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Tim

Tim

Аннотация

    El pájaro espino, la magnífica novela de Colleen McCullough, ha sido best seller en muchos países del mundo por su notable calidad literaria y el denso contenido humano que la distingue. Tim es una novela anterior de la misma autora, que no le va en zaga en forma alguna. Plantea el viejo problema de la edad en el amor, mejor dicho, de la diferencia de edades en el amor. Tim es un joven obrero de veinticinco años, hijo de un matrimonio humilde, que posee la belleza y la perfección física de un Adonis griego. Conserva, empero, una mente infantil, poco desarrollada. Mary es una solterona de más de cuarenta años que ha encontrado su tranquilidad espiritual consagrándose a su trabajo, hasta que, inesperadamente, un día ve a Tim. Estudio penetrante de psicología humana, escrita con dignidad y sencillez, Tim es otra notable creación de Colleen McCullough.


Colleen McCullough Tim

    Título del original inglés: Tim
    Traducción, Jaime Vázquez Vázquez
    Para
    Gilbert H. Glaser, M. D.
    Presidente del Consejo del Departamento de Neurología de la Escuela de Medicina de la Universidad de Yale,
    con gratitud y afecto

1

    Harry Markham y su cuadrilla llegaron ese viernes al trabajo a las siete en punto de la mañana. Harry y su capataz, Jim Irvine, iban dentro de la cabina y sus tres trabajadores en la caja de la camioneta, encaramados en cualquier sitio en el que habían encontrado un lugar para el trasero.
    La casa que estaban arreglando se hallaba en la sección de la playa al norte de Sydney, en el suburbio de Artarmon, precisamente tras la desolada extensión de fosas de ladrillo. No se trataba de un trabajo importante, ni siquiera para un constructor en pequeña escala como era Harry; se trataba simplemente de recubrir con estuco la pared de rojizos ladrillos del bungalow y añadir una terraza-dormitorio en la parte de atrás; era la clase de trabajos que Harry aceptaba gustosamente de vez en cuando porque servían para llenar los huecos entre contratos de mayor importancia.
    A juzgar por cómo pintaba la mañana del viernes, el fin de semana prometía ser caluroso y de un sol implacable. Los hombres descendieron de la camioneta refunfuñando entre ellos, se precipitaron al sombreado callejón lateral de la casa protegido por los árboles, y se despojaron de sus ropas sin ningún asomo de timidez o vergüenza.
    Vestidos con sus shorts de trabajo, salieron de la esquina de atrás de la casa precisamente en el momento en que la propietaria caminaba torpemente al patio posterior enfundada en una desteñida bata de baño de felpilla color rosa, modelo de los años 50, llevando cuidadosamente en ambas manos una bacinilla de porcelana decorada con flores de colores chillones, con la cabeza convertida en una refulgente masa de rulos de metal, también pasados de moda. ¿Rulos modernos para la señora Emily Parker? No, muchas gracias.
    El patio descendía suavemente hasta la boca de piedras gredosas de una barranca de donde en otro tiempo había provenido un número considerable de los ladrillos para las construcciones de Sydney; ahora servía de lugar muy conveniente para que la señora vaciara su bacinilla cada mañana, pues ella se aferraba obstinadamente a sus hábitos campesinos e insistía en usar el orinal en la noche.
    Cuando el contenido del recipiente cruzó el aire formando un arco continuo de pálido ámbar hacia el fondo de la barranca, la señora Parker volvió la cabeza y vio con acritud a los hombres semidesnudos.
    – ¡Buenos días, señora Parker! -saludó Harry-. Supongo que tenemos que terminar hoy este trabajo.
    – ¡Y vaya que ya era tiempo, montón de haraganes! -replicó la señora mientras subía de regreso, sin dar muestras de turbación-. ¡Lo que tengo que aguantar por causa de ustedes! La señorita Horton se quejaba anoche de que sus valiosos geranios rosados están todos cubiertos de polvo de cemento y que algún tonto tiró por sobre el cerco un ladrillo y le aplastó el helecho ayer por la tarde.
    – Si la señorita Horton es la solterona que vive al otro lado -le murmuró Mick Devine a Bill Naismith-, apostaría que el tal helecho no se aplastó ayer con un ladrillo, ¡sino que murió hace años por falta de fertilizante!
    Todavía rezongando en voz alta, la señora desapareció dentro de la casa con su bacinilla vacía; a los pocos segundos los hombres oyeron los fuertes ruidos que hacía la señora Emily Parker al lavarla en el baño de la terraza trasera, seguidos del ruido del tanque de agua al vaciarse y del sonido de la porcelana de la bacinilla al colgarla en el gancho del que pendía durante el día encima del depósito, más ortodoxo, de los desechos humanos.
    – Caramba, apostaría que la maldita hierba está bien verde en el barranco -les comentó Harry a los miembros de la cuadrilla que sonreían burlonamente.
    – Lo que me extraña es que no lo haya inundado hace mucho tiempo -se rió Bill por lo bajo.
    – Bien, si quieren saberlo -dijo Mick-. En esta época y con dos buenos baños en casa, es de las que todavía mean en escupidera.
    – ¿Escupidera? -repitió Tim Melville.
    – Sí, hombre, escupidera. Escupidera es esa cosa que se pone debajo de la cama todas las noches y en la que siempre mete uno el maldito pie cuando se levanta con prisas -explicó Harry. Miró su reloj-. Me imagino que el camión mezclador de cemento debe estar por llegar de un momento a otro. Tim, vete al frente de la casa y espéralo. Saca del camión la carretilla grande y empieza a traernos la mezcla en cuanto ese tipo llegue, ¿quieres?
    Tim Melville sonrió, asintió con la cabeza y se alejó con pasos rápidos.
    Mick Devine, viendo con aire ausente cómo se alejaba el muchacho y cavilando aún en las extravagancias de las mujeres viejas, rompió a reír.
    – ¡Escuchadme! -exclamó-. Se me acaba de ocurrir algo. Después de la hora del almuerzo fijaros en lo que voy a hacer y tal vez le enseñemos a Tim algo sobre escupideras y esas cosas.

2

    Mary Horton enrolló su largo y espeso pelo en el acostumbrado moño sobre la nuca, insertó en él dos broches más y miró su imagen en el espejo sin alegría ni tristeza; en realidad, sin mucho interés. El espejo era de buena calidad y le devolvió su imagen sin mejorarla ni distorsionarla; si sus ojos hubieran hecho una inspección más personal de ella misma habrían visto una mujer bajita, más bien robusta, de edad madura, con pelo blanco tan descolorido como el cristal, estirado cruelmente hacia atrás en un rostro cuadrado de rasgos bien proporcionados. No usaba maquillaje, pues consideraba que era un desperdicio de tiempo y de dinero el rendirle homenaje a la vanidad. Los ojos eran de un castaño oscuro y de expresión chispeante, ojos sensatos que hacían juego con las facciones bien definidas y ligeramente duras del rostro. El cuerpo estaba enfundado en lo que sus compañeros de trabajo, desde hacía tiempo, habían decidido que era su versión de un uniforme del ejército o de un hábito de monja: una tiesa camisa blanca abotonada hasta el cuello sobre la cual caía suavemente la parte superior de un traje sastre de hilo gris de corte austero. El borde de la falda llegaba decentemente abajo de las rodillas y era lo bastante amplia como para que no se subiera cuando ella se sentaba; las piernas estaban enfundadas en medias elásticas bastante gruesas y en los pies brillaban unos zapatos negros de sólidos tacones y cordones del mismo color.
    Los zapatos estaban tan perfectamente lustrados que despedían destellos, y ni la más pequeña mancha afeaba la blanca superficie de la blusa; ni una sola arruga alteraba la perfección del traje sastre. El estar en todo momento impecable era una obsesión en Mary Horton; su joven asistenta de la oficina juraba que había visto a la señorita Horton quitarse la ropa cuidadosamente y poner las prendas en un gancho cuando iba al baño, para que no se arrugaran o se desarreglaran.
    Satisfecha de que su apariencia estuviera a la altura de sus inflexibles normas, Mary Horton se encasquetó un sombrero negro de paja apoyándolo en el moño, lo sujetó con un alfiler en un solo movimiento, se puso sus guantes de cabritilla negra y trajo hacia el borde del tocador su enorme bolso de mano. Abrió el bolso y lo revisó metódicamente para ver si contenía las llaves, dinero, pañuelo, toallitas de papel, bolígrafo y libreta de anotaciones, diario de citas, tarjeta de crédito y de identificación, permiso de conducir, la tarjeta del aparcamiento, alfileres de gancho, la cajita con hilo y agujas, tijeras, lima de uñas, dos botones de repuesto para la blusa, destornillador, pinzas, cortadora de alambre, linterna de mano, cinta métrica en centímetros y pulgadas, la caja de cartuchos calibre 38 y el revólver reglamentario de la policía.
    Mary era una tiradora de primer orden. Una de sus tareas consistía en hacer depósitos y retirar fondos del Banco para la «Steel & Mining», y desde la ocasión en que limpiamente había alcanzado al atracador que echaba a correr con la paga de los empleados de la compañía bajo el brazo no había en Sydney un solo criminal con agallas suficientes como para atajar a la señorita Horton cuando venía del Banco. Había entregado el portafolios con un aire tan imperturbable, con tanto comedimiento y sin protesta, que el ladrón se había sentido perfectamente seguro; luego, cuando éste se dio vuelta para echar a correr, abrió su bolso de mano, sacó la pistola, apuntó y le disparó. El sargento Hopkins, de la galería de tiro de la policía, aseguraba que Mary Horton era más rápida para sacar el arma que el mejor de los cowboys.
    Abandonada a sus propios recursos a la edad de catorce años, Mary había compartido un cuarto en la Asociación Cristiana de Jóvenes con otras cinco muchachas y había trabajado como vendedora de mostrador en la tienda de David Jones hasta terminar un curso nocturno para secretarias. A los quince años había comenzado a trabajar con el grupo de mecanógrafas de la «Constable Steel & Mining». Era tan pobre que había tenido que usar la misma falda y la misma blusa, escrupulosamente lavadas y planchadas todos los días, y remendaba sus medias de algodón hasta que en éstas había más remiendos que tela original.
    Al cabo de cinco años, su eficiencia, su sobria compostura y su extraordinaria inteligencia habían hecho que la trasladaran de la oficina general para darle el puesto de secretaria particular de Archibald Johnson, el director administrativo, pero durante los primeros diez años que trabajó con la compañía había seguido viviendo en la Asociación, remendando sus medias una y otra vez y ahorrando mucho más de lo que gastaba.
    Cuando cumplió veinticinco años le pidió a Archie Johnson consejo sobre cómo invertir sus ahorros y a los treinta, éstos se habían multiplicado muchas veces. Consecuentemente, a la edad de cuarenta y tres años era dueña de una casa en Artarmon -un tranquilo suburbio habitado por gente de clase media-, conducía un severo pero bastante costoso «Bentley» inglés con tapizado de cuero y tableros de nogal, poseía una cabaña en la playa, diez hectáreas de terreno, al norte de Sydney y mandaba hacer sus trajes al mismo modisto que confeccionaba los de la esposa del Gobernador General de Australia.
    Mary estaba bastante satisfecha consigo misma y con su vida; gozaba de los pequeños lujos que sólo el dinero puede proporcionar, llevaba una vida apartada tanto en el trabajo como en su casa, no tenía más amigos que los cinco mil libros que ocupaban las paredes de su refugio y varios cientos de discos de larga duración, casi todos de música de Bach, Brahms, Beethoven y Händel. Le encantaba la jardinería y arreglar su casa; jamás veía televisión ni iba al cine y nunca había tenido novio ni había deseado tenerlo.
    Cuando Mary Horton salió por la puerta del frente se detuvo unos momentos en la escalinata, frotándose los ojos para defenderse del intenso resplandor y revisó el estado del jardín del frente. El césped necesitaba urgentemente que lo recortaran; ¿dónde se habría metido el maldito jardinero a quien pagaba para que se lo cortara los miércoles cada quince días? Ya hacía más de un mes que no aparecía, y aquella alfombra verde y aterciopelada empezaba a llenarse de hierbas. Era algo de lo más exasperante, pensó, de lo más irritante.
    En el aire había una curiosa vibración, mitad sonido, mitad sensación; algo así como una especie de ligero bum, bum, bum que llegaba hasta los huesos y le indicaba, como habitante experimentada que era de Sydney, que ese día sería muy caluroso, con la temperatura de casi cuarenta grados. Los gomeros gemelos del oeste de Australia, que florecían a ambos lados de la puerta del frente, agitaban sus lánguidas hojas azules que se ponían lacias en suspirante protesta contra el azote del calor, y los escarabajos crujían y zumbaban agitadamente entre la masa sofocante de flores amarillas de las acacias. Una hilera de adelfas dobles, esa magnífica variedad de laurel, de color rojo, flanqueaba el sendero de losetas que iba de la puerta del frente al garaje. Mary Horton apretó fuertemente los labios y echó a andar por el sendero.
    Entonces se inició el duelo, la lucha que se repetía todas las mañanas y atardeceres de verano. Al llegar junto al primero de los arbustos, bellamente florecido, de éste surgió una especie de aullido tan increíblemente agudo que le golpeaba los oídos hasta aturdiría.
    Abajo el bolso de mano y fuera los guantes; Mary Horton se dirigió con pasos rápidos a la manguera verde cuidadosamente enrollada, abrió la llave del agua y empezó a regar las adelfas. Poco a poco el sonido se fue apagando a medida que se empapaban los arbustos, hasta que sólo quedó un «¡briiik!», en bajo profundo, que partía del arbusto más cercano a la casa. Mary agitó un puño en esa dirección con un gesto de amenaza.
    – ¡Ya te arreglaré, vieja escandalosa! -murmuró apretando los dientes.
    – ¡Briiik! -contestó burlonamente el maestro de coro de las cigarras.
    Poniéndose los guantes y levantando el bolso, Mary se dirigió al garaje, tranquila y en paz.
    Desde allí podía verse el desorden de lo que había sido el hermoso bungalow de ladrillo rojo de su vecina la señora Parker. Mary contempló la devastación con aire de reproche mientras levantaba la puerta del garaje y echaba una mirada indolente en dirección de la acera.
    Las veredas de la calle Walton eran muy agradables; consistían de un estrecho sendero de concreto y de un ancho tramo de césped, cuidadosamente recortado, entre el sendero y el borde de la vereda. A cada diez metros, en ambos lados de la calle, crecía una frondosa adelfa, una blanca y una rosada, una roja y otra rosada, y así sucesivamente en grupos de cuatro, que eran el orgullo de los residentes de la calle Walton y una de las razones principales por las que dicha calle generalmente ganaba el premio en el concurso anual que organizaba el diario Herald.
    Un enorme camión cargado de cemento estaba estacionado con su hormigonera que al girar perezosamente, pegaba contra una de las adelfas de la vereda de Emily Parker, mientras por un canal caía sobre el césped el cemento gris y pegajoso. La mezcla goteaba de las pobres ramas petrificadas del arbusto, corriendo y formando charcos en las depresiones del césped hasta derramarse en el sendero pavimentado.
    Los labios de Mary se apretaron en un gesto de disgusto. ¿Qué diantres se le había metido a Emily Parker en la cabeza para embadurnar los costados de ladrillo rojo de su casa con esa horrible substancia? Allí, reflexionó, no había buen gusto o, mejor dicho, no había gusto del todo.
    Un joven, con la cabeza descubierta, estaba de pie, a pleno sol, mirando con indiferencia la profanación de la calle Walton; desde donde se encontraba, a unos seis metros de distancia, Mary Horton lo contemplaba atónita.
    De haber vivido dos mil quinientos años antes, Fidias o Praxíteles lo hubieran empleado como modelo para los Apolos más hermosos de todos los tiempos; en lugar de estar ahí, con tan soberana falta de conciencia de sí mismo, en el remanso de una calle de Sydney, para después caer en el olvido de una mortalidad inevitable, habría vivido por siempre en las frías curvas satinadas de mármol pálido, y sus ojos de piedra hubieran mirado con indiferencia por sobre las cabezas asombradas de generaciones y generaciones.
    Pero ahí estaba, en medio de un montón de cemento lodoso en la calle Walton. Obviamente, pertenecía a la cuadrilla de constructores de Harry Markham, pues llevaba el uniforme del contratista, consistente en unos pantalones cortos de color caqui, cuyas piernas estaban enrolladas de tal modo que la curva inferior de las nalgas quedaba al descubierto y la pretina de la cintura se detenía en las caderas. Aparte de los pantaloncitos y de un par de calcetines gruesos de lana doblados sobre unas burdas botas de obrero, el muchacho no llevaba encima ninguna prenda; ni camisa ni chaqueta ni sombrero.
    De pie, en esos momentos, de perfil, brillaba bajo el sol como si fuera de oro recién vaciado, con unas piernas de contornos tan bellos que Mary se imaginó que era un corredor de largas distancias; en verdad, ésa era la estampa de su cuerpo espigado, esbelto, lleno de gracia; las líneas del torso, al volverse hacia ella, se estilizaban gradualmente desde los anchos hombros hasta las caderas exquisitamente estrechas.
    Y el rostro… ¡Oh, el rostro! Era perfecto. La nariz era breve y recta, los pómulos altos y pronunciados, la boca tiernamente curvada. En donde la mejilla se desvanecía sobre la comisura de la boca, el lado izquierdo, tenía un pequeño pliegue, y ese surco minúsculo le imprimía un toque de tristeza, le daba un aire de perpleja e infantil inocencia. El cabello, las cejas y las pestañas eran del color del trigo maduro y espléndidos bajo el brillante sol sus grandes ojos eran de un azul intenso y vivido.
    Cuando se percató de que ella lo contemplaba, el joven le sonrió alegremente, y la sonrisa le cortó a Mary Horton la respiración con un espasmo incontrolado. Nunca, en toda su vida, se le había cortado el aliento de esa manera; horrorizada de verse hechizada por su belleza extraordinaria, se lanzó rápidamente a refugiarse en su automóvil.
    El recuerdo de él no la abandonó en todo el camino durante el tiempo que duró el viaje hasta el centro comercial de la parte norte de Sydney, donde la «Constable Steel & Mining» tenía su edificio de oficinas de cuarenta pisos. Por más que trató de concentrarse en el tráfico y en los acontecimientos probables de ese día, Mary no pudo apartar de su mente el recuerdo del muchacho. Si hubiera habido en él algo afeminado, si su rostro hubiera sido simplemente bonito o hubiera irradiado alguna indefinida aura de brutalidad, lo habría olvidado con la facilidad con que su larga autodisciplina la había acostumbrado a olvidar cualquier cosa desagradable o inquietante. ¡Por Dios! ¡Qué hermoso era, cuán definitiva y turbadoramente hermoso!
    Luego recordó que Emily Parker había dicho que los obreros terminarían su trabajo ese día; mientras se esforzaba por concentrarse en la conducción del vehículo, en el reverberante y refulgente calor del día, todo pareció que se opacaba un poco.

3

    Una vez que Mary Horton se marchó y que la manguera quedó tirada, el director del coro de cigarras de la adelfa emitió un profundo y resonante «¡Briiik!», el cual fue contestado por la diva soprano, dos arbustos más allá. Una a una, las demás cigarras se unieron al coro: tenores, contraltos, barítonos y sopranos hasta que el candente sol llenó de tal potencia de sonido sus minúsculos cuerpos de un verde iridiscente, que tornaba inútil el intentar sostener una conversación cerca de los arbustos. El ensordecedor coro se extendió, brotando de las acacias, yendo hasta los gomeros en flor, y trasponiendo los cercos para llegar a las adelfas de las veredas de la calle Walnut y luego a los laureles que dividían las propiedades de Mary Horton y de Emily Parker.
    Los atareados obreros apenas si notaron a las cigarras hasta que se vieron obligados a hablarse a gritos mientras que, con sus paletas, tomaban buenas porciones de cemento del gran montón que Tim Melville seguía llenando y las arrojaban -¡splash!- contra las rojas paredes de ladrillo del bungalow de la señora Parker. La terracita de la parte posterior había quedado casi terminada y sólo le faltaba una capa final de estuco; con los torsos desnudos, inclinándose y enderezándose acompasadamente al ritmo de la dura labor, los albañiles recorrían de arriba abajo la casa por la parte de afuera; se asoleaban en el maravilloso calor de verano y el sudor se les secaba antes de que pudiera formar gotas en la bronceada y tensa piel; Bill Naismith arrojaba la mezcla húmeda sobre la superficie de ladrillos; Mick Devine lo emparejaba en una capa continua de grano grueso y color verdoso y, tras él, Jim Irvine, sobre el rechinante andamio, manejaba su paleta alisando incesantemente en curvas suaves que dejaban una serie de arcos en la superficie. Harry Markham, todo ojos, miró el reloj y le gritó a Tim una vez que atrajo la atención del muchacho.
    – ¡Hey, compañero, entra y pregúntale a la señora si puedes calentar el almuerzo!, ¿quieres?
    Tim dejó su carretilla en el pasillo lateral, fue por las provisiones y el gran recipiente del té y, con los brazos así ocupados, llamó con el pie a la puerta del patio posterior.
    La señora Parker apareció a los pocos instantes como una figura borrosa tras la oscuridad de la tela de alambre que protegía contra los insectos.
    – ¡Ah!, ¿eres tú, querido? -preguntó, abriendo la puerta-. ¡Entra, entra! Supongo que deseas que les caliente algo de té a los tipos horribles de allá afuera, ¿verdad? -prosiguió, encendiendo un cigarrillo y sonriendo maliciosamente en dirección del muchacho mientras éste parpadeaba en la penumbra, aún enceguecido por el sol.
    – Sí, por favor, señora Parker -contestó cortésmente, sonriendo.
    – Bueno, muy bien. Entonces, supongo que no me queda otro remedio, ¿verdad? Y más todavía si quiero ver mi casa terminada este fin de semana. Siéntate mientras hierve la tetera, querido.
    La anciana se movía torpemente en la cocina, con el pelo gris hecho un desorden y su cuerpo sin fajar, enfundado en un vestido casero de algodón estampado con flores moradas y amarillas.
    – ¿Quieres una galleta, querido? -ofreció, alargándole a Tim el frasco de galletas-. Aquí tengo unas que de veras están sabrosas.
    – Sí, señora Parker, muchas gracias -sonrió Tim, manoteando dentro del frasco hasta que encontró una galleta de chocolate.
    El joven siguió sentado en silencio mientras la mujer tomaba la caja de provisiones de Tim y dejaba caer las hojas de té en la tetera. Cuando ésta empezó a hervir, llenó a medias el recipiente y volvió a poner la tetera al fuego, mientras Tim colocaba sobre la mesa los maltratados jarros de esmalte y depositaba junto a ellos una botella de leche y un frasco de azúcar.
    – Vamos, criatura; límpiate las manos en la toallita como un buen chico, ¿quieres? -le pidió la mujer a Tim cuando éste dejó en el borde de la mesa una mancha de chocolate.
    La señora Parker se dirigió a la puerta de atrás, asomó la cabeza y gritó con todas sus fuerzas:
    – ¡Smoke-oh!
    Tim se sirvió un jarro de té muy negro, sin leche, y luego le echó tanto azúcar que el líquido se derramó sobre la mesa, haciendo que la señora Parker volviera a refunfuñar.
    – ¡Por Dios! ¡Eres insoportable! -le sonrió condescendientemente-. Eso no se lo toleraría a ninguno de los otros pero, tú no tienes la culpa, ¿verdad, querido?
    Tim le sonrió cálidamente, tomó su jarro de té y salió con él en la mano mientras los demás entraban a la cocina.
    Comían en la parte de atrás de la casa, junto a la terraza recién construida. Era un lugar sombreado, lo bastante alejado de los cubos de basura como para que no los molestaran las moscas, y cada uno se había hecho un taburete de ladrillos para sentarse a comer.
    Los laureles que dividían los patios de la señora Parker y de la señorita Horton los cubrían con una sombra bastante densa como para hacer de ese sitio un lugar agradable para descansar después de las fatigas de trabajar bajo aquel sol ardiente. Cada uno se sentó con su jarro de té en una mano y en la otra la bolsa de papel que contenía su comida, estirando las piernas con un suspiro de alivio.
    Como empezaban a trabajar a las siete y terminaban a las tres, la hora del refrigerio era a las nueve, y después el almuerzo a las once y media. Por tradición, a la pausa de las nueve de la mañana le llamaban smoke-oh, y duraba alrededor de media hora. Como hacían un trabajo manual muy pesado, comían con enorme apetito, aunque lo mucho que comían no se notaba en sus cuerpos delgados, de músculos compactos. Un desayuno de porridge caliente, chuletas fritas o salchichas con dos o tres huevos fritos, varias tazas de té y algunas rebanadas de pan, eran el primer alimento de estos hombres a las cinco y media de la mañana; durante el smoke-oh acostumbraban a tomar sándwiches hechos en casa y rebanadas de pastel, y en el almuerzo comían lo mismo sólo que en doble cantidad. Ya no había otro descanso en la tarde; se iban a las tres, con los pantalones cortos de trabajo guardados en sus bolsas color café que, curiosamente, parecían maletines de médico y, vestidos de nuevo con sus camisas de cuello abierto y pantalones ligeros de algodón, se encaminaban a la taberna. El atardecer de cada día conducía inexorablemente a eso; era su culminación y su punto máximo. En el interior de la taberna, que parecía una enorme letrina, llena de ruido de las conversaciones, los hombres podían relajarse verdaderamente, con un pie en la barra y un espumoso jarro de cerveza en una mano, intercambiando bromas con los compañeros de trabajo y los parroquianos de la taberna y piropeando inútilmente a las antipáticas camareras. La llegada a casa era el anticlímax de todo eso, con su malhumorada sumisión a la deprimente trivialidad de la mujer y de los hijos.
    Esa mañana había en el ambiente una especie de expectativa cuando los hombres se acomodaron para disfrutar del smoke-oh. Mick Devine y su compañero de bromas, Bill Naismith, se habían sentado juntos, apoyados en la empalizada, con las tazas de té junto a los pies y la comida sobre las piernas; Harry Markham y Jim Irvine se sentaron frente a ellos y Tim Melville cerca de la puerta trasera de la señora Parker para poder llevarles a los demás lo que le pidieran. Como era el más joven, tenía que hacerles todos los mandados y tareas menores. En la nómina de Harry, el puesto oficial de Tim era el de «obrero de construcción» y ya llevaba con él diez de sus veinticinco años de edad sin haber subido de categoría.
    – ¡Oye, Tim! -le gritó Mick, haciéndoles un guiño a los demás-. ¿De qué son hoy tus bocadillos?
    – De lo mismo de siempre, Mick, de dulce -contestó Tim mostrando las mal cortadas rebanadas de pan blanco con la jalea asomándose por los bordes.
    – ¿Dulce de qué? -insistió Mick, mirando su propio bocadillo sin entusiasmo.
    – Me parece que de damasco.
    – ¿Quieres que cambiemos? El mío es de salchicha.
    El rostro de Tim se iluminó.
    – ¡Salchicha! -exclamó-. ¡Me encantan las salchichas! ¡Sí, te lo cambio!
    El intercambio se efectuó; Mick mordisqueó el bocadillo de dulce mientras Tim, sin percatarse de las miradas furtivas de los demás, se comió el de salchicha de Mick en unos cuantos bocados. Iba ya a introducirse en la boca el último pedazo, cuando Mick, sacudiendo los hombros por el esfuerzo que hacía por reprimir la risa, lo tomó de la muñeca.
    Los ojos de Tim se agrandaron con expresión interrogante y desolada y la boca de rictus triste se le quedó abierta.
    – ¿Qué pasa, Mick? -interrogó.
    – Ese maldito bocadillo de salchicha ni siquiera te ha tocado los mofletes, compañero. ¿Qué sabor tenía? ¿O no te duró en la boca lo suficiente para que te enteraras?
    El minúsculo surco del lado izquierdo empezó a palpitar nuevamente cuando Tim cerró la boca y se quedó mirando a Mick con asombro.
    – Estaba muy bueno, Mick -repuso lentamente-. Sabía un poco diferente, pero estaba bueno.
    Mick soltó una carcajada y en un momento todos estaban sacudiéndose en paroxismos de risa, con las lágrimas corriéndoles por las mejillas y golpeándose los costados con las manos, todos sofocados.
    – ¡Qué bárbaro, Tim! ¡Eres el colmo de la estupidez! Harry dice que la cabeza no te da para mucho, pero yo diría que no te da para nada y, después de esto, creo que tengo razón. ¡No te da para nada, compañero!
    – ¿Qué pasa? -interrogó Tim, confuso-. ¿Qué fue lo que hice? Sé que soy tonto, Mick, ¡ya lo sé!
    – Si tu bocadillo no sabía a salchicha -preguntó éste, sonriendo-, ¿a qué te supo?
    – Bueno, pues no sé… -las doradas cejas de Tim se fruncieron en una mueca de fuerte concentración-. ¡No lo sé! Sólo que sabía diferente.
    – ¿Por qué no abres ese último pedazo y le echas una buena ojeada, compañero?
    Las cuadradas y bien formadas manos de Tim abrieron desmañadamente los dos pedazos de pan. El último pedazo de salchicha se había aplastado y derramado de las orillas.
    – ¡Huélelo! -ordenó Mick, mirando a los demás y limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano.
    Tim se llevó el pedazo a la nariz, crispando y ensanchando los poros; luego dejó el pedazo de sándwich y se quedó mirando a Mick lleno de desconcierto.
    – No sé qué es -dijo patéticamente.
    – ¡Es excremento, grandísimo idiota! -contestó Mick molesto-. ¡Por Dios, qué idiota eres! ¿No sabes todavía qué es, a pesar de haberla olido?
    – ¿Excremento? -repitió Tim, mirándolo fijamente-. ¿Y qué es excremento, Mick?
    Todos estallaron en una carcajada mientras Tim seguía sentado con el pedazo de bocadillo entre los dedos, mirándolos sin comprender nada y esperando pacientemente que alguien se recuperara lo suficiente para contestar a su pregunta.
    – Excremento, mi querido Tim, ¡es un buen pedazo de mierda! -aulló Mick.
    Tim se estremeció y tragó; arrojó horrorizado el pedazo de pan retorciéndose las manos y encogiéndose en su asiento. Todos se alejaron de él precipitadamente, pensando que iba a vomitar, pero no vomitó; simplemente los miraba fijamente con expresión dolida.
    Otra vez la misma cosa; había hecho reír a todo el mundo por algo estúpido que había hecho, pero él no sabía qué era ni en qué consistía el chiste. Su padre hubiera dicho que debería haber sido un «animador», fuera lo que fuera lo que quería decir con eso, pero él no había hecho de «animador»; simplemente se había comido tranquilamente un bocadillo de salchicha que no era un bocadillo de salchicha. Según ellos había sido un pedazo de mierda pero, ¿cómo iba a conocer él el sabor de la mierda si nunca la había comido? ¿En dónde estaba lo cómico? Hubiera querido saberlo, deseaba saberlo, para poder compartir su risa y entender lo que pasaba. Eso era lo que más le dolía, que parecía no comprender nunca.
    Los grandes ojos azules se llenaron de lágrimas, su rostro se cubrió de angustia y empezó a llorar como un niño, berreando, retorciéndose las manos y apartándose de ellos.
    – ¡Por la sangre de Cristo, qué cochinos son todos ustedes, montón de abusadores! -rugió la señora saliendo de la puerta del fondo como una arpía, envuelta en el torbellino de flores amarillas y moradas de su falda. Atravesó hasta donde estaba Tim, lo tomó de las manos e hizo que se incorporara, mientras miraba con ojos llenos de furia al grupo que ya se había calmado.
    – Ven, querido -dijo-. Entra conmigo y te daré algo sabroso para que se te quite el mal sabor de la boca -lo consoló, golpeándole suavemente las manos y acariciándole el pelo-. Y todos ustedes -siseó, encarándose a Mick con un gesto tan lleno de ira que éste retrocedió-, ¡ojalá que se caigan de nalgas en un agujero y queden ensartados en una estaca de hierro! ¡Deberían azotarlos con un látigo para mulas por hacer esto, desgraciados! Y en cuanto a ti, Harry Markham, más te vale terminar el trabajo hoy mismo, porque no quiero volver a veros jamás.
    Todavía regañando entre dientes y consolando a Tim, lo condujo dentro de la casa y dejó a los demás mirándose unos a los otros.
    Mick se encogió de hombros.
    – ¡Malditas mujeres! -dijo-. Hasta ahora no me he encontrado una sola con sentido del humor. Vamos, muchachos. Terminemos el trabajo hoy mismo. Yo también ya estoy harto de él.
    La señora Parker entró en la cocina en compañía de Tim y lo hizo sentarse en una silla.
    – Pobre de ti, tontito -dijo, mientras caminaba hacia el refrigerador-. No sé por qué la gente piensa que es algo gracioso atormentar a los tontos y a los perros. ¡Óyelos allá afuera, riéndose y armando escándalo como si hubieran hecho algo muy chistoso! Me gustaría hacerles un gran pastel de chocolate y rellenárselo de mierda, ya que piensan que eso es tan gracioso. Tú, mi muchachito, ni siquiera lo vomitaste, pero ellos hubieran echado hasta las tripas, ¡los héroes!
    Se dio vuelta para mirar a Tim, ablandándose porque éste seguía llorando a lágrima viva, entre hipos y sorbos que partían el alma.
    – ¡Vamos, no llores más! -dijo, sacando una servilleta de papel y tomándolo de la barbilla-. ¡Suénate la nariz, tontito!
    Tim hizo lo que se le ordenaba y luego soportó los rudos manoseos de la anciana mientras ésta le limpiaba la cara.
    – ¡Buen Dios, qué desperdicio! -agregó ésta mirando atentamente el hermoso rostro mientras tiraba la servilleta a la basura. Luego, encogiéndose de hombros, dijo como para ella misma-: ¡Bien, así son las cosas, me imagino! No es posible tenerlo todo. Ni el más grande ni el mejor de nosotros, ¿verdad, querido? -Le palmeó suavemente la mejilla con su mano nudosa-. Bien, bien; ¿qué preferirías ahora, tonto, helado con crema de chocolate encima o un buen trozo de dulce con budín de plátano?
    Tim dejó de sollozar e inmediatamente se le extendió por el rostro una sonrisa radiante.
    – ¡Oh! ¡Jalea, señora Parker! Me encanta el dulce con budín de plátano; es mi plato favorito.
    La señora tomó asiento frente a Tim en la mesa de la cocina, mientras éste engullía grandes cucharadas de budín y lo reñía amablemente por comer demasiado aprisa, recomendándole que mejorara sus modales.
    – Tienes que comer con la boca cerrada, querido. Es algo horrible ver a alguien con la boca abierta llena de comida. Y baja los codos de la mesa, como niño bien educado.

4

    Esa tarde, Mary Horton dejó el automóvil en su garaje a las seis treinta, tan cansada que apenas pudo recorrer los pocos metros que había hasta la puerta del frente sin que las rodillas le temblaran. Todo el día se había esforzado mucho y había logrado adormecer todas sus sensaciones, excepto el cansancio.
    A todas luces, habían terminado ya las obras en la casa de la señora Parker, pues su exterior de ladrillo rojo había desaparecido por completo bajo una capa húmeda de estuco gris verdoso. El teléfono empezó a sonar mientras ella cerraba la puerta del frente y Mary corrió a contestarlo.
    – Señorita Horton, ¿es usted? -sonó, rasposa, la voz de su vecina-. Le habla Emily Parker, querida. ¿Podría hacerme un gran favor?
    – Por supuesto.
    – Tengo que salir ahora mismo; mi hijo me acaba de telefonear desde la estación Central, y tengo que ir allá a recogerlo. Los albañiles terminaron esta tarde, pero todavía quedan muchas de sus cosas en el patio de atrás y Harry dijo que regresarían a limpiarlo todo. Sólo quiero que les eche usted una mirada. ¿Podría hacerlo?
    – Por supuesto, señora Parker.
    – ¡Gracias, querida! Hasta mañana.
    Mary dejó escapar un suspiro de exasperación. Lo único que deseaba era sentarse en su mecedora, junto a la ventana, con los pies en alto y su copa de jerez de antes de la cena, y leer el Sydney Morning Herald como acostumbraba hacerlo todas las noches. Atravesó la sala de estar y, cansadamente, abrió el aparador de los licores. Toda su cristalería era de Waterford, de una gracia exquisita. Mary tomó una copa alta para jerez. Su bebida favorita era el jerez semidulce, que ella misma preparaba mezclando media copa de Amontillado seco, con otra media de jerez dulce. Completado el ritual, atravesó la cocina con su copa en la mano y se dirigió a la terraza de atrás.
    Su casa estaba mejor diseñada que la de la señora Parker; en lugar de pórtico trasero, la de Mary tenía un espacioso patio de losas de piedra que descendía en tres de sus lados como un jardín de rocas escalonadas, hasta el césped que había cinco metros más abajo. El jardín era muy hermoso; muy fresco en verano, porque una pérgola cubría todo un lado con un techo de parra y de glicinas. En verano, Mary podía sentarse bajo ese verde palio, protegida de los rayos del sol; en invierno podía sentarse bajo las retorcidas ramas desnudas, dejando que el sol la calentara; en primavera, los racimos lilas de las glicinas hacían del enrejado algo espléndidamente hermoso y, a fines de verano y en otoño, el enrejado se cargaba de grandes racimos de uvas rojas, blancas y moradas.
    Mary caminó silenciosamente sobre las losas, con sus brillantes zapatos negros; tenía un andar como de gato y le gustaba acercarse a la gente en silencio para poder observarla antes que la vieran a ella. En ocasiones resultaba muy útil tomar a la gente desprevenida.
    El sol se ponía ya en el horizonte del cielo de occidente, hacia donde ella miraba y, de haber sido de esas personas a quienes conmueve la belleza, se hubiera quedado pasmada ante lo que se extendía frente a sus ojos. Entre su jardín y las montañas azules, a treinta kilómetros de distancia, no había ninguna otra elevación; ni siquiera las colinas de Ryde estorbaban la vista sino que más bien hacían que el panorama se destacara con mayor precisión al prestarle una perspectiva intermedia. Del mediodía en adelante el calor había llegado a casi treinta y cinco grados y, aun en esos momentos, era bien poco lo que había descendido y en el cielo no había una sola nube que subrayara el final espléndido del día. Sin embargo, la luz misma era hermosa, de un amarillo profundo y ligeramente bronceado, haciendo que los tonos verdes fueran más verdes y todo lo demás de un color ámbar. Mary se protegió los ojos con una mano y escudriñó el patio de la señora Parker.
    El joven que había visto en la mañana levantaba en ese instante una espesa nube de polvo de cemento mientras barría el patio en dirección de un montón de basura y desperdicios que habían dejado los albañiles; la inclinación de la dorada cabeza indicaba que estaba completamente absorto en esa sencilla tarea como si le gustara darle aun a una ocupación como esa toda su atención. Seguía semidesnudo, igual de hermoso, quizás un poco más hermoso a la límpida luz postrera que como se había visto bajo el implacable resplandor del día. Con su copa olvidada, Mary seguía de pie, perdida en su aislamiento sin siquiera percatarse de sí misma, inconsciente de que estaba poseída de una emoción ajena a todo su ser la cual no era ni culpable ni confusa. Ella simplemente lo miraba.
    Al terminar de barrer, el joven alzó la cabeza y la vio, agitó una mano en ademán de saludo y desapareció. Mary se estremeció, con el corazón en la boca, y antes de que pudiera evitarlo se encontró caminando en dirección de los laureles que dividían los jardines y entrando en el de la señora Parker por un hueco que había en la valla.
    Evidentemente el muchacho había terminado lo que le habían ordenado hacer, pues tenía en una mano su maletín de trabajo mientras con la otra sacaba sus ropas de calle.
    – ¡Hola! -dijo, sonriendo a Mary con absoluta naturalidad, como si no tuviera la menor idea de su propia hermosura o del impacto que inevitablemente ésta producía en los demás.
    – Hola -contestó ella sin sonreír; algo húmedo le cayó en la mano; miró hacia abajo y vio que el jerez se había derramado por el borde de la copa olvidada.
    – Está usted derramando su bebida -observó él.
    – Sí. ¡Vaya que soy tonta! -repuso ella, tratando de que la expresión de su rostro fuera agradable.
    El joven no tuvo respuesta para eso y se quedó mirándola lleno de interés, con la sonrisa en los labios.
    – ¿Le gustaría a usted ganarse un poco de dinero extra? -preguntó al fin Mary, mirándolo inquisitivamente.
    Él pareció confundido.
    – ¿Cómo? -dijo.
    Mary se sonrojó, observándolo con algo de ironía en sus ojos oscuros.
    – Mi césped necesita urgentemente que lo corten, mi jardinero no ha aparecido en un mes y dudo mucho que lo vuelva a ver. Estoy muy orgullosa de mi jardín y me choca verlo así, pero es muy difícil conseguir a alguien para cortar el césped. Así es que se me ocurrió, viéndolo a usted trabajar tiempo extra en viernes, que no le caería mal un poco más de dinero. ¿Podría usted venir mañana a cortármelo? Tengo una cortadora de motor, así que más bien es cuestión de tiempo que de esfuerzo.
    – ¿Cómo? -repitió él sin dejar de sonreír, aunque esta vez no tan abiertamente.
    Ella se encogió de hombros con un gesto de evidente impaciencia.
    – ¡Bueno, por amor de Dios! ¡Si no quiere usted el trabajo, dígalo! Lo único que quería saber era si le gustaría venir mañana a cortar la hierba. Le pagaré más de lo que le paga el señor Markham.
    El muchacho caminó hasta el hueco de la valla y contempló, lleno de curiosidad, el jardín de Mary Horton; luego, asintió con la cabeza.
    – Sí -dijo-, el césped necesita que lo corten, ¿verdad? Yo puedo hacerlo.
    Mary pasó por el hueco, de regreso a su propio jardín y se volvió a mirarlo de frente.
    – Gracias -dijo-, se lo agradezco y le aseguro que le va a convenir. Venga mañana en la mañana por la puerta de atrás para que le dé instrucciones.
    – Muy bien, señora -contestó él seriamente.
    – ¿No quiere usted saber cómo me llamo? -interrogó la mujer.
    – Supongo que sí -dijo él sonriendo.
    El hecho de que el joven se mostrara divertido le llegó a Mary a lo vivo y volvió a sonrojarse.
    – ¡Pues me llamo Mary Horton! -dijo tajante-. ¿Y usted, cómo se llama, jovencito?
    – Tim Melville.
    – Entonces, nos veremos mañana en la mañana, señor Melville. Hasta luego y gracias.
    – Hasta luego -repuso él, sonriendo.
    Cuando Mary se volvió en lo alto de los escalones del patio para mirar el jardín de la señora Parker, Tim ya se había ido. El jerez también había desaparecido pues ella, inadvertidamente, había dejado caer la copa en su precipitación por escapar de aquella inocente mirada azul.

5

    El hotel «Seaside» era un sitio muy popular para tomar una copa, entre los ciudadanos de Randwick. Acudían a él desde todos los puntos del gran suburbio, de Randwick mismo, de Coogee y Covelly y hasta de Maroubra. En dicho sitio servían una excelente cerveza, exquisitamente fría, y había espacio suficiente para moverse a gusto y, cualquiera que fuera la razón de su popularidad, no había un solo momento que no estuviera lleno del rumor que producían los satisfechos bebedores de cerveza. De varios pisos de alto, el hotel tenía los muros recubiertos de estuco blanco y éstos, en combinación con sus arcos estilo de la Alhambra en la parte del frente, le daban la apariencia de una casa de hacienda. Encaramado a sesenta metros sobre la superficie del océano que se extendía frente a él a menos de un kilómetro de distancia, tenía una vista magnífica de la bahía de Coogee, una de las pequeñas playas para esquiar que había en los suburbios del este.
    La mayoría de los que acudían al hotel a beber cerveza se instalaban en el bar exterior, situado en la gran terraza roja, la cual quedaba en una agradable sombra a partir de las tres de la tarde. En un anochecer caluroso, ése era el sitio ideal para beber, ya que el sol se ponía tras la colina que se alzaba detrás de la taberna y la brisa del mar llegaba desde el luminoso Pacífico del Sur sin nada que la estorbara.
    Ron Melville estaba en la terraza con sus dos mejores compañeros de tragos, mirando alternativamente su reloj y la playa que se extendía a sus pies. Tim tardaba; ya eran casi las ocho y debía haber estado ahí a más tardar a las seis y media. Ron estaba más preocupado que enojado, pues la experiencia le había enseñado que el preocuparse por Tim era una buena manera de prepararse a sufrir un prematuro ataque al corazón.
    El corto crepúsculo de Sydney se hallaba en su apogeo y los pinos de la isla de Norfolk que bordeaban la calzada embaldosada de la playa habían cambiado de verde oscuro a negro. La marea empezaba a subir y la resaca sonaba cada momento más fuerte, cubriendo con una enorme sábana de burbujas las dunas de fina arena mientras las sombras se extendían más y más sobre la superficie del mar. Los camiones descendían por la colina, junto al parque de la playa, rumbo a la parada que estaba en la esquina de abajo.
    Ron oyó cómo chillaban los frenos de un autobús al detenerse en la parada y recorrió con la mirada a los pasajeros que lo abandonaban, buscando la inconfundible cabeza amarilla de Tim. Al distinguirlo, se volvió a sus compañeros de barra.
    – Ahí está Tim; acaba de bajar de ese autobús -dijo-. Voy adentro a pedir una cerveza para él. ¿Queréis otra ronda?
    Cuando volvió, las luces de la calle se habían encendido y Tim, sonriendo como siempre, ya estaba con los compañeros de Ron.
    – ¡Qué tal, papá! -saludó a Ron, sonriéndole.
    – ¿Qué hay, compañero? ¿Dónde andabas? -interrogó su padre enfurruñado.
    – Tuve que terminar un trabajo. Harry ya no quería que regresáramos el lunes.
    – Bien. No nos caerá mal el dinero del tiempo extra.
    – Y también conseguí otro trabajo -dijo Tim, dándose aires de importancia mientras tomaba el vaso de cerveza que su padre le había traído y, sin despegárselo de la boca, se bebía el contenido de un solo tirón.
    – ¡Qué buena estaba! -exclamó-. ¿Puedo tomarme otra, papá?
    – Dentro de un momento. ¿De qué otro trabajo hablabas?
    – ¡Ah, vaya! La señora de la casa de al lado quiere que vaya mañana a cortarle el césped.
    – ¿La casa de al lado de quién?
    – La que está junto a donde estuvimos trabajando hoy.
    «Curly» Campbell preguntó socarronamente:
    – ¿Y le preguntaste dónde quería que le cortaras el pasto? ¿Adentro o afuera?
    – ¡Cállate, «Curly», no seas bruto! -atajó Ron irritadamente-. Bien sabes que Tim no entiende esa clase de cosas.
    – El césped de la señorita está muy largo y necesita que lo recorten -explicó Tim.
    – ¿Y te comprometiste a hacerlo? -preguntó Ron.
    – Sí; mañana en la mañana. Dijo que iba a pagarme, así es que pensé que me dejarías ir.
    Ron contempló con aire cínico el exquisito rostro de su hijo. Si la dama en cuestión se había imaginado cosas, cinco minutos con Tim lo dejarían todo en claro. Nada les enfriaba tanto el ardor como el descubrir que Tim era retrasado mental o, si eso no las amilanaba, pronto descubrían que el tratar de seducir a Tim era una causa perdida ya que él no tenía la menor idea de para qué servían las mujeres. Ron le había inculcado a su hijo que huyera en cuanto notara que la mujer que tenía cerca empezaba a excitarse o a tratar de poner en práctica algún truco relacionado con el sexo. Tim era muy susceptible a cualquier sugestión de temor y era fácil enseñarle a que le temiera a cualquier cosa.
    – Papá, ¿puedo tomar otra cerveza? -volvió a preguntar Tim.
    – Claro que sí, hijo. Ve y dile a Florrie que te dé un porrón. Creo que te lo has ganado.
    «Curly» Campbell y Dave O'Brien vieron cómo su alta y esbelta figura desaparecía bajo los arcos.
    – Hace veinte años que te conozco, Ron -dijo «Curly»- y nunca he podido descubrir a quién de vosotros se parece Tim.
    Ron sonrió abiertamente.
    – Yo tampoco, compañero. Tim es la imagen de algún antepasado a quien ni siquiera conocimos, me imagino.
    Los Melville, père et fils, salieron del «Seaside» un poco antes de las nueve y, con paso vivo, bajaron por el Coogee Oval pasando frente a las hileras de cafeterías, salas de diversiones y tiendas de licores que había en uno de los extremos de la playa. Ron llevaba a su hijo de prisa al pasar por la sección que está entre las calles Arden y Surf para evitar que Tim reparara en las miradas ávidas que le lanzaban las prostitutas de dicho sector.
    La casa de los Melville estaba situada en la calle Surf, aunque no en la sección elegante de la parte alta de la colina, donde vivía el jockey Nobby Clark. Con toda facilidad ascendieron por la empinada acera sin que ninguno de los dos perdiera siquiera el ritmo de la respiración, pues ambos trabajaban en el ramo de la construcción y estaban en una condición física soberbia. Un poco más abajo, del otro lado de la colina, en la depresión que hay entre la sección residencial de la cima y la loma por donde pasa la carretera de Clovelly, entraron por la puerta del patio de una casa de ladrillo de aspecto ordinario.
    Las mujeres de la casa hacía ya largo rato que habían comido, pero cuando Ron y Tim entraron por la puerta de atrás. Esme Melville salió de la sala y los recibió en la cocina.
    – La cena se echó a perder -anunció la mujer sin gran indignación.
    – Vamos, Es, siempre dices eso -sonrió Ron, sentándose a la mesa, donde su lugar y el de Tim estaban ya dispuestos-. ¿Qué hay de cenar?
    – Como si os importara, con toda esa cerveza que lleváis dentro -replicó Esme-. ¡Hoy es viernes, viejo! ¿Qué es lo que comemos los viernes? Fui al mercado del español y, como siempre, traje pescado y unas cuantas patatas fritas.
    – ¡Oh, qué bueno! ¡Pescado y patatas fritas! -exclamó Tim, con una ancha sonrisa-. ¡Me encantan el pescado y las patatas fritas!
    Su madre lo miró con ternura y le revolvió el espeso cabello con la única clase de caricia que siempre le hacía.
    – No importa qué sea lo que yo te dé, siempre resulta que es tu plato favorito, mi amor. Vamos; ahí tienes.
    Colocó frente a sus hombres buenas porciones de pescado y de patatas a la francesa, sin dorar, y luego regresó a la sala donde, en el aparato de televisión, pasaban por enésima vez una parte de la película «La Calle de la Coronación».
    Para Es, el espectáculo de cómo vivía la clase obrera inglesa era algo fascinante y nunca se perdía ni uno de los episodios de la serie; para ella era algo reconfortante el comparar, con lo que veía en la televisión, su propia casa, amplia y cómoda, con su buen jardín, así como el clima agradable, las canchas de tenis y las playas, y compadecía, desde el fondo de su corazón, a los habitantes de la calle de la Coronación. Si uno tenía que formar parte de la clase obrera, la única clase obrera que valía la pena era la australiana.
    Tim no les dijo ni a su padre ni a su madre lo del incidente del bocadillo de excremento porque lo había olvidado por completo. Cuando terminaron de comer, él y su padre dejaron en la mesa los platos vacíos y entraron en la sala.
    – Oye, Es -dijo Ron, cambiando de canal-, ya es hora de las noticias sobre el cricket.
    La esposa dejó escapar un suspiro.
    – Quisiera que no llegarais tan temprano -se lamentó-. Tal vez así podría ver de vez en cuando alguna película de Joan Crawford en lugar de deportes… ¡siempre deportes!
    – Ten calma, querida; si Tim consigue un poco más de trabajo extra, tal vez pueda comprarte un aparato de televisión para ti sola -repuso Ron, sacándose los zapatos y tendiéndose en el sofá cuan largo era-. ¿Dónde está Dawnie?
    – Creo que salió con un muchacho.
    – ¿Y quién es esta vez?
    – ¿Cómo voy a saberlo, mi amor? Nunca me preocupo por ella. Es demasiado lista como para meterse en problemas.
    Ron se quedó contemplando a su hijo.
    – ¿No es el colmo, Es, cómo nos ha tratado la vida? Nuestro hijo es el más buen mozo en todo Sydney, pero le falta más de un tornillo; por otra parte, luego nos deja Dawnie. Él apenas si puede escribir su nombre y contar hasta diez, y en cambio Dawnie es tan lista que puede ganar medallas de oro en la universidad sin siquiera tener que estudiar.
    Esme tomó su labor y miró a Ron con aire de tristeza. Al pobre Ron le dolía mucho eso pero, a su manera, siempre había sido verdaderamente bueno con Tim y lo había criado sin consentirlo ni tratarlo como a un crío. ¿O acaso no le permitía al muchacho que bebiera con él y había insistido en que Tim se ganara el sustento como cualquier muchacho normal? Lo cual estaba muy bien porque ellos ya no eran jóvenes. Ron pronto cumpliría setenta años y sólo le llevaba a ella seis meses. Ésa era la razón por la que Tim había nacido tonto, según le habían dicho los médicos. El muchacho acababa de cumplir veinticinco años y había sido el primogénito. Ya estaban, ella y Ron, bien por encima de los cuarenta cuando Tim había nacido; según los doctores, era algo que tenía que ver con sus ovarios, que ya estaban muy cansados y, además, faltos de práctica.
    Después, un año más tarde, había nacido Dawnie, perfectamente normal, lo cual debía ser así, según los médicos. Por lo común, el primero era el más difícil de que saliera bien cuando se empezaba a tener hijos después de los cuarenta.
    Es dejó que sus ojos se posaran en Tim cuando éste se acomodó en su sillón especial, junto a la pared del frente, más cerca del televisor que cualquier otro asiento; al igual que todos los niños, a Tim le encantaba meterse materialmente en la pantalla; ahí estaba, el muchacho más adorable y encantador, con los ojos brillándole mientras aplaudía una jugada de cricket.
    La madre dejó escapar un suspiro, preguntándose por millonésima vez qué iría a ser de él cuando ella y Ron ya no estuvieran en este mundo. Dawnie tendría que cuidar de él, por supuesto. Ella quería tiernamente a su hermano pero, en el curso normal de las cosas, un día se cansaría de estudiar y tendría que casarse.
    ¿Querría entonces su marido tener con ellos a alguien como Tim? Esme lo dudaba mucho. ¿Quién iba a querer a un adulto con la mentalidad de un niño de cinco años si no era de su propia sangre?

