficial, ante el que se cuadró militarmente.
    – Un mensaje del comandante Simmons, mi teniente.
    – Démelo.
    El sobre estaba arrugado y sucio. Foster lo desgarró por un extremo, sirviéndose después del dedo índice como corta papeles. Sacó el pliego, que desdobló cuidadosamente, leyéndolo luego con atención.
    – Enterado -dijo después.
    – ¿Necesita algo más? -inquirió el motorista.
    – No, gracias. Puede usted disponer.
    – ¡A la orden!
    Momentos después, en medio de un estrépito intenso, la motocicleta se alejaba. Foster la siguió pensativamente con la vista; luego, bajando los ojos, volvió a leer el mensaje:

    British Expeditionary Forces,
    Duc Wellington Regiment.
    III Bataillon.
    Puesto de mando 239/65.

    Le informamos que el flanco izquierdo, a resultas de la defección belga, no ha podido ser cubierto por fuerzas aliadas. Se ha observado por ese sector un intenso movimiento de blindados. Estando su unidad en situación de cobertura y en el extremo del flanco izquierdo, se le ordena resistir al enemigo hasta por lo menos las 13 horas del día 29 de los corrientes. Sólo entonces podrá replegarse, como ordenado, hacia el recinto fortificado de Dunkerque.

    Foster suspiró.
    No esperaba, sinceramente, que la situación se hubiera agravado tanto en las últimas horas. Levantó la cabeza y miró hacia el lugar por el que, momentos antes, había desaparecido el motorista.
    Por primera vez, en la lejanía del horizonte, vio alzarse una alta y densa columna de humo negro, que parecía reptar perezosamente hacia el cielo.
    Y no le cupo la menor duda de que allí estaba el final del viaje, si es que alguna vez llegaban hasta allí.
    Volvió lentamente hacia la trinchera.

* * *

    Su lápiz de labios le dejó un gustillo dulzón en la boca; se pasó la lengua por los suyos, mirando a la muchacha. Una vez más recomo con la mirada la curva línea de las caderas, y de nuevo, se detuvo en los senos, quizás un poco voluminosos para la armonía general del cuerpo femenino que tenía ante él.
    «Sin embargo -pensó-, es una muchacha espléndida, llena de vida. Y ha de ser formidable en la intimidad…»
    El último pensamiento le produjo un ligero e imperceptible estremecimiento de placer; algo así como un escalofrío ultrarrápido, un temblor que dejó una sensación placentera a lo largo de su columna vertebral.
    – Debíamos habernos casado, Clara -dijo, como si intentase hacerle comprender lo que acababa de experimentar.
    Ella le sonrió, mientras que Edward se preguntaba si la muchacha se había percatado de su turbación, de aquella oleada de deseo que le había recorrido como un huracán tumultuoso.
    – ¿Has olvidado a Nick?
    Aquella pregunta le irritó. Debía haberla esperado, sin embargo. Y se extrañó, desde que ella llegó al puerto, que no hubiese nombrado ni una sola vez a Brandley.
    Por desdicha, había elegido el peor momento para acordarse de él.
    – Puede que ya esté muerto.
    – ¡Imbécil!
    Había gritado la palabra, pero lo hizo con más temor que malicia, asustada por lo que acababa de decir Edward.
    – Perdona -suplicó el soldado-. No lo dije por nada, se me escapó.
    Pero se dio cuenta, al ver el brusco cambio que había sufrido el rostro de Clara, que el encanto se había roto, y hasta pensó si ella no se arrepentía de haber venido a despedirle.
    Ella pareció leer sus pensamientos.
    – Cuando vine aquí, hace meses, para despedir a Nick, él no me dijo nada malo sobre ti; por el contrario, deseó sinceramente que tuvieses mucha suerte en el mar, ya que había leído algo sobre el ataque de los submarinos alemanes a los barcos de la Home Fleet.
    Él huyó de la mirada de Clara. Volvió un poco la cabeza, paseando su mirada por las altas grúas, por el bosque de mástiles que sembraban de puntas y cordajes los muelles del puerto de Portsmouth.
    – Vuelvo a rogar que me perdones…
    – Ya está olvidado. Pero no olvides una cosa. Os quiero a los dos, de la misma forma… al menos por ahora. Y ya sabes lo que os dije en Londres cuando nos reunimos el día que os movilizaron: «será mi preferido el que haya demostrado ser más hombre, más valiente, en esta guerra…»
    Un esbozo de sonrisa elevó las comisuras de los labios de Edward.
    – Como en la Edad Media -comentó, jocoso-. En aquellos tiempos, las damas se casaban con los vencedores de los torneos. Y el preferido era siempre el que más cintas de triunfo llevaba a la dama de sus sueños…
    – Puedes reírte, pero así lo he decidido…
    Un oficial de marina se acercó a ellos. Como Edward, llevaba en la manga las insignias de artillero de la DCA (Defensa Antiaérea).
    – Vamos, muchacho -dijo, sonriente-. Despídete y sube a bordo.
    Waddell esbozó un saludo.
    – ¡A la orden, señor!
    El oficial sonrió a la muchacha, antes de alejarse.
    – Voy a dedicarte el primer avión nazi que derribe, Clara.
    – Te lo agradezco.
    – Y derribaré muchos. Si quieres un triunfador, yo lo seré. Y aquí -añadió con vehemencia golpeándose el lado izquierdo del pecho-, cuando regrese, verás una medalla, quizá la Victoria Cross.
    – Será mi mayor alegría. Ed, cuídate mucho.
    – ¡Hasta pronto, Clara!
    – ¡Hasta pronto!
    Subió, con paso ágil, por la pasarela. Cuando se volvió, vio, frunciendo el ceño, que la joven había desaparecido.
    – ¡Maldita hipócrita! -gruñó, en voz baja, mientras se encaramaba a la plataforma del cañón antiaéreo.
    Sus dos ayudantes, los artilleros de segunda clase Tom Lister y Pat O’Hara, le sonrieron, y él comprendió que sus dos amigotes debían haberle vigilado desde la torreta de la pieza.
    – ¡Qué pedazo de mujer! -exclamó Pat, el pelirrojo-. ¡Y vaya beso que le has pegao!
    Apoyado en la barandilla, desde aquella altura, Edward miró una vez más al muelle, intentando encontrar a Clara entre el tumulto de gente que se agolpaba, como inquietas hormigas, bajo los esqueletos gigantescos de las grúas.
    – No la busques -le dijo Tom-. Se ha largado. La he visto abrirse paso entre la gente. ¡Vaya pechos los suyos, camarada! Dan ganas de volverse bebé…
    Volviéndose, Waddell le fulminó con la mirada.
    – ¡Basta de bromas idiotas, Lister! Esa chica es mi novia. Haced el favor de cerrar el pico los dos…
    – No te enfades -le replicó amablemente O’Hara-. Ya sabemos que es tu verdadero amor, Ed. Pero tú nos has contado que la chica no se había decidido y que había un relojero que aspiraba también a convertirla en su media naranja.
    Waddell torció el gesto.
    – ¡Ese relojero no tiene nada que hacer! Lo más seguro es que haya estirado la pata…
    – ¿Está en Europa?
    – Sí. Salió con el BEF.
    – Entonces, el pobre debe estar pasándolas negras -intervino Tom-. ¡Fijaos en todos esos barcos! Y no es nada. Hay otro buen montón en Dover y en Plymouth, y dicen que han sido movilizados hasta los barcos más raros: remolcadores, minadores, lanchas y hasta yates…
    – Todo será necesario para sacar de Francia a esos pobres chicos -suspiró Pat-. ¡Si me lo hubieran dicho! ¡Cochina guerra! Jamás hubiera imaginado que nos iban a castigar así esos asquerosos nazis…
    El barco levaba amarras.
    Separándose del muelle, el HMS London, un carguero convertido a toda prisa, como otros muchos, en transporte artillado, viró pesadamente a media máquina. Luego, proa ya a la bocana, sus hélices gemelas batieron con fuerza creciente el agua sucia de grasa, en tanto que el espolón abría el abanico de espuma al ganar velocidad.
    Ed acarició suavemente el largo cañón de la pieza de DCA.
    – He prometido -dijo en voz baja- dedicar a Clara el primer avión enemigo que derribaremos.
    Pat miró a Tom, guiñándole el ojo. Pero ni uno ni otro despegaron los labios, si no fue para esbozar una sonrisa burlona.

* * *

    La noche se les había echado encima mucho más pronto de lo que ellos esperaban. Negros nubarrones, empujados por la brisa del norte, cubrieron el cielo, apagando la luz de un sol que empezaba a recostarse, vestido de granate, en el Oeste.
    En menos de veinte minutos, las tinieblas les envolvieron y la pequeña posición quedó sumida en una oscuridad casi total. Sólo tras ellos, al sudoeste, un reflejo rojizo parpadeaba en la negrura de la noche:
    Dunkerque.
    Foster echó una rápida ojeada al reloj que Nick le había arreglado: las siete y media de la tarde y ya de noche cerrada. Suspiró. Tenía la esperanza de que los alemanes no atacasen hasta la mañana siguiente, pero aquello tampoco iba a solucionar nada.
    ¿Cómo iban a defenderse contra los tanques germanos?
    ¿Los morteros?
    Utilizados con habilidad y destreza -y con mucha suerte-, bien podrían inutilizar alguna oruga de un blindado. Pero no era suficiente. Y después, ¿qué?
    Terminó sentándose en el suelo, encendiendo un pitillo. El tabaco pareció serenarle un poco. Luego pensó en Deborah, su mujer. Y en el pequeño Bob, que iba a cumplir dos años.
    No tenía derecho a torturarse.
    Cerró los ojos, recostándose contra el tronco del árbol. Y procuró pensar en otras cosas, en cosas intrascendentes, estúpidas. Veamos: ¿cuál es la probabilidad de que un proyectil de mortero perfore el blindaje de un tanque? Las cifras danzaron en su mente, alineadas como los soldados de un regimiento…
    Y se quedó dormido.
    En el ala derecha de la trinchera, Winston suspiraba, mirando con envidia los objetos que Wilkie sacaba de su macuto. El objeto que le había hecho abrir los ojos como platos era un magnífico par de calcetines.
    Con una colilla en la boca, Blow sonreía, sin decir nada.
    John extrajo unos paquetes de cigarrillos, un paquete de cartas, atado con una cinta azul, pero la mirada de WC no se separaba de los calcetines.
    Mathew no pudo contenerse más.
    – Puedes sacar dos libras, John; quizá tres…
    Wilkie levantó la cabeza, sorprendido por las palabras de su compañero, pero sin saber lo que había querido decir.
    – ¿Libras? -inquirió.
    – Sí. Puedes ganar hasta tres… que es un precio razonable. El que podías pedir a WC por ese par de calcetines.
    John se echó a reír.
    – No tengo más que ese par, Blow. No lo vendería por nada del mundo.
    La expresión se entristeció en el rostro de Williams. No había pensado en comprar el par de calcetines, pero las entrometidas palabras de Mat le abrían una insólita posibilidad.
    – ¿Cuánto quieres por ellos? -se atrevió a inquirir.
    John denegó con la cabeza.
    – No hay nada que hacer, WC. Pierdes el tiempo.
    – ¡Piensa en mis pies!
    – Primero he de pensar en los míos…
    Justo en aquel momento, Nick, que permanecía en silencio junto al mortero, se puso bruscamente en pie.
    – ¡Callaos! -advirtió.
    Los otros le miraron; es decir, John y Mat. En cuanto a Winston, no separaba sus ojos de los calcetines.
    – ¿Qué ocurre? -inquirió John.
    – ¿No oís?
    Prestaron oído. En el silencio de la noche, oyeron un rumor apagado, algo así como el rodar martilleante de un viejo molino de café.
    – Tanques… -musitó Blow.
    – Sí -repuso Brandley-, pero los oigo venir por detrás.
    Se miraron en silencio, comprobando en seguida que Nick tenía toda la razón del mundo. Y fue Nick quien dijo, haciéndose dueño de la situación:
    – Voy a avisar al sargento.
    Siguió el curso ondulante de la trinchera. Robert estaba junto a Richard, que con sus hombres, habían llenado unos sacos terreros para formar un parapeto sólido delante de la ametralladora.
    – Sargento…
    Cuberland se volvió, sonriente, como de costumbre.
    – ¿Qué hay, muchacho?
    – Tanques, señor. Acabamos de oírlos. Y parece que vienen por detrás.
    Antes de que Robert pudiera decir algo, Kirk se dirigió a sus hombres, que golpeaban con la pala la fila superior de los sacos para alisar su rugosa superficie.
    – ¡Quietos! -ordenó con voz tonante.
    Se inmovilizaron.
    Entonces, hecho el silencio, el ruido de las orugas se tornó claro, perceptible. Todos los hombres, con un gesto unánime, volvieron la cabeza hacia el sur.
    – Es cierto… -musitó Cuberland-. Habrá que avisar al teniente. ¿Alguno de vosotros lo ha visto?
    – Yo fui a preguntarle, hace un rato -repuso Nick-, si el reloj que le arreglé marchaba bien. Estaba ahí atrás, junto a los árboles…
    Robert saltó sobre el borde posterior de la trinchera. Incorporándose, avanzó luego hacia la silueta sentada del oficial, al que vio recostado en un árbol. El ruido de los tanques aumentaba…
    – ¡Maldita sea! -juró Cuberland en voz baja-. ¡Esos cerdos nos han debido rodear! ¡Menudo plan!
    Se inclinó ligeramente, sacudiendo el hombro del oficial.
    – ¡Señor…!
    Estremeciéndose, Foster abrió los ojos. Luego se incorporó, secándose con los dedos un hilo de baba que le caía por el mentón.
    – He debido quedarme traspuesto… -dijo con tono de excusa.
    – Vienen tanques, mi teniente. ¿Los oye usted?
    George prestó oído, entornando ligeramente los ojos. Orientándose, volvió la cabeza hacia el sur, frunciendo entonces el entrecejo.
    – El ruido llega por detrás -constató.
    – Así es, señor.
    Todavía con jirones de sueño en la mente, el oficial hizo un poderoso esfuerzo por despabilarse. Se pasó la mano por el mentón, con energía, frotando la barba que brotaba ya, punzante como la superficie de un papel de lija.
    – No lo entiendo… -confesó, al cabo de un instante.
    – No van a darnos tiempo de cambiar los emplazamientos de los morteros, mi teniente -dijo Cuberland, intentando ayudar a la lenta marcha del cerebro adormilado del oficial-. Y tampoco tenemos granadas antitanque.
    Foster asintió con la cabeza.
    – Espere…
    Algo se puso a brillar en sus pupilas; era una especie de luz que brincaba rápidamente, como si un mecanismo eléctrico se hubiera encendido en sus ojos.
    De repente, dando una palmada en el hombro del suboficial, se echó a reír.
    – ¡Son Matildas, amigo mío!
    – ¿Cómo? -se asombró sinceramente el sargento-. ¿Tanques nuestros? ¿A estas alturas?
    La verdad es que no habían visto ni uno solo desde que penetraron en territorio belga. Y ahora, cuando corrían como conejos, con la sola idea de llegar a Dunkerque cuanto antes…
    – ¡Esto es un cachondeo! -exclamó Robert, sin poderse contener-. Y que el teniente perdone.
    Foster seguía sonriendo.
    – Le comprendo, Cuberland, y entiendo lo que siente. Pero en el mensaje que recibí ayer se me decía que los alemanes iban a atacar con blindados por el flanco izquierdo… y nosotros somos ese flanco. Desde aquí -y extendió el brazo hacia el Oeste- hasta el mar, no hay un solo inglés… ni francés, naturalmente.
    Cuberland sintió un agradable calorcillo que le recorría el cuerpo.
    – Voy a avisar a los muchachos… ¿puedo, señor?
    – Sí. Envía dos hombres… por si acaso. No me gustaría comprobar que esos Matildas han sido capturados y van tripulados por nazis.
    – ¡A la orden!
    En cuanto el sargento se alejó, Foster se echó los gemelos a los ojos; poseían cristales de visión nocturna, pero la oscuridad era demasiado intensa para que, en la lejanía, pudiese ver algo.
    – Mi teniente…
    Se volvió. Eran los dos hombres que le enviaba Cuberland: Nick y John. Los dos empuñaban sus fusiles.
    – Vamos a acercarnos, muchachos. Daremos un rodeo… Esos tanques -agregó para tranquilizarles- no pueden ser más que nuestros.
    Se pusieron a andar, en silencio.
    Les guiaba el ruido de los blindados, cada vez más preciso e intenso. En la noche, era fácil pensar en dos colosos de acero que se movían pesadamente, aplastando todo lo que se interponía en su marcha.
    Nick, que poseía una vista aguda, fue el primero en percibirlos.
    – Mi teniente… -musitó acercándose al oficial.
    – ¿Qué?
    – Mire, a la derecha… son dos… y vienen hacia aquí.
    Foster los distinguió entonces, con su clásico aspecto, pequeños, mucho más bajos que los blindados germanos, bastante rápidos, pero dotados de un blindaje no demasiado espeso.
    Echando mano a la linterna, Foster se dispuso a enviarles una señal. Era un momento delicado, ya que el enemigo debía haber capturado no pocos Matildas, y estos dos podían muy bien ir tripulados por germanos que realizasen una patrulla de inspección, valiéndose de su disfraz para adentrarse en territorio enemigo.
    Suspiró.
    No tenía, no obstante, más remedio que decidirse.
    Encendió la linterna, apagándola y encendiéndola tres veces consecutivas.
    Los tanques se detuvieron.
    Las torretas giraron lentamente hacia el lugar donde habían surgido los reflejos de la linterna. La negra boca de los cañones miró, apuntando, hacia los tres Tommies.
    Una voz áspera llegó hasta ellos.
    – ¡Acérquense con los brazos en alto! ¡Vamos a encender el reflector!
    Enarbolando una sonrisa, Foster levantó los brazos. Los otros le imitaron. Sin miedo. Porque la voz se había expresado en el galés más cerrado que habían oído jamás.
    El brazo luminoso de un reflector cayó bruscamente sobre ellos.
    Luego se oyó una risa, y la misma voz:
    – Perdón, teniente. Pueden bajar los brazos.
    Un hombre alto, con casco de cuero, saltó al suelo desde la torreta del primer Matilda. Se cuadró ante el oficial.
    – Sargento McGuire, señor. Usted debe ser el teniente Foster, ¿no?
    – Sí.
    – Me dieron su nombre en el puesto de mando del Batallón. Nos han enviado para ayudarles.
    – ¡Excelente!
    – ¿Y el enemigo?
    – Todavía no le hemos visto -sonrió el oficial-. Es curioso y ridículo decirlo, pero no hemos visto alemanes desde que llegamos a Bélgica.
    – Ya lo sé -la voz de McGuire bajó de tono-. Sin embargo, señor, las cosas van muy mal por ahí abajo, en Francia. Ya han llegado a Calais…
    – ¡Demonios! Un poco más y nos cerrarán el paso.
    – Eso es lo que todos tememos. Las mejores divisiones blindadas de Hitler se dirigen hacia Dunkerque, desde el Este. Hay un grupo británico que sigue luchando en las cercanías de Arras. ¡Menuda paliza, mi teniente!
    – Es triste.
    – Puede usted subir al tanque, con sus hombres. ¿Están lejos las posiciones que ocupan?
    – No. Mandaré a uno de los muchachos para que avisen… ¡Wilkie!
    – ¡Señor!
    – Corre y prevé a los sargentos. Di que vamos para allá.
    – ¡A la orden!
    Foster y Nick se encaramaron sobre el primer Matilda. Los dos tanques se pusieron lentamente en marcha.
    Momentos después se detenían junto a la trinchera.
    Foster, contento de aquel refuerzo, saltó con agilidad desde el tanque, viendo que Kirk se acercaba a él.
    – Mi teniente. Hemos oído tanques frente a nosotros. Mucho ruido. Seguro que se preparan a atacar en cuanto se haga de día.
    – Bien.
    El tanquista McGuire, que había oído las palabras de Richard, miró al sargento, luego al oficial.
    – Haremos lo que podamos, señor.
    Foster asintió con la cabeza.
    – Gracias. Esperemos que haya un poquito de suerte.
    Los tanquistas salieron de sus cacharros. Pronto estaban mezclados con sus compañeros, los Tommies.
    Y la noche siguió su lento camino, vestida de negrura y de silencio.

IV

    Los hombres se estremecieron. No hacía mucho frío, sin embargo.
    Estaban apoyados en la trinchera, con las armas en la mano, la mirada fija frente a ellos. Junto a los morteros, los servidores de las piezas estaban también inmóviles, rígidos como estatuas.
    Por la derecha, la larga lengua gris del alba lamía ya las pendientes de las suaves colinas, extendiéndose hacia las partes bajas, hacia las vaguadas que formaban la «tierra de nadie».
    Con la pistola en la mano, el teniente Foster podía percibir con claridad los acompasados latidos de su corazón. Tenía el pecho apoyado en el borde de la trinchera, y era como si la tierra latiese y no él, como si aquel rítmico toc-toc le llegase de fuera.
    Al lado de Ben, que estaba arrodillado tras la ametralladora, el sargento Kirk, con su Long Rifle puesto sobre el parapeto de sacos terreros, esperaba.
    De todos los hombres alojados en la serpenteante trinchera, sólo él estaba tranquilo, sereno, y su corazón era, sin discusión, el único que latía acompasadamente.
    La luz del nuevo día barría ya todas las partes inferiores del terreno; algunos jirones de sombra quedaban aún. A la izquierda, iluminados ya, con su feo y sucio color gris, con sus letras y cifras negras pintadas en sus flancos, los dos Matilda esperaban también.
    El silencio, como una losa, pesaba sobre los pechos de los hombres, haciendo que su respiración fuese dificultosa, casi silbante. Era el «asma del miedo», una de las manifestaciones que mejor conocen los soldados.
    Pero el miedo no se agarra sólo al pecho, no sólo oprime los pulmones, contracta la garganta y deja la boca seca. También retuerce las tripas.
    Sintiendo las suyas «meterse en danza», Blow se echó bruscamente a reír.
    A Winston, que le dolían los pies, no le hizo gracia aquella risita de conejo.
    – ¿De qué te ríes, memo? -inquirió, volviendo la cabeza hacia Mathew.
    – De mis tripas.
    Ahora fue WC quien sonrió.
    – Tienes cagalera, ¿eh?
    – Sí. Me rilo patas abajo… Y es curioso. Cada vez que un soldado espera jaleo, siente unas ganas terribles de evacuar.
    – Eso es el canguelo.
    – No. Una vez, antes de salir de Inglaterra, un tipo que había estudiado medicina me dijo que eso de ir de vientre y mear antes de un peligro era una reacción normal. El cuerpo piensa en una herida en el vientre… y ya sabes que si lo tienes vacío, puedes salvarte.
    – ¡No me digas! Ese tipo que te contó esa historia debía tener el premio Nobel. ¡El cuerpo! ¡Me haces gracia! ¿Qué sabe el cuerpo? ¿De qué le servirá vaciar la vejiga y el intestino si luego recibes un balazo en plena azotea…?
    – Eso lo tienes tú previsto desde que naciste con la cabeza vacía. Nada malo te pasará si te meten un poco de plomo en el coco: un poco de aserrín en el suelo…
    – ¡Muy gracioso! Procura que no te peguen donde estoy pensando. Porque si regresas a Inglaterra sin tus partes, te vas a enredar los cuernos con las ramas de los árboles.
    Blow no se inmutó.
    – Tienes razón -dijo, muy serio-. Tendré cuidado, aunque me gustaría ser como tú, que no tienes nada entre las piernas…
    Iba Williams a contestar una barbaridad cuando la voz del sargento resonó como un trallazo.
    – Si seguís diciendo gilipolladas -les amenazó-, no va a hacer falta que los nazis os corten nada… Lo haré yo, ¡palabra!
    El silencio volvió a caer sobre ellos, más opresivo y ominoso que nunca. El aire se hacía irrespirable.
    Entonces, el grito de Kirk, que no perdía de vista el no man’s land, les previno, haciéndoles estremecerse.
    – ¡Ahí los tenemos, amigos!
    Cuatro pesados tanques acababan de surgir de detrás de un bosquecillo. Su vista imponía un respeto tremendo. Eran como cuatro criaturas de pesadilla, colosos de otros tiempos en un mundo alocado.
    Detrás de los tanques, algunas fugaces siluetas de color verde-gris empezaron a moverse cautelosamente.
    Richard acercó el rostro a la culata de su rifle, pegando el ojo al visor telemétrico. Enfocó con cuidado, no tardando en tener en la cruceta el rostro de un enemigo.
    Una involuntaria exclamación se escapó de sus labios.
    – ¡Diablo, y qué joven es!
    El germano tenía cara de niño. Gracias al aumento poderoso de la lente, Richard pudo ver el rostro con todo detalle: la boca pequeña, bien formada, casi femenina, la nariz recta, el mentón sin el esbozo de un solo pelo.
    El casco le ocultaba los ojos. Suspiró, pero sus pensamientos tomaron otro rumbo, volviendo al centro de su memoria, donde guardaba, empapados en odio, los recuerdos de su hermano.
    «También Harold era muy joven, casi un niño -pensó-. Acababa de cumplir veintiún años. Y mamá pensaba que sería un pintor famoso. Ya de niño dibujaba que daba gusto. Pero nunca, en ninguna parte del mundo, habrá una exposición que muestre los trabajos firmados por H. Kirk.»
    Apuntó a la garganta.
    El silencio era aún completo, salvo el monótono y quejumbroso rugir de los tanques, pero aún no habían abierto el fuego.
    El estampido brutal del Long Rifle sobresaltó a todos los ingleses. Ninguno de ellos esperaba que el primer disparo partiese de su propia trinchera.
    Allá abajo, el joven alemán salió disparado hacia atrás, como empujado por una fuerza invisible.
    Entonces los Panzers abrieron fuego.
    Los primeros proyectiles de obús levantaron surtidores de tierra parda junto a los Matilda. Sabiendo lo peligroso que era permanecer inmóviles, los dos tanques británicos se pusieron en movimiento, avanzando valientemente hacia sus enemigos, dibujando amplios zigzags.
    Uno de los tanques alemanes, el que estaba más a la derecha, visto desde la posición inglesa, despreció a los Matilda y concentró su fuego sobre la trinchera.
    El primer proyectil pasó muy alto, silbando con la violencia de un tren expreso; al mismo tiempo, más certeramente, su ametralladora barrió el borde anterior del parapeto, lanzando una lluvia de tierra sobre el rostro de los británicos.
    – ¡Morteros! ¡Fuego! -gritó Foster.
    Como el bufido de un gato rabioso, los morteros lanzaron sus proyectiles, que empezaron a explotar junto a los tanques. Algunas siluetas de las que seguían a los blindados se desplomaron, barridas por los mortíferos abanicos de metralla que se abrían ante ellos.
    Un proyectil de obús explotó rabiosamente en el extremo izquierdo de la trinchera. En cuanto se acabó la sacudida del eco de la deflagración, gritos de dolor se elevaron de aquella parte de la posición.
    Con la pistola en la mano, agachándose, Foster corrió hacia allá.
    El mortero había desaparecido. Con el rostro lleno de sangre, el sargento Ryder se volvió hacia el oficial, luego le mostró con un gesto lo que quedaba tras él.
    Tres cadáveres destrozados, horriblemente mutilados, yacían formando un montón de carne sanguinolenta. Detrás, el cuarto soldado, Fred Addison, sentado, con la espalda apoyada en el parapeto, las piernas abiertas, sujetaba con sus manos la masa intestinal que le había salido del vientre.
    Foster se estremeció.
    Nunca había visto nada igual. Y con los ojos fijos en los intestinos del desdichado Tommy, se dijo que parecía como si el soldado, semejante a uno de esos faquires de la India, jugase con una brazada de serpientes…
    No se podía hacer nada por aquel pobre muchacho, cuyas quejas iban disminuyendo de intensidad.
    – Lo mío no es nada, señor -dijo Aldous, secándose la sangre de la cara con un pañuelo-, pero los boys…
    Se mordía los labios de rabia, de impotencia. Porque quería a sus muchachos, y nunca hubiese podido imaginar que los perdería, a todos, de un solo golpe.
    Un grito de cólera, pero también de triunfo, que se levantó a la espalda del oficial, obligó a éste a volverse. Y vio a Kirk que señalaba al frente con el brazo extendido.
    George miró hacia la zona de combate.
    Los Matilda, los pequeños y valientes Matilda, jugándose el todo por el todo, se habían lanzado contra los Panzers, casi el doble que ellos.
    Uno de los tanques alemanes ardía por los cuatro costados; otro había perdido las cadenas del lado derecho. Pero Foster, realista ante todo, tuvo que pensar en que aquello no podía durar mucho tiempo.
    Así ocurrió, en efecto.
    Muy pronto, uno de los Matilda explotó como un barril de pólvora. Largas lenguas de fuego, multicolores, surgieron de su interior como en unos fantásticos fuegos artificiales.
    El otro, justamente el que mandaba McGuire, retrocedió, intentando escapar.
    No lo consiguió.
    Como si se hubieran puesto de acuerdo, dos tanques alemanes, los dos que quedaban indemnes, le embistieron, al mismo tiempo, cada uno por un lado.
    El choque fue horroroso.
    Cogido entre las dos poderosas masas, el Matilda, después de una serie de escalofriantes crujidos, se plegó, como un acordeón, haciéndose alto, gigantesco, como esos montones de chatarra que son aplastados por una monumental prensa.
    Foster cerró los ojos un momento.
    «¡Qué muerte más horrible!», pensó.
    Imaginaba el final de McGuire y sus muchachos, bestialmente aplastados entre las planchas de su propio tanque, reventando sus cuerpos, deshaciéndolos, con las vísceras saliéndoles a borbotones por la piel desgarrada.
    Al abrir los ojos, vio que los dos tanques alemanes se habían separado. Y una especie de lámina gruesa de metal retorcido se mantenía en pie, como un símbolo, como la muestra siniestra de una arquitectura de locura.
    Reflexionó rápidamente.
    Echando una ojeada a su reloj de pulsera, comprobó que no eran más que las nueve y cuarto de la mañana. Resistir, como se lo habían ordenado, hasta más de la una, era imposible.
    Incluso si se quedaba allí, si sacrificaba hasta el último de los hombres, no conseguiría detener a los germanos más de quince minutos, quizá menos…
    Ya se volvían los dos tanques hacia la posición inglesa, disparando sobre ella. Los proyectiles de obús explotaron delante y detrás. Y aprovechando aquel castigo artillero, la infantería, numerosa, empezó a avanzar, escaqueada, por saltos, aproximándose a la posición británica.
    No lo dudó más.
    Volviéndose hacia Ryder, dijo:
    – Vamos a replegarnos, sargento…
    Aldous palideció.
    – ¿Y qué hacemos con Fred, señor?
    – Veamos…
    Se acercaron a Addison. No tuvieron necesidad de tocarle, ni de tomarle el pulso. Estaba muerto. Sus manos, no obstante, ahora rígidas, seguían sujetando la masa intestinal libre que, como un repugnante delantal, le caía sobre las piernas.
    Algunas moscas se habían posado ya en las tripas.
    – ¡Vamos!
    Abandonaron el trozo de trinchera destrozado. La ametralladora seguía tirando sin interrupción. Pegado al parapeto, Kirk disparaba poco, pero cada una de sus balas daba en el blanco.
    Foster se acercó a él.
    – Nos retiramos, sargento. ¡Que desmonten la ametralladora!
    Volviéndose, Kirk miró fijamente al oficial, luego al rostro ensangrentado de Ryder.
    – He perdido a todos mis hombres -dijo Aldous en voz apenas audible.
    – Ryder puede encargarse de mi pelotón, señor -dijo Kirk-. Yo puedo quedarme aquí para entretenerlos mientras ustedes se alejan. Les alcanzaré en cuanto pueda.
    George frunció el ceño.
    No le agradaba la idea de dejar allí a nadie, pero tuvo que convenir que Richard tenía razón, ya que había que cubrir, aunque fuese de manera ridícula, la precipitada retirada.
    Tardó poco en decidirse:
    – De acuerdo… hágase cargo del pelotón de Kirk, Ryder.
    – ¡A la orden!
    Foster pasó al otro extremo de la trinchera, tropezando casi con el sargento Cuberland.
    – Abandonamos el mortero -le dijo-, pero destrúyalo antes. Y empiece a replegar sus hombres.
    – Bien, señor.
    Momentos después, bajo el fuego denso de los cañones de los tanques, los Tommies empezaron a deslizarse hiera de la trinchera, reptando hacia los árboles. Una vez allí, ya reunidos, se incorporaron, echando a correr tras el oficial que les mostraba el camino.
    Una vez solo, Kirk sonrió.
    No iba a permanecer allí, con todo aquel fuego concentrado sobre la trinchera. Los alemanes, junto a los blindados, protegiéndose tras ellos, avanzaban ya decididamente hacia la trinchera.
    Richard vio las puntas de las bayonetas que brillaban al sol.
    Siguió el camino que habían tomado sus compañeros, pero se refugió en el bosque, eligiendo un lugar idóneo: un monte de rocas, cubierto de musgo, que constituía un perfecto parapeto.
    Cargó el arma y esperó.
    Le había sido francamente simpático aquel galés. Durante parte de la noche, junto al Matilda, había hablado con McGuire. Un hombre de verdad, aquel gigantesco tipo, con rostro aniñado.
    Campesino, había dejado a su mujer al cargo de las tierras que, con sudores que se prolongaron largo tiempo, consiguió adquirir.
    Ahora estaba muerto.
    Lo habían aplastado dentro del tanque. Ya no volvería a manejar su tractor, del que había hablado con orgullo. Ni vería verdear los surcos, ni volvería a abrazar a sus dos hijos, de los que también había hablado, e incluso mostrado algunas fotos, a Kirk.
    Los alemanes llegaron a la trinchera.
    Hubo disparos, ráfagas, pero pronto se percataron de que allí no habían quedado más que los muertos.
    Sirviéndose de su visor telemétrico, Richard los vio reír, alborozados, dueños de la posición. Pero no disparó. Moviendo el arma, enfocó a uno de los tanques.
    Un hombre alto, rubio, se había quitado el casco de cuero, con el uniforme negro de los blindados, y bajaba en aquel momento de la torreta de su Panzer. Llevaba los galones de sargento.
    Se pasó la mano por la frente y luego echó a andar.
    La lente telemétrica le siguió con exactitud matemática.
    Enfocándole a él solo, Kirk le vio detenerse, cuadrarse y levantar el brazo derecho en un impecable saludo nazi.
    Entonces, Richard movió el arma para ver al hombre al que el sargento de tanques saludaba. Se quedó sin habla.
    ¡Un coronel de tanques! Alto, casi como el otro, pero no tan joven, aunque no debía haber cumplido los treinta y cinco años. Mirada fiera, porte orgulloso, rezumando importancia por todos los poros de su piel.
    – ¡Asqueroso cerdo! -silbó Kirk entre dientes. Y se dispuso a disparar.
    Sabía que no fallaría, y que era como si aquel coronel nazi estuviese ya muerto; pero, bruscamente, pensó en McGuire. En realidad, no había dejado de pensar en el simpático galés.
    ¿Matar?
    No, sería demasiado hermoso para aquel puerco. A McGuire no le habían dado la libertad de morir, como lo desea todo soldado, limpia y rápidamente.
    Había muerto lenta y cruelmente. Poco importaba que la muerte le llegase en pocos segundos. El tiempo, en esos trascendentales momentos, debía alargarse, y cada décima de segundo debía tener la angustiosa longitud de un siglo.
    La cruceta se colocó sobre el mentón, casi en su punta.
    La bala iba a arrancarle, con toda seguridad, la parte inferior de la cara. Quedaría desfigurado para siempre, y ya no presumiría, como lo hacía ahora, de guapo.
    ¿No era algo peor que mil muertes?
    Apuntó con cuidado, como si estuviese haciendo un trabajo de precisión, como lo había hecho en la India, cuando el general hacía que le acompañase, como el mejor tirador del regimiento, a la caza del tigre.
    «Ese nazi es peor que un tigre -se dijo mientras su dedo hacía pasar al gatillo el margen de seguridad-; el tigre mata brutalmente, deshace la nuca de su víctima de un justo y rápido zarpazo. Este tigre, Kirk, mata despacio, con maldad, haciendo sufrir a sus víctimas.»
    Disparó.
    El germano no cayó. Se llevó las manos a la cara, unas manos que se tiñeron rápidamente de rojo.
    Un grupo de germanos corrió hacia el bosquecillo.
    Poniendo una bala en la recámara, Kirk, satisfecho, abandonó las rocas y echó a correr hacia las colinas cubiertas de árboles.
    «Espero que estés contento, McGuire», se dijo mentalmente.

