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Amargo Pero Dulce

Amargo Pero Dulce

Аннотация

    Esta atrayente novela de amor es la primera traducida al castellano de LaVyrle Spencer, nueva gran figura en el género. Permaneció diez semanas en la lista de best-sellers del New York Times.
    Cuando aún eran estudiantes, Maggie y Eric se juraron amor eterno. Pero los avatares del destino los condujeron por caminos muy distintos. Maggie se casó y enviudó más tarde. Sola y madre de una hija, quiere reconstruir su vida. Al reencontrarse con Eric, ahora casado y capitán de un buque mercante, el amor renace. Conscientes de que la suya es una unión prohibida, los dos intentan en vano negar sus sentimientos…


LaVyrle Spencer Amargo Pero Dulce


    Titulo original: Bitter Sweet
    Copyright © 1990 by LaVyrle Spencer

    Quiero agradecer a las siguientes personas por la ayuda que me brindaron durante la investigación necesaria para el libro:

    Christine y Sverre Falck-Pedersen
    de Thorp House Inn, Fish Creek, Wisconsin

    El capitán Paul de Captain Paul's Charter Fishing Fleet,
    Gills Rock, Wisconsin

    Mi colega Pamela Smith de Seattle, Washington
    L.S.
    Este libro está dedicado a mis amigas del colegio que siguieron siendo amigas de por vida…
    Dodie Fread Nelson
    Carol Judd Cameron
    Carol Robinson Shequin
    Judean Peterson Longbella
    Nancy Thorn Rebischke
    y
    Nancy Norgren

    Con amor y gratos recuerdos
    de todos los buenos momentos,
    Berle

    Y en mis pensamientos, mientras escribía este libro, con frecuencia estuvieron amigos del colegio con los que perdí contacto hace mucho tiempo, pero que permanecen en mi memoria. Lona Hess… Timothy Bergein… Gaylord Olson… Sharon Naslund… Sue Staley… Anna Stangland… Janie Johnson… Keith Peters.
    ¿Adonde fueron?

Capítulo 1

    En la habitación había una pequeña heladera repleta de jugos de manzana y gaseosas, un calentador eléctrico de dos hornallas, un fonógrafo, un círculo de confortables sillones gastados y un manchado pizarrón verde en el que se leía: TERAPIA DE ANGUSTIAS 14:00-15:00.
    Maggie Stearn entró cinco minutos antes de la hora, colgó su impermeable y se sirvió un saquito de té y agua caliente. Lo movió dentro de una taza plástica y atravesó la habitación.
    Al llegar a la ventana miró hacia abajo. El agua del canal, encrespada por los primeros monzones de agosto, tenía un aspecto sombrío y aceitoso. Los edificios de Seattle permanecían sólo en su memoria y el Canal Puget quedaba oculto bajo una gris cortina de lluvia. Un petrolero oxidado avanzaba con pesadez por el canal oscuro en dirección al océano. Las antenas y barandas de protección se ocultaban bajo el diluvio. Sobre la gastada cubierta, marinos mercantes parecían borrosos puntos amarillos, envueltos de la cabeza a los pies en trajes de goma.
    Lluvia. Tanta lluvia, y todavía faltaba todo el invierno.
    Suspiró, pensando en que debería pasarlo sola y se apartó de la ventana justo en el momento en que llegaban otros dos miembros del grupo.
    – Hola, Maggie -dijeron al unísono desde la puerta: Diane, de treinta y seis años, cuyo marido había muerto de un derrame cerebral mientras buscaban almejas en la isla Whidbey con sus tres hijos; y Nelda, de sesenta y dos, que había perdido al suyo cuando éste cayó de un techo que estaba reparando.
    Sin Diane y Nelda, Maggie no sabía cómo habría hecho para sobrevivir ese último año.
    – Hola -respondió, sonriendo.
    – ¿Qué tal salió la cita? -preguntó Diane, atravesando la habitación.
    Maggie hizo una mueca.
    – No me hables.
    – ¿Tan mal te fue?
    – ¿Cómo se hace para dejar de sentirse casada cuando ya no tienes marido? -Era una pregunta que todas estaban intentando responderse.
    – Te comprendo -acotó Nelda-. Finalmente fui al bingo con George, lo recuerdan, ese hombre que conocí en mi iglesia. Durante toda la noche sentí que estaba engañando a Lou. ¡Y eso que sólo jugábamos al bingo!
    Mientras intercambiaban comentarios, llegó un hombre delgado y de calvicie incipiente. Tendría unos cincuenta y siete años y vestía pantalones pinzados pasados de moda y un suéter decrépito que le colgaba del cuerpo huesudo.
    – Hola, Cliff. -Las mujeres agrandaron el círculo para incluirlo.
    Cliff hizo un movimiento con la cabeza. Era el miembro más nuevo del grupo. Su mujer había muerto al pasar un semáforo en rojo la primera vez que conducía luego de una operación de la carótida que la había dejado sin visión periférica.
    – ¿Qué tal pasaste la semana? -le preguntó Maggie.
    – Bueno… -La palabra brotó con un suspiro. Cliff se encogió de hombros, pero no dijo nada más.
    Maggie le masajeó la espalda.
    – Algunas semanas son mejores que otras. Lleva tiempo. -Más de una vez le habían masajeado la espalda a ella en esa habitación. Conocía el poder curativo del contacto con otro ser humano.
    – ¿Y tú? -Nelda giró la conversación hacia Maggie. -Tu hija parte para la universidad esta semana ¿no es así?
    – Ajá -respondió Maggie con fingido entusiasmo-. Faltan dos días.
    – Yo pasé por lo mismo con tres de mis hijos. No dejes de llamarnos si te sientes mal ¿eh? Saldremos a ver un strip tease masculino o algo por el estilo.
    Maggie rió. Nelda estaba tan lejos de ir a ver un nudista como de convertirse en una ella misma.
    – Ya no sabría qué hacer con un hombre desnudo. -Todos rieron. Era más fácil bromear acerca de la falta de sexo en sus vidas que hacer algo al respecto.
    Entró el doctor Feldstein, con una tablilla con papeles en una mano y un jarrito de café humeante en la otra. Hablaba con Claire, que había perdido a su hija de dieciséis años en un accidente de motocicleta. Luego de un intercambio de saludos, el doctor Feldstein cerró la puerta y se dirigió a su sillón favorito. Dejó el café sobre una mesita cercana.
    – Al parecer, están todos. Comencemos.
    Se sentaron y la conversación cesó. Eran un grupo de personas en vías de curarse que se preocupaban unas por otras y se querían.
    Maggie se sentó en el sofá entre Cliff y Nelda; Diane, en el suelo sobre un mullido almohadón azul y Claire en un sillón a la derecha del doctor Feldstein.
    Fue Maggie la que notó la ausencia. Echando una mirada alrededor, dijo:
    – ¿No habría que esperar a Tammi? -Tammi era la más joven del grupo. Tenía apenas veinte años, era soltera, estaba embarazada. El padre del bebé la había abandonado y la joven luchaba por sobreponerse a la reciente pérdida de sus padres. Era la mimada de todos, una hija para los integrantes del grupo.
    El doctor Feldstein dejó la tablilla en el suelo y respondió:
    – Tammi no vendrá.
    Todos los ojos se fijaron en él, pero nadie preguntó nada. El doctor Feldstein apoyó los codos sobre los brazos de madera de su sillón y entrelazó las manos sobre el estómago.
    – Tammi tomó una sobredosis de somníferos hace dos días y todavía está en terapia intensiva. Hoy vamos a trabajar sobre eso.
    El impacto los golpeó con toda su fuerza, dejándolos aturdidos y mudos. Maggie lo sintió estallar como una bomba en su estómago y extendérsele hacia las extremidades. Se quedó mirando al médico de rostro alargado e inteligente, nariz algo aguileña, labios llenos y tupida barba negra. Los ojos de él se posaron sobre cada miembro del grupo; eran ojos astutos que esperaban la reacción.
    Maggie por fin rompió el silencio para preguntar lo que lodos querían saber.
    – ¿Se salvará?
    – Todavía no lo sabemos. Se produjo una intoxicación con Tylenol, de modo que el cuadro es muy delicado.
    Desde afuera llegó el sonido de una sirena en el canal. Adentro, el grupo seguía inmóvil. Las lágrimas comenzaron a aflorar.
    Claire se puso de pie de un salto y corrió a la ventana; golpeó el antepecho con ambos puños.
    – ¡Carajo! ¿Por qué lo hizo?
    – ¿Por qué no nos llamó? -preguntó Maggie-. Podríamos haberla ayudado.
    Habían luchado contra eso en otras ocasiones: la impotencia, la furia ante dicha impotencia. Cada una de las personas del círculo sentía lo mismo, pues un golpe para uno de ellos era un golpe para todos. Habían invertido tiempo y lágrimas los unos en los otros, se habían contado sus más íntimos sufrimientos y temores. Pensar en tanto esfuerzo tirado por la borda era como haber sido traicionados.
    Cliff estaba inmóvil y parpadeaba con fuerza.
    Diane respiró hondo y bajó la cabeza hacia las rodillas.
    El doctor Feldstein buscó detrás de su silla una caja de pañuelos de papel que estaba sobre el fonógrafo y la puso sobre la mesa en el medio del círculo.
    – Bien, comencemos por los hechos básicos -dijo con tono pragmático -. Si decidió no llamar a ninguno de nosotros, no hubo forma en que hubiéramos podido ayudarla.
    – Pero ella es parle de nosotros -objetó Margaret, abriendo las manos -. Lo que quiero decir es que estamos luchando todos por lo mismo, ¿no? Y creíamos estar progresando.
    – Y si ella pudo hacerlo, ninguno de ustedes está a salvo ¿no es así? -terminó el doctor Feldstein para luego responder a su propia pregunta: -¡Pues se equivocan! Esto es lo primero que quiero que se graben en la mente. Tammi hizo una elección. Cada uno de ustedes elige hacer cosas todos los días. Está bien que se sientan furiosos por lo que hizo, pero no está bien que se vean en el lugar de ella.
    Hablaron sobre el tema, discutiendo con pasión y compasión, animándose más a medida que exteriorizaban sus sentimientos. La furia se convirtió en lástima y ésta en fervor renovado para hacer todo lo posible por mejorar sus propias vidas. Cuando todos se serenaron, el doctor Feldstein anunció:
    – Vamos a hacer un ejercicio; creo que todos están preparados para hacerlo. Si no es así, díganlo y nadie hará preguntas. Pero para aquellos que deseen resolver esa impotencia que sienten por el intento de suicidio de Tammi, creo que servirá.
    Se puso de píe y colocó una silla de madera en el centro de la habitación.
    – Hoy vamos a decirle adiós a algo o a alguien que ha estado obstaculizando nuestra mejoría. A alguien que nos ha dejado a través de la muerte, o quizá de modo voluntario, o a algo que no hemos podido enfrentar. Podría ser un lugar al que no hemos podido ir, o un viejo rencor que hemos llevado adentro demasiado tiempo. Sea lo que fuere, lo vamos a poner en esa silla y le diremos adiós en voz alta. Y una vez que nos hayamos despedido, informaremos a esa persona o a esa cosa qué vamos a hacer para ser más felices. ¿Me comprenden todos? -Al no obtener respuesta, el doctor Feldstein agregó: -Yo seré el primero.
    Se puso de pie delante de la silla vacía, abrió la boca y se pasó las palmas de la mano por la barba. Luego respiró hondo, miró el suelo, la silla y dijo:
    – Voy a decir adiós de una vez por todas a mis cigarrillos. Renuncié a ustedes hace más de dos años, pero todavía me pongo la mano en el bolsillo de la chaqueta para buscarlos, así que hoy los coloco en esa silla y les digo adiós, cigarrillos Doral. En el futuro me haré más feliz abandonando el resentimiento que siento por haber dejado de fumar. Desde ahora, cada vez que busque en el bolsillo, en lugar de maldecir en silencio por encontrarlo vacío, voy a agradecerme a mí mismo el regalo que me he hecho, -Saludó la silla con la mano. -Adiós, cigarrillos Doral.
    Regresó a su lugar y se sentó.
    Las lágrimas habían desaparecido de los rostros. En su lugar había una franca introspección.
    – ¿Claire? -preguntó el doctor Feldstein con suavidad.
    Claire se quedó sentada un minuto, sin moverse. Nadie dijo una palabra. Por fin, se levantó y fue hasta la silla.
    Al ver que no le salían las palabras, el doctor Feldstein preguntó:
    – ¿Quién está en esa silla, Claire?
    – Mi hija Jessica -logró mascullar ella.
    Se secó las manos contra los muslos y tragó con fuerza. Todos aguardaron. Por fin comenzó:
    – Te extraño muchísimo, Jess, pero después de esto ya no voy a dejar que ese sentimiento me controle la vida. Me quedan muchos años y necesito sentirme feliz para que tu padre y tu hermana puedan también sentirse felices. Y lo que voy a hacer es ir a casa, sacar tu ropa del placard y regalarla a los pobres. Así que me despido, Jess. -Se encaminó hacia su lugar, pero luego se volvió. -Ah, y también voy a perdonarte por no haberte puesto el casco ese día, porque sé que eso ha estado impidiendo que me mejore. -Levantó una mano. -Adiós, Jess.
    Maggie sintió el ardor de lágrimas en los ojos y vio borrosamente cómo Claire se sentaba y Diane tomaba su lugar.
    – La persona en la silla es mi marido, Tim. -Diane se secó los ojos con un pañuelo de papel. Abrió la boca, la cerró y se tomó la cabeza con una mano. -Es tan difícil -susurró.
    – ¿Preferirías esperar? -preguntó el doctor Feldstein.
    Ella volvió a secarse los ojos con obstinada determinación.
    – No, quiero hacerlo. -Clavó la mirada en la silla, endureció la mandíbula y comenzó:
    – He estado realmente furiosa contigo, Tim, por morir. Me refiero a que estuvimos juntos desde la secundaria y en mis planes había otros cincuenta años, ¿sabes? -El pañuelo fue a dar contra sus ojos otra vez. -Bueno, sólo quiero que sepas que ya no estoy enojada, porque quizá tú también planeabas otros cincuenta, así que… ¿qué derecho tengo? Y lo que voy a hacer para mejorarme es ir con los chicos a la cabaña de Whidbey este fin de semana. Han estado pidiéndomelo y yo siempre digo que no, pero ahora iré, porque si yo no me mejoro, ¿cómo mejorarán ellos? Así que adiós, Tim. Suerte, viejito.
    Regresó apresuradamente a su lugar.
    Todos los integrantes del círculo se secaron los ojos.
    – ¿Cliff? -sugirió el doctor Feldstein.
    – Prefiero pasar -susurró Cliff, con la mirada baja.
    – Perfecto. ¿Nelda?
    – Ya me despedí de Cari hace mucho tiempo -respondió Nelda -. Paso.
    – ¿Maggie?
    Maggie se puso de pie muy despacio y se acercó a la silla. Sobre ella estaba Phillip, con los cinco kilos de más que nunca pudo adelgazar luego de cumplir los treinta, los ojos verdes casi marrones y el pelo rubio demasiado largo (como había estado cuando tomó aquel avión) y el buzo de los Seahawks que siempre usaba. Ella todavía no lo había lavado. De tanto en tanto lo descolgaba de la percha y lo olía. Le producía terror renunciar a su dolor, terror de que cuando éste ya no estuviera no quedara nada y ella se convirtiera en una cáscara incapaz de sentir en absoluto. Apoyó una mano abierta sobre el travesaño superior de la silla y exhaló un suspiro tembloroso.
    – Bueno, Phillip -comenzó a decir-. Ya pasó un año y ha llegado el momento. Creo que igual que Diane, siento rabia porque tomaste ese avión por un motivo tan tonto: una escapada a los casinos; tu afición por el juego era lo único que siempre me enfureció. No, mentira. También me enfureció que hubieras muerto justo cuando Katy estaba por terminar la secundaria y hubiéramos podido empezar a viajar más y disfrutar de nuestra libertad. Pero prometo que me sobrepondré y comenzaré a viajar sin ti. Pronto. También voy a dejar de considerar el dinero del seguro como dinero sucio, así podré disfrutarlo un poco más; y voy a intentar reanudar mis relaciones con mamá porque creo que voy a necesitarla ahora que Katy se va. -Dio un paso atrás y saludó con la mano. -Adiós, Phillip. Te amaba mucho.
    Una vez que Maggie terminó se quedaron sentados largo tiempo en silencio. Por fin el doctor Feldstein preguntó:
    – ¿Cómo se sienten? -Tardaron unos minutos en responder.
    – Cansada -dijo Diane.
    – Mejor -admitió Claire.
    – Aliviada-dijo Maggie.
    El doctor Feldstein les dio un momento para aclimatarse a esos sentimientos antes de inclinarse hacia adelante y hablar con su voz rica y resonante.
    – Ahora todos esos sentimientos que han estado cargando tanto tiempo y que les han impedido sentirse mejor son cosas del pasado. Recuérdenlo. Pienso que sin ellos se sentirán más felices y más receptivos a pensamientos saludables.
    Se echó hacia atrás en la silla.
    – A pesar de todo esto, no va a ser una semana fácil. Van a preocuparse por Tammi, y la preocupación se traducirá en depresión, de modo que les daré otra receta para cuando eso suceda. Quiero que hagan lo siguiente: busquen a viejos amigos, cuanto más viejos mejor, amigos con los que han perdido contacto: llámenlos, escríbanles, traten de verlos.
    – ¿Se refiere a amigos de la secundaria? -quiso saber Maggie.
    – Claro. Hablen sobre los viejos tiempos, ríanse de las cosas ridículas que hacían cuando eran demasiado jóvenes para ser sensatos. Aquellos días representan una época de nuestras vidas en que la mayoría de nosotros carecía de preocupaciones. Lo único que teníamos que hacer era ir a la escuela, sacar notas más o menos pasables, quizá mantener algún empleo de pocas horas y divertirnos mucho. Al regresar al pasado, muchas veces podemos poner el presente en perspectiva. Traten de ver cómo se sienten. Luego trabajaremos sobre eso en nuestra próxima sesión. ¿De acuerdo?
    La habitación se llenó de los suaves sonidos de movimiento que indicaban el final de la hora. Los miembros del grupo se desperezaban, se acomodaban en el extremo de las sillas y tiraban al cesto los mojados pañuelos de papel.
    – Hoy cubrimos mucho terreno -dijo el doctor Feldstein al tiempo que se ponía de pie -. Creo que fue muy positivo.
    Maggie fue hasta el ascensor con Nelda. Sentía más afinidad con ella que con los demás, puesto que sus situaciones eran las más parecidas. Nelda podía ser algo superficial y hueca a veces, pero tenía un corazón de oro y un sentido del humor a prueba de todo.
    – ¿Te has mantenido en contacto con amigos de hace tanto tiempo? -preguntó Nelda.
    – No, han pasado muchos años. ¿Y tú?
    – Por Dios, querida, tengo sesenta y dos años. Ya ni siquiera estoy segura de encontrar a algunos de mis amigos con vida.
    – ¿Piensas intentarlo?
    – Es posible. Veré. -En el vestíbulo se detuvieron para preparar impermeables y paraguas. Nelda se despidió con un abrazo. -Recuerda lo que dije. Cuando se vaya tu hija, llámame.
    – De acuerdo. Te prometo que lo haré.
    Afuera la lluvia caía a torrentes, levantando diminutos géyseres en los charcos de la calle. Maggie abrió el paraguas y se dirigió a su automóvil. Cuando llegó al vehículo, tenía los pies mojados, el impermeable empapado y estaba aterida. Puso el motor en marcha y se quedó un minuto sentada con las manos cruzadas sobre las rodillas, viendo cómo se condensaba su aliento sobre los vidrios antes de que el desempañador lo secara.
    Había sido una sesión particularmente agotadora. Tantas cosas en que pensar: Tammi, su adiós a Phillip, cómo iba a cumplir los propósitos que se había hecho, la partida de Katy. No había tenido ocasión de hablar de ello, pero se elevaba como sombra negra sobre todas las otras preocupaciones, amenazando con destruir cada pequeño logro obtenido en el año transcurrido.
    El tiempo tampoco ayudaba. ¡Dios, cómo la cansaba la lluvia!
    Pero Katy todavía estaba en casa y les quedaban dos cenas juntas. Quizás esa noche prepararía el plato preferido de su hija, tallarines con albóndigas, y luego encenderían fuego en el hogar y trazarían planes para la fiesta de Acción de Gracias, cuando Katy regresara por unos días.
    Maggie encendió el limpiaparabrisas y tomó el camino de regreso a su casa, por el puente Montlake, que vibraba debajo de los neumáticos como el torno de un dentista, luego hacia el norte en dirección a Redmond. Cuando el automóvil empezó a subir las colinas, el penetrante aroma resinoso de los pinos entró por el sistema de ventilación. Maggie pasó junto a la entrada del Bear Creek Country Club, del que ella y Phillip habían sido socios por años. Desde su muerte, más de uno de los amigos casados le había hecho insinuaciones. El club había perdido atractivo para Maggie desde que él ya no estaba.
    Al llegar a Lucken Lañe, se detuvo en la entrada de una casa de estilo campestre construida con madera de cedro y ladrillos a la vista, situada en la ladera de una colina boscosa; una casa de clase media con prolijos canteros de flores bordeando el sendero y macetas con geranios haciendo guardia a cada lado de los escalones. El control remoto levantó el portón del garaje y Maggie vio con tristeza que el automóvil de Katy no estaba.
    En la cocina, sólo la lluvia cayendo por la canaleta afuera junto a la ventana y el zumbido del portón al cerrarse quebraron el silencio. Sobre la mesa, junto a un panecillo mordido y una hebilla para el pelo de color rosado estridente había un mensaje escrito sobre un anotador azul con forma de pie.
    Salí de compras con Smitty y a buscar más cajas vacías. No me prepares comida. Besos, K.
    Maggie reprimió la desilusión que sentía, se quitó el abrigo y fue a colgarlo en el guardarropa de la entrada. Recorrió el pasillo y se detuvo junto a la puerta de la habitación de Katy. Había ropa por todas partes, empacada en cajas, apilada o arrojada por encima de valijas a medio llenar. Dos gigantescas bolsas plásticas repletas de prendas en desuso yacían entre las puertas del placard. Una pila de vaqueros y otra de buzos de colores fuertes aguardaban limpieza al pie de la cama. Se veía solamente la parte superior del espejo del tocador; la mitad inferior quedaba oculta bajo una pila de revistas Seventeen y un cesto de ropa lleno de toallas prolijamente dobladas y ropa de cama nueva que aguardaban la mudanza a Chicago. Desparramados por el suelo, separados por estrechos senderos, yacían diecisiete años de recuerdos: una pila de carpetas llenas de papeles de la escuela, cuyas tapas ostentaban anotaciones de todo tipo; una gorra de béisbol y un guante para una mano de doce años; dos ramilletes de flores, uno seco y amarillento, otro con las rosas todavía con color; un polvoriento afiche de Bruce Springsteen; una caja de cartón llena de tarjetas de graduación y notas de agradecimiento sin usar; otra de frascos de perfume; una cajita llena de aros enredados y baratos collares de cuentas; una pila de animales de peluche; una cajita de carey francés; una cesta violeta con correspondencia reciente de la Universidad Northwestern.
    La universidad Northwestern, el alma máter de ella y de Phillip, a media Norteamérica de distancia. ¿Por qué Katy no habría elegido la universidad local? ¿Para alejarse de una madre que durante el último año no había sido una compañera demasiado alegre?
    Maggie sintió un nudo de lágrimas en la garganta y se apartó, decidida a terminar el día sin desmoronarse. En su dormitorio, evitó mirar la cama de dos plazas y los recuerdos que le traía. Se dirigió directamente al guardarropa espejado, abrió una puerta corrediza, sacó el buzo de Seahawks de Phillip y regresó a la habitación de Katy para enterrarlo en una de las bolsas de ropa descartada.
    De regreso en su habitación, se puso un conjunto deportivo rojo y blanco que le quedaba grande, luego marchó al baño adyacente. Buscó un pequeño pote de maquillaje y comenzó a aplicárselo sobre los círculos negros debajo de los ojos.
    En la mitad de la operación, volvieron a aflorar las lágrimas y Maggie dejó caer la mano. ¿A quién trataba de engañar? Parecía un espantapájaros cuarentón. Desde la muerte de Phillip había disminuido dos talles de ropa, un talle de corpiño y su pelo castaño había perdido el brillo porque ya no se alimentaba bien. No se preocupaba por cocinar ni por regresar al trabajo ni por limpiar la casa ni por vestirse decentemente. Hacía las cosas por obligación y porque no quería terminar como Tammi.
    Se miró en el espejo.
    Lo extraño y tengo tantas ganas de llorar…
    Después de quince segundos de compadecerse, metió el maquillaje en un cajón, cerró éste con un golpe, apagó la luz y salió de la habitación.
    En la cocina, mojó un trapo y limpió las migas que había dejado Katy. Pero en camino al tacho de residuos, cometió el error de dar un mordisco al panecillo frío. El sabor de canela y uvas, mezclado con manteca de maní, debilidad de Katy y de su padre, desencadenó una reacción que ya no pudo reprimir. Una vez más llegaron las temidas lágrimas… calientes… ardientes.
    Arrojó el panecillo a la basura con tanta fuerza que rebotó y aterrizó en el suelo. Maggie se aferró al extremo de la mesada y se dobló en dos.
    ¡Maldito seas, Phillip! ¿Por qué tuviste que tomar ese avión? Deberías estar aquí ahora. ¡Tendríamos que estar pasando por esto juntos!
    Pero Phillip ya no estaba. Y pronto Katy también se iría. ¿Y luego qué? ¿Una vida de cenas a solas?

    Dos días más tarde, Maggie estaba de pie junto al automóvil de Katy, en la entrada de la casa, viendo cómo su hija metía la última bolsa detrás del asiento. El aire que precedía la madrugada era frío y la niebla formaba una nube alrededor de las luces del garaje. El automóvil de Katy era nuevo, caro, un convertible con todos los lujos, pagado con una mínima fracción del dinero del seguro por fallecimiento de Phillip: un premio consuelo de la aerolínea para Katy por tener que pasar el resto de su vida sin padre.
    – Listo, ya está. -Katy se enderezó y volvió el asiento a su lugar. Se volvió hacia Maggie. Era una bonita joven con los ojos oscuros del padre, el mentón con hoyuelo de Maggie y un peinado cósmico adecuado para la portada de una novela de ciencia ficción. Maggie nunca había podido acostumbrarse a ese aspecto. Al mirarle el pelo ahora, en el momento de la despedida, recordó con nostalgia cuando Katy era un bebé y ella la peinaba con un rulo en la coronilla.
    Katy quebró el silencio.
    – Gracias por los panecillos de manteca de maní, ma. Tendrán rico sabor cuando esté en Spokane o un lugar así.
    – También te puse unas manzanas y un par de latas de Coca para cada una. ¿Estás segura de que tienes bastante dinero?
    – Tengo todo, ma.
    – Recuerda lo que te dije sobre correr en las carreteras.
    – Utilizaré el control de velocidad, no te preocupes.
    – Y si tienes sueño…
    – Dejaré que maneje Smitty. Lo sé, ma.
    – Me alegro tanto de que vaya contigo, de que estén juntas.
    – Yo también.
    – Bueno…
    La realidad de la despedida las golpeó. ¡Habían estrechado tanto la relación desde la muerte de Phillip!
    – Será mejor que me vaya -dijo Katy en voz baja-. Le dije a Smitty que pasaría a buscarla a las cinco y media en punto.
    – Sí, tienes que irte.
    Sus ojos se encontraron; nublados por la despedida y el dolor abrió un abismo entre ambas.
    – Ay, mamá… -Katy se arrojó en brazos de su madre, abrazándose a ella con fuerza. Sus vaqueros se perdieron entre los pliegues de la bata de Maggie. -Te voy a extrañar.
    – Yo también, mi vida. -Apretadas pecho contra pecho, con el aroma de las llores en el aire y gotas de humedad cayendo del techo a los canteros, intercambiaron un adiós desgarrador.
    – Gracias por dejarme ir y por todo lo que me compraste.
    Maggie respondió con un movimiento de la cabeza. La garganta cerrada no le permitía emitir sonido.
    – Odio tener que dejarle aquí sola.
    – Lo sé. -Maggie abrazó a su hija, sintiendo correr las lágrimas (¿suyas?, ¿de Katy?) por su cuello. Katy la sujetaba con fuerza y la mecía.
    – Te quiero, ma.
    – Y yo a ti.
    – Estaré de regreso para Acción de Gracias.
    – Cuento con eso. Cuídale y llámame seguido.
    – Lo haré. Te lo prometo.
    Caminaron despacio hasta el automóvil, abrazadas.
    – Sabes, me cuesta creer que eres la misma chiquilla que hizo un berrinche fenomenal cuando la dejé el primer día de clases en el jardín de infantes. -Maggie acarició el brazo de Katy.
    Katy respondió con una risita y se introdujo en el automóvil.
    – Pero voy a ser una psicóloga infantil sensacional porque entiendo los días como esos. -Miró a su madre. -Y como éstos.
    Los ojos de ambas intercambiaron una despedida final.
    Katy puso el motor en marcha, Maggie cerró la puerta y se apoyó sobre ella con ambas manos. Se encendieron los faros, iluminando con un cono dorado la densa niebla del jardín boscoso. Por la ventanilla abierta, Maggie besó a su hija.
    – Cuídale -dijo Katy.
    Maggie levantó un pulgar.
    – Adiós -susurró Katy.
    – Adiós -trató de responder Maggie, pero sólo se le movieron los labios.
    El motor del coche ronroneó con tristeza mientras el vehículo retrocedía por el camino, giraba, se detenía, cambiaba de marcha. Y se fue, con un siseo de neumáticos sobre pavimento mojado, dejando un último recuerdo de una mano joven saludando por la ventanilla.
    Sola en el silencio, Maggie cruzó los brazos con fuerza, echó la cabeza hacia atrás y buscó algún indicio de que la madrugada estaba por llegar. Las puntas de los pinos seguían invisibles contra el cielo negro. Las gotas de humedad caían sobre el cantero de caléndulas. Experimentó un leve mareo, como si no estuviera dentro de su cuerpo, como si fuera Maggie Stearn pero se hubiese apartado para observar su propia reacción. Desmoronarse significaría un desastre seguro. Caminó alrededor de la casa, empapándose las pantuflas en el césped húmedo y enganchando agujas de pino en el ruedo de la bata. Abstraída, pasó junto a trapezoides de incandescencia que caían al jardín desde la ventana del baño, donde Katy se había dado una última ducha y de la cocina, donde había tomado su último desayuno.
    Soportaré este día. Sólo éste. Y el siguiente será más fácil. Y el otro aún más.
    Detrás de la casa, enderezó una mata de petunias que la lluvia había aplastado; quitó dos pinas de la terraza de madera; levantó tres leños que habían caído de la pila contra la pared trasera del garaje.
    La escalera de aluminio estaba contra el lado norte del garaje. Debes guardarla. Está aquí desde que sacaste las agujas de pino de las canaletas la primavera pasada. ¿Qué diría Phillip? Pero siguió caminando, dejando la escalera donde estaba.
    En el garaje estaba su automóvil, un nuevo y lujoso Lincoln Town Car, comprado con el dinero de la muerte de Phillip. Pasó junto al vehículo y se dirigió al sendero entre los canteros de caléndulas. Al llegar al escalón se sentó, acurrucada, envuelta en sus propios brazos. La humedad del cemento mojado le pasaba a través de la bata.
    Asustada. Sola. Desesperada.
    Pensó en Tammi y en cómo esa sensación de soledad la había llevado al extremo. Y temió no darse cuenta si llegara a ese punto.

    Logró sobrevivir a ese primer día yendo a la escuela secundaria Woodinville y manteniéndose ocupada en los salones de economía doméstica. El edificio daba la sensación de estar desierto, puesto que sólo trabajaba el personal administrativo. Los demás profesores tardarían diez días en regresar. Sola en los salones ordenados y amplios, lubricó las máquinas de coser, limpió algunas piletas que habían sido usadas durante las clases de verano, ordenó unas fotocopias, hizo nuevas del material que se distribuía el primer día y decoró una cartelera: TRUE BLUE: CONFECCIÓN DE ROPA DE DENIM PARA EL OTOÑO.
    Le importaban un rábano el denim y la confección de ropa. La idea de otro año enseñando lo mismo que había enseñado durante quince años le parecía tan carente de sentido como cocinar para ella sola.
    Por la tarde la recibió la casa, permanentemente vacía, llena de desgarradores recuerdos del zumbido de actividades de los tres. Llamó al hospital para averiguar sobre Tammi y le informaron que seguía en condición crítica.
    Para la cena se frió dos rebanadas de pan remojado en leche y huevo y se sentó a comerlas ante la mesada de la cocina, acompañada por el noticiario de la tarde en un televisor de diez pulgadas. En la mitad de la cena sonó el teléfono y Maggie corrió a atender, esperando oír la voz de Katy diciéndole que estaba bien y que pasaría la noche en un motel cerca de Butte, Montana. En cambio, oyó una voz grabada, una voz de barítono con forzada vivacidad que decía, tras una pausa mecánica:
    – Hola… Tengo un mensaje importante para ti de…
    Colgó el teléfono con fuerza y lo miró con revulsión, como si el mensaje hubiera sido obsceno. Se apartó con furia, sintiéndose de algún modo amenazada por el hecho de que el instrumento cuyo sonido casi siempre había sido fuente de irritación en el pasado pudiera ahora acelerarle el pulso y crearle expectativas.
    La mitad restante de tostada frita se le nubló ante la vista. Sin tomarse la molestia de arrojarla a la basura, se dirigió al escritorio y se sentó en el sillón de cuero verde de Phillip, aferrándose a los apoyabrazos y reclinando la cabeza contra el respaldo acolchado, como él había tenido la costumbre de hacer.
    Si hubiera tenido el buzo de los Seahawks de Phillip, se lo habría puesto, pero como ya no estaba, decidió llamar a Nelda. El teléfono fono sonó trece veces sin que nadie respondiera. Probó luego con Diane, pero también sonó y sonó. Maggie por fin recordó que probablemente Diane estuviera en la isla Whidbey con sus hijos. En casa de Claire obtuvo respuesta, pero la hija le dijo que su madre había ido a una reunión y regresaría tarde.
    Cortó y se quedó mirando el teléfono, mordisqueándose una uña.
    ¿Cliff? Reclinó la cabeza contra el respaldo. El pobre Cliff no podía resolver su propia pérdida, ni qué decir de ayudar a otros a resolver las suyas.
    Pensó en su madre, pero la idea la hizo estremecerse. No fue hasta que agotó todas las otras posibilidades que recordó la recela del doctor Feldstein.
    Llamen a viejos amigos, cuanto más viejos mejor, amigos con losque han perdido contacto…
    Pero… ¿a quién?
    La respuesta llegó como decidida por el destino.
    A Brookie.
    El nombre trajo un recuerdo tan vivido que pareció haber sucedido el día anterior. Glenda Holbrook y ella, ambas contraltos, estaban de pie una junto a la otra en la primera fila del coro de la escuela secundaria Gibraltar, fastidiando sin piedad al director, el señor Pruitt, tarareando una nota en el acorde final de la canción, convirtiendo un neto do mayor en un impertinente acorde de séptima con aires de jazz.
    ¿No son buenas noticias, Señor, no son buenas noticiaaaaaas?
    En ocasiones Pruitt les perdonaba su creatividad y la dejaba pasar, pero casi siempre fruncía el entrecejo y agitaba un dedo para devolver pureza al acorde. En una oportunidad detuvo todo el coro y ordenó:
    – Holbrook y Pearson, vayan afuera y canten sus notas disonantes todo lo que deseen. Cuando estén dispuestas a cantar la música como ha sido escrita, regresen.
    Glenda Holbrook y Maggie Pearson habían estado juntas en primer grado. El segundo día de clases las pusieron en el rincón por conversar. En tercer grado recibieron un reto de la directora por romperle un diente a Timothy Ostmeier cuando voló una piedra en medio de una batalla de bellotas, aunque ninguna de las dos niñas confesó quién la había arrojado. En quinto grado la señorita Hartman las descubrió en el recreo del mediodía con vasitos de papel puntiagudos dentro de las blusas. La señorita Hartman, una solterona de pecho plano, rostro amargo y un ojo bizco, abrió la puerta del baño de mujeres justo en el momento en que Glenda decía:
    – ¡Si tuviéramos tetas como éstas podríamos ser estrellas de cine! -En sexto grado, las dos chicas junto con Lisa Eidelbach recibieron elogios por cantar a tres voces Tres palomas blancas volaron hacia el mar en una reunión mensual de la Asociación de Padres y Maestros. En séptimo grado habían asistido juntas a las clases de Estudios Bíblicos y habían escrito con lápiz en los libros respuestas sagaces e irreverentes a las preguntas. En los márgenes de los libros de higiene habían dibujado estupendas partes del cuerpo masculino, años antes de saber qué aspecto tenían realmente esas partes.
    En la escuela secundaria fueron bastoneras; desfilaban y se masajeaban los músculos doloridos luego de la primera práctica de la temporada, fabricaban pompones azules y dorados, viajaban en autobuses estudiantiles y asistían a bailes en el gimnasio luego de los partidos. Habían salido con muchachos de a cuatro, se habían prestado la ropa, habían compartido miles de confidencias adolescentes y dormido una en casa de la otra con tanta regularidad que cada una comenzó a dejar un cepillo de dientes en el botiquín de la otra familia.
    Brookie y Maggie: amigas para siempre, habían pensado en aquel entonces.
    Pero Maggie fue a la Northwestern University de Chicago, se casó con un ingeniero aeronáutico y mudado a Seattle, mientras que Glenda fue a la Escuela de Belleza de Green Bay, se casó con un agricultor que cultivaba cerezas en Door County, Wisconsin, se mudó a la granja, tuvo seis -¿o siete?-hijos y jamás volvió a cortar el cabello en una peluquería.
    ¿Cuánto tiempo había pasado desde que perdieron contacto? Durante un período, luego de la reunión de los diez años de egresadas, se escribieron en forma regular. Luego las cartas comenzaron a espaciarse, se convirtieron en tarjetas de Navidad y por fin hasta éstas cesaron. Maggie no asistió a la reunión de los veinte años, y en las poco frecuentes visitas a sus padres nunca logró cruzarse con Brookie.
    ¿Llamar a Brookie? ¿Y decir qué? ¿Qué podían llegar a tener en común luego de tanto tiempo?
    Por pura curiosidad, Maggie se inclinó hacia adelante en el sillón de Phillip y buscó la H en el índice telefónico de metal. La tapa se abrió, revelando la letra prolija de Phillip, escrita con lápiz.
    Sí, allí estaba, bajo su nombre de soltera: Holbrook, Glenda (señora Eugene Kerschner), R.R. 1, Fish Creek, W1 54212.
    Siguiendo un impulso, Maggie tomó el teléfono y marcó.
    Alguien atendió al tercer llamado.
    – ¿Hola? -Una voz masculina, joven y resonante.
    – ¿Está Glenda?
    – ¡Ma! -gritó la voz-. ¡Es para ti! -Se oyó un golpe como si hubieran dejado caer el teléfono sobre una superficie de madera y al cabo de unos segundos, alguien lo levantó.
    – ¿Hola?
    – ¿Glenda Kerschner?
    – Exacto.
    Maggie ya estaba sonriendo.
    – ¿Brookie, eres tú?
    – ¿Quién…? -Aun por el teléfono, Maggie intuyó la sorpresa de Brookie.
    – ¿Maggie, eres tú?
    – Sí, soy yo.
    – ¿Dónde estás? ¿En Door? ¿Puedes venir?
    – Me encantaría, pero estoy en Seattle.
    – Uy, mierda, espera un minuto. -Gritó a alguien en el otro extremo: -Todd, desenchufa esa porquería y llévatela a otro lado así puedo hablar. Perdón, Maggie, es que Todd está haciendo pochocho con un grupo de amigotes y ya sabes el ruido que hace una banda de muchachos. Caramba, ¿cómo estás?
    – Bien.
    – ¿En serio, Mag? Nos enteramos de la muerte de tu marido en ese accidente aéreo. El Advócate sacó un artículo. Tenía intención de mandarte una tarjeta de condolencias, hasta la compré, pero de algún modo se me pasó el tiempo y nunca llegué al correo. Era la temporada de las cerezas y ya sabes cómo se ponen las cosas aquí en época de cosecha. Maggie, lo siento tanto. He pensado en ti millones de veces.
    – Gracias, Brookie.
    – ¿Y cómo estás?
    – Bueno, algunos días son mejores que otros.
    – ¿Hoy fue un mal día? -preguntó Brookie.
    – Sí… bastante malo. He pasado peores, pero… -De pronto Maggie sucumbió. -Ay, Brookie. -Apoyó un codo sobre el escritorio y se cubrió los ojos. -Es un horror. Katy acaba de partir para la Northwestern de Chicago y una mujer de mi grupo de terapia trató de suicidarse la semana pasada y yo estoy aquí sentada en la casa vacía preguntándome qué mierda pasó con mi hermosa vida.
    – Ay, Maggie…
    Sorbiendo los mocos contra el puño, Maggie dijo:
    – El psiquiatra dijo que a veces hace bien hablar con viejas amigas… reírse de los viejos tiempos. Así que aquí me tienes, llorando sobre tu hombro, igual que cuando éramos adolescentes y teníamos problemas con chicos.
    – Ay, Maggie, deberían fusilarme por no haberte llamado yo antes. Cuando tienes tantos hijos a veces te olvidas que hay un mundo afuera de la cocina y el lavadero. Perdóname por no haberte llamado ni escrito. No tengo excusas. Maggie… ¿me oyes? -Brookie parecía alarmada.
    – Sí -masculló Maggie.
    – Ay, Maggie… ¡Dios, cómo me gustaría estar más cerca!
    – A mí también. A veces daría c…cualquier c…cosa por poder sentarme contigo y llorar hasta reventar.
    – Ay, Maggie… caramba, no llores.
    – Lo siento. Parece ser lo único que he hecho en este último año. Es tan difícil.
    – Lo sé, mi querida, lo sé. Ojalá pudiera estar contigo… Vamos, cuéntame todo. Tengo todo el tiempo del mundo.
    Maggie se secó los ojos con el dorso de las manos y respiró hondo.
    – Bueno, tuvimos que hacer un ejercicio en la terapia esta semana, donde poníamos a alguien en una silla y le decíamos adiós. Yo lo puse a Phillip y me despedí, y supongo que realmente dio resultado porque me estoy dando cuenta por fin que se fue y ya no volverá.-Era tan fácil hablar con Brookie. Los años de separación podían no haber pasado. Maggie le contó lodo, lo feliz que había sido con Phillip, cómo trató de persuadirlo de no hacerse esa escapada a los casinos, cómo él la convenció por fin prometiéndole hacer un viaje a Florida juntos en las vacaciones de Pascua, el horror de enterarse que el avión había caído con cincuenta y seis personas a bordo, la agonía de enviar registros dentales y esperar a que confirmaran los nombres de los muertos, lo extraño y fantasmagórico del servicio fúnebre sin cuerpo mientras las cámaras de televisión enfocaban su rostro y el de Katy.
    Y lo que había sucedido después.
    – Es realmente extraño lo que pasa cuando eres viuda. Tus amigos te tratan como si fueras leprosa. Eres la que crea lugares desparejos en una cena ¿me entiendes? La quinta para jugar al bridge. La que sobra. Phillip y yo éramos socios de un club, pero hasta allí cambiaron las cosas. Nuestros amigos… bueno, yo creía que eran amigos hasta que él murió y dos de ellos se me tiraron lances mientras sus mujeres jugaban al golf a menos de seis metros de distancia. Después de eso abandoné el golf. La primavera pasada finalmente dejé que una de las profesoras me concertara una cita a ciegas.
    – ¿Y cómo salió?
    – Pésimamente.
    – ¿Como con Frankie Peterson?
    – ¿Frankie Peterson?
    – Sí, recuerdas a Frankie Peterson, ¿no? ¿Un dedo en cada orificio?
    Maggie lanzó una carcajada. Rió hasta no poder más, hasta quedar recostada en la silla con el teléfono sujetado contra el hombro
    – ¡Por Dios, me había olvidado de Frankie Peterson!
    – ¿Cómo puede una chica de la Gibraltar olvidar a Frank el rápido? ¡Estiraba más elástico que los Empaquetadores de Bahía Green!
    Rieron otro poco y luego Brookie preguntó con tono serio:
    – Bueno, cuéntame sobre este tipo con quien te hicieron salir. Trató de encamarse contigo, ¿verdad?
    – Exactamente. A la una de la mañana, empezó a manosearme en la puerta de entrada de mi casa, por Dios. Fue horrible. Pierdes la práctica para sacártelos de encima, ¿sabes? Me hizo sentir vergüenza, humillación y… y… ¡Caramba, Brookie, qué rabia me dio!
    – ¿Qué hiciste, lo echaste de un puñetazo?
    – Le cerré la puerta en la cara, me metí en casa y preparé albóndigas.
    – ¡Albóndigas! -Brookie reía tan fuerte que casi no pudo pronunciar la palabra.
    Por primera vez. Maggie vio el humor de la situación que le había resultado tan humillante en aquel entonces. Se echó a reír con Brookie, lanzando fuertes carcajadas que la dejaron sin aire y con dolor de estómago, caída hacia atrás en la silla y mirando el cielo raso.
    – Por Dios, qué bien me hace hablar contigo, Brookie. Hacía meses que no me reía así.
    – Bueno, al menos sirvo para algo que no sea tener hijos.
    Rieron un poco más. Luego la línea quedó en silencio y Maggie se puso seria otra vez.
    – ¡Es un cambio tan grande! -Se acomodó en la silla, meciéndose y jugueteando con el cable del teléfono. -Sientes tanta necesidad, no sólo de sexo sino también de afecto. Luego sales con un hombre y cuando trata de besarle te pones tiesa y te comportas como una tonta. Volví a hacerlo la semana pasada.
    – ¿Otra cita a ciegas?
    – Bueno, no del todo. Era un hombre que trabaja en el supermercado, que también perdió a su mujer hace muchos años. Lo conozco de vista hace tiempo y me daba cuenta de que yo le gustaba. En fin, en el grupo de terapia me volvían loca para que lo invitara, de modo que finalmente lo hice. ¡Y no vayas a creer que me fue fácil! La última vez que salí con alguien, eran los hombres los que invitaban. Ahora lo hace cualquiera. Así que lo invité a salir, y trató de besarme y yo… bueno, yo me congelé.
    – Eh, Mag, no te sientas presionada. Dicen que lleva tiempo y solamente fueron dos salidas.
    – Sí… bueno… -Maggie suspiró, apoyó la sien contra un dedo y confesó: -A veces sientes deseo, sabes, y se te nubla el pensamiento.
    – Muy bien, vieja calentona, escúchame. Ahora que me lo confesaste y no me morí de horror, ¿te sientes mejor?
    – Muchísimo mejor.
    – ¡Bueno, qué alivio!
    – El doctor Feldstein tenía razón. Dijo que hablar con personas del pasado hace bien, que nos remonta a una época en la que no teníamos preocupaciones. De modo que te llamé, y no me fallaste.
    – ¡Me alegro tanto de que me hayas llamado! ¿Hablaste con alguna de las demás? ¿Con Fish? ¿Lisa? ¿Tani? Sé que les encantaría saber de ti.
    – Han pasado tantos años desde que hablé con ellas.
    – Pero, nosotras cinco, éramos el Quinteto Fatal. Se que querrían ayudar si estuvieran en condiciones de hacerlo. Te daré sus números de teléfono.
    – No me digas que Jos tienes. ¿Los de todas?
    – Estuve encargada de las invitaciones para las reuniones de clase dos veces. Me eligen porque sigo viviendo por aquí y tengo más de media docena de hijos para ayudarme a escribir las direcciones en los sobres. Fish vive en Brussels, en Wisconsin; Lisa, en Atlanta; y Tani, en Bahía Green. Espera un segundo, buscaré los números.
    Mientras Brookie buscaba, Maggie recordó los rostros de sus amigas. Lisa, la belleza del grupo, parecida a Grace Kelly; Carolyn Fisher, alias Fish, con una nariz respingada que siempre odió; Tani, una pelirroja pecosa.
    – ¿Maggie, estás ahí? -Sí.
    – ¿Tienes un lápiz?
    – Sí. Adelante.
    Brookie le dictó los números telefónicos de las chicas, luego agregó:
    – Tengo algunos más. ¿Qué te parece el de Dave Christianson?
    – ¿Dave Christíanson?
    – Bueno, ¿quién dijo que no se puede llamar a los muchachos? Éramos todos amigos, ¿no? Se casó con una chica de Bahía Green y tiene una fábrica de algo, creo.
    Maggie anotó el número de Dave, luego el de Kenny Hedlund (casado con una chica menor que ellas llamada Cynthia Troy y residente en Bowling Green, en Kentucky), Barry Breckholdt (del estado de Nueva York, casado, con dos hijos) y Mark Mobridge (Mark, dijo Brookie, era homosexual, vivía en Minneápolís y se había casado con un hombre llamado Greg).
    – ¿Estás inventando? -exclamó Maggie, azorada.
    – ¡No, claro que no! Les envié una tarjeta para el casamiento. Qué diablos… vive y deja vivir. Me divertí mucho con Mark cuando viajábamos con la banda de la escuela.
    – Hablabas en serio cuando dijiste que te mantuviste en con todos.
    – Espera, aquí tengo otro. Eric Severson.
    Maggie se irguió en la silla. La risa se le borró del rostro.
    – ¿Eric?
    – Sí, KL5-3500, la misma característica que el mío.
    Luego de varios segundos, Maggie declaró:
    – No puedo llamar a Eric Severson.
    – ¿Por qué?
    – Bueno… porque no. -Porque hacía mucho tiempo, cuando estaban en el último año de la secundaria, Maggie Pearson y Eric Severson habían sido amantes. Amantes primerizos, torpes e inexpertos, aterrados de que los descubrieran o de que ella quedara embazada. Habían tenido suerte en ambas cosas.
    – Vive aquí en Fish Creek. Tiene un barco de alquiler en Gills Rock, como tenía su padre.
    – Brookie, te dije que no podía llamar a Eric.
    – ¿Por qué? ¿Porque te acostabas con él?
    – ¡Brookie! -Maggie quedó boquiabierta.
    Brookie rió.
    – No nos contábamos todo, ¿eh? Y no olvides que yo también estaba en el barco de su padre ese día después de la fiesta de graduación. ¿Qué otra cosa podían estar haciendo ustedes dos en la cabina tanto tiempo? ¿Pero qué importancia tiene ahora? Eric sigue aquí, y tan bueno como lo fue siempre. Sé que le encantaría tener noticias tuyas.
    – Pero se casó, ¿no es cierto?
    – Sí. La mujer es bellísima. Y por lo que sé, son muy felices.
    – Bueno, ahí tienes. -Amén.
    – Maggie, por Dios, no seas chiquilina. Ya somos adultos.
    Maggie oyó salir de su boca palabras increíblemente asombrosas.
    – ¿Pero qué podría decirle?
    – Qué te parecería: "¿qué tal, Eric, cómo va todo?" -Maggie imaginó a Brookie agitar una mano en el aire como hacía siempre. -¡Qué sé yo qué puedes decirle! Te di su número con todos los demás. No me pareció que fuese a ser algo del otro mundo.
    – No lo es.
    – Entonces no te comportes como si lo fuera.
    – Es que… -Maggie iba a seguir discutiendo, pero lo pensó mejor. -Oye, gracias, Brookie. Muchísimas gracias, te lo digo de corazón. Esta noche fuiste el mejor remedio para mí.
    – No seas tarada, Pearson. No se le agradece a una amiga una cosa así. ¿Estás mejor, ahora? ¿No te arrojarás por el inodoro ni nada por el estilo?
    – He mejorado en un ciento por ciento.
    – ¿Seguro?
    – Seguro.
    – Muy bien, entonces tengo que cortar. Debo acostar a los niños. Llámame en cualquier momento ¿quieres?
    – Lo haré; tú también, llámame.
    – Seguro. Nos vemos, Mag.
    – Hasta pronto, Brookie.
    Después de cortar, Maggie se arrellanó en la silla, y se quedó sonriendo durante largo rato. Un montaje de recuerdos agradables le pasaba por la mente: las amigas de la secundaria… Fish, Tani, Lisa y Brookie. Sobre todo Brookie, no demasiado inteligente pero querida por todos por el fantástico sentido del humor que tenía y porque trataba a todos por igual, sin criticar ni chismear. Qué maravilloso era saber que no había cambiado, que seguía allí en Door Counly, un eslabón con el pasado, la que se había mantenido en contacto contodos.
    Maggie acercó la silla al escritorio y miró los números telefónicos iluminados por la lámpara de mesa. Los números de Fish, Lisa, Tani, Dave Christianson, Kenny Hedlund.
    El número de Eric Severson.
    No, no podría.
    Se echó hacia atrás, se meció y pensó un poco más. Por fin se levantó y revisó la biblioteca hasta encontrar un delgado volumen de cuero acolchado color crema, estampado con letras doradas que se habían oscurecido hacía mucho tiempo. Gibraltar, 1965.
    Abrió la portada y vio su propia letra cuadrada en la inscripción encerrada entre paréntesis: (Reservar para Brookie) y luego la caligrafía espantosa de Brookie.

    Querida Maggie:

    Bueno, lo logramos, ¿eh? Por Dios, ¡creí que nunca lo haríamos! Pensé que la vieja Morrie nos pescaría bebiendo cerveza y nos expulsaría antes de que nos recibiéramos. Y bastantes cervezas nos tomamos ¿no? Nunca olvidaré cómo nos divertimos cantando y bailando y andando por todos esos campos de trigo en el camión de Fish con el Quinteto Fatal. ¿Recuerdas la vez que paramos e hicimos pis en el medio de la Calle Principal? ¡Uy Dios, si nos pescaban! No olvides el viaje con el coro y el moco verde que pusimos en el termo de Pruitt y todas esas veces que lo volvimos loco agregando notas a las canciones, ni la vez que pusimos ese poster del desnudo en el vestuario de los varones con el nombre de ya-sabes-quién escrito encima. (Mi madre todavía no se enteró del lío en que nos metimos a causa de eso.) La fiesta de graduación fue sensacional con Arnie y Eric y el día después, en la Bahía Garret en el barco de Eric, también. (¡Suspiro!) Espero que les vaya todo bien a ti y a Eric, y sé que será así porque son una pareja fenomenal. Aun a pesar de que te irás a la Northwestern y yo estaré en la Escuela de Belleza de Bahía Green, nos juntaremos los fines de semana y reventaremos todo con Fish, Lisa y Tani, así que mantengámonos en contacto… ¡claro que sí! Tranquila con los muchachos de Chicago y suerte en todo lo que hagas. Eres la que tiene todo el cerebro y el talento, de modo que sé que te irá muy bien. Has sido la mejor amiga que pude haber tenido, Mag, así que por favor, no cambies… Y no me olvides. ¡Promételo!
    Besos, Brookie

    Al llegar al final del monólogo de Brookie, Maggie sonrió con nostalgia. No recordaba haber puesto moco verde en el termo del señor Pruitt, ni de quién era el nombre que escribieron sobre el poster del desnudo. ¿Y quién era la vieja Morrie? Tantos recuerdos perdidos.
    Miró la fotografía de Brookie, las de Tani, Lisa, Fish, la suya (frunciendo la nariz con cara de horror)… Todas tan aniñadas y poco sofisticadas. Pero la foto que había querido ver al abrir el libro era la de Eric Severson.
    Y allí estaba. Descomunalmente buen mozo a los diecisiete años; alto, rubio y nórdico. A pesar de que el anuario estaba hecho en blanco y negro, Maggie imaginó el color allí donde no estaba: el llamativo azul de sus ojos, puro como un campo de achicoria de Door County en agosto; el rubio desteñido del pelo, con mechones como espigas secas; el perenne bronceado de la piel curtida por veranos pasados ayudando a su padre con el barco pesquero.
    Eric Severson, mi primer amante.
    Encontró la letra de él en la última hoja del anuario.

    Querida Maggie:
    Nunca hubiera pensado al principio de este año cómo me costaría escribirte esto. ¡Qué buen año pasamos juntos! Recuerdo aquella primera vez que te pregunté si podía acompañarte a tu casa y cuando me dijiste que sí, pensé: ¡Uau, Maggie Pearson conmigo! Y ahora aquí estamos, graduándonos con millones de recuerdos. Jamás olvidaré aquel primer baile, cuando me dijiste que no mascara chicle en tu oreja, ni la primera vez que te besé en el sendero de la máquina de nieve debajo de la Old Bluff Road, ni todas las veces que cuando el entrenador Gilbert nos hablaba a los muchachos y a mí durante el medio tiempo, yo te miraba a ti cantar y bailar del otro lado del gimnasio. Me empezaste a gustar mucho antes de que me atreviera a invitarle a salir, y ahora me gustaría haberlo hecho tres años antes. Voy a extrañarte como loco este otoño cuando esté en Stout State, pero tenemos una cita para el día de Acción de Gracias en Door y otra para Navidad. Nunca olvidaré el día después de la graduación en el Mary Deare, ni la noche en el huerto del viejo Easley. No te olvides de Felicily y Aaron y tenemos una cita en la primavera del 69 para hablar de lo que ya sabes. Vístete siempre de rosado (no, sólo cuando salgas conmigo). Nunca conocí una mujer que quedara tan espectacular de rosado. Jamás te olvidaré, Maggie Mía. Con todo mi amor, Eric.

    Felicily y Aaron, los nombres que habían elegido para sus futuros hijos. ¡Cielos, lo había olvidado! Y la cita en la primavera para hablar de casamiento. Y cómo le había gustado a él verla de rosado. Y Maggie Mía, la forma cariñosa en que la llamaba.
    Sintió nostalgia al recordar a Eric. Al ver esos días vertiginosos a través de la perspectiva de la madurez, pensó: Brookie tiene razón. Está casado con una hermosa mujer y es feliz, y somos todos adultos. ¿Como podría un llamado de una chica a la que no ve desde hace veintitrés años amenazar su matrimonio o mi bienestar? Será un llamado de amigos para saludar, nada más.
    Siguiendo las instrucciones del doctor Feldstein, Maggie tomó el teléfono y marcó.

Capítulo 2

    La campanilla del teléfono despertó a Eric Severson de un sueño profundo. A su lado, Nancy masculló algo y se volvió mientras él manoteaba la mesa de noche y atendía en la oscuridad.
    – Ho… -Carraspeó. -¡Hola!
    – Hola, ¿hablo con Eric Severson?
    – ¿Quién es? -preguntó de mal modo, escudriñando los números rojos del reloj digital.
    – Soy Margaret Stearn… es decir, Pearson.
    – ¿Quién?
    Nancy hundió una cadera contra el colchón y tironeó con fastidio de la sábana.
    – ¿Quién diablos llama a esta hora de la noche?
    – Soy Maggie, Eric -dijo la mujer por el teléfono-. Maggie Pearson.
    – Mag… -Trató de pensar quién era Maggie Pearson.
    – Ay, te desperté, ¿no es cierto? Lo lamento muchísimo. Qué torpeza la mía. Es que estoy en Seattle y son sólo las nueve, aquí. Oye, Eric, te llamaré en otro momento, de día y…
    – No, no hay problema. ¿Quién… Maggie? ¿Quieres decir Maggie Pearson de la escuela Gibraltar? ¿De la clase 65? -Reconoció la risa de ella y se tendió de espaldas, ya despierto. -No lo puedo creer.
    Nancy rodó hacia él y preguntó:
    – ¿Quién es?
    Eric cubrió el micrófono y respondió:
    – Maggie Pearson, una chica que fue conmigo a la escuela.
    – Fantástico -gruñó Nancy y rodó hacia el otro lado.
    – ¿Estás con alguien?
    – Sí, con mi mujer -respondió Eric.
    – Perdóname, Eric. Fue una llamada impulsiva, de todos modos. Por favor, discúlpame con tu mujer por despertarla y vuélvanse a dormir.
    – ¡Aguarda un momento! -ordenó él. Se sentó, bajó los pies de la cama. -¿Maggie?
    – Sí.
    – Cambiaré de teléfono. Espera un minuto. -Se levantó en la oscuridad, volvió a acomodar la sábana, se inclinó y besó a Nancy en la mejilla. -Cuelga cuando llegue abajo, por favor, querida. Lamento molestarte.
    – ¿Qué quiere?
    – No lo sé -respondió él, al tiempo que abandonaba la habitación-. Mañana te cuento.
    Los otros teléfonos estaban abajo. Eric avanzó con facilidad por el corredor oscuro, bajó la escalera, atravesó la alfombra de la sala y fue a la cocina. Encendió la luz fluorescente encima de la pileta. Entornó los ojos ante el brillo repentino y buscó el teléfono de la mesada.
    – ¡Hola!
    – Sí -respondió Maggie.
    – Bueno, ahora podemos hablar. Estoy abajo. Maggie, ¡qué sorpresa oír tu voz!
    – Lo siento de veras, Eric. Fue una estupidez no considerar la diferencia de horario. Es que acabo de hablar con Brookie… Fue ella la que me dio tu número y me sugirió que te llamara. Nos divertimos tanto hablando, que cuando corté no se me ocurrió mirar la hora.
    – Deja de disculparte.
    – ¿Pero qué va a pensar tu mujer?
    – Es probable que ya esté dormida de nuevo -Eric oyó el clic de Nancy que colgaba el teléfono de arriba. Vestido sólo con calzoncillos, se sentó con cuidado sobre una silla de la cocina, llevándose el teléfono con él. -Viaja mucho, así que está acostumbrada a dormir en hoteles y aviones donde sea necesario. Cuando está aquí en su propia cama, no le cuesta nada dormir, te lo aseguro.
    – Brookie me contó que estabas casado y que tu mujer era muy hermosa.
    – Sí, lo es, gracias. Se llama Nancy.
    – ¿No es de Door County?
    – No, es de Estherville, en el estado de Iowa. La conocí en mi último año de universidad. ¿Y tú? Vives en Seattle y… -Su voz dejó un blanco.
    – Estuve casada dieciocho años. Mi marido murió hace un año.
    – Lo lamento mucho, Maggie… Leí una nota en el Advocate. Luego de una pausa, preguntó: -¿Tienes hijos?
    – Una hija, Katy, de diecisiete años. ¿Y tú?
    – No, por desgracia, no.
    La respuesta de él dejó un vacío. Buscando algo con qué llenarlo, Maggie comentó:
    – Me contó Brookie que manejas el barco de tu padre.
    – Sí. Salimos de Gills Rock, con mi hermano Mike. ¿Recuerdas a Mike, que era dos años mayor que nosotros?
    – Por supuesto que lo recuerdo. Usamos su coche para ir a la fiesta de graduación.
    – Es cierto, lo había olvidado. Ahora tenemos dos barcos y mamá maneja la radio y hace todos los trabajos en puerto y se encarga de las licencias y reservas.
    – Tu madre… sonrío cuando pienso en ella. ¿Cómo está?
    – Imparable. Igual que siempre. Parece una cruza entre Burgess Meredith y un tapado de astrakán.
    Maggie rió. El sonido, al llegar por el cable, pareció hacer rodar el tiempo hacia atrás.
    – Ma no cambia más. Sigue llena de energías -añadió Eric, acomodándose en la silla.
    – Qué mujer vivaz. Me resultaba tan simpática. Y tu padre… creo recordar que mi madre me escribió que murió.
    – Sí, hace seis años.
    – Te llevabas tan bien con él. Estoy segura de que debes de extrañarlo.
    – Todos lo extrañamos. -Era cierto. Aun luego de seis años, Eric seguía sintiendo la pérdida. Los valores en que creía le habían sido enseñados por su padre. Había aprendido el oficio envuelto en los brazos de su padre, con las manos fuertes cubriendo las de Eric sobre la caña y el carretel, y su voz en el oído de Eric, indicándole: “Nunca tires la línea hacia atrás, hijo. Mantenía firme.” Más de la mitad de los clientes de Eric eran aficionados de viejas épocas, que habían salido a pescar en el Mary Deare desde las primeras épocas de Excursiones Severson. Con voz ronca por el afecto, Eric añadió: -En fin, tuvo una buena vida, manejó el barco hasta el final y murió aquí en casa, teniendo la mano de Ma y rodeado por sus cuatro hijos.
    – Es cierto… Había olvidado a tu hermana y a tu otro hermano. ¿Dónde están?
    – Ruth vive en Duluth y Larry en Milwaukee. Veo a tus padres de tanto en tanto, a tu padre cuando voy a la tienda. Siempre me pregunta si hay buen pique.
    – Estoy segura de que envidia tu manera de ganarte la vida.
    Eric rió.
    – Estuve allí hace alrededor de un mes y le dije que se viniera un día, que lo llevaría a pescar.
    – Y nunca fue.
    – No.
    – Mamá no debe de haberle dado permiso -comentó Maggie con tono sarcástico.
    Desde que Eric tenía memoria, la madre de Maggie había sido una bruja. Recordó el temor que le infundía Vera Pearson cuando salía con Maggie y que las mujeres de la zona, en general, no simpatizaban con ella.
    – Imagino que no ha cambiado.
    – No mucho. Al menos no había cambiado cuando estuve en casa la última vez que fui… hace unos tres años, creo. Sigue llevando a papá de la nariz y le gustaría dominarme a mí también, razón por la cual no voy a visitarlos demasiado seguido.
    – No fuiste a la última reunión de la clase.
    – No, Ya vivíamos aquí en Seattle y… bueno, es muy lejos. Sencillamente no pudimos encontrar el momento. Viajamos mucho, sin embargo… es decir, viajábamos.
    Su desliz produjo un silencio incómodo.
    – Perdón -dijo Maggie-. Trato de no hacer eso, pero a veces se me escapa.
    – No hay problema, Maggie. -Eric calló, luego admitió: -Sabes, estoy tratando de imaginarte. ¿No es extraño lo difícil que resulta imaginar a una persona mayor de lo que la recordamos? -En la mente de él Maggie seguía teniendo diecisiete años; una muchachita delgada y de cabello castaño, con ojos oscuros, rostro delicado y un atractivo mentón con hoyuelo. Vivaz. Risueña. ¡A él le había sido siempre tan fácil hacerla reír!
    – Estoy más vieja. Decididamente más vieja.
    – ¿Acaso no lo estamos todos?
    Eric tomó una pera de madera de un recipiente en el centro de la mesa y la frotó con el pulgar. Nunca había comprendido por qué Nancy ponía fruta de madera en la mesa cuando el artículo auténtico crecía por todo Door County.
    – ¿Extrañas mucho a tu marido?
    – Sí, mucho. Teníamos un matrimonio excelente.
    Él trató de pensar en alguna respuesta, pero no se le ocurrió nada.
    – Me parece que no soy muy bueno para esto, Maggie, lo siento. Cuando murió mi padre pasó lo mismo. No sabía qué decirle a mi madre.
    – Está bien, Eric, no hay problema. Mucha gente se siente incómoda por eso. Yo también, a veces.
    – Maggie, ¿te puedo preguntar algo? -Por supuesto.
    Eric vaciló.
    – No, mejor no.
    – No, vamos. ¿Qué es?
    – Curiosidad, nada más. Es… bueno… -Quizá fuera una pregunta impertinente, pero no podía contenerse: -¿Para qué me llamaste?
    La pregunta sorprendió también a Maggie; Eric se dio cuenta por los segundos de silencio que siguieron.
    – No lo sé. Para saludarte, nada más.
    ¿Después de veintitrés años, nada más que para saludar? Parecía extraño, y sin embargo, no encontraba ninguna otra razón lógica.
    Ella se apresuró a decir:
    – Bueno… es tarde, y estoy segura deque mañana tendrás que madrugar los sábados en Door… los recuerdo muy bien. Siempre muchos turistas por la zona y seguro que todos quieren salir a pescar ¿no es así? Oye, discúlpame por despertarte y discúlpame también con tu mujer. Sé que también la desperté a ella.
    – No hay problema, Maggie. Mira, me alegro realmente de que hayas llamado. Lo digo en serio.
    – Yo también.
    – Bien… -Eric aguardó, inquieto por algún motivo que no podía nombrar y finalmente dijo: -La próxima vez que vengas, llámanos. Me gustaría que conocieras a Nancy.
    – Lo haré. Y dales saludos a tu madre y a Mike de mi parte.
    – Muy bien.
    – Bueno, adiós, Eric.
    – Adiós.
    La línea se cortó de inmediato, pero él se quedó largo rato mirando el teléfono, perplejo.
    ¿Qué demonios…?
    Cortó, volvió a poner el teléfono en su lugar y se quedó contemplándolo. Las once de la noche después de veintitrés años y llama Maggie. ¿Por qué? Se metió las manos dentro de la cintura elastizada de los calzoncillos y se rascó el abdomen, cavilando. Abrió la heladera y permaneció allí unos instantes, recibiendo el aire frío sobre las piernas. Lo único que registraba su mente era la repetitiva pregunta: ¿Porqué?
    Para saludar, había dicho ella, pero sonaba sospechoso. Extrajo un envase de jugo de naranjas, lo destapó y bebió la mitad directamente de la botella. Se secó la boca con el dorso de la mano y permaneció allí, a la luz de la puerta abierta, confundido. Probablemente jamás supiera la verdadera razón. Soledad, quizá. Nada más.
    Guardó el jugo, apagó la luz de la cocina y regresó al dormitorio.
    Nancy estaba sentada con las piernas cruzadas y la luz encendida. Tenía puesto un enterizo corto de satén y sus piernas bien formadas brillaban a la luz de la lámpara.
    – Conversaron bastante -comentó con ironía.
    – Me dejó totalmente anonadado.
    – ¿Maggie Pearson?
    – Aja.
    – ¿La que llevaste a la fiesta de graduación?
    – Sí.
    – ¿Qué quería?
    Él se dejó caer sobre la cama, apoyó las manos a cada lado de la cadera de ella y le besó el seno izquierdo por encima del incitante borde de encaje color durazno.
    – Mi cuerpo, ¿qué otra cosa podía ser?
    – ¡Eric! -Nancy lo sujetó del pelo y le hizo levantar la cabeza.
    – ¿Qué quería?
    Él se encogió de hombros.
    – No tengo la menor idea. Dijo que habló con Brookie y que ella le dio mi número y le dijo que me llamara. No entiendo.
    – ¿Brookie?
    – Glenda Kerschner. Su apellido de soltera era Holbrook.
    – Ah. La mujer del recolector de cerezas.
    – Sí. Maggie y ella eran amiguísimas en la escuela secundaria. Éramos todos amigos, una banda, e íbamos juntos a todas partes.
    – Eso no contesta a mi pregunta. ¿Qué hace tu antigua novia llamándote a altas horas de la noche?
    Las muñecas de Eric rozaban las rodillas de ella.
    – ¿Estás celosa? -preguntó, sonriendo con satisfacción.
    – No, sólo siento curiosidad.
    – Bueno… no lo sé. -Besó a Nancy en la boca. -Su marido murió. -Le besó el cuello. -Se siente sola, es lo único que se me ocurre. -Le besó el pecho. -Dice que lamenta haberte despertado. -Le mordió el pezón a través de la tela.
    – ¿Dónde vive?
    – En Seattle.
    – Ah, bueno, entonces… -Nancy descruzó las piernas, se tendió de espaldas y lo atrajo sobre ella, enlazando los brazos y las piernas detrás de él. Se besaron, larga y lentamente, presionándose el uno contra el otro. Cuando Eric levantó la cabeza, Nancy lo miró a los ojos y dijo:
    – Te extraño cuando me voy, Eric.
    – Entonces no te vayas.
    – ¿Y qué hago?
    – La contabilidad de mi negocio, poner una tienda y vender tus elegantes cosméticos a los turistas aquí en Fish Creek… -Hizo una pausa antes de agregar: -Convertirte en ama de casa y criar niños. -O aunque sea un solo niño. Pero sabía que no debía presionar con el tema.
    – Eh -lo retó ella-. Estamos empezando algo interesante. No lo arruinemos con ese viejo tema.
    Atrajo la cabeza de Eric hacia ella, le capturó la lengua dentro de su boca y tomó la iniciativa, desvistiéndolo, haciéndolo rodar de espaldas y quitándose su breve enterizo. Era hábil, muy hábil e infaliblemente deseable. Se ocupaba de serlo así como otras mujeres se ocupan de su quehacer doméstico: dedicándole tiempo y energías, adjudicándole un momento determinado en el programa del día.
    Diablos, qué hermosa era. Mientras ella invertía los papeles y lo seducía, Eric la admiró de cerca: la piel con la exquisita textura de la cáscara de un huevo, increíblemente joven para una mujer de treinta y ocho años, cuidada dos veces al día con los costosos cosméticos franceses que vendía; las uñas, perfectamente cuidadas y alargadas en forma artificial, pintadas de reluciente color frambuesa; el pelo que actualmente lucía un brilloso tono caoba, se iluminaba con reflejos añadidos por algún costoso peinador de alguna ciudad lejana donde había estado esa semana. Orlane pagaba a sus representantes de ventas un adicional para cuidado del cabello y las uñas y les daba cosméticos gratis con la condición de que se presentaran como propaganda viviente de los productos. La compañía no perdía dinero con Nancy Macaffee. Era la mujer más hermosa que conocía.
    Nancy le pasó una uña por los labios. Él la mordió con suavidad, luego, tendido debajo de ella, levantó una mano para acariciarle el cabello.
    – Me gusta el nuevo tono -murmuró, enredando los dedos en el cabello y peinándoselo hacia arriba para luego dejarlo caer. Nancy tenía un pelo grueso y sano como la cola de un caballo. Durante el día lo llevaba atado en la nuca con una hebilla dorada de sesenta dólares. Esa noche le caía alrededor de los pómulos, haciéndola pareserse a Cleopatra con un fuerte viento en contra.
    Nancy se sentó sobre el abdomen de Eric, esbelta, desnuda. Sacudió la cabeza hasta que el pelo le golpeó las comisuras de los ojos, enredando los dedos en el vello del tórax de él como una gata perezosa.
    – Me lo hizo Maurice, en Chicago.
    – ¿Maurice, eh?
    Ella sacudió la cabeza una última vez y sonrió de manera insinuante mientras lo observaba con ojos velados.
    – Mmmmm…
    Las manos de Eric se flexionaban sobre sus caderas.
    – Eres increíble, ¿sabes?
    – ¿Por qué? -Dibujó con la uña una línea blanca desde el cuello de Eric hasta el arco pélvico y la miró volver a su color natural.
    – Te despiertas en medio de la noche y pareces recién salida del salón de Maurice.
    Tenía las cejas cepilladas hacia arriba, las pestañas espesas y oscuras alrededor de los ojos marrones. Hacía mucho tiempo, cuando estaba aprendiendo su oficio, le contó algo que le habían enseñado: que la mayoría de las personas nacen con una sola hilera de pestañas pero algunas tienen la suerte de tener dos. Nancy tenía dos y abundantes. Y ojos increíbles. Y labios, también.
    – Ven aquí -ordenó Eric con voz ronca. La tomó de las axilas y la hizo caer. -Tenemos que recuperar los cinco días de ausencia. -La puso debajo de él con un movimiento ágil y deslizó una mano entre sus piernas, para acariciarla. Estaba húmeda e inflamada de deseo igual que él. Sintió por fin la mano fresca de ella alrededor de él y se estremeció al sentir el primer contacto. Cada uno conocía intrínsecamente el temperamento sexual del otro, lo que necesitaba, lo que más le gustaba.
    Pero en el momento en que Eric se movió para penetrarla, ella lo apartó y susurró:
    – Espera, mi amor. Vuelvo enseguida.
    Él se quedó donde estaba, manteniéndola inmovilizada debajo de su cuerpo.
    – ¿Por qué no lo olvidas, por esta noche?
    – No puedo, es un riesgo demasiado grande.
    – ¿Y qué? -Siguió tentándola, acariciándola, cubriéndole el rostro de besos. -Arriésgate. ¿Acaso sería el fin del mundo si quedaras embarazada?
    Ella rió, le mordió el mentón y repitió:
    – Vuelvo enseguida. -Escapó corriendo por la alfombra hacia el baño del otro lado del corredor.
    Eric suspiró, se tendió de espaldas y cerró los ojos. ¿Cuándo? Pero conocía la respuesta. Nunca. Ella cuidaba su cuerpo no sólo para beneficio de Cosméticos Orlane, no sólo para él, sino para ella misma. Temía poner en peligro esa perfección. Él se había arríesgado sacando el tema esa noche. La mayoría de las veces, cuando mencionaba la posibilidad de un bebé, ella se indignaba y buscaba algo para hacer. Luego, durante lo que les quedaba del fin de semana juntos, la atmósfera permanecía tensa. De manera que Eric había aprendido a no fastidiaría con el tema. Pero los años corrían barranca abajo. En octubre él cumpliría cuarenta y uno; dentro de dos años sería demasiado viejo para comenzar una familia. Un niño merecía un padre con algo de energías, un padre con quien revolcarse, jugar a las luchas y aprender a sacar los peces grandes.
    Eric pensó en sus primeros recuerdos: cabalgar sobre los hombros de su padre mientras las gaviotas revoloteaban alrededor de él.
    – ¿Ves esos pájaros, hijo? Síguelos y te dirán dónde hay peces. -En contraste, le vino el recuerdo de él y sus hermanos de pie alrededor de la cama cuando murió su padre, todos llorando mientras uno por uno besaban la mejilla sin vida del anciano y luego la de su madre, antes de dejarla sola con él.
    Más que nada en el mundo, quería una familia. El colchón se movió y Eric abrió los ojos. Nancy estaba arrodillada junto a él.
    – Hola, volví.
    Hicieron el amor, con considerable pericia si se puede juzgar por los libros. Eran imaginativos y ágiles. Probaron tres posiciones distintas. Verbalizaron sus deseos. Eric experimentó un orgasmo, Nancy dos. Pero cuando terminaron y el cuarto quedó a oscuras, Eric permaneció contemplando el cielo raso en sombras, con la cabeza apoyada sobre los brazos, pensando en lo vacío que podía ser el acto cuando no se lo usaba para su propósito específico.
    Nancy se acercó, le pasó un brazo y una pierna por encima del cuerpo y trató de acurrucarse. Le tomó el brazo y se lo pasó alrededor de su propia cintura.
    Pero el no sintió deseos de abrazarla mientras se quedaban dormidos.

    Por la mañana Nancy se levantó a las cinco y media, Eric a las seis menos cuarto, no bien quedó libre la ducha. Para él Nancy debía ser la última mujer de Estados Unidos que seguía usando un tocador. La casa, de estilo campestre, databa de alrededor de 1919, y nunca le había gustado a Nancy. Se había mudado allí obligada,quejándose de que la cocina era poco satisfactoria, la instalación eléctrica inadecuada y el baño, una broma. De allí el tocador en el dormitorio.
    Estaba ubicado contra una pared entre dos ventanas, acomido por un gran espejo de maquillaje circular rodeado de luces.
    Mientras Eric se duchaba y se vestía, Nancy cumplía con los ritos matinales de belleza: frascos, potes, tubos y varitas; jaleas y lociones, rocíos y cremas; secadores de cabello y ruleros, pinzas y tijeras. Si bien él nunca había entendido cómo podía llevarle una hora y quince minutos, la había observado suficientes veces como para saber que era así. El ritual cosmético estaba tan arraigado en la vida de Nancy como la dieta; hacía ambas cosas en forma automática, pues le resultaba impensable aparecer ante su propia mesa de desayuno sin estar perfecta como si fuera a tomar un avión a Nueva York para encontrarse con los jerarcas de Orlane.
    Mientras Nancy se maquillaba ante el espejo, Eric se movió por habitación, escuchando el pronóstico del tiempo por la radio, poniéndose un vaquero blanco, zapatillas del mismo color y un pulóver celeste con el logotipo de la compañía, un timón y su nombre bordado sobre el bolsillo superior.
    – ¿Quieres algo de la panadería? -preguntó mientras se ataba los cordones de las zapatillas.
    Nancy se estaba delineando los párpados.
    – Comes demasiadas de esas cosas. Deberías cambiarlas por pan integral.
    – Es mi único vicio. Enseguida vuelvo.
    Ella lo observó salir de la habitación, orgullosa de su buen físico y su viril atractivo. Eric había estado molesto la noche anterior y eso la preocupaba. Quería que su relación -solamente ellos dos- fuera suficiente para él como lo era para ella. Jamás había podido entender por qué el creía necesitar más.
    En la cocina, Eric puso café en el filtro antes de salir y detenerse en el escalón de entrada para contemplar la ciudad y más abajo, el agua. La calle principal, a sólo cien metros de distancia, rodeaba la costa de Fish Creek Harbor, que esa mañana se ocultaba bajo una niebla rosada que oscurecía la vista del Parque Estatal de la Península, hacia el norte cruzando el agua. En los muelles de la ciudad, los veleros permanecían inmóviles, perforando la niebla con los mástiles, visibles por encima de las copas de los árboles y los techos de los edificios sobre la calle principal. Eric conocía esa calle y los edificios tan bien como las aguas de la bahía, desde la elegante hostería antigua White Gull en el extremo oeste hasta las llamativas Tiendas de la Colina del lado este. Conocía a la gente, también, gente de pueblo que saludaba con la mano cuando veía pasar su camioneta, que sabía a qué hora llegaba la correspondencia al correo todos los días (entre las once y las doce) y cuántas iglesias había en la ciudad y quién pertenecía a cuál congregación.
    Esos primeros minutos afuera eran unos de los mejores del día. Miraba con ojos expertos el agua y el cielo de la madrugada sobre el bosque que rodeaba la ciudad, escuchaba el canto de alguna paloma posada sobre un cable cercano, inhalaba el aroma de los cedros gigantes detrás de la casa y del pan fresco que subía desde la panadería al pie de la colina.
    ¿Para qué me llamó Maggie Pearson después de veintitrés años?
    El pensamiento apareció de la nada. Sorprendido, Eric se puso en movimiento y trotó colina abajo, gritando un saludo a Pete Nelson por la puerta trasera de la panadería al pasar junto a ella y dirigirse a la puerta principal. Era un bonito lugar, pequeño, alejado de la calle, con un jardín delantero, rodeado por una cerca blanca y canteros de flores que le daban un aspecto hogareño. Adentro, saludó con la cabeza a dos turistas madrugadores que hacían sus compras, intercambió un saludo amable con la bonita muchacha Hawkins que atendía el mostrador y le preguntó por su madre, que había sido operada de la vesícula. Luego bromeó con Pete, que asomó la cabeza desde la habitación trasera y con Sam Ellerby, que había venido a buscar su habitual bandeja de panecillos y bollos surtidos para servir en el restaurante Summertime de la calle Spruce, a dos cuadras de allí.
    Para Eric, esa expedición diaria a la panadería se había vuelto tan deliciosa como las masas de Pete Nelson. Trotó de vuelta colina arriba del mejor de los humores, llevando una bolsa blanca de papel. Entró corriendo en la casa y sirvió dos tazas de café justo en el momento en que Nancy llegaba a la cocina.
    – Buen día -dijo ella por primera vez en el día. (Para Nancy, el día nunca era bueno hasta que había completado su ritual).
    – Buen día.
    Nancy se había puesto una falda de hilo color hueso y una camisa con hombros caídos, mangas inmensas y cuello levantado, estampada con diminutos gatos violetas y verdes. ¿Quién sino Nancy podía ponerse gatos violetas y verdes y estar elegante igual? Hasta el cinturón, un cordón retorcido de hilo sisal violeta con hebilla enorme habría quedado ridículo en cualquier otra mujer. Pero su esposa tenía garbo, estilo y acceso a las liquidaciones de las tiendas más elegantes del país. Toda habitación donde entraba Nancy Macaffee quedaba eclipsada por su presencia.
    Al verla atravesar la cocina con zapatos violeta, el pelo recogido en una prolija cola baja, los ojos sombreados, las pestañas con máscara y los labios pintados de un color y delineados con otro, Eric bebió su café y sonrió.
    – Gracias. -Nancy aceptó la taza que él le alcanzó y bebió con cuidado. -Mmm… parece que estás de buen humor.
    – Sí.
    – ¿Qué te hizo sonreír?
    Eric se apoyó contra el armario, comió una gruesa rosquilla azucarada y bebió su café.
    – Trataba de imaginarte como una madre de pueblo, digamos de unos cien kilos, con pantalones de jogging y ruleros todas las mañanas.
    – ¡La boca se te haga a un lado! -Nancy arqueó una ceja e hizo una mueca. -¿Viste a alguien en la panadería?
    – A dos turistas, a Sam Ellerby, a la chica de Hawkins y a Pete, que se asomó desde atrás.
    – ¿Alguna novedad?
    – No. -Eric se lamió los dedos y terminó el café. -¿Qué vas a hacer hoy?
    – Informes de ventas semanales, para variar. Este trabajo sería ideal si no fuera por todo el papelerío.
    Y los viajes, pensó Eric. Después de cinco días afuera, Nancy pasaba el sexto y con frecuencia la mitad del séptimo haciendo papeles; trabajaba duro, eso tenía que admitirlo. Pero adoraba el glamour asociado con las tiendas como Bonwit Teller, Neiman-Marcus y Rocco Altobelli… todos clientes de su cartera. Y si los viajes eran parte del trabajo, aceptaba las desventajas a cambio del glamour.
    Ya tenía ese trabajo con Orlane cuando se mudaron de vuelta a Door County y Eric creyó que lo dejaría, se quedaría en casa y tendría una familia. Pero en cambio, había dedicado más horas, tanto a los viajes como al trabajo en la casa, para poder mantener el empleo.
    – ¿Y tú? -preguntó Nancy, al tiempo que se ponía los anteojos para hojear el periódico semanal.
    – Hoy estamos llenos; Mike también. Tenemos tres excursiones que sacar. -Enjuagó la taza, la metió en el lavaplatos y se puso una gorra de capitán blanca con brillante borde negro.
    – ¿Así que no volverás hasta las siete?
    – Creo que no.
    Ella lo miró por encima de los grandes anteojos.
    – Trata de terminar más temprano.
    – No puedo prometértelo.
    – Trata, nada más.
    Eric asintió.
    – Bien, será mejor que me ponga a trabajar -dijo Nancy, cerrando el periódico.
    – Yo también.
    Con el café y un jugo en la mano, ella le rozó la mejilla con la suya.
    – Te veo esta noche.
    Se dirigió al pequeño despacho de abajo mientras Eric salía de la casa y cruzaba la acera hasta un garaje de madera. Levantó la puerta a mano, echó una mirada al respetable Acura gris de Nancy y se subió a una desvencijada camioneta Ford que doce años antes era blanca, tenía un guardabarro trasero izquierdo y no necesitaba un alambre para sostener el caño de escape. El vehículo era un bochorno para Nancy, pero Eric se había encariñado con La Vieja Puta, como la llamaba afectuosamente. El motor todavía respondía bien; el nombre de la compañía y el teléfono se leían aún en las puertas; y el asiento del conductor -después de tantos años- estaba amoldado exactamente a su trasero.
    Hizo girar la llave y masculló:
    – Vamos, vieja puta, arranca.
    Fue necesario un poco de aliento, pero en menos de un minuto de darle al arranque, el viejo motor cobró vida.
    Eric lo hizo rugir, sonrió, puso marcha atrás y salió del garaje. El trayecto de Fish Creek a Gilis Rock cubría uno de los veinticinco kilómetros más bonitos de toda la creación, a juicio de Eric. A su izquierda, Bahía Green se veía en forma intermitente; granjas, huertos y bosques, a la derecha. Desde la calle principal de Fish Creek, bordeada de flores, el camino subía, se curvaba y bajaba por entre gruesos muros de bosque junto a casas y clubes privados, tomaba hacia el nordeste pero viraba hacia la costa una y otra vez: pasaba por el pequeño poblado de Ephraim con sus dos campanarios de iglesia reflejados en el cristalino puerto Eagle; por Bahía Sister, donde las famosas cabras de Al Johnson ya estaban pastando sobre el techo de hierbas de su restaurante; por Bahía Ellison, con su vista panorámica desde la colina detrás del hotel Grand View; y por fin en Gills Rock. Más allá, las aguas del lago Michigan se encontraban con las de Bahía Green y creaban las peligrosas corrientes de donde la zona tomaba su nombre: Death's Door, El Portal de la Muerte.
    Eric se había preguntado muchas veces por qué a un pueblo y a una roca le habían puesto el nombre de un olvidado colono llama Elias Gill cuando los Severson habían llegado antes y todavía estaban allí. Diablos, hacía años que el apellido Gill había desaparecido de los padrones impositivos de la zona y de la guía telefónica. Pero la herencia de los Severson perduraba. El abuelo de Eric había construido la granja sobre el risco de la bahía y su padre, la casa escondida bajo los cedros junto a Hedgehog Harbor y la empresa de alquiler de barcos y excursiones de pesca que él y Mike habían agrandado para que proveyera un buen sustento a dos familias… tres, si contaba a Ma.
    Algunos no llamarían a Gills Rock un pueblo. Era poco más que un aglomeramiento de viejos y descascarados edificios que se extendían como una sonrisa desdentada alrededor del lado sudeste del puerto. Un restaurante, un local de regalos, varios muelles de madera, un sitio donde atracaban los barcos y la casa de Ma eran los principales obstáculos que impedían que los árboles llegaran hasta la orilla. Desparramadas entre éstos, había construcciones más pequeñas y los característicos elementos de una comunidad pesquera: trailers, molinetes, bombeadores de gasolina, y los soportes sobre los que descansaban los grandes barcos en tierra durante el invierno.
    Al tomar por el camino de entrada, la camioneta bajó por una colina empinada, saltando sobre la tierra rocosa. Arces y cedros crecían desordenadamente entre claros de grava y la colección de cabañas cerca de los muelles. El techo del cobertizo donde se limpiaban los pescados ya ostentaba una hilera de gaviotas cuyos excrementos habían manchado para siempre con blanco las tejas verdes. El humo del ahumadero colgaba en el aire, azul y penetrante. Y permeándolo todo estaba el siempre presente olor a madera y pescados en descomposición. Eric estacionó debajo de su arce preferido y vio que los hijos de Mike, Jerry Joe y Nicholas, ya estaban a bordo del Mary Deare y del Dove, pasando la aspiradora por las cubiertas, llenando de hielo las conservadoras de pescado y almacenando bebidas. Al igual que Mike y él, los muchachos habían crecido cerca del agua y salido en los barcos desde que sus manos tuvieron la fuerza suficiente para aferrarse a una baranda de seguridad. Con dieciocho y dieciséis años, Jerry Joe y Nicholas eran contramaestres expertos y responsables en ambos barcos.
    Eric cerró la puerta de la camioneta, saludó a los muchachos con la mano y se dirigió a la casa.
    Había crecido allí y no le molestaba que funcionara como oficina para las excursiones de pesca. La puerta principal podía estar cerrada a veces, pero nunca con llave; ya a las siete menos cinco de la mañana estaba todo lo abierta que la hinchada y retorcida madera permitía y sostenida por un cajón de Coca-Cola. Las paredes de la oficina, revestidas de madera de pino salpicada de nudos, estaban cubiertas con señuelos, cucharas, repelente de insectos, una radio-receptora y tranmisora, formularios de permisos de pesca, mapas de Door County, redes, dos salmones del Pacífico montados en soportes y docenas de fotografías de turistas con las mejores piezas obtenidas. De un perchero colgaban trajes de goma que estaban en venta, de otro un arco iris de buzos con la inscripción EXCURSIONES DE PESCA SEVERSON, GILLS ROCK. En el suelo, apilados, había más cajones de gaseosas, mientras que sobre una mesita de juego en un rincón, una cafetera de veinticinco pocillos ya humeaba, lista para ofrecer su mezcla recién molida a los turistas.
    Eric rodeó el mostrador con la antigua caja registradora de bronce y se dirigió a la parte trasera, pasando por una estrecha puerta que daba a una habitación que en un tiempo había sido un porche, pero que ahora almacenaba una provisión de hieleras de telgopor y la máquina de hacer hielo.
    En un extremo del porche, otra puerta llevaba a la cocina.
    – Buen día, Ma -saludó al entrar.
    – Buen día para ti también.
    Eric buscó dentro de un armario una gruesa taza blanca y se sirvió café de una cascada cafetera esmaltada mantenida al calor de una cascada cocina esmaltada, la misma que estaba allí cuando él era niño. La parrilla estaba amarillenta y la pintura de la pared detrás mostraba una aureola amarilla, pero Ma era muy poco doméstica y no se avergonzaba de ello. La única excepción era que amasaba pan dos veces por semana y se negaba a ingerir pan comprado alegando: "¡Esa porquería te envenenará!"
    Esa mañana estaba preparando la masa sobre una vieja mesa con un mantel de plástico azul. Por lo que recordaba Eric, el mantel era la única cosa que había sido cambiada en esa cocina desde el año 1959 cuando la antigua heladera de madera cedió el lugar a la Gibson comprado por Ma. Ésta era ahora una reliquia, pero seguía funcionando.
    Ma jamás arrojaba nada que todavía tuviera un día de vida útil.
    Estaba vestida con su atuendo habitual, vaqueros y una ajustada remera turquesa que le marcaba tres rollos sobrepuestos. A Anna Severson le encantaban las remeras con eslóganes. La de ese día ostentaba la leyenda: LO HAGO CON HOMBRES MÁS JÓVENES y un dibujo de una anciana pescando con un hombre joven. Los rulos cobrizos y ajustados tenían la forma reciente de los ruleros de permanente y la pequeña nariz respingada sostenía un par de anteojos casi tan viejos y tan amarillentos como la heladera Gibson.
    Volviéndose con la taza en la mano, Eric la observó dirigirse a un armario para buscar los moldes de pan.
    – ¿Cómo estás? -le preguntó.
    – Ja.
    – ¿Así de malhumorada, eh?
    – ¿Viniste nada más que a beberme el café y molestarme?
    – ¿Así llamas a este brebaje? -Eric miró la taza. -Daría dolor de estómago a un camionero.
    – Entonces bebe esa agua sucia que hay en la oficina.
    – Sabes que detesto esas tacitas.
    – Entonces toma el café en tu casa. ¿O acaso esa mujer que tienes no sabe hacerlo? ¿Regresó anoche?
    – Sí. A eso de las diez y cuarto.
    – Ja.
    – Ma, no empieces.
    – Vaya vida, tú aquí y ella por todos los Estados Unidos de América. -Untó un molde con grasa y lo apoyó ruidosamente sobre el mantel. -Tu padre me habría traído a casa de los pelos si yo hubiera intentado algo así.
    – No tienes pelos suficientes. ¿Qué te hiciste, a propósito? -Fingió estudiar seriamente los feos rulos cerrados.
    – Fui anoche a lo de Barbara para que me hiciera la permanente. -Barbara era la mujer de Mike. Vivían en el bosque a menos de veinte metros por la costa.
    – Están tan tomados que me duelen a mí de sólo mirarte.
    Ella le pegó con un molde y luego colocó el pan adentro.
    – No tengo tiempo para andar con pavadas y lo sabes. ¿Desayunaste?
    – Sí.
    – ¿Qué comiste, rosquillas azucaradas?
    – Ma, te estás metiendo en lo que no te incumbe.
    Ella metió el pan en el horno.
    – ¿Para qué otra cosa sirven las madres? Dios no hizo ningún mandamiento que dijera "No te meterás", así que me meto. Para eso sirven las madres.
    – Creí que servían para vender permisos de pesca y tomar reservas de excursiones.
    – Si quieres esa salchicha que sobró, cómetela. -Hizo un movimiento con la cabeza en dirección a una sartén de hierro que estaba sobre la cocina y comenzó a quitar la harina del mantel con el canto de la mano.
    Eric levantó la tapa y encontró dos salchichas casi frías, una para él y una para Mike, como de costumbre. Tomó una con los dedos y se apoyó contra la mesada para comerla mientras pensaba.
    – Ma, ¿recuerdas a Maggie Pearson?
    – Claro que la recuerdo. La permanente no me afectó el cerebro. ¿Qué la trae a colación?
    – Me llamó anoche.
    Por primera vez desde que él había entrado en la habitación, su madre dejó de moverse. Se volvió de la pileta y lo miró por encima del hombro.
    – ¿Te llamó? ¿Para qué?
    – Para saludarme.
    – Vive en algún sitio por el Oeste, ¿no es así?
    – En Seattle.
    – ¿Llamó desde Seattle nada más que para saludar?
    Eric se encogió de hombros.
    – ¿Es viuda, no?
    – Sí
    – Es eso, entonces.
    – ¿Es eso, qué?
    – Siempre anduvo detrás de ti. Olisqueando, eso es lo que está haciendo. Las viudas empiezan a olisquear cuando necesitan un hombre.
    – Ay, Ma, por Dios, Nancy estaba a mi lado cuando llamó.
    – ¿Cuando llamó quién? -interrumpió Mike. Había llegado en la mitad de la conversación. Tenía quince kilos y dos años más que su hermano, además de una espesa barba castaña.
    – Su antigua novia -respondió Anna Severson.
    – ¡No es mi antigua novia!
    – ¿Quién? -repitió Mike, yendo directamente al armario para buscarse una taza y llenarla de café.
    – Esa chica Pearson, con quien Eric solía besuquearse en este porche de aquí atrás cuando creía que todos estábamos en la cama.
    – ¡Dios Santo! -se quejó Eric.
    – ¿Maggie Pearson? -Mike arqueó las cejas.
    – La hija de Vera y Leroy Pearson, la recuerdas -explicó Anna.
    Probando el café humeante con los labios, Mike sonrió a su hermano.
    – ¡Vamos! Tú y la vieja Maggie por poco incendiaban el viejo sofá cuando estábamos en la secundaria.
    – De haber sabido que iba a tener que escuchar tantas estupideces, no les habría contado nada.
    – ¿Y qué quería? -Mike atacó la salchicha restante.
    – No lo sé. Ella y Glenda Holbrook se mantienen en contacto, ella llamó, y hablamos: ¿Te casaste? ¿Tienes hijos? Ese tipo de cosas.
    – Olisqueando -acotó Anna desde la pileta, de espaldas a sus hijos.
    – ¡Ma!
    – Sí, te oí. Nada más que para saludar.
    – Les mandó saludos a ustedes dos, también, pero no sé para qué me tomo la molestia de decírselo.
    – Mmm, aquí falta algo -caviló Mike.
    – Bueno, cuando descubras qué es, sin duda me lo harás saber-replicó Eric con sarcasmo…
    Afuera en la oficina, la radio emitió un chasquido y se oyó la voz de Jerry Joe.
    – Mary Deare a base, ¿estás ahí, abuela?
    Eric, que era el que más cerca estaba de la oficina, fue a responder.
    – Habla Eric. Adelante, Jerry Joe.
    – Buen día, capitán. Los grupos de las siete horas están aquí. Acabo de mandarlos los para la oficina. Nick y yo necesitaríamos ayuda.
    – Voy enseguida.
    Eric echó una mirada por la puerta abierta de la oficina y vio a un grupo de hombres acercarse desde el muelle para registrarse, pagar y comprar los permisos: tareas de Ma. Más allá de las mesas de limpieza de pescados vio a Tim Rooney, el empleado, dando indicaciones a un barco que bajaba hacia el agua por la rampa, mientras que otra camioneta con barco acababa de estacionar en la entrada.
    Eric apagó el micrófono y gritó:
    – ¿Ma? ¿Mike? Vienen clientes desde todas partes. Voy para el barco.
    Puntualmente a las siete y media, los motores del Mary Deare cobraron vida con Eric al timón. Jerry Joe soltó las amarras y saltó a bordo mientras Eric tiraba de la cuerda de la sirena y quebraba el silencio con un estallido ensordecedor. Desde la cabina de mando del The Dove, Mike respondió con otro aullido de sirena al tiempo que el también encendía los motores.
    Bajo las manos de Eric, el ancho timón de madera se estremeció cuando él puso la marcha adelante y salió lentamente de Hedgehog Harbor.
    Ése era el momento del día que a Eric más le gustaba, las primeras horas de la mañana, con el sol levantándose detrás de él y dedos de vapor elevándose del agua, separándose y rizándose a medida que el barco avanzaba; y arriba un batallón de gaviotas haciendo de escolta, chillando con las cabezas ladeadas hacia el sol; hacia el oeste, el risco Door elevándose filoso y verde contra el horizonte violeta.
    Eric apuntó la proa hacia el norte, dejando atrás el olor de madera y pescado del muelle para cambiarlo por la vigorizante frescura de las aguas abiertas. Encendió el sondeador de profundidad y desenganchó el micrófono de la radio del techo.
    – Aquí el Mary Deare en diez. ¿Quién está allí afuera esta mañana?
    Un instante después se oyó una voz.
    – Aquí el Mermaid, afuera del risco Table.
    – Hola, Rog, ¿tuviste suerte?
    – Todavía nada, pero los estamos marcando a cincuenta y cinco pies.
    – ¿Hay alguien más afuera?
    – El Mariner iba hacia la isla Washington, pero está bajo niebla, de modo que subieron las líneas y tomaron hacia el este.
    – Entonces creo que rodearé el risco Door.
    – Buena idea. No hay acción por aquí.
    – ¿A qué profundidad estás tirando?
    – Poca. Cuarenta y cinco pies, más o menos.
    – Probaremos un poco más profundo, entonces. Gracias, Rog.
    – Buena suerte, Eric.
    Entre los guías de Door County era costumbre intercambiar información en forma generosa para tratar de que cada expedición de pesca fuera un éxito, pues eso hacía que los pescadores volvieran.
    Eric hizo un último llamado.
    – Mary Deare a base.
    Se oyó la voz de Ma, áspera y gruesa.
    – Adelante, Eric.
    – Voy a rodear el risco Door.
    – Te escucho.
    – Te veré a las once. Que esté listo ese pan, ¿eh?
    Ella oprimió el botón de habla en medio de una risotada.
    – Muy bien, cambio y fuera.
    Sonriendo por encima del hombro mientras colgaba el micrófono, Eric llamó a Jerry Joe.
    – Hazte cargo mientras pongo las líneas.
    Durante los siguientes treinta minutos estuvo ocupado poniendo brillantes señuelos en cañas y cuerdas, asegurándolas a los aparejadores de popa, contando las veces que cada línea cruzaba el carretel a medida que se abría hacia afuera, fijando las profundidades a base de lo anterior. Distribuyó las líneas entre los pescadores, verificó el radar multicolor en busca de peces cebo o salmones y mantuvo un ojo vigilante sobre los extremos de los carreteles en sus vainas a lo largo de las barandas laterales y de la trasera. En todo momento bromeó con los clientes, dando confianza a los nuevos, recordando viejas pescas exitosas con los antiguos, haciéndolos reír y seduciéndolos para que volvieran.
    Era bueno en su trabajo, bueno con la gente y bueno con las líneas. Cuando engancharon el primer pez, su entusiasmo añadió tanta excitación como la caña curvada. La sacó de la vaina, gritando instrucciones, poniéndola en manos de un hombre delgado y calvo de Wisconsin, luego atando alrededor de la cintura del hombre un pesado cinturón de cuero para sujetar el extremo de la caña, al tiempo que le gritaba las directivas que su padre le había dado a él años antes.
    – ¡No tires hacia atrás! ¡Mantente cerca de la baranda! -Y a Jerry Joe: -¡Menos motor, vira hacia la derecha! ¡Lo tenemos! -Regañaba y daba aliento con el mismo encanto, entusiasmado como si ésa fuera la primera pesca que hubiera supervisado, manejando la red con sus propias manos e izando los pescados por encima de la baranda.
    Había estado pescando en esas aguas toda su vida, de modo que no fue una sorpresa que la expedición fuera un éxito: seis salmones para seis pescadores.
    Al regresar al puerto a las once, pesó los peces, los colgó de un tablón con ganchos y la inscripción EXCURSIONES SEVERSON, Gills Rock, alineó a los orgullosos pescadores detrás de sus presas, tomó las habituales fotografías Polaroid, obsequió una a cada pescador, limpió los pescados, vendió cuatro heladeras de telgopor y cuatro bolsas de hielo y subió a almorzar a lo de Ma.
    Para las siete de la tarde había repetido la misma rutina tres veces. Había puesto señuelos a las líneas un total de cuarenta y dos veces, conocido a ocho clientes nuevos, visto a once de los viejos, ayudado a sacar quince salmones del Pacífico y tres truchas marrones, limpiado los dieciocho pescados y de alguna forma, pensado en Maggie Pearson más veces de lo que deseaba admitir. Era curioso cómo una llamada así despertaba recuerdos. Y nostalgia y preguntas como: ¿Y si…?
    Al trepar la cuesta hasta la casa de Ma por última vez, pensó de nuevo en Maggie. Miró el reloj. Eran las siete y cuarto y Nancy tendría la cena lista, pero había tomado una decisión. Iba a hacer una llamada antes de regresar a su casa.
    Cuando entró, Mike y los muchachos se habían ido y Ma estaba cerrando la oficina.
    – Gran día -comentó Ma, mientras desenchufaba la cafetería.
    – Sí.
    En la cocina, la guía telefónica de Door County colgaba de una cinta sucia, junto a la heladera. Mientras buscaba el número, supo que Ma entraría detrás de él, pero no tenía nada que ocultar. Marcó. El teléfono sonó en su oído y Eric apoyó un codo contra la parte superior de la heladera. Como había previsto, entró Ma con el colador y comenzó a arrojar el café usado dentro de la pileta mientras Eric escuchaba el teléfono sonar por cuarta vez.
    – ¿Hola? -dijo un niño.
    – ¿Está Glenda?
    – Un momento. -El teléfono golpeó. El mismo niño regresó y dijo: -Pregunta quién es.
    – Eric Severson.
    – Un minuto. -Lo oyó gritar: -¡Eric Severson! -Ma se movía por la habitación y escuchaba.
    Instantes después Glenda tomó el teléfono.
    – ¡Eric, hola! Hablando de Roma…
    – Hola, Brookie.
    – ¿Te llamó?
    – ¿Maggie? Sí. Me dejó helado de sorpresa.
    – A mí también. Estoy preocupadísima por ella.
    – ¿Preocupada?
    – Bueno, sí, claro… quiero decir… caramba ¿tú no?
    Eric se dio un sacudón mental.
    – ¿Debería estarlo?
    – ¿Bueno, no le diste cuenta de lo deprimida que estaba?
    – No. Es decir, no me dijo nada. Sólo… bueno, sólo nos pusimos al día, sabes.
    – ¿No te dijo nada de ese grupo con el que está trabajando?
    – ¿Qué grupo?
    – Está muy mal, Eric -le contó Brookie-. Perdió a su marido hace un año y su hija acaba de partir para la universidad. Aparentemente ha estado haciendo terapia de angustias con un grupo y todo se le vino encima de golpe. Estaba luchando para aceptar el hecho de que el marido murió y en medio de lodo alguien del grupo trató de suicidarse.
    – ¡Suicidarse! -Eric se irguió por completo. -¿Quieres decir que ella también podría estar así?
    – No lo sé. Lo único que me contó es que el psiquiatra le dijo que cuando comience a deprimirse lo mejor que puede hacer es llamar a viejos amigos y hablar sobre tiempos pasados. Es por eso que nos llamó. Somos su terapia.
    – Brookie, no lo sabía. Si hubiera… Pero ella no me dijo una palabra del psiquiatra, ni de la terapia, ni nada. ¿Está internada o algo así?
    – No, está en su casa.
    – ¿Qué impresión te dio a ti? Estaba deprimida o… -Su mirada preocupada se clavó en Anna, que había dejado de trabajar y lo observaba.
    – No lo sé. La hice reír, pero es difícil decir. ¿A ti qué te pareció?
    – No sé, tampoco. Han pasado veintitrés años, Brookie. Es difícil saber por la voz. La hice reír, también, pero… diablos, si sólo me hubiera dicho algo…
    – Bueno, si tienes tiempo, llámala de vez en cuando. Creo que le hará bien. Ya hablé con Fish, Lisa y Tani. Vamos a turnarnos, por decirlo así.
    – Buena idea. -Eric pensó menos de dos segundos antes de tomar la decisión. -¿Tienes el número, Brookie?
    – Sí. ¿Tienes lápiz? Eric tomó uno que colgaba de la cinta.
    – Sí, dime.
    Bajo la mirada de su madre, anotó el número de Maggie entre los garabateados sobre la tapa de la guía.
    – 206-555-3404 -repitió -. Gracias, Brookie.
    – ¿Eric?
    – ¿Sí?
    – Mándale saludos y dile que pienso en ella y que la llamaré pronto.
    – Muy bien.
    – Saludos a tu madre.
    – Gracias, se los daré. Estoy en su casa, ahora. Adiós, Brookie.
    – Adiós.
    Colgó y sus ojos se encontraron con los de Anna. Sentía que una tropilla de caballos le galopaba dentro del cuerpo.
    – Está en un grupo de terapia para gente suicida. El médico le dijo que llame a viejos amigos. -Suspiró, tenso y preocupado.
    – Pobrecilla, pobrecilla niña.
    – No me dijo nada, Ma. No debe de ser fácil decirlo.
    Eric fue hasta una ventana, miró hacia afuera y vio a Maggie como la recordaba, una muchacha alegre que reía con facilidad. Se quedó allí varios minutos, lleno de una sorprendente preocupación, pensando qué debía hacer.
    Por fin se volvió hacia Anna. Tenía cuarenta años, pero necesitaba la aprobación de ella antes de hacer lo que tenía en la mente.
    – Tengo que llamarla, Ma.
    – Por supuesto.
    – ¿Te molesta si llamo de aquí?
    – En absoluto. Voy a darme un baño. -Abandonó el colador y el café en la pileta, atravesó la habitación en dirección a Eric, le dio un abrazo -cosa que raramente hacía- y le palmeó la espalda.-A veces, hijo, no tenemos alternativa -dijo, y se marchó, dejándolo de pie junto al teléfono que aguardaba.