6

    El sábado fue un día tan hermoso y cálido como había sido el viernes, por lo que Tim salió rumbo a Artarmon a las seis de la mañana llevando una camisa de manga corta, pantalones cortos y calcetines hasta la rodilla. Su madre siempre procuraba que anduviera bien presentado, le preparaba el desayuno y le ponía en un paquete su comida del día, asegurándose de que llevara en su bolsa un par de pantalones de trabajo limpios y de que tuviera dinero para salir de un apuro.
    Cuando Tim llamó a la puerta de Mary Horton acababan de dar las siete y ella estaba profundamente dormida. Al oír los golpes se levantó y, descalza y con pasos torpes, se echó encima de su sencillo pijama de algodón blanco una bata gris y, alisándose unos rebeldes mechones de pelo, se dirigió con impaciencia a la puerta de atrás.
    – ¡Por Dios! -exclamó, frotándose los ojos-. ¿Siempre llega usted a las siete de la mañana?
    – Se supone que ésa es la hora en que debo empezar a trabajar -repuso él, sonriendo.
    – Bueno, ya que está usted aquí, es mejor que le muestre qué es lo que hay que hacer -decidió Mary, bajando por los escalones que daban al patio y cruzando luego el césped hasta una casita rodeada de helechos.
    Los helechos disfrazaban el hecho de que, en realidad, la casita era un depósito de equipo de jardinería, herramientas y fertilizantes. Un tractor pequeño, de apariencia más bien urbana, estaba ahí guardado, cubierto con una lona impermeable para el caso de que el techo goteara, cosa que, por supuesto, nunca había sucedido ya que era propiedad de Mary Horton.
    – Aquí está el tractor, con la segadora ya acoplada. ¿Sabe usted manejarlo?
    Tim sacó la cubierta y acarició con ternura la brillante superficie del tractor.
    – ¡Oh! -exclamó-. ¡Qué bonito es!
    Mary reprimió su impaciencia.
    – Bonito o no, ¿sabe usted manejarlo, señor Melville?
    – ¡Claro que sí! Papá dice que soy muy bueno con toda clase de maquinaria.
    – ¡Vaya, qué simpático! -comentó ella irritada-. ¿Cree usted que haya algo más que se le ofrezca, señor Melville?
    Los ojos azules de Tim la miraron con extrañeza.
    – ¿Por qué me llama usted señor Melville? -interrogó-. ¡El señor Melville es mi padre! Yo soy solamente Tim.
    «¡Cielos!», pensó ella. «¡Si es tan sólo un niño!»
    No obstante eso, dijo:
    – Bien. Ahí lo dejo. Si necesita algo, llame a la puerta de atrás.
    – ¡Muy bien, señora! -dijo él en tono alegre, sonriendo.
    – ¡No soy señora! -replicó ella-. Me llamo Mary Horton. ¡Señorita Horton!
    – ¡Muy bien, señorita Horton! -enmendó él al instante, sin desconcertarse en absoluto.
    Cuando regresó a la casa, Mary estaba ya totalmente despierta y había abandonado la idea de quedarse en la cama dos o tres horas más. De un momento a otro, él echaría a andar el tractor y ahí terminaría todo. La casa tenía aire acondicionado, por lo que siempre estaba fresca y seca sin que importara cuáles fueran la humedad y la temperatura en el exterior, pero mientras se preparaba algo de té y ponía pan en la tostadora, Mary decidió que sería muy agradable desayunar en la terraza, desde donde podría ver a su nuevo jardinero.
    Cuando salió con una pequeña bandeja en las manos iba ya completamente vestida con su uniforme de fines de semana en casa, el cual consistía de un vestido de algodón gris oscuro, sin ningún adorno pero tan perfecto y sin arruga alguna como todo lo que siempre se ponía. El pelo, que ella dejaba en una larga trenza para dormir, lo traía arreglado en el moño que usaba durante el día. Mary jamás usaba pantuflas ni sandalias, ni siquiera cuando estaba en su cabaña de la playa cerca de Gosford; siempre, en cuanto salía de la cama, se vestía con toda formalidad, lo cual significaba que también se ponía sus medias elásticas y los resistentes zapatos negros.
    Hacía veinte minutos que desde el patio trasero se dejaba oír el zumbido de la segadora cuando Mary tomó asiento ante una mesa de hierro forjado, pintada de blanco, junto a la balaustrada, y se sirvió una taza de té. Tim estaba en esos momentos trabajando en el extremo más lejano, donde el patio se inclinaba sobre la hondonada de lo que había sido la ladrillera, y hacía su trabajo de una manera lenta y metódica, como si estuviera trabajando para Harry Markham; se bajaba del tractor cuando completaba una pasada, para de esa forma asegurarse de que la siguiente cubriría en parte la que acababa de hacer.
    Mary seguía mordisqueando las tostadas y sorbiendo su té sin que sus ojos abandonaran ni un solo instante la distante figura del joven. Como no era dada al autoanálisis y ni siquiera a la introspección, no se le ocurrió preguntarse por qué lo miraba con tanta fijeza; ya era bastante el comprender que el muchacho la fascinaba, pero en ningún momento se le ocurrió que dicha fascinación fuera atracción.
    – ¡Buen día, señorita Horton! -llegó la ríspida voz de la señora Parker y, al momento, ésta se dejó caer con su vestido estampado en colores en la silla vacía.
    – Buenos días, señora Parker. ¿Le gustaría tomar una taza de té? -ofreció Mary, en tono más bien frío.
    – Sí, querida; es una idea buenísima. No, no se levante usted. Yo puedo buscar otra taza.
    – No. Por favor no lo haga. De todas maneras tengo que hacer más té.
    Cuando regresó al patio con una nueva tetera y un poco más de pan tostado, la señora Parker había acomodado la barbilla en una mano y miraba fijamente a Tim.
    – Ésa fue una buena idea -dijo-, la de contratar a Tim para que le cortara el césped. Ya me había dado cuenta de que el hombre que acostumbra venir ha dejado de hacerlo desde hace tiempo. En eso sí tengo suerte. Siempre viene uno de mis hijos a cortarme el césped, pero usted no los tiene, ¿verdad?
    – Bueno; hice lo que usted me pidió ayer y me aseguré de que todo estuviera bien con los albañiles y la basura que habían dejado. Así fue como me encontré con Tim, al que habían dejado para que barriera. Creo que le encantó la idea de ganarse un dinero extra.
    La señora Parker pasó por alto la última frase de la señorita Mary.
    – ¡Como si no fuera eso algo muy típico de esos haraganes! -vociferó-. No contentos con hacerle la vida imposible al pobre desgraciado todo el día, corren a la taberna en cuanto dan las tres y lo dejan para que les termine el trabajo. ¡Y tuvieron la frescura de decirme que todos iban a regresar a limpiar! ¡Se me está ocurriendo rebajarle unas cuantas libras a la cuenta del señor Harry Markham!
    Mary dejó su taza de té en el plato y, sorprendida, miró a la señora Parker.
    – ¿Qué es lo que la enoja tanto, señora Parker? -preguntó.
    Las flores amarillas y moradas que enfundaban el amplio busto de la anciana subieron y bajaron.
    – ¡Vaya! -exclamó-. ¿Y a usted no le sucedería lo mismo? ¡Oh! Me olvidaba que no la vi anoche para contarle lo que esos miserables le hicieron al pobre muchacho. ¡Hay ocasiones en las que mataría a todo hombre nacido! Parece que no tienen la menor pizca de compasión o de comprensión para los desvalidos, a menos, ¡claro!, que se trate de un borracho o de un infeliz como ellos. ¡Pero de alguien como Tim, que se gana la vida decentemente y se porta bien, no sienten la menor lástima en absoluto! Se convierte en objeto de burla y se lleva todos los golpes, ¡y el pobre inocente es demasiado tonto para comprenderlo! No es culpa de él el haber nacido así, ¿verdad? Bueno, espere a que le diga lo que le hicieron ayer a la hora del refrigerio…
    La voz vulgar y de tono nasal de la señora Parker zumbaba mientras le relataba su pequeña y sucia historia a Mary, pero esta última apenas si la oía, con los ojos clavados en la inclinada cabeza dorada que se movía en el fondo del patio.
    La noche anterior, antes de irse a acostar, había revisado en los estantes de su pequeña biblioteca y había hojeado algunos libros en busca de una cara que se pareciera a la de él. ¿Boticelli?… después de examinar algunas de las reproducciones de las pinturas de éste, las había hecho a un lado despectivamente. Los rostros que dicho artista había pintado eran demasiado suaves, demasiado femeninos, demasiado sutilmente arteros y felinos. Al final había abandonado la búsqueda, completamente insatisfecha. Sólo en las antiguas estatuas griegas y romanas había encontrado algún parecido con Tim, tal vez porque esa clase de belleza podía plasmarse mejor en piedra que en el lienzo. Era una criatura tridimensional y ella había deseado fervientemente que en sus torpes manos hubiera habido el arte necesario para poder inmortalizarlo.
    Mary se percataba de que había sufrido una violenta y terrible desilusión y de que sentía ganas de llorar; la presencia de la señora Parker parecía haberse retirado al trasfondo de sus pensamientos. Era una especie de anticlímax irónico el descubrir ahora que la trágica boca de Tim y los nostálgicos ojos interrogantes conducían interiormente a la nada, que su chispa interna había sido extinguida mucho antes de que hubiera alguna posibilidad de tragedia o de pérdida alguna. Tim no era mejor que un perro o que un gato, al que uno conservaba porque era algo hermoso de mirar y un animal ciega y amorosamente leal. Pero incapaz de pensar, que nunca podría contestar inteligentemente ni hacer despertar una respuesta temblorosa en alguna otra mente. Todo lo que la bestia hacía era estar ahí, sonriendo y amando. Al igual que Tim; Tim, el idiota. Engañado para que comiera excremento, ni siquiera lo había vomitado como cualquier ser pensante lo habría hecho; en lugar de eso había llorado, del mismo modo que un perro hubiera aullado, y había sido nuevamente inducido a que sonriera otra vez ante la promesa de algo sabroso para comer.
    Sin hijos, sin amor, desprovista de cualquier influencia humanizante, Mary Horton no contaba con ninguna pauta emocional con la cual medir ese nuevo y pavoroso concepto de un Tim sin inteligencia. Tan retrasada en lo emocional como él lo era intelectualmente, no sabía que Tim podía ser amado precisamente a causa de su retraso mental, no sólo a pesar de eso. Había pensado en él a la manera cómo Sócrates debió haber pensado de Alcibíades; viejo y feo filósofo enfrentado a una juventud de insuperable belleza física e intelectual. Ella se había imaginado a sí misma introduciéndolo al mundo de Beethoven y Proust, ampliando su descuidada mente juvenil hasta que ésta abarcara la música, la literatura y el arte, hasta que llegara a ser tan hermoso por dentro como lo era por fuera. Y, sin embargo, era un simplón, un pobre tonto, medio retardado.
    La señora Parker no se había percatado de que sólo había retenido una pequeña parte de la atención de Mary y seguía parloteando libremente sobre la insensibilidad del varón común corriente, bebiendo una taza de té tras otra y contestando sus propias preguntas cuando Mary no lo hacía. Al fin se puso en pie y se dispuso a marcharse.
    – Me voy ya, querida, y muchas gracias por la tacita de té. Si en su refrigerador no tiene nada que a él le guste, mándemelo y yo le daré algo de comer.
    Mary asintió con la cabeza de una manera ausente. Luego, mientras su visitante descendía por los escalones, ella retornó a la contemplación de Tim. Echándole una mirada a su reloj, se dio cuenta de que ya iban a dar las nueve y recordó que los trabajadores al aire libre como el que tenía en su jardín tomaban el té más o menos a esa hora. Entrando en la casa, preparó una nueva tetera, descongeló un pastel de chocolate y lo cubrió con crema recién batida.
    – ¡Tim! -llamó, poniendo la bandeja sobre la mesa, bajo la enredadera; el sol empezaba a asomarse por el borde del techo y en la mesa que estaba cerca de los escalones hacía ya demasiado calor como para estar a gusto.
    El muchacho alzó la cabeza, le hizo un ademán con la mano e inmediatamente detuvo el tractor para oír lo que ella le decía.
    – ¡Tim, ven a tomar una taza de té!
    El rostro del joven se iluminó como el de un cachorro al que ofrecen un bocado, descendió del tractor dando un salto, ascendió por el patio, se metió en la casita de los helechos, reapareció con una bolsa de papel en la mano y subió los escalones de dos en dos.
    – ¡Qué bien! Gracias por llamarme, señorita Horton; no me había dado cuenta de qué hora era -dijo alegremente, sentándose en la silla que ella le indicaba y esperando dócilmente hasta que Mary le dijo que podía empezar.
    – ¿Sabes leer la hora, Tim? -le preguntó con gentileza, sorprendida de poder dar a sus palabras esa inflexión.
    – Pues… no, realmente no. Más o menos me doy cuenta de a qué hora tengo que irme a casa; eso es cuando la manecilla grande está en la parte de arriba y la chica tres rayitas detrás de ella. Ahí es cuando son las tres. Pero no tengo reloj propio porque papá dice que lo perdería. Por eso no me preocupa. Siempre alguien me dice la hora, como cuándo hay que hacer el té para el smoke-oh o cuándo es hora de almorzar o de irse a casa. Soy tonto, pero como todo el mundo lo sabe, no importa.
    – No, supongo que no -contestó ella en tono triste-. Come, Tim. El pastel es todo para ti.
    – ¡Oh, qué bueno! Me encanta el pastel de chocolate… ¡especialmente con mucha crema encima, como éste! ¡Gracias, señorita Horton!
    – ¿Cómo te gusta el té, Tim?
    – Sin leche y con mucho azúcar.
    – ¿Mucho azúcar? ¿Cuánto es mucho?
    Tim alzó el rostro para mirarla, frunciendo las cejas y con crema en toda la cara.
    – Pues no me acuerdo -dijo-. Yo lleno la taza hasta que el té se derrama en el plato. Entonces sé que así está bien.
    – ¿Has ido alguna vez a la escuela, Tim? -sondeó Mary, volviendo a sentir interés en él.
    – Fui durante un tiempo, pero no pude aprender nada y ya no me obligaron a que fuera. Me quedaba en casa a cuidar a mamá.
    – Pero tú entiendes lo que se te dice y tú solo pudiste manejar el tractor.
    – Hay algunas cosas que son fáciles, pero leer y escribir es muy difícil, señorita Horton.
    Sorprendiéndose de lo que hacía, Mary le acarició la cabeza mientras movía la cuchara dentro de su taza de té.
    – Bien, Tim -dijo-. Eso no importa.
    – Eso es lo que dice mamá.
    El muchacho se terminó todo el pastel, luego recordó que había traído de casa un bocadillo y también se lo comió, acompañándolo con tres tazas grandes de té.
    – ¡De veras, señorita Horton, todo estuvo colosal! -suspiró al fin, sonriendo beatíficamente.
    – Me llamo Mary y a ti te será más fácil decir Mary que señorita Horton, ¿no crees? ¿Por qué no me llamas Mary?
    El muchacho la miró con aire de duda.
    – ¿Está usted segura de que eso está bien? -interrogó-. Papá dice que a la gente vieja no debo llamarla de otra manera que señor, señora o señorita.
    – Algunas veces puede hacerse, como entre amigos.
    – ¿De veras?
    Mary probó de nuevo, expurgando mentalmente de su vocabulario todo polisílabo.
    – Realmente, no soy tan vieja, Tim. Es simplemente que el cabello blanco me hace parecer vieja. No creo que tu papá se enfadara si me llamas Mary.
    – ¿Entonces tu pelo blanco no quiere decir que eres vieja, Mary? ¡Yo siempre pensé que así era! El pelo de papá es blanco y también el de mamá y sé que son viejos.
    «Tiene veinticinco años, pensó ella, por lo tanto, su padre y su madre serán apenas un poco mayores que yo.» Sin embargo, dijo:
    – Bien, yo soy más joven que ellos; por lo tanto, todavía no estoy tan vieja.
    Tim se puso en pie.
    – Ya es hora de que vuelva a trabajar -dijo-. Tienes un jardín muy grande, Mary. Espero poder terminar a tiempo.
    – Bien, si no terminaras, hay muchos otros días. Si lo prefieres, puedes venir a terminar algún otro día.
    Tim consideró el problema gravemente.
    – Creo que me gustaría volver -concedió- si papá dice que puedo venir. -De pronto, le sonrió ampliamente-. Me gustas mucho, Mary -dijo-. Me gustas más que Mick y Harry y Jim y Bill y Curly y Dave, me gustas más que todos, excepto papá, mamá y mi Dawnie. Eres bonita y tienes un pelo blanco muy hermoso.
    Mary tuvo que luchar con cien indefinibles emociones que la acosaban desde muchos puntos y por fin se las arregló para sonreír.
    – ¡Vaya, muchas gracias, Tim! -dijo al fin-. Eres muy amable.
    – ¡Oh! No es nada -repuso él con indiferencia y bajó de un brinco las escaleras con las manos abiertas sobre las sienes y el trasero levantado-. ¡Ésa fue mi imitación especial de un conejo! -gritó desde el césped.
    – Fue muy buena, Tim. Supe que eras un conejo desde que empezaste asaltar -replicó ella; luego, recogió la vajilla del té y la llevó adentro.
    Le era terriblemente difícil conversar como si él fuera una criatura porque Mary Horton nunca había tenido nada que ver con niños desde que ella misma había dejado de serlo. Y, de cualquier manera, nunca había sido realmente joven. No obstante era lo bastante sensible para percibir que a Tim podía lastimársele fácilmente, que tenía que tener cuidado con lo que le dijera y controlar su carácter y su exasperación; que si le dejaba sentir el dardo de su lengua, él adivinaría la intención de sus palabras aunque no comprendiera el sentido de éstas. Se sintió mortificada al recordar cómo se había impacientado con él el día anterior cuando Tim se había mostrado, por lo menos así lo había creído ella en esos momentos, deliberadamente obtuso. ¡Pobre Tim, tan profundamente inconsciente de los matices y de las corrientes subterráneas que había en la conversación de los adultos y, por lo mismo, tan completamente vulnerable! Ella le gustaba; él pensaba que era hermosa porque tenía el cabello blanco, igual que su papá y su mamá.
    ¿Y por qué era tan triste su boca, si él sabía tan poco y funcionaba a una escala tan limitada?
    Sacó el automóvil y se dirigió al supermercado a comprar algo para el almuerzo pues en la casa no tenía nada que a él le atrajera especialmente. El pastel de chocolate era su fondo de emergencia para alguna eventualidad como la de esa mañana; la crema, una equivocación fortuita de parte de su lechero. Tim, según ella sabía, había traído consigo su almuerzo, pero tal vez no fuera suficiente, o tal vez pudiera ella halagarlo ofreciéndole algo así como hamburguesas o salchichas calientes, el encanto de toda fiesta de niños.
    – ¿Has ido alguna vez a pescar, Tim? -le preguntó mientras almorzaban.
    – ¡Oh, sí! Me encanta pescar -replicó él, atacando su tercera salchicha-. Papá me lleva a pescar a veces, cuando no está demasiado ocupado.
    – ¿Está ocupado con frecuencia?
    – Bien; va a las carreras y al cricket y al fútbol y a cosas así. Yo no voy con él porque me pongo enfermo donde hay mucha gente. El ruido y la gente hacen que me duela la cabeza y la barriga se me revuelve.
    – Entonces, un día voy a llevarte a pescar -dijo Mary.
    A media tarde Tim ya había terminado el jardín del fondo y vino a preguntarle si seguía con el de la parte delantera. Mary miró la hora en su reloj.
    – No creo que debamos ocuparnos del jardín del frente hoy, Tim. Ya casi es hora de que te vayas a casa. ¿Por qué no regresas el próximo sábado para hacer el jardín del frente, si tu papá te da permiso?
    Tim asintió con la cabeza, dando muestras de alegría.
    – Muy bien, Mary.
    – Entonces, ve por tu bolsa a la casa de los helechos, Tim. Puedes cambiarte de ropa en mi cuarto de baño. Así verás si quedas bien arreglado.
    El interior de su casa, tan casto y austero, fue algo que lo fascinó. Con los pies descalzos, recorrió lentamente la sala de tonos grises, hundiendo los dedos en la gruesa alfombra de lana con una expresión de casi éxtasis en el rostro y acariciando el tapizado de terciopelo gris perla de los muebles.
    – ¡Uh, Mary, cuánto me gusta tu casa! -exclamó, entusiasmado-. ¡Todo en ella se siente muy suave y como muy fresco!
    – Ven para que veas mi biblioteca -dijo ella, deseando tan fervientemente mostrarle lo que era su orgullo y deleite, que lo tomó de una mano.
    Sin embargo, la biblioteca no le impresionó en absoluto y más bien le hizo sentirse temeroso y propenso a las lágrimas.
    – ¡Todos esos libros! -dijo, estremeciéndose, y no quiso permanecer ahí aun cuando vio que su reacción la había desilusionado.
    Mary tuvo que emplear varios minutos para que Tim le perdiera el miedo a la biblioteca y se cuidó bien de no repetir la equivocación de enseñarle algo que fuera intelectual.
    Una vez repuesto de su deleite y confusión iniciales, Tim dio muestras de poseer cierta facultad de crítica y le reprochó a Mary el no tener en la casa nada de colores vivos.
    – ¡Es muy bonito, Mary, pero todo es del mismo color! -protestó-. ¿Por qué no hay nada rojo? A mí me gusta mucho el rojo.
    – ¿Y puedes decirme de qué color es esto? -preguntó la mujer, mostrando en la mano un marcador de páginas de color rojo.
    – Rojo, por supuesto -repuso él.
    – Entonces, veré qué puedo hacer al respeto -prometió Mary.
    Mary le entregó un sobre con treinta dólares, sueldo mucho más alto que el que podría ganar cualquier obrero en Sydney en un día.
    – En un papel que va adentro -le advirtió-, están anotados mi dirección y mi número de teléfono. Quiero que le entregues esto a tu padre cuando llegues a casa para que sepa dónde vivo y cómo ponerse en contacto conmigo. No vayas a olvidar entregárselo, ¿lo harás?
    Tim la miró con aire ofendido.
    – Nunca olvido nada cuando me lo dicen como debe ser -repuso.
    – Lo siento, Tim; no tuve intención de ofenderte -dijo Mary Horton, a quien jamás le había importado si lo que decía ofendía a alguien. Y no era que fuera su costumbre el decir cosas ofensivas; pero Mary Horton evitaba decir cosas desagradables, simplemente por razones de tacto, diplomacia y buenas maneras, no porque le preocupara demasiado lastimar o no a un semejante.
    La mujer agitó un brazo en ademán de adiós desde la puerta del frente después que Tim se negó a que lo llevara en el automóvil hasta la estación. Una vez que el joven hubo caminado unos cuantos metros calle abajo, Mary se llegó hasta la reja del frente y se inclinó sobre ella para mirarlo hasta que desapareció al dar vuelta a la esquina.
    A cualquiera que hubiera estado en la calle observando, él le hubiera parecido un joven extraordinariamente guapo, caminando bajo el sol en el pleno apogeo de su buena salud y apariencia, con el mundo a su disposición. Era como una broma de la divinidad, pensó ella, la clase de broma que a los inmortales dioses griegos les hubiera encantado jugar a su creación, el hombre, siempre que éste se envanecía u olvidaba lo que les debía. ¡Qué carcajada gargantuesca no les produciría Tim Melville!

7

    Ron estaba en el «Seaside», como de costumbre, aunque más bien temprano para ser sábado. Había llenado de cerveza su nevera portátil y había ido a ver el encuentro de cricket en shorts, sandalias de cuero y una camisa abierta a todo lo largo para dejar entrar la brisa. Pero, ni «Curly» ni Dave habían hecho acto de presencia y, en cierto modo, el placer de estirarse al sol en la colina cubierta de césped de los campos de cricket de Sydney, no era igual estando solo. No obstante, estuvo ahí durante un par de horas, pero el partido de cricket transcurría a su acostumbrado paso de tortuga y los dos caballos que habían sido sus favoritos en Warwick Farm habían llegado en último lugar, por lo que, más o menos a las tres, había ya empacado sus cosas y su radio portátil y se había dirigido al «Seaside» con el infalible instinto de un buen perdiguero.
    Nunca se le hubiera ocurrido regresar a casa a esas horas; Es acostumbraba jugar al tenis con las muchachas los sábados en la tarde, en su «Club Atínale y Ríete», como ella lo llamaba, y la casa estaría desierta pues Tim estaba trabajando. Dawnie había salido con alguno de sus enamorados.
    Cuando Tim hizo su aparición un poco después de las cuatro, a Ron le dio mucho gusto verlo e inmediatamente le compró un porrón de cerveza.
    – ¿Cómo te fue, compañero? -le preguntó a Tim mientras ambos se apoyaban en un pilar y contemplaban el mar.
    – ¡De perlas, papá! Mary es de veras una señora muy simpática.
    – ¿Mary? -Ron escrutó el rostro de Tim, sorprendido y preocupado.
    – Señorita Horton. Me dijo que podía llamarla Mary. Yo estaba un poco preocupado, pero ella dijo que así estaba bien. Está bien, ¿verdad, papá? -agregó ansiosamente, sintiendo que había algo fuera de lo acostumbrado en la reacción de su padre.
    – No lo sé, compañero. ¿Cómo es esa Mary Horton?
    – Es encantadora, papá. Me dio un montón de cosas buenas en la comida y me enseñó toda su casa. ¡Tiene aire acondicionado, papá! Sus muebles son muy bonitos y lo mismo su alfombra, pero todo es de color gris. Le pregunté por qué no tenía nada rojo en su casa y me dijo que iba a ver qué hacía al respecto.
    – ¿Te tocó, compañero?
    Tim miró a Ron con una mirada impasible.
    – ¿Tocarme? -dijo-. ¡Pues no lo sé! Me tomó de la mano cuando me estaba mostrando sus libros -agregó e hizo un gesto-. No me gustaron sus libros; tiene demasiados.
    – ¿Es bonita, compañero?
    – ¡Oh, claro que lo es! Tiene un cabello blanco de lo más bonito, papá; igual que el tuyo y el de mamá, sólo que más blanco. Por eso es por lo que yo no sabía si estaba bien que la llamara Mary, pues tú y mamá siempre me decís que no es educado llamar a la gente vieja por su nombre.
    La tensión de Ron se aflojó.
    – ¡Oh! -exclamó y palmeó afectuosamente a Tim en un brazo-. Ya me estabas preocupando un poco, te diré. Entonces es una vieja, ¿no es así?
    – Sí.
    – ¿Te pagó como te había prometido?
    – Sí; todo está aquí, en este sobre. También están su nombre y su dirección. Me dijo que tenía que entregártelo, por si querías hablar con ella. ¿Y para qué querrías hablar con ella, papá? No veo por qué has de querer hablar con ella.
    Ron tomó el sobre que el muchacho le extendía.
    – No quiero hablar con ella, compañero -repuso-. ¿Terminaste el trabajo?
    – No; su jardín es muy grande. Si crees que está bien, ella quiere que vaya a hacerle el jardín del frente el sábado próximo.
    En el sobre había tres crujientes billetes nuevos de diez dólares; Ron los miró largamente así como a la escritura de Mary Horton, cuya hermosa caligrafía hablaba de la educación y autoridad de su dueña. Las muchachitas frívolas o las amas de casa solitarias no tenían una escritura como ésa, decidió. ¡Treinta dólares por el trabajo de un día! Metió el dinero en su billetera y palmeó a Tim en la espalda.
    – Lo hiciste bien, compañero, y puedes regresar el próximo sábado a terminar el trabajo, si es que quieres. De hecho, por lo que te paga puedes trabajar siempre que ella quiera.
    – ¡Qué bueno, papá; gracias! -el muchacho balanceó en el aire su porrón sugestivamente-. ¿Puedo tomar otra cerveza?
    – ¿Cuándo aprenderás a tomarte la cerveza despacio, Tim? El rostro del joven expresó su pesar.
    – ¡Es que se me olvidó otra vez! -repuso-. De veras pensaba tomarla despacio, papá, pero estaba tan buena que se me olvidó.
    A Ron le pesó inmediatamente su exasperación momentánea.
    – No importa, compañero; no te preocupes por eso -dijo y agregó-: Ve y dile a Florrie que te dé otro porrón.
    La extremadamente fuerte cerveza australiana parecía no obrar el menor efecto en Tim. Ron se preguntaba por qué algunos retrasados se volvían locos con sólo oler el licor y, sin embargo, Tim podía tumbar a su padre si se ponían a beber a la par y todavía llevarlo cargando a casa; así de insignificante era en él el efecto de la cerveza.
    – ¿Quién es esa Mary Horton? -preguntó Es esa noche, una vez que Tim se hubo ido a la cama.
    – Una vieja chiflada de Artarmon.
    – Tim está muy impresionado con ella, ¿verdad?
    Ron recordó los treinta dólares que reposaban en su billetera y miró a su esposa condescendientemente.
    – Así parece -dijo-. Ella lo trata bien y el que le arregle el jardín los sábados mantendrá a Tim lejos de cualquier tentación.
    – Y te dejará libre para que andes por ahí, en las tabernas y en el hipódromo con tus amigotes, querrás decir. -Es lo interpretaba con la experiencia de muchos años.
    – ¡Por la sangre de Cristo, Es! ¡No le digas a un hombre cosas tan duras!
    – ¡Bah! -replicó, descansando la labor en el regazo-. La verdad duele, ¿no es así? ¿Le pagó ella?
    – Unos cuantos dólares.
    – Los mismos que te embolsaste, por supuesto.
    – No era gran cosa. ¿Qué esperabas por cortar la hierba con una máquina, vieja intrigante? ¡No hay suerte, sencillamente no hay suerte!
    – Mientras tú me des lo que necesito, me importa un pito cuánto le pagó ella -Es se levantó y se estiró-. ¿Quieres una taza de té, querido?
    – ¡Oh! Eso sería realmente algo bueno. ¿Dónde anda Dawnie?
    – ¿Cómo diantres voy a saberlo? Ya tiene veinticuatro años y es muy señora de sus actos.
    – ¡Mientras no sea señora de algún otro!
    Es se encogió de hombros.
    – Los jóvenes ya no piensan como pensábamos nosotros, querido, y no hay que darle vueltas. Además, ¿te atreverías a preguntarle a Dawnie dónde ha estado o si se está acostando con algún tipo?
    Ron siguió a Es a la cocina, palmeándole el trasero cariñosamente.
    – ¡Claro que no! Me miraría desde la punta de esa nariz tan larga que tiene y me saldría con una sarta de palabras que yo no entendería. Acabaría yo sintiéndome un tonto redomado.
    – Quisiera que Dios hubiera repartido la inteligencia de una manera más justa entre nuestros hijos -suspiró Es mientras ponía la tetera en el fuego-. Si la hubiera repartido por partes iguales los dos estarían muy bien.
    – Ya no tiene caso llorar la leche derramada, Es. ¿Hay algo de pastel?
    – ¿De frutas o de semillas?
    – De semillas.
    Se sentaron a ambos lados de la mesa de la cocina y entre los dos dieron cuenta de un pastel de buen tamaño y seis tazas de té.

8

    La autodisciplina ayudó a Mary Horton a pasar la semana en la «Constable Steel & Mining» como si Tim Melville jamás hubiera entrado en su vida. Doblaba sus ropas antes de entrar al excusado como de costumbre, hacía el trabajo de Archie Johnson con la misma eficacia de siempre y manejaba un total de diecisiete personas entre mecanógrafas, mensajeros y empleados. Sin embargo, ya en casa cada noche, descubría que los libros no le atraían y, en vez de eso, se pasaba las horas en la cocina, leyendo libros de recetas y experimentando con pasteles, salsas y budines. Sondeando muy discretamente e Emily Parker había podido darse una mejor idea de cuáles eran las preferencias de Tim en cuestión de comidas; cuando llegara el sábado, deseaba tenerle preparada una variada selección de platos.
    Un día de esa semana, durante la hora del almuerzo, visitó la tienda que en la parte norte de Sydney tenía un decorador de interiores y compró una mesa de vidrio en tono rubí, bastante cara, y luego descubrió una otomana de terciopelo en el mismo tono, que hacía juego con la mesa. Al principio ese toque de color, profundo y brillante, la inquietó un poco, pero una vez que se acostumbró a él tuvo que admitir que le daba mucha vida a su glacial sala de estar. De pronto las lisas paredes gris perla parecieron cobrar calor y Mary empezó a preguntarse si Tim, como tantos seres primitivos, no tendría un gusto instintivo por lo artístico. Tal vez un día podría llevarlo con ella en un recorrido por galerías de arte para ver qué era lo que los ojos de él descubrían.
    El viernes por la noche se fue a la cama muy tarde por estar esperando alguna llamada de parte del padre de Tim diciéndole que no quería que su hijo perdiera el precioso tiempo de sus fines de semana trabajando como jardinero. Sin embargo, la llamada nunca llegó y exactamente a las siete de la mañana siguiente la sacó de un sueño profundo el sonido de la llamada de Tim a la puerta. Esta vez ella lo hizo pasar inmediatamente y le preguntó si deseaba una taza de té mientras ella se vestía.
    – No, gracias; estoy muy bien -repuso él, con los ojos azules brillándole intensamente.
    – En ese caso, puedes usar el baño pequeño que está junto a la lavandería para cambiarte mientras yo me visto. Quiero mostrarte cómo has de hacer el jardín del frente, donde tengo algunos problemas.
    Con pisadas de gato, como de costumbre, Mary regresó a la cocina al poco rato. Tim no la había oído llegar y ella permaneció en silencio en la puerta de entrada contemplándolo, conmovida de nuevo por lo absoluto de su belleza. ¡Cuán terrible, cuán injusto era, pensó, que un recipiente tan maravilloso contuviera un contenido tan indigno!, pero inmediatamente se sintió avergonzada de pensar así. Tal vez ésa era la raison d'être de su belleza, la de que su avance hacia el pecado y el deshonor hubiera sido detenido en la inocencia de la primera infancia. De haber madurado normalmente, tal vez se hubiera visto muy diferente, como todo un Boticelli, sonriendo presuntuosamente, con una mirada conocedora agazapada en el fondo de los claros ojos azules. Tim no era para nada un miembro de la raza humana adulta, excepto en sus rasgos más ínfimos.
    – Vamos, Tim; hay que enseñarte qué es lo que hay que hacer con el jardín del frente -dijo al fin, rompiendo el encanto.
    Las cigarras estaban chillando y zumbando desde cada arbusto y cada árbol; Mary se llevó las manos a los oídos, le hizo una mueca a Tim y se dirigió a tomar la única arma de que disponía: la manguera.
    – Las cigarras están este año peor que nunca -comentó una vez que el estrépito se hubo acallado un poco y a las adelfas les escurría el agua por todas partes.
    – ¡Briiik! -eructó el maestro de coro en tono bajo profundo cuando las otras cigarras quedaron en silencio.
    – ¡Ahí está, la vieja escandalosa! -dijo Mary y se dirigió a la adelfa más cercana a la puerta del frente, apartando las chorreantes ramas e inspeccionando inútilmente los oscuros recovecos de su interior-. Jamás he podido dar con ella -explicó, poniéndose en cuclillas y volviendo el rostro para sonreír a Tim, que estaba detrás.
    – ¿Quieres atraparla? -preguntó el muchacho en tono serio.
    – ¡Claro que quiero atraparla! Ella es la que alborota a todas las demás. Cuando ella no está, las otras parecen mudas.
    – Yo la encontraré.
    Con toda facilidad, el joven deslizó el torso entre hojas y ramas, desapareciendo a la vista de la cintura para arriba. Esa mañana no llevaba botas ni calcetines ya que no había cemento que le ampollara o resecara la piel, y la tierra húmeda se le adhería a las piernas.
    – ¡Briiik! -tanteó la cigarra, seca ya lo suficiente como para volver a empezar.
    – ¡Te pesqué! -gritó Tim, retirándose del arbusto con la mano derecha cerrándose en algo.
    En realidad, Mary lo único que alguna vez había visto de una cigarra eran los rojizos cascarones que quedaban en la hierba, por lo que se echó atrás, un poco temerosa pues, al igual que la mayoría de las mujeres, le asustaban las arañas y escarabajos y todo aquello que reptara o se arrastrara.
    – ¡Aquí está, mírala! -dijo Tim, lleno de orgullo, abriendo los dedos delicadamente hasta que la cigarra quedó a la vista, sujeta únicamente de las alas por el pulgar y el índice de Tim.
    – ¡Uff! -se estremeció Mary, retrocediendo más aún, sin mirar realmente.
    – No le tengas miedo, Mary -rogó Tim, sonriéndole y acariciando suavemente al insecto-. ¡Mírala bien! ¿No es bonita, verde y hermosa como una mariposa?
    La dorada cabeza se había inclinado sobre la cigarra y Mary los contempló a ambos con una súbita y enceguecedora lástima. Parecía que Tim tuviera cierto acuerdo con el insecto porque éste reposaba en la palma de su mano sin pánico ni miedo, y era en realidad hermoso una vez que uno se olvidaba de sus antenas marcianas y de su caparazón de langosta. El animalito tenía un cuerpo gordo, de un verde brillante, de unos cinco centímetros de largo, sombreado por un polvillo color oro, y sus ojos se encendían y brillaban como dos grandes topacios. Sobre el lomo, las alas, delicadas y transparentes, estaban recogidas y tenían venillas como la hoja de un árbol de un brillante amarillo oro que se tornasolaba con todos los colores del iris. Y por encima de ella se inclinaba Tim, tan ajeno, igualmente hermoso, igual de vivo y de brillante.
    – ¿No vas a querer que la mate, verdad? -rogó Tim, alzando el rostro para mirarla con súbita tristeza.
    – No -contestó Mary, volviendo la cara-. Ponla de nuevo en su arbusto, Tim.
    Para la hora del almuerzo Tim ya había terminado con el césped de la parte del frente. Mary le dio dos hamburguesas y un buen montón de patatas doradas y luego coronó la comida con un budín bañado con crema de plátano caliente.
    – Creo que ya acabé, Mary -dijo Tim mientras se bebía su tercera taza de té-. Lo único que siento es que el trabajo no haya durado más. -Sus grandes ojos la miraron húmedamente-. Me gustas, Mary -empezó-. Me gustas más que Mick o Harry o Jim o Bill o «Curly» o Dave; me gustas más que todos, excepto papá y mamá y mi Dawnie.
    La mujer le palmeó la mano y le sonrió cariñosamente.
    – Es muy dulce de tu parte que me digas eso, Tim, pero, realmente, no creo que sea cierto. Hace muy poco tiempo que me conoces.
    – Ya no hay hierba que cortar -suspiró él, ignorando su negativa a aceptar el cumplido.
    – El césped vuelve a crecer, Tim.
    – ¿Cómo? -Aquel pequeño sonido interrogativo era su señal de que había que ir despacio, que algo se había hecho o dicho que estaba más allá de su comprensión.
    – ¿Puedes desbrozar tan bien como cortas el césped?
    – ¡Claro! Yo soy el que siempre lo hago en casa.
    – Entonces, ¿te gustaría venir cada sábado y atender mi jardín en todo lo que necesite, cortar el césped cuando sea necesario, plantar semillas y desbrozar los macizos de flores, rociar los arbustos y barrer los senderos y echar fertilizante cuando se necesite?
    Tim la tomó de la mano y la sacudió, con una ancha sonrisa en la cara.
    – ¡Oh, Mary! -exclamó-. ¡De veras que me gustas! Vendré todos los sábados y atenderé tu jardín. ¡Te prometo que yo lo cuidaré!
    Esa tarde, cuando partió rumbo a su casa, llevaba en el sobre otros treinta dólares.

9

    Ya hacía cinco semanas que Tim había estado acudiendo a la casa de Mary, cuando ésta telefoneó a su padre un jueves en la noche. Fue el mismo Ron quien contestó el teléfono.
    – ¿Sí? -interrogó en el auricular.
    – Buenas noches, señor Melville. Le habla Mary Horton, la amiga de Tim de los sábados.
    Ron prestó atención inmediatamente y le hizo una seña a Es para que se pusiera junto a él.
    – Mucho gusto en oír su voz, señorita Horton -contestó-. ¿Cómo se está portando Tim? ¿Va todo bien?
    – Es un placer tenerlo cerca, señor Melville. Me gusta mucho su compañía.
    Ron dejó escapar una risita, casi sin darse cuenta de lo que hacía.
    – Según lo que nos cuenta cuando regresa de su casa -comentó-, le está vaciando la despensa.
    – No, nada de eso. A mí me gusta mucho verlo comer, señor Melville.
    Hubo una pausa embarazosa hasta que Ron la rompió diciendo:
    – ¿Y qué es lo que pasa ahora, señorita Horton? ¿No quiere a Tim esta semana?
    – Bien, el caso es que lo quiero y no lo quiero, señor Melville. El hecho es que tengo que ir a Gosford este fin de semana para ver cómo está mi casa de veraneo. La tengo muy abandonada pues me he concentrado en el jardín de la casa. Como quiera que sea, me estaba yo preguntando si no les molestaría a ustedes que me llevara a Tim conmigo para que me ayude. No me vendría mal alguien que me ayudara y Tim es formidable. El lugar donde está la casa es muy tranquilo y le doy mi palabra de que Tim no quedará sujeto a extraños ni se le exigirá mucho ni nada por el estilo. Él me dijo que le encantaba pescar y la casa está situada precisamente en el mejor lugar de pesca en muchos kilómetros a la redonda, por lo que se me ocurrió que tal vez… que tal vez a él le gustaría. Parece que a él le gusta venir a mi casa, y a mí me gusta mucho su compañía.
    Ron frunció las cejas encarándose con Es, la cual asintió con la cabeza vigorosamente y tomó el auricular.
    – ¡Hola! ¿Señorita Horton? Le habla la madre de Tim… Sí, estoy muy bien, gracias. ¿Cómo está usted?… ¡Ah!, me da gusto saberlo… Señorita Horton, es muy amable de su parte el querer invitar a Tim a que vaya con usted este fin de semana. Sí, es un poco solitario; es muy duro para un pobre muchacho como él, usted sabe… Realmente no veo por qué Tim no pueda ir con usted, creo que el cambio le hará bien… Sí, él la aprecia muchísimo a usted… Permítame pasarle el teléfono a mi esposo, señorita Horton, y muchísimas gracias.
    – ¿Señorita Horton? -interrogó Ron, tomando el auricular que le alargaba su esposa-. Bien, ya oyó usted a mi mujer; dice que está bien, y si ella dice que está bien, lo mejor es que yo también diga que está bien, ¡ja, ja, ja, ja!… ¡Exactamente, tiene usted razón! Muy bien, veré que prepare una maleta y esté en su casa a las siete de la mañana, este sábado… Bien, señorita Horton, muchísimas gracias… Adiós… sí, y gracias, otra vez.
    Mary había planeado el viaje de cerca de cien kilómetros como un día de campo y había atiborrado la parte trasera del automóvil con provisiones, cosas para jugar y cosas cómodas que ella pensaba que servirían en la casa de campo. Tim llegó puntualmente a las siete de la mañana del sábado. El día estaba claro y hermoso y era ya el segundo fin de semana consecutivo que no amenazaba lluvia. Mary condujo a Tim inmediatamente al garaje.
    – Adentro, Tim, y ponte cómodo. ¿Estás bien?
    – Muy bien -contestó él.
    – Mi casa no está precisamente en Gosford -explicó ella cuando el automóvil tomó la carretera del Pacífico en dirección de Newcastle-. Como vivo y trabajo en la ciudad, no quería tener una casa de descanso en medio de un montón de gente, así es que compré una propiedad que está lejos de todo eso, en Hawkesbury, cerca de la bahía Broken. Tenemos que pasar por Gosford, pues el único camino que conduce a mi propiedad sale de ahí, ¿ves?
    »¡Y no te imaginas cómo ha crecido Gosford! Todavía recuerdo cuando sólo consistía en una taberna, un taller mecánico, dos hombres y un perro; ahora está repleto con gente que va de paso y turistas; debe haber por lo menos sesenta mil, me parece…
    Se quedó sin terminar la frase, nerviosa, mirándolo de soslayo en un súbito apocamiento. Ahí estaba ella conversando con Tim como si lo estuviera haciendo con la madre del muchacho. A su vez, el joven trataba de mostrarse como un oyente interesado, y de vez en cuando separaba la fascinada mirada del paisaje que pasaba a sus costados, para fijar sus brillantes y adorables ojos en el perfil de ella.
    – Pobre Tim -suspiró Mary-. No te fijes en mí. Descansa y mira por la ventanilla.
    Después de eso hubo silencio durante un rato largo. Obviamente, Tim estaba gozando del viaje, vuelto de lado y con la nariz casi pegada a la ventanilla, sin perder uno solo de los detalles del paisaje.
    Mary se preguntó qué variedad habría en la vida de Tim y si alguna vez se salía de lo que debía ser una existencia monótona.
    – ¿Tenéis coche, Tim?
    Esta vez él no se molestó en volver el rostro a mirarla, sino que continuó mirando por la ventanilla.
    – No. Mi padre dice que eso es un desperdicio de tiempo y de dinero viviendo en la ciudad. También dice que es más sano caminar y que cuesta menos trabajo tomar el autobús cuando necesita uno ir a alguna parte.
    – ¿Y alguien te ha llevado a dar una vuelta en coche?
    – No mucho. Me mareo cuando viajo en coche.
    Mary volvió la cabeza para mirarlo, alarmada.
    – ¿Y cómo te sientes ahora? ¿Te sientes mal?
    – No. Me siento bien. Éste no traquetea como los otros y, además, voy en el asiento de delante, no en el de atrás, y aquí no se mueve tanto, ¿verdad?
    – Muy bien, Tim. Tienes mucha razón. Si empiezas a sentirte mal, dímelo inmediatamente, ¿lo harás? No sería nada bonito que ensuciaras el coche.
    – Te prometo que te lo diré, Mary, porque nunca me gritas ni te pones de mal humor.
    Ella se rió.
    – ¡Vamos, Tim! -dijo-. No te hagas el mártir. Estoy segura de que nadie te grita ni se pone de mal humor contigo con frecuencia, y eso sólo si tú te lo buscas.
    – Bueno, pues así es -sonrió él-, pero mamá se pone realmente furiosa cuando empiezo a vomitar sobre todo lo que tengo cerca.
    – Y no la culpo en absoluto. Yo también me pondría furiosa, así es que no te olvides de avisarme si empiezas a sentirte enfermo, y tienes que aguantarte hasta que salgas del coche. ¿Me lo prometes?
    – Sí, Mary.
    Pasado un rato, Mary se aclaró la garganta y volvió a hablar.
    – ¿Has salido alguna vez de la ciudad, Tim? -preguntó.
    Él movió la cabeza negativamente.
    – ¿Por qué no?
    – No lo sé. No creo que haya nada que papá y mamá quieran ver fuera de la ciudad.
    – ¿Y Dawnie?
    – Mi Dawnie va a todas partes; hasta ha estado en Inglaterra -repuso.
    Por la manera como habló, cualquiera creería que Inglaterra estaba a la vuelta de la esquina.
    – ¿Y qué hacías los días de fiesta, cuando eras pequeño?
    – Siempre nos quedábamos en casa. A mamá y a papá no les gusta el campo; sólo les gusta la ciudad.
    – Bien, Tim; yo vengo a mi casa de campo con frecuencia y tú siempre podrás venir conmigo. Tal vez más adelante pueda yo llevarte al desierto o a la Gran Barrera de Coral en unas vacaciones de verdad.
    Pero Tim no le prestaba la menor atención, ya que estaban llegando al río Hawkesbury y el paisaje era magnífico.
    – ¡Oh! ¿no es eso precioso? -exclamó él, revolviéndose en el asiento y frotándose las manos convulsivamente como lo hacía siempre que se sentía excitado o conmovido.
    Mary no se percataba de nada sino de una pena súbita, una pena tan nueva y extraña que no tenía la menor idea de por qué la sentía. ¡Pobre muchacho triste! En cierto modo, los acontecimientos habían conspirado para bloquearle todo camino de expansión y para impedir su crecimiento mental. Sus padres lo cuidaban tanto como podían, pero sus vidas eran estrechas y su horizonte no iba más allá del horizonte de Sydney. Con toda justicia, ella no podía encontrar nada en su corazón para culparlos por no comprender que Tim jamás podría sacar gran cosa de la clase de vida que llevaban ellos mismos. Era que, sencillamente, jamás se les había ocurrido el preguntarse si él era realmente feliz o no ya que él era feliz. ¿Pero acaso no podría ser todavía más feliz? ¿Cómo sería Tim si lo libraran de la cadena de la rutina que ellos le imponían, si le permitieran que estirara las piernas un poco?
    ¡Y era algo tan difícil comprender sus propios sentimientos hacia él! Si un momento pensaba ella en él como en un niño pequeñito, al momento siguiente la magnificencia de su físico le hacía recordar que era ya un hombre hecho y derecho. ¡Y a Mary le era algo tan difícil simplemente sentir cuando había pasado tanto tiempo simplemente existiendo! No contaba con una válvula emocional propia con la cual distinguir la compasión del amor, el enojo del sentimiento de protección. Ella y Tim eran como Svengali y Trilby, extrañamente yuxtapuestos: lo que no tenía mente era lo que hipnotizaba a la mente.
    Durante todas esas semanas, desde la primera vez que había visto a Tim, se había concretado a la acción, se había mantenido mentalmente fuera o a un lado, simplemente actuando. Nunca se había permitido el sentarse en el aislamiento de una contemplación íntima, porque por naturaleza no era nada dada a sondear lo que sentía ni cómo ni por qué sentía. Aun en esos momentos no lo haría ni se despegaría lo suficiente del centro de su pena para enfrentarse a la causa de ésta.
    Los vecinos más cercanos a la casa de campo se encontraban a tres kilómetros de distancia pues el área todavía no estaba «desarrollada». El único camino era algo atroz, no más que un atajo en el bosque de eucaliptos; cuando llovía el polvo se levantaba en grandes e hinchadas nubes que luego descendían sobre la vegetación más cercana al camino, petrificándola en alargados esqueletos oscuros. Las zanjas, protuberancias y agujeros del camino ponían en peligro el vehículo más resistente de tal manera que eran pocas las personas que se arriesgaban a sus inconveniencias e incomodidades para tener un poco de aislamiento.
    La propiedad de Mary era bastante grande para esa zona, pues tenía alrededor de diez hectáreas; la había comprado con vista al futuro, sabiendo que el crecimiento de la ciudad conduciría algún día a su desarrollo, lo cual le rendiría cuantiosos beneficios. Hasta que eso sucediera, encajaba perfectamente con su amor por la soledad.
    Una senda que se internaba en el bosque indicaba el principio de las tierras de Mary; ésta hizo girar el automóvil, saliéndose del camino, y lo enfiló por la senda, la que continuó durante casi un kilómetro atravesando la hermosa vegetación aromática, virgen e incontaminada. Al final de la senda había un gran claro que, en su extremo opuesto, desembocaba en una playa diminuta; más allá, todavía salino y sujeto a las mareas, el río Hawkesbury daba vueltas y se abría paso por un imponente paisaje rocoso.
    La playa de Mary no tenía más de cien metros de largo y en cada uno de sus extremos estaba flanqueada por altos farallones amarillentos.
    La casita de campo era sencilla, tan sólo una estructura cuadrada con un techo de hierro corrugado y una amplia terraza abierta que rodeaba la casa por completo. Mary la había mandado pintar porque no soportaba el desorden ni la negligencia; pero el pardusco color café que había escogido no mejoraba en nada la apariencia de la casa. Dos enormes tanques de agua, de hierro galvanizado, descansaban en sendas torres en un rincón del patio posterior de la casa, frente al sendero. En el claro, los árboles pintados a intervalos ya habían crecido lo suficiente para quitarle al paisaje mucho de su desolación. Ella no había hecho ningún intento por cultivar un jardín y la maleza crecía lujuriosamente, pero a pesar de todo el sitio tenía cierto encanto difícil de definir.
    Mary había gastado una buena suma de dinero en la casa de campo desde que compró la propiedad, hacía quince años. Parte de ese dinero lo había invertido en los grandes tanques de agua, pues deseaba contar con suficiente agua dulce para instalar cañerías modernas, y un equipo de electricidad para evitar el uso de linternas y el riesgo de un incendio. Mary no sentía ningún atractivo por las hogueras al aire libre, la luz de velas o los retretes fuera de la casa; pues sólo significaban trabajo adicional e inconvenientes.
    A los que se aproximaban en automóvil, la casa les presentaba su peor aspecto, pero Tim estaba verdaderamente arrobado. Mary tuvo que arrancarlo del asiento con cierta dificultad y luego lo condujo por la puerta de atrás.
    – Éste es tu cuarto, Tim -le dijo, mostrándole una habitación sencilla, pero espaciosa, con paredes pintadas de blanco y unos cuantos muebles; el lugar parecía más bien la celda de una monja-. Si crees que te va a gustar venir aquí, puedes ir pensando de qué color quisieras que te pinten tu cuarto y qué clase de muebles te gustarían. Luego podríamos comprarlos en la ciudad.
    Tim ni siquiera pudo contestar, demasiado excitado e impresionado con la experiencia para poder asimilar ese nuevo deleite. Mary lo ayudó a desempacar su maleta y a poner sus pocas pertenencias en los cajones y estantes vacíos; luego lo tomó de la mano y lo condujo a la sala de estar.
    Ése era el único sitio en el que había hecho cambios de importancia a la construcción original de la casa, la cual había tenido antiguamente una sala oscura y mal alumbrada que se extendía a todo lo largo de la terraza del frente. Mary había mandado tirar toda la pared exterior y la había reemplazado con puertas corredizas de vidrio, desde el piso hasta el techo, para que cuando el tiempo fuera bueno no hubiera nada entre la sala y el aire libre.
    La vista desde ese sitio quitaba el resuello. El césped descendía suavemente hasta el borde amarillento de la arena de la pequeña playa, soleada y limpia, con el agua azul del Hawkesbury lamiendo sus bordes suavemente y, al otro lado del ancho río, los formidables acantilados, espléndidamente coronados de bosque, irguiéndose como para incrustarse en el cielo transparente. Los únicos sonidos intrusos producidos por el hombre eran los que provenían del río; el put-put de los motores fuera de borda y el chug-chug de los transbordadores de excursión, además del rugido de las lanchas rápidas remolcando a los esquiadores. Fuera de eso, los pájaros piaban y gorjeaban desde cada árbol, las cigarras ensordecían con su alboroto y el viento se quejaba dulcemente al filtrarse entre las ramas suspirantes de los árboles.
    Mary nunca antes había compartido con persona alguna su retiro, pero en muchas ocasiones había ensayado la conversación imaginaria que ella y sus primeros huéspedes sostendrían. Ellos dejarían escapar exclamaciones de entusiasmo y de asombro ante la magnífica vista y harían comentarios interminables sobre todo lo que ahí había. Sin embargo, Tim no dijo nada y ella no tenía la menor idea de hasta qué punto era capaz de evaluación y comparación. Que él pensaba que todo era «encantador» era algo aparente, pero él siempre pensaba que todo lo que no lo hacía sufrir era «encantador». ¿Era Tim capaz de medir la felicidad? ¿Gozaba de algunas cosas más que de otras?
    Una vez que Mary hubo desempacado sus cosas y guardado las provisiones en la cocina, le llevó a Tim su almuerzo. El muchacho habló muy poco en el transcurso de la comida, masticando concienzudamente todo lo que ella le puso enfrente. A menos que tuviera mucha hambre o estuviera excitado, sus modales en la mesa eran impecables.
    – ¿Sabes nadar? -le preguntó Mary después que la ayudó a lavar los platos.
    – ¡Sí! -contestó iluminándose su rostro.
    – Entonces, ¿por qué no te pones tu traje de baño mientras yo termino aquí y luego nos vamos a la playa? ¿Te parece?
    Tim desapareció inmediatamente, regresando tan pronto, que Mary tuvo que hacerle esperar mientras acomodaba varias cosas en la cocina. Llevando dos sillas de lona para playa, una sombrilla, toallas y otros implementos de playa, avanzaron con cierta dificultad por la arena.
    Mary ya se había acomodado en su silla y había abierto su libro antes de percatarse de que Tim estaba inmóvil, mirándola fijamente, extrañado y aparentemente acongojado.
    Mary cerró el libro.
    – ¿Qué pasa, Tim? -preguntó-. ¿Qué hay?
    El joven movió las manos en un ademán de desaliento.
    – ¡Pensé que me habías dicho que íbamos a nadar!
    – Nada de «íbamos» -corrigió ella con gentileza-. Quiero que nades todo lo que quieras, pero yo jamás me meto en el agua.
    Tim se arrodilló junto a la silla y le puso ambas manos en un brazo, muy compungido.
    – ¡Pero así no es lo mismo, Mary! -exclamó-. ¡Yo no quiero ir a nadar solo! -Gruesas lágrimas aparecieron en sus rubias pestañas, como gotas de agua en una superficie de cristal-. ¡Por favor, por favor, no me hagas que vaya solo!
    Mary alargó la mano para tocarlo y luego la retiró con precipitación.
    – Pero es que no tengo traje de baño, Tim. No podría meterme en el agua aunque quisiera.
    Él sacudió la cabeza de atrás hacia adelante varias veces, agitándose cada vez más.
    – ¡Creo que no te gusta estar conmigo, yo creo que no te gusto! Tú siempre andas vestida como si fueras a la ciudad. ¡Nunca usas «shorts» ni pantalones ni andas sin medias como mamá!
    – ¡Oh, Tim!, ¿qué voy a hacer contigo? ¡Simplemente porque siempre ando bien vestida, no quiere decir que no me guste estar contigo! Yo no me siento a gusto a menos que esté bien vestida, ¡eso es todo! Y sencillamente no me gusta usar «shorts» ni pantalones ni andar sin medias.
    Sin embargo, él no quiso creerle y dio vuelta la cabeza en otra dirección.
    – Si te estuvieras divirtiendo -insistió tercamente-, usarías la clase de ropa que usa mamá cuando se divierte.
    Hubo un silencio largo que materializaba, aunque Mary no se percató de ello, su primer duelo de voluntades. Finalmente, dejó escapar un suspiro y puso el libro sobre la arena.
    – Bien -dijo-, voy adentro a ver qué puedo encontrar para ponerme. Pero me vas a prometer que no me vas a hacer travesuras cuando estemos en el agua, hundiéndome la cabeza o desapareciendo debajo de mí. No sé nadar, lo cual significa que tendrás que cuidarme todo el tiempo que esté yo en el agua. ¿Me lo prometes?
    Tim era nuevamente todo sonrisas.
    – ¡Te lo prometo, te lo prometo! ¡Pero no tardes, Mary; por favor, no tardes!
    Aunque le dolió en el alma tener que hacerlo, Mary finalmente se puso un juego de ropa interior de algodón y, encima, uno de sus vestidos camiseros de lino gris de fin de semana, el cual recortó convenientemente con un par de tijeras. Recortó la falda para que le quedara a medio muslo, le arrancó las mangas y tijereteó el cuello hasta que quedaron descubiertos los huesos de la clavícula.
    Los cortes habían sido hechos con precisión, pero no había tiempo para hacer ningún dobladillo ni para hilvanar, lo cual la irritó, poniéndola de mal humor.
    Cuando caminaba a reunirse con Tim en la playa, se sentía horriblemente desnuda, con los brazos y piernas tan blancos como el vientre de un pez y sin el soporte de la faja y el portaligas. Dicha sensación nada tenía que ver con Tim pues, aunque pasara días enteros completamente a solas, ella siempre usaba toda la ropa que consideraba necesaria.
    Tim, un crítico nada severo ahora que había conseguido lo que deseaba, hizo unas cabriolas delante de ella para mostrar su satisfacción.
    – ¡Eso está mucho mejor, Mary! ¡Ahora podemos entrar a nadar juntos! ¡Vamos, ven conmigo!
    Mary penetró desconfiadamente en el agua, con una estremecida repulsión. Tan fastidiada como el más arisco de los gatos, hizo todo lo que pudo por seguir internándose, cuando lo que más deseaba era girar en redondo y correr hacia su cómoda y seca silla de playa. Mostrando la importante madurez de un hombre muy joven a quien le han encomendado un tesoro, Tim no la dejó avanzar más allá de donde el agua le llegaba a la cintura. El muchacho chapoteaba alrededor como una mosca pegajosa, ansioso y confuso. Sin embargo, de nada servía; se daba cuenta de que a ella no le gustaba eso en absoluto y Mary sabía que le estaba echando a perder la diversión a él. Por lo tanto, reprimió un fuerte estremecimiento de repulsión y se metió en el agua hasta el cuello, dejando escapar el aire ante el súbito choque frío, y luego una breve risa.
    La risa era todo lo que él esperaba oír para empezar a juguetear alrededor de ella como una mariposa, sintiéndose tan en su elemento en el agua como cualquier pez. Se esforzaba por sonreír y batiendo las palmas de las manos en la superficie del agua, en lo que ella esperaba que fuera una buena imitación de alguien que verdaderamente está gozando de un chapuzón, Mary trataba de parecer feliz.
    El agua estaba exquisitamente clara y fría y sus desarticulados pies se bamboleaban como algo blancuzco en el fondo arenoso cuando ella miraba hacia abajo, con el sol cayéndole sobre el cuello como una cálida mano amistosa. Al cabo de un rato empezó a gozar de la sensación, ligeramente punzante, del agua salada, que la estimulaba y la llenaba de gozo. El sumergirse hasta el cuello, ingrávida, en aquella frescura deliciosa, con todo el peso del sol convertido en algo inofensivo era algo especialmente maravilloso. La vulnerabilidad de su escasez de ropa se disolvió y empezó a darse el lujo de sentir su cuerpo libre de restricciones.
    No obstante, no perdió por completo su buen sentido y después de unos veinte minutos de estar en el agua, llamó a Tim a su lado.
    – Ya voy a salir, Tim -le dijo-, porque no estoy acostumbrada al sol. ¿Te fijas qué blanca soy y lo moreno que tú estás? Pues bien, uno de estos días voy a ponerme tan morena como tú, pero tengo que hacerlo muy poco a poco porque el sol quema la piel blanca como la mía y eso podría enfermarme. Por favor, no vayas a pensar que no me estoy divirtiendo porque sí lo estoy, pero ahora realmente debo irme a la sombra.
    Tim aceptó la explicación calmadamente.
    – Lo sé -contestó- porque, cuando yo era pequeño, me quemé un día de tal manera que tuvieron que llevarme al hospital. Me dolía tanto que lloraba todo el día y toda la noche y luego otra vez todo el día y toda la noche y no quiero que tú llores todo el día y toda la noche, Mary.
    – Te diré lo que voy a hacer, Tim. Me sentaré debajo de la sombrilla y te estaré viendo. Te prometo que no leeré. Simplemente te miraré. ¿Está bien así?
    – ¡Muy bien, muy bien, muy bien! -canturreó él, jugando a que era un submarino pero refrenándose noblemente de torpedearla.
    Asegurándose de que la sombra la cubría por completo, Mary extendió su goteante cuerpo sobre la silla de lona y se secó el rostro. Del moño, en lo alto de la cabeza, escurría un hilito de agua que le corría por el espinazo produciéndole una sensación desagradable, por lo que se sacó los broches y extendió su pelo en el respaldo de la silla para que se secara. Tenía que admitir que se sentía estupendamente, casi como si el agua salada tuviera poderes medicinales. La piel le cosquilleaba, sentía los músculos flojos y los miembros pesados…
    …Estaba en una de sus poco frecuentes visitas al salón de belleza y el peluquero le cepillaba rítmicamente el cabello, uno-dos-tres, uno-dos-tres, tirándoselo de raíz cada vez que el cepillo se atoraba y desenredándoselo delicadamente cuando el cepillo volvía a quedar libre y le recorría el cabello en toda su longitud. Sonriendo de placer, abrió los ojos para descubrir que no se encontraba en el salón de belleza sino reposando en una silla de playa y que el sol estaba ya tan bajo por detrás de los árboles que las sombras habían cubierto la arena por completo.
    Tim estaba detrás de ella, con la cabeza inclinada sobre su rostro, jugueteando con su cabello. El pánico se apoderó de ella; de un salto se separó de él con terror inexplicable, sujetándose el cabello suelto y buscando frenéticamente en los bolsillos de su recortado vestido las horquillas. A buena distancia de él y ya casi totalmente despierta, se volvió para mirarlo con los ojos dilatados por el susto y el corazón latiéndole aceleradamente.
    El muchacho seguía inmóvil en el mismo sitio, mirándola fijamente con aquellos ojos increíbles en los que había la desamparada, agónica expresión que ella sólo veía cuando Tim comprendía que había hecho algo mal, pero que no entendía qué era. Lo que él deseaba era expiar y comprender con todas sus fuerzas qué clase de pecado había cometido sin siquiera saberlo; en tales ocasiones parecía sentir su exclusión de la manera más aguda, pensaba ella, como el perro que no sabe por qué lo pateó su amo. Sin saber qué hacer, Tim sólo se retorcía las manos, y permanecía con la boca abierta.
    Los brazos de ella se extendieron hacia él en un gesto de remordimiento y compasión.
    – ¡Oh, querido! ¡No quise ofenderte! ¡Estaba dormida y me asustaste, eso es todo! ¡No me mires de ese modo! ¡Yo no te lastimaría por nada en el mundo; de veras, Tim! ¡Por favor, no me mires así!
    El joven evitó sus manos, manteniéndose apenas fuera de su alcance porque no estaba seguro de si lo que ella decía era verdad o no, de si sólo estaba tratando de calmarlo.
    – Era tan bello -explicó tímidamente-. Yo sólo quería tocarlo, Mary…
    Mary se le quedó mirando, asombrada. ¿Había dicho él «bello»? ¡Sí, lo había dicho! Y lo había dicho como si realmente supiera lo que esa palabra significaba, como si comprendiera que era diferente de «bonito» o «bueno», o «súper» o «fantástico» o «hermoso» en cierto grado, siendo esos los únicos adjetivos de encomio que le había oído. ¡Tim estaba aprendiendo! Estaba absorbiendo ya un poco de la manera de hablar de ella y lo interpretaba correctamente.
    Mary se rió, llena de ternura, y avanzó decididamente hacia él, tomándolo de las renuentes manos y reteniendo éstas con firmeza.
    – ¡Bendito seas, Tim -dijo-; me gustas más que cualquier otra persona que conozca! No te enojes conmigo; no quise lastimarte. De veras; no fue ésa mi intención.
    La sonrisa del muchacho volvió a aparecer como un sol y la pena se extinguió en sus ojos.
    – Tú también me gustas, Mary; me gustas más que nadie, excepto papá, mamá y mi Dawnie -hizo una pausa y luego añadió reflexivamente-: Realmente, creo que me gustas más que mi Dawnie.
    ¡Ahí estaba otra vez! ¡Había dicho «realmente», del mismo modo como ella a veces lo decía! Por supuesto, hasta cierto grado, estaba simplemente repitiendo palabras como un loro, pero no por completo; había cierta seguridad en la manera como usaba las palabras.
    – Vamos, Tim -le urgió ella-. Vamos adentro antes de que empiece a hacer frío. Cuando el aire nocturno empieza a soplar del mar, enfría todo muy aprisa hasta en lo más cálido del verano. ¿Qué te gustaría cenar?
    Tras cenar y después que lavaron y guardaron los platos, Mary sentó a Tim en un cómodo sillón y empezó a inspeccionar sus discos.
    – ¿Te gusta la música, Tim?
    – A veces -contestó el joven con cautela, torciendo el cuello para mirarla mejor cuando Mary se puso de pie a su lado.
    ¿Qué podría gustarle a él? En realidad, la casa de campo estaba mejor equipada con la clase de música que a ella le gustaba que la casa de Artarmon, ya que se había traído sus viejos discos favoritos. El Bolero de Ravel, el Ave María de Gounod, el Largo de Händel, la marcha de Aída, la Cuerda Perdida de Sullivan, la Rapsodia Sueca, Finlandia de Sibelius, melodías de Gilbert y Sullivan, Pompa y Circunstancia de Elgar; todas ellas estaban ahí con docenas de otras selecciones igualmente ricas en ritmo y en melodía. Lo probaremos con algo de esto, pensó; a él no le importa si es vulgar, así que veamos qué es lo que pasa.
    Arrobado, Tim se mantuvo sentado, transido y casi físicamente inmerso en la música. Mary había estado leyendo algo acerca de los retrasados mentales y, mientras lo contemplaba, recordó que muchas personas retardadas mostraban una verdadera pasión por la música de alto nivel y complejidad. Viendo ese vívido y ansioso rostro reflejar cada cambio de ritmo, su corazón penaba por él. ¡Qué hermoso era; qué hermoso!
    Hacia la medianoche el viento que llegaba desde el río, procedente del mar, se volvió todavía más frío, irrumpiendo por las abiertas puertas vidrieras de tal modo que Mary tuvo que cerrarlas inmediatamente. Tim se había ido a acostar alrededor de las diez, cansado por la excitación y el haber nadado gran parte de la tarde. De pronto, a Mary se le vino a la mente que tal vez estuviera pasando frío por lo que rebuscó en el armario del pasillo y sacó un edredón para echárselo encima.
    Una pequeña lámpara de petróleo ardía tenuemente sobre la cama. Tim le había confiado, con cierta vergüenza, que le daba miedo la oscuridad, y le había preguntado si no habría una lucecita que él pudiera tener cerca. Avanzando silenciosamente con el edredón apretado contra el cuerpo para que no fuera a derribar algo que hiciera ruido, Mary se acercó a la angosta cama.
    Tim yacía todo encogido, tal vez porque empezaba a sentir frío, con los brazos cruzados sobre el pecho y las rodillas dobladas. Los cobertores se habían deslizado en parte hacia el suelo, destapándole la espalda, la cual tenía en dirección a la ventana.
    Mary lo contempló atónita mientras se frotaba las manos dentro de los pliegues del edredón. El rostro dormido tenía una expresión de paz profunda; las pestañas, como de cristal, caían en abanico sobre los planos de las mejillas y la desordenada masa de pelo dorado formaba rulos sobre el cráneo de forma exquisita. Tenía los labios entreabiertos, y la expresión triste de su sonrisa le daba un aspecto de Pierrot, y su pecho se henchía y se abatía en forma tan imperceptible que por un momento a ella se le figuró que estaba muerto.
    Cuánto tiempo estuvo contemplándolo en silencio jamás lo supo, pero al fin se estremeció y, recapacitando, desdobló el edredón. No trató de arroparlo con las mantas y se contentó con alinear éstas en la cama y acomodarlas, echándole luego el edredón sobre los hombros alisándolo un poco. Tim suspiró y se movió recreándose en el calor, pero en cuestión de un momento había vuelto al mundo de los sueños. ¿En qué soñaba un joven retrasado mental?, se preguntó ella: ¿deambulaba en sus vagabundeos nocturnos tan impedido como lo estaba despierto, u ocurría un milagro que lo liberaba de sus cadenas? No había manera de saberlo.
    Al salir del cuarto, a Mary se le hizo la casa insufrible. Cerrando con todo cuidado las puertas de vidrio, cruzó la terraza y descendió por los escalones internándose en el sendero que conducía a la playa. Los árboles se agitaban inquietos en el puño del viento, el búho decía «¡mopok, mopok!» posado, con sus redondos ojos de lechuza parpadeando desde la imprecisa oscuridad, en una rama baja que se inclinaba sobre el sendero. Mary miró al pájaro sin verlo verdaderamente y al momento siguiente chocó con algo suave y pegajoso. Cuando la cosa se le adhirió al rostro, ella dejó escapar un gemido de miedo hasta que se dio cuenta de que era una telaraña. Se tanteó por todas partes cuidadosamente ante el pensamiento de que la dueña de la telaraña le anduviera en el cuerpo, pero sus manos no encontraron otra cosa que los pliegues de su vestido.
    Los bordes de la playa estaban cubiertos de ramas muertas y Mary empezó a juntarlas, formando un montón en el hueco de sus brazos, hasta que tuvo las suficientes; luego las colocó sobre la arena, cerca de una piedra grande, y con un fósforo les prendió fuego. La fría brisa marina que soplaba por las noches era el regalo de Dios a la costa oriental, pero se mostraba implacable con el cuerpo humano, sofocante durante todo el día y helada y penetrante por la noche. Podía haber regresado a la casa para ponerse un suéter, pero había algo extremadamente amistoso en una hoguera al aire libre y Mary necesitaba consuelo desesperadamente. Una vez que las ramas empezaron a crepitar bajo las llamas, Mary se sentó en una piedra y extendió las manos para calentárselas.
    Balanceándose acompasadamente hacia atrás y hacia adelante, suspendida de la copa de un árbol cercano, una zarigüeya la miraba fijamente con sus astutos ojos desmesurados, alerta la pequeña cara redonda. ¡Qué criatura tan extraña la que estaba ahí, agazapada ante aquella cosa luminosa que él sólo conocía como algo peligroso, con la luz lanzando sombras grotescas que a cada instante cambiaban de forma! Luego, la pequeña bestia bostezó, arrancó un níspero de la rama que pendía por encima de ella y empezó a masticarlo ruidosamente. Ella no era nada de temer, tan sólo una mujer agachada, con el rostro contraído por la pena, ni joven, ni bonita, ni atrayente.
    Mucho tiempo atrás, reflexionó Mary, el dolor había sido parte de su vida; con el mentón en la mano, se quedó mirando el fuego y su pensamiento voló hacia la época en que era una niña de corta edad en el dormitorio de un orfanato, lloriqueando a solas antes de dormirse. ¡Qué soledad la de entonces! Había sido tan intensa, que había habido veces en que ella había deseado que le llegara la amistosa ignorancia de la muerte. La gente decía que la mente de un niño no podía comprender ni desear la muerte; pero Mary sí podía; para ella no había recuerdos de un hogar, de unos brazos amorosos, de unos labios que le hubieran dicho cuánto la querían. Su desolación había sido completa, como una pérdida no reconocida pues no podía anhelar algo que nunca había conocido. En ocasiones había pensado que su infelicidad tenía sus raíces en su falta de atractivos, en el dolor que sentía cuando su idolatrada monja, la hermana Thomas, la dejaba, como de costumbre, por alguna otra niña más bonita o más atractiva.
    Sin embargo, si sus genes no la habían dotado de ningún encanto personal, habían traído consigo la clave de la fortaleza. Mary se había disciplinado mientras crecía hasta el punto de que, cuando llegó a los catorce años y con ellos el momento de abandonar el orfanato, había aprendido a subyugar y a triturar la infelicidad. Después de eso, había dejado de sentir a nivel humano, emocional, contentándose con el placer que le producía el hacer bien su trabajo y ver cómo sus ahorros se multiplicaban. No había sido exactamente un placer vacío, pero tampoco la había ablandado ni le había infundido ningún calor. No, su vida no había estado vacía o falta de estímulos, pero había sido totalmente privada de amor.
    No habiendo experimentado nunca las conmociones del impulso maternal o la urgencia de procurarse un compañero, Mary no era capaz de medir la calidad del amor que sentía por Tim. En realidad, ni siquiera sabía si lo que sentía por Tim podía llamársele propiamente amor. Sencillamente, el muchacho se había convertido en el sentido de su vida. En cada momento del día, estaba consciente de la existencia de Tim; venía a su mente mil veces al día y, si pensaba en Tim, se sorprendía sonriendo o sintiendo algo que sólo podría llamarse pena. Era casi como si él viviera dentro de su mente como una entidad completamente distinta de su ser real.
    Cuando se sentaba en la sala tenuemente iluminada, escuchando la obsesiva melodía de algún violín, mentalmente anhelaba algo que le era desconocido, aun cuando tratara de refrenar sus sentimientos; pero cuando se sentaba en la misma sala mirando a Tim, no había ya nada que buscar porque todo lo que alguna vez hubiera deseado estaba encarnado en él. Si se había hecho ilusiones respecto a él en las pocas horas que transcurrieron entre la primera vez que lo vio y el momento en que se percató de que era un retrasado mental, una vez descubierta la verdad había cesado de esperar de Tim algo más que el solo hecho de su existencia. Tim la arrobaba por completo; ésa era la única palabra que podía ocurrírsele para expresar medianamente lo que experimentaba.
    Todos los apetitos y anhelos de sus años de mujer habían sido despiadadamente suprimidos y nunca habían cobrado preponderancia en su interior porque siempre había tenido especial cuidado en evitar cualquier situación que pudiera estimularlos a florecer. Si descubría que un hombre le era atractivo, concienzudamente lo ignoraba; si la risa de un niño empezaba a metérsele en el corazón, se aseguraba de no volver a ver nunca a ese niño. Evitaba el lado físico de su naturaleza como a la peste, lo encerraba en algún oscuro y olvidado rincón de su mente y se negaba a aceptar que existiera. Evita los problemas, le habían dicho las monjas del orfanato, y Mary Horton los había evitado.
    Desde el principio, la belleza y desamparo de Tim la habían desarmado: Mary había sufrido veintinueve años de soledad. Era como si el muchacho genuinamente la necesitara, como si pudiera ver en ella algo que ella misma no veía. Nadie la había preferido jamás por encima de algún otro, nadie sino Tim. ¿Qué habría en su seca y práctica personalidad que Tim encontrara tan fascinante? La responsabilidad era algo terrible y muy difícil de manejar para alguien completamente ignorante en cuanto a emociones. Tim tenía madre, así es que no era eso lo que buscaba; y era demasiado niño y ella demasiado solterona para que fuera algo sexual. Debía haber muchas, muchas personas en su vida que habían sido crueles con él, pero debía haber también muchas, muchas personas que eran buenas y hasta bondadosas. A nadie con la naturaleza y aspecto de Tim le faltaría nunca amor. ¿Por qué, entonces, él la prefería?
    El fuego se estaba apagando. Mary se levantó para ir a buscar más ramas, pero luego decidió no revivirlo. Tomó asiento nuevamente y se quedó otro rato largo contemplando las agonizantes lucecitas de las brasas, con la mirada perdida. Un gusano asomó la cabeza fuera de la arena y se quedó mirándola; el calor del fuego se estaba extendiendo lentamente por debajo del suelo y obligaba a cientos de sus diminutos habitantes a huir o a achicharrarse. Sin percatarse de los estragos que las brasas estaban ocasionando, Mary las apagó con arena en vez de agua, lo cual era algo seguro como medida de precaución, pero nada refrescante para la arena o para sus inquilinos.