* * *

    La noche de nuevo…
    Tras ellos, muy cerca, se veía la silueta maciza de un pueblo. Pero no habían penetrado en él. La actitud de los belgas, y lo ocurrido a Thomas Carew, hicieron que el teniente obrase con cuidadosa prudencia.
    Kirk les había alcanzado hacia media tarde, cuando hacían un alto junto a un manantial, pero no había dicho una sola palabra de lo ocurrido al coronel de tanques, limitándose a decir que había disparado muy poco, echando luego a correr.
    Las heridas del sargento Ryder habían resultado más importantes de lo que se pensaba en un principio. Una esquirla del proyectil de obús que había matado a sus hombres penetró en el ojo derecho, y pocas horas después de la retirada, Aldous dejó de ver con él.
    No parecía afectarle mucho el haberse quedado tuerto. Recordando a sus muchachos, y sobre todo a Addison, sentado en el parapeto, con las tripas en las manos, se consideraba dichoso de haber escapado a tan bajo precio.
    Foster estaba hablando con Cuberland de la conveniencia de atravesar el pueblo en plena noche.
    – Puede ser peligroso, señor.
    – Lo sé, pero no crea usted que los alemanes con los que hemos peleado esta mañana van a tardar en llegar aquí.
    – Oiremos sus tanques.
    – Es cierto.
    Mathew dejó la suya al lado, limpiando la cuchara sobre la muslera de su pantalón; luego eructó complacido.
    – Sólo me falta una copita y un cigarro puro -suspiró-. Lo mismo que tomaba en casa, después de la cena.
    Winston entornó los ojos.
    – Yo solía tomar champán. No hay nada como el champán para alegrar el corazón…
    Fue entonces cuando se levantó, en medio de la noche, el primer ladrido, seguido después de otros muchos más.
    – ¿Qué diablos es eso? -inquirió John, volviendo la cabeza hacia la masa sombría del pueblo.
    – Perros -repuso Williams-. ¿Qué quieres que sea? Han debido olfatear a alguien. Por eso ladran.
    Pero los ladridos estaban cambiando de tono, y pronto se convirtieron en largos, prolongados, insufribles, escalofriantes aullidos.
    WC se movió inquieto, dejando su bote de carne entre sus rodillas.
    – ¡Malditos animales! -gruñó.
    – Ya no ladran -dijo Wilkie-. Por lo menos, no lo hacen como antes. Ahora aúllan…
    Williams se estremeció, pero no dijo nada.
    – Según dicen -prosiguió John-, los perros sólo aúllan cuando huelen la muerte.
    Winston le fulminó con la mirada.
    – ¡Idioteces! También aúllan cuando les pegas. Todo eso no son más que puñeterías de viejas brujas…
    El coro de aullidos dominaba ahora la noche, y parecían acordarse como si una misteriosa batuta los dirigiese.
    – ¿Qué mierda hacen los dueños de esos animales? -protestó Winston, sin poderse contener-. ¿Es que no tienen corazón? Podrían soltarlos, por lo menos. Porque estoy seguro que están atados y se llaman los unos a los otros…
    Mathew se echó a reír.
    – Pareces un especialista en perros, WC; claro que es muy posible que hayas enseñado también a los perros a bailar…
    – ¡Vete a hacer gárgaras!
    – Lo que te ocurre -prosiguió Blow imperturbable- es que estás tiritando de miedo. ¿Temes acaso perder tu hermosa piel? ¿Eres diferente a los demás? ¿Acaso eres distinto a los chicos del pelotón de Ryder? Que yo sepa, a ellos los parieron como a ti… y, sin embargo, están muertos…
    Intervino Nick, que había guardado silencio hasta el momento:
    – Deja tranquilos a los muertos, Mat.
    Blow se volvió hacia él, sonriendo siempre:
    – ¿También tienes tú canguelo, relojero de mis entretelas? Y ahora que lo pienso, ¿no sería formidable, muchachos, que el cuerpo de los hombres fuera como un reloj? ¿Que se estropea una pieza? Pues nada… Un tipo como Nick lo coge, lo abre, cambia la pieza rota… ¡y se acabó! ¡Así daría gusto hacer la guerra!
    Los aullidos subían de tono, lamentables, quejumbrosos…
    – Esos hijos de perra no nos van a dejar dormir… -dijo Winston.
    – ¡Nunca has dicho algo tan gracioso! -rió Blow, sujetándose el vientre y con los ojos llenos de lágrimas-. ¡Esos hijos de perra!
    La silueta del sargento Cuberland se dibujó entonces delante de ellos. Levantaron la cabeza, mirándole.
    – ¡Nick! ¡Winston!
    Los dos interpelados se pusieron en pie.
    – Id a ver lo que pasa en el pueblo -dijo el suboficial-. Orden del teniente…
    Williams torció el gesto.
    – ¿Y por qué nosotros, sargento? ¡Siempre nos toca bailar con la más fea!
    Robert le miró con fijeza, directamente a los ojos.
    – ¿Tienes miedo?
    – No, no es eso, pero esos malditos perros me ponen nervioso.
    – Eso es lo que ha dicho el teniente. A todos nos ponen nerviosos. Andad… no debe haber nadie en el pueblo. Sólo los perros.
    – ¿Y qué tenemos que hacer?
    – Lo que sea. Esos pobres animales, a los que sus dueños han abandonado, olvidando soltarles, deben morir de sed y de hambre -su voz bajó de tono, se hizo ronca-. Matadlos.
    Se volvió, alejándose.
    Winston y Brandley se miraron. Sentado tras ellos, junto a John, Blow sonrió.
    – Tres paquetes de cigarrillos y voy en tu lugar, WC.
    – No tengo más que uno.
    – Demasiado poco. Aunque podríamos arreglarlo de otra manera…
    Los ojos de Winston brillaron de esperanza.
    – ¿Cómo? -inquirió con un hilo de voz.
    – Sencillo -repuso Blow poniéndose en pie-. Si llegamos a Dunkerque y tenemos que esperar unos días, hasta que nos embarquen, quiero que me enseñes a bailar el tango.
    – ¿Eh?
    – Lo que oyes. Mi parienta es una bailona de miedo. Desde que nos casamos, no hemos ido más que una vez a bailar… me llevó ella, a rastras… pero no hubo nada que hacer. Yo soy un patoso y le aplasté los pies de una manera lamentable… Ella, la pobre, no me dijo nada. ¿Te imaginas la sorpresa que le daría si la llevase a bailar cuando regrese a casa?
    John soltó una risotada.
    – ¡He aquí a un tipo optimista! ¿Es que piensas volver a casa, Blow? Yo creo que Winston debería empezar a enseñarte la «danza macabra»…
    – ¡Tú, cierra el pico! ¿Qué dices, Williams?
    El profesor de baile hubiese aceptado cualquier cosa con tal de no tener que matar a los perros. Nunca había matado nada, ni una mosca. Ni siquiera disparaba, cuando podía. Y cuando lo hacía, porque el sargento estaba a su espalda, cerraba los ojos al apretar el gatillo.
    – ¡Hecho!
    Blow avanzó hacia Nick.
    – ¿Vamos, relojero?
    Se pusieron a andar.
    A medida que se acercaban al pueblo, los aullidos aumentaron de intensidad.
    – Deben olfatearnos -dijo Blow.
    – Sí -se limitó a contestar Brandley, como un eco.
    Pero Mathew pensaba en otra cosa. Y se veía, cogido a su mujer, en una sala del pueblo en el que vivían, despertando la envidia en los presentes que, llenos de admiración, habían dejado sola a aquella pareja que bordaba tan majestuosamente los pasos de un tango argentino.
    Sonrió.
    La fuerza de sus pensamientos le hizo olvidarse de todo. Incluso dejó de oír el concierto formidable de los perros. Y caminando detrás de Nick, penetró en el pueblo.

V

    – «Dios te salve María, llena eres de gracia…»
    No rezaba por miedo, ni por el deprimente efecto que le estaban causando los lastimeros aullidos de los perros. Rezaba, sencillamente, porque era su manera de pensar, porque necesitaba estar en comunicación constante con Él…
    Todavía no podía explicarse cómo se habían olvidado de él, cómo le habían dejado junto al arroyo. Pero no les guardaba el menor rencor. Cuando los aviones alemanes se lanzaron, como buitres, sobre el convoy, se produjo una confusión tremenda.
    ¡Y no era para menos!
    Apenas si tuvieron tiempo de tirarse materialmente de cabeza de los camiones, corriendo como liebres hacia el campo descubierto, en medio del estrépito de los motores de los Stukas, de las malditas sirenas que tocaban en su picado y del silbido escalofriante de las bombas.
    ¡Un verdadero infierno!
    Se sonrió, perdonándose aquella tremenda comparación que su débil espíritu humano acababa de establecer.
    «No -pensó-, ya sé que el verdadero infierno es mil veces peor que esto… aquí sólo la materia sufre, sólo la carne peligra, pero es horrible, Señor, y comprendo Tu dolor ante semejante locura homicida…»
    Al quedarse solo, comprendiendo que los otros se habían ido, sin ni siquiera enterrar a los muertos, Marcel Dumond, cura castrense del 237 Batallón de Infantería, se ocupó, antes de nada, de dar sepultura a los dieciocho compatriotas que habían caído en aquel espantoso bombardeo.
    Había trabajado todo el día, sin concederse más descanso que el necesario para rezar ante cada tumba que acababa de cubrir.
    Luego, hacia las últimas horas de la tarde, los perros empezaron a ladrar. El padre Dumond estaba casi dispuesto a seguir su camino, a la buena de Dios, encaminándose hacia el sur, pensando que, tarde o temprano, si la Providencia le ayudaba, encontraría un convoy al que unirse, rumbo a Dunkerque.
    Pero entonces surgió lo de los perros.
    Los ladridos dominaron pronto la totalidad de los otros sonidos y al convertirse en aullidos pusieron una nota lúgubre en el paisaje, algo así como si en un mundo extraño, vacío de humanos, no quedasen más que perros llamando a sus desaparecidos amos.
    ¿No era eso, exactamente, lo que ocurría?
    Al caer la noche -el padre Dumond había descansado poco después de su agotadora jornada de sepulturero-, no pudo resistir más. Los aullidos se habían convertido en una especie de obsesión y los oídos le pitaban como si se hallase junto a la válvula de escape de una locomotora.
    Le entró una pena infinita.
    Marcel estaba muy cansado, y hubiera deseado ardientemente reposar un poco, incluso dormirse en aquel campo, esperando la llegada del nuevo día.
    Pero los lamentos ininterrumpidos de los perros hubiesen hecho inútiles todos sus esfuerzos para cerrar los ojos.
    Suspiró.
    No podía dejar así a aquellos desdichados animales. Y con la idea de liberarlos -sólo Dios sabía cuánto tiempo llevaban así-, echó a andar, hacia el norte, hacia el poblado que había atravesado poco antes del salvaje ataque de los Stukas.
    Con una sincera sonrisa en los labios, recordó al dulce santo de Asís y su enorme amor hacia los animales.
    – ¡Cuánto sufriría si estuviese aquí! -se dijo, en voz baja, sin dejar de caminar-. Porque es cierto que no hay nada tan inocente como los animales… Estos perros, por ejemplo, ¿qué culpa tienen de la locura de los hombres?
    También recordó a los caballos y mulos que había visto muertos durante estos meses de guerra. Y se sintió infinitamente triste.
    Movido por aquellas ideas, apretó el paso, hendiendo la oscuridad de la noche, que parecía más densa entre las fachadas de las casas.
    De vez en cuando, como si los perros se pusieran misteriosamente de acuerdo, un corto silencio se instalaba. Y era como si el mundo se hundiera, de repente, en una quietud extraña, casi intolerable…
    Luego, los aullidos ascendían hacia el cielo como agudas y lastimeras flechas.
    El padre Marcel se acercó a una casa.
    Un raro instinto le había llevado hasta allí, justamente en el lugar donde los ladridos eran más fuertes, más plañideros. Se detuvo junto a la verja, apoyando ambas manos en el frío metal.
    Allá al fondo, en medio de la negrura, dos puntos fosforescentes brillaban: dos ojos inmensamente abiertos; dos ojos en los que el sacerdote pareció leer una tristeza animal que, incluso siendo así, era tremendamente afectiva, sincera…
    Empujó la puerta de la verja.
    El chirrido del metal sobre los goznes secos hizo callar al animal. El perro, aún no visible a los pobres ojos del hombre, se quedó quieto, inmóvil. Dumond oyó jadear al perro.
    Con la sonrisa en los labios, fue acercándose, contento de que el animal, que parecía haber comprendido que iban a liberarle, le esperase ansiosamente.
    – Mon pauvre petit! [5] -dijo el padre, acercándose más.
    Sonrió, momentos más tarde. Sus ojos acababan de acostumbrarse a la densa oscuridad del fondo del jardín. Y al ver al perro, un gran danés, la sonrisa se acentuó en sus labios.
    El animal era enorme. Un macho de músculos potentes a cuyo collar estaba unida una cadena de un dedo de grueso. El gran danés tenía las fauces abiertas, mientras jadeaba. Un hilillo de baba espesa le pendía de la boca.
    Dumond hubiese debido ver aquella baba, así como el estado de la cadena, uno de cuyos eslabones estaba casi completamente limado, ya que el poderoso animal lo había frotado contra la barra de hierro que sostenía el porche de la entrada.
    Indudablemente, el padre pudo ver aquello, pero su único afán era, en aquellos instantes, liberar al pobre animal, que, como pensó, debía estar medio muerto de sed y hambre.
    El coro de los aullidos había cesado.
    Era como si todos los perros del pueblo siguiesen al gran danés, y fuera éste quien dirigiera el concierto.
    Pero no era así.
    Lo que ocurría era mucho más sencillo. Los canes habían olfateado al hombre. Y sin necesidad de ver -no podían hacerlo debido a la oscuridad y a la distancia que les separaba del gran danés-, «sabían» que el hombre se estaba acercando a sus compañeros.
    Y preveían lo que iba a ocurrir.
    Es indudable que los perros aman; son, entre todos los animales, los que pueden demostrar cariño con mayor potencia. Pero también son capaces de odiar.
    Y ¿qué sentimientos podían albergar aquellos animales hacia los hombres que, dejándolos atados, los habían olvidado por completo desde hacía cuatro días?
    Además… no, no estaban rabiosos. Al menos por el momento. Ninguno de ellos tenía hidrofobia. Pero, no obstante, la sed los había enloquecido. Y ya no eran los mismos…
    Todo aquello lo ignoraba el buen padre Marcel. Sólo una idea le movía ahora: liberar a este perrazo, y seguir luego con los otros, hasta que el lastimero coro de aullidos se acallase.
    Extendió la mano, aunque no estaba aún muy cerca del perro. Y no intentaba, en aquel primer movimiento, soltar la cadena, sino acariciar al animal, tranquilizarlo.
    El perro dio un tirón.
    Puso en ello toda la rabia acumulada en aquellos largos días de desesperante tormento.
    ¡Cloc!
    La cadena cedió. Impulsado por la fuerza del tirón, el gran danés salvó, en un santiamén, la distancia que le separaba del hombre, sobre el que cayó con la potencia de un bólido.
    Sus fauces se abrieron.
    Dumond no tuvo tiempo de retirar la mano. Y los agudos colmillos se hincaron en su carne, como afilados cuchillos, traspasando los tejidos, rasgando los músculos como si fuesen de papel.
    Un grito de dolor brotó de la garganta del sacerdote.

* * *

    – Va a ser estupendo…
    Los perros se habían callado súbitamente. Y Nick oyó perfectamente lo que su compañero había dicho.
    Se volvió hacia él, frunciendo el ceño.
    – ¿Qué es lo que va a ser estupendo?
    Blow esbozó una sonrisa.
    – Cuando aprenda a bailar…
    – ¡Estás como un cencerro!
    – ¡Tú qué sabes!
    – ¿Qué quieres decir?
    – No estás casado. Y si te haces ilusiones, peor para ti.
    – No te comprendo.
    – Escucha, muchacho, ahora que esos malditos perros han dejado de aullar… cuando te cases con una mujer, no creas que la conocerás a fondo. Hay en ella, como en ti, una parte de historia vivida que tú ignoras. Ella, naturalmente, se adapta a tu manera de ser y de vivir… cede, en una palabra…
    Hizo una pausa. Sus ojos, en la oscuridad, habían adquirido un súbito brillo metálico.
    – Hay algunas cosas que, por ejemplo, le gustaron mucho. No importa de lo que se trate. Es posible que estuviese acostumbrada a vestir bien, a salir con sus amigas, o sencillamente a teñirse los cabellos un par de veces al año.
    »Llegas tú y le impones, muchas veces sin saberlo, sin maldad alguna, tus propias opiniones. Ella, generalmente, las acepta y las adopta… pero, en el fondo, amigo mío, sigue pensando… y todo lo que tú le impides hacer va creando un foso entre vosotros dos.
    »La mujer calla, pero no olvida…
    – ¿Y eso qué tiene que ver con el baile?
    – En mi caso, mucho. Yo sé que a mi mujer le gustaba bailar una barbaridad. Lo hacía, naturalmente, sin malicia… ¡Y se casa con un pisaúvas! ¿Lo entiendes?
    – Un poco.
    – A veces, hemos ido a una fiesta en la que se bailaba. Y yo, que no soy tonto, he visto que se le iban los ojos detrás de las parejas y que, sin darse cuenta, seguía el ritmo con los pies…
    – ¡Podía haber bailado con un amigo!
    – Se lo propuse… pero no quiso.
    – ¿Por qué?
    – Tú no entiendes nada de mujeres. Toda esposa intenta autoconvencerse de que su marido es el mejor y más completo de los hombres; por eso huye de las comparaciones como de la peste.
    – ¡Pero eso es absurdo!
    – No lo creas, muchacho. Si mi mujer hubiera bailado con otro, y hubiera dado con un buen bailarín, hubiese tenido que hacer comparaciones, muy a pesar suyo, entiéndelo bien…
    – ¿Y qué?
    – En el caso de una mujer que no ame el baile, nada… pero si es una aficionada a la danza… entonces se produce una duda en ella, y se pregunta, inconscientemente, si el marido perfecto lo es enteramente… o no.
    »De ahí al adulterio no hay más que un corto camino…
    – ¡Eres un exagerado!
    Mathew se encogió de hombros.
    – ¡Como quieras! Alguna vez te darás cuenta…
    El grito de dolor, esta vez indudablemente humano, cortó la frase de Mathew Los dos hombres se miraron; luego, al unísono, como si se hubiesen puesto de acuerdo, echaron a correr hacia el lugar de donde había salido el grito.
    Lo primero que vieron fue la silueta de un hombre que huía, saliendo del jardín de una casa. Tras él, pisándole materialmente los talones, un perro enorme, que corría a grandes zancadas.
    Brandley no dudó un solo instante.
    Su fusil ladró, desgarrando el silencio que se había hecho súbitamente.
    El gran danés dio un brinco formidable, pareciendo como si desease precipitarse sobre su víctima, pero su trayectoria se truncó bruscamente y el gigantesco animal se desplomó, produciendo un mido seco cuando su cuerpo golpeó el suelo.
    El hombre se había parado, volviéndose para mirar el cuerpo inmóvil del perro.
    Los dos ingleses se acercaron a él.
    – ¡Por todos los infiernos! -gruñó Blow-. No irás a decirme que intentabas desatar a esa bestia, ¿verdad?
    Nick le dio un codazo, pero el otro no le hizo caso alguno.
    – Así es… -respondió el hombre.
    – Entonces -rugió Mathew-, ¡eres más animal que ese perro!
    Nuevo codazo de Nick, pero esta vez mucho más fuerte. Porque había visto la cruz que el hombre llevaba bordada en la manga de su uniforme francés.
    – ¡Déjame en paz! -protestó Mathew-. ¿Es que quieres molerme las costillas a codazos?
    – Es un pater, amigo…
    Mathew se quedó de piedra.
    Miró al hombre y vio entonces la cruz. De buena gana se hubiese tragado la lengua.
    Dumond sonrió.
    – No tiene importancia…
    – Perdone, padre -se apresuró a excusarse Mathew-. Yo no quise decir nada malo…
    – No te preocupes. ¿Estáis solos?
    – No -repuso Mathew-. El teniente Foster está ahí detrás, con los sargentos y los muchachos.
    – ¿Una sección entonces?
    – Eso es…
    – ¿Y qué hacíais en el pueblo?
    – El teniente nos mandó a hacer callar a esos pobres animales…
    – ¿Soltándolos?
    Blow bajó la cabeza.
    – ¿Dándoles agua y comida?
    La cabeza de Blow continuó baja. Y fue Nick quien se decidió a decir la verdad:
    – Hemos venido a matarlos, padre.
    Marcel Dumond no dijo nada. Iba a pasarse -como era su costumbre- la mano por el mentón, donde le picaba una barba que punteaba ya, cuando su rostro se contrajo y una exclamación ahogada de dolor escapó de sus labios.
    Brandley, que no había bajado la mirada como su compañero, vio entonces el destrozo horrible que el perro había hecho en aquella mano.
    – ¡Pero si está usted herido! -exclamó.
    El otro soldado levantó la cabeza y no pudo contener un sordo juramento.
    – ¡Maldita la perra que te parió, maldito perro! ¡Pero si le ha destrozado la mano…!
    Luego, dándose cuenta de que había metido la pata hasta el fondo, se llevó la mano a los labios, volviéndose precipitadamente hacia su compañero.
    – ¡Lleva en seguida al padre para que lo curen!
    – Sí, creo que es lo mejor…
    – Yo me quedaré aquí. Di al teniente que volveré pronto.
    – Bien. Vamos, padre…
    Marcel echó a andar tras Nick.
    Mathew les siguió con la mirada, todavía impresionado por la mano del sacerdote. Cuando las dos siluetas se fundieron en la negrura de la noche, el soldado se volvió, dando una formidable patada al cuerpo del gran danés.
    – ¡Bestia! -gruñó.
    Echó a andar, justo en el momento en que los ladridos volvían a brotar por doquier.
    Y empezó la matanza.
    Durante horas, en el silencio de la llanura belga no se oyó más que el estampido del fusil de Blow.
    Y junto a los otros ingleses, echado en el suelo, con la mano vendada, un francés, con los ojos abiertos, rezaba. No podía evitarlo, y se estremecía cada vez que, a lo lejos, sonaban los disparos de Mathew.
    Al otro extremo del pequeño campamento, Nick contaba, por enésima vez, lo que había ocurrido en el pueblo.
    – Os aseguro que no se quejó ni un solo momento. Y cuando vi su mano, me quedé helado de espanto…
    WC le escuchaba, sin cansarse nunca.
    Echado en el suelo, con la cabeza apoyada en su macuto, John Wilkie fumaba un cigarrillo.
    Bruscamente, se incorporó a medias y dijo:
    – ¡Yo no sé para qué diablos envían curas al frente!
    Winston le fulminó con la mirada.
    – ¡No seas animal! Si algo malo me ocurriese y tuviera que morir, me gustaría tener a alguien como el pater a mi lado.
    Wilkie se echó a reír.
    – Yo preferiría un buen médico… ¡Han pasado ya los tiempos de los magos!
    – ¡Lo que ocurre es que eres un incrédulo! -afirmó Winston.
    – ¡Y tú un idiota! Esos franceses, a mi juicio, deberían haber peleado con más redaños, en vez de llevarse los curitas al frente. ¡Creedme, amigos! Si estamos con la mierda hasta el cuello es por culpa de los franchutes.
    Nick no pudo contenerse más.
    – ¡No dirás que nosotros hemos peleado mucho!
    – Por su culpa… Ni siquiera nos han dejado luchar.
    De vez en cuando, el estampido de los disparos llegaba hasta ellos.
    – ¡Pobres animales! -suspiró Williams.
    – Lo que hace Blow -repuso John, sonriente- es, más humano que otra cosa… esos bichos estaban sufriendo. Nadie podía atenderlos. ¿No es mejor matarles?
    – ¡Es una bestialidad!
    – ¡Ta, ta, ta! Ahora va a resultar que vosotros, los morales, dais más importancia a la vida de un animal que a la de un ser humano…
    Volvió a echarse cuan largo era.
    – ¡Lo que hay que oír en este puñetero mundo! -gruñó-. Gente que expone la vida por un bicho cualquiera, otros que se lamentan porque están matando unos cuantos perros… Me recordáis a una vieja hipócrita que vivía cerca de mi casa…
    Hizo una pausa. Y, sin dejar de sonreír, agregó:
    – La muy puerca me echó una bronca, cuando fui de permiso, por pegar una patada a un perro que estaba meando en el portal de mi casa… Y no pensaba, la muy… que yo iba a luchar para que ella siguiese viva… Bueno, voy a intentar dormir un poco. Porque, aunque os parezca un chiste, ésta es una verdadera noche de perros…

Segunda Parte

Los buitres

    «Cuando las cosas mueren y se corrompen, llegan ellos. No es necesario, no obstante, que la muerte los preceda; al menos a cierta clase de buitres.
    Basta que se pudra algo, que huela a corrompido, que se desintegre esa cosa de la que los humanos están tan orgullosos: su alma.
    Porque, en contra de lo que muchos piensan, no hay nada que huela tan mal como un alma podrida. Huele a leguas de distancia. Y lo contamina todo.
    Es como una lepra interna que va consumiendo lo único que vale la pena en los humanos. Se les pudre la bondad, se les cancera el amor, se les corrompe la amistad, se les llenan de pus los sentimientos.
    ¡Y cómo huelen entonces!
    En cuanto empiezan a oler, los buitres levantan su vuelo. Poco importa que sean pájaros de acero, porque quienes los pilotan están también podridos hasta el tuétano.
    Y como buitres caen, desde la altura, buscando afanosamente su presa, atraídos por la corrupción y por ella movidos…
    ¡Por eso, cuando el purulento absceso de Dunkerque empezó a oler, llegaron ellos… “los buitres”.»

