Скачать fb2
Destino y deseo

Destino y deseo

Аннотация

    La hermosa Lisa Walker desempeña una labor intachable en el departamento de Licitaciones de una empresa constructora, hasta que se ve involucrada en un asunto desafortunado que le hace perder su trabajo. El causante tiene un nombre: Sam Brown, el apuesto y atractivo dueño de una compañía rival. Lisa está enfurecida, pero su enojo desaparece cuando recibe una oferta formal de Sam para contratarla en su empresa. Aunque se siente irresistiblemente atraída por él, le invade el temor de que su relación personal pueda interferir con la laboral y de que Sam pueda no aceptar su pasado. Dos corazones extraviados que se necesitan y se niegan, que rechazan el amor que golpea con fuerza a la puerta de sus corazones.


LaVyrle Spencer Destino y deseo

    Título original: A Promise to Cherish
Con
Gratitud,
a mis amigos
en Independence y Kansas City.
A Bea que me suministró el mapa.
A Barbra, que me mostró el viejo huerto.
Y a Vivien Lee, que me llevó al ‹‹CC››.

Capítulo 1

    Mientras la primera maleta se acercaba por la cinta transportadora del Aeropuerto Internacional Stapleton, de Denver, Lisa Walker verificó impaciente su reloj, tamborileó con cuatro dedos de uñas pintadas sobre el bolso que le colgaba del hombro, y frunció el ceño. Se movía inquieta, adelante y atrás. Consultó por segunda vez su reloj…¡faltaba apenas una hora y diez minutos para la subasta! Si la condenada maleta no aparecía pronto, tendría que acudir al municipio con esos descoloridos vaqueros azules.
    Lisa miró hostil el comienzo de la cinta transportadora, hasta que al fin apareció su equipaje. Respiró hondo y extendió un brazo para retirar la maleta.
    La cogió de la cinta y corrió… Los cabellos negros sueltos sobre su piel oscura y los parches gastados de sus vaqueros, situados justo sobre las nalgas, atrajeron la atención de varios hombres, a los que esquivó con agilidad. Las plumas que adornaban sus cabellos se erguían con cada uno de los largos pasos sobre el suelo de la terminal, hasta que al fin llegó, jadeante y sin aliento por el clima de Denver, a la oficina de la compañía de alquiler de automóviles.
    Veinte minutos después, la misma maleta caía sobre la cama de la habitación 110 del Cherry Creek Motel. Lisa se apresuró a sacar de sus vaqueros los faldones de la blusa, al mismo tiempo que soltaba el cierre de la maleta y la abría. Su mano se detuvo. Miró atónita.
    – Oh, Dios mío -murmuró.
    Los dedos inertes olvidaron por completo los botones de su blusa. Contempló desconcertada el extraño contenido de la maleta, mientras se cubría los labios con una mano, y con la otra se presionaba el vientre, atacada repentinamente por una sensación de náuseas.
    – Dios mío… -Sus ojos vieron lo que había allí adentro, pero su mente se negó a aceptarlo-. No… ¡no puede ser!
    Pero lo que no veía era el sobre color mostaza donde había guardado la propuesta que debía realizar para una planta de tratamiento de aguas residuales, el asunto en el que había trabajado las dos últimas semanas. En cambio, una rubia semidesnuda le mostraba un par de pechos enormes y sonreía con un gesto sugestivo desde la portada del ejemplar de la revista Thrust.
    Durante un momento Lisa permaneció inmóvil, dominada por la incredulidad. ¿Thrust? Se inclinó horrorizada, y se sintió aturdida. Después, revisó frenética la maleta, retirado un objeto tras otro… un traje gris, dos pantalones, productos para afeitarse, dos camisas cuidadosamente dobladas, unos shorts azules, un par de calcetines negros. Además, desodorante, un par de zapatillas gastadas con los cordones sucios, un secador de cabello, y un cepillo con algunos cabellos muy oscuros atrapados entre las cerdas blancas.
    Pasó un pulgar sobre el cepillo, después lo dejó caer con desagrado, y abandonó la revisión del contenido, para leer la identificación que colgaba del asa de la maleta.

    SAM BROWN
    WARD PARK 8990
    KANSAS CITY, MISSOURI 64110

    Con un gemido, Lisa se dejó caer en la cama, se inclinó hacia delante y se llevó las dos manos a la frente. «¡Maldita sea, sí que la he hecho buena! ¡EI viejo Thorpe disfrutará con esto durante meses!» Al pensar en Thorpe y en su cerebro estrecho y racista, el pánico la dominó, sintió que le dolían las sienes y que la sangre le hervía en las venas mientras se incorporaba de un salto. Consultó su reloj. Los pensamientos se sucedieron frenéticos en su cabeza, y permaneció de pie, indecisa, desviando los ojos del teléfono a la maleta y a las llaves del automóvil sobre la cama.
    El cerebro de Lisa contempló innumerables e ingratas posibilidades, mientras se preguntaba a quién llamar primero. ¿Podría recuperar su propia maleta y presentar la propuesta antes de las dos de la tarde?
    Perdió cinco minutos telefoneando a la oficina de información de la compañía aérea, que le recomendó que llamara a la sección de objetos perdidos; allí le informaron que volverían a comunicarse con ella en media hora. Frustrada e irritada consigo misma y con la compañía que no tenía un empleado encargado de verificar la identificación de los equipajes, Lisa regresó al aeropuerto. Cuando la búsqueda en el departamento de objetos perdidos resultó inútil, consideró que había poco que hacer, excepto llamar a la oficina central de Kansas City y reconocer su error.
    Lisa sintió que le dolía el estómago mientras marcaba el número. Imaginó el vientre redondo y los ojitos porcinos de Floyd Thorpe, el presidente y propietario de la compañía, que nunca desaprovechaba la oportunidad de recordarle por qué la había contratado. Oh, cómo esperaba Thorpe esa ocasión. Era un reaccionario pagado de sí mismo, y, en efecto, había esperado mucho tiempo su oportunidad. Ella sabía muy bien que Thorpe rechinaba los dientes cada vez que se cruzaban en las oficinas. Sin duda tenía que visitar a su psicoterapeuta todos los días de pago, después de entregarle su cheque.
    «Bien, ¿deseabas competir en un mundo masculino y ganar el sueldo de un hombre…? ¡Pues ya lo tienes!»
    En los tres años que Lisa llevaba trabajando en la industria de la construcción, nunca le había costado tanto ganar el sueldo.
    La voz de Floyd Thorpe se quebró a causa de la cólera. Emitió un verdadero rosario de malas palabras, y concluyó ordenando a Lisa:
    – Lleva tu trasero femenino liberado al lugar de la licitación, y descubre quién demonios es el contratista que ofrece la cifra más baja; cuando lo sepas vuelve de inmediato a casa, porque Dios sabe que no me propongo hacerme cargo de la estancia de ninguna condenada mujer en un hotel de Colorado, comiéndose el dinero de mi cuenta de gastos, cuando ni siquiera sabe distinguir entre su trasero y una palangana; y cualquier burócrata del gobierno que diga que es fácil encontrar miembros de las minorías que valgan la pena, puede ir con su discurso a…
    Lisa cortó la comunicación.
    «¡Machista, canalla reaccionario!» De nuevo constató la total inutilidad de aspirar a un cambio en las estrechas opiniones de hombres como Floyd A. Thorpe.
    Lisa no se hacía ilusiones acerca de los motivos por los cuales la habían empleado. No sólo era mujer, sino que tenía un cuarto de sangre india, circunstancias que hacían que su jefe fuera considerado por el gobierno federal un empleador de miembros de minorías; el gobierno federal había decretado que el diez por ciento de los recursos federales destinados a trabajos públicos serían asignados a empresarios que tuvieran a miembros de las minorías en su nómina.
    Ante las considerables ventajas de que disfrutaban estos contratistas, Floyd A. Thorpe habría pagado lo que fuera por ser él mismo una india… si hubiera podido serlo sin convertirse en piel roja ni ser mujer. Pero Floyd Thorpe no sólo era varón; también era tan blanco como el propio presidente, y nunca permitía que Lisa lo olvidara. Siempre que ella estaba cerca, escupía la saliva oscurecida por el pedazo de tabaco que mascaba sin descanso. Ceñía su prominente barriga con un cinturón apretado. Contaba chistes obscenos y hablaba con el lenguaje más sucio que podía concebirse. La situación iba a peor, mientras Lisa continuaba rechazando las invitaciones de Floyd Thorpe para ocupar el cargo de vicepresidente de Construcciones Thorpe. Y si a Lisa Walker eso no le agradaba, la actitud prepotente de Thorpe, sugería que podía volver a su casa y dedicarse a masticar cueros, plantar maíz y criar algunos niños.
    Entonces, Lisa se apartó del teléfono y cruzó la terminal del aeropuerto, mientras apretaba los dientes. Sí, quería recibir la misma paga que un hombre, de modo que una vez más tenía que humillarse ante el jefe y salir a ganarse el pan.
    Llegó cinco minutos tarde a la licitación. Como de costumbre, era la única mujer de la sala. El ingeniero que representaba al municipio estaba abriendo un sobre sellado cuando Lisa fue a ocupar una silla plegable en el fondo de la sala. Extrajo de su bolso un bloc y una pluma, después miró con disimulo al hombre que estaba sentado al lado, mientras este anotaba el importe de la oferta que acababan de leer.
    Lisa escribió deprisa en su bloc, y después se inclinó para preguntar:
    – ¿Cuántas ofertas han abierto?
    Él contó con la punta de su bolígrafo.
    – Hasta ahora, solo seis.
    – ¿Tiene inconveniente en que las copie?
    – De ningún modo.
    El hombre desvió la libreta para que ella la mirara con más comodidad, y Lisa anotó los seis nombres y los importes. Al pasear los ojos por la sala, descubrió un número muy elevado de representantes de contratistas. El decaimiento de la economía nacional, unida al nivel relativamente reducido de construcción de viviendas, determinaba que los contratistas viajaran más y negociaran con mayor dureza para conseguir trabajo.
    La urbanización de Aurora en Denver había atraído mucha atención, pues era una de las ciudades norteamericanas de medianas proporciones que crecían con más dinamismo. Aurora había resuelto su problema más grave; la escasez de agua, trayéndola desde Leadville a unos ciento sesenta kilómetros de distancia. Pero ese agua necesitaba ser depurada y sometida a tratamiento químico antes de usarla; y después el agua residual requería tratamiento de depuración. Todos los contratistas que estaban en la sala sabían que era muy ventajoso sumarse al dinamismo de la ciudad. Ganar ese concurso era como arrancar la primera ciruela madura en un huerto muy abundante.
    De pronto, a Lisa se le endurecieron los músculos, cuando oyó la voz del ingeniero municipal que resonaba en la sala, y leía el nombre escrito en el siguiente sobre.
    – Compañía Constructora Thorpe, de Kansas City.
    Lisa sintió que el corazón le latía aceleradamente. ¡Sin duda se trataba de un error! Exploró la sala con la mirada buscando a otro empleado de la empresa, pero ella era la única. ¿Cómo había llegado allí aquel sobre? Apenas tuvo tiempo de formularse la pregunta, cuando un abrecartas de bronce abrió el grueso sobre con un sonoro rasguido y, mientras Lisa continuaba sumida en su sorpresa, oyó la oferta:
    – Cuatro millones doscientos.cuarenta y nueve mil dólares.
    El corazón le latió como un tambor y se apretó el pecho con la mano. «¡Dios mío! ¡Hasta ahora mi oferta es la más baja!» Paseó la mirada sobre las caras de los que habían quedado excluidos con esta oferta, que entonces suspiraban decepcionados.
    Lisa no conocía nada que igualara a la alegría de estos momentos. El dulce sabor de la venganza ya estaba consiguiendo que se le hiciera la boca agua ante la idea de regresar a Kansas City y exponer la noticia ante los ojillos de cerdo de Floyd A. Thorpe.
    Leyeron otra oferta: cuatro millones seiscientos. ¡La suya continuaba siendo la más baja!
    Necesitó realizar un gran esfuerzo para sentarse tranquilamente en su silla y esperar. Cuántas veces había participado en reuniones de esta clase y había conocido ese sentimiento de alegría, hasta que en el último momento alguien la superaba. Solo podía haber un ganador, y cuanto más elevado el número de ofertas, más grande la gloria; cuanto más grande la tarea, mayores las posibles ganancias. Y este proyecto era importante…
    Lisa se mordió el labio inferior tratando de contener su entusiasmo cada vez más intenso, cuando se abrieron y leyeron tres ofertas más; ninguna de ellas fue inferior a la suya.
    Por fin, el ingeniero del municipio sonrió y anunció la última oferta:
    – Brown & Brown, Inc., Kansas City, Missouri -dijo, mientras levantaba el voluminoso sobre y lo abría. En la habitación reinaba el silencio más absoluto. Incluso antes de leer en voz alta la cifra, se amplió la sonrisa del ingeniero, y Lisa experimentó una premonición de desastre.
    – ¡Cuatro millones doscientos cuarenta y cinco mil dólares!
    Lisa sintió que el alma le caía a los pies. Se encogió, apoyándose en el respaldo de la silla, y trató de evitar que se advirtiera su desilusión. Tragó saliva, cerró los ojos y respiró hondo, mientras el ruido de pasos y los golpes metálicos de las sillas colmaban la habitación. Sintió el cuerpo pesado como plomo, pero con mucho esfuerzo consiguió ponerse de pie. Perder era duro. Pero ocupar el segundo lugar resultaba más difícil. Y ocupar el segundo lugar solo por cuatro mil dólares, en un trabajo que valía más de cuatro millones, representaba un auténtico sufrimiento.
    Cuatro mil dólares… Lisa contuvo un gesto irónico. Lo mismo podrían haber sido cuatro centavos. ¿Podía haber algo más difícil que felicitar al ganador en un momento así? El hombre que estaba al lado de Lisa se acercó al núcleo de gente que, según supuso, se agrupaba alrededor del vencedor. Alcanzó a entrever los cabellos negros de un hombre, los hombros anchos. Y de inmediato se incorporó.
    «Cortesía», pensó desalentada, y sintió deseos de prescindir de las felicitaciones.
    Era evidente que el hombre se sentía muy complacido. Su ancha sonrisa se volvió hacia un competidor que lo criticó con buen humor:
    – ¡Lo conseguiste otra vez, Sam, maldito seas! ¿Por qué no dejas algo para los demás?
    La sonrisa se convirtió en risa franca cuando la mano bronceada estrechó la de su interlocutor, mucho más clara.
    – La próxima vez, Marv, ¿eh? Mi suerte no puede ser eterna. -Otros le estrecharon la mano y formularon breves comentarios, mientras Lisa esperaba su oportunidad de acercarse. La mano grande del hombre estaba estrechando la de otro participante, cuando sus ojos se encontraron con los de Lisa.
    Esos ojos estaban hundidos en una cara de piel bronceada. Las arrugas en las comisuras de los ojos sugerían que había pasado muchas horas al sol y al aire libre. Tenía la nariz angosta, con un perfil nórdico; los labios sonreían ampliamente, complacidos con la situación. El cuello era grueso, y mantenía el cuerpo más erguido que cualquier otro hombre de los que estaban en la sala. Lisa alcanzó a ver una cruz de plata y turquesas que descansaba en el hueco del cuello abierto de su camisa, mientras los hombros se volvían hacia ella. La mano del individuo se desprendió de la del interlocutor que todavía le hablaba, como si el ganador hubiera olvidado al otro en medio de una frase.
    – Felicidades… Usted es Sam, ¿verdad? -Lisa le ofreció la mano. El apretón que recibió fue impresionante.
    – Así es. Sam Brown. Y gracias. Esta vez me faltó poco para perder la licitación.
    Lisa entreabrió los labios y sus ojos se agrandaron. ¿Sam Brown? La coincidencia era demasiado grande para creerla. ¿Sam Brown? ¿El mismo Sam Brown que leía revistas audaces? Por cierto, ese hombre no parecía el tipo de individuo que necesitaba esa clase de lectura.
    Lisa contuvo el absurdo deseo de preguntarle si usaba desodorante de la marca que ella había encontrado en la maleta, y en cambio levantó los ojos hacia sus cabellos, para saber a qué atenerse… en efecto, tenía cabello castaño oscuro, lacio, y estaba pulcramente peinado. En una evocación en realidad absurda, ella recordó los calzoncillos azules, e imaginó que veía al hombre con esa prenda, y ahora comenzó a sentir que el sonrojo le subía desde el ombligo.
    – No necesita decirme que por poco pierde la licitación -contestó Lisa-. Yo soy la persona que salió segunda. -La mano de Sam Brown era fuerte y cálida, y retuvo demasiado tiempo la de Lisa-. Soy Lisa Walker, de Construcciones Thorpe.
    Él frunció el ceño sorprendido, y Lisa al fin consiguió desprender la mano.
    – ¿Lisa Walker? ¿De Kansas City?
    – Sí.
    En los grandes labios se insinuó el comienzo de una sonrisa, y los ojos oscuros del hombre recorrieron la camisa arrugada, los vaqueros descoloridos y los mocasines sucios. Al levantar de nuevo la mirada, los ojos mostraron un matiz evidente de humor.
    – Creo que tengo algo suyo -dijo, inclinándose un poco más, con voz grave y confidencial.
    Lisa imaginó una serie de artículos personales de su maleta… sostenes, bragas, compresas, su diario. La voz insinuante de Sam Brown le recordó que ella estaba vestida como una adolescente que hubiera salido a pasear, y no como debía estarlo para asistir a una actividad empresarial que exigía profesionalidad tanto en la conducta como en el vestir. Al mismo tiempo él (a pesar de que también había perdido la maleta) exhibía un par de mocasines brillantes, los pantalones limpios y planchados, una camisa color melocotón con el cuello abierto, y una chaqueta deportiva de verano.
    La diferencia logró que Lisa se sintiera en posición de desventaja. El rubor le alcanzó la cara, y llegó acompañado por un atisbo de suspicacia y cólera, Sí, él, en verdad tenía algo que le pertenecía… ¡Una obra que valía más de cuatro millones de dólares! Pero ese no era el lugar apropiado para acusarlo. Había otras personas que podían oír lo que hablaban, de modo que se vio obligada a contestar mostrando apenas la irritación que sentía.
    – Entonces, usted es quien ha presentado mi oferta.
    – Yo fui.
    – ¿Y supongo que debo agradecérselo?
    – La sonrisa de Brown profundizó los surcos a cada lado de sus labios.
    – ¿Nadie le ha recomendado que lleve encima todo lo importante cuando viaje en avión?
    Afectada por el hecho de que sin duda él tenía razón, Lisa solo pudo mirarlo enojada y exclamar:
    – Quizá usted debería contemplar la posibilidad de enseñar a los miembros de un seminario lo que debe hacerse y lo que no al preparar ofertas para una licitación pública. Estoy segura de que los alumnos de la clase podrían aprender de usted muchísimas técnicas.
    Él tuvo la elegancia de retroceder un paso y atenuar un poco la intensidad de su sonrisa.
    – ¿Cómo se atreve a presentar la oferta de otra persona? -dijo ella con acento desafiante.
    – Dadas las circunstancias, me ha parecido que era lo único honorable.
    – ¡Honorable! -Lisa casi gritó, y después trató de atenuar la voz-. Pero usted primero ha leído honorablemente la oferta, ¿no es verdad?
    La media sonrisa de Brown se convirtió en un gesto hostil.
    – Usted es la persona que retiró la maleta equivocada. Yo recogí…
    – Si no tiene inconveniente, no deseo discutir aquí el asunto -dijo ella en un murmullo irritado, y al mirar alrededor vio que muchos escuchaban con curiosidad-¡Pero sí, quiero hablar del asunto! -Los ojos de Lisa ardieron, pero se impuso moderación, a pesar de que deseaba disparar toda su artillería sobre aquel hombre.-¿Dónde está?
    Contrariado, él introdujo la mano en el bolsillo del pantalón y cargó su peso sobre uno de los pies.
    – ¿Dónde está qué cosa?
    – Mi maleta -respondió ella masticando la palabra, como si estuviera explicando el asunto a un tonto.
    – Ah, la maleta. -Desvió la mirada, sin manifestar interés-. Está en mi coche.
    Ella esperó con un gesto paciente, pero él se abstuvo de proponerle la devolución.
    – ¿Hacemos el cambio? -sugirió Lisa con voz dulzona.
    – ¿Cambio? -Brown de nuevo clavó en ella la mirada sombría.
    – Creo que yo tengo la suya.
    Ahora, él concentró toda su atención en Lisa. Se inclinó más hacia ella.
    – ¿Usted tiene mi maleta?
    – No precisamente, pero sé dónde está.
    – ¿Dónde?
    – La devolví al aeropuerto.
    Él frunció el ceño y consultó su reloj. Pero en aquel momento un hombre corpulento de cara rojiza descargó una gran mano sobre el hombro de Sam Brown y lo obligó a girarse.
    – Sam, si queremos hablar de esa subcontrata será mejor que empecemos cuanto antes. -Consultó su propio reloj-. Tengo a lo sumo una hora y media.
    Brown asintió.
    – Enseguida estoy con usted, John. Deme un minuto. -Se volvió rápidamente hacia Lisa-. Lamento tener que marcharme. ¿Dónde se aloja? Le llevaré la maleta a más tardar a eso de las seis de la tarde. -Comenzó a caminar en dirección a la puerta.
    – Eh, un momento, yo…
    – Lo siento, pero tengo un compromiso anterior. ¿En qué hotel se aloja?.
    John estaba en la puerta y esperaba impaciente.
    – ¡Debo coger un avión! ¡No se atreva a dejarme!
    Sam Brown había llegado a la puerta.
    – ¿En qué hotel está? -insistió.
    – ¡Maldito sea! -murmuró ella, con las manos en la cintura. Casi le dio una patada al suelo a causa de la frustración.
    – Estoy en el Cherry Creek Motel, pero no puedo esperar…
    – El Cherry Creek Motel -repitió él, y levantó el dedo índice-. Le llevaré la maleta.
    Dicho esto, desapareció.
    Lisa permaneció durante las tres horas siguientes como un conejo enjaulado en la habitación 110 del Cherry Creek Motel, mientras su irritación aumentaba a medida que pasaban los minutos. A eso de las seis se sentía como una bomba de relojería. Estaba acalorada y sucia. En julio, Denver parecía un infierno, y Lisa deseaba sobre todo un baño que la refrescara. Pero no podía tomarlo sin su maleta.
    El viejo Thorpe mostraría un carácter tan irascible como un caníbal frustrado cuando descubriera que ella no había regresado a Kansas City a pesar de sus órdenes. La consulta de los horarios de vuelo le confirmó que ya había perdido el vuelo de la hora de la cena, y el siguiente no partía hasta las 22:10. No estaba dispuesta a permanecer despierta la mitad de la noche sólo para llegar a la oficina a tiempo y soportar la cólera de Thorpe. Después de todo, lo que había sucedido no era culpa suya. Y Lisa había soportado un día difícil. Y todavía tenía que resolver sus diferencias con el «honorable» Sam Brown.
    Cada vez que pensaba en él aumentaba su temperatura. Obligarla a esperar y desaparecer sin devolverle sus cosas ya era bastante desagradable; pero mucho peor era la maniobra sucia y baja que había realizado en el concurso. Ella no veía el momento de atacarlo y decirle que era la más baja de las criaturas.
    A las 18:15 se acercó furiosa al televisor y descargó una palmada sobre el botón con intención de apagarlo. No le importaba en absoluto cómo sería el tiempo al día siguiente en Denver. ¡Lo único que deseaba era salir de esa ciudad miserable!
    Cuando oyó por fin que llamaban a la puerta, Lisa irguió la cabeza, y suspendió un momento sus paseos de un extremo al otro de la habitación. Después avanzó decidida y abrió con fuerza.
    Sam Brown estaba de pie en el umbral, con dos maletas idénticas en las manos.
    – ¡Llega tarde! -exclamó ella, mirándolo con ojos sombríos e irritados.
    – Lamento haber llegado un poco tarde. Pero he venido en cuanto he podido.
    – Bien, eso no basta. ¡Ya he perdido mi vuelo, y mi jefe estará furioso!
    – Dije que lo sentía, pero usted es la persona que ha provocado todo este embrollo al llevarse la maleta equivocada del aeropuerto.
    – ¡Yo! ¡Y usted! ¿Cómo se ha atrevido a escapar con mi maleta?
    – Como he dicho antes, usted se fue con la mía.
    Ella rechinó los dientes, y experimentó una frustración tan abrumadora que todo lo vio rojo.
    – No me refiero al aeropuerto. Hablo del concurso. Usted me dejó aquí sentada, esperando, sin tener siquiera un cepillo para pasármelo por el cabello, sin ropa limpia para tomar un baño o… -Disgustada, le arrancó la maleta de la mano y la depositó sobre la cama. De nuevo se volvió hacia él y ordenó:
    – Usted tiene que darme algunas explicaciones. Le ruego comience.
    Él entró en la habitación, cerró la puerta, dejó la otra maleta en el suelo, miró alrededor y preguntó:
    – ¿Me permite?
    Después, imperturbable, verificó con cuidado la raya impecable de los pantalones, antes de acomodarse en una de las dos sillas puestas junto a una mesita redonda.
    Con las manos en las caderas, Lisa escupió:
    – ¡No… usted… no puede!
    Pero en lugar de ponerse de pie, él abrió las piernas, apoyó los codos en las rodillas y dejó que las manos le colgaran flojamente entre ellas.
    – Escuche, señorita Walker, ha sido un día infernal además…
    – Señora Walker -lo interrumpió ella.
    Él enarcó una ceja, hizo una breve pausa, y después repitió con paciencia:
    – Señora Walker. -Flexionó los músculos del hombro, se masajeó la nuca y continuó-: Ha sido un día muy largo, y yo desearía cambiarme de ropa.
    – Usted ha abierto mi maleta -afirmó ella con un gesto hostil, casi incapaz de mantener controlado su temperamento.
    – ¿Yo qué?
    Ella se inclinó hacia delante e intentó perforar a su interlocutor con sus ojos negros.
    – ¡Usted ha abierto mi maleta!
    – Caramba, sí, la he abierto. Pensé que era la mía.
    – Pero ha hecho algo más que abrirla. ¡La ha revisado!
    – ¿De veras?
    – ¿Lo niega?
    – Bien, ¿y usted? ¿Quiere decir que no ha abierto la mía?
    – ¡No cambie de tema!
    – Según creo, el tema trata de las maletas y las mujeres que no saben comportarse.
    – ¡Que no saben comportarse! -Se acercó un poco más, inclinándose sobre él-. ¡Usted es un delincuente tramposo, un mentiroso! -gritó ella.
    – ¿Adónde quiere ir a parar, señora Walker?
    – Usted ha abierto mi maleta, ha encontrado mi oferta con el sobre abierto, ha visto que ya tenía todas las firmas necesarias, ha estudiado la propuesta, y ha presentado una oferta mejor que la mía, rebajando solo cuatro mil asquerosos dólares. Después, ha representado el papel del buen samaritano entregando mi sobre en el concurso.
    Con un movimiento rápido, Sam Brown abandonó su silla, obligó a Lisa a volverse, y clavó dos gruesos dedos en el centro del pecho de la joven. La presión de los dos dedos la arrojó sobre la cama.
    – ¡Amiga, esa es una afirmación muy grave!
    – ¡Amigo, lo que usted ha presentado significa un margen muy estrecho! -se burló ella, apoyándose en las manos mientras el hombre se acercaba con la cabeza inclinada y una de sus rodillas presionaba con fuerza la de Lisa. La cara de Brown tenía una expresión siniestra, que era tanto más impresionante a causa de la piel bronceada de su cara. De pronto retrocedió con los brazos en jarras, mientras dirigía una mirada despectiva al cuerpo de Lisa.
    – Oh, una de tantas -dijo con aire de conocedor.
    Ella saltó de la cama, apoyó una mano sobre el pecho del. hombre, lo obligó a retroceder unos centímetros, y por último lo miró a los ojos.
    – Sí, una de esas. ¡Estoy harta de los hombres que creen que una mujer no puede competir en esta inmunda industria de las cloacas y el agua!
    – No es eso lo que he querido decir cuando he hecho la observación, de modo que no le atribuya a mis palabras significados que no tienen.
    – Oh, ¿de veras? Entonces, ¿por qué hace una distinción? ¿No es porque usted comprobó que la maleta pertenecía a una mujer, y por lo tanto supo que la oferta tenía que haber sido preparada por ella y usted no podía soportar la perspectiva de perder la licitación compitiendo con ella?
    Él apuntó un dedo largo y bronceado a la nariz de Lisa, se inclinó doblando el cuerpo en un ángulo peligroso.
    – Amiga… -comenzó a decir, pero se interrumpió y comenzó de nuevo-. Señora Walker, ¡usted es una feminista obstinada y egocéntrica! ¿Por qué cree que en el mundo no hay nadie que pueda preparar una oferta mejor que usted? -Comenzó a pasearse por el reducido espacio que había entre la mesa y las sillas-. Dios mío, observe la situación económica, y la cantidad de contratistas que se declaran en quiebra todos los meses. Cuente el número de los que aparecieron en el concurso de hoy. ¡Este proyecto mantendrá a la gente trabajando toda la temporada! Todos deseaban ganar. ¡Era inevitable que el margen fuera reducido!
    – Cuatro mil dólares en cuatro millones es un margen demasiado bajo para ser accidental, sobre todo si lo presenta un hombre que tuvo en su poder mi maleta la primera mitad del día.
    Una expresión de auténtico disgusto convirtió en granito los rasgos de Sam Brown. Permaneció de pie frente a ella, inmóvil, las mandíbulas apretadas. Durante unos instantes su expresión pareció paralizarse. Pero después se le ablandaron los labios. Sus ojos recorrieron lentamente la blusa de Lisa, sin llegar siquiera a sus caderas antes de volver a ascender. Su voz se convirtió en un ronroneo de disgusto mientras retrocedía un paso y murmuraba con tensa tolerancia masculina:
    – Por lo que he visto en su maleta, cabía suponer que se mostraría muy irritable en estos días del mes, de modo que atribuiré todo el incidente a los problemas femeninos, y no insistiré más en su…
    – ¡Crack!
    Ella descargó la mano abierta sobre el costado de la boca de Sam Brown. El golpe lo desconcertó por un momento, y retrocedió sorprendido y aturdido.
    – Usted… degenerado -chilló Lisa-. ¡Podría haber esperado algo parecido de un… pervertido, que lleva revistas pornográficas en su maleta durante un viaje de negocios!
    A la izquierda de los labios de Brown aparecieron cuatro rayas rojas. Él cerró los puños. Se le marcaron los músculos del cuello. Los ojos relucieron como pedazos de resina, y sus labios formaron una línea fina y tensa.
    El temor se apoderó de Lisa ante su propia temeridad. ¿Qué había hecho? Estaba sola en una habitación de hotel con un completo desconocido, cuya deshonestidad lo llevaba a trampear en los negocios, y ella lo había agredido de una forma salvaje. ¡Quizá él decidiera golpearla después de sufrir ese ataque!
    Lisa se llevó una mano temblorosa a los labios, pero se limitó a enderezar los hombros, un músculo tras otro, y consiguió controlar su cólera, mientras se relajaba muy despacio. Sin decir una palabra más, él recuperó su maleta, abrió la puerta y se detuvo, y sus ojos no se apartaron de la cara de Lisa.
    – ¿Quién ha revisado la maleta de quién? -rezongó, y agregó sarcásticamente-: ¿…señora?
    Hizo una pausa lo bastante prolongada para dar tiempo a que ella se sonrojara. Después se alejó de la puerta con aspecto satisfecho.
    Lisa cerró con un golpe tan fuerte que el espejo de la pared amenazó con caer al suelo.