Capítulo 3

    Al día siguiente de las conversaciones telefónicas con Brookie y Eric el teléfono de Maggie la compensó por su habitual silencio. El primer llamado llegó a las seis de la mañana.
    – Hola, mamá.
    Maggie se levantó de un salto y miró el reloj.
    – Katy, ¿cómo estás?
    – Estoy perfectamente bien y lo habrías sabido anoche, si no hubieras tenido el teléfono ocupado hasta cualquier hora.
    – Ay, Katy, lo siento. -Maggie se desperezó y volvió a acomodarse sobre la almohada. -Tuve dos conversaciones maravillosas con viejos amigos de la secundaria. -Hizo un resumen de los puntos más importantes, le preguntó dónde estaba, le pidió que volviera a llamarla esa noche y se despidió sin nada de esa sensación de soledad que había esperado sentir luego de la primera conversación telefónica de larga distancia con su hija.
    La siguiente llamada llegó mientras agitaba el primer saquito de té del día dentro de la taza de agua hirviendo. Era Nelda.
    – Tammi se va a recuperar y dice el doctor Feldslein que le haría bien vernos.
    Maggie se llevó una mano al corazón.
    – Gracias, Dios mío -dijo y sintió la promesa del día iluminarle el interior.
    A las diez y media de la mañana recibió otro llamado, totalmente inesperado.
    – Hola -dijo y una voz del pasado le respondió:
    – Hola, Maggie, soy Tani.
    Sacudida por la sorpresa, Maggie sonrió y sujetó el teléfono con ambas manos.
    – Tani, ay, Tani, ¿cómo estás? Dios, qué placer oír tu voz.
    La conversación duró cuarenta minutos. Una hora después de haber cortado, Maggie volvió a atender el teléfono, esta vez para oír una voz chillona de dibujito animado que era imposible no reconocer.
    – Hola, Maggie, ¿adivina quién soy?
    – ¿Fish? Fish, eres tú, ¿no es cierto?
    – Aja. El pescado en persona. -Juego de palabras con Fish, que es pescado, en inglés. (N. de la T.)
    – ¡Ay, no lo puedo creer! Brookie te llamó, ¿no?
    Para cuando llamó Lisa, Maggie casi la estaba esperando. Terminaba de maquillarse para ir al hospital a ver a Tammi cuando el teléfono volvió a sonar.
    – Hola, desconocida -dijo una voz dulce.
    – Lisa, querida Lisa…
    – Ha pasado mucho tiempo, ¿no es así?
    – Demasiado. ¡Ay, Dios Santo, creo que me echaré a llorar en cualquier momento! -Reía y lloraba al mismo tiempo.
    – Yo también estoy emocionada. ¿Cómo estás, Maggie?
    – ¿Cómo estarías tú si cuatro de tus mejores amigas acudieran a socorrerte en cuanto das un grito? Estoy abrumada.
    Media hora más tarde, después de intercambiar recuerdos y ponerse al día con las novedades, Lisa dijo:
    – Oye, Maggie, tuve una idea. ¿Recuerdas a mi hermano Gary?
    – Por supuesto. Está casado con Marcy Krieg.
    – Estaba. Hace más de cinco años que se divorciaron. Bueno, Gary se casa de nuevo la semana que viene y estaré en Door para la boda. Estaba pensando, si tú pudieras venir, estoy segura de que Tani y Fish se vendrían en automóvil y podríamos reunimos todas en casa de Brookie.
    – Ay, Lisa, no puedo. -La voz de Maggie se tiñó de desilusión. -Me parece una idea maravillosa, pero empiezo las clases dentro de menos de dos semanas.
    – ¿Pero un viajecito rápido?
    – Sería demasiado rápido y justo al comienzo de las clases… ¡qué lástima, Lisa!
    – Caramba, qué pena.
    – Sí, lo sé. Habría sido tan divertido.
    – Bueno, escucha. ¿Lo pensarás, por lo menos? Aunque sólo sea por el fin de semana. Sería fantástico juntarnos todas de nuevo.
    – De acuerdo -dijo Maggie-. Lo pensaré.
    Y lo hizo, mientras conducía hacia el hospital para ver a Tammi. Pensó en cómo Brookie las había llamado a todas y en cómo cada una de las chicas se había preocupado lo suficiente como para ponerse en contacto luego de tantos años, y en cómo su propio panorama se había iluminado en tan poco tiempo. Pensó en los ritmos curiosos de la vida, y en cómo el aliento que le había sido dado a ella ahora pasaría a otra persona.
    A las tres menos cinco de la larde, Maggie estaba hojeando un ejemplar de la revista Good Housekeeping en la sala de espera de la unidad de terapia intensiva del Washington University Hospital, aguardando a que la llamaran. Un televisor con el volumen muy bajo murmuraba desde su repisa en la pared del fondo. En un rincón, junto a la ventana, un padre con dos hijos aguardaban noticias de una madre a la que le habían hecho un bypass. Desde un nicho de fórmica en la pared, el aroma de café fuerte se desparramaba por la habitación.
    Entró una enfermera, delgada, bonita, caminando a paso vivo sobre sus silenciosos zapatos blancos.
    – ¿Señora Stearn?
    – ¿Sí? -dijo Maggie. Dejó caer la revista y se puso de pie de un salto.
    – Puede entrar a ver a Tammi, pero sólo por cinco minutos.
    – Gracias.
    Maggie no estaba preparada para el espectáculo que vio al entrar en la habitación de Tammi. Tantos aparatos. Tantos tubos y frascos; pantallas de varios tamaños proyectando los signos vitales con ruiditos diversos; y una Tammi delgada y demacrada tendida en la cama con una red de agujas endovenosas en los brazos. Tenía los ojos cerrados, las manos con las muñecas hacia arriba y los brazos manchados de magulladuras producidas por otras agujas endovenosas. El pelo rubio oscuro, que siempre cuidaba con meticuloso orgullo adolescente y peinaba en un estilo muy parecido al de Katy, caía reseco y duro sobre la almohada como el nido de un pájaro.
    Maggie se quedó junto a la cama unos minutos hasta que Tammi abrió los ojos y la encontró allí.
    – Hola, chiquita. -Maggie se inclinó y le tocó la mejilla. -Es tuvimos tan preocupados por ti.
    Los ojos de Tammi se llenaron de lágrimas y la muchacha apartó el rostro.
    Maggie le quitó el pelo de la frente.
    – Nos alegramos tanto de que estés viva.
    – Pero me siento tan avergonzada.
    – Noooo… noooo… -Maggie le tomó el rostro con la mano y suavemente lo volvió hacia ella. -No debes avergonzarte. Piensa para adelante, no para atrás. Ahora te vas a poner fuerte y todos vamos a trabajar juntos para que te sientas bien.
    Las lágrimas de Tammi seguían fluyendo y ella trató de levantar una mano para enjugárselas. La mano temblaba, entorpecida por los tubos, y Maggie se la bajó con suavidad y secó los ojos de Tammi con un pañuelo de papel de una caja cercana.
    – Perdí el bebé, Maggie.
    – Lo sé, mi vida, lo sé.
    Tammi desvió la mirada llorosa mientras Maggie le acariciaba las sienes.
    – Pero tú estás viva y lo que más nos importa es tu felicidad. Queremos verte sonreír otra vez.
    – ¿Por qué iba alguien a preocuparse por mí?
    – Porque tú eres tú, una persona, y una persona especial. Porque has tocado vidas en formas que no has comprendido. Cada uno de nosotros lo hace, Tammi. Cada uno de nosotros tiene valor. ¿Te puedo contar algo? -Tammi la miró y Maggie siguió hablando. -Anoche yo estaba muy triste. Mi hija había partido para la universidad, tú estabas internada y la casa estaba tan vacía. Nada parecía tener esperanza. De modo que llamé a una vieja amiga de la secundaria ¿y sabes qué sucedió?
    Una chispa de interés asomó en los ojos de Tammi.
    – ¿Qué?
    – Ella llamó a otras, y puso en marcha una maravillosa reacción en cadena. Hoy me llamaron tres viejas amigas a las que no veía hacía años, a las que nunca creí que les importaría si yo estaba triste o no. Así será también contigo, verás. Cielos, cuando estaba preparándome para venir a verte casi deseaba que el teléfono no sonara más.
    – ¿De veras?
    – De veras -sonrió Maggie y recibió la sombra de una sonrisa-. Ahora escúchame, pequeña… -Tomó la mano de Tammi, cuidando de no tocar ninguno de los tubos plásticos. -Me dijeron que sólo podía quedarme cinco minutos y creo que ya han pasado. Pero volveré. Mientras tanto, piensa qué quieres que te traiga cuando te pasen a otra habitación. Golosinas, revistas, comida… Lo que quieras.
    – Se me ocurre algo en este mismo momento.
    – Soy toda oídos.
    – ¿Podrías traerme champú y acondicionador de pelo? Lo que más deseo es lavarme la cabeza.
    – Por supuesto. Y traeré mi secador y tijera de enrular. Te dejaremos como Tina Turner.
    Tammi casi rió.
    – Eso es lo que me gusta, ver esos hoyuelos. -Maggie la besó en la frente y susurró: -Tengo que irme. Ponte fuerte.
    Al salir del hospital, Maggie se sintió llena de optimismo: ¡cuando una muchacha de veinte años siente deseos de arreglarse el pelo, está en camino de recuperación! Se detuvo en un local de belleza camino de su casa y compró las cosas que le había pedido Tammi. Con la bolsa en la mano, entró en la cocina para encontrar el teléfono sonando otra vez.
    Corrió hasta el aparato, y atendió con voz entrecortada:
    – ¿Hola?
    – ¿Maggie? Soy Eric.
    La sorpresa la dejó anonadada. Apretó la bolsa de papel con el champú contra su estómago y quedó en silencio durante cinco segundos hasta que comprendió que debía dar una respuesta.
    – Eric… Cielos, esto sí que es una sorpresa.
    – ¿Te pasa algo?
    – ¿Algo? No… estoy bien. Agitada, nada más. Acabo de entrar corriendo.
    – Hablé con Brookie y me contó la verdadera razón por la que llamaste anoche.
    – ¿La verdadera razón? -Maggie dejó la bolsa sobre el armario en cámara lenta. -Ah, le refieres a mi depresión.
    – Debí de haberme dado cuenta. Sabía que no llamabas nada más que para saludar.
    – Hoy estoy mucho mejor.
    – Brookie me contó que alguien de tu grupo había querido suicidarse. Me asusté tanto. Es decir… -Respiró hondo y largó el aire ruidosamente. -Caray, no se qué quiero decir.
    Maggie tocó el auricular con la mano que tenía libre.
    – Ay, Eric, quieres decir que pensaste que yo también podría estar al borde del suicidio… ¿por eso llamaste?
    – Bueno… no sabía qué pensar. Es que… no pude dejar de pensar en ti hoy, de preguntarme por qué habrías llamado. Por fin llamé a Brookie y cuando me contó que habías estado deprimida y con terapia, se me retorcieron las tripas. Maggie, cuando éramos chicos reías todo el tiempo.
    – No estoy al borde del suicidio en absoluto, Eric, te lo aseguro. Fue una jovencita llamada Tammi, pero acabo de volver de verla en el hospital y no sólo va a reponerse, sino que la hice sonreír y hasta casi reír.
    – ¡Bueno, qué alivio!
    – Perdóname por no haberte dicho toda la verdad anoche. Quizá debí contarte que había estado haciendo terapia de grupo, pero cuando atendiste el teléfono me dio… no sé cómo describirlo… vergüenza, quizá. Con Brookie fue más fácil, pero contigo… bueno, me pareció como una imposición, luego de tantos años, llamarte y lamentarme sobre mis dificultades.
    – ¿Una imposición? Qué tontería.
    – Quizá lo fue. De lodos modos, gracias por decirlo. Oye, adivina quién más me llamó hoy. Tani, Fish y Lisa. Brookie les avisó a todas. Y ahora tú. Esta sí que ha sido una semana de vuelta al pasado.
    – ¿Cómo están? ¿Qué hacen?
    Maggie le contó sobre las chicas y mientras hablaban, la tirantez de la noche anterior desapareció. Rememoraron viejos tiempos. Rieron. A medida que la conversación se prolongó, Maggie se descubrió inclinada sobre el armario de la cocina, apoyada sobre ambos codos, hablando con él completamente a sus anchas. Eric le contó sobre su familia; ella, sobre Katy. Cuando se produjo por fin una pausa, fue cómoda. Eric le puso fin diciendo:
    – Pensé mucho en ti hoy cuando estaba en el barco.
    Ella pasó un dedo por encima de una caja de hojalata y respondió:
    – Yo también pensé en ti. -Aislada por la distancia, le resultó fácil decirlo. Inofensivo.
    – Miraba el agua y te veía con un suéter azul con letras doradas alentando a los Vikingos de Gibraltar.
    – Con un peinado batido horrible, supongo, y maquillaje para ojos Cleopatra.
    Eric rió.
    – Más o menos, sí.
    – ¿Quieres saber qué veo cuando cierro los ojos y pienso en ti?
    – Tengo miedo de oírlo.
    Maggie se volvió y apoyó la espalda contra el borde del armario.
    – Te veo con un suéter celeste claro, bailando música de los Beatles con un cigarrillo entre los dientes.
    Eric rió.
    – El cigarrillo lo dejé, pero sigo usando una camisa azul, sólo que ahora tiene bordado Capitán Eric en el bolsillo.
    – ¿Capitán Eric?
    – A los clientes les gusta. Les da la ilusión de que van a alta mar.
    – Apuesto a que eres bueno, ¿eh? Apuesto a que los pescadores te adoran.
    – Bueno, por lo general los hago reír y logro que vuelvan al año siguiente.
    – ¿Te gusta lo que haces?
    – Me encanta.
    Ella se acomodó contra el armario.
    – Cuéntame cómo estuvo Door hoy. ¿Fue un día de sol, hubo buena pesca, muchas velas sobre el agua?
    – Estuvo hermoso. ¿Recuerdas cómo a veces te levantabas por la mañana y había tanta niebla que no se veía el parque Península del otro lado del puerto?
    – Mmmm… -respondió Maggie con tono soñador.
    – El día comenzó así, con mucha bruma, luego se levantó el sol por encima de los árboles y tiñó el aire de rojo, pero una hora después de haber salido con el barco el cielo ya estaba azul como un campo de achicoria.
    – ¡Ay, la achicoria! ¿Ya está en flor?
    – Totalmente.
    – Mmmm, lo imagino muy bien, un campo entero de achicoria, azul como si el cielo se le hubiera caído encima. Me encantaba esta época del año allí en casa. Aquí no tenemos achicoria, no como en Door. Continúa. ¿Pescaste mucho?
    – Dieciocho en el día de hoy. Quince del Pacífico y tres marrones.
    – Dieciocho, cielos -susurró Maggie, admirada.
    – Todos los clientes quedaron contentos.
    – Qué maravilla. ¿Y había muchos veleros?
    – Veleros… -bromeó Eric, perpetuando la antigua rivalidad entre embarcaciones a vela y a motor que habían heredado al nacer en Door County -¿A quién le interesan los veleros?
    – A mí.
    – Sí, creo recordar que siempre fuiste fanática de esos botecitos.
    – Y tú de esos monstruos horrendos.
    Maggie sonrió y lo imaginó sonriendo, también. Al cabo de unos segundos, su sonrisa se tornó nostálgica.
    – Hace tanto tiempo que no salgo a navegar.
    – Pensé que tendrías un barco, puesto que vives en Seattle.
    – Tenemos uno. Un velero, de más está decirlo. Pero no he salido desde que murió Phillip. Tampoco he pescado.
    – Deberías venir aquí y te sacaría de paseo con tu padre. Te engancharía uno de doce kilos y te quitarías las ganas de pescar en una sola vez.
    – Qué maravilloso suena.
    – Hazlo.
    – No puedo.
    – ¿Por qué?
    – Soy profesora, y las clases comienzan en menos de dos semanas.
    – ¡Ah, cierto! ¿Qué era lo que enseñabas?
    – Economía doméstica: alimentos, ropa, vida familiar, orientación vocacional. Es una mezcla de todo, hoy en día. Hasta tenemos una unidad en la que convertimos el departamento en un jardín de infantes y traemos niños de edad preescolar para que los chicos estudien desarrollo infantil.
    – Suena ruidoso.
    Maggie se encogió de hombros.
    – Lo es, a veces.
    – Y dime… ¿eres buena?
    – Creo que sí. Me llevo bien con los chicos, trato de prepararles clases interesantes. Pero… -Calló.
    – ¿Pero qué?
    – No lo sé. -Maggie se volvió otra vez y se apoyó en el armario como antes. -He estado haciendo lo mismo durante tantos años que se vuelve monótono. Y desde la muerte de Phillip… -Maggie se llevó una mano a la frente. -¡Ay, Dios, me canso tanto de esa frase! Desde la muerte de Phillip. Lo dije tantas veces que se diría que el calendario comenzó ese día.
    – Me parece que necesitas un cambio.
    – Quizá.
    – Yo hice un cambio hace seis años. Fue lo mejor que pude hacer por mí mismo.
    – ¿Qué hiciste?
    – Me volví a Door County después de haber vivido en Chicago desde que me gradué en la universidad. Cuando me marché de aquí al terminar la escuela, pensé que era el último sitio adonde regresaría, pero después de estar sentado ante un escritorio tantos años, comenzaba a sentir claustrofobia. Luego murió mi padre y Mike empezó a insistir para que regresara y manejara el barco con él. Tenía la idea de expandir los servicios y comprar otro barco. Así que finalmente dije que sí y no me he arrepentido nunca.
    – Se te oye muy feliz.
    – Lo soy.
    – ¿En tu matrimonio también?
    – En mi matrimonio también.
    – Eso es maravilloso, Eric.
    Se produjo otro silencio. Parecían haber dicho todo lo necesario. Maggie se enderezó y miró el reloj de la cocina.
    – Oye, será mejor que te deje ir. ¡Cielos, hemos estado hablando muchísimo!
    – Sí, parece que sí. -Siguió un sonido inconfundible, el tipo de ruido que acompaña a la acción de desperezarse. Terminó en forma abrupta. -Todavía estoy en casa de Ma; Nancy debe de estar esperándome con la cena.
    – Eric, muchas gracias por llamar. Me encantó hablar contigo.
    – Lo mismo digo.
    – Y por favor, no te preocupes más por mí. Hacía mucho tiempo que no me sentía tan contenta.
    – Es un placer oírte decirlo y oye… llámame cuando quieras. Si no estoy en casa llama aquí y habla con Ma. Le encantaría saber de ti.
    – Quizá lo haga. Mándale saludos de nuevo. Dile que nadie en el mundo hace el pan como ella. Recuerdo que iba a tu casa después de la escuela y me liquidaba medio pan por vez.
    Eric rió.
    – Sigue amasando, y diciendo que el pan comprado te matará. Se pondrá insoportable, pero le daré tu mensaje de todos modos.
    – Eric, gracias de nuevo.
    – No me agradezcas. Fue un gusto hacerlo. Tómate las cosas con calma, ¿eh?
    – Sí.
    Callaron, incómodos por primera vez en más de media hora.
    – Bueno… adiós -dijo Eric.
    – Adiós.
    Después de cortar, Maggie siguió con la mano sobre el teléfono, luego la dejó caer lentamente. Se quedó largo rato sin moverse, contemplando el aparato. El sol del atardecer caía en ángulo sobre el suelo de la cocina y desde afuera llegaba el sonido ahogado de un vecino cortando el césped. Desde mucho tiempo atrás llegaban imágenes del mismo sol brillando sobre otros jardines, otros árboles, otras aguas: no las del Canal Puget sino las de Bahía Green. Lentamente, Maggie se apartó del teléfono y fue hasta la puerta corrediza que daba a la terraza. La abrió, apoyó un hombro contra el marco y se quedó mirando hacia afuera, recordando. Eric. Ellos dos. Door. Ese último año de la secundaria. El primer amor.
    ¡Ah, la nostalgia!
    Pero él era un hombre casado y feliz con su matrimonio. Y si volviera a verlo, probablemente tendría doce kilos de más, poco pelo y a ella le resultaría agradable verlo casado con otra persona.
    No obstante, hablar con él traía recuerdos de casa y al mirar el jardín en el atardecer, vio no una terraza de madera rodeada de siemprevivas, sino una alfombra azul de achicoria cocinada por el sol. Nada era tan intensamente azul como un campo de achicoria en flor bajo el sol de agosto. Y al anochecer se tornaba violeta, creando a veces la ilusión de que tierra y cielo eran uno solo. Las llores silvestres estarían en todo su esplendor, adornando los campos y los caminos. ¿Había acaso otro sitio en el mundo donde las llores silvestres crecieran con tanta profusión como en Door?
    Vio, también, graneros rojos de techos a la holandesa e hileras de trigo verde y cabañas de un siglo de antigüedad con calafateado blanco; cercos de madera y muros de piedra bordeados de flores. Velas blancas sobre el agua azul y playas limpias que se extendían por kilómetros. Sintió el sabor del pan casero y oyó el gruñido de embarcaciones de motor que regresaban al caer la noche y olió el aroma de pescado cocinado elevándose por sobre los poblados en una noche de sábado como esa, saliendo de restaurantes donde sonaban guitarras y manteles a cuadros rojos y blancos ondeaban en la brisa nocturna.
    A más de dos mil kilómetros de distancia, Maggie lo recordó todo y sintió una oleada de nostalgia que no había experimentado en años.
    Pensó en llamar a casa de su madre. Pero quizá respondiera ella y nadie como su madre para estropear un estado de ánimo nostálgico.
    Se apartó de la puerta y fue al escritorio. Buscó un libro llamado Viajes a Door County. Durante casi media hora se quedó sentada en la silla de Phillip contemplando fotografías en color hasta que las imágenes brillantes de faros y cabañas de troncos la obligaron a levantar el teléfono.
    Marcó el número de sus padres y rogó para que atendiera su padre.
    Pero oyó la voz de su madre decir:
    – ¡Hola!
    Disimulando su desilusión, Maggie respondió:
    – Hola, mamá.
    – ¿Margaret? -Sí.
    – Bueno, era hora de que llamaras. Hace más de dos semanas que no sabemos nada de ti y dijiste que nos avisarías cuándo llegaría Katy. ¡He estado esperando y esperando que llamaras!
    No decía: ¡Hola, querida, qué bueno oír tu voz!, sino Era hora de que llamaras, obligando a Maggie a comenzar la conversación con una disculpa.
    – Lo siento, mamá, sé que debería haber llamado, pero estuve ocupada. Y me temo que Katy no pasará por allí, después de todo. Le queda fuera de camino y estaba con su amiga y con el automóvil cargado hasta el techo, de modo que decidieron ir directamente a la universidad y dormir allí.
    Maggie cerró los ojos y aguardó la lista de quejas que seguiría. Fiel a sí misma, Vera comenzó a desgranarlas:
    – Bueno, no voy a decirte que no me siento decepcionada. Después de todo, hace una semana que estoy cocinando y amasando. Puse dos tartas de manzana en el freezer y compré un pedazo grande de carne. No sé qué voy a hacer con tanta carne sola aquí con tu papá. ¡Además, limpié tu antigua habitación de arriba abajo y lavé el cubrecama y las cortinas y me dio muchísimo trabajo plancharlos!
    – Mamá, te dije que llamaríamos si Katy decidía parar en tu casa.
    – Bueno, sí, pero yo estaba segura de que vendría. Al fin y al cabo, somos los únicos abuelos que tiene.
    – Lo sé, mamá.
    – Supongo que los jóvenes ya no tienen tiempo para sus abuelos como cuando yo era chica -se quejó Vera con mal humor.
    Maggie apoyó la frente sobre la punta de cuatro dedos y sintió que empezaba a dolerle la cabeza.
    – Dijo que viajará desde Chicago dentro de un par de semanas, una vez que se haya instalado en la universidad. Mencionó que quizá lo haría en octubre, cuando los árboles empiezan a cambiar de color.
    – ¿Qué maneja? ¿No le habrás comprado ese convertible, no?
    – Sí.
    – Margaret, ¡esa chica es demasiado joven para tener un automóvil extravagante como ése! Deberías haberle comprado algo más sensato o mejor aún, haberla hecho esperar hasta que saliera de la universidad. ¿Cómo va a aprender a valorar las cosas si le das todo cu bandeja de plata?
    – Pienso que Phillip hubiera deseado que lo tuviera y Dios sabe que puedo permitírmelo.
    – Ese no es motivo para excederte con la chica, Margaret. Y hablando de dinero, ten cuidado con quién andas. Los hombres divorciados de hoy en día están a la pesca de viudas ricas y solitarias. Te buscarán por lo que tienes y usarán tu dinero para mantener a sus propios hijos.
    – Me cuidaré, mamá -prometió Maggie, sintiendo que el dolor de cabeza se intensificaba.
    – Vaya, recuerdo hace unos años cuando ese sujeto Gearhart engañaba a su mujer y ¿a quién crees que estaba viendo? A una extravagante turista que vino por el verano desde algún sitio de Louisiana en un llamativo crucero con cabina. Dicen que los vieron besándose en la cubierta un sábado por la noche y luego el domingo por la mañana él apareció en misa muy beato y puro con su mujer y sus hijos. Cielos, si Betty Gearhart hubiera sabido…
    – Mamá, dije que me cuidaría. No estoy saliendo con nadie, así que no te preocupes.
    – Bueno, uno nunca puede cuidarse demasiado, sabes.
    – Sí.
    – Y hablando de divorciados, Gary Eidelbach se casa de nuevo la semana que viene.
    – Lo sé, hablé con Lisa.
    – ¿De veras? ¿Cuándo?
    – Hoy. Últimamente me he puesto en contacto con las chicas.
    – No me lo contaste. -Había un dejo de frialdad en la voz de Vera, como si pensara que le correspondía enterarse de todo antes que sucediera.
    – Lisa quiere que yo vaya allá para la boda. Bueno, no para la boda, exactamente, pero como ella viajará desde Atlanta, quería que nos encontráramos todas en casa de Brookie.
    – ¿Y vas a venir?
    Entonces podrías usar tu carne y tu pastel de manzanas, ¿no es así, mamá?
    – No, no puedo.
    – ¿Por qué? ¿Qué otra cosa vas a hacer con todo ese dinero? Sabes que tu padre y yo no podemos permitirnos viajar hasta allá en avión y al fin y al cabo, hace tres años que no vienes.
    Maggie suspiró, deseando poder cortar sin una palabra más.
    – No es una cuestión de dinero, mamá, es una cuestión de tiempo. Pronto empiezan las clases y…
    – Bueno, pero el tiempo pasa, y no nos ponemos más jóvenes. Tu padre y yo con gusto recibiríamos una visita tuya de tanto en tanto.
    – Lo sé. ¿Está papá allí?
    – Sí, anda por algún sitio. Aguarda un momento. -El teléfono golpeó contra algo y Vera se alejó, gritando: -¿Roy, dónde estás? ¡Margaret está en el teléfono! -Su voz se tornó más fuerte cuando se acercó a tomar de nuevo el teléfono. -Espera un minuto. Está afuera en el garaje, afilando la cortadora de césped. No sé cómo todavía queda algo de cuchilla, con todo el tiempo que pasa allí. Aquí viene. -Cuando el teléfono cambió de manos, Maggie oyó a Vera decir: -¡No me toques la mesada con esas manos sucias, Roy!
    – ¿Maggie, tesoro? -La voz de Roy tenía toda la calidez de la que carecía la de Vera. Al oírlo, Maggie sintió que le volvía la nostalgia.
    – Hola, papi.
    – ¡Qué linda sorpresa! Sabes, justamente hoy estaba pensando en ti, en cuando eras una niña y venías a pedirme una moneda para un helado.
    – Y siempre me la dabas ¿recuerdas?
    Él rió y Maggie imaginó su cara redonda, la cabeza con poco pelo, los hombros algo encorvados y las manos que nunca dejaban de trabajar.
    – Bueno, siempre tuve debilidad por las chicas, como cualquier hombre. Qué bueno es oír tu voz, Maggie.
    – Pensé que sería buena idea llamar para avisarles que Katy no va a ir. Viajará directamente a la universidad.
    – Bueno, ahora estará de nuestro lado del país por cuatro años. La veremos cuando tenga tiempo. -Siempre había sido así. Roy ponía otra vez en perspectiva todas las trivialidades que Vera volvía desproporcionadas. -¿Y cómo estás tú? Debes de sentirte algo sola, sin Katy.
    – Es terrible.
    – Bueno, tesoro, lo que tienes que hacer es salir de la casa. Vele al cine o algo así. No te quedes sola un sábado por la noche.
    – No me quedaré sola. Iré a cenar al club. -Mintió para aliviar la preocupación de él.
    – Muy bien, muy bien. Así me gusta. Falta poco para que empiecen las clases ¿no es así?
    – Menos de dos semanas.
    – Aquí también. Entonces las calles quedarán silenciosas de nuevo. Sabes cómo es. Nos quejamos de los turistas cuando están aquí y los extrañamos cuando se van.
    Maggie sonrió. ¿Cuantas veces en su vida había oído un comentario como ése?
    – Lo recuerdo.
    – Bueno, escucha, querida, tu madre quiere hablarte otra vez.
    – Te mando un beso, papi.
    – Y yo uno a ti. Cuídate.
    – Adiós, papi.
    – Adi…
    – ¿Margaret? -Vera le había quitado el teléfono antes de que él pudiera terminar.
    – Sí, mamá.
    – ¿Ya te deshiciste de ese velero?
    – No, pero lo tengo en venta con el agente del embarcadero.
    – ¡No vayas a salir a navegar sola!
    – No.
    – Y ten cuidado cómo inviertes ese dinero.
    – Bien. Mamá, tengo que cortar. Voy a ir a cenar al club y se me está haciendo tarde.
    – De acuerdo, pero no dejes pasar tanto tiempo antes de llamar de nuevo.
    – Bueno, mamá.
    – Sabes, te llamaríamos más seguido si las tarifas de larga distancia no fueran tan increíbles. Oye, si hablas con Katy dile que el abuelo y yo estamos deseando que venga.
    – Lo haré.
    – Bien, adiós, entonces, querida. -Vera jamás dejaba de incluir un término formalmente cariñoso al final de la conversación.
    – Adiós, mamá.
    Después de colgar, Maggie sintió que necesitaba algo caliente para calmar los nervios. Se preparó una taza de té de hierbas y se la llevó al baño. Se cepilló el pelo. Con violencia.
    ¿Era demasiado esperar que una madre preguntara por el bienestar de su hija? ¿Por su felicidad? ¿Por sus amigos? ¿Preocupaciones? Como de costumbre, Vera había centrado la conversación en ella misma. En su duro trabajo. En su desilusión. En sus exigencias. ¡El mundo entero debía considerar los deseos de Vera antes de hacer un movimiento!
    ¿Regresar a Door County? ¿Aun de vacaciones? ¡Ni loca!
    Maggie seguía castigándose el cuero cabelludo cuando volvió a sonar el teléfono. Esta vez era Brookie y no perdió el tiempo con introducciones.
    – Ya lo tenemos todo arreglado. Lisa llegará el martes y pasará una semana en casa de su madre. Tani está en Bahía Green y Fish sólo tiene tres horas de automóvil desde Brussels, de modo que nos reuniremos todas aquí en casa el miércoles al mediodía. Contamos con tu presencia. ¿Qué dices? ¿Puedes venir?
    – ¿A menos de cien kilómetros de mí madre? ¡De ninguna manera!
    – Caray, parece que llamé en mal momento.
    – Estuve hablando con ella. Acabo de cortar.
    Con tono afable, Brookie preguntó:
    – ¿Cómo está la vieja bruja?
    Una carcajada tomó a Maggie por sorpresa.
    – ¡Brookie, es mi madre!
    – Bueno, eso no es culpa tuya. Y no debería impedirte regresar a ver a tus amigas. ¿Qué te parece, nosotras cinco, unas cuantas botellas de vino, buenas risas y largas charlas? No se necesita más que un boleto de avión.
    – Ay, qué bien suena.
    – Entonces dime que vendrás.
    – Pero…
    – Pero, una mierda. No tienes más que venir. Deja todo y súbete a un avión.
    – ¡Al diablo contigo, Brookie!
    – Soy un demonio, ¿eh?
    – Sí. -Maggie golpeó un pie contra el suelo. -Ay, tengo tan-las ganas de ir.
    – ¿Qué te está frenando?
    Las excusas de Maggie brotaron como si ella quisiese convencerse a sí misma.
    – Es tan repentino, y sólo tendría cinco días y las profesoras deben estar en el colegio tres días antes que los alumnos y tendría que quedarme en casa de mi madre ¡y ni siquiera puedo hablar por teléfono con ella sin desear entregarme para adopción!
    – Puedes quedarte en casa. No hay más que poner una bolsa de dormir en el suelo y otro hueso en la sopa. ¡Mierda, hay tantos cuerpos en esta casa que nadie se percatará de la presencia de otro más!
    – No podría hacer eso: ir hasta Wisconsin y quedarme en tu casa. Las recriminaciones no tendrían fin.
    – Entonces quédate en casa de tu madre por las noches y asegúrate de no estar en todo el día. Iremos a nadar y caminaremos hasta la Isla Cana y revolveremos las tiendas de antigüedades. Podemos hacer lo que se nos antoje. Me queda una última semana de vacaciones antes de que empiecen las clases y pierda a mis niñeros permanentes. ¡Dios, qué bien me hará esta escapada! Podríamos pasarlo tan bien… ¿Qué me dices, Maggie?
    – Ay, Brookie. -Las palabras trasmitían la claudicante determinación de Maggie.
    – Eso ya me lo dijiste.
    – ¡Ay, Brookiiiiie! -Aun mientras reían, Maggie hizo una mueca de frustración y anhelo desesperado.
    – Calculo que tendías dinero para comprar un boleto -añadió Brookie.
    – Tanto que harías arcadas si te contara.
    – Fantástico. Entonces ven. Por favor.
    Maggie perdió la batalla contra la tentación.
    – Está bien, pesada, ¡iré!
    – ¡Iiiiuuuujuuu! -Brookie interrumpió el grito de guerra para chillarle a alguien que andaba cerca: -¡Viene Maggie! -A Maggie, dijo: -Voy a cortar para que llames al aeropuerto. Llámame en cuanto hayas llegado a la ciudad, o mejor aún, pasa por aquí antes de ir a casa de tus padres. ¡Nos vemos el martes!
    Maggie cortó e informó a la pared:
    – Me voy a Door County. -Se levantó de la silla y exclamó a la pared, con las palmas de las manos hacia arriba, azorada: -¡Me voy a Door County! ¡Pasado mañana me voy a Door County! ¡No lo puedo creer!

    La incredulidad se mantuvo y se incrementó. El domingo, Maggie no pudo hacer nada. Empacó y desempacó cinco equipos de ropa para por fin decidir que necesitaba algo nuevo. Se peinó una y otra vez de diferentes formas antes de decidir que también pasaría por el salón de belleza. Llamó para reservar boleto y pidió uno en primera clase. Tenía casi un millón y medio de dólares en el Banco y pensó -por primera vez- que había llegado el momento de disfrutarlos.
    En el salón de Gene Juárez, al día siguiente, dijo al desconocido peinador:
    – Hágame algo artístico. Vuelvo a casa para encontrarme con mis amigas de la escuela por primera vez en veintitrés años.
    Cuando salió, tenía el aspecto de algo que ha sido lavado y colgado al revés para secar. Lo extraño era que le hizo sentir un júbilo que no había experimentado en años.
    Luego pasó por la tienda Nordstrom y preguntó a la empleada:
    – ¿Qué se pondría mi hija si fuera a un recital de Prince? -Salió con tres pares de jeans lavados con ácido y una selección de camisetas harapientas que se parecían a lo que usaría el viejo Niedzwecki para vender repuestos de automóviles usados en su desarmadero.
    En Helen's Of Course compró un par de vestidos elegantes, uno para viajar, uno para cualquier exigencia que pudiera surgir, olió los perfumes favoritos de todo el mundo, desde Elizabeth Taylor hasta Lady Bird Johnson, pero terminó en Woolworth pagando alegremente dos dólares con noventa y cinco por un frasco de Emeraude, que seguía siendo su perfume favorito.
    El martes por la mañana descendió de un taxi en el aeropuerto internacional de Sea-Tac bajo una lluvia torrencial, y del avión cuatro horas más tarde en Bahía Green bajo un sol enceguecedor y alquiló un coche en un estado total de incredulidad. Durante todos sus años de viajes con Phillip siempre habían planeado los viajes semanas, meses por adelantado. La impulsividad era nueva para Maggie y le producía un júbilo indescriptible. ¿Cómo no la había probado antes?
    Condujo hacia el norte con una renovada sensación de estar emergiendo y cruzó el canal en Bahía Sturgeon sintiéndose en casa. Door County por fin, y a pocos kilómetros, su primer panorama de huertos de cerezos. Los árboles, ya privados de su botín, marchaban en formación por las praderas verdes y ondulantes bordeadas de muros de piedra y bosques. Huertos de manzanos y ciruelos pesaban de frutas que resplandecían como faros bajo el sol de agosto. De tanto en tanto, sobre la carretera había mercados al aire libre que mostraban coloridos cajones de frutas, bayas, verduras, jugos y mermeladas.
    Y por supuesto, estaban los graneros, delatando la nacionalidad de los que los habían construido: los graneros belgas de ladrillo, los ingleses con lucarnas y puertas laterales; los noruegos de troncos cortados cuadrados; los alemanes, de troncos redondos; altos graneros finlandeses de dos plantas; graneros alemanes tipo bunker, construidos bajo tierra, otros mitad de madera y los espacios entre las maderas rellenos con ladrillos. Y un gigantesco espécimen pintado con un diseño floral contra el suelo rojo.
    En Door County las estructuras de troncos eran tan comunes como las de material. A veces granjas enteras se mantenían como habían estado cien años antes, con las construcciones de troncos cuidadosamente preservadas, las cabañas embellecidas con modernas ventanas salientes y buhardillas decoradas con marcos blancos. Los jardines estaban rodeados por cercas y flores abundantes: copetes, petunias y malvas que caían sobre alcantarillas a los lados del camino.
    En Egg Harbor Maggie redujo la velocidad a paso de hombre, azorada por cómo había crecido. Había turistas por todas partes, tomando helados en la calle, deteniéndose en las aceras para mirar vidrieras de anticuarios, en las puertas de los locales de venta de artesanías. Pasó junto al restaurante Blue Iris y el Cupola House, erguidos, blancos y tradicionales, sintiendo que la familiaridad que le provocaban le invadía el espíritu y la emocionaba. Luego salió a la carretera hacia Fish Creek, pasando entre ricos campos de trigo y más huertos y grandes abedules que se destacaban como marcas hechas con tiza sobre terciopelo verde.
    Llegó al risco que estaba sobre su pueblo natal, dejando un último huerto de cerezos a la izquierda y bajando el trecho de carretera empinado que daba la vuelta al acantilado y entraba en el poblado. La llegada siempre constituía una sorpresa agradable. De pronto uno estaba en los campos sobre los riscos sin tener noción de que el pueblo estaba abajo, y al minuto siguiente estaba ante una señal de PARE viendo las aguas resplandecientes del puerto de Fish Creek con la Calle Principal extendiéndose a la derecha y a la izquierda.
    Estaba igual que como ella lo recordaba, con turistas por todos lados y automóviles avanzando a paso de hombre mientras los peatones caminaban por donde se les antojaba; tiendas alegremente decoradas construidas en antiguas casas a lo largo de la sombreada Calle Principal cuyos extremos ella podía ver desde donde estaba. ¿Cuánto tiempo hacía que no estaba en un pueblo sin semáforos ni carriles de giro? ¿O con una calle principal a la que había que cortar el césped en verano y rastrillarlo en otoño? ¿En qué otro lugar la estación de servicio parecía la casa de Ricitos de Oro? ¿Y la panadería tenía una galería delantera? ¿Y los callejones entre los edificios necesitaban riego frecuente para mantener frescas las petunias y los geranios?
    Del otro lado de la calle principal, un viejo edificio con doble fachada le llamó la atención: el almacén de ramos generales de Fish Creek, donde trabajaba su padre. Sonrió, imaginándolo detrás del largo mostrador blanco de la conservadora de fiambres con la que había estado corlando carnes y preparando sandwiches durante todo el tiempo que ella podía recordar.
    Hola, papi, pensó. Enseguida vuelvo.
    Giró hacia el oeste y condujo muy lentamente entre los árboles del bulevar, pasando junto a jardines floridos y casas con buhardillas transformadas en casas de regalos, junto al Whistling Swan, una inmensa hostería de madera blanca con el enorme porche del lado este repleto de sillones de mimbre. Pasó junto a la Plaza de los Fundadores y la casa de Asa Thorp, el fundador del pueblo, y a la iglesia comunitaria donde las palomas dibujadas en los vitrales seguían igual que las recordaba. Pasó la hostería White Gull y siguió hasta el final de la calle, donde un grupo de cedros altos marcaba la entrada al Parque Sunset Beach. Allí los árboles se abrían y permitían un panorama majestuoso de Bahía Green, resplandeciente bajo el sol de la tarde.
    Detuvo el automóvil, se bajó y protegiéndose los ojos con una mano, contempló los veleros, docenas de veleros, que brillaban sobre el agua.
    De nuevo en casa.
    Volvió a subir al coche y retomó por el mismo camino.
    El tránsito era pesado y los lugares para estacionar escasos, pero consiguió uno delante de una casa de regalos llamada El nido de la paloma y retrocedió a pie unos ciento cincuenta metros, pasando junto a las barandas de piedra tras las cuales los turistas bebían tragos frescos.
    Levantando un brazo para detener el tránsito se coló entre dos paragolpes y cruzó al otro lado de la calle.
    Los escalones de cemento del almacén de ramos generales de Fish Creek seguían empinados como siempre, llevando a unas puertas que se abrían al revés. Adentro, los pisos crujían, la iluminación era poco adecuada y el aroma, rico en recuerdos: años de fruta que se había puesto demasiado madura para vender, chorizos caseros y el producto de limpieza que Albert Olson seguía usando cuando barría los pisos por la noche.
    A las cinco de la tarde, la tienda estaba repleta. Maggie pasó junto al mostrador delantero, saludando con la mano a Mae, la mujer de Albert, que la saludó con sorpresa y avanzó hasta el fondo donde un nudo de clientes rodeaba el alto mostrador de fiambrería. Detrás de él, su padre, con un largo delantal blanco, estaba ocupado tentando a los clientes mientras manejaba la cortadora de fiambres.
    – ¿Fresco? -estaba diciendo por encima del zumbido de la máquina-. Pero si yo mismo salí esta mañana y maté la vaca a las seis. -Apagó el motor y pasó al siguiente movimiento con absoluta fluidez. -Uno de pan francés con mostaza y suizo. Uno de pan negro con mostaza y americano. -Cortó un trozo de pan francés, tomó dos rebanadas de pan negro, las untó con manteca y mostaza, les colocó dos trozos de corned beef, abrió la puerta de la conservadora, extrajo dos tajadas de queso, apiló los ingredientes y colocó los sandwiches terminados en envases plásticos. Todo el proceso le había llevado menos de treinta segundos.
    – ¿Algo más? -Apoyó las manos sobre el mostrador alto. -La ensalada de papas es la mejor de toda la costa del lago Michigan. Mi abuelita cultivaba las papas con sus propias manos. -Guiñó un ojo a la pareja que esperaba sus sandwiches.
    Ellos rieron y respondieron:
    – No, gracias, es todo.
    – Se paga adelante. ¿Quién sigue? -rugió Roy.
    Un hombre de unos sesenta años con pantalones bermuda y salida de baño de toalla pidió dos sandwiches de pastrami.
    Mientras observaba a su padre prepararlos, Maggie se sorprendió de nuevo ante su personalidad comercial, tan diferente de la que mostraba en su casa. Era entretenido y sorprendentemente eficiente. La gente se encariñaba con él al sólo verlo. Los hacía reír y regresar a la tienda.
    Se mantuvo apartada, sin llamar la atención, viéndolo trabajar con la gente como un prestidigitador, corriendo de un lado a otro, envolviendo sandwiches, cortando fiambres, abriendo la pesada puerta de la conservadora, la misma que cuando Maggie era una niña. Había que esperar -en verano siempre había que esperar- pero él mantenía a todos de buen humor con su eficiencia y teatralidad.
    Después de observar durante varios minutos, Maggie se acercó al mostrador cuando él estaba de espaldas.
    – Quiero una moneda para un helado -dijo en voz baja.
    Él miró por encima del hombro y la sorpresa le dejó el rostro en blanco.
    – ¿Maggie? -Se volvió, secándose las manos en el delantal blanco. -Maggie, tesoro, ¿acaso estoy viendo visiones?
    Ella rió, feliz de haber venido.
    – No, estoy aquí de veras. -Si el mostrador hubiera sido más bajo, él lo habría saltado. En cambio, dio la vuelta por un extremo y la levantó en un abrazo de oso.
    – ¡Maggie, qué sorpresa!
    – Para mí también lo es.
    La apartó, sosteniéndola de los hombros.
    – ¿Qué haces aquí?
    – Brookie me convenció de que viniera.
    – ¿Lo sabe tu madre?
    – No, vine directamente a la tienda.
    – ¡Diablos… no lo puedo creer! -Rió, feliz, la volvió a abrazar y luego recordó a los clientes. Con un brazo alrededor de sus hombros, se volvió hacia ellos. -Para aquellos que creen que soy un viejo verde, ésta es mi hija Maggie, de Seattle. Acaba de darme la sorpresa de mi vida. -La soltó y le preguntó: -¿Vas para casa, ahora?
    – Sí, creo que sí.
    Roy miró su reloj.
    – Bien, todavía me quedan cuarenta y cinco minutos aquí. Estaré en casa a las seis. ¿Cuánto tiempo te quedas?
    – Cinco días.
    – ¿Nada más?
    – Me temo que no. Tengo que estar de vuelta el domingo.
    – Bueno, cinco días es mejor que nada. Bien, vete así me encargo de esta gente. -Se dirigió de nuevo a su puesto de trabajo diciendo por encima del hombro: -Dile a tu madre que llame si necesita algo para la cena.
    Cuando Maggie encendió el motor del automóvil y tomó el camino hacia su casa, sintió que su entusiasmo se desvanecía. Condujo despacio, preguntándose, como lo hacía siempre, si era su tendencia a pretender demasiado de su madre lo que hacía que las vueltas a casa fueran invariablemente una desilusión. Al detenerse delante de la casa donde había crecido, Maggie se inclinó y la contempló durante unos instantes antes de descender del coche. No había cambiado en absoluto. De estilo campestre, dos plantas, techo bajo con aleros, hubiera sido perfectamente cuadrada de no haber sido por el porche delantero con sus macizas columnas de la piedra caliza característica de la zona. Robusta y sólida, con arbustos de corona de novia a cada lado de los escalones y olmos simétricos a los costados, la casa hacía pensar que seguiría allí dentro de cien años.
    Maggie apagó el motor y se quedó unos minutos sentada: desde cuando ella tenía memoria, su madre había corrido hacia la ventana del frente al oír cualquier ruido en la calle. Vera se ponía detrás de las cortinas y observaba a los vecinos descargar a sus pasajeros o paquetes, y a la hora de la cena daba un informe detallado, intercalado de comentarios negativos.
    "Elsie debe de haber ido a Bahía Sturgeon, hoy. Tenía paquetes de Piggly Wiggly. No entiendo por qué compra en ese negocio. ¡Tiene un olor espantoso! Las cosas nunca son frescas allí. Pero por supuesto, a Elsie no se puede decirle nada."
    O:
    "Toby Miller trajo a esa chica Anderson a media tarde cuando sé perfectamente que su madre estaba trabajando. Dieciséis años y solos en la casa durante una hora y media. ¡A Judy Miller le daría un ataque si lo supiera!"
    Maggie cerró la puerta del coche con fuerza y caminó de mala gana hacia la entrada. En los parapetos al pie de los escalones, un par de urnas de piedra ostentaba los mismos geranios rosados y las mismas vincas de siempre. El piso de madera del pórtico brillaba con su capa anual de pintura gris. El felpudo de bienvenida parecía no haber sido pisado nunca por nadie. La puerta de tela metálica seguía teniendo la misma "P" en la rejilla.
    Maggie la abrió sin hacer ruido y se quedó en el vestíbulo, escuchando. En el fondo de la casa se oía una radio y el correr de la canilla de la cocina. La sala estaba silenciosa, impecable. Jamás se había permitido que estuviera de otra manera, pues Vera hacía saber a todos que los zapatos debían dejarse en la puerta, que estaba prohibido poner los pies sobre la mesa ratona y fumar cerca de las cortinas. El hogar tenía la misma pila de troncos de abedul que habían tenido durante treinta años, pues Vera no permitía que se encendieran: el fuego hacía cenizas y las cenizas ensuciaban. Los caballetes de hierro y la pantalla protectora en forma de abanico jamás habían sido manchados con humo ni los ladrillos, decolorados por el calor. La repisa de caoba brillaba y, más allá de una arcada cuadrada, la mesa de comedor lucía la misma carpeta de encaje y el mismo recipiente plateado de siempre: uno de los regalos de casamiento de Vera y Roy.
    A Maggie la falta de cambios le resultó reconfortante y abrumadora a la vez.
    Sobre el reluciente piso del corredor se reflejaba la luz de la cocina, que estaba atrás, y a la izquierda, la escalera de caoba subía junto a la pared y hacía una curva hacia la derecha en un descanso con una ventana alta. Mil veces Maggie había bajado corriendo sólo para oír a su madre ordenarle desde abajo:
    – ¡Margaret, quieres bajar caminando, por favor!
    Maggie estaba de pie contemplando la ventana del descanso cuando Vera entró por el extremo opuesto del corredor, se detuvo en seco, ahogó una exclamación y luego emitió un chillido.
    – Mamá, soy yo, Maggie.
    – ¡Santo Cielo, muchacha, me diste el susto de mi vida! -Se había apoyado contra la pared con una mano sobre el corazón.
    – Lo siento, no fue mi intención.
    – ¿Pero qué estás haciendo aquí?
    – Vine. Sencillamente… vine. -Maggie levantó las manos y se encogió de hombros. -Me subí a un avión y vine.
    – Bueno, por Dios, podrías avisar. ¿Qué te has hecho en el pelo?
    – Probé algo nuevo. -Maggie levantó una mano, inconscientemente tratando de achatar los mechones parados que solamente el día anterior la habían hecho sentir tan audaz.
    Vera apartó la vista del pelo de Maggie y se abanicó el rostro con una mano.
    – Todavía tengo el corazón en la boca. Una persona de mi edad podría tener un infarto a causa de un susto como este: parada allí delante de la puerta donde no se te puede ni ver la cara. Lo único que vi eran esos pelos parados. Cielos, podrías haber sido un ladrón buscando algo que llevarse. En estos tiempos, uno lee cada cosa en los periódicos que ya no sabe qué pensar, y este pueblo está lleno de desconocidos. Uno tendría que cerrar las puertas con llave.
    Maggie se acercó a Vera.
    – ¿No me das un abrazo?
    – Sí, por supuesto.
    Vera se parecía mucho a su casa: era robusta y regordeta, meticulosamente prolija y sin gracia. Usaba el mismo peinado desde 1965: un rodete hacia atrás con dos prolijos rulos en forma de media luna sobre los costados de la frente. El peinado recibía una dosis de fijador semanal en el Rincón de belleza de Bea, de manos de la propia Bea, que tenía tan poca imaginación como sus clientas. Vera usaba pantalones gruesos color turquesa, un pulóver blanco y zapatos blancos de enfermera con suela de crepé, anteojos sin marco con una banda plateada en la parte superior, y un delantal. El abrazo fue más de Maggie que de su madre.
    – Es que tengo las manos mojadas -explicó Vera -. Estaba pelando papas.
    Cuando terminó el abrazo, Maggie sintió la misma desilusión que experimentaba cada vez que buscaba afecto en su madre. Con su padre, habrían caminado hacia la cocina tomados del brazo. Con su madre, avanzaron separadas.
    – ¡Mmm, qué rico olor! -Iba a hacer un gran esfuerzo.
    – Estoy preparando costillas de cerdo con crema de hongos. Cielos, espero que la cena me alcance. ¡Cómo me habría gustado que hubieras llamado, Margaret!
    – Papi dijo que llamaras si necesitabas que trajera algo.
    – ¿Cómo? ¿Ya estuviste con él? -Ahí estaba: el sutil tono celoso que Maggie siempre intuía ante la mención de Roy.
    – Sólo un minuto. Me detuve en el negocio.
    – Bueno, es demasiado tarde para poner costillas para ti junto con las demás. No se cocinarán. Creo que tendré que freírtelas.
    Vera se encaminó directamente hacia el teléfono de la cocina.
    – No, mamá, no te preocupes. Me iré a buscar un sandwich.
    – Un sandwich, pero qué disparate.
    Maggie ya casi nunca comía carne de cerdo y hubiera preferido un sandwich de blanco de pavo, pero Vera ya estaba llamando al negocio antes que ella pudiera expresar sus preferencias. Mientras hablaba, limpiaba el inmaculado teléfono con su delantal.
    – ¿Hola, Mae? Habla Vera. ¿Puedes decirle a Roy que traiga dos costillas de cerdo? -Limpió la mesada junto al teléfono. -No, con dos estará bien. Dile que esté aquí a las seis o se me secará toda la comida como anoche. Gracias, Mae. -Cortó y regresó a la pileta, hablando sin cesar. -Cualquiera diría que ese padre tuyo no tiene reloj. Se supone que termina a las seis en punto, pero le importa un rábano si aparece por aquí media hora más tarde o no. Se lo dije el otro día. Le dije: "Roy, si esos clientes del negocio son más importantes que regresar a la hora en que está lista la cena, quizá sería mejor que le mudaras allí." ¿Sabes qué hizo? -La papada de Vera tembló mientras ella tomaba un pelapapas y atacaba una papa. -¡Se fue al garaje sin decir una palabra! A veces parecería que no vivo aquí por lo poco que me habla. Se lo pasa allí afuera en el garaje. Ahora hasta se llevó un televisor allí para mirar los partidos de béisbol mientras se entretiene con sus tonterías.
    Quizá los miraría en la casa, madre, si tú lo dejaras poner el recipiente con pochoclo donde quisiera o los pies sobre tu adorada mesa ratona.
    Al volver a la sala, el reino de su madre, Maggie se preguntó cómo había tolerado su padre vivir con ella durante cuarenta y tantos años. Maggie sólo había estado en la casa cinco minutos y ya sentía los nervios a flor de piel.
    – Bueno, no viniste aquí a escuchar esas cosas -dijo Vera con un tono que advirtió a Maggie que escucharía mucho más en los días siguientes. Terminó de pelar las papas y puso la sartén al fuego. -Debes de tener maletas en el coche. ¿Por qué no las entras y las llevas arriba mientras pongo la mesa?
    Cómo deseaba Maggie decirle: "Dormiré en casa de Brookie." Pero el autoritarismo de Vera no era fácil de desafiar. Aun a los cuarenta años, Maggie no se atrevía a desobedecer.
    Arriba, tuvo un momento de distracción y colocó la valija sobre la cama. Un instante después, la bajó al suelo, mirando con cautela hacia la puerta. Luego alisó el cubrecama, aliviada por no haberlo arrugado.
    La habitación estaba igual. Cuando Vera compraba muebles, los compraba para que perduraran. La cama de madera de arce de Maggie y la cómoda seguían en el mismo lugar. El papel floreado en tonos suaves de celeste en el que jamás se le había permitido clavar chinches todavía duraría años. El escritorio había vuelto a su lugar; durante los años en que Katy era pequeña, Vera lo había reemplazado por una cuna.
    El recuerdo le despertó una punzada de nostalgia. En la ventana, corrió la cortina y miró el cuidado jardín trasero.
    ¡Phillip, cuánto te extraño! Siempre me fue más fácil soportar a mamá contigo a mi lado.
    Suspiró, dejó caer la cortina y se puso de rodillas para desempacar.
    Adentro del placard había algunos trajes antiguos de su padre colgados junto a una bolsa plástica cerrada que contenía su vestido de graduación. Rosado. Eric le había pedido que se vistiera de rosado y le había regalado un ramillete de rosas para abrochar sobre el vestido.
    Eric es casado y te estás comportando como una vieja reblandecida, mirando ese vestido mustio de hace tantos años.
    Se quitó el traje de hilo y se puso un par de jeans Guess nuevos y un top azul bajo una chaquetita tejida blanca. Alrededor del cuello se ató un pañuelo de algodón y se puso un par de grandes aros con forma de rombos.
    Cuando entró en la cocina, Vera echó un vistazo al conjunto y dijo:
    – Esa ropa es un poquito juvenil para ti, ¿no te parece, querida?
    Maggie se miró el jean desteñido azul y blanco y respondió:
    – No tenía tarjeta de restricción de edad cuando lo compré.
    – Sabes a qué me refiero, querida. A veces, cuando una mujer llega a la mediana edad, puede quedar ridícula tratando de parecer más joven de lo que es.
    Maggie sintió un nudo de rabia en la garganta y supo que si no se alejaba pronto de su madre estallaría y volvería intolerables los siguientes cuatro días. -Esta noche iré a casa de Brookie. No creo que le moleste mi ropa.
    – ¡A casa de Brookie! No veo por qué tienes que salir corriendo no bien pones los pies en la casa.
    No, madre, estoy segura de que no lo ves, pensó Maggie y se dirigió a la puerta trasera para escapar por unos minutos.
    – ¿Necesitas algo del jardín? -preguntó con forzada ligereza.
    – No. La cena ya está lista. Sólo falta tu papá.
    – Saldré un rato, de todos modos.
    Maggie huyó de la cocina y paseó por el impecable jardín trasero, pasando junto a las impecables hileras de caléndulas que bordeaban la casa; entró en el garaje, donde las herramientas de su padre parecían ordenadas con precisión militar. El piso estaba ridículamente limpio y el televisor descansaba por encima del banco de trabajo, sobre un estante recientemente fabricado.
    Pobre papá.
    Cerró la puerta de servicio del garaje y vagó por la huerta. Las habas y arvejas ya habían sido cosechadas y los tallos superiores de las cebollas se estaban secando. En toda su vida jamás recordaba que su madre se hubiera retrasado con algún trabajo. ¿Por qué hasta eso le daba rabia?
    Vera la llamó desde la puerta.
    – Ya que estás, querida, trae dos tomates maduros para cortar por el medio.
    Maggie pasó por entre las cañas que sujetaban los tomates y escogió dos para llevar a la casa. Pero cuando entró en la cocina, su madre la regañó:
    – Quítate los zapatos, hija. Enceré el piso ayer.
    Cuando llegó Roy, Maggie se sentía al borde del estallido. Fue a encontrarse con él en el camino que subía desde el garaje y caminaron del brazo hacia la casa.
    – ¡Qué bueno es verte salir a recibirme! -dijo Roy con afecto.
    Ella sonrió y le apretó el brazo, sintiendo que sus nervios se calmaban.
    – Ah, papi -suspiró, levantando el rostro hacia el ciclo.
    – Supongo que le habrás dado una gran sorpresa a tu madre.
    – Casi le dio un infarto, al menos eso dijo.
    – Tu madre jamás tendrá un infarto. No lo toleraría.
    – Llegas tarde, Roy -interrumpió Vera, abriendo la puerta de alambre tejido y haciendo un gesto impaciente hacia el paquete que él tenía en las manos-. Y todavía tengo que freír esas costillas. Tráemelas, pronto.
    Él le entregó el paquete y ella desapareció. Abandonado en los escalones, Roy se encogió de hombros y sonrió resignadamente a su hija.
    – Ven -dijo ella-. Muéstrame qué hay de nuevo en tu taller.
    Una vez que estuvieron dentro de la habitación con aroma a madera fresca, preguntó:
    – ¿Por qué permites que te haga eso, papá?
    – Bah, tu madre es una buena mujer.
    – Es buena ama de casa y buena cocinera. Pero nos vuelve locos a los dos. Yo ya no tengo que vivir con ella, pero tú sí. ¿Por qué lo toleras?
    Él pensó un momento y dijo:
    – Creo que nunca me pareció que valiera la pena enfrentarla.
    – Pero te refugias aquí.
    – Bueno, es que lo paso bien aquí. Estuve haciendo pajareras y comederos para vender en el negocio.
    Maggie le apoyó una mano en el brazo.
    – ¿Pero nunca tienes ganas de decirle que se calle la boca y te deje en paz? Papá, te da órdenes todo el tiempo.
    Él tomó un trozo de madera de roble y la acarició con los dedos.
    – ¿Recuerdas a la abuela Pearson?
    – Sí, un poco.
    – Era igual. Manejaba a mi padre como un sargento a los reclutas. No conocí otra cosa.
    – Pero eso no hace que esté bien, papá.
    – Celebraron sus bodas de oro antes de morir.
    Sus miradas se encontraron durante varios segundos.
    – Eso es perseverancia, papi. No felicidad. Existe una diferencia.
    Él dejó el trozo de madera.
    – Es en lo que cree mi generación.
    Quizá tuviera razón. Quizá su vida fuera apacible aquí en el taller y en su trabajo del negocio. Por cierto, su mujer le proveía un hogar impecable, buena comida y ropa limpia: las tareas tradicionales de la esposa en las que también creía su generación. Si él las aceptaba como suficientes, ¿quién era ella para sembrar desconformidad?
    Le tomó la mano.
    – Bueno, olvida que lo mencioné. Vayamos a cenar.