I

    Se secó el sudor de la frente con el dorso de la mano. Luego miró a Tom Lister que, sentado sobre la plataforma giratoria del cañón, introducía los proyectiles de obús en los largos peines.
    – ¿Todavía no ha vuelto el general? -inquirió Pat con un tono burlón en la voz.
    Lister levantó la cabeza y sonrió a su amigo. Después hizo un vago gesto hacia la proa del barco.
    – Sigue allí, hablando con ese oficial.
    O’Hara miró hacia allá, distinguiendo en seguida la silueta de Edward, junto a la del marino. Ambos fumaban, apoyados en la barandilla del buque.
    – A éste voy a tener que decirle dos palabras en serio…
    Tom se encogió de hombros.
    – ¿Para qué enfadarse? Después de todo, no le hemos dicho nada y hemos aceptado desde el principio, tácitamente, que fuera él quien mandase. Además, es el jefe de la pieza, el artillero…
    – ¡Y también un hijo de su madre! Debió quedarse descansada, la pobre señora…
    – No digas eso.
    – ¿Y qué quieres que diga? Llevo dos horas subiendo proyectiles de obús y tengo los brazos dormidos. Tú también debes estar cansado, llenando los peines sin parar…
    – Yo no me quejo, Pat…
    – …porque eres un gilipuertas, Tom. Si le dejamos hacer, si no le paramos los pies, ¡estamos arreglados!
    – Podemos decírselo, cuando venga, pero sin necesidad de armar camorra.
    O’Hara escupió desdeñosamente en el suelo.
    – Perderás el tiempo, chico… A ese tipo no se le puede hablar por las buenas… Hay que ir directamente al grano, y ponerle los puntos sobre las íes.
    – Entonces, díselo tú…
    Pat se sentó junto al otro.
    – ¡Claro que se lo diré! No vayas a creer que le tengo miedo…
    – Yo no he dicho nada.
    – Lo sé. Con esa clase de niños yo me limpio lo que tú sabes. Ya lo verás…
    Sacó un cigarrillo de un paquete arrugado y lo encendió, con una mano que temblaba. Estaba furioso, y hubiese dado cualquier cosa porque Edward llegase en aquel mismo momento.
    Pero en la proa del HMS London, Waddell no tenía prisa alguna por regresar al cañón. Estaba encantado al haber encontrado a un auditor excepcional en la persona del oficial de máquinas H. S. Curter.
    – Parece el argumento de una novela, amigo -le dijo Curter.
    – ¿Verdad que sí?
    – Desde luego. Esa joven debe tener una imaginación portentosa.
    – ¡Es encantadora! Me gustaría que usted la conociera, señor. Yo sé -y bajó la mirada en un gesto de falsa modestia- que Clara me ha preferido siempre. ¡Lo que ha debido sufrir, la pobre, para no decírselo claramente a Nick!
    – ¿Y dice usted que ese Nick está en las BEF?
    – Sí. Debe estar por ahí, metido en el jaleo hasta la cabeza. Aunque, como me dijo Clara, parece que había encontrado lo que deseaba…
    – ¿El qué?
    – ¡Un enchufe! Es relojero, y estoy seguro que, desde que desembarcó en Francia, empezó a arreglar los relojes de los oficiales… es un tipo hábil en su oficio, eso hay que decirlo…
    – Pero no comprendo. Si esa joven exigía del vencedor que consiguiese alguna medalla… no puedo creer que Nick pierda el tiempo, en vez de combatir para lograr una condecoración…
    – Usted no le conoce, señor. Es un tímido, por no llamarle otra cosa…
    – ¿Cobarde?
    – Yo no lo he dicho. Pero si amase a Clara como afirma, ¿no cree usted que haría lo posible por regresar a Inglaterra como vencedor?
    – ¡Desde luego!
    – Yo debería alegrarme de que se pasase la guerra arreglando relojes, pero puede usted creerme: prefiero que haga algo, que luche, que defienda como hombre lo que dice desear tanto…
    Curter echó una ojeada a su reloj de pulsera.
    – Debo volver abajo -dijo, sonriente-. No he subido más que a tomar un poco el aire… ¡y llevamos una eternidad aquí!
    – Perdone si le he dado la lata con mis cosas.
    – No, muchacho, al contrario. Yo, como viejo solterón, me intereso siempre por esa lucha amorosa que precede al matrimonio… ¡Hasta luego!
    – ¡A sus órdenes, señor!
    Edward siguió con la mirada al oficial, que no tardó en desaparecer, al descender por una escotilla. Luego, el artillero volvió la mirada hacia el cañón, cuyo tubo asomaba por encima del blindaje de la torreta.
    Allí estaba su destino.
    De aquella pieza dependía su futuro. Y, sonriente, echó a andar, diciéndose que la suerte, que le había acompañado hasta entonces, no podía volverle la espalda.
    Al llegar junto a la torreta, subió ágilmente por la escalerilla metálica, pero nada más entrar en la plataforma, sus ojos tropezaron con la mirada torva del pelirrojo.
    Volvió el rostro hacia Lister, preguntando con voz neutra:
    – ¿Habéis acabado, Tom?
    – Sí. Creo que…
    Pero Pat le cortó con un gesto. Se puso lentamente de pie, acercándose a Edward.
    – Escucha, tú…, si crees que vamos a deslomarnos mientras tú te paseas por el barco, te has equivocado de número… ¿entendido?
    Los músculos se dibujaron bajo la piel de la cara de Waddell.
    – Soy el jefe de la pieza…
    – ¡Y yo soy mariscal de campo! ¡No me hagas reír! ¿Dónde están tus galones?
    – Pronto los tendré.
    – De acuerdo. Cuando los tengas, eleva la voz… pero mientras seas un sorchi como nosotros, trabajarás y darás menos órdenes.
    Edward se encogió de hombros.
    – Veremos… ahora no quiero perder el tiempo hablando con nadie…

* * *

    Alzando la cabeza, el coronel Von Sleiter paseó la mirada por los rostros de los hombres que rodeaban la larga mesa.
    Luego señaló el mapa con un índice cuidadosamente manicurado.
    – Señores… como ven, los ingleses utilizan tres caminos para llegar a Dunkerque. Los tres nacen en Douvres, al otro lado del Canal.
    »Se trata, en primer lugar, de la Ruta Z, la más corta, puesto que no tiene más que 39 millas marinas. Sale directamente de Douvres, roza la boya Dyck y pasa ligeramente al lado del Banco de Mardyck.
    »El segundo camino, la Ruta X, con 55 millas de larga, se aleja hacia el norte de Douvres, contornea los bancos de arena de Goodwin, tuerce hacia Francia, atraviesa Le Sandel y, pasando entre los campos de minas, llega a Dunkerque.
    »En cuanto al tercer camino, la Ruta Y, la más utilizada por el enemigo, y la que nos proponemos atacar ahora, se separa del nacimiento de la Ruta X y con un recorrido de 87 millas, pasa lejos, por encima de la boya West Hinder, de la boya Kwinte, bajando luego, a lo largo de la costa francesa, bordeando las minas, hasta Dunkerque…
    Levantó nuevamente la cabeza.
    – Como les he dicho -dijo entonces-, vamos a lanzarnos preferentemente sobre la Ruta Y. Tres escuadrillas, la Tercera, Cuarta y Quinta, atacarán a cuantos barcos se muevan por esa ruta. Las otras dos, la Primera y la Segunda, seguirán machacando a las tropas que se retiran hacia Dunkerque.
    Sonrió.
    – ¡En marcha, amigos! ¡Y buena suerte!
    Los hombres se apartaron precipitadamente de la mesa. Un «¡Gracias, señor!» brotó de todas sus bocas. Luego, una vez fuera del barracón, corrieron hacia los aparatos.
    Pronto giraron las hélices.
    En los morros, pintados generalmente de amarillo, vibraba el poderoso motor Junkers Jumo 211J-1, con sus doce cilindros, capaces de desarrollar un esfuerzo de 1.400 caballos y girar a una velocidad de 2.600 revoluciones por minuto.
    El armamento de los Junkers Ju 87 constaba de una pareja de ametralladoras MG 17, de 7,9 milímetros, una en cada ala, y de dos MG 81 aplicadas al fuselaje.
    Pero era la carga de bombas, de diferente peso, que podían llevar, lo que constituía el armamento sui generis de los Stukas. Gracias a su picado, eran, en aquella época, los únicos aparatos de los que podía esperarse una precisión casi matemática.
    Uno a uno, rodaron hacia la pista principal.
    Luego, elevándose, fueron reuniéndose en el cielo, por escuadrillas, alejándose hacia el oeste, con las alas retorcidas, negros, impresionantes.
    Como buitres.

* * *

    Habían atravesado el pueblo.
    Lo hicieron de día. Y fue un momento penoso para el padre Marcel, ya que se vio obligado a cerrar los ojos, cogiéndose al brazo de Nick, al que dijo, con una triste sonrisa a flor de labios:
    – Perdone, me mareo un poco…
    – ¡Cójase cuanto quiera, pater!
    Pero la verdad estaba lejos del mareo; era, sencillamente, que Dumond no deseaba seguir viendo, junto a las puertas de las casas, los cuerpos de los perros que Blow había matado.
    Dejaron el pueblo atrás.
    La jornada era tórrida, quizás un poco húmeda, y los hombres andaban con lentitud, arrastrando los pies.
    El sargento Ryder se había vendado el ojo por el que ya no veía. De todos los ingleses, era el más triste, el que más meditaba, pensando sobre todo en sus muchachos.
    A los que no vería más.
    Cerrando la marcha, iba Kirk, con su Long Rifle en la mano. Había dejado el mando de su mermada unidad a Aldous, quizá pensando que así podría distraerse y dejar de pensar en los hombres que había perdido.
    Sin embargo, lo que Richard deseaba era estar solo.
    No lo consiguió del todo, ya que John Wilkie se había dejado adelantar por los demás, y ahora marchaba al lado del sargento.
    – Vuelvo a decirle, señor -suspiró John-, que eso de los curas en el ejército no me convence.
    Kirk no dijo nada.
    Estaba, no obstante, de acuerdo con el soldado. Nunca se había preocupado de esas cosas, viviendo, como él decía, su propia vida. Además, prefería no hablar de nada de aquello, puesto que no llegaba a comprender cómo… lo que fuese, había consentido la atroz muerte de su hermano.
    Allí, al fondo del paisaje, delante de ellos, como un tétrico faro, se levantaba la columna de humo que nacía en Dunkerque.
    Viendo que el sargento no le contestaba, John cambió de conversación.
    – ¡Deben estar divirtiéndose allá abajo!
    Esta vez, Richard hizo un gesto de asentimiento con la cabeza.
    – Nos tratan como a ratas… -dijo, con voz sombría-. Y eso es lo que somos… ¡ratas!, ¡asquerosas ratas!
    La amargura de la voz del suboficial hizo que John frunciese el ceño.
    Y preguntó, con un hilo de voz:
    – ¿Usted cree, señor?
    – Sí. Somos tan cobardes como las ratas. ¿Qué hemos hecho desde que estamos en Francia? ¡Correr!
    – Dicen que los franceses han dejado pasar a los alemanes hacia la costa… -dijo prudentemente el soldado.
    – Todos somos cobardes… los franceses y nosotros… Hemos ido a la guerra como si fuese a acabar al disparar el primer tiro. Nunca nos molestamos en saber qué clase de enemigos íbamos a tener frente a nosotros.
    – Eso es cierto -admitió John.
    – Ellos son fuertes, muchacho… nada les detendrá… Porque la fuerza es la que hace subir la moral. Armas, potencia, decisión… ¡Cómo les envidio!
    – Yo no, mi sargento. Creo que no tienen razón y que acabarán siendo vencidos.
    Kirk se encogió de hombros.
    – ¡Bah! Nunca les venceremos. Porque cuando hayan aplastado a Francia, pasarán el Canal y vendrán a sacarnos de nuestras madrigueras, en plena Inglaterra.
    – Perdone, señor, pero no estoy de acuer…
    El grito que procedía de la fila cortó la frase en los labios.
    – ¡AVIONES!
    El rugido de los motores se les echó encima.
    – ¡Dispersaos! -gritó el teniente.
    Echaron a correr, como liebres, en medio del potente ronquido de los motores de los aviones, acelerados al máximo.
    No todos corrieron.
    Levantando la cabeza, mirando hacia el cielo con su único ojo, el sargento Ryder se movió sin demasiada prisa.
    «¡Bandidos! -se dijo-. ¡Habéis matado a mis chicos…!»
    No pensaba en él, en su ojo, que iba seguramente a obligarle a abandonar el Magisterio. Sólo pensaba en ellos, en los muchachos, tendidos en la trinchera…
    – ¡Ryder! -le gritó el oficial desde el hoyo en que se había cobijado, junto al padre Marcel.
    Como buitres, los Ju-87 se lanzaron hacia el suelo, haciendo sonar sus escalofriantes sirenas.
    Era como si el aire maullase. Pero, pronto, las sirenas cedieron su primacía sonora al silbido agonizante de las bombas. Como si un cuchillo gigantesco hiriese el viento, sajase el azul absceso del cielo, los cilindros negros bajaron hacia la tierra.
    – ¡Ryder!
    La bomba, al explotar, se convirtió en bola de fuego. Después, un abanico de tierra se abrió, como dos brazos que clamasen inútilmente…
    – Mon Dieu! -suspiró el pater.
    Otras bombas cayeron.
    Fuera del camino, donde explotaron unas cuantas, algunas desgarraron los árboles, segaron los troncos como invisibles y formidables guadañas.
    El silencio volvió.
    Extraño, inmenso como el de un fin del mundo. Un silencio cósmico que se clavaba en el alma como un puñal emponzoñado.
    George Foster se puso en pie.
    – ¡El muy imbécil! -no pudo evitar decir.
    Empezó a andar.
    Le siguió el pater, luego los otros, que salieron de sus agujeros, con los uniformes llenos de tierra, las caras sucias, los ojos aún inmensamente abiertos por el terror.
    Foster avanzó hasta el camino, deteniéndose al borde del cráter que había abierto la primera bomba.
    – ¡Ni rastro! -murmuró entre dientes.
    Pero Blow, que se había acercado hasta situarse en primera fila, extendió el brazo.
    – Ahí, señor…
    Todas las miradas siguieron el sitio que señalaba el soldado.
    Un trozo de pierna, con el pie descalzo, asomaba entre la tierra removida y que olía a trilita.
    – Le pauvre! -exclamó el pater, en francés.
    El teniente rechinó los dientes.
    – Fue su culpa… deseaba morir, eso es todo.
    Fue en aquel momento cuando John, que se hallaba lejos del grupo, siendo uno de los que se había alejado más del camino, llegó corriendo, con el rostro descompuesto.
    – ¡Mi teniente!
    George se volvió hacia él.
    – ¿Qué hay?
    – ¡Todos muertos, señor! En aquel agujero… Todos… Ben, Andrew, Keith… todos… están destrozados. Les cayó una bomba encima.
    Eran los hombres de Kirk.
    Y él, Richard, se dirigió de inmediato hacia el lugar, seguido por todo el mundo, en medio de un silencio ominoso.
    Una horrible mezcla de restos humanos yacía en el fondo del cráter que la bomba del Stuka había abierto en el suelo.
    Foster estaba blanco como el papel.
    – ¡Cavad una fosa común! -ordenó, alejándose de allí.
    Y Kirk, con una mueca extraña en los labios, se acercó entonces al francés, mirándole a los ojos, con un brillo acerado en sus pupilas.
    – No se le ocurra bendecirles, pater. No lo haga… si no quiere buscarse un disgusto.
    Le volvió la espalda, yendo a coger una pala para ayudar a los que habían empezado a cavar la fosa.
    Dumond se quedó helado.
    No era la primera vez que tropezaba con alguien de aquella clase. Por desgracia, se dijo, abundaban los librepensadores en las filas de los franceses.
    Pero no guardaba rencor alguno a Kirk, cuyo dolor intentaba sinceramente comprender.
    Juntó las manos y, desde lejos, con los ojos entornados, pero vuelto hacia el agujero donde yacían confusamente mezclados los restos de los desdichados Tommies, musitó:

* * *

    Carraspearon los altavoces mientras que los timbres de alarma sonaban por todas partes. Luego, bruscamente, los megáfonos gritaron, al unísono:
    De un salto, Edward se incorporó a su asiento metálico, aferrando con sus manos los mandos automáticos del cañón. Obediente, el tubo se alzó, al tiempo que la torreta y la plataforma giraban.
    – ¡Carga! -rugió.
    Pat tendió el pesado peine de seis proyectiles de obús; lo cogió introduciéndolo en la culata. Se produjo un chasquido metálico.
    En el visor telemétrico, Waddell buscó afanosamente las siluetas, en la cruz, de los aparatos enemigos. Estaba intensamente excitado y cuando los vio, los identificó en seguida.
    – ¡Diez Stukas! ¡Subiendo para ganar altura!
    La intención de los adversarios estaba clarísima. En cuanto hubieran logrado un «techo» conveniente, se lanzarían en picado sobre los barcos, de los que el HMS London era la presa más importante.
    Habían navegado, uno tras otro y precedidos por el coloso London, los otros barcos, que no eran más que yates y remolques pesados, pero útiles para cargar con los hombres que esperaban en las amplias playas de Dunkerque.
    Edward concentró toda su atención en los aparatos alemanes. No tenía miedo -si es que aquella sensación de hueco en su vientre era algo parecido al miedo-, de todos modos, la probabilidad de triunfar en la primera ocasión que se le presentaba, no le permitía detenerse a estudiar sus propias sensaciones.
    Mucho antes de que él se decidiera a abrir fuego, las dos Oerlikons de popa empezaron a graznar, enviando balas trazadoras hacia los Stukas.
    En el fondo, Waddell agradeció el fuego de las ametralladoras, ya que las balas trazadoras dibujaban una línea de puntos suspensivos que le iban a ayudar a afinar su puntería.
    Detrás de él, la voz burlona de O’Hara se elevó, de repente:
    – ¡Vamos a ver, general! No olvides el ascenso y la medalla que le prometiste a la chica del puerto…
    Edward no contestó.
    Sin embargo, las palabras de Pat le penetraron en el cerebro como si fuesen de plomo derretido. No quedó de ellas, por otra parte, más que lo que más le interesaba:
    CLARA.
    Le pareció, durante unos instantes, como si el rostro de la muchacha se dibujara en la cruceta del colimador, pero no fue más que una visión efímera, instantánea. Luego desapareció, y las siniestras siluetas de los buitres se dibujaron en la lente con una nitidez impresionante.
    Se pasó la lengua por los labios.
    – ¡Ya vienen! -exclamó entonces Tom.
    No era necesario que le dijesen nada. Edward los veía, y ya estaba pendiente del primero, del que se había lanzado en picado, hiriendo el aire con un gemido quejumbroso.
    No debía perder más tiempo.
    La cruceta del colimador se posó unos tres centímetros delante del morro del Ju-87. Los músculos de su cuerpo se pusieron rígidos. Luego, haciendo una profunda inspiración, llenando de aire sus pulmones, apretó el doble gatillo del arma.
    El cañón escupió los proyectiles, como con hipo, retrocediendo al lanzar cada uno de ellos, soltando los grandes casquillos que caían en chorro, ardiendo aún, al pie de la pieza.
    ¡Ploff! ¡Ploff! ¡Ploff! ¡Ploff!
    Allá arriba, las nubes negras, como rosas extrañas se abrían junto al aparato.
    Edward apretaba los dientes con tanta fuerza que se hacía daño en las mandíbulas, pero no lo sentía. Y continuaba disparando, como un autómata.
    Mientras, Pat pasaba los cargadores a Tom que, a su vez, los introducía, sobre el anterior, en cadena, de forma que el arma no quedase vacía en ningún momento.
    Ahora, Edward había aumentado el ritmo, pulsando el acelerador de disparos.
    ¡Ploff-ploff! ¡Ploff-ploff!
    El avión había llegado al punto álgido. Los garfios metálicos que sujetaban la bomba se abrieron. Y el cilindro, brillante como un pájaro de muerte, descendió, hendiendo el aire con su punta, estabilizándose luego merced a sus aletas.
    – ¡Derríbale, Ed! -gritó Pat, fuera de sí-. ¡Se nos echa encima!
    La bomba silbó peligrosamente, rozando casi la borda de estribor. Y estalló bajo el agua, levantando literalmente al London, que cabeceó peligrosamente.
    Sin dejar de pasar los proyectiles, Pat rugió:
    – ¡Otro por la derecha, Ed! ¿Qué diablos haces?
    Waddell tenía el cuerpo empapado en sudor. Oyó una explosión horrible, casi tan fuerte como la que había estallado cerca del casco del transporte.
    – ¡Han partido por la mitad un dragaminas! -exclamó Tom, a su lado.
    Pero Ed no tenía ojos y oídos más que para el Stuka.
    Veía en el colimador las nubes negras producidas por las explosiones de los proyectiles de obús. Parecía mentira que el aparato, que bajaba en picado sobre el barco, como un buitre, pudiese escapar a los disparos del cañón.
    El ritmo del fuego se había intensificado aún más.
    ¡Ploff-ploff-ploff!
    El cañón estaba al rojo vivo. A Ed le ardían las manos y hasta le dolían los hombros, le dolía todo el cuerpo de tan tenso que estaba.
    – ¡Este va a alcanzarnos! -dijo Tom.
    «No -pensó Ed-. Debo hacerlo. Por Clara… debo hacerlo… debo hacerlo…»
    Bruscamente, uno de los proyectiles de obús golpeó un ala del Stuka. La punta del plano voló en pedazos. Inmediatamente, el aparato, perdiendo estabilidad, giró sobre sí mismo.
    – ¡Le has dado! -gritó Lister.
    Sudando, sintiendo chorros de líquido pegajoso bajarle por la cara, Ed no se daba cuenta de nada. Veía al avión que empezaba a caer en barrena, pero seguía tirando…
    Tom le cogió por el brazo.
    – ¡Otro por popa, muchacho!
    La plataforma giró, velozmente. Todo dio vueltas alrededor de Ed, quien, finalmente, «cogió» en la lente al Stuka que volaba bajo, sin intentar un picado, buscando sólo acercarse al London, aprovechándose del ángulo muerto.
    Pero lo hacía mal.
    El cañón descendió, enfocando al aparato.
    Ed estaba seguro de no fallar. Por eso, respirando un poco, esperó unos segundos antes de apretar los gatillos.
    ¡Ploff-ploff-ploff!
    Nubes negras rodearon al Stuka. El piloto viró, intentando escapar de aquella red mortífera que se le echaba encima.
    No lo consiguió.
    Esta vez, el Ju-87 recibió un impacto directo, en pleno morro. Se inflamó el carburante y el aparato, convertido en una antorcha voladora, explotó en mil pedazos antes de llegar al agua.
    – ¡Lo has conseguido! -le gritó Tom abrazándole.
    Ed separó el rostro del visor de goma, mirando hacia el cielo. El resto de aparatos se alejaba, convirtiéndose en puntos negros en el horizonte.
    Luego miró al mar.
    El dragaminas, en llamas, ardía sobre el agua. Las lanchas de salvamento se alejaban de él.
    Con una sonrisa un poco forzada, Pat se acercó al artillero, tendiéndole la mano.
    – Te felicito sinceramente, Ed…
    – Gracias.
    Un oficial acababa de llegar al pie de la escalerilla que conducía a la torreta.
    Levantó la cabeza, llamando:
    – ¡Eh, Waddell!
    Ed se asomó por encima del blindaje.
    – ¡Diga!
    – El capitán quiere verte ahora mismo.
    – Voy.
    Bajó, saludando al oficial.
    – ¡Bravo, muchacho! Vamos, el jefazo te espera en el puente de mando.
    El corazón golpeaba intensamente las costillas de Edward. Atravesaron la cubierta, subiendo luego por la escalerilla que conducía al alerón derecho del puente.
    Al entrar en el habitáculo, Ed se percató que todos le miraban, incluso el timonel, que tenía el timón en sus manos.
    Y todos le sonreían.
    Se cuadró ante el capitán del London.
    – ¡A la orden, señor!
    – Descanse, Ed… Ha hecho usted un magnífico trabajo… Ya lo hemos comunicado al Almirantazgo… Mucho me extrañaría que no recibiera una medalla. Por el momento, estoy autorizado a ascenderle. Es usted sargento con antigüedad de primeros de mayo.
    – ¡Gracias, señor!
    – Gracias a ti, artillero… Sigue así. No puedes imaginarte la alegría que me has proporcionado al ver caer a esos malditos buitres…

Tercera Parte

Las hienas

    «Estaban esperando, pacientemente, sin prisa. Porque saben esperar. Su filosofía, porque la tienen, reside precisamente en eso: en saber esperar.
    Saben que hay para todos. Y, sobre todo, que las Bestias que matan no destrozan demasiado sus presas. Cuando hay abundancia, cuando la carne sobra, las Bestias no toman más que un bocado y dejan el resto, despreciando lo que queda, por mucho que sea.
    Porque saben que hay de sobras.
    Entonces llegan ellas, despacio, con el hocico en alto, olfateando. Trotan alrededor de la carroña. Siempre sin prisas, como si deseasen prolongar aún más el infinito placer de la espera.
    Después se lanzan, devoran, mastican, engullen, tragan. Y de vez en cuando, levantan la cabeza y ríen.
    Porque las hienas ríen.
    No importa que la víctima sea una muchacha a la que violan, ni una pobre vieja a la que asesinan, ni un confiado soldado al que su uniforme o su disfraz engaña…
    ¡Perdón! Ahora estaba hablando de otra clase de hienas.
    Las peores.»

I

    Desde lo alto de la colina donde se habían detenido, la llanura se extendía, hasta la playa, con la ciudad de Dunkerque en primer término, pero con Furnes delante, por donde pasaba el canal que venía de Dunkerque.
    Mirar desde allí era casi como observar un mapa en relieve.
    Cuando se podía.
    Porque la humareda, una densa y espesa columna, ascendía hacia el cielo. Sentado junto al pater, el teniente Foster suspiró antes de decir:
    – Creo que llegamos… ya falta menos.
    El francés lanzó una nostálgica mirada hacia la lejana playa.
    – Dios mío… ¿qué ocurrirá ahí?
    – ¿En Dunkerque?
    – Sí. Bajo esa columna de humo, ¿qué está pasando en realidad? ¿Qué hacen los hombres en ese infierno?
    George meneó la cabeza.
    – No lo sé, padre. Pero pronto saldremos de dudas… si es que llegamos hasta allí.
    – No sea pesimista, teniente.
    El oficial esbozó una triste sonrisa.
    – ¡Pesimista! ¿No hay motivos para serlo? Mire los hombres que me quedan… somos siete, padre. He perdido dos pelotones y un sargento… en menos de cincuenta kilómetros.
    – Ya lo sé.
    Hizo una mueca de dolor. Apercibiéndose de ello, el teniente miró la mano del sacerdote que cubrían unas vendas sucias y llenas de manchas.
    – ¿Cómo va esa mano? -inquirió.
    – No me duele mucho.
    – Hay que cambiar el vendaje.
    – No hay más vendas, teniente.
    – Le haremos ver por un médico en cuanto lleguemos allá abajo.
    Sentados, un centenar de metros más allá, los hombres del pelotón del sargento Cuberland estaban devorando su última ración de carne en bote. Los dos suboficiales, Robert y Richard, se habían acomodado sobre el tronco de un árbol.
    Todos miraban la humareda que subía desde Dunkerque.
    WC lanzó un profundo y entristecido suspiro.
    – ¿Os dais cuenta? ¡Bonito lugar al que nos mandan! De veras que preferiría quedarme aquí.
    John se echó a reír.
    – ¿Por qué no lo haces? -inquirió, mirando de reojo a Mathew.
    Sabía que Blow iba a saltar como una pantera. Y así ocurrió. Poniéndose en pie, Blow avanzó hacia Winston, con un brillo peligroso en los ojos.
    – ¡Que no se te ocurra, ni en broma! -rugió-. Tú tienes que venir allá abajo y cumplir tu promesa…
    WC volvió a suspirar, mirando a sus compañeros, como si desease tomarles por testigos.
    – ¡Este tío es terrible! -dijo-. ¿No le oís? ¡Pues cree que, una vez allá abajo, podremos dedicarnos a dar lecciones de baile!
    – Te aseguro -repuso Blow, blandiendo ante el rostro del otro un formidable puño cerrado, velludo como el rabo de un asno-, que cumplirás tu promesa… aunque sea en el mismísimo infierno. Allá abajo hay casas… y mientras esperamos que nos embarquen, tal y como nos han dicho, tú y yo pasaremos unas horas juntos…
    Muriéndose de risa, John se golpeó sonoramente en los muslos.
    – ¡Lo que nos faltaba! -exclamó después, con los ojos arrasados de lágrimas-. ¡Ahora va a resultar que teníamos dos mariposas en el pelotón… y que no lo sabíamos!
    Mathew giró sobre sus talones, como si le hubiera picado una avispa, encarándose con Wilkie.
    – Ya empiezas a hincharme las narices con tus bromas, John. Pero te advierto que uno de estos días, cuando se me hinchen del todo, te voy a poner la cara… que ni tu propia madre te conocerá, si es que vuelves a Inglaterra.
    John no quiso que los demás se percatasen que tenía un poco de miedo.
    – ¿Dónde entierras? -inquirió, sonriente-. Si me matas, no olvides que me gustan las rosas…
    El otro alzó amenazadoramente el puño.
    – Voy a romperte los morros, pedazo de ca…
    – ¡BLOW!
    La voz del sargento Cuberland sonó como un trallazo. Se había puesto en pie, y antes de gritar dijo a Kirk, que tenía su arma entre las rodillas:
    – Perdona, Richard… pero creo que esos cretinos van a liarse a tortazos…
    Avanzó hacia los dos hombres.
    – ¡Ya estoy hasta la coronilla de vuestras chulerías! -gritó-. Sois el par de cretinos más grande que he conocido en mi puñetera vida… pero esto voy a arreglarlo ahora mismo. Tú, Mathew, vas a cargar con el trípode y tú, Winston, con el cañón de la ametralladora… ¿Entendido?
    – ¡A la orden! -gritaron ambos, al unísono.
    Kirk se acercó entonces al otro suboficial.
    – El teniente nos llama -dijo en voz baja.
    – Bien, vamos.
    Los dos hombres se dirigieron hacia el lugar en el que el oficial y el pater se encontraban.
    – Señor… -dijo Robert.
    – Vamos a ponernos en marcha -musitó el oficial, haciendo un gesto hacia el camino que bajaba al llano-. No creo que tengamos que defender nada por aquí. Desde la última escaramuza, con los tanques, no hemos vuelto a ver a los nazis.
    Los dos hombres no dijeron una sola palabra.
    – Espero -prosiguió George- que encontremos en Dunkerque algunos de nuestros jefes, probablemente al comandante Simmons, o al coronel… Vamos… ya hemos descansado suficiente.

* * *

    Claude Lepuis asintió con la cabeza.
    Claude se frotó las manos.
    Alain no contestó en seguida. Miró hacia un lado de la calle, luego hacia el otro. Se oían explosiones sordas del lado del puerto. Pero allí, lejos de las playas, todo estaba tranquilo.
    Como convenía a los planes de los dos hombres.
    Se habían puesto de acuerdo cuando, con otros soldados, restos de muchas unidades desperdigadas, eran empujados hacia la playa. Pero ni Alain Merchal ni Claude Lepuis tenían ganas de ir a Inglaterra. Nada se les había perdido allí.
    – Lo mejor es volver a casa -dijo Claude-. Como ves, la guerra se acaba… y dentro de poco todo volverá a estar como antes.
    Alain estaba de acuerdo con su amigo. Por eso, aprovechando las sombras de la noche, cuando llegaron a Dunkerque, abandonaron la fila de soldados, alejándose de la zona de las playas en las que se amontonaban cerca de doscientos mil tipos, aguantando en firme, bajo las bombas y las balas de los Stukas.
    En principio -todo hay que decirlo-, ni Claude ni Alain tenían una idea concreta de lo que pensaban hacer.
    Quizá no deseasen más que alejarse de allí, esconderse, esperar a que pasase todo, y largarse luego hacia su amada Toulouse, ya que los dos vivían en aquella ciudad.
    Pero, justo cuando pasaban ante una relojería, cuya fachada había sido arrancada por la explosión de una bomba, Claude vio brillar algo entre los escombros. Se acercó, hurgó en la tierra y sacó una brillante y dorada serpiente.
    – ¡Una pulsera! -exclamó, mostrándosela a su amigo.
    – ¡Y de oro!
    Excavaron, pero no hallaron nada más.
    De todos modos, la misma idea latía ya en el corazón de aquellos dos hombres. Y así empezaron: de casa en casa, penetrando en domicilios abandonados, registrando las habitaciones, los muebles…
    No les fue mal.
    Al cabo de dos horas se vieron obligados a ocultar su creciente tesoro en un sótano, bajo un destartalado garaje, en una casucha de aspecto repelente, a la que nadie se acercaría con toda seguridad.
    Ahora, habían descubierto una casita lujosa.
    Por la ventana, en el triángulo sedoso que dibujaban los visillos, se veían muebles costosos, lujosos.
    Alain se pasó la lengua por los labios.
    – Cuando la vieja no se ha ido -dijo-, es porque no quiere abandonarla…
    – ¿La casa?
    – ¡No seas idiota! Lo que hay dentro… ya sabes: esas viejas puñeteras se pasan la vida almacenando cosas, joyas sobre todo. Y, ¿has visto la cara de ésta? Cuando aguanta aquí es que no quiere abandonar su tesoro…
    – ¿Entramos?
    – Cuando quieras.
    – Vamos…
    Se disponían a cruzar la calle cuando un ruido anormal les hizo retroceder vivamente. Se volvieron a ocultar en el garaje medio ruinoso desde donde habían estado observando la casa.
    El ruido se hizo más intenso, creció, y pronto lo identificaron.
    Los pasos de las botas resonaban lúgubremente en la calle desierta. De vez en cuando, una explosión llegaba desde las playas, pero en los intervalos de silencio, verdaderos paréntesis de quietud, los pasos que se acercaban eran la nota dominante.
    Alain asomó un poco la cabeza.
    – Ya llegan -dijo.
    – ¿Quiénes son?
    – Inglis… ¡Qué mierda! Estos tipos se creen que van a hacer algo…
    – Cierra el pico. Lo importante es que no nos vean.
    Momentos después, una sección de Tommies, al mando de un teniente, que iba a la cabeza, pasó ante el garaje en el que los dos franceses se ocultaban.
    Claude escupió con rabia.
    – ¡Míralos! -dijo en voz baja-. ¡Idiotas!
    – Déjalos… si los boches los matan, peor para ellos…
    – ¡Ni que lo digas!
    Los hombres pasaron ante ellos, cansados, con los uniformes en pésimo estado, los fusiles en la mano, arrastrando los pies.
    Bruscamente, un alarido escalofriante brotó de detrás del chalé que los dos franceses esperaban «visitar». Los ingleses hicieron alto. El oficial volvió, corriendo, sobre sus pasos.
    – ¡Lo que nos faltaba! -gruñó Claude, malhumorado.
    – ¡Mira! La vieja sale a la puerta…
    En efecto, la puerta del chalé se había abierto. Una mujer de edad, con una bata de flores y con la cabeza adornada de ridículos bigudíes, miró a los ingleses.
    El teniente se acercó a ella.
    – C’est chez-vous qu’on a crié, Madame? [14] -inquirió, expresándose en un correcto francés.
    Ella negó con la cabeza.
    – No. Ha sido en la casa de atrás…
    Los ingleses dudaron.
    Finalmente, el oficial saludó a la mujer y echó a andar. Sus hombres le imitaron.
    Alain Merchal soltó un profundo suspiro.
    – ¡Menos mal! Creí que esos idiotas de Inglis se iban a quedar aquí toda la mañana…
    Los pasos se alejaron.
    La mujer había permanecido unos instantes en el dintel de la puerta, siguiendo con la mirada la larga hilera de hombres armados. Luego entró en la casa y cerró la puerta.
    Todavía esperaron los dos hombres una buena docena de minutos.
    Después, Claude, el más impaciente de los dos, se puso en pie.
    – Vamos…
    Cruzaron la calle. Tenían prisa. Y tras convencerse, con un una inquisitiva mirada, de que los ingleses habían desaparecido definitivamente, se dirigieron tranquilamente a la puerta, a la que llamaron.
    La anciana no tardó en abrir.
    Con una sonrisa hipócrita en los labios, Claude inquirió:
    – Perdone, señora… ¿podría dar un poco de agua a mi amigo? Le han herido… y no hemos encontrado ni una gota…
    Ella también sonrió, haciéndose a un lado.
    – Pasen… estoy sola, voy a preparar algo más sustancioso que agua… ¿un poco de café?
    – Es usted muy buena, señora.
    Claude cerró la puerta, justo en el momento en que su compañero, sacando del bolsillo una media de mujer, que había llenado de arena en la playa, golpeaba en la cabeza a la mujer, que se desplomó como fulminada por un rayo.
    Entonces, otro grito llegó hasta ellos.
    Se quedaron quietos, mirándose intensamente.
    – Ha sido un grito de mujer…
    – Sí… alguna histérica que estará muerta de miedo…
    – Démonos prisa… Si alguien oye ese grito, pueden registrar las casas. Y ya sabes lo que nos esperaría si nos echasen la mano encima.
    Claude no dijo nada, pero se estremeció.

