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En Busca Del Pasado

En Busca Del Pasado

Аннотация

    En apariencia, Molly Gifford lo tenía todo: una estupenda carrera profesional como abogada y a Daniel Hunter, su guapísimo novio. Sin embargo, lo que en realidad quería era tener una familia. Así que, cuando descubrió quién era su verdadero padre, no dudó en hacer las maletas, aunque eso significara dejar su vida atrás…
    Un año después, Daniel Hunter aún estaba intentando superarlo y continuar. Entonces, Molly apareció en su puerta pidiéndole ayuda. Su padre, a quien había encontrado hacía muy poco, había sido arrestado por asesinato, y ella está convencida de que Hunter era el único abogado con la capacidad y la reputación necesarias para salvarlo.
    Hunter no podía resistirse a ayudar a un hombre inocente. Sin embargo, en esa ocasión, sería él quien se marchara, aunque eso les rompiera el corazón a los dos…


Carly Phillips En Busca Del Pasado

    Ty & Hunter, 2
    © 2007, Karen Drogin
    Título Original: Sealed with a Kiss
    Traducido por: María Perea Peña

NOTA DE LA AUTORA

    Querida lectora:
    No puedo decir cuántas de vosotras me habéis escrito para preguntarme si voy a darles a Hunter y a Molly, de Volver a ti, su propia historia, y me siento entusiasmada por el hecho de que os gustaran tanto como para preguntarlo. A mí, la respuesta me parecía evidente: claro que sí.
    Nunca he sido capaz de resistirme a un final feliz, pero tengo que admitir que Hunter y Molly me han puesto muy nerviosa mientras los llevaba hasta allí. En busca del pasado no es una simple historia de amor. Es la historia del viaje que emprende Molly Gifford para conocerse a sí misma, cuando se entera de que el hombre a quien siempre había creído su padre no lo es en realidad. Y aunque esa noticia, comprensiblemente, le provoca un caos emocional, también responde la pregunta de por qué ella no conseguía encajar en su propia vida.
    Deja a Hunter atrás para buscarse a sí misma y encontrar a su verdadero padre pero, cuando lo acusan de asesinato y ella se enfrenta a la posibilidad de perderlo, no tiene más remedio que acudir al hombre a quien abandonó. Sin embargo, ¿podrá superar Hunter el dolor y el rencor que todavía siente para ayudar a la única mujer a la que ha querido en toda su vida? Espero que disfrutes con En busca del pasado. ¡Y espero que me digas lo que te ha parecido! ¡Feliz lectura!
    Carly Phillips.
    Este libro ha sido muy difícil de escribir. Gracias a todos aquellos que me animasteis y me convencisteis de que podía hacerlo. Gracias a los Plotmonkeys, a Janelle Denison, a Julie Leto, a Leslie Kelly, por ser tan buenos amigos. Gracias a Brenda Chin, por su apoyo y por su fantástica edición.
    Como siempre, mi amor y mi agradecimiento para mi familia; a Phil, a Jackie y a Jen por soportarme. Os quiero.

    Nota especial: Sé que me he tomado ciertas libertades con la capacidad de habla de Ollie, el guacamayo. Gracias a todos por vuestra comprensión.
    Me gustaría expresar un agradecimiento especial a Jocelyn Kelly y a JoAnn Ferguson por dar respuesta a mis preguntas sobre el ejército, y a Linda Howard, a Phoebe Conn y a Joanna Novins por responder las otras cuestiones que tenía.
    Pese a la información, me resultó necesario aprovechar lo que yo llamo el privilegio del escritor con el procedimiento de retiro con honores a los soldados heridos del ejército. Gracias, lectoras, por no llamarme la atención acerca de ello. Cualquier otro error o distorsión de la realidad es sólo achacable a mí.

Prólogo

    Molly Gifford terminó de meter las maletas y las cajas en el maletero de su coche. Otra puerta que se cerraba, pensó. Su vida allí, en Hawken's Cove, había terminado. Había llegado la hora de continuar. Miró por última vez la casa en la que había vivido durante casi un año, trescientos sesenta y cinco días en los que había estado intentando aferrarse a aquella esquiva cosa llamada familia que siempre estaba fuera de su alcance.
    Ya lo sabía. No debería haberse hecho ilusiones, porque aquella vez no iba a ser diferente. Su madre no iba a casarse, a sentar la cabeza y a formar una familia que incluyera a Molly en vez de excluirla.
    Y con veintisiete años, a Molly ya no debería importarle.
    Sin embargo, le importaba. Seguía siendo la niña que había ido de internado en internado. La calidad de aquellos internados siempre dependía del grosor de la chequera del marido de turno de su madre. Su verdadero padre no se dignaba a nada más que a enviar un par de postales al año. Una, en el cumpleaños de Molly y otra, el puñetazo de la felicitación navideña con la fotografía de su familia.
    Una semana antes, su madre había roto su compromiso, había dejado plantado a su último prometido y se había ido de viaje por Europa sin apenas despedirse de su hija. Y Molly, por fin, había tenido que aceptarlo: estaba sola y siempre lo estaría. Así pues, se marchaba en busca de sí misma y de una vida sin el lastre de esperanzas frustradas.
    – ¿Molly? Molly, espera -dijo su casera, Anne Marie Constanza.
    – No te preocupes, iba a despedirme -le aseguró Molly a la anciana, y se acercó a ella.
    – Ya lo sé -respondió Anne Marie. Su fe en Molly era inquebrantable.
    Molly sonrió y observó cómo Anne Marie bajaba las escaleras del porche. Iba a echar de menos a su entrometida vecina.
    – No tienes por qué irte -le dijo Anne Marie-. Podrías quedarte aquí y enfrentarte a tus miedos.
    Sabias palabras, pero Molly no podía prestarles atención.
    – Ahí está el quid de la cuestión. Mis miedos me seguirán allá donde vaya.
    – Entonces, ¿por qué te vas? Sé que no soy la única que quiere que te quedes.
    – ¿Has estado escuchando mi conversación con Hunter? -le preguntó Molly.
    Al pensar en él, a Molly se le encogió el estómago.
    Anne Marie negó con la cabeza, y algunos finos mechones de pelo gris se le escaparon del moño.
    – Esta vez puedo decir sinceramente que no. Ya he aprendido la lección de que no se debe escuchar conversaciones ajenas, y mucho menos difundir información ajena. Sin embargo, es evidente que ese hombre desea tenerte cerca con todas sus fuerzas.
    Molly abrió la boca, pero volvió a cerrarla. Tenía un nudo en la garganta.
    – No puedo quedarme -dijo.
    Sin embargo, lo había pensado. Y seguía pensándolo, sobre todo al recordar la mirada de esperanza de Hunter cuando le había pedido que se quedara con él en su ciudad natal, en Hawken's Cove, Nueva York. Y su tono de voz suplicante cuando le había dicho que la seguiría a cualquier sitio al que Molly necesitara huir para evitar el dolor.
    «Yo tampoco he tenido familia. Entiendo lo que te está pasando. ¿Por qué no lo superamos juntos?». Hunter se había tragado su orgullo y le había entregado el corazón.
    Molly había estado a punto de cambiar de opinión, porque Daniel era una tentación absoluta, pero finalmente no había sido capaz de hacerlo. No sabía quién era ni lo que quería de la vida, y por ese motivo lo había rechazado. Apretó los puños con frustración. Era una mujer sin ataduras, sin amigos, sin familia, y necesitaba tiempo para entenderse a sí misma. Pese a todo, tenía una sensación de anhelo y emoción en el pecho.
    – Él te quiere -le dijo Anne Marie.
    Molly bajó la cabeza. A cada segundo, su dolor era mayor, porque ella también quería a Hunter. Sin embargo, sabía que no tenía lo suficiente como para ofrecerle algo que valiera la pena al que era su amigo, pero no había llegado a ser su amante.
    – Ya he tomado la decisión -respondió Molly a duras penas.
    La anciana asintió.
    – Ya sabía que no cambiarías de opinión, porque en ese sentido eres como yo, pero tenía que decir lo que pensaba.
    – Lo sé, y te lo agradezco.
    – Toma. Ha llegado el correo de hoy.
    Anne Marie le entregó un sobre. Molly le dio la vuelta y miró el remite. Napa Valley, California. Su padre había dado señales de vida en un día distinto a Navidad o su cumpleaños… Qué raro.
    – Bueno, tengo que entrar en casa -dijo Anne Marie-. Estoy redactando el anuncio para alquilar tu apartamento.
    Aquellas palabras le encogieron aún más el estómago a Molly.
    – Has sido una estupenda amiga -le dijo a Anne Marie, y le dio un abrazo-. Gracias por todo.
    – Escribe de vez en cuando, Molly Gifford. Espero que encuentres lo que estás buscando en este mundo -dijo la anciana.
    Y agitando la mano en señal de despedida, entró a su casa.
    Molly se sacó las llaves del coche del bolsillo y, al hacerlo, el sobre se le cayó de las manos. Lo recogió rápidamente. El papel le quemaba en las manos. Se debatió entre el ansia por apartarse todos los recuerdos de la cabeza y la curiosidad por saber lo que había dentro. Venció la curiosidad; Molly abrió el sobre y encontró una tarjeta y una nota en su interior.
    La tarjeta era el anuncio del nacimiento de un bebé. La otra hija de su padre, Jennifer, había tenido una niña. El padre de Molly se había convertido en abuelo. Molly no conocía a su hermanastra, y lo único que sintió al saber la noticia de su maternidad fue otra punzada de dolor en el corazón. La nota, sin embargo, hizo que todo cambiara.
    Cuando terminó su lectura se sintió mareada, y se dio cuenta de que se había quedado sin aliento. Inspiró profundamente y se apoyó en la puerta del coche para leer la carta una vez más.
    Querida Molly:
    Como ves, ya soy abuelo. Es algo asombroso, incluso más que ser padre. Y esta nueva fase de mi vida me ha hecho meditar sobre algunas decisiones que tomé cuando era joven. Ahora entiendo mucho mejor lo que representan los lazos biológicos y familiares, y creo que te debo esta información. Lo que hagas con ella es cosa tuya.
    Los dos sabemos que tu madre es una mujer con sus propios planes. Siempre lo fue. Se casó conmigo y fingió que estaba embarazada de mí, pero pronto supe que tú eras fruto de una aventura que había tenido con un hombre al que conoció antes de venir a California. Él se llama Frank Addams. General Frank Addams. Su pertenencia al ejército explica por qué tu madre eligió al dueño de unas bodegas con dinero para que le diera el apellido a su descendencia en vez de a un hombre que quería tener una carrera militar. Como yo sabía que no te faltaría de nada, acepté guardarle el secreto a Francie, pero ahora he entendido que el hecho de que tuvieras comida y techo no ha podido sustituir al hecho de tener una familia.
    Me he tomado la libertad de averiguar algunas cosas por ti. El general Addams vive actualmente en Dentonville, Connecticut.
    Te deseo lo mejor,
    Martin.
    Molly sintió náuseas. Tuvo que inclinarse hacia delante porque sentía un dolor físico. Sólo saber que no había perdido a su padre, al menos no un padre a quien ella le importara, le dio fuerzas para seguir adelante, aunque no para asimilar aquella noticia.
    Con las manos temblorosas, dobló el papel e intentó meterlo con la tarjeta en el sobre, pero no encajaba; de la misma manera que ella nunca había encajado en ninguna parte. Acababa de descubrir el motivo.
    El hombre que ella siempre había considerado su padre no lo era, y él lo había sabido desde siempre.
    – Bien, eso explica su desinterés -murmuró.
    En cuanto a su madre, Francie, era una diva egoísta y siempre lo había sido. Molly se enfrentaría a ella en otra ocasión.
    La magnitud de la revelación la había dejado aturdida. Ella había rechazado a Hunter, el que seguramente hubiera sido el amor de su vida, porque sabía que le faltaba algo por dentro. Cinco minutos antes no tenía idea de qué podía ser, ni de dónde iba a encontrarlo. En aquel momento, al mirar la dirección que le había proporcionado Martin, tenía un destino y algo más. Tenía el nombre de su verdadero padre.
    Al pensarlo se le aceleró el corazón. Se dio cuenta de que las piezas que faltaban en su vida quizá estuvieran en Dentonville. Tal vez fuera aceptada, o tal vez fuera rechazada, pero lo sabría.
    Se sentó tras el volante de su coche y arrancó el motor para ponerse en marcha. No iba a aparecer de repente en la puerta de la casa del general Addams. De hecho, quizá fuera antes a California para ver a Martin, que era quien le había desvelado la noticia. A Molly le parecía conveniente tener primero una confirmación y un poco más de información.
    No obstante, esperaba encontrar algo bueno al final del viaje, porque había renunciado a algo demasiado valioso para llegar hasta allí.

Capítulo 1

    Ocho meses después
    – Quiero que mi padre salga de esa celda ahora mismo -le exigió Molly al abogado defensor de oficio que le habían asignado a su padre.
    Bill Finkel rebuscó entre los papeles de su escritorio. Cada vez que Molly le hacía una pregunta a aquel hombre, él respondía moviendo de un lado a otro sus expedientes desordenados y su maletín. Por fin, la miró.
    – Es un caso de asesinato -dijo.
    Ella arqueó una ceja.
    – ¿Y qué?
    Finkel bajó la mirada y volvió a remover documentos.
    Molly se estaba cansando de mirarle la calva.
    – Yo no estoy especializada en derecho penal, pero sé que como el general es un soldado condecorado y un héroe de guerra, un militar retirado del servicio con honores, usted puede conseguir la libertad bajo fianza con una cantidad pequeña de dinero -dijo.
    Tenía la sensación de que los años que había pasado estudiando derecho inmobiliario eran inútiles en aquel momento.
    Bill carraspeó.
    – No es tan fácil. Su padre está acusado de asesinar a su socio y amigo. Tenía la llave del despacho en el que fue hallado el cuerpo, y tenía un móvil, ya que había descubierto que Paul Markham había desfalcado los activos de su negocio inmobiliario -recitó el abogado, leyendo un papel que tenía frente a sí.
    – Todo eso es circunstancial. Pídale al juez que compense el peso de las pruebas con la reputación de mi padre en su comunidad, sus lazos familiares y su trabajo, y con el servicio que le ha prestado a su país -replicó Molly con frustración-. Y hablando de mi padre, ¿dónde está? Se suponía que tenían que haberlo traído hace veinte minutos a esta reunión.
    – Ah, iré a ver a qué se debe el retraso -dijo Finkel, que se puso en pie y salió corriendo del despacho para huir de Molly.
    A ella no le remordía la conciencia asustarlo. Aquel abogado era todo lo que podía permitirse su padre después de descubrir el desfalco llevado a cabo por su socio, lo cual significaba que, a menos que a Molly se le ocurriera una idea mejor, Bill Finkel tenía la vida del general en sus manos.
    Desde el momento en que Molly había aparecido en casa de su padre, él la había aceptado de corazón y la había acogido de pleno en su familia. Tal vez Molly aún no se sintiera como una más, pero no podía negar que lo deseaba con todas sus fuerzas. Además, en aquellos ocho meses había llegado a querer mucho al general, y tenía intención de conseguir que saliera de la cárcel.
    Pasaron diez minutos más hasta que Bill volvió al despacho.
    – Dicen que están cortos de personal y que no pueden custodiarlo ahora mismo.
    ¿Y él había aceptado aquella excusa? Molly ya tenía suficiente. Necesitaba un abogado que se ocupara de representar legalmente a su padre y de conseguir su libertad. Necesitaba a Daniel Hunter. Sin pararse a pensar lo que suponía aquello, se puso el bolso al hombro y se dirigió rápidamente hacia la salida.
    – ¿Adónde va? -le preguntó Finkel, corriendo tras ella-. Tenemos que hablar de la estrategia legal. Los guardias dijeron que vendrían con él en menos de una hora.
    Molly miró hacia atrás.
    – Voy a hacer lo que debería haber hecho en cuanto supe que mi padre estaba arrestado -respondió ella-. Dígale que lo veré mañana, pero que no se preocupe. Tengo un plan.
    Bill palideció.
    – ¿Y no me lo va a contar? Yo soy su abogado.
    «No por mucho más tiempo», pensó Molly.
    – Todavía no lo tengo completamente detallado, y en este momento aún no necesita saberlo -le dijo.
    Su plan consistía en contratar al mejor abogado criminalista que conocía para que defendiera a su padre. Sin embargo, Molly sabía que había muy pocas posibilidades de que Hunter accediera. Después de todo, las cosas no habían terminado bien entre ellos: Daniel le había ofrecido desarraigar su vida y su profesión para ir con ella, le había ofrecido acompañarla al lugar al que ella quisiera huir con tal de estar juntos, y en vez de aceptar, ella lo había abandonado.
    Aunque Molly había tenido sus motivos, no albergaba esperanzas de que lo comprendiera. A Hunter no le importaría que nunca hubiera dejado de pensar en él. Después del modo en que lo había rechazado, Molly no tenía más remedio que ir a verlo en persona si quería que, al menos, Daniel se planteara la posibilidad de representar a su padre.
    Al pensar en que iba a verlo otra vez, a Molly se le encogió el estómago de emoción, de pánico y de miedo. Tendría que arriesgarlo todo al poner la vida de su padre y el futuro de su familia en manos de Hunter.

    Molly sabía que podía ir y volver a Albany en el mismo día. Tres horas de ida, tres horas de vuelta. Podía hacerlo, sí, pero primero había ido a casa a ponerse ropa cómoda para conducir y a reunir valor. A solas en la habitación de invitados, donde se había instalado hasta que decidiera dónde quería vivir permanentemente, metió unas cuantas cosas en la bolsa de viaje por si acaso tenía que quedarse a dormir en un hotel.
    En aquel momento, veía la ironía de su situación. Durante el último año sólo había pensado en encajar en aquella casa. Había dado paso tras paso para ganarse la confianza de sus dos hermanas y de la abuela, que se había hecho cargo de la familia desde que había muerto la esposa de su padre, nueve años antes. Y después de todo el esfuerzo, era ella quien debía conseguir que pudieran seguir juntos llamando a Daniel Hunter.
    Respiró profundamente y se dispuso a bajar las escaleras.
    Casi había llegado a la puerta cuando oyó hablar a su hermana Jessie.
    – A mi padre lo han arrestado por asesinato. Eso es maravilloso para mi vida social.
    Molly miró al cielo con resignación. Jessie tenía quince años. Era adolescente. La ira y el drama eran reacciones típicas ante el menor cambio que se produjera en la vida de su hermana.
    A aquella edad, Molly llevaba años valiéndose por sí misma y no había tenido tiempo de permitirse rabietas. Al haber sido siempre una adulta, no tenía la capacidad de ponerse en el lugar de Jessie. Y como Jessie no la aceptaba, Molly se encontraba en punto muerto con ella.
    – Eres una niña mimada -le dijo Robin, su otra hermana, que tenía veinte años.
    Como Molly, Robin también había llegado a la edad adulta anticipadamente. Su madre había muerto, y la madre de Molly había estado siempre ausente. Robin le caía muy bien, y no sólo porque la hubiera aceptado sin condiciones, sino porque era buena persona. En el mundo de Molly no había mucha gente a la que pudiera describir así.
    Molly había pensado ponerse en camino sin dar explicaciones, pero se dio cuenta de que debía decirles que iba a estar fuera durante el resto del día, y posiblemente la noche. Aunque aún no estaba acostumbrada a vivir en una casa con otras personas, donde las idas y venidas eran examinadas, había estado intentando acostumbrarse a ello.
    Caminó hacia el despacho de su padre, donde se había reunido el resto de su familia.
    – Cállate -le dijo Jessie a su hermana. Nunca se rendía sin pelear-. Tú no puedes decirme lo que tengo que hacer.
    – Pero yo sí.
    Molly sonrió al oír hablar a Edna Addams en un tono firme y autoritario, que explicaba por qué se la conocía más como la comandante que como la abuela. Ella era la madre del general, lo cual la convertía también en abuela de Molly.
    Molly entró por la puerta al mismo tiempo que Edna daba dos golpes con el bastón en el suelo para llamar la atención de todo el mundo.
    La comandante se puso en pie en el centro de la habitación, mirando a su nieta más joven.
    – Y te sugiero que dejes de preocuparte por ti misma y pienses más en la situación de tu padre.
    – Yo no quería decir que no me preocupara papá -dijo Jessie, a quien inmediatamente se le llenaron los ojos de lágrimas.
    Edna se acercó a su nieta y le acarició el pelo largo, castaño.
    – Sé que te importa tu padre, pero como ya te he dicho más veces, necesitarías una señal de ceda al paso entre el cerebro y la boca, para poder pensar antes de hablar.
    Molly asintió, aplaudiendo en silencio las palabras de su abuela.
    – Intentemos concentrarnos en lo que es importante, que es ayudar a papá -sugirió al entrar en la habitación.
    Jessie se volvió hacia ella bruscamente.
    – ¿Papá? -le preguntó. Se le habían secado las lágrimas y su tono era de sarcasmo e ira, como de costumbre cuando se dirigía a Molly-. Eso es gracioso, porque tú no lo conocías hasta hace poco. Es nuestro padre, no el tuyo.
    – ¡Jessie! -gritaron Edna y Robin al unísono.
    A Molly se le encogió el corazón, y casi inmediatamente comenzó a sentir un fuerte dolor de cabeza. Era el comienzo de una de las migrañas contra las que había luchado desde niña.
    Pese a que estaba acostumbrada a los estallidos de furia de Jessie, el maltrato verbal de la adolescente le dolía. ¿Era demasiado pedir que su familia la aceptara? Estaba cansada de aguantar las tonterías de su hermana, pero, por respeto a su padre y por la paz familiar, se mordía la lengua. Esperaba que, de ese modo, Jessie reaccionara positivamente hacia ella, pero hasta el momento no había tenido suerte.
    – Discúlpate -le dijo Robin, con las manos en las caderas-. Lo digo en serio -insistió, al ver que su hermana se quedaba callada.
    Jessie miró a su abuela en busca de apoyo.
    Sin embargo, la anciana negó con la cabeza y le ordenó a su nieta que obedeciera.
    – Ahora -le dijo.
    Jessie emitió un sonoro gruñido.
    – ¡Siempre os ponéis de su parte! -exclamó con un sollozo. Después, entre aspavientos, dio una patada en el suelo y salió airadamente de la habitación.
    – ¡Llorona! ¡Llorona! -dijo Ollie, el guacamayo de Edna, desde su jaula, al otro lado del despacho.
    El animal tenía que hacer patente su presencia justo en aquel momento, pensó Molly. Al menos, parecía que Jessie ya se había alejado por el pasillo y no lo había oído.
    – No te preocupes -le dijo Edna a su mascota. Después se volvió hacia Molly y Robin-. Yo hablaré con Jessie. No puede tratarte de ese modo.
    – No, déjala -dijo Molly, fingiendo que aquel comportamiento no la había afectado.
    – Sólo si prometes que no le vas a hacer caso. Algunas veces, Jessie se comporta como una adulta, y otras veces como si tuviera tres años -dijo Robin; se acercó a Molly y le puso la mano en el hombro para reconfortarla.
    – Es cierto -dijo Molly con una risa forzada, e intentó no encogerse bajo la caricia de su hermana.
    No estaba acostumbrada a las muestras de afecto, y aún tenía que habituarse a aquellos gestos que eran tan espontáneos para el resto de su familia. No quería ofenderlos de ningún modo, y además, el cariño de Robin era exactamente lo que necesitaba cuando había llegado allí. Acababa de dejar a Hunter, y el hecho de saber que había encontrado algo sólido era una gran ayuda para ella, aunque no pudiera reemplazarlo ni llenar el lugar que él hubiera podido tener en su vida.
    – ¿Qué llevas en esa bolsa de viaje? -le preguntó la comandante, y la sacó de su ensimismamiento.
    – ¿Te marchas? -añadió Robin con inquietud.
    Molly negó con la cabeza.
    – Tengo que ir a ver a un amigo para hablarle de papá -respondió.
    Robin se relajó. Se inclinó hacia ella y se apoyó con ambas manos sobre el escritorio.
    – Me preocupa dejaros a Jess y a ti solas aquí cuando vuelva a la universidad.
    Robin estudiaba en Yale con una beca parcial, y su padre se había hecho cargo del resto del coste de su carrera. El general Addams pensaba que pagar la educación de los hijos era deber de los padres, y Molly lo respetaba por ello. Habían tenido más de una discusión porque él también quería pagar los préstamos de estudio de Molly.
    Por mucho que le agradeciera la oferta, Molly no quería oír hablar de ello. Quería pagar por sí misma sus deudas. Nunca imitaría el comportamiento de su madre, que siempre se lo sacaba todo a los demás. Vivir en aquella casa era todo lo que Molly estaba dispuesta a aceptar, porque la convivencia era un compromiso que iba a cumplir para tener una familia de verdad.
    Molly se rió.
    – No te preocupes. Tu hermana y yo no vamos a matarnos mientras estás en la universidad. Todavía albergo la esperanza de que consigamos entendernos.
    Robin asintió.
    – Pero no pienses que nadie te hará un reproche si la estrangulas -dijo con una sonrisa. Después miró la bolsa de viaje-. ¿Y qué puede hacer ese amigo tuyo con respecto al arresto de papá?
    – Quizá pueda representarlo.
    – Gracias a Dios, porque el abogado de papá es idiota.
    – En efecto -convino Edna-. De hecho, me gustaría ver su título.
    Molly se rió. Su abuela, con quien había congeniado inmediatamente y que se había convertido en una influencia materna para ella, era una mujer muy inteligente. Su conocimiento de la gente y de la vida lo había acumulado a través de la experiencia. Después de que muriera su marido, había viajado mucho y había conocido diferentes culturas y países hasta que había vuelto a casa para ayudar a su hijo a criar a las niñas. Con Jessie había tenido mucho trabajo.
    – Esperaba que la policía se diera cuenta de que ha cometido un error y pusiera en libertad a papá, pero parece que no va a ocurrir -explicó Molly-. Así que intentaré convencer a mi amigo de que acepte el caso de papá.
    Robin asintió con interés.
    – ¿Quién es? -preguntó.
    – Se llama Daniel Hunter -respondió Molly, después de tragar saliva. Aquellas palabras le sonaron raras, después de haber estado un año pensando en él, pero sin pronunciar su nombre.
    – ¡Oh, Dios mío! -exclamó Robin-. ¿El abogado defensor que consiguió demostrar la inocencia del hijo del gobernador en aquel caso de violación? Vi el juicio en la televisión.
    A Robin le brillaban los ojos, azules como los de su padre.
    Aunque Molly había heredado los ojos castaños de su madre, se había sentido muy contenta al comprobar que tenía los rasgos del general.
    – ¿Tengo razón? ¿Es él? -preguntó Robin.
    – El mismo -le confirmó Molly-. Como ya os he dicho, es un viejo amigo.
    – Es guapísimo -dijo Robin-. Las chicas de mi residencia se reunían para verlo en la televisión. Es un monumento.
    Molly le dio la razón en silencio y se ruborizó.
    – ¿Y crees que hará esto por ti? -le preguntó su hermana.
    – No lo sé con certeza. La verdad es que, cuando nos separamos, no fue de un modo del todo amistoso.
    En realidad, Molly no se hacía ilusiones. Pensaba que Hunter no iba a ponerse muy contento de volver a verla. Bajó la mirada al recordar el dolor y la devastación que se le habían reflejado en la mirada cuando ella lo había rechazado. Se arrepentía, pero ya no podía hacer nada por cambiar las cosas. Hunter se había criado bajo la tutela de la administración, en hogares de acogida. El niño que estaba convencido de que nadie podía quererlo se había convertido en un hombre que creía lo mismo. Y Molly no había hecho otra cosa que demostrarle que tenía razón. Él le había puesto el corazón en las manos, y ella se lo había estrujado.
    – Eras algo más que amiga de Daniel Hunter, ¿verdad? -le preguntó Edna con delicadeza, con la sabiduría de todos sus años.
    – Hunter y yo… las cosas eran complicadas -respondió.
    Sin embargo, Hunter se tomaba con pasión su trabajo, y Molly contaba con que aquella pasión le empujara a aceptar el caso.
    – Si consigo convencerlo de que represente a papá, se asegurará de que se haga justicia sean cuales sean sus sentimientos personales. Sólo depende de si ha superado las cosas tanto como para ayudarme.
    – Oh, estupendo. No basta con que hayas puesto nuestra existencia patas arriba apareciendo aquí, sino que además ahora la vida de papá depende de un tipo con el que tú… -dijo Jessie, que acababa de entrar en la sala-. Con el que tú has tenido una mala relación -añadió rápidamente, al notar la mirada de su abuela.
    Robin gruñó.
    Molly cerró los ojos y contó hasta diez en silencio. Después se levantó y se acercó a su hermana, que estaba apoyada en el marco de la puerta.
    – Tú y yo debemos darnos una tregua, porque estoy empezando a cansarme de tus tonterías -le dijo.
    Aquélla era la primera vez que se enfrentaba a Jessie desde que había entrado en la casa, y la muchacha se quedó mirándola con los ojos muy abiertos.
    – ¿Y si no quiero? -le preguntó Jessie después de unos instantes, de manera desafiante.
    – Quizá no quieras, pero de todos modos tendrás que hacerlo. Frank es mi padre, Jessie, y no pienso irme a ninguna parte.
    La niña apartó la mirada y, como era de esperar, se marchó otra vez, dando grandes zancadas.
    Robin aplaudió y Edna asintió con aprobación. El nudo que Molly tenía en el estómago se aflojó ligeramente cuando se dio cuenta de que ninguna de las dos iba a enfadarse con ella porque le hubiera plantado cara a su hermana pequeña.
    – Buena suerte en tu viaje -le dijo Edna-. Me voy a la cocina.
    Después, su abuela salió de la habitación.
    – Yo estaré en mi cuarto, estudiando -dijo Robin-. Buena suerte -añadió, y después de guiñarle el ojo a Molly, se marchó.
    Molly asintió.
    – La necesitaré.
    – ¡Croac!
    Molly se acercó a la jaula de Ollie y lo miró.
    – Podías creer un poco más en mí, ¿sabes? Quizá Hunter se alegre de verme.
    – ¡Croac! -repitió el animal.
    Molly interpretó su graznido como una muestra de incredulidad. Le puso al pájaro cara de pocos amigos, tomó la bolsa de viaje y se dirigió a la puerta.

    Daniel Hunter rodó por la cama y extendió el brazo. Al notar que su mano topaba con algo sólido, se despertó de golpe. Le dolía mucho la cabeza y tenía la boca seca como el algodón, pero ninguna de aquellas cosas le molestaba tanto como haberse dado cuenta de que no estaba solo.
    Abrió un ojo y miró a la mujer morena que compartía cama con él.
    Demonios.
    Allison se había quedado a dormir. Aunque ella no era exactamente un lío de una sola noche, tampoco era una presencia estable en su vida. Más bien, tenían una relación flexible, sin ataduras. Él siempre se aseguraba de que se marchara cuando habían terminado de mantener relaciones sexuales, engatusándola y haciéndole todo tipo de cumplidos. En aquella ocasión, sin embargo, tendría que conformarse con cerrar los ojos y esperar a que ella se despertara y se marchara sin hacer ruido.
    Al instante, se preguntó qué demonios se estaba haciendo a sí mismo. Durante el día trabajaba como un esclavo, y por las noches bebía y se acostaba con cualquier mujer que estuviera disponible. No era una forma de vida de la que estuviera orgulloso, y cuando la mujer que estaba a su lado se movió suavemente, Daniel pensó que aquella situación no era nada atractiva.
    Miró el despertador de la mesilla y constató que eran más de las doce de la mañana del sábado. Y, para empeorar las cosas, alguien llamó a la puerta. El sonido del timbre empeoró su dolor de cabeza.
    Con un suspiro, tomó los pantalones vaqueros que había dejado en el suelo, junto a la cama, y se dirigió hacia la entrada. Antes de llegar, volvieron a llamar al timbre varias veces.
    Fuera quien fuera el visitante, no tenía paciencia.
    – Voy, voy -dijo Hunter-. ¿Qué desea? -preguntó al mismo tiempo que abría de par en par.
    Entonces se quedó perplejo. Tenía que ser un fantasma o una visión, porque no podía ser real. Molly Gifford había salido de su vida sin mirar atrás.
    – ¿Molly?
    – Hola, ¿qué tal? -preguntó ella con timidez, y alzó una mano para saludarlo. Sin embargo, al darse cuenta de que él no respondía a su gesto, la bajó rápidamente.
    Aquella voz familiar le dio a entender a Daniel que no estaba soñando. Y, con una sola mirada, se dio cuenta por su estupendo aspecto de que ella no había sufrido mucho durante el tiempo en que no se habían visto. Llevaba unos vaqueros ajustados y unas botas de vaquero rojas que él recordaba bien, porque había imaginado aquellas piernas enroscadas en su cintura muchas veces mientras él se hundía en su cuerpo cálido.
    En realidad no había tenido oportunidad de hacerlo. Durante los últimos meses, había llegado a la conclusión de que debía de ser el único hombre del mundo que se había enamorado de una mujer con la que no se había acostado.
    Carraspeó y se apoyó contra el quicio de la puerta para guardar el equilibrio. Con aquel dolor de cabeza, no conseguía pensar claramente.
    Molly tenía el pelo más largo, y los mechones rubios le caían sobre los hombros y sobre la frente. Se apartó el flequillo de los ojos y lo observó con atención.
    – Te he despertado, ¿verdad? -le preguntó; su voz, que normalmente denotaba seguridad, tenía un tono de incertidumbre.
    De repente, él también se sintió azorado y se pasó la mano por el pelo revuelto.
    – ¿Qué estás haciendo aquí?
    – Es una larga historia. Demasiado larga para contártela en el umbral. ¿Puedo pasar? -le preguntó ella, y se puso de puntillas para intentar ver algo más allá de la puerta.
    – Sí, sí, entra -dijo Daniel de mala gana.
    Cuando ella pasó, Daniel percibió su olor delicioso y fresco. Aquello le recordó como ninguna otra cosa todo lo que nunca podría tener. Le recordó el motivo por el que vivía el día a día y no se preocupaba de nada más.
    Molly caminó hacia la sala de estar y él la siguió, abarcando con una mirada todo el espacio.
    – Te pediría que te sentaras, pero no hay sitio.
    – Ya lo veo -respondió ella, y se volvió hacia Daniel con una mirada llena de preguntas.
    En los ojos marrones de Molly, él vio reflejado aquello en lo que se había convertido su vida. Vio las cosas de verdad por primera vez. Cuando era un adolescente que vivía en un hogar de acogida se había prometido que superaría su pasado, no sólo la circunstancia de que sus padres lo hubieran abandonado, sino también la suciedad y la pobreza que lo rodeaban.
    Sin embargo, aunque en la actualidad vivía en el barrio más lujoso de Albany, seguía haciéndolo como sus padres biológicos y sus padres de acogida. Había latas de cerveza por la mesa, documentos y papeles por el sofá y el suelo y una caja de pizza vacía en el mostrador que separaba la cocina del resto del apartamento.
    No había nada como que la mujer a la que había querido impresionar una vez lo sorprendiera en su peor momento, pensó Hunter con ironía.
    Irguió los hombros y la miró. Él no le debía ninguna explicación a Molly. No le debía nada.
    – ¿Para qué has venido?
    – Bueno… -ella tomó aire, como si fuera a decir algo difícil.
    – ¿Hunter? Vuelve a la cama.
    Allison. A Daniel se le había olvidado por completo que seguía allí.
    – Demonios -masculló, y miró hacía arriba.
    Allison salía de la habitación envuelta en la camisa de Daniel.
    – Aquí arriba hace frío si tú no estás, cariño.
    – Oh, Dios mío -dijo Molly con horror-. Tienes compañía.
    – ¿Quién es? -preguntó Allison en tono somnoliento.
    Molly se estremeció al oír el sonido de la voz de la otra mujer.
    – No estabas durmiendo. Estabas… -su voz se apagó-. Oh, Dios.
    Hunter se quedó paralizado, observando la expresión de asombro de Molly. La jaqueca que tenía no era nada comparada con la punzada de dolor que sintió en el estómago. No debería sentirse culpable, como si ella lo hubiera sorprendido haciendo algo horrible, engañándola. Molly era quien lo había abandonado a él.
    – ¿Hunter? -preguntó nuevamente Allison-. ¿Quién es?
    – Yo… nadie -dijo Molly-. Esto ha sido un error.
    Después se dio la vuelta y salió corriendo hacia la puerta.
    Aquel movimiento brusco sacó a Hunter de su embobamiento, de la impresión que le había causado ver de nuevo a Molly.
    Se volvió hacia Allison y le dijo:
    – Vístete, por favor. Hablaremos cuando vuelva.
    Siguió a Molly hacia el descansillo, pero no fue lo suficientemente rápido. Las puertas del ascensor se cerraron antes de que pudiera alcanzarla.
    – Maldita sea -masculló, y dio un puñetazo contra las puertas de metal.
    Acto seguido, corrió por las escaleras abajo.

Capítulo 2

    Molly llegó rápidamente hasta su coche y buscó las llaves en el bolso con las manos temblorosas. Lo único que quería era alejarse de allí.
    Ver a Hunter de nuevo, desaliñado y somnoliento justo después de levantarse, y sin embargo tan atractivo y sexy, había despertado a la mujer que llevaba dentro; la mujer a la que había reprimido para conseguir formar parte de una familia.
    Molly había mirado a Daniel de pies a cabeza, sin disimulo, y se había dado cuenta de que llevaba desabrochado el primer botón de los vaqueros. No sabía si seguir observando su guapísima cara o su pecho desnudo. Al notar un cosquilleo en las terminaciones nerviosas, al notar cómo se le aceleraba el corazón, Molly se arrepintió profundamente de haberlo dejado.
    Sin embargo, antes de que pudiera explicarle por qué había ido a verlo, la situación la había enfrentado con la prueba fehaciente de que él lo había superado todo.
    «Aquí arriba hace frío si tú no estás, cariño».
    Sintió una náusea y siguió rebuscando en el bolso hasta que finalmente dio con el llavero. Lo sacó y apretó el botón de apertura de la llave electrónica justo cuando oía la voz de Hunter.
    – Molly, espera.
    Ella sacudió la cabeza. Hablaba en serio al decir que aquel viaje había sido un error. Encontraría otra manera de salvar a su padre. Molly no era cobarde, pero no tenía ganas de mirar al hombre al que había interrumpido en mitad de… no quería saber qué.
    La relación incipiente que habían tenido Hunter y ella no había durado lo suficiente como para poder descubrir lo que iba a florecer entre los dos, pero Molly sabía que sus sentimientos eran sólidos y reales. Y sin embargo, ella misma había dado al traste con cualquier oportunidad que hubieran podido tener.
    Abrió la puerta del coche, pero Hunter la alcanzó antes de que pudiera entrar.
    – Espera -le dijo en tono autoritario.
    Molly reunió valor y se volvió. A plena luz del día, Hunter seguía siendo tan sexy que ella sintió fuego por dentro. Sin embargo, Molly vio más cosas. El Hunter al que ella conocía iba siempre afeitado, impecablemente vestido, y se preocupaba por la impresión que pudiera causarles a los demás. El hombre que tenía ante sí estaba cansado, desarreglado, desvaído como su apartamento.
    Pese a todo, Molly tenía que terminar lo que había comenzado.
    – Vuelve a tu casa y olvida que he venido.
    Él puso la mano sobre la puerta.
    – No puedo. Has venido por algún motivo, y quiero saber cuál es. Estoy seguro de que esto no era una visita social.
    Al oír aquella voz distante y fría, a Molly se le llenaron los ojos de lágrimas de enfado y frustración. Ciertamente, no esperaba que él se pusiera a dar saltos de alegría sólo porque ella hubiera decidido aparecer. Racionalmente lo entendía. Emocionalmente, Molly no estaba preparada para todos los sentimientos que se le habían despertado al verlo de nuevo.
    Carraspeó y se recordó que había ido hasta allí por una razón que no tenía nada que ver con ellos.
    – Tienes razón. No ha sido una visita de cortesía. He venido porque mi padre está arrestado. Lo han acusado de asesinato, y necesita un buen abogado. Te necesita a ti.
    Hunter parpadeó con evidente sorpresa.
    – Entiendo -respondió al cabo de un instante, fríamente-. En este momento no tengo tiempo, pero puedo recomendarte a un colega de profesión que se hará cargo del caso.
    Molly se estremeció, aunque consiguió mantener la compostura. Dos segundos antes sólo quería alejarse de allí y encontrar otra solución. En aquel momento, sin embargo, sentía desesperación.
    – No quiero a ningún otro. Quiero al mejor -dijo, y lo miró a los ojos-. Te quiero a ti.
    Al darse cuenta del doble sentido de sus palabras, se ruborizó, pero no las retiró. Sabía que lo necesitaba y lo deseaba, pensara lo que pensara Hunter.
    Él la miró con el ceño fruncido. Con aquella expresión de enfado disimulaba sus verdaderos pensamientos, más allá de las defensas que había erigido para mantener apartada a Molly.
    – No estoy autorizado para ejercer en California. ¿No es allí donde vive tu padre?
    – Vive el hombre que yo creía que era mi padre. Mi verdadero padre es un general retirado que se llama Frank Addams. Vive en Connecticut, y sé que tienes licencia para ejercer allí, además de en Nueva York.
    – Ah. Parece que han ocurrido muchas cosas desde que te marchaste. Ése era tu objetivo, ¿no?
    – Tu también llevas una vida intensa, a juzgar por lo que he visto.
    – Desapareciste de la faz de la tierra. ¿Acaso esperabas que me quedara sentado esperando tu regreso, si por casualidad decidías volver?
    Daniel se cruzó de brazos y se apoyó contra el coche. Había erigido entre ellos barreras físicas y emocionales muy altas.
    Aquella ira le hizo tanto daño a Molly como una bofetada. Comenzaron a sudarle las palmas de las manos, y se las frotó contra los muslos. Sin embargo, sabía que él tenía razón: no tenía derecho a criticarlo ni a quejarse después de haberlo abandonado.
    No serviría de nada contarle que le había escrito muchas cartas y que las tenía guardadas en una caja bajo la cama. El hecho de que no las hubiera enviado sólo sería una prueba más de su rechazo. Sólo ella podía entender las heridas que le había dejado su infancia. Las de Molly estaban empezando a cicatrizar gracias a un padre que nunca la habría abandonado en manos de una madre negligente e insensible de haber sabido la verdad.
    Sin embargo, era evidente que aquella curación llegaba demasiado tarde para solucionar las cosas entre ellos dos. Molly pensaba que aquél era un riesgo que había tenido que correr. Sin embargo, le atravesaba el corazón saber que había perdido a Hunter para siempre.
    Tragó saliva.
    – No creía que quisieras saber nada de mí, pero Lacey sí sabía dónde estaba.
    La mejor amiga de Hunter era una mujer a la que Molly había conocido durante el tiempo que había vivido en su ciudad. Su nombre de soltera era Lilly Dumont, pero se había cambiado el nombre por Lacey y se había casado con el otro mejor amigo de Hunter, Tyler Benson. Los tres habían forjado unos lazos que nadie podía romper.
    Quizá en el pasado, Molly hubiera sentido celos, pero había llegado a entender que Lacey y Ty eran la única familia que tenía Daniel, y los quería y los respetaba por ello.
    – ¿No te dijo Lacey dónde estaba? -le preguntó.
    Él hizo un gesto negativo con la cabeza.
    – Le dije que no mencionara tu nombre.
    – Vaya, no te molestes en disimular tus sentimientos.
    – No te preocupes, no lo haré.
    Molly sintió mucho frío, pero no pudo echarle la culpa al aire de marzo. Hizo todo lo posible por no estremecerse ni mostrar debilidad frente a Hunter. Él quería hacerle daño, y ella debía ser fuerte. Al menos, hasta que lo hubiera convencido de que tenía que ayudarla.
    Como le resultaba difícil seguir mirándolo a la cara, bajó los ojos, y al hacerlo se dio cuenta de que él la había seguido descalzo. Aquella urgencia por alcanzarla antes de que se marchara tenía que significar algo, ¿no? Aquel pequeño detalle le dio esperanzas a Molly.
    – Pienses lo que pienses de mí, no te vengues con mi padre. Él te necesita.
    – No creo que…
    – El general está en una situación muy difícil, Hunter. Piensa que es uno de tus casos de oficio. Por favor, ayúdalo. Ayúdame.
    Él siguió mirándola con frialdad. Molly buscó al hombre cálido y generoso a quien ella conocía, pero no lo encontró. Recordó su piso desordenado y sucio, y de nuevo se quedó asombrada por su aspecto. Hunter había cambiado, y no para mejor. Molly no quiso pensar en el papel que ella hubiera podido tener en aquella transformación. Se dijo que debía conseguir que Daniel respondiera a su llamada, no sólo para que ayudara a su padre, sino por sí mismo.
    – ¿Hunter?
    Le posó la mano sobre el brazo desnudo. La piel de Daniel era muy cálida, y Molly tuvo la sensación de que le quemaban las yemas de los dedos.
    Él apartó el brazo como si lo hubiera pellizcado.
    – Lo pensaré -respondió, en un tono de voz áspero que no daba pie a más conversación.
    Ella no sabía si creerlo, pero no tenía más remedio.
    – Es todo lo que puedo pedir -respondió con suavidad. Y, antes de que Daniel pudiera cambiar de opinión, entró en el coche.
    Sus miradas se cruzaron y se quedaron atrapadas hasta que, por fin, él cerró la puerta. Ninguno de los dos había hablado de cómo iban a ponerse en contacto, y Molly perdió las esperanzas de que fuera a ayudar a su padre. Mientras arrancaba el motor, contuvo las lágrimas. Después miró por el espejo retrovisor con un nudo de angustia en la garganta. ¿Qué había ocurrido con el hombre alegre que ella conocía desde sus años en la facultad de derecho de Albany? En aquellos tiempos, él le pedía salir a menudo, y ella respondía que no. No porque no estuviera interesada, claro. Sólo una mujer ciega podría sentir desinterés por un hombre tan guapo y tan sexy. Sin embargo, el objetivo prioritario de Molly en la universidad eran los estudios y no quería distracciones, por muy atractivas que fueran.
    Con el paso de los días, no obstante, Hunter había demostrado que valía mucho más de lo que le permitía ver al mundo, y Molly había empezado a mirarlo más profundamente. Desde el principio había sentido admiración por su intelecto y su forma de hablar en clase, siempre con algo controvertido pero inteligente que aportar. Como ella, tenía pocos amigos. Prefería caminar solo por los pasillos, estudiar solo en la biblioteca. Quizá por el hecho de que sentía cierta afinidad con él, Molly notaba que era un hombre con unas defensas muy altas, similares a las suyas. Y quizá hubiera intentado atravesar aquellas defensas de no haber estado tan concentrada en licenciarse en el primer puesto de su promoción.
    Nada ni nadie iba a impedirle alcanzar un estatus que le permitiera la independencia de todos los hombres. No quería parecerse a su madre, aunque tuviera que renunciar a su vida social para conseguirlo.
    Cuando se había encontrado nuevamente con Hunter, el año anterior, había sentido por él una atracción sexual muy intensa, pero en aquella ocasión había un obstáculo incluso más grande en su camino. Molly se había mudado a la ciudad de Hunter a instancias de su madre y del prometido de su madre. Había pensado que estaba a punto de conseguir la familia que siempre había deseado, y la aceptación maternal que siempre había anhelado. Hasta que Lacey había estado a punto de ser asesinada, y el prometido de su madre había resultado ser el principal sospechoso. Sólo Molly había creído en su inocencia, aunque el mismo Hunter pensara lo contrario.
    Ella había visto a Hunter como un impedimento para alcanzar sus sueños. Si se hubiera puesto del lado de Daniel, habría perdido el amor de su madre. Un amor que nunca había tenido, en realidad. Cuando aquella penosa verdad le había golpeado en la cara, se había dado la vuelta y había huido de Hunter, en vez de acudir a él.
    ¿Era de extrañar que él lo hubiera superado todo? Con aquella pregunta, recordó a la mujer que había estado, obviamente, compartiendo su cama, y en aquella ocasión, Molly comenzó a llorar.
    Se enjugó las lágrimas con el dorso de la mano para poder conducir, diciéndose que debía seguir el ejemplo de Hunter. La ironía era que, antes de volver a verlo, pensaba que había continuado con su vida.
    Cuando había aparecido sin invitación, inesperadamente, en el umbral de la casa del general, él no la había decepcionado. Casi de inmediato, ella se había ido a vivir a su casa para poder conocerlo, a él y también a su familia. Sin embargo, Molly sabía que no iba a vivir para siempre en casa de su padre. Antes de volver a ver a Hunter, tenía la impresión de que había llegado la hora de elegir y construir un nuevo futuro.
    Quizá, en el fondo siempre hubiera tenido la esperanza de volver junto a Daniel algún día. En aquel momento acababa de saber que nunca ocurriría. Sin embargo, en cuanto hubiera limpiado el nombre de su padre, se forjaría una vida nueva. No la vida errante que había llevado hasta entonces, sino la vida que, según le había dicho a Hunter, tenía que encontrar antes de poder comprometerse con un hombre.
    Un hombre que no sería Daniel.

