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Perdón

Perdón

Аннотация

    Sarah llega al pequeño pueblo de Deadwood con el deseo de fundar un periódico y encontrar a su hermana, que huyó de casa cinco años atrás. Sin embargo, muy pronto se da cuenta de que conseguir ambos propósitos será más arduo de lo seprado. Pese a contar con el apoyo incondicional de un hombre, abrirse camino no es fácil para una mujer soltera. Y además, el pardero de su hermana Addie resulta ser un sitio “algo” distinto de la respetable casa de familia donde se supone debíaa residir.
    Perdón es una historia conmovedora sobre la inocencia perdida y recuperada, una prueba más de que el amor es capaz de vencer todas las adversidades…


LaVyrle Spencer Perdón

    © 1991 by LaVyrle Spencer
    Título original: Forgiving
    Traducción: Carmen Bordeu
    A Steven Axelrod, mi agente
    ¡Eres el mejor, Steve!

    Mi agradecimiento a Nita Celeya y Fred Brian por la información y ayuda prestada, inapreciable en la investigación llevada a cabo para escribir este libro.
    L. S.

Capítulo Uno

    Territorio de Dakota, septiembre de 1876
    La diligencia de Cheyenne llegó con seis horas de retraso y dejó a Sarah Merritt en Deadwood a las diez de la noche, y no a media tarde como estaba previsto. El coche de caballos se alejó con estruendo y la mujer quedó en la oscura calle embarrada delante de una tosca cantina. Delante de varias toscas cantinas. ¡Toda la calle estaba llena! El ruido era ensordecedor… una mezcla de gritos, risas, música de banjo y disputas. ¡Y aquel olor… Dios mío! ¿Es que nadie recogía el estiércol de los animales en aquel pueblo? Caballos y mulas se alineaban en el amarradero; uno de ellos roncaba.
    Sarah retrocedió unos pasos y miró con el ceño fruncido el letrero que había sobre su cabeza. Bar Eureka. Observó el lugar… un edificio de madera sin pintar, erigido toscamente y flanqueado por una estructura similar a la izquierda y una construcción de troncos a la derecha. La puerta de la taberna estaba cerrada, pero la sombría luz que arrojaba el farol de queroseno a través de la ventana se derramaba sobre algunos de los escalones de madera que conducían directamente de la cantina al barro, ya que no había acera de tablas.
    Sarah contempló los baúles y la sombrerera a sus pies, preguntándose qué hacer.
    Antes de que pudiera decidir, sonaron tres disparos, una mula rebuznó, la puerta del Eureka se abrió y un grupo de alborotadores salió precipitadamente del interior y bajó en desorden los peldaños. Sarah agarró la sombrerera y se ocultó todo lo rápido que pudo a la sombra de la pared de la cantina.
    – ¡Mata a ese ladrón de minas, Soaky! -bramó alguien-. Desfigúralo para que ni su madre lo reconozca.
    Un puño impactó contra un mentón.
    Un hombre se tambaleó y perdió el equilibrio al topar con los baúles de Sarah. Se puso en pie y se abalanzó sobre suoponente sin advertir con qué había tropezado. La multitud turbulenta se movía de un lado a otro, arremolinándose, gritando y blandiendo los puños y las jarras de cerveza. Alguien tropezó pesadamente con una mula, que rebuznó y se apartó de un brinco.
    – ¡Mata a ese hijo de perra!
    – ¡Sí, mátalo!
    Dos espectadores se subieron a los baúles de cuero de Sarah para poder ver mejor.
    – ¡No! ¡Bájense de ahí! -gritó ella. Cuando se movió, uno de los borrachos la vio.
    – ¡Por el amor de Dios, una mujer! ¡Me oís, muchachos, una mujer!
    La pelea se interrumpió como si hubiera sonado una alarma de incendio.
    – Una mujer…
    – Una mujer… -La palabra pasaba de un hombre a otro mientras formaban un corro a su alrededor, como la niebla.
    Sarah permanecía con la espalda pegada a la pared de la taberna, los pelos de la nuca erizados y aferrada a las cintas de la sombrerera mientras los hombres observaban embobados su falda, el sombrero y la cara como si nunca hubieran visto a una mujer.
    – Buenas noches, caballeros -dijo Sarah a modo de saludo, haciendo alarde de valor.
    Silencio. Los hombres seguían escrutándola boquiabiertos.
    – ¿Alguien podría indicarme dónde está la casa de la señora Hossiter?
    – ¿Hossiter? -repitió una voz ronca-. ¿Alguien conoce a una mujer llamada Hossiter? -Sobre el grupo se elevó un murmullo y todos sacudieron la cabeza-. Lo siento, señorita. ¿Cómo se llama su esposo?
    – Me temo que no lo sé, pero el nombre de mi hermana es Adelaide Merritt y trabaja para ellos.
    – Nadie llamado Merritt vive por aquí. Ni tampoco Hossiter. No hay más de veinticinco mujeres en este cañón y las conocemos a todas, ¿verdad, muchachos?
    Los hombres asintieron con la cabeza.
    – ¿Qué hace su hermana?
    – Trabajo doméstico y, sin lugar a dudas, dijo que su patrona se llamaba señora Hossiter.
    – ¿Ha dicho patrona? -La voz del hombre mostraba un vivo interés. Extendió los brazos y empujó al grupo hacia atrás-. Vamos, muchachos, no acorraléis a la dama, dejad que salga a la luz para que la podamos ver mejor. Mi nombre es Shorty Reese, señorita, y haré todo lo que pueda para ayudarle a encontrar a su hermana. -Se quitó el sombrero, la cogió del brazo y la llevó hasta el pie de los escalones, donde la luz de la taberna iluminaba la escena. Allí, Sarah vio que era un cuarentón de rostro arrugado, sin un diente y vestido con ropa sucia.
    – Si me permiten, en esos baúles tengo una fotografía de mi hermana. Tal vez alguno de ustedes la reconozca.
    Los hombres retrocedieron y dejaron que desabrochara la hebilla de uno de los baúles, del que extrajo un daguerrotipo de color sepia de Adelaide y ella hecho cinco años antes. Se lo entregó a Shorty Reese.
    – Tiene veintiún años, pelo rubio y ojos verdes.
    Shorty volvió el daguerrotipo hacia la luz, ladeó la cabeza y lo observó detenidamente.
    – Pero si es Eve -declaró-, una de las chicas de Rose, pero no es rubia. Su pelo es tan negro como el final de la galería Número Catorce.
    – ¿Eve?
    – Así es. ¿No es verdad, muchachos? -Pasó la fotografía para que los demás la vieran.
    – Claro que es Eve.
    – Ajá, es ella.
    – Es Eve. -El retrato volvió a las manos de Sarah-. Puede encontrarla en Rose's, en el extremo norte de la calle Main, a la izquierda. ¿Le importaría decirme, señorita, si también piensa trabajar para Rose?
    – No señor. Pienso editar un periódico.
    – ¡Un periódico!
    – Eso es. Empezaré en cuanto llegue mi imprenta, si es que aún no ha llegado.
    – Pero usted es una mujer.
    – Sí, señor Reese, lo soy. -Sarah guardó de nuevo la fotografía en el baúl y ajustó las correas-. Muchas gracias por su ayuda. Ahora, si me indicara la dirección de un hotel, le estaría muy agradecida.
    – ¡Ayudadla con los baúles, muchachos! -gritó Reese-. ¡La acompañaremos al Grand Central!
    – No, por favor… yo…
    – Será un placer, señorita. No tenemos muchas ocasiones de ver a una dama por aquí. Como le he dicho, no hay más que un par de docenas de mujeres en Deadwood, si llegan.
    Aunque no le entusiasmaba la idea de hacer su entrada en Deadwood en compañía de la clientela del bar Eureka, Sarah no veía cómo podría llevar sola los dos baúles al hotel. Además, tenía presente que, como editora de un periódico, era prudente evitar enemistarse con cualquier lugareño durante su primera noche en el pueblo. Aquél era un pueblo de buscadores de oro. El oro implica dinero y el dinero intereses poco nobles. Cualquiera de aquellos hombres podía ser el dueño del terreno que ella podía estar interesada en comprar o del edificio que podía querer alquilar o, incluso, miembro del Concejo Municipal.
    – Gracias, señor Reese. Le agradezco su ayuda. -Se encontró rodeada por el ruidoso grupo que, cargando sus baúles, la escoltó hasta el final de la manzana.
    – Tiene suerte -comentaba Reese mientras subía los escalones de un edificio alto, de fachada simulada y dotado de la primera acera de madera que Sarah veía en todo el pueblo-. El Grand Central se inauguró la semana pasada. -La condujeron al interior, a través de un vestíbulo espartano. Formaron un corro a su alrededor junto al mostrador y le presentaron al recepcionista nocturno-. Te traemos una cliente, Sam. Es la señorita Merritt; acaba de llegar en la diligencia de Cheyenne.
    – Se… señorita Me… Merritt. -Enrojeció y extendió su mano, flaccida y húmeda como un repollo cocido. Era un hombrecillo sin barbilla, usaba gafas redondas y sus modales eran afeminados. Vestía un traje marrón a cuadros y llevaba el pelo peinado con la raya en medio-. Es un placer co… conocerla.
    – Él es Sam Peoples -dijo Shorty. Peoples estaba demasiado turbado por la presencia femenina para presentarse él mismo.
    – Hola, señor Peoples. -El rubor de aquel hombrecillo era tan intenso que, por un momento, olvidó retirar la mano. Cohibida, Sarah apartó la suya; no estaba acostumbrada a causar tal impresión.
    – Va a editar un periódico.
    – Un periódico… bueno, bueno. Entonces será mejor que la atendamos bien, ¿no es así? -Peoples esbozó una sonrisa forzada y nerviosa. Cargó la pluma sumergiéndola en un tintero negro y se la entregó a Sarah, al tiempo que giraba el libro de registro del hotel. Al firmar, Sarah sintió a todo el grupo de hombres observándola.
    Cuando hubo terminado, sonrió a Peoples y le devolvió la pluma.
    – Bienvenida al Grand Central -dijo él-. El precio es de un dólar y medio por noche.
    – ¿Por adelantado?
    – Sí. En polvo de oro, si es tan amable. -Le dio un leve empujón a la balanza de oro que tenía en el mostrador, junto a su codo, y la dejó oscilando.
    Sarah se irguió y miró al empleado a la cara.
    – Señor Peoples, he pasado cinco días y seis noches en la diligencia de Cheyenne. Habida cuenta de la cantidad de asaltos que se cometen en las rutas de las diligencias, ¿cree que soy tan estúpida como para traer dinero en forma de oro?
    El rostro de Peoples enrojeció aún más y se volvió hacia los hombres como buscando ayuda.
    – Lo… lo lamento, señorita Merritt. So… sólo soy el empleado nocturno, no el dueño del hotel. El re… reglamento de la empresa sólo permite aceptar huéspedes que paguen por adelantado y en polvo de oro, que es la forma de pago legal aquí.
    – Muy bien. -Dejó la sombrerera sobre el mostrador y comenzó a desatar las cintas-. Todo lo que tengo son bonos de la Wells Fargo. Si puede cambiarme uno por oro en polvo, con gusto pagaré por adelantado. -Extrajo un bono de cien dólares de un bolsito de organdí negro y se lo tendió.
    Una vez más, Peoples se giró enrojecido hacia los hombres.
    – No tengo aquí ese ti… tipo de oro. Pero podrá cam… cambiarlo en el banco mañana por la mañana.
    – ¿Y mientras? -Sarah lo miró con determinación.
    – ¿Vas a dejar que una dama duerma en la calle, Peoples? -inquirió uno de los espectadores.
    – El señor Winters me… me dio órdenes estrictas. -Cuanto más se alteraba, más tartamudeaba-. Pu… puede dor… dormir en el ves… vestíbulo, es… es todo lo… lo que puedo ha… hacer.
    – ¡En el vestíbulo! -Una bolsa de cuero aterrizó sobre el mostrador junto a la balanza-. Cógelo de ahí.
    – O de ahí -gritó otra voz al tiempo que una segunda bolsa se unía a la primera. Más y más bolsas les siguieron, hasta que hubo casi una docena sobre el alto mostrador.
    Sarah se volvió hacia los hombres con una mano sobre el pecho.
    – Muchas gracias a todos -declaró con sinceridad-, pero no puedo aceptar su oro.
    – ¿Por qué no? Hay mucho más en el lugar de donde viene éste, ¿verdad, muchachos?
    – ¡Claro que sí!
    – ¡El Dorado! -Exclamaron levantando los brazos. Algunos levantaron también las jarras de cerveza y luego bebieron a grandes tragos.
    Sam Peoples escogió una bolsa y pesó el oro con cuidado… a veinte dólares la onza, provocar aquel embarazoso contratiempo por un simple dólar y medio no parecía justificado. Cuando las bolsas fueron reclamadas por sus propietarios, se descubrió que el oro utilizado provenía de la bolsa de un hombre alto y delgado, de cabello ralo y oscuro que sonreía con mirada vidriosa. Tenía una nuez prominente, ojos rojos y llorosos y se tambaleaba sobre sus talones como sacudido por un golpe de viento.
    – Gracias, ¿señor…?
    El hombre se mecía y sonreía bajo los efectos del alcohol.
    – Bradigan -intervino Reese-. Su nombre es Patrick Bradigan.
    – Gracias, señor Bradigan.
    Bradigan se inclinó hacia Sarah con la expresión de un chiquillo receloso; en su estado apenas distinguía lo que veía.
    – Le devolveré el dinero mañana en cuanto vaya al banco.
    El hombre respondió con un saludo despreocupado y alguien le metió la bolsa de oro en el bolsillo.
    – ¿Dónde puedo encontrarle?
    – Es lo menos que puedo hacer por una bella dama -balbuceó Bradigan.
    – Bradigan ha bebido bastante esta noche -explicó uno de sus compañeros-. Ni se dará cuenta si le devuelve o no el dinero.
    De no haber sido por las protestas de Peoples, los hombres habrían cargado con los baúles hasta la habitación.
    – ¡Des… despertarán a todos mis clientes! Caballeros, por fa… favor, vuelvan al bar.
    – ¡Tus clientes todavía están en las cantinas!
    – Entonces vayan a reunirse con ellos.
    Despachó a los hombres, que se marcharon arrastrando los pies, quitándose los sombreros y deseando buenas noches a coro a «la hermosa y pequeña dama», que Sarah no era. Medía metro sesenta y cinco sin zapatos, tenía el pelo castaño, la nariz demasiado larga y los labios demasiado delgados para que se la pudiera considerar atractiva. Sus ojos azules llamaban la atención, eran vivos y con largas pestañas; de todos modos, nadie en plena posesión de sus facultades la calificaría de hermosa.
    Era una mujer de rostro alargado que en toda su vida no había generado tanta atención masculina como durante el último cuarto de hora.
    – Le daré una habitación en el tercer piso. Es el más calentito -precisó en tono conciliador Peoples, transportando uno de los baúles.
    La condujo por un edificio cuya característica más destacable era el tamaño. Era grande, aunque tosco en toda la extensión de la palabra, sin una sola pared revestida de yeso o empapelada, ni siquiera en el vestíbulo, donde las ventanas carecían de cortinas y los únicos toques de color los daban una escupidera de porcelana y el calendario con la imagen de una cascada que había detrás del mostrador. El suelo estaba hecho de tablones de pino que todavía despedían olor a madera recién aserrada. Las paredes eran un entramado de tablillas de mala calidad y en las junturas los nudos formaban agujeros que se asemejaban a cuencas de ojos vacías.
    Las escaleras, que empezaban justo detrás del mostrador, conducían a la boca de un pasillo estrecho y oscuro. A mitad de camino, una única lámpara de queroseno colgaba de un gancho en la pared; en el piso inferior al que llegaron Sarah y Peoples había una tinaja con una tapa destinada a recoger las aguas residuales. Peoples guió a Sarah hasta su habitación, abrió la puerta y se quedó a un lado, cediéndole el paso.
    – El a… agua está en una palangana en el pasillo, sólo por la mañana, y puede verter el agua sucia en la tinaja del piso inferior a éste. Las cerillas están en la pared, a su izquierda. Enseguida le traeré el otro baúl.
    Una vez Peoples hubo salido de la habitación, Sarah encontró la caja de latón de las cerillas, encendió la lámpara que había junto a la cama y examinó el cuarto bajo la luz anaranjada y humeante. «Dios Santo, ¿dónde me he metido?» Las paredes eran tan austeras como las del vestíbulo, tablas sin pintar con agujeros a través de los cuales se formaban corrientes de aire. Las vigas del techo quedaban al descubierto. La ventana no tenía cortinas ni el suelo alfombras; la cama era de muelles oxidados y en la mesita de noche había sólo una lámpara… a nadie se le había ocurrido poner ni un tapete. A falta de una colcha, la cama estaba cubierta por una manta verde de lana; gracias a Dios la almohada tenía una funda de muselina. Apartó la manta y descubrió sábanas de muselina y un auténtico colchón relleno de paja y algodón. Suspiró con alivio. También había una cómoda con una jarra y un tazón encima. Abrió la puerta inferior del mueble y encontró una palangana de porcelana con cubierta.
    Acababa de cerrar la puerta cuando Sam Peoples entró con el segundo baúl.
    – No he probado bocado desde el mediodía -dijo Sarah-. ¿Podría comer algo?
    – El co… comedor está cerrado, lo siento. Abrirá por la mañana.
    – Vaya -se lamentó desilusionada.
    Peoples retrocedió hacia la puerta.
    – Como sabe, no hay muchas mu… mujeres en Deadwood. Será mejor que cie… cierre la puerta con la tranca. -Señaló un voluminoso tablón de madera apoyado en un rincón-. Buenas noches. Es un pla… placer tenerla aquí.
    – Gracias, señor Peoples. Buenas noches.
    Cuando el hombrecillo hubo cerrado la puerta, Sarah estudió los toscos soportes de madera que había a ambos lados de la puerta. La tranca era muy pesada. La levantó con esfuerzo y la colocó en su sitio; hecho esto, se volvió hacia la habitación suspirando. Se dejó caer en el borde de la cama, se hundió en ella para comprobar su flexibilidad y se echó hacia atrás con un brazo doblado sobre la cabeza. Cerró los ojos. De las cinco noches de viaje, sólo dos había dormido en una cama. Otras dos las había pasado envuelta en su abrigo, en el suelo de las cabañas de troncos que son las estaciones de las diligencias, y la otra a bordo de la misma diligencia, doblada como el metro plegable de un carpintero sobre el duro asiento forrado de piel de caballo. Su última comida decente la había ingerido el mediodía del día anterior en Hill City y había consistido en pan, café y carne de venado. La ración de ese día había consistido en tocino y café frío para desayunar, y galletas secas con agua del arroyo de Box Eider para comer. Se había dado un baño por última vez hacía nueve días, en St. Louis y olía… era consciente… a caballo viejo.
    «Arriba, Sarah, el día aún no ha terminado.»
    Reprimiendo un quejido, se puso de pie. La jarra y el tazón estaban vacíos. Salió al pasillo, pero en la lata tampoco había agua: «sólo por la mañana», recordó las palabras de Peoples y volvió al cuarto para sacudir el polvo de su ropa de lana, peinarse y limpiarse la cara con un paño seco. Volvió a ponerse el sombrero, se pasó la horquilla por el moño, cogió el bolso de organdí con los bonos de la Wells Fargo, el reloj de su padre y su pluma y abandonó la habitación.
    Al atravesar el vestíbulo, sobresaltó a Peoples.
    – No debería salir sola a la calle a estas horas, señorita -le dijo el recepcionista en tono de advertencia.
    – He viajado sola desde St. Louis, señor Peoples. Soy perfectamente capaz de cuidar de mí misma. Además, mi hermana se encuentra en algún lugar de este pueblo y no la veo desde hace cinco años. Pienso hacerlo esta noche aunque tenga que sacarla de la cama.
    Fuera, el estrépito de las cantinas todavía resonaba a lo largo de la calle. Las aceras entabladas aparecían de forma intermitente, dependiendo del propietario de cada parcela en que se había erigido un edificio. Mientras caminaba por Main Street, Sarah tomaba nota de que debía escribir un editorial acerca de la necesidad de uniformar la altura y el ancho de las aceras entabladas y declararlas obligatorias para todas las construcciones. Y farolas… a aquel pueblo le hacían falta farolas y un sereno que se ocupara de ellas. Desde luego, no le faltaría trabajo.
    Pese al estruendo, el pueblo resultaba fantasmagórico en toda su extensión, excepto allí donde las luces de las ventanas de las cantinas se derramaban sobre las hileras de caballos dormidos. Alzó la vista. Unas pocas estrellas brillaban en el cielo formando un estrecho corredor. Las laderas del cañón pendían como los velos de una viuda, aislando a Deadwood del resto del mundo. En la oscuridad, vislumbró las sombras negras de algunos pinos en lo alto de las laderas escarpadas, separadas del pueblo por zonas más pálidas, dónde las colinas estaban desnudas de vegetación. Algunos pinos dispersos llegaban hasta el mismo borde de la calle. El viento silbaba entre ellos y por la hondonada. Era un viento frío de septiembre que levantababa su falda y avivaba el olor a excrementos frescos de animales. Sarah se tapó la nariz y apresuró el paso concibiendo otro editorial.
    Pasó por una hojalatería, una tienda de comestibles, una barbería, un estanco, una ferretería, incontables tabernas y, cosa sorprendente, un enorme teatro, el Langrishe, donde había faroles encendidos y el programa anunciaba Flies in the Weed de John Brougham. Sonriendo, Sarah se detuvo y volvió a leer el anuncio. Una pizca de cultura, después de todo. Para su asombro, en la manzana siguiente, al otro lado de la calle, ¡había otro teatro, el Bella Union! Se sintió animada por primera vez desde su llegada a Deadwood. Pero ¿dónde estaba la iglesia? ¿Y la escuela? En un pueblo de aquella extensión debía de haber algunos niños. Se encargaría de averiguar cuántos.
    En el extremo más alejado de Main Street, donde ésta hacía una curva a la derecha, las estructuras de madera desaparecían de forma gradual y el cañón se hacía angosto, fusionando tres calles en una. Más allá de aquel punto, centelleaban fogatas en la lejanía, motas de luz color avellana entre los cuadrados más pálidos de tiendas de campaña, iluminadas por faroles y diseminadas a lo largo del arroyo como cuentas de un rosario roto. Allí donde se unían las tres calles, el tránsito de peatones se restablecía. Hombres… sólo hombres. Miraban a Sarah y se detenían en el acto a su paso. Hombres… hombres ruidosos se agolpaban en la última manzana de edificios, cuyas puertas se abrían y cerraban constantemente dejando escapar risotadas y música de piano. Los seis edificios eran similares… estrechos, con pocos adornos y pesados cortinajes cubriendo las ventanas. Las puertas carecían de ventanas. Debía de haber un error, pensó deteniéndose frente a Rose's y leyendo los nombres de los establecimientos adyacentes… La Puerta Verde, Goldie's, El Filón de Oro, El Nido de los Tórtolos y Angeline's. Parecían ser todos bares.
    Decidió que lo más seguro era llamar a la puerta de Rose's. Lo hizo y, con la bolsa de organdí entre las dos manos y pegada al pecho, esperó. Dado el ruido del interior, no era de extrañar que nadie contestara. En algún lugar a sus espaldas se hacía audible el sonido de un arroyo. Un hombre salió del edificio contiguo y desapareció en la oscuridad en dirección a las tiendas de campaña. Ajeno a la presencia de Sarah se detuvo, dejó escapar una ventosidad ruidosa, inclinó la nalga izquierda antes de que el sonido se extinguiera y continuó su camino.
    Sarah volvió a golpear la puerta, esta vez más fuerte.
    – Nadie llama a la puerta en Rose's -dijo una voz profunda a sus espaldas-. Entre directamente.
    Sarah se sobresaltó y se giró con una mano en el corazón.
    – ¡Dios santo, me ha asustado!
    – No ha sido mi intención. -Un hombre alto estaba de pie tras ella. La oscuridad le impedía verle la cara.
    – Dígame… ¿es éste el único Rose's en Deadwood?
    – El único. Es nueva en el pueblo -dijo en tono irónico.
    – Sí. Estoy buscando a mi hermana Adelaide. Trabaja de criada en casa de Rose Hossiter, pero según parece ha cambiado su nombre por el de Eve.
    – Conozco a Eve.
    – ¿Sí?
    – A decir verdad, la conozco muy bien. Así que usted es su hermana.
    – Sí… Sarah Merritt. Acabo de llegar de St. Louis. -Extendió su mano enguantada. Él se la estrechó fuerte y prolongadamente, mientras ella trataba de adivinar los rasgos del rostro de aquel hombre que quedaban ocultos bajo su sombrero.
    – Noah Campbell.
    – Señor Campbell -respondió Sarah con cortesía. Habría retirado la mano, pero él seguía sujetándosela.
    – Bueno, señorita Merritt, es un placer inesperado. Permítame acompañarla al interior y presentarle a Rose. Ella podrá decirle dónde puede encontrar a su hermana. -Como ejecutando un paso de danza, abrió la puerta con brío y la hizo entrar, soltándole la mano mientras la puerta se cerraba pesadamente tras ellos-. Bienvenida a Rose's, señorita Merritt -añadió extendiendo su mano abierta hacia la sala.
    Sarah quedó paralizada, como inmersa en una pesadilla, tratando de asimilar lo que veía: la luz mortecina de las lámparas, los muebles de colores llamativos, un loro que se movía de un lado a otro en una percha, graznando «¡Un dólar el minuto! ¡Un dólar el minuto!»; pesadas cortinas con borlas, el olor a whisky rancio y a huevos duros, el irritante humo de los cigarros, un grupo de hombres medio borrachos y una mujer desaliñada vestida de verde esmeralda con labios carmesí y una pluma en su pelo rojo. La hendidura entre sus pechos hacía que el conjunto recordara el trasero desnudo de un bebé. Era una mujer obesa, fumaba un cigarro que sostenía entre los dientes; estaba de pie y pasaba su brazo alrededor del cuello de un hombre grande y barbudo que le acariciaba las nalgas. Sarah miró a Noah Campbell.
    – Tiene que haber una equivocación. Esto no es una casa particular.
    – No, señorita, más bien no.
    Ella le vio el rostro por primera vez. Tenía un tupido bigote castaño rojizo, nariz redonda con una ligera hendidura en la punta y ojos grises sonrientes que la escrutaban.
    – Venga. Le presentaré a Rose.
    Le apoyó una mano en la espalda y ella se resistió.
    – ¡No! Ya le he dicho que mi hermana trabaja al servicio de la señora Rose Hossiter. ¡Y, por favor, quite su mano de mi espalda!
    Él obedeció, luego retrocedió y la observó con indulgencia sin dejar de sonreír.
    – Los nervios de última hora, ¿eh?
    – Este lugar es espantoso. Parece un burdel.
    Noah Campbell se volvió hacia la mujer de verde y luego hacia Sarah de nuevo.
    – Te diré algo. -Su mirada se paseó de forma indolente por su figura-. Soy un tipo bastante convencional… Rose puede responder de mí. No me gusta andarme con rodeos, nada raro, y no más de dos o tres tragos antes de hacerlo. Pago bien, en oro puro, no estoy enfermo ni tengo piojos. Y, me he bañado. Puedes decirle a Rose que has conseguido tu primer cliente. ¿Qué te parece?
    – ¿Cómo dice? -Sarah se ruborizó. Sentía la piel del pecho tensa como la que cubre una salchicha y tuvo que recurrir a todo su aplomo para no abofetearlo.
    – Entiendo -manifestó él en tono confidencial, cogiéndola del brazo para llevarla hasta Rose-. Es lógico que la primera noche en un local nuevo te ponga nerviosa… pero no es necesario inventar historias acerca de que Adelaide es tu hermana.
    – ¡Adelaide es mi hermana! -Se zafó del brazo de un tirón y lo miró con furia-. ¡Y ya le he dicho que no me toque!
    Él levantó los brazos con las palmas de las manos abiertas, como si Sarah hubiera desenfundado un revólver.
    – De acuerdo, de acuerdo, lo siento. -Su voz denotaba irritación-. Ah, las mujeres, siempre tan quisquillosas. No he conocido en toda mi vida una mujer que no lo fuera.
    – ¡Yo no soy de esas mujeres! -replicó, mortificada.
    Varios hombres se habían puesto en pie y se acercaron.
    – ¡Eh, Noah! ¿qué tienes ahí?
    – Guau, es alta… y de piernas largas… me gustan las que tienen las piernas largas.
    – Ya era hora de que llegara carne fresca.
    – ¿Cómo te llamas, monada?
    Uno de ellos, que lucía una barba parecida a la de un macho cabrío, extendió una mano para tocarla y Sarah retrocedió, chocando contra Campbell, que la cogió por los brazos para sostenerla. Ella se apartó de inmediato y se estremeció, reprimiendo el deseo de agacharse y cubrirse con los brazos. Los hombres se aproximaron un poco más. La mayoría eran vulgares y de mirada ávida, labios húmedos y mejillas encarnadas; sus greñas necesitaban un buen corte de pelo, sus uñas una limpieza y sus cuellos ser frotados con agua y jabón. Casi todos eran viejos y descarados, pero había algunos jóvenes, y tan ruborizados como ella.
    Al percibir la repentina conmoción, Rose volvió la vista y enarcó una ceja.
    – Eh, Noah, ¿dónde la has encontrado? -preguntó uno de los hombres.
    – En la calle -respondió Noah-, pero olvídalo, Lewis, esta noche ya está comprometida.
    Rose se acercó con una mano en su enorme cadera y los pechos tomándole la delantera como un par de balas de cañón rosadas. Su expresión era arrogante y llevaba el cigarro entre dos dedos. Se abrió paso entre el grupo como un arado lo hace en la tierra, se detuvo frente a Sarah y la observó con frialdad… de arriba abajo… con sus ojos altivos de color ceniza. Dió una larga calada al cigarro, tragó el humo y habló, soltando un denso humo que se elevaba hasta el techo al abandonar su boca.
    – ¿Qué tienes ahí, Noah?
    – ¿Es usted Rose Hossiter? -dijo Sarah visiblemente alterada.
    De cerca, la piel de Rose tenía la textura del requesón y su boca estaba ridiculamente agrandada por el pintalabios. La sombra negra de sus párpados había llegado al lagrimal y formaba gotas negras. Uno de sus dientes estaba partido y su aliento apestaba a tabaco, aunque el olor se confundía con el del perfume a lilas del valle.
    – Sí. ¿Quién lo pregunta?
    – Sarah Merritt. Soy la hermana de Adelaide.
    La mirada penetrante de Rose examinó el sencillo sombrero de fieltro marrón de Sarah y su conjunto de lana de cuello alto, deteniéndose en sus pechos y caderas poco prominentes.
    – No necesito chicas nuevas. Prueba en el local de al lado.
    – No estoy buscando trabajo. Estoy buscando a Adelaide Merritt.
    – No hay nadie aquí con ese nombre. -Rose le dio la espalda. Sarah alzó la voz.
    – Me han dicho que se hace llamar Eve.
    El comentario hizo que Rose se detuviera en seco.
    – ¿Ah sí? -La mujer se giró-. ¿Y quién te lo ha dicho?
    – Él. -Respondió al tiempo que se giraba hacia Campbell.
    Rose Hossiter dio un golpecito con la uña del pulgar a la boquilla húmeda del cigarro y reflexionó un momento antes de preguntar:
    – ¿Para qué la buscas?
    – He venido a decirle que nuestro padre ha muerto.
    Rose dio una calada y giró sobre sus talones.
    – Eve está trabajando. Vuelve mañana por la tarde.
    Sarah se adelantó y gritó:
    – ¡Quiero verla ahora!
    Rose le proporcionó una visión de su ancho trasero y su vulgar tocado de plumas.
    – Llévatela, Noah. Ya sabes que aquí no permitimos la entrada a las de su clase.
    Campbell cogió a Sarah por el brazo.
    – Será mejor que se marche, señorita.
    Sarah le golpeó la mano con la bolsa de organdí.
    – No vuelva a tocarme, ¿me oye? -exclamó con ojos llorosos de indignación-. Este es un local público, tan público como un restaurante o una caballeriza de carruajes de alquiler. Tengo tanto derecho a estar aquí como cualquiera de estos hombres. -Con un dedo, trazó un semicírculo imaginario que abarcaba a la mitad del grupo.
    – Rose quiere que se vaya.
    – Me iré cuando sepa con seguridad si mi hermana trabaja aquí y qué hace. ¿Espera que crea que una criada de servicio trabaja a estas horas de la noche? No soy tan ingenua, señor Campbell.
    – Chica de servicio, no criada de servicio -aclaró él.
    – ¿Hay alguna diferencia?
    – En Deadwood sí. Vaya si la hay. Su hermana es una prostituta, señorita Merritt, pero por estos parajes se las llama chicas de servicio. Y a las de la clase de Rose -señaló con la cabeza a la mujer-, las llamamos patronas. Este extremo del pueblo se conoce con el nombre de «el páramo». Y ahora, ¿todavía quiere ver a su hermana?
    – Sí -declaró Sarah con obstinación, al tiempo que se alejaba de Campbell para instalarse entre dos hombres malolientes sentados en un horrible sillón color remolacha con brazos de caoba tallada. Uno de ellos olía a sudor seco, el otro a sulfuro. Se sentó muy tiesa, cruzando las manos sobre el bolso de organdí. No era una mujer miedosa ni fácil de amedrentar, pero al pensar que en aquel momento su hermana estaba en una habitación del piso superior, probablemente con un hombre, se le hizo un nudo en la garganta. Los hombres que había a su lado comenzaron a apretarse contra sus muslos y su corazón empezó a latir con violencia.
    El tipo de la izquierda sacó un paquete de tabaco para mascar y arrancó un trozo con los dientes. El de la derecha la miraba fijamente, mientras ella mantenía la vista puesta en el loro.
    – ¡Un dólar el minuto! ¡Un dólar el minuto! -chillaba.
    De pronto, Noah Campbell se interpuso en su campo de visión. Ella alzó la barbilla y apretó los labios. El hombre ni siquiera había tenido la cortesía de quitarse el sombrero y despojarse del revólver; llevaba el primero calado sobre los ojos y el segundo pegado a su cadera.
    – Si no es una chica de servicio -le advirtió-, no sabe donde se ha metido. Como he sido yo quien la ha hecho entrar, Rose me ha pedido que la acompañe fuera. La decisión es suya, pero si no se va tendrá que vérselas con Flossie. -Señaló a una figura que avanzaba hacia ellos-. Y no creo que le guste.
    Flossie, que se había plantado frente a ella en silencio, era una india marimacho de más de un metro ochenta de altura, con un rostro que parecía cortado de un tronco de secoya de diez hachazos, al que luego hubieran prendido fuego y apagado con botas de suelas con tachuelas. Sus ojos eran diminutos, negros e inexpresivos, su piel gruesa y granulada como la de una fresa, el pelo largo recogido en la nuca, y los brazos tatuados con un cañón de la Guerra de Secesión.
    – Tú -dijo-. Levanta el trasero.
    El miedo hizo que Sarah sintiera una punzada en el pecho. Tragó saliva y clavó la mirada en los ojos resueltos y pequeños de Flossie, temiendo apartarla.
    – Mi padre ha muerto. No he visto a mi hermana en cinco años. Quiero hablar con ella, eso es todo.
    – Hablarás mañana. Ahora saca tu huesudo trasero de ahí. -Flossie se inclinó hacia delante, cogió a Sarah por la parte superior de los brazos y la levantó del sillón rojo, extendiendo los brazos paralelos al suelo hasta dejarla como un vestido que cuelga de un tendedero.
    – Por favor, bájeme -pidió con voz trémula. Sus hombros casi tocaban los lóbulos de las orejas-. Me iré por las buenas.
    Flossie la soltó como a un desecho. Las rodillas de Sarah flaquearon, se tambaleó hacia delante y se agarró al posabrazos de una silla para recuperar el equilibrio.
    – ¡Flossie! -gritó una voz nueva-. ¡Déjala en paz!
    Sarah se irguió y tiró de las faldillas de su chaqueta. A mitad de las escaleras sin alfombrar que acababan en el centro de la sala, una mujer estaba de pie con una mano sobre la tosca baranda. Su pelo era negro azabache, cortado recto a la altura de la barbilla y las cejas, y acampanándose en las puntas resquebrajadas. Su piel era blanca como almidón de maíz; sus ojos, un círculo de sombra negra; y los labios, una raya escarlata. Vestía camisa y calzones blancos y encima llevaba un quimono negro transparente y estampado con dos amapolas grandes y rojas situadas estratégicamente. Con una expresión tan fría como la de Rose y tan previsible como la de Flossie, avanzó hacia Sarah y se detuvo frente a ella.
    – ¿Qué demonios estás haciendo aquí? -inquirió con voz fría.
    – Yo soy quien debería hacer esa pregunta.
    – Trabajo aquí y no me gusta que me molesten cuando podría estar atendiendo clientes.
    – ¡Atendiendo! Adelaide, ¿cómo puedes…?
    – ¡Mi nombre es Eve! -replicó-. Adelaide ha muerto. En lo que a mí respecta, jamás existió.
    – Oh, Addie, ¿qué has hecho de tu vida? -Sarah extendió una mano hacia el quebradizo cabello negro de su hermana.
    Adelaide retrocedió.
    – Largo de aquí -le ordenó apretando los dientes-. No te pedí que vinieras. No quiero verte.
    – Pero me escribiste. Me dijiste dónde estabas.
    – Tal vez lo hice, pero nunca imaginé que vendrías. Ahora, vete.
    – Papá ha muerto, Addie.
    – ¡Te he dicho que te vayas!
    – ¿Me has oído, Addie? Papá ha muerto.
    – Me importa un comino. ¡Ahora, lárgate! -le dio la espalda.
    – Pero he venido desde St. Louis.
    Sarah se encontró alargando sus manos hacia la espalda de Addie, mientras su hermana se acercaba a un grupo de hombres que bebía whisky en una mesa redonda.
    – Snooker, es tu turno querido. Siento el retraso. -Pasó su mano por los hombros de un cincuentón vestido con una camisa roja a cuadros y tirantes. El hombre giró la cabeza para observar a Sarah. Addie le cogió la mejilla y le obligó a mirarla-. ¿Por qué la miras como un estúpido? ¿No ves que no vale nada? -Abrió sus labios de color rojo intenso y los unió a los de Snooker, mucho más viejos. Sarah se volvió.
    Noah Campbell se apresuró a cogerla del brazo para llevársela fuera.
    – ¡No me toque! -gritó, apartándose con brusquedad una vez más de aquel hombre que, aparentemente, era otro de los clientes de Adelaide.
    Haciendo acopio de toda su dignidad y con el corazón roto, se encaminó hacia la puerta.

Capítulo Dos

    De regreso en el hotel, permaneció recostada, completamente despierta y tensa bajo las sábanas. No era una ingenua que ignorara lo que pasaba en el mundo. ¿Acaso su madre no había huído con su amante cuando ella tenía siete años y Addie tres y jamás la habían vuelto a ver? ¿No había aprendido de joven que el deseo carnal podía arrastrar a las conductas más extremas?
    Es más, tenía veinticinco años y había comenzado a hacer tipos de imprenta para su padre a los doce y a escribir artículos a los quince. Desde entonces, había conocido todo tipo de mórbidas historias. Había aprendido a controlar sus reacciones y a descargar su cólera o su compasión sólo en las páginas del rotativo. «Si te involucras mucho en algo, pierdes la objetividad», le había advertido su padre y como no había otra persona en el mundo a quien ella hubiera respetado más que a Isaac Merritt, había asimilado el consejo al pie de la letra. Así, había terminado por habituarse al lado más despreciable de la vida, a la crueldad de la humanidad, a su inmoralidad, codicia, frialdad y lujuria.
    Pero esto era algo personal. No era un artículo más. Se trataba de su hermanita, Adelaide, con quien había compartido una cama de niña, las paperas y la varicela, y a quien había enseñado, a falta de una madre, a leer, a escribir, las normas de educación y los quehaceres domésticos. Adelaide, que no había vuelto a ser feliz desde que su madre huyera. Adelaide, en aquel repugnante lugar, haciendo cosas repugnantes con hombres repugnantes.
    Recordó el burdel con su clientela de labios húmedos, la patrona fumando cigarros y la degradación general que se respiraba. ¿Qué había inducido a Adelaide a trabajar allí? ¿Desde cuándo estaba en aquel horrible lugar? ¿Ejercía la prostitución desde que había abandonado su casa?
    Cinco años. Sarah cerró los ojos. Cinco años y todas esas noches y todos esos hombres. Abrió los ojos: cinco años o cinco noches… ¿existía alguna medida para la depravación? Revivió el impacto inicial al ver a Addie con aquella ropa grotesca, provocativa, con varios kilos de más, el rostro maquillado y el pelo teñido de negro y reseco. La última vez que Sarah había visto a su hermana, Addie era una joven pulcra, de cabello rubio sedoso y largo hasta media espalda y una sonrisa tímida que rara vez esbozaba. Había sido una cristiana devota, una hija obediente y una hermana cariñosa. ¿Qué la había hecho cambiar?
    «¡Por Dios que lo averiguaré!»

    A la mañana siguiente el ruido metálico de la lata de agua del pasillo despertó a Sarah. Abrió los ojos de golpe y vio las vigas en el techo. El recuerdo de la noche anterior le vino a la memoria, y con él el ferviente deseo de sacar a su hermana de Rose's.
    Se levantó de un salto, abrió un baúl, buscó ropa limpia y la tiró sobre la cama. Quitó la tranca a la puerta, espió el pasillo y se dirigió apresuradamente hacia el agua con la jarra de porcelana. Sumergió un dedo en el agua y masculló con una mueca de desagrado, «Ah, fantástico… realmente fantástico». De todos modos, llenó la jarra, la llevó al cuarto goteando y, pese a la fría temperatura del agua, aprovechó el jabón y la intimidad. Treinta minutos después, todavía temblando y con el cabello recogido en la nuca, zapatos negros de tacón alto, falda de lana marrón, blusa sobria a juego con el resto del conjunto y un abrigo de lana cruzado, dejó el Hotel Grand Central.
    Era una fría mañana de septiembre. En la acera de madera se estremeció de nuevo, miró a un lado y a otro de la calle y se puso los guantes mientras sujetaba la bolsa de dinero bajo un brazo y una libretita de notas en la boca. Caminó hasta el final de la acera dando ruidosos golpes de tacón en el suelo hueco y escrudriñó la calle lateral. Terminaba detrás del hotel, donde el arroyo Whitewood repiqueteaba tras unirse al arroyo de Deadwood. Al otro lado del río, la pared del cañón se erguía abruptamente, privando a la calle de la luz del sol. Tomando las sombras como referencia, Sarah dedujo que el cañón se extendía en una línea nordeste-sudoeste. Ella y el Grand Central se encontraban en el extremo sudoeste; «el páramo» y su hermana en el nordeste.
    El pueblo parecía una prolongación de aquella masa intrincada, como si los siglos y el clima lo hubieran dispersado caóticamente a lo largo de la hondonada. Comenzaba con una acumulación de tiendas y chozas en lo alto de las colinas y se diseminaba hacia abajo en forma de cuello de botella, hasta un punto en que la anchura del cañón dejaba sitio para una sola calle: Main Street. Sus edificios formaban un conjunto lastimoso, erigidos a la ligera por buscadores de oro y comerciantes que habían llegado con la fiebre del oro a comienzos de aquella primavera. Antes de viajar a Deadwood, Sarah había leído artículos en periódicos del este, en los que se decía que los edificios de Deadwood se estaban levantando con mayor rapidez que las tiendas indias a orillas del río Little Bighorn. Había historias acerca de terrenos comprados un lunes, y que el sábado siguiente ya tenían edificios de madera pertrechados y en pleno funcionamiento. ¡Pero había que verlos! Aquellas estructuras sin pintar, chozas hechas de ramas secas y tiendas de campaña servían de refugio temporal a los recién llegados que aguardaban su turno para conseguir madera o troncos. Contribuyendo al desorden arquitectónico del pueblo, estaban los lavaderos, dotados de largos conductos que bajaban de las laderas a los arroyos, como jirafas con sus cabezas inclinadas para beber.
    Sarah caminó por Main Street, cuyos únicos toques de color los proporcionaban los anuncios de recién llegados pregonando sus profesiones y productos: carniceros, abogados, médicos, otro hotel (el Custer), escribientes, salas de juego (el Club Montana y el Bar Chicago eran dos de los edificios más grandes del pueblo, ocupando toda la extensión de sus terrenos… que ella calculó en siete y medio por treinta metros… y con perversos avisos informando de que nunca cerraban sus puertas); armeros, barberos, cerveceros, catinas (perdió la cuenta después de la número trece); panadería, ferretería y, por supuesto, el páramo. Tal como había temido: todo para el hombre aventurero, pero nada para las señoras. Ni siquiera un comercio.
    Los dos teatros, sin embargo, prometían un toque de refinamiento; ¡aunque, a la luz del día, descubrió que el Langrishe tenía paredes de madera y techo de lona! El poste que había en la esquina de Main Street con Gold Street evidenciaba que el cuatro de julio se había celebrado de algún modo. También resultaba alentador el hecho de que alguien hubiera empezado a construir lo que parecían ser canales de madera para llevar agua al pueblo desde algún manantial oculto.
    A las siete y media de la mañana, la actividad en Deadwood era total. Por dondequiera que Sarah pasara, los hombres se giraban para mirarla una segunda vez. Algunos se quedaban boquiabiertos. Otros se ruborizaban. Y había quienes se quitaban el sombrero automáticamente. A lo largo del arroyo los hombres trabajaban con artesas en lavaderos de oro. Los jugadores nocturnos salían tambaleándose de las casas de juego con grandes bolsas oscuras bajo los ojos. El olor a pan horneándose que salía de la panadería hizo que Sarah se marease de hambre. Fornidos vaqueros ataban sus caballos en una cochera de carruajes de alquiler. Frente a una tienda de suministros para mineros, un hombre con los brazos más largos que Sarah jamás hubiera visto colgaba cacerolas en una rejilla de madera alta, donde la brisa las hacía sonar como campanas. Calle arriba, Sarah descubrió una casa de baños… ¡una casa de baños!, se regocijó. En el terreno adyacente, sin edificar, dos hombres encendían un fuego bajo una enorme olla negra. Se detuvo y los observó un rato, envidiando el agua caliente… suficiente para sumergirse de cuerpo entero. Se sorprendió cuando les vio arrojar ropa dentro de la marmita y revolverla con dos palos largos.
    – Buenos días -dijo.
    Los dos hombres se giraron a la vez y reaccionaron como todos los demás, abriendo la boca como si Sarah fuera un fantasma.
    – Buenos días -respondieron a coro tras una pausa reverente y temerosa.
    – ¿Esto es una lavandería o una casa de baños?
    – Ninguna de las dos cosas, señorita. Vendemos trapos -explicó el más bajo de los dos.
    Ella necesitaría trapos; siempre había problemas de tinta en una imprenta.
    – Oh, estupendo. ¿Es eso lo que están hirviendo?
    – Sí, señorita. Los mineros van a las casas de baños con ropa nueva y dejan la vieja. Igual que en los prostí… -El compañero le dio un codazo-. Quiero decir, que en el páramo, si me permite la expresión. La recogemos gratis, la despiojamos y la revendemos.
    – Qué emprendedores. Seré su cliente con toda seguridad. Bueno, que tengan un buen día, caballeros.
    – ¡Espere! -gritó uno de ellos cuando se alejaba. Sarah se detuvo y se volvió.
    – ¿Quién es usted? Bueno, quiero decir… mi nombre es Henry Tanby y él es Skitch Johnson. -Tanby, el más bajo, se quitó el sombrero y lo sostuvo con ambas manos sobre el pecho. Se parecía mucho a un bulldog, tanto por sus facciones como por carecer casi absolutamente de cuello.
    Sarah se acercó y les dio la mano.
    – Señor Tanby, señor Johnson. -Johnson era joven, flaco, de expresión picara y, en apariencia, tímido-. Soy Sarah Merritt de St. Louis. Imprimiré la primera edición de mi periódico en cuanto dé con mi imprenta.
    – Periódico. Quién lo hubiera pensado ¿Llegó en la diligencia?
    – Sí, anoche.
    – Quién lo hubiera pensado -repitió Tanby; luego pareció desconcertarse, sonrió tontamente y olvidó ponerse el sombrero. Por fin lo recordó. Johnson seguía de pie y una sonrisa embobada se esbozaba en sus labios. Tanby le dio un codazo en las costillas-. No tiene modales. Parece que nunca haya visto a una dama. Aunque, la verdad es que no tenemos ocasión de ver a muchas en este cañón.
    – Eso tengo entendido. -Una mujer que se considerara llamativa se habría deleitado con tanta atención hacia su persona; pero Sarah estaba simplemente azorada; en toda su vida había despertado tanto interés-. Bueno, debo seguir mi camino caballeros.
    Tanby gritó:
    – ¡Si necesita algo no tiene más que decirlo! ¡Siempre es un placer poder ayudar a una dama!
    – ¡Gracias, señor Tanby! Encantada de conocerle, señor Johnson.
    Johnson salió de su estupor y le dirigió a Sarah un catatónico saludo. Sarah estaba sorprendida ante tanta atención masculina. A pesar de ello, era lo bastante honesta para darse cuenta del auténtico motivo de ese interés. Le habían dicho que había pocas mujeres en los campamentos y poblados que rodeaban las explotaciones de oro, pero jamás hubiera imaginado que la escasez era de tal magnitud. Eso le daba cierta ventaja y decidió que valdría la pena aprovecharla cuando resultara preciso. Como mujer soltera en un pueblo joven, inaugurando un periódico, habría ocasiones en que necesitaría ayuda, asesoramiento y apoyo. Tanby, Johnson, Reese y Bradigan: recordaría los nombres de quienes se habían mostrado amables con ella.
    El pueblo, según pudo ver por el camino, tenía varios bancos, pero sólo uno abierto al público. Lo encontró con facilidad. Tenía el altisonante nombre de El Emporio del Oro de Pinkney y Sathal, Giros y Cambio para Comerciantes y Mineros. La barroca verborrea de la marquesina también rezaba: «Se Cambian Dólares… Se hacen Préstamos… La Única Caja De Seguridad de Hierro de las Excavaciones… Se Acepta Oro en Polvo para Guardarlo en Lugar Seguro». Sarah esperó hasta que las puertas se abrieron a las ocho y veinte, un horario bastante extraño. Un hombre bajo y sobrealimentado, vestido con un traje negro bien planchado y una corbata larga de nudo corredizo abrió la puerta de doble vidrio y enarcó las cejas al verla.
    – Pero bueno, ¿estoy viendo visiones? -Lucía una rosada calva parecida a una ciruela en junio.
    – En absoluto. He venido a cambiar unos bonos por efectivo.
    – Bueno, adelante, adelante. -La hizo pasar solícito y le tendió una mano-. Mi nombre es Elias Pinkney, a sus órdenes.
    La miró con ansiedad, aunque para ello tuvo que levantar la vista.
    – Soy Sarah Merritt…
    – Señorita Merritt… bueno, bueno…
    Una vez más, se vio obligaba a retirar la mano. Pinkney siguió su mano mientras la apartaba, de modo que quedó a un paso de Sarah, que retrocedió un poco.
    – Debo admitir que es una sorpresa muy grata. Una sorpresa muy grata.
    ¿Es que lo tenía que repetir todo?
    – Acabo de llegar al pueblo y necesito un poco de oro en polvo para comer algo.
    – No necesitará ni un gramo de oro si me permite invitarla a desayunar. Sería un honor para mí. Un gran honor.
    La insistencia del hombre desconcertó a Sarah, que no tenía ninguna experiencia en rechazar proposiciones masculinas. Buscó una salida educada.
    – Se lo agradezco mucho, señor Pinkney, pero hoy tengo mucho que hacer. Pienso imprimir el primer periódico de Deadwood.
    – Un periódico. Esa sí que es una buena noticia. Una muy buena noticia. En ese caso, puedo presentarle a todas las personas importantes del pueblo.
    – Gracias, pero no quiero hacerle perder su valioso tiempo. Y necesito oro en polvo, si es tan amable.
    – Por supuesto, por supuesto. Venga por aquí.
    Sarah advirtió enseguida que, pese al evidente interés por ella, el señor Pinkney era un hombre de negocios astuto. Le cambió un bono de la Wells Fargo por oro en polvo, sin dejar de quedarse con el habitual cinco por ciento de comisión. Sarah guardó el oro en una bolsita de ante y luego ingresó el resto de los bonos en la caja de seguridad del banco, conviniendo en pagar una tasa del uno por ciento por el primer mes de servicio. Antes de marcharse, llegó a un acuerdo con Pinkney, según el cual, en el futuro utilizaría la caja de seguridad sin cargo a cambio de publicidad gratis en su periódico.
    – Es usted una mujer con la cabeza en su sitio.
    – Eso espero, señor Pinkney. Gracias.
    Sarah se hubiera abstenido del apretón de manos de despedida, pero él forzó la situación tendiéndole primero su mano, violando flagrantemente las normas de protocolo. Le sostuvo la mano más tiempo del correcto, escrutándola desde su diminuta altura.
    – La invitación a cenar queda pendiente, señorita Merritt. Pronto tendrá noticias mías. Muy pronto.
    Con el oro en polvo finalmente en su poder, Sarah salió, respirando más tranquila una vez fuera del banco. Qué hombrecillo tan repugnante. Rico, sin duda, y pulcramente vestido, pero demasiado seguro de que su dinero y su posición social seducirían a la primera mujer soltera que llegara al pueblo. Le alivió haber usado guantes durante la entrevista.
    Con el estómago protestando, se detuvo en el primer establecimiento de comidas que encontró, un tosco edificio de madera llamado Restaurante Ruckner. El lugar estaba atestado de hombres que, por turnos, la miraban fijamente, murmuraban, silbaban, pasaban junto a su silla sin motivo alguno, se quitaban los sombreros, hablaban en voz baja con las cabezas juntas y reían. Sin embargo, ninguno se instaló en las mesas cercanas; muy al contrario, dejaron un círculo de sillas vacías a su alrededor.
    Un muchacho de unos dieciséis años se acercó para tomar nota de lo que deseaba. Sonreía sin cesar.
    – Buenos días, señorita. ¿Qué será?
    – Buenos días. ¿Podría ser un filete de ternera? No he probado bocado desde ayer al mediodía.
    – Lo siento, señorita, no tenemos carne de vacuno. No hay muchos pastos para el ganado por estos parajes. Pero tenemos carne de bisonte. Es igual de buena.
    Pidió un filete de bisonte, patatas fritas, café y galletas, consciente de que cada hombre presente la estaba escuchando. Una vez el chico se hubo alejado, Sarah se puso unas diminutas gafas ovaladas, abrió la libreta, extrajo una pluma y un frasco de tinta de su bolso de organdí y, tratando de ignorar que era observada descaradamente, se dispuso a escribir el primer artículo para el Deadwood Chronicle.
    «Un dólar cincuenta en polvo de oro da la bienvenida a la editora del Deadwood Chronicle.» En él citaba a todos aquellos que le habían prestado su ayuda la noche anterior.
    Seguía escribiendo cuando llegó su comida.
    – Disculpe, señorita. -Un hombre con tirantes se detuvo a su lado con una fuente de humeante comida que despedía un olor maravilloso.
    Sarah alzó la cabeza, cerró la libreta y la hizo a un lado.
    – Oh, usted perdone. Mmm… tiene un aspecto delicioso.
    – Espero que le guste el bisonte. Siento no haberle podido servir ternera. -Dejó la bandeja sobre la mesa y permaneció donde estaba mientras ella tapaba el frasco de tinta y se quitaba las gafas-. Mi nombre es Teddy Ruckner, señorita. Soy el propietario. -Debía de rondar los treinta años; tenía el pelo rubio, hoyuelos en las mejillas y un cierto atractivo juvenil; ojos brillantes y azules y una sonrisa amable que en ningún momento se apartó del rostro de Sarah.
    – Señor Ruckner. -Sarah le tendió la mano-. Soy Sarah Merritt. He venido a Deadwood a editar un periódico.
    Cuando sus manos se separaron él se quedó donde estaba, secándose las palmas en los muslos y señalando la libreta con la cabeza.
    – Supuse que era inteligente cuando la vi escribiendo. Es bueno ver a una mujer por aquí. ¿Dónde establecerá su negocio?
    – Aún he de encontrar el sitio adecuado. Por ahora me alojo en el Grand Central.
    – Hay una pensión. La de Loretta Roundtree. Podría probar allí.
    – Gracias, tal vez lo haga.
    Cogió el tenedor esperando que él se fuera… El estómago le dolía de hambre… pero el hombre permanecía allí, haciéndole preguntas, hasta que ella comenzó a sentirse incómoda al ser objeto de tan vehemente solicitud. Aunque no era una mujer propensa al rubor, en esta ocasión no lo pudo evitar. Por fin, él se dió cuenta de que estaba retrasando su comida y retrocedió.
    – Bueno, será mejor que la deje comer. Cualquier otra cosa que desee, sólo tiene que avisarme. Hay café de sobra.
    Sarah permaneció en el restaurante casi una hora y durante ese tiempo ni un sólo cliente se marchó. De hecho, entraron más; unas dos docenas tal vez… en silencio, con recato, deslizándose como niños para observar a un bebé dormido, fingiendo no prestarle atención cuando era obvio que había corrido el rumor de que ella estaba allí y todos iban a echarle un vistazo. Todas las sillas, excepto las que estaban alrededor de Sarah, fueron ocupadas; a pesar de todo siguieron entrando más hombres y bebiendo café de pie. Las miradas furtivas comenzaban a molestarla. Sarah mantenía la mirada fija en el plato y el artículo, que seguía escribiendo mientras comía. Otros… podía sentir sus ojos… la estudiaban más abiertamente, sin duda evaluándola como la hermana de «Eve», de Roses. Su taza de café no llegaba a vaciarse hasta la mitad, cuando aparecía Teddy Ruckner, el único lo bastante osado para aventurarse tan cerca de ella, y se la llenaba de nuevo. Cuando el plato estuvo vacío y rebañado, apareció con una porción de tarta de manzana seca.
    – Cortesía de la casa -dijo-. En realidad, toda la comida.
    – Oh, señor Ruckner, no puedo aceptarlo.
    – No, insisto. Es usted lo mejor que ha venido por aquí desde la última remesa de fruta fresca. Disfrute de la tarta.
    Abrumada por ser de nuevo el centro de atención, Sarah se concentró en la tarta. Había comido la mitad cuando escuchó saludos repetidos de «Buenos días, marshal».
    – Buenos días, muchachos -fue la respuesta del recién llegado que se abrió paso entre el grupo. Caminó arrastrando los pies y se detuvo junto a la mesa de Sarah con las piernas separadas y las manos en las caderas. Aún con la cabeza gacha, ella vio los pantalones negros y el arma en la cadera y supo quién era. Alzó la vista con lentitud hacia la estrella plateada en la chaqueta, el bigote rojizo y el sombrero de vaqueronegro que no se había quitado. A la luz del día su rostro estaba salpicado de pecas como una azucena atigrada… ella nunca había sentido excesiva predilección por los bigotes ni por las pecas. Parecía fuerte como una mula y casi tan guapo debido a los ojos grises y la mueca en la punta de la nariz. Sarah supuso que algunas mujeres lo considerarían atractivo. Sin embargo, a ella, todo en él le causaba aversión, empezando por su desfachatez.
    – Señor Campbell -dijo con frialdad, aunque comenzando a sonrojarse. Él se tocó el ala del sombrero.
    – Señorita Merritt. Me preguntaba a qué obedecía todo este alboroto.
    – ¿Alboroto?
    – Cada vez que los hombres corren a reunirse en algún sitio, es mi deber averiguar qué los atrae. Por lo general es una pelea.
    El rubor de Sarah se intensificó al pensar que el marshal de Deadwood frecuentaba los prostíbulos, había trabado relación carnal con su hermana e incluso había ofrecido pagar por sus servicios la noche anterior, todo ello una hora después de su llegada al pueblo. Repulsivo y engreído, permanecía de pie frente a ella con el Colt 45 en la cadera, desafiándola.
    – Así que marshal Campbell, ¿eh?
    – Exactamente.
    Apoyó el tenedor en el plato y lo miró a los ojos, hablando lo bastante alto para que se la oyera en cada rincón del comedor.
    – ¿Es normal aquí, en la frontera, que el marshal del pueblo sea cliente de los prostíbulos en lugar de intentar cerrarlos?
    El muy estúpido carecía de la suficiente dignidad para sentirse insultado. Echó la cabeza hacia atrás y rió junto a la mitad de los hombres al tiempo que enganchaba el pulgar en el cinturón de su cartuchera en actitud prepotente.
    – Se irrita con facilidad, ¿verdad?
    Exasperada por la actitud arrogante y la mirada burlona de Campbell, Sarah se quitó las gafas y se puso en pie.
    – Si me disculpa, marshal, tengo que ocuparme de mi periódico. -Recogió sus cosas, se detuvo junto a la silla y alzando la voz dijo dirigiéndose a la concurrencia-: Caballeros, mi nombre es Sarah Merritt. Acabo de llegar de St. Louis y espero publicar un periódico aquí en Deadwood. Estoy buscando dos cosas y me sentiría muy agradecida si alguno de ustedes pudiera ayudarme a conseguirlas. En primer lugar, necesito un edificio para alquilar o comprar… preferentemente de madera y no de lona. Y, segundo, necesito noticias. Ningún editor puede imprimir un periódico sin ellas, así que, por favor… siéntanse con derecho a detenerme dondequiera que me vean y explicarme lo que sucede a lo largo y ancho del Cañón Deadwood. Deseo que el Deadwood Chronicle sea su periódico.
    Cuando acabó de hablar, alguien en un rincón lejano gritó:
    – ¡Eh, muchachos! ¿qué os parece si le damos la bienvenida a la pequeña dama? -Una aclamación se elevó proveniente de docenas de voces masculinas (todas excepto la de Campbell). Ahora sí se acercaron ofreciendo sus manos, presentándose… hombres con nombres como Shorty, Baldy, Colorado Dick y Potato Creek Johnny; hombres con dientes rotos, ropa sucia y manos tan ásperas como el terreno en que trabajaban; hombres con daguerrotipos en los bolsillos y esposas en hogares remotos; hombres sedientos de mujeres, presentándole sus respetos.
    Le indicaron dónde encontrar a Craven Lee, que le podría informar sobre una propiedad disponible, a Patrick Bradigan para devolverle el dólar con cincuenta que le había prestado; también se enteró de que su prensa de imprimir había llegado en una caravana de mulas y permanecía guardada en la estación de carga, cuyo encargado era un hombre llamado Dutch van Aark.
    Entretanto, el marshal Campbell se mantenía apartado, observando, haciendo a Sarah blanco de su vigilancia turbadora; cuando se encaminaba hacia la puerta le dijo:
    – Venga a verme. Hemos de hablar del tema de la licencia para su periódico.
    Ella salió ignorándolo y pensando: «¡antes te veré en el infierno, Campbell!».
    Comenzó por Craven Lee, responsable de la concesión de terrenos y administrador de bienes. Lo encontró en una cabaña de troncos de Main Street; él le notificó que por el momento no podía ayudarla. La lista de posibles compradores era tan larga como el invierno noruego y Graven Lee le aconsejó que se quedara donde estaba. Al menos tenía un techo y una cama donde dormir.
    Luego fue a ver a Bradigan al bar El Bisonte Jorobado, donde había comenzado la mañana bebiendo para aliviar los temblores provocados por la borrachera de la noche anterior. Sarah entró y, una vez más, las cabezas se volvieron hacia ella… todas menos la de Bradigan. Estaba frente al mostrador con un vaso en la mano.
    – Buenos días señor Bradigan -dijo.
    El hombre se giró con lentitud antes de quitar los codos de la barra y enderezarse hueso por hueso al estilo de un borracho habitual.
    – Buenos días, señorita Merritt.
    A ella le sorprendió que recordara su nombre. Bradigan trató de quitarse el sombrero pero ni siquiera llegó a tocarlo.
    – Le debo un dólar y medio en oro en polvo. -Sarah cogió su bolsito y aflojó la cinta.
    Él la observó con ojos inyectados en sangre, asimilando por unos instantes lo que le acababan de decir antes de contestar con un marcado acento irlandés que brotó tan lentamente como un deshielo de primavera.
    – No, hermosa dama. Mi bolsa fue afortunada. Fue un placer para mí poder ayudarla.
    Ni forzando su imaginación hasta el límite, Sarah podía considerarse una hermosa dama.
    – Señor Bradigan, por favor… -se apresuró a contestar en voz baja, lanzando una mirada fugaz al cantinero y a varios clientes que los observaban y escuchaban-. Yo pago mis deudas, y anoche no estaba del todo segura de que usted supiera que estaba dejando dinero a alguien.
    El hombre levantó el dedo índice, esbozó una sonrisa vacilante y volvió su atención al vaso de whisky. Lo alzó hacia ella y exclamó:
    – Bienvenida a Deadwood, señorita Sarah Merritt.
    Dándose cuenta de que no lograría que Bradigan aceptara su oro, Sarah entregó la bolsa al cantinero.
    – Tome. Por favor, saque el valor de un dólar y medio y sírvale al señor Bradigan lo que desee por ese valor.
    Antes de marcharse, añadió:
    – Gracias otra vez, señor Bradigan. -Él la miró a los ojos y, en silencio, inclinó la cabeza sobre el vaso de whisky.
    Era la una del mediodía cuando salió de nuevo a la calle. Supuso que a esa hora los residentes de Rose's ya estarían despiertos. Se dirigió hacia el páramo con nerviosismo; se había quitado el abrigo y ahora lo llevaba bajo el brazo. Hacía bastante calor y las moscas zumbaban sobre los excrementos en la calle. Una sucesión constante de carretas iba y venía a lo largo de Main Street, compitiendo con el tránsito peatonal. De todos los rostros que vio, ninguno era de mujer. Comenzaba a entender por qué tanto ella como su hermana y las demás muchachas despertaban tal expectación en Deadwood. En Rose's, la puerta estaba abierta… Toda una sorpresa. Había esperado tener que buscar una entrada trasera o golpear la puerta hasta romperse los nudillos para recibir una respuesta. Muy al contrario, ésta se abrió con solo tocarla y Sarah entró en la misma habitación sombría y atestada de humo de la noche anterior. No había ni un alma. El olor a whisky rancio y a escupideras sin lavar impregnaba el local. Había también un intenso olor a sulfuro que ya había notado por la noche. El salón estaba a oscuras. Las cortinas rojas estaban corridas, impidiendo la entrada de la luz de mediodía, a excepción de un pequeño triángulo, que se filtraba por el extremo más cercano al suelo. En la penumbra, Sarah examinó detenidamente el lugar: en la pared colgaba el cuadro, cuya presencia ya había advertido la noche anterior, de una mujer entrada en carnes y desnuda, reclinada sobre un banco borroso, con un velo entrelazado entre los muslos y el vello púbico a la vista; un letrero en la pared con un dedo señalando hacia el pasillo rezaba: baño obligatorio; otro decía menú. Se acercó y lo leyó.

    el baño
    el viaje
    el francés
    mitad y mitad
    con exhibición
    cita fuera

    Pasmada, Sarah comprendió que el menú no tenía nada que ver con comida. Se sintió sucia y apartó la mirada. Había una puerta abierta a la izquierda de las escaleras. La atravesó, encontrándose en un largo pasillo con una puerta abierta al fondo, donde algunas voces, la luz de las ventanas, el repicar de cubiertos contra platos y el olor a comida denotaban la presencia de un comedor. Mientras avanzaba, el olor a sulfuro se hacía más intenso. Halló el origen… un cuarto a la izquierda del pasillo con una enorme bañera de cobre, toneles de madera con agua, una estufa de hierro para calentarla y suelo de madera húmedo. Su repugnancia se avivó cuando se dio cuenta de que los baños obligatorios eran rociados con ácido fénico… para despiojar.
    Apretándose la nariz con los dedos índice y pulgar, continuó hacia el extremo del pasillo; se detuvo poco antes de llegar a la puerta y escuchó en silencio.
    – … era evidente que nunca antes lo había hecho. El bulto en sus pantalones era más grande que la pata de un cerdo, así que le dije: «Apuesto a que te cuelga como a un toro, querido. Sácalo y echémosle un vistazo».
    – ¿Lo hizo?
    – Estaba demasiado asustado. Se quedó parado con la nuez brincándole en la garganta y la cara más roja que un hierro de marcar, así que tuve que tomar la iniciativa. Le cogí la mano y se la puse dentro del pantalón para ver qué hacía, y él…
    Sarah se asomó.
    – Con permiso.
    La narración quedó interrumpida. Todas las cabezas se volvieron hacia ella.
    Adelaide estaba sentada a una mesa con otras cuatro mujeres, Flossie entre ellas, con una bata azul cobalto y comiendo estofado de pollo y pudín. En la pared más alejada de la puerta, una mujer gorda preparaba café en un hornillo de hierro colado. La mujer de tez morena que había estado hablando miró a Sarah, luego a Eve y de nuevo a Sarah.
    – Me gustaría hablar contigo, Adelaide.
    La expresión de Adelaide se endureció.
    – ¡Qué estás haciendo aquí! Te dije anoche que no quería volver a verte. Así que lárgate. -Y dicho esto siguió comiendo.
    – He recorrido mil seiscientos kilómetros para verte y no me iré hasta que hayamos hablado.
    – Flossie. -Adelaide señaló a Sarah con el tenedor-. Deshazte de ella.
    La mujer india echó la silla hacia atrás y Sarah experimentó otra punzada de terror. Pero su padre le había enseñado que el requisito indispensable de una buena editora era el coraje.
    – ¡Espera un momento! -gritó con firmeza, al tiempo que entraba en la habitación con el corazón agitado y apuntando a Addie con el dedo índice-. No soy uno de tus clientes a quienes puedes echar a la calle. Soy tu hermana y estoy aquí porque me preocupo por tí. Puedes echarme o incluso hacer que me golpeen, si es eso lo que quieres, pero no pienso irme. Nuestro padre ha muerto y te traigo lo que te corresponde de la herencia. También he traído su imprenta y pienso establecerme en Deadwood y publicar un periódico, de modo que o hablas conmigo ahora o te verás expuesta a un insistente acoso por mi parte. ¿Qué me dices?
    Aquella repentina agresividad detuvo a Flossie y envalentonó a Sarah, que clavó la mirada en su hermana con determinación. Al ver la obstinada expresión de Addie, continuó:
    – Es más, tengo un mensaje de Robert para tí. En lo que a eso respecta, tienes tres opciones: puedo decírtelo aquí en presencia de tus amigas, publicarlo en primera página en la primera edición del periódico, o puedes llevarme a algún sitio donde podamos hablar en privado. ¿Qué me dices? -Adelaide apretó los dientes, arrojó el tenedor contra el plato y se puso en pie bruscamente, quedando por un momento la silla en precario equilibrio sobre las patas traseras.
    – ¡De acuerdo, maldita sea, pero sólo cinco minutos! Luego te irás por las buenas o Flossie te ayudará a hacerlo. ¿Está claro? -Salió de la cocina con paso arrogante, atravesó el pasillo y subió las escaleras con su bata azul ondeando. Sarah la seguía a un paso.
    Antes de abandonar la cocina, Sarah señaló con un dedo la nariz de Flossie y le advirtió:
    – Si alguna vez vuelves a ponerme una mano encima, lo lamentarás.
    Arriba, Addie la guió por un corredor estrecho y oscuro hasta la tercera habitación a mano izquierda. La puerta se cerró con estrépito detrás de ellas y Addie se volvió hacia su hermana con los brazos fuertemente cruzados bajo los pechos.
    – Bueno, sé breve.
    Ya que la temeridad había dado resultado hasta el momento, Sarah recurrió a ella una vez más.
    – Si éste es el cuarto donde trabajas, me niego a hablar contigo aquí.
    – Esta es mi habitación privada. Trabajo en el cuarto de al lado. -Inclinó la cabeza hacia un lado-. ¡Ahora empieza de una vez porque me estás haciendo perder el tiempo, hermanita mayor!
    – ¿Aquí vives? -Sarah observó la pequeña y sombría habitación con una única cama, una cortina de muselina áspera y sucia en la ventana y anuncios de obras teatrales sujetos con chinchetas adornando las toscas paredes. Había una alfombra, una colcha, un tocador ordinario, un espejo, una silla, una cómoda y, en el suelo, junto a la puerta, una palangana de porcelana. Una hilera de colgadores en la pared exhibía una colección de vestidos baratos y de colores llamativos muy similares al que Addie llevaba puesto la noche anterior. Los únicos objetos que daban cierta calidez al ambiente eran unas rosas de papel descoloridas en la pared y, sobre la cama, un gato de peluche hecho con piel de zorro roja y raída. Al verlo, el corazón de Sarah se encogió: era el único rastro de la Adelaide que ella recordaba: de niñas, habían tenido un gato como mascota.
    – Veo que aún tienes un gato -comentó con una sonrisa de complicidad volviéndose hacia ella, que enarcó una ceja y mantuvo los brazos cruzados.
    – Adelante, di lo que tengas que decir.
    Lo que Sarah deseaba decir era ¿por qué?, ¿por qué este lugar?, ¿esta profesión?, ¿este aparente odio hacia mí, que lo único que hice fue ser la madre que te faltó? Pero por ahora no obtendría respuestas a esas preguntas; estaba claro.
    – Muy bien, Addie. -Hablaba en voz baja, ahora sin severidad-. Papá murió la primavera pasada. Vendí la casa, los muebles y el edificio de la calle Market. Lo único que he conservado es la imprenta, su escritorio y las pocas cosas que necesitaré para sacar adelante el periódico. Aquí está la mitad que te corresponde. -Abrió el bolsito de organdí.
    – ¡No quiero su dinero!
    – Pero Addie, con él podrías dejar este lugar.
    – No quiero dejar este lugar.
    – ¿Cómo puedes decir eso? Es espantoso.
    – Si sólo has venido para eso, ya puedes coger su dinero y largarte de aquí.
    Sarah observó a su hermana con tristeza.
    – Él nunca superó tu huida, Addie.
    – ¡No quiero saber nada de él! -insistió-. ¡Te he dicho que mi padre me importa un comino!
    Pese a la violencia casi demente con que hablaba Addie, Sarah se obligó a continuar.
    – Contrajo diabetes un año después de que nos dejaras. Al principio, sólo noté que se le veía algo débil, pero luego su mente comenzó a ceder, su apetito se volvió caprichoso y, con el tiempo, su aparato digestivo dejó de funcionar. Al final, no tenía capacidad de retención y sufría dolores intensos. Los médicos hacían todo lo posible por aliviarle los fuertes dolores que padecía… con glicerina, cloroformo, cloruro de hierro… pero su debilidad fue a peor hasta que quedó encogido como un pichón. Siempre fue un hombre orgulloso; resultó muy duro para él. Por aquel entonces, yo ya me ocupaba del periódico. Antes de morir, me hizo jurarle que haría todo lo posible por encontrarte. Deseaba que estuviéramos juntas. -Con ternura añadió-: Eres mi hermana, Addie.
    – Un accidente de nacimiento. Mi voluntad no tiene nada que ver. -Addie se apartó y miró por la ventana.
    – ¿Por qué te fuiste? -Ante el silencio de Addie, Sarah continuó diciendo con voz suplicante-: ¿Fue por algo que yo hice?… Por favor, Addie, háblame.
    – Las mujeres que trabajan en lugares como éste no hablan con mujeres del exterior. Será mejor que lo tengas en cuenta.
    Sarah contempló durante largo rato los hombros de su hermana antes de decir en un susurro, como para sí:
    – ¿Fue por algo que hizo Robert? él se ha sentido tan culpable como yo todos estos años.
    El cabello en la parte trasera de la cabeza de Addie era tan recio como cerdas de jabalí, despeinado, dejaba al descubierto algunas zonas donde el rubio natural asomaba como el blanco en la garganta de un lirio púrpura. La visión entristeció a Sarah.
    – Le hiciste mucho daño a Robert, Addie. Él pensaba que le amabas.
    – Me gustaría que te fueras -susurró Addie. Ya no había odio ni resentimiento en su voz; era tan serena como la de un médico pidiendo a una visita que se alejara de la cama de un enfermo grave.
    Transcurridos unos instantes en el más absoluto silencio, Sarah musitó:
    – Robert no se ha casado, Addie. Eso es lo que él quería que supieras.
    Frente a la ventana, tercamente cruzada de brazos, Adelaide Merritt se sintió amenazada por la proximidad del llanto, pero logró contenerlo. Sintió que Sarah, a sus espaldas, se dirigía a la puerta, oyó el ruido del pomo al girar y el crujir de las bisagras. Sabía que su hermana estaba en la puerta abierta observándola, pero no se giró.
    – Aún no he encontrado un local para el periódico -añadió Sarah-, pero estoy alojada en el Grand Central. Búscame allí si quieres que hablemos. ¿Lo harás, Addie?
    Addie no hizo el más mínimo movimiento.
    Sarah observó la bata azul de su hermana y se le formó un enorme nudo de tristeza en la garganta. Addie era toda la familia que le quedaba y necesitaba tocarla aunque sólo fuera una vez. Habían salido del mismo vientre y habían sido engendradas por el mismo padre. Cruzó el cuarto, le apoyó una mano en el hombro y lo sintió tensarse.
    – Si no lo haces, volveré pronto. Adiós, Addie.
    Después de que la puerta se cerrara, Addie permaneció largo rato junto a la ventana, la mirada posada en unos matorrales secos, donde un pobre arbusto, lejos de su habitat natural, había echado raíces. Sus pocos frutos se estaban marchitando, pasando su color de blanco a marrón, contrariamente al proceso de Addie… la pobre y descarriada Addie… que, a medida que se marchitaba, pasaba del saludable color bronce al blanco pálido; y no era de extrañar, lejos su piel de los rayos del sol, aislada de la gente normal, una prisionera voluntaria más que circunstancial. Había cambiado de nombre, de color de pelo, de forma de vestir y de credo. Había atravesado la mitad del país con la esperanza de no volver a ver nunca más a nadie que le recordara su hogar. Y ahora, ahí estaba Sarah, dispuesta a desenterrar el pasado con todos sus anhelos, su sordidez y su culpa secreta. Para traer noticias de Robert, aquel joven puro de piel limpia y espíritu inmaculado que había visto en Addie sólo lo que deseaba ver. Robert… que en una ocasión la había besado con candor inocente… Robert… que no se había casado.
    Las lágrimas eran un lujo que Addie hacía años que no se permitía. ¿De qué servían las lágrimas? ¿Podían modificar el pasado? ¿Cambiar el presente? ¿Alterar el futuro?
    Parpadeando para contener las pocas que se habían formado en sus ojos, negándose a enjuagarse ni siquiera los lagrimales, se echó sobre la cama y apretó su cuerpo contra el del gato de piel de zorro, al tiempo que se acurrucaba de tal modo que las rodillas casi le tocaban la frente. Enterró el rostro en el animal de peluche y cerró los ojos con fuerza. Sus pies desnudos y sucios estaban uno encima del otro, los dedos encorvados y los músculos de su estómago contraídos. Durante algunos minutos, sólo los dedos de su mano se movieron entre el cuerpo del animalito. Luego, aún encogida, cerró un puño y golpeó contra el colchón. Una vez. Y otra. Y otra.

Capítulo Tres

    Cinco minutos después de abandonar Rose's, Sarah encontró la estación de carga de Dutch van Aark. Estaba situada en un edificio de troncos que servía de tienda de suministros mineros, almacén de comestibles y, ese día, de estafeta de correos. Un hombre corpulento de bigote espeso atendía a los numerosos clientes que se congregaban bajo un letrero que anunciaba: cartas-recién llegadas-25c. Cuando el grupo advirtió la presencia de Sarah, se abrió un pasillo para permitirle acercarse al mostrador.
    Van Aark la vio y sonrió. Tenía los dientes amarillos y el labio inferior le colgaba dejando a la vista las encías.
    – Apuesto a que es usted la señorita Merritt y que ha venido a por su imprenta.
    – Sí, así es.
    – Bueno, pues aquí está, al fondo. Llegó hace un par de semanas en una caravana de bueyes junto con el resto de sus cosas. Soy Dutch van Aark.
    La presentó a las personas allí reunidas y le explicó, respondiendo a sus preguntas, que la correspondencia había llegado en la diligencia del día anterior y como no había oficina de correos en el pueblo, cualquiera podía comprarla al conductor y luego venderla a los destinatarios, obteniendo así una pequeña ganancia. Sarah registró la interesante información en su libretita junto a la ortografía correcta del nombre van Aark. Mientras escribía, una mujer de caderas anchas, rostro vulgar, unos treinta y cinco años, un vestido de confección casera y sombrero de algodón, entró en el local. Un segundo vistazo de apenas cinco segundos fue suficiente para saber que se trataba de una típica ama de casa. Ambas mujeres se sonrieron como dos primas que no se hubieran visto durante mucho tiempo.
    – Señora Dawkins, pase y conozca a la última dama que ha llegado al pueblo.
    Sarah avanzó hacia la señora Dawkins y se estrecharon las manos.
    – La señora Dawkins y su esposo son los propietarios de la panadería de Deadwood.
    – Hola, soy Emma Dawkins.
    – Yo soy Sarah Merritt.
    La alegría de conocerse era mutua y sincera, e intercambiaron una ráfaga de preguntas y respuestas. Los Dawkins vivían encima de la panadería y tenían tres hijos. Habían llegado a Deadwood desde Iowa, dejando atrás a sus familias. Emma Dawkins había ido a la oficina de correos con la esperanza de que hubiera llegado una carta de su hermana, que había vuelto a casa.
    – No hay correspondencia para usted, señora Dawkins, lo siento -le dijo van Aark-. Pero ahora que la señorita Merritt está aquí, tal vez tengamos algo más para leer que cartas. -Tras las habituales frases de cortesía, todos salieron a ver la imprenta de Sarah. Estaba en una carreta cubierta con una lona y desmontada; las partes más pequeñas embaladas y la más grande… el chibalete… sin envolver, atada a un lateral de la carreta con correas de cuero.
    Cuando retiraron la lona, Sarah se acercó y se quedó mirando con reverencia… la vieja Imprenta Manual Washington de Isaac Merritt… cuatrocientos cincuenta kilos de acero con los que ella había aprendido el oficio codo a codo con su padre. Además de la máquina estaba el enorme escritorio de cubierta corrediza, canastas de embalaje con las cajas tipográficas, papel de periódico, tinta y otros objetos que ella había empaquetado aquel mismo verano en St. Louis. Contó las canastas; no faltaba ninguna. Sus ojos brillaban de excitación.
    – Necesitaré una polea con aparejos para descargarla mañana -dijo.
    – Tengo una dentro -respondió van Aark.
    – Y también una tienda de campaña, una lámpara y unas cuantas cosas más. ¿Si le hago una lista, podría tenerlo todo preparado para mañana por la mañana?
    – Desde luego que sí, señorita Merritt.
    Después de encargarle todo lo necesario a van Aark, Sarah pasó un largo rato conversando con Emma Dawkins; se enteró de muchas cosas relacionadas con el pueblo y sus habitantes y aceptó una invitación a cenar con la familia Dawkins la noche siguiente. Tras despedirse de Emma, averiguó la dirección de la pensión de Loretta Roundtree, situada en un sendero que subía por la ladera oeste del cañón, donde los edificios se alzaban en estrechas terrazas con sus partes traseras hundidas en la montaña. Aunque la señora Roundtree, una mujer de cara redonda y grande y sin pelos en la lengua, le aseguró que le hubiera encantado poderle alquilar una habitación, aunque sólo fuera por gozar de compañía femenina, lamentó no poder hacerlo, ya que, según dijo, tenía una lista de espera de más de cincuenta personas.
    Sarah tomó nota y pasó otra hora caminando de una punta a otra de Main Street, haciendo preguntas y anotando observaciones adicionales sobre el pueblo, antes de volver a su habitación en el Grand Central al atardecer. Allí, sacó la pluma y el tintero una vez más, acercó la mesita de noche a la ventana y se sentó dispuesta a cumplir una promesa.
    Territorio de Dakota.
    27 de septiembre de 1876
    Querido Robert:

    Tal como te prometí, te escribo un día después de mi llegada a Deadwood. Éste es un pueblo particularmente sórdido, que, como un niño de catorce años, está dejando de usar pantalones cortos y padeciendo los dolorosos problemas del crecimiento. Si es cierto todo lo que he oído, la población de este cañón y todos sus tributarios asciende actualmente a veinticinco mil habitantes.
    Muchos hombres son ricos, pero la mayoría no ha encontrado grandes cantidades de oro. Éstos sobreviven realizando cualquier trabajo que sean capaces de hacer. Otros están extrayendo cuarzo de alta calidad, pulverizándolo a mano mediante morteros. Me resulta extraño que un pueblo tan rico recurra a métodos tan primitivos.
    Pero, basta de hablar del lado comercial de Deadwood. Me pediste que te contara cómo he encontrado a Adelaide, mi querida hermana y tu añorada novia.
    Está aquí en Deadwood, pero el corazón se me desgarra por lo que debo decirte. Oh, Robert, me temo que nuestras esperanzas no se corresponden con la realidad. No es la misma joven atractiva y dulce que vimos por última vez cuando tenía dieciséis años. Querido Robert, haz acopio de fuerzas para resistir el cruel golpe que tanto lamento asestarte. Tu temor era que encontrara a Adelaide casada, pero su situación es mucho más dramática.
    Mi hermana se ha convertido en una prostituta. Aquí en Deadwood las llaman chicas de servicio, inocentes mancilladas, y eufemismos similares, pero la verdad irrefutable es la que te he contado. Adelaide se ha convertido en una prostituta. Ha cambiado su nombre por el de Eve y trabaja para una patrona llamada Rose Hossiter, una regente de burdel grosera y odiosa cuyo recuerdo me hace sentir escalofríos. Nuestra Adelaide se ha teñido el pelo de negro, se da sombra en los ojos y se pinta la boca con carmín. Ha descuidado su aspecto hasta volverse obesa. No te atormentaré con los detalles de su censurable forma de vestir. Estos cambios externos, sin embargo, son sólo manifestaciones de la metamorfosis interna y más perturbadora que ha transformado a la querida joven que una vez conocimos en una mujer de expresión dura y corazón pétreo.
    Aunque se resista y rechace todos mis argumentos yo estaré aquí, junto a ella; trataré de persuadirla por todos los medios para que abandone esa vida. Lucharé con el poder de la palabra impresa, me esforzaré por conseguir que clausuren esas pocilgas de vicio y corrupción que convierten a jóvenes sanas y decentes como Addie en almas infelices, descarriadas y moralmente empobrecidas, dignas de toda nuestra compasión. Me aflige mucho pensar en la desilusión y la pena que, sé, experimentarás al recibir esta carta. Sé que todos tus sueños, a los que has sido fiel mucho más tiempo del que nadie te podía exigir, se derrumbarán con esta carta, pero te imploro con toda mi alma que continúes adelante con tu vida, busques una mujer digna de tu devoción y que, de Addie, conserves el recuerdo que nos dejó hace cinco años.
    Enviaré esta carta a través del Pony Express, que es mucho más rápido que la Diligencia de Cheyenne, cuyo servicio a Deadwood es aún quincenal. Espero que la recibas pronto. Ojalá tu desánimo no se prolongue mucho tiempo, Robert; eres un hombre demasiado bueno y generoso para sufrir una condena tan injusta.
    Recibe todo el cariño de tu amiga,
    Sarah Merritt
    Después de doblar la carta y cerrar el sobre, se quedó sentada un rato, desanimada, mirando a través de la ventana del tercer piso en dirección a Rose's. Creía vislumbrar el extremo de la fachada del edificio, aunque la ventana de Addie daba a un lateral.
    «Oh, Addie, podrías haber tenido una vida tan maravillosa con Robert. Cómo te envidiaba por ser tú la elegida, pero él sólo tenía ojos para tí. Después de tu partida, el dolor no le permitió mirar a ninguna otra mujer. Podrías ser su esposa ahora. Y sin embargo ahí estás, en ese horrible lugar, tras huir como nuestra madre, abandonándonos a papá y a mí. Después de hablar tantas veces del dolor que nos causó su abandono, me fue casi imposible creer que hubieras sido capaz de hacer lo mismo.»
    El recuerdo de los días inmediatos al abandono de su madre todavía se mantenía fresco en la memoria de Sarah. Una mañana gris de noviembre, su padre, en vez de su madre, había entrado a despertarla para ir a la escuela.
    – ¿Dónde está mamá? -había preguntado ella, frotándose los ojos; y él le había dicho que mamá había ido a visitar a su hermana a Boston-. ¿A Boston? -Jamás se había mencionado a ninguna tía en Boston-. ¿Cuándo volverá?
    – Oh, estoy seguro de que dentro de una semana mamá estará aquí. O, tal vez dos.
    Pero pasaron las semanas, y luego los meses, y Addie había vuelto a mojar la cama cada noche y a reclamar a su madre a la hora de acostarse; Sarah pasaba horas mirando hacia la calle Lamply por la ventana, esperando divisar la familiar figura de pelo oscuro. Una mujer llamada Smith fue contratada como ama de llaves temporal, pero su estancia se fue prolongando al hacerse indispensable en el cuidado de la casa. El señor Merritt se volvió huraño y su espalda comenzó a encorvarse, pese a que todavía era un hombre muy joven. Sarah no supo la verdad hasta los doce años. La señora Smith se la desveló un día en la cocina mientras preparaban remolachas en escabeche. «Tu madre no volverá, Sarah», le había dicho. «Ya es hora de que sepas la verdad. Huyó con un hombre llamado Paxton, Amery Paxton, que trabajaba como tipógrafo para tu padre. Dónde fueron, nadie lo sabe, pero ella dejó una nota diciendo que amaba a Paxton y que huía para casarse con él. Tu padre nunca más tuvo noticias de ella y, por supuesto, no se volvió a casar, ya que de hacerlo podía incurrir en bigamia.»
    Aquel día, Sarah había comenzado a coleccionar palabras, una afición que se convertiría en la semilla del trabajo de su vida. «Bigamia», había anotado en un diario de hojas azules cuadriculadas, «cuando una mujer está casada con dos hombres. Ahora sé por qué mi madre nos abandonó». Desde entonces Sarah odió las remolachas; las remolachas y el olor a vinagre.
    Sentada en su deprimente habitación del Hotel Grand Central, observó otro diario, lleno de anotaciones que había empezado coincidiendo con su llegada a Deadwood. Suspiró y extrajo una hoja suelta en blanco. «Cuando estés preocupada -le había dicho a menudo su padre-, escribe.»
    Escribió, e intentó plasmar en su escrito una imagen lo más fiel posible del Deadwood actual, hasta donde las palabras se lo permitieran. El número uno de su periódico pasaría, sin duda, a formar parte de la historia. Era lo más probable en un pueblo cuya historia se estaba forjando.
    Trabajó hasta medianoche, elaborando los artículos para la primera edición del Deadwood Chronicle. Además del que había comenzado durante el desayuno, los titulares incluían: la correspondencia llega a la tienda de van aark; diligencia de cheyenne: se espera que en octubre cumpla un servicio diario; la línea de telégrafo llega hasta hill city; la escasez de mujeres azota deadwood; las langostas no han abandonado minnesota; siete edificios en construcción en main street, deadwood; belding & myers construyen un canal para traer agua desde whitetail hasta el extremo superior de gold run; A título personal, escribió un anuncio haciendo saber que la editora del Deadwood Chronicle buscaba un lugar donde establecer su negocio y su residencia. Pero el mayor esfuerzo lo dedicó al editorial titulado «Clausuremos los burdeles libertinos del oeste». Era largo y apasionado, y terminaba diciendo: «Debemos librar al pueblo de esta ignominia y hacer que el peso de la ley caiga sobre los dueños de estos lugares. ¿Pero cómo lograrlo cuando el propio representante de la ley frecuenta a esas mujeres hermosas y débiles? Sin duda, la opinión pública debe hacer sentir su voz en contra de esta fuente de degradación física y moral».
    Cuando se quitó las gafas le ardían los ojos y le dolía la espalda. Addie se enfurecería cuando leyera el editorial, pero ése era un riesgo que estaba dispuesta a correr desde el momento en que optó por enfrentarse a la enfermedad en lugar de a los síntomas. Acabando con los prostíbulos se acabaría con las prostitutas. No era una postura popular, dada la evidente aceptación de los burdeles, pero lo que mueve a un buen periodista… Isaac Merritt se lo había dejado bien claro… no era la fama, sino la voluntad de forzar un cambio allí donde es necesario.

    Por la mañana, Sarah salió a la calle; había llovido… una suerte y una desgracia puesto que, aunque el suelo estaba cubierto de barro, para una imprenta la ausencia de polvo era una bendición. Le sorprendió no haberse despertado con la tormenta, que había dejado ramas de árboles en la calle y un cielo azul con la promesa de un día otoñal perfecto. No obstante, el olor a estiércol se había hecho más intenso con la lluvia.
    Esquivando con cuidado los montoncitos, entregó su carta en la oficina del Pony Express y luego se dirigió a la tienda de van Aark, reuniendo un séquito por el camino. La seguían como las ratas al flautista de Hamelín: Henry Tanby, Skitch Johnson, Teddy Ruckner, Shorty Reese y, finalmente, el propio Dutch, todos ansiosos por ayudarla a transportar la imprenta.
    – ¿Dónde piensa colocarla? -preguntó Dutch mientras ataba un caballo a la carreta.
    – Síganme -respondió ella y los llevó al lugar que había escogido; un enorme pino en Main Street, cerca del bar Número 10. Era terreno público, sin duda, y el árbol la protegería del tráfico y le daría sombra.
    – Aquí -proclamó, alzando la cabeza.
    – ¿Aquí?
    – Necesitamos una rama lo suficientemente fuerte para que resista el peso de la imprenta. Esa servirá.
    – ¿En la calle? -Las encías inferiores y rosadas de van Aark asomaron por su boca abierta.
    – Hasta que encuentre una oficina sí, éste es el lugar ideal.
    – ¡Pero está prácticamente en medio de la calle!
    – Es propiedad pública, ¿no? ¿Y acaso no soy yo una contribuyente? ¿No somos ustedes y yo… todos… contribuyentes, o público, si lo prefieren? ¿Al servicio de quién está un periódico sino del público? Ahora, si me ayudan caballeros, tendré el primer número saliendo de la imprenta antes del anochecer.
    El grupo gritaba con regocijo mientras observaba a Skitch Johnson pasar de los hombros de Henry Tanby al árbol. En pocos minutos, el aparejo de poleas estaba instalado y la cuerda en su sitio. Mientras ésta se deslizaba por la polea, manos impacientes esperaban abajo el gancho de acero para colocarlo en el chibalete de la prensa. El chibalete se elevó y nivelaron la tierra que había debajo con palas; luego pusieron una tabla cuadrada a modo de base rígida. Los hombres tiraron de las cuerdas y, pieza por pieza, la prensa fue tomando forma: los soportes en el chibalete, el chibalete en el tablón, la guía en el chibalete, el tímpano del chibalete en la guía. Sarah daba instrucciones, levantando los brazos para indicar el sitio que correspondía a cada pieza y asegurándolas ella misma con llaves y pasadores. Tuvieron que meter cuñas hasta que la estructura quedó firme y nivelada, pero cuando lo estuvo, Sarah demostró lo fácil que era utilizar la máquina, girando una manivela y bajando la platina vacía. Otra aclamación de júbilo se elevó.
    – Todo lo que necesitamos ahora son tipos, papel y tinta, y tendremos un periódico -declaró.
    – ¿Y qué hay de su tienda de campaña, señorita Merritt, quiere que se la instalemos también?
    – Les estaría muy agradecida si lo hicieran.
    Con una rapidez asombrosa, los hombres levantaron la tienda, la tensaron y depositaron en el interior el papel de periódico, lejos del suelo y la humedad ambiental. Fuera, a plena luz, desembalaron todos los útiles de tipografía: la caja de tipos, el componedor y el delantal de cuero. Una vez estuvo todo desembalado y en su sitio, miró satisfecha a su alrededor y se frotó las manos.
    – Muchísimas gracias. -Estrechó la mano de cada uno de los hombres que habían colaborado. Entretanto, el gentío se había multiplicado hasta entorpecer el tránsito de la calle. Fascinados, contemplaban la prensa con expresión embobada, esperando verla en funcionamiento-. Aprecio el esfuerzo físico y la buena voluntad. Me han brindado un recibimiento muy cálido, todos.
    – ¿Cuándo se imprimirá el primer ejemplar? -gritó alguien.
    – Consíganme un tipógrafo y podré empezar a mediodía.
    Como el gentío parecía reacio a moverse, Sarah se quitó el abrigo, se arremangó y empezó a componer tipos prescindiendo de la observación de que era víctima. Si antes habían estado embelesados, ahora entraban en un éxtasis estático. Su mano derecha se movía a tal velocidad, que los espectadores casi no podían seguirla con la mirada. A lo largo de los años, componer tipos se había convertido en algo casi instintivo para Sarah, y lo hacía a una velocidad vertiginosa, a menudo tomando los caracteres individuales de la caja de tipos sin mirar. Llenó el componedor en cuestión de segundos, pasó el bloque de tres líneas a una bandeja plana llamada galera y volvió a empezar.
    La concurrencia se hacía más numerosa.