* * *

    Al ver a uno de los hombres -a los que había recibido poco antes con la sincera idea de ayudarles (uno de ellos llevaba un vendaje en la cabeza)- que se ponía en pie, avanzando hacia ella, Odette lanzó un grito de espanto.
    Al acercarse a ella, la muchacha percibió el aliento cargado de alcohol del inglés.
    El hombre, un verdadero gigante, extendió los brazos hacia ella; dos brazos terminados en dos enormes manos completamente cubiertas de vello rojizo.
    Ella, la muchacha, siguió retrocediendo, hasta que su espalda chocó con la pared. Sus labios temblaron, dejando escapar un torrente de palabras que, naturalmente, el hombre no comprendió:
    El hombre estaba ya junto a ella, enorme, como un plantígrado.
    – Ne faites pas ça… ne faites pas ça!
    El grito, esta vez mucho más agudo que el anterior, se truncó, apenas nacido en la garganta que el pánico contraía espasmódicamente. Las velludas manos del hombre le rodeaban el cuello…

* * *

    Los dos grupos se encontraron en las afueras de Dunkerque. Estuvieron a punto de chocar -y quizá violentamente- pero no ocurrió así.
    Se vieron, desde un extremo al otro de la calle, y tuvieron tiempo de reconocerse, de identificarse, sobre todo al mirar mutuamente la forma de los aplanados cascos del ejército británico.
    Los dos oficiales se estrecharon la mano.
    – Nos han mandado -dijo el teniente que salía de Dunkerque- a cubrir esta zona por la que ustedes acaban de pasar. No es que exista un peligro inminente, ya que los nazis parecen haber detenido su ofensiva hacia esta parte…
    – Es cierto -repuso Foster-. Fuimos atacados en una ocasión, pero no hemos sufrido, desde entonces, más que un bombardeo aéreo.
    El otro sonrió.
    – Es la moda… ya verá usted cuando se acerquen a la playa. Los Stukas y los Messers son el pan de cada día…
    – ¿Cómo va la evacuación?
    – Bastante bien; al menos eso es lo que he oído. Dentro de las dificultades, claro está…
    – Entiendo.
    – ¿Ha sufrido muchas bajas?
    George asintió con la cabeza.
    – Bastantes. No me queda más que un pelotón. ¿Y usted?
    – Perdí la sección, pero ahora me han ayudado a recomponerla. Espero resistir en Furnes cuanto pueda. Ésa es la orden que me han dado.
    – ¿Furnes?
    – Sí. Ese pueblecito que ha dejado usted atrás.
    Al recordar a los perros, el teniente no pudo evitar un estremecimiento.
    – ¿A qué distancia estamos de las playas? -inquirió después.
    – A unos doce kilómetros, aproximadamente. No tienen más que seguir la carretera que bordea el canal. No hay pérdida posible…
    – Gracias.
    Iba a dar el otro la orden de marcha cuando, bruscamente, cogió del brazo a George.
    – Venga, por favor…
    Se lo llevó lejos de la fila, al otro lado de la cuneta. Allí se detuvieron, y el oficial dijo, en voz baja:
    – Quiero decirle algo, amigo: hace unas horas que hemos matado a dos monjas…
    George se sintió horrorizado.
    – Un desdichado error… ¿verdad?
    El otro denegó enérgicamente con la cabeza.
    – No. Las hemos fusilado.
    – Pero…
    La mano del oficial se posó sobre el hombro de Foster, al tiempo que una franca sonrisa se pintaba en su boca.
    – No tema… eran dos alemanes, dos paracaidistas disfrazados de Hermanitas de la Caridad.
    – ¡Parece imposible!
    – ¡Condenados nazis!
    – Sí. Son capaces de todo. Por eso, no se fíe. No se deje engañar por las apariencias y advierta a sus hombres para que no caigan ustedes en un cepo absurdo.
    Sonrió, tendiendo una mano a George, quien la estrechó con fuerza.
    – ¡Buena suerte! -le dijo este último.
    – Gracias. E igualmente. No sé -añadió luego mientras su voz bajaba de tono- si conseguiré volver a Inglaterra, pero si los nazis nos echan la mano encima, no tarden ustedes demasiado en volver…
    – ¡Prometido!
    Las dos pequeñas unidades se separaron. Foster volvió la cabeza un par de veces para mirar a aquellos hombres a los que el deber alejaba de su única salvación: las playas de Dunkerque.
    Llamando a los sargentos, les hizo marchar a su lado, explicándoles lo que el otro oficial le había dicho. Al oír la burda estratagema de los alemanes, Richard apretó con fuerza su Long Rifle.
    Cuberland lanzó un juramento.
    – ¡Son unos puercos! ¡No respetan nada!
    Luego siguieron el camino hacia la enorme columna de humo que envolvía a Dunkerque.

II

    A medida que se acercaban a la ciudad, y que atravesaban los barrios extremos, la violencia que reinaba allí se les apareció con una crudeza escalofriante.
    Marchando tras los suboficiales, que iban en cabeza, acompañados por el padre Marcel, los hombres del primer pelotón miraban, no sin asombro, los montones de ruinas que bordeaban la calle, los chalés destrozados, los enormes cráteres que habían abierto las bombas de los Stukas…
    John extendió el brazo, al tiempo que exclamaba:
    – ¡Mirad eso!
    Un chalé había sido cortado por una bomba como un queso por un enorme cuchillo.
    El corte era limpio, y dejaba a la vista la interioridad de la casa, cuyos muebles habían quedado indemnes, en una quietud que daba escalofríos.
    – Parece una casa de muñecas -dijo Blow-. Una de esas casas de muñecas que se abren para que se pueda ver todo…
    John sonrió.
    – ¡Fijaos en la habitación y esa cama de matrimonio!
    El lecho era lo único que aparecía revuelto, como si sus ocupantes lo hubiesen abandonado precipitadamente.
    Incapaz de no sacar punta a cuanto veía, Wilkie añadió, tras una corta pausa.
    – Me imagino la cara que habrá puesto el pobre tipo que estaba acostado ahí con su media naranja… ¡No hay derecho! Hay cosas que la guerra debería respetar.
    WC frunció el ceño.
    – ¡Eres un cerdo, John! -gruñó-. En vez de sentir lástima por los habitantes de esa casa, ya estás pensando en cochinadas…
    Wilkie se volvió hacia él, furibundo:
    – ¡Cierra el pico, pedazo de hipócrita! Ya te conozco, granuja. Tú eres de esos santurrones que se ponen colorados cuando cuentan un chiste verde, pero que se te van los ojos detrás de unas buenas posaderas…
    Se colocó el fusil en el otro hombro.
    – No podéis imaginaros lo que me cabrean esta clase de tipos…
    Nick esbozó una sonrisa.
    – No seas exagerado, John -dijo-. Es cierto que siempre tienes que sacarle punta a las cosas…
    Mathew le interrumpió en aquel momento.
    – Me estoy acordando de lo de las monjas… ¡y os aseguro que me cuesta creerlo!
    John se volvió hacia él, contento de que Blow hubiese cambiado el curso de la conversación. Por otra parte, la casa cortada como un queso se había quedado ya atrás.
    – ¿Quieres decir que el teniente ese mintió?
    – No.
    – Esos nazis con capaces de cualquier cosa -intervino Winston-. Recordad lo que nos contaron en Bélgica. Los paracaidistas de Hitler bajaron sobre las ciudades holandesas disfrazados con uniformes de soldados de aquel país.
    – ¡Eso debería estar prohibido! -protestó Nick.
    John se echó a reír.
    – ¡Oíd eso! -gritó-. Al relojero le molesta que se hagan cosas feas en la guerra: prohibido disfrazarse de monja, prohibido tirar a dar… ¿y qué más, Brandley?
    – ¡Vete a la porra!
    – Vete tú… pero yo te aseguro que si alguien, con una sotana, se acerca a mí, le meto la bayoneta en la barriga…
    – ¿Y si se trata de un pater como el que va con nosotros?
    – A ése se le ve en la cara…
    Acababan de atravesar una plaza que, por un verdadero milagro, parecía no haber recibido daño alguno. Las dos calles que desembocaban en la plazuela estaban también indemnes, y sus edificios, coquetones chalés, ofrecían el pacífico aspecto para el que habían sido construidos.
    Justo en el momento en que el teniente, seguido por los dos suboficiales, seguidos por el sacerdote, pasaban junto a la primera casa, la puerta se abrió.
    Ninguno de ellos se dio cuenta de lo que ocurría hasta que la detonación sonó, seguida casi inmediatamente por el grito de dolor que escapó de los labios del sargento Cuberland.
    Éste cayó de rodillas.
    Al mismo tiempo, los hombres se volvieron, reaccionando lo más rápidamente que pudieron. Entonces, sacando su pistola, Foster vio, con asombro, al anciano que, desde el pórtico de su casa, blandía aún la escopeta de dos cañones con la que acababa de disparar.
    Oyendo el ruido, tras él, de los cerrojos de los fusiles que sus hombres armaban, George, sin comprender aún nada, pero presa de una extraña intuición, gritó, levantando el brazo izquierdo:
    – ¡NO DISPARAD!
    Mientras, Kirk se había arrodillado junto al herido, al que también se acercó el sacerdote.
    Foster corrió hacia el pórtico. El hombre, con la escopeta en la mano, los dos cañones humeando aún, seguía gritando como un energúmeno.
    George se dio cuenta de que el anciano estaba como enloquecido, y que todas aquellas palabras que brotaban de sus labios no eran, después de todo, más que el producto de una cólera que le cegaba.
    No le costó nada quitarle la escopeta.
    Luego le preguntó, en un correcto francés:
    El viejo bajó la cabeza.
    Parecía como si, bruscamente, la cólera hubiese desaparecido de su arrugado rostro. En vez de gritar, empezó súbitamente a llorar, como un niño.
    – ¡Mi pobre Claire! La han asesinado vilmente, señor…
    – ¿Quién?
    – Dos soldados ingleses… Los vi desde arriba, pero tuve miedo… Soy un cobarde… ¡dejé que matasen a mi esposa y no tuve el valor de impedirlo!
    – Pero, ¿por qué la mataron?
    – Para robarnos. No teníamos mucho, señor. Esta casa se ha llevado todos mis ahorros… Soy un jubilado y, en verano, alquilábamos el piso de arriba… así íbamos tirando.
    Levantó hacia el teniente un rostro descompuesto por el dolor. Las lágrimas habían trazado surcos húmedos, siguiendo el curso profundo de las arrugas, sobre la piel amarillenta.
    – ¿Está usted seguro de que eran ingleses? -insistió George.
    – Sí. Hablaban inglés… yo entiendo un poco esa lengua… Se pusieron furiosos al no encontrar más que algunas joyas, sin mucho valor. Entonces la golpearon, a culatazos… ¡Dios mío, mi pobre Claire!
    Foster cerró los puños hasta hacerse daño.
    El viejo, cansado de hablar, había dado media vuelta. Penetró en la casa, y antes de que cerrase la puerta, George pudo ver un cuerpo de mujer que yacía en el suelo, al fondo del vestíbulo.
    – Señor…
    Se volvió. Kirk estaba a su lado, con un peligroso brillo en sus ojos, el arma en la mano.
    – ¿Sí? -inquirió el oficial con un hilo de voz.
    Richard dudó unos instantes antes de decir:
    – Ha muerto, señor…
    – ¿Robert?… ¿El sargento Cuberland?
    El otro asintió con la cabeza.
    Desplazándose rápidamente, Foster fue hacia el lugar en el que yacía Cuberland. Los hombres que rodeaban el cuerpo se separaron para dejar paso al teniente.
    No cabía la menor duda.
    El doble disparo de la escopeta había dado de lleno en el pecho del desdichado suboficial. Las postas abrieron enormes agujeros en el tórax, y, por uno de ellos podía verse la masa rosada del pulmón.
    Kirk había seguido al teniente.
    – No ha sufrido mucho… -dijo el pater, que seguía al lado del muerto.
    – ¿Qué vamos a hacer con ese viejo loco? -inquirió Kirk, mirando fijamente a Foster.
    – No podemos hacer nada…
    Y contó con detalle, lo que el viejo le acababa de decir.
    El rostro de Kirk se empurpuró, al tiempo que la cólera daba a su voz un temblor incontenible:
    – ¡Es un cerdo embustero, señor! Ningún inglés sería capaz de…
    – Entonces, ¿quién cree usted que lo ha hecho? -inquirió George.
    – Un francés, sin ninguna duda… sólo ellos son capaces de…
    Sus ojos tropezaron con los del padre Marcel. Aquello hizo que dejara de hablar. Bajó la cabeza, molesto.
    – Bueno… es un decir… -musitó.
    – Sea quien sea -dijo entonces el sacerdote-: francés o inglés, no puede quedar sin castigo.
    Iba a contestar Foster cuando un coche apareció en la esquina, marchando hacia ellos. Terminó frenando junto al grupo de hombres.
    El coche, un descapotable del BEF, iba conducido por un cabo. Detrás, un comandante de Estado Mayor, delgado y con una gran nariz llena de venillas, hizo un gesto al teniente, que se cuadró ante él.
    Foster se presentó, relatando lo que acababa de ocurrir. El otro asintió tristemente con la cabeza.
    – No es el primer caso, desdichadamente -dijo. Luego se presentó-: Soy el comandante Norton y, al mismo tiempo, el jefe de las patrullas de vigilancia en el campo atrincherado de Dunkerque.
    Suspiró.
    – Todo esto se ha convertido en un infierno en el que intentamos poner un poco de orden. En realidad, la disciplina no reina más que en un sitio: en las playas. Allí están los que desean volver a Inglaterra o escapar de aquí para seguir peleando contra los germanos.
    Hizo una pausa.
    – Pero como en todas las grandes catástrofes militares -dijo después-, hay grupos incontrolados, gente sin escrúpulos que desea aprovecharse de la confusión para hacer su agosto…
    Esbozó una sonrisa, tendiendo un cigarrillo al oficial.
    Cuando lo hubieron encendido:
    – Me quedan muy pocos hombres -dijo-. Si usted quisiera, teniente…
    – Estoy a sus órdenes.
    – Podría ayudarme un poco. Hay que limpiar de gentuza el camino que seguirán las fuerzas que faltan por llegar aquí. La retirada prosigue, y sólo quedarán en las posiciones, ante los alemanes, más que unos pocos grupos… que intentaremos embarcar en última instancia…
    Hizo una nueva pausa.
    – Ya sé que no puedo pedirle que se quede aquí hasta el último momento. Ustedes desean, y les comprendo perfectamente, llegar cuanto antes a las playas…
    George denegó con la cabeza.
    – Le ayudaremos, señor.
    – Gracias. Por lo menos, si cazamos a esos asesinos, y debe haber de varias clases por aquí, evitaremos que gentes como ese pobre anciano disparen sobre las tropas que han de pasar aún por aquí.
    – Entiendo.
    – Mi puesto de mando está situado al final de esta calle. He dejado allí al teniente Crammer. Yo me paso de vez en cuando… Si necesita algo, allí encontrará lo necesario.
    – Gracias.
    Sonriendo, el comandante levantó entonces el subfusil que llevaba sobre las rodillas.
    – Quisiera encontrar al hombre o a los hombres que nos causan tantos perjuicios -dijo, con un gesto hacia el arma.
    – También procuraremos nosotros hacerlo, señor.
    – Si lo consigue, y los coge con las manos en la masa, no pierda el tiempo, teniente. Nada de juicios: esa gentuza no merece la menor piedad: son como hienas…

* * *

    Bajando de su vehículo blindado todoterreno, Guderian se dirigió hacia el grupo de oficiales de su Estado Mayor que se habían reunido junto a una batería de cañones de 88 mm.
    Guderian regresaba de primera línea.
    Había estado al lado de las puntas de lanza de sus tanques, que durante toda aquella jornada del 24 de mayo de 1940 habían proseguido su victorioso avance hacia el mar.
    Estaba contento.
    Sus blindados, tras haber ocupado Abbeville cuatro días antes, subieron, bordeando el océano, tomando Boulogne y cercando Calais.
    Ahora, sus vanguardias habían alcanzado el Aa, a 35 kilómetros de Dunkerque. Y, bruscamente, la radio de su vehículo blindado, su puesto de mando volante, había recibido un mensaje escueto, lacónico:

    Ruego regrese urgente al puesto de mando.
    Ha llegado orden especial del Cuartel General del Führer.

    Ahora, mientras andaba hacia sus oficiales, Guderian, el viejo maestro de los tanques, el creador de la ciencia de los blindados, se preguntaba qué clase de desagradable sorpresa le esperaba allí.
    Porque «desagradable» era la palabra justa.
    Guderian empezaba a conocer a Hitler. Ya en Polonia había asistido al cambio brusco del Führer que, en realidad, había empezado cuando el asunto de la remilitarización de Renania. Entonces, asustados, los generales temían una reacción violenta por parte de los franceses.
    Cosa que hubiese sido fatal, ya que el joven ejército alemán no poseía fuerza suficiente para resistir a los galos. No obstante, Francia no reaccionó y Hitler se salió con la suya.
    A partir de entonces, el Führer no confió nunca más en sus generales. Y, más y más, creyó en su maravillosa intuición, considerándose muy por encima de los hombres que mandaban sus ejércitos.
    Su oficial de órdenes, después de los saludos convencionales, le hizo entrega del mensaje de Hitler.
    Guderian lo leyó varias veces, como si no pudiese creer lo que había escrito.
    – ¡Es imposible! -exclamó después-. Se nos ordena detener el avance, ahora que podemos aplastar lo poco que queda de fuerzas enemigas en Dunkerque.
    – Así es -repuso el oficial de enlace.
    – Pero… ¡eso es absurdo! Los ingleses están perdidos. El frente belga se ha hundido…, el rey de los belgas se ha rendido… los tenemos a nuestros pies…
    Cerró los puños con rabia, arrugando el mensaje que tenía en la mano derecha.
    Era cierto.
    Guderian se preguntó quién diablos podía haber aconsejado a Hitler una medida tan absurda.
    – Si siguiésemos avanzando -dijo como si hablase consigo mismo-, conseguiríamos la mayor victoria alemana de todos los tiempos.
    Miró con fijeza a su oficial de enlace.
    – Pida que le confirmen esa orden. Solicítelo directamente del general von Pundstedt.
    – ¡A la orden!
    La respuesta llegó poco después.
    Era la misma:

    Orden del Führer: Detener el avance
    de los Panzers a orillas del Aa.

* * *

    Hermann Goering se frotó las manos.
    Hitler estaba de espaldas, mirando el amplio mapa de Francia que ocupaba casi la totalidad de una pared.
    – Esto se acaba, amigo mío -dijo el Führer sin volverse-. ¡Parece mentira! Pero los tenemos cogidos en el cepo…
    Un oficial del Gran Cuartel General apareció entonces en la puerta.
    – Los generales Halder y Kesselring desean ser recibidos, mein Führer.
    Hitler se volvió sonriendo.
    – Hágales pasar…
    Pero Goering se adelantó un momento, haciendo un gesto al oficial, que permaneció rígido, en posición de firmes.
    – Mi Führer…
    – ¿Qué hay, Hermann?
    – Mi Führer…, sólo deseaba decirle que ha llegado el momento de domar un poco a esos generales. No podemos permitirles que se atribuyan la totalidad de la victoria…, recuerde usted Polonia…
    – Si dejamos que los Panzers prosigan su marcha hacia Dunkerque, ellos, los generales, dirán que el triunfo les pertenece. Se volverán más orgullosos que nunca…
    – ¿Qué podemos hacer?
    – ¡Que la Luftwaffe intervenga! Nuestra gloriosa aviación es capaz de aplastar a los ingleses en su bolsa de Dunkerque: hundiremos sus barcos, destruiremos sus cañones, diezmaremos su infantería… y tendrán que ponerse de rodillas para pedir la paz.
    Hitler asintió con la cabeza.
    – Es una magnífica idea.
    – ¡Gracias, mi Führer!
    – Ahora ya podemos hacer entrar a Halder y Kesselring… Mi decisión está tomada: pararé el avance de los blindados y dejaré que la Luftwaffe termine con nuestros enemigos.
    Así fue cómo, sin saberlo, permitió Hitler que los ingleses llevasen a cabo lo que se iba a hacer famoso con el nombre de «Milagro de Dunkerque».

* * *

    Después de haber fracasado parcialmente, Alain Merchal y Claude Lepuis regresaron al sótano donde habían escondido sus tesoros.
    Estaban furiosos.
    Sentándose sobre un montón de cajas, Alain encendió un cigarrillo.
    – ¡Maldita vieja! -dijo después de echar una bocanada de humo hacia el techo.
    – Ha sido una lástima.
    – Tendremos que seguir buscando.
    – ¿Aún?
    – Claro. No seas idiota. Hay que aprovecharse antes de que lleguen los alemanes.
    Claude se estremeció.
    – Me da escalofríos pensarlo.
    – Tampoco me agrada a mí, pero hay que seguir el plan que nos hemos propuesto.
    – ¿Y qué haremos mientras los nazis estén aquí?
    – Escondernos. Éste es un buen sitio…
    – Lo registrarán todo.
    – Lo sé.
    – ¿Entonces?
    – No creo que metan las narices en este lugar.
    Y como el otro no dijo nada, agregó al cabo de unos instantes de silencio:
    – Tenemos víveres y bebida para resistir un par de semanas.
    – ¿Será bastante?
    – Creo que sí.
    El otro suspiró antes de decir:
    – Algo importante nos falta.
    – ¿A qué te refieres?
    – A un buen par de trajes de paisano. Con estos uniformes, si nos encuentran, estamos perdidos. Además, incluso si no nos ven, para salir de aquí tendremos que quitarnos los uniformes.
    – Es cierto.
    – He visto una sastrería en una de las calles, junto a esa plaza en la que nace la avenida que va a la playa…
    Alain se puso en pie.
    – ¿Y a qué estamos esperando?
    Se había puesto en pie.
    El sótano no tenía más salida que un estrecho túnel, que ellos habían practicado, y que se abría entre los escombros de la casa que una bomba alemana había destrozado.
    Alain se arrastró penosamente.
    Ambos eran fuertes, de anchos hombros, y les costaba un imperio entrar y salir por aquel agujero que más parecía el de una conejera que otra cosa.
    Se quedó helado, al asomar la cabeza. Junto a él, a pocos centímetros de sus ojos, vio, con espanto, el cañón, el agujero negro de un subfusil.
    Intentó echarse hacia atrás, pero el cañón se movió, acercándose a su piel, que había cobrado un sucio tono cerúleo.
    Levantó la mirada.
    Un hombre delgado, con uniforme inglés, le miraba, con una mueca en las comisuras de los labios. Detrás de él había otro británico, pero el subfusil que empuñaba éste apuntaba mansamente hacia el suelo.
    – Sors de là… -dijo el británico en un francés bastante aceptable.
    Alain obedeció.
    Claude salió detrás, sin saber exactamente lo que ocurría. Miró a su amigo, luego a los dos ingleses, y preguntó:
    – Qu’est-ce qui se passe…?
    Fue el inglés quien contestó:
    – Os hemos seguido. Fuisteis muy listos al poneros un casco inglés para asaltar aquella casa de la vieja… a la que matasteis. ¡Muy listos!
    Alain maldijo haber dejado los fusiles en el sótano. No llevaban, su amigo y él, más que sendas pistolas, colgadas del cinto.
    – Nosotros estábamos en la casa de atrás… Luego llegaron un teniente y unos hombres… de los nuestros. Y un viejo loco disparó, diciendo que eran ingleses los que habían matado a su mujer.
    Claude recordó entonces el grito que habían oído.
    – Entonces… -dijo-, ¿vosotros hicisteis chillar a aquella mujer?
    – Creo -añadió sonriendo- que trabajáis como nosotros… estamos del mismo lado de la barrera, por lo que veo.
    – ¡No!
    El grito había salido del otro, del más fuerte de los dos. Una especie de bestia primitiva.
    A Claude le bastó mirarle con cierto detenimiento para comprender que aquellos dos hombres no robaban. Y se estremeció. Porque parecía como si el delito de violación estuviese escrito en la frente estrecha del segundo de los ingleses.
    – ¿Qué queréis de nosotros? -preguntó con una voz débil e insegura.
    – Mataros -dijo el de la frente estrecha.
    Parecía un hombre del Paleolítico; un habitante de las cavernas; un ser bestial y primitivo…
    Claude se pasó la lengua por los labios resecos.
    – Es una tontería… nosotros hemos robado… bastante. Si quisierais…
    Fue el primer inglés quien habló ahora:
    – No nos interesa robar nada. Sólo queremos divertimos un poco antes de embarcar. Pero nos molesta que os hagáis pasar por ingleses.
    – No pierdas el tiempo -dijo el otro-. Mátalos y en paz…
    Claude volvió a estremecerse.
    Le daba miedo aquel tipo.
    Nunca había visto una cara en la que se pintase la degeneración con mayor claridad. Era como si aquel tipo llevase impreso en su rostro todo lo bajo, miserable y bestial que el hombre puede esconder en lo más íntimo de su instinto ancestral.
    Alain no había dicho ni una sola palabra. Pero no perdió el tiempo.
    Poniéndose a un lado, había conseguido bajar una mano. Y sus dedos nerviosos abrían ahora la funda de la pistola, moviéndose milímetro a milímetro.
    – ¿Qué ganaríais matándonos? -inquirió Claude-. Si disparáis, llamaréis la atención de cualquier patrulla. Las hay por todas partes.
    La bestia se echó a reír.
    – Nadie va a disparar -dijo-. Vigílalos, Dan… yo me encargo de ellos.
    Desenfundó el largo machete, acercándose a los franceses.
    Fue entonces cuando Alain, rápido como una centella, sacó su pistola y disparó.
    Lo hizo tan velozmente que aunque deseaba disparar sobre la bestia, mató al otro, metiéndole una bala en la cabeza, entre las cejas.
    Antes de que pudiera apuntar al otro, la bestia había dado un salto y corría, como una liebre, calle abajo, en zigzag. Le disparó un par de veces más, pero sin hacer blanco.
    Claude lanzó un suspiro.
    – ¡De buena nos hemos librado!
    – ¡Se me ha escapado!
    – Es igual. Habrá que llevarse el cuerpo de éste un poco más abajo… Lo hemos pasado mal… Ese tipo me daba escalofríos, me ponía la carne de gallina.
    – A mí también.
    Arrastraron el cadáver hasta dejarlo junto a un montón de escombros.
    – ¿Crees que habrán oído los disparos? -inquirió entonces Alain, frunciendo el ceño.
    – Seguro. Alejémonos de aquí.
    – ¿Dónde vamos?
    – A esa sastrería. Descansaremos aquí hasta que se haga de noche. Luego daremos un par de golpes más… y nos meteremos en el agujero. Pondremos unas piedras a la entrada del túnel… y esperaremos.
    – Me parece lo mejor.
    – Entonces, vamos…

III

    Habían recorrido toda la zona que el comandante les ordenó vigilar.
    Sin resultado alguno.
    Dos veces pasaron por el puesto de mando de Norton, pero en ninguna de las dos ocasiones hallaron al comandante. Su ayudante, el teniente Crammer, de la Policía Militar, un muchachote simpático, con el rostro lleno de pecas, recibió amablemente a Foster.
    – Ya me ha comunicado el comandante que se ha brindado a ayudarnos, teniente.
    – No hemos conseguido nada.
    – No importa. Tarde o temprano, acabaremos con esas hienas. ¿No es triste que existan seres así?
    – En efecto.
    – Acaban de traerme un mensaje. Una de las patrullas ha descubierto a otra joven francesa… medio muerta.
    – ¿Violada?
    Crammer asintió tristemente con la cabeza.
    – Sí. El comandante en jefe está desesperado. ¡Todo ha sido tan precipitado! Por desgracia, no podemos evacuar a la población civil. Y de eso se aprovechan esas sucias bestias…
    – Parece imposible.
    – Sí. Y de nada vale esa capa de civilización que nos han echado encima. Y no son los robos y lo demás lo que nos preocupa. Esos cerdos obran peor que los alemanes…
    Aquellas palabras hicieron que Foster recordase las pronunciadas por el pobre viejo de la escopeta.
    – …ya que hasta cortan los hilos telefónicos, de manera que nadie controle las zonas por las que se mueven y en las que cometen sus fechorías…
    Ofreció una bebida al teniente visitante.
    Luego dijo:
    – Si quieren descansar, hay dos casas vacías junto a ésta. En realidad -añadió-, hay demasiadas casas vacías en Dunkerque. Aunque todas, absolutamente todas, deberían estarlo. Así evitaríamos las tristes cosas que están ocurriendo.
    – Gracias. La verdad es que mis hombres no pueden más.
    – Descansen esta noche. Es muy probable que mañana mismo tengamos que retirarnos hacia la playa… y embarcar para Inglaterra. Pero si antes podemos echar mano a esas bestias primitivas…
    Foster abandonó el puesto de mando, saliendo a la calle, donde sus hombres, los pocos que le quedaban -y esta idea le hizo fruncir el ceño-, le esperaban.
    Les explicó algunos detalles de lo que le había dicho el ayudante del comandante.
    – Ahora -dijo-, vamos a descansar. Hay dos casas aquí al lado. Y el oficial con quien acabo de hablar me ha prometido que se nos distribuiría un rancho caliente…
    John al oír aquello, dio un codazo a Mathew.
    – ¿Has oído lo que yo, Blow?
    – Sí.
    – ¡Rancho caliente! Me va a parecer un sueño…
    Intervino Kirk, con voz tonante:
    – ¡Vamos! -ordenó-. Hay que preparar el lugar para pasar la noche.
    Crammer cumplió lo prometido y los hombres de Foster recibieron un par de platos calientes, además de unas botellas de cerveza que constituyeron la mejor sorpresa de aquella noche.
    El ayudante de Norton insistió para que el otro oficial comiera con él. George aceptó. Y cuando saboreaba una taza de café, un plantón entró en el comedor, acercándose a Foster.
    – Alguien le llama, señor.
    – ¿Quién?
    – Un sargento…
    Foster se puso en pie. Miró al otro oficial y sonrió.
    – Perdone un momento, amigo. Debe ser el único suboficial que me queda…
    Había relatado a Crammer todo lo acontecido desde que abandonaron las posiciones en territorio belga. Crammer asintió con la cabeza, sirviéndose otra taza de café.
    Abandonando la estancia, Foster encontró a Richard en el pasillo, junto a la escalera.
    – ¿Quería hablar conmigo, sargento? -inquirió, con un tono afectuoso en la voz.
    – Sí, mi teniente.
    – ¿Qué desea?
    Kirk dudó unos instantes.
    – Es respecto a esa gentuza que tenemos que cazar, señor -dijo luego-. Nos van a retrasar… y los muchachos desean llegar a la playa cuanto antes…
    La sorpresa se pintó en el rostro del oficial.
    – Creo que no le entiendo, Kirk -dijo tras una penosa duda-. No me explico cómo hace eco del egoísmo de los hombres. Hay población civil en Dunkerque. Gente que va a sufrir mucho cuando el enemigo llegue hasta aquí… ¿No cree usted que debemos, por lo menos, ayudarles mientras permanezcamos en esta ciudad?
    – Sí, señor.
    – ¿Entonces?
    Verdaderamente, no entendía al sargento. Y esperó, con paciencia, a que Richard se explicase definitivamente.
    – Lo único que yo deseaba -dijo Kirk, un tanto molesto, sobre todo contra sí mismo por no haber sabido explicarse con mayor claridad- es solicitar su permiso…
    – ¿Para qué?
    – Para que me permita salir esta noche… de caza. Con un poco de suerte podría ultimar o avanzar mucho, por lo menos, el trabajo que nos han confiado. Una vez eliminada esa pandilla de cerdos, podríamos ir a embarcarnos.
    Foster sonrió.
    – ¡Por fin le entiendo, sargento! Lo había comprendido todo al revés.
    – ¿Tengo su permiso, señor?
    – ¡Naturalmente! Y si desea que alguien le acompañe…
    – Prefiero ir solo.
    – Como usted quiera. Tenga cuidado, sin embargo. No olvide -y su voz se apagó un tanto- que es usted el único suboficial que me queda.
    Ahora fue Richard quien esbozó una sonrisa.
    – Tendré cuidado, mi teniente.
    – ¡Suerte entonces!
    – Gracias…

* * *

    – ¡Venga, Winston!
    WC levantó la cabeza, mirando a Mathew.
    Se habían alojado en la sala de estar de un chalé. Deseando estar juntos, arramblaron con los colchones, que tendieron en el suelo. Luego, a pesar del cansancio Wilkie consiguió que se enzarzaran en una interminable partida de póquer.
    Dos horas después, Winston abandonó los naipes, compungido por haber perdido casi una libra, tendiéndose en su colchón.
    Justo en el momento en que Blow se había dirigido a él.
    – ¿Qué quieres? -inquirió.
    – Que empieces a cumplir tu promesa…
    Los ojos de WC se abrieron como platos.
    – ¿Ahora? -inquirió, no dando crédito a lo que acababa de oír-. ¿Te has vuelto loco?
    – No. Ya te dije que si teníamos un poco de tiempo, al llegar a Dunkerque, tendrías que empezar a enseñarme a bailar…
    – Pero no ahora… -la voz de Winston estaba cargada de lamentable súplica-. ¡Estoy rendido! Además, me duelen terriblemente los pies…
    – Eso no me importa. Hicimos un trato y tienes que cumplirlo.
    John, que había recogido las cartas y las ganancias -ninguno de aquellos idiotas sospechaba que tenía los naipes marcados-, se volvió hacia la pareja, sonriendo.
    – ¡Di que sí, Mathew! Tú cumpliste tu parte… ahora le toca a él…
    – No le hagas caso… -dijo WC, agarrándose como una lapa a la posibilidad de enternecer a Blow-. Mañana empezaremos, palabra… Y te aseguro que haré de ti un maestro de baile.
    – Nada de mañana -repuso con voz agria-. ¡Empezaremos ahora mismo! Y no me hagas cabrear…
    Winston se incorporó lentamente.
    Lo que había visto brillar en los ojos de Blow no le gustó nada, ni un pelo. Sabía perfectamente de lo que era capaz aquel pedazo de animal.
    – Como quieras -suspiró.
    Divertido, Wilkie palmeó con las manos.
    – Yo haré de músico. Sé silbar muy bien… ¿Qué vais a bailar?
    – ¡Un tango! -exclamó Blow.
    Winston le cogió por la cintura, suspirando de nuevo.
    – Empezaré haciendo el hombre… -dijo.
    – ¡Oye, tú! -protestó Mathew al sentir que el otro le cogía con fuerza-. No me resultarás un sarasa, ¿verdad?
    – No digas tonterías. O te enseño… o me dejas dormir. ¿Preparado?
    Blow asintió, volviendo la cabeza hacia John, que se partía de risa.
    – ¡Empieza ya, John!
    Los primeros compases de La Comparsita salieron de los labios de Wilkie. En un rincón, sobre su colchón, Nick se reía a sus anchas.
    La grotesca pareja se movió pesada muí Ir.
    – Si todas las mujeres fuesen como tú -protestó el profesor-, me hubiera dedicado a otra cosa…
    – ¿Qué pasa? ¿Es que no lo hago bien?
    – Déjate mandar, idiota… eres más pesado que un tanque…
    Poco a poco Blow comprendió el ritmo. Luego, cambiando, Winston hizo de mujer.
    Mathew sonreía, encantado.
    Tenía el cuerpo empapado en sudor, pero no le importaba. En realidad, su espíritu estaba lejos de allí. Y se veía, con la imaginación, cogido a su esposa, trenzando sabrosos pasos de tango en la reluciente pista de un salón de baile londinense.

