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Zoya

Zoya

Аннотация

    Tras la devastación de la Revolución rusa y la Primera Guerra Mundial, Zoya, la joven prima del zar, vuela de San Petersburgo a París en busca de refugio. Su mundo ha cambiado para siempre, y tras pasar por terribles momentos, logra unirse al ballet ruso en París, con cuyo salario mantiene a su indómita abuela y a sí misma.
    El amor aparece de nuevo cuando conoce al capitán Clayton Andrews, quien, cautivado por la joven aristócrata, se la lleva a Manhattan como su prometida. Sin embargo, ninguno de los dos imagina las penurias que deberán soportar durante los años de depresión que asolan Norteamérica.
    A través de la historia de un siglo convulsionado y cambiante, Zoya representa una de esas mujeres singulares cuyo legado quedará por siempre entre nosotros.


Danielle Steel Zoya

    Traducción de María Antonia Menini
    Título original: Zoya
    © 1988, Danielle Steel
    Queridísimo Maxx:
    Nunca seas demasiado joven ni demasiado viejo,
    sé fuerte siempre
    para vivir, amar y buscar
    con amor
    y ternura.
    Que la vida comparta contigo
    sus bendiciones
    y que su carga te sea siempre leve.
    Con el viento a tu espalda
    y el sol en el alma,
    y nuestro amor en tu corazón,
    ahora y por siempre.
    Para ti y para tu padre,
    mi corazón siempre vuestro,
    mi amor y mi vida
    vuestros para siempre.
    D. S.

Zoya

    Recorriendo el mundo
    en mágicos lugares,
    rostros
    queridos
    susurran
    desde el pasado,
    nubes de recuerdos
    pasan velozmente
    y el nombre
    de la vida
    nunca más
    el mismo
    que antaño
    fue,
    los palacios,
    los recuerdos,
    los sueños,
    el espectro
    de lo que era
    y de todo
    lo que hubiera
    podido ser,
    y lo que ella vio
    en el pasado,
    una vida mágica
    de palacios
    y bailes
    todo derretido
    como la nieve
    desvanecido
    como la lluvia,
    la risa,
    la música,
    la belleza
    el dolor,
    los amigos,
    las sonrisas
    petrificadas,
    los recuerdos
    suaves como el rocío
    y el raso
    en su mejilla…
    toda una vida perdida
    para conocer
    de nuevo
    lo que tan pronto
    se fue,
    dulce y querida
    canción de invierno
    envuelta en el capullo
    del amor,
    vida de fuego
    que ardió
    en un instante
    y que tan pronto
    se disipó.

SAN PETERSBURGO

1

    Zoya cerró de nuevo los ojos mientras la troika se deslizaba velozmente sobre el hielo. La suave bruma de la nieve depositaba húmedos besos en sus mejillas y convertía sus pestañas en encaje mientras los cascabeles de los caballos le sonaban a música. Eran los sonidos que ella amaba desde su infancia. A los diecisiete años ya se consideraba mayor y, de hecho, era casi una mujer, pero aún se sentía una niña cuando Fiodor fustigaba a los relucientes caballos negros cada vez más rápidos a través de la nieve. Cuando volvió a abrir los ojos, divisó la aldea cercana a Tsarskoe Selo. Y cuando un poco más lejos vio los dos palacios gemelos, sonrió para sus adentros y apartó el borde de un grueso guante forrado de piel para comprobar cuánto habían tardado. Prometió a su madre estar de regreso a la hora de la cena, y cumpliría su promesa siempre y cuando no se entretuviera demasiado hablando, pero ¿cómo evitarlo si María era su mejor amiga, casi una hermana?
    El anciano Fiodor se volvió y la miró con una sonrisa. Ella rió emocionada. Había sido un día perfecto. Las clases de ballet le encantaban, e incluso ahora aún tenía las zapatillas a su lado en el asiento. El baile era su mayor afición desde pequeña, y a veces, en secreto, le había confesado a María que le hubiera gustado huir al Marynsky para ensayar allí día y noche con los demás bailarines. La sola idea la hizo sonreír. Era un sueño que no podía expresar en voz alta porque en su mundo nadie podía convertirse en bailarín profesional. Pero ella estaba capacitada para el baile, y lo sabía desde los cinco años. Sus clases con madame Nastova le deparaban el placer de estudiar lo que más le gustaba. Trabajaba a fondo durante las horas que pasaba allí, soñando con que un día el gran maestro de baile Fokine descubriría su talento. Mientras la troika atravesaba rápidamente la aldea, sus pensamientos abandonaron el ballet y se centraron de nuevo en su prima María, su amiga del alma. Su padre Konstantin era primo lejano del zar, y su madre, como la de María, era alemana. Ambas tenían todo en común: las aficiones, los secretos, los sueños y el ambiente. En su infancia compartieron los mismos terrores y las mismas alegrías, y ahora ella necesitaba verla, incumpliendo la promesa que hiciera a su madre. En realidad, le parecía una estupidez. ¿Por qué no podía verla? María estaba completamente sana y ella no pensaba entrar en la habitación de los enfermos. María le había enviado una nota la víspera, contándole que se aburría de muerte entre tantos enfermos. Además, la cosa no era grave, simplemente el sarampión.
    Los campesinos se apartaron del camino al paso de la troika mientras Fiodor azuzaba a gritos a los tres caballos negros. Había trabajado desde niño para el abuelo de Zoya y su padre ya estaba al servicio de la familia. Solo por ella se hubiera arriesgado a provocar las iras de su amo y el silencioso reproche de su ama. Sin embargo, Zoya prometió no decírselo a nadie y además ya la había acompañado allí numerosas veces. La joven visitaba a sus primos casi a diario. ¿Qué mal podía haber en ello ahora, aunque el pequeño y frágil zarevich y sus hermanas mayores tuvieran el sarampión? Todo el mundo sabía que Alexis era un niño enfermizo. Mademoiselle Zoya, en cambio, era una joven encantadora, fuerte y sana como un roble. Era la niña más preciosa que jamás había visto Fiodor, y su mujer Ludmilla se hizo cargo de ella desde pequeña. Ludmilla había muerto de tifus hacía un año y él lo sintió muchísimo, sobre todo porque no tenían hijos. Su única familia era la de sus amos.
    La guardia de cosacos los detuvo a la entrada y Fiodor refrenó bruscamente a los fogosos caballos. La nieve caía ahora con más fuerza y dos guardias a caballo, uniformados de verde y con altos gorros de piel, se acercaron en actitud amenazante hasta que reconocieron quién era. Zoya resultaba una figura familiar en Tsarskoe Selo. Los guardias saludaron marcialmente mientras Fiodor fustigaba de nuevo a los caballos y la troika pasaba rápidamente por delante de la capilla Fedorovsky, rumbo al palacio de Alejandro. De entre sus muchas residencias imperiales, esa era la preferida de la zarina. Raras veces utilizaban el Palacio de Invierno de San Petersburgo como no fuera para bailes de gala o recepciones de Estado. Todos los años, en mayo, se trasladaban a su villa de la finca de Peterhof y, tras pasar el verano en su yate Estrella Polar y en la localidad polaca de Spala, en septiembre iban siempre al palacio de Livadia. A menudo Zoya los acompañaba y permanecía con ellos hasta que se reanudaban las clases en el Instituto Smolny. Pero el palacio de Alejandro era también su preferido. Estaba enamorada del famoso tocador malva de la zarina y pidió que su propia habitación en casa fuera decorada con los mismos tonos opalinos que la de tía Alix. A su madre le hizo gracia aquel capricho y, hacía un año, decidió complacerla. María le tomaba el pelo cada vez que la visitaba, diciéndole que su habitación le recordaba demasiado a la de su madre.
    Fiodor saltó de su asiento mientras dos jóvenes sujetaban los caballos y bajo la fuerte nevada le tendió cuidadosamente la mano a Zoya. El grueso abrigo de piel de la muchacha estaba cubierto de copos de nieve, y sus mejillas aparecían arreboladas a causa del frío y las dos horas de trayecto desde San Petersburgo. Solo tendría tiempo de tomar el té con su amiga, pensó Zoya, cruzando la impresionante entrada del palacio de Alejandro. Fiodor regresó a toda prisa junto a los caballos. Tenía amigos en las caballerizas y mientras esperaba a su ama siempre disfrutaba contándoles las últimas noticias de la ciudad.
    Dos doncellas tomaron su abrigo y Zoya se quitó despacio el sombrero de martas, dejando al descubierto una preciosa mata de cabello que a menudo asombraba a la gente cuando lo llevaba suelto, como solía hacer en Livadia durante el verano. El zarevich Alexis le gastaba bromas a propósito de su melena pelirroja y cuando ella lo abrazaba se la acariciaba suavemente con sus manos delicadas. Para Alexis, Zoya era casi una hermana, pues había nacido dos semanas antes que María, y ambas tenían un carácter similar y lo mimaban constantemente, como el resto de sus hermanas. Para ellas, su madre y los parientes más próximos, el zarevich era casi siempre el niño, incluso ahora que tenía doce años. Zoya preguntó por él con la cara muy seria.
    – El pobrecillo está cubierto de manchas y tose mucho -contestó la mayor de las doncellas sacudiendo la cabeza-. Monsieur Gilliard ha pasado todo el día con él. Su Alteza ha estado ocupada con las niñas.
    Olga, Tatiana y Anastasia se habían contagiado de sarampión y en la casa prácticamente había una epidemia. Por eso la madre de Zoya le había prohibido ir. Sin embargo, María no daba la menor señal de estar enferma y en su nota de la víspera le suplicaba a Zoya que acudiera a visitarla. «Ven a verme, mi querida Zoya, si tu madre te da permiso…»
    Los ojos verdes de Zoya danzaron mientras se sacudía el cabello y se alisaba el grueso vestido de lana que sustituyó al uniforme escolar cuando finalizó la clase de ballet. En ese momento avanzó presurosa por el interminable pasillo hasta la conocida puerta que conducía al sobrio dormitorio de María y Anastasia en el piso superior. Pasó silenciosamente por delante de la estancia donde siempre trabajaba el príncipe Meshchersky, el ayudante de campo del zar, que no la oyó ni siquiera cuando subió la escalera calzada con sus pesadas botas. Luego Zoya llamó con los nudillos a la puerta del dormitorio y oyó una voz conocida.
    – ¿Sí?
    Con su ahusada mano, giró el tirador y su lustrosa melena pelirroja pareció precederla cuando asomó la cabeza y vio a su prima y amiga de pie junto a la ventana. Los grandes ojos azules de María se iluminaron instantáneamente mientras cruzaba la estancia y Zoya extendía los brazos para abrazarla.
    – ¡He venido a salvarte, Mashka, cariño!
    – ¡Gracias a Dios! Pensé que moriría de aburrimiento. Aquí todos están enfermos. Incluso la pobre Ana enfermó ayer de sarampión. Se encuentra en las estancias contiguas a los aposentos de mi madre, y mamá se empeña en atenderlos personalmente a todos. Se pasa el día llevándoles sopas y tés, y cuando las mujeres se duermen, acude a la habitación de al lado para atender a los hombres. Aquí parece que hubiera dos hospitales en vez de uno. -María tiró en broma de su sedoso cabello castaño mientras Zoya reía. Al estallar la guerra, el vecino palacio de Catalina se había convertido en hospital y la zarina trabajaba incansablemente en él, vestida con el uniforme de la Cruz Roja, instando a sus hijas a que hicieran lo mismo, pero, de todas ellas, María era la menos proclive a prestar semejantes servicios-. ¡No puedo soportarlo! Temía que no vinieras. Mamá se enfadará mucho si sabe que te lo he pedido.
    Ambas jóvenes cruzaron la estancia tomadas del brazo y se sentaron junto a la chimenea. La habitación que María compartía habitualmente con Anastasia era en extremo sencilla y austera. Al igual que sus hermanas, María y Anastasia dormían en vulgares camas de hierro con almidonadas sábanas blancas y disponían de un pequeño escritorio y una pulcra hilera de huevos de Pascua, delicadamente labrados, sobre la repisa de la chimenea. María los conservaba año tras año por tratarse de regalos de amigas y hermanas. Eran de malaquita y madera, y algunos tenían piedras incrustadas. Los apreciaba tanto como a sus demás pequeños tesoros. Las habitaciones de las niñas, tal como se las seguía llamando, no mostraban la menor huella del lujo y la opulencia que presidían las de sus padres y el resto del palacio. En una de las dos sillas del dormitorio estaba el exquisito chal bordado y confeccionado para ella por Ana Vyrubova, la querida amiga de su madre. Era la mujer a quien se había referido María al entrar Zoya. Ahora su amistad había sido recompensada con el sarampión. Ambas muchachas rieron ante la idea y se sintieron superiores por haber escapado a la enfermedad.
    – Pero ¿tú estás bien? -preguntó cariñosamente Zoya, cuya figura parecía todavía más menuda, cubierta por el grueso vestido de lana que se había puesto para no pasar frío durante el largo camino desde San Petersburgo. Era más baja y más delicada que María, aunque esta fuera generalmente considerada la belleza de la familia. Tenía los mismos ojos azules de su padre, cuyo encanto había heredado, y le gustaban las joyas y los vestidos bonitos mucho más que a sus hermanas. Esta afición la compartía con Zoya, y siempre que María visitaba a su prima, ambas pasaban horas comentando los preciosos vestidos que habían visto y probándose los sombreros y las joyas de la madre de Zoya.
    – Estoy bien, pero mamá dice que este domingo no podré ir con tía Olga a la ciudad.
    Era un ritual que le encantaba. Cada domingo su tía, la gran duquesa Olga Alexandrovna, las llevaba a todas a almorzar con su abuela al palacio Anitchkov y después visitaban a algunos amigos; pero, estando enfermas sus hermanas, los planes se habían frustrado. A Zoya la entristeció la noticia.
    – Me lo temía. Quería enseñarte mi nuevo vestido. Me lo trajo la abuela desde París. -Eugenia Petrovna Ossupov, la abuela de Zoya, era una mujer extraordinaria. Menuda y elegante, con unos ojos que ardían como fuego esmeralda a sus ochenta y un años. Toda la gente decía que Zoya era su vivo retrato. La madre de Zoya, en cambio, era una lánguida y elegante belleza de pálido cabello rubio y melancólicos ojos azules, la clase de mujer que inspira sentimientos protectores a los hombres, y cuyo marido siempre se había encargado de protegerla y la trataba como a una chiquilla delicada, contrariamente a lo que hacía con su turbulenta hija-. Es un vestido precioso de raso color rosa todo bordado de perlas. ¡Estaba deseando que lo vieras!
    Hablaban de sus vestidos como los niños de sus ositos de felpa.
    – ¡Cuánto me gustaría verlo! -exclamó María, batiendo palmas de contento-. La semana próxima ya estarán todos curados y entonces iremos, te lo prometo. Entretanto, te pintaré un cuadro para esa habitación malva tan cursi que tienes.
    – ¡No te atrevas a criticar mi habitación! ¡Es casi tan elegante como la de tu madre!
    Ambas muchachas se echaron a reír, y en aquel momento, Joy, la perra cocker spaniel de las hijas del zar, entró en la estancia y empezó a brincar alegremente alrededor de Zoya mientras esta se calentaba las manos junto a la chimenea y le hablaba a María de sus compañeras del Smolny. A María le encantaban sus relatos porque se pasaba la vida encerrada con su hermano y sus hermanas al cuidado del tutor Pierre Gilliard y de mister Gibbes, el profesor de inglés.
    – Por lo menos, ahora no tenemos clase. Monsieur Gilliard está ocupado, atendiendo al niño. Y llevo una semana sin ver a mister Gibbes. Papá tiene miedo de pillar el sarampión.
    Las jóvenes rieron mientras María empezaba a trenzar la melena pelirroja de Zoya. Trenzarse mutuamente el cabello era un pasatiempo compartido desde la infancia. Entretanto, se dedicaban a charlar y chismorrear sobre San Petersburgo y sus amistades, si bien, desde que estallara la guerra, la vida social era mucho menos intensa. Incluso los padres de Zoya no ofrecían tantas fiestas como antaño, para gran disgusto de la muchacha. A ella le encantaba conversar con los hombres de brillantes uniformes y admirar a las damas con sus vistosos atuendos. De este modo podía contarles historias a María y a sus hermanas sobre los coqueteos que había observado, sobre quién era guapa y quién no, y sobre quién llevaba el collar de brillantes más espectacular. Era un mundo que no existía en ningún otro lugar, el mundo de la Rusia imperial. Y Zoya siempre había sido muy feliz en él. Era condesa como su madre y su abuela, estaba lejanamente emparentada con el zar por parte de padre, y su familia siempre había gozado de una posición privilegiada y de lujos como otros muchos aristócratas. Su propia casa era una versión reducida del palacio de Anitchkov y sus compañeros de juegos eran los personajes que forjaban la historia, pero eso a ella le parecía de lo más normal.
    – Joy parece muy feliz ahora -dijo, contemplando a la perra que jugueteaba a sus pies-. ¿Cómo están los cachorros?
    María esbozó una sonrisa enigmática y se encogió elegantemente de hombros.
    – Son un encanto. Ah, espera…
    Soltó la larga trenza que había hecho con el cabello de Zoya y corrió al escritorio en busca de algo que casi había olvidado. Zoya supuso de inmediato que debía de ser una carta de alguna amiga o una fotografía de Alexis o sus hermanas. Siempre tenía tesoros que compartir con ella cuando la veía, pero esta vez María sacó un pequeño frasco y se lo ofreció orgullosamente a su amiga.
    – ¿Qué es esto?
    – Algo maravilloso… ¡Exclusivo para ti! -contestó María, besando con cariño la mejilla de Zoya mientras esta inclinaba la cabeza sobre el pequeño frasco.
    – ¡Oh, Mashka! ¿Es…? ¡Sí, lo es! -confirmó tras aspirar el aroma. Era Lilas, el perfume preferido de María que Zoya ansiaba tener desde hacía meses-. ¿Dónde lo has conseguido?
    – Me lo trajo Lili de París. Pensé que te gustaría tenerlo. Aún me queda mucho del que mamá me regaló.
    Zoya cerró los ojos y suspiró profundamente con el rostro iluminado de inocente felicidad. Sus placeres eran tan ingenuos y sencillos…, los cachorros, el perfume, los largos paseos estivales por los fragantes campos de Livadia o los juegos en el yate real, navegando por los fiordos. Era una vida apacible y ajena a las realidades de la guerra, aunque a veces hablaran de ella. A María le disgustaría mucho tener que pasar algún día cuidando heridos en el palacio de al lado. Le parecía tan cruel ver los heridos y mutilados o pensar que iban a morir. Sin embargo, también era cruel la grave enfermedad que constantemente amenazaba la vida de su hermano. Su hemofilia era a menudo el tema de las más secretas conversaciones entre ambas amigas. La naturaleza exacta de su enfermedad solo la conocían los familiares más íntimos.
    – El niño está bien, ¿verdad? Quiero decir…, el sarampión no le va a…
    Zoya miró preocupada a su amiga mientras dejaba el preciado frasco de perfume sobre la mesa.
    – No creo que el sarampión lo perjudique -contestó María en tono tranquilizador-. Mamá dice que Olga está mucho más enferma que él.
    Olga les llevaba cuatro años a las dos y tenía un temperamento bastante más serio. Además, era tremendamente tímida, a diferencia de Zoya, María o de sus otras dos hermanas.
    – Hoy me lo he pasado muy bien en la clase de ballet -dijo Zoya mientras María tocaba la campanilla para que les sirvieran el té-. Ojalá consiga hacer algo de provecho con eso.
    María se rió al pensar en el sueño de su querida amiga.
    – ¿Como qué? ¿Que te descubriera Diaghilev acaso?
    Ambas muchachas se echaron a reír, aunque los ojos de Zoya se iluminaron mientras hablaba. Todo en Zoya era apasionado: sus ojos, su cabello, su manera de mover las manos, cruzar una estancia o abrazar a su amiga. Era menuda, pero estaba llena de fuerza, vida y entusiasmo. Su nombre significaba precisamente «vida», y le venía como anillo al dedo a la chiquilla que había sido y a la mujer que pronto sería.
    – Lo digo en serio. Además, madame Nastova asegura que lo hago muy bien.
    María volvió a reír, y al mirar a Zoya ambas pensaron en lo mismo. En Mathilde Kschessinska, la bailarina amante del zar antes de que este se casara con Alejandra… Un tema absolutamente prohibido que solo podía comentarse en susurros durante las oscuras noches estivales, siempre lejos del alcance de los oídos de los mayores. Zoya se lo comentó un día a su madre. La condesa se enfadó mucho y le prohibió volver a mencionarlo. Estaba claro que era un tema no apto para señoritas. Sin embargo, su abuela fue menos severa cuando ella le habló del asunto y se limitó a decirle en tono burlón que aquella mujer era una bailarina de gran talento.
    – ¿Aún sueñas con huir al Marynsky?
    Llevaba mucho tiempo sin mencionarlo, pero María la conocía lo bastante como para saber cuándo bromeaba y cuándo no, y hasta qué punto se tomaba en serio sus sueños secretos. Sabía también que para Zoya era un sueño imposible. Algún día se casaría, tendría hijos, sería tan elegante como su madre y no viviría en la famosa escuela de ballet.
    Pero resultaba divertido hablar de aquellas cosas y entregarse a la fantasía en una tarde de febrero mientras saboreaban una taza de té y contemplaban a la perra hacer cabriolas en la habitación. La vida era entonces muy cómoda, a pesar de la imperial epidemia de sarampión. Con Zoya, María se olvidaba momentáneamente de sus problemas y responsabilidades y anhelaba llegar a ser tan libre como ella algún día. Sabía muy bien que, más adelante, sus padres elegirían al hombre con quien tendría que casarse. Pero, primero, tenían que pensar en las dos hermanas mayores. Contemplando el fuego de la chimenea, María se preguntó si conseguiría amarlo realmente.
    – ¿En qué estabas pensando? -preguntó Zoya mientras el fuego crepitaba en la chimenea y la nieve seguía cayendo en la calle. Ya había oscurecido y Zoya no recordaba que debía regresar a casa a tiempo para la hora de la cena-. ¿Mashka?… Estabas muy seria.
    Le ocurría con frecuencia cuando no reía. Sus ojos intensamente azules tenían una expresión muy dulce, a diferencia de los de su madre.
    – Pues no sé, tonterías, supongo -contestó María, mirando con una sonrisa a su amiga. Ambas estaban a punto de cumplir dieciocho años, y el matrimonio ya empezaba a rondarles por la cabeza. Tal vez cuando terminara la guerra…-. Me preguntaba con quién nos casaremos algún día.
    Siempre era sincera con Zoya.
    – Yo también lo pienso a veces. La abuela dice que ya es hora de pensar en ello. Cree que el príncipe Orlov sería un hombre muy apropiado para mí… -De repente, Zoya se echó a reír y sacudió la cabeza, deshaciendo la trenza que Mashka le había hecho-. ¿Has pensado alguna vez, al ver a alguien, que podría ser él?
    – No muy a menudo. Olga y Tatiana tendrían que casarse primero. Tatiana es tan seria que no me la imagino casada con nadie. -De entre todas las hermanas, era la que más unida estaba a su madre, y María suponía que siempre querría permanecer en el seno de la familia-. De todos modos, sería bonito tener hijos.
    – ¿Cuántos? -preguntó Zoya en broma.
    – Por lo menos, cinco.
    Era el tamaño de su propia familia y a María siempre le pareció perfecto.
    – Pues yo quiero seis -dijo Zoya con absoluta certeza-. Tres niños y tres niñas.
    – ¡Todos pelirrojos! -exclamó María, riéndose mientras se inclinaba sobre la mesa para acariciar cariñosamente la mejilla de su amiga-. Eres de verdad la mejor amiga que tengo.
    Ambas se miraron a los ojos, y Zoya tomó la mano de María y la besó con vehemencia infantil.
    – Siempre pensé que ojalá hubieras sido mi hermana -dijo Zoya.
    En su lugar, tenía un hermano mayor que constantemente se burlaba sin piedad de su melena pelirroja. Él era moreno como su padre, aunque tenía los ojos verdes. Poseía la misma fortaleza y dignidad que su padre y contaba veintitrés años, es decir, cinco y medio más que ella.
    – ¿Cómo está Nicolai últimamente?
    – Insoportable, como de costumbre. Pero mamá se alegra mucho de que esté aquí en la Guardia Preobrajensky y no en el frente quién sabe dónde. La abuela dice que se quedó aquí para no perderse ninguna fiesta.
    Ambas rieron y pasó el momento de seriedad. Poco después, sigilosamente se abrió la puerta y una mujer de elevada estatura entró en silencio y se las quedó mirando un instante antes de que ellas advirtieran su presencia. La acompañaba un enorme gato gris que también las miró con expresión enigmática. Era la zarina Alejandra, que acababa de abandonar la habitación donde atendía a sus tres hijas enfermas.
    – Buenas tardes, niñas.
    Sonrió cuando Zoya se volvió para mirarla. Ambas jóvenes se levantaron de inmediato y Zoya corrió a besarla. La zarina había sufrido el sarampión hacía años y no corría peligro de contagio.
    – ¡Tita! ¿Cómo están los enfermos?
    La zarina abrazó cariñosamente a Zoya y suspiró mientras sus labios esbozaban una sonrisa cansada.
    – Bueno, pues la verdad es que no demasiado bien. La pobre Ana es la que está peor. -Se refería a su querida Ana Vyrubova que, junto con Lili Dehn, era su más íntima amiga-. ¿Y tú, pequeña? ¿Estás bien?
    – Sí, gracias -contestó Zoya, ruborizándose como a menudo le sucedía.
    Era lo que más le fastidiaba de su tez de pelirroja; eso, y también que el sol siempre le quemara la piel en el yate real o cuando estaban en Livadia.
    – Me sorprende que tu madre te haya permitido visitarnos hoy. -La zarina sabía lo mucho que la condesa temía los contagios. El intenso rubor de Zoya le reveló la verdad sin necesidad de que la muchacha lo confesara-. Conque esas tenemos, ¿eh? -añadió, riéndose mientras agitaba un dedo en su dirección-. ¿Dónde le dirás que has estado?
    Zoya rió en tono culpable y confesó a la madre de María lo que pensaba decirle a la suya.
    – Me he pasado horas y horas en la clase de ballet, ensayando muy duro con madame Nastova.
    – Ya. Es tremendo que muchachas de vuestra edad tengan que decir semejantes mentiras, pero hubiera debido comprender que no podéis estar separadas. -Dirigiéndose a su hija, la zarina preguntó-: ¿Le diste a Zoya su regalo, cariño?
    Después miró a las dos jóvenes con una sonrisa. Solía ser muy comedida en general, pero el cansancio al parecer la había convertido en una persona más cordial y vulnerable.
    – ¡Sí! -contestó Zoya, adelantándose a su prima al tiempo que señalaba con la mano el frasco de Lilas-. ¡Es precisamente mi perfume preferido! -Los ojos de la zarina miraron a María con expresión inquisitiva y esta abandonó la estancia riéndose. Su madre continuó conversando con Zoya-. ¿Está bien tío Nicolás?
    – Sí, aunque apenas le veo. El pobrecillo volvió del frente para descansar y se encuentra en casa con un asedio de sarampión.
    Ambas rieron, y en aquel momento María entró de nuevo en la habitación llevando en brazos algo envuelto en una manta. Se oyó un extraño pío pío como de pajarillo e, instantes después, apareció una cara marrón y blanca con largas y sedosas orejas y ojos brillantes como el ónice. Era uno de los cachorros de la perra.
    – ¡Oh, qué bonito es! Hacía muchas semanas que no veía ninguno -exclamó Zoya, y extendió una mano mientras el animalillo emitía una serie de sonidos y le lamía las manos.
    – Es niña y se llama Sava -dijo orgullosamente María, mirando a Zoya emocionada-. Mamá y yo queremos regalártela -añadió, sosteniendo en alto a la perrita mientras Zoya la admiraba.
    – ¿Para mí? Oh…, pero ¿qué…?
    Iba a decir «qué dirá mi madre», pero se detuvo inmediatamente porque no quería perder ese regalo.
    Sin embargo, la zarina lo comprendió con toda claridad.
    – Es cierto… -dijo-, a tu madre no le agradan los perros, ¿verdad, Zoya? Lo había olvidado. ¿Se enfadará mucho conmigo?
    – ¡No! No…, de ninguna manera -contestó, tomando el cachorro y estrechándolo en sus brazos mientras Sava le daba lametones en las mejillas, la nariz y los ojos, y ella echaba la cabeza hacia atrás para que la pequeña cocker no le mordisqueara el cabello-. ¡Qué bonita es! ¿De verdad es para mí?
    – Me harías un gran favor si te la quedaras, querida.
    La zarina sonrió y suspiró, sentándose en una de las dos sillas. Se la veía extremadamente cansada y Zoya advirtió entonces que iba vestida con el uniforme de la Cruz Roja. Se preguntó si se lo habría puesto para atender a sus hijos y a su amiga enfermos o si aquel día habría trabajado también en el hospital. La soberana se tomaba muy en serio su labor en el hospital e insistía siempre en que sus hijas colaboraran.
    – Mamá, ¿te apetece un poco de té?
    – Te lo agradeceré, Mashka.
    María tocó la campanilla y la doncella se presentó de inmediato, sabiendo que la zarina estaba allí con las muchachas. Poco después regresó con una tetera humeante. María sirvió té para las tres.
    – ¿Cómo está tu abuela, Zoya? -preguntó la zarina, refiriéndose a la prima lejana de su marido-. Llevo varios meses sin verla. He estado muy ocupada aquí y apenas voy a San Petersburgo.
    – Está muy bien, tita, muchas gracias.
    – ¿Y tus padres?
    – Bien. Mamá teme que envíen a Nicolai al frente y papá dice que eso la tiene muy nerviosa y preocupada. -Natalia Ossupov se ponía nerviosa por cualquier cosa, era tremendamente frágil, y su marido satisfacía todos sus caprichos y deseos. A menudo la zarina le comentaba en privado a María que no le parecía conveniente que él la mimara tanto, aunque, por fortuna, Zoya nunca se las daba de mártir. Estaba llena de fuego y de vida, y no conocía la timidez. Alejandro se imaginaba siempre a la madre de Zoya reclinada en un sillón, toda vestida de seda blanca y adornada con sus increíbles perlas, con su pálida piel, su rubio cabello y una mirada de terror en los ojos como si la vida fuera para ella una carga insoportable. Al inicio de la guerra, le había pedido que la ayudara en su tarea de la Cruz Roja, pero Natalia contestó que no podría resistirlo. No era precisamente uno de los mejores ejemplares de la especie humana, pero la zarina se abstuvo de hacer comentarios y solo asintió con la cabeza.
    – Dale recuerdos de mi parte cuando vuelvas a casa.
    Zoya miró a través de la ventana y, al ver que ya había oscurecido, se levantó de un salto y consultó horrorizada su reloj.
    – ¡Oh! ¡Debo marcharme ahora mismo! ¡Mamá se pondrá furiosa!
    – ¡Y con razón! -dijo la zarina riéndose. Después se levantó, destacando con su elevada estatura al lado de la joven-. ¡No mientas a tu madre sobre dónde estuviste! Aunque ya sé lo mucho que le disgustará saber que te has expuesto al contagio del sarampión. ¿Lo tuviste de niña?
    – No -contestó Zoya, riéndose-, pero tampoco lo pillaré ahora, y si lo pillo…
    Se encogió de hombros y estalló en otra carcajada mientras María la miraba sonriente.
    Era una de las cosas que más le gustaba de ella, su valentía y despreocupación. Juntas habían cometido muchas travesuras a lo largo de los años, aunque nunca cosas peligrosas o auténticamente perjudiciales.
    – Ahora te mandaré a casa. Tengo que atender a los niños y a la pobre Ana…
    La zarina se despidió de ambas jóvenes con un beso y se retiró. María recogió el cachorro de donde estaba escondido, lo envolvió de nuevo en la manta y se lo entregó a Zoya.
    – ¡No te olvides de Sava!
    – ¿De veras me puedo quedar con ella? -preguntó Zoya con los ojos rebosantes de amor.
    – Es tuya. Lo decidí al principio, pero quería darte una sorpresa. Protégela con tu abrigo por el camino. Así conservará el calor. -La perrilla tenía solo siete semanas y había nacido el día de la Navidad rusa. Zoya se entusiasmó al verla por primera vez en Navidad cuando la familia acudió a palacio para cenar con el zar y sus allegados-. Tu madre se pondrá furiosa, ¿verdad? -preguntó María, riéndose.
    – Sí -contestó Zoya-, pero yo le diré que la tuya se ofenderá muchísimo si la devolvemos. Y mamá no querrá disgustarla.
    María acompañó a su prima a la planta baja y la ayudó a ponerse el abrigo mientras sostenía a la perrilla. Después le puso el sombrero de martas sobre el cabello pelirrojo y la abrazó con cariño.
    – ¡Cuídate mucho y no te pongas enferma! -dijo Zoya.
    – No tengo la menor intención de hacerlo.
    María le entregó el frasco de perfume y Zoya lo tomó con su mano enguantada.
    La doncella anunció que Fiodor ya estaba preparado.
    – Vendré dentro de uno o dos días, te lo prometo… ¡Y gracias por todo!
    Zoya abrazó rápidamente a María y corrió hacia la troika donde Fiodor la estaba esperando. El hombre tenía las mejillas y la nariz bastante coloradas, y Zoya comprendió que había estado bebiendo con sus amigos en las caballerizas, pero no le importó. Le haría falta para defenderse del frío durante el rápido regreso a San Petersburgo. La muchacha se acomodó en su asiento y se alegró de que hubiera cesado de nevar.
    – Tenemos que darnos prisa, Fiodor; mamá se enfadará mucho si me retraso.
    Sin embargo, sabía que no llegaría a tiempo para la cena. Ya estarían en el salón cuando llegara… ¡Y, por si fuera poco, la perrita! Zoya rió para sus adentros mientras la fusta restallaba en el frío aire nocturno y la troika se ponía en movimiento detrás de los briosos caballos negros. Instantes después cruzaron la verja y los cosacos a caballo se desvanecieron a su espalda mientras atravesaban a toda prisa la aldea de Tsarskoe Selo.

2

    Mientras la troika conducida por Fiodor recorría a toda velocidad la avenida Nevsky, Zoya abrazó efusivamente a la perrilla y trató afanosamente de inventarse alguna excusa que ablandara a su madre. Sabía que no temería por su seguridad porque Fiodor la acompañaba, pero sin duda el retraso la molestaría y al ver a la perrita se disgustaría. Tendría que presentarla más tarde. Al llegar a Fontanka giraron bruscamente a la izquierda y los caballos se lanzaron casi al galope, sabiendo que ya estaban muy cerca de casa y de las caballerizas. Fiodor, que conocía bien el terreno, les dio rienda suelta y a los pocos momentos ayudaba a Zoya a descender del vehículo. Con súbita inspiración, la joven se sacó de debajo del abrigo el cachorro envuelto en la manta y lo depositó en sus manos con mirada suplicante.
    – Por favor, Fiodor, me la regaló la zarina…, se llama Sava. Llévala a la cocina y dásela a Galina. Yo bajaré por ella más tarde.
    El hombre contempló sus ojos de chiquilla asustada y sacudió la cabeza, riéndose.
    – ¡La condesa pedirá mi cabeza, mademoiselle! Y puede que también la suya.
    – Lo sé, a lo mejor papá… -Papá que siempre intercedía en su favor, que era siempre tan bueno y cariñoso con su madre. Era un hombre maravilloso y ella lo adoraba-. Rápido, Fiodor…, tengo que darme prisa.
    Eran las siete pasadas y aún tenía que cambiarse de ropa antes de presentarse en el comedor. Fiodor tomó la perrita y Zoya subió corriendo los peldaños de mármol de su hermoso palacete estilo medio ruso y medio francés, ordenado construir por su abuelo para su mujer. La abuela vivía ahora en un pabellón al otro lado del jardín con un pequeño parque propio, pero en aquellos momentos Zoya no tenía tiempo de pensar en ella. Tenía mucha prisa. Entró rápidamente, se quitó el sombrero, entregó el abrigo a una doncella y subió corriendo la escalinata principal para alcanzar su dormitorio, pero al punto oyó tronar una conocida voz a su espalda.
    – ¡Alto! ¿Quién anda ahí?
    – ¡Cállate! -dijo Zoya en un susurro. Su hermano se encontraba de pie junto a la escalera-. ¿Qué haces tú aquí?
    Estaba muy guapo de uniforme, y Zoya sabía que todas sus compañeras del Smolny suspiraban por él. Lucía la insignia de la célebre Guardia Preobrajensky, pero eso ahora no le impresionó.
    – ¿Dónde está mamá? -preguntó, pese a que ya conocía la respuesta.
    – En el comedor, desde luego. ¿De dónde vienes?
    – Vete. Tengo prisa… -Aún tenía que cambiarse y su hermano la estaba entreteniendo-. Voy a llegar tarde.
    El joven rió y sus ojos verdes la miraron con expresión burlona.
    – Será mejor que vayas tal como estás. Mamá se pondrá furiosa como te sigas retrasando.
    Zoya vaciló un instante y luego preguntó:
    – ¿Dijo algo? ¿La has visto?
    – Todavía no. Acabo de llegar. Quiero hablar con papá después de la cena. Ve a cambiarte. Yo los distraeré. -La quería más de lo que ella imaginaba; era la hermanita de la que solía presumir ante sus amigos, los cuales suspiraban por ella desde hacía años. Sin embargo, los habría matado si se hubieran atrevido a tocarla. La muchacha era una pequeña belleza, pero aún no lo sabía y era demasiado joven para coquetear con ellos. Algún día se casaría con un príncipe o, por lo menos, con alguien tan importante como su padre, un conde o coronel que inspirara admiración y respeto entre sus conocidos-. Vete, bestezuela -le gritó Nicolai a su espalda-. ¡Date prisa!
    Zoya corrió a su habitación, y a los diez minutos bajó luciendo un vestido azul marino de seda con cuello de encaje. Detestaba aquel vestido, pero sabía que a su madre le gustaba mucho y no quería predisponerla aún más. Hubiera resultado imposible acceder al comedor sin llamar la atención. Mientras entraba con aire de serena inocencia, su hermano esbozó una sonrisa pícara, sentado entre su madre y su abuela. La condesa estaba insólitamente pálida y vestía un precioso modelo de raso gris y un collar de brillantes y perlas negras. Cuando levantó lentamente el rostro y miró a su hija, con expresión de reproche, sus ojos eran casi del mismo color que el vestido.
    – ¡Zoya! -exclamó sin levantar la voz.
    Zoya la miró con candor y corrió a besarle la fría mejilla mientras miraba nerviosa a su padre y a su abuela.
    – Lo siento muchísimo, mamá, me retrasé un poco en la clase de ballet. Después fui a ver a una amiga, perdóname, yo…
    – ¿Dónde has estado exactamente? -preguntó la gélida voz de su madre mientras el resto de la familia contemplaba la escena en silencio.
    – Tuve que… Te pido perdón…
    Natalia miró a su hija directamente a los ojos mientras esta fingía alisarse el cabello. Parecía habérselo peinado a toda prisa, tal como de hecho sucedió.
    – Quiero saber la verdad. ¿Has ido a Tsarskoe Selo?
    – Yo… -Hubiera sido inútil. Su madre era demasiado fría, demasiado bella y aterradora, y dominaba por entero la situación-. Sí, mamá -contestó, sintiéndose de nuevo una niña de siete años y no una joven de diecisiete-. Perdóname.
    – Eres una insensata. -Los ojos de Natalia se encendieron de furia mientras miraba a su marido-. Konstantin, se lo prohibí expresamente. Todos los niños tienen el sarampión y ahora ella se ha expuesto al contagio. Ha sido un descarado acto de desobediencia.
    Zoya miró nerviosamente a su padre; en los ojos de este brillaba el mismo fuego esmeralda que en los suyos y el conde apenas si podía reprimir una sonrisa. Adoraba a su hija de la misma manera que amaba a su esposa. Esta vez, Nicolai intercedió en su favor, cosa que en raras ocasiones hacía, tal vez porque la vio muy preocupada y se compadeció.
    – Quizá le pidieron que fuera, mamá, y Zoya no se atrevió a negarse.
    Sin embargo, aparte sus muchas cualidades, Zoya era siempre sincera y ahora miró a su madre, que permanecía serenamente sentada, esperando que las doncellas sirvieran la cena.
    – Yo quise ir, mamá. La culpa es mía, no suya. María se sentía muy sola.
    – Fue una insensatez de tu parte, Zoya. Ya hablaremos después de cenar.
    – Sí, mamá. -Zoya bajó la vista a su plato mientras los demás proseguían la conversación sin ella. Cuando instantes después levantó la mirada, se percató de la presencia de su abuela y su rostro se iluminó con una sonrisa-. Hola, abuela. Tía Alix me encargó que te diera recuerdos.
    – ¿Qué tal está? -preguntó su padre mientras su madre la miraba en silencio, visiblemente disgustada por su conducta.
    – Ella siempre está bien cuando atiende a los enfermos -contestó la abuela en su nombre-. Es curioso lo que le ocurre a Alix. Padece toda clase de dolencias hasta que alguien se pone más enfermo y la necesita. Entonces está siempre a la altura de las circunstancias. -La anciana condesa miró con intención a su nuera y después le dedicó una cariñosa sonrisa a Zoya-. La pequeña María se habrá alegrado mucho de verte, Zoya.
    – Así es, abuela -contestó Zoya. Después añadió, para tranquilizar a su madre-: A los demás ni siquiera los he visto. Debían de estar encerrados en alguna parte. Hasta madame Vyrubova se ha puesto enferma -comentó, arrepintiéndose enseguida de haberlo dicho.
    – Qué estupidez de tu parte, Zoya -dijo su madre, mirándola horrorizada-. No entiendo por qué tuviste que ir. ¿Acaso quieres pillar el sarampión?
    – No, mamá. Lo siento de veras. -Pero su rostro no lo demostraba. Solo sus palabras estaban llenas de la esperada compunción-. No quería retrasarme. Iba a marcharme cuando entró tía Alix para tomar el té con nosotras y no quise ser grosera con ella…
    – Faltaría más. Al fin y al cabo, es nuestra zarina y también nuestra prima -dijo la abuela.
    Tenía los ojos del mismo color verde que los de Zoya, su padre y su hermano. Solo los de Natalia eran gris azulado como el frío cielo invernal y sin esperanza de verano. La vida siempre le había exigido demasiado a Natalia, su marido era fuerte y enérgico, con entusiasmo, y quería más hijos de los que ella podía darle. Dos hijos nacieron muertos, tuvo varios abortos y tanto los embarazos de Zoya como de Nicolai fueron muy difíciles. Tuvo que pasarse un año en la cama por cada uno de ellos y ahora dormía en sus propios aposentos. A Konstantin le gustaban sus amigos y hubiera querido ofrecer innumerables bailes y fiestas, pero ella lo consideraba excesivamente agotador y utilizaba su precaria salud como excusa para justificar su falta de joie de vivre y su casi abrumadora timidez. Tras su gélido aire desdeñoso se ocultaba el hecho de que la gente la aterraba y se sentía bastante más a gusto reclinada en un sillón junto a la chimenea. En cambio, Zoya se parecía mucho más a su padre que, una vez la presentara en sociedad en primavera, tenía previsto que su hija lo acompañara a las fiestas. Durante mucho tiempo hablaron de abandonar la idea del baile, pero Natalia insistió en que no deberían pensar en ello estando en guerra. Al final, la abuela resolvió la cuestión para gran alivio de Konstantin. Organizarían un baile en cuanto la joven terminara en junio sus estudios en el Instituto Smolny. Tal vez no sería un baile tan fastuoso como el que hubieran organizado en tiempos de paz, pero de todos modos la fiesta sería muy bonita.
    – ¿Qué noticias hay de Nicolás? -preguntó Konstantin-. ¿Te dijo algo María?
    – No demasiado. Tía Alix dice que regresó del frente, pero creo que pronto volverá a marcharse.
    – Lo sé. Lo vi la semana pasada. Pero, como sea, está bien, ¿verdad?
    Konstantin parecía preocupado, pensó su apuesto hijo, y dedujo que su padre habría oído los rumores que circulaban por el cuartel, según los cuales Nicolás estaba tremendamente agotado y la tensión de la guerra podría acabar con él. Sin embargo, dada la amable disposición del zar y su constante preocupación por todos, eso era casi inimaginable. Hubiera sido muy difícil que el zar se derrumbase o se diera por vencido. Era un hombre profundamente amado por sus semejantes y, sobre todo, por el padre de Zoya. Como Zoya y María, ambos eran amigos de la infancia y el zar era padrino de Nicolai, el cual había sido bautizado con su nombre, aparte que el padre de Nicolás era íntimo amigo del de Konstantin. El cariño que se profesaban el uno al otro rebasaba los límites familiares y su amistad era tan estrecha que incluso se habían casado con dos alemanas, aunque Alix parecía un poco más valerosa que Natalia. Por lo menos, era capaz de estar a la altura de las circunstancias en caso necesario, tal como lo demostraba su labor en la Cruz Roja y el cuidado de sus hijos enfermos. Natalia hubiera sido intrínsecamente incapaz de hacer nada de eso. La anciana condesa sufrió una amarga decepción cuando su hijo no se casó con una rusa. El hecho de que el zar también se hubiera conformado con una alemana no fue consuelo.
    – Por cierto, ¿qué te ha traído aquí esta noche? -preguntó Konstantin, mirando con una cariñosa sonrisa a Nicolai.
    Estaba orgulloso de él y se alegraba de que estuviera en la Preobrajensky y no en el frente, cosa que no ocultaba pues no tenía el menor deseo de perder a su único hijo. Las bajas rusas, desde la batalla de Tannenberg en verano de 1914 hasta la terrible derrota en los helados campos de Galizia, eran ya muy elevadas, y él quería que Nicolai permaneciera a salvo en San Petersburgo. Eso, por lo menos, era un gran alivio tanto para él como para Natalia.
    – Quería hablar contigo después de la cena, papá -dijo con firmeza el muchacho mientras Natalia lo miraba con inquietud. Esperaba que no quisiera contarle a su padre ningún disparate. Una amiga le había revelado recientemente que su hijo tenía una aventura con una bailarina y, como Nicolai le dijera a su padre que quería casarse con ella, la iban a oír-. Nada importante. -La abuela lo miró con sus astutos y perspicaces ojos, sabiendo que el muchacho había mentido con respecto a la importancia del asunto. Estaba muy preocupado por algo, hasta el punto de haber decidido regresar a casa y pasar la noche con la familia, lo cual era impropio en él-. En realidad -añadió Nicolai, mirando con una sonrisa a sus familiares-, he venido para cerciorarme de que este pequeño monstruo se comporta como es debido.
    El joven miró a Zoya, que le correspondió con un gesto de hastío.
    – Ya soy mayorcita, Nicolai, y nunca me comporto indebidamente -dijo la muchacha, y terminó el postre con aire relamido mientras él soltaba una carcajada burlona.
    – No me digas. Pues hace apenas un momento subías corriendo la escalera, como de costumbre retrasada para la cena, con las botas mojadas y el cabello desgreñado como si te lo hubieras peinado con una horca…
    Antes de que pudiera proseguir, Zoya le arrojó una servilleta a la cara. Su madre miró con expresión implorante al marido.
    – ¡Por favor, Konstantin, diles que se callen! Me atacan los nervios.
    – Eso no es más que una canción de amor, querida -terció juiciosamente la condesa Eugenia-. Es la única manera que tienen de conversar en esta fase de sus vidas. Mis hijos a cada momento se tiraban de los pelos y se arrojaban zapatos. ¿No es cierto, Konstantin?
    Konstantin soltó una sonora carcajada y miró tímidamente a su madre.
    – Me temo que de pequeño yo tampoco me comportaba muy bien, querida -dijo, y miró cariñosamente a su mujer antes de levantarse de la mesa tras saludar a todos con una leve inclinación.
    Después precedió a su hijo hacia un saloncito contiguo donde ambos podrían conversar en privado. Al igual que su mujer, esperaba que Nicolai no hubiera vuelto a casa para comunicarles su deseo de casarse.
    Cuando se sentaron frente al fuego de la chimenea, a Konstantin no le pasó inadvertida la elegante pitillera de oro que Nicolai sacó del bolsillo. Era uno de los diseños más típicos de Carl Fabergé, en oro rosa y amarillo y con un precioso cierre de zafiros. Konstantin estaba casi seguro de que el artífice debía de ser Hollming o Wigstrom.
    – ¿Otra chuchería, Nicolai?
    Al igual que su mujer, él también estaba enterado de la supuesta aventura de Nicolai con una hermosa bailarina.
    – El regalo de una amiga, papá.
    Konstantin sonrió con indulgencia.
    – Más o menos lo que yo me temía.
    Nicolai frunció el ceño y ambos rieron. Era muy maduro para su edad y, aparte de su apostura, poseía una inteligencia muy despierta. En suma, la clase de hijo del que un padre podía sentirse orgulloso.
    – No te preocupes, papá. Pese a lo que te hayan dicho, eso no es más que una diversión; nada serio, te lo aseguro.
    – Bien. Entonces, ¿qué te ha traído aquí esta noche?
    Nicolai contempló el fuego con expresión preocupada y después se volvió y miró a su padre.
    – Se trata de algo mucho más importante. He oído cosas muy desagradables sobre el zar. Que está cansado, que está enfermo, que no debería estar al mando de las tropas. Tú también las habrás oído, padre.
    – En efecto. -Konstantin asintió lentamente con la cabeza-. Pero yo sigo creyendo que no nos defraudará.
    – Anoche estuve en una fiesta en casa del embajador Paleólogo. Él pinta un cuadro muy sombrío. Piensa que la escasez de víveres y combustible es mucho más grave de lo que nosotros reconocemos, y que la tensión de la guerra ya se está cobrando su tributo. Estamos facilitando suministros a seis millones de hombres en el frente y apenas podemos mantener a los de casa. Teme que nos derrumbemos, que Rusia se derrumbe y el zar con ella…, y entonces, ¿qué, padre? ¿Tú crees que tiene razón?
    Konstantin reflexionó largo rato y luego sacudió la cabeza.
    – No, no lo creo. Es cierto que todos sufrimos esta tensión, al igual que Nicolás. Pero esto es Rusia, Nicolai, no un débil y diminuto país en medio de quién sabe dónde. Somos un pueblo fuerte y valeroso, y por difícil que sea la situación dentro o fuera de él, no nos derrumbaremos. Jamás.
    Estaba firmemente convencido de ello y Nicolai se tranquilizó al oír sus palabras.
    – La Duma, nuestro parlamento, se reúne mañana. Será interesante ver lo que ocurre.
    – No ocurrirá nada, hijo mío. Rusia perdurará para siempre. De eso no te quepa la menor duda -dijo, y miró cariñosamente a Nicolai.
    – No me cabe ninguna duda -contestó el joven-. Quizá solo necesitaba que me lo dijeras.
    – Eso lo necesitamos todos alguna vez. Debes ser fuerte por Nicolás, por todos nosotros y por tu patria. Todos debemos ser fuertes ahora. Ya volverán los buenos tiempos. La guerra no se prolongará indefinidamente.
    – Es terrible. -Ambos eran conscientes de la gravedad de las bajas. Sin embargo, nada de todo aquello tenía por qué significar el final de lo que más querían. Pensándolo mejor, Nicolai se sintió un estúpido por haberse preocupado tanto. El embajador francés había sido demasiado convincente con sus agoreras predicciones. Ahora se alegraba de haber hablado con su padre-. ¿Mamá está bien?
    Le había parecido más nerviosa que de costumbre, aunque tal vez la conducta de su madre le había llamado la atención porque ahora la veía con menos frecuencia.
    – Está muy preocupada también por la guerra… -Konstantin esbozó una leve sonrisa-, y por ti, por mí y por Zoya… Buena pieza está hecha.
    – Pero es encantadora, ¿a que sí? -Nicolai hablaba de su hermana con un calor y una admiración que hubiera negado enérgicamente si alguien se lo hubiera comentado a la muchacha-. La mitad de mi regimiento está enamorado de ella. Me paso el rato amenazando con asesinar a mis compañeros.
    Su padre sonrió, sacudiendo tristemente la cabeza.
    – Es una lástima que la presentemos en sociedad en tiempo de guerra. Quizá en junio todo habrá terminado.
    Era una esperanza compartida, aunque Nicolai no la consideraba muy probable.
    – ¿Has pensado en alguien para ella? -preguntó a su padre con curiosidad.
    Tenía varios amigos que podrían ser pretendientes muy adecuados.
    – No puedo soportar la idea de perderla. Es una tontería, supongo. Es demasiado fogosa como para quedarse con nosotros mucho tiempo. A tu abuela le gusta mucho el príncipe Orlov.
    – Es demasiado mayor para ella.
    El príncipe tenía treinta y cinco años, y al pensarlo Nicolai frunció protectoramente el ceño. En realidad, no estaba seguro de que hubiera alguien digno de su turbulenta hermanita.
    Konstantin se levantó sonriendo y le dio unas cariñosas palmadas en la espalda.
    – Será mejor que volvamos, de lo contrario tu madre se preocupará.
    Al salir del salón, Konstantin le rodeó los hombros con su brazo. Cuando se reunieron con las damas en otro saloncito, Zoya estaba discutiendo con su madre a propósito de algo.
    – Vamos a ver qué has hecho ahora, pequeño monstruo -dijo Nicolai, y rió al ver la expresión de su cara, mientras observaba con el rabillo del ojo que su abuela se había vuelto de espaldas para disimular una sonrisa.
    Natalia estaba pálida como la cera; en cambio, Zoya se había ruborizado.
    – ¡Tú no te metas en esto! -dijo la joven, mirando enfurecida a su hermano.
    – ¿Qué ocurre ahora, pequeña? -preguntó Konstantin en tono burlón hasta que advirtió la mirada de reproche de su mujer.
    Natalia le reprochaba que fuera demasiado blando con su hija.
    – Al parecer -dijo esta en tono indignado-, Alix le ha hecho un regalo completamente ridículo y yo no pienso permitir que se lo quede.
    – Vaya por Dios, ¿de qué se trata? ¿Son sus famosas perlas? Acéptalas por lo que más quieras, cariño, ya tendrás ocasión de lucirlas más adelante.
    Konstantin se encontraba de buen humor tras su conversación con Nicolai, por lo que ambos hombres intercambiaron una mirada de complicidad por encima de las cabezas de las mujeres.
    – Eso no tiene ninguna gracia, Konstantin, y espero que le digas exactamente lo mismo que yo. Tiene que librarse de eso enseguida.
    – Pero ¿qué es? ¿Una serpiente amaestrada? -preguntó Nicolai en broma.
    – No, es uno de los cachorros de Joy. -Zoya miró con ojos suplicantes a su padre-. Papá, por favor…, si prometo cuidarla yo misma y tenerla siempre en mi habitación para que mamá no la vea…, por favor…
    Las lágrimas temblaron en sus ojos y el padre se enterneció al verla cruzar el salón con los ojos encendidos de rabia.
    – ¡No! ¡Los perros transmiten enfermedades y todos sabéis muy bien lo delicada que estoy de salud!
    En aquellos momentos, Natalia no parecía precisamente una persona delicada, de pie en el centro de la estancia y con el rostro contraído en una mueca de furia. Konstantin recordó la atracción que sintió por ella la primera vez que la vio. Sin embargo, Natalia era una mujer muy difícil.
    – A lo mejor, si la dejáramos en la cocina… -dijo, y miró esperanzado a su mujer.
    – Siempre cedes ante ella, ¿verdad, Konstantin? -replicó Natalia, dirigiéndose hacia la puerta.
    – Cariño, no debe de ser una perra grande. La madre es muy pequeña.
    – Y, además, tiene otros dos perros y un gato, y el hijo está constantemente al borde de la muerte.
    Natalia se refería a la enfermedad crónica del zarevich Alexis.
    – Eso no tiene nada que ver con los perros. Tal vez la abuela podría tenerla en su casa…
    Konstantin miró esperanzado a su madre y esta sonrió, disfrutando en su fuero interno de la escena. Era muy propio de Alix regalarle un perro a Zoya, a sabiendas de lo mucho que enfurecería a su madre. Siempre había existido una rivalidad secreta entre ambas, aunque Alejandra era al fin y al cabo la zarina.
    – La acogeré con gusto en casa -dijo la anciana condesa.
    – Muy bien.
    Konstantin se alegró de haber encontrado la mejor solución, pero, en aquel momento, oyó un portazo y comprendió que no volvería a ver a su mujer hasta la mañana siguiente.
    – Desde este ambiente tan festivo -dijo Nicolai, mirando a su alrededor con una sonrisa al tiempo que se inclinaba ceremoniosamente ante su abuela-, regresaré a la tranquilidad del cuartel.
    – Más te vale -le replicó su abuela con ironía, disimulando apenas una sonrisa mientras el joven le daba un cariñoso beso-. Tengo entendido que estás hecho un calavera, querido.
    – No creas nada de lo que te cuenten. Buenas noches, abuela. -Nicolai la besó en ambas mejillas y tocó suavemente el hombro de su padre-. En cuanto a ti, bestezuela… -añadió, dándole a Zoya un leve tirón de la melena pelirroja mientras ella lo miraba sin ocultar el amor que le profesaba-, pórtate bien y no vuelvas a casa con más animalitos. Volverás loca a tu madre.
    – ¡A ti nadie te ha pedido la opinión! -dijo ella, besándole por segunda vez-. Adiós, muchacho perverso.
    – No soy un muchacho sino un hombre, aunque dudo que tú pudieras comprender la diferencia.
    – La comprendería si viera a alguno.
    Desde la puerta Nicolai se despidió de todos con una expresión burlona en el rostro y marchó a visitar, probablemente, a su pequeña bailarina.
    – Es un chico encantador, Konstantin. Me recuerda mucho a ti cuando eras joven -dijo la anciana condesa con orgullo mientras su hijo la miraba sonriente y Zoya se sentaba en un sillón con cara de hastío.
    – Pues a mí me parece un antipático.
    – Él habla de ti en términos más halagüeños, Zoya Nikolaevna -dijo cariñosamente su padre. Estaba orgulloso de ellos y los amaba con todo su corazón. Se inclinó para besar a su hija en la mejilla y después sonrió a su madre-. ¿De veras vas a quedarte con la perrita, mamá? -preguntó a la condesa Eugenia-. Temo que Natalia nos eche a todos de casa si intento convencerla.
    Konstantin reprimió un suspiro. A veces deseaba que su mujer tuviera un carácter menos difícil, sobre todo cuando su madre la miraba con silencioso reproche. Sin embargo, Eugenia Ossupov ya tenía una opinión formada sobre su nuera desde hacía bastante tiempo, y nada de lo que esta hiciera la modificaría en ningún sentido.
    – Pues, claro. Me encantará tener una pequeña amiga. -La abuela se volvió y miró a Zoya con expresión divertida-. ¿Cuál de los perros la engendró? ¿Charles, el del zarevich, o el pequeño bulldog francés de Tatiana?
    – Ninguno de ellos, abuela. Es hija de Joy, la cocker spaniel de María. Es un encanto, abuela, y se llama Sava -contestó Zoya, sentándose como una chiquilla sobre las rodillas de su abuela mientras la condesa apoyaba amorosamente una mano sobre su hombro.
    – Pídele que no bautice mi alfombra Aubusson preferida y nos haremos buenas amigas, te lo prometo.
    Eugenia Petrovna acarició la melena pelirroja que cubría los hombros de Zoya. Le encantaban las suaves caricias de su abuela desde que era pequeña. Ahora levantó el rostro y besó cariñosamente la mejilla de la anciana.
    – Gracias, abuela. Me apetece tanto tenerla.
    – La tendrás, pequeña, la tendrás… -La condesa se levantó y se acercó despacio a la chimenea, sintiéndose un poco fatigada pero contenta. Zoya fue en busca de la perrilla. La condesa miró a Konstantin y le pareció que había transcurrido solo un instante desde que este era tan joven como Nicolai. Los años pasaban volando, pero siempre fueron amables con ella. Su marido había tenido una vida muy satisfactoria. Muerto hacía tres años, a los ochenta y nueve, ella siempre se consideró afortunada por haberlo amado. Ahora Konstantin se lo recordaba, sobre todo cuando lo veía con Zoya-. Es una chiquilla encantadora, Konstantin Nicolaevich, una muchacha preciosa.
    – Se parece mucho a ti, mamá.
    Eugenia sacudió la cabeza, pero Konstantin pudo ver conformidad en sus ojos. A veces, la condesa veía en su nieta muchas características suyas y se alegraba de que Zoya no se pareciera a su madre. Incluso cuando la joven desobedecía a su madre, la condesa lo aprobada por considerarlo una prueba de que por las venas de Zoya corría su propia sangre, lo cual molestaba sobremanera a Natalia.
    – Es original y distinta de todos. No debemos imponerle nuestros criterios y defectos.
    – ¿Cuándo tuviste tú algún defecto? Siempre has sido buena conmigo, mamá…, con todos nosotros…
    La condesa era una mujer unánimemente querida y respetada por sus sólidos principios y convicciones. Konstantin conocía su prudencia y procuraba seguir sus acertados consejos.
    – ¡Aquí la tienes, abuela! -exclamó Zoya, entrando de nuevo con la minúscula perrita en brazos. La condesa la tomó con sumo cuidado-. ¿No te parece bonita?
    – Es preciosa… y lo seguirá siendo hasta que se coma mi mejor sombrero o mis zapatos preferidos…, pero no quiera Dios que estropee mi alfombra Aubusson favorita. Como lo hagas -añadió, acariciando la cabecita del animalito tal como antes hiciera con el cabello de Zoya-, prepararé una sopa contigo. ¡No lo olvides! -La pequeña Sava emitió un ladrido a modo de respuesta-. Alix ha sido muy amable haciéndote este regalo. Espero que le hayas dado las debidas gracias.
    Zoya rió y se cubrió graciosamente la boca con una mano.
    – Temía que mamá se disgustara.
    La abuela rió mientras Konstantin disimulaba una sonrisa por respeto a su mujer.
    – Veo que conoce muy bien a tu madre, ¿verdad, Konstantin? -dijo la condesa, mirando a su hijo directamente a los ojos para que la entendiera.
    – La salud de la pobre Natalia no es muy buena últimamente. Puede que más adelante…
    – Dejémoslo, Konstantin. -La condesa viuda hizo un impaciente gesto con la mano y, sin soltar la perrita, le dio a su nieta un beso de buenas noches-. Ven a vernos mañana, Zoya, ¿o acaso piensas volver a Tsarskoe Selo? Debería ir contigo cualquier día de estos para visitar a Alix y a los niños.
    – Mientras estén enfermos no lo hagas, mamá, te lo suplico… Además, con este tiempo el viaje sería demasiado duro para ti.
    – No seas necio, Konstantin -dijo la condesa riendo-. Tuve el sarampión hace casi cien años, y el mal tiempo nunca me asustó. Estoy muy bien, gracias a Dios, y pienso seguir estándolo por lo menos otros doce años, o tal vez más. Lo digo completamente en serio.
    – Excelente noticia -repuso Konstantin sonriendo-. Te acompañaré al pabellón.
    – No digas tonterías. -La condesa se despidió con la mano mientras Zoya iba por su capa y al regresar se la echaba sobre los hombros-. Soy perfectamente capaz de cruzar sola el jardín, ¿sabes?, lo hago varias veces al día.
    – En tal caso, no me niegue el placer de hacerlo con usted, madame.
    – De acuerdo, pues, Konstantin. Buenas noches, Zoya.
    – Buenas noches, abuela. Y gracias por guardarme a Sava.
    La anciana le dio a su nieta un cariñoso beso y Zoya subió a su dormitorio malva mientras ellos salían al frío jardín. Zoya bostezó perezosamente y sonrió al pensar en la perrita que María y su madre le habían regalado. Fue un día delicioso. Cerró con cuidado la puerta del dormitorio y se hizo la firme promesa de regresar a Tsarskoe Selo en cuestión de uno o dos días. Pero entretanto tendría que pensar en algo bonito para llevarle a Mashka.

3

    Dos días más tarde, cuando Zoya tenía previsto regresar a Tsarskoe Selo para ver a María, se recibió una carta por la mañana antes del desayuno. La entregó el propio doctor Fedorov, el médico de Alexis, que se había desplazado a la ciudad para recoger unos medicamentos y trajo la desagradable noticia de que María también había sucumbido a la enfermedad. Zoya leyó la nota consternada. No solo no podría visitar a su prima de momento, sino que, a lo mejor, ambas tardarían varias semanas en reencontrarse, pues, según dijo el doctor Fedorov, María no podría recibir visitas durante algún tiempo. Todo dependería del curso de la enfermedad. Anastasia ya sentía algunas molestias en el oído a causa de la dolencia, y mucho se temía el médico que el zarevich hubiera contraído una pulmonía.
    – Oh, Dios mío… -exclamó Natalia en tono quejumbroso-. Y tú estuviste expuesta al contagio, Zoya. Te prohibí terminantemente que fueras y ahora corres peligro de enfermar… ¿Cómo has podido hacerme eso? ¡Cómo te has atrevido!
    Se puso casi histérica al pensar en la dolencia que Zoya pudiera haber traído involuntariamente a la casa. Konstantin apareció justo a tiempo para presenciar el desmayo de su mujer y ordenó a la doncella que fuera al piso de arriba en busca del frasco de sales. Lo había encargado a Fabergé especialmente en forma de fresa para Natalia y ella lo tenía siempre al alcance de la mano sobre su mesilla de noche.
    El doctor Fedorov tuvo la amabilidad de quedarse hasta que Natalia se retiró a su dormitorio mientras Zoya garabateaba una breve nota para su amiga. Le deseaba una pronta recuperación para que ambas pudieran volver a reunirse cuanto antes, y firmaba en su nombre y en el de Sava, la cual había regado generosamente la célebre alfombra Aubusson justo la víspera, aunque de todos modos la abuela se quedó con ella, amenazando sin embargo con convertirla en sopa si su comportamiento no mejoraba de inmediato.
    «… Te quiero muchísimo, mi dulce amiga. Ahora ponte bien enseguida para que yo pueda ir a verte.» Le enviaba a su prima dos libros, uno de ellos Los hijos de Elena, que había leído hacía apenas unas semanas y en todo caso tenía intención de regalárselo. Añadía después una posdata, advirtiéndole que no utilizara su enfermedad como excusa para hacer trampa en el tenis, tal como ambas habían hecho el verano anterior en Livadia, jugando con dos hermanas de María. Era su juego preferido y María destacaba por encima de todas, aunque Zoya siempre amenazaba con ganarla. «… Iré a verte en cuanto tu madre y el médico me lo permitan. Con todo mi corazón, tu Zoya que te quiere.»
    Aquella tarde, Zoya vio de nuevo a su hermano y se distrajo con él. Mientras esperaban el regreso del padre a casa, Nikolai la llevó a dar un paseo en la troika de la madre, que no había salido de su habitación en todo el día, disgustada por la noticia de la enfermedad de María y porque Zoya se hubiera expuesto al contagio. Zoya sabía que su madre era capaz de pasarse varios días sin salir y por eso le alegró doblemente la presencia de su hermano.
    – ¿Por qué has venido a ver otra vez a papá? ¿Ocurre algo, Nicolai?
    – No seas tonta. ¿Por qué piensas que ocurre algo? Qué boba eres.
    Pero qué lista también. Nicolai se asombró de que su hermana hubiera intuido la razón de su regreso para ver a Konstantin. La víspera, durante la reunión de la Duma, Alexander Kerensky había pronunciado un discurso muy agresivo que incluía una incitación para asesinar al zar, y Nicolai temía que parte de lo que el embajador Paleólogo le había dicho se hiciera realidad. Quizá la situación era más grave de lo que pensaban y el pueblo estaba más alterado por la falta de víveres de lo que sospechaban. El embajador británico, sir George Buchanan, le comentó lo mismo antes de marcharse a pasar diez días de vacaciones a Finlandia. Por eso deseaba conocer una vez más la opinión de su padre.
    – Tú nunca vienes a visitarnos a no ser que ocurra algo, Nicolai -dijo Zoya mientras la troika recorría velozmente la hermosa avenida Nevsky.
    Había nieve recién caída en el suelo y la calle estaba más bonita que nunca. Nicolai insistió en que no pasaba nada y, aunque sintió una extraña punzada de temor, su hermana decidió creerle.
    – Es un comentario encantador, Zoya. Pero no es verdad. Dime más bien si es cierto que has vuelto a disgustar a mamá. Me han dicho que está en cama por tu culpa y que el médico la visita dos veces al día.
    Zoya encogió los hombros y esbozó una sonrisa pícara.
    – Todo se debe a que el doctor Fedorov le dijo que Mashka tiene sarampión.
    – ¿Y tú serás la próxima? -preguntó Nicolai mientras ella soltaba una carcajada.
    – No seas tonto. Yo nunca me pongo enferma.
    – No estés tan segura. Pero no se te ocurra volver allí, ¿de acuerdo?
    Por un instante, Nicolai pareció inquietarse, pero su hermana sacudió la cabeza con infantil decepción.
    – No me lo permitirán. Nadie puede visitarlas ahora. Y la pobre Anastasia tiene un terrible dolor de oído.
    – Pronto se curarán y podrás ir a verlas.
    Zoya asintió sonriendo.
    – Por cierto, Nicolai, ¿cómo está tu bailarina?
    Nicolai se sobresaltó por un momento y después tiró de un mechón del cabello de su hermana que asomaba bajo su gorro de piel.
    – ¿Qué te induce a pensar que tengo una «bailarina»?
    – Eso lo sabe todo el mundo, tonto… Tal como se sabía lo de tío Nicolás antes de la boda con tía Alix.
    Zoya hablaba abiertamente con Nicolai porque era su hermano, pero, aun así, él se escandalizó. Aunque la joven no tenía pelos en la lengua, Nicolai esperaba por lo menos un poco de recato.
    – ¡Zoya! ¡Cómo te atreves a hablar de esas cosas!
    – Contigo puedo decir lo que me apetezca. ¿Cómo es ella? ¿Es guapa?
    – ¡No es nada porque no existe! ¿Es eso lo que te enseñan en el Smolny?
    – No me enseñan nada -contestó la joven, pasando por alto la sólida educación que había recibido allí, semejante a la que tiempo atrás recibiera su hermano en el Corps des Pages imperial, la academia militar destinada a hijos de nobles y militares de alta graduación-. Además, estoy a punto de terminar.
    – Supongo que estarán encantados de perderte de vista, querida.
    Zoya se encogió de hombros y ambos se echaron a reír. Nicolai pensó por un instante que había logrado desviar su atención, pero su hermana volvió a la carga y lo miró con una sonrisa perversa.
    – Aún no me has dicho nada de tu amiga, Nicolai.
    – Eres una chica imposible, Zoya Nikolaevna.
    La muchacha rió mientras regresaban lentamente a su palacio de la calle Fontanka. Para entonces, su padre ya había vuelto a casa y ambos hombres se encerraron en la biblioteca de Konstantin, cuyos ventanales daban al jardín. La estancia estaba llena de preciosos libros encuadernados en cuero y de objetos reunidos por Konstantin a lo largo de los años, particularmente piezas de malaquita y la colección de huevos de Pascua de Fabergé que Natalia le regalaba cada año, similares a los que el zar y la zarina se intercambiaban en las ocasiones señaladas. Mientras permanecía de pie junto a la ventana escuchando a su hijo, Konstantin vio que Zoya atravesaba el jardín nevado para visitar a su abuela y a Sava.
    – Bien, padre, ¿qué piensas?
    Cuando se volvió de nuevo hacia su hijo, Konstantin advirtió una seria preocupación en Nicolai.
    – No creo que eso tenga ningún significado especial. Y, aunque haya un poco de agitación en las calles, el general Jabalov es capaz de hacer frente a cualquier cosa. No hay por qué preocuparse. -Konstantin se alegró de que su hijo se interesara tanto por el bienestar de su ciudad y su país-. Todo va bien. Pero nunca está de más permanecer alerta. Es la marca que distingue al buen soldado.
    Su hijo era tan buen soldado como él en su juventud y también como su abuelo. De haber podido, Konstantin hubiera marchado a luchar al frente, pero ya era demasiado viejo, por mucho que amara a su primo el zar y a su patria.
    – Padre, ¿cómo no te preocupa el discurso de Kerensky en la Duma? ¡Pero si ese hombre ha insinuado una traición!
    – En efecto, pero nadie puede tomarlo en serio, Nikolai. Nadie va a asesinar al zar. Nadie se atrevería. Por otra parte, ya cuidará él de estar bien protegido. Creo que ahora corre mucho más peligro en casa con tantos hijos y criados enfermos de sarampión que en medio de su pueblo -dijo Konstantin, mirando cariñosamente a su hijo-. De todos modos, visitaré al embajador Buchanan en cuanto regrese y le hablaré, si tan preocupado está. Será interesante escuchar sus puntos de vista sobre la cuestión, y también los de Paleólogo. Cuando Buchanan regrese de sus vacaciones, organizaré un almuerzo con ellos al que por supuesto estás invitado.
    – Me tranquiliza hablar contigo, padre.
    Pero esta vez los temores de Nicolai no se acallaron tan fácilmente y, cuando el joven abandonó su casa, aún experimentaba una desagradable sensación de desastre inminente. Estuvo tentado de ir a Tsarskoe Selo para reunirse en privado con su primo, pero sabía que no era el momento oportuno, pues el zar estaba muy cansado y preocupado por la salud de su hijo.
    Una semana más tarde, el 8 de marzo, Nicolás abandonó San Petersburgo para regresar al frente de Mogilev, a ochocientos kilómetros de distancia. Aquel mismo día se produjeron los primeros disturbios en las calles, cuando en las colas del pan la gente se alborotó e irrumpió en las panaderías al grito de «¡Queremos pan!». Al anochecer llegó un escuadrón de cosacos para controlar a la multitud. Pese a todo, nadie parecía excesivamente inquieto. El embajador Paleólogo incluso ofreció una fastuosa fiesta a la que asistieron entre otros el príncipe y la princesa Gorchakov, el conde Tolstoi, Alexander Benois y el embajador español marqués de Villasinda. Natalia estaba todavía indispuesta e insistió en que no podría ir, y Konstantin no quiso dejarla. Al día siguiente se alegró de no haber ido al enterarse de que los alborotadores habían volcado un tranvía en las afueras de la ciudad. Sin embargo, nadie se alarmó demasiado. Como para tranquilizar a todo el mundo, el día después amaneció claro y soleado, y la avenida Nevsky se llenó de una alegre multitud y, por si fuera poco, todas las tiendas permanecieron abiertas. Había cosacos vigilando las calles, pero la gente parecía entenderse con ellos. El sábado 10 de marzo se produjo un inesperado saqueo y, al día siguiente, varias personas resultaron heridas en los disturbios.
    Aquella noche, los Radziwill darían una fastuosa fiesta. Era como si todo el mundo intentara ignorar la situación. Sin embargo, no era fácil obviar las noticias sobre los disturbios y alborotos.
    Ese mismo día, Gibbes, el profesor de inglés de María, le trajo a Zoya una carta de su prima. La joven lo recibió alborozada, pero se llevó un gran disgusto al leer que María se encontraba «terriblemente mal» y que a Tatiana también le dolía el oído. En contrapartida, el niño estaba un poco mejor.
    – La pobre tía Alix debe de estar muy cansada -le dijo Zoya a su abuela aquella tarde, sentada en el salón con la pequeña Sava sobre las rodillas-. Estoy deseando ver a María, abuelita.
    Se pasaba los días sin hacer nada. Su madre no le permitió ir a clase de ballet debido a la agitación callejera, y esta vez su padre había confirmado la prohibición.
    – Un poco de paciencia, querida -le recomendó la abuela-. No querrás salir a la calle con tantas personas hambrientas y desgraciadas rondando por ahí.
    – ¿Tan mala es su situación, abuela? -No acertaba a imaginarlo entre los lujos de los que ella disfrutaba. Se le partía el corazón de pensar que pudiera haber personas tan desesperadas y hambrientas-. Ojalá pudiéramos darles algo de lo que tenemos.
    Su vida era cómoda y tranquila, y le pareció cruel que a su alrededor hubiera gente que sufría hambre y frío.
    – Todos lo pensamos alguna vez, pequeña. -Los brillantes ojos de la condesa se clavaron en los de Zoya-. La vida no siempre es justa. Hay muchas, muchísimas personas que nunca tendrán lo que nosotros damos por sentado a diario… Ropa abrigada, camas mullidas, comida en abundancia…, por no hablar de frivolidades como vacaciones, fiestas y vestidos bonitos.
    – ¿Todo eso está mal? -preguntó Zoya.
    La sola idea le parecía increíble.
    – Ciertamente que no. Pero es un privilegio y nunca debemos olvidarlo.
    – Mamá dice que son personas vulgares y nunca podrían disfrutar de lo que tenemos. ¿Lo crees así?
    Eugenia miró a Zoya con irritada ironía, sorprendida de que su nuera todavía fuera tan ciega e insensata.
    – No seas ridícula, Zoya. ¿Crees que alguien podría hacerle ascos a una cama caliente, un estómago lleno, un vestido bonito o una troika maravillosa? Tendrían que ser completamente estúpidos.
    Zoya no añadió que su madre los calificaba así porque sabía muy bien que eso no era cierto.
    – Es una pena, abuelita, que no conozcan a tío Nicolás, a tía Alix, al niño y sus hermanas. Son tan buenos que nadie podría enfadarse con ellos si los conociera.
    Era un comentario muy acertado y, sin embargo, en extremo simplista.
    – No se trata de ellos, cariño…, sino de las cosas que ellos representan. A la gente del otro lado de las ventanas de palacio le cuesta mucho recordar que los de dentro también tienen penas y dificultades. Nadie sabrá lo mucho que se preocupa Nicolás por todos ellos, lo que sufre por sus enfermedades y cómo sangra su corazón por el mal de Alexis. Nadie lo sabrá ni lo verá jamás…, y eso a mí también me entristece. El pobrecillo soporta unas cargas terribles. Ahora ha regresado al frente y Alix debe de estar pasando momentos muy difíciles. Ojalá los niños se pusieran bien para poder ir a visitarlos.
    – Yo también quiero ir, pero papá no me deja dar un paso fuera de casa. Tardaré muchos meses en ponerme al día con las clases de madame Nastova.
    – No lo creo.
    Eugenia la miró y pensó que cada día estaba más guapa a medida que se acercaba su decimoctavo cumpleaños. Era graciosa y delicada, con una llameante melena pelirroja, grandes ojos verdes y una cinturita que hubiera podido rodearse con dos manos. Se le quitaba a uno la respiración con solo mirarla.
    – Abuelita, eso es muy aburrido -dijo Zoya, girando sobre un pie mientras Eugenia se reía.
    – No es muy halagador lo que me dices, querida. Muchas personas me encuentran aburrida desde hace mucho tiempo, pero nunca me lo habían dicho a la cara.
    – Perdona -dijo Zoya, y se unió a las risas de su abuela-, no me refería a ti. Hablo de mi encierro en casa. También me parece una estupidez que hoy no haya venido Nicolai a visitarnos.
    Aquella tarde averiguaron el porqué. El general Jabalov había mandado colocar enormes letreros en todas las calles, prohibiendo las reuniones públicas y ordenando a todos los huelguistas volver al trabajo al día siguiente. Quienes no obedecieran serían reclutados y enviados de inmediato al frente. Sin embargo, nadie obedeció. Grandes multitudes de manifestantes llegados del barrio de Vyborg cruzaron los puentes del Neva y se concentraron en el centro de la ciudad. A las cuatro y media de la tarde aparecieron los soldados y hubo varios tiroteos en la avenida Nevsky, a la altura del palacio de Anitchkov. Esa tarde murieron cincuenta personas y otras doscientas en las horas sucesivas. De pronto se produjeron divisiones entre los soldados. Una compañía del Regimiento Real de Caballería Pavlovsky se negó a disparar contra la multitud y en su lugar lo hizo contra su comandante. Fue necesario enviar a la Guardia Preobrajensky para desarmar a los rebeldes.
    Konstantin se enteró aquella noche y estuvo ausente de su casa varias horas, tratando de averiguar lo que ocurría para cerciorarse de que Nicolai estaba bien. De repente se llenó de espanto al comprender que su hijo corría peligro. Sin embargo, solo pudo averiguar que los guardias del Pavlovsky habían sido desarmados con muy pocas bajas. Las «muy pocas» le parecieron demasiadas y enseguida regresó a casa para esperar noticias. Por el camino, vio las luces del palacio de los Radziwill y se preguntó qué locura se habría apoderado de aquella ciudad que seguía con sus bailes mientras la gente era asesinada en las calles, y pensó que acaso Nicolai tenía razón al preocuparse tanto por lo que pudiera ocurrir. Quería hablar con Paleólogo y decidió visitarlo al día siguiente. Cuando regresó al palacio de la calle Fontanka y vio los caballos junto a la entrada, sintió que el corazón se le helaba de miedo. Quiso detenerse y echar a correr. Había por lo menos media docena de guardias de la Preobrajensky, corriendo y dando voces. Al ver que llevaban algo, gritó y saltó de la troika casi antes de que Fiodor la detuviera.
    – Oh, Dios mío, oh, Dios mío… -gritó. Fue entonces cuando lo vio. Lo cargaban dos hombres y había sangre sobre la nieve. Era Nicolai-. Oh, Dios mío… -exclamó, adelantándose hacia ellos con lágrimas en los ojos-. ¿Está vivo?
    Uno de los hombres asintió y le dijo en voz baja:
    – Apenas.
    – Uno de los guardias del Pavlovsky, uno de los suyos, uno de los hombres del zar, disparó siete veces contra él, pero Nicolai tuvo fuerzas para repeler el ataque y abatirlo de un disparo.
    – Llevadlo dentro, rápido… -dijo Konstantin. Después llamó a Fiodor y le ordenó-: ¡Avisa ahora mismo al médico de mi mujer!
    Los jóvenes guardias lo miraron impotentes. Sabían que no se podía hacer nada, por eso lo habían llevado a casa. Nicolai miró a su padre con los ojos empañados, pero aun así lo reconoció y le sonrió como un chiquillo mientras Konstantin lo tomaba en sus poderosos brazos y entraba en la casa, tendiéndole en un sofá del salón principal. Todos los criados acudieron corriendo.
    – Traed vendas, sábanas, agua caliente… ¡Rápido! -les dijo Konstantin sin saber qué haría con todo aquello, pero algo se tenía que hacer.
    Algo…, cualquier cosa… Tenían que salvarlo. Era su chiquillo y lo habían llevado a casa para que muriera allí, pero él no lo permitiría. Lo impediría antes de que fuera demasiado tarde. De repente, sintió que una mano firme lo apartaba y vio a su propia madre que acunaba la cabeza del joven en sus manos mientras le besaba suavemente la frente y le decía en voz baja:
    – Tranquilízate, Nicolai, la abuela está aquí…, y también papá y mamá…
    Las tres mujeres habían cenado sin aguardar el regreso de Konstantin, pero al oír entrar a los hombres Eugenia adivinó inmediatamente lo que ocurría. Estos permanecían ahora de pie en el vestíbulo sin saber qué hacer. Cuando vio a su hijo, Natalia emitió un grito desgarrador y se desmayó.
    – ¡Zoya! -gritó Eugenia, y la muchacha corrió hacia ella. Konstantin contemplaba impotente cómo la sangre de su hijo se extendía por el suelo de mármol y empapaba lentamente la alfombra. Zoya se acercó a su abuela y se arrodilló temblando junto a su hermano, más pálida que la cera.
    – Nicolai -le dijo en un susurro al tiempo que tomaba su mano-. Te quiero… Soy Zoya…
    – ¿Qué haces aquí? -preguntó el joven con un hilillo de voz.
    Por su gesto, Eugenia comprendió que ya no podía verlos.
    – Zoya -ordenó la condesa como un general al mando de la tropa-, desgárrame la enagua en tiras…, rápido…, date prisa…
    Zoya empezó a tirar delicadamente de la enagua, pero al oír la apremiante voz tiró con fuerza y la desgarró en unas tiras que su abuela aplicó a las heridas en un intento de detener la hemorragia, pero ya era casi demasiado tarde.
    Konstantin se arrodilló y llorando besó a su hijo.
    – ¿Papá?… ¿Estás aquí, papá?… -dijo Nicolai con voz de chiquillo desvalido-. Papá…, te quiero… Zoya…, sé buena chica…
    Poco después, en brazos de su padre, murió con una sonrisa en los labios. Konstantin le besó los ojos y se los cerró suavemente, sollozando con amargura mientras estrechaba contra el pecho al hijo que tanto amaba. El chaleco se le empapaba de sangre. Zoya lloraba a su lado y Eugenia acariciaba la mano inerte del joven, temblando de pies a cabeza. Después, la anciana condesa se volvió despacio y con señas indicó a los hombres que se retiraran y los dejaran solos con su dolor. El médico había llegado e intentaba reanimar a Natalia, todavía desmayada en la puerta. Los criados la llevaron a sus aposentos del piso de arriba y Fiodor lloró desconsolado mientras la casa se llenaba de gemidos. Todos los criados acudieron presurosos, pero demasiado tarde…, demasiado tarde para que alguien pudiera salvar al joven.
    – Ven, Konstantin -dijo la abuela-, deja que lo suban arriba.
    Con gesto suave, Eugenia apartó a su hijo, lo guió hacia la biblioteca, lo hizo sentar en un sillón y le ofreció una copa de coñac. No podía decir nada que aliviara su dolor. Por eso ni siquiera lo intentó. Le hizo señas a Zoya de que se acercara y, al ver su extrema palidez, la obligó a tomar un sorbo de la copa que había llenado para sí misma.
    – No, abuela…, no…, por favor.
    Zoya se atragantó con los vapores, pero Eugenia la obligó a beber y después se volvió a mirar de nuevo a Konstantin.
    – Era tan joven… Dios mío, Dios mío…, me lo han matado…
    La condesa lo abrazó con fuerza mientras él se balanceaba hacia delante y hacia atrás en el sillón, llorando por su único hijo varón. De repente Zoya se arrojó en brazos de su padre, como si fuera la única roca que quedaba en el mundo, y recordó la tarde en que llamó «tonto» a Nicolai… Nicolai tonto, y ahora había muerto. Su hermano había muerto, pensó, y miró horrorizada a su padre.
    – Papá, ¿qué ocurre?
    – No lo sé, pequeña…, han matado a mi niño…
    Konstantin la estrechó y ella sollozó en sus brazos. Poco después, se levantó y la dejó al cuidado de la abuela.
    – Llévatela a casa contigo, mamá. Yo debo ir junto a Natalia.
    – Ya está más calmada -dijo la condesa.
    Eugenia estaba mucho más preocupada por su hijo que por su insensata nuera. Temía que la pérdida de Nicolai lo destrozara. Extendió la mano para acariciar la de Konstantin y, cuando este la miró a los ojos, vio en ellos un dolor inconmensurable y una tristeza infinita.
    – Oh, mamá -exclamó Konstantin entre sollozos, y la abrazó largo rato. Eugenia extendió una mano para que Zoya se acercara también.
    Después Konstantin se apartó muy despacio de ellas y se dirigió a la escalinata para subir a los aposentos de su mujer. Zoya lo miraba desde el pasillo. Los criados habían limpiado la sangre de Nicolai del suelo de mármol y retirado la alfombra. El joven ya descansaba en silencio en la habitación que ocupó desde su infancia. Allí nació y allí murió en veintitrés cortos años, llevándose consigo el conocido mundo que todos ellos amaban. Era como si, a partir de aquel momento, ya nadie pudiera estar a salvo. Eugenia lo comprendió mientras conducía a Zoya a su pabellón, temblando de pies a cabeza bajo su capa, con los ojos llenos de espanto y horror.
    – Tienes que ser fuerte, pequeña -dijo la condesa mientras Sava corría a su encuentro en el salón y Zoya rompía de nuevo a llorar-. Tu padre te necesitará ahora más que nunca. Y puede que ya nada vuelva a ser igual para ninguno de nosotros. Sin embargo, suceda lo que suceda… -se le quebró la voz al pensar en su nieto muriendo en sus brazos. Zoya tembló con violencia. La estrechó con fuerza y besó su suave mejilla-, recuerda, pequeña, lo mucho que él te quiso…

4

    El día siguiente fue una pesadilla. Nicolai yacía perfectamente limpio y lavado en la habitación de su infancia, vestido con su uniforme y rodeado de cirios. El regimiento Volinsky se amotinó, y más tarde lo hicieron el Semonovsky, el Ismailovsky, el Litovsky, el Oranienbaum y finalmente el más orgulloso, la Guardia Preobrajensky a la que pertenecía Nicolai. Todos se pasaron a la revolución. Las banderas rojas ondeaban por todas partes y los soldados, con sus andrajosos uniformes, ya no eran los hombres de antaño. Ya nada volvería a ser como antes porque aquella misma mañana los revolucionarios incendiaron el palacio de Justicia. El arsenal de la Liteiny ardió muy pronto en llamas y poco después fueron destruidos el Ministerio del Interior, el edificio del gobierno militar, la central de la Okhrana, la policía secreta zarista y varias comisarías de policía. Todos los presos fueron liberados de las cárceles, y al mediodía, la Fortaleza de Pedro y Pablo se encontraba también en manos de los rebeldes. Estaba claro que debían tomarse medidas urgentes, y el zar tenía que regresar de inmediato y nombrar un gobierno provisional que pudiera controlar de nuevo la situación. Pero eso tampoco parecía muy factible. Cuando el gran duque Miguel le llamó aquella tarde al cuartel general de Mogilev, el zar prometió regresar enseguida. No acertaba a comprender lo que había ocurrido en San Petersburgo durante su breve ausencia e insistía en regresar para verlo todo con sus propios ojos antes de nombrar nuevos ministros capaces de resolver la crisis. Solo empezó a comprender lo que ocurría cuando aquella noche el presidente de la Duma le envió un mensaje, comunicándole que la familia real corría peligro. La zarina no era consciente de ello, pero, para entonces, ya era demasiado tarde.
    Lili Dehn visitó a Alejandra en Tsarskoe Selo y la encontró totalmente ocupada en el cuidado de sus hijos enfermos. Lili le habló a su amiga de los desórdenes callejeros, sin comprender que no eran simples disturbios, sino una auténtica revolución.
    En medio de una fuerte tormenta de nieve, el general Jabalov envió a la mañana siguiente un mensaje a la zarina aconsejándole que se marchara enseguida con sus hijos. Por su parte, él y mil quinientos hombres leales estaban resistiendo el asedio al Palacio de Invierno de San Petersburgo, pero, al mediodía, todos lo abandonaron. Pese a ello, la zarina seguía sin comprender nada y se negó a salir de Tsarskoe Selo antes del regreso de Nicolás. Se sentía a salvo bajo la protección de sus leales marineros de la Garde Equipage y, además, sus hijos estaban demasiado enfermos para viajar. María padecía incluso una pulmonía.
    Aquel mismo día, varias mansiones de los alrededores de la ciudad fueron saqueadas e incendiadas. Konstantin ordenó que los criados enterraran toda la plata, el oro y los iconos en el jardín. Zoya permanecía encerrada con todas las criadas en el pabellón de su abuela, cosiendo a toda prisa las alhajas en el interior de los forros de las gruesas prendas de invierno. Natalia gritaba y corría de un lado a otro en la casa principal, entrando y saliendo incesantemente de la habitación donde yacía Nicolai. En medio de la atmósfera revolucionaria que los rodeaba, cualquier intento de sepultarlo hubiera sido imposible.
    – Abuela -dijo Zoya en un susurro mientras introducía un pequeño pendiente de brillantes en el interior de un botón que iba a coser de nuevo a un vestido-, abuela… ¿qué vamos a hacer ahora?
    Sus ojos se llenaron de terror cuando oyó disparos de artillería a lo lejos. Los dedos le temblaban tanto que apenas podía coser.
    – No podemos hacer nada hasta que terminemos esto… Date prisa, Zoya. Toma, cose estas perlas en mi chaqueta azul.
    La anciana condesa se mostraba muy serena y trabajaba sin desmayo. Desde primeras horas de la mañana, Konstantin estaba en el Palacio de Invierno con Jabalov y los últimos hombres leales.
    – ¿Qué haremos con…?
    Zoya no pudo pronunciar el nombre de su hermano, pero mientras cosía las alhajas en los dobladillos de los vestidos de su abuela le parecía espantoso tener que dejarlo allí.
    – Nos encargaremos de todo a su debido tiempo. Cálmate, niña. Tenemos que aguardar las noticias de tu padre.
    La pequeña Sava gruñía a los pies de Zoya como si comprendiera que hasta su vida corría peligro. Aquella mañana la anciana condesa había intentado llevarse a Natalia a su pabellón, pero esta se negó a abandonar la casa principal. Estaba completamente trastornada y hablaba con su hijo muerto, asegurándole que todo iba bien y que su padre pronto regresaría a casa. Eugenia la dejó allí y condujo a los criados a su casa para que hicieran todo lo posible antes de que el populacho entrara y lo saqueara todo. Eugenia se había enterado de que la chusma ya había asaltado la mansión Kschessinska, y quería salvar lo más posible. Por eso cosía sin desmayo y se preguntaba si podrían llegar a Tsarskoe Selo.
    En Tsarskoe Selo la zarina permanecía totalmente entregada al cuidado de sus hijos enfermos. María era la que estaba peor y Ana aún no se había restablecido. Los soldados amotinados llegaron a la aldea a última hora de la tarde, pero temiendo la reacción de la guardia de palacio se conformaron con saquear la aldea y disparar al azar contra cualquiera.
    Los enfermos oían los disparos desde sus habitaciones, pero Alejandra les aseguró repetidamente que solo eran sus propios soldados, de maniobras. Sin embargo, aquella noche envió un mensaje a Nicolás, rogándole que regresara a casa. Sin comprender todavía la gravedad de la situación, el zar regresó por el camino más largo porque no quiso alterar las rutas utilizadas por los trenes de transporte de tropas. Le parecía inconcebible que ya no tuviera un ejército leal. Tanto la Garde Equipage como la guardia imperial, integradas en buena parte por amigos personales, cuya misión fue siempre la salvaguardia del zar, la zarina y sus hijos, habían abandonado sus puestos. Hasta los soldados de la guarnición de Tsarskoe Selo habían desertado traidoramente. San Petersburgo había caído. Era el miércoles, 14 de marzo, y todo cambió tan de repente que resultaba casi imposible prever las consecuencias.
    Los ministros y generales instaban a Nicolás a abdicar en favor de su hijo, nombrando regente al gran duque Miguel. Sin embargo, los telegramas urgentes enviados a Nicolás cuando regresaba del frente, explicándole la situación, no recibían respuesta. En medio de aquel silencio, también Zoya y su abuela permanecían sin noticias. Konstantin llevaba dos días sin aparecer por casa y no había modo de contactar con él. Al final, Fiodor salió a la calle y regresó con la noticia que Eugenia temía: Konstantin había muerto en el Palacio de Invierno junto con los últimos soldados leales, asesinado por sus propios hombres. Ni siquiera fue posible trasladar su cadáver a casa. Se desembarazaron del cuerpo junto con los de otros muchos caídos. Fiodor regresó a casa con lágrimas en los ojos y, sin poder reprimir el llanto, contó a Eugenia lo ocurrido. Mientras Zoya escuchaba horrorizada, su abuela se volvió en redondo y ordenó a las criadas que cosieran más rápido. Sus alhajas y las de Natalia ya habían sido escondidas, lo demás tendrían que dejarlo. A Nicolai lo enterrarían en el jardín. Eugenia, Fiodor y tres de los servidores más jóvenes fueron a la casa principal y permanecieron silenciosos unos momentos en la habitación de Nicolai. Llevaba muerto tres días y ya no podían esperar más. Eugenia lo miró solemnemente sin llorar, pensando en su propio hijo. Aunque hubiera querido llorar por todos ellos, ya era demasiado tarde para las lágrimas. Ahora tenía que pensar en Zoya y también en Natalia, por respeto a la memoria de Konstantin.
    Cuando se disponían a retirar el cuerpo, entró Natalia como un fantasma enloquecido, con una bata blanca y el cabello desgreñado.
    – ¿Adónde vais con mi niño? -preguntó, y miró con expresión autoritaria a su suegra. Todos comprendieron que había perdido la razón. Parecía incluso no reconocer a Zoya-. ¿Qué estáis haciendo, insensatos?
    Extendió una mano semejante a una garra para impedir que los hombres se llevaran el cadáver, pero la anciana condesa la retuvo y la miró a los ojos.
    – Tienes que venir con nosotros, Natalia.
    – Pero ¿adónde os lleváis a mi niño?
    Eugenia no contestó para evitar confundirla o provocarle una crisis de histerismo. Siempre tuvo una mente muy débil y, sin la protección y los mimos de Konstantin, no podía enfrentarse a la realidad. Zoya comprendió que su madre había enloquecido por completo.
    – Vístete, Natalia. Nos vamos.
    – ¿Adónde?
    Zoya se quedó de una pieza al oír la respuesta.
    – A Tsarskoe Selo.
    – Pero no podemos ir allí. Es verano y todo el mundo se ha ido a Livadia.
    – Ya nos reuniremos con ellos más tarde. Pero primero tenemos que ir a Tsarskoe Selo. Ahora vamos a vestirnos, ¿de acuerdo? -dijo la anciana condesa, tomando firmemente a su nuera de un brazo e indicándole a Zoya por señas que la tomara del otro.
    – ¿Tú quién eres? -dijo Natalia, apartando el brazo de la asustada muchacha. Solo la penetrante mirada de su abuela impidió que Zoya huyera horrorizada de la mujer que antaño fuera su madre-. ¿Quiénes sois vosotras? -repitió una y otra vez mientras la anciana le contestaba con calma.
    En cuatro días, Eugenia había perdido a su hijo y a su nieto en una revolución que nadie acertaba a comprender del todo. Pero ahora no había tiempo para preguntas. Sabía que tenían que abandonar San Petersburgo antes de que fuera demasiado tarde. En ningún otro lugar podrían estar más seguras que en Tsarskoe Selo. Sin embargo, Natalia se negaba a colaborar e insistía en quedarse en casa, diciendo que su marido regresaría de un momento a otro y darían una fiesta.
    – Tu marido te espera en Tsarskoe Selo -le mintió Eugenia mientras Zoya se estremecía de miedo. Con una fuerza que la muchacha nunca hubiera supuesto en ella, la condesa cubrió a Natalia con una capa y la obligó a bajar la escalera y salir con ella por la puerta trasera mientras se oía un súbito estruendo. Habían llegado los saqueadores y estaban intentando penetrar en el palacio de Fontanka-. Rápido -susurró Eugenia al oído de la joven que la víspera era apenas una niña-. Ve en busca de Fiodor. ¡Dile que prepare los caballos… y la troika de tu padre!
    Después, la condesa corrió hacia el pabellón sin soltar el brazo de Natalia. Una vez allí ordenó a las criadas que recogieran toda la ropa donde habían cosido las alhajas y la metieran en varias bolsas. No tenían tiempo de hacer las maletas. Todo lo que se llevaran tendrían que cargarlo en la troika. Mientras daba órdenes, miró por el rabillo del ojo el palacio al otro lado del jardín. Sabía que los asaltantes no tardarían mucho en abandonarlo y dirigirse al pabellón. De repente, advirtió que Natalia ya no estaba a su lado y, al volverse, vio una figura blanca corriendo por el jardín. Echó a correr tras su nuera, pero ya era demasiado tarde. Natalia había regresado al palacio. Casi inmediatamente, la condesa vio fuego en las ventanas del piso superior del edificio y percibió los jadeos de Zoya a su espalda.
    – ¡Abuela!
    Ambas vieron la figura de blanco, corriendo de una a otra ventana. Natalia corría por entre las llamas, gritando, riéndose y dando voces como si llamara a sus amigos. El espectáculo era tan espantoso que, de repente, Zoya dio media vuelta y echó a correr hacia la puerta, pero su abuela la agarró con firmeza y le impidió salir.
    – ¡No! ¡No puedes ayudarla ahora! Hay hombres allí dentro. ¡Te matarán, Zoya!
    – ¡No puedo permitir que la maten!… ¡No puedo!… ¡Abuela! ¡Por favor!
    Zoya lloraba y se debatía con tanta fuerza que su abuela apenas podía controlarla. En ese momento entró Fiodor.
    – La troika está a punto…, detrás de los setos…
    Con buen criterio, Fiodor había dejado la troika en la calle lateral para que los asaltantes no los vieran desde el palacio.
    – ¡Abuela! -gritó Zoya, forcejeando todavía con la condesa.
    De repente, Eugenia la abofeteó.
    – ¡Ya basta! Ella ha muerto… ¡Tenemos que irnos ahora!
    No había tiempo que perder. La condesa ya había visto varios rostros mirando hacia el jardín desde las ventanas de la planta baja del palacio.
    – ¡No puedo dejarla aquí!
    La muchacha suplicó que la soltara, pero la condesa fue inflexible.
    – Tienes que hacerlo.
    Después, la voz de Eugenia se suavizó y por un instante abrazó a su nieta. Entonces se oyó un terrible sonido, como una explosión. Todo el piso superior ardía; de repente, vieron que Natalia saltaba por una ventana con la bata blanca en llamas. Hubiera sido imposible que sobreviviera entre las llamas y la caída. Sin duda había muerto, lo que en el fondo era una suerte para ella. Jamás hubiera recuperado la razón tras el doble golpe que representaba la pérdida del hijo y el marido, en medio de la total destrucción de su mundo.
    – ¡Dense prisa! -instó Fiodor.
    Con un rápido movimiento, la condesa recogió a Sava del suelo, la depositó en brazos de Zoya y corrieron hacia la troika que aguardaba.