    A dos manzanas de distancia, el marshal Noah Campbell estaba sentado en su diminuta oficina rellenando aburridas licencias. ¡Maldita sea, cómo odiaba el papeleo! Pero cuando, dos semanas atrás, se formó oficialmente el concejo del pueblo, había aceptado asumir todas las tareas propias del marshal, tal y como lo prescribían las nuevas ordenanzas recién redactadas. Entre ellas, figuraba el otorgamiento de licencias y el pago de impuestos por parte de cada compañía, corporación, negocio y comercio en Deadwood.
    «Beaudry, Seth W., Armero», escribió con dificultad. «Impuesto de Licencia: 5 dólares, Cuarto Trimestre, 1876, Pueblo de Deadwood.» Se reclinó, acariciándose el bigote y observando su trabajo. Mierda y mil veces mierda. Parecía que una gallina borracha hubiera atravesado el corral y luego el formulario. Campbell sabía cómo manejar un arma, un caballo y a cualquier borracho que buscase bronca, pero una pluma y un tintero podían llegar a sacarlo de sus casillas.
    «Noah Campbell», firmó, después sopló el impreso y puso el documento sobre un enorme montón. Estaba mojando la pluma para llenar la siguiente licencia cuando oyó un latigazo. Alzó la cabeza con brusquedad y escuchó en silencio. El sonido se repitió. Era inconfundible, como los gritos de los carreteros que se filtraban por la puerta cerrada. Noah dejó la pluma sobre la mesa, empujó la silla hacia atrás, cogió su sombrero negro Stetson del gancho en la pared y salió.
    Se paró en el primer peldaño, sonriendo con entusiasmo y mirando en dirección a la abertura del cañón; observó el primer par de bueyes pardos que avanzaba laboriosamente hacia él mientras los chasquidos de los látigos resonaban en las laderas del cañón… ¡fap! ¡fap! ¡fap!… como un montón de leña rodando. Diez, doce, catorce pares se movían de forma sinuosa mientras las ruedas de las carretas crujían y el carretero guía profería una larga lista de obscenidades.
    – ¡Vamos, hijos de mala madre! ¡Lo que necesitáis es un poco de pólvora en el culo para moveros! ¡Os meteré unos cuantos cartuchos de dinamita con mis propias manos y encenderé la mecha con la punta de este cigarro que…!
    El resto se confundió con el eco de un latigazo y Noah se reclinó y rió. El viejo True Blevins era todo un espectáculo. La calle entera se reía cada vez que llegaba al pueblo.
    Noah y su familia… su madre, su padre y su hermano… habían realizado el viaje a las Montañas Negras en mayo con la caravana de bueyes de True. Era habitual que familias que no podían unirse a una caravana de carretas atravesaran el territorio indio hostil en compañía de un carretero, el cual cobraba un módico precio por el favor.
    En el caso de Noah, había valido la pena; True y él se habían hecho amigos.
    Sin embargo, True no se alegraría demasiado cuando se enterase de que tenía que pagar una tasa en concepto de licencia de 3 dólares por carreta antes de descargar.
    La caravana alcanzó la oficina de Noah y continuó su camino mientras él saludaba con una mano a True y a los conductores de los otros vehículos. De pronto, unos metros más adelante, oyó los mugidos de los bueyes y la inconfundible voz de True maldiciendo como un desaforado. Las carretas se detuvieron y se oyeron más gritos. Desde el peldaño de su oficina, Noah podía ver un embotellamiento en la calle cerca del bar Número 10. Se caló el sombrero, saltó al barro y se dirigió hacia allí.
    – Dejad paso -ordenó, abriéndose camino entre los hombres a empujones. Mucho antes de llegar vio a la responsable de la interrupción del tránsito. Quién sino la señorita Sarah Merritt, con su imprenta instalada en mitad de Main Street. Dios, esa mujer era una continua provocación. Vestida de marrón, con la blusa arremangada y el pelo recogido, alta y flaca como un palo de escoba, colocaba tipos en una regla de hierro mientras los curiosos parecían dispuestos a quedarse allí todo el día, esperando presenciar el proceso entero.
    – ¿Qué demonios está sucediendo aquí? -Inquirió frunciendo el entrecejo y situándose detrás de ella. Sarah miró por encima de su hombro un instante y siguió colocando los tipos.
    – Estoy poniendo en marcha un periódico.
    – ¿Tiene licencia para ello?
    – ¿Licencia?
    – Le dije ayer que necesitaba una.
    – Lo siento, lo olvidé.
    – Además, está obstaculizando el paso a toda una caravana de carga. Tendrá que sacar todo eso de ahí.
    – Estoy en propiedad pública, señor Campbell.
    – ¡Usted es un estorbo público, señorita Merritt, y va a tener que desalojar este lugar!
    – Me iré cuando consiga alquilar un local.
    – ¡Se irá ahora o la meteré entre rejas!
    – Este pueblo no tiene cárcel. Lo he recorrido de cabo a rabo y lo sé.
    – Tal vez no, pero hay un túnel abandonado en la ladera de la colina, detrás de la tienda de comestibles de George Farnum, y créame si le digo que soy capaz de meterla allí… mujer o no. Tengo un trabajo que cumplir y por Dios que me propongo hacerlo.
    – Encarcelarme podría resultar una medida muy impopular por su parte -se apresuró a decir Sarah volviéndose hacia la multitud-. Estos hombres están ansiosos por tener en sus manos el primer ejemplar del periódico del pueblo.
    Campbell se volvió hacia el tumulto.
    – ¡Vamos, circulad muchachos! ¡Estáis obstruyendo el tránsito! ¡Vamos, se acabó la fiesta, largaos de aquí!
    Un hombre con un cuenco dorado y una carretilla levantó la voz:
    – ¿De verdad la vas a meter en la cárcel, Noah?
    – Por supuesto, si incumple la ley.
    – Pero, diablos, es una mujer.
    – Las leyes están hechas para todos, hombres y mujeres. ¡Ahora largaos de una maldita vez y dejad pasar a True con su caravana!
    Se volvió hacia Sarah con las manos abiertas y su enorme Stetson sombreando su rostro.
    – Señorita Merritt, le doy una hora para que recoja todo esto y deje libre la calle.
    – No estoy en la calle. -Por fin dejó de componer tipos y se encaró con él-. Estoy a un lado y en terreno público.
    – Si dentro de una hora no se ha marchado, la sacaré de aquí con mis propias manos. Y la próxima vez que la vea poniendo en marcha un… negocio, -le acercó el dedo índice a la nariz- será mejor que esté en posesión de la licencia correspondiente.
    Dio la vuelta sobre un talón y se marchó visiblemente molesto, levantando el barro del suelo con sus botas vaqueras. Con la mirada furiosa clavada en su espalda y los labios cerrados con fuerza, Sarah pateó el suelo con frustración, levantándose la falda. Antes de que la muselina marrón hubiera vuelto a su sitio ya estaba de nuevo enfrascada en su tarea.
    – La diversión ha terminado, muchachos -gritó Campbell a la muchedumbre-. Volved al trabajo.
    Mientras esperaba que se dispersaran, extrajo del bolsillo de su chaleco un reloj de cuerda del tamaño de un dólar y consultó la hora: 11:04. Decidió volver a las doce y cuatro minutos; y esperaba que que ese estorbo alto y terco con nombre de mujer se hubiera largado, porque de lo contrario habría problemas. La encerraría en un agujero detrás de la tienda de Farnum y tendría que soportar la presión de cada uno de los hombres de Deadwood desesperado por una mujer. Pero, ¿qué opciones tenía? No podía permitir que ella instalara su negocio donde quisiera, obstaculizando el tránsito, obstruyendo la calle, y haciendo caso omiso de las ordenanzas. En un pueblo como aquél, sin mujeres, era lógico que los ánimos estuvieran algo enrarecidos. Hiciera lo que hiciera, Campbell se daba cuenta de que estaba expuesto a ser considerado un enemigo público, por impedir que Sarah Merritt publicara el primer periódico del pueblo. Maldición, las cosas no iban a ser fáciles. Los hombres comenzaban a dispersarse. Taconeando, Noah se encaminó a la carreta de bueyes guía para afrontar su siguiente tarea desagradable.
    – ¡True! -bramó, acercándose al carretero-. Tengo que hablar contigo.
    True detuvo su carreta, escupió un grumo de tabaco al barro y se limpió el bigote manchado con el reverso de la mano. Tenía una piel curtida por el sol, el polvo y el trabajo y le faltaba una ceja. Se la había llevado una bala algunos años atrás.
    – Noah, ¿cómo estás, muchacho? ¿Cómo están tus padres?
    – La última vez que los vi, bien, pero los indios siguen causando algunos problemas en el Spearfish; a pesar de ello los granjeros tienen que salir de la empalizada para trabajar el campo. Me preocupan bastante.
    – Ajá. -True se acomodó el sombrero manchado de sudor-. Apuesto a que sí. Bueno, salúdalos de parte del viejo True.
    Noah asintió, apoyó una mano en la carreta y entornó los ojos hacia True.
    – Escucha, True… han entrado en vigor algunas ordenanzas desde la última vez que estuviste aquí, y… me han nombrado marshal.
    – ¡Marshal! -True levantó la cabeza y soltó una risotada.
    – ¿Qué tiene de gracioso?
    – Bueno, no eres lo bastante malo ni feo para ser marshal. Aunque pensándolo bien, sí eres lo bastante feo.
    – Al menos tengo dos cejas.
    – Ten cuidado con lo que dices o no será por mucho tiempo. -Apuntó con el dedo índice la ceja de Noah.
    Noah rió un momento. Luego recobró la seriedad inicial.
    – Escucha, True, tengo que cobrarte tres dólares por carreta para dejarte descargar.
    – ¡Tres dólares por carreta!
    – Eso es.
    – Pero, hemos estado transportando carga a Deadwood desde la primavera. ¡Demonios, si no fuera por nosotros, los carreteros, este pueblo no tendría ventanas ni cocinas ni alubias para hervir! Es más, si no fuera por nosotros, ¿quién habría traído a tu padre, a tu madre y a tí hasta aquí la primavera pasada, cuando los malditos indios intentaban impedir el paso a todo el mundo?
    – Lo sé, lo sé. Pero yo no he hecho las leyes, yo sólo soy responsable de que se cumplan. Tres dólares por carreta, True, y he de cobrarlos.
    True escupió, se chupó el labio y frunció el entrecejo.
    – Bueno, que diablos -masculló. Cogió el látigo, lo hizo silbar y chasquear y gritó-: ¡Vamos, inútiles! -A medida que la caravana comenzaba a moverse, añadió sin mirar a Noah-: Pagaremos en la estación de carga.
    A Noah le llevó casi una hora la recaudación de las tasas de toda la caravana. Había que contactar con los conductores, pesar el oro y anotar sus nombres para pasárselos al secretario y al tesorero del ayuntamiento. Eran las doce y un minuto cuando dejó el oro en la oficina del tesorero y se encaminó hacia el pino, donde un grupo se había vuelto a reunir para observar a Sarah Merritt desafiar sus órdenes. Se abrió paso empujando con los hombros. Era lo suficientemente alto para ver por encima de las cabezas circundantes que ella estaba extendiendo tinta con un rodillo, cargando la imprenta y haciéndola funcionar manualmente con una manivela. Cuando hubo concluido este proceso, levantó una hoja impresa. Resonó un aplauso estruendoso; los hombres gritaron, se estrecharon las manos y vitorearon a Sarah con la intensidad suficiente como para que se oyera al otro lado de la montaña.
    – ¡Caballeros! ¡El primer ejemplar del Deadwood Chronicle! -exclamó-. ¡Es sólo una página pero la próxima edición será más voluminosa!
    Los vítores de júbilo se multiplicaron en tanto la hoja, con la tinta todavía fresca, pasaba de mano en mano. Los que no sabían leer preguntaban qué decía a los alfabetizados. Los hombres cuyos nombres eran mencionados por haber ayudado a Sarah durante su primera noche en el pueblo, se convirtieron en celebridades fugaces, recibiendo palmadas en la espalda por parte de sus conciudadanos. El editorial sobre los burdeles quedó olvidado por el sentimiento de que cada hombre allí presente había participado en la llegada de la prensa escrita a Deadwood.
    Sarah Merrit acababa de imprimir una segunda hoja y estaba extendiendo la tinta para la tercera cuando Noah se aproximó.
    – Señorita Merritt -levantó su voz por encima del griterío general-, me temo que tendré que acabar con esto.
    Sarah dejó el rodillo, cerró la frasqueta, la fijó en su sitio y bajó la platina con un golpe de cadera.
    – ¡Dígaselo a ellos! -le respondió desafiante. Abrió la prensa, cogió otra hoja impresa con la tinta aún brillando y se la entregó-. ¡Explíqueles por qué quiere detenerme, marshal Campbell! ¡Cuénteles dónde nos vimos por primera vez, qué estaba haciendo usted allí y por qué quiere restringir mi libertad de expresión!
    Noah miró los titulares. Uno captó de inmediato su atención. «clausuremos los burdeles libertinos del oeste.» Antes de que se le subiera la sangre a la cabeza, ella ya estaba dirigiéndose a la concurrencia:
    – ¡Caballeros! El marshal dice estar aquí para arrestarme por ocupar un terreno público. ¡Pero pregúntenle cuál es el verdadero motivo! ¡Pregúntenselo! No soy el primer editor de un periódico al que tratan de silenciar por decir la verdad y no seré el último.
    – ¿A qué se refiere, Noah?
    – Déjala en paz, Noah.
    – El pueblo necesita un diario, Noah…
    Noah conocía los síntomas. Disimuladamente, bajó una mano y soltó la correa de su cartuchera mientras gritaba:
    – Le advertí hace una hora que no podía instalar esta prensa en mitad de la calle. Tenemos leyes nuevas y he sido contratado para hacer que se cumplan.
    – ¡Pero no puedes arrestar a una mujer!
    – Me disgusta tanto como a tí tener que hacerlo, Henry, pero juré cumplir con mi deber fiel e imparcialmente y ella ha violado las ordenanzas. Ordenanza primera, sección segunda, respecto a las licencias municipales y ordenanza número tres, sección primera, respecto a obstaculización de la vía pública, sin mencionar la alteración del orden público… de lo cual se os podría acusar tanto a ella como a vosotros, ya que os negáis a dispersaros.
    – ¡Sólo hemos venido a ver cómo se imprimía el primer número!
    – ¡De acuerdo, ya lo habéis visto. Ahora largaos!
    – ¿Qué ha querido decir ella, Noah? ¿Tienes alguna otra razón para querer detenerla?
    – ¡No estoy deteniéndola, sólo trato de que se largue de aquí! -Y volviéndose hacia Sarah le ordenó con severidad-: Coja su abrigo y acompáñeme.
    – No señor, no lo haré.
    – Está bien, como prefiera. -La cogió por la nuca y la obligó a caminar delante suyo.
    – ¡Quíteme las manos de encima! -Sarah empezó a forcejear.
    – ¡Camine, señorita Merritt!
    – ¡Pero mi tinta! ¡Mi prensa!
    – Tápela con la lona si quiere, pero nada más. Le di una hora para desmontarla y no la ha aprovechado. ¡Ahora, andando!
    La empujó de nuevo.
    Un trozo bastante grande de estiércol de caballo impactó contra su hombro.
    – ¡Te hemos dicho que la dejes en paz!
    – ¡Sí, déjala tranquila! ¡No hace daño a nadie!
    Otro montón de estiércol se llevó el sombrero de Noah. Soltó a Sarah y se dio la vuelta para enfrentarse a la multitud. Los hombres avanzaban como un muro compacto, las expresiones sombrías, los puños apretados.
    – ¡Atrás! Ella puede imprimir su maldito diario, ¡pero no aquí!
    – ¡A él, muchachos! ¡No puede tratar así a una mujer!
    Todo sucedió muy rápidamente. Una lluvia de estiércol de caballo caía sobre Noah Campbell al tiempo que los hombres, enfurecidos, se lanzaban sobre él. Noah desenfundó. Un puño le golpeó en la mandíbula. Sarah chilló y Noah se tambaleó hacia atrás. Su pistola se disparó y, a unos pocos metros, True Blevins se encorvó y se desplomó sobre la mercadería que había estado descargando. Noah cayó de espaldas sobre su sombrero. Como un hormiguero alborotado, los hombres se lanzaron en masa sobre él con los puños por delante.
    – ¡Deténganse! ¡Deténganse! -vociferaba Sarah introduciéndose en la refriega, sujetando los brazos que intentaban golpear al hombre caído. Pudo ver multitud de puños sobre el rostro de Campbell y gritó de nuevo, tratando de salvarle-: ¡Paren. Oh, por favor, no… ¡Escúchenme! -Chilló hasta que se le hincharon las venas.
    – ¡Escúchenme!
    Sus gritos fueron finalmente escuchados y el círculo de atacantes dejó de golpear a Noah. Los gritos se acallaron. Los hombres la buscaron con la mirada. Sarah estaba arrodillada entre ellos, el rostro denotando furia e impotencia y el pelo enmarañado.
    – ¡Miren lo que han hecho! -gritó con voz áspera-. ¡Es su marshal, su amigo y sólo cumplía con su deber! ¡Es culpa mía! -Apretó las manos abiertas contra su pecho-. Por favor, déjenlo en paz.
    Varios hombres estaban aún sobre el cuerpo del marshal con los puños alzados. Se volvieron hacia Sarah y luego hacia Campbell. Y entonces comprendieron. Sus manos se relajaron. Comenzaron los murmullos. «Dejadlo… sí, dejadlo ya.» Se pusieron de pie con vergüenza y torpeza, moviendo las cabezas de un lado a otro.
    – ¿Estás bien, Noah? -Uno de ellos le tendió una mano. Noah la apartó y se incorporó con dificultad; sangraba por la oreja, la nariz y la boca, y se sujetaba las costillas con el brazo izquierdo. La cara había comenzado a hinchársele.
    En aquel momentáneo silencio resonó una voz calle abajo:
    – ¡True Blevins está herido!
    – Oh, Dios -dijo Noah para sus adentros. Se abrió paso a empujones entre el gentío, que se apartaba cabizbajo y llegó corriendo a donde se encontraba True. Apoyó las manos en la carreta y saltó al interior; cogió a True por los hombros y le dio la vuelta con cuidado, apoyándolo sobre las bolsas de harina de maíz que había estado descargando.
    True tenía la mirada vidriosa, pero esbozó una sonrisa sombría.
    – Me diste, muchacho -murmuró.
    – ¿Dónde?
    – Yo diría que en todas partes. -La débil voz de True terminó en tos, seguida de un quejido mientras cerraba los ojos.
    – Avisad a un médico -gritó Noah; el chaleco de cuero sucio de True estaba manchado de sangre-. Lo siento, True -susurró-. Aguanta, viejo. No te atrevas a morirte en mis brazos. -Desesperado, se puso en pie y volvió a gritar-: ¡Maldita sea! ¡dónde está ese médico!
    – Está en camino, Noah -respondió alguien en voz baja junto a la carreta-. Toma, ¿quieres esto? -Le entregó un pañuelo.
    – ¡No! ¡Que nadie lo toque con nada que pueda estar sucio! -Dan Turley se aproximaba corriendo con su maletín negro.
    – ¡Deprisa, doctor! -exclamó Noah-. ¡Ayudadlo a subir!
    Un hombre alto y flaco, en mangas de camisa, trepó a la carreta y se puso en cuclillas al lado de True.
    – Poned en marcha la carreta -ordenó mientras le quitaba a True el chaleco y la camisa-. Vamos a mi casa. Y tú, Noah, ¿cómo estás? ¿También necesitas atención?
    – No, yo estoy bien, doctor. -Un látigo chasqueó. La carreta hizo un brusco movimiento y se puso en marcha.
    – Entonces supongo que debes tener cosas que hacer. No me serás de ninguna ayuda revoloteando a mi alrededor, así que atiende tus asuntos. Te avisaré en cuanto sepa algo.
    – ¡Pero, doctor, yo le disparé!
    – Está en buenas manos, Noah. -El médico lanzó por unos instantes una severa mirada a Noah-. ¡Vete!
    Noah echó un último vistazo a True, tocó la curtida mano del carretero y le dijo:
    – Aguanta True, ¿me oyes?, aguanta.
    Saltó de la carreta y se quedó observando como se alejaba por la calle. Su nuez se movió de arriba abajo dos veces; sentía el pecho como cuero seco y tenso a punto de ceder.
    – No hagas una tontería ¿eh True?
    Finalmente, soltó el aire por la nariz, se pasó la mano por el labio superior y su preocupación por True dio paso a la ira. Se volvió hacia el inmenso pino donde la multitud aguardaba, calmada, por no decir avergonzada, por la tragedia. Mientras caminaba hacia allí, los hombres bajaban la mirada mostrando su vergüenza y reconociendo su culpa. Se movieron inquietos y unieron sus manos como una comitiva fúnebre alrededor de una tumba. Un sendero se abrió mientras Noah se encaminaba directamente hacia Sarah Merritt; su furia se intensificaba con cada paso que daba. En toda su vida había sentido deseos de pegar a una mujer, pero ahora tenía unas ganas incontenibles de hundir un puño en ese rostro largo y flaco para vengar a True; de verla derrumbarse y gimotear, tendida tal como True había estado hacía unos momentos. Qué cosa más estúpida y absurda sería que True muriera, todo por culpa de aquella benefactora moralista y su negativa a atenerse a la ley como todos.
    Sarah esperaba, quieta como el resto, derecha como el enorme pino que había tras ella, sosteniendo el Colt 45 Peacemaker de Noah en la palma de la mano.
    – Lo siento mucho -murmuró entregándole el arma con solemnidad. Noah tenía el ojo izquierdo cerrado por la hinchazón y unos cortes sanguinolentos teñían de rojo su barbilla.
    – ¡Cierre la boca! -gritó exasperado, arrancándole el Colt de las manos y reprimiendo el deseo de golpearle la mejilla con él-. No me interesan sus condolencias.
    – ¿Está muerto?
    – No del todo. -Introdujo el arma en la cartuchera y se agachó para recoger su sombrero chafado y deformado-. Pero, si muere, usted será responsable. ¡Vosotros! -bramó volviéndose a los hombres y agitando el sombrero hacia ellos-. ¡Os lo digo por última vez… despejad la calle! -Como cucarachas atemorizadas, los hombres se fueron escurriendo de forma precipitada. Campbell hundió un puño en la copa de su Stetson y éste recuperó algo de su forma original-. Maldita sea -masculló con desagrado. Cuando hablaba, la piel que rodeaba sus labios temblaba y sus ojos se posaban en cualquier sitio excepto en la mujer-. Sarah Merritt -dijo contemplando con ira el asta que era visible a lo lejos, concentrándose en lo que simbolizaba, para reprimir el impulso de derribarla de un puñetazo allí mismo-, queda arrestada por alterar del orden público, poner en funcionamiento un negocio sin licencia y provocar una pelea ¡y espero que se resista porque nada me gustaría más que atarla, amordazarla y arrastrarla de los pelos por la calle!
    – No será necesario, señor Campbell -respondió ella sumisa y retrocediendo unos pasos para alcanzar su libreta, el abrigo y el bolso de organdí-. Iré con usted.
    Noah Campbell acabó por perder los estribos.
    – ¡Ahora vendrá conmigo! -gritó, fulminándola con la mirada y señalando el sitio donde unos minutos antes había estado la carreta de bueyes-. ¡Ahora que mi amigo ha sido herido sí vendrá conmigo! ¡Demonios! -Arrojó el sombrero al suelo-. ¡Qué habrá sido de los latigazos públicos!
    Ella estaba de pie frente a él, aceptando el castigo con la boca contraída, aguardando. A su lado, la imprenta ya estaba cubierta con la lona.
    – Sólo puedo repetir que lo lamento, señor Campbell.
    Él la estudió unos segundos en silencio y Sarah pensó que nunca había visto el odio tan bien reflejado como en aquella ceñuda expresión.
    – Si me salgo con la mía, lo lamentará mucho más. Ahora muévase -le ordenó con frialdad.
    Ella obedeció, permitiendo que la condujera violentamente a lo largo de Main Street, mientras la gente del pueblo los miraba fijamente y susurraba a sus espaldas. Campbell la llevó a un edificio de madera con peldaños en la entrada y una acera de madera cubierta por un porche.
    – Adentro -le dijo propinándole un codazo suave a la altura del omoplato.
    Era una tienda donde los clientes estaban tan inmóviles como los toneles de galletas a su alrededor; sólo sus cabezas se movieron para seguir con la mirada a Sarah. Un perro que había estado durmiendo salió de detrás de una estufa y les olfateó los pies; Sarah avanzaba por el local con el marshal Campbell medio metro por detrás. Pasaron junto a manzanas frescas y huevos, latas de conservas y bolsas de alubias secas. Y, más adelante, junto a un tonel de vinagre con un grifo de madera que despedía el olor acre que tanto disgustaba a Sarah. Al fondo de la tienda, como apuntando hacia ellos, se extendía un mostrador largo detrás del cual atendía un hombre barbudo con un delantal blanco, tirantes, ligas en las mangas y un pulcro sombrero negro de bombín.
    – Noah -le saludó con seriedad.
    – George -contestó el marshal-. Necesito usar el túnel durante algún tiempo.
    – Por supuesto. -No hubo preguntas: todos los presentes sabían lo que había ocurrido en la calle y que el hombre herido era amigo de Campbell.
    – ¿La lámpara todavía está allí?
    – Colgada del gancho en el pasadizo.
    Campbell dio otro ligero codazo a Sarah y la siguió al otro lado del mostrador y a través de una puerta trasera que daba a un pasadizo corto y sin ventanas que olía como una caja de patatas. Cuando la puerta se cerró tras ellos, quedaron sumidos en la oscuridad más absoluta. Sarah sintió miedo y se detuvo. Campbell la empujó de nuevo haciéndole dar tres torpes pasos hacia delante.
    – Espere aquí. -Sarah oyó el sonido característico de una lámpara de mano y la pequeña explosión de un fósforo al ser raspado y encendido. El rostro de Campbell se iluminó mientras descolgaba la lámpara del clavo y prendía la mecha. Movió la cabeza y le dijo-: Ahí dentro.
    Ella entró temerosa en la mina abandonada. No era más grande que una despensa y en ella sólo había una silla de madera y un montón de paja cubierta con una manta de montar a caballo agujereada. Tuvo que hacer un esfuerzo para conservar un tono de voz sereno, mientras sus ojos recorrían las paredes sucias.
    – ¿Es ésta su cárcel?
    – Así es. -Dejó la lámpara en el suelo junto a la silla y se dirigió hacia la puerta.
    – ¡Señor Campbell! -gritó Sarah, aterrada ante la perspectiva de quedarse allí sola.
    Él se giró y le clavó sus ojos grises y fríos, pero no habló.
    – ¿Cuánto tiempo piensa dejarme en este lugar?
    – Eso lo decidirá el juez, no yo.
    – ¿Y dónde está el juez?
    – Todavía no hay, así que se ha nombrado a George juez en funciones.
    – ¿George? ¿Se refiere al encargado del almacén?
    – Exactamente.
    – ¿De modo que me juzgará un tribunal no autorizado?
    Campbell la señaló con su dedo índice, quedando éste a pocos centímetros de su nariz.
    – ¡Escúcheme bien, señorita! Usted llega aquí; por su culpa un hombre resulta herido y ahora me viene con que el alojamiento no es de su agrado. ¡Bueno, pues mala suerte!
    – ¡Tengo mis derechos, señor Campbell! -replicó, recobrando el valor-. Y entre ellos figura el de presentar mi caso ante un tribunal territorial.
    – Usted está ahora en territorio indio y el gobierno territorial no tiene jurisdicción aquí.
    – Entonces una corte federal.
    – La corte federal más cercana está en Yankton, así que George es todo lo que tenemos. Pero no se preocupe, los propios mineros lo eligieron por ser el hombre más justo que conocen. -Se volvió hacia la puerta otra vez.
    – ¡Y un abogado! -gritó Sarah-. ¡No puede encarcelarme sin que haya visto a un abogado!
    – ¿En serio cree que no puedo? -Miró hacia atrás por encima de su hombro-. Esto es Deadwood. Las cosas son diferentes aquí.
    Con aquel siniestro comentario salió cerrando la puerta tras de sí. Lo último que Sarah pudo oír fue la llave girando en la cerradura.

Capítulo Cuatro

    Se quedó mirando la puerta y escuchando el tenue pero constante silbido de la lámpara, el único sonido en aquel silencio. El pulso le latía con fuerza y tenía obstruida la garganta. Sentía una fuerte presión en la parte superior de la cabeza y un hormigueo en el reverso de los brazos, señal inequívoca del pánico que se adueñaba de ella. ¿Cuánto tiempo la dejarían allí? ¿Se preocuparía alguien por su estado? ¿Qué tipo de bichos habría en aquel montón de paja? ¿Y si la lámpara se apagaba?
    Clavó la vista en ella, el único signo de vida aparte de sí misma que había en aquel lugar y se acercó lo más posible a su calidez, sentándose al borde de la silla. Con las manos apretadas entre las rodillas, se concentró en la llama hasta que le empezaron a doler los ojos; los cerró con fuerza y se frotó los brazos. Hacía mucho frío allí dentro y estaba hambrienta; no había comido nada.
    ¿Quién se preocuparía lo suficiente por ella como para irla a visitar? ¿Addie? no era probable y en todo caso, ¿quién le avisaría? ¿Qué pasaría con la imprenta de su padre, abandonada bajo el árbol? ¿Y con su preciado papel de periódico que había sobrevivido al viaje sin mojarse, por no hablar de los tipos que tanto apreciaba? Eran los que su padre había utilizado a lo largo de toda su vida. En medio del caos, no había tenido tiempo de limpiarlos, como tampoco el rodillo, que se echaría a perder. ¿Qué le esperaba cuando la sacaran de la mina? Si el conductor de la caravana de bueyes moría ¿podían acusarla de algo, aunque no hubiera tocado el arma homicida? ¿A qué recurso legal podía apelar si Campbell no le permitía entrevistarse con un abogado? ¿Y, qué ocurriría en caso de tener que presentarse ante el «juez» sin ayuda? ¿Había sido la resistencia al marshal un delito lo bastante grave como para que se considerara insurrección y… la podían acusar también de eso?
    No podía olvidar la cara de Campbell recibiendo puñetazos y revivía el horror experimentado por la rapidez con que todo había ocurrido. Y después, la voz de aquel hombre calle abajo gritando que alguien estaba herido. «¡No era mi intención ser la causante de todo eso! ¡Sólo quería defender mis derechos!» Volvió a sentir la presión en la garganta, en el cuero cabelludo y a lo largo de los brazos, que comenzaban a entumecerse.
    «Recuerda el requisito esencial para llegar a ser una buena periodista, Sarah.»
    Con resolución buscó el reloj de su padre, lo abrió y lo dejó en el suelo junto a la lámpara. Se levantó de la silla, cogió la manta de montar y la sacudió. La alzó a la luz, observó si había algún tipo de movimiento en ella y descubrió que no. De nuevo en la silla, se cubrió la falda con la manta, sacó las gafas del bolso de organdí, se las puso y abrió la libretita y el frasco de tinta.
    Meditó un largo rato antes de mojar la pluma y escribir las primeras palabras.
    «Pelea en plena calle: Un hombre herido. Editora del periódico encarcelada.» Con la inquebrantable veracidad inculcada por su padre, se dispuso a escribir un relato imparcial de lo sucedido en Main Street durante las últimas dos horas.

    El consultorio del doctor Turley era una estructura de madera que le servía a la vez de residencia. Estaba situado algo más allá de la pensión de Loretta Roundtree, donde los edificios empezaban a ascender por las escarpadas laderas del cañón. El sendero hacia aquella zona subía la abrupta ladera como una estrecha senda de cabras. El terreno estaba resbaladizo a causa de la lluvia, pero Noah Campbell avanzó con pasos largos y seguros hasta la puerta de la casa lleno de preocupación. Entró sin llamar a la sala de espera del doctor, amueblada con unas pocas sillas de madera y cuero, todas vacías.
    – ¿Doctor? -inquirió, avanzando hacia el fondo.
    – ¡Pasa, Noah!
    Noah entró en el consultorio, cuyas paredes estaban recubiertas con tablones de pino… un hecho poco habitual en Deadwood. Había una vitrina llena de sondas y pinzas y una gran variedad de instrumentos intimidadores. En una palangana esmaltada podían verse una bala, una aguja y unas pinzas a través del agua ensangrentada. True yacía en una camilla forrada de cuero, inconsciente, mientras el médico cortaba vendas para su hombro derecho.
    – ¿Cómo está, Doc?
    – He tenido que administrarle cloroformo para extraer la bala pero, si no me equivoco, dentro de una semana estará maldiciendo a sus bueyes.
    Noah soltó aire con fuerza y sintió que disminuía la presión en su pecho.
    – Es la mejor noticia que podían darme.
    – Es un viejo fuerte. Su estado físico es una gran ventaja. Ayúdame a darle la vuelta mientras le pongo esta gasa. He preparado un ungüento de alumbre para parar la hemorragia.
    Pelos de crin de caballo unían la piel de True y sobresalían como bigotes de gato en el área donde el doctor había tenido que coser. Noah ladeó la cabeza para mirar con su ojo sano, mientras el médico cubría la herida con gasa blanca y vendaba el hombro y el tronco de True.
    – ¿Cuánto tiempo estará inconsciente? -Noah giró a True con cuidado sobre el lado izquierdo.
    – El efecto del cloroformo suele durar entre diez y quince minutos. Volverá en sí en cualquier momento. Aunque estará un poco atontado. -Turley completó el vendaje y vertió agua fresca en una palangana limpia para lavarse las manos-. Necesitará un lugar donde recuperarse. ¿Se te ocurre alguno?
    – Puede usar mi habitación en casa de la señora Roundtree.
    – ¿Y adónde irás tú?
    – Bah, yo puedo dormir en cualquier parte. En el suelo de mi oficina o incluso en una tienda de campaña durante un par de semanas. Todavía no hace tanto frío.
    – Necesitará un poco de atención y dudo que Loretta Roundtree tenga tiempo para atender a un convaleciente y a la vez ocuparse de la pensión. Además, conociendo a True, si despertara en casa de Loretta saltaría de la cama e iría en busca de su látigo antes de que se coagulara la sangre de sus heridas.
    Noah reflexionó unos segundos.
    – ¿Cree que podría llevarlo al Spearfish?
    – Dentro de un par de días, es posible.
    – Entonces, por ahora lo instalaremos en la pensión de Loretta y, cuando haga las rondas, pasaré a echarle un vistazo. Tal vez usted pueda hacer lo mismo.
    – Por supuesto.
    – Cuando le parezca oportuno, me lo llevaré al valle. Mi madre cuidará de él como un sargento. -El médico rió mientras se secaba las manos-. De hecho -continuó Noah-, me tiraría de las orejas si se enterara de que True ha necesitado ayuda y no le he dado la oportunidad de brindársela. -Lanzando a un lado la toalla, Turley comentó:
    – Ya que estás aquí, será mejor que eche un vistazo a tu cara.
    Noah se sometió a la revisión.
    – ¿Qué hay de los indios en el Spearfish? -le preguntó Turley.
    – Bueno, en ese sentido hay que esperar lo mejor. El tratado está firmado, ahora sólo queda ver si lo respetan. ¡Ay! ¿Qué diablos está haciendo, Doc?
    – Asegurándome de que todavía puedes ver con este ojo.
    – ¡Puedo ver! ¡Déjelo ya!
    El médico le soltó el párpado y pasó a la inspección de su oído.
    – Quizá tengas perforación de tímpano. Es lo más normal cuando una oreja sangra. Tápate la otra y dime si me oyes. La mayoría de las veces, sin embargo, los tímpanos se curan. La cicatriz que queda en el tejido suele reducir un poco la capacidad auditiva, pero eso es todo.
    – Oigo.
    – Estupendo. ¿Algún diente roto? -El médico se acercó a la boca de Noah pero éste retrocedió.
    – Conservo mi dentadura intacta; y ahora quíteme las manos de encima.
    – Quisquilloso, ¿eh?
    El paciente masculló algo y abrió los ojos; luego los cerró. Noah se quedó de pie junto a él, esperando. Después de varios segundos, True murmuró entre dientes y abrió los ojos de nuevo. Eran azules como el aciano, rodeados de surcos profundos.
    – Hola, viejo embaucador. Ya era hora de que despertaras.
    – Hace falta más de una bala para mandarme al otro barrio. -Sus palabras sonaban monótonas.
    – El médico te la quitó. Está preparando una sopa con ella.
    True esbozó una sonrisa débil.
    – ¿Con quién demonios tropezaste… con Toro Sentado?
    – No hablemos de eso o haré que el médico te dé más cloroformo, viejo bisonte. -Noah sonrió lo mejor que pudo con sus labios hinchados y añadió-: Escucha, True, te quedarás en la pensión de la señora Roundtree hasta que te recuperes un poco; luego te llevaré al valle para que mi madre te alimente bien y te responda con insolencia, como a tí te gusta. ¿Qué te parece?
    True cerró los ojos y habló con voz soñolienta.
    – No puedo. Tengo una caravana que descargar.
    – ¡Oh, no, nada de eso! Tendrás que olvidarte de descargar caravanas por un tiempo. -Esta vez los ojos de True se abrieron del todo y se fijaron en el hombre joven que se inclinaba sobre él. Habló con una violencia sorprendente.
    – Un hijo de puta me cobra tres dólares por una licencia para descargar mi mercadería y ahora me dice que lo olvide. ¿En qué clase de pueblo estás metido, muchacho?
    – Lo de la descarga ya está arreglado. Ahora debes descansar.
    – Descansar, una mierda… -True gruñó y trató de incorporarse. Apenas logró levantar un hombro de la camilla antes de caer hacia atrás jadeando. Campbell y el doctor cruzaron sus miradas.
    Turley dio un paso adelante.
    – True -le ordenó-, o te estás quieto o te ato. ¿Es eso lo que quieres? -True sacudió la cabeza con los ojos aún cerrados-. De acuerdo. Duerme mientras puedas porque esta noche ese hombro te va a doler como mil demonios. Noah volverá más tarde para ayudarme a trasladarte a casa de Loretta Roundtree y dentro de un par de días, cuando estés más fuerte, te llevará al Spearfish.
    Noah pensó que True había vuelto a quedar semiinconsciente y le susurró a Dan Turley:
    – Volveré en cuanto pueda. Tengo que sacar las cosas de esa mujer de la calle.
    True abrió los ojos.
    – Diste con un rival difícil, ¿eh, muchacho?
    – Sí, bueno, ahora está más tranquila. La he encerrado en la mina de Farnum.
    True sonrió y asintió, como llegando a alguna conclusión.
    – Ajá, es una bruja. Ten cuidado no vaya a hacerte un conjuro.

    Mientras se alejaba de la casa del doctor, Noah consideró las palabras de True. ¡Sarah Merritt era una bruja, sin duda y, aunque su ira había disminuido un poco al saber que True viviría, tenía la intención de dejarla algún tiempo en aquella madriguera para darle una buena lección sobre el valor de la libertad y sobre la desobediencia al marshal local! Seguramente estaría ahogada en un mar de lágrimas. ¡Bueno, que llore! Que comprenda el desastre que su terquedad ha estado a punto de provocar. ¡Que se pregunte cuándo volverá a ver la luz del día, y cuándo comerá algo, y cuánto tiempo pasará antes de que alguien se acuerde de que está allí! Ninguna mujer larguirucha y terca iba a pasearse con desdén por el pueblo del marshal Noah Campbell, ni a salir impune de todo el alboroto que había provocado.
    ¿Y qué diablos se suponía que tenía que hacer él con la imprenta? Debería estar haciendo su ronda; en lugar de eso, tenía cuatrocientos cincuenta kilos de acero que transportar, una tienda que desmontar y todos esos objetos que ella había descargado en medio de…
    ¿Dónde demonios estaba todo?
    Al doblar la esquina para entrar en Main Street se quedó boquiabierto contemplando el enorme pino. ¡Allí no quedaba nada! ¡Ni imprenta, ni cajas de embalaje, ni tienda… nada! Nada excepto las huellas en el barro, identificables aún, a pesar de las pisadas de botas y huellas de cascos de caballos y mulas.
    El pulso se le aceleró mientras miraba a un lado y otro de la calle. Ella pondría el grito en el cielo. Alguien le había robado la maquinaria en medio de Main Street, donde el marshal debería haber dejado algún hombre, aunque sólo fuera para vigilar el material. ¿Pero quién podía pensar que a alguien se le ocurriría la descabellada idea de llevarse algo tan grande de un lugar público? ¿Y sería difícil de encontrar? ¡Sólo la prensa tenía la altura de un hombre y pesaba casi quinientos kilos! ¡Maldita sea! ¡Como si no tuviera suficientes problemas!
    Pasó una hora buscando sin éxito. Ni en los callejones, ni en la oficina de carga ni en su propia oficina. Malhumorado, se dejó caer pesadamente en su silla y rellenó algunas de aquellas malditas licencias… para qué tanta licencia, no lograba entenderlo. Sabía perfectamente quién había pagado sus impuestos y quién no.
    En mitad del tercer formulario, soltó la pluma, maldijo por lo bajo y se llevó el puño cerrado a la boca; aulló y maldijo de nuevo. Consultó el reloj. Eran casi las cinco y media y Farnum cerraba a las seis.
    Muy bien, así que ella quería los servicios de un abogado. Si por él fuera, la dejaría comiéndose las uñas hasta la mañana siguiente; aunque no estaría bien visto mantenerla en prisión sin permitirle ver a un abogado. La sección dos de las ordenanzas del poblado de Deadwood exponía con claridad la necesidad de formación del Concejo Municipal de Deadwood y sus ramificaciones legales. No sólo señalaba los miembros que formarían parte de él, el alcalde y seis de sus conciudadanos; establecía que el Concejo podía juzgar y ser juzgado. No estaría bien que dos semanas después de la constitución oficial del pueblo, el Concejo fuera juzgado por culpa del marshal. Y a Noah no le cabía ninguna duda de que esa autodenominada defensora de la moral pública promovería tal juicio en la primera ocasión que se le presentase.
    Así que le conseguiría un maldito abogado. El pueblo estaba lleno… siete licenciados según la última estimación… todos sin trabajo debido a la inexistencia de un tribunal de apelación y al hecho de que aún no había libros de leyes en el pueblo.
    Cogió su abrigo del colgador, pero echó su sombrero en falta: había quedado en el barro tras la pelea. Maldiciendo una vez más, salió hecho una furia y se dirigió a la oficina del abogado más cercano, un tipo barbudo que padecía una constante congestión nasal, llamado Lawrence Chapline, el cual se había establecido en una tienda de campaña. Cuando Campbell entró, Chapline se estaba sonando la nariz con un pañuelo húmedo. Miró al marshal y exclamó:
    – ¿Qué demonios te ha ocurrido?
    – Ha sido en la pelea de hace unas horas en la calle. La mujer que la provocó necesita un abogado. ¿Te interesa?
    Antes de que Campbell terminara de formular la pregunta, Chapline ya se había calado el sombrero y estaba listo para salir. Los dos hombres caminaron hasta la tienda de Farnum y la encontraron llena de clientes curiosos. Al paso del abogado y el marshal algunos saludaban en silencio con un leve movimiento de cabeza. Otros exclamaban cosas cómo: «¿Qué vas a hacer con ella, Noah?» o «¿Te vas a encargar de su defensa, Chapline?»
    Sin pararse, atravesaron la tienda hasta llegar al pasillo que conducía al túnel. Campbell abrió la puerta esperando encontrar a Sarah Merritt sumida en llanto. Pero, para su sorpresa, nada más lejos de la realidad: estaba sentada en la silla con la espalda arqueada, escribiendo laboriosamente en su libreta. Alzó la cabeza y él se sintió progresivamente más furioso al comprobar que no había derramado ni una sola lágrima. Su imagen no era, ni mucho menos, la de una mujer desesperada o aterrada por su situación. Al contrario, estaba tranquilamente sentada y los miró a través de las gafas pequeñas y redondas que agrandaban sus ojos azules y le daban la apariencia de una maestra de escuela corrigiendo exámenes. La manta cubría cuidadosamente su falda y se había recogido el pelo de una manera impecable. Bien podía haber estado sentada a una mesa sobre una tarima, con cinco hileras de bancos escolares frente a ella. Cerró la libretita con cuidado, tapó la pluma y depositó ambas cosas en el suelo. Su agresividad había desaparecido por completo para dar lugar a una rigurosa cortesía.
    – Ha vuelto, marshal Campbell -dijo mientras se quitaba las gafas.
    – Le he traído al abogado que me pidió. El es Lawrence Chapline.
    – Señor Chapline. -Se puso en pie, plegó la manta sobre el respaldo de la silla y le extendió una mano. Inmediatamente después de intercambiar los saludos de rigor le preguntó a Campbell-: ¿Cómo está su amigo?
    – Vivo e indomable.
    Sarah se llevó una mano al pecho.
    – Oh, gracias a Dios. Entonces, ¿vivirá?
    – Eso parece.
    – ¡Qué alivio! He estado tan preocupada pensando que podía haber sido responsable de la muerte de un hombre inocente. ¿Y qué hay de usted? ¿Se encuentra bien?
    – Nada grave. Tal vez un tímpano perforado.
    – Oh -exclamó. Su boca formó un pequeño círculo mientras le contemplaba el ojo, que se había hinchado como la garganta de un sapo. Tras unos segundos de silencio, añadió-: Estoy arrepentida y dispuesta a aceptar cualquier sanción que se me imponga.
    Por extraño que resultase, Campbell se había sentido más cómodo con la mujer violenta. El arrepentimiento que mostraba ahora le turbaba. Se movió nerviosamente.
    – Será mejor que hable con Chapline mientras pueda. Volveré dentro de un rato.
    A solas con el abogado, Sarah le dijo:
    – Gracias por venir, señor Chapline. ¿Qué va a ocurrirme?
    – ¿Por qué no se sienta, señorita Merritt, mientras le pongo al corriente de la breve historia de la ley en este pueblo? Creo que le ayudará a comprender mejor su situación.
    – He estado bastantes horas sentada. Si no le importa, permaneceré de pie.
    – De acuerdo. -Chapline se frotó la nariz con su pañuelo húmedo y estudió el suelo durante unos instantes. Tenía unos treinta y cinco años, era delgado, de hombros caídos y pelo castaño y tan fino como el de un bebé que parecía flotar sobre su cabeza. Su nariz estaba enrojecida y sus ojos llorosos… un hombre cuya apariencia no decía nada en su favor. Pero estaba dotado de una voz que surgía grave y autoritaria. Brotaba de su interior con el estrépito y la resonancia que produce un árbol al derrumbarse y parecía hacer saltar la arenisca de las paredes de la mina mientras hablaba.
    – La historia de la evolución de la ley en Deadwood es bastante peculiar. Se puede decir que la fiebre del oro trajo a los pobladores antes que a la civilización y que lo hizo a tal velocidad, que fomentó la anarquía… la violación de la propiedad privada, las peleas de borrachos y los robos, por citar sólo algunos ejemplos. De modo que los habitantes impulsaron la formación de un tribunal de mineros y decidieron que cada audiencia sería presidida por uno de los siete abogados del pueblo, con un «juez» distinto en cada una de ellas.
    Chapline volvió a restregarse la nariz y comenzó a pasearse por el recinto con las manos cogidas a la espalda.
    – ¿Ha oído hablar del asesinato de Wild Bill Hickok, que ocurrió aquí el mes pasado?
    – Por supuesto.
    – Creó gran conmoción y, si alguna vez ha habido un pueblo deseoso de justicia, ése ha sido Deadwood en aquel momento. Sin embargo, el juicio fue una farsa pese a todos nuestros esfuerzos. Más de la mitad de los hombres del jurado eran sospechosos de haber formado parte del grupo que contrató a Jack McCall para matar a Wild Bill. El fallo del jurado dictaminó la inocencia del acusado y tuvimos que dejar que McCall se marchara, quedando su crimen impune. A nadie le gustó pero, ¿qué podíamos hacer? A muchos de nosotros nos desagradaba esté sistema, pero antes de que pudiéramos crear las bases para la elaboración de otro mejor, se produjo otro homicidio, éste hace ahora tres semanas. Un tipo llamado Baum fue acribillado. En esa ocasión, los siete abogados ofrecimos voluntariamente nuestros servicios y mi colega, el señor Keithly, actuó como juez. El problema era que no teníamos bibliografía penal y eso significaba una seria traba. Se resolvió en ese mismo momento que, no sólo pediríamos una biblioteca penal completa para Deadwood, sino que suspenderíamos los juicios hasta que la recibiéramos. Entretanto, hemos comenzado a organizamos como pueblo, que es la única manera de conseguir la asignación de un tribunal de apelación con un juez federal legítimo.
    – ¿Han llegado los libros?
    – No, aún no.
    – Oh. -Los hombros de Sarah cayeron un poco-. Entonces, parece que las cosas no están muy a mi favor.
    – No necesariamente, puesto que hasta que lleguen, los delitos menores son resueltos por nuestro nuevo alcalde, George Farnum, ya que eso se convino por unanimidad cuando salió elegido. Ahora, antes de que saque conclusiones apresuradas, ¿por qué no me da su versión de los hechos que motivaron su arresto?
    – Es fácil. -Tomó su libreta del suelo y se la entregó-. Lo he escrito para la próxima edición de mi periódico. Es exactamente lo que sucedió.
    Chapline pasó unos cuantos minutos sentado en la silla, leyendo el relato con un hombro inclinado hacia la luz del farol. Cuando terminó, se limpió la nariz y levantó la cabeza.
    – ¿Se negó usted a mover su imprenta de la calle?
    – Sí.
    – ¿La estaba utilizando sin licencia?
    – Sí.
    – ¿El marshal le informó de que necesitaba una?
    – Sí.
    – ¿Fue usted la incitadora de la pelea?
    – Sí.
    – ¿Intencionadamente?
    – No.
    – ¿Golpeó usted en algún momento al marshal Campbell?
    – No.
    – ¿Animó a alguien a que lo hiciera?
    – No. Intenté detenerlos.
    – ¿Vio usted al carretero, True Blevins, herido de bala?
    – Sí.
    – ¿Quién le disparó?
    – El marshal Campbell.
    – ¿Fue un accidente?
    – Sin lugar a dudas.
    – ¿Alguien más desenfundó un revólver?
    – No. Ocurrió todo demasiado rápido.
    – ¿Se resistió usted al arresto?
    – La primera vez, sí. La segunda, no.
    – ¿Estaría dispuesta a pagar todos los daños y las tasas correspondientes para la obtención de licencias, además de suspender toda publicación hasta que su equipo se encuentre a cubierto y en propiedad privada?
    – Sí.
    Chapline la contempló en silencio unos minutos, sentado en la silla con las rodillas separadas y sus huesudas manos sobre ellas. Finalmente, le preguntó:
    – ¿Cree que podría repetir esas respuestas, palabra por palabra, si le formulara las preguntas de nuevo?
    – Sí.
    – ¿Tiene dinero para pagar los daños?
    – Sí, aquí mismo. -Se palpó la cintura sobre la cadera izquierda.
    – Excelente. -Chapline se puso de pie-. Entonces lo que haremos es apelar al sentido común y de la justicia de Farnum; sin negar lo que usted ha hecho, simplemente señalaremos que sus intenciones no eran causar ningún tipo de perjuicio, que nadie resultó herido de forma irreparable y que usted está arrepentida… lo que ya le ha demostrado al marshal Campbell. Cuando salgamos, asegúrese únicamente de conservar el mismo tono de arrepentimiento que ha utilizado conmigo. Compungido, pero no servil.
    Sarah asintió con la cabeza.
    – De acuerdo, veamos qué podemos hacer. -Le dirigió una sonrisa optimista mientras golpeaba la puerta. Campbell la abrió.
    – Nos gustaría hablar con Farnum -dijo Chapline.
    – De acuerdo, vamos. -Campbell se hizo a un lado, esperando que Chapline y Sarah lo precedieran a través del túnel. A Sarah, la luz del fondo se le antojó como la salida del purgatorio. El murmullo de voces, cada vez más audible, era cálido y familiar. El olor mohoso a tierra fue dominado por otro muy distinto a granos de café, cecina y vinagre (que le resultó menos desagradable que antes). De la oscuridad a la luz; de la humedad a la frescura; de la soledad a un gentío cuyos murmullos se acallaron con su presencia. Farnum estaba detrás del mostrador, observando avanzar la procesión hasta la puerta trasera. Campbell, una vez la hubo cruzado, se paró en seco y los otros dos pasaron al otro lado del mostrador.
    – Señor Farnum -comenzó Chapline-, considerando que nuestra biblioteca legal todavía no ha llegado, que no se ha construido una celda decente, y que el pueblo le ha conferido autoridad para resolver disputas menores, la señorita Merritt le pide que lo haga ahora con su caso, de modo que se le evite la innecesaria medida de hacerle pasar un tiempo indeterminado en esa mina abandonada.
    – Bueno, no sé -replicó Farnum-. En cierta forma, eso depende del marshal. De si él piensa que los cargos contra ella requieren o no de esos libros de derecho. ¿Marshal?
    Campbell relajó los brazos que hasta entonces cruzaba sobre su pecho y carraspeó. Antes de que pudiera responder, Chapline intervino:
    – La señorita Merritt no tiene intención de negar su parte de culpa, pero tampoco se considera una criminal tan peligrosa como para ser encarcelada de manera indefinida. Tal vez será mejor que lean esto y después decidan. Es un artículo que ha escrito para su diario, y creo que su imparcialidad habla por sí sola.
    Farnum se quitó el delantal blanco y lo dejó sobre el mostrador con toda la solemnidad propia de un juez vestido con su toga negra. Campbell se situó detrás del alcalde y los dos leyeron el artículo juntos. Cuando terminaron, se cruzaron una mirada y durante algunos segundos permanecieron en silencio, como esperando que el otro tomara la palabra. Una vez más, fue Chapline quien intervino:
    – Como verán, la señorita Merritt no está, ni mucho menos, negando el papel que ha desempeñado en el desdichado incidente de esta mañana; de hecho, está dispuesta a confesarlo a todo el pueblo en su propio periódico. Caballeros, si me permiten, la señorita Merritt ha aceptado contestar a algunas preguntas y luego ustedes podrán tomar la decisión que crean conveniente.
    – De acuerdo -dijo Farnum- adelante. No veo nada de malo en escucharla.
    Chapline repitió el breve interrogatorio, que concluyó con la promesa de Sarah de pagar todos los daños, incluyendo las facturas médicas de True y del marshal Campbell, si las hubiera, y las multas que se le impusieran; también estaba dispuesta a pagar las tasas para obtener las licencias que hicieran falta y a suspender toda publicación hasta que la imprenta se hallara a cubierto y en propiedad privada. En ese sentido, Chapline les pidió que consideraran que ella tenía una propiedad valiosa en medio de la calle, expuesta a los elementos y que requería de su inmediata atención.
    Ante la mención de este punto, Noah se movió nervioso. Miró por un instante los rostros curiosos que observaban y escuchaban atentamente y comprendió que todo lo que allí estaba ocurriendo pasaría de boca en boca a lo largo y ancho del cañón con más rapidez que una epidemia de viruela. Ningún testigo de aquella conversación pensaría que Noah tenía derecho a mantener a aquella mujer encerrada en un agujero, ahora que quedaba claro que nada de lo ocurrido había sido provocado intencionadamente, y cuando se había puesto a merced de la ley y estaba dispuesta a pagar las multas o sanciones que se le impusieran. Sin embargo, nada de eso era tan determinante como el hecho de que Sarah fuera una mujer soltera sin ser una prostituta… un hecho extraordinario en Deadwood. Noah lo podía pasar muy mal para explicar los motivos del encarcelamiento a veinticinco mil mineros ávidos de mujeres.
    ¿Dónde diablos estaba la imprenta? A Noah, por un momento, se le ocurrió la idea de encerrarla para ganar tiempo para encontrarla.
    – ¿Y usted que opina, marshal? -le estaba preguntando el alcalde.
    – Lo que ha sucedido hoy es algo muy serio.
    – Sí, así es, pero creo que en este caso el tribunal legítimo sería indulgente. Después de todo, es una mujer y esa mina no es lugar para encerrar a un miembro del sexo débil.
    – ¿Cómo y cuándo va a pagar?
    – Aquí y ahora -intervino Sarah; Introdujo una mano en el bolsillo izquierdo de su falda y extrajo de él su bolsito de ante lleno de oro en polvo-. Sólo tiene que decirme cuánto debo pagar.
    Sus ojos y los de Campbell se encontraron. Aquella mujer tenía una forma desconcertante de mirar a un hombre a la cara. El marshal tuvo el presentimiento que ella había percibido su oculto deseo de que no tuviera el oro en polvo a mano. Fue el primero en apartar la mirada.
    – Lo que usted diga, alcalde -dijo Noah de mala gana.
    Farnum le impuso una multa de veinte dólares por alteración del orden público y otra de diez por la puesta en funcionamiento de un negocio sin la licencia correspondiente. Señaló que confiaba en que Sarah pagaría la factura del médico y le indicó que podía arreglar ese asunto con Turley al día siguiente. Tras pesar el oro, incluyendo el valor de diez dólares adicionales en concepto del primer trimestre de una licencia para la utilización de un taller de impresión, Sarah guardó su bolso y tendió una mano a Farnum.
    – Gracias, señor. No me hubiera gustado nada pasar la noche en esa mina. -Le estrechó la mano con efusividad y se volvió de inmediato hacia Campbell-. Marshal.
    No le ofreció la mano y, en cambio, lo miró abiertamente. A Noah le sorprendió lo diferente que era a su hermana… directa, resuelta, luchadora.
    – Debe de tener algo que ver con mi carácter, pero presiento que volveremos a tener otro encontronazo -aventuró ella.
    «Dentro de unos dos minutos y medio», pensó él con inquietud, observando como se volvía hacia Chapline, como si la reunión hubiera concluido y ella la hubiera controlado de cabo a rabo.
    – Gracias, señor Chapline. Pasaré mañana por su oficina para saldar cuentas.
    Cuando se disponía a abrir la puerta, Campbell exclamó:
    – Espere, señorita Merritt.
    Una vez más, ella lo miró a los ojos y logró alterarlo. A veces, parecía capaz de dominar el impulso de parpadear, como ahora, que simplemente esperaba a que él se le acercara.
    – Yo, eh… tengo que hablar con usted acerca de otro asunto. Fuera -añadió, consciente de que los estaban observando.
    – Muy bien. Caminaremos juntos. -Sarah emprendió la marcha, abriendo ella misma la puerta sin esperar a que, como marcaba la buena educación, lo hiciera el marshal. Salió decidida a la calle sin preocuparse por el borde de su falda (Noah nunca había conocido una mujer tan indiferente al barro) y se encaminó al pino con la libreta apretada contra su pecho izquierdo (lo poco que tenía). En ese aspecto, también difería mucho de su hermana… aunque eso no afectaba en absoluto su feminidad.
    Avanzaron por la calle y él se dirigió a ella antes de que pudieran ver el árbol.
    Lo dijo sin rodeos, como si no tuviera la culpa, precisamente porque sabía que la tenía.
    – Alguien ha robado su prensa.
    – ¡Qué! -Sarah se detuvo y se volvió hacia él.
    – Ha desaparecido mientras estaba en casa del doctor Turley visitando a True.
    – ¿Desaparecido? ¿Quinientos kilos de maquinaria desaparecidos? ¿Qué pretende, Campbell?
    Nunca hubiera pensado que ella sospecharía de él.
    – ¿Yo? Yo no…
    – ¿Dónde la ha escondido?
    – Escúcheme…
    – ¡No me diga que usted no tiene nada que ver!
    – Estaba en casa del doctor…
    – Porque nadie más en este pueblo…
    – ¡Pregúnteselo a él!
    Estaban en medio de la calle, gritándose el uno al otro, nariz contra nariz. Era casi la hora de cenar; las calles estaban repletas de hombres hambrientos que se encaminaban a los bares para cenar; muchos se detenían a curiosear.
    – …no tiene ningún derecho a requisar mi imprenta!
    – No la he requisado. ¡Alguien la ha robado!
    – ¿Para qué?
    – ¡Y yo que demonios sé!
    – ¿Y mis tipos y la tinta y el papel?
    – Se lo han llevado todo, hasta la tienda.
    La boca de Sarah adoptó una mueca tensa; parecía que lo que más deseara en este mundo fuera golpear al marshal en el ojo sano para dejárselo igual al otro
    – ¡Es usted el depravado más cínico que existe en este pueblo y lo más vergonzoso es que los tiene a todos engañados! ¡Y pensar que le han elegido! -Siguió caminando furiosa, sujetando con fuerza la libreta, la mano libre cerrada en un puño. Cuando Campbell llegó al árbol, Sarah ya estaba allí mirando a un lado y a otro.
    – ¡Será mejor que la encuentre, Campbell, y rápido!
    – Llevará un tiempo.
    – Entonces empiece de una vez.
    – ¿A registrar cada edificio del cañón?
    – Usted es el marshal ¿no? Es su trabajo. Esa imprenta es mi medio de subsistencia y los tipos son los que mi padre utilizó cuando empezaba. Son para mí mucho más que simples herramientas de trabajo, pero por supuesto usted no…
    – ¿Señorita Merritt? -Una juvenil voz masculina interrumpió la discusión. Un chico de pelo corto negro y ondulado se había acercado; tendría unos dieciséis años, era guapo, de aire tímido y con una gruesa línea de vello bajo la nariz. Llevaba botas de puntera, gastados pantalones de lana hasta las rodillas y una raída chaqueta a cuadros verde. Llevaba las manos en los bolsillos de la chaqueta.
    – ¿Sí?
    – Me envía el señor Bradigan. Tiene su imprenta y me manda decirle que venga conmigo.
    – ¡El señor Bradigan!
    – Sí.
    – ¿Pero… por qué? ¿Y dónde?
    – Si me acompaña, él se lo explicará.
    Sarah miró a Noah, que se encogió de hombros.
    – Será mejor que vaya con ustedes y vea qué está tramando Bradigan.
    – ¿Cómo te llamas? -preguntó Sarah mientras echaban a andar detrás del muchacho.
    – Josh Dawkins. -Le lanzó una fugaz mirada por encima de su hombro.
    – ¿Dawkins? ¿Eres hijo de Emma?
    – Sí.
    – Oh, Dios mío, acabo de acordarme, se supone que debo ir a cenar a tu casa. Ya debe de ser la hora.
    – Mi madre la esperará. Primero tiene que venir conmigo.
    – ¿Para qué?
    – Ya lo verá.
    Los condujo a un pequeño edificio de madera en el extremo sudoeste de Main Street. Miraba hacia el este y la pared del cañón lo había sumergido en la sombra; en el interior había una lámpara encendida. Una vez dentro, Sarah echó una rápida ojeada al local. Allí, frente a ella, estaban todas sus preciadas posesiones… la prensa, la estantería, las cajas tipográficas, el escritorio de su padre, las cajas de embalaje con la tinta, los rodillos, el papel de periódico y los grabados de madera… todo colocado en perfecto orden de trabajo. El olor aceitoso de la tinta combinado con el de la trementina flotaba en el aire como si de un perfume se tratara. En una mesa de madera, a lo largo de la pared derecha, se estaban secando cuatro montones de páginas impresas. Junto a la imprenta, con un delantal de cuero negro manchado, Patrick Bradigan limpiaba los tipos utilizados aquel día con un trapo untado en trementina. Se giró cuando ellos entraban, esbozó una sonrisa vacilante e inclinó la cabeza en un saludo todavía más vacilante.
    – Señorita Merritt -dijo con su marcado acento irlandés-. Bienvenida a la oficina del Deadwood Chronicle.
    Sarah avanzó perpleja; sus ojos observaron más detenidamente la disposición de los elementos. Pasados unos instantes, miró a Bradigan y le dijo:
    – ¿Qué ha hecho, señor Bradigan?
    – Encontrarle un local y tener lista para salir a la calle la primera edición, con ayuda del chico de los Dawkins. Patrick Bradigan a sus órdenes, señorita. Déme un componedor y le compondré tipos. -Sacó el componedor del bolsillo delantero como si fuera un cigarro. Sarah se dio cuenta enseguida de que estaba borracho. No obstante, se sentía agradecida-. Señor Bradigan, maestro Dawkins, aunque es inexcusable en una editora, debo admitir que no tengo palabras.
    El joven Dawkins, de pie, sonreía con alegría, mientras Bradigan exhibía una sonrisa ebria.
    – Hemos impreso trescientos veinticinco ejemplares.
    – ¡Trescientos veinticinco!
    – Los venderá todos; espere y verá. El joven Dawkins le ayudará mañana.
    Sarah miró al muchacho.
    – Gracias por todo.
    – Mamá me envió en cuanto se enteró de lo ocurrido en la calle. En la panadería corrió el rumor de que el señor Bradigan iba a ocuparse de imprimir la primera edición y me dijo que viniera y le ayudara en todo lo posible. Yo ponía el papel en la frasqueta mientras el señor Bradigan extendía la tinta con el rodillo. ¡Ha sido muy divertido!
    Sarah sonrió, recordando las primeras veces que su padre le había permitido hacer aquello y cuánto se había divertido en su momento ella también.
    – Tal vez pueda enseñarte el resto del proceso y convertirte en aprendiz… ¿te gustaría?
    – ¡Sí, señorita! ¡Me encantaría! -exclamó el chico sonriendo. Sarah echó otro vistazo al lugar… paredes de madera rústica, pero cuatro y fuertes, con un techo sólido y una ancha ventana al frente mirando hacia el este, ideal para componer tipos por la mañana, el momento del día en que más le gustaba trabajar-. ¿Este edificio es de su propiedad, señor Bradigan?
    – El edificio es suyo. Puede alquilarlo o comprarlo, como prefiera.
    – Pero… ¿por qué… y cómo?
    – Un gesto de los habitantes del pueblo que desean que su primer periódico comience a imprimirse lo antes posible. Puede hablar con Elias Pinkney al respecto. Su banco lo construyó como negocio especulativo.
    – ¿Pero no hay otras personas esperando para comprarlo? Eso es lo que me dijeron.
    Bradigan carraspeó y se rascó la nuca.
    – Ah… bueno, verá, esos otros eran hombres, señorita Merritt, no jóvenes solteras y un buen partido como usted.
    La insinuación dejó a la modesta Sarah sin saber qué decir. «Válgame Dios -pensó-, el señor Pinkney de nuevo». Más gordo que un pavo de Navidad, cuarentón y con esa rosada y brillante cabeza que ella tenía que mirar desde arriba. Qué contrariedad tener que responder a las insinuaciones del señor Bradigan en presencia del marshal Campbell.
    Cambió de tema enseguida.
    – Bueno, menos mal que ya he pagado la licencia. ¿Está todo en regla esta vez, marshal?
    – Eso parece. Si no piensa presentar una denuncia contra Bradigan por hacer uso de su imprenta sin su permiso, me voy.
    – Ninguna denuncia.
    Campbell se dirigió a la puerta.
    – Espere un momento, marshal -Cogió una hoja recién impresa de la mesa y la dobló por la mitad-. ¿Algún cambio en el contenido, señor Bradigan? -preguntó.
    – No. Tal y como usted lo redactó.
    – Un ejemplar gratuito, señor Campbell -dijo, ofreciéndoselo con el editorial hacia arriba. Sabía que con el día que llevaba no habría tenido tiempo de leerlo. No pudo reprimir un cierto aire de satisfacción cuando él lo aceptó y respondió:
    – Bueno… gracias.
    Campbell bajó la mirada y la fijó en el titular. Leyó una o dos líneas y miró a Sarah con sus ojos grises y opacos como las piedras de un río.
    – Realmente disfruta provocando encontronazos, ¿no es así?
    – Es mi trabajo, marshal.
    Campbell la observó unos segundos antes de devolverle el ejemplar.
    – Déselo a alguien a quien le pueda interesar. -Y dicho esto se marchó.

Capítulo Cinco

    Cuando Sarah entró en la cocina de Emma Dawkins, supo que había encontrado una amiga. Emma, al verla, se apartó con rapidez del hornillo de hierro negro, atravesó la habitación y la abrazó.
    – Santo Dios, qué día debes de haber tenido. Me he enterado de todo. Ninguna mujer debería pasar por algo así. Bueno, ahora siéntate y bebe una taza de café bien cargado mientras las chicas me ayudan con la cena. Una buena comida caliente te sentará bien. Estas son mis hijas, Lettie y Geneva, de doce y diez años, y él es mi marido, Byron. -Se dirigió al grupo y dijo-: Ella es Sarah Merritt, la mujer de quién os he hablado.
    Lettie era una belleza delgada de pelo negro. Era una versión femenina de Josh. Geneva todavía mostraba una cierta obesidad adolescente y tenía unos pronunciados hoyuelos en las mejillas, que pronto seducirían a los jóvenes del pueblo. Byron era un hombre de lo más normal; tenía la cara pálida, como cubierta por una fina capa de harina tras un día de trabajo en la panadería. Flaco, de piel aún más blanca en el reverso de los brazos delgados, fuertes y llenos de venas azules, tenía el pelo castaño y lacio, y lucía un buen afeitado. Mirándolos a él y a Emma, Sarah se preguntó de dónde provendría el hermoso pelo oscuro de Lettie y de Josh. Byron se aproximó y estrechó la mano de Sarah inclinando la cabeza con timidez.
    – Bienvenida -dijo con sencillez-. ¿No quieres sentarte?
    La cena era deliciosa: bollos de col rellenos de una mezcla de carne y arroz, sazonados con cebolla y pimienta inglesa y acompañados de una interminable provisión de pan caliente. Sin embargo, no había mantequilla. Emma le explicó que la falta de pastos imposibilitaba el mantenimiento de vacas lecheras, excepto en las tierras altas; así que se usaba mucho la leche de cabra. La falta de ganado ocasionaba la escasez de mantequilla, de modo que la gente del pueblo se las arreglaba con manteca de cerdo salada para el pan.
    Sarah apuntó el dato en la libretita y añadió que la carnicería vendía en su mayor parte animales de caza y aves silvestres.
    De postre, comieron una maravillosa tarta de manzana con canela, y tomaron café.
    Las chicas sirvieron y quitaron los platos sin esperar las órdenes de su madre; sus modales y buena educación impresionaron a Sarah. Los Dawkins eran una familia acogedora que hablaba y reía en la mesa; la presencia de Sarah era aceptada como la de una vieja amiga. Durante la comida, se enteró de que los tres hijos ayudaban a sus padres en la panadería y que ninguno había asistido a la escuela desde el año anterior, cuando aún vivían en Iowa.
    Sarah hizo otra anotación en su libreta; esta anotación llevaba el título de: «La necesidad de una escuela».
    – ¿Cuántos niños calculáis que hay en el cañón?
    Esta pregunta llevó a una enumeración de nombres en la que toda la familia participó, mientras Sarah redactaba una lista que incluía la ubicación de los hogares.
    Cuando en la mesa sólo quedaban las tazas de café vacías, Sarah dijo:
    – Quiero agradeceros que hayáis prescindido de Josh, para que ayudara a Patrick Bradigan a instalar mi oficina.
    – No nos lo agradezcas a nosotros. Él era el primer interesado, y en la panadería no quedaba prácticamente nada que hacer.
    – De todos modos, habéis sido muy amables al enviarlo. Además, ha hecho un buen trabajo. Ha ayudado a Bradigan con la imprenta, y juntos han impreso trescientos veinticinco ejemplares del periódico.
    – ¡Trescientos veinticinco!
    – Eso es exactamente lo que dije yo al enterarme. Pero Bradigan me ha asegurado que no habrá problemas para venderlos. De hecho, Josh me ha pedido trabajo como vendedor.
    Al otro lado de la mesa, los ojos marrones de Josh se agrandaron. Nadie habló, de modo que Sarah prosiguió:
    – Josh me ha dicho que le interesa aprender el oficio de editor. Si pudierais prescindir de él en la panadería, yo podría pagarle cincuenta centavos al día por el trabajo que hiciera en la oficina.
    Josh se quedó boquiabierto. Sus padres se miraron mientras Sarah miraba al muchacho.
    – Es un trabajador voluntarioso y a Bradigan le pareció que mantenía un buen ritmo cargando el papel. Podría vender ejemplares en la calle, si quiere. Y cuando lleguen las heladas, necesitaré que vaya a la oficina y encienda temprano el fuego para derretir la tinta.
    – ¿Puedo, papá? -Los ojos de Josh brillaban con excitación.
    Byron miró a su hijo y luego a su esposa.
    – ¿Qué opinas, Emma?
    Emma se volvió hacia Josh.
    – ¿Prefieres aprender este oficio a ser panadero como tu padre?
    Josh se inclinó hacia delante con ansiedad. Su mirada se paseó veloz entre sus padres y finalmente acabó en Emma.
    – Cincuenta centavos al día, mamá, y la señorita Merritt dice que podría enseñarme a componer tipos.
    – Y quizá, con el tiempo, a escribir artículos -intervino Sarah-. No es una escuela, pero hasta que tengamos una en Deadwood, será lo más parecido. Trabajará con palabras y… ¡piensen!… ¿existe poder más grande que el de la palabra escrita? Mi padre siempre decía que quien sabe manejar las palabras, sabe manejar a los hombres. Sería una maravillosa oportunidad para Josh.
    – Bueno… ya que aún contamos con las chicas para que nos ayuden en la panadería… -dijo Emma como tratando de convencerse a sí misma.
    – Si eso es lo que quieres, hijo -dijo Byron-, supongo que no tenemos derecho a negarnos.
    Josh empujó la silla hacia atrás y se puso en pie de un salto, sonriendo feliz.
    – Puedo hacer todo eso y mucho más. Puedo vender subscripciones de puerta en puerta y limpiar la oficina al terminar el día; quitar la nieve de la puerta en invierno, traer la leña, coger los recados cuando usted no esté. ¡Le prometo que no se arrepentirá de haberme contratado, señorita Merritt!
    – De eso estoy segura -contestó Sarah con una sonrisa.
    Más tarde, Sarah y Emma se quedaron solas en la cocina, charlando.
    – Es una suerte haber dado con Josh tan pronto. Me será muy útil, lo sé.
    Emma estaba zurciendo una media tensada alrededor de una perilla de madera. Habló sin levantar los ojos de su labor.
    – Es triste ver crecer a los hijos. Uno sabe que algún día han de volar del nido, pero cuando llega el momento, nunca se está lo bastante preparado. Ahora Josh nos deja para ganar el primer sueldo por su cuenta… -Dejó de coser y se quedó quieta, en actitud cavilante.
    Sarah se inclinó hacia delante y le cubrió una mano con la suya. Las dos mujeres se miraron a los ojos.
    – ¿Debí consultarte antes?
    – Oh, no, no es eso. Josh es muy inteligente. Si quieres saber la verdad, nunca creí que amasar harina fuera suficiente para él.
    Aliviada, Sarah se reclinó en el respaldo de la silla.
    – Viendo su entusiasmo esta noche, me acordé de la primera vez que ayudé a mi padre. Tenía doce años cuando me dejó componer un artículo por primera vez. Era un artículo de relleno, corto, sobre cómo secar semillas de flores para su almacenamiento invernal, unas quince líneas más o menos. Cuando terminé de componerlo, mi padre se deshizo en elogios y me preguntó cómo había logrado hacerlo con tanta rapidez. Bueno, el secreto era que yo solía jugar a «la editora» siempre que podía y aprovechaba cualquier ocasión, como cuando él estaba ocupado en su escritorio o tirando unas pruebas; entonces hacía lo que suelen hacer todos los niños… imitar. Él oía el ruido seco de los tipos y me decía: «Luego déjalo todo en su sitio, Sarah». De modo que cuando me permitió hacerlo oficialmente por primera vez, ya poseía unos conocimientos básicos sobre la disposición de los tipos en la caja y, de hecho, podía encontrar algunas letras sin mirar.
    – Estabas muy unida a tu padre, ¿verdad?
    El recuerdo de su maestro ensombreció por un momento el semblante de Sarah.
    – Sí.
    – ¿Y tu madre?
    Sarah bajó la mirada hacia la taza de café.
    – Mi madre huyó con otro hombre cuando yo tenía siete años. Casi no me acuerdo de ella.
    – Oh, Sarah. Es terrible.
    – Salimos adelante. Contratamos a un ama de llaves; y Addie y yo todavía teníamos a papá. -Emma la miró con ojos compasivos antes de seguir cosiendo.
    – De modo que tienes una hermana. -Por el tono voz, era obvio que había oído algún rumor.
    – Sí.
    – ¿Es verdad que has venido aquí a buscarla y la has encontrado trabajando en ese local llamado Rose's?
    – Así es. -Los ojos de Sarah adoptaron un aire distante-. Ojalá supiera por qué.
    – Perdona mi indiscrección.
    – No, Emma, no me molesta en absoluto, y además ¿qué más da? Todo el pueblo lo sabe.
    – ¿No es curioso que dos hermanas acaben siendo tan diferentes?
    – Mmm… mi hermana y yo siempre fuimos muy distintas. -Sarah pasó una mano por el mantel con aire distraído, recordando-. Desde que tomé conciencia de que existía algo llamado belleza física, supe que ésa era la gran diferencia entre nosotras. Ella poseía la belleza y yo la inteligencia. Durante los años escolares, era a ella a quien las ancianas acariciaban el pelo, y a mí a quien daban palmadas en la espalda.
    Emma la miró y esperó a que prosiguiera.
    – Los niños siempre querían ser amigos de Addie, tanto los chicos como las chicas, mientras que, en cierta forma, solían apartarse de mí, como si los asustara. No era mi intención. Era sólo mi forma de ser. Cuando ellos salían a jugar, yo prefería leer. Los chicos tiraban de las trenzas a Addie y a mí me preguntaban cómo escribir las palabras difíciles. Addie ganaba los concursos de belleza infantil y yo los de lectura. Hasta papá nos trataba de manera diferente. A Addie la mimaba como a un bebé. Pero fue a mí a quien se llevó al taller tipográfico y a quien enseñó a componer tipos. Fui yo quien se convirtió en su aprendiz, en su mano derecha. Y no me malinterpretes… me sentía orgullosa de ello. Pero a veces me preguntaba por qué Addie no tenía que ir al taller y trabajar también. Desde luego, ahora comprendo que tuve suerte. Si Addie hubiera aprendido un oficio, tal vez no estaría haciendo lo que hace.
    – No te culpes de que haya terminado en Rose's.
    – ¿No? A veces me pregunto si fue algo que hice o dejé de hacer lo que la llevó a huir de casa. No era feliz allí y yo lo sabía, pero estaba tan ocupada ayudando a mi padre que no me tomé un día cualquiera unos minutos para sentarme a hablar con ella. Desde que mi madre nos abandonó, Addie se había convertido en una niña triste y, durante la adolescencia, se volvió más callada y retraída. Yo suponía que eran los transtornos del crecimiento.
    – Deja de culparte -dijo Emma-. Hace poco que te conozco, pero por lo que veo, deduzco que no te resultó fácil crecer sin una madre.
    Sarah suspiró y se irguió en la silla.
    – Por Dios, nos hemos puesto un tanto lúgubres, ¿no crees?
    El rostro de Emma se iluminó con una sonrisa y se puso en pie para volver a llenar las tazas de café. Mientras apoyaba la cafetera sobre el hornillo, preguntó:
    – ¿Qué opinas de nuestro marshal?
    Sarah la miró con brusquedad.
    – Se me acaban de erizar los pelos de la nuca, ¿lo has notado? -Emma rió.
    – Corren muchos rumores acerca de vosotros dos.
    – No son rumores, es la verdad. Nos detestamos.
    – Y, ¿por qué?
    – ¡Por él! -replicó con enfado-. En mi primera noche en el pueblo, ¿a quién crees tú que me encontré a la puerta de Rose's? ¡A tu honorable marshal, nada más y nada menos!
    – Es un hombre soltero, joven. ¿Qué esperabas?
    – ¡Emma! -Los ojos y los labios de Sarah se abrieron con estupor.
    – Soy realista, Sarah. Acabamos de enumerar a todas las familias del cañón. Las pocas mujeres casadas, tú, y las chicas de servicio constituimos toda la población femenina en casi quinientos kilómetros a la redonda. Y los hombres son hombres.
    – ¡A él le pagan para hacer cumplir la ley, no para mofarse de ella!
    – Es cierto y no lo estoy defendiendo. Estoy hablando de la naturaleza humana, de la naturaleza de los hombres.
    – ¡También lo estás defendiendo!
    – Bueno, tal vez sí.
    – ¿Porqué?
    – Porque creo que es hombre justo en lo que se refiere a la ley, y que tiene una tarea muy difícil de llevar a cabo: hacer que este pueblo sea habitable y seguro.
    – ¿Y si fuera Byron quien frecuentara Rose's? ¿Serías igual de indulgente?
    – Pero no lo es.
    – Pero, ¿y si lo fuera?
    – Byron y yo ya hemos hablado al respecto. Él es feliz en casa.
    Sarah no tenía ni idea de que las personas casadas discutieran acerca de esos temas. Se sintió incómoda y ocultó la mirada tras su taza café.
    – Bueno. -Emma dejó el zurcido y dijo sonriendo-: Bueno, parece que hay algo en lo que no estamos de acuerdo. Es un indicio de hasta qué punto podemos ser buenas amigas.
    – Reconozco que a veces extremo demasiado el celo defendiendo ciertas causas.
    – Supongo que así ha de ser una mujer en tu profesión, pero una mujer como yo debe considerar con realismo las tentaciones que el mundo ofrece a un hombre y asegurarse de que el suyo no se sienta seducido por ellas.
    Quedaron en silencio durante un rato, dándose cuenta de que habían sido muy sinceras la una con la otra en aquella primera conversación personal.
    – Así que…-dijo Emma.
    – Así que…
    – ¿Amigas?
    – Sí, amigas.
    Emma apretó el dorso de la mano de Sarah sobre el mantel.

    Sarah recordaba la conversación de regreso al hotel. Antes de llegar a Deadwood, si hubiera tenido una discusión de esa índole con una mujer y ésta hubiera defendido un punto de vista similar al de Emma, hubiera cortado su relación con ella. Pero Emma le gustaba, la respetaba pese a todo y valoraba su amistad. Era esposa y madre, una mujer honrada con un matrimonio digno de elogio y, no obstante, adoptaba una postura liberal con respecto a las faltas del marshal
    Tal vez todavía tenía cosas que aprender.
    Ese pensamiento la desconcertó; siempre se había considerado una mujer madura para su edad. Veía la causa en la pérdida temprana de su madre, que la llevó a hacerse cargo tanto de su hermana como de su padre desde muy joven. De hecho, la dependencia de su padre hacia ella en el periódico había aumentado más y más con los años y, curiosamente, esa dependencia la había vuelto independiente, ya que le había brindado la oportunidad de demostrar su aptitud a una edad en que la mayoría de las jóvenes permanecían en sus casas bordando. Con su seriedad y formalidad había conseguido el éxito a través del esfuerzo. Cuanto más la elogiaba su padre, con más eficiencia trabajaba ella, hasta convertirse, finalmente, en una autoridad en el oficio, algo poco frecuente en una mujer.
    Había desempeñado un papel de adulto durante tanto tiempo que había olvidado que aún le quedaba bastante por aprender. Habían pasado dos días desde su llegada a Deadwood y se había encontrado con situaciones y personas que la habían hecho cambiar.
    Adelaide, por supuesto, era una de esas personas… ¿y quién podía saber la madurez que requeriría el aceptar la situación de su hermana?
    El marshal… ese hombre le había hecho experimentar tal gama de nuevas emociones que se sentía algunos años más vieja tras las discusiones con él.
    Y ahora Emma… una esposa y madre, buena y saludable, que le había ofrecido su amistad pero que, Sarah estaba segura, se proponía darle algunas lecciones sobre tolerancia. Bueno, tenía derecho a pensar lo que quisiera acerca de las visitas del marshal a los prostíbulos, pero ella estaba dispuesta a utilizar todo su poder, como mujer y como editora del Chronicle, para obligarle a cerrar esos locales.

    A la mañana siguiente, se despertó temprano, cogió ropa limpia y fue a la casa de baños, donde se sumergió hasta las axilas en una bañera de cobre llena de agua caliente. Allí disfrutó del inhabitual placer de sentirse caliente, limpia y relajada. Se secó el pelo con una toalla y se lo recogió; se vistió y enrolló la ropa sucia en un hatillo para dejarla en la lavandería. Abrió la puerta, salió al pasillo y se encontró cara a cara con Noah Campbell, que llevaba bajo el brazo la ropa sucia.
    Se pararon en seco.
    Parecía que una manada de bisontes hubiera pasado por encima suyo, a juzgar por su cara hinchada. Lucía ocho tonos diferentes de azul, púrpura y rosa. Su ojo izquierdo supuraba como la piel de un tomate demasiado maduro y el labio inferior estaba más grande que el de van Aark. No llevaba sombrero, cosa que podría haber ayudado a disimular las heridas. Una simple mirada a Campbell, y a Sarah se le hizo un nudo en la garganta.
    – Marshal -murmuró con voz tensa e inexpresiva.
    Campbell le saludó con un rígido gesto.
    – Lo siento mucho -dijo refiriéndose a su cara.
    – No me cabe ninguna duda -replicó él con sarcasmo.
    – ¿Cómo está su amigo, el señor Blevins?
    – Aclaremos las cosas, señorita Merritt. -Bajo el bigote, su boca estaba contraída y reseca-. Usted no me gusta y yo a usted tampoco, así que, ¿por qué pretende entablar una conversación cortés cada vez que nos encontramos? Manténgase alejada de mí, déjeme hacer mi trabajo y puede que hasta parezca que nos soportamos.
    Le dio la espalda y se marchó taconeando ruidosamente por el pasillo, dejándola roja de vergüenza e indignación.
    «¡Desgraciado, insoportable patán pecoso!»
    Estaba tan furiosa que fue a casa de Emma a desahogarse. Emma se limpió las manos en su delantal blanco remendado y preguntó:
    – ¿Cual es esta mañana la causa de tu enfado?
    – ¡El marshal Campbell, cuál si no!
    – ¿Ya os habéis visto hoy?
    – En la casa de baños. ¡Es detestable!
    – Probablemente él piensa lo mismo de tí. Toma, come un panecillo caliente y cálmate. Te vas a tener que acostumbrar, porque en un pueblo tan pequeño, difícilmente dejarás de verlo algún día.
    Sarah dio un violento mordisco al panecillo y masticó con la boca abierta.
    – ¡Acabaré con él, o con los burdeles, o con ambos, Emma, no olvides mis palabras!
    Emma se rió.
    – Entonces, buena suerte -dijo.
    Josh apareció en la estancia y Sarah trató de tranquilizarse.
    – Buenos días, señorita Merritt.
    – Hola, Josh. ¿Por qué no me llamas Sarah?
    – Lo intentaré.
    Sarah sonrió. Emma y Byron tenían unos hijos estupendos.
    – Iba a la oficina -dijo Josh.
    – Yo también. ¿Vamos juntos?
    Sarah cogió algunos panecillos más y ambos se dirigieron hacia la oficina del Chronicle. Hacía un día hermoso, el pueblo estaba en plena actividad y ella se obligó a apartar al marshal de sus pensamientos.
    – He estado pensando -dijo a su nuevo aprendiz- sobre la primera edición del periódico… creo que nos saldría a cuenta distribuirlo gratuitamente. ¿Qué te parece?
    A Josh le sorprendió ser consultado.
    – ¡Pero… bueno… si los vendiera a un centavo cada uno ganaría tres dólares y veinticinco centavos!
    – Pero si regalo este primer ejemplar, me proporcionará clientela, luego puedo imprimir el siguiente número con dos páginas y venderlo a tres centavos, o cuatro, incluso cinco. ¿Qué me dices?
    Decidieron que el primer ejemplar sería gratuito.En la oficina, Sarah le dio a Josh una bolsa de lona para llevar los diarios. Estaba a punto de abrir la puerta, cuando Sarah le dijo:
    – Deja uno en la puerta de cada casa y de cada negocio, después recorre el cañón y repártelos entre los mineros.
    – Sí, señorita. -Abrió la puerta.
    – Ah… Josh.
    – ¿Sí?
    – En todos los negocios excepto en el páramo. No te quiero ver cerca de esos locales.
    – Sí, señorita. -Se giró para irse.
    – Una cosa más. Asegúrate de que el marshal recibe un ejemplar. Entrégaselo en mano, ¿entendido?
    – Sí, señorita.
    Cuando Josh se hubo ido, Sarah consultó la hora. Había aceptado probar a Patrick Bradigan como componedor de tipos y se habían citado a las ocho en la oficina. Ya eran las ocho y veinte y el irlandés no daba señales de vida.
    Llegó a las ocho y cincuenta, con los ojos congestionados y de buen humor. Llevaba una levita de paño marrón, el componedor en el bolsillo y una bufanda roja atada con elegancia alrededor del cuello.
    – Muy buenos días, señorita Merritt -dijo, quitándose un viejo sombrero negro de copa y haciendo una reverencia.
    – Buenos días, señor Bradigan. ¿Me equivoco, o habíamos quedado a las ocho?
    – ¿A las ocho? Pensaba que era a las nueve. Me dije: una belleza como la señorita Merritt debe dormir por lo menos hasta esa hora para tener unos ojos tan brillantes y azules.
    – Y usted ha estado besando la piedra de Blarney, señor Bradigan. -Era un hombre agradable, pero ella mostraba escepticismo ante su actitud ya que sabía que marcar distancias era importante para el desarrollo posterior de su relación de trabajo. En tono de ligero reproche, le dijo-: Si quiere trabajar para mí, tendrá que entender desde el principio que no toleraré que se quede dormido, que llegue tarde o falte a una cita. Si me comprometo a imprimir dos periódicos a la semana, tengo que saber que puedo contar con mi equipo cuando lo necesite.
    Bradigan se quitó el sombrero de nuevo y lo sostuvo a la altura del pecho, haciendo una exagerada reverencia. Ella ya se había dado cuenta de que era un experto en eso.
    – Mis disculpas, señorita, no lo olvidaré.
    – Bien. Entonces permítame… ¿puedo hacerle unas preguntas?
    El hombre volvió a ponerse el sombrero.
    – Puede-respondió.
    – ¿Cuántos años tiene, señor Bradigan?
    – Cumpliré cuarenta y dos el día de San Agustín.
    – ¿Es usted tipógrafo profesional?
    – Lo soy.
    – ¿Dónde ha trabajado anteriormente?
    – En Boston y en St. Louis, y en un montón de pueblos entre estas dos ciudades.
    – ¿Con qué tipo de imprentas ha trabajado?
    – Con las pequeñas… Gally, Cottrell, Potter… y también con las grandes… la Hoe Diez Cilindros. Incluso tuve oportunidad de probar una de las nuevas Liberty que ganó la medalla de oro en París el año pasado.
    – Ah, ¿y qué tal?
    – Una maravilla. Imprimía con tanta claridad como el arroyo Kilkenny, y distribuía la tinta a la perfección. Y el pedal le ahorraba mucho dolor y trabajo a mi pobre y cansada espalda.
    – ¿Entonces por qué dejó el trabajo?
    – Bueno, verá… -Tosió para aclararse la garganta y se rascó la sien-. Cierta joven dama me rompió el corazón. -Se llevó una mano al pecho y miró hacia el techo con expresión dolorida.
    «Una historia creíble -pensó Sarah-. Probablemente llegaba borracho al trabajo con demasiada frecuencia y lo despidieron. O despertó atontado un mediodía y decidió que era hora de largarse.»
    – ¿Con qué rapidez trabaja?
    – Puedo componer dos mil emes por hora.
    Sarah enarcó la ceja izquierda.
    – Dos mil. -Era mucho.
    – Mignon -agregó él, designando la clase de tipo.
    – Como pudo ver ayer, yo uso básicamente Caslon para la estructura del tipo. Era el que utilizaba mi padre.
    – El Caslon está bien. He trabajado con él también.
    – De acuerdo, lo pondré a prueba, señor Bradigan. Un dólar cincuenta al día; trabajará de ocho a seis.
    – Son condiciones aceptables.
    – Entonces, trato hecho. -Se dieron la mano. Sarah sintió el típico temblor matinal de los alcohólicos-. Por el éxito del Deadwood Chronicle -exclamó.
    – Por el éxito del Deadwood Chronicle -repitió él.
    Tomando la delantera hacia el fondo, Sarah comentó:
    – Antes que nada, quiero colgar el reloj de mi padre. Aprendí junto a su tic-tac y lo echo de menos cuando no está.
    – Me pareció verlo ayer cuando lo trajimos todo. Creo saber en qué caja está.
    Con la ayuda de Bradigan, Sarah extrajo el familiar Waterbury de su magnífico estuche de nogal, con su mecanismo de ocho días, péndulo ornamentado y elaborada talla artesanal. Cuando estuvo colgado en la pared, lo puso en hora: las 9:09; cerró la tapa de vidrio e hizo oscilar el péndulo. Se alejó unos pasos y lo contempló.
    – Bueno, así está mejor. Espere a oírlo sonar. Parece la campana de una catedral y toca cada cuarto de hora.
    – Ah -dijo él con admiración, al tiempo que oscilaba nervioso sobre sus tobillos.
    Durante algunos segundos, escucharon el tic-tac; luego Sarah preguntó:
    – ¿Hay yeso en este pueblo, señor Bradigan?
    – ¿Ha dicho usted yeso?
    – El reloj quedaba mucho mejor en las paredes enyesadas de nuestra oficina en St. Louis. Las echo de menos.
    – No que yo sepa. No conozco a nadie que tenga paredes enyesadas.
    – Entonces seamos los primeros. Lo encargaré al Correo del Pony Express hoy mismo. ¿Ya ha desayunado, señor Bradigan?
    – ¿Desayunar, yo?
    – He traído unos panecillos. ¿Quiere uno?
    Cuando se lo ofreció, él retrocedió espantado, las manos en alto.
    – No, no, ni en broma. Mi estómago no lo soportaría. A esta hora, imposible. Pero si no le molesta, beberé un trago… para lubricar las bisagras, ¿sabe? -Sacó una petaca de whisky de los anchos bolsillos de la levita y echó dos largos tragos.
    Observándolo, ella comprendió que sería inútil reprenderle. Por mucho que le disgustara el mal hábito de Bradigan, en especial la forma tan poco discreta en que lo practicaba, Sarah sospechaba que si establecía restricciones respecto al consumo de alcohol, perdería un tipógrafo de dos mil emes por hora. Era lo que ella había supuesto… un tipógrafo errante que deambulaba de un lado a otro con el componedor en el bolsillo y que desaparecería sin previo aviso, al cabo de un año o menos, siguiendo la conducta habitual de los de su clase. El país estaba lleno de ellos, hombres que, hastiados de sus oficios, se habían tirado a la bebida para romper con la rutina, hombres de talento que con varios tragos en el cuerpo podían componer tipos como iluminados del oficio, pero cuyas manos, sin el beneficio del alcohol, temblaban como las de un anciano. A lo largo de los años, había visto a docenas de ellos entrar y salir de la oficina de su padre. Patrick Bradigan había necesitado hoy «lubricar las bisagras» antes de tocar los tipos por primera vez. Sarah dedujo que ese ritual se repetiría al inicio de cada jornada.
    Se volvió y vio el artículo que había escrito acerca del disturbio y el posterior arresto el día anterior.
    – ¿Puede leer mi letra? -Le preguntó a Bradigan mostrándole la hoja escrita.
    – Tan bien como el libro de oraciones de mi anciana madre.
    – Bueno, entonces le dejaré trabajar, ya que sabe mejor que yo dónde está todo.
    Consultó la hora con disimulo… las 9 y 13 minutos… y comenzó a desembalar sus libros y herramientas pequeñas, fingiendo no prestarle atención. Bradigan se las arreglaba muy bien, tal como su padre se lo había enseñado a ella: se quitó la chaqueta y se arremangó, algo fundamental puesto que un puño almidonado podía ocasionar tipos sucios o por el suelo. Midió el ancho de las columnas del día anterior; ajustó el componedor a la medida adecuada; escogió el lingote de la medida conveniente; lo cogió con su mano izquierda, con el pulgar hacia dentro, los dedos doblados a través del extremo… impecable. Aunque de espaldas, Sarah era plenamente consciente del traqueteo cuando Bradigan comenzó a extraer los tipos… el codo izquierdo inclinado, haciendo que el componedor se adaptara a los tipos con una gran habilidad. Golpecito tras golpecito: espaciando, justificando, a un ritmo casi ininterrumpido.
    No había mentido. Era rápido. Antes de que el reloj tocara el cuarto había llenado tres líneas y las había transferido a la galera. Ni siquiera el tañido lo distrajo.
    – Tenía razón, es fabuloso -comentó con las manos en pleno movimiento.
    Bradigan continuó creando la música que Sarah amaba mientras ella desembalaba sus cosas y sonreía por su buena fortuna. Pensó en su padre y en cómo, años atrás, habían trabajado de esa misma manera afable; y en su futuro y en todo lo que deseaba hacer y conseguir allí con ese periódico.
    Pensó en Noah Campbell y se preguntó si ya habría leído el editorial.
    Pensó en Addie, con toda seguridad dormida en su habitación, tras una noche en brazos de hombres como Campbell.
    Ese pueblo necesitaba cambios, y ella, Sarah, estaba allí dispuesta a llevarlos a cabo.
    Bradigan acabó la composición tipográfica del artículo y lo llevó al componedor, lo encuadró con el marco, lo rellenó con la fornitura, lo aseguró con cuñas y lo inclinó para verificar la justificación antes de llevarlo a la imprenta y tirar una prueba. Utilizó una paleta para extender una franja de tinta, deslizó el rodillo sobre ella de manera uniforme y entintó los tipos con cuatro pasadas exactas de la herramienta; el número ideal de veces: ni mucho ni poco. Cargó la frasqueta, tiró la prueba y se la entregó a Sarah para que la examinara.
    – Gracias -murmuró ella. Se colocó las gafas y la examinó atentamente. Había elegido el Sans Serif Gótico para el titular… una combinación apropiada para la estructura Caslon. Los espacios eran uniformes; los bordes justificados, precisos; no había faltas ortográficas ni omisiones. Un trabajo correcto y rápido.
    Se quitó las gafas, le devolvió la prueba y sonrió.
    – Creo que nos llevaremos bien, señor Bradigan.

    Sarah se pasó la mañana organizando la oficina y recibiendo a la gente del pueblo que entraba para darles la bienvenida a Deadwood a ella y al diario. Josh volvió de su distribución de ejemplares pidiendo más, así que él y Patrick pusieron otra vez la imprenta en funcionamiento, mientras Sarah iba a ver a Lawrence Chapline y al doctor Turley. Pagó al médico y se enteró de que True Blevins se recuperaba satisfactoriamente. Luego fue al banco de Elias Pinkney a retirar algo de oro en polvo y a acordar el texto del anuncio en el diario.
    Cuando él la vio entrar saltó de la silla situada detrás de su escritorio y salió a su encuentro con una mano extendida.
    – Señorita Merritt, bueno, bueno, qué agradable sorpresa tenerla de nuevo por aquí.
    – Gracias, señor Pinkney. -Su nombre era verdaderamente apropiado [2]: sus mejillas, cabeza y boca eran tan rosadas como el vientre de un bebé; más rosadas cuanto más tiempo pasaba sonriendo y adueñándose de la mano de Sarah.
    – Todos hablan del primer número de su periódico. Estamos muy orgullosos de tener por fin uno en Deadwood. Y por supuesto también lo estamos de tenerla a usted entre nosotros.
    – Tengo entendido que debo agradecerle a usted que todo ello haya sido posible.
    – Es un gran placer para mí poder serle útil.
    Sarah soltó la mano del banquero con energía.
    – El local es ideal y querría conservarlo a toda costa. Puedo alquilarlo o comprarlo.
    – Pase, señorita Merritt. -La tomó de un brazo con firmeza-. Por favor, siéntese. -Se concentró en los ojos de ella como si fueran estanques de agua azul y él un hombre que acabara de realizar trabajos forzados durante todo un día a treinta y ocho grados. Por un momento, Sarah se lo imaginó desvistiéndose y preparándose para zambullirse. La imagen le resultó repugnante. Era un hombre rechoncho, de manos lampiñas, rosadas y femeninas que armonizaban con su rostro lampiño, rosado y femenino.
    – El alquiler, señor Pinkney. -Adoptó su aire más profesional-. Me gustaría que hablásemos del alquiler.
    – Oh, no hay prisa. -Desechó el asunto con un ademán y se reclinó-. Su diario es la comidilla del pueblo. Está muy bien hecho. Muy bien hecho.
    Aquella manía de repetirlo todo la sacaba de quicio. Sarah consideró responder: «Gracias, gracias». En lugar de eso, optó por decir:
    – He contratado unos buenos ayudantes… el señor Bradigan y Josh Dawkins. Sin ellos, me temo que no habría podido imprimir la primera edición con tanta rapidez.
    – ¿Con qué frecuencia se propone publicar?
    – Dos veces a la semana.
    – Ah… interesante. Muy interesante. -Se inclinó tanto que ella percibió las bocanadas de su aliento. Olía a ajo, y Sarah se preguntó si mascaría habitualmente.
    – Pensé que tal vez podríamos redactar el texto de su anuncio, ya que estoy aquí.
    – ¡Por supuesto! ¡Por supuesto! -respondió él con entusiasmo. Cuando hablaban de negocios, sonreía tanto y la atendía con tal servilismo, que Sarah se sentía agobiada. Mencionó el tema del local tres veces más, pero él evitó fijar un precio. Aunque tenía un empleado para ello, Pinkney retiró personalmente el oro en polvo de Sarah de la caja de seguridad y le tocó la mano cuando le devolvió el bolsito de cuero. Sarah a duras penas contuvo el impulso de retroceder, pero le agradeció con cortesía el trato dispensado y le deseó un buen día.
    – Un momento, señorita Merritt -le dijo agarrándola con su mano rolliza por el codo. Ella adivinó instintivamente loque le iba a pedir y se devanó los sesos buscando una salida cortés-. Me preguntaba si alguna noche me concedería el honor de invitarla a cenar.
    – Se lo agradezco, señor Pinkney, pero tengo mucho que hacer estos días; he de poner a punto la oficina y familiarizarme con el pueblo. Aún no tengo un lugar decente donde vivir.
    – Tal vez yo pueda hacer algo al respecto.
    – Oh, no, por favor, no más favores. La gente del pueblo podría tomarlo a mal, habiendo listas de espera tan largas.
    – Poseo muchas propiedades en este pueblo, señorita Merritt. ¿Dónde le gustaría vivir? Estoy seguro de que podríamos llegar a un acuerdo.
    «Y todo lo que tengo que hacer es cenar contigo y dejar que me acaricies la mano y me eches tu aliento a ajo en la barbilla» (ésa era la altura que alcanzaba su boca).
    – Gracias de nuevo, señor Pinkney, pero esperaré mi turno. En realidad, el hotel no está tan mal.
    Sonrió y le tendió la mano. Ella se la estrechó con un cierto asco y él la retuvo en su palma húmeda.
    – La invitación sigue en pie.
    Al dejar el banco, Sarah se dio cuenta de cómo estaban las cosas. ¡Pinkney la estaba sobornando! Alquiler gratis y un lugar para vivir, y todo lo que ella debía hacer era someterse a sus atenciones. Su cara se enrojeció de ira. ¡Por Dios, era igual que Campbell! Sólo disimulaba sus sucias intenciones tras una fachada de gentileza y cortesía.
    No se iba a engañar ahora con respecto a sí misma y a su belleza. Era una mujer fea, con una nariz demasiado larga, demasiado alta, y más inteligente de lo que muchos hombres deseaban en una compañera. Pero, después de todo… era una mujer. No hacían falta otros requisitos en un pueblo tan falto de sexo femenino como Deadwood. A algunas mujeres les habría encantado aquella situación. Sarah se sentía insultada. ¡Si la escasez de mujeres era el único motivo por el que los hombres de aquel pueblo se fijaban en ella, entonces se podían ir al infierno!
    Regresó indignada a la oficina del periódico y apenas había recobrado el aliento cuando la puerta se abrió y por ella entró el marshal Campbell.
    Sarah supo enseguida que había leído el editorial.
    Lo miró mientras se aproximaba con pasos largos y decididos. Evidentemente no deseaba mantener una conversación.
    – Su licencia -dijo sin más, dejándola caer sobre una mesa donde ella había empezado a ordenar los grabados de madera:
    – Gracias.
    – Asegúrese de colgarla en la pared.
    – Lo haré.
    No había terminado de pronunciar las dos palabras y él ya se encontraba en mitad de la habitación, en dirección a la puerta, que cerró violentamente al salir. Ni «Buenos días, señorita Merritt», ni un saludo a Patrick o a Josh, sólo «¡clank, clank, cuelgue esto, clank, clank, bang!».
    Sarah, Josh y Patrick estaban aún intercambiando miradas de sorpresa cuando la puerta se abrió de nuevo y Campbell volvió a entrar furibundo. Caminó medio metro, se detuvo y apuntó con un dedo a Sarah.
    – ¡Me debe un sombrero, señorita!
    Al salir, la tapa del reloj se abrió con el portazo.
    – Debe de haber leído el editorial -comentó Patrick.
    – ¡Mejor! -exclamó ella, al tiempo que extraía dos bloques de madera con tal violencia, que hizo saltar otros dos fuera de la caja. Con un andar tan exasperado como el de Campbell, pasó junto al reloj, cerró la tapa de vidrio, continuó hasta su escritorio, juntó lo que necesitaba y se dirigió a la puerta-. Tengo que hacer unas gestiones. Estaré de vuelta en un par de horas.
    ¡Estaba hasta la coronilla de los hombres de aquel pueblo!
    Entró en la Tienda de Tatum y se encontró con media docena más observándola atontados mientras avanzaba hacia los sombreros a mano derecha. El dueño de la tienda se le acercó. Parecía un castor, con sus dientes prominentes, su nariz chata y algo encogida, y su espeso pelo, que le nacía casi en las cejas y que peinaba hacia atrás con gomina. Su sonrisa era ancha y agradable.
    – ¿Señorita Merritt?
    – Sí.
    – Soy Andrew Tatum. Muchas gracias por el periódico.
    – De nada, señor Tatum. Espero que le haya gustado.
    – Muchísimo, y nos alegra tenerla en el pueblo.
    – Gracias.
    – ¿Está interesada en un sombrero?
    – Sí, lo estoy.
    – Lamento tener que decirle que no vendemos sombreros para señoritas.
    – No es para mí. Es para un hombre.
    – ¿Un sombrero de hombre? -repitió, asombrado.
    – Así es.
    – ¿De qué color?
    – Negro… no, marrón. -Ni loca le compraría el color que a él le gustaba.
    – ¿Qué talla?
    – ¿La talla? -No había pensado en eso. Talla de asno, a juzgar por su actitud-. Es para el marshal Campbell. -Seis pares de orejas se volvieron hacia ella desde todos los puntos de la tienda.
    – Ahhhh… -Tatum se frotó la punta de la nariz-. Yo diría que Noah usa un siete y medio.
    – Bien.
    – Éste de aquí… -cogió uno y metió un puño dentro, señalando sus características con la otra mano- se llama Jefe de las Praderas y no hay hombre en la tierra que no se sintiera orgulloso de poseerlo. Viene directamente de Filadelfia. Es un J. B. Stetson, cien por cien pelo de nutría, con cinta y forro de seda. La copa tiene once centímetros y el ala diez. Pero fíjese… sólo pesa ciento setenta gramos… -Sosteniéndolo por el ala, lo hizo rebotar-. Sin embargo, protege del sol y de la lluvia y es lo bastante fuerte para ser usado como látigo, de almohada, para dar de beber a un caballo o avivar un fuego al aire libre. -Hizo la demostración, ilustrando los diversos usos del Stetson-. Creo que Noah estaría más que satisfecho con un sombrero como éste.
    – Bien. Me lo llevo. -Todos en la tienda estaban boquiabiertos. Sarah deseó que Tatum bajara la voz y buscara de una vez su balanza para pesar el oro.
    – ¿No quiere saber el precio? -preguntó él, gritando lo suficiente como para que lo escuchara el propio J. B. Stetson en Filadelfia.
    – ¿Cuánto?
    – Veinte dólares.
    ¡Veinte dólares! Sarah disimuló su estupor y acompañó a Tatum junto a la balanza, donde él pesó veintiocho gramos y medio de oro mientras comenzaban los murmullos entre sus clientes. Cuando la compra se dio por finalizada, Sarah preguntó:
    – ¿Puede hacérselo llegar, señor Tatum?
    Tatum pareció desconcertado.
    – Bueno, supongo que sí; Noah debe de estar ahora en su oficina. Está muy cerca.
    – Muchísimas gracias. Le agradecería mucho que se lo acercara por mí. Mañana, si le parece bien.
    – ¿Y quién le digo que se lo envía?
    – Dígale que la señorita Merritt siempre paga sus deudas.
    – Así lo haré, señorita Merritt. No lo dude.
    Al dejar la tienda, Sarah sabía que estaba ruborizada y se disgustó consigo misma. Deseó ser un hombre. Únicamente los hombres podían esperar cierto grado de anonimato en ese pueblo de machistas. Ella, además de una mujer, era la editora del periódico local, y ambas cosas la hacían casi famosa en aquel pueblo. Sabía que la noticia de que la editora del Chronicle le había comprado un sombrero al marshal, después de que éste la tuviera encerrada en una mina abandonada se extendería rápidamente. Se iba a hablar mucho de aquel asunto. ¡Bueno, pues que se hablara! Ella conocía el motivo perfectamente. Simplemente deseaba que las cuentas quedaran saldadas entre ellos para que él no pudiera reprocharle nada, para que no quedara nada pendiente entre ellos.