Capítulo 2

    Un minuto después, Lisa abrió su maleta y contempló desalentada el contenido. Gimió: no, otra vez no. La desagradable revista continuaba allí dentro y despertaba sus instintos más sórdidos. Comenzó a cerrar la maleta, pero un trozo de tela azul asomó bajo una camisa plegada, de modo que algo prohibido e irritante le sacudió las entrañas. Cruzó los brazos sobre la cintura, miró disimuladamente las prendas dobladas, y después deslizó un índice inocente entre las páginas de la revista, hojeándola en un sentido y en otro varias veces, hasta que por fin la dejó caer abierta, y cruzó los brazos con fuerza sobre el vientre.
    Miró, hipnotizada por el cuerpo sin duda espléndido que estaba tendido a orillas de un río. La piel aceitada relucía bajo las gotas de agua, tenía las piernas abiertas de un modo que no ocultaban nada. Los ojos de la modelo estaban cerrados, y la expresión de la cara era una combinación de sensualidad y placer. Los labios abiertos, duros, dejaban escapar la lengua que asomaba entre unos dientes perfectos. Las uñas largas y escarlatas de la mujer descansaban sobre el triángulo oscuro de la femineidad.
    Lisa tragó saliva, se sonrojó pero volvió la página. Más de lo mismo. Pensó: «La piel y el pecado… justo lo que uno podía esperar de un hombre como Sam Brown». De todos modos, giró otra página.
    La sangre afluyó a su cara, a los dedos de los pies, a la cara interna de sus rodillas, mientras contemplaba las escenas pornográficas de una conocida película. Sintió un vacío en el estómago. Su pecho experimentó cierta tensión, y el vello de los brazos y las piernas se le erizó. El hombre y la mujer estaban íntimamente enlazados, los miembros y los dientes al descubierto…
    «¡Sam Brown, eres un individuo repulsivo!» Arrojó la revista, cerró con fuerza la maleta, y retiró la mano como si se la hubiera chamuscado, en el mismo instante en que oyó llamar a la puerta.
    Irguió la cabeza, tragó saliva y se llevó las manos frías a las mejillas antes de cruzar la habitación y abrir, aparentando mucho mayor control del que sentía.
    Era de nuevo Sam Brown. Pero esta vez se había quitado la chaqueta deportiva y un solo botón le sostenía la camisa al nivel de la cintura, con los faldones marcados por una sucesión de arrugas. Por el cuello abierto Lisa vio de nuevo la pequeña crucecita adornada con turquesas. Apartó rápidamente los ojos de ese pecho desnudo, y comprobó que además el visitante estaba descalzo.
    – Parece que hemos vuelto a repetir la escena -dijo él.
    – Así parece -replicó Lisa, sin sonreír.
    A ella le pareció imposible enfrentarse a la mirada del visitante después de haber visto la revista. «No seas tonta, Walker, este hombre no puede adivinar tu pensamiento.» De todos modos, tenía la impresión de que si la miraba con más atención sabría lo que había estado haciendo antes de su llegada.
    – Me preparaba para salir cuando… -Esbozó un gesto con la mano-. Lo mismo de antes, segunda parte. -Volvió los ojos hacia su maleta depositada sobre la cama, con la tapa cerrada pero suelta. De todos modos, ella permanecía como un guardia de palacio, agarrando el borde de la puerta con una mano e impidiendo la entrada del visitante.
    – Escuche, lo que dije antes es inexcusable. Desearía disculparme -dijo Sam Brown.
    – Sí, creo que tiene que hacerlo -replicó Lisa con voz tensa. La imagen de la revista todavía permanecía en su mente.
    Él le entregó su maleta.
    – ¿Ese es el modo de responder cuanto intento enterrar el hacha de guerra? Lo menos que puede hacer es mostrarse cortés.
    – Está bien, yo… no debí abofetearlo hace un rato; Lo lamento. Bien, ¿estamos de acuerdo así? -Pero tenía la voz tensa y cínica.
    – No del todo. -Señaló su maleta-. Deseo que me devuelva mis cosas. Quisiera ir a correr un poco y calmar la cólera y la frustración, pero mi ropa de deporte está allí.
    Él esbozó una mueca de reconciliación dirigida a Lisa, y ella se apartó con brusquedad, y con un gesto indicó a Brown que entrara y retirara su maleta. Observó las arrugas en los faldones de la camisa mientras él levantaba la tapa de la maleta para revisar su contenido. La revista estaba encima. La examinó un momento, y después se volvió para mirar a Lisa, con una expresión en el rostro más sombría que antes.
    – Verá, que un hombre compre una revista pornográfica no significa que sea un pervertido.
    – Cada uno tiene sus propios gustos -contestó Lisa, pero su tono expresaba de manera indudable un juicio negativo.
    – Esta revista tiene excelentes entrevistas y críticas de cine y… -De pronto, se le ensombreció el rostro, bajó la cubierta de la revista y accionó el cierre con tres movimientos de muñeca-. No sé por qué demonios debo justificarme ante usted y de todos modos, ¿qué le da derecho a condenar a un hombre por lo que descubre en su maleta?
    Ella suspiró con un gesto de fatigada paciencia.
    – Escuche, ¿tiene inconveniente en que demos por terminado el asunto? Llevo puesta la misma ropa todo el día, y desearía tomar un baño y comer algo. Ha sido una jornada difícil.
    – Muy bien… muy bien. -El retiró de la cama la maleta-. ¡Ya me voy!
    Ella estaba esperando para cerrar la puerta, pero antes de que pudiera hacerlo Brown se volvió para mirarla. Casi con enojo afirmó:
    – Lamento lo que dije. Fue totalmente impropio, pero tampoco es adecuado su comportamiento, no acepta mis disculpas y no me deja en paz. Sus ojos dicen que…
    – Le he aclarado que acepto sus disculpas.
    – Entonces, ¿dejará que le pague la cena y podamos hablar de… cualquier cosa? Hay muchos temas de interés, excepto las maletas.
    – No, gracias, señor Brown. No estoy interesada. Trabajo para un machista empedernido, y no tengo más remedio que soportarlo mucho tiempo a lo largo de la semana; pero, fuera de él, tengo mucho cuidado cuando elijo a las personas con quienes comparto mi tiempo.
    Brown la miró con la frente fruncida. Tenía una expresión ominosa, y parecía dispuesto a explotar de nuevo; pero Lisa defendió su posición, observando sin vacilar a Brown, con una mano sobre el borde de la puerta. De nuevo tuvo conciencia de que él mantenía muy erguido el cuerpo -sobre todo ahora que trataba de controlar su irritación- cuadrando los hombros, y con la piel desnuda del pecho tenso como un tambor. Mostraba una expresión de ira en la cara, con los labios tensos. Sus ojos oscuros parecieron penetrarla durante un momento largo y amenazador. Después, se volvió y comenzó a alejarse.
    Con un inquieto suspiro de alivio, Lisa cerró la puerta, apoyó en ella un momento la cabeza, y después echó el cerrojo.
    La tensión del día la había consumido, hasta el extremo de que ahora sentía el cuello y los hombros endurecidos por la fatiga. Echó hacia atrás el cuerpo, se pasó la mano sobre la nuca y se masajeó. Con los ojos cerrados y los cabellos sueltos, se preguntó qué había inducido a Sam Brown a formular su invitación. Después, al recordar el material de lectura que él prefería, se dijo que ya sabía la respuesta.
    Lisa se acostó en la cama, cruzó los brazos detrás de la cabeza, y trató de apartar de su pensamiento la figura de Sam Brown. Pero la cara de ese hombre reaparecía, como la había visto la primera vez al final de la licitación, cuando él estaba aceptando los saludos de otros hombres… sonriendo, o riendo, o complacido consigo mismo. Recordó las minúsculas arrugas a los costados de los ojos, y se preguntó qué edad tendría. ¿Estaba en mitad de la treintena?
    Cuando fruncía el ceño parecía tener más edad… ¡Y ese día había fruncido a menudo el ceño! Pero la expresión de desagrado también lograba que ese rostro sin duda bien formado, pareciera todavía más atractivo…
    Apoyó su antebrazo sobre la frente. Pensó, fatigada, que la belleza física no tenía mucha importancia. Cargaría lo que había sucedido durante esa jornada a la cuenta de la experiencia, y olvidaría que había visto a ese hombre.
    La cara de Floyd A. Thorpe desplazó la imagen de Brown, y Lisa se preguntó cuál de los dos le parecía más inquietante. Thorpe se mostraría más ofensivo que nunca después del fiasco. Sobre todo porque ella había desobedecido intencionadamente sus órdenes y había pasado la noche en Denver. Había ocasiones en que parecía que era inútil competir en el mundo de los hombres. Pero ella tenía que demostrar su capacidad para soportar la prueba… ¿verdad? ¿Acaso no había tenido que demostrarlo, tanto ante sus propios ojos como frente a los que habían ayudado a trastornar su vida?
    Se hundió en un sueño inquieto, y los rostros de Thorpe y Brown se mezclaron en un collage inquietante de su pasado… el de Joel, el del juez…
    Despertó sobresaltada, y desvió los ojos hacia la muñeca… ¡las siete y media!… abandonó la cama y comenzó a desvestirse, todo al mismo tiempo.
    Llenó de agua la bañera, se dio un baño rápido y refrescante, y maldijo las delgadas toallas del motel y el jabón barato que apenas producía espuma. Mientras se secaba, se acercó a la mesa de tocador y arrojó a un lado la toalla, mientras buscaba el cepillo y comenzaba a alisarse el cabello. Este le llegaba hasta los omoplatos -una cabellera espesa y negra, salvaje como la hierba de la pradera, tan abundante que la obligaba a inclinarse, como si el peso la desequilibrara. Se inclinó en dirección contraria y después enderezó el cuerpo, observando cómo sus pechos se elevaban y descendían rítmicamente con cada movimiento del cepillo.
    Su mano se detuvo en el aire, olvidó el cepillo mientras juzgaba en el espejo el reflejo de su cuerpo desnudo. Sin que ella lo deseara, evocó las imágenes seductoras de la revista y la visión de la cara de Sam Brown, el pecho desnudo y los pies descalzos. Miró fijamente sus ojos oscuros, hasta que le temblaron los párpados, y entonces los bajó. Su mirada recorrió el cuello largo y delgado hasta los pechos medianos con los pezones oscuros.
    Vacilante, acercó el cepillo y pasó el dorso del mismo sobre el borde exterior del seno derecho. El plástico frío y amarillo era suave y le resultaba agradable en contacto con la piel. Lo movió a lo largo del hueco que estaba debajo del pecho, y después lo alzó hasta el pezón. Evocó los chispazos del recuerdo.
    Había pasado mucho tiempo.
    Hay ciertas cosas que el cuerpo de una mujer necesita.
    Cerró los ojos, mientras invertía la posición del cepillo, y pensó en las patillas plantadas en aquella cara firme, mientras sentía el roce ligero de las cerdas sobre su pecho, y después en las costillas, a través del abdomen, hasta el hueco de la cadera.
    Un sentimiento de profunda soledad le hizo evocar recuerdos de un pasado en que los sueños juveniles habían consistido en las imágenes rosadas de lo que sería la vida. El matrimonio, los hijos, la felicidad permanente. ¿Qué había sido de todo eso? ¿Por qué estaba allí, sola, en una habitación de Denver, colorado, recordando a Joel Walker? Ahora estaba casado con otra mujer, y a decir verdad Lisa ya no lo amaba. Lo que amaba era el recuerdo de esos sueños que ella había alimentado al principio de la relación, la intensa necesidad de cada uno en el cuerpo del otro, esa sensación que habían creído suficiente para consolidar un matrimonio. Ella añoraba aquel período anterior a la etapa en que habían cometido todos los errores, antes del nacimiento, de Jed y Matthew.
    Lisa abrió los ojos y vio una mujer vacía y triste. Una mujer con pálidas y tensas arrugas que llegaban desde el hueso de la cadera hasta el abdomen, como único recordatorio de los dos embarazos. Extendió los dedos sobre ellas, y apoyó el cuerpo en el armario. Después se irguió y elevó los ojos. «¡Maldita seas, Lisa, prometiste que no te detendrías a recriminarte sobre lo que no puedes cambiar!»
    Apretó con más fuerza el cepillo y comenzó a trabajar sobre sus cabellos. Cepilló con tanta fuerza que le dolió el cuero cabelludo, tiró de la pesada masa oscura que cubría la parte posterior de la cabeza y la recogió por encima y por detrás de las orejas, para que formara un nudo grueso y suave. Tenía la piel naturalmente bronceada, y no necesitaba un maquillaje especial; de todos modos, aplicaba un poco de sombra plateada a sus párpados y se ponía rímel en las pestañas. El lápiz labial tenía dos tonos, un carmín intenso reforzado por otro tono más claro. Se aplicó un toque de perfume detrás de cada oreja, y comenzó a vestirse.
    Se vistió con unos pantalones blancos abolsados que se estrechaban en el tobillo, sobre las zapatillas de lienzo y cáñamo; después, se puso una camisa a rayas celestes desabotonada en el centro, y con mangas cortas y abultadas que terminaban en los codos. Alrededor de la barbilla Lisa lucía un amplio volante de encaje, que como ella sabía, destacaba el tipo de su elegante cuello.
    Se acercó al espejo, para agregar las plumas que acostumbraba usar… esta vez colgadas de las orejas, como toques azules que se balancearon cuando ella se volvió para coger su bolso y salir a cenar.
    El comedor estaba casi vacío. Se hacía de noche y las luces de Denver se encendían una tras otra más allá de las ventanas. Lisa se detuvo en el umbral y miró hacia la semipenumbra, donde la música desgranaba con discreción sus acordes. En un rincón del fondo, una pareja de cabello canoso bebía café. Fuera de ellos, el otro ocupante del comedor era Sam Brown. Él apartó la mirada del diario cuando Lisa se detuvo a la entrada del comedor. Sus ojos se encontraron un instante antes de que él volviera a la lectura con un gesto inexpresivo, inclinando el periódico para recibir la última luz que entraba por la ventana. Lisa esperó, sintiéndose avergonzada y en evidencia, mientras estudiaba el perfil de la caja registradora. Al fin una camarera la llevó a una mesa.
    Por desgracia, estaba en el centro del salón, frente a Sam Brown. Él levantó de nuevo los ojos, que otra vez regresaron lacónicamente al periódico, y Lisa se sintió más que nunca la protagonista que actuaba en el centro de una pista de circo.
    La camarera le entregó un menú.
    – Esta noche hay poca gente -comentó la mujer, y su voz resonó como un clarín en la sala vacía.
    – Ya lo veo.
    – ¿Puedo traerle algo del bar?
    – Sí, un Smith &Kurn. -Lisa tenía conciencia de que Sam de nuevo estaba mirándola-. Sé que es una bebida para tomar después de comer, pero en realidad me apetece en este momento.
    Rió nerviosa, y se dijo que era absurdo ofrecer explicaciones; sabía que no había hablado para la camarera, sino para Sam Brown. ¿Qué le importaba lo que él pensara?
    La camarera se acercó a la mesa de Brown, le entregó un menú, y sus voces también resonaron en la sala.
    – Señor, ¿le traigo algo del bar?
    – Un martini muy seco con encurtidos, si tiene. Caramba, pensó Lisa, que refinado. ¡Encurtidos con el martini!
    – Por supuesto -replicó la camarera, y se alejó para salir de la sala. En el recinto solo alcanzaba a oírse la música tenue, que apenas calmaba la incómoda tensión entre los dos.
    Lisa leyó el menú y enseguida vio lo que deseaba comer, pero se refugió en el estudio de la carta durante unos cinco minutos; la camarera llegó finalmente con su bebida, y Lisa tuvo otra cosa en la cual centrar su atención.
    La bebida con sabor a chocolate le pareció refrescante. Bebió, y siguió con los ojos a la camarera, mientras su espalda le impidió, por un momento, ver a Sam Brown.
    – Le he traído una ración doble de encurtidos. ¿Qué le parece? -fue la pregunta de la camarera.
    – Magnífico, gracias. -La voz profunda de Brown resonó en los oídos de Lisa.
    Cuando la mujer se apartó, los ojos de Sam encontraron la mirada de Lisa. Ella se inclinó para beber un sorbo. Sintió que el líquido le resbalaba por la mano. Se secó la palma en la pierna y se concentró de nuevo en el menú, dedicando al asunto la atención más completa y maldiciendo a la camarera que se alejaba sin preguntarle si ya deseaba pedir la cena.
    La mujer regresó al fin con un lápiz y una libreta. Hasta ahora, Lisa había conseguido mantener los ojos apartados de la mesa que estaba junto a la ventana.
    – ¿Puedo tomar nota de su pedido?
    Lisa reprimió la tentación de responder con ironía y, con mucho esfuerzo, esbozó una sonrisa agradable. Intentó hablar en voz baja, pero las palabras rebotaron en las paredes como si hubieran sido disparos.
    – Quiero pescado, sin patatas, y una ensalada bien condimentada.
    – ¿Desearía otra cosa en lugar de las patatas?
    – Me apetecería, pero esta noche quiero ser rigurosa conmigo misma.
    Siguió una risa falsa, la que Lisa apenas reconoció como propia, mientras los ojos de Brown la exploraban de nuevo. Ella sintió de pronto que acababa de decir algo personal que él no tenía derecho a saber, y pensó que había cometido un error al hacer aquel comentario inocente.
    Él pidió una chuleta y una patata asada con mantequilla y nata agria, y el condimento de la casa… sin que nadie le explicara lo que era. Una actitud que por cierta razón irritó a Lisa, que comía en restaurantes pocas veces, y por lo tanto nunca se mostraba audaz. Por fin, pidió una taza de café.
    Esta vez, cuando la camarera se retiró, los ojos de los dos comensales se encontraron y vacilaron mirándose durante un momento más prolongado. Ahora, Sam Brown se acomodó mejor en su silla con una suerte de perezosa desgana, un hombro más bajo que el otro, mientras apoyaba como al descuido un codo sobre la mesa y tocaba el borde de su copa con los dedos.
    Lisa sorbió su bebida y miró hacia un lado, pero el recuerdo de las imágenes de la revista volvió a molestarla. Sintió que él le clavaba la mirada, y durante un momento tuvo la inquietante impresión de que estaba observando fijamente su pecho desnudo y determinando cuál de los que había visto era más hermoso. Para desagrado de Lisa, el recuerdo de las marcas de su propio sostén se grabó con fuerza en su cerebro.
    – ¿Ha conseguido tomar su baño?
    Al escuchar la pregunta, formulada como sin intención, ella movió los ojos, y se sonrojó como si él acabara de decir una obscenidad; después miró deprisa a la pareja que estaba en el rincón. Bebían en silencio su café, sin prestar la más mínima atención.
    – Sí. ¿y usted ha podido salir acorrer?
    Él esbozó una sonrisa torcida.
    Lo he intentado, pero el aire de esta ciudad es tan denso que he temido la posibilidad de un ataque cardíaco.
    – Qué lástima que no lo haya sufrido. -Ella enarcó las cejas y con la punta de un dedo revolvió los cubitos de hielo.
    – Todavía no me cree, ¿eh?
    Lisa levantó su vaso, miró a Brown por encima del hombro, bebió un trago largo y después movió lentamente la cabeza de un lado a otro.
    – ¡Ajá! -dijo.
    Él se encogió de hombros con indiferencia, bebió de nuevo su cóctel, y estudió el panorama del otro lado de la ventana. Por el modo en que tenía un hombro más alto que el otro, parecía que la camisa amarilla no correspondía a su cuerpo. El botón superior estaba varios centímetros más bajo, y la cruz de plata brillaba frente a Lisa, mientras ella intentaba fingir que Brown no se encontraba allí. Pero eso fue imposible porque, un momento después la pareja de ancianos se puso de pie, pagó la cuenta y se fue, de modo que Lisa y Sam se convirtieron en los únicos comensales.
    La camarera regresó, presentó los primeros platos y se fue de nuevo.
    Lisa se arrojó sobre su ensalada como un pecador arrepentido a un confesionario. Pero cada golpe del tenedor sobre el plato parecía amplificarse y perturbarla. El ruido de su propia masticación le parecía notorio en aquella sala. Apenas pudo evitar un movimiento inquieto en su propia silla mientras sentía la mirada de Sam Brown, que se posaba sobre ella con una insistencia cada vez más irritante.
    La voz de Brown rompió de nuevo el silencio.
    – Oiga, esto es ridículo, ¿no le parece?
    Lisa lo miró y vio que sus manos descansaban inertes junto al cuenco de ensalada.
    – ¿A qué se refiere? -consiguió decir Lisa.
    – Que estamos sentados aquí como un par de niñitos que acaban de pelear porque uno de ellos rompió el castillo de arena.
    Lisa no pudo pensar en ninguna respuesta. Con una sonrisa de simpatía él continuó diciendo:
    – Por lo tanto, usted permanecerá en su jardín, yo en el mío, y nos miraremos hostiles y nos sentiremos solos y miserables porque ninguno de los dos toma la iniciativa de la aproximación.
    Ella lo miró con atención, tragó lo que le pareció una lechuga entera, y no dijo una palabra.
    – ¿Puedo llevar allí mi ensalada? -preguntó Brown, y después agregó con un gesto encantador-: ¿y si prometo no tirar su castillo de arena?
    La sombra de una sonrisa jugueteó en los labios de Lisa, y antes de que pudiera controlar el gesto había reído, y el sonido le aportó cierto alivio.
    – Sí, venga. Es terrible permanecer sentada aquí, evitando mirarle.
    Él, su ensalada y los encurtidos atravesaron la distancia en tres segundos. Brown se acomodó en la mesa frente a Lisa, le sonrió audazmente y le dijo:
    – Bien, así está mejor.
    Después, se dedicó a devorar su lechuga.
    Ella había afirmado que Brown era un mentiroso, un estafador y un pervertido. ¿Qué conversación podían mantener en esas circunstancias? Comprobó aliviada que él encontraba un tema.
    – Debo reconocer que usted es la primera mujer que encuentro en una licitación.
    – Y yo soy la primera mujer que yo misma he visto en una licitación -reconoció Lisa. Las arrugas a cada lado de la boca de Brown se ahondaron.
    – ¿Cuánto tiempo hace que está en esta profesión?
    – Comencé en el sector hace tres años y participo en licitaciones desde hace poco más de uno.
    – ¿Por qué?
    Ella lo miró extrañada.
    – ¿Qué significa por qué?
    – ¿Por qué ha elegido una carrera en un sector difícil, dominado tradicionalmente por los hombres?
    – Porque de este modo puedo ganar dinero.
    Él aceptó con un gesto la respuesta.
    – Usted trabaja para el viejo Floyd Thorpe, ¿verdad?
    – Sí, lamento decir que así es.
    – Es un verdadero bandido… un auténtico sinvergüenza.
    Sobresaltada, ella miró los ojos oscuros de Brown.
    – ¿Usted lo conoce?
    – Hace mucho que trabaja en Kansas City. Allí todos conocen al viejo Floyd. La gente como él hace que las empresas constructoras tengan tan mala reputación. Es tan torcido como la pata trasera de un perro.
    – Pero sabe ganar dinero, de modo que lo disculpan, ¿no es verdad? -preguntó sarcásticamente Lisa.
    Sam rehusó morder el anzuelo y preguntó a su vez:
    – Si tanto le desagrada, ¿por qué trabaja para él?
    – En vista de que esta actividad depende en forma directa de la construcción de viviendas, ¿necesita preguntar eso?
    Él se limpió los labios con una servilleta.
    – No, creo que ahora no hay muchas oportunidades de empleo, ¿eh?
    Ella pinchó la rodaja carnosa de tomate que estaba en la ensaladera, como si se tratara del vientre redondo de Thorpe.
    – Lo que más me desagrada de él es su costumbre de escupir saliva con tabaco apuntando a mis pies.
    Brown rió, y Lisa lo miró con una expresión maligna en la cara.
    – ¿Puedo revelarle una broma muy personal? ¿Un chiste de verdad irrespetuoso?
    – Me encantan los chistes irrespetuosos.
    Lisa se mordió el labio inferior, y después confesó:
    – A solas, cuando estoy enojada con mi jefe, lo cual suele sucederme, lo llamo usando sus iniciales.
    – ¿Cuáles son?
    – F.A.T. * -Brown se recostó en el respaldo de su asiento y rió mientras ella continuaba diciendo:
    – A Thorpe no le agrada que se sepa que hay una inicial intermedia. Quizá por eso me complace tanto incluirla.
    Las finas líneas blancas de alrededor de los ojos de Brown desaparecieron cuando sus labios se distendieron en una sonrisa, mientras miraba a Lisa atacar con insistencia el tomate. Los ojos de Brown se posaron en los pómulos altos y anchos, en la nariz orgullosa y recta, en los cabellos negros recogidos tras las orejas formando un moño suave y abultado, en la piel cobriza y los ojos casi negros.
    – Usted es india, ¿verdad?
    Los ojos de Lisa centellearon desafiantes, y las plumas se balancearon junto a su barbilla.
    – Un cuarto cheroqui. Y Thorpe nunca permite, que lo olvide.
    Brown miró las plumas, pero se abstuvo de formular comentarios.
    – En otras palabras, que el viejo Thorpe sabe de qué lado está la mantequilla de su rebanada, ¿verdad?
    – Así es. Me ha pedido por lo menos cinco veces que aceptara el título honorario de vicepresidenta.
    – Veamos. -Brown se inclinó hacia delante. -De ese modo él podría afirmar que es un contratista que da trabajo a miembros de las minorías, ¿verdad?
    Ella sonrió de mala gana.
    – Y por lo tanto podría presentar ofertas en todas las obras relacionadas con los programas de ayuda a las minorías, las obras que el gobierno federal se propone realizar; podría presentarse como contratista principal o como subcontratista. Como usted sabe, parece que ahora son los proyectos más lucrativos.
    Él la examinó frunciendo las gruesas cejas negras que parecían bumeranes.
    – Entiendo que usted haya rechazado la vicepresidencia.
    – Con muchísimo placer.
    De nuevo Sam Brown se inclinó en su asiento y rió de buena gana.
    – En Kansas City hay unos pocos contratistas que sonreirían de oreja a oreja si supieran que alguien le ha jugado una mala pasada a Floyd A. Thorpe, después de todas las veces que él los ha engañado.
    – Yo sonreiría también con mucho entusiasmo por el placer de incomodar a Thorpe si no fuera por el aumento de sueldo.
    – ¿Sería más sensato decir que le está aplicando el tratamiento cheroqui? -bromeó Sam, mirando con mucha atención a Lisa.
    Ella sonrió y sus ojos oscuros chispearon un momento antes de que una expresión pensativa los dominara. Movió unos trozos de lechuga en el cuenco de la ensalada y juntó las manos bajo la barbilla. Apoyó un codo sobre la mesa, afirmó el otro antebrazo contra el borde y tamborileó sobre el vidrio húmedo del vaso frío.
    – Verá -murmuró, mirando los cubitos de hielo en el vaso vacío-. Mi orgullo no me permite adoptar ciertas actitudes. Ni siquiera por dinero.
    – Pero creí que usted decía que el dinero era la razón por la cual había aceptado este empleo.
    – En efecto, era la razón. Pero ahora gano lo suficiente para mantenerme. Es todo lo que necesito.
    Lisa vio que los ojos de Sam Brown se fijaban en la mano que jugaba con el vaso. Mostraba únicamente una turquesa grande y ovalada engastada en una base de plata.
    – ¿No está casada? -preguntó él.
    Los ojos de Brown se elevaron, encontraron la mirada de Lisa, y los dedos de la joven cesaron de tamborilear sobre el vaso húmedo.
    – No -contestó ella, y comprendió que debía aclarar su respuesta; después, desechó su conciencia, y pensó que no le debía nada a aquel hombre. En todo caso, solo estaban compartiendo una mesa… dos extraños en una ciudad solitaria, lejos del hogar.
    Llegó el plato principal, y Sam Brown cambió de tema.
    – Entiendo que nuestro amigo comenzará a subirse por las paredes cuando se entere de que usted ha perdido el concurso, ¿eh?
    Lisa miró a su interlocutor, sonrió y dijo:
    – Usted sí tiene un sentido irrespetuoso del humor, ¿no es verdad? En todo caso, él está siempre perdiendo los estribos por una razón o por otra. En su caso es un modo de vida. Si no se descontrola porque perdió la licitación, usará como pretexto que yo me quedé a pasar la noche aprovechando la tarjeta de crédito de su preciosa empresa… precisamente lo que me advirtió que no hiciera.
    – Pero usted lo hace de todos modos. -El ceño fruncido unió las cejas de Brown.
    – Tenía que hacer eso o llegar a Kansas City en mitad de la noche, después de perder el vuelo de las seis de la tarde. Después del día que he pasado, no deseaba estar media noche en un avión.
    – Y todo porque yo tenía su maleta, ¿verdad?
    Lisa encontró la mirada de Brown, pero se limitó a encogerse de hombros y volvió a su cena.
    La camarera les trajo café, e interrumpió por un momento la conversación. Cuando de nuevo estuvieron solos, Lisa estudió reflexivamente a Sam y preguntó:
    – Si usted ha estado trabajando en Kansas City el tiempo suficiente como para conocer las dudosas prácticas comerciales de mi ilustre jefe, ¿por qué no nos hemos visto antes?
    – Quizá porque nos dedicamos sobre todo a los contratos de lampistería, y solo hace un tiempo decidimos pasar a la distribución de agua y el tratamiento de aguas residuales.
    – ¿Nosotros? -preguntó ella con curiosidad-. ¿Quién es el otro Brown en la firma Brown & Brown?
    – Fue mi padre. Era el hombre que conocía los secretos de los contratistas de toda la ciudad. Estuvo años enteros en el sector de los contratos de construcción.
    – ¿Estuvo?
    – Falleció hace cuatro años -dijo Sam con voz neutra, mientras cortaba su chuleta.
    – Yo… lo siento.
    Él la miró animado.
    – No es necesario. Mi padre tuvo una vida excelente, consiguió todo lo que siempre deseó, y cuando falleció era un hombre feliz… murió nada menos que en un campo de golf, en el sexto hoyo. -Sus ojos pardos pestañearon-. El sexto hoyo siempre le acarreó problemas.
    Aunque Sam Brown relató todo esto sin tristeza evidente, Lisa se sintió avergonzada por estar compartiendo de ese modo un relato personal cuando apenas conocía a su interlocutor. Pero él continuó.
    – Era un noruego que bebía mucho y trabajaba duro…
    – ¿Un noruego llamado Brown?
    – El nombre deriva de Brunvedt, que era el apellido de la familia.
    – Discúlpeme… lo he interrumpido.
    – Como le decía, era un noruego de carácter fuerte, y cuando afirmo que él hizo todo lo que quería, eso incluyó desobedecer las órdenes del médico. Sufrió un pequeño ataque y le ordenaron que viviera tranquilo algunos meses; pero, cuando a un noruego obstinado se le mete en la cabeza que quiere salir a jugar golf, nadie puede impedírselo.
    Lisa comprobó que ahora disfrutaba con la compañía de Sam Brown, y ella misma se sorprendió al contestar:
    – Y cuando a un noruego obstinado se le mete en la cabeza que saldrá a cenar con una mujer, tampoco nadie puede impedírselo, ¿verdad?
    Sam esbozó una sonrisa al ver el moño que los cabellos formaban detrás de las orejas de Lisa; y después miró los ojos de la joven y por último sus labios. Lisa pensó que de ningún modo se parecía a cualquiera de los noruegos que ella había llegado a conocer. Tenía los cabellos castaños y la piel tan bronceada que parecía reflejar la cara de la propia Lisa. Mientras levantaba la taza de café y, sin quitarle los ojos de encima, dijo en broma:
    – Bien, después de todo no fue tan doloroso, ¿verdad?
    Ella hubiera deseado contestar de otro modo, pero comprobó que eso era imposible.
    – En efecto, no fue tan difícil -dijo.
    – Tal vez podamos volver a hacerlo en Kansas City.
    Durante un momento ella se sintió tentada, pero al recordar los aspectos menos favorables de la personalidad de Brown, le advirtió:
    – No trace planes en ese sentido. A menos que yo gane una licitación.
    – Hum… -Levantó su taza de café. Los ojos maliciosos chispearon por encima del borde de la taza-. Tal vez valga la pena arreglar un concurso a su favor la próxima vez.
    – No dudo de que usted es capaz de hacerlo. -Lo estudió unos instantes, y después reconoció-. Tengo la costumbre de asignar títulos a la gente a la cual conozco. ¿Sabe cuál le he aplicado?
    – ¿Cuál?
    Los ojos de los dos se cruzaron en un agradable duelo de ingenio.
    – El honorable Sam Brown.
    – Eh, me agrada… muy inteligente.
    – Y su expresión es del sarcasmo más puro y concentrado. Brown, usted es un canalla muy deshonesto, y yo no sé por qué estoy ahora sentada en esta mesa con usted.
    Él inclinó la silla hasta que esta quedó sobre dos patas.
    – Porque usted deseaba comprobar si soy tan pervertido como se desprende de mí material de lectura. Dicen que todas las mujeres se sienten atraídas por el tipo equivocado por lo menos una vez en su vida. ¿Quién sabe? Quizá es lo que yo represento para usted.
    – Y quizá no. -Lisa inclinó la cabeza y observó con detenimiento a Brown. Era un ejemplar masculino de aspecto sumamente agradable… ella tenía que reconocerlo. Y su malévolo sentido del humor no era hiriente. Pero Lisa recordó de nuevo que Brown no era el tipo de hombre con el cual ella podía intercambiar escarceos sexuales. Las conversaciones de esta clase causaban vibraciones que decían mucho más que lo que se expresaba en las meras palabras, y ella de ningún modo estaba preparada para aceptar otra vez esas vibraciones. Sus heridas no se habían curado después de su última y desastrosa relación. Pero incluso, mientras se autocriticaba por incurrir en ese toma y da, los ojos de Sam se mantuvieron fijos en ella, mientras su silla se sostenía de nuevo sobre las cuatro patas. Sam apoyó los brazos sobre el borde de la mesa y se inclinó un poco hacia ella.
    – Dígame -preguntó, en voz grave e íntima- ¿Qué le pareció la mujer tendida sobre la roca, al lado del río?
    ¡No estaba dispuesta aparecerse a una adolescente vergonzosa a quien sorprendían espiando los pechos de una africana en un ejemplar de la revista National Geographic! Lisa miró a Brown a los ojos y replicó sin vacilar:
    – El fotógrafo seguramente se olvidó de untar la cara interior de la pantorrilla derecha y el agua no llegó hasta allí.
    Sam Brown la recompensó con una risa sonora y apreciativa, mientras Lisa censuraba su propia conducta y su actitud demasiado precoz. Un momento después él depositó su servilleta sobre la mesa, recogió la cuenta, y estaba de pie detrás de la silla de Lisa, esperando para retirarla. Pero antes de ejecutar el movimiento, se inclinó hasta quedar muy cerca y, hablando casi al lado de una de las plumas, dijo:
    – El jefe Toro Sentado la habría expulsado de la tribu si él hubiera, ja… ja… -Se apartó a tiempo-. ¡Achís!
    Ella lo miró por encima del hombro, y con los labios dibujó una sonrisa descarada.
    – Dios mío, Brown, parece que usted es alérgico a mi persona. No se acerque tanto la próxima vez.
    El estaba limpiándose la nariz con un pañuelo.
    – Es ese perfume que usted usa.
    – Le presento mis disculpas -sonrió ella, sin sentir el más mínimo arrepentimiento.
    Pensó que así estaba bien. Ella no tenía ningún motivo para compartir con él la cena. Pero de todos modos necesitaba sonreír y lo hizo pues en el camino de regreso a sus respectivas habitaciones estornudó tres veces más y, cuando llegaron a la puerta de la habitación de Lisa, Brown se mantenía a respetable distancia.

Capítulo 3

    Floyd A. Thorpe tenía su oficina más o menos como sus dientes…manchados en los bordes. Planos enrollados, muestras de suelos, taladros, accesorios para caños de hierro fundido, clavijas, la correspondencia recibida, llaves inglesas y francesas, y tazas de café usadas… el conjunto creaba un montón casual de restos rara vez ordenado o desempolvado, pues Floyd se irritaba especialmente si alguien interfería en su desorden especial. La habitación tenía un olor desagradable, una combinación de tabaco de mascar rancio, polvo, alcohol expuesto al aire, alquitrán y arcilla seca, todo mezclado con el olor peculiar del hierro fundido. Cuando Lisa se había incorporado a la empresa de Construcciones Thorpe, Floyd estaba en uno de sus períodos esporádicos de abstinencia, en esos momentos se mostraba menos abusivo y más razonable. La oficina estaba más limpia, y lo mismo podía decirse de Floyd.
    Pero ahora ya llevaba varios meses bebiendo bastante. La nariz le brillaba como un faro, y las mejillas exhibían las manchas rojizas y el perfil abotargado del hombre bebedor.
    Aquella mañana Lisa no tuvo más remedio que enfrentarse a él sobre la maraña de objetos que ocupaba su escritorio.
    – ¿Cómo dice? -rugió Floyd Thorpe.
    Lisa retrocedió un paso. La segunda copa que estaba bebiendo Thorpe originaba un olor demasiado intenso.
    – Se apoderó por error de mi maleta, dentro encontró la oferta y la presentó al mismo tiempo que la suya.
    – ¡Y se adueñó de la licitación, como si hubiera sido una barra de caramelo arrancada de las manos de un niño de pecho! -Thorpe estaba irritado y se paseaba; por fin, se apoderó de un recipiente de papel y escupió en su interior. Lisa clavó la mirada en un pedazo de tubo de PVC depositado sobre un cajón, detrás de su jefe, en lugar de observar el desagradable espectáculo de la espuma marrón-. ¡Y por unos mezquinos cuatro mil dólares! -Floyd Thorpe descargó el puño sobre el centro del escritorio, levantando polvo y consiguiendo que el teléfono bailoteara. Se acomodó en su sillón, frente al escritorio, y miró hostil a Lisa. De pronto, adoptó una expresión pensativa-. Es el hijo del viejo Wayne Brown, ¿verdad? Caramba… parece que el hijo tiene más inteligencia que el viejo. -Thorpe entrecerró los ojos con un gesto de astucia, y emitió un sonido regocijado. Después volvió a clavar en Lisa sus pequeños ojos-. Espero que esto le haya enseñado una lección. En este mundo cada uno trata de destruir al resto, y Sam Brown así lo ha demostrado. -Con un rápido movimiento de cuerpo se acomodó mejor en su sillón-. ¿Ha vuelto a pensar en la vicepresidencia que le propuse?
    – Lo siento, prefiero dedicarme a los concursos.
    Otra vez él descargó un puñetazo sobre el escritorio.
    – Maldita sea, Walker, he soportado muchas cosas de usted, entre ellas que lleve sus ofertas en una maleta Como si fuera novata, o que se equivoque de tal modo que pierda una obra por valor de más de cuatro millones de dólares. ¿Cuánto tiempo cree que podremos soportar errores de esta clase? Quiero que su nombre aparezca en los documentos de la empresa. Es lo menos que puede hacer después del error que ha cometido Con este asunto de Denver.
    – Lamento haber perdido la maleta, pero el resto del asunto no fue culpa mía. Si Sam Brown comparó mi oferta con la suya, no lo va a reconocer.
    – ¡Por supuesto! ¿Quién lo haría? -Floyd Thorpe tenía un vientre tan duro que apenas se hundió un poco cuando él cruzó las manos por encima-. Le diré una cosa, muchacha, le concederé hasta el viernes para pensarlo. O me ayuda a salir adelante con este asunto de las minorías, y acepta ocupar el cargo de vicepresidenta, o puede buscarse otro lugar para trabajar. Está costándome dinero, y, a menos que me ayude a recuperar una parte, llegaré a la conclusión de que usted no me interesa.
    De regreso a su oficina, Lisa se acercó irritada a su sillón, se acomodó muy deprimida, maldijo por lo bajo, y contempló la posibilidad devolver al despacho de Thorpe para decirle dónde podía guardarse su vicepresidencia y su saliva cargada de tabaco.
    No habría nada tan dulce como entrar allí y demostrarle a ese cerdo maloliente que no necesitaba ni un momento más su precioso empleo ni su mente calculadora.
    Pero la amarga verdad era que lo necesitaba.
    No tenía un marido que recibiera el cheque de otro empleo para mantenerla. Se valía de su propio esfuerzo, y necesitaba el sueldo semanal para sobrevivir. Sam Brown había dicho la verdad al resumir el mercado de trabajo para los especialistas en licitaciones… ¡no había nada! Dos años atrás, antes de la crisis económica que se había abatido sobre el país, Kansas City y las urbanizaciones de los alrededores habrían reunido unos veinte contratistas más que en ese caso. En ese momento, las comunicaciones internas en el ámbito de la industria aludían siempre a rumores de que esta o aquella empresa estaba aun paso de cerrar sus puertas, y todos contenían la respiración, con la esperanza de que la próxima quiebra no los alcanzara.
    El teléfono interrumpió la ensoñación de Lisa. Comunicó con la línea uno y atendió:
    – Lisa Walker.
    – De modo que ha vuelto.
    La voz sorprendió a Lisa.
    – Brown, ¿es usted?
    – Exactamente. El honorable Sam Brown. La busqué en el avión de regreso. Pensé que podíamos, compartir el asiento y mi revista.
    Ella no tenía el más mínimo deseo de sonreír, pero ahora no pudo evitarlo. Condenado individuo, la hacía reír cuando había sido el origen del altercado que acababa de tener con Thorpe.
    – ¿De veras? Tomé un vuelo anterior. Regresé a eso de las diez.
    Una breve pausa. y después:
    – ¿Cómo ha recibido Thorpe la noticia?
    Ella rió, pero fue un sonido sin alegría.
    – ¿Necesita preguntarlo?
    – Bien, uno gana algunos puntos y pierde otros. Él ya debería saber a qué atenerse.
    – Brown, eso no es nada divertido. ¡Sobre todo después de lo que usted me hizo! Cayó sobre mí como una carpa cuando terminan las funciones del circo, y lo queme irrita es que en realidad Thorpe parece sentir admiración por usted a causa de su hipocresía. Sus palabras exactas fueron: «El joven tiene más cerebro que el viejo». Parece que usted y mi jefe son iguales.
    Por el hilo llegó la risa despreocupada de Brown.
    – Ambos somos un par de degenerados, ¿verdad?
    – En efecto -coincidió Lisa.
    – Bien, ¿por qué no intenta reformarme… por ejemplo cenando conmigo el viernes por la noche?
    Lisa estuvo apunto de explotar, la reprimenda que acababa de sufrir de Floyd Thorpe todavía le quemaba la garganta.
    – ¡Cenar! ¿Otra vez? ¿Y destrozar mi reputación en la ciudad cuando me vean con un pervertido como usted? Ya le dije, Brown, que no sé por qué acepté comer con usted.
    – La llevaré al restaurante Americano -prometió en un evidente intento de soborno.
    ¡EI Americano! De pronto Lisa se sintió deprimida, y sin duda tentada. El restaurante Americano, en el centro de Crown, era la creme de la creme de los restaurantes de Kansas City.
    – Brown, ese es un golpe bajo y sucio, y usted lo sabe.
    – Lo sé -dijo Brown, y su voz sugería que estaba sonriendo.
    – Le dije que no aceptaría hasta que ganara una licitación, y ahora no lo estoy haciendo como usted bien sabe.
    El restaurante Americano, pensó anhelante, mientras se despedía de esa oportunidad.
    – Está bien, cheroqui, pero le tomo la palabra… cuando usted presente la oferta más baja…
    – Cheroqui…-Ahora Lisa estalló-. ¡Cheroqui! Brown, nunca vuelva a llamarme así… ¿Brown? -Pulsó el botón para cortar la comunicación-. ¡Brown!
    Pero él ya había cortado. También ella lo hizo, y golpeó el auricular con tanta fuerza que se cayó de la base.
    – ¡Cheroqui! -escupió cruzando los brazos y mirando al instrumento culpable de transmitir aquella voz sugestiva y condenadamente sensual cuando ella no estaba de humor para dejarse manipular por un hombre de hablar dulce como él.
    Cómo se atrevía a llamarla Cheroqui cuando… cuando…
    Un momento después los labios de Lisa la traicionaron, y la joven descubrió que estaba sonriéndole al teléfono. Era la última vez que sonreiría en el curso del día.
    Las cosas fueron de mal en peor. El obeso Thorpe entró y salió con furia de la oficina, maldiciendo como un infante de marina, y exigiendo que ella preparara ofertas para proyectos que, como bien sabía la propia Lisa, no justificaban que ellos se presentaran. Además, ordenó la instalación de tuberías de inferior calidad, con las cuales ya habían tenido dificultades anteriormente; exigió cambios de última hora en una propuesta que casi había concluido. A medida que avanzó el día se mostró cada vez más imperioso y prepotente. Lisa tuvo que apelar a toda su fuerza de voluntad para mantener el control de los nervios.
    Cuando salió de la oficina, estaba a un paso del estallido. Llegó a su casa, fatigada, colérica y deprimida. En el vestíbulo se descalzó; se quitó los leotardos, y lo dejó todo formando una pila. Los pies descalzos le producían una calma que parecía eliminar la presión de su cabeza.
    En la cocina, hundió la mano en la nevera buscando un melocotón, y le clavó los dientes mientras se acercaba a la puerta corredera y contemplaba su minúsculo patio fantaseando acerca de la posibilidad de apelar a la Comisión de Derechos Humanos para quejarse porque se la discriminaba. ¿El viejo obeso quería designarla vicepresidenta y concederle un aumento, y ella rechazaba la oferta? Que Thorpe tratara de que su firma fuera candidata a la categoría de los contratistas en proyectos relacionados con la minoría no tenía nada de ilegal. ¡Era solo antiético! Y Lisa rehusaba ser un peón en esa partida de ajedrez.
    Se paseó por la sala cubriendo de maldiciones la persona de Floyd Thorpe. Repasó el diario, y examinó el Kansas City Star, pero como había sospechado, nadie pedía especialistas en licitaciones. El Boletín de la Construcción no le aportó nada más, y la depresión de Lisa se acentuó.
    Sentada sobre el suelo, de espaldas al sofá, cruzó los brazos sobre las rodillas levantadas, y apoyó la frente. El hueso del melocotón se entibió y se convirtió en una cosa resbaladiza en la mano. Levantó fatigada la cabeza y apoyó la barbilla en un brazo, examinando los pliegues precisos de las cortinas blancas que ella aún pagaba a plazos…
    Había trabajado mucho para conseguir este puesto. Pasó una mano sobre el espeso pelaje de la alfombra de color rojizo. Había comprado la vivienda hacía apenas unos seis meses y, aunque tendría que esperar mucho antes de terminar la decoración, le encantaban los muebles que había logrado adquirir hasta ese momento. Tenía el modesto sueño de añadir artículos elegantes, pieza tras pieza, completando los toques finales de acuerdo a su economía.
    Suspiró, echó hacia atrás la cabeza, y apoyó el cuello en el almohadón del sofá tuxedo cubierto por una tela con un curioso dibujo maya de tonos ocres intensos y profundos. Los huecos estaban cubiertos con cojines gruesos que hacían juego. Los ojos de Lisa se desplazaron hacia el lugar donde deseaba poner un par de sillones complementarios.
    Pero la habitación consiguió que de pronto ella se sintiera más sola que nunca. Examinó las plantas sembradas en las macetas y formuló el deseo de que crecieran con más rapidez y ocuparan los espacios vacíos. Sus ojos pasaron enseguida al otro objeto que había en la habitación… el dibujo del ojo de Dios que colgaba de la pared, detrás del sofá, con los cordeles rojizos y pardos pegados tan torpemente que era indudable que el trabajo era obra de un niño.
    Sí, era indudable que se trataba de un espacio desnudo y solitario, pero era un comienzo, y si ella perdía el empleo también perdería la casa.
    Deprimida, regresó a la cocina, arrojó el hueso del melocotón al cubo de la basura, se lavó las manos y abrió de nuevo la nevera. Un par de minutos después continuaba mirando el espacio casi vacío, recordando el día en que había cambiado y redistribuido todos los muebles tratando de dejar espacio para las cosas que provenían del pasado.
    Cerró la puerta a los recuerdos, y deseó que el juez pudiera ver ahora lo que ella había avanzado desde el momento en que se le había enfrentado en el tribunal. Llevó una botella de leche al patio, se sentó en una silla de jardín, y bebió lo que quedaba utilizando el envase rojo y blanco, excesivamente desalentada para preocuparse por si la leche estaba o no en un vaso de vidrio.
    Mucho más tarde subió al piso. La primera planta de la casa tenía dos dormitorios y un baño. Cuando se aproximaba a la puerta de la habitación más pequeña, aminoró el paso. Se detuvo, deslizó la mano y encendió la luz. Un par de camas gemelas con pesados cabezales de pino ocupaban la pared del fondo. Entre ellas había una cómoda haciendo juego, cuya madera oscura y pesada parecía más sólida sobre el fondo de la alfombra escarlata; pero todo el resto estaba desnudo… habían solo una lámpara y una caja sin abrir de toallas de papel. Incluso así, la habitación parecía completamente adornada. Los cubrecamas y las cortinas estaban confeccionados con telas tersas y nuevas, cuyo diseño general era un conjunto de colores básicos. Sobre la pared, al lado de la cama, había dos estandartes de Kansas City.
    Lisa estudió con hosquedad la habitación, conteniendo las lágrimas que le quemaban los ojos y tuvo de nuevo la frustrante sensación de injusticia que nunca podía superar cuando pensaba en los niños.
    Contó los días.
    Un gato marrón y blanco entró silencioso en la habitación y acarició con su pelaje el tobillo de Lisa.
    – Ewing, otra vez te has acostado en la cama, ¿no es verdad?
    Lisa miró hacia abajo, vio cómo el gato se frotaba sinuoso contra ella, y después se acercó a una de las camas para sacudir el almohadón y alisar la manta. Al salir, recogió al gato, hundió la cara en el pelaje del animal y extendió la mano hacia la llave de la luz. Pero se detuvo en el umbral, se volvió, y paseó de nuevo la mirada por la habitación silenciosa.
    – Ewing, ¿qué haré si pierdo mi empleo? -se lamentó-. Tendré que renunciar a este lugar.
    El viernes por la mañana, Lisa estaba trabajando en una propuesta destinada a una sencilla instalación de distribución de agua corriente y eliminación de aguas negras en Overland Park, un sistema que atendería a un sector donde se proyectaba construir un centro comercial. La apertura de las propuestas se realizaría a las dos de la tarde. Esas últimas horas eran siempre las peores. El teléfono llamaba sin parar con mensajes de los vendedores que suministraban las últimas cotizaciones de los materiales; una amplia gama que abarcaba desde tuberías de cemento reforzado a piezas de hierro fundido. Acababa de recibir la cotización de un material que representaba varios centavos menos que la oferta precedente, y estaba recalculando el costo del subcontrato de la mano de obra cuando sonó el teléfono. Absorta, los dedos todavía recorriendo las teclas de la calculadora, Lisa retiró sin querer el auricular, apoyándolo entre el hombro y el oído, mientras sus ojos continuaban repasando una columna de números.
    Un momento después comprendió que había cogido una llamada cuyo destinatario era Floyd Thorpe. Una voz masculina decía:
    – …puedo conseguir esta tubería de cemento reforzado de treinta centímetros que hemos puesto alrededor del espacio libre. Los fallos están en el refuerzo, no en el cemento, de modo que será muy difícil descubrirlos.
    Floyd se echó a reír, y después replicó con voz muy suave:
    – ¿Y dividiremos la diferencia por la mitad?
    Horrorizada, Lisa apartó de la oreja el auricular agarrándolo con un gesto compulsivo y comprendiendo que hubiera debido cortar la comunicación apenas supo que la llamada no era para ella. ¡Pero todo había sido tan rápido! Depositó el teléfono sobre las hojas en las cuales estaba trabajando y miró su botón iluminado, asimilando lo que acababa de escuchar. Con cada segundo que pasaba aumentaba su repulsión. Había oído decir muchas veces que Floyd Thorpe conocía todas las trampas de la profesión y no temía usarlas, pero nunca antes había contado con pruebas. Utilizar materiales de calidad inferior, arreglar los precios, establecer situaciones de complicidad, sobornar a la competencia antes de las ofertas… había muchos engaños y era posible utilizarlos. Algunos eran ilegales, otros simplemente deshonestos. Pero, en cualquier caso, hasta ahora no habían pasado de ser meros comentarios.
    Devolvió con cuidado el teléfono a su lugar.
    Todavía estaba sentada allí, muy agitada, cuando Floyd Thorpe entró en la oficina. Esa mañana tenía entre los dientes el extremo mordido de un puro apagado.
    – No importa quién haya ofrecido suministrarnos las tuberías de cemento reforzado de treinta centímetros para ese trabajo de Overland Park, no las utilizaremos. Recibiremos las de Jacobi.
    – ¿Cómo? -replicó Lisa.
    – Sí, puede calcularlas a doce con cincuenta los treinta centímetros, solo los materiales.
    – ¿Y cuál es su margen de ganancia a doce dólares con cincuenta los treinta centímetros?
    Los ojitos pequeños se clavaron en ella como si hubieran sido dos rayos láser. La colilla del puro pasó al rincón contrario de la boca.
    – No le importa, calcúlelo así.
    Lisa saltó de su silla.
    – ¡No, calcúlelo usted!
    – ¡Yo! Esa licitación se abrirá a las dos de la tarde y…
    – ¡Y yo no la entregaré, si debo incluir las tuberías defectuosas de Jacobi!
    Los dedos gruesos apartaron lentamente de sus labios el puro mojado.
    – De modo que la Señorita Orejas Grandes estuvo escuchando las conversaciones telefónicas que no le interesaban, ¿eh?
    – Sí. Acabo de escuchar hace un momento la conversación entre usted y Jacobi. Pero fue sin intención. En realidad, solo alcancé a oír diez segundos de la conversación.
    – Pero fue suficiente para provocarle un súbito ataque de moral, ¿no es verdad? -Lo dijo de tal modo que pareció que se trataba de una palabra obscena.
    Lisa se estremeció. Apretó un muslo contra el borde del escritorio para controlar los nervios que tenía apunto de saltar.
    – ¡Esa actitud es deshonesta!
    Thorpe cambió de posición, hasta pareció que su hombro apuntaba a Lisa como un bateador de béisbol que estudia las señales de su compañero. Movió la colilla del puro ante la nariz de la joven.
    – Es ganancia. ¡Y no lo olvide!
    – Ganancia obtenida a costa del contribuyente. ¡Y podría agregar que del medio ambiente!
    – Bien, ¿qué me dice? -Thorpe paseó los ojos por las paredes de la oficina, como si buscara algo-. Lástima que no tengamos aquí un poste, para que usted misma se ate y encienda una cerilla -comentó burlón.
    Lisa ya estaba abriendo los cajones del escritorio, depositando el maletín sobre el sillón, abriéndolo, separando las cosas personales de los artículos que pertenecían a la empresa.
    – Me niego a ser cómplice de sus… materiales defectuosos o su plan para ingresar en la categoría de contratista de obras de interés para la minoría. ¡Caramba! No trabajaría en esta compañía ni aunque el propio Gerónimo fuese el presidente. -Depositó la agenda de direcciones, los libros legales y los portafolios en el centro del escritorio. Cada vez que sacaba un objeto, producía un golpe cuyo ruido era como un signo de exclamación en la oficina.
    – Gerónimo no habría tenido la inteligencia necesaria para administrar una empresa como esta y tener beneficios en un año tan duro como el pasado. Con una sola llamada telefónica me embolsé 10.000 dólares limpios y bien, ¿quién puede ser tan estúpido para rechazar una ganancia como esa?
    Lisa interrumpió sus preparativos, apoyó los nudillos sobre la superficie del escritorio y miró a Thorpe con una expresión siniestra.
    – Y nadie sabrá qué pasó cuando de aquí a cinco años la tubería se rompa y las aguas residuales sin tratamiento se infiltren en el depósito de agua de alguna persona o… se vuelquen al río Missouri o…
    – Usted es una auténtica Albert Schweitzer, ¿verdad? Bien, supongamos que yo le ofrezco una parte de mi beneficio en este pequeño negocio, y usted acepta el cargo de vicepresidenta. ¿Unos pocos miles aliviarían su conciencia?
    La convicción de que todos podían ser comprados indignó todavía más a Lisa. De pronto se sintió muy segura de que estaba haciendo lo que hubiera debido hacer meses antes. De pronto su cólera desapareció y se sintió poseída por una renovada sensación de bienestar. Aflojó los labios; se le calmó la voz.
    – Supongamos que acepto. ¿Y cuál sería la siguiente actitud antiética que usted me pediría? ¿Y la subsiguiente? ¿Y cuánto pasaría antes de que usted me pidiese que abandonara las posiciones simplemente antiéticas para ingresar en las que son ilegales? Verá, Thorpe, no es solo el dinero… es algo mucho más profundo. Es algo que corresponde a la naturaleza de un indio, y que no puede ser programado. Llámelo respeto elemental por la tierra… o como le plazca. Es parte de la razón por la que hago lo que hago. No puedo impedir el desarrollo o la extensión de las urbes. Pero puedo hacer mi parte para cuidar de que esos procesos no aniquilen por completo el medio. Coincido con usted, Gerónimo probablemente no sería un individuo rico si dirigiera esta compañía u otra parecida, pero bebería agua limpia en lugar de depositar diez mil dólares en el banco. -Lisa posó la mirada en su propio escritorio y después sonrió a Floyd Thorpe-. Ya que lo pienso, los indios nunca fueron famosos porque supieran ahorrar para los días de mal tiempo, ¿verdad?
    Las pertenencias de Lisa estaban apiladas entre el escritorio y el sillón. Cerró con fuerza el maletín, recogió en una brazada los blocs y carpetas y se giró hacía la puerta.
    – Pero ¿qué dice de la licitación de esta tarde? -chilló Thorpe.
    – Termínela usted mismo.
    – Muchacha, si usted sale de aquí, renuncia a su sueldo, porque yo negaré que la haya echado. Y no pretenda que le ofrezca recomendaciones y…
    El ruido de la puerta al cerrarse interrumpió sus palabras. Lisa pensó: «Como si su recomendación valiese algo en esta ciudad».
    El Ford Pinto rojo de Lisa se encontraba estacionado al lado del vehículo largo y aerodinámico de Thorpe, un Diamond Jubilee Mark V. El sedán azul marino estaba cubierto con una fina capa de polvo, como si recientemente hubiese pasado por una obra en construcción. Lisa depositó su carga sobre el asiento trasero del Pinto, y después se enderezó y examinó el polvoriento símbolo del estatus de Floyd. Pegado al vidrio de la ventanilla -todavía intacto- estaba el diamante ilustre, pero ahora desprovisto de brillo.
    Con una sonrisa sardónica, Lisa se inclinó hacia delante, echó su aliento sobre la insignia, levantó un codo y la lustró con cuidado. Retrocedió un paso para examinarla con espíritu crítico, asintió complacida y después se subió al Pinto y se alejó.
    Pero su actitud altanera había desaparecido por completo tres días después, cuando comprobó que no había nada que ni siquiera remotamente se pareciera a un empleo. Mientras se paseaba por la habitación, se dijo que había adoptado la única actitud que estaba a su alcance. Estaba pasando revista a los kilómetros que había recorrido con su automóvil y a pie los últimos días, cuando sonó el teléfono. Cuando atendió desde el supletorio de la cocina, pensó que la voz del Honorable Sam Brown era la última sobre la tierra que hubiera esperado escuchar en ese momento.
    – ¿De quién demonios se esconde? -dijo Brown sin rodeos.
    – ¿Qué?
    – ¡Estuve tres días tratando de conseguir su maldito número telefónico!
    – ¿Y puede saberse quién habla? -preguntó ella con un almíbar mal disimulado en cada sílaba.
    – Mi apreciada indiecita, habla el Honorable Sam Brown. ¿Se puede saber por qué demonios no está en la guía telefónica?
    – Porque estoy divorciada, y no quiero recibir llamadas telefónicas obscenas. ¿Y por qué no llamó a Construcciones Thorpe pidiendo mi número?
    – Lo hice, pero parece que a Floyd Thorpe de pronto le creció la conciencia… yo diría tarde, y rehusó suministrar información confidencial.
    – ¡Maldita rata sobrealimentada!
    – Es justo lo que yo pienso.
    – ¿Y cómo lo consiguió al fin?
    – Gasté sesenta y cinco dólares invitando a una pelirroja tonta y pagándole la cena, y después embriagándola con un vino alemán, porque sucede que ella trabaja en la compañía telefónica.
    Lisa se quedó atónita.
    – ¿Qué?
    – Y en definitiva, lo único que ella pudo ofrecerme fue un casto beso de buenas noches -aclaró Brown con acento malicioso.
    – Ya le dije, Brown, que no acepto llamadas telefónicas obscenas.
    – Qué lástima, porque la pelirroja al final se entregó… es decir, me reveló el número de su teléfono.
    – Brown, usted es una víbora maliciosa. ¿Quiere decir que sobornó a una pobre joven para conseguir mi número que no está en la guía?
    – Llámelo como quiera… lo conseguí, ¿no es verdad?
    – ¿Con qué propósito?
    – Oí decir que Floyd la despidió.
    – Bien, le informaron mal. Yo me retiré de la empresa.
    – Lo siento por usted. ¿Ya tiene otro empleo?
    – ¿Bromea? He estado recorriendo todo el ramo, de un extremo al otro de la ciudad, pero es inútil.
    – Escuche, le haré una propuesta.
    – Estaba segura de que era esa su intención, pero todavía no estoy tan desesperada. Si es la misma que le hizo a la pelirroja en su puerta, olvídese del asunto.
    – Usted es la mujer más suspicaz por la cual haya pagado alguna vez sesenta y cinco dólares, ¿lo sabía?
    – Imagino que hubo muchas, ¿verdad?
    – No continúe provocándome, cheroqui, este es un asunto serio. Deseaba hablar con usted acerca de la posibilidad de que trabaje en mi empresa.
    – ¿Qué?
    – Pero no lo hablaremos ahora. Jamás celebro una entrevista por teléfono, solo lo hago cara a cara. ¿Está muy ocupada mañana por la noche?
    – ¡Brown, usted está loco!
    Brown continuó como si ella no hubiese hablado.
    – Mañana estoy atareado el día entero, incluso a la hora del almuerzo, pero estaré libre digamos… a eso de las cuatro y media. ¿Por qué no nos reunimos en algún sitio a beber un cóctel y hablamos del asunto?
    – Brown, no puedo trabajar para usted. ¡Sería como saltar de la sartén a las brasas!
    – Escuche, me agradaría continuar oyendo su hermosa voz, pero tengo mucha prisa. Nos encontraremos en la calle State Line cinco-tres-cero-uno, y discutiremos razonablemente el asunto. Cinco-tres-cero-uno… ¿Lo ha anotado?
    – Sam Brown, no confío en usted. ¿Por qué cree que…?
    Pero él había cortado la comunicación.
    – ¿Brown?… ¡Brown, vuelva aquí!
    La línea estaba vacía, y antes de que la dirección se le borrara de la mente, fue a buscar un lápiz.