* * *

    Al abrir los ojos, Fred Laster miró a su alrededor, no demasiado extrañado, ya que intuía, aunque de manera vaga que debía haberle pasado «aquello» una vez más.
    El hombre, cuyo rostro veía sobre el suyo, se sonrió.
    – Ya ha pasado todo, muchacho… no temas.
    – He tenido un ataque, ¿verdad?
    – Sí. ¿Es que no dijiste nada cuando pasaste la revisión médica, al incorporarte a filas?
    – No.
    – Hiciste mal. Debiste decir al médico que eras epiléptico…
    – No lo creí necesario.
    La sonrisa se amplió en los labios del hombre.
    – Bien, no te preocupes. Soy el doctor Leemer. Estás cerca de la playa. Y serás evacuado muy pronto, quizás antes de que amanezca.
    – Gracias.
    El médico se volvió entonces.
    – Traiga un poco de té frío, Helen…
    Cuando el rostro de la muchacha apareció sobre él, con el fondo del techo detrás de la cabellera dorada, Laster tuvo que hacer un esfuerzo para disimular la emoción que sintió.
    Nunca había visto un rostro tan hermoso.
    Ella le pasó la mano bajo la nuca, ayudándole a incorporarse, y sujetando con la otra mano la taza de té.
    El roce de la piel de la joven con su nuca le hizo estremecerse. Y una vez más, desde el fondo oculto de su cerebro surgió el «mandato», aquella orden contra la que nunca había sabido defenderse.
    La voz del doctor le llegó como desde muy lejos.
    – Voy a acercarme al embarcadero, Helen. Volveré dentro de un rato.
    – Sí, doctor…
    Ella poseía una voz musical que cosquilleó agradablemente los oídos de Fred. Todo en ella, por lo visto, era encantador. Y cuando la enfermera, al inclinarse un poco más, para ayudarle a beber el fondo de la taza, le rozó el rostro con el turgente seno, Laster tuvo que hacer un esfuerzo para no gritar.
    Ella le reclinó entonces sobre el lecho.
    – Descanse -le dijo-. Y si me necesita, llámeme…
    – Gracias.
    Un agradable calor le recorría el cuerpo; pero, como siempre, mientras su mente hilaba las posibilidades más fantásticas, los recuerdos volvieron a hacer su aparición, como seres dotados de vida, dispuestos, una vez más, a hacerle daño.
    Mucho daño…
    ¿Cómo quería aquel doctor que confesase, al ingresar en el ejército, que era un enfermo?
    Nadie en el mundo sabía cuánto había padecido por aquel maldito mal. Desde muy niño, fue la mofa de los demás, cuando los ataques le sorprendían en la calle, en el colegio… sin prevenirle.
    Más tarde, cuando sus compañeros triunfaban con las chicas del barrio, cuando todos ellos encontraban abiertas, de par en par, las puertas a una luminosa pubertad, él, Fred Laster, se veía rechazado por las muchachas, que le miraban con horror.
    Ellas le habían visto revolcándose en el suelo, contrayéndose como una serpiente, con la boca retorcida y un hilo de baba escapándosele de ella, rodando por el mentón…
    Nadie, absolutamente nadie, podía saber qué desdichado había sido.
    Ya hombre, la misteriosa enfermedad que le aquejaba le enseñó una cosa: supo predecir, con una cierta anticipación, el momento en que sus ataques iban a desencadenarse.
    Los médicos llamaban «aura» a aquel curioso aviso que para él tomaba el aspecto de un cambio de color en lo que le rodeaba. Era como si un súbito atardecer cayese sobre las cosas.
    Un color rojo intenso las bañaba. Entonces, mientras la fantástica visión tenía efecto, él se percataba de la proximidad del ataque. Y huía, escondiéndose en el lugar más apartado deseoso de ocultar la grotesca visión que ofrecía cuando se desplomaba en el suelo.
    Hasta aquella noche…
    Lo recordaba como si hubiese ocurrido ayer. Y, sin embargo, aconteció cuando había cumplido sus dieciocho años.
    Por aquel entonces, su instinto sexual, frenado por la imposibilidad física y, sobre todo, por el temor al ridículo, había tomado la dimensión de una compulsión intolerable, irrefrenable.
    Una angustiosa obsesión le dominaba.
    Por las noches, dejando atrás su barrio popular en el que todo el mundo le conocía… y le despreciaba, Fred se dirigía hacia las luminosas calles del centro, siguiendo invariablemente ese camino que va desde Corner Hyde Park hasta Leicester Square.
    Allí, pero sobre todo en muchas de las callejas que desembocaban en las amplias e iluminadas calles estaban Ellas.
    Laster había pensado infinidad de veces en aquellas criaturas fáciles, ante las cuales no sería más que uno de tantos. Con ellas, nada de formulismos, sino la sencillez de un mercado en el que no había necesidad de más gastos que los que se hacen para comprar un paquete de cigarrillos.
    Tenía dinero, pero jamás se atrevió a detenerse junto a una de aquellas mujeres.
    Incluso, en algunas ocasiones, cuando fueron ellas quienes le abordaron profesionalmente, cogiéndole incluso del brazo, huyó horrorizado, echando a correr, perseguido por palabras de burla o soeces insultos.
    Aquella noche, ya muy tarde, Fred se paseaba por una de las calles más solitarias.
    Había estado como tantas y tantas veces, contemplando a las mujeres pintarrajeadas y a los hombres que iban en su busca. Y, como siempre, su corazón sangraba de impaciencia…
    Nunca supo exactamente cómo pudo decidirse, ni cómo arremetió contra aquella mujer, la única que a aquellas horas quedaba en la calle. Temblando de miedo, la golpeó, con todas sus fuerzas, como si aquélla fuese la única manera posible de llevar a cabo lo que se proponía.
    Luego, el grito de la pareja que surgió de la oscuridad, la huida precipitada, los silbatos de la policía…
    Todavía temblaba al recordar aquellos espantosos momentos.
    Pero aquí, en Francia su suerte había cambiado. Cuando junto al sargento Better abandonaron su unidad, en medio de un combate, en el momento en que la compañía estaba deshaciéndose en pedazos ante el ataque de los tanques germanos… cambió su suerte.
    Dan Better era un hombre como él. No es que fuese epiléptico, pero algo oscuro, bestial, le empujaba por caminos similares a los que seguía el soldado.
    Intimaron en seguida, como si se conociesen desde hacía años. Y cuando iniciaron la «caza», entre las ruinas de Dunkerque, trabajaron al unísono, con todo cuidado, escogiendo con precaución a sus víctimas.
    La última había fallado.
    Pero ahora, sin ni siquiera recordar a su compañero muerto, Fred estaba dispuesto a jugar de nuevo otra baza. Esta vez, se aseguró a sí mismo, no fallaría. La suerte le había favorecido, y el hecho de que la enfermera se hubiese quedado sola iba a facilitar sus planes.
    Saltó del lecho.
    Como después de cada ataque, se encontraba un tanto cansado, como si hubiese realizado un ejercicio violento. No obstante, se sabía un hombre fuerte, capaz, por lo tanto, de llevar a cabo lo que se había propuesto.
    No le fue difícil sorprender a la muchacha.
    Un suave golpe, con el canto de la mano, en el cuello, dejó sin sentido a la joven a la que tuvo que coger en sus brazos para que no se desplomase en el suelo.
    Se la echó a la espalda.
    Asomándose a la puerta del chalé donde se había ubicado el Puesto de Socorro, salió a la calle, sumida en una completa oscuridad. Y sin dudarlo un segundo más, echó a andar, con su carga, desapareciendo al doblar la primera esquina.
    Fue entonces cuando el primer proyectil de obús explotó sobre Dunkerque.

* * *

    No obstante, las fuerzas germanas tropezaron en seguida con una resistencia formidable por parte de los defensores del «campo atrincherado de Dunkerque».
    De ahí que el Alto Mando del ejército nazi se decidiese por utilizar la vieja táctica de la guerra de posiciones, haciendo intervenir antes de lanzarse al asalto una imponente masa de artillería.
    Cientos de proyectiles de obús empezaron a caer sobre Dunkerque…

* * *

    Si alguien hubiese visto desplazarse, en la oscuridad de la noche, al sargento Richard Kirk, hubiera tenido la clara impresión de hallarse ante un cazador nato.
    Con el Long Rifle en la mano, Kirk avanzó hacia la ciudad, partiendo de los arrabales en los que había dejado a sus compañeros.
    Al partir del chalé donde el comandante Norton había establecido su puesto de mando, Richard se dijo que era muy poco probable que las hienas se encontrasen en los alrededores. Después de cometidas sus fechorías, era más que probable que se hubieran retirado a su guarida.
    Pero ¿dónde podría encontrarse la guarida de las hienas?
    Kirk estaba seguro de que se trataba de varios grupos. Era muy raro, por no decir imposible, que ladrones y violadores se reuniesen en una misma banda, ya que sus intereses eran completamente distintos.
    Antes de que su pelotón, su nuevo pelotón, se alojase en el chalé, donde les había dejado enzarzados en una partida de cartas, habían entregado al «convoy de los muertos» -un viejo carro de la intendencia francesa que recogía todos los cadáveres abandonados en las calles y casas de la pequeña ciudad- los cuerpos de la mujer vieja, asesinada por los ladrones, y la joven, su vecina de la casa de atrás.
    Viendo a la muchacha, Kirk se había estremecido de pies a cabeza. Luego, en voz baja, lanzó una retahíla de juramentos, prometiéndose contribuir, como fuese, a la caza de aquellos salvajes.
    Y así nació la idea de pedir permiso al teniente para echar una ojeada por Dunkerque.
    Tropezó, en una de las calles principales, con una larga columna de hombres que se dirigían hacia las playas. Era un grupo, uno de los últimos, que iban a ser embarcados.
    Pensó, mientras caminaba, ahora solo, en medio del silencio que se hizo cuando la columna se perdió a lo lejos, en los que deberían quedarse, en aquellos valientes, franceses e ingleses, a los que había sido confiada la defensa de la ciudad.
    – Ésos no tendrán tiempo de ponerse a salvo -musitó, en voz baja.
    Atravesaba una plaza cuando, movido por un instinto puramente militar, aprendido en la guerra, se tiró al suelo.
    Un silbido prolongado cruzó el espacio.
    El proyectil de obús fue a estallar tras una hilera de casas, abriendo un abanico de fuego en la negrura de la noche. Otro más, y luego otro, hendieron el aire con un maullido escalofriante, estallando al azar, destripando los edificios…
    «Esto se pone serio…», pensó el suboficial.
    La acción de la artillería era la prueba más evidente de que los alemanes estaban preparando el asalto a la ciudad. Tras los proyectiles, los tanques entrarían en danza…
    Y luego la infantería.
    El problema más grave estribaba en un probable, o seguro, retroceso de las líneas aliadas. Eso significaría que los cañones podrían adelantar sus posiciones de batería y que, muy pronto, los proyectiles de obús estallarían en las playas, incluso sobre los muelles y hasta en los buques.
    Sí, la cosa se estaba poniendo fea…
    Kirk optó por avanzar pegado a las fachadas de su izquierda, ya que allí gozaba, por lo menos, de un ángulo muerto que le daba una cierta seguridad.
    Siguió andando.
    Una extraña intuición le guiaba.
    Había escogido, quizá sin saberlo, las calles más apartadas; y no solamente eso, sino que deambulaba por los barrios en que el destrozo ocasionado por la Luftwaffe había sido mayor.
    Muchas de las calles estaban cortadas por enormes montañas de escombros. Y un olor, dulzón, penetrante, flotaba sobre las ruinas: el olor a la muerte.
    Kirk se preguntó cuántos desdichados yacían aún bajo los cascotes, indudablemente muertos ya, pero que habían debido padecer como condenados, aplastados por las vigas, cegados por la tierra y el yeso, antes de exhalar el último suspiro.
    Fue de una manera repentina, sin saber exactamente por qué, que intuyó una presencia humana a su alrededor, como si, guiado por un olfato que no poseía, hubiese percibido un olor a ser humano vivo, casi increíble en aquel país de muertos. Volvió la cabeza.
    A su derecha, iluminado por las explosiones de los proyectiles alemanes que seguían cayendo, por fortuna bastante lejos de allí, vio un hermoso chalé, de dos plantas, que parecía milagrosamente haber escapado a las bombas nazis.
    Fue justo en el momento en que miraba hacia allá cuando vio un reflejo luminoso en una de las ventanas del piso.
    Al principio, creyó que se trataba de un reflejo de una de las explosiones que, como cárdenos relámpagos, iluminaban crudamente las fachadas de las casas.
    Pero pronto se convenció de que no era así. ¡Alguien estaba paseándose por las habitaciones del piso superior de aquel chalé!
    Apretó el Long Rifle en sus manos.
    Se decidió a cruzar la calle, y lo hizo velozmente, casi de un par de saltos, pegándose a la puerta de la casa, contra la que apoyó su espalda, comprobando que la habían dejado abierta.
    Empujó el paño con toda clase de precauciones, sin que los goznes chirriasen lo más mínimo. Una vez dentro, volvió a cerrar la puerta y avanzó, orientándose gracias a las claridades relampagueantes que entraban, de vez en cuando, por los amplios ventanales.
    Así pudo descubrir la escalera.
    Una espesa alfombra cubría los peldaños. Era indudable que aquella lujosa mansión debía haber pertenecido a gente muy rica. Mientras subía la escalera, con un paso que la moqueta acolchaba, vio, gracias siempre al relampagueo de las explosiones, los rostros serios de hombres de otras épocas que le miraban desde la pared.
    También había muchos cuadros en el pasillo al que llegó tras subir la escalera.
    Con los músculos en tensión, reteniendo incluyo la respiración, empezó a andar por el pasillo, descubriendo, poco después, la claridad de la linterna eléctrica, cuyo reflejo salía por la última puerta de la derecha.
    Había recorrido apenas cinco metros cuando, bruscamente, un quejido humano le dejó tieso. Casi en seguida, una voz de mujer, una lastimera y suplicante voz, llegó hasta él.
    – Usted está enfermo, amigo mío… muy enfermo…
    Un ronco gruñido precedió la respuesta del hombre.
    – ¡Calla, puerca!
    Y la mujer, insistente:
    – No debe hacerme daño… nosotros le recogimos anoche, cuando le dio el ataque…
    – ¡No hables de eso!
    Kirk pudo comprender, sin dificultad, que había conseguido llegar hasta uno de los hombres que buscaba. Y no le cupo la menor duda de que éste pertenecía a la sucia clase de los que habían violentado y asesinado luego a la pobre muchacha cuyo cuerpo entregaron al «carro de los muertos».
    Una furia salvaje se apoderó de él.
    Pero era demasiado cazador para precipitarse tontamente. Por el contrario, estando ya cerca de su presa, se serenó en un abrir y cerrar de ojos.
    – Lo que intenta hacer usted es una locura -dijo aún la mujer-. No se lo perdonarán nunca, soldado…
    El hombre lanzó una carcajada.
    – ¡Nunca me cogerán! -dijo-. Soy demasiado listo… y te guardaré aquí… conmigo… serás mía… sólo mía…
    Ella exhaló un gemido.
    Richard, empuñando su terrible arma, prosiguió su cauteloso avance hacia la puerta que aquel demente había dejado abierta. Cuando llegó, se movió con infinitas precauciones.
    Asomó un lado de la cabeza.
    El hombre que estaba de espaldas y llevaba uniforme inglés, había colocado la linterna sobre una mesa, apuntando al techo, de forma que la claridad reflejada por ésta iluminase toda la estancia.
    La muchacha, cuya cofia de enfermera yacía en el suelo, estaba tendida en el lecho, atada de pies y manos.
    Kirk comprendió que el hombre hacía durar el placer de saberse dueño absoluto de aquella mujer. Era como si al convertirse en realidad el sueño que había alimentado sus ilusiones durante toda su vida, no diese crédito a lo que estaba viendo.
    Sin darse cuenta, de una manera paulatina, Richard sintió pena por aquel desdichado.
    Se sentía satisfecho y hasta contento de que el autor de tales desmanes no fuese un hombre normal, sino un enfermo, empujado por un cerebro profundamente alterado.
    Pero, casi en seguida con aquella frialdad que le caracterizaba, Kirk barrió de su mente aquellas ideas disponiéndose a cumplir con su cometido.
    Enfermo o no, tenía que matarle.

IV

    Clara se preguntó, no sin una cierta angustia, si podía creer en la sinceridad de las palabras que acababa de pronunciar Edward.
    El rostro del artillero mostraba, sin embargo, una expresión seria, condolida, y no había en sus labios aquella sonrisa irónica que tanto daño hacía a la muchacha.
    Mirándola con intensidad, al tiempo que la cogía por los brazos, él dijo:
    – De todos modos, querida, no debemos perder las esperanzas.
    Clara suspiró.
    Había venido a Douvres, dejando su trabajo, ya que obtuvo un permiso de un par de semanas. En realidad, no podía permanecer en la oficina, sabiendo que los dos hombres a los que estimaba corrían un peligro tras otro.
    El regreso de Edward le había llenado el corazón de gozo. Pero faltaba Nick.
    – ¿Es cierto que el London va a volver a Dunkerque? -inquirió con ansiedad.
    Waddell asintió con la cabeza.
    – Sí, Clara. Estamos preparándonos. Todavía debemos hacer un último viaje…
    – Un último viaje… -repitió ella como un eco.
    – Sí, quedan aún algunas tropas por evacuar.
    – ¿Las has visto tú?
    – Sí.
    – ¿Has bajado a tierra?
    – Desde luego. Lo hice, Clara, y con la sola idea de buscarle.
    – Y no le viste.
    – No.
    Ella suspiró.
    – ¡Dios mío! La verdad es que preferiría saberle prisionero, antes de que le hubiese ocurrido lo peor.
    – No le habrá pasado nada malo, Clara. Seguro que le encontraré esta vez.
    De nuevo Clara se preguntó si Edward hablaba con sinceridad.
    Una pareja de marinos del London pasó entonces junto a ellos, camino del barco. Uno de ellos saludó a Waddell con la mano.
    – ¡Enhorabuena por lo de la medalla, Edward!
    – ¡Gracias!
    Edward no pudo retener esta vez una sonrisa. Lo cierto era que deseaba que Nick volviese. Ahora ya no le importaba la aparición de su rival, puesto que había conseguido lo que se proponía.
    La condecoración le convertía en el triunfador de aquella curiosa justa cuyos términos había establecido precisamente la muchacha.
    Aumentó la presión que sus manos ejercían en los brazos de ella.
    – Lo traeré, Clara. Aunque tenga que buscarlo por todo Dunkerque.
    Ella se convenció esta vez de que el muchacho expresaba sinceramente lo que sentía. Aquello la alivió.
    – Eres muy bueno, Ed…
    La sirena del London gimió dulcemente.
    – Debo irme, Clara…
    – Sí…
    – ¿Me das un beso?
    Ella le ofreció sus labios. Una vez más, Waddell experimentó aquel placer inestimable, aquel perfume que le quedaba en la boca cada vez que besaba a la joven.
    – Hasta la vuelta, cariño -le dijo, soltándole los brazos.
    – Ten mucho cuidado, Ed… y procura encontrarle.
    – Haré lo que pueda.
    – Yo os esperaré aquí.
    Edward subió por la rampa, dirigiéndose directamente a la torreta. Los marinos le saludaban, y comprobó que se había convertido en el héroe del HMS London.
    – Sólo deseo -masculló mientras trepaba por la escalerilla metálica de la torreta- que se me ponga a tiro otro avión nazi…
    Desde lo alto de la torreta, después de saludar a los dos ayudantes, Edward miró hacia el muelle, comprobando que Clara se había ido. Los soldados del Cuerpo Expedicionario que habían desembarcado del London estaban, en su mayoría, allí.
    A pesar de haber realizado el viaje tres veces, Ed no se había acostumbrado a las escenas delirantes que provocaba la llegada de nuevos evacuados.
    Detrás de él, apoyado en la barandilla, Pat dijo a su compañero, que estaba a su lado:
    – Fíjate en esa mujer, Tom… ¡la pobre! La he visto aquí cada vez que hemos venido.
    – Va de un grupo a otro…
    Ed miró a la pobre vieja. En efecto, la mujer iba de un lado para otro, preguntando seguramente por el hijo que no había regresado aún y que probablemente no volvería jamás.
    Pero no perdía la esperanza.
    Otras, por el contrario, lloraban o gritaban, mesándose los cabellos, cayendo de rodillas sobre el adoquinado muelle, a veces acompañadas por niños de corta edad, o llevando uno de pecho en sus brazos.
    – La guerra es una mierda -dijo O’Hara-. Una asquerosidad que nunca soluciona nada.
    – Nosotros no la hemos querido -dijo Lister.
    – ¡Bah! Eso habría que discutirlo, y no tengo ganas de perder el tiempo. Además, ¿qué puede importar que la hayamos querido o no? Mira esa pobre mujer vieja… Incluso si ganásemos esta guerra, cosa de la que dudo bastante, a ella le importaría un comino.
    – Peor sería si la perdiésemos.
    – ¿Para ella? ¡No sabes lo que dices! Pregúntaselo, anda… Dile si prefiere que ganemos la guerra y su hijo no vuelva, o que regrese perdiendo la guerra.
    – Hombre… si llevas las cosas a ese límite…
    – Las llevo a lo que son. Para esa mujer, su hijo es lo que cuenta. Como para todas las madres. Y si fuesen ellas las que mandasen, ¡seguro que no habría nunca más guerras!
    La sirena maulló de nuevo.
    Se retiró la escala y cayeron las amarras al agua. Rechinaron los eslabones de la cadena del ancla y, bajo la cubierta, vibraron los poderosos motores del London.

* * *

    En la lujosa casa señorial belga, al fondo del inmenso jardín, las ventanas iluminadas parecían una contradicción, una paradoja en aquellos tiempos de guerra. Todas las luces del inmenso salón de la planta baja estaban encendidas, y los cristales lacrimosos que pendían de las lámparas brillaban como gemas.
    En la larga mesa, sobre la que los platos, las copas y las botellas ocupaban casi la totalidad del espacio, dejando pequeños islotes de mantel blanco, los hombres alineados a ambos lados miraban hacia la cabecera, en un completo silencio.
    Von Rukeller, después de colocarse el monóculo, leía el mensaje que un comandante acababa de entregarle. El mensajero, tras un gesto del coronel de la Luftwaffe, se había retirado, cerrando la puerta sin hacer el menor ruido.
    El silencio tenía algo de enfermizo, y pesaba sobre los pechos como una losa de mármol.
    Durante la cena, la opípara cena, apenas dijeron nada, hablando de cosas intrascendentes, procurando, con sumo tiento, no rozar siquiera los asuntos militares, sobre todo los que tenían relación con el IV Grupo aéreo.
    Al que pertenecían todos ellos.
    Estaban allí, además del coronel, jefe del grupo, su ayudante, el comandante Strasser, y los seis jefes de escuadrilla: tres de bombarderos en picado Ju-87 y tres del tipo Ju-88.
    Von Rukeller leyó y releyó el mensaje sin que la expresión de su rostro se modificase lo más mínimo.
    Sus hombres seguían mirándole en silencio, esperando que su jefe se dignase a decir algo.
    Finalmente, quitándose el monóculo, después de dejar el papel sobre la mesa, el coronel sacó un pañuelo y limpió, con meticuloso cuidado, el cristal sujeto a una finísima cadena de platino.
    – Es una orden general, caballeros -dijo sin levantar los ojos del monóculo-. Atañe a todos los grupos y, por ende, al nuestro.
    Volvió a colocarse el monóculo; tras el cristal, su ojo izquierdo, intensamente azul pareció mucho más grande que el derecho, lo que daba a su fisonomía un aire asimétrico nada agradable, por cierto.
    – Nos quitan Dunkerque -dijo luego-. La iniciativa pasa, de nuevo, a la Wehrmacht.
    Strasser, que estaba sentado a su derecha no pudo contenerse.
    – ¡Pero eso es inicuo, señor! Sólo la Luftwaffe conseguiría un triunfo rotundo, empleada en masa… cuando la infantería y los tanques lleguen a las playas, los ingleses habrán evacuado a casi todos sus hombres.
    – Lo sé, mi querido Strasser. Lo sabemos todos… pero la orden procede del Cuartel General del Führer.
    – Alguien hay allí que no nos quiere bien, mi coronel.
    Von Rukeller esbozó una sonrisa.
    – No nos descubre usted nada nuevo, mi querido Strasser. Yo lo he visto, con mis propios ojos, en Berlín, antes de que la campaña del Oeste empezase.
    »De no haber sido por nuestro mariscal, hubiesen limitado aún más el papel de la aviación del Tercer Reich. Lo que ocurre es que esos señores de la Wehrmacht no han podido olvidar que la victoria de Polonia se debió a nuestro esfuerzo.
    – ¡Quieren minimizar nuestro papel!
    – Así es, amigo mío. Afirman, con esa estúpida osadía que poseen los hombres del ejército de tierra, que sus cañones evitarán el embarque de los ingleses.
    – ¿Y vamos a quedarnos con los brazos cruzados?
    Von Rukeller se pasó la mano por el mentón afeitado; sus dedos buscaron, sin encontrarlo, el resto de una barba que brillaba por su ausencia.
    – A pesar de la drástica medida que se nos ha echado encima -dijo lentamente-, se nos permite, en principio, la realización de algunas misiones de hostigamiento… mientras que la gloriosa Wehrmacht cumple sus objetivos.
    »Esta pequeña y reducida posibilidad es la que ha hecho nacer la idea, en mi mente, de una acción que podría devolver, permítame la frase, el brillo a nuestras alas.
    »Debido a la fuerte acción de la Flak [23] inglesa, y me refiero naturalmente a la de los barcos, puesto que la de tierra no existe, no vamos a emplear, en esta fase de las operaciones, nuestros queridos Stukas…
    Los pilotos -jefes de escuadrilla- de los Ju-87 sentados al lado derecho de la mesa, fruncieron el ceño al unísono, pero ninguno de ellos despegó los labios.
    – Esta vez -prosiguió diciendo el coronel- vamos a emplear exclusivamente nuestros queridos Ju-88.
    Sonrisa velada del lado izquierdo de la mesa.
    – Claro -dijo aún Von Rukeller- que nos serviremos de un método sui generis en esta ocasión. Bombardearemos a gran altura los barcos exclusivamente, pero utilizando bombas retardadas.
    Uno de los jefes de escuadrilla del lado izquierdo de la mesa, naturalmente, intervino entonces:
    – ¿Puedo hacer una pregunta, mi coronel?
    – Sí.
    – ¿Tenemos bombas pequeñas de esa clase?
    – No. Las que poseemos son sólo de trescientos kilos, pero es precisamente lo que nos conviene.
    – Entiendo.
    – A gran altura, podrán ustedes precisar sus blancos con mayor cuidado. Y cuando alcancen el objetivo, es muy probable que esos estúpidos ingleses crean, como suelen decir, que se trata de bombas que no han explotado por sabotaje en nuestras fábricas.
    Algunos de los presentes se permitieron una risita breve.
    – Con las bombas en sus barcos regresarán, camino de Inglaterra, convencidos de no llevar en las entrañas de su navío más que un artefacto inútil, boicoteado por los alemanes que no quieren a Hitler.
    Hizo una pausa.
    – Por eso nos interesa utilizar un retardo de una hora, tiempo más que suficiente para que no se percaten de nuestro artilugio.
    Hizo un gesto con la mano, sonriendo luego.

* * *

    No hubo nada morboso en el gesto de Kirk. Su disparo, limpio, deshizo la cabeza del británico. Había hecho fuego casi a quemarropa, pensando en que la muerte de aquel desdichado fuese lo más rápida posible.
    Todo ocurrió tan velozmente que la enfermera lanzó un grito, sólo ya cuando el enorme cuerpo del epiléptico se desplomó en el suelo.
    Dejando el arma en la mesita central, junto a la linterna, Richard se acercó a la joven.
    – No tema nada, señorita.
    Las lágrimas corrían libremente por las mejillas de Helen.
    – ¿Era… necesario? -inquirió entre sollozos.
    – Sí -repuso Kirk, que la estaba desatando-. Detenerlo hubiera sido prolongar su sufrimiento.
    Ella se sentó en la cama, frotándose enérgicamente las muñecas.
    – Era un pobre enfermo…
    – Lo sé. No podía tratarse de un hombre en su juicio. Por eso es mejor que haya ocurrido así, señorita. Ahora, si me lo permite, la acompañaré hasta donde desee.
    – Gracias.
    Tuvieron que avanzar por la ciudad con todo cuidado, ya que los proyectiles de obús alemanes caían ahora en profusión, estallando por doquier.
    – No sabía que había mujeres inglesas en Dunkerque -dijo él mientras corrían para atravesar una plaza.
    – Soy la única -repuso la joven.
    – Debería haber embarcado ya.
    – Lo haré cuando me toque el turno. Hay muchos heridos, sargento. Y si podemos hacer algo por ellos, no debemos pensar exclusivamente en nosotros.
    Ella tropezó en aquel momento y Kirk la cogió por la cintura. A la cárdena luz de las explosiones, sus miradas se cruzaron, y el sargento experimentó una rara sensación, como nunca le había ocurrido hasta entonces.