10

    Durante todo el verano Mary siguió llevándose a Tim con ella cuando iba a Gosford. Poco antes de que llegara abril y, con él, el otoño, el padre y la madre de Tim ya la conocían bien, aunque sólo por teléfono. Mary nunca había invitado a Ron y a Es Melville a Artarmon y ellos no habían querido pedirle que los visitara. A ninguno de los cuatro miembros de la familia se le había ocurrido preguntarse si todos se habían hecho la misma idea de Mary Horton.
    – Estoy pensando en pasar las vacaciones en la Gran Barrera este invierno, tal vez en julio o en agosto, y me encantaría llevarme a Tim conmigo si es que a ustedes les parece bien -le dijo Mary a Ron Melville un domingo en la noche.
    – ¡Por Dios, señorita Horton, es usted demasiado buena con Tim! Puede ir con usted, de acuerdo, pero con la condición de que él pague su pasaje.
    – Si usted lo quiere así, señor Melville, por mi parte no hay objeción alguna, pero le aseguro que nada me gustaría más que llevarme a Tim como mi huésped.
    – Es mucha amabilidad de su parte, señorita Horton, pero creo que Tim se sentirá mejor si paga su propio pasaje. Podemos permitírnoslo. Nosotros mismos lo hubiéramos llevado si se nos hubiera ocurrido, pero, no sé por qué, Es y yo nunca hemos salido de Sydney más allá de Avalon o Wattamolla.
    – Lo comprendo muy bien, señor Melville. Adiós.
    Ron colgó el auricular, se metió los pulgares en el cinturón y entró en la sala silbando.
    – ¡Oye, Es, la señorita Horton quiere llevarse a Tim a la Gran Barrera con ella en julio o en agosto! -anunció mientras se estiraba cómodamente en el sofá con los pies más altos que la cabeza.
    – Es muy buena con él -dijo Es.
    Pocos minutos después, el clip-clop de unos tacones altos resonó bajo la ventana, seguido del ruido de la puerta de atrás al ser cerrada de un golpe. Una joven entró en la habitación, les hizo una seña con la cabeza y se sentó dejando escapar un suspiro y sacándose los zapatos. Era al mismo tiempo parecida a Tim y diferente a él; la estatura y el pelo rubio estaban ahí, pero le faltaba la absoluta perfección de su figura, y sus ojos eran castaños.
    – Creo que por fin pude echarle la vista encima a la elusiva señorita Horton -murmuró a través de un bostezo, acercando una otomana lo suficientemente cerca como para apoyar los pies en ella.
    Es dejó de tejer.
    – ¿Y cómo es la señora? -preguntó.
    – No pude verla con todo detalle, pero es más bien bajita de estatura, su pelo es plateado, con un moño en la nuca, y parece una típica solterona. Unos sesenta y cinco años, diría yo, aunque realmente no pude verle la cara. ¡Pero qué coche, amigos! ¡Un Bentley grande, color negro, más o menos como los coches en los que aparece la reina Isabel! Yo diría que tiene dinero para tirar para arriba.
    – Yo no sé nada de eso, pero supongo que debe estar en muy buenas condiciones para ser dueña de todas esas propiedades.
    – ¡Claro! Me pregunto qué es lo que ve ella en Tim. A veces eso me preocupa… Y él está tan encariñado con ella…
    – ¡Oh, Dawnie, todo está bien! -repuso Es-. Te estás volviendo muy quisquillosa acerca de Tim y la señorita Horton.
    – ¿Qué quieres decir con eso de que me estoy volviendo quisquillosa? -exigió Dawnie en tono áspero-. ¡Al diablo, es mi hermano!, ¿o no? No me gusta esa nueva amistad y eso es todo. ¿Qué es lo que realmente sabemos acerca de la señorita Mary Horton?
    – Sabemos todo lo que hay que saber, Dawnie -dijo Es pacientemente-. Ella es muy buena con Tim.
    – ¡Pero él está tan fascinado con ella, mamá! ¡Todo se le va en Mary esto y Mary lo otro de tal modo que hay veces que me dan ganas de estrangularlo!
    – ¡Oh, vamos, Dawnie!, ¿ahora te has vuelto espía? A mí me parece que estás celosa -repuso Es.
    Ron frunció las cejas y miró a su hija.
    – ¿Con quién saliste esta noche, linda? -preguntó, cambiando el tema.
    El mal humor de la joven desapareció al instante cuando sus ojos vivarachos, llenos de inteligencia, parecieron reírse en su dirección.
    – Con el director-gerente de una firma internacional de medicamentos -dijo-. Pienso incorporarme a la industria.
    – ¡Por Dios! Me imagino que es la maldita industria la que está pensando en incorporarse en ti. ¿Cómo puedes mantener en un hilo a tantos tipos, Dawnie? ¿Qué es lo que ven en ti?
    – ¿Cómo voy a saberlo? -bostezó y luego inclinó la cabeza en un gesto de atención-. Aquí viene Tim -anunció.
    Un momento después, entró, cansado y feliz.
    – ¡Buen día, compañero! -lo recibió su padre alegremente-. ¿Tuviste un buen fin de semana?
    – Extrabueno, papá. Estamos poniendo macizos de flores en todo el derredor de la casa y vamos a construir una parrilla para carne asada en la casa de la playa.
    – Según eso, vas a hacer que esa casa parezca como de revista. ¿No es así, Es?
    Pero Es no le contestó; en vez de eso se enderezó súbitamente, tomando a su marido del brazo.
    – Oye, Ron -dijo-, ¿cómo pudo la señorita Horton hablar contigo por teléfono y estar aquí afuera para dejar a Tim un minuto después?
    – ¡Que me apaleen! Tim, ¿nos telefoneó la señorita Horton hace unos cuantos minutos, antes de que te dejara?
    – Sí, papá. Tiene un teléfono en su coche.
    – ¡Ésa sí que es buena! Eso me suena un poco como darse aires conmigo.
    – ¡Es que tiene que tener teléfono en su coche! -repuso Tim indignado-. Me dijo que su jefe, el señor Johnson, a veces necesita hablarle con urgencia.
    – ¿Y no pudo entrar un minuto a hablar con nosotros personalmente si estaba casi aquí fuera? -rezongó Dawnie.
    Las cejas de Tim se fruncieron.
    – No lo sé, Dawnie -dijo-. Creo que debe ser un poco tímida, como tú dices que soy yo.
    Ron lo miró, intrigado, pero no dijo nada sino hasta que Tim se fue a dormir. Retirando las piernas de encima del sofá, giró sobre sí mismo hasta quedar sentado de tal modo que podía ver cómodamente a su mujer y a su hija.
    – No sé si me estoy imaginando cosas, pero, ¿no habéis notado que Tim está mejorando un poquito? El otro día me llamó la atención cuando dijo una palabra más elegante que las que él usa; menos vulgar, diríamos.
    – Sí -confirmó Es-, yo ya lo había notado.
    – También yo, papá. Al parecer, la señorita Horton ocupa algo de su tiempo enseñando a Tim.
    – ¡Bendita sea y ojalá le vaya bien! -exclamó Es-. Yo nunca tuve la paciencia necesaria y tampoco la tuvieron los maestros en la escuela, pero yo siempre sostuve que Tim tiene talento para aprender.
    – ¡Oh, mamá, vamos! -replicó Dawnie-. ¡Ahora vas a querer que empecemos a llamarla Santa Mary!
    La joven se levantó con brusquedad.
    – ¡Y ya que no encontráis un mejor tema de conversación que la influencia de esa mujer sobre Tim -estalló-, mejor me voy a dormir!
    Ron y Es quedaron mirándose asombrados el uno al otro.
    – ¿Sabes, Ron? -comentó Es al fin-. Creo que Dawnie está un poquito celosa de la señorita Horton.
    – ¿Pero por qué diablos habría de estar celosa?
    – Eso no lo sé, querido. Las mujeres somos a veces verdaderamente posesivas. Me parece que Dawnie está enfurruñada porque Tim ya no le hace tantas fiestas como antes.
    – ¡Pero es que debería gustarle! Siempre se quejaba de que Tim no la dejaba en paz y, además, mientras más crece, más independiente se vuelve.
    – Pero es humana, amor; ella no ve las cosas como tú. Y es como el perro del hortelano.
    – Bien, tendrá que aflojar un poco, eso es todo. A mí me gusta mucho que Tim ande con la señorita Horton en lugar de estar aquí estorbando, en espera de que Dawnie llegue.
    Al día siguiente, Ron, como siempre, se encontró con su hijo en el «Seaside» y, juntos, se encaminaron a casa bajo la oscuridad que se acentuaba porque los días se iban haciendo más cortos.
    Cuando ¡legaron a la puerta de atrás, Es los estaba esperando con una expresión peculiar en el rostro. En la mano tenía un libro con ilustraciones de color, que agitó alborozadamente en la cara del muchacho.
    – ¿Tim, mi amor, es tuyo esto? -inquirió, con los ojos brillantes.
    Tim le echó una mirada rápida al libro y sonrió como si recordara algo agradable.
    – Sí, mamá -repuso-. Mary me lo dio.
    Ron tomó el libro, le dio vueltas y miró el título.
    – El gatito que se imaginó que era un ratón -leyó en voz alta.
    – Mary me está enseñando a leer -explicó Tim, sin saber por qué era el alboroto.
    – ¿Y ya puedes leer algo?
    – Un poquito. Es muy, muy difícil, pero no tanto como escribir. Pero Mary no se enoja cuando se me olvida.
    – ¿Te está enseñando a escribir, compañero? -preguntó Ron, casi sin poder creerlo.
    – Sí. Ella me escribe una palabra y yo la copio, tratando de hacerla igual. Todavía no puedo escribir ninguna palabra yo solo -al decir eso se le salió un suspiro-. Es mucho más difícil que leer.
    Dawnie llegaba a casa en esos momentos, hirviendo de excitación, con las palabras en la punta de la lengua, pero por primera vez en su vida se encontró con que tenía que esperar su turno después de Tim; sus padres ni siquiera se molestaron en preguntarle por qué estaba tan excitada, y diciéndole «¡Ssssh!» le indicaron que se incorporara al grupo.
    Tim leyó una página a la mitad del libro sin detenerse mucho a pensar las palabras o las letras y, cuando terminó, ellos gritaron y aplaudieron, le golpearon suavemente la espalda y le alborotaron el pelo. Inflado el pecho como una paloma buchona, se dirigió, pavoneándose, a su cuarto, llevando el libro reverentemente en las manos y sonriendo ampliamente; en toda su vida nunca había conocido un momento tan supremo. Tim los había puesto contentos, realmente les había gustado lo que había hecho y les había hecho sentirse orgullosos de él del mismo modo que estaban orgullosos de Dawnie.
    Después que Tim se fue a acostar, Es alzó la cabeza de su interminable labor.
    – ¿Te caería bien una taza de té, querido? -le preguntó a Ron.
    – Eso me suena como una idea excelente, mujer. Vamos, Dawnie; vamos a la cocina. Acompáñanos como una buena niña, ¿eh? Has estado muy callada toda la noche.
    – Hay un poco de pastel de frutas con helado de naranja o un bizcochuelo con crema que compré esta misma tarde -anunció Es, poniendo tazas y platos en la mesa-. ¿Qué preferís?
    – Bizcochuelo -dijeron, al unísono, Ron y Dawnie.
    En el aire había una deliciosa frescura pues ya eran los últimos días de abril y lo peor del calor había pasado. Ron se levantó y cerró la puerta de atrás, luego persiguió a una enorme polilla con un periódico enrollado hasta que la sorprendió golpeándose en vano contra la pantalla de la lámpara. El insecto cayó al suelo en medio de una leve lluvia de polvo dorado.
    – ¡Gracias, papá! -suspiró Dawnie, aflojándose-. No puedo soportar esas malditas cosas, volándome en la cara. Siempre me imagino que se me van a meter en el pelo o algo así.
    Ron sonrió.
    – ¡Vaya con las mujeres! Siempre les asusta todo lo que vuela o se arrastra. -Tomó una buena rebanada de pastel y se la llevó a la boca.- ¿Qué sucede, Dawnie? -pudo decir con la boca llena, limpiándose la crema alrededor de la nariz.
    – ¡Nada, nada! -se defendió ella con ardor, partiendo su pedazo de pastel y llevándose a la boca, con toda delicadeza, un pequeño trozo en la punta del tenedor.
    – ¡Vamos, mi niña, nunca podrás engañar a tu viejo! -repuso él, hablando ya con mayor claridad-. ¡Desembucha! ¿Qué te pasa?
    Dawnie dejó el tenedor sobre la mesa, frunció las cejas y luego levantó hacia él sus ojos llenos de luz. Al mirarlo, éstos cobraron una tierna luminosidad, porque la muchacha le tenía un gran cariño a su padre.
    – Si queréis saber los detalles feos primero -empezó-, os diré que estoy avergonzada de mí misma. Yo me moría por daros la noticia cuando llegué, esta noche, y cuando me encontré con que Tim era el centro de la atención, me enfadé un poco. Como sabéis, eso me fastidia. ¡El pobre muchachito! Toda su vida ha quedado detrás de mí y ahora, cuando tenía algo que mostrarnos, que nos hizo enorgullecernos de él, me pongo de mal humor porque me roba el espectáculo.
    Es estiró la mano y palmeó a su hija en el brazo.
    – Ya no pienses en eso, querida -le dijo-. Tim no se dio cuenta de nada y eso es lo que importa, ¿o no es así? Tú eres una buena chica, Dawnie, con el corazón donde debe estar.
    Dawnie sonrió y, de pronto, su parecido con Tim quedó al descubierto. Así era fácil comprender por qué tenía tantos pretendientes.
    – Gracias, mamá. Verdaderamente eres un apoyo. Siempre tienes algo lindo o consolador que decir.
    – Excepto cuando la emprende conmigo -dijo Ron con una sonrisa-. Entonces sí que eres brava, ¿o no, Es?
    – ¿Y qué más puede esperar un borrachín como tú?
    Todos se rieron. Es sirvió el té sobre la leche que había en el fondo de cada taza, un té tan fuerte y tan negro como si fuera café. La bebida quedó de un color café oscuro y opaca por la leche; los tres se sirvieron azúcar con largueza y tomaron el caliente líquido a grandes tragos.
    Sólo cuando Es les sirvió una segunda taza, reanudaron la conversación.
    – ¿Y qué era lo que querías decirnos, Dawnie? -le preguntó su madre a la muchacha.
    – Que me voy a casar.
    Hubo un sorprendido silencio que se rompió cuando la taza de Ron se asentó ruidosamente en el plato.
    – ¡Ésa es una bomba! -exclamó-. ¡Verdad de Dios que es una bomba! Nunca pensé que te casarías tan pronto, Dawnie. ¡Diablos! ¡La casa va a quedar vacía sin ti!
    Es miró a su hija tiernamente.
    – Muy bien, mi amor -dijo-. Yo sabía que atarías el nudo uno de estos días; si eso es lo que tú quieres, me alegro por ti. Me alegro de veras. ¿Quién es él?
    – Mick Harrington-Smythe, mi jefe.
    Ellos la miraron, incrédulos.
    – ¿Pero, no es ése el tipo con el que nunca te pudiste llevar bien porque siempre está diciendo que el lugar de las mujeres está en la cocina y no en un laboratorio de investigación?
    – ¡El mismo, ése es Mick! -contestó Dawnie alegremente y luego sonrió-. Supongo que decidió que el casarse conmigo era la única manera de sacarme del laboratorio y meterme en la cocina, que, según él, es mi lugar.
    – Es un poco difícil llevarse bien con él, ¿o no? -adujo Ron.
    – En ocasiones, pero no si una sabe cómo tratarlo. Su peor defecto es que es un snob. Ya sabéis lo que quiero decir… estudió en uno de los mejores colegios, tiene una casa en Point Piper y sus antecesores llegaron con la Primera Flota… sólo que no eran convictos, por supuesto, o si lo fueron, su familia no lo reconoce ahora. Pero yo lo separé de todo eso en poco tiempo.
    – ¿Cómo es entonces que quiere casarse contigo? -preguntó Es ácidamente-. Nosotros no sabemos quiénes fueron nuestros antecesores, excepto que a lo mejor fueron ladrones o asaltantes; y la calle Surf, en Coogee, no es exactamente la dirección más exclusiva de Sydney, ni es Randwick High el colegio de muchachas más elegante.
    – ¡Oh, mami -dijo Dawnie-, no te preocupes por eso! Lo importante es que quiere casarse conmigo y sabe exactamente dónde, cómo y de quiénes provengo.
    – Pero no podemos darte una boda muy lujosa, querida -dijo Es tristemente.
    – Yo he ahorrado un poquito de dinero y puedo pagar la clase de boda que los padres de él quieran. Personalmente, espero que se decidan por una ceremonia íntima, pero si quieren una cosa rumbosa y de mucho lujo, también la tendrán.
    – Te vas a avergonzar de nosotros -balbuceó Es, con lágrimas en los ojos.
    Dawnie soltó la risa y estiró los brazos hasta que los delgados músculos saltaron bajo la hermosa piel morena.
    – ¡Nunca en la vida! ¿Porqué diablos iba yo a avergonzarme de vosotros? Vosotros me habéis dado la vida mejor y más feliz a la que puede aspirar una muchacha; me criasteis libre de todos los prejuicios, de todas las neurosis y los problemas que parecen tener todas las chicas de mi edad. De hecho, hicisteis mejor vuestra tarea al criarme, que la que hicieron los padres de Mick, ¡eso os lo aseguro! ¡Si le gusto, tiene que gustarle también mi familia, o que se aguante!
    »Debe ser la atracción de los polos opuestos -prosiguió después de un breve silencio- ya que realmente no tenemos nada en común, excepto el cerebro. Como quiera que sea, él tiene ya treinta y cinco años y ha podido escoger entre todas las de sangre azul que Sydney le ha ofrecido durante los últimos quince años, pero acabó eligiendo a la pobre y humilde flor que se llama Dawnie Melville.
    – Ése es un punto a su favor, tengo que reconocérselo -dijo Ron pesadamente y luego suspiró-. Supongo que nunca querrá juntarse conmigo y con Tim para tomarnos una cerveza en el «Seaside» -comentó-. Un escocés con agua en un salón de lujo es más bien el estilo de esa clase de tipos.
    – Por el momento así es, pero no sabe lo que se está perdiendo. ¡Tú espera y verás, papá! Para fin de año lo voy a tener bebiendo contigo en el «Seaside».
    Es se levantó de la mesa repentinamente.
    – Dejadlo todo -dijo-. Limpiaré la mesa por la mañana. Me voy a acostar; estoy cansada.
    – ¡Pobre Dawnie! -le dijo Es a Ron cuando se metían en su vieja y cómoda cama-. ¡No sabe la vida que le espera casándose con un petimetre como ése!
    – Nunca es bueno salirse de la clase a la que uno pertenece -repuso Ron gravemente-. Ojalá tuviera ella menos talento; así se hubiera casado con algún fulano de nuestro mismo medio y se hubiera ido a vivir a alguna casa prefabricada de un barrio popular. Pero a Dawnie no le gustan los tipos ordinarios.
    – Bien; espero que todo salga bien -suspiró Es-, pero mucho me temo que no va a ser así a menos que Dawnie rompa toda relación con nosotros, Ron. Aunque a ella no le guste, creo que debemos irnos saliendo de su vida poco a poco en cuanto se case. Que ella misma se busque un lugar en su propio mundo ya que ése va a ser el mundo en el que va a criar a sus hijos, ¿no crees?
    – Tienes toda la razón, mujer -Ron se quedó contemplando el techo, parpadeando fuertemente-. Tim es el que más la va a extrañar -agregó-. ¡Pobre muchacho! No va a comprender nada.
    – No; pero es como un niño pequeño, Ron, y su memoria es corta. Ya lo conoces y sabes cómo es. Extrañará a su hermana igual que un niño pequeño lo hace al principio, pero luego la irá olvidando poco a poco. ¡Suerte que tiene a la señorita Horton, supongo! Me atrevería a decir que ella no va a estar siempre disponible, pero espero que dure lo suficiente para que consuele a Tim ahora que Dawnie tiene que irse.
    Después de un breve silencio, Es prosiguió, palmeándole un brazo a Ron:
    – La vida nunca resulta como uno espera, ¿no es así? Hubo un tiempo en el que yo me hacía la ilusión de que Dawnie nunca se casaría, de que ella y Tim acabarían sus días compartiendo esta casa una vez que nosotros nos hubiéramos ido. ¡Ella lo quiere tanto!
    »Pero me gusta que se case, Ron. Como le he dicho a Dawnie montones de veces, nosotros no esperamos que sacrifique su vida por Tim. No sería justo. Y, sin embargo… sigo pensando que ella está un poquito celosa de la señorita Horton. Este compromiso es demasiado súbito. Tim se encuentra una amiga y Dawnie se siente desplazada porque la señorita Horton se ha tomado la molestia de enseñar a Tim a leer y ella nunca lo hizo. Así es que, en seguida, ¡bum!: va y se compromete.
    Ron estiró un brazo y apagó la luz.
    – ¿Pero por qué con este tipo, Es? Yo ni siquiera pensé que le gustara.
    – Bueno; él es bastante mayor que ella y Dawnie se siente halagada porque la haya preferido a todas esas tipas de la aristocracia que pudo haber escogido. Probablemente también la tenga un poco impresionada con todos sus pergaminos y por el hecho de que es su jefe. Uno puede tener el mayor talento del mundo y, aún así, no ser más listo que el tonto más tonto del parque Callan.
    Ron se acomodó hasta que su cabeza encontró su hueco natural en la almohada.
    – ¡Bien! -dijo-, no hay nada que podamos hacer, ¿verdad? Ella ya tiene más de veintiún años y, además, nunca nos tomó mucho en cuenta. La única razón por la que nunca se metió en problemas es que es endemoniadamente viva, con una viveza natural, diría yo. -Le dio un beso a su esposa y agregó-: Buenas noches, querida. Estoy muy cansado, ¿tú no? Con toda esta maldita excitación…
    – Así es -bostezó ella-. Buenas noches, mi amor, que descanses.

11

    Cuando Tim llegó a la casa de Mary en Artarmon el sábado siguiente, estaba callado y un poco retraído. Mary no le preguntó qué era lo que le sucedía sino que inmediatamente lo hizo subir al Bentley y se pusieron en camino. Tuvieron que detenerse en unos viveros, cerca de Hornsby, para recoger muchas plantas y arbustos que Mary había ordenado en el transcurso de la semana, y la tarea de acomodarlos en el coche ocupó tanto a Tim que ella le ordenó que se quedara en el asiento de atrás, cuando volvieron a emprender la marcha, para que pudiera vigilar las plantas y ver que ninguna de ellas se cayera al suelo o manchara el tapizado de cuero.
    Ya en la casa de campo, Mary lo dejó que descargara las plantas y se dirigió directamente al cuarto del joven para sacar las cosas de su maleta, aunque ya para entonces Tim mantenía ahí un pequeño guardarropa en forma permanente. El cuarto había cambiado por completo; ya no se veía tan vacío ni estaba desteñido; en vez de eso mostraba ahora una gruesa alfombra color naranja, las paredes eran de un amarillo pálido con cortinas amarillo cromo y los muebles eran de estilo escandinavo. Puesto ya en su sitio todo lo que traía en su maleta Tim, Mary se dirigió a su propio cuarto y se acicaló antes de regresar al automóvil a ver cómo se las estaba arreglando Tim.
    Algo le sucedía, pues no era el de siempre. Frunciendo el entrecejo, Mary lo observó atentamente mientras él terminaba de sacar las plantas del maletero. Mary no pensaba que su problema fuera físico pues su piel se veía del dorado tono saludable de siempre y tenía los ojos claros y brillantes. Al parecer, lo que le estaba preocupando era algo que caía dentro de su esfera personal, aunque Mary dudaba que fuera algo que tuviera que ver con ella, a menos, por supuesto, que sus padres hubieran dicho algo de ella que lo hubiera trastornado o inquietado. ¡Pero, con toda seguridad, no era nada de eso! Hacía unas noches, había estado hablando un buen rato con Ron Melville y él estaba lleno de entusiasmo ante los progresos de Tim en la lectura y en los números.
    – ¡Es que es usted tan buena con él, señorita Horton! -le había dicho Ron-. Cualquier cosa que haga, no lo considere usted tiempo perdido. ¡Ojalá él la hubiera conocido a usted mucho antes! Se lo digo de veras.
    Almorzaron en silencio y luego se dirigieron al jardín con el problema de Tim, fuera éste el que fuese, aún sin mencionar. El muchacho se lo comunicaría a su tiempo; tal vez fuera mejor si ella actuaba como si nada hubiese pasado y le pedía que la ayudara a plantar las nuevas adquisiciones. El fin de semana anterior se habían divertido bastante en el jardín, discutiendo sobre si debían plantar todo un macizo de alhelíes o si era preferible mezclar con ellos espuelas de caballero y dragoncillos. Él no sabía el nombre de ninguna de las flores, así es que ella había sacado sus libros y le había mostrado dibujos de las mismas; Tim se había aprendido los nombres lleno de regocijo y, mientras trabajaba, había seguido repitiéndolos en voz baja una y otra vez.
    Trabajaron en silencio toda la tarde hasta que las sombras empezaron a alargarse y la brisa del mar empezó a soplar presagiando la noche.
    – Hagamos un fuego en la parrilla y comamos en la playa -sugirió Mary desesperadamente-. Podremos nadar mientras la parrilla se calienta lo suficiente para cocinar, y luego haremos una hoguera en la playa para secarnos y para que nos caliente mientras comemos. ¿Qué te parece, Tim?
    – Me parece muy bien, Mary -dijo Tim tratando de esbozar una sonrisa.
    Ya por entonces, Mary había aprendido a gozar del agua y hasta podía nadar unas cuantas brazadas, las suficientes, por lo menos, para aventurarse hasta donde a Tim le gustaba retozar. Se había comprado un traje de baño de gro negro con una falda bastante larga en aras de la modestia, y Tim había opinado que el traje era precioso. Su piel se había bronceado un poco, ahora que ella la exponía al sol, y su aspecto físico había mejorado mucho, se veía más joven y saludable.
    Tim no fue el impetuoso de siempre una vez que estuvieron en el agua; se limitó a nadar en silencio, olvidando sumergirse para torpedearla y en cuanto ella sugirió que salieran a la playa él la siguió al instante. Por lo común, el sacarlo del agua iba precedido de toda una batalla porque era capaz de estarse en ella hasta medianoche si lo dejaban.
    Mary había traído pequeñas chuletas de carnero y gruesas salchichas para tostarlas al fuego, dos de las cosas que a él más le gustaban, pero mordisqueó desanimadamente una chuleta sin reducirla gran cosa de tamaño y luego hizo a un lado su plato suspirando y sacudiendo la cabeza tristemente.
    – No tengo hambre, Mary -musitó.
    Se sentaron lado a lado en una toalla, frente a la hoguera, calentándose cómodamente a pesar del embate del viento de invierno. El sol se había puesto y el mundo estaba en esa etapa semioscura en la que todo parece desangrado de su brillo natural aunque todavía no ha oscurecido hasta el negro, el blanco o el gris. Por encima de ellos, en el claro y vasto cielo, la estrella de la tarde refulgía contra un horizonte de un tono verde manzana y unas cuantas estrellas de primera magnitud luchaban por imponerse a la media luz, apareciendo y desapareciendo a intervalos. Los pájaros piaban y chillaban por todas partes, preparándose a pasar la noche entre quejumbrosas peleas, y los matorrales se habían llenado de misteriosos chillidos y murmullos.
    Por lo común, Mary nunca se percataba de tales cosas y siempre había sido indiferente al mundo que la rodeaba, excepto cuando éste irrumpía en su vida, pero ahora se daba cuenta de qué atenta estaba a todo lo que la rodeaba, al cielo y a la tierra y al agua, a sus animales y a sus plantas, y todo le parecía bello y maravilloso. Tim era quien le había enseñado eso, desde el momento en que le había mostrado la cigarra maestro de coro de la adelfa. Él siempre acudía a ella para mostrarle algún pequeño tesoro natural que hubiera descubierto, así fuera una araña, una orquídea silvestre o algún animalito peludo, y Mary había aprendido a no saltar, con un gesto de repugnancia, sino a contemplarlos, como él lo hacía, por lo que eran, perfectos y parte tan funcional del planeta Tierra como lo era ella misma, si no más, porque a veces lo que Tim traía era algo verdaderamente raro.
    Preocupada e intranquila, Mary se removió en la toalla hasta que quedó sentada mirando el perfil del muchacho que se destacaba contra el borde perlado del cielo. La mejilla que estaba más cerca de ella estaba tenuamente delineada, el ojo, invisible en su oscurecida cuenca, la boca con su rictus más triste. Luego, Tim se movió ligeramente y lo poco que quedaba de luz se juntó sobre sus pestañas en una línea de gotas minúsculas que brillaban y resbalaban hacia abajo por la mejilla.
    – ¡Oh, Tim! -gritó ella, abrazándolo-. ¡No llores, mi querido niño, no llores! ¿Qué es, qué te pasa? ¿No puedes decírmelo, siendo tan buenos amigos como somos?
    Mary recordó que Ron le había dicho que Tim acostumbraba llorar mucho y como un niño pequeño, con hipos y berridos, pero que en los últimos tiempos había dejado de hacerlo. En las raras ocasiones en las que había vertido lágrimas, había llorado más como un adulto, según Ron, calladamente y para sí mismo. Precisamente de la manera como está llorando ahora, pensó ella, preguntándose cuántas veces habría llorado ese día sin que ella lo notara, cuando no estaba cerca de él o cuando se encontraba demasiado ocupada para prestarle atención.
    Demasiado turbada para juzgar la prudencia de su propia conducta, le puso una mano en un brazo y lo acarició suavemente, tratando de calmarlo lo mejor que podía. Tim se volvió hacia ella al instante, y antes de que pudiera hacer movimiento alguno, reclinó la cabeza en su pecho y se apretó contra ella como un animalito en busca de un lugar donde ocultarse, con las manos cerrándose en sus costados. Los brazos de Mary parecieron encontrar un lugar de reposo natural en la espalda de Tim y ella inclinó la cabeza hasta que su mejilla descansó en la cabeza del muchacho.
    – No llores, Tim -murmuró, alisándole el cabello hacia atrás y besándole la frente.
    Mary se afirmó en los talones, acunándolo en los brazos, con todo lo demás olvidado, excepto la realidad de poder impartirle consuelo. Él la necesitaba, se había vuelto hacia ella y ocultando el rostro como si pensara que tenía poderes para protegerlo del mundo. Nada podía haberla preparado para ese momento; nunca soñó que la vida pudiera darle un instante tan infinitamente dulce, tan agobiado de dolor. Bajo su mano, la espalda de él estaba fría y resbaladiza como el satén; la mejilla sin afeitar, que descansaba precisamente sobre sus senos, le raspaba la piel como lija fina.
    Torpemente y con cierto recelo al principio, Mary lo atrajo más hacia sí, pasándole un brazo suave pero firmemente por la espalda, con el otro protegiéndole la cabeza y sus dedos hundiéndose en su espesa cabellera, ligeramente salina. Los cuarenta y tres años huecos y sin amor de su vida quedaron cancelados, fuera de la existencia, y pagados en ese minúsculo espacio de tiempo. Con esto al final, esos años ya no importaban, y si fuera a haber cuarenta y tres años igualmente vacíos que soportar, tampoco podrían importar. No en ese momento.
    Después de un rato él dejó de llorar y quedó absolutamente inmóvil entre los brazos de Mary con sólo el imperceptible subir y bajar de su respiración diciéndole que seguía vivo. Tampoco ella se movía; el solo pensamiento de moverse la aterrorizaba porque el instinto le decía que, en cuanto cualquiera de ellos se moviera lo más mínimo, él se separaría o ella tendría que retirarse, así que apretaba los labios todavía más contra su cabello y cerraba los ojos, profundamente feliz.
    Tim dejó escapar un suspiro, profundo y sollozante, y se movió un poquito para acomodarse mejor, pero para Mary ésa fue la señal de que el momento había pasado; con gran gentileza se separó de él ligeramente de tal modo que él siguiera en sus brazos, pero pudiera alzar la cara para mirarla. Le tiró cariñosamente del cabello hasta que se vio obligado a alzar el rostro y la respiración se le cortó a Mary en la garganta. A la tenue luz, la belleza de Tim irradiaba un aura moribunda, era un Oberón o un Morfeo, irreal, de otro mundo. La luna había bajado a tomar posesión de sus ojos y los había cubierto de una capa de plata azulada; ellos la miraban ciegamente, como si la vieran desde el otro lado de una cortina irreal. Tal vez, en verdad, eso era lo que ocurría porque lo que él veía en ella, pensó Mary, ningún otro lo había visto jamás.
    – Tim -murmuró-, ¿no vas a decirme qué es lo que te hace tan infeliz?
    – Es mi Dawnie, Mary. Pronto va a irse y ya no vamos a verla mucho. Yo no quiero que mi Dawnie se vaya, ¡quiero que siga viviendo con nosotros!
    – Ya veo -ella volvió a mirarle los ojos de luna, que no parpadeaban-. ¿Va a casarse, Tim? ¿Es por eso que se va?
    – Sí, ¡pero yo no quiero que se case y se vaya! -gritó desafiantemente.
    – Tim, mientras sigas creciendo, vas a encontrarte con que la vida está hecha de encuentros, conocimientos y despedidas. Algunas veces queremos a las personas que encontramos; otras, no nos gustan las que encontramos, pero el conocerlas es la cosa más importante en esta vida, es lo que nos sostiene como seres humanos. ¿Sabes una cosa? Durante muchos años me negué a admitir eso y no era yo un ser humano muy bueno. Luego te encontré a ti y el conocerte cambió mi vida. Me he vuelto un ser humano mejor.
    »¡Ah, pero las despedidas, Tim! Ésas son las más duras, las más amargas de aceptar sobre todo si amamos; despedirse significa que ya nunca podrá ser lo mismo después; algo se ha ido de nuestras vidas; un poco de nosotros mismos se ha extraviado y jamás podrá ser encontrado ni devuelto. Sin embargo, hay muchas despedidas, Tim, porque ellas forman tanta parte de nuestra vida como el encontrar y el conocer. Lo que tú tienes que hacer es recordar que conociste a tu Dawnie, no pasarte la vida lamentándote porque tuviste que separarte de ella, pues esa separación no puede evitarse, es algo que tiene que suceder. Y si tú recuerdas haberla conocido en vez de lamentarte porque la has perdido, ya no dolerá tanto.
    »Y eso es algo muy largo y complicado y tú no comprendiste ni una palabra de eso, ¿no es así, amor?
    – Creo que entendí un poquito, Mary -repuso él con toda seriedad.
    Ella se rió, rompiendo el encanto y luego lo separó poco a poco de sus brazos. Incorporándose nuevamente, le alargó las manos y lo ayudó a levantarse.
    – Mary, eso que dijiste, ¿quiere decir que un día tendré que ver cómo te vas tú también?
    – No, a menos que quieras que me vaya, o a menos que me muera.
    La hoguera se había apagado y delgadas volutas de vapor se alzaban entre los granos de arena; súbitamente, la playa se volvió muy fría. Mary se estremeció y cerró los brazos sobre el pecho.
    – Vamos -dijo-. Regresemos a la casa, Tim. Ahí hay calor y hay luz.
    El muchacho la detuvo, mirándola a los ojos con una intensidad tan apasionada que era algo muy extraño en él.
    – ¡Mary -dijo-, hay algo que siempre he querido saber pero que nunca nadie ha querido decirme! ¿Qué es morir y estar muriendo y la muerte? ¿Es todo eso la misma cosa?
    – Todo se relaciona con lo mismo, efectivamente -Mary le tomó una mano y, llevándola al pecho de él, hizo que lo oprimiera precisamente por encima de la tetilla izquierda.
    – ¿Puedes sentir cómo late ahí tu corazón, Tim? -interrogó-. ¿Puedes sentir ese tump-tump, tump-tump bajo tu mano, siempre ahí, sin detenerse un solo momento?
    Tim asintió, fascinado.
    – Sí. ¡Puedo sentirlo! ¡De veras puedo sentirlo!
    – Bien; mientras siga latiendo así, tump-tump; tump-tump, puedes ver y oír, caminar, reírte y llorar, comer y beber y despertar en la mañana, sentir el sol y el viento. Cuando hablo de vivir, quiero decir eso: ver y oír, caminar, reír y llorar. Pero ¿has observado cómo las cosas se vuelven viejas, se desgastan o se rompen? ¿Has visto eso en una carretilla o tal vez en una mezcladora de cemento? Pues bien, nosotros, todos nosotros con un corazón bajo las costillas, y eso quiere decir todos, Tim, ¡absolutamente todos!, nos volvemos viejos y nos cansamos, y nos desgastamos también. Un buen día empezamos a rompernos y esa cosa que late y que puedes sentir se detiene como un reloj al que no se le ha dado cuerda. Eso nos sucede a todos, cuando nos llega la hora. Algunos de nosotros nos gastamos más pronto que otros, a algunos de nosotros se nos detiene el corazón por accidente, si vamos en un avión y éste choca o algo por el estilo. Ninguno de nosotros sabe cuándo se va a detener, no es algo que podamos controlar o predecir. Simplemente un día sucede, cuando ya estamos demasiado gastados o demasiado cansados para seguir adelante.
    »Cuando nuestro corazón se detiene, Tim, nosotros también nos detenemos. Ya nunca volvemos a ver ni a oír, ya no caminamos, no comemos, ya no podemos reír ni llorar. Estamos muertos, Tim, ya no somos, nos hemos detenido y tienen que ponernos aparte, donde podamos yacer y dormir sin que nadie nos moleste, debajo de la tierra para siempre.
    »Eso nos sucede a todos y no es algo que deba darnos miedo, pues no duele. Es simplemente como dormirse y nunca volver a despertar, y cuando estamos dormidos nada nos duele, ¿ono es así? Es bonito estar dormido, ya sea en una cama o debajo de la tierra. Lo que tenemos que hacer es gozar de la vida mientras estamos vivos, y luego no tener miedo de morir cuando nos llegue la hora de detenernos.
    – ¡Entonces, yo me podría morir tan fácilmente como tú, Mary! -dijo intensamente, con su rostro junto al de ella.
    – Sí, podría ser, pero yo soy vieja y tú eres joven; así es que, si seguimos como toda la gente, yo debo detenerme antes que tú. Yo estoy más gastada que tú, ¿ves?
    Tim estuvo a punto de soltar el llanto nuevamente.
    – ¡No, no, no! -casi gritó-. ¡Yo no quiero que te mueras antes que yo, no quiero que sea así!
    Mary le tomó las manos entre las suyas y se las frotó.
    – ¡Vamos, vamos, Tim, no te aflijas! ¿Qué es lo que te acabo de decir? ¡Vivir es gozar de cada instante de nuestra vida! ¡Morirse es algo que está en el futuro, algo que no debe preocuparnos, algo en lo que ni siquiera debemos pensar!
    »Morirse es la despedida final, Tim; la más difícil de soportar porque es una despedida para siempre. Pero todos tenemos que llegar a eso, así que es algo ante lo que no podemos cerrar los ojos o hacernos la ilusión de que no existe.
    »Si somos personas adultas y sensatas, si somos personas buenas y fuertes, comprendemos qué es el morir, sabemos que la muerte existe, pero no permitimos que eso nos preocupe. Ahora bien, yo sé que tú eres una persona adulta y sensata, sé que eres una persona buena y fuerte y quiero que me prometas que no te preocupará el morir, que no te asustará lo que me suceda a mí o te suceda a ti. Y quiero que me prometas que te portarás como todo un hombre cuando haya despedidas, que no harás que Dawnie sea infeliz siendo infeliz tú mismo. Dawnie está viva también y tiene tanto derecho a encontrar su manera de gozar de la vida como tú lo tienes; entonces, no hagas que eso sea más duro para ella haciéndole ver que te trastorna el que ella se case.
    Mary le tomó la barbilla y se asomó a los nublados ojos.
    – ¡Vaya pues! -dijo-. Sé que eres bueno y fuerte y bondadoso, Tim, así es que quiero que seas todas esas cosas con tu Dawnie y con todas las cosas que sucedan que puedan entristecerte, porque no debes estar triste ni un minuto más de lo debido. ¿Me lo prometes?
    El muchacho asintió con la cabeza gravemente.
    – Te lo prometo, Mary.
    – Entonces, regresemos a la casa. Tengo frío.
    Mary puso a funcionar la calefacción para calentar la sala y puso en la consola unos discos que sabía que le alegrarían. El tratamiento dio resultado y pronto Tim estaba riendo y hablando como si jamás hubiera ocurrido algo que amenazara su mundo. Exigió una lección de lectura, que Mary le impartió con todo gusto, y luego rechazó cualquier otra forma de diversión, enroscándose en la alfombra a los pies de ella en vez de sentarse con la cabeza apoyada en el brazo del sillón.
    – ¿Mary? -interrogó después de un rato largo y precisamente antes de que ella abriera la boca para decirle que era hora de que se fuera a la cama.
    – ¿Sí?
    Se volvió para verle el rostro.
    – Cuando yo estaba llorando y tú me abrazaste, ¿cómo se llama eso?
    La mujer sonrió, acariciándole el hombro.
    – Que yo sepa -repuso-, eso no tiene ningún nombre especial. Consolar, diría yo. Sí, creo que a eso se le llama consolar. ¿Por qué?
    – Porque me gustó. Mamá acostumbraba hacérmelo hace muchísimo tiempo, cuando yo era muy pequeño, pero después me dijo que ya era muy grande y nunca volvió a hacerlo. ¿Por qué tú no pensaste que yo era demasiado grande?
    Mary levantó una mano para cubrir sus ojos y la detuvo ahí un momento antes de que la dejara caer al regazo y la apretara fuertemente a la otra.
    – Supongo -dijo- que no pensé que eras grande y que me imaginé que eras pequeño. Pero no creo que sea muy importante lo grande que seas; lo importante es pensar cuán grande es tu pena. Ahora puedes ser un hombre grande, pero tu pena era todavía más grande, ¿o no? ¿Sirvió de algo el que te consolara?
    Tim se mostró satisfecho.
    – ¡Oh, sí, sirvió de mucho! Fue verdaderamente lindo. Me gustaría que me consolaran todos los días.
    Mary se rió.
    – Puede ser que te gustara que te consolaran todos los días, pero eso no va a suceder. Cuando se hace algo muy seguido, pierde su atractivo, ¿no crees? Si te consolaran diariamente, ya fuera que lo necesitaras o no, pronto te aburrirías. Y ya no sería igual de lindo.
    – Pero yo necesito que me consuelen todo el tiempo, Mary. ¡Necesito que me consuelen todos los días!
    – ¡Pamplinas! Eres un exagerado, mi amigo, ¡eso es lo que eres! ¡Bien! Creo que es hora de que te acuestes, ¿no crees?
    – Buenas noches, Mary -dijo él cuando se puso en pie-. Me gustas. Me gustas más que todos, excepto papá y mamá y me gustas igual que papá y mamá.
    – ¡Oh, Tim! ¿Qué pasó con la pobre Dawnie?
    – ¡Oh, mi Dawnie también me gusta! Pero tú me gustas más; me gustas más que nadie, excepto papá y mamá. Voy a llamarte mi Mary, pero ya no voy a llamar a Dawnie mi Dawnie.
    – ¡Tim, no seas rencoroso! ¡Eso es algo muy cruel y desconsiderado! Por favor, no hagas pensar a Dawnie que yo he tomado su lugar en tu afecto. Eso le dolería mucho.
    – Pero es que me gustas, Mary, ¡me gustas más que Dawnie! ¡No puedo evitarlo, eso es todo!
    – Tú también me gustas, Tim, y, realmente, más que nadie en todo el mundo porque yo no tengo ni papá ni mamá.

12

    Al fin se supo que Dawnie tenía la intención de que su casamiento con Michael Harrington-Smythe se celebrara a fines de mayo, lo cual dejaba muy poco tiempo para los preparativos. Habiéndose informado de los antecedentes de la futura novia de su hijo, los padres de Mick estaban tan ansiosos como los de Dawnie de que la ceremonia fuese lo más sencilla posible.
    Las dos parejas de padres más la pareja de los novios se encontraron en terreno neutral para planear el casamiento, siendo el terreno neutral un comedor privado en el «Hotel Wentworth», donde iba a celebrarse la recepción.
    Todo el mundo se sentía incómodo. Muy a disgusto con cuello y corbata él, y con el corsé de los domingos ella, Ron y Es estaban sentados en los bordes de sus respectivos sillones, rehusándose a entablar conversación, mientras que los padres de Mick, para quienes el cuello, las corbatas y los corsés eran cosa de todos los días, hablaban con voces aburridas en las que se adivinaba cierta altivez. Sin gran éxito, Mick y Dawnie trataban desesperadamente de aflojar la tensión.
    – Naturalmente, Dawn se casará de blanco, el vestido será de cola y tendrá por lo menos una dama -dijo en tono desafiante la señora Harrington-Smythe.
    Es pareció no comprender; había olvidado por completo que el verdadero nombre de Dawnie era Dawn y le parecía algo desagradable que le recordaran que la familia Melville había escogido un diminutivo de la clase baja. «¡Um!», expresó, lo cual la señora Harrington-Smythe tomó como asentimiento.
    – Los invitados a la ceremonia llevarán traje oscuro y corbata lisa de satén azul -continuó la señora Harrington-Smythe-. Puesto que va a ser una boda pequeña en privado, el traje de mañana o corbata blanca y levita resultarían de lo más inapropiado.
    – ¡Um! -dijo Es, con su mano buscando por debajo de la mesa la de su marido hasta que la encontró y la apretó agradecidamente.
    – Les daré a ustedes una lista de aquellas personas a quienes el novio desea que se inviten, señora Melville.
    Y así continuó la conversación hasta que la señora Harrington-Smythe observó:
    – Me parece que Dawn tiene un hermano mayor, señora Melville, pero Michael no me ha dado la menor idea de qué parte va a desempeñar en la ceremonia. Naturalmente, usted comprenderá que no puede ser el padrino ya que ese papel lo llenará un amigo de Michael, el señor Hilary Arbuckle-Hearth y, realmente, no se me ocurre qué otra función podría desempeñar en una ceremonia tan pequeña. A menos, por supuesto, que Dawn decida cambiar de opinión y lleve otro acompañante, además de su dama.
    – Así está bien, señora -dijo Ron pesadamente, apretando la mano a Es-. No esperamos que Tim esté en la ceremonia. De hecho, estábamos pensando permitirle irse con la señorita Horton ese día.
    Dawnie abrió la boca, asombrada.
    – ¡Pero, papá -protestó-, no podéis hacer eso! ¡Tim es mi único hermano y quiero que esté en mi casamiento!
    – ¡Pero, Dawnie querida, bien sabes que a Tim no le gusta estar entre mucha gente! -protestó su padre-. ¡Piensa en la que se armaría si empezara a vomitar por todas partes! ¡Por Dios! ¿No sería todo un espectáculo? No, creo que sería mejor para todos que Tim se fuera con la señorita Horton.
    Los ojos de Dawnie se llenaron de lágrimas.
    – ¡Cualquiera diría que te avergüenzas de él, papá! -repuso-. Yo no me avergüenzo de él. ¡Y quiero que todos lo conozcan y lo quieran tanto como yo!
    – Dawnie, querida, yo creo que tu padre tiene razón en lo de Tim -medió Es-. Ya sabes que no le gusta estar entre mucha gente, y aunque no se sintiera mal, no estaría contento si tuviera que estar sentado durante toda la ceremonia.
    Los Harrington-Smythe se miraban entre ellos, completamente asombrados.
    – Yo pensaba que era mayor que Dawn -dijo la señora Harrington-Smythe-. Lo siento; no sabía que era sólo un niño.
    – ¡Bien, pues no es ningún niño! -explotó Dawnie, con las mejillas encendidas-. ¡Es un año mayor que yo, pero es un retrasado mental! ¡Eso es lo que ellos tratan de ocultar!
    Hubo un silencio impresionante; la señora Harrington-Smythe tamborileó la mesa con los dedos y Mick miró a Dawnie con genuina sorpresa.
    – Nunca me dijiste que Tim era un retrasado -dijo.
    – ¡No, no lo hice porque nunca se me ocurrió que fuera algo que te importara! Hemos tenido a Tim con nosotros siempre y forma parte de mi vida, ¡una parte muy importante de mi vida! ¡Yo nunca recuerdo que es retrasado cuando hablo de él; eso es todo!
    – No te enojes, Dawn -rogó Mick-. Realmente no es nada importante y tú tienes toda la razón. Simplemente me sorprendí un poco.
    – ¡Pues sí estoy enojada! ¡Yo no estoy tratando de ocultar el hecho de que mi único hermano es un retrasado mental; son mi padre y mi madre los que aparentemente se han propuesto hacerlo! ¡Papá! ¿Cómo podéis hacer eso?
    Ron pareció cohibido.
    – Bien, Dawnie -dijo-. No es que estuviera tratando exactamente de ocultarlo; es que pensamos que serían menos molestias para ti si él no estuviera presente. A Tim no le gusta que haya mucha gente, tú lo sabes. Todo el mundo empieza a mirarlo tanto que él se siente a disgusto.
    – ¡Oh, pobrecito! ¿Es tan feo? -preguntó la señora Harrington-Smythe con cierta duda en los ojos cuando éstos se detuvieron en Dawnie. ¿Y si fuese algo hereditario? ¡Y el idiota de Michael, escogiendo una muchacha como ésta, de la clase baja, con todas las maravillosas muchachas de su clase que tenía a su disposición! Por supuesto, decían que era extraordinariamente brillante, pero la brillantez no era substituto del buen linaje y jamás podría compensar la vulgaridad; ¡y toda la maldita familia de ella era vulgar, vulgar, vulgar! La muchacha no tenía absolutamente nada de pulimento, no sabía cómo comportarse con la gente decente.
    – Tim es el hombre más guapo que jamás haya yo visto -replicó Dawnie ferozmente-. La gente lo mira con admiración, no con disgusto, ¡pero él no nota la diferencia! Todo lo que él sabe es que le están mirando y no le gusta esa sensación.
    – Claro que es muy hermoso -contribuyó Es-. Como un dios griego, según dice la señorita Horton.
    – ¿Quién es la señorita Horton? -preguntó Mick, esperando poder cambiar el tema.
    – La señorita Horton es la dama a quien Tim le arregla el jardín los fines de semana.
    – ¡Oh! ¿De veras? ¿Tim es jardinero, entonces?
    – ¡No! ¡No es ningún jardinero! -saltó Dawnie ante el tono de voz-. Trabaja como obrero de la construcción durante la semana y los sábados se gana un poco de dinero extra arreglándole el jardín a esa señora, que es muy rica.
    La explicación de Dawnie sólo sirvió para empeorar las cosas; los Harrington-Smythe se revolvían en sus sillones y trataban de no mirarse entre ellos ni a los Melville.
    – Tim tiene un coeficiente mental de setenta y cinco -explicó Dawnie, ya más calmada- y, como tal, se supone que nadie puede emplearlo, pero mis padres han sido maravillosos con él, desde el principio. Comprendieron que no podrían estar a su lado toda la vida para mantenerlo y lo criaron de tal modo que él pudiese mantenerse y ser tan independiente como fuera posible, dadas las circunstancias. Desde el día que cumplió quince años Tim se ha ganado la vida como simple obrero, pues ésa es la única clase de trabajo que es capaz de desarrollar. Debo añadir que sigue trabajando con la persona que lo contrató cuando tenía quince años, lo cual puede ayudarles a comprender qué empleado tan valioso y bien apreciado es.
    »Papá ha estado pagando una póliza de seguro desde que supo que Tim era un retrasado mental, así que mi hermano nunca tendrá que preocuparse en lo económico; siempre tendrá lo suficiente para vivir. Desde que yo empecé a trabajar he contribuido a aumentar el monto de la prima y también va a dar ahí parte del sueldo de Tim. ¡Él es el miembro más rico de la familia!
    »Hasta hace poco no sabía leer ni escribir ni hacer cuentas; pero mamá y papá le enseñaron las cosas verdaderamente importantes, como por ejemplo, cómo andar por la ciudad para ir de un trabajo a otro y de un lugar a otro, sin necesidad de que alguien esté siempre a su lado. Le enseñaron a contar el dinero, aunque no puede contar ninguna otra cosa, lo cual es extraño; uno diría que él podría asociar lo que hace con el dinero con otra clase de cuentas, pero no es así. Ésa es una de las bromas horribles que la mente les juega a los retrasados. Sin embargo, puede comprar el billete del autobús o del tren y también puede comprarse comida y ropa. Actualmente no es para nosotros ninguna carga y nunca lo ha sido. Yo estoy muy orgullosa de mi hermano y lo quiero muchísimo, pues no existe una persona más buena, más dulce ni más digna de amor. Y oye esto, Mick -añadió, volviéndose a su prometido-, cuando Tim quede solo y necesite un hogar, me lo voy a llevar conmigo. Si no te parece, lo siento mucho. Puedes cancelar todo el asunto ahora mismo.
    – Dawn, mi querida Dawn -contestó Mick, imperturbable-. Me casaría contigo aunque tuvieras diez hermanos retrasados mentales y completamente estúpidos.
    La respuesta no la satisfizo, pero estaba demasiado excitada para analizar por qué no le había gustado y, posteriormente, se olvidó del asunto.
    – Eso no es nada hereditario -explicó Es, un poco patéticamente-. Fueron mis ovarios, según los médicos. Yo tenía más de cuarenta años cuando me casé con Ron y nunca había tenido niños antes. Por lo tanto, Tim nació tonto, ¿saben? Dawnie salió bien porque mis ovarios ya habían aprendido a funcionar. Sólo fue el primero, Tim, el que resultó afectado por ellos. Pero es como dice Dawnie: sencillamente no existe alguien más bueno que Tim.
    – Ya veo -dijo el señor Harrington-Smythe, sin saber qué otra cosa decir-. Bien, creo que no le corresponde a nadie sino al señor y a la señora Melville decidir si su hijo debe o no asistir al casamiento.
    – Y ya lo hemos decidido -repuso Es con firmeza-. Como no puede soportar la presencia de mucha gente, Tim no asistirá. A la señorita Horton le encantará llevárselo a pasar con ella el fin de semana.
    Dawnie soltó el llanto y corrió al tocador, donde su madre se le unió unos minutos después.
    – No llores, querida -la consoló, palmeándole la espalda.
    – ¡Es que todo está saliendo mal, mamá! A ti y a papá no os gustan los Harrington-Smythe, vosotros tampoco les caéis bien a ellos ¡y yo ya no sé lo que piensa Mick! ¡Oh, todo va a ser horrible!
    – ¡Cálmate, Dawnie! Ron y yo pertenecemos a un mundo diferente del de los Harrington-Smythe, eso es todo. Ellos normalmente no se mezclan con gente como nosotros, así es que, ¿cómo quieres que sepan qué hacer cuando se ven obligados a mezclarse con gente como nosotros? Y lo mismo sucede de allá para acá, querida. Los Harrington-Smythe no son la clase de gente con la que yo juego tenis los martes, jueves y sábados ni las que Ron se encuentra en el «Seaside» y en el Club.
    »Tú eres ya toda una mujer, Dawnie -prosiguió la madre- y una muchacha de veras inteligente. Debes comprender que jamás podremos ser amigos. ¡Vaya, ni siquiera nos reímos de lo mismo! Pero tampoco somos enemigos, y mucho menos con nuestros hijos casándose la una con el otro. Y nunca nos reuniremos, excepto tal vez cuando haya bautizos y cosas así. Además, así es como debe ser. ¿Por qué tendríamos que ser carne y uña simplemente porque nuestros hijos se casaron? Y creo que eres lo suficientemente inteligente para comprender todo eso, ¿o no?
    – Sí -dijo Dawnie limpiándose las lágrimas-, supongo que sí. ¡Pero es que yo deseaba que todo saliera perfecto!
    – Claro que sí, mi amor, pero la vida no es así, no lo ha sido nunca. Fuiste tú la que escogió a Mick y él a ti, no nosotros ni los Harrington-Smythe. Si por nosotros hubiera sido, jamás te hubiéramos casado con alguien como Mick, ni los Harrington-Smythe a él contigo. ¡Vaya apellido de dos cañones, si me lo preguntas! Pero lo estamos haciendo lo mejor que podemos, dadas las circunstancias, así que, por lo que más quieras, no hagas una tragedia de lo de Tim. Él no tiene por qué entrar en esto y no es justo que tú lo mezcles a la fuerza. Deja que el pobre muchacho viva su propia vida y no se los impongas por la fuerza a los Harrington-Smythe. Ellos no lo conocen como nosotros, así que, ¿cómo puedes esperar que comprendan?
    – ¡Dios te bendiga, mamá, no sé qué haría sin ti! Se supone que yo soy la más inteligente de los Melville, pero a veces tengo la curiosa sensación de que los inteligentes sois tú y papá. ¿Cómo lo hacéis para ser así?
    – Ni yo hice nada, querida, ni lo hizo tu padre. La vida es la que nos hace prudentes, mientras más vivimos. Cuando tus hijos sean grandes como tú lo eres ahora, vas a ser tú la que los deslumbre. Para entonces yo ya estaré haciendo crecer las margaritas.
    A final de cuentas, Ron telefoneó a Mary Horton y le pidió que resolviera la cuestión de si a Tim debería permitírsele asistir a la boda. Aunque nunca se habían visto y él comprendía que la señorita Horton pertenecía más al círculo de los Harrington-Smythe que al de los Melville, Ron se sentía en cierto modo más en confianza con ella; la señorita Horton comprendería el dilema en que se encontraba y ofrecería una solución razonable.
    – Es un mal negocio, señorita Horton -dijo, respirando ruidosamente en el receptor-. Los Harrington-Smythe no están nada contentos con la elección que hizo su precioso hijo y, honradamente, yo no puedo culparlos. Ellos temen que mi muchacha no encaje en su medio y, si no fuera porque Dawnie es tan endiabladamente lista, a mí también me preocuparía eso. Como están las cosas, creo que ella aprenderá más aprisa de lo que ellos puedan creer y nadie tendrá jamás motivo de vergüenza por algo que ella diga o haga.
    – Yo no conozco a Dawnie personalmente, señor Melville -contestó Mary en tono comprensivo-, pero por lo que he oído, estoy segura de que tiene usted razón. Yo no me preocuparía por ella.
    – ¡Ah! Si no estoy preocupado -repuso él-. Dawnie tiene todo lo que necesita para ese negocio y saldrá adelante. Es Tim el que me tiene preocupado.
    – ¿Tim? ¿Y por qué?
    – Bueno… él es… ¿cómo diríamos?… diferente. Jamás crecerá como debe ser y él no sabe cuándo comete una equivocación; no puede aprender nada cuando las comete. ¿Qué va a pasar con el pobre infeliz cuando le faltemos?
    – Yo pienso que ustedes han hecho un trabajo espléndido con Tim -dijo Mary, con la garganta apretada sin saber por qué-. Lo han criado de tal modo que es sorprendente lo independiente y autosuficiente que es.
    – ¡Bueno, eso ya lo sé! -replicó Ron-. Si el asunto fuera únicamente el que él pueda arreglárselas solo, yo no me preocuparía, pero no es eso, ¿sabe usted? Tim necesita a su madre y a su padre para que le den cariño y tranquilidad porque no ha crecido lo suficiente como para encontrar a alguien que nos reemplace, una mujer y una familia propia, quiero decir, que es lo que un hombre hace normalmente.
    – ¡Pero los tendrá a ustedes todavía por muchos años, señor Melville! Todavía son jóvenes, usted y su esposa.
    – En eso es en lo que está usted equivocada, señorita Horton. Es y yo ya no somos jóvenes. Nos llevamos seis meses de diferencia y ambos cumplimos los setenta este año.
    – ¡Ah!
    Hubo un súbito silencio durante un momento y luego volvió a dejarse oír la voz de Mary con cierto titubeo.
    – Nunca me hubiera imaginado que usted y la señora Melville fueran tan mayores.
    – Pues sí lo somos. Le diré, señorita Horton: con Dawnie casándose con un tipo que definitivamente no va a querer cargar con el hermano de su esposa, un retrasado mental, Es y yo estamos muy preocupados a causa de Tim. A veces, en la noche, oigo llorar a la pobre Es y sé que llora por Tim. Él no nos sobrevivirá mucho, va usted a verlo. Cuando se encuentre solo, sencillamente se morirá de pena. Ya verá usted.
    – La gente no se muere de pena -dijo Mary gentilmente. Hablaba así porque en su existencia nunca había habido sacudidas emocionales.
    – ¡Al diablo, cómo que no! -explotó Ron-. ¡Oh! Le ruego me perdone, señorita Horton. Sé que no debería maldecir así, pero ¡me extraña que usted no crea que la gente puede morirse de pena! Yo mismo he visto suceder eso; y más de una vez. Y a Tim le va a pasar algo así; sencillamente se desmoronará. Uno necesita el deseo de vivir tanto como la salud, querida señorita. Y no teniendo a nadie que se preocupe por él, Tim se morirá. Pasará el tiempo sentado, llorando, olvidándose de comer, hasta que se muera.
    – Bien; mientras yo viva, siempre habrá alguien que se preocupe por él -repuso Mary tentativamente.
    – ¡Pero usted tampoco es joven, señorita Horton! Yo confiaba en Dawnie, pero ahora ya no es posible -dijo y dejó escapar un suspiro-. ¡Vaya, pues! No tiene caso llorar sobre la leche derramada, ¿verdad?
    Mary tenía ya en la punta de la lengua el asegurarle a Ron que ella no tenía setenta años, pero antes de que pudiera decir algo, Ron prosiguió:
    – En realidad, la llamé para consultar con usted si Tim puede asistir a la boda. A mí me gustaría que fuera, pero sé que no se va a sentir bien sentado todo el tiempo durante la ceremonia y luego en la recepción. Dawnie se enojó mucho cuando dije que yo creía que Tim no debía asistir, pero todavía sigo pensando igual. A lo que yo quería llegar era a esto: ¿querría usted que Tim pasara en su compañía ese fin de semana?
    – ¡Claro que sí, señor Melville! Pero a mí me parece que es una pena que Tim no esté con ustedes para ver a Dawnie arreglarse y que no pueda asistir al casamiento… Quisiera proponerle algo: ¿por qué no lo llevan a la iglesia para que vea casarse a Dawnie y yo paso por él inmediatamente después para que no tenga que asistir a la recepción?
    – ¡Oiga, ésa es una magnífica idea, señorita Horton! ¡Qué diablos! ¿Cómo no se me ocurrió a mí? Eso resuelve todos nuestros problemas, ¿o no lo cree usted así?
    – Sí; creo que sí. Llámeme cuando ya tenga todos los detalles respecto a la hora, el sitio, etcétera, y yo le doy mi palabra de que me encargaré de Tim después de la ceremonia.
    – Señorita Horton, ¡es usted formidable! ¡De veras lo es!