    Cuando llegó a Rose's, su estado de ánimo no había mejorado mucho. Esta vez, la puerta estaba cerrada y tuvo que llamar. Flossie contestó.
    – ¿Qué quieres?
    – Quiero ver a mi hermana.
    Flossie dirigió una despectiva mirada a la boca apretada y el sobrio atuendo de Sarah y luego señaló con el pulgar por encima del hombro.
    – Está al fondo.
    Sarah cruzó el pasillo central, dejó atrás la cocina y encontró a Addie amontonando ropa interior seca de un tendedero en un patio interior cuadrado. El área estaba cercada por una tosca valla y contenía toneles de agua y un inmenso montón de leña apoyado contra la parte posterior del edificio. El cabello de Addie estaba húmedo y llevaba una bata verde descolorida. Sarah la contempló por un instante y bajó cuatro escalones de madera que daban al patio antes de hablarle.
    – Hola, Addie.
    Addie miró por encima de su hombro antes de volver a su tarea.
    – ¿Qué quieres? -preguntó malhumorada.
    – Te he traído un ejemplar del primer número de mi periódico.
    – Ya he oído hablar de él.
    – Es muy parecido al de papá. Los mismos tipos y la misma compaginación. Pensé que podría traerte buenos recuerdos.
    Addie descolgó la última prenda y la dejó caer en un canasto de mimbre. Cogió el canasto y pasó junto a Sarah camino de los escalones.
    – Puedes quedarte con tus recuerdos y con tu periódico.
    – Addie, por favor, ¿por qué estás tan resentida?
    Addie se detuvo en la puerta, mirándola desde arriba.
    – Me sorprende que vengas por aquí, una editora engreída como tú. ¿No te preocupa tu reputación?
    – Es la tuya la que me preocupa.
    – Eso tengo entendido. Has estado escribiendo editoriales.
    – Sí, uno. Quiero que lo leas. -Le ofreció un ejemplar del Chronicle.
    – Déjame en paz -respondió Addie mientras entraba en el edificio y cerraba la puerta.
    Sarah se quedó mirando la puerta unos minutos, luego bajó la vista al ejemplar del Chronicle. Era la segunda vez en dos días que le habían dicho que se quedara con su periódico. Suspiró y dejó caer los hombros. ¿Por qué luchaba? ¿Por una hermana que deseaba continuar siendo una prostituta? ¿Por un pueblo sucio y vulgar que ni siquiera le gustaba? ¿Para ser aceptada como una mujer decente por un grupo de hombres que no tenían la menor idea de cómo tratar a una dama?
    Lamentaba haber venido. Lamentaba haber encontrado a Addie. Lamentaba haber dejado St. Louis. Desilusionada y muy, muy cansada, volvió al interior del burdel, dejó el periódico sobre una de las mesas del recibidor y se marchó en silencio.

Capítulo Seis

    Noah Campbell había leído el editorial de Sarah. Lo había leído, y había deseado ir a la oficina del periódico y pasarla por la prensa unas cuantas veces. Aquella maldita mujer era un verdadero dolor de cabeza… y para el caso, de ojo, de labio y de oído. Uno estaba negro y azul, el otro hinchado y el último perforado, todo gracias a Sarah Merritt. Y para colmo, no se contentaba con que le agredieran en plena calle, ahora lo atacaba por escrito. ¡Alrededor de ciento cincuenta hombres entraban cada noche en uno de esos prostíbulos y lo escogía a él, Noah Campbell, el marshal de Deadwood, para mostrarlo como ejemplo del mancillador de virtudes!
    Por dos centavos, podía utilizar aquel periodicucho para encender la estufa de su oficina, pero si lo hacía, se tendría que enfrentar a su madre. Si Carrie Campbell se enteraba de que el pueblo tenía su propio periódico y Noah no le había llevado un ejemplar al Spearfish, habría problemas. Y él tenía que salir hacia el valle uno de aquellos días, tal vez el día siguiente.
    Entretanto, tenía que designar a alguien para que lo sustituyera durante su ausencia. Era un viaje de unos treinta kilómetros, pero había decidido quedarse a pasar la noche y hacer una corta visita a su familia.
    A la mañana siguiente de ser el protagonista principal de la asquerosa columna de Sarah Merritt, Noah estaba charlando con el joven Freeman Block con la intención de nombrarlo su sustituto, cuando Andy Tatum entró en su oficina con un sombrero puesto y otro en la mano.
    – Noah… Freeman -saludó Andy-. Qué buen tiempo hace, ¿eh?
    – Sí -dijo Noah-. Tan bueno que pienso irme mañana a Spearfish y dejar a Freeman a cargo de esto.
    Freeman sonrió y señaló el Stetson marrón.
    – ¿Y eso?
    Andy emitió una risita ahogada y, sin que eso fuera en absoluto necesario, limpió con los nudillos la copa del sombrero.
    – Es para Noah. De la nueva dama del pueblo. -Le entregó el sombrero.
    Noah se quedó paralizado. Adoptó una expresión incrédula.
    – Es para tí -repitió Andy. -Cógelo.
    Noah se inclinó hacia delante en la silla y cogió el sombrero con reticencia.
    – ¿Te he entendido bien? ¿Lo manda la Merritt?
    – Así es. Me pidió que te dijera que ella siempre paga sus deudas.
    Noah miró el sombrero como si le pudiera morder.
    – Es un sombrero de primera -añadió Andy mientras se subía los pantalones.
    – Se nota.
    – Vale veinte dólares.
    Freeman silbó. Andy se estaba divirtiendo.
    – Ni se inmutó cuando le dije el precio. Bueno ¿no vas a probártelo?
    Noah se lo puso con mucho cuidado, utilizando ambas manos.
    – Es de tu medida -comentó Freeman.
    – Y te queda muy bien -declaró Andy.
    – Muy elegante -dijo Freeman-. Ojalá yo tuviera una mujer que me regalara sombreros.
    – Eh, esperad un momento. No hay nada entre ese palo de escoba y yo.
    – ¿Alguna vez una mujer te ha regalado un sombrero a ti, Andy?
    – No. Lo máximo que una mujer me ha regalado es una infección ya sabes dónde. Por supuesto, Noah ya no tendrá que preocuparse por eso, ya que ahora se mantendrá alejado del páramo.
    Andy y Freeman rieron con malicia. Noah los miró contrariado.
    – Ahora, escuchadme: no empecéis a difundir rumores sobre Sarah Merritt y yo. Demonios, si no podemos estar en la misma habitación sin un par de látigos.
    – ¡Difundir rumores! Había media docena de hombres en mi tienda cuando ella entró, escogió ese sombrero y dijo bien claro que te lo enviara. ¿Quién está difundiendo rumores? Te digo que le gustas, Noah. Apostaría algo a que es así. ¿Cuántos hombres supones que hay en estos cañones? ¿Diez mil? ¿Veinte mil? Y unas dos docenas de mujeres, lo que le permite a esa editora elegir entre unos cuantos. ¿Y a quién le compra un sombrero? A Noah Campbell.
    – Debe de ser por su estrella de latón brillante -intervino Freeman, sonriendo.
    Noah se quitó el sombrero y lo arrojó sobre el escritorio.
    – ¡Maldición, Freeman, no te pases de listo!
    Andy le guiñó un ojo a Freeman.
    – Yo creo que es por el bigote peludo. A algunas mujeres les gustan esas cosas. Nunca he entendido como a un hombre le puede gustar llevar colgado un estropajo bajo su nariz, pero hay gente para todo. -Freeman observó el labio superior del marshal con fingida seriedad.
    – Así que piensas que es el bigote, ¿eh? Yo he oído algo acerca de lo que pasó en Rose's la primera noche que esa mujer llegó al pueblo y…
    Noah se puso en pie de un salto y señaló la puerta.
    – ¡Maldita sea, Freeman! ¿Quieres ser mi sustituto o no? ¡Porque puedo encontrar a muchos otros dispuestos a serlo!
    – Claro que sí, Noah. Claro que sí. -Freeman arrugó el entrecejo, todavía sonriendo para sus adentros.
    – ¡Entonces cierra el pico!
    – Claro, jefe.
    – Y Andy, me importa un comino lo que tus clientes oyeran en la tienda. Esa mujer y yo nos llevamos tan bien como el agua y el aceite.
    – Como usted diga, marshal. Haré todo lo posible por acallar los rumores.
    Cuando se quedó solo, Noah comenzó a pasearse ruidosamente por la oficina; dio una patada a una silla y contempló con ira el sombrero, aún sobre la mesa. Si fuera cualquier otra mujer, con cualquier otro oficio, con cualquier otro temperamento, podría interesarle. Dios sabía que aquél era un lugar muy solitario. ¡Pero aquella flaca alta y cuatroojos, con su lengua maliciosa y sus mordaces editoriales! Prefería seguir yendo a Rose's, gracias. Pero se pondría el sombrero. ¿Por qué no? Se lo había ganado.
    Lo cogió, moldeó el ala a su gusto y se lo puso. En un rincón, tirada en el suelo, había una alforja. Sacó un espejito y se miró. Le quedaba bien. Le quedaba muy bien, si de algo valía su opinión. Sus ojos descendieron del sombrero al ojo negro, luego a la nariz puramente escocesa y al tupido bigote que se alisó con la mano libre.
    ¿Qué demonios tenía de malo llevar bigote?

    Al día siguiente, Noah alquiló un coche con asientos tapizados y mucho espacio para las piernas… el más cómodo de los que tenía Flecek en su cochera de carruajes de alquiler. En él, Noah y True Blevins partieron hacia el valle Spearfish.
    Durante el camino charlaron acerca del maravilloso clima otoñal, del tratado de paz que por fin habían firmado los indios, del alto valor comercial del forraje animal en los cañones y del placer de mascar tabaco. True cogió un rollo fresco y le ofreció un poco a Noah.
    – No, gracias.
    Viajaban cómodamente, disfrutando del día agradable, el cielo azul, la paz. La ruta que seguían los llevaba a lo largo del arroyo Deadwood hacia el nordeste, fuera del cañón; luego giraban al noroeste, bordeando la ladera de las Montañas Negras a través de colinas cubiertas de pinos y abetos, donde rápidos arroyos fluían sobre piedras marrones, brillantes y resbaladizas. Junto a ellas florecían sauces con hojas de color damasco. Grosellas y serbales silvestres brillaban maduros bajo el sol otoñal y urracas de pico negro volaban entre ellos, produciendo repentinos destellos blancos.
    Tras un prolongado silencio, Noah dijo pensativo:
    – Eh, True.
    – ¿Qué?
    – ¿Qué opinas de los bigotes?
    – ¿Bigotes?
    – Sí.
    – Diablos, yo llevo, ¿no? ¿Qué supones que opino de ellos?
    – No, quiero decir, ¿crees que a las mujeres les gustan?
    – ¿A las mujeres? ¿A qué viene esa pregunta?
    – Bah, maldita sea, olvídalo.
    True escupió y luego se pasó el brazo por la barbilla.
    – ¿Algo te preocupa? ¿Es esa editora quizá?
    – Ajá.
    – Te dije que tuvieras cuidado con ella.
    – Sería la última mujer en la que me fijaría. Demonios, ¿leíste el editorial de su periódico? Dice abiertamente que el marshal de Deadwood es el primer hombre con quien se encontró a la puerta de Rose's en su primera noche en el pueblo.
    – ¿Y eso te preocupa? No hay un sólo hombre en todo el cañón que no frecuente el páramo.
    – Ya.
    – Yo pensaba ir en cuanto descargara la caravana, pero después de pasar por la consulta de Turley se me fueron las ganas.
    Siguieron el viaje en silencio, hasta que de pronto True preguntó:
    – Y ¿qué me dices de su hermana, la tal Eve?… ¿te has acostado con ella?
    – ¿Y quién no?
    – Demonios, esas dos sí que no se parecen en nada, ¿verdad? Esa Eve, es suave donde una mujer ha de serlo. Y su cara no está tan mal.
    Noah le dirigió una sonrisa. True acababa de dar en el clavo.
    – He estado pensando… -Se interrumpió y se quedó callado tanto tiempo que True tuvo que preguntar:
    – ¿Qué?
    – Bah, nada. Mujeres. Ya sabes… las de la otra clase. ¿Alguna vez lo has hecho con alguna por la que sintieras algo?
    True estiró las piernas y pasó su brazo por detrás del respaldo de Noah. Contempló las colinas al frente y sus ojos azules se tornaron ausentes.
    – Sí, claro que sí. Cuando tenía dieciocho años. Había una chica que quería casarse conmigo a toda costa… se llamaba Francie. Por aquel entonces yo transportaba carga para el Ejército entre Kansas y Utah, mientras se intentaba someter a esos mormones testarudos. Ella era mormona. Te juro que llegué a considerar la posibilidad de convertirme a esa religión.
    – ¿Y qué pasó?
    – Su familia la había prometido a uno de los suyos. Cuando se casaron, él ya tenía otras dos esposas. Te lo juro, Noah, nunca me recuperé totalmente de aquello. Diablos, ella me amaba. Decía que me amaba. Y yo también la quería, pero luego va y hace una cosa así, casarse con un hombre tan viejo como Matusalén que ya tenía su harén repleto de esposas. Te aseguro que a partir de entonces, nunca más he creído en la honestidad de una mujer.
    – ¿Cuántos años tienes, True?
    – Cuarenta.
    – ¿Y no has vuelto a conocer a otra que te importara?
    – No, y tampoco la he buscado.
    – ¿Y qué me dices de los hijos? Alguna vez habrás querido tener hijos.
    – Un hombre como yo… yendo de un lado a otro, transportando carga y maldiciendo bueyes… no puede pensar en tener hijos. ¿Qué diablos haría con una familia?
    Noah percibió un tono melancólico en las palabras de True, pero prefirió no hacer ningún comentario al respecto.

    Poco antes de las diez, entraron en el valle Spearfish. Un anfiteatro natural se extendía frente a ellos como una amatista en un anillo de jade. No era de extrañar que los indios lucharan para impedir que el hombre blanco se estableciera allí. No sólo era hermoso, sino fértil, con arroyos rápidos de agua pura surgidos del deshielo y de manantiales de aguas subterráneas. Esos arroyos bajaban desde cañones rocosos en torrentes estrepitosos salpicados de espuma; manantiales con vida propia y exponentes de salud, riqueza y alegría.
    Al padre de Noah, Kirk Campbell, le había bastado echar un vistazo para comprender que el valle Spearfish estaba destinado a convertirse en la cuna de la agricultura de la zona oeste de Dakota. La riqueza fácil y efímera de las minas no estaba hecha para él; prefería el beneficio más seguro, aunque más sufrido, de la tierra bien labrada.
    Al llegar a las Montañas Negras a principios de mayo, Kirk había visitado al primer hombre blanco establecido en el valle, James Butcher, quien ya se había visto forzado por los ataques indios a abandonar su cabaña original para construir una segunda casi cinco kilómetros al este de la primera, donde el arroyo False Bottom abandonaba las montañas.
    A mediados de mayo, un grupo numeroso de colonos llegó de Bozeman, Montana. Eran montañeses curtidos, habituados a las penurias y las guerras con los indios, y eran capaces de enfrentarse a cualquier tribu que osara atacarlos. Kirk Campbell se asentó con ellos en el valle Spearfish. De inmediato hicieron lo necesario para proteger el ganado y el agua. Construyeron una empalizada común donde guardaban las provisiones y municiones, además del ganado al atardecer.
    En verano, las incursiones de los indios habían continuado de manera esporádica, pero los colonos -conscientes de la escasez de tierras llanas y aptas para el cultivo en la región, y de la demanda insaciable de forraje animal por la constante afluencia de buscadores de oro- apostaron guardias y se aventuraron a sembrar campos más lejos de la empalizada.
    En aquella época, principios de octubre, los campos, divididos en cuadrados de diferentes colores, desde el oro del trigo al verde del maíz, estaban listos para la cosecha. A lo lejos el ganado pastaba -las grandes manadas de Montana-, y se les habían unido algunos caballos traídos desde el pueblo para pastar, previo pago de un precio convenido. Jinetes a caballo controlaban incesantemente a los animales, con un ojo siempre en las colinas, atentos a los indios. En los campos, desiguales y coloridos, trabajaban los segadores con sus guadañas, seguidos por los hacinadores.
    Diseminadas por el valle, estaban las granjas, con el humo de los hogares elevándose y surgiendo de las chimeneas de las cabañas, manchando el vasto firmamento. De las modestas construcciones anexas surgían caminos de carretas que conducían, como los hilos de una telaraña a la empalizada común que, a lo lejos, parecía hecha de palillos mondadientes.
    Noah guió el coche entre los segadores, a lo largo del deteriorado camino que el ganado tomaba todos los días y que surgía al pie de las colinas y llevaba al llano dorado de un henal, donde los hombres levantaban los brazos a modo de saludo y las mujeres, con los cabellos recogidos con pañuelos, se detenían y se llevaban una mano a la frente para protegerse de la luz del sol en los ojos.
    – ¡Hola, Zach! -gritó Noah-. ¡Hola, señora Cottrell!
    True saludaba con su brazo sano.
    – Parece que la señora Cottrell está embarazada -comentó Noah-. No hay duda.
    Siguieron avanzando hasta llegar al campo situado al sur de la granja de los Campbell, donde la familia estaba segando heno… Kirk, su esposa Carrie y el hermano menor de Noah, Arden. Trabajaban de espaldas al coche que se aproximaba, Kirk y Arden avanzando codo con codo, manejando diestramente las guadañas, mientras Carrie los seguía con un rastrillo de madera.
    Dejaron el trabajo al percibir la presencia del coche.
    – ¿Alguien necesita que le echen una mano? -exclamó Noah.
    – ¡Noah… y True! ¡Hola!
    Todos se acercaron, sonriendo, dejando sus herramientas y desprendiéndose de los guantes.
    – Pero bueno, qué sorpresa. -La madre de Noah llegó la primera al coche-. Por el amor de Dios, ¿qué ha ocurrido?
    Noah se tocó el ojo.
    – Tuve un problemilla con una mujer.
    Arden le azotó cariñosamente en el brazo con sus guantes de cuero.
    – ¿Con quién, con Calamity Jane?
    Kirk estrechó la mano de su hijo, contemplando su rostro.
    – Me gustaría conocer al que te amorató ese ojo. -Luego vio el brazo de True en cabestrillo-. ¿Tú también?
    True rió y se rascó la ceja con la punta de un dedo calloso.
    – No exactamente.
    Kirk Campbell era un hombre imponente; sus manos eran tan grandes como trampas de oso y poseía una fuerza difícil de igualar. Una tupida barba anaranjada le cubría la cara, sus cejas eran espesas y multitud de pecas poblaban su rostro. Sus ojos, en medio de este colorido cuadro, brillaban como los jazmines de su tierra natal.
    Carrie, por el contrario, tenía el pelo oscuro y los ojos grises, pero su piel asimilaba el sol mucho mejor que la de su esposo y se había bronceado durante el verano. Era una mujer de carnes prietas y aspecto saludable y les llegaba a sus hijos a la altura de los hombros.
    – Una mujer, ¿eh? -repitió Carrie.
    – Es un larga historia, mamá. Traigo a True para que se recupere y os la cuente. Serán sólo una o dos semanas. ¿Crees que podrás alimentarlo y conseguir que se esté tranquilo?
    – Eso déjamelo a mí.
    Noah subió a su madre al coche y la envió a la casa con True, mientras él ocupaba su lugar con el rastrillo. Experimentaba cierto grado de satisfacción trabajando detrás de su padre y su hermano, recorriendo el campo al ritmo del sonido de las guadañas y entre el olor fresco del heno recién cortado, que él se encargaba de apilar y alinear, con los dientes del rastrillo vibrando bajo sus manos. Durante un día o dos, disfrutaba de ese trabajo. Pero siempre acababa por aburrirle y echaba de menos el movimiento y la gente del pueblo.
    – ¿Has decidido volver a la granja? -preguntó su padre.
    – Sólo por hoy.
    Para Kirk Campbell era decepcionante que su hijo mayor decidiera aceptar trabajo en el pueblo, en lugar de instalarse en el valle con el resto de la familia.
    – Supongo que ya sabes que los indios han firmado el tratado, papá.
    – Sí. Nos enteramos.
    – Pero todavía tienen centinelas apostados.
    – Sí, pero no ha habido incursiones desde mediados del verano. Ya casi no los vemos en las colinas. Creo que ahora es mucho menos peligroso vivir aquí que en el pueblo. Tu aspecto prueba lo que digo. Me encantaría saber cómo te amorataron ese ojo.
    De modo que Noah contó la historia.
    Su padre y su hermano intercambiaron miradas extrañadas.
    – ¿Cuántos años tiene? -preguntó Kirk.
    – ¿Cómo es? -inquirió Arden.
    Al anochecer, alrededor de la mesa de la cocina, su madre preguntó:
    – ¿Está casada?
    – No -contestó True mientras se metía otro pedazo de pan en la boca.
    – ¿Has traído uno de sus periódicos?
    – Sí -dijo Noah-, pero si os lo dejo leer, no quiero oír comentarios después.
    Cuando Carrie acabó de leerlo, dijo:
    – Es una mujer inteligente y honesta. Te conviene.
    Noah casi se ahoga con el estofado de cordero.
    – ¡Por Dios, mamá!
    – Ya sabes que no tolero maldiciones en la mesa. Te estás haciendo viejo y lo sabes. ¿Cuánto tiempo crees que durará una mujer soltera antes de que otro te la arrebate?
    – ¡Que se queden con ella!
    – Tu padre pensaba lo mismo de mí la primera vez que me vió. Yo me reí de su pelo rojo y su cara pecosa y le dije que parecía una sartén después de estar todo un día bajo la lluvia. Seis años más tarde estábamos casados.
    – Ya te lo he dicho, mamá, esa mujer es como un caso grave de urticaria. Está convirtiendo mi vida en un calvario.
    – La próxima vez que vengas, tráela contigo. Si tú no la quieres, tal vez tu hermano esté interesado en ella.
    – ¡No la traeré aquí! ¡Ni siquiera me gusta!
    – De acuerdo, entonces iré a verla la próxima vez que vayamos al pueblo.
    – ¡No te atreverás!
    – ¿Por qué no? Quiero cuidar de algunos nietos antes de morir.
    Noah puso los ojos en blanco.
    – ¡Jesús! -masculló.
    – ¿No te he dicho que no quiero que juréis en la mesa?
    – Mamá tiene razón -intervino Arden-. Si tú no la quieres, a mí podría interesarme.
    – Pero, ¿Se puede saber qué te pasa? Hablas como si ella fuera la última costilla de cerdo en la bandeja y todo lo que tuvieras que hacer para conseguirla es alargar el brazo y pincharla con el tenedor.
    – Bueno, me vendría bien una esposa. Quiero una granja propia -respondió Arden-. Y ahora que ya se ha firmado el Tratado Indio, una mujer debería estar entusiasmada con la idea de vivir aquí.
    – Entonces, será mejor que te vayas al pueblo y te pongas en la cola, porque la mitad de los hombres de Deadwood no le quita los ojos de encima. Aunque, si yo fuera tú, no me haría demasiadas ilusiones. Por la forma en que trabaja con esa imprenta, dudo que sea una mujer de las que aspira a convertirse en la esposa de un granjero. Además, es mayor que tú.
    – ¿No habías dicho que no sabías su edad?
    – No la sé, pero la intuyo.
    – Dijiste veinticinco.
    – Más o menos, sí.
    – Bueno, yo tengo veintiuno.
    – ¡Eso es lo que he dicho! Es mayor que tú.
    – ¿Y qué?
    ¡Era la conversación más odiosa y absurda que Noah había sostenido jamás! ¿Qué le importaba que su madre fuera al pueblo y conociera a Sarah Merritt, o que Arden hiciera lo mismo y la pinchara con su tenedor? ¡Que hicieran lo que les diera la gana! Él, por su parte, se mantendría tan alejado de esa mujer como le fuera posible.

    Y lo consiguió hasta tres días después, el primer lunes de octubre, día en que, tal y como lo prescribía la nueva política de organización, estaba previsto que se celebrase la primera sesión del Concejo Municipal. La reunión estaba proyectada para las siete de la tarde en el teatro de Jack Langrishe. Como a las nueve, el teatro había de quedar libre para la compañía teatral, los miembros del Concejo estaban presentes en el local a las seis y cincuenta y cinco, con la esperanza de tratar todos los asuntos en las dos horas previstas.
    Noah estaba de pie en el pasillo central, entre las hileras de sillas, con los brazos cruzados, aguardando a que se diera por comenzada la sesión, escuchando una conversación entre George Farnum y otros. El tema, como siempre, era el Tratado Indio y la reciente noticia de que los jefes Toro Sentado y Caballo Loco se negaban a acatarlo.
    – Cola Pintada prometió a los comisionados que se haría responsable de que Caballo Loco no violara el tratado, pero dice que Toro Sentado tiene un corazón perverso y que nadie puede responder por él.
    – El Tratado ya está firmado. Las Montañas Negras ahora pertenecen a los Estados Unidos.
    – Eso no detendrá a Toro Sentado. Le hemos arrebatado sus últimas tierras sagradas.
    – Entonces es nuestro deber convencer a los poseedores de grandes capitales del este de que inviertan en estas montañas. Así serán ellos los que presionen al gobierno federal y exijan protección militar. Aunque a mí aún me preocupa más que…
    Noah contempló el pasillo y perdió el hilo de la conversación.
    Sarah Merritt avanzaba hacia el grupo con su libreta apretada contra las costillas.
    Cuando los ojos de ambos se encontraron, ella aminoró el paso. Posó su mirada fugazmente en el Stetson nuevo y prosiguió su camino hacia el grupo de hombres.
    – Con permiso, caballeros -dijo, pasando a unos pocos centímetros del pecho del marshal en dirección al pequeño estrado del auditorio.
    Tomó asiento en la segunda fila, junto a un minero cuyo nombre Noah no pudo recordar. El hombre alzó la cabeza y se puso en pie de un salto cuando ella lo saludó con un movimiento de cabeza, luego se volvió a sentar y se quedó boquiabierto observando el perfil de la mujer. Noah clavó su mirada en la nuca de Sarah mientras ella abría la libreta, sacaba pluma y tintero, se ponía las gafas y se sentaba derecha como una cigüeña, esperando. Llevaba el mismo conjunto marrón anticuado de siempre y el pelo recogido en un moño que sobresalía no más que una nariz en la parte posterior de su cabeza. Un peinado serio y remilgado para una mujer seria y remilgada. Noah echó un vistazo al teatro y advirtió con irritación que la mayoría de los hombres la miraban embobados, como si fuera un ratón en un cuarto lleno de gatos.
    Se abrió la sesión; el marshal ocupó su lugar en la mesa situada al fondo del teatro, junto al alcalde, los concejales y el secretario del Ayuntamiento, Graven Lee, que también era el tesorero en funciones. George Farnum declaró abierta la sesión y comenzaron. Graven anunció los resultados de la elección, incluyendo la conformación del Concejo presente y las ordenanzas del pueblo. Luego pasó al informe de la tesorería y después Noah se puso en pie para dar parte de las nuevas licencias otorgadas, incluyendo la de Sarah Merritt para la creación del primer periódico del pueblo. Evitó mirarla mientras leía sus garabatos, pero sí le echó una ojeada mientras volvía a tomar asiento. Sarah se sentaba con corrección, las gafas algo caídas sobre la nariz, y tomaba apuntes.
    Después de su breve perorata, Noah se recostó hacia atrás en la silla, tratando de ignorarla.
    Se discutió la posibilidad de convertir las calles valiosas en propiedad municipal. La votación desestimó esta propuesta.
    Se votó a favor de una reglamentación de las chimeneas: todas las futuras chimeneas construidas dentro de los límites de Deadwood, South Deadwood y Elizabethtown deberían tener paredes de ladrillo o piedra con un espesor mínimo de diez centímetros y estar completamente empotradas con cal de mortero y cubiertas en su interior con una capa uniforme del mismo material.
    También entró en vigor la normativa sobre fuegos: ninguna viruta, heno ni cualquier otro material combustible podría ser quemado en la calle, callejón o vía pública a menos de seis metros de distancia de un edificio, salvo autorización por escrito del Concejo Municipal.
    Se suscitó una discusión sobre la fijación del valor de las licencias. Los abogados y carniceros, convencidos del coste excesivo de las correspondientes a sus profesiones, exigieron su abaratamiento, así como el encarecimiento del de los demás negocios puramente lucrativos. Las tasas, finalmente, no se modificaron.
    Farnum preguntó si había algún otro asunto que tratar.
    Sarah Merritt se puso de pie y se quitó las gafas.
    – Señor alcalde, si me permite…
    – Señorita Merritt -dijo Farnum, dando a entender que podía hablar.
    Los ojos azules de Sarah refulgían llenos de convicción cuando comenzó a hablar.
    – Durante la semana que llevo aquí, he percibido varias situaciones que reclaman su inmediata modificación. La primera y, a mi juicio, la más importante, es la falta de una escuela. Me he encargado personalmente de realizar un censo de las familias del cañón y, según mis estimaciones, hay veintidós niños en edad escolar en el área. Es indudable que la educación de estos chicos debe constituir una preocupación básica para todos nosotros. La mayoría de ellos asistían a institutos o escuelas en los lugares de donde vienen. Algunos aprenden con sus madres, pero no todas las madres saben leer y escribir, lo cual traspasa la responsabilidad de su educación formal a los contribuyentes generales del pueblo, a todos. Si a esos veintidós se añaden los seis que aún no han alcanzado la edad escolar, y el bebé de los Robinson, el primero nacido aquí el Día de la Independencia, y cuyo nacimiento, según tengo entendido, llenó de gozo al pueblo entero… salta a la vista que la necesidad de una escuela es apremiante. Además hay que pensar en el futuro. La firma del Tratado Indio ya ha facilitado la llegada segura de la primera diligencia a Deadwood. Si a esto le sumamos la inminente instalación del telégrafo, parece claro que en breve vendrán más familias a establecerse en este cañón. Propongo que se haga el esfuerzo necesario para que la próxima primavera, cuando esa afluencia sea un hecho, Deadwood posea una escuela y se haya contratado a una maestra que se haga cargo.
    »En segundo lugar, está la cuestión de los excrementos de animales en la calle. No sólo es desagradable a la vista y al olfato, sino que conlleva un peligro para la salud. Todos sabemos de dónde proviene el cólera, ¿no? Nuestras normas sanitarias necesitan algunas mejoras. Propongo la contratación de un barrendero.
    »Tercero, aunque menos importante, deberíamos considerar la colocación de farolas en la calle y fusionar los trabajos de farolero y barrendero.
    »En cuarto lugar está el tema de las aceras practicables. Es obvio que nunca se pensó en su uniformidad. Algunos comercios las tienen y otros no. Desde el punto de vista estético, Main Street es repugnante, por no hablar de su absoluta falta de funcionalidad. Para recorrerla, uno se ve forzado a avanzar como una liebre junto a los comercios y a caminar pesadamente entre los excrementos por el centro mismo de la calzada. En un pueblo con tal preponderancia masculina no resulta extraño. No obstante, caballeros, si desean contribuir a que un mayor número de mujeres -de las que usan faldas hasta los talones- se instalen en Deadwood, sugiero que tengan en consideración este tema. Con ese fín, propongo la aprobación de una ordenanza que no sólo haga obligatoria la construcción de aceras de madera practicables, sino que uniformice su altura.
    »Me parece igualmente urgente contar con una cárcel apropiada. El lugar que se utiliza actualmente para tal fín no es, ni mucho menos, el adecuado. Hay herreros en el pueblo. Pónganlos a construir rejas y destinen los fondos necesarios para la edificación de una cárcel decente. Hasta un criminal merece luz y aire.
    »Por último, y creo que todos estaremos de acuerdo en este punto, necesitamos una iglesia. Comprendo el pesimismo general en cuanto a la posibilidad de conseguir otro pastor después del desgraciado asesinato del predicador Smith en agosto, pero es necesario intentarlo y, en caso de conseguirlo, tener a punto el terreno y los medios para la construcción de una iglesia. Podríamos considerar la construcción de un edificio que, de forma temporal, cumpliera la doble función de escuela e iglesia.
    »Eso es todo lo que tenía que decir… por ahora. Gracias por su atención.
    La señorita Sarah Merritt tomó asiento con calma, se puso las gafas y volvió a escribir en su libreta, presumiblemente sobre los temas que acababa de plantear. Los miembros del Concejo Municipal intercambiaron miradas, estupefactos por aquella retórica lúcida proveniente de la única mujer presente en la sala. En el patio de butacas, los hombres estiraban sus cuellos para examinarla mejor. El minero que había junto a Sarah se hinchó de satisfacción por el mero hecho de estar sentado a su lado. Noah también la miró, tan perplejo como el resto de los hombres que se sentaban a la mesa.
    George Farnum rompió el hechizo sonriendo entre dientes y frotándose la nuca.
    – Bueno, señorita Merritt, nos ha dado bastante de qué hablar.
    Ella alzó la mirada.
    – Sí, así es, señor alcalde.
    – Y sólo contamos con una determinada cantidad de dinero.
    – Pero vivimos en la zona aislada más rica de Norteamérica. Según tengo entendido, cuando se conoció la noticia de la firma del Tratado Indio, los mineros de este pueblo lo celebraron esparciendo oro en polvo por muchas calles.
    – Es cierto, pero debe tener en cuenta que la mayoría son hombres solteros y sin familia. No hay duda de que se opondrían a cargar con los gastos de construcción de una escuela. El terreno en sí costará mucho.
    – Pida a alguno de los grandes propietarios más acaudalados que lo done, y luego organice una recaudación de fondos para la escuela. Mejor aún, yo me ocuparé de la recaudación. Será fácil puesto que dispongo del periódico y ya he realizado el censo escolar, de modo que sé qué familias estarían más dispuestas a emplear su tiempo y esfuerzo en beneficio de sus hijos.
    – Es muy generoso por su parte. Y la tierra. ¿Tiene alguna idea respecto a la manera de conseguir el terreno?
    – Llevo una semana escasa viviendo en Deadwood. No, no lo sé. Pero sé que la educación es fundamental. No debe ni puede ser postergada su normalización.
    Se decidió que los temas se someterían a votación pública durante la próxima asamblea y que el Concejo anunciaría los resultados en el Chronicle. También se aprobó que las actas de sesiones de cada asamblea fueran publicadas en el primer ejemplar del Chronicle que saliera a la venta con posterioridad a su celebración.
    Cuando se levantó la sesión, Sarah se vio rodeada de hombres. Revoloteaban en torno a ella como moscas alrededor de carne cruda. Mineros y comerciantes; limpios, sucios, viejos, jóvenes, privilegiados y no privilegiados: ninguno, al parecer, indiferente al hecho de que llevaba falda. En el grupo estaban Teddy Ruckner, Dutch van Aark, el doctor Turley, Ben Winters, el dueño del hotel donde Sarah se alojaba, Andy Tatum y Elias Pinkney, que se abrió paso entre el gentío y cogió la mano de ella con aire de pertenencia.
    Noah observó la situación con expresión ceñuda, se levantó de su silla dejándola a un lado y echó a andar por el pasillo abarrotado. Al pasar junto al grupo que rodeaba a Sarah, ella alzó la vista. Sus miradas se encontraron. Él inclinó la cabeza ligeramente, y ella respondió a su saludo del mismo modo, secamente.
    Aquella noche, en la cama, y con gran consternación por su parte, Noah se sorprendió pensando en ella; la forma en que la había visto por última vez, en medio de todos aquellos hombres rondándola como cachorrillos atontados. Los hombres podían llegar a ser muy estúpidos cuando escaseaban las mujeres. Por Dios, tenía tantas curvas como un muchacho de doce años, y ni siquiera era guapa. Su rostro era demasiado afilado y su nariz casi aguileña. Las gafas le proporcionaban un aire pedante y resultaba muy desconcertante mirar a la cara a una mujer de la misma altura.
    Sin embargo, tenía unos bonitos ojos. Cuando se quitaba las gafas y miraba con esos brillantes ojos azules, uno se sentía atravesado hasta las mismas plantas de los pies.
    Y mamá tenía razón en una cosa. Sarah Merritt era inteligente. Y valiente. ¿Cuántas mujeres asistirían a una sesión del Concejo Municipal, y cuántas se pondrían de pie frente a una sala llena de concejales para acosarles con críticas sobre su pueblo y luego les ofrecería alternativas para mejorarlo? Por supuesto que el editor de cualquier periódico en un pueblo poseía el poder y los medios para convertirse en un líder, pero una mujer… Su osadía lo asustaba.

    El día siguiente amaneció frío y cubierto de nubes. Noah se despertó, vio el día a través de la ventana y se tapó con las sábanas hasta el mentón. Oyó el ruido metálico de la estufa de hierro abajo; la señora Roundtree estaba encendiendo el fuego. Se oían ronquidos provenientes del cuarto contiguo al suyo y Noah se quedó un rato más en su cama caliente.
    ¿Por qué demonios pensaba en Sarah Merritt otra vez?
    La apartó de sus pensamientos. Se sentó, se desperezó, se puso los pantalones y las botas y salió al pasillo a por agua. De nuevo en la habitación, se lavó y se afeitó con agua helada… tan helada que se encogió de frío. Se humedeció el pelo, se hizo la raya al lado y lo peinó inútilmente hacia atrás. Parecía tener voluntad propia. Una vez seco se rizaría en el borde del sombrero.
    El olor a carne friéndose y a café recién hecho llegó desde el piso de abajo y la casa se hizo más acogedora. Se oyeron pasos en el pasillo y en las escaleras. Noah se puso una camisa de franela roja, un chaleco de cuero negro y su estrella de marshal; dejó el cinturón con el arma colgando del respaldo de una silla y bajó a desayunar.
    De pronto, se detuvo en seco.
    Sarah Merritt estaba sentada a la mesa, dando un mordisco a una galleta.
    Sus miradas se encontraron y ella bajó la mano lentamente. El resto de los inquilinos se quedaron inmóviles. Sarah miró fijamente a Noah durante unos segundos, tragó la galleta y se limpió los labios con una servilleta.
    – Bueno… -El marshal llegó hasta la mesa y se sentó-. Esto sí que es una sorpresa. Buenos días a todos.
    – Buenos días -respondieron los comensales a coro, todos excepto Sarah Merritt. El marshal ocupó su lugar habitual, justo frente a ella y estiró una mano para alcanzar la fuente ovalada de carne. Entonces, Sarah murmuró bajito:
    – Buenos días.
    La señora Roundtree salió de la cocina. Era una mujer rolliza, de cara rosada y con un lunar del tamaño de una semilla de sandía en la mejilla derecha. Dejó una bandeja de patatas fritas sobre la mesa.
    – Creo que ustedes dos ya se conocen.
    – Sí -replicó Noah-. Nos conocemos.
    Sarah preguntó:
    – ¿Vive aquí?
    – Desde que Loretta abrió la pensión.
    Loretta sirvió café a Noah.
    – La señorita Merritt se mudó ayer.
    – ¿Qué pasó con McCooley? -inquirió Noah, levantando la cabeza mientras el café caía en su taza. El día anterior por la mañana, un hojalatero llamado McCooley había desayunado en la silla que ahora ocupaba Sarah.
    – Añoraba a su familia, así que se volvió para Arkansas. pensé que sería agradable tener un poco de compañía femenina por aquí, de manera que le dije a la señorita Merritt que podía alquilar la habitación.
    Noah se enfrascó en la tarea de extender mermelada en una galleta y cortar la carne.
    – Estábamos comentando la obra que se representa en el Langrishe -dijo Tom Taft, a la izquierda de Noah-. La señorita Merritt dice que está muy bien.
    – ¿La ha visto? -preguntó Noah, esforzándose por mostrarse educado.
    Sarah siguió su ejemplo y respondió con cortesía:
    – Sí. He pensado escribir una reseña de la obra en el próximo ejemplar del periódico, de manera que el mundo exterior se entere de que en Deadwood hay actividad cultural. Después de todo, la compañía teatral de Jack Langrishe es una de las más reconocidas y afamadas de Norteamérica. Creo sinceramente que la puesta en escena de la obra es excepcional. ¿La ha visto, señor Campbell?
    – Sí.
    Sarah estaba tan sonrojada como él debía de estarlo.
    – ¿Qué le pareció?
    – Me gustó.
    – Bueno, al fin algo en lo que coincidimos.
    Sus miradas se volvieron a encontrar mientras él masticaba y tragaba un bocado de comida.
    – Tal vez en más de una cosa -musitó Noah.
    – ¿Hemos coincidido en algo más?
    – En los temas que planteó anoche en la sesión del concejo municipal. Estoy totalmente de acuerdo con usted. Gracias por mencionar la necesidad de una cárcel.
    – No tiene nada que agradecerme. Es la verdad.
    – Fue muy convincente.
    – ¿Cómo no serlo? Conozco el tema bastante a fondo. -Enarcó la ceja izquierda.
    – No me sorprendería que se aprobaran todas las propuestas que hizo.
    – La historia demuestra que allá donde los hombres llegan primero, ponen las bases de todas las cosas. Detrás llegan las mujeres y las perfeccionan.
    Una vez más, la elocuencia de Sarah lo impresionó.
    – ¿De veras piensa organizar una recaudación de fondos para la escuela?
    – Por supuesto. Empezaré por redactar un editorial sobre la necesidad de un edificio escolar y de un terreno para edificarlo. Si no surge nada, sé a quién pedirle que done el terreno.
    – No será fácil -comentó él con un mueca y levantando su taza de café.
    – Pero si el Concejo no aprueba la adjudicación de fondos para pagar a una maestra no servirá de nada.
    – Supongo que el salario de una maestra es de… ¿cuánto? ¿Cinco dólares diarios más casa y comida?
    – Siete, si queremos una buena.
    – Creo que podríamos arreglarlo. Las multas y las licencias proporcionan buenos ingresos a la ciudad.
    – Sí. Lo he comprobado personalmente.
    Para sorpresa de Noah, un ligero destello de picardía brilló en los ojos de Sarah Merritt. Sin las gafas, resplandecían como zafiros a los que se ha sacado brillo. Siguieron comentando el resto de reformas propuestas por Sarah el día anterior: el barrendero, los faroles, las aceras obligatorias normalizadas.
    Cuando terminaron de desayunar, Noah se dio cuenta de que habían dominado la conversación excluyendo de ella al resto de los comensales, y que había disfrutado con ella más de lo que le gustaba admitir.

Capítulo Siete

    El segundo número del Chronicle tenía ya una extensión de dos páginas. La primera incluía los titulares: «editora del chronicle encarcelada y multada; se espera en breve la llegada a deadwood de una biblioteca de derecho penal completa; se necesita capital para construir bocartes; buenas previsiones para los arroyos beaver, bear y sand; escasez de animales salvajes. bisontes, alces y ciervos retroceden hacia el oeste; nueva fabrica de cerveza en elizabethtown; se estrena dutch lovers en el teatro bella union; divertida y amena representación de flies in the weed a cargo de la compañía teatral langrishe».
    El anuncio publicitario de Elias Pinkney figuraba en la segunda página, junto al informe de Sarah sobre la sesión del Concejo Municipal y un editorial acerca de la necesidad de una escuela. En él sugería que si una pequeña parte del oro que entraba en los burdeles del páramo fuera a parar a un fondo para la construcción de la iglesia/escuela, el edificio podría estar construido en poco tiempo. Además, solicitaba que todos los niños se registraran oficialmente en la oficina del Chronicle, de modo que fuera posible la elaboración de un censo oficial.
    La actividad se intensificó en la oficina del Chronicle. Los comerciantes acudían para anunciarse en sus páginas. Las madres para apuntar a sus hijos. Los mineros a informar de sus yacimientos. Todos compraban ejemplares.
    Octubre empezó mal. Una mañana de principios de mes excepcionalmente fría y nevada, Sarah salía del edificio cuando un jinete montado a caballo se aproximó a ella. Tiró de las riendas y permaneció sentado temblando, manteniendo un precario equilibrio sobre el animal y agarrándose a su cuello.
    – Un médico… señorita… necesito un médico.
    – Tenemos siete. Rathburn y Alien están en tiendas de campaña calle arriba, a su izquierda. Bangs y Dawson atienden en edificios de madera a su derecha, más adelante. Henry Kice lo hace en una tienda doblando la esquina a la derecha. -No se molestó en mencionar a los otros dos, que se hallaban más lejos-. ¿Puede llegar hasta allí, señor? -El hombre parecía a punto de caer de la montura.
    – Gracias -masculló y, tambaleándose, espoleó al caballo.
    Sarah lo observó girar a la derecha hacia el local del doctor Henry Kice.
    Ese mismo día, algo más tarde, fue a ver a Kice, preguntándose si el desconocido habría sufrido una herida de bala y, de ser así, en qué circunstancias. ¿Tal vez durante el asalto a una diligencia?
    – No, es sólo un jugador de Cheyenne llamado Cramed -le explicó Henry Kice-. Padece una congestión pulmonar fuerte complicada porque al parecer ha tocado zumaque venenoso. Es evidente que el cambio súbito de clima lo sorprendió a caballo entre Cheyenne y Deadwood, y cogió mucho frío. Lo he mandado a la cama. Creo que se ha registrado en el Hotel Custer.
    Tres días después, el resfriado y los sarpullidos provocados por el zumaque de Cramed habían empeorado. Una semana más tarde, se declararon otros cinco casos de «erupción por zumaque venenoso», tres de ellos en residentes del Custer.
    El titular del Chronicle hacía la siguiente pregunta retórica: «¿es contagiosa la erupción por zumaque venenoso?».
    Poco después Cramed murió.
    Sarah decidió que era hora de hacer algo. Una mañana después de que Josh le dijera que su hermana Lettie había caído enferma durante la noche, fue a la oficina del marshal. Campbell estaba al fondo del local, hablando con un hombre fornido y barbudo que ella reconoció como Frank Gilpin, un herrero local. (Al parecer el pueblo iba a tener por fin su cárcel.)
    Campbell miró por encima de su hombro cuando Sarah cerró la puerta. Él y Gilpin se volvieron. Gilpin sonrió y se quitó su gorra deformada. Campbell se adelantó.
    – ¿Buscando noticias?-preguntó.
    – ¿Podría hablar con usted, marshal?
    – Por supuesto. ¿Conoce a Frank Gilpin?
    Gilpin se acercó a ellos. Olía mucho a sudor y saludó a Sarah de forma jovial pero algo desordenada.
    – La señorita escribe el periódico. Hola, es un placer conocerla. Leímos lo de la cárcel, lo que usted escribió, y Noah me llamó. Estamos viendo cuántas rejas necesita y si los mezquinos mineros tienen suficiente oro para pagarlas.
    Sarah sonrió y asintió con la cabeza, sin saber a ciencia cierta con qué se estaba mostrando de acuerdo.
    – Me voy y los dejo que hablen. Noah, me dices sí o no y tendrás las rejas en tres o cuatro días. -Gilpin añadió algo en un idioma extranjero, presumiblemente una despedida y se marchó.
    – ¿Así que pronto tendrá su cárcel? -comentó Sarah.
    – Espero que para después de la sesión de noviembre del Concejo Municipal. Estoy calculando cuánto costará. ¿Es eso lo que la trae por aquí?
    – No. Otro asunto completamente distinto. Dígame, marshal, ¿qué sabe de la viruela?
    – ¿Viruela? -Frunció el ceño-. ¿Por qué?
    – Porque voy a escribir un editorial y no quiero ser la causante de que cunda el pánico. Un enfrentamiento con usted fue suficiente.
    – ¿La erupción por zumaque venenoso? -inquirió él.
    – Exacto. Lettie Dawkins acaba de caer enferma, además de otros cinco hombres, y Henry Kice nos quiere hacer creer que se trata de una erupción por zumaque venenoso. Rathburn dice que uno de los otros casos es venéreo.
    – ¿Sífilis?
    Sarah asintió.
    – ¿Es posible que Kice se haya equivocado en el diagnóstico y no quiera admitirlo?
    – ¿Y Rathburn también?
    Se quedaron meditando un rato en silencio.
    – ¿Qué posibilidades hay de que los dos estén equivocados?-preguntó Campbell.
    – No lo sé. Sólo sé que la erupción por zumaque no es contagiosa y que es imposible que una joven como Lettie tenga sífilis. ¿Y entonces, qué es?
    – ¿Cree acaso que se pueda tratar del comienzo de una epidemia?
    – He averiguado algo. Todos los casos empiezan igual: tres días de fiebre seguidos de sarpullidos por todo el cuerpo. Y ya ha habido un muerto.
    – Viruela… -Campbell suspiró y se pasó una mano por el pelo ondulado.
    – Podría no serlo, pero supongamos que sí. Todos los habitantes del cañón estarían expuestos a contraerla.
    – ¿Qué sugiere?
    – Que se llame a cada uno de los médicos matriculados que se encuentren en las excavaciones, para que todos juntos emitan un diagnóstico. Si el resultado es que se trata de la viruela, tendremos que pedir vacunas de inmediato a través del Pony Express y construir un hospital para los infectados. También será necesario disponer de refugios de cuarentena para los que han estado expuestos pero aún no padecen los síntomas de la enfermadad.
    – ¿De dónde sacaremos el dinero?
    – Habrá que obtener fondos de toda la población; el periódico publicará los nombres de aquellos que, estando en condiciones de contribuir, se nieguen a hacerlo. Desde luego, para eso necesitaré su autorización.
    – ¿Qué período de incubación tiene la viruela?
    – De diez a dieciséis días.
    – ¿Cuándo llegó Cramed al pueblo?
    – Hace trece días.
    – ¿Ha hablado con alguien más sobre esto?
    – No.
    – George Farnum debe saberlo. -Campbell fue hasta los colgadores y cogió su abrigo-. Le avisaré e iré a por los médicos de inmediato. No imprima nada hasta que uno de nosotros se reúna con usted.
    Eran las cinco de la tarde pasadas cuando Campbell entró en la oficina del Chronicle con expresión preocupada. Patrick estaba escogiendo grabados de madera, buscando un diseño de margen, y Josh estaba barriendo alrededor del cajón de leña en el fondo. Sarah se volvió al escuchar el ruido de la puerta y abandonó su silla al instante. Se unió a Campbell a cierta distancia de los otros para poder hablar en privado.
    – Se trata de una viruela maligna -murmuró el marshal.
    Una punzada recorrió el cuerpo de Sarah. Se quitó las gafas, se llevó una mano a los ojos y susurró:
    – Que Dios se apiade de nosotros.
    – He enviado un jinete al grupo del telégrafo. La línea es operativa a mitad de camino entre Hill City y Deadwood. Así que el mensaje será enviado esta misma noche. Si hay vacunas en Cheyenne tendremos suerte. Si no… -se encogió de hombros- necesitaremos carteles de cuarentena. ¿Puede imprimirlos?
    – Desde luego. Haré que Patrick los componga ahora mismo. Y anuncios para que los mineros vengan a vacunarse en cuanto lleguen las vacunas. ¿Y el dispensario?
    – George ha convocado una sesión de emergencia del Concejo para esta noche. Requirió su presencia.
    – Por supuesto.
    – A las ocho en el bar Número Diez. Tanto el Langrishe como el Bella Union tienen programadas funciones para media tarde.
    – Allí estaré.
    – Gracias.-Dio algunos pasos y se detuvo-. Ah, y que Josh se quede aquí esta noche.
    – Ya había pensado en eso.
    Se miraron unos instantes, sus ojos serios y llenos de preocupación. Por un instante, Sarah sintió una profunda avenencia con Campbell, ligados como estaban por el grave descubrimiento. Pensó que él diría algo tranquilizador. Muy al contrario, dijo:
    – La veré después. -Y se encaminó hacia la puerta.
    Patrick y Josh habían dejado de trabajar, intuyendo que algo no iba del todo bien.
    – ¿Pasa algo malo? -preguntó Josh.
    – Esta noche necesitaré que os quedéis hasta más tarde.
    – ¿Qué sucede? -preguntó Patrick.
    – Me temo que son malas noticias. Los médicos han determinado que hay viruela en el cañón.
    – Viruela… -repitió Josh. Miró en dirección a su casa y luego a Sarah-. ¿Te refieres a Lettie?
    – Eso me temo, Josh.
    El muchacho se lanzó hacia el perchero, pero Sarah lo detuvo cogiéndolo del hombro.
    – No, Josh. Esta noche te quedarás aquí.
    – Tengo que ir a casa. Si Lettie está enferma…
    – No. Lo más seguro para ti y para todos es que por ahora te mantengas lejos de tu casa. Hablaré con la señora Roundtree para ver si puedes dormir en el sofá del recibidor hasta que lleguen las vacunas. El marshal ya las ha pedido. Además, te necesitaré esta noche aquí. -Se volvió hacia Bradigan-. A usted también, Patrick. Tendremos que imprimir carteles de cuarentena e instrucciones a seguir. Se quedará, ¿no?
    Patrick simplemente asintió con la cabeza.
    – Pero mi madre… -dijo Josh con preocupación.
    – Yo me encargo de avisarla. Ahora, a trabajar.
    Cuando Sarah abandonó la oficina, la imprenta ya estaba funcionando. Fue a casa de Emma y le habló desde el exterior, bajo la ventana de la cocina. El rostro de Emma estaba lleno de ansiedad por su hija enferma. Sarah no pudo evitar imaginar a Lettie llena de cicatrices para el resto de su vida; eso si había suerte. Las dos mujeres se quedaron mirándose en silencio una vez que se hubieron dicho lo más importante, cada una deseando ir hacia la otra y unirse a ella en un abrazo consolador. No obstante, las separaba la altura de un edificio.
    – Se pondrá bien, Emma. Estoy segura. -Con la cabeza inclinada hacia atrás para poder ver a la madre afligida, Sarah dirigió una mirada compasiva a su amiga.
    – Reza por ella, Sarah -le pidió Emma en tono abatido.
    – Lo haré. Y cuidaré bien de Josh.
    Con un nudo en la garganta, Sarah se alejó.

    A las ocho, se inició la sesión de emergencia del concejo en el bar Número Diez. Había corrido el rumor y el lugar estaba abarrotado de gente. Todos los miembros del Concejo Municipal se hallaban presentes, además de los siete médicos de Deadwood y otros dos de los pueblos vecinos de Lead y Elizabethtown, bajo jurisdicción del Concejo Municipal de Deadwood. Había también algunos hombres de negocios y todo tipo de gente.
    Durante la sesión se formó la Junta de Salud del Pueblo de Deadwood, con jurisdicción sobre todas las decisiones relacionadas con el control y tratamiento de la epidemia de viruela. Tanto Sarah como Noah aceptaron formar parte de la junta, integrada además por médicos de los tres pueblos, el alcalde y dos de los principales hombres de negocios. Cuando abandonaron el bar, todos tenían claro cuál era su puesto en la batalla que en breve se habría de librar.
    Se edificaría un lazareto en el cañón Spruce, adonde serían conducidos todos los infectados. (Se tardó tres de las cuatro horas que se prolongó la sesión en tomar esta decisión, ya que nadie quería cerca de su casa el lazareto.) La madera para el edificio provendría de los aserraderos, que recibirían la notificación oficial del marshal. Todos los mineros, comerciantes y hombres de negocios en condiciones de contribuir económicamente a la construcción del hospital serían instados a hacerlo; las aportaciones serían entregadas al tesorero del pueblo y los nombres de los que evitaran esta responsabilidad ciudadana serían publicados en el Deadwood Chronicle. Se buscarían voluntarios para erigir el edificio y también para levantar de inmediato refugios hechos de ramas secas y cuero para mantener en observación a las personas que habían estado expuestas a la enfermedad. También se solicitarían voluntarios para cuidar de los enfermos. La Panadería Dawkins y el Hotel Custer entraban en cuarentena hasta nueva disposición de la junta. Los burdeles de Deadwood quedaban clausurados (el marshal era el encargado de que así fuera) hasta que todos los residentes recibieran la vacuna y se levantara la cuarentena general. Saldría a la calle una edición especial del Chronicle para hacer públicas esas decisiones.
    Cuando la sesión se dio por terminada, era más de medianoche. Noah y Sarah, cansados, se dirigieron juntos a la pensión de la señora Roundtree. El pueblo estaba sumido en un extraño silencio que reinaba incluso en bares y salas de juego. Los teatros habían cerrado y sus faroles exteriores estaban apagados. Los palenques se encontraban casi vacíos. Un manto turbio de nubes cubría el cielo, ocultando el brillo de las estrellas y la luz de la luna. Main Street estaba cubierta por una capa de escarcha. El viento soplaba por la hondonada y traía consigo los chillidos de dos lechuzas; a la derecha, se adivinaba la presencia del arroyo con su débil y monótono rumor.
    Subieron con paso lento y pesado por el zigzagueante sendero que llevaba hasta la misma puerta de la pensión. Noah la abrió y se hizo a un lado para dejar pasar a Sarah. En la sala, permanecía encendida una pequeña lámpara de aceite. Josh estaba dormido en el sofá, de lado, con una pierna levantada. La manta marrón se había caído al suelo. Ambos lo contemplaron en silencio, recordando que la familia del muchacho era una de las más amenazadas.
    – Pobre Josh -murmuró Sarah.
    – Sí. Quien sabe cómo acabará esto.
    – No diga eso, Noah. -Sarah se agachó, recogió la manta y se la echó a Josh por encima-. Quiero mucho a su familia, en especial a Emma.
    Cuando se irguió, se lo encontró observándola con aire extrañado. Lo había llamado Noah sin darse cuenta. La expresión se desvaneció y él contestó:
    – No se preocupe. Todo saldrá bien.
    – Son tan buena gente.
    – Sí, lo son.
    De nuevo se hizo el silencio, mientras su aversión mutua cedía poco a poco.
    – Pase usted primero. Yo apagaré la luz.
    Sarah se encontraba en mitad de las escaleras cuando la luz se apagó a sus espaldas. Se tambaleó en la oscuridad y buscó la pared con las manos para guiarse. Oía los pasos de Noah tras ella, subiendo de puntillas por los rechinantes peldaños de madera.
    – ¿Señor Campbell? -susurró.
    – ¿Sí?
    – ¿Acostumbra a rezar?
    Tras un breve silencio Noah respondió:
    – A veces.
    Silencio nuevamente antes de que ella musitara:
    – Esta noche sería una buena ocasión.
    Aquellas palabras quedaron flotando entre ellos. En algún lugar, la casa crujió y Sarah continuó su camino con él detrás. El dormitorio de ella era el más próximo, a mano izquierda. Cogió el pomo de la puerta, le dio media vuelta y se giró hacia el marshal.
    – Buenas noches-murmuró.
    La oscuridad era total. Sarah percibía a Noah Campbell lo bastante cerca como para tocarlo si extendiera la mano. Su chaleco desprendía un fuerte olor a cuero que se mezclaba con el del humo de la mecha recién apagada.
    – Buenas noches -dijo él en voz baja-. Hasta mañana.
    Lo último que oyó Sarah fue el sonido de la mano de Noah deslizándose por la pared hasta la puerta de su habitación, que abrió y luego cerró silenciosamente.

    El prostíbulo parecía diferente a plena luz del día. Noah nunca había estado allí por la mañana. Cuando Flossie lo hizo pasar, la luz que se colaba por la puerta abierta iluminó varios puntos de la sala desierta. La puerta se cerró y la sala volvió a quedar sumida en la oscuridad. Siguió a Flossie por la habitación. Podía percibir el olor a whisky y a humo de cigarros de la noche anterior. Dejando atrás el desnudo que sonreía y el cuarto de baño con su penetrante olor a sulfuro, llegaron a una habitación donde Rose Hossiter roncaba echada en un sillón manchado.
    Flossie pasó junto a un escritorio desordenado y tiró de una cortinilla verde. La luz del día inundó el cuarto.
    – ¿Qué demonios…? -Rose se llevó una mano a los ojos para cubrirse de la luz y rodó como una morsa, tratando de ver a sus espaldas-. ¡Qué diablos estás haciendo, Flossie! -Cogió un vaso de whisky del suelo y se lo arrojó a la india. El vaso se estrelló contra el escritorio-. ¡Lárgate!
    – El marshal está aquí. -Dicho esto, abandonó la habitación.
    Los ojos enturbiados de Rose por fin enfocaron al hombre en la puerta.
    – Marshal… -Trató de incorporarse. Su codo se enganchó en el género brillante de la bata rosa, dejando al descubierto un pecho carnoso. Rose se tapó con un gesto rápido. El lápiz de ojos de la noche anterior manchaba su cara y el pelo rojizo y seco se le amontonaba detrás de una oreja. Rose trató de distribuirlo con dos palmadas patéticas, pero el pelo volvió a la posición inicial y una pinza cayó y rebotó sobre su hombro. Su boca formaba una línea vacilante mientras sonreía-. Es un poco temprano, ¿no?
    – Siento haberte despertado, Rose.
    Ella bostezó y su fétido aliento se extendió por toda la habitación.
    – ¿Qué hora es?
    – Las diez y media.
    Rose gruñó y se sentó, dejando caer al suelo sus pies grandes y descalzos.
    – Medianoche -Apoyó los codos en una mesa ovalada que había frente a ella. La bata se le abrió hasta la cintura mientras cogía un cigarrillo y lo encendía con una cerilla de madera. Soltó el humo por la nariz y la boca mientras se reclinaba-. Bueno… hacía tiempo que no te veía por aquí.
    Noah no respondió.
    – ¿Algún problema, marshal?
    – Me temo que sí. Tendré que cerrar tu negocio un tiempo.
    – ¡Cerrarme el nego…! -Una tos repentina le impidió acabar la frase. Tenía una manera repugnante de sacar la lengua cuando tosía. Finalmente, se controló-. ¿A qué te refieres con eso de cerrar mi negocio?
    – El tuyo y todos los demás de por aquí. Tenemos cinco casos de viruela en el pueblo.
    Rose se puso en pie, cerrándose la bata.
    – ¿Y por qué habría de importarme a mí la viruela?
    – Con el tipo de negocio que regentas, será mejor que te importe.
    – Sabes perfectamente que obligamos a todos nuestros clientes a darse un baño en ácido fénico. Probablemente eso les impida contraer la maldita enfermedad.
    – Sabes tan bien como yo que eso no detendrá la viruela.
    – Vamos, Campbell, ten corazón.
    – No puedo -respondió-. El Concejo del pueblo ha dictado unas medidas de urgencia y yo soy el encargado de que sé cumplan. Tengo que poner tu negocio en cuarentena, Rose.
    – ¿Por cuánto tiempo?
    – Un par de semanas, seguramente.
    – ¡Un par de semanas! ¿Y de qué se supone que viviremos durante ese par de semanas?
    – Vamos, Rose. He visto con mis propios ojos la cantidad de oro que entra por esa puerta cada noche. Podrías cerrar un par de meses sin problemas.
    Ella lo observó unos instantes, dejó el cigarro en un cenicero y cruzó furtivamente la habitación hasta donde estaba él.
    – Te diré qué vamos a hacer. -Lo cogió por las solapas-. Haremos un trato. Cierra los demás locales y cuelga el cartel de cuarentena en la puerta principal del mío, pero deja la de atrás abierta. Te daré el diez por ciento de las ganancias mientras dure este asunto.
    Noah se zafó de ella.
    – No puedo hacer eso, Rose. Se trata de impedir una epidemia.
    Ella avanzó de nuevo, con una mano en la cadera.
    – Te daré cualquier otra cosa que quieras, y gratis… lo que sea y durante el tiempo que quieras. ¿Qué te parece?
    – Rose… -Noah levantó las manos.
    – ¿A quién prefieres? ¿A Eve? Eve siempre te ha gustado.
    – No quiero a Eve. No…
    – Entonces, una de las francesas. ¿Qué tal Ember? ¿Nunca te ha enseñado lo que sabe hacer con la boca?
    – No quiero nada de eso.
    – Yo misma podría volver a trabajar, ¿por qué no? Hace bastante que no me acuesto con un hombre, pero no he olvidado lo que les gusta. Te podría hacer muy feliz, marshal. -Alargó la mano hacia su bragueta.
    Noah le sujetó la muñeca con fuerza. Tenía el estómago revuelto.
    – Nada de tratos, Rose. Dile a tus chicas que a partir de este momento el negocio está cerrado.
    – Eres un hombre apuesto, Noah… -Estiró la mano libre para acariciarle el rostro, pero él echó la cabeza hacia atrás. Sus miradas se encontraron y la mano de Rose se paralizó a mitad de camino. Noah le soltó la otra y ella se tensó el corsé de un tirón. Su expresión se volvió despectiva-. De acuerdo… fuera de aquí, hijo de puta.
    Le dio la espalda, cogió el cigarrillo y se lo llevó a la boca con nerviosismo.
    Una vez fuera, Noah respiró profundamente el aire puro y fresco. Mientras clavaba el cartel de cuarentena en la puerta, no podía dejar de pensar en la habitación que acababa de dejar, en Rose despertando como una planta marchita por el invierno; recordaba con cierta repulsión la ruindad de la mujer, su hedor, el patético intento de seducirlo y la mirada ladina y llena de odio que le había lanzado al final.
    Se estremeció, como si ella lo hubiera tocado.

    Esa noche a la hora de cenar, ya estaba sentado a la mesa cuando Sarah Merritt entró en el comedor y ocupó la silla frente a él. Saludó a todos los demás y, finalmente, a Noah… rápida, calladamente, casi sin mirarlo. Se acababa de lavar la cara y tenía el pelo húmedo junto a las sienes. Algunas mechas de pelo rizado le caían desde la frente hasta los pómulos. Llevaba una blusa gris de cuello alto blanco, hombreras y puños blancos ajustados.
    Con sólo mirarla, la sensación de suciedad que Noah había experimentado desde la mañana pareció disiparse.

    Las vacunas llegaron en el Pony Express desde Sidney, Nebraska, a tiempo para detener una epidemia que podía haber sido devastadora. No obstante, Sarah y Noah tuvieron dos de las semanas más difíciles de sus vidas. Ella, además del periódico, también se hizo cargo de la clínica de vacunas y de las enfermeras voluntarias. Él fue nombrado coordinador de los carpinteros voluntarios, y, en calidad de marshal de Deadwood, trató de mantener los burdeles bajo cuarentena. Murieron dos personas más… un minero conocido como Bean Belly Kelly y un hombre de Kentucky llamado Yarnell, cuya ocupación era desconocida. Fueron enterrados en el Cementerio Mt. Moriah, a pocos pasos de las tumbas del predicador Smith y de Bill Hickok.
    Sarah se sintió obligada a asistir a los funerales. Ante la falta de un pastor en el pueblo, correspondía a los asistentes despedir a los hombres y formar una comitiva fúnebre decente. La tarde del entierro de Yarnell, sin embargo, Sarah estaba trabajando en el lazareto y no pudo asistir a la ceremonia. Más tarde, fue a presentar sus respetos al muerto con una rosa de papel. Todo estaba en calma mientras subía por la escarpada cuesta que llevaba al cementerio, situado en la falda de la montaña al sudeste del pueblo. El suelo estaba cubierto de nieve y el aroma de los pinos era penetrante. Sus troncos -rojizos y escamosos- se erguían solemnes en la tarde tranquila y nublada, como agujas de un compás. Un tordo se espantó y emprendió el vuelo, dejando una rama meciéndose. Un puercoespín avanzaba contoneándose delante de ella. Una ardilla, alerta, dejó de mascar y esperó a que Sarah pasara para continuar.
    Llegó a la cima y se detuvo.
    Allí estaban las lápidas, y sentado junto a una de ellas, con la cabeza gacha y una botella de whisky sobre una rodilla, había un hombre. Vestía pantalón y chaqueta de piel de ante. Su pelo rubio caía en desordenadas mechas del mismo color opaco que los flecos de su chaqueta. Ocultaba el rostro, inmerso en un sopor embotado, una pierna estirada y la otra formando un triángulo cuya base era la horizontal del suelo. La nieve bajo su cuerpo se había derretido, lo cual indicaba que llevaba rato allí.
    Sarah se acercó en silencio. Pasó a su lado. Leyó el nombre en la lápida… William Butler Hickok… y siguió hasta un montículo de tierra fresca, donde depositó la rosa de papel. Tras una reverencia respetuosa, volvió por el mismo camino, procurando no perturbar el duelo del borracho. Pero una ramita crujió a su paso y el hombre alzó la cabeza.
    El borracho era una mujer.
    La botella se balanceó en su rodilla mientras fijaba su mirada en Sarah.
    – Supongo que me debo de haber quedado dormida -masculló.
    – Lamento haberla molestado.
    – No importa. Sólo estaba… -La mujer se interrumpió y bajó la mirada hasta la falda de Sarah. Después, levantó la cabeza de nuevo, y preguntó-: ¿Sabe quién soy?
    – La señorita Cannary, ¿no?
    – Ajá. ¿Sabe cómo me llaman?
    – Calamity.
    – Ajá. -Se quedó sentada balanceándose; luego, recordando las reglas de cortesía dijo:
    – ¿Quiere un trago?
    – No, gracias.
    – Pues yo sí echaré uno. -Bebió un buen trago de la botella y luego se secó la boca con el dorso de la mano-. ¿Ha venido al funeral?
    – No.
    – ¿Lo conocía? -Apuntó con la botella en dirección a la la tumba de Yarnell.
    – No.
    – Yo tampoco. Yo venía a ver a Bill. -Se inclinó hacia delante y entornó los ojos-. ¿Conocía a Bill?
    – No, no lo conocía.
    La mujer señaló con la botella la lápida a sus espaldas.
    – Este es Bill. -Se volvió, arrastrando las piernas en el barro para apoyar una mano en la lápida de Hickok-. Saluda a la dama, Bill. Una dama de verdad, no una prostituta como yo.
    Sarah no se movió. Se sentía una intrusa.
    Jane apoyó la cara contra la piedra, cerró los ojos y suspiró profundamente.
    – Me dejó. Me prometió casarse conmigo pero no cumplió su promesa. Diablos, yo podía montar y disparar tan bien como él, y desollar mulas y emborracharme como cualquier hombre… pero eso no era suficiente para él… -Las lágrimas caían por sus mejillas y se encogió junto a la lápida-. ¿Por qué me dejaste, Bill…? ¿Por qué no te atreviste conmigo…? Tú siempre te atreviste… -El lastimero llanto conmovió a Sarah. Se aproximó a la mujer, se arrodilló, y la cogió por los brazos.
    – Señorita Cannary, por favor… será mejor que se tranquilice. Permítame ayudarla.
    Jane levantó la cabeza con dificultad, se sorbió los mocos y se secó la nariz con la mano.
    – Estoy bien. No soy más que una borracha. Déjeme en paz.
    – Está empapada. Por favor, déjeme ayudarla.
    Jane la miró con los ojos llenos de lágrimas.
    – ¿Por qué quiere ayudarme?
    «Porque me parte el corazón verte así, sentada, llorando frente a la tumba de tu amante.»
    – Es hora de ir al pueblo. Necesita ropa seca.
    Sarah la ayudó a incorporarse y la sostuvo hasta que la mujer recobró el equilibrio. Cuando estuvo derecha, le quitó la botella de las manos.
    – Vamos, dejemos esto.
    – Sí, déjesela a Bill… le gustaba el whisky solo.
    Sarah dejó la botella detrás de la lápida de Hickok y volvió junto a Jane para ayudarla. Jane miró hacia atrás y levantando un brazo dijo:
    – Nos veremos, Bill. Guárdame un sitio.
    La bajada era empinada. De vez en cuando, Jane tropezaba y Sarah tenía que sujetarla. Ya en Main Street, se detuvieron frente a la oficina del periódico.
    – Tengo que entrar -le dijo Sarah-. ¿Tiene adónde ir?
    – Sí… -Jane hizo un ademán hacia delante mientras se tambaleaba.
    – Espere aquí -le pidió Sarah-. ¿Lo hará?
    Jane asintió como si su barbilla estuviera rellena de plomo.
    Sarah entró en la oficina del Chronicle y salió al instante con una bolsa de oro en polvo.
    – Dése un baño caliente -le sugirió, entregándosela-. Y coma algo.
    Jane asintió y siguió con paso inseguro. Sarah se metió rápidamente en su oficina. No quería saber si se gastaría el oro en un buen baño y una comida caliente o en un bar.

    Al día siguiente, Sarah se enteró de que Calamity Jane se había presentado en el lazareto, limpia y sobria, y había trabajado hasta entrada la noche ayudando a los enfermos. Desde entonces, y hasta que se levantó la cuarentena, la historia se repitió… Calamity Jane, que vestía ropa de piel de ante, montaba como un indio, maldecía por los codos y bebía como un hombre, demostró ser una mujer buena y generosa, capaz de atender con ternura a enfermos y necesitados.
    Aunque Sarah coincidía a menudo con ella, Jane jamás hablaba. Se limitaba a asentir con la cabeza, y a mirarla con cariño, pero su silencio parecía decir, usted es una dama, mantendré las distancias.
    Entre los titulares del Chronicle que anunciaban la erradicación total de la viruela en Deadwood, se podía leer uno que rezaba: «martha jane cannary ayuda desinteresadamente a los enfermos.»

Capítulo Ocho

    El levantamiento de la cuarentena fue muy celebrado en Deadwood. Los prostíbulos volvieron a abrir sus puertas, aliviando algunas presiones que habían generado mayor agresividad entre los hombres. Noah no fue requerido tan a menudo para acabar con peleas. True Blevins regresó del Valle Spearfish y, al frente de su caravana de bueyes, se dirigió hacia Cheyenne. La familia Dawkins se volvió a reunir, alegre de tener de nuevo a Josh en casa, y más aún por la recuperación de Lettie, aunque, al parecer, le quedarían algunas cicatrices en el rostro de por vida. Sarah se sumergió de lleno en su trabajo de editora, y Calamity Jane volvió a los bares.
    El telégrafo trajo la noticia de que Rutherford B. Hayes y William A. Wheeler habían sido elegidos presidente y vicepresidente y difundió el mensaje de que la cuarentena de Deadwood había sido levantada. El tránsito por Deadwood se reanudó y aumentó el número de caravanas de bueyes que llegaban antes de las grandes nevadas, trayendo provisiones para el invierno.
    Las mujeres de Deadwood tuvieron especial motivo de alegría, cuando apareció un titular en el Chronicle anunciando los primeros artículos comerciales para ellas: rollos de tela, cintas e incluso zapatos de tallas más adecuadas para ellas. El artículo señalaba que se constataría la progresiva civilización del pueblo a través de las mercancías que irían entrando: en primavera, además de semillas, llegó al pueblo un tonel lleno de bulbos de tulipán que causaron sensación. También se recibió el yeso de Sarah, mucho más de lo que había encargado. Junto al cargamento, llegaron los hermanos Hintson, un par de yeseros con visión de futuro, capaces de preveer que el primer edificio con paredes enyesadas desataría una reacción en cadena y que el negocio prosperaría. También llegó una colección de cuadros enmarcados y tapices tejidos en telar ancho, para adornar esas primeras habitaciones blancas, muebles de fábrica y un paraguas de un color diferente al negro. Era verde amarillento con rayas blancas y conseguía detener a cada mujer que pasaba junto al escaparate de la tienda de Tatum.
    Pero de todo el cargamento, el signo más inequívoco de civilización fue la llegada de cuarenta gatos domésticos. Los trajo un especulador de Cheyenne, dentro de unas canastas en una carreta montada sobre ballestas, y en veinticuatro horas vendió toda la carga al exorbitante precio de veinticinco dólares por cabeza.
    Aunque Sarah no tuvo la ocasión de anunciar en su diario la llegada al pueblo de los felinos antes de que fueran comprados, sí pudo, no obstante, comprar uno. Era una hembra de pelo blanco y corto con un ojo azul y el otro verde. Desde el momento en que la cogió en brazos se enamoró de ella. Era una criatura tranquila, crecida y muy cariñosa. Cuando Sarah la cogió, entornó los ojos, se acurrucó y le frotó la parte inferior de la barbilla con la cabeza, requiriendo así su atención. Sarah le acarició el cuello y el animal ronroneó.
    – Hola, gatita -murmuró-. Eres igualita al viejo Mandamás. -Mandamás era el gato con el que Addie y ella habían crecido; lo llamaban así porque se le trataba como al rey de la casa-. Te gusta que te mimen ¿eh?
    Aunque le hubiera encantado quedarse con el animal, Sarah lo llevó a la oficina sólo temporalmente, donde alteró por completo la actividad laboral. Josh y Patrick abandonaron sus tareas y se turnaron para sostener y acariciar al recién llegado, examinando sus ojos y luego soltándolo para que se situara en la habitación. Exploró la base de la imprenta y olisqueó los recipientes de tinta aceitosa. Saltó a la silla de Sarah, se relamió un rato, encogió sus patas y se acurrucó.
    – Nos vendría muy bien un cazador de ratones. ¿Qué nombre le pondrá? -Preguntó Josh.
    – Ninguno. Se lo regalaré a mi hermana.
    – Vaya, ¿en serio?
    – Sí. Siempre le gustaron los gatos y he notado que hay otras mascotas en ese lugar. Incluso un loro verde.
    – ¡Uau! ¿De verdad? -Los ojos de Josh brillaron de excitación-. ¡Me gustaría tanto verlo!
    – Pues no lo vas a hacer, jovencito. Ya te he dicho que te mantengas alejado de ese sitio. Pero, ya conoces a las gatas. Dentro de poco tiempo ésta tendrá una familia y le diré a Addie que nos regale su mejor cría. Además tienes razón, necesitamos un cazador de ratones que evite que se nos coman el papel.
    Esa misma tarde, fue a ver a Addie. Hacía un día gris y sombrío y amenazaba con volver a nevar. Sobre las paredes de roca circundantes, nubes enormes parecían silbar y escupir rachas de viento a lo largo del canal, levantando el extremo del abrigo de Sarah y haciéndola estremecerse en tanto se apresuraba con la gata apretujada contra el pecho, dentro del abrigo de lana, sacando su cabecita blanca. En la sesión de noviembre el Concejo Municipal había aprobado la construcción de una cárcel y una iglesia, pero había rechazado la uniformización de las aceras de madera, así que Sarah subía y bajaba, subía y bajaba, caminando al amparo de las paredes de los edificios. Estaba subiendo los escalones al final de un tramo sin acera con la cabeza gacha, cuando sufrió un encontronazo repentino contra un cuerpo que iba en dirección contraria.
    – ¡Eh! ¡Cuidado! -Dos manos enguantadas pararon el golpe. Sarah alzó la cabeza y se encontró con un conocido bigote castaño rojizo. Noah llevaba su Stetson marrón nuevo y una chaqueta de piel de oveja que lo hacía parecer el doble de grande.
    – Lo siento, marshal. Iba despistada.
    Él apartó sus manos y sonrió al ver a la gata.
    – ¿Qué lleva ahí? -Acercó un dedo grueso y enguantado a la cabeza del animal, que pareció diminuta en comparación con él.
    – Soy una de las afortunadas. Conseguí comprar uno.
    – Ya veo. -Intentó acariciar el mentón de la gata, pero ésta se hallaba en un estado de excitación nerviosa notable, tanto por su situación, apretada bajo el abrigo, como por lo súbito del traslado.
    – Mire -comentó ella levantándole la cabeza-. Tiene un ojo verde y el otro azul. ¿No es curioso?
    Miraron a la criatura unos segundos.
    – A veces los gatos con ojos de diferentes colores son sordos -dijo Noah.
    – ¿En serio?
    – Ajá. Recuerdo que cuando era pequeño, un viejo llamado Sandusky, dueño de una tienda de velas, tenía uno así. Solía darle un buen puntapié cuando el pobre animal no lo oía venir. Siempre tuve ganas de devolverle la patada al viejo Sandusky. Y, ¿adónde vas, gatito? -preguntó al animal.
    – Se lo llevo a Addie.
    De pie, muy cerca el uno del otro en la acera, por fin se permitieron mirarse a los ojos. Sarah tenía una mano alrededor de la cabeza de la gata para evitar que saltara y el dedo enguantado de Noah seguía en la nariz del animal.
    – Es un bonito detalle por su parte. Supongo que le gustaría quedárselo.
    – Siempre tuvimos gatos de niñas y creo que Addie añora la compañía de uno. Tiene uno de peluche en su habitación.
    Al mirar los ojos grises de Noah Campbell, Sarah se preguntó si aún frecuentaría Rose's y, en particular, si todavía vería a Addie. La posibilidad de que así fuera le provocó una extraña opresión en el pecho. Fue tan repentina que no tuvo tiempo de analizar el motivo.
    Volvió a concentrar su atención en la gata.
    – Es del mismo color que nuestra vieja mascota, Mandamás.
    – Le gustará.
    – Ojalá. Espero que lo acepte. Todavía me habla con desgana y de mala manera, y no tiene ningún gesto conciliador hacia mí. Sin embargo, creo que se siente muy sola.
    A Noah nunca se le había ocurrido que las prostitutas pudieran sentirse solas. Eran descaradas y atrevidas y vivían enclaustradas, haciéndose compañía las unas a las otras durante el día, hasta que llegaba la noche y, simplemente, cambiaban de compañía. Pero, por supuesto, debían de sentirse solas. Qué ciego era por no haberse dado cuenta de ello hasta entonces. Antes de que pudiera decir nada, ella prosiguió:
    – Soy su única hermana y, a pesar de su degradante condición, podríamos ser amigas de nuevo si ella me lo permitiera. Me duele mucho ser rechazada cuando todo lo que deseo es ayudar.
    Noah contempló la parte visible del pelo de Sarah, lo poco que asomaba por la bufanda de lana atada alrededor de su cabeza; contempló su frente suave, las largas pestañas y los hermosos ojos azules. Tenía un aspecto tan casto. En contraste, se acordó de Rose tratando de seducirlo, con el pelo sucio y desaliñado, la bata abierta y su aspecto general de abandono. No había vuelto a visitar los burdeles desde entonces, ni siquiera había tenido ganas de hacerlo.
    – Tal vez le avergüence que usted la vea allí.
    – No actúa como si se sintiera avergonzada, sino con sorna.
    – Lo siento, no tengo respuesta para eso. Pero creo que le encantará el gato.
    Dos hombres se acercaron. Sarah y Noah se hicieron a un lado para dejarles pasar. Cuando estuvieron solos de nuevo, ella miró a la gata y la acarició.
    – ¿Señor Campbell…? -Tenía en la punta de la lengua una pregunta de lo más impertinente. Durante cierto tiempo, había pensado en preguntarle si Addie le había hablado alguna vez de su hogar, si le había dado alguna pista acerca de la razón por la que había huido. Pero finalmente, no pudo hacer acopio del valor suficiente para preguntarle nada sobre lo que podía haber habido entre su hermana y él-. Bueno, nada -dijo-. Supongo que tendré que tratar de entender a Addie por mi cuenta. -Alzó la cabeza y salió de su estado dubitativo-. Veo que el sombrero es de su talla.
    Era la primera vez que lo mencionaba desde que se lo había enviado. Noah no lo usaba en la mesa en la pensión, pero sí durante el resto del día. El exquisito paño marrón era casi del mismo color que su pelo castaño rojizo, que se rizaba hacia arriba en las sienes, bajo la cinta. Sarah ya se había familiarizado con esa peculiaridad del pelo del marshal.
    – Sí, lo es. Es un sombrero excelente… gracias. -Se sintió tonto por no haber dicho eso un mes atrás, pero un mes atrás no se hablaban.
    – Y veo también que su ojo está curado.
    – Ah, eso… -Le quitó importancia con un ademán.
    – ¿Y el oído? ¿Cómo ha quedado?
    Él se llevó una mano a la oreja y gritó:
    – ¿Qué?
    Se rieron. Al momento, y de pronto, dejaron de hacerlo y se miraron a los ojos algo desconcertados.
    – Bueno -dijo Sarah cada vez más incómoda-. Será mejor que me vaya. Empieza a hacer mucho frío aquí fuera.
    – Sí… nos veremos esta noche en la cena. -Se llevó una mano al ala del sombrero y echaron a andar en direcciones contrarias.
    Unos seis metros más adelante, Noah no pudo resistir el impulso de volverse y mirarla. Se detuvo, giró la cabeza, y la sorprendió haciendo exactamente lo mismo… parada en la acera, observándolo con la gata apretada bajo el mentón.
    Se contemplaron fijamente durante algunos segundos, hasta que tomaron conciencia de lo violento de la situación.
    Luego, de manera simultánea, se giraron y siguieron su camino.

    Sarah no había visto a Addie desde el brote de viruela. Esperaba que aquellas dos semanas hubieran ablandado a su hermana y que esta vez la acogida fuera más cálida. De pie en el pasillo frente a la habitación, Sarah se desabrochó el abrigo, cogió a la gata en una mano y llamó a la puerta.
    – ¿Quién es? -preguntó Addie.
    – Soy Sarah.
    Tras unos instantes de silencio, la puerta se entreabrió.
    – ¿Qué quieres ahora? -Addie llevaba la misma bata que cuando la viera por última vez, en el tendedero.
    – Quería asegurarme de que estabas bien.
    – Lo estoy.
    – Te he traído algo.
    Los ojos de Addie se fijaron en la gata y las duras facciones de su rostro se suavizaron.
    – ¿Es para mí? -Abrió más la puerta.
    – Un hombre de Cheyenne trajo unos cuantos esta tarde. Conseguí hacerme con uno, y te aseguro que no fue nada fácil. Toma… -Le entregó el animal-. Es para tí.
    – Oh… -Addie lo cogió como hipnotizada.
    – La he traído metida en mi abrigo, así que debe de estar un poco asustada.
    – Oh… mira qué preciosidad -susurró Addie mirando a la gatita, cogiéndola por el vientre con las manos y acercándola a su cuerpo-. Eres igualita al viejo Mandamás.
    Se giró y entró con la gata. Sarah la siguió vacilante, quedándose cerca de la puerta abierta. Addie acarició al animal, lo acomodó en su brazo doblado e inclinó el rostro para frotarle la cabeza, hasta que la gata saltó a la cama.
    Addie se sentó en el borde del colchón y estiró una mano hacia la gata. Cuando se acercó a ella, la instaló en su falda y comenzó a acariciarle el cuello con las dos manos.
    – ¿Has venido desde Cheyenne? Te cuidaremos bien y no dejaremos que ese loro malo se te acerque.
    Toda su antipatía se había desvanecido, y hablaba cariñosamente al animal. Observándola, Sarah sintió una gran felicidad. Ver a Addie sin su aire contrariado de otros días le hacía recobrar las esperanzas.
    – ¿Cómo se llama? -preguntó sin desviar la atención de la gata.
    – Que yo sepa, no tiene nombre.
    – Tal vez la llame Mandamás.
    – Esperaba que lo hicieras. -Era el primer recuerdo del pasado que Addie se había permitido manifestar. Sarah se adentró en la habitación y se detuvo cerca de las patas de la cama, bastante lejos aún de su hermana. Aunque deseaba sentarse junto a Addie, se resistió a ese impulso y al de echarse en la cama y estar con ella jugando con la gata. Era lo bastante inteligente para darse cuenta de que los sentimientos no podían forzarse; que llevaría tiempo y amor sacar a su hermana de su indiferencia.
    – Es una hembra. Espero que me regales alguna de sus crías, si llega a tener.
    Por primera vez desde que Sarah le había dado el regalo, Addie la miró.
    – ¿Querías a Mandamás para tí, no?
    – No. La compré para tí. Pero la llevé a la oficina para enseñársela a los muchachos y Josh se enamoró de ella.
    Sus miradas se cruzaron durante unos segundos. La habitación parecía llena de sentimientos tímidos, no muy diferentes a los que preceden a un primer beso… ese momento de inseguridad y esperanza cuando dos personas vacilan antes de dar un salto que puede modificar de manera definitiva su relación sentimental.
    – ¿Quién es Josh? -preguntó Addie por fín.
    Era la primera muestra de interés por la vida de Sarah. Animada por ello, Sarah se sentó en la otra punta de la cama. Addie no dijo nada.
    – Es un chico que trabaja para mí. Sus padres son los dueños de la panadería.
    – ¿Y el otro es Pat Bradigan?
    – Sí. Es un tipógrafo errante, pero muy bueno.
    A Sarah le alegró que Addie no dijera que lo conocía. Lo llamó Pat en vez de Patrick… indicio suficiente para suponer que había sido uno de sus clientes.
    – Bebe demasiado y sé que algún día desaparecerá y no volveré a verlo, pero mientras tanto, no sé qué haría sin él.
    – Leí tu editorial -dijo Addie.
    – ¿Qué te pareció?
    – A Rose no le gustó.
    – En realidad me importa muy poco su opinión. Me propongo hacer que cierren su negocio y el resto de locales del páramo.
    – ¿Qué será de mí, entonces?
    – Te librarás de esta vida, espero.
    Addie se puso de pie, levantando también a la gata.
    – ¿Y si no quisiera?
    – Por favor, compréndelo, Addie, hay cosas que como periodista debo decir. Papá me lo enseñó.
    – ¡Papá, papá… ojalá dejaras de hablar de él!
    Mirando la espalda de Addie, Sarah percibió que la frágil reconciliación se estaba viniendo abajo.
    – Creo que será mejor que me vaya para no echar a perder lo poco que hemos adelantado hoy. Cuida bien de Mandamás.
    Addie mantuvo un terco silencio. Sarah se dirigió a la puerta.
    De pronto, Addie giró sobre sus talones.
    – Eh, Sarah.
    Sarah se detuvo y miró a su hermana a los ojos.
    – Gracias.
    Sarah sonrió, levantó una mano a modo de despedida y se marchó.
    Fuera, hacía un tiempo horrible. Había empezado a caer aguanieve, lo cual hacía imperceptibles las laderas del cañón y parecía aislarlas del resto del mundo. La luz de algunas lámparas filtrándose por las ventanas resplandecía débilmente y se fragmentaba en las aceras. El ruido en los bares era sólo un rumor. Sarah sintió pena por los animales que quedaban a la intemperie, con carámbanos formándose en sus crines y colas. Se cerró el cuello del abrigo y caminó con paso apresurado y la cabeza gacha. Se sentía emocionalmente confundida y necesitaba hablar con alguien sobre Addie y el marshal. Había sido una tarde excitante. Patrick cerraría la oficina, de modo que no tenía por qué volver allí y tampoco tenía ganas de cenar cara a cara con Noah Campbell. Así que se dirigió a casa de Emma, esperando que la invitaran a cenar.
    Encontró a su amiga, como imaginaba, preparando la cena para su familia en la cálida y aromática cocina del piso superior del edificio, que también albergaba la panadería. Lettie abrió la puerta y sonrió al ver que era Sarah.
    – Hola, señorita Merritt.
    – Hola, Lettie. ¿Cómo estás?
    – Mejor. -Pero la joven bajó la cabeza.
    Sarah le levantó la barbilla y clavó su mirada en los preciosos ojos castaños de Lettie.
    – Eres una chica muy hermosa, Lettie. Nunca lo olvides. La belleza es algo que nace en lo más profundo del alma y se refleja con un brillo inconfundible en los ojos y la sonrisa de las personas. Tú aún tienes ese brillo, créeme. No sé lo que daría por tener tu hermoso rostro.
    Lettie se sonrojó… signo de salud, pensó Sarah.
    – Vaya, os he interrumpido la partida. Lo siento. Hola, Geneva.
    Lettie regresó a la mesa junto a Geneva, donde estaban jugando a las cartas.
    Geneva sonrió.
    – Hola, Emma. ¿Puedo pasar?
    – ¿Qué haces ahí fuera con la noche tan espantosa que hace? -En la cocina, Emma le dio la vuelta a una chuleta, que despidió un siseo y un apetitoso aroma.
    – Vengo de visitar a Addie.
    – Niñas, guardad las cartas e id a buscar a papá. Decidle que la cena está casi a punto. -Cuando se hubieron ido, Emma preguntó-: ¿Cómo van las cosas con tu hermana?
    – Mejor. -Sarah comenzó a desabrocharse el abrigo sin esperar una invitación.
    – Bueno, aleluya.
    – No hay para tanto, no ha sido más que un primer paso.
    – Siéntate. Cuéntame cómo ha sido.
    – Le compré un gato.
    – ¡Pagaste veinticinco dólares por uno de esos gatos!
    – Ha valido la pena, aunque sólo sea para verla sonreír. Es la primera vez que me parece atisbar a la Addie de antes. Dice que lo llamará Mandamás, como el gato que teníamos cuando éramos niñas. Es la primera referencia a nuestra vida en St. Louis que no provoca en ella una reacción amarga o violenta. Y, cuando me iba, me dio las gracias.
    – Parece que estás logrando restablecer la comunicación.
    – Tal vez… aunque también discutimos sobre el tema de los burdeles. Está tan distante, Emma. Es como si mostrar algún tipo de emoción o sentimiento hacia mí la fuera a degradar. No lo entiendo.
    Emma destapó una olla, una nube de vapor se elevó hacia el techo, y pinchó una patata con un tenedor.
    – Me temo que no puedo serte de gran ayuda.
    – El marshal Campbell dice que tal vez ella sienta vergüenza de que yo la vea en ese lugar.
    – ¿Sí? -Volviendo a colocar la tapa, Emma miró a Sarah y enarcó una ceja-. ¿Has estado hablando con el marshal?
    – Sí, hace un tiempo que lo hacemos. Esta tarde nos encontramos en la calle.
    – ¿Quieres decir que habéis mantenido una conversación civilizada?
    – A decir verdad, bastante civilizada.
    – Debió de serlo, si tocasteis un tema tan delicado como el de tu hermana. -Emma fue hasta el armario y extrajo de él un mantel con motivos florales.
    – ¿Qué opinas de él, Emma? -la interrogó Sarah con aire pensativo.
    – Tiene un trabajo difícil. -Emma desplegó el mantel en el aire y lo dejó caer sobre la mesa-. Parece provenir de una familia decente. Es un hombre justo, ya te lo dije. ¿Qué te parece a tí?
    – Creo que es muy testarudo… pero hizo un buen trabajo durante la epidemia. Creo me respeta por lo que hago, aunque casi contra su voluntad, y que considera que las mujeres tienen más aptitudes para la profesión de Addie que para la mía.
    – Toma… -Emma le entregó una pila de platos-. Pon la mesa, ¿quieres? ¿Ha pasado algo entre vosotros que no me hayas contado?
    Sarah puso el mantel y empezó a colocar los platos. Había uno de más, como había esperado.
    – En realidad, nada.
    – ¿Entonces, a qué viene esa cara pensativa?
    – No es nada. Desde que trabajamos juntos en la junta de salud nos hemos reconciliado un poco. Hoy hemos charlado sobre el gato y nos hemos reído.
    – ¿Y luego?
    – Y luego, cuando nos íbamos cada uno por su camino… oh, nada.
    Emma dejó caer los cubiertos sobre la mesa.
    – ¿Qué? Vamos, habla.
    – Bueno, como te decía, nos estábamos yendo cada uno por su lado y, por algún motivo me giré para mirarlo y él estaba de pie en la acera mirándome.
    Con las manos en las caderas, Emma miró a la mujer, algo más joven que ella, que disponía cuidadosamente cuchillos y tenedores sobre la mesa.
    – Eso no es nada. Nada más que un hombre interesado por tí.
    – Oh, Emma, no seas tonta. Le estoy haciendo la vida imposible desde el primer día que llegué al pueblo.
    – No seríais la primera pareja de la historia que empezó odiándose.
    – No somos una pareja. En todo caso, somos adversarios.
    – No desde la batalla contra la viruela. Acabas de decirlo.
    Las miradas de las dos mujeres se encontraron; la de Emma, práctica, la de Sarah, preocupada.
    – Estoy muy confundida con respecto a él, Emma. -En ese momento, Josh entró ruidosamente en la cocina.
    – Ya estoy aquí, mamá. Ah, hola, Sarah.
    – Hola Josh -respondió Sarah, lamentando tener que interrumpir la conversación sobre el marshal Campbell-. ¿Todo en orden por la oficina?
    – Sí, todo bien cerrado.
    – Sarah se queda a cenar. Lávate las manos -le ordenó su madre- los demás están al caer.
    La familia se reunió y ya no hubo tiempo para hablar en privado. Después de la cena, Sarah ayudó con los platos, pero los chicos se quedaron en la cocina hasta las siete, hora en que ella se marchó sin poder hablar más con Emma.
    De camino a la pensión, siguió pensando en Noah Campbell. ¿Por qué se había girado para mirarla? Era un hombre antipático, insolente y de moral relajada, que había dejado en claro que a ella le convenía apartarse de su camino. Y Sarah era una mujer de principios morales estrictos, intolerante con ciertas facetas de la personalidad de un hombre. ¿Por qué se había dado la vuelta ella para mirarlo? Desde luego, la adversidad los había forzado a tragarse la aversión mutua durante la lucha contra la viruela. Pero la batalla estaba ganada; las cosas habían vuelto a la normalidad y eso significaba que volvían a ser contrincantes en lo que se refería a la clausura de los burdeles.
    El viento todavía silbaba y la aguanieve se había convertido en nieve. El cielo estaba oscuro, excepto por algunas nubes. Sarah pasó por la oficina del periódico y, por simple costumbre, se aseguró de que la puerta principal estuviera cerrada con llave. Lo estaba, de modo que continuó su camino. Cogió una calle lateral y luego el sendero que llevaba, por la ladera del cañón, hasta la pensión de la señora Roundtree. Subía los empinados escalones que acababan en la puerta principal del edificio, cuando una voz la sobresaltó.
    – Bueno, ya está aquí.
    – Marshal, ¿qué está haciendo aquí fuera?
    Se detuvo dos escalones antes de llegar a él y alzó la cabeza. Qué encuentro tan turbador después de haber estado pensando todo el trayecto en él.
    – Fumando.
    Fumar, sin embargo, estaba permitido en el interior de la casa; El recibidor estaba repleto de ceniceros de pie gigantescos. Además, él nunca había salido fuera a fumar hasta ese día. Sarah tuvo la certera impresión de que el marshal la había estado esperando.
    – No ha venido a cenar.
    – No. Cené con los Dawkins.
    – ¿Cómo está Lettie?
    – Cohibida por sus cicatrices.
    – Se le pasará.
    – Quizás sí, o quizás no. -Ella sabía por experiencia propia que la timidez por las carencias físicas podía no superarse. Por algún motivo, últimamente había estado reflexionando sobre las suyas.
    Noah dio una calada y el viento le arrancó el humo de la boca al tiempo que arrojaba la colilla. Observó con mirada grave el cielo, como si el tiempo fuera de interés capital para él.
    – Qué noche tan horrible -comentó.
    Sarah decidió lanzarse.
    – ¿No estaría preocupado por mí, verdad?
    – Es mi trabajo preocuparme por los residentes de Deadwood.
    – Bueno, ya ve que estoy bien, así que ya puede entrar. -Subió los últimos dos peldaños y estiró la mano hacia la empuñadura de la puerta. Antes de que la abriera, Noah le preguntó:
    – ¿Le gustó el gato a su hermana?
    – Le encantó. Lo llamará Mandamás.
    – Bueno… eso debería alegrarla.
    – Sí. -Estaban de pie, muy cerca el uno del otro, en la oscura y ventosa noche, con el sonido de la falda golpeando contra el tobillo de él y finos copos de nieve posándose en el ala del sombrero y deslizándose por la frente de Sarah, que mantenía su abrigo cerrado en la garganta. Él tenía ambas manos en los bolsillos de la chaqueta. Si existía una atracción física entre ellos, ninguno quería reconocerlo.
    – Bien, buenas noches señor Campbell -dijo ella por fin.
    – Buenas noches, señorita Merritt.
    Una vez en la habitación, Sarah encendió una lámpara y un pequeño fuego en su diminuta estufa de hierro. De pie frente a ella, con las palmas de las manos muy cerca del calor del fuego, pensó en el marshal. ¿La habría estado esperando realmente? ¿Tendría razón Emma al decir que estaba interesado en ella? Sin duda no. ¿Entonces por qué se había vuelto para mirarla en la acera? De acuerdo, suponiendo que estuviera interesado, ¿cuales eran sus sentimientos hacia él? Aquella tarde, durante su conversación, se había producido un momento, fugaz eso sí, de regocijo, cuando sus miradas se habían encontrado. Él estaba tan sorprendido como ella, y mientras le cogía los brazos, Sarah había contemplado sus ojos grises con las erizadas pestañas rojizas, y le habían resultado muy atractivos. Su rostro ya no le parecía desagradable. Las pecas se habían desvanecido a lo largo del otoño y el viento había enrojecido sus mejillas. Era curioso, hasta se había acostumbrado al bigote. Y la nariz… bueno, su nariz era escocesa y muy apropiada para un hombre llamado Campbell.
    «¿Qué sientes por él, Sarah?»
    Durante toda su vida había racionalizado las situaciones en que se encontraba; era muy propio de ella analizar todos los datos con que contaba, antes de admitir cualquier cambio en sus sentimientos. La verdad era que no quería que ese cambio se produjera. Eso sólo la llevaría a una situación embarazosa, ya que él había sido amante de Addie y tal vez todavía lo fuera.
    El cuarto se calentó. Sarah se quitó el abrigo y lo colgó. Estaba nerviosa y se paseaba por la habitación pensando en Addie, preguntándose cosas que no tenía derecho a preguntarse, sobre ella y Noah Campbell. Imaginó a Addie con sus manos en el pelo de Noah, el más hermoso que Sarah había visto en un hombre. Sarah nunca había hundido sus dedos en el cabello de un hombre.
    Salió de su ensueño y se acercó al espejo para arreglar su propio pelo. Lo peinó con fuerza, se puso el camisón y cogió un pequeño espejo de mano. En él estudió su nariz isabelina, tapando con el dedo índice la punta para imaginarse cómo sería si la tuviera más corta. Examinó sus labios. Demasiado estrechos; ni gruesos ni seductores como los de Addie. Sus ojos… aún se salvaban, eran azules, vividos y chispeantes cuando no necesitaba usar gafas, pero cuando se las ponía se veía fea y sosa.
    Suspiró, dejó el espejito en la mesilla de noche y cogió la pluma y el tintero para tratar de escribir un editorial sobre la necesidad de preservar las últimas grandes manadas de bisontes, ahora concentradas en el valle al este de Big Horn. Pero continuamente se distraía y se le secaba la tinta en la pluma en vez de en el papel. No lograba apartar de su mente el pelo de Noah Campbell.