Capítulo 4

    La dirección mencionada por Brown correspondía a un lugar tan grandioso que Lisa pasó dos veces por delante sin considerar siquiera que pudiese ser el lugar apropiado. Era un sitio impresionante. Se elevaba en la cumbre de la colina, y dominaba el paisaje con una fachada blanca que recordaba a Lisa las mansiones de la preguerra. Al levantar los ojos hacia la mansión, Lisa tuvo la clara sensación de que Scarlett O'Hara aparecería por la puerta. Un sendero en forma de herradura se elevaba hacia el edificio, formaba una curva de abundante césped y rodeaba un imponente parterre que descubría el único indicio acerca de la identidad de la construcción, dos letras impresionantes, «C C», formadas por vibrantes geranios rojos y blancos.
    Parecía tratarse de un club de campo, y estaba al lado de Ward Parkway, quizá la calle más prestigiosa de la ciudad, con sus innumerables fuentes y sus mansiones construidas por las familias de acaudalados próceres. A Lisa no le quedaba ninguna duda de que el lugar tendría un grupo de afiliados de la más elevada categoría.
    ¿Y Sam Brown era miembro de esa entidad?
    Lisa descendió del automóvil, se pasó una mano por encima de la falda, ¡gracias a Dios no llevaba pantalones! Incluso el vestido no era muy apropiado, pues se trataba de un conjunto un tanto informal de dos piezas con rayas marrones y blancas; bajo la chaqueta llevaba una blusa de cintura estrecha, las mangas amplias y el cuello alto.
    Los arbustos alrededor de la entrada parecían artificiales por estar recortados de modo perfecto. Las macetas con flores y los arbustos formaban una colorida profusión a cada lado de los peldaños. Deteniéndose a pocos pasos de las plantas, Lisa extrajo de su bolso un lápiz labial, inspeccionó su cara en un minúsculo espejo, y se aplicó una reluciente línea ámbar en los labios. Apretando bajo el brazo su bolso, ingresó en el C C, fuera lo que fuese.
    Estaba en una amplia sala con ventanas anchas hacia la izquierda, a través de ellas entraba la luz del sol que iluminaba un elegante conjunto de muebles antiguos. A un lado de los sillones había un hogar, y varios enormes ramos de flores artificiales conseguían que los elegantes muebles antiguos parecieran incluso más valiosos.
    Una voz discreta la sobresaltó.
    – ¿Señora Walker?
    Lisa se volvió y vio a una mujer impecablemente vestida que le sonreía, sus ojos inteligentes detrás de un par de gafas, con una cadena que colgaba de una de las patillas. Por su aspecto la mujer podía ser la propietaria de la casa.
    – ¿Sí? -replicó la desconcertada Lisa.
    – Ah, pensé que era usted, basándome en la descripción que me ofreció el señor Brown. Está en el salón. Siga por ese corredor y lo hallará fácilmente.
    Con un elegante movimiento de la mano, la mujer se retiró.
    Lisa descendió la escalera que la mujer le había indicado, y se encontró en un bar de techo bajo, no muy iluminado. Apenas tuvo tiempo de advertir que Sam Brown no estaba allí, cuando un negro sonriente, con el atuendo formal del camarero, se aproximó para preguntarle lo mismo que la mujer del piso alto:
    – ¿Señora Walker?
    – Sí.
    – El señor Brown la espera en el salón; le ruego que me siga.
    La llevó a otra habitación elegante, muy parecida a la del piso alto, solo que más pequeña y más íntima, iluminada por una suave luz difusa que provenía de varias lámparas de mesa. Aquí también había un hogar en la pared del fondo, y un juego de cómodos muebles agrupados en distintos conjuntos. Sam Brown, que ocupaba uno de los sillones antiguos al lado del fuego, se puso de pie.
    – Señor Brown, aquí está su invitada -anunció el camarero.
    – Gracias, Walter -dijo Sam y luego añadió dirigiéndose a Lisa-: Veo que no ha tenido inconvenientes para encontrar la casa.
    – Hubo algunas dificultades -reconoció ella, mientras paseaba la mirada por los cabellos y la cara de Brown.
    – ¿La señora desea un cóctel? -preguntó Walter.
    – Sí, un Smith & Kurn -respondió Brown al camarero, que se retiró discretamente. Después se volvió hacia Lisa, y esbozó un gesto-. Siéntese, señora Walker.
    A pesar de todo, ella se sintió complacida porque él había recordado la bebida que prefería, y moderó su voz al formular la observación:
    – Sam Brown, no me venga con el tratamiento de «señora Walker». ¿Por qué no me advirtió qué clase de lugar era este?
    Lisa se sentó en un diván Chippendale, y Brown eligió el sitio que quedaba libre al lado de ella, en lugar del sillón que había ocupado antes. Se volvió hacia un lado, alzó la rodilla sobre el asiento tapizado, y apoyó el brazo sobre: el respaldo. Examinó a Lisa con una media sonrisa.
    – ¿Por qué, cheroqui? Usted tiene un aspecto excelente.
    – Y no me llame cheroqui. -Ella miró alrededor para comprobar si alguien los había escuchado; pero estaban solos en la habitación.
    – Si no puedo llamarla señora Walker, y tampoco cheroqui, ¿cómo debo dirigirme a usted?
    Al principio ella no supo qué contestar.
    – Pruebe a llamarme Lisa -propuso.
    – Muy bien, Lisa, ¿tropezó con alguna dificultad para llegar a este lugar?
    – ¡Dificultad! Pasé frente a la casa dos veces, y ni siquiera la miré. y ya que estamos, ¿qué es esto?
    – Es el Carriage Club.
    – Y entiendo que usted es socio.
    – En efecto. -Brown extendió la mano hacia el cóctel depositado sobre una mesa ovalada, delante del sofá. Todo el conjunto, incluso el par de sillones, estaba frente al hogar, de modo que formaba para ellos una especie de rincón privado.
    Ella volvió los ojos hacia la mesita de centro. Además de un ramillete de claveles recién cortados, había allí un cuenco con nueces. La mirada de Lisa recorrió las paredes empapeladas y los guardafuegos del hogar, hasta retornar a Sam Brown, y descubrir que él estaba observándola.
    – ¿Supuestamente esta experiencia debe modificar mi opinión de… los ricos decadentes? -preguntó Lisa.
    Él se encogió de hombros, pero su sonrisa perduró.
    En ese momento Walter regresó con su Smith & Kurn, lo depositó sobre la mesa y preguntó:
    – ¿Algo más para usted, señor Brown?
    – Otra vez lo mismo.
    Apenas Walter se retiró, Lisa no pudo resistir la tentación de preguntar:
    – ¿Qué? ¿No piensa pedir encurtidos?
    – Los ricos decadentes no necesitan hacerlo. Walter sabe exactamente cómo quiero mis bebidas.
    – Entonces… ¿usted es un socio conocido?
    La única respuesta de Brown fue mantener la expresión cordial en la cara, y a pesar de todo Lisa Walker se sintió presionada.
    – Señor Brown, vine aquí para hablar de negocios -dijo.
    – Por supuesto. -Él se inclinó un poco hacia adelante-. A diferencia de la mayoría de las empresas contratistas de esta ciudad, la mía tuvo un buen año. El sector de lampistería de la firma mantuvo a la sección de aguas corrientes y residuales, hasta que pudo funcionar con autonomía. Ahora, lo único que necesito es un buen calculista para las licitaciones.
    – ¿Y por qué cree que yo soy buena?
    – Casi me derrotó en ese concurso de Denver, y, en todo caso, desplazó a una colección impresionante de competidores. Quiero que una persona que puede hacer esto trabaje para mí, no contra mí.
    – También a usted lo derroté -dijo ella con voz suave.
    – ¿Vamos a volver a castigar de nuevo a ese pobre caballo muerto?
    – No pude resistir la tentación.
    Él la examinó muy sereno. Distraída, ella extendió la mano hacia las nueces.
    – ¿Le interesa la propuesta de trabajo?
    Ella no deseaba confesarlo, pero sí, le interesaba. Walter se acercó un momento y, a pesar de la interposición del camarero, Lisa pudo sentir los ojos de Sam Brown que la miraba mientras ella se llevaba las nueces a la boca, y después se lamía la sal que se le había quedado pegada en los labios.
    Lisa levantó la mirada para dirigirse a Brown.
    – Quiero que lo sepa de entrada… no me encargo de tareas sucias para nadie. Cotizo franca y limpiamente en las licitaciones.
    – Le pagaré cuarenta mil dólares anuales, más un coche de la empresa y los acostumbrados pluses: participación en los beneficios, seguro, tarjeta de crédito de la compañía.
    Mientras Lisa trataba de asimilar estas palabras vio cómo Sam movía con pereza su bebida, y después acercaba la mano a un platito rojo con cuatro encurtidos. Los dientes brillantes de Sam sujetaron el primero y sus mandíbulas comenzaron a masticar mientras Lisa se tranquilizaba.
    – ¿Cuarenta mil anuales? -Las palabras brotaron con dificultad de sus labios.
    – Así es. -Los ojos de Sam se posaron indolentes en los de Lisa, al mismo tiempo que cerraba esa dentadura perfecta sobre el segundo encurtido.
    Hipnotizada, y todavía incapaz de asimilar la oferta, observó como Sam devoraba los cuatro encurtidos.
    «¡Cuarenta mil dólares!»
    – Usted seguramente bromea.
    – En absoluto. Tendrá que trabajar mucho para ganarlos. Si yo digo que viaje, usted viajará. En este momento estamos presentando ofertas en ocho estados. A veces tendrá que quedarse a trabajar durante la loche si tenemos que cumplir un plazo. En otras ocasiones volará de noche para conseguir la conexión y llegar a tiempo a determinada ciudad. Pago bien a mis especialistas en licitaciones, pero se ganan cada centavo del sueldo.
    Ella continuaba demasiado aturdida para aceptar la idea.
    – Todavía no sé dónde están sus oficinas.
    – Del otro lado del río, cerca de Rainbow y la Avenida Johnson. Si lo desea, la llevaré después para que vea las instalaciones.
    De nuevo ella se asombró. El distrito que él había mencionado era muy conocido por tratarse de uno de los más prestigiosos de la ciudad. Generalmente se lo denominaba la Plaza, por su proximidad al lujoso centro Comercial del Plaza Country Club. Todavía estaba sumida en sus reflexiones cuando Sam Brown sacó una corbata del bolsillo de su chaqueta deportiva de hilo azul; ella estaba tan inmersa en sus pensamientos que apenas advirtió lo que él estaba haciendo. Sin la ayuda de un espejo, se abotonó el cuello de la camisa, puso debajo la corbata y comenzó a anudarla. Aunque los ojos de Lisa estaban fijos en las manos de Sam Brown en realidad en ese momento pensaba en el par de sillones tapizados con pana que tanto deseaba y en las cortinas que podría pagar pronto, puesto que al parecer no haría falta que renunciara a su propia casa.
    El atento Walter apareció como surgiendo de la nada.
    – ¿Algo más, señor Brown?
    – Walter, ahora la señora Walker y yo iremos a comer. Muchas gracias.
    – Muy bien, señor. Le llevaré las bebidas.
    Lisa por fin emergió de su ensueño y advirtió entonces que Sam Brown le ponía una mano bajo el codo y la invitaba a ponerse de pie. Caminaron detrás de Walter.
    – Las normas de la casa -murmuró Sam con acento conspirador-. Los hombres necesitan usar corbata en el comedor.
    Lisa realizó un débil intento de desprenderse de la mano imperiosa de Brown. Esto es demasiado perfecto. ¡Y está desarrollándose con excesiva rapidez!, pensó.
    – No estoy vestida…
    – Está muy bien vestida. -Los ojos de Brown se deslizaron de los cabellos de Lisa a su cintura, y volvieron a ascender.
    Ella se sintió obligada a ofrecer más resistencia.
    – Pero…, pero aún no he dicho que trabajaría para usted, y mucho menos aún he ganado una licitación. Y usted me invitó a una copa, no a cenar.
    Él se limitó a sonreír junto a la mejilla de Lisa, pellizcó la piel suave y desnuda del codo, y se burló:
    – Usted debe permitir que un hombre trate de impresionar a una dama, cuando está haciendo todo lo que sabe, ¿no le parece, cheroqui?
    Quizá, más que otra cosa cualquiera, la palabra la devolvió a la tierra. Cheroqui. Pero ya era demasiado tarde. Habían llegado a la puerta del comedor, que se abría sobre el vestíbulo. Ella se sintió impotente mientras caminaba junto a Brown. Su pulgar áspero rozó la piel desnuda de Lisa, mientras se detenían después de pasar la puerta, y lo saludaban nuevamente por su nombre:
    – Buenas noches, señor Brown… señora. La mesa está preparada. -El hombre los acompañó a una mesa cubierta por un mantel de hilo, situada frente a una ancha ventana que formaba un semicírculo alrededor de la mitad del comedor. Lisa contempló la vista con la piscina, una pista de hielo, y las pistas de tenis más abajo. A lo lejos, una hilera de árboles altos indicaba el curso sinuoso del río Brush, que fluía hacia el este. El sol enviaba los últimos rayos sobre el prado verde, y Lisa se vio en dificultades para apartar la mirada del panorama.
    La presión sobre la parte posterior de sus rodillas le recordó que Sam Brown esperaba solícito el momento de acercarle el asiento.
    – Oh… gracias. -Se sentó, expuesta al perfume seductor que se desprendía de él, que entretanto ya estaba acomodándose frente a Lisa. Apenas Brown ocupó su asiento, otro solícito camarero del Carriage Club se acercó de inmediato.
    – ¿Cómo esta señor Brown? El plato especial de esta noche consiste en camarones con salsa de vino, condimentados con estragón y servidos con verduras. -Colocó una carta delante de Lisa y después otra delante de Sam.
    Él enarcó las cejas, y una sonrisa le curvó los labios.
    – Hambriento como un oso, Edward, ¿y cómo está usted?
    Edward se irguió y rió por lo bajo.
    – Estoy muy bien, señor. Mañana comienzo mis vacaciones. Iré a la casa de mi hijo en Tucson. Acaba de nacerle una hija y nosotros todavía no la conocemos.
    – En ese caso, supongo que es un poco difícil prestar atención a los camarones con verduras, ¿verdad?
    – En absoluto, si se trata de usted. El servicio es el mismo de siempre.
    Ambos se echaron a reír, como suelen hacer los hombres que repiten con frecuencia cierto rito. Lisa observó que existía la misma camaradería entre Brown y el otro camarero que les trajo jarras de agua helada.
    Cuando al fin estuvieron solos, cada uno con su carta, Lisa reconoció:
    – Estoy impresionada, Brown. ¿Acaso podría reaccionar de otro modo?
    – Repítame eso cuando me vea actuando en la oficina y su comentario signifique algo.
    Lisa buscó signos de burla, pero no vio nada por el estilo.
    ¿Qué sabía de ese hombre, qué sabía de Sam Brown? ¿Era un individuo honorable o un sinvergüenza? Las actitudes que adoptaba en ese ambiente elegante, ¿eran una cortina intencional destinada a ocultar su lado más sórdido? Brown podía seducir y atraer a cualquiera… de eso ella no tenía la más mínima duda. Pero ¿también podía mostrarse implacable? Su atracción física era suficiente para encantar a cualquier mujer, y ese hecho dificultaba la formulación de un juicio acerca de sus rasgos ocultos. Después de todo, ella estaba tratando de tomar una decisión en la esfera del trabajo, y la apariencia de ese hombre no tenía la menor relación con su carácter o sus motivaciones. Entonces, al observarlo, Lisa entrelazó los dedos, apoyó los brazos sobre el borde de la mesa, y se inclinó hasta que sus pechos le tocaron las muñecas.
    – Hábleme claro, Brown. ¿Se propone emplearme con el propósito de aprovecharme, como hizo Thorpe?
    Ella lo miró detenidamente a los ojos, que manifestaron cierta sorpresa ante la pregunta directa; después, brillaron un tanto divertidos, pero también esa expresión desapareció, y preguntó muy concretamente.
    – ¿No es posible, señora Walker, que usted esté un poco obsesionada por su condición de india? -Ella se violentó inmediatamente, pero, antes de que pudiese contestar, Brown continuó diciendo-: Realicé algunas averiguaciones acerca de su persona. Es eficaz y honesta, es joven y ambiciosa. Un empresario no comete un error muy grave si la contrata como especialista en concursos, sobre todo cuando su empresa tiene por otra parte un plantel excelente. Fuera de eso, recuerde que usted no necesitaría gastar tiempo en desplazamientos para llegar a la oficina. Y eso siempre es ventajoso para una empresa.
    La respuesta de Brown provocó la sorpresa de Lisa.
    – ¿Cómo sabe dónde vivo?
    De nuevo hubo una impresión de regocijo en los ojos de Brown.
    – Usted olvida que su maleta tenía una etiqueta atada en el asa; allí estaba la dirección.
    ¡Por supuesto! ¿Cómo era posible que se hubiera olvidado de lo que en realidad había sido el origen de la relación entre los dos? Sin embargo, era desconcertante pensar que había estado preguntando a la gente acerca de ella.
    – Dígame, señor Brown -comenzó-, ¿hay algo que usted no sepa de mi persona?
    Él apartó los ojos de la carta y Lisa se sintió incómoda, al advertir que llevaba un collar que tenía la forma de una cabeza de flecha india, colgada del cuello por una tira de cuero. Pero los ojos de Brown regresaron a la carta y contestó:
    – Sí, no sé por qué usted se molesta en pedir su comida sin patatas, cuando no necesita tomar esa medida. Aquí la comida es muy buena. Le aconsejo que no se modere, y por lo menos esta noche se dedique a saborearla.
    La respuesta de Brown originó inmediatamente una reacción de vanidad femenina, pero ella se dijo que debía aceptar el cumplido con cierta cautela. En ese momento, llegó el camarero para tomar el pedido.
    De acuerdo con lo prometido, la comida fue deliciosa. Mientras cenaban discutieron sobre algunos trabajos pendientes, licitaciones en las cuales Sam deseaba presentarse, o proyectos en los que ella había trabajado; no hubo más comentarios de índole personal, hasta que, después de tomar el café, él se recostó en el respaldo del asiento, un hombro más abajo que el otro, de una postura con la cual ella ya había comenzado a familiarizarse.
    – En realidad, en usted hay un aspecto que me desconcierta -dijo Brown.
    Ella lo miró expectante.
    – ¿Por qué no hay indicaciones sobre otros trabajos antes del de Construcciones Thorpe?
    – Existen. Están en St. Louis.
    – ¿St. Louis? -Sam enarcó las cejas.
    – Sí, antes vivía allí.
    – ¿Antes de qué? -Aunque la mirada que él fijó en Lisa era amable, la joven pensó que estaba perforándole la cabeza.
    – Antes de mudarme aquí hace tres años -contestó Lisa evitando una respuesta franca.
    – Ah. -Él levantó la barbilla, y durante un instante ella pensó que insistiría en las preguntas, pero en ese momento llegó el camarero, dejó una bandejita al lado de Sam Brown y le entregó una pluma de plata.
    – Discúlpeme, señor Brown, su cuenta. -Sam garabateó rápidamente la firma y se puso de pie-. Vamos, le mostraré la oficina.
    Lisa respiró aliviada ante la interrupción, pues el tema de St. Louis no era un asunto en el cual le interesara ahondar.
    Cuando caminaban hacia la puerta, fueron interrumpidos por un hombre impecablemente vestido, que se giró desde su asiento y extendió la mano.
    – ¿Cómo van esas cosas, Sam?
    – Muy bien. Gané una licitación en Denver la semana pasada. -Brown soltó el codo de Lisa para estrechar la mano del hombre, y después realizó con cortesía las presentaciones.
    – Cassie y Don Norris… Lisa Walker, mi nueva especialista en licitaciones.
    Lisa contempló la posibilidad de desmentirlo enérgicamente, pero en cambio estrechó la mano de los Norris.
    – Bien, enhorabuena, Lisa. Ha elegido una compañía excelente -dijo Don Norris.
    Ella murmuró un comentario, sorprendida ante el elogio imprevisto, y formulando en silencio la esperanza de que se ajustase a la realidad. Un momento después, Sam la impulsó de nuevo hacia la puerta.
    Mientras atravesaban el vestíbulo, no pudo evitar una mirada a Sam.
    – ¿Su nueva especialista en licitaciones? ¿No está siendo un poco presuntuoso?
    Sam sonrió y se encogió de hombros.
    – Elimina una larga explicación. Podría haber dicho también que usted es la mujer que me robó la maleta en el aeropuerto de Denver. ¿Eso habría sido mejor?
    Lisa se giró para ocultar una sonrisa, y en aquel momento llegaron al vestíbulo principal, se acercaron a la puerta y salieron.
    – Puede viajar conmigo -propuso Brown-. No está lejos, y yo después la traeré de regreso para que recupere su coche.
    La condujo a un Toronado de gran categoría. El interior del auto olía como Brown… el aroma agradablemente masculino del jabón y la loción del afeitado. El asiento delantero era lujoso; y estaba equipado con un estéreo que les permitió distraerse mientras viajaban en aquel anochecer de verano.
    Hacía mucho tiempo que Lisa no estaba en un coche con un hombre atractivo… ¡y Sam Brown en verdad lo era! Observó el perfil de la muñeca de Brown sujetando el volante, el resplandor de un reloj de oro que asomaba bajo la manga, los dedos laxos de piel oscura Y uñas bien cuidadas. Recordó la agradable comida que acababan de compartir, su camaradería fácil con todas las personas del club, el elogio formulado por Norris al pasar, el ágil sentido del humor de Brown. Se atrevió a realizar un breve examen de los cabellos, la oreja y el lateral del cuello de Brown, pero entonces él volvió la cara hacia Lisa, y esta desvió rápidamente los ojos hacia la ventanilla.
    No había la más mínima duda: Sam Brown empezaba a caerle simpático.
    El complejo de oficinas era nuevo y moderno, y ofrecía un espectáculo grato a los ojos. El sol tardío, iluminando con sus últimos rayos las paredes de ladrillo color canela y las ventanas de vidrios ahumados, creaban profundos triángulos de sombra, acentuando la belleza del diseño arquitectónico de los edificios. De acuerdo con la pretensión de Kansas City, de que poseía más fuentes que cualquier otra ciudad del mundo excepto Roma, los edificios se habían levantado alrededor de una encantadora explanada, cuya atracción principal era una fuente, que desprendía una cascada creando un espectáculo que recordaba una flor abierta.
    Sam guió a Lisa a lo largo de senderos curvos de concreto que pasaban al lado de cerezos, tejos y moras. Cada planta estaba tan bien cuidada que parecía atendida por un cosmetólogo y no por un jardinero. El sistema de regado funcionaba, y, mientras pasaban de un edificio a otro, Lisa respiró el aroma acre de los puntales de cedro agrupados en la base de las plantas decorativas. Los bancos de secoya habían sido distribuidos estratégicamente a lo largo de los senderos, e incluso las papeleras estaban construidas en madera de secoya, en combinación con el entorno. A los lados de cada edificio se habían plantado altos fresnos.
    Sam abrió la puerta del vestíbulo y dio paso a Lisa, para ingresar en un lugar espacioso con el suelo protegido por una alfombra anaranjada. Los peldaños de la escalera estaban enmoquetados, y parecían descender desde algún lugar misterioso de las alturas, para llegar al centro del vestíbulo. Una hermosa barandilla de madera de avellano se deslizó muy suave bajo la palma de Lisa, mientras esta la acariciaba con detenimiento.
    Si ella había supuesto en un principio que Brown era un patrón de escasa importancia, el ambiente sugería lo contrario.
    En la oficina 204, él introdujo una llave en la cerradura, empujó hacia adentro la puerta de madera de avellano y la sostuvo para dar paso a Lisa. Se encendieron las luces fluorescentes que iluminaron toda el área de recepción.
    Lisa miró inquieta a su alrededor. Había algo sombrío y como abandonado en esa oficina silenciosa y vacía. El vestíbulo estaba decorado en tonos azules, y de las paredes colgaban carteles que reflejaban distintos momentos de la historia de la empresa. Tenían marcos de aluminio y cubierta de vidrio, y colgaban del lujoso revestimiento de vinilo que cubría las paredes y que hacía juego con las sillas tapizadas y las mesas con tablero de cristal, donde descansaban diferentes revistas de la construcción y folletos de las empresas proveedoras.
    El repiqueteo de las llaves indujo a Lisa a mirar de nuevo a Sam.
    – Esta es obviamente el área de la recepción -dijo Sam, indicando con un movimiento de la cabeza una pared que se levantaba aun lado, y que era el trasfondo del escritorio de la recepcionista.
    La oficina de contabilidad era el primer cubículo que estaba detrás de la pared. Dentro, un ordenador zumbaba muy despacio, y las fotografías de dos niños pequeños aparecían sobre un escritorio.
    – El ordenador funciona día y noche -informó Sam a Lisa-. Allí está archivado todo sobre los miembros del personal, así como el inventario de las piezas.
    Había otra oficina para el contable y su ayudante, y a continuación una amplia área abierta, también alfombrada en azul oscuro; allí estaban alineadas varias mesas de dibujo. La distribución daba un sentimiento general de paz, pues las ventanas se extendían casi del techo al suelo, y la visión de los fresnos afuera ayudaba a incorporar el ambiente externo al interior del edificio. La estancia estaba en el rincón sureste del edificio; por lo tanto, la puesta del sol dejaba esa zona mal iluminada, ya que Sam no había encendido las luces del techo.
    – Aquí trabajan nuestros dibujantes-explicó sin necesidad. Lisa advirtió que Sam Brown siempre caminaba un paso detrás de ella. A veces, el suave repiqueteo de las llaves le indicaba cuál era la distancia que él mantenía. Lisa contempló el espacio agradable y ordenado. Había grandes pilas de planos, colgados pulcramente, como sábanas puestas a secar en el tendedero. No alcanzó a ver planos enrollados, arrugados o rotos. No había pedazos de arcilla seca sobre la alfombra, ni tazas de café convertidas en basureros. -Esta es la sala de copias -dijo Sam, y Lisa volvió la cabeza a tiempo para percibir un movimiento indefinido del brazo antes de que él pasara del sector de dibujo a otra oficina separada del resto. En el umbral se volvió de nuevo hacia ella, y con su actitud pareció invitarla a avanzar.
    – ¿Su despacho? -preguntó ella.
    Sam asintió.
    Al llegar a la puerta ella se detuvo con una actitud apreciativa. La estancia era un lugar limpio y ordenado, y Lisa no pudo dejar de compararlo con la pocilga de Floyd Thorpe. A un lado había un escritorio ejecutivo de proporciones modestas, y un armario bajo la ventana. También una mesa de reuniones, rodeada de sillones de cuero; era obvio que se utilizaba para celebrar conferencias. El suelo estaba alfombrado, las ventanas tenían persianas verticales y sus colores eran claros. También aquí los planos y los diagramas colgaban de bastidores limpios y pulcros. En el rincón había una planta alta; allí confluían las ventanas que miraban al este y las que daban al sur.
    Lisa cruzó hasta la ventana que daba al sur y miró hacia fuera. Un momento después percibió de nuevo el aroma de Sam, que se acercaba por detrás y señalaba más allá de las copas de los árboles.
    – Hemos estado allí. -Desde ese lugar ella pudo ver solo la parte superior del edificio principal del Carriage Club-. Casi siempre yo me muevo por un área bastante limitada.
    – Pero muy agradable -observó ella, volviéndose y apoyando las yemas de los dedos sobre la superficie lustrada del escritorio. Los ojos de Lisa encontraron la mirada de Sam, pero esta vez no vio el más mínimo atisbo de burla-. Todo esto me gusta mucho.
    La expresión en la cara de Sam indicó a Lisa que eso era lo que había deseado escuchar. Sus dedos se aflojaron y las llaves tintinearon suavemente.
    – ¿Desearía ver el sector donde preparamos las propuestas?
    – Creí que no lo preguntaría.
    Una sonrisa se dibujó en la cara de Sam, y entonces la llevó a otro sector bastante amplio, parecido a aquel en que estaban las mesas de dibujo. Aquí, las mesas eran lisas y tenían la altura de los escritorios. Como miraba hacia el sur, el área de cálculos de las licitaciones tenía el mismo panorama que podía verse desde la oficina de Sam. Lisa miró hacia fuera, y recordó de nuevo los años que había trabajado en la oficina de Floyd Thorpe, al mismo tiempo que se preguntaba si quizá estaba equivocada en relación con el carácter de Sam Brown; pero sabía que eso tenía cada vez menos importancia en vista de su notable ofrecimiento y la belleza y comodidad de la oficina.
    – Usted es la primera calculista a tiempo completo que contratamos para el nuevo sector de la empresa, de modo que no se le ha asignado un área propia -explicó Sam-. Trabajará aquí, con los calculistas de fontanería, si no tiene inconveniente.
    – Oh… -Ella se apartó de la ventana-. Esto es más que suficiente, como seguramente usted sabe. Nunca vi una oficina tan lujosa como esta. Pero estoy segura de que usted también tiene perfecta conciencia del hecho.
    – Que uno tenga que andar por el barro para ganarse la vida no significa que necesite vivir del mismo modo.
    – No, por supuesto. Pero alguien debería decírselo a Floyd Thorpe.
    Sam Brownse volvió e indicó un escritorio que estaba allí cerca.
    – Éste sería el suyo.
    Los escritorios estaban dispuestos en ángulo lo que hacía que la habitación pareciese aún más espaciosa. Al lado del escritorio señalado por Sam había un naranjo en su maceta; parecía que la planta estaba prosperando.
    Lisa caminó en dirección a su escritorio, retiró la silla, y tocó el naranjo. La silla se desplazó en silencio sobre la amplia lámina de vinilo claro que protegía la alfombra azul. La joven se sentó y apoyó las palmas sobre la superficie del escritorio, como si deseara probar su temperatura. Un sentimiento de exaltación se adueñó de su pecho. Dios mío, era como un sueño convertido en realidad. Miró a Sam, que se encontraba de pie acierta distancia, observando cada uno de los movimientos que ella realizaba.
    – Creo que todo está bien. -Al aceptar la oferta de Sam, ella sintió colmadas sus expectativas.
    – De acuerdo. -Él levantó una mano y con un gesto la invitó a acercarse-. Vamos, la llevaré de regreso a su automóvil. Ya pasará bastante tiempo en esa silla; no hace falta que empiece hoy.
    Ella devolvió la silla a su lugar bajo el escritorio, y se acercó a Sam. Esta vez él no la tocó, pero, antes de alejarse definitivamente, ella se volvió y miró por última vez su escritorio.
    En el coche de Sam Brown ella no oyó la música, ni sintió el contacto con el asiento de felpa, ni miró su reloj. Estaba demasiado excitada.
    – Dios mío, Brown, ¿usted hizo todo esto o lo hizo su padre?
    – Él facilitó que yo lo hiciera. Nos mudamos a esta oficina solo después de su fallecimiento.
    Lisa hizo una pausa.
    – Imagino que a él le habría agradado tanto como me complace a mí.
    – Él estaba satisfecho con el antiguo lugar -dijo Sam-. Mi padre fue la persona que me indujo a pasar al nuevo edificio, y a dotar de categoría todo el ambiente. Sucedió que cierto año ganamos demasiado. Los gastos generales permitieron una agradable deducción de impuestos después de que alquiláramos este nuevo lugar. Y entre tanto, disfrutamos de las comodidades.
    – ¿Sabe lo que haré el primer día de trabajo? -Lisa apoyó la cabeza en el respaldo del lujoso asiento y cerró los ojos.
    – ¿Qué?
    Ella movió la cabeza en dirección a Sam y, al abrir los ojos, comprobó que él estaba examinando la curva del cuello de su nueva empleada.
    – Traeré mi almuerzo y me sentaré junto a esa fuente a comer al mediodía
    Él se echó a reír, y Lisa observó cómo cambiaba el semblante de Sam Brown.
    – Como usted quiera. En el complejo hay varios restaurantes buenos.
    – ¡Restaurantes! ¿Dónde está su sentido de la naturaleza?
    – Absorbo toda la naturaleza que necesito durante el día. Paso más de la mitad de mi tiempo en las obras en construcción. Mi padre me enseñó que es el único modo de dirigir una empresa como esta… vigilando todo lo que se hace en lugar de dejarlo en manos de terceros. Al mediodía prefiero ir a un sitio que sea fresco y no esté lleno de polvo, y donde alguien me sirva una comida decente en un plato.
    Lisa no pudo dejar de preguntarse si él iba a las obras vestido como ahora. Los zapatos marrones ciertamente no parecían manchados por el polvo.
    En ese momento el Toronado entró por el sendero en herradura del Carriage Club, y Lisa se incorporó en su asiento. Brown llevó el coche al estacionamiento, y antes de que Lisa pudiera protestar, había descendido a abrirle la puerta. Ella se le adelantó por una fracción de segundo y los dos se reunieron al lado del vehículo.
    Juntos atravesaron el estacionamiento.
    – ¿Cuándo desea comenzar? -preguntó Sam Brown.
    Ella lo interrumpió apoyando una mano en la manga de su interlocutor.
    – Brown, deseo preguntarle una cosa antes de decirle que acepto el empleo.
    – ¿De qué se trata?
    Ella tragó saliva, sabiendo que lo que debía preguntar era osado.
    – Yo… necesito disponer de la última semana de agosto. -Ahora corría la última semana de julio… ella sabía que era mucho pedir. En la industria de la construcción nadie se tomaba días libres durante la activa temporada de verano. Mientras esperaba de pie la respuesta de Sam, Lisa también temió que pudiera preguntar la razón de su petición, de modo que buscó frenética una mentira inocente. Pero en definitiva no necesitó decirle nada.
    – No será ningún problema -dijo Sam-, pero, por lo general, tomamos nuestras vacaciones durante los meses invernales, cuando no hay tanto trabajo. -Comenzó a alejarse, pero Lisa lo aferró del brazo.
    – ¡Oh, no pretendo que sea una semana con sueldo! Solo… -De pronto advirtió que estaba aferrando el brazo de Brown y retiró la mano.
    – Está bien. Hasta donde recuerdo, por esa época no habrá ofertas importantes, de modo que puede atender a sus necesidades.
    – Gracias. En ese caso, volviendo a su pregunta original. -Trató de insinuar una sonrisa-. ¿El lunes le parece demasiado temprano?
    Él sonrió, regresó a ella y apoyó con suavidad la palma de la mano sobre la cintura de la joven.
    – ¿Está tan ansiosa de trabajar para este… pervertido? -se burló.
    Mientras caminaba hacia su coche, Lisa admitió sin rodeos:
    – Necesito pagar el alquiler la semana próxima, exactamente como usted. -Ella tenía perfecta conciencia de la tibieza de la mano masculina a través del tejido delgado, pero en ese momento cesó la presión.
    – No pago mi casa. Vivo en el antiguo tugurio de la familia, con mi madre.
    Era la segunda vez que mencionaba a su madre, y Lisa no tuvo más remedio que sentirse extrañada. ¿Otro caso de un hombre sometido a los dictados de su progenitora? Aunque nunca lo hubiera pensado de Sam Brown, ya una vez había aprendido la lección con Joel. Aunque Sam no era el único que había sacado algunas conjeturas después de leer una dirección en la etiqueta de una maleta. El «tugurio» de la familia a que él se refería se encontraba en el exclusivo Ward Parkway. Lisa no necesitaba ver la casa para imaginar cómo era.
    – Hablando de tugurios -habían llegado al Pinto de Lisa-, este es el mío.
    Él dirigió una mirada superficial al vehículo, y después volvió a concentrar su atención en la joven.
    – ¿Necesita saber algo más acerca de su función?
    – No, que yo sepa. Oh, ¿cuál es el horario de trabajo?
    – En un día normal llego alrededor de las siete y me voy a las cinco.
    Al parecer había poco más que decir, y, mientras ella observaba la expresión de Sam Brown, le pareció que aquella cara ya no expresaba asuntos de trabajo, y que adoptaba un gesto muy alarmante que se relacionaba con el placer.
    Con un ademán lento de la mano, Sam se apoderó del collar con la cabeza de flecha que descansaba sobre su pecho, todavía tibio a causa del contacto con la piel; los ojos del hombre siguieron el movimiento. Sus dedos se cerraron alrededor del adorno, y ella sintió que se le erizaba el vello de la nuca.
    El pánico le cerró la garganta. Deseaba decir: «Brown, ¡no!», cuando temió que fuera a besarla, y, como estaba a un paso de convertirse en su jefe, Lisa no podía permitir un precedente tan peligroso. Deseaba el empleo, pero no otras complicaciones. Además, él vivía en Ward Parkway, en el «tugurio» de la familia con la madre… y… y… oh, Dios mío, Brown, hueles tan bien… déjame…
    Pero nunca llegó a conocer las intenciones de Sam Brown, porque, un momento después, él dejó caer la cabeza de flecha sobre el pecho de Lisa y se volvió antes de que un enorme estornudo brotara de su nariz.
    Lisa estaba riendo antes de que un segundo estornudo afectara a Brown. Se sacó un pañuelo del bolsillo del pantalón, se frotó la nariz y retrocedió un metro.
    – ¡Usted y su condenado Renaldo la Pizzio!
    A pesar de que Sam tenía los brazos en jarras, Lisa continuaba regocijada mientras lo reprendía.
    – Ah, de modo que se divirtió bastante con mis pertenencias privadas, ¿verdad?
    – Podría ordenarle que se deshaga de ese perfume antes de aparecer por la oficina.
    – Podría, pero no lo hará. Después de todo, en Washington escriben artículos acerca de ese género de órdenes.
    Pero incluso mientras sonreía, Lisa sentía que el cuerpo se le aflojaba a causa del alivio. Si él hubiera intentado besarla, ella no sabía muy bien cuánto tiempo habría resistido.