13

    Para Tim, los preparativos de la boda fueron algo excitante. Dawnie se mostró con él especialmente considerada y tierna durante la semana anterior a lo que en su corazón ella consideraba como su deserción, y le dedicó todo el tiempo a su familia.
    La mañana del casamiento, un sábado, Tim se vio atrapado por el bullicio y el pánico que amenazaba avasallarlos a todos en cualquier momento, y deambuló por la casa, estorbando y haciendo sugestiones inútiles. Le habían comprado un traje nuevo, de un color azul oscuro, con pantalones acampanados y una chaqueta ligeramente larga, a lo Cardin, y estaba emocionadísimo de lucirlo. Se lo había puesto en cuanto se levantó y se pasó la mañana pavoneándose y tratando de mirar su reflejo en cada espejo.
    Cuando vio a Dawnie vestida de novia, se quedó pasmado.
    – ¡Oh, Dawnie! -musitó, mirándola con sus enormes ojos azules-. ¡Pareces la princesa de un cuento de hadas!
    La joven lo apretó contra su pecho, reprimiendo las lágrimas.
    – ¡Tim! Si alguna vez tengo un hijo, ojalá sea tan guapo como tú -le dijo besándolo en la mejilla.
    Tim quedó encantado, no por la referencia al hijo de ella, que no había comprendido, sino por el abrazo.
    – ¡Me consolaste! -canturreó gozosamente-. ¡Me consolaste, Dawnie! ¡Eso es igual que ser consolado! ¡Es lo más lindo que conozco!
    – Ahora, Tim, vete a la puerta del frente y vigila los coches -le ordenó Es, preguntándose si todavía tenía la cabeza en su sitio y tratando de ignorar el dolorcito de costado que desde hacía tiempo la venía molestando.
    Dawnie entró con su padre en el gran coche que encabezaba la procesión, la solitaria dama de honor se acomodó en el segundo, y Es metió a Tim en el tercero, junto con ella.
    – Siéntate quietecito y pórtate bien -le dijo recostándose en el lujoso asiento con un suspiro.
    – Te ves muy bonita, mamá -dijo Tim, más acostumbrado que su madre al interior de un automóvil elegante y tomándolo como la cosa más natural.
    – Gracias, querido; ojalá me sintiera igual -replicó Es.
    Es había tratado de vestirse lo más discretamente posible, comprendiendo que los futuros parientes políticos de Dawnie no se impresionarían con el atuendo que acostumbraban las madres de las novias del círculo de los Melville. Así pues, con un suspiro de tristeza había hecho a un lado su delicioso sueño de un vestido de encaje de guipur color malva, estola, zapatos y sombrero con un ramo de lilas del mismo color y, en vez de eso, había escogido un vestido de shantung azul pálido sin ramo alguno y con sólo dos modestas rosas blancas.
    La iglesia estaba ya llena cuando ella y Tim se sentaron en el primer banco del lado de la novia; durante todo el recorrido por el pasillo, Es había estado consciente de las miradas que le echaban a Tim todos los invitados por parte del novio, abriendo la boca, se dijo ella misma, igual que si fueran unos don nadie de la clase baja. El señor y la señora Harrington-Smythe lo miraban como si no pudieran dar crédito a sus ojos y en las miradas de absolutamente todas las mujeres menores de noventa años había destellos de adoración. Es estaba feliz de que Tim no fuera a la recepción.
    Tim se comportó perfectamente durante la ceremonia, que afortunadamente no duró mucho. Después, mientras las cámaras de los fotógrafos relampagueaban y se formaban grupos para las felicitaciones de costumbre, Es y Ron condujeron calladamente a Tim junto a un muro, que estaba a corta distancia, frente a la iglesia, e hicieron que se sentara ahí.
    – Ahora vas a esperar aquí a Mary como un buen niño y no te vas a mover de aquí, ¿oíste? -dijo Es con firmeza.
    Tim asintió con la cabeza.
    – Muy bien, mamá -repuso-. Aquí esperaré. ¿Puedo ir a ver a Dawnie cuando baje por la escalinata?
    – Por supuesto que sí. Simplemente no te alejes de aquí y si alguien trata de trabar conversación contigo, contesta educadamente pero nada más. Ahora papá y yo tenemos que regresar a la iglesia porque nos necesitan para tomar algunas fotografías, ¡Dios los ayude! Nos veremos mañana en la noche, cuando la señorita Horton te traiga a casa.
    Los novios y todos los invitados hacía ya diez minutos que se habían ido cuando el automóvil de Mary Horton apareció en el extremo de la calle. Estaba furiosa porque se había perdido en el laberinto de pequeñas calles que hay alrededor de Darling Point, pensando que San Marcos era una iglesia diferente más cerca del nuevo camino de South Head.
    Tim seguía sentado en el pequeño muro, frente a la iglesia, con el sol de otoño filtrándose por las hojas de los árboles en suaves rayos dorados que danzaban con el polvo. El muchacho parecía perdido, abandonado y solo, mirando la calle con aire de desamparo y, obviamente, preguntándose qué habría sucedido con ella. El traje nuevo le quedaba perfectamente, pero lo hacía aparecer un extraño, muy buen mozo, pero sofisticado. Sólo en la pose era Tim, obediente y quieto, como un niño bien educado. O como un perro, pensó ella; igual que un perro; seguiría sentado ahí hasta morir de hambre antes que moverse para sobrevivir, porque sus seres queridos le habían dicho que se sentara ahí y no se moviera.
    Las palabras que Ron le había dicho por teléfono acerca de Tim todavía resonaban en sus oídos; era obvio que Ron creía que tenía la misma edad que ellos, que andaba en los setenta, pero Mary no lo había sacado del error, curiosamente reacia a divulgar su verdadera edad. ¿Y por qué hice eso?, se preguntaba; había sido algo innecesario y tonto.
    ¿Podría realmente alguien morir de tristeza? Las mujeres sí se morían de tristeza en las novelas románticas de tiempos pasados; ella siempre se había imaginado que la muerte de la heroína era tanto invención de la imaginación febril del autor como el resto de la extravagante trama. Pero quizás ocurriera tal cosa en la vida real; ¿qué haría ella si Tim se alejaba de su vida para siempre, arrancado de su lado por unos padres iracundos o, Dios no lo quisiera, por la muerte? ¡Qué vida tan gris y triste sería aquella en la que no hubiera un Tim! ¡Qué inútil sería seguir viviendo en un mundo sin Tim! Él se había convertido en el núcleo de su existencia toda, hecho en el que ya varias personas habían reparado.
    No hacía mucho, la señora Emily Parker se había invitado ella sola ya que, según había explicado, «Ahora ya no la veo nunca los fines de semana».
    Mary había murmurado que se encontraba muy ocupada.
    – ¡Ja, ja, ja! -había contestado la señora Parker-. ¡«Ocupada» es la palabra! ¡Qué bien! -le había cerrado un ojo a Mary y le había dado un afectuoso codazo en las costillas-. Debo decir que se ha encariñado usted con el joven Tim, señorita Horton, pero los entrometidos de nuestra calle ya están haciendo funcionar las lenguas con algo escandaloso.
    – Me he encariñado bastante con el joven Tim -replicó Mary calmadamente, empezando a recuperar su equilibrio-. ¡Es un muchacho tan bueno, tan ansioso de ayudar, tan solitario! Al principio le hice que me arreglara el jardín porque se me ocurrió que el dinero podría servirle, luego empecé a conocerlo y comenzó a gustarme por ser como es, a pesar de su retraso mental. Es sincero, ingenuo y no tiene la menor malicia. ¡Es algo tan estimulante el encontrar a alguien tan lleno de desinterés!, ¿no cree usted? -y se quedó mirando a la señora Parker con aire ingenuo.
    La señora Parker le devolvió la mirada, completamente derrotada por la sutileza de Mary.
    – Pues… ejem… creo que sí. Y, estando usted sola, es para usted una buena compañía, ¿o no?
    – ¡Claro que lo es! Tim y yo nos distraemos bastante estando juntos. Arreglamos el jardín o escuchamos música, nos vamos a nadar o a pasar el día en el campo; hacemos muchas cosas. Los gustos de él son sencillos y me está enseñando a apreciar la simplicidad. Yo no soy una persona con la que es fácil llevarse, pero, en cierto modo, Tim se amolda a mi manera de ser perfectamente. Él me saca de adentro lo mejor que hay en mí.
    A pesar de su entrometimiento, la señora Parker tenía buen corazón y, en términos generales, no era criticona. Sonriendo, golpeó suavemente a Mary en un brazo como para darle ánimos.
    – ¡Vaya! -dijo-. Pues me da mucho gusto por usted, querida. Creo que es muy bueno que haya encontrado usted a alguien que le haga compañía, estando tan sola como está. ¡Ya me encargaré yo de decirles un par de cosas a los lengualarga que hay en la vecindad! Yo les dije claramente que usted no era el tipo de las que se compran un amiguito.
    »¡Bien! -había proseguido-. ¿Qué tal si nos tomamos una tacita de té, eh? Quisiera saber todo lo del joven Tim y cómo se está portando.
    Pero Mary no se movió durante un momento, con el rostro curiosamente vacío de toda expresión. Luego miró a la señora Parker con aire de asombro.
    – ¿Es eso lo que ellos piensan? -preguntó con tristeza-. ¿Es realmente eso lo que se imaginan? ¡Qué cosa tan asquerosa y despreciable de parte de ellos! ¡No es por mí por lo que lo digo, sino por Tim! ¡Oh, Dios, qué cosa tan repulsiva!
    El jefe de Mary, Archie Johnson, fue otro de los que habían notado el cambio en ella, aunque sin saber específicamente la razón. Estaban comiendo juntos un almuerzo rápido en la cafetería de la compañía un día, cuando Archie abordó el tema.
    – ¿Sabes, Mary?, no es que me interese y, si me dices que no es asunto mío, harás bien, pero parece como que últimamente estás ampliando tus horizontes, ¿me equivoco?
    Ella lo había mirado fijamente, confusa y sorprendida.
    – ¿Cómo dice, señor?
    – ¡Ah, vamos, Mary! ¡Y no me llames «señor» ni «señor Johnson»! Estamos en la hora del almuerzo.
    Mary depositó el cuchillo y el tenedor junto al plato y lo miró con toda calma. Había trabajado con Johnson más años de los que podían recordar, pero sus relaciones siempre se habían visto severamente restringidas al trabajo y a ella todavía le costaba esfuerzo aflojarse lo suficiente durante sus poco frecuentes, pero obligados encuentros sociales.
    – Si quieres decir que en los últimos tiempos he cambiado, Archie, ¿por qué no lo dices? Te aseguro que no me ofenderé.
    – Bien. Eso es lo que quiero decir. Has cambiado. ¡Claro que sigues siendo una bruja terrible y aún aterrorizas a las mecanógrafas, pero has cambiado! ¡Por Dios, y de qué modo! Hasta los demás habitantes de nuestro pequeño mundo lo han notado. Te ves mejor que antes, como si hubieras salido al sol en vez de vivir bajo una piedra como un caracol. Y hasta te oí reír el otro día, cuando esa idiota de Celeste estaba haciendo sus payasadas.
    Mary sonrió levemente.
    – Bien, Archie -repuso-. Creo que todo el asunto podría resumirse mejor si dijera que al fin me he unido a la raza humana. ¿No es ésa una hermosa frase? Un cliché tan sólido y respetable como el mejor.
    – ¿Y qué diablos hizo que una solterona como tú se haya unido a la raza humana después de todos estos años? ¿Te conseguiste un novio?
    – En cierto modo. Aunque no del tipo que todos piensan. Algunas veces, mi querido Archie, surgen cosas que benefician a una soltera mucho más que la simple gratificación sexual.
    – ¡Oh!, en eso estamos de acuerdo. Es el que lo amen a uno lo que hace milagros, Mary, es ese maravilloso sentimiento de ser deseado y de que lo necesiten a uno y lo estimen. Lo sexual es simplemente el merengue sobre el pastel.
    – ¡Veo que eres muy perspicaz! No me extraña que hayamos trabajado juntos con tanta armonía durante tantos años. Tienes mucho más sentido común y sensibilidad que el hombre de negocios común y corriente, Archie.
    – ¡Parece imposible, Mary, pero tú has cambiado! Y el cambio te ha mejorado, diría yo. Y si sigues mejorando así, hasta te invitaría a cenar.
    – ¡Aceptado! ¡Me gustaría saludar a Patricia!
    – ¿Y quién dijo que Tricia estaba invitada? -sonrió él-. Debí haber imaginado que no habías cambiado hasta ese grado. Ya en serio, creo que a Tricia le encantaría ver el cambio con sus propios ojos, así es que, ¿por qué no vienes a cenar con nosotros una de estas noches?
    – Me encantaría. Dile a Tricia que me llame y nos pondremos de acuerdo.
    – Bien, pero basta ya de evasivas. ¿Cuál es el origen de tu nuevo apego a la vida, querida?
    – Supongo que habría que decir que un niño, excepto que es una clase muy especial de niño.
    – ¡Un niño! -Archie se echó atrás en el sillón, inmensamente complacido-. Debería haber adivinado que se trataba de un niño. Una incorruptible solterona empedernida como tú se ablandaría mucho más rápido bajo la influencia de un niño que bajo la de un hombre.
    – No es tan sencillo como eso -contestó ella lentamente, sorprendida de que pudiera sentirse tan relajada y libre de aprensiones; nunca antes se había sentido tan a gusto con Archie-. Se llama Tim Melville y tiene veinticinco años, pero a pesar de todo es un niño. Es un retrasado mental.
    – ¡Santos y sacrosantos sapos! -exclamó Archie, mirándola con los ojos desorbitados; tenía la manía de acuñar interjecciones raras, aunque no groseras-. ¿Y cómo demonios te metiste en eso?
    – Se me fue metiendo poco a poco, supongo. Es muy difícil defenderse contra alguien que no sabe qué es defensa; y es todavía más duro herir los sentimientos de alguien que no comprende por qué lo lastiman.
    – Efectivamente; así es.
    – Bien; me lo llevo conmigo a Gosford los fines de semana y espero llevarlo de vacaciones a la Gran Barrera este invierno. Él, de una manera muy sincera, parece preferir mi compañía a la de ningún otro, excepto sus padres. Son gentes muy buenas.
    – ¿Y por qué no iba a preferir tu compañía, vieja tragafuego? ¡Que me asusten, mira qué hora es! Le diré a Tricia que se ponga de acuerdo contigo para lo de la cena y luego quiero saberlo todo. Por ahora, regresemos al trabajo. ¿Ya te dijo McNaughton lo de la concesión que hemos logrado para explorar Dindanga?
    En cierto modo, a Mary le había complacido que tanto la señora Parker como Archie hubieran aceptado de una manera tan natural su amistad con Tim y que se hubieran alegrado por ella.
    Todavía no se había fijado la fecha de la prometida cena con Archie y su igualmente volátil esposa, pero Mary descubrió que, por primera vez en veinte años, esperaba con ansia esa reunión.
    Cuando Tim vio el Bentley acercándose en su dirección, su rostro se iluminó de alegría y saltó del muro inmediatamente.
    – ¡Mary -exclamó, metiéndose de prisa en el asiento delantero-, me alegro mucho de verte! Pensé que se te había olvidado.
    La mujer le tomó una mano y la puso contra su mejilla unos momentos, tan llena de lástima y remordimiento por llegar tarde, que olvidó que se había prometido a sí misma no volver a tocarlo.
    – Tim, no sería capaz de hacerte eso. Es que me perdí. Confundí San Marcos con otra iglesia y me perdí; eso es todo. Sigue sentado y ponte a gusto porque acabo de decidir que iremos a Gosford.
    – ¡Oh, qué bueno! Pensé que tendríamos que quedarnos en Artarmon porque ya es tarde.
    – No, ¿por qué no habríamos de ir? Y tendremos mucho tiempo para nadar cuando lleguemos allá, a menos que el agua esté muy fría; eso sí, aunque esté helando, prepararemos la cena en la playa. -Le echó una mirada con el rabo del ojo, saboreando el contraste entre su sonriente felicidad de esos momentos y la soledad desesperante de unos cuantos minutos antes-. ¿Cómo estuvo el casamiento? -preguntó.
    – Muy hermoso -contestó Tim en tono serio-. Dawnie parecía una princesa de un cuento de hadas y mamá parecía una hada madrina. Llevaba un vestido azul, muy bonito, y Dawnie un vestido blanco con una cola, lleno de adornos, y un gran ramo de flores en la mano y un velo blanco en la cabeza, como una nube.
    – Eso suena maravilloso. ¿Estuvieron todos contentos?
    – Creo que sí -repuso él en tono de duda-, pero mamá lloró y papá también lloró, pero dijo que era el viento que se le había metido en los ojos; luego se enojó mucho conmigo cuando yo dije que no había ningún viento en la iglesia. Mamá dijo que ella lloraba porque estaba muy feliz a causa de Dawnie. Yo no sabía que la gente llorara cuando está feliz, Mary; yo no lloro cuando estoy feliz, sólo lloro cuando estoy triste. ¿Por qué tiene uno que llorar si está feliz?
    Mary sonrió, sintiéndose de pronto tan feliz ella misma que casi quería llorar.
    – No lo sé, Tim, excepto que a veces sucede así. Pero cuando tú estás tan feliz que lloras, lo sientes diferente, es algo muy lindo.
    – ¡Ah!, entonces, ojalá me sintiera yo tan feliz que tuviera que llorar. ¿Por qué no soy tan feliz que tenga yo que llorar, Mary?
    – Bien; para eso tienes que estar viejo, me imagino. Uno de estos días puede sucederte a ti también, cuando ya estés lo bastante viejo y canoso.
    Perfectamente satisfecho ahora que ya le habían contestado todas las preguntas, Tim se reclinó en el asiento y se puso a mirar el paisaje, algo de lo que parecía no cansarse jamás. Tenía la insaciable curiosidad de los muy jóvenes y la capacidad de poder hacer lo mismo una y otra vez sin aburrirse. Cada vez que iban a Gosford, actuaba como si fuera la primera vez, tan asombrado ante el paisaje y el desfile de vida ante sus ojos como encantado de ver la casa de campo al final del sendero y ansioso por descubrir qué había crecido un poco más durante su ausencia, qué florecido o qué se había marchitado.
    Esa noche, cuando Tim se fue a la cama, Mary hizo algo que nunca antes había hecho; entró en su cuarto, lo arropó con las mantas y luego le dio un beso en la frente.
    – Buenas noches, querido Tim -dijo-; duerme bien.
    – Buenas noches, Mary -contestó soñolientamente; ya estaba medio dormido en cuanto su cabeza tocaba la almohada.
    Luego, mientras ella cerraba la puerta con cuidado, su voz volvió a dejarse oír:
    – ¿Mary?
    – ¿Sí, Tim, qué pasa? -ella giró en redondo y regresó junto a la cama.
    – Mary, tú nunca te irás ni te casarás como mi Dawnie, ¿verdad?
    Ella dejó escapar un suspiro.
    – No, Tim, te prometo que no haré eso. Mientras tú seas feliz, estaré contigo. Ahora duérmete y no te preocupes más.

14

    A final de cuentas Mary no pudo dejar su trabajo para llevar a Tim de vacaciones como le había prometido. La «Constable Steel & Mining» había comprado una franja de terreno rica en mineral en lo más remoto del noroeste del continente y, en vez de ir a la Gran Barrera con Tim, Mary tuvo que acompañar a su jefe en un viaje de inspección. Se suponía que el viaje iba a durar una semana, pero acabó durando más de un mes.
    Casi siempre ella se divertía bastante en esas infrecuentes correrías; Archie era un buen compañero y su estilo de viajar tendía a ser muy lujoso. En esa ocasión, sin embargo, llegaron a una zona en la que no había caminos, pueblos ni gente. La última etapa del viaje tuvieron que hacerla en helicóptero pues no había manera de llegar por tierra a esa área y el grupo tuvo que acampar bajo una lluvia fuera de estación, constantemente mojados, acosados por el calor, las moscas, el lodo y un brote de disentería.
    Más que a nadie, Mary extrañaba a Tim. No había manera de enviarle una carta, y el radioteléfono se usaba exclusivamente para tratar asuntos de negocios y para llamadas de emergencia. Sentada en la goteante tienda, tratando de desprender algo del pegajoso y negro lodo de sus piernas y ropas, con una espesa nube de insectos revoloteando alrededor de la solitaria lámpara de petróleo y con el rostro hinchado por docenas de picaduras de mosquito, Mary suspiraba por su casa y por Tim. La exuberancia de Archie ante los resultados de los ensayos del mineral le era difícil de sobrellevar y le fue necesaria toda su acostumbrada compostura para parecer siquiera cortésmente entusiasmada.
    – Éramos doce en el grupo -le dijo Archie a Tricia una vez que, ya de regreso en Sydney, comentaban el viaje cómodamente instalados.
    – ¿Únicamente doce? -preguntó Mary incrédulamente, guiñando el ojo a la esposa de Archie-. ¡Hubo ocasiones en las que hubiera jurado que éramos por lo menos cincuenta!
    – ¡Óyeme bien, vieja horrible, deja de parlotear y déjame contar la historia! Acabamos de regresar del peor mes que jamás haya pasado ¡y ya me estás echando a perder lo que voy a decir! No tenía por qué pedirte que pasaras bajo mi techo tu primera noche de regreso en la civilización, pero ya que lo hice, ¡lo menos que puedes hacer es estarte ahí, calladita y formal, como eras antes, mientras yo le cuento a mi esposa lo que pasó!
    – Dale otro whisky, Tricia, antes de que le dé un ataque de apoplejía. Juro que ésa es la razón por la que está tan excéntrico en su primera noche de regreso. Durante las últimas dos semanas, desde el momento en que lamió la última gota de la última botella de escocés que llevábamos con nosotros, ha estado insoportable.
    – Bien, ¿y cómo te sentirías tú, querida -Archie apeló a su esposa-, empapada hasta los huesos todo el tiempo, comida viva por toda la gama del mundo de los insectos, con barro de pies a cabeza y con nada que oliera a mujer a mil quinientos kilómetros de distancia, excepto esta vieja arpía? ¿Y qué te parecería no tener nada que comer sino guiso en lata y que se te hubiera agotado la bebida? ¡Por las barbas de mi abuela, qué ciénaga de lugar! ¡Yo hubiera dado la mitad del contenido del maldito mineral que encontramos por un buen filete y una botella de «Glen Grant» para rociarlo!
    – No necesitas decírmelo -dijo Mary, soltando la risa y volviéndose impulsivamente a Tricia-. ¡Tu esposo casi me volvió loca! Ya sabes cómo se pone cuando no puede tener su exquisita comida, su whisky de doce años de añejo y sus puros habanos.
    – No, no sé cómo se pone cuando no puede tener sus pequeñas comodidades, querida, pero treinta años de estar casada con él me hacen que me estremezca sólo de pensar todo lo que habrás tenido que pasar.
    – Te aseguro que no lo soporté mucho tiempo -repuso Mary sorbiendo su jerez con delicia-. A los dos días de estar oyendo sus lamentaciones salí a dar una vuelta y cacé unos pájaros que encontré jugueteando en una ciénaga para ver si así cambiábamos un poco nuestra dieta de guiso enlatado.
    – ¿Y qué pasó con las provisiones, Archie? -le preguntó su esposa con curiosidad-. No es muy propio de ti el que se te olvide llevar algo para casos de emergencia.
    – La culpa la tuvo nuestro imponderable guía. Más o menos la mitad de los del grupo éramos de aquí, de Sydney, fuera de los topógrafos que recogimos en Wyndham junto con dicho guía, el señor Jim «Zopenco» Barton. Al tipo se le ocurrió mostrarnos de qué pasta están hechos los verdaderos colonizadores, así es que, después de asegurarme que él se encargaría de las provisiones, llenó todo el espacio disponible con lo único que él come: ¡guiso, guiso y más guiso!
    – No critiques demasiado al pobre hombre, Archie -regañó Mary-. Después de todo, nosotros éramos extraños y él estaba en su elemento. Si él viniera a la ciudad, ¿no te encargarías de deslumbrarlo con todas nuestras frivolidades urbanas?
    – ¡Y tú me lo dices, Mary! ¡Fuiste tú la que le quitó todo el almidón, no yo! -Archie se volvió hacia su esposa-. ¡Cómo me hubiera gustado que la hubieras visto cuando regresó al campamento, querida! Ahí estaba, enfundada en ese horrible uniforme de solterona inglesa que tanto le gusta, cubierta hasta el ombligo de un lodo negro y apestoso, arrastrando a alrededor de una docena de pajarracos oscuros. Los había atado del pescuezo con una cuerda y venía remolcándolos con la cuerda. ¡Yo pensé que a nuestro inefable Jim Barton le iba a dar un ataque, de tan furioso que estaba!
    – Estaba furioso, ¿verdad? -comentó Mary complacientemente.
    – Bien; en primer lugar, él se había opuesto a que Mary fuera con nosotros pues resultó que es un confirmado misógino; según dijo, ella no haría más que estorbarnos, sería un peso muerto, un fastidio y unas cuantas cosas más por el estilo. Y he aquí que ahora era ella la que nos traía la salvación culinaria, precisamente cuando él estaba seguro de que iba a empezar a mostrarnos de qué pasta tan suave estábamos hechos los haraganes de la ciudad. ¡Vaya! ¡Tuvo que ser mi Mary la que lo puso en su lugar! ¡Qué pajarraco tan formidable eres, querida!
    – ¿Y qué clase de pájaros eran? -preguntó Tricia, tratando de mantenerse seria.
    – ¡Por Dios no lo sé! -repuso Mary-. Eran simplemente unos pájaros zancudos. Pero estaban gordos, que era todo lo que importaba.
    – ¡Pero podían haber sido venenosos!
    Mary rompió a reír.
    – ¡Qué tontería! Según lo que sé, muy poco de lo que llamamos materia viva es venenoso en realidad, y si calculas las probabilidades en una computadora, descubrirás que éstas están de nuestra parte la mayoría de las veces.
    – Barton, el colonizador, nos salió también con eso -interpuso Archie recordando-. Mary abrió los pájaros y los preparó con algo de salsa que sacó de las latas de guiso y unas hojas que cortó en la maleza porque pensó que olían bien. Barton, el explorador, pegó un brinco hasta el techo diciendo que podían ser venenosas, pero Mary se le quedó mirando con esa miradita que le ataca a uno los nervios y le dijo que, en su opinión, nos habían dado las narices para que éstas nos dijeran si algo era comible o no, y que su nariz le decía que no había nada malo con esas hojas. Por supuesto que tenía razón, de más está decirlo, pero luego procedió a darle al hombre una erudita conferencia acerca del Clostridium botulinum, o sea lo que sea eso, que al parecer se desarrolla en las latas de guiso y que es por lo menos diez veces más tóxico que cualquier cosa que crezca en la maleza. ¡Yo me moría de risa!
    – ¿Y les gustó lo que preparaste, Mary? -preguntó Tricia.
    – A mí me supo a néctar y ambrosía al mismo tiempo -comentó Archie en tono de entusiasmo, antes de que Mary pudiera contestar-. ¡Rayas galopantes, qué comida! Nosotros nos atracamos mientras ella, muy melindrosa, mordisqueaba un ala, perfectamente peinada y sin siquiera una sonrisa. Una cosa sí te digo, Mary, y es que ya debes ser toda una leyenda en Wyndham a estas alturas, con todos esos topógrafos hablando de tus hazañas. ¡Vaya si le bajaste los humos a Barton, el explorador!
    Tricia se moría de risa.
    – Mary -dijo-, debería estar horriblemente celosa de ti, ¡pero gracias a Dios que no tengo por qué estarlo! ¿Qué otra esposa no sólo no necesita experimentar un poquito de celos con la secretaria de su marido, sino que también puede estar segura de que ella se lo devolverá intacto a casa, sacándolo de cualquier lío en que se haya metido?
    – A la larga, lo más fácil es traerlo de regreso a su casa, Tricia -dijo Mary solemnemente-. Si hay algo que a mí me aterre, es el pensamiento de tener que domar a un nuevo jefe.
    Tricia se puso en pie precipitadamente, buscando la botella de jerez.
    – Toma otra copa, Mary, por favor. Jamás pensé que llegaría yo a decir que gozaba de tu compañía, ¡pero no recuerdo haberme reído así en mucho tiempo! -Se detuvo abruptamente, llevándose la mano a la boca-. ¡Oh, Dios!
    – exclamó-. ¡Qué cosas tan terribles digo!, ¿verdad? No era mi intención… lo que quise decir es que has cambiado, Mary, que ya no eres la de antes, ¡eso es todo!
    – Ahora estás empeorando las cosas, querida -dijo Archie sonriendo-. ¡Pobre Mary!
    – ¡No tienes por qué compadecerme, Archie Johnson! Sé muy bien lo que Tricia quiso decir y tiene toda la razón.

15

    Cuando Tim llamó a la puerta de atrás el primer sábado después de que Mary hubo regresado a Sydney, ella fue a abrirle con cierta inquietud. ¿Qué iba a sentir al verlo nuevamente después de esa primera separación? Mary abrió la puerta de un golpe, con las palabras a punto de brotarle de los labios, pero de pronto perdió la voz, se le hizo un nudo en la garganta y no podía librarse de él para hablar.
    Tim estaba en el escalón de la puerta, sonriéndole, con una expresión de amor y de bienvenida bailándole en los hermosos ojos azules. Mary extendió los brazos, le tomó las manos estrechándolas con fuerza, sin pronunciar ni una palabra, y las lágrimas le corrieron por las mejillas.
    Esta vez fue Tim el que la rodeó con los brazos y le apretó la cabeza contra su pecho, acariciándole el cabello.
    – No llores, Mary -le dijo en voz baja, pasándole desmañadamente la palma de la mano por la cabeza-. Te estoy consolando para que no llores. ¡Ya, ya, ya!
    Mary se apartó de él, buscando un pañuelo.
    – Ya estoy bien, Tim, no te preocupes -repuso, secándose los ojos. Le sonrió y le acarició una mejilla, incapaz de resistir la tentación-. Te extrañaba tanto, que lloré de felicidad al volverte a ver. Eso es todo.
    – A mí también me dio muchísimo gusto verte, pero yo no lloré. ¡Si supieras cuánto te he extrañado! Mamá dice que he estado insoportable desde que te fuiste.
    – ¿Ya desayunaste? -preguntó ella, luchando por recuperar la compostura.
    – Todavía no.
    – Entonces, ven y siéntate mientras te preparo algo -dijo, mirándolo con fervor, casi sin poder creer que en realidad estuviera ahí, que no la había olvidado-. ¡Oh, Tim -agregó-, es tan lindo volver a verte!
    Tim se sentó a la mesa, sin perderla de vista ni un segundo mientras ella se movía por la cocina.
    – Me sentía como enfermo todo el tiempo que no estuviste aquí, Mary. ¡Era algo gracioso! No podía comer mucho y me dolía la cabeza si veía la televisión. Ni siquiera en el «Seaside» estaba yo a gusto; la cerveza no me sabía igual. Papá decía que no me aguantaba porque no podía estarme quieto ni quedarme en un solo lugar.
    – Bueno, es que también estás extrañando a Dawnie, ¿sabes? Te has de haber sentido muy solo sin tener a Dawnie y sin tenerme a mí tampoco.
    – ¿Dawnie? -pronunció el nombre lentamente, como si buscara su significado-. ¡Pues no lo sé! Creo que ya olvidé a Dawnie. Eras tú a la que no olvidé. Pensé en ti todo el tiempo, ¡todo el tiempo!
    – Bueno, pues ya estoy de regreso y todo eso ya pasó -dijo Mary alegremente-. ¿Qué vamos a hacer este fin de semana? ¿Qué tal si nos vamos a la casa de campo aunque el agua esté tan fría que no podamos nadar?
    – ¡Ay, Mary -dijo Tim, reflejándose en su rostro el placer que sentía-, eso suena fantástico! ¡Vámonos a Gosford!
    Mary se dio vuelta para mirarlo, sonriéndole de una manera tan tierna que Archie Johnson no la hubiera reconocido.
    – No, hasta que no te tomes tu desayuno, amiguito. Te encuentro un poco delgado; así es que vamos a tener que alimentarte bien.
    Masticando el último fragmento de su segunda chuleta, Tim la miró frunciendo las cejas con asombro.
    – ¿Y ahora qué pasa? -preguntó Mary, mirándolo atentamente.
    – No lo sé… me sentí muy raro cuando te estaba consolando… – le costaba trabajo expresarse, buscando palabras que no había en su vocabulario-. Algo raro de verdad -finalizó torpemente, incapaz de pensar otra manera de decirlo y consciente de que no había logrado expresar su idea.
    – Quizá te sentiste ya un hombre grande como tu papá, ¿no es así? Consolar a otro es algo que sólo puede hacer una persona adulta.
    El fruncimiento de cejas que había en el rostro de Tim desapareció inmediatamente, dando paso a una ancha sonrisa.
    – ¡Eso es, Mary! Me sentí como una persona adulta.
    – ¿Ya terminaste? Entonces, vamos a reunir nuestras cosas y nos pondremos en camino, pues en esta época oscurece muy temprano y tenemos mucho que hacer en el jardín.
    En los alrededores de Sydney, el invierno apenas si merece tal nombre, excepto para sus residentes más débiles. Los bosques de eucaliptos conservan sus hojas, el sol brilla cálidamente durante todo el día, las cosas siguen retoñando y floreciendo y la vida no entra en ese estado de amodorrado suspenso, curiosamente inmóvil, como ocurre en otros climas.
    El jardín de la casa de campo de Mary era una masa de flores: diferentes variedades de alhelíes, dalias y otras flores saturaban el aire con su perfume hasta varios cientos de metros alrededor. El césped aparecía brillante, más verde en invierno que en ninguna otra estación. Mary había hecho que pintaran la casa de blanco, con adornos negros y habían retocado la pintura plateada del techo metálico.
    Al desembocar al pequeño claro donde la casa se alzaba, ella no pudo menos que admirarla. Había una gran diferencia entre como estaba ahora y como se veía seis meses antes. Mary se volvió a mirar a Tim.
    – ¿Sabes, Tim, que eres un crítico excelente? -le dijo-. Mira qué hermosa se ve ahora la casa y todo porque tú dijiste que no te gustaba el color café y porque me hiciste arreglar el jardín. Tenías razón y ahora se ve mucho más bonita que antes; tanto que da verdadero gusto contemplarla. Tenemos que pensar en más cosas que hacer para seguir mejorándola.
    Tim se llenó de alegría ante tales alabanzas.
    – Me gusta ayudarte, Mary -dijo-, porque tú siempre haces que me sienta como si fuera inteligente. Tú sí te fijas en lo que digo. Eso me hace pensar que soy como papá, un hombre grande.
    Ella apagó el motor y lo miró cariñosamente.
    – Pero es que ya eres un hombre grande, Tim. Yo no puedo pensar en ti de otra manera. ¿Y por qué no había de fijarme en lo que dices? Tus sugestiones y críticas siempre han sido acertadas y, además, muy provechosas. No importa lo que otros digan de ti, Tim, yo siempre pensaré que eres formidable.
    Tim echó atrás la cabeza y rompió a reír; luego se dio vuelta para mirarla con los ojos empañados.
    – ¡Oh, Mary, estoy tan feliz que casi quiero llorar! ¿Ves? ¡Casi iba a llorar!
    Ella salió del automóvil rápidamente.
    – ¡Vamos, flojo, a trabajar que no es hora de sentimentalismos! ¡Toda la mañana hemos andado con eso! Cámbiate de ropa y ponte la de trabajo. Tenemos mucho que hacer antes del almuerzo.

16

    Una tarde, no mucho después de haber regresado de la expedición con Archie Johnson, Mary leyó un artículo en el Sydney Morning Herald titulado El Maestro del Año. El artículo se refería al notable éxito que había alcanzado un joven maestro de escuela en su labor de niños retrasados mentales, cosa que estimuló en Mary el deseo de leer más sobre el asunto de lo que lo había hecho hasta entonces. Siempre que había encontrado en los estantes de la biblioteca local algo acerca de los retrasados mentales, se lo había llevado a casa para leerlo, pero leyó ese artículo en el periódico sólo cuando se le ocurrió explorar el tema más a fondo.
    El proceso era fatigoso; se veía obligada a leer con un diccionario de términos médicos al lado, porque a un lego en la materia le era muy difícil entender el significado de términos técnicos tales como Porencefalia y Lipidosis y Fenilketonuria y Degeneración Hepalenticular. En realidad, muchos de los términos eran tan especializados que ni siquiera el diccionario médico los contenía. Mary vadeaba miserablemente por entre la ciénaga de tales palabras, sintiéndose cada vez menos segura del terreno que pisaba y cada vez menos informada. Al final fue a ver al joven maestro que mencionaba el artículo del periódico, un tal John Martinson.
    – Yo era un maestro de primaria como hay tantos, hasta que fui a Inglaterra y, por accidente, me asignaron a una escuela para niños retrasados mentales -le dijo John Martinson mientras la hacía pasar al interior de la escuela-. El asunto me fascinó desde el principio, pero yo no tenía ningún entrenamiento formal en las técnicas y teorías que ahí empleaban, por lo que empecé a dar mis clases como si se tratara de niños normales. Por supuesto, me estoy refiriendo a niños sólo ligeramente retrasados mentalmente, porque muchos de ellos son totalmente ineducables.
    »Como quiera que sea -prosiguió el joven maestro, después de una breve pausa-, quedé asombrado de cuánto aprendían y de cómo respondían cuando se los trataba como niños comunes y corrientes. Era un trabajo terriblemente duro, por supuesto, y tuve que echar mano de todas mis reservas de paciencia, pero perseveré con ellos; no me daba por vencido ni dejé que ellos se dieran por vencidos. Y empecé a estudiar. Tuve que regresar yo mismo a la escuela; me puse a investigar y recorrí todo el lugar observando los métodos de los demás. En realidad, ha sido una carrera verdaderamente satisfactoria.
    Mientras hablaba, los oscuros ojos azules de John Martinson, hundidos en sus cuencas, la observaban atentamente, aunque sin sombra de curiosidad; el maestro parecía aceptar su presencia ahí como un fenómeno que ella explicaría a su debido tiempo.
    – Entonces, usted piensa que las personas ligeramente retrasadas mentales pueden aprender -dijo Mary pensativamente.
    – No hay la menor duda de eso. Mucha gente, mal informada, trata al niño ligeramente retrasado como si estuviera más retrasado de lo que en realidad está porque, a la larga, es más cómodo adoptar esa línea de conducta que gastar la incalculable cantidad de tiempo necesaria para lograr, a base de paciencia, que responda normalmente.
    – Quizá mucha gente piensa que no tiene las cualidades especiales que se necesitan -sugirió Mary, pensando en los padres de Tim.
    – Tal vez sea eso. Los niños de ese tipo anhelan recibir la aprobación de lo que hacen, alabanzas y que los incluyan en la vida normal de la familia, pero lo más común es que los hagan a un lado y no les permitan participar; los aman, pero en gran medida los ignoran. El amor no es la respuesta para todo; es una parte integral del todo, pero tiene que ir unido a la paciencia, la comprensión, la sagacidad y la previsión cuando se está tratando con algo tan complejo como la mente de un niño retrasado.
    – ¿Y usted trata de fundir el amor con todas esas otras cosas?
    – Sí. Tenemos nuestros fracasos, por supuesto, y bastantes, pero tenemos también una proporción de éxitos más grande que en la mayoría de las escuelas de ese tipo. Con frecuencia es un poco menos que imposible evaluar con precisión a un niño, ya sea neurológica o psicológicamente. Uno tiene que comprender que, primero y antes que nada, un niño en esas condiciones está dañado orgánicamente, sin que importe el grado en que esté implicada la parte psicológica. Algo allá arriba, en el cerebro, no está funcionando como debiera.
    El joven maestro se encogió de hombros y se rió de sí mismo.
    – ¡Lo siento mucho, señorita Horton! No le he dado a usted tiempo de decir una sola palabra, ¿verdad? Tengo la mala costumbre de apabullar con mi charla a mis visitantes sin tener la menor idea de cuál es la razón de su visita.
    Mary se aclaró la garganta.
    – Bien, señor Martinson -empezó-, realmente lo mío no es un problema personal sino que se trata más bien de la curiosidad de un espectador; eso fue lo que me animó a ponerme en contacto con usted. Conozco a un joven de veinticinco años que es ligeramente retrasado mental y quisiera informarme más a fondo acerca de su situación. He tratado de leer algo al respecto, pero no he podido entender bien la jerga técnica.
    – Lo comprendo. Los libros técnicos sobre el tema son muy abundantes, pero los libros básicos buenos para el lego son muy difíciles de conseguir.
    – El caso es que, desde que empecé a interesarme en él, lo cual fue desde hace más o menos nueve meses, el joven ha dado muestras de estar mejorando. Me tomó mucho tiempo, pero hasta le he enseñado a leer un poquito y a hacer sumas sencillas. Sus padres también han notado el cambio y están encantados. No obstante, no sé cuánto progreso debería yo esperar ni qué exigirle.
    John Martinson la palmeó afectuosamente en un brazo y le puso la mano bajo el codo, dándole a entender que era hora de que se movieran.
    – La voy a llevar a usted a un recorrido por nuestros salones de clases -le dijo-. Quiero que observe usted a todos los niños con mucha atención. Trate de localizar alguno que se parezca un poco a su joven en su conducta y actitud. Nosotros no permitimos que los visitantes interrumpan nuestras clases y verá usted que observamos a los niños por ventanas en las que sólo puede verse por un lado. Venga conmigo y después me dirá lo que piensa de nuestros niños.
    Mary nunca había prestado atención realmente a los pocos niños retrasados mentales con los que se había cruzado en el transcurso de su vida porque, como la mayoría de la gente, se sentía verdaderamente incómoda cuando la sorprendían observándolos, y se quedó asombrada al descubrir qué diferentes eran esos niños no sólo en su apariencia física sino en su capacidad mental; en los distintos grupos los había desde aquellos que parecían perfectamente normales hasta otros tan terriblemente deformes que costaba un gran esfuerzo el no apartar la vista de ellos.
    – Una ocasión tuve una clase de superdotados -dijo John Martinson un poco soñadoramente, parándose junto a ella-. Ninguno de la clase tenía menos de ciento cincuenta en la antigua escala de coeficiente mental. Sin embargo, ¿me creerá si le digo que me da mayor satisfacción el pasarme un mes enseñándole a uno de estos niños a atarse los cordones de los zapatos? Jamás se aburren ni se impacientan por lograr algo, tal vez porque tienen que esforzarse más. Mientras más trabajo nos cuesta conseguir algo, más lo apreciamos; ¿por qué entonces no habría de aplicarse eso a un ser humano retrasado mental?
    Terminado el recorrido, John Martinson la condujo a su pequeña oficina y le ofreció una taza de café.
    – Bien -preguntó-, ¿vio alguno que le recordara a Tim?
    – A varios -repuso ella y procedió a describirlos-. Viendo a Tim, hay ocasiones en las que siento ganas de llorar. ¡Me da tanta lástima! Él es consciente de su incapacidad, ¿ve usted?, y es algo horrible el tener que escuchar al pobre muchacho ofreciendo disculpas porque «no tiene nada en la cabeza» como él dice. «Sé que no tengo nada en la cabeza, Mary», me dice a veces, y el oír eso me parte el corazón.
    – Por lo que usted dice, parece que se puede educar. ¿Trabaja en algo?
    – Sí; es obrero de la construcción. Supongo que sus compañeros de trabajo son bondadosos con él a su manera, pero a veces son también desconsideradamente crueles. Les encanta jugarle bromas pesadas, como cuando le hicieron comer excremento. Él lloró ese día, no porque le hubieran hecho víctima de sus bromas sino porque no pudo entender en qué consistía la broma. ¡Quería participar en la diversión! -El rostro se le torció y tuvo que detenerse.
    John Martinson asintió, mostrando comprensión.
    – Ése es un tipo de patrón bastante común -dijo-. ¿Y qué hay de sus padres? ¿Cómo lo tratan?
    – Muy bien, dadas las circunstancias -y procedió a explicar éstas, sorprendida de su propia fluidez-. Pero les preocupa mucho -finalizó tristemente-. Especialmente cuando se ponen a pensar qué va a ser de él cuando ellos falten. Su padre dice que Tim se morirá de tristeza. Yo no le creía al principio pero, con el paso del tiempo, estoy empezando a pensar que tal cosa es muy posible.
    – Y yo estoy de acuerdo con eso -comentó el maestro-. Ha habido muchos casos así, ¿sabe usted? Las personas como Tim necesitan un hogar en donde los quieran, con mayor urgencia que la gente normal, porque no pueden aprender a ajustar su vida cuando éste les falta después de haberlo conocido. Es muy difícil para ellos este mundo nuestro -agregó, mirándola gravemente-. Me imagino, por los niños que, según usted, se parecen un poco a Tim, que éste es de apariencia normal, ¿no es así?
    – ¿De apariencia normal? -suspiró ella-. ¡Ojalá lo fuera! No, la apariencia de Tim no es normal. Sin duda alguna es el joven más espectacular que jamás haya visto… es como un dios griego, a falta de un símil más original.
    – ¡Ah! -exclamó John Martinson, separando la vista de ella para posarla en sus manos entrelazadas; luego dejó escapar un suspiro-: Bien, señorita Horton -agregó-, le daré a usted los títulos de algunos libros que no creo que tenga la menor dificultad en comprender. Le servirán a usted de mucho.
    John Martinson se levantó y caminó con ella hasta el pasillo del frente, donde le hizo una cortés inclinación de cabeza.
    – Espero que me traerá a Tim uno de esos días; me encantaría conocerlo. Sin embargo, tal vez fuera mejor que me llamara usted con anticipación, porque pienso que sería mejor para él que vinieran a mi casa en lugar de a la escuela.
    Mary le extendió la mano.
    – Me encantaría. Adiós, señor Martinson, y muchísimas gracias por sus atenciones.
    Mary se alejó, pensativa y entristecida, consciente de que los problemas más insolubles son aquellos que, por su naturaleza misma, no dejan lugar a ninguna ilusión.

17

    La primavera, en Sydney, no es, como en el hemisferio norte, la brillante y pujante explosión del nuevo despertar y crecimiento. Todos los árboles, a excepción de unos cuantos, traídos de otros climas, conservan sus hojas durante el breve y benigno invierno y siempre hay algo floreciendo en los jardines de Sydney durante todo el año. El cambio más notable ocurre en el aire, en el que una chisporroteante suavidad llena los corazones de renovada esperanza y gozo.
    De haber podido verla, todos hubieran dicho que la casa de campo de Mary era la casa modelo del distrito. Ella y Tim habían trabajado duro en el jardín durante todo el invierno, y Mary había llegado al extremo de comprar árboles ya crecidos que luego plantó un especialista. Así pues, cuando octubre llegó había flores por todas partes, agrupándose en grandes macizos frente a la terraza y alrededor de cada árbol. Amapolas de Islandia, claveles, ásteres, pensamientos, flox, arvejillas, tulipanes, glicinas, narcisos, jacintos, azaleas y gladiolos; flores de todos los colores, tamaños y formas desplegaban su belleza por todas partes y el viento arrastraba su perfume por el bosque y a través del río.
    Cuatro cerezos llorones, exquisitamente tristes, abatían sus sobrecargadas ramas color de rosa por encima de los jacintos y tulipanes que crecían en el césped, debajo de ellos, y seis almendros en plena floración crujían bajo el peso de sus flores blancas, con el césped a su alrededor salpicado de lirios del valle y de narcisos.
    El primer fin de semana en que todo estaba florecido, Tim se volvió loco de alegría, saltando de los cerezos a los almendros y expresando su admiración ante la sagacidad de Mary al escoger sólo tubérculos de flores color de rosa para rodear a los cerezos y de flores blancas y amarillas para los almendros, comentando en voz alta que parecía como que habían brotado del césped espontáneamente. Mary lo miraba, sonriendo a pesar de su resolución de mostrarse seria sin importar cómo reaccionara él. Su gozo era algo tan transparente, tan tierno y espontáneo como el de un Paris recorriendo las estribaciones del Monte Ida en primavera antes de retornar a las fatigas de una Troya urbana.
    Era en realidad un jardín hermoso, pensó Mary, mientras contemplaba a Tim que bailaba como un niño, pero, ¿cómo lo veía él, cuán diferente aparecería ante sus ojos para que lo asombrara y lo encantara de esa manera? Supuestamente, los insectos y aun algunos animales superiores ven al mundo en una forma distinta, porque sus ojos están construidos de una manera diferente y ven colores y formas que un ser humano no puede percibir; distinguen de qué tono es el infrarrojo y de qué matiz el ultravioleta. Tal vez Tim no veía las cosas como ella; quizá, por el enredo de circuitos que había en su cerebro, el espectro de él era diferente así como su banda de frecuencia. ¿Oía la música de las esferas, podía ver los contornos del espíritu y el color de la luna? ¡Si hubiera manera de saberlo! Pero su mundo estaba aislado para siempre; ella no podía entrar en él y Tim no podía decirle cómo era.
    – Tim -le dijo Mary esa noche, mientras estaban sentados en la oscurecida sala, con las puertas de vidrio abiertas al viento saturado de perfume-, ¿qué es lo que sientes en estos momentos? ¿A qué te huelen las flores y cómo ves mi cara?
    Con cierta renuencia desvió la atención de la música que estaba escuchando y volvió hacia ella unos ojos llenos de ensueño, sonriendo a su manera gentil, casi vacua. El corazón de Mary pareció vibrar y disolverse bajo aquella mirada; algo difícil de identificar se agolpó en su interior, tan recargado de tristeza que tuvo que reprimir las lágrimas.
    Con el entrecejo fruncido, él rumiaba la pregunta y, cuando contestó, lo hizo despacio, como titubeando.
    – ¿Sentir? ¿Sentir? ¡De veras, no lo sé! ¡Estoy contento y me siento bien, eso es!
    – ¿Y a qué te huelen las flores?
    Tim sonrió, creyendo que ella bromeaba.
    – ¡Vaya! -dijo-. ¡Huelen a flores, por supuesto!
    – ¿Y mi cara?
    – Tu cara es hermosa, como la de mamá y la de Dawnie. Es como la de Santa Teresa en un cuadro que tengo.
    Mary dejó escapar un suspiro.
    – Es una cosa muy hermosa, la que acabas de decir, Tim. Te aseguro que nunca pensé que tuviera una cara como la de Santa Teresa.
    – Pues así es -le aseguró él-. Está en la pared, al final de mi cama, en la casa. Mamá la puso ahí porque me gusta, me gusta mucho. Me mira todas las noches y todas las mañanas como si tuviera bien la cabeza y tú también me miras así, Mary. -De pronto se estremeció, como si sintiera una alegría dolorosa.
    »¡Me gustas, Mary -dijo-, me gustas más que Dawnie! Me gustas tanto como papá y mamá. -Las bien formadas manos gesticularon en el aire y con su movimiento expresaron más de lo que era capaz de hacerlo su restringido vocabulario.- Pero es un poco diferente, Mary; un poco diferente de papá y mamá. A veces ellos me gustan más que tú y a veces tú me gustas más que ellos.
    Mary se levantó intempestivamente y se dirigió a las puertas corredizas.
    – Voy afuera a dar una vuelta, Tim -dijo-, pero quiero que te quedes aquí como un buen chico y sigas oyendo música. No tardaré mucho.
    Tim asintió con la cabeza y volvió su atención al tocadiscos, mirándolo fijamente como si el hacerlo así lo ayudara a escuchar mejor.
    El aroma del jardín era casi insufrible y, pasando con rapidez por entre los narcisos, como una sombra efímera, Mary se encaminó a la playa. En el otro extremo de ésta, irguiéndose sobre la arena, había una piedra grande, lo bastante como para servir de respaldo, pero cuando Mary cayó de rodillas en la arena frente a ella, apoyó los brazos en su superficie y hundió el rostro en ellos. Los hombros se le comprimieron y el cuerpo se le retorció en un espasmo de un dolor devastador, tan desesperado y lleno de desolación que, durante un momento, parte de su ser se negó a participar en él, horrorizada. Pero el dolor ya no podía ser suprimido ni negado y rompió a llorar entre gemidos.
    Eran como la polilla y la llama, viva y quemante; así eran ella y Tim; ella, la polilla, dotada de sentidos y de la dignidad de la vida; él la luz, llenando el mundo con un fuego brillante y abrasador. Él no sabía con qué desesperación se debatía ella contra las paredes de su aislamiento, nunca podría comprender la profundidad y urgencia de su deseo de inmolarse en la llama de su fascinación. Luchando contra lo inútil de su deseo y sabiendo que estaba más allá de la capacidad de él el aplacarlo, rechinaba los dientes de rabia y de dolor y lloraba inconsolablemente.
    Después de lo que le parecieron horas interminables, sintió la mano de él en un hombro.
    – Mary, ¿qué te pasa? -en su voz había una nota de temor-. ¿Estás enferma? Mary, ¡dime por favor que estás bien! ¡Por favor, dime que estás bien!
    Mary bajó trabajosamente los brazos temblorosos.
    – Estoy bien, Tim -contestó fatigadamente, inclinando la cabeza para que él no pudiera verle la cara, a pesar de que estaba muy oscuro-. Me sentí un poco indispuesta y salí a respirar un poco de aire para calmarme. No quise alarmarte, eso es todo.
    – ¿Y todavía te sientes mal? -él se puso en cuclillas, a su lado, y trató de mirarle el rostro, acariciándole un hombro desmañadamente-. ¿Te pusiste enferma? -interrogó.
    Mary sacudió la cabeza, retirándose imperceptiblemente del contacto de la mano del joven.
    – Ahora ya estoy bien, Tim, de veras. Ya pasó. -Apoyando una mano en la piedra, trató de ponerse en pie, pero las piernas se negaron a sostenerla, acalambradas.
    – ¡Tim -murmuró-, me siento tan vieja y tan cansada! ¡Estoy tan vieja y tan cansada!
    El muchacho se incorporó y la miró con aire de ansiedad, apretándose las manos nerviosamente.
    – Mamá se enfermó un día y recuerdo que papá me hizo que la cargara y la llevara a la cama. Te cargaré y te llevaré a la cama, Mary.
    Se inclinó hacia adelante y la levantó sin el menor esfuerzo, acomodando el peso de la carga en sus brazos hasta que uno de éstos se enganchó bajo las rodillas de ella y el otro le pasó por la espalda. Demasiado exhausta para protestar, Mary se dejó llevar, pero cuando él subió a la terraza, ella escondió la cabeza en su hombro para que no le viera el rostro. Tim se detuvo un instante, parpadeando ante la luz, y luego frotó amorosamente la mejilla contra la cabeza de ella.
    – ¡Eres tan pequeña, Mary! -dijo, sin dejar de frotar la mejilla contra su pelo.
    »Y estás caliente y suave, como un gatito. -Luego, se le escapó un suspiro y cruzó la sala.
    Tim no podía encontrar el interruptor de la luz en el cuarto de Mary, y después de unos momentos de estarlo buscando, ella lo detuvo, poniéndole suavemente la mano en el cuello.
    – No te preocupes por la luz, Tim. Simplemente déjame encima de la cama. Quiero estar a oscuras un rato. Te aseguro que pronto me sentiré mejor.
    Con todo cuidado, Tim la depositó en la cama, con su silueta creciendo encima de ella en la oscuridad. Mary se percató de que él no sabía exactamente qué hacer.
    – Tim -le dijo-, tú sabes bien que yo nunca te mentiría, ¿verdad?
    Tim asintió con la cabeza.
    – Sí -repuso-, lo sé.
    – Entonces debes creerme si te digo que no tienes por qué preocuparte por mí, que ya me siento bien. ¿Nunca te has sentido un poco enfermo después de comer algo que no te cayó bien?
    – Sí; una vez me pasó eso cuando comí fruta acaramelada -admitió él gravemente.
    – Entonces comprendes cómo me sentía, ¿verdad? Ahora, lo que quiero es que ya no te preocupes por mí y te vayas a acostar y te duermas. Me siento mucho mejor y lo único que necesito ahora es dormir también, pero no puedo dormirme si sé que estás preocupado. Prométeme que te irás derecho a la cama y te dormirás inmediatamente.
    – Te lo prometo, Mary -dijo con expresión de alivio.
    – Buenas noches, Tim y muchas gracias por haberme ayudado. Es muy lindo que la cuiden a una y tú lo hiciste muy bien. Ya no necesitaré preocuparme mientras te tenga conmigo, ¿o no es así?
    – Siempre te cuidaré, Mary -dijo y le besó la frente, igual que ella lo hacía a veces cuando él ya estaba en la cama.
    – Buenas noches, Mary.