    A la mañana siguiente, durante el desayuno, se sintió violentamente consciente de la presencia de él al otro lado de la mesa. A pesar del razonamiento de la noche anterior, la realidad era que ella y Noah se habían estado viendo con una regularidad inquietante durante las últimas semanas; dos comidas diarias y Sarah había advertido cosas en él que una mujer decente no debía notar. Había llegado a reconocer la terca negación de su cabello a permanecer peinado hacia atrás, y los distintos matices de caoba a color nuez moscada que iba adquiriendo a medida que se secaba cada mañana durante el desayuno. También le resultaba familiar la marca de la línea del sombrero, aún cuando no lo llevara puesto y los rizos que se elevaban en las sienes, como plumas de la cola de un pato silvestre.
    Había terminado por apreciar el suave aroma a jabón de afeitar que traía consigo a la mesa del desayuno, acompañado del brillo de la piel recién afeitada por encima y debajo del bigote. Conocía todas sus camisas -usaba una limpia cada mañana bajo el chaleco de cuero negro- la de franela roja, que llevaba puesta el primer día; una verde a cuadros con un cuello que necesitaba una vuelta; dos azules, una con un zurcido en el codo derecho, la otra más nueva; una marrón que le quedaba muy mal con su color de cara rojizo; y la blanca que se ponía los domingos.
    Conocía sus preferencias en la mesa: café cargado, la comida salada y fuerte, una segunda ración de patatas fritas con los huevos matinales; ni col ni nabos, pero sí cualquier otra verdura; una buena cantidad de salsa, si había, dos tazas adicionales de café durante la comida y un cigarrillo en lugar del postre.
    También conocía sus costumbres. Siempre saludaba con la cabeza a los hombres cuando decía buenos días. Pero jamás a ella. Cuando escuchaba con atención, se ponía el dedo índice en el labio superior. Cuando comentaba algo gracioso, a menudo se tiraba del lóbulo derecho. Prefería usar la servilleta y no los puños como algunos de los hombres.
    Cuando dejó el comedor después de desayunar esa mañana, Sarah descubrió con consternación que no había memorizado ninguna de las costumbres del resto de pensionistas de la señora Roundtree.
    Él también había llegado a saber mucho de ella. Vestía por lo general en tonos marrón -faldas, blusas y abrigos- y se ponía el reloj de bolsillo en el mismo lugar exacto cada mañana, sobre el pecho izquierdo. Llevaba la ropa sucia a la lavandería del pueblo los lunes por la mañana, e iba a por ella los martes por la tarde. Era una persona muy puntual; dejaba su habitación a las siete y media en punto cada mañana, y se sentaba a la mesa para cenar cuando tocaban las seis. Irónicamente, la comida en sí no le atraía y la ingería sólo por necesidad, abandonándola en el plato cuando su mente estaba absorta en algún artículo. Él advertía esa distracción por el silencio que guardaba en la mesa y la forma en que miraba fijamente el azucarero. A veces había que llamarla dos veces para que cayera en la cuenta de que le estaban hablando, aunque a la hora de imprimir, jamás olvidaba un detalle, fuera éste trascendental o no. Era muy sagaz escribiendo sobre temas que habrían parecido banales a la mayoría de la gente, pero que bajo su mano y enfoque expertos, se convertían en artículos brillantes, tanto para los residentes en Deadwood como para el resto del país, más allá de las colinas. El dedo medio de su mano derecha estaba deformado de tanto escribir y la mayor parte del tiempo exhibía una mancha de tinta. Tenía unos ojos azules cautivadores que le obligaban a mirarla dos veces siempre que no llevaba puestas las gafas. No se pintaba los ojos ni los labios y él pensaba que se indignaría si alguna vez llegaba a aparecer maquillada en la mesa. Su peinado casi no variaba, excepto cuando el moño en la nuca estaba algo ladeado, como si se hubiera peinado sin mirarse al espejo. Llevaba las uñas cortas y poseía un único par de zapatos, feos, a su juicio: unos botines de cordones marrones que la acompañaban a través del barro, la nieve y el estiércol de la calle, sobre el que continuaba protestando en cada ejemplar del periódico. Noah sospechaba que si el pueblo tuviera una iglesia, los mismos zapatos aparecerían allí junto con su atuendo dominguero. Y, por encima de todo, era consciente de algo: desde el día de su charla en la acera, ella había dejado de mirarlo a los ojos cuando le hablaba. Ahora clavaba la mirada en la estrella que llevaba en el pecho.
    Los trabajos de Sarah Merritt y Noah Campbell los ponían en contacto a menudo. Ella le consultaba acerca de detenciones y del código penal. Cuando él hacía sus rondas, entraba en los negocios al azar, incluída la imprenta.
    Siempre que se veían, ella se dirigía a él formalmente como «marshal Campbell» y él hacía lo mismo, llamándola «señorita Merritt».
    Si, a medida que transcurrían los días, los encuentros se hacían más frecuentes, ellos lo atribuían a cuestiones prácticas, y a nada más.

    Una semana después de la conversación en la acera, Sarah y sus empleados estaban trabajando en la oficina del periódico cuando entró una mujer pequeña y rellenita. Estaba bronceada y su piel tenía el color de una montura vieja. Su pelo era oscuro y unas pocas mechas grises rizadas brotaban del centro mismo de su cabeza. Sus ojos grises eran directos, casi penetrantes. Fue hacia Sarah como una flecha, ignorando por completo a Josh y a Patrick.
    – ¡Al fin te conozco! -exclamó con una voz que retumbó en la habitación como un triángulo para llamar a comer.
    Sarah se levantó de su escritorio, se quitó los protectores de puños de camisa y los dejó sobre la mesa.
    – Soy Sarah Merritt -dijo.
    La mujer extendió una mano.
    – Soy Carrie, la madre de Noah Campbell.
    Sarah notó el parecido de inmediato… los ojos grises, el diminuto botón en la punta de la nariz, los pómulos altos y redondos.
    – Hola, señora Campbell. -Le estrechó la mano.
    – Noah nos ha hablado mucho de tí. Y también de este lugar. Aunque he preferido venir y echar un vistazo por mi cuenta. Qué tal. -Saludó a Josh y a Patrick con la cabeza, sin callar un solo instante para permitir que Sarah se los presentara-. Por lo que sé, eres una mujercita emprendedora. Noah admira eso.
    – ¿De verdad? -Sarah hizo un esfuerzo enorme por disimular su sorpresa.
    – Yo le dije: Noah, ¿por qué no la traes a casa algún día?, pero ya sabes cómo son los hijos. Una vez que abandonan el hogar es casi imposible convencerlos de que vuelvan, y mucho menos de que traigan a sus amigos.
    ¿Amigos? ¿Aquella mujer pensaba que Sarah era amiga de Noah?
    – Entonces me dije: de acuerdo, yo misma iré a esa oficina del periódico a saludarla. Mi otro hijo, Arden, seguramente pasará también por aquí en algún momento del día. Kirk… mi marido, tiene cosas mejores que hacer, ya que no venimos muy a menudo al pueblo, pero Arden y yo nos moríamos de curiosidad desde que Noah nos habló de tí la última vez que nos vino a ver.
    «¿Lo hizo?» Sarah era consciente de que Patrick estaba escuchando todo mientras manejaba la imprenta y Josh también, mientras entintaba los tipos.
    – Tienes que ser muy inteligente para dirigir este periódico como lo haces. Para mí leer es una lucha, por no hablar de escribir, pero Noah nos trajo un ejemplar de tu periódico y aunque a duras penas lo entendí, admito que fue muy excitante leer lo que pasa en el resto del país y aquí en el pueblo.
    – Ustedes viven en el valle Spearfish, ¿no es cierto?
    – Así es.
    – ¿Le importaría que le hiciera algunas preguntas sobre el valle?
    – Bueno… -Carrie Campbell enarcó las cejas-. Bueno, no, aunque no creo que te interese nada de lo que pueda contarte.
    – El Spearfish ha sido el último bastión indio. El resto del país mira hacia allí con atención para ver si los indios son capaces de respetar el tratado.
    La entrevista que siguió convenció a Carrie Campbell de la inteligencia de Sarah Merritt. Las preguntas abordaban el tema de la calidad de la cosecha de aquel año, los cultivos que se practicaban, la cantidad de cosecha por hectárea, el precio actual del forraje animal, las condiciones climáticas generales, incluyendo días de lluvia y de sol durante la pasada temporada agrícola, el número de familias residentes en el Spearfish, su origen étnico, su procedencia geográfica y los acontecimientos sociales del valle, si los había.
    Cuando acabó de contestar a todas las preguntas de Sarah, Carrie observó a la joven mujer que tenía delante quitarse las gafas ovaladas y dejarlas sobre una mesita, preguntándose qué demonios estaba esperando su Noah. La muchacha no valía mucho físicamente, pero era más lista que muchos hombres que conocía. Además, había viajado hasta allí y abierto esa oficina, ¿no? Eso requería coraje. ¡Y aunque era delgaducha, parecía lo bastante sana y fuerte para darle nietos, y encima inteligentes!
    – Cuando se publique el artículo, me aseguraré de que un ejemplar llegue a sus manos -le dijo Sarah.
    – Sí, me encantaría. Podrías traérmelo tú misma. Podrías venir un día a cenar con Noah.
    – Gracias, señora Campbell, pero me temo que estoy muy ocupada con el periódico. Verá, yo misma busco las noticias y escribo los artículos, además de vender espacio para publicidad y participar de todas las actividades y sesiones del Concejo que son de interés general. Lamento decir que me queda muy poco tiempo para mí.
    – Seguro… bueno… ha sido un placer conocerte. -Carrie volvió a tenderle la mano-. Cuídate.
    – Gracias. Usted también.
    Cuando abandonó la oficina, Sarah notó la mirada de Patrick y disimuló su inquietud. Él sacó su petaca, bebió un trago y volvió a su trabajo.
    A las doce menos diez, otra persona entró en la oficina del periódico. Era un hombre apuesto y de pelo oscuro, algunos años más joven que Sarah.
    – Hola -dijo quitándose el sombrero-. Tú debes de ser Sarah Merritt, ¿no?
    Ella supo quién era antes de contestar.
    – Sí.
    – Soy Arden Campbell, el hermano de Noah. He venido a invitarte a comer.
    Sarah se quedó mirándolo de hito en hito, absolutamente embobada. Luego se echó a reír.
    Él rió también y añadió:
    – Bueno, ¿qué me dices?
    – Señor Campbell, ni siquiera le conozco.
    – Ya lo sé. Por eso te invito a comer, para que podamos conocernos. Soy inofensivo y mucho más simpático que mi hermano. Tengo veintiún años, me gustan las mujeres hermosas y no he tenido el placer de disfrutar de la compañía de una desde que nos mudamos al valle; y ambos tenemos que comer, así que, ¿por qué no hacerlo juntos?
    – No creo que sea una buena idea, señor Campbell.
    – ¿Por qué? ¿Estás comprometida con Noah?
    – No. -Sintió que empezaba a ruborizarse.
    – ¿Con algún otro hombre?
    – No.
    – Entonces, ¿por qué no? -Levantó el brazo izquierdo y se olió la axila-. ¿Huelo mal o qué?
    Sarah se rió otra vez.
    – Señor Campbell…
    – Llámame Arden.
    – Arden, no hay muchas mujeres en este pueblo. Creo que si almorzara con usted, daríamos pie a muchos rumores.
    – ¿Bueno, y quién teme a los rumores? Vamos… -La cogió del brazo-. Si dicen que Arden Campbell está cortejando a la nueva dama del pueblo les escupiré en el ojo y les diré que tienen razón.
    Sarah se vio empujada hacia la puerta.
    – ¡Ya le he dicho que no le conozco!
    – ¡Me conocerás! Ahora, coge tu abrigo, tu libreta y lo que necesites, porque hoy comes conmigo… te guste o no.
    Arden la arrastró por la calle hasta el restaurante de Ruckner, la sentó, literalmente, en una silla, y no dejó de mirarla más que para cortar la carne de alce asada que comieron. Habló como una cotorra y la hizo reír tanto que Sarah se pasó la mayor parte del tiempo tapándose la boca con la servilleta para evitar escupir la comida. Arden daba la bienvenida a todo el que entraba en el local, gritando: «¿Conoces a Sarah Merritt, verdad?». Le dijo que era cristiano, que buscaba esposa, que tenía intención de establecerse por su cuenta al cabo de dos años y de formar una familia al cabo de tres, aunque para ello tuviera que pedir una esposa por correo, lo cual esperaba que no fuera necesario. Añadió que podía cantar como un ruiseñor, luchar como un terrier, bailar como un poblador de las tierras altas y hacer tortitas mejor que su madre. Insinuó que algún día le gustaría prepararlas para ella. Aseguró que encontraba la vida demasiado seria para tomársela en serio y explicó que, en su opinión, la mejor manera de vivir era riendo siempre que fuera posible. Le dijo también que era fuerte, honesto, trabajador y cariñoso, sólo que no había estado con una mujer el tiempo suficiente para demostrarlo. Le dijo que iría al pueblo el sábado por la noche para llevarla al Langrishe y no le dio oportunidad de negarse.
    – El sábado a las siete -le dijo, ya en la puerta de su oficina, a modo de despedida.

Capítulo Nueve

    Noah ya estaba enterado de todo cuando Arden fue a su oficina.
    – ¡Hola, hermanote! -le dijo Arden con una ancha sonrisa.
    – ¡Hermanote una mierda! ¿Qué significa eso de invitar a comer a Sarah Merritt?
    – Te dije que lo haría.
    – Y yo te dije que te mantuvieras alejado de ella.
    – Le pregunté si tenía algún compromiso contigo y me dijo que no.
    – ¿Qué dices que has hecho? -Noah se puso de pie.
    – Le pregunté si tenía algún compromiso contigo y me dijo que no. Le pregunté si lo tenía con algún otro hombre y me dijo que tampoco, así que la estoy cortejando.
    – ¡Cortejando! ¡Pero si la acabas de conocer!
    – Sin embargo lo hemos pasado muy bien estas dos horas. La he hecho partirse de risa. El sábado por la noche iremos juntos al Langrishe.
    – ¡Ni lo sueñes!
    – No sé por qué te enfadas tanto. Tú no la quieres.
    Noah no la quería, de modo que se dejó caer en la silla.
    – ¿Mamá lo sabe?
    – Todavía no, pero se pondrá muy contenta cuando se entere. Ella también ha ido a conocerla.
    Noah se llevó las manos a la cabeza.
    – Santo Dios.
    – La ha invitado a cenar un día de estos. No me sorprendería que fuera.
    – ¿Y papá? Supongo que él también iría a verla, como si se tratara de un bicho raro.
    – Papá está en un bar calentándose un poco. Esta noche le dará azotes en el culo a mamá mientras cocina. -Arden se rió-. ¿Ya lo has visto?
    – Sí, he hablado con él y con mamá esta mañana temprano. -Hizo una pausa y añadió-: Oye, acerca de esa mujer… olvida lo que te he dicho y, hagas lo que hagas, no se lo cuentes a ella.
    – No te preocupes. Tengo cosas mejores que hacer con Sarah Merritt que hablar de ti.
    Noah se pasó el resto del día pensando en aquel incidente. Recordó la sonrisa de Arden cuando le había dicho que tenía cosas mejores que hacer con Sarah Merritt. ¿Exactamente, qué cosas? ¡Demonios, ese mocoso tenía sólo veintiún años! Aunque pensando en sí mismo a esa edad, Noah frunció el entrecejo. Si no se equivocaba, Sarah Merritt estaba a ciento ochenta grados de su hermana en lo que a experiencia mundana se refería. Con toda seguridad no estaba acostumbrada a defenderse y zafarse de jovenzuelos descarados y arrogantes, que hacían gala de una precocidad difícil de igualar.
    Aquella noche, poco antes de la hora de cenar, Noah tenía una mano en el tirador de la puerta mientras con la otra sujetaba el reloj. A las seis en punto oyó el sonido de una puerta abriéndose en el pasillo; abrió la suya y cerró la tapa del reloj.
    – Hola -dijo, fingiendo sorpresa mientras alcanzaba a Sarah dos puertas más allá.
    – Hola.
    – Ha tenido un día movido, ¿no?
    – Sí.
    – Me parece que hoy ha conocido a toda mi familia. -Noah estaba en medio del pasillo, bloqueando el paso hacia las escaleras. Estaba dispuesto a decir todo aquello que le hubiera resultado incómodo ante los otros pensionistas.
    – Menos a su padre. Su madre y su hermano me han parecido encantadores.
    – Resulta evidente.
    – Vaya, así que ya se ha enterado de mi comida con Arden.
    – Todo el pueblo se ha enterado.
    – Bueno… es un joven muy persuasivo.
    – Ya.
    – Imagino que también sabe que me llevará al teatro.
    – ¿Le parece una buena idea?
    – Han cambiado el programa. La compañía del señor Langrishe representará Sólo la hija de un granjero y como de todas formas he de ir a verla para escribir la reseña, aprovecharé la ocasión que me brinda su hermano.
    «Mi hermano, que sólo tiene veintiún años, la hace partirse de risa.» La idea le resultaba molesta; su edad era más cercana y sin embargo, jamás la había visto reírse abiertamente. Aquel día en la acera, Sarah se había mostrado más relajada, eso sí, pero normalmente permanecía seria, casi tensa, cuando él estaba cerca.
    – Es lógico -respondió finalmente. Con gesto ceremonioso le dejó el paso libre y añadió-: ¿Bajamos? Me parece que huele a cebolla.
    El resto de la semana se sintió inquieto.
    El sábado por la noche se retiró a la sala de estar de la señora Roundtree inmediatamente después de cenar y se instaló allí con el único material de lectura que encontró, un ejemplar del Catálogo Montgomery Ward del otoño-invierno de 1875-76. En realidad, debía estar en el pueblo. Los sábados por la noche y los domingos, cuando los mineros bajaban en busca de bebida, baños y prostitutas, eran los días más conflictivos de la semana. Muchos sábados, Noah no cenaba y, si lo hacía, engullía la comida y volvía corriendo a su puesto; había observado que su simple presencia en Main Street calmaba los ánimos de los más camorristas. De modo que podía parecer sospechoso que estuviera sentado en la sala en lugar de vigilar el pueblo; a pesar de todo, se quedó ojeando las tentadoras bagatelas como si en algo le importaran.
    Camas de muelles 2,75 dólares. Carretas para granja 50 dólares. 72 docenas de botones por sólo 35 centavos.
    El señor Mullins, propietario de la tienda de artículos para hombre, se sentó con él un rato y luego se marchó. Tom Taft asomó la cabeza y preguntó:
    – ¿No sale esta noche, marshal?
    En la cocina, la señora Roundtree secaba los platos, que al chocar provocaban un sonido peculiar de aquella hora.
    Poco antes de las siete, Sarah Merritt bajó por las escaleras y entró en la sala.
    – Hola de nuevo-susurró, sentándose en un sofá marrón de piel de caballo.
    Noah levantó la cabeza y no dijo nada. Sarah había utilizado algún artificio para hacer que su cabello pareciera una cadena que enmarcaba su rostro. Estaba sujeto sin fuerza en la nuca y unas cuantas mechas tortuosas descendían hasta el cuello. Llevaba el mismo abrigo marrón que Noah le había visto en montones de ocasiones, pero por donde quedaba entreabierto vislumbró una falda azulada a rayas que no conocía. ¡Y cómo olía a lavanda!
    – ¿Encargando botones, señor Campbell? -inquirió, inclinándose hacia él para echar un vistazo al catálogo abierto. Noah lo cerró con brusquedad y lo dejó sobre la mesa.
    – Así que hará la crítica de la obra.
    – Exactamente.
    El marshal cruzó las manos sobre el chaleco. Tenía una expresión contrariada e impenetrable que era nueva para Sarah. Parecía un director de escuela frente a un alumno indisciplinado. Su bigote se proyectaba hacia delante de una manera muy poco atractiva.
    – ¿Hay algún motivo por el que desapruebe que yo vaya al teatro con su hermano, señor Campbell?
    – ¿Desaprobar yo? -Con los ojos muy abiertos, metió los pulgares en los bolsillos del chaleco-. Por qué habría de desaprobarlo?
    – No lo sé. Eso es lo que me desconcierta; sin embargo, a principios de semana me preguntó si pensaba que era una buena idea y esta noche se queda aquí en la sala, esperando como un padre gruñón. ¿Tiene alguna objeción?
    – ¡Demonios, claro que no! -Saltó de la silla, levantando los brazos al techo-. Por mi parte no existe objeción alguna. Sólo estaba haciendo la digestión antes de volver al trabajo. -Cogió la chaqueta y el sombrero de un perchero situado en un rincón de la sala y se caló el sombrero con una palmada al tiempo que abría la puerta-. ¡Tengo que ocuparme de demasiados borrachos como para perder el tiempo discutiendo con usted!
    Se cruzó con Arden en el sendero. El joven subía luciendo una sonrisa tan ancha como el pico de un minero. Su olor era tan fuerte que podría corroer el metal a quince pasos.
    – Hola, hermanazo, ¿qué…?
    – Hola, Arden.
    – ¡Eh, espera un momento!
    – Es sábado por la noche. En el pueblo debe de haber movimiento. -Noah siguió su camino colina abajo con paso altivo y decidido.
    – Bueno, demonios, ¿ni siquiera puedes pararte a saludar?
    – No. ¡Tengo trabajo que hacer!
    – ¡Pero mamá me ha dado estas camisas remendadas para tí!
    – Déjalas en mi cuarto. A la señora Roundtree no le importará ¡Y dale las gracias a mamá!
    Mientras descendía por la colina, sentía todavía el olor a lavanda de Sarah y el de laurel de Arden y pensó: «¡Ojalá se asfixien!».

    Al entrar en la sala, Arden Campbell pareció llenar la habitación. Ningún adjetivo lo definía mejor que encantador. Tenía la cara redonda como una manzana, las mejillas rosadas y juveniles y un hoyuelo casi imperceptible en la barbilla. Las pestañas negras y brillantes conferían a sus ojos azules de mirada profunda un aire de constante excitación. Su boca parecía haber estado chupando un caramelo durante mucho tiempo; los labios, no muy gruesos, rosados y luminosos, daban la impresión de un hombre que se sentía a gusto con el mundo.
    Cuando sonreía… y sonreía casi todo el tiempo… uno podía llegar a pensar que acababa de ingerir una substancia efervescente que le llenaba y vivificaba. Poseía la habilidad de concentrar todo su radiante encanto en una sola dirección -Sarah en aquel caso-. Daba la impresión de que nada de mayor importancia estaba ocurriendo en, por lo menos, ciento cincuenta kilómetros a la redonda.
    Sus modales desconcertaban un tanto a Sarah.
    – ¡Hola, Sarah! ¡Pensé que esta noche no llegaría nunca! -exclamó-. ¡Dios, estás preciosa! ¡Vamos! -Sin malgastar tiempo en fórmulas de cortesía, se adueñó de la mano de Sarah, la llevó hasta su antebrazo y la condujo al exterior de la casa. Afortunadamente, Sarah llevaba puesto el abrigo; si no, la habría arrastrado fuera sin él, tal era su impaciencia.
    La noche era fresca y el cielo estaba despejado, pero no tuvo ocasión de apreciarla. Arden andaba como hacía todo lo demás, al ritmo de un ciervo macho en época de celo. Sarah tuvo que acelerar el paso para conseguir andar junto a él y no caerse.
    – ¿Cómo te ha ido estos días? ¿Qué tal el periódico? ¿Te han contado algo de la obra?
    – Bien. Estupendo. Todavía nada… señor Campbell, ¿podría caminar más despacio? ¡por favor!
    Él aminoró la marcha con una sonrisa, pero unos metros más adelante volvió a su ritmo entusiasta.
    En el Langrishe, la condujo hasta la tercera fila, saludando a gritos y atrayendo la atención hacia ellos. La ayudó solícitamente a quitarse el abrigo, se lo colocó sobre el respaldo y ocupó su asiento sin apoyar la espalda, como preparado para saltar en cualquier momento. Durante la función, celebró con estrépito cada situación graciosa y, al final de cada acto, no sólo aplaudió sino que se llevó dos dedos a la boca y silbó; estuvo a punto de perforar el tímpano derecho de Sarah.
    Al acabar la obra, de camino a la pensión, pasó la mano de Sarah por su brazo.
    – ¿Te ha gustado? -preguntó.
    – No, me temo que no -respondió Sarah.
    – ¿No te ha gustado?
    – A mi entender, la obra se burla de la comunidad rural y es algo que pienso decir cuando escriba la crítica.
    – Soy más rural que tú y no me ha parecido que se burlaran de mí.
    – Cada cual tiene su opinión. Es evidente que la obra te ha gustado mucho y me parece muy bien, pero, piensa en los personajes cómicos… ¿no crees que los granjeros quedaban como ignorantes y estúpidos?
    Arden reflexionó un instante y contestó:
    – Tal vez, pero debemos ser capaces de reírnos de nosotros mismos.
    – De nosotros mismos, sí. ¿Pero no debemos poner un límite, cuando son otros los que se ríen a nuestra costa?
    Mantuvieron una animada conversación sobre el tema y, cuando llegaron al pie del sendero que conducía a la casa de la señora Roundtree, él le cogió la mano y la hizo detenerse.
    – Espera. -Le cogió la otra mano y echó la cabeza hacia atrás. Sus palmas eran duras y lisas como las suelas de unas botas-. Hay unas estrellas enormes esta noche. Estrellas tan grandes merecen ser admiradas, ¿no te parece?
    Sarah las observó.
    – ¿Sabes cómo llama George Eliot a las estrellas? Frutas doradas en un árbol más allá de nuestro alcance. -Bajó la barbilla y lo miró a los ojos-. La elocuencia siempre me ha conmovido.
    – Eres la chica más inteligente que he conocido -dijo él.
    – No soy una chica, Arden. Tengo veinticinco años. La mayoría de las mujeres a mi edad ya están casadas y tienen hijos.
    – ¿Y tú no lo deseas? -dijo sonriendo.
    – No especialmente. Sólo quería hacer hincapié en la diferencia de edad que existe entre nosotros.
    Arden comenzó a acariciarle el cuello a través del abrigo.
    – Comprobemos si esa diferencia tiene importancia.
    El corazón de Sarah se agitó con curiosidad cuando él inclinó la cabeza y la besó. La presión de su boca fue cálida, húmeda y breve. La hizo sonrojarse. Jamás había olido agua de laurel tan de cerca, ni sus labios se habían humedecido con otra lengua que no fuera la suya. Fue una sensación turbadora pero fantástica.
    Arden se apartó y susurró a centímetros de su boca:
    – ¿Es la primera vez que te besan?
    – La segunda o la tercera.
    – ¿Cuántos años tenías?
    – Creo que once.
    Él se rió, soltando una bocanada de aliento húmedo sobre la nariz de Sarah.
    – Y además sincera.
    – He de subir, Arden.
    – No tan aprisa. Uno más.
    ¡Vaya uno más! Esta vez la abrazó y abrió la boca más que antes. Movió su lengua en el interior de la boca de Sarah y la alentó a hacer lo mismo. Emociones confusas recorrieron el cuerpo de Sarah. Cuando la soltó, comentó:
    – Así es cómo se hace. ¿Qué piensas ahora?
    Ella se sorprendió contestando casi sin aliento.
    – Pienso que será mejor que me despida y te agradezca la agradable velada.
    – ¿Podemos vernos otra vez el próximo sábado por la noche?
    – No creo que sea una buena idea que nos veamos de forma regular.
    – ¿Por qué? ¿No te han gustado los besos?
    – Han sido interesantes. Me he divertido.
    – ¡Interesantes! ¿Eso es todo?
    – En realidad, no. Han sido algo más que interesantes.
    – Bueno, entonces… -Si hubiera sido un gallo, las plumas de su cuello se habrían erizado.
    – Buenas noches, Arden. No apresuremos los acontecimientos.
    Él intentó conseguir otro beso, pero sin éxito. Sarah lo vio alejarse y comenzó a subir por el sendero hacia la pensión. Subió diez pasos, giró en el descansillo y siguió hasta el final; allí se detuvo en seco.
    – ¿Qué hace usted aquí fuera?
    – Fumando el último cigarrillo antes de ir a dormir. -En la intensa oscuridad reinante en el exterior de la casa, la silueta del marshal era casi invisible. Dio una calada al cigarrillo y un punto rojo luminoso se encendió en la espesa noche.
    – ¿No debería estar haciendo su ronda?
    – Es una noche tranquila. Desde que tenemos ordenanzas, el pueblo ha empezado a ser más tranquilo.
    – Dejemos algo claro, marshal. Me molesta que me espíe.
    Noah exhaló una bocanada de humo mientras reía para sus adentros.
    – ¡Tengo veinticinco años! -exclamó Sarah enfurecida-. ¡Soy lo suficientemente mayor como para cuidar de mí misma y pasar las noches con quien yo elija!
    – Tiene toda la razón -respondió él con serenidad, reclinado contra la pared-. Buenas noches, señorita Merritt.
    Sarah lo dejó como estaba y se dirigió a su cuarto para acostarse y pensar en los besos de Arden. Había sido, admitió al fin, una experiencia muy satisfactoria.

    Dada la expectación que la presencia de Sarah había despertado desde su llegada a Deadwood, hasta ella misma se había sorprendido de que ningún otro hombre excepto Arden Campbell la hubiera abordado con intenciones parecidas. No obstante, la cita con Arden pareció destapar un mar de fondo. El domingo siguiente, tres pretendientes aparecieron en casa de la señora Roundtree preguntando por ella.
    El primero era un total desconocido… de edad madura, cintura gruesa, pestañas tupidas y una cara en forma de calabaza con protuberancias por todas partes. Dijo llamarse Cordry Peckham, y según sus propias palabras era un hombre acaudalado; había encontrado mucho oro en el arroyo Iron durante el verano y le compraría gustoso lo que ella quisiera, con la única condición de que lo acompañase en un paseo en su coche de caballos.
    Sarah se lo agradeció y le explicó que no podía aceptar dar un paseo con un desconocido.
    El segundo era Elias Pinkney, que levantó los ojos hacia ella, se puso del color que su nombre indicaba y su calva se llenó de sudor mientras la invitaba a cenar a su casa. Tenía un órgano de trece notas que, según indicó, ella podría tocar si lo deseaba, además de un visor estereoscópico con una gran colección de fotografías de lugares tan maravillosos como las cataratas del Niágara, el Covent Garden y el Taj Mahal. También poseía un arpa plegable, un valioso juego de ajedrez tallado en marfil indio, una biblioteca nada desdeñable, de la que ella podría escoger a su gusto y una increíble rareza llamada calidoscopio, que había que ver para creer. Ella encontraría muchos entretenimientos, estaba seguro, si aceptaba su invitación.
    Sarah agradeció al segundo pretendiente su amabilidad y rechazó la oferta, sintiendo algo de lástima por aquel pobre imbécil y reprimiendo el impulso de secarle la calva con un pañuelo. El tercero era Teddy Ruckner, que la invitó a cenar a su restaurante aquella noche. Había estado guardando una pieza de carne de buey, según explicó, que prepararía con verduras, y un pudín caliente (que ya sabía que era uno de los postres preferidos de Sarah). Teddy parecía un joven razonable. Le caía bien y era de su misma edad; ella almorzaba casi siempre en su restaurante y le parecía una compañía agradable. También pensó que sería prudente demostrarle a Arden Campbell que la noche con él no implicaba ningún tipo de compromiso. Además, la idea de comer carne de buey sonaba a gloria.
    Sarah aceptó la invitación de Teddy.
    Pasaron una velada de lo más amena. Teddy cocinó la carne con hojas de laurel, cebolla y jerez, y la sirvió con una salsa espesa y oscura y gran variedad de verduras. Tal como ella había supuesto, era un joven muy simpático. No sólo se esforzó en complacerla con la comida (había cerrado el restaurante para ellos y colocado un mantel color coral, servilletas a tono y una vela en la mesa), sino que pasaron tres horas muy entretenidas charlando sobre gran variedad de temas: Sólo la hija de un granjero, que él también había visto la noche anterior; el desagradable hábito, por desgracia tan extendido, de los masticadores de tabaco de escupir en plena calle; sus orígenes (había dejado atrás, en Ohio, a sus padres ancianos y a una hermana casada para ir a Deadwood a hacer fortuna); los de ella; el rumor de que alguien planeaba construir la tan necesitada prensa para convertir el oro en polvo; el apaño doméstico de apagar una vela sosteniéndola en lo alto, con lo cual se evita que humee en la parte baja de la sala; Teddy hizo la demostración, lo cual les hizo reír.
    De camino a la pensión no intentó cogerla de la mano, pero al pie de los escalones, se detuvo y le preguntó:
    – ¿Te importaría que te besara, Sarah?
    Ella, que había carecido de atención masculina durante toda su adolescencia pensó que ahora que se le presentaba la ocasión, no debía desaprovecharla. Es más, sentía curiosidad por saber si reaccionaría con tanta complacencia como con el beso de Arden.
    Teddy era mucho menos impulsivo. No utilizó la lengua. De hecho, se limitó a apoyar su boca con suavidad sobre la de ella y a entreabrirla ligeramente, tanteando con cautela. Sarah se desilusionó un poco.
    – Buenas noches -murmuró él cuando sus bocas se separaron-. Lo he pasado muy bien.
    – Yo también. Gracias, Teddy.
    Para alivio de Sarah, el marshal Campbell le había tomado la palabra y no estaba esperándola. El camino al dormitorio estaba libre.
    Al día siguiente, intercambiaron saludos forzados a la hora del desayuno, como cimentando un muro invisible. Cuando Sarah llegó a la oficina del Chronicle, Patrick Bradigan ya estaba trabajando.
    – ¿Buenos días, Patrick. ¿Has comenzado una nueva vida? -Le dijo Sarah en tono de broma-. Son sólo las ocho.
    – Si lo quieres llamar así, pues sí.
    Sarah lo miró más atentamente y se dio cuenta de que no tenía buen aspecto. Le brillaban mucho los ojos y tenía la cara muy roja.
    – ¿Te encuentras bien, Patrick? Estás muy colorado esta mañana.
    – Estoy bien. Bueno, quizás un poco cansado.
    – ¿Por qué, qué ha ocurrido? Si estás enfermo no has debido venir a trabajar. -Se acercó y le tocó la frente-. Deberías meterte en la cama si…
    – No tengo la viruela, no te preocupes por eso. -Le cogió la muñeca con fuerza y se puso de pie. Su aliento no olía a whisky pero tenía los ojos inyectados en sangre.
    – ¿Entonces, qué pasa?
    – Bueno… -Esbozó una tímida sonrisa-. Son los locos deseos de un hombre enamorado. -Contempló la mano de Sarah, aún en la suya-. Creo que será mejor que te lo diga antes de que uno de esos jóvenes te haga la misma proposición y aceptes. Me preguntaba, bella muchacha, si me harías el honor de convertirte en mi esposa.
    Sarah se quedó boquiabierta.
    – Pero, Patrick…
    – Sé que es repentino, pero escúchame bien. He comenzado una nueva vida. Hoy no he bebido ni un trago. No, no apartes la mano. -Se la sujetó con fuerza-. Desde el momento en que te dejé el oro para pasar la noche me dije: Patrick, muchacho, ésta es la mujer de tus sueños. ¡Y cuando supe que tenías mi misma profesión me dije, por Dios, estaba escrito en el cielo!
    – Oh, Patrick…
    Él la besó.
    Sarah se quedó inmóvil y se lo permitió. Ninguna de las reacciones del beso de Arden se dieron esta vez. Sarah sólo sintió desencanto y deseos de que aquello terminara. La boca de Patrick estaba más húmeda y desesperada que la de Arden o la de Teddy y Sarah podía notar el temblor de sus manos. Cuando separaron sus labios, él mantuvo unos instantes entre sus manos la cabeza de Sarah, y proclamó con solemnidad:
    – Puedo dejar de beber, ya lo verás.
    – Por supuesto que puedes, con o sin mí.
    – Entonces di sí.
    Sarah retrocedió, obligándole a que la soltara.
    – No soy católica, Patrick.
    – ¿Qué importa eso aquí? Nos casaría el juez del distrito y después un pastor, el que llegue primero, sea de la iglesia que sea.
    – Lo siento, Patrick -respondió ella con delicadeza-, pero no estoy enamorada de tí.
    – ¡Que no estás enamorada de mí! ¿Cómo puedes no amarme cuando soy capaz de componer dos mil emes por minuto e imprimir una página en cuarenta y cinco segundos? -Sonrió como un muchacho.
    – Patrick, por favor -le rogó en voz baja-. No hagas esta situación más difícil para los dos. No quiero perderte como empleado, pero no puedo casarme contigo.
    Observó en él los típicos síntomas de la abstinencia. Permanecía de pie, con expresión grave, mortificado aunque tratara de disimularlo, con el corazón roto pero intentando tomarlo a la ligera.
    – Ah… bueno. -Dijo haciendo un gesto despreocupado con la mano-. No hay mal que por bien no venga. Ahora ya no tendré que comprar una casa y un montón de muebles, ¿no? No estaba seguro de poder hacerlo. -Volvió a su trabajo, pero a los pocos minutos, Sarah lo vio beber un trago de la petaca y, a media mañana, su cara resplandecía como un atardecer irlandés.
    Cuando Josh llegó, percibió la tensión.
    – ¿Pasa algo? -preguntó.
    – Nada-contestó ella.
    Pero desde aquella mañana, nada fue igual entre Patrick y Sarah. La violencia de la situación acabó con la armonía que hasta entonces había reinado en la oficina del Chronicle. Sin embargo, ella se sentía agradecida por lo discreto de la declaración de Bradigan, en la oficina. Nadie tenía por qué enterarse. A medida que transcurría la semana, la atención masculina hacia ella se incrementó y Sarah empezó a sentirse como un espécimen valioso bajo una campana de cristal. Los hombres entraban en la oficina del periódico para ofrecerle de todo, desde los relicarios de sus madres hasta participaciones en las minas de oro. A cambio, requerían su compañía para comer, cenar, ir al teatro, a las salas de juego, a meriendas campestres (¡Era noviembre, por el amor de Dios!), e incluso para desayunar, si es que alguien podía merecer tal honor. Sarah rechazó sistemáticamente todas las invitaciones: tenía trabajo que hacer.
    Un sábado, Arden Campbell apareció con la sombrilla verde amarillento con rayas blancas y se la dio, mientras exhibía su ancha sonrisa.
    – No puedo aceptarlo, Arden.
    – ¿Por qué no?
    – Bueno… porque…
    – ¿Porque la gente se enteraría de que he sido yo quien te la ha regalado y pensaría que eres mi chica?
    – Sí, por eso. Además, estamos a mediados del invierno. ¿Qué haría con ella?
    – Guardarla hasta la primavera. Bueno, esta noche te llevo a cenar, y no acepto un no como respuesta.
    – Pues vas a tener que hacerlo.
    – No lo haré. He pagado catorce gramos de oro por esa sombrilla. Estás en deuda conmigo.
    Sarah rió y abrió la sombrilla, la hizo girar y observó cómo cambiaba el color y el dibujo según la velocidad del giro.
    – Eres imposible, Arden.
    – Tienes toda la razón. Ahora cierra eso y vamos.
    Así que salió de nuevo con él y se lo volvió a pasar de maravilla. Arden la hacía reír como ningún otro hombre que hubiera conocido. Bromeó -algo nuevo para Sarah- y encontró en sí misma una faceta divertida que ignoraba poseer. Y, al final de la noche, él la besó otra vez, turbándola de nuevo. La deslumbró con su lengua y trató de tocarle los pechos; para sorpresa de Sarah, casi la convenció de que se lo permitiera.

    Al día siguiente por la tarde fue a visitar a Addie. El recibimiento inicial fue algo frío, pero se volvió más cálido mientras le hacían gestos cariñosos a Mandamás, rascándola y utilizándola como puente entre ellas. Pasado un rato, Addie se sentó con las piernas cruzadas cerca de los almohadones, dónde Mandamás jugaba con un sonajero de abalorios de vidrio rojos. Sarah se sentó a los pies de la cama. Era una tarde nublada y habían encendido una pequeña lámpara… el ambiente perfecto, pensó Sarah, para que dos hermanas se reconciliaran y se hicieran confidencias.
    – Tengo un admirador -empezó Sarah.
    – Por lo que he oído, todos los hombres del pueblo son admiradores tuyos.
    – Bueno, uno en particular.
    – ¿Quién?
    – El hermano del marshal, Arden Campbell.
    – Ahhh, el encantador.
    – Sí, lo es, ¿verdad? Pero tiene cuatro años menos que yo. ¿Crees que eso tiene importancia?
    – ¿Y me lo preguntas a mí? -exclamó Addie-. ¿Por qué?
    – Porque siempre has sabido más de esas cosas que yo. Incluso cuando éramos niñas sabías cómo actuar con los chicos. Yo estaba ocupada ayudando a papá a publicar un periódico y no tenía tiempo para aprender los principios básicos de… bueno, del juego amoroso.
    – ¿Juego amoroso? -La expresión infantil sorprendió a Addie y la hizo reír-. Para ser una mujer capaz de sacar mil palabras de la chistera en cualquier ocasión, te ha costado bastante decir eso, ¿no?
    – No te rías de mí, Addie. Soy cuatro años mayor que tú, pero me llevas diez años de ventaja en estos temas.
    – ¿No te parece impropio pedirme consejo cuando sabes lo que soy? ¿Lo que hago?
    – Te pido que por un momento olvides lo que haces y no dejes que se interponga entre nosotras. No se me ocurre otra manera de que podamos volver a ser hermanas. Además, necesito tu consejo.
    Addie dejó de mover el sonajero y la gata se concentró en un pliegue de su bata. Durante un rato, ninguna de las dos habló, aunque se miraron a los ojos con intensidad.
    – ¿Qué quieres saber?
    – Tres hombres me han besado últimamente. ¿He hecho bien al permitírselo?
    – No veo por qué no.
    – Porque uno es mi empleado, otro es alguien que no me atrae en particular y el tercero tiene cuatro años menos que yo y es peligrosamente atractivo.
    – ¿Qué te pareció?
    – Fue interesante.
    – Será más que interesante cuando te bese el hombre al que ames.
    – ¿Cómo sé que no es uno de ellos?
    Addie parecía una experta.
    – Porque cuando te bese ese hombre, te hará sentir como un terrón de azúcar, y desearás serlo y que él lo deguste hasta la última gota.
    – Ocurrió algo parecido con Arden, pero es demasiado joven e impulsivo para mi gusto. Tiene demasiada prisa. Teddy Ruckner es muy distinto. Simplemente pasamos un buen rato juntos. Hablamos de muchas cosas, me preparó una cena exquisita y después me acompañó a casa. Pero su beso fue más bien soso y decepcionante. Después vino el de Patrick… ése fue embarazoso y desde entonces ambos nos sentimos bastante violentos. Pero lo que me pregunto, Addie, es esto… ¿es correcto que acepte invitaciones a cenar y al teatro de diferentes hombres?
    – Por supuesto. Si quieren gastar su dinero en tí, déjalos, pero recuerda una cosa: si quieres que se casen contigo, manten tu falda abrochada.

    El periódico crecía. Se publicaban cuatro páginas dos veces a la semana y el último número anunciaba que la oficina del Deadwood Chronicle se había convertido en el primer local con paredes enyesadas de todo Deadwood; se había descubierto una importante veta de cuarzo en el cañón Black Tail y los dueños estaban pulverizando el mineral con morteros y luego separando los metales preciosos a mano a falta de bocartes. En la propiedad número 3 del cañón Deadwood, Pierce & Co. estaba extrayendo un promedio de 400 dólares por día, mientras que el clima frío había puesto punto final a la minería de superficie en muchos de los arroyos hasta la próxima primavera. El telégrafo llegaba a Custer City, que se encontraba a unos cuarenta kilómetros, y la semana siguiente los postes llegarían hasta Deadwood. Se estaba preparando una fiesta en el Grand Central para celebrar la llegada de las ansiadas líneas al pueblo. El condado de las Montañas Negras pronto contaría con un mapa fiable, ya que el señor George Henkel, famoso ingeniero civil, había pasado el verano realizando una agrimensura y pronto completaría los mapas. El gobernador de Wyoming, Thayer, y varios concejales del condado ofrecían una recompensa de doscientos cincuenta dólares por la captura de los forajidos que operaban en la ruta de la diligencia entre Cheyenne y las Montañas Negras. No se habían registrado nuevos casos de viruela. Elias Pinkney había donado al pueblo un terreno para la construcción de un edificio que hiciera las funciones de iglesia y escuela, y la cantidad de dinero que se destinaría para la construcción del edificio se determinaría por voto público el día 4 de diciembre. En cuanto el telégrafo llegara a Deadwood, se pondría un anuncio en los periódicos de las ciudades más importantes requiriendo una maestra de escuela para el próximo curso.
    Una fría tarde de finales de noviembre, Sarah estaba revisando las pruebas de la edición. El fuego ardía en la estufa redonda que había al fondo de la oficina, ahora mucho más clara, con las lámparas proyectando su luz contra las nuevas paredes blancas. En una mesa de trabajo, Patrick enseñaba a Josh los principios de la composición de tipos, mientras componían el programa para la próxima obra teatral del Bella Union. El agradable olor a tinta y a pino ardiendo flotaba en la habitación. El murmullo de las voces masculinas se confundía de tanto en tanto con el ruido de madera cuando Patrick y Josh escogían fornituras o grabados para el panfleto.
    La puerta se abrió y Sarah se volvió en su silla giratoria.
    Un hombre había entrado y le sonría abiertamente. Llevaba un bombín de castor y una capa de lana a cuadros. Sarah se quitó las gafas para verlo mejor.
    – Hola, Sarah.
    – ¡Robert!
    Su corazón dio un salto; saltó de la silla y le abrazó estrechamente en mitad de la oficina. Durante todos los años de amistad con Robert Baysinger, nunca había tenido más contacto físico con él que algún que otro apretón de manos, pero su inesperada llegada borró todo rastro de convencionalismo estéril de sus mentes.
    – ¿Qué diablos estás haciendo aquí? -preguntó, oprimida por sus brazos.
    – Recibí tu carta.
    Se apartaron pero permanecieron cogidos de las manos, estudiándose.
    – ¡Oh, Robert, qué alegría tan grande! -Desde el primer día en que, siendo un jovencito apuesto, había puesto un pie en su casa, Sarah se había estremecido con su presencia. Pero él sólo había tenido ojos para Addie.
    – Yo también me alegro de verte. Tienes muy buen aspecto.
    – Tú también. -Nunca lo había visto tan elegante. Se había dejado crecer la barba y el bigote, cosas que en la mayoría de los hombres resultaban vulgares, pero que a Robert le daban un toque de distinción. A Sarah le gustaron de inmediato.
    – Que ganas tenía de ver a alguien de casa, y aquí estás, entrando en mi oficina como si sólo hubieras cruzado la calle.
    – He cruzado más de una calle, créeme. -Rieron y él le soltó las manos-. ¿Hay algún sitio donde podamos hablar en privado?
    – Oh, Dios… -Sarah pensó deprisa-. Sí, en casa de la señora Roundtree, donde vivo. No debe de haber nadie en la sala de estar a esta hora. Pero primero pasa. Te presentaré a unos amigos.
    Lo condujo hasta Josh y Patrick, que habían estado observando la escena sin ocultar su curiosidad.
    – Patrick Bradigan y Josh Dawkins, quiero presentaros a un viejo amigo, Robert Baysinger. Acaba de llegar de St. Louis. Mientras se estrechaban las manos, Sarah decía-: Patrick es mi componedor de tipos y Josh nuestro aprendiz. -Los tres intercambiaron frases corteses en tanto ella cogía su abrigo y se ponía un sencillo sombrero de lana marrón-. Estaré fuera un rato. Si no estoy aquí a la hora de cerrar, hacedlo vosotros.
    Cogidos del brazo, se encaminaron a la pensión de la señora Roundtree.
    – Me has dado una gran sorpresa, Robert.
    – Está claro. Pero no desagradable, espero.
    – Por supuesto que no. ¿Cómo te ha ido?
    – Mal. No estoy muy seguro de estar haciendo lo correcto.
    – Has venido a ver a Addie, desde luego.
    – Claro. Tomé la decisión cuando recibí tu carta, pero los preparativos me llevaron bastante tiempo.
    – No es la misma, sabes.
    – Quizá no, pero me he dado cuenta de que no viviré en paz hasta que intente sacarla de la vida sórdida en que ha caído. Dime que soy un estúpido… lo soy, lo sé… pero aún no he podido olvidarla. Así que conseguí apoyo financiero de un grupo de inversores y he venido a construir un bocarte.
    – ¡Un bocarte! Oh, Robert, te harás rico enseguida.
    – Eso espero -dijo riendo.
    – Necesitamos uno desesperadamente.
    – Eso se leía entre líneas en tu carta.
    – ¿Qué sabes al respecto?
    – No mucho, pero estoy aprendiendo. Fui a Denver, compré los majadores y aprendí todo lo que pude. Es un procedimiento bastante simple y confío en que los mineros experimentados me ayuden con la instalación.
    Habían llegado a la pensión de la señora Roundtree. En la sala, Robert la ayudó cortésmente a quitarse el abrigo.
    – Gracias -dijo Sarah,observando cómo él lo colgaba en el perchero junto a la capa. Hacía mucho tiempo que un hombre no tenía esos miramientos hacia ella. Robert lo hacía con la naturalidad de un verdadero caballero. Había sido su ideal de hombre y todavía lo era. ¿Cómo había podido abandonarlo Addie?
    Robert esperó hasta que ella se hubo sentado para acomodarse en una silla cercana.
    – Ahora, cuéntamelo todo -le pidió.
    – Oh, Robert… -Sarah suspiró con expresión apenada-. No debes esperar encontrarte con la misma mujer, ni ser recibido con alegría. Se ha convertido en una persona muy dura, distante la mayor parte del tiempo, con una especie de coraza para impedir cualquier acercamiento por parte de otro ser humano.
    – ¿Todavía se muestra así contigo?
    – Algo he progresado. Le compré una gata… igualita al viejo Mandamás. Te acuerdas de Mandamás, ¿no?
    – Sí, por supuesto que sí.
    – Eso pareció romper algo el hielo. He conseguido sentarme a su lado en la habitación y charlar con ella, pero se niega a ir a verme a la oficina o a venir aquí. Jamás me he cruzado con ella en la calle y no quiere hablar del pasado. Así que si pretendes sacarla de aquel lugar, tendrás que emplearte a fondo.
    – Gracias por advertírmelo. Me moveré con muchísima cautela.
    Sarah sintió pena por él, por su perpetua devoción hacia una mujer que no le merecía y que, sin duda, le heriría mucho más que a ella.
    – Oh, Robert… -Se inclinó en la silla y le cubrió una mano con la suya-. Estoy tan contenta de que estés aquí.
    Robert sacó su mano de debajo de la de Sarah y apretó la de la mujer diciendo:
    – Lo mismo digo. -Pasados unos segundos de afectuoso silencio, se reclinaron acercando sus rostros-. Háblame de tí, del periódico, de la gente de aquí y del oro. Las noticias siguen asombrando al resto del país.
    Mantuvieron una larga y amena conversación, hasta que el resto de pensionistas comenzó a aparecer para cenar.
    – ¿Dónde estás alojado? -preguntó cuando Robert se puso en pie para marcharse.
    – En el Hotel Grand Central.
    – He oído decir que están enyesando algunas habitaciones. Tal vez tengas suerte y consigas una.
    La puerta principal se abrió y Noah Campbell entró en la sala, con su gruesa chaqueta de piel de oveja y el Stetson puesto. Mientras cerraba la puerta, sus ojos grises escudriñaron a Sarah… a Robert… y nuevamente a Sarah durante un brevísimo instante, menos de lo que tarda una cerilla en encenderse cuando ya ha hecho chispa. Saludó lacónicamente con la cabeza y comenzó a subir las escaleras.
    – Espere un momento, marshal -gritó Sarah inesperadamente. Noah se giró y se detuvo a unos metros de donde se encontraban ellos, con las piernas separadas y el sombrero aún puesto-. Le presento a Robert Baysinger; acaba de llegar de St. Louis. -Luego añadió, mirando a Robert-: Noah Campbell, nuestro marshal. También vive aquí.
    – Baysinger.
    – Marshal.
    Los dos hombres se estrecharon la mano. Robert sonrió. Noah no.
    – El señor Baysinger piensa instalar un bocarte.
    – Buena suerte -le deseó Campbell y se alejó con la suficiente brusquedad como para quedar como un grosero imperdonable.
    – Tengo la impresión de que no le he caído demasiado bien a tu marshal -comentó Robert cuando las pisadas de Noah se perdieron en el pasillo de arriba.
    – No te preocupes. Creo que nadie le cae bien. Es un amargado.
    Rieron bajito al despedirse y Robert rozó su mejilla con los labios.
    – Hasta luego.
    – Ya sabes dónde encontrarme.
    – Deséame suerte con Addie.
    – Buena suerte.
    Durante la cena, Noah se mostró distante. Habló con los demás, bromeó y rió, pero cada vez que su mirada se topaba con la de Sarah, adoptaba una expresión seria. Más tarde, ella subió a su cuarto a buscar el abrigo y volvió a la oficina para terminar la corrección de pruebas que había dejado a medias.
    Aún quedaban brasas en la estufa y el reloj le hacía compañía con su suave y monótono tic-tac. Llevaba un cuarto de hora leyendo, sentada en su escritorio, cuando la puerta se abrió y Noah Campbell entró.
    Sarah se quitó las gafas, giró sobre la silla y no se movió.
    – ¿Puedo hacer algo por usted, marshal?
    – Sólo estoy haciendo mi ronda.
    Ella se reclinó, dejando sus gafas de puente de alambre sobre la mesa.
    – Estoy segura de que por la ventana se ve que todo va bien.
    – Por lo general no viene aquí después de cenar.
    – ¿Debo pedirle permiso para hacerlo?
    – No.
    – Entonces no lo haré. -Se volvió para continuar con su trabajo, esperando que él se marchara. A sus espaldas, todo estaba en silencio y el reloj seguía marcando el paso del tiempo.
    – ¿Dónde está Baysinger? -preguntó Campbell de pronto.
    Sarah se giró de nuevo para encararse con él. Se volvió a quitar las gafas, las dobló y las dejó sobre la mesa.
    – Ha sido muy grosero con él, ¿sabe?
    – ¿Quién es?
    – Un viejo amigo.
    La miró fijamente unos segundos y cambió el pie en el que apoyaba el peso de su cuerpo.
    – Está haciendo muchos amigos, ¿no?
    – ¿Tengo que pedirle permiso para eso?
    – ¡No seas impertinente, Sarah, sabes a qué me refiero!
    Estaba casi segura de que era la primera vez que la llamaba por su nombre de pila.
    – Me temo que no sé a qué se refiere. ¿Podría aclarármelo?
    – ¡La gente habla! ¡Si continúa así, dirán que está cortada por el mismo patrón que su hermana!
    – ¿Si continúo cómo?
    – ¿Cómo?, ¡continuamente con hombres diferentes!
    – ¿Está dándome un sermón sobre moral, señor Campbell?
    – ¡Bueno, alguien tenía que hacerlo! ¡Con Baysinger suman cuatro los hombres con que ha estado en las últimas dos semanas! ¿Qué impresión supone que causa eso?
    – ¿Olvida dónde estaba usted la noche que lo conocí?
    – ¡Eso no tiene nada que ver! -Apuntó con un dedo al suelo.
    – ¿Ah, no? ¡Usted frecuenta el prostíbulo local y yo no puedo verme con hombres respetables en lugares públicos sin tener que escuchar sus sermones! ¿Qué pasaría si la cosa fuera al revés?
    Noah frunció el entrecejo y luego alzó las manos.
    – No sé para qué malgasto saliva.
    – Yo tampoco. En el futuro, ¿por qué no se la ahorra? Ahora, si me disculpa, marshal, tengo trabajo que hacer.
    Le dio la espalda y él se quedó unos segundos mirándola furioso; luego se encaminó hacia la puerta con pasos fuertes y dio un portazo con una vehemencia innecesaria, dejando a Sarah con los ojos clavados en los compartimientos empotrados de su escritorio, y el corazón latiéndole, agitado y confundido, a toda velocidad.

Capítulo Diez

    En Rose's, era la hora de comer para el primer turno. La cocinera había preparado pollo y pudín de pasta rellena. El olor a comida llegaba hasta la habitación de Addie y le hacía la boca agua. Enfundada en una bata, cogió a Mandamás y salió del cuarto.
    – Ven conmigo, gatita; te daré un poco de salsa.
    No había muchas cosas buenas que contar sobre esa vida, pero la comida era una de ellas. Se alimentaban como reinas. Tenían a su disposición productos frescos, una vaca propia que dormía en un establo (¡después de todo, necesitaban mantequilla!) y toda la leche, crema, azúcar, patatas, pudines y tortas necesarias para mantener contento a un grupo de mujeres confinadas. Glorianne era una buena cocinera y no escatimaba en nada.
    En la puerta de la cocina, Addie se encontró con Ember, una de las francesas.
    – ¿Qué haces tú aquí? -inquirió con expresión furiosa-. ¡Tienes prohibido estar aquí con nosotras! -Pasó junto a la mujer adelantando primero un hombro, asegurándose de que ni siquiera el pelo de la gata rozara el brazo de Ember.
    – Tranquila, Eve, querida. Sólo he bajado a llenar mi recipiente de mantequilla.
    – ¡Llénalo cuando te toque!
    – ¡No eres la dueña de la cocina, puta!
    – ¡Si lo fuera, tú no trabajarías aquí!
    Existía una particular estratificación social que se hacía evidente a la hora de comer: las francesas, especializadas en el sexo oral, comían después de las convencionales, que despreciaban a las otras por lo que hacían en el piso de arriba. La tensión entre los dos grupos daba lugar, en el mejor de los casos, a mordaces enfrentamientos verbales y, en el peor, a muertes.
    En el último burdel donde Addie había trabajado, una de las convencionales, llamada Laurel, había puesto vidrio triturado en el agua del lavado vaginal de una francesa llamada Clover.
    Sin embargo, Addie tenía amigas en Rose's… buenas amigas. Jewel, Heather y Larayne ya estaban sentadas a la mesa cuando ella entró en la cocina con la gata en brazos. Flossie también estaba allí, pero Flossie nunca hablaba, sólo comía sin bajar la cabeza y abandonaba la habitación haciendo un eructo.
    – Yo de tí tendría cuidado con ese gato estando cerca Ember -le advirtió Heather-. Está celosa de que lo tengas.
    – Si se le ocurre tocar un pelo de esta gata, se convertirá en una puta con un solo pezón.
    Todas rieron menos Flossie; luego comenzaron a almorzar. En el suelo, bajo la mesa, Mandamás recibió su ración de pollo y pudín, mientras que alrededor de la mesa, cuatro mujeres entradas en carnes engullían lo mismo, seguido de una porción enorme de pastel de chocolate relleno de caramelo y nuez y cubierto con crema. Animándolas a comer más y más estaba Glorianne, una inmensa mujer blanca que las trataba a todas por igual, de modo que todas la querían. Glorianne era la madre que algunas jamás habían conocido, la abuela que algunas recordaban y el mayor consuelo en las sórdidas vidas de la mayoría, porque Glorianne era sinónimo de… comida. Almorzaban así todos los días, con voracidad. Al anochecer, poco antes de que comenzaran a llegar los clientes, prácticamente no probaban bocado.
    – Estoy muy orgullosa de vosotras, chicas -dijo Glorianne mientras movía su enorme cuerpo alrededor de la mesa llenando de nuevo las tazas de café.
    Flossie se puso de pie, eructó camino de la puerta y se marchó sin abrir la boca.
    – ¿Alguna vez habéis visto sonreír a Flossie? -preguntó Larayne a las demás.
    – Nunca -contestó Jewel.
    – Un par de veces, mientras acariciaba a Mandamás, pareció a punto de hacerlo -intervino Addie-, pero supongo que, realmente, no debían ser más que eructos.
    Larayne se agachó y cogió a Mandamás. Sosteniéndola cerca de su cara, comentó:
    – Ojalá tuviera un gato.
    – Ojalá tuviera un hombre -dijo por su parte Jewel.
    – ¿Cuántos quieres? -dijo Addie-. A partir de las seis habrá montones entrando por la puerta.
    Era una vieja broma con muchas variaciones. Se habían reído de ella cientos de veces. En esta ocasión también lo hicieron.
    – Un día de estos -dijo Larayne con expresión melancólica y acariciando a la gata-, un minero entrará aquí con los bolsillos llenos y…
    – Ah… sus bolsillos estarán llenos. -La interrupción de Jewel arrancó las risas de Addie y de Heather.
    – … y me dirá: Larayne, querida, compremos una granja en Missouri y criemos vacas, algunos chicos y gallinas y escuchemos el arrullo de las palomas sentados en el porche al atardecer.
    El grupo guardaba silencio. El ronroneo del gato llenaba la estancia.
    – ¿Eso es lo que quieres? ¿Una granja en Missouri? -preguntó Jewel-. Yo preferiría una gran ciudad… Denver, tal vez. Mi hombre manejaría un banco o una joyería y viviríamos en una de esas casas enormes con porches y cúpulas como el sombrero de una bruja, y habría una cochera en la parte de atrás donde viviría el servicio, y los domingos pasearíamos en coche por la calle principal como me han contado que hace la gente bien.
    – ¿Tendrías hijos?
    – Mmm… uno o dos quizá.
    – ¿Y tú Heather? ¿Dónde vivirías?
    – Viviría donde se pudiera ver el mar; mi hombre y yo cabalgaríamos por la playa. Tendríamos muchas flores alrededor de la casa y cuando me doliera la espalda él me daría un masaje, y no desearía otra cosa… y me lo daría sin pedir nada a cambio.
    Quedaron unos instantes pensativas: un hombre que no pidiera nada a cambio. Un hombre que las sacara de aquella vida para colmarlas de amor marital. Era la fantasía que las ayudaba a sobrevivir día tras día.
    – ¿Y tú Addie?
    La expresión de Addie se volvió siniestra y dura.
    – Vosotras y los hombres. Es en lo único en que pensáis… bueno, estáis perdiendo el tiempo. Nadie os sacará de aquí, y aunque así fuera, acabaríais por arrepentiros. No existe un solo hombre por el que valga la pena hacerse ilusiones.
    Addie era la única que mantenía una postura cínica; nunca se dejaba seducir por las fantasías.
    En aquel momento entró Rose, vestida con una bata roja.
    – Hora de subir, chicas; vamos, las demás también han de comer. -Se suscitaron las habituales protestas.
    – Todavía estamos tomando el café… que esperen… eres muy dura, Rose… -A pesar de las quejas, dejaron la cocina llevándose la gata y las tazas consigo.
    Addie pasó la tarde planchando su ropa interior de algodón. Remendó algunas costuras descosidas en sus vestidos y corsés, preparó la mezcla para teñirse el pelo y realizó tres bocetos al carbón bástante malos de la gata en distintas posturas. A las cinco, encendió la lámpara. Dudaba respecto al peinado que se haría para esa noche -¿oriental o francés?-, calentó las pinzas de rizar, se decidió por un moño alto que adornó con unas plumas, se empolvó el pecho, se pintó los labios y los ojos y se metió en el interior de un corsé que a duras penas le llegaba a los pezones. Debajo, llevaba calzones de algodón; encima, la bata negra con amapolas color escarlata y, en los pies, zapatillas de satén escarlata… las chicas que usaban zapatos rojos atraían más clientes.
    Como siempre, la charla sobre los hombres la había deprimido. Se miró al espejo: su boca estaba tensa y sus ojos tenían una expresión mortecina.
    Tenía tiempo de bajar y comer un pedazo de pastel: el reconfortante pastel de chocolate, caramelo y nueces de Glorianne.
    En la cocina, cortó un trozo y se quedó de pie junto al cajón de la leña, comiendo. Larayne entró, bebió un sorbo de agua y cogió una galletita de avena.
    Rose irrumpió. Llevaba un vestido ceñido de color azul zafiro, desgastado por el uso.
    – Un tipo ahí afuera pregunta por tí, Eve. Será mejor que vayas.
    – Oh, maldita sea. ¿Quién es?
    – Nunca lo había visto antes.
    – Estoy comiendo.
    – No se puede hacer esperar a los clientes.
    Addie dejó el plato sobre la mesa con brusquedad. Cuando se dirigía hacia la puerta, Rose la cogió del brazo.
    – No uses el reloj de arena con éste, Eve. Por la forma en que va vestido, vale mucho más que un dólar por minuto. Primero tantéalo un poco, ¿de acuerdo?
    – Sí -respondió Addie. En aquel negocio, no existían los precios fijos. Con los habituales, que entraban y salían en cuestión de minutos, se utilizaba el reloj de arena, pero cuando aparecía uno nuevo, la chica tenía que charlar un rato con él para hacerse una idea del precio que podía cobrarle, siempre el más elevado posible. A veces, si un hombre no tenía dinero, podía pagar con un reloj de oro o cualquier objeto de valor que llevara encima. En cierta ocasión, Addie había estado con un cliente por una bolsa de frijoles secos.
    Éste, según Rose, parecía rico.
    Addie lo vió primero de espaldas. Estaba de pie en la sala leyendo el «menú», cuando ella entró y lo miró a través de la baranda de la escalera.
    Aunque nadie en Rose's la llamaba Addie, había veces, sobre todo desde que Sarah había llegado al pueblo, que pensaba en sí misma con ese nombre: la Addie que había sido hasta los doce años, sosteniendo a Mandamás, alimentándolo junto a su silla, junto a sus amigos; era en esos instantes de ensueño, cuando más cerca estaba de la Addie del pasado. Pero mientras se acercaba al hombre en la sala, era Eve.
    Se aflojó el cinturón de la bata.
    Avanzó contoneando las caderas.
    Entornó los ojos.
    Abrió los labios.
    Habló con voz de contralto.
    – Hola, querido. ¿Buscas a la pequeña Eve?
    Él se giró y se quitó con lentitud el sombrero bombín que llevaba puesto.
    – Hola, Addie -susurró.
    Su sonrisa se desvaneció. Su corazón se detuvo y se puso pálida. La última vez que lo había visto, él tenía diecinueve años. Cinco años lo habían convertido en todo un hombre con patillas tupidas, un rostro algo más relleno y el cuello más ancho. También estaba más alto y debajo de la capa se adivinaba una espalda fuerte. Llevaba guantes de cuero y sostenía en ambas manos el costoso sombrero de castor.
    – ¿Robert? -murmuró.
    Él consiguió esconder su consternación.
    Estaba casi irreconocible, más gorda y semidesnuda, con el pelo estropeado y los ojos maquillados. A los quince años era tímida e infantil; a los dieciséis había ocultado sus pechos jóvenes bajo vestidos con grandes canesús con volantes. Ahora sus pechos tenían el tamaño de unos melones, expuestos casi hasta los pezones y la piel áspera y fofa como la masa de pan.
    – Sí, soy yo. -Sonrió con tristeza.
    – ¿Qué estás haciendo aquí? -preguntó, cerrándose la bata con una mano. Los ojos de Robert siguieron el movimiento, luego descendieron cortésmente al sombrero.
    – Sarah me escribió cuando te encontró. Se lo había pedido. -No levantó la vista hasta que ella se tapó por completo, con cierta dificultad, eso sí. Addie estaba ruborizada y se sentía mortificada.
    – No has debido venir.
    – Tal vez no. Sarah me dijo lo mismo. Sin embargo, si hay algo que tengo claro después de todo este tiempo, es que tengo que resolver este asunto.
    – Olvídame.
    – Ojalá pudiera -musitó con vehemencia-. ¿Acaso crees que no lo he intentado?
    – No valgo nada. Nada -sentenció ella.
    – No digas eso.
    – ¿Por qué no? Es la verdad.
    – No -respondió él convencido.
    Por un momento, intercambiaron miradas silenciosas y confundidas.
    – Es la verdad -repitió Addie.
    – Eras lo que yo más deseaba en el mundo. Eras dulce, inocente y afectuosa.
    – ¡Bueno, pero ya no lo soy! -replicó-. ¿Por qué no te vas?
    – No soy yo quien debe irse de aquí, Addie. Eres tú.
    – ¿Qué es esto, una conspiración? ¡Primero aparece Sarah metiendo las narices en mi vida! ¡y ahora tú! ¡Bueno, no os necesito a ninguno de los dos! ¡Soy una prostituta, y muy buena! ¡Gano más dinero en una semana de lo que ella ganará en un año con esa maldita imprenta, y trabajando la mitad! Como igual que una reina y me pagan por echarme de espaldas. ¿Cuántas personas conoces que tengan una vida tan fácil?
    Robert permaneció inmóvil unos segundos antes de responder en voz baja.
    – Me muestras tu peor cara para asustarme, ¿no es así?
    Lo miró como si no fuera más que una brizna en la pared de madera.
    – He de prepararme para recibir a mis clientes. Tendrás que disculparme. -Dio media vuelta y se dirigió hacia las escaleras.
    – No te librarás de mí tan fácilmente. Volveré.
    Addie subió las escaleras sin mirar hacia atrás, balanceando las caderas y con la cabeza alta.
    – ¿Me oyes, Addie? ¡Volveré!
    Addie entró en su cuarto, cerró la puerta y se apoyó contra ella. Le dolía el pecho. Le ardían los ojos. Los cerró con fuerza. Respiraba como si acabara de ser agredida.
    «¡Ha venido aquí a por mí!»
    No había una sola prostituta en todo el mundo que no tuviera un sueño similar al de sus amigas del burdel: un hombre que llegara para sacarlas de aquel submundo. No importaba lo groseras que fueran al hablar o el odio que profesaran hacia los hombres en general; todas deseaban ser rescatadas por uno y convertirse, a través del amor, en mujeres virtuosas. Y Addie no era diferente a las demás.
    «Oh, Robert, no quería que me vieras así, en este lugar donde me parece haber perdido el alma. Tenía que hacerlo… ¿no lo comprendes?… para sobrevivir. Y ahora irrumpes de pronto para confundirme y agitar en mí sentimientos de culpa y confusión y para despertar anhelos de cosas que una mujer como yo no merece.»
    Revivió el impacto de su encuentro con él en el piso inferior. Estaba leyendo la lista de aberraciones que podía practicar en aquel local cualquier hombre que lo deseara y pudiera pagarlo. ¿Habría pensado que ella hacía todo eso? ¿Lo mismo que las francesas? Sin embargo, se había quitado el sombrero. Oh, se había quitado el sombrero. Todavía apoyada con firmeza contra la puerta, Addie abrió los ojos y clavó la vista empañada en las vigas del techo. ¿Cuánto hacía que un hombre no se quitaba el sombrero en su presencia? Recordó el rostro impresionado de Robert; no había logrado disimular el rubor al ver sus pechos casi desnudos; al bajar la mirada tenía la cara roja y el dolor dibujado en sus ojos por el lenguaje soez que ella había utilizado deliberadamente.
    «No vuelvas más, Robert, por favor. No fui digna de tí entonces y no lo soy ahora. Si me obligas a decírtelo todo, tu dolor será mayor.»
    Abajo, el pianista comenzó a tocar Darling Clementine. Addie la había escuchado tantas veces que le crispaba los nervios. Se apartó de la puerta, atravesó el cuarto hacia el espejo, se pasó las manos por la cara con el objeto de retener las gotas oscurecidas por el maquillaje que se deslizaban por su cara y vertió agua en la palangana. Después de lavarse la cara, se maquilló de nuevo los ojos y se pintó la boca con pintalabios de color carmín; se pegó un lunar de terciopelo negro en su pecho izquierdo, justo encima del pezón; se perfumó el cuello, el espacio entre los senos y los muslos con perfume de azahar; comprobó el resultado final en el espejo y se dirigió a la habitación contigua.
    Allí, encendió una lámpara, puso un manta limpia de franela gruesa sobre la colcha, dio cuerda al reloj en la mesita de noche, lo colocó junto al reloj de arena, comprobó que el recipiente de mantequilla estuviera lleno, lo acercó para que quedara al alcance de la mano desde la cama, llenó la jarra y la palangana con la lata del pasillo, vertió cinco centímetros de agua en el orinal de porcelana junto a la puerta, volvió a poner la jarra y la palangana sobre la mesa de lavar y se apretó el corsé sobre su estómago redondo.
    Echó un vistazo a su alrededor y descubrió que Mandamás la había seguido. Levantó a la gata y dijo:
    – Vamos. Tú no tienes nada que hacer aquí.
    Con un cuidado y un cariño que no mostraba hacia ninguna otra criatura viviente, llevó al animalito a su habitación, lo dejó sobre la cama y le besó la cabecita. Quedaba a salvo de ser testigo del lado degradante de su vida.

    Abajo, los hombres esperaban. Uno llamado Johnny Singleton se alegró al verla y se apresuró hasta el pie de las escaleras mientras ella bajaba.
    – Hola, Johnny, querido. Has vuelto.
    – Por supuesto, preciosa. A ver a mi favorita.
    Con una naturalidad fruto de la práctica, Addie le hizo creer que le gustaba, que la cautivaba y que lo prefería a cualquier otro hombre en el mundo. Bromeó en el tono apropiado, rió cuando debía, le preguntó en un susurro seductor si ya había pasado por la sala del baño y lo condujo hasta el cuarto que había preparado en el piso superior. Una vez allí, le dio la vuelta al reloj de arena, llevó a cabo el acto con la suficiente falsa pasión para que él se sintiera poderoso y viril, recibió siete dólares en oro en polvo al acabar y lo despidió con un beso. Una vez se hubo ido, se puso de cuclillas sobre el orinal para enjuagarse rápidamente con los dedos, se lavó las manos, vació el orinal en la lata de agua sucia del pasillo y cambió la manta de la cama por una limpia.
    Una vez abajo, guardó el oro en un buzón cerca de la puerta de la cocina, escribió una x y dos l en un papel (x equivalía a cinco dólares y l a uno), firmó e introdujo también este papel en el buzón. Hecho esto, volvió a la sala de espera para fumar un cigarrillo y esperar al próximo cliente.
    A las cuatro de la madrugada había repetido el ritual veintidós veces. El recipiente con la mantequilla estaba casi vacío. En un cajón de madera se apilaban veintidós mantas de franela manchadas. En el buzón del piso de abajo había doscientos treinta y seis dólares puestos por ella.
    Pero Adelaide no había tenido nada que ver con todo aquello. Eve lo había hecho todo, había estado debajo de todos aquellos hombres en la deprimente habitación donde la cama nunca se abría. Había reído, bromeado y acariciado. Había arrancado sonidos guturales similares a los que podían oírse a través de las delgadas paredes. Había satisfecho deseos mientras se imaginaba cortando melocotones para una familia de cuatro miembros; recogiendo flores de colores con un vestido de organdí blanco; siguiendo a un collie para salir al encuentro de un hombre que se acercaba por un sendero, un hombre que se parecía mucho a Robert; galopando junto a él en la playa… cualquier fantasía que la ayudara a escapar de aquella habitación y de aquellos hombres…, todas las fantasías que se negaba a revelar cuando las demás soñaban en voz alta.
    Y, cuando acabó de limpiarse por vigésima segunda vez, se dirigió a su habitación particular y se acurrucó alrededor de la gata caliente y ronroneante que no le exigía nada, que no la utilizaba, ni la acusaba, ni abusaba de ella, ni le hacía preguntas.
    «Mandamás… calentita, ronroneante y dulce Mandamás… nunca me abandones…»

    Al día siguiente, Addie despertó poco antes del mediodía; sus pensamientos eran confusos. Tenía que hacer algo. Trató de concentrarse en ello, pero las imágenes en su mente aparecían borrosas, como vistas a través de una huella digital.
    Abrió los ojos con brusquedad.
    Ah, sí… Sarah. Hoy iba a poner las cosas en claro con Sarah.

    Aquella tarde, pasadas las dos, Sarah atendía a un cliente, Josh estaba fuera haciendo algunos recados y Patrick estaba ocupado limpiando tipos con un trapo untado en trementina cuando la puerta se abrió y Addie irrumpió en la oficina del Chronicle.
    Sarah alzó la cabeza y sonrió.
    – Estoy contigo en un minuto.
    Addie esperó cerca de la puerta; llevaba un sombrero de ala ancha azul marino y un velo que le cubría parcialmente la cara.
    Sarah aceptó cinco centavos por un ejemplar del periódico, deseó los buenos días al cliente y lo acompañó hasta la puerta. Al pasar junto a Addie, el hombre se fijó en ella con discrección, con lo que Sarah dedujo que la conocía, pero no tenía ningunas ganas de admitirlo a plena luz del día en el interior de un negocio respetable. Addie ni siquiera lo miró; se limitó a esperar a que saliera, tiesa como una estaca.
    Cuando el hombre salió, Sarah volvió a sonreír a su hermana.
    – ¡Me alegra mucho que hayas venido, Addie!
    – Bueno, no tiene importancia -replicó Addie-. Además, es la primera y última vez que pongo un pie en este lugar.
    La sonrisa de Sarah se desvaneció.
    – ¿Qué ocurre?
    – ¡Le dijiste a Robert que viniera!
    – No.
    – No me mientas. Fue a verme y me dijo que le escribiste.
    Al fondo del local, Patrick… bendito él… les daba la espalda sin reparos; dejó el trapo, dejó las cuñas en una caja y comenzó a guardar tipos. El sonido metálico resultaba acogedor en la hasta entonces silenciosa habitación, mientras las dos hermanas se enfrentaban.
    – Sí, le escribí porque me lo pidió. Pero la verdad es que le aconsejé no venir.
    – Bueno, pues ha venido, y todo porque tú te has tenido que meter donde nadie te ha llamado.
    – Addie, él sólo me pidió que le hiciera saber si estabas bien. Estaba preocupado por tí.
    – ¡Parece que últimamente todo el mundo está preocupado por mí… él, tú… estoy recibiendo más visitas que un velatorio irlandés! ¡No soy una curiosidad que se puede visitar cuando se desea alimentar el morbo personal, así que manteneos lejos de mí! No sé para qué demonios has tenido que venir a entrometerte en mi vida. No os necesito ni a Robert ni a tí. No vas a conseguir que cambie, si es eso lo que tienes en mente, de modo que puedes abandonar tus esfuerzos inútiles. Se lo dije a él y te lo repito a ti: llevo una vida fácil y no necesito levantar un dedo para vivir. ¡Mantente alejada de mí! ¿Me has entendido?
    Dio media vuelta sobre sus talones, abrió la puerta con violencia y se marchó dando un portazo.
    Sarah se quedó paralizada, estupefacta y dolida, la boca contraída, las mejillas ardiendo. Sentía el picor característico del llanto detrás de su nariz y sabía que de un momento a otro sus ojos se humedecerían. Patrick había dejado de guardar tipos y la observaba con expresión triste.
    Sarah caminó con dignidad hasta el perchero. Si miraba a Patrick, ambos se sentirían incómodos. Con la cabeza gacha, se puso el abrigo y el sencillo sombrero marrón.
    – Espero que puedas arreglártelas sin mí un rato, Patrick -susurró.
    – Claro -respondió él en el mismo tono suave.
    Sarah se fue.
    Necesitaba esconderse. Se encerró en su cuarto de la pensión de la señora Roundtree; allí se sentó en una silla dura al lado de la ventana y, por fin, se permitió llorar. Lo hizo en silencio, sin moverse, con las manos muertas sobre la falda; las lágrimas caían en su regazo formando manchas oscuras en su falda a rayas azules.
    «Addie, Addie, ¿por qué? Sólo quiero ser tu amiga. Yo también necesito una amiga, ¿es que no lo entiendes? Estamos unidas por lazos que no pueden romperse, por más que tú lo intentes. La misma madre, el mismo padre, recuerdos comunes. Soy sangre de tu sangre, el único pariente vivo que te queda, como tú lo eres para mí. ¿Acaso eso no cuenta?»
    Qué devastadora era la soledad de los excluidos. Abrirse a alguien con amor y ser rechazada provocaba en Sarah un dolor jamás experimentado. Se sentía tan abandonada como una huérfana, o como una anciana que ha sobrevivido a sus hijos. Sentada junto a la ventana, agotada, inmóvil, tenía la impresión de que las lágrimas rodando por sus mejillas se llevaban sus últimas reservas de energía. Con un profundo suspiro, se puso en pie y se echó en la cama buscando la evasión del sueño.

    Cuando despertó, la luz del sol había dado paso al azul del anochecer temprano. Alguien llamaba a su puerta.
    – ¿Sí? -preguntó-. ¿Quién es?
    – Soy la señora Roundtree. ¿Se encuentra bien?
    Sarah se sentó vacilante sobre la cama.
    – Sí, perfectamente.
    – La cena está servida desde hace diez minutos. ¿No bajará?
    Sarah hizo un esfuerzo por encontrar una referencia temporal… ¿qué día, qué hora era? ¿por qué estaba vestida?… y respondió:
    – Ya voy.
    Se arrastró hasta el borde de la cama y se concedió unos minutos para centrarse. Le dolía la cabeza. Sentía el cuerpo débil. Tenía el pulso tan acelerado que los latidos parecían sacudir la cama. Qué sensación tan horrible, despertar así de un sueño profundo, embotada y descentrada.
    Cuando su mente se despejó un poco, se incorporó y se movió en la penumbra; se llevó los dedos a los párpados, se arregló un poco el pelo humedeciendo los lados con un peine, se alisó la falda y se estiró las mangas. Cuando se sintió lo suficientemente presentable bajó al comedor. Al entrar, todos los presentes se volvieron y la miraron.
    – ¿Se encuentra usted bien, señorita Merritt? -preguntó el señor Mullins. Se sentía como una ingenua cuyo bienestar era controlado por todos los hombres.
    – Sí, de verdad. Continúen cenando, por favor.
    Ocupó su silla frente a Noah Campbell y vio sus manos quietas cogiendo el cuchillo y el tenedor mientras contemplaba su blusa arrugada y sus ojos hinchados. Sin decir una palabra, el marshal cogió una fuente de pescado frito y se la alcanzó.
    – Gracias -murmuró Sarah, evitando su mirada. El resto de comensales volvieron a la conversación que, al parecer, la llegada de Sarah había interrumpido. Noah Campbell no participó, y se dedicó a observar a Sarah furtivamente, mientras ella mordisqueaba la comida con desgana, dejando intacta la mayor parte.
    – Ha comido menos que un pajarito -bromeó la señora Roundtree en tanto recogía los platos.
    – Lo siento. Estaba todo muy bueno, en serio, pero esta noche no tengo apetito.
    – Hay mermelada de moras de postre.
    – No, yo no tomaré, gracias -respondió Sarah-. Si me disculpan, tengo un artículo que escribir. -Se levantó y abandonó el comedor.
    El marshal la siguió con la mirada; se sentía culpable por haberla puesto así con su arranque de ira de la noche anterior en la oficina del periódico. Titubeó menos de cinco segundos antes de ponerse en pie, impulsando la silla hacia atrás con un chirrido.
    – Yo tampoco quiero postre. Todo estaba muy bueno, señora Roundtree.
    Subió las escaleras de dos en dos y llegó al pasillo del piso superior en el momento en que se cerraba la puerta de la habitación de Sarah.
    – Señorita Merritt -dijo en voz alta pero discreta-, ¿puedo hablar con usted?
    Ella volvió a abrir la puerta y se quedó junto al marco, la habitación a oscuras; sólo una débil luz proveniente del pasillo exterior iluminaba su rostro.
    – ¿Sí, marshal?
    Estaba plantado frente a ella, sin sombrero y sin arma; la estrella en su chaleco negro reflejaba un rayo de luz.
    – Tengo que hacer una última ronda por el pueblo. Si necesita al doctor Turley, puedo enviárselo.
    – Señor Campbell, no sé bien cómo reaccionar ante tanta preocupación por mí. ¿Acaso ha decidido convertirse en mi ángel de la guarda?
    – Anoche fui un poco grosero con usted. Lo lamento.
    – Sí, lo fue.
    – Estoy tratando de disculparme.
    Sarah lo miró a los ojos y vio en ellos el potencial de un buen hombre.
    – Disculpa aceptada.
    Cara a cara, notaron que el recelo comenzaba a esfumarse y se sintieron violentos, como siempre que eso sucedía. Enemigos… amigos… hostiles… amables. Parecía que no pudiera existir un equilibrio emocional entre ellos.
    – En cuanto al doctor Turley…
    Ella se tocó los párpados con languidez.
    – ¿Tengo aspecto de necesitarlo?
    – Bueno, algo no marcha del todo bien, eso está claro.
    – He estado llorando -confesó sin rodeos-. No lo hago con frecuencia, se lo aseguro.
    Noah fijó la vista en ella y no la apartó.
    – ¿Por su hermana?
    Sarah asintió.
    – Por el pueblo corre el rumor de que ha ido a visitarla.
    – Sí, a la oficina del periódico. Por Robert Baysinger. Supongo que ya sabe quién es.
    – No, no lo sé.
    – Crecimos juntos en St. Louis. Fue el primer novio de Addie cuando ella tenía dieciséis años.
    – ¿De Adelaide?
    – Sí. Cuando me marché de allí, Robert me pidió que le escribiera dándole noticias en caso de encontrar a Addie. Así que al poco de llegar a Deadwood lo hice, sin sospechar siquiera que a Robert se le ocurriría venir. Cuando se presentó ayer, yo fui la primera sorprendida.
    – Ya supongo.
    – No sé que ocurrió anoche entre ellos, pero él fue a verla a Rose's y ella ha venido esta mañana a la oficina acusándome de traer a Robert aquí para tratar de reformarla.
    – ¿Y es verdad?
    – No, ya se lo he dicho, no tenía ni idea de que vendría. Ha llegado sin avisar.
    Noah se cruzó de brazos y apoyó un hombro contra el marco de la puerta.
    – ¿Qué quiere él de ella?
    – No lo sé, pero Addie está furiosa conmigo y no entiendo por qué.
    – Pregúnteselo.
    – Ya lo he hecho. No quiere escuchar. Llegué a pensar que podríamos volver a ser amigas. No la forzaba, pero tampoco le permitía olvidar que yo estaba allí. La visitaba con regularidad y pensé que si le demostraba que ella me importaba, que podía contar conmigo para lo que fuera, conseguiría derribar la barrera que ella había construido entre nosotras. -Se detuvo con aire pensativo antes de proseguir-: Parecía funcionar. Sobre todo después de que le regalara la gata. Un día, hasta me permitió sentarme a los pies de su cama. Le puso a la gata el mismo nombre que… oh, ya se lo he contado, ¿no? Bueno, lo interpreté como una buena señal. El primer recuerdo de nuestra infancia que se permitió, ¿entiende? Pero hoy… -Adoptó una expresión de desaliento y se reclinó contra el marco opuesto de la puerta-. No sé qué hacer.
    Estaban de pie el uno frente al otro, su antagonismo olvidado por el momento. Tras una reflexión silenciosa, Noah dijo con un suspiro:
    – Ahh… hermanas y hermanos… -rió sin alegría-. Nos crían diciéndonos que debemos amarlos, pero a veces es difícil, ¿verdad?
    Tom Taft y Andrew Mullins subieron las escaleras y se disculparon mientras pasaban junto a la pareja. Noah quitó el hombro del marco para dejarles espacio y luego volvió a la postura anterior.
    – Addie y yo hemos sido siempre muy diferentes -continuó ella, como si la interrupción no se hubiera producido.
    – Como Arden y yo.
    – Usted y yo somos los mayores. Se supone que debemos dar ejemplo, pero, aunque tratemos de hacerlo, ellos no tienen por qué seguirlo, ¿no es cierto?
    – Así es.
    Se quedaron pensativos y en silencio, hasta que Sarah prosiguió:
    – Cuando éramos pequeñas, yo trabajaba y ella no. Mi padre me enseñó el oficio de editora pero a ella jamás le exigió nada. Yo no podía entender por qué se lo consentía todo, porqué Addie no tenía que hacer siquiera algunos recados para la oficina. Ahora comprendo que fui afortunada. Esta tarde me ha dicho que no es su intención reformarse, porque lleva una vida fácil sin trabajar.
    – ¿Eso le ha dicho?
    Sarah asintió con la cabeza.
    Él se apartó del marco y cargó el peso de su cuerpo en los dos pies.
    – Arriesgándome a meterme en terreno prohibido, no creo que la vida de esas mujeres en el páramo sea fácil. Los hombres que van allí no siempre son caballeros. Lo sé porque en más de una ocasión me han llamado para arrestar a algún cliente.
    – ¿Por… por maltratar a las chicas, es eso lo que quiere decir?
    Él la miró pero no respondió.
    – Contésteme, marshal.
    Noah lo hizo de mala gana.
    – Ocurre, aunque sea difícil de creer.
    Sarah cerró los ojos y se frotó la frente. Observó a Campbell de nuevo y preguntó:
    – Entonces, ¿por qué no lo quiere dejar?
    – Tal vez se sienta atrapada. ¿Adónde iría? ¿Qué haría?
    – Estoy aquí. Me podría ayudar en el periódico.
    – No se ofenda, pero su hermana no es exactamente… bueno, digamos que tendría que aprender mucho para estar a su altura.
    – Yo podría enseñarle.
    – Quizá, ¿pero cuánto ganaría?
    – Lo suficiente para vivir dignamente.
    – Creo que jamás podría vivir dignamente, al menos no en el sentido que usted le da a la palabra, no en un pueblo donde conoce a todos los hombres como los conoce. Las mujeres la marginarían.
    – ¿Qué mujeres? Apenas somos veinte; y creo que si yo se lo pidiera, le darían una oportunidad por respeto a mí.
    – Los problemas no se acabarían ahí y lo sabe. Además, creo que sobrestima la capacidad de indulgencia de las «mujeres buenas» de Deadwood.
    – Supongo que tiene razón. Entonces, ¿qué debo hacer…, abandonarla en ese lugar y olvidar lo que hace allí, así como los lazos que me unen a ella?
    – No lo sé. A veces tenemos que permitir que las personas cometan errores. Pasa lo mismo con Arden. Nunca piensa con calma las cosas; cuando tiene una idea, se lanza de cabeza sin más. Yo trato de decirle: Arden, si quieres sobrevivir en este mundo, será mejor que consideres las consecuencias de tus actos antes de realizarlos.
    – ¿Alguna vez le escucha?
    El marshal volvió a relajar su cuerpo y se apoyó contra el marco.
    – Muy pocas. Cuando éramos niños, él era siempre el de las ideas temerarias… tirarnos al río antes de saber si aquella parte era suficientemente profunda o había rocas en el fondo, molestar a un tejón salvaje sin saber lo rápido que podía correr el animal. Arden se hacía daño y a mí me castigaban. Mamá me regañaba sin darme tiempo a explicarle nada. Pero él es así… diablos, es imposible decirle que no a nada.
    – Ya me he dado cuenta. -Intercambiaron una mirada larga y plácida.
    – Si no es indiscrección, ¿cómo se lo pasaron ustedes dos?
    – Como era de esperar. Anduvo toda la noche dos pasos por delante de mí. Fue demasiado agotador para resultar agradable.
    Noah estuvo a punto de comentar que le había parecido que estaban muy juntos cuando Arden la acompañó hasta el pie del camino, pero se abstuvo de hacerlo. Contempló el rostro de Sarah, tomando conciencia de que en algún momento durante los últimos dos meses se había acostumbrado a su altura, a que los ojos de ella estuvieran casi al mismo nivel que los suyos, a su manera práctica de vestir y a su cara larga y delgada que ya no le disgustaba. En algún momento de su relación, el respeto le había hecho olvidar esas consideraciones superficiales.
    – Me ha dicho que un día de estos la invitará al valle. ¿Irá?
    Sarah lo miró a los ojos.
    – En realidad -respondió-, preferiría ir con usted.
    La sinceridad de la respuesta cogió por sorpresa a Noah, que seguía apoyado en el marco.
    – Eso podría arreglarse.
    – Su madre me cayó muy bien y me gustaría conocer a su padre.
    – Son buena gente.
    – Es muy afortunado por poder contar con ellos todavía.
    – Sí, lo sé.
    Sonrieron con timidez, y ella se dio cuenta de que en algún momento de su vida allí había comenzado a sentirse impaciente poco antes de las comidas con él al otro lado de la mesa, habían dejado de molestarla sus imprevistas apariciones en la oficina del periódico y había acabado por sentirse segura sabiendo que él dormía al final del pasillo.
    – Podríamos ir algún lunes -dijo él tras una pausa-. Es el día más tranquilo en el pueblo.
    – Me encantaría.
    Noah se puso derecho.
    – Bueno… será mejor que coja mi abrigo y mi sombrero y me vaya a hacer las rondas. Si piensa volver a la oficina, puedo acompañarla.
    – Esta noche me quedaré. Escribiré en mi habitación.
    – Bien… entonces buenas noches -se despidió tras un segundo de vacilación.
    – Buenas noches.
    Noah se encaminó al extremo opuesto del pasillo.
    – ¡Señor Campbell! -gritó.
    Él se giró y se quedó de pie justo debajo de la lámpara del pasillo, que acentuó el color rojizo de su pelo y su bigote.
    – Gracias por ofrecerse a traer al doctor Turley.
    Noah sonrió, convirtiéndose en una versión masculina de su madre.
    – No se preocupe por su hermana. Estará bien.
    Dicho esto, el marshal continuó su camino mientras ella cerraba la puerta despacio.