    Hunter observó cómo se alejaba Molly antes de volver a su apartamento. Si antes pensaba que le dolía la cabeza, en aquel momento tenía la sensación de que iba a estallarle. Para terminar de arreglarlo todo, cuando entró en casa se dio cuenta de que Allison se había marchado. Y no la culpaba. Todo había sido una escenita, y no se había preocupado por ella. Cerró de un portazo y miró en su habitación, por si acaso. Sin embargo, su ropa, su bolso y todas sus pertenencias habían desaparecido. No había dejado ni siquiera una nota.
    – Demonios -masculló, pasándose la mano por el pelo.
    Se dejó caer sobre la cama. Más tarde la llamaría para disculparse, pero aquella aventura, o lo que fuera, había terminado. Molly se había encargado de ello.
    Molly se había ocupado de muchas cosas, como de avivar sus viejos sentimientos y de enredarle la cabeza. No obstante, sí había algo que sabía con seguridad: de ninguna manera iba a ayudarla sólo porque ella hubiera decidido que lo necesitaba. Al menos, eso era lo que Daniel se decía a sí mismo; pero no podía dejar de pensar en Molly.
    ¿Dónde había estado durante todo aquel tiempo y cómo se las había arreglado? A juzgar por su aspecto, no debía de haber pasado una temporada difícil. Estaba despampanante, en una palabra.
    Gruñó sonoramente y continuó pensando en ella. ¿Hasta qué punto había congeniado con su verdadero padre? ¿Y por qué lo habrían arrestado? Molly no le había contado mucho, aparte de pedirle que sopesara su petición. Tampoco él le había facilitado las cosas.
    Ya había decidido que no iba a prestarle ayuda, así que no tenía sentido pensar más en ella. Se duchó, se vistió y se puso en camino hacia la oficina que acababa de estrenar en el centro de Albany, gracias a la generosidad de Lacey. Cuando ella había heredado, se había empeñado en pagar todos los préstamos de estudios de Daniel. Él se había opuesto, por descontado, pero de todos modos ella lo había hecho.
    Como compensación, Daniel había decidido concentrarse en los casos de oficio, proporcionando asistencia legal de calidad a aquellos que no podían permitírselo. Había alquilado una oficina grande, se había asociado con algunos colegas de profesión y había contratado empleados.
    Después de pasar por el bufete y dar contestaciones cortantes a todos aquellos con los que se cruzaba, Daniel supo que no estaba de humor para hacer nada bueno allí, y decidió ir a visitar a sus amigos.
    Se reunió con Lacy y Ty en el bar de siempre, el Night Owl's. Pidió una cerveza en la barra y fue hasta la mesa donde ellos estaban cenando. Él ya le había contado a Ty que Molly había reaparecido de improviso en su vida. Hunter estaba seguro de que Lacey lo sabía también, así que no hacía falta dar explicaciones.
    Cuando se sentó a la mesa,Ty vio la botella de Daniel y frunció el ceño.
    – Cerveza, no vodka.
    – ¿Y? -le preguntó Hunter.
    Ty se encogió de hombros.
    – Ya lo sabes.
    Hunter respondió dando un trago. En la universidad había refinado sus gustos y había enderezado su vida. Había comenzado a vestir como un abogado y a tomar vodka de buena marca, en vez de cerveza barata. Sin embargo, eso era cuando se preocupaba por lo que pudiera pensar la gente de él. Antes de saber que las apariencias no significaban nada, y que siempre sería el mismo niño que había ido de hogar de acogida en hogar de acogida, el adolescente de quien todo el mundo pensaba que no llegaría a nada. Después de su ruptura con Molly, si acaso podía llamársele así, había retomado sus viejos hábitos.
    – Mala vida y alcohol -dijo Lacey, sacudiendo la cabeza con decepción e inquietud-. Creía que ya habrías superado la necesidad de autodestrucción. ¿Sabes lo preocupados que estamos por ti? -le preguntó, mientras ponía la mano sobre la de él-. Ty, díselo.
    Ty se encogió de hombros otra vez, mirando a su amigo.
    – Yo no estoy preocupado. Sólo me parece que eres idiota y que tienes que organizar tu vida. Ninguna mujer se merece… ¡ay! -exclamó, cuando su mujer le hundió el codo en las costillas-. Ya sabes lo que quiero decir -se corrigió. Le pasó el brazo por los hombros a Lacey y le dio un beso en la mejilla antes de volverse de nuevo hacia Hunter-. Te has dedicado por completo al trabajo y a las mujeres para olvidarte de Molly y no ha servido de nada. Ahora ella ha vuelto y necesita tu ayuda. Eso son dos cosas a las que no puedes resistirte, así que…
    – Me dejó y desapareció durante más de un año. No hemos sabido una palabra…
    – Yo sí -le recordó Lacey.
    Él carraspeó.
    – Como decía, yo no he sabido una palabra de ella hasta ahora, que necesita mi ayuda, y de oficio, debería añadir. Entonces, viene a buscarme. Hunter, el idiota. Hunter, el que no puede resistirse a ella. Mm, mm. Ni hablar. No voy a ayudarla -dijo, y dio un golpe con la botella sobre la mesa para subrayar sus palabras.
    – Los casos de oficio son tus preferidos -le dijo Lacey en tono persuasivo.
    Aunque fuera su mejor amiga, iba a estrangularla, pensó él.
    – Además, se lo debes a Molly -prosiguió Lacey.
    – ¿Cómo? -preguntó Hunter, sin dar crédito a lo que acababa de oír.
    – Que se lo debes. El año pasado, cuando todo iba mal, yo creía que el tío Marc era quien quería verme muerta para poder quedarse con mi fondo fiduciario. Y en vez de ponerte del lado de Molly, me apoyaste. Así que se lo debes, Hunter, se lo debes.
    Ty se inclinó hacia Hunter.
    – Es una cuestión femenina -le explicó-. Limítate a mirarla y a sonreír como si estuvieras de acuerdo. Hazme caso, es mejor que discutir.
    Sin embargo, Hunter protestó.
    – Ya me disculpé con Molly -le recordó a Lacey-. Le pedí que se casara conmigo. Y no sólo eso, sino que le ofrecí cambiarme de ciudad e ir con ella a cualquier parte para poder tener un futuro juntos. Creo que no le debo nada -dijo entre dientes.
    Cuando recordaba aquello, se enfurecía. Él había creído que Molly lo entendía y lo aceptaba, incluso con su pasado, pero se había equivocado, y por fin había aprendido que todo el refinamiento del mundo no iba a cambiar su destino. El rechazo de Molly había sido la demostración de que el trabajo duro no había cambiado las cosas. Seguía siendo lo que siempre le decía su padre: alguien que nunca conseguiría nada. Alguien con quien no merecía la pena quedarse.
    Al final, todo el mundo abandonaba a Hunter; sin embargo, la traición de Molly le había herido mucho más que cualquier otra, porque él se había arriesgado y le había ofrecido su corazón.
    Nunca volvería a hacerlo.
    – La ayudarás -dijo Ty, antes de darle un mordisco a su hamburguesa-. Es tu forma de ser.
    Lacey asintió.
    Hunter sentía cada vez más frustración.
    – No habéis escuchado una sola palabra de lo que os he dicho.
    Lacey tomó un sorbito de su refresco y lo miró fijamente.
    – Molly te necesita.
    Hunter pronunció un juramento entre dientes y miró al techo.
    – ¿Y qué pasa con lo que quiero y necesito yo? -preguntó él.
    Ty le dio una palmadita en la espalda.
    – En lo referente a las mujeres, no importa lo que nosotros queramos. Es más importante lo que quieren ellas.
    Lacey sonrió.
    – Aprende rápido.
    – Los hombres casados no tienen otro remedio -le dijo Ty.
    – Pero el matrimonio también tiene sus ventajas, ¿no? -le preguntó ella, pasándole la mano por el pelo de un modo juguetón.
    – Por mucho que me entusiasme que seáis asquerosamente felices, tengo que volver a trabajar -dijo.
    Era cierto que le entusiasmaba que sus mejores amigos tuvieran toda la felicidad que se merecían, pero no podía soportar estar con ellos cuando hacían gala de su dicha matrimonial.
    Se levantó y dijo:
    – Me marcho.
    Lacey frunció el ceño.
    – Quédate a los postres -le pidió.
    – No puedo.
    – No quieres -puntualizó Ty-. El trabajo no tiene nada que ver. Prefieres llevarte a casa a una mujer que no signifique nada para ti, siempre y cuando se vaya antes del amanecer.
    Lacey hizo un gesto de dolor.
    – ¿Por qué tienes que ser tan claro?
    – ¿Te he contado que la de ayer no se había marchado todavía cuando Molly apareció? -le preguntó Ty a su esposa.
    Lacey abrió unos ojos como platos.
    – Dime que está bromeando -le pidió a Daniel.
    Él sacudió la cabeza. Recordaba perfectamente cómo había palidecido Molly al darse cuenta de que no estaba solo, y dejó escapar un lento gruñido.
    – Ojalá estuviera bromeando, pero no. Es cierto.
    En el silencio condenatorio que siguió a sus palabras, Hunter lamentó no haberse marchado cuando había tenido la oportunidad.
    – No sabía que ella iba a venir -murmuró.
    – Tienes excusa -admitió Lacey.
    – Ya es hora de que sientes la cabeza -le dijo Tyler a Hunter. Después se dirigió a Lacey-. ¿Y tú por qué siempre tienes que darle la razón cuando está equivocado? -le preguntó, disgustado.
    Lacey se rió y lo abrazó hasta que Ty se ablandó y le devolvió la caricia.
    Hunter, Ty y Lacey habían estado en situaciones similares. Los tres amigos habían pasado por muchas cosas juntos. La madre de Ty había sido la última de las madres de acogida de Daniel, la mejor de todas. También había acogido a Lacey, y desde el principio, la muchacha había sabido que Hunter necesitaba una amiga. Cada vez que Ty se metía con Hunter, ella salía en su defensa. Siempre había creído en Daniel, aunque nadie más lo hiciera. Ty había terminado haciendo lo mismo.
    Lacey tenía un gran corazón, motivo por el que Hunter se había enamorado de ella cuando eran adolescentes. Al pasar los años, él se había dado cuenta de que lo que sentía por ella era amor fraternal. Aquello era beneficioso, porque Lacey siempre había estado loca por Ty.
    Y Hunter había entendido la diferencia entre el cariño y el amor el día que había conocido a Molly Gifford, aquella chica que vestía de un modo llamativo y que decía lo que pensaba. Desde el principio, entre Hunter y Molly había una química innegable, pero también algo más. En Molly, Daniel había encontrado a alguien que estaba a su altura, intelectualmente hablando. Además, había percibido que ella tenía un vacío por dentro, un vacío que él comprendía a la perfección, porque era igual que el suyo. Daniel había creído que él podía satisfacer aquellas necesidades.
    Se había equivocado. Y aquella equivocación había tenido un alto precio emocional para él.
    Aún estaba sufriendo las consecuencias, pero no podía decir que Lacey y Ty se confundieran. Lo que le habían dicho tenía lógica.
    – De verdad, tengo que irme -dijo Hunter, y se dio la vuelta para alejarse.
    – Antes de irte, toma esto -le dijo Ty.
    Hunter se volvió de nuevo hacia ellos y tomó el papel que le tendía su amigo.
    – ¿Qué es?
    – La dirección del general Frank Addams. Vive en Dentonville, Connecticut. Te ahorrará unos cuantos minutos de teléfono móvil. Sabes muy bien que ibas a llamarme para conseguir esta información -le dijo Ty.
    Aquella sonrisita petulante de su amigo irritó mucho a Hunter, porque sabía que Ty tenía razón. En algún momento de aquella reunión tan indignante, había decidido tomar un avión hacia Connecticut para averiguar lo que estaba ocurriendo en la vida de Molly y el motivo por el que le había pedido ayuda.
    Lacey tenía razón en otra cosa, aunque él no estuviera dispuesto a darle la satisfacción de reconocerlo. Daniel había puesto a Lacey por encima de su confianza en Molly. Ty y Lacey eran la única familia que tenía, los únicos que habían estado siempre a su lado. Él no había querido arriesgar aquello, ni siquiera por Molly, así que era cierto que tenía una deuda con ella.
    Sin embargo, aquel sentimiento de obligación no era la única razón por la que iba a acudir a su llamada. Aquella noche, Lacey y Ty lo habían mirado con la misma expresión de disgusto que él veía en el espejo todas las mañanas.
    Hunter se había hartado de acostarse con mujeres que no le importaban, y estaba harto de beber y beber y despertarse con resacas horribles. Había trabajado mucho para conseguir el éxito profesional, y lo estaba tirando todo por la borda.
    Ayudaría a Molly sin enamorarse de ella otra vez. Se demostraría a sí mismo que lo había superado todo, ganaría el caso de su padre y se alejaría de ella sin mirar atrás.

Capítulo 3

    A primera hora de la mañana del lunes, Molly fue a visitar a su padre. Se sentó frente a él y lo miró atentamente, buscando cambios, aunque sabía que no habría ninguno. Sólo había pasado unas cuantas noches en la cárcel, y eso no podía afectar al general, que era una persona fuerte y equilibrada. Tenía el pelo canoso y muy corto. Casi le quedaba a juego con el traje naranja de la prisión. Sin embargo, él no tenía por qué estar allí, y ella lo demostraría.
    – ¿Cómo estás? -le preguntó.
    Le habían advertido que no podía haber contacto entre ellos, así que mantuvo las manos inmóviles sobre la mesa.
    – Estoy bien, de veras. ¿Y tú?
    – Muy bien -respondió Molly, y se apretó los dedos.
    – ¿Y el resto de la familia? ¿Cómo lo llevan?
    Molly sonrió.
    – Costó mucho convencerla, pero Robin ha vuelto a la universidad para pasar allí la semana, y la comandante le dice a todo el mundo que esto es una injusticia.
    Él se rió.
    – ¿Y Jessie?
    – Creo que para ella es muy duro -dijo Molly, con un suspiro. Se le rompía el corazón al pensar en la adolescente, pese a que su relación con ella fuera difícil-. Normalmente, se apoyaría en Seth -añadió.
    Seth era el mejor amigo de Jessie. Además, era hijo de Paul Markham, el hombre de cuya muerte habían acusado al general. Frank y Paul habían sido compañeros en el ejército. Ambos se habían retirado con honores, y después se habían convertido en socios de un negocio inmobiliario. Las familias tenían una relación muy cercana. Seth, su padre y su madre, Sonya, vivían en la casa de al lado.
    – Pero Seth está intentando superar la muerte de su padre y sé que Jessie se siente sola, aunque no quiera admitirlo. Tampoco acude a mí para nada -le explicó Molly.
    – Esto no debería estar sucediendo -dijo su padre; aunque mantuvo el control, como de costumbre, se puso tenso de frustración.
    Instintivamente, Molly le tomó la mano para reconfortarlo, pero el guardia, que estaba tras ellos, carraspeó para recordarles que el contacto estaba prohibido. Ella miró a su padre con tristeza y apartó la mano.
    – Vamos a resolverlo -le prometió.
    Sin embargo, aún no sabía cómo. No iba a hablarle de Hunter a su padre y darle esperanzas cuando había muy pocas posibilidades de que el abogado los ayudara.
    – ¿Qué tal estás durmiendo? -le preguntó.
    – Bien. Estoy entrenado para dormir en cualquier sitio -dijo él-. Me encuentro perfectamente -insistió.
    Molly lo creía sólo a medias. Sabía que su padre tenía que estar muy preocupado por lo que pudiera ocurrir.
    – Lo único que pasa es que os echo mucho de menos a todas. Incluso a ese pájaro bocazas. No quiero que tú te vuelvas loca intentando arreglar esto, ni que Robin pierda concentración en los estudios. Y en cuanto a Jessie… -a su padre se le apagó la voz. No hacía falta que dijera nada.
    Molly tragó saliva.
    – Ojalá me hubiera especializado en derecho penal. Podría hacer mucho más.
    – ¿Sabes? Cuando apareciste en casa, me sentí asombrado. Cuando tu madre se quedó embarazada, yo tenía planes, quería hacer una carrera profesional en el ejército tal y como había hecho mi padre. Tu madre me dijo que quería dar el bebé en adopción. Yo pensé que era lo mejor y firmé los papeles de renuncia. Creía que ella haría lo que había dicho y que tú tendrías una vida feliz.
    Entonces, frunció el ceño, tal y como hacía siempre al recordar cómo las mentiras de la madre de Molly se habían interpuesto entre ellos.
    – Vamos a olvidarlo. Sólo sirve para que nos disgustemos los dos.
    – Permíteme que continúe, ¿quieres? No tengo nada más que tiempo para pensar estos días -le rogó él con una sonrisa. Sin embargo, tenía aquella mirada decidida, la misma que Molly había visto en los ojos de su abuela, normalmente, cuando estaba en sus funciones de comandante.
    – Continúa -dijo ella.
    – No digo que nunca haya pensado en el hecho de que engendré un bebé, pero era demasiado joven como para hacer algo al respecto. El ejército iba a convertirse en mi familia, y yo no tenía nada que darle a nadie, ni siquiera a tu madre. Aunque debes saber que le pedí que se casara conmigo.
    Molly no pudo evitar sonreír ante su caballerosidad innata. Habían hablado mucho del pasado, pero cada vez descubrían algo nuevo e interesante.
    – Deja que lo adivine. Dijo que no.
    Él asintió.
    – Según me dijo, no quería atraparme de ese modo.
    – Creo que es más probable que ella no quisiera sentirse atrapada -murmuró Molly con disgusto.
    A medida que encajaban las piezas del rompecabezas, habían llegado a la conclusión de que la madre de Molly se había marchado a California, había conocido al hombre millonario a quien Molly siempre había creído su padre y le había hecho creer que él era el padre de su hija. Para la madre de Molly, Francie, aquél había sido el primero de muchos matrimonios por dinero. Si aquel embarazo había sido un error o parte de un plan más amplio, nadie lo sabía. Sin embargo, había una cosa que estaba clara: Francie nunca se habría atado a un hombre que sólo tuviera el sueldo del ejército.
    Hasta que Francie no volviera de Europa y estuviera dispuesta a mantener una conversación seria, nunca conocerían los detalles que faltaban en la historia.
    – El día que supe que eras mi hija y que eras abogada, me sentí orgulloso. Pero lo mejor fue el descubrir lo mucho que teníamos en común. Te especializaste en derecho de la propiedad inmobiliaria, y yo establecí un negocio de compraventa de inmuebles. Pese a que yo no te eduqué, te pareces a mí. Cuando lo supe, me sentí reconfortado y me dije que superaríamos el pasado porque éramos una familia y tú eras mi hija.
    Molly no se había dado cuenta de que tenía los ojos llenos de lágrimas hasta que una se le derramó por la mejilla. Su padre la quería. Ojalá hubiera sido el general quien la hubiera criado. Sin embargo, Molly pensó que se conformaba y se sentía agradecida por el hecho de que él formara parte de su vida en aquel momento.
    – Incluso Jessie se convencerá finalmente, ya lo verás -le dijo su padre.
    – Ahora sí que te estás haciendo ilusiones -respondió Molly con una sonrisa.
    – Al final se convertirá en una adulta. Espero estar allí para poder verlo, y no encerrado en una maldita celda.
    A Molly se le encogió el estómago.
    – Te sacaremos de este lío -le prometió.
    – No es problema tuyo.
    – No voy a permitir que pases por esto tú solo.
    El general movió la cabeza para estirar los músculos tensos del cuello.
    – Debería haber vigilado lo que estaba haciendo Paul con el negocio -dijo, hablando más consigo mismo que con Molly-. Cuando estábamos en el ejército, ya sabía que podía llegar a ser un canalla, y también sabía que estaba teniendo problemas personales últimamente. Su conducta era cada vez más imprevisible, y no debería haber seguido confiando en él en el aspecto financiero del negocio. Ahora, la policía cree que tenía un móvil para matarlo.
    Molly se inclinó hacia delante. Aquélla era la primera vez que oía decir que Paul tenía problemas, y eso le dio esperanzas para creer que quizá hubieran ocurrido más cosas en aquella oficina de las que nadie sabía.
    – ¿Qué tipo de problemas personales?
    – Nada de lo que tú debas preocuparte.
    Molly frunció el ceño.
    – Odio esa vena independiente y obstinada tuya.
    – Al menos, sabes de quién la has heredado, jovencita.
    Ella sacudió la cabeza con frustración.
    – Quería preguntarte… -la voz de su padre se acalló. De repente, parecía inseguro, algo que no era propio del general.
    – ¿Qué?
    – Acabe o no acabe en la cárcel por esto…
    – ¡No vas a acabar en la cárcel!
    – Bueno, sea como sea, me gustaría que formaras parte de mi negocio. No es una gran oferta, porque en este momento no queda nada. Paul lo agotó todo casi por completo, y Sonya necesita parte de lo que queda para vivir y para poder criar a Seth. Sin embargo, todavía están los terrenos, aunque tengan hipotecas. Necesito una abogada que deshaga todo el lío que montó Paul, y tú tienes licencia para ejercer aquí. Después, tendremos que limpiar nuestra reputación y comprar nuevas propiedades -dijo, explicándole a su hija cosas que ya sabía.
    Desde que se había mudado allí, Molly había estado haciendo trabajo voluntario con gente de la tercera edad. Eso le había proporcionado también trabajos pequeños como agente inmobiliaria, ayudando a los ancianos a resolver sus asuntos legales. A ella le encantaba hacerlo, aunque no pudieran pagar mucho; su gratitud era una gran compensación. Como había estado viviendo en casa de su padre, no había tenido que pagar alquiler, pero sabía que pronto tendría que cambiarse de casa y encontrar un trabajo fijo.
    Ni siquiera en sus mejores sueños había imaginado que pudiera formar parte de un negocio familiar.
    – ¿De verdad quieres que trabaje para ti? -le preguntó al general, que la sorprendía constantemente con gestos paternales.
    – No. Quiero que trabajes conmigo. Al menos, tú serás una socia en la que puedo confiar.
    Molly comenzó a asentir antes, incluso, de haberse tomado un instante para pensar las cosas.
    – ¡Sí! -exclamó.
    Se levantó de la silla, ansiosa por abrazarlo, pero sintió que el guardia se acercaba por detrás.
    – No pasa nada -le dijo Frank al guardia, haciéndole un gesto para que se alejara, y miró a Molly a los ojos-. Y yo que creía que tendrías ofertas mejores.
    – Nunca -le aseguró Molly.
    El general necesitaba que se lo asegurara. Pese a su tono de broma, Molly había percibido incertidumbre en su voz cuando él le había pedido que formara parte de su negocio, y lo notaba de nuevo en aquel momento. Él aún no estaba seguro de cuál era su relación ni de cómo iba a desarrollarse en el futuro, de igual modo que ella temía que su padre pudiera cambiar de opinión y pedirle que se apartara de su camino, tal y como siempre había hecho su madre.
    Era evidente que aún tenían mucho que aprender el uno sobre el otro, y que necesitaban tiempo para confiar plenamente en sus sentimientos y sus compromisos. Tiempo que, debido a aquel arresto, quizá se les estuviera terminando.

    Jessie estaba en su habitación, revisando sus frascos de laca de uñas. Había elegido un tono blanco porque le iba bien con la ropa, pero lamentaba no haber comprado el color lavanda que había visto unos días antes en la perfumería. El lila era relajante, al menos eso era lo que había leído en su revista preferida, y Jessie necesitaba algo tranquilizador en aquel momento.
    Su vida era un caos. Su padre iba a pasarse el resto de su existencia en la cárcel, su abuela se hacía mayor y quizá muriera, como había muerto la madre de Jessie, y su hermana, Robin, seguramente querría terminar la carrera. De ese modo no quedaría nadie más que su nueva hermana, Molly, para cuidarla. ¿Y quién sabía dónde iba a estar Molly para entonces?
    A Jessie se le llenaron los ojos de lágrimas. Cuando estaba tan disgustada, normalmente iba a ver a Seth, pero ¿cómo iba a molestarlo? Seth estaba sufriendo por la muerte de su padre. Paul, su tío Paul, el mejor amigo de su familia. La misma persona de cuyo asesinato habían acusado a su padre.
    En el colegio, sus compañeros cuchicheaban a sus espaldas, y sus amigas la evitaban. Por eso, después de las clases se había ido directamente a casa. Sin embargo, allí no tenía nada que hacer. Su abuela estaba en el piso de abajo, aprendiendo a hacer punto, y Robin había vuelto a la universidad hasta el fin de semana. Sólo quedaba Molly.
    Jessie la odiaba, aunque odiar fuera una palabra demasiado fuerte, según decía la comandante. Jessie detestaba el modo en que su padre miraba a Molly. Y detestaba que Molly se llevara bien con todo el mundo de la casa salvo con ella. Incluso el guacamayo hablaba con Molly, y aquel pájaro idiota sólo hablaba con los que le caían bien. Jessie no veía en su hermanastra nada que le agradara.
    Sacó un pañuelo de papel de la caja y se enjugó las lágrimas, aunque sabía que se estaba emborronando la máscara de pestañas. En el fondo, sabía que estaba siendo mala con Molly y que les estaba dando motivos de enfado a Robin y a su abuela. No le importaba. Nada iba bien.
    Se dejó caer sobre la cama al mismo tiempo que sonaba el timbre de la puerta.
    – ¡Seth! -exclamó.
    Saltó de la cama corriendo. No podía ser nadie más. Muy contenta por verlo, abrió de par en par la puerta de su dormitorio y bajó de dos en dos los escalones. Necesitaba un amigo en aquel mismo momento.
    Sin embargo, en el umbral se encontró cara a cara con un extraño.
    – Oh.
    Si la comandante se enteraba de que había abierto sin preguntar quién era, le daría con el bastón en la cabeza, así que Jessie cerró la puerta inmediatamente en las narices del hombre.
    El timbre sonó de nuevo.
    – ¿Quién es? -preguntó Jessie.
    – Daniel Hunter -respondió el visitante.
    Jessie no conocía a nadie llamado Daniel Hunter, así que él seguía siendo un extraño. Miró hacia atrás, pero no parecía que ni su abuela ni Molly se acercaran a ver quién era.
    – Soy amigo de Molly -dijo él en voz alta.
    Bueno, aquello era otra cosa, pensó Jessie, y abrió la puerta.
    – ¿Y por qué no lo has dicho antes?
    – Me has cerrado la puerta en la cara antes de que pudiera hacerlo -dijo él. Se metió las manos en los bolsillos del pantalón y sonrió.
    Jessie sintió un cosquilleo en el estómago, como cuando el chico más guapo del instituto le guiñaba el ojo al pasar por delante de su taquilla. Sin saber qué decir, lo miró con atención. Llevaba unos vaqueros oscuros, una cazadora de cuero y, tras él, Jessie vio una moto en la acera. Vaya. No conocía a nadie que tuviera una moto.
    El visitante la observó también, mirándola durante tanto tiempo que consiguió ponerla nerviosa. Tenía los ojos castaños, casi dorados, y era guapo, para ser tan mayor. No sólo guapo. Guapísimo.
    – ¿Está Molly? -preguntó él por fin, y a Jessie se le quitó el cosquilleo del estómago.
    Molly. Jessie se había olvidado de por qué estaba allí. Siempre era todo cuestión de Molly.
    – Sí -respondió con reticencia. No le gustaba que aquel tipo tan mono preguntara por su hermanastra.
    Se volvió hacia las escaleras.
    – ¡Eh, Molly, aquí hay un señor mayor que quiere verte! -gritó, porque cuando había pasado por delante de la habitación de invitados, la puerta estaba cerrada. No quería pensar que fuera la habitación de Molly. Ella no iba a quedarse para siempre. Al menos, Jessie esperaba que no.
    – ¿Un señor mayor? -preguntó él con una carcajada.
    Jessie se ruborizó.
    – Mayor que yo -dijo, avergonzada.
    Molly comenzó a bajar las escaleras.
    – ¿Quién es?
    – Un señor llamado Daniel que lleva una cazadora de cuero y tiene una moto. A mí me parece demasiado cool como para ser tu amigo.
    – No conozco a nadie que tenga moto y se llame Daniel… ¡Hunter!
    – Eso es lo que he dicho. Se llama Daniel Hunter y es evidente que lo conoces -dijo Jessie.
    Lo dijo porque su hermana se había quedado con los ojos muy abiertos, y de repente se pasó las manos por el pelo como si le importara qué aspecto podía tener. Jessie miró después al hombre de la cazadora y después a Molly otra vez. Él no podía apartar la mirada de su hermana, ni su hermana de él.
    Muy interesante.
    – ¿Vas a aceptar el caso de mi padre… de nuestro padre? -le preguntó Molly.
    Jessie abrió y cerró la boca.
    – ¿Éste es el abogado? ¿El tipo con el que…?
    – No lo digas -le advirtió Molly en un tono de severidad que Jessie nunca había oído en boca de su hermana.
    – No te preocupes, no iba a decir nada… -respondió Jessie, dando un paso hacia Molly.
    Por algún motivo, no quería enfadarla en aquel momento. No estaba segura de por qué, pero quería saber qué ocurría entre aquellos dos. Era mejor que un episodio de Anatomía de Grey.
    – ¿Es que no te parezco un abogado? -le preguntó Daniel.
    Jessie se volvió hacia él.
    – No he visto muchos como tú -respondió ella, ruborizándose.
    – Me lo tomaré como un cumplido -dijo él, y le lanzó de nuevo aquella sonrisa que hacía que se sintiera especial por dentro.
    – Entonces, ¿vas a llevar el caso de mi padre? -le preguntó Jessie. Quizá aquel tipo no pareciera abogado, pero tenía mucha confianza en sí mismo, y Jessie estaba segura de que era bueno en su profesión.
    – Tu… hermana y yo vamos a hablar de eso.
    Jessie alzó las manos hacia el cielo.
    – Entonces, ¿lo que decidas depende de ella? Estupendo.
    Aquel tipo tan guapo arqueó una ceja.
    – ¿Problemas en el paraíso?
    Molly suspiró.
    – Ella me odia, como tú -le dijo a Daniel-. Y los dos tenéis un buen motivo, pero, en este momento, lo único que me importa es limpiar el nombre del general. Sólo te pido que dejes a un lado tus sentimientos personales, que escuches los hechos y que representes a mi padre. Después de que hagas eso, no tendrás que verme nunca más. Nunca.
    – ¿Y yo puedo hacer el mismo trato? -le preguntó Jessie esperanzadamente.
    Molly se volvió hacia ella. No habló. No tenía que decir nada. La desilusión de su rostro valía más que mil palabras.

    Hunter había tardado algunos días en organizar las cosas en el trabajo y reasignar sus casos para liberarse y poder pasar una temporada en Connecticut. Y tomarse aquel tiempo para poner en orden su vida también le había servido para erigir muros de defensa contra Molly Gifford.
    O eso había pensado él. Como había pensado que conocía todos los estados de ánimo de Molly. Sin embargo, la combinación de dolor y exasperación con la que ella miraba a su hermanastra hizo que se le encogiera el corazón. No le gustó que, pese a su promesa de permanecer indiferente hacia ella, pudiera sentir también su dolor. No le gustaba que, cada vez que la miraba, todos los viejos sentimientos se le avivaran. Tenía que superarlo, y lo haría. Se prometió que acabaría con aquellas emociones de una vez por todas.
    Finalmente, Molly se dio la vuelta hacia él.
    – Has venido -le dijo con asombro.
    Hunter asintió.
    – Tenemos que hablar.
    – Lo sé -respondió ella. Miró a la adolescente, que a su vez los estaba observando con sumo interés. No parecía que la chica tuviera intención de dejarlos a solas-. ¿Jessie? -le preguntó Molly, en tono significativo.
    – ¿Sí? -preguntó la chica, echándose la larga melena oscura hacia atrás con la mano.
    – Vete. Ahora.
    – Bonita manera de hablarle a tu hermana -dijo Jessie con sarcasmo.
    – Sólo soy tu hermana cuando te conviene. Creo que en este momento Internet te está llamando.
    Jessie frunció el ceño.
    – Muy bien -dijo. Se dio la vuelta y comenzó a subir las escaleras con pasos más fuertes de lo necesario.
    Molly suspiró otra vez.
    – Bueno, la reina del drama se ha ido, y mi abuela está ocupada aprendiendo a hacer punto. Podemos hablar a solas un rato. Ven a la cocina.
    Le hizo un gesto para que la siguiera, y atravesaron el vestíbulo, que estaba lleno de fotografías familiares. Pasaron ante un salón de aspecto acogedor y, cuando llegaron a la cocina, ella se sentó en una silla, frente a la mesa, y le indicó a Daniel que hiciera lo mismo.
    Él se sentó a su lado y decidió ir directamente al grano.
    – No estoy acostumbrado a verte en familia.
    – Todo ha cambiado -dijo ella, e inclinó la cabeza con una mirada de incertidumbre.
    Daniel carraspeó.
    – Bueno, ¿y el hecho de encontrar a tu familia te ha proporcionado lo que estabas buscando?
    Todo aquello por lo que se había alejado de él, pensó Hunter.
    Molly apartó la vista. Era evidente que sabía lo que él estaba pensando.
    – Ha sido un remolino de cosas buenas y malas.
    Hunter tuvo que reprimir el deseo de tomarle la mano y decirle que lo entendía y que quería ayudarla a pasar por aquella situación. Molly no quería que la consolara. Nunca lo había querido.
    – ¿Se alegró tu padre de conocerte? -le preguntó. Hasta el momento sólo había podido juzgar la reacción de Jessie.
    Ella asintió.
    – Tuvo una reacción estupenda -le dijo, con los ojos brillantes al recordarlo.
    – Pero Jessie no comparte su alegría.
    – No sé cómo te has dado cuenta -ironizó Molly-. Decir que me odia es un eufemismo.
    Como no sabía muy bien qué responder, Daniel cambió de tema.
    – Os parecéis.
    Molly arrugó la nariz de un modo que a él siempre le había parecido encantador.
    – ¿De veras? Ella es morena y yo soy rubia.
    – El color del pelo es distinto, sí, pero os parecéis en los rasgos de la cara y en las expresiones.
    – ¿De verdad? Yo he estado buscando parecidos entre las dos desde que llegué. Me alegra saber que tú sí los ves. Me produce la sensación de que somos familia, pese a lo que ella siente por mí.
    Molly lo miró con calidez, con una expresión abierta, muy distinta a la de la mujer cautelosa que él conocía.
    Aquello le ponía nervioso. Ella lo ponía nervioso.
    – Bueno, para responder a la pregunta que me has hecho antes, creo que viniendo aquí he encontrado lo que me faltaba por dentro.
    A él le sorprendió aquella revelación tan repentina y personal. Y aunque siempre había querido que Molly estuviera contenta, sus palabras le atravesaron el corazón.
    – Me alegra ver que eres feliz -le dijo, aunque no pudo evitar hacerlo con aspereza.
    – Yo no he usado esa palabra. No he dicho que fuera feliz.
    De hecho, aquélla era una frase que evitaba, porque aunque hubiera encontrado una familia, se daba cuenta de que faltaban muchas cosas.
    Y ver a Hunter le recordaba con exactitud lo que eran. Molly intentó sostener su mirada, hacer que la comprendiera, pero él bajó los ojos como señal de que no quería tener una conversación personal. Sin embargo, Daniel le había hecho una pregunta, y aunque al hacerla no pensara que ella fuera a darle una respuesta honesta, iba a tener que escucharla. Tenían muchos asuntos que aclarar antes de que pudiera encargarse del caso de su padre.
    El motivo por el que ella lo había dejado era uno de aquellos asuntos.
    – Lo siento -dijo.
    Daniel se encogió de hombros.
    – Fue hace mucho tiempo. Lo he superado.
    – Mentiroso.
    – Háblame del problema de tu padre.
    Ella se levantó de la silla y se acercó a él. El olor masculino y fresco de Daniel invadió su espacio personal, y Molly casi se olvidó de respirar. Aquella esencia era cálida y familiar para ella, reconfortante y excitante al mismo tiempo. Su deseo por él no había disminuido lo más mínimo.
    – No cambies de tema. Tenemos un asunto sin terminar y…
    Sin previo aviso, Daniel también se puso en pie. Su altura le daba una ventaja que ella no agradecía en absoluto, no sólo porque él estuviera intentando ser intimidante, sino porque lo percibía más como hombre. Un hombre sexy y guapísimo con una cazadora de cuero negro, que la miraba fijamente.
    – He venido aquí porque tu padre necesita un abogado. No quiero que veas nada más en esto.
    Molly sintió una punzada de dolor al oírlo.
    – En otras palabras -dijo-, no hay motivos para hablar de nada personal pese a que tú sacaras el tema.
    Él asintió bruscamente.
    – Lo siento, fue un error -murmuró, y atravesó la cocina hasta la esquina opuesta, añadiendo espacio físico al espacio mental que ya había creado.
    – Muy bien -dijo Molly, y apretó los puños, intentando que él no se diera cuenta de lo mucho que la hería su actitud-. Has venido aquí por mi padre, así que vamos directos al grano.
    Los repentinos golpecitos del bastón de Edna en el suelo los interrumpieron. A medida que ella se acercaba, el ruido se hizo más audible.
    Hunter arqueó una ceja inquisitivamente.
    – Mi abuela -le dijo Molly.
    – Hay una moto ahí fuera -dijo Edna mientras entraba en la cocina-. ¿Crees que su propietario querría darme una vuelta?
    Molly se quedó boquiabierta.
    – No me mires así -le reprochó su abuela-. Una vez salí con un motorista.
    Entonces, se dio cuenta de que Daniel estaba junto a la puerta.
    – Tú debes de ser el dueño de la motocicleta -dijo.
    – Sí, señora. Soy Daniel Hunter.
    – Yo soy Edna Addams, pero mis amigos me llaman comandante.
    – Encantado de conocerla, comandante -dijo Hunter, con su mejor sonrisa, mientras le estrechaba la mano a Edna.
    Molly gruñó. Daniel ya había dejado atontada a Jessie, y en aquel momento estaba hechizando a la matriarca de la familia. Robin también se quedaría prendada cuando lo conociera, y Molly no tenía duda alguna de que su padre también sentiría admiración por Daniel. De repente, Molly se sintió desorientada en su nueva familia. Se sintió como una paria a la que Hunter soportaría sólo por necesidad mientras defendía a su padre.
    – Así que tú debes de ser el abogado de quien nos ha hablado Molly -dijo Edna, apoyándose en el bastón e inclinándose hacia él.
    – Espero que haya hablado bien -respondió Daniel, con una mirada de buen humor para su abuela. Sin embargo, cuando se giró hacia Molly, la calidez se disipó.
    Molly intentó no estremecerse bajo su frialdad. Mientras, Edna asintió.
    – No recuerdo exactamente lo que dijo, pero sí mencionó que eras el mejor abogado del estado.
    Molly cerró los ojos. Claramente, iba a sentirse mortificada mientras él estuviera allí.
    – Tiene razón.
    – No eres modesto. Me gustan los hombres seguros de sí mismos.
    Molly suspiró.
    – ¿Qué tal va tu punto?
    – En este momento es una bufanda llena de faltas y muy fea, pero lo conseguiré. Ya lo verás. He tenido que dejarlo para calentar la cena.
    Entonces, clavó los ojos en Hunter. Un invitado.
    – Tienes suerte, porque he hecho bastante comida. Te quedas a cenar -afirmó.
    Molly se acercó a su abuela.
    – Seguramente, tendrá que instalarse en algún sitio -dijo, con la esperanza de facilitarle a Hunter el hecho de rehusar la invitación.
    Él no desearía sentarse alrededor de la mesa con un puñado de extraños. No le gustaban las escenas familiares, según le había contado a Molly cuando le hablaba de sus años en los hogares de acogida. Y desde que ella lo conocía, siempre había sido un solitario que rehuía la compañía de los demás, salvo la de Ty y Lacey, los únicos a los que consideraba de su familia. Los únicos que habían conseguido superar sus defensas.
    «Él te ofreció pasar al otro lado y tú lo rechazaste», le recordó una vocecita.
    – Bueno, he reservado una habitación en un hotel, pero dejé mi número de tarjeta de crédito para conservarla, así que no tengo prisa. Me encantaría quedarme a cenar -dijo Hunter-. Conocer a la familia me ayudará a formar una estrategia de defensa. Gracias por la invitación, comandante.
    – Es un placer. Espero que te guste la carne asada, porque es lo que he preparado.
    – Me encanta.
    Molly estaba segura de que Hunter lo hacía a propósito, que quería hacérselo pasar mal y que se retorciera en el asiento como venganza por el dolor que ella le había causado. Cenar con la familia no servía para ayudar a su padre. Lo que de verdad ayudaría sería demostrar que era inocente encontrando otros sospechosos. Hunter y ella debían tener una larga charla al respecto en cuanto hubiera ocasión.
    – Oh, ¿y has mencionado un hotel? -dijo Edna entonces, atrayendo la atención de Molly-. Eso no es necesario. Tenemos un sofá cama muy cómodo en el estudio.
    Molly intentó captar la mirada de su abuela, pero no lo consiguió. Como Hunter, Edna estaba evitando mirar a su nieta.
    En el caso de la comandante, eso significaba que tenía algún motivo para invitar a Hunter a que se quedara. Molly nunca hubiera pensado que su abuela era una casamentera, pero aquel día se había llevado varias sorpresas.
    Intentó poner final al entrometimiento de Edna.
    – Hunter necesita espacio para trabajar, y además, no sabemos cuánto estará en la ciudad. Pueden pasar semanas o meses, dependiendo de cuánto dure esta farsa. Pienso que estará más cómodo en un hotel.
    – Tonterías -dijo la comandante, dando un golpe en el suelo con el bastón-. Ésa es la razón por la que debe quedarse aquí. El sofá cama está en el despacho de tu padre. Hunter tendrá un lugar perfecto para trabajar sin tener que desplazarse.
    – El motel está a cinco minutos -dijo Molly.
    Hunter carraspeó.
    – No quisiera desplazar al general de su estudio.
    – Aún está en la cárcel -dijo la comandante-. ¿Puedes creerlo? El idiota de su abogado no ha sido capaz de sacarlo todavía.
    Hunter hizo un gesto de preocupación. Era evidente que no se había dado cuenta de lo difícil que era la situación. Bien, pues ya lo sabía. Seguramente, se iría directamente a su hotel a trabajar.
    – Eso lo remediaremos mañana a primera hora -le prometió Daniel a Edna-. Como seguramente tendré muchas preguntas cuyas respuestas necesito para conseguirle una vista, quizá sea mejor que me quede aquí.
    – Excelente -dijo Edna-. ¿No es excelente, Molly?
    – Magnífico -respondió ella.
    Molly se quedó sorprendida de que su abuela no comenzara a aplaudir.

Capítulo4

    Teniendo en cuenta que Hunter no estaba en su propia casa y que había pasado la noche en un sofá cama bajo el mismo techo que Molly, tenía que admitir que había dormido bastante bien. Su primer objetivo de trabajo aquel día sería sacar a su nuevo cliente de la cárcel. No tenía ni idea de por qué estaba todavía entre rejas el padre de Molly, pero aquello era inaceptable. Se había levantado temprano y había hecho una lista de cuestiones sobre las que tenía que hablar con el general cuando se reunieran. Además, había dejado un mensaje en su oficina para que llamaran al abogado defensor de oficio que le habían asignado. Él debía enviarle a Daniel copia de toda la documentación, por fax, lo antes posible. Su primera parada de aquella mañana sería la cárcel del condado.
    Oyó un ruido de alas moviéndose y se acercó a la jaula, que estaba cubierta con un paño. Edna le había dicho que no molestara al pájaro, porque los guacamayos necesitaban doce horas de sueño ininterrumpido. Sin embargo, como había salido el sol y Hunter tenía curiosidad por su compañero de cuarto, alzó el paño por una esquina, y el pájaro abrió un ojo. No dijo nada por el momento.
    – Sigue así y nos llevaremos muy bien -le comentó Daniel al guacamayo.
    De repente, el pájaro movió las alas azules y sobresaltó a Daniel con el ruido y la envergadura de su cuerpo.
    – ¡Rock and roll! -graznó.
    Hunter se echó a reír.
    – No está mal para empezar el día -le dijo.
    Después, se sacó el teléfono móvil del bolsillo. No le había contado sus planes a Ty y ya era hora de enfrentarse a la reacción de su amigo. Cuando Ty respondió a la llamada, Daniel habló rápidamente.
    – Estoy en Connecticut. Voy a aceptar el caso, y no me digas que ya me lo dijiste.
    La risa de su amigo retumbó en el teléfono.
    – Está bien, no lo haré. ¿Cómo está Molly?
    Hunter cerró los ojos.
    – Es Molly.
    – Y tú todavía estás enganchado.
    – Estoy esforzándome por superarlo.
    – ¿Puedo preguntarte por qué has cambiado de opinión?
    – ¿Aparte de por todas las cosas que Lacey y tú me dijisteis la otra noche? Lacey tenía razón. Le debo una a Molly
    – Vaya. Eso no me lo esperaba.
    – Bueno, odio decir que me he equivocado y no me resulta fácil decir que Lacey tenía razón. Durante todo el tiempo, Molly decía que Dumont no era el responsable de los intentos de asesinar a Lacey, y yo me negué a reflexionar sobre ello. No confié en su buen juicio. Me puse de vuestro lado y en contra de ella.
    – Entonces, ¿piensas que puedes compensarla aceptando el caso de su padre?
    – En parte. Y ayudarla ahora me facilitará las cosas cuando me marche. Me marcharé cuando todo esto termine.
    Ty se rió.
    – Mira, eres muy contradictorio. Hace un minuto estabas maldiciéndola por haberte dejado, y al siguiente te estás culpando por no haberte puesto de su lado. ¿Crees que ése es el motivo por el que te dejó el año pasado?
    – No me importa el motivo, sólo lo que hizo. Quiero que las cosas terminen limpiamente entre nosotros esta vez -dijo Daniel. De ese modo, él podría volver a su vida y dejar de maltratarse a sí mismo. Sería capaz de seguir adelante.
    – Buena suerte, tío. Algo me dice que vas a necesitarla.
    Ty colgó rápidamente antes de que Hunter pudiera decir la última palabra.
    – Típico -murmuró Hunter, sacudiendo la cabeza.
    Sin embargo, sabía que sí iba a necesitar tener suerte, porque se había dado cuenta de otra cosa durante los últimos días: no iba a permitir que ninguna mujer le estropeara la vida. Por desgracia, también había descubierto que no había superado lo de Molly.
    Aquel año pasado había sido una regresión de la que no estaba orgulloso. De niño, había sido defensivo y protector consigo mismo. Necesitaba que alguien lo guiara, y no lo había conseguido.
    Después de pasar por hogares de acogida de personas peligrosas algunas veces, y en otras ocasiones negligentes, a los dieciséis había llegado a la casa de la madre de Ty, donde su vida había cambiado a mejor. Ty y Lacey se habían hecho amigos suyos, y le habían enseñado a respetarse a sí mismo durante el año que habían pasado juntos.
    Entonces, el tío de Lacey, Marc Dumont, había decidido inesperadamente que quería que ella volviera a su casa, a sufrir sus malos tratos. Los tres amigos habían fingido la muerte de Lacey; la habían enviado a Nueva York para evitar que tuviera que volver a la pesadilla que había sido su vida.
    Aquella supuesta muerte le había negado al tío de Lacey la oportunidad de reclamar su fondo fiduciario, y él se había puesto furioso. Dumont no podía demostrar que Ty y Hunter hubieran tenido nada que ver con la muerte de su sobrina, pero de todos modos había decidido castigarlos.
    Con sólo mover unos hilos, había conseguido que mandaran a Hunter a un reformatorio juvenil, donde había causado tantos problemas que lo habían enviado a un programa especial en la cárcel. Él había entrado en la prisión con chulería, con fanfarronería de adolescente, pero en cuanto había oído cerrarse las puertas tras él, había estado a punto de orinarse en los pantalones.
    Gracias a Dios, no había sido estúpido. Había escuchado todo lo que le habían contado los presidiarios, y había prestado mucha atención. En aquel momento había decidido que de ningún modo terminaría como aquellos hombres que le estaban contando la historia de sus vidas.
    Se había concentrado en sus palabras y había recordado a Lacey y a Ty, las dos personas que creían en él. Había visto aquello en lo que se había convertido. Había imaginado su decepción y había oído la voz de preocupación de Lacey.
    De alguna manera, ellos dos habían estado con él durante aquel programa, mientras él pagaba por sus actos, mientras se aseguraba de que sus antecedentes penales se borraban en su cumpleaños décimo octavo, tal y como le había prometido el juez que llevaba su expediente. Habían estado con él mientras se ganaba las becas de estudios que le habían permitido comenzar la universidad. Ellos eran su familia.
    Así que el año anterior, cuando Molly, que no conocía su pasado, le había dicho que el tío de Lacey estaba a punto de conseguir que la declararan legalmente muerta y de exigir la entrega de su fondo fiduciario, Hunter había enviado a Ty a Nueva York a encontrarla.
    Y cuando alguien había intentado matarla varias veces después de su sorprendente resurrección, ellos habían culpado al tío de Lacey, el que pronto iba a ser padrastro de Molly. Hunter estaba seguro de que Marc Dumont era culpable, pese al afecto que le tenía Molly.
    Sin embargo, Daniel nunca le había vuelto la espalda a Molly, y siempre había estado allí para ella. Le había ofrecido su vida, su alma, su amor, todo lo que nunca le hubiera dado a ninguna otra mujer, y ella lo había rechazado. Todo lo que él había tratado de conseguir después de salir del sistema de acogida estatal, llegar a ser alguien, se había desmoronado cuando ella lo había dejado. Molly le había demostrado que el peor de sus miedos era cierto.
    Con buena ropa, bebidas caras y cubertería de plata no cambiaría quien era por dentro. Ella había confirmado su creencia de que ninguna mujer podía querer al verdadero Daniel Hunter, y él se había pasado todo el año anterior emborrachándose y trabajando como un demonio para olvidar. Sin embargo, Hunter había trabajado demasiado duramente para llegar a ser algo en la vida como para permitir que su tendencia autodestructiva lo venciera.
    Lo cual le llevaba de nuevo hacia su plan para olvidar a Molly. Necesitaban cerrar aquel círculo. Al menos, él lo necesitaba, aunque eso conllevara ablandarse con Molly mientras trabajaba en el caso de su padre.
    Dejaría que la naturaleza siguiera su curso, pensó con ironía mientras miraba al pájaro. Había deseado a Molly durante demasiado tiempo como para negar aquel deseo, sobre todo, porque parecía que iba a pasar una buena temporada en aquella ciudad. Aquellos casos nunca terminaban con rapidez. El hecho de concederse permiso para intimar con Molly le producía una buena sensación.
    Muy buena.
    Al pensarlo se puso de buen humor. Podría sonreír un poco más y disfrutar del tiempo que iba a pasar allí, trabajando en un caso que prometía ser un desafío, y de Molly. Siempre y cuando, en aquella ocasión, fuera él quien la dejara. El juego podía comenzar.