* * *

    Satisfecho, con el rostro enrojecido por el ejercicio, Mathew se dejó caer en su colchón, después de liberar a WC, que se tiró materialmente de cabeza al suyo.
    – No hay duda alguna -dijo Blow-. ¡Es todo un maestro!
    A su lado, John se echó a reír.
    – ¡Vaya sorpresa que se va a llevar tu media naranja! -exclamó jovialmente-. Aunque va a preguntarse si los hombres van a la guerra para aprender a bailar el tango…
    – ¡Ríete, cretino! Para mí es algo muy importante.
    Nick, que fumaba, echado en un jergón, preguntó entonces:
    – ¿Dónde demonios habrá ido el sargento Kirk?
    Wilkie se encogió de hombros.
    – ¿Qué nos importa? Después de todo, aunque ahora nos mande, no es nuestro jefe de pelotón.
    – Me parece que no le tienes gran simpatía -dijo Blow.
    – ¡Ni pizca!
    – ¿Puedo saber por qué?
    John bajó la voz mirando hacia la puerta de la estancia, como si temiera que Richard apareciese en cualquier momento.
    – No me gusta ese tipo -confesó en voz baja-. Y voy a deciros el motivo, aunque vosotros lo sabéis tan bien como yo: Kirk es un asesino.
    – ¡Eso no es cierto!
    – Lo es… un tío que se pasa la vida limpiando esa arma suya, un arma prohibida, entre paréntesis, y que no piensa más que en cargarse a todo quisqui para vengar la muerte de su hermano, no es un hombre normal.
    – ¡A su hermano le torturaron los nazis!
    – ¿Y qué? ¿Debemos imitarles y hacer barbaridades como ésa?
    – Kirk no ha torturado a nadie.
    – Pero goza matando. Y lo hace de una manera poco noble. Desde lejos, como si cazase fieras en África.
    Mathew lanzó un suspiro.
    – Digas lo que digas, es un excelente suboficial.
    – ¿No lo era Robert?
    – Yo no he dicho eso, pero de los tres sargentos de la sección, Kirk es el tío que tiene más redaños. Ninguno de vosotros se atreverá a negármelo.
    Una explosión más cercana que las que habían estado oyendo hasta entonces, hizo vibrar el edificio.
    Pálido, Winston, al que todos creían dormido, se sentó en la colchoneta.
    – Se están acercando… -dijo con un hilo de voz.
    – A éste le entra el canguelo muy aprisa -rió John-. Será muy buen profesor de baile, pero como soldado…
    Blow soltó un taco.
    – Déjale en paz, Wilkie.
    – ¿Cómo? ¿Lo has tomado bajo tu protección?
    – Sí, ¿pasa algo?
    – Nada, chico, nada… no te pongas así. Por mí, como si quieres acostarte con él…
    Winston se había incorporado, justo cuando una nueva explosión hizo tintinear los pocos cristales que quedaban en la casa. Luego, apretándose el vientre, se dirigió hacia la puerta.
    Wilkie no pudo controlar una sonrisa.
    – ¡Cuidado, amigo! -le gritó-. Tira los calzoncillos lo más lejos posible… ¡he perdido mi máscara antigás!
    Mathew gruñó de nuevo.
    – ¡Déjale tranquilo de una vez, idiota! Si no te metes con nadie, no estás contento…
    Una nueva explosión sacudió el edificio.
    – Esos puercos la han tomado ahora con este barrio… -dijo John.
    – También es mala suerte la nuestra -rezongó Blow-. Si no hubiésemos tropezado con ese comandante, estaríamos ya, seguramente, en la playa… o hasta en el barco, rumbo a casa.
    – Todavía no hemos llegado -repuso John.
    Blow escupió en el suelo.
    – Da gusto estar contigo, Wilkie. Eres un optimista excepcional… ¿nadie te ha dicho nunca que tienes jeta de gafe?
    – Mira tu cara, pánfilo… y deja la de los demás.
    – Parece mentira que tengas tanta suerte en el juego -añadió atascado Mathew-; aunque, después de todo, se comprende. Ya conoces el dicho: «afortunado en el juego…»
    – Te equivocas. A mí, las mujeres se me dan de miedo. La prueba es que no he tenido que casarme para tener una a mi lado.
    – ¿Qué les das?
    – Algo de lo que tú no tienes.
    – Uno de estos días voy a romperte la cara…
    – ¿Lo ves? El que se pica, ajos come… Yo no he necesitado atarme a una hembra para acostarme con ella. Me basta mi cara bonita.
    – Si yo fuese mujer, me moriría antes de acercarme a un tipejo como tú…
    – Si tú fueses mujer, yo me haría sarasa…
    Nick, que intentaba dormir, aunque en realidad estaba pensando en Clara, lanzó un bufido.
    – ¿Es que no podéis hacer el puñetero favor de cerrar el pico?
    Fue en aquel momento cuando la explosión, precedida de un silbido que no les dio tiempo a nada, sacudió la casa como si un puño gigante intentara aplastarla.
    Grandes trozos de yeso cayeron del techo, en una lluvia fina.
    – Ése ha pegado en la puerta -dijo John.
    Pálido, Blow se puso en pie, con el uniforme pintado de blanco y el rostro enyesado.
    – ¡Madre mía! -exclamó-. Espero que no le haya ocurrido nada a Winston.
    Y se encaminó hacia la puerta.
    Volviéndose hacia Nick, Wilkie, sonriente, dijo:
    – ¿Te das cuenta, muchacho? ¡Fíjate en el egoísmo de la gente! Hasta ahora, nada le importaba a Blow de lo que le ocurriese a WC, pero desde que se ha convertido en su profesor de baile, lo cuida como si el otro fuese de mermelada…
    ¡BLOUM!
    Otra explosión sacudió la casa en un largo estremecimiento. Las paredes se abrieron en serpenteantes rajas. Los dos hombres se pusieron en pie.
    – Creo que hay que largarse -dijo John.
    – Sí.
    – Ayúdame a coger las cosas de esos dos. Buscaremos un sótano hasta que haya pasado la tormenta.
    Cogieron los fusiles y los macutos de sus compañeros. Cargados como mulas, atravesaron la estancia, saliendo al pasillo, en el que nacía la escalera que conducía a los bajos.
    Apenas habían bajado un par de escalones cuando, de repente, Winston apareció abajo, con el rostro descompuesto, aún con las manos en los pantalones y el cinturón colgándole del cuello.
    – ¡Auxilio! -gritaba-. ¡Socorro!
    Se apresuraron a bajar.
    – ¿Qué pasa? -inquirió John, que iba el primero.
    – ¡Han matado a Blow!
    – ¿Eh?
    Dejó las cosas en el suelo, imitado por Nick, que se había puesto mortalmente pálido, saliendo de la casa.
    Un edificio, en la acera de enfrente, ardía como una antorcha, iluminando, con reflejos rojos, la calle llena de cascotes.
    Winston, que había salido tras ellos, señaló con el brazo extendido.
    – ¡Allí está!
    Se acercaron al cuerpo de Mathew. John se inclinó, lanzando en seguida un taco.
    – ¡Pero si está vivo! ¡Ayúdame, Nick! Le llevaremos dentro…
    Wilkie le cogió por las axilas y Brandley por las piernas. Fue entonces, al intentarlo, que sintió que sus manos se empapaban de un líquido pegajoso y caliente.
    Se estremeció.
    – ¡Se está desangrando, John!
    – ¡Vamos, puñeta! ¡Aprisa!
    Nuevas explosiones sacudían el suelo, pero parecía que el tiro artillero se había alargado bastante y que los proyectiles caían más lejos.
    Una vez en la casa, John se volvió hacia Winston.
    – Trae un colchón… date prisa… y enciende la linterna.
    Tendieron a Blow, que gemía dulcemente, sobre la colchoneta. La linterna, en las manos de WC, temblaba sin cesar.
    – ¡Trae eso aquí! -gruñó John, arrancándosela de las manos.
    Enfocó las piernas de Mathew; una de ellas, la derecha, había sido cercenada por encima de la rodilla.
    – ¡Dios mío! -exclamó Winston, temblando de pies a cabeza.
    – ¡Hay que avisar al teniente! -rugió John-. Mathew necesita un médico…
    – Yo voy a avisarle -dijo Nick, echando a correr.
    En aquel momento, Blow recuperó el sentido y la lucidez. Se incorporó un poco, mirando hacia sus miembros ensangrentados.
    – ¡Mi pierna! -exclamó.
    – No te preocupes -le dijo John-. Con una pierna menos vivirás, muchacho, y saldrás para Inglaterra antes que nosotros. Te evacuarán en seguida…
    Blow hizo un esfuerzo violento, y su compañero se vio obligado a sujetarle con fuerza, aplastándole contra el colchón.
    – ¡No! ¡No quiero que me corten la pierna! ¡No les dejes, Winston!
    – ¡Quieto!
    Entonces, Blow se percató de que no había nada que hacer.
    Miró con fijeza a John, diciendo luego, en voz baja:
    – Wilkie, por favor…
    – ¿Qué quieres?
    – Ella no me querrá nunca así… ya no podré ir a bailar…
    – ¡No pienses ahora en eso!
    – Tú no la conoces… ahora puedo decirte la verdad, iba a bailar con mis amigos mientras yo trabajaba… es una zorra, John…
    – ¡Peor para ella!
    – No, yo la quiero, siempre la he querido… y no puedo consentir que me vea así… ¡Hazme un favor, amigo!
    – ¿Qué quieres que haga?
    Blow bajó la voz hasta que no fue más que un murmullo.
    – Dile a Winston que se aleje… y… ¡pégame un tiro!

V

    Los proyectiles de obús caían, uno tras otro, haciendo estremecer las entrañas de la tierra.
    El intenso fuego de artillería se había ido acercando, lentamente, como esas tormentas que empiezan a oírse de lejos, pero que uno mira, sonriente, casi seguro de que un buen viento las alejará de nosotros.
    A medida que los proyectiles caían más y más cerca, los dos hombres, en el sótano, a la luz de un petromax que colgaba del techo, dejaron de mirar con la atención que lo habían hecho hasta entonces a las cosas que estaban inventariando.
    Habían extendido una manta en el suelo. Y mientras Claude anotaba en un cuaderno los objetos que sacaba de las cajas, Alain los clasificaba, tomándolos amorosamente, con dedos que temblaban un poco y un brillo de codicia en las pupilas.
    Nunca habían gozado tanto.
    Se sorprendieron ellos mismos de la importancia de su botín. La verdad es que habían ido escondiéndolo allí, saliendo para ir por más, sin molestarse en recordar lo que ya habían acumulado en el sótano.
    Ahora podían percatarse de que habían trabajado bien.
    – Aquí hay una fortuna… -suspiró Alain. Levantando la mirada del cuaderno donde hacía sus anotaciones, Claude sonrió.
    – Sí, amigo mío. Una verdadera fortuna. Sólo en objetos de oro, creo que tenemos más de tres kilos.
    – ¿Es posible?
    – Sí, y no cuento los relojes que se amontonaban de oro.
    La variedad de los objetos que se amontonaban sobre la manta daba al lugar el curioso aspecto de la trastienda de una tienda de antigüedades.
    Había de todo: cuadros valiosos, relojes de todos los tamaños, cubiertos de plata, joyas, costosos bibelots…
    – Nosotros sí que hemos entendido la guerra -dijo Claude.
    – Es cierto. Ya lo dice el refrán: «a río revuelto, ganancia de pescadores».
    – Si tuviéramos un poco de suerte…
    – ¿Es que nos ha faltado hasta ahora? Salvo el encuentro con esos dos imbéciles de ingleses, todo ha ido sobre ruedas.
    – Me refiero a lo que pasará luego… cuando «ellos» lleguen.
    – No te preocupes. Lo importante es que podamos resistir aquí un poco de tiempo… seis o siete días. Va a ser aburrido, lo sé, pero todo esto bien merece un pequeño sacrificio.
    Las explosiones de los proyectiles de obús iban acercándose. El sótano temblaba por momentos, como si la tierra vacilase bajo los cimientos de la casa.
    Claude se pasó una mano nerviosa por la frente.
    – Estaría bueno que ahora, que somos ricos, nos ocurriera una desgracia…
    El otro le fulminó con la mirada.
    – ¡No seas gafe!
    – No quiero serlo, Alain. No sabes lo que daría porque esta maldita guerra se acabara ahora mismo. Aunque tuviésemos que estar encerrados en este sótano todo un mes.
    – También firmaría yo…
    Un proyectil estalló cerca, muy cerca. En el techo, el petromax se puso a danzar locamente, al tiempo que un polvillo de yeso caía sobre los dos hombres.
    Se miraron, en silencio.
    La misma angustia se pintaba en sus caras. Pero sus miradas iban con frecuencia a las cosas amontonadas sobre la manta.
    Otras explosiones hicieron vibrar el suelo.
    – Si nos ciegan la entrada -dijo Claude, como si hablase consigo mismo-, nunca podremos salir de aquí.
    – Es que hemos hecho muy mal las cosas.
    – ¿Qué quieres decir?
    – Que debimos poner todo esto en varios sitios diferentes en unos escondites bien separados los unos de los otros.
    – Creo que tienes razón.
    – ¡Naturalmente! Si lo hubiéramos hecho así, podríamos habernos alejado de aquí para regresar luego. Incluso si nos hubiesen hecho prisioneros, nos liberarían pronto, ya que esta guerra está irremisiblemente perdida.
    »Y una vez libres, hubiésemos vuelto a Dunkerque, sacando las cosas de los escondrijos.
    Claude tenía la frente empapada en sudor.
    – ¿No podríamos hacerlo ahora?
    Una explosión fortísima impidió al otro que contestase. Lo hizo cuando el eco de la deflagración se perdió en la lejanía.
    – Creo que sí. Por lo menos, podríamos llevarnos una parte del oro a otro sitio.
    – ¿Y a qué estamos esperando?
    – Eso es lo que vamos a hacer -dijo Alain, poniéndose en pie-. Y cuando esos malditos cañones dejen de disparar, iremos a la sastrería y nos cambiaremos de ropa.
    Hicieron dos paquetes, cortando una manta por la mitad, y cargando en ellos la mayor cantidad posible de objetos del precioso metal.
    Los proyectiles de obús seguían cayendo cerca, pero el número de explosiones parecía haber disminuido notablemente.
    Se arrastraron por el orificio, asomando cuidadosamente la cabeza. La noche parecía más oscura a sus ojos, después de la luz intensa del petromax.
    – ¡Vamos!
    Alain salió del túnel, seguido por Claude. Un nuevo proyectil les obligó a tirarse precipitadamente al suelo.
    Alain soltó una maldición.
    Tras él, con el corazón golpeándole alocadamente las costillas, Claude dejó escapar un lamento.
    – También tendría gracia que nos matasen ahora…
    – ¡Calla, imbécil! -rugió el otro, incorporándose.
    Se dispusieron a cruzar la calle.
    Sin sentir el enorme peso que llevaban a la espalda, echaron a correr, con la vista y la esperanza fijas en el quicio de un portal, en una casita situada al otro lado de la calle.
    – ¡Vamos! -gritó Alain.
    Entonces, el silbido pareció desgarrar el aire de la noche. Era como si un tren expreso viniese por los aires, en medio de un estrépito infernal…

* * *

    Los mecánicos daban el último repaso a los delicados motores de los aviones. Habían cargado ya, en el interior de los negros vientres, las bombas retardadas, con un mecanismo que no entraba en acción hasta dos horas después de haber sido lanzadas.
    Como siniestros pájaros de muerte, los Ju-88 se alineaban a un lado de la pista.
    Todos ellos pertenecían a la serie de los Ju-88 A 4/R: Dotados de dos motores Jumo 211J-1, de doce cilindros, capaces de desarrollar cada uno una fuerza de 1.400 caballos, y girando a una velocidad de 2.600 revoluciones por minuto, los potentes bombarderos podían cargar hasta cerca de dos mil kilos de bombas, o una serie de cuatro bombas de 550 libras, además de un torpedo como los que sus congéneres utilizaban en la ya iniciada guerra del Atlántico.
    Los pilotos y sus tripulaciones esperaban en el dispersar [25], tomando café, fumando, charlando o jugando a las cartas.
    Pronto, muy pronto, en cuanto amaneciese, se dirigirían a sus respectivos bimotores para iniciar la misión que Von Rukeller les había encomendado:
    ¡Bombardear cuantos buques pudieran junto a las playas sangrientas de Dunkerque!

* * *

    – No sé cómo podré pagarle lo que ha hecho conmigo…
    Kirk sonrió.
    Por primera vez en su vida, se sentía confuso, intimidado por aquella muchacha que le había tratado con una familiaridad rayana en el compañerismo.
    Le había tomado del brazo mientras él la acompañaba al Centro de Socorro del que el desdichado epiléptico la raptó.
    – No tiene importancia…
    Ella se echó a reír.
    – Para mí, sargento, la tiene… y mucha. Se trata de mi vida. Porque ese enfermo no se hubiera limitado a…
    – Por favor. No lo diga.
    – Me habría matado luego. De eso estoy completamente segura.
    – No piense más en eso.
    Ella le miró con una curiosidad creciente. Su profesión de enfermera le había permitido adquirir un profundo sentido psicológico que, apoyado en su intuición femenina, le dieron esa rara y valiosa cualidad de conocer a las personas en seguida.
    Y le habían bastado algunos minutos al lado de aquel hombre para adivinar que una profunda tragedia se ocultaba en su fondo y que, a pesar de la aparente rudeza de sus modales, Richard Kirk era, sin ninguna duda, un hombre bueno.
    Incluso en sus actos más duros era bueno. Hasta cuando voló la cabeza del epiléptico, ahorrándole una muerte lenta e impidiendo las terribles consecuencias que para aquel desdichado hubiese tenido un consejo militar.
    No se atrevió no obstante a hacerle preguntas indiscretas.
    Pero melosa, mientras estrechaba la mano del sargento, dijo:
    – Es muy probable que volvamos a vernos, en Inglaterra.
    – Todo eso puede suceder -repuso él evasivo.
    – Si alguna vez viene a Londres -insistió ella-, recuerde que suelo ir todas las tardes a tomar el té en el Garrick.
    Él sonrió.
    – ¿Lo conoce? -inquirió Helen.
    – Sí. Si mal no recuerdo, está detrás de la National Gallery, ¿no es cierto?
    – Sí. Se encuentra exactamente, en el número once de Irving Street. ¿Irá a verme alguna vez?
    Era toda una promesa. Y él se sintió conmovido. Una oleada de agradable calor le inundó el rostro.
    – Iré… -dijo.
    – Me alegraré de volverle a ver, Richard… y gracias por todo.
    Penetró en el chalé sobre cuya puerta ondeaba la bandera de la Cruz Roja. Kirk se quedó unos instantes junto al umbral, todavía afectado por el hecho de que ella le hubiese llamado sencillamente por su nombre.
    Echó luego a andar, alejándose de allí, con el espíritu asaltado por ideas contradictorias, pero repleto de una sensación de esperanza que no había experimentado desde hacía mucho tiempo.

* * *

    El médico, al que previno el teniente Crammer, operó a Mathew Blow en una habitación del piso bajo del chalé donde el comandante Norton había establecido su puesto de mando.
    Mientras intervenían al soldado, sus compañeros se habían agolpado en la estancia vecina, fumando cigarrillo tras cigarrillo, lanzando frecuentes miradas a la puerta del quirófano de emergencia.
    WC parecía ser el más afectado.
    – Ha sido por mi culpa -no cesaba de decir-. Vino a buscarme… y yo le llamé. Entonces, al atravesar la calle…
    John se volvió hacia él, fulminándole con la mirada.
    – ¡Cierra el pico de una vez! Ya nos sabemos tu historia de memoria.
    Lleno de compasión, Nick intervino entonces, acercándose a Winston, al que cogió amistosamente por el brazo.
    – No te hagas mala sangre muchacho. Cuando algo así tiene que ocurrir, nadie puede evitarlo.
    – No debió haber salido en mi busca.
    – Pero lo hizo.
    – Si no hubiera sido por la cagalera que te dio -terció Wilkie con tono acerbo-, todavía estaría entero. ¡Pero tu miedo tuvo la culpa de todo!
    – No le trates así -le riñó Brandley-. En realidad, nadie ha tenido la culpa.
    – Deberíamos estar ya en la playa -siguió rezongando John-. Hemos tenido mala pata desde que salimos de Bélgica.
    Un olor dulzón a cloroformo llegaba hasta ellos, pasando por debajo de la puerta en la que estaban operando a Blow.
    Volvieron la mirada hacia ella.
    – ¿Crees que tendrán que cortarle la pierna? -inquirió Winston, tímidamente, dirigiéndose a Nick.
    Se adelantó John, quien dijo:
    – ¡Cortarle la pierna! Pero si ya la tenía cortada cuando le recogimos… ¿no es cierto, Brandley?
    Nick asintió tristemente con la cabeza.
    – Sí -murmuró luego.
    – ¡Pobrecillo! -suspiró nuevamente Winston.
    La puerta del quirófano se abrió entonces. El teniente Foster, intensamente pálido, apareció en el umbral. Los hombres se volvieron hacia él, mirándole en silencio. Fue John quien, más decidido, se acercó a él antes que los demás.
    – ¿Cómo está Mat, señor?
    – Bien… -dejó escapar el oficial con un suspiro.
    – Pero… -insistió Wilkie; luego, dudando, sin atreverse a formular directamente la pregunta, inquirió-: ¿Se lo han hecho?
    Foster hizo un gesto afirmativo con la cabeza.
    – Sí.
    Detrás de John, WC lanzó un profundo suspiro.
    – ¡Pobrecillo! ¡Maldita sea esta asquerosa guerra!
    Nick, que se había quedado un poco atrás y no había oído lo que respondió el teniente, preguntó a John, en voz baja:
    – ¿Qué ha dicho?
    – Le han cortado la pierna.
    – ¡Arrea!
    – ¿Qué esperabas? Ya lo viste cuando lo encontramos; tenía la pierna hecha cisco.
    – Es verdad…
    Mientras, en la habitación que había servido de quirófano, entre tanto el doctor se lavaba las manos, ayudado por un enfermero, el padre Marcel estaba sentado junto a la mesa que había servido para operar, teniendo la mano de Blow entre las suyas mientras que sus labios se movían de manera apenas perceptible.
    Mathew se estaba despabilando y movía la cabeza, en una agitación creciente; estaba escapando a la anestesia que se le había aplicado; sus labios se movían y muy pronto, dejando escapar sonidos inarticulados, empezó a decir palabras, aunque las primeras no tenían ilación alguna.
    El padre Marcel apretó con mayor fuerza la mano del soldado. Y fue el bondadoso rostro del sacerdote lo primero que vio Mathew, no lejos del suyo.
    – ¿Qué ha ocurrido? -inquirió, articulando las palabras con bastante corrección.
    El sacerdote le sonrió.
    – Nada. Te han operado, muchacho…
    Blow se puso bruscamente serio, muy serio. Era como si estuviese esforzándose por digerir las palabras que su interlocutor acababa de pronunciar.
    Finalmente dándose cuenta exacta de lo que había oído hizo un esfuerzo, que Dumond no pudo evitar, sentándose en la cama, al tiempo que soltaba la mano que el sacerdote le había cogido, alargando ambas hacia el bulto que formaban sus piernas.
    Lanzó un ronco grito.
    – ¡Me han cortado la pierna! -y volviéndose hacia Dumond, preguntó ansiosamente, con las lágrimas en los ojos-: ¿Por qué lo ha permitido, padre?
    – Era necesario, Mat…
    – ¡No, usted no lo comprende! ¡A usted le importa un bledo lo que me ocurra al llegar a casa! ¡Son ustedes todos iguales! ¿Para qué le sirve esa cruz que lleva en la manga?
    – Cálmate, por favor…
    – ¡Déjeme en paz! Usted no sabe nada. Pero en cuanto llegue a casa, voy a convertirme en un trasto inútil. ¿Y sabe lo que pensará ella? Yo sí lo sé… Hasta ahora se escondía para engañarme con otros hombres. Ahora, que me he convertido en un inútil se reirá de mí, no me hará caso, y ni siquiera se ocultará para irse con los demás…
    Se dejó caer sobre la almohada, cerrando los ojos de los que seguían brotando lágrimas.
    – Y yo quiero a esa puerca, padre…
    Dumond estaba profunda y sinceramente conmovido. Pensó, con tristeza, que un soldado que va a la guerra, y ya tiene bastante desgracia por eso mismo, debía estar desligado de los otros dolores que aquejan a los hombres.
    «Estás desvariando -se dijo-. Un soldado no es ese personaje de cartón que pintan las novelas, ese héroe que lucha y que no piensa más que en el resultado del combate. Un soldado es, ante todo, un hombre, con toda su carga de preocupaciones, de sinsabores, de problemas…»
    La voz del mutilado le llegó como desde muy lejos:
    – ¿Por qué no ha dejado que uno de mis amigos me matase, padre?
    – ¿Te has vuelto loco?
    – ¡Ojalá hundan el barco en el que me lleven! Que no pase nada a nadie… sólo a mí.
    Decidido, el padre Marcel se levantó, yendo hacia el médico.
    – Doctor…
    – ¿Qué desea, pater?
    – Debe dar un calmante a ese hombre. Si me lo permiten, iré con él. Dejarle solo sería peligroso.
    Una sonrisa de benevolencia se pintó en los labios del médico.
    – A todos suele pasarles lo mismo, pater. Cuando se les deja sin un miembro, se desesperan… pero todo eso pasará. En cuanto llegue a su casa y encuentre el cariño de los suyos…
    – No hay tal cariño doctor. Quiero ir con él; pero, por el momento, le ruego que le ponga un calmante.
    – Voy hacerlo.

* * *

    No era bruma lo que flotaba sobre el suelo ensuciando la claridad del alba. Era humo. Humo que se desprendía de las vigas ennegrecidas de las casas que habían ardido durante la noche: humo que brotaba de los cráteres abiertos por los proyectiles de la artillería germana; humo blancuzco, serpenteante, que naciendo en mil puntos distintos se reunía, sobre los edificios, en un largo y sinuoso brazo que ascendía hacia el cielo.
    Kirk avanzaba por las calles, con el arma en la mano, todavía profundamente conmovido, con un estado de ánimo que no había conocido desde hacía muchísimo tiempo.
    Se preguntó, no sin un cierto temor, si no se había dejado arrastrar por un entusiasmo que no estaba de acuerdo con su manera de ser. Desde la muerte de su hermano Harold, las cosas -esa clase de cosas que son para los demás la salsa y la pimienta de la vida- habían dejado de interesarle.
    Respecto a las mujeres…
    Había conocido muchas, de muchas razas, de muchas clases, pero siempre pertenecientes a ese grupo inmenso de las que se venden al mejor postor.
    Nunca había poseído para él una significación mayor que la de un instrumento necesario, de vez en cuando, como un sencillo estimulante que el organismo necesitaba. De ahí que jamás se plantease ninguna especie de problema sentimental.
    Pero ahora, sintiendo en su mano el contacto de la mano de la enfermera, notaba el nacimiento, en su espíritu, de ideas contradictorias, de sentimientos incomprensibles que le proporcionaban, al mismo tiempo, una confusión mental divertida y una sensación placentera que estaba lejos de parecerle desagradable.
    – ¡Estaría bueno que te hubieses enamorado como un colegial! -dijo sonriendo.
    Haciendo un esfuerzo, apagó un tanto aquel extraño fuego que se había encendido en su alma, y concentró su atención en el camino que seguía, procurando orientarse para llegar, cuanto antes, al lugar en el que había dejado a sus hombres.
    Notó, desde que empezó a andar, que Dunkerque, como casi todas las poblaciones costeras que conocía, se extendía a lo largo del mar, alcanzando una longitud notable.
    Se dio cuenta, también, de que el Puesto de Socorro en el que había dejado a Helen estaba situado al lado sur de la población, y que por eso mismo tenía que atravesar la ciudad, ya que el teniente y los muchachos se hallaban en el otro extremo, del lado norte.
    Acababa de desembocar en una plaza, siguiendo un camino bordeado de casas destruidas, de montones de escombros, de profundos cráteres, cuando, al penetrar en una calle, vio los cuerpos destrozados de dos hombres que yacían en medio de la calzada.
    No fueron exactamente los cuerpos lo que llamó poderosamente su atención. Había algo, alrededor de ellos, que brillaba de manera insólita, al recibir la luz del sol que, justamente, atravesaba en aquel lugar la densa humareda que flotaba sobre Dunkerque.
    Se acercó, movido por una curiosidad incontenible.
    Luego se detuvo, sorprendido y asombrado al mismo tiempo, mirando, con los ojos muy abiertos, los objetos que proporcionaban aquel brillo y que, desperdigados alrededor de los muertos, daban a la tierra ennegrecida un sorprendente tono dorado.
    Se agachó, apoderándose de uno de aquellos objetos.
    Era una sortija de oro.
    Todo lo demás pertenecía a joyas diversas, valiosas, no sólo porque eran de oro, sino porque muchas de ellas, una gran parte, estaban ornadas con límpidas piedras preciosas.
    Había multitud de relojes, y otros objetos, todos ellos de gran valor, esparcidos en un área de casi tres metros desde el centro del cráter que había abierto el proyectil de obús.
    Los restos de los dos hombres eran prácticamente inidentificables, pero un detalle, el de las botas, permitió a Richard reconocer a dos soldados franceses.
    – Deben ser los salteadores -dijo-. Seguramente los que andábamos buscando, los que asesinaron a la pobre anciana…
    Se puso a recoger las joyas, metiéndolas en su macuto, mientras no dejaba de hablar, como si los dos muertos pudieran oírle.
    – ¡Pandilla de cerdos! Me hubiese gustado encontrarlos vivos… pero, por lo visto, los nazis me han ahorrado el trabajo de volaros la cabeza… ¡Parece mentira que existan tipos como vosotros! Sois incluso peores que ese desdichado al que he tenido que matar…
    »Él, por lo menos, tenía la justificación de su enfermedad… ¡pero vosotros! Todo esto representaba, para las familias a las que robasteis, el esfuerzo de muchos años de trabajo… y estas joyas fueron ofrecidas, sin duda, en momentos llenos de ternura…
    »Pero nada de esto os pasó por la cabeza, marranos, cuando os decidisteis a robar… ¡Maldita sea la madre que os parió!
    Terminó de recogerlo todo, echando después sobre los restos de los hombres una mirada cargada de desprecio.
    – ¡Puercos!
    Luego se alejó, apretando el paso, pensando satisfecho que había aprovechado la noche, y que muy pronto, los pocos hombres que quedaban podrían dirigirse definitivamente hacia las playas.

Cuarta Parte

Los hombres

    «Finalmente, quedaron ellos. Todavía vagaban por la Tierra las Bestias. Triunfadoras, sabían que su reino empezaba…
    Pero ellos seguían viviendo. Estaban asustados, temerosos, como si se percatasen de la horrible máquina que habían puesto en marcha, un mecanismo mortífero que es fácil hacer funcionar; pero que sólo se para cuando Dios lo quiere.
    Eran seres pequeños, cargados de miedo, acuciados por mil angustias distintas, atados a una vida breve cuya esencia no podían comprender.
    Desdichados, débiles, frágiles, tenían, no obstante, el ardiente deseo de forjar un futuro limpio para sus hijos, para los hijos del mundo entero. A veces, dejándose llevar por una vana ilusión, pronunciaban grandes palabras, emborrachándose con ellas, tan satisfechos de sí mismos como el pintor que, ante el lienzo virgen, ve ya la obra concluida.
    Hablaban de Libertad, de Democracia, de Un Mundo Mejor. Como si tales cosas fueran posibles. Sin embargo, se les podía perdonar, en cierto modo, aquella estúpida manera de decir disparates: porque eran hombres.»

I

    La mutilación sufrida por Blow sumió a Kirk, a su llegada al puesto de mando del comandante Norton, en una tristeza sincera.
    Mientras se dirigía al despacho del teniente Crammer, donde se encontraba también el teniente Foster, su jefe de sección, Richard juró por lo bajo, caminando al lado de John, a quien se había encontrado en la calle.
    – Estaba tan desesperado que quería que lo matásemos… -dijo Wilkie.
    – Y no es para menos. ¡Vaya mala suerte! Cuando casi estábamos en la playa.
    John torció el gesto.
    – Todavía no la he visto con mis ojos, esa puñetera playa. ¡Desde que estamos dirigiéndonos a ella!
    – Ahora va de verdad, John. Nada hacemos aquí, ya que he tenido la suerte, como te he contado, de solucionar lo que nos detenía aquí.
    – Me hubiese gustado estar contigo cuando descubriste a ese hijo de perra. Y la enfermera… ¿qué tal estaba?
    Richard no pudo contener una sonrisa.
    – Eres tremendo, John. En cuanto hablan de una mujer, ya estás poniéndote negro.
    – No me has dicho si era guapa…
    A Kirk no le molestó que el soldado le tutease. Después de todo, habían ocurrido demasiadas cosas en muy poco tiempo para no dejar que los hombres se sintiesen más unidos al único suboficial vivo que quedaba.
    Pero lo que le mosqueó fue la insistencia del Tommy.
    – Deja en paz a esa muchacha, Wilkie. Y espérame aquí. Voy a hablar con el teniente…
    John se encogió de hombros, siguiendo con la mirada a Kirk. Una sonrisa se pintó en sus labios.
    «A ése ya le han cazado -se dijo-. Y no le ha sentado mal del todo. ¡Hasta me ha permitido que le llame de tú! ¡Ay! -suspiró luego-. Yo no sé lo que tienen las mujeres para cambiar a un tipo y darle la vuelta como un guante…»
    Mientras, después de haberse presentado a los oficiales, Richard les hizo una detallada exposición de su aventura nocturna. Los dos hombres le escucharon, sin interrumpirle una sola vez, en silencio.
    Crammer, cuando el suboficial hubo terminado su relato, suspiró:
    – ¡Ha hecho usted un magnífico trabajo, sargento!
    – Gracias, mi teniente.
    – Me habría gustado tenerle aquí, desde el principio. Se necesitaban hombres como usted para esa clase de trabajo que es, digámoslo, un tanto policíaco.
    Y volviéndose hacia George, añadió:
    – Ya pueden dirigirse a la playa, amigo mío. Voy a darles el pase y la orden de embarque. Deje que consulte los libros…
    Abrió uno de ellos, tomando algunas notas. Luego escribió en un papel que tendió a Foster.
    – Ahí está. Se dirigirán al norte del Malo-les-Bains, pero sin llegar a la antigua batería de Zuy-coote. Es fácil. Verán, desde lejos, el edificio del Sanatorio, ahora destruido…
    – ¿A quién tenemos que presentarnos?
    – Al mayor Leemon. Él es el encargado del embarque en aquella zona.
    Tendió la mano a George, que la estrechó con calor.
    – Gracias por todo, amigo Foster. Me ha sido usted de mucha utilidad. ¡Lástima lo que le ha ocurrido a su hombre!
    – Son cosas de la guerra. ¡Hasta la vista!
    Crammer sonrió tristemente.
    – Hasta la vista… si nos vemos.
    Momentos después, Foster reunía a sus hombres en la calle. Por fortuna, la artillería alemana, aunque seguía disparando, lo hacía ahora sobre el sector del puerto, en el extremo opuesto al que los ingleses estaban.
    Al ver al padre Marcel, con su mano vendada, Foster se acercó a él.
    – ¿No se ha ido usted con Blow? -le preguntó.
    – No. Lo pensé mejor. A él se lo han llevado en una ambulancia. Y prefiero quedarme con ustedes.
    Foster miró tristemente a lo que quedaba de su sección.
    En primer término, serio como siempre, el sargento Richard Kirk. Tras él, los tres hombres que quedaban con vida… o enteros: WC, con una cara inmensamente larga, Nick Brandley, el relojero, sonriendo con simpatía, y John Wilkie, el bromista de siempre, lleno de vida soportando, sin quejarse, aquellas tremendas almorranas que tanto le hacían sufrir.
    Suspiró antes de decir:
    – Ha llegado el momento de ir a la playa. Atravesaremos la ciudad. Quiero que lleven las armas dispuestas. Después de lo que hemos pasado, creo que debemos olvidar la confianza y estar prevenidos para cualquier cosa. Puede ordenar la marcha, sargento. Usted, padre, venga conmigo…
    Detrás de ellos, la voz estentórea del suboficial se dejó oír, como si ordenase en el patio de un cuartel.
    – ¡Atención! ¡Armas en la mano! ¡Paso de maniobra! ¡De frenteeee… MARCH!