5

    Cuando la troika se puso en marcha, Zoya contempló las llamas que se elevaban por encima de los árboles, devorando lo que fuera su hogar y era ahora solo el caparazón de su antigua vida. En cuestión de momentos, Fiodor las guió hábilmente hacia calles secundarias. Ellas se abrazaban la una a la otra. Las bolsas que ocultaban las joyas estaban amontonadas a sus pies y la pequeña Sava temblaba de frío sobre el regazo de Zoya. En las calles había soldados, pero nadie los detuvo mientras se dirigían a las afueras de la ciudad. Era jueves, 15 de marzo, y allá lejos, en Pskov, Nicolás leía los telegramas de sus generales, aconsejándole la abdicación. Tenía el rostro mortalmente pálido a causa de la traición que lo rodeaba por todas partes, pero no tan pálido como el de Zoya cuando contempló cómo San Petersburgo desaparecía a su espalda. Tardaron más de dos horas en llegar a las carreteras secundarias que conducían a Tsarskoe Selo. Durante el recorrido, no tuvieron ninguna noticia ni una visión más clara de los acontecimientos. Zoya recordaba una y otra vez la imagen de su madre envuelta en llamas lanzándose a la muerte desde una ventana, y el cuerpo de su hermano rodeado por el fuego en la habitación donde ella tantas veces lo visitó de pequeña… Nicolai, «tonto» le llamó. Nunca se lo podría perdonar. Le pareció que justo ayer todo iba bien y la vida era normal.
    Llevaba la cabeza cubierta con un viejo chal y le dolían los oídos a causa del frío. Pensó en Olga y Tatiana que sufrían dolor de oídos a causa del sarampión. Hacía pocos días, sus únicas tragedias eran la fiebre, el dolor de oído y el sarampión. Estaba tan trastornada que apenas podía pensar. Apretó con fuerza la mano de su abuela y se preguntó en silencio qué encontrarían en Tsarskoe Selo. La aldea apareció ante sus ojos por la tarde y Fiodor la rodeó con cuidado. Los soldados le ordenaron detenerse un par de veces y estuvo tentado de seguir adelante sin obedecer, pero el instinto le dijo que podrían dispararles y entonces se detuvo cautelosamente. Explicó que conducía a una anciana enferma y a la idiota de su nieta. Ambas mujeres miraron a los soldados con rostro inocente como si no tuvieran nada que ocultar, y la anciana se alegró de que Fiodor hubiera elegido la troika más vieja de las que poseían, con la pintura medio desprendida pero los patines todavía en buen estado. Llevaban años sin usarla y ya no era bonita. Solo los hermosos caballos sugerían que eran gente acomodada. El segundo grupo de soldados les arrebató entre risas dos de los mejores caballos negros de Konstantin. Llegaron a las puertas de Tsarskoe Selo con solo un caballo que piafaba nerviosamente mientras tiraba de la vieja troika. La Guardia Cosaca no se veía por ninguna parte. No había guardias en ningún sitio, solo unos cuantos soldados de aire intranquilo.
    – Identificaos -gritó ásperamente un hombre.
    Zoya se echó a temblar en tanto Fiodor daba explicaciones y Eugenia se levantaba del asiento. Iba vestida sencillamente y, como Zoya, solo llevaba un viejo chal de lana en la cabeza, pero, aun así, miró al hombre con aire autoritario mientras empujaba a Zoya a su espalda.
    – Eugenia Petrovna Ossupov. Soy una anciana prima del zar. ¿Queréis disparar contra mí?
    Habían matado a su nieto y a su hijo y no le importaba que también la mataran a ella. Sin embargo, estaba dispuesta a matarles si tocaban a Zoya. Esta no lo sabía, pero su abuela ocultaba en la manga una pequeña pistola con incrustaciones de perlas y estaba dispuesta y preparada para utilizarla.
    – Ya no hay zar -dijo el hombre con fiereza.
    El brazal rojo pareció de repente más siniestro que antes y el corazón de Eugenia empezó a latir con fuerza mientras Zoya se llenaba de espanto. ¿Qué había pretendido decir? ¿Qué lo habían matado? Eran las cuatro de la tarde y todo su mundo se había desmoronado. Pero a Nicolás, ¿lo habrían matado también? Como a Konstantin y a Nicolai…
    – Debo ver a mi prima Alejandra -dijo Eugenia, mirando al soldado con aire desafiante-. Y a sus hijos.
    ¿O acaso los habían matado también a ellos? Con el corazón desbocado, Zoya permaneció sentada detrás de su abuela mientras Fiodor contemplaba la escena en tenso silencio. Hubo una interminable pausa, en cuyo transcurso el soldado las estudió detenidamente. Después dio un paso atrás y gritó por encima del hombro de sus compañeros:
    – Que pasen. Pero recuérdalo, vieja -añadió, mirando a Eugenia-. Ya no hay zar. Abdicó hace una hora en Pskov. Estamos en una nueva Rusia. -Se apartó a un lado y Fiodor puso en marcha la troika. Pasó junto a él confiando en cortarle los dedos de los pies. Una nueva Rusia…, el final de la antigua vida…, todo lo viejo y lo nuevo mezclándose en aterradora confusión. Sentada al lado de su nieta, Eugenia estaba muy pálida. Zoya le habló en susurros mientras pasaban por delante de la iglesia Fedorovsky, incapaz de creer lo que acababa de escuchar. El tío Nicolás no hubiera hecho semejante cosa…
    – Abuela, ¿tú crees que eso es verdad?
    – Tal vez. Alix nos dirá lo que ha ocurrido.
    Pero la entrada principal del palacio de Alejandro estaba extrañamente silenciosa. No había guardias ni protección alguna. Cuando Fiodor llamó fuertemente con los nudillos a la pesada puerta, dos nerviosas criadas la abrieron presurosas y franquearon la entrada. Las salas estaban aterradoramente vacías.
    – ¿Dónde están todos? -preguntó la condesa.
    Una de las criadas les indicó la puerta, que Zoya conocía tan bien, que conducía a los apartamentos privados del piso de arriba. La mujer se secó las lágrimas de sus mejillas con el delantal y contestó:
    – La zarina está arriba con sus hijos.
    – ¿Y el zar?
    Los ojos de Eugenia arrojaron fuego verde contra la mujer que lloraba con desconsuelo.
    – ¿No me has oído?
    No, Dios mío, rezó Zoya en silencio…
    – Dicen que ha abdicado en favor de su hermano. Los soldados nos lo comunicaron hace una hora. Su Alteza no se lo cree.
    – Pero, entonces, ¿está vivo?
    Eugenia sintió que el alivio le vivificaba todo el cuerpo.
    – Creemos que sí.
    – Gracias a Dios. -Recogiéndose las faldas, la condesa miró a Zoya-. Dile a Fiodor que lo entre todo.
    No quería que los soldados tocaran la ropa que ocultaba las joyas. Cuando Zoya regresó momentos más tarde acompañada de Fiodor, su abuela ordenó a la criada que las condujera ante la zarina.
    – Conozco el camino, abuela. Yo te llevaré.
    Zoya cruzó despacio las salas que conocía tan bien y que hacía apenas unos días había recorrido con su amiga.
    El palacio de Alejandro estaba espectralmente silencioso. La muchacha acompañó a su abuela al piso de arriba y llamó suavemente a la puerta del dormitorio de María, pero no había nadie dentro. María se había trasladado a uno de los salones de su madre para que esta pudiera atenderla junto a Ana Vyrubova y sus hermanas. Avanzaron por el pasillo, llamando a las distintas puertas, hasta que por fin oyeron voces. Zoya aguardó hasta que alguien las invitó a entrar y entonces abrió lentamente la puerta. Allí estaba Alejandra, más alta y delgada que nunca, ofreciendo una taza de té a sus dos hijas menores. Anastasia rompió en lágrimas cuando miró hacia la puerta, y María se incorporó en la cama y se echó a llorar al ver a Zoya.
    Sin poder hablar a causa de la emoción, Zoya cruzó corriendo la estancia y se arrojó en brazos de su amiga mientras Eugenia abrazaba a su agotada prima.
    – Dios mío, prima Eugenia, ¿cómo pudiste llegar hasta aquí? ¿Cómo estás?
    Hasta la anciana condesa se emocionó al abrazar a la alta y elegante mujer que tan cansada parecía. Sus pálidos ojos grises rebosaban tristeza.
    – Hemos venido para ayudarte, Alix. Ya no podíamos quedarnos más tiempo en San Petersburgo. Incendiaron la casa esta mañana cuando nos fuimos. Hemos venido sin pérdida de tiempo.
    – No puedo creerlo… -Alejandra se hundió lentamente en un sillón-. ¿Y Konstantin?
    La anciana condesa palideció intensamente y el corazón le latió con fuerza bajo el grueso vestido. De repente, sintió todo el peso de lo que había perdido y temió desmayarse a los pies de su prima, pero enseguida se sobrepuso para no aumentar los sufrimientos de la zarina.
    – Ha muerto, Alix… -La voz se le quebró, pero no lloró-. Y Nicolai también…, el domingo… Natalia murió en el incendio de la casa. -No explicó que su nuera había enloquecido antes de arrojarse envuelta en llamas por la ventana-. ¿Es cierto… lo de Nicolás? -No hubiera querido preguntarlo, pero tenía que hacerlo. Necesitaban saberlo. Todo era tan difícil de entender.
    – ¿Te refieres a la abdicación? No puede ser. Lo dicen para atemorizarnos…, pero hoy no he recibido noticias de Nicolás. -La zarina contempló a sus dos hijas que abrazaban a Zoya entre lágrimas. Zoya acababa de comunicarles la muerte de Nicolai y lloraba en brazos de María. A pesar de su enfermedad, esta trataba de consolarla-. Todos nuestros soldados han desertado…, incluso… -La zarina apenas podía pronunciar las palabras-. Incluso Deverenko ha abandonado al niño. -Era uno de los dos soldados que estaban con el zarevich desde su nacimiento. Había abandonado el palacio aquella mañana sin pronunciar palabra y sin volver la cabeza atrás. El otro, Nagorny, juró permanecer junto a Alexis hasta la muerte, y en aquellos momentos se encontraba con él y el doctor Fedorov en la habitación contigua. El doctor Botkin había ido a buscar más medicinas para las niñas junto con Gibbes, uno de los dos profesores-. No puedo comprenderlo…, nuestros marineros. No puedo creerlo. Si por lo menos Nicolás estuviera aquí…
    – Ya vendrá, Alix. Conservemos la calma. ¿Cómo están tus hijos?
    – Todos enfermos… No pude decírselo al principio, pero ahora ya lo saben…, no podía ocultarles por más tiempo la verdad. -La zarina suspiró y añadió-: El conde Benckendorff está aquí y ha prometido protegernos. Ayer por la mañana llegó la baronesa Buxhoeveden. ¿Te quedarás también, Eugenia Petrovna?
    – Si me lo permites. No podemos regresar a San Petersburgo ahora…
    No añadió «y tal vez nunca». Seguro que el mundo recuperaría la normalidad. Sin duda, Nicolás regresaría. La noticia de su abdicación debía de ser un embuste propalado por los revolucionarios y los traidores para asustarlos y mantenerlos bajo control.
    – Si quieres, puedes dormir en la habitación de Mashka. Y Zoya…
    – Dormiremos juntas. Y ahora, ¿qué puedo hacer para ayudarte, Alix? ¿Dónde están los demás?
    La zarina sonrió agradecida mientras la anciana prima de su marido se quitaba la capa y se remangaba cuidadosamente los puños de su sencillo vestido.
    – Ve a descansar. Zoya acompañará a las niñas mientras yo atiendo a los demás.
    – Voy contigo.
    La condesa acompañó a la zarina a lo largo de todo el día, preparando té, aplicando compresas a las sienes febriles e incluso ayudando a Alix a cambiar las sábanas del pequeño Alexis mientras Nagorny permanecía fiel a su lado. Como Alix, Eugenia consideraba increíble que Deverenko lo hubiera abandonado.
    Era casi medianoche cuando Zoya y la condesa se acostaron en el dormitorio de María y Anastasia. Zoya permaneció despierta varias horas, oyendo roncar suavemente a su abuela. Le parecía imposible que tres semanas atrás hubiera visitado a María en aquella misma habitación y esta le hubiera regalado un frasco de su perfume preferido, ahora perdido junto con todo lo demás. Comprendió que las muchachas no acababan de entender lo que ocurría. Ella tampoco estaba muy segura de entenderlo, a pesar de haberlo presenciado con sus propios ojos en San Petersburgo. Sin embargo, las hijas del zar estaban enfermas y se encontraban muy lejos de los desórdenes callejeros, los disturbios, los asesinatos y los saqueos. La visión de su hogar en llamas permanecía viva en su mente, lo mismo que la imagen de su hermano, muriendo desangrado sobre el suelo de mármol del palacio de Fontanka hacía apenas cuatro días. Zoya se durmió de madrugada mientras fuera arreciaba una fuerte tormenta de nieve. Se preguntó cuándo regresaría el zar a casa y si la vida recuperaría alguna vez la normalidad.
    A las cinco en punto de la tarde, aquella posibilidad se le antojó más lejana que nunca. El gran duque Pablo, el tío de Nicolás, se trasladó a Tsarskoe Selo para comunicarle la noticia a Alejandra. Nicolás había abdicado la víspera y cedido el poder a su hermano el gran duque Miguel, el cual no lo esperaba y no estaba preparado para acceder al trono. Solo Alix y el doctor Fedorov comprendieron la razón de que Nicolás no hubiera abdicado en favor de su hijo, sino de su hermano. El alcance de la enfermedad de Alexis era un secreto muy bien guardado. De inmediato se formó un gobierno provisional. Alejandra recibió la noticia en silencio, al tiempo que anhelaba poder hablar con su marido.
    El propio Nicolás llegó al cuartel general de Mogilev a la mañana siguiente para despedirse de sus soldados y, desde allí, finalmente pudo llamar a su esposa. La llamada se produjo cuando Alejandra estaba ayudando al doctor Botkin a atender a Anastasia. La zarina fue corriendo hasta el teléfono, rezando para que su marido le dijera que nada de lo que le habían dicho era verdad, pero, al oír su voz, comprendió inmediatamente que sí lo era. Su vida, sus sueños y su dinastía se habían derrumbado. Nicolás prometió regresar cuanto antes y, como siempre, preguntó cariñosamente por sus hijos. El domingo por la noche, el general Kornilov llegó desde San Petersburgo para preguntar si Alejandra necesitaba algo, comida o medicamentos. Alejandra solo pensaba en los soldados heridos y le suplicó al general que procurara por todos los medios suministrar víveres y medicinas a los hospitales. Después de cuidarlos durante tanto tiempo, no podía olvidarlos ahora, aunque ya no fueran «sus» soldados. El general aseguró que así lo haría, pero algo en su visita sugirió a Alejandra que lo peor aún no había ocurrido. Aquella noche, la zarina rogó a Nagorny que no se apartara del niño en ningún momento y ella permaneció con sus hijas hasta bien entrada la noche. Ya pasaba la medianoche cuando regresó a su dormitorio. Al poco, la anciana condesa llamó con los nudillos a la puerta y le sirvió una taza de té. Eugenia vio lágrimas en los ojos de su joven prima y le dio unas cariñosas palmadas en el hombro.
    – ¿Hay algo que pueda hacer por ti, Alix?
    Alejandra sacudió la cabeza, todavía orgullosa y serena, dándole las gracias con la mirada.
    – Ojalá estuviera él en casa. De repente…, temo por mis hijos.
    Eugenia también tenía miedo, pero no quiso confesarlo a su prima.
    – Todos estamos contigo. -Pero los «todos» eran muy pocos, un simple puñado de ancianas y leales amigos que podían contarse con los dedos de una mano. Todo el mundo los había abandonado y el golpe resultaba casi insoportable. Sin embargo, en aquellos momentos la zarina no podía derrumbarse. Debía conservar la fuerza por su marido-. Ahora tienes que descansar un poco, Alix.
    En su famoso dormitorio malva, Alejandra miró nerviosa a su alrededor y luego observó tristemente a la condesa.
    – Tengo ciertas cosas que hacer… debo… -Casi no se atrevía a decirlo-. Esta noche quiero quemar mis diarios… y también mis cartas. Quién sabe si de alguna manera podrían utilizarlas contra él.
    – No lo creo… -Sin embargo, pensándolo mejor, Eugenia estaba de acuerdo con Alejandra-. ¿Quieres que me quede contigo?
    No quería ser indiscreta, pero le pareció que la zarina estaba destrozada por la pena.
    – Preferiría estar sola, si no te importa.
    – Lo comprendo.
    Eugenia se retiró y dejó a Alejandra con su ingrata tarea. La zarina permaneció sentada junto al fuego hasta la madrugada, leyendo cartas y diarios y quemando incluso las cartas de su abuela, la reina Victoria. Lo quemó todo, menos su correspondencia con el amado Nicolás. Sufrió durante dos días por esta causa, hasta que el miércoles regresó el general Kornilov y pidió hablar a solas con ella. Alejandra lo recibió en uno de los salones que solía utilizar Nicolás. Allí permaneció de pie, arrogantemente inmóvil, tratando de ocultar su sobresalto mientras escuchaba las palabras del militar. Se encontraba bajo arresto domiciliario, junto con su familia y sus criados. No podía creerlo, pero era inevitable. Había llegado el final y todos tendrían que afrontarlo. El general le explicó cuidadosamente que quien deseara quedarse podría hacerlo, pero, en caso de marcharse, no sería autorizado a regresar a Tsarskoe Selo. Alejandra tuvo que hacer acopio de todo su valor para no desmayarse.
    – ¿Y mi marido, general?
    – Creemos que llegará aquí mañana por la mañana.
    – ¿Piensan ustedes encarcelarlo?
    La pregunta la ponía físicamente enferma, pero tenía que saberlo. Tenía que saberlo todo, qué podían esperar y con qué tendrían que enfrentarse. Después de lo ocurrido en los días pasados, pensó que debería de estar contenta de que no los hubieran matado, pero en las circunstancias en que se encontraba le fue imposible.
    – Vuestro marido permanecerá bajo arresto domiciliario aquí en Tsarskoe Selo.
    – ¿Y después?
    Al preguntarlo palideció mortalmente, pero la respuesta no fue tan aterradora como temía. Solo podía pensar en su marido y sus hijos, en su seguridad y sus vidas. Gustosamente se hubiera sacrificado por ellos. Hubiera hecho cualquier cosa, pensó mientras el general la admiraba en silencio.
    – El gobierno provisional desea escoltaros a vos, a vuestro marido y a vuestros hijos hasta Murmansk. Desde allí, podréis abandonar el país. Os enviaremos por barco a Inglaterra, junto al rey Jorge.
    – Comprendo. Y eso ¿cuándo será? -preguntó la zarina, con el rostro más frío que el mármol.
    – En cuanto pueda arreglarse, señora.
    – Muy bien. Esperaré el regreso de mi marido para decírselo a mis hijos.
    – ¿Y los demás?
    – Hoy mismo les diré que son libres de marcharse si lo desean, pero que nunca podrán regresar. ¿Es así, general?
    – Exactamente.
    – ¿No les causarán ustedes ningún daño cuando se marchen y tampoco a nuestra familia y nuestros leales amigos, aunque ahora sean tan pocos?
    – Os doy mi palabra, señora.
    La palabra de un traidor, hubiera querido escupirle Alejandra a la cara, pero se mantuvo altiva y serena mientras el militar se retiraba. Aquella tarde comunicó a todos que eran libres de marcharse y los instó a hacerlo si así lo deseaban.
    – No podemos esperar que os quedéis aquí en contra de vuestra voluntad. Nosotros saldremos hacia Inglaterra dentro de unas semanas y podría ser más seguro para vosotros que os marcharais ahora…
    Mejor incluso antes de que regresara Nicolás. Alejandra no acababa de creerse que los pusieran bajo arresto domiciliario para protegerlos.
    Sin embargo, los demás se negaron a irse. Al día siguiente, en una gélida mañana nublada, Nicolás regresó finalmente a casa, pálido y muy fatigado. Entró en el vestíbulo principal del palacio y permaneció largo rato de pie sin decir nada. Los criados avisaron a la zarina y esta bajó a recibirlo. Lo miró desde el otro extremo del interminable vestíbulo con los ojos llenos de palabras que no podía pronunciar y el corazón rebosante de compasión por quien tanto amaba. Nicolás se acercó en silencio y la estrechó con fuerza entre sus brazos. No les quedaba nada por decirse cuando subieron lentamente al piso de arriba para reunirse con sus hijos.

6

    Los días posteriores al regreso de Nicolás fueron de temor y silenciosa tensión, aunque también de alivio debido a que el zar se encontraba sano y salvo en casa. Lo había perdido todo, pero por lo menos no lo habían matado. Nicolás se pasaba largas horas junto al zarevich mientras Alejandra atendía a sus hijas. María había contraído pulmonía a causa del sarampión. Padecía una persistente tos que la atormentaba sin cesar y la fiebre no cedía. Zoya permanecía constantemente a su lado.
    – Mashka, bebe un poquito…, hazlo por mí…
    – Es que no puedo, la garganta me duele mucho.
    Apenas podía hablar y cuando la tocó, Zoya notó la piel ardiente y seca. De vez en cuando le humedecía la frente con agua de lilas y le comentaba en voz baja los partidos de tenis del verano anterior en Livadia.
    – ¿Recuerdas aquella fotografía tan tonta que nos tomó tu padre a todos colgados boca abajo? La tengo aquí, Mashka… ¿quieres verla?
    – Luego…, los ojos me duelen mucho, Zoya…, me encuentro muy mal.
    – Chis…, procura dormir. Cuando despiertes te enseñaré la fotografía.
    Trajo incluso a la pequeña Sava para que la animara, pero María no sentía el menor interés por nada. Zoya esperaba que se repusiera lo bastante como para poder viajar hasta Murmansk y luego embarcar rumbo a Inglaterra. Faltaban tres semanas para la partida y Nicolás decía que para entonces todos tendrían que estar recuperados. Dijo que aquella sería su última orden como zar, y todos lloraron al oír sus palabras. Nicolás intentaba alegrarlos por todos los medios, pero tanto él como Alix estaban cada día más agotados. Tres días después, Zoya lo vio en el pasillo de acceso al dormitorio malva con el rostro mortalmente pálido. Una hora más tarde averiguó por qué. Su primo inglés se negaba a recibirlo por razones todavía sin aclarar. Por consiguiente, la familia imperial no viajaría a Inglaterra. Inicialmente, Nicolás había pedido a Zoya y a la condesa que los acompañaran, pero ahora nadie sabía qué ocurriría.
    – ¿Qué pasará, abuela? -le preguntó Zoya aquella noche a la condesa.
    ¿Qué pasaría si los mantuvieran allí, en Tsarskoe Selo, y al final los mataran?
    – No lo sé, pequeña. Ya nos lo dirá Nicolás cuando esté decidido. Probablemente irán a Livadia.
    – ¿Crees que nos matarán?
    – No seas tonta.
    Sin embargo, Eugenia temía lo mismo aunque en aquellos momentos las respuestas no resultaban fáciles. Incluso los ingleses le habían fallado a Nicolás. No había ningún lugar seguro adonde ir. El viaje a Livadia hubiera sido muy peligroso. Se encontraban atrapados en Tsarskoe Selo. No obstante, Nicolás parecía muy tranquilo y los instaba a no preocuparse, cosa evidentemente imposible.
    A la mañana siguiente, cuando salió de puntillas de la habitación y miró por la ventana, Zoya vio a Nicolás y a su abuela paseando lentamente por el jardín cubierto de nieve. Nadie más los acompañaba. Mientras los miraba -él con sus orgullosos hombros erguidos y ella con su capa negra recortada contra la blancura de la nieve-, Zoya creyó ver llorar a su abuela. El zar la abrazó cariñosamente y después ambos doblaron la esquina del palacio.
    Zoya regresó a su habitación y al poco entró su abuela con expresión abatida. Se sentó despacio en una silla. Miró a su encantadora nieta, y pensó que apenas unas semanas antes parecía una niña. Ahora de repente se había convertido en una mujer adulta. Estaba más delgada y más frágil, pero su abuela sabía que los horrores de las semanas transcurridas contribuirían a fortalecerla. Todos tendrían que ser fuertes.
    – Zoya…
    No sabía cómo decírselo, pero Nicolás tenía razón. Además, lo más importante era la seguridad de la joven. Zoya tenía una larga vida por delante y ella gustosamente hubiera dado la suya para protegerla.
    – ¿Ocurre algo, abuela?
    A la luz de lo sucedido en las dos semanas anteriores, la pregunta parecía ridícula, pero Zoya intuyó la inminencia de un nuevo desastre.
    – Acabo de hablar con Nicolás, Zoya Nicolaevich…, quiere que nos vayamos ahora…, mientras podamos hacerlo…
    A Zoya se le llenaron los ojos de lágrimas.
    – ¿Por qué? -preguntó, levantándose aterrorizada-. Dijimos que nos quedaríamos aquí con ellos y que pronto se marcharían… Se irán, abuela, ¿verdad que sí?…, se irán, ¿verdad?
    La condesa no supo qué contestar, sopesó la verdad y la mentira hasta que, al final, como siempre ganó la verdad.
    – No lo sé. Puesto que los ingleses se niegan a aceptarlos, Nicolás teme que las cosas se compliquen. Teme que los mantengan encarcelados aquí mucho tiempo e incluso que los lleven a algún otro sitio. En tal caso, también tendríamos que separarnos… y él ya no puede ofrecernos su protección porque nada tiene. Y yo no puedo salvarte de esos cerdos. Él tiene razón, tenemos que irnos mientras podamos.
    La condesa miró tristemente a la niña convertida de súbito en mujer, sin haber previsto su estallido de furia.
    – ¡No iré contigo! ¡No pienso ir! ¡No los dejaré!
    – ¡Debes hacerlo! Insensata, podrías acabar sola en Siberia… ¡sin ellos! Tenemos que irnos dentro de uno o dos días. Nicolás teme que las cosas empeoren. Los revolucionarios no lo quieren aquí y si los ingleses lo rechazan, ¿quién lo aceptará? ¡La situación es muy grave!
    – ¡Pues, entonces, moriré con ellos! ¡No puedes obligarme a ir contigo!
    – Puedo hacer lo que quiera y tú harás lo que yo diga, Zoya. Ese es también el deseo de Nicolás. ¡No debes desobedecer sus órdenes!
    La condesa estaba casi agotada de tanto discutir, pero sabía que necesitaría toda su fuerza para convencerla.
    – No puedo dejar a María aquí, abuela, está muy enferma… y es lo único que me queda…
    Zoya rompió a llorar y apoyó la cabeza en los brazos sobre la mesa como una chiquilla. Era la misma mesa junto a la cual se había sentado con María hacía apenas un mes, mientras su prima le trenzaba el cabello y ambas conversaban y reían alegremente. ¿Dónde estaba aquel mundo? ¿Qué les había ocurrido a todos?… Nicolai, su madre y su padre…
    – Me tienes a mí, pequeña… -le dijo la condesa, acariciándole suavemente el cabello tal como hiciera María tantas veces-. Debes ser fuerte. Ellos lo esperan de ti. No tienes más remedio, Zoya. Tenemos que hacer lo más conveniente en estos momentos.
    – Pero ¿adónde iremos?
    – Todavía no lo sé. Nicolás dice que ya lo arreglará. Quizá podamos pasar a Finlandia y desde allí ir a Francia o Suiza.
    – Pero allí no conocemos a nadie -exclamó Zoya horrorizada, mirando a Eugenia con los ojos llenos de lágrimas.
    – Son cosas que ocurren a veces, querida. Debemos confiar en Dios y marcharnos cuando Nicolás lo disponga.
    – Abuela, no puedo…
    Sin embargo, la condesa fue inflexible. Era una mujer más fuerte que el acero y tan firme como una roca. Zoya no podía competir con ella, por lo menos todavía no, y ambas lo sabían.
    – Puedes y lo harás, y no debes decirles nada a los niños. Bastantes preocupaciones tienen ya. No debemos agobiarlos con las nuestras. No sería justo.
    – ¿Qué le diré a Mashka?
    La condesa miró con lágrimas en los ojos a la muchacha a quien tanto amaba. Al final, recordando a los seres que habían perdido y pensando en los que muy pronto iban a perder, habló en un susurro:
    – Dile simplemente que la quieres mucho.

7

    Zoya entró de puntillas en la habitación donde dormía María y la contempló largo rato en silencio. Lamentó tener que despertarla, pero no podía marcharse sin despedirse. Nicolás lo había organizado todo y su abuela aguardaba abajo. Seguirían la larga ruta escandinava a través de Finlandia y Suecia, y desde allí irían a Dinamarca. El zar facilitó a Eugenia los nombres de unos amigos de su tía danesa y Fiodor las acompañaría para protegerlas. Todo estaba decidido. A Zoya le quedaba tan solo despedirse por última vez de su amiga. La vio agitarse febrilmente bajo las sábanas hasta que, al final, María abrió los ojos y la contempló sonriente mientras ella pugnaba por reprimir las lágrimas.
    – ¿Cómo te encuentras? -preguntó Zoya en voz baja. Anastasia dormía en la habitación contigua con sus otras dos hermanas y, poco a poco, las tres iban mejorando. Solo María seguía muy enferma, pero Zoya trató de no pensar en eso ahora. No podía pensar en nada, no podía mirar hacia atrás ni hacia delante porque no le quedaba esperanza. Tan solo disponía de aquel último momento con su amiga del alma.
    – Mashka… -dijo, extendiendo la mano para acariciarle la mejilla.
    María trató de incorporarse y miró extrañada a su amiga.
    – ¿Ocurre algo?
    – No…, es que… vuelvo a San Petersburgo con la abuela.
    Había prometido a Alejandra no decirle la verdad a María. En aquellos momentos hubiera sido demasiado para ella. Aun así, María la miró, preocupada. Siempre tuvo un sexto sentido para adivinar los sentimientos de su prima. Tomó la mano de Zoya y la estrechó fuertemente con la suya.
    – ¿El camino es seguro?
    – Pues claro -mintió Zoya, echando su melena pelirroja hacia atrás-. En caso contrario, tu padre no permitiría que fuéramos.
    Dios mío, te lo suplico, no permitas que me eche a llorar…, te lo pido con todo mi corazón, rezó Zoya en silencio, ofreciéndole a María un vaso de agua que esta rechazó sin dejar de mirarla a los ojos.
    – Ocurre algo, ¿verdad? Te marchas a algún sitio.
    – Solo a casa durante unos días… Pronto volveré. -Zoya se inclinó hacia delante y estrechó a María en sus brazos. Sus ojos se llenaron de lágrimas-. Ahora tienes que ponerte bien. Has estado enferma demasiado tiempo.
    Ambas jóvenes permanecieron abrazadas un instante y, cuando se apartó, Zoya sonrió alegremente, sabiendo que estaban esperándola.
    – ¿Me escribirás?
    – Pues claro. -Zoya se quedó allí de pie, tratando de absorberlo todo, el contacto de la mano de su amiga, la suavidad de las sábanas, la expresión de sus grandes ojos azules-. Te quiero, Mashka -dijo en un leve susurro-, te quiero muchísimo…
    – Yo también a ti -contestó María, recostándose en la almohada con un suspiro.
    El solo hecho de incorporarse y hablar la agotó y provocó un fuerte acceso de tos.
    – Por favor, ponte bien… -dijo Zoya, inclinándose por última vez para besarle la mejilla y acariciarle los suaves bucles.
    Después apartó bruscamente el rostro y fue hacia la puerta. Se volvió para saludar silenciosamente con la mano a su prima, pero María ya había cerrado los ojos. Zoya cerró la puerta muy despacio, inclinó la cabeza y lloró en silencio y con el corazón desgarrado por la pena. Ya se había despedido de los demás hacía media hora y quiso ver un momento al pequeño Alexis. Nagorny y Pierre Gilliard estaban con él y el doctor Fedorov, este a punto de marcharse.
    – ¿Puedo entrar? -preguntó Zoya, y se enjugó las lágrimas de las mejillas cuando en gesto de silenciosa simpatía el médico apoyó una mano en su brazo.
    – Está durmiendo.
    Zoya se limitó a asentir con la cabeza. Bajó corriendo por la conocida escalera y se reunió con su abuela, el zar y la zarina, que la aguardaban en el vestíbulo principal. Fiodor ya estaba fuera con dos de los mejores caballos del zar enganchados a la vieja troika en la que habían efectuado el viaje de ida. Era una situación insoportable y la joven apenas podía resistir la angustia. Hubiera deseado que todo se detuviera, retrasar el reloj, subir de nuevo junto a su amiga. Tenía la impresión de que abandonaba a todos y, sin embargo, eran ellos quienes la obligaban a marcharse en contra de su voluntad.
    – ¿Cómo está? -le preguntó preocupada Alejandra, confiando en que María no hubiera adivinado la verdad.
    – Le dije que regresábamos a San Petersburgo.
    Zoya rompió a llorar sin poderse contener y su abuela trató de reprimir sus propias lágrimas. Nicolás besó a ambas en la mejilla y tomó sus manos en las suyas, con ojos muy tristes pero con una valerosa sonrisa en los labios. Aunque Eugenia lo había oído sollozar en los aposentos de Alejandra la noche de su regreso, el zar ocultaba su dolor al resto de la familia y constantemente animaba a todos, mostrándose siempre cariñoso y tranquilo, tal como en aquellos momentos al despedirse de la condesa con un beso.
    – Buen viaje, Eugenia Petrovna. Esperamos volver a veros muy pronto.
    – Rezaremos por vosotros a todas horas, Nicolás -contestó la anciana, y le besó suavemente la mejilla-. Que Dios os bendiga a todos. -Después se dirigió a Alejandra mientras Zoya lloraba a su lado-: Cuídate mucho y no te canses demasiado, querida. Espero que los niños se repongan muy pronto.
    – Escríbenos -le dijo Alejandra con tristeza, tal como le dijera María a Zoya unos momentos antes-. Esperaremos con ansia vuestras noticias. -La zarina miró a Zoya. La conocía desde que nació, porque ella y Natalia dieron a luz con pocos días de diferencia y ambas niñas habían sido muy amigas a lo largo de sus dieciocho años-. Sé buena, obedece a tu abuela y cuídate mucho.
    Acto seguido, la zarina abrazó a la joven y por un instante le pareció que perdía a una hija.
    – Te quiero, tía Alix… Os quiero mucho a todos… No quiero irme… -contestó Zoya entre sollozos mientras se volvía hacia Nicolás y este la abrazaba tal como hubiera hecho su propio padre de haber estado vivo.
    – Nosotros también te queremos y siempre te querremos. Algún día volveremos a reunirnos. Tenlo por seguro. Que Dios os guarde hasta entonces, pequeña. Ahora debes irte -añadió el zar, y la apartó con una leve sonrisa.
    Después la acompañó solemnemente fuera. Por su parte, Alejandra tomó del brazo a la condesa y entre ambos las ayudaron a subir a la troika. Los últimos servidores también salieron a despedirse con lágrimas en los ojos. Conocían a Zoya desde pequeña y ahora ella los dejaba, como otros también harían muy pronto. Era terrible pensar que tal vez jamás podrían volver, se dijo Zoya mientras Fiodor levantaba lentamente la fusta y tocaba por primera vez los caballos del zar. La troika se puso en movimiento y, en medio de la grisácea atmósfera, se alejó súbitamente de Nicolás y Alejandra, que permanecieron de pie y agitando las manos. Zoya abrazó a la pequeña Sava y se volvió a mirarlos. El animalillo emitió un repentino gañido como si supiera que abandonaba aquella casa para no regresar jamás. Zoya hundió el rostro en los brazos de su abuela. No podía soportar por más tiempo ver a sus primos despidiéndolas valientemente, a la entrada del palacio de Alejandro que ella nunca volvería a ver. De pronto, Tsarskoe Selo desapareció en una distante bruma de nieve y Zoya sollozó, pensando en Mashka, su mejor y única amiga, en su hermano, en sus padres…, todos perdidos para siempre. Lloró abrazada a su abuela, que permanecía estoicamente sentada en la troika con los ojos cerrados y las mejillas bañadas en lágrimas, recordando la vida que dejaba atrás y el mundo que tanto amaban y ahora se desvanecería como la nieve. Los caballos de Nicolás, fustigados por Fiodor, las llevaban lejos de casa y de las personas y cosas que habían conocido y amado.
    – Adieu, chers amis… -musitó con gran aflicción Eugenia bajo la nieve.
    Adiós, queridísimos amigos. Ahora solo se tenían la una a la otra, una anciana y una joven, huyendo de un mundo perdido y de los seres que en él amaron. Nicolás y su familia ya eran historia. Jamás los olvidarían, siempre los amarían, pero ya nunca volverían a verlos.

PARÍS

8

    El viaje desde Tsarskoe Selo hasta Beloostrov en la frontera finlandesa duró siete horas, pese a que la localidad no estaba muy lejos de San Petersburgo, debido a que Fiodor tuvo la precaución de tomar todas las carreteras secundarias. Nicolás le había dicho que viajar de esa manera sería más seguro, aunque llevara más tiempo. Para asombro de Eugenia, cruzaron la frontera sin problemas. Les hicieron algunas preguntas, pero de repente Eugenia pareció encogerse como una viejuca y Zoya puso cara de chiquilla desvalida. Fue Sava la que en última instancia las salvó. Los soldados fronterizos se entusiasmaron con la perrita y tras un angustioso momento de espera, les indicaron por señas que prosiguieran. Los tres fugitivos suspiraron de alivio y la troika se puso en movimiento, tirada por los caballos de Nicolás. Fiodor tuvo la astucia de utilizar los viejos arreos traídos de San Petersburgo y no las guarniciones de las caballerizas del zar, de muy fácil identificación por el águila de dos cabezas.
    El viaje desde Beloostrov hasta la localidad finlandesa de Turku duró dos días enteros y, cuando llegaron muy entrada la noche, Zoya estaba tan entumecida que apenas podía moverse. Su abuela casi no podía andar cuando las ayudaron a salir, y hasta Fiodor parecía en extremo fatigado. Alquilaron dos habitaciones en una pequeña posada. A la mañana siguiente, Fiodor vendió los caballos por una suma ridícula. Luego subieron a un rompehielos rumbo a Estocolmo. Pasaron otro interminable día en el barco que navegaba muy despacio en las aguas congeladas que separan Finlandia de Suecia. Ensimismado cada uno en sus propios pensamientos, los tres viajeros apenas hablaron.
    Llegaron a Estocolmo a última hora de la tarde, justo a tiempo para un tren nocturno con destino a Malmö. Una vez allí, a la mañana siguiente tomaron el transbordador que las conduciría a Copenhague, donde durmieron en un pequeño hotel. Eugenia llamó a los amigos de la tía del zar, pero no estaban. Al día siguiente abandonaron Copenhague a bordo de un buque británico que los llevaría a Francia. Zoya estaba completamente aturdida y el primer día de travesía lo pasó muy mareada. A su abuela le pareció que tenía fiebre, pero era difícil saber si estaba enferma o simplemente agotada. Después de seis días de viaje en troika, en barco y en tren, los tres estaban completamente exhaustos. Incluso Fiodor aparentaba haber envejecido diez años en una semana. Sin embargo, lo que más les dolía era el haber abandonado su patria. Apenas hablaban, dormían muy poco y casi no sentían apetito. Era como si tuvieran los cuerpos llenos de tristeza y no pudieran introducir nada más en ellos. Lo habían dejado todo a sus espaldas, un estilo de vida, mil años de historia, personas amadas que habían perdido. El dolor era tan insoportable que Zoya anheló en su fuero interno que los submarinos alemanes hundieran el barco durante la travesía a Francia. Fuera de Rusia, la gente tenía miedo, no de la revolución, sino de la Gran Guerra. Sin embargo, Zoya pensaba que el morir a manos de alguien sería mucho más fácil que enfrentarse con un nuevo mundo que ella no quería conocer. Recordó las veces que habían soñado con María visitar París. Les parecía tan romántico entonces pensar en elegantes mujeres y en los preciosos vestidos que se comprarían. Ahora todo eso estaba olvidado. Solo tenían la pequeña suma de dinero que su abuela había pedido prestada al zar y las alhajas cosidas en la ropa. Eugenia ya había decidido vender las que fueran necesarias en cuanto llegaran a París. Por otra parte, tenían que pensar también en Fiodor, el cual prometió buscar trabajo enseguida y ayudarlas en todo lo posible. No quiso permitir que viajaran solas. En Rusia ya no le quedaba nada y no se imaginaba una vida sin servir a los Ossupov. Se hubiera muerto de pena si lo hubieran dejado. Durante el viaje a Francia, se mareó tanto como Zoya y lo pasó muy mal porque nunca había estado en un buque.
    – ¿Qué haremos, abuela? -preguntó Zoya, y miró tristemente a la condesa en el pequeño camarote.
    Atrás había quedado la grandeza de los yates imperiales, los palacios, los príncipes y las fiestas. Atrás el calor y el cariño de la familia, las personas conocidas, sus formas de vida e incluso la seguridad de saber que al día siguiente tendrían suficiente para comer. Solo les quedaban sus vidas y Zoya no estaba muy segura de apreciar la propia. Quería regresar a Rusia junto a Mashka, retrasar el reloj y volver a un mundo perdido poblado por personas ahora inexistentes. Su padre, su hermano, su madre… Zoya se preguntó si María ya estaría mejor.
    – Tendremos que buscar un pequeño apartamento -contestó su abuela.
    Eugenia llevaba mucho tiempo sin visitar París. Viajaba muy poco desde la muerte de su marido. Pero ahora tenía que pensar en Zoya. Debía ser fuerte por el bien de la muchacha. Pidió a Dios vivir lo bastante como para poder cuidarla, pero ahora no era Eugenia quien corría peligro, sino Zoya. La joven estaba muy enferma y sus ojos parecían más grandes que nunca en su pálido rostro. Cuando la condesa le tocó la frente, comprendió inmediatamente que tenía fiebre alta. Aquella noche, Zoya empezó a toser y su abuela temió que hubiera contraído una pulmonía. A la mañana, la tos se agravó. Cuando en Boulogne subieron al tren que las llevaría a París, la condesa descubrió manchas en su rostro y sus manos. La obligó a levantarse el jersey y ambas comprendieron que se trataba del sarampión. Eugenia estaba ahora más ansiosa que nunca por llegar a París. El viaje en tren duró cuatro horas y llegaron pasada la medianoche. Frente a la Gare du Nord había media docena de taxis y la condesa pidió a Fiodor que fuera por uno mientras ella ayudaba a Zoya a bajar del tren. Con gran esfuerzo, la joven se apoyó en su abuela con el rostro súbitamente arrebolado. Tosía muchísimo y casi deliraba a causa de la fiebre.
    – Quiero volver a casa -gimoteó, abrazando a la perrita.
    Sava había crecido y la muchacha casi no podía con ella cuando salió con su abuela de la estación.
    – Enseguida nos vamos a casa, cariño. Fiodor ha ido en busca de un taxi.
    Zoya se echó a llorar y miró a su abuela como una chiquilla extraviada.
    – Quiero volver a Tsarskoe Selo.
    – Tranquilízate, Zoya, tranquilízate…
    Fiodor les hizo señas, agitando las maletas, y Eugenia ayudó cuidadosamente a Zoya a caminar y subir al viejo taxi. Amontonaron sus pertenencias en el asiento delantero, junto a Fiodor y el taxista. Ellas se acomodaron en el asiento trasero. No tenían reservas en ningún sitio, no sabían adónde ir y el taxista era viejo y sordo. Los jóvenes habían marchado a la guerra y en París solo quedaban los viejos y los enfermos.
    – Alors… On y va, mesdames? -El hombre se volvió sonriendo y le sorprendió ver llorar a Zoya-. Elle est malade? -Eugenia explicó que no estaba enferma sino muy cansada-. ¿De dónde vienen ustedes? -preguntó el taxista, charlando animadamente mientras Eugenia intentaba recordar el nombre del hotel donde había estado con su marido muchos años antes.
    De pronto, se dio cuenta de que no recordaba nada. Tenía ochenta y dos años y estaba totalmente exhausta. Sin embargo, debían llevar a Zoya a un hotel y enseguida llamar a un médico.
    – ¿Puede recomendarnos algún hotel? Algo pequeño, limpio y no muy caro.
    El hombre frunció los labios un momento mientras pensaba y Eugenia apretó instintivamente el bolso contra su pecho. Allí guardaba el último y más importante regalo de la zarina. Alix le había regalado uno de los huevos de Pascua creado especialmente para ella por Carl Fabergé. Aquella obra de arte en esmalte malva con cintas de brillantes era el tesoro más precioso de la condesa. En caso de que todo fallara, podrían venderlo y vivir de lo que obtuvieran.
    – ¿Le importa la zona, madame?… Me refiero al hotel…
    – No, siempre y cuando esté en un barrio decente.
    Más tarde podrían buscar otra cosa mejor. Aquella noche solo necesitaban unas habitaciones donde dormir. Los refinamientos, caso de ser posibles, vendrían después.
    Hay un pequeño hotel en las inmediaciones de los Campos Elíseos, madame. El portero de noche es mi primo.
    – ¿Es caro? -preguntó Eugenia.
    El taxista se encogió de hombros. Estaba claro que aquella gente no tenía dinero. Sus ropas eran muy sencillas y el viejo parecía un campesino. Menos mal que la mujer hablaba francés y, a lo mejor, la chica también aunque se pasaba el rato llorando y no paraba de toser. Esperaba que no tuviera tuberculosis, la enfermedad tan extendida en aquellos momentos en París.
    – No está mal. Le pediré a mi primo que hable con el recepcionista.
    – Muy bien, será suficiente -dijo Eugenia en tono autoritario, reclinándose en el asiento del viejo taxi.
    La vieja le era simpática por su valentía, pensó el taxista.
    El hotel estaba en la rue Marbeuf y efectivamente era muy pequeño, aunque parecía limpio y respetable, pensó Eugenia cuando entró en el vestíbulo. Disponía de tan solo doce habitaciones, pero el recepcionista les aseguró que dos estaban libres. Había un lavabo común al fondo del pasillo, cosa que a Eugenia le pareció muy desagradable aunque de momento eso no importaba. La condesa apartó la colcha de la cama que ella y Zoya compartirían y vio que las sábanas estaban limpias. Desnudó a Zoya, escondió la maleta bajo la cama y Fiodor subió el resto del equipaje. El anciano cuidaría de Sava. En cuanto Zoya se acostó, la condesa bajó de nuevo al vestíbulo y pidió al recepcionista que avisara a un médico.
    – ¿Para usted, madame? -preguntó el hombre.
    No le hubiera sorprendido lo más mínimo. Estaban todos muy pálidos y cansados, y la señora era muy mayor.
    – Para mi nieta.
    Eugenia no le dijo que Zoya tenía sarampión. Cuando llegó dos horas más tarde, el médico confirmó el diagnóstico.
    – Está muy enferma, madame. Tendrá que prestarle muchos cuidados. ¿Sabe cómo se contagió?
    Hubiera sido ridículo decirle que se lo habían contagiado los hijos del zar de Rusia.
    – A través de unos amigos, creo. Hemos realizado un viaje muy largo. -El médico adivinó por la tristeza de sus ojos que habían pasado muchas penalidades, pero nunca hubiera imaginado las desgracias padecidas durante tres semanas, lo poco que les quedaba y el miedo que les inspiraba el futuro-. Venimos de Rusia, vía Finlandia, Suecia y Dinamarca.
    El médico la miró con asombro y, de pronto, lo comprendió todo. Otros habían hecho viajes similares en las últimas semanas, huyendo de la revolución. En los meses siguientes, otros seguirían su ejemplo, en caso de que pudieran escapar. La nobleza rusa, o lo que quedaba de ella, huía en tropel y muchos aristócratas recalaban en París.
    – Lo siento…, lo siento infinitamente, madame.
    – Nosotras también -dijo Eugenia sonriendo tristemente-. No tendrá pulmonía, ¿verdad?
    – Todavía no.
    – Su prima la padece desde hace varias semanas, y ambas han estado en estrecho contacto.
    – Haré todo lo que pueda, madame. Volveré a visitarla por la mañana.
    Al día siguiente, Zoya se puso peor y al anochecer empezó a delirar debido a la fiebre. El médico le recetó unas medicinas y dijo que eran su única esperanza. Al otro día, cuando el recepcionista le comunicó la entrada en guerra de los Estados Unidos, la condesa no se inmutó. En aquellos momentos la guerra le parecía poco importante a la luz de todo lo ocurrido.
    La condesa comía en la sencilla habitación. Fiodor salía a comprar medicinas o algo de fruta. El pan estaba racionado y resultaba muy difícil encontrar todo lo que la condesa necesitaba, pero Fiodor era ingenioso y estaba muy contento, pues había conocido a un taxista que hablaba el ruso. Como ellos, llevaba pocos días en París, era un príncipe de San Petersburgo y a él le parecía un amigo de Konstantin. Sin embargo, Eugenia estaba muy preocupada por Zoya y no tenía tiempo de escucharle.
    Pasaron varios días antes de que la muchacha empezara a recuperarse ligeramente. Zoya miró a su alrededor en la pequeña y sencilla habitación, escudriñó los ojos de su abuela y, poco a poco, recordó que estaban en París.
    – ¿Cuánto hace que estoy enferma, abuela?
    Trató de incorporarse, pero todavía estaba muy débil. Por fortuna, la terrible tos había cedido un poco.
    – Llegamos hace casi una semana, cariño. Nos has tenido muy preocupados. Fiodor ha recorrido todo París buscando fruta para ti. La carestía es aquí casi tan grave como en Rusia.
    Zoya asintió y miró con aire distante a través de la única ventana de la habitación.
    – Ahora comprendo lo que sentía Mashka…, y eso que ella estaba más enferma que yo. No me imagino cómo estará ahora.
    La joven no conseguía centrarse en el presente.
    – No debes pensar en eso -la reprendió cariñosamente su abuela, contemplando la tristeza de sus ojos-. Estoy segura de que ya estará restablecida. Hace dos semanas que nos fuimos.
    – ¿Nada más? -Zoya suspiró-. Me parece una eternidad.
    A todos les ocurría lo mismo y más todavía a la condesa que apenas había podido dormir desde que abandonaran Rusia. Eugenia pasó varias noches en una silla sin acostarse en la cama por no perturbar el sueño de Zoya, pero ahora ya podría relajar un poco la vigilancia. Esa noche dormiría a los pies de la cama, necesitaba descansar casi tanto como Zoya.
    – Mañana podrás salir de la cama, pero tienes que descansar, comer y ponerte fuerte.
    Eugenia dio a Zoya unas palmadas en la mano y la muchacha le dedicó una leve sonrisa.
    – Gracias, abuela.
    Sus ojos se llenaron de lágrimas cuando comprimió la mano de la condesa contra su mejilla. Incluso eso le traía dolorosos recuerdos de su infancia.
    – ¿Por qué, tontuela? ¿Por qué tienes que darme las gracias?
    – Por haberme traído aquí…, por ser tan valiente… y por haberte esforzado tanto en salvarnos.
    De repente acababa de comprender lo lejos que habían llegado y lo extraordinario que había sido el comportamiento de la abuela. Su madre nunca hubiera podido hacerlo. Hubiera tenido que ser Zoya quien sacara a Natalia de Rusia.
    – Aquí iniciaremos una nueva vida, Zoya, ya lo verás. Un día podremos volver la mirada hacia atrás y todo nos parecerá menos doloroso.
    – No acierto a imaginarlo. No acierto a imaginar un tiempo en el que los recuerdos no me duelan como ahora.
    En aquellos momentos la joven se moría de pena.
    – El tiempo es muy bondadoso, querida. Y lo será con nosotras, te lo prometo. Aquí podremos vivir bien.
    Pero no como en Rusia. Zoya trató de no pensar en ello, pero aquella noche, mientras su abuela dormía, se levantó sigilosamente de la cama, abrió su pequeña maleta y sacó la fotografía hecha por Nicolás el verano anterior cuando hacían el payaso en Livadia. Ella, Anastasia, María, Olga y Tatiana aparecían echadas casi boca abajo, sonriendo al término de un juego. Todo aquello se le antojó ahora una tontería encantadora. Incluso fotografiadas en aquel ángulo tan inverosímil, estaban todas muy guapas. Eran las muchachas que habían crecido con ella y a las que tanto amaba. Tatiana, Anastasia, Olga… y, naturalmente, Mashka.

9

    El sarampión debilitó bastante a Zoya, pero, para gran alivio de su abuela, la joven pareció revivir con el esplendor de París en abril. Estaba más seria que antes y padecía una ligera tos permanente, pero ahora sus ojos aparecían casi tan risueños como siempre. Verla así le alegraba el corazón a la condesa. El hotel de la rue Marbeuf resultaba algo caro para ellas pese a su sencillez, por lo que Eugenia comprendió que pronto tendrían que buscarse un apartamento. Ya habían gastado buena parte del dinero que les diera Nicolás y tenían que ahorrar sus escasos recursos. A principios de mayo, Eugenia previó que tendrían que vender algunas joyas.
    Una soleada tarde, dejó a Zoya con Fiodor y fue a la joyería de la rue Cambon que le indicaron en el hotel, con un collar de rubíes cuidadosamente descosido del forro de uno de sus vestidos negros. Guardó el collar en el bolso y también tomó los pendientes a juego ocultos en dos grandes botones. Pidió un taxi antes de salir del hotel. Cuando le indicó al taxista la dirección, el hombre volvió lentamente la cabeza y la miró asombrado. Era un alto y distinguido caballero de cabello plateado y bigote blanco perfectamente recortado.
    – No es posible…, condesa, ¿es usted?
    Eugenia lo estudió con cuidado y, de pronto, se le aceleraron los latidos del corazón. Era el príncipe Vladimir Markovsky, uno de los amigos de Konstantin. Su hijo mayor llegó incluso a pedir la mano de la gran duquesa Tatiana, que le rechazó de plano por considerarlo excesivamente frívolo. Pese a ello, el joven era tan encantador como su padre.
    – ¿Cómo llegó hasta aquí?
    La condesa rió y sacudió la cabeza mientras pensaba en lo extraña que resultaba la vida últimamente. Desde su llegada a París había visto rostros conocidos. En dos ocasiones incluso había reconocido a conductores de taxis. Los aristócratas rusos no parecían tener otro medio de ganarse la vida, pues no sabían hacer otra cosa que conducir un automóvil, tal como ahora hacía el príncipe Vladimir. Su rostro le trajo a la condesa recuerdos agridulces de tiempos mejores. Eugenia suspiró y explicó de qué forma habían huido de Rusia. La historia del príncipe era muy parecida a la suya, aunque él corrió mucho más peligro al cruzar la frontera.
    – ¿Se quedará aquí? -preguntó el príncipe mientras encaminaba el vehículo hacia la joyería de la rue Cambon que ella le había indicado.
    – De momento, sí. Pero Zoya y yo tenemos que buscarnos un apartamento.
    – Entonces ella está con usted. Debe de ser poco más que una niña. ¿Y Natalia?
    El príncipe siempre consideró a la esposa de Konstantin extremadamente bella aunque un poco nerviosa. Estaba claro que no sabía de su muerte cuando los revolucionarios asaltaron el palacio de Fontanka.
    – La mataron… pocos días después que a Konstantin… y a Nicolai -contestó Eugenia en voz baja.
    Tenía que hacer un esfuerzo para pronunciar sus nombres, sobre todo en presencia de aquel príncipe que antaño fuera su amigo. Este asintió silenciosamente con la cabeza. Él también había perdido a sus dos hijos y más tarde se trasladó a París con su hija soltera.
    – Lo siento.
    – Todos lo sentimos, Vladimir. Los que más, Nicolás y Alejandra. ¿Sabe usted algo de ellos?
    – Nada. Solo que todavía se encuentran bajo arresto domiciliario en Tsarskoe Selo. Solo Dios sabe el tiempo que los retendrán allí. Por lo menos, están cómodos, aunque no seguros. -Ya nadie estaba seguro en ningún lugar de Rusia. Por lo menos, las personas que ellos conocían-. ¿Se quedarán ustedes en París?
    No tenía ningún otro sitio adonde ir. Los fugitivos rusos llegaban a diario con increíbles historias de huidas y terribles pérdidas, sobrecargando así a una ciudad ya agobiada por el peso de las circunstancias.
    – Creo que sí. Consideré lo mejor venir aquí. Por lo menos, en París estamos a salvo y es un lugar respetable para Zoya.
    El príncipe asintió mientras conducía el taxi.
    – ¿Quiere que la espere, Eugenia Petrovna?
    La condesa se emocionó ante el hecho de poder hablar en ruso con alguien que conocía su nombre. Acababan de llegar a la joyería.
    – ¿Le importaría?
    Era consolador saber que él estaba allí y la acompañaría al hotel, sobre todo, en caso de que el joyero le diera una abultada suma de dinero.
    – Pues claro que no. La esperaré.
    El príncipe la ayudó a descender y la escoltó hasta la entrada de la joyería. Era fácil imaginar qué iba a hacer la condesa allí. Exactamente lo mismo que los demás, vender todo lo que pudiera, los tesoros que consiguieron sacar clandestinamente del país y que apenas unas semanas atrás eran chucherías a las que no concedían la menor importancia.
    La condesa salió media hora más tarde con la cara muy seria. El príncipe Markovsky no le hizo ninguna pregunta durante el trayecto de vuelta al hotel. Sin embargo, se la veía como más apagada, pensó el príncipe mientras la ayudaba a descender del automóvil en la rue Marbeuf. Esperaba que hubiera conseguido lo que necesitaba. La condesa ya era muy mayor para sobrevivir en un país extraño solo con su ingenio y la venta de sus joyas, sin nadie que la ayudara y una muchacha muy joven a su cargo. No sabía qué edad tenía Zoya, pero estaba seguro de que era bastante más joven que su hija, la cual iba a cumplir los treinta.
    – ¿Todo marcha bien? -preguntó preocupado mientras la acompañaba a la entrada del hotel.
    – Supongo que sí -contestó la condesa y lo miró con tristeza-. Son tiempos difíciles. -Observó el taxi y después lo estudió detenidamente. Fue un hombre muy apuesto en su juventud, y lo seguía siendo, pero de repente parecía distinto. Todos habían cambiado. El rostro del mundo ya no era el mismo desde la revolución-. No es fácil para ninguno de nosotros, ¿no es cierto, Vladimir?
    Cuando ya no le quedaran más joyas que vender, ¿qué sería de ellas?, se preguntó Eugenia. Ni ella ni Zoya sabían conducir un taxi, y Fiodor no hablaba idiomas extranjeros y era improbable que los aprendiera. Era más una carga que una ayuda, pero fue tan fiel y leal ayudándolas a escapar, que ahora ella no podía dejarlo. Se sentía tan responsable de él como de Zoya, pero dos habitaciones de hotel costaban el doble que una, y con la miseria que obtuvo por el collar de rubíes y los pendientes, sus fondos no durarían mucho tiempo. Tendrían que ingeniárselas de alguna manera. A lo mejor, ella podría trabajar como costurera, pensó para sus adentros mientras se despedía de Vladimir con aire distraído. De pronto, pareció una mujer mucho más vieja que cuando iba a la joyería. El príncipe Markovsky le besó la mano y se negó a cobrarle la carrera. La condesa se preguntó si alguna vez volvería a verlo. Sin embargo, dos días más tarde, cuando bajó con Zoya y Fiodor, lo encontró aguardándola en el vestíbulo.
    Al verla, el príncipe se inclinó en reverencia y le besó la mano. Miró a Zoya y se asombró de lo guapa y crecida que estaba.
    – Le pido disculpas por presentarme de esta manera, Eugenia Petrovna, pero me han hablado de un apartamento… Es bastante pequeño, pero está a dos pasos del Palais Royal. No es un barrio muy adecuado para una joven, pero tal vez podría interesarles. Usted me comentó el otro día que buscaba un sitio donde vivir. Tiene dos dormitorios. Aunque no sé si será suficientemente grande para los tres -añadió el príncipe, mirando con súbita preocupación al anciano Fiodor.
    – Por supuesto que sí. -La condesa lo miró y sonrió como si fuera su mejor amigo, pese a que antes no solían verse con frecuencia. Por lo menos, era un rostro de un pasado no demasiado lejano, una reliquia del hogar-. Zoya y yo podemos compartir una habitación. Aquí en el hotel lo hacemos así y a ella no le importa.
    – Pues claro que no, abuela.
    Eugenia se apresuró a presentarle al príncipe y Zoya miró con curiosidad al alto y distinguido caballero.
    – Entonces, ¿les digo que irán a verlo? -preguntó el príncipe.
    Parecía muy interesado en Zoya, pero la condesa no se dio cuenta.
    – ¿Podríamos verlo ahora?
    Era una soleada tarde de mayo en la que parecía increíble que hubiera algún trastorno en el mundo, y mucho menos que Europa estuviera en guerra y que Estados Unidos finalmente hubiera entrado en la contienda.
    – Les mostraré dónde está el apartamento y quizá les permitan verlo ahora.
    El príncipe los llevó rápidamente en su taxi mientras les contaba los últimos chismorreos. Varios conocidos suyos habían llegado a París en los últimos días, aunque ninguno sabía nada de Tsarskoe Selo. Zoya le oyó recitar los nombres con curiosidad. Los conocía a casi todos, aunque no figuraba ningún amigo íntimo de su familia. El príncipe comentó también que estaba allí Diaghilev y tenía en proyecto ofrecer una representación del Ballet Russe. La compañía actuaría en el teatro Châtelet y los ensayos empezarían la próxima semana. Zoya se emocionó al oír el comentario y apenas se fijó en las calles mientras se dirigían al apartamento.
    El sitio era muy pequeño, pero daba a un bonito jardín de la casa contigua. Había dos pequeños dormitorios, un saloncito, una cocina y un cuarto de baño al fondo de un pasillo que tendrían que compartir con los inquilinos de otros cuatro apartamentos. Los demás deberían bajar de sus respectivos pisos para usarlo, por lo que ellas serían las más afortunadas. La vivienda distaba bastante de las comodidades del palacio Fontanka e incluso del hotel de la rue Marbeuf, pero no tenían otra opción. La condesa le reveló a Zoya la ridícula cantidad recibida a cambio del collar de rubíes. Les quedaban otras joyas, pero el futuro no parecía muy halagüeño.
    – Quizá es demasiado pequeño… -dijo el príncipe Vladimir, súbitamente avergonzado.
    Sin embargo, la situación no era más denigrante que el hecho de que él condujera un taxi.
    – Creo que nos irá muy bien -dijo la condesa, aunque ya había visto la cara de desaliento de Zoya.
    El zaguán olía a orina y a comida rancia. Tal vez con un poco de perfume, el perfume de lilas que tanto gustaba a Zoya… y teniendo siempre las ventanas abiertas al bonito jardín. Ya se las arreglarían. Además, el alquiler resultaba asequible. La condesa miró sonriente a Vladimir y le dio efusivamente las gracias.
    – Tenemos que ayudarnos los unos a los otros -dijo el príncipe sin apartar los ojos de Zoya-. Las acompañaré de nuevo al hotel.
    Decidieron mudarse a la semana siguiente, y durante el trayecto de regreso, Eugenia empezó a hacer una lista de los muebles necesarios. Ella y Zoya confeccionarían las cortinas y las colchas, solo comprarían lo imprescindible.
    – Con una bonita alfombra en el suelo, la habitación parecerá más grande -dijo, tratando de no pensar en las valiosas alfombras Aubusson del pabellón del palacio Fontanka-. ¿No te parece, cariño?
    – ¿Mmm?… ¿Decías, abuela?
    Zoya contempló los Campos Elíseos a través de la ventanilla mientras se dirigían a la rue Marbeuf. Pensaba en algo mucho más importante. Algo que necesitaban y les permitiría vivir de nuevo decentemente, tal vez no en un palacio, pero, por lo menos, en un apartamento un poco más grande y más cómodo que aquella maloliente caja de cerillas. Deseaba regresar cuanto antes al hotel y dejar a su abuela con sus listas, sus planes y sus órdenes a Fiodor de que fuera en busca de muebles y una bonita alfombra.
    Al llegar, le dieron las gracias al príncipe Markovsky por su gentileza. Eugenia se sorprendió cuando Zoya anunció que iba a dar un paseo y se negó de plano a que Fiodor la acompañara.
    – No me pasará nada, abuela, te lo prometo. No iré muy lejos. Voy hasta los Campos Elíseos y vuelvo enseguida.
    – ¿Quieres que vaya contigo, cariño?
    – No. -Zoya miró sonriendo a la mujer a quien tanto amaba y a quien tanto debía-. Tú quédate a descansar un poco. Cuando vuelva tomaremos el té.
    – ¿Estás segura de que no te pasará nada?
    – Completamente.
    La condesa la dejó ir de mala gana y del brazo de Fiodor subió despacio a su habitación. Era un buen entrenamiento para la empinada escalera de la nueva casa.
    En cuanto salió del hotel, Zoya dobló la esquina y tomó un taxi, rezando para que el conductor conociera el camino y para que, cuando llegara allí, alguien supiera de qué estaba hablando. Era una esperanza muy remota, pero tenía que intentarlo.
    – Al Châtelet, por favor -dijo en tono decidido como si supiera adónde iba, confiando en que el hombre supiera llegar.
    Tras un instante de vacilación, vio que sus plegarias habían sido escuchadas. Contuvo el aliento mientras el vehículo circulaba a gran velocidad, y cuando llegaron le dio al taxista una buena propina por haberla conducido hasta allí y por no ser ruso. La deprimía ver a los miembros de las familias que conocía conduciendo taxis y hablando tristemente de la familia de Tsarskoe Selo.
    Entró a toda prisa, miró a su alrededor y recordó sus sueños de huir al teatro Marynsky y pensó en lo mucho que se sorprendería María si la viera. Sonrió mientras buscaba a alguien que la atendiera. Al fin, vio a una mujer vestida de bailarina practicando en la barra y adivinó que era una profesora.
    – Busco al señor Diaghilev -anunció.
    – Ah, ¿sí? -La mujer la miró sonriendo-. ¿Puedo preguntarle para qué?
    – Soy bailarina y me gustaría que me hiciera una prueba.
    Zoya puso todas las cartas sobre la mesa a pesar de lo asustada que estaba.
    – Comprendo. ¿Diaghilev ha oído hablar de usted alguna vez? -Era una pregunta bastante cruel, cuya respuesta la mujer no se molestó siquiera en esperar-. Veo que no lleva ropa de danza, mademoiselle. Así no puede hacer una prueba.
    Zoya se miró la falda azul marino de sarga, la blusa blanca estilo marinero y los zapatos de calle calzados diariamente durante sus últimas semanas en Tsarskoe Selo. Se ruborizó intensamente mientras la mujer la miraba sonriendo. Era tan joven, bonita e inocente que no podía ser gran cosa como bailarina.
    – Perdón. A lo mejor, podría volver mañana. ¿Él está aquí? -preguntó Zoya en un susurro.
    – No -contestó la mujer-, pero no tardará. El día once hará el ensayo general.
    – Lo sé. Por eso quería que me hiciera la prueba. Quiero intervenir en la representación e incorporarme a la compañía.
    Lo dijo tan segura que la mujer rió sin poderlo evitar.
    – ¿Ah, sí? ¿Y dónde estudió?
    – En la escuela de madame Nastova en San Petersburgo…, hasta hace dos meses.
    Ojalá hubiera podido decir el Marynsky, aunque ella hubiera adivinado la verdad casi inmediatamente. Por otra parte, la escuela de ballet de madame Nastova era una de las más prestigiosas de Rusia.
    – Si le doy unas mallas y unas zapatillas, ¿querrá bailar para mí?
    La mujer la miró con aire divertido y Zoya vaciló tan solo una décima de segundo.
    – Sí, si usted quiere.
    El corazón le latía en el pecho como una orquesta entera, pero necesitaba aquel trabajo y era lo único que podía y quería hacer. Tenía que hacer algo por Eugenia.
    Las zapatillas que le ofreció la mujer le apretaban terriblemente, y mientras se acercaba al piano, Zoya se sintió estúpida por haberlo intentado. Parecía una imbécil allí sola en el escenario. Tal vez madame Nastova le decía que bailaba muy bien por simple cumplido. Sin embargo, en cuanto empezó a sonar la música, Zoya olvidó sus temores y comenzó a bailar, haciendo todo lo que madame Nastova le había enseñado. Bailó incansablemente durante casi una hora mientras la mujer la miraba atentamente con los ojos entornados sin dejar traslucir ni desprecio ni admiración. Cuando la música por fin cesó, Zoya, empapada en sudor, hizo una graciosa reverencia en dirección al piano. En el silencio de la sala, los ojos de ambas mujeres se encontraron mientras la pianista asentía lentamente con la cabeza.
    – ¿Puede usted volver dentro de un par de días, mademoiselle?
    Zoya abrió unos ojos como platos y corrió hacia el piano.
    – ¿Me darán el trabajo?
    – No, no… -La mujer sacudió la cabeza, riéndose-. Pero él estará aquí entonces. Ya veremos qué dicen él y los demás profesores.
    – Muy bien. Me compraré unas zapatillas.
    – ¿No tiene? -preguntó la mujer, sorprendida.
    – Dejamos todo lo que teníamos en Rusia -contestó Zoya muy seria-. Mis padres y mi hermano murieron durante la revolución y yo conseguí escapar con mi abuela hace un mes. Necesito encontrar un trabajo. Ella es muy mayor para trabajar y no tenemos dinero.
    La mujer se conmovió ante aquella simple explicación, aunque no lo demostró.
    – ¿Qué edad tiene usted?
    – Acabo de cumplir dieciocho y estudié doce años.
    – Lo hace muy bien. Aparte de lo que él o los demás digan. No deje que nadie la intimide. Baila usted muy bien.
    Zoya sonrió y recordó que eso era exactamente lo que le había dicho a María aquella tarde en Tsarskoe Selo.
    – ¡Gracias! ¡Muchísimas gracias! -Hubiera deseado abrazar a la mujer y besarla, pero se abstuvo. Temía perder la oportunidad. Hubiera hecho cualquier cosa con tal de bailar para Diaghilev y aquella mujer se lo iba a permitir. La posibilidad superaba todos sus sueños. Tal vez en París no les irían tan mal las cosas si lograba convertirse en bailarina-. Lo haré mucho mejor cuando haya practicado un poco. Llevo dos meses sin bailar y estoy un poco oxidada.
    – En tal caso, debe de ser usted mucho mejor de lo que pienso -dijo la profesora, y miró con una sonrisa a la agraciada joven pelirroja, de pie junto al piano.
    De repente, Zoya jadeó. Había prometido a su abuela regresar enseguida, y habían pasado casi dos horas.
    – ¡Debo irme! ¡Mi abuela! Oh…, disculpe…
    Zoya corrió a cambiarse y regresó con su falda azul marino y la blusa estilo marinero. El cisne se había vuelto a transformar en patito.
    – Volveré dentro de dos días… ¡Y gracias por las zapatillas!… -Echó a correr, pero, de pronto, se volvió y preguntó-: ¿A qué hora?
    – ¡A las dos! -dijo la mujer-. ¿Cómo se llama?
    – ¡Zoya Nikolaevna Ossupov! -contestó Zoya mientras la mujer recordaba sonriendo la primera vez que había bailado para Diaghilev veinte años atrás… La muchacha bailaba muy bien, eso no podía negarse… Zoya…, la pobre niña debía de haberlo pasado muy mal a juzgar por sus palabras…, ya casi no recordaba lo que era tener dieciocho años y ser tan exuberante como aquella joven.

10

    A las dos en punto de la tarde del viernes, Zoya llegó al Châtelet con un pequeño bolso estampado, unas mallas y unas zapatillas de ballet nuevas. Para poder comprarlo todo vendió su reloj y no le dijo nada a su abuela sobre adónde iba. Pasó dos días pensando en la gran oportunidad que se le ofrecía y rezando a sus ángeles custodios y a todos los santos de su devoción para que no cometiera ningún fallo. ¿Y si bailaba con torpeza, y si se caía, y si a él no le gustaba su estilo y si madame Nastova le había mentido durante todos aquellos años? Tenía tanto miedo que, cuando llegó al Châtelet, sintió impulsos de echar a correr, pero enseguida vio a la mujer ante quien había bailado dos días antes y ya fue demasiado tarde. Apareció Diaghilev y se la presentaron. Casi sin saber cómo, Zoya se encontró en el escenario, bailando para todos ellos. Se sentía más a gusto que la primera vez, y la música parecía elevarla y arrastrarla consigo. Cuando terminó le pidieron que prosiguiera, esta vez con un hombre que lo hacía muy bien. Zoya parecía volar por el aire, llevada por alas de ángeles. Bailó durante una hora y media y, al terminar, chorreaba sudor y las zapatillas le dolían terriblemente, pero estaba tan emocionada que hubiera podido elevarse hasta la luna. Todos la miraron y asintieron con la cabeza mientras pronunciaban palabras ininteligibles. Pasaron un buen rato hablando hasta que al fin uno de los profesores se volvió a mirarla y gritó con indiferencia:
    – El próximo viernes a las cuatro en punto répétition générale, aquí mismo. Muchas gracias.
    Tras lo cual se retiraron, y ella permaneció de pie en el escenario. Las lágrimas resbalaban por sus mejillas. Madame Nastova no le había mentido y los dioses fueron propicios con ella. No sabía si el trabajo era permanente y no se atrevió a preguntarlo. Solo sabía que bailaría en el ensayo general del viernes por la tarde y que, a lo mejor, si lo hacía muy bien… Se cambió de ropa y cruzó corriendo las puertas. Hubiera deseado decírselo a su abuela, pero no podía. La idea de que su nieta se convirtiera en bailarina la volvería loca. Era mejor no decirle nada, por lo menos de momento. Tal vez, si le permitieran bailar en el Ballet Russe…
    Pero, a la semana siguiente, tras haber conseguido el trabajo, provisionalmente por lo menos, no tuvo más remedio que comunicarle la buena noticia a Eugenia.
    – ¿Cómo? -preguntó su abuela, escandalizada.
    – Hice una prueba ante Serge Diaghilev y me permitirá actuar con el Ballet Russe. La primera función será la próxima semana -dijo Zoya con el corazón latiéndole a toda prisa.
    Su abuela la miró con asombro.
    – ¿Estás loca? ¿Una vulgar bailarina en el escenario? ¿Te imaginas lo que diría tu padre?
    Las palabras de Eugenia la hirieron profundamente.
    – No hables así de él. Está muerto -dijo Zoya y miró a su abuela con los ojos muy tristes-. A él no le hubiera gustado ninguna de las cosas que nos han ocurrido, abuela. Pero tenemos que hacer algo. No podemos permanecer con los brazos cruzados hasta morirnos de hambre.
    – ¿Conque es eso? ¿Temes que muramos de hambre? No te preocupes, esta noche mandaré que te sirvan una cena especial, pero, escúchame bien, tú no subirás a ningún escenario.
    – Subiré -dijo Zoya, y por primera vez miró con expresión desafiante a la condesa. En el pasado, solo se hubiera atrevido a discutir de aquella manera con su madre, pero ahora no podía permitir que su abuela obstaculizara sus propósitos. El baile significaba demasiado para ella y era su única salida, por lo menos la única que veía en ese instante. No quería trabajar en una tienda, fregar suelos, coser botones en camisas de hombre o trabajar para una sombrerería cosiendo plumas en los sombreros. ¿Qué otra cosa podía hacer? Nada en absoluto. Tarde o temprano hubiera tenido que dedicarse a alguno de aquellos trabajos, y Eugenia lo sabía-. Sé razonable, abuela. Te dieron muy poco por el collar de rubíes. ¿Cuántas joyas podremos vender? Aquí todo el mundo hace lo mismo. Más tarde o más temprano, una de nosotras tendrá que ponerse a trabajar, y bailar es lo único que yo sé hacer.
    – Es ridículo. En primer lugar, todavía nos queda dinero y, cuando se nos acabe, ambas buscaremos un trabajo respetable. Sabemos coser bastante bien, yo sé hacer calceta, tú puedes enseñar ruso, francés, alemán e incluso inglés si te esfuerzas un poco. -En el Instituto Smolny había aprendido todo eso y mucho más, junto con una serie de refinamientos que en aquellos momentos no le servían para nada-. No hay razón alguna para que te conviertas en bailarina como… como… -La condesa estaba tan furiosa que estuvo a punto de mencionar a la que fuera amante de Nicolás hacía muchos años-. Dejémoslo. Pero te repito, Zoya, que no lo permitiré.
    – No te quedará más remedio, abuela.
    Zoya habló con serena determinación, era la primera vez que la condesa la oía hablar en aquel tono.
    – Debes obedecerme, Zoya.
    – No lo pienses. Es lo único que deseo hacer. Y quiero hacerlo para ayudarte.
    La condesa miró con lágrimas en los ojos a su única nieta.
    – ¿A eso hemos llegado?
    Para ella, era algo poco mejor que la prostitución.
    – Pero ¿qué tiene de malo ser bailarina? No te escandaliza que el príncipe Vladimir conduzca un taxi. ¿Tan respetable te parece eso? ¿Lo consideras más digno que lo que quiero hacer?
    – Es muy triste. -Eugenia miró a Zoya con el corazón destrozado por la pena-. Hace apenas tres meses era un hombre importante y hace mucho tiempo su padre también lo fue. Ahora es poco más que un pordiosero, pero es lo único que le queda, Zoya…, lo único que sabe hacer. Para él todo ha terminado, pero, por lo menos, está vivo. Tu vida acaba de empezar y no permitiré que empiece de esta manera. Sería una deshonra… -La condesa se cubrió el rostro con las manos y rompió a llorar-. Apenas puedo hacer nada para ayudarte.
    El llanto de su abuela conmovió a Zoya. Era la primera vez que la veía derrumbarse, pero, aun así, tenía que trabajar en el Ballet Russe, a pesar de todos los pesares. No quería coser ni hacer calceta ni enseñar ruso.
    – Por favor, abuela… -dijo y le echó los brazos al cuello-, por favor, no llores. Te quiero mucho…
    – Pues, entonces, prométeme que no bailarás…, por favor, Zoya…, te lo suplico. No debes hacerlo.
    Zoya miró a su abuela con una madurez impropia de sus años. En pocos meses había crecido rápidamente y ya no podía regresar al pasado. Ambas lo sabían, por mucho que Eugenia tratara de disimularlo.
    – Mi vida ya nunca será como la tuya, abuela, nunca más. Es algo que ni tú ni yo podemos cambiar. Tenemos que sacar el mejor provecho de la situación. No podemos volver atrás. Como tío Nicolás y tía Alejandra…, que tendrán que hacer lo que puedan. Es lo que yo intento ahora…, por favor, no te enfades…
    La condesa se sentó en una silla con aire abatido y miró tristemente a Zoya.
    – No estoy enfadada sino dolida. Y me siento impotente.
    – Tú me salvaste la vida. Tú me sacaste de San Petersburgo y de Rusia. De no ser por ti, me hubiera matado cuando incendiaron la casa, o tal vez algo todavía peor. Tú no puedes cambiar la historia, abuela. Solo podemos hacer lo que mejor sepamos, y lo mío es el baile. Déjame hacerlo, por favor. Dame tu bendición, te lo suplico.
    La anciana cerró los ojos y pensó en su único hijo. Después sacudió la cabeza, mirando a Zoya. Su nieta tenía razón. Konstantin ya no estaba y los demás tampoco. ¿Qué más daba todo? Comprendió que Zoya se saldría con la suya y, por primera vez, se sintió demasiado vieja y cansada para luchar con ella.
    – Tienes mi bendición. ¡Pero eres una niña muy mala! -Eugenia agitó un dedo y trató de sonreír, preguntándose de repente cómo habría conseguido Zoya hacer la prueba-. ¿Cómo conseguiste las zapatillas?
    Zoya no le había pedido ni un céntimo desde su llegada a París.
    – Las compré -contestó Zoya y esbozó una sonrisa pícara.
    Por lo menos, era ingeniosa. Eso le hubiera gustado mucho a su padre.
    – ¿Con qué?
    – Vendí el reloj. De todos modos, era muy feo. Me lo regaló una compañera de clase el día de mi santo.
    Eugenia rió. Era una muchacha extraordinaria y la condesa la quería mucho más de lo que ella imaginaba, a pesar de ser tan díscola.
    – Supongo que debo agradecerte que no vendieras el mío.
    – ¡Abuela! ¡Pero qué cosas dices! ¡Jamás hubiera hecho semejante cosa!
    Zoya trató de hacerse la ofendida, pero ambas sabían que no lo estaba.
    – Solo Dios sabe lo que serías capaz de hacer… ¡Me estremezco al pensarlo!
    – Hablas como Nicolai… -dijo Zoya y recordó a su hermano mientras la miraba tristemente.
    Era un mundo totalmente nuevo para ellas, lleno de nuevos principios, nuevas ideas, nuevas gentes… y una nueva vida para Zoya.