Capítulo 4

    Glenda Holbrook Kerschner vivía en una casa de campo de noventa años de antigüedad rodeada de veinte acres de cerezos Montmorency, sesenta de praderas y bosques, un venerable granero rojo, un no tan venerable granero de chapa y una telaraña de senderos marcados por niños, máquinas, perros, gatos, caballos, ciervos, zorrinos y ardillas.
    Maggie había estado allí años antes, pero la casa era más grande ahora, con una ampliación de madera que sobresalía de la construcción original de piedra caliza. La galería, en un tiempo cercada con baranda blanca, había sido cerrada con vidrio y se había convertid en parte de la sala. Una huerta inmensa se extendía por una colina al este detrás de la casa y en la soga de la ropa (casi tan grande como el jardín) colgaban cuatro alfombritas. Maggie entró el coche en el jardín poco antes de las ocho esa noche.
    Todavía no había apagado el motor cuando la puerta se abrió con violencia y Brookie salió a la carrera, gritando:
    – ¡Maggie, viniste!
    Dejando la puerta abierta, Maggie corrió. Se encontraron en el jardín junto a la casa y se abrazaron con fuerza y ojos húmedos.
    – ¡Brookie, qué bueno es verte!
    – ¡No lo puedo creer! ¡Sencillamente no lo puedo creer!
    – ¡Estoy aquí! ¡Te juro que estoy aquí!
    Apartándose por fin, Brookie dijo:
    – ¡Por Dios, déjame mirarte! ¡Estás flaca como un palo! ¿No te dan de comer en Seattle?
    – Vine aquí a que me engorden.
    – Pues has dado con el sitio indicado, como podrás ver.
    Glenda dio una vueltita y exhibió su cuerpo regordete. Cada embarazo la había dejado con dos kilos de más, pero tenía aspecto de agradable matrona, con el cabello corto y rizado alrededor del rostro, una sonrisa contagiosa y atractivos ojos castaños.
    Apoyó ambas manos sobre su generosa cintura y se miró.
    – Como diría Gene: le proporciono calor en invierno y sombra en verano. -Antes que Maggie pudiera dejar de reír, ya la estaba llevando hacia la casa, apretada contra su costado. -Ven a saludarlo.
    En el escalón trasero de la casa aguardaba Gene Kerschner, alto, anguloso, vestido con vaqueros y una gastada camisa escocesa. Sostenía la mano de una niñita descalza y en camisón que apenas si le llegaba a la cadera. Tenía el aspecto de un satisfecho granjero, de un padre feliz, pensó Maggie mientras él soltaba la mano de la niña para darle un abrazo de bienvenida.
    – Así que ésta es Maggie. Ha pasado mucho tiempo.
    – Hola, Gene. -Maggie sonrió al hombre de hablar pausado.
    – Quizás ahora que estás aquí Glenda se calmará un poco.
    La niñita le tironeó del pantalón.
    – ¿Quién es, papi?
    Él la levantó en brazos.
    – Es Maggie, la amiga de mamá. -A Maggie, dijo: -Ella es Chrissy, una de los menores.
    – Hola, Chrissy. -Maggie tendió una mano.
    La niña se metió un dedo en la boca y apoyó la frente contra la mejilla de su padre.
    Riendo, entraron mientras Glenda añadía:
    – El resto está desparramado por allí. Justin tiene dos años y ya está durmiendo, por suerte. Julie y Danny están andando en Penélope, nuestro caballo. Erica salió con un muchacho: tiene dieciséis dulces años y está locamente enamorada. Todd está trabajando en el pueblo, de camarero en The Cookery. Tiene diecinueve y está tratando de decidir si debe alistarse en la Fuerza Aérea. Y Paul, el mayor, ya regresó a la universidad.
    La casa era amplia y cómoda, con una cocina enorme dominada por una mesa con patas en forma de garra y ocho sillas. La sala se anexaba a la cocina y estaba amoblada con sofás gastados, un televisor grande y al final, donde había sido cerrada la galería, había un antiguo diván de hierro y dos mecedoras. La decoración no era elegante, pero apenas entró, Maggie se sintió en su casa.
    Se dio cuenta de inmediato de que Brookie manejaba a su familia con mano firme pero amorosa.
    – Dale un beso a mami -dijo Gene a Chrissy-. Te vas a la cama.
    – ¡Noooo! -Chrissy pataleó contra su estómago y arqueó la espalda, fingiendo resistirse.
    – Sí, a la cama.
    Ella tomó el rostro de su padre entre sus manitos y probó un poco de seducción.
    – ¿Por favor, papito, puedo quedarme un ratito más?
    – Eres una brujita -dijo Gene, inclinándola hacía su madre-. Dale un beso, rápido.
    Chrissy y Glenda intercambiaron un beso y un abrazo.
    – Hasta mañana, mi vida.
    Sin más protestas, la niña subió en brazos de su padre.
    – Bueno -dijo Glenda-. ¡Ahora podemos estar tranquilas! Cumplí con mi promesa -añadió, abriendo la puerta de la heladera y sacando una botella verde de cuello largo-. Algo especial para la ocasión. ¿Qué te parece?
    – Me encantaría una copa. Sobre todo luego de estar con mi madre durante las últimas tres horas.
    – ¿Cómo está el sargento Pearson? -El apodo se remontaba a los días en que Brookie subía al porche de los Pearson y hacía un saludo militar ante la "P" de la puerta de alambre tejido antes de entrar con Maggie.
    – Insoportable como siempre. Brookie, no sé cómo mi padre puede vivir con ella. ¡Seguro que vigila cuando él va al baño para que no le salpique la tapa!
    – Qué lástima, porque tu padre es tan buena persona. Todo el inundo lo adora.
    – Lo sé. -Maggie aceptó una copa de vino y bebió un sorbo.-¡Mmm, gracias! -Siguió a Brookie al extremo de la gran habitación. Brookie se sentó en una mecedora y Maggie en el diván, abrazando un almohadón. Brindó a Glenda un resumen de las críticas que ella y Roy habían recibido desde que pisaron la casa. Gene regresó, bebió un sorbo del vino de Glenda, le besó el pelo, les deseó que se divirtieran mucho y se marchó, dejándolas solas.
    A los cinco minutos, sin embargo, Julie y Danny entraron ruidosamente, oliendo a caballo. Soportaron con estoicismo las premiaciones, luego huyeron a la cocina a prepararse bebidas frescas. Erica y su noviecito llegaron con otra pareja de su edad, alegres y ruidosos, para buscar en el periódico qué daban en el autocine local.
    – ¡Ah, hola! -dijo Erica cuando le presentaron a Maggie-.Hemos oído un montón de cuentos sobre lo que tú y mamá hacían en la escuela. Éstos son mis amigos, Matt, Karlie y Adam. ¿Mami, podemos preparar pochoclo para llevar al cine?
    Mientras lo preparaban, regresó Todd, bromeó con sus hermanos en la cocina y luego dijo:
    – Hola, ma, ¿ella es Maggie? Está igual a la foto de tu anuario. -Estrechó la mano de Maggie, luego se apropió de la copa de su madre y bebió un trago.
    – Dame eso. Te detendrá el crecimiento.
    – Pues no parece haber detenido el luyo -bromeó Todd y saltó hacia un costado cuando ella intentó pegarle en el trasero.
    – ¿Siempre es así aquí? -preguntó Maggie una vez que Todd regresó a la cocina a robar maíz y fastidiar a los hermanos menores.
    – Por lo general, sí.
    El contraste entre la vida de Maggie y la de Brookie era tan grande que las llevó a una serie de comparaciones y cuando por fin la casa quedó en silencio y estuvieron solas, hablaron como si nunca se hubieran separado, con franqueza y confianza.
    Maggie describió cómo era perder al marido en un accidente de avión y enterarse a la mañana siguiente por el noticiario; Brookie le contó cómo era enterarse de que una estaba encinta a los treinta y ocho años.
    Maggie habló de lo sola que se había quedado al partir su única hija para la universidad; Brookie admitió las frustraciones de tener siete hijos entre los pies todo el tiempo.
    Maggie describió sus cenas solitarias en la casa vacía, Brookie, su eterno cocinar para nueve personas cuando hacían treinta y seis grados y la casa no tenía aire acondicionado.
    Maggie le narró su malestar al haber recibido insinuaciones de un amigo casado en un club de golf cuyos greens tenían forma de patas de oso, con dedos y todo; Brookie le dijo que, mientras tanto, ella carpía veinte acres de cerezos para mantener las malezas bajo control.
    Maggie le describió la soledad de enfrentar la cama vacía luego de años de acurrucarse junto a la persona amada. Brookie respondió:
    – Nosotros todavía dormimos de a tres, a veces de a cuatro, cuando hay tormenta.
    – Te envidio, Brookie -dijo Maggie-. ¡Tu casa está tan llena de vida!
    – No cambiaría a ninguno de ellos, aun a pesar de que había épocas en que pensaba que se me caería el útero.
    Rieron. Se habían bebido la botella de vino y se sentían ligeras y a gusto recostadas en los sillones. La habitación estaba iluminada sólo por una lámpara de pie y la casa silenciosa invitaba a las confidencias.
    – Phillip y yo intentamos tener más hijos -admitió Maggie, tendida en el diván, con la copa vacía al revés entre los dedos -. Tuve dos embarazos más, pero los perdí y ahora ya estoy comenzando con la menopausia.
    – ¿Ya?
    – Alrededor de tres meses luego de la muerte de Phillip estaba en cama una noche a eso de las once cuando creí tener un infarto. Te juro que me sentía como creo que debes sentirte cuando te da un ataque al corazón, Brookie. Era algo que comenzaba en el pecho y se extendía como impulsos eléctricos por brazos y piernas, dejándome las manos y los pies húmedos. Fue aterrador. Me volvió a suceder, desperté a Katy y me llevó al hospital. Adivina qué era.
    – No lo sé.
    – Calores.
    Brookie trató de disimular una sonrisa, pero no pudo.
    – ¡Brookie, si te ríes, te mato!
    – ¿Calores?
    – Estaba sentada en el consultorio esperando al médico cuando la enfermera que me estaba tomando los signos vitales me pidió que le describiera lo que me había sucedido. Mientras lo hacía, me volvió a suceder. Se lo dije a la enfermera. Ella me miró y dijo: "Señora Stearn, ¿cuántos años tiene?" Le dije que tenía treinta y nueve y me contestó: "No está teniendo un infarto, le están subiendo los calores. Veo cómo se pone roja desde el pecho hasta el cuello en este mismo momento."
    Glenda ya no podía ocultar la risa. Lanzó una carcajada. Luego otra. Pronto estaba tirada en la silla, desternillándose de risa. Maggie estiró un pie y le dio un golpe.
    – ¡Te parece muy gracioso, pero espera a que te dé uno!
    Brookie se calmó, se acomodó en la silla y cruzó las manos sobre su abdomen.
    – Caray, ¿puedes creer que estemos tan viejas?
    – Que estemos, no. Que yo lo esté. Tú sigues produciendo bebés.
    – ¡Ya no, te lo aseguro! Ahora tengo un recipiente lleno de preservativos sobre la mesa del comedor.
    Volvieron a reír, hicieron silencios cómodos y Maggie tomó la mano de Brookie.
    – Es tan bueno estar aquí contigo. Eres mejor que el doctor Feldstein. Mejor que la terapia de grupo. Mejor que las amigas que me hice en Seattle. Te lo agradezco mucho.
    – Bah, ahora nos estamos poniendo melosas.
    – No, lo digo en serio, Brookie. No estaría aquí en Door si no hubieras llamado a todos y comenzado la ronda de llamadas. Primero Tani, luego Fish y Lisa, y hasta Eric.
    – ¡Entonces te llamó!
    – Sí; me sorprendió tanto.
    – ¿Qué dijo?
    – Que se había enterado por ti de la verdadera razón por la que lo había llamado. Temía que fuera a suicidarme, pero le aseguré que no había peligro.
    – ¿Y?
    – Y bueno, lo habitual. Hablamos de su trabajo, de cómo había sido la pesca, sobre mis clases en la escuela, cuánto tiempo habíamos estado casados, cuántos hijos teníamos o no teníamos y me dijo que es muy feliz en su matrimonio.
    – Espera a conocer a su mujer. Es una bomba. Parece una modelo.
    – No creo que la vea. Ni a Eric, para el caso.
    – Sí, es difícil, pues estarás tan poco tiempo.
    – ¿Por qué crees que no tuvieron hijos? Me parece extraño, pues cuando yo salía con Eric, siempre decía que no le molestaría tener media docena.
    – ¿Quién sabe?
    – Bueno, de todos modos no son asuntos que me incumban. -Maggie se desperezó. Eso hizo bostezar a Brookie. Maggie bajó los pies al suelo y dijo:
    – Buena señal para que un invitado regrese a su casa. -Miró el reloj y exclamó: -¡Cielos, es casi la una!
    Brookie acompañó a Maggie al coche. La noche era cálida y se sentía el aroma de las petunias y el olor de los caballos. Las estrellas se destacaban en el cielo negro.
    – Es curioso esto de los pueblos natales -musitó Maggie.
    – ¿Cómo te llaman para que vuelvas, no?
    – Sí, en serio. Sobre lodo cuando tienes amigos. Y mañana estaremos todas juntas.
    Se abrazaron.
    – Gracias por estar allí cuando te necesité. Y por preocuparte.
    Por una vez, Glenda no hizo bromas.
    – Es lindo tenerte aquí de nuevo. Ojalá te quedaras para siempre.
    Para siempre. Maggie lo pensó en el camino de regreso, en la tibia noche de agosto, fragante de cereales y manzanas en proceso de maduración que recordaban que el otoño estaba en puerta. En ningún lado el otoño era tan magnífico como en Door County, y hacía más de veinte años que no veía el cambio de color de las hojas allí. Sentía deseos de pasar un otoño de nuevo en Door. ¿Pero quedarse para siempre? ¿Con Vera en la misma ciudad? De ninguna manera.
    En la casa, Vera se las había ingeniado para dejar una última orden. Apoyada contra la lámpara de la cómoda había una nota: Apaga la luz del baño.
    Al día siguiente, a las once de la mañana, cuatro adultas maduras invadieron la casa de Brookie, convirtiéndose en un quinteto de chiquilinas risueñas y alborotadas.
    Se abrazaron. Saltaron. Lloraron. Se besaron. Hablaron todas al mismo tiempo. Se llamaron por los sobrenombres olvidados de la adolescencia. Dijeron obscenidades con sorprendente facilidad luego de años de eliminar esos epítetos poco femeninos de su vocabulario. Admiraron a Lisa (todavía la más bonita), se conmiseraron con Maggie (la viuda), rieron de Brookie (la más prolífica) y de Carolyn (ya abuela) y de Tani (la más canosa).
    Compararon fotografías familiares, personalidades de sus hijos, recuerdos obstétricos; anillos de casamiento, maridos y empleos; viajes, decoraciones de casas y problemas de salud; comieron ensalada de pollo, bebieron vino y se alborotaron todavía más; se pusieron al día sobre las familias: madres, padres, hermanos; chismearon sobre antiguas compañeras de clase; revivieron recuerdos adolescentes. Sacaron el anuario de Brookie y rieron ante los anticuados peinados y el excesivo maquillaje; criticaron a los profesores que habían odiado y alabaron a los que les habían tenido cariño allá por l965; trataron de cantar el himno de la escuela, pero no recordaban la letra (Brookie sí, pues seguía yendo a las Fiestas Deportivas). Por fin transaron con una versión de Tres palomas blancas volaron hacia el mar cantada por Lisa, Brookie y Maggie a tres dudosas voces.
    Pusieron rayados discos de los Beatles y bailaron el watusi. Caminaron por la pradera de Brookie tomadas del brazo, cantando canciones groseras por las que hubieran castigado a sus hijos, canciones groseras que los varones les habían enseñado en la escuela secundaria.
    A la hora de la cena fueron al centro y comieron en The Cookery, atendidas por Todd, el hijo de Brookie, que recibió la mayor propina de su carrera. Circularon por la calle principal entre turistas, bajaron a la playa y se sentaron sobre rocas para ver ponerse el sol por encima del agua.
    – ¿Por qué no hicimos esto antes? -quiso saber una de ellas.
    – Deberíamos hacer un pacto para juntarnos todos los años así.
    – Deberíamos.
    – ¿Por qué de pronto hablan con tanta tristeza? -preguntó Lisa.
    – Porque decir adiós es triste. Ha sido un día tan divertido.
    – Pero no es una despedida. Van a venir al casamiento de Gary, ¿no es así?
    – No estamos invitadas.
    – ¡Claro que sí! ¡Uy, casi me olvido! -Lisa abrió su cartera. -Gary y Deb me dieron esto para ustedes. -Extrajo una invitación color gris pálido con los nombres de todas en el sobre y la hizo circular.
    – Gene y yo iremos -confirmó Brookie, mirando el círculo de rostros. Ya saben… pueblo pequeño… todo el mundo va.
    – Y Maggie se queda hasta el domingo -razonó Lisa- y ustedes dos viven lo suficientemente cerca como para venir con el coche. Gary me pidió que insistiera. Él y Deb quieren que vayan. La recepción será en el Yacht Club de Puerto Bailey.
    Se miraron entre ellas queriendo decir que sí.
    – Yo iré -anunció Tani-. Me encanta la comida del Yacht Club.
    – Yo también -la respaldó Fish-. ¿Y tú, Maggie?
    – ¡Pero por supuesto que iré si ustedes estarán allí!
    – ¡Fantástico!
    Se levantaron de las rocas, se limpiaron la ropa y regresaron hacia la calle.
    – ¿Qué haremos mañana, Maggie? -preguntó Brookie-. Planeemos algo. ¿Nadar? ¿Ir de compras? ¿Caminar hasta la isla Cana? ¿Qué me dices?
    – Me siento culpable por alejarte de nuevo de tu familia.
    – ¡Culpable! -chilló Brookie-. Cuando tienes una familia tan numerosa como la mía, aprendes a aprovechar cualquier oportunidad para estar sola. Gene y yo hacemos mucho por los niños, ellos bien pueden darme un día para mí de vez en cuando.
    El plan quedó confirmado y fijaron la hora antes de despedirse.
    A la mañana siguiente, Maggie se sentó a beber té en la cocina, intentando mantener una conversación con su madre sin perder los estribos.
    – Brookie tiene una familia maravillosa y me encanta su casa.
    – Es una lástima cómo ha engordado -comentó Vera-. Y en cuanto a familia, diría que es demasiado numerosa. Vaya, debe de haber tenido treinta y ocho años cuando tuvo el último.
    Maggie se mordió el labio y defendió a su amiga.
    – Pero se llevan tan bien. Los mayores cuidan a los más chicos y guardan todo lo que sacan. Son una familia maravillosa.
    – No obstante, cuando una mujer está cerca de los cuarenta, debería tener más cuidado. ¡Podría haber tenido un niño retardado!
    – Aun después de los cuarenta, los embarazos ya no son tan raros, mamá, y Brookie dijo que deseó a cada uno de los bebés. El último no fue ningún error.
    Vera frunció los labios y arqueó una ceja.
    – ¿Y Carolyn?
    – Parece feliz casada con un granjero. Ella y su marido van a cultivar ginseng.
    – ¿Ginseng? ¿Quién come ginseng?
    Una vez más, Maggie tuvo que contenerse para no contestar de mal modo. Con el paso del tiempo, Vera se tornaba cada vez más pedante. Fuera cual fuese el tema, a menos que Vera lo utilizara, o lo aprobara, el resto del mundo no podía hacerlo. Para cuando Vera terminó de preguntar sobre Lisa, Maggie tenía ganas de gritar: ¿para qué preguntas, madre, si ni siquiera te interesa? Pero respondió:
    – Lisa sigue hermosa como siempre, quizá todavía más. Su marido es piloto, así que han viajado por todo el mundo. ¿Y recuerdas lo pelirroja que era Tani? El pelo se le ha vuelto de un lindísimo tono durazno. Como una hoja de arce en otoño.
    – Oí decir que el marido puso un taller de máquinas y lo perdió en unos años. ¿Te contó algo sobre eso?
    Cállate y sal de aquí antes de estallar, se dijo Maggie.
    – No, mamá, no me dijo nada.
    – Y apuesto a que ninguna tiene tanto dinero como tú.
    ¿Cómo fue que te volviste así, mamá? ¿Es que acaso no hay generosidad en tu espíritu? Maggie se levantó para dejar la taza en la pileta.
    – Hoy voy a salir con Brookie, así que no prepares almuerzo para mí.
    – Con Brookie… ¡pero no has pasado más de dos horas en casa desde que llegaste!
    Por una vez, Maggie no quiso disculparse.
    – Vamos a ir de compras y pasear hasta la isla Cana.
    – ¿Para qué quieren ir allí? Han estado en ese sitio miles de veces.
    – Es nostálgico.
    – Qué tontería. Ese viejo faro se desmoronará un día de estos y todos tendremos que pagar…
    Maggie se marchó en medio de la diatriba de Vera.
    Llevó su coche. Pasó a buscar a Brookie y juntas fueron a la Tienda de Ramos Generales de Fish Creek donde Roy les preparó gigantescos sandwiches de pavo y queso y, sonriendo, les dijo:
    – ¡Que se diviertan!
    Pasaron la mañana revolviendo tiendas de antigüedades de la Carretera 57, cabañas de troncos restauradas cuyo encanto cobraba vida detrás de persianas blancas y canteros de flores. Una era un gran granero rojo, con puertas que se abrían a inmensos charcos de sol sobre pisos de madera de pino pintada. De las vigas colgaban ramilletes de hierbas y las buhardillas estaban llenas de colchas hechas a mano y velas rústicas. Examinaron jarras y jofainas, juguetes de hojalata, encaje antiguo, trineos con patines de madera, ollas de barro, mecedoras, urnas y armarios.
    Brookie descubrió una encantadora cesta azul con flores y espigas secas y un inmenso moño rosado en la manija.
    – Me encanta -dijo, dejándola colgar de un dedo.
    – Cómprala -sugirió Maggie.
    – No puedo.
    – Yo sí. -Maggie se la quitó de la mano.
    Brookie la recuperó y la volvió a colocar sobre el soporte.
    – Ah, no, ni se te ocurra.
    Maggie volvió a tomar la canasta.
    – Te digo que sí.
    – ¡No y no!
    – Brookie -insistió Maggie, mientras las dos sujetaban la canasta-. Tengo cualquier cantidad de dinero y nadie en quien gastarlo. Por favor… déjame.
    Sus ojos se encontraron en una lucha amistosa. Sobre sus cabezas, el viento hizo sonar unas campanillas.
    – Está bien. Gracias.
    Una hora más tarde, cuando hubieron cruzado la costa rocosa hasta la isla Cana, visitado el faro, explorado la orilla, nadado y comido en el picnic contemplando el lago Michigan, Maggie se tendió de espaldas sobre una manta; se había puesto anteojos oscuros para protegerse del sol.
    – Eh, Brookie -dijo.
    – ¿Mmm?
    – ¿Te puedo contar algo?
    – Claro.
    Maggie se bajó los anteojos y escudriñó una nube por encima de ellos.
    – Es cierto lo que te dije allí en la tienda de antigüedades, ¿sabes? Soy tremendamente rica y ni siquiera me importa.
    – No me molestaría probar la sensación por un tiempo.
    – Es el motivo, Brookie. -Volvió a colocar en su sitio los anteojos. Me dieron más de un millón de dólares por la muerte de Phillip, pero yo devolvería cada centavo si pudiera hacerlo volver a la vida. Es una sensación extraña… -Maggie rodó sobre un costado para mirar a Brookie y apoyó la mandíbula sobre una mano. -Desde el momento en que llegó el veredicto de la FCC -error del piloto; la tripulación de tierra dejó un alerón abierto en el avión- supe que jamás tendría que volver a preocuparme por dinero. No sabes las cosas que te cubren estas indemnizaciones. -Las contó con los dedos. -Sufrimiento de los hijos, su mantenimiento y educación universitaria, el dolor y sufrimiento de los sobrevivientes, hasta el sufrimiento de la víctima mientras el avión caía… ¡Me pagan por eso, Brookie, a mí! -Se tocó el pecho con desesperación. -¿Puedes imaginar cómo me siento al aceptar dinero por el sufrimiento de Phillip?
    – ¿Hubieras preferido que no te dieran nada? -preguntó Brookie.
    La boca de Maggie se curvó hacia abajo mientras ella miraba a su amiga con aire pensativo. Se volvió a tender de espaldas y se tapó la frente con un brazo.
    – No lo sé. No. Es una tontería decir que sí. Pero… ¿no comprendes? Me pagan todo: la casa de Seattle, la carrera de Katy, automóviles nuevos para ambas. Y estoy cansada de enseñar a adolescentes cómo preparar masa de tarta cuando probablemente la comprarán hecha. Y estoy harta de ruidosos niños de edad preescolar, y de enseñar desarrollo infantil cuando las estadísticas muestran que un tercio de las parejas que se casan en estos días decide no tener hijos y la mayoría del resto termina en un tribunal de divorcio. Tengo todo este dinero y nadie con quien gastarlo y todavía no estoy preparada para salir con hombres, y aun si saliera, cualquier hombre que me invitara me resultaría sospechoso pues creería que anda detrás de mi dinero. ¡Ay, Dios, no sé ni qué quiero decir!
    – Yo sí. Necesitas motivación. Necesitas un cambio. -Brookie le se irguió.
    – Eso es lo que todos me dicen.
    – ¿Quiénes son todos?
    – El psiquiatra. Eric Severson.
    – Bueno, si todos lo dicen, debe de ser cierto. Lo único que necesitamos es encontrar el tipo de cambio. -Brookie miró el agua con expresión ceñuda, sumida en sus pensamientos.
    Maggie la espió con un ojo, luego lo cerró y masculló:
    – Mmm, esto sí que va a ser bueno.
    – Bien, veamos… todo lo que tenemos que hacer es pensar en algo para lo que serías buena. Un momento… un momento… se me está ocurriendo algo… -Brookie se levantó de un salto y quedó de rodillas. -¡Lo tengo! ¡La vieja casa Harding allí en Cottage Row! Estuvimos hablando de eso el otro día durante la cena. ¿Sabías que el viejo Harding murió la primavera pasada y la casa ha estado vacía desde entonces? ¡Podría ser una fantástica hostería con desayuno incluido! Está esperando que…
    – ¿Estás loca? ¡Yo no soy posadera!
    – …venga alguien y se tome la molestia de arreglarla.
    – No quiero estar atada.
    – En el verano. Estarías atada en el verano. En invierno podrías tomar tus montañas de dinero e irte a las Bahamas en busca de un hombre más rico que tú. Dijiste que te sentías sola. Que odiabas tu casa vacía. Pues cómprate una donde puedas poner gente.
    – ¡De ninguna manera!
    – Siempre te encantó Cottage Row, y la vieja casa Harding debe de tener mucho encanto potencial entre los tablones del piso.
    – Y corrientes de aire, ratas y termitas, sin duda.
    – Tienes talento. Caramba, ¿de qué se trata la economía doméstica, de todos modos? De cocinar, limpiar, decorar. Apuesto que hasta les diste cursos de buen gusto a esos punks de pelo grasiento, ¿eh?
    – Brookie, no quiero…
    – Y te encanta revolver las antigüedades. Te volverías loca revolviendo con miras a comprar de veras y llenar ese lugar. Iríamos a Chicago, a los mercados de pulgas y subastas. A la Bahía Oreen, a los locales de cosas usadas. Recorreríamos todo Door County buscando antigüedades. Con todo el dinero que tienes podrías decorar el lugar como la mansión Biltmore y…
    – ¡Me niego a vivir a menos de mil kilómetros de mi madre! Por Dios, Brookie, ¡ni siquiera serían llamadas de larga distancia!
    – Es cierto, lo olvidé. Tu madre es un problema… -Brookie se mordió el labio inferior mientras pensaba. De pronto, el rostro se le iluminó: -Pero podríamos solucionarlo. Ponla a trabajar limpiando, fregando, haciendo algo así. Nada pone más feliz a la vieja Vera que tener un trapo de limpieza en la mano.
    – ¿Estás bromeando? De ninguna manera tendría a mi madre en la casa.
    – Muy bien, entonces Katy podrá limpiar. -El rostro de Brookie se tornó más ávido. -¡Por supuesto! ¡Es perfecto! Katy podría venir durante el verano y ayudarte. Y si vivieras aquí, podría hasta venir los fines de semana o los feriados, que es lo que deseas ¿no?
    – Brookie, no seas tonta. Ninguna mujer sola que estuviera en sus cabales se cargaría con semejante casa.
    – Sola, un rábano. Los hombres se compran. Obreros, jardineros, yeseros, carpinteros, hasta adolescentes que buscan trabajos durante el verano. Hasta mis adolescentes. Puedes dejar todo el trabajo sucio a los empleados y encargarte tú de la administración. El momento es perfecto. La compras ahora, la arreglas durante el invierno y tienes tiempo de hacer publicidad y abrir para la próxima temporada turística.
    – No quiero administrar una hostería.
    – ¡Qué buen lugar, justo sobre la bahía! Apuesto a que todas las habitaciones tienen vista al lago. Los clientes te derribarían la puerta para hospedarse en un lugar así.
    – No quiero clientes derribándome la puerta.
    – Y, si no me equivoco, hay una vivienda para el jardinero sobre el garaje, ¿recuerdas? Está contra la colina del otro lado de la calle. Ay, Maggie, sería perfecto.
    – Entonces será perfecto para otra persona. Te olvidas de que soy profesora de economía doméstica en Seattle y que vuelvo a mi trabajo el lunes.
    – Ah, sí, Seattle. El sitio donde llueve todo el invierno y donde los mejores amigos de tu marido se te tiran lances en el club y donde te deprimes tanto que tienes que ir a terapia de grupo.
    – Ya te estás poniendo grosera.
    – ¿Y bueno, no es cierto, acaso? ¿Qué amigos salieron a ayudarte cuando lo necesitaste? Aquí es donde están tus amigos, lo quieras o no. ¿Qué tiene Seattle para hacerte permanecer allí?
    Nada. Maggie se mordió los labios para no responder.
    – ¿Por qué te empecinas así? Vas a volver a un trabajo que te aburre, a una casa solitaria, a… caray, no sé a qué vas a volver. Tu médico te dice que necesitas un cambio y el problema es dar con el cambio. Pues bien, ¿cómo vas a averiguarlo si no te pones a buscar una nueva vida? Quizá no sea poner una hostería, ¿pero qué tiene de malo probar? Y cuando vuelvas a Seattle, ¿quién tienes allí que te motive y te haga buscar algo? Vamos, ¿qué esperas? Recoge tus cosas. ¡Vamos a ver la casa Harding!
    – ¡Brookie!
    Brookie ya estaba de pie, doblando una toalla.
    – Recoge lodo, dije. ¿Qué otra cosa tienes para hacer esta tarde? Puedes quedarte aquí si quieres. Yo me voy a ver la casa Harding, aunque sea sola.
    – ¡Brookie, espera!
    Pero Brookie ya estaba a diez metros, con la toalla bajo un brazo y el bolso vacío bajo el otro, dirigiéndose hacia tierra firme. Mientras Maggie se levantaba lentamente y la miraba con fastidio, Brookie le gritó por encima del hombro:
    – ¡Apuesto a que ese sitio tiene más de cien años y es lo suficientemente antiguo como para estar en el Registro Nacional! ¡Piénsalo, podrías estar en la lista de Hosterías de Estados Unidos!
    – ¡Por última vez, no quiero estar en la lista de Hosterías…! -Maggie se golpeó los muslos con los puños. -¡Al diablo contigo, Brookie! -exclamó y empezó a seguirla.
    En Propiedades Homestead, Althea Munne levantó la vista mientras lamía y cerraba un sobre.
    – Enseguida estoy con ustedes, señoras. Ah, hola, Glenda.
    – Hola, señora Munne. ¿Recuerda a Maggie Pearson, no?
    – Claro que sí. -Althea se levantó y se adelantó, mirando a Maggie a través de anteojos cuyos bordes tenían más ángulos que los techos del Vaticano. Los cristales eran color frambuesa, sin marcos y sobre la izquierda, una pequeña A de oro descansaba justo encima de la mejilla de Althea. Estaban montados en lo que parecían ser las joyas de la corona y Althea resplandecía como un salón de baile espejado, y descansaban sobre una pequeña nariz de búho por encima de un par de labios ridículamente pintados con lápiz labial que se le había corrido hasta las arrugas alrededor de la boca.
    La ex maestra estudió a Maggie y recordó:
    – Clase 64, Sociedad de Honor, coro y bastonera.
    – Todo correcto, menos el año. Era clase del 65.
    Sonó el teléfono y mientras Althea se disculpaba para atender, Maggie echó una mirada a Brookie, que sonrió con satisfacción y masculló.
    – A que en Seattle no tienes agentes inmobiliarios así.
    La señora Munne regresó en ese momento y preguntó:
    – ¿En qué puedo ayudarlas?
    – ¿A qué precio está la casa Harding? -preguntó Brookie.
    – La casa Harding… -Althea se humedeció los labios. -Sí. ¿Cuál de las dos está interesada en verla?
    – Ella.
    – Ella.
    Maggie señaló a Brookie y Brookie señaló a Maggie. Althea frunció los labios. Aguardó como podría aguardar una antigua maestra a que la clase hiciera silencio. Maggie suspiró y mintió.
    – Yo.
    – La casa cuesta noventa y seis mil novecientos dólares. Tiene más de medía hectárea y sesenta metros de costa. -Althea se apartó para buscar las hojas de información sobre la casa y Maggie fulminó a Brookie con la mirada. -La mujer regresó y preguntó: -¿El precio está dentro de lo que pensabas gastar?
    – Eh… -Maggie dio un respingo. -En… sí… está dentro de lo que pensaba gastar.
    – Está vacía. Necesita reparaciones, pero sus posibilidades son ilimitadas. ¿Te gustaría ir a verla?
    – Bueno… -Maggie vaciló y recibió un golpe de Brookie en la rodilla. -Sí… ¡Por supuesto!
    Condujo Althea, y les hizo una breve reseña de la historia de la casa mientras iban hacia allá.
    La casa Harding había sido construida en 1901 por un magnate naviero de Chicago llamado Throckmorlon para su mujer, que murió antes que la casa estuviera terminada. Entristecido inconsolablemente por la pérdida, Throckmorton vendió la casa a un tal Thaddeus Harding, cuyos descendientes la ocuparon hasta la muerte del nieto del viejo Thaddeus, William, ocurrida la primavera anterior. Los herederos de William vivían en distintas partes del país y no tenían interés en mantener ese elefante blanco. Lo único que deseaban era recibir la parte que les correspondía por la venta.
    En el asiento trasero, Maggie viajaba junto a Brookie, con la mente obstinadamente cerrada. Tomaron hacia el extremo oeste de la calle principal, luego hacia el sur, a Cottage Row, por una calle pintoresca que se curvaba y trepaba por un empinado risco; pasaron por un denso bosque de cedros entre viejas propiedades construidas a principios de siglo por los poderosos de Chicago, que viajaban en automóvil por la costa del Lago Michigan para pasar los veranos en las frescas brisas de la Península Door,
    El camino boscoso dejaba entrever bonitas casas -todas diferentes-detrás de muros de piedra. Algunas estaban en un nivel más bajo que el camino, con los garajes contra el acantilado a la izquierda, del otro lado de la calle. Otras se elevaban sobre jardines coloridos. Muchas se dejaban ver por entre cercos de enredaderas y arbustos. De tanto en tanto, resplandecían las aguas azules de la Bahía Green, trayendo imágenes de vistas panorámicas desde las casas.
    La primera impresión de Maggie no fue de la casa Harding en sí, sino de una cancha de tenis abandonada, protegida en la base del risco del otro lado de la calle. El musgo se había adueñado de los bloques de piedra caliza, que estaban rajados y torcidos. La superficie de juego estaba cubierta con los despojos del bosque circundante: hojas secas, ramas, pinas y latas de aluminio arrojadas por turistas descuidados.
    Pero a lo largo del extremo sur de la cancha, una vieja glorieta de madera hablaba de los días en que el ruido de las pelotas de tenis resonaba desde la pared del acantilado y los jugadores descansaban allí entre set y set. Las enredaderas habían crecido con tanta fuerza que habían rajado la madera, pero evocaba imágenes de días de grandeza. Del otro lado de la cancha había un garaje con un apartamento encima, construido años después. Era una reliquia con pesadas puertas de madera. Maggie descubrió que sus ojos volvían a la glorieta mientras seguía a Althea a través de un claro entre los densos arbustos que protegían el jardín y la casa de la ruta.
    – Daremos una vuelta por afuera, primero -indicó Althea.
    La casa era de estilo Reina Ana, grisácea por la vejez y la falla de reparación y, desde el lado de la tierra, parecía ofrecer muy poco además de una galería trasera pequeña con el piso podrido, barandas rotas y mucha madera que pedía pintura a gritos. Pero ruando siguió a Althea alrededor de la casa, Maggie levantó la vista y vio una colección encantadora de formas asimétricas cubiertas con tejas en forma de escama de pescado, con pequeños porches en lodos los niveles, listones de cornisa a la vista, tablones de madera tallada en los extremos del techo, una amplia galería delantera que miraba al lago y, en la planta superior, en la esquina que daba al sudoeste, la galería más fantasiosa que se pudiera imaginar, redondeada, con columnas de madera bajo un lecho con forma de sombrero de bruja.
    – ¡Mira, Brookie! -exclamó Maggie, señalando.
    – El Mirador -explicó Althea-. Pertenece al dormitorio principal. ¿Les gustaría entrar a verlo?
    Althea no era ninguna tonta. Las hizo entrar por la puerta principal, pasando por la galería delantera cuyo piso estaba en mucho mejor estado que el de la trasera; por una puerta de madera de roble tallado con una banderola de vidrio de colores y costados haciendo juego; a un amplio vestíbulo con una escalera que hizo que Maggie ahogara una exclamación. Miró hacia arriba y la vio curvarse en dos descansos alrededor de un espacio abierto que daba al corredor de la planta superior.
    El corazón comenzó a latirle con fuerza aun a pesar del olor a moho.
    – La madera de toda la casa es de arce. Se dice que el señor Throckmorton se la hizo cortar por encargo en Bahía Sturgeon.
    Desde una puerta a la izquierda, Brookie dijo:
    – Maggie, mira esto.
    Abrió una puerta corrediza y aparecieron telarañas, polvo y el crujido de metal oxidado.
    Althea se apresuró a explicar:
    – El señor Harding vivió solo aquí durante casi veinte años luego de la muerte de su mujer y, lamentablemente, dejó que la casa se viniera abajo. Clausuró muchas de las habitaciones. Pero cualquiera que tenga ojo reconocerá la calidad bajo la tierra.
    La planta principal contenía una sala formal con un pequeño hogar de piedra, y un "salón de música" adyacente. Del otro lado de vestíbulo estaba el comedor, que se conectaba a través de una despensa con la cocina que estaba atrás. Frente a la despensa estaba la habitación de servicio. Cuando Althea abrió la puerta una ardilla huyó por entre voluminosas pilas de periódicos que parecían haberse mojado y secado muchas veces.
    – La casa necesita una buena limpieza -murmuró Althea, abochornada, y siguió hacia la cocina.
    Ésta era horrorosa, con pintura verde descascarándose en un rincón, delatando malas cañerías. La pileta estaba más oxidada que un petrolero y los armarios -solamente un metro y medio de armarios-eran de una madera horrible, pintada del mismo verde amarillento que las paredes. Dos ventanas largas y estrechas ostentaban cortinas desgarradas de encaje del color del diente de un viejo caballo, mientras que detrás de ellas colgaban persianas color verde militar. Entre las dos ventanas había una desvencijada puerta que daba a la pequeña galería podrida que habían visto desde afuera. La cocina hizo que Maggie recuperara la cordura.
    – Señora Munne, me parece que la estamos haciendo perder el tiempo. Esto no es lo que tenía en mente.
    Althea prosiguió, sin amilanarse.
    – Uno tiene que imaginarla como podría ser, no como es. Esta cocina es un espanto, pero ya que estamos, podríamos echar un vistazo a la planta superior.
    – No va a ser necesario.
    – Sí, vamos. -Brookie tomó a Maggie del brazo y la obligó a seguir. Mientras subían la escalera detrás de la señora Munne, Maggie pellizcó el brazo de Brookie y masculló:
    – Este sitio es un desastre y huele a mierda de murciélago.
    – ¿Cómo sabes qué olor tiene la mierda de murciélago?
    – Porque es el mismo olor que había en el desván de mi tía Lil.
    – Hay cinco dormitorios -dijo la señora Munne-. El señor Harding clausuró todos salvo uno.
    El que había dejado en uso resultó ser el del mirador y en cuanto Maggie pisó la habitación sintió que estaba perdida. Ni el papel manchado de humedad, ni la alfombra con olor a moho ni la desagradable colección de muebles viejos comidos por las ratas podían ocultar el encanto del cuarto. Éste se debía a la vista al lago obtenida desde unas altas ventanas profundas y las columnas exquisitamente talladas de la terraza. Como hipnotizada, Maggie abrió la puerta y salió. Presionó las rodillas contra la baranda de madera, mirando hacia el oeste. El sol hacía que la superficie de Bahía Green pareciera una joya. Debajo, el jardín era un desastre; un muelle podrido se hundía a medias en el agua. Pero los árboles eran arces frondosos y antiguos. El mirador era sólido, elegante, evocativo, un sitio desde donde las mujeres quizás hubieran oteado el horizonte esperando los barcos que traerían de regreso a sus maridos.
    Maggie sintió tristeza por el suyo, que jamás caminaría por ese jardín, ni compartiría con ella la habitación que había a sus espaldas ni bajaría corriendo la magnífica escalera.
    Pero, con la misma certeza con la que supo que se arrepentiría mil veces, supo que cometería la locura que Brookie le había metido en la cabeza: viviría en la Casa Harding.
    – Muéstreme los otros dormitorios -ordenó al regresar adentro.
    No tuvieron ninguna importancia. Eran encantadores, pero palidecían en comparación con la habitación del mirador. Al regresar del altillo (que demostró que Maggie tenía razón: había estado compartiendo la casa con cientos de murciélagos), entró de nuevo en su habitación preferida.
    He vuelto a casa, pensó sin lógica alguna, y se estremeció.
    Siguiendo a Althea de nuevo escaleras abajo, dijo:
    – Lo convertiría en una hostería para dormir y desayunar. ¿Cree que habría problemas zonales?
    Brookie tomó a Maggie del brazo desde atrás y la hizo girar, presentando ojos desorbitados y una boca abierta por el asombro.
    – ¿Hablas en serio? -susurró.
    Maggie se apretó la palma de la mano contra el estómago y contestó en un susurro:
    – Estoy temblando por dentro.
    – Una hostería… hmmm -dijo Althea al llegar a la planta principal. -No estoy segura. Tendría que verificarlo.
    – Y quiero que un ingeniero revise la casa para asegurarse de que las estructuras están en condiciones. ¿Tiene subsuelo?
    – Un pequeño sótano. No olvides que estamos sobre suelo rocoso.
    Las torturas de la Inquisición podrían haberse llevado a cabo en el sótano, tan húmedo y negro era. Pero había una caldera y Althea alegó que funcionaba. Un nuevo examen de la cocina y la habitación de servicio mostró que había habido pérdidas en las cañerías. Era probable que los artefactos del baño que estaba encima estuvieran a punto de caer por el cielo raso. Mientras Maggie vacilaba, Brookie gritó desde la sala:
    – Maggie, ven. ¡Tienes que ver esto!
    Brookie había corrido una alfombra apolillada y estaba de rodillas, frotando el piso con un pañuelo de papel humedecido. Escupió, volvió a frotar y exclamó:
    – ¡Sí! ¡Es parqué!
    El barómetro emocional de Maggie volvió a subir.
    Juntas, en cuatro patas, vestidas todavía con trajes de baño y salidas de playa, descubrieron lo que Althea no había adivinado: la sala tenía piso de listones de tres centímetros de madera de arce, dispuestos en forma de nido de pájaro. En el centro exacto de la habitación, encontraron el trozo más pequeño: un cuadrado perfecto. Desde allí, los listones se abrían hacia los extremos de la habitación alargándose cada vez más hasta desaparecer debajo de los zócalos que languidecían bajo años de mugre y polvo.
    – Santo Cielo, imagina esto pulido y plastificado -dijo Brookie-. Quedaría reluciente como un violín nuevo. -Maggie no necesitaba más persuasiones. Subió la escalera para ver una vez más la habitación del mirador antes de tener que despedirse de ella por un tiempo.
    Una hora después de haber pisado por primera vez la oficina de Propiedades Homestead, Maggie y Brookie estaban de nuevo en el coche alquilado, mirándose y reprimiendo gritos de entusiasmo.
    – Por todos los santos, ¿qué estoy haciendo?
    – Curándote la depresión.
    – Caray, Brookie, esto es una locura.
    – ¡Lo sé! ¡Pero estoy tan emocionada que me voy a hacer pipí encima!
    Rieron, gritaron y golpearon los pies contra el suelo.
    – ¿Qué día es hoy? -preguntó Maggie, demasiado perturba da como para calcular trivialidades como ésa.
    – Jueves.
    – Me quedan dos días para hacer averiguaciones, uno y medio, si voy a esa boda. Diablos, ojalá no le hubiera dicho a Lisa que iría. ¿Tienes idea de dónde puedo averiguar si hay restricciones zonales para una hostería?
    – Podríamos probar en el municipio.
    – ¿Hay arquitectos o ingenieros aquí?
    – Hay un arquitecto en Bahía Sisler.
    – ¿Y abogados?
    – Carlstrom y Nevis, como siempre. ¡Por Dios, Maggie, hablas en serio! ¡De veras vas a hacerlo!
    Maggie se llevó una mano al agitado corazón.
    – ¿Sabes hace cuánto tiempo que no me sentía así? ¡Casi no puedo respirar!
    Brookie rió. Maggie apretó el volante, echó la cabeza hacia atrás y hundió los hombros contra el asiento.
    – Ay, Brookie, es una sensación fantástica.
    Demasiado tarde, Brookie le advirtió:
    – Te costará un ojo arreglar esa reliquia.
    – Soy millonaria, puedo permitírmelo.
    – Y quizá tengas problemas para poner la hostería en zona residencial.
    – ¡Lo intentaré. Hay hosterías B y B (Bed and Breakfast) en zonas residenciales por todo el país. ¿Cómo lo lograron?
    – Tendrías el mismo código de área telefónico que tu madre.
    – Ay -se quejó Maggie-. No me lo recuerdes.
    – ¿Qué deberíamos hacer primero?
    Maggie encendió el motor, sonriendo y sintió que volvía a tener ganas de vivir.
    – Ir a contarle a mi padre.

    Roy sonrió y dijo:
    – Te ayudaré en todo lo que necesites.
    Vera frunció el entrecejo y dijo:
    – Te has vuelto loca.
    Maggie eligió creerle a su padre.
    Durante las últimas horas hábiles del día, Maggie fue al municipio y verificó que Cottage Row era, como lo había anticipado, zona residencial, que debería obtener autorización para anular la restricción, pero la empleada le informó que las zonas las regulaba el distrito, no el municipio. Luego Maggie fue a ver a Burt Nevis para que preparara documentos -condicionales- que acompañarían la seña. Habló con el arquitecto de Bahía Sister, Eames Gillard, que dijo que estaría muy ocupado por dos semanas, pero le indicó que fuera a ver a un ingeniero de Bahía Sturgeon llamado Thomas Chopp. Chopp dijo que podría revisar la casa y que le daría una opinión sobre las condiciones en que estaba, pero que no le daría garantías escritas ni conocía a nadie que fuera a dárselas por una casa de noventa años. Finalmente, llamó a Althea Munne y dijo:
    – Le tendré preparada una seña y un contrato condicional de compra para mañana a las cinco.
    Después de cenar, Maggie se sentó con Roy, que le preparó una lista de cosas a verificar: caldera, cañerías, instalación eléctrica, termitas, planos y análisis de agua si provenía de un pozo privado, cosa que, según él, era así pues en Fish Creek no había agua corriente.
    Luego le preparó una lista de consultores de quienes podría obtener presupuestos y consejos.
    Durante todo el tiempo, Vera no dejó de farfullar:
    – No veo por qué no te haces construir una linda casa nueva sobre el acantilado o te mudas a uno de los nuevos condominios. Los hay por todas partes, y así tendrías vecinos y no tendrías que lidiar con cañerías rotas y termitas. Y en cuanto a huéspedes… ¡Por Dios, Maggie, qué bochorno! Además del hecho de que una mujer sola no debe abrir su puerta a desconocidos. ¿Quién sabe qué gente rara aparecerá? ¡Y hacerlos dormir bajo tu techo! ¡Me estremezco de sólo pensarlo!
    Para gran sorpresa de Maggie, Roy bajó el mentón, la miró fijo y dijo:
    – ¿Por qué no te buscas algo para limpiar, Vera?
    Vera abrió la boca, volvió a cerrarla y salió de la habitación, sonrojada de furia.
    El día siguiente y la mitad del otro fueron una ronda frenética de hacer llamadas, conseguir citas y compromisos de constructores, comparar valores de bienes raíces, encontrarse con abogados; contactarse con la cámara de comercio, con Althea Munne, con el distrito, el estado, una y otra vez para tratar de obtener un reglamento para el estado de Wisconsin en cuanto a hosterías B y B. Luego de recibir indicaciones equivocadas por novena vez, Maggie por fin dio con la persona encargada del tema: el inspector estatal de leche. ¡El inspector estatal de leche, por Dios! Luego de hacerle prometer que le enviaría el informe a su dirección de Seattle, Maggie corrió a buscar el documento que le había preparado el abogado, luego a la oficina de Althea Munne donde pagó la seña aun a pesar de que todavía no tenía respuesta en cuanto al permiso zonal. Mientras estrechaba la mano de Althea, miró el reloj y ahogó un grito. Le quedaban cincuenta minutos para regresar a su casa, bañarse, vestirse y llegar a la iglesia para la boda de Gary Eidelbach.

Capítulo 5

    No hubiera podido haber un día mejor para una boda. La temperatura era de unos veinticinco grados, el cielo estaba despejado y la sombra moteaba la escalinata de la Iglesia Comunitaria de Fish Creek donde los novios y sus invitados se habían reunido después de la ceremonia.
    Eric Severson conocía a todos los familiares de los novios y a la mayoría de los invitados. Su madre y Nancy estaban en la hilera para saludar delante de él y detrás venían Barbara y Mike, seguidos por empresarios, vecinos y amigos que él conocía desde hacía años. Estrechó las manos de los padres del novio e hizo las presentaciones.
    – Querida, ellos son los padres de Gary. Cari, Mary, mi mujer, Nancy.
    Mientras intercambiaban comentarios amables, Eric observó cómo los ojos de ellos admiraban a su mujer y se sintió orgulloso, como siempre, de tenerla a su lado. Dondequiera que la llevara la gente se quedaba mirándola. Mujeres, niños, hombres viejos y jóvenes: todos eran susceptibles. Ni siquiera en una boda la novia recibía tantas miradas de admiración.
    Eric avanzó con la fila y besó la mejilla de la novia.
    – Estás hermosa, Deborah. ¿Crees que podrás mantener en vereda a este donjuán? -bromeó, sonriendo al novio que era diez años mayor que ella. Gary apretó a su mujer contra sí y rió mirándola a los ojos.
    – Ningún problema -respondió.
    Eric le estrechó la mano.
    – Felicitaciones, viejo, te lo mereces. -Todo el pueblo sabía que la primera mujer de Gary lo había abandonado con dos niños cinco años antes para irse con un director de fotografía de Los Angeles que había estado haciendo una filmación en Door County. Los niños ahora tenían once y trece años y estaban junto a su padre, vestidos con sus primeros atuendos formales.
    – Sheila -bromeó Eric, tomando las manos de la niña-. ¿No sabes que es mala educación estar más hermosa que la novia? -Le besó la mejilla y la hizo ponerse del mismo intenso tono rosado que su primer vestido largo.
    Sheila sonrió, dejando al descubierto una boca llena de apáralos de ortodoncia y respondió con timidez:
    – Tu esposa es más hermosa que todas las novias del mundo.
    Eric sonrió, apoyó una mano sobre el cuello de Nancy y deslizó sobre ella una mirada apreciativa.
    – Gracias, Sheila, yo pienso lo mismo.
    Luego venía Brett, el de once años. Eric acarició la solapa de seda del esmoquin del niño y silbó por lo bajo:
    – ¡Miren esto! ¡Pero si es el mismísimo Michael Jackson!
    – Preferiría estar usando mi remera de fútbol -se quejó Brett, metiéndose una mano dentro de la chaqueta para levantarse la faja de seda-. Esta cosa se me cae todo el tiempo.
    Rieron y siguieron hasta el extremo de la hilera. Eric esbozó una enorme sonrisa al atisbar un rostro familiar que no había visto en años.
    – No lo puedo creer. Lisa… ¡Hola!
    – ¡Eric!
    Abrazó a la bonita mujer de pelo oscuro, luego retrocedió para hacer las presentaciones.
    – Nancy, ella es Lisa, la hermana de Gary. Reina de belleza de la clase del 65. Ya ves por qué. Ella y yo éramos amigos hace muchísimo, cuando Gary no era más que un mocoso que nos perseguía a nosotros los varones para que le hiciéramos unos pases con la pelota o lo lleváramos a pasear en barco. Lisa, esta es mi mujer, Nancy.
    Las dos mujeres se saludaron y Eric agregó:
    – Lisa, estás sensacional. Lo digo en serio. -La hilera comenzó a empujarlo y él tuvo que moverse. -Hablaremos más tarde, ¿quieres?
    – Sí, claro. Ah, Eric… -Lisa lo tomó del brazo. -¿Viste a Maggie?
    – ¿A Maggie? -Eric se irguió en forma inconsciente.
    – Está aquí, en algún sitio.
    Eric miró a los invitados que se apretujaban en la acera y en la calle.
    – Por allí -dijo Lisa, señalando -. Con Brookie y Gene. Y ese que está con ellos es Lyle, mi marido.
    – Gracias, Lisa. Iré a saludar. -A Nancy, dijo: -¿No te importa, verdad, mi amor?
    A ella le importaba, pero no lo dijo. Eric le tocó el hombro y la dejó con su madre, diciendo:
    – Discúlpame. Enseguida vuelvo.
    Al verlo partir, Nancy sintió una punzada de temor, pues supo que iba hacia su novia de la adolescencia. La mujer era una rica viuda que hacía poco tiempo lo había llamado a medianoche y Eric era un hombre atractivo vestido con traje gris nuevo y una camisa blanca que acentuaba su cuerpo musculoso y su tono bronceado. Mientras él avanzaba por entre la gente, dos adolescentes y una mujer de unos setenta años se quedaron mirándolo cuando pasó junto a ellas. Si ellas lo miraban, ¿qué haría su antigua novia?
    Eric vio a Maggie desde atrás, vestida de blanco con un chal rosado pálido cubriéndole el cuello y un hombro. Seguía morena, seguía delgada. Estaba conversando animadamente con los demás; movía las manos, aplaudió una vez, luego cambió el peso del cuerpo a una pierna y ladeó el otro zapato de taco alto contra la acera.
    Al acercarse, Eric sintió un nudo de tensión… expectativa y curiosidad. Maggie clavó un dedo en el tórax de Brookie, sin dejar de hablar y el grupo rió. Cuando Eric llegó a ella, estaba exclamando:
    – …¡el inspector de leche del estado de Wisconsin, por favor!
    Eric le tocó un hombro.
    – ¿Maggie?
    Ella miró hacia atrás y quedó inmovilizada. Se miraron largamente. Habían pasado los años, pero la antigua intimidad los mantuvo atrapados por un instante en el que ninguno supo qué hacer ni qué decir.
    – Eric… -Maggie fue la primera en recuperarse y sonreír.
    – Me pareció que eras tú.
    – Eric Severson, qué gusto me da verte. -Maggie habría abrazado a cualquier otra persona, pero a él sólo le tendió las manos.
    Él se las tomó y las apretó con fuerza.
    – ¿Cómo estás?
    – Bien. Mucho mejor. -Maggie se encogió de hombros y sonrió ampliamente. -Feliz.
    Estaba delgada como un junco. El hoyuelo todavía le daba forma de corazón al mentón, pero junto a él había dos líneas profundas que le encerraban la boca entre paréntesis cuando sonreía. Tenía las cejas más finas y le habían aparecido patas de gallo alrededor de los ojos. Vestía ropa elegante y tenía el pelo -todavía castaño- peinado con estudiado descuido.
    – Feliz… bueno, qué alivio. Se te ve fantástica.
    – A ti también -respondió ella.
    El azul del Lago Michigan todavía se veía en sus ojos y tenía la piel lisa y tostada. El pelo, en algún tiempo casi amarillo y largo hasta el cuello de la camisa, se le había oscurecido a un color sidra y ahora estaba corto y bien peinado. Había madurado de su apostura juvenil para convertirse en un hombre atlético y buen mozo. Su cuerpo estaba más ancho; la cara, más llena; las manos eran firmes y grandes.
    Maggie las soltó con discreción.
    – No sabía que estarías aquí -dijo Eric.
    – Yo tampoco. Brookie me convenció de que regresara y Lisa insistió en que viniera a la boda. Pero tú… -Rió, sorprendida y feliz. -Tampoco esperaba encontrarte.
    – Gary y yo somos miembros de la Asociación Cívica de Fish Creeck. Trabajamos juntos para evitar que demolieran el antiguo edificio del municipio. Cuando pasas tanto tiempo con un proyecto, te haces amigos o enemigos. Gary y yo nos hicimos amigos.
    En ese momento Brookie dio un paso adelante e interrumpió.
    – ¿Y a nosotros, el resto de tus amigos, Severson? ¿Ni siquiera vas a saludarnos?
    Eric se volvió hacia ellos.
    – Hola, Brookie. Gene.
    – Y este es Lyle, el marido de Lisa.
    Se estrecharon la mano.
    – Soy Eric Severson, un viejo amigo de la escuela.
    – Cuéntale las novedades, Maggie -dijo Brookie con satisfacción.
    Eric bajó la mirada cuando Maggie levantó el rostro para sonreírle.
    – Voy a comprar la vieja casa Harding.
    – ¡Mentira!
    – No, de veras. Acabo de pagar la seña y firmar un contrato de compra condicional.
    – ¿Esa vieja y enorme monstruosidad?
    – Si todo va bien será la primera hostería con desayuno incluido de Fish Creek.
    – Eso sí que fue rápido.
    – Brookie me obligó a hacerlo. -Se tocó la frente como si estuviera mareada. -Todavía no puedo creer que lo hice… ¡que lo estoy haciendo!
    – La casa parece estar a punto de desmoronarse.
    – Puede que estés en lo cierto. La semana que viene irá un ingeniero a echarle un vistazo y si las estructuras no están buenas, el negocio se anula. Pero por ahora, estoy entusiasmadísima.
    – Pues no te culpo. ¿Y hace cuánto tiempo que estás aquí?
    – Llegué el martes. Me voy mañana.
    – Un viaje corto.
    – Pero intenso.
    Se encontraron mirándose otra vez: dos viejos amigos y algo más que eso. Ambos comprendieron que siempre serían algo más.
    – Oye -dijo él de pronto, mirando por encima del hombro-. Ven a saludar a mi madre. Sé que le encantaría verte.
    – ¿Está aquí? -preguntó Maggie con entusiasmo.
    Una sonrisa trepó por la mejilla izquierda de Eric.
    – Se hizo rulos especiales para la ocasión.
    Maggie rió mientras se volvían hacia un grupo que estaba a unos metros de distancia. Reconoció a Anna Severson de inmediato, canosa, de pelo rizado, y rellena como un cono de helado de dos gustos. Estaba con el hermano de Eric, Mike, y su mujer, Barbara, a quien Maggie recordaba como una colegiala mayor que ella que había desempeñado el papel de asesina en una obra de teatro de la escuela. Con ellos, también, había una bellísima mujer. Maggie adivinó enseguida que era la mujer de Eric.
    Eric la impulsó hacia adelante tomándola del codo.
    – Ma, mira quién está aquí.
    Anna interrumpió lo que estaba diciendo, se volvió y levantó las manos.
    – ¡No lo puedo creer!
    – Hola, señora Severson.
    – ¡Margaret Pearson, ven aquí!
    Anna la abrazó con fuerza y le golpeó la espalda tres veces antes de apartarla y mirarla con atención.
    – No se te ve muy diferente de lo que eras cuando venías a mi cocina y me liquidabas medio pan recién horneado. Un poco más delgada, sólo.
    – Y un poco más vieja.
    – Sí, bueno, ¿a quién no le pasa? Todos los inviernos digo que no voy a manejar la empresa de nuevo en la primavera, pero cuando se derrite el hielo comienzo a sentir ganas de ver llegar a los turistas llenos de entusiasmo y excitación por el pez que han sacado y de ver entrar y salir a los barcos. Te pasas mirando barcos toda tu vida y luego no sabes hacer otra cosa. Los muchachos tienen dos ahora, sabes. Mike se encarga de uno. ¿Recuerdas a Mike, no? Y a Barbara.
    – Claro que sí. Hola.
    – Y ella -interrumpió Eric, apoyando una mano posesiva sobre la nuca de la mujer más impresionantemente bella que Maggie jamás había visto-…es mi esposa, Nancy. -Sus facciones tenían una simetría natural casi sorprendente en su perfección, acentuada por el maquillaje aplicado con maestría, cuyas sombras se mezclaban como en una obra de arte. El peinado era estudiadamente sencillo, para que no distrajera los ojos de su belleza. Añadido a lo que la naturaleza le había dado había una esbeltez cuidadosamente lograda, acentuada por ropa cara llevada con elegancia.
    – Nancy… -Maggie le estrechó la mano con calidez y la miró a los ojos, notando las pestañas finamente pintadas sobre su párpado inferior. -Media docena de personas me han hablado de su belleza y veo que tenían razón.
    – Gracias. -Nancy retiró su mano. Las uñas eran rojas, bien formadas, largas como almendras.
    – Quiero disculparme de inmediato por despertarla la otra noche cuando llamé. Debería haber mirado la hora antes.
    Nancy curvó los labios, pero la sonrisa no llegó a sus ojos. Tampoco hizo ningún comentario conciliatorio, dejando un incómodo vacío en la conversación.
    – Maggie tiene novedades -anunció Eric, llenando el silencio-. Me dice que acaba de señar la vieja casa Harding. Quiere convertirse en posadera. ¿Qué opinas, Mike, se mantendrá esa vieja casa en pie lo suficiente como para que valga la pena?
    Anna respondió.
    – ¡Pero claro que sí! La construyeron en los tiempos en que sabían cómo edificar casas. Cortaron toda la madera en la Bahía Sturgeon y trajeron un tallador polaco de Chicago para que viviera allí mientras la construían y tallara todas las columnas y repisas de las chimeneas y qué sé yo qué más. ¡Solamente los pisos de esa casa valen su peso en oro! -Anna se interrumpió y miró a Maggie con atención. -¿Así que posadera, eh?
    – Si es que puedo conseguir un permiso zonal. Hasta ahora ni siquiera pude averiguar a quién se lo debo pedir.
    – Muy fácil -dijo Eric-. A la Junta de Planeamiento de Door County. Se reúnen una vez por mes en el tribunal de Bahía Sturgeon. Lo sé porque solía formar parle de ella.
    Radiante por haberlo podido averiguar por fin, Maggie se volvió hacia Eric.
    – ¿Qué tengo que hacer?
    – Presentarte ante ellos y solicitar un permiso condicional de uso y explicarles para qué será.
    – ¿Crees que tendré problemas?
    – Bueno… -Eric adoptó una expresión de duda y se pasó una mano por la nuca. -Espero que no, pero será mejor que te advierta que es posible.
    – ¡Ay, no! -Maggie pareció alicaída. -Pero la economía de Door County depende del turismo, ¿no? ¿Y qué mejor para atraer turistas que una hostería B y B?
    – Estoy de acuerdo contigo, pero por desgracia ya no estoy en la junta. Hace cinco años lo estaba y tuvimos una situación en que…
    Brookie interrumpió en ese momento.
    – Ya nos vamos para la recepción, Maggie. ¿Vienes con nosotros? Hola, todo el mundo. Hola, señora Severson. ¿Les importa que me lleve a Maggie?
    – Pero… -Maggie miró a Brookie y a Eric, que puso fin a su consternación, diciendo:
    – Ve tranquila. Nosotros también estaremos en la recepción. Podremos terminar de hablar allí.
    El Yacht Club estaba sobre el lado de la península que daba al Lago Michigan, a veinte minutos de automóvil. Durante todo el trayecto Maggie habló animadamente con Brookie y Gene, trazando planes, proyectándose a la primavera y al verano siguientes en los que esperaba haber abierto la hostería, preocupándose por su contrato en la escuela de Seattle, por las dificultades que podría tener para rescindirlo, y por la venta de su casa. Al llegar al club y ver el embarcadero, exclamó: -¡Y nuestro barco! ¡Me olvidé del barco! ¡Tengo que venderlo, también!
    – Tranquila, querida, tranquila -le aconsejó Brookie con una sonrisa torcida-. Primero vamos a pasarlo bien en la fiesta, luego podrás preocuparte por tu nuevo negocio y hacer planes.
    El Yacht Club del puerto Bailey siempre había sido uno de los sitios preferidos de Maggie y al entrar después de tanto tiempo, sintió otra vez su familiaridad. Enormes ventanales rodeaban el edificio amplio y bajo, brindando un cautivante panorama del embarcadero y los muelles donde los lujosos cruceros con cabina, traídos desde Chicago para el fin de semana, compartían las amarras con veleros más modestos. Junto a los tablones desteñidos de los muelles sus cubiertas blancas relucían como un collar de perlas flotando sobre las cristalinas aguas azules. Entre el club y los muelles, un jardín bien cuidado descendía suavemente hasta el agua.
    Adentro, la alfombra era mullida y el aire estaba saturado con el aroma de calentadores recién encendidos en una extensión de cinco metros de mesas de bufé colocadas contra los ventanales. Llamas azules ondeaban bajo brillantes fuentes plateadas. Una hilera de cocineros con altos gorros blancos aguardaban con las manos cruzadas detrás de la espalda, saludando a los invitados con la cabeza a medida que éstos entraban. En el salón adyacente, un grupo tocaba perezosas melodías de jazz que llegaban hasta el comedor, volviendo el ambiente aún más agradable. Las mesas estaban cubiertas por manteles de hilo blanco; sobre cada plato del mismo color había una servilleta coral prolijamente doblada y las copas de cristal aguardaban que las llenaran.
    A medida que entraban los invitados, Maggie reconoció muchos rostros familiares, algo mayores, pero inconfundibles. La vieja señora Huntington, que años atrás había sido cocinera en la escuela secundaria, se acercó a Maggie para saludarla con cariño y ofrecer sus condolencias por la muerte de su marido. Dave Thripton, que cargaba combustible en los muelles de Fish Creek, se acercó y dijo:
    – Te recuerdo: eres la hija de Roy Pearson. Cantabas en las reuniones de padres y maestros, ¿no es así? -La señora Marvel Peterson, miembro del grupo de damas de caridad de su madre, la invitó a pasar por su casa cuando quisiera. Clinton Stromberg y su mujer, Tina, que tenían una hostería cerca de Bahía Sister, ya se habían enterado de su intención de comprar la vieja casa Harding y le desearon suerte.
    Maggie estaba hablando sobre el tema del hospedaje en Door County cuando por el rabillo del ojo vio llegar a Eric y su familia. Escuchando a Clinton con un oído, vio cómo Eric saludaba y recibía una copa de champagne de una camarera y luego encontraba un sitio para su mujer y su madre en el otro extremo de la habitación y se sentaba con ellas.
    Maggie se había dado cuenta perfectamente de que Nancy Severson la había recibido con frialdad, y si bien estaba ansiosa por continuar su conversación con Eric, le pareció mejor no acercarse a él de nuevo. Junto con su grupo, encontró lugar para sentarse lejos de donde estaba Eric.
    Sus miradas se encontraron, en una oportunidad, durante la cena. Eric esbozó una sonrisa impersonal y Maggie quebró el contacto volviéndose para decir algo a Brookie, que estaba a su izquierda.
    Cenaron los famosos y extravagantes platos de pescado del club: escalopes Mornay, lenguado relleno, siluro a la Cajun, langostinos marinados y pinzas de cangrejo cocinadas al vapor. Más tarde, cuando los invitados volvieron a mezclarse para conversar, Maggie encontró un momento para estar a solas. El baile había comenzado; ella fue a pararse junto al inmenso ventanal para contemplar el sol poniente sobre el agua de la bahía. Apareció un par de veleros, blancos y displicentes como gaviotas. Los camareros se habían llevado las relucientes sartenes y ollas y habían apagado las llamas azules. El fuerte aroma del calentador a alcohol, tan característico de los restaurantes elegantes, le hacía recordar el club de campo de Bear Creek, donde había asistido a una boda antes que Phillip muriera. Habían estado con sus amigos, conversando, riendo, bailando. Seis meses después de su muerte rechazó la invitación a otra boda, pues no se sentía con fuerzas para enfrentarla a solas. Y ahora aquí estaba, disfrutando de un día agradable. Había roto otra de las barreras de la viudez. Quizá, como le habían dicho en el grupo de terapia, fue ella la que se alejó de sus amigos. En aquel entonces ella se había defendido con vehemencia: "¡No, ellos me abandonaron a mí!"
    Aquí, en un entorno familiar y entre rostros conocidos, entusiasmada por los cambios inminentes en su vida, por fin admitió ante sí misma una verdad que tendría que haber reconocido hacía un año.
    Si hubiera buscado ayuda antes, me habría sentido menos sola y desdichada.
    El sol se estaba ocultando. Se había sentado sobre el agua como una enorme moneda. Cruzando su camino, los veleros parecían flotar unos centímetros por encima del agua. Más cerca, alrededor de los barcos amarrados, el agua calma parecía de seda, arrugada sólo por un par de patos que disfrutaban del último baño del día.
    – ¿Es hermoso, no te parece? -comentó Eric junto al hombro de Maggie.
    Ella controló el impulso de mirarlo, pues supo que sin duda su mujer los estaría observando desde algún rincón del salón.
    – Hermoso y familiar, lo que es aun mejor.
    – Necesitabas realmente este viaje a tu pueblo.
    – Sí, no me di cuenta de cuánto lo necesitaba hasta que llegué. He estado aquí admitiendo que durante el último año alejé de mí a mucha gente. Yo pensaba que eran ellos los que me abandonaban, cuando en realidad era a la inversa. Lo que finalmente me hizo comprenderlo fue venir aquí, buscar apoyo. ¿Sabes que ésta es la primera fiesta a la que asisto desde la muerte de Phillip?
    – ¿Y lo estás pasando bien?
    – Sí, muy bien. Si hubiera tenido tiempo para considerar la invitación, es probable que no hubiera venido. Como sucedieron las cosas, Lisa me tomó desprevenida. Y aquí estoy, ya sin sentir lástima de mí misma. ¿Sabes qué otra cosa he descubierto?
    – ¿Qué?
    Maggie se volvió para encontrarlo cerca, sosteniendo su copa sin beber, mirándola.
    – Que no me siento como un pez fuera del agua sin un hombre a mi lado, como creí que sucedería.
    – Has progresado -dijo él, simplemente.
    – Sí, creo que sí.
    Se produjo un silencio. Se miraron. Eric revolvió su bebida con un escarbadientes adornado con una aceituna, bebió un sorbo y bajó la copa.
    – Se te ve muy bien, Maggie. -Las palabras brotaron en voz baja, como si no hubiese podido contenerlas.
    – A ti también.
    Se quedaron uno junto al otro, absorbiendo los cambios mutuos, complacidos, de pronto, por el hecho de que habían madurado con elegancia. En sus ojos había recuerdos que hubiera sido más prudente velar.
    Fue Eric el que los sacó de la mutua absorción. Se movió, dejando más distancia entre ambos.
    – Después de que llamaste, Ma buscó el anuario y nos reímos al ver lo flacucho y pelilargo que era yo. Luego traté de imaginarte con treinta y nueve años…
    – Cuarenta.
    – Es cierto, cuarenta. No sé qué imaginaba. Una viuda canosa y arrugada con zapatos ortopédicos y un chal o algo por el estilo.
    Maggie rió, agradecida por su franqueza y admitió:
    – Yo también me pregunté si te habrías quedado pelado o vuelto gordo o si tenías verrugas en el cuello.
    Eric echó la cabeza hacia atrás y rió.
    – Diría que ambos hemos envejecido muy bien.
    Maggie sonrió y le sostuvo la mirada.
    – Tu mujer es bellísima.
    – Lo sé.
    – ¿No le molestará que hablemos así?
    – Es posible. No lo sé. Ya no hablo mucho con mujeres solas.
    Maggie recorrió la habitación con la mirada y descubrió a Nancy observándolos.
    – No quiero causar ninguna fricción entre ustedes, pero tengo un montón de preguntas que hacerte.
    – Adelante. ¿Quieres que te consiga algo para beber?
    – No, gracias.
    – ¿Una copa de vino blanco, quizás o algo suave?
    – Pensándolo mejor, me agradaría un poco de vino.
    Cuando él se alejó, Maggie tomó la decisión de dejarle bien en claro a Nancy Severson que no tenía intenciones de robarle el marido. Esquivó a los bailarines y fue hasta la mesa de Eric.
    – ¿Señora Severson? -dijo.
    Nancy levantó la vista y la miró con indiferencia.
    – Macaffee -respondió.
    – ¿Cómo?
    – Mi apellido es Macaffee. Lo mantuve cuando me casé con Eric.
    – Ah -respondió Maggie, sin saber qué decir-. ¿Puedo sentarme un minuto?
    – Por supuesto. -Nancy sacó su elegante cartera con cuentas de la silla pero no sonrió.
    – Espero que no le moleste que bombardee a Eric con preguntas por un rato. ¡Me queda tan poco tiempo antes de regresar a Seattle y es tanto lo que necesito saber!
    Nancy movió una mano en dirección a Eric, que regresaba, y fulminándolo con la mirada, dijo:
    – Es todo suyo.
    – Aquí tienes. -Eric entregó la copa a Maggie y miró a su mujer, asombrado ante su mal disimulado fastidio, al que le faltaba poco para ser sencillamente grosero. Lo que le había dicho a Maggie era cierto: casi nunca se mezclaba con mujeres solas. Era un hombre casado y jamás se le había ocurrido la idea. Además, le parecía raro ser el que observaba reacciones celosas en lugar del que las reprimía. Debido a la espectacular belleza de Nancy, cada vez que aparecía en público con ella veía las miradas embobadas de los hombres, que a veces hasta alzaban sus copas hacia ella cuando pasaba. Eric había aprendido a aceptar sin sentirse amenazado, a tomarlo como un cumplido a su buen gusto por haberla elegido como esposa.
    Pero aquí estaba, recibiendo un helado dardo de celos y era lo suficientemente varonil -y fiel- como para apreciar las causas y considerarlas saludables luego de dieciocho años de matrimonio.
    Se sentó junto a Nancy y pasó un brazo por el respaldo de su silla.
    – ¿Así que realmente vas a hacerlo? -preguntó a Maggie, volviendo al tema de unos minutos antes.
    – ¿Te parece una locura, abrir una hostería B y B en la vieja casa Harding?
    – Si la casa está en buenas condiciones, en absoluto.
    – Lo está, y si volviera para ponerla en funcionamiento, dime qué debo esperar de la junta de planeamiento.
    – Pueden otorgarte el permiso de inmediato o puede haber franca hostilidad.
    – ¿Pero por qué?
    Eric se inclinó hacia adelante y apoyó ambos codos sobre la mesa.
    – Hace cinco años, un gran conglomerado de empresas llamado Northridge Development, vino y comenzó a hacer negocios con tierras en secreto, utilizando lo que luego se llamó "tácticas de guantes de seda" para convencer a los dueños de vender, aun a pesar de que al principio ellos se resistían. Solicitaron un permiso condicional de uso y luego de que se lo otorgamos, la Northridge puso un condominio de treinta y dos unidades en un predio de medio acre, creando todo tipo de problemas, empezando por el de estacionamiento. Fish Creek apenas si tiene sitio para que estacionen los coches de los turistas, apretado como está contra el risco, y estamos tratando por todos los medios de evitar las grandes playas de estacionamiento pavimentadas, lo que arruinaría la atmósfera pintoresca. Cuando las nuevas unidades quedaron ocupadas, los comerciantes de la zona se empezaron a quejar de que las ventas habían bajado pues la gente no conseguía lugar para estacionar. Alegaron que el conglomerado había pasado por alto intencionalmente nuestros requisitos de densidad y armaron un gran alboroto con la junta a causa del aspecto del edificio, que es demasiado moderno para el gusto local. Los ecologistas también se nos vinieron encima, gritando en defensa de la flora, la fauna y la preservación de la costa. Y tienen razón, todos tienen razón, el encanto de Door County es su provincialismo. Es deber de la junta preservar no sólo el espacio que nos queda, sino la atmósfera rural de toda la península. Con eso te toparás cuando solicites permiso para instalar una hostería en zona residencial.
    – Pero no voy a construir treinta y dos unidades. Sólo abriría cuatro o cinco habitaciones al público.
    – Y te las verías con un grupo de ciudadanos de Door que sólo oyen la palabra "motel".
    – ¡Pero una hostería no es un motel! Es… es…
    – Es peligroso, dirían algunos.
    – ¡Además, tengo estacionamiento adecuado! Hay una vieja cancha de tenis del otro lado de la calle que se convertiría en un magnífico sitio para los automóviles.
    – Eso lo considerarán, sin duda.
    – Además… yo no soy una astuta empresa del Este que trata de comprar propiedad valiosa y hacer el negocio de su vida vendiendo condominios. Soy una chica de su casa, y mi casa es aquí.
    – Eso también obraría en tu favor. Pero debes recordar… -Eric estaba apuntando a la nariz de Maggie con un escarbadientes cuando Nancy se cansó de la conversación y bruscamente apartó la mano de él.
    – Discúlpenme. Iré a escuchar un poco de música.
    Eric, entusiasmado por la conversación, la dejó marchar, luego volvió a apuntar con el escarbadientes.
    – Debes recordar que estarás frente a un grupo de residentes de Door que deben velar por los intereses de todos. En este momento, en la junta están: un granjero de Sevastopol, una profesora de la secundaria, un pescador comercial, un periodista, el dueño de un restaurante y Loretta McConnell. ¿Recuerdas a Loretta McConnell?
    Maggie sintió que su entusiasmo se desvanecía.
    – Lamentablemente, sí.
    – Quería ser dueña de Fish Creek. Su familia ha estado aquí desde que Asa Thorpe construyó su cabaña. Si decide votar en contra de tu permiso, la cosa se te complicará. Tiene dinero y poder, y a menos que me equivoque, a pesar de sus ochenta años, usa muy bien ambas cosas.
    – ¿Qué hago si me lo niegan?
    – Vuelves a solicitarlo. Pero la mejor forma de evitar eso es presentarte ante ellos con todos los datos y cifras que puedas reunir. Diles cuánto piensas gastar para restaurar el sitio. Tráeles presupuestos reales. Consigue estadísticas sobre la cantidad de unidades de hospedaje que se llenan aquí en la temporada turística pico y cuántos turistas se tienen que ir por falta de alojamiento. Tranquilízalos respecto del estacionamiento. Consigue que residentes locales te apoyen y se presenten ante la junta.
    – ¿Tú lo harías?
    – ¿Haría qué cosa?
    – Apoyarme ante ellos.
    – ¿Yo?
    – Fuiste miembro de la junta. Te conocen, te respetan. Si consigo que creas que alteraré el ambiente lo menos posible con mi negocio, que no llenaré Cottage Row de automóviles ¿te presentarías conmigo ante la junta y les recomendarías que me otorgaran el permiso?
    – Bueno, no veo por qué no. Me vendría bien también a mí cerciorarme de lo que piensas hacer con la casa.
    – Desde luego. En cuanto tenga planos y presupuestos, serás el primero en verlos.
    – Otra cosa.
    – ¿Qué?
    – No estoy tratando de entrometerme y no necesitas contestarme si no quieres, pero ¿tienes dinero para hacer todo eso? Cuando la Northridge solicitó el permiso, lo que convenció a la junta fue la cantidad de dinero que destinó al proyecto.
    – El dinero alcanza y sobra, Eric. Cuando cae un avión de esas dimensiones, a los sobrevivientes se les paga bien.
    – Bien. Ahora cuéntame a quién conseguiste para que te pasara presupuestos de la obra.
    La conversación pasó a ingenieros, obreros, arquitectura, nada más personal que eso. Maggie le dijo que se pondría en contacto con él cuando llegara el momento en que necesitaría su ayuda, le agradeció y se despidieron con un muy recatado apretón de manos.

    Poco después de la medianoche, Eric y Nancy se estaban desvistiendo en extremos opuestos de la habitación cuando ella comentó:
    – Bueno, la tal Maggie No-sé-cuánto no perdió el tiempo para venírsete encima ¿no te parece?
    Eric se detuvo con la corbata a medio aflojar.
    – Imaginé que llegaríamos a esto.
    – ¡Claro que lo imaginaste! -Nancy lo miró por el espejo mientras se quitaba los aros. -¡Casi me muero de mortificación! ¡Mi marido flirteando con su antigua novia ante los ojos de medio pueblo!
    – Ni yo ni ella estábamos flirteando.
    – ¿Cómo lo llamarías, entonces? -Nancy arrojó los aros dentro de un platito de porcelana y se arrancó una pulsera de la muñeca.
    – Estabas allí, oíste de qué hablábamos. Sólo de la hostería que piensa poner.
    – ¿Y de qué hablaban cuando estaban junto al ventanal? ¡No me vas a decir que también era de negocios!
    Eric se volvió hacia ella, levantando las palmas de la mano para detenerla.
    – Escucha, ambos hemos bebido un par de martinis. ¿Por qué no hablamos de esto mañana?
    – ¿Eso te gustaría, verdad? -Nancy se quitó el vestido por encima de la cabeza y lo arrojó a un lado. -Así podrías escapar a tu precioso barco y no tener que responderme.
    Eric se quitó la corbata de un tirón y la colgó de la puerta del placard. Luego colgó la chaqueta del traje.
    – Éramos amigos en la secundaria. ¿Qué pretendías que hiciera? ¿Que le diera la espalda?
    – ¡No pretendía que babearas junto a ella frente a la maldita iglesia ni que me dejaras sola en medio de una recepción para ir a mirarla con ojos tiernos!
    – ¡Ojos tiernos! -Eric irguió la cabeza. Se quedó inmóvil, con la cola de la camisa a medio sacar de los pantalones.
    – ¡No mientas, Eric, te vi! No dejé de observarlos en ningún momento.
    – Me estaba contando cómo extrañaba al marido y que era la primera vez que se había atrevido a salir sin él.
    – ¡Pues no parecía extrañarlo mucho cuando te devolvía la mirada tierna!
    – ¿Nancy, qué diablos te pasa? En todos los años que llevamos de casados, ¿cuántas veces he mirado a otra mujer? -Con los hombros erguidos y las manos sobre las caderas, la enfrentó.
    – Nunca. Pero hasta ahora no te encontraste con ninguna antigua novia ¿verdad?
    – No es mi antigua novia. -Comenzó a desvestirse otra vez.
    – Pues nadie lo hubiera dicho. ¿Fueron amantes en la secundaria?-preguntó Nancy con amargura, sentándose en la cama para quitarse las medias.
    – Nancy, por Dios, termina de una vez.
    – ¿Lo fueron, no? Lo supe en cuanto te vi acercarte a ella allí frente a la iglesia. Cuando se volvió y te vio quedó claro como el hoyuelo que tiene en el mentón. -Vestida con elegante ropa interior azul de raso, Nancy fue hasta el espejo del tocador, levantó el mentón y se pasó las puntas de los dedos por el cuello. -Bueno, tengo que admitir que tienes buen gusto. Las eliges bonitas.
    Mirándola, Eric pensó que era demasiado hermosa para su propio bien. La idea de que él pudiera prestar un mínimo de atención a otra mujer se convertía en una amenaza desproporcionada. Nancy siguió admirando su imagen y pasándose los dedos por el cuello.
    Aparentemente encontró intacta su belleza; bajó el mentón y se soltó el pelo, para cepillarlo vigorosamente.
    – No quiero que ayudes a esa mujer.
    – Ya le dije que lo haría.
    – ¿Es así, entonces? ¿Lo harás aunque yo me oponga?
    – Nancy, estás haciendo un escándalo por nada.
    Ella arrojó el cepillo y se volvió hacia él.
    – ¿Ah, sí? ¿Viajo cinco días a la semana y debería dejarte aquí para que acompañes a tu antigua amante a reuniones de la junta mientras yo no estoy?
    – Viajas cinco días a la semana por tu propia elección, querida. -Eric apuntó un dedo hacia ella con fastidio.
    – Ah, ahora vamos a empezar otra vez con eso ¿no?
    – No hables en plural. ¡Tú fuiste la que empezó todo, así que terminemos de una buena vez! ¡Dejemos bien en claro que me gustaría que mi mujer viviera conmigo, no que cayera de visita los fines de semana!
    – ¿Y qué pasa con lo que yo quiero? -Se apoyó la mano contra el pecho. -Me casé con un hombre que decía que quería ser ejecutivo de una gran empresa y vivir en Chicago, y de pronto anuncia que deja todo para convertirse en… en ¡pescador! -Levantó las manos. -¡En pescador por todos los Santos! ¿Acaso me preguntaste si yo quería ser la mujer de un pescador? -Se apoyó una mano contra el pecho y se inclinó hacia adelante. -¿Me preguntaste si quería vivir en este maldito rincón olvidado por el mundo, a cien kilómetros de la civilización y…?
    – Tu idea de la civilización y la mía son diferentes, Nancy. Ése es el problema.
    – ¡El problema, señor Severson, es que cambiaste de rumbo en la mitad de nuestro matrimonio, y de pronto ya no te importó que yo tuviera una carrera floreciente que era tan importante para mí como tu maldita pesca lo era para ti!
    – Si haces un esfuerzo, querida, recordarás que hablamos de tu carrera y que en aquel entonces creíamos que sólo duraría un par de años hasta que tuviéramos hijos.
    – No, eso era lo que pensabas, Eric, no yo. fuiste el que trazó el plan de los cinco años, no yo. Cada vez que yo decía que no estaba interesada en tener hijos tú hacías oídos sordos.
    – Y es evidente que es lo que pretendes que siga haciendo. Pues bien, Nancy, el tiempo se nos está yendo. Ya tengo, cuarenta años.
    Ella le dio la espalda para alejarse.
    – Lo sabías cuando nos casamos.
    – No. -Eric la tomó del brazo y la obligó a quedarse. -No, nunca lo supe. Supuse…
    – ¡Bueno, pues supusiste mal! ¡Nunca dije que quería hijos! ¡Nunca!
    – ¿Por qué, Nancy?
    – Ya sabes por qué.
    – Sí, lo se, pero me gustaría oírte decirlo.
    – Sé sensato, Eric. ¿De qué crees que estamos hablando? Tengo un empleo que me encanta, con beneficios que miles de mujeres matarían por tener: viajes a Nueva York, pasajes de avión gratuitos, reuniones de ventas en Boca Ratón. He trabajado mucho para con seguirlos y tú me pides que renuncie a todo para clavarme aquí en esta… en esta caja de zapatos a criar bebés?
    Las palabras elegidas lo hirieron profundamente. Como si fueran a ser bebés de cualquiera, como si para ella no fuera importante que los bebés fueran de ambos. Eric suspiró y se rindió. Podría arrojarle su narcisismo en cara, pero ¿de qué serviría? La amaba y no deseaba herirla. Para ser franco, él también había amado su belleza, pero con el correr de los años, esa belleza física cada vez le importaba menos. Mucho tiempo atrás se había dado cuenta de que la amaría igual -o más- si engordaba unos kilos y perdía la esbeltez que tanto cuidaba con dietas. La amaría igual si apareciera en la cocina a las siete de la mañana con un bebé gritando en sus brazos y sin maquillaje. Si se vistiera con jeans y un buzo en lugar de creaciones exclusivas de Saks y Neiman-Marcus.
    – Vayamos a la cama -dijo, desconsolado, corriendo la sábana. Se dejó caer con pesadez sobre el colchón para sacarse las medias. Las arrojó a un lado y se quedó mirándolas, con los hombros caídos. Nancy lo observó largo rato desde el otro extremo de la habitación, sintiendo que las estructuras de su matrimonio se rajaban, preguntándose qué, salvo hijos, podría apuntalarlas. Se acercó a él descalza y se arrodilló entre sus piernas.
    – Eric, por favor, comprende. -Lo rodeó con ambos brazos y apretó el rostro contra su pecho. -No es bueno que una mujer conciba un bebé al que luego le guardaría rencor.
    Abrázala, Severson, es tu mujer y la amas y está tratando de hacer las paces. Pero no pudo. O no quiso. Se quedó sentado con las manos sobre el borde del colchón, sintiendo el horrible peso de lo definitivo en sus entrañas. En el pasado, cuando habían discutido por ese tema, nunca le habían dado un final sucinto, sino que los ánimos se habían ido aplacando con los días. Esa falta de final siempre le había dejado la sensación de que volverían a hablar -a discutir- antes de dar el tema por terminado en forma definitiva.
    Esa noche, sin embargo, Nancy presentó una defensa calma y razonable contra la que era imposible discutir. Porque a él le hubiera parecido tan mal como a ella forzar un niño dentro de una madre que le guardaría rencor.

Capítulo 6

    Cuando Maggie regresó a Seattle, su vida cobró un ritmo frenético. El director de la escuela dijo que lamentaba verla partir, pero que no le resultaría un problema contratar una profesora en su reemplazo. Antes de abandonar el edificio, ya había desocupado su escritorio. En su casa, rastrilló las agujas de pino secas, podó los arbustos, llamó a Elliot Tipton, un conocido que trabajaba en bienes raíces, y antes de que él se fuera, ya colgaba un letrero de la puerta. Siguiendo el consejo de Elliot, contrató obreros para que pintaran el exterior de la casa y volvieran a empapelar un baño. Llamó al embarcadero Waterways Marina y les dio la orden de que rebajaran el precio del velero en dos mil dólares: quería venderlo rápido. Llamó a Allied Van Lines y pidió un presupuesto para la mudanza. Recibió noticias de Thomas Chopp, que le informó que la Casa Harding tenía podredumbre seca en los pisos del porche; humedades en una de las paredes (en un rincón de la habitación de servicio, donde había habido pérdidas de un caño y las hormigas carpinteras se habían dado un festín); no tenía aislación; la instalación eléctrica era inadecuada, la caldera, demasiado pequeña y también que necesitaría tapajuntas y respiraderos nuevos en el techo. Éste, sin embargo, dijo, estaba en condiciones sorprendentemente buenas, al igual que los durmientes del piso y las paredes interiores. Por lo tanto, opinaba que se podía renovar la casa pero que costaría mucho dinero.
    Maggie recibió el folleto de Salud y Servicios Sociales que regulaba las hosterías del estado de Wisconsin y descubrió que necesitaría otro baño y una salida de incendios arriba para adecuarse al código, pero no encontró ningún otro motivo por el que pudieran negarle el permiso.
    Llamó a Althea Munne y le dio orden de preparar los papeles para la compra final y retenerlos hasta volver a tener noticias de ella.
    Contrató a tres albañiles de Door County y les pidió que le enviaran dibujos y presupuestos de las remodelaciones.
    Llamó a su padre, que le dijo que la recibiría con todo gusto en la casa hasta que la suya se tornara habitable.
    Habló con su madre, que le dio una serie de órdenes, incluyendo la advertencia de que no cruzara las montañas sola sí había nieve.
    Y finalmente llamó a Katy.
    – ¿Vas a hacer qué?
    – Mudarme de vuelta a Door County.
    – ¿Y vender la casa de Seattle? -La voz de Katy se elevó.
    – Sí.
    – ¡Mamá, cómo puedes hacer eso!
    – ¿Qué me estás diciendo? Sería insensato mantener dos casas.
    – Pero es la casa donde nací y me crié. ¡Ha sido mi hogar desde que tengo memoria! ¿Quieres decir que no tendré la oportunidad de volver a verla?
    – Podrás venir a mi casa de Fish Creek cada vez que lo desees.
    – ¡Pero no es lo mismo! Mis amigos están en Seattle. Y ya no tendré mi antigua habitación ni… ni… ni nada.
    – Katy, me tendrás a mí, cualquiera que sea el sitio donde viva.
    La voz de Katy sonó rabiosa.
    – No me vengas con tu psicología maternal, mamá. Me parece que es hacerme una porquería, vender la casa no bien me voy de allí. A ti tampoco te gustaría.
    Maggie disimuló lo horrorizada que se sentía ante la furia de Katy.
    – Katy, pensé que te gustaría tenerme más cerca, así podrías regresar a casa con más frecuencia. ¡Si es tan cerca que hasta puedes venirte en automóvil los fines de semana! Y en las vacaciones podemos estar con los abuelos, también.
    – Los abuelos. Casi no los conozco.
    Por primera vez la voz de Maggie se tornó áspera.
    – ¡Bueno, quizá sea hora de que los conozcas! Me parece, Katy, que te estás comportando con bastante egoísmo respecto de todo esto.
    Se oyó un sorprendido silencio del otro lado de la línea. Después de unos segundos Katy dijo con voz tensa:
    – Tengo que irme, mamá. En diez minutos empieza una clase.
    – Muy bien. Llama cuando quieras -respondió Maggie con serena indiferencia.
    Después de colgar, se quedó junto al teléfono, apretándose el estómago. Le temblaba. Podía contar con los dedos de una mano las veces que había antepuesto sus deseos a los de Katy y no recordaba la última vez que se habían hablado de mal modo. Sintió una profunda desilusión. ¡Cuan increíblemente egoístas podían ser los hijos a veces! Por lo que a Katy le concernía, Maggie podía hacer cualquier cosa para recobrar la felicidad… siempre y cuando no le resultara inconveniente a ella.
    Estuve junto a ti cada vez que me necesitaste, Katy, durante toda ni vida. Fui una madre buena y abnegada que te dedicó tiempo y jamás dejé que mi trabajo me hiciera estar menos contigo. Y ahora, cuando necesito tu aprobación para que mi emoción sea completa, no me la das. Pues bien, jovencita, te guste o no, ha llegado el momento de hacer lo que deseo y no lo que tú quieres.
    Maggie se sorprendió ante su propia determinación. De pie en la cocina donde había dado de comer en la boca a Katy, donde años más tarde ella le había dejado migas de pan para que limpiara, Maggie se sintió como una oruga que sale del capullo convertida en mariposa.
    Cielos, pensó. Tengo cuarenta años y todavía sigo creciendo. En ese momento comprendió otra cosa más, algo que el doctor Feldstein había dicho en numerosas ocasiones: tenía dentro de ella el poder de crear o destruir la felicidad a elección. Ella lo había hecho. Ella había ido a Door County, renovado viejas amistades, explorado una casa antigua y puesto emoción de nuevo en su vida. Y la emoción y las expectativas eran lo que hacía la diferencia. Una vida sin ellas hacía que una madre se apoyara demasiado en los hijos, un paciente demasiado en su psiquiatra, una viuda, demasiado en sí misma.
    Se dirigió a la salita íntima y se paró en medio de la habitación, girando lentamente y contemplando el sitio que guardaba cientos de recuerdos. Me iré de aquí sin remordimientos, recordando sólo con cariño. No te molestará, Phillip, lo sé. No hubieras querido que mantuviera la casa como urna de reliquias a cambio de mi propia felicidad. Katy llegará a comprenderlo con el tiempo.

    Se mudó a Door County a mediados de septiembre. La casa de Seattle no se había vendido, de modo que dejó los muebles y se llevó solamente los objetos personales que le cabían en el coche.
    Nunca había sido muy resistente para conducir en viajes de larga distancia, y volvió a sorprenderse a sí misma al mantenerse completamente despierta durante períodos de diez horas sin nadie con quien turnarse. En el pasado, ella había sido siempre el relevo, y aun así, se había cansado luego de la primera hora al volante. Ahora, sabiendo que debía arreglárselas sola, lo hizo.
    Tampoco había estado nunca sola en un hotel. Siempre estaba Phillip para bajar las maletas del baúl, un compañero con quien buscar un sitio para cenar, y luego, un cuerpo tibio y familiar en una cama fría y desconocida. Resolvió el tema de la cena yendo a la ventanilla para coches de un McDonald y comiéndose la hamburguesa y las papas fritas en la habitación del motel. Agotada luego del día detrás del volante, se quedó dormida casi antes de terminar la última papa frita y durmió como un bebé. Apenas si echó de menos a Phillip.
    Idaho le resultó rocoso, Montana, hermoso, Dakota del Norte, interminable y Minnesota emocionante, pues se estaba acercando a casa. Pero cuando cruzó el río St. Croix y entró en Hudson, sintió la diferencia. ¡Esto era Wisconsin! Las cuidadas y ondulantes granjas con inmensos rodeos de vacas lecheras blancas y negras. Las orgullosas casas de campo de dos plantas junto a graneros rojos con techos a la holandesa. Grandes campos de maíz que lindaban con vastos bosques. Tiendas donde se vendían quesos, tiendas de antigüedades y un bar en cada cruce de caminos. En una oportunidad, cerca de Neillsville, vio a un granjero -de la secta Amish, sin duda-, cosechando detrás de una yunta de caballos. Y más al este, los cultivos de ginseng con los toldos de sombra extendidos como mantas sobre las plantas.
    Dio la vuelta a la Bahía Green y tomó hacia el norte, sintiendo la misma emoción que la última vez que entró en Door County, apreciando su invariabilidad, comprendiendo la necesidad de conservarla. Parecía un trozo de Vermont mal ubicado. El zumaque silvestre -precursor del otoño- comenzaba a ponerse rojizo. Ya estaban recolectando las primeras manzanas de la temporada. Las pilas de madera eran altas junto a las puertas de las casas.
    Al acercarse a Fish Creek, decidió pasar primero por su casa. Tomó a la izquierda desde la carretera por un camino sinuoso que desembocaba en Cottage Row, su nuevo vecindario. Bajó la ventanilla y saboreó los aromas: el áspero olor de los cedros y el perfume a hierba que tienen los álamos en determinados momentos del año cuando se mueve la savia. El corazón le dio un vuelco cuando tomó una curva y atisbó su propia hilera de árboles. Estacionó en la cancha de tenis junto a la vieja glorieta y miró hacia la casa. Más allá de los descuidados arbustos no se veía más que el techo, pero tan sólo eso la llenó de emoción. Junto al camino, un cartel de Vendido había sido agregado al de la inmobiliaria Homestead.
    Vendido… a Maggie Steam; el comienzo de su nueva vida.

    Se instaló temporariamente -muy temporariamente, se prometió- en casa de sus padres y llamó a Katy para hacerle saber que había llegado bien. La respuesta de Katy fue: "Sí, bueno, mamá. Oye, no puedo hablar ahora, las chicas me están esperando para bajar al comedor." Después de cortar, pensó: Despabílate, Maggie, los hijos no se preocupan por los padres de la forma en que los padres se preocupan por ellos.
    Vera dio pruebas de esto cargoseándola incesantemente.
    – Asegúrate de que el abogado lea bien todo, así sabes en qué te metes. Hagas lo que hicieres, no vayas a contratar a los Hardenspeer para hacer las remodelaciones. Irán a trabajar medio ebrios, se caerán de una escalera y te querrán sacar hasta el último centavo con un juicio. Maggie, ¿estás segura de que estás haciendo lo correcto? Me parece que a una mujer sola se la puede estafar de mil formas en la remodelación de una casa tan grande. ¡Casi hubiera preferido que te quedaras en Seattle, por más que me guste tenerte aquí! ¡No sé en qué pensaba tu padre al apoyarte en esta locura!
    Maggie soportaba los aguijoneos de Vera manteniéndose ocupada. Fue a Bahía Sturgeon y llenó un formulario de solicitud de permiso condicional de uso para abrir un establecimiento de hospedaje y desayuno en Fish Creek. Hizo los arreglos necesarios para la inspección de agua que requería la ley antes de la reventa de cualquier casa que tuviera su propio pozo; abrió una cuenta en el Banco de Fish Creek, solicitó servicio eléctrico y telefónico y una casilla de correo, puesto que Fish Creek no tenía reparto postal a domicilio fuera de los límites de la ciudad. Se reunió con cada uno de los albañiles con los que se había puesto en contacto por teléfono y juntó los presupuestos. El más bajo rayaba los sesenta mil dólares.
    El sentido común le decía que esperara a que le otorgaran el permiso antes de proceder a la compra de la casa, pero el tiempo se convirtió en algo de primera importancia: pronto llegarían las heladas. Debido a la cantidad de trabajos de plomería que había que hacer, y al hecho de que habría que demoler una pared entera y cambiar la caldera, Maggie tomó la decisión de llevar el negocio a término y esperar lo mejor.
    El trato se cerró en la última semana de septiembre, y dos días más tarde, los hermanos Lavitsky, Bert y Joe, abrieron un boquete en la pared del cuarto de servicio lo suficientemente grande para meter su camión: las remodelaciones habían comenzado.

    Maggie recibió el llamado de la Junta de Adaptaciones de Door County -comúnmente llamada la junta de planeamiento- esa misma semana, solicitándole que se presentara ante ellos la noche del martes siguiente.
    Lo que significaba que debía ponerse en contacto con Eric.
    No lo había visto ni le había hablado desde su regreso, y sintió resquemor al tener que marcar su número. En una fría mañana de viernes con los arces junto a su ventana cubiertos de escarcha, se quedó de pie en la ruidosa cocina de su casa nueva vestida con un grueso pulóver, con la mano apoyada sobre el teléfono. Adentro, Bert Lavitsky arrancaba los placares de la pared. Afuera, su hermano cambiaba el piso de la galería trasera. KL5-3500. Por alguna extraña razón, sabía el número de memoria, pero retiró la mano sin marcar y cruzó los brazos con fuerza, frunciendo el entrecejo mientras miraba el teléfono. No seas tonta, Maggie, recuerda lo que dijo Brookie. No es nada importante, así que no le adjudiques una importancia que no tiene. Además, seguro que contestará Anna.
    Levantó el teléfono y marcó el número antes de poder arrepentirse. La voz que respondió decididamente no era la de Anna.
    – Excursiones Severson.
    – Ah… hola… ¿Eric?
    – ¿Maggie?
    – Sí.
    – ¿Pero cómo estás? Oí que habías vuelto y cerrado el trato con la casa.
    Maggie se tapó un oído.
    – ¿Podrías hablar un poco más fuerte, Eric? Estoy en la casa y están martillando por todas partes.
    – Dije que me enteré de que habías vuelto y cerrado trato con la casa.
    – Antes de lo que sería prudente, pero la nieve puede llegar en menos de un mes, de modo que pensé que sería mejor poner a los Lavitsky a destruir las paredes sin demora.
    – Así que los Lavitsky, ¿eh?
    – Son ellos los que están haciendo todo este ruido. Estuve averiguando y parecen tener buena reputación -dijo por encima de los golpes de martillo.
    – Son honestos y trabajan bien. La velocidad con que lo hacen es otro asunto.
    – Prevenir es curar. Lo tendré en cuenta y me encargaré de apurarlos. -En ese momento Bert se metió el martillo en un bolsillo del mameluco y salió a sentarse con Joe en el escalón de la galería para tomarse un café matinal.
    – Ay, qué alivio -suspiró Maggie ante el repentino silencio-. Es hora del recreo, así que ya puedes dejar de gritar.
    Oyó reír a Eric.
    Luego de una pausa, añadió.
    – Tuve noticias de la junta. Quieren que me presente ante ellos el martes por la noche.
    – ¿Sigues con ganas de que te acompañe?
    – Si no es demasiada molestia.
    – No. Eh absoluto. Será un gusto.
    Maggie suspiró, obligándose a relajarse.
    – Qué suerte. Te lo agradezco de veras, Eric. Bien, te veré allí, entonces. A las siete y media en el tribunal.
    – Espera, Maggie. ¿Vas a ir sola hasta allí?
    – Era lo que había pensado.
    – Pues no tiene sentido que vayamos en dos coches. ¿Quieres que te lleve?
    Tomada por sorpresa, Maggie balbuceó:
    – Bueno… sí… claro, es una buena idea.
    – ¿Te paso a buscar por la casa de tus padres?
    A Vera le daría un ataque, pero ¿qué podía decir Maggie?
    – Perfecto.