Capítulo Once

    La noche siguiente, la señora Roundtree llamó a la puerta de la habitación de Sarah.
    – Tiene una visita, Sarah.
    – Gracias. Bajo enseguida.
    Cerró el frasco de tinta, se miró al espejo, se arregló un poco el pelo y bajó.
    – Robert -exclamó con una sonrisa alegre-. Imaginaba que serías tú.
    – Pensé que podríamos dar un paseo para hablar en privado. -Había tres hombres en la sala.
    – Por supuesto. Subiré a por mi abrigo. Estoy contigo en un minuto.
    Era una noche de noviembre fresca y despejada. La luna estaba suspendida en el cielo como una sonrisa ladeada y su luz daba a los objetos un contorno plateado. Las sombras de las paredes del cañón eran tan negras como la tinta de impresión. Bajaron por el sendero cogidos del brazo y siguieron por la ribera del arroyo Deadwood hasta el lugar donde se unía al arroyo Whitetail para luego subir la cuesta hacia Lead.
    – ¿Has visto a Addie? -preguntó Sarah.
    – Sí.
    – Y por lo visto no has conseguido mucho más que yo.
    – No.
    – Qué lugar tan deprimente, ¿verdad?
    – ¿Cómo puede vivir ahí? ¿Y hacer lo que hace?
    – No lo sé. ¿Has estado en su cuarto?
    – No. Con el vestíbulo tuve suficiente.
    – Lo llaman recibidor.
    – Recibidor… ja.
    – Se me pone la piel de gallina cada vez que entro allí.
    – Había una lista en la pared.
    – Sí, ya la he visto.
    No volvieron a abordar el tema. Siguieron caminando entre las sombras.
    – ¿Lamentas haber venido? -preguntó Sarah.
    – Sí y no. Verla con mis propios ojos… tal como la describiste… me ha causado mucha impresión. Pero si tú y yo aunamos esfuerzos, quizá logremos convencerla de que abandone esa vida. Además, también he venido por otra razón.
    – Para hacerte rico.
    – Sí.
    – Siempre dijiste que llegarías a serlo.
    – Supongo que aún recuerdas cuál era la situación de mi familia durante mi infancia… tantas bocas que alimentar que mi madre no podía ni pelar las habas. Las cáscaras eran un manjar en aquella situación. Hace mucho decidí que mis hijos jamás pasarían por eso, y que yo no tendría que pensar de dónde habría de salir la próxima ración de comida o de leña. Quiero ser rico para no tener que pasar por lo mismo que pasaron mis padres. ¿Te parece muy ambicioso por mi parte, Sarah?
    – En absoluto. Y estoy segura de que lo lograrás.
    – No soy tonto y nunca me faltaron ideas. Cuando me hablaste de la necesidad de bocartes, comprendí que era la oportunidad de mi vida. Si podía conseguir apoyo financiero para construir uno, vería mi sueño hecho realidad, y así será. Las personas que dan respaldo financiero al proyecto han depositado mucha confianza en mí, y no pienso defraudar esa confianza.
    – ¿Y después qué, Robert?
    – ¿A qué te refieres?
    – ¿Si consiguieras que Addie abandonara Rose's, te casarías con ella?
    – No lo sé. Mientras venía hacia aquí, pensaba en eso. Me imaginaba sacándola de ese burdel y convirtiéndola en la joven dulce que fue. Supongo que me creía un noble caballero. Pero después de verla, no estoy tan seguro.
    – Hará falta un hombre muy especial para que ella olvide su pasado.
    – Para serte sincero, Sarah, no sé si seré capaz.
    «Si no lo eres, yo estaré aquí esperando. Tal vez algún día te des cuenta», pensó ella.
    – Pero, ya basta de hablar de mí -dijo Robert cambiando de expresión-. ¿Qué me dices de tí? Cuéntame todo lo que ha sucedido desde tu llegada.
    – Bueno, no me he hecho rica, ni tampoco lo deseo, pero soy feliz manejando la imprenta de papá. Comencé imprimiendo una sola página y en la actualidad ya estamos en cuatro. El periódico cubre gastos y, por supuesto, imprimo de todo, desde los programas de los teatros hasta anuncios de «busca y captura», que también producen buenos dividendos. He logrado que muchos comerciantes se anuncien en el Chronicle, y Patrick y Josh son una ayuda inestimable. No sé qué haría sin ellos.
    – ¿Y tu vida social? Considerando las pocas mujeres que hay en el pueblo, imagino que los hombres deben de estar muy pendientes de tí.
    – Bueno… sí. He tenido ofertas para tocar un órgano de trece notas y para mirar el Taj Mahal a través de un visor estereoscópico.
    Se rieron y ella continuó su narración:
    – Me han invitado a una cena en cuyo menú se incluía un plato de carne vacuna, que es difícil de obtener por estos parajes, y un hombre cuatro años más joven que yo me regaló una sombrilla a rayas verdes y blancas a mediados de noviembre y me hizo una propuesta de matrimonio… más o menos.
    – ¿Más o menos?
    – Tendrías que conocer a Arden para entenderlo. Pero eso no es todo. También fui arrestada por provocar un alboroto en la calle; encerrada en condiciones inhumanas por ser la causante de que un hombre resultara herido de bala por un disparo del marshal, y por último, fui juzgada por un comerciante local. Desde luego, no he tenido tiempo para aburrirme.
    – ¿Es verdad todo eso, Sarah? -Robert la miraba boquiabierto. Habían vuelto al pueblo y se habían detenido frente a la puerta de la oficina del periódico.
    – Cada palabra.
    – ¿Y no vas a contármelo todo con pelos y señales? -Tenía los ojos agrandados por el estupor y la curiosidad.
    – Por supuesto, pero llevará un rato. ¿No quieres pasar? Dentro se está más calentito.
    En la oficina, Sarah encendió una lámpara de pared y echó leña sobre las brasas ardientes. Robert se sentó en el taburete alto de Patrick y ella en su silla giratoria. Hablaron durante dos horas.

    El marshal Campbell vió luz en las ventanas de la oficina del Chronicle, de modo que cruzó la calle. La conversación de la noche anterior con Sarah había sido la más agradable de todas las mantenidas hasta aquel momento. Aquella mañana, durante el desayuno, ella se había mostrado amable y, durante la cena, hasta simpática. Entraría en la oficina y la saludaría, le haría saber que estaba haciendo sus rondas, y quizá charlarían unos minutos, lo cual era siempre interesante, pues Sarah estaba siempre al corriente de todo lo que ocurría en Deadwood. Sobre todo opinaba y, aunque a menudo discrepaban, Noah apreciaba la reflexión que ella ponía en sus ideas.
    Llegó a la ventana, miró hacia el interior y retrocedió para sumergirse en la parte oscura de la calle.
    Sarah estaba allí, pero también Baysinger, sentado con comodidad en un taburete alto, mientras ella, en su silla y con un pie sobre un cajón abierto del escritorio, se mecía de derecha a izquierda. Sus abrigos colgaban del perchero de madera curvada, como si estuvieran allí desde hacía rato. No había evidencia alguna de trabajo interrumpido. La tapa del escritorio de Sarah estaba enrollada y la pluma y el tintero guardados en algún lugar.
    Noah permaneció en silencio, oculto entre las sombras y, por primera vez en su vida, sintió que los celos hacían mella en él.
    ¿Celos? ¿Y eso?
    Baysinger dijo algo al tiempo que señalaba las paredes enyesadas, y ella rió. Él rió también; luego Sarah se incorporó, fue al fondo de la habitación y abrió la puertecita de la estufa. Él la siguió y echó leña en su interior. De espaldas a la ventana, Sarah se cruzó de brazos. Baysinger deslizó los dedos de ambas manos hasta la parte de atrás de la cintura de sus pantalones. Permanecieron así, de pie, juntos frente a la estufa, presumiblemente hablando.
    Campbell los observó hasta que se cansó de esperar a que se movieran; finalmente lo hizo él, alejándose sin entrar en la oficina del Chronicle.

    Robert y Sarah hicieron un pacto. Todos los días, sin excepción, visitarían a Addie. Harían caso omiso de sus objeciones, y olvidarían lo repugnante que era aquel lugar, para acosarla a base de invitaciones. A cenar. A pasear. A la oficina del periódico. A pasear en coche. Le llevarían pequeños regalos. Lograrían -lo juraron solemnemente- quebrar su resistencia con amor.

    Entretanto, en el pueblo de Deadwood corría la noticia de la próxima construcción del primer bocarte. El nombre de Robert Baysinger se pronunciaba casi con reverencia, incluso antes de que Sarah publicara un artículo en el Deadwood Chronicle anunciando el propósito de su llegada. Robert había traído los mazos consigo -cuarenta- desde Denver. La construcción se inició de inmediato en una ladera empinada junto al arroyo Bear Butte. Se levantó una sólida estructura de madera para soportar los grandes patines de acero accionados por una máquina de vapor. Los patines subían y bajaban sobre una lámina de cobre revestida de mercurio a la que se adherían las partículas de oro más pequeñas, mientras las más grandes rodaban por la falda y se recuperaban abajo. El bocarte se contrataría por horas, percibiendo sus propietarios el diez por ciento del total del oro triturado.
    Robert no tuvo dificultades para conseguir hombres que construyeran y trabajaran en su bocarte; no todos en los cañones habían «hecho fortuna». El oro había quedado fuera del alcance de muchos, otros habían perdido sus minas en las mesas de juego y algunos yacimientos se habían agotado.
    El hecho de ser el artífice de un servicio necesario para la gente de la zona, además de proporcionar trabajo estable a más de una veintena de hombres, convirtió a Robert en un hombre importante y querido.
    Se instaló en el Hotel Grand Central, volviendo diariamente a él, sin excepción, a las cuatro de la tarde para lavarse y afeitarse, echarse algo de agua de laurel por la cara, ponerse una camisa blanca, su traje a rayas grises y marrones, su pesado abrigo con capa y el sombrero bombín recién cepillado. Como toque final, cuando salía del hotel en dirección a Rose's todos los días, llevaba un bastón con puño de marfil y siempre se aseguraba de llegar al local bastante antes que los clientes nocturnos.
    «Buenas tardes», decía cortésmente a Flossie cuando ésta le abría la puerta. «¿Podría ver a la señorita Merritt, por favor?»
    Addie bajaba, a menudo semidesnuda. Robert hacía caso omiso de su carne expuesta y, clavando la mirada en sus ojos fríos, preguntaba: «¿Puedo invitarte a un pedazo de tarta, Addie?» o «¿Tienes alguna noche libre para que podamos ir al teatro, Addie?» o «¿Te gustaría acompañarme a visitar el bocarte?»
    Addie respondía: «Sólo si pagas la tarifa de una cita en el exterior».
    Entonces él contestaba con amabilidad: «No, así no. Tal vez otro día tengas ganas de salir». Siempre le traía algo… una pluma de gallo azul brillante que había encontrado junto al bocarte, un nido de pájaro abandonado que había cogido de algún pino, una roca excepcionalmente bonita veteada con rayas rosas, un dibujo gracioso de alguna publicación antigua, un manojo de ramas de arbustos aromáticos secos que había encontrado en las colinas, y que podía quemarse para perfumar el ambiente.
    Nunca le llevaba nada de valor material, sólo cosas que él consideraba «regalos del corazón». Addie jamás los rechazaba, pero tampoco los agradecía.

    Sarah también iba diariamente a Rose's, a mediodía, cuando Addie estaba en su cuarto y disponía de tiempo para sí misma. Le hablaba del proyecto de Robert… «La construcción del bocarte avanza rápidamente», o sobre temas ajenos a ella… «Todos en el pueblo hablan de la llegada del telégrafo». También le hacía regalos: un bollo fresco de la panadería de Emma, el último ejemplar de su periódico, un pájaro origami que Patrick había hecho con un hoja de papel de imprimir, la galletita rellena con pasas de la cena de la noche anterior. Nunca dejaba de sonreír pese a la seriedad obstinada de Addie y, al final de la visita, le recordaba a su hermana: «Tengo trabajo para tí cuando te decidas; ah, y una habitación en casa de la señora Roundtree que podemos compartir».
    Si para llegar al corazón de Addie había que demostrarle que ella les importaba, Sarah y Robert estaban decididos a triunfar en su empeño.

    El uno de diciembre de 1876, la línea del telégrafo llegó a Deadwood desde Fort Laramie, donde se conectaba con Western Union. El pueblo enloqueció de alegría. Era un día de invierno despejado y templado y todos salieron a la calle para presenciar la instalación del último poste a media tarde. Cuando la conexión estuvo hecha, el hombre del poste alzó un brazo y se elevó un vítor ensordecedor. Sarah estaba con Patrick, Josh, Byron y Emma. Los sombreros volaron por los aires. El griterío era impresionante. Byron levantó a Emma y la hizo girar. Alguien hizo lo mismo con Sarah y ella lo abrazó con fuerza y le gritó al oído: «¿No es maravilloso?» El hombre la dejó en el suelo y la besó en la boca -un minero cuyo nombre desconocía- luego rieron y gritaron de alegría y dieron hurras con el resto del pueblo.
    – ¡Vamos, Patrick, hemos de ir a la oficina del telégrafo! -exclamó ella elevando su voz por encima del griterío.
    Se abrieron paso entre el gentío hasta la diminuta oficina donde el primer operador de telégrafo del pueblo, James Halley, se encontraba sentado en su magnífico escritorio recién estrenado con el dedo en la tecla de bronce del telégrafo. Había demasiadas personas en el interior como para que cupieran dos más, de modo que Sarah golpeó en la ventana y un hombre llamado Quinn Fortney la abrió para que, al menos ella, pudiera oír el mensaje que el alcalde de Deadwood estaba enviando al alcalde de Cheyenne.
    – ¡Shhh! ¡Shhh! -La multitud calló y los que estaban cerca escucharon el primer tap-t-t-tap de respuesta que transmitía un mensaje de felicitación. Cuando acabó la transmisión, James Halley salió a la acera de la oficina del telégrafo y lo leyó en voz alta.
    – Felicitaciones, Deadwood. Punto. Ahora un cable de cobre conecta los riquísimos yacimientos de oro de las Montañas Negras con el resto del mundo. Punto. Esperamos que lleve el progreso y la prosperidad. Punto. Felicitaciones. Punto. R. L. Bresnahem. Punto. Alcalde de Cheyenne. Punto.
    Se produjo otro estallido de júbilo. Los hombres se abrazaron entre ellos. Patrick abrazó a Sarah. En algún lugar, alguien tocaba un banjo. Unos hombres bailaban la giga. Patrick besó a Sarah, que estaba demasiado entusiasmada como para pensar siquiera en negarse.
    – ¡Piensa, Patrick! -gritó eufórica-. ¡Recibiremos noticias de todo el país el mismo día que sucedan!
    – Y publicaremos seis páginas, luego ocho y no tendré suficientes dedos para seguirte el ritmo.
    Sarah se rió feliz.
    – No, no por el momento. Ahora déjame. He de recoger la opinión de la gente sobre este acontecimiento.
    Se movió entre la muchedumbre formulando la pregunta: «¿Qué significa para usted la llegada del telégrafo?».
    Dutch Van Aark dijo que significaba la posibilidad de hacer un pedido un día y recibirlo con la diligencia tres días después.
    Dan Turley respondió que podía significar la salvación de vidas, como en el caso del brote de viruela que acababan de padecer, ya que la enfermedad podría haber sido identificada con mayor rapidez y las vacunas pedidas recibidas en el plazo de un día en vez de tres.
    Para Shorty Reese significaba que los mineros podrían vender su oro en polvo al precio oficial en cada momento.
    Teddy Ruckner dijo que significaba que podría hacer saber a sus parientes de Ohio que estaba bien sin necesidad de escribirles.
    ¡Benjamín Winters contestó que significaba que iba a dar la fiesta más grande jamás vista en Deadwood en el Hotel Grand Central, y que comenzaría ya! Terminó con un puño alzado provocando un rugido de aprobación. Tomó la delantera hacia su establecimiento con un grupo de hombres siguiéndole.
    – ¡Eh, todos, fiesta en el Grand Central! ¡Traed al hombre que toca el banjo!
    En medio del tumulto, Sarah encontró a Noah Campbell detrás suyo.
    – ¿No es maravilloso, marshal? -Su sonrisa era tan ancha como la hoja de una hoz.
    – Eso espero. Habrá que ver si la multitud no se desmadra antes de que acabe la fiesta.
    – Se sienten felices, eso es todo. Éste es el día más importante en la historia de Deadwood. Dígame, marshal, para el Deadwood Chronicle, ¿qué significa para usted la llegada del telégrafo?
    – Significa que podré enterarme de los asaltos a las diligencias cuando las huellas estén todavía frescas. Quizá me gane un par de recompensas, ¿eh? -Sonrió con picardía, algo que ella nunca le había visto hacer antes-. Pero, ahora mismo significa que me voy a ir al Hotel Grand Central para unirme a la fiesta, se desmadre o no. ¿Y usted? ¿Sabe divertirse, o sólo trabajar?
    – Por supuesto que sé divertirme. Es más, lo hago bastante bien.
    – Entonces vamos.
    – Me encantaría, pero primero debo encontrar a Patrick y a Josh y avisarles de que cerraré la oficina durante el resto del día.
    – ¿Y después irá al hotel?
    – Sí.
    – ¿Sin la libreta y la pluma?
    – Bueno, eso no puedo prometérselo.
    – No podrá bailar con el frasco de tinta abierto.
    – ¿Por qué cree que sé bailar?
    – Siendo una mujer y con un banjo sonando en el pueblo, más vale que sepa.
    – Ya veremos. -Dicho esto, se volvió y lo dejó en medio de la calle, mientras la multitud rugiente y alborotada se aproximaba con la música de banjo.
    Patrick y Josh no aparecían por ninguna parte, de modo que Sarah colgó un cartel en la puerta de la oficina que decía, cerrado el resto del día, y cerró con llave. La calle seguía abarrotada de gente alegre y excitada, dispuesta a aguantar hasta la madrugada.
    Guiada por un impulso irrefrenable, fue primero a la pensión de la señora Roundtree. Si ésa iba a ser su primera fiesta en Deadwood, no pensaba asistir con su falda castaño rojiza y la blusa de trabajo de todos los días. Aunque era casi la hora de cenar, la casa estaba vacía: incluso la señora Roundtree se encontraba en el pueblo participando del regocijo popular.
    En su cuarto, Sarah se lavó, se puso agua de rosas en las axilas, se cepilló el pelo, lo recogió detrás de las orejas con un par de peinetas en forma de conchas y, con ayuda de unos rulos, se hizo seis bucles que le caían por la frente. Se colocó un ajustado corsé de algodón, dos enaguas blancas encima, se ató su polisón de crinolina por primera vez desde su llegada a Deadwood y se puso su mejor conjunto: una chaqueta verde polonesa y una falda a rayas rosas y verdes.
    Frente al espejo, no sonrió tontamente ni se descorazonó, sólo examinó su aspecto con una rápida mirada y salió dispuesta a unirse a la diversión, dejando la pluma y la libreta en la habitación.

    Robert llegó a Rose's algo más tarde de lo habitual. El pianista tocaba con desgana y Rose hacía un solitario sentada a una mesa, con un cigarro encendido colgando entre sus labios. Aunque a esa hora normalmente empezaban ya a llegar clientes, aquella noche no había ninguno.
    Addie bajó cuando la llamaron y, para sorpresa de Robert, esta vez estaba completamente vestida, aunque el atuendo color cereza dejaba entrever gran parte de sus pechos.
    Robert la esperaba al pie de las escaleras.
    – ¿Addie, has…?
    – Me llamo Eve.
    – No para mí. ¿Has oído la noticia, Addie? El telégrafo ha llegado a Deadwood. Benjamín Winters ha organizado una fiesta en el Hotel Grand Central. ¿Vienes conmigo?
    – Claro, pero ya sabes que una cita en el exterior te costará muy cara.
    – Esto es una invitación social, no comercial.
    – No acepto invitaciones sociales.
    – Haz una excepción con un viejo amigo.
    – ¿Estás loco?
    – Para nada. ¿Vendrás conmigo al Grand Central?
    – Tengo que trabajar.
    – No, no tienes que hacerlo. No tenéis ningún cliente. Todos están en el Grand Central. Ahora sube, desmaquíllate, ponte un vestido decente y acompáñame.
    Por un momento la expresión de Addie se hizo vulnerable. Su mirada se encontró con la de Robert. Él percibió que ella vacilaba e intuyó la primera fisura en su muro de indiferencia. Entonces Rose, que había estado observando la escena, dejó la baraja de cartas sobre la mesa, empujó la silla hacia atrás, se acercó a Robert con el cigarro humeante entre los dedos índice y medio de su mano derecha, y su mano izquierda en la cadera y dijo:
    – No gaste saliva, señor. Eve ya le ha dicho que está trabajando. ¿Qué sería de mí si permitiera que mis chicas salieran de aquí con tacaños como usted que esperan obtener sus atenciones gratis? Esto es un negocio, Baysinger. Pague o largúese.
    Robert clavó su mirada en la mujer. Comprendió que aunque las chicas no estaban encerradas físicamente en aquel lugar, Rose las retenía con más fuerza que cualquier candado de acero. Las alimentaba con una dieta diaria de autorreproches e intimidación disfrazada de tacto. «No salimos a la calle porque nadie quiere vernos allí.» Las mantenía confinadas para que no se enteraran de lo que se estaban perdiendo fuera.
    Tras llegar a esa conclusión, Robert apartó los ojos de Rose como si fuera un insecto en su sopa.
    – ¿Addie?
    – Haz lo que te ha dicho.
    – De acuerdo. Pero necesitas algo de tiempo para tí. Has de salir, Addie. No puedes pasarte toda la vida enclaustrada en este lugar. Piénsalo; volveré.
    Le tendió una mano y Addie se la estrechó. Robert le pasó algo pequeño y suave.
    – Tu pelo me gustaba mucho más cuando era del color del maíz. Adiós, Addie. Te veré pronto.
    Cuando Robert abandonó el local, Addie se dirigió al piso de arriba. A solas en su habitación, abrió el pequeño cuadrado de papel de seda que Robert había depositado en su mano. En su interior encontró un mechón de su propio pelo que él le había cortado años atrás. Lo tocó… suave, dorado, ligeramente ondulado… y los recuerdos la sobrecogieron. Tenía… ¿cuántos?, ¿catorce años? ¿Quince? Él había llegado una noche de primavera a jugar al dominó y le había regalado un tulipán rojo que había robado del jardín de su madre. Addie le había dicho: «No tengo nada para darte a cambio». «Sí tienes», había respondido él. «¿Qué?» «Un rizo de tu pelo.»
    Había cogido las tijeras y le había cortado un rizo, todo esto riendo y con cuidado de no hacer ruido; luego se habían besado y se habían olvidado por completo del dominó.
    En su cuarto del segundo piso de Rose's, Addie se tocó la nuca y recordó la intensa admiración juvenil de Robert. Se miró al espejo y el vulgar y castigado cabello negro colgando tieso bajo sus orejas la devolvió a la realidad. Rose le había dicho: «Tíñetelo. Hay demasiadas rubias en el norte. Si quieres hacer dinero siendo rubia, vete al sur, donde la mayoría de las mujeres son morenas, pero si quieres ganar dinero en el norte, tíñete de negro».
    Mirándose al espejo, Addie se preguntó cómo le quedaría el pelo con su color natural después de todos esos años.

    El Grand Central estaba abarrotado cuando Sarah llegó. De la baranda del porche que daba a Main Street colgaban banderines, y el pasillo interior estaba adornado con ramas de pino. Los muebles del vestíbulo habían sido empujados contra las paredes y tres sacos de arena sostenían falsos postes de telégrafo conectados por cuerdas adornadas con guirnaldas de siempreviva. Un violín se había unido al banjo y el baile había comenzado, con cada mujer disponible forzada a participar. Emma estaba allí, al igual que sus hijas, la señora Roundtree, la mujer del carnicero, Clare Gladding, y Calamity Jane, vestida con piel de ante. Los hombres que no podían resistirse a la música ni encontrar a una compañera, bailaban entre ellos. Habían despejado el comedor de muebles y demás cosas que pudieran estorbar, para utilizarlo como pista de baile, y los dos músicos deambulaban entre la gente, llevando la música consigo. Una mesa larga contra una pared exhibía gran variedad de comida. Antes de que Sarah pudiera ver lo que había, Teddy Ruckner la cogió por la cintura sin preguntar y la hizo bailar un compás doble siguiendo los acordes de Turkey in the Straw.
    – ¡Más despacio, Teddy! -exclamó riendo.
    – Esta noche, no. ¡Esta noche será a toda velocidad!
    – ¡No estoy acostumbrada!
    – ¡Ya lo estarás! Estos hombres te harán bailar hasta gastar las suelas de tus zapatos.
    Bailaron el compás doble, algo torpemente, pero de manera impetuosa. Girando en brazos de Teddy, Sarah vislumbró a Noah Campbell comiendo un sandwich y observándola. Las personas se cruzaban entre ellos y lo perdió de vista. El baile los hizo reír y los dejó sin aliento. Cuando terminó la canción, Sarah cayó en brazos de Graven Lee y después en los de Shorty Reese. Al acabar la tercera canción, descubrió que se había formado una cola de hombres esperando turno para bailar con ella.
    – Caballeros, necesito descansar… por favor.
    El grupo retrocedió con un murmullo de decepción, permitiéndole abrirse camino hasta la mesa de la comida. Al llegar allí, exclamó:
    – ¡Santo Dios! No había visto tal variedad de manjares desde que dejé el este.
    Rodajas de carne asada de animales salvajes con una buena provisión de panecillos, pescados enteros horneados con bayas de arándano en las cuencas de los ojos, conejo en salsa y pollo asado. Chirivías empanadas, pan blanco y pan negro, tortitas de arroz caliente, gran variedad de verduras hervidas y todos los acompañamientos imaginables, desde arenques a tomates y sandías. Había tortas de macarrones, melocotones al coñac, buñuelos de manzana y un pastel inglés con nueces.
    Y en el centro de la mesa -presidida por el propio Ben Winters- había una palangana medio llena de un líquido color ámbar claro. Ben le estaba añadiendo azúcar moreno cuando Sarah se acercó a admirar las exquisiteces que llenaban la mesa.
    – Señorita Merritt… sírvase. Hay comida de sobra, y esto de aquí es ponche dulce para las damas y para los caballeros.
    – ¿Ponche dulce, señor Winters? -sonrió-. Si es ponche dulce, ¿dónde está la leche? -Sarah sabía perfectamente que aquel suave brebaje se preparaba con leche.
    Winters hizo una mueca y removió el líquido con una cuchara de mango largo.
    – Oh, bueno, llámelo entonces cordial de melocotón. O ponche de ron. Pero beba un poco. No todos los días nuestro pueblo recibe una línea de telégrafo. Siendo editora de un periódico, usted tiene más motivos que la mayoría de nosotros para celebrarlo.
    – Si no le importa, señor Winters, empezaré por comer un poco. Todo tiene un aspecto excelente. -Mientras elegía raciones de comida de la mesa, vio que Winters añadía ron, coñac, nuez moscada y agua a la palangana. No obstante, aceptó una taza del ponche cuando Ben se la ofreció, y bebió un trago para refrescarse. Tenía un ligero sabor a melocotón y estaba bastante bueno.
    Alzaba la taza para dar un segundo trago al ponche, cuando alguien la cogió por los codos desde atrás.
    – ¡Sarah! ¡Al fin te encuentro!
    Ella miró por encima de su hombro.
    – ¿Arden, cómo te has enterado de la noticia?
    – Gustafson ha venido a caballo al Spearfish esta mañana con la noticia de que la conexión con Western Union quedaría lista esta noche. ¡Supongo que nos hemos perdido el gran acontecimiento, pero por lo menos hemos llegado a la fiesta! ¡Bailemos, Sarah!
    Le quitó el plato y la taza de ponche de las manos, los dejó sobre la mesa y la arrastró entre los bailarines con su habitual impaciencia.
    – Arden, deberías acostumbrarte a pedir las cosas en lugar de, simplemente, anunciarlas -dijo sonriendo mientras él la hacía saltar con entusiasmo febril.
    – ¿Estás aquí bailando, no?
    – Arden Campbell, no estoy segura de que me guste tu actitud petulante.
    – Te guste o no, ahora te tengo y pienso acapararte. -La estrechó contra su pecho y ejecutó dos giros galopantes que provocaron el choque del pómulo de Sarah contra su mandíbula. A un lado de la sala su hermano y su madre los contemplaban. ¡Oh, Dios, su madre estaba allí! Y aquel hombre de barba roja entre ellos era probablemente el padre, el único miembro de la familia que no conocía.
    – Arden, no me aprietes tanto -Arden cedió a su deseo y la soltó un poco, sin que por ello, al acabar aquel baile, dejara de sentirse como si acabara de pasar por el bocarte de Robert.
    – Ven, quiero presentarte a mi padre.
    Una vez más, no tuvo alternativa. Arden tiró de ella con tanta brusquedad que los dientes le castañetearon, y la condujo hasta el trío formado por el resto de los Campbell.
    – Papá, ésta es Sarah. Sarah, él es mi padre, Rirk Campbell.
    Se estrecharon las manos mientras ella trataba de no mirarle las pecas y la barba roja. Nunca había visto un rostro tan grande y anaranjado ni una mano tan enorme.
    – Hola, señor Campbell.
    – Así que tú eres la joven de la que toda mi familia habla.
    – Hola, señora Campbell -dijo Sarah. Noah permanecía de pie con los brazos cruzados sobre el pecho, inmóvil.
    – Esto sí que es una fiesta, ¿eh? -comentó Carrie Campbell-. Le decía a Noah, menos mal que tienes esa cárcel, porque seguro que esta noche tendrás que meter allí dentro a unos cuantos borrachos.
    Un tema delicado, la cárcel de Noah. Provocó un silencio.
    – Su periódico parece muy bueno -intervino Kirk-. Imagino que el telégrafo le será muy útil.
    – Sí señor, lo será.
    Charlaron acerca del telégrafo, la comida y el crecimiento demográfico previsto para Deadwood en primavera. Noah se mantuvo en silencio y Arden se movió nervioso y acabó por decir repentinamente:
    – Podéis hablar de eso después. Ahora tenemos que bailar. ¡Vamos, Sarah!
    Nuevamente la forzó a hacer su voluntad, arrastrándola con desconsideración. Por encima del hombro de Arden, los ojos de Sarah se encontraron con los de Noah y pensó, «Por favor, rescáteme». Pero en aquel instante, alguien tocó el hombro del marshal y, según dedujo Sarah, le pidió que lo siguiera, pues Noah se perdió entre el gentío en el extremo lejano del vestíbulo. Cuando por fin terminó la canción, Sarah echó un rápido vistazo al salón y vio a Noah acercándose hacia ella, pero poco antes de que la alcanzara, apareció Robert.
    – Señorita Merritt -dijo muy cortésmente-, ¿me concede el próximo baile?
    – Por supuesto, Robert. Creo que no conoces a Arden Campbell. -Los dos hombres intercambiaron saludos y ella se alejó con Robert, bailando a un ritmo mucho más pausado. Arden los observó desilusionado. A Noah no se le veía por ninguna parte.
    – Vaya, Robert, hacía días que no te veía.
    – He estado muy ocupado con el bocarte.
    – Y yo con el periódico.
    – ¿Algún avance con Addie?
    – Ninguno. ¿Y tú?
    – Creo que esta noche he conseguido hacerla vacilar. -Después de aquel comentario esperanzador, la conversación se centró en Addie, el bocarte y, por supuesto, en el telégrafo. Bailaron tres canciones, se acercaron a la ponchera y ella tomó su segunda taza del «cordial de melocotón».
    La fiesta se animó y Sarah con ella. Le daba la impresión de haber bailado, al menos, veinticinco piezas, con todos los presentes excepto con Noah Campbell. Cada vez que él se acercaba a ella, presumiblemente para invitarla a bailar, alguien se interponía entre los dos. En determinado momento, se oyó un disparo y el marshal fue requerido para arrestar al autor, de modo que estuvo fuera bastante tiempo, el necesario para meter en la cárcel al juerguista, tal como Carrie había predicho. Cuando estuvo de vuelta en el Grand Central, eran pasadas las doce y Sarah se disponía a coger su abrigo, en un perchero cercano a la puerta. Noah se detuvo tras ella.
    – ¿Ya se va? -preguntó.
    Ella se giró con una sonrisa temblorosa y las mejillas rosadas.
    – Me parece que he bebido demasiado, marshal.
    – No es usted la única. Será mejor que la acompañe a casa.
    Sarah se inclinó y le susurró al oído:
    – Gracias al cielo. No sabía cómo librarme de Arden.
    Le costó encontrar la manga con el brazo, de modo que Noah la ayudó. Arden se aproximó, jadeando después de haber estado buscando su chaqueta por todas partes.
    – Noah… yo acompañaré a Sarah a su casa.
    – De eso ya me ocupo yo -le dijo por toda respuesta.
    – ¡Eh, espera un momento!
    – Mamá y papá estaban preguntando por tí. Creo que se vuelven para casa.
    – Buenas noches, Arden -dijo Sarah. Noah la cogió del brazo y la llevó hacia fuera sin brusquedad.
    – Pero Sarah…
    – Buenas noches, Arden -repitió Noah, cerrando la puerta entre ellos.
    – Creo que le debo una disculpa, marshal.
    – ¿Y eso?
    – Por beber demasiado. Este estado no es propio de una dama.
    – Lo ha pasado bien, ¿no es así?
    – Oh, sí. Excepto por su hermano. ¡Baila como una palomita de maíz saltando en una sartén!
    Noah se rió. Ella se adelantó dos pasos, se giró y levantó un pie hacia atrás, mostrándoselo.
    – ¡Mire! ¿Todavía me queda suela?
    – Un poco.
    – Bueno, pues es un milagro. No es fácil ser una de las veinte únicas mujeres en un pueblo como éste.
    Caminaban el uno al lado del otro sin tocarse. Sarah mantenía bastante bien el equilibrio.
    – Ha sido una buena compañera de baile. Los hombres estaban encantados.
    – Pensé que íbamos a bailar usted y yo.
    – Estaba demasiado ocupada.
    – ¿No ha bailado con nadie?
    – Yo también estuve ocupado.
    – Apuesto a que no sabe bailar. Es eso, ¿no?
    – Lo ha adivinado. Soy aún peor que Arden.
    Sarah se rió y luego se apretó las palmas de las manos contra las mejillas.
    – Tengo la cara ardiendo.
    – Es por el ron.
    – Ben Winters me dijo que era ponche dulce.
    – Pero usted no le creyó, ¿no es cierto?
    – No. Vi como le ponía licor. Pero decidí pasar un buen rato, como los demás.
    – Es probable que mañana le duela la cabeza.
    – Oh, no.
    – Beber algo de café sienta bien en estos casos. Tal vez encontremos un poco en la cocina de la señora Roundtree.
    Subían los largos peldaños en dirección a la casa. Desde el salón, que quedaba ya bastante atrás y abajo, aún llegaba el rumor de la celebración. Noah abrió la puerta y entraron en la sala a oscuras.
    – Espere un momento -dijo. Sarah se quedó de pie en la oscuridad, desabrochándose el abrigo mientras él encontraba una cerilla y encendía una lámpara-. Vamos -le dijo con la lámpara en la mano y encaminándose hacia la cocina.
    Dejó la lámpara sobre la mesa, entre algunos recipientes de madera, una olla que contenía un trozo de lacón y un salero. El fuego de la estufa se había apagado hacía rato y la habitación estaba fría. Noah cogió una cafetera y la agitó.
    – Queda un poco -dijo. Entró en la despensa oscura y reapareció vertiendo el café frío en una tacita blanca.
    Sarah se sentó a la mesa.
    – ¿Usted no va a tomar?
    – Yo no estoy borracho.
    – Oh, claro -sonrió ella, aceptando la taza.
    Noah dejó la cafetera sobre el fogón frío, apartó una silla de la mesa y se sentó a la derecha de Sarah, apoyando un codo sobre el borde de la mesa y poniendo su tobillo derecho sobre su rodilla izquierda. Llevaba puesta la chaqueta gruesa de piel de oveja y el sombrero que ella le había regalado.
    – Su padre es el hombre más anaranjado que he visto jamás.
    Noah soltó una risotada.
    Sarah se llevó un dedo a los labios.
    – ¡Shhh! Despertará a toda la casa.
    – ¿Más anaranjado?
    – ¿O se dice naranjado?
    Habían comenzado a susurrar.
    – Mi madre cuenta que cuando lo conoció le dijo que parecía una sartén dejada durante un día bajo la lluvia.
    Sarah emitió una risita atenuada tras los dedos con que se tapaba la boca. Luego bebió un trago de café frío.
    – Ajjj… esto es horrible.
    – Bébalo. Le sentará bien.
    Ella hizo una mueca y obedeció, después se estremeció y se limpió la boca con el dorso de la mano.
    – Sobrevivirá -añadió Noah sonriendo.
    La habitación quedó en silencio. Sus miradas se cruzaron. Sarah desvió la suya.
    – Me gusta su pelo así… suelto.
    Los ojos azules de la mujer se elevaron muy abiertos y algo sorprendidos. Cohibida, Sarah se pasó un mechón revoltoso por detrás de la oreja.
    – Tengo un pelo espantoso.
    – No, no es verdad.
    – Addie sí que lo tiene bonito. Debería verlo cuando lo tiene rubio. Nunca he visto un pelo tan brillante y lustroso.
    Noah la observó con detenimiento con un codo sobre la mesa y los dedos entrelazados sin tensión. Su silencio mostraba su desaprobación del hecho de que ella elogiara la belleza de su hermana en detrimento de la suya. Se hizo otra pausa y Sarah buscó con ansiedad algún tema de conversación.
    – Tiene una familia muy agradable -dijo, ya no murmurando sino hablando en tono suave-. Le envidio.
    – Gracias.
    Otra vez el silencio. Ella lo rompió.
    – El aire frío y el café me han sentado muy bien. Me siento mucho más despejada.
    – ¿Puedo preguntarle algo, Sarah?
    – ¿Sí?
    – ¿Qué es usted para Baysinger?
    – Una amiga.
    – ¿Eso es todo?
    – Sí. Ya se lo dije antes.
    – Pasan mucho tiempo juntos.
    – Sí. Charlamos a gusto y ambos estamos interesados en el bienestar de Addie. ¿Por qué lo pregunta?
    – Porque estoy considerando hacer algo. -Se puso de pie, cogió la taza de café vacía y la dejó en la pila, junto al balde de agua. Cruzó los brazos y los tobillos y se apoyó contra la pared-. De hecho, llevo algún tiempo pensando en hacerlo, pero he creído que sería justo advertirte antes.
    – ¿Hacer qué?
    – Besarte.
    Sarah se quedó boquiabierta y sus ojos olvidaron cómo parpadear. No se le ocurrió ninguna maldita cosa que decir.
    – ¿Te parecería bien? -le preguntó Noah Campbell.
    – Supongo que sí.
    Caminó a través del suelo de madera, deteniéndose junto a ella. Apoyando una mano en el respaldo de la silla y la otra sobre la mesa, se inclinó hacia delante y ladeó la cabeza de modo que el ala de su Stetson no tocara la cabeza de Sarah. La besó una vez, seca y brevemente en los labios, tan seca y brevemente que ninguno de los dos se molestó en cerrar los ojos. Noah enderezó los codos y sus miradas chocaron.
    – Pensé que debía preguntártelo primero -dijo-. Sabiendo lo que sentías por mí hace un tiempo…
    – Sí. Está bien. Es… uh… -Sarah se aclaró la garganta. No era una mujer propensa a tartamudear-. ¿Cuánto hace que piensas en hacer… eso?
    – Desde el día en que le llevaste el gato a Eve.
    – Ah…
    – Bueno… -Noah se incorporó del todo y se abrochó la chaqueta-. Es tarde.
    – Sí. Tengo que acostarme.
    – Y yo que volver al pueblo para asegurarme de que la noche termina pacíficamente.
    Cogió la lámpara y esperó a que ella se pusiera de pie y lo precediera a través de la puerta de la cocina, por el comedor y hasta el pie de las escaleras.
    – Buenas noches, Sarah -dijo en tono serio.
    – Buenas noches, Noah.
    – ¿Está encendida la lámpara del pasillo de arriba?
    Ella subió al primer rellano y vio que la lámpara en la pared todavía ardía.
    – Sí, lo está.
    – Bueno, hasta mañana entonces.
    Noah se marchó y Sarah subió a su cuarto y se sentó en el borde de la cama, algo aturdida. ¿Qué significaba que un hombre meditara tanto tiempo si besar a una mujer y que finalmente lo hiciera como poniéndose a prueba? ¿O poniéndola a prueba a ella?

Capítulo Doce

    Por la mañana, Sarah se sintió aliviada por la ausencia del marshal durante el desayuno. Lo había oído llegar a las cuatro de la madrugada y supuso que tanto él como el resto de los ausentes seguían durmiendo.
    Se sentó a la mesa y aceptó una taza de café, pero rechazó los huevos y las tostadas. La cabeza le daba vueltas y tenía el cuello dolorido. La idea de comer se le antojaba repulsiva. No sólo había sido imprudente al beber el ponche de ron; tampoco había dormido más que Noah Campbell: Se había quedado estirada en la cama pensando en el beso del marshal.
    No había sido especialmente romántico, pero es que Noah Campbell tampoco parecía ser un hombre especialmente romántico. De todas maneras, para ser un beso prosaico, estaba dotado de un efecto muy prolongado.
    Aquel beso le vino a la mente muchas veces a lo largo del día: mientras preparaba junto a Patrick una edición especial del Chronicle dedicada a la llegada del telégrafo, que relataba entre otras cosas la celebración en el Grand Central; mientras almorzaba copiosamente en el restaurante de Teddy Ruckner, charlaba con él sobre la fiesta y declinaba su invitación para ir al Bella Union esa noche; mientras se arrastraba con pies cansados hasta la oficina y trataba de no quedarse dormida sobre el escritorio por la tarde; mientras esperaba, en vano, que el marshal entrara en la oficina del periódico.
    Se encontraron a la hora de cenar.
    Sarah se había cambiado la blusa, cepillado el pelo y puesto una pizca de agua de rosas en el cuello. El estupor la embargó al ver que Noah actuaba como si no hubiera ocurrido nada. Se mostró amable con ella, pero no más que con el resto de comensales. Todos conversaron sobre el baile de la noche anterior, pero Noah no le habló más directamente que a los demás, ni sus miradas llevaban ningún mensaje oculto.
    Sarah supuso que no había pasado la prueba.

    Las navidades estaban cerca. Un día, tres semanas antes de Nochebuena, Jack Langrishe entró en la oficina del Chronicle. Era un hombre de aspecto pulcro, con barba de chivo y bigote, y que siempre llevaba un sombrero de seda negro de copa cuadrada.
    – Buenos días, señorita Merritt. -Su voz sonaba como un trueno distante, y su declamación era impecable.
    – Señor Langrishe, es un placer verle. ¿Ha venido a por los nuevos programas del teatro? Están todos listos.
    – De hecho no. He venido por la Navidad.
    – ¿La Navidad?
    – He decidido acudir a usted en primera instancia, por ser el ciudadano de Deadwood que más ha alzado su voz en relación a la falta de una iglesia y un pastor.
    – ¿Le he ofendido, señor Langrishe?
    – En absoluto. Muy al contrario. Comparto sus sentimientos y aspiraciones al respecto: este pueblo necesita ambas cosas. Dado que carecemos de las dos, y como la celebración navideña está próxima, mi propuesta es la siguiente: ofrezco mi teatro para dar cabida a un programa y espectáculo de Nochebuena que constituya un servicio religioso oficial.
    Sarah sonrió.
    – Qué idea tan maravillosa. Qué generoso por su parte ofrecer una vez más su ayuda.
    – Me gustaría que se incluyera a los niños.
    – Por supuesto.
    – Y a todos los adultos que podamos conseguir que participen.
    – Creo que tendremos más suerte con los niños -dijo Sarah sonriendo.
    – Sin duda.
    – De todas maneras, las madres están muy ansiosas por que se organice algo para sus hijos. Podríamos persuadir a algunas de ellas para que se suban al escenario.
    – Ojalá, e incluso a sus padres. Usaremos la compañía teatral, desde luego, pero me gustaría que los otros miembros del pueblo tomaran parte en la producción.
    – ¿Cómo podría ayudar?
    Jack Langrishe se tocó el bigote con dos dedos y preguntó:
    – ¿Sabe cantar, señorita Merritt?
    Sarah se rió con modestia.
    – No tan bien como escribir.
    – Necesito a alguien que se ocupe de los niños y dirija sus interpretaciones musicales.
    – Puedo intentarlo.
    – ¡Sabía que aceptaría! -enfatizó él con un puño.
    – Tendremos que anunciarlo en el diario.
    – Sí, eso era lo segundo que le iba a pedir.
    – Haré que Patrick imprima el anuncio de inmediato.
    Jack Langrishe era un mago. No sólo indujo a Sarah a dirigir el coro infantil, sino también a Elias Pinkney a trasladar su órgano de trece notas al teatro para que se uniera al piano que ya había allí, y a un herrero llamado Tom Poinsett a construir ocho triángulos grandes de acero. Encontró un intérprete de xilofón llamado Ned Judd y le hizo ensayar varias canciones con los triángulos, y convenció a la señora J. N. Robinson, madre del único bebé del pueblo, de que representara el papel de la Virgen y permitiera que su bebé hiciera de niño Jesús. (La suerte estuvo de su parte, el bebé de los Robinson era varón.) Del vestuario de la compañía teatral Langrishe se escogieron trajes de ángeles, cayados de pastores, coronas de reyes y algunas cosas más.
    A Sarah se le ocurrió la idea de, aprovechando la ocasión, recaudar dinero para la construcción del edificio iglesia/escuela, incorporando la colecta al espectáculo. (¿Qué mejor momento para pedir a los hombres que abrieran sus bolsillos que cuando sus oídos se llenaban con el sonido de voces infantiles, sus mentes rebosaban de recuerdos del hogar y sus corazones desbordaban caridad navideña?) Aunque el cañón no poseía incienso ni mirra, tenía su buena cantidad de oro auténtico. Lo recolectarían en una réplica de un cofre de oro que Jack había encontrado entre los objetos del teatro y los tres «reyes» se lo ofrecerían al «niño Jesús», como parte de la representación en sí.
    Se propagó el rumor de que Jack Langrishe y Sarah Merritt tenían planes espléndidos para el espectáculo navideño y dieciséis chicos se presentaron a Sarah para cantar en el coro. La cantidad de adultos que se ofrecieron a participar fue tan grande, que Jack tuvo que probarlos y hacer una selección.
    Los ensayos se realizarían al atardecer; de ese modo, Jack contaría con tiempo suficiente para preparar a su compañía para las funciones regulares de las nueve de la obra en cartel, Ótelo. La noche del primer ensayo, a la hora de cenar, Sarah se disculpó y se retiró temprano de la mesa. Noah Campbell alzó la cabeza y no dijo nada. La segunda noche, preguntó:
    – ¿Otra vez ensayo?
    – Sí -respondió ella y se marchó deprisa.
    La tercera noche, el marshal se pasó por el teatro poco antes de las ocho. El edificio ya poseía techo de madera y dos estufas de hierro fundido. La puerta chirrió cuando entró. La cerró despacio, echó el cerrojo sin hacer ruido, se quitó el sombrero y permaneció de pie en el fondo para escuchar. Sarah estaba en el escenario, de espaldas a él, dirigiendo a los niños del pueblo mientras cantaban Vamos pastorcito. Llevaba una falda de color verde oscuro y una blusa blanca con un corbatín fino. Estaba quieta, muy derecha, dirigiendo con movimientos puntuales de sus brazos, inclinando la cabeza de tanto en tanto para alentar a los niños a que no se quedaran atrás. Las voces -claras y desafinadas- resonaban en el recinto, conmoviendo el corazón de Noah.
    Vamos pastorcito,
    Vamos a Belén,
    Que en Belén acaba
    Jesús de nacer.
    Cantaban la estrofa mientras los ojos de Noah permanecían clavados en la espalda de Sarah. La imaginaba vocalizando la canción, la mirada iluminada y entusiasta viendo a los niños. La canción terminó, los brazos de ella se relajaron y dijo:
    – Muy bien. Los más pequeños, no os mováis de vuestros sitios. Los mayores, formad un círculo alrededor suyo e id a por las velas. Nada de murmullos cuando el señor Langrishe lea el versículo.
    Todos obedecieron. Para ensayar se utilizaban pequeños husos de madera en vez de velas. Mientras éstos se distribuían, Jack Langrishe leyó el pasaje de Navidad de la Biblia con su voz altisonante, y hombres y mujeres del pueblo fluyeron hacia el escenario; aquella noche llevaban sus ropas habituales, pero desempeñaban claramente los papeles de María, José, los pastores y los reyes magos. La señora Robinson colocó una mantita enrollada en una cuna de madera y se quedó mirándola. Graven Lee se encontraba al otro lado de la cuna, en igual actitud piadosa. Tres hombres salieron de una hilera de sillas alejada y avanzaron por el pasillo; el último, Dan Turley, depositó la caja del oro al pie de la cuna. Un repique sonó, despacio, tres veces (uno de los triángulos de acero) y Sarah levantó los brazos. Al extinguirse el último eco de aquel sonido, los niños comenzaron a cantar Noche de paz: ésa era la señal. Cantaron una sola estrofa, luego Sarah se volvió como para dirigir al público, invitándolo a sumarse a la segunda estrofa, cantando ella misma también.
    Vio a Noah y olvidó algunas palabras.
    Él inclinó la cabeza y las mejillas de Sarah se sonrojaron ligeramente antes de que siguiera cantando. Noah respiró profundo y se unió al coro.
    Pastorcillos venid a adorar…
    Cantó a grito pelado experimentando, mientras lo hacía, una repentina compenetración con Sarah Merritt. Era la cosa más extraña que jamás le había sucedido con una mujer, pero le gustaba. Le gustaba mucho.
    Ha nacido el Señor,
    ha nacido el Señor…
    La canción se fue apagando hasta el silencio, y sus miradas se cruzaron por unos instantes antes de que ella se volviera para atender a los niños. La voz de Jack Langrishe volvió a sonar. Noah permaneció en el fondo del teatro, observando a la mujer vestida de verde y blanco, estremecido por su nuevo descubrimiento: al parecer se estaba enamorando de ella. Sarah tocó con cariño una cabecita rubia, se inclinó y susurró una orden al oído de un niño. Por un instante, él imaginó que el niño era de ambos: ella sabía tratar a los chicos, eso se veía. Era culta, inteligente, valiente y virtuosa. ¡Qué buena madre sería!
    «¿Qué buena madre? Eh, Noah, te estás excediendo un poco, ¿no crees?»
    La había besado una vez y había cantado un villancico de Navidad con ella, ¿y ya se la imaginaba como la madre de sus hijos? ¡Ésa era la ambición de Arden, que se pasaba todo el día hablando de una esposa y una familia, pero no la de Noah! La posibilidad de haber dado un giro tan radical en su manera de pensar, le provocó una cierta sensación de pánico.
    No obstante, esperó a que finalizara el ensayo, siguiendo a Sarah Merritt con la mirada, analizando sus sentimientos recientes. Ella alzó ambas manos pidiendo atención.
    – Niños, habéis cantado como ángeles del cielo. Ahora podéis iros a casa. La próxima vez será con los trajes y las velas encendidas.
    Anduvo a través del pasillo y se detuvo cerca del fondo para coger su abrigo y su pequeño sombrero de una silla. tfoah sonrió y la esperó.
    – Buenas noches, marshal.
    – Hola, Sarah. Déjame ayudarte.
    – Tienes muy buena voz -comentó ella, poniéndose el abrigo mientras él se lo sostenía.
    – Tú también.
    – Ya que no podemos bailar juntos, al menos podemos cantar -sonrió abrochándose el botón del cuello del abrigo. Noah le dio el sombrero y la observó atárselo por debajo de la barbilla. Increíble: le costaba apartar la vista de la curva de la garganta mientras ella se ajustaba las cintas. Cuando terminó, comenzó a ponerse los guantes y, de repente, levantó la cabeza y le obsequió con una sonrisa radiante que lo dejó sin aliento. Noah se esforzó mentalmente por recordar en qué momento ella había empezado a cambiar ante sus ojos, cuándo su altura se había convertido en elegancia, su simple pulcritud y su rostro,ordinario, en su ideal de mujer.
    – He venido para acompañarte a casa.
    – De acuerdo. Pero antes tengo que pasar por la oficina del periódico.
    – Claro.
    Fuera, hacía una noche fría y ventosa. Noah hubiese querido cogerla del brazo pero no lo hizo. ¿Qué le ocurría? Había hecho, a lo largo de su vida, cientos de cosas más íntimas con cientos de mujeres y ahora no se atrevía ni a cogerla del brazo.
    – Los niños necesitan alas. Veré qué puedo hacer con papel de imprenta y engrudo. ¿No han cantado de maravilla?
    – Como verdaderos angelitos. Les gustas.
    – Y ellos a mí también. Nunca había trabajado con niños. Su capacidad de respuesta es sorprendente.
    En la oficina, Sarah encendió una lámpara. Noah esperó mientras ella cogía un rollo de papel y luego la ayudó a atarlo con una cuerda.
    – Ojalá se me ocurriera alguna manera de darle brillo a las alas -comentó ella.
    – Mica -sugirió él.
    – Mica… ¡claro, eso es! -exclamó.
    – Se puede triturar con un mortero y después se rocía sobre el engrudo húmedo; debería pegarse.
    – ¡Qué buena idea!
    – Si quieres, puedo conseguírtela.
    – ¿En serio?
    – Por supuesto. Mañana no tendré tiempo, pero pasado tendrás tu mica. Y la tendrás triturada.
    – Oh, Noah, gracias. -Sus ojos azules brillaron llenos de gratitud sincera.
    Él sonrió y asintió, complacido consigo mismo y por el entusiasmo de ella.
    – ¿Lista? -preguntó, levantando el rollo de papel y acercándose a la lámpara.
    – Lista.
    Noah bajó la intensidad de la luz y la siguió hasta la puerta. Cuando Sarah la estaba abriendo, la detuvo.
    – Espera un momento, Sarah.
    Ella se giró.
    – ¿Qué pasa?
    Con la mano libre, él cerró la puerta, quedando así los dos dentro de la oscura y silenciosa oficina.
    – Sólo esto… -Ladeó la cabeza y se acercó a ella. El ala de su sombrero chocó contra el gorro de Sarah. Rieron, Noah retrocedió y se quitó el Stetson-. ¿Puedo volver a probar?
    – Por favor, hazlo.
    Esta vez resultó perfecto, sus bocas se unieron suavemente y permanecieron así mientras el péndulo del reloj marcaba el paso de diez… quince… veinte lentos segundos. Con el sombrero en una mano y el rollo de papel en la otra, Noah no podía abrazarla. Ella podría haberse escabullido con facilidad después de un breve roce de labios, pero se quedó quieta, inclinando la cabeza, sumisa y complacida. La oscuridad acrecentó su sentido del tacto. Lo suave se volvió más suave. Lo tibio, más tibio. El aliento de Noah acariciaba las mejillas de Sarah, el de Sarah, las de él. Ambos esperaron, como en un contrapunto, a ver qué hacía el otro. Noah introdujo su lengua en la boca de Sarah, que a su vez la buscó con la suya. Se tantearon mutuamente, todavía un poco sorprendidos, con las bocas apenas abiertas. El beso concluyó como una telaraña que se rompe, con una separación progresiva.
    El reloj se hizo notar durante algunos segundos, antes de que Noah hablara.
    – Algo me ha ocurrido esta noche mientras cantaba contigo.
    – Me sorprendió tanto lo que hiciste.
    – A mí también. He hecho muchas cosas con mujeres, pero ésta es la primera vez que canto con una. ¿Te diste cuenta de que te ruborizabas al girarte y verme?
    – ¿Lo hice?
    – Sí, lo hiciste. Y entonces fue cuando ocurrió.
    – Cuando ocurrió ¿qué?
    – Lo mismo que está pasando ahora.
    – ¿Y qué está pasando ahora?
    – Mi corazón late rápido.
    – ¿En serio?
    – ¿El tuyo no?
    – Sí… pero yo había pensado que…
    – ¿Qué?
    – Había pensado que la primera vez que me besaste, suspendí un examen.
    – ¿Qué examen?
    – Creí que me estabas probando… para ver si te gustaba, y que no te gustó.
    – Pues te equivocaste, Sarah.
    – ¿Cómo iba a saberlo? Después de aquel beso, me mirabas igual que a los hombres.
    – Estaba tratando de comportarme del modo correcto.
    – No estoy segura de que alguna vez lo nuestro llegue a ser lo correcto.
    – ¿Porqué?
    – Por mi hermana.
    – Tu hermana no significa nada para mí.
    Seguían cerca, acostumbrándose a la sinceridad y a las reacciones que provocaba.
    – ¿Te importa que deje lo que llevo en las manos, Sarah?
    – Si quieres.
    Noah se agachó y dejó en el suelo el rollo y el Stetson. Luego se irguió, la cogió por la parte superior de los brazos y se quedaron inmóviles, el uno frente al otro, escuchando sus respiraciones aceleradas. Él la atrajo hacia su pecho, buscó su boca una vez más y se unieron en un beso como ninguno de los dos jamás creyó que podía ocurrir, con un abrazo apasionado y una profunda fusión de lenguas. Noah deslizó una mano por la espalda del abrigo de lana rugosa y ella hizo lo mismo a lo largo de la áspera chaqueta de piel de oveja. Amortiguadas las caricias por ambas prendas, se abandonaron a ese preciado momento de intimidad que los llenaba de estupor.
    Se separaron tan lentamente como antes, todavía pasmados.
    – Todo esto es tan extraño, Noah.
    – Lo sé.
    – Es como si no fuéramos tú y yo.
    De pie en la oscuridad, callaron, recordando… el comienzo hostil y la aversión mutua, y ahora aquello.
    Sarah le sorprendió al pedirle:
    – ¿Podemos hacerlo de nuevo, Noah?
    – Bueno, Sarah Merritt -dijo él con una sonrisa en la boca-. Me sorprende usted.
    Le cogió la cabeza con las dos manos y la boca y los sentidos de Sarah se embriagaron con el aroma a jabón de afeitar que durante todas aquellas semanas la había acompañado a través de la mesa del desayuno. Su bigote era suave, su lengua más aún, húmeda y tibia al entrar en contacto con la de ella. Sarah correspondió al beso con ardor, en tanto él la abrazaba con tanta fuerza que sus pies dejaron de estar en contacto con el suelo.
    Cuando los talones de ella volvieron a tocar el suelo, ambos jadeaban.
    – Creo que será mejor que nos vayamos a casa-susurró Sarah.
    – Sí. Es tarde.
    Noah recogió su sombrero y el rollo de papel y la siguió al exterior del edificio, esperando a que ella cerrara con llave. Mientras subían la colina, curiosamente no encontraron mucho de qué hablar. Al final del camino, ella subió los peldaños delante de él y se detuvo al alcanzar la puerta de entrada; era una mujer sin experiencia en aquellos casos. ¿Se suponía que tenían que besarse antes de entrar?
    – El jueves iré a por la mica -dijo Noah, algo desconcertante.
    – Gracias… sí, a los niños les encantará.
    – Te la llevaré a la oficina.
    – De acuerdo.
    Sarah extendió una mano hacia el picaporte y él la detuvo tocándole torpemente una manga.
    – Sarah, no sé expresarme muy bien, pero… -Le soltó el brazo y pasó el peso de su cuerpo de un pie al otro-. Ha sido maravilloso cantar Noche de paz contigo esta noche.
    – Sí, lo ha sido. Tu voz es preciosa, Noah. Quizá cuando tengamos nuestra iglesia te incorpores al coro.
    – Si tú lo diriges, tal vez lo haga.
    El cielo estrellado proporcionaba suficiente claridad para que Noah distinguiera bien las facciones del rostro de la mujer, aunque el suyo permanecía oculto por la sombra del ala del sombrero. Sarah esbozó una sonrisa tímida.
    – Bueno, será mejor que entre.
    – Y será mejor que yo haga otra ronda. -Le entregó el rollo de papel.
    – Buenas noches, Noah.
    – Buenas noches, Sarah.
    – Nos veremos mañana.

    Se dispuso a acostarse sin prisa, perpleja por sus cambiantes sentimientos hacia Noah. Después de ponerse el camisón, se echó sobre los hombros un chal y sacó su diario en un intento por ordenar sus sentimientos.
    Me ha besado, besado de verdad, un hombre que conoce a mi hermana en el sentido más bajo de la expresión, un hombre a quien no hace mucho odiaba intensamente. Soy la única mujer joven deseable en este pueblo y he tratado de ser sincera conmigo misma acerca de si ése es el motivo de sus atenciones, pero creo que no. Creo que lo que sentimos el uno por el otro está cambiando de un modo sincero pero, ¿con qué fin? Eso es algo que debo preguntarme ahora. Las mujeres de mi familia han sentado un precedente… primero mi madre y ahora Addie. ¿Acaso poseo una predisposición innata a ser como ellas? ¿Me considera él una mujer fácil? No quiero pensar que pueda ser así y, sin embargo, ¿cómo no albergar dudas al respecto, si lo conocí a la entrada de un burdel? ¿Es el tipo de hombre que me conviene? ¿Qué me aconsejaría papá? Suponiendo que las intenciones de Noah Campbell sean honestas, suponiendo incluso que estuviera enamorado de mí y me propusiera matrimonio… qué violento podría llegar a ser acostarme con él, sabiendo que mi hermana me precedió…

    Por la mañana, seguía confundida. Frente a él, en la mesa del desayuno, se sintió desgarrada por el deseo de buscar su mirada y por otro, igualmente intenso, de evitarla. Afortunadamente, él la trató como de costumbre. Después de todo, vivían en la misma pensión, en el mismo piso, separados por dos puertas. Como por un acuerdo silencioso, se atuvieron a la misma actitud cortés que habían mostrado el uno con el otro hasta entonces. Lo mismo sucedió esa noche a la hora de cenar y durante el desayuno del día siguiente.
    Pasados dos días, el jueves por la tarde, Noah apareció por la oficina con la mica triturada que le había prometido. Patrick trabajaba en una mesa que daba a Main Street cuando el marshal entró, fue directamente al escritorio de Sarah y le entregó una bolsa cerrada con una cuerda.
    – Aquí tienes tu mica -declaró con aire satisfecho y algo expectante.
    – Gracias. -Ella se sorprendió sintiendo una leve presión en el pecho al aceptarla. Se volvió hacia Patrick, y luego le dijo a Noah-: He estado diseñando las alas. ¿Te gustaría verlas?
    – Claro.
    Lo condujo al fondo de la oficina, donde tres alas de diferentes formas, hechas con papel de imprenta y cubiertas con engrudo, se estaban secando sobre barriles. Se detuvieron de espaldas a Patrick.
    – Me gusta ésta -declaró Noah-. Si es cierto que los ángeles tienen alas, estoy seguro de que son como éstas.
    – Con la mica tendrán un aspecto mucho más angelical. Gracias de nuevo por traerla.
    – Bah, no tiene importancia. ¿Las piensas hacer todas tú sola?
    – No, Emma se ha ofrecido a hacerse cargo del vestuario. Yo sólo haré el molde.
    Se hizo un silencio. Noah supo por la cabeza gacha de ella que algo había cambiado en el corazón de Sarah desde la última vez que habían estado juntos en aquella oficina.
    – He estado pensando, Noah… -murmuró jugueteando con la bolsa de mica.
    – ¿Qué?
    – Acerca de tí… y de Addie. -Lo miró a los ojos. No se había quitado las gafas, y con ellas parecía más vulnerable-. No tiene sentido que tú y yo… bueno… -Hizo un aspaviento con una mano y volvió a bajar la mirada a la bolsa-. No tiene sentido, eso es todo.
    – Sarah, yo no…
    A sus espaldas, Patrick preguntó en voz alta:
    – ¿Quieres que utilice un grabado de un caballo y un trineo en este anuncio para Tatum, Sarah?
    – Sí, quedará bien -respondió ella, alzando la voz; luego añadió con más suavidad-: Debo continuar con mi trabajo. Gracias de nuevo, marshal.
    Noah la contempló con expresión lúgubre durante unos segundos… así que ahora volvía a ser el marshal.
    – De acuerdo, Sarah, si lo quieres así. -Ni un sólo músculo de su cara se movió mientras la miraba; después se llevó la mano al ala del sombrero a modo de saludo y se marchó.

    Noah, atendiendo a lo insinuado aquel día por Sarah, evitó el contacto íntimo con ella. Se convirtieron en expertos en el pase de bandeja sin mirarse a los ojos; en unirse a las conversaciones sin intercambiar más que las pocas palabras inevitables; en levantarse de la mesa en distintos momentos para no tener que subir juntos las escaleras…
    Una mañana en que en el exterior de la casa aún no había clareado del todo, Sarah, que acababa de abandonar la cama caliente, abrió la puerta y se encontró con Noah que iba en su misma dirección. Se quedaron paralizados, los dos desarreglados, con los abrigos echados por encima descuidadamente. La parte superior de la ropa interior de él asomaba debajo de la chaqueta de piel de oveja. Sarah mantenía su abrigo cerrado sobre el camisón. Noah tenía el bigote y el pelo desaliñados; los ojos de ella estaban legañosos, su vista empañada y su cabello revuelto.
    – Buenos días -dijo él.
    – Buenos días.
    Ninguno de los dos se movió. Ni sonrió. Ni respiró.
    Por fin, Noah dijo:
    – Ve tú primero. Yo puedo esperar. -Dio media vuelta y volvió a su habitación.

    La tarde de Nochebuena nevó. Sarah fue a la casa de baños, se perfumó con agua de rosas y se puso su mejor vestido y el abrigo polonés. En su habitación, se moldeó el pelo, añadió diestramente un postizo en la parte de atrás, se dejó unos rizos sueltos y se prendió un broche en la parte alta de su blusa blanca. Se miró en un espejito de mano, olió el perfume en su muñeca y pensó en Noah Campbell, probablemente cambiándose en su cuarto al fondo del pasillo.
    «Le echo de menos.»
    Cogió el regalo que había hecho para Addie… un delicado ramillete de flores secas envuelto en una pequeña servilleta decorada y atado con una cinta color lavanda. Miró el regalo con tristeza, especulando sobre Noah y ella juntos, en Rose's.
    «¿Y cuántas otras, Noah?»
    Suspiró y contempló los copos de nieve cayendo como plumas de ganso al otro lado de la ventana. El cielo estaba de color lavanda, como la cinta en su mano.
    Pensar en Noah y Addie era para ella algo así como hurgar en una vieja herida. ¿Cuándo la habría visto por última vez? ¿Iría a Rose's con regularidad? ¿Besaría a Addie del mismo modo prolongado en que la había besado a ella?
    Si permitía que los besos continuaran, ¿esperaría él poder llegar a hacer con ella las mismas cosas que había hecho con Addie?
    Se puso el abrigo con desaliento.
    Afuera, el cañón parecía cubierto por una capa de armiño. Los mineros estaban bajando por las colinas, dejando las mulas en los palenques y entrando en las cantinas. Muchos la saludaban llamándola por su nombre.
    En Rose's, la sala de recibo estaba desierta. Sarah fue directamente a la habitación de Addie y llamó a la puerta. Addie la abrió con Mandamás en brazos. La visión de su hermana con la gata como única compañía le sugería a Sarah una triste perspectiva para la Nochebuena.
    – Feliz Navidad, Addie. ¿Puedo pasar un minuto?
    Addie retrocedió en silencio.
    – Te he traído esto.
    Addie observó el regalo.
    – No tengo nada para ti.
    – No importa. Vamos… acéptalo.
    Addie soltó a la gata y cogió el ramillete de flores. Tenía una expresión triste y la mirada ausente.
    – No te das por vencida, ¿eh?
    – Es Navidad. Quería regalarte algo.
    Addie se quedó mirando el ramillete y no dijo nada.
    – Supongo que habrás oído hablar de la función de Navidad que hemos preparado para esta noche en el Langrishe. Dirigiré el coro de niños, y me gustaría mucho que vinieras.
    – No puedo.
    – Por supuesto que puedes. Sólo tienes que ponerte un abrigo y un sombrero y venir conmigo al teatro.
    – ¿Y dejar que me insulten?
    – Nadie te insultará.
    – Vives en un mundo de fantasía, Sarah. Aunque lo quisiera, no podría volver a llevar una vida normal.
    – Entonces, ¿ni siquiera lo vas a intentar?
    – No.
    Desilusionada, Sarah escrutó a su hermana.
    – ¿Has visto a Robert?
    – Casi todos los días. Él tampoco se da por vencido.
    – Acepta una de sus invitaciones, entonces. Sé amiga suya de nuevo.
    – Él también vive en un mundo de fantasía.
    – ¿Addie…?
    De todas las veces que la había visitado, ésta era la que más accesible la veía. Había una pregunta que deseaba formularle. Si lo hacía en aquel momento, obtendría como respuesta la verdad, estaba segura. «¿El marshal todavía viene por aquí, Addie?» Abrió la boca para formularla, pero las palabras se atascaron en su garganta.
    Finalmente, temiendo la respuesta, se vio incapaz.
    – ¿Qué?
    – Nada. Espero que te guste el ramillete. Tengo que ir al teatro. Los niños deben estar al caer.
    La expresión de Addie se volvió más triste y desolada.
    – Feliz Navidad.
    – Igualmente.
    Estaban a poco más de un metro de distancia, cada una albergando deseos que la otra no podía satisfacer. De pronto, Sarah se adelantó y abrazó a Addie, apoyando su mejilla contra la de ella.
    – Oh, Addie, ¿volveremos algún día a ser hermanas?
    Por un momento, Addie respondió al abrazo.
    – Será mejor que no te hagas ilusiones.
    – Por favor, ven conmigo esta noche.
    – No puedo, pero te deseo suerte; de verdad.
    Sarah se fue antes de que el llanto brotara de sus ojos. Dieciséis niños esperaban encontrarla alborozada y sonriente. No podía defraudarlos.

    El Langrishe estaba lleno de hombres con el estado de ánimo tranquilo apropiado para asistir a la primera ceremonia religiosa que se celebraba en Deadwood. El escenario estaba decorado con ramas de pino. La cuna rellena de paja. Los niños estaban limpios e impacientes. Las madres, nerviosas. Quienes participaban en la representación vestían sus respectivos trajes.
    El marshal estaba ausente.
    La desilusión de Sarah fue enorme. Espiaba tras las cortinas, escudriñando el gentío en busca del conocido bigote y los ojos grises. Vio a Robert y a Teddy Ruckner, a la señora Roundtree, al señor Mullins, al señor Taft y a decenas de rostros conocidos. Pero no a Noah. Pese a la lucha interior sostenida durante tanto tiempo, para él eran sus pensamientos aquella noche, para él y para nadie más quería que los niños cantaran bien, él, cuyos ojos grises ella buscaría cuando se volviera hacia el público y dirigiera la última canción. Supuso que se habría ido al Spearfish a pasar la fiesta en familia.
    El programa comenzó con una conmovedora interpretación de Adeste fideles cantada por todos, con el acompañamiento de Elias Pinkney al órgano de trece notas y del señor Judd, el músico del xilofón, tocando los ocho triángulos. Siguió una lectura original a cargo de Jack Langrishe que incluyó descripciones de Navidades en otras tierras. Sarah estaba sentada a un lado del escenario con su coro de ángeles, vigilando la puerta. La lectura de la historia de Navidad acababa de comenzar cuando ésta se abrió y Noah Campbell entró en la sala.
    El corazón de Sarah dio un vuelco.
    Los ojos de Noah recorrieron el escenario, la encontraron y se detuvieron.
    – «Hola.»
    – «Hola.»
    La comunión silenciosa entre ellos se produjo. Por primera vez esa noche, Sarah captó el espíritu de la festividad.
    Los niños cantaron bien. El bebé de los Robinson se comportó. A todos les encantaron las campanadas. La voz de Jack Langrishe fue dinámica y el vestuario suntuoso y fidedigno. Los mineros donaron tanto oro en polvo que, además del cofre preparado, se tuvo que utilizar otro recipiente para meterlo todo.
    Y, cuando Sarah se giró hacia el público para dirigir la última estrofa de Noche de paz, ella y Noah cantaron el uno para el otro.
    El estruendoso aplauso al final del espectáculo generó una ronda de abrazos sobre el escenario y apretones de manos entre el público. Por encima de las cabezas que mediaban entre ellos, las miradas de Sarah y Noah se encontraron una y otra vez. Robert la localizó, la abrazó con entusiasmo y le brindó una enorme sonrisa, pero ahora ya no le resultaba tan extraordinario como antes. Por encima del hombro de él, Sarah miró a Noah. Hubo ponche y galletas para los adultos y bolsas de palomitas de maíz y dulces para los niños. La multitud, compuesta en su mayoría por hombres solos separados de sus familias, era reticente a disgregarse y concluir la velada, de modo que se inició una tanda informal de villancicos acompañados al órgano por Pinkney. En mitad de la fiesta, había que recoger los trajes y cambiarse de ropa detrás del escenario. De mala gana, Sarah se dedicó a reunir las alas de ángeles y a buscar a Jack Langrishe para preguntarle dónde guardarlas hasta el año siguiente, temiendo constantemente que cuando regresara al patio de butacas del teatro, Noah se hubiera marchado. Sin embargo, él continuaba allí; al fin se abrieron camino el uno hacia el otro. Un grupo de hombres noruegos comenzó a cantar un villancico en su lengua materna. Una rueda de ruleta giraba con su ruido característico: alguien había sustituido los números por regalos para los niños. En medio de la música, el rumor cortado de la ruleta y el murmullo de voces alegres, Sarah y Noah se encontraron.
    Por un momento, se miraron sin sonreír.
    – Ha sido una función maravillosa -dijo él por fin.
    – Gracias.
    – Los chicos han cantado tan bien como vestían.
    – A todos les han encantado las alas; gracias a tí.
    Unas tímidas sonrisas se insinuaron, haciéndose pronto francas y abiertas. Los noruegos terminaron su canción, que animó a un grupo de suecos a cantar otra más fuerte que la anterior, tan fuerte que ahogaba todo sonido a su alrededor.
    – Creí que no ibas a venir.
    – ¿Cómo? -Le acercó la oreja a su boca. Ella percibió un olor fugaz y dulce que emanaba de su piel.
    – Digo que pensaba que quizá no vendrías. Has llegado tarde.
    – Tuve que hacer cola en la casa de baños.
    – Ah.
    – Todos en el cañón deben de haberse bañado esta noche.
    – Yo fui pronto, así me evité la cola.
    – Qué suerte.
    Se quedaron callados, tratando de encontrar algún tema de conversación razonable que les proporcionara una excusa para permanecer juntos.
    – No veo a tu familia -dijo ella.
    – No, no han venido. Mañana por la mañana iré al valle.
    – Tienes suerte. Creo que muchos de estos hombres añoran mucho a sus familias esta noche.
    – ¿Sarah?
    Ella esperó, su mirada perdida en la de él.
    – Me preguntaba si querrías acompañarme.
    – Lo siento. Ya había hecho planes.
    Esta vez, el silencio se prolongó algunos segundos, mientras advertían la desilusión mutua en sus miradas.
    – Bueno, tal vez en otra ocasión. -Finalmente, él preguntó-: ¿Quieres que te traiga un poco de ponche?
    – Sí, me encantaría.
    Se alejó, volvió con dos tazas llenas de líquido rojo y le entregó una.
    Noah alzó la suya.
    – Feliz Navidad.
    – Feliz Navidad.
    Las dos tazas chocaron. Después de beber, él observó el gentío y se secó el borde inferior del bigote con el dedo índice de su mano libre. La sorprendió mirándole y Sarah desvió la mirada.
    – Parece que después de todo tendrás tu edificio para la iglesia y la escuela -comentó Noah.
    – Eso espero.
    – ¿Cuánto calculas que se ha recaudado?
    – No tengo ni idea.
    Emma apareció rodeada de sus hijos.
    – Bueno, creo que es hora de que nos vayamos a casa. ¿Has visto a Byron?
    – Está allí -señaló Sarah.
    – Ve a buscar a tu padre, Josh. Dile que estamos listos para marcharnos. Feliz Navidad, marshal.
    – Igualmente.
    – Entonces, nos vemos mañana, Sarah.
    – Sí.
    – La comida será a las cuatro.
    – Allí estaré.
    Cuando los volvieron a dejar solos, Noah preguntó:
    – ¿Pasarás el día con ellos?
    – Sí. No me habías creído, ¿verdad?
    Él se encogió de hombros y miró su taza.
    Sarah se quedó pensando en la oportunidad perdida de ir con él al valle Spearfish. Habló con un desaliento apasionado.
    – ¿Por qué no me invitaste antes?
    – No estaba seguro de que quisieras ir.
    – Debiste habérmelo preguntado, Noah.
    – No me llamabas Noah desde la noche que te besé.
    – He estado muy confundida.
    – No le pones las cosa fáciles a un hombre, Sarah.
    – Lo sé -respondió con docilidad-. Lo siento.
    Él pareció meditar un rato, después bajó su taza y adoptó una expresión distante.
    – Bueno, mañana he de salir temprano.
    – Sí, supongo que sí. -Ella bajó la suya también. Noah contempló la sala sin mostrar intención de marcharse, obviamente turbado.
    Los dos hablaron a la vez.
    – Sarah…
    – Noah…
    En el silencio que siguió, ambos mirándose a los ojos, ella hizo acopio de valor.
    – ¿Podemos volver juntos a casa?
    – ¿Dónde está tu abrigo?
    – En uno de los camerinos, detrás del escenario.
    – ¿Has traído gorro?
    – No.
    – Quédate aquí -le indicó él dirigiéndose al escenario. Sarah se quedó de pie y algo desanimada, convencida de que aquella era una de las luchas más difíciles de cuantas había librado: se sentía atraída por un hombre que, creía, estaba obligada a eludir. La idea de pasar la Navidad con él y su familia le hacía sentir ansiedad, pareciéndole la comida con los Dawkins puro protocolo. Noah la conocía lo bastante bien para reconocer su abrigo en el desorden del ropero; parecía significativo que hubieran necesitado tanto tiempo para hacerse amigos. ¿Qué quería ella de él? ¿Y de sí misma? Diablos, no lo sabía.
    Volvió con el abrigo, lo sostuvo mientras ella se lo ponía y luego la acompañó hacia la puerta, ambos dando y recibiendo felicitaciones navideñas en el trayecto.
    Fuera, mucha gente se retiraba ya hacia sus hogares. Las mantas y monturas que cubrían a los animales estaban cubiertas de nieve. Dos mulas avanzaban pesadamente por la calle; montados en ellas, dos jinetes saludaban en la oscuridad.
    Sarah y Noah respondieron al unísono, Noah levantando una mano. Anduvieron por las aceras de madera en silencio… subiendo unos cuantos escalones, bajando otros tantos, a través de una calle, subiendo más escalones. Ocasionalmente, sus codos entraban en suave contacto, pero no hablaron. Giraron una esquina y comenzaron a ascender por la empinada colina.
    De pronto, en la noche quieta y silenciosa, sonó una nota musical. Se detuvieron.
    – ¿Qué ha sido eso?
    El sonido se repitió y ambos alzaron sus cabezas y agudizaron el oído en dirección al cielo.
    – Campanadas -murmuró Sarah.
    Desde algún punto alto sobre el cañón, las notas sonaban y reverberaban, rebotando de pared en pared, a lo largo de la hendidura, estremeciéndolos.
    – Debe de ser Ned Judd. Está tocando Adeste fideles -dijo Sarah.
    Permanecieron quietos donde estaban, escuchando el eco de las notas. La noche cobró vida con la música, que parecía poseer un esplendor casi celestial, resonando a través del maravilloso recinto acústico que la naturaleza había formado. Llenaba sus oídos y parecía deslizarse sobre sus cabezas. Ellos, arrebatados, permanecían inmóviles.
    Cuando la canción terminó, Noah preguntó:
    – ¿Dónde crees que está?
    – En uno de los salientes. Debe de haber subido con los triángulos. Qué regalo de Navidad para todos.
    Otra canción dio comienzo: En el portal de Belén.
    Noah cogió una mano de Sarah y la colocó con firmeza en su antebrazo. Reiniciaron la marcha en dirección a la pensión, unidos nuevamente por la música. En el rellano superior de la casa, la señora Roundtree y algunos de los inquilinos se encontraban de pie con las cabezas inclinadas hacia arriba, escuchando también el villancico que parecía emanar de las rocas y los pinos. Noah soltó discretamente la mano de Sarah y subieron los últimos peldaños para unirse al grupo.
    La canción concluyó y hubo un suspiro general, como el que prosigue a unos fuegos artificiales.
    – Esta Navidad, que empezó siendo una de las más solitarias que muchos hemos tenido que afrontar, ha acabado como algo muy especial -dijo emocionada la señora Roundtree.
    Un murmullo de voces se mostró de acuerdo con ella.
    – Gracias a los triángulos del señor Poinsett.
    – Y a la música del señor Judd.
    Los hombres hacían comentarios respecto al espectáculo, el coro de niños y las alas de los ángeles y felicitaron a Sarah por su participación. El concierto celestial continuó pero, al cabo de un rato, se cansaron y entraron en la casa, deseándose buenas noches mientras subían las escaleras arrastrando los pies, moviéndose como una marea lenta. En aquella corriente tranquila, rodeada como estaba por el resto de los huéspedes, Sarah perdió de vista a Noah… una decepción… y, con ello, la posibilidad de una despedida más íntima.
    En su habitación, se desvistió en la oscuridad, colgó la ropa y se puso un grueso camisón de franela. Se quitó las horquillas y el postizo del pelo, cogió el cepillo y una colcha de abrigo, abrió la ventana y se sentó frente a ella en una mecedora de madera. Sonaron dos canciones. Tres. Sarah se cepillaba el pelo con parsimonia, siguiendo el repique cadencioso, resistiéndose al sueño para así disfrutar de cada nota. El aire de invierno entraba en el cuarto. Colocó una silla delante suyo para apoyar las piernas estiradas, echó la cabeza hacia atrás y escuchó los villancicos cargados de sentimiento que llegaban a su habitación desde lo alto del cañón Deadwood.

    En su habitación al fondo del pasillo, Noah Campbell también abrió la ventana. Encendió una lámpara, se quitó la chaqueta, las botas y la camisa, se sentó con los calcetines y pantalones aún puestos y lió un cigarrillo. Lo encendió con la llama de la lámpara y observó la trayectoria del humo, que se quedó casi inmóvil en la abertura de la ventana antes de volver al interior de la habitación. Fumó dos cigarrillos escuchando la exquisita y solitaria melodía, hasta que sus dedos se enfriaron.
    Apagó la lámpara, acercó la mecedora a la cama, se volvió a sentar, apoyó las pantorrillas sobre el colchón y se cubrió los muslos con una manta. Así, cómodamente recostado, se quedó pensando; pensando en Sarah Merritt y él cantando cara a cara a través de un teatro atestado de gente, en Sarah Merritt y él evitando mirarse a los ojos a través de la mesa del desayuno, en Sarah Merritt y él besándose en la oficina del Chronicle con timidez e inseguridad y luego actuando como si nada hubiera ocurrido.
    Se levantó, se desperezó, fue hasta la ventana abierta y se llevó una mano a la nuca.
    Si fuera una chica de Rose's, sabría cómo tratarla. Pero no era una mujer con quien un hombre podía jugar. Se quedó un rato reflexionando antes de dirigirse hacia la puerta, abrirla en silencio y cerrarla a sus espaldas con igual cuidado. Sin zapatos, se aventuró por el pasillo y se detuvo frente a la puerta de la habitación de Sarah.
    Llamó suavemente y esperó.
    La puerta se entreabrió a los pocos minutos. La habitación estaba a oscuras; Sarah era una sombra en la oscuridad.
    – ¿Sí? -preguntó.
    – Soy Noah.
    – Noah… ¿qué quieres?
    – No puedo dormir. ¿Y tú?
    Ella hizo una pausa prudente antes de contestar.
    – Yo tampoco.
    – ¿Qué hacías?
    – Estaba sentada junto a la ventana abierta, escuchando los villancicos.
    – Yo también.
    Una sugerencia casi inaudible se coló por la abertura de la puerta. Era Noah quién hablaba.
    – Podríamos escucharlos juntos.
    No hubo respuesta.
    – ¿Puedo pasar, Sarah?
    – No, estoy en camisón.
    – Ponte una bata.
    – Noah, no me parece…
    – Por favor…
    Pasados unos segundos, Sarah retrocedió. Noah empujó la puerta con la mano y ésta se abrió. Entró en él cuarto y cerró sin hacer ruido. La habitación estaba débilmente iluminada por la luz que reflejaba la nieve recién caída. Sarah se había alejado un metro y estaba de pie, con una manta sobre los hombros.
    – No deberías estar aquí -dijo.
    – No.
    – ¿Y si alguien te oyera?
    – Todos duermen y voy descalzo.
    Dio un paso hacia ella, que se sentó en la silla casi de un salto, pegó las rodillas con fuerza contra el pecho y las envolvió con la manta. Noah se sentó en la cama, quedando sumergido en la parte sombría de la habitación. La luz proveniente del reflejo de la nieve nocturna convertía una parte del rostro de Sarah, su pelo y la manta, en una acuarela de tonos pastel.
    Durante unos minutos, escucharon a los triángulos tocar O Sanctissima.
    Finalmente, él habló desde la oscuridad.
    – No sé hasta dónde llegar contigo, Sarah -dijo, cómo si al expresarlo hiciera una síntesis de todas sus preocupaciones y problemas-. ¿Lo sabías?
    – No sé a qué te refieres.
    – Sí lo sabes. Te he besado dos veces y hemos disfrutado en ambas ocasiones, pero al día siguiente nos miramos y nos asustamos.
    – ¿Tú también?
    – Sí, yo también.
    – Lo siento. Yo… -No sabía qué decir.
    – Pienso mucho en ti y, sin embargo me cohibes. Es lo más extraño que me ha ocurrido nunca.
    – ¿Tú te sientes cohibido por mí?
    – Eres una mujer que impone respeto.
    – Lo ignoraba -susurró, mortificada.
    – Bueno, pues así es. Eres mejor en tu profesión que muchos hombres y una magnífica organizadora, directora de coro, editora y… -Se interrumpió.
    – ¿Y?
    – Y quiero saber qué piensas de mí.
    Sarah respondió con voz temerosa después de un largo silencio.
    – Tú también me asustas. -Noah no hizo gesto alguno, de modo que continuó-: Y también pienso mucho en tí, más de lo que creo aconsejable. Verás, no eres en absoluto el tipo de hombre que yo creí que…
    – ¿Qué tú creíste que qué?
    – El tipo de hombre que creí que me atraería. -Bueno, ya estaba, lo había dicho. Ahora sus mejillas debían de brillar en la oscuridad cómo dos farolillos rojos.
    – ¿Qué clase de hombre soy?
    Sarah lamentó tener que decirlo.
    – La clase de hombre que frecuenta los burdeles.
    – No he vuelto a Rose's desde que llegaste al pueblo.
    – Pero has estado allí… con mi hermana.
    – Sarah, lo siento mucho, pero eso es algo que no puedo cambiar.
    – Y yo no puedo cambiar lo que siento al respecto. Siempre interferirá entre nosotros.
    – Ya te he dicho que no he vuelto allí y es la pura verdad. Pregúntale a tu hermana.
    – He perdido a mi hermana por culpa de hombres como tú.
    – ¡No! ¡Yo no soy culpable de que ella sea lo que es!
    – No levantes la voz.
    Noah repitió en tono más bajo:
    – Yo no tengo la culpa de que ella sea una prostituta.
    – ¿Entonces quién la tiene? Ojalá pudiera entenderlo.
    Apoyó la cabeza contra las rodillas y, por unos instantes, la música penetró en la habitación silenciosa. Cuándo él le tocó el pelo, Sarah se sobresaltó y levantó la cabeza. No le había oído acercarse.
    – Tienes que irte -susurró, presa del pánico.
    – Sí -convino Noah-. Tengo que irme. He conocido a tu hermana en el sentido bíblico de la expresión, así que debo irme. Lo que podamos sentir el uno por el otro hay que olvidarlo por algo que sucedió antes de que nos conociéramos, ¿no es así?
    – Sí. -Tenía los ojos muy abiertos y el corazón le latía con violencia.
    Noah la cogió por los brazos y la hizo incorporarse.
    – Eso es una tontería, Sarah, y tú lo sabes. -Inclinó la cabeza y sus bocas se unieron… la de él se abrió, la de ella permaneció cerrada. Noah insistió, pero Sarah ni cedió ni correspondió a su beso. Después de unos segundos, separó su boca-. No tengo prisa -dijo-. Tómate el tiempo que quieras.
    Volvió a besarla en los labios, humedeciéndolos despacio con la lengua, sin desanimarse por los brazos cruzados de ella ni por su terca resistencia pasiva. La besó con destreza, con paciencia, con persuasión.
    Sarah tembló y apretó con fuerza la manta sobre sus hombros.
    Noah alzó la cabeza y, sin separarse de ella le acarició los hombros a través de la gruesa tela de lana; Sarah lo miraba confundida: sus ojos eran dos puntos luminosos en la oscuridad.
    Deslizó sus manos por la abertura en la manta hasta encontrar su cintura. La atrajo hacia sí, y después de una fugaz pausa, ladeó la cabeza para besarla de nuevo.
    Sarah participó con tensión, sus brazos contra el pecho de él, el cuerpo echado hacia atrás de cintura para abajo. Después de otro vano intento de seducción, Noah retrocedió y se miraron a los ojos en un semiabrazo.
    – ¿Quieres disfrutar, no es cierto? -preguntó mientras levantaba una mano para retirarle algunas mechas de pelo de las sienes. Sarah se estremeció-. Déjate llevar… -Lenta y cuidadosamente la besó en los párpados, en las mejillas, en los lóbulos, en la barbilla, venciendo así, poco a poco, su recelo. La besó de nuevo en la boca, dejándole su aroma de tabaco y acariciando su piel con el bigote. Le acarició la espalda, describiendo movimientos suaves que hicieron que el roce del género con la piel produjera un sonido áspero. Abrió las manos y la atrajo con violencia hacia sí.
    Con un susurro desesperado, ella se rindió, yendo hacia él como la ola va hacia la roca, alzando los brazos y dando cobijo bajo la manta a Noah. Sus cuerpos ardientes se unieron y él la cogió con fuerza, sus corazones latiendo con frenesí.
    Sarah no sabía que el mero hecho de estar así, juntos, pudiera echar por tierra todo lo que uno creía. Otro murmullo se formó en su garganta, ahogado, temeroso. Desde el exterior, llegó el sonido agonizante del último repique. Pareció vibrar dentro del cuerpo de Sarah y arrojar un débil resplandor sobre los dos.
    Sarah separó su boca.
    – Noah… -Tenía los ojos cerrados-. Esto no está bien.
    – Esto es la naturaleza humana -dijo él-. Es la forma en que hombres y mujeres descubren lo que piensan el uno del otro.
    – No… debes irte -dijo sin convicción.
    – Pobre Sarah… -susurró Noah-. Tan confundida. -Siguió besándola en el cuello, donde aún persistía, débil, la fragancia de agua de rosas; descendió abriendo con su aliento un camino ardiente a través de la franela áspera hasta el pecho derecho.
    – ¡Para! -musitó Sarah, apartándose con brusquedad, empujándolo por los hombros-. Por favor, no puedo. Por favor… -La manta cayó al suelo, al tiempo que interponía sus brazos entre su cuerpo y el de Noah. Las lágrimas caían por sus mejillas-. ¡No soy como Addie! ¡No lo seré nunca! Ni como mi madre. ¡Por favor, Noah, déjame!
    Noah se quedó paralizado, sus manos todavía en contacto con el cuerpo de ella, pero muertas, sin pasión.
    – Por favor, Noah… -murmuró una vez más, sumida en llanto.
    Él retrocedió, abrumado por la culpa.
    – Lo siento, Sarah. -Ella tenía los brazos cruzados como una bandolera, protegiéndose los pechos.
    – Por favor, vete.
    – Lo haré, pero quiero tu promesa de que esto no hará que te sientas culpable. Toda la culpa es mía. Debí volver a mi habitación cuando me lo pediste. No sabía lo de tu madre, Sarah.
    Ella se volvió hacia la ventana, cogiéndose los brazos con fuerza. Ya no sonaba la música, el encanto se había roto.
    Abatido y sintiéndose culpable, Noah recogió la manta del suelo, se acercó a Sarah y se la echó por encima de los hombros.
    – Quiero que sepas algo, Sarah. Yo estoy tan sorprendido y desconcertado como tú por lo que está sucediendo entre nosotros. Creo que ninguno de los dos esperaba llegar a sentir lo que sentimos. De hecho, creo que los dos estamos luchando contra nuestras emociones. Pero, te aseguro, Sarah, que no he venido aquí esta noche sólo porque te deseara. Hay mucho más que eso. He llegado a admirarte por muchas razones: eres inteligente, trabajadora y valiente, y luchas por las cosas en las que crees. Iglesias, escuelas, aceras de madera, para frenar una epidemia de viruela, incluso para cerrar los burdeles. Sé que cuando salga de este cuarto dudarás de mi honestidad, pero debes creerme. Incluso cuando te encerré en aquella mina, pensé que eras una de las personas más valientes que había conocido. Valiente y osada. Desde entonces, me has demostrado que estaba en lo cierto. Y, últimamente, me han gustado otras cosas de tí… la forma en que tratas a los niños, la energía que has volcado en el espectáculo de esta noche… de acuerdo, ríete de mí, pero hasta cantar Noche de Paz contigo ha cambiado algo entre nosotros. Todo eso ha ocurrido antes de esta noche. Sarah… por favor mírame. -La obligó a girarse-. Lo que ha sucedido aquí no es motivo para llorar.
    Las lágrimas, sin embargo, no dejaron de brotar de sus ojos.
    – Lo que hemos hecho no está bien. Embrutece nuestros sentimientos.
    – Lamento que pienses así.
    – Pues así es.
    – En ese caso, te prometo que no volverá a ocurrir. -Dejó caer las manos y dio un paso atrás-. Bueno… me voy.
    Con la cabeza gacha, se dirigió hacia la puerta. Sarah se sentía desolada y quiso alcanzarlo y decirle que ella también lo sentía; pero no pudo: era ella quien tenía la razón, y él se había equivocado al entrar en su cuarto y forzar la situación. Los hombres buenos y caballerosos no hacían eso. En la puerta, Noah se giró.
    – Feliz Navidad, Sarah. Espero no habértela estropeado.
    – Lo he pasado muy bien con los villancicos -precisó ella con tristeza.
    Él estudió la silueta de Sarah contra la luz tenue de la ventana, abrió la puerta y desapareció en silencio.