18

    Cuando, después del juego de tenis del jueves por la tarde, Esme Melville llegó a la puerta trasera de la casa, tuvo que hacer un esfuerzo para caminar los pocos metros que le faltaban para llegar a la sala y al sillón más cercano. Las piernas le temblaban violentamente; había sido un esfuerzo tremendo el llegar a su casa sin que nadie se diera cuenta de lo enferma que se sentía. Experimentaba una náusea tan grande que, después de unos momentos, tuvo que ponerse en pie y dirigirse al baño. Ni siquiera el arrodillarse, con la cabeza sobre el inodoro, le producía alivio alguno; quién sabe por qué no podía vomitar; el dolor que sentía bajo el omóplato izquierdo hacía intolerables los espasmos del vómito. Estuvo, jadeante, en esa postura durante varios minutos y luego se puso en pie poco a poco, aferrándose al armario del cuarto de baño y a la puerta. Le sorprendió tener que aceptar que el asustado rostro que la veía desde el espejo de la pared era el suyo propio, de un gris sucio y perlado de sudor. El espectáculo de esa cara la aterrorizó más que ninguna otra cosa hasta esos momentos y desvió la mirada del espejo inmediatamente. Como pudo, regresó a la sala y se desplomó en el sillón, respirando con dificultad, y con las manos impotentes colgándole a los lados del cuerpo.
    Luego el dolor se apoderó de ella y la desgarró como una enorme bestia enloquecida; Esme se inclinó hacia delante, con los brazos doblados sobre el pecho. Pequeños gemidos débiles se le escapaban cada vez que la agonía, como un cuchillo, se agudizaba en un crescendo, y no podía pensar más allá del dolor.
    Después de una eternidad, el dolor se aplacó un tanto y ella se apoyó en el sillón, exhausta y con todo el cuerpo temblándole. Sentía un peso insufrible en el pecho que le sacaba todo el aire de los pulmones haciéndole imposible inhalar más. Estaba mojada por todas partes: el blanco traje de tenis estaba empapado en sudor; el rostro, mojado por las lágrimas; el asiento del sillón, húmedo con la orina que se le había escapado durante lo álgido del ataque. Jadeando y ahogándose con los labios amoratados, seguía ahí sentada pidiéndole a Dios que a Ron se le ocurriera venir a casa antes de ir al «Seaside». El teléfono del pasillo estaba a años luz de distancia, absolutamente fuera de su alcance.
    Ya eran las siete de la noche cuando Ron y Tim llegaron a la puerta de atrás de la casa de la calle Surf. Todo estaba extrañamente callado y tranquilo, no habían puesto las luces en la mesa del comedor y no había ningún acogedor olor a comida.
    – ¡Hola!, ¿dónde está mamá? -interrogó Ron alegremente, cuando él y Tim entraron en la cocina.
    »¡Hey, querida!, ¿dónde andas? -gritó y luego se encogió de hombros.
    »Debe haber decidido jugar un par de sets extra -comentó.
    Tim siguió rumbo a la sala mientras Ron encendía la luz de la cocina y la del comedor. Hubo un grito terrible en el interior de la casa; Ron soltó la olla que tenía en la mano y corrió, con el corazón golpeándole el pecho, en dirección de la sala.
    Tim estaba de pie, retorciéndose las manos y llorando, mirando a Esme derrumbada en el sillón, curiosamente quieta, con los brazos doblados y las manos, con los puños apretados, a sus costados.
    – ¡Oh, Dios mío!
    Las lágrimas asomaron a los ojos de Ron cuando se dirigió al sillón y se inclinó sobre su esposa, alargando una mano temblorosa para tocarla. Esme estaba tibia; casi sin creerlo, Ron vio que el pecho de su esposa subía y bajaba lentamente. Inmediatamente se incorporó.
    – Vamos, Tim; no llores -dijo por entre los dientes apretados-. Voy a llamar por teléfono al doctor Perkins y a Dawnie y volveré en seguida. Tú quédate aquí, y si mamá hace algo, grita inmediatamente. ¿Me entendiste, compañero?
    El doctor Perkins estaba en casa, cenando. Le dijo a Ron que llamaría una ambulancia y que se encontrarían en la sala de emergencias del Hospital Príncipe de Gales. Limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano, Ron marcó el número de Dawnie.
    Mick contestó con una voz que traicionaba su impaciencia; era la hora de la cena y le disgustaba profundamente que lo molestaran precisamente a esa hora.
    – Óyeme bien, Mick; habla Ron -dijo éste, enunciando las palabras cuidadosamente-. No vayas a asustar a Dawnie pero se trata de su madre. Creo que le dio un ataque al corazón, pero no estoy seguro. La vamos a llevar inmediatamente a la sala de emergencias del Príncipe de Gales así es que no tiene sentido que vengáis aquí. Sería mejor que tú y Dawnie os reunierais con nosotros en el hospital tan pronto como podáis.
    – Lo siento muchísimo, Ron -repuso Mick-. Por supuesto, Dawn y yo iremos de inmediato. Trata de no preocuparte.
    Cuando Ron regresó a la sala, Tim seguía de pie, mirando a su madre y llorando desconsoladamente; Es no se había movido. Ron le puso un brazo en los hombros a Tim y lo apretó contra sí, no sabiendo qué hacer.
    – ¡Vamos! No llores, Tim, mi muchacho -murmuró-. Mamá está bien. Ya viene la ambulancia y vamos a llevarla al hospital. Ahí la arreglarán en menos que canta un gallo. Tienes que ser un buen muchacho y calmarte, por el bien de mamá. A ella no le va a gustar si despierta y te ve ahí, parado y llorando como un tonto, ¿no crees?
    Entre hipos y jadeos, Tim trató de dejar de llorar mientras su padre se acercaba al sillón de Esme y se arrodillaba, tomándole las manos y forzando a que descansaran en su regazo.
    – ¡Es! -le habló, con el rostro viejo y entristecido-. Es, mi amor, ¿puedes oírme? ¡Soy Ron, querida, soy Ron!
    El rostro de ella estaba grisáceo y enjuto, pero los ojos se abrieron y se inundaron de luz cuando lo vio arrodillado ahí; débilmente, le apretó una mano con agradecimiento.
    – Ron… -pudo balbucear-, ¡qué bueno que ya estés aquí!… ¿Dónde está Tim?
    – Está aquí, querida. Ahora no te preocupes por Tim ni te excites. La ambulancia está por llegar y vamos a llevarte al hospital inmediatamente. ¿Cómo te sientes?
    – Como un… gato apaleado… ¡Oh, por Dios, Ron! El dolor… es algo terrible… me oriné… La silla está empapada…
    – No te inquietes por los malditos muebles, Es; ya se secarán. ¿Qué importa eso entre amigos? -trató de sonreír, pero el rostro hacía muecas. A pesar de todo su control, empezó a llorar-. ¡Oh, Es! -dijo-. No dejes que te pase nada, mi amor. ¿Qué haría yo sin ti, por Dios? ¡Es, aguanta hasta que lleguemos al hospital!
    – Tengo… que aguantar… No puedo… dejar a Tim… solo. No puedo… dejarlo… solo.
    Cinco minutos después de que Ron llamara al doctor Perkins, la ambulancia ya estaba afuera de la casa. Ron condujo a los camilleros por la puerta de atrás pues había veinte escalones en la puerta del frente y ninguno en la parte trasera. Los camilleros eran hombres robustos y alegremente eficientes, profesionales bien preparados en el campo de la medicina de emergencia; tan consciente de la capacidad de ellos como cualquier otro ciudadano de Sydney, Ron no sentía disgusto alguno porque el doctor Perkins hubiera decidido esperarlos en el hospital. Los recién llegados verificaron la condición de Es inmediatamente y luego la depositaron en la camilla. Ron y Tim siguieron sus uniformes azul marino sintiéndose inútiles e indeseados.
    Ron sentó a Tim en el asiento delantero con uno de los camilleros y él se acomodó en la parte de atrás con el otro. Al parecer, ellos se percataron inmediatamente de que Tim no era normal porque el que iba al volante le indicó que se acomodara junto a él, y le dijo algo, sonriendo, que pareció hacerle más efecto que todo lo que Ron pudiera haberle dicho.
    No conectaron la sirena; el que viajaba con Ron en la parte de atrás aplicó el aparato de respiración artificial a la boca de Es y lo conectó al tanque del oxígeno. Luego se colocó junto a la camilla con la mano en la muñeca de Es, tomándole el pulso.
    – ¿Por qué no conectan la sirena? -preguntó Ron, mirando al otro con recelo, asustado con el aparato de oxígeno.
    Unos ojos firmes y tranquilos le devolvieron la mirada; el camillero le palmeó ligeramente la espalda.
    – No se preocupe, compañero -dijo calmadamente-. Ponemos la sirena sólo cuando vamos a un caso de emergencia, pero muy raras veces cuando llevamos a alguien aquí adentro. Eso asusta al paciente y le hace más mal que bien, ¿entiende usted? La señora está bien y, a estas horas de la noche, llegaremos allá igual de rápido sin tener que usar la sirena. Son unos cuantos kilómetros.
    La ambulancia se abrió paso calladamente por entre el escaso tránsito hasta llegar a la puerta de la sala de emergencia, brillantemente iluminada, cinco minutos después de haber salido de la calle Surf. Precisamente cuando el largo vehículo frenaba suavemente, Es abrió los ojos y tosió dentro de la bolsa de oxígeno. El camillero la observó rápida y cuidadosamente y por fin decidió quitársela a menos que le viniera otro espasmo. Tal vez ella quisiera decir algo y eso era más importante; siempre era mejor dejar que el paciente encontrara su propio nivel, menos angustioso.
    – Ron… -musitó ella.
    – Aquí estoy, querida. Ya estamos en el hospital. Te van a arreglar en un dos por tres, ya verás.
    – Ron… yo no sé…
    – ¿Sí, mi amor? -las lágrimas corrían por sus mejillas.
    – Es… Tim… siempre nos ha preocupado… ¿Qué… va a pasarle… a Tim… si yo me voy?… Ron…
    – Aquí estoy, mi amor.
    – Cuida… a Tim… Cuídalo… ¡Pobre Tim…! ¡Pobre… Tim…!
    Fueron ésas las últimas palabras que llegó a decir. Mientras Ron y Tim daban vueltas inútilmente frente a la entrada de la sala de emergencias, miembros del personal ya se habían llevado la camilla, perdiéndose de vista. Los Melville se quedaron mirando la puerta que se había cerrado hasta que los condujeron, firme pero gentilmente, a la sala de espera. Alguien vino al poco rato y les trajo té con bizcochos, negándose sonrientemente a darles noticia alguna sobre el estado de la paciente.
    Dawnie y su esposo llegaron media hora después. El embarazo de Dawnie estaba ya muy avanzado y claramente se veía que su esposo se preocupaba mucho por ella. La joven avanzó trabajosamente hasta llegar junto a su padre y se sentó entre éste y Tim, llorando suavemente.
    – Vamos, vamos, querida, -la consoló Ron-, no llores. Mamá se va a poner bien muy pronto. Cuando llegamos aquí estaba bien. Se la llevaron hace rato y no tardarán en decirnos cómo sigue. Sigue sentada y no llores más, piensa en la criatura, Dawnie; no debes tener impresiones fuertes a estas alturas.
    – ¿Cómo sucedió? -preguntó Mick, encendiendo un cigarrillo y procurando no mirar en dirección de Tim.
    – No lo sé. Cuando Tim y yo llegamos a casa, estaba inconsciente en un sillón, en la sala. No sé cuánto tiempo ha estado ahí. ¡Dios! ¿Por qué no me fui directamente a casa, después del trabajo? ¿Por qué diablos tenía que ir primero al «Seaside»? ¡Pude haberme ido a casa, al menos esta vez!
    Dawnie se sonó la nariz.
    – No tienes por qué culparte, papá -lo consoló-. Bien sabes que siempre llegas a casa a la misma hora entre semana. ¿Cómo ibas a saber que precisamente hoy ella iba a necesitarte? Mamá conoce muy bien tus costumbres. Le gusta que tomes tu cerveza después del trabajo y, además, con eso le das oportunidad de que ella haga lo que quiera en ese rato. Muchas veces le oí decir que es un descanso saber que no regresas a casa del «Seaside» sino hasta las siete, ya que así ella puede jugar al tenis hasta las seis y tener lista la comida, para ti y Tim, cuando llegáis.
    – ¡Pero debí haberme dado cuenta de que no estaba bien!
    – Papá; no tiene sentido que te hagas recriminaciones. Lo que pasó pasó. A mamá no le hubiera gustado que su vida o la tuya hubieran cambiado en absoluto y tú bien lo sabes. No gastes el tiempo enojándote por cosas que no puedes cambiar; mejor piensa en ella y en Tim.
    – ¡Cristo Dios! ¡Eso es lo que hago! -repuso Ron en tono desesperado.
    Todos volvieron a mirar a Tim, sentado quietamente en una silla con las manos apretadas una con otra, los hombros caídos en la postura de abandono que siempre adoptaba cuando estaba triste por alguna razón. Había dejado de llorar y tenía los ojos fijos en algo que no podía ver. Dawnie se acercó a él.
    – Tim -le dijo quedamente, mientras le acariciaba un brazo.
    El muchacho se estremeció hasta que al fin pareció darse cuenta de la presencia de Dawnie. Los azules ojos transfirieron su mirada fija del infinito a la cara de ella, mirándola tristemente.
    – ¡Dawnie! -dijo, como si se preguntara qué estaría haciendo ella en ese lugar.
    – Sí, Tim; aquí estoy. Vamos, no te preocupes ya por mamá. Se va a poner bien, te lo prometo.
    – Mary dice que uno nunca debe hacer promesas que no pueda cumplir -dijo él sacudiendo la cabeza.
    El rostro de Dawnie se endureció peligrosamente, y desvió su atención hacia Ron, ignorando a Tim completamente.
    La noche estaba bien avanzada cuando el doctor Perkins entró en la sala de espera, con el rostro tenso y mostrando señales de fatiga. Todos se levantaron a un tiempo, como condenados cuando el juez se toca el birrete.
    – Ron, ¿podemos hablar afuera un minuto? -preguntó suavemente.
    El corredor estaba desierto, con los pequeños reflectores formando círculos en la iluminada franja de la que caía la luz, iluminando crudamente el suelo de mosaicos. El doctor Perkins le rodeó a Ron los hombros con un brazo.
    – Se nos ha ido, amigo.
    Pareció como que un peso terrible, insoportable, descendía sobre el pecho de Ron; desoladamente alzó el rostro para mirar la cara del viejo médico.
    – ¡No puede ser!
    – Ya no había nada que pudiéramos hacer. Sufrió un ataque al corazón, y luego tuvo otro a los pocos minutos de haber llegado aquí. Su corazón se detuvo. Tratamos de volver a hacerlo funcionar, pero ya era inútil, inútil. Sospecho que ya debía haber tenido problemas antes y que este súbito enfriamiento del tiempo y el tenis le hicieron mal.
    – Ella nunca me mencionó que estuviera enferma. Yo no sabía nada. Pero así era Es; nunca se quejaba -Ron había recuperado el control y hasta podía hablar con fluidez-. ¡Doctor, no sé qué hacer! Tim y Dawnie están ahí… ¡Y creen que está bien!
    – ¿Quieres que yo se lo diga, Ron?
    – No -repuso Ron-. Yo lo haré. Simplemente concédame un minuto. ¿Puedo verla?
    – Sí, pero que no la vean ni Tim ni Dawnie.
    – Entonces, lléveme con ella ahora, doctor.
    Habían sacado a Es de la sala de terapia intensiva y la habían puesto en un cuarto pequeño, a un lado del corredor, reservado para tales ocasiones. En su cuerpo ya no había rastro de los esfuerzos de los médicos, ya no había tubos ni cables y estaba cubierta hasta la cabeza con una sábana blanca. Ron sintió como si un puño gigantesco lo golpeara cuando se detuvo en el umbral, mirando aquella forma, extrañamente quieta, cuyos contornos se delineaban bajo la sábana. Ahí estaba Es y nunca más podría moverse; todo había terminado para ella, el sol y la risa, las lágrimas y la lluvia. No más; nunca más. Su porción en el festín de la vida se había acabado y ahora estaba en un cuarto tenuamente iluminado con una nívea tela cubriéndola. Sin fanfarria alguna, sin aviso previo. Sin siquiera tener oportunidad para prepararse, para un adecuado adiós. Simplemente acabada, terminada, ida. Ron se acercó a la cama, consciente del enfermizo y dulzón aroma de unos junquillos que estaban en un gran florero en una mesa cercana. Después, ya nunca pudo soportar el olor de los junquillos.
    El doctor Perkins estaba al otro lado de la estrecha cama; levantó la sábana y volvió el rostro, mirando en otra dirección; ¿podría alguien alguna vez acostumbrarse a ver el dolor en otra cara, a aprender a aceptar la muerte?
    Le habían cerrado los ojos y le habían cruzado las manos sobre el pecho; Ron la estuvo contemplando largo rato y por fin se inclinó para besarla en los labios. Sin embargo, eso que besaba no era Es; esos labios, desangrados y fríos, no eran los de Es; dejando escapar un suspiro, se volvió.
    En la sala de espera tres pares de ojos se le clavaron en la cara cuando entró. Ron se detuvo, mirándolos a todos, y enderezó los flacos hombros.
    – Se ha ido -dijo.
    Dawnie rompió a llorar y dejó que Mick la abrazara; Tim tan sólo miró fijamente a su padre, como un niño perdido y confuso. Ron se acercó y tomó la mano de su hijo con mucha ternura.
    – Salgamos a dar una vuelta, compañero -dijo.
    Dejaron la sala de espera, atravesaron el corredor y salieron al aire libre. Afuera había una ligera claridad y el oriente se teñía de rosa y oro. La brisa de la madrugada les acarició el rostro suavemente y se alejó suspirando.
    – Tim -dijo Ron cansadamente-, no tiene caso hacerte creer que mamá vaya a regresar algún día. Mamá murió hace rato. Se nos fue, compañero, se ha ido. Ya jamás podrá volver, se nos ha ido a una vida mejor, donde no hay dolor ni tristeza. Vamos a tener que aprender a vivir sin ella y eso va a ser muy duro, terriblemente duro… Pero ella quería que nosotros siguiéramos adelante sin ella; fue lo último que dijo, que siguiéramos adelante y que no la extrañáramos demasiado. La vamos a extrañar mucho al principio, pero pasado un tiempo, cuando ya nos hayamos acostumbrado, ya no va a ser tan difícil.
    – ¿Puedo verla antes de que se vaya, papá? -preguntó Tim en tono desolado.
    Ron negó con la cabeza, tragando saliva con dificultad.
    – No, compañero. Ya no podrás verla más. Pero tú no debes culparla por eso; no era así como ella lo quería; irse de repente sin siquiera decir adiós. A veces las cosas se salen de nuestro control y suceden demasiado aprisa para que podamos alcanzarlas y, cuando queremos hacerlo, ya es demasiado tarde… mamá murió así, muy pronto, demasiado pronto… Llegó su hora y no hubo nada que ella pudiera hacer para alargarla un poco más, ¿me entiendes, compañero?
    – ¿Y de veras está realmente muerta, papá?
    – Sí; de veras está realmente muerta.
    Tim alzó la cabeza al cielo sin nubes; una gaviota chilló y se meció muy por encima de ellos precipitándose luego a la tierra extraña y volviendo a elevarse en busca de su hogar marino.
    – Mary me dijo una vez qué era la muerte, papá. Ya sé lo que es. Mamá se ha ido a dormir, estará dormida en la tierra, bajo una sábana de hierba, y va a descansar ahí hasta que todos nosotros vayamos también, ¿verdad?
    – Más o menos así es, compañero.
    Cuando regresaron a la sala de emergencia, el doctor Perkins los estaba esperando. Envió a Tim a que se reuniera con Dawnie y Mick, pero le indicó a Ron que permaneciera con él.
    – Ron -le dijo-, hay varios arreglos que hacer.
    – ¿Y qué hago? -Ron se estremeció-. ¡Buen Dios, doctor! ¡No tengo la menor idea!
    El doctor Perkins le habló del entierro y se ofreció para recomendar a Ron al propietario de una funeraria.
    – Es un buen hombre, Ron -le explicó el doctor-. No te cobrará más de lo que tú puedas pagar y lo hace todo muy calladamente, con un mínimo ruido y sin pompa. Tendréis que enterrarla mañana, no lo olvides, porque pasado mañana es domingo y los entierros deben hacerse dentro de un plazo de cuarenta y ocho horas. Es por el clima cálido, ya lo sabes. No la embalsaméis, ¿qué objeto tiene? Dejadla tranquila. Le diré a Mortimer que eres pariente mío y él se encargará de todo. Ahora, ¿por qué no llamas un taxi y te llevas a tu familia a casa?
    Una vez que llegaron a la desierta casa, pareció que Dawnie volvía un poco a la vida y se encargó de prepararles el desayuno. Ron se dirigió al teléfono y llamó a Mary Horton. Ésta contestó al instante, lo cual lo alivió porque temía que todavía estuviera durmiendo.
    – ¿Señorita Horton?, le habla Ron Melville. Escúcheme; sé que es una molestia muy grande la que le voy a dar, pero estoy desesperado. Mi esposa murió esta madrugada, todo sucedió muy rápido… Sí, muchísimas gracias, señorita Horton… Sí, estoy un poco atontado… Sí, trataré de descansar un poco… La llamé a usted para hablarle de Tim… sí, ya lo sabe, no tenía ningún sentido ocultárselo; de todos modos tenía que saberlo algún día así es que, ¿por qué no de una vez?… Gracias, señorita Horton, me alegra que usted piense que hice bien en decírselo. También le estoy muy agradecido a usted por explicarle a él lo que es la muerte… Sí, fue una ayuda muy grande, de veras… No, no me costó ningún trabajo hacérselo comprender; no tanto como yo pensé que me iba a costar. Pensé que tendría que pasarme todo el día, pero lo tomó como un hombrecito… Sí, él está bien, lo está aceptando con resignación, sin llantos ni aspavientos. Él fue el que la encontró; fue algo terrible.
    Ron hizo una pausa, respiró fuerte, y luego prosiguió: -Señorita Horton, sé que usted trabaja toda la semana, pero como también sé que usted aprecia mucho a Tim voy a atreverme a preguntarle si podría venir hoy a verme, lo más pronto que pueda, y si podría llevarse a Tim con usted hasta el domingo. La vamos a enterrar mañana; no podemos hacerlo pasado mañana porque es domingo, y no quiero que él asista al funeral… Muy bien, señorita Horton, estaré aquí y también estará Tim… Muchísimas gracias, se lo agradezco mucho… Sí, trataré de hacerlo, señorita Horton. Ya nos veremos. Adiós y gracias.
    Dawnie se llevó a Tim al jardín mientras Ron hablaba con el señor Mortimer, el dueño de la funeraria, que en verdad se mostró como el doctor Perkins lo había descrito. Una defunción en una familia australiana de la clase trabajadora no era un asunto caro ni complicado, y leyes estrictas al respecto impedían que se explotara a los deudos. Gente sencilla y sin complicaciones, no sentían impulso alguno por cargarle culpas reales o imaginarias a un muerto; nada de ataúdes opulentos, ni velorios ni exhibir al difunto. Todo lo necesario se hacía rápidamente y con tal discreción que había veces que los amigos y vecinos no se enteraban del óbito sino tiempo después y por los chismosos.
    Un poco después de que el dueño de la funeraria se hubo marchado, Mary Horton estacionó su Bentley en la calle, frente a la casa de los Melville, y subió los escalones de la puerta principal. El rumor ya se había esparcido en el vecindario durante las primeras horas de la mañana, y muchas ventanas mostraron una rendija en sus cortinas cuando Mary se detuvo en la entrada, esperando que le abrieran la puerta. Fue el esposo de Dawnie, Mick, el que la abrió y se quedó mirando a Mary con expresión de asombro. Por un momento pensó que era alguien relacionada con la funeraria y dijo:
    – El señor Mortimer se acaba de ir. No hace ni cinco minutos que salió de aquí.
    Mary lo miró como queriendo reconocerlo.
    – Usted debe ser el esposo de Dawn -dijo-. Soy Mary Horton y he venido a llevarme a Tim. ¿Sería usted tan amable de decirle al señor Melville que estoy aquí, sin que Tim se dé cuenta? Esperaré aquí.
    Mick cerró la puerta y regresó confuso por el pasillo. Por lo que los Melville habían dicho, él se había imaginado que la señorita Horton era una anciana, pero aunque la mujer que estaba en la entrada tenía el pelo blanco, se hallaba lejos de ser anciana.
    Ron estaba en esos momentos tratando de interesar a Tim en un programa de televisión. Mick hizo un gesto y Ron se puso en pie inmediatamente, cerrando la puerta entre el pasillo y la sala, al pasar por ésta.
    – Dawn, la señorita Horton está aquí -murmuró Mick cuando tomó asiento junto a su esposa.
    – ¿Sí? -dijo ella mirándolo con aire de curiosidad.
    – ¡No es ninguna vieja, Dawn! ¿Porqué habláis de ella como si fuera de la misma edad que Ron? ¡Casi no podía creerlo cuando abrí la puerta del frente! No puede tener más de cuarenta y cinco años, si acaso.
    – ¿Qué es lo que pasa contigo, Mick? ¡Claro que es una vieja! Admito que no pude verla bien esa noche, cuando la vi en su coche, ¡pero sí puedo decirte que es vieja! ¡Y tiene el pelo más blanco que papá!
    – La gente puede empezar a ponerse canosa a los veinte y tú lo sabes. ¡Te digo que es una mujer relativamente joven!
    Dawn siguió en silencio durante algunos momentos y al fin movió la cabeza haciendo una mueca.
    – ¡La vieja mañosa! -exclamó por lo bajo-. ¡De manera que ése era su juego!
    – ¿Y cuál era su juego?
    – ¡Tim, por supuesto! ¡Se está acostando con él!
    Mick silbó por lo bajo.
    – ¡Por supuesto! -repuso-. ¿Pero tus padres nunca sospecharon nada así? Ellos lo habían cuidado tanto…
    – Mamá nunca quiso oír la menor palabra en contra de su preciosa señorita Horton y papá parece el gato que se comió al canario desde que Tim empezó a traer a casa el dinero extra que la señorita Mary Horton le paga por arreglarle el jardín. ¡Vaya manera de arreglarle el jardín!
    Mick lanzó una mirada furtiva en dirección de Tim.
    – ¡No hables tan alto, Dawn! -dijo.
    – ¡Oh! ¡Siento ganas de matar a papá por hacerse el tonto! -exclamó Dawnie, con los dientes apretados-. Yo siempre pensé que había algo sospechoso con esa mujer, pero papá nunca quiso saber nada. Bueno, comprendo muy bien que mamá jamás haya sospechado nada, ¡pero papá debía haberme escuchado! ¡Pero no podía pensar en ninguna otra cosa sino en el dinero extra que le estaba entrando!
    Ron, a su vez, que se quedó con la boca abierta cuando vio a Mary Horton, salió de su aturdimiento por un momento.
    – ¿Es usted la señorita Horton? -preguntó, con voz enronquecida.
    – Sí, soy Mary Horton. ¿Creía usted que yo era una anciana, señor Melville?
    – Sí; efectivamente -repuso Ron, dominándose lo suficiente para mantener la puerta abierta-. ¿No quiere usted entrar, señorita Horton? Espero que no le importe esperar un momento en el cuarto del frente mientras yo voy por Tim.
    – Por supuesto que no -repuso Mary, siguiendo a Ron al dormitorio y sintiéndose a disgusto. Al parecer, esa habitación era el dormitorio principal y Mary se preguntó cómo aguantaría Ron el esfuerzo de introducirla en el sitio donde él y su esposa habían reposado en la noche durante tantos años. Sin embargo, el hombre apenas si parecía percatarse de lo que le rodeaba y no podía separar los ojos del rostro de ella. Mary no era en absoluto la persona que se había imaginado y, por otra parte, era exactamente como se la había imaginado. Su rostro era joven y sin arrugas, no podía tener más de cuarenta y cinco años, si acaso; pero no era un rostro sensual, intensamente femenino, sino un rostro bondadoso, ligeramente austero, con un leve toque de sufrimiento en la expresión de los orgullosos ojos castaños y en la boca de trazos firmes. Su pelo era muy blanco, como el cristal. A pesar del shock que le había causado el descubrir que era mucho más joven de lo que pensaba, Ron confiaba en ese rostro y en la dueña del mismo. Una apariencia externa serenamente firme, concluyó, un exterior muy adecuado para Mary Horton, de quien él siempre había pensado que era una de las personas más bondadosas, más generosas y más comprensivas que habían entrado en su vida.
    – Señor Melville -dijo Mary-, realmente no encuentro palabras… ¡Siento tanto esto!… por usted, por Tim y Dawnie…
    – Lo comprendo, señorita Horton. No diga más, por favor; entiendo muy bien lo que usted quiere decir. Es un golpe terrible; pero tenemos que soportarlo. Lo único que siento es que es no la haya conocido a usted. Simplemente, parece que nunca tuvimos oportunidad de hacerlo, ¿o no es así?
    – Efectivamente, y yo también lo siento mucho. ¿Cómo está el pobre Tim?
    – Un poco aturdido, me parece. Aunque no se da mucha cuenta de lo que está sucediendo, excepto de que su madre está muerta. Siento terriblemente haberla metido a usted en esto, pero es que sencillamente no sabía qué otra cosa hacer. No puedo permitir que Tim vaya al funeral y tampoco podemos dejarlo solo mientras todos los demás vamos.
    – Estoy completamente de acuerdo. Me alegra mucho que me haya usted llamado, señor Melville; puede estar seguro de que yo cuidaré a Tim. Se me estaba ocurriendo si no sería conveniente que el domingo próximo por la noche me los llevara a Tim y a usted a mi casa de campo para que estuvieran ahí unos días. Yo tendré conmigo a Tim hoy, mañana y el domingo, y el mismo domingo por la tarde puedo regresar por usted y llevarme a ambos al campo. ¿Le parecería bien eso?
    El rostro de Ron cambió de expresión y luego se compuso.
    – Eso es muy considerado de su parte, señorita Horton, y por el bien de Tim acepto la invitación. El patrón de él y el mío bien pueden darnos una semana libre.
    – Entonces ya está todo arreglado. Dawnie estará mejor en compañía de su esposo, ¿no le parece a usted? Para ella será un alivio saber que usted y Tim no están solos, aquí en la casa.
    – Así es; eso la aliviará bastante. Lleva ya como unos ocho meses de embarazo.
    – ¡Oh, no sabía eso! -Mary se humedeció los labios y trató de no mirar en dirección de la cama matrimonial que estaba contra la pared-. ¿Quiere usted que vayamos ya por Tim?
    Era un grupo curioso el que se había congregado en la sala. Mick y Dawnie estaban muy juntos en el sofá y Tim ocupaba su sillón especial, inclinado hacia delante, con los ojos sin ver, fijos en la pantalla del aparato de televisión. Mary se detuvo en la puerta que daba al pasillo, quieta, contemplándolo; tenía en esos momentos una apariencia indefensa y asustada.
    – Hola, Tim -dijo ella.
    El joven se puso en pie de un salto, mitad lleno de gozo y mitad demasiado apesadumbrado para sentir gozo alguno, y se quedó inmóvil, de pie, con el rostro crispado y las manos extendidas hacia ella. Mary se acercó y se las tomó, sonriéndole tiernamente.
    – Vine para llevarte conmigo a la casa durante unos días, Tim -le dijo suavemente.
    Tim retiró las manos súbitamente, sonrojándose; por primera vez desde que lo conocía, Mary veía que se sentía incómodo y plenamente consciente de sus actos. Involuntariamente, los ojos de Tim se habían dirigido a Dawnie, y habían captado su enojo y su rechazo, y algo en él había crecido y madurado lo suficiente para sentir que Dawnie pensaba que había hecho algo imperdonable, que condenaba que él le tocara las manos a esa mujer que tanto quería. Sus propias manos descendieron por sus costados, nuevamente solas y vacías, y se quedó mirando a su hermana con ojos suplicantes. La joven apretó los labios y se puso en pie como un gato furioso, con los incendiados ojos pasando de Tim a Mary y viceversa.
    Mary se adelantó con la mano extendida.
    – Hola, Dawnie -dijo amablemente-; soy Mary Horton.
    Dawnie ignoró la mano que le ofrecían.
    – ¿Y qué está usted haciendo aquí? -escupió.
    Mary fingió no percatarse del tono de voz.
    – Vine por Tim -explicó.
    – Eso ya lo estamos viendo -repuso Dawnie con una sonrisa malévola-. ¡Vaya frescura! El cuerpo de mi madre todavía está tibio y ya está usted aquí, babeando, con la lengua fuera, por el pobre y estúpido Tim. ¿Qué pretendía usted cuando nos engañó haciéndonos creer que era una vieja? ¡Nos ha hecho usted aparecer como unos idiotas, y enfrente de mi esposo, por si fuera poco!
    – ¡Por amor de Dios, Dawnie, cállate la boca! -la interrumpió Ron con desesperación.
    Dawnie se volvió hacia su padre furiosamente.
    – ¡Me callaré cuando haya dicho lo que tengo que decir, interesado! -explotó-. ¡Vendiendo a tu propio hijo tarado por unos cuantos cochinos dólares cada semana! ¿Qué tal te sabían las cervezas de más que con eso podías tomarte en el «Seaside» todos los días? ¿Te pusiste alguna vez a considerar la vergüenza que nos echabas encima? ¡Mírala, tratando de aparentar que su interés en Tim es puro y espiritual y completamente altruista! ¡Pues bien, señorita Mary Horton -agregó con los dientes apretados, volviéndose para mirar a Mary nuevamente-, ya descubrimos cuál es su juego! ¡Qué bien nos engañó usted a todos, haciéndonos creer que por lo menos tenía noventa años! ¡Ya me imagino cuántos de los que viven en esta calle se están muriendo de risa ahora mismo porque pudieron ver de día a la anfitriona de Tim los fines de semana! ¡Nos ha convertido en el hazmerreír de todo el distrito, usted, vieja frustrada! Si necesitaba tanto un hombre, ¿por qué no se compró un gigoló en lugar de aprovecharse de un retardado mental como mi pobre, estúpido hermano? ¡Es usted una mujer odiosa y repugnante! ¿Por qué no se va con la música a otra parte y nos deja en paz?
    Mary estaba inmóvil en el centro de la sala, con las manos flojamente caídas a sus costados y dos brillantes manchas escarlata encendiéndosele más y más en las mejillas. Las lágrimas le corrían por el rostro en muda protesta ante las terribles acusaciones, estaba tan perturbada y devastada por éstas, que no podía hacer nada por defenderse; no tenía ni la energía ni la voluntad de rechazar los ataques.
    Ron había empezado a temblar, apretando los puños con tanta fuerza que los nudillos se mostraban blancos. Tim, de vuelta a su sillón, se había desplomado en éste y su asustado rostro iba y venía del acusador a la acusada y viceversa. Estaba confundido, angustiado y extrañamente avergonzado, aunque él no comprendía la razón de tal sentimiento. No podía entenderlo. Dawnie parecía pensar que era algo malo que él fuera amigo de Mary, pero, ¿dónde estaba lo malo?, ¿y porqué era malo? ¿Qué era lo que Mary había hecho? No parecía justo que Dawnie gritara así a Mary, pero él no sabía qué hacer porque no comprendía de qué se trataba. ¿Y por qué sentía deseos de correr a ocultarse en algún rincón oscuro, como lo había hecho la vez que le había robado a mamá el pastel que había hecho para sus compañeras del club?
    Ron se sacudió, tratando de controlar su enojo.
    – ¡Dawnie -ordenó-, no quiero volver a oírte diciendo cosas como ésas jamás!, ¿me oyes? ¡En nombre de Dios! ¿qué es lo que pasa contigo, muchacha? ¡A una dama tan decente como la señorita Horton! ¡Dios me ampare, que ella tenga que estar ahí, oyendo barbaridades como ésas! ¡Me has ofendido, has ofendido a Tim y has ofendido a tu pobre madre difunta, y en una ocasión como ésta! ¡Dios mío, Dawnie!, ¿qué fue lo que te hizo decir cosas como ésas?
    – Las digo porque son ciertas -replicó Dawnie, buscando protección en los brazos de Mick-. ¡Tú has dejado que su cochino dinero te vuelva ciego y sordo!
    Mary se pasó una mano temblorosa por la cara, limpiándose las lágrimas. Luego miró directamente a Dawnie y a su esposo.
    – Estás muy, muy equivocada, querida -pudo decir al fin-. Comprendo cuán turbada y trastornada estás por todo lo que ha sucedido en las últimas horas, y estoy segura que no pensaste realmente nada de lo que estás diciendo. -Hizo una pausa y respiró profundamente.
    »Nunca he ocultado deliberadamente mi edad -prosiguió-. Simplemente, jamás se me ocurrió que fuera algo importante porque nunca me pasó por el pensamiento ni por un momento que alguien interpretara la relación que hay entre Tim y yo en un plano tan bajo. Le tengo a Tim un afecto muy grande, pero no de la manera que estás insinuando. No me hace ningún favor el decirlo, pero soy lo bastante vieja como para ser la madre de Tim y también la tuya, y eso lo sabes. Y en otra cosa también tienes razón: si se me antojara un hombre, me puedo permitir el lujo de salir a comprarme un gigoló forrado en oro. ¿Por qué entonces iba a emplear a Tim en algo así? ¿Puedes, con toda honradez, decir que hayas visto evidencia alguna de algún despertar sexual en Tim desde que me conoce? Si tal cosa hubiera ocurrido, la hubieras notado inmediatamente; Tim es una criatura demasiado transparente para poder ocultar algo tan profundo como eso. Y yo he gozado de la compañía de Tim de una manera, y perdona las palabras tan trilladas, verdaderamente pura e inocente. Tim es puro e inocente y eso es parte de su encanto. Yo no cambiaría eso en él así estuvieran desgarrándome la carne diez mil demonios de lujuria. Y, ahora, tú lo has echado todo a perder, lo has echado todo a perder para los dos, porque si Tim no puede comprender, por lo menos puede sentir que ha habido un cambio. A su manera, esto era perfecto, y empleo el tiempo pasado deliberadamente porque ya nunca podrá ser igual. Me has hecho percatarme de algo que nunca se me había ocurrido, y has hecho que Tim tenga que sentirse incómodo si vuelve a darme su afecto como antes.
    Mick se aclaró la garganta:
    – Pero, señorita Horton -replicó-, con toda seguridad usted debe haber tenido una idea de lo que la demás gente iba a pensar. A mí se me hace muy difícil creer que usted, una mujer madura y responsable, pueda pasar todo su tiempo libre, en compañía de un hombre joven y extremadamente bien parecido, ¡sin pensar en lo que la demás gente pueda pensar!
    – ¡Así es! -rugió Ron, levantando a Mick de las solapas y sacudiéndolo-. ¡Debía haber pensado que a mi Dawnie, sola, no podía ocurrírsele toda esa mierda sin alguna ayuda de parte tuya! ¡De veras trabajas aprisa, compañero! Entre el momento en que fuiste a abrirle la puerta a la señorita Horton y la entrada de ella en esta habitación, diez minutos después, te las arreglaste para plantar tus cochinas ideas en la mente de mi hija tan malditamente bien ¡que ella nos ha avergonzado y cubierto de basura a todos nosotros! ¡Y fuiste tú, maldito tragador de cócteles! ¡Dios santo! ¿por qué no pudo Dawnie haberse casado con un tipo común y corriente en lugar de un remilgado como tú? ¡Debería sacarte los dientes a patadas, miserable, podrido hijo de puta!
    – ¡Papá! -exclamó Dawnie, llevándose las manos al vientre-. ¡Papá, por Dios! -agregó y rompió en llanto, tamborileando en el suelo con los tacones.
    Tim se movió entonces, tan súbitamente que los demás necesitaron varios segundos para comprender qué era lo que había sucedido. Ron y Mick se vieron separados, con Mick puesto en el sofá y Dawnie y Ron empujados en sillones aparte, todo ello sin una sola palabra. Tim le dio entonces la espalda a Mick y, suavemente, tocó a su padre en un hombro.
    – No dejes que te haga enojar, papá -dijo en tono firme-. Tampoco a mí me cae bien, pero mamá dijo que debíamos tratarlo realmente bien, aunque no nos gustara. Dawnie le pertenece ahora; por lo menos, eso es lo que mamá dijo.
    Mary rompió a reír entrecortadamente; Tim se puso junto a ella y le rodeó los hombros con un brazo.
    – Mary -interrogó, mirándole el rostro atentamente-, ¿te estás riendo o estás llorando? No les hagas caso ni a Dawnie ni a Mick; están trastornados. ¿Por qué no nos vamos ahora? ¿Puedo empezar a guardar mis cosas?
    – Ve y empieza a hacer la maleta, compañero -le ordenó Ron mientras miraba a su hijo con asombro y un incipiente respeto-. Ve y empieza ahora mismo. Mary irá a ayudarte en seguida. ¿Y sabes qué, compañero? Eres formidable; eres lo mejor que hay en esta casa.
    Los hermosos ojos de Tim brillaron de gozo y su sonrisa relampagueó por primera vez desde que habían llegado a casa y descubierto a Es.
    – También tú me gustas, papá -repuso, sonriendo, y se dirigió a empacar.
    Ido Tim, hubo un silencio tenso; Dawnie seguía sentada, mirando a todas partes, excepto en dirección de Mary Horton, y ésta seguía de pie en el centro de la habitación, sin saber qué sería lo más conveniente hacer.
    – Creo que le debes una disculpa a la señorita Horton, Dawnie -dijo Ron, dirigiéndose a su hija.
    Ésta se puso rígida y los dedos se le cerraron un poco, como si formaran garras.
    – ¡Que me maten si le ofrezco una disculpa! Después de lo que nos has hecho, ¡creo que es a Mick y a mí a quienes se les debe una disculpa! ¡Maltratar a mi esposo de esa manera!
    Ron miró a su hija con tristeza en la mirada.
    – Verdaderamente me alegro de que tu madre no esté aquí -dijo-. Ella siempre dijo que ibas a cambiar, que nosotros tendríamos que salir de tu vida, pero sé endemoniadamente bien que jamás pensó que te volverías tan tonta como para llegar a esto. Eres demasiado grande para tus zapatos, mi niña, y bien podrías tomar unas cuantas lecciones de buenos modales de la señorita Horton, aquí presente, para no mencionar a tu chocante esposo.
    – ¡Oh, por favor! ¡Ya no! -exclamó Mary, llena de angustia-. ¡Siento terriblemente haber sido la causa de este disgusto! De haber sabido lo que iba a suceder, jamás hubiera venido. Les ruego que no peleen por mi causa. Sentiría mucho ser el motivo de una ruptura permanente en la familia de Tim. Si no fuera porque creo que Tim me necesita en estos momentos, desaparecería para siempre de la vida de todos ustedes, incluso de la de él, y les doy mi palabra de que tan pronto como Tim se reponga de la pérdida de su madre, eso es precisamente lo que haré. Jamás volveré a verlo ni a causarles a ninguno de ustedes penas ni vergüenza.
    Ron se levantó, con la mano extendida, de la silla en la que Tim lo había obligado a sentarse.
    – ¡Por Dios! -exclamó-. ¡Me alegro de que todo esto haya salido a flote! De todas maneras, ¡algún día tenía que suceder! En lo que respecta a mamá y a mí, Tim es lo único que importa, y Tim siempre la necesitará a usted, señorita Horton. Lo último que mamá dijo fue: pobre Tim, no dejes solo a Tim, pobre Tim, pobre Tim. Pues bien, voy a hacer precisamente eso, señorita Horton, y si el par de idiotas que están en el sofá lo ven de otra manera, lo sentiré por ellos. Yo voy a cumplir con la última voluntad de mamá ya que ella no está con nosotros. -La voz pareció quebrársele, pero levantó la barbilla hacia el techo, tragó saliva varias veces y se las arregló para continuar.
    »Mamá y yo a veces también nos peleábamos -prosiguió-, pero a pesar de eso nos queríamos mucho. Pasamos juntos muy buenos años, que siempre recordaré con una sonrisa y con un brindis de mi vaso de cerveza. Ése no entendería -dijo, señalando con la cabeza en dirección del sofá-, pero mamá se sentiría verdaderamente desilusionada si yo no brindara por ella todos los días en el «Seaside».
    A Mary le costó un gran esfuerzo refrenar su impulso de precipitarse hacia el anciano para confortarlo físicamente, pero sabiendo qué trabajo tan grande le había costado el controlarse, mantuvo los brazos a sus costados y trató de decirle con los ojos empañados de lágrimas y con una sonrisa de afecto, que ella sí comprendía muy bien.

19

    Durante todo el viaje a Artarmon, Tim no dijo una sola palabra, y permaneció hundido en el asiento del coche. No eran muchas las veces que había dormido en la casa de Mary en Sydney y el cuarto que siempre ocupaba no le producía la misma sensación de pertenencia que su cuarto en la casa de campo; por lo mismo, no supo qué hacer cuando Mary se dispuso a dejarlo para que se cambiara de ropa y se acostara. De pie en el centro de la habitación, restregándose nerviosamente las manos, la miró con expresión de súplica. Siempre indefensa ante esa expresión en particular, Mary exhaló un suspiro y vino en su ayuda.
    – ¿Por qué no te pones tu pijama y tratas de dormir un poco, Tim? -le preguntó.
    – ¡Pero es que no es de noche; estamos en pleno día! -protestó él, revelándose en la voz el dolor y el temor que estaba sufriendo.
    – Eso no tiene que preocuparte, querido -replicó ella, con un nudo en la garganta-. Creo que podrás dormir un poco si cierro las persianas para que no entre luz en el cuarto.
    – Me siento enfermo -dijo él, hipando peligrosamente.
    – ¡Oh, pobrecito Tim! -respondió ella al instante, recordando cuánto temía él que lo regañaran por ensuciar el suelo-. Ven, vamos, yo te tendré la cabeza.
    Tim empezó a vomitar en cuanto llegaron a la puerta del cuarto de baño. Mary lo sostuvo poniéndole la mano en la frente, hablándole cariñosamente y palmeándole la espalda mientras él pugnaba y se arqueaba miserablemente.
    – ¿Ya terminaste? -le preguntó ella suavemente. Cuando él contestó afirmativamente, Mary hizo que se sentara en la silla tapizada del baño y abrió la llave del agua caliente para llenar la bañera.
    – Mira cómo te has puesto, ¿te das cuenta? Yo creo que lo mejor es que te desnudes y te des un buen baño caliente, ¿no crees? Te sentirás mucho mejor en cuanto sientas el agua.
    – Tomó una toalla y le limpió las huellas del vómito del rostro y de las manos; le quitó la camisa y la dobló cuidadosamente y luego con la misma camisa procedió a limpiar el suelo. Tim la miraba hacer apáticamente, temblando y con el rostro pálido.
    – Lo si-si-sssiento mucho, Mary -tartamudeó-. Lo en-ssssucié todo y tú te va-va-vaas a enojar conmigo.
    La mujer alzó la cara y sonrió desde la postura que tenía, arrodillada sobre los mosaicos.
    – ¡Jamás, Tim, jamás! No pudiste evitarlo, eso es todo, pero hiciste todo lo posible para aguantarte hasta llegar al baño, ¿no es así? Eso es lo único que importa, corazón.
    Su palidez y debilidad la alarmaron; no parecía estar recuperándose tan pronto como debiera, por lo que no se sorprendió cuando cayó de rodillas frente al retrete y empezó a vomitar otra vez.
    – Yo creo que eso ya fue todo -dijo ella cuando él se quedó quieto una vez más-. ¿Qué tal si te das un baño?
    – Estoy tan cansado, Mary -murmuró aferrándose a la silla.
    No se atrevió a dejarlo; la silla era de respaldo recto y no tenía brazos y, si se desmayaba, no podría sostenerse en ella. El mejor lugar para él en esos momentos era dentro de la bañera de agua tibia, donde podría estirarse y calentarse a plena satisfacción. Cerrando la mente a las injuriosas palabras de Dawnie y orando en silencio porque él jamás mencionara eso en casa, lo ayudó a desvestirse y a meterse en la bañera, con un brazo sosteniéndolo firmemente de la cintura y el otro alrededor de los hombros.
    Tim se hundió en el agua con un suspiro de alivio: ya más tranquila, vio cómo el color le volvía poco a poco, y mientras él se relajaba en el baño, ella terminó de limpiar el piso y el retrete. El olor era horriblemente pegajoso, por lo que abrió la puerta y la ventana para que entrara el aire fresco del otoño. Sólo entonces se volvió a mirarlo.
    Tim se había sentado en la bañera como un chiquillo, inclinado hacia delante y sonriendo levemente, mirando cómo las volutas de vapor se elevaban de la superficie del agua, con el espeso cabello dorado rizándose a causa del agua. ¡Tan hermoso… tan hermoso! «Hay que tratarlo como un niño», se dijo a sí misma mientras tomaba el jabón. Sin embargo, mientras pensaba eso, no pudo menos que contemplarlo de cuerpo entero en el agua transparente porque de pronto Tim se había tendido de espaldas cuan largo era, dejando escapar un suspiro de satisfacción. La desnudez vista en un libro, después de todo, era algo completamente aparte de su realidad en el cuerpo de Tim; en los libros, nunca había tenido el poder de conmoverla o excitarla. Mary se obligó a mirar en otra dirección, pero involuntariamente su mirada regresaba furtivamente al cuerpo de él hasta que descubrió que Tim había cerrado los ojos y entonces pudo contemplarlo con una especie de apetito disciplinado, pero inquisitivo, no tanto con hambre carnal sino con un sentimiento confuso.
    Un cambio en su postura la hizo mirarlo a la cara, para descubrir que él la miraba cansadamente, pero con aire de curiosidad: Mary sintió que la sangre se le calentaba bajo la piel y casi esperó el comentario que sin duda él haría, pero Tim no dijo nada. La mujer retrocedió, se sentó en el borde de la bañera y comenzó a enjabonarle el pecho y la espalda. Sus resbaladizos dedos recorrieron aquella piel que era como una aceitosa seda, y al mismo tiempo y de una manera casual, se detuvieron por unos instantes en la muñeca para tomarle el pulso y ver cómo andaba.
    Tim se veía cada vez mejor, aunque un poco inquieto, y hasta se rió cuando ella le vertió agua en la cabeza e hizo que se inclinara hacia delante para lavarle el cabello. Mary no lo dejó jugar mucho sino que hizo que se pusiera en pie en cuanto terminó de bañarlo. Hecho eso, le sacó el tapón a la bañera y abrió la llave de la ducha. La divirtió mucho ver con qué ingenuo placer se arropó Tim en la enorme toalla de baño en cuanto salió al piso, pero se las arregló para escucharlo con rostro serio cuando él le aseguró que nunca había visto una toalla tan grande, agregando que era muy lindo que lo envolvieran a uno por completo como si fuera un bebé.
    – Eso estuvo muy lindo, Mary -le confesó, ya acostado en la cama y con los cobertores hasta el mentón-. Creo que mamá me bañaba así cuando era yo un niño chiquito, pero ya no me acuerdo. Me gusta que me bañen: es mucho más lindo que bañarse uno mismo.
    – Pues me alegra saberlo -sonrió ella-. Ahora, ponte a gusto y trata de dormir un poco, ¿está bien?
    – Está bien -rió él-. Pero no puedo decirte buenas noches, Mary, porque es mediodía.
    – ¿Y ahora cómo te sientes, Tim? -preguntó ella, cerrando las persianas y dejando el cuarto en la penumbra.
    – Me siento muy bien, pero muy cansado.
    – Entonces duérmete, querido. Cuando despiertes y me busques, ahí estaré.
    El fin de semana transcurrió sin ningún incidente; Tim se mostró muy reservado, todavía no se había repuesto físicamente, pero Mary no notó nada que le indicara que Tim extrañaba realmente a su madre. El domingo en la tarde hizo que se sentara en el asiento delantero del gran Bentley y condujo el automóvil de regreso a la calle Surf para recoger a Ron.
    Éste se hallaba ya esperándola en el corredor del frente y, cuando vio que el automóvil se detenía, bajó corriendo los escalones, de dos en dos, con la maleta en la mano. «¡Qué viejo es!», pensó Mary, dándose vuelta para abrirle la portezuela trasera. A pesar de su físico, delgado y musculoso, y de su manera de andar, como la de un muchacho, ya no era ningún joven. El verlo así la preocupó y lo único en que pudo pensar fue en que Tim se iba a quedar solo sin padre ni madre.
    Después del arrebato que Dawnie había tenido el viernes, parecía no haber posibilidades de que ella se reconciliara con los suyos; su esposo dominaba la situación. Eso era quizás algo bueno para Dawnie, pero de mal augurio para su propia familia. ¿Y cómo podría ella, Mary Horton, adoptar a Tim si algo le sucedía a Ron? Al parecer, todo el mundo pensaba ahora lo peor, así que, ¿qué pensarían y qué harían si Tim se fuera a vivir con ella permanentemente? El sólo pensar en eso la aterrorizaba. Solamente Ron, Archie Johnson, la vieja Emily Parker, su vecina, y Tim mismo pensarían que esa relación era buena. Se estremecía al imaginarse qué diría Dawnie y qué haría. Con toda seguridad iba a haber un escándalo; tal vez también un litigio; no obstante, cualquier cosa que sucediera, Tim debía ser protegido a toda costa de cualquier daño y del ridículo.
    Realmente no importaba lo que les sucediera a ella, o a Dawnie o a sus vidas. Tim era lo único que le importaba.
    A pesar del shock sufrido y de la pena, Ron se divirtió con el comportamiento de Tim durante el viaje de Gosford, viendo cómo pegaba la nariz a la ventanilla y miraba arrobadamente el cambiante escenario, fascinado por completo. Mary lo sorprendió mirando a su hijo, cuando miró por el espejo retrovisor, y no pudo menos que sonreír.
    – Nunca se cansa, señor Melville. ¿No es algo maravilloso, el saber que goza de cada viaje como si fuera el primero?
    Ron asintió con la cabeza.
    – Así es, señorita Horton. Nunca me había dado cuenta de que gozara tanto de los viajes. Por lo que recuerdo de las pocas veces que tratamos de sacarlo en automóvil, siempre vomitaba, ¡qué problema! Y era algo terriblemente embarazoso porque el coche no era nuestro. De haber sabido que se le iba a quitar esa costumbre, me hubiera comprado uno para sacarlo a dar una vuelta de vez en cuando. Es una lástima no haberlo hecho, viéndolo cómo se porta ahora.
    – Bien, señor Melville, yo no me preocuparía por eso. Tim es siempre feliz si todo va bien. Para él ésta es simplemente otra clase de felicidad; eso es todo.
    Ron no contestó, se le llenaron de lágrimas los ojos y tuvo que dar vuelta la cabeza en otra dirección, poniéndose a mirar el paisaje por la ventanilla.
    Una vez que los dejó instalados en la casa de campo, Mary se preparó a regresar a Sydney. Ron alzó el rostro y la miró, lleno de tristeza.
    – ¡Qué lástima, señorita Horton! ¿Por qué tiene usted que irse? Pensé que iba a quedarse con nosotros.
    Ella movió la cabeza negativamente.
    – Desgraciadamente, no me es posible-repuso-. Mañana tengo que regresar al trabajo; mi jefe va a tener una semana llena de reuniones muy importantes y tengo que estar a su lado para ayudarle. Creo que encontrarán ustedes todo lo que necesiten. Tim sabe dónde está todo y él lo ayudará a usted si tiene problemas en la cocina o en alguna otra parte de la casa. Quiero que se sientan absolutamente como en su propia casa y que hagan lo que se les antoje y a la hora que quieran. Hay muchas cosas para comer, así que por ese lado no hay cuidado. Si les es necesario ir a Gosford, el número del servicio local de taxis está en la libreta de los teléfonos, e insisto en que lo carguen a mi cuenta.
    Ron se puso de pie, ella se estaba ya poniendo los guantes, lista para partir. Le estrechó la mano, lleno de afecto, y sonrió.
    – ¿Por qué no me llama usted Ron, señorita Horton? Así podría yo llamarla Mary. Me parece un poco tonto que sigamos llamándonos señor y señorita, ¿no le parece?
    Mary se rió, con la mano puesta afectuosamente en el hombro de Ron.
    – Muy bien. Estoy de acuerdo, Ron. De ahora en adelante seremos simplemente Ron y Mary.
    – ¿Y cuándo volveremos a verla, Mary? -preguntó Ron, no sabiendo si, como huésped, debería salir a acompañarla al coche, estando ella en su propia casa, o simplemente regresar a su silla.
    – El viernes en la noche, no sé a qué hora, pero no me esperen a cenar. Tal vez tenga que quedarme en la ciudad hasta más tarde y cenar con mi jefe.
    Fue Tim quien la acompañó hasta el automóvil; con sorpresa, Ron vio cómo su hijo se interponía entre los dos saltando de impaciencia como un perro cuando no le hacen caso. Comprendiendo lo que eso quería decir, volvió a sentarse con su periódico mientras Tim seguía afuera a Mary.
    – Ojalá no tuvieras que volver allá, Mary-le dijo, mirándola con una expresión que ella nunca antes le había visto en los ojos y que no podía identificar.
    Mary sonrió, palmeándole el brazo.
    – Tengo que irme, Tim -repuso-. De veras, tengo que irme. Pero eso significa que estoy confiando en que tú cuidarás a tu padre porque él no conoce la casa ni los alrededores, mientras que tú sí. Sé bueno con él. ¿Lo harás, Tim?
    El joven asintió con la cabeza. Sus manos, flojas a los costados, se movieron y se apretaron una a la otra.
    – Lo cuidaré, Mary; te prometo que lo cuidaré -dijo.
    Se quedó mirando el sendero hasta que el coche desapareció entre los árboles; luego dio media vuelta y entró en la casa.

20

    Esa semana Mary estuvo tan ocupada como lo había esperado. De las varias reuniones que el Consejo de la «Contable Steel & Mining» sostenía durante el año, ésa era la más importante. Tres representantes de la casa matriz, con sede en Estados Unidos, llegaron por avión desde Nueva York para asistir a ella. Surgieron los acostumbrados problemas de organización relacionados con hoteles que no satisfacían a los visitantes, alimentos que no podían conseguirse, esposas aburridas, programaciones incompletas y cosas así; cuando al fin llegó la noche del viernes, el suspiro de alivio que Mary dejó escapar le salió tan del fondo del corazón como el de Archie Johnson. Estaba en la oficina de éste en el último piso de la Torre Constable, con los pies en alto, mirando aturdidamente el cambiante panorama de luces que se extendía en todas direcciones hasta el horizonte ya moteado de estrellas.
    – ¡Cristo en bicicleta, Mary, qué feliz me siento de que al fin todo haya pasado! -exclamó Archie, empujando a un lado su plato vacío-. Fue una idea buenísima la que se te ocurrió de que nos enviaran comida china acá arriba. De veras lo fue.
    – Pensé que te gustaría -contestó ella moviendo los dedos de los pies con deleite-. Siento los pies como pelotas y todo el día me he estado muriendo por sacarme un momento los zapatos. Pensé que la señora de Hiram P. Schwartz nunca iba a encontrar su pasaporte a tiempo para alcanzar el avión y el cabello se me erizaba de pensar que tendría que atenderla durante el fin de semana.
    Archie sonrió. Los impecables zapatos de su secretaria habían caído de cualquier modo en el otro extremo de la habitación y ella casi había desaparecido en las fauces de un sillón enorme, y sólo le asomaban los pies, apoyados en una otomana.
    – ¿Sabes algo, Mary? Tú debías haber adoptado a un niño retrasado mental desde hace muchos años. ¡Por lo más sagrado que tengan las moscas, cómo has cambiado desde entonces! Jamás hubiera podido salir adelante sin tu ayuda, pero confieso que ahora ya es más divertido trabajar contigo. Nunca he podido prescindir de ti, pero no pensé que llegaría a ver el día en que tuviera que admitir que verdaderamente gozo de tu compañía, vieja bruja, pero así es, ¡realmente me gusta! ¡Y pensar que, durante todos estos años, la cosa ha estado ahí todo el tiempo, dentro de ti, y que nunca la habías dejado que se asomara siquiera! Eso, si me permites decirlo, es una verdadera lástima.
    – Tal vez -repuso ella con una sonrisa-, pero, ¿sabes algo, Archie? Todo sucede cuando debe suceder. De haberme encontrado con Tim hace varios años, nunca me hubiera interesado en él. Algunos de nosotros nos pasamos la mitad de la vida sin despertar.
    Johnson encendió un puro y lo chupó con deleite.
    – Hemos estado tan ocupados -dijo- que ni siquiera he tenido tiempo de preguntarte qué fue exactamente lo que sucedió el viernes pasado. Su madre murió, ¿no es así?
    – Sí. Fue una cosa terrible -murmuró y se estremeció-. Me llevé a Tim y a su padre, que se llama Ron, a mi casa de campo el domingo pasado y ahí los dejé. Salgo para allá esta misma noche. Espero que estén bien, pues supongo que, si hubieran tenido algún problema, ya habría tenido noticias suyas. Al parecer, Tim todavía no comprende plenamente qué fue lo que sucedió, me imagino. ¡Bueno, sí! Sabe que su madre ha muerto y sabe también qué es lo que eso significa, pero la realidad concreta de su desaparición todavía no empieza a hacer efecto en él, por lo menos todavía no había empezado a extrañarla cuando los dejé. Ron dice que se repondrá pronto y espero que así sea. Ron me da mucha lástima. Su hija hizo toda una escena cuando fui a recoger a Tim el viernes.
    – ¿Cómo?
    – Sí -Mary se puso de pie y caminó hasta el bar-. ¿Quieres un brandy o algo así?
    – ¿Después de una comida china? No, gracias. Tomaré una taza de té, si eres tan amable.
    La siguió con la vista cuando se paró tras el mostrador del bar donde había un pequeño fogón.
    – ¿Y qué clase de escena? -agregó Archie.
    La cabeza de Mary había desaparecido tras el mostrador.
    – Es un poco vergonzoso hablar de eso -contestó-. Fue una escena terrible, dejémoslo así. Ella dijo que… ¡en realidad no importa! -finalizó, haciendo sonar las tazas.
    – ¿Qué fue lo que dijo? ¡Vamos, Mary, desembucha!
    En los ojos que se alzaron a mirarlo había un brillo desafiante de orgullo lastimado.
    – Dio a entender que Tim era mi amante -dijo.
    – ¡Que me hagan unas salchichas de mierda! -reventó Archie y, echando atrás la cabeza, rompió a reír con grandes carcajadas-. ¡Pero qué bajeza! ¡Así se lo hubiera dicho si ella me lo hubiera preguntado! -impulsándose, se levantó de un tirón del sillón y, llegando al bar, se recostó en éste-. No dejes que eso te inquiete, Mary. ¡Esa muchacha debe ser una mala persona!
    – No; no es una mala persona. Se casó con una mala persona, que es diferente. Y su esposo está haciendo todo lo posible por hacerla peor. Honradamente, yo no creo que nada de lo que ella dijo haya sido otra cosa que repetir como un loro lo que su marido le había estado cuchicheando en la oreja. Ella quiere mucho a Tim y es intensamente protectora. -Su cabeza desapareció bajo el mostrador del bar y las palabras siguientes sonaron un poco turbias-. Todos pensaban que yo era mucho más vieja que lo que en realidad soy, así es que, cuando me presenté a recoger a Tim, sufrieron una sacudida.
    – ¿Y cómo se habían formado esa idea?
    – Tim les dijo que yo tenía el pelo blanco y, por mi pelo blanco, Tim suponía que yo era una vieja, realmente vieja. Así que les dijo que yo era muy vieja.
    – ¿Pero acaso nunca los conociste antes de que la madre muriera? ¡Tú no eres de las que se andan escondiendo en callejones, Mary! ¿Por qué no corregiste a tiempo ese mal entendido?
    El rostro de ella se encendió dolorosamente.
    – Realmente -repuso- no sé por qué nunca se me ocurrió presentarme personalmente a los padres de Tim. Si tuve miedo de que impidieran nuestra amistad si se enteraban de mi verdadera edad, puedo asegurarte que ese miedo era completamente inconsciente. Yo sabía que Tim estaba perfectamente seguro conmigo y me gustaba mucho oír lo que él me decía de su familia. Ahora pienso que lo que yo estaba haciendo era posponer el conocerlos porque pensaba que no serían en absoluto como Tim me los describía.
    Archie extendió el brazo por encima del mostrador y le palmeó suavemente un hombro.
    – Bien -dijo-, no tienes por qué preocuparte. Prosigue. ¿Me decías que la hermana de Tim lo quiere mucho?
    – Sí. Y Tim la quería tanto como ella a él hasta que se casó; a partir de entonces, él se alejó un poco de ella. Parecía sentir como que su hermana lo había abandonado, aunque en varias ocasiones yo traté de razonar con él. Por todo lo que me decía acerca de ella, yo tenía la impresión de que era una muchacha de espíritu sano, sensata y de buen corazón. Y, además, muy brillante. ¿No es eso extraño?
    – No lo sé. ¿Tú crees que lo es? ¿Y qué hiciste después de sus exabruptos?
    La cabeza de ella volvió a desaparecer detrás del bar.
    – Me sentí devastada. Creo que lloré. ¡Imagíname llorando… a mí!
    Cuando volvió a alzar la cabeza, había en su rostro un intento de sonrisa.
    – Es algo que aturde la imaginación, ¿no crees?
    Archie no contestó. Mary dejó escapar un suspiro, con el rostro serio y con una expresión dolorida.
    – He llorado mucho últimamente, Archie -confesó-. He llorado mucho.
    – Eso sí que aturde la imaginación, pero te creo. Además, todos debemos llorar de vez en cuando. ¡Hasta yo he llorado! -admitió Archie, como si eso fuera algo casi increíble.
    Mary rompió a reír, relajándose un poco.
    – Tú, según tu propia manera de hablar, eres un rezno, Archie.
    Johnson la miró mientras Mary servía el té, con algo parecido a la lástima en los ojos. Debía haber sido un golpe terrible para su orgullo, pensó, el ver esa cosa tan apreciada, tan atesorada, reducida a un nivel tan bajo. Porque, para ella, el solo pensamiento de algún componente físico en Tim rebajaba a éste; tenía un concepto monástico de la vida… ¿y acaso era algo de qué maravillarse? ¡Con la vida tan extraña, tan apartada que había llevado! «Somos lo que somos, pensó él, y no podemos ser más que lo que las circunstancias han hecho de nosotros.»
    – Vamos, querida -dijo él, sorbiendo el té. Ya en la silla, mirando por la ventana, volvió a hablar-. Me gustaría conocer a Tim si eso es posible, Mary -dijo.
    Hubo un largo silencio a sus espaldas; luego, la voz de ella se dejó oír, muy bajito.
    – Uno de estos días -pareció como si hubiera hablado desde muy lejos.