    La noche del martes no se puso gel en el pelo y eligió la ropa con cuidado para causar una impresión favorable ante la junta. Quería parecer madura, elegante y -tenía que admitirlo- suficientemente adinerada como para tener la solvencia necesaria para restaurar un sitio del tamaño de la Casa Harding. Pero no demasiado llamativa. Eligió una falda plisada con los colores del otoño, una blusa color marfil con la parte delantera bordada, un cinturón de cuero con hebilla grande y, en el cuello, un broche ovalado con una amatista. Sobre el conjunto, se puso una chaqueta entallada de gamuza color ciruela.
    Cuando bajó, su madre le dirigió una mirada y comentó:
    – Un poco demasiado elegante para una reunión en el pueblo, ¿no crees?
    – No es una reunión en el pueblo, es una presentación ante la junta que me juzgará a mí tanto como al negocio que les propongo. Quería dar a entender que sabría cómo devolver su atractivo a una casa decrépita. Me pareció que el broche ovalado era un bonito toque pintoresco ¿y a ti?
    – Pintoresco es, no cabe duda -replicó Vera-. Ya no sé adonde iremos a parar. Una mujer sola corriendo por todo el distrito con un hombre casado, y en las narices de su propia madre.
    Maggie sintió que se ruborizaba.
    – ¡Mamá!
    – Vamos, Vera -dijo Roy, pero ella no le prestó atención.
    – Bueno, eso es lo que haces, ¿no?
    – Eric va a tratar de convencer a la junta para que me aprueben, ¡nada más!
    – Pues ya sabes lo que dirá la gente. La mujer nunca está en casa y él hace de escolta a una viuda recién llegada.
    – ¡No me hace de escolta! ¡Además, no me gustan tus insinuaciones!
    – Puede ser que no te gusten, Margaret, pero soy tu madre y mientras estés en esta casa…
    El timbre la interrumpió y Vera se apresuró a ir a la puerta antes de que pudieran adelantársele. Para angustia de Maggie, resultó ser Eric, de pie en el pórtico con un rompevienlos azul que decía EXCURSIONES SEVERSON en el pecho. Si solamente hubiera estacionado y tocado la bocina, Maggie se habría sentido menos culpable. Pero allí estaba, sonriente y de buen humor, como en los días en que pasaba a buscarla cuando salían juntos.
    – Hola, señora Pearson. ¿Cómo está?
    – Hola -respondió Vera sin sonreír.
    – Maggie viaja a Bahía Sturgeon conmigo.
    – Sí, lo sé.
    Maggie tomó su cartera y pasó velozmente junto a Vera.
    – Ya estoy lista, Eric. Será mejor que nos apresuremos o llegaremos tarde. -Pasó junto a él como un rayo y bajó trotando los escalones. Estaba de pie junto a la camioneta, intentando en vano abrir la puerta, cuando él se acercó y le hizo a un lado la mano.
    – Esta vieja cosa es un poco rebelde. A veces hay que hablarle y suavizarla un poco. -Empujó con el cuerpo y abrió la puerta. Al subir, Maggie sintió los ojos de su madre sobre ella, observando cada movimiento desde la ventana de la sala. Eric cerró la puerta, dio la vuelta y subió.
    – Discúlpame por el vehículo -dijo, poniéndolo en movimiento-, es como una vieja mascota familiar: sabes que deberías ponerlo a dormir para siempre, pero te cuesta tomar la decisión.
    Maggie permaneció tiesa y silenciosa, mirando por la ventanilla con expresión furibunda.
    Cuando la camioneta tomó envión, Eric le echó una mirada y preguntó:
    – ¿Qué sucede?
    – ¡Es mi madre! -respondió Maggie con la voz tensa de indignación-. ¡Es una harpía!
    – Es difícil vivir con ellos una vez que te has ido.
    – Era difícil vivir con ella antes de irme.
    – Reconozco que en mi vida me han recibido en formas más calidas que esta noche. ¿Está molesta porque vamos juntos a Bahía Sturgeon? -Ante el silencio obstinado de Maggie, comprendió que había adivinado. -Maggie, debiste haberme dicho algo, debiste haberme llamado y hubiéramos ido cada uno por su cuenta. Sólo pensé que como íbamos al mismo sitio…
    – ¿Por qué debería decir algo? ¿Por qué tendría que dejarla interpretar mal un encuentro perfectamente inocente? ¡Vamos juntos al tribunal y me niego a dejar que me haga sentir culpable por eso! Caray, no tengo nada de que avergonzarme. Es sólo su mente retorcida, su curiosidad maliciosa. Piensa que todos son como ella, que piensan lo peor de la gente.
    Eric la miró fijamente.
    – El problema es que probablemente sea así y nunca se me ocurrió hasta este momento. ¿Quieres regresar, Maggie, y buscar tu coche?
    – ¡De ninguna manera!
    – Todo el pueblo conoce esta vieja camioneta. Diablos, hasta tiene mi nombre en la puerta.
    – No le daría esa satisfacción a mi madre. Además, como dijo Brookie, ¿no pueden dos personas adultas ser amigos? Necesito tu ayuda esta noche. Me alegro de que me la brindes. Dejémoslo así y que mi madre piense lo que se le antoje. -Ansiosa por cambiar de tema, Maggie miró alrededor con curiosidad. -Así que ésta es tu vieja camioneta. -Observó los asientos gastados, la ventanilla rajada, el tablero cubierto de polvo.
    – Le he puesto un nombre, pero no te lo diré, porque no es muy educado.
    Maggie sonrió y dijo:
    – Me imagino.
    – No se me ocurrió que estarías tan elegante. Quizás hubieras preferido de veras ir en tu coche.
    – Mi coche no tiene personalidad. Éste, sí.
    Las bromas aflojaron la tensión y mientras avanzaban hacia el sur bajo la gran cúpula del cielo nocturno, donde la primera estrella brillaba hacia el sudoeste, hablaron de otros temas: del clima de otoño, de la temporada turística que llegaría a su pico junto con los colores otoñales en dos semanas más, de lo difícil que se ponía la pesca de salmones con el cambio de estación, pero de lo fácil que era sacar truchas en el Parque Portage y en la Bahía Lily; de cuándo Eric y Mike sacarían los barcos del agua y de cómo avanzaba el trabajo de los Lavitsky.
    Luego Eric dijo:
    – Maggie, he estado pensando mucho en Loretta McConnell y su… llamémoslo conservadurismo. Si alguien de la junta hace objeciones, será ella. Pensé en una forma de ablandarla.
    – ¿Cuál?
    – ¿Ya has pensado en un nombre para tu hostería?
    – ¿Un nombre? No.
    – Bueno, estuve hablando con Ma, y parece que Loretta McConnell es parienta lejana del Harding original que fue dueño de la casa. Creo que la familia de su madre desciende en tercera generación de Thaddeus Harding, aunque el linaje se confunde por los apellidos de casadas. Pero calculo que Loretta lo sabe a la perfección y si hay alguien que muere por preservar la genealogía es ella. Es miembro activo de la sociedad histórica, y les da una buena suma de dinero por año. Supon que le tocamos el orgullo familiar. Le decimos que has decidido mantener el nombre Casa Harding para preservar la historia del sitio en todo lo posible.
    – ¡Pero Eric, qué idea estupenda! Casa Harding… me encanta. Y es tan sensato. Al fin y al cabo, todo el mundo la ha llamado así desde hace muchísimos años, así que ¿por qué cambiarle el nombre ahora?
    – Pensé que quizá quisieras ponerle tu nombre.
    – Casa Stearn… -Maggie lo pensó, luego sacudió la cabeza. -No. No suena tan bien como Casa Harding. Ya me lo imagino, hecho en una placa de cobre sobre un letrero colgante al final del sendero. Un letrero de madera, sobre un poste con un adorno de bronce en el extremo. -Hizo un ademán en el aire como si el letrero colgara ante ella: "Casa Harding. Hospedaje y desayuno. Maggie Stearn, Propietaria."
    El rió, encantado ante su entusiasmo.
    – ¿Te fascina, no es cierto? Planearlo todo, trabajar en la casa.
    – Absolutamente. ¡Estoy tan en deuda con Brookie por haberme convencido de ir allí a verla! Cada vez paso más tiempo pensando en el día en que el primer huésped registre su firma. Si la junta me dice que no esta noche, creo que me echaré a llorar.
    – Tengo la sensación de que saldrás de ese tribunal sonriendo.
    El tribunal de Bahía Sturgeon era una combinación de antiguo y moderno; el viejo edificio Victoriano rodeado por el más nuevo, de ladrillo beige y piedra gris. Estacionaron sobre la Calle Cuatro y caminaron por la acera bajo una hilera de bayas rojas que habían caído al suelo. Pasaron por entre un par de arces y por unos canteros de césped y entraron por una puerta flanqueada por maceteros de piedra con caléndulas quemadas por las heladas de la semana anterior.
    Adentro, Eric la guió hasta el salón correcto. Al entrar, Maggie se sintió nerviosa y expectante. Reconoció de inmediato a Loretta McConnell, una mujer singularmente poco atractiva sin dos dientes inferiores, con anteojos torcidos y pelo lacio y descuidado, cortado sin gracia alguna en estilo paje.
    – Allí está -susurró Maggie, sentándose en una silla plegable junto a Eric.
    – No te fíes de su aspecto. Es una mujer brillante, que sabe más que nadie de las andanzas de políticos, músicos y artistas. Apoya mucho las artes y dona grandes sumas a todo tipo de cosas, desde violinistas prodigio hasta el Santuario de la Naturaleza. En Washington la conocen tanto como en Door County. Pero a pesar de su poder, es una mujer razonable. Recuérdalo si te desafía.
    Esperaron mientras se llevaban a cabo una variedad de peticiones: un terrateniente que no quería cambiar de sitio su cerca a pesar de que causaría problemas a la barredora de nieve; el dueño de una propiedad junto al lago que se oponía a la perforación de un nuevo pozo; una mujer que solicitaba permiso para abrir una tienda de antigüedades en una de las cabañas de troncos originales de la zona; el dueño de un restaurante que solicitaba licencia para expender licores; un hombre joven, delgado y demacrado que exigía que el condado le comprara un nuevo par de anteojos porque el empleado de una oficina municipal se había sentado sobre los suyos y se los había roto (Loretta McConnell le informó que estaba reclamando ante las personas equivocadas.)
    Luego llegó el turno de Maggie.
    – Margaret Stearn -dijo el presidente de la junta, leyendo el formulario de Maggie-. Desea abrir una hostería B y B en Cottage Row, en la localidad de Fish Creek.
    Maggie se puso de pie y avanzó hacia los miembros de la junta. El presidente levantó la vista del papel. Era un hombre anguloso que tenía más aspecto de tractorista que de presidente de una junta. Era evidente que se trataba del granjero de Sevastopol. Tenía orejas enormes de las cuales salían mechones de pelos. El traje, aparentemente cedido o prestado, era marrón y anticuado; el nudo de la corbata, debajo de un cuello arrugado y amarillento, estaba torcido hacia un lado. Maggie le echó una sola mirada y se agradeció mentalmente por haberse peinado cuidadosa y sobriamente.
    – ¿Usted es Maggie Stearn? -preguntó él.
    – Sí, señor. Mi apellido de soltera es Pearson. Mi padre es Leroy Pearson. Trabaja como fiambrero en la Tienda de Ramos Generales de Fish Creek desde hace cuarenta y dos años. Yo nací y me crié en Fish Creek.
    – Sí, por supuesto. Conozco a Roy Pearson. -Su mirada se detuvo en la chaqueta de gamuza de Maggie y luego regresó al papel.
    – ¿Ha estado viviendo en otra parte?
    – En Seattle desde hace dieciocho años. Mi marido murió hace un año y mi hija está iniciando sus estudios en la universidad Northwestern de Chicago, de modo que decidí volver a vivir a Door County.
    – Dice aquí que ya adquirió la propiedad en cuestión.
    – Así es. -Dado que las casas de Fish Creek no tenían dirección, sólo números con lo que se las identificaba en caso de incendios, la llamó por el nombre con que la conocían todos. -La vieja casa Harding. Contraté a un ingeniero para que evaluara las condiciones en que está. Aquí está su informe. -Sobre la mesa, delante del presidente de la junta, dejó la carta de Thomas Chopp. -Voy a invertir sesenta mil dólares en la remodelación de la casa y el trabajo ya ha comenzado. Aquí hay una copia del contrato que firmé con los hermanos Lavitsky, de Ephraim, que se ocupan de la remodelación de la estructura. Éste es otro contrato con Workman Electric, empresa que estará a cargo de reemplazar la caldera y hacer que la instalación eléctrica cumpla con todos los requisitos legales. Y este otro es con Plomería Kunst, que construirá un baño adicional para cumplir con los requisitos del código estatal para hosterías. Esta es una copia del estudio legal que indica que la propiedad abarca un acre y medio, lo que significaría, si mis habitaciones estuvieran todas ocupadas y si trabajáramos yo misma y un empleado, que cumpliríamos absolutamente con los requisitos de densidad. El índice, como puede ver, sería de una persona por cada punto-uno-cinco-cero acres. También tengo un presupuesto de la empresa de pavimentación J &B que asfaltará la cancha de tenis del otro lado del camino, lo que suministrará espacio de estacionamiento más que suficiente para los huéspedes. Y aquí tengo cifras de la Cámara de Comercio de Door County, en cuanto a solicitudes de hospedaje que no pueden cumplir; verá que llegan a un diez por ciento anual, lo que representa una significativa pérdida de ingresos no sólo para los hoteleros sino también para otros negocios. También tengo una carta de la oficina del inspector de salud del distrito que detalla los requisitos que tendría que cumplir para pasar la inspección: en este momento no se cumplen todos, pero le aseguro que se tomarán todas las medidas necesarias para que así sea. Otra cosa: el reglamento en cuanto a incendios. Notará en el presupuesto de los hermanos Lavitsky que se planea construir una escalera exterior adicional en el segundo piso para cumplir con el código. Aquí tengo un presupuesto para cada habitación de gastos de empapelado, cortinas, ropa blanca y decoración. Y he preparado un cálculo de costos diarios de servicios de lavandería, que estarán a cargo de la empresa Evenson de Bahía Sturgeon; sólo se encargarán de las sábanas. Las toallas las lavaremos nosotros. Y un presupuesto muy estimativo de elementos como jabones, papel higiénico, vasitos plásticos, artículos de limpieza y demás, aunque estoy buscando en otros sitios los mejores precios para cada cosa. También he hecho un cálculo del costo que me demandará servir determinados alimentos, como panecillos de maíz, tortas, café y jugos. Con esos alimentos, que serían todos caseros, verá que hice una comparación entre lo que costaría utilizar los servicios de una panadería o prepararlos yo misma. Y, por último, tengo una copia de mi saldo de los últimos seis meses en Merrill Lynch y marqué con rojo el número telefónico donde puede verificar mis inversiones y saldo mensual promedio, que confío mantendrá confidencial. Todo esto es para demostrarle que estoy realmente decidida a hacerlo, que sé bien lo que costará abrir y llevar adelante la hostería y que puedo solventar los gastos. Quiero asegurarles, señoras y señores, que no abriré una temporada y cerraré a la temporada siguiente. Pienso que mi hostería reportaría grandes beneficios a Fish Creek y a Door County.
    Maggie dio un paso atrás y se quedó esperando. La sala estaba tan silenciosa que se podría haber oído crecer un pelo en la oreja del presidente de la junta. Se oyó una risita en el fondo del salón. El presidente de la junta parpadeó y pareció emerger de un trance.
    – ¿Hace cuánto tiempo que está de regreso en Door County?
    – Menos de tres semanas.
    El hombre dirigió una sonrisa irónica a sus acompañantes, sentados a su derecha y a su izquierda y comentó con un brillo de humor en los ojos.
    – Imagino que a esta altura ya sabe si alguno de los miembros de esta junta ha tenido alguna multa por mal estacionamiento en el último año.
    Maggie sonrió.
    – No, señor, lo ignoro. Pero sé cuánto ganan por formar parte de la junta. Puesto que ahora soy contribuyente aquí, me pareció prudente averiguarlo.
    Se oyeron risas por toda la sala, hasta de los mismos miembros de la junta.
    – ¿Puedo preguntarle, señora Stearn, a qué se dedicaba en Seattle?
    – Era profesora de economía doméstica, cosa que considero una ventaja adicional. Sé cocinar, coser y decorar -todos requisitos para manejar una hostería- y pienso que no me costará aprender a encargarme de la parte administrativa.
    – De eso no tengo ninguna duda. -Echó una mirada a la solicitud, luego volvió a fijar los ojos en Maggie. -Imagino que allí hay cuestiones de zona.
    – Yo también lo creí, señor, hasta que recibí el reglamento de los Servicios Sociales y de Salud para establecimientos de hospedaje y desayuno que indica claramente que si tuviera cinco habitaciones o más, se me consideraría un hotel, por lo que sólo podría operar en zonas comerciales. Pero mientras me mantenga en cuatro habitaciones para huéspedes o menos, se me considerará hostería y éstas están permitidas en zonas residenciales. Puse una copia del folleto para usted, en algún sitio. Encontrará el reglamento en el párrafo tres, bajo HSS 197.03; es la sección llamada Definiciones.
    El presidente de la junta parecía haber sido apaleado. Las cejas arqueadas casi le tocaban la línea del pelo y la mandíbula le colgaba.
    – Casi tengo miedo de preguntar… ¿Hay algo más que quisiera agregar?
    – Sólo que tengo un ex miembro de la junta, Eric Severson, aquí conmigo, para dar referencias sobre mi persona.
    – Sí, lo vi sentado junto a usted. Hola, Eric.
    Eric lo saludó con la mano.
    Por fin habló Loretta McConnell.
    – Quisiera hacer unas preguntas a la señora Stearn.
    – Sí, señora. -Por primera vez Maggie miró a la mujer de ojos astutos y aire intimidador.
    – ¿Dónde haría publicidad?
    – Principalmente en las publicaciones de la Cámara de Comercio y pienso pedirle a Norman Simsons, autor de Hosterías y Rutas Campestres que, si es posible, incluya mi hostería en la próxima edición de su libro. Y, por supuesto, tendré un discreto letrero delante de la casa.
    – ¿No pondrá carteles callejeros?
    – ¿Que afeen todo Door County? ¡De ninguna manera! Soy de aquí, señorita McConnell. Quiero que la zona se arruine lo menos posible. Puedo arreglármelas muy bien sin letreros.
    – ¿Y en el exterior de la casa, tiene planeado cambios?
    – Una única escalera, que mencioné, para cumplir con los requisitos del código de incendios. Y una galería trasera nueva, porque la original se estaba cayendo a pedazos, pero que será idéntica a la que estaba. Ya se ha comenzado con la pintura de la parte exterior y la casa quedará con los colores originales, cosa que, como sabe, exige la ley en ciertas partes del país. La casa tendrá los colores elegidos por Thaddeus Harding: amarillo azafrán con rebordes de ventanas en dorado viejo, cornisas azul prusiano y tirantes del techo de un azul más pálido. Las barandas y balcones serán blancos. Ésos son los únicos cambios que planeé. Cuando cuelgue el letrero que diga Casa Harding, la gente que la ha conocido durante todos estos años, la verá tal cual como la recuerdan en sus primeros tiempos. Loretta McConnell mordió el sutil anzuelo.
    – ¿Casa Harding?
    – Pienso conservar el nombre, sí. Es tan tradicional como este mismo tribunal. Los sitios tradicionales deben conservar su nombre, ¿no cree?
    Cinco minutos más tarde, Maggie y Eric abandonaban el tribunal con el Permiso Condicional de Uso en la mano.
    Contuvieron los gritos de triunfo mientras salían por los pasillos, pero una vez que estuvieron afuera, ambos aullaron a la vez. Maggie rió mientras Eric emitía un alarido de guerra y la levantaba por el aire.
    – ¡Caramba, mujer, los dejaste muertos! ¿Dónde demonios conseguiste toda esa información tan rápido?
    Maggie volvió a reír, todavía incrédula y exclamó:
    – ¡Bueno, tú me dijiste que les presentara hechos!
    Eric la dejó en el suelo y le sonrió.
    – Hechos… sí. ¡Pero ni ellos ni yo esperábamos el Almanaque Mundial! ¡Maggie, estuviste magnífica!
    – ¿Te parece? -Ella rió y sintió que las rodillas comenzaban a temblarle. -¡Ay, Eric, estaba tan asustada!
    – Pues nadie lo hubiera dicho. Parecías Donald Trump a punto de levantar otro edificio en Nueva York o Lee Iacocca anunciando un nuevo modelo.
    – ¿De veras? -preguntó Maggie, azorada.
    – Deberías haberte visto.
    – Creo que tengo que sentarme. Estoy temblando. -Se dejó caer sobre el extremo del macetero de piedra junto a la puerta y se llevó una mano al estómago.
    Eric se sentó a su lado.
    – No tuviste ningún inconveniente desde el principio. Yo estuve en esa junta, Maggie. Sabes cuánta gente viene a pedir permisos para construir esto o aquello y no tiene la menor idea de cuánto les costará abrirlo, administrarlo, ¡nada! Los dejaste totalmente anonadados, Maggie. Caray, no me necesitabas en absoluto.
    – Pero me hace tan feliz saber que estabas allí. Cuando me volví y te vi sonreír… -Se interrumpió y terminó diciendo: -Estoy muy contenta de que estés aquí para festejar conmigo.
    – Yo también. -Le tendió una mano. -Felicitaciones, Maggie Mía.
    Ella le dio la mano y él se la estrechó. Y se la sostuvo un poco más de lo necesario o prudente. El apodo había salido de no se sabe dónde, un eco de un tiempo pasado. Sus miradas se encontraron en la noche de octubre que los envolvía; junto a ellos, la luz caía por la ventana de la gran puerta del tribunal. La sensación de la mano delgada de ella en la más fuerte de él era demasiado placentera.
    Maggie, actuando con sensatez, la retiró.
    – Así que ahora eres posadera -comentó Eric.
    – Todavía no lo puedo creer.
    – Pues créelo.
    Maggie se puso de pie, juntó las manos y las colocó sobre su cabeza. Luego giró en un círculo lento, contemplando las estrellas.
    – ¡Oh! -suspiró.
    – ¿Viste la cara de Loretta McConnell cuando ponías todos esos papeles sobre la mesa?
    – ¡Cielos, no! Tenía miedo de mirarla.
    – Bueno, pero yo la miré y pude contar los dientes que le fallaban, de tan abierta que tenía la boca. Y luego, cuando le dijiste lo de los colores de la casa… ¿Maggie, cómo diablos averiguaste de qué color había sido?
    – Leí un artículo en el New York Times sobre restauración y análisis de pinturas. Daba el nombre de fabricantes de pintura que se especializan en analizar la pintura antigua de edificios y producir auténticos colores Victorianos. Me puse en contacto con uno de Bahía Green. Lo que no le dije a Loretta McConnell es que no hice lodo esto en las últimas tres semanas. Comencé no bien llegué a Seattle. Gasté en llamadas de larga distancia sumas que te harían descomponer.
    Él rió por lo bajo y sonrió a las estrellas.
    – Casa Harding, hostería -musitó-. Ya lo veo.
    – ¿Quieres verla? -La pregunta brotó sola, obediente al entusiasmo de Maggie.
    – ¿Ahora?
    – Ahora. ¡Necesito verla ahora que sé que realmente va a suceder! ¿Quieres venir conmigo?
    – Por supuesto. Estaba esperando que me invitaras.
    Eric tuvo que apurar el paso para mantenerse a la par de Maggie mientras se dirigían a la camioneta.
    – ¡Voy a tener la hostería más elegante que jamás hayas visto! -proclamó Maggie mientras avanzaban a paso rápido-. Scons de crema, sábanas con puntilla y antigüedades por todas partes. ¡Espera y verás, Eric Severson!
    Él rió.
    – ¡Maggie, no corras así, te vas a matar con esos tacos altos!
    – Esta noche no. ¡Esta noche estoy hechizada!
    Conversó animadamente durante todo el trayecto hasta Fish Creek, trazando planes, desde los más básicos como dónde instalaría la lavandería hasta los más detallistas, como el de poner un plato de caramelos siempre a disposición de los huéspedes en la sala y servirles un licor antes de que se acostaran. Amaretto, quizás o crema de cacao con crema flotando encima. Siempre le había gustado la crema de cacao con crema, le dijo, y le encantaba ver cómo los dos colores se mezclaban después del primer sorbo.
    En la casa, Eric estacionó junto a la hilera de árboles y la siguió por unos anchos escalones hasta la galería trasera recién reparada. Maggie destrabó la puerta y lo guió adentro.
    – Quédate aquí mientras busco el interruptor de luz.
    Eric oyó un clic, pero todo quedó a oscuras. Maggie volvió a accionar el interruptor, cuatro veces.
    – ¡Ay, diablos!, deben de haber desconectado algo. Los Lavitsky estaban usando las herramientas eléctricas cuando estuve aquí hoy, pero… espera, iré a probar con otra luz. -Un instante más tarde, él oyó un ruido sordo y el ruido de madera contra madera.
    – ¡ Ay!
    – ¿Maggie, te lastimaste?
    – No, me golpeé un poco, nada más. -Más clics. -Caray, no funciona nada.
    – Tengo una linterna en la camioneta. Espera, la traeré.
    Regresó al cabo de un instante, iluminando la cocina, capturando a Maggie dentro del haz de luz. Se la veía incongruente con su ropa elegante y zapatos de taco alto, de pie junto a una mesa de carpintería con una pila de yeso roto a sus pies.
    Se quedaron en la habitación oscura, con las facciones iluminadas por la tenue luz de la linterna, igual que lo habían estado años atrás por las luces del tablero cuando se quedaban hasta altas horas de la noche dentro del coche estacionado.
    Eric pensó: No deberías estar aquí, Severson.
    Y ella: Será mejor que te muevas. Rápido.
    – Ven, vamos a ver la casa.
    Él le entregó la linterna.
    – Te sigo.
    Maggie le mostró la cocina, donde pronto habría armarios blancos con puertas de vidrio; la habitación de servicio cuya pared exterior ya había sido cambiada; el pequeño baño que sería para su uso privado, oculto bajo una escalera junto a la cocina, con techo inclinado y revestimiento de madera de la mitad de la pared hacia abajo; la sala principal con el hermoso piso de arce que utilizaría para los huéspedes, y la sala de música que se convertiría en su propio saloncito; las puertas corredizas que los dividirían; el comedor donde serviría scons calientes y café para el desayuno; la escalera principal con su baranda llamativa; los tres dormitorios para huéspedes en la Planta superior y un cuarto dormitorio, que se dividiría para construir la escalera nueva y el baño adicional.
    – Dejé lo mejor para lo último -dijo Maggie, guiando a Eric por una última puerta- Ésta… -Entró. -… es la Habitación del Mirador. -Paseó la luz de la linterna por las paredes y cruzó hasta una puerta en la pared de enfrente. -Mira. -La abrió y salió a la fresca brisa de la noche. -Éste es el mirador. -¿No es hermoso? Durante el día se puede ver la bahía, los barcos y la isla Chambers desde aquí.
    – He visto esto desde el agua muchas veces y siempre me imaginé que debería de tener una vista espectacular.
    – Será mi mejor habitación. Me encantaría guardarla para mí, pero me doy cuenta de que no tendría sentido. Sobre todo porque puedo utilizar la habitación de servicio y tener mi propio baño con acceso a la cocina y a la salita. De modo que he decidido convertir la Habitación del Mirador en la Suite Nupcial. -Lo guió de nuevo adentro. -Voy a ponerle una gran cama de bronce y llenarla de almohadones con encaje. Quizás un ropero antiguo contra esa pared y allí un espejo de pie, y encaje blanco en las ventanas para que no se pierda la vista. Por supuesto, va a haber que reparar toda la carpintería y los pisos. Y bien, ¿qué opinas?
    – Creo que vas a tener un invierno muy ocupado.
    Maggie rió.
    – No me importa. No veo la hora de comenzar.
    – Y… -Eric miró la esfera iluminada de su reloj. -Creo que es hora de que te lleve de regreso a tu casa o a tu madre le dará un ataque.
    – Tienes razón. Debe de estar esperándome levantada, lista para tratarme como si tuviera otra vez catorce años.
    – ¡Ah, las madres! Todas se tornan un castigo a veces.
    Bajaron la escalera juntos con la luz de la linterna bailando delante de ellos.
    – No me imagino a la tuya siéndolo.
    – No con frecuencia, pero tiene sus momentos. Se pone pesada respecto de que Nancy trabaja y no está nunca. Piensa que no es forma de llevar adelante un matrimonio. -Al llegar abajo, Eric añadió: -El problema es que yo opino lo mismo.
    En la oscuridad, Maggie se detuvo. Era la primera vez que Eric había insinuado que algo podía no andar del todo bien en su matrimonio y dejó a Maggie sin saber qué decir.
    – Oye, Maggie, olvida que dije eso. Lo siento.
    – No, no… Está bien, Eric. Es sólo que no sabía qué decir.
    – Amo a Nancy, te juro que la amo. Es que parecemos habernos alejado tanto el uno del otro desde que regresamos aquí. Viaja cinco días por semana y cuando está en casa, yo salgo en el barco. Ella odia el barco y yo odio su trabajo. Es algo que tenemos que solucionar, nada más.
    – Todos los matrimonios tienen sus problemas.
    – ¿El tuyo también los tenía?
    – Por supuesto.
    – ¿Cuáles? Si no te importa que te lo pregunte, claro.
    Permanecieron donde estaban; Maggie apuntó la linterna al suelo entre ambos.
    – A él le gustaba jugar y a mí me fastidiaba. Todavía me sigue fastidiando, pues es lo que finalmente lo mató. El avión en el que estaba cuando murió iba a Reno, para una escapada de juego. Iba allí una vez por año, con un grupo de la Boeing.
    – ¿Y tú nunca lo acompañabas?
    – Una vez fui, pero no me gustó.
    – De modo que iba solo.
    – Sí.
    – ¿Era adicto al juego?
    – No, cosa que dejaba una gran zona gris entre los dos. Sencillamente era un escape para él, algo que le gustaba y a mí no. Siempre decía que el dinero con que jugaba era suyo, dinero que había ahorrado para eso. Y decía, ¿hay algo que deseas que no tienes? No lo había, por supuesto, de modo que ¿qué podía decir yo? Pero siempre pensé que era dinero que podríamos haber utilizado juntos, para viajar, o… o…
    El silencio los envolvió. Transcurrieron unos segundos en los que estuvieron lo suficientemente cerca para tocarse, pero no lo hicieron. Por fin Maggie emitió un suspiro trémulo.
    – ¡Dios, cómo lo amaba! -susurró-. Y realmente teníamos todo. Viajábamos y nos permitíamos lujos, un velero, ser socios de un club exclusivo. Y todavía lo tendríamos todo, juntos, si él no se hubiera ido en ese viaje. No te imaginas la culpa que siento al seguir sintiendo furia cuando él es el que murió…
    Eric le apretó el brazo.
    – Lo siento, Maggie. No fue mi intención desenterrar recuerdos tristes.
    Ella se movió y él supo que se había secado los ojos en la oscuridad.
    – Está bien -dijo Maggie-. Aprendí con mi grupo de terapia que es perfectamente normal que sienta enojo hacia Phillip. Del mismo modo que es perfectamente normal que tú lo sientas hacia Nancy.
    – Siento enojo, pero también me siento culpable, porque se que adora su trabajo y es excelente en él. Y trabaja mucho. Cuando vuela por todo el país a veces no llega al hotel hasta las nueve o diez de la noche y cuando está en casa los fines de semana tiene que hacer una cantidad increíble de papelerío. Pero eso también me molesta. Sobre todo durante el invierno cuando podríamos estar juntos los sábados. Pero tiene que hacer informes de ventas. -Suspiró y agregó con cansancio: -¡Ay, Dios… no sé!
    El silencio volvió y con él llegó una peculiar intimidad.
    – Maggie, jamás hablé de esto con nadie -admitió Eric.
    – Yo tampoco. Salvo con el grupo de terapia.
    – Elegí un pésimo momento. Perdóname. Estabas tan contenta y entusiasmada antes de que yo empezara a causar problemas.
    – Eric, no seas tonto. ¿Para qué están los amigos? Además, sigo contenta y entusiasmada… por adentro.
    – ¡Qué suerte!
    Juntos se volvieron y siguieron el haz de luz hacia la puerta de la cocina que daba a la galería. Se detuvieron y Maggie iluminó la hábilación por última vez.
    – Me gusta tu casa, Maggie.
    – A mí también.
    – Me gustaría verla alguna vez cuando esté toda terminada.
    En un esfuerzo por levantar los ánimos caídos, Maggie dijo:
    – Te invitaré a tomar el té en el salón principal.
    Salieron a la galería trasera y Maggie cerró la puerta con llave. Mientras se dirigían a la camioneta, Eric preguntó:
    – ¿Mañana estarás aquí?
    – Mañana y todos los demás días. Ya empecé a pintar la carpintería del piso superior y después de eso me toca el empapelado y las cortinas.
    – Haré sonar la sirena cuando pase con el barco.
    – Y yo te saludaré desde el mirador si te oigo.
    – Trato hecho.
    Viajaron en silencio la corta distancia hasta la casa de los padres de Maggie, conscientes de que había habido un cambio sutil durante la velada. La atracción estaba presente de nuevo. Contenida, pero presente. Se dijeron que no importaba porque esa noche era un punto aislado en el tiempo que no se repetiría. Ella se ocuparía de poner en marcha su hostería y él de seguir con su negocio y si ocasionalmente se encontraban en la calle se saludarían en forma amistosa y ninguno de los dos admitiría qué bueno había sido estar junios una noche de octubre, cuan unidos se sentían festejando juntos la victoria de Maggie afuera del tribunal. Él olvidaría que sin querer la había llamado Maggie Mía y que había admitido que no todo eran rosas en su matrimonio.
    Al llegar a casa de los padres de ella, Eric estacionó junto a la acera y puso la camioneta en punto muerto. El asiento vibraba debajo de ellos. Maggie estaba sentada lo más lejos posible de él, con la cadera contra la puerta. En la sala, las cortinas estaban cerradas, pero se veía una luz encendida.
    – Muchísimas gracias, Eric.
    – Fue un placer -respondió él en voz baja.
    Se miraron en la tenue luz del tablero, ella con un maletín contra el costado, él con las manos sobre el volante.
    Maggie pensó: ¡Sería tan fácil!
    Él pensó: ¡Bájate, Maggie, pronto!
    – Adiós -dijo ella.
    – Adiós… y mucha suerte.
    Maggie bajó la mirada, encontró la manija y tiró, pero la puerta se atrancó, como siempre. Eric se inclinó por encima de las rodillas de ella y por ese brevísimo instante mientras abría la puerta, su hombro rozó el pecho de Maggie.
    La puerta se abrió y Eric se enderezó.
    – Listo.
    – Gracias de nuevo… adiós -masculló Maggie. Bajó y cerró la puerta antes de que él pudiera responder.
    La camioneta se alejó de inmediato y ella subió los escalones del porche tocándose la cara ardiente y pensando: ¡Mamá se dará cuenta! ¡mamá se dará cuenta! Estará esperando del otro lado de esta puerta.
    Y estaba.
    – ¿Y bien? -fue todo lo que dijo Vera.
    – Te lo cuento en un minuto, mamá. Primero tengo que ir al baño.
    Maggie subió corriendo la escalera, cerró la puerta del baño y se apoyó contra ella con los ojos cerrados. Fue hasta el botiquín con espejo y estudió su imagen. Su color era normal, a pesar de las emociones cargadas que habían llenado la camioneta sólo unos momentos antes.
    Es casado, Maggie.
    Lo sé.
    Así que aquí termina todo.
    Lo sé.
    Te mantendrás lejos de él.
    Sí, lo haré.
    Pero en el preciso instante en que hacía la promesa, se dio cuenta de que no debería haber sido necesaria.

Capítulo 7

    La sirena del Mary Deare sonó a la tarde siguiente: un bramido ensordecedor digno de una barcaza antediluviana.
    Aun desde la distancia, hizo vibrar los pisos y vidrios de las ventanas.
    Maggie levantó la cabeza. Se sentó sobre los talones, con un pincel en la mano, alerta y vibrante. Volvió a sonar y ella se puso de pie de un salto y corrió por el corredor del piso superior, cruzó el dormitorio que daba al sudoeste y salió al mirador. Pero los árboles, todavía con hojas, le obstaculizaban la vista del agua. Se quedó en la sombra, apoyada contra la baranda mientras el pulso se le calmaba y la invadía una gran desilusión.
    ¿Qué estás haciendo, Maggie?
    Dio un paso atrás y recuperó la compostura.
    ¿Qué estás haciendo, corriendo ante el sonido de la sirena de su barco?
    Como si alguien la hubiera retado en voz alta, se volvió con dignidad y entró otra vez en la casa.
    Después de eso, una vez por día, la sirena saludaba, siempre sobresaltándola, haciéndola dejar lo que estaba haciendo y mirar hacia el frente de la casa. Pero nunca más volvió a correr como ese primer día. Se dijo a sí misma que su fijación con Eric era sencillamente una reacción por estar otra vez en terreno familiar. Él era parte de su pasado, Door County era parte de su pasado, los dos iban junios. Se dijo que no tenía derecho de pensar en él, de sentir un escalofrío ante la idea de que él estuviera pensando en ella. Se recordó la poca estima que ella siempre les había tenido a las mujeres que perseguían a hombres casados.
    Busconas, las llamaba su madre.
    – Esa Sally Bruer es una buscona -decía Vera años atrás de una mujer joven a la que Maggie recordaba como pelirroja y llamativa, conversadora, que trabajaba detrás del mostrador de la heladería en la esquina. Siempre era buena con los niños, sin embargo, pues les servía porciones bien cargadas.
    Cuando Maggie tenía siete años, oyó a su madre hablar con unas señoras del grupo de costura sobre Sally Bruer.
    – Eso es lo que consigues cuando buscas -decía Vera -. Que dar E-Eme-Be-etcétera. Y no se sabe de quién es el bebé porque anda con Fulano, Mengano y Zutano. Pero se dice que es de Curva Rooney. -Curva Rooney era el pitcher del equipo de béisbol local, cuyo sobrenombre se debía a la endemoniada pelota curva que lanzaba. Su bonita esposa asistía a cada partido que se hacía en el pueblo con sus tres hijitos de mejillas rosadas y Maggie los había visto muchas veces cuando iba a los partidos con su padre. A veces jugaba con el mayor de los Rooney bajo las gradas. No fue hasta los doce años que Maggie comprendió lo que significaba E-Eme-Be-etcélera -embarazada- y después de eso siempre sintió pena por los hijos de Curva Rooney y por su bonita esposa.
    No, Maggie no quería ser una buscona. Pero la sirena del barco la llamaba todos los días y ella se sentía culpable al verse reaccionar ante el sonido.
    A mediados de octubre, hizo una escapada de dos días. Fue en coche hasta Chicago a comprar cosas para la casa. En la tienda Old House compró un lavabo con pedestal, una bañadera con patas en forma de garras y grifería de bronce para el baño nuevo. En Antigüedades Herencia encontró una magnífica cama de roble tallada a mano para uno de los dormitorios y en Bell, Book y Candle, una mesa de caoba con tapa de mármol y un par de botines abotonados, nuevos como el día en que habían sido hechos. Los compró por capricho; un toque de época para uno de los dormitorios de huéspedes, pensó, imaginándolos en el suelo junto a un espejo de pie.
    Esa noche invitó a Katy a cenar. Katy eligió el sitio -un pequeño pub en Asbury, frecuentado por la muchachada de la universidad- y se mostró distante durante todo el trayecto hasta allí. Cuando estuvieron sentadas frente a frente ante una mesa, se sumergió de inmediato en el menú.
    Maggie dijo:
    – ¿Podríamos hablar, Katy?
    Katy levantó la vista, arqueando las cejas.
    – ¿Hablar de qué?
    – De mi mudanza de Seattle. Calculo que eso es lo que te ha mantenido callada desde que te pasé a buscar.
    – Preferiría no hacerlo, mamá.
    – Sigues enojada.
    – ¿Tú no lo estarías?
    La conversación comenzó con Katy en posición antagónica y no resolvió nada. Cuando terminó la cena, Maggie sentía una mezcla de culpa y fastidio contenido, ante la negativa de Katy de aprobar su mudanza a Door County. Cuando se despidieron frente al edificio de dormitorios de Katy, Maggie dijo:
    – ¿Vendrás a casa para Acción de Gracias, no es así?
    – ¿A casa? -repitió Katy con sarcasmo.
    – Sí. A casa.
    Katy apartó la mirada.
    – Supongo que sí. ¿A dónde iría si no?
    – Me aseguraré de tenerte un cuarto listo para entonces.
    – Gracias. -No había calidez en la palabra. Katy buscó el picaporte.
    – ¿No me abrazas?
    Fue un abrazo formal, hasta renuente, y cuando se despidieron, Maggie se alejó sintiendo de nuevo una oscura culpa que sabía perfectamente bien que no debía estar experimentando.
    Regresó a Door County al día siguiente para encontrarse con la noticia de que se había vendido su casa de Seattle. Había un mensaje para que llamara a Elliot Tipton de inmediato. Mientras marcaba, supuso que le diría que habría un nuevo retraso mientras los compradores esperaban a que les autorizaran el préstamo. En cambio, Tipton le informó que los compradores tenían dinero en efectivo y que estaban viviendo temporariamente en un hotel, puesto que la compañía los había transferido desde Omaha. Querían cerrar el tra-lo lo antes posible.
    Maggie voló a Seattle esa misma semana.
    Abandonar la casa le resultó tan poco emotivo como había predicho, en gran medida porque sucedió todo tan rápido. En cuanto llegó, se puso a trabajar en la casa durante dos frenéticos días, arrojando frascos medio llenos de la heladera, deshaciéndose del solvente y los demás combustibles que los mudadores no podían transportar, quitando tierra y plantas secas de las macetas, regalando varios muebles y separando artículos descartados para el Ejército de Salvación. Al tercer día, llegó la empresa mudadora y empezó a empaquetar. El cuarto día, Maggie estampó su firma veinticuatro veces y entregó las llaves de la casa a los nuevos dueños. El quinto día voló de regreso a Door County para descubrir que una notable transformación se había llevado a cabo en la Casa Harding.
    Habían terminado de pintar el exterior, y los andamios habían desaparecido. Con su nueva capa de colores Victorianos, la Casa Harding estaba deslumbrante. Maggie dejó la maleta en la acera trasera y dio la vuelta a la casa, sonriendo, a veces tocándose la boca, deseando que alguien estuviera con ella para compartir su entusiasmo y su emoción. Levantó la vista hacia el mirador, contempló los marcos de las ventanas, volvió a levantarla para estudiar los tirantes y a bajarla para admirar el porche delantero. Los pintores se habían visto obligados a cortar los arbustos de corona de novia para llegar a los cimientos, dejando al descubierto el enrejado que envolvía la base del porche. Maggie imaginó un gato deslizándose allí debajo para dormir sobre la tierra fresca en un caluroso día de verano. Retrocedió hasta la orilla del lago para ver la casa por entre los arces semidesnudos, cuyas brillantes hojas rojizas formaban una alfombra crujiente en el suelo. Completó el círculo y entró por la cocina. Los trabajos de albañilería estaban terminados y las paredes, lisas, blancas y vacías aguardaban la llegada de los armarios.
    Dejó la maleta en el suelo y escuchó. Desde algún sitio en las profundidades de la casa llegaba el sonido de una radio tocando una canción de George Strait, acompañada por el raspado rítmico de una lija contra la pared. Maggie siguió el sonido por el vestíbulo del frente donde el sol, enriquecido por el paso a través de los vidrios de colores, iluminaba los pisos de la entrada y de la sala de música.
    Maggie ladeó la cabeza y gritó por la escalera:
    – ¿Hay alguien?
    – ¡Aquí! -se oyó una voz de hombre desde arriba-. ¡Estoy aquí arriba!
    Maggie lo encontró en uno de los dormitorios más pequeños, cubierto de polvo blanco, de pie sobre un tablón sostenido por dos escaleras, lijando una pared cuyo yeso había sido hecho a nuevo.
    – Hola -repitió desde la puerta, sorprendida-. ¿Dónde están los hermanos Lavitsky?
    – Fueron a hacer un trabajo corto en otro sitio. Soy Nordvik, el yesero.
    – Soy Maggie Stearn, la propietaria.
    Él hizo un gesto con la lija.
    – La casa está quedando muy bien.
    – Sí, tiene razón. Cuando me fui no había calefacción aquí, ni existían las paredes de la cocina. ¡Cielos, ya pusieron el baño y la escalera de incendios!
    – Sí, va todo muy bien. El plomero colocó la caldera a principios de la semana. Ah, esta mañana llegó un envío desde Chicago. Les dijimos que dejaran las cosas en la sala. Espero que no le moleste.
    – No, está muy bien, gracias.
    Maggie corrió abajo para encontrar sus muebles antiguos en la sala principal y experimentó uno de esos instantes en los que todo parece tan perfecto, el futuro se vislumbra tan rosado, que es necesario estar con alguien.
    Llamó a Brookie.
    – Brookie, tienes que venir a ver mi casa. Ya está toda pintada por fuera y casi lista para pintar por dentro; acabo de regresar de Seattle y se vendió la casa de allí y me llegaron mis primeros muebles antiguos de Chicago y… -Hizo una pausa para respirar. -¿Quieres venir, Brookie?
    Brookie vino a compartir su entusiasmo, trayendo -por necesidad- a Chrissy y a Justin, que se dedicaron a explorar las grandes habitaciones vacías y a jugar a las escondidas mientras Maggie llevaba a su madre por la casa.
    Nordvik se retiró hasta el día siguiente. La casa quedó silenllosa, invadida por el olor cartonoso del yeso nuevo y el más punzante del adhesivo de los azulejos del baño nuevo. Maggie y Brookie recorrieron las habitaciones de la planta superior, deteniéndose por fin en la Habitación del Mirador donde se quedaron en un tibio cuadrado de sol mientras las voces de los niños les llegaban desde el corredor.
    – Es una casa estupenda, Maggie.
    – Sí, ¿no es cierto? Me va a encantar vivir aquí. ¡Estoy tan contenta de que me hayas obligado a venir a verla!
    Brookie fue hasta la ventana, se volvió y se sentó sobre el antepecho.
    – Me enteré de que viste a Eric hace un par de semanas.
    – Ah, no, Brookie, no vas a empezar tú también con eso.
    – ¿Qué dices?
    – Mi madre casi tuvo un ataque porque fuimos juntos a Bahía Sturgeon para la reunión con la junta.
    – Ah, eso no lo sabía. ¿Pasó algo? -preguntó Brookie con sonrisa pícara.
    – ¡Brookie, por favor! Fuiste tú la que me dijo que no me comportara como una chiquilina.
    Brookie se encogió de hombros.
    – Fue una pregunta, nada más.
    – Sí, pasó algo. Me dieron el permiso para abrir una hostería.
    – De eso ya me enteré, a pesar de que mi mejor amiga no me llamó para contármelo.
    – Lo siento. Fueron unos días enloquecedores: el viaje a Chicago, luego a Seattle. No sabes lo feliz que estoy de volver a tener mis propias cosas. En cuanto me llegue aunque sólo sea una sartén y un balde para cargar agua del lago, me mudaré de la casa de mis padres.
    – Fueron días difíciles, ¿no?
    – No nos llevamos mejor que cuando estaba en la escuela. ¿Sabes que ni siquiera ha venido a ver la casa?
    – ¡Ay, Maggie, qué pena!
    – ¿Qué nos pasa a mi madre y a mí? Soy su única hija. Se supone que debemos querernos, pero hay veces en que, te juro, Brookie, se comporta como si tuviera celos de mí.
    – ¡¿Celos? ¿Por qué?
    – No lo sé. Por mi relación con papá. Por el dinero, por esta casa. Porque soy más joven que ella. ¿Quién puede saberlo? Es difícil comprenderla.
    – ¡Estoy segura de que pronto vendrá a ver la casa. ¡Todo el mundo vino! En Fish Creek no se habla de otra cosa. Loretta McConnell ha estado proclamando por todas partes que piensas dejarle el nombre de sus antepasados, y que le has devuelto los colores originales. No se puede hablar con nadie que no haya pasado a echarle un vistazo. Realmente, está hermosa, Maggie.
    – Gracias. -Maggie fue hasta la ancha ventana y se sentó junto aBrookie. -¿Pero sabes una cosa, Brookie? -Maggie contempló el yeso nuevo mientras el sonido de las voces de los niños hacía eco desde la distancia. -Cuando la veo cambiar, quedar nueva, terminada, como hoy cuando llegué… siento este… -Maggie se oprimió un puño bajo el pecho-…este nudo de vacío porque no tengo con quien compartirla. Si Phillip viviera… -Dejó caer la mano y suspiró. -Pero no vive ¿verdad?
    – No. -Brookie se puso de pie. -Y vas a hacerlo todo tú sola y todos en el pueblo te admirarán por eso, hasta tu madre. -Tomó a Maggie del brazo y la hizo levantarse.
    Maggie esbozó una sonrisa agradecida.
    – Te agradezco tanto que hayas venido. No sé qué haría sin ti.
    Tomadas del brazo, pasaron a la habitación adyacente para buscar alos niños.
    En los días siguientes, mientras Maggie veía cómo la casa tomaba forma, la sensación de vacío apareció esporádicamente, sobre todo al final del día, cuando los obreros se marchaban y ella paseaba por las habitaciones sola, deseando que alguien compartiera con ella su triunfo. No podía llamar a Brookie todos los días; Brookie tenía sus propias responsabilidades familiares que la mantenían ocupada. Roy venía seguido, pero su entusiasmo siempre se veía contrapuesto al hecho de que Vera jamás lo acompañaba.
    Colocaron los muebles de la cocina, las mesadas de fórmica, la grifería antigua en el baño nuevo y por fin conectaron el agua. Los muebles de Maggie llegaron desde Seattle y ella abandonó la casa de sus padres con gran alivio. En su primera noche en la Casa Hardingdurmió en la Habitación del Mirador, amoblada sólo con la cama de Katy, una mesa y una lámpara. El resto de las cosas estaba apilado en el garaje y en el departamentito encima de éste, hasta que estuvieran terminados los pisos de la casa. Consiguió una puerta antigua para la nueva salida de emergencia; Maggie la despintó y la barnizó, vigiló a Joe Lavitsky mientras la colocaba y al ver por primera vezcaer la luz por entre los vidrios trabajados, volvió a desear tener a alguien con quien compartir esos momentos.

    Octubre, visto desde la cubierta del Mary Deare, era una estación de belleza inigualable: el agua azul reflejaba los cambios de colores que se intensificaban día a día a medida que los árboles variaban de tonos en secuencia familiar: primero los nogales blancosluego los nogales comunes, los fresnos, los tilos americanos, los plátanos y, por último, los arces de Noruega. Con el correr de los días Eric contemplaba el espectáculo que quitaba el aliento con una veneración que regresaba año tras año. Por más veces que lo viera, elimpacto del otoño jamás se hacía más leve.
    Ese año, Eric contempló los cambios de la estación con renovado interés, pues cada hoja que caía dejaba al descubierto otro trocito de la casa de Maggie. Esa preocupación por una mujer que no fuera su esposa se convirtió en anatema. No obstante, pasaba a diario por la Casa Harding, viéndola emerger sección por sección entre los árboles y hacía sonar la sirena, preguntándose si Maggie se acercaría alguna vez a una ventana para verlo pasar o si saldría al mirador una vez que él había pasado.
    Con frecuencia pensaba en la noche que habían recorrido la casa con solamente un cono de luz entre ellos. Había sido una locura, el tipo de cosa que, si se supiera, haría hablar a los chismosos del pueblo. Sin embargo, había sido algo totalmente inocente. ¿O no? Había habido una sensación nostálgica durante toda la velada, en el hecho de pasar a buscarla por la casa igual que cuando estaban en la secundaria, en el abrazo sobre los escalones del tribunal, en el viaje de regreso a Fish Creek y en las confidencias intercambiadas en la oscuridad de la casa.
    En momentos de mayor lucidez, reconocía el peligro de acercarse a ella, pero en otros, se preguntaba qué podía tener de malo hacer sonar una sirena en la bahía.
    Para la última semana de octubre, las ramas de los arces quedaron casi desnudas y a Eric le pareció verla una vez en una ventana de la habitación del mirador, pero no supo si era Maggie realmente o un reflejo despedido por los cristales de la ventana.
    Llegó noviembre, las aguas de la Bahía Green se volvieron frías y desnudas; las flotillas de hojas de otoño se hundieron como tesoros de naufragios. Luego llegó ese día temido y esperado en que el último pescador vino y se fue y hubo que sacar al Mary Deare del agua para pasar el invierno. Todos los años sucedía lo mismo, esperaban ese tiempo de descanso y sin embargo sentían tristeza cuando llegaba. Hedgehog Harbor, también, parecía triste y silencioso con la inactividad: no había trailers de los que se descargaban barcos, no había pescadores con gorritas ridículas posando para que los fotografiasen, no había ruidos de motores, de sirenas ni gritos. Hasta las gaviotas -aves veleidosas- desaparecían ahora que la provisión de alimentos se había acabado. Jerry Joe y Nicholas habían vuelto a sus estudios y Ma desconectó la radio hasta la primavera. Pasaba sus días viendo telenovelas y haciendo mariposas con trozos de espuma de goma a las que luego colocaba un imán para aplicarlas en las puertas de la heladera. En esos días fríos y silenciosos que presagiaban la llegada de la nieve, Eric limpió por última vez el Mary Deare, preparó el motor para soportar el invierno, cubrió la embarcación con lona, la sacó del agua y la trabó sobre un soporte de madera. Mike hizo lo mismo con el The Dove y luego desapareció dentro de su propiedad para cortar la leña necesaria para el invierno. El sonido de la motosierra a veces llegaba a través del silencio desde media milla de distancia, reviviendo y ahogándose, reviviendo y ahogándose con monótona regularidad, añadiéndose a la melancolía reinante.
    Eric le había dicho que se fuera; que él terminaría con lo que quedaba. Una vez que lavó el cobertizo donde se limpiaban los pescados, limpió los muelles, guardó todas las cañas y los carreteles y por fin cerró todas las construcciones con candado, Eric pasó unos pocos días inquietos en su casa, comiendo rosquillas y bebiendo café solo, ocupándose de la limpieza de la ropa acumulada y ordenando los frascos de especias en los armarios de la cocina. El invierno se cernía sobre él, largo y solitario e imaginó a Nancy en casa con él, o a los dos viajando al sur, a Florida, quizá, como hacía la mayoría de los pescadores de Door en el invierno.
    Y un día, cuando la casa se volvió demasiado solitaria para él, fue al bosque a ayudar a Mike.
    Lo encontró junto a la máquina cortadora de troncos, trabajando solo con el ruidoso motor naftero montado sobre un trailer de unos cincuenta centímetros de alto. Eric esperó en el ruido ensordecedor a que la poderosa pala neumática empujara el tronco contra la cuña. El tronco crujió, se partió y finalmente cayó al suelo en dos pedazos.
    Cuando Mike se agachó para levantar uno, Eric gritó:
    – ¡Eh, hermano!
    Mike se enderezó, y arrojó el tronco a una pila.
    – Eh, ¿qué haces aquí?
    – Pensé que podías necesitar ayuda. -Eric se calzó bien los guantes de cuero gastado y se acercó a un extremo de la máquina. Arrojó el medio tronco a la pila y luego tomó uno entero y lo coloco en la máquina.
    – No voy a decirte que no. Se necesita una montaña de madera para calentar la casa durante el invierno. -Mike accionó el motor y el ruido aumentó cuando el tronco empezó a moverse. Por encima del estruendo, Eric gritó:
    – Creí que este año ibas a poner una caldera de gas.
    – Yo también, pero Jerry Joe decidió ir a la universidad, de modo que habrá que esperar.
    – ¿Necesitas dinero, Mike? Sabes que haría cualquier cosa por ese muchacho.
    – Gracias, Eric, pero no se trata sólo de Jerry Joe. Hay otra cosa.
    – ¿Sí?
    Otro tronco se partió, cayó, y el motor se acalló.
    Mike levantó un trozo de roble y dijo:
    – Barbara está embarazada de nuevo. -Dio un tremendo tirón a la madera y se quedó mirándola.
    Eric permaneció inmóvil, dejando que la información se registrara en su mente, sintiendo una punzada de celos en su pecho. Otro más para Mike y Barb, que ya tenían cinco desparramados entre los seis y los dieciocho años, mientras que él y Nancy no tenían ninguno. Así como vino, la sensación de envidia desapareció. Levantó su mitad del tronco de roble y la arrojó sobre la pila, sonriendo.
    – Bueno, hombre, sonríe.
    – ¡Sonreír! ¿Sonreirías tú si te acabaras de enterar que espesperas tu sexto hijo?
    – Claro que sí, sobre todo si fuera como Jerry Joe.
    – Por si no lo sabes, no vienen así, criados y calzando el número cuarenta y tres. Primero hay que vacunarlos y tienen otitis, cólicos y varicela y luego usan como dos mil pañales carísimos. Además, Barb ya tiene cuarenta y dos años. -Contempló sombríamente los árboles desnudos y masculló: -¡Caray!
    Entre los dos, el motor ronroneaba, olvidado.
    – Somos demasiado viejos -dijo Mike por fin-. Si ya nos parecía que éramos demasiado viejos la última vez, cuando nació Lisa.
    Eric se inclinó y apagó el motor, luego se acercó para tomar a Mike del hombro.
    – Oye, no te preocupes. En todos lados lees sobre cómo la gente es más joven a los cuarenta ahora que antes, las mujeres tienen bebés cada vez más tarde en la vida y todo sale bien. Recuerdo que hace un par de años leí acerca de una mujer en Sudáfrica que tuvo un bebé a los cincuenta y cinco años.
    Mike rió con pesar y se dejó caer sobre un tronco. Suspiró y murmuró:
    – ¡Ay, mierda…! -Contempló el vacío largo rato, luego miró a Eric con horror. -¿Sabes qué edad tendré cuando ese chico termine la secundaria? Edad de jubilarme. Barb y yo contábamos con tener un poco de tiempo para nosotros antes de eso.
    Eric se puso en cuclillas y preguntó:
    – Si no lo deseaban, ¿cómo sucedió, entonces?
    – Cielos, no lo sé. Supongo que somos una de esas estadísticas. ¿Cómo es? ¿Diez en mil, a los que les falla el control de la natalidad?
    – No sé si te sirve de algo, pero creo que tú y Barb son los mejores padres que he conocido. La forma en que criaron a sus hijos, lo valiosos que son esos muchachos… caramba, el mundo debería alegrarse de tener otro más.
    El comentario hizo sonreír a medias a Mike.
    – Gracias.
    Los dos hermanos permanecieron en silencio durante algún tiempo. Luego Eric volvió a hablar.
    – ¿Quieres saber algo irónico?
    – ¿Qué?
    – Mientras estás allí, alterado por tener otro bebé, aquí estoy yo, muerto de envidia por eso. Se cuan viejo estás porque estoy nada más que dos años detrás de ti y se me acaba el tiempo.
    – Y bueno, ¿qué te detiene?
    – Nancy.
    – Me parecía.
    – No quiere hijos.
    Al cabo de unos segundos de silencio, Mike admitió:
    – Todos en la familia lo suponíamos. No quiere abandonar su trabajo, ¿no es así?
    – No. -Eric dejó asentar la afirmación antes de añadir: -Me parece que tampoco le gusta la idea de arruinar su figura. Eso siempre fue muy importante para ella.
    – ¿Le hablaste sobre tu deseo de tener una familia?
    – Sí desde hace unos seis años, más o menos. Esperé y esperé, creyendo que uno de estos días diría que sí, pero no va a suceder. Ahora lo sé y hemos llegado al punto en que nos peleamos por ello.
    De nuevo los dos quedaron pensativos mientras una ruidosa banda de gorriones se posó sobre un arbusto cercano.
    – ¡Ay, qué diablos!, es más que eso. Es Fish Creek. Detesta vivir aquí. Se siente más feliz viajando que cuando está en casa.
    – Pueden ser ideas tuyas.
    – Sí, pero no lo creo. Nunca quiso mudarse aquí.
    – Puede ser, pero eso no significa que deteste regresar a casa.
    – Siempre decía que odiaba partir los lunes, pero hace tiempo que ya no oigo eso. -Eric contempló los gorriones durante unos minutos. Picoteaban la tierra bajo el arbusto, piando suavemente. Había crecido con muchos pájaros alrededor, pájaros de tierra y de agua. La primera Navidad después que se casaron, Nancy le regalo un hermoso libro de aves y en la primera hoja le escribió porque los extrañas. Antes de mudarse de regreso a Door, metió el libro en una caja junto con otros y los regaló a una institución de beneficencia sin que él lo supiera. Al observar los gorriones en el frío día otoñal, Eric sintió dolor no por la pérdida del libro sino por la pérdida de cariño que representaba.
    – ¿Sabes qué creo que sucedió?
    – ¿Qué?
    Eric se volvió para mirar a su hermano.
    – Creo que dejamos de dar. -Luego de un profundo silencio prosiguió: -Creo que empezó cuando nos mudamos aquí. Ella no quería por nada del mundo y yo estaba decidido a hacerlo contra viento y marea. Yo deseaba una familia y ella, una carrera, y así se desató la guerra fría entre ambos. En la superficie, todo parece funcionar bien, pero por debajo, el sabor es agrio.
    Los gorriones salieron volando. En la distancia, se oyó el chillido de un par de cuervos. En el claro, el silencio bajo el cielo acerado parecía reflejar el estado de ánimo sombrío de Eric.
    – Eh, Mike -dijo, al cabo de unos minutos de silencio-, ¿crees que la gente sin hijos se torna egoísta al cabo de un tiempo?
    – Bueno, es una generalización un poco amplia.
    – Sin embargo, creo que sucede. Cuando tienes niños, te ves obligado a pensar primero en ellos, y a veces, aun a pesar de que estás exhausto, te levantas y vas a relevar al otro. Me refiero a cuando los hijos están enfermos, o lloran o te necesitan para tal o cual cosa. Pero cuando sólo son ustedes dos… bueno, no sé cómo decirlo. -Eric tomó un trozo de corteza y empezó a descascararla con la uña. Al cabo de unos momentos, olvidó su preocupación y miró haría la distancia.
    – ¿Recuerdas cómo era con Ma y el viejo? ¿Cómo al final de un día ocupado, después de manejar la oficina y lavar la ropa en ese viejo lavarropas y colgarla en la soga cuando tenía un momento libre entre clientes, y darnos de comer y probablemente hacer de arbitro en una docena de peleas, ella salía y se ponía a ayudarlo a limpiar el cobertizo de los pescados? Y un minuto después los oías reír allá afuera. Me gustaba quedarme en la cama y pensar qué encontraban de gracioso en el cobertizo de los pescados a las diez y media de la noche. Los grillos cantaban y las olas suaves lamían los barcos y yo escuchaba y esa risa me hacía sentir tan bien. Creo que me daba seguridad. Y una vez… lo recuerdo muy bien, como si hubiera sucedido ayer… entré en la cocina tarde a la noche cuando se suponía que todos nosotros estábamos durmiendo y sabes qué estaba haciendo él?
    – ¿Qué?
    – Le estaba lavando los pies.
    Los dos hermanos intercambiaron una mirada larga y silenciosa antes de que Eric siguiera hablando.
    – Ma estaba sentada sobre una silla de la cocina y él estaba de rodillas ante ella lavándole los pies. Ma tenía la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados y ninguno decía una palabra. El le sostenía el pie enjabonado sobre el fuentón y se lo masajeaba muy despacio. -Eric se detuvo para pensar. -Jamás lo olvidaré. Esos pies calllosos que siempre le dolían tanto y cómo el viejo se los lavaba con cariño.
    Una vez más quedaron en silencio, unidos por los recuerdos. Al cabo de unos momentos, Eric siguió diciendo:
    – Ése es el tipo de matrimonio que quiero, y no lo tengo.
    Mike apoyó los codos sobre las rodillas.
    – Quizás eres demasiado idealista.
    – Es posible.
    – Los diferentes matrimonios funcionan de distintas maneras.
    – Pues el nuestro no funciona para nada, desde que la obligué a mudarse de regreso a Fish Creek. Ahora me doy cuenta de que fue cuando comenzaron nuestros problemas.
    – ¿Y qué vas a hacer al respecto?
    – No lo sé.
    – ¿Vas a dejar la pesca?
    – No puedo. Me gusta demasiado.
    – ¿Ella va a dejar su empleo?
    Eric sacudió la cabeza con desconsuelo. Mike tomó dos ramitas y se puso a cortarlas en palitos.
    – ¿Tienes miedo?
    – Sí. -Eric miró por encima de su hombro. -Te aterra la primera vez que lo sacas a la luz. -Rió con pesar. -Mientras no admitas que tu matrimonio se está viniendo abajo, crees que no sucede… ¿verdad?
    – ¿La quieres?
    – Debería quererla. Todavía tiene un montón de cualidades por las que me casé con ella. Es bella, inteligente y trabajadora. Se ha abierto camino ella sola en Orlane.
    – ¿Pero la amas?
    – Ya no lo sé.
    – ¿Las cosas en la cama van bien?
    Eric maldijo en voz baja y arrojó el trozo de corteza. Apoyó los codos sobre las rodillas y sacudió la cabeza, mirando el suelo.
    – Caray, no lo sé.
    – ¿Cómo que no lo sabes? ¿Ella sale con otros?
    – No, no creo.
    – ¿Y tú?
    – No.
    – ¿Qué pasa, entonces?
    – Todo gira alrededor del mismo y viejo problema. Cuando hacemos el amor… -Era difícil decirlo.
    Mike esperó.
    »Cuando hacemos el amor, todo va bien hasta que ella se levanta de la cama para ponerse esa maldita espuma anticonceptiva, y yo siento… -Eric frunció los labios y tensó la mandíbula. -Siento deseos de tomar el frasco y arrojarlo contra la pared. Y cuando ella vuelve, me dan ganas de apartarla de mí.
    Mike suspiró. Caviló unos momentos antes de aconsejar:
    – Tendrían que hablar con alguien… con un médico o un consejero matrimonial.
    – ¿Cuándo? Viaja cinco días por semana. Además, ella no sabe cómo me siento respecto de la parte sexual.
    – ¿No te parece que deberías decírselo?
    – Se moriría.
    – Pues a ti también te está matando.
    – Sí… -respondió Eric con pesar, contemplando el cielo manchado por entre los esqueletos de los árboles. Se quedó largo rato así, agazapado como un vaquero delante de una fogata. Por fin suspiró, estiró las piernas y se miró las rodillas gastadas de los jeans.
    – ¿Qué cosa, no? Tú con más hijos de los que deseas y yo sin ninguno.
    – Sí. Qué cosa.
    – ¿Ma ya lo sabe? -Eric miró a Mike.
    – ¿Que Barb está embarazada? No. Tendrá algo que decir al respecto, no lo dudo.
    – Nunca dijo nada acerca de que nosotros no tuviéramos ninguno. Pero habla bastante sobre los viajes de Nancy, de modo que calculo que es lo mismo.
    – Bueno, fue criada a la antigua, y puesto que trabajó junto al viejo toda su vida, cree que así debería ser.
    Pensaron un rato, pasando revista a sus vidas cómo eran ahora y cómo habían sido cuando eran más jóvenes. Al cabo de unos momentos, Eric dijo:
    – ¿Quieres que te diga algo, Mike?
    – ¿Qué?
    – A veces me pregunto si Ma no tiene razón.

    Tres días más tarde, una noche de sábado luego de una cena tardía en la casa, Nancy se echó hacia atrás en su silla, jugueteando con una copa de chablis y terminando la última uva. La atmósfera era íntima, el estado de ánimo, lánguido. Afuera, el viento tironeaba las tejas y movía los cedros contra las canaletas de metal, causando un chillido ahogado que llegaba a través de las paredes. Adentro, la luz de las velas se reflejaba sobre la mesa de madera y enriquecía la textura de los individuales de hilo labrados.
    Nancy miró a su marido, complacida. Se había duchado antes de cenar y había venido a la mesa sin peinarse. Con el pelo revuelto, y despeinado, era sumamente atractivo. Se había puesto jeans y un buzo nuevo que ella le había comprado en Neiman Marcus, muy suelto color peltre, con cuello alto e inmensas mangas raglán que le daban aspecto varonil y displicente mientras tomaba, inclinado hacia adelante, café a la irlandesa.
    Era buen mozo, no había visto a ningún hombre que fuera más buen mozo que él. En su trabajo se topaba con hombres apuestos en todas las ciudades, en las mejores tiendas, vestidos como figurines de moda y oliendo tan bien que daban ganas de meterlos dentro de un cajón con la ropa íntima. Usaban cortes de pelo de mujer, bufandas de lana sobre las chaquetas y zapatos italianos de cuero exquisitamente fino, sin medias. Algunos eran homosexuales, pero otros eran abiertamente heterosexuales y lo dejaban bien en claro.
    Ella se había acostumbrado a contener sus lances, y en las pocas ocasiones en que los aceptaba, se aseguraba de que el téte-á-téte sólo durara una noche, pues en la cama, esos hombres nunca igualaban a Eric. Sus cuerpos eran pequeños donde el de él era grande, sus manos suaves donde las de Eric eran firmes, sus pieles blancas donde la de él era tostada y con ninguno podía lograr la armonía sexual que a ambos les había tomado dieciocho años perfeccionar.
    Nancy lo miró, serena y bella desde el otro lado de la mesa y odió tener que destruir la atmósfera que con tanto cuidado había creado con ayuda de las velas, los individuales y el vino. Pero la había creado con un propósito, y había llegado el momento de probar su efectividad.
    Colocó un pie enfundado en media de nailon sobre la silla de él.
    – ¿Amor? -murmuró, frotándole la parte interna de la rodilla.
    – ¿Mmm?
    – ¿Por qué no pones el barco en venta?
    Él la miró impasible durante algunos instantes, luego terminó el café. Se volvió en silencio y contempló el fuego.
    – ¡Por favor, mi vida! -Nancy se inclinó hacia adelante provocativamente, con los antebrazos contra el extremo de la mesa. -Si pones avisos ahora, para la primavera lo tendrás vendido y podremos mudarnos a Chicago. O a cualquier otra ciudad importante que te guste. ¿Qué te parece Minneápolis? Es una ciudad hermosa, con lagos por todas partes y además, es una meca de las artes. Te encantaría Minneápolis, Eric… por favor, ¿no podemos hablar de eso? -Vio que un músculo se tensaba en la mandíbula de él, que seguía evitando mirarla. Por fin levantó los ojos y habló con voz cuidadosamente medida.
    – Dime una cosa. ¿Qué deseas de este matrimonio?
    El pie de ella dejó de acariciarle la rodilla. Eso no estaba saliendo como lo había previsto.
    – ¿Qué quiero?
    – Sí. Qué quieres. Además de a mí… o de hacer el amor conmigo los sábados y domingos cuando no tienes tu período. ¿Qué quieres, Nancy? No quieres esta casa, no quieres este pueblo, no quieres que sea pescador. Y has dejado perfectamente en claro que no quieres una familia. Así que… ¿qué quieres?
    En lugar de responder, ella preguntó con aspereza:
    – ¿Cuándo vas a dejar de hacer esto, Eric?
    – ¿Hacer qué?
    – Ya sabes lo que quiero decir. Jugar al Viejo y el Mar. Cuando nos mudamos de Chicago, pensé que jugarías a ser pescador con tu hermano durante un par de años para sacarte el antojo, luego regresaríamos a la ciudad para poder estar más tiempo juntos.
    – Cuando nos mudamos de Chicago, pensé que querrías dejar tu trabajo en Orlane y quedarte aquí conmigo para tener una familia.
    – Gano mucho dinero. Me encanta mi trabajo.
    – A mí también.
    – Y estás desperdiciando un título universitario, Eric. ¿Qué hay de tu carrera de administración de empresas, no piensas volver a usarla?
    – La uso todos los días.
    – No te empecines.
    – ¿Qué va a cambiar si vivimos en Chicago o en Minneápolis? Dime.
    – Tendríamos una ciudad, galerías de arte, conciertos, teatros, tiendas, nuevos…
    – ¡Tiendas, já! Pasas cinco días a la semana en tiendas. ¿Cómo diablos puedes querer pasar más tiempo allí?
    – ¡No se trata sólo de las tiendas, y lo sabes! ¡Se trata de civilización! ¡Quiero vivir donde suceden las cosas!
    El la miró durante largo rato, con expresión glacial y remota.
    – Muy bien, Nancy. Haré un trato contigo. -Apartó su taza, cruzó los brazos sobre la mesa y la miró con ojos implacables. -Si tienes un bebé nos mudaremos a la ciudad que elijas.
    Ella dio un respingo como si le hubieran pegado. Se puso pálida, luego enrojeció, mientras se debatía con algo en lo que no podía ceder.
    – ¡Eres injusto! -Enojada, golpeó un puño contra la mesa. -¡No quiero un maldito bebé y lo sabes!
    – Y yo no quiero irme de Door County y tú también lo sabes. Si vas a viajar cinco días a la semana, al menos quiero estar cerca de mi familia.
    – ¡Yo soy tu familia!
    – No, eres mi esposa. Una familia incluye hijos.
    – Otra vez estamos en lo mismo.
    – Parece que sí; he pensado tanto en ello desde nuestra última discusión, que finalmente le hablé a Mike al respecto.
    – ¡A Mike!
    – Sí.
    – Nuestros problemas personales no son asunto de Mike y no me gusta que los ventiles.
    – Salió el tema, sencillamente. Estábamos hablando de hijos, están esperando otro.
    Nancy adoptó una expresión de disgusto.
    – Cielos, eso ya es obsceno.
    – ¿Sí? -replicó Eric con aspereza.
    – ¿No te parece? ¡Esos dos se reproducen como salmones! Por Dios, ya tienen edad para ser abuelos. ¿Para qué podrían querer otro bebé a su edad?
    Eric arrojó la servilleta sobre la mesa y se puso de pie.
    – ¡Nancy, a veces te aseguro que me pones furioso!
    – ¿Y tú vas corriendo a contárselo a tu hermano, no? Entonces claro, el mejor padre del mundo tiene varias cositas que decir sobre una esposa que elige no tener hijos.
    – Mike jamás ha dicho una cosa negativa sobre ti. -Señaló con el dedo la nariz de Nancy. -¡Ni una!
    – ¿Entonces qué dijo cuando se enteró de la razón por la que no tenemos hijos?
    – Recomendó que viéramos a un consejero matrimonial.
    Nancy se quedó mirándolo como si no hubiera oído.
    – ¿Lo harías? -preguntó Eric, sin quitarle los ojos de encima.
    – Seguro -replicó Nancy con sarcasmo, echándose hacia atrás en la silla y apoyando las manos cruzadas sobre el pecho. -Los martes por la noche generalmente no tengo nada que hacer cuando estoy en St. Louis. -Cambió de tono, y habló con exigencia. -¿Qué está pasando aquí, Eric? ¿Qué es todo esto de consejeros matrimoniales y desconformidad? ¿Qué sucede? ¿Qué ha cambiado?
    El levantó su tacita de café, la cucharita y la servilleta y las llevó a la cocina. Nancy lo siguió y se quedó detrás de él mientras Eric dejaba los platos en la pileta y se quedaba mirándolos, temiendo responder a la pregunta de ella y comenzar el tumulto que sabía que debía desencadenar si quería llegar a ser más feliz.
    – Eric -suplicó ella, tocándole la espalda.
    Eric respiró hondo y temblando por dentro, dijo lo que lo había estado carcomiendo durante meses.
    – Necesito más de este matrimonio, Nancy.
    – Eric, por favor… no… Eric, te amo. -Ella se abrazó a él y apoyó la cara contra su espalda. Eric permaneció tenso, sin volverse.
    – Yo también te quiero -le dijo en voz baja-. Es por eso que esto me duele tanto.
    Permanecieron así unos instantes, preguntándose qué hacer o qué decir. Ninguno de los dos estaba preparado para el dolor que comenzaba a desgarrarles el corazón.
    – Vayamos a la cama, Eric -susurró Nancy.
    Él cerró los ojos y sintió un vacío que lo dejó aterrorizado.
    – ¿No entiendes, verdad, Nancy?
    – ¿Entender qué? Esa parte siempre ha sido buena. Por favor… ven arriba.
    Eric suspiró, y por primera vez en su vida, no aceptó la invitación.

Capítulo 8

    Nancy salió de viaje otra vez el lunes. El beso de despedida fue incierto y Eric la miró alejarse en el coche con una sensación de desolación. Durante los viajes de ella, él pasaba los días dedicado al trabajo de invierno, a calcular la cantidad de línea utilizada durante la temporada, la cantidad de anzuelos perdidos, a revisar los cientos de catálogos de proveedores en busca de los mejores precios para reponerlos. Envió las tarifas de reserva para que se anunciaran en las Exposiciones Deportivas de Minneápolis, Chicago y Milwaukee y encargó folletos para que se distribuyeran allí. Verificó la cantidad de conservadoras que habían vendido en la oficina y arregló para que les suministraran un nuevo cargamento para la próxima temporada.
    Entre cosa y cosa, se preguntaba qué hacer respecto de su matrimonio.
    Comía solo, dormía solo, trabajaba solo y se preguntaba cuántos años más pasaría así. ¿Cuántos años más podría tolerar esta vida de soledad?
    Fue al poblado a cortarse el pelo antes de que fuera necesario, porque la casa estaba muy silenciosa y siempre había buena compañía en la peluquería masculina.
    Llamaba a Ma todos los días y fue a controlarle el tanque de combustible mucho antes de saber que estaba vacío porque sabía que ella lo invitaría a cenar.
    Cambió el aceite de la camioneta y trató de arreglar la puerta del lado del pasajero que se atascaba, pero no pudo. Le hizo recordar a Maggie, a él mismo inclinándose sobre las piernas de ella la noche que la había dejado en casa de sus padres. Pensaba en ella con frecuencia. Cómo estaría, cómo iría la casa, si habría encontrado todas esas antigüedades de las que había hablado. Los rumores decían que la pintura de afuera estaba terminada y que la casa estaba estupenda. Fue así que un día decidió pasar por allí con la camioneta, para echar un vistazo.
    Solamente para echar un vistazo.
    Las hojas se habían caído todas, y se amontonaban a lo largo de Cottage Row mientras subía la colina en la camioneta. Los pinos parecían peludos y negros contra el sol del final de la tarde. Se había puesto frío, el cielo había tomado un color que indicaba que el día siguiente sería más frío aún. La mayoría de las casas de Cottage Row permanecían cerradas; sus adinerados dueños estaban de regreso en las ciudades sureñas donde pasaban el invierno. Al acercarse a la casa de Maggie, vio un Lincoln Town Continental con patente de Washington estacionado junto al garaje. De ella, sin duda. Los cedros del límite de la propiedad no habían sido podados y tapaban gran parte de la casa; Eric condujo lentamente, espiando por entre los árboles hasta obtener un vistazo de la casa de colores alegres. Los rumores tenían razón. Estaba fantástica.
    Esa noche, en su casa, encendió el televisor y se quedó delante del aparato durante casi una hora, antes de darse cuenta de que no había oído una sola palabra. Estaba inmóvil, contemplando las figuras en la pantalla, pensando en Maggie.
    La segunda vez que pasó delante de la casa de ella, iba provisto de un formulario de solicitud de la Cámara de Comercio y una copia del folleto editado por la Cámara para el turismo de verano. El coche de Maggie estaba estacionado en el mismo sitio y Eric se detuvo junto a los cedros, apagó el motor y contempló el folleto sobre el asiento. Pasó así un minuto, luego encendió el motor y salió como una flecha colina abajo, sin mirar atrás.
    La siguiente vez que fue hasta allí, había un camión verde estacionado junto al sendero de entrada, con las puertas traseras abiertas y una escalera de aluminio colgando del costado. De no haber estado allí el camión, habría seguido de largo, pero si había un obrero en la casa, no quedaría mal entrar.
    Caía la tarde otra vez, fría, con un viento cortante que hizo revolotear los papeles que llevaba cuando cerró la puerta de la camioneta. Enrollándolos en un cilindro, pasó junto al camión y miró adentro: caños, rollos de alambre, herramientas… que bien, había estado en lo cierto. Bajó los anchos escalones y golpeó a la puerta trasera.
    Silbando suavemente entre dientes, esperó, contemplando la galería trasera. Un ramo de maíz atado con cinta anaranjada colgaba de una pared; una placa de bronce oval decía CASA HARDIND; cortinas blancas de encaje cubrían la banderola de una puerta antigua; una baranda nueva, pintada de amarillo y azul; piso nuevo, pintado de gris; una alfombrita trenzada; una vasija en una esquina con colas de zorro y otras hojas secas. Según los rumores, Maggie no escatimaba dinero para embellecer el lugar y, si el exterior se podía tomar como ejemplo, se veía que había estado ocupada. Hasta la pequeña galería tenía encanto.
    Eric volvió a golpear, esta vez más fuerte, y una voz masculina gritó:
    – ¡Sí, pase!
    Entró en la cocina y la encontró vacía, luminosa y transformada. Paseó la mirada por los armarios blancos con puertas de vidrio dividido por tirantes de madera, las mesadas rosadas, los relucientes pisos de madera, una larga y angosta mesa libro de madera gastada, cubierta por una carpeta de encaje y una canasta nudosa llena de piñas con un grueso moño rosado en la manija. Desde otra habitación, una voz dijo:
    – Hola, ¿busca a la señora?
    Eric siguió el sonido y encontró un electricista que se parecía a Charles Bronson, colgando una araña del cielo raso del comedor vacío.
    – Hola. -dijo Eric, deteniéndose en la puerta.
    – Hola. -El hombre miró por encima de su hombro, con los brazos levantados.
    – Si busca a la señora, está arriba, trabajando. Suba, nomás.
    – Gracias. -Eric atravesó el comedor hasta el vestíbulo de entrada. A la luz del día, resultaba impresionante: los pisos restaurados todavía olían a poliuretano y las paredes recién enyesadas acentuaban los amplios espacios blancos entre las extensiones de lustrosa madera. Una baranda maciza caía desde arriba y desde algún lugar del primer piso se oía el sonido de una radio.
    Eric subió, se detuvo al llegar arriba y miró por el corredor. Todas las puertas estaban abiertas. Avanzó hacia la música. En la secunda puerta a su izquierda, se detuvo.
    Maggie estaba de rodillas en el suelo, pintando la ancha moldura del zócalo en el otro extremo de la habitación. Ella, la radio, y la lata de pintura eran las únicas tres cosas que había allí. Ninguna otra distracción. Sólo Maggie, en cuatro patas, con aspecto refrescantemente sencillo. Eric sonrió al ver la planta de sus pies desnudos, las manchas de pintura en los viejos vaqueros y el faldón de la enorme camisa a punto de meterse dentro de la lata de pintura.
    – Hola, Maggie -dijo.
    Ella se sobresaltó y gritó como si le hubiera tocado la sirena del barco en el oído.
    – Ay, Dios Santo -suspiró, dejándose caer sobre los talones y llevándose una mano al corazón-. Me diste un susto terrible.
    – No fue mi intención. El tipo que está abajo me dijo que subiera directamente. -Hizo un movimiento con el rollo de papeles hacia el corredor a sus espaldas.
    ¿Qué estaba haciendo él aquí? De rodillas, con el corazón todavía latiendo alocadamente, Maggie lo vio en la puerta, vestido con mocasines, jeans y una campera de aviador de cuero negro, con el cuello levantado contra el pelo rubio, como las usaba años atrás. Un poco demasiado atractivo y muy, pero muy bienvenido.
    – Puedo volver en otro momento si…
    – No, no, está bien… es que… la radio estaba tan fuerte… -Todavía de rodillas, Maggie extendió el brazo y bajó el volumen.
    – Justo estaba pensando en ti y de pronto dijiste mi nombre y yo… y estabas…
    Estás hablando como una cotorra, Maggie. Ten cuidado.
    – Y estoy aquí -terminó él.
    Maggie recuperó el control de sí misma y sonrió.
    – Bienvenido a la Casa Harding. -Abrió los brazos y bajó la vista hacia su atuendo. -Como podrás ver, estoy vestida para recibir visitas.
    A ojos de Eric, estaba totalmente encantadora, manchada con pintura blanca, con el pelo sujetado atrás por un viejo cordón de zapatos. No pudo evitar sonreírle.
    – Como verás… -Él también abrió los brazos. -No soy una visita. Sólo vine a traerte información sobre cómo entrar en la Cámara de Comercio.
    – ¡Qué bueno! -Maggie dejó el pincel encima de la lata y con un trapo que sacó del bolsillo trasero se limpió las manos al tiempo que se ponía de pie. -¿Quieres hacer una recorrida, ya que estás aquí? Ahora tengo luz.
    Eric avanzó un paso dentro de la habitación y le echó un vistazo, admirado.
    – Me encantaría ver toda la casa.
    – Es decir, creo que tengo luz. Espera un minuto. -Maggie salió corriendo al pasillo y gritó: -¿Puedo encender las luces, señor Deitz?
    – ¡Un momento, ya termino de colgar esto! -respondió este.
    Maggie se volvió hacia Eric.
    – Tendremos luz en unos instantes. Bien, esta es una habitación de huéspedes… -Hizo un movimiento con los brazos. -Una de las cuatro. Como verás, estoy usando las instalaciones originales porque son de bronce sólido. Descubrí, luego de examinarlas bien, que originariamente eran para luces de gas. ¿Sabías que la electricidad no llegó a este pueblo hasta la década del 30?
    – ¿De veras?
    – De modo que convertí todo. Me encanta poder usar las instalaciones auténticas. Cuando el señor Deitz conecte la electricidad verás qué bien quedan, aun con luz de día.
    Permanecieron debajo del farol, mirando hacia arriba, lo suficientemente cerca el uno del otro como para sentir sus aromas. Él olía a aire fresco y a cuero. Ella, a aguarrás.
    – ¿Qué te parece cómo me quedaron los pisos? Espera a que te muestre el de la sala principal.
    Eric bajó la vista. Se encontró con los pies descalzos de Maggie bajo los jeans amplios, enrollados hasta la pantorrilla; pies familiares que había visto tantas veces a bordo del Mary Deare aquel verano en que prácticamente vivían en traje de baño.
    – Parecen nuevos -dijo, refiriéndose a los pisos, luego echó un vistazo a la habitación vacía. -La decoración me parece un poco austera, te diré.
    Maggie rió y hundió las manos en los bolsillos del pantalón.
    – Todo a su tiempo.
    – Me enteré de que ya estás instalada aquí. ¿Se vendió tu casa de Seattle?
    – Sí.
    – ¿Dónde están tus cosas?
    – En el garaje. Por ahora, sólo saqué los enseres de cocina y una cama para mí.
    – La cocina quedó sensacional. Veo que tienes talento.
    – Gracias. No veo la hora de terminar con toda la carpintería para poder entrar el resto de los muebles. -Levantó la vista hacia la moldura del cielo raso y Eric se descubrió contemplándole la curva del cuello. -Decidí pintar de blanco todos los zócalos y molduras del piso de arriba y dejar los de abajo color madera. En cuanto los termine, podré comenzar con el empapelado, pero tardo tanto en conseguir las cosas. Tres semanas para que me llegue el papel de Bahía Sturgeon. Cuando termine con la pintura, decidí tomarme un recreo e ir a Chicago. Allí puedo conseguir todo el papel en un día.
    – ¿Vas a empapelar las habitaciones tú?
    – Sí.
    – ¿Quién le enseñó a hacerlo? -preguntó Eric, siguiéndola dentro de otro dormitorio.
    – ¿Enseñarme? -Maggie miró hacia atrás y se encogió de hombros. -Aprendí probando y equivocándome, creo. Soy profesora de economía doméstica. ¿Es necesario que le diga cuan poco económico es contratar empapeladores? Además, me divierte y tengo todo el invierno por delante, así que ¿por qué no hacerlo yo misma?
    Eric pensó en venir algún día del largo y triste invierno y ayudarla. ¡Qué idea tonta!
    – ¿Sabes qué he decidido? -preguntó Maggie.
    – ¿Qué?
    – Dar a cada dormitorio el nombre de uno de los hijos de Thaddeus Harding. Ésta será la habitación Franklin, aquélla, la Sarah, y aquella otra, la habitación Victoria. Pondré una placa de bronce en cada puerta. Por suerte para mí, Thaddeus sólo tuvo tres hijos, de modo que esta habitación tendrá el nombre que se merece. -Guió a Eric dentro del cuarto dormitorio. -La Habitación del Mirador. ¿Cómo podría llamarse de otra manera? -Él se detuvo junto a ella y observó la habitación a la luz del día. Luminosa, blanca, amoblada solamente con la cama de Maggie en el centro. No había sido arreglada esa mañana ni demasiado revuelta la noche anterior.
    Maggie dormía -notó Eric- mirando hacia la ventana y el agua. En una esquina de la habitación, un par de zapatos abotonados antiguos adornaban el piso con aspecto remilgado.
    Eric sonrió, pasó la mirada de los pies descalzos de Maggie a los zapatos y comentó:
    – Así que aquí fue donde los perdiste.
    Maggie rió y bajó la mirada, al tiempo que pasaba un pie por sobre los tablones de madera reluciente.
    – Estos pisos parecen de raso. Me encanta sentirlos contra los pies.
    Sus ojos se encontraron y los recuerdos volvieron -para ambos, esta vez- de días de verano a bordo del Mary Deare, descalzos y enamorados.
    Maggie fue la primera en apartar la vista. Miró hacia la ventana y exclamó:
    – ¡Mira… está nevando!
    Afuera habían comenzado a caer grandes copos esponjosos que adornaban las ramas de los árboles y desaparecían al tocar el agua. El cielo estaba incoloro, una enorme extensión de blanco sobre blanco.
    – Extrañaba esto -dijo Maggie, dirigiéndose a la ventana-.En Seattle nevaba arriba en las montañas, por supuesto, pero extrañaba ver la nieve cambiando el aspecto del jardín, como ahora, o despertar esa primera mañana en que el dormitorio está tan luminoso que hasta brilla el cielo raso y saber que ha nevado durante la noche.
    Eric la siguió y se paró a sus espaldas, contemplando la nieve, deseando poder disfrutar así de la nieve con Nancy. Para Nancy la nieve siempre significaba el comienzo de la temporada de viajes difíciles, de modo que encontraba poco para disfrutar. Ni siquiera apreciaba lo estético del paisaje. Cuando estaba en casa, nunca parecían tomarse tiempo para las cosas serenas como ésa.
    ¿Qué estás haciendo aquí, Severson, comparando a Maggie con tu mujer? ¡Dale los malditos papeles y vete!
    Pero se quedó en la ventana junto a Maggie, viendo cómo los colores oscuros del invierno desaparecían bajo un manto blanco.
    – ¿Sabes en qué me hace pensar? -preguntó Maggie.
    – No.
    – En un mantel blanco de hilo que el mundo se pone para el Día de Acción de Gracias. Ese día tiene que haber nieve, ¿no te parece?
    Levantó la vista y lo encontró muy cerca, mirando no la nieve, sino a ella.
    – Absolutamente -terció Eric y por un instante olvidaron la vista, la presencia del electricista en el piso de abajo y las razones por las que no debían estar tan cerca el uno del otro.
    Maggie se recuperó primero y se apartó discretamente.
    – ¿Quieres que bajemos?
    Mientras descendían, explicó:
    – Encontré esos zapatos antiguos en una tienda de Chicago y no pude resistir. Quedarán pintorescos en uno de los dormitorios ¿no crees?
    Su charla sensata acabó con la amenaza que habían sentido arriba y si por un momento se sintieron tentados, y si en ese mismo momento reconocieron que la tentación era mutua, siguieron recorriendo la casa fingiendo que no había sucedido. Ella mantuvo una conversación animada mientras lo guiaba por las habitaciones, mostrándole las paredes y las ventanas y los pisos, en especial los de la sala.
    – Descubrí este magnífico trabajo artesanal debajo de una vieja alfombra apolillada. -Se arrodilló y pasó una mano por la estupenda madera. -Es parquet de arce. Mira el diseño. ¿No te parece hermoso cómo está trazado?
    Él también se agazapó, con un crujido de rodillas, y tocó la madera.
    – Es bellísimo. ¿Ésta es la sala donde piensas poner el bol con caramelos y los licores?
    – Sí. Podríamos servirnos algo ahora -respondió Maggie alegremente- si tuviera caramelos o licores en la casa. Por desgracia, todavía no los cuento entre mis provisiones. ¿Te conformarías con una taza de café?
    Caminando delante de él hacia la cocina, Maggie se desvió por el comedor, donde el electricista trabajaba con un destornillador en un interruptor en la pared. Con la electricidad desconectada y la caída de la noche, la habitación estaba en penumbras.
    – ¿Conoces a Patrick Deitz?
    – Creo que no.
    – Patrick Deitz, él es Eric Severson. Tiene un barco de excursiones de pesca en Gills Rock. Vamos a tomar café. ¿Quiere una taza?
    – No me vendría mal, señora Stearn. -Patrick se metió el destornillador en el bolsillo y estrechó la mano de Eric. -Pero espere aquí mientras conecto la luz.
    Desapareció momentáneamente, dejando a Maggie y Eric de pie en la tenue luz, mirando una gran ventana saliente. No había peligro esta vez: Deitz estaba cerca y habían superado el momento de arrobamiento. Contemplaron la nieve, unidos por el vacío de la casa y el cambio de estación que sucedía ante sus ojos y por la llegada del crepúsculo.
    – Me va a encantar vivir aquí -dijo Maggie.
    – Ya veo por qué.
    Deitz regresó, hizo pruebas con un interruptor con variador de luminosidad y preguntó:
    – ¿Qué le parece así, señora Stearn?
    Maggie sonrió hacia la araña que relucía, recién lustrada.
    – Perfecto, señor Deitz. Tenía razón respecto de las bombitas que había que usar. Estas con forma de vela le dan el toque justo. Es una araña magnífica. ¿No te parece, Eric?
    En realidad, era un pedazo de metal bastante feo, pero cuanto más lo miraba Eric, más le gustaba su encanto antiguo. Primero la nieve, luego el piso, ahora la araña. A pesar de que se había advertido acerca de no hacer comparaciones, era imposible evitarlas, porque descubrió mientras recorría la casa, qué poco tiempo se tomaba Nancy para apreciar las cosas; las cosas pequeñas, sencillas. Maggie, por otra parte, lograba convertir la simple llegada del crepúsculo en una ocasión.
    – ¿Bien, qué les parece un café? -dijo Maggie.
    Los tres se sentaron a la mesa. Maggie sirvió el café en grandes jarros, se preparó un té para ella y tuvo que llenar dos veces el plato de masitas de canela. Hablaron sobre la temporada de los Empaquetadores de Bahía Green, de cómo ya no se podía conseguir duraznos con pelusa porque la hibridación los había dejado lisos; de cuál era la mejor forma de preparar el salmón; y de la mesa de cocina de Maggie, que ella había encontrado bajo las herramientas en el garaje de su padre. Discutieron animadamente sobre cuáles eran las mejores tiendas de antigüedades de la zona y Maggie oyó numerosas anécdotas sobre sus dueños.
    Al cabo de media hora, Patrick Deitz miró su reloj, se palmeó las rodillas y dijo que era hora de empezar a recoger las herramientas pues ya se habían hecho las cinco y media.
    En cuanto él se levantó, Eric hizo lo mismo.
    – Será mejor que yo también me vaya -dijo, mientras Deitz se dirigía al comedor.
    – ¿No vas a mostrarme lo que me trajiste? -preguntó Maggie, señalando los papeles que Eric había dejado sobre una silla.
    – ¡Uy, casi me olvido! -Se los alcanzó por encima de la mesa. -Es sólo información sobre cómo registrarte en la Cámara de Comercio. Soy miembro y tratamos de llegar a todas las nuevas empresas lo antes posible. Creo que puedes considerar esto como una invitación formal para unirte a la Cámara.
    – ¡Pero muchas gracias! -Maggie echó un vistazo a la revista. La Llave de la Península Door. En la portada había una fotografía del lago en verano. Adentro había información turística de todo tipo, avisos de restaurantes, hoteles y tiendas de toda la zona de Door County.
    – Es una copia de la revista del verano pasado y la hoja adicional contiene la información de lo que cuesta registrarse. Sería imposible tener una hostería y no hacerlo. Casi todos tus clientes buscarán referencias en la Cámara, de modo que es el mejor dinero que puedes gastar en publicidad.
    – Gracias. Lo miraré hoy mismo.
    – Calculo que probablemente iremos a imprenta en febrero o marzo con el ejemplar del verano que viene, de modo que tendrás mucho tiempo para planear un aviso. Yo hago el mío en Barker's, en Bahía Sturgeon. Tienen un departamento de artes gráficas muy bueno.
    – Lo recordaré, gracias.
    Fueron hasta la puerta y se detuvieron.
    – Los miembros de la Cámara se reúnen una vez por mes para a desayunar en diferentes restaurantes de la zona. Nada formal, sólo una forma de estar en contacto con los diferentes empresarios. El mes que viene, el día 4, creo, nos reuniremos en The Cookery. Serás bienvenida.
    – Es posible que vaya.
    Deitz apareció en la cocina con su caja de herramientas.
    – Bueno, me voy, señora Stearn. Gracias por el café y las masitas. Estaban deliciosas.
    – De nada.
    – Fue un gusto conocerlo, Eric. -Deitz hizo un movimiento de cabeza.
    – Lo mismo digo.
    Deitz pasó entre ellos y Maggie abrió la puerta para que saliera. Una vez que se marchó, ella se quedó afuera en el aire frío, con la puerta todavía abierta.
    – Bien, piensa lo del desayuno -la alentó Eric.
    – Lo haré.
    – Y gracias por la recorrida.
    – De nada.
    – Me encanta la casa, de veras.
    – A mí también. -El aire frío seguía entrando. Maggie cruzó los brazos.
    – Bueno… -Eric buscó en un bolsillo los guantes y se los puso, despacio. Hasta luego, entonces.
    Ninguno de los dos se movió; sólo lo hicieron sus ojos, para encontrarse. Maggie no quiso decir las palabras, pero éstas brotaron de la nada.
    – Deja que busque mi abrigo y te acompañaré hasta la calle.
    Eric cerró la puerta y esperó mientras ella desaparecía dentro de la habitación de servicio y regresaba con un par de zapatillas, sin medias y con una gruesa campera rosada. Se arrodilló, se desenrolló los pantalones, luego se irguió para subirse el cierre de la campera.
    – ¿Lista?
    Ella lo miró y sonrió.
    – Aja.
    Eric abrió la puerta, la dejó pasar primero a la penumbra de las cinco y media. La nieve que caía suavemente creaba una aureola alrededor de la luz de la galena trasera. El aire olía a fresco, a invierno recién llegado. Avanzaron lado a lado por las huellas de Deitz. -Ten cuidado -le advirtió Eric-. Está muy resbaladizo. -En lugar de tomarla del codo, dejó que su brazo rozara el de ella, un contacto leve entre ropa de abrigo, y sin embargo, a través de dos mangas gruesas, sintieron tanto la presencia del otro como si hubieran estado piel contra piel. En algún sitio colina arriba, Deitz cerró la puerta del camión, puso el motor en marcha y se alejó. Ellos aminoraron el paso, al trepar los escalones que subían al camino.
    La nieve caía en grandes copos livianos, verticalmente, en un aire tan silencioso que el contacto del cielo con la tierra podía oírse como el suave golpeteo de miles de escarabajos en una noche de verano. Al llegar al segundo escalón, Maggíe se detuvo.
    – Shhh… escucha… -Echó la cabeza hacia atrás.
    Eric levantó el rostro hacia el cielo lechoso y escuchó… y escuchó.
    – ¿Oyes? -susurró Maggie -. Se oye el ruido de la nieve al caer.
    Eric cerró los ojos y escuchó y sintió los copos sobre los párpados y las mejillas, derritiéndose.
    Vete ya, Severson, y olvida que estuviste de pie bajo la nieve con Maggie Pearson. Nunca pensaba en ella como Maggie Stearn.
    Abrió los ojos y sintió un repentino mareo al ver el movimiento perpetuo encima de él. Un copo le cayó sobre el labio superior. Lo lamió y se obligó a avanzar.
    Maggie lo siguió, codo a codo.
    – ¿Que vas a hacer el día de Acción de Gracias? -preguntó Eric, sintiendo de pronto con certeza que pensaría en ella ese día.
    – Viene Katy. Lo pasaremos en casa de mis padres. ¿Y tú?
    – Nos reuniremos todos en casa de Mike y Barb. Pero Ma hará el relleno. Tiene pánico de que Barb pueda poner algo de pan comprado y envenenarnos a todos.
    Rieron y llegaron a la camioneta. Se detuvieron y se miraron, con nieve entre los pies.
    – Será la primera vez que Katy vea la casa.
    – Pues será un placer para ella.
    – No estoy tan segura. Katy y yo tuvimos una pelea por la venta de la casa de Seattle. -Maggie se encogió de hombros y prosiguió, como fastidiada consigo misma: -La verdad es que desde entonces no ha sido muy cordial conmigo. Me da un poco de temor su llegada. Ella cree que es deber de la madre mantener ardiendo los fuegos del hogar, siempre y cuando sea el hogar donde se criaron los hijos. Fui a Chicago hace un par de semanas y la invité a cenar afuera, pero la atmósfera estuvo un poco fría. -Suspiró. -¡Ay, los hijos…!
    – Mi madre siempre decía que todos los hijos pasan por una racha de egoísmo en algún momento entre la pubertad y el sentido común, en la que piensan que sus padres son unos idiotas que no se saben vestir ni saben hablar ni saben pensar. Recuerdo haber pasado por esa etapa.
    Maggie agrandó los ojos con aire inocente.
    – ¿Yo también la habré pasado?
    Él rió.
    – No lo sé. ¿Tú qué crees?
    – Supongo que sí. No podía esperar a alejarme de mi madre.
    – Bueno… ahí tienes.
    – ¡Eric Severson, no me compadeces en absoluto! -lo retó con fingida irritación.
    Él volvió a reír y luego se puso serio.
    – Disfruta de lo que tienes, Maggie -comentó, con voz grave-. Tienes una hija que viene a casa para Acción de Gracias. Daría cualquier cosa por tenerla yo también.
    Su confesión provocó un sacudón de sorpresa en Maggie, seguido de la sensación inquietante de haber sido depositaría de una confidencia que no sabía si quería recibir. Algo cambiaba, al saber que había una rajadura en su matrimonio.
    – Sabes, Eric, no puedes hacer un comentario así sin dejar una pregunta obvia en la cabeza de la otra persona. No te la voy a hacer, sin embargo, porque no son asuntos que me incumban.
    – ¿Te importa si te la respondo directamente? -Al ver que ella no respondía, dijo: -Nancy nunca quiso tener hijos. -Se quedó mirando la distancia luego de hablar.
    Después de unos instantes de silencio, Maggie susurró:
    – Lo lamento.
    Él se movió, inquieto, revolviendo la nieve con el pie.
    – Ahh… bueno… No tendría que haber dicho nada. Es mi problema y lamento haberte puesto incómoda sacándolo a la luz.
    – No… no… no lo hiciste.
    – Sí, fue así y te pido disculpas.
    Ella levantó la mirada y contuvo el impulso de tocarle la manga y decirle: Yo soy la que lo siente, recuerdo cuánto deseabas tener hijos. Hacerlo hubiera sido imperdonable, porque a pesar de las diferencias entre Eric y su mujer, el hecho era que él estaba casado. Por unos momentos, sólo habló la nieve, golpeando la tierra alrededor de ellos. Maggie recordó haberlo besado mucho tiempo atrás, en una noche como ésa, en su vehículo para nieve, en la hondonada bajo el risco, saboreando su piel, la nieve y el invierno en su boca. Él había detenido el motor y estaban sentados en el repentino silencio, con los rostros levantados hacia el cielo oscuro de la noche. Luego él se volvió, pasó la pierna por encima del asiento y dijo en voz baja:
    Maggie…
    – Me voy -dijo Eric en ese momento, abriendo la puerta de la camioneta.
    – Me alegra que hayas venido.
    Él miró hacia la casa.
    – Me gustaría verla algún día con los muebles.
    – Por supuesto -respondió ella.
    Pero ambos sabían que lo prudente era que jamás volviera a pasar por allí.
    – Que tengas un lindo día de Acción de Gracias -le deseó él, al tiempo que subía a la camioneta.
    – Igualmente. Dale saludos a tu familia.
    – Gracias. -Pero comprendió que no podría pasar el mensaje, porque ¿qué motivo podría dar para haber estado en casa de Maggie?
    La puerta de la camioneta se cerró de un golpe y Maggie dio un paso atrás. El arranque tosió… tosió… y tosió. Adentro de la cabina oyó un golpe sordo; Eric le estaba dando aliento, probablemente golpeando el puño contra el tablero. Más toses y luego el ruido de la ventanilla al bajar.
    – ¡Esta vieja puta del demonio! -dijo Eric afectuosamente.
    Mientras Maggie reía, el motor arrancó y rugió. Eric lo aceleró, encendió los limpiaparabrisas y gritó por encima del ruido:
    – ¡Adiós, Maggie!
    – Adiós. ¡Maneja con cuidado!
    Un instante más tarde las huellas de los neumáticos se perdieron en la oscuridad. Maggie se quedó largo rato contemplándolas, sintiéndose turbada e inquieta.