Capítulo 5

    La noche que precedió a su primer día de trabajo, Lisa durmió en ese estado semiconsciente y tenue que a menudo experimentaba antes de un día que prometía algo especial. Una especie de sueño superficial y ligero, durante el cual la excitación consiguió mantenerla tan alerta que paró el despertador antes de que su campanilla sonara dos veces. Lisa permaneció mirando el techo, teñido de rosa por el sol naciente, y dijo asombrada:
    – Cuarenta mil dólares anuales, ¿qué me dicen?
    Después se puso de pie, con movimientos vivaces y ágiles, mientras encendía el aparato de radio; se duchaba, se lavaba los cabellos, consagraba una desvergonzada cantidad de tiempo a peinarlo, y después se aplicaba el maquillaje. Tenía la cabeza echada hacia atrás, el rimel oscureciendo sus pestañas, cuando de pronto se incorporó, miró su propia imagen reflejada en el espejo, sonrió, y dijo a la mujer que la miraba desde el cristal.
    – Un naranjo… ¡tienes un naranjo junto al escritorio!
    Después, la mujer del espejo la reprendió:
    – Walker, eres tonta, termina de arreglarte o llegarás tarde el primer día.
    Lisa lo pensó mucho antes de decidirse entre un abrigado traje pantalón de color rosa y una falda blanca con una chaqueta haciendo juego. Eligió la falda por respeto a la categoría de la oficina, y el blanco porque realzaba el color de su propia piel. La prenda complementaba la piel oscura y los cabellos negros de un modo tan sorprendente que Lisa se sintió muy complacida por su aspecto cuando terminó de vestirse. La falda recta acentuaba su estatura, y además destacaba sus caderas. Después se puso un solo brazalete blanco que armonizaba con los aros blancos de sus pendientes, y se dio por satisfecha.
    Pero se alisó la falda por última vez sobre las caderas, contemplo de nuevo su imagen reflejada en el espejo, y frunció el ceño preocupada. ¿Se había vestido con tanto esmero para complacer a Sam Brown? La posibilidad era inquietante. Desvió los ojos hacia las fotografías de Jed y Matthew, colocadas sobre la cómoda. El conocido sentimiento de pérdida la agobió un momento. Después empezó a quitarse las peinetas negras que le sostenían el cabello detrás de las orejas, y las reemplazó, con una actitud desafiante, por otras que exhibían pequeñas plumas de bronce.
    «¡Eres lo que eres, Lisa Walker, y más vale que no lo olvides!»
    En la oficina pareció que Sam Brown apenas prestaba atención a lo que ella se había puesto. Las mangas de su camisa a cuadros ya estaban arremangadas, hasta la altura de los codos, y tenía unos planos en la mano. Aunque saludó a Lisa con mucha amabilidad y le dijo:
    – Buenos días… ¿preparada para conocer a la gente? -lo cierto es que toda su atención estaba concentrada en el trabajo.
    Cuando Lisa llegó, tres personas más ya estaban allí. Sam la presentó como la primera empleada permanente de la división de aguas corrientes y residuales. Raquel Robinson, encargada de la oficina, era eficiente y enérgica. Usaba un vestido amarillo pálido que impresionaba en contraste con su piel oscura, y que daba la impresión de una prenda muy moderna.
    Lisa adivinó inmediatamente que Frank Schultz era la mano derecha de Sam Brown. Era el principal calculista de la sección de fontanería, y había estado trabajando con Sam en las pocas propuestas presentadas hasta aquel momento. Un irlandés de cabeza grande llamado Duke era el superintendente jefe de las cuadrillas que trabajaban en las obras; bajo sus órdenes se encontraban varios capataces cuya voz solía escucharse por la radio. Ron Chen era el contable, un chino de cuerpo menudo con gruesos anteojos y una sonrisa amable. Su segunda al mando era su propia hija Terri, de veinte años, que trabajaba solo parte de la jornada, y el resto del tiempo asistía a la Universidad de Missouri en Kansas City. Del ordenador se ocupaba una mujer mayor y robusta, llamada Nelda Huffman, que parecía más la encargada de la limpieza que la persona a cargo de los sueldos de los empleados. Como lo supo después, las fotos que estaban sobre el escritorio de Nelda eran las de sus nietos.
    Cuando ya todos los empleados de Brown & Brown hubieron comenzado su jornada de trabajo, Lisa Walker se sintió como si estuviera en el anfiteatro del edificio de las Naciones Unidas. Comprendió que allí nadie prestaría atención a una pluma en sus cabellos, pese a que, en efecto, Raquel había comentado que su peinado era muy elegante.
    Brown & Brown significaba un cambio muy agradable en relación con Construcciones Thorpe. Aunque Lisa no tenía su propia oficina, como en Thorpe, no le importaba. Todos los miembros del personal estaban unidos por evidentes lazos de camaradería, que compensaban la falta de intimidad. La atmósfera era tan armoniosa, la decoración de tan buen gusto, que Lisa sintió un deseo casi infantil de trabajar bien, aprender rápido y demostrar sus cualidades, para sentirse justificada por ocupar el escritorio y disfrutar del naranjo.
    Cuando llegaba la pausa del café, la sala de copias se convertía en un lugar de reunión. Contenía no solo fotocopiadoras, sino también una nevera, un horno de microondas y una cafetera abastecida constantemente por Rachel, que parecía ser la alegre matrona del personal de la oficina. Al parecer, todos simpatizaban con ella.
    El día comenzó con una breve sesión en la cual Sam Brown, Frank Schultz y Raquel analizaron el modo de ayudar a Lisa para que aprendiera la mejor manera de utilizar todos los recursos de la empresa. Después de que Lisa hubo cumplimentado los formularios acostumbrados, Frank le explicó los procedimientos generales de presentación de ofertas, la psicología y el margen con que trabajaban.
    Sam se retiró al mediodía, y Lisa tomó su almuerzo junto a la fuente. De regreso se sintió descansada. Vio de nuevo a Sam bastante avanzada la tarde, cuando apareció un momento; las botas de cuero polvorientas y los vaqueros color caqui ponían de manifiesto que había estado en las obras. Cuando Frank Schultz comenzó a ordenar su escritorio, al final de la tarde, Lisa no pudo creer que fueran casi las cinco. El día había pasado con tanta rapidez que parecía que acabara de entrar por la puerta.
    La mañana siguiente ella, Sam y Frank colaboraron en la preparación de una pequeña propuesta. Enseguida Lisa advirtió que en la empresa, antes de introducir cambios, se acostumbraba a mantener una discusión inteligente. No había sorpresas de última hora, a menos que hubiera un acuerdo mutuo. Conversaron acerca de las licitaciones inminentes mencionadas en El Boletín de la Construcción, y decidieron cuáles requerían la preparación de planes por parte de Lisa. Sam preguntó si Frank dispondría de tiempo al día siguiente para salir con Lisa y mostrarle las obras que estaban realizándose; de ese modo ella podría conocer el equipo con que contaba la empresa; además, habría que suministrarle un inventario completo, de modo que supiera con exactitud cuál era la capacidad de trabajo con la cual contaba la firma.
    Al tercer día, ella y Frank salieron en una camioneta de la empresa, y fueron de una obra a otra. En cada una, Lisa fue presentada a los operarios y a los capataces.
    Al acercarse a la estructura de la base de acero de un edificio de dos pisos, Lisa se sorprendió al ver a Sam Brown, con casco y botas de trabajo, que saludaba con la mano. Se abrió paso entre las tuberías y los accesorios, y, al aproximarse, comenzó a quitarse un par de sucios guantes de cuero.
    – ¿Hay problemas, patrón? -preguntó Frank.
    – No, nada que Duke no pueda resolver. -Sam sonrió por encima del hombro mientras Lisa escuchaba la voz de Duke en segundo plano; rugía como un elefante enojado, y decía a uno de los obreros que utilizara la grúa sujetando bien la tubería, para retirarla del lugar y que si volvía a fallar, su trasero soportaría las consecuencias, Lisa sonreía cuando Sam le volvió la espalda. El lenguaje rudo de los capataces de la construcción no era nada nuevo para ella.
    – Lisa, ¿hasta ahora todo va bien? -La pregunta de Sam era sencilla y directa, y no había en ella nada que la conmoviera. Pero tal vez la naturalidad con que la había llamado Lisa, o el modo de acomodarse el casco sobre la cabeza y enjugarse la frente con una manga, fue lo que aceleró los latidos de su corazón.
    – Ni una sola queja -contestó ella-. Hemos visitado todas las obras, menos una. Me estoy haciendo una idea bastante exacta del equipo que la compañía tiene, pero veo que no hay muchas máquinas pesadas.
    – Hasta ahora hemos alquilado la mayoría de los aparatos pesados, y continuaremos haciéndolo hasta que tengamos la certeza de que vamos a continuar en el sector de la distribución de aguas y de las aguas residuales -explicó Sam.
    – Algunos de los trabajos de los que hablamos ayer exigirían máquinas especiales para la carga, pero todavía no he visto ninguna.
    – Lo sé. No tenemos nada. Por eso quise que usted recorriera las obras con Frank. Debo tomar algunas decisiones acerca de la compra de equipos nuevos, y quiero que usted participe.
    Había algo elemental en Sam Brown, allí de pie, bajo el sol cálido, con una bota manchada de polvo sobre un trozo de tubo, acomodándose el casco sobre la cabeza, y después sacudiendo los sucios guantes de cuero. Las mangas arremangadas mostraban los brazos bronceados hasta alcanzar un tono canela, y un vello casi rojo a causa del sol. Una gota de sudor emergió bajo el casco y corrió a lo largo de la sien. Lisa desvió la mirada.
    Al fondo, una máquina empezó a funcionar, y Sam gritó para que lo escucharan a pesar del ruido.
    – Frank, ¿puedes ir al ayuntamiento y pedir un conjunto de planos para la obra de la orilla del río Little Blue?
    – Por supuesto, Sam. De todos modos tenemos que regresar por esa dirección.
    – Muy bien. Lisa y yo iremos a ver el lugar el viernes por la mañana. -Al oír que se mencionaba su nombre, se volvió hacia la gota de sudor, que ahora era más irresistible a medida que descendía y recogía el polvo. Lo cierto es que atraía la mirada de Lisa como si hubiera sido el caudal del río Colorado, aquella insignificante gotita que brotaba de los cabellos de un hombre.
    Ella volvió a desviar la mirada, con la esperanza de que Sam no hubiera percibido lo que sentía. Al principio, pensó que Sam no había visto nada, pero en definitiva no se sintió muy segura, pues cuando Frank comenzó a alejarse de la obra conduciendo la camioneta, Lisa miró por encima del hombro, y descubrió que Sam estaba de pie en el mismo lugar en que lo habían dejado, con las piernas afirmadas sólidamente y los ojos siguiendo el movimiento del vehículo.
    El jueves, poco antes de que Lisa saliera de la oficina, Sam la llamó a su despacho.
    – Ha sido una semana muy atareada. Lamento no haber podido prestarle mucha atención.
    Los codos de Lisa estaban apoyados sobre la superficie del escritorio, mientras examinaba una larga lista de tareas. Al volverse, casi chocó con el muslo de Sam, que estaba muy cerca. Lisa se apoyó en el respaldo de la silla para mirar a su jefe.
    – Frank se ocupó de mí. La semana fue muy interesante.
    Sam cruzó los brazos, se inclinó sobre el borde del escritorio, y estiró las piernas hacia delante.
    – Bien, me alegra saber eso. Escuche, ¿tiene inconveniente en usar algo…? -Durante un momento los ojos de Sam Brown se posaron en la rodilla desnuda de Lisa, donde la falda se le había subido un poco-. Bien, mañana póngase unos pantalones, ¿de acuerdo? Probablemente caminaremos entre escombros, cuando vayamos a ver la obra.
    – Haré lo que usted diga.
    – ¿Tiene botas? -Ahora, los ojos de Brown pasaron de las pantorrillas a los zapatos de tacón alto que calzaba Lisa.
    – Sí, tengo justo lo que usted necesita.
    – Magnífico. Tráigalas. Saldremos a primera hora de la mañana y el rocío puede ser intenso.
    – ¿Algo más?
    – Sí. -Por primera vez él recorrió con los ojos la sala, donde varios escritorios ya estaban vacíos, y ninguno de los que aún estaban allí le prestaron la más mínima atención. La mirada de Brown volvió hacia Lisa-. ¿Estuvo almorzando tal como me mencionó el primer día?
    – Todos los días he comido queso con pan de centeno junto a esta fuente deliciosa.
    – ¿Mañana podría traer dos raciones? -Los ojos de Brown se suavizaron cuando miró sonriente a: Lisa.
    – Por supuesto. ¿Qué celebraremos?
    – Nada. Es posible que estemos con los operarios a la hora de almorzar. De modo que si usted trae la comida, yo colaboraré con un poco de Coca-Cola en una nevera.
    – Los viernes suelo preparar queso bologna y encurtidos.
    – ¿Dulces o ácidos?
    – Ácidos.
    – De acuerdo. -Se puso de pie-. Nos encontraremos aquí a las ocho.
    La mañana siguiente amaneció nublada, después de una noche de aguaceros intermitentes. Las nubes bajas y grises ocultaban el sol, y el aire espeso y pesado parecía cubrirlo todo con un manto pegajoso.
    Lisa apareció vestida con vaqueros azules, zapatillas de tenis y un sencillo jersey de algodón, con rayas azules y blancas, cuello marinero y la cintura apretada; además, trajo un par de botas de goma, un envase con repelente contra los mosquitos, y una bolsa de papel de estraza con tres bocadillos, una bolsa de patatas fritas, encurtidos y algunas galletas de chocolate.
    Ella y Sam partieron después de que él regresara de su inspección matutina de todas las obras. Sam se detuvo frente al escritorio de Raquel para informarle dónde podía encontrarlos.
    – Si nos necesita, puede llamarnos por la radio.
    – De acuerdo, jefe.
    – Iremos en mi camioneta -informó Sam a Lisa mientras cruzaban el estacionamiento en dirección a un elegante vehículo con el color de la empresa, un marrón intenso y metálico con el logo B &B en blanco sobre las puertas. Sam miró los pies de Lisa.
    – ¿Trajo las botas?
    – Las tengo en mi coche. Vuelvo enseguida. -Prefería distanciarse de Sam Brown, pues ella también sentía verdadero placer al recorrer con los ojos las piernas fuertes de ese hombre, y el espectáculo que percibía en general era demasiado incitante. ¿Qué había en él? Siempre que Lisa estaba cerca de Sam Brown, sus pensamientos se concentraban en la masculinidad de ese hombre, y esto había sucedido desde la primera noche en Denver, el día que ella descubrió la revista en la maleta.
    Él había sacado la camioneta y estaba esperando cuando Lisa llegó con las manos llenas. Esta vez la mirada de Lisa se entretuvo en el espectáculo del brazo largo y bronceado, con la manta blanca enrollada, mientras él se inclinaba sobre el asiento de la camioneta, para abrirle la puerta.
    «¡Despierta, Lisa Walker, y piensa en el trabajo!» Tratando de llevar sus pensamientos a un terreno más seguro, Lisa trepó al alto asiento, al lado de Sam Brown, y dejó sus cosas en el suelo.
    Una serie de planos, los guantes de trabajo y el casco estaban entre los dos, y, al mismo tiempo que murmuraba una disculpa, Sam los acercó, más hacia su lado, para dejar un poco de espacio para Lisa.
    – Está bien -le aseguró Lisa, mostrándole una, rápida sonrisa.
    Pero no estaba bien. Había una sensación de encierro en el espacio un poco limitado de ese asiento único. Y caramba, ¿acaso los vehículos de Sam Brown siempre tenían que oler como él? Era su mundo, ese dominio masculino de los cascos, las botas de cuero y las camionetas.
    – Yo conduciré, y usted ocúpese del rumbo -ordenó Sam en el momento de partir.
    Casi agradecida, Lisa cogió el mapa entre la nutrida serie de planos y lo estudió. Pero incluso así, comprobó que prestaba excesiva atención al brazo bronceado con esa muñeca fuerte que introducía los cambios, la mano que vibraba con la palanca. Con disimulo observó cómo se le endurecían los músculos bajo los pantalones vaqueros, mientras trataba de manejar el vehículo. Recordó que a él le agradaba correr, y supuso que esos músculos eran duros y estaban bien entrenados. La tela de la pernera se adaptaba como la cáscara a una naranja.
    De pronto comprendió que el vehículo continuaba en el mismo sitio, y apartó sus ojos de la pierna de Sam y comprobó que él había estado observándola- ¿Cuánto tiempo? Sintió que se ruborizaba, y vio que él sonreía perezosamente.
    – Veo que ha traído los bocadillos -la cara de Sam Brown aparecía oscura en contraste con el cuello abierto de la camisa blanca, y el espectáculo originaba efectos extraños en la boca del estómago de Lisa.
    – Hice lo que me ordenó. ¿Dónde está la Coca-Cola? -consiguió preguntar Lisa con voz extrañamente normal.
    Él insinuó un gesto con el hombro y movió la barbilla.
    – Detrás. -Sus ojos perezosos provocaron una sensación extraña en Lisa, pero en ese momento la luz del semáforo cambió y el vehículo comenzó a desplazarse. La mirada de Sam se apartó de Lisa, y ella retornó al examen del mapa.
    – La salida en la doscientos noventa y uno sur -ordenó Lisa.
    – Doscientos noventa y uno sur -repitió Sam.
    Después, se oyó únicamente el gemido intenso de las ruedas sobre el pavimento, y el chirrido estremecedor originado en el asiento en el que estaba sentada Lisa, mientras la camioneta se desplazaba en silencio. Ella observó el movimiento de las mangas de la camisa de Sam, agitadas por el viento que entraba por la ventanilla abierta; después, miró el panorama que se desplegaba al lado de su propia ventanilla, tratando de sentirse cómoda en presencia de aquel hombre.
    De pronto, la voz de Raquel sonó en la radio.
    – Base a unidad uno. Adelante, Sam.
    Mirando de reojo, Lisa lo vio descolgar. El dedo índice presionó el botón destinado a activar el aparato, y el micrófono casi le rozó los labios.
    – Aquí, unidad uno. Habla Sam. Adelante, Raquel.
    – Tengo una llamada de larga distancia procedente de Denver. Es Tom Weatherall, que contesta su llamada; me ha parecido que le podía interesar.
    – No es nada importante, es solo sobre una pregunta que le hice acerca de una subasta de equipos que se realizará dentro de un tiempo. Dígale que me comunicaré con él el lunes.
    – Muy bien, jefe…cambio y fuera.
    – Gracias, Raquel. Unidad uno; cambio y fuera.
    La manga de la camisa blanca se cruzó en diagonal sobre el antebrazo de Sam, mientras él colocaba el micrófono en su sitio. Lisa desvió decidida los ojos, y de nuevo resistió el impulso de observar a su jefe. Pero le molestó descubrir que no necesitaba mirar para recordarlo. Él estaba vestido con pantalones azules, camisa blanca y botas de cuero… un conjunto que no era distinto del que usaban miles de hombres en el trabajo todos los días. Sin embargo, tenía mejor aspecto que esos millares de hombres, y esas prendas absolutamente prácticas le conferían una atracción sexual magnética, muy distinta de cuando usaba los pantalones de vestir y la chaqueta deportiva de las primeras veces.
    «Walker, concentra la atención en el mapa. Él todavía ni siquiera te ha besado», se dijo Lisa.
    Salieron en la doscientos noventa y uno sur según las instrucciones y se internaron por caminos cada vez más estrechos, hasta que llegaron a un sendero cubierto de grava que se internaba en el campo.
    – Creo que esta es la ruta. -Lisa señaló una granja abandonada, hacia la derecha.
    La camioneta se desvió hacia un lado del camino, y siguió con el motor en marcha pero sin avanzar, mientras Sam ponía el codo izquierdo sobre el volante, descansaba la mano derecha en el respaldo del asiento, y miraba por la ventana. Lisa recibió una sugestiva bocanada de la loción que él usaba, mientras los nudillos de Sam pasaban frente a la cara de Lisa para hacerle una indicación.
    – Parece que el lugar comienza precisamente a este lado de los árboles, y después continúa y cruza el campo. Más vale que bajemos y caminemos.
    Lisa se alegraba mucho de escapar de la estrecha proximidad con Sam Brown, de modo que saltó de la camioneta con un suspiro de alivio. Se sentó sobre un reborde para quitarse las zapatillas de tenis y reemplazarlas por las botas impermeables color verde oliva, consciente ahora de que Sam la estaba mirando con las manos en la cintura. Lisa metió el borde inferior de los pantalones bajo las botas, pero dejó colgando los cordones amarillos. Permaneció inmóvil, el peso distribuido sobre los dos pies, mientras sentía que la piel se le erizaba a causa de la expectativa. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que un hombre la había visto cambiarse de ropa, aunque se tratase de un artículo tan impersonal como los zapatos; y tuvo la sensación de que ese hombre estudiaba el proceso con excesiva atención. Lisa enderezó el cuerpo, se apretó el cinturón de un tirón para devolverlo a su lugar. La cara de Sam exhibía ahora una sonrisa apreciativa y al mismo tiempo inquietante, y su mirada se centraba en un pequeño retazo de piel de la cintura de Lisa, una imagen que desapareció cuando ella se arregló la camisa.
    – ¿Qué está mirando, Brown? -preguntó ella. Pareció que él reaccionaba para regresar al presente.
    – Yo diría que los calculistas de las licitaciones tienen diferente aspecto que hace años -dijo burlonamente.
    «Más vale mantener la cosa en un tono jocoso», le advirtió su yo más equilibrado, al percibir que el comentario de Sam Brown la excitaba un poco. Lisa mostró un pie, alzándolo frente a ella misma.
    – Lo mismo que usted, vaqueros y botas.
    Pero cuando los ojos de Sam Brown se deslizaron hacia las botas, Lisa advirtió que, en lugar de desvalorizar su femineidad, este calzado la acentuaba. Vio aliviada que en ese momento la mano de Sam se descargaba sobre su propio cuello, y que pegaba un manotazo al aire, pero no conseguía alcanzar al mosquito que acababa de picarle.
    – Acérquese, le pondré un poco de repelente. -Lisa recogió el frasco que había dejado sobre el suelo de la camioneta.
    Con una sonrisa él observó:
    – Vino preparada, ¿verdad?
    – ¿En Missouri y en agosto, la mañana después de una lluvia intensa? -preguntó ella con acento intencionado. Él fue a detenerse frente a Lisa, mientras la joven sacudía el frasco y rociaba a Sam Brown, con largos movimientos que abarcaban desde el cuello hasta las botas; durante ese rápido recorrido observó incluso ciertos lugares donde los vaqueros de Sam estaban más gastados.
    «Maldita sea, Walker, ¿qué te pasa?»
    – Dese la vuelta, le aplicaré el repelente por detrás. -Pero de espaldas también mostraba un conjunto de músculos tan seductor como de frente. Los hombros eran amplios y firmes, ella los rociaba apuntando el líquido al lugar en que la camisa de Sam apenas formaba arrugas, al desaparecer bajo la cintura angosta de los vaqueros. Tenía el cuerpo tan liso que apenas había curvas bajo la tela. De nuevo Lisa recordó que él solía correr. Le pareció que su cuerpo era inacabable desde el cuello hasta las botas amplias y bien separadas una de la otra.
    Sam Brown se volvió para mirar a Lisa por encima del hombro.
    – Dese prisa. Esta sustancia hiede.
    Cuando ella se incorporó, no pudo resistir la tentación de burlarse.
    – No sea tan infantil, Brown. No me parece que este producto huela tan mal. -y como para demostrar la afirmación, le envió un chorro bajo el cuello, y después retiró un poco el frasco y lanzó una nube hacia la nuca de la víctima. Él se dobló por la cintura y lanzó un tremendo estornudo.
    Ella rompió a reír mientras él trataba de ponerse fuera de su alcance y giraba sobre sí mismo.
    – Maldita sea, si no es una cosa es otra.
    Ella esbozó una mueca y fingió que se disculpaba.
    – Oh, cuánto lo siento.
    Una sonrisa perversa curvó los labios de Sam, que replicó secamente:
    – Sí, ya veo cuánto lo siente.
    Avanzó amenazador un paso en dirección a la joven, y Lisa retrocedió.
    – Vamos, Brown, ¡fue un accidente! -advirtió Lisa, alzando una mano para rechazar al hombre. Pero él avanzó otro paso.
    – Esto también será un accidente. -Arrancó el frasco de la mano de Lisa y lo agitó. En sus ojos había un destello amenazador.
    – ¡Brown, se lo advierto!
    – Usted comenzó, y ahora recibirá su merecido.
    Ella no tuvo más remedio que darle la espalda, cerrar con fuerza los ojos y esperar. Él se tomó su tiempo, y entretanto Lisa se sintió cada vez más incómoda. Por fin, notó el rocío sobre la nuca. Después, el repelente descendió y se detuvo en las caderas de Lisa
    – Levante los brazos -ordenó Brown. Ella apretó los dientes e hizo lo que le decía, pero al instante comprendió su error, pues cuando levantó los brazos también alzó la camisa. Hubo un silencio prolongado, y ella sintió que comenzaba a sonrojarse. Después, el zumbido del repelente concluyó su descenso por la espalda, y él la tocó con el frasco al mismo tiempo que ordenaba:
    – Vuélvase -Lisa se giró, arriesgando una rápida mirada al cabello de Sam, mientras él se ponía de cuclillas frente a la joven. Pero ella se apresuró a cerrar los ojos, cuando la nube de spray se elevó. El ataque se detuvo de nuevo en las caderas y ella soportó un momento de sufrimiento, y se preguntó qué estaría haciendo Brown, cuando en aquel momento un disparo directo la alcanzó en el ombligo.
    Lisa pegó un alarido y saltó hacia atrás.
    – ¡Maldito sea, Brown!
    Él sonrió con malicia.
    – No pude resistir la tentación.
    Ella lo miraba cuando dobló una rodilla, con los ojos casi al mismo nivel que el cinturón que ella ahora mantenía en su lugar, para protegerse mejor. Estaba luchando sin éxito en un intento de olvidar que Sam Brown era hombre… y él no la ayudaba en absoluto. El único recurso al que podía apelar era la indignación fingida. Le quitó el frasco, se acercó ala camioneta y arrojó el repelente por la ventanilla abierta.
    – Brown, tenemos que trabajar. ¡Basta de tonterías!
    Felizmente, él la siguió, y los dos se dedicaron a sus tareas. Caminaron entre la hierba que les llegaba a las rodillas, cargados de rocío y adornados con telarañas, a las cuales se adherían gotitas de humedad. Avanzaron con lentitud, y los únicos sonidos fueron los de sus propios pasos caminando sobre la hierba que a veces producía un chasquido al paso de las botas de goma húmedas que calzaba Lisa. Se detuvieron y permanecieron hombro con hombro, cada uno sosteniendo un extremo de los anchos diagramas mientras los estudiaban.
    Había que pensar muchas cosas para decidir si convenía o no licitar en una obra como aquella. El primer factor, y también el más obvio, era la cantidad de tierra que habría que mover, adónde podrían llevarla, y con qué medios. Mientras caminaban, examinaron los pros y los contras del asunto, considerando, discutiendo, realizando cálculos mentales. Abandonaron el borde relativamente elevado del maizal y llegaron a un sector de tierra desigual-la mayor parte estaba formado por pastizales- con quebradas y promontorios, muchos salpicados de charcos lodosos después de las lluvias de la noche anterior. La humedad del suelo era otro aspecto importante, y por eso Sam y Lisa a menudo se arrodillaban, uno al lado del otro, y recogían puñados de tierra, comentando si les parecía o no necesario realizar perforaciones de prueba.
    Lisa tenía conciencia del olor del líquido repelente y la tierra húmeda, y de la sugestiva fragancia masculina de Sam Brown, mientras se ponían en cuclillas, casi tocándose. Continuaron caminando, siguiendo la ruta que llevaría la cañería, cruzando un terreno cubierto por la pradera ya florecida, hasta que llegaron aun pantano, donde los mirlos de alas rojas estaban encaramados sobre las plantas de espadaña. Los trinos de los pájaros formaban una auténtica cacofonía, mientras Sam y Lisa permanecieron inmóviles varios minutos… solo escuchando y disfrutando del momento que vivían. Todo era pacífico e íntimo. Lisa llegó a tener conciencia de que los ojos de Sam la buscaban, mientras él permanecía detrás con los pulgares metidos en el cinturón. Necesitó hacer un gran esfuerzo para no mirarlo, pero, en efecto, lo consiguió. Adoptando un aire sumamente concreto, Lisa observó:
    – Aquí hay muchos pájaros.
    Sam dirigió una mirada superficial al pantano y emitió un gruñido de asentimiento; pero casi enseguida volvió los ojos hacia ella.
    – El Departamento de Recursos Naturales nos obligará a obtener un permiso antes de venir a perturbar el área ocupada por los nidos. Prepare una nota al respecto.
    Pero cuando ella comenzó a redactar la nota, se atrevió a dirigir una mirada a Sam, y lo sorprendió mirándola de un modo inquietante. Enseguida consultó una serie de planos, pero la pregunta siguiente de Sam consiguió que olvidara la cifra que tenía ante los ojos.
    – ¿Cuánto tiempo lleva divorciada?
    El aire parecía inmóvil, todo resplandecía depurado por las lluvias nocturnas que todavía mantenían gotas sobre las hojas y los tallos, convertidas en pequeños diamantes cuando el sol aparecía a veces entre las nubes. Lisa encontró la mirada de Sam y comprendió que si contestaba sería más difícil que nunca volver al trabajo.
    – Tres años -replicó.
    Pareció que él reflexionaba, hasta que al fin preguntó:
    – ¿Vive aquí?
    – No.
    – ¿En St. Louis?
    Aunque formulada en tono casual, la pregunta la obligó a reaccionar.
    – Se supone que estamos buscando un límite señalado con una bandera roja -le recordó Lisa.
    – Oh. -Sam se encogió de hombros, como si el intento de evasión promovido por Lisa tuviera escasa importancia-. Oh, sí… bien, olvide lo que le he preguntado.
    Ella intentó hacer precisamente eso, pero el resto del recorrido la pregunta sin respuesta perduró entre ellos.

Capítulo 6

    Cuando terminaron la inspección, el sol estaba alto y golpeaba con fuerza. Habían recorrido un círculo casi completo, que los llevó finalmente al pie de la colina, debajo de lo que habían sido antaño un huerto fecundo y una granja muy activa. Lisa alcanzó a ver el techo a cierta altura sobre los manzanos, y a su derecha divisó el perfil de un establo grande y rústico. Mientras caminaban bajo los árboles en dirección a la cima de la colina, la sombra les parecía refrescante después del calor del sol. El huerto tenía su propio aroma, una mezcla fecunda de abono y frutos maduros. Lisa sintió la acuciante soledad de los lugares que antaño presenciaron períodos de trabajo y prosperidad.
    Ante ellos surgió la casa. Lo mismo que el establo, tenía cimientos de piedra. A Lisa le pareció que el lugar era al mismo tiempo hermoso y melancólico, pues los sueños que otrora habían impulsado la construcción de aquel lugar habían muerto mucho tiempo atrás, junto con quienes los habían soñado. Las voces del pasado se habían extinguido hacía mucho. Las ventanas, ahora vacías, antaño habían reflejado un patio colmado por las actividades de cada estación. El ganado vacuno volviendo a casa al final de la tarde, los niños que jugaban…
    Esas imágenes le originaron a Lisa una intensa punzada y se llevó la mano al vientre.
    – ¿Sucede algo?
    – No… ¡no! -Se volvió hacia Sam fingiendo alegría, y aparentó que se frotaba el vientre-. Sucede… que tengo apetito. Eso es todo.
    Él miró hacia la camioneta.
    – Probablemente pueda conducir por ese viejo camino. ¿Por qué no espera aquí mientras voy a buscar el coche?
    Comenzó a alejarse, y ella lo miró hasta que desapareció entre los árboles. La casa abandonada la atraía de forma irresistible, y sus pies se movieron casi contra su voluntad. Se paseó alrededor de la estructura principal, espiando por las ventanas el viejo linóleo, los restos de empapelado, una endeble puerta de alacena, una oxidada bomba de hierro, un orificio en la pared donde antes hubo una chimenea. Descargó un puntapié sobre un jarro de frutas que habían arrojado entre la maleza, y trató de rechazar el dolor intenso que le producía la vieja granja, en la cual todo le traía recuerdos de su propio pasado.
    Detrás de la casa, una alegre profusión de lirios se balanceaba sobre los largos tallos. Lisa se sentó al sol y apoyó la frente en los brazos cruzados sobre las rodillas levantadas. El motor de la camioneta arrancó a lo lejos, pero ella apenas lo escuchó. Evocó los recuerdos, los mismos que deseaba desechar, aunque no lo conseguía… el empapelado de otras paredes… otro fregadero de la cocina con las huellas de los pies sucios de un niño lavados allí antes de acostarlo… una mesa con dos personas, y más tarde además con un niño pequeño en una silla alta… la imagen de otra ventana de la cocina… un balancín del cual el niño se caía y llamaba a su madre… otra puerta del fondo con una madre que entraba por allí y venía a calmar los gritos del pequeño… otro jardín con los lirios relucientes bajo la luz del sol…
    La camioneta apareció subiendo la pendiente, siguiendo la línea de los surcos con las ruedas despidiendo piedras en todas direcciones, para detenerse al fin bajo los manzanos.
    – ¿Lisa? -llamó Sam mientras bajaba de la cabina. La joven irguió lentamente la cabeza y retornó al presente-. Venga aquí. A la sombra se está más fresco. -Como ella no se movió, la mano de Sam se apartó de la puerta y se le endurecieron los hombros-. Eh, ¿ se siente bien?
    Caminó hacia ella. De repente Lisa reaccionó y descendió del peldaño, sacudiéndose la ropa con un brío que en el fondo no sentía.
    – Sí… sí, por supuesto. -Ella hubiera pasado de largo, pero él le extendió una mano y, antes de que ella pudiera impedirlo, la obligó a volverse y le cogió la barbilla inseguro. La examinó con atención, y después de un silencio prolongado e incómodo afirmó-: Estaba llorando.
    Ella contuvo el ansia súbita y abrumadora de arrojarse a los brazos de aquel hombre.
    – No es así-declaró obstinadamente.
    Sam clavó los ojos en la nariz de Lisa, y ella hizo un esfuerzo para evitar que le temblara. La mirada de Sam continuó descendiendo hasta los labios, que estaban un poco inflamados, y después retornó a los ojos brillantes ya las pestañas húmedas.
    – ¿Quiere hablar de eso? -propuso él.
    «No… sí… oh, por favor, apártese de mí antes de que yo comience a hablar…» Los ojos de Sam la invitaban a la confidencia, y las comisuras de sus labios se curvaron, mientras ella parecía dispuesta a decirlo todo, una actitud que, de eso estaba segura, habría sido desastrosa.
    – No-contestó. Pareció que él reflexionaba un momento, y después retiró la mano, y su voz adquirió un tono alegre y vibrante.
    – Muy bien, en ese caso, ha llegado el momento de almorzar. -Se volvió bruscamente hacia el vehículo, introdujo la mano en la cabina, y la retiró con la bolsa de la comida; después, dejó abierta la puerta de la camioneta. Se oyó la radio transmitiendo el programa de una emisora local, mientras él se volvía para examinar el terreno bajo los manzanos-. El suelo quizá está mojado. ¿Por qué no nos sentamos en la parte de atrás de la camioneta?
    – Muy bien -contestó Lisa, todavía desconcertada por la súbita flexibilidad de Sam, cuando ella esperaba que él la presionara buscando repuestas. Sam bajó la puerta trasera, depositó la bolsa con la comida, y se volvió hacia ella en la misma actitud despreocupada.
    – ¿Necesita que la ayude? -Antes de que pudiera contestar, Lisa se encontró sobre el metal frío y pardo. La camioneta se movió un poco cuando Sam se subió, ella, giró al cuerpo para recuperar la nevera y sacó dos latas de Coca-Cola. Destapó una y se la dio a la joven. Después, abrió su bebida y tragó casi la mitad del contenido antes de lamerse los labios, pasarse una mano por la boca y suspirar satisfecho.
    Sam miró intencionadamente la bolsa de los bocadillos que estaba entre los dos, y Lisa comprendió que había mirado a su jefe con absoluta concentración, tratando de aclarar sus intenciones.
    – ¡Oh! Sírvase usted mismo -propuso Lisa. -Gracias.
    El sacó un bocadillo, le clavó los dientes y movió los pies siguiendo el ritmo de las suaves canciones rurales que sonaban por la radio.
    – ¿No come? -preguntó él. La pregunta arrancó a Lisa de su ensoñación, y cuando comenzó a mordisquear el bocadillo descubrió que tenía más apetito de lo que había creído. Pronto los dos estuvieron sentados en amistoso silencio, comiendo y bebiendo, escuchando los pájaros y la radio.
    Cuando Sam terminó de comer, se echó hacia atrás apoyando el cuerpo en una mano, enganchó el tacón de una bota en el borde de la puerta trasera, y con un gesto indolente apoyó el codo sobre una rodilla, mientras la lata de Coca-Cola se balanceaba ociosa entre sus dedos. Lisa cobró cada vez más conciencia del examen al que él la sometía, y de la soledad del viejo huerto y de la granja abandonada.
    – ¿Todavía mantiene cierta relación con su esposo? -Sobresaltada, Lisa se volvió y descubrió que Sam la miraba fijamente con sus ojos castaños. Sin duda eran muy atractivos, con las pestañas más largas que las de la propia Lisa. Los labios, que no sonreían, tenían una simetría y una plenitud que seguramente habían destrozado más de un corazón.
    Desconcertada por la pregunta, Lisa miró a lo lejos y contestó:
    – No.
    – Entonces, ¿no es por eso por lo que estaba llorando?
    Ella renunció a la absurda afirmación de que no había estado llorando.
    – Yo… no.
    – Entonces, ¿lloraba por otra persona?
    – No, no hay nadie más.
    Siguió un largo silencio, y ella adivinó que Sam le miraba el cabello, y después el perfil.
    – Bien, en ese caso… -La pausa que siguió pareció cargada de electricidad. Ella continuaba sintiendo los ojos de Sam que la observaban, pero temía responder a esa mirada. La mano que sostenía la lata de Coca-Cola se apartó de la rodilla, y después el dedo índice levantó la barbilla de Lisa, hasta que se vio obligada a encarar la mirada del hombre. Ella en silencio, contempló esos ojos castaños, seguros y firmes, y se dijo que lo mejor era apartarse. En cambio, permaneció inmóvil, como si estuviera paralizada, mientras los labios de Brown se acercaban más y más.
    – Brown, no -dijo ella en el último momento, desviando la cara. Habló con voz tensa.
    – Bien, si no se trata de su ex marido, y tampoco de otra persona, no hay motivo que me impida besarla, ¿verdad?
    Había cien motivos para rechazar esa perspectiva, pero todos se le escaparon a Lisa en ese momento, mientras él le levantaba la cara de nuevo. El sol de mediodía enviaba rayos de luz a través de las minúsculas ramas de los árboles, y así llegaban al dominio en que ellos se habían instalado. Eran como diminutos focos verdes y dorados.
    A lo lejos se oyó el canto de la alondra.
    – Brown, usted es mi jefe y yo no creo que…
    El beso de Brown interrumpió el argumento de Lisa. Se inclinó hacia delante presionando una palma sobre el suelo detrás de la joven, y se encontró con los labios femeninos a cierta altura, sobre la bolsa de papel y los restos de la comida. Los labios de Brown estaban fríos por el refresco, pero eran suaves y sensuales. Mientras, él inclinaba la cabeza a un lado y se movía con gestos perezosos y seductores, hacia delante y hacia atrás. La frialdad desapareció de los labios de Brown, reemplazada por la calidez de la propia Lisa.
    «Oh, Brown, Brown, qué bien sabes besar.» Lisa al fin recuperó el sentido común y se apartó, pero Sam continuó inclinado sobre ella, en esa postura descuidada. Las manos y la lata de Coca-Cola estaban de nuevo sobre sus rodillas, pero él tenía los ojos fijos en la boca de Lisa.
    – He estado pensando en esa boca desde antes del paseo de hoy -dijo.
    – No diga eso. -Lisa frunció el ceño para convencer a Sam de que hablaba en serio, aunque sospechó que era ella quien primero necesitaba convencerse, porque de pronto descubrió que le resultaba muy difícil respirar.
    – ¿Por qué no? -preguntó él con una sonrisa.
    – Porque eso podría provocar innumerables problemas, y yo no estoy en condiciones de resolverlos.
    Él se inclinó todavía más.
    – No habrá problemas… lo prometo…
    Mientras ella aún intentaba encontrar una respuesta racional, él la besó de nuevo, originando minúsculos estremecimientos en los brazos de Lisa y volcando un fuego líquido en sus venas. La lengua tibia le rodeó los labios, y mientras ella se decía que todo aquello era peligroso, que aquel hombre le parecía excesivamente atractivo y demasiado experto, abrió los labios y respondió a la incitación de una manera vacilante. El beso se convirtió en una caricia más cálida e intensa, hasta que la boca suave de Sam Brown anuló la resistencia de Lisa, y ella se inclinó y comprendió cuánto había echado de menos esa sensación.
    «Oh, Brown, nunca debimos comenzar esto.» Pero en el mismo momento, la boca de Sam se apartó, y ella observó hipnotizada cómo él retiraba la lata de sus dedos y la depositaba al lado de la suya. Apartó el bocadillo que ahora exhibía dos huellas marcadas sobre el pan. Con movimientos metódicos Sam retiró los restos del almuerzo y puso la bolsa al lado de las bebidas. Cuando se volvió hacia ella, la intención de Sam era evidente.
    El pulso latió en el cuello de Lisa, y pareció que una faja le presionaba el pecho, trayendo consigo una dulce expectativa envuelta con el suave perfume del huerto. La mano derecha de Sam se deslizó hacia el cuerpo de Lisa, la izquierda se cerró sobre la cadera, y bajó hasta que ella la empujó con firmeza. Después, la cabeza de Lisa cayó hacia atrás, y los labios cálidos de Sam de nuevo se abrieron sobre ella.
    Miles de sentimientos extraños se apoderaron de Lisa mientras la mano de Sam pasaba del tórax a su cintura, y los dedos de la joven encontraban la clavícula de Sam. Había pasado tanto tiempo… tanto tiempo. Después, con un movimiento ágil, él la apretó contra su pecho y la arrastró consigo, cayendo sobre el suelo de la pickup, sin preocuparse de si era duro, estaba sucio o hacía frío.
    La camisa de Lisa se desprendió mientras la mano de Sam acariciaba la espalda desnuda de la mujer, y con un movimiento hábil adaptó el cuerpo femenino a su atlética musculatura y mientras él la besaba y la tentaba con la caricia de su lengua, algo más adquirió fuerza y dureza sobre el cuerpo de Lisa, el cual a su vez, cobró vida.
    Dios mío, era tan maravilloso sentirse sostenida otra vez, acariciada de nuevo. Él deslizó los dedos bajo el sostén, entre el encaje y la piel, aunque las yemas no llegaron a tocar el pezón. Luego, con un gesto, soltó el broche y sus manos tibias se deslizaron entre los senos, liberados, y los acarició lentamente.
    Sam se mostró ardiente y persuasivo, y toda su presencia era una tentación allí, yaciendo al lado de Lisa. Ella conocía todos los peligros que corría al sucumbir a su atracción.
    De pronto Sam la obligó a acostarse, y su mano buscó la cremallera de los vaqueros que ella vestía. Aquel gesto la devolvió a la tierra.
    – Brown, ¡esto es absurdo, basta! -Aferró la mano de Sam que la buscaba, y la llevó a territorio más seguro. En el interior de Lisa las partes de su cuerpo entonaban un coro, y parecían haber enloquecido a causa del deseo inverosímil que él le despertaba. Los ojos de Sam brillaron al mirarla, como si de ellos se desprendieran chispas metálicas oscuras, y sus dedos se cerraron sobre el dorso de la mano de Lisa, hasta que ella murmuró con voz fuerte:
    – ¡No!
    Para sorpresa y alivio de Lisa, él se apartó y cayó de espaldas sobre el suelo; sus manos se detuvieron con los nudillos apoyados en el metal arrugado que tenía debajo.
    – Lo siento, cheroqui.
    ¡De nuevo ese nombre! Provocaba en su vientre sensaciones increíbles. Lisa se sentó y respiró para tranquilizarse, mientras se preguntaba qué fuerza la había poseído para permitir que las cosas se descontrolaran así. Ahora se sentía muy avergonzada, pues incluso al darle la espalda sentía sus ojos clavados en ella. No tenía otra opción que llevarse la mano a la espalda para abrochar el sostén.
    De nuevo Sam Brown adoptó una actitud imprevisiple. Se sentó y deslizó las manos bajo la camisa de Lisa.
    – Permíteme. Yo he provocado este desorden. -Con una ausencia total de arrepentimiento, levantó la camisa. Encontró los extremos del sostén y los sujetó de nuevo. El gesto que devolvía las cosas a su estado original produjo un efecto sexual más intenso que el acto anterior, cuando había soltado el broche del sostén. La piel de Lisa se erizó. Tenía más conciencia que nunca de la presencia seductora de ese hombre. Pero él le bajó despreocupadamente la camisa, llevándola hasta la cintura, la devolvió a su lugar y apartó las manos. Pareció que abandonaba aquel juego con una cierta alegría.
    – Probablemente tienes razón. Debemos detenernos.
    La asombró el cambio drástico de actitud. Quién sabe por qué, ella había supuesto que Sam se enojaría ante el rechazo. Pero ahora permanecía sentado al lado de Lisa, como si a lo sumo hubiera compartido un almuerzo. Por lo menos esa era la impresión que transmitía hasta que retornó su sonrisa torcida y agregó con expresión perversa:
    – Pero fue divertido…
    Ella contuvo una sonrisa y dijo:
    – Brown, ¿usted no tiene ningún tipo de escrúpulos?
    – Bien, no me pareció que te manifestaras muy firme en sentido contrario.
    – ¿Le parece que no? -Ella enderezó el cuerpo y saltó de la parte de atrás de la camioneta. Después le dijo a Sam desde una distancia segura:
    – Creo que ya es hora de que regresemos a la oficina.
    Él se limitó a sonreír, unió las manos sobre el borde de la parte trasera, y balanceó las piernas.
    – Cheroqui, ¿qué harás este fin de semana?
    – Termine con eso, Brown, dije que no quería problemas.
    – Tengo otro nombre además de Brown, como bien sabes.
    – Justo lo que necesito… un poco más de familiaridad entre los dos, y todos los empleados de la oficina comenzarán a murmurar.
    – ¿A qué hora te levantas los sábados?
    ¿Una mujer podía rechazar una personalidad tan irresistible como esta? A Lisa le costaba mantener la seriedad.
    – No es asunto que le concierna. ¿Viene o no?
    Él saltó ágilmente de la camioneta, y tres rayas de suciedad marcaban el dorso de su camisa blanca. Mientras cerraba la camioneta, propuso:
    – ¿Por qué no alquilamos unos patines y probamos en alguna pista?
    – ¡He dicho que no! -agregó ella exasperada-. Dios mío, Brown, tiene tantas rayas como un gato montés. Manténgase quieto mientras trato de sacudirle el polvo.
    Ella se puso detrás de Sam con el propósito de eliminar la tierra, pero cuando sus manos golpearon su espalda, él sonrió por encima del hombro… una sonrisa terriblemente encantadora.
    – ¿Temiste que lo intentara de nuevo y te sorprendiera en un momento de debilidad?
    Ella sintió un sonrojo delator que le cubría las mejillas, y enseguida retrocedió un paso y metió las manos en los bolsillos.
    – ¿Sabe cuál es su problema? ¡Mira muchas revistas pornográficas!
    Sam se echó a reír y arrancó una manzana de un árbol, y después apoyó los codos en la camioneta, mientras mordía perezosamente la fruta.
    – Bien, pensé que, puesto que cambiaste tu marca de perfume…
    – ¡Eso no era perfume, sino repelente para los mosquitos!
    De nuevo la risa sonora de Sam resonó en todo el huerto, antes de que sus dientes se clavaran en la manzana. Luego la miró con tranquilidad:
    – ¿Qué te parece mañana?
    Ese hombre era inflexible. ¡Y si insistía, aún lograría convencerla! Golpeó el suelo con el pie y gritó:
    – ¡No, no, mil veces no! -Después, se apartó de él, caminó hacia la camioneta y subió al vehículo.
    Él arrojó el corazón de la manzana en dirección a los árboles, y se sentó al lado de Lisa, mientras ella se preguntaba frenética cómo eliminar la tensión sexual que se manifestaba entre ellos. Pero cuando Sam puso en marcha el motor, consiguió que se olvidara de estos pensamientos, pues la miró de reojo y se burló:
    – Cheroqui, ¿sabes una cosa? Eres mucho más atractiva cuando estás en pie de guerra.
    Ella ya no pudo resistir y se echó a reír. Sam Brown tenía buen humor y era una criatura tentadora. Pero también era el jefe de Lisa y el último hombre sobre la tierra a quien provocaría… en el supuesto de que deseara provocar a un hombre cualquiera, que no era el caso. Pero en el mismo momento en que se prometía que evitaría permanecer a solas con Sam Brown, un fulgor de bienestar partió de sus labios sonrientes y le recorrió el cuerpo entero.