* * *

    Apuntando hacia el cielo límpido, el cañón de la DCA, en su torreta pintada de gris, giraba suavemente, como un largo dedo que apuntaba al azul terso del firmamento.
    En su sillín metálico, el ojo derecho en el visor, Edward Waddell examinaba el círculo sobre el que se pintaban las cifras del sistema telemétrico.
    Ni un solo avión enemigo les había molestado desde que abandonaron Douvres.
    Utilizaban la Ruta Y, la más larga de las tres, y la más segura, con sus 87 millas marinas de camino. Durante la primera parte del trayecto, no habían encontrado ningún otro navío; pero ahora, después de haber virado casi en redondo, para hacer la ciaboga de la boya Kwinte, antes de poner rumbo sudoeste, empezaron a ver los buques que venían atiborrados de tropas, desde Dunkerque.
    No eran navíos grandes, y el HMS London parecía, junto a ellos, un verdadero coloso. Se trataba de yates de recreo, de remolcadores y hasta de lanchas y gabarras que habían sido movilizadas para llevar a cabo la famosa Operación Dynamo.
    Desde la torreta, los artilleros del London miraban a aquellas embarcaciones en cuyas cubiertas se amontonaban hombres con uniformes destrozados, con rostros sombríos bajo los cascos planos.
    No sólo había ingleses. Algunos barcos iban llenos de soldados franceses, con sus viejos cascos característicos. Y su alegría. De una de las embarcaciones llegó hasta el London el quejumbroso lamento de un acordeón.
    Pat O’Hara y Tom Lister estaban en sus puestos, junto al cañón, dispuestos a entrar en acción en cuanto fuera necesario. Pero, hasta el momento, no habían avistado un solo aparato nazi.
    – Si tenemos un poco de suerte -dijo Tom-, haremos este último viaje y volveremos tranquilamente a casa.
    Pat torció el rostro en una mueca.
    – ¡Eres un sucio egoísta, Lister!
    – ¿Por qué dices eso?
    – Porque no piensas más que en tu asquerosa piel. Ni siquiera utilizas tu cabeza normalmente.
    – No te entiendo…
    – Porque no tienes cabeza. ¿Crees que después de este viaje se habrá terminado todo?
    – Han dicho que era el último.
    – Sí, ya lo sé. Los grandes estrategas, esos que no separan el culo de sus asientos, allí en Londres, juzgan que con este viaje habrá terminado la evacuación…
    Escupió, con un gesto de asco.
    – …pero, ¿qué ocurrirá con los pobres tipos que luchan contra los nazis para evitar que entren en Dunkerque?
    – No lo sé, no es asunto mío.
    – ¡Muy bonito! Y luego presumirás, en alguna tabernucha, de ser un gran patriota. ¡Marranada de guerra! Escucha bien, pedazo de memo, ya verás cómo más adelante se habla de Dunkerque como un triunfo británico. Una serie de tipejos se liarán a escribir páginas para que los niños no olviden nunca lo que se hizo aquí.
    »Pero ninguno de esos puercos dirá una sola palabra de los que se quedaron en tierra, de los que murieron en las trincheras para permitir que los barcos sacasen a gran parte del BEF…
    »A esos se les olvidará con toda facilidad. Los que no mueran caerán en las garras de los germanos y se pasarán media vida en un campo de prisioneros…
    – ¿Es que crees que la guerra va a durar tanto tiempo?
    – ¡Naturalmente! Si un día vencemos a Hitler, cosa que dudo mucho, tendremos que volver por este mismo camino para desembarcar en Francia. ¿Y crees que los «cabeza cuadrada» nos dejarán hacerlo tranquilamente?
    »Pasarán años antes de que tengamos la fuerza suficiente para llevar a cabo una cosa así. Y eso sin contar que si Adolf lo quiere, va a hacernos una visita a casa dentro de poco.
    Se echó a reír, aunque su risa sonaba a falso.
    – Ya veo a los de las SS paseándose por Trafalgar Square.
    – ¡No digas idioteces! Nadie venció nunca a Inglaterra.
    – Pues esto que estamos recibiendo ahora, mi querido británico, se llama, llana y simplemente, una buena zurra…
    Ed separó la cara del visor, bajando la mirada hacia los dos hombres.
    – Cuando os hayáis cansado de decir idioteces, lo decís -gruñó.
    La risa de O’Hara sonó ahora más normalmente.
    – ¡Te comprendo, Ed! No te gustaría que los alemanes interrumpiesen tu luna de miel, ¿verdad? Porque después de la medalla que van a darte, esa gachí del puerto va a convertirse en tu mujer…
    – ¡Déjala en paz!
    – Pero si yo no le hago nada… aunque, pensándolo bien, ¿qué ocurriría si ese tipo, ese relojero, apareciese en la playa con media docena de condecoraciones… ¡sería la monda!
    Tom lanzó un penetrante silbido.
    – ¡Vaya cochinadas que se te ocurren, Pat! -exclamó, riéndose-. No amargues la vida a nuestro superior…
    – ¡Id los dos al infierno! -gruñó sordamente Ed, volviéndose hacia su aparato.
    Ahora, mirando hacia proa, podía ver, allá lejos, la densa columna de humo que, como un tétrico faro, señalaba la situación geográfica de Dunkerque.

* * *

    A medida que se acercaban a la playa, dejando a su espalda los últimos edificios, los chalés cuyas terrazas destruidas miraban en otros tiempos hacia el mar, los hombres de la sección del teniente Foster entraron en contacto con una tragedia que sólo habían podido adivinar.
    Una increíble cantidad de material de toda clase yacía sobre las dunas de arena.
    Había allí de todo; armas de todas las especies, tanques, camiones, piezas de artillería, ambulancias, montones de cajas de munición, montañas de latas de conserva, cordilleras de jerrycans de gasolina.
    – ¡Por Dios! -exclamó John, boquiabierto-. ¡Aquí hay dinero para comprar toda un ciudad!
    – Ni que lo digas… -suspiró Nick, que caminaba a su lado-. Un buen obsequio para los alemanes.
    – ¡Somos idiotas! ¿Por qué no se destruye todo esto antes de que caiga en las sucias manos de los nazis?
    – Quizá porque deseamos ayudarles un poco…
    Pasaron entre aquel maremágnum de cosas dispares. De vez en cuando, veían el cuerpo de un soldado, tirado a un lado, con un fusil que había sido clavado en el suelo, para señalar a los enterradores el lugar en que había un muerto.
    – ¡Sí que hay fiambres por aquí! -comentó John.
    – ¡Pobres tipos! -dijo Brandley-. Morir cuando estaban ya cerca del mar… ¡también es mala pata!
    Pasaron entonces por un claro, viendo un gran grupo de heridos que yacían en el suelo, algunos sentados, otros echados. Las vendas estaban sucias y mostraban manchas de sangre negra, coagulada hacía muchísimas horas.
    – Son franceses… -dijo Nick.
    Al paso de los británicos, los galos se incorporaron, aquellos que podían hacerlo, levantando amenazadores puños hacia los que pasaban.
    Amablemente, John se acercó a ellos, sacando un paquete de cigarrillos.
    – Pronto vendrán por vosotros -les dijo, tendiéndoles el paquete.
    – ¡Métete los pitillos en el culo! -gruñó el de la cabeza vendada-. ¡Anda, id al barquito… por algo sois ingleses… A nosotros, a los franceses, ¡que nos parta un rayo! Pero os aseguro que si los boches me admiten, voy a irme con ellos para desembarcar en Inglaterra y pasar el resto de mi vida cortando cabezas a hijos de Gran… Bretaña…
    – ¡Vamos, John! -gritó el sargento Kirk, que se había detenido.
    Wilkie guardó el paquete y fue a reunirse con el resto del pelotón.
    Entonces, los franceses, a coro, empezaron a cantar:

    Fous le camp, cochon de Britannique!
    et ne reviens plus dans le pays;
    nous te connaissons, sale cynique;

    Los ingleses apretaron el paso. Poco después, al oír los silbidos de una salva de proyectiles de artillería, se tiraron al suelo. La tierra tembló bajo ellos; una lluvia de arena y de pedazos de metal mosconeó largo tiempo sobre sus cabezas.
    Se pusieron lentamente en pie.
    Mirando hacia atrás, John comprobó que algunos proyectiles habían caído sobre los heridos franceses. Gritos desgarradores llegaron hasta él.
    A la cabeza de la fila, el padre Marcel, pálido como un muerto, miró al teniente.
    – Vamos a ayudarles… -musitó con los labios que temblaban.
    – No podemos hacer nada por ellos, padre. La Sanidad se ocupará de esos desdichados.
    – Espero que no habrá hecho caso de la canción. Compréndalo, llevan tres días ahí, abandonados, desesperados…
    Foster sonrió tristemente.
    – Lo comprendo, pater. Lo de la canción, en el fondo, me ha hecho gracia… y creo que yo hubiese cantado con ellos de haberme encontrado en su situación.
    Se volvió hacia los hombres.
    – ¡Adelante!

* * *

    Habían trasladado el Puesto de Socorro a la playa, muy cerca de la orilla, donde se utilizaba un viejo muelle de madera para acostar las pequeñas embarcaciones o los botes que conducían los heridos a los barcos que iban llegando.
    Helen terminó de vendar un pie, dirigiéndose luego hacia el lugar en que el doctor Leemer hablaba con un oficial de la Marina.
    Los heridos yacían en el suelo, en largas hileras, sólo algunos disfrutando de camillas, el resto yaciendo sobre la arena, con una manta bajo el cuerpo. A la luz difusa del día, que no conseguía atravesar la densa humareda que flotaba sobre Dunkerque, todo aquello ofrecía un aspecto dantesco.
    Mirando hacia el mar, mientras caminaba sobre la arena, Helen vio las siluetas de los buques que habían sido alcanzados por la Luftwaffe, y que asomaban parte de su obra muerta por encima de la línea verdosa del mar.
    El médico se volvió hacia ella al oír los pasos de la muchacha.
    – ¿Y bien, Helen? -inquirió.
    – Todo en orden, doctor. Acabo de vendar a uno de ellos. Se enganchó el vendaje en un hierro… ¿no hay ningún barco aún?
    Fue el oficial de Marina quien contestó:
    – Estamos esperando al London, señorita. No creo que tarde mucho tiempo en llegar.
    Levantando la cabeza, el doctor Leemer miró al cielo.
    – Si al menos los buitres no volviesen.
    – Llevan cerca de diez horas sin aparecer -repuso el otro-. Exactamente desde que empezó el ataque por tierra.
    – ¿Tiene noticias de los defensores?
    – Llegan algunas. Combatieron ayer, sin retroceder un solo palmo… ¡Son sencillamente formidables! Lástima que no podamos llevárnoslos con nosotros.
    – Eso quiere decir que la evacuación va a ser dada por terminada.
    El marino asintió con la cabeza.
    – Sí. En la jornada de hoy, cuando hayamos embarcado a sus heridos y a unos cientos de hombres que esperan ahí atrás, terminará el embarque en este sector de playa.
    – ¿Y en los otros?
    – No lo sé. Quizá lleguen algunos barcos más, pero no creo que esto dure mucho. La artillería enemiga alcanza ya las playas… y así no puede hacerse nada.
    Leemer sacó un paquete de cigarrillos y ofreció uno al marino. No hizo ningún gesto similar hacia la muchacha porque sabía que Helen no fumaba.
    A doscientos metros de aquel lugar, en el extremo de una de las hileras de heridos, Mathew Blow, echado sobre un lado, miraba, con los ojos muy abiertos, aunque no se fijaba en nada concreto.
    Hacía unos treinta minutos que había salido de la acción del sedante que, en la noche, le había administrado el doctor que le operó. No se dio cuenta de que había sido trasladado al Centro de Socorro y, después, a esta parte de la playa, donde estaba rodeado de heridos por todas partes.
    Alguno que otro, de vez en cuando, gemía. Otros pedían agua y, otros, sencillamente, se callaban. Como él, que estaba hundido en los mismos angustiosos pensamientos que cuando se percató de que le habían amputado la pierna.
    No se sentía triste, sino temeroso del regreso a Inglaterra. Durante mucho tiempo, tanto como pudo, ocultó a sus compañeros de pelotón la realidad de su matrimonio. Quizá lo hizo por simple pudor, o hasta, también era posible, para engañarse a sí mismo.
    ¡Es tan sencillo forjarse una ilusión, disfrazar la realidad, hacerse a la idea de que las cosas no son tan horribles como parecen ser!
    Desde que embarcó para Francia, se había agarrado espasmódicamente a la idea de que Peggy no podía ser como era. Movido por tal deseo, llegó a analizar detenidamente su comportamiento con ella, pensando que si su mujer le había engañado era, sencillamente, culpa suya.
    No había sido un buen marido -se dijo-. Siempre trabajando, sin darle la menor alegría, sin sacarla apenas de casa. Claro que las cosas no habían ido muy bien, y tuvo que apretar los codos para adquirir primero la casa que compraron y proveerse después del coche tan necesario para su trabajo.
    También era cierto que su vida de viajante le había mantenido alejado de su esposa por largos lapsos de tiempo. Pero nunca le faltó al respeto. La quería y consideraba como una estupidez el pasar unas horas con una mujer desconocida que, por mucho que lo simulase, se acostaba con él sólo por el dinero o el regalo que recibía a cambio.
    – Es malo dejar a la mujer sola… -murmuró, mirando al camión de municiones que estaba tumbado no lejos de él, medio enterrado en la arena.
    Sí, se había echado toda la culpa encima, sin hipocresía, pensando sólo en rehacer su vida en cuanto regresase a Inglaterra. Iba a dejar de ser viajante y, cuando le desmovilizaran, cambiaría de profesión y buscaría un empleo fijo, en Londres, lo más cerca posible de su casa.
    También sacaría a Peggy. La llevaría de paseo; harían excursiones, ya que pensaba conservar el coche. Y hasta la llevaría a bailar. Por eso se había empeñado en que WC le enseñase.
    Sonrió.
    ¿Qué harían sus compañeros ahora?
    Se acordaba de todos ellos, pero frunció el ceño al recordar a los que habían muerto. Esos no regresarían jamás, y habría madres, esposas y novias que les esperarían vanamente…
    ¿Durante cuánto tiempo?
    ¡Bah! Si tienen una Peggy por mujer, nada habrá que pueda llenar de pena a las que no les esperarán mucho. Sus ideas se concentraron. Estaba seguro de que su mujer le había engañado a mansalva desde que partió para Francia.
    Y ahora…
    Sin una pierna, ella le despreciaría. Ya no podría encontrar un empleo adecuado. Nadie quiere a un cojo. Y con la poca pensión que percibiría…
    Se mordió los labios hasta hacerse sangre.
    Tenía la mirada fija en el camión, pero no se había fijado en el objeto negro y brillante hasta aquel preciso momento. En realidad, hasta entonces, había mirado sin ver, hundido profundamente en sus pensamientos.
    Ahora se fijó. Era como si aquel objeto, de superficie cubierta de cuadritos, ejerciese sobre él una atracción cada vez mayor. Allí estaba, a su alcance, la solución de todos los problemas.
    – ¡Que se divierta todo lo que quiera, esa…! -gruñó.
    Empezó a arrastrarse.
    Nadie advirtió sus movimientos. Bastante tenía cada uno con su propia tragedia, con sus dolores, con su sufrimiento…
    Cuando cogió la granada, la cerró con fuerza en su mano. Luego se volvió, miró hacia los heridos y juzgó que ninguno de ellos recibiría ningún mal cuando la bomba de mano explotase.
    Estaba lejos de la última hilera.
    Los demás movimientos los llevó a cabo de una manera automática, forzándose a no pensar. Quitó la anilla y apretó la palanca en su mano que no temblaba, pero sintió que tenía el cuerpo cubierto por un pegajoso sudor helado.
    – Así es mejor… -musitó.
    Durante un segundo, y sin que pudiese explicarse el motivo, la imagen del pater francés se le apareció, con una mueca cargada de reproche.
    – ¡Bah! -exclamó, soltando la palanca.
    Una terrible llamarada rojiza le envolvió.

II

    La patrulla, dos soldados de la Marina precedidos por un joven sargento de infantería, les detuvo.
    Después de presentarse, Foster tendió al suboficial el papel que le había dado el teniente Crammer.
    – De acuerdo -dijo el sargento devolviendo el pase a George-. Pero tendrán que esperar aquí. El London llegará pronto. De todos modos, antes de que lo hagan ustedes, tendremos que embarcar a gran número de heridos que esperan en la playa.
    – Bien.
    – Todos los grupos de infantería, unos seiscientos hombres y doscientos cincuenta franceses, que quedan aquí cerca, embarcarán con ustedes.
    – Comprendo… pero… hemos visto unos heridos franceses… más arriba.
    – Sí, ya sé. Recibieron algunos proyectiles de obús cuando íbamos a buscarlos. Se han salvado muy pocos…
    – ¿Han quedado allí? Dijeron que llevaban tres días esperando.
    El suboficial sonrió.
    – No haga caso, señor. Llegaron ayer por la tarde. Les atendimos en lo que pudimos. Los que se han salvado del bombardeo de la artillería, están ya en la playa, junto a los heridos británicos.
    – Me alegro mucho. Me entristecí al ver a esos desdichados…
    La sonrisa se amplió en los labios del suboficial.
    – Seguro que le cantaron la cancioncita, ¿verdad, señor?
    – Sí.
    – ¡Ya me lo imaginaba! Ese teniente Ferral era un diablo…
    – ¿Ferral?
    – Sí. El autor de la letra… y de la música. Era periodista antes de la guerra.
    – Era…
    El rostro del joven se ensombreció bruscamente.
    – Sí. Ha sido uno de los que resultó muerto cuando cayeron los proyectiles de obús sobre ellos.
    Se llevó la mano al casco.
    – Elija cualquier sitio para esperar, junto a sus hombres, teniente. Pero no se aleje demasiado. Seré yo el encargado de venir a buscarlos para llevarles a bordo del London.
    – Gracias.
    Se acomodaron, sobre la arena, entre dos grandes camiones abandonados. Winston sacó una lata de carne y empezó a comer, no sin haberse quitado las botas y los calcetines, o lo que de ellos le quedaba, frotándose amorosamente los dedos de los pies.
    John, que había encendido un cigarrillo, protestó:
    – ¡Eres un cerdo, Winston! ¡Un marrano de los peores! Estás comiendo y tocándote los pies… ¡si al menos los llevases limpios!
    – ¡Están mucho más limpios que tu culo, guarro! Yo, por lo menos, no tengo almorranas…
    Wilkie se puso en pie, echando fuego por la boca.
    – Si no estuviesen el teniente y el sargento tan cerca -dijo con un tono amenazador en la voz-, te iba a partir los morros…
    Se alejó, penetrando por el espacio que había entre los dos vehículos.
    Quería fumar tranquilo y, sobre todo, no ver ni oler aquellos pies que tanto significaban para Winston.
    – ¡Qué tipo más gorrino! -gruñó.
    Detrás de los camiones había más vehículos y toda clase de material de guerra. Daba pena ver el abandono de todo aquello que, calculó mentalmente el Tommy, debía valer una millonada.
    Siguió andando, pensando en lo que haría si pudiera tener todo el dinero que valían aquellas maravillas ahora tiradas sobre la arena.
    De repente, con todos los músculos del cuerpo contraídos, se detuvo. Rígido, miró hacia delante, sintiendo que un escalofrío le recorría la espalda.
    Junto a una vieja ambulancia, a la que faltaban los neumáticos traseros, un hombre se estaba afeitando. Un hombre vestido de negro, de pies a cabeza, y que mostraba, por encima de la nuca, una mancha clara, perfectamente redonda.
    Era un cura, pero John no pronunció aquella palabra, sino que dejó escapar entre sus labios:
    – ¡Un paracaidista alemán disfrazado!
    Volaron a su mente lo que el teniente les había dicho respecto a las falsas monjas. Aquel tipo estaba afeitándose, como ellas. Maldijo el haber dejado el fusil y, retrocediendo, con cuidado, sin separar la mirada del hombre, corrió luego hacia donde había dejado a sus amigos.
    – ¡Sargento! -gritó, después de haber cogido el fusil.
    – ¿Qué hay? -inquirió Kirk incorporándose.
    – ¡Un espía alemán, señor! Va vestido de cura. Le he visto ahí detrás, estaba afeitándose… como aquellas monjas de las que nos hablaron.
    Richard esbozó una sonrisa.
    – Los curas se afeitan muchacho…
    – ¡No es un cura! ¡Es un espía!
    Foster, que le había oído, se puso en pie, haciendo algunas preguntas al soldado. Luego, asintiendo con la cabeza, se volvió hacia Richard.
    – Acompáñele usted, sargento.
    – Bien, señor… ¿y si es un espía?
    – Ya sabe lo que tiene que hacer.
    – ¡A la orden!
    Foster volvió a sentarse junto al pater que, echado sobre la arena, se había quedado dormido. Justamente, en aquel instante, Dumond se despertó, sentándose.
    – Creo que me he quedado traspuesto -dijo, sonriente.
    – No importa. Usted está junto a nosotros, y ya lo conocemos. Pero no creo que ese otro pater lo pase bien cuando Kirk le ponga la mano encima.
    – ¿De qué está usted hablando? -preguntó el sacerdote frunciendo el ceño.
    Foster le explicó lo ocurrido.
    – Pero, ¿y si fuese un sacerdote de verdad?
    – Nada le ocurrirá.
    – ¿Usted cree? Kirk es incapaz de conocer la verdad. ¡Dios mío! ¡Vamos, teniente! ¡Y Dios quiera que no lleguemos demasiado tarde…
    Corrieron, pasando entre los dos camiones. Apenas habían recorrido una docena de metros cuando oyeron un grito de dolor.
    El padre Marcel se puso intensamente pálido.
    – ¡Aprisa! -balbuceó.
    Pronto llegaron junto a la ambulancia. Los dos ingleses estaban en pie. Y, frente a ellos, el hombre vestido con sotana. De la boca temblorosa brotaba un hilillo de sangre.
    Al oír los pasos tras él, Kirk se volvió.
    – ¡Es un espía, mi teniente! Ni siquiera lleva documentación…
    El hombre de negro suspiró; luego, expresándose en un francés que temblaba y dirigiéndose a Marcel, dijo:
    – ¡No le haga caso, pater! -explotó Kirk en francés-. Váyanse de aquí un par de minutos y yo le haré cantar.
    El padre Marcel miraba fijamente al hombre de sotana.
    Bruscamente, sonrió. Frunciendo el ceño, hizo un gesto con la mano, como para evitar que el suboficial atacase de nuevo al desconocido.
    Y dijo, en inglés, en voz baja:
    – Deje, amigo mío. Hay una manera de comprobar en seguida si este hombre miente.
    Se acercó al otro.
    El otro sonrió. Y sin dudarlo, al tiempo que asentía con la cabeza, repuso:
    Siempre sonriente, Marcel se volvió hacia los británicos.
    – Es un sacerdote verdadero…
    Kirk hubiese querido que se le tragase la tierra. Confuso, se acercó al sacerdote.
    – Perdone, pater… ¿le he hecho mucho daño?
    – No, no ha sido nada.
    Señaló la ambulancia.
    – Aquí tengo a cuatro niños cuyos padres han desaparecido. Si pudiesen hacer algo por ellos…
    Marcel sonrió de nuevo.
    – No se preocupe, padre. Venga con nosotros y traiga a los niños. Es peligroso que siga usted solo…
    – Ya lo he visto -repuso el sacerdote pasándose los dedos por los labios que empezaban a hincharse.
    Los pequeños fueron obsequiados por los Tommies con todo lo que pudieron ofrecerles. Kirk tuvo que hacer de intérprete, ya que Winston, Nick y John no se cansaban de charlar con los niños.
    Mientras, sentados junto al oficial, los dos sacerdotes hablaban animadamente.
    Los pequeños acabaron por dormirse.
    Con el estómago lleno de todas las golosinas que los soldados les habían dado, los cuatro francesitos se tendieron junto al camión, juntos, encogidos en sí mismos, en esa deliciosa actitud fetal que adoptan los niños cuando duermen tranquilos.

* * *

    Anochecía.
    Desde la torreta del cañón de la DCA, Edward miraba cómo el brasero inmenso de Dunkerque parecía acercarse.
    Acabada la vigilancia diurna, Tom y Pat dormían, bajo la torrera, sobre las colchonetas, duras como la piedra, que les servían de lecho. Él, en cambio, no podía conciliar el sueño.
    Una rara intuición se había apoderado de él, como si hubiera sido capaz de decir lo que precisamente iba a ocurrir.
    Mirando el reflejo rojizo que parecía flotar por encima de la zona de Dunkerque, se preguntaba, con cierta angustia, si Nick Brandley estaba «verdaderamente» allí.
    Muchas cosas podían haber ocurrido (¿o debió decir debían haber ocurrido?). Un hombre en aquel infierno que había sido la estancia del Cuerpo Expedicionario Británico en Francia y Bélgica, tenía, lógicamente, muchas, muchísimas probabilidades de…
    Le costó soltar la palabra.
    «…de morir -se dijo por fin-. No es que yo lo quiera -se apresuró a agregar rápidamente, movido por un sentimiento que él sabía que era hipócrita-, pero ahora todo marcha perfectamente entre Clara y yo. Ella sabe que me he portado bien, que soy el mejor… ¿por qué diablos tendría que aparecer ahora Nick?»
    Pero, ¿por qué pensaba de aquella manera? ¿Tenía acaso temor de su oponente, de su rival? Se mordió los labios.
    – No -dejó escapar entre los dientes, con voz sorda-. No le temo. A quien temo es a Clara. Si este imbécil aparece ahora, a lo mejor herido, aunque sea poco, Clara es muy capaz de dejarse llevar por ese instinto maternal que le domina…
    ¡Estaría bueno que le ocurriera una cosa así!
    Por eso miraba con tanto temor aquel reflejo rojizo que, como un trágico faro, mostraba en el horizonte la situación de Dunkerque. Allí, en una de aquellas playas podía encontrarse el obstáculo a su felicidad.
    ¿Y si Nick hubiera sido evacuado ya, en otro buque, y se encontrase camino de Inglaterra? No quería pensarlo.
    Temía siempre lo mismo: la actitud maternal de Clara de la que el relojero podría muy bien aprovecharse. Y aquello constituía una especie de idea obsesiva que le estaba haciendo un daño enorme.
    Volviendo de nuevo el rostro hacia Dunkerque -estaba empezando a amanecer- vio surgir llamaradas en muchos puntos de la playa. Comprendió que se trataba de la explosión de proyectiles de obús con que los artilleros alemanes regaban las dunas de la ciudad.
    Y bruscamente, sin remordimiento alguno, dejó escapar, como un silbido, entre sus labios apretados:
    – Si estás allí, en la playa, sería mejor que un proyectil te hiciera pedazos.
    La noche le había pasado sin que se diese cuenta. Y ahora, que el alba se desgarraba, en un cúmulo de rosas, tras las tierras de Francia, se consideró, a pesar de sus triunfos, y sin saber el motivo de su brusca depresión anímica, en inferioridad ante su rival.
    ¡Nunca había odiado tanto a Nick Brandley!

* * *

    Winston gimió en voz baja.
    Acercándose a él, Nick le dio un empujoncito en el hombro, convencido de que su compañero estaba sufriendo una pesadilla.
    Sobresaltado, WC abrió los ojos.
    – ¿Qué ocurre? -inquirió, sentándose sobre la arena.
    – No grites -le dijo Brandley-. Los niños están durmiendo aún. Te he despertado porque te quejabas en voz baja… ¿alguna pesadilla?
    Williams sacudió la cabeza como si desease deshacerse de los restos del sueño horrible que le había hecho pasar un mal rato.
    Luego dijo:
    – ¡Ha sido espantosa!
    – ¿La pesadilla?
    – Sí. He pasado un miedo terrible: soñaba que me cortaban los pies… como a Blow.
    Nick sonrió tristemente.
    – No pienses más en ello.
    – Es algo que no puedo olvidar -dijo Winston secándose con la mano el sudor frío que perlaba su frente-. Pienso en él a cada momento, despierto o dormido… ¡No hay derecho! Cosas así no deberían ocurrir nunca.
    – Olvídalo. Mira hacia el mar…
    Williams obedeció. Hacia el norte, sobre el fondo aún oscuro del océano, donde la luz del alba no había llegado todavía, se recortaba la majestuosa silueta de un barco.
    – ¿Es el nuestro? -inquirió Winston con una voz que temblaba de emoción.
    – Sí, creo que sí. Como ves, todo llega en esta vida.
    – Nunca creí que llegase esto. Jamás pensé que conseguiría verlo.
    – ¿Por qué?
    – ¿Y aún me lo preguntas? ¿Cuántos hemos llegado hasta aquí? ¿Quieres que te nombre a todos los que se han quedado atrás?
    – No hace falta; me lo sé de memoria.
    – Hace pocos días éramos una sección completa. Tres pelotones que, y eso es lo ridículo, no habían combatido ni una sola vez. Sin haber disparado un solo tiro, nos ordenaron retirarnos…
    Hizo una pausa.
    – Nos dijeron: «en el mar hacia Dunkerque. Allí seréis embarcados y se os devolverá a Inglaterra». Y nos pusimos en marcha. Entonces, cuando ya no estábamos en el frente, cuando podíamos pensar con cierta seguridad en el futuro, empezó todo.
    »Primero fue Thomas. ¿Te acuerdas de él? Deseaba volver, como todos nosotros. Estaba lleno de vida y se quedó en aquel maldito pueblo, con un cuchillo clavado en la espalda.
    »Y luego los otros, muertos, destrozados. El sargento Ryder dejándose matar, después de quedarse tuerto, desesperado por haber perdido a sus muchachos. Y nuestro jefe, asesinado por un pobre viejo medio loco. Por último, Mat…
    – Ahora todo ha terminado -le dijo Nick, poniendo una mano sobre el hombro de su compañero-. Eran cosas que debían suceder. Estaba escrito.
    El primer proyectil de obús explotó lejos, hacia el sur de la playa, pero los dos hombres, de un movimiento unísono, se tiraron al suelo…
    – Todavía no ha terminado -dijo Winston.
    Vieron al teniente y a los dos sacerdotes que corrían hacia el lugar donde los niños acababan de despertarse. Las explosiones se iban extendiendo ahora por toda la playa.
    Mirando hacia el mar, Brandley vio que el buque se había detenido, a unos cuatrocientos metros de la playa, y le pareció percibir cómo se echaban los botes al agua.
    Vio entonces al subofical de marina que hacía de jefe de playa, seguido por los dos hombres de costumbre, acercándose a ellos.
    Nick se irguió, alzando la voz para prevenir a su jefe.
    – ¡Mi teniente! ¡Le buscan!
    Foster se puso en marcha, yendo al encuentro de los recién llegados.
    – Ahí tenemos al London, teniente -sonrió el suboficial-. Estén preparados. En cuanto se hayan embarcado a los heridos, les haré una señal y llevará a sus hombres al embarcadero.
    – Gracias… pero quería decirle algo.
    – Le escucho…
    – Hemos encontrado a un sacerdote francés y cuatro niños, huérfanos seguramente. El pobre ha huido hacia la playa… ¿es que no sería posible?
    El sargento sonrió.
    – Todo es posible. Haremos un poco de hueco.
    – ¡Gracias!
    – No se alejen de aquí. Les avisaré en seguida.
    – Bien.
    En cuanto la patrulla se alejó, Foster fue al lado de los dos sacerdotes, comunicándoles la buena nueva.
    – ¡Alabado sea el Señor! -exclamó el padre Germain, cuyos labios seguían muy hinchados.
    La artillería proseguía su castigo sobre la playa; pero, por el momento, el fuego de los cañones parecía concentrarse en la parte sur de las dunas.
    Otros dos barcos, más pequeños que el London se habían acercado a aquel lugar. Y desde el sitio donde se encontraban, Foster y los dos sacerdotes podían ver el ir y venir de los botes que no cesaban de moverse desde los muelles de madera a los navíos.
    También el London estaba recibiendo su carga humana. Primero fueron los lanchones repletos de heridos; luego, tropas franco-británicas, que llevaban esperando casi una semana, se dirigieron en largas filas hacia el embarcadero.
    Winston suspiró.
    – No estaré tranquilo hasta que me encuentre a bordo -dijo.
    – No seas impaciente.
    – ¡Volver! ¿Es que no te das cuenta, Nick, de lo que eso representa? Es como escapar de un infierno… Volver a estar en Inglaterra, no temblar a cada momento… hablar con los amigos… sentirse entre gente conocida…
    – ¡Eres un sibarita! ¿Crees acaso que van a dejarnos en Inglaterra para siempre? La guerra no ha hecho más que empezar…
    – No importa. Aunque no pasase más que unas horas en Londres, sería suficiente. ¡Dios mío!
    – ¿Qué te ocurre ahora?
    – Estoy pensando si nos ocurriera algo malo antes de embarcar. ¡Sería espantoso!
    – Deja de torturarte, por favor…
    En aquel momento, John, que se había acercado a ellos, señaló el cielo con el brazo extendido.
    – Fijaos en ese hijo de perra…
    Alzaron la mirada y vieron como una cruz plateada, muy alta. Era la silueta de un avión alemán.
    – Es el «chivato» -dijo Nick-. Un simple aparato de reconocimiento y observación. Viene a ver lo que pasa por aquí.
    – …y luego llamará a los otros -repuso sordamente Wilkie.
    Winston se había puesto mortalmente pálido.
    – Hacía días, según me han dicho, que no bombardeaban las playas y los barcos.
    – No temas nada -le consoló Nick-. Llegarás a tu querido Londres, amigo mío…
    Pero WC meneó dubitativamente la cabeza.
    – No -dijo-. Estoy seguro de que no volveré nunca más. Tengo la intuición de que algo malo me va pasar.
    Los otros dos le miraron, en silencio.
    Fue como si, invisible, imperceptible, una bocanada de aire gélido les hubiese rozado el rostro.