Capítulo Trece

    A medianoche del 24 de diciembre, el burdel de Rose Hossiter estaba abarrotado de mineros solitarios buscando compañía para aliviar su nostalgia navideña. Habían acudido solos a la función de Navidad pensando en sus hogares… en las madres, padres, hermanos, novias y amigos que habían dejado atrás en grandes ciudades como Boston, Munich y Dublín; o en comunidades rurales de extraños nombres. La mayoría de ellos pensaban en fogones familiares, en el pan que hacían sus madres y en sus viejos perros mascota, seguramente muertos hacía tiempo. Algunos pensaban en los hijos y esposas que habían dejado y que llegarían en primavera.
    Los había que estaban borrachos.
    Otros llorosos.
    Todos solitarios.
    Los triángulos de Tom Poinsett favorecieron el negocio de la prostitución más que ninguna otra cosa desde que se descubriera oro en Deadwood. Mientras sonaban, la marea de hombres solitarios que acababa de ofrecer oro en polvo al niño Jesús, se disponía a destinar el que les quedaba en las bolsas al alquiler de un pecho suave, cálido y compasivo donde poder descansar y aliviar la nostalgia.
    Robert Baysinger se encontraba entre ellos.
    Permaneció en el teatro hasta que se apagaron las luces; había visto a Sarah marcharse con el marshal; a los Robinson con su bebé; a los Dawkins con su familia; a la señora Roundtree con un grupo de pensionistas. A medida que el lugar iba quedándose vacío, la sensación de soledad de Robert iba en aumento. ¿A quién tenía él en aquel pueblo, a excepción de aquella por quien debía pagar? Maldita Addie con su obstinada indiferencia. El sentido común le decía que debía despreciarla, pero no podía. Después de todo, había decidido establecerse en Deadwood por ella.
    Triste, se puso el abrigo y el sombrero, cogió el bastón y salió a la calle, donde el sonido de la música que llegaba desde la montaña le hizo levantar el rostro hacia el cielo, haciendo más intensa su desolación. Se detuvo un momento, se puso los guantes de cuero y dejó que las notas lo estremecieran. En su pueblo había un campanario que daba las horas.
    El tañido de las campanas solía despertarlo por las mañanas.
    Dormían tres en una cama… Walt, Franklin y él. Siempre escaseaban las camas, la comida y el dinero. A veces hasta el amor. Quizá se equivocaba con respecto a eso: tal vez la escasez no había sido de amor sino de tiempo para demostrarlo.
    Cuando recordaba a sus padres, se le aparecían en la memoria agotados por el trabajo, sin un solo minuto para charlar con tranquilidad. Su padre trabajaba catorce horas al día, tratando de ganar dinero suficiente para alimentar a su numerosa familia, que parecía contar con un nuevo miembro cada año. Edward Baysinger trabajaba diez horas diarias como fabricante de baúles en la Fabrica de Cuero Arndson; por las noches, en un diminuto taller detrás de la casa, fabricaba cajas de madera para cepillos en un torno de madera a pedal. A veces afilaba cuchillos y tijeras. Otras, reparaba sillas y otros muebles. O compraba y vendía hueso. Siempre recolectaba grasa y sebo con los que su esposa, Genevieve, elaboraba un jabón amarillo que vendía para complementar los ingresos familiares, que nunca eran suficientes. Fuera cual fuese el trabajo secundario, los chicos siempre tenían que ayudar. Cargaban madera; vendían virutas para encender el fuego; fabricaban mangos de hueso para cepillos de dientes; mendigaban grasa de desecho de casa en casa; vendían jabón de puerta en puerta y, a medida que crecían, entraban a trabajar en la Fábrica de Cuero Arndson. La única tarea de la que se libraban los varones era la de remover y cortar el jabón, que recaía en las dos hijas del matrimonio Baysinger, las cuales, además, colaboraban en el interminable lavado y planchado de ropa y en la preparación de comida para los trece miembros que formaban la familia.
    Cuando Robert cumplió doce años, ya sabía que quería algo mejor que ese inacabable círculo vicioso del esfuerzo estéril en que veía sumidos a sus padres. A los treinta años, su madre estaba demacrada y consumida. El carácter de su padre se hacía cada vez más agrio y cínico en relación a sus responsabilidades crecientes.
    Aunque para Genevieve y Edward Baysinger la escuela constituía un lujo, su hijo Robert luchó por su derecho a continuar estudiando a la edad en que los demás entraban a trabajar en la fábrica. Fue en la escuela donde conoció a las hermanas Merritt.
    Algún tiempo más tarde, cuando ya era lo bastante grande para mendigar grasa en las puertas traseras de las cocinas para la marmita de jabón de su madre, llamó un día a una puerta desconocida y, para su sorpresa, Adelaide Merritt le abrió.
    – ¡Robert! -había exclamado-. ¡Hola!
    Le mortificaba tener que pedir a una compañera de escuela los restos de grasa de sus sartenes, pero Adelaide se mostró dulce y amable. Lo invitó a entrar a una cocina muy limpia donde una mujer gorda sin corsé, llamada señora Smith, cogió una lata llena de grasa usada y se la ofreció junto con pastel de manzana frío y leche. Robert compartió tales manjares con Addie Merritt, los dos sentados a una magnífica mesa redonda cubierta con un mantel y decorada con un ramo de margaritas y albahaca fresca y de olor penetrante que, según le explicó el ama de llaves, ayudaba a mantener alejadas de la cocina a arañas y hormigas.
    Desde el principio, Robert quedó cautivado con tanto espacio para sólo cuatro personas. Espacio, orden y silencio. Un silencio fantástico. Donde él vivía, el silencio total sólo se daba muy entrada la noche, e incluso entonces algún que otro ronquido perturbaba la calma. Alrededor de la mesa de Addie sólo había cuatro sillas. En su casa, trece. Sobre los hornillos de la cocina, una tetera en vez de tres. En un tarro en el armario había un montón de galletas a las que le invitaron después de la tarta de manzana. En toda su vida, Robert jamás había conocido tal opulencia, puesto que en casa de los Baysinger, las galletas eran algo que nunca llegaba a guardarse en un tarro: no duraban lo suficiente.
    ¡Y la casa estaba tan limpia! No había huellas de zapatos en el suelo, ni de manos en las ventanas; las cortinas estaban almidonadas y el felpudo de la cocina parecía no haber sido pisado nunca. En el salón la funda del sofá estaba perfectamente centrada, los libros ordenados en las estanterías y los diarios y revistas doblados en revisteros; las pipas y el tabaco del señor Merritt se alineaban en un soporte y quedaba espacio suficiente para un helécho con la envergadura de un hombre. En la habitación también había algo que, a los ojos de Robert, era el máximo de los lujos: un pequeño clavicordio. Se le hacía imposible imaginar a sus padres ahorrando para comprarse un clavicordio. La idea era descabellada.
    Junto al piano, había un mueble alto con veinte cajoncitos que contenían partituras musicales. Addie extrajo algunas y tocó para él -una mazurca, Para Elisa y Londonderry Air- sentada muy derecha y con los dedos pulsando con precisión las teclas. Su cabello rubio estaba recogido a la altura de las orejas con una cinta de muaré a cuadros, y caía con una suave ondulación por la espalda. Llevaba un vestido azul con cuello de encaje blanco. Los ojos de Robert miraban con igual admiración a la chica, la sala y el clavicordio. Un gato blanco y grande entró con paso pesado y se apoyó, rezongón, contra los tobillos de Addie. Ella dejó de tocar, lo levantó, le dijo que se llamaba Mandamás y se lo entregó para seguir con la canción.
    Aquella noche con todos sus detalles se grabó, indeleblemente, en la memoria de Robert. La actitud madura de Addie, que la hacía parecer mayor de lo que realmente era; la evidente calidad de los muebles de la casa; la tranquilidad reinante. Incluso cuando la señora Smith entró en la sala y anunció que ya era tarde, hora de que Robert se marchara y de que Addie se retirara, la pequeña aceptó la orden con frialdad adulta.
    Lo acompañó hasta la puerta principal, le cogió de los brazos a Mandamás y lo invitó a volver cuando quisiera. Sin rodeos, como si la diferencia social y de edad no existieran entre ellos, añadió:
    – Te avisaré cuando la señora Smith tenga más grasa para que vengas a por ella.
    Aunque Addie pasó por alto la diferencia de clase social entre ellos, Robert no pudo dejar de pensar en ello mientras se alejaba. No, sus padres jamás tendrían un clavicordio en el salón, ni se podrían permitir lujos de ningún tipo, pero desde aquella primera tarde en casa de los Merritt, se juró que él sí podría.
    La segunda vez que visitó la casa de los Merritt, Sarah estaba allí. Era un año mayor que Robert, tenía catorce, y se conocían bien, ya que en años alternos habían compartido maestra y aula -la escuela estaba organizada con dos grados por clase-. Sarah era un genio. Ganaba todos los concursos de declamación, participaba en todos los de narrativa (a menudo obteniendo el primer premio), y entregaba sus trabajos dentro del plazo exigido, de modo que se llevaba los libros a casa sólo porque quería. Solía ayudar a los más pequeños con la aritmética, y cuando la maestra se veía obligada a abandonar el aula, era nombrada monitora.
    En su casa, pasaba las horas leyendo o escribiendo en una libreta de notas que llevaba encima en todo momento. Había que convencerla para que tocara a cuatro manos con Addie el clavicordio, a lo que finalmente accedía con expresión de desagrado y un suspiro, como obligada. Sin embargo, cuando lo hacía, era una buena intérprete (aunque no tocaba con la misma espontaneidad que Addie) y, muy pronto, los tres forjaron una amistad que convirtió en frecuentes las visitas de Robert. Addie tenía un carácter inestable. A veces se mostraba huraña y distante, siendo necesarios en tales ocasiones los más denodados esfuerzos de Sarah y de Robert para arrancarla de su melancolía y hacerla sonreír. En verano, organizaban comidas al aire libre los tres juntos. La señora Smith les preparaba suculentos manjares que metían en un cesto de mimbre forrado de lino: sandwiches de pepino y jamón picado, tacos de queso, tartas de frambuesa y una especialidad hecha con frutas, especias, vinagre y azúcar, que era la favorita de Robert que, (a diferencia de las chicas, que lo aborrecían), la untaba sobre las rebanadas del crujiente pan blanco de la señora Smith, y lo consideraba el más exquisito manjar que uno podía esperar comer.
    En invierno, patinaban en la alberca de Stepman, donde gran número de jóvenes se reunían, hacían fogatas y bebían ponche de melocotón caliente con bastones de canela. Muchas tardes, Robert y Addie estudiaban juntos mientras Sarah escribía en su diario. A menudo, Robert y Sarah ayudaban a Addie, a quien le costaba mucho más comprender los complicados problemas matemáticos, analizar gramaticalmente una oración y, lo que seguramente era motivo de las demás dificultades, le costaba entender por qué era necesario aprender todas aquellas cosas.
    El señor Merritt no acostumbraba a estar en casa. Cuando estaba, los tres jóvenes desalojaban cualquier habitación que escogiera -el salón o la cocina-, y se trasladaban al cuarto más alejado para seguir con sus juegos. Sarah les había presentado:
    – Papá, él es nuestro amigo Robert Baysinger. Ha venido a estudiar. Estamos ayudando a Addie con la arimética.
    – Robert, -había respondido Isaac Merritt extendiendo su mano derecha. Era un hombre impresionante, alto, bien afeitado y vistiendo un traje de tres piezas, del que sobresalía la cadena de un reloj de oro de bolsillo-. Bienvenido. Siempre he creído que Sarah no invitaba a suficiente gente joven a casa. Me alegra ver que ha hecho un nuevo amigo.
    La presunción de que Robert se encontraba allí como amigo de Sarah nadie se preocupó en corregirla, ya que, por aquel entonces, era tan amigo de ella como de Addie. No obstante, la atracción entre los dos miembros más jóvenes de aquel trío, comenzaba a surgir.
    Addie florecía. Robert presenciaba aquella transformación con serenidad. La delgadez adolescente daba lugar a las primeras curvas suaves de la pubertad, que se pronunciaban con el paso del tiempo. El pelo le llegaba hasta la cintura, rizándose en las puntas como el vino blanco al tocar el fondo de un vaso. Su rostro dejó atrás la gracia infantil. Pero, a medida que se hacía adulta y hermosa, parecía distanciarse más y más de él y de Sarah. Con frecuencia, se recluía en el desconcertante reino del recelo y la tristeza. Tocaba el clavicordio con aire ausente -ahora ya interpretaba a Mendelssohn- desplegando en algunos pasajes una pasión casi violenta. La primera vez que ocurrió, Robert se asustó y le puso las manos sobre los hombros para calmarla.
    – ¿Addie, qué te preocupa?
    Ella apartó las manos del teclado como de un fuego ardiente y las apretó contra los pliegues de su falda.
    – Nada. -La palabra fue pronunciada sin sentimiento.
    Sarah estaba sentada junto a la lámpara de gas, con las gafas puestas, escribiendo en su cuaderno de notas. La señora Smith estaba en la cocina, cosiendo junto a la estufa. Robert apretó con cariño los hombros de Addie.
    – Creo que me voy. Acompáñame a la puerta -le pidió.
    Addie se puso de pie, apática pero con corrección.
    – Buenas noches, Sarah.
    Ella alzó la cabeza.
    – Ah… buenas noches.
    En las sombras de la puerta principal, justo donde comenzaban las escaleras, él se abrochó la chaqueta mientras Addie esperaba con expresión ausente y los ojos clavados en el paragüero.
    – Addie, tal vez no deba volver más.
    El hieratismo frío de ella desapareció.
    – ¡Oh no, Robert! -Sus ojos se abrieron con aflicción-. ¿Qué haría yo sin tí? -De improviso, le rodeó el cuello con desesperación-. Querido Robert, eres lo mejor de mi vida ¿no te das cuenta? -Respiraba agitada, como aterrada. Él la abrazó por primera vez.
    Addie tenía quince años, Robert dieciocho y sentía un gran dolor por no poder expresarle su amor. En cierto momento de su relación había decidido que no empezaría a cortejarla abiertamente hasta que ella cumpliera dieciséis años, cuando tal vez él ya tuviera alguna perspectiva laboral y pudiera pedirla en matrimonio. Contuvo el ardor de su deseo, limitándose a abrazarla.
    – A veces parece que olvidas que estoy en la habitación.
    – No lo olvido… oh, no. Vuelve el jueves, como siempre. Por favor, Robert, prométeme que vendrás.
    – Por supuesto que sí, pero quiero hacerte feliz y últimamente no sé cómo.
    – Me haces feliz, Robert. Por favor, créeme.
    Heroicamente, se zafó con suavidad de ella. Qué hermosos eran sus ojos y su boca aún expresando congoja. En la semioscuridad lo miró afectuosamente; sus ojos mostraban temor ante la idea de perderlo.
    – Me haces feliz -repitió-. Moriría si te perdiera.
    Él pensó que moriría si no la besaba.
    – Addie -susurró tocándole el rostro con ambas manos.
    Bajó la cabeza y ella alargó el cuello en busca de su primer beso, como si también hubiera sufrido en la espera. Robert sintió la boca de ella temblar pegada a la suya, sus cuerpos alejados. Se había resistido a ese impulso y al siguiente, más intenso si cabe, en muchas ocasiones. La abrazó con ardor, abrió la boca y, para su deleite, ella le correspondió con vehemencia.
    Haciendo un esfuerzo, Robert apartó sus labios.
    Pese a la penumbra, sabía que Addie estaba sonrojada.
    – Creo que debes irte, Robert.
    Él intentó levantarle el mentón, pero ella lo apartó con brusquedad y exclamó:
    – ¡No!
    – Pero, Addie…
    – He dicho que no. -Se negaba a alzar la cabeza-. No debemos volver a hacer esto.
    Pasaron cinco meses antes de que se besaran por segunda vez. Lo hicieron una noche de enero muy fría, en el exterior de la casa, junto al montón de leña, después de inventar una excusa para ir allí. Addie llevaba el abrigo desabrochado. Robert estaba en mangas de camisa. Ella se había agachado para recoger la leña y él la había cogido del brazo y le había dicho:
    – Addie…
    Ella se irguió, se giró y lo miró entre reticente y deseosa. No existía la más mínima duda acerca de lo que ambos estaban pensando.
    Robert le quitó la leña de los brazos, pieza por pieza, y la echó sobre el montón.
    – No -protestó en un murmullo Addie-. Robert… no… -añadió y le apoyó una mano contra el pecho mientras él la cogía firmemente de los brazos, evidenciando que no aceptaría una negativa.
    – He besado a más chicas antes de los trece años que a partir de entonces. Y es por tu culpa, Addie… porque te esperaba a ti. Desde el primer día que entré en tu casa y tocaste el clavicordio para mí, he estado esperando que crecieras. Bueno, ya lo has hecho, así que no aceptaré una negativa.
    El beso comenzó como una lucha y terminó en rendición colaboracionista.
    Al igual que la primera vez, los años de continencia hicieron el beso apasionado.
    Robert cogió su cara entre las manos.
    Ella le sujetó la camisa.
    Él abrió la boca.
    Addie abrió la suya.
    Robert deslizó sus manos al interior del abrigo y la estrechó con fuerza.
    Pero evitó tocarla allá donde el deseo le incitaba a hacerlo, limitándose a desabrocharle los dos botones superiores de la blusa, introducir una mano por el hueco y acariciar su cálida espalda, mientras con el brazo libre la cogía por la cintura y la atraía hacia sí. Sus labios la besaron ardientemente.
    Addie lo detuvo, zafándose de él con violencia, agachando el rostro y apoyándolo sobre el pecho de Robert. Ambos jadeaban. Robert le acarició los hombros, algo contrariado.
    – No hagas eso, Addie. Lo hiciste la última vez. ¿De qué te avergüenzas?
    Ella movió la cabeza compungida. Robert intentó comprender ese sentimiento de culpa desproporcionado. Luchó contra la furia que lo acometió por no entenderla, por no poder dejar de amarla.
    – Addie, sólo nos hemos besado. ¿Qué tiene de malo?
    – Nada. -Lloraba… en silencio… para sus adentros… lloraba con su pelo de aroma dulce contra su pecho, mientras Robert se hacía miles de preguntas y trataba de tranquilizarla.
    – ¿Acaso tu padre te ha prohibido expresamente que hagas esto? ¿Es eso?
    Addie movió la cabeza negativamente.
    – ¿Temes que intente algo más que besarte? Jamás lo haría, Addie, no si tú no quisieras.
    Ella volvió a negar con la cabeza.
    – ¿Tienes miedo de que nos descubran, o de que Sarah se entere, que se ponga celosa o algo así? ¿Qué pasa, Addie? No llorarías así sólo por un beso.
    Addie se apartó de él y se secó las lágrimas, como si acabara de apelar a una reserva de autocontrol en lo más profundo de su ser.
    – Lleva la leña dentro, Robert, ¿quieres? Dile a Sarah que no me encuentro bien y que he subido a mi cuarto.
    – Espera, Addie…
    Ella ya se había alejado unos metros y estaba a punto de desaparecer en el lateral de la casa en dirección a la puerta principal.
    – No tiene nada que ver contigo, Robert, sino conmigo. Por favor, créeme, no has hecho nada malo.
    – Te prometo que no volveré a besarte así, Addie… por favor no entres… lo siento, Addie… te quiero… ¿Addie?… por favor Addie, quédate.
    Ella se detuvo y lo miró a los ojos.
    – Será mejor que no te enamores de mí, Robert. Acabarás arrepintiéndote.
    Dio la vuelta a la esquina y desapareció. Robert renunció a seguirla, abrumado, los brazos colgando sin fuerza, la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados. ¿Cómo la iba a entender si ella no le revelaba la causa de sus temores? Tal vez temiera una entrega física total y sus posibles consecuencias. ¿Qué mujer que se preciara no habría hecho lo mismo, considerando la deshonra de un embarazo sin estar casada? Robert ya tenía dieciocho años y ella sólo quince; no era una mujer sino una joven temerosa de su sexualidad naciente. Besaba como una mujer, deseaba como una mujer, pero retrocedía como la niña que era.
    No obstante, él había prometido respetar sus deseos. ¿Entonces, por qué le había dicho que no debía enamorarse de ella?
    Un pensamiento le azotó con fuerza, como si el montón de leña se hubiera desplomado sobre su cabeza.
    ¡Addie se estaba muriendo! Sin duda era eso. Su amada Addie padecía un mal incurable. ¿De qué otro modo se explicaba su introspección melancólica y esos lapsus sentada al piano tocando con desesperación? ¿O la brusquedad de esos pasajes apasionados, como rebelándose contra la injusticia del destino? ¿O el hecho de que rehuyera sus besos cuando él sabía que lo amaba? ¿Y su alejamiento de Sarah, que la quería desinteresadamente?
    Si aquella noche Sarah se sorprendió porque Addie entró en la casa por la puerta principal, y Robert ni siquiera entró, no hizo nada por averiguar el motivo.
    Robert volvió a su casa sin la chaqueta, abatido por la inquietud y temblando de frío en plena noche de enero, a quince grados bajo cero.
    A la mañana siguiente, después de que el señor Merritt saliera hacia la oficina, llamó a la puerta de atrás. La señora Smith abrió.
    – Pero, Robert, ¿qué haces sin abrigo?
    Él no dio explicación alguna.
    – ¿Podría dármelo, señora Smith? Lo olvidé ayer en el perchero del vestíbulo.
    – Bueno, pues claro… Santo Dios, pasa. Debes de estar congelado.
    Cuando la señora Smith reapareció con la prenda, él preguntó:
    – ¿Se encuentra bien Addie esta mañana?
    – ¿Addie? Sí, creo que sí. Se ha ido a la escuela como todos los días. ¿Por qué lo preguntas?
    Si Addie se estaba muriendo de una enfermedad incurable, la señora Smith actuaba con una sangre fría increíble.
    – No le diga que he venido, ¿de acuerdo? Anoche discutimos, eso es todo.
    – No abriré la boca -le prometió ella con un brillo afectuoso en los ojos. La señora Smith siempre había sido su aliada; sentía un cariño especial por Robert desde aquella tarde en que se había presentado pidiendo grasa.
    Se había enfrentado a su familia para defender su derecho a seguir asistiendo a la escuela, había acabado el bachillerato y había entrado a trabajar en un banco de la calle Market donde ganaba un buen sueldo. Además estaba conociendo a los hombres poderosos de St. Louis, que le enseñaban mejor que ninguna universidad cómo los ricos se hacían aún más ricos. Aunque Robert tenía una única chaqueta, sabía que la señora Smith respetaba su austeridad y lo que la provocaba: su origen humilde. Ella, como él, estaba convencida de que se convertiría algún día en un hombre de éxito.
    Mientras se abrochaba la chaqueta, se quedó clavado frente á la mujer, pensativo. Por fin, con un nudo en la garganta, se atrevió a preguntar:
    – ¿Addie se está muriendo, señora Smith?
    La señora Smith se quedó boquiabierta. Su barbilla colgaba como un trozo de masa de pan olvidado en el borde de una sartén.
    – ¿Muriendo?
    – Le pasa algo malo… algo grave. ¡Lo sé!
    – Dios mío, no que yo sepa -susurró el ama de llaves.
    – Casi no nos habla ni a Sarah ni a mí, y a veces se queda mirándonos fijamente, como ausente. Entonces se diría que es un barco que se pierde en la espesa niebla. Anoche… por favor, señora Smith, discúlpeme por ser tan directo, pero… la besé y se puso a llorar sin motivo aparente; me dijo que si me enamoraba de ella lo lamentaría. Como estoy seguro de que ella también me ama y tengo la intención de casarme con ella algún día, no se me ocurre por qué habría de lamentarlo, a no ser que se esté muriendo.
    La señora Smith se dejó caer en una silla mordiéndose el labio inferior y clavó la mirada en un rincón de la cocina.
    – Oh, Dios, sabía que algo andaba mal, pero nunca consideré esa posibilidad.
    Robert se sentó en el lado opuesto de la mesa, tenso y tan afligido como el ama de llaves.
    – ¿Se lo has preguntado? -inquirió ella levantando la, cabeza.
    – No, no me atreví a hacerlo. Por eso me he decidido a hablar con usted.
    – Pues yo, simplemente no lo sé. Si le pasa algo malo, ni ella ni el señor Merritt me lo han dicho. Quizá debamos preguntárselo a él.
    – ¿Los dos?
    – ¿Por qué no? Los dos estamos preocupados por ella, ¿no?
    Lo hicieron aquella misma tarde mientras las chicas todavía estaban en la escuela. Robert pidió una hora libre en su trabajo y se encontraron en la oficina del periódico, apretándose las manos e intercambiando miradas graves antes de entrar.
    Isaac Merritt estaba sentado en una habitación con muebles de madera de caoba. Su nombre estaba impreso en una plancha dorada en el vidrio de la puerta. Cuando vio al dúo aproximándose, se puso de pie y les salió al encuentro alarmado, inclinándose hacia ellos.
    – Señora Smith, Robert, ¿qué pasa? ¿Les ha ocurrido alguna cosa a las chicas?
    – Nada por ahora -respondió la señora Smith-, aunque Robert ha acudido a mí por una cuestión, y hemos decidido que lo mejor era hablar con usted al respecto.
    Desconcertado, Merritt paseó su mirada del uno al otro, y al cabo,de unos segundos dijo:
    – Por supuesto. Pasen.
    Todos se sentaron excepto Robert, que permaneció de pie junto a la silla de la señora Smith, de cara al padre de Addie, sentado tras una mesa de despacho.
    – Por favor -dijo el hombre- no me tengan así. Si una de mis hijas tiene algún problema, quiero saberlo.
    – No es exactamente un problema señor, es… -comenzó el ama de llaves; sin bajar la mirada cogió un pañuelo de la manga y se lo llevó a la boca. Su entrecejo se tensó y arrugó-. Es… -La señora Smith rompió a llorar.
    – ¡Bueno, por el amor de Dios, hable de una vez! -bramó Merritt, lleno de ansiedad.
    Robert tomó la palabra.
    – Señor Merritt, esperábamos que usted pudiera decirnos qué le pasa a Addie.
    – ¿Qué le pasa?
    – Sí, señor. Algunas cosas que ha dicho últimamente y su creciente abatimiento nos hacen pensar que pudiera estar enferma. Tal vez gravemente.
    – ¿Qué ha dicho? -siseó el señor Merritt con una furia inexplicable.
    Robert vaciló y tragó saliva. Se volvió hacia la señora Smith en busca de consejo.
    – Vamos, díselo. Es un hombre justo.
    – Addie me ha dicho que si me enamoraba de ella lo lamentaría, pero me temo que ya es demasiado tarde. Estoy enamorado de su hija y me gustaría mucho casarme con ella cuando tenga la edad que usted estime apropiada. Había pensado esperar a que cumpliera los dieciséis para declararme, pero este… este raro estado parece haberse apoderado de ella y, como tengo motivos para creer que Addie también me ama, supuse que debía de estar sucediéndole algo muy malo para que dijera eso.
    La cara de Isaac Merritt estaba roja; sus labios tensos.
    – ¿Qué sabe usted de esto, señora Smith?
    – Sólo que últimamente se ha comportado de manera extraña. Se está convirtiendo en una joven triste y…
    – ¡Estoy hablando de este hombre y mi hija! -replicó Merritt-. ¡La he dejado a su cuidado y parece claro que usted ha consentido que tenga encuentros privados con un hombre tres años mayor. ¡Addie no es más que una chiquilla!
    La señora Smith observó a su patrón con estupor.
    – Pero, señor Merritt, yo no… pero bueno, usted conoce a Robert. Es amigo de las chicas desde hace años.
    Merritt golpeó con los nudillos sobre el escritorio.
    – ¡Creía que era amigo de Sarah, no de Addie!
    – También lo es, señor. Es amigo de las dos.
    – ¡Pero, mientras Sarah está en edad de casarse, usted le ha permitido estar a solas con Addie, que no lo está!
    El ama de llaves hizo acopio de valor y dijo:
    – Con el debido respeto, señor, seré sincera con usted porque pienso que Robert, a quien conozco tan bien como a sus hijas, lo merece. Él ha venido aquí a hablarle con honestidad acerca de sus sentimientos, lo que requiere una gran valentía, considerando que él pensaba -y yo también- que Addie podía estar enferma, muy enferma, incluso al borde de la muerte. Que se lance usted de este modo contra él cuando venía lleno de angustia y con el corazón en la mano, no me parece correcto, señor.
    Merritt se tranquilizó y respondió más sereno:
    – Tiene razón, señora Smith. Lo siento, Robert. Addie no tiene ningún problema físico. Si hubiera consultado a un médico, aun sin mi conocimiento, tendría que haberme enterado puesto que habría recibido una factura, ¿no les parece? Me temo que ha heredado el carácter de su madre… distraído y caprichoso. Era difícil vivir con mi esposa, y ahora lo va a ser también con Addie. Aunque aprecio la preocupación de ambos, acepten mi palabra, no tiene fundamento.
    Robert y el ama de llaves se relajaron.
    – Vaya, señor, me alegra mucho oír eso -manifestó ella pasándose una mano por la frente.
    – También siento haber sugerido que usted no haya hecho un buen trabajo con las chicas. Su cuidado ha sido inmejorable, tal vez incluso mejor del que su madre les hubiera brindado de haberse quedado.
    – Gracias, señor.
    – Sin embargo, creo que debemos ser indulgentes con Addie. No es tan inteligente como su hermana ni posee el ingenio ni la capacidad de hacer amistades fácilmente. Siempre ha preferido la soledad y los solitarios deben tener derecho a sus extraños cambios de temperamento, ¿no les parece? Addie es una joven a punto de convertirse en mujer. Démosle tiempo para que lo haga con calma, sin atosigarla para tratar de levantarle el ánimo. ¿De acuerdo? Ya cambiará cuando llegue el momento.
    – Quizá tenga razón, señor. -La señora Smith se santiguó-. Rezaré un avemaria por ella, eso haré.
    – Gracias, señora Smith. Ahora, si no le importa disculparnos un momento, me gustaría hablar a solas con el joven Robert.
    – Por supuesto. -Se puso de pie con dificultad. A lo largo de los años se había vuelto más rolliza-. Tengo que ir al mercado, y como Robert regresará al banco desde aquí, les deseo a los dos buenas tardes.
    Cuando la señora Smith abandonó el local, Isaac Merritt indicó con una mano la silla que la mujer había dejado vacía.
    – Siéntate, Robert.
    Robert obedeció.
    Merritt también se sentó, juntó las manos y se las llevó a los labios. Contempló a Robert en silencio durante unos segundos.
    – ¿Así que estás enamorado de Addie? -Hablaba con mucha tranquilidad, teniendo en cuenta su anterior vehemencia.
    – Sí, señor, la amo.
    – Y quieres casarte con ella.
    – Cuando sea el momento adecuado.
    – Ah, sí… -Merritt cogió un cigarro de una caja de madera-. Cuando sea el momento adecuado. -Le cortó la punta-. Y, ¿cuándo será eso?
    – Cuando ella termine la escuela, aunque tenía pensado darle a conocer mis intenciones cuando cumpliera dieciséis años.
    – El año que viene.
    – Sí, señor.
    – Entonces tú tendrás diecinueve, ¿no es así?
    – Sí, señor.
    Merritt encendió el cigarro y expulsó el humo por la boca hacia el techo. Reclinándose en la silla, añadió:
    – Me pareció mejor no extenderme en el asunto con la señora Smith presente, pero eres lo bastante adulto como para que mantengamos una conversación de hombre a hombre. -Se inclinó hacia delante, apoyando los codos sobre el escritorio y estudiando el cigarro mientras lo hacía girar entre los dedos-. Yo también tuve una vez dieciocho años, Robert. Conozco la… -pensó un momento-…la impaciencia que un hombre siente a esa edad. -Levantó la cabeza-. Como una fruta madura esperando caer, ¿no?
    Robert se sonrojó pero no evitó su mirada.
    – Pese a lo que pueda creer, señor, Addie y yo nunca hemos estado solos de forma premeditada, y cuando lo estuvimos, jamás ocurrió nada merecedor de reproche entre nosotros.
    – Por supuesto que no. Pero la has besado, supongo.
    – Sí señor, pero nada más.
    – Desde luego que no, sólo sus luchas internas.
    Robert no pudo negar aquello.
    – Supongo que una chica de quince años tiene edad para ser besada… en mi época era así. Pero piensa, Robert, en las exigencias que la situación le impone a ella. Tú ya tienes dieciocho años, eres un hombre. Lo suficientemente mayor para casarte, si quisieras; para tener una familia, un hogar, las libertades del estado marital. Has empezado a tratar a Addie como si fuera una mujer, pero ella sabe que no lo es. ¿No crees que es lógico que reaccione como lo está haciendo? ¿Con períodos de desánimo y abatimiento? Se siente culpable porque cree que te hace perder el tiempo. Y pese a tus declaraciones de honor, a tus buenas intenciones y a que te creo, lo mejor para los dos sería que vieras con menos frecuencia a Addie hasta que esté en edad casadera.
    Aunque Robert se descorazonó, admitió que a veces él también había pensado del mismo modo.
    – Dos años no es tanto tiempo -prosiguió Merritt-. Tengo entendido que estás aprendiendo con personas importantes en el banco. Dentro de dos años, sabrás casi tanto como ellos. Sin duda ahorrarás algo de dinero y lo invertirás según su consejo. Soy el primero en admitir que no me importaría tener una hija casada con un banquero de futuro prometedor que algún día será, tengo razones para creerlo así, un líder próspero de su comunidad. La fe de la señora Smith en tí tiene sólidos fundamentos. He hecho averiguaciones sobre tí y debo decirte que estoy verdaderamente impresionado. No obstante, como ya te he dicho, creía que era Sarah quien te interesaba. Perdóname por confesar mi desilusión al ver que no es así. Con su aspecto ordinario y su afición a los libros, no le resultará fácil encontrar un marido. Pero ya que es Addie quien te interesa, quizá tú y yo podamos llegar a un acuerdo.
    »Durante los próximos dos años, dedícate a aprender bien tu oficio en el banco. Hazte una buena posición, invierte tu dinero… puedo ayudarte si lo deseas… pero aléjate progresivamente de Addie. Visítala de tanto en tanto, por supuesto, pero ofrece excusas razonables por tener menos tiempo del que desearías para dedicarle. Y cuando ella cumpla diecisiete, me hará muy feliz daros mi bendición para que os caséis.
    A Robert le parecía bien, aunque se sintió algo abatido. Dos años evitando a Addie; ¿cómo hacerlo después de haberla visto casi a diario durante años?
    – ¿Tengo su autorización, entonces, para proponerle matrimonio cuando cumpla los dieciséis?
    – La tienes.
    – Gracias, señor.
    Robert se puso en pie y extendió su mano. Merritt se la estrechó con fuerza.
    – No se arrepentirá -prometió el joven-. Trabajaré duro los próximos dos años para dar a Addie el hogar que se merece.
    – Estoy seguro de ello. Ah, y te estaré vigilando… aunque no te des cuenta.
    Robert sonrió y soltó la mano de su futuro padre político.
    – Ya verá. Algún día seré tan rico como usted.
    Isaac Merritt rió mientras el muchacho se encaminaba hacia la puerta.
    – Ah, otra cosa más, Robert. -El muchacho se detuvo y se giró-. No creo que sea necesario hablar a Addie de esta conversación. Después de todo, llegado el momento, ella será quien elija.
    – Por supuesto, señor.
    – Buena suerte, Robert.
    – Igualmente, señor. Gracias.
    Los seis meses que siguieron a aquel encuentro fueron los peores en la vida de Robert, eludiendo a Addie, y por lo tanto también a Sarah, renunciando a su amistad con excusas razonables y otras no tanto. Vivía aterrado pensando que Addie pudiera dejar de quererlo. En cierta ocasión, habló con Sarah al respecto durante un paseo en el que le confesó su soledad y confusión, y el dolor que le había causado el comportamiento anterior de Addie. Le explicó que estaba trabajando para asegurar su futuro e insinuó que era el futuro de Addie también, aunque estaba forzado por su promesa a Isaac Merritt a mantener en secreto sus intenciones.
    ¿Había otros muchachos en la escuela que le gustaran? No, ninguno que Addie hubiera mencionado, le garantizó Sarah. ¿Le había hablado sobre si sus sentimientos hacia él habían cambiado? No, había respondido Sarah. ¿Hablaba de él?, había preguntado con ojos anhelantes. Esa pregunta obtuvo por toda respuesta una mirada de desaliento.
    El cumpleaños de Addie era en junio. Dos semanas antes, Robert le envió una nota pidiéndole una cita para el domingo anterior. Harían una merienda campestre en el Jardín Botánico.
    Alquiló un coche de caballos por primera vez en su vida y la pasó a buscar con gran ceremonia. Se había comprado para la ocasión un traje de tres piezas de hilo, color marrón claro, y llevaba un cuello asfixiante debajo de una corbata anudada con gran esmero. Addie llevaba puesto un ligero vestido de color lavanda y un sombrero de paja de ala ancha. Llevaba también una sombrilla de encaje blanco. Desde el instante en que se miraron en la puerta, advirtieron una tristeza mutua, un estado de desconsuelo inmenso, cercano a la melancolía, que los acompañó hasta el carruaje. Robert la ayudó a subir y ella corrió la falda de su vestido para que él se sentara a su lado.
    – ¿Quieres que suba la capota? -preguntó él.
    – No, con mi sombrilla es suficiente.
    Robert hizo chasquear el látigo y el caballo arrancó al trote con paso enérgico.
    – ¿Cómo ha ido? -preguntó por fin Robert.
    – Bien -respondió Addie.
    Se habían vestido con sus mejores galas; él con su primer traje de verano, que le había costado muy caro; ella con su primer sombrero de mujer y el vestido con enaguas crujientes como el que utilizaban las mujeres hechas y derechas; habían franqueado la imprecisa frontera entre la pubertad y la madurez, algo que nada tenía que ver con la edad y estaban descubriendo que eso les imponía un silencio incómodo.
    En el Jardín, él la ayudó a descender y llevó la cesta de comida, envuelta en la toalla que su madre utilizaba para secar los platos: aunque se había gastado bastante dinero en un traje elegante que realzaría su imagen en el banco, no se haría rico derrochándolo en cestas de mimbre.
    – Había pensado que podíamos ir a la glorieta que hay más allá del invernadero de naranjos -sugirió-. ¿Has estado allí alguna vez?
    – Sí, mi padre nos ha traído muchas veces.
    Caminaron juntos bajo el sol, a lo largo de senderos de grava, entre consólidas reales del color del cielo y púrpuras petunias aterciopeladas que convertían el aire en néctar aromático, y luego entre dos magníficas hayas color cobre, tan anchas como casas y con enormes ramas colgantes que proporcionaban sombra; bajo el sol de nuevo, a lo largo de un sendero de rosas y a través de un invernadero, donde delicadas palmeras medraban en el calor húmedo; de nuevo a la sombra, entre altos arbustos de boj y a través de un arco ornamental, que los condujo a un recinto circular verde rodeado de más arbustos de boj. En su interior, petunias blancas, y amarantos rojos y brillantes formaban un dibujo estrellado. En el centro, pintada de blanco y con gruesas parras de color esmeralda, se erigía una glorieta.
    Habían tardado diez minutos en llegar allí, y en todo aquel tiempo ninguno de los dos había abierto la boca.
    Addie subió los escalones que conducían al interior de la glorieta y se sentó; su falda cubrió el ancho del banco de madera, de modo que Robert se vio obligado a sentarse frente a ella.
    Él esperó alguna seña y la llamó con los ojos, pero ella desvió su mirada hacia el emparrado sobre su cabeza y comentó:
    – Hace fresco aquí.
    Su frialdad le dolía. Robert no sabía cómo llegar a ella, cómo obligarla a dejar de lado esa indiferencia que había adoptado.
    – Hacía mucho que no salíamos juntos.
    – Sí.
    Robert desató el nudo de la toalla.
    – No son exquisiteces como las de la señora Smith pero es todo lo que pude conseguir. Bizcochos de harina, grosellas en almíbar, jamón y queso. -Puso una ración de cada cosa en una servilleta de tela y se la ofreció.
    – Gracias.
    Addie colocó la servilleta sobre su crujiente falda, jugando con ella distraídamente, levantando las puntas como montañas rodeando un valle. Miraba la comida y no a él, pero no parecía tener demasiada hambre. Robert masticó un poco de queso, que se le quedó en la garganta; finalmente dejó de comer.
    – No comes nada -dijo.
    Ella se puso una mano en las costillas y lo miró fugazmente.
    – Lo siento. No tengo hambre.
    – Yo tampoco.
    Robert hizo a un lado las dos servilletas y se quedó mirándola. Observaba distraída los jardines refulgiendo bajo el sol. Se inclinó hacia delante, apoyando los antebrazos sobre las rodillas.
    – Feliz cumpleaños, Addie -murmuró.
    Addie se giró hacia él. Por un momento, Robert vislumbró un anhelo en su mirada y la misma aflicción que había cerrado su garganta, pero ella agachó la cabeza en un gesto rápido.
    – Siento no estar más alegre. Sé que querías que esto fuera una ocasión feliz. Te has tomado tanto trabajo y yo… yo…
    Ya no podía dejar de mirarlo. Tenía los ojos iluminados por una pena y un dolor que él no podía entender.
    – ¿Qué pasa, Addie?
    – Te he echado de menos.
    – Pues no lo parece.
    – Te he echado muchísimo de menos, Robert, debes creerme.
    – ¿Puedo sentarme a tu lado?
    – Sí. -Levantó la falda y, cuando él se sentó, el género vaporoso le cubrió casi toda una pierna. La rodilla de Robert presionó un muslo en el interior de las voluminosas enaguas mientras le cogía la mano.
    – Te amo, Addie.
    Addie cerró los ojos y bajó la barbilla, pero no antes de que él alcanzara a ver las primeras lágrimas.
    – Yo también te amo -dijo, todavía con la cabeza gacha.
    Él le rozó la mejilla.
    – ¿Por qué lloras?
    – No… no lo sé… -Había comenzado a sollozar tímidamente, los hombros caídos hacia delante. El corazón de Robert se encogió.
    – Por favor, Addie… no llores… -La cogió entre sus brazos, pero el abrazo fue torpe, complicado por el ala ancha del sombrero de paja-. Addie, cariño… shh… -Era la primera vez que la llamaba de ese modo; el término cariñoso resonó en su cabeza y el estómago se le contrajo-. Ya no hay motivo para llorar porque todo va bien. He pedido permiso a tu padre para casarme contigo y me ha dado su consentimiento.
    Addie se apartó con los ojos abiertos y llenos de lágrimas.
    – ¿En serio?
    – Sí, dentro de un año, cuando termines la escuela. -Le quitó el sombrero. El pasador se enganchó en los rizos recogidos en un moño, y los desordenó, haciendo caer un bucle, como una gota de miel, a lo largo del cuello.
    La noticia generó más lágrimas. Robert se sentía impotente y buscó con desesperación la forma de contener ese llanto, seguro de que no entraba dentro de sus posibilidades el lograrlo. No obstante, le cogió la cabeza con una mano y la atrajo hacia su pecho.
    – ¿Qué ocurre, Addie? Me estás rompiendo el corazón y ya no sé qué hacer. ¿No quieres casarte conmigo?
    – No puedo… no debes pe… pedírmelo.
    – Pero te lo estoy pidiendo. Dime que dentro de un año te casarás conmigo.
    Ella se zafó de su abrazo y respondió:
    – No.
    Un miedo intenso lo embargó. Reaccionó instintivamente, cogiéndola por los brazos, forzándola a abrazarle, besándola con pasión y un terror atroz ante la posibilidad de vivir sin ella; desde los trece años había sabido que algún día se casarían. La resistencia de Addie se esfumó y el beso se convirtió en algo grandioso, un intercambio acongojado de incertidumbre y deseo, un lamento, un final liberador y exquisito a sus anhelos juveniles, con los brazos de ella alrededor de su cuello y sus bocas abiertas. Robert le tocó un pecho con una mano y Addie lloriqueó contra su lengua.
    – Vayamos a algún sitio donde podamos estar solos, Addie.
    – No…
    – Por favor… -La besó de nuevo, acariciándole los pechos a través de la muselina moteada y la suave ropa interior.
    – Basta, Robert. Estamos en medio de un jardín público.
    Él sabía dónde estaban: había escogido aquel lugar en previsión de una escena como aquélla.
    – Ven conmigo, Addie, por favor. -Su voz era ronca.
    – ¿Adónde? -La de ella era débil y frágil.
    – Conozco un lugar. Hice una entrega de estacas para plantas una vez.
    – No.
    – ¿Cómo puedes decir no cuando tu corazón dice sí?
    – No debemos.
    – Por favor… allí podremos estar tranquilos. Quiero verte, Addie.
    Oyeron voces más allá del arbusto de boj y pisadas en la grava aproximándose en su dirección. Robert soltó a Addie, pero no le quitó la mirada de encima mientras cogía el sombrero.
    – Póntelo. Vamos.
    Oculta por Robert y algunas parras que caían, Addie se puso dos horquillas en el pelo y deslizó el pasador a través del sombrero de paja. Él le entregó la sombrilla, le dio el brazo y se marcharon por el único sendero existente, intercambiando saludos protocolarios con los intrusos. Más allá del borde del seto de boj, Robert le cogió la mano y la guió deprisa a través de sendas florales hasta el final de los jardines, donde Addie se vio obligada a quitarse el sombrero y a encorvarse para seguir avanzando. Más adelante, un camino de carros en un montículo silvestre conducía hasta un cobertizo con puertas de madera. Delante del cobertizo había una carreta llena de flores recogidas por los jardineros el día anterior.
    Robert empujó la puerta. Estaba abierta, pero el interior del cobertizo estaba lleno de herramientas de jardinería, baldes y listones de madera. Sólo quedaba un espacio libre cubierto de abono.
    – Maldición. -Echó una ojeada al bosque de los alrededores. Caminó hasta la carreta, arrastrando a Addie tras él; inclinó el coche hacia delante y dejó caer la carga que se desparramó formando un arco iris de colores marchitos. Se tumbó junto a Addie, besándola y abrazándola mientras se deslizaban por el suave colchón floral.
    – Robert, tu traje nuevo…
    – No me importa. -Los pétalos de rosas, las petunias, caléndulas y amarantos ya habían manchado sus codos durante la caída.
    – Pero, vendrá alguien.
    – Es domingo. Los jardineros tienen fiesta.
    La besó como Adán debió de besar a Eva antes de que ella descubriera el manzano; luego se inclinó sobre ella, estudió su rostro manchado por las sombras, encuadrado por flores y follaje secos que despedían una fragancia aromática.
    – Oh, Addie, eres tan hermosa.
    Se sentó y se quitó el abrigo, lo arrojó a un lado y la tomó en brazos. Siguieron largos y húmedos besos; la rodilla de Robert levantó la falda subiendo entre las piernas de Addie. Sus bocas estaban embriagadas por los besos y se detuvieron a recobrar el aliento.
    – Te quiero tanto, Addie -jadeó.
    Mirándose a los ojos, la hizo girar sobre su espalda.
    – Robert -murmuró ella-, mi vestido nuevo…
    Un pétalo cayó en el rostro de ella desde su pelo. Robert dijo:
    – Quítatelo. -Los ojos verdes de Addie lo miraron fijamente y tragó saliva con dificultad.
    Robert se puso de rodillas y la ayudó a levantarse; el pétalo resbaló de la mejilla a la falda. Cuando Addie se sentó, Robert dio la vuelta, desabrochó una larga hilera de botones y le bajó el vestido hasta la cintura. Debajo, llevaba una camisa de batista blanca con un escote redondo y caído. Robert le besó un hombro desnudo y luego se movió para encararse a ella. La camisa estaba sujeta en el centro por un lazo blanco que desapareció de un tirón. Robert hundió su cara entre los pechos de Addie y la empujó suavemente hacia atrás; luego le besó los pechos a través de la batista blanca, y después los vio desnudos por primera vez, mientras ella yacía sobre el almohadón de flores marchitas.
    – No podemos, Robert -susurró sin aliento después de que se hubieron besado de nuevo con las piernas entrelazadas.
    Él continuó seduciéndola, cautivándola y despertando sus deseos con caricias y besos, mientras el aroma de los capullos se elevaba hacia los bosques frescos y verdes. Los murmullos, el rubor y los ojos cerrados de Addie evidenciaron su consentimiento, hasta que Robert le levantó la falda y posó su mano en la entrepierna.
    Addie dejó escapar un grito y le retiró la mano, pero él insistió. Llevaba medias y ligas, y una lágrima brillante brotó de las comisuras de sus ojos cerrados. Su mandíbula estaba tensa.
    Cuando la mano de él llegó a su destino, ella volvió a chillar y retrocedió, apartándose de un salto, como asqueada.
    – ¡Aléjate de mí! -Estaba en cuclillas, avanzando hacia la carreta inclinada, arrastrando flores muertas con su vestido. Sus ojos brillaban salvajes y rabiosos.
    – ¿Adónde vas, Addie? -Robert se sentó.
    – ¡Déjame!
    – Lo siento, Addie. -Extendió una mano suplicante-. Creí que era lo que querías.
    – ¡No! -Retrocedió todavía a gatas, como un perro, con la mirada sombría y aterrada.
    – No te haré daño. Te prometo que no volveré a tocarte. Por Dios, Addie, te quiero.
    – ¡Tú no me quieres! -vociferó-. ¿Cómo podrías quererme y pretender hacerme eso?
    Su voz se elevó a través del claro, hasta el jardín público, Robert estaba seguro de que la gente aparecería corriendo si los gritos continuaban.
    – ¿Qué te ocurre, Addie?
    Se dio cuenta de que estaba histérica. Se había puesto de pie y permanecía inclinada hacia delante, como un hombre de Neanderthal blandiendo una lanza, intentando ponerse bien la camisa con una mano.
    Robert tenía la garganta cerrada por el terror.
    – Déjame ayudarte con el vestido. No te tocaré en ningún otro sitio, te lo juro. -Se adelantó con precaución, pero ella se alejó aún más y exclamó:
    – ¡No! ¡Te he dicho que no te acerques! -Tropezó con el vestido, ensuciando el dobladillo y estuvo a punto de caerse.
    Él se incorporó con impotencia. Addie balbuceaba, tirando frenéticamente del corsé para devolverlo a su sitio, los ojos fijos en el suelo, como si las flores allí desparramadas la confundieran.
    – … todas estas rosas… debo irme a casa… no tenía que haber venido… cumpleaños… Sarah se enterará… -Retrocedió precipitadamente unos metros de cara a Robert, luego dio media vuelta y comenzó a correr con la ropa aún desaliñada.
    – ¡Tu sombrero, Addie! ¡Tu sombrilla! -Los cogió y echó a correr tras ella-. ¡Espera, Addie!
    Lo último que pudo ver fue el vestido manchado y abierto en la espalda, mientras ella, levantando la falda para no tropezar, corría cómo si un río de lava ardiente estuviera a punto de atraparla.
    A la mañana siguiente, Addie había huido.

Capítulo Catorce

    Y ahora era Nochebuena. Habían pasado cinco años y medio. Durante todo aquel tiempo, habían hecho mella en él la culpa y la confusión además de los recuerdos de su amor. Necesitaba una aclaración, una absolución tal vez, no estaba seguro.
    Se sentó en el recibidor de Rose's, una habitación poco ventilada con gruesas cortinas de terciopelo y una estufa redonda de hierro negro. Un montón de hombres solitarios esperaba también. De todos, él parecía el único sobrio. El humo de cigarro hacía el amiente de la sala irrespirable. La madera del suelo estaba empapada y desprendía un intenso olor a malta. Imaginó que también percibía el olor de secreciones humanas y se sintió sucio.
    El menú parecía mirarlo con sorna; desvió la mirada hacia otra parte. Una prostituta de cabello rojizo le daba palmadas en las nalgas a un hombre que tenía un gran forúnculo en la nuca. La vieja patrona que regentaba el lugar fumaba un cigarro y lo contemplaba de soslayo a través de una cortina de humo. A Robert le dio un escalofrío. Otra prostituta bajó las escaleras. Rose se acercó a él y le dijo:
    – Ember está libre. ¿Qué te parece?
    – No, gracias. Esperaré a Eve -respondió. El nombre sonó extraño en sus labios.
    – Estás seguro de lo del baño, ¿eh, guapetón? No queremos que nuestras chicas cojan nada raro.
    – Del todo. Me he bañado esta tarde.
    Esperó cerca de cuarenta minutos, preguntándose todo el rato qué tipo de hombre sería el cliente de Addie, imaginándosela satisfaciendo los sórdidos deseos de alguien parecido al fornido minero del forúnculo en el cuello.
    Examinó a todos y cada uno de los hombres que bajaron por las escaleras, tratando de adivinar cuál sería. Acertó… apareció detrás de un tipo alto, sin barba ni bigote y de tez color ceniza, que bajó tensando sus tirantes con los pulgares. Perdió a Addie de vista durante unos instantes, como había ocurrido con las demás chicas al bajar: iban directas al pasillo, seguramente a dejar sus ganancias en algún lugar, bajo la mirada vigilante de su patrona. Al volver a la sala, Rose le hizo una señal; Addie se acercó a ella, que le habló señalando en dirección a Robert. Addie se giró con brusquedad antes de que la mujer dejara de hablar.
    A través de la estancia y del denso y asfixiante humo, se miraron, la tensión entre ambos era latente. Robert hizo un ligero movimiento de cabeza a modo de saludo. Estaba sentado bastante erguido en una silla dura, con el sombrero y el bastón sobre las rodillas.
    Addie lo miró fijamente con expresión inescrutable antes de acercarse a él.
    A Robert le sudaban las palmas de las manos. Le parecía que el pecho le estallaría de un momento a otro. Pensó: «no creo ser capaz de hacer esto; ni a ella ni a mí mismo».
    Addie llevaba un quimono abierto, brillante y negro, con grandes orquídeas estampadas; medias, ligas y zapatos negros de tacón alto. La ropa quedaba a la vista a través de la abertura central.
    – Hola, Robert.
    – Hola, Addie.
    – A Rose no le gusta que me llames así.
    Él carraspeó y se corrigió:
    – Eve. -Y al cabo de unos segundos dijo-: Feliz Navidad.
    – Sí, claro. ¿Qué puedo hacer por ti?
    Robert lo ignoraba todo sobre el protocolo de los burdeles. ¿Se suponía que debía escoger allí mismo un apartado del menú?
    – Me gustaría subir.
    – Estoy trabajando, Robert.
    – Sí, ya lo sé.
    Diez segundos de silencio, luego:
    – No hago favores a viejos amigos.
    – Tampoco te lo he pedido. Pagaré lo que haga falta.
    Lo observó con deliberada indiferencia y se giró.
    – Ve con alguna de las otras chicas.
    Él la cogió de un brazo y la obligó a mirarle a la cara.
    – ¡No! ¡Te quiero a tí! -Su semblante había adoptado un aire sombrío, su mano la sujetaba con fuerza-. ¡Es hora de que acabemos con esto!
    – Estás cometiendo un error, Robert.
    – Tal vez, pero sólo uno más dentro de una inacabable lista. ¿Cuándo he de pagar?
    La dueña y la enorme mujer india ya se dirigían hacia ellos. Robert soltó el brazo de Addie y la pareja se detuvo.
    – Vamos arriba -dijo ella-. Sigúeme.
    Entre el gentío, Rose tocó a Addie con su mano gorda.
    – No lo olvides, Eve… nada de favores especiales para ex novios. Que pague como todos.
    – No te preocupes, Rose. Jamás se me ocurriría estafarte. -Y volviéndose hacia Robert, añadió-: Vamos.
    Su pelo estaba cortado horizontalmente en la frente y por debajo las orejas, al estilo oriental. Robert lo observaba, casi pegado a su cabeza, mientras la seguía por las escaleras y a través de una puerta a mano izquierda. Ya dentro, sus ojos se pasearon con rapidez por el cuarto… la manta de franela en la cama, el reloj de arena en la mesita, el recipiente con manteca, la balanza para pesar el oro, el cronómetro, el orinal junto a la puerta: un cuartucho asfixiante y sin ventanas donde él era uno entre muchos.
    – Deja que te quite el abrigo -dijo Addie. Lo colgó en un perchero situado en un rincón y dejó el sombrero y el bastón sobre una silla de madera dura y sin brazos, que seguramente le había servido en algún momento de instrumento de trabajo. Robert contuvo su deseo casi instintivo de recoger su sombrero y colgarlo también en el perchero.
    Addie cerró la puerta apoyándose contra ella y adivinó que su mirada buscaba un pestillo o una cerradura.
    – No hay llaves aquí, guapetón -susurró con voz suave-. Pero no te preocupes. Nadie entrará a menos que grite. -La explicación lo estremeció. Se preguntó cuántas veces lo habría hecho y cuántos golpes habría recibido antes de que alguien llegara en su ayuda
    – Hay algo que quiero pedirte, Addie.
    – Eve.
    – Eve -repitió-. Por favor, no me llames guapetón.
    – Claro. -Seguía contra la puerta-. ¿Algo más?
    – No.
    Se hizo un profundo silencio mientras ella permanecía inmóvil y él intentaba mirarla como a una extraña.
    – ¿Es la primera vez que vienes a un sitio como éste?
    – Sí.
    – Tenemos obligación de preguntar… ¿te has bañado?
    – Sí, esta tarde.
    – Bien. No es obligatorio preguntar esto, pero… ¿es la primera vez?
    Tras unos instantes Robert contestó en un susurro:
    – No.
    Ella se acercó y dijo respirando profundamente:
    – Bueno, entonces… sigamos.
    Robert se llevó una mano al bolsillo para sacar su bolsa de oro en polvo, pero ella se acercó y le cogió la mano para detenerlo.
    – No tan deprisa. Podemos hablar un minuto antes. -Le pasó las manos por el tronco, describiendo movimientos amplios que hacían que una y otra vez la cadena de su reloj se saliera del bolsillo donde estaba. Robert contrajo el estómago y lo mantuvo tieso.
    – Si primero cobras, por mí está bien. Haré lo mismo que cualquier otro.
    – Relájate, Robert… relájate. Nos ocuparemos de eso enseguida. Hablaremos de lo que quieras.
    Él sólo quería que dejara de tratarle como a cualquiera de los hombres que entraban en aquel cuartucho a diario. Quería que se dejara crecer de nuevo su hermoso pelo rubio y que se pusiera un vestido decente. Deseaba quitarle aquella suciedad de la cara, llevarla consigo a una iglesia, arrodillarse junto a ella y dejar atrás para siempre aquella miserable habitación.
    – ¿Qué quieres, Robert? Así es como se hace. Tú me dices qué quieres y yo te digo el tiempo que invertiremos. Así no nos coge por sorpresa. ¿Qué te parece?
    – Perfecto. -Dejó caer la mano del bolsillo donde tenía la bolsa con el oro en polvo.
    – Podemos hacerlo bien y rápido. ¿Ves el reloj de arena? De este modo sale a un dólar el minuto.
    Dios santo, un reloj de arena. ¿Cuántos hombres podían pasar por ahí a intervalos tan cortos? No había ni tiempo para fingir placer.
    – O si no, podemos hacer el viaje. La mayoría eligen el viaje. Incluye de todo, y se invierten unos cuarenta minutos. Dime cuánto estás dispuesto a pagar por cuarenta minutos celestiales, Robert. Empezaremos con suavidad, lentamente… -Estiró una mano hacia sus pantalones. Robert, mortificado, tuvo una erección. Apartó a Addie.
    – Por favor, Addie… Eve. Pagaré lo que quieras, pero no… no… -«No te muestres tan frivola y experta» pensó, pero acabó por decir-: ¿Podemos hacerlo sin preliminares?
    – Desde luego. -Retrocedió y dejó de representar el papel de seductora para adoptar una indiferencia fría-. Digamos veinte dólares. Por adelantado.
    Veinte dólares, veinte minutos más o menos. ¿Lograría hacerla hablar en veinte minutos? No lo había conseguido en todas las semanas que había ido a visitarla. ¿De qué serviría pasar por eso si ella no le revelaba nada acerca de lo sucedido cinco años atrás?
    Addie extrajo oro en polvo de la bolsa de Robert, hasta que la balanza dio un peso de veintiocho gramos y medio, se la devolvió y esperó mientras él vacilaba.
    – ¿Te gustaría besarme, Robert?
    Él tragó saliva y contestó con sinceridad:
    – No.
    – ¿Te gustaría que yo te besara?
    – Me gustaría que hablásemos, Addie. ¿Podríamos hacer sólo eso?
    – Por supuesto. -Le cogió de la mano y lo llevó hasta la cama. Se sentaron en el borde y ella colocó una rodilla sobre el colchón, volviéndose hacia él-. Pero no hablaremos de lo que tú quieres hablar. De cualquier cosa, menos de eso. ¿Qué pasa, Robert? ¿Te sientes solo porque es Navidad?
    Las palabras que él quería pronunciar estaban estancadas en su garganta.
    – ¿Echas de menos a tu familia? -Por primera vez desde que había llegado a Deadwood, ella le hablaba con verdadero interés.
    – No. Nunca le tuve demasiado apego. Bueno, tal vez sí eche de menos a mi hermano Franklin.
    – No lo conozco. De hecho, no llegué a conocer a ninguno de tus hermanos.
    – Me hubiera gustado que lo hicieras.
    – Bueno, a veces las cosas no son como a uno le gustaría. -Extendió una mano y le pasó la palma por la pechera de la camisa-. Se nota que te has abierto camino, Robert. Eres rico, como siempre habías deseado.
    – Quería ser rico por tí también; ¿no lo sabías? Por eso me alejé tanto de tu lado durante aquella época en que…
    Ella le tapó los labios con un dedo.
    – Shh… nada de eso.
    Él le cogió la mano y la apretó contra su pecho.
    – ¿Por qué? -preguntó con voz apasionada.
    Addie movió la cabeza como negando, despacio, haciéndose más y más vulnerable. La lucha entre Eve y Addie se había desatado. Había soportado todos aquellos minutos, convertida en Eve, indiferente a toda emoción. Podía soportar esa situación sólo si mantenía a Addie encerrada e incomunicada; porque Addie era vulnerable y se sentía torturada, y en aquel preciso instante lloraba en su interior y deseaba, más que nada en el mundo, protegerse entre los brazos de Robert e implorar su perdón.
    – ¿Por qué, Addie? -repitió-. Merezco saberlo después de todo este tiempo. He vivido un infierno pensando que mi atrevimiento fue la causa de tu huida, pero nunca he llegado a entenderlo. Eras joven, lo sé, y yo lo suficientemente mayor para comprender que no estabas lista, pero, ¿por qué abandonaste a tu familia? ¿Tú sabes lo que sufrió tu padre? ¿Y Sarah?
    – Yo también sufrí -replicó ella amargamente.
    – ¿Entonces, por qué? ¿Por qué esto? -Hizo un ademán con el brazo abarcando toda la habitación.
    – Porque es lo único que una mujer sabe hacer por naturaleza.
    – No. ¡No me digas eso, porque no te creeré! Aquel día entre las flores marchitas eras virgen. Lo sé con la misma certeza con que puedo decir que esta noche no lo eres. Te aterrorizó lo que estuvo a punto de ocurrir entre nosotros. ¡Por eso nada en esta situación encaja!
    Addie rogó: «Cuéntaselo».
    Eve dijo: «Acaba con esto de una vez».
    Sus ojos se nublaron. Observó el reloj junto a la cama.
    – Robert, el tiempo empieza a contar cuando el cliente entra en la habitación. Ya hemos invertido quince minutos. Te quedan otros quince. ¿Estás seguro de que quieres pasarlos hablando?
    El sentimiento que había puesto unos minutos atrás en sus palabras, desapareció casi por completo y de manera brusca; Robert supo que no obtendría más respuestas.
    Se puso en pie y empezó a deshacerse el nudo de la corbata; dos bruscos tirones, mientras la piel de su cara se tensaba de tal modo que su estructura ósea se hacía prominente. Tenía la boca rígida y la mirada apagada.
    – De acuerdo, vamos a ello.
    Se quitó la chaqueta y la colgó en el perchero. Después el reloj de bolsillo. El chaleco. Los tirantes. Los zapatos y los calcetines, sentándose en la cama como si fuera la única persona en el cuarto. La camisa, de espaldas a Addie. Luego, los pantalones, hasta quedar en ropa interior de una sola pieza.
    Se giró hacia ella.
    – Y bien, ¿vas a quedarte sentada toda la noche sobre mis veinte dólares? -Addie no había movido ni un músculo. Sus ojos estaban tan abiertos como aquel día en la alfombra de flores-. ¿Y bien? -la apremió.
    «No, Robert. Por favor.»
    – A veces a los hombres les gusta desnudarnos.
    – Pues a mí no me apetece. Hazlo tú misma -le ordenó.
    Su quimono estaba abierto hasta el ombligo. Dejó caer los brazos a los lados, quedando sus manos a la altura de las caderas y esperó, sin entender demasiado por qué él quería humillarla. Tal vez porque él mismo se sentía humillado y rebajado por estar allí, por ser partícipe de aquella depravación que con cada minuto que transcurría se aproximaba a su punto más degradante.
    – Estoy esperando, Eve -dijo bruscamente.
    Addie se levantó, quedando de pie frente a él, erguida como el poste de la hoguera de Juana de Arco, con la mirada resuelta. Se quitó el quimono y lo arrojó sobre la cama. Se descalzó. Se quitó las ligas. Las medias. El corsé: los ganchos se soltaron con una serie de movimientos bruscos que él siguió con los ojos, desde los pechos hasta el vientre. El corsé cayó al suelo. Se desabrochó la camisa interior y la dejó deslizarse también. Debajo, la piel estaba surcada de líneas rojizas entrecruzadas. Robert contempló aquellos pliegues y surcos, subió a los pechos desnudos, se detuvo allí, y luego ascendió hasta el rostro mientras ella se desabrochaba el botón de los calzones. Una lágrima brillante caía desde cada uno de sus ojos, temblando en el lagrimal, como el rocío en la punta de una hoja.
    Robert sintió que se ahogaba. Algo en su interior se desgarró.
    – No, así no, Addie -susurró, adelantándose y cubriéndola con su cuerpo, sujetándole los brazos a los lados-. No puedo hacerlo así. -Tenía los ojos cerrados, las pestañas humedecidas-. No a cambio de oro. No contigo odiándome y yo mismo odiándome. Perdóname, Addie.
    Ella permitió que la abrazara y la cubriera con su cuerpo. Mientras estaban de pie, así, el cuerpo muerto de ella en los brazos de Robert, Addie, salida de su aislamiento, llamaba a las puertas de un corazón herido.
    – Addie, ¿adónde hemos llegado? -Le cogió con suavidad la nuca con una mano abierta y lloraron en silencio, demasiado cerca el uno del otro para verse la cara, demasiado conmovidos para hablar. Una puerta se cerró al final del pasillo. Alguien rió. Abajo, el loro lanzó un chillido. El reloj junto a la cama marcó, ajeno por completo a la escena, el paso de dos costosos minutos… tres… pero no se movieron; el pelo negro de la mujer se enredaba en la barba del hombre y los dedos desnudos de los pies femeninos se apoyaban sobre el pie de él.
    – Vístete, Addie -murmuró con voz ronca, disponiéndose a apartarse.
    – Espera. -Se aferró a él, todavía ocultando el rostro en su pecho-. Tengo que decírselo a alguien. Ya no puedo seguir viviendo con este secreto.
    Robert volvió a rodearla con los brazos y esperó, ocultando su impaciencia. La garganta de Addie descansaba sobre su hombro. Notó como tragaba saliva.
    – Fue mi pa… padre -balbuceó al fin, con los puños cerrados apoyados en su espalda-. Solía me… meterse en mi cama por la noche. Me obligaba a ha… hacer todo esto con él.
    La revelación cayó sobre Robert como una descomunal caldera de agua hirviendo. Su estómago pareció disolverse. Su mente rechazó de manera automática lo que acababa de oír.
    «Has oído mal, Robert.»
    – ¿Tu padre? -preguntó en un murmullo.
    Ella asintió, golpeando con la cabeza contra su pecho, reprimiendo los sollozos que nacían desde su estómago.
    Robert alzó una mano y le apretó la cabeza más fuertemente contra su cuello. Si hubiera podido convertirse en un círculo completo para protegerla por todos lados, lo habría hecho.
    – Desde que mi madre se marchó.
    – Oh, Addie… -Había ignorado que la compasión pudiera alcanzar proporciones tan enormes.
    – Solía dor… dormir con Sarah, pero tras la huida de mamá em… empecé a mojar la cama, así que papá me puso en un cuarto aparte, y fue entonces cuando co… comenzó. Me decía que si me frotaba allí abajo de… dejaría de mojar la cama. Me sentía muy sola sin mamá y al prin… principio me gustaba que se acostara con… conmigo y que me abra… abrazara.
    Las lágrimas de Robert cayeron en el pelo de Addie en tanto seguían abrazados como dos hojas en un pasto húmedo.
    – Eras sólo una niña.
    – Ocurría desde mucho antes de que te conociera. Desde mucho antes de que me enamorara de tí. -Las palabras surgían distorsionadas contra la clavícula de él.
    – ¿Abusó de tí completamente?
    – Al principio no. Cuando cumplí los doce años.
    – Doce…
    «Doce… Dios Santo, doce años», pensó. Él la había conocido a esa edad. La había visto tocar el clavicordio con esa ausencia extraña que la alejaba cada vez más de él. Tenía un vestido a cuadros verde con escote blanco, que llegaba casi hasta el nacimiento de sus pechos florecientes. A veces los había mirado furtivamente mientras ella se concentraba en la música. Al recordarlo, se sintió culpable incluso de aquella pequeña travesura adolescente.
    – Cuando empezabas a desarrollarte.
    – Sí -susurró ella.
    – Cuando yo empecé a advertir que estabas convirtiéndote en una mujer. -Addie se quedó callada-. Entonces, las cosas entre nosotros empeoraron por eso, ¿no es así?
    Ella permaneció en silencio.
    – ¿No es cierto, Addie?
    – No fue culpa tuya. Tú no sabías nada de eso.
    El mundo tras los párpados de Robert era de color rojo, un rojo agónico.
    – Oh, Addie, lo siento.
    – Tú no tuviste la culpa. Todo había empezado mucho antes.
    – ¿Por qué no se lo dijiste a alguien… a la señora Smith, a Sarah…?
    – Me dijo que nadie me creería. Que se reirían de mí y me señalarían con el dedo. Lo que hacíamos estaba prohibido. Yo ya lo sabía por aquel entonces. Mi padre llegó a decirme que se lo llevarían lejos de casa y que Sarah y yo nos quedaríamos solas. Le creí. Además, tenía miedo de confesárselo a la señora Smith. Y en cuanto a Sarah, ¿cómo decírselo? Jamás me hubiera creído. Papá era su héroe.
    «Vaya héroe»
    El estupor de Robert comenzó a transformarse en ira ante la bestialidad cometida por Isaac Merritt con una niña demasiado pequeña y adoctrinada en el terror como para resistirse a él.
    – Y aquella temporada en que te mostrabas distante, yo creía que era por algo que había hecho. En una ocasión, llegué a pensar que te estabas muriendo de una enfermedad incurable; habías cambiado tanto y parecías tan angustiada. ¿Alguna vez te contó tu padre que fui a hablar con él a propósito de eso?
    Addie levantó la cabeza para verle la cara.
    – ¿Lo hiciste?
    Las manos de él permanecieron alrededor de sus hombros. Le habló mirándola a los ojos.
    – Me dijo que todo se debía a nuestra diferencia de edad, que sin duda te sentías presionada ante mis deseos… y resulta que era él quien te acosaba.
    – Oh, Robert… -Apoyó las manos sobre su pecho-. Me daba cuenta del dolor que os estaba causando a tí y a Sarah, y cientos de veces deseé confesarme.
    – ¡Confesarte no! -la corrigió-. Nunca confesarte. Confesarse implica culpa y tú no eras culpable de nada. -La furia de Robert se intensificó.
    – Pero tú me amabas y yo era indigna de ti.
    – Eso era lo que él quería que pensaras. ¿También te llenó la cabeza con esas ideas? -Podía leer la verdad en el rostro de Addie, imaginar cómo Merritt la había manipulado por medio del temor y la autodegradación, introduciendo en su mente todas las mentiras necesarias para mantenerla callada y sumisa. La indignación de Robert estalló con apasionamiento. Cogió la bata de Addie de la cama y se la echó sobre los hombros-. Vístete, Addie. Nunca más volverás a desnudarte para un hombre por dinero. Tus penas se han acabado.
    Como si en la estancia hubiera una tercera persona, Robert maldijo mientras se ponía los pantalones:
    – Dios lo condene al infierno. ¡Qué estúpidos fuimos todos! Y yo no hice más que facilitarle las cosas. Fui a pedirle su consentimiento para casarme contigo cuando cumplieras diecisiete años, y me lo dio. Después de aquello te volviste más y más distante. Ahora lo entiendo. Las piezas encajan.
    Addie se había puesto el quimono. Robert le cogió las manos con vehemencia. Sus ojos echaban chispas mientras hablaba.
    – ¿Sabes lo que daría por tenerlo vivo una hora? ¡Le cortaría los testículos y se los metería en la boca como a un cerdo asado!
    – Oh, Robert… -No se le ocurrió otra cosa que decir.
    – ¿Cuánto cuesta sacarte de aquí toda la noche?
    – Robert, no puedes…
    – ¡Cuánto cuesta! -repitió con voz autoritaria.
    – Es la tasa de una cita en el exterior.
    – ¿Cuánto?
    – Doscientos dólares.
    Le entregó la bolsa de oro.
    – Coge lo que haga falta.
    – ¿Doscientos dólares? Robert, es una tontería.
    – Soy un hombre condenadamente rico. Pésalo.
    – Pero Rose…
    – Luego ya hablaremos con Rose. -Se vestía con apresuramiento-. Es Nochebuena, Addie. ¡No te dejaré en este burdel en Nochebuena, y si me salgo con la mía, no volverás aquí nunca más, así que pesa el oro!
    Cuando acabó de vestirse, ella seguía frente a la cómoda sosteniendo la bolsa en su mano. Robert se la cogió desde detrás y murmuró:
    – Siento haberte gritado, Addie. Déjame acabar con esta situación mientras te vistes. Coge sólo la ropa decente. No quiero que te lleves nada que nos recuerde este lugar.
    De pronto se dio cuenta de que ella estaba llorando.
    – No llores, Addie. El tiempo de llorar ha terminado.
    – Pero, Robert, ¿qué voy a hacer? He vivido tanto tiempo tras estas puertas… ¿no lo comprendes?
    ¿Cuántas veces podía romperse el corazón de un hombre?
    – ¿Estás asustada? -preguntó en tono cariñoso y tranquilizador. Addie nunca había llevado una vida normal desde los tres años. Abandonar aquel lugar con él sería un acto de coraje-. Mi pobre niña, claro que estás asustada. Pero yo estaré contigo. Ahora, vamos… vístete. ¿Tienes ropa de calle?
    Ella asintió llorando aún.
    – ¿Dónde está?
    – En mi cuarto, al lado. -Señaló la puerta que daba a la habitación contigua.
    – Iremos a buscarla.
    Recogió el resto de la ropa y cerraron la puerta de la sórdida habitación a la que se juró que Addie jamás volvería a entrar. En la oscuridad del cuarto contiguo, preguntó:
    – ¿Donde está la lámpara?
    – Delante tuyo.
    Cuando Robert la encendió, un gato blanco alzó la cabeza en la cama y lo miró con ojos entrecerrados.
    – ¿Puedo llevarme a Mandamás? -preguntó ella.
    – Desde luego. Es lo único bueno que hay en este lugar.
    – ¿Y el ramillete que me regaló Sarah?
    – Claro.
    La mayoría de la ropa, colgada en ganchos, era poco apropiada para una velada decente. Robert escogió el vestido más sencillo que encontró y esperó de espaldas mientras ella se lo ponía. Al girarse, Addie se puso como esperando revista, con el rostro sucio de maquillaje corrido, como una pintura impresionista. Robert humedeció un trapo en una palangana cercana y, sosteniéndole la barbilla, le quitó el diluido polvo negro de los ojos y el carmín de los labios.
    – Tampoco volverás a necesitar esto, Adelaide Merritt -le prometió con suavidad; cuando acabó se quedó estudiando aquellos conocidos ojos verdes, hinchados por el llanto-. Cuánto deseaba ver a la Addie del pasado. La haremos volver poco a poco.
    – Pero, Robert…
    La hizo callar llevando el dedo índice a sus labios.
    – No tengo todas las respuestas, Addie, todavía no, pero, ¿cómo vamos a encontrarlas si no empezamos a buscarlas?
    Bajaron y ella depositó los doscientos dólares de oro en polvo en el buzón, y le dijo a Rose al pasar a su lado:
    – Ha pagado una cita en el exterior.
    – Veinticuatro horas, ni un minuto más, ¿me oyes, Eve? -le gritó Rose; luego añadió en voz más alta-: ¿Adónde llevas ese gato?
    Con Mandamás en los brazos y Robert a su lado, Addie salió al aire frío y limpio de invierno.
    Sobre ellos, O Sanctissima retumbaba a través del cañón.
    – ¿Será una señal? -se preguntó Robert, alzando el rostro mientras avanzaban con pasos largos y acompasados.
    – El cielo no envía señales a prostitutas -dijo Addie.
    – No estés tan segura -contestó él, cogiéndola del brazo.
    En el hotel, la recepción estaba vacía. Una nota clavada con chinchetas en los casilleros decía: estoy en casa pasando la nochebuena. Robert dio la vuelta al mostrador y cogió una llave.
    – ¿Quién ha dicho que no hay habitaciones libres en el hotel? -sonrió y volvió junto a Addie. Le dio un golpecito en la espalda y la condujo hacia las escaleras. En el segundo piso, abrió una puerta, entró y encendió una lámpara. La habitación era sencilla pero tenía las paredes enyesadas y en la ventana había una especie de cortina. Robert abrió una estufa de hierro redonda y se arrodilló frente a ella.
    – Pero, Robert, no hemos pagado por el cuarto.
    – Lo arreglaré con Sam mañana por la mañana, o cuando vuelva. Addie se quedó en la puerta con aire indeciso. Robert se irguió y se giró hacia ella.
    – He de ir a la parte de atrás a por leña. Hay una lata con agua en el pasillo, si no se ha congelado. A esta hora debe de estar lo suficientemente vacía como para que puedas levantarla. Acércala a la estufa, ¿quieres, Addie? Vuelvo enseguida.
    Ella soltó a Mandamás, que exploró la habitación. Robert regresó a los pocos minutos cargado con leña, se arrodilló y encendió el fuego, cerró la chirriante puertecilla de la estufa y colocó la parrilla. Se incorporó de nuevo, sacudiéndose las manos y la miró.
    – Cuando hayas terminado de asearte, da un par de golpes en la pared. Si quieres, hablaremos.
    – Gracias, Robert.
    Él sonrió.
    – Te traeré una camisa de dormir, espera un minuto.
    Addie escuchó el ruido de sus pisadas ir y venir. Reapareció y le entregó una camisa de dormir doblada. Era de franela, a rayas azules y blancas. Las rayas se distorsionaron cuando ella las observó a través de las lágrimas.
    – Gracias, Robert. -Volvió a decir.
    Él se acercó y le levantó la barbilla con el puño.
    – Un par de golpes, ya sabes. -Dicho esto, se marchó, cerrando la puerta detrás suyo.
    En el cuarto había una mecedora. Addie se dejó caer en ella y se acurrucó, hundiendo el rostro en la camisa de dormir. Permaneció un largo rato sentada, inmóvil, aclimatándose a la libertad, preguntándose cuáles serían las intenciones de Robert. El agua ya debía de estar caliente. Se puso de pie con una extraña sensación y se acercó a probarla con un dedo. El único recipiente que tenía para asearse era una palangana debajo de la jarra. Se las arregló con eso; colgó las toallas con cuidado y se estuvo un rato junto a la estufa para calentar su piel, sintiendo como se esfumaba el miedo. Se puso la camisa de dormir. Era como meterse debajo de la piel de Robert, donde todo era normal y seguro y uno sentía que tenía un destino en la vida. Se cepilló el pelo y recordó cuánto le disgustaba a él que fuera negro, de modo que recogió la toalla húmeda y la envolvió alrededor de su cabeza en forma de turbante, antes de dar dos suaves golpes con los nudillos en la pared.
    Oyó abrirse y cerrarse la puerta de al lado y los pasos de Robert aproximándose. Entró en la habitación y dijo:
    – Tu cuarto está más caliente que el mío. ¿Puedo pasar?
    – Por supuesto.
    Entró y cerró la puerta con naturalidad. Llevaba pantalones de lana negros, camisa blanca y tirantes. La cogió de la mano y la acercó a la luz.
    – Bueno, mírate… -Observó su rostro a la luz de la lámpara. La estudió con detalle, con una ligera sonrisa en los labios-. Después de todo, eres realmente Addie Merritt. ¿Cómo te encuentras?
    – Mucho mejor. Confundida. Desorientada. Asustada.
    Él bajó los brazos.
    – ¿Prefieres estar sola, Addie?
    – No, yo… es Nochebuena, ¿y a quién le gusta estar solo en Nochebuena? Me gustaría hablar, Robert, de verdad, pero podría perjudicar tu reputación que se supiera que has estado conmigo en mi habitación. En Rose's es una cosa, pero aquí… éste es un establecimiento respetable, estoy segura.
    – Addie. -La cogió de la mano y la condujo a la cama-. Debes empezar a preocuparte por las cosas verdaderamente importantes. -Colocó las almohadas contra la cabecera y le ordenó-: Siéntate. -Cuando ella lo hizo, añadió-: Hazme un sitio. -Se puso a su lado sobre la colcha, la rodeó con los brazos y la estrechó contra su pecho. Estiró las piernas, cruzó los tobillos y añadió-: Escucha… las campanadas han cesado.
    Ambos aguzaron el oído.
    Una brasa chispeó en la estufa.
    Alguien roncaba al otro lado del pasillo.
    Mandamás saltó a la cama y se instaló sobre la bragueta de Robert.
    Robert y Addie rieron.
    – Bueno, parece que ya ha encontrado un sitio cómodo. -dijo él.
    Ella rió otra vez y después suspiró.
    – Oh, Robert, no sé cómo empezar.
    De algún modo, encontró la forma.
    Comenzó por contarle la desilusión que le había causado la huida de su madre, la sensación posterior de ser diferente a los demás niños, que aún tenían madres. Los años de solitaria nostalgia, marcados por la llegada de la señora Smith, cuando ella y Sarah solían pasarse las horas muertas junto a la ventana mirando hacia la calle Lampley, esperando ver aparecer por ella la silueta de su madre. Su mortificación infantil cuando comenzó a mojar la cama y el miedo cuando las quejas de Sarah determinaron su traslado a otra habitación donde la soledad se intensificó. El alivio la primera vez que su padre se había deslizado al interior de su cama para consolarla en la oscuridad. La confusión y la ignorancia pueril de lo que verdaderamente estaba sucediendo, seguida de la sensación de repugnancia y el sentimiento de culpabilidad sexual. Las súplicas para que se le permitiera volver a dormir con Sarah, quien con frecuencia decía: «Pero pataleas, me quitas las sábanas y hablas en sueños. Ve a dormir a tu cuarto». Los ruegos para que se pusiera un pestillo en su habitación, mientras su padre declaraba a Sarah y a la señora Smith que la mejor forma de curar los problemas de Adelaide no era cerrando la puerta a los monstruos, sino dejándola abierta para que ella se diera cuenta de que no existían. Acostándose antes de que su padre regresara de la oficina, yaciendo rígida y con los párpados temblorosos, fingiendo estar dormida con la esperanza de que él pasara de largo hacia su cuarto. Sus esfuerzos en la escuela, destinados a que su padre le enseñara el oficio de editor como a Sarah. Llegó a detestar su belleza física, a la que, no sin razón, achacaba su suerte.
    Y, por fín, habló de la irrupción de Robert en su vida.
    Su atracción inmediata hacia él. Su alivio cuando Isaac había permitido que él las visitara. Sus celos ocasionales de Sarah que, con su inteligencia, similar desde su punto de vista a la de Robert, podía ofrecerle más en lo que a conversaciones estimulantes e intercambios humorísticos se refería. Luego, la llegada de la pubertad y el principio de las traumáticas relaciones sexuales forzadas con Isaac. La vergüenza y el sentimiento de culpa que trajeron consigo. El florecimiento de su incondicional amor por Robert, mezclado con la culpa por no ser virgen, y el temor de que, en caso de que llegaran a ser amantes, él descubriera su inesperado estado y la rechazara.
    – Me sentía tan indefensa -dijo-, él me decía que si alguna vez lo contaba, ningún hombre me querría, y yo le creía.
    – Claro. Te despojó de toda tu autoestima.
    – Tenía la sensación de llevar una mancha deshonrosa y de que, fuera donde fuera, todos la notarían, en especial tú.
    – Nunca me di cuenta, nunca.
    – Cuando te lo he confesado esta noche, te ha sorprendido, ¿verdad?
    – Ha sido como si me clavasen un hacha en plena espalda.
    – Así que, imagínate mi miedo a que lo descubrieras cuando tenía quince o dieciséis años. Te hubiera repugnado, tal como afirmaba mi padre.
    – Quizá sí. ¿Quién puede saberlo ahora?
    – Siempre después de que me besaras, iba a mi cuarto y lloraba.
    – Y aquel día en el Jardín Botánico…
    – Pensé que si seguíamos adelante te darías cuenta de que no era virgen. Tenía tanto miedo de perderte…
    – … así que huíste y fui yo quien te perdió.
    – Creía que no tenía alternativa. No podía seguir soportando las vejaciones a las que me sometía mi padre y tampoco acudir a tí.
    – Dejaste atrás a dos personas muy confundidas y preocupadas… tres, contando a la señora Smith.
    – Me costó mucho hacerlo, pero, como te he dicho, creía que no tenía otra opción.
    – ¿Adónde fuiste? Quiero decir, primero.
    – Empecé en Kansas City, pero una de las chicas se quedó embarazada y dio el bebé en adopción. Eso nos puso en una situación difícil a todas, así que me mudé a Cheyenne para cambiar de ambiente. Allí, una de las chicas puso vidrio triturado en la palangana de otra… había mucha competencia por los clientes ricos. La chica estuvo a punto de morir. Era amiga mía… bueno, hasta donde se puede serlo en ese negocio. Así que después de eso vine aquí con el estallido de la fiebre del oro. Pero los prostíbulos son todos iguales. En realidad sólo intercambiaba una prisión por otra. Lo importante era que odiaba a los hombres y podía desquitarme con cientos de ellos por lo que uno me había hecho. -Se quedaron callados un rato antes de que ella concluyera-. Debes saberlo, Robert, todavía siento esa aversión hacia los hombres.
    Él aceptó el comentario en silencio, pese a que ella mantenía la cabeza en su hombro y la mano en su pecho. Estaba en su derecho.
    Pasados unos segundos, preguntó en voz baja:
    – ¿Sarah sabe lo de tu padre?
    – No.
    – ¿Piensas decírselo?
    Ella levantó la cabeza y le miró a los ojos.
    – ¿Qué sentido tendría?
    Robert la obligó a adoptar la posición anterior.
    – Le ayudaría a comprender, igual que a mí.
    Addie se sentó y se abrazó las rodillas.
    – Pero eso la heriría.
    – Sí, desde luego.
    Se hizo un silencio angustioso. Addie lo rompió.
    – Pero me sentiría tan avergonzada que…
    – Si no se lo cuentas, él continuará ejerciendo su nefasta influencia sobre ti, incluso después de muerto.
    Ella bajó la cabeza, apoyó la frente contra sus rodillas y dijo con voz ahogada:
    – Lo sé… lo sé.
    Robert había echado la semilla; el tiempo diría si daba sus frutos o no.
    – Ven, recuéstate, Addie. No tienes que decidirlo esta noche.
    Ella regresó al amparo de su brazo, quedándose callada y pensativa. Él continuaba como antes, con los tobillos cruzados, pero le apretó cariñosamente un brazo. Addie suspiró y miró el marco de la puerta donde la luz de la lámpara y la sombra creaban un contorno nítido de color oro y gris. Le pesaban los párpados, pestañeó,… sus párpados eran cada vez más pesados… pestañeó de nuevo y cerró los ojos. Poco después, Robert hizo lo mismo.

    Addie se despertó y encontró la habitación iluminada por la luz del sol. El olor a mecha quemada flotaba en el ambiente; las sábanas se amontonaban en el centro de la cama; Robert dormía de espaldas a ella.
    Bostezó y se desperezó, intentando no despertarlo.
    Robert hizo unos movimientos casi imperceptibles, la miró por encima del hombro y dijo:
    – Buenos días.
    – Creo que más bien buenas tardes.
    Robert se puso boca arriba y bostezó profundamente, estirando los brazos por encima de la cabeza y haciendo temblar el colchón. Cuando cerró la boca, se volvió hacia ella y le sonrió.
    – ¿Qué te parece si le damos a Sarah una sorpresa de Navidad?
    Addie sonrió y contestó:
    – De acuerdo, vamos.

Capítulo Quince

    Para Sarah, aquella Navidad comenzó con un cierto sabor agridulce; era la primera sin su padre; tampoco estaba Addie. Aunque esperaba con ansiedad la cena con los Dawkins, no era su familia. Además, el día se le estaba haciendo muy largo. La pensión de la señora Roundtree resultaba deprimente, llena de hombres recordando a sus seres queridos en hogares remotos, abarrotando la sala hasta volver el ambiente asfixiante, evocando paseos en trineo o discutiendo sobre el mejor relleno para las ostras, según la nacionalidad o región geográfica de la que procedieran.
    Era justo reconocer que la señora Roundtree se había esmerado en crear un ambiente festivo. Había un arbolito en la sala y un aperitivo de tortas de jamón y patatas, huevos con hierbas aromáticas y gran variedad de pan dulce, además de una exquisitez inhabitual: auténtica mantequilla. La comida, no obstante, carecía de atractivo para Sarah debido a la ausencia de Noah Campbell.
    Sarah se había despertado pensando en él, en algo que Addie le había dicho una vez, sobre ciertos hombres que hacían que una mujer se sintiera como un terrón de azúcar. La noche anterior, en su habitación, Sarah había empezado a comprender por primera vez lo traicionero de aquellos sentimientos. Al besar a Noah, pecho contra pecho, había sentido la mano de la tentación alargándose hacia ella. Durante aquellos pocos minutos… ¿segundos?… había conocido la lujuria. Él había dicho que estimular esos sentimientos era natural, pero existían mandamientos en contra de esas situaciones. Sarah ahora entendía por qué.
    Sarah suponía, con gran consternación, que lo amaba. En sus fantasías infantiles había imaginado que enamorarse era como ser elevada por serafines a un estadio supremo, donde el suelo estaba siempre cubierto de rosas y el alma tan llena de júbilo que iluminaba el espacio circundante. En lugar de eso, se parecía, más bien, a caerse de un caballo… a un tropiezo. Se reprochaba la caída y la elección.
    No, eso no era volar. Eso era abrirse camino entre lo que se podía y no se podía hacer, entre lo que se debía y no se debía hacer; conceptos que habían sido fijados en su subconsciente a lo largo de muchos años por un buen padre cristiano que la llevaba a misa todos los domingos y que respetaba tanto las leyes de esa iglesia, que se aferró a sus votos matrimoniales hasta la muerte, pese al abandono de su esposa.
    Deseó que Isaac estuviera allí en ese momento. Qué reconfortante sería estar en la misma habitación con él y confesarle: «Padre, estoy tan confundida».
    Fue a su cuarto y escribió una carta a la señora Smith.
    Deadwood, Territorio de Dakota
    Navidad, 1876
    Querida señora Smith:
    La festividad santa ha llegado, derramando su gloria sobre el Cañón Deadwood.
    Pasó a describir el espectáculo navideño, y luego continuó:
    Ha sido emocionante formar parte del desarrollo de Deadwood. El Chronicle no sólo tiene éxito, prospera. Cada ejemplar tiene ahora seis páginas y no tengo problemas para llenarlas con las últimas noticias: por fin ha llegado el telégrafo. Cuando el señor Hayes y el señor Wheeler tomen posesión de sus cargos el mes que viene, publicaré sus discursos inaugurales al mismo tiempo que el resto de la nación. Imagínese.
    Addie está bien. La veo a diario, aunque no vivimos juntas. Todavía vivo en la pensión de la señora Roundtree, aunque creo que esta situación no se prolongará por mucho tiempo. Ya es hora de que me compre mi propia casa. He decidido establecerme en Deadwood de manera definitiva.
    ¿Y eso? No recordaba haber tomado esa decisión conscientemente, pero una vez que las palabras estuvieron en el papel, las releyó y la idea se le antojó estupenda. Un hogar propio con muebles de su gusto y algo más que una simple sala por donde deambular entre hombres y una habitación donde estar enclaustrada. Pasó un rato haciéndose a la idea. Después, se sintió más animada.
    He de ser breve porque he sido invitada a cenar a casa de unos amigos… los Dawkins. Querida señora Smith, espero que cuando reciba esta carta se encuentre bien y llena de energía. Me acuerdo de usted muy a menudo con un gran cariño. Por favor, escríbanos pronto para hacernos saber cómo se encuentra.
    Su querida,
    Sarah
    Al releer la carta, decidió que la descripción del programa de Navidad era adecuada para ser publicada con algunas correcciones y pequeños matices. Hizo copia del texto para Patrick y estaba corrigiéndolo cuando alguien llamó a su puerta.
    La abrió y encontró a la señora Roundtree en el pasillo. La dueña de la pensión parecía padecer una fuerte contracción de esfínter.
    – Abajo la esperan unas visitas.
    – ¿Visitas? -Sarah estaba sorprendida.
    – Preferiría que no volvieran por aquí -añadió la mujer con acritud-. Dígaselo. Me refiero a ella, no a él. Por si no lo sabe, éste es un establecimiento respetable.
    – ¿Quiénes son, señora Roundtree?
    – El señor Baysinger y una de las del páramo, a juzgar por su aspecto, y ha entrado en mi casa con un descaro increíble. ¡Qué van a pensar mis pensionistas!
    El corazón de Sarah comenzó a latir con violencia.
    – Dígales que bajo enseguida.
    – Yo no hablo con esa clase de mujeres y si usted desea hacerlo tendrá que ser fuera de mi casa.
    – Muy bien -replicó Sarah, roja de indignación por la insistencia de la mujer-. Eso es exactamente lo que haré. ¡Gracias por su comprensiva actitud, señora Roundtree, en especial en este día, símbolo de amor fraternal!
    La señora Roundtree se volvió con arrogancia. Sarah cogió su abrigo y su sombrero y se lanzó ruidosamente escaleras abajo, con la cara desencajada de excitación.
    Robert y Addie estaban junto a la puerta de entrada, flanqueados por un grupo de hombres con las caras rosadas como cerdos, que los miraban boquiabiertos. Robert parecía muy tranquilo, cogiendo con caballerosidad a Addie del brazo. Petrificada e incapaz de mover siquiera la cabeza, Addie tenía los ojos clavados en la figura de su hermana.
    Sarah fue directamente hacia ella, extendiendo las manos y sonriendo tan abiertamente que se le podían ver las muelas.
    – Addie, querida… feliz Navidad. -Le apretó las manos y, como si ya tuvieran algún plan, dijo-: Vamos.
    Fuera, bajo el sol de las dos de la tarde, Sarah dio a su hermana un abrazo intenso, emocionado y lleno de amor.
    – Oh, Addie, al fin has venido. Ahora mi felicidad ya es total.
    Al cabo de un momento se volvió y abrazó también a su amigo de tantos y tantos años.
    – Y tú, Robert… la has traído. Siempre supe que te quería y ahora sé por qué. Gracias desde lo más profundo de mi corazón.
    – Creí que hoy teníais que estar juntas.
    – Claro. Los tres juntos de nuevo.
    – A la dueña de la pensión no le ha gustado nada verme en su salón -señaló Addie.
    – La dueña tiene un palo metido en el trasero… disculpad la grosería, en especial hoy, pero su altanería ha conseguido sacarme de quicio.
    – ¡Sarah! -exclamó Addie con estupor.
    Robert rió con ganas mientras Sarah se abrochaba el abrigo. Addie estaba demasiado sorprendida para seguir comentando la grosería de la señora Roundtree.
    – ¡Es la primera vez en mi vida que te oigo hablar así!
    – ¿En serio? -Sarah se puso los guantes y tomó la delantera por los interminables escalones del sendero que llevaba al pueblo-. Soy apasionada. Hay que serlo para sacar adelante un periódico que valga la pena. ¿Qué habíais planeado hacer hoy?
    – Nada. De hecho, sólo veníamos a verte -dijo Robert, que caminaba detrás de las dos mujeres.
    – Estupendo. ¿Puedo ofreceros una taza de café en la oficina del periódico?
    – Perfecto -dijo él.
    Sarah intuía que Robert se las había ingeniado para convencer a Addie de que abandonara Rose's, pero que ella había capitulado con cierta reticencia. Sarah y Robert se entendían en ese sentido: podrían conquistar a Addie si la mantenían entretenida, si, de alguna manera, la mareaban. Al final del largo camino de peldaños, cada uno la cogió por un brazo y los tres caminaron formando una línea.
    – Addie ha pasado la noche en mi hotel -comentó Robert.
    – ¿De veras? -Sarah se paró en seco, forzando a los otros dos a hacer lo mismo-. ¿Eso significa que has dejado Rose's para siempre?
    Addie y Robert respondieron a la vez.
    – No sé.
    – Sí. Le he dicho que no quiero que vuelva allí y creo que ella estaría de acuerdo siempre y cuando nos pusiéramos de acuerdo en algunas cosas.
    – Y yo le he dicho a Robert -intervino Addie- que no sabe lo aterrador que es enfrentarse a un mundo de personas que cambian de acera cuando te ven venir. Además, no conozco otra vida. ¿A qué me dedicaría?
    – Vivirías conmigo.
    – ¿En casa de la señora Roundtree? Eso es absurdo. ¿No has visto cómo me miraba?
    – En la pensión no. Buscaremos una casa. Esta mañana estaba pensando precisamente en que ya es hora de que lo haga. Hasta le he escrito a la señora Smith explicándoselo.
    Robert intervino:
    – Y yo te podría pagar algo de dinero por… digamos, zurcir mis calcetines. ¿Qué tal se te da zurcir calcetines, Addie?
    Addie esbozó una sonrisa torcida.
    – No he zurcido un calcetín en toda mi vida y lo sabes.
    – Es cierto. La señora Smith se ocupaba de esas cosas, ¿no es así? Entonces cocinar. ¿Eres buena cocinera? Te pagaría bien por una buena comida casera de vez en cuando.
    – Tampoco sé cocinar.
    Llegaron a la oficina y entraron.
    – Si enciendes la estufa, Robert, yo iré afuera a buscar agua a la bomba. ¿Por qué no mueles el café, Addie?
    – No sé cómo se hace -respondió ella con tristeza-, nunca he molido café.
    – Bueno, es fácil -replicó Sarah en tono alegre-. Pon los granos y da vueltas a la manivela. Tal vez logremos convertirte en una buena ama de casa.
    En una pequeña mesa rectangular, cerca del fondo de la oficina, Addie encontró el molinillo y la bolsa de café.
    – ¿Con qué los cojo? -preguntó.
    Sara contestó desde la parte de atrás de la casa.
    – Con un pedazo de papel. -Cuando volvió, Robert ya había encendido el fuego y Addie seguía moliendo.
    – ¿Qué cantidad? -preguntó.
    Sarah dejó la olla sobre la estufa y dijo:
    – Oh, más o menos una cuarta parte de lo que has molido. -Las dos hermanas se miraron y rieron. De pronto, Addie adoptó una expresión abatida.
    – Soy tan ignorante. Hay tantas cosas que no sé hacer.
    Sarah se acercó a ella y le acarició las mejillas.
    – Piensa en lo excitante que será tu vida a partir de ahora… cada día aprenderás algo nuevo. Robert y yo te ayudaremos, como lo hacíamos de niños, y creo conocer a alguien que también colaborará en tu formación.
    – ¿Quién?
    – Esperad aquí. Voy a preguntárselo.
    Se dirigió hacia la puerta.
    – ¿Pero, Sarah, adónde…?
    – Vosotros esperad aquí. Robert te dirá cuánto café has de poner en el agua, y cuando vuelva, espero tener una taza de café recién hecho.
    Salió sin decir nada más. Naturalmente, se dirigió a casa de Emma. Lettie le abrió la puerta. Tenía las mejillas encendidas y llevaba puesto un delantal.
    – Ah eres tú, Sarah. ¡Feliz Navidad!
    – Feliz Navidad, Lettie.
    – ¿Quién es, Lettie? -preguntó Emma desde la cocina.
    – Es Sarah. Pasa, Sarah.
    Emma apareció secándose las manos en el delantal.
    – Llegas temprano, Sarah; pero no importa.
    – Me voy dentro de un minuto y vuelvo a las cuatro, pero antes tengo algo que decirte.
    – Claro, entra.
    La habitación olía deliciosamente a ajo, a cebolla y a carne asándose. A canela, a manzanas y a repollo recién cortado. En una mesa, Geneva empuñaba el rallador. Las ventanas estaban empañadas por el vapor de agua, que formaba gotas en las ventanas. Byron entró y dijo:
    – Pero bueno, si es nuestra directora del coro infantil. Los chicos han cantado tan bien que, le comentaba a Emma, podrían formar parte de uno de los espectáculos del Langrishe.
    – Oh, Byron, tú siempre tan amable. Lo hicieron bien, ¿verdad?
    Josh siguió a su padre al interior de la habitación y anunció:
    – El año que viene quiero cantar en el coro.
    – Serás bienvenido. -Comentaron el espectáculo de la noche anterior, hasta que Sarah abordó el asunto que la había traído-. Me alegra que estéis todos aquí, porque he venido a pediros algo muy especial.
    – Bueno, ¿y qué es? -preguntó Emma.
    – Supongo que todos conocéis a Robert Baysinger, mi amigo de la infancia de St. Louis. Ha convencido por fin a mi hermana de que abandone el prostíbulo. En este momento están en la oficina del periódico y, si fuera posible, me gustaría que vinieran conmigo a cenar aquí esta noche. -Antes de que nadie pudiera responder, Sarah prosiguió-: Sé que es un atrevimiento por mi parte pediros esto, más aún teniendo en cuenta lo tarde que es y que la comida ya está preparada, pero hace un rato Addie ha sido tratada con desprecio en casa de la señora Roundtree. Me gustaría demostrarle que existen personas que la tratarán con decencia si decide quedarse entre nosotros; por eso recurro a vosotros. Pero sólo la traeré si todos estáis de acuerdo… y si hay suficiente comida, desde luego.
    Emma habló en nombre de toda su familia.
    – ¿Qué clase de cristianos seríamos si juzgáramos a alguien y le cerrásemos la puerta de nuestra casa? Por supuesto que puedes traerla, y al señor Baysinger también.
    Los hombros de Sarah cayeron relajados.
    – Emma, eres una amiga de verdad… todos lo sois. Muchas gracias.
    Acarició con su mirada a todos y cada uno de los miembros presentes de la familia.
    – Hay algunas cosas que debéis saber. La situación no está del todo resuelta a nuestro favor, así que su aceptación aquí puede ser determinante en su decisión definitiva. Ella cree que nadie la tratará con cortesía, pero, después de venir aquí, verá que no todo el mundo es como la señora Roundtree. Emma: Robert y yo nos hemos devanado los sesos tratando de encontrarle una ocupación adecuada. No es buena con el lenguaje, de lo contrario la pondría a trabajar en el periódico. He estado pensando que si viviéramos juntas, ella podría ocuparse de la casa, pero tampoco sabe nada de eso. ¿Podrías ayudarla?
    El rostro de Emma se iluminó; sus mejillas estaban enrojecidas por el calor de la cocina.
    – Has acudido a la mujer apropiada. Mis hijas ya saben cocinar tan bien como yo. ¡Tráela y haremos de ella una mujer nueva!
    – Oh, Emma… -Sarah abrazó a aquella gran mujer con admiración y gratitud-. Creo que nunca te he dicho cuánto te quiero, cuánto os quiero a todos… Byron… -Lo abrazó y luego a los demás-. Josh, Lettie, Geneva. No sé qué habría hecho sin vosotros. Desde que estoy aquí habéis sido la familia que no tengo.
    – Bueno, pues ahora que la tienes, haremos todo lo posible para que no vuelvas a perder a tu hermana. Así que ve a la oficina a por esos dos.
    – Sí señora -contestó Sarah con el corazón alborozado-. ¿Estás segura de que hay suficiente comida?
    – Josh ha ido a por el ganso. Josh, ¿crees que ese bicho alcanzará para ocho?
    – ¡Por supuesto! -replicó el muchacho con orgullo-. Pesa unos seis kilos y medio, tal vez siete.
    Mientras Sarah se marchaba, Emma ordenó:
    – Chicas, rallad un poco más de repollo.
    La oficina olía a café cuando Sarah volvió. Addie y Robert habían acercado un par de sillas a la estufa y estaban sentados bebiendo de las tazas de Sarah y Patrick. Se giraron cuando ella cerró la puerta y empezó a desatarse las cintas del sombrero.
    – Tengo una buena noticia.
    – ¿Cuál?
    – Estáis invitados a casa de mis amigos los Dawkins a la cena de Navidad.
    Robert sonrió. Addie se encogió.
    – Oh, no.
    – ¿Qué quieres decir con oh, no?
    – Preferiría volver a Rose's -dijo con la boca dentro de la taza. Sarah cruzó la habitación con paso enérgico y se apoyó en los hombros de su hermana.
    – Escúchame, Addie. Los Dawkins son buena gente. Emma y Byron han criado tres hijos maravillosos que han tenido un buen ejemplo en sus padres. Ninguno de ellos te evitará ni te dará la espalda de buenas a primeras. Es verdad que la señora Roundtree lo hizo y habrá otros que lo hagan. Pero no será Emma ni ningún miembro de su familia. Por algún sitio tienes que empezar, Addie, y compartir con ellos la cena de Navidad es una manera perfecta de hacerlo.
    – Has ido allí y les has preguntado si yo podía ir, ¿no es así?
    – Sí. Tú y Robert, los dos.
    – No quiero trato preferente por ti.
    – Pues yo sí -intervino Robert con voz jovial-. Tratándose de una cena de Navidad casera en un hogar familiar, no me importa cómo me llegue la invitación.
    Addie no parecía convencida del todo.
    – Escucha, Addie -siguió diciendo Sarah-. Emma Dawkins conoce a mucha gente en este pueblo. Lo que ella hace no pasa inadvertido. La mayoría de las mujeres la ven todos los días en la panadería. Si Emma te acepta, es probable que muchas de ellas sigan su ejemplo. Tienes que venir.
    – No puedo.
    La expresión de Sarah se tornó grave, retrocedió unos pasos con una mano en la cadera y dijo:
    – ¡Sinceramente, Addie, a veces logras enfurecerme! ¡Y papá también lo consigue! Si no te hubiera malcriado tanto, tendrías más sentido común. Lo único que tenías que hacer era enfurruñarte un poquito y autocompadecerte, para salirte con la tuya.
    – ¡No me enfurruñaba!
    – Lo estás haciendo ahora, igual que una niña.
    – ¡Y no me salía con la mía!
    – Por supuesto que sí. Mientras yo tenía que ir a trabajar a la oficina del periódico, tú te quedabas en casa sin hacer nada.
    – Bueno, aunque nunca se te haya ocurrido, a lo mejor yo también quería ir a la oficina. ¡A lo mejor no me dejaban!
    Robert observaba en silencio.
    – Hablaremos de eso después, cuando Robert no esté aquí. Por ahora, me gustaría que me dieras una sola razón para no aceptar la invitación de Emma.
    – No creo que deba ir a una casa donde hay niños pequeños.
    – Los hijos de Emma saben perfectamente qué es un burdel. ¿Cómo podrían vivir en este pueblo sin saberlo? Es más, desde el primer día que contraté a Josh, le he estado advirtiendo que no reparta periódicos en el páramo. Si Emma no teme que tu presencia sea nociva para ellos, ¿por qué habrías de hacerlo tú?
    Addie no supo qué responder. Miró a su hermana, que siguió diciendo en tono autoritario:
    – Y dejemos algo claro: no quiero que vengas a casa de los Dawkins, a no ser que estés del todo decidida a no volver nunca más a Rose's.
    – Pero si no lo hago…
    – Si no lo haces, tú y yo viviremos aquí juntas hasta que encontremos una casa, que empezaremos a buscar en cuanto Graven Lee abra su oficina mañana por la mañana. No pienso seguir alquilando una habitación a una presuntuosa mezquina como la señora Roundtree, que rechaza a mi hermana con una mano y acepta mi oro con la otra. Así que, conseguiremos unos colchones y dormiremos aquí hasta que solucionemos el problema. Así Josh podrá dormir hasta más tarde, ya que no tendrá que venir a primera hora a encender el fuego para derretir la tinta. Y yo ya no tendré que subir y bajar esos peldaños infernales ni hacer la penosa caminata bajo el frío del amanecer. Comeremos en el restaurante de Teddy hasta que encontremos una casa, y cuando lo hagamos… bueno, espero que aprendas a cocinar, y si no, viviremos a base de huevos fritos. Y ahora, ¿qué me dices?
    Addie meditó en silencio un rato, paseando la mirada de Sarah a Robert y de nuevo a su hermana.
    – Entonces, ¿esta noche dormiremos aquí?
    – No, esta noche no. Tendremos que pensar en algo para esta noche. No sólo para tí; también para mí. Después de cómo te ha tratado la señora Roundtree, me niego a dormir una noche más en su casa.
    – ¿Y la habitación de Addie en el hotel? -preguntó Robert-. ¿No podríais compartirla una noche o dos? -Entendía que Sarah no pensaba separarse un momento de su hermana, para asegurarse de que ésta no se echara atrás y volviera al prostíbulo.
    – Si Addie está de acuerdo, a mí me parece bien -dijo Sarah.
    – Supongo que sí -dijo Addie vacilante-. Pero tendría que ir al páramo para pedirle a Rose lo que me debe de anoche.
    – ¡Sencillamente no! -gritó Sarah.
    – Pero…
    – ¡No permitiré que cojas ni un centavo más de ese abominable lugar!
    – ¡Pero me debe cien dólares de oro en polvo sólo de la cita con Robert!
    Los ojos de Sarah se agrandaron y se ruborizó. Miró a Robert con turbación.
    – Oh, quieres decir… -Se interrumpió.
    – Pagué una cita en el exterior -explicó él.
    – Doscientos dólares en oro en polvo -remarcó Addie-. ¿Por qué habría de quedarse Rose con todo ese dinero? La mitad es mía.
    – De acuerdo, ve a buscarlo… pero cien; ni un centavo más. Robert te acompañará.
    – Por supuesto que sí -precisó él.
    Ahora que la decisión estaba tomada, Sarah se dio cuenta de que Addie tenía miedo.
    – Rose se enfadará mucho.
    – Por eso Robert tiene que acompañarte. Quiero estar segura de que saldrás de ese lugar. No confío en esa india corpulenta ni en esa vieja obscena. ¿Qué te parece, Robert, no crees que deberíais ir ahora, antes de que se restablezca la afluencia nocturna al local? Así Addie se quitaría ese peso de encima y disfrutaríamos de la cena sin la preocupación del encuentro con Rose. Y mientras vais allí, yo me acercaré a la pensión de la señora Roundtree a por un par de cosas.
    – Si Addie quiere, no tengo inconveniente.
    – ¿Addie? -Sarah la miró a los ojos.
    Addie estaba un poco pálida.
    – ¿Ahora? -Robert le cogió las manos.
    – Sarah tiene razón. Así habrás zanjado ya ese asunto y podrás concentrarte en tu futuro. Piensa, Addie, un futuro lleno de posibilidades… todo lo que tienes que hacer es romper definitivamente con Rose. En cuanto al dinero, a mí no me importa. Déjalo allí si quieres.
    – Pero me lo he ganado. Tal vez tú no lo quieras pero… bueno, es todo lo que tengo por ahora para ayudar a Sarah y pagar mi manutención.
    – Está bien. Pero vayamos cuanto antes.
    Bajo la mirada sincera y decidida de Robert, Addie se volvió dócil y dijo sumisa:
    – De acuerdo, Robert, como tú digas.