Capítulo 7

    Lisa pasó la mañana siguiente con la rutina habitual de los sábados, la limpieza de la casa. Había cambiado las sábanas, ordenado la primera planta, pasado la aspiradora por los peldaños, y limpiaba la alfombra de la sala cuando le pareció escuchar la puerta de la calle. Lo oyó de nuevo con más claridad, y, murmurando una maldición, apagó la aspiradora con el pie desnudo.
    Abrió la puerta principal y quedó paralizada. Allí, con las caderas apoyadas en la barandilla de hierro forjado, estaba Sam Brown, ¡prácticamente desnudo!
    – Hola -saludó jadeando-. Esta es una visita obscena.
    Sin previo aviso, Lisa se echó a reír. Se cubrió la boca con ambas manos y se inclinó hacia delante dominada por el regocijo.
    – ¡Oh, Brown, le creo!
    Después él se sentó; tenía puesto únicamente un par de zapatillas para correr, y vestía unos pantalones cortos blancos con una raya verde y una faja roja. El sudor le caía por el torso agitado y brillaba bajo la luz del sol. Tenía poco vello en el pecho, pero el que había emitía chispas rojas y doradas, mientras los hilos de transpiración descendían por el centro en dirección al ombligo. Tenía las piernas cruzadas en los tobillos, y sus hombros se inclinaban hacia delante, mientras respiraba pesadamente.
    – No me diga que corrió todo el camino hasta aquí -dijo Lisa.
    Él asintió, tratando de recuperar el aliento.
    – iPero son casi trece kilómetros!
    – Trece… kilómetros no es nada. Estoy en… buena forma.
    – Ya lo veo. -Y así era, a pesar del jadeo. Él parecía una estatua de cobre fundido, húmeda, lisa, ágil y bien esculpida, los músculos de las piernas tan duros como los de un corredor olímpico, los hombros relucientes y bien desarrollados.
    – Seguramente he perdido tres kilos hasta aquí.
    – Eso también es evidente.
    Sam respiró hondo, y su respiración comenzó a regularse mientras el cuerpo descansaba apoyado en la barandilla.
    – No le negarás un poco de líquido aun hombre sediento, ¿verdad?
    – ¿Y arriesgarme a perder un excelente empleo? -replicó Lisa con expresión impertinente-. Entre.
    Sam se apartó de la barandilla y entró con Lisa a la casa; ella se sintió incómoda ante las piernas desnudas y la parte del tórax que quedaba al descubierto. Rechazó la idea de posar una mano sobre el torso desnudo. Acompañó a Sam por el corredor hasta el fondo de la casa, donde la puerta corredera de vidrio de la cocina se abría sobre el patio pequeño y sombreado. Sam permaneció de pie en ese lugar, con las manos sobre las caderas, dejando que la corriente de aire refrescara su cuerpo sudoroso, mientras ella abría el frigorífico.
    – Aquí. -Ella se le acercó con dos vasos.
    – Gracias.
    – Vamos al patio, donde estaremos más cómodos. -Ella abrió la puerta y Sam la siguió. Había una sola silla plegable, y antes de que él pudiera protestar Lisa se dejó caer sobre el cemento, mirando la silla, mientras cruzaba las piernas al estilo indio-. Siéntese -dijo.
    – No, mira, tú tienes que ocupar la silla…
    – No sea tonto. Usted es quien ha corrido varios kilómetros, no yo. De todos modos, el cemento está fresco.
    Sam se encogió de hombros, se instaló en la silla plegable, bebió un sorbo de té, y miró alrededor las macetas sembradas con geranios rojos, helechos y enredaderas. El lugar era fresco y tranquilo a la sombra, pero Lisa se sintió incómoda cuando los ojos de Sam volvieron a mirarla. ¿Qué debía decirle a ese hombre que rehusaba aceptar su rechazo, y se presentaba ante su puerta al día siguiente, con un descaro incorregible… y conseguía que ella se riera?
    – ¿Corre todos los días?
    – Lo intento.
    – No creo que me agradara correr en un día como hoy. Dicen que hará mucho calor.
    – Por eso aprovecho la mañana.
    – Hum.
    – Ella sorbió su bebida, consciente de la mirada de Sam, que inspeccionaba de tanto en tanto los geranios, pero siempre regresaba a las rodillas desnudas de Lisa.
    – ¿Interrumpo algo importante? -Miró hacia la casa, donde la aspiradora ocupaba el centro de la sala.
    – Solo la limpieza semanal de la casa. -Lisa esbozó una mueca, y después agregó-: ¡Uff!
    Sam se echó a reír, y después sus labios conservaron la mueca burlona.
    – ¿Limpiar la tienda es un trabajo que le parece desagradable?
    Ella no pudo contener una sonrisa.
    – Muestre un poco de respeto, ¿quiere Brown?
    – Bien, deberías verte tú misma. -Hizo un gesto con la mano-. Sentada con el vaso, las piernas cruzadas y las trenzas colgando sobre la espalda, y tu piel del color de un melocotón demasiado maduro. El nombre de cheroqui es hoy más apropiado que nunca.
    Bebió de un trago el resto de su té, y, siempre sonriendo, dejó el vaso.
    – Mire -Lisa inclinó la cabeza hacia un lado-. Me extraña que le permita tantas libertades. Si otra persona me dijera esa clase de cosas, le daría un puñetazo en el ojo.
    – ¿Recuerdas que una vez lo intentaste conmigo?
    – Lo merecía.
    Él echó hacia atrás la cabeza, cerró los ojos y cruzó las manos sobre su vientre desnudo.
    – Sí, lo merecía.
    ¿Cómo debía tratar una mujer aun hombre así? Allí estaba sentado, sereno como un potentado. Un observador hubiera sospechado que se disponía a dormir una siesta en el patio.
    – Si se ha detenido para descansar un poco, ¿se opone a que termine la limpieza?
    Él abrió un ojo.
    – En absoluto. -Cerró de nuevo el ojo, y un momento después abrió la puerta de alambre tejido. La aspiradora zumbó, y quién sabe por qué ella sintió deseos de sonreír. No supo nada más de Sam Brown hasta unos quince minutos después, cuando estaba regando las plantas de la sala. Él entró y se detuvo en el vestíbulo, detrás de Lisa.
    – ¿Tienes inconveniente en que use tu cuarto de baño antes de regresar?
    Ella se giró y lo vio en la puerta de la sala, con los hombros y el pecho desnudos.
    – Está arriba, a la derecha.
    Sam Brown subió los peldaños, mientras ella se volvía para continuar regando las plantas. Pero un momento después recordó la puerta abierta que comunicaba con el dormitorio de las camas gemelas y se volvió, dispuesta a cerrarlo con llave antes de que él saliera del cuarto de baño. Pero cuando llegó al primer peldaño, la puerta del piso alto se abrió bruscamente y el sonido apagado de los pasos de Sam resonó en el corredor, y se detuvo por un momento mientras ella retrocedía escuchando, con una mano apretada sobre el corazón. De nuevo se aproximó el ruido de pasos, y ella se deslizó hacia la cocina. Cuando él la encontró de nuevo, estaba atareada limpiando el fregadero.
    – Gracias por el té helado. Todavía tengo un tramo de trece kilómetros por delante, de modo que será mejor que regrese.
    Ella puso las manos bajo el agua, cogió un paño y caminó distraídamente en dirección ala puerta principal, consciente de que no le agradaba la idea de que él se marchara. Salieron al porche bañado por la luz del sol, él descendió dos peldaños y después se volvió mientras ella se apoyaba en la barandilla con el paño cruzado sobre el hombro.
    – Te veré el lunes, cheroqui -dijo por fin Sam Brown.
    El sol iluminó sus cabellos, y al tocar su piel le confirió un tono cobrizo, mientras él la miraba sin moverse. En un minuto más, desaparecería corriendo a través de la ciudad. Y de pronto sintió que no podía permitirle que se alejase.
    – La temperatura ya es muy alta. No es necesario que corra todo el trayecto hasta su casa. Puedo llevarlo en mi coche, si lo desea.
    – ¿Y la limpieza de tu casa?
    – He terminado.
    – En ese caso, acepto.
    Ella se sintió reanimada y se alegró.
    – Deme un minuto para vestirme con alguna ropa decente, ¿quiere?
    Lisa ya había atravesado la puerta principal cuando la pregunta de Sam Brown la detuvo.
    – ¿Es necesario?
    Ella lo miró con expresión severa por encima del hombro, pero se limitó a levantar las manos, se encogió de hombros y sonrió.
    Lisa regresó poco después, vestida con una falda blanca y un top que le cubría desde la cintura y hasta un poco por encima del busto. Con los pies desnudos descendió los peldaños, en la mano llevaba un par de sandalias de tela roja; se adornaba las orejas con plumas blancas. Sam estaba apoyado en el guardabarros trasero del polvoriento Pinto de Lisa. Inmediatamente se incorporó y abrió la puerta para Lisa, esperando que ella subiera.
    Cuando Sam estuvo sentado en el puesto del copiloto, Lisa puso la marcha atrás.
    – Si recuerdo bien -dijo ella-, vive en Ward Parkway… en el tugurio de la familia.
    Lo miró de reojo.
    – Todos tenemos que vivir en algún sitio.
    Sam se acomodó para iniciar el viaje, y quince minutos después Lisa seguía la dirección del dedo de Sam, que señalaba hacia la entrada de un camino adoquinado, que llevaba de la calle a una mansión majestuosa y bien conservada.
    Con las manos sobre el volante, ella observó con un asombro mal disimulado. Al comprender que Sam no se había movido, se volvió para ofrecerle una sonrisa tímida, y después contempló la chimenea cubierta de hiedra de la enorme residencia de estilo Tudor.
    – Vive en un hermoso y pequeño tugurio -dijo ella.
    – ¿Te agradaría conocerlo?
    – ¿Bromea?
    – Mi madre no está en casa. Ha salido a jugar al golf.
    La mención de la madre provocó una vacilación momentánea en Lisa, pero por otra parte sentía vivos deseos de entrar en la casa y ver el lugar en que vivía.
    Parecía que él adivinaba la vacilación de Lisa, y se volvió apoyando una rodilla en el asiento entre los dos, con un brazo sobre el respaldo.
    – Cheroqui, me agradaría mucho pasar el día contigo. ¿Qué te parece si vamos a la ciudad? Lo que se te antoje… piensa en las cosas más absurdas e ilógicas que jamás hayas imaginado, y te aseguro que lo intentaremos todo. Y no volveremos a hablar de lo que sucedió ayer en el campo. Te lo prometo.
    Era una promesa que ella no le habría arrancado si hubiera podido elegir.
    – Trabajo para usted. ¿No le parece un poco…? Bien…
    – Demonios, ¿eso es todo? ¿Crees que si llegamos a ser algo más que amigos perderás el empleo una vez concluido el romance?
    – Algo por el estilo. O por lo menos nos sentiremos bastante más nerviosos cuando nos encontremos todos los días en la oficina.
    Unas arrugas seductoras se insinuaron en las comisuras de los ojos de Sam.
    – Quizá debería despedirte aquí mismo, porque de ese modo no habría problemas.
    – Brown, usted es imposible. -Pero Lisa no pudo evitar una sonrisa mientras meneaba la cabeza ante el absurdo razonamiento de Sam. Sí, era un hombre imposible. Era imposible resistírsele, con su sombría belleza y su provocativo sentido del humor. Lisa desechó sus inquietudes y se dijo que bien podía pasar un día de despreocupada diversión. Reiría mucho, respondería a las bromas y las provocaciones de Sam, y aceptaría el hecho de que le agradaba muchísimo la compañía de aquel hombre.
    – Di que sí -le incitó Sam.
    Lisa lo miró de reojo.
    – Si me niego, ¿me despedirá?
    – No.
    – Entonces, sí, maldito sea.
    El interior de la casa era un lugar fresco, con una escalinata abierta que arrancaba bajo la ventana más grande que Lisa había visto jamás. Sam corrió al primer piso, dejando que Lisa lo examinara todo mientras se daba una rápida ducha y se cambiaba. Lisa pasó de una habitación a otra, las manos unidas en la espalda, como si temiera tocar lo que no le estaba permitido. La sala de estar tenía dos conjuntos enormes de puertas que se abrían sobre un solarium de paredes de vidrio, que daba al patio lateral, el lugar donde se habían mantenido las tradiciones de Kansas City… hermosas jardineras de flores, curvadas alrededor de longevos magnolios; una pequeña fuente con un cupido del cual brotaba agua; y bancos de hierro forjado cerrados sobre tres lados por los setos de boj recortados con precisión.
    – ¿Lista?
    Lisa se volvió y comprobó que Sam se había acercado en silencio por detrás, amortiguados sus pasos por la alfombra blanca y gruesa. Parecía que estaba invitándola a su casa y a su jardín. Ella hizo un esfuerzo para pasear la mirada por el hermoso panorama extenor.
    – No tenía idea de que fuera así -murmuró.
    – A veces es un poco solitario -replicó él.
    Lisa se giró de nuevo. Ahora él estaba más cerca, olía al jabón y a la loción que solía usar. Tenía en la mano las llaves de su automóvil.
    – Vamos a divertirnos -dijo ella, dirigiendo a Sam una mirada perversa, destinada a sugerir precisamente eso.
    Tomaron por asalto la ciudad, revoloteando como insectos enloquecidos. Sam conocía bien Kansas City, estaba familiarizado con los lugares de diversión y con su historia, e inició a Lisa en ambas cosas. Alquilaron patines y atravesaron Loose Park, donde un artista famoso cierta vez había cubierto las aceras con relucientes lienzos dorados, titulando a su trabajo «Senderos protegidos». Compraron vendas en la farmacia, y llamaron a su propio trabajo «Rodillas protegidas». Adquirieron un anillo de fantasía en el Country Club Plaza y lo deslizaron por el dedo de la ninfa de una fuente, en el Crown Center; afirmaron al mismo tiempo que había un vínculo eterno entre las dos grandiosas muestras, cuyos creadores tenían las mismas iniciales. Se encontraron por separado en la pintoresca Festa Italiana de Crown Center Square, y cada uno rescató al otro arrancándolo de los brazos de los exuberantes bailarines italianos. Tomaron una crema helada en el local de Swenson, y bebieron piña colada en el Kelly's Saloon; después, casi se extraviaron en la Zambezi Zinger en Woíds of Sun, y descansaron recostándose entre las lápidas del Cementerio de Mount Washington. Escupieron en medio del Puente Aníbal, y, riendo, se disculparon ante Octave Chanute, que no había consagrado dos años y medio a crear esa obra solo para permitir que dos irreverentes se burlaran. Entraron en la Biblioteca Truman y dejaron una nota conmemorando la fecha en la Encyclopaedia Britannica -volumen 7, página 754- prometiendo volver un año después, para comprobar si aún estaba allí.
    A lo largo del día recorrieron las calles de Kansas City, que tenían los nombres de los fundadores -Meyer, Swope, Armour. Sam le señaló el bulevar Lisa Kessler, diseñado por el arquitecto paisajista que había concebido el proyecto de restauración de los bulevares, los jardines y las fuentes, que convertían a la ciudad en un espléndido calidoscopio de belleza. Le relató la historia de William Rockhill Nelson, fundador del Kansas City Star, que había luchado catorce años con el fin de que el municipio aprobara la original red de bulevares; y le demostró cómo el planteamiento precursor de Jesse Clyde Nichols había dotado de esculturas, fuentes y objetos de arte a las bocacalles de la ciudad. Se desplazaron tranquilamente a través de la urbe bañada por el sol, y cuando cayó la noche y las luces de las fuentes tiñeron de rojo, esmeralda y zafiro las aguas en movimiento, Lisa y Sam se sentaron en el borde de una de ellas para comer golosinas y arroz frito que venía en envases de cartón blanco.
    – ¿Cómo está tu rodilla? -preguntó Sam.
    – Todavía intacta. La próxima vez no permitiré que me convenzas de que haga giros de trescientos sesenta grados cuando llevo años sin practicar con los patines.
    Sam sonrió, pero su mirada permaneció fija en ella, con un fulgor cálido y apreciativo.
    – Eres muy animosa. ¿Lo sabías, cheroqui?
    – Gracias. Tú tampoco estás del todo mal, Su Señoría.
    – ¿Estás dispuesta a dar por terminado el día?
    – Como quieras. -Se palmeó el vientre, suspiró, y los dos comenzaron a alejarse de la fuente en dirección al automóvil de Sam, dejando en el camino los restos… y, por alguna razón, a ella no le importó.
    Pocos minutos después, mientras se alejaba con paso lento, Sam Brown pasó un brazo alrededor del cuello de Lisa y la acercó a su propio cuerpo. Era agradable estar así, de modo que ella alzó una mano y cogió la muñeca de Sam. Advirtió entonces que los pies de los dos se movían con una lentitud cada vez mayor.
    Sam conducía sin prisas a través de la noche de Kansas City, escuchando los sonidos nocturnos de los grillos y las ranas a través de las ventanillas abiertas. Las fuentes distribuidas a lo largo de Ward Parkway susurraban al paso, y Lisa apoyó la cabeza contra el asiento, y deseó que la noche no terminara nunca. Sam entró por el sendero de su casa y apagó el motor.
    Ninguno de los dos se movió.
    – Gracias por un día realmente divertido dijo ella con voz suave.
    – El placer fue completamente mío. Tampoco ahora se movieron.
    – Veo que mi madre está en casa. ¿Quieres conocerla?
    – Esa noche no. Es tarde… y ya tengo las rodillas flojas y manchas de comida en la camisa.
    La idea de conocer a la madre de Sam amenazaba turbar el esplendor del día perfecto.
    Lisa sintió que Sam la examinaba desde su sitio frente al volante, y un momento después llegó su voz neutra.
    – ¿Cheroqui?
    – ¿Sí?
    Él vaciló antes de decir:
    – No hay manchas de comida en tu camisa. -Inmediatamente ella extendió la mano hacia la puerta, pero la mano de Sam vino a detenerla-. De veras, me agradaría que conocieras a mi madre. ¿Por qué quieres escapar?
    Ella rió con nerviosismo, y dijo sin mirarle:
    – En realidad, no soy muy eficaz con las madres. -Dirigió una expresión de ruego a Sam, y agregó en voz baja-: Prefiero que no.
    El pulgar de Sam se movió suavemente, rozando el hueco del codo de Lisa.
    – ¿Quieres explicarme por qué?
    Ella contempló esa posibilidad, y después contestó sin rencor:
    – No quiero decírtelo.
    Sin tener en cuenta la respuesta de Lisa, él insistió:
    – Trataré de adivinar. ¿Tiene que ver con el hecho de que tengas mezcla de sangre india?
    Ella se sintió desconcertada porque él había planteado algo que se aproximaba a la verdad, y sintió, durante unos instantes, que él estaba adivinando mucho de lo que ella era.
    – ¿Cómo lo has sabido?
    Los ojos de Sam observaron las plumas que adornaban las orejas de Lisa, y con un solo dedo movió uno de los adornos y después explicó:
    – Mira, tienes una actitud demasiado defensiva.
    – Toda la gente usa joyas indias en los tiempos que corren. Es muy elegante.
    – Cheroqui, no te enojes. Ha sido un hermoso día, y quiero mantenerlo así. Pero también deseo que hables francamente conmigo. Hasta ahora no me has dicho casi nada acerca de tu pasado. -Siguió una larga pausa, antes de que él insistiera en voz baja-: ¿Por qué no me hablas ahora?
    Ella pensó un momento, y comprendió que sentía intensos deseos de abrirse ante él. Pero era difícil explicar una historia que había durado tanto.
    – No sé… por dónde empezar.
    – Comienza con tu marido. ¿Era blanco?
    – Sí. -Bajó los ojos.
    – ¿Y?
    – Y…
    Como ella calló, Sam insistió con ternura.
    – Mírame, cheroqui. ¿Y qué?
    Los ojos de Lisa eran puntos oscuros cuando él se inclinó en la sombra, y, al advertir la preocupación en la voz de Sam, de pronto se dio cuenta de que deseaba decirle cosas que había prometido no revelar jamás. Pero necesitaba poner cierta distancia entre ella misma y Sam Brown mientras le hablaba, de modo que abrió la puerta y descendió. Él la siguió. Mientras caminaban despacio hacia el coche de Lisa, ella comenzó a hablar con voz entrecortada.
    – Joel se casó conmigo en uno de esos… esos rebotes idiotas, después de pelearse con la mujer con quien inicialmente pensaba contraer matrimonio. Una mujer muy blanca aprobada sin reservas por su madre. Él… había reñido con esa mujer, de modo que cuando me conoció fue… -Suspiró y elevó los ojos hacia las estrellas-. Oh, no sé lo que fue. Quizá una mezcla química. Un impulso estúpido. Pero en todo caso no reflexionamos mucho. Sencillamente, lo hicimos. Y lo hicimos con excesiva prisa… -Lisa se encogió de hombros y se apretó los brazos mientras caminaban sobre el césped húmedo-. Nada estuvo bien, desde el principio mismo, excepto quizá el sexo. Pero eso no alcanza para mantener un matrimonio. Después de un tiempo, la desaprobación que yo provocaba en la madre comenzó a influir sobre Joel, él comenzó a criticarme diciendo que yo lo distanciaba de su familia. Un año después de nuestro divorcio se casó con una muchacha que según la opinión de la madre era la esposa ideal. -Se detuvieron frente al automóvil de Lisa-. Ahora sabes por qué no me llevo bien con las madres.
    Las luces de la casa proyectaban largas manchas blancas sobre el prado oscuro que se extendía detrás. Sam permaneció de pie con una mano en el bolsillo del pantalón. Lisa esperó su respuesta. Cuando esta llegó, la sorprendió agradablemente. La mano salió del bolsillo de Sam y se agarró del codo de Lisa. Entonces habló con voz suave e insinuante.
    – Ahora que eso está resuelto, ven aquí. -Su presión suave la obligó a volverse para verlo; después, él cerró los brazos sobre la cintura de Lisa, hasta que las caderas de los dos presionaron con fuerza una sobre la otra. Y de pronto, ella olvidó el tema de las madres y las historias personales, pues la cara de Sam Brown le sonreía en la noche tibia y perfumada por las flores. Parecía como si las fuentes musicales de Kansas City bailaran en el pecho de Lisa, que ahora esperaba lo único que necesitaba para lograr que ese día culminara en la perfección total. Después, él inclinó los labios abiertos, suaves y tibios, sobre su boca, y ella elevó sus propios labios, apenas entreabiertos, aceptando sin vacilar el contacto de la lengua masculina, un contacto suave y gentil.
    «Ah, Brown, qué cosas me haces», pensó. Élla presionó apenas, y solo los pezones de los pechos de Lisa rozaron la camisa de Sam, mientras apoyaba las manos sobre los bíceps masculinos. La lengua de Sam la acarició y atrajo. Lisa respondió al estímulo, y sus dedos se deslizaron bajo la tela de las mangas cortas, en una invasión inconsciente de la piel firme y escondida. El beso fue tranquilo, casi perezoso, una tierna seducción con la lengua, mientras ellos se separaban un poco y comenzaron a balancearse indolentes a un lado y otro. Era una suerte de aperitivo del beso, destinado a abrir el apetito para cosas más sólidas. Pero cuando concluyó, en un abrazo lento y prolongado, evitaron separarse más.
    Sam levantó la cabeza con un gesto de amable burla.
    – Esto es mejor que la crema helada que venden en Swenson.
    Lisa sonrió y se apoyó en el círculo formado por las manos de Sam.
    – Hum… y además no te dará dolor de estómago.
    Él sonrió perversamente, y apretó con más firmeza su vientre contra el de Lisa.
    – ¿De veras?
    Pero ella sabía que no era el vientre de Sam lo que le dolía. Podía sentir lo que le dolía, algo que la presionaba con fuerza e intentaba atraerla.
    De modo que se sorprendió cuando un momento después comprobó que el honorable Sam Brown la obligaba a darse la vuelta y la llevaba hacia el coche. En resumen, Sam Brown estaba demostrando que era cada vez más honorable.