    Molly volvió de su carrera matinal con su amiga Liza, una chica a la que había conocido casualmente en una cafetería, y gracias a la cual había comenzado a trabajar de voluntaria en un centro de mayores de la ciudad. En cuanto entró en casa, fue directamente a ducharse antes de que Jessie se despertara y ocupara el baño durante una hora.
    Después de la ducha entró en su habitación, se secó el pelo, se vistió y se maquilló. Y, cuando salió al pasillo, se topó directamente con Hunter, que evidentemente también acababa de ducharse. Llevaba unos vaqueros y un polo de color verde, e iba silbando mientras se secaba el pelo con una toalla.
    Se detuvo justo antes de chocarse con Molly.
    – ¡Buenos días! -dijo, sorprendentemente contento de verla.
    – Buenos días -respondió Molly con cautela-. ¿Has dormido bien en el sofá cama?
    – Bastante bien -dijo Daniel, y apoyó un hombro contra la pared, dispuesto a charlar un rato-. He dormido lo suficientemente bien como para comenzar a trabajar en el caso de tu padre con la cabeza bien clara.
    – Vaya, me alegro.
    – ¿Y tú? ¿Qué tal has dormido?
    «No tan mal, teniendo en cuenta que el hombre de mis sueños está bajo el mismo techo que yo», pensó Molly.
    – He dormido muy bien -mintió.
    Y, como si le hubiera leído el pensamiento, Hunter sonrió de una manera atractiva y sensual, y la miró fijamente.
    Para evitar retorcerse, Molly se cruzó de brazos, irguió los hombros y le devolvió la mirada. Pasó los ojos por todo su cuerpo, lentamente, para evaluar aquello con lo que se estaba enfrentando.
    Sin duda, se estaba enfrentando a un hombre guapísimo. El olor a jabón y a champú que él desprendía la envolvió como una niebla húmeda. Aquello la excitó, y notó que el cuerpo se le tensaba de deseo.
    Carraspeó y se movió para disimular su nerviosismo.
    – ¿Y cuál es el plan del día?
    – Me gustaría ver a tu padre en la cárcel y conseguir una vista para solicitar la libertad bajo fianza en cuanto sea posible.
    Molly abrió mucho los ojos debido a la sorpresa.
    – Haces que todo suene muy fácil -le dijo.
    – No debería ser difícil. He pedido a mi oficina que den aviso al tribunal de que yo seré su abogado de ahora en adelante, y que consigan una copia de todo el expediente y de la documentación que tiene entre manos el defensor de oficio. Me lo van a enviar. Gracias a Dios que existen el fax y el correo electrónico -dijo él con una carcajada.
    ¿Estaba riéndose? Ella lo miró con los ojos entrecerrados. ¿Dónde estaba el hombre que había llegado el día anterior con una actitud furiosa?
    – ¿Y tú? ¿Qué vas a hacer hoy? -le preguntó Daniel.
    – Lo de costumbre.
    – ¿Y qué es? -insistió Daniel, inclinándose hacia ella. En tono juguetón, añadió-: Vamos, comparte tus hábitos diarios conmigo.
    – ¿Por qué?
    – Porque soy curioso.
    Ella sacudió la cabeza.
    – ¿No fuiste tú el que dijo ayer que sólo habías venido por mi padre? No querías hablar de nada que fuera remotamente personal.
    – He cambiado de opinión.
    – Es evidente. La cuestión es por qué, y no me digas que una buena noche hace maravillas con tu estado de ánimo.
    Aquel granuja sonrió. Fue una sonrisa sexy, despampanante.
    Ella se pasó una mano temblorosa por el pelo y lo miró con toda la firmeza que pudo.
    – No me gustan estos jueguecitos. Quizá se te haya olvidado ese detalle sobre mí, pero es cierto. Ayer me disculpé y tú rechazaste mis disculpas, y esta mañana estás tan contento, flirteando…
    – ¿Es eso lo que estoy haciendo?
    – Sabes muy bien que sí.
    Entonces, él le acarició la mejilla. Su caricia fue un roce cálido y suave contra la piel.
    – Ahora sí estoy flirteando -dijo, con una sonrisa mucho mayor.
    Ella elevó la mano para apartarle, pero en vez de eso, le agarró la muñeca.
    – No juegues conmigo.
    Intentó que su voz sonara severa, pero emitió un susurro tembloroso que la traicionó.
    Hunter dio un paso hacia ella. Sus caras estaban a centímetros de distancia.
    – Pese a lo que dije cuando llegué ayer, me he dado cuenta de que tenías razón. Tenemos un asunto sin terminar, comenzando por que yo acepte tus disculpas.
    A ella se le aceleró el pulso.
    – Bueno, me alegro de que pienses así -dijo.
    Se humedeció los labios secos y se recordó que no debía leer en sus palabras más de lo que significaban. Sin embargo, no podía negar que se sentía muy contenta de aquel cambio de actitud, aunque sólo fuera por el hecho de que trabajar para liberar a su padre le resultaría más fácil así.
    ¿O no? Mientras él la miraba, tenía un brillo intenso en los ojos castaños, y los destellos dorados de su iris bailaban con un deseo que ella reconocía, no sólo porque Daniel la hubiera mirado así muchas más veces, sino porque sentía el mismo anhelo creciendo dentro de sí misma.
    Molly adivinó sus intenciones antes de que él se moviera, y advirtió que debía apartarse de Daniel rápidamente. Aún no sabía cuál era el motivo de su repentino cambio de actitud hacia ella, ni si podía confiar en aquel buen humor. Así que, si fuera cautelosa, se retiraría antes de que la dinámica entre ellos cambiara nuevamente.
    Pero no lo hizo.
    Lenta, deliberadamente, sin romper el contacto visual, Hunter bajó la cabeza hasta que sus bocas se unieron. Los labios de Daniel tenían la suavidad del terciopelo, pero su roce era hambriento. Hundió la lengua en la boca de Molly con movimientos giratorios, posesivos, con seguridad sobre lo que deseaba. Y de alguna forma, sabía que ella lo deseaba también. Molly sintió un delicioso cosquilleo en el vientre, una sensación que la instaba a que aceptara su empuje, a que le devolviera el beso.
    Devorándolo.
    Disculpándose.
    Compensándolo por el tiempo perdido.
    No había ninguna otra cosa que tuviera importancia. Él la agarró por los hombros y la atrajo hacia sí mientras sus labios se volvían más duros y más exigentes. Los pechos de Molly se rozaron contra su torso, y ella sintió que se le endurecían los pezones, que su sensibilidad era cada vez mayor. Entre sus muslos se creó una humedad caliente y una presión vibrante, deliciosa, que la obligaron a cuestionarse lo que había hecho un año antes, y también el estado de su cordura en aquel preciso instante.
    Se aferró a la camisa de Hunter y enroscó los dedos en la tela de algodón mientras el deseo y la necesidad tomaban control de su cuerpo. Prosiguieron los movimientos de la lengua de Daniel en su boca y él frotó la parte inferior de su cuerpo contra ella. Molly se deleitó con su sabor… Notó que el deseo de Hunter era muy intenso, tanto que consiguió que Molly emitiera un gemido involuntario.
    Tuvo la sensación de que no podía obtener lo suficiente y que necesitaba mucho más de él, pero de repente, sin previo aviso, Daniel se apartó y la dejó temblando, con el único apoyo de la pared que había tras ella.
    – ¿Lo ves? -le preguntó, mirándola con los ojos entornados-. Tenemos un asunto pendiente.
    Molly tragó saliva sin poder dejar de temblar.
    – ¿Acaso esto es un juego para ti? -le preguntó-. ¿Soy un juego?
    Él negó con la cabeza y le pasó el dedo pulgar por los labios húmedos, mientras la observaba con sus magníficos ojos castaños.
    – No es ningún juego.
    – Entonces por qué…
    – He parado porque no quiero que tu familia nos encuentre así en el vestíbulo, como si fuéramos adolescentes de instituto -respondió Daniel con la voz ronca.
    Ella respiró profundamente.
    – Y me has besado porque…
    Él sonrió.
    – Como los dos hemos dicho, hay un asunto sin resolver.
    Molly no sabía si se refería a un asunto físico o emocional, pero sí estaba segura de que iba a averiguarlo durante las próximas semanas.
    Se pasó la lengua por los labios y saboreó su esencia masculina, salada e irresistible.
    – Cuando dije que teníamos un asunto pendiente, me refería a que teníamos que hablar, no que tuviéramos que… ya sabes.
    Él se rió.
    – ¿Quieres decir que este beso no entraba en tus planes?
    Molly sonrió sin querer.
    – No tengo ningún plan salvo el de exculpar a mi padre, y para eso, tenemos que trabajar.
    – Está bien, pero primero quiero decir algo sobre lo que ocurrió el año pasado.
    – Está bien. ¿De qué se trata?
    – De Dumont.
    Molly parpadeó de la sorpresa.
    – ¿Qué pasa con él?
    – Siento haberte hecho daño cuando Lacey decidió volver de entre los muertos. Sé lo mucho que significaba que Dumont se convirtiera en tu padrastro. Y, al final, tú tenías razón en confiar en él. Había cambiado.
    Molly lo miró de hito en hito.
    – Gracias -le dijo suavemente; se daba cuenta de lo difícil que era para él decir algo agradable sobre aquel hombre, teniendo en cuenta su pasado en común.
    Él asintió secamente. Controlar sus emociones en aquel momento no le resultaba fácil. Se había prometido que investigaría hasta dónde podían llegar las cosas entre Molly y él. Gracias a aquel beso, lo sabía, y se había asustado mucho al comprobar que aquella mujer aún tenía el poder de encogerle el corazón.
    Pero sólo si se lo permitía, pensó. En aquella ocasión, era él quien tenía el control, y de ningún modo iba a permitir que se le acercara tanto emocionalmente como para hacerle daño.
    Sin embargo, tampoco se trataba de que quisiera vengarse. Hunter se dio cuenta de que quería la paz, y eso significaba que tenía que ser honesto con ella.
    – ¿Molly?
    – ¿Sí?
    – No soy el mismo hombre que el año pasado -le advirtió.
    – No. Vi tu apartamento. Percibí algunos de los cambios -respondió ella-. Ése no eres tú.
    – Tú no me conoces, en realidad. No te digo esto para hacerte daño. Es sólo un hecho. Esa parte de mí estaba viva antes de que te conociera, y desde entonces, ha salido a la superficie.
    – Está bien, pero, ¿por qué…?
    – Olvídalo -dijo Hunter. No quería explicarle sus motivaciones. Eso le proporcionaría a Molly poder sobre él, y Daniel no quería darle ningún arma-. No quería sacar este tema.
    Se sintió estúpido por haber estado a punto de advertirle que no se enamorara de él. Como si existiera la más mínima oportunidad.
    – ¿Quieres que te lleve a alguna parte?
    – De hecho, sí. Voy a Starbucks a tomar café, y después hago trabajo voluntario en un centro de mayores.
    Él asintió.
    – Me vendrá bien una dosis de cafeína. No quiero ir a la cárcel hasta que haya tenido noticias de mi oficina, y es demasiado pronto como para que hayan podido ponerse en contacto con los juzgados.
    – Me parece bien. Lleva el ordenador portátil. Te contaré algunos detalles sobre mi padre y el caso, y podemos pergeñar cuál será nuestro próximo paso.
    – ¿Nuestro próximo paso? No sabía que ibas a ser mi ayudante.
    A Hunter le gustaba trabajar solo.
    – No voy a ser tu ayudante -respondió ella. De nuevo, era la Molly segura de sí misma que él conocía-. Voy a ser tu socia -añadió con una sonrisa inesperada.
    Daniel se dio cuenta de que estaba atrapado con aquella mujer. Y era demasiado tarde para pedir la libertad bajo fianza.

Capítulo 5

    Hunter sujetó la puerta para que Molly pasara al interior de la cafetería Starbucks que había en Main Street, en la ciudad. Salvo por el hecho de que estaban en un centro comercial con un gran aparcamiento, podrían encontrarse en Albany. Todos los Starbucks eran iguales, lo cual le habría reconfortado de no ser por la mujer que lo acompañaba.
    Aquella mañana habían ido en su moto.
    Molly le había dicho que nunca había montado en moto antes, y sin embargo, se había comportado como si llevara haciéndolo toda la vida. Le había rodeado la cintura con los brazos y se había sujetado con fuerza, apretándose contra él a cada curva que tomaban. Durante todo el trayecto, Daniel había notado su pecho contra la espalda mientras conducía. La moto siempre le provocaba una inyección de adrenalina, pero con Molly tras él, sintió también excitación y una descarga de energía sexual de la que necesitaba desahogarse desesperadamente.
    Teniendo en cuenta el modo en el que ella lo había besado en el vestíbulo, Hunter no creía que le resultara difícil acostarse con Molly. Por desgracia, no pensaba que fuera algo inteligente. No estaba seguro de que el sexo fuera un buen método para sacársela de la cabeza. Temía que la deseara más y más, ya que eso era lo que le estaba ocurriendo desde que se habían besado.
    En aquel momento, mientras ella caminaba ante él, sus sencillos vaqueros, su jersey con cuello en pico y sus zapatillas de deporte, una ropa que nada tenía que ver con su forma de vestir llamativa, podían indicar que era una mujer que no quería llamar la atención, pero el balanceo sexy de sus caderas y el movimiento de su pelo hablaban de algo distinto. Todo el mundo miró a Molly cuando entró y, a medida que avanzaban por el local, la gente la saludaba.
    – Hola, Molly.
    – ¿Qué tal, Molly?
    – ¿Cómo está tu padre?
    Los saludos y las preguntas le llegaban desde todos los rincones de la cafetería, y Molly respondía a cada persona por su nombre y con una sonrisa. Parecía que estaba más cómoda y más feliz allí de lo que nunca había estado en la universidad ni en Albany.
    Había encontrado el hogar que siempre había estado buscando. ¿Podía él guardarle rencor por eso?
    Se acercaron al mostrador.
    – ¿Un café con leche descafeinado grande, con aroma de vainilla? -le preguntó el camarero.
    Era un chico que tenía el pelo corto y castaño oscuro, y unos ojos atentos que se fijaron en el pecho de Molly. Era lo suficientemente joven y atrevido como para pensar que podía competir por una mujer como ella.
    Hunter apretó los dientes mientras Molly sonreía al chico.
    – Podías haberme preguntado si quería lo de siempre.
    El camarero se encogió de hombros y tomó una taza.
    – Pero quería impresionarte.
    Molly se puso las manos en las caderas.
    – Siempre me impresionas, J.D.
    – Yo tomaré un café solo -dijo Hunter, consciente de que el chico lo estaba ninguneando.
    – ¿Cómo está tu padre? -le preguntó J.D. a Molly mientras le preparaba el café.
    – Está muy bien. Confía en que lo exculparán pronto.
    – Me alegro de saberlo. Cuando salga, dile que venga siempre que necesite un descanso. El café corre de mi cuenta -le dijo J.D. con una sonrisa.
    – ¿El camino hacia el corazón de una mujer pasa por el estómago de su padre? -preguntó Hunter.
    Molly le dio un codazo.
    – Shh. Sólo está siendo amable.
    A pesar de las objeciones de Molly, Daniel pagó los cafés, con la esperanza de que aquel gesto de Romeo le diera a entender al camarero que Molly estaba con él.
    Finalmente, J.D. le entregó las vueltas a Hunter y se volvió a atender a otro cliente. Hunter y Molly se sentaron en una mesita al fondo de la cafetería.
    – ¿No había que tener como mínimo dieciséis años para trabajar? -le preguntó Hunter-. Ese chico apenas tiene edad de afeitarse.
    Ella se apoyó en el respaldo de la silla, a punto de echarse a reír.
    – ¿Estás celoso de J.D.? -le preguntó, divirtiéndose a expensas de Daniel.
    – No estoy celoso de nadie -respondió él. No podía creer que se hubiera metido en una conversación como aquélla-. Bueno, vamos a hablar de tu padre -le dijo a Molly para cambiar de tema.
    – Es inocente -declaró Molly con rotundidad.
    Y Hunter se dio cuenta de que aquel tema tampoco iba a ser fácil.
    – No importa que sea culpable o inocente.Yo lo defenderé lo mejor que pueda. Estudiaste derecho. Lo sabes.
    – Pero yo necesito que creas que es inocente -dijo Molly con el ceño fruncido.
    Hunter no quería hablar de aquello, pero tenía que hacerle entender que su trabajo como abogado defensor no era tomar partido moral. Si se preocupaba por la culpabilidad o inocencia de su defendido, si se preocupaba por el estado emocional de Molly, se estaría exponiendo a otro rechazo, y entonces tardaría mucho más de un año en superarlo.
    – Molly…
    – Has leído el expediente, conoces los hechos, pero no conoces a mi padre. El general Addams nunca hubiera matado a su mejor amigo.
    Hunter gruñó suavemente.
    – Escúchame. Tú necesitas que yo sea el defensor de tu padre, no su paladín. Son cosas distintas.
    – Es mi padre. Mi padre verdadero. Alguien que se preocupa por mí y que… -hizo una pausa y tragó saliva, intentando contener las lágrimas.
    Demonios.
    – Mira -continuó Daniel-. No puedo imaginarme lo que estás sintiendo en este momento, pero haré todo lo que pueda por él.
    Molly asintió.
    – Nunca lo he dudado. De lo contrario no te habría llamado. Así que ahora vamos a disfrutar. Ya tendremos tiempo de entrar en detalles más tarde -dijo, y empujó con suavidad la taza de Daniel hacia él.
    Daniel asintió con agradecimiento y se llevó la taza a los labios. Tomó un largo sorbo de café y se quemó el paladar. Siguieron allí sentados, en un silencio muy confortable, compartiendo el café matinal y charlando sobre cosas generales como las noticias y el tiempo, de un modo relajado y comprensivo que hizo que Hunter recordara lo bien que siempre se habían llevado.
    Poco a poco, él volvió al tema de la situación actual de Molly.
    – ¿Te gusta vivir con toda tu familia, o detestas estar siempre rodeada de gente? Después de tantos años viviendo solo, no creo que yo pudiera vivir con extraños -le dijo.
    Ella apretó los labios mientras pensaba en la respuesta.
    – Al principio estaba incómoda, y todavía hay cosas que echo de menos de estar sola -dijo finalmente-. No voy a quedarme con ellos para siempre, claro. Sólo me parecía una buena manera de conocer a mi familia y de recuperar el tiempo perdido.
    – ¿Incluso ante la hostilidad de Jessie? -le preguntó él. No entendía cómo Molly podía soportarlo día tras día.
    – Ella ha sido el desafío más grande. Yo intento ponerme en su lugar. Normalmente, eso me calma lo suficiente como para no hacerle caso, ¿sabes?
    – No lo entiendo muy bien. Yo fui hijo único, así que nunca tuve que acostumbrarme a convivir con hermanos. Al menos, no hasta más tarde.
    – Hasta que los servicios sociales se hicieron cargo de ti.
    Al oírlo, todo se le heló por dentro, y deseó no haber dicho nada en absoluto.
    – Exacto -dijo, y apretó la mandíbula.
    – ¿Fue tan malo? -le preguntó ella suavemente.
    Daniel nunca hablaba de su pasado. Cuando le había contado a Molly que se había criado en hogares de acogida, ella supo de inmediato que era mejor no pedirle detalles. Sin embargo, parecía que una vez que Molly había encontrado sus raíces, pensaba que tenía carta blanca para hacerle preguntas.
    – Sí, fue muy malo. Una pesadilla. ¿Podemos dejarlo ya? -dijo Hunter, con brusquedad, para cortar por lo sano.
    – No, no podemos -replicó Molly, y le tomó la mano por encima de la mesa. Lo miró con una mezcla de afecto y curiosidad. No con compasión.
    Daniel nunca había tenido la sensación de que ella le tuviera lástima. Quizá, como su propia niñez tampoco había sido un camino de rosas, Molly era capaz de entenderlo muy bien.
    – No parece que hayas conseguido superar el pasado. Quizá hablar de ello te ayude.
    – El hecho de que tú hayas dado con un cuento de hadas no significa que a mí vaya a sucederme lo mismo, Molly. Déjalo ya.
    – ¿Nunca sientes deseos de buscar a tu familia? -le preguntó ella.
    Hunter cerró los ojos y contó hasta diez antes de mirarla de nuevo.
    – ¿Alguna vez deseas tú que aparezca tu madre y estropee lo bueno que te está ocurriendo? No, no lo deseas. Igual que yo tampoco quiero que aparezca mi padre, alcohólico y vago, que nos abandonó a mi madre y a mí. Ni tampoco quiero que la mujer que me entregó a los servicios sociales aparezca pidiéndome dinero. Ésa es la belleza de las preguntas tontas. No se merecen respuesta -dijo Daniel, y se cruzó de brazos mientras se apoyaba en el respaldo de su butaca.
    Molly arqueó las cejas impasiblemente ante su exabrupto.
    – En realidad, a mí sí me gustaría ver a mi madre y hacerle muchas preguntas. Sin embargo, esta vez no espero nada de ella. He aprendido la lección.
    Daniel asintió. La respuesta calmada de Molly mitigó algo de su frustración, que no estaba dirigida a ella sino a su asquerosa infancia. Molly tenía razón: ella había aceptado su pasado. Él, sin embargo, todavía estaba furioso.
    Dejó escapar una larga exhalación.
    – No todo el mundo puede encerrar las cosas en una caja con un lazo, como tú.
    – Eso es cierto, pero con tanta ira como sientes, lo único que consigues es hacerte daño. Yo estoy aquí si quieres hablar de ello, eso es todo.
    ¿Durante cuánto tiempo?, se preguntó Hunter. ¿Cuánto tiempo estaría Molly con él antes de marcharse, como había hecho antes?
    – Gracias -murmuró. No tenía ganas de comenzar aquella conversación en particular.
    – Si alguna vez tengo hijos, nunca los trataré como si fueran menos importantes que el envoltorio de un chicle que se me haya pegado a la suela del zapato -dijo Molly, tomándolo por sorpresa.
    – Ni menos importantes que la siguiente copa -añadió Hunter sin pensar.
    Ella sonrió de un modo encantador.
    – ¿Lo ves? No es tan difícil. Unirse a mis quejas, quiero decir. Te sientes mejor, ¿a que sí?
    Él inclinó la cabeza.
    – Estoy seguro de que ninguno de los dos dejaría a su hijo en el servicio de Penn Station sin mirar atrás.
    – ¿Es eso lo que hizo tu madre? -le preguntó Molly con horror.
    Él nunca lo había admitido.
    – Estuve allí durante medio día antes de que alguien se diera cuenta. Finalmente, ella se lavó las manos y me entregó al estado.
    – Hacerle algo así a tu propio hijo es espantoso -le dijo Molly moviéndose nerviosamente en el asiento. Tenía ganas de abrazar con fuerza a Hunter, pero no quería mostrarle compasión, porque él erigiría barreras de protección contra ella. Por fin, Daniel estaba hablando sobre sí mismo, y Molly lo consideraba un progreso.
    – En cualquier casa en la que estuviera, me quedaba despierto por las noches, pensando en que debía de saber lo que estaba haciendo cuando se marchó. Debía de saber algún secreto muy oscuro sobre mí que me hacía indigno -le dijo Hunter, con una mirada perdida.
    – Oh, no. Ella era indigna de tener un hijo, y más un hijo como tú -respondió Molly con un nudo en el estómago.
    – Bueno, da igual. Es algo del pasado.
    Molly tenía la esperanza de que contar algo así hubiera servido para que él se desahogara un poco.
    – ¿Quieres que nos vayamos ya? -le preguntó Daniel.
    – Sí, vamos -respondió ella. Habían formado un vínculo entre los dos, y Molly se sentía agradecida por aquel avance que había conseguido-. ¿Tú estás listo?
    – Ya tengo suficiente cafeína en el cuerpo como para enfrentarme al sistema judicial.
    – Con eso me vale -dijo Molly.
    Ambos se pusieron en pie.
    – Voy a comprar una botella de agua, ¿quieres una?
    – No, gracias -respondió Molly, y miró hacia el mostrador-. Yo te espero fuera, ¿de acuerdo?
    Daniel asintió.
    – No se lo hagas pasar mal a J.D. -le dijo en broma, antes de dirigirse hacia la puerta.
    Después de su intensa conversación, le iría bien respirar un poco de aire fresco. Cuando salió, inspiró profundamente. La brisa fresca le sentó bien.
    Caminó hasta la esquina del edificio y se apoyó en el muro de ladrillo para observar los edificios oscuros. Le parecía que tenían personalidad. A Molly le encantaba aquella ciudad, y no le importaría echar raíces allí.
    Se preguntó qué imaginaba Hunter cuando pensaba en el futuro. Aquella charla sobre los hijos había despertado en ella un anhelo que llevaba conteniendo mucho tiempo. Un deseo que se había fortalecido al conocer a su padre y a sus hermanas. Molly siempre había querido tener una familia propia.
    – Eh -dijo Hunter, acercándose a ella y poniéndole la mano en el hombro-. ¿Qué tienes en esa preciosa cabeza?
    – Sólo estaba disfrutando del aire fresco.
    – No. Estás preocupada por tu padre.
    Ella no estaba pensando en su padre en aquel momento, pero el general nunca estaba lejos de su pensamiento. Era mejor que Hunter creyera eso y no que supiera que Molly estaba anhelando un futuro fuera de su alcance.
    – Sí, tienes razón.
    Él se acercó más.
    – Todo saldrá bien, Molly.
    – No puedes prometérmelo.
    – No, pero sí puedo prometerte que tendrás el mejor abogado de Connecticut y de Nueva York.
    – Por no mencionar el más modesto, también -dijo ella con una carcajada, y se apoyó ligeramente en él.
    Después de que la ira de Daniel se hubiera aplacado, él tenía un efecto tranquilizador que Molly necesitaba desesperadamente. Y cuando recordó el beso que se habían dado antes, Hunter tuvo otro efecto en ella, completamente distinto.
    Sin embargo, sabía que debía presionarlo también en algo que era muy importante para ella.
    – Prométeme que, una vez que hables con mi padre, revisaremos la conversación sobre su culpabilidad o su inocencia.
    Molly necesitaba que él creyera en su padre tanto como ella misma. Estaba poniendo en manos de Daniel no sólo su fe, sino el bienestar de toda su familia.
    – Hablaremos -le dijo él, misteriosamente. No era de extrañar que fuera tan buen abogado.
    Y un hombre tan estupendo.
    El caso de su padre los había unido de nuevo. Molly tenía la esperanza de poder usar aquel tiempo para fortalecer el resto de los lazos que había entre ellos.

    Jessie estaba junto a Seth en la cama del dormitorio de su amigo. Ella tenía la cabeza apoyada en la almohada, y él en el extremo contrario, sobre una pila de ropa que su madre quería que recogiera.
    Todos los días, después del instituto, Jessie se quedaba con él, pero Seth no hablaba de nada.
    – Sé que estás muy triste por la muerte de tu padre, pero tienes que hablar, o nunca te sentirás mejor.
    Él movió la cabeza hacia los lados.
    – No es sólo eso.
    – Entonces, ¿qué es?
    Seth se incorporó y se sentó.
    – Esa noche, mi padre pegó a mi madre. Yo lo oí todo.
    – ¿Qué?
    Jessie sabía que el padre de Seth tenía muy mal genio y, algunas veces, asustaba un poco cuando estaba enfadado, pero era su tío Paul, y nunca había pegado a nadie. Estaba segura.
    – Quizá sólo te pareciera que estaba ocurriendo eso, pero…
    Él negó con la cabeza.
    – Estoy seguro. Le pegó, y ella dijo que ya era suficiente, que aquélla era la última vez que le ponía la mano encima -dijo Seth, con la voz temblorosa.
    Jessie se estremeció y sintió náuseas. No sabía qué decir para conseguir que Seth se sintiera mejor.
    – Lo siento -susurró.
    Él miró a la nada. Jessie ni siquiera sabía si la había oído.
    – Yo no lo sabía -dijo Seth-. Vivo en esta casa y nunca me había dado cuenta de que mi padre pegaba a mi madre. Debería haberlo sabido. Debería haberlo impedido -dijo, y se balanceó nerviosamente hacia delante y hacia atrás.
    Jessie no pudo soportarlo más. Se acercó a él y le rodeó los hombros temblorosos con el brazo.
    – ¿Cómo ibas a saberlo si tus padres no querían que te dieras cuenta? Tú eres el hijo. Ellos son los adultos. No puedes culparte.
    – Puedo, y me culpo. Y hay más -dijo él-. Después de que mi padre saliera de casa hecho una furia, mi madre se quedó llorando y yo no supe qué hacer. Me metí en mi habitación durante un rato, y después bajé las escaleras para hablar con ella, pero tu padre ya había llegado.
    Jessie asintió, sin saber qué iba a decirle después.
    – Yo me quedé escuchando tras la puerta. Tu padre estaba furioso. Estaba enfadado por no haber obligado a mi madre a dejar a mi padre antes.
    – Eso significa que mi padre sabía lo del maltrato -dijo Jessie, y se mordió el labio inferior.
    Seth asintió.
    – Y Frank juró que si mi padre volvía a pegarle, lo mataría. Debía haber sido yo el que dijera eso. Debía haberme ocupado de las cosas mucho antes.
    – Tranquilo -dijo ella con impotencia. Se le rompía el corazón por su amigo.
    Él la miró fijamente.
    – Tienes que saber que no creo que tu padre matara al mío -le dijo antes de enterrar la cabeza entre las rodillas, sollozando.
    – Shh. Lo entiendo -dijo ella.
    El padre de Seth había muerto, y su amigo se culpaba por no haberse enfrentado a él antes de que muriera, pensó Jessie.
    Sin embargo, también sabía que Seth echaba de menos a su padre. Y posiblemente, se sentía culpable por echarlo de menos, porque su padre había hecho daño a su madre. Aquel lío estaba destrozando a Seth, y ella no podía hacer nada salvo estar a su lado.
    Tragó saliva y abrazó a su amigo. Mucho tiempo después, cuando él se había enjugado las lágrimas y por fin la miró a los ojos, ella le prometió que nunca le contaría a nadie que lo había visto llorar.

    Después de Starbucks, Molly le pidió a Hunter que la llevara a la galería de arte de su amiga Liza. Aunque él sabía que quería acompañarlo a visitar a su padre, estaba claro que Molly entendía que sólo sería una distracción. Molly comprendía que Hunter necesitaba reunirse a solas con su cliente la primera vez, pero le dijo que de todos modos tenía intención de involucrarse en el caso después.
    Mientras, se mantendría ocupada en el trabajo voluntario que realizaba en el centro de mayores del centro de la ciudad. Antes de que Hunter se marchara a la reunión, Molly le presentó a Liza, una muchacha morena con una sonrisa bonita y una mirada inteligente, que daba clases de pintura a los ancianos que vivían en la residencia del centro.
    Molly le explicó animadamente lo que hacía allí. Leía, jugaba a las cartas y charlaba con los ancianos. Tenía una expresión de cariño y alegría al hablar de ellos, y aunque decía que sólo los ayudaba a pasar el rato, Hunter sabía que no era cierto. No sólo escuchaba sus frustraciones, sino que les proporcionaba ayuda legal. Los asesoraba a la hora de redactar testamentos sencillos y sobre cómo vender o alquilar sus casas.
    Aquélla era una faceta del carácter de Molly que él no conocía. Cuando estudiaban en la universidad, Hunter y Molly estaban dedicados a conseguir el éxito, y no pensaban en hacer trabajo voluntario, ni en tener amigos, ni en nada parecido. Y cuando ella se había mudado a la ciudad de Hunter, no parecía que hubiera cambiado. Molly había comenzado a trabajar en un banco, gestionando negocios relacionados con las propiedades inmobiliarias. Su vida social era inexistente. Estaba concentrada en su familia, o en lo que esperaba que fuera un nuevo comienzo, y en la relación con su madre, una persona sumamente egoísta.
    Si el tío de Lacey hubiera heredado el fondo fiduciario, Molly quizá hubiera conseguido la familia feliz que tanto deseaba, pero la resurrección de Lacey había impedido que su tío se hiciera rico. Sin la herencia, la madre de Molly había abandonado a su prometido y se había marchado de la ciudad, sin pensar ni un segundo en su hija. Molly había aceptado, por fin, que no podía tener el amor de su madre. Como consecuencia, cualquier avance que Hunter hubiera podido hacer con Molly se había evaporado también.
    Nunca, en ningún momento del pasado, Hunter había visto a Molly disfrutando de aquel equilibrio emocional.
    En aquel momento, pese a que su padre estuviera acusado de asesinato, en lo más profundo de su corazón Molly era feliz. Había encontrado la aceptación que siempre había buscado, y aquella sensación de paz la había capacitado para ampliar sus horizontes sin miedo a acercarse a los demás. Tenía una profesión, unos hábitos de vida, amigos y un trabajo voluntario. Vivía con gente a la que quería y tenía una existencia que merecía la pena.
    Hunter envidiaba aquellas cosas, y estaba decidido a ganar aquel caso para que ella pudiera conservar la vida que había creado. Molly necesitaba seguridad para progresar, y Hunter quería proporcionársela.
    Sin embargo, se daba cuenta de que había llegado justamente a la situación a la que no debía: estaba preocupándose por la inocencia o la culpabilidad de su padre y por el futuro de su familia.
    Por Molly.
    Parecía que no había aprendido a protegerse de aquella mujer, así que lo mejor que podía hacer era ganar el caso y marcharse lo antes posible.

Capítulo 6

    Después de dejar a Molly en el centro de mayores, Hunter se dirigió a la comisaría local para vérselas con el jefe de policía. Era un tipo decente, pero seguía las normas al pie de la letra y creía que había arrestado al culpable. Hunter supo, después de hablar con él, que iba a tener que investigar bien los hechos.
    Su ayudante del bufete le había enviado a casa del general, por fax, una copia de toda la documentación relevante sobre el caso. Después de que Hunter hablara con su cliente, le esperaba un largo día comparando la versión del general con la del resto de los testigos. Al pensar en que tenía que concentrarse en un buen caso, que era lo que más le gustaba, la sangre comenzó a correrle con más fuerza por las venas.
    Una hora más tarde, Hunter estaba en la sala de visitas de la cárcel, sentado frente a su cliente. Observó atentamente al general, evaluándolo como hombre y como padre de Molly. Aparentemente todavía era un militar. Llevaba el pelo muy corto y tenía un aire de confianza en sí mismo, pese a las circunstancias, que suscitó la admiración de Hunter.
    El general también estudió a Hunter.
    – Así que eres el abogado a quien ha contratado mi hija. Dice que eres el mejor.
    Una gran alabanza por parte de Molly, pensó Daniel. Después inclinó la cabeza.
    – Hago todo lo que puedo con las pruebas de las que dispongo.
    El general se rió.
    – No seas modesto. Sé quién eres. Lo único que no sabía era que mi hija y tú teníais un pasado en común.
    – ¿Le ha contado algo de nosotros?
    – Es lo que no me ha contado. Además, se me da muy bien conocer el carácter de la gente. Por cómo hablaba de ti, no me ha resultado difícil saber que había algo entre vosotros.
    Hunter se ruborizó sin poder evitarlo.
    – Sinceramente, no sé qué decir.
    – Di que vas a sacarme de aquí. Eso sería un comienzo muy bueno -dijo el general, y puso las manos esposadas sobre la mesa.
    Hunter frunció el ceño y le hizo una señal al guardia.
    – Quíteselas.
    – Pero…
    – Soy su abogado y tenemos que hablar. No va a estar sentado así durante una hora. Quítele las esposas.
    El guardia obedeció de mala gana. Frank se frotó las muñecas.
    – Gracias -le dijo a Hunter.
    – De nada. Tenemos mucho de lo que hablar. Es mejor que esté cómodo, porque quiero saber todo lo relativo a la relación que tenía con su socio y a la noche del asesinato -respondió Daniel. Después carraspeó y prosiguió-: Comencemos por el principio. ¿Cuál era su relación con la víctima, aparte de la de amigo y socio?
    – Eso es fácil. Nos alistamos al mismo tiempo, hicimos la instrucción básica juntos, ascendimos juntos. También luchamos juntos.
    – ¿Vietnam? -preguntó Hunter.
    El general asintió.
    – Esa fue nuestra primera guerra, y decidimos que la Tormenta del Desierto sería la última.
    – ¿Se retiraron con honores?
    – En términos civiles, sí. Yo compré una casa en la misma calle en la que vivimos ahora, aunque mucho más pequeña que la actual. Era todo lo que podía permitirme. Sin embargo, cuando el negocio comenzó a prosperar y las niñas crecieron, me mudé a la vuelta de la esquina, y Paul compró la casa de al lado -contó el general-. Mi mujer, Melanie, murió poco tiempo después -añadió con la voz ronca.
    – Lo siento -dijo Hunter.
    – Gracias. La vida no es justa. Eso lo aprendí hace mucho, y se confirmó cuando mi primera hija apareció en el umbral de la puerta de mi casa. Yo no sabía nada de ella. ¿Cómo se enfrenta un hombre a eso?
    Hunter sacudió la cabeza.
    – No lo sé.
    Podía imaginarse el sentimiento de ira y la traición que había experimentado el general.
    – Tuve ganas de matar a la madre de Molly, lo digo en serio. Si no fui a pedirle cuentas a Francie por haberme apartado de mi hija, menos habría matado a mi socio por robar dinero.
    Los músculos de las sienes del general se tensaron. Era evidente que el estrés lo estaba abrumando.
    Hunter tomó aire e hizo una pausa. No quería tener la misma conversación que había tenido con Molly, la de que su culpabilidad o inocencia eran irrelevantes.
    – Sigamos -dijo, en un intento de reconducir la narración-. Entonces, Paul Markham y usted tenían una buena relación y montaron juntos un negocio inmobiliario.
    – Exacto.
    – Hábleme de la personalidad de Paul. ¿Era una persona tranquila? ¿Se parecía a usted?
    El general se rió con aspereza.
    – No, en absoluto. Eramos completamente opuestos. Yo pienso bien las cosas antes de hacerlas. Paul tenía un temperamento impulsivo que fue empeorando con el tiempo. Sin embargo, yo nunca me di cuenta de que hubiera una razón que explicara ese cambio. Yo era su mejor amigo, su socio. Debería haber sabido que algo no marchaba bien. Incluso las cosas más insignificantes habían comenzado a ponerle de mal humor.
    Hunter había estado escuchando con suma atención todo lo que decía Frank, esperando oír algo que pudiera abrir otra vía de investigación. Algo en favor del general.
    Y lo había encontrado.
    – Entonces, notó el cambio de conducta de Paul antes de su muerte. ¿Se lo ha dicho a la policía?
    – Lo intenté, pero no quisieron escucharme. La policía no quiere saber detalles que puedan hacerles cambiar de opinión sobre mi responsabilidad en la muerte de Paul.
    Hunter tomó notas para poder comparar la versión del general con los expedientes del caso.
    – Exacto. Paul tenía un lado oscuro incluso cuando comenzamos la instrucción. Sin embargo, durante estos años lo tuvo controlado. Su mujer, Sonya, tiene una personalidad suave que atemperó la de él, al menos durante un tiempo.
    Hunter asintió.
    – Ahora necesito que me hable de lo que ocurrió esa noche.
    – Lo primero que tienes que entender es la naturaleza de nuestro negocio. Yo hacía los tratos, y Paul se encargaba de las finanzas. Yo confiaba en él. No tenía razón para no hacerlo.
    – Continúe.
    – La rotación de las propiedades que gestionamos es muy rápida, y el dinero pasa de unas manos a otras con agilidad. Nunca habíamos tenido ningún problema. Aquel día, envié a mi secretaria al banco, a recoger unos cheques certificados, y el cajero llamó para informarnos de que no teníamos suficiente dinero en las cuentas para cerrar un trato al día siguiente. Eso no tenía sentido, teniendo en cuenta la cantidad que se suponía debía estar disponible. Le dije al cajero que Paul o yo revisaríamos las cuentas y que volveríamos a llamar.
    – ¿Y entonces fue a preguntarle a Paul?
    Frank asintió.
    – Él estaba en su despacho, más agitado de lo que yo lo hubiera visto nunca. Se paseaba de un lado a otro, maldiciendo entre dientes. Le conté que había un error en el banco. Sin mirarlo, Paul me dijo que no había ningún error -dijo el general, que palideció al recordarlo todo-. Ahora me doy cuenta de que a Paul se le habían acabado los lugares de los que conseguir fondos. Lo admitió todo. Me dijo que llevaba sacando dinero de las cuentas durante años. La mayor parte de las veces cerrábamos un trato al día siguiente y se reponía lo suficiente como para que yo no me diera cuenta.
    – ¿Le dijo para qué usaba el dinero?
    El general negó con la cabeza.
    – No iba a responder preguntas. Acabamos discutiendo a gritos, debo admitirlo. Él se marchó de allí como una furia y yo se lo permití. Quería repasar las cuentas por mí mismo y ver hasta qué punto estaban mal las cosas antes de enfrentarme nuevamente a él.
    Por mucho que Hunter intentara siempre mantenerse al margen de las emociones de los clientes, sentía pena por aquel hombre. La traición de un amigo tenía que ser dolorosa.
    – ¿Los oyó discutir alguien?
    – Nuestra secretaria, Lydia McCarthy.
    – Tendré que hablar con ella.
    El general le dio a Hunter la dirección y el número de teléfono de la secretaria.
    – Aunque espero que esté acudiendo a la oficina para mantenerla funcionando hasta unos mínimos. O al menos, lo que queda de oficina -ironizó Frank-. Llevaba trabajando siete años para nosotros, pero en estos momentos está muy enfadada conmigo.
    Hunter arqueó una ceja.
    – ¿Por qué?
    – Vino a visitarme aquí. Resulta que Paul y ella tenían una relación -dijo con evidente disgusto-. Lydia entró en la sala y montó una escena, gritó, lloriqueó y rabió porque, según ella, yo había matado al único hombre al que ella había querido. Para mí era una novedad, créeme.
    – ¿Sabía Sonya que su marido la engañaba?
    – No lo sé. Y no pienso agravar su pena hablándole de eso.
    – ¿Había más mujeres?
    Frank se encogió de hombros.
    – Ninguna, que yo sepa, pero eso no significa nada -dijo. Después agregó con firmeza-: Lo que acabo de decir debe quedar entre nosotros, ¿entendido?
    Hunter meditó durante unos instantes.
    – Lo cierto es que el fiscal lo averiguará y lo hará público durante el juicio. Le sugiero que piense las cosas con detenimiento.
    El general se inclinó hacia delante, con los codos sobre la mesa.
    – Lo pensaré, pero si alguien le dice algo a Sonya, seré yo.
    – Bien -dijo Hunter. Así que el general se mostraba protector con la viuda. Hunter apuntó aquello en su libreta-. ¿Qué ocurrió después aquella noche?
    – Me llevé los libros de contabilidad a casa. Cenamos…
    – ¿Quién estaba en casa?
    – La comandante y Molly. Robin estaba en la universidad.
    – ¿Y Jessie?
    – Con Seth, en la casa de al lado.
    Él asintió.
    – Todo parece normal.
    – Era normal. Salvo por el hecho de que, de repente, no tenía dinero en el negocio.
    – ¿Le contó a su familia el desfalco de Paul?
    – Demonios, no. No iba a disgustar a las mujeres.
    – ¿Y su secretaria lo sabía?
    – Estoy seguro de que oyó la pelea. No sé si conocía los detalles…
    – Continúe.
    – Cenamos. Jessie llegó a casa a cenar. Alrededor de las nueve, sonó el teléfono. Era Sonya. Estaba histérica, y yo fui directamente a su casa. Me dijo que se había encontrado a Paul destrozando su despacho y arrojando cosas. Sus arranques de furia no eran nada nuevo, pero ella se dio cuenta de que algo iba muy mal. Le presionó para que le contestara y él se lo contó todo, incluyendo el hecho de que había vaciado también sus cuentas personales.
    Hunter se pasó la mano por los ojos. No se había dado cuenta de todo lo que les había ocurrido a aquellas dos familias hasta aquel momento.
    – Ella comenzó a chillarle, diciéndole que les había destrozado la vida y que había puesto en peligro el futuro de Seth.
    – ¿Y qué ocurrió?
    – Él le dijo que se callara y la abofeteó -dijo Frank entre dientes-. Después tomó las llaves de su coche y se marchó.
    Hunter emitió un suave silbido.
    – ¿Era la primera vez que la maltrataba?
    – No -respondió Frank-.Y yo lo sabía. Sabía que había ocurrido más veces, y le había pedido a Sonya que lo dejara, pero ella no quería hacerlo. Se quedó con él y me dijo que había dejado de pegarle. Yo cerré los ojos ante la verdad porque eso era lo que Sonya quería que hiciera.
    – Y ahora se siente culpable.
    – ¿No te sentirías culpable tú en mi lugar?
    Como sabía que era una pregunta retórica, Hunter no respondió.
    – Así que estaba con Sonya mientras Paul conducía hacia su despacho -dijo Daniel, más para sí mismo que para el general-. En lo que a la policía se refiere, tiene móvil. La noche del asesinato, descubrió usted que su socio había desfalcado la empresa y que maltrataba a su esposa.
    – Nadie sabe lo de Sonya. La policía sabe lo del dinero, y eso es suficiente. Sonya y yo convinimos en que no hay motivo para que sepan detalles sórdidos de su vida.
    Salvo que Sonya también tenía un móvil para el crimen.
    – Le aconsejo de nuevo que diga la verdad y no espere hasta que otra persona revele esa información, porque entonces usted parecerá más culpable.
    – Tú eres un hombre de principios -dijo el general-. Como yo. Hablaré con Sonya para que no oculte los malos tratos y también le contaré la aventura que tenía su marido. A su debido tiempo.
    Hunter asintió.
    – Me parece justo. Y ahora, ¿dónde estaba Sonya cuando mataron a su marido?
    – En casa. Edna y Molly vieron su coche en la calle, y Edna también la vio a ella en el patio. A Sonya le gusta sentarse en el jardín a mirar las estrellas.
    – Bien. Entonces, Sonya no tuvo la oportunidad.
    – Exacto -dijo el general.
    – Y usted encontró el cadáver de su socio en la oficina al día siguiente, cuando fue a trabajar -dijo Hunter, recordando lo que le había contado antes el jefe de policía.
    Su interlocutor asintió.
    – Una cosa más. ¿Volvió a casa después de despedirse de Sonya?
    Frank hizo un gesto negativo con la cabeza.
    – ¿Adónde fue? ¿Dónde estaba a la hora del asesinato? -preguntó Daniel. La policía le había dicho que el crimen se había cometido entre las diez y media y las once y media de la noche.
    El general se frotó los ojos. Era evidente que estaba muy fatigado.
    – Salí.
    – ¿Se llevó el coche?
    – No. Di un paseo hasta el centro.
    – ¿Lo vio alguien?
    – No.
    – ¿Paró en algún sitio?
    El general gruñó.
    – Estaba enfadado. Cuando estoy disgustado, salgo a caminar. Pregúntaselo a cualquiera de la familia. No tenía ningún destino en mente, sólo salí a andar. ¿Hemos terminado? Estoy muy cansado.
    – Hemos terminado por el momento -respondió Hunter-. Voy a pedir otra vista para conseguir la libertad bajo fianza rápidamente. Tengo un amigo que es juez local. Si puedo mover algunos hilos, lo sacaré de aquí hoy mismo -dijo Hunter, mientras guardaba su libreta.
    – Te lo agradezco. Puede que haya pasado mi juventud durmiendo en cualquier sitio, pero la edad y una cama blanda me han echado a perder -dijo el general, y le guiñó un ojo a Hunter. Hunter vio un parecido con Molly en la sonrisa y la mirada del general.
    – No se preocupe. Yo me encargaré de todo. Hablaremos un poco más cuando esté en casa.
    Después, le estrechó la mano al general y se marchó, pensando en todo lo que había averiguado. Lo más importante no estaba en el papel; había sido la expresión del general, su tono de voz, sus emociones.
    Al averiguar que su mejor amigo y socio lo había traicionado, Frank se había enfadado, lógicamente. Sin embargo, Hunter no había detectado rabia asesina en su narración, y dudaba que la hubiera habido aquella noche. Aquel hombre no podía disimular tan bien sus sentimientos. A Daniel se lo decía el instinto, y el instinto le había prestado buenos servicios en el curso de su carrera estelar. En aquella ocasión, decidió fiarse también.
    Molly tenía razón. Su padre no hubiera matado por venganza ni por dinero. Sin embargo, alguien sí lo había hecho, y en cuanto Hunter consiguiera la libertad bajo fianza del general, tendría que dar con otros sospechosos. De lo contrario, la verdad tal y como aparecía ante los ojos de la gente no bastaría para que el padre de Molly no volviera a la cárcel de por vida.