    El día de Acción de Gracias, veinte personas se reunieron al rededor de la mesa de los Severson; once de ellas eran nietos de Anna. Mike y Barb estaban presentes con sus cinco hijos. Ruth, la beba de la familia, había venido desde Duluth con su marido Dan y los tres niños. Larry, el penúltimo, y su mujer, Fran, arribaron desde Milwaukee con tres más, uno de los cuales todavía era tan pequeño que necesitaba una silla alta.
    Una vez que se afiló el cuchillo de trinchar y el pavo asado estuvo delante de Mike, en la cabecera de la mesa, él hizo callar a todos y dijo:
    – Tomémonos de la mano, ahora. -Cuando la ronda de manos estuvo firmemente cerrada, comenzó la plegaria. -Señor Nuestro, te agradecemos por otro año de buena salud y prosperidad. Te agradecemos por esta comida y por permitimos estar todos de nuevo alrededor de la mesa para disfrutarla. Te agradecemos especialmente por tener a Ma, que una vez más, se ha encargado de que ninguno sufra por comer pan comprado. Y por tener a las familias de Ruth y Larry aquí este año, aunque te pedimos que recuerdes a la pequeña Trish cuando ha comido suficiente tarta de zapallo con crema, considerando lo que sucedió el año pasado después de su tercera porción. Y por supuesto, te agradecemos por toda esta banda de niños que después de cenar van a ayudar a sus madres, lavando los platos. Y una cosa más, Señor, de parte de Barb y mía. Lamentamos haber tardado tanto para agradecerle como es debido, pero por fin vimos la luz y comprendimos que quieres lo mejor para nosotros al darnos otro hijo más que cuidar. El año que viene, cuando nos tomemos las manos alrededor de esta mesa otra vez y seamos veintiuno, permítenos estar sanos y felices como hoy. Amén.
    Los más pequeños repitieron:
    – Amén.
    Nancy echó una mirada a Eric.
    Los demás miraron a Mike y Barbara.
    Nicholas por fin recuperó el habla.
    – ¿Otro más?
    – Sí -respondió Mike, tomando el cuchillo de trinchar-. Para mayo. Justo a tiempo para tu graduación.
    Mientras Mike trinchaba el pavo, todos los ojos se fijaron en Anna. Ella ayudó a su nieto más cercano a aplastar con el tenedor una batata almibarada y comentó:
    – Me parece reconfortante haber completado la docena de nietos. Me gustan los números pares. Barbara, ¿vas a comenzar a pasar las papas y la salsa o nos vamos a quedar todos mirando la comida hasta que se enfríe?
    La tensión de todos se aflojó en forma visible.
    Ese día dejó a Eric callado y melancólico. Estar otra vez con sus hermanos le trajo recuerdos alegres y coloridos de su infancia en una familia de seis: el ruido, las risas, el alboroto. Toda su vida había dado por sentado que recrearía la misma escena con sus hijos. El hecho de aceptar que eso nunca sucedería era un trago amargo que costaba deglutir. Y le quitaba parte de la alegría a la festividad de ese año.
    Rodeado de ruido y festejos, Eric cayó en períodos de frecuente silencio. A veces se quedaba mirando la pantalla de televisión sin registrar las imágenes de los partidos de fútbol. Los otros gritaban y festejaban los tantos, sacudiéndolo de su ensimismamiento y acusándolo de dormitar. Pero no dormitaba, sino que cavilaba. En ocaciones miraba por la ventana la nieve y recordaba a Maggie volviéndose para decir por encima del hombro: "El Día de Acción de Gracias tiene que haber nieve, ¿no te parece?" La imaginó en casa de sus padres cenando y se preguntó si habría hecho las paces con su hija. Recordó la hora pasada en la casa de ella y tomó conciencia de que había sentido más feliz allí ese día que ahora, rodeado de personas a las que quería.
    Descubrió a Nancy observándolo desde el otro extremo de la habitación y se recordó el verdadero significado de esa mirada. Siguió el ejemplo de Mike y fijó firmemente los pensamientos en las cosas por las que debía sentirse agradecido: la familia que lo rodeaba, la buena salud de todos, su alegría de vivir, el barco, la casa, una mujer hermosa y trabajadora.
    Al llegar a su casa esa noche a las ocho, hizo el propósito de dejar de pensar en Maggie Stearn y de mantenerse alejado de su casa. Mientras Nancy abría la puerta del guardarropa, él se acercó desde atrás y la encerró entre sus brazos, ocultando la cara contra la nuca de ella. El cuello del abrigo de Nancy olía como un jardín florido. La piel de su cuello era suave y tibia. Nancy ladeó la cabeza y cubrió los brazos de Eric con los suyos.
    – Te amo -murmuró el, dándole verdadero sentido a sus palabras.
    – Y yo a ti.
    – Y te pido perdón.
    – ¿Por qué?
    – Por negarme la última vez que quisiste hacer el amor. Por dejarte afuera estas últimas dos semanas. No debí hacerlo.
    – Ay, Eric. -Ella se volvió y se apretó contra él, entrelazando los brazos alrededor de su cuello. -Por favor, no dejes que este asunto del bebé se interponga entre nosotros.
    Eso ya sucedió.
    Eric la besó y trató de alejar el pensamiento de su cabeza. Pero permaneció allí, y el beso -para Eric- se tornó agrio. Hundió el rostro contra ella, sintiéndose despojado y muy asustado.
    – Siento tanta envidia de Mike y Barb.
    – Lo sé -dijo Nancy-. Lo vi en tu rostro. -Lo abrazó y le acarició la nuca. -Por favor, no te pongas así. Tengo cuatro días para estar en casa. Hagamos que sean días felices.
    Eric se prometió que lo intentaría. Pero reconoció que llevaba algo muy adentro de él, algo nuevo, inquietante y destructivo. Ese algo era la primera semilla de amargura.

    Katy Stearn partió de Chicago luego de su clase de la una la víspera de Acción de Gracias. Iba sola, tomándose tiempo para juntar rencor contra su madre y compasión hacia sí misma.
    Tendría que estar volando a Seattle con Smitty. Tendría que ir a encontrarme con todos los del grupo en El Faro y ver quién está engordando a fuerza de comer mal en las cafeterías de la universidad, quién se ha enamorado de quién y quién sigue siendo un posma. Tendría que estar pavoneándome con mi buzo de Northwestern y mi nuevo corte de cabello y viendo en qué anda Lenny, averiguar si ya está saliendo con alguien en la Universidad de California o si lo dejé prendado de mí para siempre. Debería estar conduciendo por calles conocidas, esperando la visita de amigos y durmiendo en mi vieja habitación.
    Acababa de cumplir dieciocho años, era una muchacha común y no se consideraba egoísta, sino traicionada por la decisión repentina de su madre de mudarse a Door County.
    Con toda deliberación había evitado preguntar dónde quedaba la casa nueva de su madre y fue directamente a lo de sus abuelos. Llegó poco antes de las siete.
    Vera abrió la puerta.
    – ¡Katy, hola!
    – Hola, abuela.
    Vera aceptó el abrazo mientras echaba una mirada al pórtico vacío.
    – ¿Dónde está tu madre?
    – Todavía no fui a su casa. Decidí pasar primero por aquí.
    Vera se apartó y exclamó:
    – ¡Por Dios, hija!, ¿dónde están tus botas de goma? ¿Vas a decirme que te viniste desde Chicago sin botas de goma en el auto? ¡Te pescarías una pulmonía si se te descompusiera el coche y tuvieras que caminar!
    – Tengo un coche nuevo, abuela.
    – Eso no es excusa. Los coches nuevos también se descomponen. ¡Roy, mira quién está aquí, y sin botas de goma!
    – Hola, abuelo.
    – ¡Mi pequeña Katy! -Él salió de la cocina y le dio un abrazo de oso. -No puedo creer que ya estés tan grande como para venirte manejando sola desde Chicago. ¿Qué tal la universidad?
    Conversaron mientras se dirigían a la cocina. Vera le preguntó había cenado y cuando Katy respondió que no, abrió la heladera y dijo:
    – Bueno, tengo un resto de sopa para calentarte. Roy, quita tus cosas de aquí. Las has desparramado por toda la mesa. -Se puso a calentar la sopa mientras Katy y Roy se sentaban a la mesa y él le hacía preguntas sobre Chicago y los estudios.
    Cuando Katy hacía sus planes para ir a la universidad, ésa era la escena que había imaginado con su madre cuando regresara a casa. Si hubiera ido primero a lo de Maggie, estaría sucediendo allí. Pero esa casa desconocida en ese pueblito desconocido!¿Cómo podía su madre haberle hecho una cosa así? ¿Cómo? Su madre la acusaba a ella, Katy, de ser egoísta, cuando Katy veía la acción de Maggie como un arrebato de egoísmo.
    Vera se acercó con la sopa, gállelas, queso y carne fría y se unió a ellos mientras Katy comía. Luego comenzó a limpiar la mesa y Roy puso su trabajo de nuevo en el centro.
    – ¿Qué estás haciendo, abuelo?
    – Una aldea victoriana. Todos los años hago un par de edificios. El primer año hice la iglesia, y desde entonces he hecho nueve cosas.
    – ¿Y este año, qué haces?
    – Una casa. Una replica de la de tu madre, en realidad. -Al verlo unir dos trozos delicados de madera, Katy sintió una mezcla de deseos que no comprendía. Deseos de estar con su madre; de verse libre de ella. De ver la casa; de no verla nunca. De que le encantara; de despreciarla. -Se ha comprado una casa hermosa, sabes.
    Vera habló desde la pileta.
    – Le dije que era una locura comprar algo tan grande. ¡Y tan viejo, por Dios!, pero no quiso escucharme. Qué puede querer una mujer sola con una casa de ese tamaño es algo que no…
    Vera siguió y siguió. Katy contempló la réplica y trató de descifrar sus complejas emociones. Roy desparramó cola sobre un marco de ventana en miniatura y lo aplicó a la casa. ¿Cómo quedaría la casa terminada? ¿La planta superior, el techo?
    – …no tiene ni un mueble en la casa, así que no sé dónde vas a dormir si vas allí -terminó Vera, por fin.
    El olor de la cola llenaba la habitación. En la pileta, Vera lustraba las canillas. Sin levantar la mirada de su trabajo, Roy dijo a su nieta:
    – No me sorprendería que tu madre estuviera esperándote en este mismo momento para mostrártela.
    Katy sintió la picazón de lágrimas en los ojos. Las lágrimas nublaron las manos de Roy mientras lo miraba encolar otra pieza y ponerla en su sitio. Katy pensó en Seattle y en la casa que conocía tan bien. Pensó en una casa en el otro extremo del pueblo donde no moraba ni un solo recuerdo. Tenía que ir a ese sitio que le inspiraba rencor, a ver a esa madre con la que se había peleado, a la que extrañaba tanto que se le oprimía el pecho.
    Esperó hasta que Vera subió al baño.
    En la cocina silenciosa, Roy continuaba armando su maqueta.
    – ¿Abuelo? -preguntó Katy en voz baja.
    – ¿Hmm? -respondió él, dando la impresión de que su única preocupación era completar otra casa de su aldea victoriana.
    – Necesito que me indiques cómo llegar allí.
    El levantó la vista, sonrió como un cansado Papá Noel y extendió el brazo para apretar la mano de Katy.
    – Bien hecho -dijo.

    El camino era curvo y empinado. Ella lo recordaba vagamente de años anteriores cuando en forma ocasional iban a pasar unas vacaciones de verano y subían a la colina para ver las casas veraniegas de "los ricos". El risco, a la izquierda y los árboles, a la derecha, encerraban el camino. No había iluminación, sólo la luz aislada de una galería trasera, y en algunos sitios, hasta éstas se veían oscurecidas por espesos cercos de siemprevivas. Los faros del automóvil iluminaban paredes de piedra cubiertas de nieve y los empinados techos a la inglesa de los garajes, que parecían tener más personalidad que muchas casas modernas.
    Divisó con facilidad el automóvil de su madre y estacionó frente a él, junto a una alta pared de siemprevivas. Puso el motor en punto muerto y contempló el coche de su madre cubierto de nieve, el garaje desconocido, la chata superficie blanca de la cancha de tenis y la destartalada glorieta de la que su madre tanto le había hablado en las cartas. Se sentía extrañamente distante, enfrentándose por primera vez con estas cosas que ya significaban algo para su madre. Nuevamente la invadió la tristeza del abandono, pues ella, Katy, no formaba parte de nada de lo que estaba alrededor de ella.
    Un vistazo a la derecha reveló el espeso cerco que le impedía ver la casa. De mala gana, Katy apagó los faros y el motor y descendió del automóvil.
    Se quedó unos instantes en la cima del sendero entre los arbustos fragantes, mirando la parte trasera de una casa donde la luz de una pequeña galería brillaba en señal de bienvenida. Había una puerta con banderola, y junto a la puerta, otra ventana, larga y estrecha, arrojando una flecha de luz dorada sobre la nieve. Levantó la vista hacia el gran tejado, pero sólo pudo ver la enorme sombra, sin detalle alguno en la oscuridad.
    Por fin comenzó a bajar los escalones.
    En la galería se detuvo, las manos hundidas en los bolsillos, contemplando el encaje de la ventana y las imágenes borrosas del otro lado. Sentía como si sus propias necesidades, igual que la imagen vista a través del grueso encaje, se hubieran oscurecido. No necesitaba a su madre y, sin embargo, su ausencia le dolía. No necesitaba venir aquí para pasar la fiesta y sin embargo, ir a Seattle sin familia era impensable. Echó una mirada al maíz y a la placa de bronce, dispuesta a repudiar la casa, pero captó en cambio su encanto y calidez.
    Golpeó a la puerta y esperó. El corazón se le aceleró de expectativa y temor cuando vio, a través de la cortina, una figura moviéndose en la habitación. La puerta se abrió y allí estaba Maggie, sonriente, vestida con un moderno overol y una camisa rosada diseñada como ropa interior.
    – ¡Katy, llegaste!
    – Hola, mamá -respondió Katy con displicencia.
    – Bueno, pasa. -Al abrazar a Katy, que más o menos se lo permitió, Maggie pensó: ¡Ay, Katy, no seas como mi madre! Por favor, no te pongas como ella. Cuando la soltó, Katy se quedó con las manos en los bolsillos, detrás de una barrera palpable como un muro de acero, dejando a Maggie la tarea de buscar trivialidades que alcanzaran para las dos.
    – ¿Cómo estuvo el viaje?
    – Bien.
    – Pensé que llegarías más temprano.
    – Me detuve en casa de los abuelos. Cené con ellos.
    – Ah. -Maggie disimuló su desilusión. Había preparado espaguetis con albóndigas, pan de queso y tarta de manzana, todos platos favoritos de Katy. -Bueno, seguro que les diste una gran alegría. Han estado deseando que vinieras.
    Katy se quitó la bufanda y comentó:
    – Así que ésta es la casa. -Una habitación cálida y llena de hospitalidad, pero tan diferente de la casa en la que se había criado. ¿Dónde estaba la mesa de cocina de siempre? ¿De dónde había salido esa otra mesa? ¿Desde cuándo su madre se vestía como una veinteañera? Tantos cambios. Daban a Katy la impresión de que había estado lejos años en lugar de semanas, que su madre había sido completamente feliz sin ella.
    – Sí, ésta es la casa. Ésta fue la primera habitación que renové. Ésa es una vieja mesa del abuelo, los armarios son nuevos, pero el piso es original. ¿Te gustaría ver el resto de la casa?
    – Y bueno…
    – Bien, vamos; quítate la campera y te mostraré todo.
    Mientras recorrían las habitaciones vacías, Katy preguntó:
    – ¿Dónde están todos nuestros muebles?
    – Guardados en el garaje. Cuando llegaron, no tenía todavía los pisos listos.
    Para Katy se hizo evidente, mientras seguía a su madre por la casa, que ella no tenía intención de desenterrar las reliquias del pasado, que amoblaría su nuevo hogar con otras cosas. Volvió a sentir rencor, aunque se vio obligada a admitir que los muebles tradicionales quedarían fuera de lugar en esta casa con cielos rasos altísimos y habitaciones enormes. La estructura exigía piezas grandes, con personalidad y una larga historia.
    Llegaron a la Habitación del Mirador y allí, por fin, estaba la familiaridad que tanto había ansiado Katy: su propia cama y su cómoda, diminutas en la habitación inmensa. La cama estaba cubierta con la colcha de margaritas azules de siempre, que parecía gastada y fuera de lugar. Maggie había desenterrado varios muñecos rellenos para poner junto a la cama. Sobre la cómoda había un alhajero que Katy había recibido como regalo de Navidad a los nueve años y una canastita con recuerdos de años recientes: cuentas y frascos de perfume y los pompones de sus patines.
    Katy miró alrededor y sintió un nudo en la garganta. ¡Qué infantil parecía todo de pronto!
    A sus espaldas, Maggie habló con suavidad.
    – No sabía qué te gustaría que pusiera.
    Las margaritas azules se tornaron borrosas y el abrumador peso del cambio cayó sobre Katy. Sintió que se le cerraba la garganta.
    Quería tener doce años otra vez, estar con su papá y no tener que acostumbrarse a los cambios. Al mismo tiempo, le gustaba estar en la universidad, dar sus primeros pasos en el mundo y verse libre de presiones paternas. En forma abrupta, giró en redondo y se arrojó en brazos de Maggie.
    – ¡Ay, mamá… es tan difícil cr… crecer!
    El corazón de Maggie se hinchó de amor y comprensión.
    – Lo sé, mi tesoro, lo sé. Para mí también.
    – Perdóname.
    – Tú también a mí.
    – Pero es que extraño tanto nuestra casa y Seattle…
    – Te comprendo. -Maggie le masajeó la espalda. -Pero eso, y lodos los recuerdos asociados con eso, son parte del pasado. Tuve que dejarlos y hacer lugar para algo nuevo en mi vida, de otro modo me hubiera marchitado ¿me entiendes?
    – Sí, te entiendo.
    – Marcharme de allí no significa que haya olvidado a tu padre, ni lo que fue para nosotras dos. Lo amaba, Katy, y tuvimos la mejor vida que pude imaginar, la clase de vida que desearía que tuvieras con tu marido algún día. Pero descubrí que, cuando él murió, yo también me quedé como muerta. Me encerré en mí misma y lo lloré y dejé de preocuparme por cosas que es malsano descuidar. Desde que estoy aquí me he sentido tan… ¡tan viva otra vez! Tengo objetivos ¿comprendes? Tengo la casa en que trabajar, la primavera que esperar y ni negocio que encaminar.
    Katy lo vio todo, esa faceta nueva de su madre, una mujer de tremenda fortaleza, que podía dejar a un lado los corsés de la viudez y florecer otra vez, sumergida en intereses nuevos. Una mujer de gustos eclécticos, que podía guardar un cargamento de muebles tradicionales y, con gran entusiasmo, lanzarse a la búsqueda de antigüedades. Una empresaria que recibía los desafíos con sorprendente confianza. Una madre que se enfrentaba con una catarsis tan importante como la que la propia Katy sentía. Aceptar esa faceta nueva de Maggie significaba despedirse de la anterior, pero Katy comprendió era necesario hacerlo.
    Se apartó, todavía llorosa.
    – Me encanta la casa, mamá. No quería que me gustara, pero no puedo impedirlo.
    Maggie sonrió.
    – ¿No querías que te gustara?
    Secándose los ojos, Katy se quejó:
    – Bueno, caramba, ¡odio las antigüedades! ¡Siempre las detesté! Y tú empiezas a escribirme sobre roperos antiguos y camas de bronce, comienza a picarme la curiosidad y ahora aquí estoy, ¡imaginándolo todo y sintiendo entusiasmo!
    Riendo, Maggie volvió a abrazarla y las dos se mecieron.
    – Eso se llama crecer, mi querida, aprender a aceptar cosas nuevas.
    Katy se apartó.
    – ¿Y cómo se llama esto? -tiró de la manga de la camisa de Maggie. -¿Mi madre de cuarenta años vestida como una joven a la última moda? ¿Esto también se llama crecer?
    Maggie hundió las manos en los bolsillos del overol, enrollado en las pantorrillas y se miró la ropa.
    – ¿Te gusta?
    – No. Sí. -Katy levantó los brazos. -¡Caray, no lo sé! Ya no te pareces a mi mamá. Pareces una de las chicas de la universidad. ¡Me asusta!
    – Sólo porque sea madre no significa que tenga que vestirme como una vieja, ¿no crees? Y, ya que estamos, te aclaro que me gusta tener cuarenta años.
    – Ay, mamá… -Katy sonrió y, tomando a Maggie del brazo, la hizo girar hacia la escalera. -Me alegro por ti, de veras. Dudo de que pueda llegar a sentir que esto es mi hogar, pero si te sientes feliz, pienso que debo alegrarme por ti.
    Más tarde, cuando estaban instalando a Katy en la Habitación del Mirador, ella comentó:
    – La abuela no está muy contenta con que hayas comprado esta casa ¿no?
    – ¿Con qué estuvo contenta la abuela alguna vez?
    – Con nada que pueda recordar. ¿Cómo saliste tan distinta de ella?
    – Haciendo un gran esfuerzo -respondió Maggie-. A veces me da lástima, pero otras veces me pone frenética. Desde que me mudé de allí a esta casa, sólo he ido una vez por semana, y es la única forma de poder llevarnos bien.
    – El abuelo es dulce.
    – Sí, y lamento no verlo más seguido. Pero viene aquí con frecuencia. A él también le encanta la casa.
    – ¿Y a la abuela?
    – Todavía no la vio.
    – ¿No la invitaste?
    – Sí, la invité, pero siempre encuentra una excusa para no venir. Te dije que me ponía frenética ¿no?
    – ¿Pero por qué? No entiendo.
    – Yo tampoco. Nunca nos llevamos bien. He estado tratando de entenderlo últimamente y es como si no quisiera que los demás fueran felices… no lo sé. Sea lo que fuere que alguien menciona, si lo hace feliz, ella tiene que despreciarlo o retarlo por algo que no tiene nada que ver.
    – Me retó no bien entré en la casa porque no tenía puestas las botas.
    – Eso es lo que quiero decir. ¿Por qué lo hace? ¿Siente celos? Suena ridículo, pero a veces se comporta como si los tuviera, aunque no sé de qué. En mi caso, quizá sea de mi relación con papá: siempre nos llevamos estupendamente bien. Quizá por el hecho de que puedo ser feliz, a pesar de la muerte de tu padre. Ciertamente, hay algo que le molesta en la compra de esta casa.
    – ¿Entonces vamos pasar la cena de Acción de Gracias en su casa?
    – Sí.
    – ¿Te sientes desilusionada?
    Maggie sonrió con optimismo.
    – El año que viene cenaremos aquí. ¿Qué te parece?
    – Trato hecho. Sin rencores de mi parte.
    Maggie apartó a Vera de sus pensamientos.
    – Y cuando llegue el verano, si quieres, puedes venir a trabajar aquí limpiando las habitaciones. Tendrías la playa aquí cerca y conozco gente joven que te puedo presentar. ¿Te gustaría la idea?
    Katy sonrió.
    – Puede ser.
    – Bien. ¿Qué te parece si comemos un poco de tarta de manzana?
    Katy sonrió de nuevo.
    – Me pareció sentir el aroma cuando entré.
    Maggie pasó un brazo alrededor de la cintura de su hija. Habían sido tres meses de antagonismo entre ambas. Quitarse ese peso de los hombros era todo lo que Maggie necesitaba para que su fiesta de Acción de Gracias fuera feliz. Juntas, se dirigieron a la cocina.

Capítulo 9

    Soportaron el Día de Acción de Gracias con Vera. Katy se quedó cuatro días y prometió regresar a pasar al menos la mitad de las vacaciones de invierno con su madre; luego planeaba volar a Seattle y quedarse en casa de Smitty.
    Llegó diciembre, trayendo más nieve y casi ningún turista hasta después de las fiestas, cuando los esquiadores de fondo y los aficionados a los vehículos de nieve invadirían Door County otra vez. El paisaje cambió de colores: sombras azules sobre tierra blanca; abetos casi negros y aquí y allá las bayas rojas como plumas de fuego sobre la nieve. Los pájaros de otoño se quedaron; el lago comenzó a helarse.
    Maggie fue al pueblo un día antes del mediodía para buscar la correspondencia. En las calles ahora había mucho lugar para estacionar, de modo que se detuvo entre el correo y la tienda de Ramos Generales. Estaba subiendo a la acera cuando alguien gritó:
    – ¡Maggie! ¡Eh, Maggie!
    Ella miró alrededor, pero no vio a nadie.
    – ¡Aquí arriba!
    Maggie levantó la cabeza y se protegió los ojos contra el fuerte sol del mediodía. Un hombre saludaba con la mano desde el brazo mecánico de un camión muy alto.
    – ¡Hola, Maggie!
    Tenía puesta una campera y sujetaba una gigantesca campana navideña roja en una mano. El sol se reflejaba sobre los adornos verdes que se descolgaban del camión, enredándose en un poste de luz del otro lado de la calle.
    – ¿Eric, eres tú?
    – Hola, ¿cómo estás?
    – ¡Muy bien! ¿Qué haces allí arriba?
    – Coloco decoraciones navideñas. Me ofrezco como voluntario todos los años.
    Ella sonrió, encandilada por el sol e inadecuadamente contenta de verlo otra vez.
    – Están quedando muy bien. -Echó una mirada a la calle principal, donde gran cantidad de guirnaldas creaban el efecto de un toldo y campanas rojas decoraban los postes hasta llegar a la curva el extremo este de la calle. -¡Cielos! -bromeó-.Tu orgullo cívico me impresiona.
    – Tengo tiempo de sobra. Además, me divierte. Me pone de humor festivo.
    – ¡A mí también!
    Se sonrieron durante varios segundos. Luego Eric dijo:
    – ¿Cómo pasaste el día de Acción de Gracias?
    – Muy bien, ¿y tú?
    – Bien. ¿Vino tu hija?
    – Sí.
    Desde la acera, junto al camión, un hombre gritó.
    – Eh, Severson, ¿vas a colgar esa campana o me tomo la hora para almorzar mientras te decides?
    – Uy, lo siento. Oye, Dutch, ¿conoces a Maggie?
    El hombre miró a Maggie desde la acera de enfrente.
    – Creo que no.
    – Ella es Maggie Stearn. Es la que compró la Casa Harding. Maggie, te presento a Dutch Winkler. Es pescador.
    – ¡Hola, Dutch! -dijo Maggie y lo saludó con la mano. Dutch hizo lo mismo. En ese momento, un Ford rojo pasó junto a ellos, virando para esquivar el camión que bloqueaba un carril de la calle. El conductor del Ford saludó a Dutch con la mano y tocó la bocina.
    Una vez que el vehículo pasó, Maggie estiró el cuello para volver a mirar a Eric.
    – ¿No sientes vértigo allí arriba?
    – ¿Quién, yo? ¿Un pescador que se pasa el día meciéndose sobre la cubierta?
    – Ah, claro. Bueno, me alegra que pongas el pueblo de fiesta para el resto de nosotros.
    – Desde aquí arriba ves a todas las chicas lindas y no se dan cuenta de que las observas -bromeó él.
    Si él no hubiera estado gritando de manera que todo el que pasara pudiera oírlo, Maggie hubiera dicho que flirteaba. Sintió que se ruborizaba y decidió que había conversado lo suficiente.
    – Bueno, fue un gusto verte. Será mejor que me vaya a buscar la correspondencia y la leche. ¡Adiós!
    – ¡Adiós! -Él la observó desde arriba, siguiendo con los ojos su cabeza morena y su chaqueta rosada.
    ¡Chaqueta rosada!
    En ese momento le vino a la mente el hecho de que a ella siempre le había gustado el color rosado. Recordó de pronto cuántas veces le había regalado cosas rosadas. Una vez un osito rosado ganado en una kermés. Una flor rosada de uno de los arbustos de su madre, que le insertó en los agujeros de ventilación de su armario en la escuela. En otra oportunidad, borlas rosadas para los patines de hielo. Pero lo que más recordaba era aquella primavera del último año de la secundaria. Los huertos estaban en flor y él le pidió prestado el coche a Mike para llevarla a un autocine. En el camino, se detuvo en el campo a recoger flores rosadas de manzanos, cantidades y cantidades, y las puso detrás de los visores y en las manijas de las ventanillas, detrás de los ganchos para colgar ropa y hasta en el cenicero. Cuando fue a buscar a Maggie, estacionó a varios metros de distancia de su casa, temiendo que la madre lo viera y lo creyera loco; Vera siempre espiaba por la ventana cuando él pasaba a buscar a Maggie. Cuando Maggie vio las flores, se cubrió la boca con ambas manos y se emocionó. Eric recordó que la había abrazado -o ella a él- en el coche antes de encender el motor, recordó el aroma embriagador de las flores alrededor de ellos, la luz pálida del anochecer de primavera, y la sensación maravillosa de estar enamorado por primera vez en la vida. Esa noche nunca llegaron al autocine. Estacionaron en el huerto de Easley, debajo de los árboles, abrieron las puertas del coche para que el aroma de las flores de adentro se mezclara con el de las ramas que cubrían el techo del automóvil y allí, por primera vez, hicieron el amor.
    De pie sobre un camión de seis metros de altura, en un día helado de invierno, Eric vio desaparecer la campera rosada de Maggie dentro del correo y recordó.
    Una vez que ella se fue, regresó a su trabajo, distraído, vigilando con un ojo la puerta del correo. Maggie reapareció un instante, revisando la pila de cartas mientras caminaba hacia la tienda que estaba a cincuenta metros de distancia. Cuando estuvo a la altura del camión, saludó con la mano, y él levantó una mano enguantada, en silencio. Maggie desapareció dentro de la tienda y Eric terminó de colgar la campana de plástico, luego se asomó por encima del balde del elevador.
    – ¿Eh, Dutch, tienes hambre?
    Dutch miró su reloj.
    – Cielos, ya son casi las doce. ¿Quieres parar para almorzar?
    – Sí, ya estoy listo.
    Mientras bajaba en el elevador, Eric mantuvo los ojos fijos en la puerta de la tienda de ramos generales.
    La estás persiguiendo, Severson.
    ¿De qué hablas? Todo el mundo almuerza.
    En la tienda había movimiento. Si se tenía en cuenta que eslaban en Fish Creek y era el mes de diciembre. Todo el pueblo sabía que la correspondencia llegaba entre las once y las doce de cada día. Y como no había reparto a domicilio más allá de los límites del pueblo, el mediodía traía una corriente diaria de personas que venían a buscarla y a hacer compras. Si es que existía una hora social en Fish Creek, ésta era la hora de llegada de la correspondencia.
    Cuando Maggie entró en la tienda, casi todos los clientes estaban en la parte delantera. En el mostrador de la fiambrería no había nadie. Maggie escudriñó los manjares expuestos en la conservadora.
    – ¿Qué está pasando por aquí? -bromeó.
    Roy levantó la vista y sonrió.
    – Esto es lo mejor que me ha sucedido en el día de hoy. ¿Cómo estás, mi ángel? -Dejó la tabla de picar y se acercó a abrazar a Maggie.
    – Mmm… muy bien. -Ella le besó la mejilla. -Pensé que podría comerme uno de tus sandwiches ya que estaba aquí.
    – ¿De qué lo quieres?
    – De pastrami. Y hazlo grueso, estoy muerta de hambre.
    – ¿Con pan blanco?
    – No, de centeno. -Roy extrajo un bollo de centeno mientras ella investigaba el contenido de la vitrina de exhibición.
    – ¿Qué tienes allí? Mmm, arenque. -Abrió la pesada puerta corrediza, cortó un trozo de arenque con la cuchara y se lo metió en la boca con los dedos. ¡Ahora sí que siento la llegada de Navidad! -masculló con la boca llena.
    – ¿Quieres que me echen? ¿Qué haces, sirviéndote con los dedos?
    – Están limpios -declaró Maggie, lamiéndose las puntas de los dedos-. Sólo me rasqué la axila una vez.
    Roy lanzó una carcajada y agitó un enorme cuchillo.
    – Te estás tomando libertades indebidas con mi pan de cada día, jovencita.
    Maggie se acercó a él, lo besó en la frente y se apoyó con aire travieso contra el tablón de madera del mostrador.
    – Nadie te despediría. Eres demasiado dulce.
    Del otro lado de la vitrina, alguien comentó con ironía:
    – Bueno, mi intención era pedir un poco de arenque.
    Maggie se volvió al oír la voz de Eric.
    – Hola, Eric -lo saludó Roy.
    – Es difícil mantener las manos de una escandinava fuera del arenque ¿no?
    – Le dije que me iba a hacer echar.
    – Si está preparando algo, prepare dos -dijo Eric.
    – Pastrami con pan de centeno.
    – Perfecto.
    Maggie fue hasta la conservadora de carnes, dobló un dedo y dijo en un susurro teatral.
    – ¡Eh, Eric, ven aquí! -Después de echar una mirada sigilosa hacia el frente del local, robó otro trozo de arenque y se lo alcanzó por encima de la alta y antigua conservadora. -No se lo digas a nadie.
    Eric lo comió con placer, echando la cabeza hacia atrás y sonriendo. Luego se lamió los dedos.
    – ¡Muy bien, ustedes dos, tomen sus sandwiches y aléjense de mi arenque! -los regañó Roy suavemente justo en el momento que Elsie Childs, la bibliotecaria del pueblo, aparecía desde el frente-. Tengo clientes que atender. -Qué puedo prepararle, Elsie?
    – Hola, Elsie -dijeron Maggie y Eric al unísono, al tiempo que tomaban los sandwiches y huían a toda velocidad. Maggie tomó un cartón de leche, pagaron en la parte delantera del negocio y salieron juntos. Una vez afuera, Eric preguntó:
    – ¿Dónde tenías pensado comer?
    Ella miró el largo banco de madera contra la pared del local, donde, en verano, los turistas se sentaban a tomar helados.
    – ¿Qué te parece aquí mismo?
    – ¿Puedo acompañarte?
    – Por supuesto.
    Se sentaron sobre el banco helado, con la espalda contra la pared blanca de madera, mirando al sur, calentándose con el sol radiante que les iluminaba el rostro. Con dedos enfundados en gruesos guantes, desenvolvieron los enormes sandwiches y dieron la primera mordida, tratando de que les entrara en la boca.
    – ¡Mmmmm! -dijo Maggie, con la boca llena.
    – ¡Mmmmm! -asintió Eric. Ella tragó y preguntó:
    – ¿Dónde está Dutch?
    – Se fue a su casa a comer con su mujer.
    Siguieron comiendo, conversando entre bocados.
    – ¿Y? ¿Aclaraste las cosas con tu hija?
    – Sí. Le encanta la casa y quiere venir a trabajar conmigo este verano.
    – Qué bien.
    Maggie buscó dentro de la bolsa de papel el cartón de leche, lo abrió y bebió un trago.
    – ¿Quieres un poco? -le ofreció, alcanzándole el envase.
    – Gracias. -Eric echó la cabeza atrás y Maggie vio cómo se movía su nuez de Adán mientras bebía. El bajó el cartón y se secó laboca con la mano enguantada. -Está muy rica. -Se sonrieron y Maggie se corrió un poco para que él pudiera colocar el cartón de leche sobre el banco entre ambos.
    Con las piernas extendidas, y las botas cruzadas siguieron comiendo, apoyados cómodamente contra la pared. Elsie Childs salió de la tienda y Eric quitó sus pies del camino cuando ella pasó junto a ellos.
    – Hola de nuevo -dijo él.
    – Se los ve muy cómodos -comentó ella.
    Maggie y Eric respondieron al mismo tiempo.
    – Sí.
    – El sol está muy lindo.
    – Que lo pasen bien. -Elsie siguió camino hacia el correo.
    Terminaron los sandwiches mientras la gente del pueblo iba y venía delante de ellos. Bebieron los últimos sorbos de leche y Maggie puso el cartón medio lleno dentro de la bolsa.
    – Bueno, tendría que ir para casa.
    – Sí, Dutch volverá en cualquier momento. Todavía nos falta colgar seis guirnaldas.
    Pero ninguno se movió. Se quedaron con la cabeza apoyada contra la pared, disfrutando del sol como un par de lagartijas sobre una piedra tibia. En un árbol desnudo del otro lado de la calle, cantaban unos pájaros. De tanto en tanto, pasaba un automóvil y los neumáticos susurraban contra la nieve derretida de la calle. El banco de madera debajo de ellos se entibió, al igual que sus rostros bajo el sol.
    – ¡Oye, Maggie! -murmuró Eric, sumido en sus pensamientos-. ¿Te puedo decir algo?
    – Claro que sí.
    Él permaneció en silencio tanto tiempo que Maggie lo miró para ver si se había quedado dormido. Pero sus ojos entrecerrados estaban fijos en algo del otro lado de la calle y tenía las manos cruzabas sobre el estómago.
    – Nunca hice nada así con Nancy -dijo Eric por fin, ladeando la cabeza para mirarla-. Jamás se sentaría en un banco helado a comer un sandwich, del mismo modo que no se pondría zapatillas sin medias. Sencillamente, no es su estilo.
    Durante varios instantes se miraron; el sol caía con tanta fuerza sobre sus rostros que les blanqueaba las pestañas.
    – ¿Hacías esta clase de cosas con tu marido? -preguntó Eric.
    – Todo el tiempo. Cosas tontas, espontáneas.
    – Te envidio -dijo él, mirando otra vez el sol y cerrando los ojos-. Creo que Ma y el viejo solían escaparse y hacer cosas así, también. Recuerdo cuando a veces salían en el barco por la noche y nunca nos dejaban ir con ellos. -Abrió los ojos y miró los pájaros que cantaban en el árbol. -Cuando volvían a casa, ella tenía el pelo mojado y Mike y yo nos reíamos porque sabíamos que nunca llevaba traje de baño. Ahora creo que es así con Mike y Barb, también. ¿Por qué algunas personas encuentran el secreto y otras no?
    Ella se tomó un momento para responder.
    – ¿Sabes qué pienso?
    – ¿Qué? -Él volvió a mirarla.
    Maggie dejó pasar unos segundos antes de dar su opinión.
    – Creo que estás permitiendo que algo que no te conforma magnifique todo lo demás. Todos lo hacemos a veces. Estamos molestos con alguien por algo específico y nos hace detenernos a considerar todas las otras cosas insignificantes o molestas que hace la otra persona. Las agrandamos cada vez más. Lo que tienes que hacer cuando algo te tiene mal, es recordar todas las cosas buenas. Nancy tiene montones de virtudes que en este momento te estás permitiendo olvidar. Sé que las tiene.
    Él suspiró, se echó hacia adelante, apoyó los codos sobre las rodillas y estudió el suelo entre sus botas.
    – Supongo que tienes razón -decidió luego de unos minutos.
    – ¿Te puedo hacer una sugerencia?
    Todavía echado hacia adelante, él la miró por encima del hombro.
    – Por supuesto.
    – Invítala. -La mirada de Maggie y su voz se tornaron vehementes. Se echó hacia adelante y quedó hombro con hombro junio a Eric. -Hazle saber que es el tipo de cosa que te encantaría hacer con ella. Toma su abrigo más calentito, envuélvela en él y pídele dos sandwiches a papá, luego llévala a tu lugar preferido y hazle saber que disfrutas tanto por estar allí con ella como por la novedad de hacer un picnic en la nieve.
    Durante varios segundos de silencio, él observó su rostro, ese rostro que comenzaba a gustarle demasiado. Con frecuencia durante la noche, entre que apagaba la luz y se dormía, ese rostro lo visitaba en la oscuridad. Por fin, preguntó:
    – ¿Y cómo aprendiste todo esto?
    – Leo mucho. Tuve un marido maravilloso que siempre estaba dispuesto a probar cosas conmigo y enseñé una unidad de Vida Familiar en economía doméstica, lo que significa tomar muchas lecciones de psicología.
    – Mi madre no leía mucho ni tomaba clases de psicología.
    – No. Pero te apuesto a que pasaba por alto muchas pequeñas carencias de tu papá y se esforzaba por llevar su matrimonio adelante.
    Él desvió la mirada y su voz se tornó áspera.
    – Decir que no quieres hijos es más que una pequeña carencia, Maggie. Es una deficiencia monumental.
    – ¿Lo hablaron antes de casarse?
    – No.
    – ¿Por qué?
    – No lo sé. Sencillamente supuse que tendríamos hijos.
    – ¿Pero si no lo hablaron, de quién es la culpa de que ahora haya surgido el malentendido?
    – Lo sé, lo sé. -Eric se puso de pie de un salto y fue hasta el cordón de la acera, donde se quedó parado sobre los talones, contemplando el terreno vacío del otro lado de la calle. Maggie había puesto el dedo en la llaga que lo había molestado infinidades de vices.
    Maggie le miró la espalda, recogió su bolsa con la leche y se puso de pie para quedar detrás de él.
    – Creo que necesitas una terapia matrimonial, Eric.
    – Lo sugerí. Ella no quiso.
    Qué triste se lo veía, aun desde atrás. Maggie nunca se había dado cuenta de lo triste que puede parecer la inmovilidad.
    – ¿Tienen algunos amigos con quienes podrían hablar y que los pudieran ayudar? A veces, un intermediario sirve.
    – Eso es otra cosa de la que me he dado cuenta últimamente. No tenemos amigos, es decir, no como pareja. ¿Cómo vamos a hacernos de amigos si no tenemos tiempo para nosotros? Yo tengo amigos y puedo hablar con Mike; es más, ya lo hice. Pero Nancy jamás le haría confidencias a él ni a nadie de mi familia. No los conoce lo suficiente, y es probable que ni siquiera le agraden lo suficiente.
    – Entonces no sé qué más sugerir.
    Él se volvió y la miró.
    – ¡Qué mala compañía soy! Cada vez que estamos juntos me las arreglo para deprimirte.
    – No seas tonto. Soy muy resistente. Pero… ¿y tú?
    – Me las arreglaré. No te preocupes por mí.
    – Creo que me preocuparé. Lo mismo me pasaba con mis alumnos cuando me venían a contar algún problema que tenían en su casa.
    Caminaron hacia el coche de Maggie.
    – Apuesto a que eras una profesora excelente ¿no es así, Maggie?
    Ella pensó antes de responder.
    – Me interesaba mucho por mis alumnos. Y ellos reaccionaban bien ante eso.
    A Eric le gustó la modestia de su respuesta, pero sospechaba que había adivinado. Maggie era inteligente, perceptiva y abierta. Las personas como ella enseñaban a otros sin ni siquiera darse cuenta de que lo hacían.
    Llegaron al automóvil y bajaron juntos a la calle.
    – Bueno, el almuerzo fue divertido, de todos modos -dijo Eric, tratando de hablar con tono animado.
    – Sí, muy divertido.
    Él abrió la puerta y Maggie dejó la leche sobre el asiento.
    – Y tu padre hace unos sandwiches estupendos. Dile que me encantó el que comí.
    – Se lo diré.
    Maggie subió al Lincoln y él quedó con las manos entrelazadas sobre el borde superior de la puerta abierta.
    Maggie levantó la mirada hacia Eric y por un instante, ninguno qué decir.
    Élseguía teniendo los ojos más lindos que ella hubiera visto en un hombre. A ella le seguía quedando estupendamente bien el color rosado.
    – Aquí viene Dutch. Vas a tener que seguir trabajando.
    – Sí. Bueno… cuídate.
    – Tú también.
    – Nos vemos. -Eric cerró la puerta y dio un paso atrás mientras Maggie introducía la llave en el arranque, luego se quedó en la calle hasta que el automóvil comenzó a moverse y levantó una mano enguantada a modo de saludo.

    Esa noche, sola en su cocina, Maggie sacó el cartón de leche para servirse un vaso. Abrió el pico y le vino a la mente la imagen de Eric como lo había visto ese día: con el mentón levantado, el pelo rubio aplastado contra la pared, los ojos entrecerrados y la nuez de Adán marcando cada trago de leche que tomaba. Maggie pasó un dedo por el extremo del pico vertedor.
    Con decisión, alejó la imagen de su mente, llenó el vaso y guardó el cartón en la heladera, para cerrar luego la puerta con fuerza.
    Es casado.
    Y no es feliz.
    Estás tratando de justificarte, Maggie, lo sabes.
    ¿Qué clase de mujer se negaría a darle hijos a su marido?
    Estás emitiendo juicios, y sólo has oído una versión de la verdad.
    Pero siento compasión por él.
    Perfecto. Siente compasión por él. Pero quédate de tu lado de la calle.

    La advertencia siguió en su mente mientras contaba los días que faltaban hasta el desayuno de la Cámara de Comercio, volviéndola indecisa respecto de asistir o no. Como mujer, le parecía más prudente evitar más encuentros con Eric Severson mientras que, como empresaria, reconocía la importancia no solamente de unirse a la organización, sino de interesarse por el grupo y conocer a los demás miembros. En un pueblo del tamaño de Fish Creek, las referencias de ellos podrían traerle muchos clientes. Desde el punto de vista social, si iba a vivir aquí, tenía que comenzar a hacerse amistades en alguna parte. ¿Qué mejor sitio que un desayuno así? En cuanto a volver a ver a Eric, ¿qué podía tener de malo para los demás si se encontraban casualmente en un desayuno al que asistían todos los empresarios del distrito?
    Ese martes por la mañana se levantó temprano, se bañó y se puso un pantalón de lana verde oscura y un suéter blanco con cuello redondo, bolsillo aplicado y hombreras. Probó de ponerse un collar de perlas, lo cambió por una cadena dorada y reemplazó ésta por un reloj prendedor que colocó sobre el lado izquierdo. Eligió unos pequeños aros dorados en forma de gotas.
    Una vez que estuvo peinada y maquillada, se descubrió perfumándose por segunda vez y levantó los ojos con seriedad hacia su imagen en el espejo.
    Sabes lo que haces, ¿no es así, Maggie?
    Voy a un desayuno de trabajo.
    Te estás vistiendo para Eric Severson.
    ¡Mentira!
    ¿Cuántas veces te has maquillado los ojos desde que vives en Fish Creek? ¿Y puesto perfume? ¡Y dos veces, para colmo!
    Pero no me vestí de rosado ¿no?
    ¡Vaya, qué gran cosa!
    Fastidiada, apagó la luz con violencia y salió del baño.

    Condujo hacia el centro, consciente de que ya varias cosas del pueblo le recordaban a Eric Severson. En la mañana gris como el acero, la calle principal parecía tener un techo abovedado iluminado, hecho por Eric. Los escalones frente a la iglesia le traían a la mente el primer análisis sorprendido que habían hecho el uno del otro el día de la boda de Gary Eidelbach. El banco blanco delante del negocio le recordaba ese almuerzo juntos.
    La camioneta de Eric estaba estacionada sobre la Calle Principal y Maggie no pudo evitar la reacción de su cuerpo al verla allí: se sonrojó de pies a cabeza y sintió que se le aceleraba el pulso, igual que cuando comenzó a enamorarse de él tantos años antes. Sólo un tonto negaría que se trataba de una advertencia.
    Al entrar en The Cookery, lo vio de inmediato entre dos docenas de personas y el corazón le dio un vuelco que le advirtió que debía evitar por todos los medios acercarse a él. Eric estaba del otro lado del salón, hablando con un grupo de hombres y mujeres, vestido con pantalones grises y una chaqueta deportiva azul sobre una camisa blanca con el cuello abierto. Tenía el pelo rubio prolijamente peinado y un papel en la mano, como si hubieran estado hablando de algo escrito en él. Levantó la vista de inmediato, como si la entrada de Maggie hubiera activado algún sensor que le advertía su presencia. Sonrió y fue directamente hacia ella.
    – Maggie, ¡me alegro tanto de que hayas venido!
    Le estrechó la mano con firmeza, en un gesto absolutamente correcto, sin prolongar el contacto ni un segundo más de lo necesario. No obstante, ella se sintió electrizada.
    – Tienes anteojos nuevos -comentó, sonriendo. Le daban un levísimo aire de desconocido y por un momento, Maggie se sumió en la fantasía de que lo veía por primera vez.
    – Ah, éstos… -Una fina banda dorada sostenía los lentes sin marco que hacían resaltar los llamativos ojos azules. -Los necesito para leer. Y tú tienes abrigo nuevo -observó, poniéndose detrás de ella mientras se desabotonaba el abrigo blanco.
    – No, no es nuevo.
    – Esperaba ver la campera rosada -admitió Eric, ayudándola a quitarse el abrigo-. Siempre te quedó sensacional ese color.
    Ella le dirigió una mirada por encima del hombro y descubrió que una habitación llena de empresarios no ofrecía ninguna protección, pues sus palabras resucitaban recuerdos que había considerado eran sólo fantasías de ella y contradecían cualquier indiferencia que pudiera haber fingido. No, él no era ningún desconocido. Era la misma persona que le regalaba cosas rosadas cuando eran jóvenes, que una vez dijo que su primer hijo sería niña y que le pintarían la habitación de rosado.
    – Pensé que lo habías olvidado.
    – No lo recordé hasta el otro día, cuando desde ocho metros de altura te vi entrando en el correo con una campera rosada. Me trajo a la mente muchos recuerdos.
    – Eric…
    – Voy a colgar tu abrigo y enseguida vuelvo.
    Se volvió, dejándola turbada y tratando de disimularlo, aferrada al perfume sutil de su loción para después de afeitarse y admirando su espalda ancha y la línea de su cabeza mientras se alejaba.
    Cuando regresó, Eric le tocó el codo.
    – Ven, te presentaré.
    Si Maggie había esperado demostraciones falsas de indiferencia por parte de él, le había hecho una injusticia, porque con toda transparencia él tenía intención de ser su anfitrión personal. Antes de que se sentaran a la mesa, la hizo circular, le presentó a los miembros, luego la sentó a su lado en una mesa redonda para seis. Le pidió a la camarera que trajera té, sin preguntarle si le gustaba más que el café. Le preguntó si ya había llegado su papel para la pared.
    – Tengo algo para ti -dijo y buscó en el bolsillo interno de su chaqueta-. Toma. -Le entregó un recorte del periódico. -Pensé que podría interesarte. Debería de haber muchas antigüedades.
    Era un aviso de venta de una propiedad. Al leerlo, los ojos de Maggie se iluminaron de entusiasmo.
    – ¡Eric, esto parece estupendo! ¿De dónde lo sacaste? -Lo dio vuelta entre los dedos.
    – Del The Advocate.
    – ¿Cómo pudo escapárseme?
    – No lo sé, pero allí dice que hay una cama de bronce. ¿No es eso lo que quieres para la Habitación del Mirador?
    – ¡Y un diván Belter tapizado con bordado francés! -exclamó Maggie, leyendo el aviso -… Y porcelana antigua, y espejos biselados y un par de sillones de madera de palo de rosa… ¡Voy a ir con toda seguridad! -JUEVES DE NUEVE A DIECISIETE HORAS, JAMES STREET 714, BAHÍA STURGEON, decía el aviso. Maggie levantó la vista, sonriente y entusiasmada. -Muchísimas gracias, Eric.
    – De nada. ¿Necesitas una camioneta?
    – Es posible.
    – La vieja puta es algo temperamental, pero está a tu disposición.
    – Gracias, quizá me venga bien.
    – Disculpen -interrumpió una voz masculina.
    Eric levantó la vista.
    – Ah… hola, Mark. -Empujó su silla hacia atrás.
    – Deduzco que ésta es la nueva dueña de la Casa Harding -dijo el hombre- y como hoy tendré que presentarla, me pareció que antes debía conocerla. -Tendió su mano a Maggie. Ella levantó la vista hacia un rostro largo y delgado de unos cuarenta y tantos años, enmarcado por pelo castaño ondulado. El rostro podría haber sido atractivo, pero a Maggie la distrajo el hecho de que lo acercó demasiado al de ella y el aroma a colonia era tan fuerte y dulce que le hizo sentir cosquillas en la garganta.
    – Maggie Stearn, él es Mark Brodie, presidente de la Cámara. Mark… Maggie.
    – Bienvenida de regreso a Fish Creek -dijo Mark, estrechándole la mano -. Tengo entendido que se graduó en la escuela secundaria Gibraltar.
    – Sí, así es.
    Él le sostuvo la mano demasiado tiempo, la apretó con fuerza excesiva y Maggie adivinó en menos de diez segundos que no tenía pareja y que estaba lanzándose al ataque de la mujer nueva del pueblo. En efecto, él monopolizó su atención durante los siguientes cinco minutos, lanzando ondas de interés tan inconfundibles como su colonia dulzona. Durante esos cinco minutos logró confirmar el hecho de que se había divorciado por propia decisión, que era dueño de un restaurante exclusivo llamado Posada Edgewater y que estaría muy interesado en ver a Maggie y su casa en el futuro cercano.
    Cuando se alejó para cumplir con sus funciones como jefe del grupo, Maggie se volvió hacia la mesa y bebió un poco de agua para sacarse el sabor a colonia de la boca. Las otras personas de la mesa estaban escuchando a una mujer llamada Norma contar una anécdota sobre su hijo de nueve años. Eric se echó hacia atrás en su silla y miró a Maggie.
    – Brodie no pierde el tiempo -comentó.
    – Mmm.
    – Y está solo.
    – Mmm.
    – Le va muy bien con su negocio.
    – Sí, se aseguró de que lo supiera.
    Sus ojos se encontraron y los de Eric permanecieron absolutamente inexpresivos. Estaba reclinado hacia atrás, con un dedo curvado alrededor del asa de la taza de café. Maggie se preguntó a qué vendrían sus comentarios. Llegó la camarera y se interpuso entre ellos para dejar los platos sobre la mesa.
    Después del desayuno, Mark Brodie pidió silencio y se encargó de un par de temas comerciales antes de presentar a Maggie.
    – Damas y caballeros, tenemos un miembro nuevo con nosotros hoy. Nació y se crió aquí en Fish Creek, se graduó en la escuela secundaria Gibraltar y está de nuevo entre nosotros para abrir nuestra más nueva hostería. -Mark se acercó al micrófono. -Es muy bonita, también, debo agregar. Saludemos lodos a la nueva dueña de la Casa Harding, Maggie Stearn.
    Ella se puso de pie, sintiendo que se ruborizaba. ¡Cómo se atrevía Mark Brodie a ponerle su marca delante de lodo el pueblo! ¡Mejor dicho de todo el distrito! Su presentación marcó el final del desayuno y Maggie se vio rodeada de inmediato por miembros que reforzaron la bienvenida oficial de Mark, le desearon lo mejor y la invitaron a llamarlos si necesitaba ayuda o consejos. En el amable coloquio, Maggie quedó separada de Eric y minutos más tarde levantó la vista para verlo con un grupo de personas, poniéndose el abrigo y los guantes cerca de la puerta. Alguien le estaba hablando a ella y alguien le estaba hablando a él, cuando abrió la puerta de vidrio y salió. Justo antes de que la puerta se cerrara, echó una mirada a Maggie, pero su único saludo fue un levísimo retraso en permitir que la puerta se cerrara detrás de él.

    Mark Brodie no perdió el tiempo para confirmar la primera impresión que Maggie había tenido de él. La llamó esa noche.
    – ¿Señora Stearn? Mark Brodie.
    – Oh, hola.
    – ¿Disfrutó del desayuno?
    – Sí, todos se mostraron muy cordiales.
    – Quise hablarle antes de que se marchara, pero estaba rodeada de gente. Me preguntaba si le interesaría ir a un paseo en trineo el domingo por la tarde. Es para el grupo de jóvenes de la iglesia y pidieron voluntarios para ir de chaperones.
    ¿La estaba invitando a salir o no? Qué astuto de su parte ponerlo de forma tal que ella no pudiera estar segura. Decidió ganar tiempo.
    – Un paseo en trineo… ¿quiere decir que hay suficiente nieve como para pasear en trineo?
    – Apenas. Si no alcanza, Art Swenson quitará los patines a su aparato y le pondrá los neumáticos. Comienza a las siete y durará unas dos horas. ¿Qué le parece?
    Maggie sopesó las posibilidades y decidió que Mark Brodie no era su estilo, tuviera intención de salir con ella o no.
    – Lo lamento, pero tengo un compromiso para el domingo a la noche.
    – Oh, bueno, quizás entonces en alguna otra oportunidad -respondió él alegremente, sin alterarse en absoluto.
    – Quizá.
    – Bueno, si puedo ayudarla en algo, no deje de decírmelo.
    – Gracias, señor Brodie.
    Maggie cortó y se quedó junto al teléfono, recordando el perfume dulzón y sus atenciones cargosas y pensó: No, gracias, señor Brodie.
    Volvió a llamarla a la mañana siguiente. Su voz sonó demasiado alegre y resonante a oídos de Maggie.
    – Señora Stearn, soy Mark Brodie. ¿Cómo está? -Parecía un vendedor de autos demasiado entusiasta de un comercial de televisión.
    – Muy bien -respondió ella en forma automática.
    – ¿Tiene algo que hacer el lunes por la noche?
    Tomada por sorpresa, Maggie respondió con la verdad.
    – No.
    – Hay un cine en Bahía Sturgeon. ¿Puedo invitarla a ver una película?
    Ella buscó desesperadamente una respuesta.
    – Tenía entendido que era dueño de un restaurante. ¿Cómo hace para tener tantas noches libres?
    – Está cerrado los domingos y los lunes.
    – ¡Ah!
    Sin amilanarse por las evasiones de Maggie, él repitió:
    – Bien, ¿qué me dice de la película?
    – Eh… ¿el lunes? -Ninguna excusa le venía a la mente. ¡Ninguna!
    – Podría pasar a buscarla a las seis y media.
    – Bueno… -Se sentía avergonzada por la falta de excusas, pero su mente seguía en blanco.
    – A las seis y media. Diga que sí.
    Maggie soltó una risita nerviosa.
    – Si no lo hace, volveré a llamar.
    – Señor Brodie, no salgo.
    – Muy bien. Apareceré en su puerta con la cena en una bolsa de papel una de estas noches. Eso no será una salida.
    – Señor Brod…
    – Mark.
    – Mark. Dije que no acepto invitaciones.
    – Muy bien, páguese su propio boleto de cine, entonces.
    – Qué insistente es.
    – ¡Sí, señora mía, lo soy! ¿Qué le parece el lunes?
    – Gracias, pero no -respondió Maggie con firmeza.
    – Muy bien, pero no se sorprenda si vuelve a tener noticias mías.
    El hombre tenía suficiente arrogancia como para llenar un granero, pensó Maggie, mientras colgaba.
    El teléfono volvió a sonar el miércoles por la tarde y Maggie respondió con una excusa ya lista. Pero, en lugar de Mark Brodie fue Eric el que abrió la conversación sin identificarse.
    – ¿Hola, cómo estás?
    Maggie sonrió ampliamente.
    – Ah, Eric, eres tú.
    – ¿A quién esperabas?
    – A Mark Brodie. Ya me llamó dos veces.
    – Te dije que no perdía el tiempo.
    – Es un pesado.
    – Es de esperarse eso en un pueblo del tamaño de este que no tiene muchas mujeres solas, y ni hablar si además son ricas y bonitas.
    – Señor Severson, me abochorna.
    Eric rió y Maggie se sintió completamente a sus anchas.
    – ¿Puedes esperar un minuto mientras me lavo las manos?
    – Claro.
    Maggie regresó enseguida y dijo:
    – Listo, ya está. Estaba un poco pegajosa.
    – ¿Estás empapelando?
    – Sí.
    – ¿Cómo está quedando?
    – Fantástico. Espera a ver la Habitación del Mirador, está… -Se interrumpió, tomando conciencia de las inferencias de tanta familiaridad.
    – ¿Está…? -la instó Eric.
    Está de un color rosa viejo y nunca la verás. Ambos debemos asegurarnos de eso.
    – Está casi terminada y el papel queda sensacional.
    – ¡Qué bien! ¿Y qué decidiste sobre la camioneta?
    La camioneta. La camioneta. No había vuelto a pensar en eso, pero no tenía otra forma de transportar muebles.
    – Si estás seguro de que no es molestia, la usaré.
    – ¿Te vendría bien un chofer?
    Ella había pensado sencillamente en pedirla prestada y conducir ella misma. Permaneció de pie en la cocina, indecisa, pensando qué debía responder, mirando la manija de la heladera y viendo el rostro de Eric. Al ver que no respondía, él añadió:
    – Pensé que, si comprabas algo grande, necesitarías ayuda para descargarlo.
    Qué dilema. Objetar por razones de prudencia ponía motivos en la mente de Eric de los que quizá no era culpable y, sin embargo, aceptar podría darle motivos para creer que algo así tenía posibilidades. Decidió hacer lo honorable, por más torpe que sonara.
    – ¿Eric, te parece prudente?
    – Tengo el día libre y, si no te molesta, pasaré por Bead & Ricker para recoger algo que encargué para Nancy para Navidad. Me llamaron para decir que ya llegó.
    La sola mención de Nancy los absolvió a ambos.
    – Oh… bueno, muy bien, entonces.
    – ¿A qué hora quieres que esté allí?
    – Temprano, así no me pierdo nada bueno.
    – ¿Tomas desayunos suculentos?
    – Sí, pero…
    – Pasaré a buscarte a las siete y comeremos por el camino. Ah, Maggie…
    – ¿Sí?
    – Ponte botas. La calefacción de la vieja puta no es de lo mejor.
    – Muy bien.
    – Te veo mañana.
    Ella colgó y apoyó la frente en las manos, con los codos sobre las rodillas y se quedó allí sentada, contemplando el piso de la cocina. Durante dos minutos estuvo así, esperando a que volviera la sensatez, pensando estupideces sobre viudas que se comportaban como tontas.
    Se puso de pie de un salto, maldijo por lo bajo y tomó el teléfono para llamarlo y cancelar la cita.
    Dejó el teléfono con violencia y volvió a sentarse.
    Eres consciente de lo que estás haciendo.
    No estoy haciendo nada. Ésta es la última vez que lo veo. De veras.

    Se despertó a la mañana siguiente con la idea cantándole en la mente: ¡Hoy lo veré, lo veré! Rodó hacia un costado, hundió la mandíbula en la almohada de plumas y se preguntó cuánto contacto con un hombre casado constituía una relación amistosa. Se quedó pensando en él -el pelo, los ojos, la boca- y rodó hasta quedar de espaldas con los ojos cerrados y los brazos cruzados con fuerza sobre el estómago.
    Se vistió con la ropa menos atractiva que encontró: vaqueros y un grotesco buzo dorado que le quedaba ridículo, luego lo arruinó todo demorándose con el maquillaje y poniéndose gel en el pelo.
    La camioneta de Eric estacionó junto a la casa puntualmente a las siete y ella se encontró con él en la mitad del sendero, enfundada en la campera rosada y un par de botas; llevaba cuatro mantas dobladas entre los brazos.
    – Buen día -dijo Eric.
    – Buen día. Traje mantas para proteger los muebles en caso de que compre algunos.
    – Dame, te las llevo.
    Tomó las frazadas y caminaron lado a lado hacia la camioneta.
    – ¿Estás lista para hacer buenos negocios?
    – Espero encontrar algo.
    Todo tan platónico por fuera, mientras que una llama prohibida se encendía con la sola presencia de él.
    Eric guardó las mantas en la caja de la camioneta y se pusieron en camino. El sol todavía no había salido. Adentro de la cabina, las luces del tablero creaban una tenue iluminación y por la radio Barbra Streisand cantaba Que tengas una Feliz Navidad.
    – ¿Recuerdas la vez que…?
    Hablaron -¿había habido alguna vez una persona con la que podía hablar con tanta comodidad?-de las Navidades favoritas del pasado y una en particular, en sexto grado, cuando ambos tomaron parte en una representación y tuvieron que cantar un villancico en noruego; de los fuertes de nieve que construían en la niñez; de cómo se fabricaban las velas; de cuántas variedades de queso se hacían en Wisconsin; de cómo regalar queso en Navidad se había vuelto una tradición. Cuando se cansaron de hablar, se sintieron igualmente cómodos en silencio. Escucharon la música y el informe meteorológico -nublado con sesenta por ciento de probabilidades de nieve- y rieron ante una broma del locutor. Siguieron el viaje en amistoso silencio y una nueva canción comenzó a sonar en la radio. Sentían ocasionales trozos de hielo bajo las ruedas y observaban las luces traseras rojas de otros vehículos en la carretera, contemplando al mismo tiempo la llegada del amanecer: un amanecer gris y sombrío que hacía que el interior de la camioneta pareciera aislado y acogedor. Un letrero de neón rojo y verde apareció a la derecha anunciando: EL HUECO DE LAS ROSQUILLAS. Eric aminoró la marcha y encendió la luz de giro.
    – ¿Te gustan las rosquillas? -preguntó.
    – ¿A esta hora de la mañana? -Maggie fingió repulsión.
    Él le sonrió de costado al tiempo que giraba a la derecha y la camioneta entraba en una playa de estacionamiento sin pavimentar.
    – Es el mejor momento, cuando acaban de salir de la grasa. -Una rueda cayó en un pozo y Maggie se aferró al asiento para no caer.
    – Espero que la comida sea mejor que el estacionamiento -dijo, riendo.
    – Confía en mí.
    Adentro, Papás Noel de plástico y coronas también de plástico decoraban paredes de imitación ladrillo; flores plásticas en floreros plásticos adornaban cada una de las mesas cubiertas de plástico.
    Eric guió a Maggie hasta un compartimiento contra la pared derecha, luego se sentó frente a ella y se desabotonó la campera, todo con un solo movimiento, igual que se desabotonaba su vieja campera de la escuela cientos de veces en el pasado.
    Una camarera regordeta con pelo negro como el carbón se acercó y depositó sobre la mesa dos gruesos jarros blancos, luego los llenó de café.
    – Hace frío hoy allí afuera -dijo, dejando la cafetera térmica-. Esto les va a venir bien.
    Se marchó antes de que el café dejara de moverse en los jarros. Maggie sonrió, miró la bebida y comentó:
    – Creo que pedimos café, ¿no?
    – Parece que sí. -Eric levantó el jarro para tomar un primer sorbo y dijo:
    – No es un sitio elegante, pero la comida es buena y casera. -Los menús estaban entre la azucarera y el servilletero. Entregó uno a Maggie y sugirió: -Fíjale en la Omelette de Todo Lo Que Hay En El Mundo; es suficiente para dos, si quieres compartir.
    A Maggie le llevó treinta segundos leer la lista de ingredientes de la omelette y cuando terminó, quedó anonadada.
    – ¿Es en serio? ¿Ponen todo eso en una omelette?
    – Sí, señora. Y cuando te lo traen, rebalsa por los costados del plato.
    – Muy bien, me lo vendiste. Compartiremos una.
    Mientras esperaban, recordaron los Bailes de la Nieve de la esencia secundaria y la vez que el director se disfrazó de Papá Noel y Brookie apostó a que se atrevía a sostener una rama de muérdago sobre su cabeza y besarlo. Volvieron a llenar los jarros de café y rieron al ver que ninguno de los cubiertos que había en la mesa pertenecía al mismo juego. Cuando llegó la omelette, rieron de nuevo, al ver el tamaño. Eric la cortó y Maggie la sirvió: una deliciosa creación con tres clases de carne, dos clases de queso, papas, cebollas, hongos, pimientos verdes, tomates, brócoli y coliflor. Eric comió su parte con dos enormes rosquillas caseras y ella con tostadas y ninguno de los dos reparó en el hecho de que otra vez construían recuerdos.
    De nuevo en la camioneta, Maggie gimió y se sujetó el estómago cuando salieron a los tumbos del estacionamiento.
    – ¡Ay, despacio, por favor!
    – Es que necesitas que se te asiente -bromeó Eric y cambiando de velocidad, apretó el acelerador y avanzó en zigzag por el estacionamiento, haciendo que ambos saltaran como pochoclo en una sartén. Maggie golpeó la cabeza contra el techo y gritó, riendo. Eric forzó el motor, viró en dirección opuesta y ella voló de la puerta contra su hombro y de nuevo hacia la puerta hasta que por fin él se detuvo al acercarse a la carretera.
    – ¡S… Severson, estás completamente loco! -Maggie reía tanto que apenas si pudo pronunciar las palabras.
    Él también reía.
    – A la vieja puta todavía le quedan fuerzas. Tendremos que sacarla algún día a hacer rosquillas sobre el hielo.
    En los días de la adolescencia, todos los muchachos hacían "rosquillas" por docenas: sacaban los coches al lago congelado y se deslizaban en círculos controlados, dejando "rosquillas" en la nieve. En aquel entonces, igual que ahora, las muchachas chillaban y disfrutaban de la emoción.
    Sentada en la camioneta de Eric, riendo con él mientras esperaban que pasara un vehículo que venía por la izquierda, experimentó una sensación de déjà vu tan fuerte que la sacudió.
    Maggie, Maggie, ten cuidado.
    Pero Eric se volvió y le sonrió, entonces ella no prestó atención a la voz de advertencia y bromeó:
    – ¿Eres fetichista con eso de las rosquillas, sabes?
    – ¿Ah, sí? i Y bueno, qué se le va a hacer!
    En los días de juventud, ella se hubiera deslizado por el asiento para acurrucarse bajo su brazo, sintiendo el peso sobre su pecho juvenil y hubieran viajado así, sintiendo que el contacto hacía madurar el deseo que sentían el uno por el otro.
    Esta vez se mantuvieron separados, unidos sólo por los ojos, sabiendo lo que sucedía y sintiendo que no podían hacer nada para evitarlo. Un coche pasó como flecha desde la izquierda, dejando un sonido de bocina que se apagó enseguida. La sonrisa de Eric disminuyó hasta quedar convertida en una leve curvatura de los labios y, sin dejar de mirar a Maggie, puso lentamente la primera, luego se concentró en la ruta y entró en la carretera a velocidad respetable. Anduvieron así varios minutos, atrapados en un torbellino de sentimientos, preguntándose qué hacer respecto de ellos. Maggie miraba por la ventanilla, escuchando el zumbido de los neumáticos para nieve sobre el asfalto, viendo pasar las malezas y los montículos de nieve en una nebulosa.
    – ¿Maggie?
    Se volvió para encontrar los ojos de Eric sobre ella mientras avanzaban por la carretera. Él volvió a mirar hacia adelante y dijo:
    »Me vino a la mente lo poco que he reído en los últimos años.
    Maggie podía haber dado diez respuestas distintas, pero eligió permanecer callada, digiriendo lo que quedaba sin decir entre las palabras dichas. Estaba obteniendo una imagen cada vez más clara del matrimonio de Eric, de la soledad, del cemento que se aflojaba entre los ladrillos de la relación con Nancy. Ya estaba haciendo comparaciones y Maggie era lo suficientemente perceptiva como para comprender lo que eso implicaba.

    En Bahía Sturgeon, él encontró la dirección sin problemas y ya que estaban esperando cuando el empleado abrió la puerta principal de una inmensa casa del siglo XIX que daba al Puerto Sawyer. Había sido edificada por un rico constructor de navios casi cien años antes y muchas de las instalaciones originales seguían en la casa. Con la muerte de un heredero reciente, la propiedad había pasado a manos de los restantes familiares, que estaban desparramados por toda Norteamérica y decidieron vender la propiedad con todo lo que había adentro y repartirse el dinero.
    Las antigüedades eran eclécticas y estaban bien conservadas. Eric observó a Maggie moverse por las habitaciones, haciendo descubrimientos, exclamando: "¡Mira esto!". Lo tomaba de la manga y lo arrastraba hacia algo que había encontrado. "¡Es arce tallado!" exclamaba, o: "¡Tiene una incrustación de otra madera!" Tocaba, admiraba, examinaba, interrogaba, a veces se ponía de rodillas para mirar debajo de un mueble. En todo momento demostraba un entusiasmo que lo tenía embobado.
    Nancy también admiraba las cosas bellas, pero de un modo completamente diferente. Mantenía una cierta reserva que le impedía mostrarse animada respecto de las pequeñas emociones de la vida. En ocasiones, esa reserva bordeaba la altivez.
    Y luego Maggie encontró la cama, una magnífica pieza antigua de roble dorado, con una cabecera labrada de dos metros de alto, con hermosos diseños y bajorrelieves.
    – Eric, mira -suspiró, tocándola con reverencia, contemplando el trabajo en la madera como hipnotizada-. Mira esto… -Deslizó los dedos sobre el trabajo de la piecera. Desde la puerta, la observó acariciar la madera, y sus pensamientos volaron a muchos años antes, a una noche en el huerto de Easley cuando por primera vez ella lo acarició así. -Es una cama maravillosa. De sólido roble antiguo. ¿Quién crees que habrá hecho todo este trabajo de tallado? Nunca puedo ver una pieza así sin pensar en el artesano que la hizo. Mira, no tiene ni un rasguño.
    – Los otros muebles son del mismo estilo -señaló Eric, vagando por la habitación con las manos en los bolsillos.
    – ¡Oh, un lavabo y una cómoda con espejo móvil!
    – ¿Así se llama? Mi abuela tenía muebles así.
    Se detuvo junto a Maggie y la observó abrir puertas y cajones de otros muebles.
    – ¿Ves? Los cajones son fortísimos.
    – Sí, no se desarmarán por un buen tiempo.
    Maggie se arrodilló y metió la cabeza adentro. Su voz sonó hueca, como la nota de un oboe.
    – Roble sólido. -Salió y levantó la vista hacia él. -¿Ves?
    Eric se agazapó a su lado, exclamando admirado para complacerla, disfrutando más de la presencia de Maggie con cada minuto que pasaba.
    – Aquí arriba pondría una jofaina y colgaría toallas de alemanisco de la barra. ¿Te conté que he estado haciendo toallas de alemanisco?
    – No, no me lo contaste -respondió él, sonriendo con indulgencia, agazapado a su lado con un codo sobre la rodilla. No tenía idea de lo que era el alemanisco, pero cuando Maggie sonreía al decírselo el hoyuelo en el mentón se acentuaba hasta parecer tallado por el mismo artesano que había hecho el juego de dormitorio.
    – Me costó un trabajo loco conseguir modelos. ¿No quedarán preciosas colgando de esa barra? -De rodillas, con los ojos encendidos, se volvió hacia él. -Quiero todo el juego. Busquemos al hombre.
    – No averiguaste el precio.
    – No es necesario. Lo querría aunque costase diez mil dólares.
    – Y no tiene dosel ni es de bronce.
    – Es mejor que una cama con dosel o una de bronce. -Lo miró a los ojos. -A veces, cuando sientes que algo es para ti, sencillamente debes tenerlo.
    Él no desvió la mirada.
    El rubor de las mejillas de Maggie se reflejó en las de Eric. Sus corazones experimentaron un vuelco inquietante. En ese momento de descuido permitieron que sus sensibilidades quedaran a la vista; Eric recuperó el sentido común y dijo:
    – De acuerdo. Iré a buscarlo.
    Cuando se disponía a levantarse, Maggie lo sujetó del brazo.
    – ¿Pero Eric…? -Frunció el entrecejo. -¿Podrá la vieja puta cargar con todo esto?
    El lanzó una carcajada. El apodo grosero era tan inapropiado en boca de Maggie.
    – ¿Qué te causa tanta gracia? -quiso saber ella.
    – Tú. -Cubrió con su mano la mano que Maggie tenía sobre su brazo y se la apretó. -Eres una dama encantadora, Maggie Stearn.
    Maggie compró más cosas de las que cabían en la camioneta. Hicieron los arreglos para que lo que no entraba fuera enviado a casa de ella y llevaron sólo las piezas que Maggie valoraba más. Ella supervisó la carga con un celo que resultaba divertido.
    – ¡Cuidado con esa perilla! No apoyes el cajón contra el costado de la camioneta. ¿Estás seguro de que está bien atado?
    Eric le dirigió una mirada y sonrió.
    – El solo hecho de que tú seas fanática de los veleros y yo de los barcos de motor no significa que no sepa hacer un buen nudo. Yo también navegaba a vela, en los viejos tiempos.
    Desde el otro lado de la camioneta, ella asintió burlonamente y respondió:
    – Le pido disculpas, señor Severson.
    Eric dio un tirón final a la cuerda y dijo:
    – Bien, vámonos.
    Habían pasado las horas en la vieja casa olvidando alegremente el estado civil de él, pero la siguiente parada sería en Bead & Ricker, y la misión de Eric allí los devolvió a la realidad con un golpe doloroso. Para cuando estacionaron delante de la tienda, un manto sombrío había caído sobre el ánimo de ambos. El puso el motor en punto muerto y se quedó por un instante con las manos sobre el volante. Pareció querer decir algo, pero luego cambió de idea.
    – Enseguida vuelvo -dijo, abriendo la puerta-. No me llevará mucho tiempo.
    Maggie lo miró alejarse -ese hombre al que no podía tener- admirando su paso, la forma en que el pelo le rozaba el cuello levantado, cómo le quedaba la ropa, los colores que le gustaba usar. Él entró en la joyería y Maggie se quedó con la mirada fija en la vidriera: terciopelo rojo y gemas bajo brillantes luces, adornadas con hojas de acebo. Él había encargado algo a medida para su mujer en Navidad. Ella, Maggie, no tenía por qué sentir tristeza por eso, y sin embargo, la sentía. ¿Qué le habría comprado a Nancy? Una mujer tan hermosa estaba hecha para lucir cosas resplandecientes.
    Maggie suspiró y fijó su atención en el otro lado de la calle, en la entrada de una tienda donde dos ancianas conversaban. Una de ellas llevaba una anticuada bufanda de lana y la otra, una bolsa de tela con manijas. Una señaló calle arriba y la otra se volvió para mirar en esa dirección.
    Maggie cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás. No deberías estar aquí. Levantó la cabeza y vio los guantes negros de cuero de Eric junto a ella sobre el asiento. Guantes… con la forma de sus manos, los dedos curvados, el relleno de lana aplanado en los contornos de las palmas.
    Sólo una mujer muy tonta tendría la necesidad de tocarlos, de ponérselos en sus propias manos.
    Una mujer muy tonta así lo hizo. Los tomó y se los puso, sumergiendo las manos en el cuero gastado que había cubierto las de él. Sus manos parecían diminutas; cerró los puños, disfrutando del contacto, sintiendo que reemplazaba aquel que le estaba prohibido.
    Eric salió de la joyería y Maggie dejó los guantes donde habían estado. Él subió a la camioneta y arrojó una bolsita plateada sobre el asiento. Involuntariamente, Maggie la siguió con los ojos y vio adentro una cajita envuelta en el mismo papel plateado, adornada con un moño rojo. Desvió la vista y miró una rajadura en la ventanilla donde una piedra la había golpeado años antes. Esperó a que el motor se pusiera en marcha. Al ver que eso no sucedía, miró a Eric. Tenía las manos desnudas sobre el volante y miraba hacia adelante. La expresión de su cara se asemejaba a la de un hombre que acaba de oír decir al médico que lo único que se puede hacer es esperar. Permaneció así durante un minuto, inmóvil. Por fin, dijo:
    – Le compré un anillo de esmeraldas. Le encantan las esmeraldas.
    Giró la cabeza y sus ojos se encontraron.
    – No le pregunté nada -dijo Maggie en voz baja.
    – Lo sé.
    En el silencio que siguió, ninguno pudo juntar la fuerza necesaria para desviar la mirada.
    Allí estaba la atracción, tan fuerte como antes. Más fuerte. Y estaban caminando por el borde del precipicio.
    Eric se volvió a mirar otra vez hacia adelante hasta que el silencio se tornó insoportable, luego, dejando salir el aire por entre los dientes, se dejó caer en un rincón del asiento. Apoyó un codo sobre la ventanilla y se llevó la yema del pulgar contra los labios, dándole la espalda a Maggie. Se quedó allí, contemplando la acera con la muda admisión sonando como una campana entre ellos.
    Maggie no sabía qué decir, qué hacer, qué pensar. Mientras ninguno de los dos había hablado de la atracción que sentían ni la había demostrado abiertamente, estuvieron a salvo. Pero ahora ya no lo estaban, a pesar de que ninguna palabra decisiva había sido dicha, ninguna caricia intercambiada.
    Finalmente Eric suspiró, se ubicó detrás del volante y puso el motor en marcha.
    – Será mejor que te lleve a tu casa -dijo con resignación.

Capítulo 10

    Regresaron a Fish Creek sumidos en un tenso silencio.
    Maggie lo comprendía con claridad: él sentía enojo consigo mismo, no con ella. Era la imagen de un hombre desgarrado. Condujo los treinta y cinco kilómetros casi sin mover un músculo, con un hombro apoyado contra la puerta, mirando la carretera con expresión ceñuda. No fue hasta que tomaron el atajo que por fin irguió la espalda y se acomodó mejor detrás del volante. Estacionó la camioneta en la cima del sendero, tomó los guantes y bajó sin decir una palabra. Maggie hizo lo mismo y se reunió con él detrás del vehículo, esperando mientras él abría la caja.
    – ¿Te importaría ayudarme a llevarlo arriba? -preguntó, quebrando el prolongado silencio.
    – Es pesado para una mujer.
    – Yo puedo.
    – Muy bien, pero si es demasiado pesado, dilo.
    Maggie no lo hubiera dicho ni aunque se le hubiera quebrado la espalda, aunque no sabía por qué. Por volver a un trato impersonal con él, quizá. Dos changadores cargando muebles, dejándolos en su lugar con la indiferencia de empleados de United Parcel Service.
    Primero cargaron el lavabo, luego la cómoda, marchando de regreso abajo en silencio; cauteloso el de Maggie, sombrío el de él. Maggie supo instintivamente que no volvería a verlo después de ese día. El había tomado la decisión en la camioneta, delante de Bead & Ricker con un anillo de esmeraldas entre ambos. Por último cargaron la cama, la cabecera y la piecera atadas junto a un par de caballetes. Una vez que la dejaron en el suelo, Eric dijo:
    – Si tienes herramientas, te la armaré.
    – No es necesario. Yo puedo hacerlo.
    Él la miró de frente por primera vez desde el comienzo del triste viaje de vuelta.
    – ¡Maggie, esa maldita cabecera pesa treinta kilos! Si se cae y se parte puedes despedirte de tu antigüedad para siempre. Ve a traer una pinza y un destornillador.
    Ella le consiguió las herramientas, luego se apartó y lo observó hincarse sobre una rodilla y utilizarlas para separar las partes de la cama. Trabajaba con singular intensidad; tenía el cuello de la campera levantado, la cabeza gacha, los hombros encorvados bajo la campera negra de cuero.
    Aflojó un par de trabas, fue hasta el otro par y volvió a usar el destornillador.
    – Sostén esto o se caerá -ordenó, sin ni siquiera mirarla.
    Maggie sujetó las piezas a medida que el las sacaba de los caballetes de apoyo. Eric se puso de pie con un crujir de rodillas, guardó el destornillador en el bolsillo y se movió por la habitación, colocando las maderas laterales en su sitio y regresando luego para tomar la piecera. La transportó unos dos metros antes de volver o ponerse de rodillas para enganchar todas las piezas.
    Maggie trataba de no mirarlo, de no fijarse en lo atractivo que resultaba inclinado, realizando esa tarea peculiarmente masculina. Una vez que la cama estuvo armada, Eric se puso de pie.
    – Bien, ya está. ¿Y los colchones? -Echó una mirada a la cama de una plaza en un extremo de la habitación.
    – Están guardados en el garaje. Papá me ayudará con ellos.
    – ¿Seguro?
    – Sí. No le molestará.
    – Muy bien… -Sacó los guantes de los bolsillos, sin insistir. -Me voy, entonces.
    – Gracias, Eric. Me fue muy útil tu camioneta y toda la ayuda que me diste.
    – Hiciste buenas compras -declaró él con tono terminante mientras salían de la habitación.
    – Sí.
    Descendieron los escalones codo a codo, y avanzaron hacia la cocina en un incómodo vacío emocional. Eric se dirigió directamente a la puerta y Maggie se la abrió cortésmente, diciendo:
    – Gracias de nuevo.
    – Aja -replicó él, cortante, impersonal-. Nos vemos.
    Maggie cerró la puerta con firmeza y pensó: Bien, ya terminó todo. La decisión ha sido tomada. Haste un té, Maggie. Ve arriba a admirar tus nuevos muebles. Borra el día de hoy de tu mente.
    Pero la casa le resultaba sombría y de pronto, ya no sentía entusiasmo por las antigüedades que tanto placer le habían causado horas antes. Fue hasta la pileta de la cocina, abrió el agua caliente y colocó una pava bajo el chorro, encendió una hornalla y colocó el agua a calentar; bajó una tetera de un armario y miró desinteresadamente dentro de una lata de saquitos de té, sin preocuparse por qué sabor tenían.

    Afuera, Eric subió los escalones al trote, cerró la puerta trasera de la camioneta con violencia, fue hasta el asiento del conductor, se sentó detrás del volante y sintió que se rasgaba el plástico del asiento. Pasó el peso a una nalga, metió una mano bajo su cuerpo y masculló:
    – Mierda.
    Giró la cintura para mirar. El destornillador de Maggie había hecho un agujero en forma de siete en el plástico.
    – ¡Mierda! -exclamó con exasperación, golpeando las manos sobre el volante. Furioso. Atrapado por sus propias emociones.
    Se quedó sentado un largo instante, con los brazos sobre el volunte, los pulgares enguantados contra los ojos, mientras admitía para sus adentros la verdadera razón por la que estaba enojado.
    ¡Te estás comportando como un cerdo, descargándole con ella cuando no tiene la culpa! Si vas a irte de aquí para no regresar nunca, por lo menos hazlo con elegancia.
    Levantó la cabeza. El viento se había vuelto más fuerte. Agitaba la escobilla floja del limpiaparabrisas y arremolinaba la nieve de la semana pasada en el camino. Eric miraba sin ver, temiendo regresar a la puerta, y al mismo tiempo ansiando ver a Maggie por última vez.
    ¿Qué quieres, Severson?
    ¿Qué importancia tiene lo que quiero? Lo único que importa es lo que debo hacer.
    Con un movimiento abrupto, encendió el motor y lo dejó en marcha; una forma de asegurarse que estaría de nuevo allí en sesenta segundos o menos, listo para dirigirse a su casa, que era el sitio donde debía estar.
    Golpeó con fuerza a la puerta de Maggie, tan fuerte como le martillaba el corazón en el pecho. Ella abrió con un saquito de té en la mano y se quedaron como figuras de cartón, mirándose a los ojos.
    – Esto es tuyo -dijo Eric por fin, entregándole el destornillador.
    – Ah… -Maggie lo tomó. -Gracias.
    Habló en voz tan baja que él apenas si pudo escucharla, luego se quedó con la cabeza gacha, mientras él la miraba.
    – Maggie, lo siento. -En su voz había una nota de ternura, ahora.
    – Está bien. Lo comprendo. -Enredó el hilo del saquito de té alrededor del destornillador, sin levantar la vista.
    – No, no está bien. Te traté como si hubieras hecho algo malo y no lo hiciste. Soy yo. Es… -Sobre sus caderas, los dedos enguantados se cerraron, se abrieron. -Estoy pasando por momentos difíciles y no tengo derecho de arrastrarte a ti. Sólo quería que supieras que no volveré a molestarte.
    Ella asintió desconsoladamente y bajó las manos a los lados del cuerpo.
    – Sí, creo que es lo mejor.
    – Voy a… -Hizo un ademán vago en dirección a la camioneta. -Voy a ir a casa y haré lo que me dijiste. Me concentraré en lascosas buenas. Lo que quiero decir es… bueno, quiero que mi matrimonio funcione.
    – Lo sé -susurró Maggie.
    Él la observó esforzarse por ocultar sus sentimientos, pero sus mejillas se sonrojaron. A Eric se le cerraron el pecho y la garganta como una vez en que el Mary Deare quedó atrapado en una tormenta de verano y él creyó que se hundía. Abrió las manos enguantadas y las apretó contra los muslos para no tocar a Maggie.
    – Bueno, quería que lo supieras. No me sentía bien, luego de haberme ido así.
    Ella volvió a asentir y trató de disimular las lágrimas que comenzaban a llenarle los ojos.
    – Bueno, oye… -Eric dio un paso atrás y dijo con voz ronca: -Que pases una feliz Navidad y espero que te vaya muy bien con la casa y tu nueva empresa.
    Maggie levantó la cabeza y Eric vio el brillo de lágrimas en sus ojos.
    – Gracias -dijo ella, obligándose a esbozar una temblorosa sonrisa-. Que tengas tú también una hermosa Navidad.
    Él retrocedió hasta el primer escalón y por un desgarrador instante, sus miradas hablaron con claridad del deseo y la necesidad que sentían. Los ojos castaños de Maggie parecían agrandados por las lágrimas que le temblaban en las pestañas. Los azules de Eric, mostraban la fuerza con que se contenía para no tomarla entre sus brazos. Abrió las manos y las cerró una vez más.
    – Adiós. -Movió los labios, pero no brotó ningún sonido. Luego se volvió y se alejó de su vida con paso decidido.