Capítulo 8

    El lunes por la mañana, temprano, trazaron planes para presentar una oferta en relación con la obra cercana al río Little Blue. De nuevo Lisa advirtió la diferencia entre el modo en que se hacían las cosas en Brown & Brown y en Construcciones Thorpe. En la empresa de Sam no solo existía un espíritu permanente de cooperación, sino también una elaboración minuciosa que la sorprendió.
    Se obtenían registros exactos de las características del suelo en todos los trabajos principales. Lisa se reunió con la cuadrilla de prospecciones el lunes por la tarde, para tomar muestras del suelo después de realizar el sondeo. Estas muestras fueron pesadas, además las secaron y las pasaron por una serie de cedazos de cobre. Las proporciones de material de distinto calibre retenidas en cada uno de los cedazos se pesaron cuidadosamente y fueron anotadas en un diagrama. Lisa y Sam trabajaron unidos filtrando las muestras y tomando nota de los datos. Compararon sus hallazgos con los de otros trabajos realizados en condiciones análogas del suelo y utilizaron los resultados para estimar el costo de variables como: el secado y los refuerzos destinados a impedir derrumbes.
    Se habían reunido a tomar café, Frank estaba encaramado sobre el borde de un mostrador y Sam estaba sentado con las piernas cruzadas y los talones apoyados en una silla vacía. La sensación de formar parte de la empresa inducía aLisa a participar de lleno en la adopción de decisiones. Con gran sorpresa de su parte, la relación personal con Sam apenas influía en decisiones de trabajo.
    – ¿Tienes inconveniente en utilizar los servicios de la TriState Drilling para drenar el terreno? -preguntó Sam. Tenía los codos apuntando al techo, y sus manos estaban unidas tras el cuello, mientras se inclinaba cómodamente hacia atrás.
    – Había pensado en pedir un presupuesto a Griffin Wellpoint -contestó Lisa-. En otras ocasiones han trabajado bien para mí.
    Contuvo la respiración. Era la primera vez que se oponía a los deseos de Sam o de Frank.
    Sam solo se encogió de hombros.
    – Muy bien. Por nuestra parte hemos tenido buena suerte con la TriState, de modo que puede afirmarse que las dos son muy buenas.
    Lisa pidió un presupuesto a Griffin para realizar obras de desagüe, y también consultó con otro subcontratista la instalación de pilotes sobre el área pantanosa, en gran parte formada por turba. Pidió presupuesto a otros contratistas acerca de los trabajos de arado y siembra del terreno, así como de la fertilización. A medida que pasaron los días, y ella recibía las cifras, la calculadora de su escritorio zumbaba sin parar.
    Calculó los costos de la mano de obra para la instalación de la cañería, sobre la base de los precios por metro, de acuerdo con la profundidad de la instalación y las condiciones del suelo. Los costos de material fueron divididos para formar precios unitarios -y en el caso de los tubos, precios por metro-. Estas cifras se agruparon para formar sumas globales.
    A medida que pasaba la semana y se acercaba el momento de la licitación, los proveedores enviaban precios de tuberías, válvulas, material de fundición y bombas de agua. Durante la semana la tensión aumentó a medida que se aproximaba el día de apertura de las propuestas: el viernes. Como de costumbre, los precios de los subcontratistas llegaban tarde, lo cual por un lado demoraba el trabajo en cierto grado, y originaba una sensación de incertidumbre por otro.
    El jueves por la tarde, Sam se detuvo junto al escritorio de Lisa, y preguntó:
    – ¿Ya han llegado todos los presupuestos de los subcontratistas?
    – Todavía esperamos las cifras de Greenway. Ya sabes cómo es esa firma.
    Él sonrió, pero de todos modos era evidente que se sentía tenso, cuando generalmente se mostraba tranquilo y descansado.
    – Sí, sé cómo es.
    – Estás muy interesado en esta obra, ¿verdad? La mirada de Sam encontró la de Lisa, y, por primera vez en esa semana, pareció expresar pensamientos que sobrepasaban el tema de las evaluaciones de los suelos y los precios por metro lineal.
    – Tengo un interés casi personal en esta oferta. ¿Y tú?
    El recuerdo del huerto con todo su atractivo y su esplendor retornó a la mente de Lisa.
    – Sí, yo también.
    Él la miró un momento más, y después pareció salirse de su ensueño para rascarse el cuello y mirar las hojas y los diagramas que estaban encima del escritorio de Lisa.
    – De todos modos, nos vendría bien esta obra, porque la de Denver no comienza hasta la primavera. Hay tiempo suficiente para terminarla antes del invierno.
    La mañana del viernes trajo el desorden habitual del último momento, una situación que Lisa solía prever en su especialidad. Podía decirse que el espíritu de la competencia nunca se manifestaba en los proveedores hasta un instante antes de la apertura de las ofertas. Faltaban menos de dos horas para que venciera el plazo, y Lisa recibió una llamada del proveedor de tubos, que había decidido rebajar su presupuesto hasta la cifra de doce mil dólares. Fue necesario modificar enseguida los subtotales y los totales en el formulario oficial. Como la llamada llegó alas 11.30 y el límite de presentación de las ofertas era a las 14.00 horas, Lisa suspendió el almuerzo para rectificar las cifras; y al final realizó otra revisión de los datos utilizando la calculadora.
    Sam llegó a las 12.45 horas y la encontró sentada frente a su escritorio; sus dedos se desplazaban con agilidad sobre las teclas, los pies descalzos estaban apoyados en el travesaño de la silla.
    – ¿Cómo están las cosas? -preguntó Sam.
    Ella apenas lo miró.
    – ¿Qué hora es?
    – La una menos cuarto.
    – ¿Quieres verificar las sumas que acompañan estos formularios?
    – Por supuesto. -Ella le acercó las hojas sin mirarlo siquiera-. ¿No has almorzado? -preguntó Sam.
    Ahora sí lo miró, durante medio segundo.
    – No. American Pipe ha llamado para rebajar su oferta en doce mil dólares.
    Sam se apresuró a ocupar un asiento en un escritorio próximo, y sus dedos también comenzaron a desplazarse a toda velocidad sobre una calculadora.
    – ¿Por qué no has pedido algo?
    Ella se interrumpió, miró a Sam, y sonrió apenas.
    – De todos modos, estoy demasiado nerviosa para comer. Sam oprimió la tecla destinada a indicar el total, y la máquina quedó en silencio, mientras él sonreía a Lisa.
    – Calma, cheroqui, es solamente un trabajo más.
    Pero no era eso, y los dos lo sabían. Era el trabajo que ambos deseaban llevar a cabo. El primer esfuerzo conjunto, y algo le decía a Lisa que era necesario conseguirlo. De todos modos, apreciaba el esfuerzo de Sam al apoyarla, y su sonrisa así lo expresó, antes de que los dos retomaran otra vez el trabajo.
    Quince minutos después todos los cambios estaban anotados con tinta en la propuesta oficial, y Sam se inclinó sobre el escritorio de Lisa para poner sus iniciales en cada dato, y firmar al lado del sello de la compañía que figuraba en la última hoja. El hombro de Sam casi rozó la barbilla de Lisa cuando se inclinó para garabatear su nombre sobre el papel. Durante la semana ella no tenía dificultades para controlar los sentimientos personales que interferían en las horas de trabajo; pero ahora, con él de pie, allí cerca, con sus manos bronceadas desplazándose sobre el papel blanco, se sentía atraída hacia él por su firmeza de proposiciones. Sam soltó la pluma, se incorporó y sonrío.
    – Ya puedes calzarte. Hemos terminado.
    Lisa sonrió con timidez.
    – De este modo me siento menos presionada.
    – Quizá a ti te pasa eso, pero a mí no. -Dirigió una mirada apreciativa a los pies de Lisa en el momento mismo en que un grupo de dibujantes regresaba de almorzar-. Bien, estoy reteniéndote, ¿no es verdad? -Era la una, y ella aún tenía que atravesar toda la ciudad para llegar al edificio del Ayuntamiento.
    Lisa respiró hondo, se pasó una mano por los cabellos y ofreció a Sam una sonrisa insegura.
    – Bien, allá vamos. La nueva calculista de Brown & Brown recogió sus papeles, guardó la oferta en un gran sobre dorado, lo cerró, levantó los ojos y comprobó que su jefe había estado observando cada uno de los movimientos.
    – Buena suerte, cheroqui -dijo en voz baja.
    – Gracias, Su Señoría -replicó ella. Después se puso los zapatos, recogió el bolso y salió de la oficina.
    Brown & Brown ganó el concurso por el proyecto a orillas del río Little Blue con una oferta de setecientos cincuenta mil dólares, apenas siete mil novecientos dólares menos que el licitante más próximo. Cuando se leyeron la última oferta y el anuncio, Lisa sintió que la adrenalina le corría por la sangre. Se puso de pie para aceptar las felicitaciones, y sintió las rodillas vacilantes y débiles. Las palmas de las manos le transpiraron mientras abrían los sobres, pero ahora ansiaba llegar a un teléfono y llamar a la oficina.
    Soportó las felicitaciones, lo que le pareció una eternidad, antes de escapar al teléfono público que estaba en el vestíbulo.
    La atendió la voz de Raquel:
    – Brown & Brown.
    – ¡Raquel, hemos ganado! -anunció Lisa sin el más mínimo preludio.
    – ¡Lisa! ¡Es maravilloso!
    – ¿No es cierto? -exclamó Lisa-. Me siento eufórica… y un poco débil.
    Raquel se echó a reír.
    – Querida, esto nunca cambia.
    Una breve sonrisa expresó su nerviosismo. Después Lisa pidió:
    – Comunícame con Sam, ¿quieres, Raquel? Durante un momento se hizo el silencio en la línea, y sintió que experimentaba un profundo sentimiento de satisfacción, mientras esperaba oír la voz de su jefe. Cuando la escuchó, le pareció que llegaba cargada de sonrisas.
    – Magnífico, cheroqui.
    – ¡Aleluya, Brown, hemos ganado!
    Él se echó a reír.
    – Te sientes bien, ¿verdad?
    – Así es.
    – ¿Muy bien?
    Al comprender la misteriosa pregunta, ella contestó:
    – Bien hasta el nivel de siete mil novecientos dólares… eso es todo.
    – ¿Quiere decir que hasta allí ha llegado nuestra ventaja?
    – En efecto.
    Ante la risa satisfecha de Brown, Lisa imaginó cómo aparecían hoyuelos en sus mejillas, y las arrugas pálidas que le desaparecían alrededor de los ojos.
    – ¿Quién fue el segundo?
    – Un momento, te leeré la lista. Después de relatar el orden de las ofertas, Sam le preguntó:
    – Vuelves a la oficina, ¿verdad? Tenemos que celebrar tu primera victoria.
    – Estaré allí más o menos en una hora.
    – Magnífico, te veré entonces.
    En el trabajo de calcular las ofertas para las licitaciones, las derrotas al parecer superaban de lejos a las victorias. En las ocasiones favorecidas por el éxito, una alegría especial se manifestaba en todos, originando un espíritu de camaradería y buen humor. Cuando regresó a la oficina, Lisa descubrió que todos los miembros de la empresa ya estaban enterados de la buena noticia. Al pasar se detuvo para aceptar las felicitaciones y compartir las bromas con sus colegas. Pero un episodio ocupó el primer plano en su mente.
    Sam sonreía cuando se acercó caminando sobre la alfombra azul, vestido con sus pantalones informales y una camisa celeste con las mangas subidas hasta el codo. En realidad, ella nunca se había sentido tan orgullosa como en ese momento, frente a Sam Brown. La sonrisa de Lisa era contagiosa cuando él le ofreció su mano grande y apretó la suya, sujetándola con fuerza, para sacudirla una sola vez y sostenerla apenas una fracción de segundo más de lo necesario.
    – Enhorabuena, Lisa.
    – Gracias, Sam. -Sintió deseos de poner la otra mano sobre la de Sam, para decirle cuánto apreciaba la confianza que le había demostrado durante la última semana, y también lo grato que había sido preparar la oferta en la atmósfera cargada de simpatía de la oficina, entre los empleados que siempre la ayudaban mucho y, por supuesto, con él. Pero Sam retiró la mano y continuó charlando con los hombres. Raquel, Nelda y Ron Chen se unieron al grupo, y Lisa tuvo la sensación de que estaban compartiendo una especie de Nochebuena.
    Algunas personas estaban ordenando su escritorio, y otras continuaban de pie, formulando comentarios, cuando Raquel se separó de una mesa de dibujo y se giró hacia la entrada de la oficina.
    – Hola, Mary, ¿cómo está? Una mujer morena de unos sesenta años acababa de entrar y se acercaba con desenvoltura al grupo de hombres y mujeres. La mayor parte de los presentes la saludó por su nombre e intercambiaron con ella algunos comentarios. Era evidente que todos la conocían. Vestía un elegante traje de verano, calzaba zapatos marrones y blancos de tacón alto, y llevaba un bolso haciendo juego. De su persona se desprendía un aire de serena confianza.
    – Entiendo que hoy debo felicitarte -comentó al acercarse.
    Con gran asombro de Lisa, Sam se apartó del grupo y saludó a la mujer con un ligero beso en la mejilla.
    – Hola, mamá. ¿Estás de visita? -dijo medio en broma.
    – Me acabo de enterar de las noticias. Pensé que era hora de conocer a tu nueva especialista en licitaciones.
    – Está aquí. -Sam pasó un brazo sobre los hombros de su madre y la llevó junto a Lisa, que permanecía de pie, inmóvil y muda de asombro.
    – Mamá, esta es Lisa Walker… Lisa, mi madre, Mary Brown. -Él había apoyado las manos sobre los hombros de su madre, y la mirada de sus ojos oscuros regocijados se posó ahora en Lisa, que se sonrojó. Como una autómata, la joven extendió la mano., que recibió un apretón de unos dedos de piel muy oscura, con los nudillos anchos y varios diamantes ostentosos.
    – Encantada de conocerla, señora Brown -atinó a decir Lisa, que no lograba apartar los ojos de Sam. Este se encontraba como antes, con las manos sobre los hombros de su madre y una expresión evidente de regocijo en sus ojos.
    – De modo que usted se ha impuesto en su primera presentación como calculista de Brown & Brown -observó la mujer en un tono cordial, mientras examinaba a Lisa; tenía la cara ancha, con los pómulos acentuados y una nariz bastante grande. Sus cabellos eran grises por la edad, pero, sin duda, habían sido muy negros.
    – Yo… bien, no he trabajado sola. Frank y… y su hijo me han ayudado.
    – Sam deseaba vivamente conseguir esta obra. Esta semana ha mencionado varias veces el asunto. Bien, felicidades. -Sonrió, y después agrego-: Bienvenida a la compañía.
    Cuando Sam apartó las manos de los hombros de su madre, sonrió con inocencia a Lisa, y después se volvió para escuchar los diálogos de su madre con otros, antes de reunirse con ella. En ese momento sonó el teléfono. Uno de los dibujantes atendió.
    – Lisa, es para usted. Era un proveedor, para preguntarle si saldría a tomar una copa o a cenar… un procedimiento habitual con quien ha ganado una licitación. Los proveedores siempre estaban ansiosos de recibir nuevos pedidos. Lisa estaba de pie, de espaldas al salón, cuando de pronto advirtió que Sam se le había acercado por detrás. Se volvió, y la miró por encima del hombro mientras hablaba por teléfono.
    – ¿Esta tarde? -Hizo una pausa para escuchar la respuesta del proveedor, y después preguntó-: ¿A qué hora? -Con el teléfono junto al oído, Lisa vio que Sam Brown se apoderaba de un bloc y un lápiz y siguió los movimientos de su jefe mientras él escribía: «Me debes una cena…». Le dio la espalda y le clavó una mirada significativa, mientras intentaba con valor concentrar la atención en lo que le decían por teléfono. La mano de Sam se movió de nuevo, y escribió: «¡esta noche!». -Subrayó el mensaje con un signo de exclamación.
    Lisa dio la espalda tanto a Sam Brown como al mensaje, y balbuceó:
    – Ah… lo siento. Paul, ¿qué estaba diciendo? -Una rápida mirada por encima del hombro le indicó que Sam se había alejado otra vez-. Discúlpeme, Paul. Tal vez podamos almorzar el lunes. Esta noche estoy atareada.
    Concertaron los arreglos correspondientes, y cuando Lisa cortó la comunicación, vio que la oficina comenzaba a vaciarse. Miró alrededor en busca de la madre de Sam, pero comprobó que se había retirado. El propio Sam se acercaba a Lisa. Ella cruzó los brazos sobre el pecho, y se apoyó en el borde del escritorio, mientras lo observaba aproximarse.
    – Bien, Su Señoría, me has sorprendido de nuevo -dijo Lisa con una sonrisa.
    – ¿De veras? -El gesto de Sam era muy seductor.
    – Sabes perfectamente a qué me refiero. Tu madre es más india que yo.
    – Ah, eres muy sagaz -se burló Sam.
    – ¿Dónde está? -Lisa paseó de nuevo la mirada por la oficina.
    Sam se encogió de hombros, y después sonrió.
    – Probablemente fue a casa para limpiar la tienda.
    En la visión de Lisa apareció la tienda, y no pudo evitar una sonrisa.
    – Sam Brown, eres imposible. ¿Por qué no me lo dijiste antes?
    – Porque de ese modo ya no hubieras creído que te contraté para convertirme en un contratista privilegiado en las obras destinadas a las minorías. Me he divertido mucho pensando en la situación que se había originado.
    – ¿A mi costa?
    – No te ha pasado nada, ¿verdad?
    – Excepto esa tremenda sorpresa. Creo que hubieras podido meter un camión de varias toneladas en mi boca, cuando la he visto he comprendido que era tu madre.
    Él sonrió y cambió pronto de tema.
    – ¿Qué me dices de esa cena?
    Ella lo miró con el ceño fruncido.
    – Supongo que estás recordando mi promesa de que saldría a cenar contigo cuando ganara un concurso.
    – Exactamente.
    – ¿Y lo he ganado?
    – Sí, lo ganaste.
    – ¿Y yo cumplo mis promesas?
    La sonrisa de Sam se ensanchó.
    – Iré a buscarte a tu casa a las siete. Ponte algo elegante. -Se volvió, pero cambió de idea y regresó un instante para agregar:-Y sensual. -Después, se alejó:
    Lisa eligió de nuevo el blanco… esta vez un vestido ligero y elegante que se adaptaba perfectamente a su cuerpo; no muy ajustado, no muy suelto, pero amplio. Era un sencillo cilindro, ceñido mediante elásticos sobre el busto y en la cintura, que dejaba al descubierto los hombros y la parte superior del pecho, el marco perfecto para un grueso collar de turquesas y plata que tenía la forma de un ave. Tocó el adorno y miró su propia imagen reflejada en el espejo, y recordó a la madre de Sam Brown. Muy típico de Sam abstenerse de decirle la verdad, y después permitir que descubriera por su cuenta las cosas. Sonrió, y después se apresuró al ponerse un toque de perfume en las orejas. Calzó unas sandalias muy sencillas de cuero blanco, con tacones muy altos. Se peinó formando una serie de rizos, el desorden de los cabellos apenas atenuado por una fina diadema blanca que le llegaba hasta las sienes y desaparecía entre los mechones.
    En ese momento oyó el timbre de la puerta de la calle. Sin pensarlo mucho, Lisa retiró de la cómoda la fotografía de sus hijos y la metió en un cajón. Cuando se dirigía a la puerta dedicó un instante a cerrar el segundo dormitorio. Una vez en la planta baja se detuvo y apretó una mano sobre su vientre; después, respiró hondo y fue a recibir a Sam Brown.
    Él estaba apoyado otra vez sobre la barandilla, pero parecía que se desperezaba en un movimiento lento, retirando un músculo tras otro de la balaustrada de hierro forjado. Se incorporó y sacó la mano del bolsillo del pantalón. Su mirada recorrió todo el cuerpo de Lisa, y una sonrisa de evidente satisfacción se manifestó en sus labios bien formados. Sus ojos oscuros encontraron los ojos todavía más oscuros de Lisa, y dijo sin rodeos:
    – Cheroqui, se te ve sensacional.
    La aprobación de Sam provocó una sacudida de orgullo en Lisa, y apoyó la mano en las solapas de la chaqueta azul marino que él llevaba puesta.
    – Gracias, Su Señoría, lo mismo digo de usted.
    ¡Como si alguna vez pudiera decirse lo contrario de Sam! Su camisa blanca destacaba el bronceado de la cara, y se preguntó cómo era posible que hubiera sido tan ingenua por no haber advertido mucho antes cuál era la verdadera herencia étnica de Sam Brown. Sin embargo, desde el principio había observado que Sam no tenía el aspecto de los escandinavos puros que ella había conocido a lo largo de su vida. Sam se había divertido a costa de ella… pero ahora, al mirarlo con atención, era natural que se alegrara con el resultado final. De todos modos, tenía un aspecto deslumbrante; y la corbata de seda estaba anudada de un modo tan impecable que no requería la más mínima observación y mucho menos una crítica.
    Embargada por estos pensamientos Lisa entrecerró los ojos y se volvió para recoger un minúsculo bolso adornado con cuentas.
    Después de que él la ayudara a ocupar su lugar en el coche, puso en marcha el motor y se volvió para examinarla de nuevo. Lisa soportó con serenidad el examen. No le preocupaba que adivinara la admiración con que ella lo observaba, del mismo modo que no le inquietaba la admiración en los ojos de Sam Brown.
    – Esta noche iremos al Americano. Yo también cumplo mis promesas.
    – Pero se supone que yo invito. -Aunque Lisa sabía que ella no podía darse el lujo de pagar una cena en aquel restaurante.
    – Oh, en eso te equivocas.
    – Pero…
    – Es una cena de la compañía, y va a la cuenta de gastos del patrón. La descontaré de los gastos generales.
    – En ese caso… que sea el Americano. -Pero en ese momento Lisa se sentía muy lejos de las preocupaciones empresariales. Y a medida que avanzó la velada, la distancia aumentó.
    Se acercaron al Crown Center atravesando el cuadrado de cinco hectáreas formado por varios prados y algunas fuentes, pasando al lado de un enorme pabellón y de los parasoles de diez metros de altura bajo cuyas lonas amarillas se habían perdido y vuelto a encontrar el sábado anterior. Ante ellos se alzaba la Shiva de Alexander Caldero. Unos minutos después entraban en el lujoso Westin Crown Center Hotel.
    El vestíbulo, dispuesto en varios niveles, estaba tallado sobre una ladera rocosa de piedra caliza natural, lo cual creaba un cromático jardín de follaje tropical y árboles bien desarrollados, a través de los cuales podía verse como una cascada de veinte metros de altura se desgranaba. El agua que caía creaba un fondo refrescante que agradaba a los huéspedes del hotel, a los compradores de las tiendas próximas y a los espectadores, que recorrían los puentes elevados a cierta altura sobre el vestíbulo.
    Si Hans Christian Andersen hubiera vivido para construir el ambiente de un cuento de hadas, no podría haber inventado nada más estimulante y romántico que el entorno que habían dejado atrás. Por lo menos, eso creía Lisa. Se veía en dificultades para apartar los ojos de Sam, y cuando descubrieron que eran las dos únicas personas que ocupaban el ascensor para ir al restaurante, ella cedió a sus propios deseos.
    Él estaba apoyado en la pared de la izquierda, ella en la de la derecha. Se miraron sin hablar, atrapados por un sentimiento de inminente intimidad. Frente a los dos se abrían horizontes -eso parecía sobrentendido- que modificarían para siempre la relación que los unía. La conciencia del hecho acentuó el momento, aunque, de acuerdo con las apariencias, los dos mostraban la misma actitud casual de siempre.
    Los sentimientos de Lisa parecían especialmente despiertos. Se había adaptado al aroma conocido de Sam, a su expresión, que parecía más y más reflexiva, y con mayor conciencia sexual a medida que avanzaba la noche. Sentada frente a la mesa en el restaurante, junto a las sillas cromadas y los espejos, con la ciudad de Kansas extendida ante ella, Lisa observaba los automóviles que avanzaban por las calles orientadas hacia el noreste, en dirección al centro de la ciudad. Sin embargo, de tanto en tanto su mirada volvía a encontrarse con la de Sam. Como si su conciencia estuviera particularmente alerta, asimilaba todos los detalles de su entorno con aguda percepción… el zumbido suave de las burbujas en su copa; la flexible textura de las setas en vinagre clavadas en un palillo, que Sam le acercaba con un gesto de broma; el roce de la pierna del pantalón de Sam contra el tobillo desnudo de ella, bajo la mesa; la sensación de los tirantes sobre sus hombros desnudos cuando ella se acomodaba en su silla; el calor de la llama sobre la cual se asaba la carne, mientras el camarero ejecutaba su representación culinaria; el sabor áspero del brécol, que de pronto le parecía magnífico a pesar de que nunca le había agradado; el aroma del almidón en la servilleta mientras se limpiaba los labios; el lento paso del tiempo mientras Sam prolongaba la expectativa al pedir cócteles antes de la comida; el resplandor del fuego cuando se acercaba una cerilla encendida al licor; los labios de Sam, curvados apenas a un lado, mientras recogía una cucharada de jerez, y ofrecía a Lisa la imagen de su lengua sorbiendo el líquido concentrado; el calor que emanaba de su cuerpo ante su propia sugerencia sin palabras.
    Lisa descansaba en su silla, pero advirtió con cuanta frecuencia la mirada de Sam retornaba a la línea en que el vestido le rozaba el pecho, y después descendía hasta las sombras perceptibles que sugerían los pezones oscuros y desnudos, encerrados por la tela sedosa. Cada vez que esto sucedía, sentía una suerte de relámpago en el vientre. Pero ella continuaba en su lugar, jugando el juego de la espera con una moderación que elevaba su sensualidad a una altura superior.
    En el restaurante, al cruzar la plaza, al viajar en automóvil, y en todo el camino hacia la casa… él no la tocó ni una sola vez. No la tocó con las manos. Pero sus ojos tenían tanta capacidad táctil como una mano tibia acercándose a ella. La ciudad era un lugar oscuro, vivo y expectante… igual que Lisa.
    En la curva, frente a la casa de Lisa, el motor se detuvo y él abrió la puerta, después se acercó por el lado de Lisa, y esperó a que ella bajara. De nuevo caminaron por el sendero, y ascendieron los escalones hasta la puerta sin decir palabra, sin tocarse.
    Ella había dejado encendida la luz del porche. Los arbustos y el alero del tejado originaban profundas sombras. De todos modos, se volvió hacia Sam, pues conocía la expresión de esa cara sin necesidad de verla.
    – ¿Quieres entrar a tomar una copa? -Recordó la preferencia de Sam por los martinis secos con encurtidos y agregó nerviosa:
    – Yo… no tengo encurtidos, pero sí aceitunas. Hubo una pausa prolongada y vacía, antes de que él replicara:
    – No, no me interesa la bebida, ni los encurtidos, ni las aceitunas.
    A Lisa le tembló el vientre, y respiró hondo antes de preguntar en voz baja:
    – Y entonces, ¿qué?
    Sintió que Sam se inclinaba hacia ella, y casi la tocaba al contestar con voz ronca:
    – A ti te quiero, cheroqui… Y lo sabes.
    La respuesta aceleró los latidos de Lisa, y de pronto no supo qué decir. Permaneció de pie en la oscuridad, la nariz saturada por el perfume de Sam, consciente de la expresión inquisitiva en los ojos del hombre, a pesar de que no alcanzaba a verlo. Después oyó otra vez su voz suave pero tensa:
    – No me invites si no es para eso.
    Tampoco ahora la tocó, y, aunque ella lo deseaba, sabía que una vez que comenzara no habría regreso.
    – Tienes que saber que todavía tengo ciertas reservas en ese asunto -admitió Lisa con voz temblorosa.
    – Entonces, ¿por qué esta noche usaste ese vestido que debajo no tiene nada?
    El la conocía mejor de lo que ella se conocía a sí misma; parecía absurdo negarlo. Inclinó la barbilla y reconoció con ingenuidad:
    – Desvergonzado de mi parte, ¿verdad? -Percibió que él sonreía en la oscuridad.
    – Cheroqui, ¿estás probándome, para ver hasta dónde puedes llegar antes de que yo haga algo?
    – No… yo… -Sus manos se agitaron y su voz sonó insegura-. Sucede solo que me siento nerviosa.
    Después de un silencio reflexivo, él murmuró:
    – ¿Sabes que eres un enigma? Te he visto actuando en una licitación, donde hay buenos motivos para sentirse nervioso, y ejercías un perfecto dominio de tus nervios. En ese difícil mundo de los negocios, luchas y compites con los mejores. Pero ¿qué le sucede a esa mujer segura de sí misma cuando un hombre la encuentra atractiva? -La voz de Sam se suavizó-. ¿Por qué tienes que sentirte nerviosa?
    Lisa pensó entonces que podía dar muchas respuestas para esa pregunta, y que cualquiera de ellas podía ser suficiente. Pero no formuló ninguna, pues comprendió que le correspondía parte de la responsabilidad de que ahora estuvieran allí, al borde de algo que sería espléndido… de eso estaba segura. Ella lo deseaba, y ese deseo siempre aparecía acompañado por complicaciones. Por lo tanto, rechazó sus propias dudas y preguntó de un modo insinuante pero inconfundible.
    – ¿Querrías entrar para comer algo tan sencillo como unas aceitunas?
    Como respuesta, él extendió la mano y oprimió despacio el hombro desnudo de Lisa.
    – Dame tu llave -ordenó en voz baja.
    La mano de Lisa tembló cuando le entregó la llave:
    Él la recibió y un momento después se abrió la puerta, y se cerró detrás de ambos, envolviéndolos en un manto de oscuridad.
    Lisa fue a detenerse en el centro del vestíbulo, de espaldas a Sam, mientras agarraba con las dos manos el minúsculo bolso. Oh, todo había sido muy diferente con aquel otro hombre, la persona que ella apenas recordaba y que había aparecido poco tiempo después de Joel. Pero ella no había olvidado el súbito escalofrío que le recorrió el cuerpo y la dejó inerte en el último momento. ¿Y qué haría si ahora sucedía lo mismo? ¿Y qué si… qué si…?
    Realizó una rápida visión mental de su cuerpo y recordó solo sus defectos… no solo la huella dejada por los partos sino la pérdida de firmeza, el perfil inequívoco de las caderas que ahora eran más anchas, los pocos kilos de más que quizá ella habría debido perder… y el dibujo de una vena en…
    Las manos de Sam buscaron la cintura de Lisa en la oscuridad, y sus dedos le aferraron el tórax, atrayéndola mientras apretaba los labios sobre la curva del cuello femenino, y recorría la piel tibia siguiendo el curso de la cadena de plata, separándole los cabellos para besar la nuca.
    – Cheroqui -murmuró-, estás muy tensa. Eso no es necesario.
    En la oscuridad, él encontró el bolso que ella continuaba cogiendo y se lo quitó de los dedos. Lisa oyó el golpe suave cuando aterrizó sobre un peldaño alfombrado, antes de que él volviera a concentrar la atención en el cuello que Lisa le ofrecía.
    Ella soltó el aire que había mantenido en sus pulmones demasiado tiempo, y obligó a los músculos de su cuello a relajarse uno tras otro, mientras Sam exploraba el hueco tibio detrás de su oreja, hasta que ella inclinó la cabeza hacia delante, y después a un lado.
    – ¿Cuánto tiempo pasó? -preguntó él con hosca ternura.
    Ella tuvo un momento de vacilación, antes de responder sinceramente:
    – Tres años.
    Tres años prolongados y vacíos.
    Al oír la respuesta, él la rodeó con los brazos, apoyó las manos bajo los senos, y Lisa cubrió las mangas de la chaqueta de Sam con sus propios brazos y el dorso de las manos masculinas con sus propias manos.
    – ¿Quieres decir que soy el primero después de tu esposo? -preguntó él en voz baja junto a la sien de Lisa.
    Ella tragó con dificultad, y después reconoció:
    – Sí… no… bien, casi.
    Lisa sintió que cambiaba de posición, como si deseara mirarla dubitativo, pero los brazos de Sam no se movieron, cálidos y seguros, de alrededor de la cintura de Lisa.
    – ¿Casi?
    – Hubo otro hombre. Me sentía sola y… -De nuevo tragó saliva, temiendo que él se apartara si ella confesaba lo que había sucedido-. Bien, pensé que yo podría, pero… cuando cambié de idea, se mostró muy antipático.
    Los brazos de Sam la sostuvieron con más fuerza, y él se balanceó a un lado y al otro.
    – Oh, cheroqui. ¿Sabes que no será lo mismo entre nosotros?
    Y de pronto, ella pudo. Aflojó los músculos, mientras él humedecía la piel suave del cuello con la punta de su lengua, y deslizaba una mano sobre el seno suave, tibio y al mismo tiempo resistente, protegido por la fina tela del vestido. Un estremecimiento de placer provocó que a Lisa se le erizara la piel. Entonces ya no recordó que la piel que él tocaba ahora no era tan firme como antes. Solo disfrutó con la idea de que era muy grato sentirse acariciada otra vez. Cerró los ojos, y se atrevió a formular la pregunta cuya respuesta también ella necesitaba.
    – ¿Y tú?
    La mano de Sam continuó la suave exploración, pero él siguió deteniendo a Lisa.
    – Tres meses. Sam mantuvo la mano sobre el seno de Lisa. -¿Eso importa?
    – Si ella todavía significa algo para ti, importa.
    – No significa nada.
    Ella se aflojó todavía más, muy aliviada por la respuesta que había escuchado. Pareció que el vestido de crepé que llevaba puesto no tenía más solidez que una telaraña, cuando Sam puso sus anchas manos sobre la curva inferior de los dos pechos, y alisó incitante la tela sobre los pezones, tentándolos, consiguiendo de ese modo que el sentimiento de inseguridad de Lisa se atenuara cada vez más, y fuera reemplazado por la enorme necesidad de que él la tocara de nuevo, la acariciara y la amara.
    – Cheroqui, qué bueno es estar contigo -murmuró Sam sobre el hombro desnudo de Lisa, inclinando la cabeza hacia delante y oprimiendo la espalda de la mujer.
    – Lo mismo digo de ti. -Ella cubrió las manos de Sam y las apretó con firmeza contra sus senos, como si deseara absorber todos los matices de su ternura. Las manos anchas del hombre se movieron bajo las manos de Lisa, calmando y excitando al mismo tiempo lo que ella sentía, apaciguando la necesidad de una exploración silenciosa.
    – Brown -reconoció ella, jadeante-, hacía tanto tiempo que necesitaba esto.
    – Lo sé -dijo la voz ronca al oído de Lisa-. Todos lo necesitamos. Después, las yemas de los dedos de Sam se familiarizaron con las formas hinchadas de los pezones. Los apretó entre los dedos y los bordes de sus manos levantaron al mismo tiempo la curva de los senos, enviando minúsculos impulsos eléctricos al cuerpo de Lisa.
    Ella apenas advirtió que había suspirado hasta que la voz de Sam murmuró, junto a su oído:
    – Así está mejor, cheroqui… relájate.
    Y fue lo que ella hizo, pues las manos de Sam parecieron eliminar sus últimas aprensiones, y el ritmo tranquilo que él había impuesto ganó su confianza. Él tenía las manos muy duras, pero el contacto revelaba su sensibilidad, y ella no intentó evitar sus movimientos. La mano de Sam se deslizó sobre el vientre de Lisa y abrió los dedos un momento, y después los cerró de nuevo antes de presionar la cadera. Su contacto tenía la ligereza de la pluma, mientras, con un solo dedo, él trazaba una línea sinuosa sobre el montículo de la femineidad, bajo la falda sedosa. Sam provocó en Lisa un estremecimiento perceptible, pues el efecto del movimiento de la mano sobre la tela alcanzó las prendas interiores de seda, de modo que el roce mismo enviaba ondas de sensualidad a la columna vertebral de Lisa. El gesto hizo que ella se sintiera muy consciente de su propia sexualidad, porque ese contacto era medio caricia, medio pellizco, y todo la excitaba. Sintió que él tenía conciencia de la reacción que había provocado, pues podía escuchar el latido acelerado de su corazón, y lo sentía bajo la mano que todavía se cerraba sobre el seno. Al fin, él deslizó la mano sobre la curva de la femineidad, y consiguió que ella experimentara un éxtasis salvaje, un despertar sensual.
    Él murmuró su nombre -Lisa, y a veces cheroqui- besándole la oreja, la barbilla, el hombro, mientras sus manos recorrían el cuerpo femenino, delineaban el perfil, y después pasaban de nuevo al vientre y a los costados, hasta que sus manos engancharon el elástico del borde superior del vestido, bajándolo hasta la cintura y liberando los pechos para acariciarlos. Ahora sus manos se detuvieron un momento antes de que una de ellas descendiera bajo la ropa para tocarla íntimamente por primera vez. El tenía la voz quebrada cuando murmuró:
    – Oh, cheroqui, deseé esto desde la primera noche que te vi en esa habitación del hotel.
    Ella sonrió en la oscuridad, al evocar aquella noche, y al comprender que desde entonces había estado librando una batalla perdida.
    – Yo… traté de rechazar el recuerdo de tu persona, pero… después de aquello fue imposible.
    El contacto con la mano de Sam la dejó sin aliento, y logró que le tamborileara el pulso, mientras, detrás, el cuerpo de Sam la provocaba con su presión, y después con un suave movimiento lateral. Pero era más fácil aceptar el primer contacto que originarlo. Como si hubiera percibido la vacilación de Lisa, él apoyó la barbilla sobre la sien de la mujer y la alentó:
    – Sabes, no tienes necesidad de pedir permiso si deseas hacer algo.
    ¿Quizá él estaba bromeando? Solo un poco, y lo hacía de un modo seductor, que abría una nueva conciencia en el cuerpo de Lisa. Sin embargo, la incertidumbre de la joven se mezclaba con el ansia de la mujer. El vientre de Sam presionó con firmeza su cuerpo, como ratificando el mensaje que le había formulado en palabras, mientras ella vacilaba un momento más.
    Después, él rogó con ternura:
    – Por favor, cheroqui…
    Por fin, ella retiró el brazo, y la mano de Sam se apoyó de nuevo sobre su cuerpo, y la respiración del hombre sonó jadeante junto al oído de su compañera, mientras él esperaba… y esperaba.
    Había pasado tanto tiempo… tanto tiempo. Pero, durante esos momentos de tierna expectativa, Lisa comprendió que estaban casi predestinados a esa intimidad, pues ella y Sam habían sentido esa chispa desde el principio, y después, cada uno había mostrado al otro nada más que algunos aspectos, con la esperanza de que apareciera algo que los llevara a la consumación. Y ahora estaban en eso, le había llegado su turno.
    Su mano se desplazó insegura entre los dos, y Sam retrocedió, de modo que ella tuviera espacio para conocerlo. El corazón de Lisa era como un animal salvaje en su pecho cuando lo tocó por primera vez, una caricia insegura que arrancó de la garganta de Sam un sonido extraño y espeso. Ella lo exploró a través de la tela de la chaqueta, hasta que él ya no pudo permanecer inmóvil bajo los dedos de Lisa.
    – Vuélvete, cheroqui -ordenó con voz hosca. De pronto, la tomó por los hombros, y los brazos de Lisa se elevaron mientras las bocas de los dos se unían en un beso apasionado. Ella apretó su cuerpo dispuesto contra el de Sam, rodeándole el cuello, hundiendo los dedos en los cabellos abundantes, y explorando el perfil del cráneo masculino, mientras ella misma se sentía elevada en el aire.
    – Tus zapatos… -ordenó él junto a los labios de Lisa. Los dedos de los pies de Lisa separaron las tiras de cuero, y enseguida un zapato golpeó el suelo, y después sucedió lo mismo con el otro. Poco más tarde, los pies descalzos descansaron de nuevo sobre el frío suelo de mosaico, y las palmas de Sam se deslizaron bajo el elástico de la cintura y descendieron hacia las caderas. Él le quitó la falda, y con ella las medias y las bragas de seda, y las echó a los pies de Lisa. La rodeó con sus brazos musculosos, la levantó del suelo por segunda vez, y, de un puntapié, arrojó aun lado las prendas. Otro beso lánguido se prolongó en una tranquila celebración del descubrimiento, mientras las manos, las bocas y las caderas rendían su propio homenaje.
    Un momento después, cuando él alzó la cabeza, preguntó con voz apagada:
    – ¿Te atreverías a desvestir aun hombre?
    Quizá fue entonces cuando ella comprendió que podía enamorarse fácilmente de Sam Brown, de ese individuo sensible que facilitaba todas las cosas y con sus besos disipaba las últimas dudas.
    – Suéltame, y te lo demostraré -replicó con voz ronca.
    La presión disminuyó, y ella deslizó las manos bajo la chaqueta de Sam. Antes de que la prenda tocara el suelo ella ya estaba deshaciéndole el nudo de la corbata. Esta fue a unirse con la chaqueta. Mientras él se desabrochaba los puños, sus antebrazos rozaron con suavidad los senos de Lisa, y su voz llegó suave, ronca y firme:
    – Cheroqui, juntos lo pasaremos bien. Estoy seguro de eso.
    En ese momento ella también lo supo. Extendió la mano hacia los faldones de la camisa de Sam y los separó de los pantalones.
    Lisa lo hizo todo, todo lo que él le pedía, retirando cada prenda con un renovado sentimiento de libertad. Cuando él también estuvo desnudo Lisa extendió las manos y sintió que le sujetaba de nuevo las caderas y las acercaba otra vez a su propio cuerpo. Los dedos de Lisa encontraron el pecho desnudo de Sam, y se puso de puntillas para afirmar su cuerpo sobre el cuerpo masculino, y él le pasó las palmas de las manos por la espalda.
    Sam hizo una sola pregunta:
    – ¿Dónde?
    – En la sala -murmuró Lisa junto a la boca de Sam, antes de que ella se volviera y se apoyara en los muslos desnudos del hombre, mientras las piernas masculinas la presionaban y ambos se inclinaban hacia la alfombra suave y espesa. Ella sintió la presión de los labios de Sam sobre su hombro y respondió a la orden tácita inclinándose al mismo tiempo que él. Cuando se arrodillaron, y una de las rodillas de Sam separó las piernas de Lisa, él la conmovió con un toque mágico hasta que ella perdió por completo el sentido del tiempo y se sumergió en un paraíso sensual, donde una ausencia de tres años quedó anulada por las manos expertas del hombre. El calor llegó poco a poco, partiendo de los dedos de los pies, ascendió por las piernas, siguió por los flancos hasta que ella apretó la cabeza contra el hombro de Sam, y las olas de placer recorrieron su piel.
    Lisa gimió con un sonido estrangulado de entrega, y él afirmó un brazo musculoso bajo los pechos femeninos, sosteniéndola con fuerza contra su propio cuerpo, mientras le devolvía ese sentido de su propia persona que ella había perdido en el curso de aquellos años.
    Detrás de Lisa, él se mostraba tenso y rígido, mientras sus dedos se cerraban sobre los hombros de la mujer; y un momento después, ella se volvió y se acomodó sobre la espalda, los brazos y las piernas abiertos sobre la blanda alfombra de la sala.
    Esa primera vez fue el acto desordenado y primitivo, como si ninguno de los dos pudiera controlar el ritmo o la presión. La abstinencia había originado en Lisa la necesidad de mantenerse a la altura de Sam, y por lo tanto ninguno de los dos se preocupó mucho por el modo de manifestar su deseo. Sucedió lo que debía de suceder, de un modo elemental y satisfactorio que ninguno había planeado. Y cuando todo terminó y él cayó pesadamente sobre Lisa, comprendieron que habían compartido algo excepcional, incluso extraño.
    – Cheroqui… -fue todo lo que él pudo decir, pero la palabra en sí misma fue como un espaldarazo.
    – Su Señoría… -En otras ocasiones, en otros contextos, el título tenía un acento de burla, pero ahora era un suspiro.
    – Eres maravillosa -dijo Sam.
    – Tú también… y… distinto de lo que yo esperaba.
    Él se movió, aunque su peso todavía sujetaba la mitad inferior del cuerpo de Lisa.
    – ¿Y qué esperabas?
    – Yo… no lo sé. -Con las dos manos ella apartó de las sienes los cabellos húmedos de Sam. Aunque todavía reinaba la oscuridad, los ojos de Lisa se habían adaptado a la penumbra, y ya alcanzaba a distinguir el perfil de los rasgos de Sam-. Todo lo que sé es que me sentía muy insegura, y… un tanto inepta, y que tú has conseguido que olvidara todo eso.
    Él pasó un dedo sobre la nariz de Lisa.
    – ¿Inepta? ¿Por qué?
    Qué absurdo parecía ahora, y sin embargo unos minutos antes ella no se había sentido segura.
    – La segunda vez una mujer pierde la confianza que sintió con facilidad en la primera ocasión. Él le besó con ternura la punta de la nariz.
    – Cheroqui, eres cualquier cosa menos inepta. Pero en el caso de que todavía no estés segura, me ofrezco voluntario para hacer todo lo que esté a mi alcance con el fin de disipar esas dudas… todo el tiempo que tú quieras.
    Ella trató de sonreír, pero era difícil con el peso de Sam que le presionaba los pulmones. Luego, Lisa se instaló cómodamente al lado de Sam y apoyó la cabeza en su brazo, mientras la mano de él se apoyaba en su cadera.
    Lisa había olvidado el profundo letargo y la satisfacción que se siente después de hacer el amor. Disfrutó ahora de esos sentimientos, descansando sobre la curva del brazo de Sam, apreciando ese momento perezoso que era la antítesis de lo que acababa de suceder, pero que resultaba igual de necesario.
    Se acurrucó con más firmeza aún contra el costado de Sam, escuchando el latido de su corazón, y pasando un dedo desde la comisura de sus labios hasta su centro. Él le besó el dedo, que se deslizó por el interior húmedo y cálido de la boca, donde él lo mordió apenas, aunque después continuó sosteniéndolo entre los dientes.
    Al reflexionar acerca de los minutos que acababan de compartir, ella murmuró:
    – Fue terrible, ¿verdad?
    – ¿Qué tuvo de terrible?
    – La falta de inhibiciones -murmuro ella, un tanto desconcertada ante el recuerdo.
    – ¿Quiere decir que deseas que todo sea más pausado la próxima vez?
    – ¿La próxima vez? -Ella levantó una mano y tironeó juguetona un mechón de cabellos de Sam-. Das por descontado muchas cosas.
    – ¿De veras? -Él la acercó a su cuerpo, y después pasó las manos por la columna vertebral de Lisa, hasta que sus dedos tocaron un rincón del cuerpo femenino que desmintió lo que ella había dicho. Y, cuando ambos compartieron otro momento de alegría, él la rodeó Con los brazos y le besó la mejilla.
    – Cheroqui, eres una gran mujer, y tú eres más que suficiente para mí. ¿Tienes inconveniente en que continúe un tiempo contigo?
    – Hum… ¿cuánto tiempo sería?
    – Oh… por lo menos hasta mañana.
    – Ella adivinó la sonrisa que se dibujaba en loS labios de Sam, y eso la hizo reaccionar de una manera parecida.
    Pero aunque ella sonrió y se burló, luego preguntó:
    – ¿Tanto tiempo? -lo cierto era que había que tener en cuenta lo que sucedería al día siguiente. La mañana, con el sol que se derramaba sobre la tierra, iluminaba todos los rincones. Lisa rechazó la idea, acurrucada contra el cuerpo de Sam; al menos esa noche deseaba tenerlo cerca.
    La mañana siguiente ya cuidaría de sí misma.

Capítulo 9

    Lisa observó cómo el alba se insinuaba en el dormitorio, con sus gratos matices coralinos, iluminando los dos cuerpos sobre las sábanas, ella boca abajo, Sam de espaldas. Los ojos de Lisa siguieron los movimientos del gato pardo y blanco que entró silencioso en la habitación, se detuvo al lado de la ventana, y alzó el hocico para olfatear el fresco aire de la mañana que agitaba suavemente las cortinas, y movía la campanilla de plástico del extremo del cordón. Con la cabeza levantada, el gato permaneció inmóvil largos minutos, y después saltó sobre la cama, aterrizando en un lugar muy delicado.
    Sam pegó un brinco parecido al de un muñeco con resorte, y lanzó un áspero grito de sorpresa y una maldición. El gato salió volando por el aire como un misil, mientras Lisa levantaba el cuerpo apoyándose con las dos manos, y observaba a Sam que se frotaba con suavidad las partes doloridas.
    Ella se acostó de nuevo de espaldas, y sonrió a la almohada.
    – ¿Qué pasa? ¿Anoche te obligué a esforzarte demasiado?
    – ¿Qué demonios fue eso?
    – Mi gato, Ewing.
    – Oh -gimió Sam-. Pensé que alguien había puesto una trampa en la cama.
    Ella rió en silencio, apoyó la mejilla sobre la almohada, y miró a Sam.
    – ¿Puedo ayudarte?
    Él movió la cabeza, los cabellos negros en desorden y, en sus labios, una leve sonrisa.
    – Tu condenado gato… acaba de golpearme, mujer, ¿y tú te estás riendo? -Parecía que el dolor ya había pasado. Unió los brazos tras la cabeza y cerró los ojos-. No me hables, estoy sufriendo. -Pero las comisuras de los labios insinuaban una sonrisa.
    Lisa lo estudió a conciencia, y observó que su barba había crecido durante la noche, que su pecho ancho y oscuro, y que sus tetillas tenían el color de los capullos de rosa. Una oleada de placer le recorrió el cuerpo al despertar y ver aun hombre así en su cama. Era tan apuesto como entretenido, y ella permitió que sus ojos recorrieran los labios, la frente y las pestañas de Sam. Extendió la mano y, con el borde de una uña, le acarició la nariz.
    – ¿Sí, Brown? -canturreó ella con un gesto seductor, ascendiendo y descendiendo la escala musical.
    Él frunció el ceño, pero mantuvo cerrados los ojos.
    – Oh, Brown… -canturreó de nuevo, acariciando el borde de la nariz. Él hizo una mueca antes de cruzar los brazos detrás de la cabeza, como había hecho antes, con los ojos siempre cerrados. Ella se inclinó y apoyó coquetamente los senos desnudos sobre el pecho del hombre, y descansó la barbilla sobre sus muñecas cruzadas.
    – Eh, Brown, tenías razón, en esta cama hay una trampa. ¿Quieres verla?
    Él se movió en silencio, pero permaneció acostado como antes.
    – ¿Eh? -repitió ella.
    – No.
    Lisa se echó a reír, pues ya no podía mantener el gesto de seriedad en su cara. Él abrió un ojo y miró a Lisa.
    – Pero aquí tengo algo que quizá te interese presenciar -dijo.
    – ¿Qué es?
    – Un auténtico alzamiento indio.
    Los dos rieron como locos, incluso mientras los brazos musculosos de Sam se cerraron sobre ella y la tumbaron. Compartieron un hermoso beso matutino, pero, antes de que el abrazo terminara, la risa se había desvanecido. Lisa sostuvo la cara de Sam con las dos manos y dijo con voz ronca:
    – Oh, Brown, me gustas muchísimo.
    Los ojos negros de Sam exploraron la cara de Lisa, observaron los labios, la nariz y los cabellos en desorden, antes de posarse en los ojos.
    – Lisa -pidió él con voz discreta-. Me agradaría que me llamaras por mi nombre de pila… aunque sea una sola vez.
    Ella acarició suavemente las mejillas de Sam, y después examinó cada uno de los rasgos de su cara. Era un rostro fuerte y dominante, que exhibía el color del sol y su propia herencia cobriza. Los dedos de Lisa se detuvieron al lado de los ojos de pestañas negras, tan espléndidos con esa expresión ahora grave, como siempre cuando reía. Tenía los pómulos pronunciados, la nariz recta. Lisa descansó los pulgares sobre los labios gruesos de Sam, y rozó apenas su piel suave.
    Con su voz más tierna, ella pronunció el nombre.
    – Sam… Sam… Sam… Sam, quiero tenerte otra vez conmigo. Me siento tan bien cuando soy tuya.
    Se acercó a la cara de Sam, y su boca se abrió para recibir un beso cuando él se aproximó, uniendo sus caderas a las de Lisa, su firmeza a la blandura de la mujer. Los ojos de Lisa se cerraron cuando la penetró… caricias largas y ardientes que la llevaron a ese nivel de éxtasis que ellos ya habían compartido más de una vez la noche anterior.
    – Abre los ojos, Lisa.
    Ella los abrió y se hundió en la mirada inquisitiva de Sam, que parecía suspendida sobre ella mientras los cuerpos de los dos se unían rítmicamente. Cada uno veía reflejado en la cara del otro lo que sucedía en su fuero interno, mientras se acercaban cada vez más al cenit y disfrutaban no solo con lo que recibían sino con lo que daban.
    Cuando Lisa percibió la sucesión de sentimientos que se reflejaban en la cara de Sam, descubrió que el acto tenía un sentido distinto y supo con absoluta certeza que él no estaba actuando a la ligera.
    Cuando todo terminó y las manos de Lisa recorrieron la espalda de Sam, lo apretó con más fuerza contra su cuerpo y se preguntó si él comprendería que lo que ella acababa de experimentar era la unión de los espíritus tanto como la de los cuerpos. Al abrazarlo con fuerza, Lisa le murmuró junto al cuello:
    – Oh, nos conjuntamos bien, ¿no es verdad, Sam?
    – Así es, cheroqui. Te lo dije anoche. -Apoyó los codos, uno a cada lado de Lisa, y sus pulgares acariciaron la raya de sus cabellos, y de nuevo los dos se miraron, pero ahora con más detenimiento que antes.
    – Me alegro que no lo haya sentido solo yo -comenzó a decir Lisa-. Es decir… necesitaba mucho esta experiencia, y pensé que quizá por eso me parecía… excepcional.
    Él sonrió y besó la nariz de Lisa.
    – No, no has sido solo tú. También a mí me ha parecido excepcional.
    Lisa sintió que su corazón se elevaba.
    – ¿De veras? ¿No lo dices solo para halagarme?
    – ¿Es necesario que también te ofrezca pruebas?
    – Oh, sí, Su Señoría, por favor.
    Y fue lo que hizo. Pasaron juntos el fin de semana, riendo y amándose y conociéndose mejor el uno al otro. Ella comprendió entonces que Sam Brown era un hombre de muchas facetas.
    Aquella mañana insistió en que Lisa lo acompañase a correr, y sacó del maletero de su coche una bolsa con algunas prendas de gimnasia, las mismas que ella había visto en otra ocasión. Cuando Lisa argumentó que era sábado, y que tenía que limpiar la casa, él dijo que la ayudaría cuando regresaran. Después, Lisa le aclaró que no estaba en forma, y él afirmó que la práctica de la carrera se la devolvería. Cuando Lisa afirmó.que hacía calor, Sam le respondió que la refrescaría.
    Se pusieron la ropa apropiada y salieron. Después de correr unos cuatrocientos metros. Lisa comenzó a retrasarse y a jadear. Después de superar los ochocientos, sentía que le ardían los músculos. Luego, intentó no hacer caso del sufrimiento y comprendió que se necesitaba mucha autodisciplina para entrenarse así todos los días. Le colgaba la cabeza y sentía las piernas como cámaras desinfladas. Corría a ciegas detrás de Sam, arrastrándose obstinadamente y observando el golpeteo de sus pies sobre el pavimento.
    Él la condujo por entre los aspersores del Golf Club Turner.
    Lisa gritó y se llevó las manos a la cabeza cuando el agua helada la obligó a detener la carrera.
    – ¡Brown, estás loco!
    Siempre corriendo, se volvió para mirarla por encima del hombro.
    – Te he dicho que te ibas a refrescar -gritó, y después prosiguió sin inmutarse, atravesando la línea de aspersores.
    Lisa no podía hacer otra cosa que reírse y seguirlo.
    Cuando regresaron a la casa, él se mostró muy solícito, la colocó boca abajo en la sala, y después le masajeó los músculos fatigados con sus manos expertas y unos movimientos afectuosos. Con los ojos cerrados y la mejilla descansando sobre sus manos cruzadas, Lisa gimió:
    – Oh, Brown, ¿cómo has podido hacerme esto?
    – Quiero evitar que te conviertas en una mujer obesa y decadente -replicó animosamente Sam, y después completó la fricción, pero se negó a permitirle que continuara tendida sobre el suelo. Descargó un fuerte golpe en el trasero de Lisa y le ordenó:
    – Tienes que continuar moviéndote, de lo contrario esos músculos se entumecerán.
    Gimiendo, ella se incorporó, pero entonces Sam la empujó hasta la ducha. Y, sin el más mínimo atisbo de vergüenza se reunió con ella. Aunque Lisa insistió en que no soportaría la situación un minuto más, terminó con el cuerpo enjabonado, apretado contra los fríos azulejos, y con una rodilla enganchada sobre el brazo de Sam Brown.
    Después, él preparó el desayuno; era un potaje absurdo que según dijo se trataba de una tortilla china. En definitiva, era deliciosa, y también era la primera vez que un hombre preparaba una comida para ella. Mientras permanecían frente a la mesa y las tazas de té, Sam se mantenía en equilibrio sobre las dos patas de la silla. Luego extendió el brazo hacia el teléfono que estaba detrás sobre la repisa y llamó a su madre, sin dejar de mirar a Lisa.
    – No debes preocuparte -fue el sentido de su mensaje. -Después de cortar la comunicación, explicó con absoluta naturalidad:
    – Ninguno interfiere en la vida del otro, pero compartimos la misma casa. Ella haría lo mismo por mí si desapareciera un fin de semana entero.
    Lisa miró de nuevo a Sam bajo una luz diferente.
    Siguieron las sorpresas. Él cumplió rigurosamente su palabra y la ayudó a limpiar la casa, dando muestras de una falta sorprendente de machismo mientras usaba la aspiradora y vaciaba los cubos de basura. Joel consideraba que aquel era trabajo de mujeres, y jamás había ayudado a Lisa en las tareas domésticas. Sin embargo, aquellas actividades desempeñadas por Sam Brown parecían acentuar y no menoscabar su masculinidad. Ella le prometió una recompensa por la ayuda, y cumplió su palabra en el largo sofá dispuesto en la sala que acababan de limpiar.
    Por la tarde, ella recordó que había concertado una cita en el taller, para cambiar el aceite del Pinto:
    – ¿Por qué no usas el taller de la compañía, y te ahorras el dinero?
    – ¿Quién, yo? -preguntó ella sorprendida.
    – ¿Por qué no? El taller tiene una cabria y todas las herramientas necesarias. La mayoría de los empleados lo aprovechan. Yo no tengo inconveniente.
    – Pero…
    Él se inclinó sobre la mesa, cruzó los brazos y enarcó las cejas.
    – No me digas que pensabas decirme «Pero yo soy mujer». Sobre todo después de que acabo de pasar la aspiradora.
    Él la tenía arrinconada. Lisa se mordió la lengua.
    – Te mostraré cómo se hace, si lo deseas. No es difícil-propuso Sam.
    Y así, Lisa experimentó con Sam Brown lo último que había pensado hacer en el mundo. Aprendió a comprar el filtro del tamaño adecuado, y el aceite del grado correspondiente; consiguió abrir un tapón, aplicar una llave para asegurar el filtro de aceite, reemplazarlo, después taparlo, y por último poner el aceite y ahorrarse una suma considerable. Y todo por sugerencia de un hombre a quien ella había calificado cierta vez de rico y decadente.
    Pero sobre todo, ella se había ganado el respeto de Sam, pues cuando volvieron a casa, comprendió que él se sentía complacido por la destreza que había demostrado en su primer intento de participar en el mantenimiento del coche.
    Se estaba lavando las manos en el cuarto de baño cuando levantó los ojos y descubrió que él la miraba con un gesto de aprobación. Esta vez era él quien prometía una recompensa por la habilidad que Lisa había demostrado, aunque pensó, divertida, que sería la primera vez que Sam le haría el amor a un mecánico.
    Mientras él salía a comprar una pizza, el «mecánico›, preparó una bienvenida en la casa.
    Sam regresó y vio algo que lo detuvo en seco cuando entró por la puerta. Lisa estaba al fondo del corredor, envuelta en una especie de halo dorado que iluminaba todo a su alrededor. Estaba descalza. Tenía sueltos los cabellos. Se había adornado las orejas con plumas, y tenía una banda blanca alrededor de la cabeza. Apoyaba las manos en las paredes, sobre la cabeza, mientras cargaba el peso en una cadera, y tenía la otra pierna adelantada. Llevaba puesta una malla de gimnasia. Varios mechones de cabello sobresalían bajo la banda.
    – Cheroqui… -balbuceó Sam.
    – Es para que no pienses que me vas a encontrar siempre engrasada, con una llave inglesa en la mano.
    – Ven aquí, cheroqui -dijo él con voz ronca.
    Cuando por fin se comieron la pizza, ya estaba fría.
    A las tres de la mañana Lisa despertó con un calambre en la pierna, y saltó impulsada por el dolor. Sam enseguida se puso a los pies de la cama, le sostuvo la pantorrilla con las manos y le masajeó el talón, para aliviar los músculos acalambrados, hasta que los espasmos pasaron.
    – ¿Ahora te sientes mejor, querida?
    Ella suspiró y se relajó.
    – Hum. -Las manos de Sam parecían tener un poder mágico, y conseguían aliviar el dolor.
    Él la había llamado «querida». Lisa se recostó, más relajada, y dejó que él la acariciara hasta que desapareció por completo el calambre; entretanto, ella pensaba que Sam Brown era un estudio de contrastes. Como para ratificar la idea, pocos minutos después él se acostó de nuevo al lado de Lisa y la acercó hacia su cuerpo, hasta que se acoplaron como dos cucharas guardadas en un cajón. Hablando consigo mismo, él murmuró:
    – Bien, bien… ¿qué sucede ahora? Creo que hemos descubierto una antigua costumbre india.
    Lisa se echó a reír y palmeó a su compañero.
    – Sam Brown, ¡eres terrible!
    – Hum… me parece que exploraré la situación.
    – Esto ya lo has explorado hoy varias veces.
    – ¿Qué? ¿Ya no queda nada más que descubrir?
    Él ya estaba buscando algo que podía haberse olvidado. Ella sabía que, cuando Sam encontrara una excusa compartirían un momento de placer, de modo que se burló.
    – Bien, es posible que por allí haya quedado una vieja punta de lanza.
    Al cabo de pocos minutos, Lisa se olvidó por completo del dolor en la pierna.
    A la mañana siguiente volvieron a correr, y Lisa preparó el desayuno mientras Sam resolvía un crucigrama. Después, ella se sentó en el patio y comenzó a cepillarse el cabello, mientras, Sam la sorprendía de nuevo arrodillándose por detrás, quitándole de las manos el cepillo y acariciando suavemente los rizos enmarañados. Mientras él peinaba los mechones oscuros, hablaron de sus respectivas familias y del pasado de cada una.
    Pero había un tema del que Lisa jamás hablaba… sus hijos. Mantenía cerrada la puerta del dormitorio contiguo, con la esperanza de que Sam no hiciera preguntas. Y él no decía una palabra, hasta aquella tarde de domingo, cuando de nuevo yacían desnudos sobre el suelo de la sala.
    Ella se había dormido, y al despertar encontró a Sam tendido al lado, observándola, con la barbilla apoyada en una mano.
    – Hola -la saludó Sam.
    – Hola -sonrió Lisa-. ¿Qué haces?
    – Espero.
    – ¿Esperaste mucho tiempo?
    – No mucho. Ha sido una espera grata.
    Ella se preguntó cuánto tiempo había permanecido estudiándola, y resistió el ansia de esconder su vientre bajo los brazos. Incluso antes de que él se moviera, adivinó qué era lo que le llamaba la atención.
    Siempre tendido de lado, bajó los ojos y lentamente apartó la mano bronceada de su cadera. La movió hacia el vientre de Lisa, y después con un solo dedo recorrió una arruga tenue que descendía desde el ombligo.
    – ¿Qué es esto? -preguntó Sam con la voz muy suave, uniendo su mirada a la de Lisa.
    Ella tragó saliva y sintió una punzada de miedo; quería ser sincera con él, al mismo tiempo que buscaba una mentira apropiada. Como no encontró ninguna, solo pudo contestar:
    – Es la señal de un parto.
    – ¿Quieres contármelo? -La mirada seria de Sam permaneció clavada en la de Lisa.
    Las palabras se atascaron en su garganta, aunque ella comprendió que Sam merecía una respuesta… y una respuesta sincera. Había visto muchas veces aquellas marcas los dos últimos días, pero había evitado hacer preguntas hasta que se vio claro que ella no daría explicaciones si no la apremiaban. Lisa tragó saliva, y sintió que la angustia le cerraba la garganta.
    – Proviene… de un hijo que tuve hace tiempo.
    Pasó un momento prolongado, cargado de preguntas implícitas. Después, sin una palabra más, Sam se inclinó hacia ella y apoyó los labios sobre la línea delatora. Parecía que el corazón de Lisa estallaba traspasando los límites de su cuerpo, cuando los labios cálidos de Sam prolongaron la caricia. De pronto, los ojos se le llenaron de lágrimas al ver cómo él se apartaba de la cadera, imperceptiblemente, mientras respiraba contra la piel.
    Cuando al fin Sam alzó la cabeza, lo hizo para examinar con detenimiento los ojos de Lisa, mientras preguntaba:
    – ¿Cuándo?
    – Hace mucho tiempo.
    Él acercó el pulgar a la huella húmeda de una lágrima.
    – Cheroqui, ¿de nuevo lágrimas, como aquel día en la granja?
    La compasión de Sam siempre la trastornaba; era todo diferente de lo que al principio había esperado de él. Volvió la cabeza hacia un lado y miró por la ventana, porque ya no podía soportar más tiempo la inquietud que veía en la mirada de Sam. Pero él se tendió de nuevo al lado de Lisa, la rodeó con sus brazos fuertes, y la obligó a mirarlo.
    – Cheroqui, ¿el niño murió?
    Una conjetura natural. Lisa sabía que debía aclararle las cosas allí mismo, en ese momento, pero era tan difícil… tan difícil. Cerró los ojos, conteniendo otras lágrimas que deseaban brotar, rechazando la visión de ese Sam Brown afectuoso y considerado, a quien estaba engañando al permitir que perdurara una interpretación equivocada.
    – No puedo hablar de eso… no puedo, Sam.
    Para sorpresa de Lisa, él asintió.
    – Está bien, ahora no hablaremos de eso. -Con la palma de la mano apartó los cabellos negros de la sien de Lisa, y después le besó la coronilla-. Además, creo que es hora de que me marche.
    Guardaron silencio mientras subieron a la primera planta en busca de las ropas de Sam; las mismas que había usado la noche del viernes. También, una bata para ella. Lo acompañó hasta la puerta, pero la alegría que habían compartido todo el fin de semana ya no existía. Permanecieron de pie sin hablar un largo rato, Lisa clavando los ojos en los pies de Sam, y este mirando las llaves que tenía en la mano. Por último, él suspiró y la abrazó.
    – Escucha, mañana tengo que viajar a Chicago en avión. Estaré fuera unos días.
    La sorprendió el hecho de que la noticia le provocase un sentimiento de soledad. Habían compartido dos días… nada más. ¿Cómo era posible que sintiera su ausencia aun antes de que se produjera?
    Los brazos de Lisa rodearon los hombros de Sam, y ella se puso de puntillas; pero, después de un breve gesto de reciprocidad, él se apartó y sonrió a la joven.
    – ¿Me prometes que correrás todos los días aunque yo no esté?
    Él la besó apenas.
    – Volveré el martes, o poco después. -De nuevo guardaron silencio. Él respiró hondo y pareció que estaba tomando una decisión que no le agradaba-. Quizá convenga que nos separemos un tiempo, ¿no es cierto?
    – Sin duda -dijo ella con la misma falsa alegría, mientras sentía que se le destrozaba el corazón.
    Él le dirigió una última sonrisa.
    – Duerme un poco. Pareces agotada.
    Después, se volvió hacia la puerta, y ella descubrió que estaba agarrada al borde con las dos manos, mientras decía a Sam:
    – ¿Me llamarás cuando regreses?
    – Por supuesto.
    Pero durante los días que siguieron ella se preguntó si en realidad la llamaría. ¿Cómo se había iniciado aquella última conversación? ¿Y por qué? Cada vez que ella evocaba la escena, sentía el corazón en un puño. Estaba segura de que él había adivinado la verdad. Había sacado sus propias conjeturas, y deseaba que ella le revelara la situación; pero, cuando Lisa lo esquivó, Sam decidió que era hora de plantearse las cosas. Esto es lo que haría durante el viaje a Chicago… tratar de evaluar su relación con ella a cierta distancia.
    Lisa vivió con el temor de que Sam regresara, después de haber tomado la decisión de no dedicar más tiempo a una mujer que no podía mostrarse sincera con él. De modo que se prometió que cuando él, a su regreso, la llamara, le diría enseguida la verdad.
    En tan poco tiempo, Sam se había convertido en parte esencial de la vida de Lisa. Ocupaba casi todos los rincones de su existencia. En la oficina, a menudo volvía los ojos hacia la puerta abierta de su despacho, para preguntarse cómo se desarrollarían sus actividades en Chicago o con quién estaba, y si él también la extrañaba. En la casa, donde habían reído, dormido y hecho el amor, dejando recuerdos en casi todas las habitaciones; o en el coche, que le recordaba todas las cosas divertidas que él le había enseñado. Incluso su entrenamiento en las cálidas tardes de agosto recordó a Lisa que él la había alentado a cambiar su estilo de vida. Ella había cumplido la promesa que le hizo y, después del trabajo fue a correr todos los días, mejorando el control de su respiración, tal como le había enseñado, en lugar de acompasarla al ritmo de la carrera.
    A veces se preguntaba si esa súbita obsesión por Sam Brown tenía un carácter exclusivamente sexual. ¿Ella era solo una lamentable divorciada que había caído en brazos del primer hombre que le había prestado atención? La idea la asustó, pues desde el día mismo de su divorcio había temido eso. ¿Pertenecía a esa clase de mujeres? Sin duda, había sufrido un período demasiado largo de soledad, que al final había compensado gracias a Sam Brown. Sin embargo, lo que habían vivido aquel fin de semana había provocado que los sentimientos que él le inspiraba superaran en mucho el ámbito de la sexualidad.
    Él había demostrado ser una persona considerada, disciplinada, divertida y servicial, compasiva y sincera.
    Qué sorpresa descubrir la existencia de tantas cualidades admirables escondidas bajo aquella apariencia que le había inspirado tanta desconfianza al principio.
    Al recordar las cualidades de Sam, lo empezó a echar de menos de un modo en verdad inquietante, y deseó llamarlo. Pero no lo hizo, aunque preguntó por él todos los días a Raquel. En cierto modo, Lisa se sentía herida porque él no la había llamado, pero, en todo caso, Sam ya le había dicho que sería conveniente separarse; y, al parecer, estaba dispuesto a cumplirlo a rajatabla.
    Lisa descubrió que pensaba en él con excesiva frecuencia, y comprendió que las cosas habían evolucionado muy rápido entre ellos. Todo había ido demasiado aprisa como la primera vez con Joel, cuando ninguno de los dos se había detenido a pensar en las circunstancias reales. ¿Ella no había aprendido aún la lección? Sin embargo, allí estaba, con un sentimiento terrible de soledad por culpa de Sam, después de una relación de solo dos días.
    Una relación. Consideró la palabra. «Sí -pensó. Ella y Sam Brown se habían relacionado en muchos sentidos.» Por eso la última conversación entre los dos había llegado a tener tanto significado, y también por eso la actitud que él había mostrado al partir le provocaba una angustia tan profunda. De nuevo Lisa se dijo que apenas la telefoneara le diría la verdad.
    El jueves, cada vez que el teléfono sonaba en la oficina, los ojos de Lisa se volvían hacia el botón iluminado, y se preguntaba si se trataba de Sam. Cada vez que la sombra de una persona aparecía en el umbral, ella sentía el corazón en la boca. Pero él no había regresado a eso de las cinco de la tarde, y ella se fue en coche hasta su casa tratando de decidir si saldría o no acorrer. ¿Y si él la llamaba mientras estaba fuera?
    En definitiva, cumplió su promesa y corrió el tramo más largo que había emprendido hasta aquel momento, esforzándose hasta que acabó con todos los músculos adoloridos. De regreso a casa, se duchó y se puso unos vaqueros descoloridos y una camiseta con un anuncio de la empresa Water Products en el pecho. Si él no la llamaba, si no venía, por lo menos no se encontraría al atardecer vestida con prendas que descubrieran que había estado esperándolo. En cambio, se pintó las uñas, trenzó sus cabellos y se puso una nueva marca de perfume que había elegido por su aroma ligero y diáfano. Abrió la nevera quizá una docena de veces, pero no encontró nada que la tentase. Ensayó lo que le diría a Sam, pero cada vez que repetía las palabras se le humedecían las manos.
    Cuando el teléfono sonó, a eso de las 19.45, le pareció que se le hacía un nudo en la garganta, y sintió una punzada en el vientre. El timbre volvió a sonar. Lisa se acercó y descolgó el auricular.
    – ¿Hola?
    La voz de barítono de Sam tenía un inesperado acento burlón cuando dijo:
    – Esta es una llamada telefónica obscena a cobro revertido del Honorable Sam Brown a cheroqui Walker. ¿Está dispuesta a pagarla?
    Lisa sintió que la alegría la dominaba, y originaba cierta debilidad en sus rodillas. Sonrió mirando al techo y contestó:
    – Sí, acepto la llamada.
    – ¿Y habla cheroqui Walker?
    – La misma.
    – ¿La que lleva trenzas indias para limpiar y tiene un lunar al lado izquierdo de su trasero?
    – Sí. -La risa escapó de sus labios.
    – ¿Y la que tiene los senos bien formados y muy sensuales, casi del tamaño de la palma de mi mano?
    – La misma. -Era evidente que no se trataba de una ocasión para hablar con seriedad.
    – ¿La que hace el amor sobre el suelo de la sala y contra la pared del cuarto de baño?
    – Sam, ¿dónde estás?
    – En casa, pero llegaré a la tuya exactamente… -Hubo una pausa, como si él estuviese consultando el reloj-. En trece minutos y medio.
    El corazón de Lisa le golpeaba el pecho. Ella sonreía feliz. Se sentía tan aliviada que se olvidó de hablar.
    – Cheroqui, ¿todavía estás ahí?
    – Sí… sí, todavía estoy aquí.
    El silencio reinó un momento, y después se oyó la voz de Sam, grave y un poco ronca.
    – Te he extrañado muchísimo, querida.
    Lisa sintió una intensa presión sobre el pecho, mientras sostenía el auricular con ambas manos y contestaba en un murmullo.
    – Yo también te he extrañado. Date prisa, Sam.
    ¿Cuándo había sido la última vez que ella se sintió aturdida y al mismo tiempo impaciente? Ahora tenía de nuevo quince años, y esperaba a que llegara ese muchacho tan agradable para ir juntos a la clase de inglés. Después tenía dieciséis, y ensayaba una pose sensual para atraer la atención de cierto joven. Más tarde se veía, con diecisiete años intentando parecer indiferente, cuando todos los músculos y los nervios de su cuerpo estaban tensos a causa de la expectativa. Evocó la imagen de Sam Brown, y la vio impecable y maravillosa. Se dijo que solo su irrefrenable ansiedad lograba que en su recuerdo pareciera perfecto. Sin embargo, cuando la realidad pasó por la puerta, el recuerdo palideció comparado con ella.
    Entró sin llamar. Lisa estaba de pie cerca de la cocina, a un extremo del corredor, donde esperaba la llamada de Sam, después de escuchar el ruido de la puerta del automóvil al cerrarse. Ante su entrada inesperada, ella respiró hondo y después permaneció inmóvil, mirando atentamente a Sam, mientras él tonteaba con la mano sobre la puerta; la piel cobriza, los cabellos castaños, los pantalones marrón canela, la camisa color marfil con el cuello abierto, y, en los ojos oscuros, una expresión que decía que los últimos cuatro días habían sido tan largos para él como para ella.
    – Cheroqui…
    – Sam…
    Ella experimentó una sensación de intensa alegría, avanzó con paso vacilante. Un instante después cada uno se arrojaba en los brazos del otro; él la estrechó con fuerza y Lisa se colgó de su cuello, mientras él la alzaba del suelo y giraba alegremente con ella sosteniéndola por la cintura. La nariz de la joven estaba presionada sobre el cuello del hombre, donde el aroma se desprendía tal como ella lo recordaba. Él la soltó, incluso antes de que los pies de Lisa tocaran el suelo ya estaban besándose, sus corazones se agitaron al fundirse uno contra el otro, con tanta fuerza que parecieron formar un solo cuerpo. Sus lenguas expresaban no solo impaciencia, no solo ansiedad, sino también ese mensaje más entrañable…: «eres tal como yo te recordaba… incluso mejor». Ella sostuvo la cabeza de Sam con dos manos codiciosas, sintió que él movía la boca en un gesto apremiante sobre la de Lisa y que sus brazos fuertes le rodeaban el cuerpo, mientras las yemas de sus dedos tocaban el dulce promontorio de los senos femeninos. Después, sus palmas se deslizaron a lo largo de la espalda de Lisa, acariciándola desde el cuello hasta la cintura, en un gesto que era extrañamente asexuado, nada más que una confirmación de la presencia de ella en sus brazos, la celebración del retorno al lugar esperado.
    Más o menos del mismo modo, ella deslizó sus dedos por el cuello de Sam, buscando la piel tibia, masajeando sus tendones duros, como para ratificar la presencia del hombre.
    Cuando el primer impulso desordenado de la acogida pasó, él levantó la cabeza y le tembló la voz al decir:
    – Dios mío, cómo te he echado de menos.
    Las palabras de Sam provocaron estremecimientos de alivio en la columna vertebral de Lisa. Las manos del hombre se deslizaron bajo su camiseta, dobló los codos en el centro de su espalda y sus manos grandes se elevaron a través del cuello de la camiseta para sujetarle la cabeza. Ella se apoyó en esas manos, mirando siempre a Sam, impregnándose de su presencia.
    – Yo también te he echado de menos… y cómo. -Las palabras parecían inadecuadas para describir cuánto había pensado en él. Lo tocó, en un esfuerzo por decirle de otro modo lo que habían sido esos días sin su presencia. Le acarició las mejillas, las cejas, los labios;… Y, al hacerlo, los dedos de Sam acariciaban la cabeza de Lisa a cada lado de la espesa trenza. Él cerró los ojos y volvió los labios entreabiertos hacia las yemas de los dedos de Lisa, que los rozaron.
    – El viaje a Chicago fue casi inútil. No podía concentrar la mente en los negocios -confesó Sam, siempre con los ojos cerrados, todavía con los labios vueltos hacia los dedos de Lisa.
    – La oficina no era lo mismo sin ti.
    Él abrió de nuevo los ojos. En ellos podía verse la expresión del hombre que ha regresado al hogar.
    – ¿Es cierto?
    Ella lo confirmó con un gesto de la cabeza.
    – Casi detestaba encontrarme allí.
    Él sonrió.
    – Me alegro. El sufrimiento busca la compañía.
    – Cada vez que sabía que Raquel había hablado contigo, me sentía muy mal.
    – Excelente, porque a mí me sucedía lo mismo. Ahora los ojos de Sam se volvieron hacia la raya del cabello de Lisa, y sus manos se deslizaron bajo la camisa de la joven, para aferrar las caderas y encajarlas agradablemente con las suyas.
    – ¿Has salido a correr como prometiste?
    Ella unió los dedos sobre la nuca de Sam, doblándose por la cintura.
    – Corría como una loca, tratando de arrancarte de mi mente.
    – ¿Lo has consegido? -Ahora en su cara se repetía la conocida sonrisa.
    – No. -Ella pellizcó apenas el cuello de Sam-. Solo he conseguido empeorar las cosas. Pero te sentirás orgulloso de mí. Creo que hoy he recorrido alrededor de cinco kilómetros.
    – ¡Cinco kilómetros! Caramba, eso está muy bien.
    Al escuchar la aprobación de Sam, de pronto ella se sintió muy contenta por haber perseverado con el ejercicio y experimentó un notable orgullo.
    – Oh, y además fui de compras y conseguí unas zapatillas decentes.
    Él retrocedió y miró los pies de Lisa.
    – Veamos… oh, bonitas. ¿No ha habido calambres? -Él la apartó un poco, y deslizó las manos sobre la curva de la columna vertebral.
    – No, cada vez me siento más fuerte. -De nuevo se sintió impresionada ante la mueca aprobadora de Sam.
    Después, él dijo:
    – Has comprado alguna otra cosa mientras yo no.estaba, ¿verdad?
    – ¿Qué?
    Él inclinó un instante la cabeza hasta el cuello de Lisa, mientras sus manos acariciaban distraídamente las nalgas de la joven.
    – Creo que es un perfume nuevo.
    – ¿Te agrada?
    – Ahá. -Los labios de Sam confirmaron la respuesta, porque depositaron un beso suave sobre la piel, detrás de una oreja.
    – ¿Y este perfume no te provoca estornudos?
    – Parece que no.
    Ella se balanceó contra el cuerpo de Sam, sonriendo misteriosamente mientras sus dedos permanecían unidos sobre la nuca del hombre.
    – Magnífico, porque después de comprar el calzado no puedo darme el lujo de probar con otra marca.
    Él se echó a reír, irguiendo la cabeza, mientras sus dientes relucían, y después preguntó:
    – ¿Todavía no has comido?
    – No, y ahora que has regresado siento un apetito tremendo.
    – Lo mismo digo. Vamos a cenar algo, y tú puedes informarme de todo lo que ha sucedido en la oficina mientras yo no he estado.
    – No estoy muy bien vestida. -Lisa retrocedió, tirando del borde de la camiseta, y mirándola en actitud crítica.
    – Me pareces sensacional. -Sam volvió a Lisa hacia la puerta, le pasó un brazo sobre los hombros y le dio un pellizco-. Ahora, vamos a comer cuanto antes, para que yo pueda traerte de regreso a casa para decirte cuánto te he echado de menos.
    Solo más tarde Lisa advirtió el cambio sutil que había experimentado su relación con el regreso de Sam. Cuando se dio cuenta, el significado del cambio fue abrumador. Se habían tomado el tiempo necesario para contarse las novedades, hablar de negocios, cenar juntos… todo eso antes de hacer el amor. Y cada uno de esos instantes había sido igualmente satisfactorio.