    Molly entró en casa a las siete de la tarde. Todo estaba muy silencioso, y recordó que su abuela le había dicho que iba a llevarse a Jessie de compras después de comer.
    Quizá no estuviera rodeada por los sonidos de la familia, pero Molly sabía que no estaba sola; había visto la motocicleta de Hunter aparcada junto a la casa, en la acera.
    Y se alegraba. Fue directamente hacia el despacho de su padre. La puerta estaba entreabierta. Con una rápida mirada, advirtió que Hunter estaba sentado en una silla, junto a la jaula del guacamayo.
    Ella alzó la mano para llamar y avisar a Hunter de su presencia, pero él habló primero. Obviamente, se dirigía al pájaro.
    – Regatea por la cancha y se detiene ante el poste. Se prepara para el tiro y… ¡canasta!
    Ella sonrió. El pájaro estaba entreteniendo a Hunter con su truco favorito. Tomaba una pelotita y la encestaba en un pequeño aro.
    – No sabía que eras aficionado al baloncesto -dijo Molly, riéndose, mientras entraba en la habitación.
    Hunter se levantó de golpe de su asiento con las mejillas ruborizadas.
    – Me has pillado -dijo. Claramente, se avergonzaba de haber retransmitido las jugadas del guacamayo-. Pero es que el pájaro es fascinante.
    Molly sonrió.
    – Ollie tiene buenas cualidades. Responde cuando le hablan, sabe hacer monadas cuando se lo piden y hace sus necesidades donde debe. A un hombre no se le puede pedir más.
    – Qué simpática -dijo él, y se acercó a ella-. ¿Has cenado ya?
    Ella asintió.
    – Compré un sándwich de camino hacia acá. ¿Y tú?
    – Yo he cenado con Edna. Hace unos filetes con patatas deliciosos -dijo él, dándose unos golpecitos de satisfacción en el estómago.
    – Edna es una magnífica cocinera -confirmó Molly-. Puedo afirmar con seguridad que yo no he heredado ese talento -añadió-. Siento haber llegado tarde. Me entretuve en el centro de mayores.
    – No tienes por qué disculparte -respondió Hunter. Se dio la vuelta y comenzó a ordenar papeles y a colocarlos en montones sobre el escritorio-. No me debes explicaciones. Sólo estoy aquí por…
    – Mi padre. Lo sé -dijo ella, apretando los dientes con frustración-. Hunter…
    – Molly -dijo él al mismo tiempo.
    – Tú primero -dijo Daniel.
    Ella sacudió la cabeza.
    – Tú.
    – Está bien. Hoy he ido a ver al general. Es un hombre estupendo -dijo Hunter, y se metió las manos en los bolsillos-. No habría elegido a nadie diferente para ti. De hecho… Bueno, no importa.
    – No, dímelo.
    Hunter la miró a los ojos.
    – Es todo lo que podías haber esperado, y más. Me alegro mucho por ti.
    Ella tuvo una sensación cálida por dentro, de gratitud y de atracción. Hunter era un hombre muy especial.
    – Gracias.
    – De nada. Y ahora, ¿qué querías contarme tú?
    Ella parpadeó.
    – De verdad, no me acuerdo. Estoy demasiado asombrada por lo que acabas de decirme. Si no estuviera al tanto de la realidad, pensaría que te importo.
    – ¿Y quién ha dicho que no me importas?
    Hunter se acercó a Molly y se enroscó uno de sus rizos rubios en el dedo.
    Molly sintió el suave tirón hasta los dedos de los pies, y se humedeció los labios. No pretendía que fuera un gesto seductor, pero él siguió el movimiento con los ojos, que se le oscurecieron de deseo. Molly notó un cosquilleo caliente en la piel y se balanceó hacia él, haciéndole una clara invitación. Esperaba que él la aceptara.
    Entonces, Daniel deslizó la mano hasta su nuca y, sin dejar de mirarla a los ojos, le inclinó la cabeza suavemente hacia atrás y la besó.
    Al instante, Molly le rodeó el cuello con los brazos y lo atrajo hacia sí, haciendo que sus cuerpos se alinearan y se apretaran el uno con el otro. El calor que desprendía Daniel la succionó en un remolino de sensaciones y su olor prendió una llama de pasión que ella nunca había experimentado. Lo deseaba desesperadamente, y el gemido que se le escapó hizo que él lo supiera.
    Molly enredó los dedos en su pelo en el mismo momento en que oía carraspear a alguien.
    – Bueno, éste sí que es un buen recibimiento -dijo su padre.
    Hunter se retiró al instante. Molly dio un saltito hacia atrás al mismo tiempo, y ambos miraron con culpabilidad al general. Sin embargo, Frank tenía una gran sonrisa en la cara.
    Entonces, Molly se percató de lo que significaba su presencia.
    – ¡Estás en casa! ¡Estás en casa! Oh, Dios mío -dijo, y corrió hacia él para abrazarlo-. No tenía ni idea, pero me siento muy aliviada.
    – Lo mismo digo.
    Ella dio un paso atrás sin soltarle la mano a su padre.
    – ¿Cómo? ¿Cuándo?
    – Hunter consiguió que me liberaran a tiempo para llegar a cenar.
    Molly se volvió hacia Hunter.
    – No me habías dicho nada.
    – Así, la sorpresa ha sido mucho más dulce, ¿no? -le preguntó Daniel.
    Molly pensó que se enamoraba otra vez de él en aquel mismo momento. Si acaso alguna vez había dejado de estar enamorada de Daniel Hunter. Lo dudaba.
    Lo miró largamente antes de volverse hacia su padre otra vez.
    – ¿Dónde estabas cuando he llegado a casa?
    – Al lado, visitando a Sonya y a Seth.
    Molly asintió.
    – Bien. Y ahora que estás en casa, te vas a quedar aquí -dijo con determinación.
    – Siento ser un aguafiestas, pero la libertad bajo fianza es sólo una solución temporal -matizó Hunter.
    Molly suspiró con resignación.
    – Pero esta noche podemos celebrarlo.
    – Vosotros dos podéis. Yo tengo que trabajar, pero no quiero echarlo de su oficina, general -le dijo Hunter a Frank-. Como le he dicho a Edna, puedo alojarme en el hotel.
    A Molly se le encogió el estómago. Aunque al principio no quería que él se quedara en casa, había cambiado rápidamente de opinión. Por suerte, el general agitó una mano para descartar su ofrecimiento.
    – No te preocupes por mí. No podré concentrarme en el trabajo hasta que haya terminado todo esto, y no hay mucho que pueda hacer para limpiar mi nombre. Por favor, siéntete como en casa.
    Molly se obligó a disimular su alegría, y no sólo porque pudiera estar cerca de Daniel para ayudarlo con el caso, sino también por razones puramente egoístas.
    – Ayer, en la cárcel, no hablamos de dinero, pero hoy quiero que sepas una cosa -dijo su padre con seriedad-. En este momento no puedo permitirme pagarte mucho, pero te lo pagaré en el futuro.
    Hunter sacudió la cabeza.
    – Se lo agradezco, pero…
    – Sin peros. Si vas a defenderme, te pagaré por ello. Yo no acepto caridad, así que dedica la asistencia legal gratuita a aquellos que la necesiten de verdad. Cuando pueda comprar y vender propiedades de nuevo, te pagaré por tu trabajo.
    A Molly se le formó un nudo en la garganta. Sabía que mantener aquella conversación con Hunter no era fácil para su padre, y le admiraba por ello.
    – Me parece bien -dijo Daniel, y le estrechó la mano a Frank.
    Molly admiró también a Hunter, no sólo por el modo en que había tratado a su padre y había respetado su orgullo, sino también por el hecho de haber acudido a su llamada. Cuando ella había necesitado su ayuda, él había respondido, pese a su propio orgullo.
    Los dos hombres tenían mucho en común, incluyendo cuánto le importaban a Molly. Miró a Hunter con la esperanza de poder transmitirle sus sentimientos con los ojos.
    Él desvió la vista.
    – Tengo mucho que trabajar para conseguir que su libertad sea permanente -le dijo Hunter al general.
    Deliberadamente, evitó la mirada húmeda de Molly. Quería ver su expresión cuando supiera que había conseguido la libertad de su padre, pero una vez que lo había conseguido, no soportaba aquella mirada de adoración tan descarada.
    Y menos después de aquel beso estremecedor. Si su padre no hubiera vuelto, Hunter habría tomado a Molly allí mismo, en el despacho, en el escritorio o en el suelo. La atracción que sentía por ella era tan fuerte y devoradora que apenas podía contenerla.
    El sexo era fácil. Sin embargo, nada que tuviera que ver con Molly o con sus sentimientos por ella lo había sido nunca.
    Daniel carraspeó.
    – Bueno, pues empezaré ahora mismo. Si me disculpáis… -dijo, y señaló todos los papeles que tenía en el escritorio: anotaciones, copias de los expedientes policiales y pruebas. Sólo el comienzo del caso, en realidad.
    El general miró con los ojos entornados a Molly y después a Hunter. Era evidente que el hombre no sabía qué pensar de la escena que había interrumpido ni de la distancia que había entre los dos en aquel momento.
    Molly se pasó la lengua por los labios.
    Demonios. Hunter odiaba que hiciera aquello, porque le encantaba. Aquel ligero roce de su lengua le resultaba excitante al máximo.
    – He tenido un día muy largo en el centro de mayores. Voy a mi habitación a descansar -dijo Molly.
    – Enfréntate a ello como un hombre -dijo el guacamayo, rompiendo la tensión con su agudo graznido.
    Molly se rió. Hunter no la culpaba; aquel dichoso pájaro era muy gracioso.
    – Bueno, esto es algo que no había echado de menos -dijo el general.
    El pájaro graznó nuevamente.
    Hunter se rió y miró a Molly.
    – Me voy -dijo ella.
    Al verlo dirigirse directamente hacia él, Daniel se quedó sorprendido.
    – Gracias por sacarlo de la cárcel -le dijo en voz alta, para que el general pudiera oírlo también-. Y gracias por ese beso -susurró, sólo para Hunter.
    Ante el recordatorio del beso y la atrevida promesa en sus ojos llenos de pasión, a él se le secó la garganta. Molly había conseguido lo imposible.
    Lo había dejado sin habla, esperando su próximo movimiento.
    En aquel momento, Hunter decidió deshacerse de sus dudas y sus preocupaciones sobre el futuro. Había crecido sin saber dónde estaría viviendo la semana siguiente. Seguramente, podría soportar tener una aventura sin compromisos con Molly en aquel momento.

    Frank estaba sentado en el jardín, observando la luna y las distintas luces que brillaban en su casa. Molly estaba en la cocina, haciendo una tarta para la mejor amiga de Edna, que vivía en la residencia de mayores. Al pasar por la ventana lo saludó con la mano.
    Y, a juzgar por la luz encendida del escritorio de su despacho, el amigo abogado de su hija seguía trabajando. O eso, o era Molly quien lo mantenía despierto e inquieto.
    Sólo a un idiota se le escaparía la tensión sexual que había entre los dos, y sólo alguien a quien nunca le habían hecho daño sería incapaz de reconocer las molestias que tomaban para fingir que no pasaba nada y que no sentían nada el uno por el otro. Él debería saberlo. Hacía lo mismo.
    Con un gruñido de frustración, Frank se levantó de su asiento y se dirigió hacia la casa de al lado. Entró con su llave. Después del asesinato de Paul, Sonya le había dado una llave por seguridad. Él sacudió la cabeza, sin poder creerse todavía que su amigo estuviera muerto. Asesinado. Y el hecho de que la policía lo señalara como culpable era absurdo. Sin embargo, Frank entendía la evidencia y conocía el juego. A menos que su abogado o él encontraran pruebas sólidas, estaba metido un problema muy grave.
    Se apartó aquella idea de la cabeza.
    – ¿Sonya? -dijo suavemente.
    – Estoy aquí -dijo ella.
    Tal y como le había prometido, lo estaba esperando en la sala de estar. Al verlo entrar, ella se levantó del sofá.
    – ¿Está dormido Seth?
    Sonya asintió y se acercó a él.
    – Dios, necesitaba que me abrazaras.
    Él se aferró a ella con fuerza e inhaló la fragancia de su pelo para sacar fuerzas del mero hecho de sentirla.
    – Sé que ha sido muy duro para vosotros dos. Ojalá hubiera podido estar aquí durante los días siguientes al funeral.
    Lo habían arrestado tan sólo un día después del entierro, y desde entonces había tenido que consolarse con las visitas de su familia.
    Sonya lo guió de la mano hasta el sofá y ambos se sentaron.
    – Yo también quería que estuvieras aquí. Ha sido muy difícil. Seth está destrozado por su padre. Va al instituto, viene directamente a casa y sube a su habitación. Sólo quiere hablar con Jessie.
    – Al menos tiene a alguien. ¿Te parece bien que le pregunte si quiere hablar conmigo?
    Frank había sido como un segundo padre para Seth durante toda su vida, y él lo quería como a un hijo.
    Sonya asintió con los ojos llenos de lágrimas.
    – ¿Cree que he tenido algo que ver con la muerte de Paul? -le preguntó Frank. Aquello lo había tenido obsesionado desde el principio: el hecho de que sus seres más cercanos y queridos sospecharan que lo que decía la policía era cierto.
    Sonya negó con la cabeza.
    – No. Es lo único que me ha dicho durante días. Que sabe con seguridad que tú no le hiciste nada a su padre.
    Él tomó aire profundamente.
    – Pero quería hacerlo. Hubiera soportado el desfalco, pero en cuanto supe que te había pegado de nuevo, tuve ganas de matarlo -dijo con rabia.
    Era rabia hacia su mejor amigo y hacia sí mismo. Él siempre había sabido que Paul tenía un lado oscuro, pero nunca había pensado que descargaría su carácter con su familia. Frank había cerrado los ojos para preservar la paz, y se había engañado a sí mismo para poder dormir por las noches. Sin embargo, eso no había ayudado a la gente a la que quería.
    Y él quería a Sonya. Lo que había comenzado como una amistad había florecido después de la muerte de Melanie. Frank no sabía cuál había sido el momento exacto en el que se había enamorado de la mujer de su mejor amigo, ni ella de él. Sólo sabía que se querían desde hacía años, pero ninguno de ellos había pronunciado aquellas palabras. No habían tenido ningún contacto emocional, y mucho menos físico. Querían a sus familias y se respetaban el uno al otro.
    Ella le tomó la cara con las manos.
    – Pero no lo hiciste. No le hiciste daño a mi marido. No le hemos hecho daño a nadie.
    – Siempre y cuando nadie averigüe lo que sentimos, nadie sufrirá -dijo Frank.
    – Puede que yo fuera cada vez más infeliz, pero no quería que asesinaran a Paul.
    – Lo sé -le dijo él.
    – Y no quiero que te culpen de su muerte.
    – No lo harán. Ya te he dicho que me va a defender el amigo de Molly, Daniel Hunter. Todo saldrá bien.
    – Querrá saber tu coartada -dijo Sonya.
    Él apretó la mandíbula.
    – Ya me lo preguntó, y le dije que había salido a dar un paseo. Estaba solo.
    – Pero…
    – Estaba solo. Fin de la conversación -dijo él.
    Conocía lo suficiente a Sonya como para saber que respetaría su decisión. Sin embargo, no estaba seguro de que pudiera decir lo mismo de Hunter. Esperaba que el abogado pudiera componer una defensa sólida sin investigar demasiado.
    – Hunter quiere que digamos la verdad sobre… el abuso -le dijo Frank con delicadeza-. Yo no quiero, pero él teme que la fiscalía lo averigüe y lo use contra mí. Ya sabes, como si fuera otro móvil para asesinar a Paul.
    Sonya asintió lentamente.
    – Tiene lógica.
    – Pero Seth…
    – Él ya lo sabe. No podía vivir en esta casa sin saber que su padre tenía… problemas de carácter. Superará esto como todos los demás -afirmó ella con seguridad.
    Frank asintió.
    – Está bien. Sólo una cosa más -añadió, y tuvo que tomar aire para darse fuerzas. Lo que iba a decirle era lo más difícil de todo.
    – ¿Qué?
    – Es algo sobre Paul.
    – ¿Sí?
    – Tuve una visita en la cárcel. Lydia McCarthy.
    Sonya se irguió.
    – Paul y ella tenían una aventura.
    Frank se puso en pie de golpe.
    – ¿Lo sabías?
    – Vivía con Paul. Claro que lo sabía. Y, sinceramente, fue un alivio. Hacía mucho tiempo que mi matrimonio con Paul se había desmoronado. Me quedé con él para mantener la familia, pero no podía soportar su modo de ser y… no podía soportar que me tocara -dijo con un escalofrío.
    Sin embargo, cuando miró a Frank, él percibió una gran tristeza y culpabilidad en sus preciosos ojos.
    – No te sientas mal -le dijo él con la voz ronca-. No te sientas culpable por lo que ocurrió con tu matrimonio -añadió, y le acarició la mejilla con los nudillos-. Lo superaremos -susurró para intentar reconfortarla.
    Aunque algunas veces, Frank se preguntaba cómo.

Capítulo 7

    Hunter se despertó al día siguiente con un plan. Por el momento, la policía había acusado al general por el móvil, la oportunidad y la falta de coartada la noche del asesinato. Eran pruebas condenatorias, pero las autoridades no tenían el arma del delito para vincularla a su cliente. Para Hunter, aquel caso era circunstancial.
    Su siguiente paso sería crear dudas razonables sobre la responsabilidad de su cliente en el asesinato de Paul Markham, encontrando gente que tuviera móvil para haberlo perpetrado. Comenzaría entrevistando a aquellos más cercanos al general, incluyendo a su familia, a Sonya y a su hijo Seth, a Frank y a la secretaria de Paul, Lydia McCarthy.
    Y esperaba hacer todas aquellas cosas solo, sin la compañía de Molly, que le impedía concentrarse. Al menos, hasta que tuviera un mejor conocimiento de los hechos y de las personas. Hunter sabía que ella quería ayudarlo, y estaba resignado, pero antes tenía que tomar velocidad.
    – Gallina.
    Hunter miró al pájaro y frunció el ceño.
    – No, es sólo que quiero estar en igualdad de condiciones con ella. ¿Es que es demasiado pedir?
    Aquella mujer ya lo desequilibraba tal y como estaban las cosas, pensó Hunter. Lo suficiente como para que él se pusiera a hablar con un guacamayo.
    Miró a Ollie, pero el ave no respondió.
    Recogió algunos de los papeles que le habían enviado por fax desde su oficina, los metió en su maletín y salió del despacho. Tenía que haber una biblioteca en el centro en la que pudiera sentarse a trabajar y concentrarse sin distracciones.
    Primero, sin embargo, tomaría algo de desayuno. Cada día, la comandante hacía café con un aroma diferente. Al acercarse a la puerta de la cocina percibió un delicioso olor.
    – ¿Avellana? -se preguntó en voz alta mientras se servía una taza.
    – Vainilla francesa -le respondió Molly, acercándose a él.
    – ¿Quieres un poco?
    – No, gracias. Ya me he tomado una taza. ¿Adónde vas a ir hoy por la mañana?
    Hunter se dio la vuelta y la vio observando el maletín que él había dejado sobre la mesa.
    – Tengo que preparar una defensa, ¿no te acuerdas?
    – ¿Cómo iba a olvidarlo? -preguntó ella con una expresión triste, como si no pudiera quitarse de la cabeza la situación de su padre.
    Hunter quería darle esperanzas, pero aún no tenía suficiente munición para hacerlo.
    – Escucha, he estado pensando en el asesinato de Paul, y creo que tiene que haber otros sospechosos -dijo Molly-. Lo primero que deberíamos hacer es investigar en el negocio inmobiliario, y averiguar quién tenía motivos para querer ver muerto a Paul Markham.
    Él abrió la boca para decir algo, pero ella continuó sin darle oportunidad de hacerlo.
    – Yo he ayudado algunas veces a Lydia, su secretaria, y tengo una idea aproximada de cómo es el sistema de trabajo de la oficina. Podemos repasar los tratos más recientes, aquellos en los que una cantidad importante de dinero pasara a diferentes cuentas, y buscar cualquier cosa sospechosa. Quizá Paul le hiciera una jugarreta a alguien a quien debía dinero o con quien tuviera negocios.
    Molly hablaba rápidamente, como si estuviera esperándose que él echara por tierra su idea en cualquier momento.
    En vez de eso, Hunter sonrió.
    – Cualquiera pensaría que eres más lista que yo.
    Ella se irguió de hombros.
    – Fui la encargada de dar el discurso de despedida en la ceremonia de graduación. Y también fui la primera de nuestra promoción en la universidad, ¿no te acuerdas?
    – Más o menos, dos décimas por encima del resto de los estudiantes -le recordó él. Después carraspeó-. Escucha…
    Molly se acercó a Daniel y él percibió de lleno el olor embriagador que siempre asociaba con ella. Perfume o champú, no importaba. Le gustaba.
    – Por favor, no me digas que no quieres que me implique en el caso -le rogó Molly-. Es mi padre, y por eso sólo ya me incumbe. Quiero ayudar. En realidad, necesito ayudar…
    – Tienes razón.
    Ella parpadeó.
    – ¿Cómo?
    Él probó el café.
    – Que tienes razón. El café tiene aroma a vainilla francesa -dijo. Sabía que era un mal momento para bromear, pero no pudo resistirse.
    Molly enrojeció.
    – Hunter, si crees que puedes distraerme con tonterías, te equivocas.
    – ¿Yo? ¿Creer que puedo distraerte cuando tienes una misión? Nunca -dijo Daniel, y la miró a los ojos-. Entiendo perfectamente que necesites formar parte de esto. Y lo respeto.
    – ¿De verdad? -Molly lo miró con la cabeza ladeada, con los ojos entrecerrados.
    – De verdad. ¿Vas a ir al centro de mayores hoy?
    – Sí. Tenía la esperanza de que fuéramos los dos. Está en el centro, de camino a cualquier lugar al que necesites ir -respondió ella, arqueando las cejas esperanzadamente.
    – Tengo que estudiar toda la documentación que me han enviado desde la oficina. No estoy tan familiarizado como debiera con el entorno y la gente de aquí. Necesito pruebas para poder rechazar la acusación, y como la policía no va a investigar más, tengo que hacerlo yo.
    Ella asintió.
    – Eso es exactamente lo que yo pensaba. Otros sospechosos. Podemos hacerlo juntos. Sólo quiero llevar una tarta al centro de mayores, para la fiesta de cumpleaños de Lucinda Forest. Es la mejor amiga de la comandante y su familia viene desde California. Su nieta y ella cumplen años el mismo día, y la niña viene para que lo celebren juntas. Le he hecho a Lucinda su tarta favorita, y cuenta con que yo vaya.
    – Eso es muy amable por tu parte. Debes ir. Después podemos vernos en la biblioteca.
    – Ven conmigo, e iremos juntos a la biblioteca más tarde. Yo puedo responderte cualquier pregunta que tengas sobre la gente de aquí, y te aclararás las ideas mucho más pronto. ¿De acuerdo?
    – Eh… No. Preferiría no ir a la fiesta familiar de una extraña.
    – ¿Por qué no?
    Hunter odiaba admitir sus debilidades, pero no podía hacer otra cosa que explicarse.
    – Cuando estaba bajo los cuidados de los servicios sociales, las familias de acogida celebraban los cumpleaños de sus hijos biológicos.
    Había tarta, regalos, todas las cosas que él nunca tenía. Recordaba las fiestas, pero no recordaba que lo incluyeran en las celebraciones. Los cumpleaños de los extraños le causaban inseguridad.
    – Lo entiendo -le dijo Molly-, pero yo estaré contigo, y no te sentirás como un intruso. Además, hago una tarta de chocolate buenísima.
    – ¿Es eso lo que estabas haciendo anoche?
    Ella asintió.
    – Entonces, ¿vendrás conmigo? Por favor.
    Él gruñó. ¿Por qué cada vez que quería decir que no se veía diciendo que sí?

    Fueron en el coche de Molly hasta el centro de mayores, porque no podían llevar la tarta en la moto. Ella le había pedido que la acompañara para impedir que Daniel la excluyera del caso de su padre, lo cual, a juzgar por su maletín abultado, era lo que él pretendía hacer.
    Sorprendentemente, no le había costado mucho que aceptara su ayuda. Por el contrario, parecía que la entendía.
    Cuantos más detalles sabía Molly del tiempo que él había vivido en hogares de acogida, mejor lo entendía a Daniel. Normalmente, Hunter mantenía oculto su dolor, pero debido a la fiesta de Lucinda, había confiado en ella por un momento. Lo suficiente como para causarle una punzada de dolor en el corazón.
    Su misión de aquel día era mostrarle lo que significaba estar incluido en una familia. Tenía que admitir que aquello también era nuevo para ella, pero quería que Daniel sintiera el calor de una fiesta familiar. Molly comenzaría con la de Lucinda y con sus amigos, y quizá después, él se abriera un poco más a Molly y a su familia.
    Sacudió la cabeza para quitarse aquella idea de la mente. «No pienses en eso», se advirtió. Sabía que debía ir paso a paso, aprovechar el momento. Lo que llegara después tenía potencial para ser bueno también.
    Cuando entraron en el centro de mayores, la fiesta ya había empezado, y los residentes estaban reunidos en el salón de actos, alrededor del ponche. De hecho, se había formado una cola por la sala.
    – ¿Por qué vive aquí Lucinda? -le preguntó Hunter-. ¿No es muy joven para estar en una residencia?
    – Alzheimer -dijo Molly.
    No hacía falta explicar nada más. Dejaron sus paquetes con el resto de los regalos, y ella puso la tarta en la mesa de la comida.
    – No parece que la familia de Lucinda haya llegado todavía, así que todos los que están aquí deben de ser miembros de la Asociación Americana de Personas Retiradas.
    Allá donde miraba, Molly veía cabellos grises.
    – Eso parece -dijo Hunter, un poco más atrás que Molly. Claramente, no le apetecía mucho integrarse.
    – Vamos a buscar a la homenajeada -le indicó Molly, y lo tomó de la mano para llevarlo por entre los invitados.
    Ella iba saludando a sus conocidos y sonreía a los que no conocía. Finalmente, llegó a su destino.
    – ¡Lucinda!
    – ¡Molly!
    La anciana abrazó a Molly con afecto.
    – Me alegro mucho de que hayas venido.
    – ¿Es que pensabas que no iba a venir?
    – Eres muy buena conmigo -dijo Lucinda. Rodeados de arrugas, los ojos azul pálido de la anciana brillaban con la vitalidad de la juventud, pese a su edad.
    – Me gustaría presentarte a un amigo mío -le dijo Molly, haciendo un gesto para quitarle importancia al cumplido-. Lucinda Forest, éste es Daniel Hunter -dijo Molly, y señaló a Hunter, que estaba a su lado.
    No parecía que estuviera muy incómodo, y ella se alegró.
    – Así que éste es el guapísimo joven que vive en casa de Edna -dijo Lucinda, mirando fijamente a Hunter-. He oído hablar mucho de ti. Me alegro de conocerte.
    – Le aseguro que el placer es mío.
    Ante aquel cumplido, la anciana se rió como una niña. Daniel tenía que admitir que nunca había tenido aquel efecto en una mujer de su edad.
    – Eres encantador -le dijo ella.
    – Eso intento.
    – Bueno, ¿y dónde está tu abuela? -le preguntó Lucinda a Molly.
    – Tenía que hacer unos recados, pero me dijo que vendrá a tiempo para tomar la tarta.
    – Oh, gracias a Dios. No me gustaría que se perdiera lo más importante de la fiesta.
    Molly la miró con confusión.
    – Bueno, yo no creo que mi tarta sea lo más importante de la fiesta, pero te la he traído, tal y como prometí.
    Lucinda dio unas palmadas, mostrando de nuevo la exuberancia de una adolescente.
    – Muchísimas gracias. Significa mucho para mí. Es incluso mejor que en Navidad, cuando alquilaste Qué bello es vivir y trajiste un DVD para que todos pudiéramos verla.
    Mientras escuchaba a Lucinda, a Hunter se le hizo un nudo en la garganta. Molly se preocupaba de verdad por aquella mujer y por sus amigos, aunque no tuviera parentesco con ellos. Y era evidente que la mujer también le tenía cariño. El gesto sencillo de Molly de aparecer allí, incluso en mitad del caos que vivía su familia en aquel momento, le había alegrado el día a Lucinda. A Hunter le llegó al corazón.
    – Bueno, yo tengo que socializar -dijo la anciana-, pero vosotros dos id por ahí a pasarlo bien. Podéis empezar tomando un poco de ponche.
    – ¿Y qué pasa con el ponche, a propósito? -preguntó Molly-. ¿Por qué está todo el mundo haciendo cola?
    – Lo ha hecho Irwin Yaeger especialmente para mí -dijo Lucinda-. Tiene muy buena mano para el ponche.
    – En otras palabras, que se le va la mano con el alcohol -tradujo Hunter.
    – Exacto.
    Molly miró al cielo.
    – Bueno, de todos modos cualquier hombre que haga un ponche sólo para ti tiene muy buen gusto.
    – Como tú, por cierto -dijo Lucinda, mirando a Hunter con aprobación.
    Él se ruborizó de verdad.
    De repente, Lucinda abrió unos ojos como platos, y en su cara se reflejó una enorme alegría.
    – ¡Ahí está mi familia! -exclamó, y comenzó a saludar a un grupo que entraba en la sala.
    – Ve -le dijo Molly.
    – Bueno, os veré más tarde -respondió la anciana, despidiéndose, y con emoción, se alejó y los dejó junto a la mesa de las bebidas.
    Hunter se volvió hacia Molly, feliz de tenerla para sí durante un rato. La melena rubia le enmarcaba el precioso rostro, y parecía que por unos momentos había dejado a un lado los problemas de su padre.
    – ¿Te apetece algo de beber? -le preguntó.
    – Sería estupendo un refresco de cola -dijo ella.
    Hunter fue a buscarlo y, cuando se lo entregó, servido en un vaso de plástico, ella tomó un sorbo, y después se lamió el líquido que se le había quedado sobre el labio con la lengua. Sin querer, él siguió el movimiento y notó una inyección de lujuria en las venas. No era el momento ni el lugar, pero no le importó.
    Miró a su alrededor por la habitación, buscando un lugar para poder estar solos, y encontró una vía de escape. Se había dado cuenta de que Lucinda estaba guiando a sus familiares por la abarrotada sala hacia ellos.
    – Vamos -le dijo a Molly, que aún no sabía que tendrían compañía en muy pocos instantes.
    – ¿Adónde? -le preguntó ella, confusa.
    Él se acercó y le quitó el vaso de refresco de la mano.
    – A algún lugar donde podamos estar a solas -respondió él, con la voz ronca.
    Aquella ronquera se la había provocado la vista directa del escote de Molly, que era visible pese a sus esfuerzos por vestirse de un modo menos llamativo del que acostumbraba. Tenía los pechos llenos, elevados de un modo seductor en el sujetador de encaje que se le transparentaba ligeramente a través de la camisa.
    Antes de que ella pudiera negarse, Hunter la tomó de la mano y se la llevó hacia la puerta más próxima, dejando el vaso en una mesa al pasar. Un momento después, habían llegado a un pasillo corto y oscuro, y él hizo que entraran en lo que parecía un armario de almacenamiento. Él palpó la pared interior del armario en busca de un interruptor, y lo apretó. Se encendió una pequeña bombilla que les proporcionó luz suficiente como para verse.
    – ¿Hunter? -dijo Molly en un susurro. Sus intenciones no se le escapaban.
    Él avanzó hacia ella y dejó que su calor lo envolviera. Inhaló su esencia femenina, y los músculos se le tensaron.
    – No he podido soportar verte lamiéndote el refresco de los labios sin querer ayudarte.
    Inclinó la cabeza y la besó. Hunter pensaba que tendría que convencerla para aquello. Después de todo, la había sacado de una fiesta llena de gente.
    Antes de que pudiera hacer algo más que comenzar su placentera misión, pasándole la lengua por los labios y probando una combinación de refresco de cola y de Molly, ella se convirtió en la agresora. Le metió la lengua en la boca, enredándola con la de él, ansiosamente. A Daniel lo dominó el deseo. Le enredó los dedos en la melena e hizo que inclinara la cabeza para poder hundirse más profundamente en ella, para tener mejor acceso a su boca, pero aquello no era suficiente.
    Parecía que ella lo entendía y también quería más. Pegó su cuerpo esbelto al de él; sus pechos, duros y puntiagudos, se le apretaron contra el torso, y sus caderas se adaptaron a él con precisión. Hunter notó cómo se excitaba por momentos.
    Molly gruñó de placer al notarlo, y le hundió las uñas, a través de la camisa, en la piel.
    Hunter no recordaba la última vez que había sentido tanto deseo tan rápidamente. Y, mientras ella giraba las caderas con movimientos sensuales contra el cuerpo de Hunter, él comenzó a subirle la falda, más y más alto, pasándole los dedos con delicadeza por la piel sedosa, hasta que por fin apartó toda la tela y le agarró los muslos con las manos.
    Interrumpió el beso y la miró. Ella tenía los párpados medio cerrados, los labios separados y la respiración entrecortada. Él tampoco estaba relajado precisamente. La necesidad le tensaba el cuerpo.
    Hunter percibió los sonidos de la fiesta en la distancia, mientras, lentamente, los acercaba a la pared. La miró durante un instante, esperando a que ella pusiera fin a aquella situación, dándole la oportunidad de parar.
    – Por favor, no me digas que tienes dudas.
    Él sacudió la cabeza.
    – No, demonios -dijo Hunter.
    Le pasó el dedo por los labios a Molly y después se lo metió en la boca para saborearla de nuevo.
    – Eres deliciosa -le susurró.
    Ella lo tomó por sorpresa; se inclinó hacia él y le pasó la lengua por los labios.
    – Y tú -respondió con una sonrisa sexy y los ojos muy brillantes.
    Era evidente que parar no entraba en sus planes, y Hunter se lo agradeció al cielo.
    Después le deslizó los pulgares bajo el borde de la ropa interior. El suave material estaba caliente y húmedo.
    Molly emitió un gemido interminable que a él lo sacudió por dentro, y después se inclinó hacia atrás, dejando que la pared la sujetara. Entonces, Daniel comenzó a juguetear con ella, pasándole los dedos resbaladizos por los pliegues sensibles, haciendo caso omiso de los impulsos de su propio cuerpo en favor de los de ella. Estaba húmeda y excitada, y por la forma en que movía las caderas, él supo que no iba a tardar mucho en llevarla hasta el éxtasis. Quería presenciar su clímax y observarla.
    Al pensarlo, notó las pulsaciones de su propio cuerpo, pero continuó concentrándose en Molly hasta que ella comenzó a temblar y a sacudirse, y se deshizo en su mano.
    Quedó laxa entre sus brazos, y Hunter esperó hasta que se recuperó y lo miró.
    – Vaya.
    – Sí -respondió él con una sonrisa, satisfecho consigo mismo. Aunque fuera una respuesta engreída, le gustaba haberle proporcionado placer.
    Entonces, Molly se irguió y comenzó a colocarse la ropa y a arreglarse.
    – Te debo una -susurró, con la respiración todavía entrecortada.
    Él asintió. Tenía el cuerpo tenso.
    – Te tomo la palabra -le dijo. Con un dedo en su barbilla, le hizo inclinar la cabeza hacia atrás y la besó-. Hay una fiesta en la otra habitación -le recordó después, no sin lamentarlo.
    – Sí, es cierto -respondió, cruzándose de brazos y observándolo fijamente-. Una fiesta a la que tú no querías venir. No pienses que no me he dado cuenta de que esto… -hizo un gesto entre ellos dos-, es consecuencia directa de que querías escapar de la familia de Lucinda.
    Hablaba con seguridad, pero su tono de voz era cálido, no de lástima. Ella conseguía ver su interior como nadie lo había conseguido nunca.
    Y eso le asustaba más que la idea de una fiesta de cumpleaños y una reunión familiar a la vez.

Capítulo 8

    Molly se sentía mortificada. No podía creer que hubiera dejado a Hunter hacer algo así con tanta gente dos puertas más allá. Y quería que se lo hiciera de nuevo. Se puso las manos en las mejillas que, horas más tarde, continuaban sonrosadas.
    Después de la fiesta de Lucinda, Molly y Hunter pasaron la tarde en la pequeña biblioteca del centro. Él estudió los documentos que le habían enviado desde la oficina, y Molly también leyó algunas cosas y apuntó las preguntas que se le ocurrieron. La primera de ellas era qué había sucedido con el arma homicida.
    En aquel momento, Molly y Hunter estaban sentados en una mesa de la pizzeria, esperando a que les sirvieran la cena. Molly daba sorbitos a su refresco y, aunque estaba concentrada en el caso de su padre, había cosas que la distraían de vez en cuando. Cosas como los largos dedos de Hunter sujetando una lata de cerveza, y lo que podían hacer aquellos dedos.
    Cruzó las piernas, pero en vez de obtener alivio, la intensa presión del deseo comenzó a surgir de nuevo.
    – Hablemos -dijo Hunter.
    Ella tragó saliva. Hablar. Podía hacerlo.
    – Dios, estoy excitada.
    Él parpadeó.
    Molly se tapó la cara con las manos.
    – No puedo creer que lo haya dicho.
    Lentamente, alzó los ojos. Esperaba encontrárselo riendo ante aquella admisión tan poco apropiada, pero, en vez de eso, él tenía una mirada oscura y una expresión tensa y seria.
    – Si tú estás excitada, imagínate yo -le dijo con tirantez-. Al menos tú ya has…
    – ¡Shh! -ella le tapó la boca con la mano-. Sé que yo empecé con esto, pero estamos en público -le advirtió y, lentamente, retiró la mano.
    Él se relajó y sonrió.
    – Estoy seguro de que tiene que haber un armario en la parte de atrás.
    Ella miró al cielo.
    – ¡Vaya, eres malvado! Has dicho que habláramos, así que hablemos.
    – Creía que eso es lo que estábamos haciendo.
    – De trabajo. Hablemos de trabajo. ¿Sabes lo que me molesta de verdad sobre el caso?
    – ¿Qué?
    – Que no haya aparecido el arma del crimen.
    La policía no la había hallado, lo cual era una ventaja para su padre, porque no podían vincularlo directamente con el crimen, pero también hacía que pareciera culpable, porque la autopsia indicaba que la bala que había matado a Paul provenía de una Beretta de nueve milímetros, el mismo modelo que poseía el general.
    Hunter asintió.
    – Es frustrante que vivamos en la era de la tecnología, pero que la tecnología no pueda ayudarnos en algo así. Según tu padre, le robaron aquella pistola hace quince años de la habitación de un hotel, durante unas vacaciones que estaba pasando con Melanie. Sin embargo, la denuncia está perdida, y como fue en un pueblo pequeño que no había entrado aún en la era de la informática, no tenemos prueba documental de ese robo.
    Hunter pasó el brazo por el respaldo de su silla.
    – Además, Melanie murió y, por lo tanto, no hay nadie que confirme la declaración de tu padre. Eso va en nuestra contra. La acusación alegará que tu padre seguía poseyendo esa pistola, que la usó para matar a Paul y que se deshizo de ella como el meticuloso militar de carrera que es.
    Molly sintió ira al pensarlo.
    – Cualquiera que lo conozca sabe que todo eso es absurdo.
    – Por desgracia, no vamos a tener un jurado compuesto por doce personas que conozcan y quieran al general. Serán doce extraños que pueden pensar que esa teoría tiene sentido -dijo Daniel.
    – Bien -murmuró ella-. ¿Qué más? Sabemos que Paul tenía la misma pistola que mi padre -dijo-. Entonces, no sabemos con qué arma mataron en realidad a Paul, porque esa pistola también ha desaparecido.
    – Continúa.
    – Así pues, cualquiera que entrara en casa de Sonya y Paul durante los días previos al asesinato tuvo la oportunidad de hacerse con la pistola de Paul. Ésa es otra posibilidad para el jurado -declaró, cruzándose de brazos, satisfecha por su deducción.
    – Demonios, me muero de hambre -dijo Hunter. Miró hacia atrás, hacia el mostrador, pero los grandes hornos de pizza aún estaban cerrados y Joe, el propietario del restaurante, estaba hablando con uno de los camareros.
    – No parece que esté lista todavía -dijo Molly.
    Daniel se volvió hacia ella.
    – En este momento, me comería la pizza fría.
    Ella se rió.
    – No se lo digas a Joe. Sólo sirve sus pizzas ardiendo.
    Hunter frunció el ceño.
    – Mira, hay muchos problemas acerca del hecho de que Paul tuviera la misma pistola -dijo él, volviendo al tema repentinamente.
    A ella se le encogió el estómago.
    – Primero, una de las personas que tendría el acceso más fácil a casa de Paul y a su pistola es tu padre. Él mismo dijo que fue a hablar con Sonya un poco antes de que se perpetrara el asesinato. Ése es otro punto a favor de la acusación.
    – Sí, pero él no es el único que podía tomarla. Incluso Sonya podía haberse hecho con la pistola, y sabemos que ella no lo mató. Lo sabemos, ¿verdad?
    – No he hablado con ella todavía, pero es improbable, porque la mayoría de tu familia dice que la vio durante el tiempo en que mataron a Paul. Sin embargo, eso tampoco significa que el general cometiera el crimen.
    En aquel momento sonó una campana al otro lado del restaurante.
    – ¡Molly, la pizza está lista! -dijo Joe.
    – Gracias a Dios. Me muero de hambre -murmuró Hunter.
    Ella intentó no reírse. Un hombre con el estómago vacío era algo peligroso.
    – ¿Quieres que la tomemos aquí o nos la llevamos a casa?
    – Aquí, claramente.
    Molly le hizo un gesto a Joe para que les llevara la pizza a la mesa en vez de meterla en una caja de cartón.
    – Buena elección. Papá dijo que iba a un acto benéfico de la Asociación de Veteranos que se celebra en el ayuntamiento de la ciudad -dijo, y miró la hora en su reloj de muñeca-. Y Jessie debería estar saliendo hacia una fiesta de su instituto en cualquier momento. No me gustaría coincidir y tener un drama entre nosotras esta noche.
    Hunter asintió.
    – De todos modos, es una buena cosa que salga. Mejor que quedarse en casa alicaída.
    – Espero que sus amigas la animen un poco.
    Joe se acercó a la mesa con la pizza e interrumpió su conversación. Segundos después, el camarero les llevó los platos, los cubiertos y los vasos, y Hunter y Molly comenzaron a comer. En realidad, fue Hunter quien pudo comer, porque no le importaba que el queso estuviera ardiendo. Molly tuvo que esperar hasta que el queso y la salsa de tomate dejaran de borbotear, pero disfrutó viendo cómo Hunter inhalaba su comida, prácticamente, como el hombre fuerte y grande que era. Finalmente, ella pudo disfrutar también de su pizza. Ambos comieron en un silencio cómodo.
    Cuando terminó, Molly se limpió los labios con la servilleta y, de repente, se dio cuenta de lo cansada que estaba.
    – Estoy llena y exhausta -dijo, riéndose.
    – Lo mismo digo -respondió Hunter, y pidió la cuenta.
    Ella se levantó de la silla.
    – Voy un momento al servicio antes de que nos marchemos.
    Quería lavarse las manos para quitarse la grasa y el olor a ajo. Miró hacia el servicio y vio a Sonya Markham. Molly saludó a la otra mujer, que estaba junto al mostrador recogiendo una pizza.
    Sonya apartó la vista.
    Molly se encogió de hombros.
    – Creo que no me ha visto -dijo-. Ahora mismo vuelvo.
    Se acercó a la parte delantera del restaurante y se detuvo junto a su vecina.
    – ¡Hola, Sonya! -le dijo Molly, complacida de ver a la reciente viuda fuera de su casa haciendo recados.
    – Molly -dijo Sonya, y dejó de rebuscar en el bolso. Entonces, sonrió.
    Molly se dio cuenta de que tenía la cara demacrada y unas profundas ojeras.
    – ¿Cómo estás? -le preguntó con azoramiento.
    – No demasiado mal -dijo Sonya-. Pero estoy muy cansada. Me cuesta dormir y no puedo concentrarme en nada.
    Molly no se imaginaba cómo Sonya podía enfrentarse a la vida diaria. Carraspeó y dijo:
    – Lo siento.
    – No te preocupes. Es bueno salir y comenzar a enfrentarse al mundo de nuevo. Además, tu familia y tú habéis sido estupendos conmigo. Sobre todo tu padre.
    Durante una fracción de segundo, le brillaron los ojos con una intensidad que Molly no había visto desde antes del asesinato.
    – La pizza está lista, señora Markham -le dijo Joe desde detrás del mostrador.
    Sonya se volvió y asintió. Después miró nuevamente a Molly.
    – Tengo que recoger mi pedido.
    – Antes me gustaría presentarte a alguien. Es el nuevo abogado de papá, Daniel Hunter -dijo Molly, y le hizo un gesto a Daniel para avisarlo. Daniel le entregó la tarjeta de crédito a la camarera y se acercó a ellas.
    – Sonya Markham, te presento a Daniel Hunter, el abogado defensor de papá.
    – Me alegro mucho de que hayas venido -le dijo ella con una expresión de agradecimiento, y le estrechó la mano-. Te juro que, pese a lo que diga la policía, Frank no ha matado a mi marido -dijo, con la voz quebrada al pronunciar las últimas palabras.
    – Lo siento muchísimo -respondió Hunter-. Haré lo que esté en mi mano para que todo esto sea lo menos duro posible para su familia.
    Molly tuvo un sentimiento cálido ante su tono compasivo. Pensó que Daniel sabía por instinto lo que debía decir. Estaba tan orgullosa de él que apenas podía hablar.
    Sin embargo, se concentró en Sonya.
    – Ya sabes que si hay algo que yo pueda hacer…
    Sonya le dio a Molly un abrazo impulsivo.
    – Lo sé. Pero como ya te he dicho, tu familia está siendo maravillosa conmigo. Gracias a Edna tenemos comida casera todas las noches, Robin me llama a menudo desde la universidad y, si no fuera por Jessie, Seth no podría ni siquiera soportar ir al instituto. Y tu padre, bueno, está siendo mi apoyo.
    Parecía que se estaba repitiendo intencionadamente, en aquella ocasión para los oídos de Hunter.
    Y de nuevo, ante la mención de Frank, a Sonya se le iluminó el rostro con algo más que agradecimiento. Molly se sintió inquieta.
    – Vosotros dos sois amigos desde hace mucho tiempo -dijo.
    – Voy a tener que hablar con usted sobre la noche del asesinato -las interrumpió Hunter.
    – Lo entiendo. Sólo tienes que decirme cuándo.
    – Mañana mismo estaría bien.
    – Pues mañana -dijo Sonya, y miró la hora-. Bueno, ahora tengo que irme. A mi coche -añadió, aturulladamente-. Llego tarde a… a casa.Tengo que llevarle la cena a Seth. Bueno, me alegro de haberte conocido, Daniel -le dijo.
    – Lo mismo digo.
    – Nos veremos mañana. Me viene bien a cualquier hora después de las diez de la mañana.
    Después, pagó rápidamente, tomó la pizza y salió del establecimiento.
    – Es muy agradable -dijo Hunter.
    – Sí. Y mi padre la adora. Hoy estaba un poco rara, pero estoy segura de que, dadas las circunstancias, es normal.
    – Probablemente. ¿Estás lista para marcharnos, o tienes que…?
    – Dame un segundo para que vaya al servicio.
    Molly se lavó las manos con un jabón de color fucsia, y un fuerte olor a mora invadió la pequeña habitación. Se acercó al alféizar de la ventana, donde estaban las toallas de papel, y se secó las manos mientras miraba distraídamente hacia el aparcamiento. Entonces, vio a Sonya caminando con la caja de la pizza. Molly pensó que iba a recoger su coche, tal y como había dicho, pero Sonya se quedó inmóvil tras unos segundos.
    Mientras Molly la observaba con curiosidad y tiraba la toalla en la basura, vio un Jeep de color azul marino que entraba en el aparcamiento. Su padre tenía un Jeep azul marino. «Como mucha otra gente», pensó Molly.
    Sin embargo, sólo la matrícula de su padre era MEL629. Eran las primeras letras del nombre de su difunta esposa y la fecha de su aniversario. Robin le había contado a Molly que era la matrícula del coche de su madre, y que su padre no había podido deshacerse de ella al vender el vehículo. La matrícula pasaba a todos los coches que compraba el general desde entonces.
    Al ver a Frank, Sonya sonrió. La expresión de su rostro bajo la luz de las farolas era de pura alegría y placer. ¿Acaso eran algo más que amigos?, se preguntó por primera vez.
    No, ninguno de los dos hubiera cometido adulterio. Sonya no traicionaría a su marido, y Frank no traicionaría a su mejor amigo. Y ella no creía que hubieran podido comenzar una aventura en el poco tiempo que había transcurrido desde la muerte de Paul. Ninguno de los dos era tan insensible ni tan frío.
    Sin embargo, eso no significaba que no hubiera sentimientos entre ellos. Molly se pellizcó el puente de la nariz, pensando en las mentiras que parecía que le habían contado aquella noche.
    Se suponía que su padre estaba en un acto benéfico, no recogiendo a Sonya en el aparcamiento de la pizzeria. Y se suponía que Sonya iba hacia su coche para llevarle la cena a Seth. No obstante, a veces existían explicaciones lógicas para los cambios de planes. Quizá su padre se hubiera aburrido en la fiesta y se hubiera marchado temprano, y quizá Sonya lo hubiera llamado y le hubiera pedido que le hiciera compañía. Además, Sonya no le debía a Molly explicaciones sobre sus medios de transporte.
    Allí no había nada malo, pensó Molly, intentando convencerse desesperadamente; pero tuvo la horrible sensación de que estaba reviviendo lo que había ocurrido el año anterior. Justo antes de que dispararan al prometido de su madre y el mundo de Molly se hubiera desmoronado drásticamente.
    Comenzó a sentir un intenso dolor de cabeza. Las preguntas le bombardeaban la mente con furia. ¿Por qué había mentido Sonya para verse con su padre? Si eran dos adultos que querían charlar, ¿por qué no podían admitirlo? ¿Por qué se comportaban como si tuvieran algo que ocultar?
    Se estremeció y salió del servicio para reunirse con Hunter.Ya lo había tenido esperando suficiente tiempo.
    Veinte minutos después, llegaron por fin a casa, después de un día muy largo. Ella no le había contado lo que había visto desde la ventana del baño. Aunque se sentía muy culpable por no darle aquella información, no era capaz de revelar sus sospechas. La unidad de su familia dependía de la defensa legal de Hunter y de su fe en el general.
    Ella quería que Daniel creyera que su padre no habría matado a su socio por un desfalco, y aquella noche Daniel había admitido que Frank podía ser inocente. Molly sabía que su padre no asesinaría por dinero, pero…
    No podía evitar hacerse la pregunta de si habría matado por amor.

    Hunter se dirigió directamente al despacho que le servía de habitación para abrir su maletín mientras Molly escuchaba los mensajes del contestador automático. Había dos.
    El primero era de Lucinda, que todavía estaba un poco achispada, pero feliz, y que le daba las gracias a Molly y a su querido amigo Hunter, y también a Edna, que había ido a la fiesta un poco más tarde, por haberla ayudado a hacer de su cumpleaños algo especial.
    Molly tenía la sensación de que la fiesta había transcurrido un año antes, y no aquella misma mañana. Le dejó una nota a la comandante para que llamara a su amiga al día siguiente.
    El segundo mensaje era de Jessie para su padre.
    – Hola, papá, soy yo. Sé que no se te va a olvidar, pero, por si acaso, te recuerdo que tienes que recogernos a Seth y a mí a las once, en casa de Sarah. Y si quieres venir un poco antes, mejor. Seth no está de muy buen ánimo, y a mí tampoco me importa irme temprano.
    Molly sacudió la cabeza. Oh, no. No. Verdaderamente, no quería más pruebas de que su padre y Sonya le hubieran mentido con deliberación.
    – Creía que Seth estaba en casa esperando la cena -dijo en voz alta. Era la explicación que le había dado Sonya.
    Molly se pasó la mano por el pelo y exhaló un largo suspiro. ¿Estaban enamorados su padre y Sonya? Y si aquello era cierto, ¿durante cuánto tiempo podía ocultárselo Molly a Hunter?
    En pocos minutos, la comandante llegó a casa con Jessie. Finalmente, no era Frank quien había ido a recoger a los niños a la fiesta, sino Edna. Aquello era una confirmación más del presentimiento de Molly: que había algo entre Sonya y su padre.
    Sin embargo, no quería pensarlo en aquel momento. Al día siguiente escucharía atentamente las respuestas de Sonya cuando Hunter la entrevistara, y decidiría la importancia de aquella noticia y si podía mantener el secreto un poco más. Hunter estaba haciendo progresos en el caso, y ella no quería darle motivos para que desconfiara de la integridad de su padre.
    Había planeado que aquella noche iba a terminar lo que Hunter había comenzado por la mañana.
    Después de que todo el mundo se hubiera acostado, Molly tomó una ducha caliente. Se estaba preparando para la seducción. Ciertamente, no creía que tuviera que seducir mucho a Daniel para que sucumbiera, pero quería estar muy guapa cuando entrara en el despacho.
    No tenía ropa interior sexy, pero tenía un camisón muy bonito que le había regalado Liza por Navidad para animarla a que terminara con su patética falta de vida amorosa. Molly no había tenido necesidad de ponérselo hasta aquel momento.
    En cuanto a la familia, la comandante dormía como un tronco toda la noche, Jessie nunca salía de su cuarto y su padre… Molly no sabía si estaba dormido o no, pero sabía que estaba en su dormitorio, y dudaba que bajara a molestar a Hunter en mitad de la noche.
    Molly contaba con ello.