    Durante los días que siguieron, Eric evitó andar cerca del correo al mediodía, compró las provisiones en cualquier lugar menos en el Almacén de Ramos Generales y almorzó en su casa. Durante las mañanas, sin embargo, siguió con sus visitas a la panadería y mientras bajaba la colina, con frecuencia se imaginaba que encontraría a Maggie allí, comprando algo dulce, volviéndose al oír la campanilla de la puerta y sonriendo al verlo entrar.
    Pero ella prefería huevos a la hora del desayuno; ahora lo sabía.
    La bahía se heló por completo y Eric sacó su vehículo para nieve para irse a pescar en el hielo todos los días. Muchas veces, sentado sobre un banquito plegable sobre el hielo, mirando por el agujero las aguas profundas, pensaba en Maggie, se preguntaba si le gustaría el pescado frito y la recordaba robando un trozo de arenque del barril de la conservadora de su padre. Pensó en llevarle una trucha fresca; después de todo, pescaba más de las que podía comer.
    Pero eso sólo sería una excusa para verla, admitió, y llevó las truchas s u madre y a Barb.
    Construyó un trineo para regalar a los hijos de Mike y Barb en Navidad y le dio seis capas de barniz marino. Cuando estuvo listo, se lo mostró a Nancy. Ella se bajó los anteojos por la nariz, le dedicó una breve mirada y dijo: "Mmm, muy lindo, querido" antes de volver a los papeles que estaba haciendo.
    Eric cortó dos pinos de la propiedad de Mike, puso uno en una maceta para Ma y se llevó el otro a su casa. Cuando lo tuvo en un rincón de la sala, aromático y punzante, se paró delante de él con las manos en los bolsillos y deseó tener a alguien con quien compartirlo. El fin de semana, cuando regresó Nancy, adornaron el árbol con lucecitas transparentes, bolas transparentes y colgantes transparentes: la misma decoración que utilizaban año tras año. La vez que Nancy las trajo -compradas en una tienda elegante de Kansas City- Eric contuvo su desilusión mientras decoraban el árbol. Una vez que estuvo listo, lo miró con horror y dijo:
    – ¿Le falta un poco de color, no crees?
    – No seas anticuado, tesoro -le había dicho Nancy-. Es elegante.
    No quería un árbol elegante. Quería uno como el de Ma, adornado con enormes luces multicolores y guirnaldas que él y sus hermanos habían hecho en la escuela primaria, adornos que habían estado en el árbol de Ma cuando era niña y otros que los amigos les habían regalado con el correr de los años. En cambio, tenía un árbol que lo dejaba tan frío como la fruta de madera que Nancy tenía sobre la mesa de la cocina. De modo que, con frecuencia, las noches de la semana se iba a casa de Ma o de Mike y disfrutaba de sus árboles, comía pochoclo y pescado ahumado y bromeaba con los pequeños; se los sentaba en el regazo con sus pijamas largos, observaba sus rostros iluminados de todos colores por las luces del árbol y los escuchaba hablar con reverencia de Papá Noel.
    Al mirar las luces del árbol, Eric pensaba en Maggie y se preguntaba cómo habría sido su Navidad si se hubiera casado con ella en lugar de con Nancy. ¿Tendría hijos propios? ¿Estarían todos juntos ahora alrededor del árbol de Navidad? Imaginó a Maggie en la gran casa con las ventanas salientes, los pisos brillosos y la cocina con la vieja mesa rayada; recordó el día en que él y Deitz tomaron café con ella y la echó de menos terriblemente.
    Durante esos mismos días y noches, ella también pensó en él y soportó esa sensación de pérdida, inexplicable como era, pues ¿cómo podía uno perder algo que jamás había tenido? No había perdido nada, salvo la añoranza diaria de Phillip, desaparecido como por arte de magia desde su regreso a Fish Creek. Impactada, Maggie comprendió que era cierto: la sensación de autocompasión y carencia se habían suavizado hasta convertirse en recuerdos aterciopelados de los momentos felices que habían pasado juntos. Sí, la pérdida de Phillip cada vez le dolía menos, pero al que extrañaba ahora era a Eric.
    A medida que se acercaban las fiestas, pasó muchas noches agridulces recordando las ocasiones recientes que habían compartido: la primera noche en la oscuridad, recorriendo la casa a la luz de una linterna; el día en que él la encontró pintando en la Habitación del Mirador y comenzó a nevar; el día que habían almorzado sobre el banco de la calle principal; el viaje a Bahía Sturgeon ¿Cuándo había comenzado esta insidiosa colección de recuerdos? ¿Estaría recordando él también? No tenía más que pensar en los últimos momentos que habían pasado juntos para saber con certeza que sí.
    Pero Eric Severson no era un hombre libre y Maggie trató de tener eso siempre presente mientras llenaba sus días y se preparaba para Navidad.
    Llamó a su padre y Roy vino a ayudarla a entrar los colchones del garaje, a transportar la cama de una plaza a la habitación de servicio, a regocijarse con ella con los muebles nuevos de la Habitación del Mirador y a ponderar sus esfuerzos con el empapelado.
    Maggie tendió por primera vez la gran cama tallada a mano con sábanas con puntillas y un espumoso acolchado de plumas, luego se arrojó sobre ella para mirar el cielo raso y extrañar al hombre al que no tenía derecho de extrañar.
    Llamó Mark Brodie y la invitó a su club a cenar y ella volvió a rechazar la invitación. El insistió y finalmente, Maggie aceptó.
    Mark hizo todo lo que estaba a su alcance para impresionarla. Un compartimiento muy privado en un rincón, camareros discretos y gentiles, mantel de hilo, luz de vela, cristal, champagne, caracoles, ensalada César mezclada junto a la mesa, orejas marinas traídas especialmente para la ocasión, puesto que no figuraban en el menú habitual, y luego Bananas Foster, flambeadas junto a la mesa y servidas en copas altas.
    Toda la comida, sin embargo, parecía tener el sabor de su agua de Colonia.
    Era atento hasta la exageración, buen conversador, pero le gustaba hablar sobre su propio éxito. Conducía un Buick Park Avenue cuyo interior tenía el mismo aroma que él: dulzón y sofocante. Cuando la llevó a su casa, Maggie se bajó con alivio y tragó bocanadas de aire fresco como una persona que ha estado bajo el agua.
    En la puerta, la tomó de los hombros y la besó. Con la boca abierta. El beso duró unos odiosos treinta segundos en los que Maggie se puso a prueba, resistiendo el impulso de apartarlo de un empujón, escupir y limpiarse la boca. No era un aprovechador. No era feo, desprolijo, insoportable ni grosero.
    Pero no era Eric.
    Cuando el beso terminó, Mark dijo:
    – Quiero volver a verte.
    – Lo siento, Mark, pero creo que no.
    – ¿Por qué? -Parecía fastidiado.
    – No estoy lista para esto.
    – ¿Cuándo lo estarás? Esperaré.
    – Mark, por favor… -Maggie se apartó y él la soltó, sin presionarla.
    – Si me permites la chabacanería, no soy un cazador de fortunas, Maggie.
    – Nunca pensé que lo fueras.
    – ¿Entonces por qué no pasar buenos momentos juntos? Estás sola. Yo también. En este pueblo no hay muchos como nosotros.
    – Mark, debo entrar. Fue una hermosa cena, tienes un fantásticorestaurante y un futuro brillante, estoy segura. Pero ahora debo entrar…
    – Te voy a convencer, Maggie. No me daré por vencido.
    – Buenas noches, Mark. Gracias por la cena.
    Llamó a Brookie al día siguiente e hicieron una excursión a Bahía Green para comprar cortinas de encaje, regalos de Navidad y almorzar juntas.
    Maggie confesó:
    – Me siento sola, Brookie. ¿Conoces hombres solteros?
    Brookie dijo:
    – ¿Y Mark Brodie?
    Maggie respondió:
    – Anoche permití que me besara.
    – ¿Y?
    – ¿Alguna vez te comiste un bocado de geranios?
    Brookie se atragantó con la sopa y se dobló en dos sobre el platlo, ahogándose de risa, lágrimas y arvejas.
    Maggie también terminó por reír. Cuando por fin pudo hablar, Brookie dijo:
    – ¿Y bien, entraste después a hacer albóndigas?
    – No.
    – Entonces quizá deberías pedirle que cambie de agua de Colonia.
    Maggie pensó en eso la siguiente vez que la llamó y lo rechazó.
    Y la siguiente… y la siguiente.

    Katy llamó y dijo que viajaría hacia allí el 20 de diciembre, enseguida después de las clases de la mañana. Maggie puso el árbol en la sala y preparó masitas de fantasía y una torta de frutas con ron, envolvió regalos y se dijo que no importaba que no tuviera un hombre a quien regalarle algo esa Navidad. Estaban su padre y su madre, Katy y Brookie. Cuatro personas que la querían. Debía sentirse agradecida.
    Las advertencias climáticas comenzaron el martes, pero los escépticos, al encontrarse en la calle, sonreían y se recordaban unos a otros:
    – Dijeron que las dos últimas tormentas de nieve venían haciaaquí, pero apenas si nevó lo suficiente como para cubrir los arbustos.
    La nieve comenzó a caer al mediodía, llegando desde Canadá por la Bahía Green, en finas esquirlas que saltaban como insectos vivos sobre los caminos helados y se convirtió en una fuerza salvaje alimentada por temibles vientos de cincuenta kilómetros por hora. Al las dos de la tarde cerraron las escuelas. A las cuatro, las empresas hicieron lo mismo. A las siete, los equipos de mantenimiento abandonaron las calles.
    Eric se fue a acostar a las diez de la noche, pero una hora mas tarde despertó al oír el teléfono junto a la cama.
    – ¿Hola? -masculló, medio dormido.
    – ¿Eric?
    – ¿Sí?
    – Habla Bruce Thorson, desde la oficina del alguacil de Bahía Sturgeon. Tenemos una situación crítica entre manos, con viajeros atrapados en los caminos de todo el distrito y tuvimos que sacar los equipos. Nos vendrían bien todos los vehículos para nieve y los conductores expertos disponibles.
    Eric miró el reloj, se sentó en la cama y se pasó una mano por el pelo en la oscuridad.
    – Comprendo. ¿Adonde me necesitan?
    – Despacharemos a los voluntarios de Fish Creek desde la Estación de Bomberos Gibraltar. Trae todo el equipo de emergencias que tengas.
    – Muy bien. Estaré allí en quince minutos.
    Se movió a toda velocidad. Mientras bajaba la escalera, se abotonó la camisa y los pantalones. Puso agua en el microondas para prepararse un café instantáneo, buscó una bolsa grande para residuos y adentro echó velas, fósforos, una linterna, periódicos, una gorra de abrigo, el equipo de nieve de Nancy (que había usado sólo una vez), una bolsita con dos rosquillas, barras de chocolate y una manzana. Se colocó su equipo de nieve plateado, botas, guantes, pasa-montañas y casco. Llenó el termo, le añadió dos chorritos de licor y salió, con el aspecto de un astronauta listo para la caminata lunar.
    Al abrigo de la casa, la tormenta parecía haber sido exagerada. Luego bajó los escalones y se hundió en nieve hasta las caderas. A mitad de camino hacia el garaje, el viento lo embistió con todas sus fuerzas y perdió el equilibrio, cayendo hacia el costado mientras luchaba por seguir avanzando. Se estremeció y llegó hasta la puerta del garaje, donde se vio obligado a escarbar con los pies y las manos para encontrar los picaportes. Adentro hacía un frío polar; siempre hacía más frío en el cemento que en la nieve. El sonido de las botas forradas con piel sobre el piso helado le retumbaba en los oídos protegidos. Llenó el tanque de gasolina del vehículo para nieve, ató una pala y la bolsa de provisiones al asiento del pasajero, encendió el motor y salió. Fue un alivio ponerse de espaldas al viento al cerrar la puerta del garaje. Tiritando, enfrentó el viento una vez más, se subió a la máquina y se protegió el rostro con las antiparras del casco, pensando que pasaría mucho tiempo hasta que volviera a meterse en su cama calentita.
    El viento era casi huracanado y barría la nieve en cortinas que ocultaban todo de la vista. Ni desde cien metros de distancia, se veían las luces rojas y azules de la calle principal. No fue hasta que estuvo directamente debajo de ellas que Eric vio los fantasmagóricos círculos de luz en el remolino de nieve sobre su cabeza. Condujo por el medio de la desaparecida calle principal, utilizando las luces navideñas como guía. De tanto en tanto, a los costados, una luz blanca atravesaba la bruma: el letrero de una tienda o una luz callejera. A mitad de camino hacia la Estación de Bomberos, oyó el rugirde un motor a su izquierda y vio por sobre el hombro un espectro muy parecido a él, con la diferencia que vestía de negro y conducía un Polaris. Levantó una mano y el otro conductor devolvió el saludo, luego juntos condujeron hasta que la luz roja de la Estación de Bomberos les indicó que habían llegado.
    Había otros dos vehículos para nieve estacionados adelante. Eric dejó el motor en marcha. Pasó una pierna por encima del asiento, se levantó el visor del protector y gritó:
    – ¿Linda hora para salir de la cama, no, Dutch?
    – ¡Qué te parece! -La voz de Dutch sonó ahogada hasta que se levantó el visor. -Vaya tormentita, ¿eh? -Dutch avanzó por la nieve hacia Eric y luego se abrieron paso juntos hasta el edificio de ladrillos.
    Adentro, Einer Seaquist repartía provisiones de emergencia a otros dos conductores. A uno de ellos, ordenó:
    – Ve hasta lo de Doc Braith lo más rápido posible. Tiene insulina para que le lleves a Walt McClusky en la Carretera Zonal A. Y tú, Brian -dijo al segundo-, toma la Carretera Zonal F hasta la Ruta Cincuenta y Siete. La cerraron en el otro extremo, pero calculamos que hay tres automóviles allí que nunca llegaron a destino. Dutch, Eric, me alegro de que pudieran venir, muchachos. Pueden elegir, Carretera EE o Ruta Cuarenta y dos. Los malditos automovilistas no saben cuándo meterse en un motel. Si encuentran a alguien, hagan todo lo que puedan. Llévenlos a cualquier parte, a un motel, a una casa de familia o tráiganlos aquí. ¿Necesitan provisiones?
    – No, tengo todo lo que preciso -afirmó Eric.
    – Yo también -acotó Dutch-. Tomaré la Carretera EE.
    – Yo la Cuarenta y dos -dijo Eric.
    Salieron juntos del edificio, hundiéndose en la nieve. El viento ya había borrado las huellas que habían hecho al entrar. Al sentarse en su vehículo, Eric sintió las tranquilizadoras vibraciones del motor y pensó en la confianza que ponían los hombres en sus máquinas. Dutch también se trepó, se colocó las antiparras y gritó:
    – ¡Ten cuidado con los alambres de púas, Severson!
    – ¡Tú también, Winkler! -gritó Eric, al tiempo que se bajaba el visor.
    Pusieron las máquinas en movimiento y condujeron juntos hacia el oeste, por la calle principal, bajo las tenues luces navideñas, luego por la abertura en el risco donde la Ruta Cuarenta y dos salía del pueblo. Arriba, en terreno abierto, siguieron los postes de teléfono y en ocasiones la parte superior de las cercas. Las luces de los faros iluminaban sólo una corta distancia delante de ellos. De tanto en tanto obtenían un atisbo de la ruta, azotada por el viento implacable; en otras ocasiones, no habrían sabido que estaba el asfalto debajo de ellos de no haber sido por los postes que lo marcaban. En una oportunidad, los faros iluminaron un montículo que creyeron que era un automóvil. Eric lo vio primero y señaló. Pero cuando se detuvieron y empezaron a cavar, vieron que se trataba de la roca apodada Roca del Señor, donde el mensaje "Jesús salva" había creado un mojón en la ruta Cuarenta y dos desde que Eric tenía memoria.
    Subieron a las máquinas de nuevo y continuaron juntos hasta que llegaron al punto en que la Ruta Cuarenta y dos hacía intersección con la Carretera Zonal EE. Allí, con un saludo de despedida, Dutch viró a la izquierda y desapareció en la tormenta.
    Después de la partida de Dutch, la temperatura pareció más fría, el viento más fuerte, la nieve más dura contra el pasamontañas de Eric. Su solitario reflector, iluminando hacia lo alto y luego hacia abajo, como el de una locomotora, parecía estar buscando al compañero que estaba junto a él hasta ese momento. El vehículo se mecía, golpeaba, a veces volaba y Eric sujetó el volante más fuerte, gozando del movimiento que trepaba por sus brazos y vibraba bajo sus muslos, la única señal de vida en la noche oscura y violenta.
    Después de un tiempo sus brazos y piernas se cansaron del movimiento. El dedo pulgar de la mano izquierda comenzó a congelársele. Los ojos le dolían y comenzó marearse de tanto mirar el caleidoscópico movimiento delante de él. La monotonía le aturdía los sentidos y temió haber pasado junto a un auto enterrado sin darse cuenta. Una extensión de asfalto pasó junto a su flanco izquierdo; viró hacia allí, realineándose con el centro de la ruta. En su mente oía la advertencia de Dutch. "¡Cuidado con los alambres de púas!" Conductores inexpertos habían sido decapitados al chocar con alambrados. Otros que habían sobrevivido lucían un collar rojo de cicatrices por el resto de sus vidas.
    Se preguntó dónde estaría Nancy. No había llamado esa noche. En Fargo, si mal no recordaba. ¿Habría llegado la tormenta hasta allí?
    Esperaba que Ma estuviera bien, que su tanque de combustible estuviera lleno. "La muy testaruda no quería que Mike y él le pulieran una nueva caldera. La estufa de gas oil calienta tan bien como siempre" insistía con obstinación. Pues bien, cuando eso terminara, iba a comprarle una caldera le gustara o no. Se estaba poniendo vieja para vivir en una habitación caliente y cinco heladas.
    Deseaba que el bebé que esperaba Barb estuviera bien. Ese sería un momento maldito para tener problemas de ese tipo, con un solo hospital en el condado y encima, en Bahía Sturgeon.
    Y Maggie… sola en esa casona con el viento aullando desde el lago y las viejas vigas crujiendo bajo el peso de la nieve. ¿Estaría durmiendo en esa cama que habían entrado juntos? ¿Seguiría echando de menos a su marido en noches como ésa?
    Eric habría pasado de largo junto al automóvil si el conductor no hubiera tenido la precaución de atar una bufanda roja a un esquí y clavarlo en un montículo de nieve. El viento hacía llamear la bufanda en ángulo recto con el suelo y ésta y el esquí eran la única pista visible de que un automóvil estaba sumergido por allí. Eric aceleró en esa dirección y se irguió sobre una rodilla, nervioso. La gente moría asfixiada en los coches enterrados por la nieve. O de frío cuando se dejaban ganar por el pánico y los abandonaban. Era imposible distinguir el capó del baúl: solo se veía un montículo parejo. No se oía el motor, ni se veía una puerta abierta por entre la nieve. Nadie había limpiado la nieve alrededor del caño de escape.
    Una vez él socorrió a un niño que se ahogaba en la playa Stalling, y volvió a sentir lo mismo que ese día: terror controlado, miedo de llegar demasiado tarde, la adrenalina oprimiéndole el pecho. Le pareció que se movía a paso de hombre, casi sin avanzar, cuando en realidad cubría la distancia como un ciclón; saltó del vehículo antes de que se hubiera detenido del todo, desató la pala, se hundió hasta la cintura en nieve a la luz de la linterna, luchando contra los elementos con pasión demoníaca.
    – ¡Eh! -gritó, mientras sacaba paladas de nieve e introducía la mano para ver si realmente había un coche allí.
    Le pareció oír un ahogado "Hola", pero pudo tratarse del viento.
    – ¡Espere!!Ya llego! ¡No abra la ventanilla! -Con impaciencia se echó hacia atrás el protector facial, clavó la pala cinco veces, tocó metal, cavó un poco más.
    Esta vez oyó la voz con más claridad. Llorando. Angustiada. Sollozando palabras que no distinguía.
    La pala dio contra una ventanilla y él volvió a gritar.
    – No abra nada todavía! -Con una mano enguantada limpió la nieve de un cuadradito de vidrio y atisbó un rostro borroso y oyó una voz femenina que exclamaba:
    – ¡Oh, Dios, me encontraron!
    – Muy bien, abra apenas la ventanilla para que entre un poco de aire mientras despejo el resto de la puerta -ordenó Eric.
    Segundos más larde, abrió la puerta del coche, se inclinó hacia adentro y encontró a una jovencita presa de pánico, con lágrimas corriéndole por el rostro, vestida con una campera de jean, una mantita cubriéndole la cabeza, un par de medias grises puestas a modo de guantes y varios suéteres y camisas alrededor de las piernas y el cuerpo.
    – ¿Estás bien? -Eric se quitó el pasamontañas para que ella pudiera verle el rostro.
    La muchacha sollozaba tanto que apenas si podía hablar.
    – ¡Ay, Dios mío… es… esta… estaba t… tan asustada!
    – ¿Tenías calefacción?
    – Hasta q… que… m… me quedé sin c… combustible.
    – ¿Cómo están tus pies y tus manos? ¿Puedes mover los dedos? -Se quitó los guantes con la boca, bajó el cierre de un bolsillo de su traje de nieve y extrajo una pequeña bolsa plástica anaranjada.
    La abrió con los dientes y sacó un sobrecito de papel blanco. -Toma, esto es un producto químico para calentarte las manos. -Lofrotó entre sus nudillos como si fuera una media sucia. -Hay que agitarlo para que se caliente. -Se arrodilló, buscó la mano de ella, le quitó la media y un liviano guante de lana que tenía debajo, cerró su mano entre las suyas más grandes y se las llevó a los labios para soplarle los dedos. -Mueve los dedos así veo que puedes hacerlo. -Ella obedeció y Eric sonrió dentro de sus ojos llorosos. -Bien. ¿Comienzas a sentir calor? -Ella asintió con aire triste y sorbió los mocos, como una niña, mientras las lágrimas continuaban cayendo por sus mejillas.
    »Sujétalo en tu guante y muévelo. En un minuto tendrás las manos tostadas. -Buscó un sobrecito para la otra mano y preguntó: -¿Y cómo van esos pies?
    – Y… ya n… no los s… siento.
    – También tengo algo para calentártelos.
    Se había puesto dos pares de polainas sobre los delgados zapatos sin taco. Eric se los quitó y dijo:
    – ¿Y tus botas?
    – Las dejé… en la… universidad.
    – ¿En Wisconsin, en diciembre?
    – Ha… hablas c… como mi abuela -respondió ella, haciendo un débil intento por recuperar el humor.
    Eric sonrió, buscó dos sobres más grandes y los agitó para generar el calor químico.
    – Bueno, a veces las abuelas saben lo que dicen. -En pocos segundos colocó los calentadores contra los pies de ella y los sujetó con un grueso par de medias de lana. Luego la obligó a beber un buen trago de café con licor, lo que la hizo escupir y toser.
    – ¡Puaj, qué asco! -exclamó, secándose la boca.
    – Tengo un traje de nieve de repuesto. ¿Puedes ponértelo sola?
    – Sí, creo que sí. Tra… trataré.
    – Muy bien.
    Le trajo el equipo, botas, guantes, pasamontañas y casco, pero ella se movía con tanta lentitud que tuvo que ayudarla.
    – Jovencita -la regañó mientras lo hacía-, la próxima vez que salgas a la ruta en la mitad del invierno, espero que lo hagas mejor preparada.
    Ella se había recuperado lo suficiente como para ponerse a la defensiva.
    – ¿Cómo iba a saber que se iba a poner así? He vivido en Seattle toda mi vida.
    – ¿Seattle? -repitió él, mientras le colocaba el pasamontañas y el casco-. ¿Te viniste en coche desde Seattle?
    – No, sólo desde Chicago. Voy a la Northwestern. Vengo a pasar la Navidad a mi casa.
    – ¿Adonde?
    – A Fish Creek. Mi madre tiene una hostería allí.
    ¿Seattle, Chicago, Fish Creek? De pie junto al automóvil enterrado, con el viento arremolinando la nieve alrededor de ellos, escudriñó lo que quedaba visible del rostro de la joven.
    – No lo puedo creer -dijo.
    – ¿Qué cosa?
    – ¿Por casualidad no eres Katy Stearn?
    La sorpresa de ella resultó evidente aun detrás de las antiparras. Sus ojos se abrieron como platos y se quedó mirándolo.
    – ¿Me conoces?
    – Conozco a tu madre. A propósito, me llamo Eric.
    – ¿Eric? ¿Eres Eric Severson?
    Fue su turno de sorprenderse al ver que la hija de Maggie sabía su apellido.
    – ¡Mamá fue a la fiesta de graduación contigo!
    Eric rió.
    – Sí, así es.
    – Oh… -dijo Katy, abrumada por la coincidencia.
    Él volvió a reír y dijo:
    – Bien, Katy, es hora de ir a casa.
    Cerró la puerta del automóvil de ella, y la guió hacia el vehículo de nieve, marcándole la huella para que pisara con facilidad. Antes de subir, preguntó:
    – ¿Alguna vez anduviste en una de estas cosas?
    – No.
    – Bueno, es un poco más divertido cuando la sensación térmica no es de veinte grados bajo cero, pero llegaremos lo más pronto y lo menos helados que podamos. ¿Tienes hambre?
    – Estoy famélica.
    – ¿Manzana o barra de chocolate? -preguntó Eric, hurgando dentro de su bolsa de provisiones.
    – Chocolate -respondió ella.
    Eric sacó la golosina y puso en marcha el motor mientras ella se la comía, luego montó a horcajadas sobre el asiento y ordenó:
    – Sube detrás de mí y sujétate de mi cintura. Lo único que debes hacer es inclinarle hacia adentro cuando giramos. De esa forma nos mantendremos sobre los esquís. ¿De acuerdo?
    – Sí. -Katy subió y pasó los brazos alrededor de la cintura de Eric.
    – i Y no te duermas!
    – De acuerdo.
    – ¿Lista? -dijo Eric por encima del hombro.
    – Lista. ¿Eric?
    – ¿Qué?
    – Gracias. Muchas gracias. Creo que nunca tuve tanto miedo en mi vida.
    Eric le palmeó las manos enguantadas como respuesta.
    – ¡Sujétate! -ordenó, al tiempo que se ponía en movimiento y tomaba hacia la casa de Maggie.
    El nombre le martillaba en la mente… Maggie. Maggie. Maggie… Mientras aferraba el acelerador, sintió las manos de la hija de ella alrededor de la cintura. Quizá, si no hubieran tenido tanta suerte en el huerto de Easley, la joven que estaba detrás de él podría haber sido hija de ambos.
    Imaginó a Maggie en la cocina de su casa, descorriendo la cortina de encaje de la puerta y mirando la tormenta. Caminando de un lado a otro por la habitación, con un suéter sobre los hombros. Volviendo a mirar por la ventana. Llamando a Chicago para preguntar a qué hora había salido Katy. Preparando té que probablemente quedaría intacto. Llamando a la oficina de patrullas camineras estatales para enterarse de que habían quitado las máquinas de los caminos y tratando de no dejarse vencer por el pánico. Caminando otra vez de un lado a otro sin nadie con quien compartir la carga de preocupación.
    Maggie, mi vida, ella está bien. Te la estoy llevando hacia allí, así que ten fe.
    El viento era un enemigo que les golpeaba el rostro. Eric se agazapó detrás del parabrisas, atravesando la tormenta con los músculos de las piernas en llamas. Pero no le importaba: iba hacia la casa de Maggie.
    La nieve caía cada vez con más fuerza, desorientándolo. Pero él siguió la línea de postes de teléfono, apretó con fuerza el acelerador y s upo que encontraría el camino. Iba hacia la casa de Maggie.
    Alejó el frío de su mente, concentrándose en cambio en una cocina cálida con una mesa vieja y rayada, y en una mujer con pelo castaño que esperaba detrás de una cortina de encaje para abrir la puerta y los brazos al verlos llegar. Había jurado mantenerse alejado de Maggie, pero el destino decidió otra cosa, y el corazón de Eric se llenó de un dulce júbilo ante la idea de que volvería a verla.

    Maggie creyó que Katy llegaría a eso de las cinco o seis de la tarde, como máximo, a las siete. A las nueve llamó a Chicago. A las diez, a la patrulla caminera. Para cuando llegaron las once, llamó a su padre, que poco pudo hacer para calmar su ansiedad. A medianoche, sola y caminando de un lado a otro, estaba al borde de las lágrimas.
    A la una de la madrugada se dio por vencida y se acostó en la habitación de servicio, la que estaba más cerca de la puerta de la cocina. El intento de dormir fue un fracaso y se levantó antes de que transcurriera una hora, se puso una bata acolchada, preparó té y se sentó a la mesa con la cortina levantada. Apoyó los pies sobre una silla y contempló el remolino blanco alrededor de la luz de la galería.
    Por favor, que esté bien. No puedo perderla también a ella.
    Después de un tiempo, se durmió, con la cabeza apoyada sobre un brazo. Se despertó a la una y veinte al oír un ruido en la lejanía, un zumbido apagado que se acercaba por el camino. ¡Un vehículo para nieve! Pegó la nariz contra la ventana, protegiéndose los ojos con la mano al oír que el sonido se acercaba. La luz de un faro iluminó las siemprevivas, luego el cielo, como un reflector, cuando la máquina pareció trepar al otro lado del camino. De pronto, la luz fue real. Apareció una máquina sobre la nube de nieve, luego descendió en picada directamente hacia la puerta de la cocina.
    Maggie estaba de pie y corriendo hacia la puerta antes de que se apagara el motor.
    Abrió la puerta en el momento en que alguien bajó del asiento de atrás y una voz ahogada gritó:
    – ¡Mamá!
    – ¿Katy? -Maggie salió y se hundió hasta las rodillas en nieve. La persona que avanzaba por la nieve hacia ella estaba enfundada en plateado y negro de la cabeza a los pies y tenía el rostro oculto tras un protector plástico, pero la voz era inconfundible.
    – ¡Ay, mami, me salvé!
    – Katy, tesoro, estaba tan preocupada. -Lágrimas de alivio inundaron los ojos de Maggie cuando las dos se abrazaron torpemente, obstaculizadas por la ropa de Katy.
    – El auto se me salió del camino… tenía tanto miedo… peroEric me encontró.
    – ¿Eric?
    Maggie dio un paso atrás y miró al conductor que había apagado el motor y estaba bajando del vehículo. Estaba enfundado en un enterizo plateado y las antiparras le ocultaban el rostro. Avanzó hacia ellas. Al llegar, se las quitó, dejando al descubierto un pasamontañas negro con tres orificios. Pero los ojos eran inconfundible, esos hermosos ojos azules, y la boca que hacía poco tiempo ella había observado de cerca, bebiendo de un cartón de leche.
    – Ella está bien, Maggie. Será mejor que entren.
    Maggie contempló la fantasmagórica criatura y sintió que el corazón se le detenía.
    – ¿Eric… tú? ¿Pero… por qué… cómo…?
    – Vamos, Maggie, entra. Te estás congelando.
    Todos entraron y Eric cerró la puerta. Se quitó el casco y el pasamontañas mientras Katy hablaba sin parar.
    – La tormenta se puso horrible, no se veía nada y el auto se me fue y caí en la zanja; me quedé allí sentada y sólo me quedaban unas gotas de nafta y… -Mientras hablaba, Katy trató de quitarse el casco, todavía con los gruesos guantes puestos. Por fin se interrumpió y exclamó: -¡Caray! ¿Alguien puede ayudarme a quitarme esto? -Eric se adelantó para ayudar, dejando su propio casco sobre la mesa antes de desabrochar el de ella y quitárselo de la cabeza, junto con el pasamontañas.
    El rostro de Katy apareció bajo una mata de pelo aplastado. Tenía los labios llagados por el frío, la nariz enrojecida, los ojos encendidos, ahora que el peligro había pasado. Se arrojó a los brazos de su madre.
    – ¡Ay, mamá, le juro que nunca me alegró tanto llegar a casa!
    – Katy… -Maggie cerró los ojos y abrazó a su hija con fuerza. -Fue la noche más larga de mi vida. -Abrazadas, se mecieron hasta que Katy dijo:
    – ¿Mami?
    – ¿Qué?
    – Tengo tantas ganas de ir al baño que si no me saco este traje rápido voy a hacer un papelón.
    Maggie rió y dio un paso atrás. Ayudó a Katy con los tres cierres relámpago del enterizo. Parecían estar por todos lados, en la parte delantera y en los tobillos.
    – Espera, déjame a mí -dijo Eric, haciendo a un lado a Maggie-. Tienes nieve en las pantuflas. Será mejor que te la saques.
    Se agazapó sobre una rodilla y ayudó a Katy con los cierres y luego a desatarse las gruesas botas, mientras Maggie iba hasta la pileta y se quitaba la nieve de las pantuflas. Se secó los pies con una toalla de mano mientras Eric ayudaba a Katy a quitarse el incómodo enterizo.
    – ¡Rápido! -suplicó Katy, saltando en el lugar. El traje cayó al suelo y ella corrió al baño, descalza.
    Eric y Maggie la miraron, divertidos. Al cerrar la puerta, Katy gritó:
    – ¡Sí, ríete! ¡A ti no te estuvieron dando café con licor durante la última hora!
    Junto a la pileta de la cocina, Maggie se volvió para mirar a Eric. La risa desapareció lentamente para quedar reemplazada por una expresión de cariño. Lo miró con la boca levemente curvada en una sonrisa.
    – No vas a decirme que estabas pascando por ahí con esta tormenta.
    – No. Me llamaron de la oficina del alguacil porque necesitaban voluntarios para rescates.
    – ¿Cuánto tiempo estuviste afuera?
    – Un par de horas.
    Maggie se acercó a él. Se lo veía del doble de su tamaño, de pie allí junto a la puerta con su traje plateado y las botas forradas con piel. Estaba despeinado, necesitaba afeitarse y tenía las mejillas marcadas por el tejido del pasamontañas. Aun desaliñado, era su ideal. Eric la miró atravesar la habitación hacia él; una madre que había mantenido su vigilia hasta la madrugada, descalza, enfundada en una bata rosada, sin maquillaje, con el pelo lacio y despeinado y pensó: Dios mío, ¿cómo sucedió esto? Estoy enamorado de ella otra vez.
    Maggie se detuvo muy cerca de él y lo miró a los ojos.
    – Gracias por traérmela, Eric -susurró y poniéndose en puntas de pie, lo abrazó.
    Eric cruzó los brazos alrededor del cuerpo de Maggie, sosteniéndola con firmeza contra la superficie plateada de su enterizo. Cerraron los ojos y permanecieron como habían querido estar desde hacía semanas.
    – De nada -susurró Eric y siguió abrazándola mientras el corazón le latía como un trueno. Abrió la mano sobre la espalda de Maggie y dejó que el amor que sentía por ella lo inundara mientras permanecían inmóviles, escuchándose respirar, escuchando los latidos atronadores de sus corazones; oliéndose mutuamente: aire fresco, crema de limpieza, un dejo de humo del caño de escape y té orange pekoe.
    ¡No te muevas… todavía no!
    – Sabía que estarías levantada y preocupada -susurró Eric.
    – Sí. No sabía si llorar, rezar, o hacer ambas cosas.
    – Te imaginaba aquí, en la cocina, esperando a Katy, mientras viajábamos hacia aquí.
    Seguían abrazados, a salvo por la presencia de otra persona en la habitación contigua.
    – Nunca se pone botas.
    – Después de esto, lo hará.
    – Me has dado el único regalo de Navidad que quiero.
    – Maggie…
    Oyeron correr el agua en el baño y se separaron de mala gana, quedándose uno cerca del otro, mirándose a los ojos. Eric aferró los codos de Maggie mientras pensaba en la ambigüedad de lo que ella había dicho.
    La puerta del baño se abrió y Maggie se inclinó para recoger el enterizo, el pasa montañas y los guantes, ocultando sus mejillas arreboladas.
    – ¡Uf! ¿Qué hora es, a todo esto? -preguntó Katy, regresando a la cocina y rascándose la cabeza.
    – Van a ser las dos -respondió Maggie, manteniendo el rostro oculto.
    – Debo irme -añadió Eric.
    Maggie se volvió hacia él.
    – ¿Quieres tomar algo caliente? ¿O comer algo?
    – No, gracias. Pero si me permites usar el teléfono llamaré a la estación de bomberos para ver si todavía me necesitan.
    – Por supuesto. Está allí.
    Mientras Eric hacía la llamada, Maggie apiló la ropa sobre la mesa. Luego sacó una variedad de latas coloridas y comenzó a llenar una bolsa plástica con bizcochos de todas clases. Katy la seguía, hambrienta, probando el contenido de cada lata a medida que su madre las abría.
    – Mmm, estoy famélica. No comí más que el chocolate que me dio Eric.
    Maggie le dio un abrazo al pasar y dijo:
    – Tengo sopa, jamón, albóndigas, arenque, queso y torta de frutas. Elige lo que más te guste. La heladera está bien provista.
    Eric terminó de hablar y volvió a reunirse con las mujeres.
    – Quieren que haga una última recorrida.
    – ¡Ay, no! -Maggie se volvió hacia él, preocupada. -Está horrible allí afuera.
    – Con ropa adecuada, se soporta. Además, junté calor aquí dentro.
    – ¿Estás seguro de que no quieres un poco de café? ¿O sopa? ¿Cualquier cosa? -Cualquier cosa con tal de que se quedara un poco más.
    – No, tengo que irme. Un minuto puede parecer una hora cuando se está atrapado en un auto congelado. -Tomó el pasamontañas y se lo puso, luego se colocó el casco. Se subió el cierre hasta el cuello, se puso los guantes y Maggie lo miró desaparecer bajo el disfraz.
    Cuando levantó la mirada, ella sintió un estremecimiento al ver resatar los ojos y la boca tan llamativamente mientras el resto del rostro quedaba oculto. Los ojos, azules como el cielo, eran increíblemente bellos y la boca… ah, esa boca que le había enseñado a besar, cuántos deseos tenía de volver a besarla. Parecía un ladrón… un ladrón que se había metido en su vida robándole el corazón. Eric tomó la ropa que había usado Katy, y Maggie se acercó a él con su ofrenda: el único pedacito de ella misma que podía darle para que se llevara a la tormenta.
    – Unos bizcochos. Para el camino.
    Eric tomó la bolsa en su enorme guante y la miró a los ojos por última vez.
    – Gracias.
    – Ten cuidado -dijo Maggie en voz baja.
    – Sí.
    – Nos… -La preocupación de Maggie se veía en sus ojos. -¿Nos llamarás cuando llegues así sabremos que estás bien?
    Eric se sorprendió de que ella pudiera pedirle algo así delante de su hija.
    – De acuerdo. Pero no te preocupes, Maggie. Hace años que colaboro con la oficina del alguacil. Tomo todas las precauciones y llevo provisiones para casos de emergencia. -Echó una mirada a los bizcochos. -Bien, debo irme.
    – ¡Eric, espera! -exclamó Katy con la boca llena de masitas, atravesando de un salto la habitación para darle un abrazo rápido e impersonal, obstaculizado por la ropa de abrigo de él. -Muchísimas gracias. Creo que me salvaste la vida.
    Eric sonrió a Maggie por encima del hombro de Katy, al tiempo que se inclinaba para devolverle el abrazo.
    – Prométeme que de ahora en más llevarás equipo adecuado.
    – Prometido. -Katy retrocedió, sonrió y se metió otra masita en la boca. -Imagínense: me rescata el tipo con quien mi mamá fue a la fiesta de graduación. Esperen a que se lo cuente a las chicas.
    La mirada de Eric se posó sobre las dos mujeres.
    – Bueno… -Levantó la bolsa de bizcochos. -Gracias, Maggie. Y feliz Navidad. Para ti también, Katy.
    – Que pases una feliz Navidad.
    Llama. Maggie movió los labios para que sólo él la viera.
    Eric asintió y salió a la tormenta.
    Lo observaron desde la ventana, abrazadas, sosteniendo la cortina mientras del otro lado del vidrio la nieve se lo tragaba. Él aseguró la ropa de emergencia en la bolsa detrás del trineo, se acomodó sobre el asiento y encendió el motor. A través de la pared, lo oyeron cobrar vida, sintieron vibrar el piso y vieron la nube blanca del humo del escape. Eric bajó el visor del casco, levantó una mano, cargó el peso del cuerpo hacia un lado y giró para alejarse de la casa. Con un repentino impulso de velocidad, la máquina salió como una flecha del jardín, subió la cuesta y saltó en el aire como el trineo de Papá Noel, luego desapareció, dejando sólo un remolino blanco.
    – ¡Qué hombre agradable! -comentó Katy.
    – Sí, lo es.
    Maggie dejó caer la cortina y cambió de tema.
    – ¿Qué te parece si te llenamos el estómago con algo caliente?

Capítulo 11

    Maggie se despertó por la mañana para ver un universo blanco. El viento seguía soplando con fuerza y la nieve se había pegado contra los mosquiteros. Un trozo se desprendió y cayó y Maggie permaneció acostada inmóvil, contemplando la forma que había quedado, cuyo borde parecía de encaje labrado. ¿Habrá llegado bien? ¿Llamará hoy como le pedí?
    La casa estaba en silencio, la cama tibia. El viento silbaba por entre los aleros. Maggie se quedó en su cálido nido, reviviendo los momentos pasados en brazos de Eric: la sensación del frío enterizo cntra la cara; la mano tibia de él sobre su espalda; el aliento en su oreja, y el de ella sobre el cuello de Eric; su aroma… ¡ah, el aroma de un hombre con el invierno en la piel!
    ¿Qué habían dicho en esos instantes breves y preciosos? Sólo las cosas permitidas, aunque sus cuerpos habían hablado más. ¿Qué iba a suceder, entonces?
    En algún lugar de otro estado, la mujer de Eric esperaba para tomar un avión que la traería de regreso para Navidad. Y en algún momento de la fiesta él le entregaría una cajita plateada y ella la abriría para encontrar un anillo de esmeraldas. ¿Se lo colocaría ella misma en el dedo? ¿O se lo pondría Eric? ¿Qué regalo le daría ella? ¿Harían el amor, después?
    Maggie cerró los ojos con fuerza y los mantuvo así largo rato. Hasta que la imagen de Eric y Nancy desapareció. Hasta que se hubo castigado por desear cosas que no tenía derecho de desear. Hasta que sus escrúpulos volvieron a estar firmes en su lugar.
    Arrojó a un lado la sábana y las frazadas, se puso la bata acolchada y fue a la cocina a preparar waffles.
    Alrededor de las 09:30 Katy entró arrastrando los pies. Se había puesto un camisón de Maggie y un par de polainas que le colgaban sobre los pies como trompas de elefante.
    – ¡Mmm, qué rico olor! ¿Qué estás haciendo?
    – Waffles. ¿Cómo dormiste?
    – Como un bebé. -Corrió la cortina y miró hacia afuera.
    – ¡Cielos, qué luminosidad hay!
    Había salido el sol y dejado de nevar, pero el viento seguía levantando copos. Arriba, la cuesta estaba alta y ondeada como una ola del Pacífico.
    – ¿Qué pasará con mis cosas? Con tanto viento, ¿cuándo me reuniré con mis valijas?
    – No lo sé. Podemos llamar a la patrulla caminera y preguntar.
    – ¡Jamás vi tanta nieve junta!
    Maggie la siguió hasta la ventana. ¡Qué espectáculo! Ninguna marca hecha por el hombre, sólo una extensión blanca tallada como una caricatura del mar. Montículos y hondonadas abajo, mientras que arriba, los árboles azotados por el viento no mostraban vestigio alguno de nieve.
    – Parece que seguimos aisladas. Creo que pasará un tiempo hasta que veas tus maletas.
    Pasaron exactamente treinta y cinco minutos hasta que Katy vio las maletas. Habían terminado los waffles con panceta y estaban tomando café y té en la cocina, en ropa de cama, con los pies apoyados sobre sillas, cuando, como en una repetición de la noche anterior, un vehículo para nieve trepó la cuesta junto al camino, descendió al jardín y se acercó rugiendo para detenerse a dos metros de la puerta.
    – ¡Es Eric! -exclamó Katy con júbilo-. ¡Me trajo la ropa!
    Maggie se puso de pie y huyó hacia el baño, con el corazón a todo galope. La noche anterior, preocupada por Katy, ni siquiera había pensado en su aspecto. Ahora se pasó un cepillo frenéticamente por el pelo y se lo ató con una banda clástica. Oyó abrirse la puerta. Katy exclamó:
    – ¡Eric, eres un ángel! ¡Me trajiste las valijas! -Lo oyó entrar golpeando los pies, luego oyó cerrarse la puerta.
    – Supuse que las querrías, y con este viento puede pasar un buen tiempo hasta que las máquinas salgan para rescatar tu coche.
    Maggie se pintó los labios y se mojó unos mechones que le colgaban sobre las orejas.
    – ¡Ay, gracias, gracias! -respondió Katy, exlasiada -. Justo le estaba diciendo a mamá… ¿mamá? -Al cabo de un instante, la voz perpleja de Katy repitió: -¿Mamá? ¿Dónde estás? -Luego, a Eric: -Estaba aquí hace un minuto.
    Maggie se ajustó el cinturón de la bata, respiró hondo, se llevó las manos a las mejillas ardientes y salió a la cocina.
    – ¡Buenos días! -saludó con ligereza.
    – Buenos días.
    Eric parecía llenar la habitación, enfundado en su enterizo plateado, con el aspecto de un gigante; traía a la cocina el aroma del invierno. Mientras se sonreían, Maggie trató con valentía de mantener la serenidad, pero resultaba evidente lo que había estado haciendo en el baño: el lápiz labial brillaba, los mechones de pelo estaban húmedos y ella respiraba con un dejo de dificultad.
    – ¿Pudiste dormir un poco? -preguntó para disimular su turbación.
    – Lo suficiente.
    – Bueno, siéntate. Calentaré el café. ¿Desayunaste?
    – No.
    – No tengo rosquillas, pero sí algunos waffles.
    – Me parece perfecto.
    La mirada de Katy se posó primero en uno luego en otro, y Maggie se volvió hacia la cocina para ocultar su rubor.
    – ¿Con panceta?
    – Sí, si no es demasiada molestia.
    – En absoluto. -No es ninguna molestia cuando estás enamorada de un hombre. Eric se bajó los cierres del enterizo y se acercó a la mesa mientras Maggie se mantenía ocupada junto al armario, temiendo volverse, temiendo que Katy detectara más cosas de las que ya había notado.
    – ¿Cómo amaneciste? -preguntó Eric a Katy.
    – Muy bien. Dormí como un tronco.
    Maggie reconoció la nota de cautela en la voz de su hija. Era evidente que estaba tratando de descifrar las vibraciones subyacentes en la habitación.
    Cuando por fin se volvió, había logrado recomponerse, pero al inclinarse ante Eric para dejar una taza de café sobre la mesa, el corazón se le volvió a acelerar. Él tenía el rostro todavía enrojecido por el frío, el pelo aplastado por el casco. Apoyó un hombro contra el respaldo de la silla y sonrió a Maggie, dándole la impresión de que si no hubiera estado Katy, le hubiera pasado un brazo alrededor de los muslos para apretarla contra su lado por un instante. Maggie se apartó de la mesa y regresó a la cocina.
    Se sentía como una esposa, cocinando para él. Era imperdonable, pero cierto. En ocasiones había tejido fantasías con eso.
    Eric devoró dos waffles y cuatro tiras de panceta y tomó cuatro tazas de café, mientras Maggie, sentada frente a él con su bata rosada, trataba de no mirarle la boca cada vez que hablaba.
    – Así que salías con mi madre -comentó Katy mientras Eric comía.
    – Aja.
    – Y fueron juntos al baile de graduación.
    – Sí. Con Brookie y Arnie.
    – Oí hablar de Brookie, pero ¿quién es Arnie?
    – Un amigo mío de la secundaria. Éramos parte de un grupo que siempre andaba junto.
    – ¿Los que una vez incendiaron un granero?
    La mirada sorprendida de Eric se posó en Maggie.
    – ¿Le contaste eso?
    Maggie miró boquiabierta a su hija.
    – ¿Cuándo te conté eso?
    – Una vez, cuando era niña.
    – No recuerdo habérselo contado -confesó Maggie a Eric.
    – Fue un accidente -explicó Eric-. Alguien debió de dejar caer una colilla, pero no vayas a creer que éramos una bandita del destructores. No era así. Hacíamos muchas cosas como inocente diversión. ¿Te contó alguna vez tu madre que llevábamos a las chicas a una casa abandonada y las hacíamos morirse de miedo?
    – Y emborrachaban gatos.
    – Maggie, yo nunca emborraché un gato. Fue Arnie.
    – ¿Y quién disparó a la chimenea del gallinero del viejo Boelz? -preguntó Maggie, tratando de no sonreír.
    – Bueno, es que… fue nada más que… -Eric hizo un ademán con el tenedor para descartar el incidente.
    – ¿Y quién echó a rodar cincuenta tachos de crema cerca del tambo a la una de la madrugada y despertó a medio pueblo de Ephraim?
    Eric rió y se atragantó con el café. Cuando terminó de toser, dijo:
    – Diablos, Maggie, se supone que nadie tiene que saber eso.
    Habían olvidado la presencia de Katy, y para cuando la recordaron, ella ya los había mirado con atención, escuchando el divertido intercambio con creciente interés. Cuando Eric terminó de comer, volvió a ponerse el enterizo y sonrió a Maggie.
    – Eres buena cocinera. Gracias por el desayuno.
    – De nada. Gracias por traer las cosas de Katy.
    Eric apoyó una mano sobre el picaporte y dijo:
    – Que tengas una feliz Navidad.
    – Tú también.
    Tarde, Eric se acordó de agregar:
    – Tú también, Katy.
    – Gracias.
    Una vez que se hubo marchado, Katy se abalanzó sobre Maggie.
    – ¡Mamá! ¿Qué pasa entre ustedes?
    – Nada -declaró Maggie, volviéndose para llevar el plato de Eric a la pileta.
    – ¿Nada? ¿Cuando sales corriendo al baño para peinarte y pintarte los labios? Vamos.
    Maggie sintió que se ruborizaba y mantuvo el rostro apartado de Katy.
    – Nos hemos hecho amigos de nuevo, y me estuvo ayudando a conseguir el permiso para la hostería, nada más.
    – ¿Y qué fue eso acerca de las rosquillas?
    Maggie se encogió de hombros y enjuagó un plato.
    – Le encantan las rosquillas. Hace años que lo sé.
    De pronto Katy estaba junto a ella, aferrándola del brazo y mirándola con atención.
    – ¿Mamá, sientes algo por él, no es cierto?
    – Es casado, Katy. -Maggie siguió enjuagando los platos.
    – Lo sé. Ay, mamá, no irás a enamorarte de un hombre casado, ¿no? Es tan vulgar. Quiero decir, eres viuda y sabes cómo… bueno… ya sabes lo que quiero decir.
    Maggie levantó la vista y frunció los labios.
    – Y sabes lo que se dice de las viudas, ¿eso es lo que quieres decir?
    – Bueno, se dicen cosas, lo sabes.
    Maggie sintió rabia.
    – ¿Qué cosas se dicen, Katy?
    – Por Dios, mami, no es necesario que te enfurezcas.
    – ¡Pues me parece que tengo derecho de hacerlo! ¿Cómo te atreves a acusarme…?
    – No te acusé.
    – Pues me pareció que lo hacías.
    Katy, también, de pronto se enojó.
    – Yo también tengo derecho a sentir cosas y después de todo, papá murió hace poco más de un año.
    Maggie puso los ojos en blanco y masculló como si hablara con una tercera persona:
    – No puedo creer lo que oigo.
    – Mamá, vi cómo mirabas a ese hombre y ¡te ruborizaste!
    Secándose las manos con una toalla, Maggie se volvió hacia su hija, fastidiada.
    – Pues mira, para ser una jovencita que piensa trabajar en el campo de la psicología, tienes mucho que aprender sobre relaciones humanas y el manipuleo de sentimientos. Amé a tu padre, ¡no te atrevas nunca a acusarme de no haberlo amado! Pero él está muerto y yo estoy viva y si eligiera enamorarme de otro hombre o aun tener una aventura con uno, ¡de ningún modo me sentiría obligada a pedirte permiso antes! Ahora voy a subir a darme un baño y vestirme y mientras tanto, te agradecería que limpiaras la cocina. ¡Y mientras lo haces, quizá puedas decidir si me debes o no una disculpa!
    Maggie abandonó la habitación, dejando a Katy boquiabierta, mirándola partir.
    Su arrebato puso tensión al resto de la fiesta. Katy no se disculpó y, de allí en más, las dos se movieron por la casa con rígida formalidad. Cuando Maggie salió más tarde a palear la entrada, Katy no se ofreció para ayudar. Cuando Katy partió en una grúa para recuperar su coche, no se despidió. A la hora de la cena, hablaron sólo cuando era necesario y luego Katy hundió la nariz en un libro y la mantuvo allí hasta la hora de acostarse. Al día siguiente anunció que había cambiado su boleto de avión y que regresaría a Chicago el día después de Navidad y de allí volaría a Seattle.
    Para cuando llegó la Nochebuena, Maggie sintió que la tención culminaba en un dolor que le subía desde los hombros hasta el cuello. Sumado a todo estaba el hecho de que Vera había accedido de mala gana a venir a su casa por primera vez.
    Roy y ella llegaron a las cinco de la tarde de la Nochebuena y Vera entró quejándose y trayendo una gelatina moldeada sobre una fuente con tapa.
    – Espero que no se haya arruinado. Usé el molde más alto, le dije a tu padre que tuviera cuidado en las curvas, pero cuando subíamos la colina la tapa se corrió y seguro que estropeó la crema. Espero que tengas lugar en tu heladera. -Se dirigió directamente allí, abrió la puerta y dio un paso atrás. -¡Dios Santo, qué desorden ¿Cómo haces para encontrar algo aquí dentro? Roy, ven a sostener a esto mientras trato de hacer lugar.
    Roy obedeció.
    Fastidiada por la actitud autocrática de su madre, la sumisión de Roy y el horrible estado de ánimo de la festividad en general, Maggie dio un paso adelante y ordenó:
    – Katy, toma la gelatina de la abuela y llévala a la galería. Papá, puedes dejar los regalos en la sala. Hay un buen fuego allí y Katy te llevará una copa de vino mientras le muestro la casa a mamá.
    El recorrido comenzó mal. Vera había querido que se reunieran en su casa en Nochebuena y como no se habían cumplido sus deseos, dejó bien en claro que estaba allí por obligación. Echó una mirada a la cocina y comentó con tono cáustico:
    – Cielos, ¿para qué quieres esa vieja mesa de tu papá? Habría que haberla quemado hace años.
    Y en el baño nuevo:
    – ¿Para qué pusiste una de esas viejas bañeras con patas? Te arrepentirás cuando tengas que ponerte de rodillas para limpiar de bajo.
    Y en la Habitación del Mirador, luego de preguntar con atrevimiento cuánto habían costado los muebles, declaró:
    – Los pagaste demasiado caros.
    En la sala, recién amoblada, hizo algunos comentarios positivos, pero fueron bochornosamente insulsos. Para cuando dejó a su madre con los demás, Maggie sentía que le corría TNT por las venas. Vera la encontró minutos después, en la cocina, cortando jamón con suficiente violencia como para rebanar la tabla de madera. Vera se acercó, con la copa de vino en la mano.
    – Margaret, odio sacar a la luz algo desagradable en Nochebuena, pero soy tu madre, y si yo no te lo digo, ¿quién lo hará?
    Maggie levantó la mirada, pensando con rabia: Te encanta sacar cosas desagradables a la luz en cualquier ocasión, mamá.
    – ¿Decirme qué?
    – Lo que está pasando entre tú y Eric Severson. La gente habla de ello, Margaret.
    – No pasa nada entre Eric Severson y yo.
    – Ya no vives en una gran ciudad y ahora eres viuda. Tienes que cuidar tu reputación.
    Maggie comenzó a rebanar el jamón de nuevo. Con odio. Ésa era la segunda vez que había sido advertida sobre la reputación de las viudas por personas que supuestamente la querían.
    – Dije que no pasa nada entre nosotros.
    – ¿Llamas nada a flirtear en la calle principal? ¿A almorzar con él sobre un banco donde puede verte todo el pueblo? Margaret, creí que serías más sensata.
    Maggie estaba tan furiosa que no se atrevía a hablar.
    – Olvidas, querida -prosiguió Vera-, que estabas en mi casa la noche que te pasó a buscar para ir a esa reunión con la junta. Vi cómo te vestiste y cómo te comportaste cuando llegó a la puerta. Traté de advertirte entonces, pero…
    – Pero esperaste hasta Nochebuena, ¿no es así, mamá? -Maggiedejó de cortar el jamón para fulminar a su madre con la mirada.
    – No tienes por qué enojarte conmigo. Sencillamente estoy tratando de advertirte que la gente habla.
    – ¡Pues déjala que hable!
    – Dicen que vieron su camioneta delante de tu casa y que los vieron desayunar juntos en Bahía Sturgeon. ¡Y ahora Katy me cuenta que vino aquí durante la tormenta de nieve con su trineo!
    Maggie arrojó el cuchillo sobre la tabla y levantó las manos, exasperada.
    – ¡Pero carajo! ¡Me ofreció la camioneta para traer los muebles!
    – No me gusta que me hables así, Margaret.
    – ¡Y rescató a Katy! ¡Lo sabes perfectamente!
    Vera respiró con ruido y arqueó una ceja.
    – Francamente, prefiero no oír los detalles. Recuerda solamente que ya no eres una adolescente y que la gente tiene mucha memoria. No han olvidado que tú y él salían juntos cuando estaban en la secundaria.
    – ¿Y qué?
    Vera se acercó más.
    – Tiene esposa, Margaret.
    – Lo sé.
    – Y ella no está en toda la semana.
    – También lo sé.
    Luego de un instante de vacilación, Vera se irguió y dijo:
    – No te importa, ¿verdad?
    – No, los chismes malévolos no me importan. -Maggie comenzó a colocar las tajadas de jamón sobre una fuente. -Es un amigo, nada más. Y si la gente quiere inventar algo a partir de eso, no tiene nada en sus vidas de qué ocuparse. -Echó una mirada desafiante a Vera. -¡Me refiero a ti, mamá!
    Los hombros de Vera se encorvaron.
    – ¡Ay, Margaret, estoy tan desilusionada contigo!
    De pie ante su madre, con la fuente de jamón navideño en las manos, Maggie sentía también una profunda desilusión. Abandonó su antagonismo y sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
    – Sí, lo sé, mamá -respondió con resignación-. Parece que no puedo hacer nada que te agrade. Siempre fue igual.
    Sólo cuando por fin extrajo lágrimas, Vera se adelantó y puso una mano sobre el hombro de Maggie.
    – Maggie, sabes que lo único que me preocupa es tu felicidad.
    ¿Cuándo se había preocupado Vera por la felicidad de alguien? ¿Qué tenía esa mujer en su interior? Verdaderamente parecía incapaz de tolerar la felicidad de los demás. ¿Pero por qué? ¿Porque ella misma era tan infeliz? ¿Porque a través de los años había hecho que su marido se alejara emocional y físicamente de ella hasta el punto en que prácticamente vivían vidas separadas, ella en la casa y él en el garaje? ¿O eran celos, como Maggie había sospechado muchas veces? ¿Sentiría su madre celos de su matrimonio feliz con Phillip? ¿De su carrera? ¿De su modo de vida? ¿Del dinero que había recibido luego de la muerte de Phillip y de la independencia que había traído ese dinero? ¿De esa casa? ¿Era Vera tan mezquina que se resentía por el hecho de que su hija pudiera tener algo mejor que ella? ¿O se trataba sólo de su incesante necesidad de dar órdenes y ser obedecida?
    Fuera cual fuere la razón, la conversación en la cocina arrojó un manto sombrío sobre el resto de la velada. Comieron deseando terminar de una vez. Abrieron los regalos con animosidad debajo de la capa de cortesía. Cuando se despidieron, Vera y Maggie levantaron el rostro pero no llegaron a tocarse.
    El Día de Navidad, Maggie aceptó una invitación a casa de Brookie, pero Katy dijo que no tenía ganas de estar con un grupo de desconocidos y fue sola a casa de Vera y Roy.
    Al día siguiente, un vez que terminaron de cargar el coche de Katy, Maggie subió la cuesta junto a su hija.
    – Katy, lamento que haya sido una Navidad tan fea.
    – Sí… bueno…
    – Y lamento que nos hayamos peleado.
    – Yo también, pero mamá, por favor, no vuelvas a verlo.
    – Ya te dije que no hay nada entre nosotros.
    – Pero oí lo que dijo la abuela en Nochebuena. Y tengo ojos. Vi lo buen mozo que es y cómo se miraban y lo bien que lo pasan juntos. Podría suceder, mamá, lo sabes.
    – Pero no sucederá.

    Durante los días aburridos y tristes que siguieron a la Navidad, Maggie mantuvo esa promesa firme en su mente. Se concentró nuevamente en la casa y en sus negocios, lanzándose de lleno a los preparativos para la primavera. Empapeló más paredes, fue a dos subastas, encargó una cama de hierro en la casa Spiegel, compró por correo cubrecamas y alfombras. Vino el inspector estatal de salud e inspeccionó los baños, el lavavajilla, la despensa y el lavadero. El inspector de incendios también vino e inspeccionó la caldera, los hogares, las alarmas y salidas de emergencia. Le llegó la licencia oficial para abrir la hostería y Maggie la enmarcó y la colgó en la sala, sobre el escritorio donde se registrarían sus huéspedes. Recibió catálogos de primavera de proveedores y encargó frazadas, sábanas y toallas a la Proveeduría Hotelera Norteamericana; viajó a Bahía Sturgeon y abrió una cuenta corriente en el almacén Warner, que le suministraría jabón, papel higiénico, vasitos descartables y artículos de limpieza. Buscó en libros recelas de panecillos de maíz y panes rápidos, las probó y comió sola o con Brookie, que pasaba con frecuencia cuando iba al poblado. O con Roy, que se había tomado la costumbre de almorzar con ella por lo menos dos veces por semana.
    Con la mente y las manos ocupadas, le resultaba fácil exorcizar imágenes de Eric Severson. Con frecuencia, no obstante, cuando se detenía entre tareas a tomar una taza de té se descubría inmóvil mirando por la ventana y viendo el rostro de él en la nieve. Por la noche, en esos vulnerables momentos anteriores al sueño, se le aparecía de nuevo y Maggie recordaba la oleada de emoción que sintió al verlo en la puerta, la vertiginosa sensación de estar en sus brazos y sentir la mano de él sobre su espalda.
    Entonces recordaba la advertencia de Katy, se acorrucaba en la cama y alejaba las imágenes de su mente.
    Mark Brodie la invitó a su restaurante la noche de fin de año, pero Maggie fue en cambio a una fiesta en casa de Brookie, donde conoció a una docena de personas, jugó a la canasta, comió tacos, bebió margaritas, se quedó a dormir y pasó gran parte del día siguiente.
    Durante la segunda semana de enero, Mark la invitó a una galería de arte en Bahía Green. Nuevamente rechazó la invitación y tampoco fue al desayuno mensual de la Cámara de Comercio, temerosa de ver a Mark o a Eric allí.
    Luego una noche de la tercera semana de enero, cuando estaba sentada a la mesa de la cocina con su buzo rojo de Pepsi diseñando un folleto sobre la hostería, alguien golpeó a la puerta.
    Maggie encendió la luz de afuera, corrió la cortina y se encontró cara a cara con Eric Severson.
    Dejó caer la cortina y abrió la puerta. Nada de sonrisas esta vez, ni de júbilo ilimitado. Sólo una mujer reservada con la vista levantada hacia el rostro de un hombre preocupado, esperando con la mano en el picaporte.
    Se tomaron quince silenciosos y cargados segundos para mirarse a los ojos antes de que él dijera:
    – Hola. -Con resignación, como si el estar allí fuera el resultado de una batalla perdida consigo mismo.
    – Hola -respondió Maggie, sin hacer ningún movimiento para dejarlo pasar.
    Eric la estudió con ojos sombríos, vio el enorme buzo rojo y lospantalones de algodón, los pies descalzos con medias, el pelo atado en una colita al costado de la cabeza, con mechones que se separaban de ella como fuegos artificiales. Se había mantenido alejado de Maggie con deliberación, para darse tiempo para ordenar sus sentimientos y darle la misma oportunidad. Culpa, anhelo, temor y esperanza. Suponía que ella había pasado por lo mismo y había anticipado esa fría compostura, esa forzada indiferencia tan similar a la suya.
    – ¿Puedo pasar?
    – No -respondió Maggie, sin moverse de la puerta.
    – ¿Por qué? -preguntó él en voz baja.
    Maggie quería dejar caer los hombros, hacerse un ovillo, llorar. En lugar de hacerlo, respondió con firmeza:
    – Porque eres casado.
    Eric hundió el mentón contra el pecho y cerró los ojos. Se quedó inmóvil durante una eternidad mientras ella esperaba que se marchara, que la liberara de ese cepo de culpa en el que estaba atrapada desde que su hija y su madre la habían acusado. Que se fuera más allá de toda tentación, de todo recuerdo, si fuera posible.
    Esperó. Y esperó.
    Por fin Eric respiró hondo y levantó la cabeza. Tenía los ojos preocupados, la boca curvada hacia abajo. Su pose era tan familiar: los pies plantados con firmeza, las manos en los bolsillos de la campera de aviador, el cuello levantado.
    – Necesito hablarte, por favor. En la cocina. Tú de un lado de la mesa y yo del otro. Por favor, Maggie.
    Maggie dirigió una mirada a la camioneta de Eric, estacionada sobre la cuesta en una hondonada entre montículos de nieve, con su nombre y número telefónico pintados en la puerta, visibles como el titular de un periódico.
    – ¿Eres consciente de que te podría decir con exactitud cuántos días y horas han pasado desde que estuviste aquí por última vez? No me estás ayudando a que esto sea fácil para mí.
    – Cuatro semanas, dos días y diez horas. ¿Y quién dijo que sería fácil?
    Maggie se estremeció involuntariamente, como si él la hubiera tocado, respiró hondo y se frotó los brazos.
    – Me es difícil manejar el hecho de que estemos hablando sobre… sobre esto. -Levantó las manos y luego volvió a sujetarse los brazos. -Ni siquiera sé cómo llamarlo… ¿Qué estamos haciendo, Eric?
    – Creo que los dos sabemos lo que estamos haciendo, los dos sabemos cómo se llama y no sé qué te pasa a ti, pero a mí me tiene aterrado, Maggie.
    Ella estaba temblando por dentro y congelándose por fuera: la temperatura era de cinco grados bajo cero y no podían quedarse en la puerta para siempre. Dando un paso atrás, cedió ante la abrumadora fuerza de gravedad que él ejercía sobre ella.
    – Pasa.
    Una vez que le concedió el permiso, Eric vaciló.
    – ¿Estás segura, Maggie?
    – Sí, pasa -repitió ella-. Creo que los dos necesitamos hablar.
    Eric la siguió adentro, cerró la puerta, se quitó la campera, la colgó del respaldo de una silla y se sentó, con la misma expresión de cansada resignación con la que había llegado. Maggie se puso a preparar café sin preguntarle si quería -sabía que era así- y una tetera fresca para ella.
    ¿Qué estabas haciendo? -preguntó Eric, echando una mi-lada a las reglas, papeles y libros desparramados sobre la mesa.
    – Diseñando un aviso para el folleto de la Cámara de Comercio.
    Eric giró el trabajo de Maggie hacia su lado y estudió las letras y rebordes prolijos, el boceto con tinta de la Casa Harding vista desde el lago. Se sentía vacío, perdido y muy inseguro.
    – No viniste al último desayuno. -Olvidó el papel que tenía en la mano y siguió a Maggie con la mirada mientras ella se movía a lo largo de la mesada, abriendo el agua, preparando el café.
    – No.
    – ¿Eso significa que tratabas de no verme?
    – Sí.
    Así que él tenía razón. Había estado pasando por el mismo infierno que él.
    Maggie encendió la hornalla bajo la cafetera y regresó a la mesa para hacer a un lado sus papeles, cuidando de mantenerse bien lejos de Eric. Puso panecillos de maíz en un plato, buscó manteca y un cuchillo y los llevó a la mesa, bajó una tacita y un plato, llenó la azucarera y llevó todo eso, también, a la mesa. El café comenzó a filtrarse y Maggie bajó el fuego de la hornalla. Al terminar su trabajo, se volvió para ver que Eric seguía observándola, atormentado.
    Por fin fue a sentarse, entrelazó los dedos sobre la mesa, y lo miró de frente.
    – ¿Y cómo pasaste la Navidad? -preguntó.
    – Pésimamente. ¿Y tú?
    – Pésimamente, también.
    – ¿Quieres contármela tú primero?
    – Está bien. -Maggie respiró hondo, juntó las uñas de los dos pulgares y habló sin retaceos. -Mi madre y mi hija me acusaron de tener una aventura contigo, y después de un par de discusiones horribles, ambas se marcharon de aquí muy enojadas conmigo. No las he visto desde entonces.
    – ¡Ay, Maggie, lo lamento! -Le tomó las manos sobre la mesa.
    – Pues no lo lamentes. -Maggie retiró sus manos. -Las peleas fueron menos por tu causa que por el hecho de que me estoy independizando de ellas. A ninguna de las dos le agrada. En realidad, estoy empezando a darme cuenta de que a mi madre no le gusta nada de mí, mucho menos que sea feliz. Es una persona muy mezquina y poco a poco estoy comenzando a superar la culpa que siento al pensar eso. Y en cuanto a Katy… bueno, todavía no superó la muerte de su padre y está pasando por una etapa de egoísmo. Ya se repondrá. Bueno, cuéntame de tu Navidad. ¿Le gustó a Nancy el anillo?
    – Le encantó.
    – ¿Qué fue lo que salió mal, entonces?
    – Todo. Nada. Cielos, no lo sé. -Eric se llevó una mano a la nuca y luego echó la cabeza hacia atrás, hasta el límite; cerró los ojos y respiró hondo, soltando después el aire muy despacio. En forma abrupta abandonó esa posición, apoyó los antebrazos sobre la mesa y miró a Maggie. -Lo que sucede es que se me está desmoronando todo en la mente, todo mi matrimonio, mi relación con ella, el futuro. No tiene ningún sentido. Miro a Barb y a Mike y pienso así debería ser. Pero no lo es y ahora se que no lo será nunca.
    La miró en silencio, con líneas de preocupación alrededor de los ojos y de la boca. Sobre la cocina, el café se filtraba y el aroma llenaba la habitación, pero ninguno de los dos lo notó. Estaban sentados frente a frente, mirándose a los ojos, dándose cuenta de que su relación estaba tomando un rumbo irreversible. A los dos los asustaba la idea de cómo sacudiría sus vidas y las de los demás.
    – Ya no siento nada por ella -admitió Eric en voz baja.
    De modo que es así como sucede, pensó Maggie, es así cómo se derrumba un matrimonio y comienza un romance. Consternada, se puso de pie y apagó las hornallas, echó agua dentro de la tetera y llenó la taza de Eric con café. Cuando Maggie volvió a sentarse, Eric se quedó mirando la taza largo rato antes de levantar la vista.
    – Tengo que preguntarte algo -dijo.
    – Hazlo.
    – ¿Qué fue eso en la puerta la noche que traje a Katy?
    Maggie sintió calor en el pecho al recordar que había sido ella la que había roto el tabú.
    – Un error -respondió -y lo siento. No… no tenía derecho de abrazarte.
    Con los ojos fijos en los de ella, Eric comentó:
    – Qué curioso, sentí que sí lo tenías.
    – Estaba cansada y me había preocupado tanto por Katy y luegotú me la trajiste sana y salva y me sentí muy agradecida.
    – ¿Agradecida? ¿Nada más?
    Atrapada en la mirada de él, Maggie sintió que los cimientos de su resolución se desmoronaban.
    – ¿Qué quieres que diga?
    – Quiero que digas lo que comenzaste a decir cuando entré hace unos minutos, que estamos hablando del hecho de que nos hemos enamorado.
    El impacto la recorrió como una corriente eléctrica, dejándola aturdida, mirándolo con el pecho cerrado y el corazón al galope.
    – ¿Enamorado?
    – Ya lo hemos vivido juntos una vez. Deberíamos ser expertos en reconocer el sentimiento.
    – Pensé que hablábamos de… de una aventura.
    – ¿Una aventura? ¿Es eso lo que quieres?
    – No quiero nada. Es decir, yo… -De pronto se cubrió el rostro con las manos, apretando los codos contra la mesa. -¡ Ay Dios!, ésta es una conversación de lo más extraña.
    – Estás asustada, Maggie, ¿no es así?
    Ella deslizó las manos hacia abajo para poder mirarlo, pero la nariz y la boca quedaron ocultas. ¿Asustada? Estaba aterrada. Movió la cabeza en señal de afirmación.
    – Pésimamente. ¿Y tú?
    – Yo también, te lo dije.
    Maggie se aferró a la taza de té; necesitaba tenerse de algo.
    – ¡Es todo tan… tan civilizado! Estar sentados aquí hablando deltlema como si no involucrara a nadie más. Pero hay otras personas metidas y me siento terriblemente culpable aun a pesar de que no hemos hecho nada.
    – ¿Quieres algo de qué sentirte culpable? Tengo varias cositas en la mente.
    – Eric, no bromees -lo regaño ella, para ocultar el hecho de que estallaba de deseo y que ésa era la peor confrontación a la que había sido sometida jamás.
    – ¿Crees que no es serio? Mira cómo tiemblo. -Extendió una mano temblorosa. Luego se aferró los muslos. -Me llevó casi cinco semanas volver aquí y no sabía qué venía a hacer. Deberías haberme visto hace una hora, duchándome, afeitándome y eligiendo una camisa como si fuera a hacer la corte, pero eso no lo puedo hacer ¿no?
    »Y la otra alternativa me vuelve menos que honorable, de modo que aquí estoy, sentado, hablando de lo que pasa… por Dios, Maggie mírame así sé lo que piensas.
    Ella levantó el rostro, sonrojado hasta la raíz del pelo, y se topó con esos ojos azules, tan azules, que seguían preocupados como antes. Dijo lo que sabía que debía decir.
    – Pienso que lo adecuado sería que te pidiera que te marcharas.
    – Si me lo pidieras, lo haría. Lo sabes, ¿no es cierto?
    Los brazos de ambos descansaban sobre la mesa, con las puntas de los dedos a centímetros de distancia. Eric bajó la vista a la mano de Maggie, luego se la tomó con suavidad: la mano derecha de Maggie, con la alianza matrimonial. Pasó el pulgar sobre el anillo, y sobre los nudillos de Maggie, luego volvió a levantar la mirada.
    – Quiero que sepas que esto no es algo que tengo la costumbre de hacer. Ese abrazo hace cinco semanas fue lo más cerca que estuve de serle infiel a Nancy en mi vida.
    Maggie era humana; se lo había preguntado. Y porque lo había hecho, se sintió culpable y bajó la vista hacia las manos entrelazadas.
    – Déjame decir esto una vez, luego nunca más. -Eric habló con solemnidad. -Te pido perdón, Maggie. Por el dolor que esto te pueda causar, te pido perdón.
    Se inclinó y le besó la palma de la mano, con un beso largo y tierno que lo mantuvo inclinado como si aguardara una bendición. Maggie lo recordó a los diecisiete años, expresándose con frecuencia en formas tiernas y cariñosas como ésa, y sintió lástima por la mujer que lo conocía tan poco que de algún modo no había podido llegar a encontrar esta riqueza de emociones. Con la mano libre le acarició la cabeza, el pelo que se había oscurecido a un dorado bruñido desde la última vez que lo había tocado.
    – Eric -dijo en voz muy baja.
    Él levantó la cabeza y sus miradas se encontraron.
    – Ven… por favor -susurró Maggie.
    Eric abandonó la silla y dio la vuelta a la mesa, sin soltarle la mano. Maggie se puso de pie cuando llegó hasta ella y levantó la vista hacia su rostro. Él tenía razón: habían comenzado a enamorarse meses atrás.
    Apoyó las manos sobre el pecho de Eric y levantó el rostro en el momento en que el de él descendía, luego los labios suaves y entreabiertos de Eric tocaron los suyos. Ah, ese beso largamente esperado, frágil como un pimpollo, exquisito en su deliberada reserva. Lo cargaron de los tiernos recuerdos de las primeras veces, de sus temerosas exploraciones mutuas en años pasados y de una noche en el huerto de Easley. Dejaron que el pimpollo se abriera lentamente, que la emoción creciera hasta que sus labios se abrieron más y sus lenguas se encontraron.
    Luego de un tiempo Eric levantó la cabeza y se miraron; lo leyeron el uno en los ojos del otro: esto no va a ser una simple aventura, aquí están involucrados los corazones.
    Sus párpados comenzaron a cerrarse antes de que sus bocas se unieran por segunda vez. En un movimiento, Eric la apretó contra sí y Maggie le rodeó el cuello con los brazos. El beso se volvió profundo, apasionado, con sabor a recuerdos, una entrega mutua sin condiciones. Sus lenguas se encontraron y dieron la bienvenida al nuevo fervor. Se abrazaron con fuerza; las manos de Eric acariciaron la espalda de Maggie, las de ella, los hombros masculinos. Cuando por fin se separaron, tenían la boca húmeda y la respiración agitada.
    – Ah, Maggie, he pensado en esto.
    – Yo también.
    – La noche que traje a Katy… deseé besarte entonces.
    – Esa noche en la cama, me preocupé tanto por ti en esa tormenta… alejándote de mí… y lamenté no haberte besado. Pensé: ¿Y si mueres sin saber lo que siento?
    Eric le besó el cuello, la mandíbula.
    – Ay, Maggie, no tenías que preocuparte.
    – Es que una mujer se preocupa cuando siente amor.
    Él le besó la boca, esa boca tibia, móvil, que aguardaba el beso con fervor. La pasión creció, elevándolos en una ola de sensaciones que pusieron en movimiento sus manos y los hicieron desear más. Se saborearon y exploraron, con labios húmedos, suaves e impacientes. Eric le mordió el labio inferior, se lo lamió y susurró dentro de la boca de ella.
    – Tienes el mismo sabor que recordaba.
    – ¿Qué sabor?
    Él se apartó y le sonrió dentro de los ojos.
    – Sabor al huerto de Easley cuando florecen los manzanos.
    Maggie sonrió.
    – Lo recordabas.
    – Claro que lo recordaba.
    Golpeada de pronto por una ola de felicidad, Maggie se acurrucó contra él, apretándose donde mejor cabía: la cara contra su cuello, los brazos alrededor de su tronco, los pechos apretados contra su cuerpo, dándose permiso para disfrutar de estar por fin en contacto pleno con Eric.
    – ¡Éramos tan jóvenes, Eric!
    – Y me dolió tanto dejarte. -Las manos de él le recorrieron la espalda y treparon debajo del buzo, abriéndose sobre su piel tibia.
    – Pensaba que con el tiempo nos casaríamos.
    – Yo también.
    – Y cuando no fue así, pasaron los años y creí haberte olvidado por completo. Luego, cuando volví a verte fue como recibir un puntapié en el estómago. Sencillamente no estaba preparado.
    – Yo tampoco.
    Maggie sintió la necesidad de verle el rostro. Tenía que vérselo. Se echó hacia atrás, apoyada contra las caderas de él.
    – Es asombroso, ¿no?
    – Sí, asombroso. -Fue entonces que Eric le tocó los senos mientras sus ojos se comunicaban todo lo que sentían; apoyada contra él, Maggie sintió la dureza de su deseo. Bajo el enorme buzo, Eric le desabrochó el sostén, le pasó las manos por las costillas y la tomó en su mano. Ambos pechos a la vez… tibios y erectos. La acarició con suavidad… con amor… sin dejar de mirarla a los ojos.
    Maggie entreabrió los labios y cerró los ojos.
    Era primavera otra vez y ellos eran jóvenes y atrevidos y él la había pasado a buscar con el auto lleno de flores de manzano y las mismas maravillosas sensaciones y deseos que sintieron entonces, las volvían a sentir ahora. Maggie se meció, flexible, bajo las caricias de él y sonrió con los ojos todavía cerrados. De su garganta brotó un sonido de gozo, que no era ni un gemido ni una palabra, sino una mezcla de ambos.
    Eric se inclinó sobre una rodilla y ella se levantó el buzo, mirando desde arriba cómo la boca tibia y húmeda de él se abría sobro su piel, renovando los recuerdos. Eric movió la cabeza, acariciando la con la lengua, luego mordiéndola con suavidad. Maggie contuvo una exclamación y contrajo los músculos abdominales.
    Eric apoyó el rostro contra el esternón desnudo de ella y dejó una marca de fuego con la lengua.
    – ¡Mmm, qué bien sabes!
    – ¡Mmm, qué bien me siento! Ha pasado tanto tiempo y he echado esto de menos.
    Eric pasó a su otro pecho, lo lavó como había hecho con el primero, luego lo frotó con su pelo. Maggie le acunó la cabeza, dejándose flotar en sensaciones. Al cabo de un tiempo, Eric levantó la cabeza y dijo con voz ronca:
    – Maggie Mía, creo que estamos justo delante de tus cortinas de encaje y no es mucho lo que ocultan.
    Maggie le apoyó las manos sobre las mandíbulas y lo instó a levantarse.
    – Entonces ven conmigo a la cama que compramos juntos. He deseado tenerte allí desde la noche que me la armaste.
    Eric se puso de pie con un crujido de rodillas y la apretó firmemente contra su costado. Abrazados, apagaron la luz de la cocina y subieron la escalera, contradiciendo con sus pasos lentos la excitación que los recorría.
    En la Habitación del Mirador, Maggie encendió la luz de mesa de noche. La sombra de la pantalla con borde de seda oscilaba contra la pared cuando se volvió para encontrarlo detrás de ella. Eric la tomó de las caderas, la llevó contra él y preguntó:
    – ¿Estás nerviosa?
    – Me muero.
    – Yo también.
    Sonriendo, la soltó y comenzó a desabotonarse la camisa azul claro, sacándola fuera de los jeans. Cuando Maggie fue a quitarse el buzo, Eric le tomó la mano.
    – Espera. -Sonrió en forma encantadora. -¿Podría hacerlo yo? Creo que nunca lo hice, salvo a los manotazos en la oscuridad.
    – Lo hiciste en el Maiy Deare el día después de la graduación, y no estaba oscuro ni manoteaste.
    – ¿De veras?
    – Sí, y a decir verdad, lo hiciste bastante bien.
    Eric esbozó una sonrisa torcida y extendió las manos, al tiempo que murmuraba:
    – Déjame refrescarme la memoria.
    Deslizó el abolsado buzo por encima de la cabeza de Maggie, arrastrando el sostén junto con él y los arrojó a un lado, contemplando a Maggie en la luz tenue de la lámpara.
    – Eres hermosa, Maggie. -Pasó los nudillos contra los lados de sus pechos, luego sobre los pezones erguidos.
    – No, en absoluto.
    – Sí, eres hermosa. Lo pensaba en aquel entonces y ahora también lo pienso.
    – No has cambiado, ¿lo sabes? Siempre tuviste un modo de decir y hacer cosas dulces, tiernas, como abajo cuando me besaste la mano y ahora cuando me acariciaste como si…
    – ¿Como si…? -Sus caricias delicadas le ponían piel de gallina en las piernas.
    – Como si fuera de porcelana.
    – La porcelana es fría -murmuró Eric, tomando los pechos de ella en sus manos grandes-. Tú eres tibia. Quítame la camisa, Maggie, por favor.
    Qué placer embriagador fue quitarle la camisa azul, luego la camiseta blanca que llevaba debajo, tironeando para sacársela sobre la cabeza, despeinándolo aún más. Cuando quedó desnudo hasta la cintura, Maggie sostuvo la ropa de él como un nido en sus manos, hundió el rostro contra ella, respirando su aroma, reviviendo otro recuerdo.
    Eric le acarició la cabeza, emocionado por el simple gesto.
    – Tienes el mismo olor. Uno no olvida los olores.
    Luego fue el turno del cinturón. Maggie le había quitado el cinturón a otro hombre innumerables veces durante los años de su matrimonio, pero había olvidado el impacto de hacerlo en forma ilícita. Al poner las manos en la cintura de Eric, sintió calor por todo el cuerpo. Le abrió la hebilla y el pesado broche a presión, observando sus ojos mientras apoyaba su mano plana sobre él y lo acariciaba por primera vez a través del gastado vaquero. Tela suave y gastada sobre virilidad dura y tibia. La primera caricia hizo que Eric cerrara los ojos. La segunda, lo hizo apretarse contra ella y pasarle las manos por la espalda, deslizando las palmas dentro de los abolsados pantalones rojos.
    – Tienes un lunar -susurró, llevando una palma tibia al abdomen de Maggie -. Justo… aquí.
    Ella sonrió.
    – ¿Cómo es posible que lo hayas recordado?
    – Siempre quise besarlo, pero era demasiado cobarde.
    Maggie le bajó el cierre de los vaqueros y murmuró contra sus labios:
    – Bésalo ahora.
    Terminaron de desvestirse mutuamente con mucha prisa. Ese primer instante de desnudez pudo haber sido tenso, pero Eric desplazó la timidez tomándole las manos, abriéndole los brazos y contemplándola de la cabeza a los pies con toda tranquilidad.
    – Oh… -la elogió en voz baja, mirándola a los ojos y sonriendo con aprobación.
    – Sí… oh -replicó Maggie, admirándolo a su vez.
    Eric le soltó las manos. Su expresión se tornó seria.
    – No voy a agrandar la verdad diciendo que siempre te amé, pero te amaba entonces, te amo ahora y pienso que es importante decirlo antes de hacer esto.
    – ¡Ay, Eric -suspiró Maggie -, yo también te amo. Traté con todas mis fuerzas de no amarte, pero no pude.
    Eric la levantó tomándola bajo las rodillas y los brazos y la tendió sobre la cama, acariciándole los sitios que le había acariciado años atrás: los pechos, las caderas y el tibio y húmedo interior. Ella también lo acarició, observándolo en la tenue luz, haciéndolo temblar y sentirse fuerte y un instante después, débil. Eric le besó todas las partes que no se había atrevido a besarle en aquellos días de juventud, a lo largo de las costillas y las extremidades, teñidas de dorado en la penumbra. Maggie yacía flexible bajo sus manos.
    Luego ella le recorrió el cuerpo con los labios, disfrutando de la textura de su piel y de sus reacciones. Cada instante que pasaba ponía a prueba la paciencia de ambos.
    Una vez que llegaron al límite del deseo, Eric se irguió sobre ella y preguntó:
    – ¿Tenemos que cuidarnos de que no quedes embarazada?
    – No.
    – ¿Estás segura, Maggie?
    – Tengo cuarenta años, y por fortuna para ambos, estoy más allá de ese problema.
    Su unión fue lenta y suave, un encuentro de espíritus como de cuerpos. Él se tomó tiempo para penetrarla, disfrutando del prolongado placer. Cuando por fin estuvieron unidos, se quedaron inmóviles, haciendo del momento una plegaria.
    Después de tantos años, amantes otra vez.
    Qué deliciosamente bien se amalgamaban el uno dentro del otro. Qué pasión los consumía.
    Por un instante, Eric se echó hacia atrás y vio los ojos abiertos y brillantes de Maggie. Ella lo tomó de las caderas y lo puso en movimiento, suave y fuerte dentro de ella. Eric le tomó las manos y se las presionó contra las sábanas mientras ella contemplaba su rostro.
    – Estás sonriendo -susurró Eric.
    – Tú también.
    – ¿Qué estás pensando?
    – Que tu espalda está más ancha.
    – Tus caderas, también.
    – Tuve un bebé.
    – Ojalá fuera mío.
    Al cabo de un rato Maggie atrajo la cabeza de Eric hacia ella y las sonrisas desaparecieron alejadas por la maravillosa embestida de la sensualidad. Compartieron momentos de pasión y ternura, luego Eric la abrazó con fuerza y rodó hacia un costado, llevándola con él. Cerró los ojos y se mantuvo profundamente hundido en ella.
    – ¡Es tan hermoso! -dijo.
    – Porque fuimos los primeros para el otro.
    – Es como cerrar un círculo, como si fuera aquí donde debí estar todo el tiempo.
    – ¿Te preguntaste cómo hubiera sido si nos hubiéramos casado como planeábamos?
    – Todo el tiempo. ¿Y tú?
    – Sí -admitió Maggie.
    Eric la puso debajo de él y el ritmo se reanudó. Maggie contempló el pelo que le caía sobre la frente y los brazos fuertes que temblaban bajo el peso de su cuerpo. Se elevó para recibirlo, movimiento contra movimiento, y murmuró sonidos de placer que encontraron eco en él.
    Él llegó al climax primero, y Maggie lo vio suceder en su rostro, lo vio cerrar los ojos, arquear el cuello y tensar los músculos; vio cómo aparecían gotas de sudor sobre su frente en el instante antes de que el maravilloso temblor lo sacudiera y desintegrara.
    Cuando su cuerpo se calmó, Eric abrió los ojos, todavía inclinado sobre ella.
    – Maggie, lo siento -susurró, como si hubiera un orden preestablecido.
    – No lo sientas -murmuró ella, acariciándole la frente húmeda, las sienes. -Fue hermoso mirarte.
    – ¿De veras?
    – De veras. Además -añadió con franqueza-, ahora es mi turno.
    Y lo fue.
    Una vez.
    Y otra.
    Y otra.

Capítulo 12

    A la una y veinte de la madrugada, Maggie y Eric estaban en la bañadera con patas, con burbujas hasta el pecho, bebiendo cerveza y tratando de emitir aullidos tiroleses. Eric bebió un trago, se pasó el dorso de la mano por la boca y dijo:
    – ¡Mira, hago uno! -Levantando la cabeza como un coyote, se puso a cantar.
    – Canten todos, yorle-o-yorle-o-ju-juuu…
    Mientras el aullaba, Maggie se mecía como un irlandés en un bar y blandía el jarro de cerveza. Eric gritaba tan fuerte que ella creyó que se haría añicos el espejo. Por fin terminó el canto con una nota larga y triste, estirando el cuello y la boca hacia el cielo raso.
    – Y bien, ¿qué tal estuvo?
    Maggie dejó el jarro en el suelo y aplaudió.
    – ¡Notable! Ahora yo tengo una. Espera. -Recuperó el jarro, bebió un sorbo y se secó la boca. Luego de carraspear, intentó con el estribillo de una vieja canción.
    – ¡Uuu-uuu-uuu-aaaa! ¡Uuuu-uuu-uu-aaaa! Aúuu-uaaaa…
    Cuando terminó, Eric gritó:
    – ¡Bravo! ¡Bravo! -Aplaudió mientras ella hacía una reverencia por encima de sus rodillas flexionadas y abría los brazos, derramando espuma en el suelo.
    – A ver… -Eric miró el cielo raso, bebió un trago y tarareó pensativamente por encima del jarro. -¡Ah, sí! ¡Lo tengo! Una vieja melodía del vaquero Kopus.
    – ¿Del vaquero qué?
    – El vaquero Kopus. No me vas a decir que nunca oíste hablar del vaquero Kopus.
    – Nadie oyó hablar nunca del vaquero Kopus.
    – No sabes nada. Cuando era niño, solíamos armar espectáculos en la galería trasera. Larry era Tex Ritter. Ruth era Dale Evans y yo quería ser Roy Rogers, pero Mike decía que él era Roy Rogers, así que yo tenía que ser el vaquero Kopus. Y yo me quedaba allí, llorando como un marrano. Con mis pistolas de juguete, el sombrerito rojo de vaquero con la cinta ajustada bajo el mentón con una pelotita de madera y mis botas de Red Rider, llorando como un marrano porque tenía que ser el vaquero Kopus. Así que no me digas que nadie oyó hablar nunca del vaquero Kopus.
    Maggie se había echado a reír mucho antes de que él terminara con su lamentable versión de La tímida Anne de Cheyenne.
    Cuando Eric calló, ella sugirió:
    – ¿Qué te parece si cantamos una a dúo?
    – Muy bien. ¿Conoces Jinetes fantasmas en el cielo, de Vangí Monroe?
    – ¿Vaughn Monroe?
    – ¿Tampoco lo recuerdas a él?
    – La verdad es que no.
    – ¿Y qué me dices de Malezas al viento, por los Sons of The Pioneers.
    – Ésa la sé.
    – Bien, yo empiezo.
    Eric respiró hondo y comenzó:
    – Míralas agitarse…
    Cantaron tres estrofas, tarareando las partes donde habían olvidado la letra, logrando una dudosa armonía y terminando con un par de notas aulladas como por una jauría de coyotes.
    Cuando finalizó la última nota, se echaron a reír hasta las lágrimas.
    – Creo que nos equivocamos de profesión.
    – Yo creo que rajamos el yeso de tu baño.
    Se dejaron caer hacia atrás, debilitados, y Maggie se clavó una canilla en los omóplatos.
    – Aaa-úuu -aulló, otra vez como un coyote-. ¡Me duuuueeele!
    Eric sonrió.
    – Ven aquí. Tengo un lugar que no te dolerá.
    – ¿Sin canillas ni manijas? -quiso saber Maggie, dejando el jarro en el suelo.
    – Bueno, quizás haya un par -replicó él, depositándola entre sus muslos sedosos-. Pero le van a gustar, señorita Maggie, se lo prometo.
    – Mmm… -ronroneó ella, apoyando los antebrazos sobre el pecho de Eric-. Tienes razón. Me gustan.
    Se besaron, excitándose bajo las burbujas. Las manos de Eric se deslizaron por las nalgas desnudas de Maggie.
    Al cabo de un rato, ella abrió los ojos y murmuró con languidez:
    – Oye, vaquero…
    – ¿Señora? -contestó él, curvando la boca en una sonrisa triangular.
    – ¿Por casualidad no querrías volver a besarme el lunar?
    – Bien, veamos -respondió Eric con su mejor acento del oeste-. Un caballero no debe decirle que no a una dama cuando lo pide con tanta dulzura. Creo que podremos encargarnos de ese asunto sin ningún inconveniente.
    Se encargaron de ese asuntito y de un par de otros, y para cuando terminaron, eran más de las tres de la mañana. Estaban tendidos en la cama desordenada de la Habitación del Mirador con las candadas piernas entrelazadas. El estómago de Eric hizo un ruido y él gimió:
    – ¿Qué tiene para comer, señorita Maggie? Estoy famélico, sí señor.
    Enganchando el talón en el costado de la pierna de él, Maggie dijo:
    – ¿Qué quieres? ¿Fruta? ¿Un sandwich? ¿Una omelette?
    Eric frunció la nariz.
    – Demasiado sensato.
    – ¿Qué, entonces?
    – Rosquillas -declaró él, golpeándose el abdomen-. Rosquillas grandes, gruesas, deliciosas.
    – Bien, pues has dado con el lugar indicado. Vamos. -Maggie le tomó la mano, y lo arrastró de la cama.
    – ¡No bromees! ¿De verdad tienes rosquillas?
    – No, pero podemos hacerlas.
    – ¿Te pondrías a hacer rosquillas a las tres y cuarto de la madrugada?
    – ¿Por qué no? He estado coleccionando recetas rápidas de todas esas cosas y rebalsan de los cajones. Seguro que en alguno de esos libros encontraremos rosquillas. Vamos. Te dejaré elegir.
    Eric eligió rosquillas de naranja y las prepararon juntos; Maggie vestida únicamente con su delantal rosado, Eric, con los jeans. I es llevó más tiempo de lo previsto: Maggie lo puso a exprimir una naranja y él trató de hacerlo contra unos sitios no ortodoxos que provocaron una corrida, que terminó con los dos rodando y riendo en el suelo. Mientras rallaba una cáscara Eric se lastimó un nudillo, y los primeros auxilios incluyeron tantos besos que la preparación de las rosquillas se demoró diez minutos más. Cuando por fin la mezcla estuvo lista, hubo que probarla y la degustación terminó en una sensual lamida de dedos de la que Maggie emergió con la lánguida advertencia:
    – Si no me sueltas se me va a prender fuego la grasa. -La respuesta de Eric los hizo aullar de risa y finalmente terminaron apoyados contra los armarios como un par de tablas de surf guardadas en un rincón. Él separó los pies, entrelazó las manos detrás de la espalda de Maggie y la miró, embelesado. La risa se apagó.
    – ¡Mi Dios, cómo te amo! -dijo-. Estoy en la mitad de mi vida y me llevó llegar hasta aquí para descubrir cómo tiene que ser realmente. Maggie, te amo… más de lo que había pensado.
    – Yo también te amo. -Maggie se sintió plena, vuelta a nacer -Durante los dos últimos meses, imaginé que esta noche por fin sucedería, pero jamás imaginé esta parte. Esto es especial, la risa, la felicidad. ¿Crees que si nos hubiéramos casado recién salidos de la escuela seguiríamos así?
    – No lo sé. Me da la impresión de que sí.
    – Mmm… a mí también. -Maggie le sonrió. -¿No es hermoso? No sólo nos queremos, sino que nos agradamos mutuamente.
    – Creo que encontramos el secreto -respondió él.
    Estudió el rostro de Maggie, levantado en ángulo, el delicado mentón con el hoyuelo característico, los ojos castaños llenos de adoración y la boca suave y sonriente. Sobre ella depositó un beso largo y sereno.
    Cuando terminó, Maggie murmuró:
    – Terminemos las rosquillas así puedo acurrucarme junto a ti, volverme en la cama mientras duermo y sentirle detrás de mí.
    A las cuatro y cinco se dejaron caer en la cama, exhaustos, con aliento a rosquillas de naranja. Eric se acurrucó detrás de Maggie con el rostro contra su pelo, las rodillas detrás de las de ella y una mano sobre su pecho.
    Suspiró.
    Maggie suspiró.
    – Me dejaste agotado.
    – Y tú a mí.
    – Fue divertido.
    – Sííii.
    – Te quiero.
    – Yo también. No te vayas sin despertarme.
    – No.
    Y como dos personas que han estado juntas por años, durmieron en absoluta paz.