11

    Su primer ensayo con el Ballet Russe el 11 de mayo fue auténticamente devastador. Terminó a las diez de la noche y Zoya volvió al apartamento rebosante de entusiasmo, pero tan cansada que apenas podía moverse. Le sangraban los pies de tanto repetir los pas à deux y los tours jetés. Comparados con aquello, los años con madame Nastova le parecían un juego de niños.
    Su abuela estaba esperándola en el saloncito. Se habían mudado al apartamento dos días antes, tras haber comprado un pequeño sofá y varias mesitas. Había unas lámparas con feas pantallas y una alfombra verde con flores púrpura. Atrás quedaban las alfombras Aubusson, las antigüedades y los bellos objetos amados. Sin embargo, la casa era cómoda. Fiodor se encargaba de la limpieza. La víspera había ido al campo con el príncipe Markovsky y había vuelto con el taxi lleno de leña. La chimenea estaba encendida y su abuela tenía preparada una tetera humeante.
    – Y bien, pequeña, ¿qué tal fue?
    Todavía esperaba que Zoya recuperara el juicio y abandonase la idea de trabajar en el Ballet Russe, pero en sus ojos descubrió que no iba a ser así. No la había visto tan feliz desde que se inició la revolución hacía exactamente dos meses, cuando empezaron los disturbios callejeros y murió Nicolai. Nada de todo aquello había sido olvidado, pero el recuerdo parecía menos agudo. Zoya se sentó en una incómoda silla y sonrió de oreja a oreja.
    – Abuela, fue maravilloso, pero estoy tan cansada que apenas puedo moverme.
    Las largas horas de ensayo fueron un verdadero suplicio, pero, en cierto modo, todo aquello era para Zoya un sueño convertido en realidad. La muchacha solo podía pensar en el estreno previsto para dentro de dos semanas. La condesa había prometido ir, al igual que el príncipe Markovsky y su hija.
    – ¿No has cambiado de idea, pequeña?
    Zoya sacudió la cabeza y esbozó una cansada sonrisa mientras tomaba la tetera para llenarse la taza. Aquella noche le habían dicho que bailaría en las dos partes de la representación y estaba contentísima con el dinero que le habían dado. Ahora lo depositó en silencio en la mano de Eugenia con una tímida mirada de orgullo. A la condesa se le llenaron los ojos de lágrimas. A eso había llegado. Zoya tendría que mantenerla con lo que ganara bailando. La idea resultaba casi insoportable.
    – ¿Para qué es?
    – Para ti, abuela.
    – Todavía no lo necesitamos. -Sin embargo, las paredes desnudas y la raída alfombra púrpura la desmentían. Todo era viejo y gastado y ambas sabían que el dinero obtenido con la venta del collar de rubíes se terminaría muy pronto-. ¿Es eso lo que de verdad quieres hacer? -preguntó Eugenia mientras Zoya le acariciaba y besaba la mejilla.
    – Sí, abuela… Ha sido un día maravilloso.
    Era algo así como su sueño de bailar con los alumnos del Marynsky.
    Aquella noche Zoya escribió una larga y valiente carta para María, contándoselo todo, menos el detalle del pequeño y feo apartamento donde vivía. Permaneció un buen rato en el saloncito cuando su abuela se retiró a dormir, y en la carta describió lo experimentado al bailar con el Ballet Russe. Dirigió la carta al doctor Botkin en Tsarskoe Selo, confiando en que María no tardaría mucho en recibirla. El solo hecho de escribirle la hacía sentirse más cerca de ella.
    Al día siguiente, volvió a los ensayos y aquella noche hubo una incursión aérea. Los tres bajaron al sótano del edificio. Cuando todo terminó subieron lentamente. Fue un recordatorio de la existencia de la guerra, pero Zoya no se asustó. En aquellos momentos, solo lograba pensar en el baile.
    El príncipe Markovsky a menudo estaba en la casa cuando Zoya regresaba del teatro. Siempre tenía cosas que contar y muchas veces traía pastelillos y fruta fresca, cuando podía encontrarla. Hasta les regaló uno de los pocos tesoros que todavía conservaba, un valioso icono que insistió en que aceptaran, pese a las protestas de la condesa. Bien sabía Eugenia lo mucho que necesitaban los refugiados cualquier objeto negociable. Sin embargo, Markovsky agitó una elegante mano de largos dedos y dijo que de momento tenía más que suficiente. Su hija ya había encontrado un trabajo como profesora de inglés.
    La noche del estreno todos estaban allí, en la tercera fila. Zoya compró las entradas con su sueldo. El único que no estuvo en el teatro fue Fiodor. Estaba orgulloso de Zoya, pero el ballet no era lo suyo. La joven le trajo un programa con su nombre escrito en letra menuda al pie. Hasta la condesa se enorgulleció de ella, aunque al verla aparecer por primera vez en el escenario derramó amargas lágrimas. Hubiera preferido cualquier cosa antes que ver a su nieta en un escenario, convertida en una vulgar bailarina.
    – ¡Has estado maravillosa, Zoya Nikolaevna! -dijo el príncipe, ya de vuelta en el apartamento, y brindó por ella con el champán que había traído consigo-. ¡Todos estamos muy orgullosos de ti! -añadió y miró con una sonrisa a la joven pelirroja, pese a la expresión despectiva de su hija, la cual consideraba incorrecto que Zoya actuara como bailarina.
    Era una muchacha alta y delgada, y la vida en París le producía un dolor insoportable. Aborrecía a los niños a quienes daba clase de inglés y se avergonzaba de ver a su padre convertido en taxista. Zoya, en cambio, no compartía sus remilgos. Tenía los ojos brillantes de entusiasmo y las mejillas arreboladas de alegría. Era una joven muy hermosa, cuya belleza parecía haberse acrecentado con la emoción de la noche.
    – Debes de estar muy cansada, pequeña -dijo el príncipe, escanciando el resto del champán.
    – En absoluto. -Radiante de dicha, Zoya evolucionó por la habitación como si sus pies todavía quisieran bailar. La representación había sido mucho más fácil que los ensayos. Todo le resultaba más que un sueño-. No estoy ni un poquito cansada -añadió y rió mientras tomaba otro sorbo de champán. Yelena, la hija del príncipe, la miraba con expresión de reproche.
    Zoya hubiera querido permanecer levantada toda la noche, contando las anécdotas de entre bambalinas. Necesitaba contárselo todo a quienes la apreciaban.
    – ¡Has estado fabulosa! -repitió el príncipe. Zoya lo miró sonriendo. Era un hombre muy serio, pero parecía sinceramente preocupado por ella. En cierto modo, le hubiera gustado que su padre estuviera presente la noche del debut, aunque se hubiera llevado un disgusto al verla en un escenario. Pero quizá, en su fuero interno, se hubiera sentido orgulloso de ella. Y Nicolai…, se le llenaron los ojos de lágrimas al evocar su recuerdo. Entonces posó el vaso, se apartó y se acercó a la ventana para mirar hacia el jardín-. Estás preciosa esta noche -le susurró Vladimir a su lado.
    Cuando ella se volvió a mirarlo, el aristócrata vio el brillo de las lágrimas en sus ojos. Tenía un cuerpo firme y menudo que encendía el deseo del príncipe y se le notaba en los ojos. Zoya retrocedió al advertir de pronto algo que antes no había observado. El príncipe era más viejo que su padre y la joven se asustó ante lo que creyó adivinar en su mirada.
    – Gracias, príncipe Vladimir -dijo serenamente.
    De repente, se dio cuenta de lo hambrientos de amor que estaban todos ellos y de lo mucho que se aferraban a un pasado que todavía podían compartir. En San Petersburgo, el príncipe jamás la hubiera mirado dos veces, y ella no hubiera sido para él más que una joven agraciada. En cambio, allí todos se aferraban a un mundo perdido y a las personas dejadas a sus espaldas. Zoya no era más que un medio de continuar el pasado. Hubiera querido explicárselo a Yelena cuando esta se despidió de ellos con gesto envarado.
    Mientras se desnudaba y esperaba que su abuela regresara del retrete del rellano, Zoya pensó de nuevo en el príncipe Vladimir.
    – Fue muy amable de su parte traer champán -dijo la condesa, cepillándose el cabello, vestida con un camisón de encaje que la hacía más joven.
    Siempre había sido una mujer bella y Zoya tenía casi sus mismos ojos. La muchacha se preguntó si su abuela se habría dado cuenta de que Vladimir se sentía atraído por ella. Le había rozado la mano al marcharse y después la había estrechado demasiado en sus brazos cuando le dio un beso en la mejilla.
    Zoya tardó un buen rato en contestar.
    – Yelena parece muy triste, ¿no lo crees?
    Eugenia asintió con la cabeza y posó solemnemente el cepillo.
    – Recuerdo que nunca fue una niña feliz. Sus hermanos eran mucho más interesantes, más parecidos a Vladimir. -La condesa evocó al más guapo, el que había pedido la mano de Tatiana-. El príncipe es un hombre muy apuesto, ¿verdad?
    Zoya apartó el rostro un instante y después miró directamente a la condesa.
    – Creo que le gusto, abuela…, demasiado…
    Se le trabó la lengua al pronunciar las palabras y Eugenia la miró, frunciendo el ceño.
    – ¿Qué quieres decir?
    – Quiero decir que… -Zoya se ruborizó intensamente, como si fuera una chiquilla vergonzosa-. Que… esta noche me tocó la mano…
    La explicación le pareció ahora una estupidez. Tal vez no significaba nada.
    – Eres muy bonita y quizá le recuerdas algo. Creo que admiraba mucho a tu madre y sé que de jóvenes eran muy amigos. Participaron en las cacerías de Nicolás muchas veces… No seas tan sensible, Zoya. Tiene buenas intenciones. Y fue muy amable viniendo a verte esta noche. Pretende ser simpático y nada más, pequeña.
    – Tal vez -dijo Zoya con indiferencia.
    Después apagó la luz y se acostó en la pequeña cama compartida con su abuela. En la oscuridad, oyó roncar a Fiodor en la habitación contigua y se durmió pensando en lo maravillosa que había resultado la función.
    A la mañana siguiente, no tuvo dudas de que Vladimir pretendía algo más que ser simpático. El príncipe la esperaba en la calle cuando bajó para acudir al ensayo.
    – ¿Te apetece dar un paseo?
    Zoya se sorprendió de encontrarlo allí con un ramo de flores para ella.
    – No se moleste. -Zoya prefería ir a pie al Châtelet. La manera de mirarla del príncipe la ponía nerviosa-. Me gusta ir andando.
    Era un día precioso y Zoya quería llegar cuanto antes al ensayo. El Ballet Russe era lo mejor que le había ocurrido últimamente y no quería compartir su dicha con nadie, ni siquiera con aquel apuesto príncipe de cabello plateado que tan galante le ofrecía un ramo de rosas blancas… Al verlas, la joven se entristeció porque María siempre le regalaba rosas blancas en primavera, pero eso el príncipe lo ignoraba. No sabía nada de ella porque era amigo de sus padres, no suyo. De pronto, Zoya se deprimió viendo su chaqueta raída y el cuello arrugado de su camisa. Como ellas, lo había dejado todo a su espalda y salvado la vida por los pelos, llevándose solo algunas joyas y el icono que les había regalado unos días atrás.
    – Podría subir y ver a la abuela -dijo Zoya y sonrió cortésmente.
    – ¿Eso me consideras? -preguntó el príncipe con expresión ofendida-. ¿Un amigo de tu abuela? -Zoya no quiso contestarle que sí, pero era la verdad. Parecía que tuviera mil años-. ¿Tan viejo te parezco?
    – No, por Dios. Disculpe, tengo que irme. Llegaré con retraso y se enfadarán conmigo.
    – Deja que te lleve en el taxi. Charlaremos por el camino.
    Zoya dudó, pero después pensó que iba a llegar tarde. El príncipe abrió la portezuela del vehículo y ella subió; depositó las rosas entre ambos en el asiento. Era bonito que les hiciera regalos, pero Zoya sabía que el príncipe no podía permitirse semejantes lujos. No era extraño que Yelena estuviera molesta con ellas.
    – ¿Cómo está Yelena? -preguntó por decir algo mientras contemplaba los demás automóviles a través de la ventanilla-. Anoche la vi muy callada.
    – No es feliz aquí -contestó el príncipe y suspiró-. No creo que ninguno de nosotros lo sea. Es un cambio tan repentino que nadie estaba preparado… -De repente, Vladimir interrumpió la frase y tomó la mano de Zoya. Lo que dijo a continuación la sorprendió-: Zoya, ¿crees que soy demasiado viejo para ti, querida mía?
    Zoya retiró delicadamente la mano y, mirándolo con tristeza, contestó:
    – Usted es un amigo de mi padre. Hemos pasado momentos muy difíciles y por eso nos aferramos a lo que ya no tenemos. Quizá yo formo parte de ello.
    – ¿Eso es lo que crees? -preguntó el príncipe sonriendo-. ¿Sabes que eres muy guapa?
    Zoya se ruborizó y maldijo en silencio la blancura de su piel y su llamativa melena pelirroja.
    – Muchas gracias. Pero yo soy más joven que Yelena… Estoy segura de que ella se lo tomaría muy mal…
    Fue lo único que se le ocurrió mientras anhelaba llegar al Châtelet cuanto antes y así zafarse de aquella situación.
    – Ella tiene su propia vida, Zoya, y yo la mía. Me gustaría llevarte alguna vez a cenar. Al Maxim’s tal vez.
    Todo aquello era una locura. El champán, las rosas, la idea de ir al Maxim’s. Todos estaban en muy mala situación; él conducía un taxi, ella trabajaba en el Ballet Russe, y era absurdo que el príncipe gastara lo poco que tenía en obsequiarla. Por otra parte, Vladimir era demasiado viejo para ella, aunque no quería ofenderlo diciéndoselo.
    – No creo que la abuela…
    – Estarías mejor con uno de nosotros, Zoya Nikolaevna, con alguien que conozca tu mundo, antes que con cualquier estúpido mozalbete de los que andan por ahí.
    – No tengo tiempo para nada de eso, Vladimir. Si me quedo en el ballet, deberé trabajar día y noche para ganarme la vida.
    – Ya buscaremos el tiempo. Puedo recogerte por las noches…
    El príncipe la miró esperanzado y ella sacudió tristemente la cabeza.
    – No puedo, de veras que no… -Zoya vio con alivio que ya llegaban y lo miró por última vez-. Le ruego que no me espere. Lo único que quiero es olvidar lo ocurrido…, no podemos recuperar lo perdido. No sería bueno para nosotros, por favor…
    El príncipe no dijo nada. Zoya descendió del vehículo y se alejó a toda prisa, dejando las rosas blancas en el asiento.

12

    – ¿Vladimir te acompañó a casa?
    Su abuela la miró sonriendo cuando Zoya entró y descubrió, desalentada, las rosas blancas en un jarrón junto a su taza de té.
    – No. Me trajo un compañero. -La muchacha se sentó y se frotó las piernas-. Hemos tenido un día muy duro.
    Pero no le importaba. Bailar en el Ballet Russe la hacía sentir viva de nuevo.
    – Dijo que te acompañaría a casa.
    Eugenia frunció el ceño. El príncipe le había traído pan recién hecho y un bote de mermelada. Era muy amable y bueno con ellas, y en cierto modo la condesa se alegraba de que quisiera cuidar de Zoya.
    – Abuela… -Zoya la miró y buscó las palabras más adecuadas-, no quiero que me acompañe.
    – ¿Y por qué no? Más segura estarás con él que con un desconocido.
    Era lo que el propio príncipe le había comentado aquella tarde cuando acudió al apartamento para entregarle las rosas. Saber que Zoya trabajaba en el Ballet Russe era como un puñal clavado en el pecho, pero Eugenia sabía que no podría impedirlo. Sin embargo, comprendía que una de las dos tenía que trabajar y Zoya era la única capaz de hacerlo, aunque hubiera preferido que se dedicara a la enseñanza como Yelena. Además, si Vladimir la tomaba bajo su protección, tal vez dejara el baile. El príncipe se lo había dicho aquella tarde y desde entonces ella empezó a considerarlo bajo una perspectiva distinta. La del héroe y salvador.
    – Abuela, creo que el príncipe Vladimir… tiene otros objetivos.
    – Es un hombre honrado, distinguido y aristocrático. Era amigo de Konstantin.
    Eugenia no quería confesarlo todavía, pero Vladimir ya la había convencido.
    – De eso precisamente se trata. Era amigo de papá, no mío. Debe de tener sesenta años por lo menos.
    – Es un príncipe ruso, primo del zar.
    – ¿Y eso te parece suficiente? -replicó Zoya y se levantó enfurecida-. ¿No te importa que sea tan viejo como para ser mi abuelo?
    – Él no quiere causarte ningún daño, Zoya… Alguien tiene que cuidar de ti. Yo tengo ochenta y dos años, no viviré siempre para protegerte…, tienes que pensar en eso.
    En su fuero interno, la condesa se hubiera alegrado de dejar a Zoya en manos de Vladimir. Por lo menos, era alguien que conocía la vida que habían llevado en Rusia. Nadie en París podía entenderlo como no fuera uno de los suyos. La condesa miró a Zoya con ojos implorantes, suplicándole en silencio que lo pensara.
    – Entonces, ¿querrías que me casara con él? -preguntó Zoya horrorizada. Las lágrimas asomaron a sus ojos de solo pensarlo-. Es un viejo.
    – Cuidaría de ti. Piensa en lo bueno que ha sido con nosotras desde que llegamos.
    – ¡Nunca más quiero oír hablar de él!
    Zoya corrió al dormitorio, cerró de un portazo y se arrojó sobre la cama, llorando con desconsuelo. ¿Era eso lo único que le quedaba? ¿La perspectiva de casarse con un hombre que le triplicaba la edad por el solo hecho de ser un príncipe ruso? La idea la repugnaba y le hacía recordar más que nunca su vida de antaño y los amigos perdidos.
    – Zoya, no te lo ruego, cariño… -La condesa entró en la habitación y se sentó en el borde de la cama, acariciándole el cabello-. No pretendo obligarte a algo que no quieras. Pero estoy muy preocupada por ti. Fiodor y yo somos muy mayores, debes encontrar a alguien que cuide de ti.
    – Tengo dieciocho años -dijo la joven entre sollozos-, no quiero casarme con nadie, y mucho menos con él.
    Nada en él la atraía, y por si fuera poco, Yelena le resultaba antipática. La sola idea de verse obligada a vivir con ellos le atacaba los nervios. Solo quería bailar y estaba segura de que, con el baile, podría ganar lo suficiente como para mantener a Fiodor y a la abuela. Se juró a sí misma hacer cualquier cosa antes que casarse con un hombre a quien no amara. Trabajaría día y noche, haría lo que fuera…
    – Bueno, bueno, pero no llores así, te lo suplico. -Las lágrimas asomaron a los ojos de la condesa al pensar en la crueldad de su destino. Tal vez la muchacha tenía razón. Solo era una posibilidad. El príncipe evidentemente era demasiado viejo, pero era uno de los suyos y eso para ella tenía mucha importancia. Sin embargo, también otros habían sobrevivido y, entre ellos, había hombres más jóvenes. Quizá Zoya conocería a alguno y se enamoraría. Era la única esperanza que le quedaba…, eso y las pocas joyas ocultas en la cama donde dormían. No tenía nada más, solo unos cuantos brillantes y esmeraldas, un largo collar de valiosas perlas, el huevo de Fabergé regalo de Nicolás… y toda una vida de sueños destruidos-. Ven, Zoya sécate las lágrimas. Vamos a dar un paseo.
    – No. -Zoya la miró sollozante y volvió a hundir el rostro en la cama-. Él nos estará esperando abajo.
    – No seas tonta. -Eugenia la miró sonriendo. Pese a lo mucho que había crecido en solo dos meses, todavía era una chiquilla-. Es un hombre extremadamente educado, no un rufián de esos que merodean todo el día por las calles. No te preocupes.
    – Perdóname, abuela -dijo Zoya, y lentamente se volvió boca arriba-. No quiero que estés triste por mí. Te prometo que yo cuidaré de todos nosotros.
    – No es eso lo que quiero que hagas, mi niña. Quiero que alguien cuide de ti. Así debe ser.
    – Pero ahora todo es distinto. Nada es como antes. -Zoya se incorporó en la cama, sonriendo-. Puede que algún día sea una bailarina famosa.
    Se la veía tan entusiasmada ante aquella posibilidad que Eugenia se echó a reír.
    – Válgame Dios, cualquiera diría que eso te divierte.
    – Me gusta el Ballet Russe, abuela.
    – Ya lo sé. Y es cierto que bailas muy bien. Pero nunca debes pensar que eso es algo que harás durante el resto de tu vida. Hazlo ahora, si no hay más remedio. Pero algún día las cosas volverán a cambiar.
    Era una plegaria más que una promesa, pero mientras se levantaba de la cama e iba por el abrigo Zoya comprendió que no eran esas sus aspiraciones. A ella le gustaba bailar en el Ballet Russe mucho más de lo que su abuela imaginaba.
    Mientras ambas paseaban lentamente en dirección al Palais Royal, contemplando las galerías y los artículos exhibidos en las tiendas, Zoya sintió que el alma se le llenaba de emoción. París era una ciudad encantadora y sus gentes le gustaban mucho. Su vida no era tan desagradable como pudiera pensarse. De pronto, se sintió joven y feliz. Demasiado joven como para perder el tiempo con el príncipe Vladimir. Ni entonces ni nunca.

13

    Zoya bailó en el Ballet Russe durante todo el mes de junio, y estaba tan inmersa en su trabajo que apenas se daba cuenta de lo que ocurría en el mundo. La llegada del general Pershing y sus tropas el 13 de junio causó una enorme sensación. La ciudad enloqueció de alegría cuando los soldados desfilaron hacia la plaza de la Concordia delante del hotel Crillon. La gente saludaba con la mano, las mujeres arrojaban flores al paso de las tropas y los hombres gritaban «Vive l’Amérique!». Zoya estaba deseando regresar al barrio del Palais Royal para contarle a su abuela lo que había visto, pero apenas podía dar un paso. Cuando por fin llegó, exclamó:
    – ¡Abuela, hay miles de soldados!
    – Pues entonces eso significa que la guerra terminará muy pronto.
    Eugenia estaba cansada de las incursiones aéreas nocturnas y pensaba para sí que, cuando terminara la guerra, quizá las cosas cambiarían en Rusia y ellas podrían regresar a casa. Sin embargo, casi todo el mundo opinaba que no había posibilidad alguna de que eso ocurriera.
    – ¿Quieres salir a dar un paseo para verlo? -preguntó Zoya con los ojos brillantes de entusiasmo.
    Era extraordinario contemplar el aire esperanzado de los franceses y los rostros juveniles de los soldados vestidos con uniformes de color caqui. En todas partes parecía renacer la esperanza.
    – No me apetece ver soldados por las calles, pequeña -contestó la condesa y sacudió la cabeza. Le traía malos recuerdos y prefería quedarse en casa-. No te acerques demasiado a ellos -aconsejó a Zoya-. Las multitudes a veces son peligrosas.
    Sin embargo, en ningún sitio se veía la menor señal de peligro. Fue un día feliz para todo el mundo y en el teatro decidieron interrumpir los ensayos durante una semana. Por primera vez en un mes, Zoya tuvo algo de tiempo libre para descansar, pasear y sentarse a leer un rato. Se sentía joven y despreocupada, y quería saborearlo. Aquella noche le escribió una extensa carta a María, describiendo el desfile de las tropas de Pershing y su trabajo en la compañía de ballet. Ahora ya tenía más cosas que contarle, aunque no mencionó el asunto del príncipe Vladimir. Su amiga se hubiera escandalizado ante la idea de que la condesa se mostrara favorable a aquel arreglo, pero ahora eso ya no importaba. El príncipe lo había comprendido y, aunque seguía llevándole a Eugenia pan recién hecho cuando Zoya no estaba en casa, hacía varias semanas que la joven no se tropezaba con él.
    Mientras Zoya escribía, la pequeña Sava se acomodó tranquilamente sobre sus rodillas. «… Se parece tanto a Joy, que, cuando entra en la habitación, me acuerdo de ti. Aunque, en realidad, no necesito nada para acordarme de ti. Me parece increíble que nosotros todavía estemos en París y tú estés ahí…, y no podamos reunirnos en Livadia este verano. He puesto al lado de la cama aquella fotografía nuestra tan divertida…»
    Zoya la contemplaba cada noche antes de dormirse. También tenía una fotografía de Olga con un Alexis de tres o cuatro años sentado sobre sus rodillas, y otra de Nicolás y Alejandra. Ahora no eran más que recuerdos, pero el hecho de escribir una carta a su amiga contribuía a mantenerlos vivos en su corazón. Precisamente la semana anterior, el doctor Botkin le había enviado una carta de María en la que esta manifestaba que todo iba bien. Pese a que todavía estaba bajo arresto domiciliario, les habían dicho que en septiembre podrían trasladarse a Livadia. Por su parte, ella estaba completamente restablecida y pedía perdón a Zoya por haberle contagiado el sarampión, aparte de que le hubiera gustado verla toda cubierta de manchas. Zoya leía las cartas sonriendo entre lágrimas.
    Estaba releyendo por enésima vez la carta de su prima, cuando recibió el mensaje. Tendría que bailar Petrushka con el Ballet Russe en el Teatro de la Ópera en honor del general Pershing y sus tropas. Como era de esperar, la condesa se mostró muy contrariada. Bailar para unos soldados le pareció todavía peor que hacerlo en el Châtelet, pero esta vez no intentó siquiera disuadir a Zoya, sabía muy bien que hubiera sido inútil.
    Para entonces, Pershing y su Estado Mayor ya habían instalado su cuartel general en la rue Constantine frente a los Inválidos, y el general vivía en la orilla izquierda del Sena cerca de la rue de Varenne en un precioso hôtel particulier cedido por Ogden Mill, un norteamericano que servía en el cuerpo de Infantería.
    – Quiero que esta noche te acompañe Fiodor -le dijo su abuela cuando Zoya ya se disponía a salir hacia el Teatro de la Ópera.
    – No seas tonta, abuela, no me pasará nada. No pueden ser distintos de los generales rusos. Estoy segura de que se comportarán correctamente. No tengas miedo de que irrumpan en el escenario y nos rapten a la fuerza. -Aquella noche el famoso bailarín Nijinski bailaría con ellos, y Zoya estaba deseando verlo. Se emocionaba de pensar que bailaría con él en el mismo escenario-. No me pasará nada, te lo prometo.
    – No irás sola. O Fiodor, o el príncipe Vladimir. Elige lo que prefieras.
    La condesa sabía muy bien a quién elegiría, aunque en su fuero interno lo lamentaba. No había vuelto a hablarle del príncipe porque comprendía que Zoya tenía razón. Vladimir era demasiado viejo para ella.
    – De acuerdo -dijo Zoya, riéndose-. Iré con Fiodor. Pero se aburrirá mortalmente, esperando entre bambalinas.
    – No se aburrirá si te espera a ti, cariño.
    El anciano criado las servía con una devoción que rozaba el fanatismo, por lo que Eugenia estaba segura de que Zoya estaría a salvo con él. La joven accedió solo para tranquilizar a su abuela.
    – Por lo menos, dile que no se entrometa.
    – No hará tal cosa.
    Juntos tomaron un taxi para dirigirse a la Ópera, y en un abrir y cerrar de ojos, Zoya se vio engullida por los preparativos de la función en honor de Pershing y sus hombres. Estaban previstos otros festejos y agasajos en la Opéra Comique, la Comédie Française y otros teatros de la ciudad. París los había acogido con los brazos abiertos.
    Cuando aquella noche se levantó el telón, Zoya bailó mejor que nunca. El solo hecho de saber que Nijinsky estalla allí la estimulaba. El propio Diaghilev se acercó a hablar con ella al término del primer acto. Sus elogios la emocionaron tanto que, a partir de aquel momento, bailó con tal entusiasmo que cuando bajó el telón apenas se dio cuenta de que la representación había finalizado. Hubiera querido que no terminara jamás. Se inclinó en reverencia ante los espectadores con todos los componentes de la compañía y se retiró al camerino común. Las primeras bailarinas tenían camerinos individuales, y tendrían que pasar muchos años antes de que ella pudiera disfrutar de aquel privilegio, aunque en realidad no le importaba. Ella solo quería bailar. Mientras se quitaba lentamente las zapatillas, se sintió orgullosa de su actuación. Le dolían los dedos de los pies, pero le daba igual. Era un precio exiguo a cambio de aquella felicidad. Se había olvidado incluso del general y los miembros de su Estado Mayor. Aquella noche solo podía pensar en el baile. Al levantar los ojos vio con asombro que una de sus profesoras había entrado en la estancia.
    – Estáis todas invitadas a la recepción que ofrece el general en su casa -anunció la profesora-. Dos camiones militares os llevarán allí. ¡Champán para todo el mundo! -añadió y las miró con orgullo mientras las chicas reían emocionadas.
    La presencia de los norteamericanos había vitalizado París. Se celebraban fiestas y representaciones en todas partes. De repente, Zoya se acordó de Fiodor, que la estaba aguardando fuera. Le apetecía asistir a la fiesta con sus compañeros, a pesar de los temores de su abuela. Salió en busca de Fiodor y lo encontró tan aburrido como imaginaba. Se sentía ridículo rodeado de mujeres vestidas con mallas y tutús y hombres medio desnudos. La evidente inmoralidad de la situación lo horrorizaba.
    – ¿Sí, mademoiselle?
    – Tengo que asistir a una recepción con el resto de la compañía -le explicó Zoya-, y no puedo llevarte conmigo, Fiodor. Vete a casa con la abuela. Yo volveré en cuanto pueda.
    – No -dijo Fiodor, sacudiendo solemnemente la cabeza-. Le hice una promesa a Eugenia Petrovna. Le dije que la acompañaría a casa.
    – Pero no puedes venir con nosotros. Te aseguro que no me ocurrirá nada.
    – Se enfadará mucho conmigo.
    – No, por eso no te preocupes. Yo misma se lo explicaré cuando vuelva a casa.
    – La esperaré -dijo el anciano, impertérrito.
    Zoya sintió el impulso de ponerse a gritar. No quería que nadie la acompañara. Quería ser como los demás componentes del ballet. Al fin y al cabo, ya no era una niña, sino una mujer adulta de dieciocho años. Quizá, con un poco de suerte, hasta podría hablar con Nijinsky… u otra vez con el señor Diaghilev. Le interesaban mucho más ellos que los hombres de Pershing. Pero, primero, tenía que convencer a Fiodor de que regresara a casa. Al final, tras una prolongada discusión, el anciano accedió a marcharse, aun sabiendo que la condesa se pondría furiosa con él.
    – Te prometo que se lo explicaré todo.
    – Muy bien, mademoiselle.
    Fiodor se tocó la frente, hizo una reverencia y se retiró por la puerta de artistas mientras Zoya suspiraba de alivio.
    – ¿A qué viene todo esto? -le preguntó a Zoya una de sus compañeras.
    – Es un amigo de la familia -contestó Zoya sonriendo.
    Allí nadie conocía sus circunstancias y a nadie le importaban. Lo único que les interesaba era el ballet, no las lacrimógenas historias de cómo se había incorporado ella al ballet. Además, le daba vergüenza que el viejo criado la esperara montando guardia como un cosaco. Zoya regresó al vestuario y se cambió de ropa para la recepción del general Pershing. Todos estaban de buen humor y alguien incluso había descorchado una botella de champán.
    Subieron alegremente a los camiones militares y cruzaron el puente de Alejandro III, entonando tradicionales canciones rusas. Varias veces les tuvieron que llamar la atención, diciéndoles que se comportaran mientras se dirigían a la residencia del general Pershing. Este los recibió con uniforme de gala en el lujoso vestíbulo de mármol. La casa, aunque más pequeña, le recordó a Zoya los palacios de San Petersburgo. Los suelos de mármol, las columnas y escalinatas le eran muy familiares, y evocaban en ella un mundo que había abandonado apenas unos meses atrás.
    Los acompañaron a un vasto salón de baile con las paredes revestidas de espejos, columnas doradas y chimeneas de mármol, genuino estilo Luis XV. Zoya se sintió de repente muy joven mientras los bailarines de la compañía reían y bebían champán. Una banda militar inició los acordes de un lento vals. Al oír la música, Zoya experimentó un irreprimible impulso de llorar y salió al jardín.
    – ¿Me permite que le traiga algo de beber, mademoiselle? -La voz era inequívocamente norteamericana, pero se expresaba en perfecto francés. Al volverse, Zoya vio a un alto y apuesto hombre de cabello entrecano y ojos intensamente azules. Parecía amable y había intuido que le pasaba algo-. ¿Le ocurre algo?
    Zoya negó en silencio con la cabeza y apartó el rostro para enjugarse las lágrimas que surcaban sus mejillas. Llevaba un sencillo vestido blanco, regalo de Alejandra el año pasado. Era uno de los pocos vestidos bonitos que consiguió llevar consigo, y le sentaba de maravilla.
    – Lo siento…, yo… – ¿Cómo hubiera podido explicarle a aquel desconocido lo que sentía? Deseó que la dejara en paz con sus recuerdos, pero el hombre no parecía dispuesto a retirarse-. Qué bonito es todo esto.
    Recordó el mísero apartamento en las inmediaciones del Palais Royal y pensó en lo mucho que habían cambiado sus vidas, en contraste con el hermoso jardín donde se encontraba.
    – ¿Pertenece usted al Ballet Russe?
    – Sí -contestó Zoya, y sonrió con la esperanza de que él olvidara sus lágrimas mientras escuchaba los lejanos compases de un nuevo vals. Pronunció la palabra con orgullo, pensando en su suerte-. ¿No le parece que Nijinsky ha estado maravilloso esta noche?
    El hombre rió turbado y se acercó un poco más a ella. Zoya se fijó de nuevo en lo alto y apuesto que era.
    – Me temo que no soy un gran aficionado al ballet. Lo de esta noche ha sido para algunos de nosotros como una orden.
    – No me diga -replicó Zoya, riéndose-. ¿Y lo ha pasado muy mal?
    – Bastante -contestó el desconocido, mirándola con ojos risueños-. Hasta este momento. ¿Le apetece una copa de champán?
    – Dentro de un ratito tal vez. Se está tan bien aquí. -El jardín era un remanso de paz comparado con las risas y los bailes del salón-. ¿Usted vive aquí?
    – Nos han instalado en una casa de la rue du Bac -contestó el hombre sonriendo-. No es tan lujoso como esto, pero es bonito y queda muy cerca.
    El militar observó que Zoya se movía con discreta elegancia y poseía algo más que la gracia de una bailarina. Emanaba una majestuosa dignidad y un aire de inmensa tristeza a pesar de su sonrisa.
    – ¿Pertenece usted al Estado Mayor del general?
    – Sí. -Era uno de sus ayudantes de campo, pero le ahorró a Zoya los detalles-. ¿Lleva usted mucho tiempo en el Ballet Russe?
    No podía ser demasiado porque parecía muy joven.
    Al final, pasaron del francés al inglés, que ella dominaba muy bien por sus estudios en el Instituto Smolny.
    – Llevo solo un mes -repuso Zoya sonriendo-. Para desesperación de mi abuela.
    – Sus padres deben de estar muy orgullosos de usted. -Al ver la tristeza de sus ojos, el hombre lamentó haber hecho el comentario.
    – Mis padres fueron asesinados en San Petersburgo en el mes de marzo… -Zoya pronunció las palabras casi en un susurro-. Vivo con mi abuela.
    – Lo siento…, me refiero a lo de sus padres… -El brillo de sus ojos casi provocó a Zoya un nuevo acceso de llanto. Era la primera vez que hablaba de todo aquello con alguien. Sus compañeros del cuerpo de baile no sabían apenas nada de ella, pero por una razón inexplicable le pareció que con aquel desconocido podía hablar de cualquier cosa. Su elegancia, sus modales, su cabello oscuro entremezclado con hebras plateadas y el brillo de sus ojos le recordaban en cierto modo a Konstantin-. ¿Vino aquí con su abuela?
    No sabía por qué, pero ella lo fascinaba. Lo atraía su juventud y su belleza, y aquellos grandes ojos verdes tan tristes.
    – Sí, llegamos hace dos meses… desde… después de…
    Al ver que Zoya no podía continuar, se acercó y la tomó del brazo.
    – Demos un paseo, ¿le parece bien, mademoiselle? Y quizá después tomaremos una copa de champán.
    Fueron hasta la estatua de Rodin y pasaron el rato hablando de París, la guerra y los temas que resultaban menos dolorosos para ella.
    – Y usted, ¿de dónde es? -preguntó Zoya con una sonrisa.
    – Nueva York.
    Zoya nunca había pensado demasiado en Estados Unidos. Se le antojaba terriblemente remoto.
    – ¿Cómo es aquello?
    – Muy grande y bullicioso. Me temo que no tan bonito como esto, pero me gusta vivir allí -contestó riéndose. Hubiera querido preguntarle cosas sobre San Petersburgo, pero intuyó que no era el lugar ni el momento adecuado-. ¿Baila usted todos los días?
    – Casi. Antes de la función de esta noche, me habían concedido una semana de descanso.
    – ¿Y qué hace en su tiempo libre?
    – Salgo a pasear con mi abuela. Escribo a mis amigos, leo…, duermo…, juego con mi perra.
    – Parece una vida muy agradable. ¿De qué raza es su perra?
    Eran preguntas estúpidas, pero le servían para tenerla cerca. La chica debía de tener por lo menos la mitad de su edad, pero era tan bonita que sentía deseos de estar a su lado.
    – Cocker spaniel -contestó Zoya-. Regalo de alguien a quien aprecio mucho.
    – ¿Un caballero? -preguntó él, intrigado.
    – ¡No, no! -Zoya rió-. ¡Una chica! Mi prima, para ser más precisos.
    – ¿Trajo a la perra consigo desde Rusia?
    – Pues, sí. -Zoya inclinó la cabeza y la cascada pelirroja le ocultó los ojos-. Creo que el viaje le sentó mejor que a mí. Yo llegué a París con el sarampión. Qué estupidez por mi parte, ¿verdad? -añadió, riéndose como una chiquilla.
    De repente, el hombre se dio cuenta de que ni siquiera sabía su nombre.
    – En absoluto -dijo-. ¿No cree usted que deberíamos presentarnos?
    – Zoya Nikolaevna Ossupov.
    Ella levantó los ojos y se inclinó en graciosa reverencia.
    – Clayton Andrews. Capitán Clayton Andrews, debiera haber dicho.
    – Mi hermano también era capitán… de la Guardia Preobrajensky. Seguramente nunca habrá oído hablar de ella -dijo Zoya, mirándolo expectante.
    Clayton vio en sus ojos una inmensa tristeza. Sus estados de ánimo cambiaban vertiginosamente y, por primera vez en su vida, él comprendió por qué la gente afirmaba que los ojos eran el espejo del alma. Los de aquella muchacha parecían conducir a un mágico mundo de brillantes, esmeraldas y lágrimas no derramadas. Sin saber por qué, experimentó el deseo de hacerla feliz y lograr que bailara, riera y sonriera de nuevo.
    – Me temo que no sé muchas cosas de Rusia, señorita Nikolaevna Ossupov.
    – En tal caso, estamos en paz. -Zoya esbozó una leve sonrisa-. Yo no sé nada sobre Nueva York.
    Clayton la acompañó al salón de baile y le trajo una copa de champán mientras los demás bailaban un vals.
    – ¿Me concede este baile?
    Zoya dudó, pero, al fin, aceptó. Clayton posó su copa en una mesita y la guió en un cadencioso vals que a Zoya le recordó las veces que bailaba con su padre. Si cerrara los ojos, estaría en San Petersburgo… La voz de Clayton interrumpió sus pensamientos.
    – ¿Baila usted siempre con los ojos cerrados, mademoiselle? -preguntó en tono burlón.
    Zoya lo miró sonriendo. Se sentía a gusto en sus brazos y se alegraba de poder bailar con un hombre alto y apuesto en una mágica noche, y en una casa tan hermosa…
    – Es tan bonito estar aquí, ¿no cree?
    – Ahora, sí.
    Sin embargo, Clayton lo había pasado mejor en el jardín. Era más fácil hablar con ella allí que en medio de la música y la gente. Al finalizar el baile, el general Pershing le hizo señas de que se acercara y tuvo que dejarla. Cuando volvió en su busca, Zoya ya se había marchado. La buscó por todas partes e incluso salió otra vez al jardín, pero sin éxito. Preguntó por ella y le dijeron que un primer grupo de bailarines ya se había marchado en un camión del ejército. Clayton regresó a su residencia con aire abatido y, mientras bajaba por la rue du Bac, recordó su nombre y sus grandes ojos verdes. Se preguntó quién sería en realidad. Algo en ella lo intrigaba profundamente.

14

    – La próxima vez que envíe a Fiodor contigo a alguna parte, Zoya Nikolaevna, me harás el favor de no mandarlo a casa -dijo la anciana condesa a la mañana siguiente, durante el desayuno.
    Fiodor había regresado avergonzado y diciendo que los soldados habían invitado a los bailarines a una fiesta en la que él no podía participar. Cuando Zoya volvió, su abuela la esperaba despierta, pero tan furiosa que apenas podía hablar. Por la mañana, su cólera aún no se había disipado.
    – Perdóname, abuela. No podía llevar a Fiodor conmigo. Fue una elegante recepción en la residencia del general Pershing.
    Zoya recordó inmediatamente los jardines y al capitán que había conocido, pero no se lo mencionó a su abuela.
    – ¡Ya! Conque esas tenemos, ¿eh? ¿Divirtiendo a las tropas? ¿Qué otra cosa vas a hacer? Precisamente por eso las señoritas como Dios manda no pueden trabajar en una compañía de ballet. No es correcto y no pienso tolerarlo. ¡Quiero que abandones la compañía inmediatamente!
    – Abuela, por favor, ¡sabes que no puedo!
    – ¡Podrás si yo te lo mando!
    – No, abuela, te lo suplico… -Zoya no estaba de humor para discutir. La víspera lo había pasado muy bien y el apuesto capitán era muy simpático, o, por lo menos, eso le pareció. Aun así, prefirió no decirle nada a su abuela, con la certeza de que sus caminos jamás volverían a cruzarse-. Perdona, no volveré a hacerlo.
    Tampoco tendría ocasión. No era probable que el general Pershing organizara fiestas para el Ballet Russe después de cada representación.
    Cuando se levantó de la mesa, su abuela la miró enfurecida.
    – ¿Adónde vas ahora?
    – Hoy tengo un ensayo.
    – ¡Ya estoy harta de todo esto! -La condesa se levantó y empezó a pasear arriba y abajo por la estancia-. ¡El ballet, siempre el ballet! ¡Esto se va a terminar!
    – Sí, abuela.
    La condesa decidió vender otro collar, esta vez el de esmeraldas. Quizá así Zoya olvidaría aquella locura durante algún tiempo. Ya estaba cansada de la situación. Zoya no era una bailarina, sino una niña.
    – ¿A qué hora volverás?
    – Sobre las cuatro. El ensayo empieza a las nueve y esta noche no tengo que actuar.
    – Quiero que vayas pensando en dejarlo.
    Sin embargo, Zoya lo pasaba muy bien y el dinero era muy necesario por mucho que le pesara a la condesa. La semana anterior, la joven había regalado a su abuela un precioso vestido y un chal. Con su sueldo también podían comprar la comida, aunque sin permitirse más exquisiteces que las que les regalaba Vladimir cuando visitaba a la condesa con la esperanza de ver a Zoya.
    – Esta tarde saldremos a dar un paseo cuando vuelva a casa.
    – ¿Y cómo sabes que me apetecerá salir a dar un paseo contigo? -refunfuñó la abuela.
    – Porque me quieres mucho y yo también a ti -contestó Zoya, riéndose.
    Después le dio un beso en la mejilla y salió corriendo como una colegiala que llegaba tarde a clase.
    La anciana suspiró y quitó de la mesa los platos del desayuno. Resultaba tan difícil vivir allí con la chica. Las cosas eran muy distintas y, aunque ella no quisiera reconocerlo, Zoya ya no era una niña y no se la podía controlar.
    Aquel día el ensayo se llevaría a cabo en el Teatro de la Ópera donde, a la noche siguiente, la compañía ofrecería otra función. Zoya practicó horas y horas en la barra y, cuando terminó poco antes de las cuatro, estaba rendida. Era una soleada tarde de la última semana de junio. La muchacha salió a la calle y suspiró de satisfacción.
    – Parece usted cansada, señorita Nikolaevna Ossupov.
    Al oír su nombre, Zoya se volvió sorprendida y vio a Clayton Andrews de pie junto a uno de los automóviles oficiales del Estado Mayor del general Pershing.
    – Hola…, no esperaba verlo.
    – Ojalá pudiera yo decir lo mismo. Llevo dos horas aguardando -dijo Clayton, y ella lo miró sorprendida.
    – ¿Ha estado esperándome todo el rato?
    – Pues sí. Anoche no tuve ocasión de despedirme de usted.
    – Creo que estaba usted ocupado cuando me fui.
    – Lo sé. Debió de marcharse en el primer camión. -Zoya asintió con la cabeza, asombrada de que se hubiera tomado la molestia de buscarla. No esperaba volver a verlo y ahora comprobó que era tan guapo, simpático y elegante como la víspera cuando ambos habían bailado-. Quería invitarla a almorzar, pero ahora ya es un poco tarde.
    – De todos modos, mi abuela me espera en casa -dijo Zoya y sonrió como una pícara colegiala-. Está muy enfadada conmigo por lo de anoche.
    – ¿Regresó usted a casa muy tarde? -preguntó Clayton-. No recuerdo qué hora era cuando se fue.
    Eso significaba que la chica era tan joven como él suponía. Tenía la inocencia de una chiquilla y, sin embargo, sus ojos revelaban una enorme sabiduría.
    Zoya rió al recordar el momento en que hizo regresar a Fiodor a casa.
    – Mi abuela me envió un acompañante, pero yo lo mandé a casa. Creo que él se alegró tanto como yo.
    La muchacha se ruborizó levemente mientras él reía.
    – En tal caso, mademoiselle, ¿me permite que la acompañe ahora? Puedo llevarla a casa en mi automóvil.
    Zoya vaciló, pero Clayton era tan caballero que no podía haber ningún mal en ello, y además, ¿quién se iba a enterar? Podría despedirse de él una o dos manzanas antes de llegar al Palais Royal.
    – Muchas gracias.
    Clayton abrió la portezuela y ella subió al vehículo. Le dijo dónde vivía y él la condujo sin la menor dificultad. Zoya pidió que se detuviera una manzana antes de llegar.
    – ¿Es aquí donde usted vive? -preguntó Clayton, mirando a su alrededor.
    – No exactamente -contestó Zoya, ruborizada de nuevo-. Después de lo de anoche, prefiero ahorrarle a mi abuela otro disgusto.
    Clayton volvió a reír y, de repente, pareció un jovenzuelo a pesar de las hebras plateadas de su cabello.
    – Pero ¡qué mala es usted! ¿Y si le pido que cene conmigo esta noche, mademoiselle? ¿Aceptará?
    – No lo sé -contestó Zoya, y frunció el ceño-. La abuela sabe que esta noche no hay ensayo.
    Sería la primera vez que le mintiera, y Zoya no estaba segura de querer hacerlo. Sin embargo, sabía muy bien lo que pensaba Eugenia de los soldados.
    – ¿No la deja salir con nadie? -preguntó el capitán, entre divertido y asombrado.
    – Pues la verdad es que lo ignoro -confesó Zoya-. Nunca he salido con nadie.
    – No me diga… ¿Puedo preguntarle en tal caso cuántos años tiene usted?
    Tal vez era todavía más joven de lo que él pensaba, aunque esperaba que no.
    – Dieciocho -contestó Zoya en tono casi desafiante.
    – ¿Y eso le parece a usted que es ser muy mayor?
    – Lo suficiente. -Clayton no se atrevió a preguntarle para qué-. No hace mucho tiempo, mi abuela quería que me casara con un amigo de la familia.
    Zoya se ruborizó y supuso que era una estupidez haber mencionado a Vladimir, aunque él no pareció extrañarse.
    – ¿Y cuántos años tenía él? ¿Veintiuno?
    – ¡Oh, no! -exclamó Zoya, riendo-. Muchísimos más. ¡Por lo menos sesenta años!
    Esta vez, Clayton Andrews la miró casi escandalizado.
    – ¿De veras? ¿Y a su abuela no le importa?
    – Es difícil de explicar, y, además, a mí no me gusta…, es un viejo.
    – Yo también -dijo Clayton, poniéndose muy serio por un instante-. Tengo cuarenta y cinco años.
    Quería ser sincero con ella, ya desde un principio.
    – ¿Y no está casado? -preguntó Zoya, sorprendida.
    – Estoy divorciado. -Se había casado con una Vanderbilt, pero todo había terminado diez años atrás. En Nueva York se lo consideraba un buen partido, pero ninguna de las numerosas mujeres conocidas durante aquellos diez años había conseguido adueñarse de su corazón-. ¿Se asombra usted?
    – No. -Zoya lo pensó un momento y después lo miró a los ojos, más convencida que nunca de que era un hombre honrado-. ¿Por qué se divorció?
    – El amor se acabó, supongo… Ya éramos muy distintos al principio. Ella se volvió a casar y somos buenos amigos, aunque últimamente no la veo muy a menudo. Ahora vive en Washington.
    – ¿Y eso dónde está?
    A Zoya todo le parecía lejano y misterioso.
    – Cerca de Nueva York. Algo así como París y Burdeos. O más bien como París y Londres -Zoya asintió en silencio. Así lo comprendía mejor. Clayton consultó el reloj. Había pasado dos horas esperándola y ya tenía que regresar-. ¿Qué tal la cena de esta noche?
    – Creo que no podré -contestó Zoya, mirándolo con tristeza.
    – ¿Mañana, entonces? -preguntó Clayton con una sonrisa.
    – Mañana por la noche tengo que bailar.
    – ¿Y después?
    Clayton persistía porque no quería dejarla escapar tras haberla encontrado de nuevo.
    – Lo intentaré.
    – De acuerdo. Hasta mañana por la noche, entonces.
    Clayton descendió del automóvil y la ayudó a bajar. Ella le dio cortésmente las gracias por haberla acompañado y el capitán la saludó con la mano. Regresó a la rue Constantine con el corazón rebosante de alegría.

15

    Por primera vez en su vida, Zoya le mintió a su abuela. Ocurrió al día siguiente, cuando fue otra vez al Teatro de la Ópera. Se sintió culpable, pero, una vez en la calle, ya se había perdonado aquella inocente mentira. Quería evitar que se preocupara por algo que no merecía la pena. Al fin y al cabo, ¿qué mal podía haber en ir a cenar con un hombre tan amable y simpático? Zoya le dijo a Eugenia que Diaghilev los había invitado a cenar a todos y que estaba obligada a ir.
    – ¡No me esperes levantada! -le gritó al salir.
    – ¿Seguro que tienes que ir?
    – ¡Pues claro, abuela! -contestó y salió a toda prisa para dirigirse al ensayo.
    Al finalizar la función, Clayton estaba esperándola con otro automóvil del general Pershing.
    – ¿Todo arreglado? -le preguntó sentándose al volante mientras ella lo miraba con sus expresivos ojos esmeralda-. ¿Qué tal ha ido esta noche?
    – Bien. Pero Nijinsky no ha bailado. Es fabuloso, ¿no cree? -Zoya sonrió al recordar que a él no le gustaba el ballet-. Perdón, olvidé que no es aficionado al ballet.
    – Quizá podría aprender.
    Se dirigieron al Maxim’s, y al entrar, Zoya se quedó boquiabierta de asombro ante el lujoso decorado en terciopelo, la elegancia de la gente y el esplendor de los uniformes de gala de los hombres. Lo primero que se preguntó fue cómo podría describirle a María aquel ambiente en su próxima carta. Sin embargo, tendría dificultades para explicarle lo de Clayton Andrews. No estaba muy segura de por qué había salido a cenar con él. Simplemente le pareció muy simpático y le apetecía hablar con él, aunque solo fuera una vez…, o quizá más de una. No había nada de malo en ello. Parecía un hombre respetable y le gustaba su compañía. Cuando se sentaron a una mesa, trató de comportarse como una chiquilla emocionada.
    – ¿Tiene apetito? -le preguntó él mientras pedía champán y ella miraba asombrada a su alrededor.
    – ¿Ha estado aquí otras veces?
    Zoya sacudió la cabeza y pensó en su apartamento y en el hotel donde se habían alojado al principio. No habían estado en ningún restaurante desde su llegada. Ella y la condesa preparaban comidas caseras muy sencillas, y Fiodor se sentaba a cenar con ellas todas las noches.
    – No -contestó Zoya, sin más explicaciones.
    – Es bonito, ¿verdad? Antes de la guerra yo venía bastante por aquí.
    – ¿Viaja usted mucho? Habitualmente, quiero decir.
    – Bastante. ¿Conocía usted París? Me refiero a antes de venir aquí hace tres meses.
    A Zoya la conmovió que se acordara de lo que ella le había contado.
    – No, pero mis padres venían muy a menudo. En realidad, mi madre era alemana, pero vivió casi toda su vida en San Petersburgo.
    De repente, Clayton sintió deseos de preguntarle cómo había sido la revolución, pero adivinó lo doloroso que habría resultado para ella y prefirió callar. Después, por decir algo, le hizo una pregunta que suscitó las risas de la muchacha.
    – Zoya, ¿vio usted alguna vez al zar? -Al ver la expresión de su rostro, Clayton rió también-. ¿He dicho algo gracioso?
    – Más bien sí. -Zoya se sentía tan a gusto con él que decidió mostrarse un poco más abierta-. Somos primos.
    Sin embargo, enseguida se puso muy seria, recordando su última mañana en Tsarskoe Selo.
    Clayton le dio una palmada en la mano y escanció champán en su copa.
    – Perdone, podemos hablar de otra cosa.
    – No se preocupe, es que… -Zoya lo miró, tratando de reprimir las lágrimas-. Los echo mucho de menos. A veces me pregunto si volveremos a verlos. Se encuentran todavía bajo arresto domiciliario en Tsarskoe Selo.
    – ¿Tiene usted noticias suyas? -preguntó Clayton, sorprendido.
    – A veces recibo cartas de la gran duquesa María…, es mi mejor amiga. Cuando nos fuimos estaba enferma. -Zoya sonrió tristemente al recordarlo-. Ella me contagió el sarampión. Todos estaban enfermos cuando nos marchamos.
    El capitán Andrews la escuchó asombrado. El zar de Rusia era una figura histórica y no simplemente el primo de aquella bonita joven.
    – ¿Y usted se crió con ellos?
    Zoya asintió en silencio y Clayton pensó que no se había equivocado en sus apreciaciones. Aquella muchacha era algo más de lo que parecía a primera vista; no era una simple bailarina, sino una joven de buena familia, con un pasado extraordinario. Zoya le habló entonces de la casa donde había crecido, de Nicolai, de la noche en que este murió y de su estancia en Tsarskoe Selo antes de abandonar Rusia.
    – Conservo unas fotografías maravillosas. Ya se las enseñaré otro día. Todos los años íbamos juntos a Livadia. María dice en su carta que este año volverán allí. El cumpleaños de Alexis lo celebrábamos siempre allí o bien en el yate.
    Clayton la miró en silencio mientras ella le hablaba de un mundo mágico en un momento crucial de la historia, como si los primos y los amigos, los niños, el tenis y los perros fueran cosas de lo más normales. Y ahora trabajaba en el Ballet Russe. No era de extrañar que su abuela le hubiera enviado un acompañante. Zoya le explicó incluso lo de Fiodor. Al finalizar la velada, Clayton tuvo la sensación de conocerlos a todos y le entristeció pensar en la vida que la muchacha había perdido.
    – ¿Qué hará usted ahora?
    – No lo sé -contestó Zoya con toda sinceridad-. Cuando ya no queden más joyas por vender, supongo que seguiré bailando y viviremos de eso. La abuela es demasiado mayor para ponerse a trabajar. Fiodor no habla el francés y, además, ya es muy viejo.
    ¿Y cuando ellos murieran? Clayton no se atrevió ni a pensarlo. A pesar de haber sufrido tantas penalidades, Zoya era una joven sincera e ingenua como pocas.
    – Su padre debía de ser un hombre estupendo, Zoya.
    – Lo era.
    – Cuesta trabajo imaginar que los haya perdido a todos. Y más todavía pensar que nunca podrá volver.
    – La abuela cree que las cosas pueden cambiar cuando termine la guerra. Tío Nicolás nos lo dijo antes de nuestra partida. -Clayton no pudo evitar sorprenderse de que Zoya llamara «tío Nicolás» nada menos que al zar de Rusia-. Menos mal que, por lo menos, puedo bailar. Cuando era pequeña, soñaba con huir a la escuela de baile del teatro Marynsky -añadió Zoya y rió al recordarlo-. Aunque esto tampoco está mal. Prefiero bailar antes que enseñar inglés, coser o confeccionar sombreros.
    Clayton rió al ver la expresión de su rostro cuando le enumeraba las alternativas.
    – Tengo que reconocer que no me la imagino haciendo sombreros.
    – Antes moriría de hambre. Pero eso no ocurrirá porque en el Ballet Russe estoy muy bien.
    Zoya le describió a Clayton la primera prueba que hizo, y él admiró en silencio su valentía e ingenio. El hecho de haber salido a cenar con él también era una manifestación de valentía, pero Clayton no quería aprovecharse de la situación. La chica le gustaba, aunque fuera poco más que una niña. Sin embargo, ahora la veía bajo una luz distinta que la otra noche. No era simplemente una cara bonita o una componente de un cuerpo de baile, sino una joven perteneciente a una familia más ilustre que la suya propia. Aunque no le quedara nada, poseía clase y dignidad, y él no quería mancillar nada de todo aquello.
    – Me gustaría que conociera a mi abuela -dijo Zoya como si hubiera leído sus pensamientos.
    – Tal vez tengamos ocasión algún día.
    – Se escandalizaría de que alguien no nos hubiera presentado debidamente. No sé si conseguiría explicárselo.
    – ¿Y si le dijéramos que soy un amigo de Diaghilev? -preguntó Clayton, esperanzado.
    – ¡Sería todavía peor! -contestó Zoya, riendo-. Odia todo este ambiente. Con tal de que dejara mi trabajo en el ballet, accedería a que me casara con el príncipe Markovsky, el que se gana la vida como taxista.
    Mientras la miraba, Clayton comprendió las razones de la condesa. Era terrible que la joven anduviera sola por el mundo, sin protección, convertida en fácil presa para cualquiera, incluso para él mismo.
    Clayton pagó la cuenta y la acompañó a casa.
    – Me gustaría volver a verla, Zoya. -Parecía un comentario trivial, pero a Clayton le molestaba salir con ella en secreto. Era muy joven y por nada del mundo hubiera querido dañarla-. ¿Y si viniera una tarde a tomar el té con su abuela?
    – ¿Y qué explicación podría darle? -dijo Zoya, aterrada.
    – Ya se me ocurrirá algo. ¿Qué tal el domingo?
    – Normalmente, vamos a dar un paseo por el Bosque de Bolonia.
    – Podríamos dar una vuelta en automóvil. ¿Le parece bien a las cuatro?
    Zoya asintió, sin saber lo que le diría a su abuela, pese a que la sugerencia le parecía mucho más sencilla que cualquier estratagema que ella pudiera inventarse.
    – Podría decirle simplemente que soy el ayudante de campo del general Pershing y que nos conocimos en la recepción de la otra noche. Generalmente, es más fácil decir la verdad que mentir.
    Parecía Konstantin, pensó Zoya no por primera vez mientras lo miraba sonriendo.
    – Mi padre hubiera dicho lo mismo. -Cuando el vehículo se detuvo delante de su casa, Zoya lo miró, pensando que estaba muy guapo de uniforme. Era un hombre extraordinariamente bien parecido-. Ha sido una velada muy agradable.
    – Para mí también, Zoya…, para mí también.
    Clayton acarició su larga melena pelirroja y sintió deseos de estrecharla en sus brazos, pero no se atrevió.
    Después la acompañó hasta la puerta y, una vez dentro, ella lo saludó con la mano por última vez y subió al apartamento.

16

    La presentación de Clayton fue mucho más fácil de lo que ellos esperaban. Zoya le explicó a su abuela que le había conocido en la recepción del general Pershing y Eugenia lo invitó a tomar el té. En un principio la condesa se mostró un poco reacia porque una cosa era invitar al príncipe Vladimir, cuyas circunstancias personales eran semejantes, y otra muy distinta invitar a alguien apenas conocido. Zoya compró media docena de pastelillos y una barra de pan de las que tanto escaseaban, y Eugenia preparó una humeante tetera. No podrían ofrecerle ninguna fineza, ni bandeja de plata, ni servilletas de encaje ni samovar, pero lo que más preocupaba a Eugenia era el motivo de la visita del capitán. Cuando Fiodor le abrió la puerta a las cuatro en punto, el propio Clayton Andrews disipó casi todos los temores de la condesa. Traía sendos ramos de flores y una tarta de manzana, y se comportó como todo un caballero, saludando a Zoya y a su abuela con respetuosa cordialidad. Apenas miró a Zoya mientras hablaba sobre sus viajes, sus conocimientos de la historia rusa y su adolescencia en Nueva York. Al igual que le ocurriera a Zoya, su cordialidad, su ingenio y su encanto a Eugenia le recordaron a Konstantin. Cuando, al final, envió a Zoya a la cocina a preparar otra tetera, la condesa miró a su invitado en silencio y comprendió la razón de su visita. Era demasiado mayor para la muchacha y, sin embargo, no le desagradaba. Parecía un hombre en extremo cortés y refinado.
    – ¿Qué quiere de ella? -preguntó inesperadamente Eugenia mientras Zoya se encontraba todavía en la cocina.
    – No estoy seguro -contestó Clayton, mirándola con sinceridad a los ojos-. Jamás había hablado con una chica de su edad. Podría intentar tal vez ser su amigo…, de ustedes dos.
    – No juegue con ella, capitán Andrews. Tiene toda la vida por delante y lo que usted haga ahora podría suponer un cambio muy desagradable. Parece que ella le aprecia mucho. Quizá eso ya es suficiente. -Sin embargo, ninguno de ellos lo creía. La condesa sabía mucho mejor que él que, cuando ambos se encariñaran, la vida de Zoya nunca volvería a ser la misma-. Todavía es muy joven.
    Clayton asintió en silencio, aprobando la sabiduría de aquellas palabras. Durante la semana anterior había pensado más de una vez que era un insensato al pretender a una muchacha tan joven. ¿Qué ocurriría cuando tuviera que marcharse de París? No sería justo aprovecharse de ella y después plantarla sin más.
    – En otras circunstancias y en otra clase de vida, esto no hubiera sido posible.
    – Lo sé muy bien, condesa. Pero, por otra parte -dijo Clayton defendiendo su causa-, los tiempos han cambiado, ¿no le parece?
    – En efecto.
    Justo en aquel momento Zoya entró de nuevo en la estancia y les sirvió otra taza de té. Después mostró a Clayton las fotografías del verano anterior en Livadia con la perra Joy brincando a sus pies, el zarevich sentado a su lado en el yate, Olga, María, Tatiana y Anastasia, la tía Alejandra y el zar. Era casi una lección de historia moderna. Zoya lo miró más de una vez con una alegre sonrisa, recordando detalles y ofreciendo explicaciones mientras él la escuchaba, sabiendo ya la respuesta a las preguntas de Eugenia. Sentía por aquella muchacha algo más que amistad. Aunque fuera poco más que una chiquilla, había en ella algo que le llegaba al alma y le hacía experimentar sentimientos jamás experimentados por nadie. Y sin embargo, ¿qué podía ofrecerle? Tenía cuarenta y cinco años, estaba divorciado y se encontraba en Francia para combatir en una guerra. En aquellos momentos, no podía ofrecerle absolutamente nada, y dudaba que en el futuro pudiera ofrecerle algo. Ella se merecía un hombre más joven, alguien con quien crecer y reírse y compartir recuerdos. Pese a todo, ansiaba estrecharla en sus brazos y prometerle solemnemente que ya nada volvería a hacerla sufrir.
    Cuando Zoya guardó las fotografías, Clayton llevó a las dos a dar un paseo en automóvil. Se detuvieron en el parque y Zoya jugó con Sava sobre la hierba. En cierto momento, la perrita se puso a brincar y a ladrar. Zoya corrió riendo y casi chocó con Clayton. Sin pensarlo ni un momento, este la rodeó con sus brazos y la estrechó contra sí mientras ella lo miraba, riendo como la chiquilla de las fotografías. Eugenia parecía preocupada por lo que pudiera ocurrir.
    Cuando Clayton las acompañó nuevamente a casa, Eugenia le dio las gracias y aprovechó un momento en que Zoya se apartó para confiarle la perrita a Fiodor.
    – Piénselo bien, capitán -dijo la condesa-. Lo que para usted puede ser simplemente un intermedio podría cambiar toda la vida de mi nieta. Sea prudente, se lo ruego… y, por encima de todo, sea bueno.
    – ¿Qué le has dicho, abuela? -preguntó Zoya cuando él se marchó.
    – Le he dado las gracias por la tarta de manzana y lo he invitado a que nos visite cuando quiera -contestó tranquilamente mientras retiraba las tazas.
    – ¿Nada más? Parecía muy serio, como si le hubieras dicho algo muy importante. Y no sonrió cuando me dijo adiós.
    – Tal vez piensa en todo eso, pequeña. La verdad es que me parece muy mayor para ti -dijo cautelosamente la condesa.
    – Pero a mí no me importa. Es muy amable y simpático.
    – Claro.
    Eugenia asintió en silencio y ansió que fuera lo bastante simpático como para no volver a visitarlas. Zoya corría mucho peligro a su lado y, si se enamoraba de él, ¿qué ocurriría? Podría ser un desastre.

17

    Las plegarias de Eugenia, pidiendo que Clayton Andrews no volviera, no fueron atendidas. Tras pasar una semana alejado de la muchacha, Clayton comprobó que no podía dejar de pensar en ella. Lo obsesionaban sus ojos, su cabello, su manera de reír, su forma de jugar con Sava e incluso las fotografías de la familia del zar que le había mostrado. A través de lo que ella había contado, en lugar de ser una trágica figura histórica, el zar se había convertido en un hombre con una mujer, unos hijos y tres perros. Clayton se compadecía ahora de su suerte y trataba de imaginárselo prisionero en su palacio de Tsarskoe Selo.
    Por su parte, Zoya solo podía pensar en Clayton.
    Esta vez, el capitán se presentó en casa de Zoya y no en el teatro y, con el permiso de la condesa, la llevó a ver La viuda alegre. A la vuelta, Zoya comentó el espectáculo a su abuela mientras Clayton reía y descorchaba una botella de champán Cristalle, escanciándolo en unas copas de cristal tallado. Procuraba hacerles la vida más cómoda, evitando ofenderlas, y constantemente traía cosas que necesitaban y no tenían, como, por ejemplo, unas mantas de lana que según dijo alguien le había «dado», un juego de copas, un mantel de encaje e incluso una bonita cama para Sava.
    Para entonces, Eugenia ya había advertido que Clayton estaba tan enamorado de Zoya como ella de él. Ambos daban largos paseos por el parque y almorzaban en los pequeños cafés mientras Clayton le explicaba a la muchacha la procedencia de los distintos uniformes de los soldados que veían, los zuavos argelinos pertenecientes al ejército francés, los ingleses y los norteamericanos con sus uniformes caqui, los «poilus» franceses con sus chaquetas azul claro, e incluso los cazadores o Chasseurs d’Afrique. Hablaban de todo, desde el baile a los hijos. Zoya comentó que quería tener seis.
    – ¿Por qué seis? -preguntó él y rió.
    – Pues no lo sé -contestó ella, encogiendo alegremente los hombros-. Me gustan los números pares.
    Más tarde, le mostró a Clayton la última carta de María, en la que contaba que Tatiana se había vuelto a poner enferma, aunque no de gravedad, y decía que Nagorny era más cariñoso y fiel que nunca con Alexis. Jamás se apartaba de su lado. «Papá es muy bueno con nosotros. A todos nos hace sentir felices y alegres…» Clayton se emocionó. Sin embargo, cuando salían juntos hablaban de algo más que de la familia del zar. Hablaban de sus aficiones, sus intereses y sus sueños.
    Fue un verano mágico y delicioso para Zoya.
    Siempre que no actuaba, la joven salía con Clayton, que las obsequiaba constantemente tanto a ella como a su abuela con pequeños regalos y detalles. En septiembre, sin embargo, aquellos inocentes placeres terminaron de golpe. El general Pershing anunció a sus ayudantes que se trasladaba al cuartel general de Chaumont, en el Marne, por lo que Clayton debía abandonar París en cuestión de días. Al mismo tiempo, Diaghilev quería llevar el Ballet Russe a España y Portugal, lo cual significaba que Zoya tendría que enfrentarse con una dolorosa decisión. No podía dejar sola a su abuela y no soportaba la idea de abandonar la compañía.
    – Puedes incorporarte a otra compañía de ballet. No es ninguna catástrofe -la animó Clayton.
    Pero para ella sí lo era. Ninguna compañía era comparable al Ballet Russe. La peor noticia se recibió dos semanas después del cumpleaños de Alexis. María envió una carta a través del doctor Botkin. El 14 de agosto, toda la familia Romanov fue sacada de su arresto domiciliario en el palacio de Alejandro en Tsarskoe Selo y enviada a Tobolsk, en Siberia. La carta se había escrito la víspera de la partida y Zoya solo supo que se habían ido, pero no dónde estaban. Fue un golpe terrible. Ella esperaba que de un momento a otro fueran a Livadia y allí estuvieran a salvo. De repente, todo había cambiado. El terror la invadió mientras leía la carta. Cuando se la mostró a Clayton antes de su partida, este trató en vano de consolarla.
    – Pronto tendrás noticias suyas, estoy seguro. No debes asustarte.
    Pero ¿cómo no asustarse?, se preguntó Clayton en su fuero interno. La joven lo había perdido todo en cuestión de pocos meses, había sufrido en carne propia los excesos de la revolución, y sus parientes y amigos se encontraban todavía en peligro sin que nadie pudiera ayudarlos. El gobierno norteamericano había reconocido el gobierno provisional y nadie se atrevía a ofrecer asilo al zar y a su familia. No había forma de arrancarlo de las manos de los revolucionarios. Solo se podía rezar por ellos y esperar que algún día recuperaran la libertad. Era la única esperanza que le quedaba a Zoya. Y lo peor era que Clayton también tenía que irse.
    – No está muy lejos. Vendré a París siempre que pueda. Te lo prometo.
    Zoya lo miró con tristeza. Su amiga, el Ballet Russe… y la partida de Clayton que la cortejaba desde hacía casi tres meses. Eugenia intuyó para gran alivio suyo que el capitán no había cometido ninguna imprudencia con la joven. Simplemente disfrutaba de su compañía, iba a verla siempre que podía, paseaban e iban al teatro o a cenar al Maxim’s, o a algún pequeño local. Gracias a su afecto y protección, a Zoya le parecía que de nuevo tenía una familia. Ahora lo perdería y tendría que buscar trabajo en una compañía menos importante. Mal que le pesara, Eugenia sabía que ambas dependían de los ingresos de Zoya.
    El 10 de septiembre, Zoya encontró trabajo en una compañía de ballet sin precisión ni estilo y sin la rígida disciplina a que estaba acostumbrada en el Ballet Russe. Además, el sueldo era muy inferior, pero por lo menos los tres podrían comer. Las noticias de la guerra no eran buenas y las incursiones aéreas eran muy frecuentes. Al final, Zoya recibió una carta de María. Vivían en la residencia del gobernador en Tobolsk y el profesor Gibbes seguía dándoles clase. «…Papá nos lee historia casi todos los días y nos ha construido una plataforma en el invernadero para que podamos tomar un poco el sol, pero pronto hará demasiado frío para eso. Dicen que aquí los inviernos son interminables…» Olga había cumplido veintidós años y Pierre Gilliard seguía con ellos. «Él y papá cortan leña casi a diario y, mientras están ocupados, nosotras nos libramos de las lecciones. Mamá parece muy fatigada. La salud del niño la preocupa mucho. Se encontró muy mal después del viaje, pero ahora tengo la alegría de poder decirte que ya está mucho mejor. Aquí dormimos las cuatro en una habitación. La casa es muy pequeña, pero agradable. Algo así como el apartamento donde vives con tía Eugenia. Dale muchos recuerdos de mi parte y escríbeme siempre que puedas, queridísima prima. El ballet debe de ser fascinante. Cuando se lo conté a mamá, se escandalizó, pero después añadió riendo que era muy propio de ti irte nada menos que a París e incorporarte a una compañía de ballet. Todos te enviamos nuestro cariño, y yo especialmente…» Esta vez, María firmó la carta con un nombre que no utilizaba desde hacía mucho tiempo, «Otma». Era la clave que se habían inventado en la infancia para las cartas que enviaban las cuatro hermanas, y significaba Olga, Tatiana, María y Anastasia. El pensamiento de Zoya voló hacia ellas.
    Sin Clayton, Zoya se sentía muy sola y sin saber qué hacer. Se dedicaba exclusivamente al trabajo y volvía a casa, junto a su abuela, al terminar las funciones. Fue entonces cuando advirtió hasta qué extremo la mimaba Clayton. Con él salía a pasear, forjaba planes y recibía constantes regalos y sorpresas. De pronto, se había quedado sin nada. Le escribía más a menudo que a María en Tobolsk, pero sus respuestas eran siempre breves y apresuradas. Tenía muchas cosas que hacer en Chaumont para el general Pershing.
    Octubre fue todavía peor. Fiodor contrajo la gripe española y ambas tuvieron que turnarse cuidándolo durante varias semanas. Al final, el anciano no pudo comer ni beber, perdió la vista y murió mientras ellas lloraban en silencio junto a su lecho. Fue bueno y leal, pero, como un animalillo llevado demasiado lejos de su hogar, no pudo sobrevivir en un mundo distinto. Antes de morir, las miró sonriendo y dijo en voz baja:
    – Ahora podré volver a Rusia…
    Lo enterraron en un pequeño cementerio de las afueras de Neuilly. Vladimir las llevó en su taxi y Zoya pasó todo el camino llorando por la muerte del fiel servidor. De pronto, todo le pareció sombrío, incluso el tiempo.
    Sin Fiodor, nunca tenían suficiente leña y no se atrevían a utilizar su habitación en parte por respeto y en parte para ahorrar. El dolor de sus pérdidas parecía interminable. Clayton llevaba casi dos meses sin visitar París. Una noche en que Zoya regresó tarde del trabajo a casa se llevó un susto de muerte cuando abrió la puerta y en la salita vio a un hombre en mangas de camisa. Por un instante, le dio un vuelco el corazón, pensando que era un médico.
    – ¿Ocurre algo?
    Él la miró asombrado y se quedó boquiabierto ante su belleza.
    – Perdón, mademoiselle…, yo… Su abuela…
    – ¿Le pasa algo?
    – No, por Dios. Creo que está en su habitación.
    – ¿Y usted quién es?
    Zoya no acertaba a comprender qué hacía en su casa aquel hombre en mangas de camisa.
    – ¿No se lo ha dicho ella? Vivo aquí. Me he mudado esta mañana.
    Era un joven pálido y delgado de unos treinta y tantos años, tullido de una pierna y con el cabello ralo. Se dirigió a la habitación de Fiodor renqueando visiblemente y cerró la puerta. Zoya corrió a su dormitorio enfurecida.
    – Pero ¿qué has hecho? ¡No puedo creerlo! -Miró a su abuela, sentada en la única silla de la habitación, y observó que para mayor comodidad Eugenia había trasladado algunas cosas al dormitorio-. ¿Quién es ese hombre? -preguntó mientras la condesa levantaba los ojos de su labor de punto.
    – He aceptado un huésped. No teníamos más remedio. El joyero no me ofreció casi nada por las perlas y nos quedan muy pocas cosas por vender. Tarde o temprano, hubiéramos tenido que hacerlo -añadió con serena resignación.
    – Por lo menos hubieras podido consultarme o avisarme. No soy una niña y también vivo aquí. ¡Ese hombre es un completo desconocido! ¿Y si nos mata mientras dormimos o roba las últimas joyas que te quedan? ¿Y si se emborracha… o trae a casa mujeres de mala vida?
    – Entonces le diremos que se vaya, pero cálmate, Zoya, parece simpático y muy tímido. El año pasado lo hirieron en Verdún, y es profesor.
    – Me importa un bledo lo que sea. El apartamento es demasiado pequeño para acoger un huésped y yo gano lo suficiente con el baile ¿A qué viene todo esto? -Zoya tuvo la sensación de haberse quedado sin casa y rompió a llorar de rabia. Para ella representaba el golpe final. En cambio, a Eugenia le parecía la única salida, aunque prefirió no decírselo de antemano a Zoya porque temía su reacción-. ¡Me parece increíble que hayas hecho una cosa así!
    – No teníamos más remedio, pequeña. Puede que más adelante podamos permitirnos otra cosa. Ahora, de momento, no.
    – Ni siquiera podré prepararme una taza de té en camisón -dijo Zoya, lagrimeando de dolor e indignación.
    – Piensa en tus primas y en la vida que deben llevar en Tobolsk. ¿No puedes ser tan valiente como ellas?
    Inmediatamente Zoya se sintió culpable y su cólera se disipó poco a poco mientras se sentaba en la silla desocupada por su abuela para acercarse a la ventana.
    – Perdóname, abuela, es que… he tenido un sobresalto. -Y con sonrisa casi traviesa, añadió-: Creo que lo he asustado. Proferí tales gritos que corrió a encerrarse en su habitación.
    – Es un joven muy amable. Mañana debes disculparte.
    Zoya no contestó y pensó en su apurada situación. Todo le salía al revés. Hasta Clayton parecía haberla abandonado. Le prometió volver a París en cuanto pudiera, pero, de momento, no había esperanzas.
    Al día siguiente, Zoya le escribió una carta en la que no se atrevió a mencionar al huésped. Se llamaba Antoine Vallet y al verla por la mañana la miró aterrorizado. Se deshizo en disculpas, derribó una lámpara, estuvo a punto de romper un jarrón y mientras estaba en la cocina tropezó en su afán de no molestarla. Zoya observó que tenía una mirada muy triste y casi lo compadeció, aunque no del todo. Había invadido el último baluarte que les quedaba y ella no estaba dispuesta a compartirlo con nadie.
    – Buenos días, mademoiselle. ¿Le apetece un café?
    En la cocina se aspiraba un agradable aroma.
    – Yo bebo té, gracias -contestó Zoya en tono desabrido.
    – Disculpe.
    El joven la miró asustado y abandonó la cocina todo lo rápido que pudo. Poco después salió a dar sus clases. Cuando Zoya regresó del ensayo aquella tarde, el joven ya estaba sentado junto al escritorio de la salita, corrigiendo ejercicios. Zoya fue a su dormitorio y empezó a pasear arriba y abajo mientras miraba enfurecida a su abuela.
    – Eso significa que ya no podré volver a utilizar el escritorio.
    Quería escribirle una carta a Clayton.
    – Estoy segura de que no pasará allí toda la noche, Zoya.
    Pero hasta la condesa parecía confinada en su dormitorio. No podía estar sola en ningún sitio ni pensar en sus cosas. De repente, a Zoya le pareció insoportable la situación y lamentó no haberse ido a Portugal con el Ballet Russe. Al ver las lágrimas de Eugenia, sintió que una cuchillada de remordimiento le traspasaba el corazón y cayó de rodillas, rodeándola con sus brazos.
    – Perdóname, no sé lo que me pasa…, estoy cansada y nerviosa.
    Sin embargo, Eugenia sabía muy bien lo que le pasaba. Era Clayton. Tal como era de prever, el capitán se fue a combatir en la guerra y Zoya tuvo que volver a su vida habitual. Por fortuna era un hombre honrado y no había ocurrido nada irreparable. La condesa no le preguntó a su nieta si tenía noticias suyas. Casi deseaba que no volviera a escribir.
    Zoya fue a la cocina a preparar la cena y, al ver que el joven profesor levantaba repetidamente la cabeza y aspiraba los agradables aromas, se compadeció y lo invitó a cenar.
    – ¿Qué enseña usted? -le preguntó sin que en realidad le importara lo más mínimo.
    Vio que le temblaban las manos y que parecía constantemente nervioso y asustado. Las heridas de guerra le habían dejado algo más que una cojera.
    – Historia, mademoiselle. Tengo entendido que usted trabaja en un ballet.
    – Pues sí -contestó ella, lacónicamente.
    No estaba satisfecha de la compañía y echaba de menos el Ballet Russe.
    – A mí me gusta mucho el ballet. Tal vez algún día pueda ir a verla.
    Esperaba que la muchacha asintiera encantada, pero Zoya no lo hizo.
    – La habitación me agrada -añadió el joven, sin dirigirse a nadie en particular.
    – Es un placer tenerlo en nuestra casa -contestó Eugenia y sonrió afablemente.
    – La cena está exquisita.
    – Gracias -dijo Zoya sin levantar los ojos.
    El huésped hablaba mediante una serie de frases inconexas que contribuían a exasperarla aún más. Más tarde, trató de ayudarla en la cocina e intentó encender la chimenea, irritándola una vez más por malgastar la poca leña que quedaba. Sin embargo, puesto que ya la había encendido, Zoya se acercó a calentarse las manos. En el pequeño apartamento hacía mucho frío.
    – En cierta ocasión visité San Petersburgo -dijo el joven desde el escritorio sin atreverse casi a mirarla. Su belleza y su vehemencia lo intimidaban-. Era una ciudad preciosa.
    Zoya asintió y se volvió de espaldas, contemplando el fuego con lágrimas en los ojos mientras él la miraba con silencioso anhelo. Había estado casado antes de la guerra, pero su mujer se fue con su mejor amigo y su único hijo murió de pulmonía. Él también tenía sus penas, pero Zoya no mostraba el menor interés por conocerlas. Para ella, no era más que un hombre que había superado graves peligros, perdiendo casi la vida en el empeño, lo cual, lejos de fortalecerlo, había quebrantado su espíritu. Se volvió a mirarlo despacio y se preguntó por qué razón su abuela lo habría aceptado en casa. No quería pensar que su situación fuera tan desesperada, pero intuía que debía de serlo, de lo contrario, Eugenia no hubiera tomado aquella determinación.
    – Qué frío hace aquí.
    Era una simple constatación, pero bastó para que él se levantara inmediatamente y pusiera otro tronco en la chimenea.
    – Mañana iré por un poco más de leña, mademoiselle. Nos vendrá bien. ¿Le apetece otra taza de té? Si quiere, se la preparo.
    – No, gracias.
    Zoya se preguntó qué edad tendría. Aparentaba treinta y tantos, pero, en realidad, tenía solo treinta y uno. La vida había sido muy dura con él.
    – ¿Acaso ocupo su antigua habitación? -preguntó tímidamente el joven.
    Eso hubiera explicado su visible irritación ante él. Pero Zoya sacudió apenas la cabeza y suspiró profundamente.
    – Uno de nuestros criados nos acompañó desde Rusia. Murió en octubre.
    – Lo siento -dijo el joven, asintiendo con la cabeza-. Han sido tiempos muy duros para todos. ¿Desde cuándo están ustedes en París?
    – Desde el pasado abril. Nos fuimos inmediatamente después de estallar la revolución.
    – He conocido a varios rusos aquí últimamente -dijo él-. Son gente buena y valiente. -Hubiera querido añadir «usted también lo es», pero no se atrevió. Tenía demasiado ardor en los ojos y su melena pelirroja brillaba como un fuego sagrado-. ¿Quiere usted que haga algo ya que estoy aquí? Tendría mucho gusto en ayudarla en todo lo que pudiera. Puedo hacer recados para su abuela, si quiere. También me gusta cocinar. Podríamos turnarnos en preparar la cena.
    Zoya asintió con expresión resignada. Quizá no fuera tan desagradable como ella pensaba. Pero el joven estaba en su casa y ella no quería. Al poco rato, el huésped recogió sus papeles y regresó a su habitación, cerrando la puerta a su espalda. Zoya se quedó sola en la salita, pensando en Clayton a la vera del fuego.

18

    A medida que avanzaba el invierno y el tiempo empeoraba, la gente parecía cada vez más pobre y más hambrienta. La gran afluencia de refugiados en París hizo que los joyeros pagaran precios cada vez más bajos. Eugenia vendió sus últimos pendientes el 1 de diciembre y le pagaron una miseria. Ahora solo tenían el sueldo de Zoya, que apenas les alcanzaba para comer y pagar el alquiler del apartamento. El príncipe Markovsky también tenía sus problemas. El coche se le averiaba a cada momento y él estaba cada vez más delgado y famélico. A pesar de todo, esperaba tiempos mejores y mantenía informadas a sus amigas sobre los refugiados que iban llegando.
    En medio de aquella pobreza, del frío glacial y la falta de alimentos, Eugenia agradecía la presencia de su huésped, cuyo mísero salario apenas le permitía pagar la habitación. Sin embargo, el joven siempre trataba de llevar algo a casa, como, por ejemplo, media barra de pan, un tronco para la estufa o algunos libros para que Eugenia se entretuviera. Encontró incluso algunos en ruso, vendidos probablemente por unos pobres refugiados para comprar una barra de pan duro. Era muy atento y considerado, y siempre procuraba obsequiar algo a Zoya. Una vez la oyó comentar que le encantaba el chocolate y consiguió comprarle una pequeña tableta.
    Con el paso de las semanas, la muchacha se ablandó y agradeció sus regalos, pero, sobre todo, le agradeció su amabilidad para con la condesa, que padecía reumatismo en las rodillas y tenía dificultades para subir y bajar la escalera. Una tarde, Zoya regresó de los ensayos a casa y sorprendió a Antoine llevando a su abuela en brazos por la escalera, lo cual debía de ser un tremendo esfuerzo dada la lesión de su pierna. Siempre estaba dispuesto a ayudar y Eugenia le tenía mucho aprecio. La condesa había observado, además, que se había enamorado de Zoya. Se lo comentó más de una vez a la muchacha, pero ella insistió en que no había reparado en ello.
    – No sé cómo no percibes que le gustas, pequeña.
    Sin embargo, lo que más preocupaba a Zoya era la persistente tos de su abuela. La condesa llevaba varias semanas resfriada y Zoya temía que hubiera contraído la gripe española que mató a Fiodor o la temida tuberculosis que tantas víctimas se cobraba en París. Su propia salud tampoco era tan buena como antes. La escasez de comida y el duro esfuerzo de su trabajo la habían dejado en los puros huesos y su rostro infantil parecía de repente mucho más viejo.
    – ¿Cómo está su abuela? -preguntó Antoine una noche en que ambos estaban preparando la cena en la cocina, tal como solían hacer habitualmente. Ya no se turnaban cuando ella tenía noches libres, sino que cocinaban juntos y, cuando Zoya trabajaba, el joven preparaba la cena para Eugenia y muchas veces incluso compraba la comida antes de volver a casa, pagándola de su propio bolsillo con el poco dinero que obtenía de las clases-. Esta tarde la he visto muy pálida.
    Antoine miró a Zoya preocupado mientras ella cortaba dos zanahorias a repartir entre los tres. Estaba harta de los estofados que comían casi todas las noches porque eran el mejor medio de disimular la baja calidad de la carne y la casi total ausencia de verduras.
    – Me preocupa su tos, Antoine. La veo peor, ¿usted no? -El joven asintió en silencio y añadió dos trocitos de carne a la cazuela en la que Zoya hervía las zanahorias en un aguado caldo. Aquella noche ni siquiera había pan. Por fortuna ninguno de ellos tenía demasiado apetito-. Creo que mañana la llevaré al médico.
    Era un lujo que a duras penas podían permitirse porque ya no les quedaba nada por vender, solo la última pitillera de su padre y tres estuches de plata de su hermano que Eugenia había prometido conservar.
    – Conozco a uno en la rue Godot de Mauroy; si quiere, le doy el nombre. Es barato.
    Se dedicaba a practicar abortos a las prostitutas, pero era mejor que la mayoría de los que ejercían en la zona. Antoine había acudido varias veces a su consultorio por la lesión de la pierna y lo consideraba experto y amable. El frío y la humedad del invierno lo afectaban muchísimo y Zoya había observado que su cojera era más pronunciada. Sin embargo, se lo veía más feliz que al principio. Le gustaba convivir con personas honradas y preocuparse por la condesa. A la muchacha nunca se le ocurrió pensar que ella fuera la causa de su optimismo y que por las noches permaneciera despierto en la cama, soñando con su amor.
    – ¿Qué tal la abuela hoy? -preguntó Zoya mientras esperaba que el caldo hirviera.
    Ahora lo miraba con más simpatía y él se atrevía incluso a tomarle el pelo de vez en cuando, tal como solía hacer su hermano en otros tiempos. No era guapo, pero tenía mucho sentido del humor y una gran inteligencia y cultura. Durante las incursiones aéreas y las frías noches invernales, eso las compensaba de la falta de alimento, calor y los mínimos placeres de la vida.
    – Bien. Pero estoy deseando que lleguen las vacaciones para ponerme al día en mis lecturas. ¿Quiere que alguna noche vayamos al teatro? Conozco a alguien que nos permitiría entrar gratis en la Opéra Comique, si le gusta.
    Aquel comentario le recordó a Zoya los días de verano que pasó con Clayton. Llevaba mucho tiempo sin saber nada de él y suponía que debía de estar muy ocupado con el general Pershing, el cual planificaba en secreto toda la campaña de Francia. Solo Dios sabía cuándo volvería a verlo. Sin embargo, ahora ya se había acostumbrado a la situación y no era la primera vez que perdía a las personas que amaba. Apartó a Clayton de su mente y volvió a Antoine y a su ofrecimiento de acompañarla al teatro.
    – Me encantaría visitar un museo alguna vez.
    La compañía de Antoine era muy agradable, aunque no se pareciera en nada a sus refinados amigos rusos de antaño.
    – En cuanto termine las clases, iremos. ¿Cómo está el estofado? -preguntó el joven, riendo.
    – Tan fatal como siempre.
    – Me gustaría añadirle especias.
    – Pues a mí me gustaría añadirle verdura y fruta como Dios manda. Estoy harta de zanahorias pasadas. Cuando pienso en la comida que teníamos en San Petersburgo, me entran ganas de llorar. Entonces no le daba ninguna importancia. ¿Sabe?, anoche soñé con comida.
    En cambio, Antoine había soñado con su mujer, pero no lo dijo. Se limitó a ayudar a Zoya a poner la mesa.
    – Por cierto, ¿cómo va la pierna?
    Zoya sabía que no le gustaba hablar del tema, pero más de una vez le había preparado una botella de agua caliente y él decía que lo aliviaba.
    – El frío no le sienta muy bien. Alégrese de ser joven. Su abuela y yo no tenemos esa suerte.
    Antoine miró sonriendo a Zoya mientras esta distribuía el magro estofado en tres cuencos desportillados. La muchacha sentía deseos de llorar cuando pensaba en las preciosas vajillas de porcelana que utilizaban todas las noches en el palacio de Fontanka. Eran cosas que daba por descontadas y que ya nunca volvería a ver. Lo recordó todo con tristeza mientras Antoine se dirigía al dormitorio de Eugenia para avisarla de que la cena estaba lista. El joven regresó preocupado y miró a Zoya con inquietud.
    – Dice que no tiene apetito. ¿Quiere que avise al médico?
    Zoya dudó un instante, sin saber qué hacer. Una visita nocturna a domicilio sería más cara que una visita al consultorio.
    – Vamos a ver cómo se encuentra después de cenar. Quizá solo está cansada. Le llevaré un té dentro de un ratito. ¿Está acostada?
    – Está adormilada en la silla, con la labor de punto.
    La condesa llevaba varios meses trabajando con la lana y había prometido a Zoya hacerle un jersey.
    Ambos jóvenes se sentaron a cenar y, por acuerdo tácito, no tocaron el tercer cuenco, a pesar de lo hambrientos que estaban. Pensaron que a la condesa tal vez le apetecería cenar más tarde.
    – ¿Qué tal fue el ensayo?
    Antoine se interesaba siempre por su trabajo y, pese a no ser guapo, la juvenil expresión de sus ojos resultaba muy atrayente. Llevaba el ralo cabello rubio peinado con raya en medio y tenía unas hermosas manos. Hacía tiempo que ya no le temblaban y no parecía tan nervioso, aunque la pierna le dolía constantemente.
    – Bien. Ojalá volviera el Ballet Russe. Echo de menos bailar con ellos. Esta gente no sabe lo que se lleva entre manos.
    Pero, por lo menos, el sueldo le servía para comprar comida. No se podía dejar un empleo así como así en el invierno de 1917 en París.
    – Hoy me he tropezado en un café con unos desconocidos que hablaban del golpe de Estado en Rusia el mes pasado. Hablaban de Trotsky, Lenin y los bolcheviques con dos pacifistas que estuvieron a punto de liarse con ellos a puñetazos. Menudo pacifismo -añadió con una pícara sonrisa-. No sabe lo bien que lo he pasado.
    Los bolcheviques inspiraban por aquel entonces muchos sentimientos hostiles y Antoine, como otros muchos, compartía las opiniones de los pacifistas.
    – No sé cómo repercutirá eso en los Romanov -dijo Zoya en voz baja-. Llevo mucho tiempo sin recibir carta de Siberia.
    Estaba preocupada, pero se consolaba pensando que tal vez el doctor Botkin no había podido hacer llegar sus cartas a Mashka. Era una posibilidad y no debía impacientarse. En aquellos momentos, la paciencia era muy necesaria y todo el mundo aguardaba tiempos mejores. Zoya esperaba poder vivir para verlo. Se temía incluso un ataque contra París, cosa harto improbable, con tantas tropas inglesas y norteamericanas en Francia. Sin embargo, después de lo que había visto en Rusia nueve meses antes, todo le parecía posible.
    Más tarde, Zoya tomó el tercer cuenco de estofado y se lo llevó a su abuela, pero a los pocos minutos regresó con él. En voz baja le dijo a Antoine:
    – Está durmiendo. Es mejor no despertarla. Le pondré una manta encima para que no coja frío. -Era una de las mantas regalo de Clayton el verano anterior-. No se olvide de darme el nombre del médico mañana antes de irse a la escuela.
    – ¿Quiere que la acompañe? -preguntó Antoine, mirándola inquisitivamente.
    Zoya sacudió la cabeza en un involuntario gesto de independencia. No había llegado tan lejos, prácticamente por su cuenta, para acabar dependiendo de alguien. Aunque fuera alguien tan modesto como su huésped.
    La muchacha lavó los platos y se sentó en la salita a calentarse las manos con el fuego de la chimenea mientras él la miraba en silencio. El resplandor del fuego arrancaba destellos dorados a su cabello y sus ojos verdes parecían danzar. Antoine se acercó, en parte para calentarse y en parte para estar a su lado.
    – Tiene un cabello muy bonito… -dijo impulsivamente.
    Al ver que ella lo miraba asombrada, se ruborizó.
    – Usted también -contestó en tono de chanza, recordando los duelos verbales con Nicolai-. Perdone, no quería ofenderlo… Pensaba en mi hermano -añadió y contempló el fuego con aire pensativo.
    – ¿Cómo era? -preguntó Antoine apenas logrando reprimir el deseo de tocarla.
    – Maravilloso, considerado, simpático, valiente y guapísimo. Tenía el cabello oscuro como mi padre y los ojos verdes. Le gustaban mucho las bailarinas -añadió riendo-. Su afición la compartía toda la familia imperial y, especialmente, Nicolás. Sin embargo, ahora se hubiera enfadado mucho conmigo -miró a Antoine con una triste sonrisa-. Se hubiera puesto furioso de haber sabido que bailaba…
    – Estoy seguro de que lo comprendería. Tenemos que hacer lo que sea para sobrevivir. No hay muchas opciones. Debían de estar ustedes muy unidos.
    – En efecto. -Y Zoya añadió casi sin querer-: Mi madre enloqueció cuando lo mataron.
    Los ojos se le llenaron de lágrimas al recordarlo agonizando y desangrándose mientras su abuela le cubría inútilmente las heridas con tiras de sus enaguas. La pequeña Sava se acercó a la silla y le lamió la mano, obligándola así a regresar al presente.
    Ambos permanecieron sentados largo rato junto al fuego, sumidos en sus propios pensamientos hasta que Antoine se atrevió a ser algo más osado.
    – ¿Qué quiere hacer en la vida? ¿Lo ha pensado alguna vez?
    – Bailar, supongo -contestó ella, sorprendida por la pregunta.
    – ¿Y después?
    Antoine sentía curiosidad y raras veces tenía oportunidad de hablar a solas con Zoya.
    – Antes quería casarme y tener hijos.
    – ¿Y ahora? ¿Ya no lo piensa?
    – Casi nunca. Las bailarinas no suelen casarse. Siguen bailando hasta que se lesionan o se dedican a la enseñanza.
    Las grandes bailarinas que conocía jamás se habían casado, y Zoya ya no estaba muy segura de que eso le importara. No podía imaginarse casada con nadie. Clayton era solo un amigo, el príncipe Markovsky era demasiado viejo, los bailarines de la compañía estaban totalmente excluidos y no se imaginaba casada con Antoine. No conocía a nadie y, además, tenía que cuidar de Eugenia.
    – Sería una esposa estupenda.
    Antoine lo dijo tan serio que Zoya se echó a reír.
    – Mi hermano le hubiera dicho que estaba loco. Soy una pésima cocinera, no me gusta coser, no sé pintar acuarelas ni hacer calceta. No estoy muy segura de que sepa llevar una casa, aunque eso ahora no importa…
    Zoya sonrió mientras él la miraba en silencio.
    – El matrimonio es algo más que cocinar y coser.
    – Pues, desde luego, no sé si sabría hacer bien este «algo más» que usted dice -replicó Zoya y rió mientras él se ruborizaba.
    – ¡Zoya! -exclamó Antoine, escandalizado.
    – Perdón.
    Sin embargo, la joven no parecía demasiado arrepentida cuando empezó a acariciar a Sava. Hasta la perrita estaba en los puros huesos por falta de comida.
    – Puede que algún día alguien le haga dejar el baile.
    Sin embargo, Zoya no bailaba por afición sino por necesidad. Tenía que trabajar para mantenerse y mantener a la condesa, y el baile era lo único que se le daba bien. Por lo menos, era algo.
    – Será mejor que acueste a la abuela, de lo contrario, mañana le dolerán mucho las rodillas.
    Zoya se levantó y se desperezó. Se dirigió al dormitorio, seguida de Sava. Eugenia ya se había despertado y estaba poniéndose el camisón.
    – ¿Quieres el estofado, abuela?
    Aún la estaba esperando en la cocina.
    – No, cariño -contestó la condesa y negó con la cabeza-. Me siento demasiado cansada para comer. ¿Por qué no lo guardas para mañana? -Con la cantidad de gente que se moría de hambre en París, tirarlo hubiera sido un crimen-. ¿Qué hacías en la otra habitación?
    – Hablar con Antoine.
    – Es un buen muchacho -dijo Eugenia, y miró con intención a Zoya, quien no pareció darse cuenta.
    – Me ha dado el nombre de un médico de la rue Godot de Mauroy. Quiero llevarte allí mañana antes del ensayo.
    – No necesito ningún médico.
    La condesa se trenzó el cabello y, momentos después, se acostó con bastante esfuerzo en la cama. La habitación estaba fría y las rodillas le dolían muchísimo.
    – No me gusta la tos que tienes.
    – A mi edad, hasta la tos es una bendición. Significa que, por lo menos, aún estoy viva.
    – No hables así.
    Desde la muerte de Fiodor, Eugenia decía constantemente cosas por el estilo. Su desaparición la había afectado profundamente y, por si fuera poco, el dinero se les estaba acabando.
    Zoya se puso el camisón, apagó la luz y abrazó a su abuela para darle calor en la fría noche de diciembre.