Capítulo 9

    Hunter se puso las manos tras la cabeza y se apoyó contra las almohadas mientras miraba al pájaro, que estaba silencioso en su jaula. Edna le había dicho que debía cubrirlo todas las noches, y ya casi era hora de acostar al animal. Daniel, incapaz de dormir ni de trabajar, supuso que la compañía del ave era mejor que no tener compañía. Albergaba la esperanza de que el pájaro lo distrajera, pero hasta el momento Ollie había permanecido extrañamente callado. Y Hunter no podía dejar de pensar en Molly. Su cuerpo se tensaba con sólo recordar lo que había ocurrido aquella mañana.
    Alguien llamó a la puerta suavemente, y Hunter se sobresaltó. No llevaba nada puesto salvo los calzoncillos, y no tuvo tiempo de meterse bajo las sábanas antes de que el objeto de sus fantasías entrara en la habitación. Ella cerró la puerta con llave.
    – Hola -dijo Molly.
    – Hola -dijo el pájaro.
    Daniel alzó los ojos al cielo con resignación.
    – Ahora habla.
    Molly sonrió.
    Con los ojos brillantes, se acercó a la jaula y la cubrió con el paño blanco.
    – Buenas noches, Ollie.
    Entonces, se aproximó a la cama de Daniel. Llevaba una larga bata de seda que le tapaba demasiado el cuerpo.
    – ¿Qué haces aquí? -le preguntó él en broma-. ¿Te has perdido de camino a la cocina?
    Molly apretó los labios y sacudió la cabeza.
    – Tengo hambre, pero no de comida.
    Sus intenciones no podían ser más claras, y a Daniel se le aceleró el corazón.
    – A mí me apetece algo dulce -dijo con la voz ronca.
    En aquel momento, él no podía ocultar su erección, y no quería hacerlo. Paso a paso, se dijo. Ya sabía que Molly podía arrancarle el corazón, y entendía la importancia de proteger sus emociones, pero en aquel momento no había nada que tuviera importancia salvo hundirse en su cuerpo y saciar la necesidad palpitante que sentía.
    Apoyó la mano en el colchón y se echó a un lado para que ella pudiera sentarse junto a él. El sofá cama se hundió ligeramente bajo su peso. Sin embargo, Daniel notó que los muelles no chirriaban, y eso le dio esperanzas de que nadie de la familia los iba a sorprender.
    Ella flexionó una rodilla y la bata se le abrió. Daniel alcanzó a verle la piel desnuda. Nunca le había parecido tan sexy la rodilla de una mujer, y posó la palma de la mano allí.
    – Esta bata es demasiado larga y te cubre mucho -le dijo.
    – Y si alguien me veía bajando por las escaleras, pensarían que iba a hacerme una taza de té.
    Molly inclinó la cabeza. Las puntas de su cabello rubio le rozaron los hombros. Estaba sexy y despeinada, y él quería tenerla desnuda a su lado.
    Ella se desató el nudo de la bata y dejó al descubierto el camisón más sexy que él hubiera visto en su vida. Era de encaje amarillo, y complementaba a la perfección con su piel pálida. La tela le cubría los pechos y se los elevaba de una manera seductora, dejando al descubierto una deliciosa cantidad de escote. Él no podía apartar la vista salvo para observar el borde del corto camisón. Su imaginación se avivó con imágenes de lo que había bajo el encaje.
    Y, a medida que sus ojos descendían, se quedó asombrado al ver unas sandalias de tacón de aguja en los pies de Molly.
    Ante aquella visión, el cuerpo se le endureció.
    – ¿Y cómo habrías explicado eso a los miembros de tu familia?
    – Esperaba que la bata las escondiera -respondió ella con una sonrisa de picardía. Estiró las piernas deliberadamente para mostrarle las uñas de los pies, pintadas de rosa.
    Hunter le pasó la mano por la pierna desnuda, desde la tira de cuero que se le ceñía alrededor del tobillo hasta la parte superior del muslo. Tenía la piel de seda. Irradiaba una fragancia ligera y provocativa, que él no podía nombrar, pero que en adelante siempre asociaría con Molly y con aquel momento.
    – No tenia idea de que fueras tan atrevida.
    Ella arqueó una ceja.
    – Hay muchas cosas que no sabes de mí.
    Aquello era un rotundo «Te desafío a que las averigües». Daniel le pasó una pierna por encima de las suyas con intención de colocarse sobre ella, pero Molly lo detuvo sujetándole los hombros contra el colchón.
    – Te debo una de esta mañana -le dijo mientras se quitaba la bata, regalándole una vista completa de su cuerpo sexy envuelto en encaje.
    Él se echó a temblar y su mano se le puso rígida sobre la pierna de Molly. No quería mirarse la erección, sabiendo que estaba preparado para cualquier cosa que ella quisiera darle.
    – Sólo un idiota diría que no -susurró, sin reconocer apenas su propia voz.
    Antes de que pudiera parpadear o prepararse, Molly enganchó los dedos en la cintura de sus calzoncillos y se los quitó. Después rodeó su cuerpo con la mano y él emitió un gruñido gutural. Daniel dejó de intentar mirar, cedió el control y dejó caer la cabeza sobre la almohada para poder disfrutar.
    Con los ojos cerrados, sintió cómo ella enroscaba los dedos a su alrededor, jugueteando con los movimientos justos para que él creciera y se hinchara en su palma. Sin previo aviso, la boca húmeda sustituyó a la mano. El cuerpo de Daniel dio una sacudida y sus caderas casi se levantaron del colchón.
    Ella lo tomó profundamente en la boca, mientras deslizaba la mano por la base de su erección. El movimiento doble de su lengua y su boca succionándolo y el deslizamiento de su mano por el miembro tenso sobrecargaron su cuerpo. Daniel se agarró a las sábanas y gimió, sintiendo una oleada de placer que lo llevaba más y más alto.
    Sabía que no podría soportarlo mucho más, pero, de repente, se vio privado de aquel calor húmedo y abrió los ojos. Molly tenía un paquetito de papel de aluminio en la mano.
    – Me encantaría continuar lo que estaba haciendo, o si no, podemos terminarlo de esta otra manera -le dijo, mostrándole el paquetito-. Tú eliges.
    Qué mujer, pensó él, pero no dijo las palabras en alto.
    – Preservativo, claramente -respondió él, sabiendo que no iba a lamentar la elección.
    A ella se le iluminaron los ojos de calor ante su respuesta, y entre los dos se ocuparon de la protección. Después, Molly se colocó a horcajadas sobre él.
    – ¿Te había dicho que no llevo nada debajo? -le preguntó en tono burlón.
    – No lo dirás en serio -preguntó él, y quiso agarrarle el borde del camisón. Ella le apartó la mano juguetonamente.
    – No, no llevo nada -le confirmó.
    Y pensar que si hubiera movido la mano un centímetro más arriba lo hubiera comprobado por sí mismo… Daniel reprimió un gruñido.
    Entonces, mientras él miraba, ella se levantó el camisón y se lo sacó por la cabeza hasta que quedó desnuda, salvo por las sandalias de tacón que permanecían en sus pies.
    Hunter abrió unos ojos como platos, y Molly disfrutó de su reacción. No sabía de dónde estaba sacando el valor, pero parecía que él lo pasaba bien y eso la hacía más atrevida.
    Desde el momento en que había tomado a Hunter en su boca, su propio deseo se había multiplicado y en aquel momento su cuerpo deseaba el de él de una manera primitiva, íntima. Avanzó lentamente hacia Daniel hasta que estuvo justo bajo ella, donde Molly más lo necesitaba.
    Estaba excitada, húmeda y lista, pero de todos modos Hunter la tomó por sorpresa cuando alargó la mano y deslizó un dedo al interior de su calor resbaladizo. Ella se estremeció al sentir aquella caricia, porque ambos llevaban mucho tiempo esperando aquel momento. No días, sino meses, pensó Molly. Años.
    Lo miró a los ojos mientras él embestía hacia arriba al mismo tiempo que ella albergaba su erección profundamente en su cuerpo. Molly no era virgen, pero sí era quisquillosa, y hacía mucho tiempo que no estaba con un hombre; aunque no tanto como para olvidar cómo se sentía una persona. Y nunca se había sentido así. Hunter y ella, conectados completamente, el cuerpo de él creciendo más y más en el suyo.
    Cerró los ojos para romper la conexión emocional, que la estaba abrumando por completo. Sus emociones eran lo que podía causarle problemas con aquel hombre. En vez de eso, se limitó a sentirlo más y más.
    Por fortuna, él comenzó a moverse, y ella adoptó su ritmo, apartándose de la mente cosas que no podía controlar y concentrándose en lo que sí podía dominar. Las sensaciones que se adueñaban de su cuerpo se hicieron más intensas a cada empujón rápido de las caderas de Daniel, y Molly encontró la cadencia que más le satisfacía.
    Apretó los músculos internos alrededor de él y deslizó el cuerpo hacia arriba, sintiendo su dureza y los pliegues de su miembro, y después lo liberó mientras descendía. Cada vez que se relajaba, le parecía que lo tomaba con más fuerza y más profundidad en su interior, y las embestidas que los unían la lanzaban más y más cerca del clímax.
    De repente, Daniel le posó las manos calientes sobre los pechos y ella abrió los ojos justo cuando él los detenía a ambos, ralentizando sus movimientos frenéticos. Él le dibujó círculos alrededor de los pezones con los pulgares, y después le acarició los picos erectos con dos dedos, consiguiendo que ella apretara con fuerza las piernas y gimiera.
    – Así -susurró él-. Quiero que tengas un orgasmo tras otro y sigas hasta que grites.
    De hecho, Hunter quería que sintiera un éxtasis tan fuerte que nunca olvidara aquel momento, ni a él tampoco.
    Molly tenía las mejillas enrojecidas, pero se ruborizó más al oír su comentario.
    – No quisiera despertar a toda la casa y que tuviéramos compañía.
    – Yo me ocuparé de eso. Tú acepta lo que te suceda naturalmente. Esos ruidos tuyos me excitan -le dijo Daniel en voz baja. De hecho, le excitaban tanto que contenerse le estaba exigiendo toda su fuerza de voluntad.
    Sin embargo, siempre que se concentrara en Molly, en acariciarle los pechos exuberantes y deliciosos, y no en el punto en el que sus cuerpos estaban conectados con tanta perfección, podría prolongar su disfrute y esperarla.
    Para demostrar que tenía razón, se irguió apoyándose en los codos y la atrajo hacia delante para poder lamerle los pechos y juguetear con uno de sus pezones, succionándolo y rozándolo con la lengua.
    Ella emitió un sonido débil y comenzó a mover las caderas hacia delante y hacia atrás, frotándose contra la base de su miembro.
    Aquello fue la gota que colmó el vaso. Hunter no podía soportarlo un segundo más. La agarró por las caderas y comenzó a moverse a su ritmo, empujando hacia arriba al mismo tiempo, entrando y saliendo de ella con fuerza.
    Sin previo aviso, Molly comenzó a llegar al clímax. Antes de que ella pudiera gritar, él se elevó y de algún modo, sin saber cómo, se las arregló para tumbarla de lado y después sobre la espalda, invirtiendo sus posiciones de modo que pudiera cubrirle la boca con la suya, y acallar los sonoros gemidos que ella pudiera emitir. Daniel esperaba que fueran muchos.
    Ya encima de ella, capturó sus labios y la besó hasta dejarla sin sentido mientras seguía embistiéndola, cada vez más profundamente y con más fuerza, sabiendo lo mucho que ella necesitaba el contacto entre sus cuerpos. A Molly se le había entrecortado la respiración, pero le devolvía los besos y le hundía las uñas en los hombros. Succionó su cuerpo con los músculos tensos y húmedos alrededor de él.
    Hunter estaba a punto de llegar al orgasmo cuando trasladó la boca hasta el oído de Molly y le susurró:
    – Vamos, Molly, sigúeme, ahora.
    Ella gimió y le rodeó la cintura con las piernas. Él sintió los bordes duros de sus sandalias clavándosele en la espalda. De repente, Molly inclinó la pelvis y acogió la embestida de Daniel con una última de las suyas, hasta que él estuvo completamente enterrado en su cuerpo, perdido dentro de ella.
    El primer sonoro gruñido no fue de Molly, sino de él, y habría despertado a toda la casa de no ser por la rapidez con la que ella le selló los labios. En aquel mismo instante, él llegó al clímax y ella lo siguió, deshaciéndose por dentro, tensándose girando las caderas hacia él, buscando un contacto más intenso y una presión más grande. Él le dio lo que quería y se lo dio ansiosamente, porque también lo necesitaba.
    Aquel éxtasis no fue como ningún otro que él hubiera sentido en su vida, y los gemidos de Molly se perdieron junto a los suyos, entre los besos.

    Después de que ambos volvieran a la tierra, Hunter abrazó a Molly contra su cuerpo, exhausto. Molly luchó contra el sueño, sabiendo que debía subir sigilosamente a su dormitorio antes de que los sorprendieran juntos, pero no pudo resistirse a pasar unos minutos más entre sus brazos. Él se acurrucó contra ella, a su espalda, abrazándole la cintura, con la cara posada en su cuello, hasta que su respiración se hizo lenta y suave.
    Ya lo sabía. Molly ya sabía cómo era hacer el amor con Daniel, y la experiencia había superado sus sueños más salvajes. Se había sentido más desinhibida que con cualquier otro hombre, más abierta, más generosa, más preocupada por sus necesidades y deseos. Todo con Hunter podía resumirse en una palabra.
    Más.
    Lo cual se traducía en que no era suficiente. Sin embargo, Molly sabía que ni siquiera el pasar la vida entera con aquel hombre sería bastante para satisfacerla. Él le había ofrecido aquella vida, y ella la había rechazado.
    Hunter había respondido continuando con su existencia, y Molly no había sido capaz de hacer lo mismo. Él había estado con otras mujeres desde que lo había dejado. Ella había evitado a los hombres. Él había acudido a fiestas. Ella había encontrado una familia, y cierta estabilidad. Y en aquel momento, lo que más deseaba era tener un futuro con Hunter. Podía darle su corazón sin condiciones y sin reservas, pero entendía que él le había mostrado todo aquello que estaba dispuesto a conceder.
    Daniel se acostaría más veces con ella. Sin embargo, por muy bueno que fuera el sexo entre ellos, y aunque Molly se enamorara más y más de él, no podía engañarse y pensar que iba a ofrecerle su corazón de nuevo.
    Eso no significaba, por otra parte, que ella no pudiera intentar convencerlo.
    Porque sabía que estaba enamorada de él. Quizá siempre lo hubiera estado, pero la profundidad de aquel amor acababa de quedarle bien clara.
    Y si Hunter se despertaba sintiendo una pequeña parte de lo que sentía ella, echaría a correr rápidamente. La fiesta de cumpleaños de aquel día le había enseñado a Molly por qué él tenía unas defensas tan fuertes, y cuánto daño le había hecho con su rechazo.
    Si Molly había albergado alguna esperanza de convencer a Hunter de que había cambiado, de que estaba preparada para todo lo que él tenía que ofrecerle, su forma de reaccionar ante la celebración le había dado a entender lo difícil que sería su misión.
    El pasado de Daniel era la causa. El abandono de Molly sólo había servido para reforzar sus creencias más inveteradas. Sus padres lo habían abandonado después de convencerlo de que no era digno de su amor. Y lo que sus padres no habían destruido en su interior, lo había destrozado el acogimiento familiar. Las celebraciones para otros, la exclusión de los eventos familiares, la falta de amor y afecto, todo aquello había hecho más mella de la que ella pensaba en el corazón de Hunter. Se le llenaron los ojos de lágrimas, no por sí misma y por todo lo que había desperdiciado, sino por Daniel y por lo mucho que él necesitaba el amor que ella podía darle. Amor que él no iba a aceptar, porque no creía en su permanencia.
    Y Molly sólo podía culparse a sí misma.
    Con tristeza, Molly se salió del abrazo de Daniel y se alejó. Él gruñó, se volvió hacia el otro lado y se acurrucó con la almohada entre los brazos. Sin dejar de mirarlo, ella se desabrochó las sandalias y se las quitó para no hacer ruido por el pasillo a aquellas horas de la noche.
    Él murmuró algo en sueños. Molly se inclinó y le besó la espalda, sonriendo. Estaba decidida a seguir sonriendo y a no pensar más en el pasado, pero no podía evitar pensar cómo, un año antes, él había dejado aparte sus miedos y le había abierto el corazón. Y ella se lo había pisoteado.
    De algún modo, por algún medio, Molly necesitaba traspasar los muros de su corazón. Temía que, de no ser así, el cuerpo sería lo único que Daniel volvería a ofrecerle.
    Y ella, en realidad, quería mucho más.

    Molly tomó uno de los bagel que había comprado Edna para desayunar. Lo abrió por la mitad y lo untó con crema de queso. Con aquel panecillo delicioso y un café de avellana de los de la comandante, estaba preparada para comenzar el día.
    Estaba sentada en la cocina, disfrutando de la paz, pero por los ruidos que oía en el piso de arriba sabía que no duraría mucho. Tomó un sorbo del delicioso café y dejó que el líquido la calentara a medida que descendía por su garganta. Claro que no necesitaba el calor. Hunter le había generado suficiente temperatura como para que le durara años; aunque no para el resto de su vida. Se preguntó cómo iba a conseguir el mayor desafío personal de su vida.
    – Bueno, ¿y qué pasa entre el tío bueno y tú? -le preguntó Jessie, haciendo añicos el silencio.
    – Oh, a mí también me gustaría saberlo -añadió Edna, que entraba en la cocina junto a su nieta, envuelta en una larga bata y con Ollie en el hombro.
    – Confiesa -dijo el guacamayo.
    – Sí, confiesa -dijo Jessie, riéndose.
    Molly miró a su hermana, que era otro de sus desafíos personales. Tenía la sensación de que su vida estaba llena de retos. Se recordó que quería conseguir el cariño de la adolescente, y no alejarla más de sí.
    Así pues, en vez de responderle que su vida privada no era de su incumbencia, Molly sonrió.
    – Hunter está muy bien, gracias por preocuparte tanto -le dijo, como si hubiera malinterpretado la pregunta de Jessie y su motivación.
    – Yo no… -la adolescente cerró la boca-. Quiero decir que… -después sacudió la cabeza, dejó escapar un gruñido de frustración y miró el desayuno de Molly-. ¿Dónde están los bagel?
    – Ahí, junto a la nevera, en una bolsa cerrada. ¿Por qué no os servís uno cada una y desayunáis conmigo?
    – Era lo que había pensado -dijo la comandante.
    Sin embargo, Jessie tenía que tomar el autobús del instituto, y miró el reloj del horno microondas.
    – Tienes tiempo de sobra -le dijo Molly-. Además, no voy a morderte, a contestarte mal ni a molestarte. Te lo prometo.
    Jessie se quedó demasiado sorprendida como para hablar. Se hizo el desayuno, pero tomó margarina en vez de queso para su bagel y se sirvió zumo de naranja en vez de café.
    – ¿Cómo estuvo la fiesta de anoche? -le preguntó Molly.
    Jessie se sentó en la silla más alejada de su hermanastra. Le dio un mordisquito a su panecillo, lo masticó y lo tragó antes de responder.
    – En realidad, no estuvo mal. Al menos, para mí. Seth no se lo pasó bien -dijo, y tomó una buena cantidad de zumo antes de continuar-. Pero las chicas están empezando a portarse mejor conmigo. Sarah me dijo que sentía haberme dado de lado por lo de mi padre y me preguntó qué tal estaba.
    Molly hizo una pausa, con la taza a medio camino hacia los labios. ¿No iban a cesar las maravillas? Jessie le había respondido civilizadamente a una pregunta y le había revelado datos de su vida personal. Molly respondió con sumo cuidado para no hacer que la niña se cerrara nuevamente a ella.
    – Me alegro mucho. Seguro que las cosas no han sido fáciles para ti.
    Jessie se encogió de hombros.
    – Puedo soportar la situación -dijo, a la defensiva.
    – No he dicho que no puedas, pero sé que los chicos pueden ser muy malos. Al menos, tú conoces a tus amigas desde hace muchos años. Hay un vínculo entre vosotras que podéis recuperar aunque a veces falle. Cuando yo tenía tu edad, no permanecía mucho tiempo en el mismo lugar, no más de uno o dos años. Así que cada vez que mi madre cometía una estupidez o hacía algo vergonzoso, las consecuencias eran peores para mí, porque yo ya era la intrusa.
    – Vaya. Debió de ser horrible.
    Molly arqueó una ceja. ¿Comprensión o sarcasmo?
    – Sí, fue horrible. Y yo no tenía una familia en la que apoyarme, como tú. Tampoco tenía un amigo como Seth.
    Los recuerdos de su adolescencia, con tantas privaciones emocionales, consiguieron que se estremeciera.
    – ¿Y tu madre? -le preguntó Jessie con la boca llena de bagel.
    Molly no iba a regañarle por sus modales en aquel momento.
    – Si yo no estaba en un internado caro, y ella era imposible de localizar, entonces estaba en su casa, haciendo las cosas que le gustaban, que eran las que más dinero costaban. De todos modos, nunca estaba disponible para mí, y normalmente destrozaba todos sus matrimonios con una infidelidad. Causaba un escándalo, los niños de la escuela se enteraban y yo me quedaba sola hasta que ella recordaba que tenía que ir a buscarme porque su marido no estaba dispuesto a pagar el internado durante más tiempo.
    Jessie se quedó boquiabierta.
    Por lo menos había terminado el panecillo, pensó Molly, mordiéndose el interior de la boca para no echarse a reír. No quería estropear aquel momento entre las dos.
    – ¿Y tu padre, o el hombre que pensabas que era tu padre? ¿Era un buen tipo? -le preguntó Jessie, con una inmensa curiosidad.
    – Siempre pensé que era un hombre frío. De vez en cuando me enviaba una postal desde donde estaba de vacaciones, pero nada más. Y como él nunca me pagó el colegio, ni nada, pensé que era porque mi madre había hecho algo para que él nos odiara. Hasta el año pasado no supe que no tenía ninguna obligación hacia mí, ni legal ni paternal. Durante todo el tiempo, él era consciente de que no era mi padre biológico. Y dice que pensaba que, debido a que mi madre siempre se casaba con hombres muy ricos, yo tenía todo lo que necesitaba.
    Normalmente, a Molly se le formaba un nudo en el estómago cuando hablaba de su infancia, pero aquella vez no le importaba, en realidad. Aunque se sorprendía de poder compartir su pasado con Jessie de una manera tan natural, también se alegraba. Cuando Jessie no se estaba comportando como una adolescente malcriada, era sólo una niña dolida. Y Molly podía solidarizarse con ella. Quería ayudar a su hermana pequeña y conocerla mejor.
    – Cuando las cosas con mis amigas van mal, sé que tengo a mi familia -dijo Jessie-. Supongo que tengo más suerte de la que pensaba.
    Molly sonrió.
    – Eso no significa que no hayas tenido golpes duros en la vida. Perder a tu madre fue algo muy duro que no debería ocurrirle a ningún niño.
    Jessie asintió con vehemencia. Por una vez, estaba de acuerdo con Molly.
    – Pero la abuela vino a vivir con nosotros y papá siempre estuvo a nuestro lado. No me imagino lo difícil que era todo para ti.
    La comandante tomaba en silencio el café, mirando con cariño a sus nietas. Molly pensó que debía de sentirse feliz por verlas hablar tranquilamente.
    Molly miró a Jessie con la cabeza ladeada.
    – No empieces a sentir pena por mí, o tendré que tomarte la temperatura y comprobar si te ocurre algo esta mañana -dijo con una sonrisa, implorando silenciosamente que Jessie se riera, queriendo llegar a ella de un modo que significara que habían dado un gran paso en su relación.
    – Ni lo sueñes -dijo Jessie, y comenzó a reírse con fuerza, de Molly, de sí misma y de lo repelente que había sido durante aquellos últimos meses.
    Al menos, eso fue lo que quiso pensar Molly, y nadie iba a decirle lo contrario cuando Jessie y ella se estaban riendo juntas.
    – ¿Me he perdido algo divertido? -preguntó el general, que entraba en la cocina, y puso fin a las carcajadas-.Vamos, ¿de qué se están riendo mis hijas?
    – No te has perdido nada -dijo Jessie. Se levantó de la silla, tomó su plato y su vaso y los llevó hasta el fregadero-. Eran sólo cosas de chicas. Tengo que irme, o voy a perder el autobús. Adiós a todo el mundo -dijo, y salió de la cocina sin mirar atrás.
    Molly exhaló un largo suspiro y miró a su padre, que la observaba con sorpresa.
    – Vaya -dijo él.
    Ella parpadeó y miró hacia la puerta como si acabara de pasar un tornado.
    – Vaya.
    – Supongo que lo que se dice es cierto. Nunca se acaba de ver todo en la vida -dijo la comandante.
    Todavía asombrada, lo único que pudo hacer Molly fue asentir. Más tarde, reflexionaría sobre la conversación de aquella mañana y saborearía el rato que acababa de pasar con Jessie. De momento tenía otras cosas en las que pensar.
    Como, por ejemplo, si preguntarle o no a su padre si había estado con Sonya la noche anterior.
    – ¿Qué tal tu reunión?
    – Bien. John Perlman recibió un homenaje por su trabajo para la asociación.
    Su respuesta era vaga, pero él no apartó la mirada.
    Molly apretó los labios, y estaba a punto de preguntarle por qué le mentía cuando oyó pasos.
    – Buenos días a todo el mundo -dijo la voz profunda de Hunter, que activó un recuerdo instantáneo en Molly.
    Cada momento que había pasado con él la noche anterior le llegó vivamente, con colores y detalles. Su olor, sus caricias, su glorioso cuerpo desnudo, pensó ella, justo cuando él entraba en la habitación.
    – Buenos días -dijo Molly, y levantó la taza de café para hacer un brindis.
    – Buenos días -dijo también el general-. Espero que estés durmiendo bien en el sofá cama. Yo nunca lo he usado, así que no sé si es cómodo.
    Hunter se sirvió un café y se sentó con ellos en la mesa.
    – He pasado una noche excelente.
    Se lo decía al general, pero Molly no tenía duda de que aquellas palabras eran sólo para ella.
    – ¿Quieres que te prepare algo para desayunar? -le preguntó la comandante al invitado-. Un bagel, tortitas, huevos revueltos…
    Molly suspiró de resignación ante lo solícita que estaba siendo su abuela.
    – Tú eliges -le dijo a Daniel.
    – Preservativo claramente -dijo el guacamayo.
    – ¿Qué es lo que acaba de decir Ollie? -preguntó el padre de Molly.
    – Repítelo -le dijo Edna al loro.
    Como buen pájaro, Ollie obedeció.
    – Preservativo claramente.
    La comandante parpadeó.
    El general se echó a reír.
    Molly, que recordaba la conversación exacta entre Hunter y ella la noche anterior, notó que se ruborizaba hasta la raíz del pelo.
    Y el pobre Hunter se volvió hacia un armario y comenzó a rebuscar comida.
    Antes de que nadie se pudiera recuperar, Jessie volvió corriendo a la cocina sin previo aviso.
    – Se me había olvidado la comida -dijo. Se acercó a la nevera y tomó una bolsa de papel marrón-. Gracias otra vez por recogernos a Seth y a mí anoche, comandante. Te lo agradezco.
    Le dio un beso en la mejilla a su abuela y se marchó.
    Molly se preguntó si su padre sabía que Sonya y ellos se habían encontrado en la pizzeria y les había dicho que llevaba la cena para su hijo, que estaba en casa. Un hijo que había estado en una fiesta con Jessie, según la niña acababa de confirmar inadvertidamente en aquel momento. Por la expresión neutra de Frank, no tenía ni idea. Claro que era un militar. Guardar secretos había formado parte de su trabajo.
    Había una cosa segura: Hunter se había dado cuenta de la contradicción exactamente igual que ella la noche anterior, cuando había oído el mensaje del contestador. Él salió de su escondite detrás de la puerta del armario y miró al general. Tenía una mirada de confusión y de curiosidad.
    – Pensaba que Sonya le había llevado la cena a Seth anoche a casa. ¿Cómo es que había salido?
    – Bueno… -Frank se movió con incomodidad en el asiento. Era evidente que todos habían olvidado el comentario de Ollie.
    Molly cerró los ojos y pidió perdón en silencio por lo que iba a hacer.
    – Sonya sabe que los niños no comen en esas fiestas. Estoy segura de que pidió la pizza para cuando Seth llegara a casa -dijo, cortando la explicación de su padre.
    Acababa de mentir por Sonya y por Frank.
    Acababa de mentirle al hombre a quien le había suplicado ayuda.
    Le había mentido al hombre al que quería.
    Porque Molly tenía miedo de que, si no encubría a su padre, Hunter pensara que Frank estaba mintiendo acerca de más cosas, y decidiera que aquel caso no merecía la pena.
    Y si ponía en una balanza el caso y el hecho de mentirle a Hunter, Molly sabía que no tenía elección. Ganaba la libertad de su padre porque, sin ella, la vida de Molly no existiría.
    Había elegido a su padre por encima de Hunter. Sólo esperaba no tener que lamentarlo.

Capítulo 10

    Hunter y Molly siguieron a Sonya hacia la sala de estar de su casa. Él se había llevado una libreta para tomar notas, e imaginaba que, más tarde, los dos pondrían en común lo que averiguaran durante la entrevista.
    Aquella mañana, Daniel se había despertado sobresaltado. La fragancia de Molly estaba en la almohada, y los recuerdos de su encuentro eran vividos, cálidos y dolorosos al mismo tiempo: él sabía cómo era la situación entre los dos.
    Habían tenido relaciones sexuales. Daniel quería creer que había satisfecho un deseo que lo perseguía desde años atrás, y que así conseguiría sacársela de la cabeza. Sin embargo, las cosas con Molly siempre habían sido complicadas. Aunque le hacía sentir mucho más que ninguna otra mujer que hubiera conocido, Daniel no podía repetir los mismos errores. Sabía que no debía pensar que aquella noche había sucedido algo distinto al sexo. Estaban juntos por el caso del padre de Molly, y los dos necesitaban liberar la tensión sexual. Eso era todo. Eso era todo lo que podía ser, aunque él deseara algo distinto.
    Se sentaron todos en el sofá. Al sentir a Molly a su lado, Daniel recordó cómo sus cuerpos habían estado unidos y un calor abrumador se adueñó de él.
    – ¿Cómo estás? -le preguntó Molly a Sonya.
    Sonya se encogió de hombros.
    – No duermo mucho, pero supongo que es normal.
    – Intentaré hacer esto de la manera menos dolorosa y más breve posible -dijo Hunter.
    Sonya se agarró las manos sobre el regazo.
    – Te diré todo lo que sepa.
    – Primero, hábleme del día y de la noche del asesinato, ¿de acuerdo?
    – Fue un día normal. Fui a la peluquería, hice algunos recados y volví a casa antes de que Seth llegara del colegio. Jessie vino con él. Pasan mucho tiempo juntos, como seguramente te habrá contado Molly -dijo Sonya, y sonrió cálidamente a Molly.
    Hunter se dio cuenta de que ambas mujeres se profesaban afecto. Claro que la mayoría de la gente que conocía a Molly le tomaba cariño.
    – Sí, Molly me ha hablado de lo unidos que están Seth y Jessie. Estoy deseando conocerlo.
    – Es un buen chico. Lo está pasando mal. Incluso antes de… su padre no era la persona más fácil con la que convivir, pero Seth es un orgullo y una alegría para mí.
    Hunter asintió.
    – Lo entiendo -dijo con delicadeza-. Ahora, volviendo a aquel día…
    – Sí. Seth y Jessie pasaron aquí la tarde, haciendo los deberes y escuchando música. Yo estaba escribiendo a máquina unas listas para la Asociación de Padres de Alumnos, para la cual trabajo de voluntaria. Como he dicho, fue un día normal. Jessie se marchó a las cinco y media, más o menos, y Seth y yo cenamos solos porque Paul estaba trabajando.
    – ¿Y después?
    A ella se le oscureció el semblante.
    – Paul llegó a casa. Se encerró en su oficina, y yo supe que era mejor no molestarlo. Últimamente estaba de muy mal humor. Sin embargo, comencé a oír ruidos en el despacho, como si Paul lo estuviera destrozando todo. Así que abrí la puerta.
    Sonya se quedó callada, con los ojos humedecidos.
    – ¿Qué pasó después? -le preguntó Molly suavemente.
    – Le pregunté a Paul qué ocurría y él me dijo que lo había perdido todo. Yo apenas entendía lo que trataba de explicarme, hasta que él comenzó a hablar de desfalcar dinero del negocio y de que Frank lo había averiguado. Paul no dejaba de gritar que lo había perdido todo.
    Le temblaron los hombros. Hunter se admiró de que pudiera mantener la compostura y la fortaleza.
    Sonya sacudió la cabeza como si todavía no diera crédito a lo que había ocurrido.
    – Yo perdí los nervios y comencé a gritar también. Le dije que había destrozado nuestra familia y nuestra reputación, y también el futuro de Seth. Le dije que nunca lo perdonaría -dijo, y se le quebró la voz.
    – ¿Y después? -inquirió Molly.
    – Después, Paul me golpeó -susurró Sonya.
    Hunter se estremeció.
    Molly tomó aire bruscamente, y por su reacción, él se dio cuenta de que no sabía nada del carácter de Paul.
    – Le dije que habíamos terminado. Que se marchara de aquí. Él lo hizo. Salió hecho una furia y aquélla fue la última vez que lo vi, hasta que… -sacudió nuevamente la cabeza y se tapó la cara con las manos al recordar el asesinato de su marido.
    Hunter alzó la vista y se dio cuenta de que Molly había salido de la habitación y volvía con un vaso de agua para Sonya. Se lo entregó y tomó asiento a su lado.
    – Tengo algunas preguntas más, si está bien para continuar -le dijo Hunter.
    Sonya tomó un sorbo de agua.
    – Estoy bien.
    – El general dijo que usted lo había llamado para que acudiera aquí.
    Ella asintió.
    – Me avergüenza admitirlo, pero me derrumbé después de que Paul se marchara. Acababa de descubrir que habíamos perdido nuestro dinero, nuestros ahorros… y mi marido había… Paul destrozó su despacho. Yo estaba histérica.
    – Y después de todo eso… ¿la primera persona a la que llamó fue a Frank? ¿No a una amiga, ni a una vecina?
    – ¡Hunter! -exclamó Molly a su lado-. ¡Esa es una pregunta horrible!
    – En realidad, es una pregunta de sentido común. Una que podría ocurrírsele a cualquier miembro del jurado. Mi trabajo es prever todas esas cuestiones.
    – No pasa nada -intervino Sonya-. Por muy raro que parezca, Frank es mi mejor amigo.
    – ¿Era también Paul su mejor amigo?
    Molly alzó las manos al aire y se puso en pie.
    – Este es un interrogatorio absurdo.
    – ¿Por qué? ¿Por qué es absurdo preguntar si su marido no era también su mejor amigo? -inquirió Hunter, mirándola con los ojos entornados a causa de su vehemente reacción.
    – Porque ella acaba de admitir que la maltrataba.
    – A veces, las relaciones no tienen sentido para los demás -dijo Hunter, y se volvió hacia Sonya-. Me parece raro que usted recurriera a Frank y no a alguna de sus amigas en un momento así.
    Molly gruñó de frustración.
    Entre aquella frustración de Molly y el silencio de Sonya, Hunter tenía la sensación de que se estaba acercando a un secreto de las dos familias. Al principio, él sólo estaba formulando preguntas que podría hacer o no un jurado en el transcurso de un juicio. En aquel momento, sin embargo, se daba cuenta de que era algo serio.
    – Estás siendo insultante con una mujer que acaba de perder a su marido -le dijo Molly, defendiendo a Sonya.
    – Y tú estás demasiado cerca de esta situación como para ver las cosas con claridad.
    Daniel quería recordarle a Molly que no era sólo un miembro de la familia, sino una profesional que conocía las reglas del juego. Ella lo había contratado para que hiciera su trabajo lo mejor posible, y eso significaba pasar por encima de cualquiera que representara un obstáculo para la defensa de su cliente.
    – Dios Santo, dejad de discutir por mí, por favor -dijo Sonya, que también se puso en pie-. Hay una explicación sencilla, de verdad. Llamé a Frank aquella noche porque es el único que sabía que Paul me había pegado más veces.
    Molly se quedó en silencio a su lado, sin mirar a Hunter.
    Sonya sacudió la cabeza.
    – Así que él era el único al que podía llamar cuando ocurrió de nuevo.
    Sin embargo, también había dicho que era su mejor amigo, y Hunter no se quitaba aquellas palabras de la cabeza. Muy pocas personas casadas usarían esas palabras para describir su relación con un miembro del sexo opuesto que no fuera su cónyuge. Y hasta el asesinato de su marido, Sonya había estado casada. Lo cual planteaba una pregunta: ¿eran Sonya y el general algo más que amigos?
    En su primera reunión con el general, Hunter había notado que se mostraba muy protector con la viuda. ¿Podía haber matado Frank a su socio porque había pegado a Sonya otra vez? ¿Y qué ocurría exactamente entre ellos dos?
    – ¿Cómo reaccionó Frank cuando supo que Paul la había golpeado otra vez? -preguntó Hunter con toda la suavidad que pudo. No quería presionar a Sonya hasta el punto en que la viuda cancelara la entrevista.
    Además, tampoco estaba contento con la actitud defensiva de Molly. Se preguntó si ella sabría algo sobre la relación de su padre con Sonya que él ignoraba.
    Sonya se encogió de hombros.
    – Frank se disgustó mucho cuando vio la marca que me había hecho en la cara. También estaba muy enfadado, porque Paul le había robado y había perdido todo lo que tenía. Pero no estaba lo suficientemente enfadado como para matar. Frank no sería capaz de…
    Hunter sabía que no podía decir que el general no era capaz de matar, porque el general Frank Addams era un militar.
    Había luchado en la guerra.
    Había matado antes.
    – El ejército es algo diferente -dijo Sonya.
    – Estoy de acuerdo -convino Molly.
    Hunter no iba a discutir con ellas en aquel momento. Tenía la cabeza llena de información y de nociones que debía evaluar.
    En aquel momento, Sonya recibió una llamada de teléfono.
    – Disculpadme -dijo, y respondió-. ¿Sí? Hola, hola -murmuró, y sonrió de una manera muy femenina, feliz, antes de darse la vuelta y alejarse un poco para poder hablar más privadamente-. Sí, sí, todavía estoy ocupada.
    Hunter no pudo evitar oír la conversación, y no tenía ninguna intención de dejar de hacerlo.
    – Lo estoy haciendo lo mejor que puedo. No, no te preocupes, aunque te lo agradezco. Sí, te llamaré cuando termine.
    Su voz tenía una calidez reservada para la gente amada, pensó Hunter. Y sus ojos tenían un brillo que él había percibido antes, durante su conversación del día anterior.
    Sonya colgó.
    – Disculpadme.
    – ¿Era el general? -preguntó Hunter sin ambages.
    Sonya arqueó las cejas.
    – Bueno, sí, era él. ¿Cómo lo has sabido?
    – Muy sencillo. Se le ilumina la cara cuando habla de él. O con él.
    – Estoy muy cansada -dijo Sonya, y se sentó-. Y no soy capaz de mentir nunca, así que hoy menos. Sí, Frank y yo tenemos una relación especial. Somos muy importantes el uno para el otro, pero yo nunca, nunca engañé a mi marido.
    La mirada de Hunter se clavó inmediatamente en Molly, que no había reaccionado en absoluto durante aquella declaración de Sonya. Molly, que había cuestionado sus tácticas para impedir que él averiguara cuál era la relación entre Frank y Sonya. Daniel se quedó decepcionado con ella y con su falta de confianza básica en él.
    – Me gustaría que nos permitiera mirar en el despacho de Paul -le dijo Hunter a Sonya-. Quizá descubramos algo que pueda resultar útil.
    Ella asintió.
    – Por supuesto. Quiero ayudar a Frank.
    – Lo sé, y lo mejor que puede hacer es ser sincera conmigo. Siempre -insistió-. Cualquier cosa que yo ignore puede volverse contra mí. Si conozco los hechos, aunque tengan mala cara, podré trabajar con ellos. ¿De acuerdo?
    Sonya asintió.
    – Entonces, hay algo más que deberías saber. Ayer no estaba comprando pizza para Seth, sino para Frank y para mí.
    – Creía que Frank tenía una reunión.
    – Lo inventó. Pasamos la velada juntos. Sólo queríamos relajarnos un poco sin que la familia se preguntara qué sucede, así que, cuando todo el mundo salió, me dejó en el aparcamiento de la pizzeria y después me recogió. Cenamos juntos en casa de una amiga que está fuera de la ciudad.
    – ¿Y su madre recogió a los niños de la fiesta? -le preguntó Hunter.
    Sonya asintió.
    – Mentí cuando me encontré con Molly y contigo.
    Molly exhaló lentamente.
    Hunter le hizo caso omiso.
    – Le agradezco que me lo haya contado -le dijo a Sonya-. Ahora, vamos a dar la entrevista por terminada, ¿de acuerdo?
    Ella asintió de nuevo.
    – Gracias -susurró-.Y a ti también, Molly.
    Molly inclinó la cabeza. No parecía que la confesión de Sonya la hubiera asombrado. Era evidente que ya lo sabía o al menos lo sospechaba. Y había preferido guardárselo.
    Era hora de resolver aquello, pensó Hunter. Molly y él tenían que hablar.
    – Estoy seguro de que tendré más preguntas.
    – Sólo tienes que llamarme -dijo Sonya.
    – Lo haremos -respondió Molly
    Hunter miró hacia el despacho.
    – Bien, ahora me gustaría ver la oficina de Paul.
    Sonya se abrazó a sí misma y asintió.
    – La policía lo registró en busca del arma homicida.
    – Que no encontraron. ¿Cuándo fue la última vez que vio la pistola de su marido?
    Ella se encogió de hombros.
    – No sabría decirte. No la usaba. Siempre la tenía guardada en un cajón cerrado del despacho. Prometió que guardaría las balas en otro sitio, por seguridad, y creo que lo hizo.
    – Bien, entonces. Gracias -Hunter se volvió hacia Molly-. ¿Preparada?
    – Claro.
    – Voy a salir durante un rato. ¿Os importaría cerrar al salir? -dijo Sonya, y tomó su bolso.
    – Claro -respondió Daniel.
    Sonya salió de la casa y Molly siguió a Hunter al despacho.
    – ¿Por dónde empezamos? -preguntó.
    Hunter se aseguró de que Sonya había cerrado la puerta principal antes de responder a Molly.
    – ¿Qué te parece si empezamos por la verdad? -le espetó él-. Sonya y Frank. ¿Sabías que tenían una relación?
    Ella sacudió la cabeza.
    – No exactamente. No sospeché nada hasta ayer.
    – ¿Y qué ocurrió ayer?
    – ¿Aparte de lo evidente? -Molly se acercó a él y le acarició la mejilla.
    Él se apartó.
    – No intentes cambiar de tema. Anoche sospechaste que hay algo entre tu padre y Sonya y, en vez de decírmelo, ¿te acostaste conmigo?
    – No es eso -dijo Molly. Sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas y se las enjugó con enfado-. Hice el amor contigo.
    – ¿Cómo puedes decir que hiciste el amor conmigo? ¿Con una mentira entre los dos? -protestó Daniel, sacudiendo la cabeza. No podía creer que ella dijera algo tan indignante.
    Molly suspiró y se metió las manos en los bolsillos del pantalón.
    – Mira, anoche, cuando fui al servicio de la pizzeria, vi a Sonya desde la ventana trasera. Ella estaba en el aparcamiento con su pizza. Mi padre apareció en su Jeep, la recogió y se marchó. Me dije que había muchas razones por las que mi padre no estaba en la reunión, pero preferí ignorarlo todo. Sin embargo, cuando escuché los mensajes del contestador automático de casa, había uno de Jessie en que le recordaba a mi padre que debía recogerlos a Seth y a ella de su fiesta. Entonces até cabos y supe que Sonya nos había mentido y que sólo podía haber una razón.
    – Que tienen una relación.
    – Al menos, que tienen algo que ocultar.
    – Entonces, ¿por qué no me lo dijiste?
    Aquella pregunta era el quid de la cuestión. Ella no había confiado lo suficiente en él como para contarle aquel secreto.
    Se frotó la cara con las manos y suspiró.
    – Porque tenía miedo de que si sabías que mi padre había mentido sobre dónde estaba anoche, llegarías a la conclusión de que había mentido sobre otras cosas más importantes.
    – ¿Como la culpabilidad o la inocencia?
    – Y si decidías que era capaz de mentir, no querrías representarlo. No podía arriesgarme a eso.
    – De nuevo, no confiaste en mí lo suficiente como para creer que estoy en esto a largo plazo.
    Daniel sacudió la cabeza con frustración y atravesó la habitación para mirar por la ventana hacia el jardín delantero.
    – No -dijo Molly, acercándose a él-. Yo sí confío en ti. Por eso acudí a ti en primer lugar. Es mi padre en el que no confío, y…
    – No te engañes. Elegiste protegerlo en vez de confiar en mí. Me pregunto qué otras cosas me ocultas.
    – Nada. No tengo ningún otro secreto.
    Él arqueó una ceja.
    – ¿Y por qué iba a creerte? ¿Cuántas veces vas a hacerme creer algo y después dejarme en la estacada? Bah, olvídalo. Tenemos que trabajar.
    Y Daniel no quería perder más el tiempo con una causa perdida.
    «Hicimos el amor», había dicho ella. Y un cuerno. No había amor sin confianza, y él debería agradecerle que se lo hubiera dejado claro.
    Hunter se dirigió hacia el escritorio de Paul y comenzó a registrar los cajones. Molly rebuscó en otras partes de la sala. No había nada más que decir, y parecía que ella lo entendía. Miró por las estanterías y se fijó en los libros, los adornos y las fotografías familiares. Estaba claro que, después de que la policía registrara el despacho, Sonya lo había limpiado y había restaurado lo mejor posible los destrozos de Paul.
    – ¿Qué estamos buscando, exactamente? -le preguntó Molly a Paul.
    – No estoy seguro -respondió él-. Lo sabré cuando lo encuentre.
    – Una respuesta muy útil. Me parece que deberíamos averiguar qué hizo Paul con el dinero, ¿no? Porque la policía no lo sabe, y parece que no les importa.
    Él sacó papeles y facturas de uno de los cajones. Molly tenía razón, pero había hecho una pregunta retórica, y Daniel prefirió no responder.
    – Quizá el rastro del dinero nos lleve al verdadero asesino -continuó ella, pese al silencio de Daniel.
    Él la miró por el rabillo del ojo. Molly se había sentado y estaba removiendo en un cuenco lleno de cajas de cerillas. Aunque no iba a decírselo en aquel momento, Molly tenía instinto. Las cerillas podrían darles pistas sobre los lugares que frecuentaba Paul.
    – Mi madre coleccionaba cajas de cerillas de los restaurantes lujosos a los que iba -musitó ella.
    Hunter apretó los dientes y se resignó a escuchar sus cavilaciones. Sabía que ella quería implicarlo en la conversación para asegurarse de que él había dejado la discusión atrás. Sin embargo, Daniel no estaba listo para complacerla.
    – Cuando era más joven, sacaba las cajas de cerillas y me imaginaba en el lugar de mi madre. Al principio fingía que me iba a llevar a esos restaurantes, hoteles y spas, y que iba a presumir de mí ante sus amigas. Después, comencé a fantasear con que me llevaba un príncipe rico y guapo. Sin embargo, cuando crecí lo suficiente para ver lo que era mi madre, decidí que yo me haría tan rica como para ir por mí misma a sitios lujosos, sin depender de los hombres como hacía ella.
    Sonrió con satisfacción, y al darse cuenta de que él la estaba mirando fijamente, se ruborizó.
    – Lo siento. Me he dejado llevar -dijo Molly. Después bajó la mirada y siguió removiendo las cajas de cerillas que la habían transportado al pasado.
    Segundos antes, Daniel estaba dolido y enfadado. En aquel momento se sentía agradecido por aquella súbita visión. Se imaginaba a Molly de niña, ansiando el amor de su madre, deseando ser lo suficiente para aquella mujer a la que sólo le importaban los lujos y su nivel de vida. Sintió ganas de abrazarla y de prometerle que nadie volvería a hacerle daño, pero aún tenía un ligero resentimiento.
    Hunter carraspeó y Molly lo miró de nuevo. Durante un breve instante, sus miradas se mantuvieron atrapadas. Las mentiras y la falta de confianza se disolvieron en el calor de la atracción que sentían. Él no podía negar lo mucho que la deseaba.
    Tampoco podía negar lo mucho que le había herido. Otra vez.
    – Tú no eres como tu madre -le dijo.
    Ella sonrió.
    – Pero no voy a engañarte, Molly. Tampoco eres tan independiente como piensas.
    A Molly se le borró la sonrisa de los labios.
    – No te entiendo.
    – Dependes tanto de tu familia como tu madre depende de los hombres. Todas tus decisiones se basan en la reacción de otra persona. El año pasado era tu madre, y este año es tu padre. Estás tan paralizada por el miedo a perder el amor de tu familia que no piensas en lo que tú quieres.
    Y hasta que no se librara de aquellos complejos, Molly no podría tener una relación seria y duradera con un hombre, aunque ella no se diera cuenta.
    Cuando le hubo dicho lo que pensaba, Daniel puso en orden los papeles que tenía en la mano, pero se quedó inmóvil al darse cuenta de algo.
    – O quizá soy yo el que no debería engañarme. Quizá estás tomando las decisiones que son más importantes para ti. Me ocultaste lo de Sonya y tu padre porque no soy el príncipe del que has hablado, el que tiene que rescatarte. Sólo soy un abogado que puede salvar a tu padre y a tu preciosa familia, pero que no es lo suficientemente bueno para ti.
    – ¡No! -exclamó ella, y se puso en pie con brusquedad. Sin querer, tiró las cajas de cerillas al suelo. Sin hacerles caso, se acercó a él y le tomó la cara entre las manos-. Estás completamente equivocado -le dijo, y lo besó.
    Y, demonios, fue un beso estupendo. Hunter sabía que no sólo estaba destinado a demostrarle que sí era lo suficientemente bueno para ella, sino también que lo quería y que lo necesitaba. Sin embargo, al mentirle había acabado con la posibilidad de convencerlo de nada.
    Él se apartó las manos de Molly de la cara y terminó con el beso, haciendo caso omiso de su mirada dolida.
    – Tenemos que trabajar -le dijo con la voz ronca.
    – Siento haberte mentido.
    Molly se alejó y se acercó de nuevo a las cajas de cerillas. Comenzó a recogerlas del suelo y las depositó en el cuenco.
    – Conozco todos estos lugares -murmuró con frustración.
    Él volvió al escritorio y miró los resguardos de los pagos con tarjeta más recientes.
    – ¡Espera!
    Aquella exclamación le llamó la atención y alzó la vista.
    – ¿Has encontrado algo?
    – Creo que sí. Todos estos sitios son locales. Son restaurantes y bares de por aquí, o al menos, de Connecticut. Pero mira, éste es de Nueva York y es un motel, no un restaurante -dijo Molly, y le lanzó una de las cajas de cerillas.
    Él la atrapó en el aire y la observó.
    – Pone «A.C.» Posiblemente quiere decir Atlantic City.
    Molly asintió.
    – Eso es lo que yo pienso. ¿Puede ser la pista que estamos buscando?
    – Quizá, pero puede que no sea nada. Cuando Sonya llegue a casa, le preguntaremos si alguna vez ha estado allí, y si no ha estado, le pediré a Ty que investigue.
    Se guardó la caja de cerillas y buscó un recibo de tarjeta de los últimos meses.
    No había ninguno que indicara que Paul Markham había estado en Atlantic City ni en Nueva Jersey. Sin embargo, aquel hombre le había estado robando a su socio durante una buena temporada. Tenía que ser experto en ocultar su rastro, y quizá pagara todo en efectivo o usando un nombre falso.
    Hunter captó la mirada de desaliento de Molly. Entendía que ella deseara con todas sus fuerzas encontrar alguna pista válida que pudiera ayudar a su padre.
    – No he dicho que no sea nada. He dicho que tenemos que buscar más -dijo-. Volvamos a casa de tu padre y veamos qué podemos averiguar -sugirió.
    – Buena idea.
    Él la siguió hacia la salida, lamentando que Molly hubiera preferido mentirle sobre Sonya y su padre en vez de confiar en él. No sólo había hecho que acudiera sin preparación a una entrevista con una testigo, sino que había dado al traste con la frágil confianza que habían recuperado hasta el momento.
    Realmente, era irónico. Y sería divertido si él no se sintiera tan decepcionado. Molly le había mentido por miedo a que Hunter no confiara más en su padre y dejara el caso.
    Le había salido el tiro por la culata, porque quien había perdido la confianza de Hunter era ella.