    Eric despertó sintiendo el contacto de sus pieles húmedas y sumano sobre el abdomen de Maggie; subía y bajaba con la respiración de ella. Se quedó inmóvil, llenándose los sentidos: la respiración rítmica de Maggie sobre la almohada; la arrugada sábana con puntilla cubriéndoles los hombros; las nalgas desnudas de Maggie contra sus muslos. El aroma del pelo de ella y algo con olor a flores allí cerca; sol y nieve iluminando indirectamente la habitación; paredes empapeladas con rosas; el silencioso movimiento de las cortinas blancas de encaje en el aire que brotaba de la caldera. Calidez. Plenitud.
    No quiero irme de aquí. Quiero quedarme con esta mujer, reír con ella, amarla y compartir las miles de tareas mundanas que unen las vidas. Llevar las cosas que son demasiado pesadas para ella, alcanzarle las que están demasiado alto, palearle la nieve del sendero, afeitarme en su baño y usar el mismo cepillo de pelo. Apoyarme contra una puerta por la mañana y verla vestirse, y contra la misma puerta por la noche y verla desvestirse. Llamar a casa para decir: Voy hacia allí. Compartir domingos despeinados y sin afeitar y lunes lluviosos y el último vaso de leche del cartón.
    La quiero junto a mí cuando pongo el barco en el agua por primera vez, para comprender la primavera no sólo como una estación del calendario, sino también del corazón. Y en verano, cuando paso por el lago, quiero verla volverse con una pala en la mano y saludarme desde el jardín. Y compartir con ella mi tristeza en otoño cuando saco la embarcación del agua por el invierno. Quiero para nosotros algunas cosas lujosas: un Dom Pérignon ocasional, dos semanas en Acapulco, vino blanco a la luz de las velas; y cosas nada lujosas: cabezas canosas, llaves perdidas y resfríos primaverales.
    No, no quiero dejar a esta mujer.
    Fue consciente del instante preciso en que ella despertó por el cambio en el ritmo de su respiración y la leve tensión de los músculos al desperezarse. Abrió la mano sobre el estómago de Maggie y le tocó la espalda con la nariz. Ella estiró la mano detrás del cuerpo y la colocó entre las piernas de Eric. Lo acarició… una vez, dos, hábil, segura, y la carne de él cobró vida bajo su mano. Maggie sonrió -él lo supo como si la estuviera viendo- y se curvó hacia adelante, invitándolo dentro de ella, luego apretándose contra él. Eric le aferró las caderas y le dijo buenos días, te amo, en una forma silenciosa y antigua como el mundo.
    Cuando después de estremecerse quedaron inmóviles, con la humedad secándoseles sobre la piel, Maggie se volvió, todavía unida precariamente a él y enredó las piernas sobre los muslos de Eric.
    Él vio la sonrisa que antes había intuido y la recibió con una suya. Dobló un codo debajo de su oreja y entrelazó los dedos de la mano libre con los de Maggie. Se quedaron mirándose a los ojos mientras la mañana iluminaba las ventanas de la habitación. El pulgar de Eric trazaba círculos lentos alrededor del de Maggie. El termostato de la caldera se apagó y las cortinas dejaron de moverse. Maggie estiró la mano para alisarle un mechón de cabello, luego volvió a enredar los dedos con los de él y a acariciarle el pulgar. No hubo palabras ni promesas, pero durante ese silencio ambos se dijeron las cosas más significativas de todas.

    Media hora más tarde estaban sentados a la mesa, tomados de la mano, deseando cosas imposibles. Eric terminó la taza de café, se puso de pie de mala gana y tomó la campera que colgaba de la silla. Se la puso despacio, retrasando lo inevitable, y bajó la cabeza para cerrar el broche inferior. Maggie se le acercó y le corrió las manos, haciéndose cargo de la tarea. Un broche. Otro. Otro. Cada broche los llevaba más cerca de la despedida. Cuando estuvieron cerrados todos menos el superior, ella le levantó el cuello de la campera y se lo apretó contra las mandíbulas con ambas manos, le bajó el rostro y le besó la boca con ternura.
    – No cambiaría lo de anoche ni por la lámpara de Aladino -le dijo en voz baja.
    Eric cerró los ojos y la abrazó.
    – Fue mejor que cuando éramos adolescentes.
    – Mucho mejor. -Maggie sonrió. -Gracias.
    Cayeron en el sombrío silencio que precede las despedidas.
    – No sé qué va a suceder -le dijo Eric-. Pero lo que siento es muy intenso. Necesitará algún tipo de resolución.
    – Sí, calculo que sí.
    – No creo que pueda vivir fácilmente con culpa.
    Maggie abrió las manos sobre el fino cuero que le cubría los hombros y sintió la necesidad de hacer que esa despedida no fuera un mero adiós.
    – No sintamos que debemos hacernos promesas. Creamos, en cambio, que esto fue predestinado, como la primera vez en el huerto de Easley. Un regalo hermoso, inesperado.
    Él se echó hacia atrás, contempló los serenos ojos castaños y pensó: No vas a hacer preguntas, ¿verdad, Maggie? Ni cuándo volverás a verme, ni si te llamaré, ni ninguna otra para la cual no tengo respuesta.
    – Maggie Mía -dijo con amor-, va a ser sumamente difícil para mí salir por esa puerta.
    – ¿No debe ser así, acaso, cuando dos personas son amantes?
    – Sí. -Eric sonrió y le acarició la mandíbula con los nudillos.
    – Es así como debe ser.
    Se dijeron adiós con los ojos, con la caricia de los dedos de Eric sobre el cuello de ella, y los de Maggie sobre el pecho de su campera, luego Eric se inclinó, la besó y susurró:
    – Te llamaré.

    Maggie avanzó por el día vacilando entre alegría y tristeza. A veces se sentía como si irradiara una aureola de bienestar, algo brillante y discernible. Si un repartidor viniera a su puerta, sin duda arquearía las cejas y preguntaría: "¿Qué es eso?" y Maggie respondería: "Es felicidad".
    En otras ocasiones la golpeaba una oleada de melancolía. La hacía detenerse en medio de una tarea y fijar los ojos sobre algún objeto del otro lado de la habitación. ¿Qué has hecho? ¿Qué va a pasar? ¿Adonde llevará esto? A corazones rotos, estaba segura. No de dos personas, sino de tres.
    ¿Quieres que vuelva?
    Sí.
    No.
    Sí. Sí. Que Dios me ayude, sí.

    Eric avanzó por el día experimentando golpes intermitentes de angustia y culpa que lo hacían detenerse en seco y le curvaban la boca hacia abajo. Había esperado sentirse así, pero la intensidad lo abrumaba. Si se le ocurriera ir a casa de su hermano, Mike sin duda frunciría el entrecejo y preguntaría: "¿Qué pasa?" y él confesaría su falta. Había quebrado sus votos matrimoniales, había traicionado a una esposa que a pesar de sus limitaciones, merecía algo mejor y a una amante que, debido al sufrimiento al que había sido sometida poco tiempo atrás, también merecía algo mejor.
    ¿Vas a volver?
    No.
    Sí.
    No.
    Al llegar el mediodía la extrañaba tanto que llamó solamente pura oír su voz.
    – Hola -dijo Maggie y a Eric se le aceleró el corazón.
    – Hola.
    Por instantes ninguno habló, sino que se imaginaron mutuamente y sufrieron.
    – ¿Qué haces? -preguntó Eric, por fin.
    – Estoy con Brookie. Me está ayudando a poner una guarda ni el empapelado del comedor.
    – Ah. -Se sintió aplastado por la desilusión. -Será mejor que te deje ir, entonces.
    – Sí.
    – Quería decirte que creo que será mejor que esta noche no vaya.
    – Oh… bueno… -La pausa de Maggie le dijo poco de lo que sentía. -Está bien. Lo comprendo.
    – No es justo para ti, Maggie.
    – Sí, lo comprendo -dijo ella en voz baja-. Bueno, llama calla vez que puedas.
    – Maggie, lo siento.
    – Hasta luego, entonces.
    Maggie cortó antes de que él pudiera dar más explicaciones.
    Durante el resto de la tarde, Eric anduvo de un lado a otro, sumido en su dolor. Sin ganas de hacer nada. Mirando el vacío. Desbarrado. Era miércoles. Nancy llegaría el viernes, alrededor de las cuatro; los dos días se estiraban delante de él como un desierto frío, a pesar de que la llegada de ella lo pondría cara a cara con la clase de hombre que era.
    Subió y se tendió en la cama con las manos bajo la cabeza, temblando por dentro. Pensó en ir a casa de Mike. O de Ma. En hablar con alguien. Sí, iría a casa de Ma. Le llenaría el barril de combustible.
    Se levantó, se duchó, se afeitó y se puso loción en la cara, en el pecho. Y en los genitales.
    Los ojos en el espejo lo acusaban.
    ¿Qué estás haciendo, Severson?
    Me estoy preparando para ir a casa de Ma.
    ¿Con loción para después de afeitarse en el pito?
    ¡Maldito seas!
    Vamos, hombre ¿a quién engañas?
    Dejó el frasco con violencia y maldijo por lo bajo, pero cuando levantó la mirada, su otro yo seguía mirándolo desde el espejo
    Si vas allí una vez más, irás cientos de veces y tendrás una relación paralela entre manos. ¿Eso es lo que quieres?
    Quiero ser feliz.
    ¿Crees que lo serás estando casado con una mujer y viendo a otra?
    No.
    Entonces ve a casa de Ma.
    Fue a casa de Ma y entró sin golpear. Ella se volvió desde la pileta, vestida con gruesos pantalones marrones y un buzo amarillo con el dibujo de un pez saltando tras el anzuelo.
    – ¡Pero miren quién está aquí! -dijo.
    – Hola,Ma.
    – Debes de haber olido mi bistec a la suiza desde tu casa.
    – Sólo me quedaré un minuto.
    – Sí, claro, y las vacas vuelan. Pelaré un par de papas más.
    Le llenó el tanque de combustible. Y comió un trozo de bistec y una montaña de puré de papas y unas detestables habas (como penitencia). Luego se sentó sobre el desvencijado sofá y miró un programa de juegos, y una hora y media de lucha libre (una penitencia aun mayor) y un programa policial, que lo hizo llegar a salvo a las diez de la noche.
    Sólo entonces se desperezó, se levantó, despertó a Ma, que dormitaba en su mecedora preferida, con el pez doblado en dos sobre sus pechos fláccidos.
    – ¡Eh, Ma, despierta y vete a la cama!
    – Qué… -masculló ella, con las comisuras de la boca húmedas-. Mmm… ¿te vas?
    – Sí. Son las diez. Gracias por la cena.
    – Sí, sí…
    – Buenas noches.
    – Sí, buenas noches.
    Se subió a la vieja puta y condujo a paso de hombre, diciendose que si quemaba otra media hora, cuando llegara a Fish Creek sería demasiado tarde para pasar por la casa de Maggie.
    Cuando llegó al poblado, se dijo que sólo pasaría por Cottage Row para ver si había luces encendidas.
    Cuando estuvo a la par de los montículos de nieve de la entrada, se dijo que sólo pasaba para espiar por el sendero y asegurarse de que estuviera bien.
    Cuando atisbó una luz en la planta inferior, se ordenó: ¡Sigue andando, Severson! ¡Sigue andando!
    A diez metros de la casa frenó y se quedó sentado en el medio de la calle, contemplando la cima del techo de una casa y una ventana a oscuras.
    No lo hagas.
    Necesito hacerlo.
    Mentira.
    – Hijo de puta -masculló, poniendo marcha atrás. Apoyó un brazo sobre el respaldo del asiento y retrocedió a cuarenta kilómetros por hora. Se detuvo junto a la cima del sendero de Maggie, apagó el motor y se quedó mirando las ventanas de la cocina por entre los altos montículos de nieve: desde el interior de la casa se veían destellos pálidos de luz. ¿Por qué no estaba dormida ya? Iban a ser las once y cualquier mujer con un dedo de frente hubiera dejado de esperar a un hombre a esa hora de la noche. Y cualquier hombre con ha pizca de respeto la dejaría tranquila.
    Abrió la puerta de la camioneta y la cerró con fuerza detrás de sí, bajó corriendo los escalones y llegó sin aliento a la puerta trasera. Golpeó con rabia, luego esperó en la galería oscura sintiéndose como si le hubieran hundido una cuña en la laringe; aguardó verla aparecer por la cocina oscura.
    La puerta se abrió y Maggie se quedó en un velo de sombras, vestida con una bata larga acolchada.
    Eric trató de hablar, pero no pudo: la disculpa y la súplica se le quedaron atrapadas en la garganta. En silencio se quedaron uno frente al otro, frente a su propia vulnerabilidad y a la terrible, magnífica avidez que sentían el uno por el otro. Entonces Maggie se movió, arrojándose contra él con un grito ahogado, echándole los brazos al cuello y besándolo como las mujeres besan a los hombres que regresan de la guerra.
    – Viniste.
    – Vine -repitió Eric, levantándola del suelo dé la galería y llevándola adentro. Cerró la puerta con un codazo tan fuerte que la cortina de encaje se enganchó. En la semioscuridad, se besaron con pasión, hambrientos, abandonando toda elegancia y reserva, quitándose la ropa a manotazos y dejándola caer allí mismo. La impaciencia era un rayo que los llevaba de un placer prohibido al otro; un montón de ropa en el suelo; una desesperada necesidad de encontrar, tocar, saborear todo; la boca de Eric sobre su pecho, abdomen y pubis; la boca de Maggie sobre él; la espalda de ella contra la puerta de la cocina; el brazo de Eric le sujetaba la cintura y la hacía arrodillarse sobre la ropa tirada; fue una unión frenética acompañada de muecas de gozo y gritos de placer.
    Luego, dos personas jadeantes y extenuadas, esperando para recuperar el aliento.
    Terminó donde había comenzado, junto a la puerta de la cocina, dejando a ambos sorprendidos por su propia lujuria, tratando de ordenar el huracán de emociones.
    Eric se tendió de espaldas, la miró rodar hacia un lado, sentarse junto a él y pasarse una mano temblorosa por el pelo. La única luz de la cocina provenía del otro extremo de la casa y apenas si iluminaba la silueta de Maggie. Una montaña de ropa se clavaba en la cintura di Eric y una corriente de aire frío entraba por debajo de la puerta.
    – Dijiste que no ibas a venir -dijo Maggie, como defendiéndose.
    – Y tú dijiste "Está bien", como si no te importara.
    – Me importaba. Temía que supieras cuánto me importaba.
    – Ahora lo sé, ¿no?
    Maggie sintió deseos de llorar. En lugar de hacerlo, se levantó y fue hasta el baño.
    Eric quedó tendido donde estaba; la luz se prendió. Corrió el agua. Eric suspiró, luego se levantó y la siguió. Se detuvo en la puerta abierta y la encontró desnuda, contemplando el lavatorio. Era un baño pequeño, con techo en ángulo, empapelado de azul pastel con una guarda a lo largo del cielo raso. Contenía solamente el lavatorio y el inodoro, sobre paredes enfrentadas. Eric vio una caja de pañuelos de papel y entró para quedar espalda contra espalda con Maggie, atendiendo a sus necesidades.
    – No quería venir esta noche. Fui a casa de Ma y me quedé allí hasta tarde, para saber que estarías en la cama. Si la casa hubiera estado a oscuras, no me habría detenido.
    – Yo tampoco quería que vinieras.
    Maggie abrió la canilla y se mojó la cara. Él hizo correr el agua del inodoro, luego se volvió para mirar la espalda de ella, inclinada sobre el lavatorio. Maggie tanteó con una mano, dio con una toalla y hundió la cara en ella, mientras él le acariciaba el hueco entre los omóplatos y preguntaba:
    – Maggie, ¿qué pasa?
    Ella se enderezó y bajó la toalla hasta el mentón, enfrentándose con los ojos de Eric en el espejo, un espejo ovalado colocado alto en la pared, que cortaba sus imágenes a la altura de los hombros.
    – No quería que fuera así.
    – ¿Así cómo?
    – Sólo… sólo lujuria.
    – No es sólo lujuria.
    – ¿Entonces por qué pensé en esto todo el día? ¿Por qué sucedió lo que acaba de suceder en la cocina, justo lo que yo pensaba que iba a suceder si volvías esta noche?
    – ¿No te gustó?
    – Me encantó. Eso es lo que me asusta. ¿Dónde estaba el elemento espiritual?
    Eric adhirió su cuerpo al de ella, le pasó los brazos debajo de los pechos y bajó los labios al hombro de Maggie.
    – Maggie, te amo.
    Ella alineó los brazos con los de él.
    – Yo también te amo.
    – Y lo que sucedió en la cocina fue producto de frustración.
    – No creo que yo sirva para esto… para tener una aventura, Emocionalmente, ya estoy hecha un desastre.
    Eric levantó la cabeza. Por unos instantes, se miraron a los ojos, consternados.
    – ¿Puedo quedarme aquí esta noche?
    – ¿Te parece prudente?
    – Anoche no te cuestionaste la prudencia.
    – He estado pensando desde entonces.
    – Yo también. Por eso fui a casa de Ma.
    – Y estoy segura de que llegamos a las mismas conclusiones.
    – De todos modos, me quiero quedar.
    Pasó esa noche y la siguiente en la cama de Maggie y el viernes por la mañana, cuando se preparaba para irse, la misma tristeza cayó sobre ellos. Se quedaron junto a la puerta de la cocina, él con las manos sobre los brazos de Maggie, ella con los brazos caídos. Maggie se había resguardado tras una coraza de serenidad.
    – Te veré la semana que viene -dijo Eric.
    – Muy bien.
    – Maggie, yo… -Él se debatía otra vez con su feroz conflicto interior. -No quiero volver con ella.
    – Lo sé.
    Eric se sintió algo confundido por la calma de Maggie. Se mantenía serena, casi distante, mirándolo con ojos secos, mientras él sentía deseos de llorar.
    – Maggie, necesito saber qué estás sintiendo.
    – Te amo.
    – Sí, lo sé, pero ¿has pensado en el resto de tu vida? ¿En volver a casarte?
    – A veces.
    – ¿En casarte conmigo? -preguntó con sencillez.
    – A veces.
    – ¿Lo harías? ¿Si yo fuera libre?
    Ella vaciló, temiendo contestar, porque en los últimos tres días había tenido tiempo para considerar cuan apresurado había sido todo eso y adonde llevaría su vida.
    – Maggie, soy totalmente nuevo en esto. Nunca tuve una relación hasta ahora, y si parezco inseguro es porque me siento así. No sé qué se debe hacer primero. No puedo mantener relaciones con dos mujeres al mismo tiempo, y ella está por regresar a casa y tengo que tomar una decisión. ¡Ay, qué torpe me siento!
    – Los dos nos sentimos así. Yo tampoco he tenido nunca una relación. Eric, por favor, entiende. He pensado en lo que sería estar casada contigo. Pero fue… -Hizo una pausa, intentando ser franca -Pero fue más una fantasía que otra cosa. Porque fuiste el primero para mí y yo la primera para ti y si las cosas hubieran sido diferentes, podríamos haber estado casados todos estos años. Supongo que fue natural que te idealizara y que fantaseara contigo. Y luego, de pronto, apareciste de nuevo en mi vida como… como un caballero sobre un corcel, un marino al timón, haciendo sonar tu sirena y acelerándome el corazón. Mi primer amor.
    Apoyó las manos sobre la campera de cuero de Eric, a la altura del corazón.
    »Pero no quiero que nos comprometamos con cosas que no podemos cumplir o que exijamos cosas que no tenemos derecho de exigir. Hemos estado juntos nada más que tres días y bueno, seamos sinceros, por como ha sido la parte sexual, es posible que en este momento estemos razonando con los genitales.
    Eric suspiró y dejó caer los hombros.
    – Me dije lo mismo por lo menos una docena de veces al día y, a decir verdad, temía sacar el tema del matrimonio por las mismas razones. ¡Todo está sucediendo tan rápido! Pero quería que supieras, antes de que me fuera de aquí, que he tomado una decisión y voy a atenerme a ella. Esta noche le diré a Nancy que ya no puedo vivir con ella. No voy a ser uno de esos hombres que arrastra a dos mujeres detrás de él.
    – Eric, escúchame. -Le tomó el rostro entre las manos. -A una parle de mí le encanta oírte decir eso, pero hay otra parte que ve con claridad cómo las personas que están en esta situación suelen hacer lo que en última instancia es peor para ellas. Eric, piensa. Piensa mucho en tus motivos para dejar a Nancy. Tienen que ser por tu relación con ella, no por tu relación conmigo.
    Eric contempló sus ojos castaños, y pensó cuan sabia era, y cuan poco clásicas las reacciones de ambos: suponía que en muchos casos como el de ellos, la persona sola se aferraría y la casada se mostraría evasiva.
    – Te lo dije antes de que esto comenzara, ya no la amo. Hace meses que me siento así. Hasta hablé con mi hermano Mike sobre eso, el otoño pasado.
    – Pero si has tomado la decisión de dejarla y lo hiciste impulsivamente, hay muchas posibilidades de que estés reaccionando a las unas tres noches en lugar de a los últimos dieciocho años, y ¿qué debería pesar más?
    – Dije que tomé la decisión y me atendré a ella.
    – De acuerdo. Haz lo que debas hacer, pero hazlo comprendiendo el hecho de que acabo de embarcarme en una nueva etapa de mi vida. Tengo esta casa y el negocio de la hostería que acabo de empezar y algunas cosas que lograr por mí misma. -En voz más baja, agregó: -Y todavía tengo cicatrices que curar.
    Durante algunos instantes se mantuvieron separados, sin tocarse.
    – Muy bien -dijo Eric, por fin-. Gracias por ser sincera consigo.
    – Leí en algún lado que para comprar un arma se debe llenar un formulario y aguardar tres días. Los legisladores creen que eso evita muchas muertes. Quizá debieran hacer una ley similar en cuanto a dejar a las esposas cuando comienza un romance. -Sus ojos se encontraron: los de Eric, tristes, los de Maggie, consternados. -Eric, nunca me consideré una rompehogares, pero yo también siento culpa por lo que sucedió.
    – ¿Qué quieres hacer, entonces?
    – ¿Accederías a posponer cualquier decisión por un tiempo y durante ese tiempo, mantenerte alejado de mí? ¿De aquí?
    Eric la miró, acosado.
    – ¿Por cuánto tiempo?
    – No establezcamos un límite de tiempo. Considerémoslo un tiempo de sensatez.
    – ¿Podría llamarte? -preguntó él. Parecía un niño castigado.
    – Si lo crees prudente.
    – Lo estás dejando todo por mi cuenta.
    – No. Yo sólo te llamaré si me parece prudente, también.
    Eric tenía expresión triste.
    – Sonríeme una vez, antes de irte -le pidió Maggie. En lugar de hacerlo, Eric la abrazó con fuerza.
    – Ay, Maggie…
    – Lo sé… lo sé -lo calmó ella, acariciándole la espalda. Pero no lo sabía. Tenía tan pocas respuestas como él.
    – Te extrañaré -susurró Eric. Su voz sonaba torturada.
    – Yo también te extrañaré.
    Un instante después, él se volvió, la puerta se abrió y Eric desapareció.

Capítulo 13

    Nancy tuvo un viaje difícil desde Chicago y llegó de mal humor. Los caminos habían estado helados, el tiempo, peor y los empleados de las tiendas, insoportables. Cuando abrió la puerta de la cocina y entró, cargada de equipaje, Eric estaba allí para recibirla. El aroma de la habitación enseguida le quitó el mal humor.
    – Hola -dijo Nancy, sujetando la puerta con el talón mientras él tomaba la maleta y el bolso de mano.
    – Hola.
    Nancy levantó el rostro hacia él, pero Eric tomó las cosas y las llevó adentro sin el beso habitual. Cuando regresó a la cocina, fue directamente a la heladera y sacó una botella de jugo de lima.
    – ¡Qué rico olor hay aquí! ¿Qué tienes en el horno?
    – Perdices rellenas con arroz integral.
    – Perdices… ¿a qué se debe?
    A la culpa, pensó Eric, pero respondió:
    – Sé que te encantan. -Cerró la heladera, destapó la botella y abrió el armario inferior para arrojar la tapita al tacho de residuos.
    Nancy estaba junto a él cuando se volvió.
    – ¡Mmm, qué linda bienvenida! -murmuró sugestivamente.
    Eric levantó la botella y bebió un trago.
    Nancy lo rodeó con los brazos, aprisionándole los codos contra el cuerpo.
    – ¿No me das un beso?
    Eric vaciló antes de darle un beso rápido. La expresión de su rostro hizo sonar una alarma en la cabeza de Nancy.
    – Eh, un momento. ¿Nada más que eso?
    Eric se soltó.
    – Tengo que controlar las perdices -dijo y tomó un par de pinzas de la mesada antes de rodear a Nancy para llegar al horno-. Discúlpame, tengo que abrir el horno.
    La alarma volvió a sonar dentro de Nancy, esta vez con más insistencia. Fuera lo que fuere que lo molestaba, era serio. Tantas excusas para evitar un beso, una mirada. Eric controló las perdices, bebió agua, puso la mesa, sirvió el plato preferido de ella, le preguntó cómo había pasado la semana y mantuvo contacto ocular durante quizás unos diez segundos de toda la cena. Sus respuestas eran distantes, su sentido del humor se había extinguido y dejó la mitad de comida en el plato.
    – ¿Qué sucede? -preguntó Nancy, al terminar la cena.
    Eric levantó el plato, lo llevó a la pileta fregadero y abrió la canilla.
    – Es sólo una depresión invernal.
    Es más que eso, pensó Nancy y sintió una oleada de pánico. Es una mujer. La verdad la golpeó como una andanada: él había comenzado a cambiar el día que su antigua novia regresó al pueblo. Nancy volvió a sumar todo: su distracción, sus silencios poco característicos, la forma en que de pronto había empezado a evitar el contacto físico.
    Haz algo, pensó, di algo que lo detenga.
    – Querido, he estado pensando -dijo, dejando la silla, amoldando su cuerpo al de Eric y enlazándole los brazos alrededor de la tintura-. Quizá pida que me dividan el territorio para poder pasar un par de días más en casa. -Era mentira. No lo había considerado ni por un instante, pero, llevada por la desesperación, dijo lo que pensaba que él querría oír.
    Bajo la mejilla, lo sintió tensar los músculos mientras lavaba un plato.
    – ¿Qué opinas? -preguntó.
    Eric siguió lavando. El agua corría.
    – Si lo deseas…
    – También he estado pensando más en tener un bebé.
    Eric quedó inmóvil como una araña amenazada. Con la oreja contra su espalda, Nancy lo oyó tragar.
    – Quizás uno no sería tanto problema.
    El agua dejó de correr. En el silencio, ninguno de los dos se movió.
    – ¿Por qué el repentino cambio de opinión? -preguntó Eric.
    Nancy improvisó a toda velocidad.
    – Estuve pensando que puesto que tú no trabajas durante el invierno, podrías cuidarlo en ese lapso. Si yo volviera a trabajar, sólo necesitaríamos niñera la mitad del año.
    Nancy deslizó una mano por los vaqueros de él y la curvó contra la tibieza de sus genitales comprimidos. Eric apretó las manos contra el borde de la pileta y no dijo nada.
    – ¿Eric? -susurró Nancy, comenzando a acariciarlo.
    El se volvió y la apretó contra sí, mojándole el vestido de seda con las manos, aterrándola con la desesperación de alguien que llora a un muerto. Nancy intuyó que había tropezado con un momento de crisis y supo con certeza de qué se trataba: culpa.
    Fue duro con ella, no le dio tiempo de desistir, la desnudó de la cintura hacia abajo como si temiera que ella -o él mismo- fuera a cambiar de idea. Había un pequeño sofá en la sala junto a la cocina. La arrastró hacia allí y sin darle la oportunidad de tomar precauciones, se apresuró a introducir su semen dentro de ella: sin besos ni ternura, la copulación no podía llamarse otra cosa que eso.
    Cuando terminó, Nancy estaba enojada.
    – Déjame levantarme -dijo.
    En silencio, se dirigieron a diferentes partes de la casa para ponerse en orden.
    Arriba, en el dormitorio, Nancy se quedó largo tiempo en la luz tenue del corredor, contemplando la perilla del cajón de una cómoda, pensando: ¡Si me embarazó lo mato, juro que lo mato!
    Eric se quedó unos minutos en la cocina. Por fin suspiró, siguió limpiando la mesa, abandonó la tarea por la mitad y regresó a la sala para sentarse en la oscuridad sobre un sillón con los codos sobre las rodillas y reflexionar sobre su vida. ¿Qué estaba intentando demostrar tratando a Nancy de ese modo? Se sentía un pervertido, más culpable ahora que antes. ¿Acaso deseaba realmente que ella quedara embarazada ahora? Si entrara en el dormitorio en este instante y dijera, Nancy, me quiero divorciar y ella respondiera: de acuerdo, ¿no saldría de la casa para dirigirse a lo de Maggie sin perder un segundo?
    No, porque él, y no su esposa, era la persona culpable. La casa estaba tan silenciosa que podía oír gotear la canilla de la cocina. Se quedó sentado en la oscuridad hasta que sus ojos distinguieron la silueta del sofá con los almohadones torcidos en el rincón donde él la había arrojado.
    Se puso de pie desconsoladamente y los enderezó. Subió la escalera con pasos pesados. En la puerta del dormitorio, se detuvo y miró el interior de la habitación a oscuras. Nancy estaba sentada al pie de la cama junto al bolso de mano que él había subido un tiempo antes. En el suelo estaba la maleta. Eric pensó que no la culparía si los recogía y se marchaba.
    Entró arrastrando los pies y se detuvo junto a ella.
    – Nancy, discúlpame -dijo.
    Ella permaneció inmóvil, como si no lo hubiera oído.
    Eric le tocó la cabeza.
    – Lo siento -susurró.
    Sentada, ella se volvió para mirar la pared y cruzó los brazos con fuerza.
    – Pues deberías sentirlo -dijo.
    Eric dejó caer la mano de la cabeza de ella.
    Esperó, pero Nancy no dijo nada más. Buscó algo más para ofrecerle, pero se sentía como un vaso sanguíneo seco, sin una gota que pudiera darle como sustento. Al cabo de unos instantes, salió de la habitación y se aisló en la planta inferior.

    El lunes, antes del almuerzo, fue a casa de Mike, llevado por su necesidad de un confesor.
    Barb respondió a la puerta; redonda como un dirigible y saludablemente feliz. Echó una mirada al rostro sombrío de Eric y dijo:
    – Está en el garaje, cambiándole el aceite a la camioneta.
    Eric encontró a Mike vestido con un overol grasiento, tendido sobre una tabla debajo de la camioneta Ford.
    – Qué tal, Mike -dijo con tono triste, al tiempo que cerraba la puerta.
    – ¿Eres tú, hermanito?
    – Sí, soy yo.
    – Un segundo, deja que haga drenar este aceite. -Siguieron varios gruñidos, un ruido metálico, luego el golpeteo de un líquido dentro de un recipiente vacío. La tabla crujió contra el piso de cemento y Mike emergió, con un gorrito con visera puesto al revés.
    – ¿Andas vagando?
    – Exactamente -respondió Eric, sonriendo de mala gana.
    – Y con cara de perro apedreado, también -observó Mike, levantándose y limpiándose las manos con un trapo.
    – Necesito hablar contigo.
    – ¡Bueno! Esto sí que es serio.
    – Sí, lo es.
    – Bueno, espera. Deja que meta un par de troncos en la estufa.
    En un rincón del garaje, una estufa de hierro del tamaño de un barril calentaba la habitación. Mike abrió la puerta crujiente, metió dos troncos de arce, volvió adonde estaba Eric, dio vuelta un balde de plástico y ordenó:
    – Siéntate. -Se dejó caer sobre la tabla con las piernas estiradas y los tobillos cruzados. -Tengo todo el maldito día, así que vamos, habla.
    Eric estaba sentado inmóvil como una roca, con los ojos fijos en una caja de herramientas, pensando en cómo empezar. Finalmente posó sus ojos en Mike.
    – ¿Recuerdas cuando éramos niños y el viejo nos daba con el cinturón en el traste cuando hacíamos algo mal?
    – Sí, ¡y cómo nos daba!
    – He estado deseando que estuviera aquí para hacerlo.
    – ¿Qué hiciste para merecer un cinturonazo?
    Eric respiró hondo y lo confesó sin rodeos:
    – Estoy manteniendo una relación con Maggie Pearson.
    Mike arqueó las cejas y sus orejas parecieron aplastarse. Tomó la noticia sin comentarios al principio, luego se enderezó la gorra y dijo:
    – Bueno, comprendo por qué deseas que el viejo estuviera aquí, pero no me parece que unos cinturonazos fueran a solucionar el problema.
    – No, creo que no. Tenía que decírselo a alguien porque siento tan vil.
    – ¿Hace cuánto tiempo que sucede?
    – Desde la semana pasada, nada más.
    – ¿Y ya terminó?
    – No lo sé.
    – Oh.
    – Sí. Oh.
    Cavilaron unos instantes, luego Mike preguntó:
    – ¿Piensas volver a verla?
    – No lo sé. Acordamos mantenernos alejados por un tiempo. Enfriarnos un poco y ver.
    – ¿Nancy lo sabe?
    – Probablemente sospeche. Fue un fin de semana atroz.
    Mike soltó aire ruidosamente, se quitó la gorra, se rascó la cabeza y se volvió a poner la gorra con la visera baja sobre los ojos.
    Eric abrió las manos.
    – Mike, estoy tan confundido. Creo que amo a Maggie.
    Mike miró a su hermano pensativamente.
    – No bien oí que ella regresaba al pueblo, supuse que esto su sucedería. Sé que estabas loco por ella en la secundaria y que en aquel tiempo, ya se acostaban.
    – ¿Lo sabías? -El rostro de Eric denotaba sorpresa. -¡Mentira!
    – No te sorprendas tanto. Era mi coche el que usabas, ¿recuerdas? Y Barb y yo andábamos en lo mismo, así que nos dimos cuenta de lo tuyo con Maggie.
    – ¡Caray, qué suerte tienes! ¿Saben la suerte que tienen ustedes dos? Los miro a ti y a Barb, a tu familia, veo cómo les fue juntos y pienso: ¿por qué no atrapé a Maggie en aquel entonces? Quizás así tendría lo que tienen ustedes.
    – Es más que suerte, lo sabes muy bien. Es trabajar duro y hacer concesiones.
    – Sí, lo sé -respondió Eric desconsoladamente.
    – ¿Y qué pasa contigo y Nancy?
    – Es un lío -dijo Eric, sacudiendo la cabeza.
    – ¿Porqué?
    – En medio de todo, llega a casa y dice que quizá tendrá un bebé, después de todo. Quizás uno no sería tan malo. Entonces la puse a prueba. Me arrojé sobre ella allí mismo sin darle tiempo a tomar precauciones y desde entonces, no me ha hablado.
    – ¿Quieres decir que la forzaste?
    – Supongo que puedes decirlo así, sí.
    Mike miró a su hermano desde debajo de la visera de la gorra y dijo en voz baja:
    – Eso está muy mal, viejo.
    – Lo sé.
    – ¿En qué diablos estabas pensando?
    – No lo sé. Me sentía culpable por Maggie y asustado y furioso porque Nancy esperó todo este tiempo para considerar por fin la posibilidad de tener una familia.
    – ¿Te puedo preguntar algo?
    Eric miró a su hermano, esperando.
    – ¿La quieres?
    Eric suspiró.
    Mike aguardó.
    Debajo de la camioneta, el aceite dejó de chorrear. El olor llenaba la habitación, mezclado con el aroma ahumado del arce en la estufa.
    – A veces me golpean oleadas de sentimiento, pero casi siempre es nostalgia por lo que pudo haber sido. Cuando la conocí, era todo atracción física. Me parecía la mujer más hermosa de la tierra. Después, cuando llegué a tratarla a fondo, me di cuenta de que era inteligente, ambiciosa y pensé que algún día tendría mucho éxito en lo que hacía. En aquel entonces, todo eso me parecía tan importante como la belleza. ¿Pero quieres saber algo irónico?
    – ¿Que?
    – Son las mismas cosas por las que la admiraba, las que ahora me alejan de ella. Su éxito laboral de algún modo llegó a importarle más que el éxito de nuestro matrimonio. Y diablos, ya no compartimos nada. Antes nos gustaba la misma música, ahora ella se pone auriculares y escucha grabaciones de automotivación. Cuando estábamos recién casados, llevábamos la ropa al lavadero juntos, ahora se hace limpiar todo en los hoteles. Ya ni siquiera nos gusta la misma comida. Ella come cosas saludables y me atosiga porque yo como rosquillas todo el tiempo. No usamos la misma chequera ni los mismos médicos ¡ni el mismo jabón! Detesta mi vehículo para nieve, la camioneta, la casa… ¡Caray, Mike, pensé que cuando uno se casaba crecía junto a la otra persona!
    Mike cruzó los brazos alrededor de las rodillas flexionadas.
    – Si no la quieres, no tienes derecho de tratar de convencerla de tener un bebé, y mucho menos de arrojarte sobre ella sin un preservativo.
    – Lo sé. -Eric bajó la cabeza. Después de unos instantes, la sacudió con tristeza. -Ay, mierda… -Fijó la vista en la estufa. -Dejar de amar a alguien es horrible. Te causa un dolor feroz.
    Mike se puso de pie y fue hasta su hermano, para ponerle un brazo sobre los hombros.
    – Sí. -Permanecieron así, escuchando el crujir del fuego, rodeados por su calor y los aromas familiares de hierro fundido y aceite para motor. Años atrás habían compartido el dormitorio y una vieja cama de hierro. Habían compartido los elogios y los castigos de sus padres, y a veces, cuando estaba oscuro y ninguno de los dos podía dormir, las esperanzas y los sueños. Se sentían tan unidos ahora, al ver deshacerse uno de esos sueños, como cuando se los habían contado en la adolescencia.
    – ¿Qué quieres hacer, entonces? -preguntó Mike.
    – Quiero casarme con Maggie, pero ella dice que es probable que esté pensando con los genitales.
    Mike rió.
    – Además, ella no está lista para casarse de nuevo. Quiere llevar adelante su empresa y no puedo culparla por eso. Diablos, ni siquiera ha tenido un solo huésped todavía, y después de todo el dinero que metió en esa casa, quiere verla funcionar.
    – De modo que viniste a preguntarme qué debes hacer con Nancy, pero no puedo darte una respuesta. ¿Por qué no dejas las cosas como están por un tiempo?
    – Es que me parece tan deshonesto. Me costó muchísimo no decírselo este fin de semana y terminar con todo, pero Maggie me hizo prometer que esperaría un tiempo.
    Al cabo de unos instantes, Mike apretó el hombro de Eric.
    – Te diré lo que haremos. -Lo hizo girar hacia la camioneta. -Terminaremos de cambiar el aceite y luego saldremos a dar unas vueltas con los vehículos para nieve. Eso siempre despeja la mente.

    Eran hombres nacidos en el Norte, donde el invierno constituye casi la mitad del año. Habían aprendido desde niños a apreciar los azules y los blancos invernales, la fuerza de los árboles desnudos, la belleza de las ramas cubiertas de nieve, de las sombras violetas ylos graneros rojos contra el paisaje blanco.
    Fueron hacia el sur, al Parque Estatal Newport, y tomaron por la costa de la Bahía Rowley, donde el puerto se veía como un rompecabezas de hielo, y la playa era una medialuna blanca. El agua se había hinchado debajo del lago helado, formando ondas que finalmente caían bajo su propio peso y se rajaban en pequeños laguitos donde se reunía todo tipo de aves. El hielo golpeaba contra sí mismo y resonaba en la bahía desierta. Patos de alas blancas nadaban junto al borde del hielo y se zambullían en busca de comida. Desde la distancia se oía el chillido de las aves. Una bandada se elevó del agua y se alejó volando alto.
    Tierra adentro, Eric y Mike pasaron junto a zumaques cuyas bayas rojas resplandecían como gemas contra la nieve, luego siguieron bajo una catedral de ramas de pinos y se adentraron en un bosque de abetos. Siguieron unas delicadas huellas y por fin llegaron a una empinada duna donde el galope de los ciervos había dejado explosiones de blanco sobre la nieve. Descubrieron cráteres donde habían dormido los ciervos, y un manantial de donde habían bebido visones, ardillas y ratones.
    Siguieron hasta una reserva cubierta de hielo cerca del lago Mud, donde vieron cuevas de castores.
    Se sentaron un buen rato sobre un risco sobre la Isla Cana con el bosque a sus espaldas y el horizonte plano como una cinta azul en la distancia, quebrado solamente por la torre del faro. Cerca de ellos trinaban los pájaros y el hielo debajo crujía y regurgitaba. Un pájaro carpintero martillaba en un abedul seco. En algún sitio del extremo sur de Door County, el ritmo frenético de los astilleros invernales marcaba la temporada de más trabajo, pero allí sólo había calma. Eric sintió que la esencia del invierno le curaba el alma.
    – Esperaré -decidió en voz baja.
    – Me parece bien.
    – Maggie tampoco sabe bien lo que quiere.
    – Pero si sigues tu relación con ella, debes romper con Nancy de inmediato.
    – Lo haré, te lo prometo.
    – Bien, entonces regresemos a casa.

    Transcurrió enero. Eric no dijo nada a Nancy y cumplió con su promesa de no llamar a Maggie ni verla, a pesar de que la extrañaba con una intensidad que le ahuecaba las entrañas. A principios de febrero, Mike y él fueron a la Exposición Deportiva de Chicago, donde alquilaron un local, repartieron folletos, sedujeron a posibles clientes y tomaron reservas de excursiones para la temporada de pesca que se avecinaba. Fueron días largos y cansadores, en los que hablaban hasta que les dolía la garganta, se quedaban de pie hasta que les dolían los pies, vivían a salchichas con pan compradas a los vendedores de la exposición y dormían mal en habitaciones desconocidas de hotel.
    Eric regresó a Fish Creek para encontrar una casa vacía, una nota de Nancy con el itinerario de la semana y el teléfono a un brazo de distancia. Una docena de veces pasó junto a él y pensó cuan sencillo sería tomarlo y marcar el número de Maggie. Hablar sobre la exposición, las reservas que habían hecho, su semana, la de ella, las cosas de las que debería estar hablando con su mujer. Finalmente, logró resistirse.
    Un día fue al pueblo a buscar la correspondencia y se cruzó con Vera Pearson en la acera. Era un día ventoso y ella caminaba con la cabeza gacha, sujetándose una bufanda contra el cuello. Cuando oyó los pasos de él acercarse desde la dirección opuesta, levantó la cabeza y aminoró el paso. Luego su expresión se volvió dura y pasó junto a él sin saludarlo.
    Durante la tercera semana de febrero, él y Mike fueron a la Exposición de Barcos, Deportes y Viajes de Minneápolis. El segundo día, se acercó al local una mujer que se parecía a Maggie. Era mal alta y más rubia, pero el parecido era notable y despertó en Eric una intensa reacción sexual. Se abotonó la chaqueta y se acercó a ella.
    – Hola, ¿desea hacer alguna consulta?
    – En realidad, no, pero me gustaría llevar el folleto para mi marido.
    – Por supuesto. Somos Excursiones Severson y salimos en dos embarcaciones desde Gills Rock, en el norte de Door County, en el estado de Wisconsin.
    – Door County. Lo he oído nombrar.
    – Al norte de Bahía Green, en la península.
    Datos, preguntas pertinentes, respuestas y un cortés agradecimiento. Pero en una oportunidad, mientras hablaban, sus ojos se encontraron y a pesar de que eran desconocidos, algo reconocieron el uno en el otro: en otro momento, en otro sitio y en otras circunstancias, habrían hablado de otras cosas además de la pesca del salmón.
    Cuando abandonó el local, la mujer miró hacia atrás una última vez y sonrió con los ojos castaños de Maggie, el mentón con hoyuelo de Maggie, dejando a Eric con una impresión tan fuerte de ella que le impidió concentrarse durante el resto del día.
    Esa noche, después de ducharse y apagar el televisor, Eric se sentó en el borde de la cama, con una toalla blanca alrededor de las caderas, el pelo húmedo y despeinado. Tomó el reloj de la mesa de noche.
    Las diez y treinta y dos.
    Dejó el reloj y miró el teléfono. Era beige -¿acaso algún hotel de Norteamérica compraba teléfonos de algún otro color?- el color desafortunado de las cosas que una vez tuvieron vida. Levantó el tubo y leyó las instrucciones para llamadas de larga distancia, cambió de idea y lo dejó en su lugar.
    Maggie lo conocía bien, sabía que aun esta indiscreción crearía remordimientos de conciencia.
    Al final marcó de todas formas y se quedó esperando sentado con el estómago duro como el puño de un boxeador.
    Ella atendió al tercer llamado.
    – ¡Hola!
    – Hola.
    Silencio, mientras Eric pensaba: ¿le martillará el corazón como a mí? ¿Tendrá también un torniquete en la garganta?
    – ¿No es curioso? -dijo Maggie-. Sabía que serías tú.
    – ¿Por qué?
    – Son las diez y media. Nadie me llamaría a esta hora.
    – ¿Te desperté?
    – No. Estaba recabando información para el impuesto a las ganancias.
    – Ah, bueno, quizá no deba molestarte, entonces.
    – No, está bien. Hace rato que estoy con esto. Ya era hora de guardar todo, de cualquier forma.
    Silencio de nuevo. Luego Eric preguntó:
    – ¿Estás en la cocina?
    – Sí.
    La imaginó allí, donde se habían besado por primera vez, donde habían hecho el amor en el suelo.
    Otro silencio, mientras se preguntaban cómo seguir.
    – ¿Cómo has estado? -preguntó Maggie.
    – Confundido.
    – Yo también.
    – No iba a llamar.
    – Esperaba a medias que no lo hicieras.
    – Y entonces hoy vi a una mujer que me hizo pensar en ti.
    – ¿Sí? ¿Es alguien que conozco?
    – No, era una desconocida. Estoy en el Hotel Radisson, en Minneápolis. Mike y yo vinimos para la exposición deportiva. Esa mujer entró en el local hoy, y tenía ojos tan parecidos a los tuyos, y tu mentón… no sé. -Cerró los ojos y se pellizcó el hueso de la nariz.
    – Es terrible, ¿no?, cómo buscamos rastros del otro.
    – ¿Haces lo mismo?
    – Todo el tiempo. Luego me lo reprocho.
    – Me pasa lo mismo. Esa mujer… sucedió algo extraño cuando entró. No habremos hablado más de tres minutos, pero me sentí… no sé cómo decirlo… amenazado, como si estuviera por hacer algo prohibido. No sé por qué te digo esto, Maggie, eres la última persona a la que debería de estar contándoselo.
    – No, cuéntame…
    – Me asusté. La miré y me sentí… ay, mierda no hay otra forma de decirlo. Carnal. Me sentí carnal. Y comprendí que si no hubiera sido por ti y por nuestra relación, habría iniciado una conversación con ella sólo para ver a qué llevaba. Maggie, no soy esa clase de tipo, y me asusta terriblemente. Quiero decir que uno lee sobre la menopausia masculina, sobre tipos que han sido maridos fieles durante años y luego, cuando llegan a los cuarenta, comienzan a comportarse como idiotas, persiguiendo a chiquilinas que podrían ser sus hijas, teniendo encuentros de una noche con desconocidas. No quiero pensar que eso es lo que me está sucediendo.
    – Dime una cosa, Eric. ¿Podrías admitir una cosa así ante Nancy, hablarle de esa mujer, quiero decir?
    – ¡Caramba, no!
    – Eso es importante, ¿no te parece? ¿Que me lo puedas ti a mí y no a ella?
    – Supongo que sí.
    – Bueno, ya que estamos admitiendo debilidades, te confesaré la mía: soy una viuda hambrienta de sexo y tú fuiste mi festín.
    – Ay, Maggie… -susurró Eric.
    – ¿Y bien? -preguntó ella, despreciándose a sí misma, recordando la noche en el piso de la cocina.
    – No te preocupes por ello.
    – Pero es que me preocupa, porque no soy tampoco una persona que utiliza a los demás.
    – Maggie, oye, ¿sabes por qué te llamé?
    – Para contarme sobre esa mujer.
    – Sí, por eso también, pero la verdadera razón es que te llamé porque sabía que no podía ir a verte, que era seguro llamar desde una distancia de quinientos kilómetros. Maggie, te extraño.
    – Yo también.
    – El viernes que viene serán cuatro semanas.
    – Sí, lo sé.
    Al ver que Maggie no decía nada más, él suspiró y se quedaron escuchando el zumbido electrónico de la línea telefónica. Eric quebró el silencio.
    – ¿Maggie?
    – Sí, te oigo.
    – ¿Qué estás pensando?
    En lugar de contestar, ella hizo otra pregunta:
    – ¿Le contaste a Nancy lo nuestro?
    – No, pero se lo conté a Mike. Tenía que hablar con alguien. Te pido perdón si ventilé una confidencia.
    – No, está bien. Si tuviera una hermana, probablemente se lo habría contado, también.
    – Gracias por comprender.
    Se escucharon respirar mutuamente durante un rato, preguntándose qué les esperaba. Por fin, Maggie dijo:
    – Bueno, será mejor que nos despidamos.
    – No, Maggie, espera. -La voz de Eric se tornó triste. -Ay, Maggie, esto es un infierno. Quiero verte.
    – ¿Y después qué, Eric? ¿Qué resultado obtendremos? ¿Un romance? ¿Una disolución malograda de tu matrimonio? No estoy segura de estar lista para enfrentarme con eso, y no creo que tú lo estés, tampoco.
    Él deseaba suplicar, hacer promesas. ¿Pero qué promesas podía hacer?
    – Tengo que cortar -insistió Maggie.
    A Eric le pareció oír un temblor en su voz.
    – Buenas noches, Eric -dijo con suavidad.
    – Buenas noches.
    Durante quince segundos presionaron las mejillas contara el auricular.
    – Cuelga -susurró Eric.
    – No puedo. -Maggie estaba llorando. El se dio cuenta, aunque ella intentó disimularlo. Pero sus palabras sonaban apagadas y trémulas. Sentado sobre la cama, inclinado hacia adelante, Eric sintió que sus propios ojos se llenaban de lágrimas.
    – Maggie, estoy tan terriblemente enamorado de ti que me duele. Es como si me hubieran golpeado. No sé si puedo pasar otro día sin verte.
    – Adiós, mi amor -susurró Maggie e hizo lo que él no tenía voluntad de hacer. Colgó.
    Eric pasó el día siguiente pensando que jamás volvería a verla; sus palabras de despedida habían sido tristes, pero decisivas. Había tenido una vida plena y feliz con su marido. Tenía una hija y una empresa y nuevas metas para su vida. Tenía independencia financiera. ¿Qué necesidad podía tener de estar con él? Y en un pueblo como Fish Creek, donde todo el mundo sabía qué hacían los demás, tenía razón de no querer involucrarse en una relación que le traería miradas de soslayo de una parte de la población, se tratara sólo de una aventura o de que él dejara a Nancy por ella. Ya había sufrido la censura de su hija y de su madre. No, la relación había terminado.
    Tuvo un día horrible. Sentía como si alguien le hubiera metido trapos en la cavidad torácica y nunca fuera a poder respirar libremente de nuevo. Deseó no haberla llamado. Se sentía peor luego de haberle oído la voz. Y de haberse enterado de que ella había vivido las cuatro semanas con tanta tristeza como él. Y de saber que ninguno de los dos encontraría consuelo.
    Esa noche se acostó y permaneció despierto, escuchando el ruido del tránsito sobre la Calle Siete debajo de la ventana y, de tanto en tanto, una sirena. Pensando en Nancy y en la recomendación de Maggie de juzgar el matrimonio por sí mismo, no por su relación con el la. Lo intentó. No pudo. Imaginar su futuro en cualquier contexto era imaginarlo con Maggie. El colchón del hotel y la almohada eran duros como bolsas de grano. Deseó ser fumador. Le haría bien maltratar su cuerpo con un poco de alquitrán y nicotina, aspirar el humo, exhalarlo y pensar: al diablo con todo.
    El reloj tenía la esfera con luz. Oprimió el botón y miró la hora. Las once y veintisiete.
    ¿Acaso era eso lo que decían los artículos cuando hablaban de estrés? ¿No sufren los hombres de mi edad ataques cardíacos cuando se meten en una situación como ésta? ¿Cuando están preocupados, indecisos, tristes, y no comen ni duermen bien? ¿O cuando están en una cuerda floja sexual?
    Sonó el teléfono y Eric se sobresaltó de tal forma que se raspó los nudillos contra la cabecera de la cama. Rodó sobre un codo y manoteó el teléfono en la oscuridad.
    – ¿Hola?
    La voz de ella era suave y contenía una nota de arrepentimiento. Habló sin preámbulos.
    – Me gustaría mucho prepararte la cena el lunes por la noche.
    Eric se hundió contra las almohadas; el corazón le latía alocadamente, y el nudo de amor y deseo se deshacía en miles de nudos más pequeños que le comprimían los lugares más extraños: las sienes, los dedos, los omóplatos.
    – Maggie… iAy, Dios, Maggie!, ¿lo dices en serio?
    – Nunca he dicho nada más en serio en mi vida.
    ¿Qué será entonces: un romance o casamiento? No era el momento de preguntar, por supuesto, y por ahora le bastaba con sabar que volvería a verla.
    – ¿Cómo me encontraste?
    VDijiste que estabas en el hotel Radisson de Minneápolis. Hay cuatro, descubrí, pero por fin di con el indicado.
    – Maggie…
    – El lunes a las seis -susurró ella.
    – Llevaré vino Chardonnay -respondió él.
    Cuando colgó, se sintió como si lo hubieran rescatado de una avalancha de barro y lo hubieran lanzado a tierra firme. Después de todo, iba a vivir.

    El lunes a las seis de la tarde, cuando llegó a la cima del sendero de la casa de Maggie, ella salió a la galería trasera y gritó:
    – Guarda la camioneta en el garaje.
    Eric lo hizo. Y cerró las puertas antes de dirigirse de nuevo a la casa.
    Se obligó a caminar, a descender el sendero con paso displicente, a subir los escalones del pórtico despacio, a mantener las manos a los costados del cuerpo al ver a Maggie delante de él, con los brazos cruzados, tiritando. La luz que provenía de atrás de ella la convertía en un ser celestial con aureola.
    Se quedaron mirando las nubecitas de vapor que hacían sus alientos en el aire helado de febrero, hasta que por fin él pudo decir:
    – Hola, otra vez.
    Maggie curvó los labios y emitió una risita trémula.
    – Hola, pasa.
    Eric la siguió adentro y se detuvo, vacilante, sobre la alfombrita junto a la puerta. Maggie se había puesto un vestido etéreo de seda rosada que parecía moverse solo, un collar de perlas sobre el cuello desnudo. Cuando se volvió para mirarlo, las perlas, el vestido y ella misma parecieron temblar. Pero por un acuerdo tácito, ese encuentro iba a ser la antítesis del último. Maggie aceptó la botella verde que él le entregó y se atuvieron a las convenciones.
    – Chardonnay… qué bueno -musitó ella, examinando la botella.
    – Bien helado -dijo él, en tanto se quitaba el abrigo.
    – Tengo las copas ideales.
    – Estaba seguro de que así sería.
    Maggie guardó el vino en la heladera y Eric dejó que sus ojos se deslizaran por las piernas de ella. Llevaba zapatos de taco alto, del color exacto del vestido. A la luz de la cocina, resplandecían. Maggie cerró la puerta de la heladera y se volvió hacia él, manteniéndose en ese extremo de la habitación.
    – Estás muy elegante -dijo Eric.
    – Tú también. -Él había elegido un traje color humo, una camisa durazno pálido y una corbata rayada que combinaba los dos colores. Los ojos de Maggie recorrieron su atuendo, luego volvieron a su rostro. Eso, también, había sido un acuerdo tácito: se habían puesto sus mejores ropas, cada uno tratando de agradar al otro.
    – Nos pusimos las galas -comentó Maggie con una sonrisa fugaz.
    Él también sonrió.
    – Así es.
    – Se me ocurrió que sería lindo un poco de luz de velas. -Maggie lo guió al comedor, iluminado solamente por seis velas. Olía a rosas y había una mesa puesta para dos… en un extremo, frente a frente, en una mesa para doce comensales.
    – Terminaste la habitación. Quedó estupenda. -Eric miró alrededor: papel color marfil, cortinas con bando, porcelana dentro de un aparador empotrado con vitrina, la lustrosa mesa de madera.
    – Gracias. Siéntate aquí. ¿Te gusta el salmón para comer o solo para pescar?
    Él rió, y continuaron mirándose, jugando a contenerse. Eric se sentó en el lugar indicado por ella.
    – Sí, me gusta.
    – Debí habértelo preguntado antes. ¿Quieres vino ahora o más tarde?
    – Ahora, pero deja que yo lo busque, Maggie.
    Se dispuso a levantarse, pero ella le tocó el hombro.
    – No, yo lo traeré.
    La observó marcharse de la habitación y regresar. El vestido etéreo captaba la luz de las velas y la hacía irradiar por sus curvas. Maggie sirvió el vino y ocupó el lugar frente a Eric, del otro lado de una carpeta de encaje y una cesta baja de cristal que contenía fragantes rosas color coral. Había puesto todo en ese extremo de la mesa, como si el resto no existiera, y colocado el candelabro cuidadosamente a un costado.
    – Bueno, cuéntame de Minneápolis -propuso.
    Eric le contó mientras bebían el vino y se miraban a la luz de las velas. Mientras comían lentamente ensalada de endibias y pan francés tan crocante que las migas volaban cuando lo partían. En una oportunidad, Maggie se humedeció la punta de un dedo con la lengua, tocó dos migas y se las llevó a la boca bajo la mirada fascinada de él
    – ¿Cuándo abrirás la casa al público?
    Ella se lo contó en tanto Eric volvía a llenar las copas, luego cubría otro trozo de pan con manteca, lo comía con entusiasmo y se limpiaba la boca con una servilleta floreada. Maggie siguió todos sus movimientos con los ojos.
    Más tarde ella le sirvió salmón con salsa de sidra; cremoso puré decorado con la manga en forma de guirnalda de rosas gratinado y puntas de espárragos colocadas como tallos de rosas rojas hechas con remolachas talladas.
    – ¿Tú hiciste todo esto? -preguntó él, azorado.
    – Ajá.
    – ¿Se come o se enmarca?
    – Se hace lo que se desea.
    Eric lo comió, saboreando cada bocado porque era el primer regalo que ella le había hecho y porque del otro lado de la mesa los ojos de Maggie brillaban con promesas, y porque a la luz de las velas podía mirarla hasta saciarse.
    Más tarde, cuando los platos desaparecieron y la botella de Chardonnay quedó seca, Maggie salió de la cocina trayendo una única, enorme, pesada rosquilla con baño de chocolate sobre una fuente con patas; una vela se elevaba del centro en una copa de cristal haciendo juego.
    – ¡Pam-pam! -anunció.
    Eric se volvió y estalló en carcajadas, echándose hacia atrás en la silla mientras ella le ponía delante su golpe de gracia.
    – Si logras comerla te ganas otra del mismo tamaño.
    Se inclinó delante de él para acomodar la fuente y el brazo de Eric le rodeó las caderas mientras reían juntos ante la gigantesca rosquilla.
    – Es monstruosa. ¡Me encanta!
    – ¿Crees que podrás comértela toda?
    Él levantó la vista, sonriendo.
    – Si la como, prefiero elegir el premio.
    Su brazo la apretó con más fuerza y la risa desapareció de sus rostros.
    – Maggie -susurró él, y la hizo girar hasta que las rodillas de ella golpearon el asiento de la silla. -Este mes me pareció un año. -Apretó el rostro contra el pecho de ella.
    Maggie le rodeó la cabeza con los brazos. La luz de las velas le iluminaba los ojos.
    – Y esta cena duró días -añadió Eric, apretado contra ella.
    La única respuesta de Maggie fue una sonrisa, esbozada mientras se inclinaba sobre el pelo de él, que olía levemente a coco.
    – Te extrañé -dijo Eric-. Te necesito. Ahora, antes de la rosquilla.
    Maggie le levantó el rostro y sujetándolo, dijo:
    – Mis días no tenían sentido sin ti. -Lo besó, recordando cómo había tratado de no pensar en besarlo durante la separación, con el rostro de él levantado hacia ella. Liberándole los labios, le acarició la mejilla con el dorso de los dedos y sintió cómo se disolvía la tristeza de las últimas cuatro semanas.
    – ¡Qué tontos e ingenuos fuimos al creer que podríamos atenuar nuestros sentimientos sencillamente para no complicarnos las vidas!
    En la Habitación del Mirador, el vestido rosado de Maggie cayó al suelo y el traje de Eric quedó relegado a una mecedora. Luego, con alegría, se entregaron mutuamente sus voluntades y celebraron el fin de la agonía autoimpuesla. Mucho más tarde, tendidos con las piernas entrelazadas, hablaron de sus sentimientos durante el exilio. De cómo se habían sentido desgarrados, desconsolados e incompletos al estar separados; de cómo al entrar en una habitación donde esperaba el otro volvían a sentirse completos e íntegros.
    – Leí poemas -admitió Maggie-, buscándote en ellos.
    – Salí con el trineo, tratando de quitarte de mi mente.
    – Una vez me pareció verte en el centro, de espaldas, y corrí para alcanzarte, pero cuando llegué y vi que no eras tú, sentí deseos de echarme a llorar allí mismo.
    – Pensé en ti más que todo en esas habitaciones de hotel, cuando no podía dormir y deseaba tenerte conmigo. Dios, cómo te quería junto a mí. -Tocó con el dedo índice el hoyuelo del mentón de Maggie. -Cuando entré en esta casa esta noche y tú estabas allí, esperándome con tu precioso vestido rosado me sentí… me sentí como creo que deben sentirse los marinos cuando vuelven a su casa luego de años en el mar. No quería ni necesitaba más que estar en esa habitación contigo, mirándote otra vez.
    – Me pasó lo mismo. Como si cuando te fuiste te hubieras llevado una parte de mí, como si yo fuera un rompecabezas y la pieza que te llevaste fuera la que iba aquí… -Colocó la mano de él sobre su corazón. -Y cuando entraste, la pieza cayó en su lugar y volví a la vida.
    – Te amo, Maggie. Eres tú la que debería ser mi esposa.
    – ¿Y si te dijera que lo sería?
    – Se lo diría a Nancy. Terminaría ahora mismo el matrimonio. ¿De verdad te casarías conmigo?
    – ¿No es extraño? Siento como si la decisión no fuera realmente mía, al amarte como te amo.
    Eric la miró, azorado.
    – ¿Lo dices en serio, Maggie?
    Ella le echó los brazos alrededor del cuello, sonriendo contra su mandíbula.
    – Sí, lo digo en serio, Eric. Te amo… te amo… te amo. -Puntualizó su declaración besándole el cuello, la mejilla, la ceja. -Te amo y seré tu esposa… en cuanto estés libre.
    Se abrazaron y celebraron, rodando de lado a lado.
    Con el tiempo, la exuberancia se transformó en arrobamiento. Se quedaron de costado, muy cerca, mirándose a los ojos. Eric se llevó la mano de ella a los labios y le besó la palma.
    – Piensa en esto… voy a envejecer a tu lado -susurró.
    – ¡Qué idea hermosa!
    Y en ese momento, realmente creyeron que así sería.

Capítulo 14

    Nancy llegó con el coche a las seis y cuarto de la tarde del viernes. Había oscurecido y, desde la ventana de la cocina, Eric vio los faros hacer un arco y desaparecer dentro del garaje abierto. Ella siempre había odiado la puerta del garaje. Era antigua, pesada, difícil de mover. Si bien se bajaba con menos esfuerzo del requerido para subirla, él estaba esperando afuera para cerrarla cuando Nancy salió del garaje.
    Un viento frío le entró por las mangas de la camisa mientras la observaba inclinarse hacia el asiento trasero para buscar la maleta. Tenía buenas piernas, siempre usaba medias caras: hoy eran verde agua, del mismo color del traje. Hubo un tiempo en que con sólo mirarle las piernas se habría excitado. Ahora las miró con una sensación de dolor por su ardor perdido, y con una muda disculpa por su obstinada insistencia con esa casa -hasta con ese garaje- que ella siempre había detestado. Quizá, si él hubiera transado en eso, ella también hubiera transado en algo, y no habrían llegado al borde de esta disolución.
    Nancy salió del coche y lo vio.
    Se quedó inmóvil y en silencio. Esas pausas tensas se habían vuelto comunes para ambos en las semanas que siguieron al imprudente asalto sexual de Eric.
    Nancy volvió a moverse.
    – ¿Qué haces aquí afuera?
    – Te llevaré eso. -Eric entró en el garaje y levantó la valija. Nancy sacó del asiento trasero un maletín y un bolso de mano que se colgó del hombro mientras él cerraba la puerta del coche.
    – ¿Tuviste una buena semana? -preguntó.
    – Más o menos.
    – ¿Qué tal estaban los caminos?
    – Bien.
    Sus conversaciones se habían vuelto estériles e intermitentes desde aquella noche. Caminaron en fila india hacia la casa sin volver a hablar.
    Adentro, ella dejó el maletín y fue hacia la valija.
    – Te la llevaré arriba, si quieres -propuso Eric.
    – La llevaré yo -insistió Nancy, y lo hizo.
    Cuando ella se fue, Eric se quedó en la cocina, sintiéndose sacudido y temeroso porque sabía que lo correcto era dejarla y temía la siguiente hora.
    Nancy regresó, vestida con una falda recta de lana, una blusa de seda blanca con mangas largas y un prendedor en el cuello. Atravesó la habitación sin mirarlo a los ojos. Eric aguardó, apoyado contra la pileta, observándola levantar la tapa de una olla con humeante guisado mejicano, buscar un cucharón, cucharas, y platos que comenzó a llenar.
    – Para mí no -dijo Eric.
    Nancy levantó la mirada con la expresión pétrea que había perfeccionado desde aquella noche fatídica.
    – Ya comí. -No era cierto, pero el vacío que sentía en su interior no podía llenarse con comida.
    – ¿Qué pasa?
    – Primero come. -Eric se volvió y le dio la espalda.
    Nancy dejó el plato sobre la mesa y lo miró con repentina cautela.
    – ¿Primero? ¿Qué hay después?
    Eric miró por la ventana de la cocina la nieve sucia y la oscuridad del invierno cuyo fin se acercaba. Tenía el estómago hecho un nudo y la tristeza le pesaba como una piedra al cuello. Eso no era algo que uno hacía con alegría. La mayor parte de su vida estaba invertida en ese matrimonio, también.
    Se volvió hacia ella.
    – Nancy, va a ser mejor que te sientes.
    – ¡Será mejor que me siente, será mejor que coma! -replicó-. ¿Qué pasa? ¡Dímelo así puedo sentarme y comer!
    El atravesó la habitación y sacó dos sillas.
    – ¿Vamos, quieres sentarte, por favor? -Una vez que ella lo hizo, muy tiesa, Eric se sentó enfrente, con los antebrazos apoyados sobre la mesa, contemplando las frutas de madera que nunca le habían gustado. -No hay un buen momento para decir lo que debo decir, antes que comas, después que comas, luego de que hayas tenido ocasión de enfadarte. Diablos, es… -Entrelazó los dedos y unió las yemas de los pulgares. Levantando la vista hacia ella, dijo en voz baja: -Quiero divorciarme, Nancy.
    Ella se puso pálida. Se quedó mirándolo. Luchando contra el repentino pánico.
    – ¿Quién es ella?
    – Sabía que dirías eso.
    – ¿Quién es? -gritó Nancy, golpeando un puño contra la mesa. -Y no me respondas nadie, porque traté de hablar aquí dos veces durante la semana y cuando no estás en casa a las once de la noche, hay alguien. Entonces, ¿quién es?
    – Esto es entre tú y yo y nadie más.
    – ¡No tienes que decírmelo porque lo sé! Es tu antigua novia, no? -Inclinó la cabeza hacia adelante. -¿No?
    Eric suspiró y se pellizcó el hueso de la nariz.
    – Es ella, lo sé. ¡La viuda millonaria! ¿Te estás acostando con ella, Eric?
    Él abrió los ojos y la miró.
    – Por Dios, Nancy…
    – Es así, ¿no es cierto? Te acostabas con ella en la secundaria y lo estás haciendo de nuevo ahora. Lo vi el primer día que llegó aquí. No llegó a estar cinco minutos sobre los escalones de esa iglesia y tú ya tenías rocas en los calzoncillos, ¡de modo que no me digas que esto es entre tú y yo y nadie más! ¿Dónde estabas a las once de la noche del miércoles? -Volvió a golpear la mesa. -¿Dónde?
    Eric esperó, cansado.
    – ¡Y anoche!
    Él se negaba a responder con ira a la furia de ella, lo que sólo sirvió para enfurecerla más.
    – ¡Hijo de puta! -Se abalanzó hacia él y lo abofeteó. Con fuerza. Con tanta fuerza que dos patas de la silla se levantaron del suelo. -¡Maldito seas! -Rodeó la mesa como una flecha y le lanzó otro golpe, pero él la esquivó y recibió sólo la punta de las uñas sobre la mejilla izquierda.
    – ¡Basta, Nancy!
    – ¡Te estás acostando con ella! ¡Admítelo! -Eric la tomó de los brazos y lucharon, golpeando la mesa, derramando el guiso, haciendo rodar las peras de madera al suelo. La mejilla de Eric comenzó a sangrar.
    – ¡Basta, dije! -Todavía sentado, le inmovilizó los antebrazos.
    – ¡Pasas las noches con ella, lo sé! -Se había echado a llorar. -¡Y no empezó esta semana porque llamé antes y tampoco estabas!
    – ¡Nancy, termina de una vez! -Una gota de sangre le cayó sobre la camisa.
    Enlazados como combatientes, la vio luchar por controlarse y lograrlo. Regresó a su silla, con lágrimas corriéndole por las mejillas y se sentó frente a Eric. Él se puso de pie y buscó un trapo para limpiar el guiso derramado. Nancy lo observó moverse desde la mesa a la pileta y volver. Una vez que él se hubo sentado, dijo:
    – No merezco esto. Te he sido fiel.
    – No se trata de ser fiel, se trata de dos personas que no se han unido con el paso del tiempo.
    – ¿Ésa es una frase almibarada que sacaste del periódico dominical?
    – Mira; ¿qué queda ya de nosotros? Estamos separados cinco días por semana y no somos felices los dos días que estamos juntos.
    – Eso no pasaba hasta que esa mujer volvió al pueblo.
    – ¿Podríamos mantenerla fuera de la discusión? Esto comenzó mucho antes de que ella regresara a Fish Creek, lo sabes.
    – No es cierto.
    – Sí, lo es. Nos hemos ido separando con los años.
    Vio que la furia inicial de Nancy quedaba reemplazada por miedo. Eric no había esperado eso.
    – Si es por mi trabajo, dije que pediría que me redujeran el territorio.
    – ¿Pero lo dijiste en serio?
    – Claro que sí.
    – ¿Y lo hiciste?
    No lo había hecho. Ambos lo sabían.
    – ¿Y aun sí lo hicieras, te sentirías feliz? No creo. Eres feliz haciendo lo que haces y finalmente he llegado a comprenderlo.
    Nancy se inclinó hacia adelante con expresión vehemente.
    – ¿Entonces por qué no me dejas seguir haciéndolo?
    Eric soltó un suspiro cansado y largo y sintió que hablaba en círculos.
    – ¿Para qué quieres este matrimonio? ¿Qué hemos hecho de él en todo este tiempo?
    – Tú eres el que piensa que este matrimonio es un error. Yo creo que vale la pena luchar por él.
    – ¡Ay, por Dios, Nancy!, abre los ojos. Desde que comenzaste a viajar, empezamos a perderlo. Guardamos nuestras pertenencias en la misma casa y compartimos el dormitorio, pero ¿qué otra cosa compartimos? ¿Amigos? Yo tengo amigos, pero no son amigos nuestros. He llegado a la triste conclusión de que nunca nos hicimos de amigos porque eso significaba un esfuerzo, llevaba tiempo, pero tu nunca tenías tiempo. No invitábamos gente a casa porque siempre estabas cansada cuando llegaba la noche del sábado. No íbamos a la iglesia porque el domingo era tu único día libre. No tomábamos una cerveza con los vecinos porque caer de visita sin invitación te parecía torpe. Y no tuvimos hijos, de modo que nunca hicimos las cosas habituales como turnarnos para llevarlos a la escuela o ir a recitales o a partidos de béisbol. Yo quería todo eso, Nancy.
    – ¿Bueno, y por qué no…? -Cortó la frase por la mitad.
    – ¿Por qué no lo dije?
    Ambos sabían que lo había dicho.
    – Teníamos amigos en Chicago.
    – De recién casados, sí, pero no después que tomaste el trabajo de vendedora.
    – ¡Pero es que tenía tan poco tiempo!
    – Eso es lo que te estoy diciendo: no que lo que deseas esté mal, ni lo que yo quiero esté mal, sino que lo que queremos no va para el otro. ¿Y nuestros pasatiempos? El tuyo es trabajar, y los míos… bueno, diablos, sabemos bien que siempre te parecieron muy poco sofisticados. Andar en el vehículo para nieve te significaría despeinarte. Pescar es muy poco fino para una representante de ventas de Orlane. Y creo que preferirías hacerte un tratamiento de conducto que caminar por el bosque. ¿Qué compartimos, Nancy, qué?
    – Cuando comenzamos, ambos queríamos las mismas cosas. Fuiste tú el que cambió, no yo.
    Eric lo pensó, luego admitió con tristeza.
    – Quizá tengas razón. Quizá fui yo el que cambió. Probé la vida de la ciudad, las galerías de arte, los conciertos, pero me resultaba más satisfactorio ver una verdadera flor silvestre que un cuadro de ella. Y pienso que hay más música en el Santuario de Naturaleza Ridges que en todos los salones de orquesta del mundo. No me hacía feliz tratar de ser un yuppie.
    – Entonces me obligaste a mudarme aquí. ¿Y yo, qué? ¿Qué pasa con lo que yo necesitaba y quería? ¡Me encantaban las galerías y los conciertos!
    – Estás diciendo lo mismo que digo yo: Nuestras necesidades y deseos son demasiado diferentes para que este matrimonio funcione y es hora de que lo admitamos.
    Nancy apoyó la frente sobre la punta de ocho dedos y contempló su plato de guiso.
    – Las personas cambian, Nancy -explicó Eric-. Yo cambié. Tú, también. En aquel entonces no eras representante de ventas, eras vendedora de modas y yo no sabía que mi padre moriría y Mike me pediría que regresara aquí a ocuparme de la empresa. Admito que en aquel tiempo creía que deseaba ser un ejecutivo de una gran empresa, pero me llevó varios años de vida empresarial darme cuenta de que no era lo que creí que sería. Hemos cambiado, Nancy, es tan sencillo como eso.
    Ella levantó los ojos llorosos.
    – Pero es que te sigo queriendo. No puedo sencillamente… pasar por alto ese hecho.
    Ver las lágrimas de ella le causaba dolor y Eric desvió la mirada. Se quedaron unos instantes en silencio, hasta que Nancy habló una vez más.
    – Dije que también consideraría la idea de un bebé.
    – Es demasiado tarde para eso.
    – ¿Por qué? -Nancy se inclinó por encima de la mesa y le aferró el dorso de la mano. Eric la dejó inmóvil bajo la de ella.
    – Porque sería un manotazo de ahogado y no está bien traer a un hijo a un matrimonio nada más que para mantenerlo unido. Lo que hice aquella noche fue imperdonable, y quiero volver a disculparme.
    – Eric… -suplicó ella, sin soltarle la mano.
    Él la retiró y dijo en voz baja:
    – Dame el divorcio, Nancy.
    Después de considerarlo un buen rato, ella respondió:
    – ¿Para que ella pueda tenerte? Nunca.
    – Nancy…
    – La respuesta es no -dijo con firmeza y levantándose de la silla, se puso a recoger la fruta de madera del piso.
    – No quería que esto terminara en una pelea.
    Nancy puso cuatro peras de madera en la frutera.
    – Pues me temo que será así. Puede que no me guste este lugar, pero yo también he invertido aquí y me quedo.
    – Muy bien. -Eric se puso de pie. -Me iré a casa de Ma por el momento.
    En forma abrupta, ella se suavizó.
    – No te vayas -suplicó-. Quédate y tratemos de resolverlo,
    – No puedo -respondió Eric.
    – Pero Eric… dieciocho años.
    – No puedo -repitió él con voz ahogada y la dejó, con la expresión suplicante en el rostro, para irse arriba a empacar.

    La casa de Ma estaba vacía cuando llegó. La luz sobre la pileta estaba encendida, iluminando un bol sucio, un par de batidores y dos placas para hacer bizcochos dentadas y descoloridas.
    – ¿Ma? -llamó, sin esperar respuesta. No la obtuvo.
    En la sala, el televisor estaba apagado, el tejido de crochet yacía hecho una pila sobre el diván, con la aguja clavada en el ovillo. Eric subió las maletas por la escalera crujiente hasta su vieja habitación bajo el alero. Para el común de la gente era una habitación fría, con alfombritas gastadas sobre un piso de goma y cubrecamas descoloridas sobre las dos camas. Olía levemente a excremento de murciélagos; los había habido bajo los aleros y detrás de los postigos desde que Eric tenía memoria. De tanto en tanto alguno entraba y lo atrapaban con una red. Pero ni de niños les tenían temor. Ma siempre insistía en que los dejaran salir, en lugar de matarlos. Los murciélagos comen mosquitos, decía, así que trátenlos con suavidad.
    El aroma seco y característico de la buhardilla era nostálgico, reconfortante.
    Encendió una luz tenue en "el cuarto de los varones" siguió hasta "el cuarto de Ruth", ubicado de tal forma que Ruth siempre tenía que pasar por el de los varones para llegar al de ella. En aquel entonces una cortina de algodón floreado servía de separación entre los dos sectores; hoy había una puerta de madera en su lugar.
    En la habitación de Ruth paseó sin rumbo hasta llegar a la ventana. Por entre los árboles desnudos, desde esa altura, se veían las ventanas iluminadas, de la casa de Mike y Barb, donde sin duda estaría Ma. Iba de vez en cuando a cenar. Él no sentía deseos de unirse a ellos esa noche. Regresó a la habitación de los varones y se tendió de espaldas sobre una de las camas.
    Allí, en la oscuridad, hizo su duelo por el matrimonio que hacía años que estaba vacío; por los errores que él había cometido; por no tener hijos; por la inversión de años que sólo había redituado desilusión y amargura; por la negativa de Nancy a terminar la relación que no tenía futuro; por la turbulencia que le esperaba.
    Pensó en los momentos en que Nancy y él habían sido completamente felices. Las imágenes se sucedieron en su mente como viñetas sobre una pantalla, asombrosamente nítidas. La vez que compraron el primer mueble: un estéreo, pagado en cuotas. Sin duda no lo más práctico para empezar, pero lo que ambos más habían deseado. Lo llevaron juntos al apartamento, luego se tendieron de espaldas para escuchar los dos discos que habían elegido: Gordon Lightfoot para él, los Beatles para ella. Esos viejos discos todavía estaban por alguna parte; se preguntó si cada uno se llevaría el suyo cuando se separaran. Se habían quedado tendidos en el piso del apartamento, sintiendo la música vibrar dentro de ellos y hablaron del futuro. Algún día tendrían una casa llena de muebles, de los mejores, y la casa… todo cristal y madera, en algún suburbio elegante de Chicago, probablemente. Nancy tenía razón. El le había fallado en eso.
    Otra vez, cuando impetuosamente volaron a San Diego… contaron el dinero y lo decidieron un viernes al mediodía (por teléfono, de oficina a oficina) y a las diez de esa noche se estaban registrando en un hotel en La Jolla. Habían paseado de la mano por las calles onduladas, bebido cócteles en terrazas al aire libre mientras observan ponerse el sol sobre el Pacífico, cenado en un restaurante en un molino, explorado la Misión Capistrano y hecho el amor a la luz del día en una caleta oculta en la playa cerca de Oceanside, y se habían prometido que nunca se tornarían predecibles, sino que se harían escapadas así, sin previo aviso. Ahora sus vidas eran tan predecibles como el ciclo lunar y Nancy viajaba tanto que no había incentivo para escapadas de fin de semana.
    Otro recuerdo le vino a la mente. Fue en el segundo año de casados, cuando Nancy se cayó una vez sobre la acera helada y se golpeó la cabeza. Recordó el miedo que había sentido mientras esperaba en la sala de urgencias los resultados de las radiografías, recordó la cama fría y vacía durante la noche que ella se quedó internada en observación, y el alivio que sintió cuando regresó. En aquellos días, una sola noche separados había sido un suplicio para ambos. Ahora, cinco noches separados era la norma aceptada.
    Debió haberse esforzado más por encontrar un término medio que los mantuviera juntos durante más tiempo.
    Debió construirle una casa de cristal y madera.
    Debieron hablar sobre tener hijos antes de casarse.
    Tendido sobre la cama de su infancia, sintió lágrimas en los ojos.
    Oyó entrar a Ma; los pasos se detuvieron en la sala.
    – ¿Eric? -Había visto la camioneta estacionada afuera.
    – Sí, estoy aquí arriba. Ya bajo.
    Se secó los ojos con los nudillos y, luego de levantarse, se sonó la nariz sobre el pañuelo ensangrentado y descendió los empinados escalones de madera, frenando la bajada en picada con las manos sobre la pared de arriba, que parecía permanentemente sucia por las miles de bajadas que había frenado.
    Ella aguardaba abajo, vestida con una campera de nailon color naranja y una bufanda de algodón con horribles rosas violáceas atada bajo el mentón. Tenía los anteojos empañados. Se los levantó hasta la frente y lo escudriñó con curiosidad.
    – ¿Qué demonios estabas haciendo allí arriba?
    – Oliendo la mierda de murciélago. Rememorando.
    – ¿Te pasa algo?
    – Estuve llorando un poco, si eso es lo que preguntas.
    – ¿Que sucede?
    – Me separo de Nancy.
    – Ah, es eso. -Lo observó en silencio, mientras él se daba cuenta de lo poco que la había querido ella a su mujer y se preguntaba qué sentiría.
    Anna abrió los brazos y dijo:
    – Ven aquí, hijo.
    Eric abrazó el cuerpo corto y regordete contra el suyo, mucho más alto, olió el aroma a invierno en la campera, un dejo de olor a combustible en la bufanda y a lo que Barb había cocinado, en su pelo.
    – Necesitaré quedarme un tiempo, Ma.
    – Todo lo que quieras.
    – Probablemente estaré de muy mal humor.
    Ella se separó y lo miró.
    – Tienes derecho a eso.
    Eric se sintió mejor luego del abrazo.
    – ¿Qué les pasa a las personas, Ma? Cambian.
    – Es parte de la vida.
    – Pero tú y el viejo no cambiaron. Llegaron juntos hasta el final.
    – Pero claro que cambiamos. Todo el mundo cambia. Pero no teníamos tantas complicaciones en aquellos días. Ustedes, los jóvenes de ahora, tienen dos docenas de expertos diferentes diciéndoles cómo tienen que pensar y sentir y actuar y cómo debes encontrarte a ti mismo. -Con una mueca, acentuó la palabra. -Qué expresión estúpida… encontrarte a ti mismo. Darse mutuamente espacio. -De nuevo, se burló de la palabra. -En mi época, el espacio de un hombre estaba al lado de su mujer, y el de la mujer, junto a su hombre y lo que nos dábamos mutuamente era una mano y un poco de amor al final del día si no estábamos demasiado cansados. Pero hoy en día te hacen creer que si no piensas en ti mismo primero estás haciendo todo mal, y el matrimonio no funciona así. No te culpo, hijo. Lo que estoy diciendo es que naciste en una época dura para el matrimonio.
    – Nancy y yo siempre nos llevamos bien. En la superficie, las cosas parecían funcionar bien, pero por debajo, hemos diferido por años respecto de los temas más importantes: trabajo, hijos, dónde vivíamos, en qué vivíamos.
    – Bueno, supongo que eso a veces sucede.
    Eric había esperado que ella demostrara favoritismo maternal y se sorprendió ante su neutralidad, pero la respetó por ello, pues sabía que nunca había querido a Nancy.
    Su madre soltó un suspiro y echó una mirada a la cocina.
    – ¿Comiste?
    – No, Ma, no tengo hambre.
    Otra vez lo sorprendió al no insistir.
    – Sí, a veces la angustia apaga el apetito. Bueno, será mejor que suba a cambiar las sábanas. Han estado puestas desde que Gracie y Dan durmieron allí en Navidad.
    – Yo puedo hacerlo, Ma. No quiero causarte molestias.
    – ¿Desde cuándo alguno de mis hijos fue una molestia para mi?
    Eric se acercó y la abrazó, apreciándola con un afecto renovado que lo hacía sentirse mejor.
    – Sabes, al mundo le vendrían bien unas cuantas como tú, Ma.
    Le golpeó la cabeza con los nudillos, como siempre habían hecho de niños.
    – ¡Suéltame ya, chiquillo! -masculló ella. Eric la soltó y subieron juntos para hacer la cama. Habían puesto la sábana de abajo cuando Eric dijo:
    – No sé cuánto tiempo me quedaré aquí, Ma.
    Ella sacudió con pericia la otra sábana en el aire y replicó:
    – ¿Acaso te lo pregunté?

    Eric pasó por la casa de Maggie a media mañana del día siguiente.
    – Hola -saludó con aire desconsolado.
    – ¿Qué te pasó en la cara?
    – Nancy.
    – ¿Se lo dijiste?
    Eric asintió con resignación.
    – Ven aquí -pidió-. Necesito abrazarte.
    Contra él, Maggie susurró:
    – Yo también necesito abrazarte mientras me lo cuentas.
    Cada vez que él acudía a ella, sus estados de ánimo parecían reflejarse el uno en el otro, como si una cuerda les uniera los corazones. Ese día necesitaban darse seguridad. No había lugar para la pasión en el abrazo.
    – Las noticias no son buenas -musitó Eric.
    – ¿Qué dijo?
    – No quiere oír hablar de divorcio.
    La mano de Maggie se movía suavemente por la espalda de él.
    – Ay, no.
    – Creo que va a dificultarnos las cosas todo lo posible. Dice que si ella no puede tenerme, tú tampoco lo harás.
    – ¿Cómo voy a culparla? ¿Podría yo renunciar a ti si fuerasmío?
    Eric se echó hacia atrás. Tenía las manos sobre la curva delcuello de Maggie y con los pulgares le acariciaba las comisuras de los labios. Contempló sus ojos tristes.
    – Me mudé a casa de Ma, así que todo está en el aire, todavía.
    – ¿Qué dijo tu madre?
    – ¿Ma? Es la sal de la tierra. Me abrazó y me dijo que me que dará todo el tiempo que quisiera.
    Maggie volvió a apretarse contra él.
    – ¡Qué afortunado eres! Desearía tanto tener una madre con quien poder ser sincera.

    Todos los martes por la tarde, Vera Pearson hacía de voluntaría en el Asilo de Ancianos de Bayside, donde tocaba el piano para que los ancianos cantaran. Su madre había sido una devota cristiana que le había inculcado la importancia de la caridad, tanto en casa como en la comunidad. De modo que los martes tocaba el piano en Bayside; los sábados arreglaba las flores del altar en la iglesia; en primavera ayudaba con la venta de cosas usadas a beneficio de la iglesia; en otoño colaboraba con la venta de tortas; asistía regularmente a las reuniones de su grupo en la iglesia, de la sociedad de jardinería y de los Amigos de la Biblioteca. Si en cualquiera de esas reuniones Vera recogía algún chisme que el Door County Advocate se había perdido, consideraba que esparcirlo era su deber.
    Ese martes por la tarde, Vera susurró a una de las enfermera que había oído que la chica Jennings (la del medio), que estaba en primero o segundo año de la secundaria, estaba E-Eme-Be etcétera.
    – No es de extrañarse -añadió-. De tal palo, tal astilla.
    Después de la sesión de música, siempre tomaban el té. El café estaba delicioso ese día y Vera tomó una taza con la torta de chocolate, dos más con una porción de torta de naranja y otra con unas masitas de coco.
    Estaba en el baño detrás de una de las dos puertas de metal beige, subiéndose las medias, cuando oyó que la puerta grande se abría. Dos mujeres entraron, conversando.
    Sharon Glasgow -una de las enfermeras de Bayside -dijo:
    – Vera Pearson tiene mucho de qué hablar. Su hija anda en amores con Eric Severson. ¿Supiste que dejó a su mujer?
    – ¡No!
    La puerta del compartimiento adyacente se cerró y Vera vio un par de zapatos blancos del otro lado de la pared de separación.
    – Está viviendo en casa de la madre.
    – ¡No te creo! -Era Sandra Eckleslein, una dietista.
    – Me parece que eran novios cuando estaban en la secundaria.
    – Él es muy buen mozo.
    – ¡Y no le digo nada de su esposa! ¿La has visto? -Del otro lado de la pared, el agua del inodoro corrió. Vera estaba inmóvil como las agujas de un reloj roto. La pared vibró cuando golpearon la puerta. Los zapatos blancos se alejaron. Apareció otro par. Abrieron la canilla y luego zumbó el secador de manos; la rutina se repinó mientras las mujeres pasaban a hablar de otros temas.
    Cuando el baño quedó en silencio, Vera se quedó escondida largo tiempo en su compartimiento, temiendo salir hasta no estar segura de que las dos mujeres se habían ido a otra parte del edificio.
    ¿Qué he hecho mal? pensó. Fui lo mejor que pude como madre. La hice ir a la iglesia, le di un buen ejemplo quedándome con un solo hombre toda la vida, le di una casa limpia con buena comida en la mesa y una madre siempre presente. No la dejé trasnochar, ni sacarse notas bajas y me aseguré de que nunca anduviera en malas compañías. Pero no bien regresó, se fue corriendo a esa reunión de la junta con él.
    ¡Le advertí que esto podría suceder! ¿No se lo dije, acaso?
    Vera no manejaba. En un pueblo del tamaño de Fish Creek no era necesario hacerlo, pero mientras subía a pie por Cottage Row, deseó haber aprendido a conducir. Cuando llegó a la puerta de Maggie, estaba sin aliento.
    Golpeó y esperó. Tenía la cartera colgando de ambas muñecas y éstas apretadas contra las costillas.
    Maggie abrió la puerta y exclamó:
    – ¡Mamá, qué sorpresa! Pasa.
    Vera marchó adentro, resoplando.
    – Dame tu abrigo. Prepararé café.
    – No quiero, gracias. Acabo de tomarme cinco tazas en el asilo.
    – ¿Tuvieron la sesión musical de siempre?
    – Sí.
    Maggie dejó el abrigo en la habitación de servicio y regresó para encontrar a Vera sentada en el extremo de una silla, con la cartera sobre las rodillas.
    – ¿Té? ¿Una Coca? ¿Algo?
    – No, nada.
    Maggie se sentó en una silla en ángulo recto con la de Vera.
    – ¿Viniste caminando?
    – Sí.
    – Deberías haber llamado. Te hubiera ido a buscar.
    – Puedes llevarme luego de… -Vera hizo una pausa.
    El tono de voz de su madre advirtió a Maggie que algo andaba mal.
    – ¿Después de qué?
    – Lo siento, pero he venido por algo desagradable.
    – ¿Sí?
    – ¿Estás viendo a ese chico Severson, no es cierto? -Vera apretó la manija de la cartera con ambas manos.
    Sorprendida, Maggie tardó en responder.
    – Si te dijera que sí, mamá, ¿estarías dispuesta a hablar de eso conmigo?
    – Estoy hablándote de eso. ¡Todo el pueblo habla de eso! Dicen que dejó a su mujer y está viviendo con la madre. ¿Es cierto?
    – No.
    – ¡No me mientas, Margaret! ¡No te eduqué así!
    – Está viviendo con la madre, pero dejó a su mujer porque ya no la quiere.
    – Ay, por Dios, Margaret, ¿ésa es la excusa que tienes para ti?
    – No necesito excusas.
    – ¿Tienes amoríos con él?
    – ¡Sí! -gritó Maggie, poniéndose de pie de un salto-. ¡Sí, tengo relaciones con él! ¡Sí, lo amo! ¡Sí, pensamos casarnos en cuanto consiga el divorcio!
    Vera pensó en todas las mujeres del grupo de la iglesia, de la sociedad de jardinería y de los Amigos de la Biblioteca, mujeres a las que conocía de toda la vida. Revivió la vergüenza que había pasado en el baño del asilo esa tarde.
    – ¿Cómo podré volver a mirar a las mujeres del grupo de la iglesia?
    – ¿Eso es todo lo que te importa, mamá?
    – He sido miembro de esa iglesia durante más de cincuenta años, Margaret y, en todo ese tiempo no he tenido motivo alguno para agachar la cabeza. Y ahora esto. No hace más que unos meses que regresaste al pueblo y estás metida en este escándalo. Es vergonzoso.
    – Sí es así, la vergüenza es mía, mamá, no tuya.
    – Ah, te crees muy viva, ¿no? Te crees todo loque él te dice, como una tonta. ¿Realmente piensas que su intención es divorciarse de su mujer y casarse contigo? ¿Cuántas crees que han oído lo mismo en todos estos años? Anda detrás de tu dinero, Margaret, ¿no le das cuenta?
    – Ay, mamá… -Maggie se dejó caer sobre la silla, abrumada por la desilusión. -¿Por qué, por una vez en tu vida, no puedes ser un apoyo para mí en lugar de regañarme?
    – Si crees que voy a tolerar cosas así…
    – No, no lo creo. No lo creería nunca, porque en toda mi vida, nunca creíste nada bueno de mí.
    – Y mucho menos que tuvieras sentido común. -Con expresión vehemente, Vera se inclinó hacia adelante y apoyó un brazo sobre la mesa. -Margaret, eres una mujer rica y no te das cuenta de que los hombres te perseguirán por tu dinero, pero yo, sí.
    – No… -Maggie sacudió la cabeza lentamente. -Eric no anda detrás de mi dinero. Pero no voy a quedarme aquí sentada defendiéndome ni defendiéndolo a él porque no tengo necesidad de hacerlo. Ya soy adulta y viviré mi vida como me plazca.
    – ¿Y nos avergonzarás a tu padre y a mí sin la menor consideración por nuestros sentimientos?
    – Mamá, lamento que te sientas así, de veras lo siento, pero sólo puedo decirte otra vez que es asunto mío, no tuyo ni de papá. Deja que me haga cargo yo de mis sentimientos y tú hazte cargo de los tuyos.
    – ¡No me hables con esos aires de psicóloga! Sabes que me indigna.
    – Muy bien, te haré una pregunta directa, porque siempre tuve mis dudas: ¿me quieres, mamá?
    Vera reaccionó como si alguien la hubiera acusado de ser comunista.
    – Pero claro que te quiero. ¿Qué clase de pregunta es esa?
    – Una pregunta franca. Porque nunca me lo dijiste.
    – Te tuve la ropa limpia, y la casa perfecta y le hice comidas ricas ¿no?
    – Un mayordomo podría hacer eso. Lo que quería era comprensión, alguna demostración de cariño, un abrazo cuando regresaba a casa, alguien que se pusiera de mi parte de tanto en tanto.
    – Te abracé.
    – No. Permitiste que te abrazara. Es diferente.
    – No sé qué quieres de mí, Margaret. Creo que nunca lo supe.
    – Para empezar, podrías dejar de dar órdenes. Tanto a mí como a papá.
    – Ahora me culpas por otra cosa. La función de una mujer es hacer que la casa funcione bien.
    – ¿Dando órdenes y criticando? Mamá, existen mejores formas.
    – ¡Ah, ahora resulta que también eso hice mal! Pues tu padre no se ha quejado, y hace cuarenta y cinco años que estamos juntos…
    – Y nunca te vi abrazarlo ni preguntarle si tuvo un buen día, ni masajearle el cuello. En cambio, cuando llega a casa, le dices: "Roy, quítate los zapatos, acabo de lavar el piso". Cuando yo llego a casa me dices: "¿Por qué no me avisaste que vendrías?" Cuando Katy vino para Acción de Gracias, la retaste porque no tenía botas. ¿No sete ocurre, mamá, que podríamos aspirar a otra cosa como saludo? ¿Que ahora, en este momento emocional de mi vida, cuando podríanecesitar alguien a quien confiarle mis cosas, podría desear que vinieras a preguntarme cómo me siento, en lugar de acusarme de avergonzarte a ti y a papá?
    – Lo que sí se me ocurre es que vine aquí a confrontarte con tus acciones inescrupulosas y has logrado cargarme la culpa a mí por algo que nunca hice. Bueno, pues te repito que en cuarenta y cinco años, tu papá nunca se ha quejado.
    – No -replicó Maggie con tristeza-. Sólo se mudó al garaje.
    El rostro de Vera adquirió un tono escarlata. ¡Roy era el que había hecho algo mal al mudarse al garaje! Y ella no daba órdenes ni criticaba: sólo mantenía las cosas en línea. Cielos, si fuera por Roy, los pisos estarían todos marcados por los zapatos y comerían a Dios sabe qué hora y llegarían tarde a la iglesia los domingos. Y ahí estaba esa criatura desagradecida, a quien ella le había dado todas las ventajas -vestidos hechos a mano, escuela dominical, educación universitaria- diciéndole a ella, Vera, ¡que podría ser mejor!
    – Creí que te había educado para respetar a tus padres, pero es evidente que ésa es otra cosa que no logré. -Recogiendo su orgullo hecho añicos, Vera se levantó de la silla con aire herido. -No volveré a molestarte, Margaret, y hasta que no estés dispuesta a disculparte conmigo, no será necesario que me molestes, tampoco. Buscaré mi abrigo.
    – Mamá, por favor… ¿no podemos hablar?
    Vera trajo su abrigo de la habitación de servicio y se lo puso. En la cocina, se demoró poniéndose los guantes, sin mirar a Maggie.
    – No es necesario que me lleves. Caminaré.
    – Mamá, espera.
    Pero Vera se marchó sin una palabra más.
    Al cerrar la puerta en el rostro de su hija, sintió que sin duda se le rompería el corazón. Ése es todo el agradecimiento que recibe una madre, pensó, mientras bajaba la colina hacia su casa.