21

    Ya era después de medianoche cuando Mary detuvo el Bentley frente a la casa de campo. Las luces estaban todavía encendidas en la sala y Tim salió brincando para abrir la portezuela del coche. Venía temblando de alegría tan sólo de verla y casi la levantó del suelo en un abrazo sofocante. Era la primera vez que sus emociones al verla habían superado el entrenamiento de muchos años y eso fue algo que le dijo a Mary, más que ninguna otra cosa, cuán triste se debía haber sentido toda la semana y cuánto debía haber extrañado a su madre.
    – ¡Oh, Mary! ¡Me alegra tanto verte!
    Mary se zafó de sus brazos.
    – ¡Por Dios, Tim! -contestó-. ¡No te das cuenta de lo fuerte que eres! Me imaginé que ya dormías en tu cama.
    – No antes de que llegaras. Tenía que estar despierto hasta que tú llegaras. ¡Oh, Mary, me alegra tanto verte! ¡Me gustas, me gustas!
    – Y tú también me gustas y a mí también me alegra mucho verte. ¿Dónde está tu padre?
    – Adentro. No quise dejar que saliera. Quería ser yo el primero en verte. -Aunque iba brincando a su lado, Mary sintió que, en cierto modo, algo de su gozo había menguado, que ella le había fallado en algo. ¡Si siquiera supiera en qué!
    – No me gusta estar aquí cuando tú no estás, Mary -prosiguió-. Sólo me gusta cuando tú también estás.
    Ya se había calmado un poco cuando entraron a la casa y Mary se dirigió a saludar a Ron con la mano extendida.
    – ¿Cómo está usted? -preguntó ella con amabilidad.
    – Estoy bien, Mary. Es un placer verla.
    – Me hace feliz estar ya de vuelta.
    – ¿Ya comió usted?
    – Sí, cené algo, pero voy a preparar una taza de té. ¿Le gustaría tomar un poco?
    – Sí, gracias.
    Mary se volvió a Tim, que estaba de pie, a cierta distancia de ellos. Tenía en los ojos la mirada perdida. «¿En qué le he fallado?», volvió ella a preguntarse. «¿Qué he hecho para que él se vea así, o qué he dejado de hacer?»
    – ¿Qué pasa, Tim? -le preguntó, avanzando hacia él.
    – Nada -dijo Tim sacudiendo la cabeza.
    – ¿Estás seguro?
    – Sí; no es nada.
    – Temo que ya es hora de que te acuestes, amiguito.
    El muchacho asintió desoladamente.
    – Lo sé. -Ya en la puerta, se dio vuelta para mirarla con una muda súplica en los ojos-. ¿Vendrás luego a arroparme?
    – No me perdería eso por nada del mundo, pero date prisa, ¡rápido! Dentro de cinco minutos estaré contigo.
    Cuando Tim se hubo ido, ella se volvió hacia Ron.
    – ¿Cómo ha estado todo? -preguntó.
    – Bien y mal. Ha llorado mucho por su madre. Y no es fácil, porque ya no llora como antes lo hacía, abiertamente. Ahora simplemente se queda sentado, con las lágrimas corriéndole por la cara, y ya no es posible hacerlo callar pasándole algo sabroso debajo de las narices.
    – Venga a la cocina conmigo. Debe haber sido muy duro para usted y siento muchísimo el no haber podido regresar antes para ayudarlo con parte de la carga -dijo Mary, llenando la tetera; luego miró su reloj con expresión de ansiedad-. Debo ir a darle las buenas noches a Tim. Ahora vuelvo.
    Tim ya estaba en cama, con la mirada fija en la puerta. Mary se le acercó, acomodó los cobertores hasta que quedaron cubriéndole apretadamente el cuerpo hasta la altura de la barbilla y luego los alisó suavemente. Hecho eso, se inclinó y lo besó en la frente. Él luchó con las mantas hasta que pudo sacar los brazos y le rodeó con ellos el cuello, atrayéndola hacia abajo de tal modo que se vio obligada a sentarse en el borde de la cama.
    – ¡Oh, Mary, cómo deseaba que estuvieras aquí! -dijo, con los labios en la mejilla de ella.
    – Yo también hubiera querido estar aquí antes, pero ya todo está bien, Tim. Ya estoy de regreso y sabes que siempre estaré aquí contigo todo el tiempo que pueda. Me gusta estar aquí contigo más que cualquier otra cosa en todo el mundo. ¿Extrañaste mucho a mamá?
    Los brazos que le rodeaban el cuello se endurecieron.
    – Sí. ¡Oh, Mary!, es muy duro recordar que ella ya nunca volverá. La olvido y luego la vuelvo a recordar y quiero que regrese con todas mis fuerzas y sé que no puede regresar y todo se me confunde. Pero quisiera que volviera. ¡Deseo tanto que vuelva!
    – Lo sé, lo sé… pero ya no será tan duro dentro de poco. No siempre la vas a extrañar tanto; se te va a ir olvidando poco a poco. Se irá retirando más y más de ti hasta que empieces a acostumbrarte y después ya no te dolerá tanto.
    – Pero siento dolor cuando lloro, Mary. Siento que me duele mucho ¡y no se me quita!
    – Sí, lo sé. A mí me ha pasado. Es como si te hubieran cortado un pedazo grande del pecho, ¿verdad?
    – ¡Así es! ¡Así es exactamente como es! -con cierta torpeza, le pasó el brazo por la espalda-. ¡Oh, Mary -añadió-, me gusta tanto que estés aquí! ¡Tú siempre sabes cómo es todo, puedes decírmelo y yo me siento mejor! ¡Era terrible estar aquí sin ti!
    Los músculos de la pierna que apoyaba en el borde de la cama empezaron a acalambrarse, y Mary levantó la cabeza del brazo en que él la tenía.
    – Pero ya estoy aquí, Tim, y estaré todo el fin de semana. Luego, regresaremos a Sydney juntos; no te dejaré aquí solo. Ahora quiero que te des vuelta y te duermas porque mañana tenemos mucho que hacer en el jardín.
    Tim se acomodó obedientemente.
    – Buenas noches, Mary -dijo-, me gustas. Ahora me gustas más que nadie, excepto papá.
    Ron ya había preparado el té y sacó un buen pedazo de pastel de semillas. Se sentaron a la mesa de la cocina, frente a frente. Aunque no había conocido a Ron sino hasta después de la muerte de Esme, Mary sabía instintivamente que había envejecido y parecía haberse encogido durante esa última semana. La mano con la que se llevaba la taza a los labios estaba temblorosa y su rostro parecía como sin vida. Había una especie de transparencia en todo él, como un algo de espiritualidad que se le había metido en la carne. Mary alargó una mano y la puso en la de él.
    – Debe haber sido muy duro para usted -dijo- el esconder su propio dolor y todavía tener que cuidar a Tim. ¡Oh, Ron! ¡Cómo quisiera poder hacer algo! ¿Por qué tiene que morir la gente?
    – No lo sé -contestó el hombre moviendo la cabeza-. Ésa es la pregunta más difícil del mundo, ¿o no? Yo nunca he encontrado una respuesta que me satisfaga. Es muy cruel de parte de Dios que nos dé personas a quienes querer, que nos haga a su imagen de tal modo que nos encariñemos con ellas y que luego se las lleve. Debería pensar en alguna manera mejor de hacer las cosas, ¿no le parece? Sé que no somos ningunos ángeles y que a Él debemos parecerle algo así como gusanos, pero muchos de nosotros hacemos lo que podemos y tratamos de no ser tan malos. ¿Por qué entonces tenemos que sufrir así? Es muy duro, Mary; es terrible, terriblemente duro.
    Ron retiró la mano que Mary tenía bajo la suya, se la llevó a los ojos y empezó a llorar. Mary lo miraba impotente, con el corazón estrujado. ¡Si siquiera hubiera algo que pudiera hacer! ¡Cuán terrible era el tener que estar ahí sentada, mirando el dolor de otra persona y sentirse tan terriblemente impotente para ayudarla! Ron siguió llorando en silencio un largo rato, en espasmos que parecían llegarle hasta lo más profundo del alma de tan hondos y desesperados como eran. Cuando ya no pudo llorar más, se secó los ojos y se sonó.
    – ¿Puede tomar otra taza de té? -preguntó a Mary.
    Por un fugaz momento fue la sonrisa de Tim la que revoloteó en sus labios.
    – Claro que puedo -dijo, soltando un suspiro-. Jamás me imaginé que esto sería así, Mary. Tal vez es que ya soy viejo, no lo sé. Nunca pensé que al irse dejaría un vacío tan grande. Hasta parece que Tim ya no importa mucho, sino sólo ella, sólo el haberla perdido. Ya no soy el mismo, sin ella regañándome porque me quedaba en el «Seaside», emborrachándome con cerveza, como ella decía. Tuvimos una vida muy buena juntos; Es y yo. Eso es lo malo, que uno quiere más a la otra persona, según pasan los años, hasta que es algo así como un par de zapatos viejos, calentitos y cómodos. ¡Y luego, de repente se va! Siento como si la mitad de mí mismo se hubiera ido también, como lo que siente alguien cuando pierde un brazo o una pierna, usted me entiende. A veces el tipo cree que todavía está ahí y se lleva una terrible impresión cuando quiere rascarse y descubre que ya no la tiene. Sigo pensando en cosas que tengo que decirle, o tengo que callarme para no decir en voz alta cuánto le iba a gustar a ella esta broma o aquella, pues nos gustaba reír juntos. ¡Es tan duro, Mary, que ya no sé ni qué hacer!
    – Sí, creo que comprendo -dijo Mary lentamente-. Es como una amputación espiritual.
    Ron puso la taza en el plato.
    – Mary -dijo lentamente-, si me pasara algo, ¿se encargaría usted de Tim?
    Mary no lo reconvino por hablar así, ni trató de decirle que se estaba poniendo morboso o tonto. Simplemente asintió con la cabeza.
    – Sí, por supuesto que sí -le aseguró-. No se preocupe por Tim.

22

    En el largo y triste invierno que sucedió a la muerte de su madre, Tim cambió. Era como un animalillo apesadumbrado; iba de un lugar a otro buscando algo que no estaba ahí, los ojos se le encendían, inquietos, al mirar algún objeto inanimado y luego se apagaban desviándose, desanimados y sorprendidos, como si siempre esperara que ocurriera lo imposible y fuera algo más allá de su comprensión el porqué no ocurría. «Ni siquiera Harry Markham ni los miembros de la cuadrilla pueden comprender qué pasa con Tim», le había dicho Ron a Mary con desaliento; como siempre, se iba a trabajar todos los días sin falta, pero las irresponsables y maliciosas bromas pesadas de otros días caían en terreno pedregoso; Tim soportaba los diferentes cambios de humor de los miembros de la cuadrilla con tanta paciencia como soportaba todo lo demás. Era como si se hubiera retirado del mundo real -pensaba Mary-, como si se hubiera ido a una esfera que era sólo suya y le estaba negada para siempre a los intrusos.
    Ella y Ron sostenían interminables e inútiles conferencias acerca de Tim, sentados hasta muy tarde en las noches lluviosas, con el viento gimiendo en los árboles que rodeaban la casa de campo, mientras Tim se iba por su cuenta quién sabe a dónde o se metía en la cama. Desde la muerte de Esme, Mary había insistido en que Ron fuera con ellos a la casa de campo cada fin de semana porque era más de lo que su corazón podía soportar el marcharse con Tim los viernes en la noche y dejar al anciano sentado junto a la chimenea vacía, completamente solo.
    Pesaba sobre ellos la carga de una tristeza sorda; para Mary ya no era lo mismo el tener que compartir sus horas libres con Tim; a Ron parecía no importarle nada gran cosa, excepto la vaciedad de sus días; en cuanto a Tim, ninguno de ellos sabía qué ocurría. Era la primera vez que Mary contemplaba de cerca algún dolor y nunca se había imaginado nada parecido. La parte más frustrante de todo era su inutilidad, su incapacidad para mejorar la situación; nada que ella pudiera decir o hacer podía cambiar las cosas ni un ápice. Tenía que contemporizar con los largos silencios, con las huidas furtivas para desahogar el dolor en lágrimas inútiles.
    Había llegado a querer también a Ron porque era el padre de Tim, porque estaba muy solo, porque nunca se quejaba y, según pasaba el tiempo, el anciano llenaba sus pensamientos cada vez más y más. A medida que el invierno llegaba a su fin, notaba en él una fragilidad cada vez mayor; en ocasiones, cuando se sentaban juntos a gozar del calor del pálido sol y él alzaba una mano a su luz, a ella le parecía que la enjuta y venosa extremidad dejaba pasar la luz de tal modo que se podía ver el contorno de sus huesos. Ron temblaba también con frecuencia, y su paso, en otro tiempo firme, titubeaba ahora aunque no hubiera ningún obstáculo en su camino. A pesar de lo bien que ella trataba de alimentarlo, perdía peso a ojos vistas. Materialmente se estaba disolviendo ante sus ojos.
    El problema la perturbaba; a Mary le parecía que, un día tras otro, caminaba por una planicie sin ningún punto de referencia y sólo el trabajar con Archie Johnson tenía algo de realidad. En la «Constable Steel & Mining» podía volver a ser ella misma, apartar la mente de Ron y Tim y aferrarse a algo concreto. Era la única influencia estabilizadora de su vida. Había llegado a sentir temor ante la llegada del viernes y una sensación de alivio cuando ya era lunes. Ron y Tim se habían convertido en unos íncubos de pesadilla, encadenados a su cuello, porque no sabía qué hacer para sortear los desastres que sentía venir.
    Un sábado en la mañana, al principio de la primavera, Mary estaba en la terraza del frente de la casa de campo mirando en dirección de la bahía, donde Tim estaba de pie, precisamente al borde del agua, con la vista fija en la otra ribera del río. ¿Qué era lo que veía? ¿Buscaba a su madre? ¿Buscaba quizá las respuestas que ella no había podido darle? Era el haber fallado a Tim lo que preocupaba a Mary más que cualquier otra cosa, porque sentía que ella era una de las razones principales de su extraño alejamiento. Desde la noche en que había regresado a la casa de campo después de la semana que Ron y Tim habían pasado allí solos, Mary se había percatado de que Tim pensaba que ella le había fallado. Sin embargo, el tratar de hablar con él era como tratar de hablar a una pared; sencillamente, parecía no desear escucharla. Mary había repetido ya la prueba más veces de las que podía recordar, y había tanteado el terreno tirando en su dirección cebos que antiguamente hubieran sido infalibles, pero él los ignoraba con un aire como si al mismo tiempo la desdeñara. Y por si fuera poco, la situación se había vuelto algo intangible; seguía siendo tan atento y comedido como siempre, trabajaba afanosamente en el jardín y en las tareas de la casa y no demostraba abiertamente descontento alguno. Simplemente se había alejado de ella.
    Ron salió a la terraza con una bandeja con el té de la mañana y la puso en la mesa, cerca de su silla. Sus ojos siguieron la dirección en la que Mary miraba y dieron con la figura que estaba en la playa, inmóvil, como un centinela. Ron dejó escapar un suspiro.
    – Tome una taza, Mary. No ha querido usted desayunar, querida. Ayer hice un pastel de semillas verdaderamente bueno. ¿Por qué no toma ahora un pedacito con su té?
    Mary separó sus pensamientos de Tim y sonrió:
    – Se lo digo en serio, Ron -repuso-. Se ha convertido usted en un cocinero muy bueno en estos últimos meses.
    El hombre se mordió el labio para suprimir un violento temblor.
    – A Es le encantaba el pastel de semillas; era su favorito. El otro día estaba leyendo en el Herald que en América comen pan en el que ponen semillas, pero que no se las ponen a los pasteles. ¡Qué raro! A mí no podría ocurrírseme algo peor que poner semillas de alcaravea en el pan, pero en un buen pastel, bien horneado, son la gloria.
    – Las costumbres cambian de un lugar a otro, Ron. Probablemente ellos digan exactamente lo opuesto si en sus periódicos leen que los australianos nunca le ponemos semillas de alcaravea al pan, pero que nos encantan en los pasteles. Aunque, a decir verdad, si usted va a una de esas panaderías estilo continental que ahora hay en Sydney, ya puede comprar pan de centeno con semillas dentro.
    – Yo no comería nada de lo que comen esos nuevos australianos falsos -dijo él con el antiguo e innato desprecio del australiano por los inmigrantes europeos-. Además, eso no me importa. Vamos, Mary, tome un pedazo de pastel.
    Después de haber comido la mitad de su rebanada de pastel, Mary dejó el plato sobre la mesa.
    – Ron -interrogó-, ¿qué pasa con él?
    – ¡Por el amor de Dios, Mary, ya le sacamos la última gota de jugo a esa pregunta hace semanas! -replicó él, pero luego se volvió a Mary y le apretó el brazo afectuosamente, con aire contrito.
    – Lo siento mucho, querida -dijo en tono de disculpa-. No fue mi intención usar ese tono con usted. Yo sé que me lo pregunta porque Tim le preocupa mucho y que ésa es la única razón por la que sigue preguntando lo mismo. No lo sé -agregó, después de una breve pausa-. Sencillamente no lo sé. Nunca se me ocurrió que le afectaría tanto la muerte de su madre; ni que el sentimiento fuera a durarle tanto. Es como para partirle a uno el corazón, ¿verdad?
    – A mí me lo está haciendo pedazos. ¡No sé qué voy a hacer, pero tengo que hacer algo, y pronto! ¡Cada día se aleja más de nosotros, Ron, y si no podemos hacer que regrese, vamos a perderlo!
    Ron se acercó y se sentó en el brazo del sillón, le tomó la cabeza entre las manos y la oprimió suavemente contra su escuálido pecho, reteniéndola ahí.
    – Ojalá supiera qué hacer, Mary querida, pero no lo sé. Y lo peor de todo es que, por más esfuerzos que hago, ya no me preocupa tanto como me hubiera preocupado antes. Es como si Tim ya no fuera mi hijo, como si ya no me importara mucho. Eso suena terrible, pero tengo mis razones. Espere aquí.
    El anciano soltó a Mary abruptamente y desapareció en el interior de la casa, saliendo a los pocos instantes con un abultado portafolios bajo el brazo. Al llegar a la mesa, lo arrojó encima de ésta. Mary alzó el rostro para mirarlo, intrigada y sorprendida. Ron acercó otra silla y la acomodó de tal modo que quedó frente a la de ella; luego se sentó a su vez y la miró fijamente, con los ojos brillándole de una manera extraña.
    – Aquí están todos los papeles que tratan de Tim -dijo-. Ahí adentro están mi testamento, las libretas bancarias, las pólizas del seguro y las anualidades. Todo lo que se necesita para que Tim quede asegurado en lo económico por el resto de su vida. -Dio vuelta la cabeza para mirar hacia la playa.
    »Me estoy muriendo, Mary -prosiguió lentamente-, y no quiero seguir viviendo; es como si se me hubieran quitado las ganas de vivir. Me estoy parando como uno de esos monos de cuerda… usted ya los conoce; tocan un tamborcito y van y vienen, van y vienen hasta que empiezan a funcionar más despacio y al fin se detienen; los pies ya no se les mueven y el tamborcito deja de tocar. Así es como me siento. Parándome poco a poco y no hay nada que pueda hacer para evitarlo.
    »¡Ah!, y otra cosa, Mary, ¡mejor que así sea! Si fuera yo joven tal vez no hubiera sentido tanto su partida, pero a mi edad es muy diferente. Es me ha dejado un vacío tan grande que no puedo llenarlo con nada, ni siquiera con Tim. Todo lo que quiero es descansar bajo tierra, ahí, con ella. No soporto pensar que ha de hacer mucho frío donde está y que se ha de sentir terriblemente sola. Y no puede ser de otra manera, después de haber dormido conmigo tantos años. -Continuaba sin mirarla, con la cabeza vuelta en dirección de la bahía.
    »Y no puedo soportar el pensamiento de que ella esté tan sola y tan fría; sencillamente no puedo -prosiguió-. Ya no me queda nada desde que ella se fue y ni siquiera puedo preocuparme por Tim. Por eso es por lo que esta semana fui a ver a mi abogado y le pedí que lo arreglara todo.
    »No le estoy dejando a usted nada sino problemas, supongo. Sólo problemas, pero, en cierto modo, siempre, desde el mismo principio, sentí que usted quería mucho a Tim y que no le importaría la molestia. Es algo egoísta de mi parte, pero no puedo evitarlo. Le estoy dejando a Tim, Mary; se lo dejo a usted y ahí están todos los papeles. Tómelos. Le he dado poderes legales en todos los asuntos económicos de Tim mientras usted viva. No creo que Dawnie le cause molestias porque Mick no quiere que Tim esté con ellos pero, por si acaso, también dejo ahí un par de cartas, una para Dawnie y otra para el presumido de Mick. Ya avisé en mi trabajo; le dije a mi jefe que me voy a retirar. Voy a quedarme en mi casa a esperar lo que venga, sólo que todavía me gustaría venir aquí con Tim los fines de semana, si a usted no le molesta. Además, no puede tardar mucho.
    – ¡Oh, Ron, oh, Ron! -exclamó Mary con las lágrimas corriéndole por las mejillas y haciendo que en sus ojos se tornara borrosa la esbelta figura de la playa que habían estado mirando, mientras alargaba una mano en dirección de Ron.
    Se pusieron de pie; luego, inesperadamente, se abrazaron con fuerza, cada uno de ellos víctima de una clase diferente de dolor. Pasados unos momentos Mary descubrió que él la confortaba más de lo que ella pudiera consolarlo, que era algo exquisitamente sedante y pacífico el estar ahí, dentro de los brazos del anciano, y sentir su ternura y su compasión, su protección intensamente varonil. Ella se apretó contra su endeble cuerpo, apoyó el rostro contra el arrugado cuello y cerró los ojos.
    De súbito algo extraño se interpuso; un estremecimiento de miedo le recorrió el espinazo y abrió los ojos con una expresión de temor.
    Tim estaba a pocos metros de distancia mirándolos fijamente y, por vez primera después de tantos meses de conocerse, lo vio enojado.
    El muchacho estaba temblando de rabia. Los ojos le relampagueaban y se volvían oscuros como dos zafiros mientras todo su cuerpo se sacudía en un temblor de furia. Aterrorizada, dejó caer los brazos a los costados y se separó de Ron tan abruptamente que él se tambaleó y tuvo que apoyarse en el pilar que sostenía el techo. Volviéndose, vio a Tim; quedaron mirándose mutuamente durante tal vez todo un minuto sin decir palabra; luego, Tim se dio vuelta y corrió por el sendero, rumbo a la playa.
    – ¿Qué es lo que pasa con él? -murmuró Ron, estupefacto. Hizo un movimiento para seguir a su hijo, pero Mary lo sujetó inmediatamente.
    – ¡No, no! -exclamó.
    – ¡Pero es que tengo que ver qué ocurre con él, Mary! ¿Qué hizo? ¿Por que saltó usted así y se asustó tanto al verlo? ¡Déjeme ir a ver!
    – ¡No, Ron, por favor! Déjeme ir a mí. Usted quédese aquí, ¡por favor! ¡No me pregunte por qué, Ron! Déjeme que vaya yo a ver qué es lo que tiene.
    El anciano cedió, no muy convencido, haciéndose a un lado para que Mary pasara.
    – Bueno -concedió-, está bien, querida. Usted es muy buena con él y tal vez necesita más la presencia de una mujer que la de un hombre. Si su madre viviera, yo se la enviaría, así es que ¿por qué no usted?
    No había señales de él en la playa mientras Mary bajaba por el sendero; se detuvo en el borde donde empezaba la arena y, con una mano, se hizo sombra en los ojos para mirar en ambas direcciones a todo lo largo de la playa, pero no estaba ahí. Se volvió entonces en dirección de los árboles, y se dirigió a un pequeño claro donde ella sabía que, desde no hacía mucho, le gustaba estar a solas.
    Y ahí estaba, inspirando aire profundamente. Mary se apoyó en el tronco de un árbol y lo observó en silencio. Lo terrible de su angustia y de su dolor la sacudieron como el golpe de un martillo descomunal. Todas las líneas de su rostro, tan fina y hermosamente dibujadas, hablaban de un dolor que no podía expresarse, y cuando volvía el rostro y Mary le miraba el perfil, se destacaban con mayor precisión los músculos contraídos por el sufrimiento. Era imposible permanecer indiferente ante ese espectáculo pero, dominándose, ella llegó a su lado tan calladamente que él no se percató de su presencia hasta que Mary le tocó ligeramente un brazo. Tim saltó como si sus dedos le quemaran y la mano de ella cayó a un costado, floja y sin vida.
    – Tim -rogó ella-, ¿qué es? ¿Qué es lo que he hecho?
    – ¡Nada, nada!
    – ¡No me lo ocultes, Tim! ¿Qué he hecho?
    – ¡Nada! -casi gritó.
    – ¡Pero es que algo he hecho, Tim! Lo he sabido durante meses; sé que en algo te he fallado, ¡pero no sé qué es! ¡Dímelo, Tim! ¡Dímelo, por favor!
    – ¡Vete!
    – ¡No! ¡No me iré! No me iré hasta que me digas qué es lo que pasa. Es algo que nos está volviendo locos a tu padre y a mí, y hace unos momentos, allá en la terraza, nos miraste como si nos odiaras, como si nos odiaras a los dos, Tim -Mary se le enfrentó y lo miró a los ojos sujetándolo de los brazos y hundiéndole los dedos en la carne.
    – ¡No me toques! -estalló él, librándose bruscamente de ella y dándole la espalda.
    – ¿Por qué, Tim? ¿Qué he hecho para que no pueda tocarte?
    – ¡Nada!
    – ¡No te creo! Tim, nunca creí que me mentirías, ¡pero me estás mintiendo! ¡Por favor, dime qué es lo que te pasa! ¡Por favor!
    – No puedo -murmuró él en tono desamparado.
    – Sí puedes. ¡Por supuesto que puedes! ¡Siempre has podido contármelo todo! Tim, por favor, no te vuelvas contra mí ni me impidas que me acerque a ti. Me estás haciendo pedazos. ¡Ya no puedo más de miedo y angustia por ti y no sé qué hacer! -empezó a llorar y se limpió las lágrimas con la palma de la mano.
    – ¡No puedo, no puedo! -gritó él-. ¡No sé! ¡Siento tantas cosas que no puedo explicarlas, no sé qué significan!
    Giró de pronto para enfrentarse a ella, molesto y acosado más allá de lo que podía soportar, y ella retrocedió; era un extraño el que la miraba con un profundo enojo; en ese rostro no había nada que a ella le fuera familiar.
    – ¡Sólo sé que ya no te gusto y eso es todo! Ahora papá te gusta más que yo… ¡Yo ya no te gusto! Ya no te gusto desde que conociste a papá y yo sabía que eso iba a suceder. ¡Sabía que eso iba a suceder! ¿Cómo puedo gustarte más que él cuando él está bien de la cabeza y yo no? A ti te gusta más él.
    – ¡Oh, Tim! ¡Oh, Tim! -dijo ella con los brazos extendidos-. ¿Cómo puedes pensar eso? ¡Eso no es verdad! Tú me gustas tanto como siempre me has gustado; no has dejado de gustarme ni siquiera un solo minuto. ¿Cómo puedes dejar de gustarme?
    – ¡Y no te gusto desde que conociste a papá!
    – ¡No, no! ¡Eso no es cierto, Tim! ¡Créeme, por favor, eso no es cierto! ¡Me gusta tu padre, pero jamás podría gustarme tanto como tú, jamás! Ahora, si quieres saberlo, te diré que la razón por la que me gusta tu padre es porque es tu padre; él te hizo -trataba de mantener la voz calma, esperando que eso lo tranquilizara.
    – ¡Tú eres la que está mintiendo, Mary! ¡Puedo sentir las cosas! Siempre creí que tú pensabas que yo ya era un hombre crecido, pero ahora sé que no es así, que ya no es igual, ¡ya no es lo mismo desde que os vi, a ti y a papá! ¡Yo ya no te gusto, ahora es papá el que te gusta! ¡No dices nada cuando papá te abraza! ¡Te vi, abrazándolo y confortándolo todo el tiempo! ¡Tú no dejas que yo te abrace y ya no me consuelas a mí! Lo único que haces conmigo es arroparme en la cama, y yo quiero que me abraces y me consueles, ¡pero tú no lo haces! ¡Y a papá sí se lo haces!
    »¿Qué tengo yo de malo? -prosiguió tras una pausa-. ¿Por qué ya no te gusto? ¿Por qué cambiaste en cuanto papá empezó a venir con nosotros? ¿Por qué siempre me dejáis fuera? ¡Siento que ya no te gusto! ¡Siento que ahora es papá el que te gusta!
    Mary estaba absolutamente inmóvil, anhelando responder a esa desesperada, solitaria demanda de amor, pero al mismo tiempo traspasada de asombro ante lo inesperado de la misma. ¡Tim estaba celoso! ¡Furioso y posesivamente celoso! Consideraba a su propio padre como un rival en el afecto de ella, y los de él no eran solamente los celos de un niño. En todo eso había un hombre: un hombre primitivo, posesivo, sexual. Las palabras tranquilizadoras no acudían a sus labios; sencillamente, Mary no encontraba qué decir.
    Seguían de pie, mirándose uno al otro, tensos y dispuestos a continuar la lucha, pero de pronto Mary descubrió que las piernas le temblaban tanto que a duras penas la sostenían. Estiró el brazo hacia un pequeño promontorio que tenía a un lado y se sentó sin apartar los ojos del rostro de él.
    – Tim -dijo al fin, tratando de escoger las palabras con la mayor delicadeza-, tú sabes que yo jamás te he mentido. ¡Nunca! No podría mentirte porque me gustas mucho. Lo que voy a decirte ahora no es algo que podría decirle a un niño pequeño, sino algo que sólo le podría decir a un hombre crecido. Tú me has asegurado que ya eres un hombre crecido; por lo tanto ya tienes que empezar a aceptar todas las cosas duras y que causan dolor que son inseparables con el hecho de ser todo un hombre. No podría explicarte adecuadamente por qué dejo que tu padre me abrace y a ti no te lo permito, pero no es porque tú seas para mí como un niño pequeño sino porque él es un anciano. Y tú tomaste las cosas equivocadamente, ¿te das cuenta?
    »Tim -prosiguió Mary-, tienes que prepararte a recibir un golpe igual al de la muerte de tu madre y tienes que mostrarte fuerte. Y debes portarte como una persona crecida y mantener lo que voy a decirte en el más absoluto secreto, especialmente tratándose de tu padre. Él nunca debe enterarse de que yo te lo dije.
    «¿Recuerdas que hace mucho te expliqué qué le sucedía a la gente cuando moría, por qué moría, y que las personas sencillamente se hacían viejas y se cansaban de seguir adelante, que eran como un reloj al que alguien olvidaba darle cuerda hasta que su corazón dejaba de latir? Bien, hay ocasiones en que suceden cosas que hacen que ese desgaste ocurra más aprisa y eso es precisamente lo que le ha sucedido a tu padre. Desde que mamá murió, él se siente cada día más cansado de vivir sin la compañía de ella.
    Tim, de pie ante ella, temblaba mientras escuchaba lo que ella decía, pero Mary no sabía si el temblor se debía a los restos de su furia inicial o a alguna reacción por lo que le estaba diciendo. Así pues, prosiguió pacientemente.
    – Sé que extrañas a mamá terriblemente, Tim, pero tú no la extrañas del mismo modo que tu padre, porque tú eres joven y él es viejo. Tu padre desea morir, quiere estar bajo tierra, durmiendo al lado de tu madre, como lo hacía todas las noches cuando ella estaba viva. Él quiere volver a estar junto con ella. Ellos se pertenecen uno al otro, ¿ves?, y él no puede seguir adelante sin ella. Precisamente ahora, cuando me encontraste consolándolo en la terraza, me acababa de decir que él sabía que se iba a morir. Él no quiere seguir caminando ni hablando más porque es viejo y no puede aprender a vivir sin ella. Por eso lo estaba abrazando. Yo estaba muy triste y lloré por él; en realidad, era él el que me estaba confortando, no yo a él. Y tú lo interpretaste completamente al revés.
    Un movimiento brusco de Tim hizo que Mary alzara la cabeza para mirarlo y levantara una mano en ademán autoritario.
    – No, no llores. ¡Vamos, Tim, tienes que ser fuerte y valiente precisamente ahora! ¡No puedes dejar que tu padre vea que estuviste llorando! Sé que le he dedicado mucho tiempo a tu padre y que ese tiempo tú, con toda razón, pensabas que era tuyo, pero es que a él le queda muy poco, ¡y tú tienes por delante toda tu vida! ¿Hago mal en querer darle un poquito de felicidad a tu padre para aligerar los pocos días que le quedan? ¡Concédele esos días, Tim, no seas egoísta! ¡Está muy solo! Extraña a mamá, el pobrecito, la extraña tanto como yo te extrañaría a ti si murieras. Camina por un mundo a media luz.
    Tim jamás había aprendido a enseñarle a su rostro a que se mantuviera impasible, y las emociones se atropellaban unas a otras en su expresión mientras seguía ahí, mirándola, y era evidente que comprendía bien lo que ella le estaba diciendo. El hacer que Tim comprendiera era principalmente asunto de familiaridad de parte de él con la otra persona, y la amistad de ellos databa ya de largo tiempo y él casi no tenía problemas con las palabras y frases que ella acostumbraba usar. Tal vez las sutilezas quedaran fuera del alcance de su comprensión, pero no así la verdad que hubiera en lo que se le dijera.
    Mary suspiró de cansancio.
    – Para mí las cosas tampoco han sido nada fáciles estos últimos meses -dijo-, teniendo que ocuparme de vosotros dos en lugar de solamente de ti. Ha habido muchas, muchas ocasiones en las que he deseado que sólo tú estuvieses a mi cuidado, pero cuando me he sorprendido pensando así, me he sentido avergonzada de mí misma, Tim. Tú bien sabes que no siempre podemos tener las cosas tal y como las deseamos. La vida muy rara vez se hace a nuestra medida y sencillamente tenemos que aprender a tomarla como se presenta. Ahora, en lo único en que tenemos que pensar en primer lugar es en tu padre. Sabes bien qué padre tan bueno y tan comprensivo es y, si eres justo con él, tendrás que admitir que jamás te ha tratado como a un niño, ¿o no es así? Él te ha permitido salir a enfrentarte al mundo por tu cuenta, cometiendo tus propios errores, y le gusta compartir su tiempo contigo en el «Seaside»; ha sido para ti el mejor y el más sincero de los compañeros que jamás hayas tenido y ha ocupado el lugar de los amigos de tu misma edad que nunca tuviste oportunidad de tener. Y, no obstante, él también ha vivido su propia vida, pero no porque sea egoísta; él ha pensado en ti y en mamá y en Dawnie, y este pensamiento cálido y reconfortante ha dado sentido a su vida. Eres muy afortunado, Tim, en tener un padre como Ron, ¿no crees entonces que debes tratar de devolverle un poquito de lo que él te ha dado de tan buena voluntad todos estos años?
    »De ahora en adelante, Tim -prosiguió Mary-, quiero que seas muy bueno con tu padre y muy bueno conmigo. No debes preocuparlo apartándote como lo has hecho hasta ahora y jamás deberás hacerle saber que yo te dije cómo andaban las cosas. Siempre que tu padre esté cerca, quiero que hables y cantes y te rías como si te sintieras feliz, verdaderamente feliz.
    »Sé que te es difícil comprenderlo todo inmediatamente -finalizó Mary-, pero aquí estaré, explicándotelo hasta que no tengas la menor duda.
    Como una mezcla de lluvia y viento y sol, el dolor y el gozo se confundían en los ojos de Tim, hasta que éstos se opacaron y hundió la cabeza en el regazo de Mary. Ella no se movió, acariciándole el cabello y le habló en voz baja, siguiendo el contorno de su cuello y de la oreja tiernamente con la punta del dedo, una y otra y otra vez.
    Cuando al fin alzó la cabeza para mirarla, trató de sonreír y no lo consiguió. De pronto, la expresión de su rostro cambió, la mirada perdida volvió a aparecer en sus ojos y la mirada extrañada que había en ellos se retiró tras un velo de melancólico retraimiento. Al lado izquierdo de su boca el hoyuelo se hizo todavía más pronunciado y su rostro volvió a ser el del payaso trágico de toda comedia, volvía a ser el amante repudiado, el cuclillo en el nido de la alondra.
    – ¡Oh, Tim! -le rogó ella-. ¡Por favor, no me mires así!
    – En el trabajo me dicen el lerdo Tim -dijo él-, pero si de veras me esfuerzo, puedo pensar un poco. Desde que mamá se fue, he estado tratando de pensar algo que te muestre cuánto me gustas, porque creía que papá te gustaba más que yo. Mary, yo no sé qué es lo que tú me haces, únicamente lo siento y no puedo decírtelo porque no tengo las palabras. Nunca pude encontrar las palabras… Pero en las películas que veo en la televisión, el hombre abraza a la muchacha y luego la besa y entonces ella sabe cuánto le gusta a él. ¡Mary, tú me gustas mucho! Me seguiste gustando aunque creí que yo ya no te gustaba; ¡me gustas, me gustas!
    La tomó de los hombros y la puso de pie, abrazándola con demasiada fuerza cuando la rodeó con los brazos; instintivamente, ella alzó la cabeza para respirar mejor.
    No sabiendo encontrarle la boca, él oprimió su mejilla contra la de ella, buscándole torpemente los labios con los suyos. Tomada completamente desprevenida, porque las últimas palabras y la última acción de él habían sido demasiado rápidas para comprenderlas de inmediato, Mary luchó frenéticamente por librarse del abrazo y, repentinamente, ya nada importó, había sólo la sensación de ese hermoso cuerpo joven y de esa boca que experimentaba ansiosamente. Tan falta de experiencia como él, pero mentalmente mucho mejor preparada, Mary sintió la necesidad que Tim tenía de ayuda y seguridad. No podía fallarle también en eso, no se sentía capaz de hacer pedazos su orgullo, de humillarlo rechazándolo. El apretón en que él la tenía se aflojó lo suficiente para que ella librara las manos y éstas volaron a la cabeza de Tim, acariciándole la frente y cerrándole los ojos abiertos, explorando la seda de sus pestañas y los cóncavos huecos de sus mejillas. Él la besó según él creía que se hacía, con los labios fuertemente apretados, y no le satisfizo; ella se apartó durante un momento y le bajó un poquito el labio inferior con el pulgar, haciéndole que abriera ligeramente la boca, y luego las manos ascendieron hasta su rubio cabello y le forzaron la cabeza hacia abajo. Tim no se sintió desilusionado esta vez y su estremecido deleite se le transmitió a ella como una corriente eléctrica.
    Mary ya antes lo había tenido en sus brazos, pero como un niño, nunca como un hombre, y el impacto de descubrir en él al hombre la dejó estupefacta. El perderse en sus brazos, el sentir su boca, el permitirle a sus propias manos que siguieran los planos del cuello de él, descendiendo hasta el terso y musculoso pecho, era descubrir en ella misma una necesidad de todo eso, un agonizante placer en sentir las fuertes manos en su cuerpo. Tim encontró sin que lo guiaran los contornos de sus senos y luego deslizó una mano por la abertura del cuello del vestido y la cerró posesivamente en uno de sus hombros.
    – ¡Mary! ¡Tim! ¡Mary! ¡Tim! ¿Dónde estáis? ¿No me oís? ¡Soy Ron! ¡Contestad!
    Mary se separó bruscamente de él y lo tomó de la mano, forzándolo a que la siguiera al refugio de los árboles. Siguieron corriendo hasta que la voz de Ron ya no se escuchó a sus espaldas y al fin se detuvieron. El corazón le latía a Mary tan furiosamente que apenas si podía respirar y por un momento pensó que se iba a desmayar. Respirando afanosamente, se aferró a uno de los brazos de Tim hasta que se sintió mejor; luego se retiró de él un poco, ya más dueña de sí misma.
    – Estás viendo a una estúpida vieja tonta -dijo entonces, volviéndose a mirarlo.
    Tim le sonreía a la manera de antes, totalmente adorable, sólo que ahora había cierta diferencia, con una nueva fascinación y asombro que antes no existía, como si, ante sus ojos, ella hubiera ganado toda una nueva dimensión. La mirada de él la volvió a la realidad como ninguna otra cosa lo hubiera hecho; se llevó la mano a la cabeza, tratando de pensar.
    ¿Cómo había sucedido? ¿Cómo iba ahora a llevar la situación? ¿Cómo iba a regresar al terreno que antes ocupaban sin lastimarlo?
    – Tim, no debíamos haber hecho eso -dijo lentamente.
    – ¿Por qué? -el rostro se le había encendido de felicidad-. ¡Oh, Mary, yo no sabía que se sentía así! ¡Me gustó! ¡Me gustó mucho más que cuando me abrazas y me consuelas!
    La mujer movió la cabeza decididamente.
    – ¡No importa, Tim! -exclamó-. ¡No debíamos haberlo hecho! Hay cosas que la gente no debe hacer y ésa es una de ellas. Es muy malo que nos haya gustado porque no debe volver a suceder; no debe volver a suceder nunca, no porque no me haya gustado tanto como a ti, sino porque no debe ser. Tienes que creerme, Tim, ¡sencillamente no debe ser! Yo soy responsable de ti, tengo que cuidarte del mismo modo como te hubieran cuidado tu padre y tu madre y eso significa que no podemos besarnos; sencillamente no podemos.
    – ¿Pero por qué, Mary? ¿Qué hay de malo en eso? ¡A mí me gustó mucho! -Toda la alegría se le había ido del rostro.
    – En sí, Tim, no hay nada de malo. Pero entre tú y yo está prohibido, es un pecado. ¿Sabes lo que es pecado?
    – ¡Claro que lo sé! Es cuando haces algo que a Dios no le gusta -repuso él.
    – Pues bien. A Dios no le gusta que nos besemos.
    – ¿Pero cómo puede importarle eso a Dios? ¡Oh, Mary, nunca antes había sentido algo así! ¡Es lo más cercano que he sentido alguna vez a tener bien la cabeza! ¿Por qué había de importarle eso a Dios? No es justo que eso le importe a Dios. ¡Sencillamente no es justo!
    A ella se le escapó un suspiro.
    – No, Tim -contestó-, no es justo. Pero a veces nos es muy difícil comprender los designios de Dios. Hay un montón de cosas, algunas de ellas tontas, que uno tiene que hacer sin comprenderlas en lo absoluto, ¿o no es así?
    – Sí, supongo que sí -repuso él ariscamente.
    – Pues bien; cuando se trata de comprender las intenciones de Dios ninguno de nosotros es suficientemente inteligente… ni tú, ni yo, ni tu padre, ni el Primer Ministro de Australia ni la Reina somos suficientemente inteligentes. ¡Tim, tienes que creerme! -le urgió ella-. ¡Tienes que creerme porque si no lo haces ya no podremos ser amigos! Tendremos que dejar de vernos. A nosotros no nos es posible abrazarnos ni besarnos; eso es un pecado a los ojos de Dios. Tú eres un hombre joven y no tienes bien la cabeza y yo ya me estoy haciendo vieja y mi cabeza funciona perfectamente. ¡Soy lo bastante vieja para ser tu madre, Tim!
    – ¿Y qué tiene que ver todo eso?
    – A Dios no le gusta que nos abracemos ni que nos besemos porque entre nosotros hay una diferencia de edad muy grande, y lo mismo sucede con nuestra mentalidad; eso es todo, Tim. Me gustas, me gustas más que nadie en el mundo, pero no puedo abrazarte ni besarte. No nos está permitido. Y si tú tratas de volver a besarme, Dios hará que ya no vuelva a verte, y no quiero dejar de volver a verte.
    Tim se quedó pensativo, rumiando lo que le acababa de decir, y luego suspiró, con aire derrotado.
    – Está bien, Mary -repuso-. Aunque me gustó muchísimo, prefiero seguirte viendo, que besarte y luego ya no volver a verte.
    Mary aplaudió, muy contenta.
    – ¡Oh, Tim -exclamó-, estoy tan orgullosa de ti! Ahora sí has hablado como un hombre, como un hombre de verdad, con la cabeza perfecta. ¡Estoy muy orgullosa de ti!
    El muchacho se rió temblorosamente.
    – Todavía pienso que no es justo, pero me gusta cuando dices que estás orgullosa de mí -dijo.
    – ¿Te sientes más feliz ahora que lo sabes todo?
    – ¡Muy, muy feliz! -se sentó debajo de un árbol y palmeó el suelo junto a él-. Siéntate, Mary -agregó-, te prometo que no te besaré.
    Ella se sentó a su lado y le tomó una mano, separando los dedos amorosamente.
    – Esto es lo más que podemos hacer cuando nos toquemos, Tim. Sé que no intentarás besarme; no me preocupo porque sé que nunca rompes una promesa. Hay otra cosa que también tienes que prometerme.
    – ¿Qué cosa? -con la mano libre, empezó a arrancar puñados de hierba junto a su pierna.
    – Lo que sucedió, quiero decir, el beso, tiene que ser un secreto entre nosotros. Jamás hablaremos de eso con nadie, Tim.
    – Está bien -contestó él dócilmente. De nuevo volvía a ser el niño de antes, aceptando su papel con su dulzura peculiar y su deseo de agradar que tanto lo singularizaban. Pasado un rato, volvió el rostro para mirarla, y los grandes ojos azules estaban tan llenos de amor que a Mary se le cortó el aliento y se sintió triste y enojada. Él tenía razón: no era justo, ¡sencillamente no era justo!
    – Mary -dijo Tim, interrumpiendo sus pensamientos-, eso que me dijiste acerca de papá, de cómo él quiere ir a dormir con mamá debajo de la tierra, creo que entiendo lo que quieres decir. Si tú te murieras, yo también desearía morirme; no me gustaría seguir caminando y hablando y riéndome y llorando, ¡de veras! Y preferiría estar contigo, debajo del suelo, dormido. No me gustará que papá ya no esté con nosotros, pero ahora sé por qué se quiere ir.
    Mary levantó la mano de él con la suya y la oprimió contra una de sus mejillas.
    – Siempre es más fácil comprender las cosas cuando tú puedes ponerte en el lugar de la otra persona, ¿no es así? -dijo-. ¡Oye!… tu padre nos está llamando. ¿Crees que podrás hablarle sin llorar?
    Tim asintió con aire tranquilo.
    – ¡Oh, sí! Ya estoy bien. Papá me gusta mucho, es el que más me gusta después de ti, pero él pertenece a mamá, ¿verdad? Yo te pertenezco a ti, así es que ahora ya no me preocupo mucho. Ahora yo te pertenezco. Y el pertenecerte no es ningún pecado, ¿o no es así, Mary?
    La mujer movió la cabeza.
    – No, Tim; no es pecado.
    La voz de Ron se oía ya más cerca; Mary gritó a su vez, para hacerle saber dónde estaban, y se puso en pie.
    – ¿Mary?
    – ¿Sí?
    Tim seguía sentado en el suelo, mirándola con aire de comprensión…
    – ¡Se me acaba de ocurrir algo! -exclamó-. ¿Te acuerdas del día siguiente al que mamá murió, cuando viniste a nuestra casa a recogerme?
    – Por supuesto que me acuerdo.
    – Bien; Dawnie te dijo unas cosas horribles y entonces yo no sabía por qué estaba tan enojada. Pensaba y pensaba, pero no podía entender por qué se había enojado tanto. Cuando te estaba gritando, yo me sentí muy mal por dentro porque pensaba que ella creía que habíamos hecho algo muy malo. ¡Creo que ahora lo sé! ¿Verdad que ella pensaba que nos besábamos?
    – Algo así, Tim.
    – ¡Ah, vaya! -siguió pensando unos momentos más-. Entonces te creo, Mary, y creo lo que me dices de que no debemos besarnos. Yo nunca antes había visto así a Dawnie, y desde entonces no ha sido amable ni con papá ni conmigo. Se enfadó con papá porque yo venía a estarme contigo, algunas semanas después de aquello, y ahora ya no viene a vernos nunca. Así es que pienso que es un pecado; debe ser un pecado para que Dawnie se haya puesto así. ¿Pero por qué pensaba ella que tú y yo nos besábamos? Debería conocerte mejor, Mary. Tú nunca permites que hagamos algo malo.
    – Sí, debería saberlo, estoy de acuerdo, pero hay veces que las personas se trastornan tanto que no pueden pensar adecuadamente y, después de todo, ella no me conoce tan bien como me conocéis tú y tu padre.
    Tim se quedó mirándola, extrañamente lúcido.
    – Pero papá se puso de tu parte, y tampoco te conocía entonces.
    Ron apareció entre los árboles, jadeando.
    – ¿Todo bien, Mary querida? -pudo decir.
    Ella sonrió, haciendo una seña en dirección de Tim.
    – Sí, Ron -contestó-. Todo está perfectamente. Tim y yo estuvimos hablando y ya se aclaró todo. No hay ningún problema. Era simplemente un malentendido.