Capítulo 11

    Mientras Molly se vestía para ir a ver a Ty y a Lacey, pensaba en lo mucho que habían cambiado las cosas entre Hunter y ella durante los dos últimos días. Desde que él había descubierto que Molly le había mentido con respecto a su padre y Sonya, se había vuelto frío. Se comportaba como si no hubieran hecho el amor. Como si sus cuerpos no hubieran estado completamente unidos.
    Haciendo caso omiso del dolor de cabeza, que iba en aumento, se puso sus botas de vaquero rojas para tener buena suerte. Esperaba que la visita de los amigos de Hunter le mejorara el humor. Ty y Lacey venían desde Albany para visitarlos y darles la información sobre el motel de Atlantic City. Hunter le había pedido a Ty que siguiera la pista después de que Sonya le dijera que nunca había oído hablar del lugar que se anunciaba en la caja de cerillas.
    También le había sugerido que había un lugar donde Paul se alejaba cuando estaba fuera de la ciudad, no por negocios, sino con su amante. Molly se estremeció al recordar la objetividad con la que había hablado de aquel tema. Claramente, conocía las infidelidades de su marido y Molly se entristeció al pensar en vivir con alguien en quien no se podía confiar. Lo cual la llevaba de nuevo al error que había cometido con Hunter.
    Él tenía razón en una cosa: todas las decisiones que ella tomaba estaban dictadas por el miedo a perder a su nueva familia. Sin embargo, Daniel se equivocaba al pensar que ella no confiaba en él, o que había elegido a su padre por encima de él. Las cosas no eran tan sencillas, pensó Molly con frustración. Estaba muy disgustada.
    Lo único que podía hacer en aquel momento era seguir adelante y esperar que Hunter lo superara también. Se pasó los dedos por el pelo para atusárselo, se aplicó brillo labial de melocotón y decidió que estaba lista.
    Tomó el bolso y bajó las escaleras.
    – Siento haberte hecho esperar -le dijo a Hunter, que estaba paseándose por el vestíbulo.
    – Ha hecho un agujero en la alfombra -dijo la comandante, que estaba sentada en una butaca, en la sala de estar, obviamente, haciéndole compañía-. Es cosa de hombres. Se arreglan demasiado rápidamente, y después tienen que esperar mientras una mujer se pone guapa. ¿No está preciosa, Hunter?
    Molly se ruborizó. Tenía la sensación de que se había ruborizado para toda la vida durante los pocos días que Daniel llevaba allí.
    – Vamos a una reunión de trabajo, comandante.
    – Bueno, si yo pudiera meter las piernas en unos vaqueros tan ajustados y en unas botas como ésas, podría elegir a cualquier hombre a diez kilómetros a la redonda.
    Hunter se volvió hacia Edna.
    – Aún puede elegir a cualquier hombre, y que nadie le diga lo contrario -afirmó con una sonrisa.
    En su mirada había auténtico afecto, y su tono tenía calidez.
    Molly se arrepintió de lo que había ocurrido, y se prometió que recuperaría de algún modo su cariño.
    – ¡Me voy rápidamente al centro de mayores a conseguir un novio! -dijo Edna con una carcajada, aunque no se levantó de su asiento.
    – Sólo por el hecho de que un hombre guapo te haga un cumplido, no te enamores de la primera cara bonita -le dijo Molly a su abuela, y le dio un beso en la mejilla-. Tienes que encontrar a alguien activo. Jessie se está haciendo mayor y ya puedes viajar de nuevo, si quieres.
    Edna arqueó una ceja.
    – ¿Te estás ofreciendo voluntaria para cuidarla?
    Molly sonrió.
    – Pronto, pero todavía no. Tendremos que esperar a caerle un poco mejor.
    – Pero habéis progresado, y eso es todo lo que yo pido -afirmó Edna. Después tomó su libro y se acomodó entre los cojines-. Bueno, que os divirtáis -les dijo, haciéndoles un gesto con la mano para que salieran de casa.
    – Vamos a trabajar -le recordó Molly.
    – Eso no significa que no puedas divertirte.
    – Que pase buena noche, comandante -le dijo Hunter a modo de despedida.
    Aún no se había dirigido directamente a Molly. No había respondido al cumplido de su abuela sobre lo guapa que estaba. Molly creía que él sólo se había dado cuenta de que llegaba tarde.
    Lo cual no era cierto. Hunter se había adelantado por impaciencia.
    Molly lo siguió hacia su moto, donde él desató los dos cascos y le entregó uno. Ella lo aceptó animosamente, intentando no dejar que su dolor de cabeza le amargara el paseo en moto.
    – Gracias. ¿Puedes guardar esto en algún sitio? -le preguntó ella, y le mostró su bolso.
    Él lo metió en el maletero que había tras el asiento sin decir nada. Molly tampoco habló. Se subió a la moto, tras él, poniéndole las manos bajo la chaqueta intencionadamente, de modo que las palmas de las manos quedaran planas contra su estómago.
    Él se puso tenso, pero no dijo nada. Se limitó a arrancar la moto.
    Molly se agarró con más fuerza. Era otro modo de romper su reserva sin palabras, y les quedaba un trayecto de diez minutos que ella podía aprovechar.

    Hunter dejó la moto en el aparcamiento y apagó el motor. Quería matar a Molly. Durante todo el camino hacia el restaurante, ella había tenido las manos bajo su cazadora, sobre su pecho. Aunque se agarraba con fuerza por seguridad, tenía las manos muy traviesas. Primero movía una, y después la otra. Él tenía los antebrazos apretados contra los costados, pero las palmas de las manos de Molly y sus dedos tenían voluntad propia, y lo habían acariciado y frotado hasta que había conseguido excitarlo por completo.
    De algún modo, Molly había adivinado cuál era su debilidad. Sus caricias, mezcladas con la vibración de la moto y la adrenalina de la velocidad, habían estimulado su deseo como ninguna otra cosa. Ni siquiera la ira que aún sentía importaba, porque ella estaba tras él, pegada a su cuerpo, con la mejilla apoyada en su espalda y jugueteando con su cuerpo sin piedad.
    Molly fue la primera en bajar de la moto y él la siguió, tenso, excitado.
    Ella se quitó el casco y se pasó las manos por el pelo. Tenía las mejillas rosadas del viento, y los ojos brillantes de picardía y diversión. Había disfrutado de la libertad del paseo en moto tanto como él. Qué endemoniada mujer…
    Daniel tomó los cascos y los aseguró con un candado a la moto, ninguneándola durante el tiempo suficiente como para recuperar el control de su cuerpo. Más o menos. Tenía la sensación de que iba a permanecer duro como una piedra durante el resto de su vida.
    – Ha sido muy estimulante -dijo Molly atusándose el pelo una última vez.
    Parecía que acababa de estar disfrutando en la cama de un hombre, y aquellas botas rojas la hacían aún más atractiva. Él entrecerró los ojos y la miró con el ceño fruncido.
    – Ahí está el coche de Ty. Será mejor que nos demos prisa.
    – De acuerdo. Espero que tenga noticias que nos proporcionen una buena pista.
    – Eso ha dicho. Vamos a entrar.
    Él dio unos pasos hacia la entrada del local, caminando rígidamente, con la esperanza de que nadie se diera cuenta de que tenía una erección provocada por la bruja que caminaba a su lado.
    – ¿Molly?
    – ¿Mmm? -ella se puso a su lado. Los tacones de sus botas resonaban en el camino de entrada.
    – Tu abuela tenía razón. Estás preciosa.
    Pronunció aquellas palabras antes de poder contenerse, y después de decirlas se habría mordido la lengua.
    – ¿Sí?
    – Sí -dijo él con la voz ronca, infinitamente molesto consigo mismo. Se detuvo durante un segundo y la miró.
    Ella tenía una sonrisa de satisfacción.
    – Bueno, como le he dicho a mi abuela, tú eres un chico muy guapo, y también tienes muy buen aspecto esta noche.
    Molly comenzó a colocarle el cuello de la cazadora de cuero negra, y en el proceso, le rozó la mejilla.
    Aquel roce provocó una corriente eléctrica que llegó directamente a las entrañas. Por instinto, él le agarró la muñeca.
    – Pero eso no cambia nada.
    Ella ladeó la cara.
    – ¿Hunter?
    – ¿Sí?
    – Cállate y disfruta de la cena con tus amigos, ¿de acuerdo? Tenemos mucho trabajo que hacer en este caso, y será más fácil si no nos agredimos. Además, me he disculpado más de una vez, así que déjalo ya.
    Se encogió de hombros, lo rodeó y entró en el restaurante, dejándolo con la boca abierta y sin nada que decir.

    Hunter sufría bajo el escrutinio de Ty. Su amigo se había inclinado hacia él y lo estaba observando con suma atención.
    – Bueno, está claro que has vuelto a afeitarte, que parece que estás durmiendo bien y que has dejado de beber. Sin embargo, sigues siendo un tristón. Entonces, ¿qué ocurre? ¿La señorita Molly te lo está haciendo pasar mal? -le preguntó Ty con una sonrisita. Después se echó a reír.
    Molly se había excusado para ir al servicio, y Lacey la había acompañado. Hunter y Ty se habían quedado a solas durante unos minutos, pero Hunter no quería hablar de su vida personal.
    – Estoy bien.
    – Y un cuerno -dijo Ty. Su amigo siempre había sabido cuándo mentía.
    – Es el caso, que me está volviendo loco.
    Ty le hizo un gesto al camarero para que les sirviera otra cerveza.
    – Lo dudo. Tú nunca has tenido un caso con el que no pudieras. Yo creo que es por Molly. ¿Puedo darte un consejo?
    – No.
    – Cuando conoces a la mujer, y ya sabes a lo que me refiero, ríndete. Tu vida será mucho más fácil si lo haces -le dijo Ty. Después se rió, pero sus carcajadas cesaron cuando el camarero les llevó la cerveza.
    Al quedarse solos de nuevo, Hunter sacudió la cabeza.
    – Tío, quién hubiera pensado que ibas a terminar domesticado.
    – Y quién iba a pensar que tú eres tan tonto. ¿No te das cuenta del premio que tienes ante la nariz?
    Hunter se frotó los ojos con las manos y después se inclinó hacia delante.
    – Sólo voy a explicártelo una vez, y eso es todo, y después te vas a callar la boca y a dejarme en paz. Ella me la ha jugado otra vez. Vine a ayudar a su padre, averigüé que no había superado lo de Molly tal y como pensaba y caí en la tentación. Entonces, ella me traicionó otra vez. Nadie que no sea idiota lo intentaría de nuevo.
    Ty lo miró con incredulidad.
    – Explícamelo.
    Hunter le contó lo que había sucedido, le habló de la falta de confianza de Molly en él, y le dijo que ella estaba demasiado supeditada a la necesidad de tener una familia como para permitirse tener una relación verdadera.
    Ty lo escuchó atentamente.
    – ¿Y por eso crees que no le importas? ¿Que no confía en ti? He visto cómo te mira. Esa mujer está loca por ti, amigo.
    Hunter hizo un gesto negativo.
    – La prueba está en sus actos. Está claro que siempre elegiría a su familia por encima de mí.
    Ty miró por encima del hombro de Hunter.
    – Vuelven, así que escúchame. Ya has tenido suficientes traumas en tu vida, y los pasados ocho meses sin Molly han sido nefastos para ti. Te sugiero que lo pienses antes de alejarte de la mejor mujer que va a quererte nunca sólo porque tengas un estándar imposible que ella no puede alcanzar.
    Hunter frunció el ceño.
    – Eso es una idiotez. El hecho de querer ser lo primero para ella y que confíe en mí no es un están…
    Ty le dio una patada en la espinilla por debajo de la mesa.
    – Hemos vuelto -dijo Lacey al mismo tiempo, con una voz demasiado alegre.
    Probablemente habían oído el final de la conversación. Demonios, pensó Hunter. Aquello no hacía más que mejorar.
    De todos modos, se alegraba mucho de ver a sus amigos. Parecía que estaban muy felices juntos.
    – Bueno, cuéntame lo que tu fuente ha averiguado en Jersey -dijo Hunter.
    Pensó que sería mejor concentrarse en el caso, la única cosa que le proporcionaba equilibrio aquellos días.
    Molly se sentó en su sitio, junto a Daniel, lo suficientemente lejos como para que sus cuerpos no se rozaran, pero lo suficientemente cerca como para que él percibiera la fragancia de su pelo.
    – Y por favor, danos buenas noticias -le pidió Molly a Ty.
    – Creo que sí lo son. Según Ted Frye, cuya familia es la propietaria del hotel Seaside Inn, en Atlantic City, y que trabaja allí la mayoría de los días, Paul Markham era un asiduo visitante -explicó Ty. Se sacó una libreta del bolsillo trasero del pantalón y pasó unas cuantas páginas-. Lo identificó por la fotografía de carné que me enviaste, porque Markham usaba un nombre falso. Se hacía llamar Paul Barnes, pagaba en efectivo y normalmente se encontraba con una mujer, al menos durante una noche. Según Ted, una pelirroja.
    – Lydia McCarthy, la secretaria de Paul. Tenían una aventura -dijo Molly
    – Hay algo que no entiendo. ¿Por qué la policía no investiga todo esto? -preguntó Lacey.
    – Eso es fácil. Ya tienen a su culpable, y no les importa lo que hiciera o dejara de hacer Paul. A nosotros sí. Nos parece importante averiguar qué pasó con el dinero. Quizá nos conduzca hasta alguien que tuviera móvil y oportunidad para perpetrar el asesinato.
    Molly sonrió.
    – ¿Veis por qué lo quería del lado de mi padre?
    Ty le lanzó a Hunter una mirada significativa.
    – Bueno, ¿y qué significa esta información para tu caso? -preguntó Lacey.
    Molly se encogió de hombros y miró a Hunter para que respondiera.
    Él gruñó.
    – Significa que vamos a ir a Atlantic City.
    Molly vio la expresión de dolor y reticencia de Hunter y se dio cuenta de que ir a Atlantic City con ella no estaba en la lista de cosas que más deseaba hacer. Parecía que también sabía que no le iba a permitir ir sin ella. Molly hubiera deseado que la perspectiva le hiciera un poco más feliz. La cabeza le dolía cada vez más, y aquella batalla con Hunter no la estaba ayudando. Durante la cena, al contrario de lo que ella esperaba, la migraña se había intensificado.
    Después de terminar, Ty y Lacey les sugirieron tomar unas copas en la barra del bar del hotel. Molly no quiso decepcionarlos, así que sonrió y asintió.
    Hunter y Ty se fueron hacia el billar, mientras Lacey y Molly se sentaban en una mesa cercana a la zona de juegos. El viaje en moto hasta el hotel no había mitigado la migraña de Molly, y una vez sentada pidió un refresco de cola con la esperanza de que la cafeína la aliviara un poco.
    Lacey y ella tomaron sus refrescos mientras observaban jugar a Ty y a Hunter.
    – No puedo creer que estemos aquí todos juntos después de tanto tiempo -dijo Lacey, sonriendo-. Por supuesto, desearía que no hubieran acusado a tu padre, pero sé que Hunter lo exculpará.
    Molly miró al cielo.
    – Espero que tengas razón. De hecho, tengo todas mis esperanzas puestas en eso -dijo.
    Tomó un largo trago de su bebida mientras observaba a Hunter, incapaz de negar el apetito que despertaba en ella. No había llegado a ningún sitio con él pese a sus esfuerzos por coquetear y obligarle a que la perdonara. Necesitaba una amiga, un hombro en el que apoyarse, alguien que le diera un consejo.
    – ¿Puedo hablar contigo? -le preguntó a Lacey, con quien siempre había tenido una relación especial de entendimiento.
    Lacey asintió.
    – Sabes que sí. No voy a contarles a Ty ni a Hunter nada de lo que me digas. Lo prometo -le aseguró.
    Molly asintió. Su mirada viró hacia Hunter. Estaba inclinado sobre la mesa de billar, preparado para jugar, lo cual le proporcionaba a Molly una vista perfecta de su prieto trasero cubierto de vaquero desgastado. Sin poder evitarlo, exhaló un suspiro de admiración.
    – No tengo que adivinar cuál es el tema -dijo Lacey, riéndose.
    Molly sacudió la cabeza y sonrió.
    – No -dijo, sin apartar la vista de los suaves movimientos de Hunter-. Es bueno -murmuró.
    – Es el mejor, Molly. Pero tú ya lo sabes. ¿Cuál es el problema?
    Molly se recostó en el respaldo de la silla, concentrándose en Lacey.
    – El problema es que, por cada paso hacia delante que damos, después retrocedemos dos. Cuando creo que estamos avanzando en nuestra relación, lo estropeo de nuevo. Esta vez fue porque no le dije algo importante sobre el caso. Estaba protegiendo a mi padre, pero él no lo ve así.
    Lacey sacudió la cabeza.
    – Hunter es un gran abogado. El mejor que hay, de hecho. Sin embargo, por dentro siempre será un niño herido, no deseado. Cuando alguien lo enfada o le hace daño, sobre todo alguien a quien quiere, la única razón que encuentra para ello es que no está a la altura.
    Lacey miró hacia los dos hombres, que seguían jugando, riéndose e insultándose como dos hermanos.
    – Ty y yo somos las únicas personas que podemos insultarle y librarnos de su ira, porque hemos pasado por el infierno a su lado.
    Molly tragó saliva. Tenía un duro nudo en la garganta.
    – Yo no puedo aliviar esa clase de dolor. Sólo soy humana. Voy a cometer errores, y si nos fijamos en el pasado, parece que voy a cometer muchos.
    – Pero quieres a Hunter, y Hunter te quiere a ti. Con eso lo superaréis todo.
    – Nadie ha dicho nada sobre amor.
    Lacey se encogió de hombros.
    – Nadie tiene que decirlo. Es evidente. Sólo tienes que ser consciente también de lo que él necesita.
    Molly cerró los ojos, deseando que las cosas fueran tan fáciles. Cuando los abrió de nuevo, la cabeza le daba vueltas.
    – ¿Te importaría que nos fuéramos ya? Tengo una migraña que me está matando.
    Lacey la miró con preocupación.
    – Claro. Voy a avisar a los chicos.
    Molly posó la cabeza entre las manos y esperó a que volviera la caballería.

    Hunter insistió en que Molly volviera a casa con Ty y Lacey, en su coche. Claramente, debía de dolerle mucho la cabeza, demasiado como para discutir con él, porque subió al asiento trasero sin protestar y se abrochó el cinturón de seguridad.
    Cuando llegaron a la casa, las luces del porche estaban apagadas, así que decidieron no invitar a pasar a Lacey y a Ty. Ellos prometieron llamar al día siguiente, antes de emprender el viaje de vuelta, y después de darles las gracias y despedirse de sus amigos, Hunter se concentró en Molly.
    La ayudó a subir hasta su habitación con cuidado de no hacer ruido y no despertar a nadie. Mientras subían, ella tuvo que apoyarse en él, y por primera vez en su vida, Hunter vio en Molly una señal de vulnerabilidad.
    Él no necesitaba aquello justamente en aquel momento, cuando sus defensas debían estar en el grado máximo de alerta. Aun así, la ayudó a tumbarse en la cama y, siguiendo sus instrucciones, le dio una camiseta antigua para cambiarse. Incluso la ayudó, apretando los dientes cuando notaba que le rozaba la piel desnuda con las manos, y al atisbar sus pezones bajo el sujetador de encaje.
    Ella cayó sobre el colchón, y al darse cuenta de que no le quedaba otro remedio, Hunter le bajó la cremallera de los pantalones y los deslizó por las piernas largas de Molly. Cualquier hombre tendría que ser un santo para que no le afectara su piel blanca y su esencia seductora. Él no era un santo, pero Molly estaba enferma, y por eso se contuvo.
    – Bueno, claramente he estropeado la noche con tus amigos -le dijo Molly a Hunter con la voz llena de dolor.
    – Puedo verlos en cualquier momento. Supongo que esto es una migraña.
    – Sí -respondió ella. No había movido un centímetro la cabeza desde que se había tumbado-. ¿Puedes hacerme otro favor?
    – Claro.
    Cuando Lacey había interrumpido su partida de billar para decirles que Molly no se encontraba bien, su instinto de protección se había activado. De estar enfadado y dolido, había pasado a sentir preocupación y una imperiosa necesidad de cuidarla.
    – Hay un frasco de pildoras en el primer cajón de la mesilla. Son una receta especial. ¿Puedes darme una pastilla y un vaso de agua?
    – Por supuesto -respondió él, y cumplió su petición en tiempo récord.
    La ayudó a incorporarse para que pudiera tomar la medicina. Después la tendió con delicadeza sobre la almohada.
    – ¿Apagas la luz? -le pidió con los ojos ya cerrados.
    Él sonrió.
    – Mandona. ¿Necesitas algo más?
    – No, pero gracias por todo.
    – De nada -respondió él. Se le había enronquecido ligeramente la voz. Sentía una ternura que no reconocía-. Bueno, ahora intenta dormir -le dijo, y comenzó a levantarse de la cama.
    – Quédate conmigo, por favor.
    Él no pudo negarse.
    – Claro.
    Se quitó los zapatos y subió las piernas al colchón para tenderse junto a ella.
    – ¿Por qué no me hablas un poco de esas migrañas? -le pidió a Molly.
    – No es nada, de verdad. Las tengo desde que soy pequeña, pero últimamente han mejorado. La de hoy es la primera más fuerte que he tenido en mucho tiempo.
    – Seguro que es debido al estrés.
    Y él no estaba ayudando.
    Molly se estaba enfrentando a la posibilidad de perder a su padre, un hombre al que había encontrado recientemente, y Hunter la estaba castigando por las decisiones que había tomado con respecto a aquel hombre. Demonios. Quizá Ty tuviera razón cuando le decía que se había fijado un estándar imposible de cumplir por cualquier persona.
    Hunter no era un hombre a quien le gustara equivocarse. Tampoco le gustaba admitir sus errores. Gracias a Dios, Molly no estaba en condiciones de mantener una conversación larga en aquel momento. Lo cual, sin embargo, no significaba que no tuviera que compensarla de algún otro modo.
    Hunter se desabrochó el primer botón del pantalón para estar más cómodo y se acercó a Molly.
    – Ven aquí -le dijo.
    Ella se acurrucó contra él y apoyó la cabeza en su hombro con un suspiro de satisfacción. Hunter, sin embargo, no estaba muy complacido. Inhaló su fragancia y disfrutó del hecho de sentirla acurrucada contra su cuerpo. Disfrutó del hecho de cuidarla. Demasiado.
    Permanecieron así tumbados, en silencio, y pronto, la respiración de Molly se suavizó. Se había quedado dormida; para Hunter, por el contrario, aquélla iba a ser una noche larga de vigilia.

Capítulo 12

    Jessie miró el reloj de su mesilla. Sabía que era muy temprano, pero no podía esperar un segundo más para hablar con Molly. La noche anterior había mirado accidentalmente en el armario de su hermanastra… bueno, bien, estaba fisgoneando, y había encontrado una maleta llena de ropa de colores. Jerseys, bufandas, pañuelos, bisutería y complementos muy bonitos.
    Quería pedirle prestadas a Molly algunas de sus cosas, pero, para pedírselas, tendría que admitir que había estado hurgando. Jessie sopesó las opciones que tenía, y llegó a la conclusión de que Molly quería que ella la aceptara tanto como ella quería ponerse la ropa de Molly. Así pues, estaba segura de que podrían llegar a un acuerdo.
    Se detuvo ante la puerta del dormitorio de Molly y, después de un segundo de vacilación, decidió entrar sin llamar. Después de todo, Molly quería que fueran hermanas de verdad.
    Abrió la puerta de par en par, pasó, vio a Molly bajo las mantas, a Hunter junto a ella y… ¡Demonios!, pensó, mientras asimilaba la escena.
    Hunter se movió.
    Jessie se mordió el labio inferior y se preguntó qué podía hacer. Sabía que lo que debía hacer era retirarse silenciosamente y fingir que nunca había entrado en el dormitorio, pero, ¿qué diversión podía tener aquello?
    – Ejem -dijo en voz alta.
    Hunter gruñó y se volvió de modo que su cara quedó escondida en la almohada. Molly, sin embargo, dio un bote hasta el techo.
    – ¡Jessie! -dijo en un susurro frenético, mientras Hunter seguía refunfuñando, todavía dormido-. ¿Qué estás haciendo aquí?
    Jessie miró a Daniel, que había empezado a roncar.
    – ¿Qué está haciendo él aquí? -replicó ella-. Yo sólo estaba intentando encontrar la manera de que me prestaras algo de esa ropa tan bonita que tienes en la maleta, en el armario. De repente, se me ha ocurrido que podría chantajearte -le dijo, con las manos detrás de la espalda, sonriéndole-. ¿A ti qué te parece?
    Molly cerró los ojos durante un segundo.
    – Creo que eres un monstruito y que hablaremos de esto más tarde. Ahora, lárgate -le dijo Molly, y agitó la mano hacia la puerta.
    Jessie frunció el ceño, pero supo que había ganado al darse cuenta de que Molly estaba molesta, pero no enfadada.
    – ¿Puedo llevarme el jersey amarillo?
    – ¡Fuera! -dijo Molly, señalándole la salida con el índice.
    Jessie puso los ojos en blanco.
    – Me voy, me voy.
    Y se dirigió hacia la puerta, riéndose. De repente, vivir con Molly se había vuelto divertido.

    Molly se dejó caer sobre la almohada y se dio cuenta de que, aunque tenía la cabeza dolorida, ya no sentía martillazos.
    – Dime que esto no acaba de pasar.
    – Ha pasado -respondió Hunter, que rodó hacia su lado de la cama y apoyó la cabeza sobre la mano.
    – ¿Estabas despierto? -le preguntó ella.
    Él tenía el pelo revuelto y la sombra de la barba en la mejilla. Estaba muy sexy entre sus sábanas, pensó Molly, mirándola con aquellos ojos oscuros y somnolientos.
    – Estaba despierto, pero no iba a permitir que Jessie lo supiera. ¿Cómo te sientes?
    – No estoy perfectamente, pero sí mucho mejor. Gracias por quedarte conmigo -le dijo ella con suavidad.
    – Ha sido un placer.
    Molly se pasó una mano por el pelo, preguntándose si tendría muy mal aspecto. Seguramente, el rímel se le había emborronado y le había dejado unos círculos negros alrededor de los ojos. No podía estar guapa, pero tampoco parecía que Hunter fuera a salir corriendo.
    – Tenemos que levantarnos -dijo con poco ánimo. No hizo ademán de moverse.
    – ¿Y si primero hablamos? -preguntó él.
    Rápidamente, las defensas de Molly se pusieron en alerta.
    – ¿De qué? -inquirió con cautela.
    Había varios temas de los que él podía hablarle: la mentira acerca del general y Sonya, la noticia que les había dado Ty… Recién salida de aquella migraña, Molly no estaba en condiciones de tener una discusión con él.
    – De tu ropa. ¿Por qué la tienes guardada en el armario?
    Ella se sorprendió.
    – ¿Qué? ¿Por qué razón te preocupas por eso?
    – Cuando estábamos en la universidad, ¿sabes lo que me llamó la atención de ti en primer lugar?
    Molly negó con la cabeza. Sólo sabía cuál era la razón por la que ella se había fijado en él. Al igual que Molly, Daniel era el único que se quedaba en la biblioteca, estudiando, hasta la hora de cierre. Sus hábitos de estudio y su decisión por triunfar eran iguales. Eso, y lo guapo que era.
    – Quizá tuviera algo que ver con las minifaldas que llevabas a clase -dijo él, moviendo las cejas sugestivamente.
    Ella se rió.
    – ¡Cuando comenzamos las clases había cuarenta grados de temperatura!
    – Quizá también tenga algo que ver con los colores tan fuertes de tus camisetas. O los pañuelos de colorines que te ponías al cuello o en la cintura. Llevaras la ropa que llevaras, siempre te ponías una prenda de un color llamativo. Cuando entrabas en una sala, dejabas clara tu presencia.
    Ella sabía adónde se dirigía Daniel con aquella conversación, y no quería hablar de cómo había cambiado durante el último año. También sabía que él no iba a dejar el tema.
    – Los colores son divertidos -dijo Molly defensivamente.
    – Entonces, ¿por qué tienes la ropa más colorida en una maleta, en el armario?
    – Me está volviendo a doler la cabeza -murmuró ella.
    – Mentirosa. Molly, yo me enamoré de la mujer que dejaba clara su presencia al entrar en una habitación. La que no permitía que le dijeran lo que tenía que hacer, ni qué ropa debía elegir. ¿Qué pasó cuando te mudaste aquí?
    Molly permaneció en silencio, pero él no estaba dispuesto a cambiar de conversación. Ya sabía el motivo por el que ella había enterrado la parte más atrevida de su personalidad, pero quería que lo admitiera. Y después, quería que volviera la antigua Molly. Pensó que tenía que agradecerle a Jessie, la adolescente mimada, que le hubiera dado pie a comenzar aquella charla.
    – No creo que la comandante fuera a quejarse por cómo te vistes -dijo Daniel.
    – No, ella no se quejó -respondió Molly, cruzándose de brazos sin mirarlo.
    Él no se dejó amedrentar.
    – ¿Es por el general, entonces? ¿Es muy conservador?
    Ella se encogió de hombros.
    – En algunas cosas sí.
    – Pero se siente feliz por el hecho de que formes parte de su vida. No creo que le preocupe lo que se pone su hija adulta. Robin está en sus estudios y apenas pasa tiempo en casa, y no puede importarte lo que piense Jessie sobre ti, entonces, ¿qué pasa? -le preguntó él, tomándola de la mano.
    – Tú ya lo sabes. Es por mi familia. No quiero perderla. Cuando vine aquí deseaba con todas mis fuerzas que me aceptaran, así que habría hecho cualquier cosa por conseguirlo.
    – Incluso ocultar tu personalidad.
    – No es tan drástico.
    – Sí lo es. De no ser por tus botas rojas, algunas veces ni siquiera te reconocería. ¿No echas de menos ser tú misma?
    Ella no respondió, pero él vio que se le llenaban los ojos de lágrimas y supo que había dado en el blanco. Bien. Eso significaba que quizá estuviera pensando en lo que él le decía. Daniel echaba de menos el cosquilleo que sentía en el estómago cada vez que la veía vestida con alguno de aquellos colores fuertes. Era lo que la hacía única y especial.
    – Tu familia ya te ha aceptado. En algún momento se merecen conocer a su verdadera hija y hermana -dijo él. Por impulso, le pasó la pierna por encima de las caderas-. Tal y como yo te conozco.
    – A ti no te caigo bien todo el tiempo -le recordó Molly.
    – Pero yo soy idiota -dijo Daniel con una sonrisa.
    – Tienes razón.
    Al cuerpo de Daniel le gustaba aquella posición, y notó que se excitaba contra los vaqueros que aún tenía abiertos.
    – ¿Significa esto que ya me has perdonado? -le preguntó ella.
    Hunter gruñó. Le tomó los brazos e hizo que se los pasara por encima de la cabeza.
    – Significa que te acepto tal y como eres.
    Y eso significaba que tenía que aceptar su necesidad de mantener a la familia unida a cualquier precio. Daniel suponía que podría hacerlo durante el corto tiempo que iba a permanecer allí con ella.
    – Es un comienzo -murmuró Molly, con satisfacción.
    – Como esto.
    Daniel deslizó las manos hasta sus pechos y la besó perezosamente. Sus lenguas se entrelazaron, y su cuerpo pidió más.
    Y aquélla fue la señal de que debía irse. Lamentándolo, tuvo que apartarse de ella.
    – Será mejor que salga de aquí antes de que vuelva esa pequeña cotilla y nos pille haciendo algo más que dormir.
    – Esa niña está aumentando su lista de pecados -murmuró Molly.
    Él sabía que estaba bromeando; sin embargo la frustración de su tono de voz era la misma que él sentía.

    Después de ducharse, el primer paso de Molly fue ir a la habitación de Jessie. Aunque Hunter y ella sólo estaban durmiendo en la misma cama, no se sentía en posición de gritarle a una adolescente por entrar en su cuarto sin llamar. De todos modos, Molly creía que había ganado la partida, porque su hermana había cesado en su intento de chantaje. La ropa de Molly a cambio de su silencio. Tsss.
    Llamó una sola vez a la puerta de Jessie y entró.
    Jessie gritó y se dio la vuelta, abrochándose la camisa a toda prisa.
    – ¡Eh!
    – Al menos yo he llamado una vez para avisarte -dijo Molly mientras entraba y cerraba la puerta.
    Jessie frunció el ceño y, cuando terminó de abotonarse la camisa, se dio la vuelta hacia su hermana.
    – Siento no haber llamado.
    La disculpa de Jessie tomó a Molly por sorpresa.
    – Gracias. Y para que lo sepas, anoche estaba enferma y Daniel se quedó conmigo. Debió de quedarse dormido. Hubiera preferido que no hubieras entrado así en la habitación, pero no estaba pasando nada.
    – ¿Has venido a reñirme?
    – ¿Por entrar así? No. Ya me has pedido disculpas. ¿Por intentar chantajearme? De eso sí podríamos hablar. A mi edad, no creo que nadie vaya a castigarme por tener a un hombre en mi habitación, y si crees que vas a controlarme fisgoneando en mi armario o amenazándome, te equivocas.
    – Tienes que admitir que merecía la pena intentarlo -dijo Jessie con una sonrisa tímida.
    Aparentemente, los progresos que habían hecho no se habían perdido por completo. Molly suspiró con resignación.
    – No más tonterías, ¿de acuerdo?
    – Sí, sí -respondió Jessie.
    – Bien -dijo Molly, inclinando la cabeza-. Te he traído una cosa.
    Sacó el jersey amarillo de detrás de su espalda y se lo lanzó a Jessie.
    – ¡Bien! -la niña abrió unos ojos como platos mientras acariciaba la prenda-. Gracias -le dijo a Molly, mirándola con evidente agradecimiento.
    – De nada. No estoy recompensándote por tu mal comportamiento, pero me parece que el amarillo te favorece.
    Jessie tuvo la decencia de ruborizarse.
    – Siento habértelo hecho pasar mal.
    – Puedo soportarlo. Pero me gusta más cuando eres así. Bueno, ¿cómo está Seth? -le preguntó Molly para cambiar de tema.
    – Parece que está mejor. Dice que ha buscado a Hunter en Internet y que tiene un porcentaje de éxito muy alto en los juicios. Eso le ha tranquilizado mucho. Creo que está muy preocupado por perder a mi padre además de haber perdido a su padre, si es que tiene sentido.
    – Sí lo tiene -dijo Molly suavemente-. Y tiene razón en cuanto a Hunter. Nuestro padre está en buenas manos.
    – Sí, es cierto.
    Ninguna objeción sobre si el general era padre de las dos o no, pensó Molly, y dejó escapar un imperceptible suspiro de alivio.
    – Que disfrutes del jersey. Queda muy bien con vaqueros oscuros, por cierto -le dijo, y se dio la vuelta para salir, alegre por el progreso que habían hecho.
    – Gracias otra vez. Eh, estaba pensando… -dijo Jessie.
    Molly miró hacia atrás.
    – ¿Qué?
    – Que quizá este fin de semana pudieras llevarme a Starbucks. Ya sabes, sólo nosotras. Y si Robin viene de la universidad, bueno, quizá podríamos ir las tres…
    Molly sonrió.
    – Vaya, eso es un buen plan.
    En realidad, un plan magnífico.

    Hunter encontró al general sentado en el porche. El sol brillaba en lo alto del cielo, y Frank estaba mirando al horizonte a través de las gafas de sol.
    – ¿Le importa que me siente con usted? -le preguntó Hunter.
    – Claro que no.
    Hunter se puso también sus gafas de sol y se sentó a su lado.
    – ¿Le está resultando dulce la libertad?
    – Amarga.
    Daniel asintió.
    – Lo entiendo.
    El padre de Molly se sentía feliz por estar fuera de la cárcel, y al mismo tiempo estaba petrificado ante la posibilidad de tener que volver.
    – ¿Podemos hablar de unas cuantas cosas?
    El general asintió.
    – Me alegro de hacer algo para ayudar en mi propio caso. No tengo costumbre de estar ocioso.
    Inclinándose hacia delante, Hunter pensó muy bien en aquello que debían tratar.
    – Su secretaria no ha estado yendo a trabajar, ¿verdad?
    – No. Tampoco me ha enviado una carta de dimisión. Lydia ha desaparecido, y como Sonya estaba dispuesta a sustituirla, no me he preocupado de dónde estaba.
    – Molly y yo vamos a ir a Atlantic City más tarde. Quiero mostrarles la fotografía de Paul a los empleados del motel donde solía alojarse. Mientras, ¿podrían Sonya y usted repasar las cuentas del negocio, las finanzas personales de Paul y darme una lista de las fechas en las que salió de la ciudad por negocios?
    – No hay problema. ¿En qué estás pensando?
    – No sé nada con certeza todavía. Sólo me pregunto si Atlantic City era una parada secundaria cuando Paul iba a un viaje de negocios para usted. Y, de ser así, ¿paraba allí para jugar? ¿Debía más dinero del que había perdido? Estoy buscando otros sospechosos para que podamos plantearle una duda razonable al jurado. Más importante aún, quizá pudiéramos convencer al juez de que retirara los cargos contra usted debido a la falta de pruebas.
    – Te lo agradezco mucho -dijo Frank.
    – Sólo hago mi trabajo, señor.
    – ¿Cómo está Molly? No me refiero a la cara de valiente que pone para mí, sino a cómo está de verdad -preguntó el general con preocupación.
    Hunter apreciaba los sentimientos de aquel hombre por su hija. En el general, Molly había encontrado todo lo que estaba buscando en un padre, y Hunter se sentía muy feliz por ella.
    – Es fuerte. Soportará todo esto perfectamente -le aseguró Hunter.
    – No es justo. En algo tan horrible como esto, es la gente a la que quiero la que se está llevando la peor parte.
    Daniel asintió. Había oído decir lo mismo a muchos de sus clientes. Sin embargo, en aquella ocasión Hunter estaba más vinculado a su representado y al resultado del juicio, y no podía quedarse mirándolo todo sin involucrarse personalmente. Se preocupaba por los sentimientos de todos ellos, y hubiera deseado tener una familia tan unida como la que Molly había descubierto allí.
    Por supuesto, no la tenía. Y aunque Molly pensara que él no se había reconciliado con su pasado, Daniel sabía que lo aceptaba como lo que era: el pasado. Por desgracia, eso no significaba que no sintiera tristeza y anhelo porque las cosas hubieran sido distintas. Y, cuando veía a Molly tan integrada en su vida, sus propias necesidades resurgían y le resultaba más difícil reprimirlas.
    – ¿Un puro? -le preguntó el general, sacándose dos cigarros del bolsillo de la camisa.
    Hunter arqueó una ceja.
    – ¿No es un poco temprano?
    Frank se rió.
    – En esta casa, fumo cuando y donde puedo, porque mi madre se empeña que no haya humo en el ambiente, por el pájaro.
    Hunter notó la resignación de su interlocutor.
    – Su hogar no es su castillo.
    – Lo has entendido muy rápido -dijo Frank. Le tendió el puro y Hunter lo tomó.
    – Es difícil vivir en una casa llena de mujeres, ¿eh?
    – Si sabes lo que te conviene, no responderás a eso.
    Ambos se dieron la vuelta y vieron a Edna tras la puerta mosquitera, con el mencionado pájaro en el hombro.
    – Algunas veces no sé si acaba de salir de Piratas del Caribe.
    No era una descripción muy halagadora, pensó Hunter.
    – Sigo siendo tu madre, así que sé agradable. Hunter, ¿te apetece una taza de café? -le preguntó la comandante.
    – No, gracias.Ya he tomado una.
    – ¿Queréis que os prepare un termo para el trayecto? Molly se está tomando el suyo ahora, y hay un camino largo hasta Atlantic City. Sobre todo, si conduce Molly.
    Hunter no había pensado en cómo iban a ir, pero se dio cuenta de que su moto no sería cómoda para un viaje tan largo.
    – Seguro que me dejará conducir su coche.
    – No creo. La chica es mi nieta, y como a mí, le gusta tener controlada la situación.
    Aquello parecía propio de Molly, sí.
    – Me parece buena idea lo del café para el camino -le dijo a la comandante, y después se volvió hacia el general-. Y con suerte, cuando volvamos traeremos buenas noticias.
    – Amén -respondió el general.
    Por primera vez en mucho tiempo, Hunter estaba deseando estar con Molly a solas. Aunque sabía que aquélla no era una situación a largo plazo, eso no apagó su entusiasmo por el viaje que iban hacer a Atlantic City.

    Molly nunca había estado en Atlantic City, y le apetecía la idea. Con una pequeña maleta en la mano, se reunió con Hunter junto al coche.
    – Estoy lista, y puntualmente.
    – Ya lo veo. Me encontré a Jessie hace un rato con un jersey amarillo -dijo él, con una mirada de aprobación.
    – Decidí concederle el beneficio de la duda y fingí que en realidad no quería chantajearme -dijo Molly, riéndose-. Cada vez está más agradable conmigo. No veía razón para decirle que no.
    Él tomó su maleta y fue hacia el maletero.
    – Espero que antes le echaras un sermón sobre que no debe pasar a una habitación sin llamar, que no debe hurgar en las cosas de los demás y tampoco chantajear.
    – Claro que sí.
    – ¿Las llaves?
    Ella se sacó el llavero del bolso y apretó el botón de apertura automática. Hunter abrió el maletero, guardó la maleta y su bolsa y cerró.
    – Yo conduciré -dijo.
    Normalmente, Molly prefería conducir, y le hubiera encantado recorrer el camino hasta la costa de Jersey, pero la medicación que tomaba para las migrañas le producía somnolencia. Sabía que tendría que hacer grandes esfuerzos para permanecer despierta durante el viaje, así que, encogiéndose de hombros, le entregó las llaves a Hunter.
    – Gracias -dijo él con asombro.
    – ¿Por qué te quedas pasmado?
    Se acomodaron en el coche antes de que él respondiera.
    – Tu abuela me dijo que tenías que controlar la situación. Me aseguró que no ibas a dejarme conducir.
    – ¿Y tú te lo creíste?
    Él arrancó el motor.
    – Digamos que no tenía razón para dudarlo, pero pensé en intentarlo.
    – No me importa que tú tengas el control, al menos durante un ratito. Además, es un coche nuevo y tiene GPS -le explicó ella, señalándole el mapa del salpicadero-. Por si te pierdes.
    Hunter miró al cielo.
    – Creo que podré arreglármelas. Es un camino muy recto -dijo él, y comenzó a dar marcha atrás para salir a la calle.
    Molly se quedó dormida casi en cuanto salieron del vecindario. Se despertó hora y media después, cuando él hizo una parada para repostar. Compraron un tentempié en la tienda de la gasolinera, fueron al servicio y se pusieron en camino. Ella se quedó dormida de nuevo y se despertó cuando paraban en un precioso hotel.
    Inmediatamente, un mozo se acercó a abrirles la puerta.
    – ¿Van a quedarse a dormir o sólo durante el día?
    Molly abrió la boca, pero volvió a cerrarla. No sabía si aquél era el lugar al que habían ido a investigar o el lugar donde iban a alojarse. No habían hablado mucho de lo que iban a hacer en Atlantic City después de tomar la decisión de ir.
    – Vamos a quedarnos a dormir -respondió Hunter.
    Aceptó el tique que le entregó el mozo. Después se dirigió hacia el mostrador de recepción, y ella lo siguió.
    – Éste no es el motel de Paul, ¿verdad? -le preguntó.
    – No. Este es nuestro hotel, al menos para esta noche. Pensé que, ya que estábamos aquí, podíamos disfrutar del viaje.
    Cuando llegaron al mostrador, Hunter le entregó su carné y una tarjeta de crédito al recepcionista. El joven, que llevaba un uniforme blanco con el cuello de la camisa almidonado, les sonrió.
    – Bienvenido, señor Hunter -dijo, y comenzó a teclear en el ordenador-. Es una suite de no fumadores, ¿verdad?
    – Eh… -murmuró Molly.
    – Discúlpenos un momento -le dijo Daniel al recepcionista, y tomó a Molly del codo para alejarla unos cuantos pasos del mostrador-. ¿Hay algún problema?
    – Bueno, no tengo ningún problema en compartir habitación contigo, como tú bien sabes…
    Él sonrió. Le lanzó una sonrisa sexy, seductora, de «no puedo esperar para llevarte a la cama».
    – ¿Pero?
    – No puedo permitirme pagar una suite. No estoy trabajando esta temporada, y no sé ni siquiera si podría pagar la mitad de una suite aquí. Y tú no puedes catalogar esto como gastos de trabajo porque mi padre nunca podrá pagar la cuenta de este hotel, tampoco -dijo ella, avergonzada por tener que hablar de sus finanzas, o más bien de su falta de finanzas.
    Él la miró fijamente.
    – ¿Acaso te he pedido que lo pagues? Por favor, Molly. Tengo un poco de clase. Yo te he traído aquí, así que yo invito.
    Ella abrió unos ojos como platos. Pensaba que irían a Atlantic City para trabajar, y que se quedarían en un hotel económico, no en uno de los lugares más bonitos de la ciudad.
    – ¡No puedo pedirte que hagas eso!
    – No me lo has pedido. Yo te lo he ofrecido. Quería sorprenderte con una noche alejada de los problemas de casa. Hasta el momento, la sorpresa no va muy bien -dijo él, que obviamente estaba disgustado con sus objeciones-. ¿No podemos empezar de nuevo, reservar la habitación y que tú dejes de cuestionar cada cosa que hago?
    – De acuerdo -dijo ella, verdaderamente conmovida por su ofrecimiento.
    Entonces, él le acarició la mejilla, y su ternura fue un contraste con la frustración de su tono de voz.
    – Deja que haga esto por ti.
    Ella asintió.
    – Si me lo hubieras contado antes, no habría…
    Él le puso un dedo sobre los labios.
    – No más objeciones, ¿de acuerdo?
    Ella asintió nuevamente.
    – Bien.
    Daniel la tomó de la mano y la guió de nuevo hacia el mostrador.
    – Ya está resuelto. La suite está bien.
    Diez minutos más tarde habían terminado la reserva, pero la suite no estaría preparada hasta una hora después.
    – ¿Qué te parece si vamos al motel e investigamos un poco sobre Paul?
    – Muy bien.
    – Sólo una cosa -dijo él-. Cuando terminemos, lo dejaremos todo en punto muerto hasta que lleguemos a casa mañana. Nos tomaremos el resto del día y la noche libres.
    Daniel la observó intensamente, esperando una respuesta.
    Molly se dio cuenta de que él había pensado en aquel viaje y se había esforzado en que saliera bien. En algún momento de las pasadas veinticuatro horas, él le había perdonado su mentira.
    – Nadie podría acusarte de tonto. Lo tenías todo bien planeado, ¿eh?
    – Lo he pensado mucho.
    Ella se sintió muy complacida por su previsión, y sonrió.
    – Me gusta cómo piensas.
    Él asintió.
    – Bien. Entonces, vamos a ver qué averiguamos en el Seaside Inn, y después tendremos más tiempo para nosotros.
    Nosotros.
    A Molly le gustaba cómo sonaba aquella palabra en los preciosos labios de Daniel.