Capítulo 10

    A medida que pasaron los días de aquel mes de agosto, Lisa y Sam se acostumbraron a verse a diario en la oficina y, todas las noches, a solas; pero a pesar de las promesas que Lisa se formulaba en su fuero interno, nunca sacó a colación el tema de sus hijos. Por una razón o por otra, el momento adecuado no se presentó la primera noche, y, a medida que pasaron los días, fue cada vez más fácil postergar el tema.
    Sin embargo, ella veía cada vez más a Sam. Conoció cuáles eran sus comidas preferidas, sus colores favoritos y las estrellas cinematográficas a las que admiraba. Asistieron aun concierto al aire libre, y él le ayudó a elegir sillas para la sala. Fueron a un encuentro de pretemporada de los Chiefs de Kansas City, en el lujoso estadio Arrowhead, y casi todos los días corrían juntos.
    En apariencia todo estaba bien, y la relación entre ambos se consolidaba, pero, cuando se aproximó la última semana de agosto, fue evidente que se acentuó la tensión entre ellos. Sam nunca había preguntado por qué ella necesitaba la semana libre; pero Lisa sabía que estaba intrigado.
    Ella tuvo muchas oportunidades para explicarle la situación, por ejemplo cuando él alzó en brazos a Ewing, miró en los ojos al gato y dijo:
    – Amigo, me agrada tu nombre. ¿Quién te lo puso?
    Era la oportunidad perfecta, de modo que fue imperdonable que ella no la aprovechara para explicar que el inventor del nombre fue Jed, y que lo había pronunciado por primera vez en su media lengua infantil.
    Todo habría sido mucho más sencillo si ella hubiera escuchado a su conciencia y le hubiera revelado las cosas desde el comienzo. Pero cuanto más guardaba el secreto, más complicada parecía la situación, hasta que el asunto se convirtió en una suerte de temor maligno, como ella bien sabía, debía ser extirpado antes de que llegara a matarla. Pero a estas alturas de las cosas, ya había postergado tantas veces la revelación del asunto, que estaba adoptando una actitud paranoica.
    Había ocasiones en que descubría que los ojos de Sam la estudiaban reflexivamente, y Lisa sabía que él se mordía la lengua para no formular la pregunta. Sin embargo, en una actitud muy respetuosa no decía nada. Y la tensión entre ellos se acentuaba cada vez más.
    Hasta la noche en que él la llevó a su propia residencia para cenar con la madre. La velada fue un éxito completo, y Lisa comprendió que representaba otro paso en su relación, cada vez más profunda. Pero sabía también que Sam no había elegido esa velada, antes de la semana en la que ella estaría ausente, sin haberlo pensado muy bien. La había invitado como diciendo… hemos eliminado otro obstáculo; ahora es tu turno.
    En el trayecto de regreso a casa de Lisa, se acentuó la tensión entre ellos. Afuera, una tormenta se abatía sobre la ciudad, con grandes relámpagos que zigzagueaban sobre la llanura y ensordecedores truenos. Comenzó a llover a cántaros. Los limpiaparabrisas marcaban su propio ritmo, y los neumáticos chirriaban al deslizarse sobre las calles llenas de agua, mientras, en el coche Sam evitaba tomar la mano de Lisa, un gesto que él acostumbraba hacer cuando conducía el vehículo.
    Ya en la casa, apagó el motor y las luces, y después unió sus manos sobre el volante y miró al frente, como esperando una explicación.
    – Lisa… -comenzó.
    Pero antes de que él pudiera seguir, Lisa lo interrumpió.
    – No tiene sentido que los dos nos empapemos. Quédate aquí.
    El silencio de Sam pareció decir: ¿En nuestra última noche juntos? Pero continuó cavilando mientras la tensión se acentuaba aún más entre ellos. Por último, como no podía encontrar una salida elegante, Lisa se inclinó y lo besó en la mejilla. Él permaneció sentado, rígido como una estaca, pero cuando ella extendió la mano hacia la puerta, la mano de Sam surgió de la oscuridad y cogió la de Lisa con tanta fuerza que ella contuvo una exclamación. Él la soltó inmediatamente, y su voz demostró que estaba arrepentido.
    – Lisa, te echaré de menos.
    – Yo… yo también. -Ella esperó, casi sin aliento, pero tampoco ahora formuló la pregunta, y ella no le ofreció una explicación. Lisa deseaba mucho ser sincera con él, pero temía que la considerara poco inteligente. El silencio se prolongó, y pareció que la tensión en el automóvil desembocaría en una explosión. Y entonces, justo en el momento en que ella pensó que ya no podía soportar un instante más, Sam le soltó la mano, suspiró con fatiga y se hundió en el asiento. Ella buscó la cara de Sam en las sombras, y durante un segundo el interior del automóvil quedó iluminado por un rayo. Él tenía los ojos cerrados, y ahora desvió la cara, mientras se pellizcaba el puente de la nariz.
    – Lisa, no estoy seguro… no, olvida eso, empezaré de nuevo. -Apartó la mano de su propia nariz, pero tenía la voz tensa, con un inconfundible acento de fatiga-. Lisa, creo que te amo.
    Era lo que menos esperaba escuchar de sus labios. Se le llenaron los ojos de lágrimas y le latió con fuerza el corazón. Buscó la mano de Sam entre los dos asientos, la encerró entre las suyas y se la llevó hasta los labios. Sobre el dorso de esa mano depositó algo más que un beso. Era como si quisiera absorber su textura, su tibieza y su seguridad. Y también era como un modo de disculpa.
    Lisa enderezó los dedos largos y apretó la mejilla y la frente contra los nudillos.
    – Oh, Sam -dijo con tristeza apoyando los labios sobre la mano, después se la llevó al lado de su cuello, y la apretó bajo la barbilla, mientras el pulso le latía aceleradamente-. Creo que yo también te amo.
    En el interior del cuerpo de Lisa todo se manifestaba como si allí se estuviera desarrollando una tormenta igual a la que prevalecía afuera. Pasó las yemas de los dedos sobre la cara interior de la muñeca de Sam y sintió su pulso acelerado; pero él se sentó como antes, hundido en la butaca.
    – ¿Qué hacemos? -preguntó Sam, y ella comprendió que ese hombre estaba muy cerca de obligarla a contar el porqué se disponía a ausentarse de su vida con tanto misterio durante una semana.
    – Esperar y ver. Ambos hemos dicho que lo pensaríamos.
    Pero incluso a los ojos de Lisa la respuesta parecía impropia, y percibió que la frustración de Sam se agravaba.
    – ¿Esperar? -rezongó, y la cólera surgió de nuevo a la superficie, mientras él preguntaba con voz dura:
    – ¿Cuánto tiempo?
    Sus dedos se cerraron con fuerza alrededor de los de Lisa.
    – Sam, déjame entrar.
    Él pareció reflexionar un momento, como si calculara el efecto de la pregunta antes de formularla.
    – ¿Puedo entrar contigo?
    Ella le soltó enseguida la mano.
    – No, Sam, esta noche no.
    – ¿Por qué? -Él se enderezó en el asiento, y pareció que su cuerpo se endurecía al mismo tiempo que se inclinaba hacia ella.
    – Yo… -Pero no atinaba a explicarlo. Solo sabía que el asunto guardaba relación con la visita de sus hijos al día siguiente, y con el sentimiento de su propia incapacidad. Pero antes de que pudiera hallar una respuesta, la voz de Sam resonó muy fría en el tenso espacio que los separaba.
    – Está bien, ven aquí. -y antes de que ella pudiera adivinar sus intenciones, tendió las manos hacia Lisa, en un gesto insolente que antes nunca había usado con ella y la acercó al asiento, hasta que ella apoyó el cuerpo contra el pecho de Sam. Comenzó a besarla con una desagradable falta de sensibilidad.
    – Sam… ¡no! -Ella se debatió, rechazándolo instintivamente, pero él la sostuvo por las muñecas, y manifestó una temible fuerza en la expresión de su cólera. Mientras, los dos se miraron medio inclinados sobre el asiento del coche. Los dedos de Sam se hundieron en la piel suave de Lisa, allí donde se manifestaba con más fuerza el pulso. Las lágrimas temblaron en los párpados de la joven, y el miedo pareció subirle por la garganta.
    – ¿Por qué te resistes? Deseo que me des una buena despedida. Eso es todo.
    – Sam… -Pero antes de que por sus labios tensos brotaran más palabras, ella se vio arrojada contra su pecho duro, y su mano derecha quedó atrapada entre los cuerpos, de modo que ya no pudo utilizarla. Y entretanto, la voz de Sam le lastimaba el oído.
    – Acabo de decirte que creo que te amo, y tú me has confirmado lo mismo. En vista de eso, creo que merezco una despedida apropiada. -Ella intentó rechazarlo con la mano libre, pero él la controló sin mayor dificultad, mientras abría brutalmente el cierre de sus pantalones y deslizaba su mano bajo la tela.
    – Sam… ¿por qué… por qué haces… esto? -sollozó.
    Pero él se mostró implacable.
    – ¿Por qué? -Su mano invadió la parte del cuerpo femenino que él nunca había tocado si no era con la mayor ternura, pero su voz convirtió el acto en una burla-. Para esto me tienes, ¿no es verdad? Eso es lo que quieres de mí, ¿no es cierto?
    La manoseó con habilidad consumada, mientras un inenarrable sentimiento de pérdida se manifestaba en Lisa. Ahora, ella sollozaba sin ruido, y, en algún lugar de su mente, surgía el pensamiento de que ella misma había provocado esa reacción. La confesión del amor realizada por Sam había equivalido a una invitación para que Lisa confiara en él, y, sin embargo, ella se había negado de nuevo. Las lágrimas descendían por su cara cuando ella por fin renunció a la lucha y yació pasivamente sobre el cuerpo duro y excitado de Sam, y le permitió hacer lo que se le antojara.
    Con la misma rapidez con que se había manifestado, el espíritu de lucha se disipó en él. Su mano cayó inerte mientras su pecho todavía jadeaba a causa de la emoción. El corazón de Sam latía a través de la delgada tela de la blusa de Lisa, y él respiraba compulsivamente. Al oír aquel sonido, ella también contuvo las lágrimas que le anudaban la garganta. Poco a poco los dedos de Sam se retiraron para descansar sobre la piel suave y tibia de su vientre. Ninguno de los dos habló.
    En esos momentos, mientras yacía sobre él, sintiendo su respiración torturada sobre su cuello, Lisa vio la muerte de aquel amor que podía haber sido. Contuvo los sollozos que luchaban por salir a causa de la destrucción de algo que los dos habían construido lenta y cuidadosamente, algo que había encerrado una promesa tan luminosa poco tiempo atrás.
    Y por Dios, ¡cómo dolía! Él había atacado uno de los puntos más vulnerables de Lisa, y lo había usado en contra de ella, muy consciente de que su actitud la humillaría. Lisa deseaba poder retroceder diez minutos y comenzar a vivirlos de nuevo. Pero a lo sumo, podía apoyar la muñeca sobre los ojos, mientras los músculos de la garganta se sacudían espasmódicamente. Entretanto, yacía sobre Sam como una flor cortada, mustia por culpa del mismo sol que otrora le había infundido vida.
    Lisa abrió los ojos y miró sin ver los hilos de lluvia que descendían por el parabrisas. Los chispazos intermitentes del relámpago habían convertido el verde en un color fantasmagórico. Durante un minuto se sintió desorientada y como dividida.
    Después, encontró la fuerza necesaria para reaccionar y enderezar el cuerpo, muy lentamente, apoyándose en los muslos de Sam y pasando los dedos temblorosos a través de sus propios cabellos en desorden, pero todavía incapaz de encontrar la fuerza necesaria para separarse por completo de él.
    – Cheroqui…
    – ¡No! -La palabra que él había comenzado a pronunciar quedó cortada por el endurecimiento de los hombros de Lisa y la contundente negativa. Ella había movido una mano en un gesto de advertencia, pero todavía continuaba apoyada sobre él, todavía le daba la espalda. Siguió un silencio mortal, interrumpido solo por el tamborileo de la lluvia en el techo del vehículo y el estallido del trueno.
    Después, un músculo tras otro, ella desplazó su cuerpo fatigado hacia el lado más extremo del asiento, y separó sus piernas de las piernas de Sam. Del mismo modo intencional, él se enderezó detrás del volante, colgó las manos sobre él y miró al frente durante varios segundos, antes de descender muy despacio la frente sobre los nudillos.
    Ella se acomodó la blusa, cerró y abotonó los pantalones, y se inclinó para calzarse, todo con los movimientos rígidos de una autómata. Pero cuando extendió la mano para recoger su bolso y después para abrir la puerta, Sam alzó la cabeza y apoyó una mano sobre el brazo de la joven, para detenerla.
    – Cheroqui, discúlpame. Hablemos de esto.
    – No me toques -dijo ella con voz neutra-. Y no me llames cheroqui.
    Sam retiró la mano, pero su voz tenía cierto acento persuasivo.
    – Esto sucedió porque no quieres confiar en mí. Si ahora te vas y rehúsas obstinadamente…
    La puerta del automóvil interrumpió el ruego de Sam. Ella descendió a los torrentes de lluvia y cerró el coche con un fuerte golpe. Una especie de río de agua corría a lo largo de las alcantarillas, pero ella apenas lo sintió cuando su pie, protegido por la media de nailon, chapoteó. Después, avanzó casi a ciegas hacia la puerta. Detrás de Lisa se oyó el ruido del motor, y el automóvil se alejó a velocidad vertiginosa, y las luces traseras aparecieron sobre el pavimento a lo largo de la calle. Al llegar a la esquina, él se limitó a aminorar la marcha. Después reanudó la carrera con un segundo chasquido de los neumáticos y un movimiento pendular de las luces de posición, que al fin se perdieron a lo lejos.
    La noche que siguió fue una de las peores en la vida de Lisa. Estaba destrozada por la riña entre ella y Sam, pero al mismo tiempo sabía que debía reaccionar para recibir a sus hijos. Condenaba a Sam Brown porque había provocado ese torbellino emocional en su vida en un momento en que ya soportaba un exceso de contratiempos. El recuerdo de que vería a sus hijos le provocó de nuevo una sensación agridulce en su corazón, algo que era mitad alegría mitad dolor.
    Al día siguiente, mientras se arrodillaba para saludarlos, tenía la conciencia de que aquella visita en cierto modo estaba condenada desde el principio.
    Jed y Matthew habían crecido mucho desde la última vez que los había visto. Con sus seis y ocho años, ahora se oponían a los abrazos de bienvenida de la madre. Diciéndose que no debía sentirse despreciada, ella retrocedió y comprendió que seguramente les parecía extraño que ella necesitara unos minutos para reaccionar. De todos modos, les encantó la nueva casa, y ocuparon sus camas con gestos de alegría y exclamaciones de sorpresa. Cayeron sobre Ewing, y parecía que lo habían extrañado más que a su madre, que contemplaba la escena con cierto vacío dolorido, recordando que ella y Joel habían decidido adoptar el gato en un momento de graves problemas de convivencia, y pensaron que el animalito sería bueno para sus hijos.
    Los niños explicaron a su madre que papá los trataba muy bien, y que Tisha, la nueva esposa, era en verdad buena. Tisha cocinaba la mejor lasaña del mundo. No, contestó Lisa a su hijo menor, cuando preguntó, ella no tenía mucha práctica con la lasaña. ¿No prefería un plato de espagueti? Pero al parecer Matthew ya no adoraba los espagueti tanto como antaño.
    Lanzaron gritos de alegría cuando ella sugirió la posibilidad de llevarlos a ver un partido de fútbol, el segundo día que estuvieron en la casa. Pero no conocían los nombres de los jugadores de Kansas City, y, antes de que pasara mucho tiempo, ya estaban moviéndose inquietos en los asientos. A veces se mostraron desordenados, y se burlaban uno del otro o peleaban durante el juego; y sus brincos y gritos atraían las miradas desfavorables de las personas que estaban en los asientos más cercanos. Se retiraron del estadio después del tercer tiempo. En el camino de regreso a casa, Lisa supo que el fútbol era ahora el juego favorito de los dos hermanos. Papá estaba entrenando al equipo, y Tisha asistía a todos los encuentros.
    El lunes Lisa los conquistó llevándolos de paseo al parque de atracciones. Viajaron en el Orient Express y en la montaña rusa, hasta que a Lisa le dolieron los pies de tanto esperarlos. Pero, después de cada viaje, ella compartía el placer de sus hijos y escarbaba de nuevo en su cartera empobrecida para pagar las golosinas que los niños reclamaban. Olvidó llevar la loción bronceadora, de modo que al final del día los dos chicos estaban quemados por el sol y aquella noche fueron a acostarse irritados e incómodos.
    Ya en su cama, pensó en Sam y en el día que los dos habían ido al parque de atracciones; pero aquella ocasión había sido tan grata, que ahora ella la recordaba con un sentimiento agridulce. En definitiva, se echó a llorar desconsolada. Lo extrañaba terriblemente, incluso ahora que lo odiaba por el dolor que le había provocado. Contempló la posibilidad de llamarlo, pero su equilibrio emocional ya era muy dudoso por la necesidad de atender de nuevo a sus dos hijos.
    Los chicos casi ya no parecían sus hijos, y ella se sentía cada vez menos eficaz. Nada de lo que hacía parecía apropiado de acuerdo a las necesidades de los dos pequeños, y en cambio todo lo que Tisha hacía era perfecto. Se prometió que al día siguiente no cometería errores.
    Ese día los llevó al zoológico Swope, que ocupaba una extensión de treinta hectáreas, con sus seiscientos animales. Pero el año anterior, los niños habían estado en los Busch Gardens de Florida y habían participado en el Safari Africano, que incluía la presencia de elefantes. El zoológico Swope pareció a los ojos de sus hijos un parque de segunda clase.
    Todas las noches, cuando estaban durmiendo en sus camas gemelas, Lisa se acercaba a la puerta del dormitorio y observaba las cabezas oscuras sobre las almohadas de color claro, y las lágrimas formaban un nudo en su garganta. En esos momentos, olvidaba los días desastrosos. Se sentía desesperadamente feliz de tenerlos allí. Los dos niños dormidos de nuevo eran suyos, carne de su carne, seres que ella había creado. Los amaba con terrible intensidad, pero al mismo tiempo sabía, con una dolorosa certidumbre, que el amor de la madrastra era mucho más influyente que todo el que ella podía prodigar. Pronto se convertiría para ellos en una mera sombra. Quizá ya estaba en esa situación.
    Matthew tuvo una pesadilla la siguiente noche y despertó llorando. Lisa se sentó sobre el borde de la cama, mientras el dorso de las manos bronceadas de su hijo se manchaba con las lágrimas que le corrían por las mejillas.
    – ¿Dónde está mami? -dijo Matthew sollozando.
    – Aquí estoy, querido -contestó ella tratando de tranquilizarlo. Pero desorientado, y acostumbrado a las seguridades de su vida en la otra casa, Matthew gritó:
    – No, quiero a mami.
    El viernes Jed y Matthew estaban haciendo comentarios acerca de sus amigos en la otra casa, y trazando planes acerca de lo que harían cuando regresaran.
    El sábado mostraron el dinero que «mami» les había dado para que compraran un regalo para el padre. Lisa los llevó a la gran tienda Halls, en el Crown Center, donde había artículos desconocidos de otros lugares del mundo. Compraron para el padre una barra de jabón que tenía la forma de un micrófono, de manera que pudiese cantar bajo la ducha.
    El domingo, Lisa vistió a cada uno con el traje nuevo que les había comprado, y esperó ansiosa que el padre viniera a buscarlos. Se preguntó cuál sería su reacción frente a Joel y experimentó una punzada en el estómago cuando sonó el timbre de la puerta de la calle. Los niños se lanzaron a abrir. Hablaron con él acerca de las cosas interesantes que habían hecho durante la semana. Y poco después fueron con los brazos extendidos a abrazar a Tisha, que esperaba en el coche.
    Joel tenía un aspecto saludable y complacido, y observó cómo los niños cruzaban corriendo el jardín, antes de girarse hacia Lisa. Ella lo observó con inmenso alivio, y comprobó que ese hombre ya no representaba una amenaza para sus sentimientos. En determinado punto había cesado de amarlo, y ahora podía estar frente a él sintiéndose cómoda con la situación.
    – ¿Cómo estás, Lisa?
    – Oh, muy bien. Las cosas marchan bien con mi nuevo empleo, y ahora tengo la casa, y… -Su mirada se volvió hacia los niños, y después retornó a la cara de Joel-. Tú y Tisha estáis haciendo un trabajo maravilloso con ellos.
    – Gracias. -Él permaneció sereno frente a Lisa-. Esperamos otro hijo en febrero.
    – Bien, ¡felicidades! -Lisa sonrió-. Yo… bien, transmite mis felicitaciones a Tisha.
    – Eso haré. -Joel insinuó un movimiento para alejarse, y por primera vez pareció un poco incómodo-. Bien, creo que los niños volverán a verte en Navidad.
    – Sí. -La palabra le sonó muy distante.
    – Niños -llamó Joel-, venid a despediros de vuestra mamá.
    Regresaron corriendo, dieron a Lisa el beso requerido, y después se olvidaron de todo y regresaron al coche con la mayor rapidez posible.
    Cuando se marcharon, Lisa recorrió la casa como un alma en pena, abrazando su propio cuerpo. La cocina olía a golosinas; encontró una disolviéndose en el fregadero. Uno de los niños la había arrojado allí cuando les dijo que llegaba su padre. Recogió los restos pegajosos y los arrojó al cubo de la basura; después, echó agua para enjuagar el fregadero. Pero la mancha sonrosada persistió. La contempló largo rato, hasta que se disolvió del todo. Una lágrima descendió por su mejilla y cayó al lado de la porcelana de color almendra. Un momento después apoyó un codo sobre el reborde y sollozó desesperada. El sonido de su propio llanto hizo que gimiera con más intensidad todavía, y los ecos de su queja resonaron en la habitación vacía. Mis hijitos. Se agarró el estómago y permitió que el sufrimiento la abrumara, apoyando la cara en su antebrazo hasta que este se puso resbaladizo. Sus sollozos se convirtieron en una queja tan prolongada que Lisa se quedó sin aliento; y ahora sintió que se le aflojaban las rodillas. Se acercó a la mesa de la cocina y se desplomó en una silla, dejando caer la cabeza sobre los brazos y llorando hasta que pensó que ya no podían salir más lágrimas de sus ojos: Ewing apareció, frotó su cuerpo contra la pierna de Lisa y ronroneó, lo que aumentó su sufrimiento. Necesitaba un pañuelo, pero no tenía en la cocina, de modo que subió a la primera planta, se sonó la nariz y se secó los ojos. Sosteniendo un puñado de pañuelos arrugados contra la nariz y la boca, se apoyó en el marco de la puerta del dormitorio, y sintió que se reanudaba su pesar al ver las camas gemelas y los estandartes en la pared, encima de las camas. Su cabeza se apoyó fatigada en el marco de la puerta, y siguió llorando hasta que le dolieron la garganta y el pecho. Te quiero, Jed. Te quiero, Matthew, susurró. Su dolor parecía ser eterno. Los sollozos convulsivos continuaron hasta que sintió que la cabeza le estallaba, y se arrastró hasta el cuarto de baño en busca de dos aspirinas. Pero al ver su cara descompuesta en el espejo, más lágrimas afloraron a los párpados hinchados, y pensó que si no escuchaba pronto el sonido de otra voz humana, en verdad moriría.
    Entró vacilante en la cocina, y marcó el número buscando ayuda en la única persona que podía reconfortarla. Cuando oyó la voz de Sam, trató de calmar su propia voz, pero perdió el control de sus nervios y comenzó a hipar en medio de las palabras.
    – ¿Sam…?
    Un momento de silencio, y después la voz preocupada.
    – Lisa, ¿eres tú?
    – Sam… -No podía decir otra cosa.
    – Lisa, ¿qué sucede? -Pareció que el pánico lo dominaba.
    – Oh, Sam… yo… te necesito… tanto. -Un enorme sollozo brotó de su garganta mientras aferraba el auricular con las dos manos.
    – Lisa, ¿estás enferma?
    – No… no… enferma no… yo… me duele mucho. Por favor… ven aquí…
    – ¿ Dónde estás?
    – En casa -respondió ella con voz ahogada.
    – Ya voy.
    Cuando se cortó la comunicación, el brazo de Lisa descendió hacia el suelo, y el auricular se balanceó, colgado de los dedos inertes, mientras ella rogaba:
    – Por favor… date prisa.
    Estaba sentada frente a la mesa de la cocina diez minutos después, cuando Sam Brown irrumpió a través de la puerta del frente. Se detuvo en mitad del vestíbulo, el pecho agitado.
    – ¿ Lisa? -La vio cuando ella se levantó de la silla. Se encontraron en el centro del vestíbulo. Ella se arrojó sobre Sam, sollozando de un modo humillante y aferrándose al cuerpo sólido del hombre, mientras él intentaba abrazarla.
    – Sam… oh, Sam… abrázame.
    Él la estrechó en un gesto protector.
    – Lisa, ¿qué sucede? ¿Estás enferma?
    El cuerpo de Lisa temblaba tanto que era imposible que pudiera responder. Él cerró los ojos y apretó una mejilla contra los cabellos en desorden de Lisa, mientras las lágrimas cálidas caían sobre la camisa y el cuello. El cuerpo torturado de Lisa estaba sacudido por estremecimientos, y él la abrazó con fuerza, con la esperanza de que se calmara.
    – Sam… Sam… -sollozaba Lisa desesperada, incansablemente.
    Nunca un cuerpo le había parecido tan grato. Su pecho sólido y los brazos eran un terreno conocido. El aroma y la textura de la piel de Sam la reconfortaban. Por su parte, él se mantenía firme como una roca, las piernas abiertas y el cuerpo largo protegiendo a Lisa. Estaban olvidadas las ofensas que cada uno había infligido al otro. Y también el dolor de la separación. Las barreras cayeron mientras ella buscaba la fuerza de Sam y él la concedía de buena gana.
    – Estoy aquí -le aseguró Sam, abarcando todo el ancho de la cabeza de Lisa con una mano grande, y apretando contra su cuerpo el cuerpo femenino-. Dime.
    – Mis niños… mis pequeños. -Dijo ella, ahogándose, y las sencillas palabras fueron el comienzo de la confesión, mientras él escuchaba inmutable, como el cimiento sólido de la vida de Lisa.
    – ¿ Estuvieron aquí?
    Ella solo asintió.
    – ¿Y ahora se han ido?
    De nuevo ella asintió y él le acarició los cabellos. Lisa retrocedió unos centímetros.
    – ¿Cuánto tiempo hace que lo sabes?
    Las manos de Sam le apretaron la cabeza, mientras sus pulgares enjugaban las lágrimas que aliviaban el dolor de Lisa.
    – Casi desde el principio.
    Ella lo miró a través de una confusa bruma, mientras el corazón se le inflamó de amor por ese hombre.
    – Oh, Sam, yo temía tanto… decírtelo. -Hundió la cabeza en el hombro de Sam.
    – ¿Por qué? -Sam habló con voz espesa, y ella percibió en la pregunta los restos del dolor que le había provocado, y se prometió que lo compensaría-. ¿No podías confiar en mí?
    Las lágrimas comenzaron a brotar de nuevo, mientras Lisa se aferraba a él.
    – Temía tanto… lo que pudieras pensar de mí.
    Los sollozos le sacudieron los hombros, a pesar de que se sentía tremendamente aliviada porque él conocía la situación.
    – Vamos, no llores. Ven aquí. -La apartó con suavidad, y le pasó un brazo sobre los hombros, tratando de obligarla a caminar hacia la escalera. Se sentó en el tercer peldaño con Lisa y la encerró entre sus rodillas en el peldaño inferior. Después, atrajo hacia él la espalda de la joven. Su ancho antebrazo cruzó su pecho y la abrazó con fuerza, mientras le apretaba el brazo y apoyaba su barbilla sobre su cabellera-. Ahora, cuéntamelo todo.
    – Quise decírtelo la… la última vez que estuvimos juntos. Lo deseaba mucho, pero… no sabía lo que pensarías de… una madre a quien el juez le había quitado los hijos.
    Los labios de Sam depositaron un beso sobre la cabeza de Lisa.
    – Querida, vi las camas el primer día que entré en esta casa. Desde entonces estuve esperando que me explicaras la situación.
    – De modo que lo supiste. Oh, Sam, ¿por qué no me lo preguntaste?
    – Lo hice una vez, pero tú me llevaste a creer que habían fallecido, y yo llegué a la conclusión de que tú temías explicar las cosas. Y la última noche que estuvimos juntos, yo… Dios mío, cheroqui, lamento tanto lo que hice. Pero casi me destruyó ver que no podías confiar en mí y no me lo contabas. Pasé una semana dolorosa, pensando en lo mucho que te había lastimado, y preguntándome si mis sospechas acerca de tus hijos eran ciertas. A veces, descubría que yo mismo me preguntaba si todavía te sentías unida a tu ex marido, y me decía que, si ese era el caso, yo me encontraba exactamente en la situación que merecía. El brazo de Sam presionó con más fuerza el pecho de Lisa.
    – No, no es eso. Él volvió a casarse, y ya están esperando otro hijo.
    – ¿Y tú lo has visto esta semana?
    – Sí, ha venido a buscar a los chicos poco antes de que yo te llamara.
    – ¿De modo que viven con él?
    Las preguntas de Sam indujeron a Lisa a hablar de los niños, y ella se maravilló al contar con un hombre que comprendía tan a fondo sus necesidades. La mano cálida de Sam le acarició el brazo desnudo, y, cuando habló, lo hizo con voz muy suave y serena.
    – ¿Cómo se llaman?
    Ella le rozó el antebrazo, y sintió el aliento tibio sobre su cabeza.
    – Jed y Matthew. -Solo pronunciar esos nombres hizo que se le oprimiera el corázón. Permaneció sentada en silencio largo rato, recordando las camas vacías del primer piso. Pero apoyó la cabeza sobre el pecho de Sam, y élla animó a continuar: -Oh, Sam, no sé si jamás superaré la pérdida de mis dos hijos. Ese día en el tribunal fue como… el día del juicio, y desde entonces siento que vivo en un infierno. Fue algo totalmente inesperado. Mi abogado se sorprendió tanto como yo cuando el juez declaró que otorgaba a Joel la custodia de los niños. Pero Joel tenía un abogado muy influyente, y le podía pagar los suficientes honorarios. Yo contaba con un hombre menos experimentado, al que además tenía dificultad para pagar. Ni por un instante había imaginado que perdería el juicio. Mi abogado me dijo que había algo denominado el «concepto de la edad infantil», lo que en esencia significaba que los niños pequeños necesitan a su madre. Los chicos en aquel momento, solo tenían tres y cinco años. Pero el juez dijo que el tribunal consideraba en interés de los niños, que debían contar con un sólido modelo de conducta masculina. -Lisa se apartó del cuerpo de Sam, cruzó los brazos sobre las rodillas y apoyó en ellos la cabeza-. Por Dios, el modelo de conducta masculina. Yo ni siquiera sabía lo que significaba eso.
    Sam examinó la espalda de Lisa, extendió la mano para apretarle el hombro, y de nuevo la sostuvo con firmeza entre sus piernas.
    – Continúa -ordenó en voz baja, deslizando el brazo sobre la clavícula de Lisa.
    Ella cerró los ojos y tragó saliva, y después continuó con voz tensa.
    – El abogado de Joel trajo a colación el tema de la economía, y el mío lo refutó, pero según parece el nivel económico influye sobre el bienestar emocional de los niños. Yo no tenía medios de vida, ni carrera ni perspectivas. Había sido una esposa dedicada ala crianza de sus hijos. ¿Cómo podía tener dinero?
    Un estremecimiento le recorrió el cuerpo. Tragó saliva y abrió los ojos. Las lágrimas descendieron por sus mejillas, y sintió un nudo en la garganta.
    – Oh, Sam… ¿tienes idea de lo que… significa que a una mujer le quiten a sus hijos? ¿Tienes idea de la sensación de fracaso que experimentas en una situación así?
    Una lágrima cálida cayó sobre el brazo de Sam. Él le apretó los hombros y el pecho, con un gesto enérgico destinado a reconfortarla, y apoyó la mejilla contra el cabello de Lisa.
    – No eres un fracaso -murmuró con voz ronca-. A mi juicio, no lo eres… porque yo te amo.
    ¿Cuántas veces en el curso de esa semana ella había deseado escuchar esas palabras? De todos modos, en ese momento sintió que los términos en que hablaba Sam le llegaban al alma, precisamente porque ella lo amaba deseaba ofrecerle la imagen misma de la perfección. Pero no era así… no, de ningún modo era así, de manera que continuó inculpándose.
    – Esta semana he comprendido que soy inepta como madre. Es probable que los tribunales hayan tenido razón al quitarme a los niños. Esa mujer ha hecho mejor trabajo que el que yo habría podido realizar… todo… me salió mal. Se quemaron a causa del sol, y yo…
    – Lisa, termina de una vez.
    – No supe cómo… consolar a Matthew, cuando tuvo esa pesadilla y…
    – ¡Lisa!
    – Y yo… yo… -Las lágrimas volvieron a brotar de sus ojos, y ella continuó con sus recriminaciones-. No sé… preparar… -Él la abrazó con fuerza y apretó la cara de Lisa contra su cuerpo, y entonces la palabra llegó confundida con un sollozo-…no sé cocinar lasaña.
    – Dios mío, cheroqui, no debes herirte de ese modo.
    – Lo hice… todo mal. -Se aferró a la espalda de la camisa de Sam, y continuó desgranando su lamentable letanía.
    – Calla… -Él le acarició los cabellos y le sostuvo la cabeza con las dos manos.
    – Cuando ella llegó… corrieron hacia ella… y se olvidaron de mí…
    Los labios de Sam interrumpieron el flujo de palabras. La había abrazado, y la sostenía ahora con toda la fuerza de sus brazos. Lisa tuvo que torcer el tronco a la altura de la cintura, porque estaban en peldaños diferentes. Él la besó con ardor, y después irguió la cabeza y sostuvo su barbilla, mientras le miraba la cara.
    – Han estado alejados de ti mucho tiempo, y ahora están acostumbrados a su madrastra. Esto no significa que seas una fracasada. No te culpes. Me destroza el corazón verte así.
    Y desde la profundidad de su sufrimiento ella comprendió lo que hallaba en Sam Brown. Fuerza, comprensión, compasión. El dolor de Lisa era también el sufrimiento de Sam, pues él lo asimilaba y sus ojos reflejaban el pesar que veía en los ojos de la joven. Ella temblaba, ahora a un paso de comprender la verdadera profundidad del amor. Y como no deseaba provocar más dolor en Sam, por fin realizó un débil esfuerzo para controlar sus lágrimas. Cuando consiguió calmar sus sollozos, él la apartó con dulzura, pero solo lo justo para levantarse un poco y sacar un pañuelo del bolsillo trasero del pantalón. Después que le hubo secado los ojos y la nariz, Lisa se sintió mejor. Emitió un enorme suspiro, y se sentó en el mismo peldaño que ocupaba Sam. Apoyando los codos en las rodillas, Lisa presionó con las yemas de los dedos los párpados que le quemaban, y susurró con voz segura:
    – Me duelen los ojos. No he llorado tanto desde que me divorcié.
    – En ese caso, significa que lo necesitabas.
    Ella apartó sus manos y miró la cara de Sam, y vio su expresión comprensiva.
    – Lamento haber descargado en ti mi sufrimiento. Pero te agradezco… que estés aquí Sam, te necesitaba muchísimo.
    Él observó los ojos hinchados con un ribete rojo y los dedos que le cubrían las mejillas. Se acercó un poco más, se apoderó de una de las manos de Lisa, y ambos unieron los dedos.
    – Eso es el amor… estar cuando el otro te necesita, ¿no es verdad?
    Ella le tocó la mejilla con la mano libre.
    – Sam… -dijo, ahora más serena, abrumada de amor hacia él, segura de que lo que decía era cierto.
    Los dos se miraron, y él se giró para depositar un beso sobre la mano de Lisa.
    – ¿Ya has decidido si en realidad me amas o no?
    – Creo que eso lo decidí el día que apareciste aquí, con tus pantalones de gimnasia.
    En los labios de Sam se dibujó una breve sonrisa, después él recuperó la seriedad. Dijo en voz baja:
    – Lisa, me agradaría que lo dijeras por lo menos una vez.
    Estaban sentados uno al lado del otro, en una postura extrañamente infantil, sosteniéndose las manos, al mismo tiempo que se rozaban sus rodillas, y ella dijo mirándole a los ojos:
    – Te amo, Sam.
    – Entonces, debemos casarnos.
    Ella abrió mucho los ojos sobresaltada. Lo miró diez segundos enteros, y después balbuceó:
    – Caramba… ¡casarnos!
    Él le dirigió una sonrisa torcida.
    – Bien, no te sorprendas tanto, cheroqui. Sobre todo después del último mes turbulento y maravilloso que hemos compartido.
    – Pero… pero…
    – Pero ¿qué? Te amo. Te amo. ¡Incluso simpatizamos! Trabajamos en el mismo sector, poseemos un notable sentido del humor, e incluso tenemos la misma estirpe racial. ¿Qué podría unirnos más que todo eso?
    – Pero no estoy preparada para casarme otra vez. Yo… -Desvió los ojos-. Lo intenté una vez, y mira lo que ha resultado.
    – Cheroqui, no admito que vuelvas a lo mismo; nada de todo eso sucederá si te casas conmigo.
    – Sam, por favor…
    – ¿Sí? -Su voz adquirió cierto filo-. ¿Qué insinúas?
    – Por favor, no me lo pidas. Mantengamos las cosas como están ahora.
    – ¿Cómo están ahora? ¿Quieres decir hacer el amor todas las noches en tu casa y a lo sumo saludarnos cortésmente en la oficina? He dicho que te amo, Lisa. Nunca se lo he dicho a otra mujer. Deseo vivir contigo, y colgar nuestras ropas en el mismo armario, y tener una familia que…
    – ¡Una familia! -Ella se puso bruscamente de pie y miró a Sam-. ¿No escuchaste una sola palabra de todo lo que he dicho? Ya tuve una familia, ¡Y fue la peor tragedia de mi vida! Perdí a mis hijos… los únicos que he deseado tener… en un tribunal de divorcio. No estoy en condiciones de ser madre. ¡Ya te lo he dicho!
    – Lisa, todo eso es pura imaginación. Serás una madre tan buena como…
    – ¡No es pura imaginación! -Se volvió hacia la sala-. Yo… soy una mujer insegura y lastimada, y ya una vez fracasé cuando quise representar el papel de esposa y madre. Y no creo que jamás pueda ser muy eficaz en ninguna de las dos funciones.
    Él estaba de pie detrás de Lisa, en el centro de la sala.
    – Entonces, ¿esa es tu respuesta? ¿No te casarás conmigo porque tienes miedo?
    Ella tragó saliva con dificultad, y sintió que aquellas terribles lágrimas fluían de nuevo en sus ojos.
    – Sí, Sam, esa es mi respuesta.
    – Lisa. -Apoyó una mano sobre su hombro, pero ella se desprendió.- Lisa, no aceptaré eso, creo que de verdad me amas. El único modo de superar el miedo a algo es intentarlo de nuevo. Tú… no fracasarás. Tenemos muchas cosas a favor. Lo sé muy bien.
    – Sam, eso está fuera de la cuestión. Sencillamente no comprendo cómo tú… -Se volvió para mirarlo-. Sam, no sabes cómo debilita la confianza en uno mismo perder a los hijos. Cuando me sucedió, juré que jamás volvería a pasar por lo mismo. Le mostraría al mundo que el juez estaba equivocado. Yo no era una… estúpida india… sin una carrera ni capacidad adquisitiva. Tenía que demostrar un montón de cosas, y aún no he terminado de demostrarlas.
    – ¿Una india? -replicó Sam irritado-. ¿Todo este asunto en definitiva va a parar en eso?
    – Hasta cierto punto. Nadie me convencerá jamás de que ese juez no me miraba con malos ojos porque yo era india y Joel era blanco. Esa cuestión tuvo tanto que ver con la decisión como el hecho de que yo no podía mantener a los niños. Bien, no podía hacer nada con respecto a mi origen racial, pero sí podía modificar mi situación financiera. Me propuse ganar tanto dinero como cualquier hombre, y en una profesión que tradicionalmente estaba monopolizada por los hombres; pero todavía me falta un largo trecho para alcanzar mis metas.
    Sam la miró con expresión sombría.
    – Lisa, te anima un sentimiento de rencor gigantesco e intenso. Y está a la vista de todos, en tu actitud desafiante… por eso muchos se sienten provocados. ¿Cuándo aprenderás que estás mezclada con muchas otras razas en este crisol que es nuestro país, y cuándo dejarás de aludir todo el tiempo a tu herencia?
    La cólera se encendió de nuevo en Lisa.
    – ¡No comprendes una palabra de todo lo que he dicho hoy! ¡Ni una palabra!
    – Lisa, lo comprendo todo. Sucede sencillamente que no estoy dispuesto a aceptar una parte de lo que me has dicho. Te amo y te acepto como eres, y no dudo de que podemos tener un matrimonio feliz… con hijos, y todo el resto. Tú eres la que no comprende que cuando se ama a alguien de verdad, es necesario olvidar el pasado, y también hace falta depositar toda la confianza en la fuerza de ese sentimiento.
    Ella extendió la mano para tocar a Sam, y ahora tenía la cara tensa a causa del dolor.
    – Créeme, Sam, yo te amo. Pero ¿debo demostrarlo casándome contigo?
    Él retiró de su propio pecho la mano de Lisa y la retuvo.
    – Es lo que suele hacerse, Lisa. -La miró, y sus ojos oscuros expresaron un sentimiento de dolor, antes de que agregara por lo bajo:
    – Es el modo honorable de hacer las cosas.
    ¿Qué podía decir Lisa? Después del modo en que se habían separado la última vez, de las ofensas que cada uno había infligido al otro, ¿cómo podía discutir con él? Percibió que en sus rasgos se manifestaba un sentimiento de fatiga, mientras permanecía de pie, sosteniendo su mano con las puntas de sus dedos y rozando los nudillos de la joven con su pulgar.
    Ella lo miró fijamente, en aquel momento ya se sintió agobiada por el sentimiento de pérdida.
    – Sam, no te vayas.
    De nuevo percibió la fatiga en Sam, y la carga de tristeza que su negativa había volcado sobre él. Sam la miró a los ojos, y su mirada expresaba el pesar más profundo.
    – Tengo que hacerlo, cheroqui. Esta vez es necesario.
    – Sam, yo… te necesito.
    Él se acercó de nuevo, la obligó a levantar la cara, y depositó en los labios de Lisa un beso de despedida; en esos labios todavía inflamados a causa del llanto.
    – Sí, creo que dices la verdad -fue la respuesta de Sam.
    Observó las pupilas negras, tocó con un pulgar la piel púrpura del párpado inferior, después se volvió y un momento más tarde la puerta se cerró tras él.