    El sol se había ocultado tras el contorno oeste del cañón. Main Street estaba sumida en la oscuridad y casi desierta. En algún sitio, un pájaro carbonero cantaba su repetitiva melodía de dos notas y un burro rebuznaba en la lejanía.
    Cuánto más cerca estaban de su destino, tanto más fuerte se agarraba Addie del brazo de Robert.
    – ¿Estás asustada?
    – A Rose no le será fácil encontrar otra chica en pleno invierno, y sin chicas, pierde dinero.
    – ¿Te ha amenazado alguna vez?
    – No, no abiertamente, pero es una mujer dura. Todas en este negocio lo son, en especial cuando se enfadan.
    – No me separaré de tí ni un minuto.
    Siguieron caminando en silencio antes de que ella preguntara:
    – ¿Tienes miedo, Robert?
    – Sí, pero la razón está de mi lado.
    Mirando al frente, Addie le dijo:
    – No merezco tu generosidad, Robert, no después de lo que he hecho.
    – Tonterías, Addie.
    – Nos llaman débiles y hermosas, pero no puedes ser débil si quieres sobrevivir allí, y si eres hermosa al principio, dura poco. ¿Por qué haces esto, Robert?
    – Porque toda persona merece la oportunidad de ser feliz, y me daba cuenta de que tú no eras feliz en aquel lugar. Y también por Sarah y por mí, porque no podíamos soportar la idea que la chica guapa y sensible que conocimos trabajara en un lugar como Rose's.
    – Debes olvidar a la muchacha que conociste. Ya no existe.
    Habían llegado a Rose's. Robert miró a Addie.
    – Tal vez sí y no lo sabes. Entremos y terminemos con este desagradable asunto.
    Dentro, el olor era espantoso… a agua carbónica, humo de cigarro y alcohol. Viviendo allí, Addie no había notado lo repulsivo que era, pero un día entero fuera había sido suficiente para darse cuenta. Al entrar en la sala de recibo se tuvo que tapar la nariz con un guante. Había tres hombres sentados a una mesa, bebiendo alcohol a tragos. Rose estaba con ellos. Llevaba un vestido de satén. Giró la cabeza, fijó sus ojos color peltre en Addie y comentó arrastrando las palabras:
    – Bueno, mirad quién ha vuelto. Y ha traído a su papaíto rico con ella. -Y dirigiéndose a Robert-: Nunca tienes suficiente, ¿eh, guapetón?
    – ¿Puedo hablar contigo en tu oficina, Rose?-inquirió Addie.
    Los ojos de la patrona se deslizaron con lentitud por los pantalones de Robert y luego subieron hasta su barba cuidadosamente arreglada.
    – Sí, claro -contestó al cabo de unos segundos, hecho lo cual se puso de pie-. Enseguida vuelvo, muchachos -dijo al trío de la mesa-, y traeré otra botella.
    Addie se dirigió, delante de Rose, al extremo lejano del pasillo. Poco antes de llegar a la puerta de la oficina, Rose dio una brusca media vuelta y apoyó cuatro dedos contra el pecho de Robert.
    – No se permite la entrada a los hombres aquí, guapetón. Es privado, ¿entiendes?
    Robert miró a Addie, que le indicó con un gesto que no se preocupara y entró en la oficina, preguntando por encima del hombro:
    – ¿Cómo fue todo anoche?
    Rose la siguió y contestó:
    – Bien. Muy bien. En realidad, mejor que nunca. Hoy es otra historia, al menos por ahora. Todos se están volviendo cristianos, santos y benefactores.
    – Me he perdido el reparto esta mañana. -Cada mañana, Rose sumaba las ganancias de la noche anterior y entregaba a cada chica la mitad de lo que había depositado en su buzón-. Quiero mi parte.
    Rose fue hasta el escritorio y abrió un cajón.
    – Pues claro, Eve. Has trabajado y te has ganado cien dólares, sólo con ese tipo. Debes de tener algo que le gusta. -Le entregó una bolsa llena de oro en polvo.
    Addie levantó un poco la voz mirando hacia la puerta:
    – Por favor, ¿puedes entrar, Robert?
    Robert entró.
    Rose frunció el entrecejo.
    – ¡Espera un momento! ¡Esta habitación es privada y ningún hombre pone un pie aquí dentro sin mi consentimiento!
    – Robert ha venido para sacarme de aquí. Me largo, Rose.
    – ¿Que te largas? ¿Qué quieres decir con que te largas?
    – Lo dejo para siempre.
    Rose alzó su cara gorda y bramó:
    – ¡Ja! Puede que eso sea lo que crees, Eve querida, pero volverás.
    – Lo dudo.
    – Ya lo verás. Espera a que esas santurronas provincianas echen sus faldas a un lado al pasar junto a ti para no rozarte. Espera a que los hombres que se han acostado contigo te traten como si no existieras al cruzarse contigo en la calle. Espera a que uno de ellos te coja en un callejón esperando obtener tus favores gratuitamente. Espera a quedarte sin dinero. Te acordarás de cuando ganabas un dólar cada minuto sin mover un dedo. Volverás. No lo olvides.
    La expresión de Addie permaneció impasible ante la perorata de la obesa mujer.
    – Dejaré todas mis cosas. Puedes dárselas a las otras chicas.
    – ¿Así que te vas con él? -gritó Rose-. ¿Crees que dejarás de ser una puta? Despierta querida, te abras de piernas para uno o para cien, es lo mismo. ¡Te den oro o un techo bajo el que cobijarte, sigues siendo puta! Así que ve a vivir con él. ¡Sé su prostituta privada! ¡No me importa en lo más mínimo!
    – Adiós, Rose.
    – ¡No me vengas con adiós Rose, puta desagradecida! ¡Estás en deuda conmigo! -Se lanzó hacia delante como una víbora y cogió a Addie del pelo-. Dejarme plantada con una cama… -Ahora Rose gritaba-…vacía y hacerme perder dinero cuando yo te acogí y…
    Robert cogió un pisapapeles de mármol de encima de la mesa y golpeó a Rose en los brazos.
    – ¡Aaaaah! -chilló, soltando a Addie-. ¡Flossie! -vociferó, con la cara tan roja como el pelo-. ¡Ven aquí enseguida, Flossie!
    – Nos vamos -anunció Robert con calma. Pasó un brazo por los hombros de Addie y se giró hacia la mujer enfurecida-. Si intenta detenernos, le romperé los brazos… los dos. Dígale a la india que a ella le ocurrirá lo mismo si intenta algo. Dígale que nos deje pasar.
    Flossie había aparecido y estaba en la puerta, obstruyendo la salida. Robert se volvió hacia ella y le ordenó:
    – Apártate. La señorita Merritt se va.
    Flossie dio un paso amenazante y Robert le golpeó con el pisapapeles de mármol en su mano izquierda. La mujer gritó y se encorvó, apretando la mano magullada contra un muslo y gimiendo bajito.
    – Discúlpennos, por favor -añadió Robert, volviendo a sus impecables modales y pasando al lado de Flossie.
    – ¡Deténlos! -chilló Rose.
    Flossie seguía gimoteando y cogiéndose la mano.
    – ¡Te demandaré, Baysinger! ¡No puedes irrumpir en la casa de alguien, agredir a la gente y después salir impune, sólo porque eres el dueño de un maldito bocarte!
    Robert se detuvo a la altura del marco de la puerta y respondió:
    – Con mucho gusto describiré ante un juez federal la escena que acaba de tener lugar aquí. Le aconsejo que llame al marshal Campbell y se lo notifique. Si me necesita, dígale que puede encontrarme en casa de Emma Dawkins. Feliz Navidad a las dos.
    En la sala, los tres hombres estaban sentados en el borde de sus sillas, mirando atontados hacia el pasillo. Al pasar, Robert dejó el objeto de mármol sobre una mesa.
    – Buenos días, caballeros. Esto es de la señora Hossiter. Vendrá a buscarlo enseguida, estoy seguro.
    Tres minutos después de llegar a Rose's ya estaban en la calle con el asunto resuelto. Para asombro de Robert, no habían caminado más de cuatro pasos cuando Addie se encogió y se dejó caer al suelo, cubriéndose el rostro con las dos manos mientras rompía a llorar abiertamente. Se puso en cuclillas junto a ella y la cogió de un brazo.
    – ¿Qué pasa, Addie? ¿Por qué lloras?
    – No sé… no… sé…
    La ayudó a incorporarse y la abrazó.
    – ¿Tomas esta decisión en contra de tu voluntad?
    – No… -lloriqueó.
    – ¿Quieres volver?
    – No… -gimió de nuevo.
    – Entonces, ¿por qué lloras?
    – Porque… es to… todo lo que puedo hacer. Eran mis únicas a… amigas.
    – Dijiste que eran mujeres duras.
    – Lo son, pero tam… también son mis amigas.
    – Yo soy tu amigo. Sarah es tu amiga y pronto lo serán los Dawkins.
    – Lo sé… pero soy tan inútil. ¿Qué sentido tiene mi vida? Seré una carga para Sarah y para ti.
    – Shh. No debes hablar así. La carga era saber que estabas en ese lugar. El hecho de que lo hayas abandonado nos libera de esa carga, ¿no lo entiendes?
    Lo miró a través de las lágrimas.
    – ¿Lo dices en serio, Robert?
    – Por supuesto. Y no quiero oírte nunca más cuestionando el sentido de tu vida. ¿Qué habría sido de mí si tú no hubieras existido?
    – Oh, Robert… -Detrás de la mano, su boca tembló mientras las lágrimas seguían cayendo. Y, pasados unos segundos, todavía lloriqueando dijo-: Robert Baysinger, eres capaz de convertirme en una mujer honrada.
    Él la cogió por la cintura y sonrió; luego la apartó un poco, y mirándola a la cara le dijo:
    – ¿Quieres pasar por el hotel y lavarte la cara antes de ir a casa de los Dawkins?
    Addie asintió con una sonrisa trémula en los labios, y él le tendió su brazo derecho.

    Mientras Addie y Robert iban a Rose's, Sarah se disponía a anunciarle a la señora Roundtree que abandonaba su pensión. Una vez allí, preparó un baúl que dejó en la habitación, e hizo una maleta. Con ella y la sombrerera bajó. Encontró a la dueña de la casa en la cocina, sentada a una mesa pelando manzanas en un colador de gran tamaño que tenía sobre la falda.
    – Buenas tardes, señora Roundtree -dijo desde el marco de la puerta.
    La mujer alzó la cabeza con una mueca.
    – Espero que le haya dicho a su hermana que no vuelva por aquí.
    Sarah replicó con brusquedad:
    – Dejo mi habitación ahora mismo, señora Roundtree. Estoy segura de que no le será difícil encontrar otro inquilino. Enviaré a alguien a por mi equipaje mañana a primera hora.
    La señora Roundtree se quedó boquiabierta.
    – Bueno, no tiene por qué hacerlo tan apresuradamente.
    – Tomé la decisión en el instante mismo en que usted rechazó a mi hermana.
    – ¿Qué mujer decente no lo habría hecho, sabiendo que ha estado corrompiéndose en ese lugar con otras mujerzuelas y cobrando por ello?
    Sarah la fulminó con una mirada.
    – Caridad, señora Roundtree. Caridad para los menos afortunados… le aconsejaría que la practicara. Mi hermana quiere rehacer su vida y haré todo lo posible para apoyarla, empezando por dejar esta casa. Y antes de ser tan altanera, sería bueno que considerara el espíritu de esta festividad. ¿Acaso la Navidad aboga por un amor selectivo hacia la humanidad; o más bien lo hace por otro muy diferente, desinteresado e igualitario? -Se puso un guante-. Si en el futuro se llega a reconocer en uno de mis editoriales, no se sorprenda. -Se puso el otro-. Si alguien pregunta por mí, estaré alojada en el Grand Central durante algún tiempo. Buenos días, señora Roundtree.
    Abandonó la pensión con el fervor ardiente que la embargaba cuando abrazaba una causa nueva.

    El trío, que llegó a casa de los Dawkins a las cuatro de la tarde, lo hizo en una formación que simbolizaba su relación a lo largo de sus jóvenes vidas… Addie en medio, flanqueada por Robert y Sarah. Parecía que los dos más fuertes siempre sostendrían al más débil.
    Emma, el portavoz familiar, los recibió en la puerta y extendió una mano hacia Addie cuando se la presentaron.
    – Señorita Adelaide -dijo-, bienvenida. Éstos son mis hijos, Josh, Lettie y Geneva, y él es mi esposo, Byron. Estamos muy contentos de que haya venido a compartir nuestra cena. Señor Baysinger… -Le estrechó la mano-. Queremos mucho a Sarah y no podíamos dejar de invitarla un día como hoy. Y siendo ustedes sus seres más allegados, nos consideramos honrados con su presencia. Siéntanse como en su casa.
    La acogida de Emma atenuó el recelo inicial de Addie. Cada miembro de la familia les dio la bienvenida de manera individual; la de las niñas fue tímida; la de Josh, llena de curiosidad; la de Byron, callada pero sincera.
    Se sentaron a una mesa donde algunos tablones de madera entre las sillas hacían las veces de asientos improvisados. Byron la bendijo con una frase sencilla.
    – Señor, te damos las gracias por esta comida, estos amigos y esta maravillosa Navidad. Amén.
    La cena estaba deliciosa: Había ganso asado, puré de patatas, salsa de manzanas, ensalada de col, pastel de ñame dulce y diversas clases de panes y dulces. Aunque Addie no entró mucho en la conversación, no recibió, a lo largo de toda la cena, un trato especial por ninguno de los comensales. El tema central de conversación fue el espectáculo de Navidad de la noche anterior y la improvisada serenata de los triángulos que había sorprendido al cañón entero.
    – Mamá nos permitió dejar las ventanas abiertas cuando nos fuimos a acostar. -comentó Geneva-. ¿Tú también dejaste las ventanas abiertas, Sarah?
    – Sí -contestó; luego se quedó pensativa, recordando lo ocurrido la noche anterior, preguntándose cómo sería el valle Spearfish, si él también estaría cenando, cuándo volvería a Deadwood y si estaría pensando en ella en ese momento.
    Emma interrumpió su ensueño. Estaba dirigiéndose a Addie.
    – Su hermana me ha dicho que le gustaría aprender el manejo de una casa, pero que no sabe demasiado al respecto. Bueno, es natural. La mayoría tenemos que practicar mucho para eso. Cuando quiera aprender a amasar el pan, venga a la panadería a eso de las cinco de la madrugada. ¡Hasta podríamos darle trabajo!
    – ¿A las cinco de la madrugada? -repitió Addie dubitativa.
    – Después de un par de veces, uno se acostumbra.
    – ¿Eso es muy temprano, no?
    – Hay que empezar temprano para poder tener el pan listo a las nueve.
    – Gracias. Lo… lo tendré en cuenta cuando consigamos casa.
    – El mejor momento para comenzar es ahora; de ese modo, cuando tenga su propia casa, se sentirá tan cómoda en la cocina como mis hijas.
    – ¿Sus hijas hornean pan? -Addie contempló estupefacta a Lettie y a Geneva.
    – No hace falta, teniendo la panadería. Pero saben hacerlo y también cocinar, ¿no es así, chicas? Ellas han preparado la ensalada de repollo, el pastel de ñame y me han ayudado a hacerlo casi todo. Usted es algo mayor para empezar, pero no se preocupe, señorita Adelaide. Le enseñaremos lo que haga falta.
    Después de dar las gracias a los Dawkins, y de camino al hotel, Addie comentó con desaliento:
    – Esas chicas saben hacer muchas más cosas que yo.
    – Vaya, faltaría más -replicó Sarah-. Han tenido una madre para enseñarles. No te preocupes, si Emma dice que puede enseñarte, es que puede. Y no tendrás que aprender todo de la noche a la mañana. Por ahora ni siquiera tenemos casa.
    En el hotel, se despidieron en el pasillo de Robert, que las besó a las dos en la mejilla y dijo:
    – Gracias a las dos, ha sido una Navidad maravillosa. Por la mañana no creo que nos veamos. Me iré temprano al bocarte. -Addie lo observó con desánimo avanzar por el pasillo hasta la habitación contigua. En la puerta, Robert la despidió con la mano, sonrió y entró.
    Después de unos segundos, Addie salió de su ensimismamiento y se volvió hacia su hermana, que le dirigió una sonrisa comprensiva.
    – Sin él te sientes desprotegida de nuevo, lo sé. Pero yo también estoy a tu lado y no debes dudar de que en tu interior hay una persona fuerte y flexible, esperando emerger y mostrar al mundo su espíritu. Ven… -Le extendió una mano-. Vamos a la cama, como cuando éramos pequeñas y temíamos a la oscuridad. Juntas.
    Addie acarició, agradecida, la mano de Sarah. Abrieron la puerta de la habitación once y entraron.

Capítulo Dieciséis

    True Blevins estaba por casualidad en el pueblo, así que Noah lo invitó a pasar la Navidad con él y su familia. Viajaron a caballo; en aquella época del año el caballo era un medio de transporte mucho más rápido y seguro que la carreta. Avanzaban el uno detrás del otro, en silencio la mayor parte del tiempo. El cañón Spearfish estaba muy hermoso cubierto por la nieve. El arroyo Spearfish, que aún no se había helado, susurraba bajo una fina capa de hielo, gorgoteando luego al sol y estallando en miles de reflejos plateados. A veces desaparecía bajo la tierra y resurgía más adelante para volver a convertirse en un riachelo de superficie. Las riberas estaban constituidas por grandes rocas marrones entre las cuales se vislumbraba, de tanto en tanto, la entrada a una cueva y las huellas de algún que otro animal en la nieve.
    Las colinas, cubiertas de pinos, se erigían majestuosas, las ramas negras y verdes inclinadas como hombres viejos vistiendo pesadas capas de armiño, mientras que en lo alto, se codeaban con el cielo azul de las Montañas Negras. Aquí y allá, manchas de color salpicaban el paisaje… un grupo de piquituertos rojos entre el follaje de las coniferas que extraían piñones de las pinas caídas; el verde más intenso de los abetos creciendo apiñados en pequeños montes saturados de ellos; los troncos rojos y rectos de los colosales árboles.
    El silencio era interrumpido por el ruido sordo de las pezuñas de los caballos, el graznido burlón de un cuervo, el murmullo del agua libre de hielo. Un solitario ascendió en espiral hasta la copa de un árbol, emitiendo su trino claro y musical. Un gamo apareció tras un tupido matorral en un área quemada, se movió con brusquedad al ser sorprendido por los jinetes y regresó por donde había venido. La yegua de True relinchó y dio un paso hacia un lado. Detrás de ella, el caballo de Noah hizo lo mismo.
    – Tranquila -dijo True.
    Noah lo imitó, luego se relajó en la montura y siguió pensando en Sarah Merritt.
    Aquella mujer le confundía. Debía haberla tumbado en la cama la noche anterior y haber averiguado si era capaz de entregarse o no. No, no. Había hecho lo que debía. ¡Pero el deber era tan absolutamente frustrante! ¿Cómo diablos se suponía que tenía que tratar a una mujer así?
    «Sarah Merritt… -su rostro se le aparecía con vivido detalle-… qué he de hacer contigo.»
    De pronto comprendió que por primera vez en su vida deseaba cortejar a una mujer y no sabía cómo.
    ¿Cortejarla?
    La idea lo aterrorizaba.
    Estaba ansioso por cortejar a una mujer tan virtuosa que no se permitía besar a un hombre sin recriminaciones. Él, que había tenido su primera experiencia sexual a los dieciséis años. Él, que desde entonces había disfrutado de las mujeres dondequiera que las encontrara. ¿Él quería casarse con una mujer cuya virtud puritana sin duda les depararía una vida entera de caricias frugales y subordinación obediente en la cama?
    Siempre había esperado algo muy diferente. Cuando dos personas se gustan, es de suponer que ella se quedará sin aliento y estará tan dispuesta a todo como él. Se suponía que debía acariciarle la cara, el pelo y el cuerpo como lo hacían las prostitutas, mirarle a los ojos como ellas, pero sin fingir.
    En cambio, Sarah Merritt se echaba atrás continuamente.
    Aunque, al menos había admitido que él la atraía.
    Eso era lo desconcertante. Si de verdad la atraía, y lo ocurrido la noche anterior probaba que sí, ¿hasta dónde llegaba esa atracción? No todas las mujeres en el pasado de Noah habían sido prostitutas. Algunas habían sido muchachas decentes y sanas, interesadas en él hasta el punto de que rechazarlas le había resultado violento. Eran chicas normales como Sarah, pero habían tenido lo que él consideraba una curiosidad y unos impulsos instintivos normales. Si Sarah hubiera actuado como ellas… sintiéndose seducida en lugar de amenazada… Noah estaría menos perplejo; pero ella parecía tener asimilada la idea distorsionada de que la intimidad implicaba lascivia, lo que, por supuesto, no era cierto.
    No obstante, no podía quitársela de la cabeza. Se imaginaba volviendo a la pensión, llamando a la puerta de su dormitorio y dejándola abierta de par en par mientras le decía sin rodeos: «Te amo, Sarah. ¿Tú a mí no?».
    Lo cierto es que sentía pánico al pensar que ella podía responder que no; seguramente eso le heriría. Besar a una chica como él había besado a Sarah la noche anterior debía de haberle dado algún indicio de los sentimientos de ella. No obstante, en su caso, la experiencia había incrementado las dudas; se sentía inquieto, no sin razón, ya que estaba pensando seriamente en el matrimonio.
    True aminoró la marcha y esperó a que Noah se situara a su izquierda, luego continuaron la marcha codo con codo.
    – Estás muy callado -comentó el hombre mayor.
    – Lo siento.
    – En realidad no necesito que un hombre me hable como un loro para sentirme a gusto con él.
    – Estoy cansado. Me dormí tarde, oyendo los triángulos.
    – Yo también. Sonaban de maravilla, ¿eh?
    – Ajá.
    True miró a su compañero con indolencia, como esperando que siguiera hablando. No lo hizo, así que siguieron en silencio. Al rato subieron por un cerro escarpado y el valle Spearfish se abrió ante ellos con sus campos de heno, que parecían enormes sábanas blancas en un tendedero caído. El humo de las chimeneas se elevaba en columnas caprichosas. Las niaras parecían montecillos cubiertos de nieve en la ininterrumpida extensión blanca.
    A los pocos minutos estaban en casa de los Campbell. Carrie los abrazó, Kirk cogió sus chaquetas y Arden preguntó:
    – ¿Has visto a Sarah? ¿Cómo está? ¿Sale con alguien?
    Los ojos de True se deslizaron indiferentes hacia Noah, que ignoró las preguntas.
    – ¡Bueno, cuéntame! -insistió Arden.
    – Sí, bien y no sé -respondió Noah quitándose el sombrero.
    – ¿A qué te refieres con que no sabes? Estás al tanto de todo lo que ocurre en el pueblo. ¡En eso consiste tu trabajo!
    – No lo sé.
    – ¡Bueno, no te esfuerces tanto en contestar! -Arden alzó las manos al aire.
    – Por el amor de Dios, Arden -lo reprendió Carrie-, deja de molestar a tu hermano.
    – La vi anoche en el espectáculo de Navidad -dijo al fin Noah, con la esperanza de que la información bastara para tranquilizar a Arden-. Dirigía el coro infantil.
    – ¿Sí? -Estaba claro que no sería suficiente-. ¿Cómo estaba? ¿Cómo iba vestida?
    – Demonios, y yo qué sé… ¿Cómo estaba, True?
    – Como un ángel -afirmó el carretero.
    – ¡Maldita sea! Ya sabía yo que teníamos que haber ido. ¿No te lo decía, mamá?
    – Es un viaje muy largo para ir y volver el mismo día; además, Noah iba a venir hoy y en esta época del año el tiempo es imprevisible. Y ya os dije a tí y a tu padre que no pensaba pasar la Nochebuena en un hotel.
    Tuvieron que explicar minuciosamente el programa de Navidad. Noah dejó hablar a True, que describió con sorprendentes pormenores la chaqueta verde de Sarah, su peinado y hasta los trajes de los ángeles. Noah lo miró fijamente. ¿Qué diablos estaba sucediendo? ¿Cómo recordaba True todo eso? El carretero miró a Arden durante el relato y, por lo que contó, Noah dedujo que lo había visto salir con Sarah. No obstante, no mencionó ese punto.
    Para Noah, fue un día deprimente, pese a la presencia de True, la comida casera de su madre y al hecho de estar con su familia de nuevo. Estaba deseando volver al pueblo. Le hubiera gustado estar sentado a la mesa de la pensión de la señora Roundtree y tener a Sarah delante, en vez de a Arden.
    No participó demasiado en la conversación, inmerso en recuerdos de determinados momentos de los últimos tres meses: el día en que Sarah le había regalado el Stetson y Andy Ta-tum había comentado: «Yo sólo digo que le gustas, Noah»; el día que se habían encontrado en la acera, cuando ella le llevaba el gato a su hermana; la noche que la había besado por primera vez en la cocina de la señora Roundtree.
    True y él se quedaron a dormir y salieron a media mañana, bajo un cielo cubierto de nubes grises, densas y amenazantes que, impulsadas por un fuerte viento, parecían advertirles que el viaje de vuelta sería más frío y difícil que el de ida.
    True volvió a tomar la delantera, con el caballo gris de Noah pegado a la cola de su yegua, acortando la distancia, incluso cuando Noah tiraba de las riendas. En los profundos cañones y los lechos de los arroyos el viento se arremolinaba y silbaba como una tetera al hervir el agua. Arqueaba las copas de los pinos, se llevaba grandes capas de nieve de las ramas y las diseminaba por el suelo como piezas de un rompecabezas. Noah le gritó a True con la boca pegada a su nuca:
    – Eh, True ¿te puedo hacer una pregunta?
    True giró la cabeza hacia la derecha. Su mejilla golpeó contra el cuello levantado de la chaqueta.
    – ¡Pregunta! -Tuvo que gritar para que Noah le pudiera oír. El viento silbaba entre ellos.
    – ¿Recuerdas la chica mormona de la que me hablaste, con la que te querías casar?
    – ¿Francie?
    – Sí, Francie.
    – ¿Qué pasa con ella?
    – ¿Cómo sabías que estabas enamorado?
    Noah observó a True subir y bajar sobre la montura. Trotaban por un trecho relativamente llano con un monte de abedules a la derecha. True llevaba el sombrero calado hondo sobre la frente; el cuello de lana le rozaba la nuca. Volvió la cabeza otra vez, tomó aire y volvió a gritar:
    – Porque hacerla feliz en la cama parecía menos importante que hacerla feliz fuera de ella.
    Noah se quedó meditando la respuesta.
    – ¿Quieres decir que te llevaste a la cama… a una muchacha mormona?
    – No. Nunca. Lo deseaba, pero jamás lo hice. No lo habría hecho sin estar casados.
    Cabalgaron un rato en silencio. Noah se sentía culpable por darle tanta importancia a la aversión al sexo de Sarah Merritt. De acuerdo, el sexo no lo era todo. Si uno estaba realmente enamorado, las otras cosas eran más importantes… el respeto, la amistad, el diálogo, las aficiones en común, desear estar juntos en la misma habitación.
    – ¡Eh,True!
    – ¿Qué?
    – ¿Estabas asustado cuando le pediste que se casara contigo?
    – No. Sólo me asusté cuando me dijo que no… al pensar que pasaría el resto de mi vida sin ella. -La yegua comenzó a descender por una pendiente rocosa y el caballo gris la siguió-. ¿Acaso no te asusta a tí pensar en pasar el resto de tu vida sin esa dama del periódico?
    – Supuse que sabías que se trata de ella.
    – No es difícil adivinarlo al veros juntos. Parecéis encantados. O más bien embrujados.
    – No creía que se notase tanto.
    – Os vi salir juntos del teatro en Nochebuena.
    – Lo imaginaba. Gracias por no decírselo a Arden.
    – Cualquier estúpido se daría cuenta de que ella no es del tipo de Arden. -Guardó silencio unos instantes. Luego gritó por encima de su hombro-: ¿Se lo vas a pedir o no?
    – Lo he estado pensando.
    – Tienes un nudo en la garganta, ¿eh? ¿Como un pedazo de comida atravesada?
    – Sí. -El nudo estaba allí cuando Noah contestó. Intentó tragar saliva, pero el nudo seguía allí, incluso mientras vociferaba a la espalda de True-: A ella le asusta lo que puede ocurrir en un dormitorio, True. Le asusta mucho. Dice que no quiere ser como su hermana.
    True giró su tronco en la montura para dirigir una larga mirada a su compañero. Los caballos seguían trotando.
    Las crines se agitaban al viento. Por fin, True se volvió a girar hacia delante.
    – Bueno, ése sí es un problema, chico -bramó.

    Ya en el pueblo, al pasar por la oficina del Deadwood Chronicle, Noah aminoró la marcha de su caballo. Dentro, las lámparas encendidas iluminaban la estancia. Pudo ver a Bradigan y al chico de los Dawkins yendo de un lado a otro, pero no a Sarah. Qué absurda era esa abrumadora desilusión por no ver su cabeza tras el letrero dorado de la ventana. Se sorprendió escrutando cada edificio al pasar, con la esperanza de verla, aunque sólo fuera fugazmente.
    Fue directamente a su oficina. Freeman Block, ahora ayudante del marshal, le dio el parte: el pueblo había estado en plena calma durante su ausencia. Ni peleas en los bares ni problemas en las casas de juego y muy poco tránsito en la calle el día anterior. Noah envió a Freeman a su casa y llevó el caballo al establo; pasó por la tienda de Farnum, compró seis trozos de cecina y volvió a su oficina para comérselos mientras se dedicaba al papeleo.
    La tarde se le hizo terriblemente larga. A ratos se quedaba mirando a la calle, deseando que ella apareciera para tener así una excusa para charlar un rato, ver su cara y tratar de llegar a una determinación sobre si pedirla, o no, en matrimonio.
    A ratos se quedaba con la cabeza entre las manos, deprimido por razones demasiado complejas como para racionalizarlas.
    Abandonó la oficina cincuenta minutos antes de la hora de cenar. Al llegar a la pensión, se lavó con una esponja, se cepilló el pelo, se afeitó con meticulosidad, recortó con una tijera el borde inferior de su bigote, se puso un poco de colonia en las mejillas y el cuello, escogió ropa limpia y consultó su reloj de bolsillo.
    Faltaban diez minutos para la cena.
    Metió el reloj en el bolsillo del chaleco y se miró al espejo. Una cara curiosa… ¿qué vería una mujer en ella? Todo demasiado redondo y grande para resultar atractivo, y encima esa ridicula hendidura en la punta de la nariz. Bueno, él no podía hacerle nada.
    Tenía la sensación de haber estado separado de ella dos meses en lugar de dos días. Los cinco minutos que pasaron antes de que saliera de la habitación y bajara ruidosamente las escaleras, le revolvieron el estómago.
    En el comedor, los hombres lo saludaron, le preguntaron cómo había ido el viaje al Spearfish, cómo estaban sus padres, si nevaba por aquellos lugares, etc…
    La señora Roundtree trajo una enorme olla marrón llena de judías al horno, una fuente con costillas de venado, una bandeja con remolachas adobadas y una fuente con tostadas.
    Noah contempló la silla vacía de Sarah.
    La señora Roundtree se dejó caer pesadamente en la cabecera de la mesa y declaró:
    – Aquí tienen, caballeros. No se priven de nada.
    Noah estudió de nuevo la silla donde solía sentarse Sarah.
    De modo que se había retrasado un poco. Extraño, pero podía ocurrir.
    La fuente de carne vino desde la izquierda de Noah, dio la vuelta y pasó de largo sobre el asiento vacío de Sarah.
    – ¿No vamos a esperar a la señorita Merritt? -preguntó.
    – Se ha mudado -replicó con acritud la señora Roundtree, bajando la mirada para pinchar un pedazo de pan y pasar el plato-. Para siempre.
    – ¿Se ha mudado? ¿Cuándo?
    – Anoche. El chico de los Dawkins ha pasado esta mañana por su equipaje.
    – ¿Adónde?
    – Pues no se lo pregunté. Sírvase remolachas y pase la bandeja.
    – ¿Pero, por qué?
    La señora Roundtree lo miró con desaprobación.
    – No es asunto mío. Yo no tengo por qué preguntar a todo el que pasa por aquí adónde va y de dónde viene. El señor Mullins está esperando las remolachas, señor Campbell.
    Noah las pasó como petrificado. ¡Se había ido! La noche en que él estaba casi decidido a invitarla a dar un paseo y pedirle que se casara con él, Sarah se había ido. Creía conocer el motivo.
    La comida le supo a alfalfa. Comió sólo porque debía: levantarse de la mesa y salir corriendo a buscarla hubiera levantado sospechas. Todos los hombres parecían mirarle, como evaluando su reacción ante la ausencia de la mujer. El marshal evitó posar su mirada en la silla vacía.
    Después de la cena, subió a su cuarto en busca de su revólver para hacer sus rondas nocturnas. La oficina del Chronicle estaba a oscuras. Se quedó parado un largo rato, espiando el interior, sintiéndose igualmente sombrío. Veía el contorno de su sombrero reflejado en el cristal de la ventana, pero no distinguía sus facciones.
    «Sabes de sobra por qué ha dejado la pensión. Para no tener que impedir que un libertino como tú se meta en su cama cualquier noche.»
    Giró sobre los talones y se encaminó hacia la siguiente acera de madera, dejando atrás el tintineo de un piano amortiguado por puertas cerradas y las risas de hombres en las mesas de juego. Se detuvo bajo el porche de la entrada del Hotel Grand Central. Era probable que ella estuviera allí. Si se quedaba en aquel lugar el tiempo suficiente, tal vez la viera salir. Entonces podría cruzar la calle y decir, «Hola, Sarah». ¿Y luego qué? Todo lo que imaginaba que podía ocurrir después, le hacía verse como un tonto enamorado, de modo que entró en el bar Eureka, bebió un whisky doble Cuatro Plumas y volvió a la pensión a dormir.
    Se despertó irritado y el humor no le cambió durante el desayuno, ni cuando subió a su habitación a por el arma, la chaqueta y el sombrero, ni cuando dejó el Stetson en el gancho de la pared, ni tampoco cuando lo cogió de nuevo, se lo caló con brusquedad y masculló:
    – De acuerdo. Usaré el maldito sombrero.
    Había nevado durante la noche. Despejó con una pala la acera frente a su oficina, entró y redactó un listado de las personas que debían pagar la renovación de las licencias a finales del trimestre. Añadió leña a la estufa, bebió una taza de café que sabía a orina de bisonte, se quedó espiando la calle a través de la ventana, suspiró y se dio por vencido.
    Necesitaba verla; expresarle abiertamente sus sentimientos; conocer los de ella. Le urgía librarse de esa sensación de vacío que experimentaba desde que había dejado la habitación de Sarah en Nochebuena.
    Había cuatro personas en la oficina del periódico cuando abrió la puerta: Patrick Bradigan, manejando la prensa; Josh Dawkins, cargándola de tinta con un rodillo; la hermana de Sarah, Eve, doblando periódicos en una mesa larga a un lado del local y la propia Sarah, con un delantal de cuero, agachada, limpiando una pieza de metal con un cepillo, sobre un balde de trementina. Noah pasó junto al tipógrafo y al aprendiz inclinando la cabeza. Luego junto a Addie murmurando: «Hola, Eve». Les concedió una atención mínima. Todo su interés estaba centrado en Sarah, que alzó la cabeza y se quedó muy quieta cuando lo vio acercarse. Dejó el cepillo y se incorporó, limpiándose las manos con un trapo, con una expresión grave.
    – Hola, Noah.
    Se quitó el Stetson, lo sostuvo entre las dos manos y preguntó:
    – ¿Puedo hablar contigo un momento, Sarah? Es personal.
    – Por supuesto. -Tiró el trapo sobre una mesa, se desató las tiras de cuero, se quitó el delantal y se puso un abrigo que colgaba en el perchero junto a su escritorio.
    Se dirigió hacia la puerta principal, pero Noah la detuvo:
    – ¿Podemos ir atrás?
    Sus miradas se encontraron y ella desvió la suya.
    – Está bien.
    Sarah llevaba el pelo recogido en un elaborado moño; el olor de la trementina la siguió.
    Fuera, el clima era muy similar al del día anterior, el viento levantaba la nieve caída durante la noche y la arrojaba contra la falda de Sarah y los pantalones de Noah. Cerrando con una mano el cuello de su abrigo, Sarah se volvió hacia él. El viento llevó un mechón de su cabello hasta la comisura de sus labios. Alzó su mano libre y se lo apartó, pero enseguida le volvió a caer sobre la cara.
    Noah la miraba con el sombrero bien calado, el cuello levantado, las manos enfundadas en guantes de cuero y cruzadas delante. Las bajó a las caderas y dijo:
    – Anoche te eché de menos en casa de la señora Roundtree.
    Ella titubeó un instante antes de contestar:
    – Sí, ha sido una mudanza un tanto precipitada. ¿Qué tal pasaste la Navidad?
    – Bien… bien.
    – ¿Cómo está fu familia?
    – Perfectamente. Arden me preguntó mucho por tí.
    Los labios de Sarah sonrieron, pero sus ojos permanecieron fijos en los de Noah, como si apenas hubiera oído el comentario, o le diera poquísima importancia.
    – Maldita sea, Sarah. La verdad es que he pasado una Navidad horrible. No he hecho otra cosa más que pensar en tí y desear estar contigo. No veía el momento de volver, y cuando lo hago, me entero de que te has mudado. No era necesario, Sarah. -Levantó una mano y la dejó caer-. No debí haber entrado en tu habitación aquella noche. Más aún cuando me pediste expresamente que no lo hiciera. Pero te juré que no se repetiría y te aseguro que no se hubiera repetido.
    – ¿Crees que ése es el motivo por el que me mudé?
    – Bueno, ¿acaso no lo es?
    – No.
    – ¿Entonces qué…?
    – Es por Addie. Ha dejado Rose's para siempre.
    – ¿Para siempre?
    – Eso dice.
    – Bien, es… es una buena noticia.
    – Al menos es lo que esperamos Robert y yo, que sea para siempre. La convenció y vinieron a verme. Cenamos en casa de los Dawkins, con toda la familia. Pero la señora Roundtree trató a Addie de una manera horrible y me dijo que si quería encontrarme con ella tendría que hacerlo en otro sitio porque no quería mujeres de su clase en la pensión. Así que me enfadé mucho y… y supongo que quise vengarme; después de todo, si una mujer como Addie desea reformarse y nadie va a ayudarla, ¿qué posibilidades tiene? Fui bastante sarcástica con ella y me he instalado temporalmente con Addie en el Grand Central, hasta que podamos comprar una casa propia.
    – ¿Una casa propia?
    – Ya he hablado con Graven y cree que pronto podrá tener una para nosotras, pero hasta entonces, tengo tanto miedo de que Addie se eche atrás, que no quiero perderla de vista. Por eso está aquí doblando periódicos. Emma me ha dicho que le enseñará a llevar una casa. Eso la mantendrá ocupada.
    Noah escuchó todo aquello, viendo el pelo de ella ondear al viento, observando su lucha con el mechón rebelde.
    – No sabes cuánto me alegra oír eso. Pensé que te habías mudado para alejarte de mí.
    – No… en absoluto.
    Se miraron a los ojos. Durante algunos segundos, ninguno de los dos habló.
    – ¿Puedo decirte la verdad, Sarah?
    Ella esperó.
    – He pensado en ti todo este tiempo y me he reprochado una y otra vez el haber entrado en tu habitación aquella noche. Me he dicho continuamente que tú no eres una de las chicas de Rose's. Siento lo que hice, Sarah… pero por otra parte,… no lo siento… verás, diablos, ni siquiera sé explicarme.
    – Creo que lo estás haciendo bastante bien, Noah.
    – ¿En serio? -Parecía muy abatido-. Tú eres quien domina el manejo de las palabras. A veces, cuando intento decirte algo, no logro hacerlo como me gustaría.
    – Lo que tratas de decir es que me has echado de menos.
    – Sí…, eso es.
    – Yo también. -El viento le llevó varios mechones de pelo a la frente-. La Navidad con los Dawkins fue maravillosa, pero no dejé un solo instante de pensar en cómo sería el valle Spearfish y en qué estarías haciendo.
    – ¿De verdad, Sarah?
    Ella asintió en silencio, mirándole a los ojos.
    El nudo en la garganta reapareció y Noah experimentó una tremenda dificultad para respirar.
    – Este no es el momento ni el lugar en que pensaba decirte esto, no… no en el callejón junto al montón de la leña. Me imaginaba paseando contigo por el monte Moriah una noche quieta, con los buhos llamándose y… -Dejó de hablar. Los ojos azules de ella parecían plateados, reflejando el cielo plomizo, expectantes-. Creo que te amo, Sarah.
    Ella dejó de sujetar el cuello de su abrigo. Sus labios se entreabrieron y sus ojos se agrandaron. Pasó un buen rato antes de que dijera con voz temblorosa:
    – ¿Sí?
    – Y creo que deberíamos casarnos.
    Sarah se quedó sin habla mientras él exponía su punto de vista.
    – Lo estuve pensando todo el día de Navidad, y creo que es lo más acertado. Sé lo que estás pensando, que he hecho cosas reprochables, y es cierto, pero eso no significa que no pueda cambiar. Y en cuanto a Addie, te juro, Sarah, que a partir de hoy la trataré como si fuera mi propia hermana. Sé que es pedirte mucho que olvides lo que… -hizo un gesto señalando hacia atrás-… bueno… lo que alguna vez sucedió en Rose's, pero eso fue antes de conocerte y todo ha cambiado desde entonces.
    – No sé qué decir, Noah.
    Él la miró con el corazón alterado. Estaba completamente inmóvil. Sólo su pelo subía y bajaba como si de telarañas sueltas se tratara.
    – Bueno, para empezar, podrías decirme si existe alguna posibilidad de que tú también me quieras.
    Sarah se ruborizó y agachó la cabeza.
    – Creo que es bastante probable, Noah.
    – Pero te has estado resistiendo, ¿verdad?
    Se abstuvo de contestar.
    – Bueno, yo también -admitió él.
    Se quedaron de pie, con el viento arremolinándose a su alrededor, sin saber qué hacer.
    – Nada ha ocurrido como yo esperaba. -Noah extendió sus manos enguantadas y la cogió por los brazos, recordó cuánto le disgustaba a ella que la tocaran y la soltó. Contempló el montón de leña y alineó con el pie un madero que estaba algo separado del montón. Mientras hacía lo mismo con algunos otros le dijo-: No es como esperaba.
    – ¿Cómo creíste que sería?
    Dejó de concentrarse en la leña y la miró.
    – No lo sé, pero no imaginé que vagaría como un alma en pena.
    – Bueno, si te sirve de consuelo, a mí me ocurre lo mismo.
    La voz de él se hizo cariñosa.
    – Pero cuando te veo ante mí, todo parece recuperar el sentido.
    – Sí -dijo ella-, a mí me ocurre lo mismo.
    Se hizo un silencio.
    Noah sonrió.
    Sarah le devolvió la sonrisa.
    – ¿Y bien? -murmuró él.
    – Y bien… -contestó ella.
    Las sonrisas tímidas brotaban desde sus estómagos, mientras Noah jugaba con un trozo de madera. Por fin lo dejó caer.
    – No olvido lo que te prometí en tu cuarto en Nochebuena, Sarah, pero, tal vez quisieras besarme.
    Los labios de Sarah esbozaron una sonrisa tierna y algo triste.
    – Oh, Noah -susurró al tiempo que daba un paso hacia él.
    Noah avanzó también, hasta que sus cabezas se tocaron y sus bocas se unieron. Era como comenzar desde el principio, de pie en medio de la fuerte ventisca invernal, acariciándose con los labios fríos y las lenguas cálidas y húmedas, mientras un manantial de emociones surgía de sus pechos. El abrazo fue inocente, siguiendo los parámetros normales, las manos de Noah cogiendo los brazos de la mujer y las de Sarah en la pechera de la chaqueta de lana de Noah. Cuando el beso terminó, se separaron y se miraron a los ojos. El viento silbaba a su alrededor.
    – ¿En qué piensas? -preguntó Noah por fin-. ¿Estando juntos seríamos menos infelices?
    Sarah no movió sus manos.
    – ¿Puedes darme un poco de tiempo para pensarlo?
    Noah se descorazonó.
    – ¿Cuánto?
    – Hasta que esté segura de que Addie no volverá a Rose's ni a nada parecido. Si le dijera ahora que voy a casarme contigo, tendría la excusa perfecta para hacerlo. Se siente muy insegura, ¿entiendes? Allí dentro… aunque parezca extraño… se sentía protegida. Ganaba dinero y era una más. Nadie la señalaba con el dedo. Aquí fuera es muy diferente.
    – ¿Cuánto tiempo crees que necesitará?
    – No lo sé. Hemos de encontrar una casa para las dos… creo que debo acostumbrarla a valerse por sí misma. No sabe nada, Noah, ni cocinar ni lavar ropa ni normas de educación. Nunca ha tenido que aprenderlo. ¿Quién se lo enseñará si no lo hago yo?
    – Y si compras una casa, ¿qué me dices de nosotros? ¿Estás sugiriendo que querrías que viviéramos allí?
    – No lo sé. No he pensado nada a tan largo plazo. ¿Dónde habías pensado tú que viviéramos?
    – Pues aún no lo había decidido, pero no creo que funcionara que los tres compartiéramos una casa.
    – No, por supuesto que no. Pero no hay prisa, ¿verdad? Ni siquiera tenemos un pastor en el pueblo.
    Noah tampoco había tenido en cuenta ese punto.
    – Entonces, ¿tu respuesta es: «sí, me casaré contigo pero cuando haya un reverendo en el pueblo y una vez que Addie se haya establecido en una casa propia»?
    Abrió la boca para responder que suponía que sí, cuando se acordó del periódico.
    – ¿Y el Chronicle?
    – Puedes seguir publicándolo, ¿no?
    – No si tenemos una casa y una familia.
    – ¿Te gustaría tener una casa y una familia? -preguntó. Lo que quería decir: ¿Quieres formar una familia?
    – Bueno, pues claro. Cuando uno se casa, esas cosas simplemente ocurren.
    – ¿Pero deseas que ocurran?
    La idea era nueva. Necesitaba tiempo para reflexionar acerca de la maternidad. Sabía tan poco de eso como Addie de llevar una casa. ¿Y quién le enseñaría?
    – Noah, hace un rato los dos dudábamos de nuestro amor, y ahora ahora estamos discutiendo detalles que… que… oh, Noah, no tengo respuestas para todo.
    Él retrocedió, sintiéndose rechazado.
    – De acuerdo, por ahora dejaremos las cosas así. ¿Qué prefieres, un medallón o un broche?
    Sarah le miró desconcertada.
    – ¿Un medallón o un broche?
    – Para sellar nuestro compromiso. Hay suficiente oro en este pueblo para lo que quieras.
    Después de todo, no era tan diferente a su hermano. De pronto, parecía tener prisa.
    – ¿Quieres hacerlo oficial? ¿Estás seguro?
    – Si tú estás de acuerdo.
    – Está bien… un medallón o un broche.
    – ¿Cuál de las dos cosas?
    – Elige tú.
    Se quedaron callados un rato, sintiendo la alegría escurrirse ligeramente.
    – Pero, Noah… -Le tocó una manga-. Convendría que lo mantuviéramos en secreto durante algún tiempo. De lo contrario, Addie podría pensar que me retiene.
    La desilusión de Noah se intensificó. Siempre había imaginado los compromisos de ese tipo como ocasiones de gran celebración. Dios, si por él fuera, saldría en grandes titulares en primera plana del Chronicle.
    – Sí, probablemente sea una buena idea. Además, primero he de decírselo a mi familia. A Arden no le gustará demasiado.
    – ¿Qué extraño, no, cómo empezó todo? Tú con mi hermana, yo con tu hermano y casi odiándonos.
    – Bueno, al final todo se ha arreglado, ¿no?
    El viento trajo hasta sus oídos el relincho de un caballo, mientras permanecían al amparo del edificio, lo bastante cerca para tocarse, pero conteniéndose.
    – Te echaré mucho de menos en la pensión -confesó Noah.
    – Yo también.
    Los ojos azules de Sarah revelaban tal inquietud, que el corazón de Noah vibró; de todos modos esperó, contenido por los límites que se había impuesto, sin llegar a asumir que tenía derecho a besarla, siendo, como lo era ahora, su prometida.
    – Hay algo que hace muchísimo tiempo que quiero decirte -susurró ella.
    – Di… -Se le quebró la voz y carraspeó-. Dilo.
    – Tienes el pelo más hermoso que jamás he visto.
    – Oh, Sarah… -Se movieron al mismo tiempo y se fundieron en un abrazo, besándose con las bocas muy abiertas. La impaciencia se cernía sobre ellos como un nubarrón inmenso. Sarah lo abrazó con fuerza, uniendo su lengua a la de él, su cuerpo al de él, su voluntad a la de él. Noah le recorrió el rostro con los labios, llenándolo de besos y pequeños mordiscos apasionados.
    – Oh, Noah -musitó con los ojos entrecerrados y la cabeza echada hacia atrás mientras él la besaba en la garganta-. Me he pasado toda la vida creyendo que viviría sola. Pensé que jamás llegaría a esta situación… que ningún hombre me pediría que me convirtiera en su esposa. Tenía tanto miedo a no ser amada.
    – Shh… no… calla… -decía él en voz baja-. Hay tanta bondad en tí que haces buenos a los demás; eres pura y hermosa, inteligente y valerosa. Y tienes los ojos azules más bonitos que jamás he visto.
    Sarah abrió los ojos y se topó con los de él muy cerca.
    – ¿En serio lo crees?
    – En serio. -Sonrió, aún sosteniendo su cabeza.
    Una punzada de felicidad la estremeció. Su rostro se iluminó y lo besó de nuevo con alegría… luego con deseo.
    Cuando sus bocas estuvieron húmedas y la corrección amenazada, Noah se apartó de ella respirando entrecortadamente, poniendo distancia entre sus cuerpos.
    – Será mejor que entre, señorita Merritt, y que yo regrese a mi trabajo.
    – ¿Es necesario?
    – Sí, lo es. Pero… ¿Sarah?
    – ¿Sí?
    La besó en la nariz.
    – Por favor, resuelve pronto lo de tu hermana.
    Intercambiaron una mirada cómplice, que reveló que, durara lo que durara, la espera se haría larga.
    – Lo intentaré -respondió Sarah. Se despidió, a pesar de las pocas ganas que tenía de hacerlo, y volvió a la oficina del periódico. Mientras entraba en el local, estaba segura de que los demás no podrían dejar de advertir el brillo que irradiaba.

Capítulo Diecisiete

    Craven Lee les encontró casa con una rapidez asombrosa, de modo que no se vieron en la necesidad de instalarse en la oficina del Chronicle. Un hombre llamado Archibald Mimms se había mudado al cañón la primavera anterior y había construido una casa para su esposa y su familia, que más adelante se reunirían con él. Pero su esposa había caído enferma y no había podido viajar. Dos días después de Navidad, Mimms recibió un telegrama con la noticia de que su esposa había muerto en Ohio, y al día siguiente, cogió la diligencia para volver junto a sus hijos. Al irse le dijo a Craven Lee:
    – Véndala con todo lo que hay dentro. Jamás volveré a este horrible lugar. Si no me hubiera marchado de Ohio, mi esposa aún estaría viva.
    La casa tenía dos habitaciones en la planta superior, dos en la inferior y era cúbica y poco atractiva. Mimms la había provisto con lo mínimo para ir tirando, aunque había aprovechado la moda del enyesado de paredes con la esperanza de complacer a su esposa. Las paredes enyesadas eliminaban casi por completo las corrientes de aire y proporcionaban claridad, pero el lugar no tenía ningún otro atractivo. En el salón no había un solo mueble. Las únicas dos ventanas cubiertas eran las del cuarto que Mimms había utilizado; estaban tapadas con tela de saco clavada en los marcos. En la cocina había algunos cacharros de hojalata y platos, una mesa de roble y cuatro sillas, un sumidero para lavar y, eso sí, un buen hornillo de gas.
    Sarah le echó un vistazo y decidió que dos mujeres con una buena suma de dinero heredado podían decorarla y darle un aire acogedor. Mimms tenía el oro en polvo en el bolsillo antes de subir a la diligencia y, cuatro días después de Navidad, Addie y Sarah se preparaban para la vida doméstica. En realidad sólo Sarah, puesto que Addie no quiso ir de compras al pueblo con su hermana.
    – Todos los hombres me conocen -decía, en la habitación del Hotel Grand Central.
    – ¿Y qué?
    – Me tratan de un modo extraño cuando me ven fuera de Rose's, como si tuviera dos cabezas o algo así. Y podría haber mujeres en las tiendas.
    – Tienes tanto derecho a estar allí como cualquier otra persona, Addie.
    – No…-Addie se encogió de hombros con vergüenza-. Ve tú.
    – Pero, Addie ¿de qué te habrá servido conseguir dejar esa vida si aquí vuelves a ser una prisionera?
    – No soy una prisionera. Iré… pronto, pero aún no.
    Sarah se sintió decepcionada, aunque se daba cuenta de que no podía forzar a Addie a llevar una vida normal de la noche a la mañana.
    – Está bien. Iré sola. ¿Quieres que te traiga algo?
    – Algunos tejidos para vestidos. Robert me hizo dejar todos los que tenía en Rose's. Y también hilo, jaboncillo y agujas. Y botones, claro.
    – Hay un sastre en el pueblo. Quizá sería mejor que fueras a verlo.
    – Me gustaría intentarlo sola. Me siento bastante inútil… ni siquiera sé zurcir los calcetines de Robert… pero después de todas las muestras de costura que nos hizo hacer la señora Smith, creo que puedo confeccionar un vestido. Pero quiero que lo compres con mi dinero, por favor, Sarah.
    Ya habían tenido alguna discusión respecto a si comprar la casa con el dinero de la herencia de Addie, que ella había rechazado sin, por supuesto, dar explicaciones. De todos modos, Sarah entendía la terquedad de Addie al mostrar esa pizca de orgullo.
    – De acuerdo, Addie. Intentaré elegir algo que te guste. Azul, si hay. -A Addie siempre le había encantado el azul.
    – Si pudiera ser azul estaría muy bien.
    Sarah esperó mientras su hermana retiraba el dinero de debajo de su almohada. Al aceptarlo, trató de no pensar en cómo lo había ganado, y de pensar en él como una contribución al sólido y prometedor futuro de Addie Merritt.
    – Haré que nos lo envíen todo a casa dentro de un par de horas. ¿Estarás allí?
    – Sí.
    Era casi un examen para Addie abandonar sola el hotel y caminar las pocas manzanas que la separaban de la nueva casa: en los cinco días que habían transcurrido desde que abandonara Rose's, sería la primera vez que salía completamente sola.
    Sarah tenía la mano en el picaporte cuando Addie dijo de pronto:
    – Ah, Sarah, por favor… algo más.
    Sarah se giró.
    – ¿Podrías traerme algún tinte para el pelo? -Se estiró del áspero pelo negro algo cohibida-. Robert lo detesta.
    Sarah fue hacia ella y la abrazó, sintiéndose más esperanzada y feliz que nunca desde que Addie huyera de su hogar.
    – ¡Compraré la botica entera si es necesario!

    Antes de terminar con todas las compras, Sarah tuvo que reclutar a Josh y a Patrick para alquilar un carromato en las cocheras y llevarlo hasta la tienda de Tatum, luego a la botica de Parker, la carnicería, la panadería de Emma y el Grand Central, donde cargaron sus pertenencias.
    La casa de Mimms estaba situada colina arriba, a mitad de camino hacia el Monte Moriah, en la ladera del cañón que recibía el sol del atardecer. Por la mañana estaba a la sombra hasta las diez, pero a las dos de la tarde, cuando Sarah y su comitiva llegaron, el sol daba de lleno en la casa y la nieve circundante. El humo se elevaba desde la chimenea, y en el interior Addie limpiaba alegremente las ventanas, mientras Mandamás olisqueaba el agua en el balde.
    Patrick y Josh la saludaron sonrientes. Llevaban a cuestas una cama de arce tallada.
    – Hola, señorita Addie.
    – ¡Casi vaciamos la tienda de Tatum! -gritó Sarah, entrando enérgicamente tras ellos-. Por no hablar de la botica y la tienda de Farnum.
    Sarah había comprado un carromato entero de cosas.
    Para la cocina, una mecedora, cubos, una olla de cobre, un escurridor de ropa manual, detergente Pearline, jabón, cepillos, aceite para el suelo, una escoba, trapos comprados a Henry Tanby y Skitch Johnson, varios cestos con un dibujo chino que encajaban los unos dentro de los otros, un armario, una estupenda sartén de hierro, una moledora de especias, un tostador de hierro esmaltado, un juego de vajilla Marlin para la cena, un juego de cubiertos con mango de hueso, una vinagrera de cristal y una fosforera de estaño de pared con el dibujo de un gallo rojo y naranjas sobre un fondo crudo.
    Para el salón, un juego de salita de tres piezas tapizadas, una mesa ovalada con los bordes tallados, dos lámparas, una gran alfombra Smyrna, una mesa de escritorio y, para cubrirla, una funda de tapicería con lentejuelas y borlas.
    En cuanto a la planta superior, había muebles nuevos para el dormitorio de Addie, además de almohadas, colchas, colgadores de bronce, calentadores de cama, un esmalte para madera de calidad incomparable y tejido escocés para toallas.
    Para la habitación de Sarah (la que había usado Mimms), un magnífico escritorio de cubierta móvil y una lámpara con brazo adosable a la pared.
    Addie observaba con ojos muy abiertos a medida que iban entrando las cosas.
    – ¡Cuánta cosa! ¿Crees que era necesario, Sarah?
    – A papá le fue muy bien en St. Louis. Le hubiera gustado vernos en un bonito hogar aquí.
    El rostro de Addie se tornó inexpresivo mientras se inclinaba para pasar la mano por el asiento del diván.
    – ¡Ya está todo! -exclamaron los hombres.
    – Gracias -dijo Sarah.
    – Llevaremos la carreta a la cochera.
    Una vez se hubieron marchado, Sarah dijo:
    – Ven a ver lo que te he comprado de costura, Addie.
    No había reparado en gastos. Había dieciocho metros de género blanco, gran cantidad de lana azul, otra pieza de color arándano oscuro con diminutos lunares gris hueso, lienzo casero en dos diseños, muselina grisácea, una pequeña pieza de paño de pelo de castor para capotes, surá satinada para forros, botones, galones, ganchos, cintas, cordones, elásticos, adornos, plomadas para vestidos, alfileres de bronce y un costurero de ébano con ocho bobinas de hilo de algodón, un dedal y un acerico en forma de fresa.
    Los paquetes se encontraban diseminados por toda la sala y Addie parecía complacida:
    – Gracias, Sarah. Trataré de hacer honor a la señora Smith.
    – He comprado algo especial para las dos, algo sólo para nosotras.
    Addie se incorporó, desplegó una mano sobre la colección de objetos y dijo:
    – ¿Acaso todo esto no es especial?
    – No, no realmente. Son cosas que necesitamos, y no de tan buena calidad como las que teníamos en St. Louis. Lamentó no haberte podido comprar una espineta. Pero si alguna vez el ferrocarril llega hasta aquí, puedes estar segura de que lo haré. Hasta que llegue ese momento, he pensado que debíamos tener algo elegante y personal que nos recordara que fuimos criadas entre el buen gusto y el refinamiento. -Le dio un paquete-. Para tí.
    Addie lo cogió y no supo qué decir.
    – Oh, Sarah…
    – Siéntate en el diván nuevo y ábrelo.
    Addie se instaló con cuidado en el sofá color salmón y apoyó el paquete en su falda. Quitó el papel de algodón acolchado que envolvía dos cajitas de vidrio de ópalo traslúcido, una con un par de guantes y la otra con un pañuelo a juego. Las tapas estaban decoradas con flores pintadas a mano, rodeadas de una ornamentación rococó dorada en relieve. Al huir de su casa, Addie había dejado atrás muchos de esos refinamientos de que hablaba Sarah, regalos de su padre, de la señora Smith o de la misma Sarah. Las piezas que tenía ahora entre sus manos eran costosas y de una artesanía exquisita. Comprobó la fina textura de los guantes.
    Sarah la observaba.
    – Dos veces has tenido que abandonar tus objetos personales. Estos los conservarás para siempre.
    – Oh, Sarah, son preciosos.
    En medio del desorden de la sala, Sarah experimentó un sentimiento maternal como el que tantas veces la había sobrecogido después del abandono de su madre, en aquellos días en que se afanaba, de la forma más modesta, por compensar la pérdida. Addie no era muy inteligente, pero siempre le habían gustado las cosas bonitas y había sabido apreciarlas.
    – Addie… -murmuró. Addie levantó la vista.
    – Siento lo que te dije el otro día: que eras la niña mimada de papá y que no te hacía ir a trabajar al periódico y todo eso. Además, a mí me encantaba hacerlo, en serio, y sabía que a ti no. A mi se me daba bien aquel trabajo. Fui muy cruel y egoísta. Lo siento.
    Addie dejó la caja a un lado del diván.
    – No importa -respondió-. Todo eso está olvidado.
    – ¿Te gustaría ver lo que me he comprado para mí? -inquirió Sarah con alegría, cambiando súbitamente de humor.
    Addie recobró la sonrisa.
    – Ni una caja de guantes ni un pañuelo, de eso estoy segura.
    Sarah se rió. Nunca se había sentido atraída por ese tipo de cosas. De otro papel de algodón acolchado, sacó un juego de escritorio de cristal de roca con dos tinteros con tapa de plata y un par de finas plumas en una base de plata en relieve.
    – Para mi nuevo escritorio. -Se lo mostró.
    – Es precioso -comentó Addie-. Pero yo prefiero mis guantes.
    Rieron de nuevo. Con el buen humor restablecido, Sarah colocó su juego de escritorio sobre la mesa, apartando otros objetos. Se giró y echó un vistazo a los paquetes en el suelo.
    – Pasé por la farmacia, como me pediste. -Encontró el bulto correcto, se arrodilló y empezó a hurgar en él mientras la gata, curiosa, se acercaba a investigar el papel crujiente y a jugar con el cordel enredado-. No sé qué será lo más adecuado para decolorar tu pelo, así que he comprado de todo… -Comenzó a extraer del paquete gran cantidad de productos que fue depositando en el suelo-. Sales de limón, ácido oxálico, lejía, bórax, sales tártaras, amoníaco seco, carbonato sódico, agua de galactita y, por si acaso nada de esto funciona, algo llamado Aniquilador Mágico, que el señor Parker dice que hace milagros… si no te deja calva.
    – ¡No puedo esperar ni un minuto! ¿Me ayudarás, Sarah?
    – En cuanto ordenemos la casa.
    Las dos mujeres comenzaron a desembalar los paquetes, colocando los muebles en su sitio, convirtiendo la casa en un hogar. Ordenaron los platos en el rústico estante de pared de la cocina de Mimms, guardaron la comida en el armario y pusieron un mantel a cuadros azules y blancos sobre la mesa. A media tarde prepararon café y comieron pan de la panadería de Emma con manteca de cerdo y queso cortado en lonchas. Era la primera comida en su nuevo hogar. Hicieron el dobladillo a las sábanas. Colgaron la lámpara de pared de Sarah y la llenaron de queroseno, hicieron lo mismo con la de mesa de Addie y adornaron sus cuartos. Sobre el nuevo escritorio de Sarah, el juego de plumas reflejaba la luz de la lámpara. Sobre la nueva cómoda de Addie, las cajitas de cristal daban un toque femenino a la estancia; Mandamás ya se había acurrucado en la cama de su ama.
    De pie, junto al marco de la puerta, Addie se sintió verdaderamente entusiasmada por primera vez desde que había dejado Rose's.
    – Una habitación propia…
    Desde la puerta opuesta, Sarah añadió:
    – Y otra para mí. Ya no tendré que quedarme hasta tan tarde en la oficina del periódico para trabajar.
    – Necesitamos algunas alfombras -dijo Addie.
    – Las tendremos, y cortinas y hasta quizá empapelemos las paredes en primavera, cuando las carretas de transporte reinicien los viajes.
    – Plantaremos algunas flores alrededor de la puerta de la cocina, como solía hacer la señora Smith.
    – Claro que sí. -Sarah lo tomó como una buena señal: Addie estaba haciendo planes para el futuro.
    – ¿Podemos ocuparnos ahora de mi pelo? -preguntó Addie girándose hacia su hermana.
    Ya de noche, con las lámparas de queroseno encendidas, pusieron cortinas en las ventanas de la cocina, Addie se quedó en ropa interior y se dedicaron a la no poco laboriosa faena de desteñir su pelo. Primero lo intentaron con jabón de glicerina común; luego con ácido oxálico combinado con sales de limón. Al enjuagar, el agua salió oscura, pero el pelo de Addie continuaba negro como el alquitrán. Después probaron con el Aniquilador Mágico. El olor era tan fuerte que parecía capaz de acabar con la cabeza de un clavo, pero los resultados no fueron mejores que los obtenidos con los anteriores productos. Finalmente, disolvieron lejía, bórax, sales tártaras y amoniaco seco en agua caliente. El compuesto acre hizo que a Addie le ardieran los ojos y casi la asfixió, pero el pelo comenzó a aclararse gradualmente. Addie permanecía inclinada sobre una palangana en el sumidero, mientras Sarah vertía tazas y más tazas de la mezcla sobre su pelo y le daba masajes con sus manos para que el líquido penetrara hasta la raíz.
    – ¡Creo que funciona, Addie!
    – ¿En serio? -preguntó con la cabeza gacha.
    – ¡Mira el agua!
    – No puedo. Si abro los ojos me quedo ciega.
    – Cae negra. Espera… voy a tirarla y a preparar un poco más de solución. -Cogió la palangana y la vació en el patio. Hizo una segunda mezcla, todo lo parecida a la primera que pudo, y observó como el agua se volvía más y más oscura con cada pasada por el pelo de Addie.
    Durante la tercera mezcla, anunció con entusiasmo:
    – ¡Se está poniendo gris, Addie! ¡Cada vez más gris!
    – ¡Oh, date prisa, Sarah! ¡Me muero de ganas de verlo!
    Finalmente, Sarah arrojó la última palangana de solución teñida de negro, y enjuagó el pelo de su hermana menor con agua corriente y luego con agua de galactita. Le envolvió la cabeza con una toalla nueva y le dijo:
    – Bueno, ya puedes mirarte.
    Cuando se quitó la toalla, Addie cogió un espejo de mano para ver el resultado. Su pelo estaba despuntado y tieso, no exactamente rubio, pero, desde luego, ya no era negro. Más bien de un color intermedio… el color del níquel viejo.
    Con expresión abatida, tiró de las puntas como si pudiera extraer semillas de ellas.
    – No ha quedado rubio.
    – Pero está más claro que antes.
    – Pero yo lo quería rubio.
    – Siéntate, déjame peinártelo.
    Addie obedeció, mirándose al espejo mientras Sarah intentaba pasar un peine a través de aquel pelo desgreñado. Requirió bastante esfuerzo, pero cuando logró que el peine recorriera la cabellera de Addie de la frente a la nuca, abrió el horno y dijo:
    – Acerca tu silla.
    Addie acercó su silla al calor del horno, se dejó caer pesadamente en ella y cerró los ojos mientras Sarah le pasaba el cepillo en silencio.
    Durante esos silenciosos minutos en que la mujer mayor atendía a la menor, recuperaron algo de lo que habían perdido como hermanas. La habitación resultaba acogedora… iluminada por la luz de la lámpara, con las cortinas en las ventanas, silenciosa. Un poco de hollín se deslizó por el tubo del hornillo, produciendo algunos ruidos sordos. La tetera silbaba suavemente. Arriba, el gato dormía.
    – ¿Sarah?
    – ¿Sí?
    – He estado pensando…
    – ¿En qué?
    – En Robert.
    – Mm…
    – Me ha invitado a salir en Nochevieja; a cenar y luego al Langrishe.
    – ¿Y qué le has dicho?
    – Todavía nada. Pero no quiero ir.
    – Robert se desilusionará.
    – He estado pensando…
    Sarah continuaba peinándola.
    – Has estado pensando…
    – Que podría invitarlo a que viniera aquí.
    – Bueno, pues claro que puedes. No necesitas mi permiso.
    – Se me ha ocurrido que podría invitarlo a cenar, pero no sé cocinar.
    – Te ayudaré, si es eso lo que me estás pidiendo.
    Addie se irguió con brusquedad y miró a su hermana.
    – ¿Lo harás?
    – No soy una experta cocinera, pero algo aprendí observando a la señora Smith, y lo que no sepamos podemos preguntárselo a Emma. En cuanto a tu pelo… las puntas están muy castigadas. ¿Quieres que intente cortártelas?
    – ¿Sabes cortar el pelo?
    – No mejor que tú. Pero tampoco peor.
    – ¿Puedo confiar en tí? -Los ojos de Addie brillaban.
    – No -contestó Sarah sonriendo abiertamente mientras iba a por las tijeras.
    Addie accedió y Sarah emprendió la tarea, dejando caer mechas de pelo color níquel en el suelo. Cuando terminó, Addie barrió el suelo y cosió las mechas en un pedazo de estopilla. Enrolló su pelo alrededor del postizo, lo acható contra la nuca, y con cuatro movimientos hábiles lo sujetó con horquillas.
    – Hay cosas que haces cien veces mejor que yo. Así está mucho mejor.
    Addie parecía satisfecha.
    – ¿Crees que le gustará a Robert?
    – Le encantará. Pareces una Hausfrau.
    Addie se miró una vez más en el espejito de mano.
    – Tienes razón. La verdad es que a mí nunca me gustó el pelo negro.
    – Es tarde. Estoy cansada, ¿tú no?
    Metieron parte de la leña que Mimms había dejado en el patio trasero y llenaron el cajón que habían decidido utilizar para tal uso, atizaron el fuego de la cocina, ajustaron los reguladores de tiro de la chimenea y se retiraron a sus dormitorios en la planta superior. Mandamás entró en la habitación de Sarah mientras se preparaba para acostarse, se rascó contra sus tobillos, echó una mirada fugaz y distraída a la cama y se volvió al cuarto de Addie para pasar la noche.
    Con las lámparas encendidas, las dos mujeres se deslizaron bajo las sábanas nuevas y frescas, que olían a lino puro recién cortado.
    Sarah permaneció despierta un rato, con los ojos fijos en el techo, incapaz de coger el sueño en aquella cama, con la ventana en un lugar extraño y el débil reflejo de la nieve filtrándose por un ángulo inhabitual.
    Pensó en Noah, en cuánto lo había echado de menos el día de Navidad y en cómo se había ruborizado al levantar la cabeza y verlo entrar en la oficina del periódico, en el súbito aceleramiento de su pulso y la paralización de sus manos. Revivió los minutos junto al montón de leña antes de que él la besara, los sentimientos que habían aflorado hasta desbordarla, el maravilloso estupor cuando él le había dicho que la amaba y le había propuesto matrimonio.
    Le parecía increíble que ella, que en sus primeros veinticinco años de vida había atraído tanta atención masculina como un espantapájaros, ahora, tan sólo tres meses después de su llegada a Deadwood, estuviera enamorada de un hombre que la correspondía y deseaba pasar el resto de su vida con ella.
    – ¿Addie? -la llamó en voz baja-. ¿Estás despierta?
    – Sí.
    – ¿Te importaría que invitara al marshal a pasar la Nochevieja aquí?
    Tras una pausa, Addie contestó:
    – ¿Por qué habría de importarme?
    – He pensado que debía preguntártelo.
    – El marshal es una persona muy agradable, Sarah, y no hay nada entre él y yo.
    Sarah sonrió.
    – Entonces seremos cuatro a cenar.

    El día de Nochevieja, Sarah cerró la oficina del periódico a las cuatro. De allí fue directamente a la panadería de Emma a por pan y luego a la carnicería, donde, para su sorpresa, encontró gran cantidad de carne de ternera. Volvió a pasar por la panadería para preguntarle a su amiga cómo cocinarla.
    Al llegar a su casa, encontró la cocina totalmente cambiada, más acogedora, más femenina.
    – ¡Has puesto cortinas! -exclamó.
    – ¿Te gustan?
    – ¡Oh, Addie, son preciosas!
    No eran tan bonitas como las que habían tenido en Missouri, pero eran tan pocos los edificios que tenían cortinas en Deadwood, que aunque éstas no fueran de un gusto exquisito, constituían un lujo. Addie simplemente había hecho el dobladillo a un par de piezas rectangulares de lencería blanca, cosido encajes en el lado inferior, colocado clavos en las esquinas superiores de los marcos de las ventanas y colgado las cortinas en ellos como si fueran guirnaldas. Abajo, había utilizado piezas lisas del tamaño del marco de la ventana con ojales en las esquinas. Cuando Sarah entró, colgaban a la izquierda de cada ventana.
    – Por la noche las podemos cerrar, ¿ves? -Addie hizo la demostración, estirando una cortina a través de una ventana y enganchando el ojal en el clavo más alejado.
    – ¡Qué ingenioso! Y mucho más fácil que estar clavándolas con chinchetas cada noche. Y también un ramo… ¡Adelaide Merritt, te estás convirtiendo en toda un ama de casa! -Sobre el mantel a cuadros blancos y azules, Addie había colocado un recipiente con ramitas de pino.
    – Pensé que debíamos dar un toque especial a la mesa.
    – Has salido -afirmó Sarah con aprobación.
    – Sólo hasta el cementerio. No suele haber mucha gente por ahí en invierno.
    – Por algo se empieza. La cocina está preciosa, Addie, en serio. Pero tenemos que darnos prisa. He traído un trozo de carne de ternera y Emma me ha explicado cómo hacerla.
    Sarah le enseñó cómo se rustía la carne, cómo se estofaba con cebolla y hojas de laurel y, finalmente, cómo se asaba al horno. Pelaron patatas, rallaron zanahorias, abrieron una lata de melocotones en almíbar y los dejaron cociéndose en el horno mientras subían a vestirse.
    Addie se puso un vestido nuevo que había confeccionado con la pieza de lana azul. Era sencillo, sin cuello, de manga caída y con una falda cosida a un corpiño sin adornos. Se recogió el pelo color níquel en un elegante moño al estilo francés y no se maquilló la cara.
    – Estoy muy pálida, ¿no crees? -preguntó irrumpiendo en la habitación de Sarah-. Bueno, Sarah… -Addie se quedó estupefacta-… yo palidezco y… tú te conviertes en una mariposa. ¿De donde lo has sacado? -Dio la vuelta en torno al vestido naranja de Sarah. Era de seda, abultado por detrás, estampado como las cortinas de la cocina y fruncido mediante tres botones ocultos en la curva lumbar.
    – Es uno viejo que nunca he usado desde que estoy aquí. Lo compré en Navidad hace dos años, pero desde entonces apenas he tenido ocasión para lucirlo.
    – Y tu pelo. ¿Te lo has rizado?
    – Un poco, con las pinzas, sí. -El estupor de Addie la hizo reír-. Bueno, ya me lo había rizado antes. Además, es Nochevieja. No iba a ponerme el delantal de cuero y los protectores de mangas.
    Addie adoptó una expresión risueña.
    – El marshal se va a caer de espaldas.
    Sarah se rió.
    – Y Robert también. Tu vestido te queda de maravilla. Y espera a que vea tu pelo.
    – No cambies de tema, Sarah. ¿Qué hay entre el marshal Campbell y tú?
    – Lo mismo que entre Robert y tú… nada. Sólo vamos a pasar juntos una, espero, feliz Nochevieja.

    Los dos hombres se presentaron, puntuales, a las siete de la tarde, encontrándose en la calle que llevaba colina arriba. Noah llevaba una botella de oporto y Robert una de jerez.
    – Qué sorpresa encontrarte aquí Baysinger -dijo Noah cuando sus caminos convergieron-. ¿Vas a dónde me imagino?
    – A casa de Addie.
    – Yo a casa de Sarah. Parece que pasaremos juntos la Nochevieja.
    La relación entre ellos no había sido muy cordial, de lo cual era en mayor medida responsable Noah, que sospechaba que Robert ejercía una gran atracción sobre Sarah. No obstante, dejó a un lado tales suspicacias mientras subían la colina.
    – Me enteré de lo de Addie. Sarah está muy contenta.
    – Yo también.
    – Tú la convenciste, ¿no?
    – Sí.
    – Los hombres de este pueblo no te lo agradecerán.
    – ¿Eso te incluye a tí?
    – No, ya no.
    – Me alegro, porque Addie es una vieja amiga. Su felicidad es mucho más importante para mí que los caprichos de un puñado de mineros.
    Llegaron a la casa de Mimms y se aproximaron juntos a la puerta.
    Se detuvieron, cediéndose mutuamente la oportunidad de llamar. Fue Robert quien lo hizo finalmente.
    Sarah abrió enseguida.
    – Hola Robert. Hola Noah. Pasad.
    Robert la miró boquiabierto. De arriba abajo y hacia arriba de nuevo. Al fin se decidió a entrar.
    – ¡Sarah… estás guapísima!
    Sin titubeos la besó en la mejilla que ella le ofreció de buen grado.
    – Bueno, gracias, Robert.
    – Mucho más que eso -intervino Noah, tragándose los celos mientras recibía la mano de ella como saludo.
    – Gracias, Noah. ¿Por qué no me dais los abrigos? -Los colgó en ganchos de bronce de la pared junto a la puerta.
    – Para ti -dijo Noah entregándole la botella.
    – También para ti -dijo Robert, haciendo lo mismo.
    – Dios santo… -Levantó las botellas para examinar las etiquetas-. Bebidas alcohólicas.
    – Legales, creo, para brindar por el año nuevo -dijo Robert.
    – Por supuesto. Gracias a los dos. -Les sonrió-. Addie todavía está arriba. Bajará dentro de un momento. -Alzó la voz para gritar-: Addie, los caballeros ya están aquí. -Y a los hombres les dijo-: Sentaos por favor.
    Noah lo hizo en el borde del diván. Robert, sin embargo, se paseó por la sala y declaró:
    – Veo que habéis trabajado mucho.
    – Como hormiguitas. ¿Qué te parece?
    – Me gusta. Ah… esto me resulta familiar. -Abrió la cubierta de la Biblia que había sobre la mesa escritorio.
    – La he traído de la oficina. Pensé que debía estar en la casa.
    Noah observaba y escuchaba, celoso de nuevo por no poder compartir el pasado de Sarah, como Baysinger.
    – Esta es la letra de tu padre: Sarah Anne, nacida el 15 de mayo de 1851. Adelaide Marie, nacida el 11 de junio de 1855. Ay -suspiró- nunca olvidaré los pasteles de queso de la señora Smith.
    Noah no sólo ignoraba hasta aquel momento la fecha de nacimiento de Sarah, sino que jamás había probado los famosos pasteles de queso de la señora Smith y, además, era incapaz de reconocer la caligrafía del padre de Sarah. Se preguntó si alguna vez podría existir entre él y Sarah la apacible intimidad que compartía con Baysinger.
    – Hola, marshal. Hola, Robert -saludó Addie en aquel instante desde el marco de la puerta.
    Robert miró por encima de su hombro. Sus dedos se apartaron distraídos de la tapa de la Biblia, y el libro se cerró. Por un instante pensó que se trataba de otra persona. Su pelo era casi plateado y estaba peinado hacia atrás con sencillez. El vestido que llevaba era oscuro, de línea puritana. No había maquillaje en su cara.
    – ¿Addie?
    – Soy yo.
    – Tu pelo… ya no es negro.
    – Gracias a Sarah. -Se lo tocó, inclinando la cabeza-. No ha quedado tan claro como esperábamos, pero no se puede hacer más hasta que crezca o hasta que lleguen limones frescos al pueblo.
    Robert se acercó y la observó de cerca.
    – Bueno, esto hay que celebrarlo.
    Pasaron una velada agradable, disfrutando de la compañía mutua en un ambiente acogedor. Para su sorpresa, Noah descubrió que cuanto más tiempo pasaba con Robert, más le gustaba. Baysinger poseía una sonrisa franca, trataba con naturalidad a las dos mujeres y reía con facilidad. De hecho, a Noah le asombró comprobar que los tres eran amigos muy íntimos. Si Robert sentía predilección por una de las hermanas, la verdad es que no se notaba. Bromearon entre sí, contaron historias divertidas de su juventud y, mientras Noah reía con ellos, sus celos se esfumaban del todo.
    La cena fue sencilla, pero el hecho de estar entre amigos de su misma edad, en una cocina cálida le hizo sentirse inesperadamente feliz.
    – Os envidio -confesó a los tres en un determinado momento de la noche-. Seguir siendo buenos amigos después de tantos años…
    – No nos envidies tanto -le interrumpió Robert alzando su vaso-. Únete a nosotros. ¡Por una duradera amistad entre los cuatro! Que ésta sea la primera de muchas otras veladas.
    – ¡Salud! ¡Salud! -Cuatro vasos chocaron produciendo un divertido tintineo y todos bebieron jerez. Cuando terminaron de cenar y la mesa quedó despejada, jugaron al parchís. La competencia los hizo implacables; los hombres se quitaron las chaquetas, se desabrocharon los chalecos y se arremangaron.
    Cinco minutos antes de la medianoche volvieron a llenar los vasos e hicieron la cuenta atrás en segundos, los ojos de Noah estaban fijos en el reloj de bolsillo que sostenía en su mano derecha.
    – Cinco, cuatro, tres, dos, uno… ¡Feliz Año Nuevo! -gritaron a coro, brindando en lo alto con alborozo y bebiendo oporto antes de hacer una ronda de besos a través de la mesa de la cocina.
    Robert besó a Addie.
    Noah besó a Sarah.
    Luego Robert besó a Sarah y Noah besó a Addie.
    Los hombres se estrecharon las manos.
    Las hermanas se abrazaron.
    Robert comenzó a entonar el Himno a la alegría y el resto del grupo se le unió.
    Cuando acabaron de cantar la canción, el silencio se tiñó de melancolía.
    Robert tomó la palabra.
    – Todos tenemos viejos amigos que hemos dejado atrás, amigos que echamos de menos, pero gracias a vosotros, en especial a las damas aquí presentes, de quien partió la iniciativa de esta reunión, ésta ha sido la mejor noche que he pasado desde mi llegada a Deadwood. Brindemos por un próspero año y por la felicidad de todos nosotros.
    – ¡Salud! ¡Salud!
    Después de vaciar su vaso, Noah respiró hondo y dijo con voz algo compungida:
    – Siento de verdad tener que dejaros, pero le prometí a Freeman que a medianoche lo sustituiría para que él también pudiera celebrarlo un poco. ¿Me acompañas fuera, Sarah?
    Mientras se ponían de pie, Robert dijo con mucho tacto:
    – Creo que Addie y yo tomaremos otro vasito de oporto.
    Fuera, Noah le dijo:
    – Gracias por todo, Sarah. Ha sido divertido. Y Robert me cae bien.
    – Me alegra. -Echó la cabeza hacia atrás-. Así podremos reunimos más a menudo los cuatro. Oh, Dios, mira esas estrellas. ¿No son de ensueño?
    – Mmm. -Noah les echó un vistazo-. ¿Qué les has dicho a Robert y a Addie sobre nosotros?
    – Nada. Que somos amigos. -La cabeza todavía le colgaba como sobre un soporte de goma-. Estrellas de ensueño… -Emitió una risita entrecortada, como pícara.
    Noah la observó con más atención.
    – Bueno, señorita Merritt ¿otra vez ebria?
    Sarah enderezó la cabeza haciendo un gran esfuerzo.
    – Me parece que sí, señor Campbell y le aseguro que es muy agradable. -Soltó una carcajada.
    – ¡Te estás riendo estúpidamente!
    – Sí, pero es culpa tuya. Tú has traído el oporto.
    – ¿De modo que la mujer con quien voy a casarme abusa con la bebida? -Dijo sonriendo.
    – Mmm… vergonzoso, ¿no?
    – Absolutamente.
    – Entonces arrésteme. -Le rodeó el cuello con los brazos y se pegó bruscamente a él-. Tiene el arma y la estrella. Adelante, arrésteme marshal Campbell -le dijo en tono desafiante a dos centímetros de su nariz.
    Se besaron con pasión. Cuando separaron sus bocas, ambos jadeaban. Sarah ya no se reía. Noah ya no sonreía.
    – Hace muchísimo frío aquí fuera -comentó él, desabrochándose su chaqueta de piel de oveja y manteniéndola abierta-. Ven aquí conmigo.
    Sarah había salido sin abrigo y accedió de buena gana, deslizando sus brazos alrededor de la cintura de Noah. El forro de lana de la chaqueta y el calor corporal del hombre le procuraban un buen resguardo de las inclemencias del tiempo. Él le pasó la chaqueta por encima de los hombros y la abrazó con fuerza.
    – Me gusta esta nueva faceta tuya -murmuró él con voz ronca.
    – Soy una desvergonzada.
    – Entonces sé siempre una desvergonzada -replicó mientras sus labios volvían a cubrir su boca y sus manos la cogían por las caderas para atraerla hacia sí. Redescubrieron el sabor del oporto en sus lenguas y sintieron el calor de sus cuerpos tensándose en el frío de la noche… pechos, vientres, rodillas… hasta que aquella contención dejó de ser agradable y se convirtió en agónica, momento en que Noah se apartó.
    Gruñó un poquito y tomó una gran bocanada de aire.
    – Soy una desvergonzada -volvió a decir ella con la cabeza pegada al pecho del marshal; el olor del chaleco de cuero y de la piel cálida de Noah embriagaba su olfato.
    – No, es sólo el oporto.
    – Ha sucedido algo extraordinario, Noah.
    – ¿Qué?
    – Ansiedad. Todo el rato que he pasado sentada frente a ti jugando al parchís, no dejaba de pensar en este momento, cuando al fin pudiéramos estar a solas.
    – Yo también estaba ansioso, porque… te he traído algo.
    – ¿Qué?
    Extrajo de su bolsillo un sobre de terciopelo.
    – Para hacerlo oficial.
    – Un broche. -Sarah salió del cobijo que le procuraba la chaqueta, cogió el broche y lo mantuvo en alto como para que captara la luz de las estrellas-. Mi broche de compromiso.
    – Sí.
    – No lo veo bien.
    – Espera. -Encontró una cerilla de madera en el bolsillo y la encendió en la suela de la bota, luego la sostuvo cubriéndola con una mano del viento. A la débil luz de la cerilla, ella examinó el broche. Tenía forma de espuela y una rosa a la izquierda.
    – Una espuela… es precioso, Noah. -Había empezado a temblar.
    – Y una rosa, que representa el amor. Sé que no te lo puedes poner en un lugar visible, pero estoy seguro de que encontrarás un lugar oculto. -La llama había consumido casi toda la cerilla, de modo que Noah la apagó.
    – Lo haré. Lo llevaré puesto todos los días. Gracias, Noah.
    – Estás temblando. Será mejor que entres antes de que cojas frío.
    – Sí… Addie y Robert podrían sospechar.
    – Gracias por la cena.
    – Gracias por el broche… -Sonrió-. Y por el oporto.
    Noah se alejó varios pasos, volvió hasta ella y la besó con suavidad en los labios.
    – Te quiero, aunque todavía me asombra.
    – Yo también te quiero.