Capítulo 13

    El motel Seaside Inn era muy diferente al hotel que Hunter había elegido para ellos. Molly lo siguió al establecimiento de mala muerte. En su interior olía a humedad, y el sitio no había visto una mano de pintura ni una reforma desde hacía años.
    Sintió una gran decepción hacia Paul Markham, algo que se repetía a medida que averiguaban más cosas sobre él. Víctima o no, no era la persona que su padre y Sonya pensaban que conocían.
    – Quisiera ver a Ted Frye -le dijo Hunter a la señorita que había tras el mostrador.
    – Yo soy Mary Frye, la hermana de Ted. Él tiene el día libre hoy. ¿En qué puedo ayudarlos? -preguntó la muchacha, que tenía el pelo rubio teñido, mientras se volvía hacia ellos.
    La joven, que tenía poco más de veinte años, vio a Hunter y abrió unos ojos como platos. Se llevó la mano al pelo, que le llegaba a mitad de la espalda, al verdadero estilo playero.
    – De hecho, sí puede. Mi hermana y yo estamos buscando información sobre este hombre -dijo Hunter, y se sacó del bolsillo la fotografía de Paul que le había dado Sonya.
    Molly se irritó al oír que Hunter decía que era su hermana. Hubiera protestado, pero él la agarró por la muñeca y le dio un tirón para que se colocara a su lado. Era una orden clara para que se mantuviera callada y le dejara hablar a él.
    «Muy bien», pensó Molly, pero sólo porque quería aquella información, y era evidente que Daniel tenía un plan. Probablemente, al ver a la guapa rubia, él había decidido que la chica cooperaría más si pensaba que Hunter estaba disponible.
    Sonrió dulcemente a su supuesto hermano y le hundió las uñas en la mano al mismo tiempo, para hacerle saber exactamente lo que pensaba de su plan. Sólo porque fuera increíblemente sexy para Molly, no tenía por qué serlo también para todas las mujeres del mundo.
    La chica de la recepción, sin embargo, pensaba que sí lo era, porque se inclinó hacia él y posó su hermoso busto en el mostrador para proporcionarle una vista privilegiada de su escote. Lo que Molly tuvo que admitir, con total desagrado, era que el escote impresionaba, sobre todo comparado con el suyo.
    – Deje que lo vea -dijo Mary, apoyando los codos en el mostrador y mirando fijamente la foto-. ¡Ah! Es el señor Markham. He oído decir que lo han asesinado -dijo en un susurro, como si estuviera chismorreando-. Qué pena. Su prometida lleva aquí toda la semana. Mis padres se sienten muy mal por ella, y le han permitido quedarse todo el tiempo que necesite para recuperarse.
    – ¿Prometida? -preguntó Molly.
    – ¿Lydia está aquí? -intervino Hunter suavemente.
    La rubia asintió.
    – La pobre mujer está destrozada, claro. Si mi prometido hubiera sido asesinado, seguro que yo también me desmoronaría -dijo, y le dio un suave codazo a Hunter en el brazo.
    – Ha sido una tragedia -convino él rápidamente-. Somos amigos de Lydia, y estamos preocupados por ella.
    – Oh, la llamaré para decirle que están aquí -dijo Mary, y se acercó al teléfono.
    – ¡No! Quiero decir, creo que es mejor que la sorprendamos. Quizá, debido a su tristeza, no quiera vernos, pero lleva sola demasiado tiempo -dijo Molly, decidida a ser parte de la investigación.
    – Mi hermana tiene razón. ¿Le importaría darnos su número de habitación?
    – Se supone que no puedo divulgar esa información.
    – Sólo esta vez. Como favor a mí -le dijo Hunter, estirando el torso sobre el mostrador, poniendo en funcionamiento su potente atractivo-. La verdad es que tengo noticias sobre lo que le ocurrió a su prometido, así que si usted me dijera dónde puedo encontrarla, seguramente ella se sentiría muy agradecida. Y yo también.
    – Bueno…
    – ¿Por favor? -insistió Hunter, con su sonrisa más sexy. La que normalmente reservaba para ella, pensó Molly, incapaz de controlar los celos, por muy poco lógicos que fueran.
    – Está bien. Habitación doscientos quince. Pero no le diga a nadie que se lo he dicho.
    – Su secreto está a salvo conmigo. Gracias -dijo Hunter, y le apretó la mano a la otra mujer antes de volverse hacia Molly-. Vamos, hermanita.
    Molly apretó los dientes y lo siguió hacia la puerta. Rodearon el edificio hacia las habitaciones. Típico de un motel, los alojamientos de la segunda planta eran accesibles por unas escaleras que partían desde el aparcamiento.
    Cuando estuvieron fuera de la vista y del oído de la chica, ella lo agarró por el brazo para llamarle la atención.
    – ¿Hermana? ¡Has dicho que era tu hermana!
    Él se volvió.
    – Y tú has representado muy bien tu papel. Te has quedado en segundo plano y me has dejado…
    – Poner en marcha tus encantos para conseguir la información que necesitabas -dijo Molly-. Ha sido un buen plan -reconoció.
    – Vaya, gracias -respondió Daniel con una sonrisa-. ¿Te acuerdas de lo que te dije acerca de verte vestida con colores fuertes?
    Ella asintió cautelosamente.
    – Bueno, pues sobre todo me gusta verte verde de celos -dijo él, riéndose.
    Molly se cruzó de brazos y se detuvo.
    – Yo no estaba celosa de una rubia teñida con los pechos grandes.
    – ¿No? -preguntó Hunter, acercándose a ella para desafiarla a que dijera la verdad.
    Ella frunció el ceño.
    – Bueno, quizá un poco.
    – Quizá no tengas motivo para estar celosa. Quizá me gusten más los pechos de verdad que los operados. Y quizá tus pechos sean los que más me gustan -dijo él. Inclinó la cabeza y la besó de un modo que a Molly no le dejó ninguna duda de quién tenía el interés de Daniel por el momento.
    «El perdón es divino», pensó Molly mientras le devolvía el beso, disfrutando de su sabor masculino unos momentos.
    – Siento haber montado una escenita de celos -dijo cuando se separaron.
    Daniel se rió.
    – Me ha gustado.
    – Bueno, que no se te suba a la cabeza, ¿de acuerdo?
    – De acuerdo. ¿Lista para buscar a Lydia McCarthy?
    – Más que lista. Qué afortunado que ella esté aquí.
    Hunter la tomó de la mano, y juntos subieron las escaleras hasta la habitación doscientos quince.
    Molly llamó a la puerta. Para su sorpresa, se abrió lentamente y Lydia, la secretaria de su padre, apareció ante ellos.
    – No sois del reparto de pizza -dijo Lydia con la voz ronca.
    – No, pero necesitamos hablar contigo.
    Molly hizo ademán de entrar, pero Lydia le bloqueó el paso.
    – No tengo nada que decirte a ti, ni a tu padre. Lo siento, Molly, me caes bien, pero ahora estamos en bandos opuestos.
    Intentó cerrar la puerta, pero Hunter metió el pie.
    – Por favor, Lydia. No tenemos nada contra ti. Sé que estás sufriendo por la muerte de Paul. Sólo queremos evitar que un hombre inocente vaya a la cárcel, y tal vez tú sepas algo que nos ayude -le dijo Molly-. Por favor.
    – Está bien. Pasad, pero sólo unos minutos -dijo Lydia de mala gana.
    – Gracias -respondió Molly, y la siguió al interior de la habitación junto a Hunter.
    Lydia se sentó en la cama y les señaló dos sillas para que se pusieran cómodos.
    A juzgar por lo hinchados que tenía los ojos, la secretaria había estado llorando. Y por su aspecto desarreglado, llevaba sin salir de aquel motel unos cuantos días. Molly casi sintió lástima por ella. Sin embargo, el hecho de que hubiera tenido una aventura con un hombre casado, que estuviera dispuesta a creer que el general había matado a su mejor amigo y socio y que hubiera abandonado al padre de Molly y su negocio en el momento más inoportuno le ponían difícil a Molly el hecho de sentir compasión.
    – Señorita McCarthy, me llamo Daniel Hunter. Soy el abogado del general Addams. Me gustaría hacerle unas cuantas preguntas sobre la noche en que fue asesinado Paul. Ya conocemos su relación con la víctima, así que no voy a presionarla para que me dé detalles incómodos.
    – Se lo agradezco -dijo Lydia.
    – ¿Cuánto tiempo llevas aquí escondida? -le espetó Molly.
    Hunter se inclinó hacia delante en su asiento.
    – Lo que quiere decir es… ¿cuánto tiempo ha pasado aquí? No puede ser bueno para usted estar sola en estos momentos.
    Molly asintió y pensó que era mejor que se mordiera la lengua. Aunque quería interrogar a Lydia, sabía que Hunter sería mucho más diplomático para manejarla. En aquel momento, Molly estaba demasiado enfadada como para tener tacto.
    – Paul y yo solíamos alojarnos aquí. He venido aquí para estar más cerca de él -dijo Lydia. Sacó un pañuelo de papel de una caja y se sonó la nariz-. Miren, yo no he hecho nada. No vi nada. No sé lo que quieren de mí.
    Hunter carraspeó.
    – Quiero que me diga lo que ocurrió la noche que murió Paul.
    – Bien.
    Lydia se levantó de la cama y comenzó a caminar por la habitación.
    – Ha dicho que sabe que Paul y yo teníamos una relación. Él me había prometido durante años que iba a dejar a su mujer y que nos casaríamos. Me juraba que quería pasar el resto de su vida conmigo.
    Molly abrió la boca, pero la mano de Hunter se aferró a su muslo en una clara advertencia para que se mantuviera en silencio. Ella obedeció.
    – ¿Y aquella noche?
    – Bueno, todo comenzó aquel día. Paul y Frank tuvieron una discusión de dinero. Yo no sé exactamente lo que ocurrió, pero discutieron violentamente, y Paul se marchó como una furia. Volvió más tarde aquella noche, y continuaba enfadado. Yo nunca lo había visto así. Dijo que había tenido una pelea con Sonya. Que ella no lo entendía, y que nunca lo entendería. Me dijo que había robado una enorme cantidad de dinero del negocio y que se lo había jugado. Todo.
    – ¿Que se lo había jugado? -preguntó Molly, sorprendida.
    – ¿Aquí, en Atlantic City? -inquirió Hunter.
    Lydia asintió.
    – Muchos de sus viajes de negocios incluían visitas aquí. Yo me reunía con él en este motel para pasar el fin de semana. Él me daba dinero para que fuera a un spa, para que me diera un masaje… él iba al casino. A mí no me gusta jugar, y no me importaba que él fuera solo.
    Molly estuvo a punto de soltar un resoplido, pero Hunter no había quitado la mano de su muslo, y ella no quería que volviera a apretarla con tanta fuerza como antes. Además, en aquel momento estaba consiguiendo más detalles de los que nunca hubiera imaginado de Lydia McCarthy, y algunas piezas sobre Paul y el dinero estaban empezando a encajar.
    – Pero esa noche usted se dio cuenta de que él lo había perdido todo -dijo Hunter.
    – Sí, pero tampoco me importó. Lo vi como una bendición, una señal de que éramos libres. Le dije a Paul que debíamos aprovechar la oportunidad y huir juntos.
    – ¿Y él se negó? -inquirió Hunter.
    Lydia asintió secamente.
    – No sólo eso, sino que me dijo que nunca había tenido intención de dejar a Sonya ni a su hijo. Dijo que no estaba dispuesto a abandonar la vida que tenía. Cada una de sus palabras fue como un puñal que se me clavaba en el corazón -dijo, y se puso las manos en el pecho.
    Molly tuvo ganas de gritar ante el teatro de Lydia, pero se dio cuenta de que, aunque fuera absurdo, su dolor era real. Molly no tenía por qué aprobar las decisiones que había tomado la secretaria, pero tampoco podía juzgarla.
    – ¿Y qué hiciste? -le preguntó Molly. ¿Qué hacía una mujer cuando el hombre al que quería le daba la espalda?
    ¿Qué había hecho Hunter cuando Molly le había dado la espalda? Se había retirado a su infierno privado, pensó ella, al revisar la escena con la que se había encontrado pocas semanas antes. El apartamento desordenado, la bebida y la mujer que estaba en su cama, a la que no había vuelto a mencionar.
    Vaya. Nada como sentir el impacto de las propias acciones pasadas en mitad de la cara, pensó Molly.
    – ¿Qué pasó después de que él la dejara?
    La voz de Hunter sacó a Molly de sus dolorosos recuerdos. Esperaba no haberse perdido mucho de la entrevista.
    – Me marché. Creía que estaba muy enfadado por lo del dinero, por Frank y por su esposa, y que se le pasaría cuando se diera cuenta de que probablemente Sonya no querría seguir a su lado, pero que yo estaba esperándolo pese a todo. Decidí que hablaría con él de nuevo por la mañana, pero cuando llegué a la oficina al día siguiente, la policía estaba allí y Paul había muerto.
    Lydia parpadeó, intentando contener las lágrimas.
    – ¿Está bien? -le preguntó Hunter.
    La mujer asintió.
    – Ahora mismo vuelvo.
    Hunter se levantó al mismo tiempo que ella. Lydia entró al baño y cerró la puerta.
    Él se volvió hacia Molly.
    – ¿Y tú? ¿Estás bien?
    Ella asintió, sorprendida y reconfortada por su preocupación, sobre todo después de lo que había estado pensando. No le había gustado darse cuenta del dolor que le había causado a Hunter, y detestaba pensar cómo habían sido para él los meses que habían pasado desde que ella se había alejado.
    Tampoco sabía qué decir, así que se mantuvo en silencio.
    Lydia volvió a la habitación.
    – ¿Hemos terminado? Es muy doloroso recordar todo esto.
    – Sólo unos minutos más -le aseguró Hunter-. ¿Qué hizo esa noche, después de salir de la oficina?
    – Me fui a casa y lloré hasta que me quedé dormida.
    Hunter se acercó a ella.
    – Lo siento -le dijo-. Seguro que ya le ha contado todo esto a la policía. Es sólo que a veces ayuda oír los hechos en boca de la persona que los ha vivido, en vez de leerlo todo en un informe.
    Molly admiró la técnica de Hunter. Se había ganado la confianza de Lydia con su actitud comprensiva, e incluso después de oír que había estado sola aquella noche, no le había preguntado si tenía una coartada. Seguro que no quería enfrentarse a ella y arriesgarse a que se cerrara en banda. Era un estratega brillante.
    Lydia, mientras, tomó aire profundamente.
    – Sí se lo dije a los policías, pero ellos no tenían ni la mitad de interés que ustedes.
    Porque ya tenían a su hombre, pensó Molly amargamente. La policía de una ciudad pequeña ni siquiera se molestaría en pensar que quizá Lydia hubiera disparado a su amante cuando él la había dejado.
    – Una cosa más -dijo Hunter-. Si puede pensar más allá del hecho de que Frank fuera arrestado por el asesinato de Paul, ¿se le ocurre alguien más que hubiera podido querer asesinarlo? ¿Alguien que tuviera una enemistad con él, personal o profesional? Ustedes dos estaban muy unidos, así que nadie podría responder a esa pregunta mejor que usted.
    Estaba halagando a Lydia, pensó Molly. Y era muy bueno.
    – Por mucho que me duela, tengo que decir que puede que lo hiciera Frank. Tenía motivo, oportunidad y acceso de noche al edificio. Lo siento, Molly, pero es la verdad.
    Molly apretó los dientes.
    – Pero, por favor, complázcame -insistió Hunter antes de que ella pudiera responderle a la secretaria-. ¿Se le ocurre alguien más que tuviera una rencilla con Paul?
    – No creo que sirva de mucho, pero el alcalde Rappaport hizo con él un trato unos meses antes de que Molly llegara a la ciudad. Los Rappaport tenían unas tierras a las afueras de la ciudad que habían estado en su familia durante generaciones. Paul se enteró de que algunos constructores estaban interesados en esos terrenos. Habían estado husmeando, pero no se habían puesto en contacto con el alcalde todavía. Él estaba inmerso en la campaña de reelección, enfrentándose a un oponente más joven que estaba ganándole terreno. No prestaba atención a otra cosa que no fuera su carrera, y necesitaba dinero para financiarla. Así que, cuando Paul le ofreció quitarle la propiedad de encima, el alcalde Rappaport aprovechó la oportunidad, como Paul sabía que haría.
    – Deja que lo adivine. Paul compró los terrenos a precio de saldo -dijo Molly, incapaz de disimular su repugnancia. Cuanto más sabía sobre el amigo de su padre, menos le gustaba.
    Lydia asintió.
    – Exacto. Después se puso en contacto con los constructores y vendió la tierra por mucho más dinero. Mucho más de lo que le había pagado al alcalde, claro.
    – Y el alcalde se puso furioso -dijo Hunter.
    – No se le puede culpar por ello -respondió Lydia.
    Molly la miró con desconcierto.
    – ¿Y querías a un hombre así?
    Lydia se encogió de hombros.
    – Todo vale en el amor, la guerra y el negocio inmobiliario. Los tratos de Paul no tenían nada que ver conmigo.
    «¿Igual que su matrimonio?», se preguntó Molly en silencio. Sabía que no debía hacer la pregunta en voz alta, porque Hunter la mataría. Además, Lydia ya tenía suficiente castigo por su papel en los sucios tejemanejes de Paul y por interponerse en su matrimonio.
    – ¿Sabe la policía este asunto entre el alcalde y Paul? -preguntó Hunter.
    – Sé que se mencionó todo esto durante los días siguientes al… asesinato de Paul -dijo ella, atragantándose con la palabra-. Pero la policía no siguió la pista.
    – No sé cómo darle las gracias.
    Lydia asintió.
    – De nada. Espero que sirva de algo.
    Hunter se detuvo junto a la puerta.
    – ¿Le importa que le dé un consejo? -le preguntó, pero continuó antes de que ella pudiera rechazar la oferta-. Vayase de este motel y deje atrás los recuerdos. Vuelva a casa a rehacer su vida. No puede sacar nada bueno de permanecer aquí.
    – Adiós, Lydia -dijo Molly suavemente.
    La otra mujer alzó la mano para despedirse.
    Ellos salieron al aire fresco y oyeron la puerta del motel cerrándose a sus espaldas. Cuando bajaron las escaleras, Molly se volvió hacia Hunter, incapaz de contener su entusiasmo.
    – ¿Te das cuenta de lo que hemos averiguado? ¡Tenemos dos sospechosos más!
    – No es tan sencillo.
    – No lo entiendo -dijo Molly.
    No quería oír nada negativo que pudiera ahogar su alegría o amenazar lo que había pensado que eran noticias muy positivas para su padre.
    – Estamos en el mismo bando, Molly, pero tienes que ser realista y objetiva. Nos gustaría tener sospechosos alternativos. La policía se niega a tenerlos en cuenta. Has visto que Lydia no tiene coartada. Me temo que el jurado verá en ella a una mujer que cometió un error al liarse con un hombre casado, pero que se vio enredada por sus falsas promesas. Serían comprensivos con ella. Si la usáramos como testigo, dirá que piensa que tu padre es el asesino. No va a ayudarnos en el caso.
    Molly tragó saliva.
    – ¿Y el alcalde? ¿Por qué no es él un sospechoso?
    – Porque, que nosotros sepamos, no le había causado problemas a Paul. Perdió las tierras pero ganó las elecciones. Esta situación sólo da más pruebas de que Paul era un mal tipo, pero no exonera a tu padre. Y sinceramente, no creo que pudiéramos llevar al alcalde a juicio a menos que tuviéramos la prueba de que amenazó a Paul. Lo siento -le dijo Hunter a Molly, y la abrazó.
    Molly se dejó envolver entre sus brazos.
    – Algunas veces, te odio por ser tan profesional.
    – Espero que sea mi profesionalidad lo que encuentre la llave para liberar a tu padre. Lo conseguiremos de algún modo -le prometió él.
    – Te tomo la palabra.
    – Igual que yo te tomo la palabra a ti. Me prometiste que nos olvidaríamos del caso hasta mañana. Hemos hablado con Lydia y hemos analizado nuestras averiguaciones. Ahora nos tomaremos el resto del día libre. Mañana, cuando volvamos a casa, decidiremos cuál será el paso siguiente.
    Molly no tenía ganas de discutir. Estaba desesperadamente necesitada de sus abrazos y de su habilidad para hacer que olvidara los problemas, al menos durante aquella noche.

    Cuando Hunter había llamado para reservar la suite, había pedido unos cuantos lujos sencillos. Al entrar en la habitación, la luz era tenue y sus peticiones habían sido satisfechas.
    Molly lo rodeó y se adelantó. Vio una botella de champán en un cubo de hielo, una bandeja de fruta y un surtido de sándwiches y postres junto a la ventana, al lado de un gran centro de flores.
    – Esto es maravilloso. Me muero de hambre y hay comida esperando -dijo, y paseó la vista por el resto de los detalles-. Y champán. Champán caro -añadió, y se giró hacia Hunter-. No deberías haberlo hecho.
    Él se encogió de hombros, azorado. Cuando no sabía qué hacer, tenía tendencia a exagerar. Como por ejemplo, el hecho de pedir comida para media docena de personas porque no sabía lo que iba a gustarle a Molly.
    Se metió las manos en los bolsillos.
    – Quería que disfrutaras.
    Ella sonrió sensualmente.
    – Estoy de acuerdo contigo. ¿Cómo no voy a disfrutar?
    Molly se acercó a él, se puso de puntillas y lo besó en los labios.
    – Eres generoso y bueno -murmuró-. Por no mencionar guapísimo.
    Le pasó los dedos entre el pelo, deleitándose con el mero hecho de tocarlo.
    Con facilidad, Molly consiguió que Hunter se olvidara de su azoramiento y que el deseo se adueñara de él.
    – Has dicho que tenías hambre -le recordó.
    – Tengo hambre. De ti -dijo Molly. Bajó las manos hasta su cintura y metió los dedos por sus pantalones; extendió los dedos calientes por su piel.
    A él se le escapó un gruñido.
    – Estás jugando con fuego -le advirtió.
    – Eso es porque quiero quemarme -replicó ella, mientras le desabrochaba la cremallera.
    Dejó que los pantalones cayeran al suelo. Daniel se los quitó y se sacó los zapatos y los calcetines. Hizo lo mismo con la camisa y la añadió a la pila de ropa.
    Hunter alzó la vista y su mirada se cruzó con la de Molly. Estaba ruborizada y tenía los ojos llenos de pasión. A él le dio un salto el corazón en el pecho. Debería hacerle caso a aquella advertencia, pensó, pero estaba demasiado emocionado como para seguir lo que le dictaba el sentido común.
    Sin avisar, la tomó en brazos. Ella soltó un gritito y se aferró a su cuello.
    – No necesito que me lleves -le dijo, pero su risa le dio a entender a Daniel que estaba disfrutando de aquella exhibición de dominación masculina.
    – Lo sé. Eres una mujer independiente -repuso él, mientras caminaba hacia el dormitorio. La depositó en la cama y continuó-: pero tan sólo por esta vez, vas a rendirte ante mí.
    Aunque lo dijo riéndose, no se había dado cuenta de lo mucho que deseaba aquello. Su sometimiento. Necesitaba que Molly admitiera lo mucho que lo quería, que podía confiar en él.
    – Oh, vamos. Tú no quieres que yo me someta. Quieres que participe activamente.
    Prácticamente, ronroneó mientras ella lo despojaba de la ropa interior. Después, tomó su erección entre las manos y le acarició la punta sensible con el pulgar.
    Él jadeó.
    – Tienes razón.
    – Lo habías planeado todo, así que por favor dime que has traído preservativos -dijo Molly, y él abrió los ojos.
    – Sí. Están en el bolsillo exterior de mi maletín.
    – Que Dios bendiga a los hombres previsores.
    Molly lo soltó y le hizo un gesto hacia el equipaje, que estaba reunido en un rincón del dormitorio.
    El apretó los dientes y buscó la caja de preservativos. Cuando la encontró, volvió a la cama, y descubrió que ella se había quitado los zapatos y la camisa, y que estaba liberándose de los vaqueros.
    Cuando terminó, quedó vestida tan sólo con un sujetador diminuto y unas braguitas a juego. Él paseó la mirada por su cuerpo y sacudió la cabeza.
    – Demonios, eres muy sexy.
    – Me alegro de que lo pienses -dijo Molly. Se puso de rodillas sobre la cama, para estar a la misma altura que él, y apoyó las manos en sus hombros.
    Él pensó que iba a besarlo de nuevo, pero en vez de eso, Molly le rozó la mejilla con los labios. Con una ligereza cálida y seductora, siguió el camino hacia su cuello y terminó mordisqueándole suavemente el lóbulo de la oreja. Aquello creó una ráfaga de sensaciones que viajó directamente a sus entrañas.
    – Dios -murmuró Daniel-. Lo que me haces no tiene descripción -añadió, temblando.
    Ella arqueó la espalda y le tocó el torso con los pechos. Sus pezones erectos lo rozaron a través de la tela del sujetador. Aquellos ligeros toques lo estaban llevando hasta el punto de estallar.
    – ¿Molly? -le preguntó entre dientes.
    – ¿Mmm? -ella había recostado la cabeza en su hombro, y Daniel sentía su respiración fresca en la piel.
    – Me gustan los juegos preliminares tanto como a cualquiera, pero creo que van a tener que esperar a la próxima vez.
    Si jugueteaba más con él, iba a romperse en dos, pensó Hunter.
    Molly elevó la cabeza y lo besó, pasándole la lengua entre los labios. Sin poder contenerse, Daniel la tomó por las caderas y la tumbó sobre la cama.
    – Me gusta que seas brusco -dijo ella riéndose.
    Mientras Daniel se ponía el preservativo, Molly se quitó la ropa interior. Sus pezones estaban erectos y endurecidos, y su triángulo de vello rubio era toda una tentación. Antes de que él pudiera reaccionar, le pasó una pierna por la cintura y lo hizo rodar por la cama para colocarlo bajo ella.
    Sus miradas quedaron atrapadas. Él la tomó de las caderas y juntos balancearon los cuerpos al unísono, hasta que el de Daniel se deslizó dentro del calor estrecho y húmedo de Molly.
    Él sintió cómo el cuerpo de ella latía y se tensaba a su alrededor. La miró mientras ella cerraba los ojos, acogiéndolo en lo más profundo de su ser, hasta que estuvieron completamente unidos. Daniel apretó los dientes, inspiró con fuerza, luchó por mantener el control.
    Se concentró en Molly. Ella tenía el pelo suelto por los hombros, y los labios húmedos y rojos. Le encantaba verla así, salvaje y desvergonzada, sólo para él.
    Sin que Daniel pudiera evitarlo, sus caderas empujaron hacia arriba, y ella gimió, arqueándose hacia atrás mientras sus paredes internas se apretaban contra él.
    – ¿Molly?
    Ella abrió los ojos con esfuerzo.
    – ¿Sí?
    – Sé que te dije que quería que fueras sumisa, pero creo que prefiero que tú dirijas la situación.
    Una sonrisa sensual se dibujó en los labios de Molly.
    – ¿Estás seguro?
    Él asintió.
    – Haz lo que quieras. Lo que necesites.
    Sus ojos brillaron con una combinación de deseo y deleite.
    – Si tú lo dices…
    Entonces, comenzó a mover las caderas con un ritmo circular, lento, apretando los muslos y presionándolo. Primero giró y después se balanceó hacia atrás y hacia delante, y aquél fue el movimiento que excitó por completo a Daniel.
    Molly sabía cómo llevarlo más allá cuando él pensaba que había alcanzado el límite. A cada movimiento, le demostraba que podía tomarlo con más fuerza. Cada vez que movía la pelvis hacia delante, su cuerpo lo aprisionaba en su interior y ella respiraba cada vez con más urgencia.
    Daniel se aproximaba al éxtasis cada vez más deprisa, pero, al mismo tiempo, se intensificaban los sentimientos que tanto había trabajado por controlar. No sólo estaba involucrado su cuerpo; sus caderas empujaban hacia arriba para satisfacer las necesidades físicas, pero el corazón le latía en el pecho declarando sus emociones a cada pulsación. Y cuando oía los suaves gemidos de Molly, se le hinchaba la garganta con un sentimiento que ya no podía negar.
    La había querido una vez.
    Aún la quería.
    Hunter lo sabía, y había luchado contra ello desde que había vuelto a verla. Sin embargo, no importaba que Molly estuviera destinada a herirlo al final; Daniel daría todo por tener aquello durante el mayor tiempo posible. De lo contrario, ¿por qué iba a dejarse llevar en una noche que nunca olvidaría?
    Ella siguió balanceándose, gimiendo y pronunciando su nombre mientras se acercaba al climax. Daniel sabía que no podría esperar mucho más, y quería que llegaran juntos a lo más alto de la pasión.
    Con el dedo índice, comenzó a acariciarle bajo el pubis, allí donde sus cuerpos se encontraban. La humedad que habían creado le mojó el dedo y él lo apretó contra ella. A Molly se le escapó un suave grito, e intentó que él se hundiera más profundamente en su cuerpo. El miembro erecto de Daniel creaba una intensa fricción entre ellos, y los ruidos sensuales de Molly daban a entender que también la sentía. Durante todo el tiempo, siguió acariciándola y conduciéndola hacia la locura.
    Súbitamente, ella se inclinó hacia abajo y se tumbó sobre el cuerpo de Daniel para aumentar la presión en el punto más sensible de su cuerpo.
    – Así -le susurró él al oído. Le acarició el pelo y le besó la mejilla sin dejar de mover las caderas hacia arriba-. Tú tienes el control, llévanos al orgasmo -le pidió, sabiendo que estaba a segundos de hacerlo.
    – Ahora, ahora… Dios, Hunter, yo…
    Inmediatamente, Molly enterró la cara en la almohada junto a él, y lo que fuera a decir quedó amortiguado cuando llegó al clímax.
    Su cuerpo quedó rígido y él se permitió seguirla, sin dejar de embestir, hasta que los espasmos lo sacudieron una y otra vez.
    Molly pronunció su nombre de nuevo, con la voz más débil en aquella ocasión, pero no menos dulce a oídos de Daniel.

Capítulo 14

    Molly se quedó dormida durante el trayecto de vuelta a casa. A Hunter no le importó, porque necesitaba tiempo para recomponer sus ideas. La noche anterior había sido espectacular, desde la primera vez que habían hecho el amor hasta la última, y la comida, las bromas y la diversión. Sí, aprovechar el hecho de llevarse a Molly de casa de su familia había sido una genialidad, pensó, mirando a la belleza dormida que lo acompañaba en el asiento de al lado. Era evidente que la había dejado agotada. Aquella idea hizo sonreír a Daniel.
    La quería, y la verdad le había caído como el plomo en el estómago, porque aunque no dudaba de los sentimientos de Molly hacia él, sí dudaba de su capacidad para comprometerse. Daniel sabía que, aunque estuviera enamorada, en el momento en que su vida se volviera inestable, ella saldría corriendo.
    Y, si sucedía lo peor y él no podía conseguir que se retiraran los cargos contra su padre o que lo absolvieran, la agitación de Molly sería inimaginable. Lo único que Hunter podía hacer en aquel momento era concentrarse en el caso del general. Siempre y cuando estuviera vinculado a la familia de Molly, también estaría vinculado a ella.
    Cuando llegaron, a última hora de la tarde, aparcó en la calle de la casa de la familia de Molly y paró el motor.
    – Despierta, nena -le dijo. Le puso una mano en el muslo y la agitó con suavidad.
    Ella abrió los ojos, lo miró y sonrió.
    – Hola -murmuró.
    – Hola.
    – Soy mala compañera de viaje, ¿verdad? -preguntó, estirando los brazos por delante de sí.
    Hunter se rió.
    – Yo no diría eso. ¿Estás lista para entrar?
    – Espera.
    Él la miró.
    – Me lo he pasado muy bien. Estupendamente, en realidad. Me alegro de que lo pensaras todo tanto. -Molly se mordió el labio inferior con una timidez rara en ella.
    Él le pasó la mano por la nuca.
    – Necesitabas una distracción -le dijo-. Y yo te necesitaba a ti.
    Hunter siguió aquella declaración con un beso lento, profundo, largo. Uno que le recordara a Molly la noche que habían pasado juntos, y que la convenciera de que sus sentimientos eran sólidos y reales.
    – Mmm -ronroneó ella. El sonido atravesó el cuerpo de Daniel y se dirigió directamente a sus entrañas.
    Demonios. Él se apartó, mirándola a los ojos.
    – Otro segundo más de esto y no podré entrar en la casa -dijo con una risa forzada, intentando relajarse.
    – De acuerdo, vamos a pensar en otras cosas -le sugirió Molly, divertida-. Tenemos que decirle a mi padre que encontramos a Lydia en Atlantic City, pero que no conseguimos pruebas útiles.
    Su tono triste ayudó a apagar la excitación de Hunter.
    – No hemos terminado, Molly. Vamos a encontrar la manera de utilizar lo que hemos averiguado. Lo único que ocurre es que aún no tenemos un plan claro, pero todas las cosas van a encajar. Tienes que confiar en mí.
    – Confío en que vas a hacer todo lo que esté en tu mano. Sólo estoy intentando racionalizar las cosas para no convencerme de que todo va viento en popa cuando no es así. Al menos, por el momento no hemos empeorado, y acabo de tener la mejor noche de mi vida. Eso es algo positivo en lo que puedo concentrarme.
    Le dio un ligero beso en los labios y salieron del coche. Entraron en casa con el equipaje en la mano, y oyeron los ruidos familiares en el interior.
    Jessie estaba en el vestíbulo con el móvil en la oreja, y Seth estaba justo tras ella.
    – Dejad la puerta de la habitación abierta -les gritó su padre desde la cocina, mientras los chicos subían corriendo las escaleras hacia el cuarto de Jessie.
    Jessie apenas saludó a Hunter y a Molly al pasar.
    – ¿Crees que se ha dado cuenta de que nos habíamos ido? -le preguntó Molly a Daniel.
    Él miró hacia arriba, por donde habían desaparecido los adolescentes.
    – No -dijeron ambos a la vez, riéndose.
    La risa era algo que había marcado su noche juntos, una felicidad y una ligereza que él no había sentido en toda su vida.
    Hunter dejó su equipaje a los pies de la escalera.
    – Después subiré tu bolsa -le prometió.
    – Yo puedo hacerlo. Sólo quería decirle a todo el mundo que hemos vuelto -dijo Molly. Caminó hacia la cocina, y Hunter la siguió.
    – ¿Hola? -dijo Molly.
    Nadie respondió, pero a medida que se acercaba, Hunter oyó susurros en la cocina.
    – ¿Papá? -preguntó Molly.
    – Aquí -dijo el general, con la voz apagada.
    – Me pregunto qué sucede -murmuró Molly.
    Hunter la siguió hasta la cocina y miró a la gente que había sentada a la mesa. Al instante, entendió el problema.
    – ¿Mamá? -dijo Molly con incredulidad.
    – ¡Molly, cariño!
    La mujer morena a la que Hunter había visto el año anterior se levantó de la silla y caminó hacia su horrorizada hija con un traje de diseño, color crema, que hacía que pareciera fuera de lugar en la acogedora y luminosa cocina de la casa.
    – ¿Qué estás haciendo aquí? -le preguntó Molly.
    – ¿Ésa es forma de saludar a tu madre? -le preguntó su interlocutora, e intentó tocarle el hombro a Molly.
    Ella se apartó.
    – ¿Qué ha pasado con Francia?
    – Londres.
    – Lo que sea, porque no sabemos nada de ti estés donde estés. De verdad, mamá, ¿qué estás haciendo aquí?
    La voz de Molly estaba teñida de desdén y hastío, y era muy distinta a la de la mujer que había pasado su vida anhelando la atención y la aprobación de su madre.
    Quizá el hecho de encontrar a su padre y de tener su aceptación había terminado con la necesidad que Molly sentía por su madre. O quizá su fachada de frialdad sólo fuera eso, una fachada, y en su interior siguiera sintiendo dolor. Como aquello era lo más probable, Hunter supo que debía de sentirse doblemente agradecido por la noche anterior, porque la llegada de la madre de Molly destruiría cualquier buen momento.
    – Me enteré de que Frank tenía problemas y pensé que quizá me necesitaras -dijo su madre.
    Molly la miró con los ojos entrecerrados.
    – ¿La noticia ha llegado hasta Londres? Oh, espera. Deja que lo adivine. El barón de turno adivinó que estabas a la caza de un marido rico y te dejó, y tú no has tenido más remedio que volver a los Estados Unidos para recuperarte.
    Su madre apretó los labios.
    – Esta actitud no es propia de ti, Molly.
    Molly se pasó las manos por los brazos, aunque en la habitación no hacía frío.
    – ¿Cómo sabes qué actitud es propia de mí? ¿Eh? Creo que nunca te has preocupado de averiguarlo.
    Su madre se llevó una mano a la garganta.
    – ¿Cómo puedes decir eso?
    – ¿Estás de broma? Me has hecho creer que un hombre al que no le importaba un pimiento era mi padre, porque eso encajaba con tus necesidades. Nunca, en ninguna ocasión importante ni trivial, estuviste conmigo. Durante veintiocho años, me negaste el derecho a tener una familia cariñosa. ¿De verdad esperas que crea que te importo? -le preguntó Molly a su madre con la voz temblorosa.
    Hunter tenía ganas de abrazarla y llevársela de allí, pero Molly tenía que enfrentarse a su madre. Tenían asuntos que resolver, por decirlo suavemente.
    Daniel miró a Frank y lo encontró sombrío. El padre de Molly había decidido permanecer en silencio y dejar que las mujeres se reencontraran según sus propios términos. Claramente, no estaba dispuesto a intentar aplacar la ira de Molly hacia su madre, ni a permitir que la egoísta mujer se librara de la situación.
    La madre de Molly miró a Frank y después a su hija.
    – Bueno, ahora ya os conocéis, y veo que os lleváis estupendamente. Yo he venido para acompañaros en este momento difícil.
    – ¿Y a olvidar el pasado? ¿Quieres que te demos un lugar para quedarte hasta que te sientas fuerte emocionalmente de nuevo para poder ir en busca de tu siguiente conquista? No, creo que no -dijo Molly entre dientes-. He venido a decirte que Hunter y yo hemos vuelto -le explicó a su padre-. Hablaremos luego. En este momento no tengo nada más que decir.
    Se dio la vuelta y se marchó.
    Hunter dio un paso tras ella, pero Frank sacudió la cabeza.
    – Yo le daría unos minutos para recuperarse. Ésta no ha sido una sorpresa agradable -le dijo Frank, y después miró con frialdad a la madre de Molly-. Francie, ¿qué es lo que quieres en realidad? -le preguntó con cansancio.
    – Estoy agotada. Acabo de hacer un vuelo muy largo y antes de salir tuve unos días difíciles en Londres. Me alojo en el Hilton. No es el Ritz, pero tiene cuatro estrellas, o eso dicen -dijo Francie.
    Hunter parpadeó con perplejidad. Aquella mujer permanecía imperturbable ante todas las emociones que había provocado a su alrededor, ante su única hija y ante el hombre al que había mentido y traicionado años antes.
    – Creo que has hecho bastante daño sólo con aparecer -dijo Frank-. Te agradecería que dejaras en paz a Molly.
    Hunter secundaba la moción.
    – Eso no es cosa tuya. Molly siempre ha estado ahí cuando la necesitaba. Puede que esté disgustada con la situación, pero cuando se recupere, se alegrará de verme. Siempre se alegra.
    – Ha cambiado -dijo Hunter, sin poder contenerse.
    – Una chica siempre está ahí para ayudar a su madre -dijo Francie. Tomó su bolso y se lo colgó del hombro.
    – ¿Y no debería ser que una madre siempre está dispuesta a ayudar a su hija? -le preguntó Frank-. ¿O eso es típico de todas las madres menos de ti?
    Francie bostezó.
    – Estoy demasiado cansada para mantener esta conversación ahora. Frank, ¿puedes llevarme al hotel? Aquí no voy a poder tomar un taxi.
    Hunter miró el perfecto peinado y el traje claro de Francie.
    – Yo te llevaré encantado -le dijo, guiñándole el ojo a Frank sin que ella se diera cuenta.
    Colocar a Francie en el asiento trasero de su moto era mezquino, pero también era una pequeña venganza por los años de dolor que le había causado a Molly. La visión de sus pelos revueltos sería muy dulce.

    – ¿Frank?
    El general se volvió al oír su nombre, y vio a Sonya en su cocina.
    – No te había oído entrar.
    – He llamado, pero nadie ha respondido. Como la puerta estaba entreabierta, he entrado.
    Caminó hacia él. Era una imagen muy agradable, vestida con pantalones negros y un polo de manga corta.
    Técnicamente aún estaba de luto, y había elegido una ropa de colores apagados para salir de casa. Aunque sus sentimientos fueran confusos, no podía negar que estaba lamentando la pérdida de algo importante en su vida, pese a que no fuera el amor de un marido que se había apagado años antes.
    – Me alegro de que lo hicieras -respondió Frank, y le dio un beso en la mejilla-. Bueno, ¿y qué te trae por aquí? -le preguntó mientras se sentaban.
    Sonya se encogió de hombros.
    – Nada, en realidad. He visto el coche de Molly y quería saber qué han averiguado en Atlantic City. ¿Te han contado algo? -le preguntó esperanzadamente.
    – Todavía no. Hemos tenido una visita que ha tomado la prioridad sobre todo lo demás.
    – ¿Y qué podría ser más importante que tu caso? -preguntó Sonya, ofendida en su nombre.
    Frank no pudo evitarlo. Se rió.
    – Ha aparecido la madre de Molly. Créeme, cuando la conozcas te darás cuenta de que todo en este mundo gira alrededor de Francie. Los problemas o necesidades de los demás no tienen importancia -le dijo, sacudiendo la cabeza-. No sé qué vi en ella hace tantos años.
    Sony se levantó y se colocó detrás de él. Apoyó las manos en sus hombros y comenzó a darle un masaje en los músculos, que estaban tan tensos como si fueran a romperse en dos.
    Frank inclinó la cabeza hacia delante para que ella tuviera mejor acceso.
    – Señor, qué alivio.
    – Tienes mucha tensión en los hombros -dijo Sonya-. Más de la que un hombre debería tener. Bueno, ¿y qué es lo que viste en la madre de Molly? ¿Es guapa?
    – Es muy guapa, pero no tiene nada por dentro. Ni una pizca de bondad ni generosidad.
    Sonya siguió masajeándolo.
    – ¿Cuántos años tenías cuando la conociste?
    – Dieciocho, y estaba a un paso de alistarme en el ejército.
    – No sé por qué me parece que no estabas interesado en lo que tenía en el corazón -dijo Sonya con una suave risa.
    Frank sonrió.
    – Eres una mujer lista. Y muy guapa por dentro y por fuera -dijo él. No quería que pensara que todavía sentía algo por aquella mujer.
    – Te lo agradezco. A veces se me olvida que era algo más que el chivo expiatorio de Paul. Metafóricamente hablando.
    – A veces.
    Ella se quedó inmóvil.
    – Tienes razón. Ya no es necesario negarlo más. Supongo que es la fuerza de la costumbre.
    Él le tomó una mano.
    – Va a llevarte tiempo ajustarme a la nueva normalidad.
    – Me va a llevar más tiempo averiguar qué es eso.
    Frank inspiró profundamente.
    – Con suerte, tenemos todo el tiempo del mundo para averiguar eso. Y esperemos que Hunter haga un milagro, porque, para mí, las cosas tienen mal aspecto.
    Frank no lo había dicho en voz alta todavía, pero permanecía despierto por las noches, temiendo que Hunter no pudiera demostrar su inocencia y que tuviera que pasar el resto de sus días en una celda.
    Sólo con pensarlo, comenzó a sudar.
    – Todo saldrá bien -le dijo Sonya, inclinando la cabeza hacia él-. No vas a ir a la cárcel por un crimen que no has cometido.
    Cuando Sonya pronunciaba aquellas palabras, Frank casi podía creerlo.

    Molly estaba acurrucada en su cama, en casa de su padre. No era su casa, pero ella había pensado que había llegado a ser su hogar, si definía hogar como el lugar que estaba dentro del corazón de una persona. Había creído que la aceptación de su padre le había curado las viejas heridas, pero cuando su madre había aparecido, Molly se había dado cuenta de que estaba equivocada. La presencia de Francie le había recordado todo lo que se había perdido en la vida, y aquello que no había podido conseguir. Ganarse el afecto y la aprobación de su madre había sido uno de sus objetivos. Y un gran fracaso.
    ¿Y no era eso lo que había intentado decirle Hunter el otro día? ¿Que todavía tenía asuntos sin resolver en lo referente al amor y la aceptación? Ella había rebatido sus argumentos, pero parecía que Daniel tenía razón.
    Alguien llamó a la puerta de su habitación y Molly se puso en pie de un salto. Sacó un pañuelo de papel de la caja de la mesilla de noche, se sonó la nariz y se secó los ojos.
    – Adelante -dijo.
    Hunter entró, dejando la puerta entreabierta.
    – No quiero que Jessie se haga una idea equivocada. Si ella tiene que dejar la puerta abierta, nosotros también -dijo, y miró a Molly fijamente-. ¿Estás bien? -le preguntó con preocupación.
    Ella asintió.
    – Pero has llorado -dijo él, mientras se sentaba a su lado.
    Molly se encogió de hombros.
    – Soy una mujer. Las mujeres lloran, a veces.
    Él soltó una carcajada.
    – Qué tontería. Mi Molly no diría eso.
    – ¿Quieres decir la Molly a la que conoces? -preguntó ella con amargura.
    Él sacudió la cabeza.
    – Ése ha sido el error de tu madre, no el mío. Yo no finjo que lo sé todo de ti, pero sé que tú no crees en los estereotipos de las mujeres débiles.
    – Está bien, lloraba porque siento lástima por mí misma. ¿Te parece propio de mí?
    Él volvió a negar con un gesto.
    – Cariño, todo el mundo tiene momentos bajos, y después de conocer a tu madre, me extraña que tú no tengas más.
    Molly lo miró.
    – ¿Has hablado con ella?
    – La he llevado a su hotel -dijo Daniel, e hizo una pausa para dejar que ella asimilara la noticia-. En la moto.
    Molly se rió a carcajadas.
    – Ojalá lo hubiera visto.
    – Protestó y se quejó porque iba a estropeársele el traje, a arrugársele el forro, a manchársele de grasa la falda, y porque el viento iba a arruinarle el peinado. Sin embargo, lo que más detestó fue el casco.
    Molly comenzó a reírse con más fuerza, y al instante, el llanto se le mezcló con la risa. Hunter la abrazó hasta que ella se calmó. Cuando dejó de llorar, alzó la cabeza, miró a Hunter y sonrió.
    – Gracias. Ahora me siento mejor.
    – Me alegro.
    – Como ya se ha ido mi madre, ¿crees que deberíamos poner a mi padre al corriente de lo que ha sucedido en Atlantic City? -le preguntó Molly.
    – Ya lo he hecho. Entiende que va a ser difícil exculparlo declarando otros sospechosos.
    Molly tragó saliva con un nudo en la garganta.
    – Difícil, pero no imposible, ¿no?
    Él inclinó la cabeza.
    – Necesito que escuches esto y lo entiendas. El caso de tu padre no es precisamente pan comido.
    De repente, oyeron un ruido desde el pasillo, y él volvió la cabeza hacia la puerta.
    – Es Jessie -le dijo Molly-. Probablemente está con Seth.
    Hunter asintió.
    – ¿Y qué estabas diciendo sobre el caso?
    – Que no es pan comido, pero que no voy a rendirme. Haré todo lo que pueda por él, pero no quisiera darte falsas esperanzas.
    – Confío en ti, Hunter. Admito que estoy preocupada, pero sé que tú lo conseguirás. Estoy segura.
    – Una cosa más -dijo él, mirándola fijamente.
    – ¿Qué?
    – Tu madre se aloja en el Hilton, y le gustaría pasar un rato contigo mientras esté aquí.
    – Te refieres a que quiere que vaya a decirle que no se preocupe, que encontrará otro millonario idiota que le pague las cuentas. No puedo hacerlo más -dijo, y se cruzó de brazos-. Llevo así desde siempre, pero ahora sé lo que es importante en la vida. Su búsqueda de un marido rico no lo es.
    – Es tu madre -le dijo Hunter, que se sintió obligado a recordárselo.
    – Biología -respondió Molly.
    – Hechos -repuso Hunter-. Y hay otra cosa. Quizá no te caiga bien, pero la quieres. Y va a seguir apareciendo en tu vida cuando le resulte conveniente a ella, no a ti. No puedes conseguir que desaparezca, por mucho que quieras. Te dejaría un enorme agujero en el corazón. No serías tan feliz como piensas -añadió él con una expresión sombría.
    – ¿Es eso lo que sientes tú? ¿Un gran agujero?
    Al pensar en que tenía que hablar de su pasado, el pánico se adueñó de Hunter. Sin embargo, supuso que no era justo darle consejo a Molly sobre lo que debería hacer con su madre cuando se negaba a hablar de sí mismo.
    – Sí. Eso es lo que se siente -admitió-. Un gran agujero en el pecho, que nunca podré llenar. Tengo a Lacey y a Ty, y a la madre de Ty, Flo, y un lugar para ir de vacaciones ahora, no como cuando era niño. Pero no tengo definida la situación con mis padres, y eso es algo que no le deseo a nadie, y menos a ti. Habla con ella -le recomendó Hunter.
    Molly ladeó la cabeza.
    – ¿No es eso lo que acabo de hacer? Y ha sido como hablar con la pared. Ella no entiende lo que le digo, sólo piensa en lo que quiere y cómo conseguirlo.
    Hunter asintió.
    – Estoy de acuerdo contigo. Lo único que digo es que siempre va a ser así. Seguirá apareciendo y dejándote helada a menos que le pongas normas ahora.
    – Ella es quien es. No va a cambiar y yo tampoco. Hoy he dado un paso muy grande al enfrentarme a mi madre. No entiendo qué otra cosa quieres de mí.
    – Nada -respondió Daniel, aunque sabía que era una mentira.
    Lo quería todo de Molly. No obstante, sabía que la única forma de que las cosas funcionaran entre los dos era que ella pusiera orden en su vida, y hasta el momento, no había conseguido hacérselo entender. Como su madre, Molly sólo se enfrentaba a lo que quería en el momento, pero Daniel no creía que debiera decírselo.
    Sin embargo, Molly tenía que controlar la relación con su madre. De lo contrario, el miedo de perder a su familia y de no ser aceptada continuaría estropeándole la vida.
    Por mucho que la quisiera, Hunter no tenía más remedio que dar un paso atrás para protegerse a sí mismo. No iba a decir basta a su relación; por el contrario, quería que Molly supiera exactamente cómo era estar con él. No iba a presionarla, porque no quería ser otra complicación en su vida en aquel momento.
    Su objetivo, porque Hunter era un hombre que siempre perseguía un fin, era que Molly se diera cuenta de lo que era formar parte de una pareja, que supiera lo vacía que se sentiría si lo dejaba marchar.
    Porque Daniel temía que eso era lo que iba a ocurrir si él no era capaz de conseguir la libertad de su padre.