19

    El médico diagnosticó una simple tos y no tuberculosis. Casi mereció la pena pagar a cambio de aquella buena noticia, pero la visita costó casi todo el dinero que les quedaba. Incluso honorarios tan bajos eran excesivos para su bolsillo. Sin embargo, la joven no le dijo nada a su abuela cuando el príncipe Markovsky las acompañaba de nuevo al apartamento en su taxi. Este dirigió a la joven varias miradas significativas, pero ella no prestó la menor atención. Después, Zoya lo dejó conversando con su abuela en la salita y se marchó al ensayo. Al regresar por la noche, le pareció que su abuela tenía mejor aspecto tras haber tomado la medicina que el médico le recetó.
    Antoine ya estaba preparando la cena en la cocina. Aquella noche, compró algo de pollo que no solo les serviría como cena, sino también para una sopa al día siguiente. Mientras ponía la mesa, Zoya se preguntó si Mashka gozaría de los mismos privilegios. Quizá pollo también era un lujo para ella. Si hubieran estado juntas, ambas primas hubieran podido reírse de la situación. Pero Zoya no tenía nadie con quien reír.
    – Hola, Antoine -dijo sonriendo, y le dio las gracias por haberle indicado aquel médico.
    – No hubieras debido desperdiciar el dinero -la regañó Eugenia desde su silla junto a la chimenea.
    Vladimir les regaló la leña, por lo que el día estuvo repleto de inesperadas bendiciones.
    – No seas tonta, abuela.
    Los tres saborearon el pollo que parecía nadar en su propio caldo y después tomaron un té junto al fuego. Cuando la condesa se acostó, Antoine se quedó un rato hablando con Zoya, la cual se alegraba en cierto modo de tener a alguien con quien conversar un poco. Antoine le habló de las Navidades de su infancia y la miró con un brillo especial en los ojos. Le encantaba estar a su lado.
    – Nuestras Navidades se celebran más tarde que las vuestras, el seis de enero.
    – Es la fiesta de Reyes.
    – Se llevan a cabo maravillosas procesiones en toda Rusia. O, por lo menos, antes se hacían. Supongo que iremos a la iglesia ortodoxa de aquí.
    Zoya lo deseaba por una parte, pero, por la otra, pensarlo la deprimía. Todos aquellos seres extraviados, de pie a la luz de las velas, recordando un mundo perdido. No podría soportarlo, pero su abuela insistiría en ir a la iglesia. Aquel año no podrían intercambiarse regalos porque no les quedaba ni un céntimo.
    Sin embargo, al llegar las Navidades, Antoine la sorprendió regalándole un chal, unos bonitos guantes y un frasquito del perfume que en cierta ocasión ella había mencionado casualmente. El perfume la conmovió profundamente y le hizo asomar lágrimas a los ojos. Era Lilas, el mismo que Mashka le regaló. Lo destapó y los dulces efluvios trajeron a su memoria el tacto, la sensación y el aroma de todo lo que amaba, y la presencia de su querida Mashka. Miró a Antoine mientras las lágrimas resbalaban lentamente por sus mejillas y, sin detenerse a pensarlo, le arrojó los brazos al cuello con gracia infantil y lo besó en la mejilla. Fue un beso de hermana que lo estremeció de emoción. Eugenia contemplaba la escena conmovida. No era lo que hubiera querido para Zoya en otros tiempos, pero el muchacho era honrado y trabajador y estaba segura de que cuidaría bien de su nieta. Para su propia paz de espíritu, quería verla casada con él. Zoya no tenía idea de lo que ambos habían tramado y dio las gracias a Antoine por el perfume. El joven regaló a la condesa un chal bordado y un libro de poemas rusos. Zoya se avergonzó de solo haberle comprado un cuaderno de notas y un libro sobre Rusia. Lo encontró en un tenderete del Quai d’Orsay y pensó que le gustaría. Sin embargo, no tanto como a ella le gustaba el perfume.
    Su abuela se retiró discretamente con sus regalos, cerró despacio la puerta del dormitorio y en silencio deseó buena suerte a Antoine, rezando para que Zoya fuera juiciosa y lo aceptase.
    – Se habrá usted gastado hasta el último céntimo -dijo Zoya en tono de reproche, atizando el fuego mientras Sava meneaba la cola a su lado-. Ha sido una locura, pero se lo agradezco mucho, Antoine. Solo lo utilizaré en ocasiones especiales.
    Ya había decidido ponérselo dos semanas más tarde, cuando se celebrara la Navidad rusa.
    Antoine se acomodó en una silla frente a ella y respiró hondo, haciendo acopio de todo su valor. Era trece años mayor, pero jamás en su vida había pasado tanto miedo. Ni siquiera en Verdún.
    – Quería hablar con usted sobre una ocasión especial, Zoya, ahora que lo dice.
    Antoine notó que le sudaban las palmas de las manos. Ella lo miró extrañada.
    – ¿Qué quiere usted decir?
    – Quiero decir… -El corazón de Antoine parecía a punto de estallar-. Quiero decir que la amo.
    – ¿Cómo dice?
    Zoya lo miró sin dar crédito a sus oídos.
    – La amo. La amo desde el día en que llegué aquí. Pensé que ya lo había adivinado.
    – ¿Y por qué hubiera tenido que adivinarlo? -replicó Zoya, sorprendida y enojada. Antoine acababa de estropearlo todo. ¿Cómo podrían ser amigos ahora, siendo él tan estúpido?-. ¡Pero si ni siquiera me conoce!
    – Llevamos dos meses viviendo en esta casa. Es tiempo suficiente. No tendríamos que cambiar nada. Podríamos vivir aquí, solo que usted dormiría en mi habitación.
    – Vaya. -Zoya se levantó y empezó a pasear por la estancia-. Un simple cambio de habitación, y todo seguiría como antes. ¿Cómo se le ha ocurrido semejante idea? Estamos famélicos, no tenemos ni un céntimo, y usted quiere casarse. ¿Por qué? Yo no lo amo, ni siquiera lo conozco, y usted a mí tampoco… ¡Antoine, somos unos desconocidos!
    – No somos desconocidos, sino amigos. Algunos de los mejores matrimonios empiezan así.
    – Eso no me lo creo. Yo quiero estar total y absolutamente enamorada del hombre con quien me case. Quiero que todo sea maravilloso y romántico.
    A Antoine le entristecieron sus gritos; sin embargo, Zoya gritaba más contra su destino que contra el hombre que acababa de regalarle su perfume preferido.
    – Su abuela cree que podríamos ser muy felices.
    Fue lo peor que hubiese podido decir.
    – ¡Pues cásese con mi abuela entonces! -contestó Zoya sin poder controlar su furia-. ¡Yo no quiero casarme! ¡Y mucho menos ahora! A nuestro alrededor todo es enfermedad, frío y muerte. La gente es pobre y se muere de hambre. ¡Menuda manera de iniciar una vida!
    – Lo que usted quiere decir realmente es que no me ama.
    Antoine permaneció humildemente sentado donde estaba, dispuesto a aceptar su suerte. De pronto, la resignación del joven conmovió a Zoya, que se sentó y tomó sus manos entre las suyas.
    – No, no lo amo. Pero lo aprecio. Pensé que era usted mi amigo. Nunca creí que hubiera otra cosa. Por lo menos, nada serio. Usted nunca me dijo…
    Los ojos de Zoya se llenaron de lágrimas.
    – No me atrevía. ¿Querrá usted pensarlo, Zoya?
    – Antoine -contestó Zoya, sacudiendo la cabeza-, no podría. No sería justo para ninguno de los dos. Ambos nos merecemos algo más -añadió y miró a su alrededor-. Si nos amáramos de verdad, eso no tendría importancia, pero yo no lo amo.
    – Podría intentarlo.
    Se lo veía tan joven, a pesar de sus heridas y fracasos…
    – No, no podría. Lo siento…
    Después, Zoya se levantó y fue a su habitación, sin recoger el perfume, el chal y los guantes de la mesa. Antoine miró a su alrededor, apagó la luz y se dirigió a su dormitorio, pensando que tal vez Zoya cambiaría de idea. Quizá su abuela lograra convencerla. A la condesa le parecía un proyecto muy razonable, aunque Antoine sabía que no se inspiraba en el afecto sino en la desesperación.
    – ¿Zoya?
    Su abuela la miró desde la cama mientras ella se desnudaba de cara a la ventana que daba al jardín. Aunque no podía verle el rostro, Eugenia adivinó que estaba llorando.
    – ¿Por qué lo hiciste, abuela? -preguntó Zoya y se volvió a mirar a la condesa-. ¿Por qué lo alentaste en esto? Ha sido una crueldad para ambos.
    Recordó el dolor de los ojos de Antoine y se sintió culpable. Sin embargo, no al extremo de casarse por compasión. Tenía que pensar también en sí misma. Y estaba segura de que no lo amaba.
    – No es una crueldad sino algo muy razonable. Debes casarte con alguien y yo sé que él cuidará de ti. Trabaja como profesor, es un joven respetable y te quiere.
    – Pero yo no lo quiero.
    – Eres una niña. No sabes lo que quieres.
    La condesa sospechaba que Zoya seguía soñando con Clayton, un hombre que le duplicaba la edad con creces y del que no tenía noticias desde noviembre.
    – Quiero amar al hombre con quien me case, abuela. ¿Te parece mucho pedir?
    Las lágrimas resbalaban por las mejillas de Zoya mientras se sentaba en la única silla de la habitación y estrechaba a Sava en sus brazos.
    – En circunstancias normales, no. Pero en las que ahora nos encontramos, sí. Tienes que ser razonable. Yo soy vieja y estoy enferma. ¿Qué harás cuando me muera? ¿Quedarte sola y seguir bailando? Envejecerás y te convertirás en una persona amargada. Déjate de tonterías, acéptalo y aprende a quererlo.
    – ¡Abuela! ¿Cómo puedes decir eso?
    – Porque he vivido mucho tiempo. Lo suficiente como para saber cuándo luchar y cuándo ceder, y cuándo llegar a un compromiso con mi corazón. No creas que no me agradaría verte casada con un apuesto príncipe allá en San Petersburgo en un palacio como el de Fontanka. Pero ya no hay príncipes y los que quedan conducen un taxi. Fontanka desapareció y Rusia también. Eso es lo que hay, Zoya, tal vez para siempre. Tienes que adaptarte. No quiero dejarte sola. Necesito saber que estás bien atendida.
    – ¿Y no te importa que no lo ame?
    – Eso ahora no importa, Zoya -contestó Eugenia y sacudió la cabeza tristemente-. Cásate con él. No creo que te arrepientas.
    Pero si es feo, hubiera querido gritar Zoya, si es tullido y está enfermo… Sin embargo, en el fondo de su corazón sabía que nada de eso hubiera tenido importancia, de haberlo amado. La vida con Antoine siempre sería triste, siempre sería menos de lo que ella soñaba. La idea de tener hijos con él le parecía insoportable. No quería tener hijos suyos porque no lo amaba. No podía amarlo.
    – No puedo -dijo con un nudo en la garganta.
    – Sí puedes y debes. Hazlo por mí, Zoya…, hazlo por mí antes de que muera. Que yo sepa que estás a salvo con un hombre que te protegerá.
    – Protegerme, ¿de qué? ¿De la muerte por inanición? Aquí todos desfallecemos de hambre y él no puede hacer nada por evitarlo. Y a mí no me importa. Preferiría morir de hambre aquí sola antes que casarme con un hombre al que no quiero.
    – No tomes todavía una decisión, pequeña. Piénsalo. Dale tiempo. Por favor, hazlo por mí…
    La condesa la miró con ojos suplicantes y Zoya lloró con el corazón roto por la pena. Sin embargo, a la mañana siguiente, ya no lloraba. Lo primero que hizo fue hablar con Antoine.
    – Quiero que sepa, sin ninguna duda, que yo jamás me casaré con usted, Antoine. Deseo olvidar lo ocurrido.
    – Pues yo no podré. No podré vivir aquí con usted, queriéndola tanto como la quiero.
    – Hasta ahora lo ha conseguido.
    De repente, Zoya temió perder a su huésped.
    – Era distinto. Entonces usted no sabía nada; ahora, en cambio, sí.
    – Simularé que nunca me ha dicho nada.
    – ¿Está segura de lo que dice? Eso sería imposible. ¿No puede meditarlo un poco?
    – No. Y no quiero darle falsas esperanzas. No deseo casarme con usted y nunca lo haré.
    – ¿Hay alguien más?
    Antoine sabía del amigo norteamericano, pero nunca creyó que hubiera nada serio entre ambos.
    – No en el sentido que usted piensa. Hay solo un sueño. Pero, si ahora abandono mis sueños, lo perderé todo. Es lo único que tengo.
    – Tal vez las cosas mejoren después de la guerra. Incluso es posible que podamos mudarnos a un apartamento para nosotros solos.
    Los sueños de Antoine eran muy sencillos y humildes, mientras que los suyos eran todavía muy grandes, pensó Zoya, y sacudió la cabeza lentamente.
    – No puedo, Antoine. Debe creerme.
    Esta vez, el joven la creyó.
    – En tal caso, tendré que marcharme.
    – No, por favor… Le juro que ni siquiera me verá. La abuela se llevará un disgusto si usted se marcha.
    – ¿Y usted, Zoya? -Ella lo miró en silencio-. ¿Me echará usted de menos?
    – Pensé que era usted un amigo, Antoine -contestó Zoya tristemente.
    – Lo soy y siempre lo seré. Pero no puedo quedarme aquí.
    Aún le quedaba un poco de orgullo. Aquella tarde, mientras Antoine hacía la maleta, Zoya tuvo miedo. Le suplicó que se quedara y se lo prometió casi todo, salvo el matrimonio. Sin su contribución al pago del alquiler y la comida, la situación aún sería más desesperada.
    – No puedo -fue la única respuesta de Antoine.
    Hasta Eugenia habló con él, asegurándole que trataría de convencer a su nieta, pero él sabía que no sería posible. Vio los ojos de Zoya y oyó sus palabras. La joven tenía razón. No podía casarse con un hombre al que no amaba. Ella no era así.
    – Es mejor que me vaya. Mañana me buscaré otra habitación.
    – Es una muchacha insensata -dijo Eugenia.
    Aquella noche, la condesa le hizo el mismo comentario a su nieta, y agregó que acababa de perder su única oportunidad de casarse.
    – No me importa no casarme nunca -contestó Zoya, llorando.
    Por la mañana, cuando se levantó, Antoine ya se había ido. Sobre la mesa había tres billetes nuevos y una carta, sujeta bajo el frasco de perfume regalo de Navidad, en la que Antoine le deseaba buena suerte.
    Eugenia lloró al ver la carta y Zoya se guardó los tres billetes en el bolsillo.

20

    Las siguientes dos semanas fueron muy tristes en el apartamento de las inmediaciones del Palais Royal. El ballet había cerrado durante tres semanas y, a pesar de que hicieron correr la voz a través de Vladimir, no encontraban un nuevo huésped. Apenada por el comportamiento de Zoya, Eugenia envejeció de la noche a la mañana y, aunque la tos mejoró, se la veía muy débil. La condesa reprochaba diariamente a Zoya su conducta con Antoine. Pasado Año Nuevo, su situación económica era tan apurada que Eugenia bajó a la calle y se hizo llevar por Vladimir a la rue Cambon.
    El viaje casi no mereció la pena, pero no tenía más remedio. La condesa desenvolvió cuidadosamente el paquete y mostró la pitillera de oro de Konstantin y tres estuches de recuerdo de Nicolai con reproducciones en esmalte de sus insignias militares, lemas divertidos y los nombres de sus amigos. Una de ellas tenía como adorno una ranita y otra una hilera de elefantes en esmalte blanco. Representaban todas las cosas apreciadas o significativas para él. La condesa le había prometido a Zoya y también a sí misma no venderlas jamás.
    El joyero las reconoció inmediatamente como piezas de Fabergé, pero ya había comprado por lo menos una docena del mismo estilo.
    – No le puedo ofrecer mucho -dijo en tono de disculpa. La suma era tan ridícula que a Eugenia los ojos se le llenaron de lágrimas. Siempre confió en poder conservarlas, pero tenían que comer-. Lo siento, madame.
    La condesa inclinó la cabeza con silenciosa dignidad y aceptó la cantidad que le ofrecían. No les duraría ni una semana, siempre y cuando no se extralimitaran.
    El príncipe Vladimir observó que la anciana estaba muy pálida al salir del establecimiento, pero, como siempre, no hizo ninguna pregunta indiscreta y la acompañó a casa tras detenerse a comprar una barra de pan y un pollo escuchimizado. Zoya los esperaba en el apartamento cuando volvieron. Parecía un poco apagada, pero estaba muy guapa.
    – ¿Dónde estuviste? -preguntó, y ayudó a su abuela a sentarse mientras Vladimir bajaba por un poco de leña.
    – Vladimir me llevó a dar un paseo.
    Sin embargo, la joven sospechaba que había algo más.
    – ¿Solo eso?
    La condesa iba a contestar que sí, pero se le llenaron los ojos de lágrimas y se sintió vieja y cansada, como si la vida la hubiera traicionado al final. Ni siquiera podía permitirse el lujo de morir. Primero tenía que pensar en Zoya.
    – ¿Qué has hecho, abuela? -preguntó Zoya, súbitamente asustada.
    – Nada, cariño. Vladimir se ha ofrecido amablemente a acompañarnos a San Alejandro Nevsky esta noche.
    Eugenia se sonó la nariz con un pañuelo de encaje.
    Era la víspera de la Navidad rusa y Zoya sabía que todos los rusos en París estarían allí, aunque no le parecía prudente que su abuela asistiera a la misa de medianoche. Sería mejor quedarse en casa. De todos modos, a ella no le apetecía ir. Sin embargo, su abuela la miró muy seria y enderezó la espalda, y cuando Vladimir regresó con la leña esbozó una sonrisa.
    – ¿Seguro que te sientes con ánimos para eso, abuela?
    – Pues claro. – ¿Qué más daba ya?-. Jamás en mi vida he faltado a la misa navideña de medianoche.
    Ambas sabían que sería muy doloroso porque el oficio religioso les recordaría inevitablemente a los seres queridos con quienes celebraron la Navidad el año anterior y que ahora ya no estaban. Zoya pasó todo el día pensando en Mashka y los demás que pasarían las Navidades en Tobolsk.
    – Volveré a las once -prometió Vladimir al marcharse.
    Zoya se pondría su mejor vestido y su abuela ya había lavado y planchado el único cuello de encaje que le quedaba para ponérselo con el vestido negro que Zoya le compró.
    Fue una Nochebuena muy triste. La habitación vacía de Antoine pareció mirarlas con mudo reproche. Eugenia se la había ofrecido a Zoya unos días antes, pero la joven no se atrevió a aceptarla. Tras la muerte de Fiodor y la partida de Antoine, no quería aquel dormitorio y prefería dormir con su abuela hasta que encontraran un nuevo huésped.
    Zoya asó cuidadosamente el pollo para aquella noche. Sería un lujo no aprovecharlo para hacer sopa, pero era el único detalle extraordinario que podían permitirse mientras trataban de olvidar los esplendores del pasado. En la Nochebuena solían quedarse en casa y después toda la familia asistía a la misa de medianoche. A la mañana siguiente, se trasladaban a Tsarskoe Selo para celebrar la fiesta con Nicolás y sus parientes. Ahora, en cambio, se limitaron a comentar el aspecto del pollo, hablaron de la guerra y mencionaron a Vladimir. Cualquier cosa con tal de evitar sus propios pensamientos. Cuando llamaron suavemente a la puerta, Zoya se levantó para atender y apartó a Sava, que permanecía a la espera de un poco de pollo.
    – ¿Sí?
    La joven se preguntó si sus plegarias habrían sido escuchadas y sería un nuevo huésped, enviado por Vladimir o alguno de sus amigos. Pero el momento no parecía muy oportuno. Zoya se quedó de una pieza al oír una voz conocida. No podía ser…, pero era. Abrió la puerta de par en par y lo vio con su uniforme de gala, sus charreteras, las relucientes insignias de su gorra y el rostro muy serio, mirándola con sus ojos intensamente azules.
    – Feliz Navidad, Zoya -dijo Clayton.
    Llevaba cuatro meses sin verla, pero sabía la importancia que aquella fecha tenía para ellas y removió cielo y tierra para poder dejar Chaumont y estar a su lado. Disponía de cuatro días de permiso y quería pasarlos con Zoya.
    – Pero…, Dios mío… ¿de verdad eres tú?
    – Me parece que sí.
    Clayton sonrió y se inclinó para besarle la mejilla. Aunque sus coqueteos del verano anterior jamás habían rebasado aquellos límites, ahora Clayton ansiaba estrecharla en sus brazos. Casi había olvidado lo hermosa que era, pensó, y contempló su grácil y esbelta figura.
    Zoya lo hizo pasar y admiró sus anchos hombros y su erguida espalda. Mientras Clayton saludaba a su abuela, la joven observó que llevaba una bolsa de la que extrajo increíbles tesoros. Unos pastelillos recién hechos en el cuartel general, una tableta de chocolate, tres grandes salchichones, una lechuga fresca, unas cuantas manzanas y una botella de vino de la bodega privada del general Pershing. Hacía muchos meses que no veían nada de todo aquello. Zoya lo miró con adoración.
    – Felices Navidades, condesa -dijo Clayton-. Las he echado mucho de menos a las dos.
    Sin embargo, ni siquiera la mitad de lo que Zoya lo había echado de menos a él.
    – Muchas gracias, capitán. ¿Cómo va la guerra? -preguntó Eugenia y miró disimuladamente a su nieta. Lo que vio en sus ojos le alegró el corazón de golpe. Aquel era el hombre que quería Zoya, tanto si ella lo sabía como si no. La cosa estaba clarísima.
    La presencia de Clayton, apuesto y viril, en la pequeña salita hizo que todos los objetos de la estancia parecieran miniaturas.
    – Por desgracia, aún no ha terminado, pero estamos en ello. Creo que dentro de unos meses tendremos controlada la situación.
    Las sobras de la mesa parecían ahora una miseria, pensó Zoya, contemplando con avidez el chocolate. La muchacha rió y le ofreció a su abuela una pastilla y ella se zampó dos como una chiquilla hambrienta. Clayton la miraba sonriendo.
    – Deberé tener en cuenta lo mucho que te gusta el chocolate -dijo Clayton y tomó su mano.
    – Mmm… ¡Está buenísimo!… Muchas gracias… -Eugenia miró a su nieta y cuando el capitán clavó sus ojos en ella se sintió rejuvenecer. Las dos estaban más delgadas y parecían más cansadas y abatidas que antes, pero Zoya seguía tan guapa como siempre-. Siéntese, por favor, capitán.
    La condesa estaba muy elegante, a pesar de su edad, sus penas y sus constantes sacrificios por Zoya.
    – Muchas gracias. ¿Las señoras piensan ir a la iglesia esta noche?
    Clayton sabía que para ellas era un ritual muy importante. Zoya le había hablado de las procesiones de cirios de Nochebuena y le apetecía acompañarlas. Zoya asintió enérgicamente con la cabeza y miró inquisitivamente a su abuela.
    – ¿Le importaría acompañarnos, caballero? -lo invitó Eugenia.
    – Me encantará.
    Clayton descorchó la botella de vino y Zoya sacó las copas que él les había regalado el verano anterior, observándolo escanciar en silencio. Verlo allí de uniforme era algo así como un sueño, pensó Zoya, y recordó súbitamente lo que le había dicho a Antoine. No podría casarse con un hombre al que no amara. Sabía que amaba a aquel hombre. Se hubiera casado con él aunque le doblara la edad, sin importarle dónde hubiera estado ni lo que pudiera ocurrirles. Sin embargo, le parecía una locura. Había pasado dos meses sin tener noticias suyas. No sabía lo que sentía por ella ni si la apreciaba. Solo sabía que era generoso y amable y que había vuelto a su vida en Nochebuena. Era lo único que sabía. Sin embargo, Eugenia comprendió en su mirada que había mucho más de lo que el propio Clayton sabía.
    Vladimir llegó poco después de las once. Prometió acompañarlas a la iglesia y se llevó una sorpresa con Clayton. La condesa los presentó y Vladimir estudió el rostro del capitán, preguntándose quién era y qué estaría haciendo allí. La luz de los ojos de Zoya le dio la respuesta. Era como si la joven hubiera superado todas las penalidades anteriores solo para vivir aquel momento.
    Clayton la siguió a la cocina mientras la condesa le ofrecía un vaso de vino al príncipe y, una vez allí, la tomó del brazo y la atrajo lentamente, besándole el sedoso cabello al tiempo que la abrazaba.
    – Te eché muchísimo de menos, pequeña… Hubiera querido escribirte, pero no pude. Ahora todo es alto secreto. Es un milagro que me hayan permitido venir. -Clayton intervenía directamente en todos los planes de Pershing sobre las Fuerzas Expedicionarias norteamericanas. Después se apartó de ella y le preguntó, mirándola amorosamente-: ¿Me has echado de menos?
    Zoya lo miró con lágrimas en los ojos. Habían vivido momentos muy difíciles en medio de la pobreza, la escasez de comida, el frío del invierno, la guerra. Fue una terrible pesadilla que él acababa de disipar de golpe con los pasteles, el vino y sus poderosos brazos rodeándola con fuerza.
    – Te he echado mucho de menos -contestó Zoya en un susurro sin atreverse a mirarlo por temor a que él pudiera ver demasiado en sus ojos. Sin embargo, con él se sentía a salvo. Oyó una discreta tos en la puerta de la cocina y, al volverse, vio al príncipe Vladimir, observándolos con silenciosa envidia.
    – Pronto tendremos que irnos a la iglesia, Zoya Nikolaevna -dijo el príncipe en ruso, y por un instante clavó los ojos en los de Clayton-. ¿Vendrá con nosotros, señor? Las señoras asistirán a un oficio religioso a medianoche.
    – Me gustaría mucho. -Clayton miró a Zoya-. ¿Crees que a tu abuela le importará?
    – Por supuesto que no -contestó Zoya, hablando en nombre de las dos, pero, sobre todo, en el suyo propio.
    Se preguntó dónde se alojaría Clayton y estuvo tentada de ofrecerle la habitación de Antoine. Sin embargo, adivinó que su abuela no lo consideraría correcto, aunque nada de aquello tenía ahora importancia. ¿Qué significaba la corrección cuando no había comida ni dinero ni calor y el mundo en el que una vivía se había derrumbado? ¿Quién podía decir qué era o qué no era correcto? Mientras Clayton tomaba su mano para acompañarla a la salita, Zoya pensó que todo era una estupidez. Sava los siguió, esperando alguna sobra. Zoya se agachó y le dio un pastelillo.
    La condesa fue por el sombrero y el abrigo, y Zoya descolgó su raído abrigo de la percha del recibidor. Ambos hombres esperaban, hablando de la guerra, el tiempo y las perspectivas de paz en los próximos meses. Vladimir miró al capitán con ojos críticos, pero, muy a su pesar, no pudo encontrarle ningún defecto. El americano era demasiado mayor para Zoya, claro, y Eugenia cometería una imprudencia si permitiera que ocurriera algo entre ellos.
    Cuando terminara la guerra, el capitán regresaría a Nueva York y se olvidaría de la bonita muchacha con quien jugueteó en París. Sin embargo, Vladimir no le podía reprochar que la quisiera. Él todavía la deseaba, aunque llevaba un mes cortejando a una amiga de su hija. Era una simpática rusa de buena familia que había llegado a París la pasada primavera y se ganaba la vida míseramente como costurera. Pensaba reunirse con ella y su hija en la iglesia.
    Clayton ayudó a la anciana condesa a bajar la escalera mientras Zoya lo miraba. Vladimir se adelantó hacia el taxi. Durante el recorrido por las silenciosas calles, Clayton miró a Zoya y pensó que la muchacha necesitaba un poco de distracción y de comida. También le hacía falta un abrigo nuevo: el que llevaba estaba tan gastado que apenas la protegía del gélido viento que soplaba frente a la iglesia de San Alejandro Nevsky.
    Era un precioso templo antiguo, ya casi completamente lleno de gente cuando entraron. Oyeron la música del órgano y un suave murmullo de voces alrededor. El dulce perfume del incienso, los conocidos rostros que la rodeaban y los comentarios en ruso hicieron brotar lágrimas en los ojos de Zoya. Era casi como estar en casa, cuando sus rostros resplandecían de alegría y todos sostenían un alto cirio en la mano. Vladimir le entregó uno a Clayton y otro a Eugenia. Zoya recibió el suyo de un niño que la miró con una sonrisa tímida y le deseó feliz Navidad. En aquellos momentos Zoya recordó otras Navidades y otros tiempos… Mashka, Olga, Tatiana y Anastasia, tía Alejandra y tío Nicolás, y también el pequeño Alexis. Cada año asistían juntos a los oficios religiosos de Pascua, muy parecidos a los de Navidad. Clayton tomó su mano y se la apretó con fuerza, como si leyera su mente y adivinara sus sentimientos. Después, la rodeó con sus brazos mientras entonaban el primer himno y se emocionó ante la belleza de las profundas voces rusas. Las lágrimas rodaban por las mejillas de muchos hombres, y las mujeres lloraban recordando la vida llevada en un lugar que siempre recordarían con nostalgia. Los perfumes, los sonidos y las sensaciones eran tan familiares que Zoya apenas podía resistirlo. Cerró los ojos y recordó a Nicolai y a su madre y su padre. Era como si hubiera regresado a la infancia, pensó, de pie al lado de Clayton mientras trataba de imaginar que todavía se encontraba en Rusia.
    Una vez finalizada la ceremonia, muchos conocidos se acercaron a saludarlas. Los hombres se inclinaron en reverencia y besaron la mano de Eugenia, los que antaño fueran criados hincaron brevemente la rodilla ante ella y todos lloraron y se abrazaron. Clayton observaba conmovido la escena. Zoya lo presentó a todos sus conocidos. Muchos rostros le parecían familiares, pero no los conocía a todos. Sin embargo, ellos sí las conocían. Estaban presentes el gran duque Cirilo y otros primos de los Romanov, todos vestidos con ropa vieja y calzados con zapatos gastados, sin apenas disimular en sus expresiones las angustias que padecían. Fue una situación dolorosa y al mismo tiempo consoladora, como un breve regreso a un pasado que todos querían recuperar y pasarían la vida evocando.
    De pie al lado de Vladimir, Eugenia parecía muy cansada. Permaneció orgullosamente erguida y saludó a todos los que se acercaron. Hubo un terrible momento en que el gran duque Cirilo se acercó a ella y rompió a sollozar como un niño. Sin poder hablar a causa de la emoción, Eugenia le tocó en silenciosa bendición. Entonces Zoya la tomó del brazo y, mirando a Vladimir, la acompañó al taxi. Fue una noche muy triste, pero todos se alegraron de haber estado allí. La condesa se reclinó en el asiento y suspiró de cansancio.
    – Ha sido una ceremonia muy hermosa -dijo Clayton, tras haber percibido toda la fuerza del amor, el orgullo, la fe y el dolor de aquellas gentes. Era como si todos hubieran rezado silenciosamente al unísono por el zar, la zarina y sus hijos. Se preguntó si Zoya habría vuelto a tener noticias de María, pero no quiso interrogarla delante de Eugenia. Hubiera sido demasiado doloroso-. Gracias por permitirme acompañarlas.
    Clayton subió con ellas al apartamento y Vladimir escanció el vino que quedaba en la botella. Al ver la triste mirada de Eugenia, Clayton lamentó no haberles traído coñac. Atizó el fuego y acarició con aire distraído a Sava mientras Zoya tomaba otro pastelillo.
    – Tendrías que irte a la cama, abuela.
    – Lo haré enseguida. -La condesa quería quedarse un momento con ellos para evocar el pasado-. Feliz Navidad, hijos. -Bebió un sorbo de vino, los miró con ternura y se levantó muy despacio-. Ahora os dejo. Estoy muy cansada.
    Zoya la acompañó al dormitorio y Clayton observó que apenas podía andar. La muchacha regresó a los pocos minutos y, al cabo de un rato, Vladimir miró con envidia a Clayton por la atención que le prodigaba Zoya, y se retiró.
    – Feliz Navidad, Zoya -dijo, todavía emocionado por la ceremonia de medianoche.
    – Feliz Navidad, príncipe Vladimir.
    El príncipe la besó en las mejillas y bajó corriendo hasta el taxi. Su hija y su amiga lo esperaban en casa. Zoya cerró la puerta y regresó junto a Clayton. Todo tenía un sabor agridulce, lo viejo y lo nuevo, lo feliz y lo triste, los recuerdos y la realidad, Konstantin, Nicolai, Vladimir, Fiodor, Antoine… y ahora Clayton. Mientras lo miraba, Zoya los recordó a todos. Bajo el resplandor del fuego de la chimenea, su cabello brillaba como el oro. Clayton se le acercó, tomó sus manos en las suyas y, sin mediar palabra, la estrechó entre sus brazos y la besó.
    – Feliz Navidad -le dijo en ruso, tal como lo había oído repetir una y otra vez en la iglesia de San Alejandro Nevsky.
    Ella le devolvió la felicitación y, durante un prolongado instante, Clayton la retuvo en sus brazos y le acarició el cabello mientras el fuego chisporroteaba en la chimenea y Sava dormía a sus pies.
    – Te quiero, Zoya…
    No había querido decírselo hasta estar seguro, pese a que ya lo estaba cuando se fue en septiembre.
    – Yo también te quiero. -Zoya pronunció en un susurro las palabras que a él le resultaban tan fáciles-. Oh, Clayton, no sabes cuánto te quiero…
    Pero ¿qué ocurriría después? Había una guerra y, más tarde, él tendría que dejar París y volver a Nueva York. Sin embargo, en aquellos momentos Zoya no quería ni podía pensarlo.
    Clayton la condujo al sofá y ambos se sentaron tomados de la mano, como dos chiquillos felices.
    – He estado muy preocupado por ti. Ojalá hubiera podido quedarme en París todos estos meses.
    Ahora solo tenían cuatro días, una minúscula isla de momentos en un mar proceloso que podía engullirlos en un instante.
    – Sabía que volverías -dijo Zoya sonriendo-. Por lo menos, lo esperaba.
    Se alegraba de no haber cedido a los deseos de su abuela. De haber seguido los consejos de la condesa, Clayton la hubiera encontrado casada con Antoine o tal vez con Vladimir.
    – Intenté olvidarte, ¿sabes? -Clayton suspiró y estiró sus largas piernas sobre la raída alfombra color púrpura. Todo en el apartamento era viejo, gastado y deslustrado, menos la preciosa muchacha que tenía a su lado, con sus grandes ojos verdes, melena pelirroja y perfectas facciones de camafeo, un rostro con el que había soñado durante muchos meses a pesar de las justificaciones que él mismo se daba para olvidarlo-. Soy demasiado mayor para ti, Zoya. Necesitas a alguien más joven que descubra la vida contigo y te haga feliz.
    Pero ¿quién podía ser? ¿El hijo de algún príncipe ruso, un muchacho con tan pocos recursos como ella? Lo que la muchacha necesitaba de verdad era a alguien que cuidara de ella, y él estaba dispuesto a hacerlo.
    – Tú me haces feliz, Clayton. Más feliz de lo que he sido jamás…, por lo menos desde hace mucho, mucho tiempo. -Zoya sonrió con ingenuidad, pero inmediatamente se puso muy seria-. No quiero a nadie más joven. No me importa la edad que tengas. Lo importante es lo que ambos sentimos. No me importaría que fueras rico o pobre, que tuvieras cien o diez años. Cuando se ama a una persona, ninguna de estas cosas importa.
    – A veces sí, pequeña. -Clayton tenía más experiencia y lo sabía-. Son tiempos muy extraños, tú lo has perdido todo y te encuentras atrapada aquí en medio de una guerra y en un país desconocido. Ambos somos extranjeros, pero más tarde, cuando mejore la situación, podrías mirarme y preguntarte qué estás haciendo conmigo. -Clayton sonrió y temió que sus predicciones se cumplieran-. La guerra provoca unos efectos muy extraños.
    Clayton había sido testigo de ello muchas veces.
    – Para mí, esta guerra no tendrá fin. Nunca podré volver a casa. Algunos piensan que algún día podrán regresar…, pero ahora ha estallado otra revolución. Todo será distinto. Estamos aquí. Esta es nuestra nueva vida, es la realidad… -De repente, Zoya miró a Clayton como si ya no fuera una chiquilla a pesar de sus pocos años-. Solo sé que te quiero.
    – Me haces sentir inmensamente joven, mi pequeña Zoya. -Clayton la abrazó, y ella sintió otra vez el calor y la fuerza que antaño sintiera cuando la abrazaba su padre-. Me haces muy feliz.
    Esta vez, fue ella quien lo besó. De repente, Clayton la estrechó en sus brazos y tuvo que luchar contra su propia pasión. Llevaba demasiado tiempo soñando y sufriendo por ella, y ahora apenas podía reprimir sus sentimientos y su deseo. Se levantó, se acercó a la ventana para contemplar el jardín y después regresó despacio junto a ella, preguntándose qué caminos seguirían sus vidas a partir de aquel momento. Había regresado a París solo para verla y ahora temía lo que pudiera ocurrir. Solo Zoya parecía segura y tranquila, como si tuviera la absoluta certeza de que hacía lo más conveniente.
    – No quiero hacer nada de lo que después puedas arrepentirte, pequeña -dijo Clayton-. ¿Bailas esta semana? -Ella negó con la cabeza-. Entonces dispondremos de tiempo antes de que yo regrese a Chaumont. Ahora será mejor que me vaya.
    Eran las tres de la madrugada, pero Zoya no se sentía cansada cuando lo acompañó a la puerta, seguida de Sava.
    – ¿Dónde te hospedas?
    – El general ha tenido la amabilidad de cederme la casa de Ogden Mill. -Allí, en aquel precioso hôtel particulier de la rue de Varenne, en la orilla izquierda del Sena, ambos se habían conocido y salido al jardín la noche de la recepción en honor del Ballet Russe-. ¿Puedo venir a recogerte mañana?
    – Me encantará -contestó Zoya muy contenta.
    – Vendré a las diez.
    Clayton la besó de nuevo ya en la puerta, sin saber hacia dónde iban, pero completamente consciente de que no podrían volver atrás.
    – Buenas noches, capitán -dijo Zoya en tono burlón y lo miró con los ojos más brillantes que nunca-. Buenas noches, amor mío -añadió en voz baja mientras él bajaba a toda prisa la escalera con unos pies que parecían volar. Clayton sonrió para sus adentros, pensando que nunca en su vida había sido tan feliz.

21

    – Anoche debiste de acostarte muy tarde -dijo la condesa a la hora del desayuno.
    Zoya mondó unas manzanas y preparó tostadas con el pan que les regaló Clayton la noche anterior.
    – No mucho -contestó Zoya, y apartó la mirada mientras tomaba un sorbo de té y se metía subrepticiamente en la boca una pastilla de chocolate.
    – Todavía eres una niña, pequeña.
    Eugenia lo dijo casi con tristeza mientras la miraba. Ya sabía lo que iba a ocurrir y temía por ella; Clayton era bueno, pero no le convenía demasiado. Vladimir se lo había comentado la víspera y la condesa estaba de acuerdo con él, pero sabía que no podría detener a Zoya. Confiaba en que el capitán fuera más prudente, pero no le parecía probable, sabiendo que se había desplazado desde Chaumont a París solo para verla. No le cabía ninguna duda de que estaba locamente enamorado de Zoya.
    – Tengo dieciocho años, abuela.
    – ¿Y eso qué significa? -preguntó Eugenia y la miró tristemente.
    – Significa que no soy tan tonta como crees.
    – Eres lo bastante tonta como para enamorarte de un hombre que podría ser tu padre. Un hombre que se encuentra en un país extranjero con un ejército en guerra, un hombre que regresará a su casa algún día y te dejará aquí plantada. Debes pensar en eso antes de cometer una tontería.
    – No pienso cometer ninguna tontería.
    – Más te vale. -Sin embargo, la joven ya estaba enamorada y eso sería suficiente para hacerla sufrir cuando él se fuera. Clayton se iría cuando terminara la guerra, e incluso tal vez antes-. No se casará contigo. Eso tenlo por seguro.
    – De todos modos, yo no quiero casarme con él.
    No era cierto y ambas lo sabían.
    Cuando se presentó en el apartamento poco después del desayuno, Clayton vio una mirada de recelo en la condesa. Esta vez traía flores, tres huevos frescos y una barra de pan.
    – Engordaré mientras usted nos visite, capitán -dijo Eugenia y esbozó una amable sonrisa.
    Era un hombre encantador, pero ella temía por Zoya.
    – No hay peligro, madame. ¿Le apetece dar un paseo con nosotros hasta las Tullerías?
    – Me encantaría. -La condesa volvió a sentirse joven de golpe. El capitán parecía llevar consigo la luz y la felicidad dondequiera que fuera, y era tan cariñoso y considerado como Konstantin-. Pero me temo que mis rodillas no estén de acuerdo. Este invierno tengo un poco de reumatismo.
    El «poco» a que ella se refería hubiera dejado inválida a cualquier mujer con menos determinación. Solo Zoya adivinaba sus sufrimientos.
    – En tal caso, ¿me permite que salga a dar un paseo con Zoya?
    Era correcto y educado, y la condesa le tenía gran simpatía.
    – Es usted muy amable al preguntármelo, joven. Creo que no habría nada capaz de detener a Zoya.
    Ambos se echaron a reír mientras la muchacha iba por sus cosas. La radiante felicidad que reflejaba su rostro eclipsó sus viejas y raídas prendas. Por primera vez en muchos meses, Zoya anheló tener algo bonito que ponerse. Todos sus preciosos vestidos de San Petersburgo habían ardido en el incendio, pero ella aún los recordaba.
    La joven se despidió de su abuela con un beso. La condesa los vio alejarse y se alegró por ellos mientras Clayton tomaba de la mano a Zoya. No hubiera podido experimentar ningún otro sentimiento. Ambos parecían iluminar la estancia con su presencia. Cuando se fueron, Zoya charlaba animadamente y Eugenia los oyó bajar a toda prisa la escalera. Clayton tenía uno de los automóviles requisados por el ejército.
    – Bueno, pues, ¿adónde te gustaría ir? -preguntó Clayton, sentado al volante-. Estoy enteramente a tu servicio.
    Zoya también estaba libre porque no tenía ni ensayos ni funciones. Podría pasar todo el día con Clayton.
    – Al Faubourg Saint Honoré. Quiero echar un vistazo a las tiendas. Nunca tengo tiempo de hacerlo y, además, tampoco me serviría de mucho. -Mientras se dirigían al Faubourg Saint Honoré, Zoya comentó lo mucho que a ella y a Mashka les gustaban los vestidos y lo bonitos que eran los de tía Alejandra-. Mi madre también iba siempre muy bien vestida, pero nunca fue una persona feliz. -Aunque pareciera un poco extraño, Zoya deseaba contárselo todo a Clayton, compartir todos sus pensamientos, sueños y recuerdos para que, de ese modo, pudiera conocerla mejor-. Mamá era muy nerviosa y la abuela dice que papá la mimaba demasiado.
    Zoya rió súbitamente como una chiquilla.
    – Tú también mereces ser mimada. Puede que algún día lo seas, igual que tu madre.
    – No creo que eso me pusiera nerviosa -dijo Zoya y rió mientras descendía del vehículo.
    Clayton la tomó del brazo y, a partir de entonces, las horas pasaron volando.
    Almorzaron en el Café de Flore y Clayton pensó que Zoya parecía más feliz que el verano anterior. Entonces se encontraba todavía bajo los efectos de la tragedia mientras que ahora el dolor se había mitigado en parte. Habían transcurrido nueve meses desde su llegada a París y le parecía increíble que apenas un año antes aún estuviera en San Petersburgo y la vida fuera normal.
    – ¿Has tenido noticias de María últimamente?
    – Sí. Parece que se encuentra a gusto en Tobolsk; pero ella es tan buena que se conforma con todo. Dice que la casa es muy pequeña y que comparte habitación con sus hermanas y tío Nicolás les lee historias constantemente. Siguen recibiendo clase incluso en Siberia. Cree que muy pronto podrán abandonar Rusia. Tío Nicolás dice que los revolucionarios no les harán daño, aunque, de momento, quieren retenerlos allí. A mí me parece una crueldad y una estupidez por su parte. -Zoya estaba furiosa con los ingleses por haberles denegado asilo en el mes de marzo. Caso contrario, tal vez todos hubieran podido reunirse en Londres o en París-. Estoy segura de que la abuela se hubiera ido a Londres si ellos estuvieran allí.
    – En tal caso, yo no te hubiera conocido y eso sería terrible. Es mejor que te quedes en París mientras esperas que salgan de Rusia.
    Clayton no quería alarmarla, pero no confiaba demasiado en que el zar y su familia estuvieran a salvo en Rusia. Sin embargo, era una simple impresión y no quería preocupar a Zoya. Tras el agradable almuerzo en el Café de Flore, bajaron por el Boulevard Saint Germain bajo el tibio sol invernal. Zoya se sentía completamente libre y se alegraba de que así fuera.
    Vagaron sin rumbo un buen rato hasta que, al final, acabaron en la rue de Varenne a dos pasos de la residencia donde se alojaba Clayton.
    – ¿Quieres entrar un momento?
    Zoya asintió y recordó la noche en que se habían conocido. Clayton habló de Nueva York, de su infancia y de sus años de estudiante en la Universidad de Princeton, y mencionó que vivía en una casa de la Quinta Avenida.
    – ¿Por qué no tuviste hijos cuando estabas casado? ¿No los querías? -preguntó Zoya con la inocencia de la juventud que no teme pisar terreno delicado.
    Ni siquiera se le ocurrió pensar que tal vez no podía tenerlos.
    – Me hubiera gustado, pero mi mujer no quería. Era una chica muy hermosa y egoísta, solo le interesaban los caballos. Ahora tiene una granja magnífica en Virginia. ¿Tú montabas mucho cuando estabas en Rusia?
    – Sí -contestó Zoya sonriendo-. En verano, en Livadia, y a veces en Tsarskoe Selo. Mi hermano me enseñó a montar cuando tenía cuatro años. En eso era muy severo y, cuando me caía, decía que era una tonta.
    Sin embargo, por su tono de voz se adivinaba lo mucho que Zoya amaba a su hermano.
    Ya habían llegado a la casa de Mills. Clayton extrajo una llave y abrió la puerta. No había nadie en la residencia, todos los miembros del Estado Mayor del general se encontraban en Chaumont.
    – ¿Te apetece una taza de té? -preguntó Clayton mientras sus pisadas resonaban en los suelos de mármol.
    – Me encantará.
    En la calle hacía frío y Zoya había olvidado sus guantes. De pronto, la muchacha recordó el abrigo de martas que había dejado en Rusia. Durante su huida, se cubrieron la cabeza con gruesos chales porque la condesa supuso acertadamente que los sombreros de piel llamarían excesivamente la atención.
    Zoya lo siguió a la cocina y el té estuvo listo en un momento. Clayton llenó dos tazas y ambos se sentaron a charlar mientras el sol iluminaba suavemente el jardín. Zoya hubiera deseado permanecer allí horas y horas. De repente, ambos enmudecieron y Zoya advirtió que Clayton la miraba de una forma distinta.
    – Es mejor que te acompañe a casa. Tu abuela estará preocupada.
    Eran las cuatro de la tarde y llevaban fuera todo el día, aunque Zoya le había dicho a la condesa que tal vez no cenaría en casa. Durante aquellos cuatro días de permiso querían permanecer el mayor tiempo posible juntos.
    – Le dije que quizá volveríamos tarde. -De pronto, a Zoya se le ocurrió una idea-. ¿Quieres que prepare la cena aquí? -le pareció agradable no tener que salir de nuevo y seguir conversando tranquilamente tal como habían hecho todo el día-. ¿Hay comida?
    – Pues, no lo sé -contestó Clayton sonriendo-. Quisiera llevarte a algún sitio. Tal vez al Maxim’s. ¿No te gustaría?
    – No importa -contestó Zoya con toda sinceridad. Ella solo quería estar a su lado.
    – Oh, Zoya… -Clayton rodeó la mesa de la cocina para estrecharla en sus brazos. Quería salir de la casa antes de que ocurriera algo irreparable. Sentía por ella una atracción casi dolorosa-. No creo que debamos quedarnos aquí -añadió, más prudente que Zoya.
    – ¿El general se enfadaría si supiera que estoy aquí?
    – No, amor mío -contestó Clayton, conmovido por su inocencia-, el general no se enfadaría, pero no estoy muy seguro de que yo pueda dominarme. Eres demasiado guapa para quedarte a solas conmigo. No sabes la suerte que tienes de que no haya saltado por encima de la mesa y me haya abalanzado sobre ti.
    Zoya rió y se apoyó contra él.
    – ¿Es eso lo que pretendías hacer, capitán?
    – No, pero me gustaría -contestó Clayton, acariciando su larga melena pelirroja-. Me gustaría hacer un montón de cosas contigo…, ir a la Costa Azul después de la guerra, y también a Italia. ¿Has estado allí alguna vez?
    Zoya sacudió la cabeza y cerró los ojos. El solo hecho de estar con él le parecía un sueño.
    – Creo que deberíamos irnos -repitió Clayton en voz baja-. Voy a cambiarme. No tardo ni un minuto.
    Pero a Zoya le pareció que tardaba una eternidad. La joven empezó a pasear por las estancias de la planta baja y, de repente, se le ocurrió una travesura. Subió por la escalinata de mármol a ver si podía encontrarlo.
    En el piso de arriba había varios salones, una magnífica biblioteca llena de libros franceses e ingleses, y numerosas puertas cerradas. En la distancia, la muchacha oyó cantar a Clayton mientras se cambiaba y sonrió, incapaz de permanecer alejada de él ni un solo instante.
    – ¿Estás ahí? -gritó, pero él no la oyó porque tenía el grifo de la bañera abierto.
    Cuando entró de nuevo en el dormitorio, la vio como una gacela inmóvil en el bosque. Estaba desnudo de cintura para arriba porque quería afeitarse rápidamente antes de llevarla a cenar. La miró súbitamente asombrado, sosteniendo una toalla en la mano.
    – ¿Qué haces aquí? -preguntó, casi asustado, no de la encantadora joven sino de sí mismo.
    – Abajo me sentía sola sin ti.
    Zoya se acercó lentamente a él, arrastrada por una fuerza magnética que jamás había sentido anteriormente. Clayton dejó caer la toalla a sus pies, la estrechó en sus brazos y le besó el rostro, los ojos y los labios hasta aturdirse con la dulzura de su piel.
    – Espérame abajo, Zoya -dijo con la voz ronca, y trató infructuosamente de apartarse de ella-. Por favor…
    Ella lo miró, casi dolida.
    – No quiero…
    – Por favor, Zoya… -repitió Clayton, besándola una y otra vez mientras el corazón le estallaba en el pecho.
    – Te quiero, Clayton…
    – Yo a ti también. -Al final, Clayton consiguió apartarse de ella-. No hubieras tenido que subir aquí, tontuela -dijo, tratando de bromear mientras se volvía de espaldas para sacar una camisa del armario. Cuando dio media vuelta la vio todavía allí, inmóvil como una estatua. La camisa le cayó de las manos y se acercó a ella-. Ya no puedo resistirlo más, pequeña. -Su juventud y su belleza sensual lo volvían loco-. Zoya, jamás me lo perdonaría si…
    – ¿Si qué? -La niña había desaparecido, convertida súbitamente en mujer-. ¿Si me amaras? ¿Y eso qué importancia tiene, Clayton? Ya no hay futuro, solo tenemos el ahora. El mañana no existe. -Zoya aprendió aquella dura lección en solo un año-. Te quiero.
    Clayton se conmovió profundamente al leer en sus ojos que no lo temía porque lo amaba.
    – No sabes lo que haces -le dijo, y de nuevo la rodeó con sus brazos-. No quiero hacerte daño.
    – No podrías, te quiero demasiado…, nunca me harás daño.
    Al final, Clayton ya no supo cómo convencerla de que se fuera. La quería demasiado y soñaba con ella desde hacía mucho tiempo. La besó en la boca y, sin pensarlo más, la desnudó y la llevó a la cama, donde la acarició y besó mientras ella lloraba muy quedo. Ambos se deslizaron bajo las sábanas de la enorme cama cuyo dosel parecía cernirse sobre ellos como una bendición. Hicieron el amor a oscuras, pero a la débil luz que llegaba del cuarto de baño, Clayton vio el rostro de la joven mientras la besaba, la abrazaba y le hacía el amor como jamás lo había hecho a ninguna mujer.
    Transcurrió una eternidad antes de que ambos permanecieran finalmente tendidos el uno junto al otro, suspirando de felicidad mientras ella se acurrucaba como un animalillo que buscara a su madre. Clayton se puso de pronto muy serio y rezó para que la joven no quedara embarazada. Después se incorporó apoyándose en un codo y la miró con ternura.
    – No sé si tendría que enojarme conmigo mismo o ser simplemente feliz. Zoya, amor mío, ¿te arrepientes?
    Ella sonrió y lo rodeó con sus brazos mientras la pasión volvía a renacer. Hicieron el amor hasta casi medianoche, cuando Clayton miró el reloj de la mesita con súbito terror.
    – ¡Oh, Dios mío, Zoya! ¡Tu abuela me matará! -Ella rió alegremente al verlo saltar de la cama-. Vístete… ¡Y encima ni siquiera te he dado de comer!
    – No me he dado cuenta -dijo Zoya, riendo como una colegiala.
    – Te quiero, tontuela -dijo Clayton, y se volvió para abrazarla-. A pesar de lo viejo que soy, resulta que te adoro.
    – Estupendo. Porque yo también te adoro. ¡Y no eres viejo, eres mío! Recuérdalo -añadió Zoya y le acarició el cabello entrecano mientras acercaba su rostro al suyo-, ocurra lo que ocurra, ¡recuerda lo mucho que te quiero!
    Era una lección aprendida muy pronto en su vida, la de que nunca se sabía qué desgracia podía ocurrir mañana.
    Clayton la estrechó en sus brazos sin poder contener su emoción.
    – No ocurrirá nada, pequeña, ahora estás a salvo.
    Después le preparó un baño caliente en la enorme bañera y por un momento la joven pensó que era un lujo excesivo. Le pareció encontrarse de nuevo en el palacio de Fontanka, pero, en cuanto se puso el feo vestido gris de lana y los viejos zapatos, comprendió que no. Llevaba medias de lana negras para ir más abrigada y, frente al espejo, vio que parecía una huérfana.
    – Dios mío, Clayton, estoy horrible. ¿Cómo puedes quererme con esta pinta?
    – Eres guapísima de pies a cabeza. Me encanta tu melena pelirroja y todo lo tuyo -dijo Clayton y hundió el rostro en su cabello tan perfumado como las flores estivales-. Te adoro.
    No les apetecía marcharse, pero Clayton tenía que acompañarla a su apartamento del Palais Royal. Zoya no podía quedarse allí con él toda la noche.
    Mientras subían al cuarto piso, Clayton la besó varias veces en los oscuros rellanos. Al entrar en el apartamento, vieron a Eugenia que los esperaba dormida en una silla. Ambos se miraron por última vez y Zoya se inclinó para besar la mejilla de la condesa.
    – ¿Abuela? Siento llegar tan tarde. No hubieras tenido que esperarme levantada…
    La condesa se despertó y los miró sonriendo. A pesar de que estaba medio dormida, se dio cuenta de lo felices que eran. No podía enojarse con ellos porque fue como si en la fea estancia acabara de penetrar una brisa de primavera.
    – Quería cerciorarme de que estabas bien. ¿Os habéis divertido? -preguntó y escudriñó los ojos de Clayton.
    Solo vio en ellos ternura y amor.
    – Muchísimo -contestó Zoya sin el menor remordimiento. Ahora pertenecía a Clayton-. ¿Has cenado?
    – Comí un poco de pollo y un huevo de los que trajo el capitán, gracias. -La condesa se volvió para mirar a Clayton y trató de levantarse de la silla-. Fue muy amable de su parte.
    Clayton se avergonzó de no haber llevado nada más. De pronto recordó que Zoya no había cenado y se preguntó si la muchacha estaría tan hambrienta como él. Durante las largas horas de felicidad se distrajo, pero ahora se moría de hambre. Como si leyera sus pensamientos, Zoya lo miró con sonrisa mal disimulada y le entregó la tableta de chocolate. Él tomó una pastilla con aire culpable mientras Zoya acompañaba a su abuela al dormitorio.
    Cuando al cabo de un momento la joven regresó, ambos volvieron a besarse. Clayton hubiera querido permanecer a su lado, pero no podía.
    – Te quiero -le susurró ella antes de que se fuera.
    – Solo la mitad de lo que yo a ti -replicó Clayton.
    – ¿Cómo puedes saberlo?
    – Porque soy más viejo y experto -dijo él en tono de chanza. Zoya cerró la puerta y de nuevo se sintió tan joven y feliz como antaño.
    Poco después, la muchacha apagó las luces del apartamento.

22

    Clayton regresó a la mañana siguiente impecablemente vestido y con una enorme cesta de comida. Esta vez había dedicado un buen rato a ir de compras.
    – ¡Buenos días, señoras!
    Eugenia observó preocupada que el capitán estaba de muy buen humor, pero sabía que no debía entrometerse en su vida. Clayton trajo carne y fruta, dos tipos de queso distintos, pastelillos y bombones para Zoya. Nada más entrar, besó a Zoya en la mejilla, le tomó la mano e insistió en que la condesa saliera a dar un paseo con ellos. Recorrieron en automóvil el Bosque de Bolonia, charlando y riendo alegremente. El solo hecho de estar con ellos hizo que Eugenia volviera a sentirse joven.
    Aquel día los tres fueron a almorzar a la Closerie des Lilas. Más tarde, Clayton y Zoya acompañaron a la condesa a casa. Eugenia estaba tan cansada que apenas podía subir la escalera, por lo que Clayton tuvo que llevarla casi en brazos mientras ella sonreía agradecida. Se lo pasó tan bien que, durante un buen rato, se olvidó de su pobreza, de la guerra y de sus penas.
    Tomaron el té en la salita y después Zoya y Clayton volvieron a salir. Regresaron a la casa de Mills en la rue de Varenne e hicieron el amor apasionadamente durante horas. Más tarde, Clayton se empeñó en llevar a Zoya a cenar al Maxim’s y después la acompañó a casa. Cuando llegaron, Eugenia ya estaba durmiendo en la cama. Ambos amantes caminaron de puntillas en la salita, tomando bombones y hablando en susurros mientras se besaban junto a la chimenea y compartían sus sueños. Zoya lamentó no poderse quedar con Clayton toda la noche. Clayton se retiró más contento que un chiquillo y prometió regresar a la mañana siguiente.
    A las once de la mañana, Zoya empezó a preocuparse. No podía llamar a su amante a casa porque no tenían teléfono. A las once y media, Clayton se presentó con un enorme paquete que dejó sobre la mesa de la cocina y le dijo a Zoya que era para su abuela. La anciana condesa se reunió con ellos y mientras desenvolvía el paquete Clayton se apartó. En su interior había un precioso samovar de plata grabada con el blasón de la familia rusa que lo trajo a París y luego se vio obligada a venderlo. Clayton no comprendía cómo pudo conseguirlo, pero, cuando aquella mañana lo vio en una tienda de la orilla izquierda del Sena, sintió deseos de regalárselo a Eugenia.
    La condesa lo contempló asombrada y, por un instante, experimentó una punzada de tristeza al recordar lo mucho que ella apreciaba sus tesoros y lo que había sufrido por tener que venderlos. Aún recordaba las pitilleras vendidas antes de Navidad. Ahora contempló el samovar y miró con gratitud al amable benefactor que se lo había traído.
    – Capitán, es usted demasiado bueno con nosotras… -dijo con los ojos llenos de lágrimas mientras acercaba su mejilla descolorida a su varonil rostro que tanto le recordaba los de su hijo y su marido-. Es usted muy amable.
    – Ojalá pudiera hacer algo más.
    Clayton también había comprado un vestido blanco de seda para Zoya, confeccionado por una humilde modista de la orilla izquierda, llamada Gabrielle Chanel, que tenía una pequeña tienda y parecía muy experta. Ella misma le había mostrado el vestido y hecho comentarios muy graciosos en contraste con la tristeza generalizada de los habitantes de París, tan hostigados por la guerra.
    – ¿Te gusta?
    Zoya corrió a su habitación. Se puso el vestido y salió convertida en una reina. Era un modelo de líneas sencillas, cuya cremosa blancura realzaba el fuego de su cabello. Zoya lamentó no tener unos zapatos a juego ni el collar de perlas que su padre le regaló y que había ardido junto con todo lo demás en el palacio de Fontanka.
    – ¡Me encanta, Clayton!
    Se lo dejó puesto para el almuerzo y, por la tarde, lo dejó olvidado en el suelo del dormitorio de Clayton.
    Clayton tenía que marcharse a las cuatro y media de la tarde del día siguiente. Hicieron el amor por última vez y Zoya lo abrazó como una chiquilla a punto de perecer ahogada. Cuando Clayton la acompañó de nuevo a su apartamento, hasta Eugenia lamentó su partida. Todas las separaciones de su vida habían sido muy dolorosas.
    – Cuídese mucho, capitán…, rezaremos por usted todos los días.
    Tal como solían hacer por otras personas, la condesa le dio las gracias por su amabilidad. Él se resistía a marcharse, incapaz de separarse de Zoya. No sabía cuándo podría regresar a París.
    Discretamente, Eugenia los dejó solos. En la pequeña estancia dominada por el impresionante samovar de plata, Zoya miró a su amante con lágrimas en los ojos. Después se arrojó a sus brazos entre sollozos. Él dijo:
    – Te quiero mucho, pequeña… Ten cuidado, te lo suplico. -Solo él sabía los peligros que la acechaban en París. La ciudad podía ser atacada de un momento a otro. Rezó por su seguridad mientras la estrechaba con fuerza en sus brazos-. Volveré en cuanto pueda.
    – ¡Júrame que tendrás cuidado! ¡Júramelo! -le ordenó Zoya entre lágrimas, sin poder soportar la idea de perder a quien tanto amaba.
    – Prométeme que no te arrepentirás de lo que hemos hecho.
    Clayton temía haberla dejado embarazada la primera vez que hicieron el amor. Las otras veces tomó precauciones, pero no la primera. La joven lo pilló tan de sorpresa que no le dio tiempo a reaccionar.
    – Nunca me arrepentiré de nada. Te quiero demasiado.
    Bajaron la escalera y Zoya lo acompañó hasta el automóvil. Después lo saludó con la mano hasta que lo perdió de vista. Las lágrimas resbalaban por sus mejillas, temía no volver a verlo nunca más.

23

    Contrariamente a lo prometido por él, Zoya no volvió a tener noticias suyas. Las estrategias y maniobras eran alto secreto y los miembros del Estado Mayor se encontraban prácticamente aislados del mundo, junto al Marne, tratando de proteger París.
    En marzo se inició la última gran ofensiva alemana, que llegó hasta las afueras de la ciudad. Las granadas estallaban en las calles y Eugenia temía salir.
    Los bombardeos decapitaron la estatua de San Lucas en la iglesia de la Madeleine. Por todas partes, la gente tenía hambre, frío y miedo. Diaghilev le ofreció a Zoya la oportunidad de escapar. El 3 de marzo iniciaría una gira por España, pero la muchacha no podía abandonar a Eugenia en París. Decidió quedarse pese al reducido número de funciones previstas. Recorrer las calles de París era demasiado peligroso. Solo por un milagro consiguió sobrevivir a la destrucción de la iglesia de los Santos Gervasio y Protasio, cerca del ayuntamiento, el Viernes Santo. Decidió ir allí en lugar de como siempre a San Alejandro Nevsky, y abandonó el templo momentos antes de que las bombas derrumbaran su tejado matando a setenta y cinco personas e hiriendo a casi cien.
    La gente abandonaba París, abarrotando los trenes hacia Lyon y el sur de Francia. Cuando Zoya sugirió a su abuela la posibilidad de marcharse, la condesa se enfureció.
    – ¿Cuántas veces crees que podré hacerlo? ¡No, no y no, Zoya! ¡Que me maten aquí! ¡Que se atrevan! ¡Vine huyendo desde Rusia y ya no quiero huir más!
    Fue la primera vez que Zoya la vio llorar de rabia. Había transcurrido casi un año desde que abandonaran todo a sus espaldas, huyendo de Rusia. Esta vez no tenían a Fiodor, no les quedaba nada por vender y no sabían adónde ir. Su situación era completamente desesperada.
    El gobierno francés se preparaba para huir, en caso necesario. Algunos querían trasladarlo a Burdeos, pero Foch se comprometió a defender París hasta el final, luchando en las calles y desde los tejados. En mayo, la compañía de Zoya canceló todos los ensayos y las funciones. Por aquellas fechas, los aliados estaban perdiendo posiciones en el Marne. Zoya no pensaba más que en Clayton, sabiendo que Pershing estaba allí. No recibía noticias suyas desde su partida de París y temía que lo hubieran matado.
    Solo recibió una carta de María que el doctor Botkin consiguió enviarle… La sorprendió saber que el mes anterior los habían trasladado desde Tobolsk a Ekaterinenburg, en los Urales. Adivinó a través de lo que María contaba que la situación era mucho más grave. Ya no les permitían cerrar las puertas de las habitaciones y los soldados los acompañaban incluso al cuarto de baño. Zoya se estremeció al pensar en su amiga de la infancia y lo lamentó por Tatiana, tan tímida y remilgada. No podía soportar que se encontraran en circunstancias tan terribles.
    «… No tenemos más remedio que aguantar. Mamá nos hace entonar himnos cuando abajo los soldados cantan sus obscenas canciones. Ahora nos tratan muy mal. Papá dice que debemos procurar no darles ningún motivo de enojo. Por la tarde, nos permiten salir un rato al jardín y el resto del tiempo lo pasamos leyendo o bordando…»
    Zoya derramó lágrimas de amargura cuando leyó el siguiente párrafo.
    «… ya sabes lo poco que me gusta coser, queridísima Zoya. Me he dedicado a escribir poesía para pasar el rato. Ya te lo enseñaré cuando volvamos a reunirnos. Casi me parece increíble que ambas ya tengamos diecinueve años. Antes me parecía que diecinueve años eran muchos, pero ahora me parecen muy pocos para morir. Solo a ti puedo contarte estas cosas, mi queridísima prima y amiga. Rezo para que estés a salvo y seas feliz en París. Ahora voy a hacer un poco de ejercicio. Todos os enviamos nuestro cariño tanto a ti como a tía Eugenia.»
    Esta vez firmaba no con el nombre en clave Otma, sino simplemente «tu Mashka que te quiere». Zoya permaneció largo rato en su habitación, llorando a lágrima viva mientras leía una y otra vez las palabras y se acercaba la carta a la mejilla como si el contacto del papel pudiera devolverle la presencia de su amiga. Temía por ellos.
    La situación había empeorado en todas partes, pero, por lo menos, la compañía de ballet donde trabajaba reanudó sus actuaciones en junio. Necesitaban mucho el dinero pues no habían encontrado un nuevo huésped. En lugar de acudir a París, la gente se marchaba. Incluso algunos refugiados rusos se habían ido al sur, pero Eugenia se negaba a abandonar la ciudad. Ya no quería seguir huyendo.
    A mediados de julio hacía mucho calor, pero la gente estaba hambrienta. A través de Vladimir, Zoya se enteró horrorizada de que Yelena cazaba palomas en el parque y se las comía. El príncipe dijo que eran muy sabrosas y se ofreció a traerle una, pero Zoya declinó el ofrecimiento y sintió que se le revolvía el estómago de solo pensarlo. Dos días más tarde, cuando ya desesperaba de que la guerra pudiera terminar algún día, Clayton se presentó como una visión en un sueño. Zoya estuvo a punto de desmayarse cuando lo vio. Fue la víspera del día de la Bastilla y ambos presenciaron juntos los desfiles desde el Arco de Triunfo hasta la plaza de la Concordia. Los brillantes uniformes de los Chasseurs Alpins con sus boinas y sus blusones negros, los regimientos de caballería británicos, los bersaglieri italianos con sus gorros adornados con plumas de colas de gallo e incluso la unidad antibolchevique de cosacos con sus gorros de piel resplandecían bajo el sol, pero Zoya solo tenía ojos para Clayton. Cuando ambos amantes se encontraban en la casa de la rue de Varenne, más enamorados que nunca, alrededor de la medianoche llamaron fuertemente a la puerta. Era la policía militar, reuniendo a los hombres tras haberse anulado todos los permisos. Se había iniciado la ofensiva alemana, las tropas enemigas se encontraban a solo ochenta kilómetros y los aliados tenían que detener su avance.
    – Pero no puedes irte ahora… -gimoteó Zoya con lágrimas en los ojos, a pesar de sus esfuerzos por ser valiente-. ¡Acabas de llegar!
    Ambos se habían reunido justo aquella mañana, tras seis meses de ausencia. La joven no quería separarse de él. Sin embargo, no hubo más remedio. Clayton disponía de media hora para presentarse en el cuartel general de la policía militar en la rue Saint Anne. Apenas tuvo tiempo de acompañar a Zoya a casa. A Zoya le pareció una crueldad no poder pasar un poco más de tiempo con él antes de su regreso al frente. Como una chiquilla abandonada, se quedó llorando en la salita hasta altas horas de la noche. Su abuela le servía té e intentaba consolarla.
    Sin embargo, las lágrimas que derramó por Clayton no fueron nada en comparación con las derramadas pocos días después. El 20 de julio, Vladimir se presentó muy serio en el apartamento con un ejemplar del periódico Izvestia. En cuanto abrió la puerta, Zoya intuyó que algo horrible había ocurrido. Sintiéndose casi enferma, acompañó al príncipe a la salita y fue al dormitorio para avisar a su abuela.
    Vladimir rompió a llorar y le tendió el periódico a la condesa. Parecía un niño desvalido con el rostro casi tan blanco como el cabello. Repetía incesantemente las mismas palabras, una y otra vez.
    – Los han matado…, Dios mío, los han matado…
    El príncipe acudió directamente a ellas porque, al fin y al cabo, eran primas de los Romanov y tenían derecho a saberlo enseguida.
    – ¿Qué quiere usted decir? -preguntó Eugenia y se levantó horrorizada de la silla mientras él le mostraba la noticia del periódico. El 1 de julio, el zar Nicolás había sido ejecutado, decía, y luego añadía que su familia había sido trasladada a un lugar seguro. ¿Trasladada adónde?, hubiera querido gritar Zoya. ¿Dónde está mi querida Mashka? ¿Dónde están todos? Casi como si lo adivinara, la pequeña Sava emitió unos suaves quejidos mientras los tres rusos lloraban por el hombre que fuera su padre, su zar y el amado primo de ambas mujeres.
    El llanto se prolongó bastante. Al final, Vladimir se levantó y se acercó a la ventana con la cabeza inclinada y el corazón destrozado por la pena. En todo el mundo, los rusos que lo habían amado estarían llorándolo, incluso los campesinos, en cuyo nombre había estallado la temida revolución.
    – Qué día tan aciago -dijo en un susurro-. Dios lo tenga en Su gloria -musitó y se volvió hacia las mujeres.
    Eugenia parecía una anciana de cien años y Zoya estaba mortalmente pálida. La única mancha de color en su rostro eran los verdes ojos inundados de lágrimas que todavía resbalaban por sus mejillas. Zoya recordó su última mañana en Tsarskoe Selo, cuando el zar se despidió de ella con un beso y le dijo que se portara bien… Las palabras que pronunció en aquellos momentos ahora resonaron en su cabeza una y otra vez. «Te quiero, tío Nicolás.» Él contestó que también la quería. Y ahora había muerto. Había desaparecido para siempre. ¿Y los demás? Leyó de nuevo las palabras en el Izvestia: «La familia ha sido trasladada a un lugar seguro».

24

    Julio se prolongó como una espantosa pesadilla. La ejecución de Nicolás les pesaba como una losa y el dolor era insoportable. En todo París, los rusos lo lloraban mientras la guerra arreciaba a su alrededor.
    Zoya fue invitada a la fiesta de la boda de una bailarina amiga. Se llamaba Olga Khokhlova y se había casado unas semanas atrás con Pablo Picasso en la iglesia de San Alejandro Nevsky, pero a Zoya no le apetecía asistir a ninguna fiesta. Vestía de negro y lloraba la muerte de su primo.
    En agosto, Diaghilev le envió otro telegrama, ofreciéndole un puesto en la compañía durante una gira por Londres, pero Zoya no podía dejar a su abuela y no quería ver a nadie. Trabajaba diariamente desganada solo para llevar algo de comida a casa.
    En septiembre, los aliados prosiguieron su avance y, a las pocas semanas, los alemanes intentaron negociar la paz. Pero Zoya seguía sin noticias de Clayton y ya ni siquiera se atrevía a pensar en él. Si algo le hubiera ocurrido, no podría vivir. Había demasiadas cosas que no lograba entender y la tensión era insoportable. Tío Nicolás había muerto. Las palabras martilleaban su cabeza una y otra vez. Escribió tres cartas a María, pero no recibió respuesta. Ignoraba dónde estaba el doctor Botkin y, en caso de que la familia, efectivamente, hubiera sido trasladada a otro lugar, tal como informaba el periódico, cualquiera sabía cuánto podían tardar las cartas.
    Por fin, tras un interminable mes de octubre en el que solo hubo silencio, llegó noviembre y, con él, la paz ansiada por todos.
    Eugenia y Zoya estaban sentadas en la salita cuando se enteraron de la noticia. La gente se echó inmediatamente a la calle gritando jubilosa en medio del repique de campanas en las iglesias y las salvas de cañones. Fue un golpe que sacudió a todo el mundo, pero la pesadilla había tocado a su fin. Zoya le sirvió una taza de té a su abuela y, sin una palabra, contempló la alegría de la calle. Había tropas aliadas por todas partes, norteamericanos, ingleses, italianos y franceses, pero ella ignoraba si Clayton estaba vivo y no se atrevía a esperarlo. Miró a su abuela, que había envejecido bastante. Estaba muy débil, tosía muchísimo y las rodillas le dolían tanto que ya no podía salir de casa.
    – Ahora las cosas mejorarán, pequeña Zoya -dijo Eugenia entre accesos de tos. Sin embargo, conocía las angustias de la muchacha, que no recibía noticias de Clayton desde que este abandonó París a medianoche el día de la Bastilla-. Ya volverá, pequeña. Ten confianza. Debes tener fe -añadió y miró con dulzura a su nieta.
    Pero en los ojos de Zoya no había alegría. Había perdido demasiadas cosas y sentía mucho miedo.
    – ¿Cómo puedes decir eso? Con tantas personas que han muerto, ¿cómo puedes creer que alguien volverá a casa?
    – El mundo sigue. Las personas nacen y mueren, y después nacen otras. Lo que duele es nuestra tristeza. Ahora Nicolás ya no sufre. Está en paz.
    – ¿Y los demás?
    Zoya le había escrito cinco cartas a María, sin recibir respuesta.
    – Solo podemos rezar por su seguridad.
    Zoya asintió en silencio. Había escuchado esa frase hasta la saciedad y ahora estaba defraudada con un destino que tantas cosas le había arrebatado.
    Durante los primeros días tras el armisticio fue casi imposible transitar por las calles. Zoya solo salía para comprar comida. Estaban casi sin nada. El ballet aún no había reanudado sus actuaciones y vivían de sus modestos ahorros.
    – ¿Puedo ayudarla con eso, mademoiselle?
    Zoya sintió que alguien tiraba de la barra de pan que llevaba bajo el brazo y se volvió, dispuesta a proferir un improperio y a defender con uñas y dientes la comida o a protegerse de un soldado galante. No todas las mujeres de París gustaban de las efusiones de los chicos uniformados, pensó, y se volvió con los puños apretados. De pronto, jadeó y la barra de pan cayó a la acera mientras él la atraía hacia sí.
    – Oh…, oh…
    Con lágrimas en los ojos, se arrojó a sus brazos. Estaba vivo, oh, Dios mío, estaba vivo. Fue como si solo ellos hubieran sobrevivido en un mundo perdido, pensó, y abrazó apasionadamente a Clayton.
    – ¡Así está mejor!
    Clayton llevaba un uniforme de campaña manchado y arrugado y barba de varios días. Acababa de llegar a París y había acudido inmediatamente a casa de su amada. Y había visto a Eugenia, la cual le dijo que Zoya había salido a comprar comida. Bajó corriendo para reunirse con ella en la calle.
    – ¿Cómo estás? -preguntó Zoya riendo y llorando a la vez mientras él la besaba sin poder contener su emoción.
    Parecía un milagro que ambos hubieran sobrevivido, con la de veces que a él le rondó la muerte en el Marne. Pero eso ya no importaba. Clayton agradeció en silencio a sus ángeles de la guarda el que estuvieran vivos y a salvo mientras se abrían paso entre la gente y regresaban al apartamento.
    Esta vez, Clayton se alojaba en un pequeño hotel de la orilla izquierda junto con otros camaradas. Pershing se había instalado en la casa de Mills y no era fácil que ambos amantes pudieran verse a solas, pero aun así, buscaban todos los momentos de intimidad posibles y una noche incluso se atrevieron a hacer el amor en la antigua habitación de Antoine, una vez Eugenia se hubo acostado. La condesa estaba agotada y pasaba muchas horas durmiendo. A Zoya la preocupaba desde varios meses atrás, pero todos sus temores se esfumaron como por ensalmo ante la presencia de Clayton.
    Una noche en que ambos hablaban de Nicolás, Clayton le confesó que él siempre había temido por la vida del zar. Por su parte, Zoya le manifestó su inquietud por la suerte que pudieran correr los demás.
    – El periódico ruso decía que los habían trasladado a un lugar seguro…, pero ¿adónde? Le he enviado cinco cartas a Mashka y aún no me ha contestado.
    – A lo mejor, Botkin no pudo hacérselas llegar. Puede que no sea más que eso, pequeña. Ten confianza -dijo Clayton y disimuló sus propios temores.
    – Hablas como la abuela -le susurró Zoya, tendida a su lado en la oscuridad.
    – A veces me siento casi tan viejo como ella.
    Clayton advirtió lo mucho que la condesa había empeorado desde el mes de julio. Su aspecto no era bueno. Tenía casi ochenta y cuatro años y los últimos dos habían sido muy duros para todos. Parecía increíble que hubiera sobrevivido a tantas penalidades. Sin embargo, ambos olvidaron sus preocupaciones cuando sus cuerpos se fundieron e hicieron el amor hasta la madrugada. Entonces Clayton se marchó, bajando de puntillas la escalera.
    Durante las semanas siguientes, ambos pasaron juntos todo el tiempo que pudieron, pero el 10 de diciembre, casi un mes después del término de la guerra, Clayton le comunicó que tendría que regresar a Estados Unidos a finales de aquella semana. Sin embargo, lo que más le dolía era su decisión con respecto a Zoya.
    La joven oyó la noticia como en un sueño. Le parecía imposible. Había llegado el día que ella nunca pensó que llegaría.
    – ¿Cuándo? -preguntó con el corazón destrozado por la pena.
    – Dentro de dos días -contestó Clayton sin apartar los ojos de los suyos.
    Aún no se lo había dicho todo.
    – No nos dejan mucho tiempo para despedirnos, ¿eh? -Era un triste día nublado y se encontraban en la pequeña salita mientras Eugenia dormía en su habitación. Zoya había reanudado su trabajo en el ballet, pero la condesa apenas se daba cuenta-. ¿Volverás algún día a París? -le preguntó la muchacha como si fuera un desconocido.
    Tenía que prepararse para el futuro. Ya se habían producido demasiadas separaciones en su vida y no estaba segura de poder resistirlo.
    – No lo sé.
    – Tú me ocultas algo.
    Quizá estaba casado y tenía diez hijos en Nueva York. Cualquier cosa era posible. La vida la había traicionado muy a menudo y, aunque Clayton todavía no lo hubiera hecho, Zoya estaba dolida con él.
    – Zoya, sé que no lo comprenderás, pero he pensado mucho… en nosotros. -Ella esperó, cegada por el dolor. Era curioso que una pudiera sufrir tanto cuando suponía haber superado el dolor-. Quiero dejarte en libertad para que vivas tu propia vida aquí. Pensaba llevarte a Nueva York…, lo deseaba con toda mi alma, pero no creo que la condesa pueda efectuar el viaje y, además… -Clayton no acertaba a pronunciar las palabras en las que había pensado tantos días-. Zoya, soy demasiado viejo para ti. Te lo he dicho otras veces. No es justo. Cuando tengas treinta años, yo tendré casi sesenta.
    – ¿Y eso qué importa? -Ella nunca compartió sus temores sobre la edad y ahora lo miró con rencor-. Lo que quieres decir es que no me amas.
    – Te digo que te amo demasiado como para cargar sobre tus espaldas el peso de un viejo. Tengo cuarenta y seis años y tú diecinueve. No es justo. Te mereces a alguien joven y lleno de vida. Cuando las cosas se normalicen, encontrarás a quien amar. Nunca tuviste oportunidad de hacerlo. Eras una niña cuando te fuiste de Rusia hace dos años. Allí estabas protegida, y llegaste aquí durante la guerra y prácticamente con lo puesto. Un día, la vida volverá a normalizarse y entonces encontrarás a alguien de tu edad. Zoya -añadió Clayton, hablando súbitamente con una firmeza similar a la de Konstantin-, sería un error llevarte conmigo a Nueva York. Sería una prueba de egoísmo por mi parte. Pienso sobre todo en ti más que en mí.
    Sin embargo, ella no lo entendió.
    – Para ti ha sido solo un juego, ¿verdad? -dijo Zoya con lágrimas en los ojos. Quería ser cruel y hacerle tanto daño como él a ella-. Eso fue todo. Un idilio en tiempo de guerra. Una pequeña bailarina con quien jugar mientras estabas en Francia.
    – Escúchame -dijo Clayton, reprimiendo el impulso de abofetearla-. Nunca fue eso que dices. No seas insensata, Zoya. Te doblo con creces la edad. Te mereces algo mejor.
    – Ah, ya comprendo… -Los verdes ojos se encendieron de furia-, como si aquí me lo pasara muy bien. He pasado media guerra esperándote y temiendo que te mataran, y ahora te subes a un barco y vuelves a Nueva York. Qué fácil, ¿verdad?
    – No es fácil. -Clayton apartó el rostro para que ella no viera sus lágrimas. Mejor que se enfadara. De este modo, no sufriría por la separación tanto como él-. Te quiero mucho -añadió, y se volvió a mirarla mientras se dirigía hacia la puerta.
    – Vete. -Clayton la miró asombrado-. ¿Por qué esperar dos días? ¿Por qué no terminar las cosas ahora mismo?
    – Me gustaría despedirme de tu abuela.
    – Está durmiendo y dudo que quiera despedirse de ti. Nunca le has gustado demasiado.
    Zoya quería que se fuera para luego desahogarse llorando.
    – Zoya, por favor…
    Clayton hubiera querido estrecharla en sus brazos, pero no le pareció justo. Prefería que Zoya pensara que era ella quien lo dejaba. Prefería dejarle un poco de orgullo y sufrir en silencio. Bajó despacio la escalera mientras oía un portazo. No hubiera querido conocerla. Siempre temió hacerle daño, pero no pensó que la separación pudiera hacerla sufrir tanto. Sin embargo, estaba seguro de haber hecho lo adecuado. No podía volver atrás. Era demasiado mayor para ella y, aunque ahora le doliera, Zoya necesitaba encontrar a un joven de su edad e iniciar una nueva vida. Pasó dos días pensando y, la víspera de su partida, extendió un cheque por cinco mil dólares y lo adjuntó a una carta para la condesa, rogándole que lo aceptara y le hiciera saber si más adelante podía ayudarlas en algo. Añadió que siempre sería su amigo y amaría a su nieta durante el resto de su vida.
    «Le aseguro que lo hago por su bien y porque sospecho que esto era lo que usted deseaba en el fondo. Zoya es más joven que yo. Volverá a enamorarse, estoy seguro. Me despido de ustedes con tristeza, pero con el corazón rebosante de amor.» Clayton firmó la carta y la envió la mañana de su partida por medio de un cabo de la escolta del general Pershing.
    Se fue el mismo día de la llegada del presidente Wilson y su esposa a París. Cuando su barco zarpó lentamente de Le Havre, se celebraba un desfile en los Campos Elíseos en honor de los ilustres visitantes.

25

    Tras la partida, Zoya pasó varias semanas llorando en la antigua habitación de Antoine. Estaba tan triste que creyó morir de dolor. Todo le daba igual y ni siquiera le importaba morir de hambre. Le preparaba la sopa a su abuela, y la sorprendía que todavía les quedara algún dinero. Eugenia envió al príncipe Markovsky al banco y a su regreso le entregó a Zoya unos cuantos billetes.
    – Los tenía guardados. Utilízalos para lo que haga falta.
    Pero ella ya no necesitaba ni quería nada. Aquello parecía el final de su vida. El dinero presuntamente ahorrado por su abuela le permitió permanecer en casa sin trabajar. Mintió que estaba enferma a los de la compañía, sin importarle que pudieran despedirla. El Ballet Russe había regresado a París y hubiera podido bailar con ellos. Pero no le apetecía. Ya no quería nada, ni comida, ni amigos, ni trabajo ni, por supuesto, ningún hombre. Clayton cometió una estupidez al decirle que necesitaba a un hombre más joven. No necesitaba a nadie. Solo un médico para Eugenia, que había contraído gripe en Nochebuena. A pesar de todo la condesa se empeñó en ir a la iglesia, pero estaba tan débil que ni siquiera podía incorporarse. Zoya le rogó que no se levantara de la cama y, cuando llegó el príncipe Vladimir, le pidió que fuera en busca de un médico, que tardó tres horas en llegar.
    Era un anciano amable que en su infancia había estudiado el ruso. Habló con Eugenia en su propia lengua. La condesa parecía haber olvidado su impecable francés.
    – Está muy enferma, mademoiselle -le informó a Zoya en la salita-. Puede que no supere esta noche.
    – Pero eso es ridículo. Esta tarde estaba bien.
    Aquel médico se equivocaba, pensó Zoya. Ella no podría resistir otra pérdida.
    – Haré todo lo posible. En caso de que empeore, llámeme enseguida. Monsieur me encontrará en casa.
    Acababa de regresar del frente y ejercía la medicina en su propio domicilio. Vladimir asintió en silencio y miró a Zoya con tristeza.
    – Me quedaré contigo -le dijo.
    Zoya sabía que no tenía nada que temer de él. El príncipe vivía con una mujer desde hacía casi un año y su hija se había puesto tan furiosa que se marchó a vivir a un convento en la orilla izquierda.
    – Gracias, Vladimir -dijo Zoya y se levantó a preparar una taza de té para la condesa.
    Cuando regresó, la encontró casi delirando. Tenía el rostro pálido como la cera y todo su cuerpo parecía haber encogido en cuestión de pocas horas. De repente Zoya se dio cuenta de lo mucho que había adelgazado. Vestida, no se notaba tanto, pero ahora se la veía extremadamente frágil. Cuando abrió los ojos, tuvo que hacer un esfuerzo para reconocer a su nieta.
    – Soy yo, abuela…, chis…, no hables.
    Zoya trató de ayudarla a beber el té, pero la condesa lo rechazó, musitó algo y volvió a quedarse dormida. Recién al romper el alba, se movió y empezó a hablar. Zoya, que había permanecido toda la noche en una silla, se acercó corriendo para oír sus palabras. Eugenia agitó la mano y Zoya le dio un sorbo de agua para humedecerle los labios resecos y administrarle la medicina recetada por el médico. Enseguida advirtió que estaba mucho peor.
    – Debes…
    – Abuela, no hables…, te fatigas…
    La condesa sacudió la cabeza. Sabía lo que estaba ocurriendo y no le importaba.
    – … Debes darle las gracias al americano en mi nombre…, dile que le estoy muy agradecida…, quería devolvérselo…
    – ¿A qué te refieres? -preguntó Zoya, perpleja.
    ¿Por qué Eugenia le estaba agradecida a Clayton? ¿Por haberlas dejado? ¿Por haberla abandonado a ella para regresar a Nueva York?
    Eugenia señaló con la mano el pequeño escritorio en un rincón del dormitorio.
    – Mira… en mi chal rojo…
    Zoya abrió el cajón y encontró un pequeño paquete. Lo sacó, lo desató y se quedó boquiabierta. Aquello era una fortuna. Lo contó. Eran casi cinco mil dólares.
    – Dios mío, abuela, ¿cuándo te lo dio?
    Zoya no acertaba a comprender por qué Clayton había hecho semejante cosa.
    – Me lo envió cuando se fue…, iba a devolvérselo…, pero tuve miedo…, si tú lo necesitaras…, sé que lo hizo con buena intención. Se lo devolveremos cuando podamos…
    Mientras hablaba, la condesa movió la mano como si buscara algo detrás de la cama. Estaba muy alterada y Zoya temió que su estado se agravara.
    – Tiéndete, abuela, por favor…
    Aún estaba aturdida por la fortuna enviada por Clayton. Era un gesto muy noble, pero Zoya volvió a enfadarse. No necesitaban de su limosna. Era demasiado cómodo comprarlas…, pero a qué precio. De pronto, Zoya frunció el ceño y contempló el viejo chal de lana que su abuela sostenía en sus manos temblorosas. Era el que llevaba el día en que partieron de San Petersburgo, lo recordaba muy bien. Ahora la condesa se lo ofreció con una sonrisa temblorosa en los labios pálidos.
    – Nicolás… -dijo la condesa con los ojos llenos de lágrimas, y apenas pudiendo hablar-, quiero que lo guardes, Zoya…, cuídalo bien…, cuando ya no te quede nada…, véndelo…, pero solo en caso de extrema necesidad, no antes…, ya no queda nada más.
    – ¿Y la pitillera de papá y las cajas de recuerdo de Nicolai? -preguntó Zoya.
    – Las vendí hace un año…, no tuve más remedio -contestó Eugenia y sacudió la cabeza. Las palabras se clavaron como un cuchillo en el corazón de Zoya. Ahora ya no les quedaba nada, ninguna chuchería, ningún objeto, solo recuerdos y lo que su abuela sostenía en la mano. Zoya tomó cuidadosamente el chal y lo desató sobre la cama. Al ver lo que contenía, jadeó… Lo recordaba perfectamente: era el huevo de Pascua regalo de Nicolás a Alejandra cuando ella tenía siete años. Una increíble obra de arte creada por Fabergé. El huevo era color malva pálido con unas cintas de diamantes que rodeaban graciosamente el esmalte y un pequeño resorte que, al abrirse, dejaba al descubierto un pequeño reloj de oro en forma de cisne sobre un lago de aguamarinas. Llorando en silencio, la joven rozó la palanca que había debajo del ala y el cisne extendió sus minúsculas alas doradas y avanzó despacio sobre la palma de su mano-. Guárdalo bien, preciosa mía -musitó la condesa y cerró los ojos mientras Zoya cubría nuevamente el huevo con el chal y acariciaba suavemente la mano de la condesa.
    – Abuela… -Eugenia abrió los ojos y esbozó una serena sonrisa-. Quédate conmigo, no te vayas, por favor…
    Zoya observó que la anciana parecía tranquila y respiraba con más facilidad.
    – Sé buena, pequeña, siempre estuve muy orgullosa de ti…
    La anciana sonrió de nuevo mientras Zoya rompía a llorar.
    – No, abuela… -Las palabras eran una despedida, pero ella no permitiría que muriera-. No me dejes sola, abuela, por favor…
    Pero la condesa sonrió y cerró los ojos por última vez. Acababa de ofrecerle su último regalo a la muchacha a quien tanto amaba, la había conducido sana y salva a una nueva vida y siempre la protegió, pero ahora todo había terminado.
    – Abuela… -musitó Zoya en la silenciosa habitación, pero Eugenia tenía los ojos cerrados. Descansaba en paz. Se había ido con los demás. Eugenia Petrovna Ossupov había vuelto a casa.