* * *

    Von Rukeller se quitó el monóculo, limpiándolo cuidadosamente con el pañuelo que acababa de extraer del bolsillo de su impecable guerrera.
    – Ahora ya lo tenemos, caballeros. Hemos fallado dos veces consecutivas, pero ahora no hay error posible.
    Volviéndose hacia su ayudante, hizo un ademán con la mano.
    – Léales el informe, Strasser.
    El otro obedeció, engolando un poco la voz:
    – Cuando la evacuación de las playas de Dunkerque parece tocar a su fin -dijo-, nuestro aparato de reconocimiento ha descubierto la llegada de tres buques, dos de pequeño tonelaje y uno, mucho más importante, el HMS London…
    Uno de los jefes de escuadrilla de Stukas, que asistía a la reunión, cerró los puños con fuerza.
    – ¡Ése fue el perro que derribó a dos de mis aparatos, mi coronel! -no pudo evitar exclamar.
    Von Rukeller asintió, sin por eso dejar de limpiar su brillante círculo de cristal.
    – Lo sé, comandante Dreiker. Y por eso estoy contento…
    – Si me dejase ir… -dijo Dreiker con un tono suplicante en la voz.
    – No. Seguiremos el mismo plan y no emplearemos Stukas esta vez. No se preocupe, mi querido Dreiker -añadió después, levantando la mirada que brillaba extrañamente-, sus compañeros solucionarán este asunto… sin necesidad de que perdamos más aparatos.
    Se colocó el monóculo con una precisión matemática.
    – Berlín -dijo con voz súbitamente sorda- no nos perdonaría nunca una nueva lista de bajas. Proporcionémosle, por el contrario, un resonante triunfo… y así permitiremos que el mariscal de campo pueda seguir estando orgulloso de su Luftwaffe.
    Se puso en pie.
    – ¡En marcha, caballeros! Y no ataquen hasta que el London no se haya alejado de Dunkerque. Ya conocen el plan. Lanzadas las bombas y comprobado su blanco, regresen, sin preocuparse de más… luego sucederá, cuando los ingleses menos se lo piensen, lo que debe acontecer…
    Levantó el brazo, imitado por los demás. Y el grito brotó, al mismo tiempo, de todas las gargantas:
    – HEIL HITLER!

III

    El bote se mecía blandamente sobre un mar tranquilo. Los niños parecían disfrutar de lo lindo. Y los hombres, quizá sin atreverse a exteriorizar su contento, miraban, con los ojos entornados, la silueta del buque al que se acercaban.
    Nick volvió la cabeza, un instante, hacia atrás.
    Las dunas de Dunkerque formaban ahora una larga línea amarillenta, manchada por la enorme cantidad de material que se había abandonado sobre ellas.
    Detrás, las casas eran como una masa grisácea de la que continuaba saliendo un perezoso humo que ascendía hacia el cielo.
    Winston estaba sentado junto a John. Éste fumaba tranquilamente, mirando a los niños con una sonrisa complacida en los labios. En cuanto a Williams, su rostro seguía tan ensombrecido como siempre, ya que seguía pensando en la inutilidad de todo aquello.
    Pronto abordaron el London, subiendo por la escalerilla. Foster, los sacerdotes y Kirk ayudaron a trepar a los niños, que gritaban llenos de entusiasmo, como si todo aquello no fuese más que una fiesta inesperada para ellos.
    El buque estaba abarrotado, aunque, naturalmente, todas las literas y cabinas disponibles se habían destinado a los heridos. El simpático jefe de playa, consiguió, no obstante, que se reservase una cabina, en popa, para los dos sacerdotes y los cuatro niños franceses.
    Guiados por un oficial del London, Foster y sus hombres fueron conducidos hacia la popa, único lugar en el que había un poco de sitio.
    Marchaban, entre los hombres sentados en cubierta, cuando, al pasar junto a la torreta del cañón de la DCA, un grito hizo que Brandley levantase la cabeza:
    – ¡NICK!
    – ¡Ed!
    Le parecía imposible, pero allí estaba él, sonriéndole.
    Brandley se abrió paso y consiguió subir hasta la torreta. Sin rencor de ninguna clase, estrechó con fuerza la mano que le tendía el artillero.
    – ¡Nunca hubiese creído encontrarte aquí, Ed!
    – Ni yo verte. Y he hecho unos cuantos viajes a Dunkerque.
    Se sentía emocionado, porque había conseguido domeñar su intranquilidad y ahora, al ver que ni una medalla ornaba el pecho del Tommy, se sabía indudablemente vencedor.
    – He visto a Clara un par de veces… -dijo.
    – ¿Está bien?
    – Perfectamente. Me preguntó por ti, justamente el día en que me concedieron la medalla. Aún no me la han dado; pero, como ves, me han ascendido.
    – Te doy mi enhorabuena.
    – Puedes quedarte aquí. Hay sitio. Y, a lo mejor, con un poco de suerte, me ves derribar a un avión nazi. ¡Se me da de miedo!
    – He de estar junto a los otros…
    – Como quieras.
    Nick volvió al lado de sus compañeros. Intentaba percatarse de si estaba triste, pero no consiguió hallar en su mente motivos para estarlo.
    El London levó anclas.
    La costa fue alejándose. Algunos hombres, movidos por un sentimiento emotivo, empezaron a entonar algunas viejas canciones inglesas. Era como la expresión sentida del deseo que ardía en sus corazones, cargados ahora de esperanza, después de los sufrimientos pasados.
    La canción era como una maravillosa válvula de escape.
    Nick miraba, de vez en cuando, a la torreta del cañón. Ed estaba de espaldas, y ni una sola vez se volvió, aunque no hubiese nada que llamara su atención en el cielo.
    Alejándose de la costa, a medida que se acercaba a la boya Kwinte, allí donde su ruta iba a cambiar de rumbo bruscamente, el London navegaba a buena velocidad. Su espolón cortaba bravamente el agua y, bajo su popa, las hélices levantaban remolinos de espuma, dejando sobre el mar el amplio trazo de un abanico espumoso.
    – ¡Alegra esa cara, Winston! -dijo Nick, dando un codazo a su amigo.
    – No estoy triste.
    – Pues lo disimulas muy bien. ¿Sigues creyendo aún que algo malo puede ocurrimos?
    – Sí.
    John, que acababa de tirar su colilla, aplastándola con la bota, se echó a reír:
    – ¡No le hagas caso, Nick! ¡Es un gafe!
    En aquel momento, los altavoces del barco desgarraron el silencio:
    – ¡Atención! ¡Alarma aérea! ¡Que nadie se mueva de su sitio!
    Cientos de rostros se elevaron, al mismo tiempo, escrutando la límpida superficie del cielo. No vieron nada.
    Pero, poco a poco, en medio del silencio que se había hecho, y por encima del rumor apagado de las máquinas del navío, aquellos que poseían un oído agudo percibieron, con nitidez, un ruido lejano, que iba creciendo y que no podía confundirse con el que runruneaba bajo cubierta.
    Alguien gritó entonces, señalando con el brazo extendido:
    – ¡Allí están!
    Los rostros siguieron, obedientes, la dirección del brazo. En el cielo, completamente limpio momentos antes, se veían ahora siete minúsculos puntos, allá arriba, como un grupo de mosquitos sobre la superficie de un cristal.
    Las ametralladoras antiaéreas, así como el cañón de la DCA giraban lentamente, pero ninguno de ellos había abierto fuego.
    – Van muy altos -comentó John-. Es muy posible que ni siquiera nos hayan visto.
    – No lo creas -replicó Nick-. ¿Has olvidado a aquel maldito chivato que nos visitó esta mañana? Seguro que les fue con el cuento. Y esos hijos de perra vienen a por nosotros.
    Winston tragó saliva con visible dificultad.
    Sin que nadie se diese cuenta, se incorporó, alejándose del grupo, movido por un pánico que le retorcía dolorosamente las tripas.
    «Tengo que ocultarme» -dijo, angustiado.
    Sobre todo, lo que deseaba era desaparecer de allí, de cubierta, esconderse en cualquier lugar en el que no viera ni oyera a aquellos siniestros pájaros de muerte.
    Se metió por la primera escotilla que encontró.
    En cuanto volvió la espalda a la cubierta y al cielo, sobre todo a éste, respiró aliviado. Pero el pánico seguía haciéndole daño. Y prosiguió el descenso, por las escalerillas que conducían a las entrañas del buque.
    Mucho más abajo, muy cerca de la escalerilla que conducía a máquinas, encontró un rincón donde le pareció que estaba fuera de peligro. Se acurrucó allí, cerrando los ojos, pensando en su regreso a Londres, en su sala de baile…

* * *

    El comandante Reimer echó una nueva ojeada a la tersa superficie del mar, seis mil metros más abajo, en el que la mancha negra del buque inglés parecía prolongarse en el surco que dejaba atrás.
    Acercó el micrófono a sus labios.
    – ¡Atención! Lo tenemos ahí abajo… habrá que descender un poco más, no mucho… unos seiscientos metros…
    Reflexionó unos instantes.
    – Voy a empezar -dijo luego-. Lancen cuando yo lo haga todas las bombas de golpe. Así, en extensión, alguna de ellas dará en el blanco.
    Les habían ordenado no exponerse.
    Reimer, mientras maniobraba su Ju-88, recordó lo que le había dicho su compañero Dreiker, el jefe de escuadrilla de Stukas, antes de que los poderosos bimotores despegasen:
    «No lo dejes escapar, Reimer; te lo ruego. Recuerda que perdí dos aparatos y cuatro hombres por culpa de ese mal nacido…»
    No, no iba a escapar.
    Una de las bombas retardadas, si no eran varias, penetrarían en el buque que, satisfecho de que no hubiesen explotado, seguiría su rumbo. Después, dos horas más tarde…
    Sonrió.
    El avión, seguido por el resto de la escuadrilla, descendió suavemente, en vuelo casi planeado… como un grupo de buitres.

* * *

    Nervioso, Ed no había despegado el rostro del visor. Las cifras del telémetro danzaban hacia sus ojos, pero consideró, con rabia, que los aviones estaban demasiado lejos para hacer blanco.
    Sólo sonrió cuando vio al aparato del jefe de grupo que empezaba a descender.
    Movió los tornillos del colimador, hasta que la cruceta se posó sobre la silueta del avión; leyó las cifras y supo entonces que podía empezar a disparar.
    Los proyectiles salieron del cañón con un sonido ronco. Casi en seguida las dos Oerlinkon abrieron igualmente fuego, y sus preciosas trazadoras fueron para Ed una precisión más para orientarse.
    Sabía que cientos de hombres estaban pendientes de él. Pero sólo le importaba uno:
    NICK.
    Iba a demostrar a aquel pobre relojero que estaba irremisiblemente perdido en lo que a Clara se refería. No tenía nada que hacer ya que, con un poco de suerte, como la que había tenido hasta entonces, conseguiría un triunfo más.
    – ¡Que reviente! -dijo, sonriendo.
    Los proyectiles de obús explotaban delante de los aviones, pero Ed sabía que los aparatos seguían volando demasiado alto y que sus proyectiles no les causaban el menor temor.
    – ¡Bajad, perros! -rugió, fuera de sí.
    Fue entonces cuando vio bajar las bombas.
    Todos los Junkers habían soltado su mortífera carga al mismo tiempo. El cielo se cubrió de minúsculos puntos negros que, en seguida, empezaron a crecer de tamaño.
    Ed se estremeció.
    Era completamente imposible que una de aquellas bombas, o varias, no cayesen en el London. Sintió miedo.
    Un cúmulo de escalofriantes silbidos dominó todos los demás ruidos. En cubierta, helados de espanto, centenares de hombres vieron acercarse las mortíferas bombas, sin poder hacer nada por evitarlas.
    Algunos, aquellos que estaban junto a los costados, enloquecidos por el pánico, se tiraron por la borda, prefiriendo estar fuera del barco cuando las bombas estallaran sobre él.
    Había quien gritaba, quien lloraba, quien rezaba. Pero todos, sin excepción, sentían en sus entrañas la garra fría del miedo.
    El cañón y las ametralladoras estaban al rojo.
    Bruscamente, las bombas cayeron. Muchas de ellas lo hicieron junto al barco, levantando enormes surtidores de agua que barrieron las cubiertas. Sólo una, con un estremecedor silbido, cayó sobre el London.
    Precipitándose junto a la base de una de las chimeneas, perforó la cubierta, adentrándose, en medio de un estrépito formidable, en las entrañas del carguero.
    Luego llegó el silencio.
    Los hombres retuvieron el aliento, esperando que la espantosa explosión se produjese. Pero nada ocurrió, y cuando vieron que los aparatos enemigos se alejaron, un suspiro de alivio escapó de cientos de gargantas que el pánico había contraído.
    En el puente de mando, el capitán del London, W. Simpler, se precipitó al teléfono.
    – ¡Resumen de daños! -gritó-. ¿Dónde ha caído esa bomba?
    – Junto al cuarto de máquinas, señor -le dijo la voz de uno de los contramaestres-. Al final de la escalerilla de popa.
    – ¿Daños?
    – Un agujero, una cañería rota… que vamos a taponar en seguida… y un hombre muerto, aplastado por la bomba.
    – ¿Uno de los nuestros?
    – No. Se trata de un Tommy, un pobre tipo que debió ocultarse allí. Espere, señor…, tenemos su documentación… sí, aquí está. Se llamaba Winston Charles Williams.
    – Bien, retiren el cuerpo. ¿Ha examinado la bomba?
    – Sí. Y temo, señor… que se trate de una retardada.
    – ¡Hay que echarla por la borda!
    – Imposible. Está completamente encastrada en la pared metálica. Por debajo, eso sí, desde la sala de máquinas, se le ve el hocico. Si la tocamos, sin saber lo que hacemos, puede explotar de un momento a otro.
    – ¡Y si no la tocamos también!
    – Así es, señor.
    – Y sin un artificiero a bordo… ¡Espere!
    Colgó el teléfono, apoderándose del micrófono que estaba conectado con todos los altavoces del buque.
    – ¡Atención! -gritó-. Quiero que me escuchen atentamente. Hemos recibido una bomba que sospechamos no ha explotado por llevar un mecanismo retardado. Es imposible extraerla del lugar en el que se halla empotrada…
    Hizo una pausa.
    – Esa bomba -prosiguió luego- puede explotar de un momento a otro. Sólo hay una manera de que tal cosa no ocurra: desmontar su mecanismo de explosión. Por desgracia, no llevo a bordo ningún artificiero… Si entre ustedes hay un especialista, alguien que se crea capaz de resolver esta papeleta…
    Guardó unos segundos de silencio.
    – Si la bomba explota -dijo luego-, tendremos que evacuar el barco… sin contar que las calderas podrían explotar al mismo tiempo…
    Había pensado en utilizar los seis botes de salvamento, pero no podría, con todos ellos, librar del peligro más que a una pequeñísima parte de los hombres que se abarrotaban en el buque.
    Fue John quien, súbitamente iluminado, se acercó al teniente.
    – ¿Y si Nick lo hiciera, señor? Es un mecánico estupendo…
    Foster se volvió hacia Brandley que, habiendo oído a su compañero se apresuró a protestar, con voz quejumbrosa, dirigiéndose al teniente:
    – No puede ser, señor… yo no soy más que un relojero.
    – No hay nadie más, muchacho; ya ves que nadie ha contestado. Hay que intentarlo, antes de que sea demasiado tarde.
    Mansamente, Nick se dejó conducir hasta el puente de mando.

* * *

    La voz corrió por todo el buque. El capitán había pedido auxilio y dos destructores, salidos de Douvres a toda máquina, se dirigían hacia el London.
    Pero los soldados, los heridos y los sanos, sabían que un hombre, uno de los suyos, trabajaba, en las entrañas del buque, luchando con un mecanismo que no conocía y que veía por primera vez.
    Un silencio ominoso reinaba en el carguero.
    John había obtenido permiso para ayudar a su compañero. Cuando llegó abajo, sonrió a Nick que, encaramado sobre una mesa, intentaba destornillar la punta brillante de la bomba que asomaba por el techo.
    – Si ocurre algo, quiero estar a tu lado.
    Brandley sudaba por todos los poros de su piel.
    Estaba impresionado aún por haber visto, cuando descendía hacia la sala de máquinas, el cuerpo de Winston, al que no habían tapado aún.
    También lo vio Wilkie, pero no dijo nada.
    Minuto tras minuto, Nick fue desenroscando la ojiva de la bomba. Al conseguirlo, retiró la parte metálica, descubriendo en el interior un complicado mecanismo que, no obstante, le hizo sonreír.
    – ¿Te ríes ahora? -le preguntó John.
    – Estoy contento.
    – ¿Por qué?
    – Porque esto es, sencillamente, un mecanismo de relojería…
    – ¡Menos mal! ¿Podrás desmontarlo?
    – Creo que sí.
    – ¡Adelante entonces, muchacho!
    Mientras atacaba la parte más delicada, una silueta apareció en la escalerilla.
    Era el padre Marcel, sonriente, quien se acercó a ellos.
    – ¿Cómo va eso, muchachos? -inquirió jovialmente.
    Sin volver la cabeza, Nick repuso:
    – Rece todo lo que pueda, padre…
    – Hace tiempo que lo hago.
    Nick sacó su lente y la colocó en su ojo derecho, descubriendo así la intimidad del mortífero mecanismo de retardo.
    Fue desmontándolo, pieza por pieza.
    Estaba tan empapado en sudor como si acabase de salir de un baño. Pero cuando extrajo, con unas pinzas, el corto tubo del detonante, lanzó una exclamación de gozo.
    – ¡Lo he conseguido, John! ¡Lo he conseguido!
    Una voz sonó tras ellos.
    – ¡Alabado sea el Señor!

Epílogo

    Esta vez, el barco era mayor. Había varios. Y, esperándolos en la bocana del puerto, para protegerlos, destructores erizados de cañones, pintados de gris, dejaban escapar un humo denso por sus chimeneas.
    Un grupo de Tommies, que acababa de subir a bordo, miraron al hombre que charlaba con otro.
    – Es ése… -dijo uno de los soldados-. El más joven. Le han ascendido a sargento. Se llama Nick Brandley y fue el tipo que desmontó la bomba.
    – ¿Y el otro?
    – El sargento mayor Kirk. Nuestros jefes, amigos.
    – Parecen buenas personas.
    – No te fíes demasiado. Son duros como el hierro. No olvides que estuvieron en Dunkerque.
    Otro de los soldados intervino entonces.
    – Yo les he visto despedirse de dos mujeres en el muelle… ¡y qué mujeres, amigos! Una de ellas era enfermera…
    – ¡Cierra el pico, idiota! -le gritó otro.
    – ¡Cuidado! Aquí llegan…
    Se acercaban el sargento mayor y el sargento. El primero, con voz tonante, se encaró con los soldados.
    – ¿Qué mierda estáis esperando? ¡Abajo todo el mundo! Y podéis decir que tenéis suerte, pedazo de zopencos. Vais a viajar en literas, como personas… ¡Os hubiese querido ver, como sardinas, cuando salimos de Dunkerque!
    Ellos bajaron la cabeza.
    Con respeto.
    Porque aquel hombre les llenaba de temor. Habían oído hablar mucho de aquella alucinante aventura. Y consideraban a todos los que salieron del infierno de arena, como hombres hechos y derechos, como veteranos, gente dura y avezada.
    Una palabra que había entrado, con letras de oro, en las páginas de la historia:
    DUNKERQUE.

Datos técnicos de la operación Dynamo

    (Evacuación de las tropas aliadas de la bolsa de Dunkerque)

    Soldados evacuados (total)… 338.226
    Si se suman a éstos los 27.936 hombres que salieron de Dunkerque antes del 26 de mayo, a las 12 de la noche (fecha en que verdaderamente empieza la Operación Dynamo), obtendremos un total general de.. 366.162

    Descomposición en totales parciales:

    Británicos… 226.251
    Franceses y de otras nacionalidades… 139.111

    Ritmo de la evacuación:

    Día 30 de mayo…. 53.823
    Día 31 de mayo…. 68.014
    Día 1 de junio… 64.429

    El número de barcos empleados en la Operación Dynamo fue, aproximadamente, de 1.040.

    Pérdidas de la Marina… 235

    PÉRDIDAS
    En material, abandonado en las playas de Dunkerque:

    Cañones…. 2.472
    Vehículos… 63.879
    Motocicletas… 20.548
    Munición (en toneladas)… 76.097
    Provisiones (en toneladas)…. 416.940
    Gasolina (en toneladas)…. 164.929

    En personal, referidas al Cuerpo Expedicionario exclusivamente:

    Muertos, heridos o prisioneros… 68.111

    RAF (fuerzas aéreas inglesas):

    Cazas… 111
    Bombarderos… 6

    Luftwaffe (en su acción sobre Dunkerque):

    Cazas y bombarderos de distintos tipos…. 248

Los hombres de Dunkerque

(Notas biográficas de los jefes que se enfrentaron en el campo atrincherado que decidió el fin de la batalla del Oeste)

    LORD GORT. Nacido en Londres, en 1886, se llamaba realmente John Standish Surtees Prendergast Vereker, y era vizconde de Gort. En 1936 fue nombrado director de la Escuela de Estado Mayor de Camberley; al año siguiente asumió el cargo de jefe del Estado Mayor Imperial. En 1939 tomó el mando del Cuerpo Expedicionario británico que debía combatir en Francia. Fue él, con mano sabia, quien dirigió las tristes jornadas de la Operación Dynamo, la larga retirada hacia Dunkerque y la evacuación de gran parte de las tropas anglo-francesas que llegaron allí. No acabó en Dunkerque la carrera de lord Gort: se hizo cargo, en 1941, del gobierno militar de Gibraltar y, más tarde, del gobierno militar de la isla de Malta, que supo defender contra los ataques italo-germanos, sin que el enemigo, como lo anunció varias veces, consiguiera apoderarse de la isla clave del Mediterráneo. Lord Gort murió en Londres, en 1946.

    KLUGE (Hans Günther, von). Mariscal alemán, nacido en Poznan, en 1882. Hijo de un oficial prusiano, Kluge ingresa en el ejército, en 1901, como oficial de artillería. En 1910 pasa al Estado Mayor. Participó brillantemente en la Primera Guerra Mundial, siendo herido cerca de Verdún, en 1916. Terminada la contienda, Kluge sirve en la Reichswehr en la que, a la llegada de Hitler al poder, dirige los trabajos de inspección de transmisiones. En 1939, se le entrega el mando del IV Ejército, con el que combate en Polonia. Más tarde, ya en Francia, es el encargado, tras la pausa en el avance mandada por Hitler, de penetrar por la fuerza en el campo atrincherado de Dunkerque. Después de haber combatido en el frente del Este, Kluge reemplaza en el mando del frente del Oeste a Rundstedt. El fracaso de la ofensiva de Mortain hace que Hitler le llame. Temiendo caer en manos de los nazis, escribe una misiva al Führer y se suicida, en su coche, cerca de Metz, el 18 de agosto de 1944.

    KESSELRING (Albert). Mariscal alemán, nacido en Markstedt, en 1885. Primer oficial de artillería, pasa a la aviación durante la Gran Guerra. Colaborador de Von Seeckt, se especializa en las operaciones aeroterrestres. En 1936 se convierte en jefe del Estado Mayor de la Luftwaffe. Manda luego, ya en plena guerra, la Primera y después la Segunda Flotas Aéreas. Se le encargó la acción contra Dunkerque, en la que Goering había puesto sus mayores ilusiones, pero que no consiguió impedir el embarque de las tropas sitiadas. Combatió en otros frentes, sobre todo en Italia. Después de terminada la contienda, fue condenado como criminal de guerra por un tribunal de guerra británico, acusándole de la llamada «Masacre de Ardeatine». Se le conmutó la última pena por una condena a perpetuidad, pero fue liberado finalmente por los ingleses en 1952. Murió en 1960.

    MONTGOMERY DE EL ALAMEIN (Bernard Law, Primer vizconde). Mariscal británico, nacido en Londres, en 1887. Se le cita aquí por la presencia en Dunkerque, donde mandaba una división, que consiguió embarcar por entero. Se dice que nunca olvidó aquellos tristes días de derrota y que una vez en Inglaterra, estudió, en el sur de este país, la táctica que más tarde emplearía en el frente africano. En los alucinantes días de Dunkerque, Montgomery, que todavía no era llamado Monty por sus tropas, no ignoraba la presencia, al otro lado de las posiciones defensivas del campo atrincherado, de un hombre contra el que iba a enfrentarse en una de las batallas más importantes y decisivas de la Segunda Guerra Mundial. Aquel hombre era Edwin Rommel, el futuro jefe del Afrika Korps, y que estuvo a punto (de no haber sido por la absurda orden de Hitler de detener el avance de los Panzers) de ser uno de los que, atravesando el Aa, penetrara en Dunkerque. Pero el destino quería que Rommel y Montgomery se enfrentasen mucho después…

Karl von Vereiter

    Seudónimo usado por el escritor español Enrique Sánchez Pascual en la mayoría de sus obras bélicas sobre la Segunda Guerra Mundial.

    Enrique Sánchez Pascual nació en Madrid (1918 – 1996). Comenzó estudios de medicina, pero el inicio de la Guerra Civil le obligó a dejarlos. Luchó en el bando republicano y, al terminar la guerra, se vio obligado a exiliarse a Francia, donde conoció a su esposa. Su regreso a España le costó cumplir condena en la cárcel de Figueras.

    En la posguerra trabajó como representante de unos laboratorios farmacéuticos hasta que, animado por un amigo escritor, decidió dedicarse a la literatura. Su trabajo para la editorial Bruguera le hizo trasladarse a Barcelona.

    Como era habitual en los escritores de posguerra, escribió en numerosos géneros además de la ciencia ficción, llegando a colaborar con Félix Rodríguez de la Fuente en una revista. Fuera de la ciencia ficción destacó como escritor de historias bélicas, llegando a convertirse en un experto en la Segunda Guerra Mundial.

    En el género de la ciencia ficción su producción fue prolífica, llegando a escribir, literalmente, cientos de títulos para las editoriales Toray y Bruguera. Llegó, incluso, a crear su propia editorial, Mando, para la que escribió quince títulos bajo el pseudónimo de Alan Comet.

    Otros seudónimos del autor:
    – Alex Simmons
    – Law Space
    – H.S. Thels
    – W. Sampas
    – Alan Starr
    – Lionel Sheridan
    – Marcus Sidéreo (compartido con María Victoria Rodoreda)

***


notes

    [1] Soy el sargento Kirk. Uno de mis hombres ha sido asesinado esta noche de una cuchillada en la espalda. Antes de morir dijo que había hablado con un niño…
    [2] Yo soy el alcalde, y no sé absolutamente nada de lo que usted me dice…
    [3] Carne en lata.
    [4] Rigurosamente histórico.
    [5] ¡Mi pobre pequeño!
    [6] ¡Perdón! Te he llamado pequeño, pero todavía no te había visto bien.
    [7] Literalmente «los que se arrastran», en oposición a los otros, los del personal de vuelo que, naturalmente, «vuelan».
    [8] Yo te ruego, Señor, que recibas bien a las almas de estos hombres y que les des la Paz… Ten piedad de ellos y perdónales sus pecados. ¡Amén!
    [9] Diez alemanes (Hunos) sobre nosotros, a seis mil pies… ¡Subiendo!
    [10] ¿No es estupenda esa?
    [11] He visto a la vieja antes; debe estar sola…
    [12] ¿Vamos?
    [13] Tesoro, botín, ahorros.
    [14] ¿Han gritado en su casa, señora?
    [15] Eres muy linda… ven… por favor.
    [16] No hagan eso, se lo ruego. Si quieren… tengo dinero. No mucho, pero puedo dárselo…
    [17] Rigurosamente histórico. La escena fue reproducida en el film Fin de semana en Dunkerque y en el magnífico libro que dio origen al guión de la película The sands of Dunkirk, de Richard Collier.
    [18] ¡Bandidos! ¡Cerdos! ¡Sois mil veces peores que los alemanes!
    [19] ¡Ingleses asesinos! ¡Voy a mataros a todos!
    [20] ¿Está usted loco? ¡Ha herido a uno de mis hombres!
    [21] Comandante jefe del Cuerpo Expedicionario británico.
    [22] Nombre en clave dado a la evacuación de Dunkerque.
    [23] Artillería Antiaérea (DCA).
    [24] El antagonismo entre la Wehrmacht y la Luftwaffe ilustra la historia del Tercer Reich. Nunca marcharon unidas las dos armas, a pesar de que su colaboración, en un principio, proporcionó a Hitler sus mejores y más resonantes victorias. Pero la fatuidad, el estúpido egocentrismo de Hermann Goering fue el culpable exclusivo del abismo que se creó entre la aviación y las otras armas. Nunca cumplió sus promesas, y la verdadera crisis de la Luftwaffe, antes de que fuera barrida del cielo de Europa, aconteció en los tristes días de Stalingrado. Porque es muy probable que Hitler, de haber dejado de creer en Goering, quien le había prometido que nada faltaría al Sexto Ejército de Von Paulus situado en la ciudad del Volga, hubiese permitido un repliegue, salvando así a aquellos hombres que cayeron en poder de los rusos. Pero el mayor fanfarrón del Tercer Reich no podía permitir que nadie dudase en el poder omnímodo del arma que él había creado.
    [25] Sala de reuniones de las tripulaciones dispuestas para una salida. La palabra es de origen inglés, pero se internacionalizó durante la Segunda Guerra Mundial.
    [26] ¡Mira eso! No se preocupan de nosotros, pero no hay problema para embarcar a esos inglesitos.
    [27] ¡Estamos aquí desde hace tres días!
    [28] ¡Lárgate, cerdo británico! / Y no vuelvas más al país; / te conocemos, sucio cínico; / puerco cobarde de inglés, ¡vete de aquí!
    [29] Soy el cura de Berges (localidad situada cerca de Dunkerque), señor. Estoy aquí con algunos niños que he escondido en esta ambulancia…
    [30] ¿Me podría indicar dónde puedo celebrar Misa?
    [31] Espera un momento, te lo indicaré.
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