23

    Pero no todo estaba bien; un mundo dormido había despertado. Mary tenía buenas razones para dar gracias porque Ron ya no fuera el de antes, porque si hubiera estado en su antiguo buen estado de salud y de mente, hubiera notado inmediatamente el cambio que había ocurrido en Tim. Como estaban las cosas, el festivo buen humor que había vuelto a formar parte de las relaciones entre ellos le satisfacía y no pretendía más. Mary era la única que comprendía que Tim sufría. Ella lo miraba y se encontraba con sus ávidos, enojados ojos posados en ella una docena de veces al día, y cuando lo sorprendía mirándola así, él abandonaba la habitación inmediatamente, con una expresión culpable y confusa.
    ¿Por qué debían cambiar las cosas?, se preguntaba; ¿por qué algo perfecto no podía seguir siendo perfecto? Porque somos seres humanos, le contestaba su razón, porque somos demasiado complejos y demasiado defectuosos, porque, una vez que algo nos ocurre, debe volver a ocurrimos y, cuando esto sucede, altera la forma y la esencia de lo que sucedió antes. Ya no había manera de regresar a la primera fase de la amistad, y no quedaban más que dos alternativas; seguir adelante o detenerse allí. Sin embargo, ninguna de esas dos alternativas parecía posible o realizable. De haber sido Tim mentalmente normal, ella hubiera intentado algo, pero volver a lo mismo no hubiera logrado más que confundirlo y lo hubiera hecho más infeliz. «Hemos llegado a una difícil encrucijada», pensó ella, pero luego sacudió la cabeza con disgusto; el asunto era demasiado explosivo para que fuera una encrucijada, recapacitó: era más bien un callejón sin salida.
    Al principio pensó en hablar con Archie Johnson, pero inmediatamente rechazó esa idea. Era un hombre comprensivo y brillante, pero jamás comprendería las sutilezas de la situación. ¿Quizás Emily Parker? Ésta era una anciana bondadosa y, desde el principio, había seguido las relaciones de Mary con Tim y se había mostrado muy interesada, pero algo, muy dentro de Mary, rehusaba exponerle el problema a esa personificación del matriarcado. A final de cuentas llamó por teléfono a John Martinson, el maestro de niños retrasados mentales. Cuando contestó el teléfono, él la recordó inmediatamente.
    – En ocasiones me he preguntado qué habría pasado con usted -dijo-. ¿Cómo está todo, señorita Horton?
    – No muy bien, señor Martinson. Necesito desesperadamente hablar con alguien y usted es la única persona en quien puedo pensar. Siento terriblemente molestarlo a usted con mis problemas, pero sencillamente no sé qué hacer y necesito la ayuda de alguien verdaderamente capacitado. Me estaba preguntando si podría llevar a Tim para que usted lo viera.
    – Por supuesto que puede hacerlo. ¿Qué le parece mañana en la noche en mi casa, después de cenar?
    Mary anotó la dirección y luego llamó a la residencia de los Melville.
    – Habla Mary, Ron.
    – ¡Ah! Buen día, querida. ¿Sucede algo?
    – Nada, en realidad. Sólo quería saber si podría pasar por Tim mañana en la noche para llevarlo a ver a alguien.
    – No veo por qué no. ¿Quién es esa persona?
    – Un maestro de niños retrasados mentales, un hombre verdaderamente maravilloso. Pensé que él podría evaluar a Tim y darnos alguna idea de qué ritmo debemos imponerle a su aprendizaje.
    – Lo que usted diga. La veremos mañana en la noche.
    – Gracias. A propósito, le agradecería que no le dijera nada a Tim. Quiero que conozca a esta persona sin que vaya preparado.
    – Perfectamente. Adiós, querida.
    John Martinson vivía cerca de la escuela, la cual estaba en el suburbio satélite de Penrith, precisamente al pie de las Montañas Azules. Tim, acostumbrado al viaje hacia el norte, gozó plenamente al salir de Sydney en otra dirección y durante todo el camino llevó la nariz pegada a la ventanilla, contando todos los edificios iluminados que se encontraban, los puestos donde vendían hamburguesas y los cines al aire libre.
    La casa de los Martinson era grande, pero sin pretensiones, construida de tablas de fibra y pintada de rosa, y al acercarse a ella oyeron risas de niños.
    – ¿Por qué no vamos a la terraza de atrás? – le sugirió John Martinson a Mary cuando acudió a abrirles la puerta-. La he convertido en mi estudio y ahí nadie nos molestará.
    El dueño de la casa les presentó a su esposa y a los tres hijos mayores con pocas palabras y luego se dirigieron directamente a espaldas de la casa.
    Los ojos de John Martinson contemplaban a Tim, llenos de curiosidad, y con una profunda admiración. Sacó dos botellas de cerveza de litro y entre ambos empezaron a dar buena cuenta de ellas. Durante media hora Mary no dijo una sola palabra, mientras los dos hombres conversaban amigablemente bebiendo cerveza. A Tim le había caído bien el maestro e inmediatamente se sintió a gusto, por lo que empezó a hablar locuazmente de la casa de campo y el jardín y de su trabajo con Harry Markham, sin siquiera imaginarse que estaba siendo calibrado por todo un experto.
    – ¿Te gustan las películas de vaqueros, Tim? -le preguntó al fin John Martinson.
    – ¡Oh, sí! Me encantan.
    – Bien; la señorita Horton y yo tenemos que hablar de algunos asuntos y no creo que te divierta el estar aquí escuchándolos. ¿Quieres que te lleve adentro, con mis hijos? En unos cuantos minutos va a empezar en la televisión una película de vaqueros verdaderamente buena.
    Tim salió con Martinson y cuando éste regresó al estudio, Mary pudo oír a Tim riéndose en algún sitio en el interior de la casa.
    – Todo va a ir bien, señorita Horton. Mi familia ya está acostumbrada a personas como Tim.
    – No estoy preocupada en absoluto.
    – ¿Y cuál es el asunto, señorita Horton? ¿Puedo llamarla Mary?
    – Por favor. Le ruego que lo haga.
    – ¡Bien! Y usted llámeme John. A propósito, ahora me doy cuenta de lo que usted quería decir cuando me contó que Tim era espectacular. Creo que jamás he visto a un joven tan bien parecido. Ni siquiera en las películas -soltó la risa y se miró el cuerpo, demasiado delgado-. Junto a Tim me siento flacucho.
    – Pensé que iba usted a decir que qué lástima que alguien tan bien parecido sea un retrasado mental.
    – ¿Por qué habría de pensar eso? -repuso sorprendido-. Nadie de nosotros nace sin algo hermoso y algo indeseable. Admito que el cuerpo y los rasgos de Tim son algo estupendo, ¿pero no cree usted que gran parte de esa belleza tan absolutamente arrobadora proviene del alma?
    – Sí -dijo Mary agradecidamente; John Martinson verdaderamente comprendía; ella había acertado al escogerlo.
    – Es un muchacho encantador y puedo decírselo inmediatamente. Uno de los más encantadores… ¿Quiere usted que lo examinen los expertos?
    – No, no vine a verle para eso. Vine porque las circunstancias me han colocado en lo que parece ser un gran dilema y realmente no sé qué hacer. La situación es terrible porque, decida yo lo que decida, Tim va a salir perjudicado y tal vez muy duramente.
    Los oscuros ojos azules no se desviaban ni un solo instante de los de ella.
    – La cosa no suena bien -repuso-. ¿Qué sucedió?
    – Bien, todo empezó cuando murió su madre, hace nueve meses. No sé si se lo mencioné a usted, pero ella tenía setenta años de edad. Ron, el padre de Tim, tiene esa edad.
    – Ya veo, o, por lo menos, creo que empiezo a ver. ¿Y Tim la extraña mucho?
    – No es eso; realmente no la extraña tanto. El que de veras la extraña es el padre de Tim, tanto que no creo que viva por mucho tiempo. Es un anciano muy bueno, pero parece que perdió las ganas de vivir cuando murió su esposa. Frente a mis propios ojos se va extinguiendo poco a poco. Y él lo sabe; el otro día me lo dijo.
    – Y cuando muera, Tim se quedará solo.
    – Así es.
    – ¿Y se da Tim cuenta de todo eso?
    – Sí; tuve que decírselo. Lo aceptó con serenidad.
    – ¿Tiene alguna clase de seguridad económica?
    – Bastante. En la familia pusieron casi todo lo que tenían para asegurarse de que a Tim jamás le faltara dinero por el resto de su vida.
    – ¿Y dónde entra usted, Mary?
    – Ron, el padre de Tim, me preguntó si quería yo hacerme cargo de su hijo cuando él muera y yo le contesté que sí.
    – ¿Se da usted cuenta de lo que le espera?
    – ¡Ah, sí! Sin embargo, ya aparecieron algunas complicaciones que no esperábamos -Mary bajó la vista y se contempló las manos-. ¿Cómo puedo aceptarlo, John?
    – ¿Se refiere usted a lo que la gente pueda decir?
    – En parte, aunque si eso fuera todo, no tendría miedo en arrostrar las consecuencias. No puedo adoptarlo porque ya es mayor de edad, pero Ron me ha dado poderes legales completos en los asuntos de Tim y, como quiera que sea, yo tengo bastante dinero; no necesito el de Tim.
    – ¿Qué es, entonces?
    – Tim se ha encariñado mucho conmigo, no sé por qué. Fue algo extraño… desde el mismo principio parecí gustarle, como si viera en mí algo que ni yo misma puedo ver. Hace ya dos años que nos conocimos… en aquellos días la cosa era sencilla. Éramos amigos, muy buenos amigos. Luego, cuando su madre murió, fui a ver a la familia y la hermana de Tim, Dawnie, que es una muchacha inteligente y quiere mucho a Tim, me lanzó unas acusaciones horribles y completamente sin fundamento. Dio a entender que yo era la amante de Tim, que me estaba aprovechando de su debilidad mental para explotarlo y corromperlo.
    – Ya veo. Debe haber sido todo un shock, ¿o no?
    – Sí. Fue algo horrible porque nada de eso es verdad. Tim estaba presente cuando dijo todo eso, pero afortunadamente no comprendió lo que ella quería decir. Sin embargo, lo echó a perder todo para mí y, en consecuencia, para él. Pasé una vergüenza terrible. El padre de Tim estaba ahí, pero tomó mi partido, ¿no es eso extraño? Se negó a creer una sola palabra de lo que ella había dicho, así es que la cosa no hubiera debido afectar en lo absoluto mi amistad con Tim. Sin embargo, sí la afectó, tal vez de una manera inconsciente, tal vez consciente, no lo sé. Desde entonces se me ha hecho muy difícil portarme con toda la naturalidad con Tim y, además, Ron me dio tanta lástima que todos los fines de semana nos lo llevamos con nosotros a la casa de campo.
    »Llevamos así ya casi seis meses -prosiguió Mary después de una corta pausa- y Tim ha cambiado bastante. Se volvió silencioso y retraído y parecía no querer tener comunicación con ninguno de los dos. Estábamos terriblemente preocupados. Luego, una mañana hubo una terrible escena entre Tim y yo y todo quedó al descubierto. Tim estaba celoso de su padre; pensaba que Ron lo había reemplazado en mi afecto. Por eso tuve que decirle que su padre se estaba muriendo.
    – ¿Y? -la apremió John Martinson cuando ella se detuvo; él se había inclinado hacia delante y la miraba fijamente.
    Extrañamente, el auténtico interés que él mostraba le dio ánimo para proseguir.
    – Tim, literalmente, se llenó de gozo cuando comprendió que mis sentimientos para con él no habían cambiado, que me seguía gustando. «Gustar» es la palabra que él usa; podrá decir que le encanta el pastel o las películas de vaqueros en la televisión o la jalea o el budín, pero cuando se refiere a personas a las que les tiene afecto, siempre dice que le gustan, no que las quiere. Es extraño, ¿verdad? Su mente es tan pura y tan directa que hace una interpretación literal de las palabras gustar y amar; oye que la gente dice que le encanta la buena comida o divertirse, pero se fija en que, cuando hablan de otro ser humano, dicen que les gusta. Así es que él dice lo mismo. Tal vez en eso tenga razón.
    Las manos empezaron a temblarle y ella las mantuvo quietas cerrando los puños fuertemente en su regazo.
    – Aparentemente, durante todo ese tiempo en que él pensaba que Ron me gustaba más que él, estaba tan perturbado que pensó en alguna manera de probarme que el afecto que me tenía era genuino y verdadero. La televisión fue la que le dio la respuesta y él razonó que, cuando a un hombre le gustaba una mujer, se lo probaba besándola. A no dudar, él también notó que en las películas dicha acción por lo común terminaba en un final feliz. -Mary se estremeció ligeramente-. En realidad yo tengo la culpa -agregó-. Si hubiera estado más alerta, hubiera podido evitarlo, pero fui lo bastante ciega para no verlo a tiempo. ¡Qué tonta fui!
    »Tuvimos una escena verdaderamente terrible durante la cual me acusó de que Ron me gustaba más que él y cosas así. Tuve que explicarle por qué le daba atención a Ron, diciéndole que éste se estaba muriendo. Como puede usted imaginarse, eso lo trastornó profundamente. Ninguno de los dos estábamos serenos, sino bastante trastornados y tensos. Cuando el shock de saber lo de su padre pasó un poco, comprendió que él me seguía gustando más que Ron. Se levantó de un salto y me tomó tan de sorpresa que no comprendí lo que estaba haciendo hasta que fue demasiado tarde.
    Mary miró a John Martinson de una manera suplicante.
    – No supe qué hacer ni qué sería lo mejor y, en cierto modo, no me atreví a humillarle rechazándolo.
    – Lo comprendo todo perfectamente, Mary -repuso él, alentándola-. Por lo tanto, usted respondió, ¿o no es así?
    La vergüenza le había encendido el rostro, pero se las arregló para responder calmadamente.
    – Sí. En ese momento me pareció que era lo más adecuado, que era más importante hacerle sentir que no había sufrido ningún rechazo, que el rechazarlo. Además… yo también estaba demasiado conmovida y no pude evitarlo. Me besó y, afortunadamente, no tuve que luchar con algo más serio porque en esos momentos oímos a Ron llamándonos y eso me dio una excusa excelente para apartarme de él.
    – ¿Cómo reaccionó Tom al beso?
    – No exactamente como yo me imaginaba. Le gustó mucho y le excitó. A partir de entonces puedo decir que ya me ve de una manera diferente y que quiere más de esa nueva sensación. Le expliqué que tal cosa no estaba bien, que era algo prohibido, que aunque era algo que podía suceder entre muchas personas, no podía suceder entre nosotros y, superficialmente, lo comprendió. Realmente captó el hecho de que estaba prohibido y ha cooperado de una manera espléndida. No ha vuelto a suceder ni sucederá en el futuro.
    Un coro de risas se dejó oír en la casa; Mary se estremeció, asustada, perdiendo momentáneamente el hilo de sus pensamientos. Aferrando su bolso, quedó inmóvil, con el rostro pálido.
    – Prosiga -repuso él-. No ha vuelto a suceder…
    – Supongo que para Tim debe haber sido algo así como abrir la puerta a un mundo enteramente nuevo y luego descubrir que no puede entrar. Sin embargo, uno sabe que la puerta sigue abierta y el mundo nuevo es verde y hermoso. ¡Me da tanta lástima y me siento tan incapacitada para hacer algo…! Yo soy la causa de su desdicha. No volverá a hacerlo, pero tampoco puede olvidar la ocasión en que sucedió. Ron lo ha mantenido absolutamente ignorante sobre asuntos de naturaleza física y, como nunca había oído hablar de eso y mucho menos lo había sentido, no le hacía falta alguna. Pero ahora ya probó y eso lo está royendo sin misericordia.
    – Por supuesto -dijo John, dejando escapar un suspiro-. Eso era algo inevitable, Mary.
    Ella tenía la mirada por encima de la cabeza de John, fija en una minúscula araña que bajaba poco a poco por la pared, no atreviéndose a mirarlo a los ojos.
    – Naturalmente -reanudó Mary-, no pude decirle a Ron lo que había sucedido pero, al mismo tiempo, ahora todo ha cambiado. ¿Cómo voy a recibir a Tim cuando Ron muera? Si Ron supiera, ni siquiera me lo pediría, estoy segura. No puedo recibirlo ahora ¡y eso me está matando! Por el momento me las puedo arreglar y puedo mantener a Tim ocupado y feliz dos días a la semana, especialmente con Ron allí. ¿Pero cómo nos las vamos a arreglar los dos viviendo en la misma casa todo el tiempo? ¡Oh, John, sencillamente no sé qué hacer! Si supiera que había la más ligera oportunidad de que Tim olvidara, todo sería diferente y de alguna manera yo encontraría valor para separarnos, pero sé que él no lo olvidará, y cuando lo sorprendo mirándome en esa forma yo… Tim no es de esos bobalicones que no pueden retener nada, ¿ve usted? Tiene capacidad para absorber y cimentar recuerdos si éstos le causan una impresión profunda o si repite un hecho varias veces. Cada vez que me mira se acuerda de aquello y no es lo bastante listo para ocultarlo. Está enojado y lastimado y muy resentido, y aunque comprende que eso no debe volver a suceder, nunca entenderá verdaderamente el porqué.
    – ¿Y ha pensado usted en alguna solución, Mary?
    – No realmente. ¿No existe alguna clase de refugio en el que personas como Tim, que son adultos físicamente pero todavía niños de mente, puedan estar cuando se quedan solos o no tienen familia? Si él viviera en un lugar así, yo podría tenerlo conmigo los fines de semana.
    – ¿Y no se le ocurre alguna otra cosa?
    – No volverlo a ver. Pero ¿cómo podría hacer eso, John? A él no le haría ningún bien irse con Dawnie… ¿o no será eso simple egoísmo de mi parte? ¿Verdaderamente significo tanto para él como yo pienso o es que yo misma quiero creerlo así? Supongo que es posible que él me olvide una vez que quede instalado con Dawnie, pero no los veo, a ella y a su marido, atendiendo a Tim como él lo necesita. Ella tiene responsabilidades más importantes y no podría dedicarse a Tim del mismo modo que yo lo haría.
    – Todavía hay otra solución que no se le ha ocurrido.
    – ¿De veras? -Mary se inclinó hacia delante con los ojos fijos en él-. ¡Si supiera cuánto he deseado oírle decir algo así!
    – ¿Por qué no se casa usted con Tim?
    Mary se quedó mirando a John con la boca abierta, tan atónita que pasaron algunos segundos antes de que pudiera exclamar:
    – ¡Está usted bromeando!
    De pronto la silla le pareció demasiado dura y estrecha; se puso de pie y recorrió la habitación a todo lo largo; luego regresó y se detuvo frente a él.
    – ¿Está usted bromeando? -repitió lastimeramente, convirtiendo la exclamación en pregunta.
    En el escritorio había una pipa; él la tomó y empezó a llenarla, apretando el tabaco lentamente y con todo cuidado como si eso lo ayudara a concentrarse.
    – No estoy bromeando, Mary -repuso-. Es la única respuesta lógica.
    – ¿Respuesta lógica? ¡Por Dios, John! ¡Ésa no es una respuesta de ninguna manera! ¿Cómo puedo casarme con un muchacho, retrasado mental, lo bastante joven como para ser mi hijo? ¡Sería criminal!
    – ¡Vaya disparate! -barbotó él chupando la pipa furiosamente y mordiéndola al mismo tiempo-. ¡Piense usted con la cabeza, mujer! ¿Qué otra cosa puede hacer sino casarse con él? Comprendo muy bien que usted no haya pensado en eso, pero ahora que alguien le da la idea, ¡no hay excusa alguna para hacerla a un lado! Eso sería criminal, ya que a usted le gusta esa palabra. ¡Cásese con él, Mary Horton, cásese con él!
    – ¡Por ningún motivo! -contestó, verdaderamente enojada.
    – ¿Qué le pasa? ¿Tiene miedo de lo que la gente pueda decir?
    – ¡Bien sabe usted que no es eso! ¿Cómo voy a poder casarme con Tim? ¡La sola idea es descabellada!
    – ¡Tonterías, mujer, tonterías! ¡Por supuesto que puede usted casarse con él!
    – ¡No, no puedo! ¡Soy lo bastante vieja para ser su madre, soy una solterona fea y agria, no soy pareja digna de él!
    Martinson se levantó, se inclinó sobre ella, la tomó de los hombros y la sacudió con tanta fuerza que ella se sintió mareada.
    – ¡Ahora escúcheme bien, señorita Mary Horton! ¡Si usted no es pareja digna de él, él tampoco es pareja digna de usted! ¿Es eso un noble autosacrificio? Yo no puedo soportar la nobleza; todo lo que hace es hacer infeliz a la gente. ¡Dije que tiene usted que casarse con él y lo repito! ¿Quiere usted saber por qué?
    – ¡Claro que sí!
    – Porque no pueden vivir el uno sin el otro, ¡por eso! ¡Buen Dios, mujer, se nota a la legua lo enamorada que está usted de él y él de usted! ¡Ésa no es ninguna amistad platónica y nunca lo ha sido! ¿Qué sucedería si siguiera usted la segunda de las alternativas y dejara de verlo? Tim no le sobreviviría a su padre más de seis meses, lo sabe usted bien, y probablemente usted se pasaría los muchos años de vida que le quedan como una sombra de la que era antes, en un mundo tan gris y lleno de lágrimas que desearía morir mil veces cada uno de sus interminables días. En cuanto a su primera alternativa, no hay lugar así porque los pocos que existen tienen unas listas de espera tan extensas que tardarían años en aceptar a Tim, y éste no viviría lo suficiente para llegar ni a la puerta, ¿Es eso lo que quiere usted… matarlo?
    – ¡No, no! -balbuceó ella, buscando frenéticamente un pañuelo.
    – ¡Escúcheme! Tiene que dejar de pensar en usted misma como en una solterona fea y agria, aun cuando así sea. Yo reto a cualquiera a que me explique qué es lo que una persona ve en otra y, en cuanto a usted, no debería ni siquiera atreverse a preguntarlo. Piense lo que piense de sí misma, Tim cree que usted es algo totalmente diferente, y muy deseable. Dijo que no sabía qué era lo que él veía en usted, pero que, fuera lo que fuese, no podía verlo por sí misma. ¡Dé gracias por eso! ¿Por qué rechazarlo en un exceso de autosacrificio y orgullo? ¡Sería un sacrificio tan inútil, tan falto de sentido…!
    »¿Cree que él cambiará, que se cansará de usted? -prosiguió John-. ¡Piense con la cabeza! No estamos hablando de un hombre de mundo, exquisitamente hermoso y sofisticado, sino de una pobre criatura tonta, ¡tan simple y tan fiel como un perro! ¡Oh!, a usted no le gusta oírme hablar así, ¿no es verdad? Bien, pues en estos momentos no hay lugar para eufemismos ni ilusiones, Mary Horton; sólo hay espacio para la verdad, tan descarnada y en bruto como la verdad puede serlo. A mí no me interesa saber por qué Tim puso su afecto en usted, lo único que me interesa es el hecho de que lo hizo. Él la ama, así de sencillo es eso. ¡La ama!, ¿me oye? Por improbable, absurdo, inexplicable que pueda ser, él la ama. Al igual que usted, no sé por qué, pero es un hecho concreto. ¿Y qué diablos pasa con usted que hasta se atreve a pensar en despreciar su amor?
    – ¡Usted no lo comprende! -repuso Mary, llorando, con la cabeza entre las manos y los dedos hundiéndose en el pelo y desordenándolo.
    – Comprendo mejor de lo que usted cree -contestó él en un tono más amable-. Tim la ama, la ama desde lo más profundo de su ser. Por alguna razón, de todas las personas que él ha conocido, puso su afecto en usted y en usted se quedará. Él no se va a aburrir ni a cansar de usted ni la va a dejar por una mujer más bonita o más joven de aquí a diez años; él no va tras su dinero del mismo modo que su padre tampoco va tras su dinero. Ciertamente usted no vale mucho, así que no tiene belleza que perder, ¿o no? Además, él tiene belleza más que suficiente para los dos.
    Mary alzó la cabeza y trató de sonreír:
    – De veras que es usted sincero -dijo.
    – Lo soy porque tengo que serlo. Pero eso es sólo la mitad, ¿no es así? No me diga que jamás ha admitido que lo ama tanto como él a usted.
    – ¡Oh, sí lo he admitido! -afirmó ella irónicamente.
    – ¿Cuándo? ¿Hace poco?
    – Hace mucho tiempo, antes que su madre muriera. Una noche él me dijo que me parecía a un cuadro de Santa Teresa que hay en su casa y, no sé por qué, eso me quitó la venda de los ojos. Lo he amado desde el primer momento en que lo vi, pero fue sólo entonces cuando lo admití ante mí misma.
    – ¿Y cree que se cansaría de él alguna vez?
    – ¿Cansarme de Tim? ¡No, ah, no!
    – Entonces, ¿por qué razón piensa usted que no puede casarse con él?
    – Porque soy lo bastante vieja como para ser su madre y porque él es muy hermoso.
    – No es bastante buena esa respuesta, Mary. Todo ese asunto de la apariencia es una tontería y ni siquiera me voy a molestar en discutirlo con usted. En cuanto a la objeción de la edad, creo que sí vale la pena discutir ese punto. ¡Usted no es su madre, Mary! No se siente como su madre y él no piensa en usted como en una madre. Ésta no es una situación ordinaria; no se trata de dos personas crecidas física y mentalmente con una disparidad de edades tal como para crear dudas sobre lo genuino de los lazos emocionales que las unen. Usted y Tim son algo único en los anales de la humanidad. No quiero decir que una solterona de más de cuarenta años nunca se haya casado con un hombre lo bastante joven como para ser su hijo, y quizás hasta con un retrasado mental; pero pienso que ustedes forman una pareja verdaderamente rara desde todo punto de vista y que usted más vale que acepte lo extraordinario de dicha situación. No hay nada que los ligue a ustedes, excepto el amor del uno por el otro, ¿o no es así? Hay entre ustedes una gran diferencia de edad, de belleza, de inteligencia, de posición económica, del lugar que ocupan dentro de la sociedad, de antecedentes, de temperamento… y podría proseguir así indefinidamente, ¿o no? Los lazos emocionales que los unen a usted y a Tim son genuinos, lo bastante genuinos como para haber traspuesto todas esas diferencias innatas. No creo que nadie en este mundo, incluyéndose usted misma, pueda descubrir la razón de por qué se complementan tanto usted y él. Sencillamente, así es; ¡cásese con él, Mary Horton, cásese con él! Tendrá usted que soportar una gran cantidad de chismorreos, de dedos señalándola y de conjeturas, pero en realidad todo eso no importa. Ya ha tenido que soportar algo de eso, me imagino, ¿por qué entonces no darles a las viejas chismosas algo verdaderamente de qué hablar? ¡Cásese con él!
    – Pero es que… es indecente, ¡es casi obsceno!
    – Estoy seguro de que es eso lo que van a decir todos.
    Mary alzó el mentón en gesto desafiante.
    – No me importa lo que otra gente diga -afirmó-. Lo único que me interesa es cómo afectará eso a Tim, cómo lo tratarán los demás si se casa conmigo.
    John Martinson se encogió de hombros.
    – Le aseguró que él sobrevivirá a las críticas mucho mejor que a una separación -dijo.
    Ella tenía los puños en el regazo y él le puso una mano sobre ellos con fuerza, con los ojos chispeando.
    – Piense en esto, Mary. ¿Por qué no debe casarse Tim? ¿Qué es eso tan especial que tiene Tim? Puede usted decir que piensa en él como en un hombre, pero yo no estaré de acuerdo con eso. Las únicas veces que usted ha pensado en él como hombre casi se ha muerto de horror, ¿no es así? Y la razón de eso es que usted ha cometido la equivocación que todos cometen con los retrasados mentales. En la mente de usted Tim ha quedado grabado como un niño. ¡Pero él no es un niño, Mary! Al igual que la gente normal, los retrasados mentales están sujetos al crecimiento y al cambio a que llegan con la madurez; dentro del limitado alcance de su desarrollo psíquico, dejan de ser niños. Tim es ya un hombre adulto, con todos los atributos físicos de un hombre adulto y un metabolismo hormonal perfectamente normal. Si hubiera sufrido alguna lesión en una pierna, caminaría cojeando, pero como la lesión ocurrió en el cerebro, cojea mentalmente, pero ese defecto no le impide ser hombre, del mismo modo que no se lo impediría una pierna defectuosa.
    »¿Por qué debe Tim pasar por la vida privado de la oportunidad de satisfacer una de las necesidades más poderosas que conocen su cuerpo y su espíritu? ¿Por qué hay que negarle su hombría? ¿Por qué debe ser protegido y escudado de su propio cuerpo? ¡Mary, él está ya privado de demasiadas cosas! ¡Tantas cosas! ¿Por qué privarlo de más todavía? ¿No tiene derecho, siendo hombre, a su virilidad? ¡Hay que honrar al hombre que hay en él, Mary Horton! ¡Cásese con él!
    – Sí, ya veo -repuso ella y se quedó en silencio, pensativa. Al fin alzó la cabeza-. Muy bien, entonces, si usted piensa que es lo mejor, dadas las circunstancias, me casaré con él.
    – ¡Así se hace! -contestó él y sus rasgos se suavizaron-. Lo disfrutarán los dos más de lo que usted cree, ya verá.
    Ella frunció el ceño.
    – ¡Pero va a haber tantas dificultades! -comentó.
    – ¿Acaso con su padre?
    – No lo creo. No, me imagino que a Ron le gustará la idea, aunque bien pudiera ser el único. Sin embargo, en cuanto a Tim y a mí, ambos somos igualmente inexpertos en eso y no estoy segura de poder resolver satisfactoriamente todos los problemas al respecto.
    – Se está preocupando innecesariamente. El problema es que usted es una mujer que piensa demasiado y trata de enfrentarse a cosas que acostumbran resolverse solas cuando el tiempo llega. En lo que se refiere a las necesidades de Tim, creo que está usted magníficamente provista para eso, diría yo.
    Dominando su súbito deseo de llorar, Mary se las arregló para no perder la compostura.
    – No debo tener hijos, ¿verdad? -interrogó.
    – No. No debe tenerlos. No es que las deficiencias de Tim sean hereditarias, al parecer no hay mucho peligro de eso, pero usted ya está llegando a una edad en la que es posible que no viva lo suficiente para ver a ninguno de sus hijos alcanzar la edad madura, y las condiciones de Tim le impiden reemplazarla si usted llegara a faltar. Además, ya tiene usted una edad como para que se repita la desventura de la madre de él, y si esto sucediera, sería una de las mayores ironías de la vida. Estadísticamente hablando, si usted empieza a tener familia después de los treinta y cinco años, decrecen las posibilidades de que tenga una criatura normal, y mientras más lejos haya dejado los treinta y cinco cuando empiece, menores serán sus probabilidades.
    – Lo sé.
    – ¿Cree usted que le entristecerá no tener hijos? ¿Que este hecho sea algo que llene su vida de desencanto?
    – ¡No! ¿Cómo podría serlo? Nunca había pensado en casarme ni lo había ambicionado. Tim es más que suficiente para mí.
    – No será nada fácil.
    – Lo sé.
    John se sacó la pipa de la boca y dejó escapar un suspiro.
    – Bien, Mary -dijo-. Le deseo toda la suerte y felicidad del mundo. Ahora todo depende de usted.
    La mujer se puso en pie, recogiendo su cartera y sus guantes.
    – Y yo le estoy muy agradecida, John -repuso-. Ahora, más que nunca, estoy en deuda con usted y le doy mi palabra de que ayudaré a su causa en todo lo que pueda.
    – No me debe nada. La alegría que siento tan sólo de saber que Tim es feliz, es recompensa más que suficiente. Simplemente venga a visitarme de vez en cuando.
    En lugar de dejar a Tim en la calle Surf, Mary entró en la casa con él. Ron estaba en la sala; en la televisión estaban dando el último resumen deportivo.
    – ¿Qué tal, Mary? No la esperaba a estas horas.
    Ella se sentó en el sofá mientras Tim colocaba su cartera y sus guantes en un lugar seguro.
    – Quería hablar un poco con usted, Ron. Se trata de algo importante y me gustaría tratarlo de una vez mientras todavía tengo el valor necesario.
    – ¡Lo que usted diga, querida! ¿Desea una taza de té y un pedacito de pastel?
    – Me parece muy buena idea -contestó, alzando el rostro para mirar a Tim con una sonrisa-. ¿Tienes que trabajar mañana, Tim?
    El joven asintió con la cabeza.
    – No quiero obligarte, pero creo que ya es hora de que te vayas a acostar. Tu padre y yo tenemos algo de qué hablar, pero te prometo que no será un secreto y te lo diré todo este fin de semana, ¿de acuerdo?
    – De acuerdo. Buenas noches, Mary -contestó él.
    Cuando estaban en su casa, nunca le pedía a ella que lo arropara.
    Ron colocó tazas y platos en la mesa de la cocina mientras la tetera hervía, observando a Mary atentamente con el rabo del ojo.
    – Se ve usted verdaderamente cansada, querida -observó.
    – Y lo estoy. Fue un día agotador.
    – ¿Qué dijo el maestro acerca de Tim?
    La taza de Mary estaba desportillada; ella empezó a pasar la punta del dedo por el borde al que le faltaba un pedacito, pensando cómo abordar el tema. Cuando alzó el rostro para mirar a Ron, se veía vieja y fatigada.
    – Ron -dijo-, no le dije toda la verdad de por qué llevé a Tim a casa de John Martinson esta noche.
    – ¿No?
    – No -repuso. Una y otra vez, la punta del dedo pasaba sobre el borde desportillado; bajó la vista, incapaz de seguir hablando, viendo al mismo tiempo aquellos grandes ojos azules tan parecidos a los de Tim en su forma y tan diferentes en su expresión-. Esto es muy difícil para mí porque creo que no tiene usted la menor idea de lo que voy a decirle. Ron, ¿se le ha ocurrido a usted que me va a ser muy difícil hacerme cargo de Tim si algo le sucediera a usted?
    La mano que sostenía la tetera tembló de repente y algo de té se derramó en la mesa.
    – ¿Ha cambiado usted de opinión?
    – No. Yo no haría eso, Ron, a menos que a usted no le guste la solución que he encontrado para el problema -juntó las manos frente a su taza y se las arregló para mirar al anciano directamente a los ojos-. Tim y yo siempre hemos tenido una relación muy especial y usted lo sabe. De toda la gente que él conoce es a mí a quien más quiere. No sé por qué y ya no trato de averiguarlo. No sería exagerado decir que me ama.
    – No, no lo es. Él la ama a usted, Mary. Por eso es por lo que quiero que sea usted quien lo recoja cuando yo me vaya.
    – Yo también lo amo. Lo he amado desde el primer instante en que lo vi, de pie a la luz del sol, viendo cómo el camión vaciaba cemento en las adelfas de Emily Parker. Entonces yo no sabía que era retrasado mental, pero cuando lo supe, eso no cambió nada; de hecho sólo me hizo quererlo más. Durante mucho tiempo yo no le di importancia a la diferencia de sexos, hasta que, primero Emily Parker y luego la hija de usted, me dieron unas buenas sacudidas al respecto. Usted siempre ha mantenido a Tim ignorante de esas cosas, ¿no es así?
    – Tuve que hacerlo, Mary. Siendo Es y yo ya viejos, sabía que había muchas probabilidades de que ni ella ni yo estuviéramos vivos cuando él creciera, así que hablamos sobre lo que tendríamos que hacer cuando él todavía era muy chico. Sin nosotros para cuidarlo, y tan guapo como es, nos pareció que era fácil que se metiera en muchos problemas si descubría para qué servían las mujeres mientras todavía fuera joven y la urgencia fuese muy fuerte. Eso fue fácil hasta que ya pudo empezar a trabajar, pero en cuanto comenzó con Harry Markham yo sabía que sería muy difícil. Así es que fui y hablé con Harry, aclarándole específicamente que yo no quería que ninguno de sus operarios metiera a Tim en problemas o tratara de avivarlo sobre los hechos de la vida. Le advertí a Harry que si alguno de ellos trataba de hacer algo de eso, les echaría la policía encima por contribuir a la corrupción de un menor de edad, y un menor que, además, no era normal. Fue lo único que les pedí y supongo que se han divertido atormentándolo con otras cosas, pero debo decir que se portaron bien en el asunto del sexo y hasta acostumbraban cuidarlo y no dejaban que las mujeres se le acercaran. Bill Naismith casi siempre va y viene del trabajo con Tim porque vive en la parte más alta de Coogee Bay Road. Hasta ahora todo ha ido bien. Hemos tenido suerte, por supuesto. Siempre había el riesgo de que algo pudiera suceder, pero hasta la fecha no ha pasado nada.
    Mary sintió la picazón de la sangre que le afluía al rostro.
    – ¿Y por qué fue usted siempre tan inflexible al respecto, Ron? -preguntó, desesperada por retrasar el momento de la confesión.
    – Pues bien, Mary; uno siempre tiene que sopesar el placer y el dolor, ¿no es así? A Es y a mí nos parecía que el pobre Tim acabaría recibiendo más dolor que placer en eso de jugar con las mujeres y el sexo. A su madre y a mí nos pareció que era mejor mantenerlo ignorante. Es terriblemente cierto que aquello que uno no conoce no lo extraña, y con él trabajando tan duro como acostumbra, la cosa nunca ha sido una carga para él. Supongo que eso le parecerá cruel a alguien que vea las cosas desde el otro lado, pero nosotros pensábamos que estábamos haciendo lo adecuado. ¿Usted qué opina, Mary?
    – Estoy segura que ustedes actuaron pensando en qué sería lo mejor para Tim, Ron. Siempre lo han hecho.
    Sin embargo, pareció que él interpretaba su respuesta como evasiva, porque se apresuró a explicarse más ampliamente.
    – Afortunadamente para nosotros, tuvimos un buen ejemplo en nuestras propias narices cuando Tim todavía era un niño. Había una muchacha simplona en la misma calle en la que vivíamos y su madre se las veía negras con ella. Estaba mucho peor que Tim, y además, era fea. Un desalmado se encaprichó con ella cuando tenía quince años, a pesar de los granos y de lo gorda que estaba y de que babeaba. Hay hombres que son capaces de cargar con cualquier cosa. Y desde entonces, a la pobre idiota la embarazan un año sí y otro también, y tiene una criatura tras otra, y la que no sale tarada sale con labio leporino, hasta que al fin la internaron en un instituto. Ahí es donde la ley se equivoca, Mary, y debía permitir el aborto. Hasta dentro del instituto seguían acosándola, por lo que al final tuvieron que operarle las trompas. Y fue su misma madre la que nos dijo que no dejáramos que a Tim empezaran a ocurrírsele ideas.
    Ignorando el murmullo de simpatía de Mary, el anciano se levantó y empezó a recorrer la habitación con inquietud; era evidente que la decisión tomada hacía tantos años aún seguía atormentándole.
    – Hay gente a quien no le importa si una persona es simple, todo lo que quieren es divertirse un poco. Les gusta el hecho de que ellos no tengan que preocuparse por esa persona, pues no tiene la inteligencia suficiente para perseguirles y hacerles pasar un mal rato cuando se cansan de divertirse con ella. ¿Y por qué han de preocuparse? Creen que porque la persona no es mentalmente normal no siente como sentimos los demás y la patean del mismo modo como patearían a un perro, burlándose de ella en su cara porque la inocente regresa por más, moviendo la cola y con la panza en el suelo.
    »Pero los que son como Tim y la muchacha que vivía en nuestra misma calle sienten, Mary, y no son tan estúpidos, especialmente en el caso de Tim. ¡Cristo santo, si hasta un animal puede sentir! Nunca olvido lo que nos pasó una vez con Tim, que en ese entonces era pequeñito pues tendría siete u ocho años. Ya empezaba a hablar como si supiera lo que significaban las palabras… y un día se presentó con una gatita mugrienta y Es le dijo que podía conservarla. Bien, no mucho después que la gatita creció y se hizo gata, empezó a inflarse como un balón y, cuando nos dimos cuenta, eran gatitos. Yo estaba que saltaba de enojo pero, por suerte, o por lo menos así lo creí, los había tenido detrás de la chimenea de nuestro cuarto, y yo decidí librarme de los gatos antes de que Tim se diera cuenta de lo que pasaba. Tuve que desprender la mitad de los ladrillos para llegar hasta donde estaba la gata pues, para empezar, jamás supe cómo había logrado meterse ahí. Y ahí estaba, toda cubierta de hollín, al igual que los gatitos, y yo tenía a Es pegada en el pescuezo riéndose a más no poder y diciendo que era bueno que la gata fuese negra porque así no se le notaba el hollín. El caso es que yo tomé todos los gatitos, los llevé al patio de atrás y los ahogué en una cubeta con agua. Y nunca me he arrepentido tanto de haber hecho algo en toda mi vida. La pobre gata infeliz se paseaba por la casa los días enteros, llorando y maullando y buscando sus gatitos y alzando la cabeza para mirarme con sus ojos redondos y verdes tan llenos de fe en mí como si estuviera segura de que yo se los iba a devolver. Y lloraba, Mary, lloraba lágrimas de verdad y le rodaban por la cara como si fuera una mujer. Yo nunca había pensado que los animales pudieran llorar lágrimas de verdad. ¡Se lo juro por Dios!
    »Había ratos en los que yo quería suicidarme. Es dejó de hablarme semanas enteras y, cada vez que la gata lloraba, Tim lloraba también.
    Acercando su silla todavía más a la mesa, el anciano volvió a sentarse y extendió las manos. La vieja casa estaba muy tranquila, pensó Mary mientras Ron recapacitaba. No se oía más que el tic-tac del viejo reloj de la cocina y el ruido que hacía Ron al tragar saliva. No había por qué asombrarse de que a Ron ya no le gustara la casa después de haberla conocido tan diferente.
    – Así que ya ve usted, Mary -continuó Ron-, si un gato puede tener sentimientos, lo mismo pasa con un retrasado como Tim, y sentimientos más fuertes, porque Tim no está tan mal. Tal vez nunca vaya a cambiar el mundo con sus ideas, pero tiene su corazón, Mary, un corazón muy grande y lleno de amor. Si él empezara algo con una mujer, la amaría mucho, ¿pero cree usted que ella podría amarlo? Para ella él no sería más que algo adicional, eso es todo, pero Tim se enamoraría locamente; yo no podría consentir eso.
    »Tim tiene una cara verdaderamente hermosa y un cuerpo verdaderamente hermoso y ha habido mujeres, ¡y hombres!, detrás de él desde que tenía doce años. Y una vez que lo hicieran a un lado, ¿qué cree usted que pasaría con Tim? Me miraría como lo hacía aquella maldita gata, como si esperara que yo le devolviera a su amiguita y no comprendiera por qué ni siquiera yo lo intentaba.
    Se hizo un silencio. En algún sitio, dentro de la casa, se oyó el sonido de una puerta al cerrarse. Ron alzó la cabeza y pareció recordar que Tim estaba en la casa con ellos.
    – Dispénseme un momento, Mary.
    Ella siguió sentada, escuchando el monótono tic-tac del reloj hasta que el anciano regresó con una ancha sonrisa en el rostro.
    – Es un típico australiano, ese muchacho. Nadie puede convencerle de que se ponga más ropa que la necesaria y, si uno se descuida un poco, andaría por ahí tan desnudo como su madre lo echó al mundo. Tiene la mala costumbre de salir del baño después de darse una ducha sin siquiera una toalla encima y pensé que era mejor asegurarme de que no iba a asomarse por aquí. -De pronto se le quedó mirando fijamente y dijo en tono serio-: Espero que se porte bien cuando está con usted en su casa. ¿No tiene ninguna queja?
    – Se porta perfectamente -contestó ella sintiéndose incómoda.
    Ron volvió a tomar asiento.
    – ¿Sabe usted? -reanudó-, es una verdadera bendición que seamos gente sencilla, de la clase trabajadora, Mary. Eso nos ha ayudado a proteger a Tim mejor que si fuéramos como el hombre de Dawnie, el Mick ése. Esos presumidos son más difíciles de catalogar, son más arteros, tanto los hombres como las mujeres, pero principalmente los hombres, supongo. En lugar de beber cerveza con sus iguales en una barra pública como el «Seaside», estaría en algún sitio elegante con todas las mujeres ociosas y todos los maricones del mundo. En nuestra clase tenemos las cosas mejor organizadas, por suerte. Lo negro es más negro y lo blanco es más blanco y casi nada de gris entre los dos extremos. Espero que me comprenda usted, Mary.
    – Lo comprendo de veras. El problema es que Tim ya empezó a despertar gracias a la televisión. Él ha visto las escenas de amor y cree que es una buena manera de mostrarme cuánto le gusto.
    – ¡Oh, por Dios! -Ron se enderezó en su asiento súbitamente-. Pensé que habíamos logrado que le tuviera miedo a eso. Creí que lo habíamos hecho tan bien que nunca intentaría algo así.
    – Probablemente ustedes hicieron un buen trabajo asustándolo, pero, ¿sabe usted?, a lo mejor él no asoció lo que hacía con aquello que usted le había hecho temer. No surgió en su mente como algo carnal. Simplemente quería demostrarme cuánto le gusto. Desgraciadamente, al hacerlo, descubrió también cuánto le gustaba a él.
    Ron se mostró horrorizado.
    – ¿Quiere usted decir que la violó? ¡No puedo creerlo!
    – ¡Claro que no! Me besó, eso es todo. Pero le gustó y eso ya no se le ha podido quitar de la mente. Me las arreglé para convencerlo de que eso estaba prohibido entre nosotros, pero ya despertó, Ron, ¡está despierto! Yo no voy a permitir que vuelva a suceder, ¿pero cómo podemos, usted o yo, borrárselo de la mente? ¡Lo hecho, hecho está! Mientras no hubo nada de lo que Dawnie o Emily Parker o quienquiera que sea piense, la cosa no importaba, pero desde que Tim me besó casi me vuelvo loca preguntándome qué rayos voy a hacer con él si algo le sucediera a usted.
    Ron se había relajado un poco.
    – Ya veo lo que quiere usted decir -comentó.
    – Bien; el caso es que no sabía a quién acudir o con quién hablar. Por eso me llevé esta noche a Tim a que conociera a John Martinson. Yo quería que él viera a Tim y luego me diera su opinión franca sobre todo el asunto.
    – ¿Y por qué no habló usted conmigo, Mary? -preguntó Ron en tono ofendido.
    – ¿Y cómo podía yo hablar con usted, Ron? -repuso Mary-. Usted es el padre de Tim. Está usted demasiado dentro del asunto para poder adoptar un punto de vista imparcial. Si hubiera hablado con usted en primer lugar, no tendría en estos momentos nada que ofrecerle, excepto los hechos, no tendría yo dirección que seguir ni solución alguna. Si hubiera hablado primero con usted probablemente hubiéramos llegado a la conclusión de que no había nada que hacer, excepto separar a Tim de mí. Fui a ver a John Martinson porque él tiene una gran experiencia con personas que son retrasadas mentales y siente un verdadero interés por ellas. Pensé que, de todas las personas que conozco, él era el único capaz de pensar primero en Tim y eso es lo que yo quería, es decir, a alguien capaz de pensar exclusivamente en Tim.
    – Muy bien, Mary; comprendo su punto de vista. ¿Y qué fue lo que él dijo?
    – Me ofreció una solución y, según me la presentó, me hizo ver que no hay la menor duda de que es lo más sensato que podríamos hacer. Le dije que yo creía que usted estaría de acuerdo cuando la escuchara, pero ahora confieso que no me siento tan segura como me sentía cuando se lo dije así a John Martinson.
    »Cualquier cosa que usted diga o piense al respecto, le aseguro que yo ya la he dicho o la he pensado, así es que nada de lo que usted diga puede sorprenderme ni lastimarme -agregó Mary y le alargó su taza a Ron para que le sirviera más té, ansiosa por tener algo qué hacer-. Tengo cuarenta y cinco años, Ron, y soy lo bastante vieja como para ser la madre de Tim; soy además una mujer sencilla y sin gracia, sin ningún atractivo físico para los hombres. Qué es lo que Tim ve en mí es algo que está totalmente fuera de mi alcance, pero lo ve. John Martinson dice que debo casarme con Tim.
    – ¿Eso dice? -el rostro de Ron estaba curiosamente inexpresivo.
    – Sí.
    – ¿Por qué?
    – Principalmente porque Tim me ama, y porque Tim es un hombre, no un niño. Cuando me dijo que él pensaba que debería hacerlo, me quedé sin saber qué decir de tan aturdida y créame que argumenté inmediatamente en contra de la idea. Es como juntar a un pura sangre con una yegua mestiza, unir la juventud y la belleza de Tim con una mujer como yo, y así se lo dije. Perdóneme por decirle esto, pero él contestó que había dos maneras de considerar el asunto, pues el juntar mi inteligencia con la estupidez de Tim era igualmente malo. No fueron ésas sus palabras; lo que él dijo fue: «Si usted no es una compañera adecuada para Tim, él tampoco es un compañero adecuado para usted.» Su punto de vista es que ni Tim ni yo somos el premio gordo para el otro si nos casamos, así es que, ¿qué hay de extraordinario en que lo hiciéramos? Yo me seguía oponiendo a la idea, principalmente por la gran diferencia de edades, pero eso también lo hizo a un lado. Soy yo la que le gusta a Tim, no la muchacha de al lado ni la hija de uno de sus compañeros de trabajo.
    »Lo que me convenció de que John Martinson tenía razón fue algo que jamás se me hubiera ocurrido a mí, y estoy segura de que a usted tampoco se le ha ocurrido alguna vez. Ambos estamos demasiado cerca de Tim para poder verlo -agregó Mary, moviendo la cabeza-. Tim es ya un hombre crecido, Ron, y en ese aspecto es perfectamente normal. John me lo dijo de una manera casi brutal; me tomó por los hombros y me sacudió hasta que los dientes me castañetearon porque estaba furioso por mi falta de visión. ¿Qué pasaba conmigo, me preguntó, que me atrevía a negarle a Tim su derecho a ser un hombre de la única manera que podía serlo? ¿Por qué no habría Tim de gozar de la vida igual que cualquier otro?
    »A mí jamás se me había ocurrido eso antes, preocupada como estaba por lo que otra gente pudiera pensar, imaginando cómo se reirían de él y cómo se burlarían y lo atormentarían porque se había casado con una solterona rica que por la edad podía ser su madre. Sin embargo, yo siempre había pasado por alto el hecho de que tiene derecho a sacarle a la vida lo mismo que cualquier otro pueda sacar.
    Nuevamente bajó la vista y se puso a explorar el borde desportillado de la taza con la punta del dedo; Ron estaba ocultando sus reacciones bastante bien y ella no tenía idea de lo que pensaba; como para confundirla más todavía, él tomó la tetera para volver a llenarle la taza.
    – Todos hemos oído hablar de contratiempos. Recuerdo que una vez me enojé muchísimo porque una de las muchachas de la oficina se enamoró de un parapléjico y éste se negaba a casarse con ella. Archie conocía a la chica lo bastante bien para estar seguro de que era mujer de un solo hombre y de que jamás habría para ella ningún otro sino el que había escogido. Por lo tanto, fue a ver al tipo y le dijo que no tirara por la borda su oportunidad de ser feliz simplemente porque no era hombre en ese sentido de la palabra. Y todos estuvimos de acuerdo en que Archie había hecho lo adecuado, que no había razón alguna para que la muchacha no se casara con su hombre en una silla de ruedas. La vida es más que eso, como Archie les dijo.
    »Y la vida es más que eso, Ron, pero, ¿qué hay acerca de Tim? ¿Qué le está dando la vida a Tim y qué más podría darle? Con toda seguridad, a Tim puede irle mejor que a mí. ¿Pero será así? ¿Será así en la realidad? Sea yo lo que sea, Tim me ama. Y sea él lo que sea, yo lo amo. Conmigo él estará seguro, Ron, y si casándome con él puedo colmar su vida tanto como es posible hacerlo, entonces me casaré con él en contra de todo el mundo, incluyéndole a usted.
    La sensación de estar al borde de un precipicio había desaparecido enteramente mientras hablaba; Ron la miraba con aire de curiosidad. En varias ocasiones la había visto conmovida, pero nunca así, tan vibrantemente viva. En ningún aspecto se le podría adjudicar a Mary la palabra «tímida» pues lo único que distinguía su rostro era su fuerza de carácter. Ahora parecía que la cara se le había encendido con una belleza pasajera que desaparecería en cuanto su celo se apagara: Ron se sorprendió pensando qué efecto produciría en ella el casarse con Tim. Más viejo e infinitamente más versado en el mundo que Mary, sabía que la respuesta nunca era sencilla.
    – Por lo común las mujeres viven más que los hombres -prosiguió ella con decisión- de modo que hay muchas probabilidades de que esté a su lado durante muchos años. No soy tan vieja como para que nos pongamos a considerar que vaya a morirme pronto y a dejarle solo. Él no va a salir a buscar a ninguna muchacha bonita porque su esposa se esté poniendo fea y gastada.
    »Ya estoy fea y gastada, Ron, pero a él no le preocupa eso en absoluto.
    »También se me ocurrió que simplemente viviéramos juntos, ya que, a los ojos de mucha gente, ése sería un pecado menos grave, pero John Martinson tiene razón. El matrimonio es lo mejor. Si me caso con él, tendré autoridad plena y legal sobre él y Dawnie nunca podrá quitármelo. Dawnie me ha estado preocupando desde hace tiempo. No creo que usted se haya puesto a pensar con qué facilidad podría arrancarme la custodia de Tim en cuanto a usted le sucediera algo. ¿Y por qué lo iba usted a pensar? Es su hija y usted la quiere muchísimo. Sin embargo, no me puede ver y jamás admitiría que yo puedo ser mejor para Tim que ella. Las cartas de usted para ella y para Mick, el poder legal que usted me ha dado, todo eso no significaría nada si Dawnie realmente quisiera crearme dificultades. A la muerte de usted, Dawnie se convertiría en tutora legal de Tim ante los ojos de cualquier tribunal de este país, a pesar de todas las instrucciones que usted hubiera dejado al respecto.
    »Yo no soy ni siquiera pariente. No hace mucho que conozco a Tim y nuestra relación es ya altamente sospechosa.
    »Cuando usted me pidió por primera vez que me hiciera cargo de Tim, yo no pensé nada más allá del hecho de que usted confiaba en mí de una manera tan magnífica, pero creo que no puede usted ser lo bastante imparcial para ver a Dawnie tal como es. Ella adora a Tim, pero me odia a mí con esa misma intensidad, y Tim se convertiría en su víctima. John Martinson no comprendió la magnitud de la enemistad que Dawnie me tiene, pero a pesar de eso acertó con la única solución que es factible. Debo casarme con Tim.
    Ron rió irónicamente.
    – ¿No es curiosa esta vida? -preguntó-. En una cosa sí tiene usted razón, Mary. La gente les perdonaría el que vivieran juntos más fácilmente que si se casaran. Es una de esas situaciones extrañas en las que el matrimonio es casi un crimen, ¿o no?
    – Ésa es exactamente la palabra que yo empleé con John Martinson. Criminal.
    Ron se puso en pie, rodeó la mesa lentamente y le puso a Mary una mano en el hombro; después, agachó la cabeza y la besó.
    – Es usted una persona excelente, Mary -le dijo-. Me sentiré feliz de verla a usted casada con mi hijo. Ni Es ni yo podríamos haber pedido una respuesta mejor, y me imagino que desde su tumba la estará alentando a usted.
    »Pero lo mejor será que todo se haga pronto, Mary, muy pronto. Si yo lo atestiguo y digo en mi testamento que lo apruebo, será muy poco lo que Dawnie pueda hacer. Si lo dejamos hasta después que yo me muera, no pisará usted un terreno muy firme. Yo debía haber sido el que lo viera primero, pero uno es siempre un poco ciego en lo que toca a los hijos.
    – Por eso tenía que tratar el asunto con usted esta misma noche, Ron. Voy a tener que internarme en un hospital algunos días para que me arreglen de tal modo que no pueda tener hijos, pero yo también pienso que el casamiento deberá efectuarse tan pronto como sea posible.
    – ¡Tiene usted toda la razón! El lunes próximo iremos a sacar la licencia para que puedan casarse el fin de semana, ¿le parece bien?
    Ella le acarició la arrugada mejilla amorosamente.
    – No podía haber pedido un suegro mejor que usted, Ron. Muchísimas gracias por comprenderme y por consentir el matrimonio.

24

    Al final decidieron no decirle nada a Dawnie sino hasta después del casamiento, cuando éste fuera ya un hecho consumado, pero al día siguiente que Mary y Ron se pusieron de acuerdo, ésta se lo comunicó a Archie Johnson.
    – ¡Por todas las ostras del mundo, estás bromeando! -exclamó éste.
    Mary tardó un rato largo en convencerlo de que hablaba en serio, y una vez que la sorpresa inicial perdió algo de su impacto, él se apresuró a felicitarla con toda sinceridad.
    – Mary, querida, nada podría darme mayor placer. Vas a ser la pareja más despareja desde Chopin y George Sand, pero si alguien en esta bola de todo que llaman mundo sabe lo que hace, ese alguien eres tú. No voy a darte la lata poniendo toda clase de objeciones porque estoy plenamente seguro de que tú ya las pensaste. Lo único que de veras siento es que, después de tantos años de pensar que ya te tenía segura, vaya a perderte. Simplemente por eso soy capaz de echarme a llorar.
    – ¿Y por qué diantres tienes que perderme?
    – Bien, ¿no tendrás que dejar tu trabajo para cuidar a tu Tim?
    – ¡Por supuesto que no! Necesito tres meses de vacaciones a partir de ahora mismo, sin aviso ni nada, lo cual me apena bastante, pero ni yo voy a dejar mi trabajo ni Tim va a dejar el suyo. Nos irá mejor a los dos si seguimos frecuentando a la gente. Si dejáramos de trabajar y no viéramos a nadie más sino a nosotros mismos, pronto nos echaríamos a perder.
    – Me encantaría asistir a tu casamiento, Mary. Tú sabes cuánto te aprecio, y aunque no conozco a Tim, a él lo aprecio también porque hizo cambiar tu vida.
    – Y a mí me gustaría mucho teneros, a ti y a Tricia, en mi casamiento.
    – ¿Cuándo será?
    – El próximo viernes en la noche, en la oficina del Registro Civil.
    – Entonces, ¿por qué no empiezas a gozar de tu permiso ahora mismo? Si voy a tener que aguantar a Celeste Murphy durante tres meses, más vale que me enfrente al mal paso lo antes posible.
    – Te lo agradezco mucho, pero no, gracias. Yo seguiré viniendo hasta el próximo jueves. Hasta entonces no necesito faltar al trabajo.
    Emily Parker oyó las noticias llena de gozo. Esa noche, Mary la invitó después de la cena y se lo comunicó.
    – Dios no desampara a nadie, querida; es precisamente lo que los dos necesitan. Estoy emocionada; de veras emocionada. A la salud de ustedes y que sean muy felices.
    – ¿Asistirá usted a mi boda?
    – ¡Vaya, no me perdería eso por nada en el mundo! ¡Que tenga mucha suerte, señorita Horton! ¡Estoy orgullosa de usted!
    Esa misma noche, Mary fue a visitar a Harry Markham una vez que logró al fin empujar a Emily Parker al otro lado de los laureles.
    Harry miró a su visitante con aire de curiosidad, preguntándose dónde la había visto antes, pero sin poder reconocerla.
    – ¿Recuerda usted haber renovado la casa de la señora Emily Parker en Artarmon hace más de dos años, señor Markham?
    – Sí, claro.
    – Yo soy Mary Horton, la vecina de al lado de la señora Parker.
    El rostro de él se iluminó.
    – ¡Oh, correcto, correcto! -exclamó-. Ya me decía yo que la había visto en alguna parte.
    – No vine a tratar ningún negocio, señor Markham. Vine a hablar de Tim Melville.
    – ¿De Tim Melville?
    – Así es; de Tim Melville. Tal vez sea para usted toda una sorpresa, señor Markham, pero me voy a casar con Tim el viernes próximo.
    El pobre de Harry carraspeó y tragó saliva durante todo un minuto antes de encontrar la voz necesaria para decir, con una especie de graznido:
    – ¿Qué se va usted a casar con el Lerdo Tim?
    – Así es. El viernes próximo. Bajo otras circunstancias, conociendo por la señora Parker qué clase de bromas les gusta a ustedes jugarle a Tim, me vería yo tentada a convencerlo de que se busque otro trabajo, pero a él siempre le ha gustado trabajar con usted y sus hombres por lo que me alegra que siga trabajando con ustedes.
    Los ojos de Harry se posaron en el elegante Bentley que estaba estacionado junto a la vereda. Recordó entonces que, según decían, ella era la mujer más rica de Artarmon y decidió que bien valía la pena aplacarla.
    – ¡Vaya! -exclamó-. ¡Si rebuznara un burro me caería de la impresión, señorita Horton! ¡Ésa sí que es noticia!
    – Estoy segura que lo es, señor Markham. Sin embargo, no tengo mucho tiempo y quisiera ser tan breve como sea posible. Hay un par de cosas que debemos decidir ahora mismo. En primer lugar, ¿desea usted retener a Tim a su servicio aunque él se tome tres meses de permiso a partir del jueves próximo? Segundo, si desea que siga trabajando con usted, ¿está usted dispuesto a decirles a sus hombres que no armen alboroto por lo del matrimonio de Tim?
    Todavía vacilante, Harry sacudió la cabeza.
    – ¡Qué diablos, señorita Horton, no sé qué decir!
    – Entonces le sugiero que se decida, señor Markham. No puedo estarme aquí toda la noche.
    Él lo pensó durante un momento.
    – Bien -dijo al fin-, para serle sincero, señorita Horton, me gusta Tim, y a mis operarios también les gusta. Además, me parece que es el mejor tiempo para que se vaya a descansar tres meses, porque ya viene el verano y podré encontrar a un estudiante o dos como obreros temporales, aunque se necesitarían varios de ellos para llenar el puesto de Tim, así de inútiles son esos sinvergüenzas. Tim ya lleva conmigo doce años y trabaja muy bien. Tendría que pasarme más de tres meses para poder encontrar otro obrero tan alegre, tan comedido y tan digno de confianza como Tim por lo que, si a usted le conviene, me gustaría conservar al muchacho.
    – Perfectamente -repuso ella-. En cuanto al punto número dos, espero que tenga usted el buen tino de comprender que sería muy malo para Tim que le hicieran burla por lo de su matrimonio. Yo no tengo nada en contra de las bromas pesadas que le juegan y las demás cosas que le hacen y que Tim parece aceptar como algo natural. A él en realidad no le afectan gran cosa. Sin embargo, el asunto de su matrimonio tiene que ser absolutamente tabú, y yo le doy a usted mi palabra de que si alguna vez sé que lo han avergonzado o humillado porque se haya casado con una solterona rica, los haré pedazos a usted y a los de su cuadrilla tanto moral como económicamente. Yo no puedo evitarles qué discutan el asunto entre ustedes y, de hecho, ni siquiera se me ocurriría hacerlo ya que estoy segura de que es un punto de chismorreo verdaderamente interesante e intrigante. Pero cuando Tim esté presente, el asunto nunca deberá mencionarse, si no es para desearle las felicitaciones de costumbre. ¿Está claro?
    Mary Horton era un adversario de mucho respeto para Harry Markham, de modo que éste cedió sin objeción alguna.
    – Sí, claro, señorita Horton. Lo que usted diga, señorita Horton.
    Mary le extendió la mano.
    – Muchísimas gracias, señor Markham -contestó-. Le agradezco mucho su cooperación. Buenas noches.
    El que seguía en la lista de Mary era el ginecólogo. Habiendo decidido qué era lo que tenía que hacer, Mary atacaba los obstáculos uno por uno, en su debido orden, y gozaba al hacerlo más de lo que se había imaginado. Ése era su elemento, el hacer cosas; ninguna duda la inquietaba, no había titubeos una vez que había decidido qué hacer.
    En el consultorio del ginecólogo, ella le explicó la situación tranquilamente.
    – No me es posible correr el riesgo de un embarazo, doctor, y estoy segura de que usted ve el porqué. Supongo que tendrán que hospitalizarme para hacerme un ligamento de trompas, así que se me ocurrió que mientras estoy allí y ustedes me estén hurgando, tal vez pudieran hacer algo sobre el hecho de que soy una virgen intacta. Yo no puedo hacer peligrar estas relaciones evidenciando la menor muestra de dolor, y entiendo que, a mi edad, es muy doloroso para una mujer el comenzar su actividad sexual.
    El ginecólogo se llevó una mano a la cara rápidamente para encubrir una sonrisa involuntaria; más que la mayoría de hombres, conocía esa clase de mujeres como Mary Horton, pues había muchas de ellas trabajando en hospitales australianos. Esas solteronas dedicadas a su trabajo, pensó, son todas iguales. Bruscas, de un gran sentido práctico, desconcertantemente lógicas y, a pesar de todo eso, mujeres hasta le médula, llenas de orgullo, de sensibilidad y de una curiosa suavidad. Dominada ya su risita, hizo sonar su pluma en el escritorio y miró gravemente a Mary.
    – Creo que estoy de acuerdo con usted, señorita Horton. ¿Sería ahora tan amable de pasar detrás de ese biombo y despojarse de sus ropas? En un momento vendrá una enfermera a entregarle una bata.
    El sábado por la mañana Tim era ya el único al que no le habían dicho nada. Mary le había pedido a Ron que no mencionara el asunto, pero se negó a llevarse a Tim a la casa de campo si no los acompañaba Ron.
    – Por supuesto, tiene usted que venir con nosotros, Ron -dijo con tono firme-. ¿Por qué habría de ser diferente? Todavía no estamos casados, usted ya sabe. Me las puedo arreglar para llevarme a Tim a solas para decírselo.
    La oportunidad se presentó en la tarde; Ron fue a dormir una siestecita, según confesó en voz alta, haciéndole un guiño significativo a Mary, y se dirigió a su dormitorio.
    – Tim -sugirió Mary-, ¿por qué no vamos un rato a la playa y nos sentamos un rato al sol?
    Tim se puso de pie al instante, con una amplia sonrisa.
    – ¡Ah! -contestó inmediatamente-. Es una idea magnífica, Mary. ¿Ya hace bastante calor como para nadar?
    – No lo creo, pero, de todas maneras, no importa. Quiero hablar contigo un rato, no nadar.
    – Me gusta hablar contigo, Mary -le confió él-. Hace tanto tiempo que no hablamos.
    – ¡No seas adulón! -regañó amorosamente y soltó la risa-. Siempre estamos hablando.
    – Pero no de la misma manera como cuando dices, «Tim, quiero hablar contigo». Ésas son las conversaciones que más me gustan porque tienes algo bueno que decirme.
    Mary abrió los ojos aún más, asombrada.
    – ¡Vaya que eres perspicaz! Vamos, entonces; no perdamos más el tiempo.
    Era algo difícil librarse de un golpe del estado de ánimo intensamente práctico y lleno de energía de los pocos días anteriores, y durante un rato siguió sentada en la arena en silencio, tratando de descender de sus alturas de brusquedad escueta. El adoptar esa actitud había sido algo esencial para su bienestar mental pues sin ella jamás se las hubiera arreglado para decir y hacer todo lo que se necesitaba, ya que cualquier señal de vulnerabilidad habría dado como resultado algún desastre. Ahora, sin embargo, la dureza ya no era necesaria y había que descartarla.
    – Tim, ¿tienes alguna idea de lo que es el matrimonio?
    – Creo que sí. Es como papá y mamá y lo que mi Dawnie hizo hace poco.
    – ¿Y puedes decirme algo más al respecto?
    – ¡Cielos, yo no sé! -dijo, pasándose una mano por el espeso cabello dorado y haciendo una mueca-. Significa que uno se va a vivir con alguien con el que no vivía antes, ¿no es así?
    – En parte -repuso ella, volviéndose hacia él-. Cuando eres un hombre crecido y ya no eres un niño, acabas encontrándote con alguien que te gusta tanto que piensas en irte a vivir con esa persona en lugar de vivir con papá y mamá. Y si a esa persona que te gusta tanto, tú también le gustas de igual modo, entonces los dos van a un sacerdote o a un ministro o a un juez y se casan. Los dos firman un papel y el firmar ese pedacito de papel significa que ya están casados y que pueden vivir juntos por el resto de su vida sin ofender a Dios.
    – ¿Y significa realmente que pueden vivir juntos por el resto de su vida?
    – Sí.
    – Entonces, ¿por qué no me puedo casar contigo, Mary? Me gustaría casarme contigo, me gustaría verte toda vestida como una princesa de un cuento de hadas con un largo vestido blanco al igual que Dawnie y como está mamá en la foto de su casamiento, la que está en el vestidor de su cuarto.
    – Muchas muchachas se ponen un vestido blanco de cola cuando se casan, Tim, pero no es el vestido blanco de cola lo que hace a una estar casada, sino el pedacito de papel.
    – Pero mamá y Dawnie llevaron vestidos largos -sostuvo él tercamente enamorado de la idea.
    – ¿De veras te gustaría casarte conmigo, Tim? -interrogó Mary, haciendo que la atención de él se desviara del vestido blanco de cola.
    Tim asintió con la cabeza vigorosamente, sonriéndole.
    – ¡Oh, sí! ¡De veras me gustaría casarme contigo, Mary! Así podría vivir contigo todo el tiempo y no tendría que regresar a casa los domingos en la noche.
    El río seguía su camino rumbo al mar, lamiendo sus riberas y murmurando pacíficamente; Mary se espantó una terca mosca que le rondaba la cara.
    – ¿Querrías entonces vivir conmigo más que vivir con tu padre?
    – Sí. Papá pertenece a mamá y ya sólo espera poder ir a dormirse con ella debajo de la tierra, ¿no es así? Yo te pertenezco a ti, Mary.
    – Pues bien; tu padre y yo estábamos hablando de ti la otra noche, cuando regresamos después de haber ido a ver al señor Martinson, y decidimos que sería una buena idea que tú y yo nos casáramos. Nos preocupa mucho lo que pueda sucederte, Tim, y no hay nadie en todo el mundo que nos guste más que tú.
    Los ojos azules chispearon con la luz que el río reflejaba.
    – ¡Oh, Mary! ¿Lo dices de verdad? ¿Lo dices en serio? ¿Te casarás conmigo?
    – Sí, Tim. Me voy a casar contigo.
    – ¿Y entonces podré irme a vivir contigo, de veras puedo pertenecerte?
    – Sí.
    – ¿Podremos casarnos hoy mismo?
    Ella parpadeó ante el resplandor del río, súbitamente triste.
    – Hoy no, querido -repuso-, pero muy pronto. El próximo viernes.
    – ¿Y papá sabe cuándo va a ser?
    – Sí. Sabe que es el próximo viernes. Ya todo está arreglado.
    – ¿Y llevarás puesto un vestido blanco de cola como hicieron mamá y mi Dawnie?
    Ella sacudió la cabeza.
    – No, Tim -contestó-. No puedo hacerlo. Me gustaría llevar un largo vestido blanco porque a ti te gusta, pero tardan mucho tiempo en hacer uno y ni tu padre ni yo queremos esperar tanto.
    El desencanto ensombreció su sonrisa por un momento, pero ésta volvió a renacer al instante.
    – ¿Y no tendré que irme a casa después de eso?
    – Tendrás que hacerlo durante un poquito de tiempo, porque yo tengo que irme al hospital.
    – ¡Oh, Mary, no! ¡Tú no puedes ir al hospital! ¡Por favor, por favor no vayas al hospital! -los ojos se le habían llenado de lágrimas-. ¡Te morirás, Mary! ¡Te irás de mí a dormir bajo la tierra y ya no volveré a verte!
    Mary se inclinó y le tomó las manos en un apretón fuerte y confortante.
    – ¡Vamos, vamos, Tim! -le consoló-. El que vaya al hospital no quiere decir que vaya a morirme. Simplemente porque tu mamá murió cuando fue al hospital, eso no significa que yo también me vaya a morir. Muchas y muchas y muchas personas van al hospital y vuelven a salir de él y no se mueren. El hospital es un lugar al que uno va cuando está enfermo y quiere ponerse bien. A veces uno está tan enfermo que ya no puede ponerse bien, pero yo no estoy enferma como lo estaba tu madre, ¿verdad? Yo no estoy débil ni me duele nada, ¿o sí? Pero fui a ver al médico y él quiere arreglar algo en mí que no está del todo bien, y quiere hacerlo antes de que tú vengas a vivir conmigo para que yo esté muy bien para ti.
    Era difícil hacer que le creyera, pero después de un rato Tim se calmó y pareció aceptar el hecho de que Mary no iba al hospital a morirse.
    – ¿Entonces, estás segura de que no vas a morirte?
    – Así es, Tim. Estoy segura de que no voy a morirme. Todavía no puedo morirme. No permitiré que eso suceda.
    – ¿Y nos casaremos antes de que te vayas al hospital?
    – Sí. Todo está arreglado para el próximo viernes.
    Él se echó hacia atrás, apoyando el cuerpo en las manos extendidas y suspiró felizmente; luego rodó sobre sí mismo rumbo a la orilla del agua, hasta que terminó en ésta, riéndose lleno de gozo.
    – ¡Voy a casarme con Mary, voy a casarme con Mary! -canturreó, echando agua a Mary cuando ésta se acercó a la orilla del río.