26

    La enterraron en el cementerio ruso de las afueras de París. Zoya permaneció de pie en silencio junto al príncipe Vladimir y un puñado de personas que conocían a Eugenia, pero no mantenían con ella una íntima relación de amistad. La condesa pasó sus años en París casi exclusivamente entregada a Zoya. No tenía paciencia para escuchar las quejas y los deprimentes recuerdos de los demás refugiados. Quería ocuparse del presente y no obsesionarse con el pasado.
    Murió el 6 de enero de 1919, un día después de que el presidente Theodore Roosevelt muriera durante el sueño. Zoya permaneció de pie junto a la ventana, acariciando a Sava.
    Le parecía imposible asimilar los acontecimientos de los últimos días y mucho menos pensar en una vida sin su abuela. Aún no se había recuperado de la sorpresa del huevo imperial que la condesa guardara en secreto durante casi dos años y del dinero enviado por Clayton antes de su partida. Le alcanzaría para vivir un año si no derrochaba. Por primera vez en muchos años, la joven no sentía deseos de bailar. No quería ver nunca más el ballet ni ninguna otra cosa. Quería quedarse allí sentada con su perra y morir en silencio. Después le remordió la conciencia: a su abuela le disgustaría mucho el que pensara esas cosas. La condesa no se había comprometido con la muerte, sino con la vida.
    Vivió tranquila una semana sin ver a nadie. Estaba muy pálida y desmejorada cuando Vladimir llamó a su puerta. El príncipe parecía nervioso y preocupado. Zoya experimentó un sobresalto al ver a alguien de pie a su espalda en el oscuro rellano. Tal vez había traído un médico para que la examinara, pero ella no quería ver a nadie y mucho menos a un médico. Llevaba medias negras de lana y un vestido negro, y se había recogido la cabellera pelirroja hacia atrás, en acusado contraste con su tez marfileña.
    – ¿Sí? -El príncipe vaciló como si temiera dañarla, pero tenía que hacerlo-. Hola, Vladimir.
    Sin una palabra, el príncipe se apartó a un lado y entonces Zoya vio a Pierre Gilliard.
    El profesor la miró con lágrimas en los ojos. Parecía haber transcurrido una eternidad desde que ambos se vieran por última vez en Tsarskoe Selo. El hombre se adelantó y ella se arrojó a sus brazos. Después, Zoya lo miró con ojos suplicantes, sin poder hablar.
    – ¿Han venido finalmente?
    Zoya sabía que el preceptor de las hijas del zar había ido a Siberia con ellas.
    – No -contestó Gilliard y sacudió la cabeza-. No han venido.
    Zoya quería saber más. Avanzando como un autómata, se dirigió a la fea salita, seguida de él. Se lo veía completamente agotado y muy pálido. Vladimir prefirió dejarlos solos. Cerró suavemente la puerta y, con la cabeza inclinada, bajó muy despacio la escalera y regresó a su taxi.
    – ¿Cómo está usted? -preguntó Zoya con el corazón a punto de estallarle.
    – Acabo de llegar de Siberia… -contestó Gilliard, tomando sus manos en las suyas, sentado en una silla frente a ella-. Tenía que estar seguro antes de venir. En junio los dejamos en Ekaterinenburg. Nos ordenaron marcharnos -añadió casi en tono de disculpa.
    Sin embargo, a Zoya solo le interesaba si Mashka y los demás estaban bien. Le extrañaba verlo allí, tomando sus manos entre las suyas más frías que el hielo.
    – ¿No estaba usted allí cuando…, cuando Nicolás…? Zoya no lo pudo pronunciar pero, aun así, Gilliard entendió y sacudió tristemente la cabeza.
    – Gibbes y yo tuvimos que irnos…, pero regresamos en agosto. Nos permitieron entrar en la casa, pero no había nadie, mademoiselle. -No se atrevió a decir lo que había visto: orificios de bala y tenues rastros de sangre lavada-. Nos dijeron que los habían trasladado a otro sitio, pero Gibbes y yo temimos lo peor.
    Zoya esperó el resto de la historia con el corazón transido de dolor, aunque sin perder totalmente la esperanza de un final feliz. Después de tantas penalidades, por necesidad tenía que ser así. La vida no podía ser tan cruel como para permitir que los bolcheviques mataran a quienes ella tanto amaba…, un frágil chiquillo, cuatro muchachas que eran sus amigas y la madre. Bastante desgracia tuvieron con la muerte del padre. No era posible que todavía hubiera cosas peores. Miró a Gilliard mientras este cerraba los ojos y trataba de reprimir las lágrimas. El profesor llegó a París justo la víspera y estaba muy cansado del viaje.
    – Regresamos a Ekaterinenburg el día del cumpleaños de Alexis, pero ya no estaban. -Gilliard suspiró-. A partir de entonces nos quedamos allí. Yo tenía la absoluta certeza de que aún estaban vivos, a pesar de los orificios de bala que había en la casa.
    – Orificios de bala -repitió Zoya, sintiendo que el corazón le daba un vuelco-. ¿Dispararon contra Nicolás en presencia de sus hijos?
    – Habían matado a Nagorny tres días antes, porque quiso impedir que un soldado robara las medallas de Alexis. El zarevich debió de morirse de pena, pues lo había tenido a su lado desde que nació.
    El fiel Nagorny, que se negó a abandonarlos. ¿Cuándo terminaría aquella locura?
    – A mediados de julio, los bolcheviques les dijeron que sus parientes pretendían rescatarlos, por lo que tendrían que trasladarlos a otro sitio antes de que descubrieran su paradero. -Zoya recordó las cartas de Mashka en las que la informaba de dónde estaban. Pero ¿quién intentó salvarlos?-. La sangrienta revolución causaba estragos desde el mes de junio y resultaba prácticamente imposible ir a ningún sitio. Sin embargo, a medianoche los obligaron a levantarse y les ordenaron vestirse. -A Gilliard se le quebró la voz mientras Zoya le apretaba dolorosamente las manos. Eran dos personas abandonadas en una isla desierta. Los demás se habían ido, pero ¿adónde? Zoya aguardó el resto de la historia sin pronunciar palabra. Pronto le diría que ya estaban camino de París-. Bajaron todos a la planta baja, el zar, la zarina y sus hijos… Anastasia iba con Jimmy. -Pierre Gilliard rompió en sollozos al recordar al pequeño cocker spaniel de Alexis-. Y con Joy… -Sava emitió un quejido como si recordara el nombre de su madre-. El zarevich ya no podía tenerse en pie…, estaba muy enfermo…, les ordenaron vestirse y los acompañaron al sótano a esperar el transporte… Nicolás pidió sillas para Alejandra y Alexis, y sostenía al zarevich sobre sus rodillas cuando entraron, Zoya… -Gilliard apenas podía hablar-, le sostenía sobre sus rodillas cuando dispararon… -Debió de ser el momento en que mataron a Nicolás, pensó Zoya con inmenso dolor-. Dispararon contra todos, Zoya Nikolaevna…, abrieron fuego contra todos; solo Alexis vivió un poco más, y le golpearon la cabeza con las culatas de los rifles mientras abrazaba a su padre… después mataron al pobre Jimmy. Anastasia se desmayó y, cuando luego se puso a gritar, la atravesaron con las bayonetas. Después… -Zoya lloró en silencio, incapaz de creer lo que escuchaba-, los llevaron a una mina y los rociaron con ácido… Todos han muerto, pequeña Zoya, hasta el pobre e inocente niño. -Zoya estrechó al preceptor en sus brazos y le palmeó la espalda mientras este lloraba sin poderse contener. A pesar de los meses transcurridos, aún no podía creerlo-. Vimos a Joy; uno de los soldados se la llevó, estaba casi muerta de hambre cuando la encontraron cerca de la mina… gimiendo por aquellos a los que tanto amaba. Nadie sabrá nunca lo buenos que eran, Zoya, y lo mucho que les quisimos.
    – Oh, Dios mío, mi pobre y pequeña Mashka…, asesinada con rifles y bayonetas…, qué horror debió de experimentar…
    – Nicolás se levantó para intentar detenerlos…, pero nadie los podía detener. Si nos hubieran permitido quedarnos con ellos…, aunque eso tampoco hubiera servido de nada.
    Gilliard no dijo a Zoya que los rusos blancos liberaron Ekaterinenburg ocho días más tarde. Tan solo ocho días que representaban ocho vidas enteras.
    Zoya lo miró con ojos inexpresivos. Ya nada le importaba. Nada volvería a importarle jamás. Se cubrió el rostro con las manos y lloró mientras Gilliard la sostenía en sus brazos.
    – Tenía que comunicárselo personalmente. No sabe cuánto lo siento…
    Qué palabras tan inadecuadas para lamentar la pérdida de unos seres tan extraordinarios. Hasta su último día de estancia en Tsarskoe Selo no comprendieron lo que ocurría. Zoya pensó que hubiera debido quedarse con ellos. Los bolcheviques hubieran podido matarla también a ella, mejor dicho, hubieran tenido que matarla con balas y bayonetas, tal como mataron a Mashka y a los demás…, incluso al pequeño…
    Gilliard se marchó y prometió regresar al día siguiente, cuando hubiera dormido un poco. Cuando se fue no alcanzó a contemplar sus ojos devastados y su rostro vacío. Una vez sola, Zoya cogió a la pequeña Sava y la acunó en sus brazos mientras decía entre sollozos:
    – Oh, abuela, los han matado a todos… -Al final, pronunció en un susurro por última vez en su vida, pues sabía que nunca más podría repetirlo-: Mi Mashka…

27

    Tras enterarse de la noticia a través de Pierre Gilliard, Zoya pasó varios días totalmente aturdida. Al dolor de la muerte de su abuela se añadía ahora la angustia por la ejecución de sus primos. Cuando regresó al día siguiente, Pierre le dijo que el doctor Botkin también había muerto con ellos, lo cual explicaba por qué Zoya no recibía respuesta a sus cartas. Una semana antes de la ejecución de Nicolás, Alejandra y sus hijos, mataron al gran duque Miguel, y al poco otros cuatro grandes duques corrieron igual suerte. La lista parecía interminable. Era como si quisieran destruir toda una estirpe y borrar todo un capítulo de la historia. Los detalles eran de una brutalidad indescriptible.
    A la vista de todo lo que ahora sabía, era lógico que para Zoya la Conferencia de Paz de Versalles no significara nada. Para ella, ni la guerra ni su final significaban nada. Perdió a sus padres, su hermano, su abuela, sus amigos y su patria. Hasta el hombre que amaba la abandonó. Sentada día tras día junto a la ventana en el pequeño apartamento, la vida se le antojaba un desierto. Pierre Gilliard la visitó varias veces antes de marcharse. Quería descansar un poco en su casa de Suiza antes de regresar a Siberia para colaborar en las investigaciones. Pero a Zoya no le importaba. Para ella todo había terminado.
    A finales de enero, París ya era una fiesta y los soldados norteamericanos llenaban las calles. En todas partes se celebraban festejos, representaciones especiales y desfiles en honor de las personalidades llegadas de Estados Unidos para intervenir en la Conferencia de Versalles. Festejaban el término de la gran aventura para adentrarse en la nueva era de paz que se vislumbraba.
    Zoya no podía celebrar nada. Vladimir la visitó varias veces tras la partida de Pierre Gilliard hacia Berna para reunirse con su mujer. Zoya se mostraba tan abatida y taciturna que el príncipe temía no solo por su seguridad, sino también por su cordura. La noticia se divulgó lentamente entre los refugiados, y todos lloraron en silencio la muerte del zar y su familia. Los Romanov serían amargamente añorados y quienes los conocieron jamás podrían olvidarlos.
    – Déjame llevarte a dar un paseo, pequeña. Te sentaría bien ir a algún sitio.
    – Aquí tengo todo lo que necesito, Vladimir -contestó ella con tristeza, acariciando a la pequeña Sava.
    Vladimir le llevaba comida, tal como en los primeros tiempos. En una ocasión incluso le llevó una botella de vodka, confiando en que la joven ahogara sus penas en la bebida. Pero la botella permaneció sin abrirse y Zoya apenas probaba bocado. Se consumía lentamente como si quisiera reunirse cuanto antes con los suyos.
    Varias mujeres fueron a visitarla, pero la mayoría de las veces Zoya no abría la puerta. Permanecía sentada en el apartamento a oscuras, esperando a que desistieran.
    A finales de enero, Vladimir temió que le ocurriera algo e incluso habló con un médico. No se podía hacer nada por ella, solo esperar que superara por sí sola la depresión.
    Vladimir pensaba en ella una tarde en que se dirigió con su taxi al hotel Crillon, esperando que algún norteamericano importante alquilara sus servicios. Como en respuesta a sus plegarias, miró hacia la otra acera y lo vio. Tocó insistentemente el claxon y agitó la mano, pero el norteamericano de uniforme desapareció en el interior del hotel. Vladimir descendió del taxi, suplicando que no hubiera sido una ilusión. Cruzó la calle, entró en el hotel y lo alcanzó a punto de tomar el ascensor. Clayton se volvió asombrado al oír que lo llamaban. Cuando vio a Vladimir, temió que hubiera ocurrido alguna desgracia.
    – Por fortuna es usted -dijo Vladimir y suspiró de alivio.
    Confiaba en que quisiera ver a la muchacha. No sabía qué había ocurrido entre ambos, pero estaba seguro de que algo debió de suceder antes de que Clayton abandonara París.
    – ¿Le ha ocurrido algo a Zoya? -preguntó Clayton al ver el rostro de Vladimir. Llegó la víspera y tuvo que hacer enormes esfuerzos de voluntad para no ir a verla. No quería torturar a la joven. Era mejor así. Deseaba que Zoya iniciara una nueva vida y, a pesar de lo mucho que la echaba de menos, no deseaba reanudar sus relaciones. Recién llegado a Nueva York le ordenaron que regresara a París para participar en las numerosas reuniones del Tratado de Versalles, antes de abandonar el ejército para siempre. Regresó temeroso, pues no sabía si podría estar en París sin intentar verla-. ¿Es Zoya? -le preguntó al aristocrático príncipe, asustado por la expresión de sus ojos.
    – ¿Podríamos hablar un momento?
    Vladimir miró a su alrededor en el vestíbulo del hotel, completamente abarrotado de gente. Tenía que contarle muchas cosas. Clayton consultó su reloj. Disponía tan solo de dos horas. Asintió con la cabeza y siguió a Vladimir hasta el taxi.
    – Dígame por lo menos si está bien, hombre. ¿Le ha ocurrido algo?
    Con expresión muy seria, el príncipe puso en marcha el vehículo. Su chaqueta y los puños de su camisa estaban más raídos que nunca, pero el cabello blanco como la nieve y el bigote cuidadosamente recortado ofrecían un aspecto impecable. Todo en él denotaba nobleza y distinción. En París había muchos príncipes, duques y miembros de nobles familias, haciendo de taxistas, barrenderos y camareros.
    – No le ha ocurrido nada, capitán -contestó Vladimir mientras Clayton suspiraba de alivio-. Por lo menos, no de forma directa.
    Se dirigieron a la cervecería Deux-Magots, se sentaron a una mesa del fondo y Clayton pidió dos cafés.
    – Su abuela murió hace tres semanas.
    – Me lo temía.
    Parecía muy enferma y se la veía muy débil cuando él abandonó París hacía más de un mes.
    – Pero lo peor de todo es que Pierre Gilliard regresó de Siberia y fue a verla. La noticia fue un golpe terrible. Zoya lleva sin salir del apartamento desde que se enteró. Temo que pierda el juicio sentada allí sola, pensando en ellos. Es demasiado para ella.
    El príncipe lamentó que Andrews no hubiera pedido algo más fuerte. No le hubiera venido nada mal un vodka solo. A todos les habían ocurrido demasiadas cosas, especialmente a Zoya.
    – ¿Estaba presente Gilliard cuando mataron al zar?
    Clayton se entristeció, pese a que nunca conoció a Nicolás personalmente, sino tan solo a través de lo que Zoya le contó sobre Livadia, el yate y el palacio de Tsarskoe Selo.
    – Al parecer, los soldados del Soviet lo obligaron a marcharse junto con el profesor inglés poco antes de la ejecución, pero ambos regresaron dos meses más tarde y pasaron bastante tiempo hablando con los soldados, los guardias y los campesinos de Ekaterinenburg para colaborar en las investigaciones del Ejército Blanco. Ahora quiere volver y seguir indagando, aunque ya nada tiene importancia. Todos han muerto -añadió Vladimir, mirando con tristeza a Clayton Andrews-. Los asesinaron junto con el zar…, mataron incluso a sus hijos.
    El príncipe no se avergonzó de las lágrimas que resbalaban por sus mejillas. Lloraba cada vez que lo pensaba. Había perdido a muchos amigos. Todos los habían perdido. Clayton lo miró horrorizado y comprendió lo mucho que debió de sufrir Zoya.
    – ¿También a María?
    Era la última esperanza de Zoya.
    – A todos -contestó Vladimir, sacudiendo la cabeza.
    Después relató ciertos detalles que Gilliard no se atrevió a revelar a Zoya. El ácido, las mutilaciones, la quema de los cadáveres. Lo que la joven sabía era más que suficiente. Quisieron borrarlos de la faz de la tierra sin dejar ningún rastro. Pero no podía borrarse la belleza, la dignidad y la gracia, la dulzura y la generosidad de unos seres profundamente buenos. Y, de hecho, no consiguieron destruir lo que estos representaban. Sus cuerpos habían desaparecido, pero su espíritu viviría para siempre.
    – ¿Cómo recibió Zoya la noticia?
    – No estoy muy seguro de que pueda superarlo. No come, no habla y no sonríe. Me parte el corazón verla así. ¿Irá usted a visitarla?
    Vladimir estaba dispuesto incluso a rogárselo de rodillas. Zoya debía vivir. Su abuela ya era una persona mayor, pero ella, a los diecinueve años, tenía toda la vida por delante. Tenía que vivir para llevar consigo toda la belleza que conoció, en lugar de morir y enterrarla con ella, tal como estaba haciendo en aquellos momentos.
    Clayton Andrews suspiró mientras removía el café con la cucharilla. Lo que acababa de decir Vladimir era espantoso…, mataron incluso al niño. Pensaba lo mismo que Pierre Gilliard cuando le comunicaron la noticia: «¡Los niños!…, los niños, no…».
    – No creo que quiera verme -contestó, mirando al príncipe.
    – Debe intentarlo. Por el bien de Zoya. -Vladimir no se atrevió a preguntar si todavía la amaba. Siempre pensó que era demasiado mayor para ella y así se lo había dicho a Eugenia. Pero era la única esperanza que quedaba. Había visto el brillo de los ojos de Clayton cuando este las acompañó a la iglesia en Nochebuena. Entonces por lo menos amaba profundamente a la muchacha-. No abre casi nunca cuando llaman a la puerta. A veces le dejo un poco de comida fuera y más tarde la recoge, aunque no sé si se la come.
    Vladimir lo hacía en recuerdo de la condesa. Él también hubiera querido que alguien hiciera lo mismo por Yelena. Ahora le suplicaba a Clayton Andrews que fuera a verla. Hubiera hecho cualquier cosa por ella. Casi lamentaba la llegada de Gilliard, pero tenían que saberlo, no podían pasarse la vida esperando.
    – Lo intentaré -dijo Clayton, consultando su reloj.
    Debía regresar al hotel para participar en una de las interminables reuniones celebradas aquellos días. Se levantó, pagó las consumiciones y le dio las gracias a Vladimir. Mientras volvía al hotel, se preguntó si Zoya le abriría la puerta. Ella se consideraba traicionada y no había comprendido sus razones. Pensó que tal vez lo odiaba, cosa que, en el fondo, sería mejor para ella. Sin embargo, no podía dejarla morir allí. La escena descrita por Vladimir era de pesadilla.
    Asistió impaciente a las reuniones y, a las diez de la noche, salió a la calle y tomó un taxi. Se alegró de que, por una vez, el taxista no fuera un refugiado ruso, sino un francés.
    Cuando llegó el edificio le resultó dolorosamente familiar. Vaciló un instante, antes de subir despacio la escalera. No sabía qué decir. Tal vez fuera mejor no decir nada. Llegar al apartamento del cuarto piso le resultó interminable. Los rellanos le parecieron más fríos, oscuros y pestilentes que antes. En poco tiempo habían ocurrido muchas cosas. Permaneció largo rato de pie frente a la puerta, preguntándose si Zoya estaría durmiendo. El corazón le dio un vuelco cuando oyó unas pisadas.
    Llamó suavemente con los nudillos y las pisadas cesaron. Al cabo de un buen rato, cuando ella pensó que el visitante ya se habría ido, se oyeron nuevamente las pisadas e incluso un ladrido de Sava. El corazón le latió apresuradamente al pensar que la tenía tan cerca. Estaba allí para ayudarla. Llamó nuevamente con los nudillos y dijo, acercando el rostro a la puerta:
    – Télégramme! Télégramme!
    Era un truco muy burdo, pero de otro modo Zoya no abriría la puerta.
    Las pisadas se acercaron y la puerta se abrió una rendija, pero allí donde él estaba, la joven no podía verlo. Clayton se adelantó un paso, empujó suavemente la puerta, apartó a Zoya a un lado y le dijo en voz baja:
    – Debería tener más cuidado, mademoiselle.
    Zoya jadeó y palideció intensamente. Clayton se quedó de una pieza al verla tan delgada. El príncipe tenía razón.
    – ¿Qué haces aquí? -preguntó la muchacha, mirándolo asustada.
    – He venido de Nueva York a ver cómo estabas -contestó Clayton en tono burlón.
    Sin embargo, ella ya no estaba para bromas y tampoco le interesaba el amor.
    – ¿Por qué has venido? -preguntó muy seria.
    Clayton deseó estrecharla en sus brazos, pero no se atrevió.
    – Quería verte. He venido para las negociaciones del Tratado de Paz de Versalles. -En aquel momento, apareció Sava y empezó a lamerle la mano. Ella no lo había olvidado, aunque Zoya no quisiera recordarlo-. ¿Puedo entrar unos minutos?
    – ¿Para qué?
    Zoya tenía los ojos muy tristes, pero estaba más guapa que nunca.
    – Porque todavía te quiero, Zoya, nada más que por eso -contestó Clayton sin poder mentirle por más tiempo.
    No era lo que tenía previsto decir, pero no pudo evitar que las palabras brotaran de su boca.
    – Eso ya no tiene importancia.
    – Para mí, sí.
    – No la tenía cuando te marchaste hace seis semanas.
    – Te equivocas. Consideré lo mejor para ti. Pensé que tenías derecho a algo más de lo que yo podía ofrecerte. -Podía ofrecerle todo desde el punto de vista material, pero no podía darle ni la juventud ni los años desperdiciados antes de conocerla. Ahora, a la vista de lo que Vladimir le había contado, ya no estaba muy seguro de que eso tuviera tanta importancia como creía-. Te dejé precisamente porque te amo, no por lo contrario. -Sin embargo, ella no lo había entendido así-. No quería abandonarte. Ignoraba que ocurrirían tantas cosas después de mi partida.
    – ¿A qué te refieres? -preguntó tristemente Zoya.
    Intuyó que Clayton sabía algo, pero no adivinaba qué.
    – Vi a Vladimir esta tarde.
    – ¿Y qué te dijo?
    Zoya se irguió mientras él la miraba apenado. La muchacha había sufrido mucho y no era justo. Aquello hubiera tenido que ocurrirle a otra persona. No a Zoya ni a Eugenia ni a los Romanov… y ni siquiera a Vladimir. Se compadeció de todos y sintió que la amaba más que nunca.
    – Me lo explicó todo, pequeña. -Clayton se acercó y la atrajo suavemente a sus brazos sin que ella opusiera resistencia-. Me contó lo de tu abuela… -Tras una breve vacilación, añadió-: Y lo de tus primos… y la pequeña Mashka…
    Zoya ahogó un sollozo y apartó el rostro mientras él la sostenía en sus brazos. De pronto, como si se hubiera roto una presa, empezó a llorar. Clayton la llevó casi en volandas al interior del apartamento, la sentó en el sofá y la estrechó fuertemente en sus brazos. Zoya lloró largo rato hasta que, al final, la estancia quedó en silencio. Entonces fijó sus ojos verdes en los de su amado y él la besó con dulzura, como tantas veces hiciera antes de su partida.
    – Hubiera querido estar aquí cuando recibiste la noticia.
    – Yo también hubiera querido tenerte a mi lado -reconoció Zoya y rompió nuevamente a llorar-. Todo ha sido tan horrible desde que te fuiste, tan espantoso… Mashka, mi pobre Mashka… Pierre me dijo que los disparos la mataron en el acto. Pero los demás…
    – No lo pienses más. Procura olvidarlo.
    – ¿Cómo podría? -preguntó Zoya, sentada todavía sobre sus rodillas, tal como hacía cuando hablaba con su padre.
    – Tienes que intentarlo, Zoya. Piensa en lo valiente que fue tu abuela. Te sacó de Rusia en una troika y te llevó a la libertad y a la seguridad. No te trajo hasta aquí para que abandonaras la esperanza y permanecieras sentada en este apartamento hasta aniquilarte. Te trajo aquí para que tuvieras una vida mejor, para salvar tu vida. Ahora no debes desperdiciarla. Sería una ofensa a su memoria y a todo lo que ella intentó por ti. Debes honrar su recuerdo y hacer todo lo posible por alcanzar una situación favorable en la vida.
    – Sé que tienes razón, pero me resulta tan difícil ahora. -De repente, Zoya recordó algo y miró tímidamente a Clayton-. Antes de morir, mencionó lo del dinero. Pensaba devolvértelo, pero he preferido utilizarlo -añadió, ruborizándose.
    – Magnífico -dijo Clayton y se alegró de haber hecho algo por ella-. Vladimir dice que llevas muchos meses sin bailar.
    – No bailo desde que la abuela se puso enferma…, después, cuando vino Pierre… ya no tuve ánimos.
    – Tanto mejor.
    Clayton miró por encima de su cabeza y, al ver el samovar, esbozó una nostálgica sonrisa.
    – ¿Qué quieres decir con eso? ¿Sabes?, Diaghilev me ha vuelto a pedir que vaya de gira con ellos. Ahora podría hacerlo, si quisiera -dijo Zoya y sonrió por primera vez.
    – No, no podrías.
    – ¿Por qué?
    – Porque irás a Nueva York.
    – ¿De veras? -preguntó Zoya, perpleja-. ¿Por qué?
    – Para casarte conmigo -contestó Clayton-. Dispones exactamente de dos semanas para arreglar las cosas. Después nos iremos. ¿Qué te parece?
    – ¿Hablas en serio? -preguntó Zoya, mirándolo con asombro.
    – Sí, siempre y cuando me quieras. -De pronto, Clayton recordó que Zoya era una condesa, aunque no por mucho tiempo. Se casaría antes de abandonar París. Y, a partir de aquel momento, la muchacha sería la señora de Clayton Andrews para el resto de su vida-. Si eres lo bastante tonta como para cargar con un viejo, allá tú te las compongas, señorita Nikolaevna Ossupov. Ya no pienso advertirte más.
    – Muy bien.
    Zoya le abrazó como una chiquilla extraviada y se echó a llorar, pero esta vez sus lágrimas eran de alegría y no de tristeza.
    – Es más -añadió Clayton, dejándola cuidadosamente en el suelo mientras él se levantaba-, recoge algunas cosas. Voy a alquilar una habitación para ti en el hotel. Quiero vigilarte antes de que nos vayamos. No quiero pasar las dos semanas que faltan aporreando esta puerta y gritando «télégramme!» para que me abras.
    Zoya rió mientras se enjugaba las lágrimas de los ojos.
    – ¡Eso fue una tontería por tu parte!
    – No tanto como la tuya, simulando no estar en casa. Bueno, recoge tus cosas. Dentro de unos días volveremos por el resto.
    – Apenas tengo nada. -Zoya miró a su alrededor y pensó que no quería llevarse casi nada, excepto el samovar y algunos objetos de su abuela. Quería superar el pasado y empezar una nueva vida con Clayton-. Pero ¿de veras hablas en serio?
    ¿Y si cambiaba de idea? ¿Y si volvía a dejarla o la abandonaba en Nueva York?
    – Pues claro, pequeña -contestó Clayton, conmovido ante el temor que reflejaban sus ojos-. Hubiera debido llevarte conmigo cuando me fui. -Sin embargo, ambos sabían que ella no podía dejar a su abuela y, además, entonces no estaba en condiciones de poder viajar-. Te ayudaré a hacer el equipaje.
    Zoya sacó una pequeña maleta y, de pronto, se acordó de la perra. No podía dejarla, era el único ser amigo que le quedaba, exceptuando a Clayton, claro.
    – ¿Puedo llevar a Sava al hotel?
    – Desde luego.
    Clayton levantó a la perrita en brazos y esta trató desesperadamente de lamerle la barbilla. Zoya tomó la pequeña maleta y apagó en silencio las luces. Ya era hora de que fuera a casa. Cerró la puerta sin mirar atrás y bajó la escalera siguiendo a Clayton, hacia una nueva vida.

28

    Tardó menos de un día en hacer el equipaje. Tomó el samovar, sus libros, las labores de punto y los chales de su abuela, sus propios vestidos, el mantel de encaje y poco más. El resto se lo dio a Vladimir, a unos amigos y al sacerdote de San Alejandro Nevsky.
    Se despidieron del príncipe Markovsky y Zoya prometió escribir. A los pocos días, ambos se convirtieron en marido y mujer. Era como un sueño, pensó Zoya, mirando a Clayton con lágrimas en los ojos. Lo había perdido todo, y ahora incluso perdía su apellido. Regresó con él al hotel, aferrada a su brazo como si temiera que Clayton cambiara de parecer.
    Se quedaron dos días en París y después tomaron un tren con destino a Suiza.
    Decidieron pasar la luna de miel allí porque Zoya confesó a Clayton que antes de irse deseaba ver una vez más a Pierre Gilliard.
    Tardaron dos días en llegar a Berna. El último día, Zoya experimentó un sobresalto al abrir los ojos. Las montañas coronadas de nieve le hicieron recordar por un instante su amada Rusia.
    Gilliard acudió a recibirlos a la estación y después almorzaron en su casa con su mujer, antigua niñera de los hijos del zar. La esposa de Gilliard abrazó a Zoya y lloró. Todo el almuerzo estuvo poblado de tristes recuerdos.
    – ¿Cuándo regresarán allí? -preguntó Clayton a Gilliard mientras Zoya miraba unas fotografías con la esposa del preceptor.
    – En cuanto recuperemos las fuerzas. La vida en Siberia era muy dura para mi mujer. No quiero que me acompañe. Gibbes y yo acordamos reunirnos para ver si logramos averiguar algo más.
    – ¿Importa eso ahora? -preguntó Clayton con toda sinceridad.
    Todo había terminado y de nada servía aferrarse a un pasado doloroso. Sin embargo, Gilliard tenía una obsesión muy comprensible dado que durante veinte años fue el preceptor de los hijos del zar y ellos significaban toda su vida.
    – A mí, sí. No descansaré hasta que lo sepa todo, hasta que averigüe si alguno sobrevivió.
    Era una idea que venía rumiando desde hacía algún tiempo.
    – ¿Hay alguna posibilidad?
    – No lo creo, pero quiero asegurarme; de lo contrario, nunca podré descansar.
    – Los quería usted mucho.
    – Todos los queríamos. Eran una familia extraordinaria. Incluso en Siberia algunos guardias se ablandaron cuando los conocieron de cerca. Los sustituían constantemente para que no se encariñaran con ellos. No se imagina usted cuánto molestaba esto a los bolcheviques. Nicolás era amable con todo el mundo, incluso con los que destruyeron su imperio. No creo que jamás se perdonara el hecho de haber abdicado. Leía constantemente historia y un día me comentó que el mundo afirmaría que él no estuvo a la altura de las circunstancias y se dio por vencido…, creo que eso le partía el corazón.
    Era una visión singular de un hombre y de un momento especial del pasado que ya nunca volvería. La grandeza y el esplendor conocido por ellos empequeñecía cualquier cosa que Clayton pudiera ofrecer a Zoya en Nueva York. Sin embargo, Clayton estaba seguro de que ella sería feliz allí. Nunca volvería a pasar hambre ni frío. Eso, por lo menos, podía garantizarlo. Incluso tenía pensado comprarle una casa. Su mansión de ladrillo en la zona baja de la Quinta Avenida le parecía demasiado pequeña.
    Pasaron tres días en Berna y después fueron a Ginebra y Lausana.
    Regresaron a París a finales de febrero y embarcaron en el Paris rumbo a Nueva York. El barco, con sus cuatro impresionantes chimeneas, zarpó de Le Havre en un día muy agradable. Era el orgullo de la French Line y llevaba tres años inactivo porque fue botado durante la guerra.
    Zoya se divirtió como una chiquilla durante la travesía. Engordó un poco y le brillaban los ojos como antes. Cenaron varias veces con el capitán y bailaban hasta altas horas de la noche. Zoya se sentía casi culpable de experimentar tanta felicidad habiendo dejado a su espalda a tantas personas en su mundo perdido. Sin embargo, Clayton no quería que pensara en ello. Deseaba que mirara hacia el futuro, hacia la nueva vida que ambos compartirían. Le hablaba de la casa que construirían, de la gente que conocería, de los hijos que tendrían. Zoya aún no había cumplido los veinte años y su vida acababa de empezar.
    La víspera de la llegada a Nueva York, Zoya le ofreció el regalo de boda que guardaba para él. Todavía estaba envuelto en el chal de su abuela. Al contemplar la exquisita belleza de aquel huevo de Pascua, Clayton jadeó de asombro. Zoya depositó el pequeño cisne de oro sobre la mesa y le enseñó cómo funcionaba.
    – Es el objeto más bello que he visto en mi vida…, mejor dicho, el segundo objeto más bello -dijo Clayton, mirándola con una sonrisa.
    Zoya pareció un poco decepcionada. Quería que Clayton apreciara aquel huevo tanto como ella, por ser la única reliquia del pasado que conservaba.
    – ¿Y cuál es el primero?
    – Tú, amor mío. Tú eres el más bello y el mejor.
    – Qué tonto -le dijo Zoya riendo.
    Pasaron toda la noche haciendo el amor y estaban todavía despiertos cuando a la mañana siguiente apareció ante su vista la estatua de la Libertad y el barco atracó en Nueva York.

NUEVA YORK

29

    Zoya permaneció de pie en cubierta, contemplando maravillada cómo el Paris fondeaba en el muelle de la French Line, en la desembocadura del río Hudson. Llevaba un vestido negro de Chanel que Clayton le compró antes de abandonar París. Para entonces, Chanel ya se había trasladado a la rue Cambon y sus diseños eran mucho más originales que los de Poiret, aunque todavía no fuera tan famosa. Zoya llevaba un sombrero a juego y el cabello recogido en un moño. Le pareció que estaba muy elegante cuando compró el modelo, pero ahora, al mirar a su alrededor, de pronto se sintió un poco ridícula. Las mujeres exhibían lujosos vestidos y pieles, y se adornaban con numerosas joyas. Ella, en cambio, solo llevaba la alianza de oro que Clayton le puso en el dedo el día de la boda.
    Por ninguna parte había champán, a diferencia de lo ocurrido cuando el barco se hizo a la mar en Le Havre. Los buques franceses tenían que respetar la prohibición de alcohol y no se permitía ningún tipo de licor una vez dentro del límite de las tres millas. Solo podían servirse bebidas alcohólicas en aguas internacionales, a diferencia de los barcos norteamericanos que no podían servirlas en ningún lugar. De ahí la popularidad de los buques franceses y británicos.
    Zoya jamás había visto nada semejante a la silueta de los edificios de Nueva York recortados contra el cielo. Lejos quedaban las iglesias, las cúpulas, las agujas, la antigua elegancia de Rusia o el esplendor de París. Esto era moderno, vivo y excitante, pensó Zoya cuando Clayton la acompañó a su Hispano-Suiza y el chófer se hizo cargo de los baúles en la aduana.
    – Bueno, pequeña, ¿qué te parece todo esto? -preguntó Clayton mientras se dirigían a la mansión de la Quinta Avenida que antes compartiera con su primera mujer. Se trataba de un pequeño y elegante edificio, decorado por Elsie de Wolfe, que también había realizado la decoración de las residencias de los Astor y los Vanderbilt en Nueva York, así como la de otras muchas casas en Boston.
    – ¡Esto es maravilloso, Clayton!
    Qué lejos estaba todo aquello de los caminos cubiertos de nieve que recorría en troika cuando se dirigía a Tsarskoe Selo. Por las calles había caballos y coches, mujeres con abrigos de vistosos colores ribeteados de piel y hombres que a su lado caminaban presurosos. Todo el mundo parecía feliz, pensó Zoya cuando descendió del automóvil y contempló la mansión de ladrillo. Era más pequeña que el palacio de Fontanka, pero, en comparación con las restantes casas de Nueva York, parecía enorme. Al entrar en el vestíbulo de mármol, dos doncellas con uniformes grises, delantal y cofia se acercaron y tomaron su abrigo. Ella sonrió tímidamente.
    – Les presento a la señora Andrews-anunció Clayton cuando entró la anciana cocinera, seguida de dos doncellas procedentes de la cocina.
    El mayordomo era británico y parecía muy circunspecto. La casa estaba llena de los objetos preferidos de la decoradora De Wolfe: muebles antiguos franceses mezclados con lo que ella solía llamar «estilo moderno». Clayton ya le había dicho a Zoya que podría cambiar lo que quisiera. Sin embargo, a Zoya todo le gustaba, incluso los amplios ventanales que daban al jardín cubierto de nieve. Zoya batió palmas como una chiquilla mientras él se reía y la acompañaba al dormitorio del piso de arriba. Del techo colgaba una preciosa araña, las colchas y las cortinas eran de raso color rosa, y el cuarto de vestir también tenía las paredes revestidas de raso y unos armarios que a Zoya le recordaron los de su madre. La joven rió al ver los vestidos que la doncella había colgado en ellos tras deshacer su equipaje aquella tarde.
    – Me temo que los criados sufrirán una decepción -dijo riendo en el cuarto de vestir poco antes de la cena. Acababa de tomar un baño en la suntuosa bañera de mármol. Atrás quedaban los horrores de la minúscula bañera del cuartito al fondo del rellano en el apartamento de las inmediaciones del Palais Royal. Nunca más tendría que compartir el cuarto de baño con los vecinos. Aquello era como un sueño, pensó, y miró al hombre que la había rescatado de las zozobras de su vida en París. Nunca imaginó que fuera tan rico ni tan importante en la sociedad de Nueva York. Viéndolo de uniforme y con modales tan sencillos, nunca lo hubiera sospechado-. ¿Por qué no me hablaste de todo esto?
    – De nada hubiera servido, de todos modos.
    Clayton sabía que Zoya no lo amaba por su riqueza, lo cual era un consuelo. Se alegraba de no tener que sufrir el acoso de las hijas de las amigas de su difunta madre, recientemente divorciadas o viudas, a la caza de un próspero marido de buena familia, cosa que él era sin la menor duda. Sin embargo, lo más importante para Zoya era su cariño y su benevolencia.
    – A mí me avergonzaba hablarte de nuestra vida en San Petersburgo…, temía que te pareciera excesiva.
    – Y así era, en efecto -dijo Clayton riendo-, pero también encantadora…, casi tanto como mi preciosa novia.
    Clayton la vio ponerse su nuevo juego de ropa interior de raso y decidió quitárselo inmediatamente.
    – ¡Clayton! -exclamó Zoya, pero no protestó cuando él la llevó de nuevo a la cama.
    Todas las noches se presentaban con retraso a la cena y Zoya se avergonzaba ante la visible desaprobación del mayordomo.
    Los criados no eran muy amables con ella y siempre oía murmullos cuando recorría la casa. La servían a regañadientes y, siempre que podían, hacían comentarios sobre la anterior señora. Al parecer, la ex mujer de Andrews era la suma de todas las perfecciones. Una criada tuvo incluso la osadía de dejar en su cuarto de vestir un ejemplar de la revista Vogue, abierto por las páginas en las que el famoso Cecil Beaton elogiaba su más reciente vestido de noche y la fiesta que ella ofreció a sus amigos en Virginia.
    – Era encantadora, ¿verdad? -preguntó Zoya una noche, sentada con Clayton frente al fuego de la chimenea de su dormitorio.
    Allí la chimenea no era una necesidad sino un simple elemento decorativo. Más de una vez la joven se entristecía al pensar en Vladimir, pasando frío en su casa, y en sus restantes amigos que padecían hambre en París. Se sentía culpable por todas las comodidades que Clayton le ofrecía.
    – ¿Quién era encantadora? -preguntó él sin comprender.
    – Tu ex mujer.
    Se llamaba Margaret.
    – Cuando quería era muy elegante. Pero también lo eres tú, mi pequeña Zoya. Aún no hemos ido de compras como es debido.
    – Me mimas demasiado.
    Zoya sonrió tímidamente y se ruborizó. Él la estrechó en sus brazos.
    – Te mereces mucho más de lo que yo pueda darte. -Clayton quería compensarla de todos sus sufrimientos en París. El huevo imperial presidía la repisa de la chimenea del dormitorio junto con unas fotografías de los padres de Clayton en relucientes marcos de plata y tres exquisitas esculturas de oro, pertenecientes a su madre-. ¿Eres feliz, pequeña?
    – ¿Cómo no iba a serlo? -contestó Zoya y lo miró con expresión radiante.
    Clayton la presentó a sus amigos y la llevó a todas partes, pero ambos se percataron muy pronto de la oscura envidia de las mujeres. Zoya era joven y bella, y estaba preciosa con los lujosos vestidos que él le compraba.
    – ¿Por qué me tienen tanta antipatía?
    Zoya sufría en secreto cuando las mujeres interrumpían sus conversaciones al verla y procuraban dejarla de lado.
    – No es antipatía, sino envidia.
    Clayton estaba en lo cierto. Sin embargo, a finales de mayo, se enfureció ante los rumores que circulaban por la ciudad: alguien hizo correr la voz de que Clayton Andrews se había casado con una vulgar bailarina de París. Se habló del Folies Bergère y un borracho de su club se atrevió incluso a preguntarle si Zoya bailaba el cancán. Tuvo que hacer un esfuerzo para no partirle la cara de un puñetazo.
    Durante una fiesta, una mujer le preguntó a otra si era cierto que Zoya se dedicaba a la prostitución en París.
    – Seguramente, sí. ¡Fíjate cómo baila!
    Clayton le había enseñado a bailar el foxtrot y, en aquellos momentos, evolucionaba con ella en la pista, visiblemente enamorado de la joven esposa que suscitaba tantas envidias. Zoya tenía una cintura que podía rodearse con ambas manos, unas piernas torneadas y un rostro de ángel. Cuando se iniciaron los acordes de un vals, Zoya miró con lágrimas en los ojos a Clayton y recordó la noche en que se conocieron y los sufrimientos de antaño. Cerró los ojos y se encontró de nuevo en San Petersburgo, bailando con Konstantin o con el apuesto Nicolai, vestido con el uniforme de gala de la Guardia Preobrajensky, o con el zar Nicolás en el Palacio de Invierno. Recordó el baile de su presentación en sociedad que nunca llegó a celebrarse, pero ya no sintió tanta tristeza. Clayton la había compensado de todos sus sinsabores y ahora podía incluso contemplar las fotografías de su querida Mashka con una sonrisa nostálgica, pero sin lágrimas en los ojos. Siempre conservaría en su corazón el recuerdo de sus amigos y seres queridos.
    – Te quiero mucho, pequeña… -susurró Clayton, en junio, mientras bailaban en la fiesta de los Astor. De pronto Zoya se detuvo como si hubiera visto un fantasma y su rostro palideció-. ¿Ocurre algo?
    – No es posible…
    Zoya sintió que se mareaba. Un alto y apuesto caballero acababa de entrar en el salón del brazo de una bonita mujer ataviada con un vestido de noche azul, adornado con lentejuelas.
    – ¿Los conoces? -preguntó Clayton.
    Pero Zoya no podía hablar. Era el príncipe Obolensky, o alguien que se le parecía como una gota de agua, y la mujer parecía la gran duquesa Olga, la tía de las hijas del zar que cada domingo llevaba a sus sobrinas a almorzar con su abuela y después se detenía a tomar el té con Zoya en el palacio de Fontanka.
    – ¡Zoya! -Clayton temió que se desmayara cuando la mujer lanzó un grito de asombro y se acercó a ellos. Zoya se echó a llorar como una chiquilla y se arrojó a sus brazos-. Pero, cariño, ¿eres tú?…, oh, mi pequeña Zoya… -La encantadora Olga la estrechó en sus brazos y ambas derramaron lágrimas de alegría mezclada con el dulce recuerdo de los seres perdidos. Clayton y el príncipe Obolensky las miraban en silencio-. Pero ¿qué estás haciendo aquí?
    Zoya se inclinó en profunda reverencia y se volvió para presentar a su apuesto marido.
    – Olga Alexandrovna, permíteme presentarte a Clayton Andrews, mi marido.
    Clayton inclinó la cabeza y besó la mano de la gran duquesa.
    Más tarde, Zoya le explicó que Olga era la hermana menor del zar.
    – ¿Dónde estuviste desde entonces…?
    La gran duquesa no pudo terminar la frase. Llevaba sin ver a Zoya desde que ambas abandonaran Tsarskoe Selo.
    – Estuve en París con la abuela… Murió al día siguiente de Navidad.
    La gran duquesa volvió a abrazarla. Todos los asistentes al baile contemplaban la emotiva escena. La noticia se extendió en cuestión de horas. La nueva esposa de Clayton Andrews era una condesa rusa. Los rumores sobre el Folies Bergère se esfumaron como el viento en cuanto el príncipe Obolensky describió los fabulosos bailes que solían celebrarse en el palacio de Fontanka.
    – Su madre era la mujer más encantadora que he conocido en mi vida. Fría como todas las alemanas y un poco estirada, pero increíblemente hermosa. Su padre era un hombre simpatiquísimo. Fue una lástima que lo mataran. Cuántos hombres extraordinarios se perdieron -añadió el príncipe, y a continuación tomó un sorbo de champán.
    Durante el resto de la velada, Zoya no se separó ni un momento de Olga. La gran duquesa residía en Londres, pero estaba en Estados Unidos para visitar a unos amigos. Se alojaba en la residencia del príncipe Obolensky y de su esposa, Alice Astor.
    La noticia sobre los orígenes de Zoya, su aristocrática familia y sus relaciones de parentesco con el zar corrió por Nueva York como un reguero de pólvora y la convirtió de golpe en la estrella de la alta sociedad neoyorquina. Cecil Beaton daba cuenta de todos sus movimientos y las invitaciones a fiestas se multiplicaban por doquier. Las personas que antes la despreciaban, ahora la colmaban de atenciones.
    Elsie de Wolfe se ofreció a cambiar la decoración de la casa y, más tarde, hizo a Zoya una sugerencia extraordinaria. Ella y sus amigos habían comprado unas viejas granjas en el East River y estaban reformándolas a lo largo de una calle llamada Sutton Place. Aún no estaba de moda, pero ella sabía que lo estaría cuando terminaran las reformas.
    – ¿Me permite que le haga una para usted y Clayton?
    Elsie estaba decorando una de aquellas casas para el agente de bolsa William May Wright y su mujer Cobina. Sin embargo, Zoya se encontraba a gusto en la mansión de ladrillo.
    Zoya dio su primera fiesta en honor de la gran duquesa Olga antes de que regresara a Londres. A partir de entonces, se convirtió en la estrella más fulgurante de Nueva York, para gran deleite de su marido. Clayton accedía a todos sus caprichos y había encargado en secreto a Elsie de Wolfe que les decorara una de las casas de Sutton Place. Zoya se quedó boquiabierta cuando vio la lujosa residencia, aunque no fuera tan impresionante como la nueva mansión de los Wright, donde la víspera tuvieron ocasión de conocer al gran actor y bailarín Fred Astaire y a la célebre Tallulah Bankhead. En la casa no había un cuarto de baño con las paredes revestidas de piel de visón, pero se respiraba una atmósfera de comedida elegancia, con suelos de mármol, encantadoras vistas y grandes y ventiladas estancias repletas de tesoros que, a juicio de Elsie, forzosamente complacerían a la joven condesa rusa. La gente se dirigía a ella con aquel tratamiento, pero Zoya insistía siempre en que la llamaran simplemente señora Andrews. La idea de utilizar su título le pareció ridícula, pese a que a muchos norteamericanos les encantaba.
    Por aquel entonces había en Nueva York muchos refugiados rusos, recién llegados de París, de Londres e incluso directamente de Rusia. Los relatos de cómo habían huido de la guerra civil entre los ejércitos Rojo y Blanco que pugnaban por controlar el martirizado país eran escalofriantes. A Zoya le hacían mucha gracia ciertos rusos blancos. Entre ellos figuraban muchos aristócratas que conocía, pero otros hacían alarde de títulos que jamás habían ostentado en Rusia. Había príncipes, princesas y condesas por todas partes. Una noche le presentaron incluso a una princesa imperial que resultó ser la sombrerera de su madre, pero ella no lo reveló para no ponerla en un aprieto. Más tarde, la mujer le suplicó que no la descubriera.
    Por su parte, muy a menudo Zoya recibía en su casa a los nobles rusos que antaño fueran amigos de sus padres. El pasado había quedado atrás y no podrían resucitarlo por mucho que lo recordaran e intentaran prolongarlo. Ella quería mirar hacia el futuro y formar parte de la sociedad en donde vivía. El día de Navidad, se permitió el lujo de evocar con lágrimas en los ojos los felices tiempos en Rusia, entonando populares himnos al lado de Clayton, mientras sostenía una vela encendida en recuerdo de los seres queridos que perdió. La Navidad fue una fiesta un poco triste, pero Zoya ya llevaba nueve meses en Nueva York y estaba deseando darle una agradable noticia a Clayton.
    Al volver de la iglesia y tras hacer el amor en la enorme cama con dosel de su casa en Sutton Place, Zoya decidió darle la sorpresa.
    – ¿Cómo? -exclamó Clayton, y temió haberla aturdido-. ¿Por qué no me lo dijiste? -preguntó con inquietud.
    – Lo supe hace apenas dos días -contestó Zoya con lágrimas de emoción.
    Después rió como si fuera la guardiana del secreto más importante del mundo. Aún no se notaba nada, pero ella lo sabía. Desde que el médico confirmara sus sospechas, creía conocer el auténtico significado de la vida. Deseaba por encima de todo tener un hijo de Clayton, pensó, y lo besó con pasión mientras él la miraba embobado. Aún no había cumplido los veinte años y sería la madre de su hijo.
    – ¿Para cuándo será?
    – Todavía falta mucho, Clayton. El niño nacerá en agosto.
    Clayton se ofreció a mudarse a otra habitación para no perturbar su sueño, pero ella se burló de su inquietud.
    – ¡Ni se te ocurra! Como te vayas a otra habitación, ¡me voy contigo!
    – Tendría gracia -dijo Clayton, mirándola con expresión burlona.
    Hubieran podido elegir entre los muchos dormitorios decorados por Elsie de Wolfe. En primavera, Zoya le pidió que también decorara el cuarto infantil. Elsie utilizó tonos azul celeste, con preciosas pinturas murales y finas cortinas de encaje. Fue una nueva creación de la señora De Wolfe, a quien divertían mucho los Rolls Royce en miniatura de Cobina Wright, pero apreciaba mucho más las sensatas opiniones de Zoya sobre cómo debía ser un cuarto infantil. Zoya demostraba en todo momento la dignidad y el buen gusto con que había sido educada, y añadió unos toques personales a la casa de Sutton Place, cuya elegancia y distinción eran unánimemente alabadas. Habían vendido la casa de ladrillo de la Quinta Avenida y tenían nuevos sirvientes.
    El día en que Alexis Romanov, a quien todos llamaban cariñosamente «el niño», hubiera cumplido diecisiete años, nació el primer hijo de Zoya y Clayton. El parto se desarrolló sin contratiempos y la criatura fue un saludable varón de cuatro kilos de peso que lanzó al aire su primer grito mientras su padre paseaba nerviosamente frente a la puerta del dormitorio.
    Cuando Clayton entró finalmente en la habitación, Zoya estaba casi dormida con el pequeño querubín en sus brazos. El niño era pelirrojo como su madre y tenía una graciosa cara redonda. Clayton lo contempló emocionado mientras las lágrimas resbalaban lentamente por sus mejillas.
    – Es precioso, se parece a ti.
    – Solo por el cabello -susurró Zoya medio adormilada. El médico le había administrado un sedante y ahora miraba a su marido como en sueños-. Tiene tu misma nariz. -Clayton rió, contemplando aquel minúsculo capullo de rosa en el angelical rostro de su hijo. Zoya lo miró con una muda súplica en los ojos-. ¿Podríamos bautizarlo con el nombre de Nicolás?
    – Como tú quieras.
    A Clayton le gustaba aquel nombre y, además, sabía cuánto significaba para Zoya. Era el nombre del zar y el de su hermano muerto.
    – Nicolás Konstantin… -dijo Zoya en un susurro antes de caer nuevamente dormida. Su marido la contempló en silencio y abandonó la estancia de puntillas, agradeciéndole aquel regalo a la vida. Después de tantos años, acababa de tener un hijo… ¡Un hijo! Nicolás Konstantin Andrews. Sonaba bien, pensó Clayton, y rió mientras bajaba para brindar con champán en solitario.
    – ¡Por Nicolás! -dijo en la silenciosa estancia-. ¡Y por Zoya! -añadió con una sonrisa.

30

    Los años siguientes volaron como llevados por alas de ángeles, llenos constantemente de gente, emociones y fiestas. Zoya se cortó el cabello a lo chico, para escándalo de su marido, y descubrió los cigarrillos, aunque luego llegó a la conclusión de que eran una tontería. Cecil Beaton siempre escribía sobre ella y sobre las fastuosas fiestas que se celebraban en su casa de veraneo de Long Island.
    Vieron las últimas actuaciones de Nijinsky en Londres, y Zoya se llevó un disgusto enorme cuando supo que había enloquecido y lo habían recluido en un manicomio de Viena. Sin embargo, el ballet ya no formaba parte de su vida, aunque a veces asistía a las funciones acompañada por los Vanderbilt y los Astor. Su vida transcurría entre partidos de polo, recepciones, bailes y fiestas. Solo redujo un poco el ritmo en 1924, cuando descubrió que estaba nuevamente embarazada. El príncipe de Gales acababa de visitarlos en su casa de Long Island, tras asistir a un partido de polo. Esta vez Zoya lo pasó muy mal y Clayton esperó que fuera niña. A los cincuenta y dos años ansiaba una hija.
    La niña nació en la primavera de 1925, el mismo año en que Josephine Baker causaba furor en París.
    Clayton experimentó una emoción indescriptible cuando la vio por vez primera. Era tan pelirroja como su madre y su hermano y enseguida la dio a conocer a sus admiradores. Se ponía a gritar si no obedecían sus órdenes de inmediato y fue la niña de los ojos de su padre en cuanto nació. Alejandra María Andrews fue bautizada con el vestido utilizado en la familia de Clayton desde hacía cuatro generaciones. Se había confeccionado en Francia durante la guerra de 1812. Cuando se lo pusieron, la chiquilla pareció una princesa imperial.
    Tenía el cabello del mismo color que el de su madre y había heredado los ojos de Clayton, pero su personalidad era totalmente original. A los dos años ya imponía su voluntad incluso a su hermano. Nicky, como todos lo llamaban, poseía el mismo encanto de Clayton y el buen humor del hermano de Zoya. Era un niño admirado y querido por todos, especialmente por su madre.
    En cambio, Sasha, a los cuatro años, ya tenía a su padre en el bolsillo. Hasta la vieja Sava corría a esconderse cuando la niña se enfadaba. La perra tenía doce años y seguía a Zoya por toda la casa, o bien permanecía junto al pequeño Nicky, de quien se había encariñado muchísimo.
    – ¡Sasha! -exclamaba Zoya exasperada cuando, al volver a casa, encontraba a la niña luciendo su mejor collar de perlas o empapada con todo un frasco de Lilas, el perfume que seguía utilizando y que Clayton siempre le regalaba-. ¡No debes hacer estas cosas!
    La niñera no podía con ella. Era una joven francesa que habían traído de París, cuyas suaves reprimendas no causaban el menor efecto en la pequeña condesa.
    – No puede evitarlo, mamá -dijo Nicolás, disculpando a su hermana desde la puerta. Tenía ocho años y era tan guapo como su padre-. Es una niña, y a las niñas les gusta ponerse cosas bonitas.
    Zoya lo miró sonriendo. Era tan cariñoso y comprensivo como Clayton. Los quería mucho a todos, pero Alexandra, o Sasha, como la llamaban en casa, muchas veces le hacía perder la paciencia.
    Aquella noche pensaban ir al Cotton Club para bailar hasta la madrugada en Harlem. Recientemente habían asistido a una fabulosa fiesta en el lujoso apartamento del magnate Condé Nast, donde coincidieron con el célebre músico Cole Porter y Elsie de Wolfe, la cual estaba empeñada en decorar una casa para Zoya en Palm Beach, pero Zoya, que tenía la piel muy clara, no era amante del sol y se conformaba con pasar una breve temporada allí cada año, en casa de los Whitney.
    Aquel año, Zoya compraría su vestuario en Lelong. El modisto estaba casado con la encantadora princesa Natalia, hija del gran duque Pablo de Rusia. Tallulah Bankhead regañaba muchas veces a Zoya por no usar suficiente carmín en los labios.
    Estaban de moda los bailes de disfraces, y Clayton lo pasaba muy bien. Tenía cincuenta y siete años y estaba locamente enamorado de su mujer. Aquel año bromeó y le dijo que, ahora que había cumplido los treinta, ya tenía edad para estar casada con él.
    Hoover acababa de ser elegido presidente, tras derrotar al gobernador de Nueva York, Al Smith. Calvin Coolidge decidió no presentarse a la reelección. En aquellos momentos, el gobernador de Nueva York era Franklin Roosevelt, un hombre muy interesante, casado con una mujer inteligente aunque no demasiado bonita. Zoya los apreciaba y aceptaba con agrado sus invitaciones. Juntos fueron a ver la obra Caprice. Clayton se aburrió mortalmente, pero Zoya y Eleanor lo pasaron muy bien. Después vieron Street Scene, ganadora del Premio Pulitzer, pero Clayton prefería mucho más el cine. Era gran admirador de los actores Colleen Moore y Clara Bow. A Zoya le encantaba Greta Garbo.
    – Lo que ocurre es que te gustan los extranjeros -le decía Clayton en broma.
    En realidad, Zoya ya no se sentía extranjera porque, al cabo de diez años, se había integrado por completo en la vida de Nueva York. Le encantaba el teatro, la ópera y el ballet. En enero, llevó a Nicky a ver El caballero de la rosa, pero el niño se escandalizó de que una mujer interpretara el papel de un hombre.
    – ¡Pero si es una niña! -exclamó el chiquillo en voz alta y provocó las risas de la gente del palco contiguo. Zoya tomó su mano y le explicó que ello obedecía a las características de las voces-. Es un asco -sentenció Nicky y se reclinó en su asiento.
    Clayton sonrió, coincidiendo en secreto con su opinión.
    A Nicolás le interesaban mucho más los vuelos de Lindbergh. En junio, Clayton y Zoya asistieron a la boda de Lindbergh con Anne, hija del embajador Morrow, poco antes de irse a veranear a Long Island.
    Los niños eran felices allí y a Zoya le gustaba dar largos paseos por la playa, conversando con Clayton o sus amigos, o bien sola, pensando en los veranos de su adolescencia en Livadia, en la región de Crimea.
    A veces, recordaba inevitablemente a los suyos. Las figuras del pasado aún estaban vivas en su corazón, pero los recuerdos eran más tenues y, en determinados momentos, tenía que esforzarse para evocar sus rostros. En la repisa de la chimenea de su dormitorio, tenía unas fotografías de María y sus hermanas, en marcos de Fabergé. Le gustaba sobre todo aquella en que todas aparecían boca abajo. El pequeño Nicolás conocía sus nombres y sabía identificar sus rostros. Le gustaba que le contaran cómo eran, lo que hacían y decían y qué travesuras cometían, y le intrigaba muchísimo que él y el zarevich compartieran la misma fecha de cumpleaños. Quería que le hablaran de los «personajes tristes», como él los llamaba…, el personaje del abuelo, que debió de ser muy bueno, y el de Nicolai, cuyo nombre había heredado. Zoya le describía sus discusiones, sus bromas y sus decepciones, y le aseguraba que ella y Nicolai solían discutir casi tanto como él y Sasha. A pesar de que solo contaba cuatro años, la niña era insoportable a juicio de su hermano. Otras personas de la casa compartían esa opinión. Su padre la mimaba mucho más de lo que Zoya hubiera querido, pero ay de quien regañara a la niña en su presencia.
    – Es muy pequeña, querida. No la reprendas.
    – Clayton, la niña será una majadera cuando tenga doce años si ahora no la ponemos en cintura.
    – Eso es para los chicos -le decía Clayton a su mujer, pero tampoco tenía valor para regañar a Nicolás.
    Era muy cariñoso con sus hijos y aquel verano jugó mucho con ellos en la playa.
    El rey Jorge ya se encontraba de nuevo sano y salvo en Inglaterra. Zoya siempre experimentaba un sobresalto cuando lo veía en fotografía. Se parecía bastante a su primo hermano el zar y su nieta Isabel era solo un año menor que Sasha.
    Aquel verano lo que más impresionó al pequeño Nicolás fue una actuación de Yehudi Menuhin en Nueva York. Tenía apenas tres años más que Nicolás y era un violinista prodigio. Zoya se alegró de que su hijo pasara varias semanas hablando de ese acontecimiento artístico.
    Aquel verano, Clayton leyó la novela Sin novedad en el frente. Y decidió divertirse jugando a la Bolsa. El mercado sufría altibajos desde el mes de marzo y mucha gente había ganado auténticas fortunas. Con una pequeña fracción de sus beneficios, Clayton le compró a Zoya dos soberbios collares de brillantes. Sin embargo, ella estaba muy apenada por la muerte de Diaghilev en Venecia en el mes de agosto. Le pareció que se cerraba un capítulo de su propia historia y se lo comentó a Clayton mientras paseaban por la playa.
    – Si él no me hubiera permitido bailar, hubiera sido nuestro fin. Yo no sabía hacer otra cosa -dijo, y miró con tristeza a Clayton mientras este tomaba su mano y recordaba cuán dura fue su vida en París, en aquel espantoso apartamento del Palais Royal sin apenas nada que llevarse a la boca durante la guerra-. Después viniste tú, amor mío.
    – Otro hubiera venido de no haber sido yo.
    – Pero no hubiera podido quererlo como a ti.
    Clayton se inclinó para besarla bajo el último resplandor del ocaso estival. Regresarían a Nueva York al día siguiente. Nicolás tenía que reanudar sus clases en la escuela y Sasha iría por primera vez a un parvulario. Zoya pensó que le sentaría bien la compañía de otros niños, pero Clayton no estaba muy seguro, si bien aquellos asuntos los dejaba siempre en manos de su mujer.
    En cuanto regresaron, fueron a cenar con los Roosevelt, que también acababan de volver de su residencia veraniega en Campobello. Una semana más tarde, los Andrews dieron una fiesta para celebrar el comienzo de la nueva temporada de sociedad. Asistió, como siempre, el príncipe Obolensky junto con un elevado número de rutilantes personajes de la alta sociedad.
    El mes transcurrió entre fiestas, representaciones teatrales y bailes, y octubre llegó como por ensalmo. Clayton estaba un poco preocupado por la marcha de sus acciones y decidió llamar a John Rockefeller para almorzar, pero estaba en Chicago por unos días. Dos semanas más tarde, Clayton se sentía tan nervioso que no le apetecía almorzar con nadie. Sus acciones bajaban en picado, pero no quiso decirle nada a Zoya. Lo había invertido todo en el mercado bursátil y, al principio, las cosas le fueron tan bien que pensó que podría triplicar fácilmente la fortuna de su familia.
    El jueves, día 24, cundió el pánico y la gente empezó a desprenderse de sus acciones. Clayton fue personalmente a la Bolsa y regresó a casa aterrado. Al día siguiente la situación se agravó. El lunes fue una catástrofe. Se vendieron más de dieciséis millones de acciones a precio de saldo y, por la noche, Clayton comprendió que estaba arruinado. La Bolsa cerró a la una en un infructuoso esfuerzo por interrumpir la frenética venta de acciones, pero para Clayton era demasiado tarde. Permanecería cerrada toda la semana, pero él ya lo había perdido todo. Solo le quedaban las casas y los enseres domésticos. Lo demás se había esfumado. Clayton regresó caminando a casa, sintiendo un peso insoportable en el pecho. Cuando entró en el dormitorio, no se atrevió a mirar a Zoya a la cara.
    – ¿Qué ocurre, cariño? -preguntó ella, cepillándose el cabello que se había dejado crecer porque no le gustaba el corte a lo chico. Clayton se acercó a la chimenea y se volvió lentamente a mirarla-. ¿Qué ha pasado, Clayton?, dímelo, por favor.
    Zoya dejó caer el cepillo al suelo y fue hacia él.
    – Lo hemos perdido todo, Zoya, todo… He sido un insensato… -Clayton trató de explicarle la situación mientras ella lo estrechaba en sus brazos, intentando consolarlo-. Dios mío, ¿cómo pude ser tan estúpido? ¿Qué haremos ahora?
    A Zoya le dio un vuelco el corazón. Le recordó el estallido de la revolución. Sin embargo, antes consiguió sobrevivir y esta vez se tenían el uno al otro y también lo conseguiría.
    – Lo venderemos todo, trabajaremos, saldremos adelante, Clayton. No te preocupes.
    Se apartó de ella y empezó a pasear nerviosamente por la habitación, comprendiendo que su mundo se había derrumbado a su alrededor.
    – ¿Estás loca? Tengo cincuenta y siete años. ¿Qué piensas que puedo hacer? ¿Conducir un taxi como el príncipe Vladimir? ¿Y tú volver al ballet? No digas tonterías, Zoya, estamos arruinados. ¡Arruinados! Los niños pagarán las consecuencias.
    – No les pasará nada -dijo Zoya, y tomó sus gélidas manos entre las suyas-. Yo puedo trabajar, y tú también. Si vendemos lo que tenemos, podremos vivir de los beneficios durante años.
    Solo los collares de brillantes les permitirían vivir y alimentarse durante mucho tiempo. Clayton sacudió tristemente la cabeza. Conocía la situación mucho mejor que Zoya. Ya había visto cómo un conocido suyo se arrojaba por la ventana de su despacho. Zoya no sabía nada de las cuantiosas deudas que él había contraído, pensando que podría pagarlas en cualquier momento.
    – ¿Y a quién le vas a vender todo eso? ¿A quienes han perdido hasta la camisa? Todo es inútil, Zoya.
    – No es verdad. Nos tenemos el uno al otro y tenemos a nuestros hijos. Salí de Rusia en una troika con lo puesto, con dos caballos que nos dio tío Nicolás y algunas joyas ocultas en los forros de la ropa, y, aun así, sobrevivimos. -Ambos recordaron la miseria del apartamento de París-. Piensa en todo lo que perdieron otras personas, piensa en el zar Nicolás y en la tía Alejandra… No llores, Clayton. Si ellos supieron ser valientes y afrontar la situación, nosotros también podremos hacerlo y lo haremos.
    Clayton lloró en sus brazos, desesperado.
    Aquella noche, durante la cena, apenas abrió la boca. Zoya empezó a hacer planes, tratando de decidir qué vender y a quién. Tenían dos casas, los muebles antiguos proporcionados por Elsie de Wolfe -convertida desde hacía poco en lady Mendl-, las joyas, los cuadros de firma, los objetos…, la lista era interminable.
    Zoya hizo sugerencias y trató de tranquilizarlo, pero Clayton subió al dormitorio cabizbajo. Ella le habló desde el cuarto de vestir, pero él no contestó. Tras haber sobrevivido a tantas desgracias, no quería derrumbarse en aquellos momentos. Lo ayudaría a luchar y a sobrevivir. Incluso fregaría suelos, en caso necesario. Prestó atención y se preguntó si Clayton habría abandonado la habitación.
    – ¿Clayton? -dijo y entró en el dormitorio con uno de los camisones de encaje que el año anterior él le había comprado en París. Al verlo caído en el suelo, ahogó un grito y corrió hacia él. Lo volvió delicadamente boca arriba. Pero él la miró sin verla-. ¡Clayton! ¡Clayton!
    Gritó su nombre entre sollozos, le palmeó el rostro, trató de arrastrarlo por el suelo como si así pudiera revivirlo. Pero él no se movió ni la vio. Ya ni siquiera podía oírla. Clayton Andrews murió de un ataque al corazón porque no pudo soportar el hundimiento de la Bolsa ni el hecho de haberlo perdido todo. Zoya cayó de rodillas y lloró, sosteniendo la cabeza de Clayton sobre su regazo. El hombre al que amaba había muerto. La había dejado.

31

    – Mamá, ¿por qué murió papá? -preguntó Sasha, y miró a Zoya con sus grandes ojos azules mientras regresaban del cementerio en el Hispano-Suiza.
    Asistió al entierro todo Nueva York, pero Zoya apenas se enteró. Miró a su hija a través del velo negro que le cubría el rostro, pero no respondió. Los niños permanecían sentados a su lado en angustioso silencio.
    Durante el funeral, Nicolás la tomó del brazo y lloró de emoción cuando el coro cantó el Ave María. Muchos habían muerto la semana anterior, bien por su propia mano, o bien abatidos por un golpe insoportable. Clayton murió de miedo o de tristeza, pero, en cualquier caso, ella lo había perdido.
    – No lo sé, cariño, no sé por qué… -contestó al final-. Tuvo un disgusto muy grande y se fue al cielo con Dios.
    Las palabras se le atascaron en la garganta mientras Nicolás la miraba asustado.
    – ¿Estará con tío Nicolás y tía Alix? -preguntó el niño.
    Los mantuvo vivos en el recuerdo para ellos, pero ya todo le daba igual. Todos sus seres queridos habían muerto…, menos sus hijos. Los estrechó contra sí al descender del vehículo y corrió hacia la casa. No había invitado a nadie porque no deseaba dar ninguna explicación. Bastante le costaría tener que decírselo a los niños. Decidió esperar unos días, pero ya había dicho a los criados que podían irse cuando quisieran. Solo se quedaría con una doncella y con la niñera. La cocina la haría ella misma. El chófer se iría en cuanto vendiera los automóviles. El hombre prometió hacer todo lo posible por ayudarla. Conocía a varias personas interesadas en el Alfa Romeo de Clayton, en el Mercedes que ella solía usar y también en el lujoso Hispano-Suiza. Pero Zoya se preguntaba si quedaría alguien capaz de comprarlos.
    Mientras Zoya permanecía sentada junto a la chimenea del dormitorio, contemplando el lugar donde Clayton había muerto apenas unos días atrás, la vieja Sava se acercó a lamerle la mano como si comprendiera lo que ocurría. Zoya aún no podía creer que Clayton ya no estuviera a su lado. Tenía muchas cosas que hacer. Al día siguiente de su muerte, llamó a sus abogados y estos prometieron explicarle la situación.
    La cosa era más grave de lo que Clayton temía, o tal vez peor. Las deudas eran muy elevadas y no había dinero para pagar. Los abogados le aconsejaron que intentara vender la casa de Long Island con todo el mobiliario al precio que fuera. Ella aceptó su consejo y la puso en venta. Ni siquiera regresó a recoger sus cosas. No hubiera podido resistirlo. Todos los que no se suicidaron o abandonaron su hogar en mitad de la noche para eludir el pago de facturas e hipotecas, se vieron obligados a hacer lo mismo.
    Hasta el sábado no se atrevió a comunicar la noticia a sus hijos. Comía con ellos, pero se movía por la casa como una autómata y hablaba solo cuando no quedaba otra solución. Tenía muchas cosas que recoger y vender, y no sabía adónde ir cuando las hubiera vendido. Tendría que buscarse un trabajo, pero todavía no podía pensar en ello. Contempló a sus hijos con tristeza. Sasha era demasiado pequeña para comprenderlo, pero a Nicolás no tendría más remedio que decírselo. Al final, solo pudo estrecharlo en sus brazos y ambos lloraron por el marido y el padre perdido. Zoya tenía que ser tan fuerte como su abuela lo fue por ella en aquellas terribles circunstancias. Pensó incluso en la posibilidad de regresar a París con sus hijos, quizá allí la vida sería más barata, pero la gente también pasaba por muchas dificultades en París y el príncipe Serge Obolensky le había dicho que los rusos que trabajaban como taxistas llegaban a cuatro mil. Además, todo les resultaría excesivamente extraño. Debían quedarse en Nueva York.
    – Nicolás, cariño mío, tendremos que irnos a vivir a otro sitio.
    – ¿Por qué murió papá? -preguntó el niño, mirándola confuso.
    – Sí, no…, bueno, porque (porque somos pobres, porque no podemos permitirnos el lujo de seguir viviendo aquí, porque…), porque serán tiempos difíciles para nosotros. No podemos quedarnos aquí.
    Nicolás la miró muy serio mientras Sasha jugaba con la perra y la niñera abandonaba discretamente la estancia con lágrimas en los ojos. Zoya le dijo la víspera que tendría que despedirla, y el corazón se le partía de pena al pensar que ya no podría cuidar a los niños que tanto quería.
    – Mamá, ¿es que vamos a ser pobres?
    – Sí. -Zoya quería ser sincera con él siempre-. Al menos tal y como tú lo entiendes. No tendremos una casa tan grande ni tantos coches, pero tendremos cosas importantes, menos la presencia de papá… -Se le hizo un nudo en la garganta-. Nos tendremos el uno al otro, cariño. ¿Recuerdas lo que te conté de tío Nicolás, tía Alix y sus hijos cuando los llevaron a Siberia? Fueron muy valientes y lo tomaron todo como un juego. Siempre pensaron que lo más importante era estar juntos, quererse mucho los unos a los otros y ser valientes…, y eso es lo que vamos a hacer nosotros ahora… -dijo Zoya con lágrimas en los ojos.
    Nicolás la miró solemnemente y trató de comprenderla.
    – ¿Iremos a Siberia? -preguntó, intrigado.
    – No, cariño, nos quedaremos aquí en Nueva York -contestó Zoya, y sonrió por primera vez.
    – ¿Dónde viviremos?
    Como todos los niños, Nicolás se interesaba por las realidades más elementales.
    – En un apartamento. Ya buscaré un sitio donde podamos vivir.
    – ¿Será bonito?
    Zoya recordó inmediatamente las cartas que le escribía Mashka desde Tobolsk y Ekaterinenburg.
    – Conseguiremos que lo sea, te lo prometo.
    – ¿Podremos llevarnos a la perra? -preguntó Nicolás, mirando con tristeza a su madre.
    A Zoya se le llenaron los ojos de lágrimas al ver a Sava jugando con Sasha en el suelo.
    – Pues claro que sí. Hizo todo el viaje desde San Petersburgo conmigo, no vamos a dejarla ahora.
    – ¿También podré llevar mis juguetes?
    – Algunos…, todos los que quepan en el apartamento. Te lo prometo.
    – Muy bien -dijo el niño, ya un poco más tranquilo-. ¿Nos iremos muy pronto? -preguntó y recordó que ya nunca volvería a ver a su padre.
    – Creo que sí, Nicolás.
    El niño asintió en silencio, abrazó a su madre, tomó a Sasha y a la perra y se retiró con ellas mientras Zoya permanecía sentada en el suelo, rezando para conseguir ser tan valiente como lo fuera Eugenia por ella. Mientras lo pensaba, el pequeño Nicolás regresó de puntillas a la habitación, la miró y le dijo:
    – Te quiero, mamá.
    Zoya lo estrechó en sus brazos, tratando de reprimir las lágrimas.
    – Yo también te quiero, Nicolás…, te quiero muchísimo.
    Sin una palabra, el niño deslizó algo en su mano.
    – ¿Qué es esto?
    Era una moneda de oro de la que estaba muy orgulloso. Se la había regalado Clayton apenas unos meses antes y el chiquillo pasó varias semanas enseñándosela a todo el mundo.
    – Puedes venderla, si quieres. Entonces, quizá no seremos tan pobres.
    – No, no, amor mío, es tuya, papá te la regaló.
    – Papá hubiera querido que cuidara de ti -dijo Nicolás, haciendo un esfuerzo por no llorar.
    Zoya sacudió la cabeza conmovida, le devolvió la moneda y lo acompañó en silencio a su habitación.