    Esa noche, cuando Maggie vio a Eric, le dijo:
    – Mamá vino esta tarde.
    – ¿Qué dijo?
    – Exigía saber si yo tenía un romance con "ese chico Severson".
    Eric serró un metro de madera y bajó de una silla para abrazar a Maggie. Se encontraban en uno de los dormitorios de huéspedes, y la estaba ayudando a colocar un tarugo para colgar un gran espejo enmarcado. -Lo siento, Maggie. Nunca quise que eso sucediera.
    – Le dije que sí.
    Él dio un paso atrás, sorprendido:
    – ¿Le dijiste eso? ¿De veras?
    – Bueno, es cierto ¿no? Yo elegí tener un romance. -Con la punta de los dedos le tocó la mejilla, justo debajo de los raspones, donde se le habían formado costras delgadas. -Puedo aceptarlo, si tú lo aceptas.
    – Un romance… ay, Maggie Mía, ¿qué te estoy haciendo hacer? ¿Qué más te haré hacer? Yo no quería esto para ti, ni para nosotros. Quería que todo fuera legítimo.
    – Hasta que pueda serlo, me conformaré con esto.
    – Hoy presenté los papeles solicitando el divorcio -le contó Eric-. Si todo va bien, podríamos estar casados dentro de seis meses. Pero he tomado una decisión, Maggie.
    – ¿Cuál?
    – No me quedaré más a pasar la noche aquí. Queda muy mal y no quiero que la gente hable de ti.

    En las siguientes semanas, Eric fue a casa de Maggie casi todos los días. Por la mañana, a veces, llevando rosquillas frescas; con frecuencia a la hora de la cena, llevando pescado. En ocasiones, cansado, se quedaba dormido sobre el sofá. En otras, feliz, deseaba comer, reír, salir de paseo con ella en la camioneta con las ventanillas abiertas. Fue allí el día del deshielo, cuando el caos sobre el lago marcó el final del invierno. Y el día que Maggie recibió los primeros e inesperados huéspedes que habían conseguido la dirección en la cámara de Comercio y sencillamente aparecieron en la puerta, preguntándole si tenía una habitación. Maggie estaba consumida por la excitación esa noche y encendió fuego en la sala y llenó el recipiente de caramelos y se aseguró de que hubiera libros y revistas disponibles. Los huéspedes regresaron luego de cenar en el pueblo y golpearon a la puerta cerrada de la cocina para hacer unas preguntas. Cuando Maggie presentó a Eric por su nombre de pila, el hombre le estrechó la mano y dijo:
    – Es un gusto conocerlo, señor Stearn.
    Eric ayudó a Maggie a poner el muelle nuevo y construyó una nueva glorieta que ella decidió que quería al final del muelle en lugar de en la cancha de tenis, que había perdido mucho encanto al quedar como playa de estacionamiento. Cuando el último clavo quedó en su lugar, se sentaron tomados de la mano para ver ponerse el sol.
    – Katy accedió a venir a trabajar aquí durante el verano -contó Maggie.
    – ¿Cuándo? -quiso saber Eric.
    – Las clases terminan la última semana de mayo.
    Sus miradas se encontraron y Eric acarició con el pulgar el del dorso de la mano de Maggie. Luego de un mudo intercambio, ella apoyo la cabeza sobre su hombro.
    Eric fue el día que puso el Mary Deare en el agua; pasó navegando bajo la casa e hizo sonar la sirena, lo que trajo a Maggie volando al pórtico para saludar y sonreír como él lo había imaginado.
    – ¡Ven, baja! -le gritó Eric y ella corrió por el césped verde de primavera entre hileras de iris florecientes, trepó a cubierta y sealejó con él por las aguas.
    Y fue de nuevo tiempo después, cuando las flores estaban en todo su esplendor, en su vieja camioneta, lavada por dentro y por fuera para la ocasión, y decorada con flores que dejaron atónita a Maggie y luego la hicieron llorar. Eric la llevó a un huerto en flor, cargado de aroma, color y cantos de pájaros, pero una vez allí, compartieron sólo un melancólico silencio, tomados de la mano.
    Llegó mayo, y con él el tiempo suficientemente cálido como para pintar el apartamento sobre el garaje, que no tenía calefacción. Eric ayudó a Maggie a prepararlo para Katy; lo amoblaron con piezas familiares de la casa de Seattle.
    A mediados de mes, llegaron los turistas y con ellos, menos oportunidades para estar juntos, y luego llegó la última noche antes que Katy viniera a pasar el verano.
    Se despidieron en la cubierta del Mary Deare a la una y diez de la madrugada, odiando tener que separarse, rodeados por la oscuridad y el murmullo de las olas contra el casco.
    – Te voy a extrañar.
    – Yo también.
    – Vendré cuando pueda, en el barco, cuando haya oscurecido.
    – Me resultará difícil escapar.
    – Estate alerta a eso de las once. Haré parpadear las luces.
    Se despidieron con besos cargados de angustia, como cuando la universidad los separó.
    – Te amo.
    – Y yo a ti.
    Maggie retrocedió, tomada de su mano, hasta que sus dedos ya no se tocaron.
    – Cásate conmigo -susurró él.
    – Lo haré, te lo prometo.
    Pero las palabras fueron sólo ansias y deseos, porque si bien Eric pidió el divorcio no bien dejó a Nancy, la correspondencia enviada por el abogado de ella siguió siendo la misma: La señora Macaffee no accedía a divorciarse, sino que deseaba, en cambio, una reconciliación.

Capítulo 15

    Katy había decidido que otorgaría a su madre el beneficio de la duda. La abuela le había escrito: tu madre anda con un hombre casado, pero Katy decidió que se lo preguntaría directamente a ella. Estaba segura de que la abuela se equivocaba; eran sólo sospechas suyas. Después de la conversación que habían tenido en Navidad, no veía cómo podía ser posible que su madre hubiera hecho otra cosa que no fuera rehusarse a ver a su ex novio.
    Se detuvo en Puerto Egg y bajó la capota del convertible. Era un caluroso día de primavera y -había que admitirlo- se sentía feliz de alejarse de Chicago. Vivir junto al lago quizá no fuera a resultar tan malo, después de todo, aunque no sabía muy bien si le iba a gustar ser la encargada de la limpieza. ¿Pero qué otra opción tenía? Hasta que terminara los estudios universitarios su madre controlaba el dinero, y no había invitado a Katy como huésped. La había invitado como empleada.
    Limpiar. Mierda. Fregar los inodoros después de que los usaran desconocidos y cambiar sábanas con rizados vellos negros en ellas. Todavía le resultaba imposible comprender por qué su madre quería tener una hostería. Una mujer con un millón de dólares en el Banco.
    El pelo se le arremolinó en el viento, y Katy se volvió para asegurarse de que no estaba a punto de volársele nada del asiento trasero. Luego fijó nuevamente la vista en la ruta y en el paisaje que la rodeaba. Caray, era un bonito lugar. Todo se estaba poniendo verde y los huertos estaban en plena floración. Quería llevarse bien con su madre. De veras. ¡Pero ella había cambiado tanto desde que papá había muerto! Tanta independencia. Además, parecía arremeter hacia adelante y hacer las cosas sin considerar los sentimientos de Katy. ¿Y si lo que la abuela había dicho fuese cierto?
    Fish Creek estaba en pleno apogeo. Las puertas de los comercios sobre la calle principal estaban abiertas, la mayoría sin siquiera mosquiteros. Frente al correo había tulipanes en flor, y abajo, en los muelles, ya se veían veleros.
    Sobre Cottage Row, las casas de veraneo habían sido abiertas para la temporada y había un hombre podando arbustos junto al portón de una de ellas.
    En lo de su madre se veía un nuevo letrero: CASA HARDING. Junto al garaje estaba estacionado el Lincoln de Maggie al lado de otro coche con patente de Minnesota. Katy estacionó junto a ellos, bajó, se desperezó y comenzó a descargar el equipaje asiento trasero.
    No había descendido la mitad de los escalones cuando Maggie salió como una tromba, sonriendo, exclamando:
    – ¡Hola, mi vida!
    – Hola, mami.
    – Qué alegría me da verte.
    Se abrazaron en el sendero, luego Maggie tomó una maleta y se dirigieron al garaje, conversando sobre el viaje, el fin de las clases, el clima agradable de primavera.
    – Tengo una sorpresa para ti -dijo Maggie, guiando a Katy por la escalera que trepaba por la pared externa del edificio. Abrió la puerta. -Pensé que te gustaría tener un sitio sólo para ti.
    Katy miró alrededor con los ojos muy abiertos.
    – Los viejos muebles… ay, mamá…
    – Tendrás que utilizar el baño de la casa y comer allí conmigo pero al menos tendrás privacidad.
    Katy abrazó a su madre.
    – Gracias, mamá, me encanta.
    A Katy le encantaba su habitación, pero su entusiasmo pronto se convirtió en horror cuando se enfrentó a la realidad de tener huéspedes en la casa principal, moviéndose por las habitaciones a toda hora. Maggie mantenía cerrada la puerta de la cocina que daba al corredor, de manera que esa parte de la casa quedara reserva da para ellas. Esa tarde golpearon no menos de cinco veces a la puerta del corredor para hacer preguntas molestas. (¿Podemos usar el teléfono? ¿Dónde se pueden alquilar bicicletas? ¿Qué restaurante nos recomienda? ¿Dónde podemos comprar rollos fotográficos, carnada, comida para picnic?) El teléfono sonaba en forma incesante y los pasos en el piso superior parecían una intrusión. Al caer la tarde llegó otro grupo de huéspedes y Maggie tuvo que interrumpir los preparativos para la cena para llevarlos al piso superior y luego registrarlos. Para cuando llegó la hora de comer, Katy estaba totalmente desencantada.
    – ¿Mamá, estás segura de que hiciste lo correcto?
    – ¿Qué pasa?
    Katy hizo un ademán hacia la puerta que daba al corredor.
    – Todas estas interrupciones. La gente que entra y sale y el teléfono que no para de sonar.
    – Esto es un negocio. Es de esperar que suceda todo eso.
    – ¿Pero por qué lo haces, si tienes suficiente dinero como para no trabajar por el resto de tu vida?
    – ¿ Y qué otra cosa debería hacer con el resto de mi vida? ¿Comer chocolatines? ¿Ir de compras? Katy, tengo que mantenerme ocupada con algo vital.
    – ¿Pero no podías haberte comprado una tienda de regalos, o convertirte en vendedora de productos Avon… algo que no te trajera clientes a la casa?
    – Sí, pero no lo hice.
    – La abuela dice que esto fue una tontería.
    Maggie se erizó.
    – ¿Ah, sí? ¿Y cuándo hablaste con la abuela?
    – Me escribió.
    Maggie comió un bocado de ensalada de pollo sin hacer comentarios.
    – Dijo otra cosa que también me ha estado preocupando.
    Maggie apoyó la muñeca en el borde de la mesa y esperó.
    Katy la miró a los ojos.
    – ¿Mamá, sigues viendo a ese Eric Severson?
    Maggie bebió un poco de agua, considerando su respuesta. Dejó el vaso y respondió.
    – De tanto en tanto.
    Katy dejó el tenedor y levantó las manos.
    – Ay, mamá, no lo puedo creer.
    – Katy, te dije que…
    – Sé que me dijiste que no me metiera, pero ¿acaso no comprendes lo que estás haciendo? ¡Es casado!
    – Está tramitando el divorcio.
    – Sí, claro, es lo que dicen todos.
    – ¡Katy, eso estuvo de más!
    – Está bien, me disculpo. -Katy levantó las manos como un agente policial de tránsito. -Pero me parece un horror de cualquier forma, y vergonzoso, además. -Se puso de pie de un salto, llevó el plato al tacho de residuos y lo dejó limpio con tres golpes de tenedor.
    Maggie renunció a terminar la cena. Observó a su hija dirigirse furiosa a la pileta. ¿Cómo era que desde el otoño pasado se habían trepado a esta calesita de mutua agresión? En cuanto llegaban a una tregua, enseguida volvían a exasperarse mutuamente. Otros padres pasaban por esa etapa durante la adolescencia de los hijos, pero para los Stearn esos años habían sido sorprendentemente serenos. Maggie creyó que había terminado de criar a Katy con mucha suerte, sólo para descubrir ahora que los problemas comenzaban en el momento en que creyó que mejor se llevarían.
    – Mira, Katy -dijo con tono razonable-, si vamos a ladrarnos así todo el tiempo, el verano se hará muy largo. Además, los huéspedes intuyen si hay fricción en la casa y merecen que se los trate con sonrisas genuinas. Habrá momentos en los que tú tendrás que atenderlos, de modo que si crees que es demasiado para ti, dímelo ahora.
    – ¡No es demasiado para mí! -le espetó Katy y abandonó la habitación.
    Una vez que ella se fue, Maggie suspiró, apoyó los codos sobre la mesa y se masajeó la frente con ocho dedos. Se quedó así un buen tiempo, contemplando el plato y la ensalada sin terminar.
    De pronto los trozos de comida se nublaron y una lágrima cayó sobre una hoja de lechuga.
    ¡Caray, no le pongas a llorar otra vez! ¿Por qué lloro tanto últimamente?
    Porque echas de menos a Eric y estás cansada de tanta duplicidad, de luchar contra tu familia y tienes miedo de que él nunca sea libre.
    Seguía sentada con los ojos húmedos cuando alguien golpeó a la puerta que daba al corredor. Váyanse, pensó, estoy cansada y necesito llorar. Cansada… sí, estaba tan cansada últimamente. Durante un instante, mientras se ponía de pie, se sintió mareada. Luego se secó los ojos con la manga, adoptó una expresión alegre y fue a abrir la puerta.

    Se tornó evidente, luego del primer día de trabajo de Katy, que mantener la disciplina como patrona de su propia hija, sería difícil para Maggie. Como la madre que enseña piano a su propio hijo, vio que sus órdenes se tomaban con ligereza y se cumplían con poca prontitud.
    Ya voy.
    ¿Quieres decir que tengo que repasar los muebles todos los días?
    ¡Pero hace demasiado calor para limpiar los tres baños!
    Si bien la actitud de Katy la fastidiaba, Maggie no la regañó con la esperanza de disminuir la tensión entre ambas.
    Luego, el tercer día después de la llegada de Katy, su pereza recibió una inyección de adrenalina. Katy estaba metiendo sábanas sucias dentro de una bolsa de lona para la lavandería cuando una cortadora de césped pasó rugiendo junto a la ventana, empujada por un joven con el torso desnudo, shorts rojos y zapatillas Nike sin medias.
    – ¿Quién es ése? -exclamó Katy, boquiabierta, siguiéndolo de ventana en ventana.
    Maggie echó una mirada afuera.
    – Es Todd, el hijo de Brookie.
    – ¿Corta el pasto de nuestra casa?
    – Lo contraté como ayudante. Viene dos veces por semana para hacer los trabajos pesados, cortar el césped, podar, limpiar la playa, encargarse de la basura.
    Katy estiró el cuello para mirarlo, golpeándose la frente contra la tela de alambre cuando la cortadora de césped se alejó y el ruido disminuyó.
    – ¡Uau, qué bien que está!
    – Sí, es buen mozo.
    Katy hizo volar el polvo durante el resto de la mañana y encontró un sinnúmero de oportunidades para salir: a sacudir el plumero, las alfombritas, a barrer la galería y llevar los residuos al tacho de basura junto al garaje. Terminó sus tareas en tiempo récord y bajó a la carrera, sin aliento, deteniéndose junto a Maggie, que estaba sentada ante el escritorio en su salita privada.
    – Limpié los tres baños, cambié las sábanas, quité el polvo de los dormitorios y de la sala y hasta limpié las ventanas. ¿Me puedo ir?
    Habían acordado que Katy trabajaría todos los días hasta las dos de las tarde y luego se turnaría con Maggie para estar disponible por si llegaban nuevos huéspedes. Durante ninguno de los dos primeros días terminó el trabajo antes de las dos; ese día, sin embargo, acabó a las doce y cuarto.
    – Bueno, pero necesito salir a hacer compras en algún momento de la tarde, así que regresa para las tres.
    Katy salió como una flecha para el garaje, y apareció minutos después en el jardín con shorts limpios, un top rojo, el rostro maquillado y el pelo recogido en una ordenada trenza. Todd estaba vaciando el césped cortado dentro de una bolsa plástica negra.
    – Dame, te la sostendré -dijo Katy al tiempo que se le acercaba.
    Todd miró por encima del hombro y se irguió.
    – Hola.
    ¡Bueno, qué físico! Y estupendo pelo negro y una cara que probablemente hacía parar a las chicas por la calle todo el tiempo. El torso desnudo y la frente con una vincha blanca estaban perlados de transpiración.
    – Hola. Eres el hijo de Brookie.
    – Sí. Tú debes de ser la hija de Maggie.
    – Me llamo Katy. -Tendió la mano.
    – Y yo, Todd. -Se la estrechó con una mano firme y sucia.
    – Lo sé. Me lo dijo mamá.
    Katy le sostuvo la bolsa mientras él volcaba el césped adentro.
    De pie junto a él, Katy captó el aroma a loción bronceadora tropical mezclada con el aroma verde del césped recién cortado.
    – Te vi afuera hace unos minutos -dijo Todd, mirando de soslayo el abdomen desnudo de Katy.
    – Le hago la limpieza a mi madre.
    – ¿Así que vas a estar aquí todo el verano?
    – Aja. Regreso a la Northwestern en otoño. Voy a cursar mi segundo año allí.
    – Yo entro en la Fuerza Aérea en septiembre. Gracias. -Tomó la bolsa de manos de ella y se arrodilló para volver a colocar la bolsa recolectora en la máquina.
    Desde arriba, Katy estudió su bronceado, los hombros traspirados, la curva de las vértebras y los rizos húmedos de la nuca.
    – Parece que nuestras madres eran muy buenas amigas.
    – Sí. Supongo que oíste los mismos cuentos que yo.
    – ¿Te refieres al Quinteto Fatal?
    Él levantó la vista y rieron. A Katy le encantó la forma en que se le frunció el rostro al hacerlo. Todd se irguió, secándose las palmas sobre los shorts, mientras ambos se estudiaban tratando de dar la impresión de que no lo hacían. Luego dejaron que su atención si dirigiera al lago.
    – Bueno, será mejor que te deje seguir trabajando -dijo Katy, de mala gana.
    – Sí. Tengo otro jardín que hacer esta tarde.
    Ella giró la cabeza y lo pescó estudiándole el abdomen desnudo otra vez. En forma abrupta, Todd levantó la mirada y ambos hablaron a la vez.
    – Terminaré…
    – ¿Adonde…?
    Él sonrió y dijo:
    – Tú primero.
    – Iba a preguntarte dónde se juntan los chicos en este lugar.
    – Y yo te iba a decir que terminaré con el trabajo alrededor de las cinco. Si quieres podría llevarte a la Playa de la Ciudad y presentarte a todos. Conozco a todo el mundo en Door, a todos menos a los turistas, quiero decir. Bueno, hasta conozco a algunos turistas, también.
    Katy esbozó una sonrisa radiante.
    – Genial. Me encantaría.
    – Después de cenar nos reunimos en el C-C Club en la calle principal. Allí tocan bandas en vivo.
    – Suena divertido -respondió Katy.
    – Podría pasar a buscarte alrededor de las seis.
    – ¡Perfecto! Te veré entonces.
    Maggie notó de inmediato el cambio en Katy. Su mal humor se aplacó; tarareó y conversó con su madre; se despidió con alegría cuando abandonó la casa con Todd.
    A las dos de la mañana, Maggie todavía no la había oído entrar para usar el baño. Al día siguiente, Katy durmió hasta las diez y se levantó sólo a instancias de su madre. Durante las tres noches siguientes salió de nuevo con Todd, levantándose cada vez más tarde, y cuando llegó el domingo, protestó por tener que trabajar.
    – Es el único día libre de Todd y queríamos ir temprano a la playa.
    – Puedes ir en cuanto termines con la limpieza.
    – Pero, mamá…
    – ¡Ya habrías terminado si te hubieras levantado a la hora debida! -exclamó Maggie.
    Durante los días que siguieron, mientras que Katy pasaba cada vez más tiempo con Todd, Maggie hervía de indignación, no por Todd, que era un muchacho agradable, trabajador, cumplidor y sumamente cortés, sino por la actitud de su hija hacia el trabajo. Le daba fastidio tener que volver a poner en práctica tácticas maternas que la remontaban a los días de la temprana adolescencia de Katy. La enfurecía convertirse en el sereno nocturno. Le molestaba la alegre suposición de Katy en cuanto a que podía adecuar las horas de trabajo a sus necesidades personales.
    Había otra cosa que le molestaba, también, algo que Maggie no había esperado. Extrañaba su privacidad. Después de tan pocos meses de independencia, descubrió que se había acostumbrado a comer -o a no comer- cuando lo deseaba; a encontrar el baño como lo había dejado, los cosméticos donde los había puesto; a sintonizar la radio donde le gustaba, y a encontrar la pileta sin vasos sucios. Si bien Katy dormía en el departamento del garaje, ya no le parecía que la casa era de ella sola y se sentía mezquina y culpable por su reacción. Porque se daba cuenta de que quizá fuera todo un subterfugio para ocultar la mayor imposición que la presencia de Katy había creado: la había obligado a poner fin a sus veladas con Eric.
    Maggie deseaba hablar con alguien sobre esos complejos sentimientos, pero su madre se había puesto fuera de alcance y, debido a que Todd estaba involucrado, Brookie quedaba excluida.
    Entonces una noche, ocho días después de la llegada de Katy, vino Eric.
    Maggie se despertó de un sueño pesado y permaneció tensa, escuchando. Algún sonido la había despertado. Había estado soñando que era niña y jugaba a los indios en las hierbas altas junto a una escuela de ladrillos cuando sonó la campana de la escuela y la despertó. Se quedó acostada, contemplando el cielo raso negro, escuchando el coro nocturno de grillos y sapos, hasta que por fin vino otra vez, el leve tintineo no de una campana escolar, sino de la campana de un barco, lo suficientemente cerca como para hacerse oír sin molestar. La intuición le dijo que era él, llamándola con la familiar campana de bronce que colgaba sobre la cabina del Mary Deare.
    Con el corazón al galope, saltó de la cama y revolvió un cajón. Sacó los primeros shorts que encontró y se los puso debajo del camisón corto. El reloj marcaba las once. Mientras corría por la casa oscura, Maggie sintió que se ahogaba por la excitación. Se deslizó como una sombra por el corredor y salió por la puerta delantera, atravesó la galería y bajó los escalones entre los arbustos de corona de novia cargados de flores; corrió hacia la negrura del lago donde el ronroneo suave de los motores del Mary Deare agitaba el agua y tornaba difuso el reflejo de la luna; colina abajo, descalza, sobre el césped húmedo, bajo el encaje negro de ramas de arce hasta que oyó apagarse los motores, luego oyó el sonido de las olas contra los pilotes del muelle, después sus pies descalzos golpeando contra la plataforma de madera. La sintió sacudirse cuando la embarcación golpeo suavemente contra ella.
    Eric apareció como un fantasma blanco, silencioso y espectral como el Mary Deare, aguardando junto a la baranda con los brazos extendidos mientras ella se lanzaba hacia ellos como una paloma perdida que por fin encuentra su hogar.
    – ¡Ay, mi amor, cómo te extrañé! Abrázame, por favor… abrázame.
    – Ah, Maggie… Maggie…
    Eric la sujetó con fuerza contra su torso desnudo, contra los pantalones blancos enrollados hasta la pantorrilla. Con las piernas abiertas, se afirmó sobre la cubierta ondulante y besó a Maggie como si al hacerlo se le curara una herida lacerante.
    Como una repentina lluvia de verano, brotaron las lágrimas de Maggie, sin previo aviso.
    – ¿Maggie, qué pasa? -Eric se apartó, y trató de levantarle el rostro, que ella, avergonzada, ocultaba contra su hombro.
    – No lo sé. Es pura tontería.
    – ¿Te sientes mal?
    – No… sí… no lo sé. He estado al borde de las lágrimas todo el día, sin ningún motivo valedero. Lo siento, Eric.
    – No, no… no importa. Llora tranquila. -La sostuvo abrazada con suavidad, masajeándole la espalda.
    – Pero es que me siento tan tonta, y además, te estoy mojando el pecho. -Maggie resopló contra la piel de él y se la secó con el dorso de la mano.
    – Mójalo, vamos. No se encogerá.
    – Ay, Eric… -Luego de un sollozo, comenzó a calmarse y se acomodó contra los muslos de él. -No sé qué me pasa últimamente.
    – ¿Tuviste una mala semana?
    Ella asintió, y al hacerlo, le golpeó el mentón.
    – ¿Puedo desahogarme contigo, por favor?
    – Por supuesto.
    Le hacía tan bien apoyarse contra él y dejar desbordar sus sentimientos.
    – No me está dando resultados esto de contratar a Katy -comenzó. Le contó todo: las trasnochadas de Katy y cómo afectaban su trabajo; lo difícil que era supervisar a su propia hija; la imposibilidad de hablarlo con Brookie; y su sensación de estar atrapada en una etapa de maternidad que creyó haber superado. Confesó su irritabilidad poco habitual y su tristeza por haberse distanciado del todo de su madre. Le dijo, también, que Katy sabía que se veía con él y que habían discutido por eso.
    »Así que te necesitaba, hoy… mucho.
    – Y yo te necesitaba a ti.
    – ¿Tu semana fue horrible, también?
    Él le habló de los festejos en casa de Mike y Barb esa semana, primero el sábado, cuando toda la familia aportó para hacerle una gran fiesta de graduación a Nicholas; y de la noche anterior, cuando Barb dio a luz una niña, dos semanas después de la fecha indicada, pero hermosa y sana. La habían llamado Anna, como la abuela.
    – En una misma semana mandan un hijo afuera, al mundo, y traen otro a él -reflexionó con tristeza.
    – Y tú no tienes ni siquiera uno… eso es lo que te pone mal, ¿no?
    Eric suspiró y se encogió de hombros, la sujetó de los brazos y la miró a los ojos.
    – También pasó otra cosa el fin de semana pasado.
    – Cuéntame.
    – Nancy vino a casa de Ma, suplicando una reconciliación, y hoy mi abogado me advirtió que no quedará bien a ojos del tribunal si me niego a intentar al menos una reconciliación si mi mujer la solicita.
    Maggie estudió su rostro con preocupación.
    – No te preocupes -añadió Eric, enseguida-. Yo te amo a ti. Eres la única a quien amo y te prometo que no volveré con ella. Nunca. -Le besó la boca, con ternura, luego con creciente ardor, buscando con su lengua húmeda y suave la de ella. -Ay, Maggie, te amo, cómo te amo. -Su voz sonaba torturada. -Me muero por ser libre para poder casarme contigo, para que no tengas que sufrir el desprecio de tu hija y de tu madre.
    – Lo sé. -Ahora le tocó a ella reconfortarlo, acariciarle el rostro, las cejas. -Algún día será.
    – Algún día -repitió él, con un dejo de impaciencia-. ¡Pero cuándo!
    – Shhh… -Maggie lo calmó, le besó la boca, lo obligó a olvidarse por un rato. -Yo también te amo. Fabriquémonos nuevos recuerdos… aquí… bajo las estrellas.
    La luna desparramaba sus sombras sobre la cubierta de madera… una lanza larga contra los tablones más claros, cuando se unieron y se convirtieron en una sola línea. Eric abrió su boca sobre la de Maggie, le capturó los labios y deslizó las manos por su espalda, abriéndolas luego para apretarle las nalgas fuertemente contra él. Maggie se puso en puntas de pie, pasó las uñas por el cuero cabelludo de él, luego por sobre sus hombros desnudos. Eric le aprisionó los pechos bajo el camisón suelto, la tomó debajo de los brazos y la levantó hacia las estrellas, manteniéndola suspendida mientras le besaba el seno derecho. Ella hizo una mueca de dolor y Eric murmuró:
    – Perdón… lo siento… me vuelvo demasiado impaciente… -Con más suavidad, abrió la boca sobre ella, humedeciéndole el camisón, la piel, y los rincones más recónditos de su ser. Maggie arqueó la cabeza hacia el cielo y lo sintió temblar, se sintió temblar, sintió el aire de la noche temblar alrededor de ambos y pensó: Queno lo pierda. Que no gane ella.
    Cuando se deslizó hacia abajo por el cuerpo de él, marcó el camino con los dedos, trazando una línea sobre su pecho, su vientre, luego tomándolo en su mano.
    – Ven -susurró él con urgencia, llevándola de la mano hacia la proa, donde una lona cortaba la luz de la luna y la luz de los paneles les iluminaba los rostros con una pálida fosforescencia. Eric encendió el motor y se sentó sobre el taburete alto; acomodó a Maggie entre sus muslos. Enfiló hacia Bahía Green, deslizando una mano dentro de la ropa interior de ella y acariciándola íntimamente mientras se alejaban de la costa.
    Maggie le devolvió las caricias a través del pantalón. Navegaban sobre las aguas estrelladas; ella absorbió el golpeteo de las olas contra el casco y el aroma de la piel tibia de Eric y la suavidad del contacto de su pelo cuando él hundió el rostro contra la curva de su hombro.
    Eric arrojó el ancla a unos seis metros de la costa. Hicieron el amor sobre la fresca cubierta de madera, con movimientos que se amoldaban a los de la embarcación sobre las olas de la noche. Fue tan agotador como siempre, pero debajo de la maravilla experimentada había un hilo de tristeza. Porque él no le pertenecía, ni ella a él y eso era lo que ambos más deseaban.
    Cuando terminaron, Eric se quedó sobre ella, con los codos apoyados a ambos lados de la cabeza de Maggie. Ella contempló el rostro, lo que se veía de él en las sombras, y sintió que el amor la golpeaba de nuevo con una fuerza arrolladora.
    – A veces -susurró -¿no es difícil expresarlo? ¿Con palabras lo suficientemente poderosas o significativas?
    Eric le acarició la frente y le extendió el cabello castaño sobre la cubierta hasta que la rodeó como una nube. Buscó formas de expresarlo, pero no era poeta ni filósofo.
    – Me temo que habrá que conformarse con "Te amo". Eso lo dice todo.
    – Y yo te amo a ti.
    Se llevaron el pensamiento de regreso a la orilla, lo guardaron dentro de sí para los días de separación que vendrían, lo reiteraron con el beso de despedida, se aferraron a él cuando Maggie lo saludó y lo dejó de pie al final del muelle, observándola subir la colina.
    En la cima se volvió para saludar, luego resueltamente arrastró los piespor los escalones de la galería delantera.
    Desde las sombras se oyó una voz. Áspera. Acusadora.
    – Hola, mamá. Maggie se sobresaltó.
    – ¡Katy!
    – Yo también estoy aquí, señora Stearn.
    – Agh… Todd. -Se habían estado besuqueando en la oscuridad. Era evidente, aun sin el beneficio de la luz. -¿Ustedes dos están trasnochando bastante, no creen?
    La respuesta cortante de Katy la desafió a reprocharla.
    – Parece que no somos los únicos.
    Desde abajo llegó el sonido del motor del Mary Deare alejándose del muelle. Maggie se dio cuenta, cuando sus ojos se adaptaron a las sombras de la galería, de que Katy había tenido un panorama claro del muelle. Vio a su hija contemplando su camisón corto, sus pies descalzos, juzgando, reprendiendo. Maggie se sonrojó y se sintió culpable. Quería decirle: Pero yo soy más grande que tú, más experimentada, y comprendo perfectamente lo que implica este rumbo en el que me he embarcado.
    Lo que le sirvió como frío recordatorio de que estaba emitiendo un doble mensaje en lugar de dar un buen ejemplo.

    Después de esa noche, la idea la preocupó. Nunca antes había pensado demasiado en la promiscuidad. Era algo contra lo que se advertía a las chicas durante la adolescencia, pero en la madurez, Maggie lo había considerado una elección solamente suya. Quizá no lo fuera.
    Con una impresionable hija de dieciocho años en la casa que salía con un muchacho buen mozo y viril, quizá no lo fuera.
    Las trasnochadas de Katy siguieron y Maggie se despertaba con frecuencia para quedarse en la cama, preocupada, o vagar hasta el baño o por la casa oscura, preguntándose si debería hablar con Brookie después de todo. ¿Pero para qué?
    Sus noches de mal dormir comenzaron a notarse y comenzó a sentirse lenta, a veces mareada, a veces débil. Nunca había comido entre, horas, pero comenzó a hacerlo, como reacción a la tensión que sentía, creyó. Aumentó dos kilos y medio. Los corpiños no le cabían más. Luego un día descubrió algo muy extraño. Los zapatos ya no le iban bien.
    ¿Los zapatos?
    Se paró junto a la cama, y se miró los pies, que parecían dos papas enormes.
    ¡No se me ven ni siquiera los tobillos!
    Algo no andaba bien. Nada bien. Sumó todo: la retención de líquidos, el cansancio, la irritabilidad, los pechos doloridos, el aumentó de peso. Era la menopausia, estaba segura, los síntomas concordaban todos. Pidió una cita con un ginecólogo de Bahía Sturgeon.

    El doctor David Macklin había tenido la perspicacia de hacer pintar el cielo raso de su consultorio con un motivo floral. Tendida de espaldas sobre la camilla, Maggie se distrajo tratando de reconocer las flores. Tulipanes, violetas y rosas. ¿Qué eran esas florecillas blancas? ¿Flores de cerezo? En Door County, qué adecuado. La luz era difusa, iluminaba el cielo raso indirectamente desde las paredes color lavanda. Era un consultorio apacible que ponía al paciente lo más cómodo posible.
    El doctor Macklin terminó su examen, bajó la camisola descartable de Maggie y la ayudó a incorporarse.
    – Muy bien, ya puede levantarse.
    Ella se sentó en un extremo de la camilla y lo observó hacer rodar su taburete hasta un escritorio empotrado en la pared donde anotó algo en una carpeta de papel manila. Era un hombre de unos treinta y tantos años, de calvicie incipiente, pero con un bigote tupido que parecía querer compensar el ensañamiento de la naturaleza con su cabeza. Sus cejas, también, eran gruesas y oscuras y caían como paréntesis sobre sus amistosos ojos azules. Levantó la vista y preguntó:
    – ¿Cuándo fue su última menstruación?
    – Mi verdadera última menstruación… alrededor de la época en que murió Phillip, hace casi dos años.
    – ¿A qué se refiere con eso de "verdadera menstruación"?
    – A como fue siempre. Normal, de cuatro días de duración.
    – ¿Y después de la muerte de su marido se interrumpió en forma abrupta?
    – Sí, cuando comencé a experimentar esos calores de los que le hablé. He tenido algunas pequeñas pérdidas de tanto en tanto, pero muy leves.
    – ¿Ha sufrido calores últimamente?
    Maggie pensó antes de responder.
    – No, últimamente, no.
    – ¿Sudores nocturnos quizás?
    – No.
    – ¿Pero le molestan los pechos?
    – Sí.
    – ¿Desde hace cuánto tiempo?
    – No lo sé. Un par de meses, quizá. No lo recuerdo.
    – ¿Se levanta de noche para orinar?
    – Dos o tres veces.
    – ¿Es normal en usted?
    – No, creo que no, pero mi hija vive conmigo y ha estado trasnochando bastante. Me cuesta dormirme hasta que la oigo llegar.
    – ¿Qué puede decirme de su estado de ánimo en este último tiempo? ¿Se ha sentido de mal humor, deprimida?
    – Mi hija y yo discutimos bastante. Tenerla en casa otra vez ha sido una situación estresante.
    El doctor Macklin apoyó un codo en el escritorio a sus espaldas.
    – Bueno, señora Stearn -dijo-. Me temo que esto no es la menopausia, como usted creyó. Todo lo contrario. Mi mejor cálculo es que usted lleva aproximadamente cuatro meses y medio de embarazo.
    Si hubiera extraído una maza de cinco kilos y la hubiera golpeado en la cabeza, David Macklin no habría podido aturdiría más.
    Durante varios segundos se quedó boquiabierta, mirándolo. Cuando por fin pudo hablar, su voz denotaba incredulidad.
    – ¡Pero es imposible!
    – ¿Quiere decir que no ha tenido relaciones en los últimos cinco meses?
    – No. Digo, sí, tuve, pero… pero…
    – ¿Tomó alguna precaución?
    – No, porque no creí que fuera necesario. Quiero decir… -Rió; un sonido breve, tenso, que buscaba comprensión. -Voy a cumplir cuarenta y un años el mes que viene. Comencé a tener signos menopáusicos hace dos años y… bueno… pensé que ya estaba más allá de eso.
    – Quizá le sorprenda saber que un diez por ciento de mis pacientes de hoy en día ya han cumplido cuarenta años y muchas confundieron los síntomas de embarazo con la menopausia. Le explicaré un poco sobre eso y cómo comienza. La menopausia se produce cuando el cuerpo disminuye su producción de estrógeno, la hormona femenina. Pero el sistema reproductivo no se cierra de la noche a la mañana. En algunos casos, puede durar unos años y esto hace que el sistema varíe mes a mes. Algunos meses los ovarios funcionan con normalidad y el cuerpo produce estrógeno suficiente como para que haya una menstruación normal. Pero otras veces, los ovarios no producen las hormonas adecuadas y no hay ovulación. En su caso, es evidente que en un determinado mes, cuando tuvo relaciones, su organismo produjo estrógeno suficiente como para desencadenar la ovulación, y aquí estamos.
    – ¿Pero… y los calores? Ya le dije, fui a la sala de urgencias creyendo que tenía un ataque al corazón y una enfermera y un médico presenciaron un golpe de calores y lo reconocieron. Vieron cómo se me enrojecía el pecho y me dijeron qué era. ¿Cómo puede ser?
    – Señora Stearn, debe comprender, los calores pueden ser producidos no sólo por la menopausia. Su marido tuvo una muerte dramática y temprana. Imagino que los periódicos la perseguían y usted lidiaba con abogados, tenía una hija que consolar, trámites que llevar a cabo. ¿Estaba bajo una gran tensión, no es así?
    Maggie asintió, demasiado perturbada como para poder hablar, y sintió que afloraba el llanto.
    – Bueno, el estrés puede desencadenar calores y sin duda fue lo que sucedió. Puesto que le informaron que eran calores y usted estaba en edad de pensar que podía entrar en la menopausia, lo tomó por seguro. Es un error comprensible y como dije, muy común.
    – Pero… -Tragó un sollozo. -¿Está seguro? ¿No puede haberse equivocado?
    – Me temo que no. Tiene todos los síntomas: la pared del cuello del útero algo azulada, los genitales hinchados, los pechos más grandes y sensibles, las venas muy marcadas; además, ha estado reteniendo líquidos, se siente cansada, orina con frecuencia, ha engordado y sin duda ha sentido otras molestias: calambres, acidez, constipación, dolor de espalda, calambres en las piernas, quizás hasta rabietas y lágrimas inesperadas. ¿Me equivoco?
    Maggie recordó sus berrinches con Katy, los corpiños y zapatos que no le calzaban, las idas nocturnas al baño, y la noche en que se había echado a llorar en el Mary Deare sin motivo aparente. Negó con la cabeza y bajó la vista, avergonzada por el hecho de que no podía contener el llanto.
    El doctor Macklin hizo rodar su taburete hacía ella y la miró con aire comprensivo.
    – Deduzco por su reacción que no es casada.
    – No… no.
    – Ah… bueno, eso siempre complica las cosas.
    – Y manejo una hostería. -Levantó los ojos llorosos y abrió las manos. -¿Cómo voy a poder hacerlo con un bebé en la casa que se despierta para comer de noche?
    Bajó la cabeza y se secó las lágrimas con el dorso de la mano. Macklin buscó unos pañuelos de papel y se los dio, luego se quedó sentado cerca, esperando que ella se calmara. Cuando la vio mejor dijo:
    – Se da cuenta, desde luego, que ya ha pasado la etapa de desarrollo fetal en la que el aborto se considera seguro y es legal.
    Maggie lo miró con ojos tristes.
    – Sí, lo sé, pero de todos modos, no lo habría considerado.
    Él asintió.
    – ¿Y el padre del bebé? ¿Cuenta con él?
    Maggie enfrentó los ojos azules y bondadosos del médico, se secó los propios y apoyó las manos sobre el regazo.
    – Hay complicaciones.
    – Entiendo. De todos modos, mi consejo es que se lo haga saber cuanto antes. En estos días de conciencia de los derechos humanos, somos conscientes de que los padres tienen el derecho de saber sobre el bebé al mismo tiempo que la madre y deben tener la oportunidad de hacer planes para él, al igual que las madres.
    – Comprendo. Sí, por supuesto que se lo diré.
    – ¿Y su hija… qué edad me dijo que tenía?
    – Dieciocho. -Al pensar en Katy, Maggie apoyó un codo sobre su abdomen y dejó caer el rostro sobre la mano. -¡Qué ironía! Me he pasado las noches temiendo que esto pudiera sucederle, preguntándome si debía sacar el tema de los métodos anticonceptivos. ¡Ay, Katy se va a horrorizar!
    El doctor Macklin se puso de pie y apoyó una mano sobre el hombro de Maggie.
    – Tómese un tiempo para acostumbrarse al hecho antes de decírselo a su hija. Es su bebé, su vida y, en última instancia, lo que debe preocuparla es su felicidad. Por cierto, una avalancha de acusaciones no es lo que necesita ahora.
    – No… es que… yo… -Maggie perdió el hilo de los pensamientos ante la enormidad de su problema. La tristeza y el pánico la acosaban por turno. Un abanico de preocupaciones se le abría en la mente, y las ideas se le amontonaban una sobre otra, sin prioridad alguna. Tendré cincuenta y siete años cuando esta criatura termine la secundaria.
    Todos sabrán que es de Eric y él sigue casado.
    ¿Qué dirá mamá?
    Tendré que cerrar la hostería.
    ¡No quiero esta responsabilidad!
    El doctor Macklin estaba hablando, indicándole que suprimiera el alcohol y cualquier medicamento, preguntándole si fumaba, dándole muestras de pastillas de vitaminas, aconsejándole que eliminara la sal y comiera lácteos y vegetales, que descansara periódicamente con los pies en alto, que hiciera ejercicios suaves, como caminar y que pidiera turno para el mes siguiente.
    Maggie oía su voz a través de una niebla de pensamientos que corrían como un torrente por su cabeza. Respondió distraídamente, sí, no, de acuerdo, lo haré.
    Al abandonar la clínica, experimentó una sensación de desubicación, como si hubiera tomado la identidad de otra persona y flotara por encima de la mujer en la acera y detrás de ella, como un ángel guardián, mientras esa mujer cuyos zapatos repiqueteaban contra la acera era la que acababa de enterarse de que esperaba un bebé ilegítimo que heredaría todas las complicaciones que eso acarreaba.
    Suspendida sobre sí misma, podía mantenerse indiferente a las tribulaciones de la otra. Era consciente de todo, pero no se involucraba, envuelta como estaba en ese estado anestesiado de fría observación.
    Por un momento se sintió casi eufórica, distanciada del arrebato de emoción que había sufrido en el consultorio del médico. Pasó junto a dos muchachitos traspirados que lamían helados de frutilla y empujaban sus patinetas, entrando en la sombra y saliendo al sol por las aceras de la ciudad. Olió la mezcla peculiar de aromas que emanaban de un almacén y de la tintorería adyacente.
    En el estacionamiento, se detuvo junto a su coche, sintiendo el calor que irradiaba el cuerpo de metal aun antes de abrir la puerta. Adentro, el calor era agobiante. El volante estaba pegajoso, como si se estuviera derritiendo al sol y el asiento de cuero quemaba aun a través de la ropa.
    Encendió el motor y el aire acondicionado, pero a la primera bocanada de aire caliente, sintió náuseas y se mareó; fue como si le bajaran una cortina detrás de los ojos. Las sensaciones la devolvieron a la abrumadora realidad con ferocidad. ¡Tú eres la que está embarazada!
    ¡Tú eres la ingenua que veía sólo lo que quería ver en los síntomas!
    Tú eres la que debió tomar precauciones y no lo hizo, la que eligió tener una relación con un hombre casado. Tú eres la que tendrá que ir a reuniones de padres a los cuarenta y siete años, la que caminará de un lado a otro por la noche a los cincuenta y tantos años, esperando que regrese tu hijo o hija adolescente de su primera salida. Y eres tú la que sufrirá el desprecio de las mentes pueblerinas como la de tu madre, que te censurarán durante años.
    El aire frío brotó de las rendijas de ventilación y Maggie apoyó la frente sobre el volante caliente y sintió cómo las lágrimas ardientes volvían a brotar de sus ojos.
    Cuatro meses y medio.
    Cuatro meses y medio y nunca lo sospeché… yo, una profesora de Vida Familiar que pasó años dando clases a estudiantes secundarios sobre métodos anticonceptivos, sólo para pasarlos por alto yo misma. ¡Qué estúpida fui!
    ¿Qué vas a hacer entonces, Maggie?
    Voy a decírselo a Eric.
    ¿Crees que podrá obtener el divorcio y casarse contigo antes de que nazca este bebé?
    No lo sé… no lo sé…
    Impulsada por la esperanza de que pudiera ser así, accionó la palanca de cambios y tomó el camino de regreso.

Capítulo 16

    Maggie no había vuelto a llamar a Eric a su casa desde el verano anterior cuando se había sentido deprimida y, sin querer, había comenzado todo a instancias del doctor Feldstein. Esa tarde, al marcar el número, se sintió transparente, vulnerable. Sucedió lo que temía: respondió Anna.
    – Sí, Excursiones Severson -dijo la voz áspera.
    – Hola, Anna. Habla Maggie Stearn.
    – ¿Quién?
    – Maggie Pearson.
    – Ah… Maggie Pearson. ¡Vaya, qué increíble!
    – ¿Cómo está?
    – Yo, bien. Tengo una nueva nieta, sabes.
    – Sí, me enteré. Felicitaciones.
    – Y un nieto recién graduado.
    – Uno de los chicos de Mike.
    – Sí. Y un hijo viviendo en casa de nuevo.
    – Sí… también me enteré de eso.
    – Pero la pesca anda bien, el trabajo, también. Deberías venir algún día y probar.
    – Me gustaría, pero desde que abrí la hostería, no tengo mucho tiempo libre.
    – Oí que te va bien, ¿no?
    – Sí. He tenido huéspedes casi todas las noches desde que abrí.
    – ¡Qué suerte! Hay que mantenerlos contentos, sabes, pues eso es los que los trae de regreso. Pregúntame a mí y a los muchachos.
    Se produjo un silencio y la única forma en que a Maggie se le ocurrió romperlo fue preguntar directamente:
    – ¿Anna, está Eric?
    – No, salió a pescar con un grupo. ¿Qué querías?
    – ¿Podría decirle que me llame, por favor?
    – Ah… -Luego de una pausa de desconcierto, Anna añadió: -Sí, se lo diré. Volverá a eso de las seis.
    – Gracias, Anna.
    – Sí, bueno, adiós entonces.
    – Adiós.
    Cuando Maggie cortó, le traspiraban las manos.
    Cuando Anna cortó, la mente le funcionaba a toda velocidad.

    Eric atracó el Mary Deare a las seis y cinco. Anna lo observó desde la ventana de la oficina bromear con los pescadores, guiarlos al cobertizo de limpieza, limpiar los pescados y colgar siete salmones del tablón para que el grupo se fotografiara con ellos.
    A las seis y media entró en la oficina, preguntando:
    – ¿Hay algo para comer, Ma?
    – Sí. Te preparé un sandwich de carne y hay té helado en la h ladera.
    Eric le palmeó el trasero al dar la vuelta al mostrador.
    – Gracias, Ma.
    – Ah, llamó Maggie Pearson. Dijo que la llamaras.
    Eric se detuvo como si se hubiera topado con una pared invisible y se volvió, repentinamente tenso.
    – ¿Cuándo?
    – A eso de las cuatro.
    – ¿Por qué no me avisaste por la radio?
    – ¿Para qué? No hubieras podido llamarla hasta regresar, de todos modos.
    Eric golpeó la puerta y se alejó con marcada impaciencia. Mientras los pescadores entraban a pedir cigarrillos y papas fritas, Anna lo oyó hacer el llamado desde la cocina, pero no pudo distinguir las palabras, instantes después, Eric salió a la oficina, ceñudo.
    – Eh, Ma, ¿tengo un grupo a las siete?
    – Sí -respondió, fijándose en una tablilla-. Un grupo de cuatro.
    – ¿Y Mike?
    – ¿Mike? No, está libre.
    – ¿A qué hora tiene que volver?
    – Dentro de un cuarto de hora, más o menos.
    – ¿Podrías llamarlo y preguntarle si le importaría tomar mi grupo de las siete?
    – Sí, claro, pero, ¿qué hay tan importante que te hace dejar de lado a los clientes?
    – Tengo que ir al pueblo -respondió Eric vagamente, saliendo en dirección a la cocina. Minutos después ella oyó vibrar la antigua cañería mientras él llenaba la bañera. Cuando apareció en la oficina quince minutos más tarde, estaba recién peinado y afeitado, olía a agua de Colonia y se había puesto un par de vaqueros blancos limpios y una remera roja con cuello polo.
    – ¿Hablaste con Mike?
    – Sí.
    – ¿Qué dijo?
    – Los toma.
    – Gracias, Ma. Agradécele a él, también.
    Eric cerró con un golpe la puerta de alambre tejido, trotó hasta la camioneta y salió levantando grava, mientras que Anna se quedaba mirándolo con las cejas arqueadas.
    Así que por ahí viene la cosa, pensó.

    Maggie había dicho que se encontraría con él en una pequeña iglesia bautista en el campo, al este de Bahía Sister. La campiña de Door County estaba salpicada de iglesias como ésa: de campanario alto, estructuras de madera blanca con cuatro ventanas con arco de cada lado, un par de pinos clavados como centinelas junto a ella y un cementerio adyacente durmiendo pacíficamente entre las malezas y lápidas. Los domingos por la tarde, las ventanas estarían abiertas y se oirían las voces de los fieles elevadas en una canción. Pero era el anochecer del jueves, no había servicio religioso y ningún automóvil en el estacionamiento frente a la iglesia, salvo el de Maggie. Las ventanas estaban cerradas y la única canción era la de un par de tristes palomas sobre un cable cercano.
    Maggie estaba en cuclillas junto a una de las lápidas cuando Eric estacionó. Lo miró abrir la puerta, luego regresó a su tarea inclinada hacia adelante con el vestido desplegado alrededor.
    Eric se detuvo, disfrutando al verla en la cálida luz del anochecer; ella volcó agua de una caja, de zapatos sobre una mata de flores violetas, se levantó para abrirse camino entre las antiguas piedras cubiertas de musgo hasta una bomba de hierro negro donde volvió a llenar la caja de zapatos y la llevó, chorreando, de nuevo hacia las llores violetas. Se arrodilló otra vez y las regó. Las palomas seguían emitiendo su canto triste, el día se moría y el aroma del trébol silvestre se tornaba fuerte en la creciente humedad.
    Eric se movió sin prisa; cruzó por la grava crujiente que había atrapado el calor del día y pasó al césped aterciopelado que anunciaba el fresco de la noche; avanzó hacia Maggie por entre los difuntos oriundos de países europeos cuyos nombres apenas sí se leían en las gastadas lápidas.
    Al llegar adonde estaba Maggie, se detuvo en las sombras largas y le tocó la cabeza.
    – ¿Qué haces, Maggie? -preguntó en voz baja como el canto de las palomas.
    De rodillas, ella levantó la mirada por encima del hombro.
    – Estoy regando estas pobres flores marchitas. Esto es lo único que encontré para transportar el agua.
    Dejó la caja de cartón húmeda junto a su rodilla y se inclinó para arrancar dos malezas de entre las flores violetas.
    – ¿Por qué? -quiso saber él, con gentileza.
    – Es que… -La voz de Maggie se quebró, luego ella volvió a hablar, emocionada: -Lo… lo necesitaba.
    La angustia de ella lo alteraba de inmediato. Al oír su voz quebrada, Eric sintió el pecho comprimido y se agazapó a su lado; tomó del codo y la obligó suavemente a mirarlo.
    – ¿Qué pasa, Maggie Mía?
    Ella se resistió; mantuvo la vista baja y siguió hablando, a alocadamente, como para postergar algún tema vital.
    – ¿Quién las habrá plantado? ¿Hace cuánto tiempo? ¿Cuántos años hará que crecen y sobreviven, sin que nadie las cuide? Carpiría un poco la tierra, si tuviera alguna herramienta, y trataría de quitar las… las malezas. Las están ahogando.
    Pero era ella la que se estaba ahogando.
    – ¿Maggie, qué pasa?
    – ¿Tienes algo en la camioneta?
    Confundido por la evidente angustia de ella y su renuencia a hablar de ello, Eric accedió.
    – Iré a ver.
    Las rodillas le crujieron cuando se levantó. Fue hasta el vehículo y regresó un instante después con un destornillador que entregó a Maggie antes de volver a agazaparse a su lado para verla carpir el suelo rocoso y arrancar las malezas. Aguardó con paciencia hasta que terminó la inútil tarea, luego le inmovilizó la mano con la suya y cerró los dedos sobre el destornillador.
    – ¿Maggie, qué sucede? -preguntó en un susurro-. ¿Quieres decírmelo, ahora?
    Ella permaneció acuclillada, apoyó el dorso de las manos sobre los muslos y levantó los tristes ojos castaños hacia Eric.
    – Estoy esperando un bebé tuyo.
    El impacto lo sacudió como un puntapié en el pecho y lo empujó hacia atrás.
    – ¡Ay, Dios mío! -susurró, poniéndose pálido. Miró el abdomen de Maggie, luego su rostro. -¿Estás segura?
    – Sí. Hoy consulté al médico.
    Eric tragó. La nuez de Adán le dio un salto.
    – ¿Para cuándo es?
    – Para dentro de cuatro meses y medio.
    – ¿Tan adelantada, estás?
    Ella asintió.
    – No hay posibilidad de que sea un error? ¿Ni riesgo de perderlo?
    – No -trató de susurrar Maggie, pero no brotó ningún sonido.
    Una sonrisa de júbilo puro iluminó el rostro de Eric.
    – ¡Maggie, es maravilloso! -exclamó, rodeándola con los brazos-. ¡Es increíble! -Gritó hacia el cielo: -¿Han oído? ¡Vamos a tener un bebé! ¡Maggie y yo vamos a tener un bebé! ¡Abrázame, Maggie, abrázame!
    No había otra cosa que ella pudiera hacer, pues él se había enroscado alrededor de su cuerpo. Con la laringe comprimida por el hombro de Eric, la voz de Maggie brotó áspera:
    – Tengo las manos sucias, y tú estás loco.
    – ¡No me importa nada! ¡Abrázame!
    De rodillas sobre el césped, Maggie lo abrazó con las manos sucias contra la espalda de él -con destornillador y todo- ensuciándole la remera.
    – Eric, estás casado con otra mujer que se niega a darte el divorcio y tengo… tenemos cuarenta años. Esto no es maravilloso en absoluto, es un horror. Y todo el pueblo sabrá que es tuyo.
    Eric la apartó, sujetándola de los brazos.
    – Tienes razón, todos los sabrán ¡porque yo se lo diré! Basta de andar con pies de plomo respecto del divorcio. Me la quitaré de encima como una camisa vieja y ¿qué son cuarenta años, de todos modos? Dios, Maggie, he deseado esto durante años y ya había perdido las esperanzas. ¿Cómo puedes no sentirte feliz?
    – Yo soy la que no está casada, ¿recuerdas?
    – No será por mucho tiempo. -Loco de entusiasmo, le tomó las manos y siguió hablando, radiante de felicidad. -¿Maggie, quieren casarse conmigo, tú y el bebé? ¿En cuanto sea legalmente posible? -Antes de que ella pudiera responder, Eric ya estaba de pie, caminando de un lado a otro; los pantalones blancos se habían manchado de verde en las rodillas. -Dios mío, faltan sólo cuatro meses y medio. Tenemos que hacer planes, preparar el cuarto para el bebé. ¿No tenemos que asistir a clases del método Mazda o algo así?
    – Lamaze.
    – Lamaze, sí. Espera a que se lo diga a Ma. Y a Mike. Cielos, cómo se sorprenderá. Maggie, ¿crees que hay tiempo para tener otro, después? Los niños deben tener hermanos. Uno de cada sexo sería…
    – Eric, basta. -Maggie se puso de pie y lo tocó; una caricia fresca, sensata. -Escúchame.
    – ¿Qué? -Inmóvil como las lápidas alrededor, Eric la miró con expresión de total inocencia, sonrojado por la exuberancia, del mismo tono rojizo dorado que el cielo del poniente.
    – Mi amor, pareces olvidar que no soy tu esposa. Ese privilegio -le recordó Maggie- pertenece a otra mujer. No puedes… bueno, no puedes ir por allí, gritando aleluya por todo el pueblo como si estuviéramos casados. Sería un bochorno para Nancy ¿no lo entiendes? Y para nuestros padres, también. Tengo una hija en quien pensar y ella tiene amigos. Comprendo tu felicidad, pero yo tengo reservas.
    Eric se puso serio como si algún accidente fatal hubiera sucedido ante sus ojos, paralizando su alegría.
    – No lo deseas.
    ¿Cómo podía hacerle entender?
    – No es una cuestión de quererlo o no quererlo. Está aquí -se apretó las manos contra el abdomen- y ya estoy en casi la mitad del embarazo, cosa que está mucho más adelantada que tu divorcio. Y significará una tremenda interrupción en mi vida, probablemente el fin del negocio que me esforcé tanto para abrir. Yo soy la que cargará con él desde ahora hasta que estés libre, yo soy la que recibirá las miradas curiosas por la calle, yo soy a la que llamarán rompehogares. Si necesito tiempo para adaptarme a todo esto, tendrás que ser tolerante, Eric.
    Él se quedó quieto, digiriendo los comentarios de ella, mientras encima de ambos, las palomas seguían con su lamento.
    – No lo quieres -repitió, desgarrado.
    – No con la alegría y el júbilo con que lo deseas tú. Eso me llevará tiempo.
    El rostro de Eric se ensombreció. Agitó un dedo en dirección a Maggie.
    – Si llegas a hacer algo para deshacerte de él, me matarás a mí también, ¿entiendes?
    – ¡Ay, Eric! -se lamentó Maggie, marchitándose como una flor-. ¿Cómo puedes pensar siquiera en una cosa así?
    Él se volvió, caminó hasta un arce y contempló la corteza lisa y gris. Durante unos segundos se quedó tieso, inmóvil, luego golpeó el árbol con la palma de la mano. Apoyado contra el tronco, bajó la cabeza.
    El espléndido ocaso estival seguía alabando el cielo. Por entre los arbustos cerca del bosque adyacente, un pajarillo repetía su canto. Junto a la lápida más cercana, las flores oscilaban contra el granito, mientras que arañas y escarabajos se escurrían por entre la hierba y pequeños gusanos verdes caían sobre telarañas que resplandecían como hilos de cristal bajo los rayos finales del sol. La vida florecía por todas partes, aun en un cementerio que marcaba su fin, aun dentro de la mujer cuya tristeza, parecía fuera de lugar en ese esplendor estival.
    Maggie miró al hombre que amaba: la espalda inclinada, el brazo rígido, la cabeza gacha.
    ¡Qué desconsolado se lo veía, elevado a la cumbre de la felicidad un instante atrás, luego suplido en desesperación al verse forzado a considerar el dilema!
    Maggie fue detrás de él y le apoyó las palmas sobre las costillas.
    – Concebirlo fue un acto de amor -le dijo en voz baja- y te sigo amando y también amaré al niño. Pero traerlo al mundo fuera del matrimonio es menos de lo que se merece. Eso es lo que me pone triste. Porque estoy segura de que Nancy te ofrecerá resistencia suficiente para que no podamos casarnos hasta mucho después que haya nacido el bebé.
    Eric levantó la cabeza y dijo al árbol.
    – Le hablaré este fin de semana y le diré que la reconciliación queda fuera de toda consideración. Hablaré con mi abogado y le ordenaré que acelere las cosas. -Se volvió hacia Maggie. Llevado por una nueva e indeseada tensión, no la tocó. Se daba cuenta de cuán prosaica era la situación, cuán clásica la reacción de él en la superficie: un hombre casado que arrastra a su amante detrás de él mientras la mantiene tranquila con promesas de divorcio. No obstante, Maggie nunca lo había acusado de no apurarse, nunca había insistido ni exigido.
    – Lo siento, Maggie. Debería haberlo hecho antes.
    – Sí… bueno, ¿cómo íbamos a saber que esto sucedería?
    La expresión de Eric se tornó pensativa.
    – ¿Cómo sucedió, Maggie? Siento curiosidad por saberlo.
    – Pensé que estaba a salvo. Había tenido ciertas señales de menopausia durante más de un año. Pero el médico me explicó que aun cuando los períodos cesan, sigue habiendo ocasiones en que una mujer puede ser fértil. Cuando me dijo que estaba embarazada, me sentí… -Se miró las manos, avergonzada. -¡Me sentí tan tonta! Quedarme embarazada, por error, a mi edad, después de enseñar Vida Familiar, por Dios. -Se volvió, angustiada.
    Eric le miró la espalda, la forma en que se abrazaba, en que el vestido verde claro se tensaba sobre sus omóplatos. La oscura y desnuda verdad descendió sobre él. Con tristeza, en voz baja, preguntó:
    – Realmente no lo deseas, ¿verdad, Maggie?
    Ella se estremeció.
    – ¡Ay, Eric, si tuviéramos solamente treinta años y estuviéramos casados, sería tan diferente!
    Él comprendió que para ella era distinto; había tenido una familia. No podía siquiera empezar a entender la importancia que tenía en la vida de él ese hijo, comparado con un mero detalle como era su edad, o la de ella. Una vez más, la desilusión lo invadió.
    – Toma. -Maggie se volvió y le entregó el destornillador. -Gracias.
    La reserva se mantenía entre ellos, distanciándolos por algún motivo que él no lograba comprender del todo.
    – Te prometo que hablaré con Nancy.
    – Por favor, no le digas lo del bebé. Preferiría que no lo supiera, todavía.
    – No, no lo haré, pero necesito contárselo a alguien, ¿Te importa si se lo digo a Mike? Sabe quedarse callado.
    – Por supuesto que no; díselo. Es probable que muy pronto me descubra contándoselo a Brookie.
    Eric sonrió con vacilación, deseando estrecharla en sus brazos, pero se mantuvieron separados. Era una tontería. Ella esperaba su bebé, por Dios, y se amaban con locura.
    – ¿Maggie, puedo abrazarte? ¿Abrazarlos a los dos?
    Con un sonido que se le ahogó en la garganta, Maggie corrió hacia él y puso fin a la agonía de ambos arrojándole los brazos al cuello. Eric la abrazó con fuerza y sintió que el corazón volvía a latirle.
    – Ay, Eric, tengo tanto miedo -confesó ella.
    – No temas. Seremos una familia. Lo seremos, ya verás -se juró Eric. Cerró los ojos con fuerza y deslizó las manos sobre el cuerpo de embarazada de Maggie: la espalda, las nalgas y los senos. Se hincó sobre una rodilla y rodeando el abdomen de ella con las manos, oprimió el rostro contra él.
    – Hola, pequeño -dijo con la boca contra el suave vestido verde-. Voy a quererte tanto, tanto.
    A través de la ropa, el aliento de él entibió la piel de Maggie. A través de su tristeza, las palabras de Eric le entibiaron el corazón. Pero cuando él se levantó y la abrazó con suavidad, Maggie supo que no era suficiente. Nada sería suficiente salvo convertirse en su esposa.

    Nancy Macaffee tenía que admitir que había veces en que Door County era casi tolerable. Ahora, en verano, al final de una semana tórrida y dura, regresar allí no era tan desagradable como en invierno. El clima era más fresco, con las brisas que soplaban desde el agua y le gustaban los árboles de sombra y la profusión de flores en sitios probables e improbables. Pero sus habitantes eran campesinos: las mujeres todavía iban al pueblo con ruleros y pañuelos en la cabeza y los ancianos todavía se ponían las gorras con visera al revés. La pesca y la cosecha de frutas eran los temas primarios de conversación cuando los lugareños se encontraban por la calle. La mercadería de los negocios era deplorable y la casa donde ella vivía, abominable.
    ¿Cómo podía gustarle a Eric esa decrépita caja de zapatos?' Cuando la mudó allí -no había ninguna otra cosa disponible- prometió que sería por poco tiempo. ¿Acaso era culpa de ella desear algo mejor? Regresar a esa casa con él dentro la había vuelto casi tolerable. Ahora que Eric no estaba, le resultaba desagradable, pero su abogado le había aconsejado que siguiera allí por razones legales, y hacer cualquier otra cosa habría significado un desorden en su vida que era lo que menos necesitaba.
    Al regresar el viernes por la noche, maldijo cuando trató de abrir la condenada puerta del garaje. Adentro, la cocina olía a encierro. La misma pila de correspondencia para tirar seguía sobre el armario de la cocina, donde ella la había dejado el lunes anterior. Nadie había lavado la alfombrita junto a la pileta donde ella había dejado caer una gota de mayonesa. No había perdices ni guisado cocinándose. Nadie se ofreció a llevarle la maleta arriba.
    Pero sóbrela mesa de la cocina había una nota de Eric: Nancy, necesito hablarte. Te llamaré el sábado.
    Nancy sonrió y corrió arriba. Muy bien, él no le había comprado un reluciente condominio en Lake Point Towers con vista a la vista Dorada y todo Chicago a sus pies, pero ¡lo extrañaba, demonios! Lo quería otra vez en casa. Quería alguien que le abriera la puerta del garaje, que tuviera la cena preparada, que se encargara del mantenimiento del coche, de cortar el césped y tener el café lisio el domingo por la mañana. Y cuando se metía en la cama, alguien que le confirmara que era una mujer atractiva.
    Arriba, arrojó la valija sobre la cama y se quitó el traje de hilo color champagne. A pesar de que el sol inundaba la habitación, encendió las luces del espejo de maquillaje y se acercó a él para examinarse los poros, tocarse el rostro aquí y allá, quitarse una mota de máscara de la mejilla, palparse el cuello para comprobar que seguía firme. Buscó un cepillito y se despeinó las cejas. Lo cambió por otro, se quitó la hebilla y luego de dejarla caer sobre el desorden del tocador, se cepilló el pelo vigorosamente, doblando la cintura de forma tal que las puntas le rozaran los hombros.
    Dejó el cepillo, se miró en el espejo y se quitó la enagua color durazno, y el resto de la ropa interior, dejándola caer como pétalos a los pies de una imagen santa.
    Deslizó las manos sobre su abdomen chato, por los muslos, por las costillas; se tomó los senos y los levantó hacia arriba, apuntando los pezones directamente hacia el espejo.
    ¡Ah, cómo extrañaba el sexo! Habían sido tan buenos en ese aspecto.
    Pero la idea de deformar su cuerpo con un embarazo seguía resultándole repugnante. Algunas mujeres estaban hechas para eso y otras, no. ¿Por qué Eric no podía aceptarlo?
    En el baño, pequeño y feo, llenó la bañera, le agregó espuma y se sumergió con un suspiro. Cerró los ojos y pensó en Eric. Sonrió. No quería esperar hasta el día siguiente. Se pondría su nuevo enterizo de Bill Blass y un toque de Passion -el perfume que a él más le gustaba- e iría a averiguar si Eric había cambiado de idea.

    Mientras esperaba que alguien contestara a la puerta, Nancy miró alrededor con desagrado. Si existía un sitio que odiaba más que su propia casa, era ese horrible lugar. Pescado… Dios, detestaba hasta la palabra. Casi no podía comer un filete desde que había sido expuesta a los olores de ese lugar. Cómo podía alguien trabajar en ese hedor era algo que no comprendía. ¡Todo el maldito bosque olía a pescado!
    Anna apareció en la puerta, vulgar como siempre con una horrible remera con la leyenda: Maratón de la Abuela '88.
    – Hola, Nancy.
    – Hola, Anna. -Nancy apoyó la mejilla contra la de Anna educadamente. -¿Cómo está?
    – Bueno, ya sabes, los muchachos me mantienen ocupada. La pesca ha estado muy buena. ¿Y tú?
    – Ocupada, también. Y sola.
    – Sí… bueno… a veces hay que pasar por eso. Imagino que viniste a ver a Eric. Está en el cobertizo de limpieza, terminando de cerrar todo.
    – Gracias.
    – ¡Ten cuidado con esos zapatos de taco alto! -gritó Anna mientras ella se alejaba.
    Nancy atravesó la extensión de grava que llevaba al muelle y a las construcciones aledañas. Eran las diez de la noche. Debajo de los árboles todo estaba oscuro, pero cerca del cobertizo de limpieza, una bombita brillaba bajo un reflector. Adentro del rústico edificio, otra bombita arrojaba una débil luz sobre el piso de cemento y las paredes de madera. Al acercarse, Nancy se cubrió la nariz con la muñeca y olió el aroma de Passion, de Elizabeth Taylor.
    Abajo, cerca del lago, un sapo profería sus eructos sin cesar. Los grillos se lamentaban por todas partes. Los insectos zumbaban y golpeaban contra las luces. Algo golpeó contra el pelo de Nancy y ella sacudió la cabeza y manoteó frenéticamente. Desde adentro del cobertizo, se oían dos voces masculinas mientras el chorro de una manguera golpeaba el piso de cemento, ahogando con el ruido del agua el sonido de los pasos de Nancy sobre la grava.
    Se detuvo a unos metros de la puerta y escuchó.
    – Bueno, no está precisamente en éxtasis. -Ese era Eric.
    – ¿Quieres decir que no lo desea? -Y Mike.
    – No desea la interrupción de su vida.
    – Pues le puedes decir de mi parte que nosotros tampoco la deseábamos, pero ahora que tenemos a Anna no la cambiaríamos por nada del mundo.
    – Es diferente para Maggie, Mike. Piensa que no puede manejar una hostería con un bebé que se despierta y llora en la noche; probablemente tenga razón.
    – No había pensado en eso.
    – Además, piensa que somos demasiado viejos para tener un bebé.
    – Pero caray, viejo, ¿no sabe que has deseado un hijo toda tu vida?
    – Sí, lo sabe y dice que lo querrá. Es sólo el shock.
    – ¿Para cuándo es?
    – Para dentro de cuatro meses y medio.
    Nancy había escuchado suficiente. Se sintió envuelta en llamas. En la oscuridad, las mejillas le quemaban y el corazón le galopaba enloquecidamente. El agua de la manguera seguía golpeando el piso cuando se volvió y retrocedió, alejándose de las voces. Bajo las sombras de los arces, se subió de nuevo al coche, cerró la puerta sin ruido y aferró el volante. Le ardían los ojos.
    Había dejado embarazada a otra mujer.
    Aniquilada, dejó caer la frente sobre los nudillos y sintió que la sangre le corría a las extremidades. Miedo, asombro y furia la golpearon. Miedo de lo desconocido que tenía por delante, de la disolución del hogar de ambos, de sus finanzas, de su forma de vida, que ella había querido cambiar, sí, pero por elección, no por obligación.
    Miedo de perder a un hombre al que había capturado a los veinte años y miedo de no poder conseguir otro a los cuarenta.
    Asombro porque había sucedido realmente, cuando ella se había sentido completamente segura de que de algún modo podría hacerlo volver, de que su belleza, sensualidad, inteligencia, ambición y posición como esposa bastarían para atraerlo de nuevo hacia ella una vez que él recuperara la sensatez.
    Furia porque él le había vuelto la espalda a todo eso y la había convertido en un hazmerreír con una mujer que todos sabían que era su ex novia.
    ¡Cómo te atreves a hacerme esto! ¡Todavía soy tu esposa! Llegaron las lágrimas, lágrimas ardientes de mortificación por lo que tendría que soportar cuando la gente se enterara de la verdad.
    ¡Maldito seas, Severson, espero que tu barco de mierda se hunda y la deje a ella con tu hijo ilegítimo!
    Lloró. Golpeó el volante. La mujer rechazada. La que había permitido que la arrastraran a ese horrible lugar en contra de su voluntad. La que había renunciado a una vida en la ciudad que le encantaba para que él pudiera venir aquí a jugar al Capitán Ahab. La que salía a trabajar cinco días por semana mientras él se quedaba para acostarse con otra mujer. Si viviera en Chicago nadie se enteraría, pero aquí, todos lo sabrían… su familia, el jefe de correos, ¡todos los malditos pescadores de la zona!
    Cuando dejaron de aflorar las lágrimas, Nancy se quedó mirando la luz tenue de la puerta del cobertizo; las sombras de los arces la cruzaban una y otra vez. Podía darle lo que deseaba, pero ¡no pensaba hacerlo! ¿Por qué iba a facilitarle las cosas? ¡Él había aniquilado su orgullo y pagaría caro por ello!
    Se secó los ojos con cuidado, se sonó la nariz y encendió la luz interior para mirarse en el espejo. Buscó un delineador de ojos dentro de la cartera y se retocó los ojos, luego apagó la luz.
    Abajo, en el cobertizo, el agua dejó de correr y la luz se apagó. Cuando los dos hermanos salieron, Nancy bajó del auto y cerró la puerta con ruido.
    – ¡Eric! -llamó, amistosa, al tiempo que se acercaba a los dos hombres por entre la oscuridad debajo de los árboles. -Hola, encontré tu nota.
    – Nancy. -Eric habló con voz fría, reservada. -Podrías haber llamado. No era necesario venir.
    – Lo sé, pero quería verle. Tengo algo importante que decirte. Hola, Mike -añadió, como si acabara de verlo.
    – Hola, Nancy. -Mike se apartó y dijo: -Oye, Eric, te veré mañana.
    – Sí. Buenas noches.
    Una vez que Mike se fue, el silencio fue solamente roto por los insectos del verano. De pie dentro del radio de alcance de ella, Eric se sintió amenazado, impaciente por alejarse.
    – Dame un minuto para lavarme las manos. Enseguida vengo.-Se alejó sin invitarla a aguardar adentro. ¡Qué diablos, por fin había admitido que a ella nunca le habían gustado ni Anna ni su casa! ¿Por qué iba a hacerse el noble a esa altura del partido?
    Regresó al cabo de cinco minutos, con vaqueros limpios y otra camisa. Olía a jabón de tocador. Se acercó a Nancy con grandes pasos, como si quisiera acabar con el asunto de una vez por todas.
    – ¿Dónde quieres hablar? -preguntó, antes de llegar adonde estaba ella.
    – Vaya, qué brusco -lo reprendió, tomándolo del brazo y apoyándose contra él.
    Eric le quitó la mano con fuerza deliberada.
    – Podemos hablar en el Mary Deare o en tu coche. Elige.
    – Preferiría hablar en casa, Eric, en nuestra propia cama. -Apoyó una mano sobre el pecho de él y Eric volvió a quitársela.
    – No estoy interesado, Nancy. Lo único que quiero de ti es el divorcio y cuanto antes, mejor.
    – Cambiarás de parecer cuando oigas lo que tengo que decirte.
    – ¿Qué es? preguntó Eric con frialdad.
    – Te hará feliz.
    – Lo dudo. A menos que sea una fecha de audiencia.
    – ¿Qué es lo que siempre quisiste más que nada en el mundo?
    – Vamos, Nancy, déjale de juegos. Tuve un día largo y estoy cansado.
    Ella rió, forzando el sonido a brotarle de la garganta. Volvió a tocarle el brazo, sabiendo que a él no le gustaba. Quería tener la satisfacción de sentir cómo lo recorría el impacto. Tuvo un instante de vacilación: lo que hacía estaba mal. Pero lo que él había hecho, también.
    – Vamos a tener un bebé, mi amor.
    El impacto golpeó a Eric como una descarga eléctrica. Se quedó sin aliento. Retrocedió un paso. La miró, boquiabierto.
    – ¡No te creo!
    – Es verdad. -Nancy se encogió de hombros con convincente indiferencia, -Cerca del día de Acción de Gracias.
    Eric hizo rápidos cálculos: la noche que la tomó por la fuerza en el sofá del living.
    – Nancy, si estás mintiendo…
    – ¿Mentiría respecto de una cosa así?
    Eric la tomó de la muñeca y la arrastró al auto, abrió la puerta para que se encendiera la luz interior.
    – Quiero verte la cara cuando lo dices. -Le sujetó las mejillas, obligándola a mirarlo. Para su gran consternación, se dio cuenta de que ella había estado llorando, lo que aumentó su temor. No obstante, se lo haría repetir para asegurarse. -Ahora dímelo otra vez.
    – Estoy embarazada de tres meses y medio y el bebé es tuyo, Eric Severson -dijo Nancy con tono sombrío.
    – ¿Entonces por qué no se nota? -Le soltó la cara y le recorrió el cuerpo con una mirada incrédula.
    – Llévame a casa y mírame desnuda.
    No quería hacerlo. Dios, no deseaba hacerlo. La única mujer de la que quería estar tan cerca era Maggie.
    – ¿Por qué tardaste tanto en decírmelo?
    – Quería asegurarme de que no era una falsa alarma. Pueden pasar muchas cosas en los tres primeros meses. Después de ese período, ya es más seguro. No quería darte esperanzas demasiado pronto.
    – ¿Y cómo es que no estás alterada? -la ametralló Eric, entornando los ojos.
    – ¿Respecto de salvar mi matrimonio? -replicó ella con tono razonable, luego fingió perplejidad-. Tú eres el que parece alterado y no entiendo por qué. Al fin y al cabo, eso es lo que querías, ¿no?
    Eric se hundió contra el respaldo del asiento con un suspiro y se pellizcó el hueso de la nariz.
    – ¡Maldición, pero ahora no!
    – ¿Ahora no? -repitió Nancy-. Pero siempre me estás diciendo que el tiempo pasa, que se nos hace tarde. Pensé que te alegrarías. Pensé…-Dejó que su voz se cortara lastimosamente. -Pensé… -Produjo varias lágrimas que provocaron la reacción esperada. Eric extendió el brazo y le tomó la mano que tenía sobre la falda. Le acarició el dorso con el pulgar.
    – Lo siento, Nancy. Iré… Iré a buscar mis cosas y regresaré a casa esta noche ¿de acuerdo?
    Nancy logró hablar con tono lloroso y desilusionado.
    – Eric, si no quieres este bebé después de todos los años que…
    Él la hizo callar con un dedo.
    – Me tomaste por sorpresa, eso es todo. Y considerando la forma en que se ha deteriorado nuestra relación, no me parece que sea el mejor ambiente donde criar un hijo.
    – ¿Realmente dejaste de quererme, Eríc? -Era la primera pregunta sincera que hacía. De pronto, la aterró la idea de no ser querida, de tener que construir una relación desde cero con otro hombre y pasar por todo el trabajo agotador que llevaba alcanzar una amigable relación matrimonial. Más aún la aterraba la idea de no encontrar un hombre con quien hacerlo.
    No recibió respuesta. Eric le soltó la mano y dijo con pesadez:
    – Ve a casa, Nancy. Iré enseguida. Hablaremos mañana.
    Al verlo desaparecer entre las sombras, Nancy pensó: ¿qué hice? ¿Cómo haré para mantenerlo a mi lado cuando sepa la verdad?

    Mientras caminaba hacia la casa, Eric se sintió igual que cuando había muerto su padre: impotente y desesperado. Más aún: una víctima. ¿Por qué ahora, después de todos esos años de insistir y persuadir? ¿Por qué ahora, cuando ya no quería a Nancy ni deseaba un hijo de ella? Le pareció que estallaría en llanto, de modo que fue al muelle y se quedó junto al Mary Deare. El impacto le hacía temblar las entrañas. Se inclinó hacia adelante, apoyó las manos sobre las rodillas, rindiéndose a la desesperación, dejando que lo sacudiera para poder ir más allá, hacia un razonamiento no emocional.
    Se irguió. La embarcación estaba inmóvil en el agua, con las cañas erguidas sobre sus sujetadores, las cuerdas de amarre colgando sobre el muelle. Arqueó el cuerpo, miró hacia arriba, hacia las constelaciones que su padre, con sabiduría traída del viejo continente, le había enseñado a reconocer. Pegaso, Andrómeda y Piscis. Los peces, sí, estaban en su sangre, en su linaje, con tanta seguridad como el color de su pelo y de sus ojos, heredados de algún vikingo mucho antes de que los escandinavos tuvieran apellidos.
    Ella seguía odiando la pesca.
    Seguía odiando Fish Creek.
    Seguía con deseos de ser una mujer de carrera, pasando cuatro noches por semana fuera de la casa.
    Desde su mudanza a casa de Ma, Eric había pensado mucho y también hablado con su madre, Barb y Mike. Ellos admitieron que les costaba apreciar a Nancy, aun luego de tantos años. Eric aceptó que la felicidad con Maggie le había hecho darse cuenta de lo vacía que era su vida con Nancy.
    Y ahora Nancy estaba embarazada… y resignada y contenta con el hecho.
    Y Maggie, tambipn.
    Pero él era el marido de Nancy, y le había suplicado durante años que tuviera ese bebé. Abandonarla ahora sería el colmo de la insensibilidad, y él no era un hombre insensible. El deber lo tiraba con una gravedad poderosa como la de la Tierra: el hijo era suyo, concebido por una mujer que sería una pésima madre, mientras que Maggie -la amante, bondadosa Maggie- con el tiempo recibiría con alegría a su bebé y estaría siempre allí, disponible, para guiarlo y educarlo. De los dos niños, el de Nancy lo necesitaría más.
    Se volvió con tristeza y caminó con pies de plomo hasta la casa de Ma, para empacar y enfrentarse con su purgatorio.

Capítulo 17

    Eric durmió poco esa noche. Tendido junto a Nancy, pensó en Maggie; su imagen se le aparecía, nítida, en una docena de poses recordadas: con el mentón erguido, cantando un yodel en la bañadera; riendo mientras le servía una rosquilla enorme; de rodillas junto a una mata de flores medio marchitas en un cementerio de campo; levantando el rostro sombrío hacia él y sacudiéndole el mundo con la noticia del bebé; prediciendo, seria, que Nancy los mantendría separados hasta mucho después de que naciera la criatura. Cuánta razón había tenido.
    Eric se mantuvo de su lado de la cama. Con las manos debajo de la cabeza, se aseguró de que ni siquiera el codo tocara el pelo de Nancy. Pensó en el día siguiente; se lo diría, por supuesto, a Maggie, pero no aumentaría los males que había causado yendo a verla luego de ni siquiera una mínima intimidad con la mujer a su lado.
    Cerró los ojos, pensando en el dolor que le provocaría a Maggie, sufriendo de antemano al pensar en causárselo. Le temblaron los párpados. Ésa no era una ofensa venial. Era responsable ante ambas mujeres, culpable de todos los cargos, vil y bajo como el que más. Podía lidiar con la furia de Nancy; sería amarga cuando se enterara de la verdad… pero ¿y el dolor de Maggie?
    Ay, Maggie, ¿qué he hecho? Quería tantas cosas para nosotros dos. Eras la última persona en el mundo a quien deseaba herir.
    En la oscuridad de la medianoche, él agonizaba. Un animalillo corrió por el techo -un ratón, probablemente- dejando una cadena de ruiditos como de bellotas al rodar por las tejas. Abajo, en la calle principal, un adolescente con el caño de escape abierto puso el coche en cambio y aceleró por la calle desierta. Junto a Eric, el reloj cambió un dígito con un suave fap.
    El bebé de Nancy estaba un minuto más avanzado.
    El bebé de Maggie estaba un minuto más avanzado.
    Pensó en los niños que aún no habían nacido. El legítimo. El bastardo… qué palabra dura cuando se la aplicaba a la criatura de uno. ¿Qué aspecto tendrían? ¿Tendrían algún parecido con el viejo? ¿Con Ma? Con él, sí, sin duda. ¿Serían inteligentes? (Viniendo de Maggie y Nancy, eso parecía seguro.) ¿Serían sanos o enfermizos?
    ¿Tranquilos o exigentes? ¿Cuáles serían los deseos de Maggie? ¿Dejar que la criatura creciera sabiendo quién era su padre u ocultarle su nombre? Si el niño o la niña lo sabía, sabría también quién era su medio hermano o media hermana. Se encontrarían por la calle, en la playa, en la escuela, quizás en el jardín de infantes. En algún momento algún chico le preguntaría: ¿por qué tu papá vive con esa otra familia? ¿A qué edad empiezan a comprender los niños el estigma de la ilegitimidad?
    Trató de imaginarse llevando a sus dos hijos en el Mary Deare y colocando líneas en sus manos, enseñándoles todo sobre el agua, las constelaciones, y cómo leer la pantalla del sondeador de profundidad. Se los subiría sobre las rodillas (pues todavía serían pequeños) y los sostendría por las barriguitas para que sus manitas curiosas pudieran sujetar el timón mientras él les mostrara el monitor y les explicara: Eso azul es el agua. La línea roja es el fondo del lago y la línea blanca justo encima es un cardumen de pececillos. Y esa línea blanca larga… ahí tienen los salmones.
    En un plano más real, parecía poco probable, hasta ridículo, que dos madres de dos hijos suyos pudieran ser tan flexibles como para permitir semejante violación de las tradiciones, aun en los tiempos que corrían. Qué tonto e ingenuo era siquiera imaginarlo.
    Pues bien, lo sabría al día siguiente. Vería a Maggie y sufriría junto con ella.

    El sábado amaneció muy fresco para la época estival, con nubes y viento fuerte. Nancy ya estaba trabajando en su escritorio cuando Eric se dispuso a abandonar la casa. Se detuvo junto a la puerta mientras se ponía un rompevientos con movimientos pesados por la falta de sueño de la noche anterior.
    – Te veré esta noche -dijo a Nancy. Eran las primeras palabras que le dirigía desde el momento de levantarse. Había logrado dormirse sólo después de las cuatro de la mañana y se despertó tarde; Nancy ya se había vestido y estaba abajo. Se la veía muy "de ciudad" con anteojos grandes, un enterizo de hilo con un cinturón color coco, aros de un kilo de peso y un cartón de yogur a su lado. El pelo estaba sujetado detrás de las orejas. Al verlo aparecer, Nancy se echó hacia atrás en la silla y se levantó los anteojos sobre el pelo.
    – ¿A qué hora? -Tomó el yogur y comió una cucharada.
    – Si el tiempo sigue así, temprano, quizás a la tarde.
    – ¡Fantástico! -Arqueó la muñeca y la cuchara relampagueó.
    – Prepararé algo con mucho calcio y vitaminas. -Se palmeó el estómago. -Ahora tengo que alimentarme bien. -Sonrió. -Que te vaya bien, mi amor.
    Eric se estremeció internamente ante el término cariñoso de ella y el recuerdo de su embarazo.
    – A ti también. -Se volvió y se dirigió a la camioneta.
    El tiempo estaba acorde con su estado de ánimo. Cuando estaba a mitad de camino hacia Gills Rock, comenzó a llover; las gotas golpeaban contra el parabrisas con un ruido similar al del plástico al romperse. Los truenos gruñían cerca del horizonte y se veían relámpagos. Sabía, mucho antes de llegar a casa de Ma, que las excursiones de la mañana se habrían cancelado, pero siguió camino de todas formas. Saludó a su madre y a Mike, tomó una taza de café, pero no probó la salchicha; sus pensamientos lo tenían preocupado. Durante unos instantes contempló el manchado teléfono de la cocina, la guía colgando de un hilo, con el número de Seattle de Maggie escrito sobre la lapa. Recordó la primera vez que la llamó. Ma le repitió una pregunta, luego gritó:
    – ¿Qué te pasa, tienes los oídos tapados?
    – Ehh… ¿qué?
    – Te pregunté si querías alguna otra cosa… cereal, o pan con carne.
    – No, nada, Ma. No tengo hambre.
    – Esta mañana no las tienes todas contigo ¿no es así?
    – Lo siento. Mira, si no me necesitas para nada, tengo que regresar a Fish Creek.
    – No. Vete, no más. Parece que la lluvia va a durar.
    No les había dicho a ninguno de los dos por qué había decidido mudarse de nuevo con Nancy y aunque Mike estaba apoyado tranquilamente contra la pileta, bebiendo café y observándolo, Eric decidió no dar explicaciones todavía. Además, Ma no sabía nada del embarazo de Maggie y no soportaba la idea de decírselo ahora. Quizá nunca se lo dijera. Otra vez la culpa: ocultarle la verdad a Ma, que siempre se enteraba de todo, como si tuviera antenas ocultas que se movían cada vez que sus hijos hacían algo malo.
    Cuando tenía ocho años -Eric lo recordaba con claridad, porque la señorita Wystad era su maestra ese año; fue el año en que Eric estaba experimentando con sus primeras palabrotas- y se había burlado de un chico llamado Eugene Behrens que había ido a la escuela con un agujero en la parte de atrás del overol, a través del cual se le veía la piel. Eugene también tenía un corte de pelo casero estilo cacerola que lo hacía parecerse a uno de los Tres Chiflados.
    Eric lo había llamado Culo Al Aire Behrens.
    – Eh, Eugene -había gritado en el patio-. Eh, Eugene Culo Al Aire Behrens, ¿dónde están tus calzoncillos, Eugene?
    Mientras Eugene le daba la espalda estoicamente, Eric gritaba un cantito:
    A Eugene se le ve el culo.
    No tiene calzoncillos.
    ¡Y con ese pe-lo, parece le-lo!
    Eugene echó a correr, llorando, y Eric se volvió para encontrar a la señorita Wystad a un metro de distancia.
    – Eric, creo que tú y yo debemos ir adentro a hablar -le dijo la maestra con severidad.
    De la conversación, Eric recordaba poco excepto su pregunta ansiosa: ¿Va a contárselo a mi mamá?
    La señorita Wystad no se lo contó a Ma, pero le dio un reto que todavía le dolía al recordarlo, y lo hizo pararse ante toda la clase y pedirle perdón a Eugene en voz alta, sonrojado, dolorido y humillado.
    Cómo se enteró Ma del episodio, Eric nunca lo supo: Mike juraba que no se lo había contado. Pero se enteró, aunque nunca mencionó el incidente, y su castigo fue aun más ignominioso que el de la maestra. Eric regresó de la escuela un día y la encontró vaciando su cómoda. Había