25

    En honor de la ocasión, Mary se presentó para su casamiento con un vestido de tusón color durazno, con un sombrerito del mismo color y un modesto ramito de rosas en la solapa. Los invitados a la boda habían quedado en reunirse en el lado del parque Hyde de la plaza Victoria, precisamente frente a las oficinas del Registro Civil. Mary dejó el automóvil en el estacionamiento subterráneo de Domain y tomó la escalera mecánica hasta la salida de la calle College, cruzando después el parque. Archie le había ofrecido llevarla en su coche pero ella no había aceptado.
    – Tengo que irme directamente del casamiento al hospital, así que es mejor que lleve yo mi propio automóvil.
    – ¡Pero deberías permitirme que te lleve, querida! -había protestado él-. ¿Crees que tú vas a conducir desde el hospital hasta tu casa cuando te den de alta?
    – Por supuesto. Es un hospital privado muy grande y lo manejan como un hotel de lujo. Voy a estarme en él mucho más tiempo del que es realmente necesario para estar segura de que estoy perfectamente bien cuando regrese a casa. No quiero desilusionar a Tim llegando a casa y no permitiéndole que se quede conmigo.
    Él la había observado, con aire de extrañeza.
    – Bueno -respondió intrigado-, supongo que sabes lo que estás haciendo, porque siempre es así; he aprendido a conocerte, querida Mary.
    Ella le sacudió el brazo afectuosamente.
    – ¡Querido Archie; tu fe en mí es conmovedora!
    Así pues, había llegado sola a su casamiento y fue la primera en llegar a la esquina del parque. Archie y Tricia aparecieron a los pocos minutos y la señora Parker hizo acto de presencia casi a la zaga de ellos luciendo una sorprendente confección de chiffon cereza y azul eléctrico, y después Tim y Ron emergieron de la entrada del subterráneo a unos cuantos pasos de distancia. Tim lucía el traje azul que había llevado en el casamiento de Dawnie. Ron, el traje que se había puesto para el funeral de Esme. Permanecieron de pie bajo el claro y brillante sol, conversando de cosas sin importancia y luego Tim le entregó una cajita, poniéndosela en las manos con precipitación cuando nadie los veía. Claramente, se notaba que estaba nervioso y no muy seguro de sí mismo; ocultando la cajita en la mano, Mary se lo llevó consigo a unos cuantos pasos de distancia de los otros y les dio la espalda mientras rompía la mal hecha envoltura del paquetito.
    – Papá me ayudó a elegirlo porque yo quería darte algo y papá dijo que estaba muy bien que yo te diera algo. Fuimos al Banco y saqué dos mil dólares y luego fuimos a esa gran joyería que está en Castlereagh, cerca del «Hotel Australia».
    Dentro de la cajita había un pequeño broche con un magnífico ópalo negro en el centro y diamantes alrededor formando la figura de una flor.
    – Me hizo acordar de tu jardín en la casa de campo, Mary. Todos los colores de las flores y el sol brillando encima de ellas -explicó Tim.
    Las rosas de té de la solapa cayeron al quemante asfalto y se quedaron ahí, sin que nadie les hiciera el menor caso; Mary sacó el broche de su almohada de terciopelo y se lo alargó a Tim, sonriendo a través de un velo de lágrimas.
    – Ya no es mi jardín, Tim -dijo-. Ahora es nuestro jardín. Ésa es una de las cosas que hace el matrimonio, hace que todo lo que uno posee sea también del otro, así que mi casa y mi automóvil y mi casa de campo y mi jardín te pertenecerán igual que a mí después que nos casemos, ¿Quieres prendérmelo, por favor?
    Tim siempre había sido diestro y rápido con las manos, como si ellas hubieran quedado inmunes a su impedimento físico; tomó el borde de la solapa entre los dedos e insertó el alfiler en la tela con toda facilidad, abrochó el seguro y luego la cadena de seguridad.
    – ¿Te gusta, Mary? -preguntó con un tono de ansiedad en la voz.
    – ¡Oh, Tim! ¡Me encanta! Nunca he tenido nada tan hermoso en toda mi vida y nadie me había dado antes un broche. Lo guardaré toda mi vida. Yo también tengo un regalo para ti.
    Era un grueso reloj de oro, bastante caro, y Tim se mostró encantado con él.
    – ¡Oh, Mary! -exclamó-. Te prometo que trataré de no perderlo. ¡Te lo prometo de veras! Ahora que ya sé leer la hora, es muy lindo tener mi propio reloj. ¡Y es tan hermoso!
    – Y, si lo pierdes, simplemente compraremos otro. No te preocupes por eso, Tim.
    – No lo perderé, Mary. Cada vez que lo mire me acordaré que tú me lo diste.
    – Vamos ya, Tim. Es hora.
    Archie la tomó ligeramente del codo para ayudarla a cruzar la calle.
    – Mary -le dijo-, nunca me dijiste que Tim fuera un joven tan espectacular.
    – Efectivamente; nunca te lo dije. Es un poco embarazoso. Me siento como una de esas viejas emperifolladas que una ve rondando en los lugares de recreo para los turistas con la esperanza de enganchar a algún muchacho caro, pero guapo -el brazo que Archie sostenía temblaba un poco-. Para mí todo esto es algo terrible, Archie. Es la primera vez que me expongo a las curiosas miradas del público, ¿Puedes imaginarte lo que todos van a pensar cuando se den cuenta de quién se está casando con quién? Ron se ve como un esposo más adecuado para mí que Tim.
    – No dejes que eso te preocupe, Mary. Estamos aquí para apoyarte y eso es lo que vamos a hacer. Me cae muy bien tu vieja vecina, y tenía que decírtelo. Me voy a sentar junto a ella durante la cena. Tiene el vocabulario más extenso que me he encontrado desde hace mucho. ¡Míralas, a ella y a Tricia, hablando como dos viejas conocidas!
    Mary lo miró agradecidamente.
    – Gracias, Archie. ¡Siento tanto el no poder asistir a mi propia cena de bodas! Pero quiero dejar terminado este asunto del hospital de una vez por todas, y si lo dejo para después de la cena, mi doctor no me pondrá en su lista de operaciones para mañana, lo cual significa tener que esperar toda una semana ya que sólo opera ahí los sábados.
    – Está bien, querida. Nos tomaremos tu parte de champagne y nos comeremos tu porción de chateaubriand.
    Como había testigos suficientes en la ceremonia de bodas, sólo un par de fascinados ojos no dejaron ni un solo momento de contemplar fijamente a la extraña pareja: los del funcionario que representaba a la ley de Su Majestad.
    El casamiento quedó realizado en pocos minutos y resultó un poco decepcionante por su falta de ceremonia o solemnidad. Tim contestó con voz firme a las preguntas que le hicieron, gracias a que su padre lo había preparado muy bien; Mary fue la que titubeó en un par de ocasiones. Ambos firmaron los documentos necesarios y salieron de la oficina sin percatarse de que el anciano funcionario que los había casado ni siquiera se había dado cuenta de que Tim era un retrasado mental y que no había pensado que en esa pareja hubiera algo de extraño a ese respecto; muchos jóvenes bien parecidos se casaban con mujeres lo bastante mayores que ellos como para que fueran sus madres. Lo que sí le extrañó fue que no se hubieran intercambiado los besos de costumbre.
    Mary los dejó en la misma esquina donde se habían reunido y tomó a Tim de un brazo ansiosamente.
    – Ahora vas a esperarme con toda paciencia y no te preocuparás por mí, ¿me lo prometes? Todo saldrá bien.
    Tim se veía tan feliz que Tricia Johnson y Emily Parker sintieron ganas de llorar tan sólo de ver la expresión de su rostro; la única sombra que opacaba un poco la brillantez de ese día era la brusca partida de Mary, pero ni siquiera eso lo deprimió por largo rato. Había firmado el papelito y lo mismo había hecho Mary; ahora se pertenecían el uno al otro y él podía esperar todo lo que fuera necesario antes de empezar a vivir con ella.
    La operación le causó a Mary molestias y un poco de mal humor durante algunos días, pero pronto empezó a recuperarse; de hecho, con mayor rapidez de lo que su ginecólogo había esperado.
    – Está usted en unas condiciones físicas excelentes -le informó mientras le quitaba los puntos-, pero así me lo esperaba yo. A las mujeres mayores como usted se necesita un hacha para poder matarlas. En lo que a mí respecta, podría usted irse a su casa mañana mismo, pero puede quedarse aquí todo el tiempo que quiera. Como ya habrá notado, esto no es un hospital, sino un maldito palacio. Firmaré los documentos que la dan de alta ahora y entonces podrá usted marcharse cuando quiera, esta semana, o la que entra, o el mes que viene. Pasaré a saludarla si la próxima vez que vengo todavía está usted aquí.

26

    Al final de cuentas, Mary estuvo en el hospital cinco semanas, gozando casi de la íntima tranquilidad de la vieja casona que miraba a las tranquilas aguas de la bahía Rose y, en cierto modo, evitando el pensamiento de que tenía que encontrarse con Tim. A nadie le había dicho a qué hospital iría para que la operaran, excepto al enjuto hombrecito que se encargaba de sus asuntos legales, y las postales trabajosamente escritas por Tim que a diario recibía le eran enviadas por mediación de la oficina de dicho hombrecito. Se notaba que Ron debía ayudarlo bastante a escribirlas, pero la letra era la de Tim así como la fraseología. Las postales quedaban guardadas amorosamente en una cajita junto a su cabecera.
    Durante las dos últimas semanas de su estancia ahí, Mary nadó bastante en la piscina del hospital y jugó un poco de tenis, acostumbrándose deliberadamente a los movimientos bruscos y al ejercicio.
    Cuando al fin abandonó el lugar, se sentía como si nada hubiera sucedido y el conducir hasta su casa no le significó esfuerzo alguno.
    La casa de Artarmon era un ascua de luz cuando ella metió el automóvil en la cochera y entró por la puerta del frente. Emily Parker era una mujer de palabra, pensó Mary, complacida: la anciana le había prometido que la casa se vería como si estuviera ocupada.
    Mary puso en el suelo la maleta y se sacó los guantes, depositándolos en la mesita del pasillo junto con su cartera; luego, entró en la sala de estar. El teléfono parecía agrandarse como un monstruo frente a sus ojos, pero no llamó a Ron para avisarle que ya estaba en casa: había tiempo de sobra para eso; lo haría al día siguiente, o al otro, o al tercer día.
    En la sala predominaba todavía el color gris, pero ahora ya había en las paredes varios cuadros, y manchones de un vivo rojo rubí, como carbones encendidos de un fuego disperso, se veían por toda la habitación. Sobre la repisa de la chimenea había un florero de cristal sueco de un rojo encendido y una piel teñida de un rojo rubí se extendía sobre parte de la alfombra como un lago de sangre. Era muy agradable estar de vuelta en el hogar, pensó ella, contemplando aquel inanimado testimonio de su riqueza y su buen gusto. Pronto lo estaría compartiendo con Tim, quien había tenido participación en la generación de todo eso; pronto, pronto… Pero «¿de veras deseo compartirlo con él?», se preguntó, recorriendo la habitación arriba y abajo. ¡Qué extraño era todo!, mientras más se acercaba el momento de que él entrara en su vida, más se resistía a que ocurriera.
    El sol se había puesto hacía ya una hora y Occidente estaba tan oscuro como el resto del mundo, pero las luces de la ciudad se reflejaban en las nubes bajas dándoles un tono rojizo. Sin embargo, la lluvia había caído más al oeste, dejando a Artarmon expuesto al polvo del verano. «¡Qué lástima!», pensó, «no nos caería mal que lloviera un poco por aquí; mi jardín está sediento». Entró en la oscura cocina y miró por la ventana sin encender las luces de la cocina ni del patio de atrás, tratando de ver si había alguna luz en la casa de Emily Parker. Sin embargo, los laureles le estorbaban la vista; tendría que salir al patio para poder ver mejor.
    Sus ojos ya estaban bien acostumbrados a la oscuridad cuando salió por la puerta trasera, caminando como un gato, como siempre, y por un instante se detuvo, inhalando el perfume de las primeras flores del verano y el lejano olor de la tierra mojada, que la llenaba deliciosamente. ¡Era tan hermoso estar en casa!… si no fuera porque en un rincón de su mente la estaba consumiendo el espectro de Tim.
    Casi como si de una manera consciente pudiera formar su imagen en sus pensamientos, la silueta de la cabeza y del cuerpo de él se destacó contra el cielo distante y lloroso. Estaba sentado junto al barandal de la terraza, aún desnudo y salpicado del agua de su baño nocturno, con el rostro alzado a la noche sin estrellas como si, arrobado, estuviera escuchando la cadencia de una música que estaba más allá de las limitaciones de los oídos de ella, tan apegados a la tierra. La poca luz que aún quedaba se había fundido en su cabello brillante y se aferraba en tenues líneas iridiscentes a los contornos de su rostro y del torso, donde la aterciopelada piel se estiraba lisamente sobre los quietos músculos dormidos. Hasta los párpados eran visibles, cerrados por completo para esconder sus pensamientos a la noche.
    Un mes… más de un mes ha pasado, pensó ella; ha pasado más de un mes desde la última vez que lo vi, y aquí está, como una ficción de mi imaginación, como un Narciso, arropado en sus sueños, asomándose a su estanque. ¿Por qué siempre me golpea su belleza con tanta fuerza cuando vuelvo a verlo después de un tiempo?
    Caminó en silencio sobre las losas y se puso detrás de él, viendo cómo la columna de tendones de uno de los lados de su garganta brillaba como un pilar de hielo, hasta que ya no le fue posible resistir ni un momento más la tentación de tocarlo. Los dedos se le cerraron suavemente en el hombro desnudo y se inclinó hacia delante hasta descansar el rostro en su cabello húmedo, con los labios rozándole apenas la oreja.
    – ¡Oh, Tim, es tan maravilloso que estés aquí, esperándome! -murmuró.
    La llegada de Mary no lo sorprendió y, por lo tanto, no se movió; era casi como si hubiera sentido su presencia en la quietud, como si la hubiera sentido detrás de él en el seno de la noche. Pasados unos momentos, él se echó hacia atrás un poquito; Mary le rodeó la cabeza con un brazo y le pasó el otro por la cintura estrechándolo firmemente contra ella. Los músculos del abdomen se estremecieron cuando la mano de Mary los acarició, y luego se quedaron totalmente quietos, como si él hubiera dejado de respirar; Tim volvió la cabeza hasta que pudo mirarla a la cara. Había una remota calma en él y los ojos que la investigaban con tanta seriedad tenían el velo plateado que siempre la dejaba fuera al mismo tiempo que la aprisionaba, como si vieran en ella a la mujer, pero no a Mary Horton.
    Cuando su boca tocó la de ella, él alzó las dos manos para aferrarse al brazo que se le había cerrado sobre el pecho. Esta vez el beso fue muy diferente del primero que le había dado, lleno de una languidez tan sensual que a Mary le pareció extraña y cautivante, como si la criatura a la que había sorprendido perdida en una ensoñación no fuera Tim sino la personificación de la suave noche de verano. Incorporándose del barandal en el que había estado reclinado, él la estrechó en sus brazos y la levantó, sin miedo ni titubeo.
    Con ella en brazos se internó en el jardín, con el césped produciendo un sonido casi inaudible bajo sus pies desnudos. Medio inclinándose para protestar y pedirle que regresara a la casa, Mary hundió el rostro en el cuello de Tim y apretó los labios, rindiendo su razón al propósito de él, extraño y silencioso. El joven la hizo sentarse en la hierba, en la densa sombra de los laureles, y se arrodilló a su lado; luego sus dedos empezaron a explorarle delicadamente el rostro. Mary se sentía tan traspasada de amor por él que parecía no poder ver ni oír y se inclinó hacia delante como un muñeco de trapo desacomodado por un descuidado toque de los dedos, con las manos caídas a los costados y la cabeza hundida en el pecho. Él la mantuvo así, hurgándole el cabello hasta que éste quedó completamente suelto sobre la espalda, y las manos de ella se acunaron, inútiles, sobre los muslos.
    Después del cabello, Tim se ocupó de las ropas de Mary, quitándoselas tan parsimoniosamente y con tanta seguridad como una niña desvistiendo a una muñeca, doblando con todo cuidado cada prenda y colocándola a un lado. Mary se había encogido sobre sí misma, tímida y con los ojos cerrados. En cierta manera, los papeles se habían cambiado e, inexplicablemente, él era el que dominaba la situación.
    Terminada la tarea de desvestirla, él la acostó, hizo que los brazos de ella le rodearon la espalda y él mismo la abrazó estrechándola contra su cuerpo. Mary suspiró; por primera vez en su vida sentía un cuerpo desnudo a todo lo largo del suyo y, en cierta extraña manera, no había nada que hacer sino abandonarse a la sensación que ese cuerpo le comunicaba, cálido, ajeno e intensamente vivo. El trance como de ensueño en que se sentía sumida se fundió en un sueño más agudo y más real que todo el mundo que había fuera de la oscuridad de los laureles; de un momento a otro, la sedosa piel que ella sentía bajo sus manos cobraba forma y sustancia: era la piel de Tim; no había nada más que eso bajo las estrellas, nada más que la vida le ofreciera, sino el sentir a Tim dentro de sus brazos. Nada sino el mentón de Tim en el cuello y, nada sino las manos de Tim, los hombros y el sudor de Tim goteando sobre ella. De pronto se dio cuenta de que él temblaba, de que el insensato deleite que lo desbordaba era a causa de ella, de que no importaba el que la suya fuera la piel de una muchacha joven o de una mujer de edad madura mientras Tim estuviera encima, dentro de sus brazos y dentro de su mismo cuerpo, mientras fuera ella, Mary, la que le estuviera dando eso, ese placer tan puro y tan irracional al que él llegaba desencadenado, libre de las ataduras que a ella siempre la habían ligado; a ella, la que siempre pensaba.
    Cuando la noche avanzó y la oscura lluvia del oeste desapareció tras las montañas, Mary se apartó de él y, apretando contra el pecho el pequeño bulto de sus ropas, se arrodilló.
    – Debemos entrar en la casa, querido -murmuró; uno de sus brazos había quedado extendido y, con el largo cabello, Mary lo rozó donde había estado su cabeza-. Ya falta poco para que amanezca. Debemos entrar ahora.
    El muchacho se incorporó y, tomándola en brazos, la llevó adentro inmediatamente. Las luces seguían encendidas en la sala; estirando el brazo por encima de la espalda de Tim, las fue apagando una a una hasta que llegaron al dormitorio. Él la depositó en la cama y la hubiera dejado sola si Mary no lo hubiera detenido, atrayéndolo con los brazos.
    – ¿A dónde vas, Tim? -interrogó y se hizo a un lado haciendo espacio para él-. Ahora ésta es tu cama.
    Tim se estiró a su lado, y le rodeó los hombros con el brazo. Ella colocó la cabeza en uno de sus hombros y, con una mano sobre su pecho, empezó a acariciarlo suavemente. De pronto cesó el pequeño, tierno movimiento y ella se endureció contra el cuerpo de él, con los ojos muy abiertos y llena de miedo. Era demasiado para poder soportarlo; se incorporó sobre un codo y, pasando un brazo por encima de él, dirigió la mano a la lámpara que había sobre la mesa de luz.
    Desde su silencioso encuentro en el jardín, Tim no había hablado una sola palabra y, de pronto, su voz era lo único que deseaba oír; si él no hablaba, ella sabría que, en cierto modo, Tim no había estado ni estaba con ella.
    El muchacho estaba con los ojos muy abiertos, mirándola sin siquiera parpadear cuando la luz lo alumbró y lo inundó de improviso. El rostro tenía una expresión melancólica y un poco seria y tenía un aire que ella jamás le había visto antes, una especie de madurez que jamás había notado. ¿Sus ojos habían estado ciegos, o el rostro de él había cambiado? El cuerpo ya no le era extraño ni le estaba prohibido y ella podía mirarlo libremente, con amor y respeto porque encerraba a una criatura tan viva y tan completa como ella misma. ¡Qué azules eran sus ojos, qué exquisitamente conformada era su boca, cuán trágico el pequeño pliegue del lado izquierdo de sus labios! ¡Y qué joven era… qué joven!
    Tim parpadeó y dejó de mirar el infinito para contemplar el rostro de Mary; sus ojos se detuvieron un instante en las cansadas, preocupadas líneas que había en él, y luego en la boca recta y fuerte, tan saciada de sus besos que los labios estaban hinchados.
    – Tim-preguntó ella-, ¿por qué no me hablas? ¿Qué es lo que he hecho? ¿Te desilusioné de algún modo?
    El joven tenía los ojos llenos de lágrimas y éstas le rodaban por el rostro y caían en la almohada, pero en sus labios amaneció una pequeña sonrisa adorable.
    – Una vez me dijiste que un día me sentiría yo tan feliz que lloraría y, mira. ¡Oh, Mary, estoy tan feliz que estoy llorando! ¡Estoy llorando!
    – ¡Pensé que estabas enojado conmigo! -Mary se derrumbó sobre el pecho de él, débil de tan aliviada que se sintió.
    – ¿Contigo? -una de sus manos se deslizó hacia la nuca de ella y ahí se entretuvo, jugando con los cabellos-. Jamás me enojaría contigo, Mary. Ni siquiera me enojé contigo cuando pensaba que ya no te gustaba.
    – Entonces, ¿por qué no me hablabas esta noche?
    Tim pareció sorprendido.
    – ¿Es que tenía que hablarte? -se sorprendió-. No creí que tuviera que hablarte. Cuando llegaste no pude pensar en nada que decirte. Todo lo que quería era hacer las cosas de las que me habló papá mientras estabas en el hospital, y cuando llegaste tenía que hacerlas, no podía detenerme a pensar.
    – ¿Así es que tu papá te habló de eso?
    – Sí. Le pregunté si todavía era pecado besarte ahora que estábamos casados y me dijo que no era pecado. También me habló de muchas otras cosas que podía hacer. Me dijo que debía saber cómo hacerlas porque, si no lo sabía, te lastimaría y llorarías. Yo no quiero lastimarte ni que llores, Mary. ¿Te lastimé o te hice llorar?
    Ella soltó la risa, apretándolo con fuerza.
    – No, Tim; ni me lastimaste ni me hiciste llorar. Ahí estaba yo, petrificada porque pensaba que a mí me correspondería hacerlo todo y no sabía si iba a poder hacerlo.
    – ¿De veras no te lastimé, Mary? Se me olvidó que papá me había dicho que no te lastimara.
    – Estuviste magnífico, Tim. Estaba en buenas manos. Tus manos de principiante. ¡Te amo tanto!
    – Ésa es una palabra mejor que gustar, ¿verdad?
    – Lo es. Cuando se usa adecuadamente.
    – La voy a guardar especialmente para ti, Mary. A todos los demás les diré que me gustan.
    – Así es exactamente como debe ser, Tim.
    Cuando la madrugada entró sigilosamente en el dormitorio y empezó a alumbrarlo con la clara y tierna novedad del día, Mary se quedó profundamente dormida y era Tim el que, con los ojos muy abiertos, miraba en dirección de la ventana, teniendo mucho cuidado en no moverse para no inquietarla. ¡Era tan pequeña y suave al tacto! ¡Olía tan bien y su cuerpo era tan tibio! Hubo una época en la que él acostumbraba, cuando estaba en la cama, apretar contra el pecho un osito de peluche, pero Mary era algo vivo y también podía abrazarlo a él; eso era mucho mejor. Cuando le quitaron el osito de peluche diciéndole que ya era bastante grande y ya no tenía que dormir con él, había llorado semanas enteras con los brazos vacíos apretados contra el pecho, como llorando la muerte de un amigo. En cierto modo él había comprendido que mamá no quería quitarle el osito, pero en una ocasión que regresó del trabajo llorando y les contó que Mick y Bill se habían reído de él porque dormía con un osito de peluche, mamá había decidido quitárselo y esa misma noche el osito había ido a parar al cubo de la basura. ¡Oh, la noche era tan grande, tan oscura y llena de sombras que se movían misteriosamente, que se erizaban, de garras y picos y dientes largos y afilados! Mientras él había tenido al osito para poder ocultar la cara en el cuerpo de peluche, las sombras no habían osado acercarse más que hasta la pared de enfrente, pero había necesitado mucho tiempo para acostumbrarse a tenerlas alrededor, apretándose contra su rostro indefenso y pinchándole la nariz. Después que mamá le había dado una lámpara más grande para que la mantuviera encendida por las noches, la situación había mejorado un poco, pero hasta la fecha aborrecía la oscuridad, estaba mortalmente llena de amenazas, plagada de enemigos emboscados.
    Olvidando que no tenía que moverse para no despertarla, volvió la cabeza para poder verla mejor y luego levantó la almohada hasta que quedó a un nivel más alto que ella. Fascinado, la estuvo contemplando largos minutos a la luz del día, cada vez más intensa, asimilando su ajeno aspecto. Sus senos lo apabullaban; no podía separar los ojos de ellos; el sólo pensar en ellos lo llenaba de excitación. Era como si las diferencias que había entre ellos hubieran sido inventadas precisamente para él; no tenía ninguna conciencia plena de que ella era exactamente como cualquier otra mujer. Ella era Mary y su cuerpo le pertenecía tan totalmente como el osito de peluche le había pertenecido; era suyo, únicamente suyo para aferrarse a él en la noche amenazante y defenderse del terror y de la soledad.
    Papá le había dicho que nadie la había tocado jamás, que lo que le daría iba a ser para ella algo ajeno y extraño y él había comprendido la magnitud de su responsabilidad mejor que un hombre con todas sus facultades mentales completas, porque había poseído muy pocas cosas ¡y eran tan pocos los que lo habían respetado! En el desatado ardor del ciego impulso de su cuerpo, no había podido recordar todo lo que papá le había dicho, pero, mirando hacia atrás, se prometió que lo recordaría todo mejor la próxima vez. Su devoción para con ella era totalmente desinteresada; parecía provenir de alguna parte fuera de él mismo y estaba compuesta de gratitud y amor y de una seguridad profunda y reconfortante. Cuando estaba con ella jamás sentía que era juzgado que le faltaba algo. Qué hermosa es, pensó, observando las líneas del rostro y la piel colgante, pero sin encontrar en ellas nada feo o indeseable. Él la contemplaba con unos ojos llenos de un amor total y, por lo mismo, suponía que todo lo que había en ella era hermoso.
    Al principio, cuando papá le había dicho que tenía que ir a la casa de Artarmon y esperar solo ahí que regresara Mary, no había querido. Pero papá lo había obligado y no le había permitido regresar a la calle Surf. Había esperado una semana entera, podando el césped, escardando los macizos de flores y recortando los arbustos todo el día, y luego vagando por la casa vacía por las noches hasta cansarse de tal modo que se dormía en cuanto ponía la cabeza en la almohada, pero con todas las luces encendidas para expulsar a los demonios de la oscuridad sin forma. Tim ya no pertenecía a la calle Surf, le había dicho papá, y cuando le había rogado a éste que lo acompañara, se había encontrado con una negativa rotunda. Recordando todo eso mientras el sol se levantaba, llegó a la conclusión de que papá había sabido exactamente lo que iba a suceder; papá siempre sabía.
    Esa noche el trueno había retumbado en el oeste y había un penetrante olor a lluvia en el aire. Las tormentas siempre lo habían asustado cuando era niño hasta que, un día, papá le había mostrado cuán rápidamente desaparecía el miedo si uno salía afuera a mirar lo hermoso que era todo, con los relámpagos cruzando la noche de tinta y los truenos bramando como un invisible y gigantesco toro. Así pues, él se había dado la ducha que acostumbraba todas las noches y, desnudo, había salido al patio a ver la tormenta, turbado e inquieto. Dentro de la casa los duendes se habrían precipitado a caerle encima desde todos los rincones, pero en el patio, con el viento húmedo alisándole la piel desnuda, no tenían ningún dominio sobre él y Tim había derivado hasta una insensible unidad con las criaturas no pensantes de la tierra. Era como si pudiera ver cada pétalo en cada oscurecida flor, como si los cantos de todos los pájaros del mundo inundaran su ser con una música sin sonido.
    Al principio sólo se había dado cuenta de su presencia de una manera confusa, hasta que aquella adorada mano le había quemado el hombro y lo había llenado de un dolor que no era dolor. Él no necesitaba poder razonar para adivinar el cambio que había tenido lugar en Mary, al admitir que a ella le encantaba tocarlo tanto como él anhelaba hacerlo. Se había recostado hacia atrás para sentir los senos de ella contra su espalda; la mano que le había pasado por el vientre lo había sacudido y electrificado y había contenido la respiración por miedo a que ella se desvaneciera en la noche. Aquel primer beso de hacía meses lo había hecho temblar con un deseo que no había sabido cómo saciar, pero ese segundo beso lo había llenado de un extraño poder triunfador, armado como ya estaba con lo que papá le había dicho. Había deseado sentir la piel de ella y sólo se había encontrado con una parte de la misma, obstaculizado por las ropas, pero se las había arreglado para dominarse hasta tal grado que había hecho lo que había que hacer: quitárselas con mucha delicadeza para no asustarla.
    Sus pasos lo habían llevado al jardín porque él odiaba la casa de Artarmon, que no sentía tan suya como la casa de campo, y no sabía dónde tomarla. Sólo en el jardín se sentía en su casa, así es que fue al jardín. Y en el jardín había sentido por fin sus senos, en el jardín donde él era simplemente una criatura más, podía olvidar que no era normal y perderse en la dulce y penetrante tibieza del cuerpo de Mary. Y se había perdido de esa manera durante horas, encendido con el indecible placer de sentirla y de saber que ella estaba con él todo el tiempo en cada parte de su ser.
    La tristeza había llegado cuando Mary lo había llevado al interior de la casa y él había comprendido que tenía que separarse. Se había aferrado a ella tanto como había podido, y la había llevado en brazos con el dolor de pensar que tenía que soltarla, preguntándose cuánto tendría que esperar para que lo maravilloso volviera a suceder. Había sido terrible depositarla en la cama y el volverse para salir del dormitorio; cuando ella lo había retenido y lo había hecho que se tendiera a su lado, él había obedecido lleno de asombro pues no se le había ocurrido preguntarle a papá si ellos tendrían que portarse exactamente como mamá y papá, y dormir juntos siempre toda la noche.
    Ése fue el momento en el que él supo que realmente pertenecía a Mary, que al fin podía dormir seguro bajo la tierra, en un sueño interminable, libre de temores, porque ella estaría por siempre junto a él, en la oscuridad. Ya nada podría volver a asustarlo: había conquistado el terror final al descubrir que ya jamás estaría solo. Su vida había sido siempre solitaria, desterrado del mundo pensante, siempre en algún perímetro exterior, mirando y deseando entrar a ese mundo y sin poderlo hacer. Pero ahora ya no importaba. Mary se había aliado con él de la manera última y más reconfortante. Y él la amaba, la amaba, la amaba…
    Volviendo a deslizarse en la cama puso la cara entre sus senos simplemente para sentir su suavidad. Ella despertó con una especie de ronroneo, abrazándolo tiernamente. Tim deseaba volver a besarla. Lo deseaba ardientemente, pero en vez de eso se sorprendió echándose a reír.
    – ¿Qué es lo que te da tanta risa? -preguntó ella soñolienta, estirándose con deleite.
    – ¡Mary, eres mucho más bonita que mi osito! -contestó él, riendo a pesar de sí mismo.

27

    Cuando Mary llamó por teléfono a Ron para comunicarle que ya había vuelto a casa y que Tim estaba bien y tranquilo, le pareció que la voz del hombre denotaba cansancio.
    – ¿Por qué no viene a estarse con nosotros unos cuantos días? -le pidió ella.
    – No, gracias, querida; mejor no. Estarán mejor sin que yo ande alrededor.
    – Eso no es cierto y usted lo sabe. Nos preocupamos por usted, lo extrañamos mucho y queremos verle. Le ruego que venga, Ron, o permítame pasar por usted con el coche.
    – No, de veras; por ahora no -su tono era decidido, determinado a salirse con la suya.
    – ¿Cuándo podremos ir a verle?
    – Cuando regresen al trabajo, pasen a verme una noche, pero no quiero verlos antes de entonces, ¿está bien?
    – No, no está bien, pero si así lo quiere usted, no hay nada que podamos hacer. Comprendo que usted piensa que está haciendo lo adecuado, que hay que dejarnos solos, pero está usted en un error, ¿sabe? A Tim y a mí nos gustaría verle.
    – Cuando regresen al trabajo, no antes -hubo una pequeña pausa; luego, su voz volvió a dejarse oír, esta vez más débil y lejana-. ¿Y cómo está Tim, querida? ¿Está bien? ¿Es realmente feliz? ¿Hicimos lo apropiado y ahora se siente mejor? ¿Tenía razón el señor Martinson?
    – Sí, Ron. Tenía razón. Tim es feliz. No ha cambiado en absoluto y, sin embargo, ha cambiado enormemente. Se ha asentado y se siente más seguro de sí mismo, más tranquilo, menos extraño.
    – Eso es todo lo que quería oír -su voz descendió hasta un murmullo-. Gracias, Mary. Ya nos veremos.
    Tim estaba en el jardín, trasplantando unos helechos a unas macetas. Con un contoneo y un porte al caminar que en ella era algo nuevo, Mary cruzó el jardín en su dirección, sonriendo. Él volvió la cabeza y le correspondió la sonrisa; luego, volvió a inclinarse sobre las frágiles hojas, desprendiendo un tallo podrido que desentonaba con el resto. Sentándose junto a él en el césped, ella reclinó la cabeza en su hombro, dejando escapar un suspiro.
    – Acabo de hablar con papá -dijo.
    – ¡Oh, qué bueno! ¿Cuándo va a venir?
    – Dice que no vendrá hasta que hayamos regresado los dos al trabajo. Traté de convencerlo de que viniera antes, pero no quiso. Él piensa que este tiempo nos corresponde a nosotros y eso es muy amable de su parte.
    – Me lo supongo, pero no era necesario que hiciera eso, ¿verdad? Las visitas no nos molestan. La señora Parker nos cae a cada rato y eso no nos disgusta.
    – Es extraño, Tim, pero así es. Es una buena viejecita.
    – A mí me cae bien -puso el helecho en el suelo y deslizó un brazo por la cintura de Mary-. ¿Por qué te ves tan linda estos días, Mary?
    – Porque te tengo a ti.
    – Yo creo que es porque no andas vestida siempre como si fueras al centro. Me gustas más sin zapatos ni medias y con el pelo suelto como ahora.
    – Tim, ¿qué te parecería si nos fuéramos a la casa de campo por un par de semanas? Todo está muy bien aquí, pero va a ser mejor en la casa de campo.
    – ¡Oh, sí! ¡Me encantaría! Antes no me gustaba mucho esta casa, pero se volvió muy linda cuando regresaste del hospital. Ahora sí siento que soy de este lugar. Sin embargo, la casa de campo es mi favorita.
    – Sí, ya lo sé. Vámonos ahora mismo, Tim; no hay nada que nos detenga aquí. Yo sólo deseaba saber qué era lo que papá quería hacer, pero como por ahora nos deja solos, podemos irnos.
    A ninguno de los dos se les ocurría ir más allá de la casa de campo; los grandiosos planes de Mary de llevar a Tim a la Gran Barrera y al desierto se habían evaporado en un distante futuro.
    Llegaron a la casa de campo esa misma noche y se divirtieron mucho decidiendo dónde dormirían. Al final metieron la gran cama de Mary en el cuarto de Tim y clausuraron el cuarto de ella hasta que fueran a Gosford a comprar pintura para decorarlo. Había muy poco que hacer en el florido jardín y menos todavía en el interior de la casa, por lo que deambulaban horas enteras por la espesura, explorando sus misteriosos senderos vírgenes, tendiéndose con las cabezas juntas a contemplar algún hormiguero, o sentados, absolutamente inmóviles, mientras un pájaro lira macho ejecutaba los complicados pasos de la danza del galanteo. Si descubrían que se habían alejado demasiado para poder regresar a la casa de campo antes de que oscureciera, se quedaban donde los había sorprendido la noche, extendían una manta sobre los helechos y dormían bajo las estrellas. A veces dormían durante el día y se levantaban a la puesta del sol, se iban a la playa cuando ya estaba oscuro y encendían una hoguera, gozando de la recién descubierta libertad de tener al mundo enteramente a su disposición y sin ninguna restricción entre ellos.
    En ocasiones se despojaban de sus ropas, seguros de que la oscuridad los protegía de miradas indiscretas, y nadaban desnudos en el agua negra y quieta, mientras el fuego moría en carbones cubiertos de ceniza. Él la acostaba entonces en una manta extendida sobre la arena, con la urgencia de su amor demasiado fuerte para poderlo resistir ni un momento más, y ella alzaba los brazos para atraerlo contra sus senos, más feliz de lo que jamás se hubiera imaginado que fuera posible.
    Una noche Mary despertó de un sueño profundo en la arena y durante un instante se preguntó dónde estaba. En el momento siguiente lo supo, porque había tenido que acostumbrarse a dormir encerrada en los brazos de Tim, pues éste nunca la soltaba. Cualquier intento que hiciera por desprenderse de él lo despertaba inmediatamente, y el joven alargaba un brazo hasta que la encontraba, y la atraía de nuevo con un suspiro de temor y alivio combinados. Era como si pensara que algo, saliendo de la oscuridad, iba a arrancársela, pero nunca hablaba de eso y ella no insistía, adivinando que se lo diría a su debido tiempo.
    El verano estaba en su apogeo y el tiempo había sido perfecto, con los días cálidos y secos y las noches suavemente frescas por la brisa del mar. Mary se quedó contemplando el cielo, reprimiendo una exclamación de encanto y asombro. El grueso cinturón de la Vía Láctea se extendía en la oscura bóveda de horizonte a horizonte, tan colmado de la luz de las estrellas que había un leve resplandor polvoriento hasta en aquellas partes del cielo donde éstas no se veían. Ninguna neblina conspiraba para empañar la visión y el resplandor de las luces de alguna ciudad quedaba a muchos kilómetros hacia el sur. La Cruz del Sur extendía sus brillantes brazos a los cuatro vientos, con su quinta estrella clara y titilante. Una luz de plata se derramaba sobre todas las cosas, el agua del río danzaba y se mecía como un fuego frío y bullente y la arena estaba salpicada de un mar de diamantes diminutos.
    De pronto, por un pequeñísimo e inmóvil espacio de tiempo, le pareció a Mary oír algo, o tal vez sentirlo; era algo extraño e insubstancial, como un grito balanceándose en el borde de la nada. Fuera lo que fuera, había algo de paz y de infinito en él. Se quedó escuchando largo rato, pero aquello no volvió a repetirse y ella empezó a pensar que quizás, en una noche como ésa, el alma del mundo quedaba libre para caer como un velo sobre las cabezas de todos los seres vivientes.
    Con Tim ella siempre hablaba de Dios, pues el concepto era simple y él era lo bastante sencillo para creer en lo intangible, pero Mary misma no creía en Dios; tenía una convicción básica y nada filosófica de que sólo había una vida por vivir, ¿y acaso no era este hecho, completamente independiente de la existencia de un ser superior, lo único que contaba? ¿Y qué importaba que hubiera un Dios, si el alma era mortal, si toda vida cesaba al borde de la tumba? Cuando Mary pensaba en un Dios, lo hacía en términos de Tim y de los niños pequeños, los buenos y todavía no corruptos; su propia vida había alejado tanto de ella a lo sobrenatural, que parecía que había dos credos por separado, uno para la niñez y otro para la gente adulta. No obstante, aquello que había oído o sentido a medias, surgiendo del seno de la noche, la inquietaba, había en ello una sugestión de algún otro mundo, y de pronto recordó la antigua leyenda de que cuando el alma de alguien que acaba de morir pasa por encima, los perros aúllan, alzando el hocico a la luna y estremeciéndose de temor. Incorporándose, quedó sentada y se rodeó las rodillas con los brazos.
    Tim sintió inmediatamente que ella se separaba de su cuerpo y despertó cuando al buscarla a tientas no la encontró donde acostumbraba.
    – ¿Qué sucede, Mary? -preguntó.
    – No sé… siento como si hubiera sucedido algo. Es algo muy extraño. ¿Tú no sentiste nada?
    – No. Únicamente cuando te separaste de mí.
    Él quiso hacerle el amor en esos momentos y ella trató de apartar su súbita preocupación lo bastante para satisfacerlo, pero no pudo lograrlo. Algo se agazapaba en el trasfondo de su mente como una bestia al acecho, algo amenazador e irrevocable. Su no muy entusiasta cooperación no desconcertó a Tim; éste cesó en sus intentos por excitarla y se contentó con rodearla con los brazos en lo que Mary siempre había pensado que era su abrazo del osito de peluche, porque él le había contado algo al respecto aunque, según sospechaba ella, no todo lo que había que decir.
    – Tim – interrogó Mary-, ¿te molestaría mucho si regresáramos a la ciudad?
    – No, si así lo quieres, Mary. No me molesta nada de lo que tú quieras hacer.
    – Entonces regresemos ahora mismo, en este mismo instante. Quiero ver a papá. Siento que él nos necesita.
    Tim se incorporó inmediatamente, sacudiendo la arena del cobertor y doblándolo cuidadosamente sobre uno de sus brazos.
    Cuando el Bentley se detuvo en la calle Surf eran ya las seis de la mañana y hacía largo rato que el sol había salido. La casa estaba en silencio y parecía extrañamente vacía, pero Tim le aseguró a Mary que su padre se encontraba ahí. La puerta de atrás estaba abierta.
    – Tim -sugirió ella-, ¿porqué no te quedas aquí afuera un minuto mientras yo entro y verifico por mí misma? No quiero asustarte ni inquietarte, pero creo que será mejor que entre sola.
    – No, Mary -repuso él-, entraré contigo. No me asustaré ni me inquietaré.
    Ron estaba en la cama matrimonial que siempre había compartido con Es, con los ojos cerrados y los brazos cruzados sobre el pecho, como si recordara cómo yacía Es la última vez que la vio. Mary no necesitó tocar su helada piel ni ponerle una mano en el quieto corazón; inmediatamente se percató de que estaba muerto.
    – ¿Está dormido, Mary? -Tim rodeó la cama por el otro lado y se quedó contemplando a su padre, luego estiró una mano y la colocó en una de sus hundidas mejillas. Alzó el rostro y miró a Mary con tristeza.
    – ¡Está muy frío! -dijo.
    – Está muerto, Tim.
    – ¡Oh, ojalá hubiera esperado! ¡Tenía tantas ganas de decirle lo lindo que es vivir contigo! Quería preguntarle tantas cosas y quería que me ayudara a elegir un nuevo regalo para ti. ¡Y no le dije adiós! No le dije adiós y ahora no puedo acordarme cómo era cuando tenía los ojos abiertos y se movía y estaba contento.
    – No creo que haya podido esperarte ni un momento más, querido -repuso Mary-. Lo único que deseaba con todas sus fuerzas era irse. La casa resultaba muy sola para él y ya no tenía nada por qué esperar una vez que supo que eras feliz. No te pongas triste, Tim, porque no es para ponerse triste. Ahora ya duerme con tu madre.
    Súbitamente supo Mary por qué la voz de Ron le había sonado tan remota por teléfono; había iniciado su ayuno de muerte en cuanto Tim salió de la casa de la calle Surf para siempre, y cuando Mary regresó del hospital, ya estaba terriblemente débil. ¿Podría llamarse suicidio a eso? Ella no lo creía así. El tambor había dejado de redoblar y los pies habían dejado de marchar, eso era todo.
    Sentándose en el borde de la cama, Tim metió los brazos por debajo del cuerpo de su padre y levantó en sus brazos, con gran delicadeza, la tiesa y arrugada forma.
    – ¡Mary! -pudo decir-. ¡Cómo voy a extrañarlo! Me gustaba papá, me gustaba más que nadie en el mundo, excepto tú.
    – Lo sé, querido. Yo también lo voy a extrañar.
    ¿Había sido ésa la voz de la noche anterior?, se preguntó. Cosas más extrañas que ésa les habían sucedido a personas llenas de dudas sin que éstas se aclararan… ¿Y por qué no podrían las cuerdas vivas que ataban a un ser vivo pulsar tenuemente sobre una persona querida en el mismo instante en que se desenredaban? Ron había estado completamente solo cuando había sucedido y, sin embargo, en cierto modo no había estado solo; había llamado y ella había despertado para contestarle. En ocasiones, pensó, todos los kilómetros que hay entre dos seres no son nada y se angostan hasta el minúsculo silencio que ocurre entre dos latidos del corazón.

28

    Mary guardó un amargo recuerdo de los funerales de Ron y se alegró de haber persuadido a Tim de que no asistiera a ellos. Dawnie y su esposo se habían encargado de todo, lo cual no era sino lo apropiado en ese caso pero, como representante de Tim, ella tenía que estar presente y tuvo que seguir al reducido cortejo hasta el cementerio. Su presencia fue a todas luces muy mal recibida y Dawnie y Mick la ignoraron. ¿Qué habrá sucedido, se preguntaba Mary, cuando Ron les avisó que ella y Tim se habían casado? Desde la boda sólo había hablado con Ron aquella última vez y éste no había mencionado el nombre de su hija.
    Cuando la última palada de tierra cayó sobre el ataúd de Ron y los tres se retiraron lentamente del borde de la tumba, Mary apoyó su mano en el brazo de Dawnie.
    – Siento terriblemente lo ocurrido, querida -dijo-, porque sé cuánto lo querías. Yo también lo quise mucho.
    Había algo de la mirada de Tim en los ojos de su hermana, pero la expresión que había en ellos -de amargura y rencor- nunca la había visto en los de Tim.
    – ¡Guárdese sus condolencias, cuñada! -le espetó-. ¿Por qué no se larga y me deja en paz?
    – ¿Por qué no puedes perdonarme el que ame a Tim, Dawnie? ¿No te explicó tu padre la situación?
    – ¡Claro que trató de explicármela! Es usted una mujer muy lista, ¿o no? ¡No le costó mucho trabajo enredarlo tanto o más que a Tim! ¿Ya está contenta ahora que tiene por mascota a un idiota, permanente y legalmente?
    – Tim no es mi mascota ni es un idiota y tú lo sabes bien. Como quiera que sea, ¿importa eso mientras él sea feliz?
    – ¿Y cómo voy a saber si es feliz o no? Usted es quien lo dice. ¡Y su palabra no vale dos centavos!
    – ¿Por qué no vienes a verlo para que averigües tú misma cuál es la verdad?
    – No me ensuciaría los zapatos entrando en su casa, ¡señora de Tim Melville! Bien, supongo que ya tiene usted lo que quería. Tim es totalmente suyo ¡con todos los papeles en orden y sus padres muy convenientemente fuera del juego!
    Mary se puso blanca.
    – ¿Qué es lo que quieres decir, Dawnie?
    – Usted llevó a mi madre a la tumba, señora de Tim Melville, ¡y después de ella también arrastró a la tumba a mi padre!
    – ¡Eso no es verdad!
    – ¡Oh! ¿no lo es? En lo que a mí toca, ahora que mi padre y mi madre están muertos, mi hermano también lo está. ¡Jamás quiero volver a saber o a oír hablar de él! Si usted y él quieren dar todo un espectáculo público de ustedes mismos a los ojos de la sociedad, ¡no quiero saber nada de eso!
    Mary giró sobre sus talones y se alejó.
    Cuando llegó a casa de regreso del cementerio ya se había serenado un poco y pudo enfrentarse a Tim con un aire de relativa tranquilidad.
    – ¿Ya está papá con mamá? -preguntó él ansiosamente, retorciéndose las manos.
    – Sí, Tim. Lo enterraron precisamente al lado de ella. Ya no tienes por qué preocuparte por ninguno de los dos; están ya juntos y en paz.
    Había algo raro en las maneras de Tim; ella tomó asiento y lo observó con atención, no precisamente alarmada sino confundida.
    – ¿Qué pasa, Tim? -preguntó-. ¿No te sientes bien?
    Él movió la cabeza desconsoladamente.
    – Me siento bien, Mary. Sólo un poco raro, eso es todo. Como que se siente raro ya no tener con uno ni a papá ni a mamá.
    – Lo sé, lo sé… ¿Has comido algo?
    – No. No tengo hambre.
    Mary se acercó hasta él e hizo que se levantara de la silla, mirándolo con ojos inquietos.
    – Ven a la cocina conmigo y prepararé unos bocadillos. Tal vez te den ganas de comer si ves lo bien que te los voy a preparar.
    – ¿Me los prepararás chiquitos y con los bordes cortados?
    – Y tan delgados como una hoja de papel, con los bordes rebanados, te lo prometo. Vamos.
    Había tenido en la punta de la lengua el agregar «mi amor, mi cariño, mi corazón» pero, en cierto modo, nunca se había decidido a pronunciar las palabras de amor que se le venían a la mente siempre que, como en esos momentos, él parecía confundido o inquieto. ¿Se decidiría ella alguna vez a tratarlo plenamente como el amante que era, se sacudiría en alguna forma el terror de parecer una tonta? ¿Por qué sólo podía sentirse completamente a gusto con él cuando estaban en la casa de campo o en la cama? Aún le escocían las palabras de Dawnie y lo mismo pasaba con las miradas que ella y Tim recibían cuando pasaban por la calle Walton, miradas furtivas que todavía tenían el poder de humillarla.
    El valor de Mary no era nada fuera de lo común ¿cómo podía serlo? No teniendo nada al nacer, hasta el momento de encontrarse con Tim, su objetivo había sido lograr el éxito material y ganarse la aprobación de los que habían comenzado la vida con mejores posibilidades. Ahora no le debía ser nada fácil desafiar las convenciones, a pesar de que su unión con Tim estaba santificada por la ley. Aunque deseaba apasionadamente olvidarse de ella misma, colmarlo de besos y de palabras dulces siempre que tal impulso la acometiera, la incapacidad de él para alentarla en ese sentido de una manera madura lo hacía algo casi imposible si había la menor probabilidad de que alguien los perturbara. Su temor a aparecer risible o ridícula había hecho pedirle a Tim que no hablara de su matrimonio con nadie que no estuviera ya enterado, momento de debilidad del que después se había arrepentido. No, no era nada fácil.
    Como de costumbre, Tim deseaba ayudarla de una manera activa cuando ella empezó a preparar los bocadillos, sacando el pan y la manteca y haciendo sonar ruidosamente los platos al colocarlos en la mesa de la cocina.
    – ¿Quieres buscarme el cuchillo grande de carnicero, Tim? -le pidió ella-. Es el único lo bastante afilado para cortar los bordes.
    – ¿Dónde está, Mary?
    – En el cajón de arriba -contestó ella con aire ausente, mientras untaba con manteca las rebanadas de pan.
    – ¡Aaay! ¡Mary, Mary!
    Ella se volvió a mirarlo rápidamente porque algo en el grito de él la había llenado de un terror paralizante.
    – ¡Dios mío!
    Durante un terrible segundo pareció como si todo el cuarto fuera pura sangre; Tim se había inmovilizado junto a la alacena contemplándose el brazo izquierdo con un horror incrédulo en la mirada. Desde los bíceps hasta la punta de los dedos le corrían pulsantes ríos de sangre, y de la parte interna del codo le brotaba un chorro escarlata como el de una fuente. Con la regularidad de un reloj, la sangre saltaba en un fuerte chorro que recorría la mitad del cuarto, menguaba y luego volvía a chisporrotear; un pequeño lago de un rojo brillante se estaba formando ya junto a su pie izquierdo y todo al lado izquierdo del cuerpo le relucía húmedamente, goteando sangre en el piso.
    Cerca del horno había un rollo de hilo y, junto a él, pendía de un cordón un par de tijeras pequeñas; casi en el mismo instante en que se dio vuelta, Mary corrió hacia el hilo y desenredó varios metros del mismo doblándolo varias veces, febrilmente, para formar un lazo más grueso.
    – ¡No te asustes, querido, no te asustes! ¡Aquí estoy, ya voy! -le gritó, mientras tomaba un tenedor.
    Pero Tim no la oía. La boca se le había abierto en un alarido delgado y agudo y se precipitó como un animal enceguecido, tropezando contra la nevera, rebotando contra la pared y moviendo el desgarrado brazo a un costado como si quisiera desprenderse de él, lanzarlo a alguna parte donde ya no formara parte de su cuerpo.
    Los gritos de Mary se mezclaban con los de Tim. Se lanzó a sujetarlo y falló, se detuvo una fracción de segundo y volvió a intentarlo. Girando aterrorizado en alocados círculos, vio la puerta y se lanzó hacia ella, sacudiendo el brazo y chillando agudamente. Los pies descalzos patinaron en el charco de sangre que había en el suelo y resbaló, cayendo al suelo cuan largo era. Antes de que pudiera incorporarse ya, Mary le había caído encima y lo sujetaba contra el suelo, ya sin intentar calmarlo en sus desesperados esfuerzos por aplicarle un torniquete en el brazo antes de que fuera demasiado tarde. Medio sentada, medio acostada en el pecho de Tim, se apoderó del brazo y lo ató por encima del codo, apretó la cuerda con firmeza y pasó el tenedor entre ésta y la carne para apretarla de tal modo que casi desapareció en la carne.
    – ¡Tim, estáte quieto! ¡Por favor, por favor! ¡Estáte quieto, Tim! Aquí estoy. No dejaré que te pase nada, ¡pero tienes que estarte quieto! ¿Me oyes?
    El pánico y la pérdida de sangre habían dado cuenta de él; con el pecho subiendo y bajando, jadeaba y sollozaba debajo de ella. Mary había agachado la cabeza hasta que su mejilla tocaba la de él, y todo en lo que podía pensar era en las veces que se había refrenado de decirle todas las palabras cariñosas y tiernas que le bullían por dentro, se había obligado a sentarse calmadamente frente a él mientras se moría por tomarlo en los brazos y besarlo hasta que él le pidiera que lo dejara respirar.
    Se oyeron unos golpes en la puerta de atrás y luego la voz de la vecina. Alzando la cabeza, Mary gritó.
    – Oí unos ruidos muy feos que llegaban hasta mi casa -dijo la señora Parker empujando la puerta; luego cuando vio la cocina llena de sangre, lanzó un grito de asombro-. ¡Dios mío! -pudo decir al fin.
    – ¡Llame una ambulancia! -jadeó Mary, temerosa de aflojar la presión sobre Tim en caso de que éste volviera a dejarse dominar por el pánico.
    Nada de lo que la señora Parker le dijo pudo convencer a Mary de que se incorporara; cuando, no más de cinco minutos después, llegó la ambulancia, ella estaba todavía en el suelo con Tim, con su rostro pegado al de él, y los dos camilleros tuvieron que ayudarla a ponerse de pie.
    Emily Parker la acompañó al hospital, tratando de consolarla cuando iban en la parte posterior de la ambulancia, con Tim y uno de los camilleros.
    – No se preocupe por él, querida; va a ponerse bien. Se veía mucha sangre, pero he oído decir que medio litro de sangre derramada parecen cuarenta.
    El hospital del distrito estaba a poca distancia, al otro lado de las fosas de ladrillo, y la ambulancia llegó ahí tan pronto que Mary todavía no había recuperado el habla cuando se llevaron a Tim en una camilla rumbo a la sala de urgencias. Después de haber resbalado, parecía haber caído en una especie de letargo y no la había reconocido a ella ni sabido dónde se encontraba, y tampoco había abierto los ojos una sola vez, como si temiera contemplar aquella cosa horrible que en un tiempo había sido su brazo.
    La señora Parker condujo a Mary a una silla en la elegante sala de espera sin dejar de parlotear un solo momento.
    – ¿No es lindo? -preguntó, tratando de alejar los pensamientos de Mary del problema de Tim-. Recuerdo cuando esto era sólo un par de cuartos con aparato de rayos X y los registros médicos. Ahora tienen este lugar nuevo, verdaderamente elegante. Lleno de plantas de sombra y con todo lo que se necesita para que una crea que no está en un hospital. He visto hoteles con vestíbulos menos elegantes, querida, ¡se lo aseguro! Ahora siéntese aquí y quédese tranquila hasta que venga el doctor mientras yo voy a buscar a mi amiga, la hermana Kelly, y veo si puedo conseguirle una taza de té y unos bizcochos.
    El que anotaba la entrada de los pacientes se presentó no mucho después que la señora Parker se hubo retirado a hacer su obra de caridad. Mary se las arregló para ponerse en pie, humedeciéndose los labios con la lengua para poder hablar; hasta esos momentos no había pronunciado una sola palabra.
    – ¿La señora Melville? Me encontré afuera con uno de los camilleros y él me dijo su nombre.
    – ¿Có… co… cómo está Tim? -pudo decir al fin, temblando tan violentamente que tuvo que dejarse caer en la silla de nuevo.
    – Tim se va a poner bien, señora Melville. ¡De veras! Lo acaban de llevar a la sala de operaciones para coserle el brazo, pero no hay por qué preocuparse, le doy mi palabra. Probablemente le pongamos un cuarto de litro de sangre en cuanto sepamos cuál es su tipo, pero por otra parte está muy bien; sólo tiene el shock de la pérdida de sangre y eso es todo. La herida del brazo no va a ser nada difícil de atender, yo mismo la he visto. Es un corte recto y profundo. ¿Cómo sucedió?
    – Se le debe haber resbalado el cuchillo de cortar carne, no lo sé. Yo no estaba mirándolo cuando sucedió; sólo le oí cuando gritó. -Alzó el rostro y miró al otro desconsoladamente. -¿Está consciente? ¡Por favor, avísele que estoy aquí! Que no me he ido y que no lo dejaré solo. Se trastorna terriblemente cuando piensa que lo he dejado solo, aun ahora mismo.
    – Por el momento está bajo una anestesia ligera, señora Melville, pero cuando vuelva en sí, me encargaré de que sepa que está usted aquí. No se preocupe por él; ya es un hombre crecido.
    – Ése es precisamente el punto: no lo es. Un hombre crecido, quiero decir. Tim es retrasado mental y yo soy la única persona que tiene en el mundo. ¡Es terriblemente importante que sepa que estoy aquí! Simplemente dígale que Mary está aquí afuera, cerca de él.
    – ¿Mary?
    – Él siempre me llama Mary -admitió ella infantilmente-. Nunca me llama de otra manera sino Mary.
    El empleado del hospital se dispuso a marcharse.
    – Enviaré a uno de los residentes para que tome algunos datos que deben figurar en los registros del hospital, señora Melville, pero será algo breve. Éste es un caso simple de accidente y no es necesario anotar muchas cosas, a menos que él tenga algunos otros problemas de salud además de ser un retrasado mental.
    – No. Su salud es perfecta.
    La señora Parker regresó con la hermana Kelly tras de ella, trayendo una bandeja con té.
    – Tómeselo mientras está caliente, señora Melville -dijo la hermana Kelly-. Luego, quiero que vaya al fondo del corredor, al cuarto de baño, que se quite la ropa y se dé un buen baño caliente. La señora Parker se ha ofrecido para ir a su casa y traerle una muda de ropa; mientras tanto, le daremos a usted una bata. Tim está muy bien y usted se sentirá mucho mejor después de darse un buen baño. Le enviaré a una enfermera para que le indique el camino.
    Mary se inspeccionó y sólo entonces se dio cuenta de que estaba tan cubierta de la sangre de Tim como él mismo.
    – Beba primero su té mientras el doctor Fisher hace algunas anotaciones para nosotros.
    Dos horas después Mary estaba de regreso en la sala de espera con la señora Parker, ya con ropa limpia y sintiéndose más dueña de sí misma. El doctor Minster, el cirujano de urgencias, vino a ofrecerle unas palabras de aliento.
    – Ya puede irse a casa, querida; él ya está bien. Pasó la operación perfectamente y ahora duerme como un bebé. Lo dejaremos en terapia intensiva unas cuantas horas más y luego lo pasaremos a uno de los pabellones. Dos días bajo observación y luego se lo enviaremos a su casa.
    – Tiene que tener lo mejor. ¡Un cuarto para él solo y todo lo que pueda necesitar!
    – Entonces, lo trasladaremos a la sección privada -la calmó el doctor Minster expertamente-. No se preocupe por él, señora Melville. A propósito, es un joven muy hermoso, realmente hermoso.
    – ¿Puedo verlo antes de irme? -rogó Mary.
    – Si así lo quiere, pero no tarde mucho. Está bajo sedantes y preferiríamos que no trate de despertarlo.
    Habían puesto a Tim en una enorme cama detrás de un biombo, en el rincón de una sala llena de una inquietante variedad de equipo del que salían ruidos raros, silbidos suaves y destellos de luces que se encendían y apagaban alternativamente. Había otros siete pacientes, que se veían lo bastante mal como para despertar en la mente de Mary un principio de pánico. Una enfermera joven estaba junto a la cama de Tim y en esos momentos le quitaba la banda de presión que habían enrollado en su brazo sano. Tenía los ojos clavados en el rostro del paciente, en vez de prestar atención a lo que estaba haciendo, y Mary se detuvo un momento, contemplando esa obvia admiración. Luego, la enfermera alzó la cabeza, vio a Mary y sonrió.
    – ¿Qué tal, señora Melville? -dijo-. Está dormido; eso es todo. Así es que no se preocupe por él. Su presión es excelente y ya salió del shock.
    La cerúlea palidez había desaparecido de la cara de Tim y un color rosado la había reemplazado en el rostro dormido; Mary estiró la mano e hizo a un lado de la frente los apelmazados cabellos.
    – Precisamente me lo iba a llevar a la sección privada, señora Melville, ¿Quiere venir conmigo y ver cómo lo acostamos, antes de irse a casa?
    Le recomendaron que no lo fuera a visitar sino hasta el día siguiente, ya en la noche, porque iba a seguir dormido y su presencia sólo serviría para inquietarlo. Cuando llegó al hospital, se encontró con que no estaba en su cuarto; se lo habían llevado a hacerle ciertas pruebas. Mary tomó asiento y se dispuso a esperarlo pacientemente, rechazando todas las invitaciones que le hicieron de té y bocadillos con una sonrisa cortés, aunque un poco forzada.
    – ¿Se da cuenta de dónde está y qué es lo que sucedió? -le preguntó a la hermana que estaba a cargo de esa sección-. ¿No se asustó cuando despertó y descubrió que yo no estaba?
    – No; todo va bien, señora Melville. Se tranquilizó inmediatamente y parece estar muy contento. De hecho, es un muchacho tan agradable que ya es nuestro favorito.
    Cuando Tim la vio sentada en la silla, esperándolo, tuvieron que sujetarlo para que no saltara a abrazarla.
    – ¡Mary! -exclamó-. ¡Cómo me alegra que hayas venido! Pensé que pasaría mucho tiempo sin verte.
    – ¿Te sientes bien, Tim? -preguntó ella, besándolo en la frente porque había dos enfermeras mirándolos.
    – Me siento muy bien, Mary. El doctor me compuso el brazo; cosió muy bien el corte que le hizo el cuchillo, y ya no hay sangre ni nada de eso.
    – ¿Te duele?
    – No mucho. No como la vez que se me cayó una carga de ladrillos en un pie y me lo fracturó.
    Temprano, a la mañana siguiente, Mary recibió una llamada del hospital comunicándole que ya podía pasar a recoger a Tim. Deteniéndose apenas lo suficiente para darle a la señora Parker la buena noticia, corrió al automóvil con una pequeña maleta con las ropas de Tim en una mano y la última rebanada de pan tostado en la otra. La hermana la recibió en la puerta de la sala, tomó la maleta y luego la pasó a una sala más pequeña para que ahí esperara a Tim.
    Ya empezaba a impacientarse cuando entraron el doctor Minster y el empleado de admisión.
    – Buenos días, señora Melville. La hermana me avisó que usted había llegado. Tim no debe tardar, así es que no se preocupe. Antes de salir tiene que bañarse y hay que cambiarle el vendaje.
    – ¿Está bien Tim? -preguntó ella ansiosamente.
    – ¡Absolutamente! Le va a quedar una cicatriz como advertencia de que no ande jugando con cuchillos en el futuro, pero todos los nervios de la mano están intactos, así que no va a perder ni fuerza ni sensibilidad. Tráigamelo al consultorio dentro de una semana para que lo examine. Tal vez para entonces, ya pueda quitarle los puntos o dejarlos otro poco, dependiendo de cómo se vea.
    – ¿Entonces está realmente bien?
    El doctor Minster echó atrás la cabeza y rompió a reír.
    – ¡Oh! -exclamó-. ¡Ustedes, las madres! Todas son iguales, llenas de preocupación y de ansiedad. Lo que ahora tiene usted que prometerme es que no va a andar aleteando a su alrededor, porque si él se da cuenta de que su estado la afecta tanto va a preocuparse por su brazo más de lo debido. Sé que es su hijo y sus sentimientos de madre tienen que ser muy fuertes, especialmente porque, por otro lado, él depende enteramente de usted, pero tiene que resistir la tentación de mimarlo demasiado.
    Mary sintió que la sangre le encendía el rostro, pero apretó los labios y alzó la cabeza orgullosamente.
    – No ha comprendido usted bien, doctor Minster. Es curioso que no se me haya ocurrido, pero supongo que lo mismo les pasa a todos ustedes. Tim no es mi hijo, es mi marido.
    El doctor Minster y el empleado se miraron, mortificados. Todo lo que trataran de decir sería peor y, al final, no dijeron nada; simplemente se dirigieron a la puerta y desaparecieron. ¿Y qué podía uno decir después de un error tan grande? ¡Qué confesión tan atroz y cuán embarazosa! ¡Pobrecita, qué mal se sentiría!
    Mary se sentó con los ojos empañados, reprimiendo las lágrimas con un gran esfuerzo. Sintiera lo que sintiese, Tim no debía verla con los ojos enrojecidos, y tampoco ninguna de esas lindas y jóvenes enfermeras. Ahora se explicaba por qué ninguna de ellas había ocultado, frente a sus propios ojos, la admiración que Tim les causaba. Una cosa es lo que se les dice a las madres y otra a las esposas y, ahora que recapacitaba, en verdad la habían tratado como a una madre, no como a una esposa.
    Bueno, todo había sido culpa suya. Si hubiera conservado la calma acostumbrada, si se hubiera dominado durante esas largas horas de espera y de agonía, no habría escapado a su observación el hecho de que todos creían que ella era la madre de Tim. Hasta era posible que, si se lo hubieran preguntado, ella hubiera contestado afirmativamente. Recordaba ahora al joven interno que se había acercado para preguntarle si era el pariente más cercano de Tim, pero no recordaba qué era lo que le había contestado. ¿Y por qué no iba a suponer que era la madre de Tim? En su mejor forma, ella se veía precisamente de la edad que tenía, pero con la impresión y la angustia por el accidente de Tim, por lo menos parecería como de sesenta años. ¿Y por qué no había usado algún pronombre personal que les hubiera dado a los demás alguna pista? ¡Qué raros eran los caprichos del destino! Tal vez había dicho o hecho algo para reforzar la idea equivocada y no había hecho nada por aclarar las cosas. La señora Parker había actuado igual, y Tim, el pobre Tim, tan ansioso por agradarla, había aprendido la lección demasiado bien cuando ella le había dicho que no comentara con nadie lo de su matrimonio. Los empleados del hospital pensaron probablemente que Tim la llamaba Mary por simple costumbre. Y nadie le preguntó siquiera si era soltero o casado. Al saber que el muchacho no era normal, daban por sentado que no estaba casado. Los retrasados mentales no se casan: viven en su casa con sus padres hasta que quedan huérfanos y hay que enviarlos a morir a algún instituto.
    Tim la estaba esperando en su cuarto, ya vestido y ansioso por irse a casa. Revistiéndose de una calma externa aparente, ella le tomó la mano y le sonrió tiernamente.
    – Vamos, Tim -dijo-; vámonos a casa.

Colleen McCullough


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