32

    Los Wright también perdieron toda su fortuna. Cobina y su hija formaron un conjunto musical, ataviadas con vestidos de colonizadoras y graciosos sombreros. Cobina había iniciado los trámites de divorcio tras haber vendido la casa de Sutton Place por una suma irrisoria. Otras mujeres vendían sus abrigos de pieles en los vestíbulos de los hoteles, y los caballos de jugar al polo se vendían por cuatro chavos. Por todas partes Zoya veía el mismo terror que viera en San Petersburgo hacía doce años, aunque sin los riesgos físicos de la revolución.
    La casa de Long Island se vendió por un precio ligeramente superior al de los automóviles, pero los abogados aconsejaron a Zoya que aceptara el dinero. La columna firmada por la presunta periodista Cholly Knickerbocker informaba a diario de los tristes acontecimientos. En realidad, la redactaba un hombre llamado Maury Paul y en ella se describían casos increíbles: damas de la alta sociedad convertidas en camareras o dependientas. Hubo quienes no sufrieron los efectos del crac, pero, mirando a su alrededor en Sutton Place, a Zoya le pareció que el lugar estaba casi desierto. Había despedido a todos los criados, salvo a la niñera que cuidaba de sus hijos. Sasha aún no comprendía por qué se había ido Clayton mientras que Nicolás se mostraba muy serio e interrogaba a su madre constantemente sobre dónde vivirían y cuándo venderían la casa. De no haber sido porque sus hijos la necesitaban, Zoya se hubiera vuelto loca. Recordaba sus propios temores en Rusia durante la revolución. Los ojos de su hijo eran pozos verdes de dolor e inquietud. El niño la miró con tristeza mientras ella colocaba en una maleta sus vestidos más prácticos. Le pareció absurdo llevarse los elegantes trajes de noche, los Poirets, Chanels, Lanvins y Schiaparellis. Los reunió y envió a la niñera a que los vendiera en el vestíbulo del hotel Plaza. Era la mayor humillación, pero ya todo le daba igual. Necesitaban hasta el último céntimo para poder vivir.
    Al final, vendió la casa con los muebles elegidos por Elsie de Wolfe, los cuadros, las alfombras persas e incluso la porcelana y la cristalería. Con ello apenas les alcanzaría para pagar las deudas de Clayton y mantenerse unos cuantos meses.
    – ¿No vamos a quedarnos con nada, mamá? -preguntó Nicolás, mirando desolado a su alrededor.
    – Solo lo necesario para el nuevo apartamento.
    Zoya recorrió las calles varios días, incluso en barrios que no conocía, hasta que, al final, encontró una vivienda de dos habitaciones en la calle Diecisiete Oeste. Era un pequeño apartamento en una casa sin ascensor, con dos ventanas que daban a la parte trasera de otro edificio y a través de las cuales se aspiraba constantemente un penetrante olor a basura. Durante tres días, Zoya efectuó la mudanza con la ayuda de la niñera y de un anciano negro que contrató por un dólar. Pusieron dos camas, un escritorio, el canapé de su tocador, una pequeña alfombra y unas lámparas, y colgaron el cuadro de Nattier que Elsie de Wolfe les había traído recientemente de París. Zoya lamentaba tener que llevar a sus hijos allí, pero a finales de noviembre consiguió vender la casa de Sutton Place y dos días más tarde se despidieron con lágrimas en los ojos de la niñera, que besó a la pequeña Sasha sin poder contener su emoción.
    – ¿Nunca más volveremos aquí, mamá? -preguntó Nicolás, y miró por última vez a su alrededor con la barbilla temblorosa y los ojos enrojecidos por el llanto.
    Zoya hubiera dado cualquier cosa con tal de evitarle aquel dolor, pero solo pudo tomar su mano en la suya mientras se envolvía en su cálido abrigo de lana.
    – No, cariño, no volveremos -le contestó.
    Se llevaría casi todos los juguetes de sus hijos y una caja de libros para ella, aunque sabía que en tales circunstancias no podría concentrarse en la lectura. Alguien le regaló Adiós a las armas, de Hemingway, pero aún no había tenido ocasión de leerlo. Apenas podía pensar, mucho menos leer. Estaría muy ocupada buscando trabajo. Con suerte, el dinero de la venta de la casa solo les permitiría vivir unos cuantos meses. Todo carecía de valor y la gente vendía casas, abrigos de pieles, antigüedades y tesoros cuyo valor consistía en lo que los compradores estuvieran dispuestos a pagar. El mercado estaba saturado de objetos otrora valiosos, pero ahora casi sin valor. Parecía increíble que pudiera haber alguien no afectado por la caída de la Bolsa, pero Cholly Knickerbocker seguía informando sobre sus bodas, fiestas y bailes. Aún había personas que bailaban todas las noches en el Embassy Club o en el Casino de Central Park, al ritmo de la música de Eddie Duchin. Cuando bajó por última vez con sus hijos los peldaños de la entrada principal de su casa, llevando las maletas y la mejor muñeca de Sasha bajo el brazo, Zoya pensó que nunca más volvería a bailar. Como si aquellos acontecimientos hubieran ocurrido la víspera, recordó el incendio del palacio de Fontanka, la imagen de su madre arrojándose por la ventana con el camisón en llamas… y a Eugenia, sacándola a toda prisa por la puerta trasera del pabellón para llevarla a la troika donde las aguardaba Fiodor.
    – ¿Mamá…? -Sasha estaba diciéndole algo cuando subieron al taxi. Nicolás saludaba con la mano a la niñera, que se había quedado llorando en la acera. De momento, la joven se alojaría en casa de unos amigos, aunque ya había recibido una oferta de trabajo de los Van Alen en Newport-. Mamá…, contéstame -dijo Sasha, tirando insistentemente de su manga mientras Zoya le indicaba al taxista su nueva dirección con los ojos distantes y el rostro inmóvil e inexpresivo. Le pareció que, dejando la casa, dejaba también a Clayton y todo lo que habían compartido. Diez años se habían esfumado en un abrir y cerrar de ojos ahora llenos de lágrimas. Zoya se reclinó en el asiento y trató de concentrarse en sus hijos.
    – Perdona, Sasha, ¿qué me decías? -preguntó en un susurro.
    Atrás quedaban la belleza y las comodidades perdidas bruscamente aquel fatídico día de octubre.
    – Decía que quién cuidará de nosotros ahora.
    La niña no estaba disgustada por la marcha de la niñera, pero sentía simple curiosidad por quién la iba a sustituir.
    Todo era extraño y desconcertante, incluso para Nicolás, cuatro años mayor que su hermana.
    – Yo misma, cariño.
    – ¿Tú?
    Sasha la miró asombrada y Nicolás esbozó aquella encantadora sonrisa suya tan parecida a la de Clayton. Al pensarlo Zoya sintió una punzada de dolor. Todo le recordaba lo que habían perdido, tal como ocurriera en los primeros tiempos tras su huida de Rusia.
    – Yo te ayudaré, mamá -dijo Nicolás, tomando valientemente la mano de su madre-. Yo cuidaré de ti y de Sasha.
    Era lo que su padre hubiera deseado y él no quería decepcionarlo. De pronto, se había convertido en el hombre de la familia. En el breve espacio de un mes, su vida alegre y feliz se había trastocado por completo, pero él quería estar a la altura de las circunstancias, lo mismo que Zoya, que no quería dejarse vencer. Lucharía por sus hijos, trabajaría y algún día volverían a ser felices. No permitiría que su vida terminara en derrota, como la de tantas otras personas.
    – ¿Guisarás tú para nosotros, mamá? -preguntó Sasha, acariciando el pelo de su muñeca.
    Se llamaba Annabelle y estaba muy bien cuidada. Las restantes muñecas la esperaban en el nuevo apartamento. Zoya trató por todos los medios de que el lugar resultara cómodo y acogedor, pero la zona no les pareció demasiado acogedora cuando el taxi se detuvo en la calle Diecisiete Oeste. Zoya se estremeció de angustia mientras Nicolás subía con ella la escalera medio mareado por los malos olores.
    – Que mal huele -dijo Sasha.
    Mientras el taxista les llevaba el equipaje, Zoya se juró a sí misma no tomar más taxis. A partir de aquel momento, viajarían en autobús o irían a pie. Ya no habría ni taxis ni automóviles. El Hispano-Suiza lo vendió a los Astor.
    Zoya mostró a sus hijos el único dormitorio del apartamento, presidido por dos camas y los juguetes cuidadosamente ordenados en un rincón. Sobre la cama de Sasha había colgado los cuadros del cuarto infantil y, junto a la de Nicolás, una fotografía de Clayton vestido de uniforme durante la guerra. Zoya tenía una maleta llena de fotografías de Clayton y sus hijos, y otras más amarillentas de Nicolás, Alejandra y sus hijos en Livadia y Tsarskoe Selo. También conservaba el preciado huevo imperial, envuelto en unos calcetines de Clayton, y una caja llena de gemelos de camisa y botones de cuello, pero las joyas que le quedaban tendría que subastarlas. A las personas que aún tenían dinero se les ofrecían fantásticas oportunidades en todas partes, collares de brillantes, diamantes y preciosas sortijas de esmeraldas compradas a precio de saldo en subastas o ventas privadas. Las acaudaladas señoras Hutton y Duke las compraban en grandes cantidades, tanto para sí mismas como para sus hijas.
    – ¿Y tú, dónde vas a dormir, mamá? -preguntó Nicolás preocupado mientras recorría el pequeño apartamento de un solo dormitorio.
    Nunca había visto una casa tan pequeña. Sus criados de Sutton Place tenían habitaciones mucho más bonitas que aquellas.
    – Dormiré aquí en el canapé, cariño. Es muy cómodo -contestó, inclinándose para darle un beso en la mejilla.
    No era justo que sus hijos tuvieran que soportar aquella situación, pensó, y reprimió la oleada de cólera que últimamente sentía contra Clayton. Otros fueron más prudentes que él y no cometieren el error de arriesgarlo todo. Si, por lo menos, no se hubiera muerto, tal vez las circunstancias hubieran sido distintas. Juntos hubieran podido luchar codo con codo. Ahora, en cambio, Zoya estaba más sola que nunca y tenía que asumir toda la responsabilidad, tal como antaño hiciera Eugenia. Su fortaleza y valentía le sirvió ahora de ejemplo, mientras miraba con una sonrisa a su hijo.
    – Quédate con mi cama, mamá. Yo dormiré aquí.
    – No, cariño, estaré muy bien aquí. Ahora vete a vigilar un ratito a Sasha mientras yo preparo la cena.
    Zoya colgó su chaqueta y las de sus hijos, alegrándose de haber traído consigo ropa de abrigo. El apartamento era frío y ni siquiera tenía una chimenea como el de París.
    – ¿Por qué no sacas a pasear un poco a Sava?
    La vieja perra permanecía sentada junto a la puerta, como si esperase que alguien la llevara a su antigua casa.
    Nicolás le puso la correa y le dijo a Sasha que se portara bien mientras él bajaba a la calle y su madre preparaba el pollo traído de la casa de Sutton Place. Sabía muy bien que las provisiones no durarían demasiado, y tampoco el dinero.
    La Navidad fue un día como otro cualquiera, exceptuando la muñeca que Zoya compró a Sasha y el reloj de bolsillo de Clayton que tenía guardado como regalo para Nicolás. Se sentaron los tres juntos, tratando de no llorar por todo lo que habían perdido. En el apartamento hacía un frío glacial, las alacenas estaban vacías y Zoya había vendido en subasta sus joyas por una suma ridícula. Quería conservar a toda costa el huevo imperial de Pascua, pero, aparte de eso, no le quedaba casi nada y pronto tendría que buscarse un trabajo, aunque no sabía dónde. Pensó en trabajar como dependienta, pero no quería dejar solos a los niños todo el día. Sasha aún no iba al parvulario y no podía dejarla sola cuando Nicolás fuera a una escuela cercana, cuyos alumnos eran niños harapientos que vivían en barracas a la orilla del río Hudson. Se multiplicaban las barriadas pobres habitadas por personas que en otros tiempos fueran corredores de bolsa, hombres de negocios y abogados. Preparaban las comidas en hogueras al aire libre y por la noche merodeaban por las calles, buscando comida y objetos desechados que todavía pudieran ser útiles. A Zoya se le partía el corazón de pena al ver los grandes ojos y los rostros demacrados de los niños sentados alrededor de las hogueras para protegerse del frío. En comparación con todo aquello, su apartamento parecía casi el paraíso. Cuando ya se estaba acabando el dinero, Zoya decidió buscar un trabajo en serio. Tendría que ser algo por las noches, cuando los niños ya estuvieran acostados. Sabía que Nicolás cuidaría de Sasha cuando volviera de la escuela. Tenía un gran sentido de la responsabilidad y era siempre muy cariñoso con su hermana, compartía sus juegos y la ayudaba a arreglar sus juguetes rotos mientras le hablaba de su padre. Zoya regresó a la salita y se puso a llorar en silencio mientras acariciaba a Sava. La perra estaba casi ciega y Nicolás tenía que llevarla en brazos cuando la bajaba a la calle.
    En enero, Zoya subió la calle Diecisiete Oeste hasta la esquina de la Sexta Avenida y la calle Cuarenta y nueve. Se le había ocurrido un plan. Ofreció sus servicios a varios restaurantes, pero los propietarios ya estaban hartos de mujeres como ella. «¿Qué sabe usted del trabajo de camarera?», le preguntaban. Se le caerían las bandejas, rompería los platos y sería demasiado refinada como para trabajar largas horas a cambio de un salario escaso. Zoya insistía en que podría hacerlo, pero en todas partes la rechazaban. Lo único que podía hacer era bailar, pero no en una compañía de ballet como en París.
    Más de una vez pensó en la posibilidad de la prostitución, tal como habían hecho otras mujeres, pero sabía que no podría. El recuerdo de Clayton era demasiado fuerte. Fue el único hombre de su vida y no soportaba la idea de que otro hombre la tocara, aunque con ello pudiera alimentar a sus hijos.
    Solo le quedaba el baile, pero llevaba más de once años sin bailar y le faltaba práctica para poder incorporarse a una compañía de ballet. Tenía una figura esbelta y flexible, pero cuando entró en el teatro del que le habían hablado se sintió enormemente cansada. Ya había ido a ver al promotor Ziegfield, pero allí le dijeron que no era suficientemente alta. Por consiguiente, solo le quedaban los teatros de variedades. Había uno cinco manzanas al sur del Ziegfield Theater. Cuando entró por la puerta de los artistas, no la sorprendió verlo lleno de mujeres semidesnudas.
    – ¿Sí? -le dijo la encargada con aire burlón-. ¿Es usted bailarina?
    – Lo era -contestó Zoya y tragó saliva.
    Se la veía demasiado recatada con su sencillo vestido negro de Chanel. Hubiera debido ponerse algo más alegre y desenfadado, pero lo vendió casi todo y solo le quedaban las prendas más prácticas y abrigadas que le parecieron útiles para protegerse del frío en el apartamento.
    – Bailé en el Ballet Russe en París. Y antes estudié en Rusia.
    – Conque una bailarina clásica, ¿eh? -La encargada contempló con aire burlón su pelirrojo cabello recogido hacia atrás en un moño y el rostro sin maquillaje-. Mire, señora, aquí no nos interesan las bailarinas clásicas. ¡Esto es el Salón Fitzhugh! -exclamó con orgullo mientras Zoya experimentaba un súbito acceso de furia.
    – Tengo veinticinco años -mintió Zoya-, y bailo muy bien.
    – Ah, ¿sí? ¿Y qué tipo de baile es el suyo? Apuesto a que nunca hizo nada de esto.
    Zoya estaba dispuesta a hacer cualquier cosa para mantener a sus hijos. De pronto recordó la prueba realizada en París para el Ballet Russe trece años antes.
    – Déjeme probar. Solo una vez, puedo aprender, por favor… -dijo con lágrimas en los ojos mientras pasaba por su lado un hombre gordo y bajito con un cigarro en la boca.
    – ¡Serán idiotas! -gritó el hombre, dirigiéndose a dos individuos que trasladaban unos decorados-. ¡Lo vais a romper! Las malditas chicas han pillado el sarampión -añadió con gesto de hastío, mirando a la mujer que hablaba con Zoya-. ¿Te lo puedes creer? Tengo unas bailarinas de mierda que se ponen enfermas como niñas. La semana pasada, tres; ahora hay siete indispuestas… La madre que las parió. ¿Qué le voy a decir a la gente que ha pagado su buen dinero para ver el espectáculo? Que si lo desean sacaré al escenario a unas tías llenas de ronchas para que muevan el trasero delante de ellos. Lo haría con mucho gusto si vinieran a trabajar.
    Zoya intervino sin esperar a que el hombre le dirigiera la palabra.
    – Me gustaría hacer una prueba para trabajar como bailarina.
    Hablaba con un ligero acento extranjero que ninguno de sus interlocutores identificó como ruso. Al verla con su elegante vestido negro y su aire de superioridad, la mujer pensó que era francesa. No era eso precisamente lo que necesitaban en el Salón Fitzhugh.
    – ¿Usted baila? -preguntó el hombre, mirándola con indiferencia.
    – Sí -contestó Zoya sin más explicaciones.
    – Bailarina clásica -especificó la mujer en tono despectivo.
    – ¿Ya ha pasado el sarampión?
    Eso era lo más importante en aquel momento. Diez bailarinas estaban enfermas y cualquiera sabía cuántas contraerían la enfermedad en las semanas siguientes.
    – Sí -contestó Zoya, rezando en silencio para que su cuerpo recordara bailar. Quizá lo había olvidado todo.
    El hombre se encogió de hombros y volvió a meterse el cigarro apagado en la boca.
    – Que te muestre lo que sabe hacer, Maggie. Con tal de que se sostenga en pie y sepa hacer alguna cosita, podrá quedarse hasta que vuelvan las demás.
    La mujer llamada Maggie puso cara de asco. Allí no necesitaban para nada a una bailarina clásica. Pero su jefe tenía razón. Estando las demás chicas enfermas, algo tenían que hacer para salir del apuro.
    – Bueno, pues -dijo a regañadientes. -. ¡Jimmy! -gritó-. ¡Ven aquí a tocar!
    Inmediatamente apareció un negro con una ancha sonrisa en los labios.
    – Hola, nena, ¿qué quieres que toque? -preguntó a una asustada Zoya y se sentó al piano.
    Zoya estuvo a punto de soltar una carcajada. ¿Qué podía decirle? ¿Chopin? ¿Debussy? ¿Stravinsky?
    – ¿Qué se suele tocar en las pruebas? -preguntó mientras el negro la miraba sonriendo.
    Se notaba a las claras que era una blanca arruinada de la alta sociedad. Al ver sus grandes ojos verdes y su triste sonrisa, el negro se compadeció de ella. Parecía una niña desvalida, pensó, y temió que jamás en su vida hubiera puesto los pies en un escenario. Sabía de otras como ella que bailaban en salas de fiestas tras haber creado sus propios conjuntos, como Cobina Wright y Cobina Junior.
    – ¿De dónde eres? -le preguntó mientras Maggie hablaba con alguien.
    Jimmy llegó a la conclusión de que la chica le era simpática.
    Zoya sonrió, rezando para no hacer el ridículo, aunque merecía la pena correr el riesgo.
    – De Rusia, salí de allí hace tiempo y vine a Estados Unidos al terminar la guerra.
    – ¿Has bailado alguna vez, nena? -preguntó el negro, bajando la voz-. Dime la verdad, ahora que Maggie no nos oye. A Jimmy se lo puedes decir. No podré ayudarte si ignoro lo que sabes bailar.
    – Soy bailarina clásica, pero llevo once años sin bailar -contestó Zoya en un susurro, agradeciéndole en silencio su ayuda.
    – Pues, vaya… -El negro sacudió la cabeza-. Aquí en el Fitzhugh no se baila clásico. -En aquel momento pasaron por su lado dos coristas semidesnudas-. Verás -añadió Jimmy con cara de complicidad-, voy a tocar una pieza muy lenta y tú mira de reojo, sonríe, pega unos saltitos, mueve el trasero, enseña las piernas y todo irá bien. ¿Has traído ropa de teatro?
    Al ver su expresión, Jimmy comprendió que no.
    – Lo siento, yo no…
    – No importa.
    Maggie volvió a mirarlos.
    – ¿Te vas a pasar todo el día sentado sobre tu negro trasero o vamos a hacer esta prueba, Jimmy? Si quieres que te diga la verdad, me importa un bledo, pero Charlie quiere que vea lo que sabe hacer.
    La mujer miró con expresión malévola a Zoya. Esta siguió el consejo del negro hasta que volvió a pasar Charlie y le dijo que se diera prisa. Aún tenía que hacer unas pruebas a dos actores y una bailarina de strip-tease.
    – Mierda, aquí no queremos señoritas refinadas -le dijo a modo de insulto-. Mueve el trasero, así, vamos a ver esas piernas…, un pocoEEE más… -Zoya se levantó la falda y se ruborizó intensamente mientras bailaba al ritmo de la música que tocaba Jimmy. Tenía unas piernas muy bonitas y no había perdido la gracia de sus trece años de bailarina-. Pero ¿tú qué eres, muchacha? -rugió el gordo-. ¿Una doncella recatada? Aquí la gente no viene a rezar sino a ver bailar a las chicas. ¿Te parece que puedes hacerlo con esa cara de niña recién violada?
    – Lo intentaré, señor, haré todo lo que pueda.
    – Bueno, pues. Vuelve aquí esta noche a las ocho en punto.
    Maggie se fue muy ofendida. Jimmy gritó de júbilo y se levantó para abrazar a Zoya.
    – ¡Lo conseguimos, nena!
    – No sé cómo darle las gracias -dijo Zoya y estrechó su mano-. Tengo dos hijos y yo… -Miró al viejo negro sin poder contener el llanto-. Necesito este trabajo… -añadió, enjugándose las lágrimas que resbalaban lentamente por sus mejillas.
    – No te preocupes. Lo harás muy bien. Nos veremos esta noche -dijo el negro, y se alejó sonriendo para reanudar la partida de cartas que interrumpiera cuando lo llamó Maggie.
    Zoya regresó a pie al apartamento, pensando en lo que acababa de hacer. A diferencia de lo ocurrido cuando hizo la prueba para el Ballet Russe, esta vez no experimentó la menor sensación de triunfo. Se alegraba de haber encontrado un trabajo, pero se avergonzaba de su humillación. Sin embargo, no podía hacer otra cosa y, además, siendo un trabajo nocturno, no tendría que dejar a Sasha con personas extrañas. De momento, le pareció lo mejor que podía hacer.
    Aquella noche le dijo a Nicolás que tenía que salir. No le explicó por qué ni adónde. No quería decirle que trabajaba como corista. Aún resonaban en sus oídos las palabras de Charlie: «… mueve el trasero…, vamos a ver esas piernas…, pero ¿tú qué eres, muchacha? ¿Una doncella recatada?». A sus treinta y un años y a pesar de todas las penalidades, siempre estuvo protegida de las personas como él y de la gente para quien tendría que bailar.
    – ¿Adónde vas, mamá?
    – Salgo un ratito. -Sasha ya estaba acostada-. No te quedes levantado mucho rato -dijo a Nicolás, abrazándolo por un instante como si estuvieran a punto de ejecutarla-. Vete a la cama dentro de media hora.
    – ¿Cuándo volverás? -preguntó el niño, mirándola con recelo desde la puerta del dormitorio.
    – Más tarde.
    – ¿Pasa algo, mamá?
    Era un niño muy perspicaz y ya había aprendido las vueltas que podía dar la vida.
    – No, no pasa nada, cariño, no te preocupes -contestó Zoya, sonriendo.
    Por lo menos, tendría un poco de dinero. Sin embargo, Zoya no estaba preparada para los chistes vulgares, la ordinariez de las chicas, los trajes atrevidos y los cómicos que le pellizcaban el trasero al pasar. Cuando sonó la música, hizo todo lo posible para animar a los ruidosos espectadores y nadie le llamó la atención cuando más de una vez perdió el compás. A diferencia del Ballet Russe, allí nadie se daba cuenta de nada. La gente solo quería ver piernas bonitas y un grupo de mujeres medio desnudas. Las chicas lucían lentejuelas y abalorios, cortos calzones de raso y sombreros a juego, enormes boas de plumas y llamativos tocados. Una burda imitación de las prendas que lucían las chicas de Ziegfield. Zoya lamentó en silencio no haber sido lo suficientemente alta como para que la contratara el amable Florenz Ziegfield. Al terminar, devolvió la ropa a la chica que se la había prestado y regresó lentamente a casa, sin quitarse el maquillaje. Al pasar por delante de un portal, un hombre le ofreció cinco centavos para que le hiciera «lo que pudiera». Echó a correr con lágrimas en los ojos, pensando en el horrible destino que le esperaba en el Salón Fitzhugh.
    Nicolás estaba profundamente dormido cuando Zoya regresó a casa. Le dio un beso y le manchó la mejilla de carmín. Mientras lo miraba con cariño, pensó que no era posible que Clayton la hubiera dejado en aquella situación. Si él lo supiera…, pero ya era tarde para lamentaciones. Regresó de puntillas a la salita donde dormía, se quitó el maquillaje y se puso el camisón. Ya no tenía prendas de seda, raso y encaje. Usaba gruesos camisones de franela para protegerse del frío.
    A la mañana siguiente, le preparó el desayuno a Nicolás antes de que se fuera a la escuela. Solo pudo darle un vaso de leche, una rebanada de pan y una naranja comprada la víspera, pero el niño nunca se quejaba. La miró con una sonrisa, le dio una palmada en la mano y salió corriendo hacia la escuela tras darle un beso a Sasha.
    Aquella noche, Zoya regresó al teatro y durante varias semanas hizo lo mismo hasta que las bailarinas se recuperaron del sarampión. Charlie le dijo que podía quedarse porque tenía buenas piernas y nunca causaba problemas. Para celebrarlo, Jimmy la invitó a una cerveza robada de una cercana taberna clandestina. Zoya le dio las gracias y para no ofenderlo tomó un sorbo. No le dijo que aquel día cumplía treinta y un años.
    Jimmy era su único amigo y siempre se mostraba amable con ella. Los demás intuyeron inmediatamente que era «distinta», y nunca le contaban chistes ni le hablaban de sus novios ni de los hombres que las visitaban en los camerinos. Más de una vez se largaban con el primero que les ofrecía un poco de dinero. Eso era lo que más le gustaba a Charlie de ella. No era muy alegre, pero, por lo menos, podía contar con ella. Al cabo de un año, le aumentaron el sueldo. A Zoya le parecía imposible haber aguantado allí tanto tiempo, pero no tenía ningún otro sitio adonde ir. Le explicó a Nicolás que trabajaba en una modesta compañía de ballet y le dejó el número de teléfono del local por si ocurría algo. Por suerte, el niño nunca tuvo necesidad de llamarla. Intuyendo que su madre se avergonzaba de su trabajo, Nicolás nunca le pidió asistir a una función. Zoya le agradeció el detalle y el cariño que siempre le manifestaba. Una noche, Sasha se despertó con tos y mucha fiebre. Nicolás esperó a su madre despierto, pero no quiso llamarla al teatro para no asustarla. Su presencia fue un enorme consuelo para Sasha.
    – ¿Volveremos a ver alguna vez a nuestros amigos? -preguntó Nicolás una tarde mientras ella le cortaba el cabello y Sasha jugaba con Sava.
    – No lo sé, cariño.
    La antigua niñera le había escrito hacía unos meses.
    Estaba muy contenta en casa de los Van Alen y mencionaba la puesta de largo de Barbara Hutton el verano anterior, y de Doris Duke en Newport. A Zoya le pareció una ironía que la niñera aún formara parte de aquel mundo y ella ya no. Tal como sus amistades la evitaron en principio, creyéndola una antigua bailarina del Folies-Bergère, ahora Zoya los evitaba a ellos por ser justamente lo que creyeron en principio, es decir, una vulgar corista de un teatro de variedades. Por otra parte, ahora que lo había perdido todo, tampoco querían saber nada de ella. La condesa que tanto llamara la atención ya no existía. Ahora no era nadie. Una simple bailarina. Había desaparecido bajo las aguas. Como Clayton y tantas otras personas. Solo echaba de menos de vez en cuando a Serge Obolensky con su corte de aristócratas rusos. Pero ellos no hubieran podido entender lo que le ocurrió ni por qué hacía lo que hacía. El príncipe aún estaba casado con la acaudalada Alice Astor.
    Para entonces, Elsa Maxwell ya se había convertido en una célebre cronista de sociedad. Cuando de vez en cuando Zoya echaba un vistazo a los periódicos y leía los comentarios de Cholly Knickerbocker sobre las personas que frecuentó durante su matrimonio con Clayton, casi le parecía imposible que alguna vez las hubiera conocido. Allí se hablaba de ruinas económicas, suicidios, bodas y divorcios. Zoya se alegraba de no pertenecer a ese mundo. Poco después se enteró por la prensa de la muerte de la Pavlova, en La Haya, a causa de una pleuresía. En mayo llevó a los niños a ver la inauguración del famoso rascacielos Empire State Building. Fue una preciosa tarde de mayo del año 1931. Nicolás contempló asombrado la impresionante estructura. Subieron en ascensor hasta la plataforma de observación del piso ciento dos y hasta Zoya tuvo la sensación de volar. Fue su tarde más feliz en mucho tiempo. Regresaron al apartamento a pie mientras Sasha correteaba y se reía alegremente a su alrededor. A los seis años, la niña se parecía mucho a Clayton y tenía un llamativo cabello dorado rojizo.
    Había tenderetes de manzanas por las calles y más de una mujer contempló con admiración a los dos hermanos. Nicolás cumpliría diez años en agosto, pero la ciudad ya sufría desde hacía varios días una terrible ola de calor. El 2 de julio fue el día más caluroso que se recordaba. Ambos niños estaban todavía despiertos cuando Zoya se marchó a trabajar, luciendo un vestido blanco de algodón con florecitas azules. Nicolás sabía que trabajaba, pero ignoraba dónde y tampoco le importaba demasiado.
    Zoya dejó preparado un jarro de limonada y le dijo a Nicolás que vigilara a Sasha. Las ventanas estaban abiertas de par en par para que corriera un poco de aire en el sofocante apartamento.
    – No dejes que se acerque demasiado a las ventanas -le advirtió Zoya mientras el niño acompañaba a su hermana al dormitorio. La chiquilla iba descalza y llevaba solo unas bragas cuando se despidió de su madre agitando su manecita-. Os portaréis bien, ¿verdad?
    Antes de salir de casa Zoya les preguntaba siempre lo mismo. Sentía tener que dejarlos solos, pero no podía evitarlo.
    Hacía tanto calor que apenas podía dar un paso. Aunque era de noche, de las aceras parecía emanar vapor. Los agujeros en las suelas de los zapatos le causaban molestias al andar. Zoya se preguntó cómo podrían sobrevivir y hasta cuándo tendría que seguir brincando en un escenario, adornada con plumas y vestida con trajes ridículos.
    Debido al calor agobiante aquella noche asistió muy poco público. Los que podían, se habían ido a Long Island y Newport, y los demás languidecían en sus casas o permanecían sentados en sus porches, confiando en que pronto refrescara. Cuando terminó el espectáculo, Zoya regresó a casa, muy fatigada. No se inquietó cuando oyó en la distancia sirenas de bomberos. Solo cuando se acercó a su calle y aspiró el acre olor del humo, sintió que todo su cuerpo se estremecía de miedo. Cuando dobló la esquina, vio toda la manzana en llamas. Echó a correr hacia su casa, frente a cuya fachada se encontraban estacionados los vehículos de los bomberos.
    – ¡No! ¡No! -gritó mientras trataba de abrirse paso entre la multitud que ocupaba la calle, contemplando los tres edificios en llamas.
    Al llegar a la puerta, los bomberos le impidieron la entrada.
    – ¡Aquí no se puede entrar, señora!
    Hablaban a gritos sobre un trasfondo de ruidos de derrumbamientos. Los cristales estallaban hacia todas partes y un fragmento le hizo un corte en el brazo. La sangre le empapó el vestido blanco y los bomberos la empujaron hacia atrás.
    – ¡Le he dicho que no puede entrar!
    – ¡Mis hijos! -gritó Zoya con voz entrecortada-. ¡Mis niños! -forcejeó con el bombero y, por un instante, se zafó e intentó huir, pero el hombre volvió a sujetarla-. ¡Suélteme! -El bombero la inmovilizó con sus poderosas manos, los vecinos contemplaban la escena horrorizados-. Mis hijos están ahí dentro… Oh, Dios mío…, déjeme entrar -dijo entre sollozos.
    El humo le quemaba los ojos y la garganta cuando llamó a dos bomberos que en aquellos momentos entraban de nuevo en el edificio. Ya habían sacado a varias ancianas y un joven yacía inconsciente en la acera donde otros dos bomberos trataban de reanimarlo.
    – ¡Oye, Joe! -gritó un bombero a uno de sus compañeros, volviéndose rápidamente a mirar a Zoya-. ¿Dónde están, señora? ¿En qué apartamento?
    – El de arriba, un niño y una niña… -Zoya había visto que las escaleras de los bomberos solo llegaban al tercer piso-. Déjeme entrar, por favor…
    El bombero transmitió la información a sus dos compañeros y estos entraron de nuevo en el edificio. Transcurrió una eternidad durante la cual Zoya pensó que si sus hijos morían no podría resistirlo. Eran lo único que le quedaba en el mundo, los únicos seres que amaba y por quienes vivía. Los bomberos no volvieron a salir, pero entraron otros tres, provistos de hachas. Cuando se vino abajo parte del tejado se oyó un terrible estruendo y una explosión de chispas y llamas. Zoya casi se desmayó al verlo. De repente, echó a correr hacia el portal, dispuesta a encontrarlos o a morir con ellos. Pasó como una exhalación por delante de los bomberos y, al entrar en el zaguán, vio algunos bomberos envueltos en una densa humareda. Dos de ellos llevaban algo en sus brazos. Fue entonces cuando oyó llorar a un niño en medio del rugido de las llamas. Era Nicolás, llorando y agitando los brazos hacia ella. El tercer bombero la levantó como si fuera una niña y los tres hombres salieron del edificio con sus preciosas cargas, mientras las lenguas de fuego trataban de engullirlos. Echaron a correr alejándose del muro de llamas mientras Nicolás tosía y lloraba. Zoya le besó repetidamente la cara y vio que Sasha estaba inconsciente. Se arrodilló a su lado en la acera, y la llamó por su nombre mientras los bomberos intentaban reanimarla. Poco a poco, la pequeña se movió y entonces Zoya le acarició los bucles y la estrechó emocionada en sus brazos.
    – Mi niña…, mi niña…
    Le pareció que era un castigo, por haberlos dejado solos todas las noches. Pensó en lo que hubiera ocurrido si al volver a casa… No quería ni imaginarlo. Permaneció sentada en la acera abrazando a sus hijos mientras el fuego consumía el edificio y, con él, todas sus pertenencias.
    – Lo importante es que estáis vivos -dijo Zoya una y otra vez, recordando la noche en que murió su madre durante el incendio del palacio de Fontanka.
    Los bomberos trabajaron hasta el amanecer a pesar del sofocante calor de julio. Luego informaron de que tendrían que pasar varios días antes de que pudieran entrar en la casa. Entretanto, tendrían que buscarse otro sitio donde vivir. Ya regresarían más tarde para buscar entre las cenizas los restos de sus pertenencias. Zoya recordó las fotografías de Clayton, los detalles que conservaba, las fotografías de sus padres, de sus abuelos, del zar…, pensó en el huevo de Pascua que guardaba por si alguna vez necesitaba venderlo, pero ahora no podía preocuparse por aquellas cosas. Lo importante era que Nicolás y Sasha estaban a salvo. De repente, se acordó de Sava y sintió una aguda punzada de dolor. La perrita que la acompañó desde San Petersburgo había muerto en el incendio.
    – No conseguí hacerla salir, mamá, estaba escondida debajo del sofá cuando entraron los hombres -dijo Nicky entre sollozos-. Quería llevármela, mamá…, pero ellos no me dejaron…
    – Chis, no llores, cariño. -Su larga melena pelirroja se le había soltado cuando forcejeó con los bomberos para que le permitieran entrar en la casa y ahora estaba desparramada sobre su desgarrado vestido blanco de algodón con florecitas azules. Tenía la cara tiznada de ceniza y la camisa de noche de Nicolás apestaba a humo-. Te quiero mucho… Era muy mayor, Nicky…, no llores, mi niño, no llores…
    Sava tenía casi quince años y siempre había estado con ellos, pero, en aquel momento, Zoya solo podía pensar en sus hijos.
    Un vecino los acogió en su casa y durmieron sobre unas mantas en el suelo de una salita. Zoya bañó a sus hijos y lavó repetidamente sus cabellos, pero no conseguía eliminar el olor del humo. Sin embargo, cada vez que miraba por la ventana y veía el carbonizado esqueleto en la otra acera, daba gracias a Dios por su suerte.
    Al día siguiente, llamó al teatro y avisó que no podría ir a trabajar. Por la noche, acudió al local para cobrar la paga que le debían. Aunque desfallecieran de hambre, jamás volvería a dejar solos a sus hijos.
    La paga les alcanzaría para un poco de comida y algunas ropas, pero no tenían dónde alojarse ni adónde ir. Muy fatigada, Zoya buscó a Jimmy para despedirse.
    – ¿Nos dejas?
    El negro lamentó que se fuera, pero comprendió sus razones cuando supo lo ocurrido.
    – Ya no puedo seguir trabajando aquí. Si algo les pasara…
    Podía volver a ocurrir y hubiera sido un pecado imperdonable dejarlos otra vez solos. Tendría que buscarse otra cosa. Jimmy asintió con la cabeza, sin sorprenderse demasiado.
    – De todos modos, este no es tu sitio, nena. Nunca lo fue. -Se notaba en su forma de moverse que aquella chica tenía educación, aunque ella nunca le habló de su pasado. Jimmy sentía lástima cuando la veía pegar brincos en el escenario-. Búscate otra cosa. Un buen trabajo con gente fina como tú. Esto no está hecho para ti. -Sin embargo, le había servido para vivir durante un año y medio-. ¿No tienes familia ni amigos que puedan echarte una mano? -Zoya sacudió la cabeza y pensó en lo afortunada que era por no haber perdido a sus hijos-. ¿No tienes ningún sitio adonde ir? ¿A Rusia o algo así?
    Zoya sonrió ante lo poco que sabía Jimmy sobre la devastación que había dejado a su espalda.
    – Ya buscaré algo -dijo sin tener ni idea de lo que haría.
    – ¿Dónde te alojas ahora?
    – En casa de un vecino.
    Jimmy la hubiera invitado gustosamente a vivir con él en su casa de Harlem, pero no era un lugar apropiado para ella. La gente de su clase iba al Cotton Club a bailar y armar jaleo, pero no se trasladaba a vivir a Harlem con el viejo pianista de un teatro de mala muerte.
    – Bueno, pues ya me dirás qué tal te va. ¿De acuerdo?
    Zoya se inclinó para darle un beso en la mejilla y él la miró extasiado mientras iba a buscar su cheque. Después, antes de irse, Zoya le estrechó cariñosamente la mano. Aquella noche Zoya los encontró: cinco billetes de veinte dólares que Jimmy introdujo en su bolso cuando ella fue a recoger el cheque. Los había ganado justo aquella tarde en una partida de cartas y se alegró de poder hacerle aquel regalo. Zoya comprendió que había sido Jimmy. Quiso regresar al teatro para devolvérselos, pero le hacían mucha falta. En su lugar, le escribió una nota de agradecimiento, prometiéndole pagar la deuda en cuanto pudiera. Tenía que encontrar enseguida un trabajo y un sitio donde vivir.
    A finales de semana, el edificio ya se había enfriado y los antiguos ocupantes pudieron entrar. De dos apartamentos enteramente destruidos apenas se pudo recuperar nada. Zoya subió lentamente la escalera, preguntándose qué encontraría. Abrió la puerta con cuidado y tanteó el suelo con una pala. Aún se aspiraba un intenso olor a humo. La salita estaba destruida y todas las prendas de vestir y los juguetes habían desaparecido. Introdujo los platos en una caja ennegrecida por el humo y descubrió con asombro que la maleta de las fotografías aún estaba intacta. Gracias a Dios, pensó mientras rebuscaba entre los restos de una cómoda. De repente, lo vio…, el esmalte estaba ligeramente resquebrajado pero, por lo demás, el huevo imperial estaba intacto. Zoya lo contempló en silencio y se echó a llorar. Era la última reliquia de una vida perdida para siempre. Apenas quedaba nada más. Colocó en una caja algunas cosas de los niños, su vestido negro de Chanel, dos trajes de chaqueta, un vestido de hilo rosa y un par de zapatos. Tardó solo diez minutos. Cuando se volvió para echar un último vistazo, vio a Sava tendida bajo el sofá, inmóvil como si estuviera durmiendo. La observó en silencio y después cerró suavemente la puerta a su espalda. Bajó con las cajas a toda prisa por la escalera y se reunió con sus hijos que la aguardaban al otro lado de la calle.

33

    Tras agradecerles a sus vecinos su hospitalidad, Zoya alquiló una pequeña habitación con parte del dinero de Jimmy. Compró unas pocas prendas de vestir para los niños y un sencillo vestido para ella, y le quedó menos de la mitad. Para colmo tenían que cenar todas las noches en un restaurante. Hablaban incesantemente de lo que harían y una noche, mientras examinaba las ofertas de empleo del periódico, se le ocurrió una idea. No hubiera querido hacerlo, pero no tenía más remedio. Debía echar mano de lo que pudiera, aunque la avergonzara. Al día siguiente, se puso su vestido nuevo, se peinó cuidadosamente y deseó poder lucir alguna joya, pero solo le quedaba la alianza de matrimonio y cierta elegancia innata.
    – ¿Adónde vas, mamá? -preguntó Nicky mientras ella se acicalaba ante el espejo.
    – A buscar trabajo.
    Esta vez, mientras sus hijos la miraban, no se avergonzó.
    – ¿Puedes hacer algo? -preguntó inocentemente Sasha mientras ella reía.
    – No mucho.
    Era una experta en vestidos, durante diez años había utilizado los mejores e, incluso en su infancia, ella y María estudiaban con interés todo lo que llevaban sus madres y las mujeres de la familia. Sabía arreglarse con estilo y tal vez podría enseñar a otras a hacer lo mismo. Muchas mujeres podrían permitirse aquel lujo. Tomó el autobús hasta la parte alta de la ciudad, tras encomendar a Sasha a los cuidados de su hermano, y se apeó cerca de la dirección que figuraba en el anuncio. Estaba en la calle Cincuenta y uno, a dos pasos de la Quinta Avenida. Al llegar, comprobó que era un sitio tan elegante como imaginaba. Un conserje con librea permanecía de pie junto a la puerta para ayudar a las damas a descender de sus vehículos. Una vez dentro, vio a varias mujeres y algunos hombres examinando los costosos artículos del establecimiento. Había toda clase de vestidos y sombreros, bolsos, abrigos y preciosos zapatos hechos a mano. Las dependientas iban todas muy bien vestidas y muchas tenían un aire decididamente aristocrático. Era lo que hubiera debido hacer desde un principio, pensó Zoya, procurando olvidarse del incendio y rezando para que no les ocurriera nada a sus hijos. No los había dejado solos ni un momento desde aquella noche y nunca más estaría tranquila si alguna vez volviera a dejarlos, pero tenía que hacer algo.
    – ¿En qué puedo servirla, señorita? -preguntó una mujer de cabello gris, vestida de negro-. ¿Desea ver algo en especial?
    Hablaba con marcado acento francés, pensó Zoya, mirándola con una sonrisa. Temblaba por dentro, pero rezó para que no se le notara mientras contestaba en el impecable francés aprendido en su infancia.
    – ¿Podría ver al gerente, por favor?
    – Ah…, cuánto me alegra oír a alguien hablar el francés -dijo la mujer. Parecía la refinada directora de una elegante escuela de señoritas-. Soy yo misma. ¿Desea usted algo en particular?
    – Sí -contestó Zoya en voz baja para que nadie más pudiera oírla-. Soy la condesa Nikolaevna Ossupov y busco trabajo.
    Ambas mujeres se miraron largamente a los ojos y, al final, la francesa asintió con la cabeza.
    – Comprendo. -Se preguntó si la chica sería una impostora, aunque por su aire de serena dignidad no lo parecía. Señalándole discretamente una puerta cerrada, añadió-: ¿Le importa pasar a mi despacho, mademoiselle?
    El título no tenía para ella la menor importancia, pero sería útil para clientas como Barbara Hutton, Eleanor Carson, Doris Duke y sus amigas. Tenía una clientela muy selecta que valoraba bastante los títulos. Muchas de ellas se casaban con príncipes y condes para entrar en la aristocracia.
    Zoya la siguió a una salita muy bien amueblada en tonos blancos y negros. Era el lugar donde la modista solía mostrar sus trajes más caros. Su única competidora era Chanel, quien recientemente había introducido sus modelos en Estados Unidos, pero en Nueva York había espacio para las dos. La francesa se llamaba Axelle Dupuis y llegó a la ciudad desde París hacía varios años para montar un elegante salón conocido simplemente como Axelle. Zoya había sido clienta de la casa algunas veces, pero entonces no utilizaba su nombre ruso y, por suerte, madame Dupuis parecía no recordarla.
    – ¿Tiene usted alguna experiencia en el campo de la moda? -preguntó la modista, estudiándola con detenimiento. Llevaba un vestido barato y unos zapatos gastados, pero la belleza de sus manos y su manera de moverse y peinarse revelaban su pertenencia a un medio muy distinguido. Se expresaba muy bien y hablaba el francés, aunque eso allí no importaba demasiado. A pesar de la sencillez de su atuendo, poseía un sentido innato del estilo. Axelle la miró, intrigada-. ¿Trabajó alguna vez en este ramo?
    – No -contestó Zoya con toda sinceridad-. Me trasladé a París desde San Petersburgo después de la revolución.
    Ahora ya podía pronunciar aquellas palabras: desde entonces le habían ocurrido cosas mucho peores y, además, tenía que pensar en Nicky y Sasha. Por ellos hubiera sido capaz de arrastrarse por el suelo con tal de conseguir trabajo. El rostro de la mujer no dejó traslucir la menor emoción mientras le ofrecía a Zoya una taza de té. Los cubiertos de plata eran muy finos, y la porcelana, francesa. Tomó un sorbo de té y miró a Zoya en silencio. Todos aquellos detalles revestían una enorme importancia, pues sus clientas eran las mujeres más elegantes y exigentes del mundo, y en modo alguno hubieran aceptado ser atendidas por personas de escasa educación. Sus perspicaces ojos grises miraron complacidos a Zoya.
    – Cuando estaba en París, ¿hizo algo relacionado con la moda?
    Axelle sentía curiosidad por aquella joven de aire inequívocamente aristocrático.
    – Trabajé en el Ballet Russe -contestó Zoya, mirándola directamente a los ojos-. Fue lo único que pude hacer, lo habíamos perdido todo.
    Quería sincerarse con ella, por lo menos, hasta cierto punto.
    – ¿Y después?
    – Me casé con un norteamericano y vine aquí en 1919 -explicó Zoya, sonriendo con tristeza. Le parecía increíble que hubieran transcurrido doce años-. Mi marido murió hace dos años. Era bastante mayor que yo. -No reveló todo lo que perdieron porque quería proteger la dignidad de Clayton, incluso en la muerte-. Tengo dos hijos que mantener y lo hemos perdido todo en un incendio, aunque en realidad ya no teníamos gran cosa… -dejó la frase inconclusa mientras recordaba el pequeño apartamento donde murió Sava, y miró de nuevo a Axelle-. Necesito un trabajo. No puedo bailar porque he perdido la práctica -apartó de su mente las imágenes del salón de variedades-, pero conozco algo sobre vestidos y telas. Antes de la guerra… -Dudó, pero decidió seguir adelante. Si quería aprovechar su título, tendría que dar algún detalle-. En San Petersburgo, las mujeres eran elegantes y hermosas… – añadió, sonriendo.
    – ¿Está usted emparentada con los Romanov?
    Muchos rusos sin título alguno lo afirmaban, pero algo en aquella chica le decía que podía ser verdad. Estaba dispuesta a creer cualquier cosa que le dijera, pensó Axelle mientras los verdes ojos de Zoya se fijaban en los suyos.
    – Soy prima del difunto zar, madame -contestó Zoya, sosteniendo delicadamente la taza de té en la mano.
    No dijo más y Axelle permaneció un buen rato en silencio. Valdría la pena probarlo. ¡Con lo que gustaban las condesas a sus clientas! Axelle estaba segura de que las halagaría enormemente que las atendiera una condesa.
    – Podríamos hacer una prueba, mademoiselle… condesa, quiero decir. Aquí deberá usted utilizar su título.
    – Naturalmente. -Zoya trató de aparentar indiferencia, pero sentía deseos de saltar y gritar como una chiquilla. ¡Había conseguido un empleo! ¡Y nada menos que en Axelle! Sería estupendo. Los niños irían a la escuela en otoño y ella ya estaría en casa a las seis de la tarde. El trabajo era respetable, pensó sin poder reprimir una sonrisa de alivio mientras Axelle la miraba con simpatía.
    – Veremos qué tal lo hace -dijo la modista, levantándose para indicar que la audiencia había finalizado.
    Zoya siguió su ejemplo y dejó cuidadosamente la taza de té en la bandeja.
    – ¿Cuándo quiere empezar? -preguntó Axelle.
    – ¿Le parece bien la semana que viene?
    – Perfecto. A las nueve en punto. Por cierto, condesa -dijo Axelle, estudiando con toda naturalidad su sencillo vestido-, seguramente le gustará elegir algo que ponerse antes de marcharse…, algo de color negro o azul marino.
    Zoya recordó su querido modelo negro de Chanel del que no había forma de eliminar el olor a humo.
    – Muchas gracias, madame.
    – No hay de qué.
    Axelle inclinó majestuosamente la cabeza y cruzó la puerta para dirigirse al salón principal de la casa donde una mujer con una enorme pamela blanca estaba admirando unos zapatos. Zoya pensó que tendría que comprarse zapatos con el poco dinero que le quedaba y, de repente, se percató de que no había preguntado sobre el sueldo, pero no importaba. Tenía un trabajo y sería mucho mejor que vender manzanas por las calles.
    Comunicó la noticia a los niños nada más volver a casa y salieron a dar un paseo por el parque. Pero regresaron pronto al hotel huyendo del sofocante calor. Nicolás estaba tan emocionado como ella. Sasha la miró con sus grandes ojos azules y le preguntó si allí vendían también vestidos para niñas.
    – No, cariño, pero en cuanto pueda te compraré uno.
    Les había comprado apenas lo imprescindible, tras perderlo todo en el incendio, pero ahora amanecía un nuevo día. Tenía un empleo respetable en el que esperaba ganar un sueldo decente. Jamás tendría que volver a bailar. Su vida empezaba a resurgir. De pronto, esbozó una sonrisa y se preguntó si vería en Axelle a alguna de sus antiguas amigas de la alta sociedad, aquellas que primero la esquivaron cuando llegó a Francia y que más tarde se prendaron de ella. La olvidaron por completo a la muerte de Clayton y se apartaron de su lado ante su desgracia. Qué mezquina era la gente, pensó Zoya sin preocuparse demasiado. Tenía a sus hijos y eso era lo único que le importaba. Lo demás iba y venía, pero a ella le daba igual. Con tal de que consiguieran sobrevivir… De repente, la vida volvió a parecerle infinitamente valiosa.

34

    Sus jornadas en la tienda de modas eran largas y agotadoras, atendía a mujeres muy exigentes. Muchas eran impetuosas y mimadas y otras nunca acababan de decidirse, pero Zoya se mostraba siempre amable y tenía muy buen criterio para aconsejarles lo que mejor les sentaba. Tomaba un vestido, tiraba un poco de allí, remetía un poco de allá y, de repente, ante el espejo la mujer se veía como una princesa. Zoya sabía elegir el sombrero más adecuado para un vestido, las flores para la solapa, la chaqueta de piel y los zapatos más bonitos. Creaba imágenes que eran pura poesía y Axelle estaba muy satisfecha de ella. En Navidad, Zoya se había convertido en la estrella de la casa y vendía más que ninguna dependienta. Todo el mundo preguntaba por la condesa. Condesa esto, condesa lo otro… ¿no le parece a usted, condesa, que…? Ah, condesa, por cierto… Axelle la veía actuar con discreción y elegancia. Zoya vestía con un gusto exquisito y siempre se presentaba en la tienda con guantes inmaculadamente blancos y el cabello perfectamente peinado. Su leve acento francés contribuía a acrecentar el misterio que la envolvía. Axelle enseguida divulgó que era prima del zar por resultar lo más conveniente a su establecimiento. Un día, Serge Obolensky se presentó en la casa para ver quién era aquella «condesa» de quien todos hablaban y, al verla, se quedó de una pieza.
    – ¡Zoya! Pero ¿qué haces aquí?
    – Me divierto.
    No le habló para nada de los terribles dos años que había pasado.
    – ¡Qué tonta eres! Pero supongo que te lo debes pasar bien. Tienes que venir un día a cenar con nosotros.
    Pero ella siempre rechazaba las invitaciones. No tenía tiempo ni ropa adecuada y tampoco le apetecía alternar con aquella gente. Todo había terminado para ella. Por las tardes regresaba junto a sus hijos que la aguardaban en el pequeño apartamento de la calle Treinta y nueve, cerca del East River, adonde consiguió mudarse antes de Navidad. Ambos iban a escuelas aceptables, y gracias a los aumentos de sueldo y las comisiones, podían vivir no con lujo pero sí con comodidad, lo cual era mucho comparado con los dos años que trabajó en el Salón Fitzhugh.
    Zoya trabajaba en Axelle cuando el hijo de Lindbergh fue secuestrado y hallado muerto en mayo de 1932. En julio del mismo año leyó la noticia de la muerte de Florenz Ziegfield. Se preguntó qué tal hubiera sido bailar con él en lugar de hacerlo en el Salón Fitzhugh. Sentía también curiosidad por saber qué habría sido de Jimmy. Le había devuelto hacía mucho tiempo los cien dólares que deslizara en su bolso, pero nunca más supo de él. Pertenecía a otra vida y a un capítulo cerrado de su existencia. Zoya se emocionó cuando Eleanor Roosevelt visitó la casa y compró unos modelos para la campaña presidencial de su marido. Recordaba con especial cariño a los antiguos amigos de Clayton y les envió un telegrama de felicitación, aparte de un gracioso sombrero de piel que Eleanor le dijo que luciría en enero durante la ceremonia de inauguración del mandato. Axelle estaba encantada con ella.
    – Hay que reconocer que sabe usted cómo tratarlos, ma chère -le dijo la elegante francesa.
    Apreciaba a la joven y le tenía mucha simpatía al pequeño Nicolás con sus aires de principito. Ahora ya no le cabía la menor duda de que eran ciertos los relatos que una tarde le contó el príncipe Obolensky sobre Zoya y las hijas del zar. Era una muchacha extraordinaria, nacida en un desdichado período de la historia. Si las cosas hubieran ocurrido de otro modo, probablemente se hubiera casado con un príncipe y hubiera vivido en uno de los palacios que solía visitar en su infancia. Parecía injusto, pero no más que la depresión que estaba viviendo el país. Aquel año, todo el mundo pasaba hambre, menos las clientas de Axelle.
    Por Navidad, Zoya llevó a Nicolás a ver una película de Tarzán y después fueron a un salón de té. El niño estaba muy contento. Iba a la Trinity School y era un alumno muy aplicado. A sus once años, ya decía que de mayor quería ser hombre de negocios como su padre. Sasha, en cambio, quería ser actriz de cine. Zoya le compró una muñeca con la cara de Shirley Temple, que la niña llevaba consigo a todas partes junto con Annabelle, la superviviente del incendio. A pesar de las dificultades pasadas, los niños eran muy felices. Al llegar la primavera, Zoya fue nombrada gerente adjunta de Axelle. Ganaría más dinero y prestigio, y Axelle podría disponer de un poco más de tiempo libre. Zoya la convenció de que encargara a Elsie de Wolfe la remodelación del establecimiento, y el volumen de negocios se multiplicó.
    – ¡Bendito sea el día en que entraste por esta puerta! -le dijo Axelle y la miró con una sonrisa por encima de las cabezas de sus entusiasmados clientes el primer día de la inauguración. A la recepción asistió incluso el alcalde Fiorello La Guardia. Como premio a sus desvelos, Axelle le regaló a Zoya un precioso abrigo de visón con el que estaba muy elegante cuando tomaba cada día el autobús para regresar a casa. Al cabo de un año, Zoya se mudó a un nuevo apartamento, situado a solo tres manzanas de su lugar de trabajo y donde los niños tenían un dormitorio para cada uno. Nicolás estaba a punto de cumplir trece años y se alegraba de no tener a Sasha constantemente estorbando.
    Dos años más tarde, cuando Sasha tenía once, Axelle invitó a Zoya a que la acompañara a París en su primer viaje de compras. Zoya dejó a Nicolás con una amiga y contrató a una niñera para Sasha durante las tres semanas de su ausencia, y zarpó con Axelle en el Queen Mary en medio de un revuelo de emoción y champán. Mientras el barco se alejaba lentamente de la dársena de Nueva York, Zoya contempló la estatua de la Libertad y pensó en lo lejos que había llegado desde la muerte de Clayton. Habían transcurrido siete años, ella contaba treinta y siete y tenía la sensación de haber vivido varias existencias distintas.
    – ¿En qué piensas, Zoya? -preguntó Axelle, contemplándola de pie en la cubierta mientras el barco navegaba en alta mar.
    Zoya lucía un elegante vestido verde esmeralda del mismo color que sus ojos, y un gracioso sombrerito de piel.
    – Pienso en el pasado.
    – Me parece que piensas demasiado en eso -dijo Axelle en voz baja. Respetaba mucho a Zoya y a menudo se preguntaba por qué no hacía más vida social. Oportunidades no le faltaban, desde luego. Sus clientes la adoraban y sobre su escritorio había siempre un montón de invitaciones, dirigidas simplemente a la «condesa Zoya», pero ella raras veces salía, alegando que «todo aquello ya lo conocía»-. Puede que París ponga algo más de emoción en tu vida.
    – No, gracias, ya he tenido bastantes emociones en mi vida -contestó Zoya, riéndose. Revoluciones, guerras y una boda con un hombre al que amaba apasionadamente. Aún estaba enamorada de Clayton a pesar de los años transcurridos y sabía que regresar sin él a París sería muy doloroso. Era el único hombre al que había amado y nunca habría otro igual, exceptuando tal vez a su hijo… Sonrió al pensarlo y aspiró la brisa marina-. Voy a París a trabajar -anunció, y soltó una carcajada ante la respuesta de Axelle.
    – No estés tan segura, querida.
    Después, ambas regresaron al camarote. Zoya deshizo el equipaje y colocó las fotografías de sus hijos al lado de su cama. No necesitaba nada más y nunca lo necesitaría. Aquella noche, leyó un poco en la cama y después hizo una lista de las prendas que comprarían en París.

35

    Axelle había reservado habitaciones en el Ritz de la Place Vendôme, en el que resplandecía todo el lujo que Zoya casi había olvidado. Llevaba años sin utilizar una bañera de mármol como la que tenía en su casa de Sutton Place. Cerró los ojos y permaneció inmóvil en la bañera llena de agua caliente. Iniciarían las compras a la mañana siguiente. Aquella tarde, Zoya salió a dar un paseo en solitario y se sintió abrumada por los recuerdos mientras vagaba por las calles, los bulevares y los parques que antaño compartiera con Clayton. Fue a tomar una copa al Café de Flore y, sin poder resistir la tentación, tomó un taxi y se dirigió al Palais Royal. Allí contempló en silencio la casa donde vivió con Eugenia. Habían transcurrido diecisiete años desde su muerte, diecisiete años de alegrías y tristezas y de duro esfuerzo en compañía de sus queridos hijos. Las lágrimas resbalaron lentamente por sus mejillas mientras recordaba a su abuela y a su marido muertos. Fue casi como si esperara que él le tocara el hombro tal como la noche en que ambos se conocieron. Aún podía oír su voz. Se volvió despacio, se dirigió a pie a las Tullerías y se sentó en un banco, sumida en sus pensamientos mientras contemplaba jugar a los niños en la distancia. Se preguntó qué tal le habría ido la vida si hubiera regresado a París con Nicolás y Sasha. Probablemente lo hubiera tenido todo más fácil que en Nueva York, pero allí su existencia se movía a un ritmo más rápido y su trabajo en Axelle confería una finalidad a su vida. Llevaba cinco años en Axelle y le encantaba encargarse de las compras, en lugar de atender a una interminable caterva de mujeres exigentes. Las comprendía muy bien y sabía manejarlas porque las conocía de toda la vida. Muchas veces le recordaban a su propia madre. Zoya era muy apreciada también por los hombres, porque era capaz no solo de vestir elegantemente a sus mujeres, sino también de equipar discretamente a sus amantes. Ni un solo chisme escapaba jamás de su boca, ni una sola crítica, únicamente sugerencias de buen gusto. Sin ella, Axelle sabía que su negocio jamás hubiera alcanzado el actual éxito. «La condesa», tal como todo el mundo la llamaba, aportaba un aire inequívocamente aristocrático a las vidas de los acaudalados neoyorquinos. Pero ahora de pronto Zoya se sentía lejos de todo aquello. Volvía a ser una adolescente y recordaba con dolor la nueva vida que inició al marcharse de París.
    Tomó un taxi y regresó al hotel. El corazón le dio un vuelco al pensar que tal vez encontraría a Vladimir Markovsky. Buscó infructuosamente su nombre en la guía telefónica. Tal vez hubiera muerto. En aquellos momentos, el príncipe tendría casi ochenta años.
    Aquella noche Axelle la invitó a cenar al Maxim’s, pero ella declinó la invitación, alegando que estaba cansada y deseaba acostarse temprano para iniciar al día siguiente su recorrido por las distintas tiendas de modas. No le confesó que los recuerdos de Clayton resultarían demasiado dolorosos para ella. En París, tenía que cerrar constantemente la puerta al pasado. Le parecía que se encontraba a solo un paso de San Petersburgo. Ya no estaba a medio mundo de distancia, sino en los lugares descubiertos con Eugenia y Vladimir y que solía visitar con Clayton. Quería ponerse a trabajar para olvidar el pasado y sumergirse en el presente.
    Aquella noche, llamó a casa de su amiga y habló con Nicolás. Le contó todo lo que había visto y le prometió llevarlo a París algún día. Era una ciudad maravillosa que había desempeñado un importante papel en su vida. Nicolás dijo que se cuidara y le reiteró cuánto la quería. A pesar de que tenía casi quince años, el niño no se avergonzaba de sus emociones. «Es la sangre rusa que corre por tus venas», le decía Zoya en broma, pensando en lo mucho que a veces se parecía a Nicolai, sobre todo cuando le tomaba el pelo a Sasha. La llamada a su hija fue también muy típica. Sasha le había entregado una lista de cosas que quería, entre ellas un vestido rojo y varios pares de zapatos franceses. A su modo, estaba tan mimada como Natalia y era casi tan exigente como ella. Zoya se preguntó qué hubiera pensado Mashka de ellos y cómo hubieran sido los hijos de su prima si se hubiera casado.
    Aquella noche se alegró de conseguir huir de los recuerdos cuando se fue a la cama. El viaje a París estaba resultándole más difícil de lo previsto en principio. Soñó con Alexis, María, Tatiana y los demás, y se despertó a las cuatro de la madrugada. No pudo conciliar el sueño hasta casi las seis. A la mañana siguiente, cuando pidió café solo y cruasanes, se sentía muy cansada.
    – Alors, ¿preparada? -preguntó Axelle cuando se presentó en su habitación con un precioso vestido rojo de Chanel, el cabello blanco impecablemente peinado y un bolso de bandolera de Hermès. Parecía muy francesa, pensó Zoya, con un vestido azul de seda y un abrigo a juego de Lanvin. Zoya llevaba la melena pelirroja recogida en un moño y estaba guapísima cuando el portero del hotel les abrió la portezuela del taxi. Sonrió al reconocer el acento del conductor. Era uno de los muchos ancianos rusos que aún conducían taxis en París. Le preguntó si conocía a Vladimir y el hombre sacudió la cabeza. No recordaba a nadie con ese nombre ni creía haberlo conocido jamás. Era la primera vez en muchos años que Zoya hablaba en ruso. Incluso con Serge Obolensky hablaba en francés. Axelle escuchó la musical cadencia de las palabras mientras el vehículo se detenía frente a la entrada de la casa Schiaparelli en la rue de la Paix. Zoya y Axelle se volvieron locas al entrar. Hicieron un importante pedido de jerséis para la tienda y mantuvieron una larga conversación con la diseñadora, explicándole las necesidades y preferencias de su clientela. Era una persona muy interesante solo tres años mayor que Zoya. Su éxito era por entonces casi tan grande como el de Gabrielle Chanel, cuya tienda se encontraba todavía en la rue Cambon, adonde se dirigieron aquel mismo día. Más tarde visitaron la casa Balenciaga, donde Zoya seleccionó varios vestidos de noche y se los probó para ver qué tal resultaban mientras Axelle admiraba su elegancia.
    – Hubieras debido ser diseñadora -dijo Axelle con una sonrisa-. Tienes mucha intuición para la ropa.
    – Siempre me gustaron los vestidos bonitos -confesó Zoya, contemplando las complejas creaciones del genio español-. Ya de niñas, María y yo analizábamos los vestidos de nuestras madres y sus amigas, y criticábamos los que nos parecían de mal gusto -añadió y rió al recordarlo.
    – ¿Era tu hermana? -preguntó Axelle ante la nostálgica mirada de sus ojos.
    – No. -Zoya apartó el rostro porque no solía abrir a nadie las puertas de su pasado, y tanto menos a Axelle con quien mantenía casi siempre una mera relación de trabajo. Sin embargo, allí se encontraba tan cerca de los acontecimientos que le resultaba difícil-. Era mi prima.
    – ¿Una de las hijas del zar? -Zoya asintió en silencio-. Qué terrible fue todo aquello.
    Aquella noche cenaron en sus habitaciones y examinaron las listas de lo ya comprado, de lo que más les gustaba y lo que pensaban comprar. A la mañana siguiente, fueron a ver los diseños de Dior. Axelle no pensaba comprar nada; solo quería verlos para trazar unos bocetos que más tarde su costurera pudiera copiar. De este modo, las ganancias se acrecentarían.
    Tuvieron ocasión de conocer personalmente a Christian Dior, un hombre simpatiquísimo. Axelle le presentó a Zoya con su título completo. Allí coincidieron con lady Mendl, de soltera Elsie de Wolfe. Cuando se marcharon, Elsie le contó a Dior todos los detalles de la vida de Zoya con Clayton.
    – Fue una lástima que lo perdieran todo en el veintinueve -comentó Elsie en el momento en que entraba Wallis Simpson, la futura duquesa de Windsor, con sus dos perros caniches. Dior era gran admirador suyo.
    Aquella tarde, Zoya y Axelle visitaron de nuevo a Elsa Schiaparelli en su lujoso salón construido dos años antes en la place Vendôme y pudieron admirar el divertido sofá en forma de labios, diseñado para ella por Salvador Dalí. Axelle quería hacer un importante pedido de abrigos, a pesar de que ya se les estaba acabando el presupuesto. El mundo de la moda en París era irresistible.
    Más tarde, Schiaparelli tuvo que dejarlas pues estaba citada con un fabricante norteamericano de abrigos. Era, como ellas, uno de sus mejores clientes extranjeros, explicó. En aquel momento, entró una de sus colaboradoras y le susurró algo en italiano.
    – ¿Tendrán la amabilidad de disculparme, señoras? Mi ayudante les mostrará los tejidos con los que pueden confeccionarse los abrigos. El señor Hirsch me espera en mi despacho.
    Ambas mujeres discutieron largo rato los detalles con la ayudante y, al final, pidieron que el modelo de abrigo se confeccionara en rojo, negro y gris paloma, el color que tanto gustaba a Zoya, que aquel día llevaba un vestido malva diseñado por Madame Grès y comprado en Axelle con un importante descuento.
    Cuando abandonaron el establecimiento, vieron que las seguía un hombre moreno de elevada estatura, cuyo rostro parecía esculpido en mármol. Más tarde lo encontraron de nuevo en el ascensor del hotel.
    – No las sigo, es que yo también vivo aquí -dijo, y miró a Zoya con una sonrisa infantil en los labios. Después añadió, tendiéndole la mano a Axelle-: Creo que ha comprado usted algunas cosas de mi línea. Soy Simon Hirsch.
    – Ah, claro, yo soy Axelle Dupuis. Permítame presentarle a mi colaboradora, la condesa Nikolaevna Ossupov.
    Fue la primera vez que Zoya se avergonzó de su título. Se sintió ridícula ante aquel hombre de apariencia tan sencilla y simpática, cuyos ojos castaños miraban directamente a los suyos con la mayor naturalidad del mundo.
    – ¿Es usted rusa? -preguntó Hirsch cuando el ascensor se detuvo.
    – Sí -contestó Zoya en un susurro e inevitablemente se ruborizó, tal como solía ocurrirle.
    La habitación de Hirsch estaba casi al lado de la suya y, mientras caminaban con él por los anchos pasillos, ambas se sintieron diminutas. Tenía hombros de jugador de rugby y desprendía energía por todos sus poros.
    – Yo también. Mejor dicho, mi familia. Yo nací en Nueva York -dijo Hirsch. Ambas mujeres se detuvieron frente a la puerta de la habitación de Zoya-. Les deseo muy buenas compras. Bonne chance! -añadió mientras abría la puerta de su habitación.
    Una vez en la habitación de Zoya, Axelle se quitó los zapatos.
    – Los pies me duelen terriblemente… Me alegro de haberlo conocido. Tiene una línea muy buena. Cuando volvamos, quiero echarle un vistazo. Necesitamos más abrigos para la temporada de otoño y, si no los llevamos todos de aquí, podríamos comprarle algunos modelos a él, siempre que nos haga buen precio.
    Zoya pidió que les subieran un té y ambas repasaron juntas los pedidos del día. Quedaban solo cuatro días de estancia en París, antes de embarcar en el Queen Mary rumbo a Nueva York.
    – Deberíamos comprar unos cuantos zapatos y sombreros más -dijo Zoya con aire pensativo-. Tenemos que ofrecer a nuestras clientas algo más que vestidos y trajes de noche. Esta ha sido siempre nuestra fuerza. Los complementos y accesorios que tanto agradan a las señoras.
    – Y que tú sabes elegir tan sabiamente. -Mientras contemplaba a su bella colaboradora vestida de malva y con su cabello pelirrojo en cascada sobre su espalda, Axelle añadió-: Es guapo, ¿verdad?
    – ¿Quién? -preguntó Zoya, visiblemente perpleja.
    En aquel instante estaba pensando en los sombreros y las fabulosas joyas de Chanel, aunque sus clientas tenían tantas joyas que no sabía si comprenderían la originalidad de las creaciones de Chanel.
    – El fabricante de abrigos de Nueva York, mujer. Si yo tuviera veinte años menos, lo cazaría sin pensarlo ni un minuto.
    Zoya rió ante la imagen de la comedida Axelle cazando a alguien. Se imaginó al hombre huyendo de la habitación, perseguido por ella.
    – Me gustaría que lo hicieras -le dijo.
    – Tiene un aire un poco duro, pero simpático. Me gustan los hombre así. -Era casi tan alto como Clayton, pero con la espalda mucho más ancha, aunque Zoya apenas se había fijado en él-. Te llevaré conmigo cuando vaya a su salón de exposiciones. Quizá te invite a cenar. Al fin y al cabo, ambos sois rusos.
    Axelle hablaba en broma, pero no del todo. Había advertido cómo miraba el hombre a Zoya y el brillo en sus ojos cuando supo su título.
    – No seas tonta, Axelle. El pobrecillo solo quería ser amable.
    – Mon oeil! Tengo muy buen ojo. -Axelle agitó un dedo en dirección a Zoya-. Eres demasiado joven para comportarte como una monja. ¿Sales alguna vez con alguien?
    Era la primera vez que Axelle se atrevía a preguntárselo. Lejos de casa, de la tienda y de sus clientas, resultaba mucho más fácil hacer preguntas de tipo personal.
    – Nunca -contestó Zoya con serena sonrisa-. Nunca he salido con nadie desde que murió mi marido.
    – ¡Pero eso es tremendo! ¿Cuántos años tienes?
    – Treinta y siete. No puedo comportarme como una niña, tal como algunas de nuestras clientas.
    Axelle entornó los ojos en gesto de amistosa desaprobación y Zoya le sirvió otra taza de té tomando la tetera de la bandeja de plata. Los lujos del Ritz eran casi una costumbre para ella.
    – ¡No seas ridícula! -exclamó Axelle-. A tu edad yo tenía dos amantes -añadió y miró con picardía a su joven amiga-. Por desgracia, ambos estaban casados. -Sin embargo, uno de ellos le puso la tienda, según los rumores que Zoya nunca creyó, pero que tal vez fueran ciertos-. Te diré más, en estos momentos mantengo una relación muy agradable con un hombre de Nueva York. No puedes pasarte la vida entre la tienda y tus hijos. Un día crecerán y ¿qué harás entonces?
    – Trabajar más que antes -contestó Zoya, riendo-. En mi vida no hay espacio para un hombre, Axelle. Estoy en la tienda hasta las seis de la tarde y después me ocupo de Sasha y Nicky hasta las nueve o las diez. Me doy un baño, echo un vistazo a los periódicos, leo algún libro y ya está. Si alguien me invitara a cenar, me dormiría sobre el plato.
    Axelle sabía cuánto trabajaba Zoya, pero lamentaba que en su vida hubiera aquel doloroso vacío del que tal vez ni ella misma era consciente.
    – Convendría que por tu bien te despidiera -dijo en broma.
    Ambas sabían que no había peligro de tal cosa. Zoya era demasiado importante en aquel negocio donde, al fin, había encontrado un seguro refugio.
    A la mañana, cuando regresaron a Dior para comprar algunos modelos de zapatos, se tropezaron de nuevo con Simon Hirsch, descendiendo de un taxi al mismo tiempo que ellas.
    – Veo que volvemos a encontrarnos. ¡Como no me ande con cuidado, van ustedes a vender los mismos abrigos que yo! -dijo.
    Pero no parecía preocupado. Miró de nuevo a Zoya, vestida esta vez con un juvenil modelo de hilo rosa.
    – No se preocupe, señor Hirsch -respondió Axelle-, hemos venido a comprar zapatos.
    – Loado sea Dios.
    Entraron juntos en el salón y a la salida volvieron a coincidir.
    – Convendría que combináramos nuestros programas -dijo Hirsch-. Así ahorraríamos tiempo y dinero en taxis. -Miró a Zoya y consultó su reloj. Llevaba zapatos ingleses hechos a mano, traje impecable y reloj de pulsera recién comprado en Cartier-. Señoras, ¿tienen tiempo para almorzar conmigo o están demasiado ocupadas?
    Zoya iba a declinar la invitación, pero ante su sorpresa Axelle aceptó. Sin más preámbulos, Hirsch paró un taxi e indicó al taxista la dirección del recién inaugurado hotel George V.
    – Tienen una cocina estupenda. La última vez que estuve en París me alojé allí. Eso fue hace un año, cuando viajé a Alemania, pero esta vez no pienso volver -añadió Hirsch, y súbitamente se puso muy serio-. Fue una experiencia muy desagradable.
    Descendieron del taxi frente a la entrada del hotel situado a dos pasos de los Campos Elíseos y se dirigieron al comedor. El maître los acompañó a una mesa excelente. Tras pedir la comida, Hirsch les preguntó si planeaban ir a algún otro sitio.
    Axelle contestó que solo tenían tiempo para visitar París.
    – Antes de venir aquí, compré unos tejidos muy bellos en Inglaterra y Escocia -dijo Hirsch y pidió el vino mientras Zoya lo miraba en silencio-. Pero no volveré a poner los pies en Alemania, con todo este jaleo que hay con Hitler.
    – ¿Piensa usted que hará de verdad las cosas que dice?
    Zoya había oído hablar de su hostilidad hacia los judíos, pero no acababa de creérselo.
    – Sin ninguna duda. Los nazis han creado una atmósfera de antisemitismo que invade todo el país. Los judíos tienen miedo de hablar con la gente. Estoy seguro de que se avecinan graves problemas.
    – Parece increíble -dijo Zoya, pero también lo parecía la revolución.
    – Estas locuras siempre lo parecen. Mi familia abandonó Rusia a causa de los pogromos. Ahora las persecuciones contra los judíos han llegado hasta aquí de forma un poco más sutil, pero no demasiado. Perseguir a los judíos nunca es sutil. -Los ojos de Hirsch se encendieron de cólera ante la atónita mirada de ambas mujeres. Después, como si quisiera cambiar de tema, se dirigió a Zoya y preguntó-: ¿Cuándo se fue usted de Rusia, señora condesa?
    – Por favor -dijo Zoya, ruborizándose-, llámeme simplemente Zoya. En la vida real, mi nombre es Zoya Andrews -añadió y apartó el rostro un instante antes de responder-. Me fui de Rusia en 1917. Inmediatamente después de la revolución.
    – Debió de ser muy doloroso para usted. ¿La acompañó su familia?
    – Solo mi abuela. -Zoya ya podía hablar de ello, pero tardó casi veinte años en conseguirlo-. A casi todos los demás los mataron antes de que nos fuéramos. Y a algunos un año más tarde.
    Hirsch no comprendió que se refería al zar porque no le pasó por la cabeza que fuera pariente suyo.
    – ¿Y entonces se fue a Nueva York?
    – No -contestó Zoya sonriendo mientras el camarero servía el exquisito vino de 1926 pedido por Simon-. Vinimos a París y vivimos aquí dos años, hasta que me casé y fui a Nueva York con mi marido.
    Hirsch vio consternado que aún llevaba la alianza de matrimonio en el dedo.
    Axelle también lo vio y comprendió que Zoya no iba a dar explicaciones.
    – La condesa es viuda -explicó mientras Zoya le dirigía una mirada de reproche.
    – Lo siento -dijo Hirsch cortésmente-. ¿Tiene usted hijos?
    – Dos, un niño y una niña -contestó Zoya con orgullo-. Y usted, señor Hirsch, ¿tiene hijos?
    Lo preguntó simplemente por educación mientras esperaban que los sirvieran. Axelle se alegró del giro que tomaba la conversación. Hirsch le gustaba mucho y este parecía muy interesado por Zoya.
    – No -contestó Hirsch, sacudiendo la cabeza-. Nunca me casé y no tengo hijos. Me faltó tiempo porque pasé veinte años levantando el negocio. Casi toda mi familia trabaja conmigo. Mi padre se retiró el año pasado y creo que mi madre ya ha perdido la esperanza. Cree que, si no me he casado a los cuarenta, ya nunca lo haré. Antes me volvía loco con sus exigencias. Soy hijo único y esperaba por lo menos diez nietos, o algo por el estilo.
    Zoya esbozó una sonrisa nostálgica, recordando sus conversaciones con Mashka sobre los hijos que tendrían. Ella quería seis y Mashka cuatro o cinco, pero sus vidas no discurrieron por los cauces previstos.
    – Probablemente se casará dentro de unos años y sorprenderá a su madre con quintillizos.
    Simon Hirsch fingió atragantarse con el vino.
    – Tendré que decírselo para que me deje en paz. -La comida llegó por fin: deliciosas albóndigas de ave para Axelle y codorniz para Zoya. Simon había pedido bistec y se disculpó por su paladar norteamericano-. ¿Puedo preguntarles sobre sus compras, señoras, o acaso es un secreto?
    Zoya miró sonriendo a su amiga.
    – Creo que los secretos no son necesarios con usted, señor Hirsch, exceptuando tal vez los abrigos.
    Zoya comentó algunas compras, especialmente los jerséis de Schiaparelli.
    – Este nuevo modelo de jersey cerrado es magnífico -comentó-, y los zapatos que hoy hemos comprado a Dior son una maravilla.
    – Tendré que ir a verlos cuando los reciban. ¿Han comprado algo de este nuevo Shocking Pink de Elsa?
    Era un rosa tan acertado que Simon quería introducirlo en su línea.
    – Aún no estoy muy segura -contestó Zoya-. Es un poco atrevido para algunas de nuestras clientas.
    – Pues a mí me parece estupendo.
    A Zoya le hizo gracia que aquel hombre con pinta de jugador de fútbol contara las alabanzas del Shocking Pink de Elsa Schiaparelli. Sin embargo, no cabía duda de que sus abrigos eran los mejores de Estados Unidos y de que tenía un gusto exquisito en cuestión de moda y tonalidades.
    – Mi padre era sastre -explicó Hirsch- y mi abuelo también. Con sus dos hermanos, fundó la compañía Hirsch en el Lower East Side. Confeccionaban vestidos y abrigos para sus amigos hasta que alguien de la Séptima Avenida oyó hablar de ellos y empezó a hacerles pedidos. Entonces mi padre dijo qué demonios, se trasladó a la Séptima Avenida y abrió un taller. Más tarde, cuando yo entré en el negocio, cambié todo de arriba abajo e introduje el concepto de la moda. Tuvimos terribles peleas y, cuando mis tíos se retiraron, empecé a trabajar en serio con lanas inglesas y unos colores que a mi padre le erizaban los pelos. Comenzamos a fabricar abrigos de señora y, en los últimos diez años, venimos haciendo lo que soñé en un principio. Las perspectivas son muy buenas, sobre todo ahora que papá se ha retirado y yo adquiero los nuevos diseños en París.
    – Es una historia muy interesante, señor Hirsch -dijo Axelle. Una de las típicas historias que habían configurado el éxito de su país de adopción-. Sus abrigos son fantásticos y en nuestra casa se venden muy bien.
    – Me alegra mucho saberlo -dijo Simon, esbozando una sonrisa de satisfacción. Su negocio iba viento en popa y casi todo lo había hecho él solo-. Mi padre temió que lo llevara a la ruina. El año pasado me dio un voto de confianza cuando se retiró, y ahora finge que no le interesa. Pero siempre que salgo, mis sastres y cortadores me dicen que hace la ronda por los talleres. Y usted, señora condesa…, perdón, Zoya… ¿cómo llegó al salón de Axelle?
    – Pues, siguiendo un camino muy largo -contestó Zoya, y rió-. Lo perdimos todo en el crac de la Bolsa. De la noche a la mañana, nos quedamos sin un céntimo, tuvimos que vender nuestras dos casas, los muebles, mis vestidos y pieles, e incluso la porcelana. -Era la primera vez que hablaba de todo aquello en presencia de Axelle, pero no le importó-. Tenía dos hijos que mantener y prácticamente no sabía hacer nada. Aquí en París había bailado en el Ballet Russe durante la guerra y también en otra compañía de ballet, pero, en 1929, había perdido la práctica y no podía dedicarme otra vez al baile clásico. -Axelle no estaba preparada para lo que Zoya reveló a continuación-. Me presenté para trabajar en las Follies de Ziegfield, pero no tenía suficiente estatura y entonces conseguí un empleo en un salón de variedades. -Axelle se quedó mirándola asombrada y Simon Hirsch sintió inmediatamente un profundo respeto por ella. Pocas mujeres hubieran pasado de la riqueza a la pobreza con tanta valentía, y pocas hubieran confesado su trabajo como coristas-. Probablemente te sorprenderás, Axelle, porque nadie lo sabe, ni siquiera mis hijos. Fue horrible. Estuve allí un año y medio hasta que una noche… -Los ojos se le llenaron de lágrimas al recordarlo-. Hubo un terrible incendio mientras yo actuaba en el salón, y por poco pierdo a mis hijos. Son lo que más quiero en este mundo y comprendí que ya no podría dejarlos solos por las noches. Puse lo poco que me quedaba en dos cajas, me fui a un hotel con cien dólares que me prestó un amigo y llamé a la puerta de Axelle. No creo que ella adivinara lo desesperada que estaba yo en aquellos momentos -añadió y miró con gratitud a su amiga, mientras Axelle trataba de asimilar sus palabras-. Tuve la suerte de que me contratara. Allí estoy desde entonces y allí espero seguir. Y después fueron felices y comieron perdices -añadió sin darse cuenta de lo emocionados que estaban sus interlocutores, especialmente Simon.
    – Qué historia tan extraordinaria -dijo mientras Axelle se secaba discretamente los ojos con un pañuelo de encaje.
    – ¿Por qué no me lo dijiste entonces? -preguntó Axelle.
    – Temía que no quisieras contratarme. Hubiera hecho cualquier cosa con tal de conseguir el trabajo. Incluso saqué a relucir el título, cosa que hasta entonces jamás me había atrevido a hacer. De lo contrario, me hubieran obligado a brincar como una loca mientras desde detrás del telón alguien gritaba: «¡Y ahora, para ustedes, la actuación de nuestra condesa particular!». -Los tres se echaron a reír, y Zoya más que nadie. Ambos estaban muy impresionados por su relato. Solo Axelle sabía lo despiadada que hubiera sido la gente de haberse enterado alguien de que la condesa Nikolaevna Ossupov bailaba en un salón de variedades-. En la vida una tiene que hacer lo que pueda. Durante la guerra, aquí en París algunos de nuestros amigos cazaban palomas en el parque y las comían.
    Simon se preguntó qué otras tragedias habría sufrido Zoya. La revolución debió de ser un golpe terrible. En ella había mucho más de lo que se apreciaba a primera vista. Y él quería averiguarlo todo. Lamentó que el almuerzo acabara y las acompañó al Ritz antes de reunirse con el representante de una fábrica francesa de tejidos.
    Estrechó la mano de Zoya y luego la miró desde el taxi. Pensó que era una mujer extraordinaria. Quería saberlo todo sobre ella, cómo escapó, cómo sobrevivió, cuál era su color preferido, cómo se llamaba su perro y cuáles eran sus temores de infancia. Le parecía una locura, pero, en el breve lapso de una tarde, se había enamorado de la mujer de sus sueños. Tardó cuarenta años, pero un día en París, a cuatro mil kilómetros de su casa, acababa de encontrarla.

36

    Zoya lamentó que su viaje finalizara. La última noche, cenaron en Cordon Bleu y regresaron a pie al hotel. Axelle le deseó que descansara y le dio las gracias por haberla ayudado a seleccionar la nueva línea de otoño. Aún no salía de su asombro al recordar la historia contada por Zoya durante el almuerzo en el George V.
    No habían vuelto a ver a Simon y Zoya se preguntó si aún estaría en París. Le dejó una nota, dándole las gracias por el almuerzo y deseándole suerte para el resto del viaje. Al final, compraron más sombreros y algunas joyas de Chanel. El último día, Zoya lo dedicó a compras para sus hijos. Encontró el vestido rojo que quería Sasha y a Nicolás le compró una chaqueta, un abrigo, unos libros para que practicara el francés y un reloj de oro de Cartier, muy parecido al que tenía Clayton. A Sasha le compró también una muñeca preciosa y una fina pulsera de oro. Tenía las maletas llenas de cosas para ellos y ya había hecho el equipaje. A la mañana siguiente tenían que tomar el tren con destino a Le Havre, pero aquella noche quería hacer algo que no le había comentado a Axelle. Al día siguiente se celebraba la Pascua rusa y, tras pensarlo mucho, decidió asistir a la misa de medianoche en la catedral de San Alejandro Nevsky. Fue una decisión muy dolorosa porque había estado allí con Clayton, Eugenia y Vladimir, pero no podría abandonar París sin visitar aquel templo. Era como si una parte de sí misma estuviera todavía allí y ella no pudiera sentirse libre hasta enfrentarse con su pasado. Jamás podría volver a casa, San Petersburgo ya no existía, pero necesitaba tocar y sentir por última vez aquel retazo de su vida antes de regresar a Nueva York junto a sus hijos.
    Dio las buenas noches a Axelle y, a las once y media, bajó, detuvo un taxi e indicó al taxista la dirección de la rue Daru. Al contemplar el majestuoso templo, contuvo la respiración. Estaba igual que siempre, nada había cambiado desde aquella Nochebuena tan lejana en el tiempo.
    El oficio religioso fue tan bello y emocionante como lo recordaba y, en su transcurso, Zoya entonó los solemnes himnos y sostuvo la vela en sus manos, sintiendo más cerca que nunca a sus seres perdidos. Al concluir la ceremonia, experimentó una extraña sensación de paz mientras contemplaba a los rusos, charlando en voz baja en la acera. De pronto, vio un rostro conocido: Yelena, la hija de Vladimir. Bajó en silencio la escalinata sin decirle nada, levantó los ojos al cielo con una sonrisa y saludó a las almas de quienes antaño formaron parte de su vida. Regresó en taxi al hotel. Cuando se acostó, sintió deseos de llorar, pero fueron lágrimas de un dolor que el tiempo había mitigado y ahora solo recordaba de vez en cuando.
    A la mañana siguiente, no le contó nada a Axelle. Tomaron el tren a Le Havre y embarcaron en el Queen Mary. Sus camarotes eran los mismos de la travesía de ida. Mientras el buque zarpaba, Zoya recordó la vez que zarpó con Clayton en el Paris, rumbo a Estados Unidos.
    – La veo muy triste…
    Zoya se sobresaltó. Se volvió y vio a Simon mirándola con dulzura. Mientras Axelle se quedaba en el camarote deshaciendo el equipaje, ella había decidido salir a cubierta para afrontar a solas sus pensamientos. Con el cabello alborotado por el viento, Simon parecía más apuesto que nunca.
    – No estoy triste, simplemente recordaba.
    – Habrá tenido usted una vida muy interesante, sospecho que mucho más de lo que contó en el almuerzo.
    – El resto ya no importa -dijo Zoya con la mirada perdida en la inmensidad del mar. Simon hubiera querido acariciarle la mano, hacerla sonreír y devolverle la alegría-. El pasado solo interesa en la medida en que influye en nosotros, señor Hirsch. Me costó mucho regresar, pero ahora estoy contenta de haberlo hecho. París está lleno de recuerdos para mí.
    – Lo debió de pasar usted muy mal aquí durante la guerra -dijo Simon-. Yo quise participar, pero mi padre no me dejó. Al final me enrolé, pero demasiado tarde. No salí de Estados Unidos. Me enviaron a una fábrica de Georgia, de tejidos, naturalmente. Al parecer estoy predestinado al negocio de los trapos. Lo debió de pasar muy mal cuando estaba aquí -repitió con expresión muy seria.
    – Es cierto, pero nuestro destino fue mucho más fácil que el de quienes se quedaron en Rusia. -Zoya pensó en Mashka y en los demás. Simon no quiso hacerle más preguntas para no incomodarla-. Pero eso ya no importa -añadió Zoya, mirándolo con una sonrisa-. ¿Ha sido fructífero su viaje?
    – Pues, sí. ¿Y el de ustedes?
    – Estupendo. Creo que Axelle está muy contenta con los pedidos que hemos hecho.
    Zoya hizo ademán de marcharse y Simon sintió el impulso de retenerla.
    – ¿Cenará usted conmigo esta noche?
    – Tendré que preguntarle a Axelle qué desea hacer. Pero se lo agradezco mucho. Le transmitiré su invitación -contestó Zoya.
    Quería darle a entender con toda claridad que no estaba disponible. Le gustaba mucho aquel hombre, pero, a su lado, se sentía vagamente incómoda. Su mirada era tan intensa y su apretón de manos tan fuerte, e incluso tan poderoso el brazo con que la sostuvo cuando el barco empezó a balancearse, que Zoya tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para resistir. Casi lamentaba viajar con él en el mismo barco. No le apetecía verlo muy a menudo. Cuando le comunicó su invitación a Axelle, esta se mostró entusiasmada.
    – Acéptala, por lo que más quieras. Yo misma le dejaré una nota.
    Axelle lo hizo, pero, en el último momento, anunció que estaba mareada y dejó a Zoya con Simon en el comedor, contrariando los deseos de su amiga. A los pocos minutos, Zoya olvidó sus recelos y empezaron a conversar animadamente. Simon describió el año que pasó en la fábrica de tejidos de Georgia, y aseguró que como no entendía ni una palabra del acento sureño, en venganza, les hablaba en yiddish. Después le habló de su familia. Su madre debía de ser casi tan autoritaria como la de Zoya, a pesar de que ambos pertenecían a ambientes muy distintos.
    – Quizá es que todas las mujeres rusas son así -dijo Zoya y rió-. Mi abuela era muy distinta, gracias a Dios. La mujer más tolerante y cariñosa que he conocido en mi vida. Le debo la vida en muchos sentidos. Creo que a usted le hubiera gustado mucho -añadió.
    – Sin duda -convino Simon-. Es usted una mujer sorprendente. Ojalá la hubiera conocido hace mucho tiempo.
    – Puede que entonces no le hubiera agradado tanto -dijo Zoya riéndose-. La adversidad humilla a las personas y yo entonces estaba demasiado mimada. -Recordó las comodidades de las que disfrutaba en Sutton Place-. Estos últimos diez años me han enseñado muchas cosas. Siempre pensé, durante la guerra, que si mi vida volvía a mejorar, nunca daría nada por descontado, pero lo hice. Ahora lo valoro todo mucho más… El salón de modas, mi trabajo, mis hijos, todo lo que tengo.
    – Quisiera saber cómo fue su vida en Rusia -dijo Simon medio enamorado.
    Al terminar la cena, salieron a dar un paseo por la cubierta. El suave balanceo del barco no incomodaba a Zoya, que lucía un vestido de noche de raso gris, creado por la modista de Axelle a partir de un diseño de madame Grès, y un chaquetón de zorro plateado que la favorecía sobremanera.
    – ¿Por qué quiere saberlo? -preguntó Zoya, intrigada.
    ¿Qué podía importarle? ¿Sería simple curiosidad o algo más profundo? No estaba muy convencido de lo que buscaba en ella y, sin embargo, a su lado se sentía muy seguro.
    – Quiero saber todo sobre usted porque está llena de belleza, fuerza y misterio.
    Zoya sonrió. Nadie le había dicho jamás algo semejante, ni siquiera Clayton, aunque entonces era apenas una niña. Ahora tenía bastante experiencia.
    – Ya sabe usted muchas más cosas que otras personas -dijo-. Nunca había revelado a nadie que fui corista. La pobre Axelle casi se muere del susto, ¿verdad?
    – Y yo también -reconoció Simon-. Jamás había conocido a una corista de un salón de variedades.
    – ¡Imagínese qué contenta se pondría su madre! -dijo Zoya y rió-. En cualquier caso, no creo que le hiciera mucha gracia. Si sus padres huyeron de Rusia escapando de los pogromos, dudo que tengan mucha simpatía hacia los rusos.
    – ¿Los conoció usted de pequeña?
    Simon no quería turbarla, diciéndole que estaba en lo cierto. Su madre hablaba del zar como de una figura odiosa, responsable de todos sus males, y su padre era apenas un poco más comprensivo.
    Zoya lo miró como si sopesara algo mentalmente y después asintió muy despacio con la cabeza.
    – Sí -dijo con una leve vacilación-. El zar y mi padre eran primos. Yo me crié con sus hijos. -Después le habló de Mashka, de los veranos en Livadia y de los inviernos en el palacio de Alejandro-. Era casi una hermana para mí. Sufrí mucho cuando me enteré de la noticia. Después vino Clayton y nos casamos -añadió con lágrimas en los ojos.
    Simon le tomó la mano, asombrado de que hubiera sido tan fuerte y valiente. Era como si acabara de conocer a alguien de otro mundo, un mundo que siempre lo fascinó y desconcertó. En su infancia leyó libros sobre el zar, para gran disgusto de su madre, pero siempre sintió curiosidad por conocer mejor a aquel hombre. Zoya le comentó ahora su simpatía y su encanto. Era una faceta del zar que él ignoraba por completo.
    – ¿Cree usted que habrá otra guerra?
    Parecía increíble que pudieran producirse dos grandes guerras en su vida y, sin embargo, algo le decía que era posible.
    – Creo que sí, aunque espero que no -contestó Simon, confirmando sus temores.
    – Yo también. Fue terrible que murieran tantos jóvenes. Hace veinte años París estaba desierto. Todos habían marchado a la guerra. No quiero ni pensarlo.
    Sobre todo, ahora que tenía un hijo, le dijo a Simon.
    – Algún día me gustaría conocer a sus hijos.
    – Son un encanto. Nicolás es muy serio y Sasha está bastante mimada. Era la preferida de su padre.
    – ¿Se parece a usted?
    – Pues, no. Más bien a su padre -contestó Zoya, sacudiendo la cabeza.
    Pero no invitó a Simon a visitarla en Nueva York. Quería mantener las distancias. Era muy amable y simpático, pero se sentía tan a gusto con él que temía llegar demasiado lejos.
    Simon la acompañó al camarote y se despidió junto a la puerta. A la mañana siguiente, cuando Zoya y Axelle salieron a dar un paseo por la cubierta, Simon estaba esperándolas. Jugó al tejo con Zoya, las invitó a almorzar y la tarde pasó volando. Aquella noche Zoya y Simon cenaron juntos y después bailaron. Notó que estaba un poco tensa, y cuando más tarde salieron a pasear por la cubierta le preguntó el motivo.
    Zoya contempló su hermoso rostro en la oscuridad y decidió sincerarse.
    – Tal vez porque tengo miedo.
    – ¿De qué? -preguntó Simon, un poco ofendido. Él no pretendía causarle ningún daño. Muy al contrario.
    – De usted. Y espero que no lo tome como una descortesía.
    – No es una descortesía, pero estoy perplejo. ¿Yo la asusto?
    Nadie lo había acusado jamás de semejante cosa.
    – Un poco. Quizá tengo más miedo de mí misma que de usted. Hace mucho tiempo que no voy a ningún sitio con un hombre, y tanto menos a almorzar, cenar y bailar en un barco. -Zoya recordó su luna de miel con Clayton en el Paris-. No ha habido nadie desde que murió mi marido. Y no quiero que cambie la situación.
    – ¿Por qué no? -preguntó Simon, sorprendido.
    – Pues… -Zoya se detuvo a pensarlo-. Porque soy demasiado mayor y debo pensar en mis hijos…, porque amaba mucho a mi marido…, por todas estas cosas, supongo.
    – No puedo discutirle el amor por su marido, pero es ridículo que se considere demasiado mayor. ¿Qué soy yo entonces? ¡Le llevo tres años!
    – Bueno, su caso es distinto… -Zoya rió-. Nunca estuvo casado y yo sí. Todo eso forma parte de mi vida.
    – ¡Qué tontería! ¿Cómo puede decir tal cosa a su edad? La gente se enamora y se casa todos los días, muchas personas son viudas o divorciadas, otras están casadas… ¡Y muchas le doblan la edad!
    – Puede que yo no sea tan interesante como esas otras personas -dijo Zoya sonriendo.
    – Se lo advierto, no pienso cruzarme de brazos. Usted me gusta mucho. -Simon la miró con sus cálidos ojos castaños y Zoya sintió que en su interior se agitaba algo latente desde hacía muchos años-. No me daré por vencido. ¿Sabe lo que hay por ahí para un hombre como yo? Chicas de veintidós años que cuando hablan ríen como estúpidas, chicas histéricas de veinticinco años, divorciadas de treinta años en busca de alguien que les pague el alquiler y otras de cuarenta que son auténticas zorras. No conozco a nadie como usted desde hace veinte años y no admitiré que me diga que es demasiado mayor, ¿está claro, condesa Nikolaevna Ossupov? -Zoya sonrió a su pesar-. Y le advierto que soy un hombre muy obstinado. La perseguiré aunque tenga que montar una tienda frente a la entrada del salón de Axelle. ¿Le parece razonable?
    – En absoluto, señor Hirsch. Me parece absurdo.
    – Muy bien, pues. Compraré la tienda en cuanto regrese a Nueva York. A no ser que acceda a cenar conmigo la noche de nuestra llegada.
    – Llevo tres semanas sin ver a mis hijos.
    Zoya no tuvo más remedio que reconocer en su fuero interno lo mucho que le gustaba aquel hombre. Tal vez más adelante aceptara su amistad.
    – Bueno, pues -dijo Simon-, al día siguiente. Y puede llevar a sus hijos, si quiere. Quizá ellos sean más razonables que usted -añadió y contempló aquellos ojos verdes que le habían robado el corazón en cuanto los vio en el salón de Schiaparelli.
    – No esté muy seguro -dijo Zoya, pensando en sus hijos-, son muy fieles al recuerdo de su padre.
    – Eso está muy bien, pero usted tiene derecho a algo más en su vida, y ellos también. Por mucho que usted se esfuerce, no podrá dárselo todo. Su hijo necesita a un hombre en casa y probablemente su hijita también.
    – Tal vez -dijo Zoya en tono evasivo. De pronto, Simon la pilló por sorpresa y la besó suavemente en los labios-. Por favor, no vuelva a hacer eso -susurró ella sin demasiada convicción.
    – No lo haré -replicó, y volvió a besarla.
    – Gracias -dijo Zoya, mirándolo con ojos soñadores.
    Después cerró la puerta del camarote y él subió al suyo, sonriendo como un chiquillo.