Capítulo 11

    Si le hubieran pedido que definiera con exactitud cuál era el factor que había determinado los cambios entre ellos, Lisa no habría podido contestar sinceramente si tenía origen en Sam o en ella misma. Solo supo que la relación se paralizó y esto la lastimó muchísimo durante las semanas siguientes. Ver todos los días a Sam en la oficina representaba un auténtico infierno. Él ya no se acercaba al escritorio de Lisa al final de la tarde para preguntar a qué hora regresaba a su casa. Ella ya no le preguntaba si quería acompañarla. Lisa sabía que cualquiera de los dos hubiera podido derribar la barrera invisible que los separaba. Se habría necesitado nada más que una sola palabra y, sin embargo, ninguno de los dos la pronunció.
    En apariencia, todo estaba igual. Se consultaban cuando llegaba el momento de presentar una oferta en algún concurso, tropezaban el uno con el otro en la sala de copiado, y estudiaban juntos los planos. Pero en el curso de toda esa actividad Sam mantenía un aire de normalidad que por inconmovible parecía inverosímil, y por su parte Lisa no le mostraba una indiferencia exagerada ni un afecto más o menos encubierto. En cambio, se trataban con una cordialidad neutra, que la hacía estremecer en su fuero interno. Sam le ábría la puerta para cederle el paso cuando salían juntos, ocasiones en que charlaban acerca de los proyectos con un espíritu animoso que agobiaba todavía más el alma solitaria de Lisa.
    Un día de mediados de septiembre Sam pasó al lado de Lisa, cuando ella estaba sentada cerca de la fuente y almorzaba. Él agitó un rollo de planos como saludo, sin interrumpir el ritmo de sus pasos, mientras decía:
    – Hola, Lisa. ¿Disfrutando del buen tiempo? -Una intensa sensación de pérdida la atravesó, mientras le veía entrar decidido en el edificio.
    A fines de septiembre, seis miembros del personal de la oficina ofrecieron a Raquel un almuerzo para celebrar su cumpleaños. Fueron al restaurante Leona, en el Fairway Center. Todos se amontonaron en el automóvil de Sam, para salvar la corta distancia que los separaba del restaurante. Lisa fue aparar al asiento trasero. El lugar que ocupaba le recordó los días de intimidad, y evocó aquellos momentos con inquietante claridad mientras observaba la nuca de Sam.
    En el restaurante Leona, Lisa se encontró sentada en ángulo recto con Sam. Mientras se acomodaban en las sillas, las rodillas de los dos chocaron bajo la mesa.
    – ¡Oh, discúlpame! -se excusó Sam-. ¡Siempre estas piernas tan largas! -Su buen humor hizo aquel gesto tan impersonal como si hubiera tocado la rodilla de Frank, y de nuevo Lisa sintió una punzada de dolor. Sin embargo, intentó reír y remedar la indiferencia de Sam.
    Para Lisa encontrarse con él llegó a ser una forma refinada de tortura. A veces, lo estudiaba desde un extremo del salón, y se preguntaba si hacía gala de esa insípida neutralidad con el propósito de castigarla. ¿Tenía conciencia de lo que estaba haciendo? ¿Mantenía ese aire jovial sabiendo que cada uno de estos episodios acentuaba el sufrimiento de Lisa? Quizá la relación entre los dos solo respondía a la necesidad de acumular experiencias nuevas, para después vincularse a otras mujeres. Si él la amaba, como había afirmado, ¿era posible que se mostrara tan… tan condenadamente trivial? Cuando la sorprendía mirándolo, sonreía y regresaba a lo que estaba haciendo sin el más mínimo esfuerzo, y ciertamente sin enviar mensajes íntimos con los ojos. Pero por otra parte, ¿acaso ella no hacía lo mismo?
    Septiembre llegó a su final, y el primer atisbo del otoño se manifestó en la atmósfera. Un día Sam llamó a Lisa a su despacho. De nuevo se mostró tan cordial como siempre y le dijo que como ya llevaba dos meses en la empresa, le concedía un aumento porque estaba muy complacido con su trabajo. Aunque era nada más que un reducido incremento del sueldo, dijo Sam, le asignaba el valor de un voto de confianza. Después la acompañó hasta la puerta abierta, donde permanecieron un minuto a la vista de todos los dibujantes. Ella estaba tan familiarizada con el olor que desprendía Sam, que sintió que se le hacía la boca agua. La visión de las mangas de camisa subidas hasta el codo, mostrando los antebrazos bronceados por el sol estival, y el modo conocido en que deslizaba una mano en el bolsillo del pantalón mientras conversaban, le provocaron escalofríos que llegaron hasta los niveles inferiores del vientre de Lisa.
    Sam se apoyó en el marco de la puerta y cruzó los brazos sobre el pecho, mientras comentaba cierto aspecto de la obra que estaban realizando a orillas del río Little Blue, que en ese momento se encontraba en pleno desarrollo. Por aquel entonces las manzanas del huerto estarían maduras, ya no habría mosquitos, y los mirlos y las torcazas seguramente estarían volando hacia el sur. «Oh, Sam, Sam, no he cesado de amarte.» Él continuó comentando el trabajo como si entre ellos jamás hubiera sucedido nada. «Sam… Su Señoría… Quiero tocarte, refugiarme en tu pecho, y volver a ser parte de tu vida.» Había llegado el momento de adoptar algunas decisiones importantes acerca del equipo, decía Sam, mientras del cuerpo de Lisa se desprendía un torrente de necesidades físicas y emocionales de las que él era el objetivo. ¿Acaso puedes comportarte como si nada hubiera sucedido, cuando todos los rincones de mi cuerpo están afectados por tu cercanía?
    – De modo que Raquel se ocupará de las reservas en la línea aérea. Me propongo pasar la noche fuera -decía Sam.
    – Yo… ¿qué? -balbuceó Lisa.
    – Me propongo pasar la noche fuera -repitió Sam-. Me parece imposible que vayamos en avión a Denver, participemos en el remate de equipos, y regresemos el mismo día. Sobre todo si en definitiva compramos algo. Entonces habrá que hacer gestiones financieras y encontrar un lugar para depositar la mercancía.
    Ella sintió las palabras de Sam como un golpe en el estómago. Estaba trazando planes que contemplaban la visita de los dos a la subasta de equipos pesados en Denver, con los mismos miramientos con que hubiera podido programar un viaje parecido para Frank o Ron, o para cualquiera de los otros empleados. Dios, ¿acaso suponía que ella realizaría diligencias nocturnas con él, y soportaría el que la relación fuera platónica? ¿De qué creía que estaba hecha? ¿Quizá de PVC, como los caños que usaban en las obras? Su falta de sensibilidad la irritó… y la perspectiva de estar sola con él la dejó debilitada y temblorosa.
    Salieron en avión de Kansas City un luminoso día de mediados de octubre, y, mientras el vuelo se dirigía hacia el Oeste, dejando atrás las instalaciones del Aeropuerto Internacional de Kansas City, Lisa tuvo la sensación de que todo aquello era un déja vu, porque estaban regresando al mismo lugar donde se habían conocido.
    Desde el inicio del vuelo, Sam se había recostado en el asiento y dormía. Se despertó el tiempo suficiente para rechazar el desayuno, de modo que Lisa comió sola, siempre atenta a la respiración lenta y profunda que percibía cerca de su hombro; la respiración que le recordaba las mañanas en que ella había despertado escuchando esa misma respiración en el lado opuesto de la cama. Él todavía dormía pacíficamente, cuando la orden de ajustarse los cinturones para el aterrizaje apareció en el tablero. Lisa examinó los ojos cerrados de Sam, las pestañas largas y oscuras que le acariciaban las mejillas, sus labios, los miembros en actitud de reposo, y ahora sintió en su fuero interno una renovada sensación de deseo. Vacilante,.le tocó el brazo, que yacía sobre el asiento, entre los dos.
    – ¿Sam?
    Los ojos de Sam se abrieron de repente y se clavaron en los de Lisa. Hubo un momento de desorientación, un regreso dulce e intenso a los tiempos en que despertaban juntos, cuando una sonrisa sensual que era como un saludo comenzó a entreabrir los labios, antes de comprender en dónde estaba, para reprimir de inmediato una reacción cálida.
    – Aterrizaremos en un momento -dijo Lisa, desviando la mirada cuando él unió las manos, endureció los brazos y se estiró; todas las reacciones que ella le conocía de episodios anteriores.
    – Dios mío, dormí como un muerto -dijo Sam, mientras con la mano buscaba el cinturón de seguridad.
    Ella sintió deseos de decir: siempre te sucede lo mismo. Los codos de ambos se rozaron al comenzar a ajustarse los cinturones, y Lisa se preguntó cómo podría sobrevivir a esa tortura durante dos días.
    En el Aeropuerto Internacional de Stapleton permanecieron uno al lado del otro, observando el movimiento del equipaje, y los dos tratando de apoderarse de la primera maleta conocida apenas terminó su recorrido. Lisa retrocedió, permitiendo que Sam la recuperara y verificara la etiqueta.
    – Esta es tuya -afirmó Sam, y la depositó a los pies de Lisa, sin más comentarios. Un momento después llegó la maleta de Sam y los dos fueron a alquilar un automóvil.
    Sam depositó las dos maletas idénticas en el maletero del automóvil, abrió la puerta correspondiente al copiloto y esperó mientras Lisa subía. ¿Cuántas veces había hecho lo mismo cuando eran amantes? Sin embargo, ahora existía solo la cortesía impersonal que él manifestaba como algo sobrentendida hacia todas las mujeres. Cuando Sam se instaló detrás del volante, Lisa se sintió desbordada por sus movimientos que ella había visto tantas veces, por su perfume, por las manos descansando sobre el volante.
    La subasta debía realizarse en la feria del condado Adams, en Henderson. Cuando llegaron, Lisa se sintió muy complacida ante la posibilidad de abandonar el estrecho espacio del automóvil, que le traía a la memoria inexorables e inquietantes evocaciones. Pero la jornada resultó tan agobiante como el viaje, pues el tiempo resultó ser demasiado agradable; de hecho, el tipo de clima que encanta a los enamorados. El cielo de Colorado era de un intenso azul sin nubes, y no había ni una pizca de la acostumbrada bruma de Denver que echara a perder aquel color tan puro.
    Los famosos álamos del estado estaban también en su mejor momento y sus hojas resplandecían como monedas de oro bajo un sol intenso. Al acompañar a Sam para inspeccionar las máquinas y discutir las necesidades de la compañía en los inminentes trabajos de primavera, Lisa se vio en dificultades para concentrar la atención en los nuevos proyectos. En repetidas ocasiones percibió que estaba pensando en el hombre que tenía al lado… en la textura de su piel bañada por el sol dorado de las montañas, en las sombras de sus omoplatos bajo la camisa que delineaba la forma tan conocida de su pecho y de sus brazos; en el brillo de sus cabellos oscuros que ella había descubierto por primera vez en un cepillo dentro de una maleta en aquella habitación de hotel, que no estaba lejos del lugar donde ahora se encontraban.
    Incapaz de concentrarse en el trabajo, Lisa siguió observando a Sam. Se recreó en el perfil de los músculos de las piernas, enfundadas en los pantalones, esos músculos en los que ella había reparado por primera vez en la puerta principal de su casa, aquella mañana estival que había cambiado para siempre su vida. También recordó la voz de Sam, cuando le sugería muchas intimidades al oído y aliviaba su alma dolorida con expresiones reconfortantes, precisamente cuando más las necesitaba.
    Estar sola con él, sin la compañía de otras personas, elevó su tensión emocional hasta tal punto que Lisa tuvo la sensación de que con un gesto involuntario de su brazo, podía cortar ese hilo imaginario ahora estirado al máximo.
    Sam presentó ofertas por varias máquinas, y, en definitiva, compró dos. Luego concertó acuerdos acerca del pago y el traslado con el financiero que colaboraba con el rematador.
    Cuando regresaron al coche alquilado era bastante tarde y las autopistas de Denver estaban atestadas. Lisa no tenía idea del lugar en que se alojarían, pero temía que Raquel de nuevo hubiera reservado habitaciones en el Cherry Creek. Pero vio aliviada que Sam dirigía el coche aun hotel distinto… un edificio alto cercano al aeropuerto. Se registraron juntos, pero tomaron dos habitaciones separadas. Sam presentó la tarjeta de crédito de su empresa sin manifestar el más mínimo atisbo de incomodidad. Entregó aLisa una de las llaves y juntos subieron en el ascensor hasta el noveno piso. El corredor alfombrado estaba silencioso, cuando los dos se acercaron a las puertas contiguas.
    Lisa supuso que Sam le sugeriría que se encontraran para cenar; en cambio, abrió su puerta, echó una ojeada al interior y comentó:
    – Hum… parece una habitación agradable. -Después, levantó su maleta y respondió a la pregunta que estaba en la mente de Lisa-: Nos veremos por la mañana.
    Habría sido poco elegante e incluso imprudente señalar que ella se sentía sola y extrañaba la compañía de Sam, y que deseaba pasar la noche con él. En cambio, entró en su habitación solitaria y se apoyó desalentada en la puerta cerrada, los ojos fijos en la alfombra verde y a juego con el cubrecama sin ver ninguna de las dos cosas. Lo que tampoco vio fueron la cara, las manos y el cuerpo del hombre amado, del hombre que estaba separado de ella por una pared de yeso y por el obstáculo igualmente concreto de unas normas a las cuales ellos mismos se sometían. Saber que estaba allí, tan cerca y sin embargo inalcanzable, constituía una tortura. Mientras ella miraba la habitación solitaria, notó el escozor de las lágrimas. Sentía una fuerza que le apretaba el pecho. Se acercó a la ventana y contempló el horizonte de Denver…las grandes Torres Occidentales, la plaza, y a lo lejos las Torres Anaconda. El sol se ponía detrás de las montañas, que aparecían en primer plano como una sucesión de escalones, en una gama que iba desde el púrpura oscuro al lavanda claro, en tres capas diferentes, desde la tierra al cielo.
    Se apartó de ese panorama desconcertante y cayó sobre la cama, tratando de contener las lágrimas. Sam, sabes que te amo. ¿Por qué me haces esto? Después de llorar se sintió mejor y fue a lavarse la cara; retocó el desastre de su maquillaje, y en definitiva bajó para cenar, pues era evidente que Sam no tenía intención de invitarla a compartir su mesa.
    Mientras cenaba sola, la cólera comenzó a sustituir al sentimiento de ofensa. Su ego le dolía. «¡Maldito seas, Sam Brown, maldito seas! ¡Maldito seas! ¡Maldito seas!»
    De regreso a su cuarto, dejó la llave sobre la cómoda y miró hostil a la pared; un minuto después le aplicó el oído, y le pareció que podía escuchar el sonido del televisor en la habitación de Sam, pero no estaba segura. Encendió su propio televisor, pero los programas no le interesaron en absoluto. Se arrojó sobre la cama, acomodando las almohadas bajo la espalda. Su cólera se había atenuado ahora, dejándola desesperada y con un ansia abrumadora que anulaba su sentido común.
    A las nueve y cinco de la noche descolgó el teléfono y marcó el 914.
    – ¿ Sí? -dijo la voz de Sam. -Cerró los ojos y apoyó la mano en el respaldo de la cama. El corazón le latía como un tambor, y sentía la lengua seca e hinchada.
    – Esta es una llamada telefónica obscena de la habitación 912. ¿Quieres… por favor, venir y… y… -Pero le falló la voz mientras agarraba con fuerza el teléfono y tragaba saliva.
    – ¿Y qué?
    Por Dios, al parecer él no estaba dispuesto a ayudarla. Quería prolongar aquella farsa. Ella se tragó el orgullo, cerró los ojos y reconoció la verdad.
    – Pensaba pedirte que me hicieras el amor, pero te necesito por muchas más razones que esa. Te extraño tanto que ya no encuentro nada bueno en mi propia vida.
    Lisa tuvo la impresión de que él suspiraba fatigado, y lo imaginó, quizá apoyando la espalda en la pared del otro lado, a pocos centímetros de ella. La Tierra pareció realizar una vuelta completa antes de que él preguntara finalmente:
    – Lisa, ¿ahora estás segura?
    Las lágrimas brotaron de los ojos de Lisa.
    – Oh, Sam, ¿qué estuviste tratando de hacerme estas últimas semanas?
    – Te estuve ofreciendo la oportunidad de que te curaras.
    En medio de su sufrimiento ella percibió un primer rayo de esperanza. Cerró los ojos, y comprendió que eso era también lo que ella había tratado de hacer.
    – Sam, por favor… por favor, ven aquí.
    – Está bien -dijo él en voz baja, y cortó la comunicación.
    Un instante después se oyó un suave golpe en la puerta.
    Cuando la abrió, Lisa retrocedió, enlazando sus propios dedos y apretándose el vientre con las manos. Se miraron durante un momento interminable, y él se mantuvo con el hombro apoyado en el marco de la puerta. Estaba vestido con calcetines negros, pantalones grises y una camisa celeste sostenida por un solo botón al nivel de la cintura. Los faldones colgaban fuera de los pantalones, sus cabellos en desorden también estaban alborotados.
    – ¿Ya estabas durmiendo? -preguntó Lisa con expresión culpable.
    Él negó con la cabeza, en un gesto de fatiga.
    – Creo que no he dormido estas últimas seis semanas… excepto hoy en el avión.
    ¿Era posible que ella no hubiera advertido las arrugas en el contorno de los ojos, y el gesto de cansancio en la boca?
    – ¿Por mi culpa? -preguntó Lisa con expresión esperanzada.
    Él se apartó del marco de la puerta, e inclinando hacia delante la cabeza se giró y cerró lentamente. Sam suspiró y al fin volvió a mirarla.
    – ¿Qué te parece? ¿Qué es lo que tú crees? -preguntó con voz neutra.
    Ella lo miró, cegada por el dolor y las lágrimas que amenazaban con brotar de sus ojos.
    – No he sabido qué pensar desde que te fuiste de mi casa aquella noche. Yo… tú… has sido…-Se cubrió la cara con las manos, y los sollozos le sacudieron los hombros-. Yo… yo… te amo tanto -dijo con voz sofocada, hablando a través de sus propias manos.
    Él se acercó a Lisa, y sus manos cálidas se cerraron sobre las muñecas de la joven, obligándola a mostrar la cara. Depositó un beso suave en el borde de los dedos, que estaban humedecidos a causa de las lágrimas.
    – Yo también te amo -dijo, la voz suavizada por el dolor.
    Con un grito breve y ahogado ella se arrojó sobre Sam, y le rodeó el cuello con los brazos y se apretó contra su cuerpo. También los brazos de Sam la presionaron tenaces, mientras oprimía la cara sobre su cuello tibio. Sam se balanceó hacia delante y hacia atrás, y repitió varias veces el mismo movimiento, manteniéndose con los pies separados mientras sostenía con firmeza el cuerpo de Lisa pegado a su propio cuerpo. Ninguno de los dos habló, y ambos sentían que la proximidad los reconfortaba.
    Los pechos, el vientre y los muslos de Lisa se pegaban al cuerpo rígido de Sam, y parecía que en la mente de ella no había otra palabra que el nombre del ser amado -Sam, Sam, Sam-, y con la dulce comprensión de que él era lo que necesitaba para completar no solo su cuerpo, sino también su vida, su ser.
    Por fin, ambos levantaron la cabeza. Se miraron a los ojos, y parecía que cada uno deseaba expresar el dolor que había experimentado durante la separación; que cada uno deseaba hablar de la angustia que ahora al parecer culminaría en el amor.
    Las bocas de los dos gimieron sin palabras, y parecía que intentaban compensar el vacío de las seis semanas de soledad. Las lenguas sedosas y húmedas se unieron, expresando la necesidad que se había multiplicado hasta el infinito desde la última vez que habían estado en contacto. El beso duró minutos interminables -¡algo glorioso, pleno de codicia!- hasta que los corazones golpearon sus pechos y la sangre latió acelerada en las venas. Sam mordió con suavidad a Lisa, y ella movió su lengua para sentir la solidez de los dientes del hombre, elevándose y descendiendo, como si hubiera querido saborearla. Los dedos de Lisa encontraron el hueco tibio detrás de su oreja, y emitió un sonido ronco que trataba de expresar a Sam todo lo que sentía por él.
    Las manos de Sam se deslizaron hasta las caderas de Lisa, acariciando con firmeza el cuerpo femenino. Apretó su cara sobre el lado del perfumado cuello de Lisa, y ella inclinó aun costado su cabeza, mientras Sam murmuraba:
    – ¿Por qué todavía estás completamente vestida?
    Parecía que el corazón de Lisa estaba a un paso de estallar cuando acercó los labios al oído de Sam y contestó con voz trémula:
    – Estoy esperando que me pidas de nuevo que me case contigo.
    Él irguió la cabeza, sorprendido, y una sonrisa jugueteó en las comisuras de los labios.
    – Háblame de ese asunto más tarde, cuando no tengamos nada mejor que comentar.
    Después, él recuperó de nuevo la calma, y paseó la mirada por los cabellos, la cara y los senos de Lisa, en un gesto amplio que le devolvió de nuevo a los ojos negros e inquisitivos de esa cheroqui, que desbordaban amor y anhelo.
    Sam alzó la barbilla de Lisa y se acercó a su cara. Con ternura infinita, describió un círculo alrededor de los labios femeninos con la punta de la lengua. Después, volvieron a besarse buscándose uno al otro, mientras ella sentía el movimiento de los dedos de Sam en la depresión de sus senos.
    Él levantó la cabeza, y sus ojos volvieron a encontrarse y luego descendieron hasta los dedos bronceados de Sam, que soltó los botones y después arrancó la blusa del cinturón que la sujetaba. Sin pronunciar palabra, la desprendió de los hombros de Lisa. También sin decir nada, pasó las manos oscuras tras la espalda de la joven y, cuando volvió a apartarse unos pocos centímetros, sujetaba con sus manos el sostén blanco. Arrojó a un lado la prenda y contempló el vientre femenino. Un momento después, él ya había soltado el cierre del cinturón, revelando un retazo de piel sobre unas bragas muy breves. Sam inclinó una rodilla, presionando su cara sobre el cuerpo de Lisa, besándole el estómago donde unas semanas antes había descubierto la línea que ella temía explicar y siguió de nuevo su curso, esta vez con el movimiento leve de su propia lengua.
    – En ti no hay nada que yo no ame… nada. -Cerró los brazos fuertes sobre las caderas de Lisa y apretó los párpados. Volvió un lado de su cara sobre la carne de la joven, mientras su voz sonaba cargada de emoción-. Jamás debes tener miedo de contarme algo. Recuérdalo siempre.
    Las lágrimas pugnaban por brotar mientras ella enrollaba con los dedos los cabellos de Sam, y apretaba con más fuerza su cara. Lisa cerró los ojos para asimilar la extraña y tierna sensación que las palabras de Sam originaban en su pecho, y entonces sintió complacida el roce un poco áspero de la barba del hombre. Los cabellos de Sam le acariciaron la curva inferior de los senos, y ella se inclinó todavía más sobre la cabeza de Sam y la acunó con los dos brazos.
    – Oh, Sam, temía tanto que vieras esas marcas. Tenía miedo de tu desaprobación y… deseaba ser perfecta, cuando eso era imposible. Pero ese es el efecto que el amor origina en uno… desear ser incuestionable a los ojos de la persona amada.
    Sam se apretó un poco para mirarla.
    – Cheroqui… -Sus ojos oscuros expresaban con elocuencia un sentimiento de aprobación, incluso antes de que pronunciara las palabras-. Yo no cambiaría nada en ti, ¿sabes?
    Extendió la mano bronceada para cerrarla sobre un seno, elevándolo al mismo tiempo que acentuaba una caricia con el pulgar, pero siempre con los ojos clavados en la mirada de Lisa.
    Y de pronto, ella supo a qué atenerse, del mismo modo que supo que amaba a ese hombre cálido y complejo. Lisa unió los dedos de las dos manos tras la cabeza de Sam, y después la sostuvo con firmeza, al mismo tiempo que saboreaba su contacto físico.
    – Lo sé -dijo al fin con voz muy tenue.
    Después, Lisa se inclinó para besarle los labios, al principio con suavidad y después con ardor cada vez más intenso, acariciándola, y se deslizaban bajo la tela delineando la curva de la cadera. Cuando el movimiento de sus propias manos amenazó con desequilibrar el cuerpo de Lisa, se detuvo, y después la sujetó por las axilas hasta que la levantó en el aire. La sostuvo sin esfuerzo mientras sus labios le acariciaron la barbilla y ella apretaba las manos sobre sus hombros duros y, con el movimiento convulsivo de las piernas, se liberaba de la ropa. Pero aunque las prendas de vestir cayeron al suelo, él continuó sosteniéndola en el aire.
    – Sam, Sam, suéltame -dijo Lisa, sintiéndose indefensa e impacientándose, al mismo tiempo que se contorsionaba frente Sam.
    – Jamás -respondió él al mismo tiempo que sonreía, y después ella comenzó a deslizarse hacia abajo, sobre su cuerpo; y entonces soltó el único botón que mantenía sujeta la camisa en la cintura del hombre. Mientras se desprendía de ella, Lisa le soltó la hebilla del cinturón.
    De pronto, ella se percató de que Sam se mantenía inmóvil, y entonces pareció que los dedos de Lisa se paralizaban. Volvió los ojos y descubrió que la observaba con la sombra de una sonrisa en los labios. Era increíble que después de todo lo que habían pasado ella pudiera sentir de pronto tanta timidez, como si se tratara de la primera vez. Las manos de Lisa colgaban a los lados, y la expresión de su cara fue una mezcla de placer y expectativa.
    – Te invito -dijo él en voz baja.
    Lisa entreabrió los labios. Un escalofrío le recorrió el cuerpo, y al mismo tiempo sintió que se le cortaba la respiración en la garganta. Al fin, aceptó la propuesta de Sam, y se desprendió de las últimas prendas que todavía los separaban.
    Cuando estuvieron desnudos, fue suficiente un paso y Sam comenzó a presionarla, obligándola a retroceder hasta que sus pantorrillas tocaron la cama y ella cayó hacia atrás, arrastrando a Sam en movimiento. Los cuerpos de los dos eran todo gracia y armonía, y sus labios pronunciaban mensajes íntimos sin palabras, mientras las manos se deslizaban unas sobre otras, de modo que cada uno se familiarizaba de nuevo con el cuerpo del otro.
    – Oh, Sam, cómo te he echado de menos. -Los hombros de Sam eran lisos y firmes, sus cabellos tenían una textura sedosa, los tendones del cuello eran resistentes, mientras ella lo acariciaba con las manos. Sam se inclinó sobre Lisa, besándole las sienes y los párpados, y apretando entre los dientes sus labios, mientras los ojos de Lisa se cerraban y ella disfrutaba con tanta adulación.
    Él se inclinó sobre Lisa, y los dos cuerpos giraron apenas, cayendo de un lado, mientras Sam le daba besos en la barbilla, y después a lo largo del cuello bajando por entre los senos, desviándose para dejar un beso prolongado en cada uno antes de continuar su trayecto. La presionó todavía con más fuerza, y su atención se concentró en el vientre para ver de nuevo esas líneas pálidas que ella ya no pretendía ocultar.
    – Cheroqui… -La voz de Sam era ronca y sus labios suaves, mientras descendía más… y más-. Cheroqui…
    Después, todo fue sensación. Algunos movimientos eran ásperos y otros suaves; algunos eran el flujo y otros el reflujo, y pasaban del hombre a la mujer. Emitió sonidos profundos e inarticulados, levantando el cuerpo de Lisa mientras ambos se unían en un dominio etéreo de la sensualidad.
    Él la poseyó un instante antes de la culminación; se acercó a ella, elevándose de nuevo sobre el cuerpo femenino para unir la fuerza de su amor con el amor de Lisa, en una serie de movimientos que expresaban la pasión tanto como el ansia íntima de dar y compartir.
    La cabeza de Lisa cayó hacia atrás con los ojos cerrados, buscaba con las manos un sostén para aferrarse y encontraba solamente una almohada en la cual se hundieron sus dedos, mientras él observaba el placer en los párpados temblorosos de la mujer.
    El nombre de Sam brotó de la garganta de Lisa, cuando compartieron otra vez esa fuerza abrumadora del sentimiento que ya habían compartido antes. Siguió el suspiro de la satisfacción consumada. Un beso en la frente de Lisa, el desplazamiento del peso, el movimiento para apartarla hacia un costado, la mano pesada que acariciaba los cabellos femeninos, y después una bienhechora lasitud, cada uno descansando en los brazos del otro.
    – ¿Cheroqui? -murmuró Sam después de mucho tiempo.
    – ¿Sí?
    El pecho de Sam tenía la piel cálida y húmeda cuando ella apoyó allí su frente.
    – ¿Ahora podemos hablar?
    – Sí, ahora podemos -dijo ella sonriendo ante el sentimiento de alegría que experimentaba al pronunciar esa palabra.
    – ¿Qué dices? -preguntó él, sorprendido.
    – Que la respuesta es afirmativa. -Miró con inocencia los ojos de Sam-. Sí, me casaré contigo. ¡Sí, sí, sí! -Besó el pecho de Sam con una caricia rápida y ligera.
    Y por supuesto, él se burló.
    – Todavía no te lo he pedido.
    – Te disponías a hacerlo.
    – Oh, ¿de verdad?
    Ella se acurrucó contra el cuerpo de Sam y lo abrazó. Se refugió cómodamente junto a él, la cabeza bajo la barbilla del hombre.
    – ¿Sabes lo que he pensado durante estas últimas seis semanas? -El tono de Sam era reflexivo-. Que fui un estúpido la noche que pedí que te casaras conmigo. Mi sentido de la oportunidad no fue muy brillante. Ahora lo sé. Esa noche te encontrabas en un verdadero aprieto emocional, y era absurdo que yo abordara el tema justo en aquel momento. Pensé… -Pasó los dedos sobre los cabellos de Lisa-. Pensé que te daría un tiempo para recuperar el equilibrio después de esa visita de tus hijos y tu ex marido.
    – Me has asustado, Sam. -Cerró con fuerza los ojos, y después se abrazó al hombre con un fiero espíritu de posesión-. Nunca he sufrido tanto como estas semanas. En cambio tú… me pareció que todo esto no te afectaba en absoluto.
    – ¡Que no me afectaba! -exclamó Sam, apartándose un poco para mirarla a los ojos-. Mujer, cada día que pasaba moría un poco esperando que te acercases a mí para decir que habías cambiado de actitud.
    – ¿De veras? -Ella abrió los ojos exageradamente, en actitud de sorpresa-. No pareció que estuvieras muriéndote. Te comportaste como si yo hubiera sido uno más de tus empleados.
    – ¿Uno más de mis empleados? -Ahora volvió a sonreír, mientras miraba y acariciaba su seno desnudo-. Oh, cheroqui. Nada de eso. No quiero compartir mi casa con uno de los empleados… y tampoco mi vida… sin hablar de mi cama.
    Ella sonrió y sintió un impulso de vanidad femenina, ante la aprobación que expresaba Sam.
    De pronto, Lisa adoptó una expresión grave y miró preocupada a Sam.
    – Sam, ¿realmente no experimentas ningún miedo?
    Él besó la frente de Lisa.
    – No, no siento nada de eso. Sobre todo después de ese maravilloso fin de semana contigo, cuando descubrimos todo lo que podemos compartir.
    – Pero… -Ella exploró con atención los ojos de Sam, con la esperanza de que él no interpretara mal lo que ella se disponía a decir.
    – Sam, yo sí siento temores. Por favor, trata de entenderme.
    – Ya lo sé, cheroqui. Ahora lo sé.
    – Por lo menos, dame un poco de tiempo antes de que empecemos a organizar una familia, ¿quieres?
    Él irguió sorprendido la cabeza, cerró una mano sobre el hombro de Lisa y la obligó a recostarse de nuevo.
    – ¿Hablas en serio, cheroqui? ¿Estuviste pensado… en los hijos?
    – Sí, Su Señoría, debo confesar que lo hice. -Fingió un gesto de contrariedad-. Pero cuidado, no ahora mismo. Después de que pase un poco de tiempo hasta que me acostumbre a la idea.
    Sam le contestó con una sonrisa radiante. Después, con gran asombro de Lisa lanzó un auténtico alarido indio de guerra, y cayó de espaldas al lado de la joven, frotándose el pecho con aire de satisfacción y sonriendo al techo.
    Lisa yacía al Iado de Sam, sonriendo al ver que él se sentía muy feliz, y preguntándose cuál sería el aspecto de esos hijos medio indios. Tendrían cabellos más oscuros que los de Sam, hermosos ojos, con las pestañas largas heredadas del padre, y los labios más bonitos que se hubieran visto en mucho tiempo…
    La ensoñación se vio interrumpida por la conciencia cada vez más clara de que Sam ya no estaba mirando el techo sino el busto desnudo de Lisa. El mensaje en los ojos de Sam era evidente, incluso antes de que el dedo comenzara a insinuarse.
    – Eh, cheroqui, ¿qué te parece si vamos a la ducha juntos y volvemos a empezar para celebrar el encuentro? Exijo cierta compensación por todo lo que he sufrido.
    Ella se echó a reír y apartó el dedo de Sam.
    – ¿Qué has estado haciendo solo en tu cuarto? ¿Leyendo de nuevo las revistas pornográficas?
    – ¿Por qué supones eso?
    Ella fingió que reflexionaba un momento.
    – Pensándolo bien, no sé si me conviene unirme definitivamente con un hombre que lee revistas pornográficas cuando tiene una mujer muy capaz. -Se sentó con movimientos provocativos y ya se acercaba al borde del lecho cuando vio interrumpidos sus progresos. Un segundo después ella estaba chillando-: ¡Brown! ¡Suéltame, Brown! ¡Tengo que ir al cuarto de baño!
    – No irás sola, cheroqui. ¡Irás conmigo, en línea recta hacia la ducha! -Un instante después, Sam la cargó en hombros y sus cabellos negros colgaron sobre la espalda del hombre, mientras su antebrazo bronceado la sujetaba por las piernas, y la otra mano le pellizcaba el trasero.
    – ¡Brown, suéltame!
    – De ningún modo. -Sam se echó a reír y caminó hacia el cuarto de baño.
    – ¡Pervertido! -chilló ella.
    – Sin duda -coincidió Sam, y después se volvió para morder juguetonamente la seductora cadera de Lisa, que se debatía sobre los hombros de su carcelero.
    Ella apenas podía respirar cuando llegaron al cuarto de baño, y él le permitió apoyar los pies en el suelo. Fue a parar a la bañera dura, y, un minuto después, el chorro de agua fría le cayó con toda su fuerza en la cara. Antes de que el agua se calentara, ya estaban besándose y deslizándose uno sobre el otro, pugnando por apoderarse del minúsculo jabón.
    Mientras Sam retiraba el frasco, ella se apartó de los ojos los cabellos mojados.
    – Eh, Brown, debo hacerte una pregunta más, y creo que merezco una respuesta.
    Irritado por la interrupción, frunció el ceño.
    – Muy bien, ¿de qué se trata? Pero date prisa, y termina de una vez, de modo que podamos continuar con las cosas importantes.
    – ¿Leíste mi oferta el día que nos conocimos?
    Una sonrisa lenta y astuta se dibujó en la cara de Sam. Cerró los ojos, y echó hacia atrás la cabeza, hasta que el agua de la ducha le dio de lleno en la cara. Después, se enderezó, se sacudió como un perro y abrió de nuevo los ojos.
    – Te diré una cosa. -La acercó con fuerza, apoyó sus caderas en las de Lisa, y la provocó con una sonrisa-. Tú harás todo lo que yo diga, y yo pensaré en la posibilidad de contestar a tu pregunta.
    – Brown… -comenzó ella a censurarlo juguetonamente, pero sus palabras se vieron interrumpidas, por los labios de Sam, y un momento después la respuesta perdió toda importancia.

LAVYRLE SPENCER


***


notes

    *En inglés, gordo.
Top.Mail.Ru