Capítulo Dieciocho

    Ocho días después, un domingo por la noche, Robert y Noah volvieron a cenar con las hermanas Merritt, sentando un precedente para las semanas siguientes. A partir de entonces, los cuatro se reunían a menudo para compartir una buena comida o unas palomitas de maíz, disfrutar de un juego de mesa o, simplemente, charlar un rato. Con frecuencia sostenían largas conversaciones que se prolongaban hasta bien entrada la noche y que podían versar sobre temas tan variados como la verdadera felicidad, el derecho de los hombres a escupir en la calle, la aversión de las mujeres por los hombres que escupían en la calle; la posibilidad de cultivar lechugas en pleno invierno utilizando un invernadero, la razón por la que las palomitas de maíz saltaban, o el efecto del clima sobre el estado emocional de las personas. A medida que pasaba el invierno, su amistad se consolidaba, haciendo más soportable la sombría estación de días cortos y deprimentes.
    Entretanto, el periódico de Sarah publicaba los acontecimientos y las noticias del nuevo año, 1877. En Washington, un presidente y vicepresidente nuevos juraron sus cargos. En Filadelfia, se clausuró la Exposición del Centenario de Norteamérica. En el ayuntamiento de Minneapolis se inauguró el primer conmutador telefónico estatal. En Colorado, una naturalista llamada Martha Maxwell descubrió una nueva especie de ave denominada lechuza blanca de las Montañas Rocosas, y otra mujer, Georgianna Shorthouse fue sentenciada a tres años de prisión por practicar un aborto. De Nueva York llegó la increíble noticia de que una mujer podía detectar si estaba embarazada realizando mediciones diarias del perímetro de su cuello, que se hincharía inmediatamente después de producida la fecundación. Relojes eléctricos, que funcionaban sólo con batería, inventados por un alemán llamado Geist, comenzaban a hacerse habituales en los hogares norteamericanos. A lo largo y ancho del país, el comercio de cuero vacuno había substituido por completo al de cuero de bisonte.
    Cerca de Deadwood, el poder legislativo del Territorio de Dakota se emplazó en Yankton, la capital. En Washington, el poder legislativo nacional hizo lo propio; la ratificación del Tratado Indio abrió definitiva y oficialmente el asentamiento legal de colonos blancos en las Montañas Negras. Las inclemencias del tiempo hicieron disminuir los asaltos a la diligencia de Deadwood.
    En Deadwood, el programa del Langrishe cambiaba cada semana y la harina se vendía a 30 dólares los cincuenta kilos. Un tipo llamado Hugh Amos conmocionó al pueblo suicidándose, supuestamente debido a la soledad que sentía. Otro sujeto llamado Schwartz resbaló y cayó sobre la acera de madera frente al bar Nugget, rompiéndose un brazo; Demandó al dueño por daños y perjuicios. Se alentó a los comerciantes locales a esparcir serrín en sus aceras, para impedir así accidentes de ese tipo. Las mujeres de Deadwood fueron invitadas a reunirse en la oficina del Deadwood Chronicle para formar una Sociedad de Damas, de interés social y benéfico. La idea de la formación de una sociedad de mujeres rondaba por la cabeza de Sarah desde hacía algún tiempo. Las mujeres del lugar no sólo tenían que conocerse: aunando esfuerzos podían ejercer una influencia beneficiosa sobre la vida en todo el cañón. Al pueblo le hacía falta una biblioteca. Hasta que se construyera la escuela, los niños -y también los adultos- necesitaban una fuente de material de lectura. La biblioteca proporcionaría una maravillosa ventaja inicial a la escuela. Sarah pensaba en un grupo de mujeres como la organización perfecta para llevar a cabo las tareas de recolección y catalogación de libros para tal propósito.
    El problema de los hombres que escupían en las calles no era sólo estético. Los escupitajos se adherían a los dobladillos de las faldas de las mujeres y eran una fuente potencial de contagio. Después de la epidemia de viruela, Sarah había escrito un editorial sobre los peligros higiénicos que este hábito suponía, pero no había servido de mucho. Un grupo de mujeres podía llevar a cabo una campaña sobre higiene, instruir a los hombres sobre el tema y, tal vez, hacer letreros antiescupitajos y engancharlos por todo el pueblo.
    En el aspecto social, las mujeres podían comentar libros, leer poesía, intercambiar semillas para sus jardines de primavera, preparar la fiesta del Día de la Independencia, invitar tal vez a un defensor de la abstinencia alcohólica para dar conferencias y cosas por el estilo.
    Sarah también abrigaba la esperanza de poder utilizar al grupo para inducir a Addie a salir de casa y conocer a las mujeres del pueblo. Sin embargo, la noche de la primera reunión, Addie rechazó la invitación a asistir que le hizo Sarah.
    – Todavía no estoy preparada -alegó.
    – ¿Cuándo lo estarás?
    – No lo sé. Tal vez cuando me crezca el pelo. -El rubio natural de Addie comenzaba a asomar en las raíces.
    – Si te ven allí junto a mí, en mi oficina del periódico, uniéndote a un grupo cuya intención es realizar obras de beneficencia, ¿quién se atreverá a negarte el saludo?
    Pero Addie se negó a ir y la reunión se celebró sin ella. En aquella primera reunión, acogieron con entusiasmo las propuestas de Sarah y se abocaron al primer proyecto: la colecta de libros para la Biblioteca Pública de Deadwood. Sarah se ofreció a guardar los volúmenes en la oficina del Chronicle y a poner a Josh a cargo del servicio de préstamo, hasta que el servicio tuviera una ubicación fija.
    Las damas estuvieron de acuerdo con Sarah en que, cuando el pueblo tuviera un maestro de escuela, éste estaría encantado al descubrir que los ciudadanos de aquel lugar habían tenido la capacidad de adelantarse a los acontecimientos, creando una biblioteca. También convenían en que la construcción de una escuela era un objetivo prioritario para todo el pueblo, puesto que atraería a más familias al cañón cuando llegara la primavera. Por tanto, acordaron que la construcción de la escuela tenía prioridad sobre la de la iglesia.
    A principios de febrero, sin embargo, llegó un telegrama de un hombre llamado Birtle Matheson, que aceptaba convertirse en pastor de Deadwood. Era congregacionalista y llegaría a principios de abril.
    La noticia desató una enorme excitación, que incluyó, como no, al marshal. Al enterarse, se dirigió directamente a la oficina del Chronicle.
    – ¿Puedes salir un momento, Sarah?
    – Claro. ¿Qué ocurre? -Cogió su abrigo y salieron los dos. Caminaron por la acera entablada, codo con codo unos metros…
    – Deadwood tendrá un pastor.
    Sarah se detuvo en seco.
    – ¿Cuándo?
    – A principios de abril. Un hombre llamado Matheson, de Filadelfia. El telegrama llegó esta mañana.
    – Bueno -dijo ella dando un resoplido.
    – Ahora podemos fijar una fecha -le dijo Noah.
    – Pero, ¿y Addie?
    – Addie puede cuidar de sí misma.
    – Todavía se niega a salir de casa.
    – Entonces es hora de que la obligues a hacerlo.
    – ¿Cómo? -Siguió andando y Noah con ella.
    – Deja de malcriarla. Deja de llevarle todo lo que necesita a casa. Deja de ir a la carnicería, a la tienda y a la panadería de Emma a comprar pan todos los días. El trato era que ella se encargaría de todo eso, pero tú has continuado haciéndolo todo, además de trabajar en el periódico. ¿Cocinará al menos?
    – Lo intenta. -Addie lo intentaba, pero los resultados eran poco esperanzadores.
    – Tal vez Robert y yo hayamos agravado el problema al proporcionar a Addie entretenimiento suficiente para que no se sintiera del todo aislada en casa. Quizá debamos insistir en ir los cuatro al teatro de vez en cuando, en lugar de quedarnos siempre encerrados.
    – Te confieso que en realidad esperaba que Robert pidiera la mano de Addie y solucionara así nuestro problema, pero él parece satisfecho con el estado actual de su relación. ¿Te ha dicho algo al respecto?
    – Nada. Pero volvamos a lo nuestro y a la fecha de la boda.
    Sarah se sentía presionada. ¿Qué haría Addie si se viera obligada a vivir sola?
    – Quiero intentar hacer feliz a Addie.
    – ¿Y a mí no? -La voz del marshal cobró un tono irritado.
    – Yo no he dicho eso.
    – No eres su madre, Sarah.
    – No, no lo soy. Pero si hubiera tenido una madre que cuidara de ella, probablemente ahora no nos encontraríamos en esta situación. ¿Quién cuidará de ella? ¿Quién la ayudará? Ahora que ha dejado Rose's, no puedo abandonarla.
    – Vivir al otro lado del pueblo no es abandonarla.
    – ¿Vivir dónde?
    – He encontrado una casa para nosotros.
    – ¿En serio?
    – La de Amos.
    – ¿La de Hugh Amos? -Se detuvo.
    – Está en venta.
    – Pero Noah…
    Él la miró a la cara. Sarah mostraba perplejidad y repugnancia.
    – No se suicidó en la casa, Sarah, lo hizo en la mina.
    – Lo sé, pero… -Hugh Amos había utilizado una escopeta. Sarah había escrito un artículo sobre el suicidio. ¿Cómo podía culparla por desaprobar la idea?
    Él reflexionó un rato con aspecto contrariado. De pronto la cogió de la mano y le ordenó con severidad:
    – Ven conmigo.
    Estaban a tres puertas de su oficina. La arrastró hasta allí, la hizo entrar y cerró la puerta. En el fondo había dos calabozos nuevos, vacíos. Una cafetera de hierro esmaltado azul descansaba sobre el hornillo de cromo de una pequeña estufa ovalada. En la habitación la temperatura era agradable.
    Noah giró sobre los talones y cogió a Sarah por los hombros.
    – Muy bien, necesito saber la verdad. ¿Quieres casarte conmigo o no?
    – No es así de sencillo.
    – Sí es así de sencillo. O quieres o no quieres.
    – Quiero, pero…
    – ¡Maldita sea, Sarah, encuentras demasiadas excusas para posponerlo! No quieres decírselo a Addie porque podría volver a Rose's. No te gusta la casa de Amos porque se pegó un tiro. No quieres fijar la fecha porque no tenemos un pastor. Bueno, ahora lo tendremos y te estoy pidiendo que lo hagamos público. Quiero fijar una fecha, decírselo a mi familia, a tu hermana, a todo el mundo y seguir adelante con nuestras vidas.
    La insistencia de Noah amedrentó a Sarah. Había momentos en que reconocía en sí misma cierta falta de pasión, o, por lo menos, era la suya una pasión mucho más racionalizada que la de él. A fin de cuentas, para ella el matrimonio significaría un cambio brutal en su vida, precisamente cuando había conseguido ordenarla de una manera satisfactoria; la sumisión sexual, que le infundía un cierto horror, los hijos, cuya llegada señalaría la sustitución de su delantal de cuero por uno de algodón, su trabajo como editora -en el que era muy competente- por la vida rutinaria del ama de casa, para la que, además, se había mostrado siempre poco apta; la renuncia a su independencia financiera, que también le proporcionaba satisfacción.
    – ¿Me quieres, Sarah? -preguntó Noah, un tanto dolido y confundido-. Porque a veces no estoy muy seguro. Sé que tardó en llegar… lo sé. ¿Recuerdas el día en que te dije por primera vez que te amaba? Te pregunté si existía alguna posibilidad de que tú también me amaras, y… ¿sabes qué contestaste? Contestaste: «No lo sé, Noah, pero creo que hay muchas posibilidades de que así sea». Bueno, creo que es hora de que aclaremos ese punto. Admito que me resistí a enamorarme de tí, pero ahora lo estoy y no tengo miedo de proclamarlo. Te quiero, Sarah, y quiero casarme y vivir contigo. Me gustaría saber si sientes lo mismo que yo.
    La vehemencia oscurecía sus ojos y hacía su voz más y más ronca, más y más grave, mientras la miraba con una determinación y honestidad que exigían la verdad por respuesta. Ella también lo amaba. Lo amaba. Pero lo conocía desde hacía sólo cinco meses, y él debía comprender que había aceptado su propuesta condicionalmente; y la condición era Addie.
    – Sí, te quiero, Noah. -Los ojos de él seguían atormentados-. De verdad -añadió abrazándolo con fuerza-. Y tienes razón. No soy la madre de Addie. A veces lo olvido, pero con los años me he acostumbrado a cuidarla como una madre. Por favor, entiéndelo y concédeme el tiempo que te estoy pidiendo. Tengo que ver algún progreso en ella antes de alejarme de su vida, porque digas lo que digas acerca de vivir al otro lado del pueblo, cuando yo me marche de esa casa ella se sentirá abandonada.
    Noah no respondió; se limitó a estrecharla fuertemente contra su pecho.
    – Nos conocemos sólo desde septiembre, Noah. ¿No crees que deberíamos tomárnoslo con un poco más de calma?
    Él se echó hacia atrás para verla mejor y la observó. Su mirada era aún sombría. Sarah se preguntó en qué estaría pensando.
    Cogiéndola por los hombros, la besó; fue aquel un beso tierno y triste que despertó en Sarah el ansia de poder ceder a sus deseos y casarse con él cuanto antes. Como no podía, le rodeó el cuello con los brazos y le correspondió con un beso de disculpa. Fue en mitad de este beso cuando Freeman Block abrió la puerta de la oficina del marshal y entró.
    – Vaya, ¿qué tenemos aquí?
    – Lárgate -le ordenó Noah sin moverse.
    – ¿Tengo que hacerlo? Esto parece bastante interesante.
    – ¡Diablos, Freeman!
    – ¿Olvidas que trabajo aquí?
    – Vete a trabajar media hora a otro sitio.
    Freeman se rió entre dientes.
    – Tú y Sarah, ¿eh? ¿No te lo decía yo? El día que te compró ese sombrero te lo dije: le interesas, Noah.
    – ¡Largo de aquí, Freeman!
    – De acuerdo, de acuerdo, ya me voy.
    Cuando la puerta se cerró, Noah suspiró y soltó a Sarah.
    – Bueno, ha dejado de ser un secreto.
    – Tal vez tengas razón; quizá ya sea hora de que se lo diga a Addie.
    – ¿En contra de tu voluntad?
    – Todavía no estoy preparada para fijar una fecha, pero llevaré tu broche a la vista de todos. A lo mejor, si Addie sabe que pronto dejaré la casa, empieza a preparse para apañárselas por sí sola.
    Noah la miró y pensó: «siempre tan racional, siempre dominando todas las situaciones. Cómo me gustaría que de tanto en tanto perdiera el control».
    – He de volver al trabajo, Noah. Tengo que redactar la noticia sobre la llegada del nuevo pastor.
    – ¿Quieres que te acompañe?
    – No, no es necesario.
    – Hazme saber la reacción de Addie cuando se lo digas.
    – Lo haré.
    La besó con timidez, deseando que esa separación momentánea le doliera tanto como a él. Deseando que, por una vez, lo abrazara y le dijera cuánto lo echaría de menos, que daría cualquier cosa por que pudieran pasar el resto del día, el resto de sus vidas juntos. Pero la Señorita Contenida tenía cosas que hacer, probablemente más importantes para ella que perder el tiempo con él, de manera que Noah debía darse por satisfecho con el breve despliegue afectivo y aquel único beso prometedor, que había interrumpido Freeman.
    Una vez que Sarah se hubo ido, Noah se acercó a la estufa e inclinó la cafetera sobre un jarrito de esmalte blanco, pero sólo cayó un resto de sedimentos negros y espesos. Levantó una tapa de la estufa y echó los posos dentro. Una columna de humo se elevó con un silbido. El olor a café quemado. Se quedó un largo rato contemplando las brasas.
    Si ella estuviera enamorada de él, querría casarse, era así de sencillo. Él la amaba y eso era lo que quería hacer… casarse, crear un hogar, dormir con ella (sí señor), tener hijos. Así era, maldición. No concebía el amor sin el anhelo de todas esas cosas. No entendía cómo ella podía anteponer la felicidad de su hermana a la de él. No le bastaba con que Sarah llevara el broche en un lugar visible, obligada por la mala lengua de Freeman Block. ¡Debería haberlo llevado desde el momento en que se lo dio y con tanta alegría que le fuera imposible concebir el no hacerlo!
    Pero con Sarah no se podía esperar una cosa así.
    Su madre tenía una teoría acerca del matrimonio: siempre había uno que amaba más que el otro. Bueno, en su caso, resultaba obvio quién era ese uno.
    Metió dos leños en la estufa y volvió a su escritorio. Cinco minutos después, no había hecho más que clavar la mirada ausente en un puñado de papeles.
    Necesitaba hablar con alguien.
    Eligió a Robert; aquella misma noche lo encontró en una mesa, en un rincón del bar Eureka. El lugar estaba lleno de humo, el ruido obligaba a gritar para hablar y alguien tenía estiércol de caballo en las botas. Pero en medio del alboroto, nadie les prestaba la menor atención.
    – ¿Qué piensas de Sarah? -le preguntó a Robert.
    – Una gran mujer. Honesta. Decente. Muy trabajadora. Quizá la mujer más inteligente que conozco.
    – Probablemente mucho más inteligente que yo.
    – Bueno, Campbell, no hace falta mucho para eso.
    Rieron de buen grado. Ahora podían hacerlo.
    Noah inclinó la silla hacia atrás, de modo que ésta se mantenía apoyada sobre dos patas. Contempló a su compañero desde debajo del ala de su Stetson.
    – Voy a casarme con ella.
    El rostro de Robert se desencajó. Luego sonrió.
    – Bueno, bueno. ¿Ya se lo has pedido?
    – Ajá.
    – ¿Y te ha dicho que sí?
    – Más o menos.
    – ¿Más o menos?
    Noah se acercó, volviendo a apoyar la silla sobre las cuatro patas.
    – Todavía no está dispuesta a fijar una fecha. Pero le he regalado un broche como signo de compromiso y ha aceptado llevarlo a la vista.
    Robert dejó su cerveza sobre la mesa y estrechó con fuerza la mano de Noah.
    – ¡Felicidades! Es una buena noticia.
    Noah esbozó una sonrisa.
    – Eso espero.
    – ¿Qué pasa? No pareces muy entusiasmado.
    – Oh, lo estoy. Es Sarah quien no lo está.
    – Bueno, ha dicho que sí, ¿no?
    Noah examinó el borde de su jarra de cerveza; luego, como si lo que iba a decir fuera confidencial, se inclinó hacia delante con un codo a cada lado de la jarra.
    – Es una mujer extraña, Robert, muy diferente a Addie. A veces tengo la impresión de que es tan inteligente, tiene tantas cosas en la cabeza, hay tantas cosas que quiere hacer, que no le quedará tiempo para el matrimonio. Como si el matrimonio fuera la otra cosa que hará cuando por fin le sobre tiempo. En cierta forma le quita entusiasmo, no sé si me entiendes.
    Robert bebió un trago de cerveza y miró en silencio a Noah, esperando que continuara.
    – Pronto llegará un pastor al pueblo y me gustaría casarme en cuanto llegue. Pero ella quiere esperar un tiempo. Es así de simple.
    – Pero hombre, la conoces hace menos de seis meses y la mitad del tiempo os lo habéis pasado peleándoos como gallos de pelea.
    – Sí, ya lo sé. -Noah suspiró y se frotó la nuca-. Pero hay algo más.
    – Te escucho.
    Noah fijó su mirada en la jarra de cerveza. Raspó el asa con la uña del dedo pulgar. Alzó la cabeza y miró a Robert a los ojos.
    – Creo que le aterra que la toquen.
    – Ya te he dicho que es decente, ¿no?
    – No es eso. Tiene que ver con lo que era Addie. Sarah me ha dicho más de una vez: «No quiero ser como Addie.»
    – ¿Puedes culparla por ello?
    – Yo no espero que lo sea. Lo que quiero decir es que… bueno, una vez me propasé. Sólo una vez. Lo intenté, pero ella dejó bien claro que no era de ese tipo de mujeres. A partir de entonces, me he comportado como un perfecto caballero. Ni siquiera la beso con frecuencia y la mitad del tiempo ella actúa como si le aterrorizara lo que está haciendo. Diablos, Robert, esa no es una actitud natural. No cuando se supone que dos personas se aman. Decirse buenas noches debería ser una tortura, así es como lo veo yo.
    – ¿Estás seguro de estar enamorado?
    – Pienso en ella noche y día. ¡Me está volviendo loco!
    – ¿Pero la amas?
    – Sí. A pesar de mi voluntad.
    – Entonces, no te preocupes por eso. Lo primero que quieren ver las mujeres es un certificado de matrimonio.
    – ¿Quieres que te cuente algo divertido?
    – Sí.
    – Durante algún tiempo llegué a pensar que Sarah estaba enamorada de ti.
    – ¡De mí!
    – Estaba muy celoso cuando llegaste al pueblo.
    Robert se rió.
    – No, a mí siempre me gustó Addie. Sarah y yo éramos sólo amigos.
    – ¿Y qué hay de Addie y tú? ¿Tenéis planes?
    Robert se reclinó, respiró profundamente y expulsó el aire hinchando los mofletes.
    – Addie todavía está muy confundida.
    – Le aterroriza la idea de salir de casa, ¿no?
    – No es sólo eso. Aunque no lo creas, me parece que a veces echa de menos el burdel.
    – Oh, vamos, Robert.
    – Sé que suena ridículo, pero piénsalo. Ha vivido cinco años allí encerrada. Ganaba bastante dinero. No le faltaba de nada. No tenía que cocinar, limpiar, trabajar, ni preocuparse de nada. Los hombres la amaban. Creo que era buena en su trabajo… bueno, creo que eso debes saberlo tú mejor que yo.
    – Lo era.
    – ¡Y tú estabas celoso de mí! -dijo Robert con amarga ironía.
    – Eso no significaba nada, Robert, nada. Además, dejé de ir a Rose's cuando conocí a Sarah.
    Robert bebió un largo trago de cerveza, mirando a Noah por encima del borde superior de la jarra.
    – Es algo así como un milagro que tú y yo nos hayamos hecho amigos, ¿no te parece?
    Noah respondió con una sonrisa progresiva. Luego le preguntó:
    – Entonces, ¿estás enamorado de Addie o no?
    – La verdad es que no lo sé. Me importa lo bastante como para desear que lleve una vida decente, pero casarse con una mujer con su pasado asusta a cualquiera. Te hace pensar si un hombre será suficiente para ella. O si será demasiado. Porque lo curioso es que aunque pueda echar de menos su vida en el burdel, también la odiaba. Odiaba a los hombres y, sin embargo, se acostaba con ellos. ¿Lo sabías?
    Noah jamás había pensado en eso. La idea le pareció bastante chocante.

    Aquella noche, después de cenar, mientras Sarah y Addie tomaban el café, Sarah dijo:
    – Tengo algo que decirte. Espero que no te moleste.
    – ¿Molestarme? ¿Es una mala noticia?
    Una sonrisa fugaz se dibujó en los labios de Sarah.
    – No, no lo es. -Apoyó los codos en la mesa-. Noah me ha pedido que me case con él.
    Las facciones de Addie mostraron contrariedad. Primero no dijo nada, luego se incorporó y fue a la cocina a por la cafetera.
    – Dios mío -dijo de espaldas a Sarah.
    – ¿Qué opinas?
    – Tú y el marshal… no sé qué decirte.
    – Ven aquí, Addie. Siéntate.
    Addie se giró con lentitud y volvió a la mesa, olvidando por completo la cafetera. Se sentó en el borde de la silla.
    – Todavía no hemos fijado la fecha.
    Addie asintió con la cabeza, mirando fijamente su taza llena.
    – Pero hoy ha llegado un telegrama con la noticia de que un pastor llegará a Deadwood a principios de abril.
    Addie hizo un movimiento brusco con la cabeza y miró a su hermana.
    – ¡A principios de abril!
    – No estoy diciendo que me vaya a casar en abril, sólo digo que el pastor llegará aquí por esas fechas. Pero Addie, debes enfrentarte a la realidad. Tarde o temprano nos casaremos, y cuando llegue ese momento me iré a vivir con él.
    – ¿Por qué no podéis vivir aquí? -preguntó Addie con voz lastimera.
    Sarah le puso la mano sobre la muñeca.
    – Creo que no es necesario que te lo diga.
    – Ya. -Con esa palabra seca, Addie bajó la mirada, de nuevo a la taza-. ¿Y qué será de mí? -preguntó con desánimo.
    – Tienes que vivir tu vida. Debes empezar desde ahora mismo a comportarte como una persona normal. Tienes que salir, ir al pueblo de compras, ver gente.
    – Yo tenía una vida propia, hasta que llegasteis tú y Robert y me la quitasteis -replicó en un súbito arranque de ira-. Si ninguno de los dos me quería, ¿por qué me hicisteis abandonar Rose's? Era feliz allí, ¿es que no lo puedes entender?
    – No digas eso, Addie.
    – ¡Lo era! Más feliz de lo que soy aquí. Me siento una inútil. ¡No sé cocinar, no sé escribir artículos, no me gusta lavarla ropa y atizar el fuego de las estufas! Ni siquiera soy lo suficientemente buena como para ser la esposa de Robert, porque si así fuera, él ya me lo habría pedido. En lugar de eso, me trata como a una hermanita. ¡Bueno, no quiero ser su hermana ni tu esclava doméstica, así que adelante, cásate con el marshal y largaos a donde queráis!
    Como una niña a quien han herido en su vanidad, salió corriendo de la cocina, subió las escaleras y se encerró en su dormitorio dando un portazo.
    Sarah se quedó inmóvil, estupefacta. ¡De entre todas las mujeres ingratas, autocompasivas y estúpidas del mundo, su hermana se llevaba la palma! Su egoísmo no le dejaba ver lo que ella y Robert habían hecho por su felicidad. Era incapaz de hacer un esfuerzo por recuperar su autoestima o por adquirir práctica en cualquier trabajo o actividad que lo requiriera. En cambio, culpaba a los demás por no prolongar su abnegación y sacrificio por ella, para así poder continuar en su torre de marfil, mirando con desdén al resto del mundo.
    Se incorporó y dejó caer la taza vacía en una cacerola llena de agua. Vertió también el agua caliente de la tetera, añadió agua fría y se puso a lavar los platos de la cena, armando el suficiente estruendo como para ser oída desde el piso de arriba. ¡Bueno, que llore toda la noche!
    La propia Sarah tenía ganas de llorar. ¡Quería a Addie; había dejado St. Louis por ella; había emprendido un aterrador viaje a lo desconocido, se había establecido y había comprado una casa sólo por ella; finalmente, la había sacado de Rose's, y todo lo que obtenía a cambio eran reproches!
    Bueno, allá ella.
    Cuando llegara el pastor, la primera boda que oficiaría sería la suya. Que Addie volviera a Rose's y se quedara allí hasta que la sífilis se cebara en ella.
    Por supuesto, el enfado pasó. A las diez, después de tres horas escuchando a solas los ruidos de la casa, cuando sus exilios autoimpuestos comenzaron a parecerles solitarios, cuando el enfrentamiento perdió su sentido y su razón de ser, Sarah apagó la lámpara de la cocina y subió las escaleras. Los peldaños crujieron. Ya en la planta superior, se detuvo y observó el fino haz de luz que se filtraba por debajo de la puerta cerrada de Addie. Con tristeza, se dirigió a su habitación.
    Acababa de encender la lámpara cuando se abrió la puerta del cuarto de Addie, y ésta avanzó por el pasillo hasta plantarse en el marco de la puerta de su habitación.
    – ¿Sarah?
    Sarah se giró.
    – Lo siento. No fue mi intención ofenderte.
    Se miraron a los ojos a través de la silenciosa habitación. Sarah se puso de pie y las dos mujeres se unieron en un abrazo.
    – Oh, Addie, yo también lo siento.
    – Tienes todo el derecho a casarte con el marshal, es más, debes hacerlo. Estoy asustada, eso es todo. No sé qué será de mí.
    Cogiéndole la mano la atrajo hacia la cama y se sentaron en el borde.
    – Te irá bien -le aseguró.
    – ¿Cómo? ¿Cómo me va a ir bien si ningún hombre quiere casarse conmigo, ni siquiera Robert, que está enamorado de mí? Sé que me ama.
    – ¿Alguna vez te has parado a pensar, que es posible que lo que Robert esté esperando sea el momento en que te valgas por ti misma, para decidir si te necesita realmente?
    Addie parecía desconcertada.
    – No tiene sentido.
    Sarah le cogió la mano de nuevo.
    – ¿Qué hombre querría casarse con una mujer que cree que estaría mejor viviendo en un burdel? Robert necesita garantías, Addie. Dices que no sabes hacer nada, pero no es cierto. Hay cosas que puedes hacer. Lo que pasa es que requieren un cierto esfuerzo que tú no estás dispuesta a hacer. ¡Por el amor de Dios, vives en un pueblo cuya población es, en un noventa y nueve por ciento, masculina! Existen cientos de trabajos que las mujeres hacen mejor que los hombres, o que los hombres se sienten incapaces de hacer. Podrías limpiar casas, remendar camisas, lavar sábanas, cortarles el pelo… no sé, cosas por el estilo. Eso es algo que debes decidir tú. Pero una cosa si sé: hay tanto dinero en este cañón y tantos hombres solos, que desde el punto de vista comercial, una mujer tiene ventaja. Si abrieras una tienda y un hombre abriera otra igual enfrente, probablemente él tendría que cerrar porque tú monopolizarías la clientela.
    Era obvio que Addie no había reflexionado en profundidad sobre esa posibilidad.
    – Lo único que te pido es que uses la cabeza, Addie. Deja de esconderte tras tu supuesta falta de inteligencia y busca algo que puedas hacer mejor que yo. Cuando lo encuentres, estoy casi segura de que Robert te hará la pregunta que estás esperando. No te sacó de Rose's para nada.
    – ¿En serio crees eso, Sarah?
    – Sí, lo creo. Robert está enamorado de ti, de eso no me cabe la menor duda. Sólo está esperando que te conviertas en una mujer digna de él.
    – Oh, Sarah, le quiero tanto, pero ni siquiera me ha besado desde la noche que dejé Rose's.
    – Dale tiempo. Y, lo que es más importante, dale un motivo.
    Addie se quedó en silencio con gesto pensativo. Pasados unos segundos dijo:
    – Está bien. Lo intentaré.

    Parecía que la construcción de la iglesia era sólo cuestión de tiempo. El Chronicle anunciaba en las páginas de su último número la contratación del pastor y hacía una demanda pública de madera para la construcción del edificio; se requería en dicha demanda la donación de un árbol por parte de los propietarios de minas y terrenos. Las donaciones debían hacerse en el aserradero de Beaver Creek, que cortaría la madera de forma gratuita. Por su parte, las carnicerías abastecerían de carne de venado a los trabajadores. Teddy Ruckner dijo que estaba dispuesto a cocinarla y la Sociedad de Damas, que celebraba reuniones semanales, se ofreció a servirla.
    El acontecimiento estaba previsto para el primer fin de semana de marzo.
    – ¿Vendrás conmigo mañana? -Le preguntó Sarah a Addie la víspera. Addie respiró profundamente y contestó al tiempo que expulsaba una bocanada de aire:
    – Sí.
    Sarah sonrió. Addie también, aunque no con tanta confianza como su hermana.

    El día de la construcción de la iglesia amaneció despejado. En el exterior hacía una temperatura agradable. Como si el proyecto contara con la bendición y el apoyo de una fuerza omnipotente, los vientos cálidos del oeste soplaron sobre las Montañas Negras y convirtieron el invierno en primavera. La temperatura matinal era de algún grado bajo cero, pero a mediodía había alcanzado los quince grados.
    El pueblo entero se dio cita -comerciantes, mineros, mujeres, niños y una ex prostituta, con una pañuelo cubriendo su pelo gris y rubio-. Cuando Addie apareció junto a Sarah, más de una persona se paró en seco. Algunos hombres, después de reconocerla sobresaltados, la saludaban con un «Hola Eve», a lo que ella contestaba: «Ahora me llamo Addie». A la mayoría de las mujeres la presencia de Addie no les sentó demasiado bien, pero por respeto a Sarah, la saludaron mecánicamente cuando les fue presentada. Emma, por supuesto, encabezó la reinserción, cogiéndola del brazo y ordenándole:
    – Ven conmigo. Necesito que alguien me ayude a traer el pan desde la panadería.
    Por el camino se encontraron a Noah, que se dirigía al terreno de la iglesia con pantalones de tela tosca, una camisa de trabajo de franela roja y una caja de madera con herramientas en su mano derecha.
    – ¡Addie! -gritó sorprendido-. ¿Vas a ayudar en lo de la iglesia?
    Addie le obsequió con una sonrisa expectante.
    – Sarah me convenció.
    – ¡Estupendo! -respondió con el rostro iluminado.
    – Así que vas a casarte con mi hermana.
    – ¡Qué! -exclamó Emma.
    – Así es. Pronto, espero, ahora que va a venir un pastor.
    – Supongo que eso nos convertirá en parientes.
    – Creo que sí.
    – Bueno, no me molesta si a tí tampoco.
    Noah rió. Addie lo imitó y permanecieron un rato frente a frente en la calle, conscientes de que la situación podía ser embarazosa si no hacían algo. No obstante, no estaban dispuestos a permitirlo.
    – Felicidades -añadió Addie.
    – Gracias, Addie.
    – ¿Por qué Sarah no nos ha dicho nada? -intervino Emma.
    – Hace muy poco que es oficial. Mi familia aún no está enterada.
    Emma estrechó la mano de Noah y le dijo:
    – Bueno, es una maravillosa noticia, marshal, maravillosa.
    – Así lo creo. Bueno… será mejor que vaya para allá a echar una mano. Ya oigo los martillazos.
    Siguieron cada cual por su camino, Noah para unirse a los carpinteros, Emma y Addie en busca del pan. Cuando regresaron al emplazamiento de la iglesia, se encontraron con Robert. Él también llevaba herramientas y ropa de trabajo.
    – Oí decir que estabas aquí -le dijo a Addie. Parecía complacido-. ¿La haces trabajar, Emma?
    – Por supuesto. No se permiten holgazanes en Deadwood cuando hay que construir una iglesia. ¿Dónde está Sarah?
    – Allí, haciendo café.
    Emma se subió a una caja y observó a Sarah trabajando con las mujeres mientras, no muy lejos, Noah ayudaba a los hombres. Emma formó un cono con sus manos delante de su boca, y gritó:
    – ¡Escuchad todos! ¡Tenemos que construir una bonita iglesia, porque la primera boda que se celebrará en ella será la del marshal y Sarah Merritt!
    Sarah y Noah se encontraban a quince metros de distancia el uno del otro, pero sus cabezas giraron al instante y sus miradas se encontraron. El griterío resultante hizo sonrojar a Sarah.
    – ¡Eres un viejo zorro, Noah Campbell! -Alguien le dio una fuerte palmada a Noah en la espalda.
    – Tuviste que encerrarla en una mina abandonada para domarla, ¿eh, marshal?
    – ¡Y si mal no recuerdo, terminaste con un ojo amoratado por eso!
    – ¡Yo te trataría mejor, Sarah! ¡No tendrías que amoratarme un ojo!
    Las bromas joviales prosiguieron durante un rato.
    A media mañana, llegó una carreta llena de granjeros del valle Spearfish, entre ellos la familia de Noah. Se enteraron de la noticia antes de llegar al centro del pueblo. Carrie fue la primera en bajar de la carreta.
    – ¿Dónde está mi hijo? ¡Quiero escucharlo de sus propios labios! -Cuando encontró a Noah, vociferó-: ¿Es verdad que vas a casarte con la muchacha del periódico?
    – Es verdad, mamá.
    – ¿Y dónde está ella? -Bramó más fuerte-: ¡Quiero ver a mi futura nuera!
    La multitud empujó con suavidad a Sarah, mientras Carrie avanzaba hacia ella desde la dirección contraria, con su hijo pisándole los talones.
    – ¡Muchacha, has hecho feliz a una madre! ¿Y cuándo se celebrará el glorioso acontecimiento?
    – No… no estoy segura. -Sarah apenas terminó de pronunciar la frase cuando Carrie la abrazó y se encontró mirando a Noah por encima del hombro de la mujer.
    – Bueno, nunca será demasiado pronto para mí. Soy muy feliz. ¡Kirk, Arden, aquí está! -proclamó-. ¡Aquí está Sarah! ¡Y también Noah!
    El padre de Noah dio a Sarah un abrazo de oso que por un momento pensó que le fracturaría el brazo.
    – Es una gran noticia, -dijo- desde luego que sí. Tenéis nuestra bendición. -La soltó y estrechó la mano de Noah-. Felicidades, hijo.
    Era el turno de Arden. Intentó esbozar una sonrisa, pero sus labios apenas se movieron.
    – Me has roto el corazón, Sarah -murmuró besándole la mejilla-. Yo te lo pedí primero.
    Sin embargo, hizo lo correcto con Noah: le dio la mano y declaró bien fuerte para que todo el pueblo pudiera oírlo:
    – Supongo que ganó el mejor.
    Noah y Sarah no tuvieron ni un minuto de intimidad hasta mucho después, cuando ella se le acercó para ofrecerle una taza de café. Él la sostuvo mientras ella la llenaba.
    – Ahora ya lo sabe todo el mundo -Sus palabras insinuaban la pregunta: «¿Y qué te parece, Sarah?»
    Ella enderezó la cafetera, le sonrió y le sorprendió diciendo:
    – Entonces, supongo que ya es hora de que fijemos la fecha.

    La iglesia se erigió con la gracia y la precisión de un baile acompasado. Primero el suelo. Luego una pared, y otra, y dos más. A esto siguió la instalación de las vigas del techo, blancas como la porcelana. En el suelo, una dotación de ocho hombres diseñaba un campanario acabado en punta. Cerca, un grupo construía un par de puertas iguales. Algo más alejados, los de más edad partían planchas de madera, que los niños juntaban en paquetes de veinte y luego ataban con cordeles para poder subirlas con facilidad a las vigas. Pronto aparecieron los carpinteros, sus siluetas recortadas contra el cielo azul de marzo, balanceándose en el esqueleto del edificio, manejando berbiquíes y barrenas y uniendo la sólida estructura con clavijas. Entretanto, las mujeres servían café.
    A mediodía, la carne de venado se trinchó sobre el hoyo al aire libre donde se había cocinado y se sirvió con pan recién hecho, judías al horno y tortas de maíz en mesas hechas con tablones y caballetes. Más tarde, las mujeres se ocuparon de recoger todo lo relacionado con la comida y los hombres volvieron a sus tareas. Ya entrada la tarde, con la estructura sólidamente formada y cercada, se izó el campanario y se puso en su sitio, entre el griterío alborozado que llegaba de abajo.
    A la hora de cenar, se sirvieron bocadillos de carne de venado fríos, acompañados de más café y tarta de manzana.
    Al anochecer se guardaron las herramientas, se encendieron algunos faroles y se abrió un barril de cerveza. Alguien sacó un violín, otro una armónica y se improvisó un baile sobre la madera recién cortada del suelo de la iglesia. Todas las mujeres se vieron forzadas a participar, pero aun así no había suficientes. Un grupo de hombres ataviados con los delantales de las damas, trataron de suplir la falta de mujeres.
    Hubo risas y camaradería generalizada. Las mujeres no pudieron escoger, de modo que giraban y describían círculos en manos de un hombre tras otro.
    Arden le dijo a Sarah mientras bailaba con ella:
    – ¡Si no te trata bien, ya sabes a quién recurrir!
    Y Noah:
    – Te acompañaré a casa cuando esto termine.
    Lo único que enturbió la noche fue un desagradable comentario de la señora Roundtree. Al final de una canción, cuando Addie dejaba la pista casi sin aliento, se le acercó y le dijo en voz baja:
    – Es una desfachatez que te atrevas a mezclarte con gente decente y honrada, y precisamente en este edificio. ¡Vuelve a tu burdel. Es allí a donde perteneces!
    Sarah oyó el comentario.
    – ¡Y usted se considera una cristiana! -le gritó enfurecida.
    Más tarde, Robert encontró a Addie apartada de la fiesta, con la mirada fija en una fogata que todavía ardía.
    – ¿Qué ocurre? ¿Por qué has dejado el baile?
    – Hay personas que no me quieren allí.
    – ¿Qué personas?
    – No importa.
    – ¿Quiénes?
    Ella se negó a responder.
    – ¿Alguno de los hombres te ha molestado?
    – No, una mujer.
    – Las mujeres serán más duras contigo que los hombres. Les llevará algo de tiempo hacerse a la idea.
    – No es que no lo esperara. Sólo que duele un poco más de lo que imaginé.
    – ¿De modo que vas a rendirte otra vez y a ocultarte como un fugitivo en casa?
    Addie le miró a la cara, iluminada por la luz cambiante del fuego.
    – No, volveré mañana. No hay que dejar las cosas a medias.
    Robert sonrió.
    – Ésa es mi chica. Vamos, te acompañaré a casa.

    El baile no acabó muy tarde: todos estaban cansados; habían trabajado todo el día. No se permitió beber cerveza dentro de la iglesia y el único barril abierto se vació enseguida. La gente del valle Spearfish volvió a sus hogares. Los que tenían niños pequeños ya los habían acostado. Robert y Addie habían desaparecido. Noah cogió a Sarah de la mano y repitió las palabras de Robert:
    – Vamos, te acompañaré a casa.
    Subieron por la escarpada colina, donde la nieve derretida todavía gorgoteaba ladera abajo. Una media luna ribeteaba el cañón con un contorno plateado. La noche olía a primavera inminente. Abajo, el campanario y las traviesas sobresalían de la estructura general de la iglesia.
    Entre Sarah y Noah, todo había cambiado. Lo suyo era ahora algo oficial. Pronto la iglesia estaría acabada y habría un pastor en el pueblo. Sarah ya estaba dispuesta a poner fecha a su boda.
    Ninguno de los dos habló hasta que llegaron casi a la puerta. Noah le cogió ambas manos y pronunció una única palabra:
    – ¿Cuándo?
    Ella había esperado la pregunta y preparado una respuesta mientras subían por la calle.
    – ¿Qué te parece el primer sábado de junio?
    Él le apretó las manos. A la luz de la luna, ella vislumbró una rápida sonrisa de satisfacción en su rostro.
    – ¿Lo dices en serio, Sarah?
    – Sí, Noah.
    La besó con júbilo. Luego, su rostro cambió por completo. Inclinó la cabeza y abrió la boca. Retrocedió, miró a Sarah a los ojos como enviándole un mudo mensaje que sólo pudiera y debiera entender ella, y volvió a besarla. Sarah se dejó abrazar, abrió la boca y sintió que la pasión se apoderaba de ella como una fuerza maravillosa e impulsiva. Se alimentaba de sí misma y la dejaba expuesta al deseo. Noah le acariciaba la espalda, las costillas, el pecho. Se estremeció de placer. Qué diferente parecía todo ahora que se había fijado la fecha y era de conocimiento público.
    Pero cuando Noah deslizó sus manos hacia la garganta, con el presumible objetivo de comenzar a desabrochar botones, lo detuvo.
    – No, Noah, aún no.
    Permanecieron tensos e indecisos, Sarah sujetándole las manos. Le obligó a cerrarlas cariñosamente y le besó los nudillos.
    – No es que no lo desee… -añadió en un susurro.
    Noah se relajó, soltando aire contra la mejilla de Sarah.
    – Esta noche no me disculparé.
    – No es necesario -respondió Sarah y, por primera vez, pronunció las palabras sin que él se lo pidiera-: Te quiero, Noah.

Capítulo Diecinueve

    Desde que Addie abandonara Rose's, coser las cortinas de la cocina había sido la única actividad que le había proporcionado orgullo y diversión. Un servicio con un futuro cuestionable, pero el único hasta ese momento que, pese a sus limitadas habilidades para la costura, podía realizar con cierto grado de confianza en sí misma. ¿Por qué no habría de tener éxito? Los hombres del cañón Deadwood vivían solos en casas pertrechadas con lo imprescindible y carecían de tiempo y ganas suficientes para decorarlas. ¿Pagarían a otra persona para que lo hiciera por ellos? Además, todos en el pueblo predecían un aluvión de colonos para la primavera, atraídos por las excelentes perspectivas de las minas de oro, la presencia del telégrafo, el servicio diario de diligencias y, ahora, la iglesia, a la que seguramente seguiría una escuela en otoño. Deadwood poseía todos los ingredientes para convertirse en un pueblo próspero destinado a crecer. Cuando llegaran las damas, la tienda de complementos para las ventanas de Addie estaría esperándolas.
    Encargó una selección de guingas, popelinas, percales, trencillas, borlas y encajes a los proveedores de géneros y accesorios del señor Farnum. El pedido llegó en la primera caravana de bueyes de True Blevins, a finales de marzo, junto con otras veinte carretas cargadas a rebosar con todo tipo de cosas, desde refrigeradores hasta cristales para ventanas, incluyendo una campana de bronce de sesenta centímetros de diámetro para la Primera Iglesia Congregacionalista de Deadwood. Addie puso un anuncio en el Deadwood Chronicle: «Cortinas de primera calidad, hechas a mano y por encargo, confeccionadas de un gran surtido de materiales y adornos. Ver señorita A. Merritt, Calle Mt. Moriah».Su primera cliente fue la futura señora de Noah Campbell, que le encargó cortinas para la casa en que viviría con su esposo a partir de junio.
    El segundo fue el reverendo Birtle Matheson, que llegó en la diligencia a principios de abril.
    Addie había decidido finalmente unirse a la Sociedad de Damas, que había asumido la tarea de equipar la casa de madera anexa a la iglesia y hacerla acogedora para cuando llegara el pastor. Fregaron el suelo, limpiaron las ventanas, pintaron la estufa de negro y tejieron alfombras para el suelo. Addie se había ofrecido voluntaria para confeccionar las cortinas.
    Sin embargo, cogió la gripe, lo cual la mantuvo dos días indispuesta. Cuando se encontró mejor y pudo terminar las cortinas, el reverendo Matheson ya estaba instalado en la casa.
    El día en que se las entregó era casi primaveral. El sol brillaba y el aire olía a pinos húmedos por la lluvia de la noche anterior. Hacía suficiente calor para dejar el abrigo en casa, de modo que Addie se puso un chal con flecos sobre el vestido azul. Metió las cortinas nuevas en un cesto junto a un martillo, ganchos y varias clavijas para utilizar como varillas.
    Llamó a la puerta de la rectoría, esperando que la abriera un hombre de edad madura. Sin embargo lo hizo un hombre sólo unos años mayor que ella. Llevaba pantalones marrones y una camisa blanca, desabrochada en el cuello y arremangada. Tenía unos ojos llamativos, un hermoso pelo rizado del color de la madera del cerezo y, en general, facciones atractivas.
    – ¿Reverendo Matheson? -inquirió.
    – ¿Sí? -Sonrió, mostrando una dentadura perfecta.
    – Mi nombre es Adelaide Merritt. Soy miembro de la Sociedad de Damas y le traigo las cortinas para su casa.
    – Pase, señorita Merritt. -Se estrecharon las manos y luego él la ayudó a subir el último escalón y a atravesar el umbral. La puerta miraba hacia el sur. El reverendo la dejó abierta y el sol inundó la habitación de la entrada-. Qué hermoso día. ¡Y qué grata sorpresa! -comentó con las manos en las caderas y observándola en una postura cómoda y natural. Addie tuvo la incómoda sensación de que no se refería únicamente a las cortinas del cesto. Le sonreía abiertamente, descargando en ella la totalidad de su atención.
    Su juventud la impactó. Tal vez era el nombre… Birtle… lo que la había inducido a creer que se trataría de un hombre mayor, un viudo quizá, puesto que ya sabían que no tenía esposa. Addie le había preguntado a Sarah, que ya lo había visto, cómo era, pero su hermana se había limitado a contestar que era bastante guapo.
    Era eso y mucho más. Ahora estaba frente a ella, alerta y sin alzacuello.
    – ¿Ha dicho cortinas?
    – Sí. Me dedico a confeccionarlas y me ofrecí voluntaria para hacer las suyas. Lamento que no hayan estado listas para su llegada, pero he pasado la gripe.
    – La gripe… lo siento. Espero que ya se encuentre mejor.
    – Sí. Muy bien.
    Él le sonrió el tiempo suficiente para hacerla sentirse incómoda, luego se movió con brusquedad, como si de pronto recordara que llevaba demasiado rato inmóvil.
    – Bueno, adelante. Vamos a echar un vistazo. -Le arrebató de las manos el cesto y lo dejó sobre una mesa cuadrada-. Enséñeme lo que ha hecho.
    Mientras ella lo hacía, añadió:
    – Debe permitirme que le pague.
    – Oh, no, es mi contribución. No soy buena cocinera, así que no hice tortas. Tampoco se me da bien hacer alfombras, de modo que no colaboré en su fabricación, pero estoy aprendiendo bastante sobre cortinas. También he traído lo necesario para colgarlas.
    Las cortinas eran de algodón suave, blancas y con un dibujo de hojas de hiedra entre rayas verticales.
    – El blanco se mancha fácilmente, así que habrá que lavarlas con frecuencia, pero al ser oscuro este lugar, pensé que algo de claridad le sentaría bien.
    – Con toda la razón, señorita Merritt. Es señorita Merritt, ¿verdad?
    Addie se volvió hacia los ojos azules como el Mediterráneo del reverendo.
    – Sí, señorita -respondió y la sonrisa desenvuelta de él se volvió mucho más radiante.
    – Señorita Merritt -repitió. Se hizo un intervalo de silencio, cargado con la atención de él y la incomodidad de ella por ser objeto de tal interés-. ¡Bien! -Se frotó las manos, satisfecho-. ¿Puedo ayudarla a colgarlas?
    Fue uno de los momentos más extraños en la vida de Addie. Birtle Matheson no actuaba en absoluto como ella imaginaba que debía hacerlo un ministro de Dios. Le ayudó a quitarse el chal y lo dobló sobre el respaldo de una silla. Con la camisa arremangada, se subió a una silla y colocó los ganchos en los marcos de las ventanas tal y como ella le indicaba. Conversó con locuacidad, riéndose con frecuencia, formulándole cientos de preguntas acerca de ella y del pueblo, e informándole sobre sí mismo. Acababa de salir del seminario y estaba resuelto a desenvolverse bien en su primer puesto. Su padre era pastor en Pennsylvania, su madre había muerto -su nombre de soltera había sido Birtle-, tenía dos hermanas en el este, mayores y casadas las dos. En cierta ocasión había padecido de serpigo y como consecuencia se le había caído la mitad del pelo; entonces le había prometido a Dios que si le volvía a crecer, seguiría los pasos de su padre y se haría pastor. Había respondido al anuncio de Deadwood porque consideraba una oportunidad única para fundar una iglesia desde sus cimientos y crear un vínculo estrecho entre toda la congregación. Le gustaba pescar, leer a Dickens, cantar y contemplar atardeceres.
    – Aquí no podrá contemplar muchos atardeceres. -Le explicó Addie.
    – Desde luego que sí. Sólo que un poco más temprano de lo que estoy acostumbrado.
    Su optimismo era contagioso y cuando posaba en ella su mirada inquietante, a Addie le costaba apartar la mirada.
    – Tal vez algún día podamos contemplar uno juntos -sugirió, mirándola con naturalidad y con las manos de nuevo en las caderas.
    – No lo creo. -Le entregó una cortina fruncida en un zoquete.
    El pastor se subió a la silla, la colgó y bajó, recobrando su postura desenfadada… una postura a la que ella se estaba acostumbrando con rapidez.
    – ¿Por qué no?
    – Pregúnteselo a cualquiera en el pueblo -replicó ella, volviéndose y yendo a buscar el cesto y el chal ahora que la última cortina estaba colgada.
    Él la siguió y le dijo al oído:
    – Me he comportado como un descarado imperdonable. Discúlpeme, señorita Merritt. Ahora está huyendo.
    Addie se echó el chal sobre los hombros, puso el martillo dentro del cesto, pasó su brazo por el asa y se giró para encararse a él.
    – Está disculpado. Y no estoy huyendo. Las cortinas ya están colgadas. Ahora he de irme.
    – ¿Está segura de que no está huyendo?
    Lo estaba haciendo, pero mintió.
    – Estoy segura.
    – De acuerdo. Entonces gracias, señorita Merritt -dijo interponiéndose en su camino para ofrecerle su mano abierta como despedida. Addie se la estrechó. Él se la apretó con fuerza, sus ojos la atravesaban como rayos azules-. ¿La veré mañana en la iglesia?
    – Sí, allí estaré.
    – Hasta mañana entonces.
    Addie se alejó algo alterada. ¡Un reverendo nada menos! Y para colmo atrevido, joven y apuesto. Había pasado tanto tiempo desde que un hombre normal mostrara interés por ella. Era una sensación agradable, ser admirada y halagada, intercambiar agudezas con un hombre como se suponía que hacían los jóvenes. Era una parte de la vida que se había perdido. Por supuesto, él no conocía su pasado. Pero no tardaría mucho en enterarse.
    A la mañana siguiente, Sarah y Addie asistieron a misa con Noah y Robert, según habían acordado el día anterior. Cuando llegaron a la iglesia, el reverendo Matheson estaba de pie en la entrada estrechando las manos de todos los feligreses de su nueva congregación.
    – Ah, señorita Merritt -exclamó, recordando a Sarah y dándole la mano antes que a ninguno de los otros cuatro. Hizo lo mismo con Noah, a quien saludó por su nombre de pila-. Mi primer matrimonio. Qué placer verlos aquí juntos. -La pareja siguió su camino-. Y la otra señorita Merritt, que ayer iluminó mi casa. -Resultó evidente a los ojos de cualquiera que retuvo la mano de Addie más de lo normal y que le dirigió una sonrisa especialmente brillante y prolongada. Con su sotana negra y el alzacuello blanco, estaba muy atractivo. El sol producía destellos en su pelo castaño y su perfecta dentadura-. Las cortinas le dan un toque muy hogareño a la casa. Gracias de nuevo.
    – De nada.
    Detrás de Addie, Robert observaba, experimentando una punzada de irritación por el abierto interés que el reverendo mostraba hacia Addie.
    – Había pensado que un día de éstos podría hacerles una visita, digamos oficial, a usted y su hermana, en calidad de fundadoras de la asociación femenina que, estoy seguro, desempeñará un importante papel en el futuro benéfico y social de nuestra comunidad.
    – Sarah es la fundadora. No yo.
    – ¿De todos modos cuento con su permiso?
    – Sí, por supuesto. Nos alegrará mucho poder recibir su visita. ¿Me permite presentarle a nuestro amigo, Robert Baysinger?
    Matheson estrechó la mano de Robert y le sonrió, pero la sonrisa con que Robert le obsequió fue forzada y breve, disociada por completo de su mirada.
    – Reverendo Matheson -dijo.
    Cuando se alejaron, Robert murmuró al oído de Addie:
    – Parece que le has causado muy buena impresión a nuestro nuevo pastor.
    – Todo lo que he hecho son sus cortinas nuevas. -En ese momento, entraron en la iglesia e interrumpieron la conversación.
    Matheson pronunció un discurso magnífico y exuberante -difícilmente se le podía llamar sermón- agradeciendo al pueblo su conmovedora acogida, al señor Pinkney la donación del terreno, a los hombres el maravilloso edificio en que ahora se encontraban, a las mujeres de la Sociedad de Damas su cómoda casa y, muy especialmente a la señorita Adelaide Merritt sus nuevas cortinas. Realizó una descripción breve pero acertada de su persona, arrancando la risa general del público (a excepción de Robert Baysinger) cuando relató la historia de cómo una afección de serpigo lo había puesto en el camino del sacerdocio. Manifestó su intención de comenzar de inmediato una clase infantil para el estudio de la Biblia, visitar los hogares de los lugareños, e incluso aventurarse a las minas para invitar personalmente a aquellos que vivían fuera del casco urbano del pueblo a unirse a la parroquia. Instó a la Sociedad de Damas a asociarse a la iglesia y a utilizarla para sus reuniones. Anunció un himno, y luego dirigió a todos con una voz tan sincera y entusiasta, que el canto del coro pareció aflojar las clavijas que mantenían unidas las paredes del edificio.
    Una vez acabada la ceremonia, se dirigió ágilmente a la puerta, donde despidió a los feligreses. Robert, no obstante, hizo pasar a Addie junto a él sin detenerse.
    Addie se zafó de su brazo y exclamó:
    – ¡Qué descortés, Robert!
    – ¡Mantente alejada de ese hombre! -le ordenó Robert.
    – ¡Robert! -Indignada, Addie se detuvo-. ¡Es un reverendo! Y además, tú no tienes ningún derecho a darme órdenes!
    Robert la volvió a coger del brazo y la obligó a seguir.
    – Sigue caminando, Addie. La gente nos mira.
    – ¡No me extraña, si sales de la iglesia como un loco, dando la espalda al reverendo su primer domingo en el pueblo! ¡Suéltame! Puedo andar sola.
    Lo hizo. Todo el trayecto hasta la casa, con Robert, ceñudo y arrogante a su lado. Cuando llegaron a la casa, Addie se detuvo en el escalón de la puerta y se volvió hacia él para impedirle la entrada.
    – No me gusta tu actitud posesiva, Robert. Gracias por acompañarme, pero no tienes por qué hacerlo si eso te impide ser amable con las personas que lo son conmigo.
    Dio media vuelta y entró, dejándolo conteniendo la rabia en el escalón. Robert giró sobre sus talones y descendió la colina, cruzándose con Sarah y Noah que venían en dirección contraria.
    – ¿Robert? -preguntó Noah cuando el otro hombre pasó junto a ellos con expresión iracunda-. Eh, Robert, ¿qué pasa?
    Robert se volvió hacia ellos y le gritó a Sarah:
    – ¡Dile a tu hermana que de acuerdo! ¡Que si es eso lo que quiere, por mí está bien!
    Dicho esto, siguió su camino. Sarah miró a Noah boquiabierta.
    – ¿Qué crees que ha ocurrido?
    – Quizá tenga que ver con el nuevo pastor. Parece un tanto cautivado por Addie.

    Birtle Matheson las visitó aquella misma tarde. Addie abrió la puerta y tuvo que esforzarse para disimular su sorpresa.
    – ¡Reverendo Matheson!
    Vestía la sotana y el alzacuello blanco. Sus ojos eran casi tan azules como el cielo a sus espaldas y sus pestañas del tipo que incitaba a las ancianas a decir que debería haber sido una niña.
    – Me sentía un poco solo en casa. Espero que no le moleste que haya venido sin avisar.
    – No, en absoluto.
    – ¿Puedo pasar?
    – Sarah ha salido. Ha ido con Noah a su nueva casa para hacer un poco de limpieza.
    – Entonces tal vez podamos dar un paseo.
    ¿Un paseo? ¿No sería aquello pasto para los comentarios de la señora Roundtree? ¿Eve, la ex prostituta, pasando la tarde del domingo de paseo con el nuevo pastor congregacionalista?
    – Hace un bonito día. -Entrecerró los ojos mirando hacia el sol-. Casi primaveral. Me pareció oír unas ranas croar en el arroyo. -Le dirigió a la mujer su sonrisa más convincente.
    – Creo que será mejor que no.
    – ¿Por qué?
    – No sería bueno para usted.
    – Déjeme decidir eso a mí.
    – Por favor, reverendo Matheson, no puedo ir de paseo con usted.
    – ¿Porque trabajaba en Rose's?
    Addie palideció. Se quedó paralizada, esperando el rubor que seguramente seguiría. No se le ocurrió ninguna respuesta.
    Birtle Matheson se llevó las manos a las caderas y adelantó un pie en el umbral.
    – Hice algunas averiguaciones después de su comentario de ayer por la tarde.
    – Entonces debe comprender lo inconveniente que sería que nos vieran juntos.
    – En absoluto. No juzgues si no quieres ser juzgado.
    Addie lo miró con asombro.
    – Usted está loco -murmuró.
    – Creo que eres una mujer muy bonita, Adelaide Merritt; estás soltera y yo también, hace un espléndido día de primavera y me gustaría mucho que diéramos un paseo. ¿Qué tiene eso de locura?
    Ella le miró fijamente y en silencio. Ya no pensaba en sí misma como una mujer bonita. Cuando se miraba al espejo, lo único que veía era a una ex prostituta que sabía, desde hacía años, que estaba gorda y que se había cortado el pelo como un chico para eliminar los últimos mechones grises, que usaba vestidos de cuello alto ordinarios y no lograba que el hombre que amaba le propusiera matrimonio.
    Cuando Birtle Matheson la miraba, veía a una mujer cuyo cabello rubio casi blanco se rizaba en su cabeza con la gracia y naturalidad propias del de una niña. Veía a una mujer que, a fuerza de comer la espantosa comida que ella misma preparaba, había adelgazado y adquirido una silueta atractiva. Veía una piel blanca, unos ojos claros y un evidente estupor por el hecho de que él la encontrara atractiva, lo que le atraía tanto como sus nada desdeñables atributos físicos.
    – Sólo un paseo -volvió a decir.
    Emprendieron una caminata, alejándose del pueblo, siguiendo el curso del arroyo durante un rato, luego encaminándose hacia los bosques, sobre las colinas y a lo largo de afluentes con el cauce crecido a causa de las nieves derretidas, donde criaturas salvajes anidaban en la orilla y las ramas de los sauces brillaban, a punto de echar brotes. Charlaron sobre el pueblo, la gente que lo habitaba, el inolvidable concierto navideño de los triángulos, sobre Sarah y Noah y su inicial enfrentamiento, sobre la naturaleza y la posibilidad de que hubiera truchas en los arroyos de montaña. Se sentaron en una zona de arenisca bajo el agradable sol de la tarde y observaron un mirlo de agua en busca de alimento.
    – Háblame de ese tal Baysinger, el hombre que te ha acompañado a misa esta mañana.
    – Robert es un amigo de St. Louis. He estado enamorada de él desde que era una niña.
    Birtle se quedó callado un largo rato. En algún punto de los árboles a sus espaldas, una ardilla listada emitió un sonido.
    – Bueno, -declaró finalmente- al menos ahora sé a qué atenerme.

    Entretanto, Noah y Sarah estaban ocupados en la casa que compartirían una vez casados. Arrodillado en el patio, Noah cepillaba el tubo negro de la chimenea de la cocina, mientras una urraca de pico negro lo observaba y ladeaba la cabeza con curiosidad. Al rato alzó el vuelo como un destello blanco, en busca de un lugar más apropiado para observar. Sarah acabó de limpiar el cristal de una ventana del piso superior, la abrió y se asomó por ella mirando hacia abajo. Llevaba una falda de muselina marrón, blusa blanca arremangada y un delantal con una pechera.
    Noah se sentó sobre los talones y alzó la cabeza.
    – ¿Ya has acabado?- preguntó.
    – Con las ventanas sí, pero me gustaría darle la vuelta al colchón.
    – Espera a que termine con esto y enseguida subo.
    Siguió trabajando; Sarah se quedó en aquella posición, disfrutando del cálido sol y observando la urraca, a la que ahora se le había unido otra; oliendo la primavera elevándose desde la tierra tibia, escrutando en dirección a Elizabethtown donde se vislumbraban los sauces floridos. Volvió la vista hacia Noah, la cabeza castaña inclinada sobre su tarea, los hombros doblados mientras manejaba diestramente el cepillo y levantaba el tubo para examinar mejor su interior. Lo depositó en el suelo, se incorporó, se lavó las manos en una palangana esmaltada, se las secó con un trapo que sacó de su bolsillo de atrás y entró en la casa por la puerta trasera.
    Sarah lo oyó subir las escaleras y se puso derecha.
    – Aquí estoy -anunció, al tiempo que entraba en la habitación-. Démosle la vuelta a ese colchón. -Se apretujó entre la cama y la pared y juntos dieron la vuelta al colchón-. Pesa como una bolsa de avena -comentó Noah.
    – Está hecho de algodón laminado -explicó ella, encorvándose para golpear sobre las rayas azules y blancas.
    Noah dio la vuelta a los pies de la cama y se paró detrás de ella.
    – Necesitaremos sábanas y colchas.
    – Yo me encargaré de eso. -Azotó el colchón de nuevo.
    – Y almohadas.
    ¡Paf!¡Paf!
    – También me ocuparé de eso.
    Noah le observó el trasero mientras Sarah golpeaba el colchón haciendo temblar su falda.
    – Y una colcha.
    Sarah miró hacia atrás por encima del hombro y se irguió enseguida.
    – ¡Noah! -le gritó reprendiéndole.
    Él la miró y sonrió.
    – Aunque, bien mirado, ¿quién necesita sábanas colchas y almohadas?
    Sarah se encontró boca arriba y soportando el peso de Noah con tanta rapidez que el colchón les hizo rebotar. Motas de polvo se elevaron en torno a ellos. Fuera, las urracas parloteaban en voz baja; dentro, reinaba la quietud. Los ojos de Noah, casi pegados a los de Sarah, reían con una picardía que fue esfumándose hasta verse reemplazada por un determinado brillo que Sarah ya conocía.
    – Noah, no…
    – Por una vez, Sarah, no lo digas. Conozco las reglas.
    La besó suavemente antes de alzar la cabeza para mirarla fugazmente a los ojos. Se inclinó de nuevo sobre ella, jugueteó con los labios, le mordisqueó uno, luego el otro, se los lamió rozándolos suavemente con el bigote para, de tanto en tanto, detenerse y besarla con deliberada voluptuosidad.
    Al cabo de unos minutos, levantó la cabeza y sus miradas se encontraron, los dedos de Noah acariciando el cuello de Sarah mientras los dos pensaban en cómo podía terminar aquello. Y en cómo no debía terminar. Ella tenía los labios abiertos, húmedos y respiraba con agitación. El siguiente beso fue desenfrenado, con la boca de Noah abierta y sus brazos alrededor de Sarah mientras los dos cuerpos rodaban de lado. La besó como si no hubiera límites. Como los jóvenes enamorados han besado a sus parejas en primavera desde que existe la primavera. La besó hasta que se sintieron como los brotes de los sauces de Elizabethtown.
    El beso se convirtió en una batalla ardiente, cada uno luchando por una sensación más completa, más húmeda, más cálida. Con las bocas unidas, él le encontró un pecho entre la blusa y el delantal. Lo acarició y siguió su forma con la mano, arrancando un gemido de placer de Sarah. Presionó una rodilla contra la falda levantada y continuó acariciándola hasta que las caricias no fueron suficientes. El colchón crujió cuando amoldaron sus cuerpos. Dejaron de besarse y permanecieron así unos instantes, entrelazados, jadeando cara a cara.
    Por fin se apartaron, poniendo la suficiente distancia entre ellos para recobrar la compostura.
    – Oh, Noah -susurró Sarah-, me lo pones tan difícil.
    – ¿Lo dices en serio?
    – Oh, sí.
    – Nunca pareció ser difícil para ti.
    – Hoy sí lo es.
    Él sonrió y le acarició la mejilla.
    – Me haces muy feliz, Sarah. Llevaba mucho tiempo esperando oír eso.
    Continuaron acostados durante un rato, deleitándose mutuamente con sus miradas, la calidez del sol subiendo por sus cuerpos, las manos enlazadas con sencillez. Sarah le tocó el bigote. Noah le retiró un mechón de la sien.
    Unos minutos después, se echaron boca arriba y se quedaron mirando el techo.
    Noah giró la cabeza para mirarla.
    – Será mejor que vuelva a colocar el tubo de la cocina.
    – Y será mejor que yo ponga sábanas en esta cama.
    Sonrieron. Él se sentó y la ayudó a incorporarse.

    El inmediato interés del reverendo Birtle Matheson por Addie Merritt tenía al pueblo rumoreando. Dondequiera que fuese, Robert Baysinger escuchaba murmullos a sus espaldas, o se enfrentaba a preguntas directas como: «¿Es cierto que le está haciendo la corte?» «¿Qué hay entre tú y Addie?» «Creíamos que formabais pareja.» «No está bien… un reverendo y una mujerzuela.»
    Su ira aumentaba con cada nuevo comentario. Se volvió irascible con todo el mundo. En el bocarte, los hombres se quejaban diciendo que el jefe debía de haberse envenenado con todo el vapor de mercurio que había inhalado. Robert llegó a enfadarse con Noah un mediodía, mientras comían en el local de Teddy Ruckner.
    – He oído decir que Matheson planea organizar una feria de primavera para recaudar fondos para los libros de himnos y los bancos.
    Robert dejó caer un puño sobre la mesa y bramó:
    – Diablos, Noah, ¿tengo que escuchar el nombre de ese tipo dondequiera que vaya?
    Sorprendido, Noah contestó con cautela:
    – Lo siento, Robert. Era sólo un comentario inocente.
    – ¡Bueno, pues no hagas más comentarios inocentes, no sobre Matheson! ¡No es más que un maldito libertino!
    Noah esperó un poco, comió un bocado de chuleta de venado, bebió un trago de café, cortó otro pedazo de carne y observó a Robert masticar la suya como si el animal no estuviera muerto.
    Después de unos minutos, Noah tomó otro sorbo de café y preguntó:
    – ¿Cuánto hace que no ves a Addie?
    – ¿Y a tí qué te importa?
    – ¿Cuánto?
    Robert lo miró lleno de furia y respondió:
    – Tres semanas y media.
    – Tres semanas y media -repitió Noah-. ¿Te ha servido de algo?
    Robert fulminó a su amigo con la mirada, arrojó su tenedor y le señaló con el dedo.
    – ¡Escucha, Cambpell, no necesito tus sermones!
    Noah adoptó una expresión de sorpresa.
    – ¡Pues me parece que alguien ha de dártelos! Todos en el pueblo hablan de tus gruñidos. La mitad de los hombres en el bocarte están pensando en dejarlo porque te has vuelto insoportable. Y yo estoy por darte una buena patada en tu sucio trasero. ¿No te das cuenta de lo que te pasa, Robert? Estás enamorado de Addie.
    Robert lo miró directamente a los ojos.
    – Estás enamorado de ella desde que tenías quince años y tienes tanto miedo a admitirlo, que estás dispuesto a permitir que Matheson te la arrebate sin hablar con ella para evitarlo.
    – Me dijo que no la molestara más.
    – Sí, diablos, lo hizo después de que te comportaras como un estúpido el primer domingo de Matheson en el pueblo. ¿Por qué crees que te lo dijo?
    – ¿Cómo voy a saberlo? ¿Quién demonios puede entender a las mujeres?
    – No se te ocurre que pudiera ser una advertencia, ¿verdad?
    – Noah, me dijo sin rodeos que no quería verme más.
    Noah levantó las manos.
    – Estás obcecado. ¡Abre los ojos! ¡Ella te ama!
    Robert seguía ceñudo mientras Noah continuaba su perorata.
    – ¿Por qué crees que dejó Rose's? ¿Por qué crees que se destiñó el pelo? ¿Por qué crees que empezó a confeccionar cortinas y se unió a la Sociedad de Damas, convirtiéndose de nuevo en una mujer respetable? Para ser digna de tí, sólo que tú estás tan ciego que no puedes verlo. ¿Tienes idea del valor que tuvo que reunir para hacer todo eso en este pueblo? Dondequiera que vaya se topa con hombres con quienes se ha acostado y con mujeres que lo saben, pero está dispuesta a hacerles frente y a decirles: eso terminó, he cambiado, ahora quiero llevar una vida decente. ¿Vas a darle la oportunidad de hacerlo o no?
    – Creo que prefiere probar con Matheson.
    – Tonterías. -Noah arrojó su servilleta-. Pero si no te andas con cuidado, acabará por preferirlo, porque ese hombre la está acosando febrilmente y, tarde o temprano, es probable que ella ceda. En especial teniendo en cuenta que él es el pastor. Vamos ¿te imaginas el triunfo que significaría para una mujer como Addie casarse con un hombre así después de lo que fue? Se burlaría del pueblo entero.
    – Addie no se burlaría de nadie. Ella no es así.
    – ¡Ahí lo tienes! ¿Te das cuenta? ¿Ves cómo la conoces? ¿Ves cómo la defiendes?
    Robert meditó un rato, luego movió la cabeza.
    – No sé, Noah. Me rechazó desde el mismo instante en que se fijó en él. Eso duele.
    – Tal vez sí. Y tal vez ella también esté sufriendo, ¿alguna vez te has parado a pensar en eso?
    Cuando Robert se negó a responder, Noah se inclinó hacia delante, apoyando los antebrazos en el borde de la mesa.
    – ¿Recuerdas el día que te conté que estaba celoso porque pensaba que existía algo entre Sarah y tú? ¿Recuerdas lo que me contestaste? Que nunca había existido nadie para tí excepto Addie. Así que, ve por ella. ¿A qué esperas?

    Robert durmió poco aquella noche. Pensó en las palabras de Noah. Pensó en lo hermosa que estaba Addie con su pelo rubio natural, en cómo había adelgazado desde que dejara Rose's, en la manera de vestir que había adoptado, como un ama de casa más, en cómo había superado el miedo a salir de casa y puesto un negocio perfectamente respetable.
    ¿Qué hombre no le prestaría atención y la miraría dos veces al cruzarse con ella?
    Noah tenía razón. ¡Si no actuaba con rapidez iba a perderla, y la idea le partía el corazón!

    A las cuatro menos cuarto de la tarde del día siguiente, Robert se encontraba frente al espejo en su habitación del Hotel Grand Central. Acababa de llegar de la casa de baños y la tienda Farnum. Cada prenda de su indumentaria era brillante. Su barba y bigote estaban minuciosamente cortados. Su pelo, lacio y brillante como el de una nutria. Olía a geranios.
    Utilizó un cepillo de dientes para peinarse la barba, el bigote y las cejas. El bigote de nuevo. Dejó el cepillo, tiró de la parte inferior de su chaleco, frunció el entrecejo a su imagen en el espejo, respiró profundamente, expulsó el aire, se colocó bien las solapas y el cuello almidonado, la corbata de algodón gris y marrón y bajó los brazos a los lados del cuerpo.
    «Ve y pídeselo, Robert. Antes de que lo haga ese reverendo.»
    Se puso el bombín de piel de castor, cogió un manojo de lirios azules silvestres de un vaso de agua y abandonó la habitación.
    Fuera hacía uno de esos días relajantes, de los cuales se dan uno o dos cada primavera. Uno de esos días tan quietos que un hombre puede oír crecer su bigote, tan perfectamente templados que es difícil resistirse a la tentación de echarse bajo un árbol e imaginar figuras en las nubes.
    Había escogido la hora con cuidado… las cuatro, cuando Sarah todavía estaría en la oficina del periódico y Addie ya habría acabado con el trabajo del día.
    Mientras subía la colina, pensaba en lo que diría:
    «Hola Addie, estás preciosa hoy.» Demasiado obvio. Tendría que pensar en algo mejor.
    «He venido a disculparme y a decirte que me parece que tu actitud ha sido muy valiente, y que yo me he comportado como un redomado estúpido.» No, sonaba tonto.
    «Hola, Addie, venía a invitarte a dar un paseo.» (¡Sin duda le encantaban; había dado unos cuantos con el pastor!) Pero no quería correr el riesgo de ser interrumpido por alguien, así que rechazó la idea del paseo.
    «Hola Addie, te he traído un ramo de lirios silvestres. Los hombres los han encontrado esta mañana en el arroyo.»
    Pudo ver, mientras se acercaba, que la puerta estaba abierta de par en par, la luz del sol iluminaba el suelo de la entrada. Salía olor a comida cocinándose, pero no se oía nada. Golpeó en la puerta y esperó con la garganta obstruida. Oyó el chirrido de las patas de una silla y, al rato, los pasos de Addie aproximándose por el suelo de madera.
    Después de tanto ensayo, al verla de nuevo, olvidó instantáneamente las palabras preparadas.
    Addie apareció con una falda a rayas azules y blancas, y una blusa azul con cuello alto blanco y grandes puños almidonados, también blancos. Encima, llevaba un delantal blanco con pechera, atado a la cintura, con una costura ornamental en la pechera y el bolsillo. Un dedal de plata cubría el dedo medio de su mano derecha. El cabello rubio, casi blanco, bastante corto todavía, se rizaba con suavidad alrededor de su rostro. Su cara estaba más delgada y su silueta había recobrado las curvas, acentuadas por el cinto del delantal y la delicada protuberancia de su pecho. Se detuvo en el umbral y se quedó inmóvil.
    – Hola, Robert -murmuró.
    Él se quitó el sombrero.
    – Ho… -Carraspeó y lo intentó de nuevo-. Hola, Addie. -Las palabras sonaron artificiales y nerviosas. Ella aguardó sin moverse. Su piel era muy pálida. Fue fácil advertir el rubor que encendió sus mejillas. Mandamás apareció caminando y se sentó al sol.
    – ¿Qué haces aquí?
    – He venido a verte -respondió él estúpidamente.
    – Sí, eso ya lo veo. ¿Querías algo? -Estaba muy tranquila y hablaba con una gran serenidad.
    – Sí, antes que nada, disculparme.
    – No es necesario.
    – La última vez que te vi estaba muy nervioso. Fui descortés con el pastor y severo contigo. Lo siento.
    – Estás perdonado.
    Robert se encontraba bajo el sol de primavera, Addie a la sombra del marco de la puerta, con el sol tocando sólo su hombro derecho y parte de la falda. Transcurrieron unos segundos sin que ninguno de los dos hablara.
    Finalmente, ella bajó la vista.
    – ¿Son para mí?
    – ¡Oh… sí! -Le entregó las flores. Los tallos estaban algo estrujados. La palma de la mano de Robert, verde-. Del arroyo que hay sobre el bocarte. Crecen silvestres allí.
    – Gracias. Son muy bonitas. -Inclinó la cabeza para olerlas y él contempló el sol destellar sobre su rubio cabello durante un segundo. Cuando Addie levantó la cabeza, la parte superior de su cuerpo volvió a quedar en penumbra-. Voy a ponerlas en agua. Pasa, Robert. -Dio media vuelta y se adelantó con andar reposado.
    Él la siguió, sintiéndose extraño, ansioso y añorante. Pasó junto a dos haces de luz que se filtraban a través de las cortinas y llegó hasta la cocina, donde la labor de costura de Addie reposaba sobre una mesa junto a un acerico y una taza medio llena de café. Mandamás los obsevó alejarse, luego caminó tras ellos con lentitud y se instaló junto a la puerta de la cocina. Addie vertió agua en un vaso transparente, introdujo en él los lirios y los llevó a la mesa.
    – Siéntate, Robert. ¿Quieres una taza de café?
    – No. Café no.
    Tomaron asiento el uno frente al otro. Robert dejó el sombrero sobre la mesa junto a la costura. Una mosca entró volando y aterrizó en el borde de la taza. Addie la espantó, de nuevo con esa tranquilidad que él encontraba tan aterradora. Tras un profundo silencio, Robert preguntó:
    – ¿Cómo te ha ido todo este tiempo, Addie?
    Sus miradas se encontraron.
    – Bien… bien. Ocupada. Tengo muchos encargos.
    – Qué bien.
    – Sí. Mejor de lo que imaginaba. ¿Te importa si coso mientras charlamos?
    – No, hazlo.
    Addie cogió su labor, la extendió sobre la falda y comenzó a coser. Tan tranquila, tan distante, tan indiferente que a Robert se le hizo un nudo en la garganta. Lo estaba tratando tal como él la había tratado desde que la había sacado de Rose's y se había instalado en aquella casa. ¡Qué estúpido había sido!
    – Tienes muy buen aspecto.
    Ella le miró un instante y siguió con su tarea. Una puntada. Otra puntada.
    Bueno. Estaba increíblemente hermosa. Las flores parecían vulgares y la luz del sol sombría a su lado. No le podía quitar los ojos de encima.
    – ¿Sigues viendo al reverendo?
    – Sí.
    – ¿Sientes algo por él?
    Lo volvió a mirar, el tiempo que duraba una puntada.
    – Eso es algo que me incumbe sólo a mí.
    – Lo que quiero decir es…
    Una puntada. Otra puntada. La aguja subía y bajaba.
    – Lo que quiero decir es… ¿sientes algo por mí?
    Addie interrumpió la labor. Mantuvo la cabeza gacha y siguió con ella.
    – Siempre he sentido algo por ti, Robert.
    – Entonces… -Extendió una mano y cubrió la de ella para detenerla-. ¿Puedes mirarme, Addie?
    No lo hizo. Él esperó unos segundos, pero ella siguió sin hacerlo. Robert se puso en pie, le quitó la labor de las manos, la dejó sobre la mesa y se arrodilló junto a la silla de Addie. Le cogió las dos manos y contempló su hermoso rostro pálido.
    – Addie, he venido para decirte que te amo. No recuerdo un solo momento de mi vida en que no te haya querido.
    Ella alzó sus amados ojos verdes. Estaban húmedos.
    – ¿En serio?
    – Sí. Y quiero casarme contigo.
    Addie tragó saliva, haciendo un inmenso esfuerzo por contener las lágrimas.
    – Oh, Robert -susurró-, ¿por qué has tardado tanto?
    El reencuentro fue rápido y ardiente. Robert la estrechó con tanta fuerza que el llanto la desbordó. Addie le rodeó el cuello con los brazos y por un momento permanecieron unidos, la mejilla de él contra la pálida mandíbula de ella, los dos con los ojos cerrados. Al cabo de unos minutos, Robert se apartó un poco para poder besarla, todavía arrodillado y con los pantalones perdiéndose en los pliegues del delantal blanco. Ella le apretó la cara con las dos manos, olvidando que aún llevaba puesto el dedal. Qué beso tan largamente esperado, con aroma de café y geranios, abierto y húmedo, templado por todos esos años que los habían conducido a ese instante de felicidad verdadera. Cuando separaron sus labios, Robert apoyó su cara contra el pecho del delantal y suspiró.
    – Oh, Addie, te quiero tanto. Lo he pasado tan mal estas últimas tres semanas.
    – Yo también. -Continuó acariciándole la nuca, el cuello, los hombros; mientras, él la besaba allá donde sus labios alcanzaban en su frenético cabeceo-. Creí que tendría que casarme con el reverendo para que por fin te dieras cuenta de que me amabas.
    – ¿Lo sabías? -Se apartó para ver su expresión.
    Ella asintió, retirándole algunas mechas de las sienes. Sus miradas estaban rebosantes de amor y serenidad, quizás por primera vez en sus vidas.
    – Hace algún tiempo.
    – Noah me echó una buena bronca ayer. Me dijo que te perdería si no abría los ojos.
    – Bravo por Noah -dijo Addie en voz baja.
    Se besaron de nuevo, Robert todavía de rodillas y ella acariciándole la sedosa barba con las manos. Se besaron prolongada y profundamente. Luego él apoyó su barbilla contra la frente de la mujer. Robert jugaba con el dedal, aún en la mano derecha de Addie. Se echó hacia atrás, sacando y metiendo el dedal en la punta del dedo. Finalmente, la miró.
    – No me has dicho que me amas.
    – Pero así es.
    – Quiero oírtelo decir.
    – Oh, Robert, en toda mi vida no he amado a otro hombre más que a ti.
    – Entonces, ¿te casarás conmigo?
    – Por supuesto.
    – ¿Aun cuando Birtle Matheson tenga que oficiar la ceremonia?
    – Aun y así.
    – No le gustará.
    – En ningún momento le escondí lo que sentía por tí. Le dije que te amaba el primer día que dimos un paseo juntos.
    – ¿Lo hiciste?
    Addie asintió con la cabeza, al tiempo que levantaba una mano para darle forma al pelo de Robert sobre la oreja derecha, delineando el contorno con las yemas de los dedos mientras él leía el amor en sus ojos.
    – Hemos pasado por un infierno para llegar a esto, ¿verdad, Addie?
    – Todo eso ha terminado.
    Lo besó como prometiéndole el cielo, encorvándose y cubriéndole la boca con sus labios, a la vez que sus palmas se deslizaban sobre la áspera lana en la espalda.
    Robert se incorporó y la hizo ponerse de pie, ajustando su cadera contra la de ella, manteniéndola cerca mientras inclinaba la cabeza y sus bocas abiertas se unían en otro beso. Un sonido ronco y apasionado brotó de la garganta de Robert, una oda que marcaba el fin de su separación, en tanto sus cuerpos y sus labios se unían.
    El dedal cayó al suelo. Mandamás lo alejó casi al instante de la cocina, empujándolo de un zarpazo hasta las patas de una silla. El hombre y la mujer seguían besándose. El dedal rodó una y otra vez a lo largo del suelo, constituyendo el único sonido en la silenciosa habitación.
    De vez en cuando, Robert alzaba la cabeza. Tenía la cara enrojecida y jadeaba. Acarició el rostro de Addie… tan ruborizado como el de él… y, mirándose a los ojos, rieron.
    De felicidad.
    De estupor.
    Y de alivio.
    – ¡Desde luego, no nos faltarán historias para contar a nuestros nietos!
    – No te atreverías, Robert.
    – Quizá no. Pero sería una buena amenaza para mantenerte a raya.
    – No será necesario. Estoy aquí y pienso quedarme,
    – Tenemos que decírselo a Noah y a Sarah.
    – No les sorprenderá demasiado.
    – ¿Todos en el pueblo sabían lo que sentía antes que yo?
    – Más o menos.
    – ¿Qué te parece si se lo decimos esta noche?
    – Perfecto. Estoy tratando de no echar a perder una carne de alce. ¿Por qué no vas a buscar a Noah y lo invitas a cenar? En la cena se lo podemos decir.
    El rostro de Robert se iluminó. Jamás había imaginado que podría ser tan feliz.
    – Ahora mismo voy a buscarlo.

Capitulo Veinte

    Robert llevó champán que, por aquel entonces, dada la cantidad de bares existentes en el pueblo, así como su riqueza, abundaba. La carne de alce preparada por Addie salió bastante buena; estaba acompañada de patatas al horno y de un pan de maíz sorprendentemente ligero. El ambiente durante la cena fue festivo, incluso antes de que anunciaran el acontecimiento. Los cuatro habían pasado muchos buenos ratos juntos antes de la separación temporal de Addie y Robert, de modo que el hecho de volver a reunirse constituía en sí un motivo de celebración.
    Cuando las mujeres quitaron los platos de la mesa, Robert volvió a llenar los vasos de champán, levantó el suyo cogiéndole la mano a Addie, sentada a su lado, y dijo:
    – Addie y yo tenemos algo que deciros, aunque tal vez no os sorprenda demasiado. Queríamos que fuerais los primeros en saberlo… -Sus ojos se posaron brillantes de satisfacción en Addie y no se movieron.
    – Vamos a casarnos -concluyó ella.
    Sarah y Noah hablaron a la vez.
    – ¡Oh, Addie… Robert… es maravilloso!
    – ¡Ya era hora!
    – ¡Me hacéis muy feliz!. -Sarah se puso de pie y dio la vuelta a la mesa para abrazarlos.
    Noah hizo lo mismo.
    – A mí también. Ayer fui un poco duro contigo, Robert. Supuse que, o perdía a un buen amigo, o conseguía que entraras en razón. Y, ¿cuándo será el gran día?
    – ¿Cuándo será el gran día? -Le preguntó Robert a Addie-. No hemos tenido tiempo de hablar de eso. Lo hemos decidido hace sólo tres horas.
    – Pronto -dijo Addie sonriendo-. Al menos eso espero.
    – Yo también.
    – Os casaréis en la iglesia, supongo -preguntó Sarah.
    – Sí.
    – ¿Matheson oficiará la ceremonia? -inquirió Noah.
    – Es el pastor, ¿no? -contestó Robert.
    – Bueno, propongo un brindis. -Noah levantó su vaso-. Por Addie y Robert. Si alguna vez dos seres nacieron el uno para el otro, ésos sois vosotros. Que el día de la boda sea soleado y la felicidad os acompañe siempre.
    Tenían mucho de qué hablar… dos bodas, dos hogares, dos futuros que estarían inexorablemente unidos. Discutieron sobre fechas y celebraciones y tomaron una decisión con respecto a la casa en la que estaban cenando: lo más práctico sería que Robert y Addie se casaran una semana después que Noah y Sarah, ya que ese sería tiempo suficiente para que Sarah acabara con el traslado de sus cosas y así se pudieran instalar con toda comodidad.
    Se rieron de la terquedad de Robert y del tiempo que había tardado en proponerle a Addie que se casara con él. Especularon sobre la reacción de Birtle Matheson cuando le pidieran que celebrara la ceremonia y llegaron, incluso, a hablar de Rose's -todos estaban de acuerdo en que era sano hacerlo- y la posibilidad de invitar a algunas de las chicas a la boda. ¿No brillaría la emoción en los ojos de aquellas muchachas? Y la perfidia en los de la señora Roundtree.
    Hacía rato que habían acabado de cenar y los platos descansaban en la pila esperando ser lavados. Los cuatro continuaban sentados a la mesa, sosteniendo una conversación relajada y amena. Robert se inclinó hacia delante con la mandíbula apoyada en una mano, cómodo y distendido entre sus amigos. Hizo girar el vaso varias veces en su mano, observando la distorsión del mantel a través de él.
    – Lo que dijiste antes es cierto, Noah. Addie y yo estamos hechos el uno para el otro. Hemos tenido que superar muchos obstáculos y situaciones difíciles para estar juntos: su huida de St. Louís, su trabajo en Rose's, lo que le hizo su padre… ¿qué mayores problemas pueden tener que afrontar dos personas? Pero lo hemos conseguido, al menos a mi entender; después de todo eso, el matrimonio será una prueba fácil de superar para nosotros.
    Cuando Sarah habló, su voz denotaba ansiedad.
    – ¿Lo que le hizo su padre?
    Robert apartó su atención del vaso y levantó la cabeza. Addie le estaba haciendo gestos disimulados pidiéndole silen-ció, con una expresión espantada en el rostro. Robert se puso derecho en su silla con lentitud.
    – ¿Qué le hizo su padre? -volvió a preguntar Sarah.
    Robert miró a una hermana y luego a la otra.
    – ¿No lo sabe?
    El rostro de Addie estaba pálido.
    – Olvidemos eso, Robert.
    – ¿Saber qué? -Sarah paseó la mirada con rapidez de Addie a Robert.
    – Nada -respondió Addie, recogiendo la taza y el plato sucios y poniéndose en pie de un salto.
    – Siéntate, Addie -le ordenó Sarah en voz baja y aparentemente tranquila.
    – Voy a lavar los platos.
    – Siéntate, Addie.
    Noah estaba inmóvil, preguntándose qué demonios significaba todo aquello.
    Addie volvió a sentarse, dejó la taza y el plato donde estaban y los miró fijamente con la cabeza gacha.
    – ¿Podrías explicarte?
    – Es algo entre Robert y yo -dijo Addie-. No debiste mencionarlo…
    – Pero lo ha hecho -la interrumpió Sarah-. Y ahora quiero saber de qué se trata. ¿Qué te hizo papá?
    Los ojos de Addie brillaban. Descargó un puñetazo sobre la mesa que hizo saltar la taza y el plato.
    – ¡Maldita sea, Robert! ¡No tenías derecho!
    – Lo siento, Addie. Pensé que se lo habrías dicho hace tiempo. Diablos, si ella no lo sabe, ¿por boca de quién se enteró Noah?
    – Me temo que no sé de qué estáis hablando -intervino Noah.
    – Claro que sí. Aludiste a ello la noche que me dijiste que te ibas a casar con Sarah, ¿no te acuerdas?
    – No, Robert, lo siento pero no lo recuerdo.
    – ¿Se lo dijiste a Noah? -gritó Addie, horrorizada.
    – No, no se lo dije. ¡Creí que lo sabía, que Sarah se lo había contado! Un día estuvimos hablando de vosotras, eso es todo.
    – ¡Basta! -exclamó Sarah-. ¡Quiero saber qué te hizo papá para que se haya formado todo este jaleo!
    Addie apretó las manos contra las rodillas y bajó la mirada de nuevo.
    – Será mejor que no lo sepas -musitó.
    – ¿Robert? -inquirió Sarah.
    – No puedo decírtelo -respondió en un susurro-. Es Addie quién debe hacerlo.
    – Muy bien. ¿Addie?
    Addie seguía con la mirada fija en el mantel y con lágrimas en los ojos. Noah estaba sentado y con los brazos cruzados; era un observador inocente.
    – ¡Que me lo diga alguien! -gritó Sarah, golpeando con un puño en la mesa.
    Se hizo un silencio total.
    Robert lo rompió con voz queda.
    – Es culpa mía, Sarah. Lo siento mucho. Por favor, no insistas.
    – No puedo, como tú tampoco podrías si fuera de tu padre de quien se estuviera hablando en ese tono dudoso. Y ahora dime, ¿qué hizo?
    Robert estiró un brazo y apretó el hombro de Addie con su mano.
    – Díselo, Addie. Díselo y acaba de una vez con esto.
    Noah se disponía a ponerse de pie.
    – Si me disculpáis, creo que esto es un asunto familiar.
    Addie lo cogió de un brazo.
    – No, quédate. Si vamos a ser parientes, será mejor que tú también oigas lo que voy a decir.
    Noah observó los rostros alrededor de la mesa… el de Sarah, contraído mientras miraba a Addie; el de Robert, compungido y preocupado por su prometida; el de Addie, triste mientras le pedía que no se marchara. Se dejó caer de nuevo en la silla.
    Addie apoyó los antebrazos en la mesa y rodeó con sus manos una taza vacía. Una lágrima dibujaba una línea plateada en su mejilla, pero ya no lloraba. Parecía exteriormente tranquila, resignada examinando la taza.
    – Cuando mamá nos dejó, papá me forzó a ocupar su lugar… en la cama.
    Robert le apoyó una mano en la muñeca y se la acarició con el pulgar.
    Sarah, boquiabierta, contemplaba a su hermana.
    – ¡No te creo! -pudo decir por fín en un susurro.
    Addie la miró a los ojos por primera vez.
    – Lo siento, Sarah. Es la verdad.
    – ¡Pero… pero sólo tenías tres años!
    – Así es -dijo Addie con tristeza-. Sólo tenía tres años. Y luego cuatro, y luego cinco y diez y once y doce. Y cuando cumplí dieciséis no pude soportarlo más, así que huí.-Pero nuestro padre era un hombre bueno, un hombre íntegro… y temeroso de Dios. No pudo hacer algo tan… horrible.
    – Era un hombre bueno, íntegro y temeroso de Dios a tu lado, pero tenía dos caras, Sarah. Tú veías la que él quería que vieras.
    Sarah movió la cabeza, los ojos extraordinariamente abiertos por la conmoción.
    – No. Me habría dado cuenta, habría… tú se lo habrías…
    – ¿Contado a alguien? Primero me hizo prometerle que no lo haría, y después me sentía demasiado avergonzada para hacerlo.
    – Pero cómo pudo… -La boca de de Sarah seguía abierta. Su mirada parecía suplicar ayuda en silencio.
    – Fingía consolarme porque yo añoraba mucho a mamá. Decía que era nuestro pequeño secreto y que no debía confesárselo a nadie. Te hizo creer que me trasladaba a otra habitación porque mojaba la cama, pero en realidad lo hizo para poder meterse en mi cama impunemente. ¿Por qué crees que siempre se negó a que la señora Smith viviera con nosotros? Ella lo habría…
    – ¡No! -gritó Sarah, poniéndose en pie con brusquedad-. ¡No seguiré escuchándote! ¡Estás mintiendo! -Las lágrimas rodaban por su rostro. Sus ojos estaban muy abiertos; su tez, pálida-. ¡Papá nunca habría hecho una cosa así! Nos quería y cuidaba de nosotras. ¡Lo… lo estás difamando y él no está aquí para defenderse! -Atravesó la habitación llorando, llegó al pie de las escaleras y las empezó a subir corriendo, sin ni siquiera levantarse la falda.
    – ¡Sarah! -Noah corrió tras ella, subiendo de dos en dos los escalones y sin reparar en el hecho de que la seguía al dormitorio. El llanto lo llevó a una habitación a mano izquierda. Sarah se había echado en la cama en la oscuridad.
    – Sarah -murmuró, sentándose junto a ella.
    – ¡Vete! -Encogida, lanzó un golpe a ciegas hacia atrás con el brazo-. ¡No me toques!
    – Sarah, lo siento. -La cogió de un hombro para intentar darle la vuelta y así poder abrazarla.
    – ¡Te he dicho que no me toques! ¡No vuelvas a tocarme en tu vida! -vociferó.
    Noah retiró su mano mientras ella lloraba con tanta intensidad que hacía temblar la cama entera. Se quedó un rato indeciso, sufriendo por ella, deseando estrecharla y ayudarla en aquel momento de desolación.
    – Sarah, por favor… déjame ayudarte.
    – No quiero tu a… ayuda. No quiero na… nada. ¡Déjame en paz!
    Noah se incorporó y examinó la oscura figura debatiéndose entre gemidos y sollozos. Fue hasta la ventana y espió la noche, sintiéndose acongojado, impotente y conmocionado. Su padre, santo Dios, su padre. El hombre a quien ella más había admirado, el hombre a quien citaba, imitaba y adulaba. Había sido más que un padre para ella, había sido su mentor y maestro en la vida también. Sarah no sólo había aprendido el oficio de él, sino que había adoptado además su estricto código de moralidad en el oficio… eso creía.
    «Santo Cielo, qué abatida debe sentirse.»
    Pensó en Addie, abajo. La pobrecita, hermosa y poco inteligente Addie, que había cargado con ese pasado y protegido a su hermana de él durante todos aquellos años. Había escapado de un padre que abusaba de ella para sumirse en una vida de degradación, y él, Noah, había sido partícipe de esa degradación. ¿Qué debía decirle a Addie cuando bajara?
    ¿Y a Robert, que, sin quererlo, había destapado aquel nido de gusanos? Robert era un hombre incapaz de hacer daño a nadie adrede.
    Noah quería quedarse allí, en la oscuridad, hasta que la armonía se restableciera y el dolor que habitaba en aquel momento la casa se mitigara, pero, ¿qué clase de amigo escondía la cabeza en los momentos difíciles?
    El llanto de Sarah era ahora desgarrador. Noah experimentaba una sensación extraña, temblorosa y resonante en su estómago.
    Lo intentó de nuevo.
    – Sarah -dijo, volviendo a la cama, sentándose junto a ella y acariciándole la espalda estremecida-. Sarah, lo que él fue para tí no cambiará nunca.
    Ella se giró con violencia y gritó:
    – ¡Era mi padre, no lo entiendes! ¡Era mi padre y era un mentiroso y un asqueroso hipócrita! ¡Un animal!
    Noah no supo qué decir, así que permaneció sentado y trató de abrazarla.
    – ¡Lárgate de aquí! -chilló ella-. ¡Dé… déjame… en… paaaaaaz!
    La vehemencia de Sarah lo desconcertó y asustó. Se puso derecho, aún sentado, y se quedó vacilando junto a la cama mientras ella se sentaba en el borde con el cuerpo echado hacia delante, como colgando y agitado por profundos sollozos.
    – De acuerdo, Sarah. Me voy. Pero volveré mañana para ver cómo estás. ¿Te parece bien?
    La única respuesta fue el llanto persistente.
    – Te quiero -musitó Noah.
    Abandonó la habitación y ella se quedó tal como estaba, encorvada y llorando.
    Abajo, Addie estaba acurrucada en los brazos de Robert, cerca de la pila, los platos olvidados junto a ellos. Un trapo de cocina colgaba del hombro de él mientras mantenían una conversación en voz baja. Cuando Noah entró en la cocina, se volvieron para observarlo cruzar la habitación, pero no se movieron, como temiendo separarse.
    Noah se detuvo frente a ellos y un silencio confuso los sobrecogió.
    – Está muy mal -comentó.
    – Déjala llorar un rato, luego subiré a verla -dijo Addie.
    – No quiere que la toque.
    – Necesita estar un rato a solas.
    Noah asintió con la cabeza.
    – Lo siento mucho, Addie -dijo por con expresión abatida.
    – Bueno, todos lo sentimos, pero no podemos hacer nada al respecto, excepto tratar de superarlo y ser felices.
    – No sabía… quiero decir, cuando iba a verte a Rose's… -sus ojos se desviaron a Robert y volvieron a Addie-. Esto es embarazoso, pero tengo que decírtelo. Si lo hubiera sabido jamás hubiera ido. Pensaba que a vosotras… bueno… pensaba… que os…
    A Addie le dio lástima y le tocó un brazo.
    – Sí, es lo que todos piensan. Que nos encanta hacerlo. Pero escucha, Noah, lo que mi padre me hizo no es culpa tuya. No quiero que tú te sientas culpable. Por esta noche me parece que ya ha habido suficientes culpas y culpables en esta casa.
    Noah volvió a mirar a Robert.
    – Robert… -dijo y se interrumpió, como buscando las palabras.
    – Soy un bocazas, ¿no? -se anticipó Robert.
    – Diablos, tú no lo sabías.
    – Ya, pero eso no ayuda a Sarah, ¿verdad?
    Se quedaron un rato callados, hasta que Noah les puso una mano en el cuello a cada uno, de modo que formaron un círculo.
    – Seréis muy felices, lo sé. Y Sarah y yo también. Saldremos adelante y seremos dos matrimonios que jugarán a las cartas los domingos por la noche.
    Estrecharon el círculo y sus cabezas entraron en contacto en un abrazo torpe. Noah lo deshizo.
    – Bueno, tengo que irme. Decidle a Sarah que pasaré a verla mañana. ¿Subirás a verla pronto, Addie?
    – Sí, te lo prometo.
    Noah la miró y le sonrió con gratitud.
    – Robert -dijo al otro hombre a modo de despedida.
    Se dieron la mano y se cogieron por el cuello, estableciendo una comunión silenciosa, reacios a separarse. Por fín lo hicieron, carraspeando. Los sentimientos y la emoción habían aflorado de tal modo aquella noche, que se sentían violentos.
    – Hasta mañana.

    Arriba, en el dormitorio, Sarah estaba tendida de lado, las manos muertas, una de ellas sosteniendo un pañuelo húmedo. Sentía los labios hinchados. Le dolían los ojos. Estaba rígida, excepto por algún sollozo residual que la estremecía de tanto en tanto.
    Todo encajaba ahora.
    Papá, abandonado por una esposa que huyó con otro hombre, nunca se volvió a casar ni se fijó en otra mujer. Addie, después de la huida de mamá, inconsolablemente triste, mojando la cama, trasladándose a una habitación individual y volviéndose más y más melancólica con el paso de los años, en lugar de recuperarse de la ausencia materna. La aprobación inicial de papá cuando Robert irrumpió en sus vidas, su antipatía posterior cuando Robert entró en la etapa de la pubertad y empezó a interesarse por Addie. La desaparición de Addie seguida del inmediato deterioro físico de papá. Addie practicando la profesión más antigua del mundo, como una extensión de su papel en el hogar paterno; su negativa inflexible a hablar de su padre y a aceptar el dinero de la herencia. Hasta el hecho de que estuviera exenta de trabajar en la oficina del periódico como lo hacía ella, quedaba explicado.
    Que afortunada había sido.
    Sarah, la inteligente.
    Addie, la bella.
    Gruñó y movió un brazo hasta su rostro, abrumada por el sentimiento de culpa: se había pasado años quejándose ciegamente de la falta de colaboración de Addie. Mandamás salió de la oscuridad y saltó a la cama, colocándose tras ella y emitiendo un ronroneo como preguntando qué sucedía. Sarah estiró un brazo y la levantó sobre su cadera, apoyando su cuerpo sedoso y cálido contra su estómago. Era curioso cómo, cuando la necesitaba, la gata venía a ella, aunque, eso sí, la lealtad absoluta y prioritaria era para con Addie.
    Por un momento borró de su mente la revelación de aquella noche, y se concentró en el ronroneo del animal, la calidez de su cuerpo y el olor dulce de su piel, que le proporcionaban, seguramente, la misma sensación reconfortante que Addie debía de haber experimentado en su compañía cuando trabajaba en Rose's.
    Rose's.
    Papá.
    La espantosa verdad volvió a su mente, provocándole un escalofrío que la hizo apretarse con más fuerza alrededor de la gata hasta tocarle la cabeza con la boca.
    ¿Así se habría sentido Addie, noche tras noche, sola y desdichada después de las sucias visitas nocturnas de su padre?
    No. Mucho peor… muchísimo peor. Culpable y asustada, llena de odio, desesperación e impotencia; y, ¿a quién podía recurrir? ¿Quién habría creído a una niña tan pequeña, habida cuenta de la intachable reputación de Isaac Merritt, un hombre respetado en todo St. Louis?
    La débil luz proveniente de la planta inferior se apagó y se oyeron pasos subiendo las escaleras en la oscuridad, entrando en el cuarto de Sarah, acercándose a la cama. Sarah permaneció inmóvil y en silencio, mirando hacia la pared. Addie se acostó junto a ella, adaptando las curvas de su cuerpo a las de Sarah, pasándole un brazo por la cintura y encontrando a Mandamás y luego la mano de su hermana. La cubrió con la suya y la apretó con fuerza; la hermana menor era ahora quien socorría a la mayor, protegiéndola de lo que ella nunca había sido protegida.
    Las lágrimas de Sarah afloraron de nuevo, haciendo que le ardieran sus ojos inflamados. Sentía el rostro de Addie apretado contra la parte superior de su espalda. Se quedaron quietas mucho rato, como mellizas en un útero, hasta que Sarah no pudo contener por más tiempo la angustia.
    – Todos estos años-empezó con voz ronca-, he pensado que habías huido por algo que yo había hecho.
    – No. Tú no. Tú eras mi baluarte, ¿no lo sabías? Todavía lo eres.
    – Vaya baluarte. Me siento como si me hubieran dado un puñetazo en el sitio donde está Mandamás. No puedo moverme ni… ni pensar con claridad.
    – Tal vez sea mejor que te hayas enterado.
    – No hace que me sienta bien.
    – Ahora no, claro, pero quizás a la larga sí.
    – Ahora que lo sé, me parece increíble no haberlo sospechado, pero… lo que pasa es que nunca… nunca imaginé… -Trató de deshacer el nudo que se le había formado en la garganta tragando saliva-. Nunca imaginé que un pa… padre… -No pudo terminar.
    – Shh… no llores más. -Addie le acarició el pelo-. No vale la pena. Eso pasó hace mucho tiempo y ahora estoy bien. Todos lo estamos. Como ha dicho Noah, pronto seremos dos matrimonios jugando cartas los domingos por la noche.
    Sarah se llevó los nudillos a los labios y los mordió con rabia. Todavía lloraba.
    – Robert me pidió que te dijera que lo siente -añadió Addie.
    Sarah hizo un esfuerzo por contener las lágrimas. Se sonó la nariz, respiró profundamente, se giró y puso a Mandamás entre Addie y ella.
    – El bueno de Robert… cómo debe de quererte.
    – A tí también. Se ha sentido muy mal por haberte herido.
    – ¿Cuándo se lo dijiste?
    – En Nochebuena.
    – En Nochebuena… -La noche que habían empezado las cosas entre Noah y ella.
    – Fue una noche terrible. Robert fue a Rose's para contratar mis servicios, pero al final no pudo hacerlo por dinero. Yo terminé llorando y contándole lo de papá y entonces fue cuando me convenció de que dejara Rose's. Me dijo que tenía que decírtelo, que debías saberlo. Pero yo no le veía el sentido; siempre estuviste tan unida a papá, era casi un dios para tí. Estaba segura de que pasaría esto cuando te enteraras. Pero ahora que ya lo sabes, Sarah, tienes que olvidarlo. Lo único que importa es que seamos felices.
    – No es lo único que importa. Importa que mi padre era un hipócrita que predicaba una cosa y hacía otra muy diferente, que era un criminal asqueroso y brutal que abusó de su propia hija y le arruinó la vida. Me siento tan culpable por no haberme dado cuenta, Addie, por no haberte ayudado, por… por criticarte porque no tenías que ir a la oficina como yo. -Rodó de lado, encarándose a su hermana-. ¿No lo entiendes, Addie? Todo lo que a tí te quitó, a mí me lo dio en abundancia. ¿Cómo puedo vivir sabiendo esto?
    – Recordando lo que has hecho por mí. Viniste aquí a buscarme, me trajiste a Robert. De no haber sido por ti y por él, podía haber muerto en ese burdel pensando que no era digna de nada mejor, porque todos estos años me he considerado una persona vil, sucia, la última basura del mundo. Creía que sólo servía para eso. Pero ahora ya no lo creo. Robert y tú me habéis devuelto el respeto por mí misma, la dignidad.
    Permanecieron acostadas sin hablar, cómodas en la oscuridad, cada una con una mano sobre el pelo caliente de la gata, unidas por su reconfortante presencia.
    – Addie, ¿papá…? -Había tantas preguntas que Sarah deseaba hacerle; y tenía tanto miedo de hacerlas.
    – Puedes preguntarme lo que quieras, Sarah. Cualquier cosa. Ya no estoy avergonzada porque ahora sé que era inocente. ¿Pero de qué te servirá conocer toda la verdad? Sólo te diré esto: lo más grave no empezó hasta que cumplí los trece años. Hasta entonces, se limitaba a acariciarme y besarme. Ahora, piensa bien antes de preguntarme algo más.
    La habitación se sumió en un prolongado y pesado silencio, la oscuridad era invadida por visiones no deseadas. Por fui, Sarah rompió el silencio y dijo:
    – De acuerdo, no haré preguntas, pero quiero confesarte algo. ¿Puedo?
    – ¿Qué podrías tener tú que confesar?
    – Siempre sentí celos de tu belleza.
    Los dedos de ambas se rozaron sobre la piel de Mandamás.
    – Y yo siempre sentí celos de tu inteligencia. Solía pensar que si lograba ser más inteligente, papá me dejaría ir a la oficina del periódico como a ti y entonces ya no me necesitaría para lo otro.
    – Oh, Addie… -Sarah pasó un brazo por detrás de la cabeza de su hermana y la atrajo hacia sí para descansar su frente contra la de ella.
    – El mundo no es un lugar perfecto, ¿verdad? -preguntó Addie, como para sí. Después de la entereza que había exhibido durante el llanto de Sarah, ahora las l