37

    Mientras navegaban rumbo a Nueva York el idilio floreció a pesar de Zoya. Cenaban, bailaban y se besaban sin cesar. Tenían los mismos intereses, los mismos gustos e incluso los mismos temores. Axelle los dejó solos y reía para sus adentros, observándolos de lejos. La última noche, Simon miró a su amada con tristeza.
    – Te echaré terriblemente de menos, Zoya.
    – Yo a ti también -confesó-, pero así debe ser. -Sabía que esto tenía que terminar, pero no comprendía exactamente por qué razón. La cosa hubiera tenido sentido hace muchos años, pero, en estos momentos, ya no. Deseaba estar a su lado tanto como él al suyo-. No hubiéramos tenido que empezar, Simon -dijo.
    – Estoy enamorado de ti, Zoya Nikolaevna Ossupov.
    Le encantaba el sonido de su nombre ruso y de vez en cuando le gastaba bromas sobre el título que utilizaba por motivos de trabajo.
    – No lo digas, Simon. Solo servirá para dificultar las cosas.
    – Quiero casarme contigo -dijo Simon sin la menor vacilación.
    – Eso es imposible.
    – No lo es. Cuando volvamos a casa, les diremos a tus hijos que estamos enamorados.
    – Es una locura. Acabamos de conocernos.
    Zoya ni siquiera aceptó hacer el amor. Tenía miedo y permanecía demasiado atada al recuerdo de su difunto marido.
    – De acuerdo, pues. Esperaremos una semana.
    Zoya rió mientras él la besaba.
    – ¿Te casarás conmigo?
    – No.
    – ¿Por qué?
    – Porque estás loco -contestó Zoya riéndose-. Incluso podrías ser peligroso.
    – Seré muy peligroso si no te casas conmigo. ¿Has visto alguna vez a un judío ruso loco de atar en un barco inglés? ¡Podría causar un incidente internacional! Piensa en cuánta gente se llevaría un disgusto por tu culpa… Creo que es mejor que aceptes…
    – Simon, por favor, sé razonable. Podrías odiarme cuando volviéramos a vernos en Nueva York.
    – Mañana por la noche te lo diré. En caso de que no te odie, ¿te casarás conmigo?
    – ¡No!
    A veces, a Zoya le resultaba imposible ponerse seria con él. Otras, en cambio, Simon parecía capaz de llegar hasta el fondo de su alma.
    – Nunca le había pedido a una mujer que se casara conmigo -dijo Simon, tomando sus manos en las suyas-. Soy un hombre responsable. Estoy enamorado de ti. Tengo un negocio. Mi familia me considera muy inteligente. Te lo suplico, Zoya, amor mío, cásate conmigo, por favor.
    – No puedo, Simon. ¿Qué pensarían mis hijos? Dependen enteramente de mí, no están preparados para que un desconocido entre en sus vidas, ni yo tampoco. Llevo demasiado tiempo sola.
    – Es cierto -dijo Simon en voz baja-. Demasiado. Pero no tienes por qué seguir así. ¿Lo pensarás?
    – Lo haré -contestó Zoya, derritiéndose como la cera cuando él la miró-. Pero eso no significa que acaso lleguemos a un resultado.
    Para Simon fue más que suficiente. Ambos pasaron varias horas conversando en cubierta.
    A las siete en punto de la mañana siguiente, Simon llamó a la puerta de Zoya.
    – Vayamos a ver la estatua de la Libertad.
    – ¿A esta hora? -Zoya iba todavía en camisón y llevaba el cabello recogido en una larga trenza-. ¿Qué hora es?
    – Hora de levantarse, perezosa -contestó y contempló con una sonrisa su camisón-. Ya te vestirás más tarde. Ahora ponte solo un abrigo y zapatos.
    Zoya se puso el abrigo de visón regalo de Axelle hacía unos años, se calzó zapatos de tacón alto y salió con Simon a cubierta sin importarle demasiado su extraño atuendo.
    – Si me viera alguna de mis clientas, jamás volvería a fiarse de mis consejos.
    – Estupendo. En tal caso, Axelle te despediría y yo podría salvarte de tu terrible destino. -Ambos contemplaron en silencio la silueta de los rascacielos de Nueva York y la estatua de la Libertad mientras el barco se aproximaba lentamente al puerto-. Es bonito, ¿verdad?
    – Sí -contestó Zoya, íntimamente feliz.
    Rindió tributo al pasado y ahora volvía a mirar hacia el futuro. Todo le parecía nuevo y emocionante, y el solo hecho de contemplarlo le producía una inefable sensación de dicha. Simon la estrechó en sus brazos mientras el buque atracaba. Luego, Zoya bajó corriendo a su camarote para vestirse y cerrar los baúles. No volvió a verlo hasta el momento de desembarcar. Simon se ofreció a acompañarlas, pero rechazaron su invitación pues Axelle tenía un automóvil esperándola. No obstante, las acompañó por la escalerilla, llevando su equipaje de mano. De pronto, Zoya gritó y echó a correr. Nicolás la esperaba en el muelle, más guapo que nunca. Zoya lo llamó por su nombre y se arrojó a sus brazos mientras él la abrazaba con fuerza. El muchacho había decidido ir solo al puerto tras dejar a Sasha en la escuela. Simon contempló la escena con envidia mientras ayudaba a Axelle a llevar las maletas. Después se acercó a Zoya, estrechó solemnemente su mano y sonrió al muchacho. Le hubiera gustado tener un hijo como él.
    – Hola, me llamo Simon Hirsch -dijo-. Tú debes de ser Nicolás.
    Nicky sonrió tímidamente y después se echó a reír.
    – ¿Cómo lo sabe?
    – Tu madre habla constantemente de ti.
    – Yo también hablo siempre de ella -dijo Nicolás, tomando del brazo a Zoya. Tenía casi quince años y ya era tan alto como Clayton-. ¿Lo pasaste bien? -preguntó mientras esperaban los baúles tras pasar por la aduana.
    – Sí. Pero os eché mucho de menos -Zoya añadió algo en ruso y Nicolás rió. Al ver que Simon también reía, Zoya se dio cuenta de que la había entendido-. ¡Eso es jugar con ventaja! -exclamó.
    Le había dicho a su hijo que llevaba el pelo demasiado largo y parecía un perro peludo.
    – ¿Habla usted ruso, señor? -preguntó Nicolás, súbitamente interesado por Simon.
    – Un poco. Mis padres son de Vladivostok. Mi madre también solía decirme cosas así en ruso, y a veces todavía me las dice -contestó Simon, riéndose.
    Tras cumplimentar los trámites de aduana, Axelle y Zoya subieron al automóvil y Simon permaneció de pie en el muelle. Mientras el vehículo se ponía en marcha las despidió con la mano.
    – ¿Quién es? -preguntó Nicolás a su madre en ruso.
    – Un amigo de Axelle. Nos lo encontramos en el barco.
    – Parece simpático.
    – Lo es -dijo Zoya sin darle mayor importancia.
    Después preguntó a su hijo cómo estaba Sasha.
    – Tan insoportable como siempre. Ahora se ha empeñado en que quiere un perro. Un galgo ruso, a ser posible. Dice que causan furor y no parará hasta que le compres uno. A mí me parecen horribles. Si compramos un perro, que sea un dogo o un bóxer.
    – ¿Y quién ha dicho que vamos a comprar un perro?
    – Sasha, y lo que Sasha quiere, lo consigue.
    Axelle sonrió sin entender sus palabras. Zoya le dijo a Nicolás que no fuera maleducado y prosiguieron su conversación en francés.
    – Ah, ¿sí?
    – ¿Acaso no es cierto?
    – No siempre -contestó Zoya, ruborizándose. Pero Nicolás tenía razón. Sasha era una niña muy obstinada y a veces era mejor ceder a sus caprichos para que no diera la lata-. Aparte de eso, ¿qué tal se ha portado?
    Sabía que Nicolás había ido a verla todos los días desde la casa donde se alojaba.
    – Bastante mal. Ayer mismo le dio un berrinche porque le prohibí ir al cine con una amiga. Aún no había hecho los deberes y ya era muy tarde. Te lo contará en cuanto te vea.
    – Hogar, dulce hogar -dijo Axelle sonriendo mientras Zoya reía.
    Zoya había echado de menos a sus hijos, pero ahora estaba segura de que también echaría de menos a Simon.
    – Tu amigo me ha parecido muy simpático -dijo cortésmente Nicolás a Axelle.
    – Yo pienso lo mismo -contestó Axelle, mirando a Zoya con intención.
    Confiaba en que ambos volvieran a verse.
    Nada más llegar a casa, Zoya recibió un enorme ramo de rosas. La tarjeta solo decía: «No te olvides. Con cariño, S.». Zoya guardó la tarjeta en el escritorio y miró a su hija que, como era de esperar, estaba quejándose de su hermano.
    – ¡Acabo de llegar a casa, concédeme un minuto para que me oriente! -dijo Zoya, entre risas.
    – ¿Podríamos tener un perro?
    La niña pasó dos horas pidiendo cosas y no se ablandó ni siquiera ante el nuevo vestido rojo. Nicolás se alegró mucho con el reloj, las prendas de vestir y los libros.
    – Bienvenida a casa, mamá -dijo, abrazando y besando a su madre en la mejilla.
    – Te quiero, cariño…, y a ti también -dijo Zoya, rodeando con sus brazos a Sasha.
    – Y el perro, ¿qué? -preguntó la niña.
    – Ya veremos, Sasha, ya veremos… -contestó su madre.
    El teléfono acudió en su auxilio. Era Simon. Zoya le dio las gracias por las rosas y rió mientras Nicolás y Sasha discutían a causa del mítico galgo ruso.
    – ¿Ya me echas de menos? -dijo él.
    – Mucho. Creo que necesito un árbitro aquí.
    – Estupendo. Me ofrezco para el puesto. ¿Qué tal si cenamos juntos mañana por la noche?
    – ¿Qué tal un perro? -preguntó Zoya, riéndose sin que él comprendiera qué ocurría.
    – ¿Quieres comerte un perro?
    – Qué ocurrencia -exclamó Zoya, echándole súbitamente de menos.
    – Pasaré a recogerte a las ocho.
    Zoya se asustó. ¿Qué dirían los niños? ¿Qué pensaría Nicolás?
    Quería llamar y decirle que había cambiado de idea, pero, por una extraña razón, no pudo hacerlo ni siquiera cuando sus hijos se fueron a la cama.
    A la noche siguiente, Simon se presentó a las ocho en punto y tocó el timbre justo en el momento en que Zoya salía de su habitación. El apartamento era pequeño, pero sencillo y elegante. Había pocas cosas, pero de calidad. Zoya abrió la puerta y le franqueó la entrada mientras Sasha contemplaba con asombro la imponente figura del desconocido.
    – ¿Ese quién es? -preguntó la niña, avergonzando a su madre con sus malos modales.
    – Es el señor Hirsch. ¿Me permite que le presente a mi hija Alejandra?
    – Encantado de conocerte -dijo Simon, estrechando solemnemente la mano de la niña.
    En aquel momento entró Nicolás.
    – Hola… ¿cómo está? -dijo el muchacho sonriendo. Cuando se marcharon, ambos hermanos reanudaron su discusión.
    Zoya cerró la puerta y, mientras aguardaba el ascensor, pensó con inquietud en la expresión de Sasha al ver a Simon. Sin embargo, este no esperaba otra cosa.
    Cenaron en el restaurante 21 y pasaron largas horas hablando, tal como solían hacer en el barco. Después, él la acompañó a casa y al llegar la besó dulcemente.
    – No puedo soportar tu ausencia. He pasado todo el día como un chiquillo esperando la Navidad. ¿Por qué no vamos con los niños a algún sitio mañana por la tarde?
    Era domingo y Zoya no tenía que ir al trabajo. Aunque la idea le gustaba, temía la reacción de Sasha e incluso del comprensivo Nicolás.
    – ¿Qué pensarán los niños?
    – Pensarán que tienen un nuevo amigo. ¿Tan horrible te parece eso?
    – Podrían ser muy groseros contigo.
    – Lo soportaré. Me parece que no lo entiendes, Zoya. Eso es lo único que yo quiero. Lo que te dije en el barco es cierto. Te amo.
    – ¿Cómo lo sabes? ¿Cómo puedes estar seguro?
    Zoya tenía miedo, a pesar de lo mucho que lo echaba de menos. Hubiera querido permanecer constantemente a su lado. ¿Cómo era posible que le hubiera ocurrido tal cosa al cabo de tantos años? Estaba enamorada, pero aún no sabía qué hacer. Deseaba huir, aunque ya no estaba muy segura de poder hacerlo.
    – Dame una oportunidad, amor mío -dijo Simon, besándola-. Pasaré a recogeros a mediodía.
    – Eres un hombre muy valiente.
    – No tanto como tú, cariño. Hasta mañana. Podríamos ir en automóvil a algún sitio.
    – A los niños les encantará.
    Cuando Simon apareció al día siguiente, Sasha protestó y dijo que se quedaría a jugar con sus muñecas, pero, una vez en Long Island, se lo pasó muy bien. Nicolás por poco se desmaya cuando vio el Cadillac verde oscuro con los costados de los neumáticos blancos y los accesorios más nuevos del mercado. Era el más bonito que jamás había visto, pensó mientras Simon lo invitaba a sentarse delante con él.
    – ¿Te gustaría conducirlo, hijo?
    Cuando llegaron a una carretera secundaria, Simon permitió que Nicolás se pusiera al volante y el muchacho se sintió como en el cielo. Sentada en el asiento trasero con Sasha, Zoya comprendió que Simon tenía razón. El chico necesitaba un hombre en su vida. Incluso Sasha se portó mejor y coqueteó descaradamente con Simon mientras regresaban a casa. Cenaron en un pequeño restaurante a base de ostras, gambas y helado de postre.
    – Bueno, pues, condesa Nikolaevna Ossupov -dijo Simon en tono burlón, sentado en el salón con Zoya cuando los niños ya estaban en la cama-, ¿qué tal lo hice? ¿Aprobado o suspenso?
    – ¿Tú qué piensas? Nicolás nunca ha sido más feliz en su vida, y creo que Sasha se ha enamorado de ti.
    – ¿Y su madre? -preguntó Simon, mirándola muy serio a los ojos-. ¿Qué dices, Zoya, te casarás conmigo?
    – Sí, Simon, sí -contestó Zoya en un susurro.
    Simon la miró como a punto de perder el sentido y Zoya se preguntó si se habría vuelto loca. Apenas conocía a aquel hombre, pero sabía que no podría vivir sin él.
    – ¿Lo dices en serio? -preguntó Simon, atrayéndola a sus brazos mientras ella lo miraba con una sonrisa temerosa.
    – Sí, Simon, lo digo en serio.

38

    Axelle se quedó de piedra cuando a la mañana siguiente Zoya le comunicó que se iba a casar. Ella esperaba que las relaciones fructificaran, pero nunca que las cosas pudieran precipitarse tanto.
    – ¿Qué piensan los niños? -preguntó mientras Zoya la miraba, todavía sorprendida por su decisión.
    Ambos acordaron esperar un poco hasta que los niños se acostumbraran a su presencia. Además, Zoya aún no estaba preparada. Después de tantos años sola, Simon sabía que necesitaba tiempo para acostumbrarse a la idea y estaba dispuesto a concederle un plazo razonable.
    – Aún no les hemos dicho nada, pero parece que le tienen simpatía.
    Zoya le describió a Axelle la excursión a Long Island. Había sido un idilio vertiginoso, se conocían tan solo de unas semanas. Sin embargo, Zoya sabía que Simon era bueno y honrado y estaba segura de amarlo.
    Aquella tarde, Simon acudió al salón de modas con ramos de flores para Zoya y Axelle. La modista se emocionó ante este detalle. Él le dio las gracias por haber favorecido el romance.
    – Pero no me la robe demasiado pronto, señor Hirsch -dijo Axelle.
    Ambos la tranquilizaron diciéndole que harían las cosas con mucha prudencia. Simon aún no había presentado a Zoya a sus padres y tenía que resolver ciertos asuntos. Sabiendo que aquel fin de semana los niños lo pasarían en casa de unos amigos, Simon se presentó sin previo aviso el sábado por la mañana en el apartamento de Zoya, con un enorme ramo de lilas blancas y una misteriosa sonrisa que ella fingió no ver.
    – Lo veo muy contento, señor Hirsch -dijo.
    – ¿Y por qué no iba a estarlo? Me he comprometido con una bellísima y maravillosa mujer -contestó Simon, besándola.
    Seguida por Simon, Zoya fue a la cocina a arreglar las flores. Eligió un jarrón de cristal tallado que había comprado en cierta ocasión porque le recordaba el que solía utilizar su madre para las flores del jardín del palacio de Fontanka.
    – Son bonitas, ¿verdad? -dijo, retrocediendo para admirarlas.
    Simon la rodeó con sus brazos y la besó.
    – No tanto como tú. -Zoya se acurrucó en sus brazos en silencio, gozando de su dulzura y de su calor mientras él le acariciaba el cabello y le murmuraba al oído-: Vámonos en el coche a algún sitio. Hace un día estupendo.
    Sin los niños en casa, Zoya no tendría que darse prisa en volver.
    – Me parece una magnífica idea -contestó.
    Simon regresó al salón mientras ella fue a cambiarse. Zoya se puso pantalones blancos y jersey blanco de cachemira. Simón contempló las numerosas fotografías en marcos de plata y se detuvo asombrado delante de una en la que las hijas de los Romanov aparecían como colgando boca abajo y haciendo divertidas muecas al fotógrafo. Examinándola con más detenimiento, vio que una de las niñas en atuendo de tenis era Zoya, y entonces dedujo que la de al lado debía de ser María y las otras sus hermanas. Le pareció increíble que Zoya hubiera sido protagonista de aquella historia. Pero todo pertenecía a un pasado tan descolorido como la fotografía. Había otras de Sasha y Nicolás, y varias de Clayton. Zoya parecía muy feliz al lado de aquel hombre tan distinguido.
    – ¿Qué haces aquí tan callado? -preguntó Zoya, entrando sonriente en la estancia con su pantalón y su jersey blancos. Estaba tan hermosa que a veces a Simon le recordaba a Katharine Hepburn.
    – Miraba estas fotografías. Nicolás se parece mucho a su padre, ¿verdad?
    – A veces -contestó Zoya-. Y también un poco a mi padre. -Tomó una fotografía de gran tamaño de sus padres y se la mostró-. Y un poco a mi hermano -añadió, indicándole otra fotografía de la mesa.
    – Tienen un aire muy distinguido -comentó Simon, impresionado ante las imágenes de sus aristocráticos parientes.
    – Ya ha pasado mucho tiempo -dijo Zoya, sonriendo con tristeza. Le parecía increíble que hubieran transcurrido veinte años desde la muerte de sus padres-. A veces, pienso que solo debería vivir el presente. El pasado es una carga muy pesada y, sin embargo, es tan difícil desprenderse de ellos, olvidar, seguir adelante…
    Por eso deseaba esperar un poco antes de casarse. Necesitaba soltar ciertas amarras. Tenía que dar un gran paso del pasado al presente y Simon no quería atosigarla. Sabía que necesitaba tiempo y estaba dispuesto a tener paciencia. Sobre todo, ahora que había accedido a casarse con él. Contando con aquella promesa, podría esperar y ayudarla en la transición.
    – Creo que las cosas hay que soltarlas cuando uno está preparado para hacerlo. Por cierto, ¿ya estás lista para salir?
    – Sí, señor.
    Zoya se había puesto un blazer azul oscuro sobre el jersey. Minutos más tarde, ambos subieron al automóvil para dirigirse a lo que Simon calificó de destino secreto.
    – ¿Significa eso que me ha secuestrado, señor Hirsch? -preguntó Zoya, riéndose.
    El hecho de no tener que preocuparse por los niños la hacía sentirse feliz y despreocupada. Cuando estaba con ellos era más seria y menos romántica.
    – La idea de secuestrarte es la mejor que se me ha ocurrido desde que te conozco -contestó Simon-. Pensándolo bien, hubiera tenido que hacerlo en París.
    Sin embargo, se conformaba con Connecticut, pensó mientras circulaban por la carretera arbolada de Merritt. Por el camino, le habló a Zoya de su negocio y le expuso sus ideas sobre la colección de otoño. Le expresó también su esperanza de tener algún día una importante colección de pintura en la que ocuparían un lugar de honor los impresionistas. Zoya describió la colección de sus padres en Rusia.
    – Ahora las «cosas» ya no me interesan tanto como antes. Es curioso, pero, en otros tiempos, solía dar por descontadas todas las cosas bonitas que me rodeaban, sin embargo ahora, tras haberlo perdido todo o vendido todo, ya no atribuyo tanto valor a los objetos. Lo más importante para mí son las personas de mi vida -añadió Zoya, y miró amorosamente a Simon.
    Simon acarició sus dedos sobre la mesa del restaurante en que ahora estaban y ambos entrelazaron las manos.
    Más tarde, abandonaron el restaurante e iniciaron el camino de vuelta atravesando la hermosa campiña. Zoya apoyó la cabeza contra el hombro de Simon.
    – ¿Cansada?
    – No, simplemente feliz -contestó Zoya, sacudiendo la cabeza.
    – Regresaremos enseguida. Pero antes quiero enseñarte un sitio.
    – ¿Dónde? -preguntó Zoya.
    Su compañía le encantaba. A su lado se sentía a salvo.
    – Es un secreto.
    Media hora más tarde, Zoya pudo admirar una encantadora casita de estilo inglés al borde de una carretera secundaria, con una valla de estacas alrededor, frondosos árboles y muchos rosales en flor de los que emanaba una penetrante fragancia.
    – ¿De quién es esta casa, Simon?
    – Ojalá pudiera decir que es mía. Pertenece a una maravillosa dama inglesa que la convirtió en posada para pagar los gastos. La descubrí hace años y a veces vengo aquí para relajarme del ajetreo de Nueva York. Entra, te la presentaré.
    Simon no se lo dijo a Zoya, pero aquella mañana había llamado a la señora Whitman, advirtiéndola de su llegada. Cuando pasaron a la acogedora salita con tapicería inglesa de cretona floreada, vieron sobre la mesa un típico té inglés. Había una resplandeciente tetera de plata y bandejas con bocadillos y pastas que la señora Whitman llamaba «galletas». Era una alta y delgada mujer de cabello blanco, acento muy cerrado, ojos risueños y largas manos estropeadas por las faenas del huerto.
    – Cuánto me alegro de verlo, señor Hirsch -dijo, estrechando la mano de Simon sin apartar los ojos de Zoya.
    Cuando Simon la presentó como su prometida, exclamó:
    – ¡Qué buena noticia! Entonces, ¿son novios desde hace poco?
    – Muy poco -contestaron al unísono mientras la señora Whitman servía el té y los invitaba a sentarse en su agradable salón.
    En la estancia había una hermosa chimenea y varias piezas antiguas que la señora Whitman había traído consigo cuando se trasladó a Estados Unidos, hacía cincuenta años. Había vivido en Londres y Nueva York, pero, al morir su marido, se fue a vivir al campo. Reconoció inmediatamente el acento de Zoya y algo en su aspecto le hizo comprender que en aquella joven había bastante más de lo que se veía a primera vista. Pensó que Simon había hecho una buena elección y no tuvo reparo en decírselo. Para celebrar el compromiso, sacó una botella del mejor jerez.
    El sol poniente iluminaba el jardín cuando brindó por ellos. Al poco rato, la señora Whitman tomó su copa y se retiró discretamente. Sus habitaciones estaban en la parte trasera de la casa y, cuando tenía huéspedes importantes, les permitía utilizar el salón y los dormitorios del piso de arriba. Había dos, comunicados por un amplio cuarto de baño victoriano, con unas elegantes camas inglesas con dosel.
    – Ven a echar un vistazo -dijo Simon.
    – ¿No le importará, Simon? -preguntó Zoya.
    No sabía dónde se había metido la señora Whitman y parecía haber transcurrido una eternidad, pero se encontraba tan a gusto en aquel alegre salón, tomando jerez con él, que no le importaba en absoluto. Aun así, le parecía un poco raro subir arriba sin previa invitación.
    – No seas tonta. Conozco este lugar como si fuera mi propia casa.
    Simon la tomó de la mano y la acompañó a los dormitorios del piso de arriba. Zoya sonrió al verlos. Las luces estaban encendidas y las camas tenían los cobertores doblados hacia atrás como si la señora Whitman esperara invitados de un momento a otro. Cuando Zoya se volvió para bajar, Simon la atrajo riendo hacia sus brazos y la besó en la boca, dejándola casi sin aliento y con el cabello alborotado. La miró con una sonrisa pícara y la empujó hacia la cama.
    – ¡Simon! -exclamó Zoya, tratando de zafarse de sus caricias-. ¡Qué pensará la señora Whitman! ¡Suéltame!…, vamos a desordenar la cama… ¡Simon!
    Simon se tendió en la cama y rió.
    – Eso espero.
    – ¡Simon! ¿Te levantas o no? -dijo Zoya sin poder reprimir la risa.
    Se lo veía completamente a sus anchas, tendido en uno de los dos dormitorios para invitados de la señora Whitman.
    – No.
    – ¡Estás borracho!
    Sin embargo, Simon apenas bebió en todo el día, exceptuando la copita de jerez que tomó en la salita y que en modo alguno lo hubiera emborrachado. Extendió sus largos brazos y atrajo a Zoya hacia la cama.
    – No estoy borracho, pero tenías razón esta mañana cuando dijiste que te había secuestrado. Pensé que te sentaría bien irte conmigo a algún sitio. Y aquí estamos, ocultos en mi escondrijo secreto. Por consiguiente, considérate secuestrada -añadió Simon, besándola cariñosamente en los labios.
    – ¿Hablas en serio? ¿Nos quedaremos aquí?
    – Pues claro -contestó Simon-. Incluso me he tomado la libertad de traer algunas cosas por si las necesitabas -dijo y sonrió tímidamente.
    – ¡Simon, eres fantástico! -tendiéndose a su lado en la cama como una chiquilla, Zoya le arrojó los brazos al cuello y lo besó. Simon le había comprado un precioso camisón de raso con salto de cama y chinelas a juego, y toda clase de cremas, lociones y aceites de baño, dos barras de labios, un cepillo de dientes nuevo y un dentífrico de la marca que antes había visto en su cuarto de baño. Lo introdujo todo en un maletín que fue a buscar al piso de abajo y dejó en el dormitorio contiguo. Zoya lo examinó en medio de breves exclamaciones de alegría y preguntó-: ¿Qué pensará la señora Whitman de nuestra estancia aquí? Sabe que no estamos casados.
    Simon sabía que aquella mujer de apariencia tan seria era, en realidad, mucho menos remilgada de lo que parecía y tenía un extraordinario sentido del humor. Además, hubiera sido difícil oponerse a los planes de dos personas tan visiblemente enamoradas.
    – ¿Qué quieres que piense, Zoya? Tenemos dormitorios separados.
    Zoya asintió en silencio y fue a la otra habitación para ordenar los tesoros que Simon le había comprado. Se emocionó al descubrir un gran frasco de su perfume preferido.
    – Eres increíble, Simon, estás en todo.
    – Eso espero.
    Simon la abrazó de nuevo y bajó por el resto de los bocadillos y algo más de jerez. Después la invitó a cenar fuera, pero Zoya insistió en que no tenía apetito.
    – Me encanta este sitio -dijo Zoya. Simon encendió la chimenea y ambos se sentaron frente a ella, saboreando los bocadillos de berros y las exquisitas galletas inglesas de la señora Whitman, exactamente iguales a las que le daba su abuela cuando era pequeña en Rusia-. Es estupendo, ¿verdad?
    Simón se inclinó para besarla. Zoya era todo lo que siempre había deseado.
    Hacia las nueve, Zoya se retiró a su habitación. Ambos estaban cansados. Simon intuyó su inquietud. La oyó abrir el grifo del baño y, al cabo de un buen rato, oyó ruido en la habitación y se preguntó qué estaría haciendo y qué tal le sentaría el camisón de raso color marfil. Era digno de una noche de bodas, tal como él imaginaba que sería su fin de semana secreto. Se acercó despacio a la puerta y llamó suavemente con los nudillos. Se le cortó la respiración al verla. El camisón de raso moldeaba perfectamente su cuerpo y la melena pelirroja caía sobre sus hombros, enmarcando la lechosa piel de su cuello.
    – Santo cielo, estás preciosa.
    Jamás había visto a una mujer más hermosa. Hubiera deseado estrecharla en sus brazos, pero no se atrevió porque parecía una delicada figura de porcelana inglesa como las que la señora Whitman tenía en su salón.
    – Es un camisón muy bonito, Simon, te lo agradezco -dijo Zoya, mirándolo tímidamente.
    – Zoya…
    Ella esbozó una lenta sonrisa no de niña, sino de mujer profundamente enamorada de su dulzura, consideración y amabilidad. Al mirarlo, bendijo el día en que lo conoció.
    – ¿Por qué no entras un momento? -preguntó, haciéndose a un lado.
    Simon cruzó el umbral y, venciendo sus reservas, la estrechó en sus brazos. El camisón resbaló de los hombros de Zoya. Bastó un leve contacto para que la prenda resbalara hacia la cintura y se deslizara por sus finas caderas hasta el suelo.
    – Te quiero mucho -dijo Simon, contemplando casi sin habla su cuerpo.
    Después la besó en los labios y el cuello y, con un poderoso gesto, la levantó en brazos y la llevó a la cama, tendiéndose inmediatamente a su lado. Al final, permanecieron tendidos el uno junto al otro, unidos ya para siempre. Zoya era mucho más de lo que él se atrevía a soñar.
    – Te quiero, Simon.
    Zoya comprendió que lo amaba como jamás había amado a ningún otro hombre en su vida. Ahora ya era su mujer y siempre lo sería. El presente y el futuro eran suyos, y el pasado no era más que un vago recuerdo. Al cabo de un rato se dirigieron al dormitorio de Simon, apagaron las luces y se tendieron en la cama mientras el fuego se convertía en rescoldo. Después, hicieron de nuevo el amor y se durmieron el uno en brazos del otro, formando un solo cuerpo como si aquella fuera su noche de bodas. Fue una noche inolvidable. Por la mañana, el desayuno apareció como por ensalmo en el salón de la señora Whitman. Zoya se cubrió el cuerpo con el salto de cama y siguió a Simon al piso de abajo.
    – Esto es totalmente pecaminoso, ¿no te parece? -dijo en un susurro mientras saboreaba unos panecillos de arándanos.
    Ofreció uno a Simon y le sirvió una taza de café. Era como si jamás hubiera pertenecido a otro hombre. Había transcurrido mucho tiempo desde su matrimonio con Clayton. Ahora era una mujer distinta.
    – Yo no me siento en pecado -contestó Simon, mirándola con una sonrisa-. Me siento simplemente casado.
    – Yo también.
    Zoya lo miró con dulzura y, sin mediar palabra, Simon la acompañó otra vez al piso de arriba, sin preocuparse de los panecillos y el café.

39

    En cuestión de dos semanas, todo cambió entre ambos. Se pertenecían el uno al otro y lo sabían. El único obstáculo eran los padres de Simon, a quienes Zoya no conocía. Temía conocerlos, pero Simon la tranquilizó lo mejor que pudo. Un viernes por la noche le anunció por sorpresa que cenarían en casa de sus padres.
    – ¿Qué ha dicho tu madre? -preguntó Zoya, preocupada.
    Simon no la advirtió de antemano para no asustarla.
    Y ahora, a pesar de lo ocurrido entre ambos hacía dos semanas en casa de la señora Whitman, Zoya se sentía una chiquilla atemorizada.
    – ¿De veras quieres saberlo? -Simon se echó a reír-. Me ha preguntado si eras judía.
    – Oh, no, ya verás cuando oiga mi acento. Cuando se entere de que soy rusa, será tremendo.
    – No seas tonta.
    Pero Zoya tenía razón. Tan pronto como Simon hizo las presentaciones, su madre miró a Zoya con los ojos entornados.
    – ¿Zoya Andrews? Pero ¿qué clase de nombre es ese? ¿Acaso es usted de ascendencia rusa?
    Pensó que le habrían puesto el nombre de una abuela o de alguna parienta lejana.
    – No, señora Hirsch. -Zoya la miró con sus grandes ojos verdes, rezando para que no se abatiera sobre ella una tormenta-. Soy rusa.
    – ¿Es usted rusa?
    La señora Hirsch hizo la pregunta en su lengua materna y Zoya esbozó una leve sonrisa al oír su acento. Era el propio de los campesinos que había conocido en su infancia y, por un instante, le recordó a Fiodor y a su dulce esposa Ludmila.
    – Soy rusa -volvió a reconocer Zoya, pero esta vez en su propia lengua; hablaba con la suave y elegante dicción de las clases altas.
    Sabía que aquella mujer la identificaría inmediatamente.
    – ¿De dónde?
    La inquisición prosiguió implacablemente mientras Simon miraba con gesto impotente a su padre. Este constató que Zoya era muy atractiva y tenía excelentes modales y educación. Simon había elegido bien, pensó su padre, sabiendo que no podría impedir que su mujer, Sofía, prosiguiera su interrogatorio.
    – De San Petersburgo -contestó Zoya con una serena sonrisa.
    – ¿San Petersburgo? -preguntó Sofía, secretamente impresionada-. ¿Cuál es el apellido de su familia?
    Por primera vez en su vida, Zoya se alegró de no llamarse Romanov, aunque su propio apellido no fuera mucho mejor. Estuvo a punto de soltar una risa nerviosa ante aquella gigantesca mujer de brazos quizá tan poderosos como los de un hombre. A su lado, se sentía casi una niña.
    – Ossupov. Zoya Nikolaevna Ossupov.
    – ¿Por qué no nos sentamos y hablamos tranquilamente? -sugirió Simon al ver que su madre no hacía el menor gesto hacia las sillas del salón de su pequeño apartamento de Houston Street.
    – ¿Cuándo vino aquí? -preguntó bruscamente Sofía mientras Simon hacía una mueca de desagrado, adivinando lo que se avecinaba.
    – Al finalizar la guerra, señora. Me fui a París en 1917, después de la revolución.
    No tenía por qué ocultar lo que era. Zoya lo sintió por Simon, que estaba pasándolo muy mal debido a los ataques de su madre contra la mujer con quien iba a casarse. Sin embargo, sabía que nada ni nadie podría separarlo de ella.
    – Conque la echaron después de la revolución.
    – Más o menos -dijo Zoya sonriendo-. Me fui con mi abuela cuando mataron a todos los miembros de mi familia -añadió, poniéndose muy seria.
    – También mataron a la mía -replicó Sofía Hirsch. Su verdadero apellido era Hirschov, pero el funcionario de inmigración de Ellis Island no se tomó la molestia de transcribirlo bien y, a partir de entonces, se llamaron Hirsch en lugar de Hirschov-. A mi familia la mataron los cosacos del zar en los pogromos.
    En su infancia, Zoya había oído ciertos comentarios al respecto, pero nunca pensó que algún día se vería en la necesidad de defenderlos.
    – Lo lamento.
    – Mmm…
    La madre de Simon la miró enfurecida y se fue a la cocina a terminar de preparar la cena. Cuando la tuvo lista, su marido encendió las velas y entonó la plegaria del sabat. Sofía solo preparaba platos kosher, es decir, con alimentos autorizados por la religión judía, y aquel día había guisado la tradicional challah, que se servía con un vino especial. Toda aquella experiencia era novedosa para Zoya.
    – ¿Sabe usted qué es el kosher? -preguntó Sofía cuando ya se había sentado a cenar.
    – No…, bueno, sí. En realidad, no mucho -contestó Zoya en ruso, avergonzada de su ignorancia-. Creo que no se puede beber leche cuando se come carne -añadió insegura.
    Sofía miró a su hijo con mal disimulada rabia, llamándolo constantemente «Shimon» y hablando con él en yiddish en lugar de ruso.
    – Todo hay que mantenerlo separado. Los derivados de la leche nunca deben entrar en contacto con la carne. -Todo tenía que estar separado. Gracias a su nueva prosperidad, Sofía disponía de dos cocinas. Mientras esta le explicaba orgullosamente su fidelidad a las leyes talmúdicas, Zoya pensó que todo aquello era muy complicado-. Es tan listo -añadió Sofía, mirando a su hijo- que hubiera podido ser rabino. En su lugar, ¿qué es lo que ha hecho? Irse a la Séptima Avenida y echar a su familia del negocio.
    – Mamá, eso no es cierto -dijo Simon sonriendo-. Papá se retiró, y lo mismo hicieron tío Joe y tío Isaac.
    Mientras lo escuchaba, Zoya se percató de que aquel era un aspecto de su vida que aún no conocía por entero. Una cosa era que él se lo contara, y otra muy distinta verlo directamente. De repente, temió no estar a la altura de lo que se esperaba de ella. No sabía nada de su religión ni de la importancia que tenía para él. Ni siquiera sabía si Simon era religioso, aunque sospechaba que no. La religión no era para ella demasiado importante, aunque creía en Dios. Solo en Pascua y Navidad visitaba el templo ortodoxo.
    – ¿A qué se dedicaba su padre?
    Sofía Hirsch disparó la pregunta a bocajarro mientras Zoya la ayudaba a quitar la mesa. Ya sabía que Zoya trabajaba en una tienda y que Simon la conoció en París.
    – Mi padre pertenecía al ejército -contestó Zoya.
    – ¿No sería un cosaco? -preguntó Sofía casi a gritos.
    – No, mamá, por supuesto que no -terció Simon. De pronto, a Zoya le pareció todo muy gracioso. Las vidas de ambos, de comienzos tan distintos, se cruzaron en determinado momento y, tras pasar varios años beneficiándose de su título, ahora tenía que asegurarle a aquella mujer que su padre no era un cosaco. Con el rabillo del ojo vio que a Simon también le parecía divertido. Era como si hubiera adivinado sus pensamientos y quisiera tomarle un poco el pelo a su madre. Sabía que el detalle le causaría una favorable impresión aunque fingiera horrorizarse. Ya había adivinado que su padre aprobaba la elección y su madre también, aunque no quisiera reconocerlo-. Zoya es condesa, mamá. Lo que pasa es que su sencillez le impide utilizar el título.
    – ¿Condesa de qué? -preguntó Sofía.
    – Absolutamente de nada. En eso tiene usted razón -contestó Zoya, soltando una carcajada-. Todo terminó.
    La revolución ocurrió hacía diecinueve años y, aunque ella no la había olvidado, era como si formara parte de otra vida.
    Tras un largo silencio, Simon decidió marcharse con Zoya, pero justo en aquel momento, su madre dijo en tono quejumbroso:
    – Lástima que no sea judía. -Simon sonrió. Era la manera que tenía Sofía de decirle que la chica le gustaba-. ¿Crees que querrá convertirse? -le preguntó su madre como si Zoya no estuviera presente.
    – Pues claro que no, mamá. ¿Por qué iba a hacerlo?
    El padre le ofreció otro vaso de vino y su madre la miró con renovado interés.
    – Simon dice que tiene usted hijos.
    Era una acusación más que una pregunta.
    – Sí, tengo dos -contestó Zoya con orgullo.
    – Es usted divorciada.
    Simon hizo una mueca de desagrado.
    – No, soy viuda -dijo Zoya sonriendo-. Mi marido murió hace siete años de un ataque al corazón.
    Prefirió explicárselo para que no supusiera que lo había matado ella.
    – Lástima. ¿Cuántos años tienen?
    – Nicolás casi quince y Alejandra once.
    Sofía asintió, aparentemente satisfecha por una vez. Simon aprovechó la ocasión para levantarse y Zoya lo imitó, agradeciéndole a Sofía la cena.
    – He tenido mucho gusto en conocerla -dijo Sofía a regañadientes mientras su marido sonreía. El hombre apenas había abierto la boca en toda la noche. Era muy tímido y había pasado medio siglo a la sombra de su dominante esposa-. Venga a vernos otra vez -añadió la madre de Simon mientras Zoya estrechaba de nuevo su mano y le reiteraba su gratitud, hablando en su aristocrático ruso.
    Simon sabía que su madre lo llamaría al día siguiente y le soltaría un sermón.
    Acompañó a Zoya hasta el Cadillac aparcado en la calle. Cuando se sentó al volante suspiró de alivio y miró cariñosamente a su amada.
    – Lo siento. No hubiera debido traerte aquí.
    Zoya rió al ver la expresión de su rostro.
    – No seas tonto -dijo besándolo-. Mi madre hubiera sido mucho peor. Agradece que no tengas que enfrentarte con ella.
    – Hace preguntas increíbles y después se sorprende de que nunca lleve a nadie a casa. ¡Ni que estuviera loco! Meshurgge! -«Estúpido», añadió en yiddish, dándose unas palmadas en la frente para explicárselo a Zoya mientras ella reía.
    – Ya verás cuando Sasha empiece a darte la lata -dijo Zoya mientras regresaban lentamente a casa-. Hasta ahora, ha sido un ángel.
    – En tal caso, estamos empatados. Juro que nunca te volveré a hacer una cosa semejante.
    – La harás, pero no me importa. Tenía miedo de que preguntara algo sobre el zar. No hubiera querido mentirle, pero tampoco me hubiera gustado decirle la verdad -dijo Zoya-. Me alegro de no llamarme Romanov. Se hubiera desmayado del susto.
    Simon rió al pensarlo y la llevó un rato a la sala de fiestas Copacabana para tranquilizarse un poco y beber unas copas de champán. A su juicio, la noche había sido bastante movida. En cambio, a Zoya la sorprendió que todo hubiera transcurrido como la seda. Temía cosas mucho peores.
    – ¿Qué otra cosa hubiera podido ser peor? -preguntó Simon, horrorizado.
    – Hubiera podido decirme que me marchara. En determinado momento, pensé que lo haría.
    – No se hubiera atrevido. No es tan mala como parece. Y hace una sopa de pollo exquisita -añadió Simon, esbozando una tímida sonrisa.
    – Le pediré la receta -dijo Zoya. Súbitamente recordó algo que la intrigaba-. ¿Tendremos que preparar comida kosher? -Simon soltó una carcajada-. Pero, bueno, ¿sí o no?
    – Mi madre estaría encantada de que lo hiciéramos, pero permíteme decirte, amor mío, que en tal caso, me negaría a comer en casa. No te preocupes por esas cosas, ¿de acuerdo? ¿Me lo prometes? -Simon se inclinó para darle un beso mientras la orquesta iniciaba los acordes de su melodía preferida, I’ve got you under my skin, de Cole Porter-. ¿Me concede este baile, señora Andrews, o acaso debo llamarla condesa Ossupov?
    – ¿Qué tal simplemente Zoya? -dijo ella riéndose mientras lo acompañaba a la pista.
    – ¿Qué tal Zoya Hirsch? ¿Te suena bien?
    Zoya lo miró sonriendo mientras bailaba con él. Era ciertamente un nombre algo raro para una prima del zar.

40

    Consiguieron ocultarles el secreto a los niños hasta el mes de junio, cuando un día Sasha los sorprendió besándose apasionadamente en la cocina. La niña los miró escandalizada y después se encerró en su habitación y no quiso salir hasta después de cenar, cuando Nicolás la amenazó con derribar la puerta si no salía y se comportaba como una persona. Estaba muy dolido por el comportamiento de su hermana. Le gustaba Simon y esperaba que albergara intenciones serias con respecto a su madre. Había sido muy cariñoso con ellos, llevándolos de paseo los domingos por la tarde, invitándolos a cenar siempre que podía y haciéndoles constantes y costosos regalos. Más de una vez había acudido a recogerlo a la escuela en su Cadillac e incluso les había regalado una radio con la que se divertían muchísimo.
    – ¡Compórtate como es debido! -advirtió Nicolás a su hermana-. ¡Y ve a pedirle perdón a mamá!
    – ¡No pienso hacerlo! Estaba besando a Simon en la cocina.
    – Bueno, ¿y qué? Lo quiere.
    – Pero así, no…, es repugnante.
    – Tú sí que eres repugnante. Ve a disculparte.
    Sasha se dirigió a regañadientes al salón y se negó a mirar a Simon. Aquella noche, cuando él se fue, Zoya decidió comunicarles la noticia.
    – Estoy muy enamorada de él, Sasha.
    La niña rompió a llorar mientras Nicolás escuchaba desde la puerta.
    – ¿Y papá? ¿Es que no lo querías?
    – Pues claro que sí…, pero, cariño, él murió. Hace mucho tiempo que se fue. Sería bonito tener a alguien que nos quisiera. Simon os quiere mucho a ti y a Nicolás.
    – A mí me gusta -intervino Nicolás en defensa de Simon mientras Zoya lo miraba conmovida-. ¿Os vais a casar? -le preguntó a su madre.
    Mirando a sus dos hijos, Zoya asintió en silencio con la cabeza.
    – ¡Te odio! -gritó histéricamente Sasha-. ¡Me destrozaréis la vida!
    – ¿Por qué, Sasha? -Zoya se inquietó ante la reacción de su hija-. ¿A ti no te gusta? Es un hombre muy simpático y será muy bueno con nosotros.
    Trató de abrazar a la niña, pero esta no lo permitió.
    – ¡Os odio a los dos! -gritó Sasha sin saber por qué lo decía, como no fuera para disgustar a su madre.
    Nicolás se enfadó y se acercó de un salto a la sollozante figura de su hermana.
    – ¡Pide perdón si no quieres que te suelte un tortazo!
    – ¡Ya basta los dos! Esta no es manera de empezar una nueva vida.
    – ¿Cuándo os casaréis? -preguntó Sasha, interrumpiendo sus gimoteos.
    – Todavía no lo sabemos. Queremos esperar un poco.
    – ¿Por qué no este verano para que podamos irnos todos juntos? -sugirió Nicolás.
    Zoya sonrió. No le parecía una mala idea y estaba segura de que a Simon le gustaría. Sin embargo, Sasha no parecía muy de acuerdo.
    – No iré a ningún sitio con vosotros.
    – Irás aunque tengamos que encerrarte en una maleta. Así por lo menos no te oiremos -dijo Nicolás.
    – ¡Te odio! -le gritó Sasha a su hermano-. No iré a ninguna parte con vosotros -añadió, mirando con rabia a su madre.
    – ¿Sabes lo que te pasa? -preguntó Nicolás, dirigiéndole una mirada acusadora-. ¡Que estás celosa! ¡Estás celosa de mamá y de Simon!
    – ¡No es verdad!
    – ¡Sí lo es!
    Ambos hermanos siguieron discutiendo mientras Zoya los miraba impotente. Al día siguiente, cuando le contó la escena a Simon, Sasha ya se había calmado, aunque se negaba ostensiblemente a dirigirle la palabra a su hermano.
    – Me gusta la idea de Nick -dijo Simon. Sabía lo difícil que era a veces el trato con Sasha. Se llevaba bien con ella, pero la niña le exigía constantemente cosas a su madre, su atención, su tiempo, nuevos vestidos y nuevos zapatos, poniendo en todo momento a prueba su paciencia-. ¿Por qué no nos casamos en julio y nos vamos a Sun Valley con los niños?
    – ¿No te importaría que vinieran en nuestro viaje de luna de miel?
    Zoya estaba asombrada de que pudiera ser tan bueno y estuviera dispuesto a aceptar a sus hijos como si fueran suyos.
    – Pues claro que no. ¿A ti te gustaría?
    – Me encantaría.
    – Entonces está hecho -dijo Simon, besándola antes de echar un vistazo al calendario-. ¿Qué tal si nos casáramos el 12 de julio? -preguntó abrazando cariñosamente a Zoya.
    Zoya llevaba mucho tiempo sin sentirse tan dichosa. El período de espera antes de la boda le estaba resultando muy difícil. Quería ser suya para toda la vida.
    – ¿Qué dirá tu madre?
    – Le diremos que hable con Sasha -contestó Simon, tras pensarlo un momento-. Son tal para cual. Zoya rió y él la besó.

41

    El 12 de julio de 1936 Simon Ishmael Hirsch y Zoya Alejandra Eugenia Nikolaevna Ossupov Andrews se casaron ante un juez en el jardín de la preciosa casa de piedra arenisca que tenía Axelle en la calle Cuarenta y nueve Este.
    La novia lucía un vestido de Norell color crema y un sombrerito con velo color marfil. La madre de Simon optó por no asistir a la boda en señal de que no aprobaba el que Zoya no fuese judía. En cambio, asistieron su padre, dos chicas de la tienda, un puñado de amigos y, por supuesto, los hijos de Zoya. Nicolás actuó como padrino y Sasha permaneció de pie a su lado con el rostro enfurruñado. Zoya hubiera podido organizar una boda por todo lo alto e invitar a clientas importantes como Barbara Hutton o Doris Duke, que hubieran asistido encantadas, pero decidió no hacerlo porque aunque las conocía muy bien no eran íntimas amigas suyas. Prefirió que la boda tuviera un carácter más cálido y familiar.
    El mayordomo de Axelle sirvió champán y, a las cuatro en punto de la tarde, Simon regresó en el Cadillac con su nueva familia al apartamento de Zoya. Decidieron quedarse allí de momento y buscarse una casa más grande a la vuelta de su luna de miel. Pasarían tres semanas en Sun Valley, la estación de vacaciones inaugurada precisamente aquel año. Cogieron un tren con destino a Idaho desde la estación Pennsylvania. Simon compró a los niños varios juegos para que se entretuvieran y, cuando llegaron a Chicago, Sasha ya parecía más contenta. Pasaron la noche en el hotel Blackstone y, al día siguiente, reanudaron el viaje. Al llegar a Ketcham, todos estaban de muy buen humor, sobre todo Simon y Zoya tras una noche de pasión desenfrenada. Ninguno de los dos había vivido nunca una relación física tan intensa.
    Se conocían desde hacía apenas tres meses, pero era como si hubieran estado juntos toda la vida. Simon enseñó a Nicolás a pescar y todos practicaban a diario la natación. A finales de mes, regresaron bronceados y felices al apartamento de Zoya. La primera vez que vio a Simon afeitarse en el cuarto de baño, Zoya se echó a reír, acarició la piel que tanto amaba y le dio un cariñoso beso.
    – ¿De qué te ríes? -preguntó Simon, mirándola con una sonrisa.
    – Es que, de repente, parece todo real, ¿no crees?
    – Porque lo es.
    Simon se inclinó para besarla y le dejó la cara cubierta de espuma de afeitar. Zoya cerró la puerta del dormitorio y de nuevo hicieron el amor antes de ir al trabajo. Zoya prometió a Axelle que se quedaría en el salón de modas hasta finales de septiembre. Los días pasaron volando. Tres semanas después, encontraron un piso muy bonito en la esquina de Park Avenue y la calle Sesenta y ocho. Tenía habitaciones muy amplias y bien ventiladas, y el dormitorio principal se encontraba en el otro extremo con respecto a los que ocuparían los niños. Nicolás tenía una habitación muy grande y Sasha se empeñó en que pintaran la suya de color púrpura.
    – Yo también tenía una habitación púrpura cuando era pequeñita…, más o menos cuando tenía tu edad -dijo Zoya, recordando el famoso tocador malva de tía Alix.
    Sintió una punzada de dulce añoranza mientras se lo describía a Sasha.
    Nicolás puso en su habitación una fotografía de Clayton y, a su lado, otra de Simon. Los dos hombres de la familia salían a dar largos paseos por la tarde cuando Simon volvía a casa del trabajo. Un día, cuando ya llevaban una semana en el nuevo apartamento, Simon se presentó en casa con un cachorro de cocker spaniel.
    – ¡Mira, mamá! -gritó Nicolás, emocionado-. ¡Es como Sava!
    A Zoya le sorprendió que todavía se acordara de la perrita. Sasha pasó todo el día haciendo pucheros porque no era un galgo ruso. La raza aún estaba muy de moda, aunque no tanto como a finales de los años veinte. Era un animalito muy cariñoso y le pusieron por nombre Jamie. Se encontraban muy a gusto en el nuevo apartamento en el que incluso había una habitación de invitados contigua a la biblioteca. Simon le dijo en broma a Zoya que sería para el primer hijo que tuvieran.
    – Tuve a mis hijos hace mucho tiempo, Simon. -A los treinta y siete años, no le apetecía tener más-. Cualquier día de estos seré abuela -añadió riéndose mientras Simon sacudía la cabeza.
    – ¿Querrás que te compre un bastón, abuelita? -preguntó y la abrazó mientras ambos permanecían sentados en la cama de matrimonio, conversando hasta altas horas de la noche tal como solía hacer Zoya con Clayton en otros tiempos.
    Sin embargo, la vida con Simon era muy distinta. Ambos tenían intereses y amigos comunes y eran personas adultas unidas a partir de una situación de fuerza y no de debilidad. Zoya era apenas una niña cuando en 1919 Clayton la había rescatado de los horrores de su vida en París, llevándola consigo a Nueva York. Todo era muy diferente, pensó Zoya mientras se dirigía al trabajo, apurando al máximo sus últimos días en el salón de modas de Axelle.
    – ¿Qué voy a hacer ahora? -dijo al llegar el último día, sentada junto a su escritorio Luis XV, mientras tomaba una taza de té con Axelle-. ¿En qué me voy a entretener todo el día?
    – ¿Por qué no te vas a casa y tienes un hijo? -replicó Axelle, riéndose.
    Zoya sacudió la cabeza, pensando que hubiera deseado seguir trabajando con Axelle, pero Simon quería que disfrutara de un poco más de libertad. Llevaba siete años trabajando allí y ahora no lo necesitaba para vivir. Podría gozar de sus hijos y su marido y concederse ciertos lujos y caprichos, pero aun así a Zoya le parecía que se aburriría muchísimo sin ir a la tienda cada día.
    – Hablas como mi marido.
    – Él tiene razón.
    – Sin el trabajo, me aburriré muchísimo.
    – Lo dudo, querida.
    Pero a Axelle no pudo evitar las lágrimas cuando aquella tarde Simon acudió a recoger a Zoya. Ambas mujeres se abrazaron emocionadas y Zoya prometió pasar al día siguiente para almorzar con Axelle.
    Simon rió y le hizo una advertencia a la mujer que fuera la defensora de su idilio desde un principio.
    – Tendrás que cerrar las puertas bajo llave para que no entre. Yo le digo constantemente que ahí afuera tiene todo un mundo por descubrir.
    En octubre, Zoya se dio cuenta de que no sabía cómo ocupar su ocio. Visitaba a Axelle casi a diario, iba a los museos y recogía a Sasha en la escuela. A veces se presentaba incluso en el despacho de Simon y escuchaba ávidamente sus planes y proyectos. Simon había añadido a su negocio una nueva línea de abrigos infantiles y le interesaban mucho los consejos de Zoya. Su infalible sentido del estilo lo ayudó a añadir ciertos detalles que, de otro modo, ni siquiera se le hubieran ocurrido.
    – Simon, lo echo mucho de menos -confesó Zoya en diciembre mientras regresaban a casa en taxi tras asistir a una función de teatro. Simon la había llevado a la representación inaugural de la obra Te lo puedes llevar si quieres, con Frank Conlan y Josephine Hull en el Booth Theater. Fue una velada muy agradable, pero se sentía muy inquieta y aburrida. Llevaba muchos años trabajando y no sabía quedarse en casa sin hacer nada-. ¿Y si volviera una temporadita al salón de Axelle?
    Simon lo pensó y, al llegar a casa, dijo:
    – A veces es difícil retirarse a tiempo, cariño. ¿Por qué no pruebas otra cosa?
    ¿Cómo qué?, pensó Zoya. Sus conocimientos se limitaban al baile y la moda, y el baile estaba ciertamente excluido. Rió para sus adentros al llegar a casa y Simon se volvió a mirarla. Estaba guapísima con su piel lechosa, sus brillantes ojos verdes y su llamativo cabello pelirrojo. Era tan hermosa que con solo mirarla Simon se encendía de deseo. Nadie hubiera dicho que tenía un hijo de quince años. Zoya se sentó en un sillón y pensó que Simon estaba muy apuesto con esmoquin. Le habían confeccionado el traje en Londres, para gran disgusto de su madre. «Tu padre hubiera podido hacerte uno mucho mejor», le dijo.
    – ¿De qué te ríes? -preguntó Simon.
    – Una tontería. Recordaba mis tiempos de corista en el Fitzhugh. Fue horrible, Simon, no podía soportarlo.
    – No te imagino meneando el trasero y agitando el collar de perlas -dijo Simon con una sonrisa. Sin embargo, admiraba su valentía. Ojalá la hubiera conocido en aquellos momentos. Se hubieran casado y la hubiera salvado de aquel horror. Ahora no necesitaba que nadie la salvara, era fuerte y sabía desenvolverse sola. Simon hubiera querido que se incorporara a su negocio, pero su familia no la hubiera aceptado. Ella no estaba hecha para la Séptima Avenida, sino para un mundo mucho más exquisito. De pronto, a Simon se le ocurrió una idea. Se sirvió un coñac, descorchó una botella de champán para ella, y se sentaron a conversar frente a la chimenea-. ¿Por qué no inauguras tu propio establecimiento?
    – ¿Un salón como el de Axelle? -preguntó Zoya, intrigada.
    Sin embargo, aunque la idea la entusiasmaba, pensó en su amiga y sacudió la cabeza.
    – No sería justo. No quiero competir con Axelle.
    Por nada del mundo hubiera querido hacerle daño. Simon tenía otras ideas.
    – Pues, entonces, haz otra cosa.
    – ¿Como qué?
    – Abárcalo todo, ropa de mujer, de hombre, incluso ropa infantil, pero solo lo mejor, que a ti se te da tan bien. Accesorios de todas clases: zapatos, bolsos, sombreros… Enseña a vestirse a la gente en general, no solo a las mujeres de postín que visitan el salón de Axelle, sino también a las demás personas que tienen dinero pero no saben vestirse como es debido. -Las clientas de Axelle eran las mejor vestidas de Nueva York, pero casi todas vestían también en París, como, por ejemplo, lady Mendl, Doris Duke y Wallis Simpson-. Podrías poner un pequeño negocio e irlo ampliando poco a poco. ¡Podrías incluso vender mis abrigos!
    Zoya tomó un sorbo de champán y miró en silencio a su marido. Le gustaba la idea, pero abrigaba ciertas dudas.
    – ¿Nos lo podríamos permitir?
    Sabía que a Simon le iban muy bien las cosas, pero ignoraba de cuánto capital disponía. Era algo sobre lo que nunca hablaban. Tenían más que suficiente para vivir, pero los padres de Simon aún vivían en Houston Street y él los mantenía no solo a ellos, sino también a los hermanos de su padre.
    – Creo que ya es hora de que hablemos seriamente de este asunto -dijo Simon, sentándose a su lado.
    Zoya sacudió la cabeza y se ruborizó. No quería saberlo, pero, si de verdad pensaba abrir una tienda, tal vez no tendría más remedio.
    – Simon, no quiero fisgonear. El negocio es tuyo.
    – No, amor mío. También es tuyo, y marcha viento en popa. Estupendamente.
    Simon le dijo lo que había ganado el año anterior y Zoya lo miró asombrada.
    – ¿Hablas en serio?
    – Verás, hubiera podido obtener mayores beneficios de haber pedido más lana de cachemira a Inglaterra -contestó Simon, interpretando erróneamente la expresión de sus ojos-. No sé por qué no lo hice. La próxima temporada haré un pedido más grande.
    – ¿Estás loco? -dijo Zoya, riéndose-. No creo que el Banco de Inglaterra manejara tanto dinero el año pasado. ¡Simon, es increíble! Yo pensé…, quiero decir, que tus padres…
    Esta vez fue Simon quien rió.
    – A mi madre no conseguirías sacarla de Houston Street ni a punta de pistola. Aquel barrio le encanta. -Todos sus intentos de trasladarlos a una vivienda más lujosa en la parte alta de la ciudad fracasaron. Sofía fue a vivir al East Side cuando llegó a Nueva York, y allí moriría-. Creo que a mi padre le gustaría vivir en la parte alta, pero a mi madre no.
    La mujer utilizaba batas de estar por casa y se enorgullecía de tener un solo abrigo «bueno», pese a que hubiera podido comprar todos los que tenía Axelle en su tienda, de haberlo querido.
    – ¿Y qué haces con todo eso? ¿Invertirlo?
    Zoya se estremeció al recordar a su difunto marido y sus desdichadas aventuras en la Bolsa, pero Simon era mucho más hábil que Clayton y tenía un instinto infalible para ganar dinero.
    – He invertido una parte en bonos y el resto lo he reinvertido en el negocio. El año pasado compré, además, dos fábricas de tejidos. Creo que si fabricamos nuestros propios artículos, obtendremos mayores beneficios que con las importaciones y podremos controlar mejor la calidad. Las fábricas están en Georgia, donde la mano de obra es baratísima. Tardaremos unos años, pero creo que, a la larga, las ganancias serán muy superiores. -A Zoya le daba vueltas la cabeza. Simon había construido su imperio de la nada en veinte años y ahora, a los cuarenta, ya era dueño de una inmensa fortuna-. Por consiguiente, amor mío, si quieres abrir una tienda, no te prives. No le quitarás a nadie la comida de la boca. En realidad, creo que sería una inmejorable inversión.
    – Simon, ¿querrás ayudarme? -preguntó Zoya, dejando la copa.
    – Tú no necesitas ayuda, cariño, como no sea en la firma de los cheques. -Simon se inclinó para darle un beso-. Conoces este negocio mejor que nadie y tienes un sentido innato para descubrir qué tendrá éxito y qué no. Hubiera tenido que hacerte caso a propósito del Shocking Pink, cuando estábamos en París.
    Simon rió al recordar que casi tuvo que comerse aquel tejido color de rosa pues no recibió ningún pedido. Los neoyorquinos no estaban preparados para aquella extravagancia, a excepción de los que acudían directamente a Schiaparelli y lo compraban en París.
    – ¿Por dónde podría empezar? -dijo Zoya, entusiasmándose de repente.
    – En los próximos meses, podrías buscar el local. En primavera, podríamos ir a París a comprar algunos artículos para la temporada de otoño. Si te pones en marcha ahora mismo -Simon hizo un rápido cálculo-, podrías inaugurar el establecimiento en septiembre.
    – Es muy pronto. -Solo faltaban nueve meses y tendrían que solucionarse muchos detalles-. Me gustaría encargarle la decoración a Elsie. Tiene una intuición infalible para adivinar lo que le gusta a la gente, aunque ni ella misma lo sepa.
    – Eso podrías hacerlo tú -dijo Simon, mirándola con ternura.
    – No lo creo.
    – Bueno, no importa. De todos modos, no tendrías tiempo. Bastante ocupada estarás buscando local, contratando personal y haciendo compras. Deja que lo piense. En la búsqueda del local podrían ayudarte unos amigos míos.
    – ¿Lo dices en serio? -Los ojos de Zoya se encendieron como un fuego verde-. ¿Crees de veras que debo hacerlo?
    – Pues claro. Vamos a probarlo. Si no funciona, lo cerramos y cubriremos las pérdidas en cuestión de un año.
    Ahora Zoya sabía que podían permitirse aquella aventura.
    Durante tres semanas no habló de otra cosa. Cuando acudió con Simon a la misa de la Navidad rusa, pasó casi toda la ceremonia cuchicheando con él. Uno de los amigos de Simon había encontrado un local que parecía perfecto, y Zoya estaba deseando verlo.
    – Tu madre se desmayaría del susto si te viera en esta iglesia -dijo Zoya sonriendo.
    La función religiosa no la hizo llorar como otras veces; estaba demasiado emocionada con su proyecto.
    En la iglesia se tropezó con Serge Obolensky por primera vez en muchos meses. El príncipe saludó cortésmente a Simon cuando Zoya se lo presentó y ambos conversaron un momento en inglés, en atención a Simon, aunque enseguida pasaron a su aristocrático ruso.
    – Me sorprende que no te casaras con él -comentó Simon más tarde, tratando de disimular sus celos.
    Zoya lo miró riéndose mientras ambos regresaban a casa en el Cadillac verde.
    – Serge nunca me interesó, cariño. Es demasiado listo como para casarse con un pobre título ruso. A él le gustan mucho más los exponentes de la alta sociedad norteamericana.
    – Pues no sabe lo que se pierde -dijo Simon y la atrajo para darle un beso.
    Al día siguiente, Zoya invitó a Axelle a almorzar y le comentó emocionada sus planes. Quiso exponerle el proyecto a su amiga desde un principio, subrayándole su propósito de no competir directamente con ella.
    – ¿Y por qué no? -dijo Axelle asombrada-. ¿Acaso no compite Chanel con Dior? ¿Y Elsa con todos los demás? No seas tonta. ¡Eso animará el sector!
    Zoya no lo había pensado, pero contar con la bendición de Axelle la alegró.
    Cuando vio el local encontrado por el amigo de Simon, quedó encantada. Se hallaba en la esquina de la calle Cincuenta y cuatro y la Quinta Avenida, a solo tres manzanas del salón de Axelle, y previamente había sido un restaurante. El estado de conservación era pésimo, pero Zoya comprendió de un vistazo que era justo lo que necesitaba. Por si fuera poco, podría alquilar el primer piso, situado directamente encima.
    – Alquila la planta y el piso -le aconsejó Simon.
    – ¿No te parece que será demasiado grande?
    Precisamente, el restaurante había fracasado porque el local era demasiado grande para su exigua clientela. Simon sacudió la cabeza.
    – En la planta baja puedes vender la ropa de mujer y arriba la de hombre. Y si el negocio marcha bien -añadió, guiñándole el ojo a su amigo-, compraremos todo el edificio. Es más, podríamos comprarlo ahora mismo antes de que abran los ojos y nos suban el alquiler. -Simon hizo unos rápidos cálculos en un bloc de notas y añadió-: Adelante, Zoya, puedes comprarlo.
    – ¿Comprarlo? -preguntó Zoya, casi atragantándose con la palabra-. ¿Y qué haré con los tres pisos restantes?
    – Alquílalos con contratos por un año. Si la tienda tiene éxito, podrás recuperarlos. Es posible que algún día te alegres de tener cinco pisos a tu disposición.
    – ¡Simon, es una locura! -exclamó Zoya sin poder reprimir su entusiasmo.
    Nunca había soñado con ser propietaria de una tienda. Contrataron los servicios de Elsie de Wolfe y de varios arquitectos y, en pocas semanas, Zoya se vio rodeada de planos, dibujos y proyectos. Tenía la biblioteca llena de muestras de mármol, tejidos y maderas para los revestimientos de las paredes. Al final, Simon le cedió un despacho y una secretaria para que la ayudara en su tarea. El comentarista de sociedad Cholly Knickerbocker publicó la noticia en su columna e incluso se escribió un artículo al respecto en el New York Times. «¡Cuidado, Nueva York! -decía el articulista-. Cuando en julio pasado Zoya Nikolaevna Ossupov, la célebre condesa del salón Axelle, y Simon Hirsch, propietario del imperio de la Séptima Avenida, unieron sus fuerzas, es muy posible que pusieran en marcha un proyecto de gran envergadura.» Fueron palabras proféticas.
    En marzo, ambos embarcaron rumbo a Francia en el Normandie. Comprarían en París las líneas de Simon y seleccionarían los principales artículos de la primera colección de Zoya. Esta vez eligió lo que más le gustaba sin tener que consultarlo con Axelle. Se divirtió muchísimo comprando, pues Simon le había concedido un presupuesto ilimitado. Se alojaron en el hotel George V, donde disfrutaron de unos momentos de intimidad que fueron como una segunda luna de miel. Regresaron a Nueva York al cabo de un mes, más felices y enamorados que nunca. Su vuelta a casa solo fue empañada por la noticia de que Sasha había sido expulsada de la escuela. A los doce años, la niña se comportaba de una forma inadmisible.
    – ¿Cómo pudo ocurrir eso, Sasha? -preguntó Zoya a su hija por la noche. Nicolás acudió a recibirlos al puerto en el nuevo automóvil Duesenberg adquirido por Simon poco antes de que dejaran de fabricarlo el año anterior. El muchacho se alegró mucho de verlos, pero no tuvo más remedio que informar a Zoya sobre el comportamiento de su hermana. La niña utilizaba carmín de labios y se pintaba las uñas para ir a la escuela, y un día la sorprendieron besando a uno de sus profesores. El profesor fue inmediatamente despedido y Sasha expulsada sin posibilidad de readmisión-. ¿Por qué? -preguntó Zoya-. ¿Cómo pudiste hacer eso?
    – Porque me aburría -contestó Sasha, encogiéndose de hombros-, y me parece una tontería estudiar en una escuela solo de niñas.
    Simon le había pagado la matrícula de la prestigiosa escuela Marymount y Zoya se alegraba mucho de que su hija pudiera estudiar en un centro de tanto prestigio. Nicolás seguía en el Trinity, donde se encontraba muy a gusto. Le quedaban dos años para terminar y después se matricularía en la Universidad de Princeton como su padre. Sasha solo duró seis meses en el Marymount, pero no se avergonzaba en absoluto de su comportamiento. Pese a que solo había dos profesores varones en la escuela, el de música y el de danza, siendo el resto todas monjas, Sasha se las arregló para provocar un escándalo. Zoya se preguntó si sería su manera de castigarla por haber permanecido ausente tanto tiempo y dedicar tanta atención a su nuevo negocio. Por primera vez, tuvo sus dudas, pero ya era demasiado tarde.
    Antes de viajar había efectuado todos sus pedidos norteamericanos y ahora había comprado y pagado el resto en París. Tenía que inaugurar la tienda y no era un buen momento para que Sasha provocara conflictos. Pero Sasha no era la única preocupación que tenía Zoya.
    – ¿No te avergüenzas? -preguntó Zoya a su hija-. Piensa en lo bueno que fue Simon enviándote a esta escuela.
    Sasha se encogió de hombros. Zoya comprendió que no había logrado llegar hasta ella y regresó a su dormitorio, donde Simon estaba deshaciendo el equipaje.
    – Lo siento, Simon. Ha sido una ingrata, comportándose de esa manera.
    – ¿Qué te ha dicho? -Simon miró preocupado a su mujer. Algo en Sasha lo turbaba desde hacía unos meses. La niña lo miraba a menudo con una expresión que hubiera inducido a más de un hombre sin escrúpulos a tratarla como una mujer y no como una chiquilla, pero él jamás se lo comentó a Zoya y fingía no darse cuenta, lo que acrecentaba la irritación de Sasha. Aunque solo tenía doce años, la niña poseía la gélida belleza germánica de su abuela y el fuego ruso de su madre-. ¿Está arrepentida? -preguntó Simon.
    – Ojalá lo estuviera -contestó Zoya, sacudiendo tristemente la cabeza.
    Sasha no daba la menor muestra de remordimiento.
    – ¿Qué vas a hacer ahora?
    – Buscar otra escuela, supongo. Aunque es un poco tarde para eso -ya estaban a mediados de abril-. Podría ponerle un profesor particular hasta otoño, pero no estoy segura de que sea la mejor solución.
    A Simon le gustaba la idea.
    – Creo que deberías hacerlo, por lo menos, de momento. Eso la sosegaría un poco.
    Siempre y cuando la encomendaran a una mujer y no a un hombre. Sin embargo, Zoya solo pudo encontrar a un nervioso joven, el cual le aseguró que controlaría a Sasha sin ninguna dificultad. Huyó aterrorizado al cabo de un mes sin decirle a Zoya que la víspera la niña lo recibió vestida con un camisón perteneciente sin duda a su madre, y le pidió que la besara.
    – Eres una mocosa -la acusaba constantemente Nicolás.
    Estaba a punto de cumplir dieciséis años y comprendía a su hermana mucho mejor que Zoya. La niña peleaba con él como una gata e incluso le arañaba la cara cuando se enfadaba. Simon estaba secretamente preocupado por ella, pero, cuando ya casi había perdido la esperanza, Sasha se mostraba súbitamente sumisa y encantadora.
    La construcción de la tienda proseguía a buen ritmo y, en julio, comprendieron que podrían inaugurarla en septiembre, según lo previsto. Zoya y Simon celebraron su aniversario en una casa alquilada en Long Island, dos días después de que la aviadora Amelia Earhart desapareciera sobre el Pacífico. Nicolás la admiraba muchísimo y le había confesado a Simon en secreto su deseo de aprender a pilotar un avión. Charles Lindbergh era el héroe de su infancia y el Hindenburg, el famoso dirigible que estalló sobre Nueva Jersey a principios de mayo, le interesaba bastante. Por suerte, cuando el muchacho trató de convencer a Zoya y Simon de que lo utilizaran para viajar a Europa, Zoya tuvo miedo y ambos optaron por viajar en barco, en recuerdo de la travesía que hicieran el año anterior en el Queen Mary.
    – Bueno, señora Hirsch, ¿qué le parece? -preguntó Simon, en la sección de zapatería femenina de la nueva tienda, a principios de septiembre-. ¿Es lo que tú querías?
    Zoya miró a su alrededor con lágrimas en los ojos. Elsie de Wolfe había logrado crear una atmósfera de belleza y elegancia en sedas gris perla y pavimentos de mármol rosa. La iluminación era indirecta y, sobre las elegantes mesas Luis XV, se habían dispuesto unos bellísimos arreglos florales de seda.
    – ¡Es como un palacio!
    – No te merecías menos, amor mío -dijo Simon, besándola.
    Aquella noche lo celebraron con champán. Pensaban inaugurar la tienda a la semana siguiente con una fastuosa fiesta a la que asistiría la flor y nata de Nueva York.
    Zoya compró en Axelle el modelo que luciría en la fiesta.
    – ¡Será bueno para el negocio! ¡Puede que, en mi próximo anuncio, diga que la condesa Zoya Nikolaevna Ossupov es cliente de mi casa! -dijo Axelle.
    Ambas mujeres eran íntimas amigas y sabían que nada podría empañar su amistad.
    Zoya y Simon discutieron bastante sobre el nombre de la tienda.
    – ¡Ya lo tengo! -exclamó Simon al final con un brillo perverso en los ojos.
    – Yo también -replicó orgullosamente Zoya-. Hirsch y Compañía.
    – No. -A Simon le parecía un nombre muy poco romántico-. No comprendo cómo no se me ocurrió antes. ¡Condesa Zoya!
    En principio Zoya pensó que sonaba un poco pretencioso, pero, al final, Simon consiguió convencerla. La gente quería sentir el misterio de la aristocracia, tener un título aunque hubiera que comprarlo o, en este caso concreto, adquirir los modelos previamente seleccionados por una condesa. Las columnas de sociedad se hicieron eco de la inauguración del salón Condesa Zoya y, por primera vez en muchos años, Zoya asistió a fiestas donde era presentada como la condesa Zoya y Simon como el señor Hirsch. Los miembros de la alta sociedad se morían de ganas de conocerlos y Zoya estaba guapísima con sus modelos de Chanel, Madame Grès o Lanvin. Todos querían visitar su tienda y las mujeres estaban convencidas de que saldrían de allí tan bellas como Zoya.
    – Lo has conseguido, amiga mía -susurró Simon a su mujer la noche de la inauguración.
    Estaban los nombres más importantes de Nueva York. Axelle le envió un ramo de diminutas orquídeas blancas con una tarjeta que rezaba: «Bonne chance, mon amie». Zoya la leyó con lágrimas en los ojos y miró agradecida a Simon.
    – La idea se te ocurrió a ti.
    – Es nuestro sueño -dijo Simon como si la tienda fuera en cierto modo una especie de hijo de ambos.
    A la fiesta asistieron incluso los hijos de Zoya. Sasha con un precioso vestido de encaje blanco que su madre le compró en París, de estilo muy parecido a los que habían llevado las hijas del zar o ella misma en su infancia. Nicolás estaba muy guapo con su primer esmoquin y unos gemelos regalo de Simon, formados por pequeños zafiros engarzados en oro y rodeados de brillantes. Los fotógrafos dispararon numerosas instantáneas. Zoya posaba una y otra vez con las elegantes mujeres que sin duda serían sus clientas.
    A partir del mismo día de la inauguración, la tienda nunca estuvo vacía. Las mujeres llegaban en Cadillac, Pierce Arrow y Rolls Royce. De vez en cuando, ante la puerta se detenía algún Packard o Lincoln, y hasta el mismísimo Henry Ford, el famoso fabricante de automóviles, se presentó un día personalmente a comprarle un abrigo de pieles a su mujer. Zoya solo tenía previsto vender unos cuantos abrigos, la mayoría de ellos pertenecientes a las colecciones de Simon, pero Barbara Hutton le encargó una estola de armiño y la señora Astor un abrigo de martas. El destino del salón Condesa Zoya quedó sellado a finales de año. El volumen de ventas de Navidad fue impresionante. La sección de hombres del primer piso tuvo un éxito extraordinario. Los hombres hacían sus compras en estancias con las paredes revestidas de madera mientras sus mujeres gastaban fortunas en los salones de la planta baja decorados en gris.
    Era todo cuanto Zoya había soñado y mucho más. En su residencia de Park Avenue, al llegar la Nochevieja los Hirsch brindaron con champán el uno por el otro.
    – ¡Por nosotros! -dijo Zoya y alzó su copa.
    Lucía un modelo de noche en terciopelo negro de Dior.
    – ¡Por Condesa Zoya! -contestó Simon sonriendo mientras alzaba de nuevo la suya.

42

    A finales del siguiente año, Zoya tuvo que inaugurar otro piso, por lo que la compra del edificio por parte de Simon resultó profética. Trasladó la sección de hombres al segundo piso y dedicó el primero a los abrigos de pieles y los modelos más exclusivos, con una pequeña boutique para los hijos de sus clientas. Las niñas compraban vestidos de fiesta, y las mayorcitas, trajes de noche. La tienda vendía incluso vestidos de bautizo, casi todos franceses y tan bonitos como los que Zoya había visto en su infancia en la Rusia de los zares.
    Sasha acudía a menudo a la tienda para elegir nuevos vestidos hasta que, al final, Zoya tuvo que llamarle la atención. La niña tenía una afición insaciable por las prendas caras y Zoya no quería mimarla en exceso.
    – ¿Por qué no? -preguntó Sasha haciendo pucheros la primera vez que Zoya le advirtió que no podía comprar por simple capricho.
    – Porque ya tienes muchas cosas bonitas en el armario y se te quedan pequeñas antes de que tengas ocasión de llevarlas.
    A los trece años, la niña ya era tan alta y esbelta como su abuela Natalia, y superaba a su madre en casi veinte centímetros de estatura. Nicolás era el más alto de los tres y cursaba el último año de bachillerato antes de matricularse en la Universidad de Princeton.
    – Me gustaría empezar a trabajar en el negocio ahora mismo, como tú -le decía muchas veces a Simon con admiración.
    El muchacho apreciaba enormemente a su padrastro por lo bueno que era siempre con los tres.
    – Ya lo harás algún día, hijo. No tengas tanta prisa. Si yo hubiera tenido ocasión de ir a la universidad, me hubiera encantado.
    – A veces, me parece una pérdida de tiempo -confesaba Nicolás, pero sabía lo mucho que su madre deseaba que estudiara en Princeton.
    Además, dado que aquella universidad no quedaba muy lejos de casa, tenía previsto regresar a la ciudad siempre que pudiera. Llevaba una intensa vida social, pero, a diferencia de su hermana, era un alumno muy aventajado. Sasha estaba muy guapa y aparentaba por lo menos dieciocho años, aunque solo tenía trece.
    – ¡Eso es muy infantil! -exclamaba en tono despectivo, refiriéndose a los vestidos que le compraba su madre.
    Estaba deseando crecer para ponerse los trajes de noche que se exhibían en la tienda.
    Cuando Simon la invitó a ver la nueva película de Walt Disney Blancanieves y los siete enanitos, Sasha se ofendió muchísimo.
    – ¡Ya no soy una niña!
    – ¡Pues, entonces, no te comportes como si lo fueras! -replicó Nicolás.
    Ella quería bailar la samba y la conga, tal como hacían Simon y Zoya cuando iban a El Morocco. Nicolás también hubiera querido acompañarlos, pero Zoya le decía que era demasiado joven. Para compensarlos, Simon los llevó a cenar al famoso restaurante 21, donde todos comentaron muy preocupados lo que estaba ocurriendo con los judíos en Europa. La política de Hitler a finales de 1938 le hizo temer a Simon que estallara una guerra. Sin embargo, en Nueva York nadie parecía preocuparse por eso. Se celebraban fiestas, recepciones y bailes, y los vestidos desaparecían de la tienda de Zoya en un santiamén. Zoya pensó que tendría que inaugurar otra planta, pero le parecía muy pronto. Temía que el negocio decayera.
    – ¡Reconócelo, cariño, has alcanzado un triunfo sensacional! El negocio nunca decaerá -le dijo Simon, burlándose de sus temores-. Y, una vez se alcanza eso, ya no se vuelve a perder. Tu nombre es sinónimo de calidad y estilo. Y mientras sigas vendiendo esa mercancía, tus clientes no se irán.
    Zoya se resistía a reconocerlo y trabajaba más duro que nunca. Hasta el punto de que tuvieron que ir a buscarla a la tienda cuando expulsaron de nuevo a Sasha, poco antes de las vacaciones de Navidad. La habían matriculado en el Liceo Francés, una pequeña escuela dirigida por un francés muy listo que no toleraba la menor transgresión. Él mismo mandó llamar a Zoya para exponerle el mal comportamiento de Sasha. Fue en taxi a la calle Noventa y cinco y suplicó al director que no expulsara a la niña. Al parecer, hacía novillos y había fumado en el salón de fiestas de la escuela.
    – Debe usted castigarla, madame. Y debe seguir con ella una estricta disciplina; de otro modo, me temo que algún día tendremos que lamentarlo.
    Tras una extensa conversación con Zoya, el director accedió a no expulsar a la niña. Le concedería un período de prueba pasadas las vacaciones de Navidad. Simon prometió llevarla a la escuela diariamente en coche para evitar que hiciera novillos.
    – ¿Crees que debería dejar la tienda todas las tardes para estar en casa cuando ella vuelva de la escuela? -preguntó Zoya a Simon aquella noche.
    Se sentía más culpable que nunca por dedicarle tantas horas a su negocio.
    – No creo que debas hacerlo -contestó Simon con toda sinceridad-. Tiene casi catorce años y ya podría comportarse como es debido, por lo menos hasta las seis, cuando ambos volvamos a casa. -Por primera vez, Simon estaba enojado con Sasha. Sin embargo, sabía que muchas veces Zoya volvía a casa pasadas las siete. Siempre tenía cosas que hacer, quería comprobarlo todo, y ella misma hacía los pedidos especiales para evitar errores. Parte de su éxito estribaba en su disponibilidad para los clientes que exigían ser atendidos personalmente por la condesa Zoya-. No puedes hacerlo todo tú sola. -Simon se lo había dicho más de una vez, pero ella pensaba en secreto que sí, como pensaba también que hubiera debido estar en casa cuando regresaban sus hijos de la escuela. No obstante, Nicolás tenía casi dieciocho años y Sasha cuatro menos, ya no eran unos chiquillos-. Tendrá que aprender a comportarse como Dios manda -concluyó Simon.
    Cuando aquella noche se lo dijo, la niña salió de la biblioteca y se encerró en su habitación dando un portazo. Su madre se echó a llorar.
    – A veces, pienso que la niña paga el precio de la vida que llevé antes -dijo Zoya, sonándose la nariz con el pañuelo de Simon. Sasha le daba últimamente muchos quebraderos de cabeza y Simon estaba molesto con ella-. Siempre trabajaba cuando ella era pequeña y ahora… parece que ya es demasiado tarde para compensarla de todo aquello.
    – No tienes que compensarla de nada, Zoya. Tiene todo lo que pueda desear, incluida una madre que la adora.
    Lo malo era que estaba muy mimada, pero Simon no se consideraba con derecho a decirlo. Su padre la mimó desde pequeña, y después Nicolás y Zoya cedieron ante todos sus caprichos. Zoya también mimaba a Nicolás, pero este correspondía con más consideración y cariño, agradeciéndole a Simon todo lo que hacía por él. Sasha, al contrario, siempre pedía más y tenía berrinches casi a diario. Cuando no quería un vestido, quería unos zapatos o un viaje, o cualquier otra cosa; o se quejaba porque no iban a Saint Moritz o no tenían una casa en el campo. Sin embargo, considerando la inmensa fortuna acumulada por Simon, ni él ni Zoya sentían el menor interés por los lujos excesivos. Zoya ya había conocido todo aquello en otros tiempos y lo que ahora compartía con Simon era mucho más importante para ella.
    Los temores de Zoya con respecto a Sasha estuvieron a punto de estropear las vacaciones de todos en Navidad. Pasada la Navidad rusa, Zoya se puso a trabajar más duro que nunca en la tienda, casi como si así quisiera ahogar sus tristezas. Para animarla un poco, Simon anunció que la llevaría a esquiar a la estación de Sun Valley, sin los niños. Sasha se enfureció cuando lo supo. Quería ir con ellos, pero Simon se mostró inflexible y le dijo que debía quedarse a estudiar en Nueva York. La niña hizo todo lo posible para fastidiarles la estancia en Sun Valley. Les llamó para comunicarles que el perro había enfermado, pero al día siguiente llamó Nicolás diciendo que era mentira; derramó tinta sobre la alfombra de su habitación y volvió a hacer novillos. Zoya estaba deseando regresar a casa para ponerla nuevamente en cintura. Pasó mareada todo el viaje en tren y, al llegar a Nueva York, Simon insistió en que fuera al médico.
    – No seas tonto, Simon, simplemente estoy cansada -replicó Zoya en un tono desabrido e impropio de ella.
    – No me importa. Tienes muy mala cara. Hasta mi madre me dijo ayer que está preocupada por ti.
    Zoya rió, pensando que Sofía Hirsch solía preocuparse por su religión más que por su salud. Al final, accedió a ir al médico la semana siguiente, aunque le pareció una tontería. Trabajaba demasiado en la tienda y Sasha le daba muchos disgustos, si bien la niña se mostraba más dócil desde el regreso de su madre de Sun Valley.
    Zoya no estaba preparada para lo que diagnosticó el médico tras haberla examinado.
    – Está usted embarazada, señora Hirsch -dijo el doctor, sonriendo amablemente desde el otro lado del escritorio-, ¿o prefiere que la llame condesa Zoya?
    – ¿Qué ha dicho? -preguntó Zoya, asombrada. A los cuarenta años, no le apetecía tener un hijo, ni siquiera de Simon. Cuando ambos se casaron hacía dos años y medio, acordaron no tener hijos. Simon lo lamentaba, pero ahora ella tenía mucho trabajo en la tienda. Era ridículo, pensó, mirando al médico con incredulidad-. ¡No puede ser!
    – Pues lo es. -El médico le formuló unas cuantas preguntas y calculó que el niño nacería alrededor del 1 de septiembre-. ¿Estará contento su marido?
    – Yo…, es que él…
    Zoya apenas podía hablar. Con los ojos llenos de lágrimas, prometió regresar al cabo de un mes y abandonó a toda prisa el consultorio.
    Aquella noche, a la hora de cenar, se sentó en silencio a la mesa y Simon la miró varias veces, preocupado. Sin embargo, esperó a estar a solas con ella en la biblioteca para preguntarle qué dijo el médico.
    – ¿Ocurre algo?
    No hubiera podido vivir si algo le sucediera a Zoya, cuyos ojos reflejaban una gran inquietud.
    – Simon… -dijo Zoya, mirándolo con angustia infinita-. Estoy embarazada.
    Simon se quedó momentáneamente petrificado. Después, corrió hacia ella, la tomó en sus brazos y gritó de júbilo.
    – ¡Oh, cariño, cariño! ¡No sabes cuánto te quiero!
    Al verlo reír y llorar de alegría, Zoya no se atrevió a decirle que incluso había pensado en la posibilidad de abortar. Sabía lo peligrosos que eran los abortos, pero varias de sus clientas se habían sometido a ellos sin el menor contratiempo. ¡No le apetecía tener un hijo a los cuarenta años! Nadie en su sano juicio lo hubiera hecho, pensó, y miró con irritación a su marido.
    – ¿Cómo puedes estar tan contento? Tengo cuarenta años y ya no estoy para hijos.
    – ¿Eso es lo que dijo el médico? -preguntó Simon.
    – No -contestó Zoya, sonándose la nariz-. Me dijo: «¡Felicidades!». -Simon rió mientras ella paseaba nerviosamente por la estancia-. ¿Y la tienda? Piénsalo, Simon. ¿Y los niños?
    – Les sentará muy bien. -Se arrellanó en un sillón con expresión de haber conquistado el mundo-. Nicolás irá a la universidad el año que viene y creo que se alegrará mucho por nosotros. Puede que a Sasha le vaya muy bien eso de no ser la pequeña. En cualquier caso, tendrá que adaptarse. En cuanto a la tienda, podrás compaginarlo. Puedes ir unas cuantas horas cada día y cuando nazca contratar una niñera…
    Ya lo tenía todo previsto. Zoya lo miró, pensando en su trabajo y en los cambiantes estados de ánimo de Sasha. Un nuevo hijo trastornaría el precario equilibrio de su vida.
    – ¿Unas cuantas horas? ¿Crees que puedo dirigir la tienda en unas cuantas horas? ¡Estás loco, Simon!
    – De ninguna manera. En todo caso, estoy loco por mi mujer… -Simon la miró con una radiante sonrisa de felicidad. A los cuarenta y tres años, ¡iba a ser padre!-. ¡Voy a ser papá! -exclamó.
    Zoya se sentó en el sofá y se puso a llorar.
    – Oh, Simon, ¿cómo ha podido ocurrir?
    – Ven aquí. -Simon se acercó y le rodeó los hombros con sus brazos-. Yo te lo explicaré…
    – ¡Ya basta, Simon!
    – ¿Por qué? Ahora ya no hay peligro de que puedas quedar embarazada. -Le hacía gracia que hubiera ocurrido, siendo ella tan cuidadosa. Sin embargo, el destino barajaba a veces las cartas de otra manera y Simon no permitiría que Zoya modificara la situación. Ya le había sugerido de manera indirecta que había una «solución», pero él no quería ni oír hablar del asunto. No permitiría que Zoya pusiera en peligro su vida, abortando el hijo que él siempre quiso tener-. Zoya, cariño, cálmate un minuto y piénsalo bien. Podrás trabajar todo el tiempo que quieras. Seguramente podrás permanecer sentada en tu despacho hasta que nazca el niño, siempre y cuando no te muevas demasiado. Después, reanudarás tu trabajo y nada cambiará, excepto la presencia de un precioso hijo nuestro al que amaremos toda la vida. ¿Tan terrible te parece eso, cariño?
    Tal y como él lo enfocaba, no lo parecía. Siempre había sido muy bueno con los hijos de Zoya y ahora ella no podía negarle el suyo propio. Zoya suspiró y volvió a sonarse la nariz.
    – ¡Se reirá de mí cuando crezca, pensará que soy su abuela en lugar de su madre!
    – Si sigues como ahora, ni hablar.
    A los cuarenta años, Zoya estaba guapísima y parecía casi una niña. Solo el hecho de que tuviera un hijo de diecisiete años delataba su edad. De otro modo, nadie le hubiera puesto más de veintitantos años, o treinta como mucho.
    – No sabes cuánto te quiero.
    Zoya palideció de repente, pensaba en Sasha.
    – ¿Qué le diremos?
    – Una buena noticia -contestó Simon sonriendo-, que vamos a tener un hijo.
    – Se llevará un disgusto espantoso.
    Fue una suposición muy moderada. Ninguno de los dos estaba preparado para el vendaval que se desató en el apartamento de Park Avenue cuando Zoya le comunicó a la niña el futuro nacimiento de otro hijo.
    – ¿Cómo? ¡Es lo más asqueroso que he oído en mi vida! ¿Qué les voy a decir a mis amigos? ¡Me tomarán tanto el pelo que tendré que dejar la escuela, y tú tendrás la culpa!
    – Cariño, eso no modificará el amor que siento por ti. ¿Acaso no lo sabes?
    – ¡No me importa! ¡Y no querré vivir aquí contigo si tienes un hijo!
    Sasha se encerró en su habitación dando un portazo y más tarde salió de casa. Tardaron dos días enteros en descubrir que se alojaba en casa de una amiga. Zoya y Simon ya habían denunciado su desaparición a la policía y ella los recibió con actitud desafiante en el salón de su amiga. Zoya le pidió que volviera a casa con ellos, pero Sasha se negó.
    De pronto, Simon se enfureció por primera vez.
    – ¡Ve ahora mismo por tus cosas! ¿Entendido? -dijo, agarrándola por el brazo y sacudiéndola con fuerza. Jamás había hecho nada semejante y la niña lo consideraba un buenazo. Pero hasta Simon tenía sus límites-. Ahora, recoge el sombrero, el abrigo y todas tus cosas y vendrás a casa con nosotros tanto si te gusta como si no, y si no te portas bien, Sasha, te mandaré encerrar en un convento.
    Por un instante, la niña lo creyó capaz de hacerlo. Simon no quería que su mujer sufriera un aborto por culpa de una mocosa malcriada. Al poco rato, Sasha regresó con sus cosas, un poco asustada de la reacción de Simon. Zoya se disculpó ante la madre de la amiga de Sasha y los tres bajaron a la calle. Volvieron en automóvil a casa, y en cuanto pusieron los pies en el apartamento Simon expuso las futuras normas.
    – Como te atrevas a darle más disgustos a tu madre, Sasha Andrews, te daré una paliza de muerte, ¿entendido? -tronó.
    Zoya sonrió para sus adentros. Sabía que Simon jamás le hubiera puesto la mano encima, ni a la niña ni a nadie. Sin embargo, estaba tan pálido que, de pronto, temió que sufriera un ataque al corazón como Clayton.
    – Vete a tu habitación, Sasha -dijo fríamente.
    La niña obedeció en silencio. En aquel momento, entró Nicolás en la estancia.
    – Hubieras debido hacerlo hace tiempo -dijo-. Creo que es lo que necesita. Un buen puntapié en el trasero -añadió, riéndose mientras Simon lo miraba, ya más tranquilo-. Tendré mucho gusto de hacerlo en tu nombre, cuando tú quieras. -Después, Nicolás miró a su madre con la sonrisa que tanto le recordaba la de su hermano Nicolai-. Quiero que sepas que la noticia del niño me parece maravillosa.
    – Gracias, cariño. -Zoya se acercó a su alto y apuesto hijo, lo abrazó y lo miró casi con timidez-. ¿No te avergonzarás de que tu anciana madre tenga un hijo?
    – Si tuviera una anciana madre, puede que sí.
    Nicolás la miró sonriendo y después sus ojos se fijaron en los de Simon y descubrieron en ellos todo el amor que aquel hombre le profesaba. Entonces se acercó a él y lo abrazó.
    – Felicidades, papá -dijo mientras irremediablemente las lágrimas asomaban a los ojos de Simon.
    Era la primera vez que el chico le dirigía aquel apelativo. Acababa de empezar una nueva vida, no solo para Simon y Zoya, sino para toda la familia.

43

    En abril de 1939 se inauguró la Exposición Universal en Flushing Meadows. Zoya deseaba ir, pero a Simon no le pareció oportuno. Habría mucha gente y ella estaba embarazada de cuatro meses. Seguía trabajando en la tienda con plena dedicación, aunque con ciertas precauciones. Simon fue a la Exposición con sus hijastros, que se divirtieron muchísimo. Hasta Sasha se comportó, tal como venía haciendo desde la recordada ira de su padrastro. En cambio, con Zoya se portaba mal siempre que podía.
    En junio se inauguraron los primeros vuelos transatlánticos de la compañía Pan Am. Nicolás anhelaba viajar a Europa en el Dixie Clipper, pero Simon lo consideraba excesivamente peligroso. Además, estaba muy preocupado por los acontecimientos de Europa. Él y Zoya habían embarcado de nuevo en el Normandie, en primavera, con el fin de comprar artículos para la tienda y tejidos para la línea de abrigos. Advirtieron tensión en todas partes, y Simon observó que la oleada de antisemitismo era más fuerte que otras veces. No le cabía la menor duda de que la guerra estallaría de un momento a otro, por lo que prefirió ofrecerle a Nicolás un viaje de graduación a California. El chico aceptó encantado, voló a San Francisco en viaje de ida y vuelta, se enamoró de todo lo que vio y ya de regreso se asombró de la voluminosa silueta de su madre. En agosto, Zoya dejó de ir a la tienda, pero llamaba a sus colaboradores cada media hora. Se aburría mucho sin trabajar. Simon le llevaba golosinas, libros y revistas, pero a ella solo le interesaba el cuarto infantil instalado en la habitación de invitados contigua a la biblioteca, donde su marido la sorprendía a menudo doblando y arreglando la ropa del niño. Era una faceta suya que Simon ignoraba. Incluso reorganizó los armarios y cambió de sitio el mobiliario de su dormitorio.
    – A ver si te calmas un poco, Zoya -le dijo Simon en tono burlón-. Temo volver a casa por las noches y sentarme en una silla que ya no esté en su sitio correspondiente.
    – No sé qué me pasa -dijo Zoya, ruborizándose-. Siento la constante necesidad de arreglar la casa.
    Había cambiado también la habitación de Sasha, que en aquellos momentos se encontraba en un campamento femenino en los montes Adirondacks. Simon se alegraba de no tener que preocuparse por ella. Al parecer, Sasha se comportaba bastante bien allí y solo una vez escapó de la vigilancia de las monitoras para ir a bailar al pueblo cercano con sus amigas. La localizaron bailando la conga y la hicieron volver al campamento, pero, por una vez, no amenazaron con enviarla a casa. Simon deseaba que Zoya estuviera tranquila antes de dar a luz a su hijo.
    A finales de agosto, Alemania y Rusia sorprendieron al mundo firmando un pacto de no agresión, pero a Zoya no le interesaban las noticias internacionales. Estaba ocupada telefoneando a la tienda y cambiando de sitio los muebles del apartamento. El 1 de septiembre, Simon volvió a casa y la invitó al cine. Sasha regresaría al día siguiente y Nicolás se marcharía a Princeton la próxima semana con el flamante automóvil regalo de Simon. Era un Ford Coupé recién salido de la cadena de montaje de Detroit, con todos los accesorios adicionales imaginables.
    – Eres demasiado generoso con él -le dijo Zoya a su marido, sonriendo con gratitud.
    Antes de volver a casa, Simon había pasado por la tienda para transmitirle a Zoya las noticias de mayor interés.
    – ¿Te encuentras bien, cariño? -preguntó ahora, y observó que parecía más incómoda que por la mañana.
    – Sí -contestó Zoya, e insinuó que estaba demasiado cansada para ir al cine.
    Se acostaron sobre las diez. Una hora más tarde, Simon notó que Zoya se agitaba y emitía un leve gemido. Encendió la luz y la vio sosteniéndose el vientre con los ojos cerrados.
    – ¿Zoya? -Simon saltó de la cama sin saber qué hacer y corrió por la habitación, buscando su ropa sin recordar dónde la había dejado-. No te muevas. Ahora mismo llamo al médico.
    Ni siquiera recordaba dónde estaba el teléfono.
    – Debe de ser una indigestión -dijo Zoya, sonriendo desde la cama.
    Pero en las dos horas siguientes la indigestión se agravó. A las tres de la madrugada, Simon llamó al portero para que pidiera un taxi. Después, ayudó a Zoya a vestirse y la metió en el taxi que aguardaba en la calle. Zoya apenas podía hablar y tanto menos moverse. De pronto, Simon se asustó. El niño no le importaba, solo deseaba que a ella no le ocurriera nada. El miedo le atenazó el corazón cuando al llegar al hospital se la llevaron en camilla. Al amanecer, Simon estaba todavía dando vueltas por los pasillos. Una hora más tarde, una enfermera le tocó el hombro.
    – ¿Cómo está mi mujer?
    – Bien -contestó la enfermera, sonriendo-. Tiene usted un hijo precioso, señor Hirsch.
    Simon rompió a llorar mientras la enfermera se alejaba en silencio. Al cabo de una hora, le permitieron ver a Zoya. Dormía tranquilamente con el niño en brazos. Simon entró de puntillas y contempló con asombro a su hijo. Tenía el cabello negro como el suyo y con su manita agarraba los dedos de su madre.
    – ¿Zoya? -murmuró Simon en la soleada y espaciosa habitación del Doctors Hospital-. Qué bonito es -añadió mientras Zoya abría los ojos y lo miraba sonriendo.
    Fue un parto difícil porque el niño pesaba mucho, pero, aun así, Zoya pensó que había merecido la pena.
    – Se parece a ti -dijo con la voz todavía ronca debido a la anestesia.
    – Pobrecillo. -Simon se inclinó para besar a su mujer. Era el momento más feliz de su vida. Zoya acarició con la mano el sedoso cabello negro del niño-. ¿Cómo lo llamaremos?
    – ¿Qué tal Matthew? -preguntó Zoya en un susurro mientras Simon contemplaba con arrobo a su hijo.
    – Matthew Hirsch.
    – Matthew Simon Hirsch -dijo Zoya antes de caer nuevamente dormida con su hijo en brazos.
    Simon la besó suavemente mientras sus lágrimas de alegría caían sobre la pelirroja cabellera de su mujer.

44

    Matthew Simon Hirsch se encontraba todavía en el hospital y contaba un solo día de vida cuando estalló la guerra en Europa. Gran Bretaña y Francia declararon la guerra a Alemania tras la invasión de las tropas alemanas a su aliada Polonia. Simon entró muy triste en la habitación de Zoya y le comunicó la noticia. Sin embargo, se olvidó de todo en cuanto tomó a su hijo en brazos y este emitió un saludable grito, llamando a su madre.
    Cuando Zoya regresó al apartamento de Park Avenue, Sasha la recibió con cariño y contempló extasiada al precioso niño que tanto se parecía a Simon.
    – Tiene la nariz de mamá -dijo, y lo tomó orgullosamente en sus brazos por vez primera. A los catorce años, no le permitieron visitarlo en el hospital. Nicolás, en cambio, tuvo oportunidad de conocer a su hermano antes de marcharse a Princeton-. Las orejas son como las mías -exclamó Sasha riendo-, pero lo demás es de Simon.
    El 27 de septiembre, tras sufrir un brutal ataque, Varsovia se rindió con una enorme pérdida de vidas humanas. Simon quedó anonadado por la noticia y comentó con Zoya los terribles acontecimientos hasta muy entrada la noche. Ella recordó la revolución rusa, y él pensó con dolor en los judíos que morían por millares en toda Alemania y Europa Oriental. Hacía todo lo que estaba en su mano por quienes lograban escapar, había establecido un fondo de ayuda y trataba de conseguir documentación para muchos parientes de los que jamás había oído hablar. En Europa, muchos abrían las guías telefónicas y llamaban a personas en Nueva York con apellidos parecidos, suplicando una ayuda que Simon nunca negaba. Sin embargo, podía ayudar a muy pocos judíos. La gran mayoría eran conducidos a la muerte, encerrados en los campos de concentración o asesinados en las calles de Varsovia.
    El día en que Matthew cumplió tres meses, Zoya regresó a la tienda y Rusia invadió Finlandia. Simon seguía ávidamente las noticias de Europa a través de las transmisiones de Edward R. Murrow desde Londres.
    El 1 de diciembre, el salón de Zoya estaba lleno a rebosar de gente. Cuando Sasha volvió de la escuela, fueron todos a ver la película El mago de Oz. Nicolás había regresado de Princeton para pasar las vacaciones en casa, donde con Simon comentaban incesantemente las vicisitudes de la guerra.
    El segundo año en Princeton le gustó todavía más que el primero. Antes de regresar a la universidad, el muchacho pasó las vacaciones de verano en California. Aquel año Zoya no pudo viajar a Europa debido a la guerra y tuvo que conformarse con los diseñadores norteamericanos. Le gustaron especialmente Norman Norrell y Tony Traina. En septiembre de 1941, Simon temió que el país entrara en guerra, pese a las insistentes negativas de Roosevelt. La guerra no influyó para nada en la tienda, cuyas ventas aquel año superaron todas las anteriores. A los cuatro años de su inauguración, Zoya utilizaba los cinco pisos del edificio que Simon había tenido el acierto de comprar. Entretanto también había adquirido otras cuatro fábricas de tejidos en el Sur, y el negocio marchaba viento en popa. En el establecimiento de Zoya había toda una sección dedicada a los abrigos de Simon y ella bromeaba con su marido llamándole su proveedor favorito.
    El pequeño Matthew tenía dos años y era el preferido de todo el mundo, incluso de Sasha que, a sus dieciséis años, había adquirido una belleza impresionante. Era alta y delgada como la madre de Zoya, pero, en lugar del majestuoso porte de Natalia, tenía un toque de sensualidad que atraía a los hombres como la miel a las abejas. Zoya se alegraba de que estuviera aún en la escuela y llevase casi un año sin cometer ningún disparate. Como recompensa, Simon prometió llevarlos aquel invierno a esquiar a Sun Valley.
    El 7 de diciembre, se encontraban reunidos en la biblioteca estudiando los planes cuando Simon encendió la radio. Le gustaba escuchar las noticias cuando estaba en casa. Sosteniendo a Matthew sobre sus rodillas, la cara se le petrificó. Dejó al pequeño en brazos de Sasha y corrió a la habitación contigua en busca de Zoya. Estaba pálido como la cera cuando la encontró en su dormitorio.
    – ¡Los japoneses han bombardeado la base de Pearl Harbor, en Hawai!
    – Oh, Dios mío…
    Simon y Zoya fueron a la biblioteca, donde el locutor explicaba en tono sincopado lo ocurrido. Permanecieron todos en silencio mientras Matthew tiraba de la falda de su madre para llamar su atención. Zoya lo tomó en brazos y lo estrechó con fuerza. Nicolás tenía veinte años y ella no quería que muriera como su hermano en la Guardia Preobrajensky.
    – Simon… ¿qué pasará ahora?
    Pero ya lo sabía. Las predicciones de Simon se habían cumplido. Estados Unidos había entrado en guerra. El presidente Roosevelt lo anunció con profundo pesar. Al día siguiente Simon se alistó en el ejército. Tenía cuarenta y cinco años y Zoya le suplicó que no fuera, pero él la miró con tristeza.
    – Debo ir, Zoya. Me remordería la conciencia si me quedara aquí sentado sin hacer nada por la defensa de mi patria.
    Tenía que hacerlo no solo por su patria, sino también por todos los judíos de Europa. No podía permanecer ocioso cuando en el mundo estaban destruyendo la causa de la libertad.
    – Por favor… -le suplicó Zoya-, por favor, Simon no podría vivir sin ti. -Había pasado por aquella prueba otras veces, perdiendo a los seres que amaba y sabía que no podría resistirlo nuevamente-. Te quiero demasiado. No te vayas, te lo ruego…
    A pesar de las súplicas, no hubo modo de convencerlo.
    – Debo ir, Zoya.
    Aquella noche, mientras ambos permanecían tendidos el uno junto al otro en la cama, él la acarició con sus manos vigorosas y la estrechó contra sí. Zoya lloró desconsolada, temiendo perder al hombre al que tanto amaba.
    – No pasará nada -dijo Simon.
    – Eso no lo sabes. Te necesitamos demasiado como para que te vayas. Piensa en Matthew.
    Hubiera sido capaz de decirle cualquier cosa con tal de que se quedara, pero ni así logró persuadirlo.
    – Precisamente pienso en él. No merecerá la pena vivir en este mundo cuando él crezca si los demás no nos levantamos ahora y luchamos por la honradez y la justicia -dijo Simon.
    Aún le dolían los sucesos que ocurrieron en Polonia dos años antes. Ahora que su propio país había sido atacado, no tenía más remedio que hacer algo. Ni siquiera la pasión con que Zoya lo amó aquella noche ni sus renovadas súplicas lo apartaron de su propósito. A pesar de lo mucho que la quería, debía ir. Su amor por Zoya solo era equiparable a su sentido del deber para con la patria, por muy alto que fuera el precio que tuviera que pagar.
    Lo enviaron en tren a Fort Benning, en Georgia a los tres meses, y regresó a casa con un permiso de dos días, antes de marcharse a San Francisco. Zoya hubiera querido ir con él otra vez a la casita de la señora Whitman en Connecticut, pero Simon prefirió pasar sus últimos días en casa con la familia al completo. Nicolás se desplazó expresamente de Princeton para despedirlo, y ambos hombres se estrecharon solemnemente la mano en Grand Central Station.
    – Cuida de tu madre por mí -dijo Simon en voz baja en medio de la algarabía que los rodeaba.
    Hasta Sasha lloró. Y también lo hizo Matthew, aunque no comprendiera la razón. Él solo sabía que su papá se iba a un sitio y que su mamá y su hermana lloraban y Nicolás tenía la cara muy triste.
    Nicolás abrazó a quien había sido su padre durante cinco años y las lágrimas le asomaron cuando escuchó las palabras de Simon.
    – Cuídate, hijo.
    – Yo también quiero ir -dijo Nicolás, bajando la voz para que no lo oyera su madre.
    – Todavía no -le contestó Simon-. Primero procura terminar los estudios. De todos modos, es posible que te recluten.
    Sin embargo, Nicolás no quería que lo reclutaran. Deseaba ir a Inglaterra y pilotar aviones. Llevaba muchos meses pensándolo y en marzo ya no pudo seguir conteniéndose. Por aquel entonces Simon se encontraba en el Pacífico. Comunicó la noticia a su madre al día siguiente del decimoséptimo cumpleaños de Sasha. Zoya lloró, se enfureció con su hijo y no quiso ni oír hablar del asunto.
    – ¿No basta con que tu padre se haya ido, Nicolás?
    Así solía referirse Zoya a Simon sin que Nicolás pusiera el menor reparo. El muchacho amaba a aquel hombre como a un padre.
    – Mamá, tengo que ir. ¿Es que no lo entiendes?
    – Pues, no. Mientras no te llamen a filas, ¿por qué no te quedas donde estás? Simon quiere que termines los estudios, él mismo te lo dijo.
    Zoya trató desesperadamente de razonar con él, pero comprendió que no conseguiría disuadirlo de su propósito. Echaba mucho de menos a Simon y ahora no podía soportar la idea de que Nicolás también se fuera.
    – Volveré a Princeton cuando termine la guerra.
    Sin embargo, Nicolás pensó durante años que aquello era perder el tiempo. Princeton le gustaba mucho, pero él ansiaba entrar en el mundo real, trabajar como Simon y ahora luchar, tal como estaba haciendo su padrastro en el Pacífico. Simon les escribía siempre que podía, relatándoles todo lo que podía contarse. Zoya anheló que su marido estuviera en casa y pudiera convencer a Nicolás de que reanudara los estudios. Tras dos días de discusiones, Zoya comprendió que había perdido la batalla. Al cabo de tres semanas, Nicolás se marchó a Inglaterra para someterse a adiestramiento. Zoya se quedó sola en el apartamento, pensando en todo lo que había perdido y podía perder…, un padre, un hermano, un país… y ahora su marido y su hijo. Sasha había salido. Ni siquiera oyó el primer timbrazo. El timbre sonó una y otra vez, pero Zoya no quería abrir. Finalmente se levantó muy despacio. No quería ver a nadie. Solo deseaba el regreso a casa de los dos seres a quienes amaba, antes de que algo les ocurriera. Si les sucediera algo, no podría resistirlo.
    – ¿Sí?
    Había regresado de la tienda hacía una hora, pero ni eso conseguía distraerla de sus inquietudes. Pensaba constantemente en Simon y ahora tendría que preocuparse también por Nicolás, haciendo incursiones sobre Europa a bordo de un cazabombardero.
    El muchacho uniformado parecía muy nervioso. Odiaba aquel trabajo desde hacía varios meses. Miró a Zoya y pensó por qué no habrían enviado a otro. Era una mujer muy guapa, con el cabello pelirrojo recogido en un complicado moño. Lo miraba sonriendo, sin comprender lo que se le venía encima.
    – Un telegrama para usted, señora. -Y luego, mirándola como un niño triste, el soldado musitó-: Lo siento.
    Le entregó el telegrama y apartó el rostro.
    No quería ver sus ojos cuando lo abriera y lo leyera. La orla negra se lo anunció todo mientras Zoya contenía la respiración y rasgaba el telegrama. El ascensor acudió en auxilio del soldado y ya se había ido cuando ella leyó las palabras: «Lamentamos informarla de que su esposo, Simon Ishmael Hirsch, resultó muerto ayer…». El resto era todo borroso cuando Zoya cayó de rodillas en el recibidor, pronunciando su nombre entre sollozos y recordando de pronto a Nicolai, moribundo sobre el suelo de mármol del palacio de Fontanka.
    Lloró tendida en el suelo varias horas, ansiando sus dulces caricias, su presencia, el perfume de su colonia, el fresco aroma del jabón que utilizaba para afeitarse, cualquier cosa… Nunca más volvería a verlo. Simon se había ido como los demás.

45

    Cuando Sasha regresó a casa, encontró a su madre sentada en la oscuridad. Al averiguar el motivo, por una vez en su vida hizo lo que debía. Llamó a Axelle y esta acudió para ultimar los detalles del oficio religioso. Al día siguiente, el establecimiento de modas Condesa Zoya permaneció cerrado, con crespones negros en las puertas. Axelle se quedó en el apartamento con su amiga, la cual no podía pensar con coherencia y se limitaba a asentir con la cabeza. Axelle organizó en su nombre el servicio religioso, Zoya no estaba en condiciones de adoptar ninguna decisión.
    Su último acto de valentía consistió en acudir a casa de los padres de Simon en Houston Street. La madre de Simon gritó y gimió en brazos de su marido. Zoya se retiró en silencio, asida al brazo de Sasha. Estaba cegada por el dolor de la pérdida del hombre al que amó más que a ningún otro.
    La ceremonia religiosa fue una pesadilla, entre las extrañas salmodias y el incesante llanto de la madre de Simon. Axelle y Sasha tomaron las manos de Zoya y luego la llevaron de nuevo al apartamento.
    – Tienes que volver al trabajo cuanto antes -dijo Axelle casi con aspereza.
    Sabía por propia experiencia, cuando la muerte de su marido, lo fácil que sería para Zoya darse por vencida. Zoya no podía permitirse aquel lujo. Tenía tres hijos en quienes pensar y ya había sobrevivido a otras tragedias. Debía superar la situación. Zoya sacudió la cabeza y miró a Axelle mientras las lágrimas resbalaban lentamente por sus mejillas. Le parecía que ya no le quedaba nada por lo que vivir.
    – No puedo pensar en eso ahora. No me importa la tienda. Solo Simon.
    – Pues tienes que pensar. Eres responsable de tus hijos, de ti misma, de tus clientes…, y ahora tienes que hacerlo por Simon. Debes seguir adelante en su memoria, seguir construyendo lo que él contribuyó a crear. No puedes dejarlo todo ahora. La tienda fue un regalo que te hizo, Zoya.
    Era cierto, pero la tienda le parecía ahora una nimiedad sin importancia. Si no podía compartirla con Simon, ¿qué más daba?
    – Debes ser fuerte. -Axelle le ofreció a su amiga pelirroja una copa de coñac e insistió en que tomara un sorbo-. Bébetelo todo. Te sentará bien. -Zoya miró sonriendo a su amiga y de nuevo rompió a llorar-. No sobreviviste a la revolución y a todo lo sucedido después para darte ahora por vencida, Zoya Hirsch.
    Axelle la visitó cada día hasta que, al final, la convenció de que volviera a la tienda. Pareció un milagro que Zoya accediera a regresar, aunque solo fuera por unos minutos. Vestía de luto y llevaba medias negras, pero se encontraba de nuevo en su despacho. Al cabo de unos días, los minutos se convirtieron en horas. Al final, otra vez se sentó a su escritorio, aunque pasaba el rato con la mirada perdida en la distancia, recordando a Simon. Cada día iba a la tienda como una autómata. Por si fuera poco, Sasha empezaba a hacer de las suyas otra vez. Zoya se daba cuenta de que no podía controlarla. Solo podía sobrevivir día a día y hora a hora, escondida en su despacho, y regresar a casa por la noche para soñar con Simon. El solo hecho de ver al pequeño Matthew le destrozaba el corazón y le hacía recordar a su marido.
    Los abogados de Simon la llamaban desde hacía varias semanas, pero ella evitaba recibirlos. Simon había dejado a dos leales colaboradores al frente de las fábricas de tejidos y la fábrica de confección de abrigos. Zoya sabía que el negocio marchaba como la seda y bastante trabajo le costaba dirigir la tienda para encima tener que preocuparse por lo otro. Además, el hecho de hablar con los abogados sobre la herencia significaría reconocer que Simon ya no estaba, cosa que ella no podía aceptar. Estaba recordando aquel fin de semana con él en Connecticut cuando una de sus colaboradoras llamó suavemente a la puerta del despacho.
    – ¿Condesa?
    La mujer le habló desde el otro lado de la puerta mientras Zoya se enjugaba nuevamente las lágrimas. Sentada junto a su escritorio, contempló una fotografía de Simon. La víspera había discutido otra vez con Sasha, pero ni eso le parecía ahora importante.
    – Salgo enseguida.
    Zoya se sonó la nariz, se miró al espejo y se retocó el maquillaje.
    – Hay alguien aquí que desea verla.
    – No recibo visitas -contestó Zoya, entreabriendo la puerta-. Dígale que no estoy. -Después lo pensó mejor y añadió-: ¿Quién es?
    – Un tal señor Paul Kelly. Dice que es importante.
    – No lo conozco, Christine. Dígale que he salido.
    La chica parecía nerviosa. Le daba pena ver a Zoya tan triste desde la muerte de su marido, pero lo comprendía. Todo el mundo estaba preocupado por los maridos, los hermanos, los amigos y los temibles telegramas orlados de negro como el remitido a Zoya.
    Zoya cerró la puerta y rezó para que aquel día ningún cliente importante visitara la tienda. No podía soportar las miradas compasivas y las palabras amables. Volvieron a llamar. Era Christine, nerviosa y arrebolada.
    – Dice que esperará. ¿Qué hago?
    Zoya suspiró. No acertaba a imaginar quién podía ser. Tal vez el marido de una clienta, alguien temeroso de que ella le comentara a alguna esposa acerca de cierta amante. A veces, recibía visitas de ese tipo y siempre les aseguraba discreción. Se acercó nuevamente a la puerta, la abrió y miró a su colaboradora con expresión muy triste. El vestido y las medias negras acrecentaban la palidez y crispación de su rostro.
    – Muy bien. Dígale que pase.
    De todos modos, no tenía otra cosa que hacer. No lograba distraerse con nada, ni en casa ni en la tienda. Christine hizo pasar a un alto y distinguido caballero de ojos azules y cabello blanco, vestido con un traje azul oscuro. El hombre se sorprendió ante la belleza de Zoya, con aquellos ojos verdes que parecían atravesarlo todo.
    – ¿Señora Hirsch?
    No era frecuente que la llamaran de esa forma. Zoya asintió con la cabeza, preguntándose quién sería el visitante, aunque, en realidad, le daba igual.
    – ¿Sí?
    – Me llamo Paul Kelly. Nuestra firma está tratando el asunto de la… herencia de su marido. -Zoya le estrechó la mano y lo invitó a sentarse en un sillón frente a su escritorio-. Necesitábamos ponernos en contacto con usted. -El hombre la miró con amable expresión de reproche y Zoya observó que tenía unos ojos interesantes, un rostro típicamente irlandés y un cabello que antes de encanecer debía de ser negro como el azabache-. No ha contestado usted a nuestras llamadas.
    Al verla, el hombre comprendió el motivo y se compadeció de su dolor.
    – Lo sé -dijo Zoya, apartando la mirada-. A decir verdad -añadió, lanzando un suspiro-, no quería oír hablar de ustedes. Me obligaban a ver la realidad. Ha sido… -su voz se trocó en un susurro-, ha sido muy difícil para mí.
    El hombre la analizó en silencio. A pesar de su visible dolor, se intuía en ella una fuerza inusitada.
    – Lo comprendo. Pero necesitamos conocer sus deseos sobre ciertos asuntos. Queríamos sugerirle una lectura oficial del testamento, pero, dadas las actuales circunstancias… -Su voz se perdió mientras ella lo miraba a los ojos-. Tal vez bastará con que le diga que su marido les ha dejado casi todo a usted y a su hijo. A sus padres y a sus tíos les corresponderá una parte importante, al igual que a los dos hijos de usted, señora Hirsch. Unos legados muy generosos, debo decir. Un millón de dólares a cada uno, cuyo capital principal no podrán tocar, como es lógico, hasta alcanzar la mayoría de edad. Hay algunas condiciones que me parecen muy razonables. Nuestro departamento de fideicomisos lo ayudó en todo eso. -El hombre se detuvo al ver la mirada de Zoya-. ¿Ocurre algo? -preguntó.
    De pronto, lamentó haber efectuado la visita. Aquella mujer ni siquiera lo escuchaba.
    – ¿Un millón de dólares a cada uno?
    Era mucho más de lo que ella hubiera podido soñar, y eso que no eran hijos de Simon. Su amor por él volvió a atravesarla como un cuchillo.
    – Exactamente. Además, quiso garantizar al hijo de usted un puesto en la empresa, cuando sea mayor, claro. Es una empresa enorme formada por las seis fábricas de tejidos y la de confección, cuyo volumen de negocios se ha incrementado ahora notablemente gracias a los contratos de guerra firmados tras su desaparición…
    El hombre siguió hablando con voz monótona mientras Zoya trataba de asimilar los hechos. Era muy propio de Simon haber pensado en todos ellos, disponiendo que Nicolás tuviera parte en el negocio. Si hubiera vivido en lugar de legarles una fortuna…
    – ¿Qué contratos? -La mente de Zoya regresaba poco a poco a la vida. Tenía muchas cosas en que pensar, tenía todo lo que Simon había construido de la nada. Lo menos que podía hacer era prestar atención-. Él no me comentó ningún contrato de guerra.
    – Todavía no estaban concluidos cuando él se fue. Las fábricas suministrarán todos los tejidos para nuestros uniformes militares mientras dure la guerra.
    El hombre la miró, subyugado por su belleza y elegancia.
    – Oh, Dios mío… ¿Y eso qué significa en términos de ventas?
    Por un instante, a Zoya le pareció que Simon estaba allí. Comprendió lo contento que hubiera estado por los contratos. Cuando el abogado facilitó una idea aproximada de lo que significaría, Zoya no pudo creerlo.
    – Pero eso no es… posible.
    Zoya esbozó un amago de sonrisa. A sus cuarenta y tres años estaba arrebatadoramente bella.
    – Me temo que sí. Con franqueza, señora Hirsch, cuando termine la guerra usted y sus hijos serán inmensamente ricos. Y, si Nicolás se incorpora a la firma, el señor Hirsch previó un considerable porcentaje para él.
    Simon estuvo en todo, pero eso no era ningún consuelo para Zoya. ¿Qué iban a hacer con todo aquello sin Simon? Sin embargo, mientras escuchaba las palabras del abogado, comprendió que Axelle tenía razón. En memoria de su marido, tenía que continuar lo que él había construido. Era el último regalo de él y ella tenía que llevarlo adelante.
    – ¿Están capacitados para llevar estos asuntos los hombres que él dejó al frente del negocio? -preguntó Zoya, mirando a su interlocutor como si lo viera por primera vez.
    Cuando sonreía estaba más guapa que nunca, pensó el hombre.
    – Sí, creo que sí. Tendrán que responder de su actuación ante nosotros, claro, y ante usted -dijo el abogado, mirándola directamente a los ojos-. El señor Hirsch la designó directora de todas sus empresas. Tenía un gran respeto por su sentido comercial.
    El hombre apartó la mirada mientras Zoya rompía a llorar e intentaba decir algo con una voz que era un mero susurro. Simon significaba para ella mucho más que todas sus empresas, pero eso nadie podría comprenderlo jamás.
    – Lo quería mucho -dijo Zoya, levantándose para acercarse a la ventana que daba a la Quinta Avenida. No podía derrumbarse. Tenía que seguir adelante, por sus hijos y por él. Se volvió despacio y miró a Paul Kelly-. Gracias por venir -dijo entre lágrimas-. Quizá nunca hubiera contestado a sus llamadas.
    No quería enfrentarse con la pérdida de Simon, pero entonces supo que debería hacerlo.
    – Suponía el motivo -dijo el hombre, sonriendo con tristeza-. Por eso decidí venir personalmente. Espero que perdone mi osadía. Tiene usted una tienda muy bonita -añadió, mirando a su alrededor-. Mi mujer compra aquí siempre que puede.
    Zoya asintió, pensando en todos los clientes a los que había descuidado, pero no olvidado.
    – Dígale, por favor, que la próxima vez pregunte por mí. Podremos enseñarle lo que más le guste aquí en mi despacho.
    – Quizá sería mejor para mí que cerrara usted las puertas -contestó el hombre sonriendo. Después hizo algunas preguntas sobre Nicolás. Zoya le explicó que estaba en Londres, pilotando cazabombarderos con las fuerzas norteamericanas adscritas a la RAF-. Tiene usted muchas cosas en que pensar, ¿no es cierto, señora Hirsch? -Ella asintió en silencio y el abogado se conmovió. Había levantado un imperio, con la ayuda de su marido, por supuesto, pero parecía tan delicada como una mariposa-. Si puedo ayudarla en algo, le suplico que me lo diga.
    Pero ¿qué podía hacer él? Nadie podría devolverle a Simon, y eso era lo único que ella quería.
    – Quiero pasar algún tiempo en las oficinas de mi marido -dijo Zoya, frunciendo levemente el ceño-. Si voy a ser directora de sus empresas, tendré que familiarizarme con todo eso.
    Tal vez aquellas actividades la distraerían.
    – Sería muy conveniente. De eso pensaba encargarme yo mismo, pero tendré mucho gusto en compartir toda la información con usted. -El abogado era uno de los socios de un importante bufete jurídico en Wall Street, y Zoya calculó que debía llevarle unos diez años porque el juvenil brillo de sus ojos le hacía aparentar menos edad. Ambos conversaron un rato hasta que, al final, el hombre se levantó a regañadientes-. ¿Quiere que nos reunamos la semana que viene en el despacho de Simon en la Séptima Avenida o prefiere que le traiga aquí todo el material que pueda?
    – Me reuniré allí con usted. Quiero que sepan que los vigilamos, usted y yo -dijo Zoya y le estrechó la mano con una sonrisa en los labios-. Gracias, señor Kelly. Le agradezco que haya venido.
    – Estoy deseando empezar a trabajar con usted -contestó Kelly, mirándola con sus risueños ojos irlandeses.
    Zoya volvió a darle las gracias y, una vez sola, se sentó de nuevo en el sillón de su escritorio con la mirada perdida en el espacio. Las cifras de los contratos de guerra eran de vértigo. Para ser el hijo de un sastre del East End, Simon había llegado muy lejos. Contempló otra vez la fotografía de Simon y abandonó en silencio el despacho, recuperando de golpe su personalidad por primera vez desde que él muriera. Las dependientas se dieron cuenta de ello al pasar presurosas por su lado para atender a los clientes. Aquella tarde, Zoya tomó el ascensor y se detuvo en cada piso para ver qué tal iban las cosas. Ya era hora de que la vieran. Ya era hora de que la condesa Zoya siguiera adelante…, con el recuerdo de Simon siempre en su corazón… y con el de todas las personas a quienes amó. Sin embargo, ahora no podía pensar en ellas. Tenía mucho que hacer. Por Simon.

46

    A finales de 1942, Zoya adquirió la costumbre de pasar un día entero a la semana en las oficinas de Simon en la Séptima Avenida, casi siempre con Paul Kelly. Al principio, se llamaban ceremoniosamente «señor Kelly» y «señora Hirsch». Ella lucía sencillos vestidos negros y él trajes azul oscuro a rayas. Con el paso de los meses, nació en aquella relación laboral un toque de humor. Paul contaba chistes muy divertidos y Zoya lo hacía reír con anécdotas de la tienda, y solía vestir prendas más desenfadadas. Paul, por su parte, se quitaba a menudo la chaqueta y se arremangaba la camisa. Estaba asombrado de la agudeza comercial de Zoya. Con razón la respetaba Simon. Al principio, a Paul le pareció una locura que la nombrara directora, pero Simon era tremendamente listo y ella lo superaba con creces, sin perder en ningún momento su feminidad. Aunque nunca levantaba la voz, todo el mundo sabía que no toleraría ninguna estupidez por parte de nadie. No se le escapaba el menor detalle y estudiaba siempre con gran detenimiento los libros de contabilidad.
    – ¿Cómo llegaste a todo esto? -preguntó Paul un día mientras almorzaban en el despacho de Simon a base de bocadillos.
    El bufete jurídico de Atherton, Kelly y Schwartz acababa de sustituir a uno de los dos gerentes principales de Simon, y tenían que reorganizar muchas cosas.
    – Por error -contestó Zoya, y entre risas le describió su época de corista de variedades, su trabajo en el salón de Axelle y su actuación en el Ballet Russe hasta llegar finalmente a la tienda, cuyo éxito había traspasado los límites de la ciudad.
    Por su parte, Paul había estudiado en Yale y después se había casado con una joven de la alta sociedad de Boston, llamada Allison O’Keefe. Tuvieron tres hijos en cuatro años. Él siempre se refería a ella con respeto, aunque sin el menor fulgor de emoción en los ojos. Zoya no se sorprendió lo más mínimo cuando una tarde, tras una agotadora jornada de trabajo, él le confesó que no le apetecía regresar a casa.
    – Desde hace mucho tiempo Allison y yo somos unos extraños el uno para el otro.
    Zoya no le envidiaba. Simon y ella siempre habían sido muy amigos, aparte de la mutua atracción física que sentían y que ella todavía recordaba con anhelo.
    – ¿Por qué sigues casado con ella?
    Todo el mundo se divorciaba a la primera de cambio. Zoya adivinó la respuesta antes de escucharla.
    – Los dos somos católicos, Zoya. Ella nunca accedería a concederme el divorcio. Lo intenté hace unos diez años. Tuvo una crisis nerviosa, o eso dijo, y ya nunca volvió a ser la misma. No puedo dejarla ahora. Y, además… -Paul dudó un poco y después decidió sincerarse con ella. Eran muy amigos desde hacía un año y conocía su discreción-. Aunque me duela decirlo, mi mujer bebe. No podría perdonarme que le ocurriera algo.
    – No te lo debes pasar muy bien. -Una gélida señorita de la alta sociedad de Boston que se emborrachaba y no quería concederle el divorcio. Zoya se estremeció al pensarlo, pese a que en la tienda trataba con muchas mujeres de aquella clase, que compraban porque se aburrían y nunca llegaban a ponerse lo que se llevaban a casa porque, en realidad, su aspecto no les preocupaba demasiado-. Te sentirás muy solo -añadió, mirándolo con dulzura.
    Paul tuvo que hacer un esfuerzo para no revelarle más detalles. Tenía que trabajar con ella todas las semanas y sabía la lección desde hacía mucho tiempo. Hubo otras mujeres en su vida, pero ninguna significó demasiado. Eran simplemente mujeres con quienes charlaba o hacía el amor de vez en cuando. Nunca había conocido a nadie como Zoya y probablemente nunca sintió por nadie lo que sentía por ella.
    – Me distraigo con el trabajo -dijo-, igual que tú.
    Zoya desarrollaba una intensa actividad y solo vivía para el trabajo y los hijos a quienes tanto amaba.
    En 1943 decidieron cenar juntos todos los lunes al salir de las oficinas de Simon. Era una ocasión para examinar con más detenimiento lo que habían hecho durante el día. Solían acudir a pequeños restaurantes en los alrededores de la Séptima Avenida.
    – ¿Cómo está Matt? -preguntó Paul una noche de primavera.
    – ¿Matthew? Pues muy bien. -El niño tenía tres años y medio y era un encanto-. Es la alegría de la casa.
    Le pareció curioso que aquel niño en principio no deseado fuera ahora su mayor consuelo. Sasha no paraba nunca en casa y, a sus dieciocho años, era una joven muy guapa. Paul sospechaba que debía de causarle a Zoya muchos problemas. Más de una vez Zoya le había comentado sus temores de que no terminara los estudios. Nicolás estaba todavía en Londres y ella rezaba día y noche para que pronto regresara a casa sano y salvo.
    – ¿Y tus hijos cómo están, Paul?
    No solía hablar mucho de ellos. Sus dos hijas estaban casadas, una en Chicago y otra en la Costa Oeste, y su hijo andaba por la isla de Guam. Tenía dos nietos en California a los que apenas veía. A su mujer no le gustaba ir a California y él temía dejarla sola en casa.
    – Mis hijos están bien, supongo -contestó con una leve sonrisa-. Hace tanto tiempo que abandonaron el nido que apenas sé nada de ellos. Su infancia no fue muy fácil que digamos, por culpa de la afición de Allison a la bebida. Esas cosas dejan huellas muy profundas. Por cierto, ¿qué tal van las cosas en la tienda? -preguntó, para cambiar de tema.
    – No hay muchas novedades. Hemos inaugurado una sección para hombres y vamos a probar nuevas líneas. Será bonito viajar otra vez a Europa después de la guerra para adquirir modelos.
    Sin embargo, los combates seguían arreciando en la otra orilla del Atlántico y el final no parecía muy cercano.
    – Me gustaría regresar alguna vez a Europa. Yo solo -dijo Paul.
    Cuidar de su mujer no era precisamente muy agradable. Allison iba de bar en bar o bien se encerraba en su habitación fingiendo fatiga para que no se le notara la borrachera. A Zoya la sorprendía que él pudiera soportar esa situación. Debía de ser una carga terrible, pensó una noche en que lo invitó a subir a tomar una copa a su casa tras haber cenado juntos. Paul solo había estado en su apartamento una vez y lo recordaba cálido y acogedor. Por eso aceptó de buen grado y se arrellanó en el sofá de la biblioteca mientras ella le servía una copa. La criada había salido y Sasha aún no había vuelto a casa. Solo estaba Matthew, durmiendo en su habitación con la niñera.
    – Deberías tomarte unas vacaciones alguna vez, Paul. Vete solo a California y visita a tus hijos. ¿Por qué tienes que destrozarte la vida por culpa de tu mujer?
    – Tienes razón, pero ir solo no me apetece.
    Paul era muy sincero con ella. Tomó un sorbo de su bebida y contempló a Zoya, vestida de blanco y con el cabello recogido hacia atrás.
    – No, no es muy divertido hacer solo las cosas -dijo Zoya sonriendo-. Pero yo me estoy acostumbrando.
    Fue horrible tener que aprender a vivir sin Simon.
    – No te acostumbres, Zoya. Es un asco. -Paul lo dijo con tal vehemencia que casi sobresaltó a Zoya-. Te mereces algo más.
    Paul, que había pasado toda la vida solo, no quería que a ella le ocurriera lo mismo. Era vibrante y hermosa, y se merecía algo más que la soledad que él conocía tan bien.
    – Tengo cuarenta y cuatro años y ya es tarde para volver a empezar -dijo Zoya riéndose.
    Además, sabía que ningún hombre podría sustituir jamás a Simon.
    – No digas tonterías, yo tengo casi cincuenta y cinco años y, si tuviera la ocasión de empezar de nuevo, lo haría de mil amores.
    Era la primera vez que Paul le confesaba ese deseo. Zoya contempló sus largas piernas, su cabello blanco perfectamente peinado y sus brillantes ojos azules. Lo pasaba muy bien con Zoya y toda la semana aguardaba con ansia sus encuentros del lunes. Eran lo único que le permitía seguir adelante.
    – Ya estoy bien así -dijo Zoya.
    Se mentía más a sí misma que a Paul. No era feliz, pero tenía que conformarse con lo que tenía.
    – No es cierto. ¿Cómo vas a estar bien?
    – Porque no tengo otra cosa -contestó en voz baja.
    Prefería resignarse en lugar de ansiar un pasado perdido para siempre. Lo intentó otras veces y no quería repetir el error. Tenía que conformarse con sus hijos, su trabajo y con sus charlas con Paul Kelly una vez a la semana.
    Sin una palabra, Paul posó la copa y fue a sentarse al lado de Zoya, clavando en ella sus ojos intensamente azules.
    – Quiero decirte una cosa. No puedo hacer nada al respecto y tampoco te puedo ofrecer nada en estos momentos, pero… te amo, Zoya. Desde el día en que nos conocimos. Eres lo mejor que me ha ocurrido en la vida. -Zoya lo miró perpleja. Después, él la tomó inesperadamente en sus brazos y la besó en la boca mientras todo su cuerpo se estremecía de pasión-. Eres tan hermosa y tan fuerte…
    – No digas eso, Paul, por favor…
    Zoya hubiera querido apartarlo, pero no pudo. Se sentía culpable por el hecho de desearlo. Le parecía una traición al recuerdo de Simon, pero tampoco pudo evitar besarlo y aferrarse a él como si estuviera a punto de ahogarse.
    – Te quiero mucho -le susurró Paul, estrechándola en sus fuertes brazos sin poder contener su emoción-. Vámonos a algún sitio… -añadió sonriendo-, lejos…, nos sentará bien.
    – No puedo.
    – Pues claro que puedes… Los dos podemos.
    Paul rebosaba entusiasmo. Los años parecieron esfumarse mientras miraba a Zoya. Se sentía joven y no permitiría que se le escapara de las manos. Si tenía que vivir con Allison el resto de su vida, por lo menos tendría a Zoya aunque solo fuera por un instante.
    – Es una locura, Paul -dijo Zoya, apartándose.
    Después se levantó y contempló las fotografías de Simon, sus trofeos, sus tesoros y sus libros de arte.
    – No tenemos ningún derecho a hacer esto -dijo Zoya.
    Sin embargo, Paul no estaba dispuesto a perderla. Si ella le hubiera abofeteado el rostro, le hubiera pedido disculpas y se hubiera marchado; pero acababa de comprender que ella le quería tanto como él a ella.
    – ¿Por qué no? ¿Quién ha establecido las normas? Tú no estás casada. Yo lo estoy, pero no de una manera significativa. Hace años que no. Estoy atrapado en un matrimonio de apariencias con una mujer que ni siquiera sabe que estoy vivo y que desde hace años no me quiere, si alguna vez me quiso, cosa que dudo bastante… ¿Acaso no tengo derecho a algo más? Estoy enamorado de ti.
    – ¿Por qué? -preguntó Zoya, mirándolo mientras él buscaba en sus ojos lo que tanto ansiaba encontrar-. ¿Por qué me quieres, Paul?
    – Porque eres exactamente lo que siempre quise.
    – No podría darte mucho -dijo Zoya, mostrándose tan sincera con él como antes lo fuera con Clayton y Simon.
    – Lo sé, pero me bastará un poco de ti.
    Paul volvió a besarla y, ante su asombro, Zoya no ofreció resistencia.
    Después, ambos pasaron varias horas conversando tranquilamente en el salón. Pasaba la medianoche cuando Paul se fue, prometiendo llamarla al día siguiente.
    Sentada en el salón de su apartamento, Zoya se sintió culpable. No estaba bien lo que había hecho, ¿verdad? ¿Qué pensaría Simon? Simon no pensaría nada porque ya no estaba. Ella, en cambio, se sentía viva y Paul Kelly no le era indiferente. Valoraba su amistad y había despertado en ella algo que ya creía olvidado. Se encontraba todavía en el salón, pensando en él, cuando oyó llegar a Sasha. La joven se dirigió a su habitación. Llevaba un llamativo vestido rojo, se le había corrido el maquillaje y tenía una cara muy rara. Zoya advirtió que llevaba unas copas de más. Ya había ocurrido otras veces y estaba harta de tener que discutir constantemente con ella.
    – ¿Dónde estuviste?
    – Por ahí -contestó Sasha, volviéndose de espaldas para que su madre no pudiera verle la cara. Zoya tenía razón. Había bebido, pero estaba preciosa.
    – ¿Haciendo qué?
    – Cenando con un amigo.
    – Sasha, solo tienes dieciocho años, no puedes andar por ahí como si tal cosa.
    – Me graduaré dentro de dos meses, ¿qué importa eso ahora?
    – A mí me importa muchísimo. Tienes que comportarte como es debido. Si haces locuras, la gente nos criticará porque todo el mundo sabe quién eres tú y quién soy yo. No querrás que eso ocurra, Sasha. Ten un poco de juicio, por favor.
    Pero no era probable que lo tuviera. Tras la muerte de Simon y la partida de su hermano, Sasha se desbocó. Zoya había perdido la esperanza de controlarla y temía perderla del todo. Más de una vez, la joven había amenazado con marcharse de casa, lo cual hubiera sido mucho peor. Estando en casa, por lo menos, Zoya tenía alguna idea de lo que hacía y adónde iba.
    – Todo eso son idioteces anticuadas -dijo Sasha, arrojando el vestido al suelo y paseando en bragas por la habitación-. La gente ya no cree en esa basura.
    – La gente sigue creyendo en lo mismo que antes. Este año te presentarás en sociedad. No querrás que digan cosas feas de ti, cariño. -Sasha se encogió de hombros sin responder. Cuando Zoya se acercó para darle el beso de buenas noches, aspiró el olor a alcohol de su aliento y el del humo que impregnada su cabello-. No quiero que bebas -dijo, y suspiró.
    – ¿Por qué no? Soy mayor de edad.
    – No se trata de eso.
    Sasha se encogió nuevamente de hombros y se volvió de espaldas hasta que su madre se retiró. De nada servía hablar con la chica. Zoya estaba deseando que Nicolás regresara a casa. Tal vez él consiguiera convencerla. Solo él podría hacerlo. De pronto, Zoya se preguntó qué ocurriría cuando Sasha tomara posesión del dinero que Simon le había legado. Se volvería loca, si alguien no la hacía entrar primero en cintura. Todavía estaba pensando en ello cuando sonó el teléfono. Era la una de la madrugada. El corazón se le detuvo por un instante, temiendo alguna mala noticia. Pero era Paul. Estaba en casa y había decidido llamarla. Allison dormía en su habitación y él se sentía más solo que nunca.
    – Quería decirte lo mucho que ha significado esta noche para mí. Me has dado algo muy hondo.
    – No lo sé, Paul -contestó Zoya en un susurro.
    En su opinión, le había dado muy poco. Unos cuantos besos y el calor de un instante.
    – Mi vida vuelve a tener sentido gracias a ti. Nuestras noches de los lunes me ayudan a superar el resto de la semana.
    En aquel momento Zoya se percató de lo mucho que a ella también le gustaban aquellas veladas. Paul era un hombre inteligente, amable y simpático.
    – Te echaré de menos esta semana -dijo Paul-. ¿Crees que el mundo se derrumbaría si nos viéramos un martes? -preguntó con una sonrisa.
    – ¿Y tú crees que deberíamos intentarlo? -replicó Zoya con audacia. Y ambos se echaron a reír como niños. -Vamos a almorzar mañana y lo averiguaremos.
    Paul llevaba mucho tiempo sin sentirse tan feliz y alborozado.
    – ¿Crees que debemos?
    Zoya hubiera querido sentirse culpable, pero no podía. Tenía la extraña sensación de que Simon lo había comprendido.
    – ¿Mañana a la una?
    – Más bien a las doce -dijo Zoya.
    Cuando colgó el auricular le tembló la mano. Era una locura y, sin embargo, no quería detenerse. Recordó el contacto de sus labios en la biblioteca y sintió que todo era dulce e inocente a la vez. Paul era su amigo, con independencia de lo que pudiera ocurrir después. Era alguien con quien podía trabajar y conversar, y comentar sus negocios y los asuntos de sus hijos. Paul la escuchaba con interés y parecía preocuparse por ella. Zoya se preguntó si habría algo de malo en ello, pero aquella noche vio en sueños a Simon, sonriendo de pie al lado de Paul Kelly.

47

    Paul se presentó en la tienda poco antes de las doce. Llamó suavemente a la puerta del despacho y sonrió al verla sentada a su escritorio. La encontró repasando muy seria su trabajo, con un lápiz sujeto en el cabello.
    – Qué imagen tan habitual -dijo sonriendo mientras ella levantaba la mirada de los papeles-. ¿Demasiado ocupada, Zoya? Si quieres, vuelvo más tarde.
    – No, no te preocupes. No es urgente.
    Zoya disfrutaba con aquella amistad y Paul había pasado todo el día soñando con ese momento. Cuando ella se levantó para recoger el bolso, Paul admiró su belleza.
    – ¿Has tenido un día muy ajetreado? -preguntó con su cálida sonrisa irlandesa.
    – No demasiado -contestó Zoya, alegrándose de que hubiera venido a verla. Le resultaba más fácil reunirse con él allí que en el despacho de Simon. Aquello era su terreno y en él Paul solo podría compartir su presente, no su pasado.
    Almorzaron en el 21 y permanecieron conversando hasta las tres de la tarde. En la mesa de al lado vieron a Spencer Tracy con una mujer que llevaba un gran sombrero y gafas oscuras. Zoya se preguntó quién sería, pero a Paul no le interesaba en absoluto. No le quitaba a Zoya los ojos de encima ni un solo momento.
    – ¿Por qué lo haces? -preguntó ella finalmente, buscando la respuesta en sus ojos.
    Pero en ellos solo encontró dulzura, fortaleza y honradez de sentimientos.
    – Porque te amo -contestó él en un susurro-. No quería enamorarme de ti, pero no pude evitarlo. ¿Tan mal te parece?
    – No es que esté mal, Paul, pero… -Zoya vaciló antes de seguir adelante-. ¿Qué ocurrirá si cedemos a nuestras inclinaciones? Unos momentos robados de vez en cuando. ¿Es eso lo que quieres?
    – Si no puede haber otra cosa, me daré por satisfecho. Las horas que paso contigo son muy valiosas para mí. -Paul había intuido instintivamente que ella no deseaba otra cosa de él. Tenía sus hijos, su tienda, los recuerdos de Simon-. No te pediré más. No tengo ningún derecho. Nunca te mentiré. Sabes que no puedo dejar a Allison, y, si lo que te ofrezco no es suficiente, lo comprenderé -añadió, tomando su mano en la suya bajo la mesa-. Quizá soy un egoísta.
    Zoya sacudió la cabeza mientras Spencer Tracy reía a su lado. Se preguntó otra vez quién sería aquella mujer y por qué parecía tan dichosa.
    – De todos modos, no creo que esté preparada para algo más que eso. Puede que nunca lo esté. Quería mucho a Simon.
    – Lo sé.
    – Pero creo que también te quiero a ti… -añadió Zoya en voz baja.
    Nunca pensó que fuera posible, pero le gustaba la compañía de aquel hombre. Confiaba en él y lo respetaba.
    – No te pediré más de lo que tú quieras darme. Lo comprenderé. -Zoya no podía exigirle más. Después, armándose de valor, Paul preguntó sonriendo-: ¿Te irás conmigo algún día, cuando estés preparada?
    Zoya lo miró largo rato antes de asentir lentamente con la cabeza.
    – No sé cuándo será, pero aún no estoy preparada.
    No estaba preparada para ser infiel al recuerdo de su marido, a pesar de que los besos de Paul la habían turbado profundamente.
    – No quiero atosigarte. Puedo esperar. Incluso toda una vida.
    Ambos se miraron sonriendo. Paul no se parecía nada a Simon, con su impaciencia y entusiasmo vital, ni a Clayton, con sus pausados modales aristocráticos. Paul Kelly tenía su propio estilo.
    – Gracias, Paul.
    Zoya lo miró agradecida y se inclinó hacia él en silencio para besarlo.
    – Cenaremos juntos siempre que podamos -dijo Paul, esperanzado.
    – ¿Y qué dirá Allison?
    – Ni siquiera se dará cuenta.
    Zoya volvió a besarlo como si con ello quisiera borrar todos sus años de sufrimiento y soledad. Ambos estaban solos, pero los ratos que pasaban juntos eran siempre de alegría y felicidad. Juntos tomaban importantes decisiones sobre el negocio de Simon y comentaban las actividades de la tienda o el comportamiento del pequeño Matthew.
    Cuando Paul la acompañó a la tienda, ambos se sorprendieron de que ya fueran casi las cuatro.
    – ¿Quieres que cenemos juntos el viernes por la noche o lo dejamos para el lunes? -preguntó Paul.
    Zoya sabía que Sasha pasaría el fin de semana fuera y deseaba ver otra vez a Paul antes de su habitual encuentro del lunes.
    – Me encantaría cenar juntos el viernes -contestó fijando sus ojos verdes en los de Paul.
    – Debo de haber hecho alguna buena obra en mi vida para que ahora tenga tanta suerte.
    – No seas tonto.
    Zoya lo besó en la mejilla y él prometió llamarla.
    Zoya también pensaba llamarlo, aunque tuviera que utilizar la excusa del negocio.
    Sin embargo, el ramo de rosas que recibió aquella tarde no tuvo nada que ver con el negocio. Eran dos docenas de rosas blancas; en una ocasión ella le había mencionado que le encantaban. Y Paul nunca se olvidaba de nada. La tarjeta decía: «Nada de momentos robados, mi querida Zoya, solo prestados. Gracias por el préstamo y por los maravillosos momentos. Con cariño, P.». Zoya leyó el texto de la tarjeta sonriendo, la guardó en el bolso y abandonó el despacho para atender a sus clientes. No cabía duda de que Paul había añadido una nueva emoción a su vida, algo que ella ya casi había olvidado…, el contacto de una mano y la mirada de un hombre que se preocupaba por ella y quería estar a su lado. No sabía adónde la conduciría la vida más adelante. Tal vez a ninguna parte. Pero, entretanto, sabía que necesitaba a Paul, de la misma manera que él la necesitaba a ella. Reanudó su trabajo como si caminara entre nubes y ni siquiera se sintió culpable.
    – ¿A quién vio usted este mediodía a la hora del almuerzo? -le preguntó su encargada con curiosidad cuando ya se disponían a cerrar la tienda.
    No era frecuente que Zoya dejara la tienda a la hora del almuerzo.
    – A Spencer Tracy -contestó Zoya en tono confidencial.
    – Ya -dijo la chica, sonriendo.
    Sin embargo, era cierto. Vio a Spencer Tracy… y a Paul Kelly.

48

    Paul y Zoya siguieron reuniéndose cada lunes por la tarde en las oficinas de Simon. Trabajaban duro, cenaban tarde y, siempre que podían, iban a pasar el fin de semana fuera y paseaban por la playa, hablaban de sus vidas y hacían el amor, pese a que para ellos su amistad era siempre mucho más importante que el sexo. Después regresaban a Nueva York, a sus vidas cotidianas y a las personas de su entorno habitual. Ambos estaban tremendamente ocupados y Zoya nunca se llamaba a engaño en cuanto a la posibilidad de casarse con Paul. No cabía esperar tal cosa. Paul era un amigo muy especial y, a lo largo de los años, mientras presidían juntos los consejos de administración, ambos pudieron enorgullecerse de que nadie conociera su íntima relación, ni siquiera los hijos de Zoya. Matthew apreciaba mucho a Paul y Sasha simplemente lo toleraba. La joven estaba demasiado ocupada en su propia vida y no se interesaba por su madre ni parecía darse cuenta de nada. Por su parte, Nicolás seguía combatiendo en Europa con la RAF.
    El presidente Roosevelt murió el 12 de abril de 1945. Tres semanas más tarde terminó la guerra en Europa. Zoya recibió la noticia con lágrimas en los ojos. Su hijo estaba vivo y regresó a casa el mismo día en que cumplía veinticuatro años. Dos días después terminó también la guerra en el Pacífico. Hubo fiestas interminables y desfiles por la Quinta Avenida. Zoya cerró la tienda y, al regresar a casa, encontró a Nicolás, de pie junto a la ventana del salón, contemplando el júbilo de la gente en las calles mientras las lágrimas resbalaban lentamente por sus mejillas.
    – Ojalá papá viviera para ver este día -dijo en un susurro mientras Zoya lo miraba con cariño.
    De uniforme se parecía más que nunca a su tío Nicolai. Estaba hecho todo un hombre y a Zoya no la sorprendió que no deseara regresar a Princeton. Quería aprender todo lo necesario sobre el imperio que Simon había dejado a su muerte. Paul le facilitó toda clase de explicaciones y Nicolás se llevó una sorpresa al saber que había heredado tanto dinero. Sasha también sabía que al año siguiente heredaría mucho dinero, aunque todavía no sabía cuánto. Nicolás se escandalizó ante el comportamiento de su hermana. Sasha volvía a casa a altas horas de la madrugada, casi siempre borracha como una cuba, y no admitía que nadie le hiciera el menor reproche. Una noche, la joven regresó a casa temprano y fue a dormir la borrachera a su habitación. La había acompañado un chico de uniforme tan borracho que apenas podía tenerse en pie.
    – ¿No podrías hacer algo, mamá? -preguntó Nicolás a Zoya-. Ha perdido totalmente el control.
    – Ya es mayor para que le dé una paliza, Nicolás, y no puedo encerrarla bajo llave en su dormitorio.
    – Me gustaría intentarlo -dijo Nicolás con gesto sombrío.
    A la mañana siguiente, cuando habló con su hermana, todo fue inútil. Aquella noche, Sasha volvió a salir y no regresó hasta pasadas las cuatro de la madrugada.
    Estaba más guapa que nunca porque era demasiado joven para que sus excesos se reflejaran en su rostro, pero Zoya sabía que, a la larga, pagaría el precio. En diciembre, Sasha se fugó y se casó con un chico al que había conocido apenas tres semanas antes. El hecho de que fuera hijo de un conocido jugador de polo de Palm Beach no fue ningún consuelo para Zoya. El muchacho llevaba una vida tan alocada como Zoya, y ambos pasaban las noches bailando y bebiendo sin parar. La cosa se complicó cuando Sasha volvió a Nueva York en marzo y comunicó a su madre que para septiembre esperaba un hijo.
    – Más o menos el día del cumpleaños de Matthew -dijo, sin concretar más detalles.
    Matthew contaba seis años y medio y tenía los mismos grandes ojos castaños de Simon y su misma dulzura de carácter. Adoraba a Nicolás, pero procuraba mantenerse apartado de su hermana, que ante el niño solía mostrarse indiferente o bien abiertamente antipática. Sasha tenía veintiún años y la herencia de Simon solo sirvió para precipitar su destrucción.
    En junio regresó a casa y dijo que Freddy la engañaba. Para vengarse, se compró un nuevo coche y dos pulseras de brillantes, se acostó con un amigo de su marido, a pesar de su estado, y regresó a Palm Beach. Zoya no podía hacer nada. Ya ni siquiera Nicolás quería hablar del asunto. Zoya le comentaba sus penas a Paul y este intentaba consolarla lo mejor que podía.
    Los fines de semana Nicolás se llevaba a Matthew a pescar y algunos días iban al parque a jugar a pelota. Aunque tenía mucho trabajo, siempre intentaba buscar algún hueco para su hermano, lo cual le permitía a Zoya disfrutar de algunos momentos de intimidad con Paul Kelly. Las relaciones entre ambos se desarrollaban con total discreción, y Nicolás nunca supo lo que ocurría.
    A finales de agosto, Sasha dio a luz a una preciosa niña de cabello pelirrojo. Zoya fue a verla a Florida. Era pequeña y encantadora, pero su madre no sentía el menor interés por ella. Casi inmediatamente después del parto, Sasha reanudó sus juergas y sus carreras en lujosos automóviles, con o sin la compañía del complaciente Freddy. Zoya nunca sabía dónde estaban y la pequeña era atendida únicamente por una niñera. Durante las escasas conversaciones telefónicas que mantuvieron, Zoya trató de convencer a su hija de que cambiara de vida, pero Sasha no le hacía el menor caso. Nicolás tampoco sabía nada de su hermana. La joven había desaparecido de sus vidas y Zoya lamentaba no poder ver a la pequeña Marina. Cuando sonó el teléfono en Nochebuena, Zoya confió en que fuera Sasha. Estaba cenando con Nicolás y Matthew se había ido a la cama, tras adornar el árbol navideño. Tenía siete años y aún creía en Papá Noel aunque Zoya sospechaba que aquel sería el último año. Era la alegría de su vida, pensó Zoya, y tomó con una sonrisa el teléfono.
    – ¿Diga?
    Era la policía del estado de Florida. A Zoya se le detuvo el corazón de golpe e intuyó el motivo de la llamada. Inmediatamente se confirmaron sus peores temores. Sasha y Freddy habían sufrido un accidente mortal cuando regresaban de una fiesta a casa. Zoya colgó el auricular y miró a Nicolás sin poder hablar. A los pocos minutos, llamó la niñera de la pequeña Marina, llorando histéricamente sin que Nicolás consiguiera calmarla. Cuando la niñera explicó los detalles, Nicolás miró horrorizado a su madre. Zoya se culpó de lo ocurrido e insistió en que no había hecho todo lo debido para ayudar a su hija, y ahora era demasiado tarde…
    – De pequeña era tan bonita… -dijo con la voz ahogada por el llanto.
    Pero Nicolás recordaba otras cosas. Por ejemplo, lo mimada que estaba Sasha y lo egoísta que siempre fue con su madre. A Zoya no le parecía justo. Sasha tenía solo veintiún años y se había desvanecido como una fulgurante estrella fugaz en una oscura noche estival. Había desaparecido para siempre.
    Al día siguiente Nicolás voló a Florida y regresó con el cuerpo de su hermana y la pequeña Marina. Fueron unas Navidades muy tristes para Zoya, que abrió los regalos de Matthew con manos temblorosas, reprimiendo las lágrimas mientras se preguntaba si hubiera podido hacer algo más por su hija. Tal vez si se hubiera quedado en casa en lugar de ir a trabajar, si Clayton no hubiera muerto… o si no hubiera muerto Simon…, o tal vez si… La angustia era su peor enemiga, pensó, procurando concentrarse en Matthew. El niño estaba muy tranquilo y no parecía darse cuenta de nada. Pero Zoya se percató de que lo había comprendido todo muy bien cuando la miró con sus grandes ojos castaños y le preguntó en un susurro:
    – ¿Estaba otra vez borracha, mamá?
    Zoya se escandalizó ante las palabras de Matthew. Pero el chiquillo tenía razón. Sosteniendo a la hija de Sasha en brazos, no pudo negarlo. Aquella noche, Zoya contempló a la niña mientras abría los ojos y bostezaba medio dormida. Tenía cuatro meses y solo contaba con Zoya y con sus tíos Matthew y Nicolás.
    – Soy demasiado mayor para eso -le dijo Zoya a Paul esa noche, cuando este telefoneó como de costumbre.
    – Qué va, mujer. Estará mejor contigo de lo que hubiera estado con ellos. Es una niña afortunada.
    Y él también se consideraba un hombre afortunado porque podía compartir su vida con ella. Las cualidades que adornaban a Zoya irradiaban a cuantos la rodeaban… menos a Sasha. Aquella noche Zoya volvió a reprocharse el no haber sabido ayudar a su hija. Pero ¿cómo hubiera podido hacerlo? Jamás averiguaría la respuesta. Lo único que podía hacer para compensar sus errores era amar a Marina como si fuera su propia hija. Colocó la cuna al lado de su cama y, contemplando a la chiquilla dormida, con sus ojos cerrados, su tibia piel y su cabello pelirrojo como el suyo, prometió cuidar de ella y hacer todo lo que pudiera. Un sollozo se ahogó en su garganta al recordar la noche en que Sasha y Nicolás casi perecieron en el incendio…, la pequeña Sasha tendida en la acera mientras los bomberos intentaban reanimarla hasta que, al final, la niña se movió y Zoya la estrechó en sus brazos, llorando tal como lloraba ahora al recordarla… ¿Cómo era posible que las cosas hubieran ido tan mal? Después de tantos esfuerzos, al final había perdido a Sasha cuando solo contaba veintiún años.
    El funeral se celebró dos días más tarde. Asistieron algunas compañeras de escuela y varias personas que Sasha conoció en Nueva York. Todos compadecieron a Zoya cuando abandonó la iglesia entre Nicolás y Matthew. Zoya vio a Paul solemnemente de pie en el último banco, tratando de transmitirle con la mirada todo lo que sentía por ella. Lo miró un momento y siguió adelante, flanqueada por sus dos hijos. La pequeña Marina, con toda la vida por delante, esperaba en casa, durmiendo en su cuna junto a la cama de Zoya.

49

    El año 1947 fue el del New Look de Dior, y Zoya viajó a París con Matthew y Marina para encargar los pedidos de las nuevas colecciones. Matthew tenía casi ocho años, pero Marina era todavía un bebé. Visitaron la torre Eiffel, pasearon por las orillas del Sena y vieron las Tullerías, donde ella solía ir con Eugenia en otros tiempos.
    – Háblame de tu abuela -le dijo Matthew.
    Zoya miró sonriendo a su hijo y le habló de las troikas en Rusia cuando ella era pequeña, de sus juegos y de las personas que conoció. Era una forma de compartir su historia con él. Más tarde, pasaron unos días en la Costa Azul, y al año siguiente Zoya viajó a Roma con los dos niños. Llevaba a Marina a todas partes, como si quisiera compensarla de la pérdida de su madre. Al verla dar sus vacilantes primeros pasos en la cubierta del barco durante la travesía de vuelta, la gente la tomaba por hija de Zoya, que poseía, a sus cuarenta y nueve años, una esplendorosa y juvenil belleza que cautivaba a todo el mundo.
    – Eso me mantiene joven, supongo -solía decirle a Paul.
    Aunque pareciera increíble, Zoya estaba más guapa que nunca. Para entonces, Nicolás ya dirigía la empresa y, en la primavera de 1951, tomó las riendas de las fábricas de tejidos. Estaba a punto de cumplir los treinta años y, cuando Zoya regresó de Europa con los pequeños, acudió a recibirlos al puerto, ansioso por conocer todos los detalles del viaje. Matthew tenía once años y Marina, pelirroja y de grandes ojos verdes, cuatro y medio. Por la noche, la niña se desgañitó de risa cuando Nicolás le hizo cosquillas. Después acostó a Matthew antes de regresar al salón para comunicarle sus planes a Zoya.
    – Bueno, mamá…
    El joven vaciló un momento y ella adivinó que se trataba de algo importante.
    – ¿Sí, Nicolás? ¿Quieres que ponga una cara muy seria o simplemente intentas asustarme?
    Lo esperaba desde hacía algún tiempo. Nicolás había sido visto muchas veces en compañía de una encantadora muchacha sureña que conoció cuando estuvo en Carolina del Sur visitando las fábricas. Era muy bonita y un poco mimada, pero Zoya nunca hizo el menor comentario. Nicolás ya era adulto y podía hacer con su vida lo que quisiera. Zoya respetaba su sentido común porque era un joven sensato y cariñoso, cuya mente se había templado en la dirección de los negocios de Simon.
    – ¿Te sorprenderás mucho si te digo que me casaré en otoño? -preguntó Nicolás, mirando risueño a su madre mientras ella se echaba a reír.
    – ¿Y por qué tendría que sorprenderme, amor mío?
    – Elizabeth y yo nos vamos a casar -anunció orgullosamente Nicolás.
    – Me alegro por ti, cariño -dijo Zoya, sonriendo. Era un muchacho honrado y responsable, y sus dos progenitores hubieran estado muy orgullosos de él-. Espero que te haga feliz.
    – De eso no te quepa duda.
    Zoya no hubiera podido pedir más. La siguiente vez que habló con su hijo se ofreció a ayudar a la novia en la elección del traje de boda. Recordó el interrogatorio a que la había sometido Sofía antes de que ella y Simon se casaran. Los padres de Simon habían muerto hacía algún tiempo y sus tíos también. Aunque nunca se sintió demasiado unida a ellos, Zoya procuró que Matthew los visitara con regularidad.
    Tuvo que hacer un esfuerzo para no estallar cuando Elizabeth entró en la tienda y se mostró grosera y antipática con todo el mundo. El traje de novia fue lo de menos. La chica esperaba, al parecer, que Zoya le regalara todo el ajuar y les comprara un apartamento. Durante la boda, Zoya sintió que un estremecimiento le recorría la columna vertebral mientras Matthew sostenía el anillo sobre un cojín y Marina portaba un cestito de pétalos de rosa y la saludaba con la mano desde el primer banco.
    Nicolás se comportó muy bien, atendiendo todas las necesidades de su mujer y accediendo a todas sus exigencias y caprichos hasta que, al final, ya no pudo más. Casi cuatro años después de que Zoya viera a Marina arrojando pétalos de rosa al paso de los novios, Nicolás envió a Elizabeth a casa de sus padres. Marina contaba entonces nueve años y Zoya la acompañaba cada día a sus clases de ballet. Esta era la mayor afición de la niña desde los cinco años. Esta vez Zoya estaba decidida a hacer todo lo posible por la niña, convencida en su fuero interno de que a Sasha le había fallado. Cada día abandonaba la tienda a las tres de la tarde, recogía a Marina en la escuela de miss Nightingale y la acompañaba a la clase de ballet donde la niña hacía los mismos tours jetés, los mismos pliés y los mismos ejercicios que ella hiciera antaño en San Petersburgo con madame Nastova.
    Era curioso que las cosas volvieran a repetirse. Zoya le contó a la niña sobre la escuela del Marynsky, sus asombrosos bailarines y lo exigente que era madame Nastova. Cuando acudió con Nicolás a su recital, no pudo evitar las lágrimas. Nicolás miró a su madre y le cogió la mano mientras ella contemplaba emocionada la actuación de Marina.
    – Es tan dulce e inocente -dijo Zoya.
    Tenía toda la vida por delante y era una niña muy seria y aplicada. Matthew era para ella como un hermano aunque le llevara siete años, casi como Nicolai cuando Zoya vivía en Rusia. Era extraño que todo se repitiera generación tras generación, y que su afición al ballet hubiera renacido en Marina.
    Aquella noche, Paul ofreció a la bailarina en ciernes un precioso ramillete de flores y, cuando la niña se fue a dormir, emocionada por su recital, le preguntó a Zoya lo que esta temía escuchar desde hacía varios años. La mujer de Paul había muerto de cirrosis unos meses antes y ahora Paul miró a Zoya en medio del silencio de la biblioteca, tras la marcha de Nicolás a su propio apartamento.
    – Zoya, al cabo de doce años, ya te lo puedo preguntar. ¿Quieres casarte conmigo? -dijo, tomando su mano y mirándola a los ojos con la sonrisa del amor largo tiempo compartido, pero nunca llevado plenamente a término.
    Llevaban doce años juntos y Zoya lo amaba y apreciaba su amistad, pero tras la muerte de Simon nunca sintió deseos de volver a casarse. Era feliz viendo crecer a Matthew y Marina, y seguía trabajando en la tienda con la misma energía de siempre. A los cincuenta y cinco años, no paraba un minuto, pero no le apetecía casarse.
    – Paul, cariño, no puedo -dijo, sacudiendo la cabeza. Al ver que él la miraba ofendido, trató de explicárselo mejor-. Soy demasiado mayor y no me apetece casarme.
    – Pero ¿qué dices, Zoya? ¡Mírate bien al espejo! No has cambiado ni un ápice desde la primera vez que te vi.
    Era cierto. Zoya estaba radiante.
    – Por dentro, sí -replicó-. Quiero ver crecer a Matthew y ayudar a Marina a convertirse exactamente en lo que ella quiera ser. Quiero ofrecerle el lujo de hacer y ser lo que quiera, ése es mi único deseo.
    Paul temía aquella respuesta antes de formularle la pregunta. Llevaba muchos años deseando casarse con ella. Ahora que era libre, Zoya no quería. Se preguntó si la situación hubiera sido distinta en caso de que Allison hubiera muerto antes. Sus fines de semana con Zoya eran ahora menos frecuentes, aunque ambos solían ir de vez en cuando a su casa de Connecticut. Sin embargo, lo que más valoraba Zoya era su amistad, y en un matrimonio tenía que haber pasión. La única pasión de Zoya eran los niños y la tienda. Todo en memoria de Simon.
    – No puedo volver a ser la esposa de nadie. Lo sé con absoluta certeza. Hace mucho tiempo ofrecí todo lo que tenía a Clayton y a Simon. Ahora tengo a los niños y mi trabajo, y te tengo a ti siempre que podemos reunirnos. No podría darte lo suficiente de mí misma como para justificar un matrimonio. Sería injusta contigo. Quiero disponer de un poco de tiempo para mí, Paul, aunque te parezca horrible que lo diga. Puede que ahora me haya tocado el turno de ser egoísta. Quiero viajar cuando los niños sean mayores, quiero ser libre otra vez. Puede que algún día vuelva a Rusia…, que visite San Petersburgo o Livadia… -Sabía que resultaría muy doloroso, pero era un sueño que cada vez le parecía más cercano. Solo necesitaba tiempo y valor para regresar. Con Paul no hubiera podido hacerlo. El tenía su vida, su casa, su trabajo, su afición a la jardinería y sus amigos-. Creo que, por fin, soy una persona adulta. -A los sesenta y seis años, Paul aparentaba más edad de la que tenía, pero eso Zoya no se lo dijo-. He pasado muchos años ocupada en sobrevivir. Ahora he descubierto que hay otras cosas. Si me hubiera dado cuenta antes… tal vez Sasha no habría muerto.
    Todavía se culpaba de la muerte de su hija aunque, por mucho que lo pensara, no acertaba a imaginar qué otra cosa hubiera podido hacer, y, además, ahora ya no importaba. Era demasiado tarde para Sasha, pero no para Matthew, ni para Marina o ella misma. Aún le quedaba vida por delante y quería vivirla a su manera por mucho que amara a Paul Kelly.
    – ¿Eso significa que todo ha terminado entre nosotros? -preguntó Paul, mirándola con tristeza mientras ella se inclinaba para besarlo dulcemente en los labios.
    Sentía por ella el mismo fuego que había sentido el día en que ambos se conocieron.
    – No, a menos que tú lo quieras. Si me aceptas así, yo te seguiré queriendo igual que siempre.
    Como lo quiso durante los años en que él estuvo casado.
    – Qué mala suerte tengo -dijo Paul, y sonrió con tristeza-. Ahora que el mundo ha alcanzado la mayoría de edad y la gente hace cosas que hace veinte años hubieran resultado escandalosas, acostándose por ahí y viviendo en pecado, yo te ofrezco la respetabilidad con doce años de retraso. -Ambos se echaron a reír, sentados cómodamente en la biblioteca-. Eres demasiado joven para mí, Zoya.
    – Gracias, Paul.
    Ambos se besaron de nuevo y, al cabo de un rato, Paul regresó a su casa algo más tranquilo. Zoya le había prometido pasar el fin de semana con él en Connecticut. Zoya se dirigió entonces al dormitorio de Marina y esbozó una sonrisa al contemplar a la niña dormida. Algún día el mundo sería suyo. Con lágrimas en los ojos, se inclinó para besarle suavemente la mejilla y la pequeña se agitó levemente bajo su amorosa mano.
    – Baila, chiquitina…, mi pequeña bailarina…, sigue bailando.

50

    Los años Kennedy fueron fabulosos para la tienda de Zoya. La esposa del joven senador imponía tendencias que todo el mundo imitaba. Zoya era gran admiradora suya e incluso en una ocasión fue invitada a cenar en la Casa Blanca, para gran alegría de su hijo mayor. Zoya seguía conservando la misma belleza y elegancia que tenía cuando Nicolás era pequeño. A los sesenta y un años, era una celebridad y entraba como una reina en su tienda, modificando la inclinación de un sombrero, frunciendo el ceño cuando algo no le gustaba o cambiando las flores con mano experta. Axelle había fallecido y su salón de modas no era más que un recuerdo, pero Zoya había aprendido bien sus lecciones.
    Marina estaba entonces en Juilliard y de vez en cuando bailaba profesionalmente. Siempre que la veía bailar, Zoya sentía que el corazón le daba un vuelco como cuando ella había bailado para Diaghilev hacía más de cuarenta años. Matthew se graduó en la Universidad de Harvard en junio de 1961. Zoya lo aplaudió con entusiasmo, sentada en primera fila con Nicolás. Matthew era un muchacho estupendo y ella estaba muy orgullosa de él. Quería especializarse en ciencias empresariales para después trabajar en la tienda con su madre. Nicolás hubiera deseado que trabajara con él, pero Matthew le confesó que prefería el trato directo con el público.
    Zoya prometió mantener la tienda en funcionamiento hasta que su hijo menor estuviera preparado.
    – Tú no cerrarías la tienda ni que un incendio la destruyera por completo -dijo Matthew, riéndose con su hermano.
    Durante el vuelo de regreso a Nueva York, a Zoya le pareció que Nicolás estaba como ausente. Conocía muy bien a sus hijos y, al final, ya no pudo resistir.
    – Bueno, ¿de qué se trata, Nicolás? Me tienes en vilo -dijo.
    – Qué bien me conoces -contestó Nicolás, soltando una carcajada nerviosa.
    Después se arregló el nudo de la corbata y carraspeó.
    – Faltaría más, al cabo de tantos años. -Nicolás acababa de cumplir los treinta y nueve-. ¿Qué me ocultas?
    De repente, Zoya recordó un paseo a caballo con su hermano, en cuyo transcurso ella le había gastado bromas sobre su bailarina. Sabía, sin que él lo dijera, que el origen de la turbación de su hijo era una mujer.
    – Voy a casarme otra vez.
    – ¿Quieres que aplauda o que me eche a llorar? -preguntó Zoya, riéndose-. ¿Esta me gustará más que la otra?
    – Es abogada -dijo Nicolás-. En realidad, trabajará en el bufete de Paul Kelly. Vive en Washington y ha trabajado en la Administración Kennedy. Es simpática y divertida y cocina muy mal, pero yo estoy loco por ella. Queríamos pedirte -añadió, mirando tímidamente a su madre- que esta noche cenaras con nosotros, si no estás muy cansada.
    Llevaban más de un año haciendo viajes de ida y vuelta en avión.
    Zoya miró a su hijo muy seria, confiando en que esta vez hubiera sabido elegir mejor.
    – Pensaba quedarme a trabajar un poco en la tienda…, pero puedo dejarlo.
    Nicolás dejó a Zoya en la puerta de su apartamento antes de dirigirse al suyo, donde Julie lo estaba esperando. Al decirle que había invitado a su madre a cenar, la joven lo miró horrorizada.
    – ¡Oh, no! ¿Y si no le gusto? ¡Mira qué vestido! No me he traído nada decente de Washington.
    – Estás maravillosa. Eso a ella no le importará en absoluto.
    – ¿Cómo que no?
    Julie la había visto en fotografía y siempre iba impecablemente vestida a la última moda.
    Aquella noche, Zoya estudió detenidamente a la chica mientras cenaban en La Côte Basque. Estaba cerca de la tienda y era su restaurante preferido. La joven era exactamente tal y como Nicolás la había descrito, alegre, divertida y entregada a su trabajo, pero no hasta el extremo de excluir todo lo demás. Era diez años menor que Nicolás y Zoya estaba segura de que sería una buena esposa. Hasta el punto de que esa noche, cuando se despidió de ellos, tomó una importante decisión. Les ofrecería el huevo imperial como regalo de boda. Ya era hora de cederlo a sus hijos.
    Después de la cena, Zoya regresó a pie a la tienda y utilizó la llave para entrar. El vigilante nocturno no se sorprendió al ver luz bajo la puerta de su despacho. Zoya tenía costumbre de ir por la noche a la tienda para hacer alguna comprobación o llevarse un poco de trabajo a casa. Mientras volvía a su apartamento, pensó en lo bonito que sería que un día Matthew trabajara con ella. Aquel niño en principio no deseado seguía siendo la luz de su vida. Simon tenía razón. Ese hijo la mantenía joven, pensó mientras apuraba el paso para reunirse con Marina que la esperaba despierta en casa.
    Llegó a su apartamento a las doce de la noche y oyó que Marina la llamaba desde su dormitorio.
    – Abuela, ¿eres tú?
    – Yo creo que sí.
    Zoya entró en la estancia, se quitó el sombrero que se había puesto para cenar con Nicolás y Julie y miró sonriendo a la niña que tanto se parecía a ella. Su melena pelirroja era tan larga como la suya, aunque ahora tuviera algunas hebras de plata.
    – ¿A que no sabes una cosa? ¡Me han pedido que baile en el Lincoln Center!
    – ¡Eso sí que es una bomba! Cuéntame cómo sucedió -dijo Zoya, sentándose en el borde de la cama de Marina mientras la muchacha la miraba emocionada. Vivía solo para el baile y, no porque fuera su nieta, la chica tenía un gran talento-. Ahora dime cuándo.
    Marina le recitó los nombres de todos los componentes del reparto, el coreógrafo y el director, además de las historias de sus vidas y la música que iban a interpretar. El cuándo era para ella mucho menos importante.
    – ¡Dentro de seis semanas! ¿Te imaginas? No sé si estaré preparada.
    – Pues claro que sí.
    Sus estudios habían sufrido un pequeño retraso en los últimos años, pero eso a Marina no le importaba demasiado. Zoya se preguntaba con frecuencia si esta vez las musas serían propicias y la joven algún día llegaría a ser una gran bailarina. Le había comentado en numerosas ocasiones su actuación en el Ballet Russe, donde una vez había bailado incluso con Nijinsky, y también su trabajo en el Salón de Variedades Fitzhugh. A Marina le encantaba contar aquellas historias a la gente porque conferían a su querida abuela un toque más exótico.
    Seis semanas más tarde, la función fue todo un éxito y, por primera vez, la muchacha recibió atención de la crítica. A sus quince años, Marina ya era una profesional de la danza.

51

    El primer fruto del matrimonio de Nicolás, una niña, nació en 1963, el mismo año del asesinato de John F. Kennedy. Aquel año Matthew empezó a trabajar en el lujoso establecimiento Condesa Zoya. Zoya se sintió muy halagada cuando Nicolás y Julie pusieron a la niña el nombre de Zoe, una americanización del suyo propio que, en realidad, le gustaba mucho más.
    Marina, que entonces tenía diecisiete años, estaba completamente consagrada al ballet, donde había tomado el apellido de Zoya y era conocida como Marina Ossupov. Trabajaba muy duro y realizaba constantemente giras por todo el país. Nicolás quería que se matriculara en la universidad una vez finalizara sus estudios secundarios, pero Zoya no estaba de acuerdo.
    – No todo el mundo sirve para eso, Nicolás. Ella ya tiene su vida. Ahora que eres padre, no seas tan pesado.
    Zoya estaba siempre abierta a las nuevas ideas, rebosaba de vida y nunca se aburría. Paul seguía tan enamorado de ella como siempre. Se había retirado hacía varios años y vivía permanentemente en Connecticut. Zoya lo visitaba siempre que podía y él se quejaba de que estaba demasiado ocupada. El negocio de la tienda estaba más floreciente que nunca, sobre todo tras la incorporación de los modelos de Cardin, Saint Laurent y Courrèges. Ahora Matthew siempre la acompañaba a París, persiguiendo a todas las modelos y disfrutando de su estancia en el Ritz. A los veinticuatro años, el muchacho poseía una vitalidad semejante a la de su madre. En lugar de tomarse las cosas con más calma, tal como prometió cuando su hijo empezara a ayudarla en la tienda, Zoya trabajaba más que nunca.
    – Tu madre es extraordinaria -le dijo un día Julie a Nicolás con toda sinceridad.
    Ambas mujeres almorzaban juntas de vez en cuando como buenas amigas. Cuando la pequeña Zoe cumplió cinco años, Zoya le regaló su primer tutú y sus primeras zapatillas de ballet. Marina tenía veintidós años y era una estrella de primer orden. Bailaba por todo el mundo y suscitaba el entusiasmo de la crítica. Era la reina del ballet en todas partes y el año anterior había estado incluso en Rusia. Después le contó a Zoya su estancia en Leningrado, la antigua San Petersburgo, donde vio el Palacio de Invierno e incluso visitó el teatro Marynsky. Zoya la escuchó con lágrimas en los ojos. Era como un sueño convertido en realidad. Marina acababa de visitar los lugares que ella abandonara hacía más de cincuenta años, dejando en ellos una parte de sí misma. Zoya aún acariciaba la idea de ir a Rusia, pero decía que lo dejaría para cuando fuera vieja.
    – ¿Y eso cuándo será, mamá? -preguntó Nicolás cuando cumplió los setenta-. Yo estoy más viejo que tú, y eso que solo tengo cincuenta. Lo que ocurre es que tú aparentas menos años, y yo más.
    – ¡No digas tonterías, Nicolás, estoy hecha un carcamal!
    Sin embargo, no era cierto en absoluto. Zoya estaba todavía muy guapa, con el cabello pelirrojo casi blanco, pero siempre exquisitamente peinado, y una encantadora figura realzada por los elegantes modelos que siempre llevaba. La envidiaba todo el mundo y era una fuente de inspiración para cuantos la conocían. En la tienda, muchos clientes pedían que los atendiera «la condesa», y Matthew contaba a menudo divertidas anécdotas sobre las personas que se empeñaban en verla a toda costa.
    – Algo así como si yo fuera el Louvre, solo que en más pequeño -dijo Zoya con cierta amargura.
    – No, mamá, no seas modesta. Sin ti, la tienda no sería nada.
    La afirmación no era totalmente verdadera. Matthew había aplicado las nuevas técnicas de comercialización aprendidas en la escuela de ciencias empresariales y, durante los primeros cinco años, consiguió duplicar las ventas. Después lanzó al mercado un nuevo perfume, llamado naturalmente Condesa Zoya, y el éxito fue extraordinario. En 1974, el establecimiento Condesa Zoya y su homónima propietaria ya eran una leyenda viva.
    Pero, junto con la leyenda, empezaron a surgir ofertas que interesaron mucho a Matthew, aunque aterrorizaron a su madre. La compañía Federated quería adquirir la tienda, cuyo volumen de negocios también había atraído a varias cadenas, una destilería y un fabricante de productos en conserva que deseaba diversificar sus inversiones. Matthew fue al despacho de Nicolás para discutir el asunto con él, y ambos hermanos pasaron varios días estudiándolo. A Nicolás lo sorprendía que las ofertas no se hubieran producido mucho antes.
    – Es un tributo a tu actuación -dijo Nicolás, mirando cariñosamente a su hermano menor.
    Matthew sacudió la cabeza y empezó a pasear por la estancia. Era un joven en constante movimiento. Tomó unos libros, echó un vistazo a la biblioteca de su hermano y después dijo:
    – No, Nick, es un tributo a la de mamá. Yo solo lancé el perfume.
    – No es verdad, Matthew. He visto las cifras.
    – Eso no tiene la menor importancia. Pero ¿qué le diremos a mamá? Ya sé lo que va a pensar. Yo tengo treinta y cinco años y puedo buscarme otro trabajo. Mamá tiene setenta y cinco y, para ella, todo habrá terminado.
    – No estoy muy seguro -contestó Nicolás.
    Las ofertas eran demasiado tentadoras como para rechazarlas, sobre todo una que entusiasmaba a ambos especialmente. Mantendrían a Matthew durante cinco años como presidente y asesor, y les ofrecían a todos, incluida Zoya, una impresionante suma de dinero. Sin embargo, los dos sabían que a su madre no le interesaba el dinero. Ella disfrutaba con la actividad de la tienda y sus clientes.
    – Creo que se dará cuenta del valor que eso tiene -dijo Nicolás, esperando.
    Matthew se echó a reír, sentándose momentáneamente en un sillón de cuero.
    – No conoces a nuestra madre. Le dará un ataque. Tenemos que inventarnos algo para que se entretenga. No quiero que se deprima. A su edad, eso podría ser fatal.
    – Hay que pensarlo, desde luego -dijo Nicolás-. A los setenta y cinco años no podemos esperar que viva eternamente. Cuando ella no esté, la tienda ya no será la misma. Su presencia le confiere un sello especial.
    Zoya iba diariamente a trabajar a la tienda, aunque se marchaba a las cinco y un chófer la acompañaba a casa. Nicolás había insistido en ello varios años antes y Zoya cedió de buen grado, aunque acudía sin falta al trabajo todos los días a las nueve en punto.
    – Tendremos que hablar con ella -decidió Matthew al final.
    Cuando llegó el momento, a Zoya le dio el ataque que con tanta clarividencia vaticinara Matthew.
    – Por favor, mamá -dijo este-, fíjate bien en lo que nos ofrecen.
    – ¿Acaso hay algo que yo ignoro? -preguntó Zoya, mirando a su hijo con ojos de hielo-. ¿Nos hemos vuelto pobres de repente o es que solo somos ambiciosos?
    Matthew rió. Su madre era tremenda, pero él la amaba con todo su corazón. Llevaba cinco años viviendo con una mujer y estaba convencido de que solamente le gustaba porque era de origen ruso, tenía el cabello pelirrojo y se parecía vagamente a Zoya. Es una cosa de tipo freudiano, reconocía Matthew más de una vez. Sin embargo, su amiga era muy guapa, inteligente y atractiva. Como Zoya.
    – ¿Querrás pensarlo, por lo menos? -le preguntó Nicolás a su madre.
    – Sí, pero no esperes que lo acepte. No pienso venderle la tienda a un fabricante de comida para perros por el simple hecho de que vosotros dos estéis aburridos. ¿Por qué no lanzas un nuevo perfume? -dijo Zoya, mirando a su hijo menor.
    – Mamá, jamás volveremos a tener ofertas como estas.
    – ¿De qué nos sirven? -Mirando a sus dos hijos, Zoya lo comprendió de golpe-. Pensáis que soy demasiado vieja, ¿verdad? -Clavó la mirada en Matthew y Nicolás, y la conmovió ver el respeto y el amor que le demostraban-. Es cierto, no puedo negarlo. Pero disfruto de buena salud. Tenía previsto retirarme a los ochenta -añadió, entornando los ojos con picardía.
    Los tres se echaron a reír y después Zoya se levantó y prometió pensarlo.
    Durante cuatro meses, hubo una batalla de ofertas a cual mejor. Sin embargo, la cuestión no se centraba ahora en el cuánto, sino en el cuándo. En la primavera de 1975, cuando Paul murió serenamente mientras dormía, Zoya empezó a comprender que no viviría eternamente. Era injusto negarles a sus hijos el derecho a hacer lo que deseaban. Ella ya había vivido y no podía alterar el curso de la existencia de los demás. Pese a todas sus reticencias anteriores, una tarde decidió capitular al término de una reunión del consejo de administración, dejando boquiabierto a todo el mundo.
    – ¿Lo dices en serio? -preguntó Nicolás, asombrado. Ya había perdido todas las esperanzas y se había resignado a conservar la tienda solo por su madre.
    – Sí, Nicky, lo digo en serio -contestó Zoya en un susurro. Llevaba años sin utilizar aquel diminutivo-. Creo que ya es hora.
    – ¿Estás segura?
    Nicolás se inquietó de repente al verla tan apagada. Quizá no se encontraba bien o estaba deprimida. Sin embargo, al contemplar sus penetrantes ojos verdes, comprendió que no.
    – Estoy segura, si vosotros dos lo queréis. Buscaré otra cosa con que entretenerme. Quiero viajar un poco.
    Hacía unas semanas le había prometido a Zoe llevarla a París en verano.
    Después, se levantó con gesto pausado y miró a todos los miembros del consejo de administración.
    – Muchas gracias, señores, por su sabiduría y su paciencia y por los gratos momentos que me han deparado.
    Había inaugurado la tienda hacía casi cuarenta años, antes de que algunos de ellos nacieran, y ahora quería saludarlos uno a uno. Rodeó la mesa, estrechándoles las manos, y después se retiró mientras Matthew se enjugaba las lágrimas de los ojos. Fue un momento muy emotivo.
    – Bueno, pues, ya está -dijo Nicolás, mirando con tristeza a su hermano cuando ambos quedaron solos-. ¿Cuánto tiempo crees que tardaremos en cerrar el trato?
    Ya tenían elegido el comprador que más los satisfacía.
    – Unos cuantos meses. Creo que en verano ya estará todo listo.
    Nicolás asintió con expresión preocupada.
    – Está empeñada en llevar a Zoe a Europa. Yo pensaba disuadirla, pero ahora me parece que no lo haré.
    – No lo hagas. Les sentará bien a las dos.
    Nicolás asintió en silencio y regresó a su despacho.

52

    El día en que Zoya se sentó por última vez en el sillón de su escritorio amaneció brillante y soleado. Recogió sus cosas la víspera y Matthew le ofreció una fiesta extraordinaria a la que asistieron los personajes más famosos, los miembros de la alta sociedad e incluso dos miembros de la realeza. Todo el mundo la abrazó y la besó, recordando los felices momentos de antaño. Ahora, sentada en su despacho, Zoya evocó sus treinta y ocho años de actividad en aquel establecimiento, antes de marcharse definitivamente. El chófer la estaría aguardando en la calle, pero ella no tenía ninguna prisa. Se levantó y se acercó a la ventana para contemplar el tráfico de la Quinta Avenida. Cuántas cosas habían cambiado en cuarenta años, cuántos sueños cumplidos y cuántos frustrados. Recordó la emoción de Simon cuando la ayudó a inaugurar la tienda y lo felices que fueron durante su primer viaje de compras a Europa. El tiempo había pasado volando.
    – ¿Señora condesa? -dijo una voz desde la puerta. Zoya se volvió a mirar a su nueva ayudante, una chica más joven que la mayor de sus nietas.
    – ¿Sí?
    – El coche la espera abajo. El chófer ha querido que lo supiera por si acaso lo esperaba.
    – Gracias -contestó Zoya, irguiendo la espalda y mirándola con orgullo-, dígale, por favor, que bajo enseguida.
    Sus palabras y sus gestos eran todavía más aristocráticos que su título. Nadie que hubiera trabajado con ella podría olvidarla jamás.
    La puerta se cerró en silencio mientras Zoya miraba a su alrededor por última vez. Sabía que volvería para visitar a Matthew, pero ya no sería lo mismo. La tienda pertenecía ahora a sus hijos. Ella se la había cedido y ellos querían venderla. Sospechaba que Simon hubiera estado de acuerdo. Era un hombre de negocios tan astuto como Matthew.
    Volvió la cabeza para contemplar por última vez su despacho, y cerró la puerta, vestida con un elegante modelo azul marino de Chanel y con el cabello cuidadosamente recogido en un moño. Al salir, casi tropezó con Zoe.
    – ¡Abuela! Temía que te hubieras marchado. ¡Mira! ¡Mira lo que tengo!
    Nicolás había accedido a que hicieran el viaje a París y faltaban dos semanas para la partida. Esta vez no irían en barco, sino en avión. A Zoya no le gustaban los barcos que había en aquel entonces, y a Zoe le daba igual. La niña brincaba arriba y abajo con toda la exuberancia de sus ocho años, sosteniendo en las manos un montón de folletos.
    – ¿Qué tienes? -preguntó Zoya, riendo.
    Zoe volvió la mirada hacia atrás y musitó en tono conspiratorio:
    – No se lo digas a papá. Cuando estemos allí, no se enterará. -Los folletos que llevaba la niña no correspondían a París sino a Rusia. Desde las fotografías, las agujas del Palacio de Invierno miraron orgullosamente a Zoya. El palacio de Catalina…, el de Alejandro…, el Antichkov… Zoya miró a su nieta en silencio-. ¡Vamos a Rusia, abuela!
    Zoya llevaba años soñando con aquel viaje. Tal vez ahora, con la pequeña Zoe, podría convertir su sueño en realidad.
    – No sé qué decir. Quizá tu padre no querrá que… -De repente, Zoya esbozó una sonrisa. Se había ido de allí hacía más de medio siglo y ahora podría regresar con su nieta-. ¿Sabes una cosa? -dijo, rodeando los hombros de la niña con su brazo-, la idea me gusta bastante.
    Tomaron el ascensor juntas y examinó los folletos mientras mentalmente empezaba a forjar planes.
    Al llegar a la planta baja, Zoya se sorprendió al ver a todos sus empleados reunidos allí, muchos de ellos con lágrimas en los ojos. Estrechó manos, sonrió, repartió algunos besos y después todo terminó. Zoya salió con la niña a la Quinta Avenida y le indicó por señas al chófer que se marchara. No quería ir en coche a ninguna parte. Deseaba dar un largo paseo con Zoe para organizar el viaje.
    – Después… ¡podríamos ir a Moscú! -dijo Zoe con los ojos tan brillantes de emoción como los de Zoya en aquellos momentos.
    – No. Moscú siempre fue muy aburrido. San Petersburgo y, tal vez… ¿Sabes una cosa?, cuando yo era pequeña pasábamos el verano en el palacio de Livadia, en Crimea…
    Mientras ambas bajaban por la calle tomadas de la mano, Nicolás acercó lentamente su automóvil al bordillo de la acera. No soportaba la idea de que su madre abandonara sola la tienda y había decidido acudir a recogerla y acompañarla a casa. De pronto las vio. La orgullosa dama con su vestido de Chanel y la niña con su melena oscura despeinada por el viento, comentando animadamente algo con su abuela. Lo viejo y lo nuevo. El pasado y el futuro tomados de la mano. Decidió no decirles nada y entró en la tienda para ver a Matthew.
    – ¿Crees que podríamos ir allí, abuela? A Livadia, quiero decir… -preguntó la chiquilla, mirando amorosamente a Zoya.
    – Lo intentaremos, cariño, puedes estar segura.

Danielle Steel


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