    Jessie y Seth estaban en el pasillo, escuchando a escondidas la conversación entre Molly y Hunter. No era su intención, pero cuando habían pasado junto a la puerta de la habitación de Molly para visitar a Ollie en el despacho, los habían oído hablando sobre el caso del general. ¿Cómo iban Seth y Jessie a dejar de escuchar lo que los adultos tenían que decir?
    Cuando el tema cambió hacia Molly y su madre, Seth tiró de la mano a Jessie y los dos siguieron su camino hacia el despacho. A ella le hubiera gustado oír lo que su hermanastra decía acerca de su madre, pero Seth no se lo permitió.
    Entraron en la oficina.
    – Hola, Ollie -le dijo Jessie.
    El pájaro agitó las alas.
    Jessie sonrió.
    – ¿Te aburres? -le preguntó.
    Después se volvió hacia Seth, que estaba mirando por la ventana hacia la calle. Llevaba todo el día nervioso, algo corriente desde que su padre había muerto.
    Jessie no lo culpaba. No se imaginaba cómo conseguía superar el día a día. Lo único que podía hacer era sacar temas de conversación que pudieran distraer a su amigo.
    Aquel día tenía algo perfecto de lo que hablar.
    – Vaya, la madre de Molly es una bruja, ¿verdad? -le susurró, por si acaso había alguien en el pasillo.
    Seth se encogió de hombros sin volverse, y no respondió.
    – Seth, sé que es una pregunta estúpida, ¿pero te ocurre algo hoy, aparte de lo evidente?
    – ¿Puedo hablar contigo? -le preguntó Seth repentinamente. Se dio la vuelta, y al mirarlo, Jessie se dio cuenta de que tenía una expresión de miedo. Se le encogió el estómago.
    – Siempre puedes hablar conmigo -le dijo. Se sentó en el sofá y le señaló el sitio de al lado.
    Seth sacudió la cabeza.
    – No puedo sentarme. No puedo dormir. No puedo seguir así.
    Entonces, el estómago no se le encogió a Jessie, sino que le dio tres vueltas de campana.
    – Me estás asustando. ¿Qué pasa?
    – Oh, Dios mío, Dios mío. ¿Has oído al abogado? Ha dicho que el caso de tu padre no es pan comido.
    Jessie asintió.
    – También he oído que no abandonaría, y Molly ha dicho que confiaba en él.
    – ¿Y eso te parece suficiente? ¿Desde cuándo haces tanto caso de lo que ella dice? -le preguntó Seth, asombrado.
    – No sé. Quizá no le había dado una oportunidad justa cuando llegó, y quizá no sea tan mala como yo pensaba.
    Después de todo, parecía que Molly la entendía al menos un poco, y no había tenido en cuenta su mal comportamiento; le había prestado su jersey amarillo pese a su fisgoneo y su intento de chantaje.
    Seth se puso a caminar de un lado a otro.
    – Hunter dijo que no quería darle falsas esperanzas a Molly. No está seguro de que pueda sacar a tu padre de la cárcel, y eso me asusta.
    – A mí también, pero intento no pensar en ello.
    Seth apretó las manos.
    – No puedo dejar de pensar en ello. Vivo con ello todos los días.
    – Tenemos que creer en la justicia -le dijo Jessie, intentando actuar como haría Molly. Intentando calmar a Seth.
    – Hay muchas cosas que pueden salir mal. Si tu padre va a la cárcel, será culpa mía.
    Aquello no tenía sentido.
    – No lo entiendo. ¿Por qué iba a ser culpa tuya? Tú no…
    – ¡Sí! Yo lo hice. Maté a mi padre, e iba a contarlo, pero me asusté. Y entonces llegó el amigo de Molly, y todo el mundo confiaba en él y yo pensaba que iba a sacar a Frank de la cárcel. Pero ahora, ni siquiera él mismo lo ve claro.
    Jessie se quedó helada.
    – ¿Tú mataste a tu padre?
    Él asintió.
    – Fue un accidente. Volvió a pegar a mi madre. Engañó a tu padre y destruyó el negocio, y mi madre le dijo a gritos que yo no podría ir a la universidad y que había destrozado nuestra vida. Él le pegó. Yo tomé su arma, sólo para asustarlo. Quería ser un hombre por el bien de mi madre -dijo entre lágrimas.
    Jessie no podía creerse lo que estaba oyendo. Sintió náuseas y escalofríos.
    – ¿Qué ocurrió? -le preguntó.
    – Tomé la copia de la llave de su oficina y fui hasta allí. Cuando llegué, mi padre estaba muy borracho. Así que cuando aparecí con el arma se rió de mí. Me dijo que no tenía agallas para usar la pistola. Y tenía razón. Él fue quien tiró del cañón del arma, y yo también tiré hacia atrás. Sólo quería quitársela, no apretar el gatillo. No quería hacerlo. Me asusté tanto que salí corriendo. Volví a casa. Tu padre estaba allí con mi madre. Ellos ni siquiera me oyeron llegar.
    Jessie no podía tragar saliva.
    – ¿Qué hiciste con el arma? -susurró.
    – Me sentía tan mal que no sabía qué hacer. Aquella noche la guardé en una bolsa de plástico y la metí bajo la cama. Al día siguiente la eché al contenedor que hay junto a la escuela -explicó él, mirando a Jessie con una expresión de angustia-. Yo quería a mi padre. No quería hacerlo. Y tampoco quiero que tu padre vaya a la cárcel, pero me da mucho miedo que me envíen a mí.
    Entonces, su voz se quebró, y Seth pareció más un niño pequeño que un chico que había hecho algo horrible. Una vez que confesó, se sentó y ocultó la cara contra el brazo del sofá. Su cuerpo comenzó a sacudirse.
    Jessie no sabía qué hacer. Estaba asustada, mareada. Sin embargo, abrazó a su amigo con fuerza y dijo lo que ella habría querido oír si hubiera hecho algo feo.
    – Sigues siendo mi mejor amigo.
    Pensó mucho en qué debían hacer. Ella quería a su padre, pero creía que estaría bien gracias a Molly y a Hunter. Tenía que estarlo.
    – Lo que yo pienso -le dijo a Seth-, es que debemos confiar en que Hunter conseguirá exculpar a papá.
    – Pero Hunter dijo…
    – No importa -lo interrumpió Jessie-. Molly dijo que confía en él. Y yo no puedo creer que esté diciendo esto, pero si Molly confía en Hunter, creo que nosotros también deberíamos hacerlo.
    Tomó aire profundamente y asintió, segura de su decisión.
    – Sí. Eso es lo que creo que debemos hacer.
    Cerró los ojos y rogó al cielo que estuviera en lo correcto.

Capítulo 15

    Unos días después, mientras Hunter tomaba el café por la mañana con la comandante en la cocina, sonó su teléfono móvil. Su oficina había recibido la noticia de que la vista para pedir la retirada de cargos contra el general se había fijado para comienzos de la semana siguiente. Se lo dijo a la comandante, y en quince minutos, toda la familia del general, Sonya y Seth se habían reunido en la cocina. No esperaba tener tanto público, pero supuso que era lógico contarle detalladamente su plan a todo aquél que estaba involucrado.
    Frank se sentó en un extremo de la mesa. Sonya se quedó de pie a su lado, con la mano apoyada en su hombro, con un cariño y un apoyo evidentes. Robin, que había vuelto de la universidad para pasar el fin de semana en casa, se sentó junto a Molly, mientras que Seth y Jessie permanecieron cerca de la puerta.
    Hunter miró todas las caras, que se habían vuelto familiares para él en el corto periodo de tiempo que había pasado en aquella casa, y sintió pánico. Todos contaban con él. Y aunque todos sus clientes del pasado, y sus familias, habían contado con él, aquella gente era especial. Eran la familia de Molly. Para él, nunca había habido dos palabras que tuvieran tanta importancia. Ella se había pasado la vida buscando el amor y la aceptación que había encontrado allí. Y Hunter tenía su futuro en las manos. Comenzó a sudar.
    – En resumen, esta vista es nuestra última oportunidad de que retiren los cargos antes de ir a juicio -dijo, intentando mantener un tono de voz calmado-. Sin pruebas sólidas que puedan exculpar al general, voy a incidir en esa misma falta de pruebas para acusarlo. Presentaré nuestra versión de lo que ocurrió la noche del asesinato, dónde estaba el general y por qué debería creerlo el tribunal, basándose en su carácter. Ofreceré nombres de sospechosos alternativos y señalaré que la policía no ha investigado a nadie salvo al general, y que al no hacerlo, no han completado el peso de la prueba. ¿Alguna pregunta?
    Todo el mundo habló a la vez. Daniel se vio rodeado por una cacofonía de sonidos y no pudo entender nada hasta que, por fin, una voz se impuso a las demás.
    – Pero conseguirá sacar a Frank, ¿no? Si no es en la vista, será en el juicio, ¿verdad? -preguntó Seth desde el otro lado de la habitación. Estaba apoyado contra el quicio de la puerta, con aspecto de ser lo que era: un niño de quince años muy asustado.
    Hunter captó su desesperación y lo entendió. En el general, Seth veía a la última figura adulta masculina de su vida, y no quería perderlo también a él además de haber perdido a su padre. Hunter nunca había tenido un modelo masculino propio, pero sí conocía el miedo. Y podía imaginarse el temor que Seth estaba experimentando en aquel momento.
    Tragó saliva. Deseaba poder darle al niño la respuesta que buscaba, pero después de años de experiencia había aprendido a ser honesto con las familias.
    – Haré lo que pueda, pero tengo que ser sincero: éste es un caso difícil. No tenemos ningún factor de nuestro lado, salvo el carácter de Frank y, perdón por decir esto, la falta de carácter de Paul. Ojalá pudiera aportar algo más, pero tengo que ser realista.
    – Todos nos alegramos de tenerte del lado de Frank -dijo Edna, desde su sitio en la mesa.
    Daniel se preguntó si se sentirían de la misma manera en caso de que fracasara.

    Ya que Hunter y el general estaban encerrados, dedicándose a preparar la estrategia para la vista, Molly decidió acercarse al centro de mayores para la clase de pintura que su amiga Liza daba a los residentes.
    Además de visitar a Liza y a Lucinda, pretendía huir de su madre, que la había llamado para pedirle favores y recados. Molly había terminado por ceder y la había acompañado a tomar café en su hotel; después había tenido que ir a recogerle los trajes al tinte, y después le había dicho que tendría que encontrar la manera de resolver sus propios problemas, porque Molly también tenía los suyos.
    Mientras los alumnos de Liza pintaban un bodegón, Molly y ella salieron al pasillo para charlar unpoco. Molly estaba hablándole de cómo iba el caso del general cuando sonó su teléfono móvil. Ella respondió.
    – ¿Sí?
    – Molly, soy papá. Tienes que venir a casa enseguida. Seth no aparece. Nadie sabe dónde está, y Jessie está encerrada en su habitación. No quiere hablar con nadie, y me tiene muy preocupado.
    Durante todo el trayecto de vuelta a casa, Molly intentó imaginarse la agonía por la que estaba pasando Seth. Su padre había sido asesinado, su madre estaba destrozada y la única persona que ejercía una influencia masculina en su vida estaba acusada del crimen y podía ser condenada a cadena perpetua. Si los adultos tenían problemas para enfrentarse a todo eso, ¿cómo iba a conseguirlo un adolescente?
    Y además estaba Jessie, que se preocupaba por Seth como si fuera su hermano. Molly pensaba que, si Jessie supiera lo que le había ocurrido, se vería dividida entre guardarle el secreto a Seth o hacer lo correcto y contarlo para que él volviera sano y salvo a casa.
    Los problemas emocionales de Molly palidecían en comparación con todo aquello, y se sintió como una niña egoísta por preocuparse de sí misma. Debía apartarse aquellos supuestos problemas de la cabeza mientras se ocupaba de su familia. Incluyendo sus sentimientos por Hunter.

    Edna estaba actuando como una comandante de verdad. Mientras todo el mundo se derrumbaba a su alrededor, ella mantenía unida a la familia. Molly entró en la casa y encontró una lasaña haciéndose en el horno para la cena, y a su abuela preparando una enorme ensalada. El general estaba hablando por teléfono con el departamento de policía, y Sony estaba a su lado. Hunter estaba solo en una esquina de la sala de estar, junto a la ventana, hablando con Ty acerca de poner a un investigador privado tras la pista de Seth.
    Sólo el hecho de ver a Hunter dando instrucciones hizo que Molly se sintiera mejor. Él advirtió su presencia y le hizo un gesto para que se acercara mientras colgaba el teléfono y se lo metía al bolsillo.
    Sin pensarlo dos veces, la abrazó.
    – Todo va a salir bien -le prometió.
    Cuando Hunter hablaba, ella lo creía. Dejó que la envolviera entre sus brazos y se relajó apoyándose en su forma masculina. Olía bien, y Molly no quería salir de su refugio cálido, seguro.
    – ¿Cómo sabemos que se ha fugado y no que ha salido y todavía no ha vuelto? -preguntó Molly.
    – Dejó una nota para su madre que decía: «Te quiero. Estoy asustado y necesito tiempo para pensar». Además, cuando Jessie se enteró de la noticia, insistió en que no creía que él hiciera nada drástico y se encerró en su habitación. No quiere hablar con nadie. A mí no me parece que Seth se haya ido a la biblioteca.
    – A mí tampoco. ¿Qué ha dicho la policía?
    – Están investigándolo, pero son los mismos que apuntaron a tu padre.
    – ¿Y por eso has llamado a Ty?
    Hunter asintió.
    Molly miró hacia arriba, donde Jessie se había encerrado.
    – Jessie debe de estar fuera de sí.
    – Lo está. Por eso Robin va a venir esta noche. Tu padre pensó que quizá se abriera más a ella.
    Molly asintió.
    – Están muy unidas.
    Sin embargo, todavía quedaban horas para la noche.
    – Me pregunto si querrá hablar conmigo. Estamos progresando en nuestra relación -dijo Molly, mordiéndose el labio inferior.
    – Me parece una buena idea -dijo Hunter, cuyos ojos se iluminaron ante la sugerencia-. Jessie está empezando a idolatrarte, y quizá confíe en ti.
    – ¿Idolatrarme? -preguntó Molly con una carcajada.
    – Eh, no subestimes el efecto que tienes en ella. No quería el jersey amarillo por nada -le dijo Daniel, y tomándola de la mano, la llevó hacia las escaleras.
    – Entonces, ¿ahora eres experto en psicología adolescente?
    – Creo que me estoy convirtiendo en experto en tu familia.
    Se detuvo frente a la habitación de Jessie. La música sonaba con fuerza en el interior y se filtraba hacia el pasillo.
    – ¿Estás lista?
    Ella había estado actuando con el piloto automático desde que se había enterado de lo de Seth. Demonios, desde que a su padre lo habían arrestado por asesinato. El hecho de tener otra conversación difícil con su hermana podía ser la guinda. Tenía un nudo en el estómago y la cabeza estaba empezando a dolerle.
    Sin embargo, sonrió a Hunter con confianza.
    – Claro que estoy lista.
    – Mentirosa -dijo él suavemente-. Pero puedes hacerlo, y seguramente conseguirás respuestas, que es lo importante.
    Le tomó la cara entre las manos, la atrajo hacia sí y la besó.
    Con aquel beso, le cortó la respiración. La calidez de sus caricias, su solidez, la pura sexualidad masculina que irradiaba eran potentes y poderosas. Molly cerró los ojos y saboreó la fuerza de sus labios y el juego de sus lenguas entrelazándose.
    Daniel se retiró demasiado pronto. Sin embargo, tenía la mirada llena de emoción. A ella se le encogió el estómago por algo que no tenía nada que ver con su hermana.
    – ¿Por qué ha sido eso? -le preguntó en un susurro.
    – Para darte suerte.
    Su corazón, que latía a toda velocidad, sentía algo distinto, pero Molly no podía pensar en ello en aquel momento. En vez de eso, inclinó brevemente la cabeza.
    – Voy a necesitarla -murmuró ella mientras posaba la mano en el pomo de la puerta.
    – Te veré en el despacho de tu padre cuando termines -le dijo él.
    Ella asintió.
    – Allá voy -dijo.

    Hunter tenía un mal presentimiento sobre Seth. Una sensación mala, lacerante, en las entrañas. Y después de años de experiencia, había aprendido a confiar en aquel sentimiento. El instinto le decía que Seth no había huido porque estuviera abrumado con todas aquellas emociones. Seth había huido porque era culpable. El chico había visto u oído algo acerca del asesinato que podía implicar a alguien que le importaba mucho. Con la celebración de la vista a la vuelta de la esquina y todo el mundo tan nervioso, había sentido pánico y se había escapado.
    ¿Podía haber otra explicación para su huida?
    Mientras caminaba por el despacho que había sido su habitación durante más de un mes, Hunter se estrujó el cerebro en busca de otra razón por la que un niño de quince años pudiera marcharse en mitad de una crisis como aquélla.
    Sin embargo, no se le ocurría ninguna. Siguió enumerando las posibles causas. La madre de Seth estaba muy afectada, y el otro único apoyo que podía tener ella, Frank, estaba acusado de asesinato. Sonya necesitaba a su hijo, y el chico era lo suficientemente listo como para darse cuenta.
    Entonces, ¿le iban mal las cosas en los estudios? La escuela era dura para cualquier adolescente, y un chico maduro como Seth podía enfrentarse a ello, Hunter estaba seguro.
    ¿La muerte de su padre? Razón de más para estar allí y asegurarse de que se hacía justicia. Seth había dejado claro que no creía que el general fuera culpable. Él debía querer que el nombre de Frank quedara limpio, y que encontraran al verdadero culpable.
    Al recordarse a sí mismo a los quince años, Hunter supo que si estuviera en el lugar de Seth, habría buscado respuestas por sí mismo. A menos que ya supiera algo.
    Era la única cosa que tenía sentido. Hunter no estaba seguro de qué información conocía Seth sobre el asesinato, pero el instinto seguía diciéndole que estaban en un punto de inflexión en aquel caso.
    Supiera lo que supiera Seth, podía cambiar la dinámica de aquella familia para siempre.

Capítulo 16

    Molly pensó que se había acostumbrado a vivir con una adolescente, pero cada vez que entraba en la habitación de Jessie, experimentaba algo sobrenatural. Las paredes estaban empapeladas con remolinos en blanco y negro y pegatinas rosas para darle color. Tenía un tablón de corcho lleno de fotografías de sus amigos en la pared, junto a carteles de grupos musicales y películas. Había un espejo sobre el escritorio, rodeado de frascos de maquillaje, y el iPod emitía música a un volumen atronador desde una esquina.
    Y Jessie estaba sobre la cama, de cara a la pared.
    Ni siquiera se había dado cuenta de que tenía visita.
    Molly tomó la silla del escritorio y la acercó hacia la cama. Se sentó, tomó aire y le tocó a Jessie en el hombro.
    – ¡Ay! -gritó la niña, y se dio la vuelta hacia Molly-. Caramba, ni te había oído entrar.
    – No me sorprende. ¿Puedo bajar la música? -le preguntó Molly, señalando los altavoces del iPod.
    Jessie asintió.
    – Supongo que sí. Pero eso no significa que vaya a hablar de Seth.
    – ¿Y por qué piensas que quiero preguntarte por él?
    – Entonces, ¿para qué has venido?
    – Tu mejor amigo ha desaparecido. Me parece que debes de estar muy preocupada, así que he venido a verte, eso es todo. Es algo que hacen las hermanas, como compartir la ropa -dijo Molly, e inspiró profundamente-. Creía que habíamos llegado a ese punto. ¿Me equivoqué?
    Jessie negó con la cabeza.
    – Me caes bien.
    – No sabes lo mucho que eso significa para mí.
    – Creo que sí. He conocido a tu madre, ¿no te acuerdas?
    Pese a todo, Molly se rió.
    – Bueno, ¿cómo estás?
    Jessie se incorporó, dobló las rodillas y apoyó en ellas la barbilla.
    – Estoy preocupada y asustada.
    – Deja que te pregunte una cosa. Eres la mejor amiga de Seth. Tienes que saber más de lo que parece. Sólo quiero que me digas algo: ¿está en un lugar seguro?
    Jessie asintió lentamente.
    – Bueno, eso está bien.
    – Ahora deja que yo te pregunte algo.
    – Adelante.
    – Si supieras algo que podía hacerle daño a alguien a quien quieres, pero que pudiera ayudar a alguien a quien también quieres, ¿lo contarías y harías daño a una persona con tal de ayudar a la otra? -inquirió Jessie con una mirada solemne.
    – Esa es la pregunta más enrevesada que he oído nunca, pero creo que la entiendo.
    – ¿De verdad? -preguntó Jessie con los ojos llenos de lágrimas.
    Molly se inclinó hacia su hermana.
    – Sabes algo, y si me lo dices, vas a traicionar la confianza de tu amigo.
    – Es peor que eso. Si te lo digo, Seth podría sufrir de verdad. Pero si no te lo digo, puede que sufra otra persona. ¿Cuánto confías en Hunter?
    Molly sacudió la cabeza.
    – No cambies de tema, Jessie. Estoy confusa. Tienes que decírmelo. Seth está por ahí solo, y nadie puede ayudarlo.
    – No lo había pensado así. Entonces, ¿puedo decírtelo y no sentirme mal, porque es por el bien de Seth?
    – Escucha, hubo una cosa que no le dije a Hunter y debería haberle dicho. Él se enfadó conmigo. Me costó bastante que me perdonara.
    – ¿Y lamentas no habérselo dicho?
    Molly asintió.
    – Sí.
    – Quizá si te lo digo, Seth no me lo perdone nunca.
    – Es un riesgo que debes correr. Pero lo estás haciendo porque te importa. No le dije nada a Hunter porque no confié lo suficiente en él. Me equivoqué. Tú no deberías equivocarte.
    – ¿Por qué eres tan agradable conmigo? -le preguntó Jessie de repente.
    – ¿Porque me gustan las niñas mimadas? -dijo Molly, y sonrió-. No, en serio. Porque eres de mi familia, y yo nunca había tenido una familia. Sólo quiero caerte bien y que confíes en mí.
    – ¿En serio? -preguntó Jessie-. ¿De verdad te importa lo que piense de ti?
    De repente, cuando Molly miraba a Jessie, se vio a sí misma, sus inseguridades y sus miedos, y todo lo demás. No era raro que Jessie hubiera actuado como lo había hecho cuando ella había llegado a su casa. Molly había creído que entendía los sentimientos de Jessie, pero se dio cuenta de que no tenía ni idea de cuáles eran. Sin embargo, en aquel momento, no sólo entendía a Jessie, sino que le tenía mucho cariño.
    – Cuéntamelo, Jessie.
    – ¿Me prometes que no lo dirás a menos que yo te dé permiso?
    Molly asintió. No tenía otro remedio.
    Jessie tomó aire y dijo:
    – Seth dice que mató a su padre accidentalmente. Sólo quería proteger a su madre, y contaba con que Hunter podría poner en libertad a papá. Cuando oyó a Hunter decir que el caso era difícil, y se fijó la fecha para la vista, a Seth le entró miedo y se marchó.
    Molly intentó tragar saliva, pero no pudo.
    – ¿Puedes repetirlo? No, espera, no lo repitas -dijo. Alzó una mano e intentó recuperar la respiración-. Necesito un minuto para asimilarlo.
    ¿Seth había matado a su padre? Oh, Dios Santo.
    – Tenemos que hablar con Hunter. No sólo por el bien de papá, sino también por el de Seth.
    – ¡No! -exclamó Jessie, sacudiendo las manos frenéticamente en el aire-. No puedes decírselo a nadie -dijo. Le agarró el brazo a Molly y se lo apretó-. ¿Me lo prometes?
    Molly no podía hacer semejante promesa sin traicionar todo aquello en lo que creía. Sin embargo, le había prometido a Jessie que no revelaría su secreto sin permiso. Se mordió el labio. ¿Qué haría su padre si estuviera en su lugar?, se preguntó.
    Sin duda, si el general supiera la verdad se confesaría responsable del crimen con tal de proteger a Seth. Pondría a su familia por delante. Aquél era su código moral, y Molly lo entendía.
    Sin embargo, sentía el impulso irrefrenable de salir corriendo a decirle a todo el mundo la verdad. La justicia lo exigía. La honestidad lo exigía también.
    Hunter se lo exigiría, pensó.
    Miró la mano de Jessie, que aún la agarraba del brazo. Lentamente alzó los ojos y vio la cara de su hermana, llena de lágrimas. La cara de una niña que finalmente había depositado en Molly su fe y su confianza.
    Lealtad hacia alguien de su familia u honestidad y confianza en Hunter. De nuevo, Molly se enfrentaba a una de las decisiones más difíciles de su vida, salvo que en aquella ocasión sabía lo que debía hacer. Y hacerlo, posiblemente, destruiría la familia que significaba todo para ella, y la vida por la que había trabajado tanto.
    – ¿No lo dirás? -le preguntó Jessie.
    Molly suspiró.
    – No lo diré -respondió, mirando a los ojos a su hermana mientras le mentía.

    Hunter se pasó una mano por los ojos y bostezó. Estaba agotado, pero sabía que lo peor estaba por llegar. Se estiró en la silla del escritorio, en su habitación, y comenzó a hacer una lista de cosas por hacer, comenzando con una petición para que se retrasara la vista. Nadie de aquella casa podía enfrentarse a algo tan importante con Seth desaparecido. Tomó el teléfono y llamó a su oficina para decirles que prepararan la solicitud rápidamente.
    – Esta familia no tiene descanso -murmuró después de colgar.
    – Los descansos son para los cursis -graznó Ollie.
    Hunter miró hacia la jaula del pájaro.
    – Se me había olvidado que estás ahí.
    – Vivo aquí, vivo aquí -dijo el guacamayo.
    Alguien llamó a la puerta, y Molly entró un segundo después. Al ver la palidez de su rostro, Hunter supo que algo no marchaba bien.
    – ¿Qué ocurre? -le preguntó.
    – Creo que voy a vomitar.
    Él se levantó y se acercó a ella rápidamente. La tomó de la mano y la llevó hasta el sofá.
    – Explícame qué ocurre.
    Ella tomó aire.
    – Si lo hago, voy a traicionar la confianza de Jessie y destruiré los progresos que hemos hecho en nuestra relación, y seguramente también cualquier esperanza de tener un lazo fraternal con ella.
    Hunter suspiró. El hecho de que Molly le estuviera revelando que tenía algo que decir era un gran avance. La última vez se había mantenido en silencio y no había confiado en absoluto en él. Sin embargo, Daniel no debía dejarse llevar por el entusiasmo en aquel momento. Se concentró en la situación.
    – ¿Qué pasa si guardas el secreto?
    – Devastación completa -respondió ella-. Dios, qué horror.
    – No puedo decirte lo que tienes que hacer, pero me alegro de que hayas venido directamente a verme en vez de guardártelo todo -dijo él, y le apartó el pelo de la cara-. ¿Dónde está Seth?
    – No sé dónde está Seth.
    Él permaneció en silencio, con la esperanza de que ella le contara la verdad por sí misma.
    – Seth mató a Paul Markham. Jessie me ha dicho que fue accidental, pero cuando se fijó la fecha de la vista, a Seth le entró pánico y huyó -dijo Molly.
    Hunter no necesitó tiempo para asimilar la noticia. Lo entendió todo al instante.
    – Dios mío, ¿el chico mató a su propio padre?
    Molly asintió. Tenía una expresión de tristeza en el semblante, de preocupación y de angustia por haber traicionado la confianza de Jessie.
    Él le apretó la mano.
    – No te quedaba más remedio que decírmelo.
    – Cuéntale eso a Jessie.
    – No te molestes. Lo he oído por mí misma -dijo Jessie desde la puerta.
    Molly sacudió la cabeza. La mirada abatida y asombrada de su hermana daba a entender cómo debía de sentirse.
    – Jessie, no tenía elección.
    – Yo sí. Yo pude elegir y elegí confiar en ti. Soy idiota por haberlo hecho. Eres una mentirosa.
    – Eh, eso está fuera de lugar -dijo Hunter, que salió en defensa de Molly-. Ésta es una situación complicada…
    – No te molestes en defenderme. Jessie tiene todo el derecho a estar dolida y enfadada.
    Hunter hubiera querido librarle de su sufrimiento, pero sabía que Molly debía hacerle frente al enfado y el dolor de Jessie para resolverlos. Tuvo que resignarse a permanecer en silencio, al menos por el momento.
    – Entonces, toda esa historia de que lamentabas no haberle dicho algo a Hunter era mentira, ¿no? Sólo querías que te dijera mi secreto -dijo Jessie, cruzándose de brazos y lanzándole a Molly una mirada de resentimiento.
    – No, eso era cierto. Todo. Tú tenías que decirme la verdad. No es posible que pensaras permitir que papá fuera a la cárcel por un asesinato que no ha cometido -le dijo Molly suavemente.
    La adolescente negó con la cabeza.
    – Pero Seth tampoco puede ir a la cárcel -dijo con la voz temblorosa. Se apoyó en la pared y se deslizó hasta quedar sentada en el suelo con las rodillas encogidas.
    Hunter decidió que era hora de intervenir.
    – Eso no va a pasar, si es que yo tengo algo que ver. Pero, para protegerlo, necesito saber dónde está. Tengo que oír la historia de sus labios y pensar en la mejor estrategia.
    Se acercó a Jessie y se arrodilló a su lado.
    – Eres demasiado joven como para llevar a solas un secreto así. Lo sabes. Por eso confiaste en Molly, porque tenías que decírselo a alguien. Y ella no podía ocultar algo tan importante, porque os quiere a Seth y a ti, y también a tu padre. ¿Entiendes lo que te estoy diciendo?
    Jessie asintió sin mirarlo.
    – Eso no significa que no esté enfadada.
    Hunter entendió que la niña necesitaba tener la última palabra con su hermana.
    – ¿Crees que puedes decirme dónde está Seth?
    – Está en la iglesia que hay junto a la oficina de papá -murmuró Jessie, apoyando la frente en las rodillas. Hunter la oyó de todos modos.
    – Gracias -le dijo, y le tocó el hombro para reconfortarla-. Has sido muy valiente al contárnoslo todo.
    Él miró a Molly, que también lo estaba mirando a él con los ojos muy abiertos. Lentamente, se levantó de su posición y le hizo un guiño, intentando decirle sin palabras que todo iba a salir bien.
    Sólo esperaba que pudiera cumplir su promesa.

    Le dijeron a Frank y a Sonya que sabían dónde estaba Seth, pero Hunter insistió en ir solo a buscar al chico para poder hablar con él y después llevarlo a casa. Molly se imaginó que quería aproximarse a Seth como amigo y como abogado, para que el niño no siguiera viviendo en un estado de pánico y culpabilidad. Nadie mencionó todavía el papel de Seth en el asesinato de Paul. Era él mismo quien debía contarlo.
    Molly estaba ansiosa, pero aceptó quedarse en casa. Después de todo, si Sonya podía esperar a que llevaran a su hijo a casa, Molly no iba a ser menos.
    Quería ser una buena chica y quedarse con su familia hasta que Hunter abrió la puerta principal, con las llaves del coche de Molly en la mano. Su madre entró en la casa sin invitación, vestida como una diva de telenovela, con un vestido rojo y unos zapatos de altísimo tacón, y unos pendientes de diamantes colgándole de las orejas bajo el gran peinado.
    – ¿Es que en esta familia nadie tiene modales? -preguntó Francie al grupo que estaba reunido en la sala de estar-. He llamado y he dejado mensajes en el contestador. Incluso he hablado con la madre de Frank, y le pedí que Molly me llamara. ¿Y he tenido noticias de alguien?
    Frank se acercó a ella.
    – Creo que todo el mundo tiene preocupaciones más importantes en este momento.
    Molly no estaba dispuesta a soportar el comportamiento insensible de su madre en aquel instante.
    – He recibido los mensajes, pero no he tenido tiempo de responderte.
    Francie caminó hacia ella, imperturbable.
    – Bueno, pues me alegro de haber decidido venir aquí y hablar contigo, o quién sabe cuándo te habrías puesto en contacto conmigo.
    Por el rabillo del ojo, Molly vio a Hunter deslizándose hacia la puerta.
    – En realidad, éste no es un buen momento. Estaba a punto de salir con Hunter -dijo, y se encaminó hacia él.
    – ¿Por qué puede ir ella? -preguntó Jessie, que se sentía desplazada, ya que Seth era su mejor amigo.
    Molly le lanzó una mirada de disculpa y le hizo un gesto a espaldas de su madre como explicación. Tal vez Jessie estuviera furiosa con ella en aquel momento, pero incluso su hermana tenía que entender que Molly no podía hablar con la princesa caprichosa en aquel momento.
    – Me debes una -le dijo Jessie entre dientes.
    Molly le lanzó un beso a Jessie y salió por la puerta antes de que Francie pudiera poner una excusa para que su hija se quedara con ella.

    Hunter condujo hasta la iglesia siguiendo las indicaciones de Molly. Aunque él hubiera preferido que se enfrentara a su madre, se alegraba de que lo hubiera acompañado. La repentina revelación de la culpabilidad de Seth había provocado que muchas de sus complicadas emociones se desbordaran, y para él era beneficioso tener una tabla de salvación a la que aferrarse.
    – ¿Te importa que hablemos? -le preguntó.
    Ella negó con la cabeza.
    – Siempre y cuando no sea de cómo he evitado a mi madre, te agradezco la distracción.
    – Es sobre mí.
    – Entonces tienes toda mi atención.
    Sin apartar la vista de la carretera, él ordenó sus pensamientos.
    – Cuando acepté llevar este caso, no sentía ningún nexo emocional. Quiero decir, que sentía algo por ti, por mucho que intentara negarlo, pero en cuanto al resto de la familia, sólo era el abogado del general.
    – Bueno… -dijo Molly, confusa.
    – Pero cuanto más tiempo pasaba en casa de tu padre, más afecto le tomaba a todo el mundo. Incluida tú. Ahora ya no soy el abogado imparcial que representa a su cliente. No es que esté afectando a mi capacidad de juicio, pero se ha convertido en algo inquietante.
    – Hunter, me alegro de que seas sincero conmigo, pero estoy perdida -le dijo Molly suavemente-. No entiendo bien lo que estás intentando explicarme, ni lo que te inquieta.
    – El hecho de que Seth haya matado a su padre ha sido… es… algo enorme para mí. El chico se enfrentó a su padre por su madre. Cometió un crimen, un pecado, para proteger a su madre.
    – Continúa.
    Él agarró con fuerza el volante y siguió hablando.
    – Mi niñez fue horrible. Mi padre siempre estaba borracho y mi madre se lo permitía porque no era mucho mejor que él. La casa siempre estaba llena de basura, de latas vacías y de botellas, de pizzas a medio comer y de cajas de cartón. Más o menos, como la escena que viste en mi apartamento cuando fuiste a visitarme -admitió.
    Antes de que pudiera seguir, Molly le señaló un edificio grande que había frente a ellos, y Hunter entró en el aparcamiento de la iglesia y apagó el motor. Sin embargo, no podía apartarse de la cabeza los recuerdos. Una vez que había comenzado a hablar, parecía que no podía parar.
    Sabía que para ayudar a Seth, tenía que terminar con aquello en aquel momento.
    – Después de que te marcharas, aquel día, miré a mi alrededor y vi mi casa a través de tus ojos. Vi la suciedad en la que vivían mis padres y me sentí asqueado. Ellos gastaban todo el dinero en bebida y en comida barata. Cuando los servicios sociales se hicieron cargo de mí, mis padres habían pasado del alcohol a las drogas y me habían arrebatado a golpes la autoestima.
    – Hunter…
    – Deja que termine -le pidió él con la voz ronca-. Con el paso de los años, tomé algunas decisiones equivocadas. La única correcta que tomé, la de ayudar a Lacey me costó terminar en un reformatorio debido al canalla de su tío. Pero en cierto modo, él me hizo un favor, porque me vi obligado a seguir un programa educativo con presidiarios de verdad, y supe cómo podría ser mi futuro si no cambiaba de actitud rápidamente.
    Hunter cerró los ojos y recordó el sonido metálico que habían producido las puertas al cerrarse tras él. Los funcionarios que llevaban a cabo el programa se aseguraban de que los niños lo oyeran bien.
    – Durante todo este camino, si hubiera hecho algo como lo que ha hecho Seth, y créeme, pero gracias a Dios no lo hice, no habría habido nadie a quien le importara lo suficiente como para que pagara la fianza.
    – Lo siento muchísimo -susurró Molly con una lágrima en la mejilla.
    Daniel fingió que no se daba cuenta. No quería que sintiera lástima por él.
    – El hecho de estar tan cerca de Seth y de su familia ha hecho que me diera cuenta, quizá por primera vez, de la suerte que tengo: los errores que cometí no me han destruido.
    – No fue suerte -dijo Molly-. Fuiste tú mismo quien se protegió. Alguien con menos fuerza que tú se habría desmoronado, o habría tomado el camino equivocado. El mérito es tuyo -le aseguró, y le dio un beso en la mejilla.
    Él sacudió la cabeza. Su comprensión y su apoyo le produjeron una sensación cálida. De repente tuvo mucho miedo, más del que nunca hubiera sentido en su vida, de perder a la única mujer a la que había querido en su vida.
    – Sigo creyendo que tuve buena suerte. Sin embargo, Seth tiene a gente de su lado, y tenemos que convencerlo de que podemos arreglar todo esto.
    Molly asintió.
    – En eso tienes razón. Y no sólo tiene a sus amigos y a su familia, también tiene al mejor abogado defensor de su lado.
    Hunter la miró a los ojos y se rió ante su firme determinación.
    – Vamos a llevarlo a casa.

    Horas después, Seth estaba sentado en casa, rodeado de su familia, contando su dolorosa historia. En cuanto a Hunter, seguía impresionado por el giro de los acontecimientos. Nunca había considerado sospechoso a Seth, y sentía una gran pena por el chico. Aunque estaba feliz por Molly y por Frank, Hunter también había decidido que representaría a Seth durante el proceso legal. Haría todo lo posible por conseguir un trato con la fiscalía y asegurarle un buen futuro al muchacho.
    Después de la impresión y la incredulidad que provocó a todo el mundo la confesión de Seth, ambas familias lo perdonaron y le brindaron su apoyo.
    Hunter tenía mucho trabajo por delante en nombre de Seth. Su primera acción legal sería hablar con el fiscal del distrito para negociar antes de que Seth declarara. Cuando Seth hubiera confesado oficialmente, los cargos contra el general se retirarían. Seth tendría que comparecer ante el tribunal, y se llegaría a un acuerdo con la fiscalía. Por supuesto, Seth, Sonya y Frank tendrían que testificar sobre el maltrato de Paul Markham, pero Hunter no pensaba que eso fuera un problema.
    Cuando el trato estuviera cerrado, Hunter se distanciaría. Había ido allí para ganar el caso del padre de Molly y a liberarse de ella al mismo tiempo. Al principio, estaba completamente seguro de que podría olvidarla y de que él sería quien la dejaría a ella. Hunter veía la ironía perfectamente: era él quien se alejaba, sí, pero no por venganza, ni siguiendo un plan.
    Iba a alejarse de Molly porque no le había dejado otra opción. Y no sentía ninguna satisfacción al saber que tendría que hacerlo.

Capítulo 17

    Una semana después de la confesión de Seth, las cosas habían empezado a calmarse. Cumpliendo las expectativas de Hunter, la fiscalía había retirado la acusación de asesinato contra Frank, y Seth había sido procesado. Vivían en una ciudad pequeña con pocos secretos, y la policía no había tenido ningún problema en creer que la oscura personalidad de Paul se había vuelto más oscura aún con el tiempo. Y como Seth les había dicho a las autoridades dónde había arrojado el arma, habían encontrado la pistola después de buscarla en el vertedero.
    Hunter había terminado su trabajo, y ya no era necesario en Dentonville. Razón por la cual, cuando la familia decidió hacer una pequeña celebración, él permaneció en el despacho que le había servido de habitación durante las últimas semanas y comenzó a hacer la maleta. Lo habían invitado, pero él había decidido mantenerse al margen.
    No era parte de la familia, y por lo tanto, no tenía por qué estar en su reunión. Debería ser así de sencillo. Sin embargo, no lo era.
    Con los demás clientes, siempre le había resultado fácil alejarse cuando el caso terminaba. Sin embargo, Hunter había establecido lazos de afecto con aquella familia, y no sólo porque hubiera vivido con ellos. Además, sabía que el sentimiento era recíproco.
    Y estaba Molly. Llevaba toda la mañana evitando pensar en ella, porque no quería imaginarse cómo iba a ser la despedida. La idea de alejarse de ella le encogía el estómago.
    Sin embargo, Daniel tenía una profesión y una vida, y no sabía si Molly iba a hacer los cambios que necesitaba para seguir adelante. No podía confiarle su corazón hasta que supiera con seguridad que ella se había enfrentado a sus demonios y había ganado.
    Alguien llamó a la puerta e interrumpió sus reflexiones.
    – Adelante -dijo.
    Molly entró en el despacho y cerró tras ella.
    – Te estás perdiendo la reunión -dijo ella. Era evidente que tenía muchas ganas de que los acompañara.
    Él inclinó la cabeza.
    – Pasaré por la fiesta en unos minutos.
    – No es una fiesta. Nadie se siente bien pensando que tenemos una fiesta familiar, dadas las circunstancias. Pero de todos modos quieren estar juntos. Sabes que eres parte de la familia, ¿no? -le preguntó Molly.
    – Vamos. Sólo soy el pistolero a sueldo -dijo él, pero la broma no cuajó.
    Ella sacudió la cabeza con vehemencia.
    – ¿Después de todo lo que hemos pasado? Eres como de la familia.
    Entonces, su mirada recayó en la bolsa abierta que había sobre el sofá, llena de ropa y de cosas de Daniel. El dolor se reflejó en sus ojos.
    Y él estaba a punto de hacerle más daño.
    – A menudo represento a gente acusada de crímenes graves y, cuando todo termina, siempre están agradecidos. Eso no me convierte en un miembro de su familia.
    Molly se estremeció.
    – Creía que habíamos dado un paso.
    – Sí -dijo Daniel. Se acercó a ella, y su fragancia lo envolvió, tanto que apenas podía pensar con claridad-. Somos amigos.
    Ella no estaba preparada para nada más, y él no iba a explicarle de nuevo el porqué. Ya le había dicho que no había conseguido superar el pasado, por mucho que Molly pensara lo contrario. No se había enfrentado a su madre, no había sacado su ropa del armario y no había puesto a prueba a su familia siendo la Molly real.
    Y todavía estaba viviendo en casa de su padre, con un trabajo voluntario que no estaba a la altura de sus capacidades.
    Lo cual dejaba a Daniel exactamente igual que cuando había empezado aquel caso: solo.
    Molly parpadeó y miró a Hunter. La había dejado sin palabras. Tuvo que tomar aire profundamente para recuperar la compostura. Él se marchaba. Molly debía haberlo previsto, porque, después de todo, Daniel no vivía allí. Sin embargo, se sentía abrumada. Sus palabras, pronunciadas sin cuidado, la habían sumido en la confusión.
    – Amigos -susurró. ¿Sólo eso?
    – Ya he terminado mi trabajo -dijo Daniel, acariciándole la mejilla-. Tu padre está libre, y Seth lo será muy pronto. Tienes a tu familia. Es todo lo que siempre has querido.
    Daniel se alejó. Caminó hasta el sofá y cerró la cremallera de su bolsa.
    – Voy con los demás. ¿Me acompañas?
    Ella asintió. Tenía un nudo en la garganta y no podía hablar.
    Lo que había dicho Hunter era cierto: su familia era todo lo que siempre había deseado. Sin embargo, mientras se dirigía con él a la cocina, Molly entendió perfectamente la contradicción: su padre estaba libre, su familia estaba reunida, ella debería estar llena de amor y emoción, y sin embargo, se sentía completamente vacía por dentro.

    Frank miró a su familia, a su madre, a sus hijas, a la mujer a la que quería y al muchacho al que adoraba como un hijo.
    El general alzó la copa.
    – Un brindis -dijo.
    Todo el mundo quedó en silencio al oír su voz.
    – Por mi familia. Mi familia, que incluye a todas las personas presentes en esta habitación. Nos cuidamos en los buenos y en los malos tiempos. Hemos permanecido unidos durante el peor de los momentos, y ahora vamos hacia el otro lado.
    – Bien dicho -afirmó la comandante, que hizo chocar su copa con la de su hijo.
    Él miró a Sonya. La noche anterior, ella le había dicho que estaba asombrada de que no sintiera ira contra Seth porque el chico hubiera permitido que lo acusaran del asesinato.
    Sin embargo, Seth era su hijo. No de sangre, pero sí por todo aquello que tenía importancia.
    Y, en cuanto pasara un tiempo razonable después de la muerte de Paul, Frank quería hacer oficial y pública a su familia. Sonya estaba de acuerdo. Tendrían que decírselo a los niños, aunque Frank esperaba que todo el mundo estuviera de su lado.
    – Ojalá el hombre responsable de que todos podamos estar juntos compartiera con nosotros este brindis -dijo Frank. Sin embargo, Hunter se había marchado poco después de pasar por la fiesta.
    Y Molly se había quedado en silencio desde entonces.
    Frank miró a sus hijos con un deseo: que tuvieran tanta suerte como él en la vida. Había encontrado dos veces el amor, y había tenido la oportunidad de forjar una relación con una hija de cuya existencia no sabía nada. Ninguno de ellos se merecía menos.
    Sonó el timbre de la puerta y Molly, agradecida por la excusa para escapar, fue a abrir. A Frank se le encogió el estómago. Tenía un mal presentimiento sobre aquella visita.
    Siguió a Molly y, cuando su hija abrió la puerta, ambos se encontraron con Francie en el umbral. Más allá había un taxi esperando.
    Frank entornó los ojos con desconfianza. Quisiera lo que quisiera, no podían ser buenas noticias.

    Molly tenía un horrible dolor de cabeza. Primero, Hunter la había tomado por sorpresa al hacer la maleta, darle las gracias a su familia y marcharse, todo en menos de media hora. Y después aparecía su madre, vestida de diseño, como de costumbre. Había una cosa segura, y era que Francie podría vivir vendiendo ropa de su armario durante el resto de su vida. Aunque su madre no iba a caer tan bajo. Molly se preguntó a qué pobre tipo iba a engañar en los siguientes días.
    – No es buen momento -le dijo Frank a Francie.
    Ella miró hacia dentro.
    – Oh, ¿interrumpo una fiesta?
    – No es una fiesta -respondieron Molly y su padre al unísono.
    Molly sacudió la cabeza y sonrió.
    – Es una reunión familiar -dijo, y optó por no dar más explicaciones.
    Francie había estado en la casa lo suficiente como para saber exactamente lo que ocurría con el caso de su padre y con la familia.
    Quizá Molly no quisiera verla, pero tampoco podía dejarla en la calle.
    – ¿Por qué no entras?
    – En realidad, sólo he venido a despedirme. Tengo un taxi esperando -dijo, y señaló al coche.
    – ¿Te marchas? -le preguntó Molly, con el estómago encogido.
    No sabía por qué. Su madre llegaba y se iba a menudo. Aquélla era su forma de actuar. Y como en aquella ocasión, Molly no había recibido bien su visita, no entendía por qué de repente sentía pánico.
    – Bueno, sí. Me he quedado durante vuestros momentos difíciles, y ahora que todo ha terminado, no me necesitáis más -respondió Francie.
    Molly movió la cabeza de un lado a otro. Era imposible saber si su madre decía la verdad o si la verdad coincidía con sus planes.
    – No hemos tenido ocasión de hablar -le dijo Frank a su ex.
    – Tonterías -respondió Francie-. Ha sido muy agradable verte y que nos pusiéramos al día sobre nuestras vidas. Y me alegro mucho de que Molly te haya encontrado. De veras.
    Bueno, aquello era, probablemente, la única frase completamente cierta que había pronunciado su madre. Era como si el comportamiento de Francie durante todos aquellos años no se hubiera producido. O, si se había producido, ella no pensaba que nadie tuviera que guardarle rencor por ello.
    – Bueno, tengo que irme.
    El pánico volvió a adueñarse de Molly.
    – ¡Espera!
    Su madre miró nerviosamente hacia el taxi. «El tiempo es oro». No tenía que decirle a Molly lo que estaba pensando. Sin embargo, Molly no estaba dispuesta a pagarle el taxi sólo por tener unos cuantos minutos más para decirle lo que pensaba.
    Aquélla era la razón de su pánico, pensó Molly: tenía unas cuantas cosas que decirle a su madre, y no podía esperar hasta la próxima vez que la mujer volviera revoloteando al país.
    – Dile al taxista que se marche. Después puedes llamar a otro. Tengo que hablar contigo.
    Francie le envió un beso.
    – Te llamaré, te lo prometo.
    – No, quiero hablar contigo ahora. Soy tu hija. Nunca te he pedido nada, pero ahora necesito cinco minutos de tu tiempo -dijo Molly con firmeza.
    Francie la dejó asombrada al entrar en la casa sin discusión.
    – Os dejo a solas -dijo Frank, y se marchó hacia la sala en la que esperaba su familia.
    Molly se dio cuenta de que todos estaban pendientes de ellas, pero no le importó.
    – Tenemos que llegar a un entendimiento.
    Molly se oyó pronunciar aquellas palabras que no había ensayado, y mientras hablaba, por fin entendió lo que Hunter quería decir cuando afirmaba que su madre y ella no habían resuelto nada. Porque, aunque Molly la había llamado a gritos, Francie nunca la había oído.
    – Querida, nos entendemos perfectamente la una a la otra.
    Molly arqueó las cejas.
    – Si nos entendiéramos, no te dedicarías a viajar por el mundo y a aparecer en mi vida sólo cuando te viene bien. Así que de ahora en adelante, si quieres visitarme, tendrás que llamarme. Necesito saber que vas a venir, y tú tienes que preguntarme si es un buen momento para mí.
    Francie se quedó sorprendida.
    – Soy tu madre. No me vas a negar una visita.
    Molly sonrió, pese a todo. Su madre, algunas veces, era tan infantil que daba miedo.
    – No, probablemente no. Ni siquiera aunque mi padre esté acusado de asesinato y todo lo que me rodea sea un caos -admitió ella.
    La sonrisa resplandeciente de Francie le dio a entender a Molly que no se había explicado muy bien.
    – ¿Lo ves? No hay motivo para tanta formalidad entre nosotras dos.
    Molly suspiró.
    – No se trata de formalidad, sino de mis sentimientos. Sería agradable saber que has pensado lo suficiente en mí como para avisarme con antelación. Supongo que una visita de vez en cuando no estaría mal, siempre y cuando tenga noticias tuyas alguna vez. No quiero más meses de silencio mientras me pregunto si sigues viva en algún lugar del mundo. Y no quiero más evasivas cuando te llame. Si no puedes hablar conmigo en un momento determinado, llámame más tarde. Lo único que pido es cortesía. Trátame como si fuera tu hija, no como algo incómodo.
    Para horror de Molly, en las últimas palabras se le quebró la voz.
    – Dios, qué día he tenido -dijo Molly, y tuvo que secarse las lágrimas con el dorso de la mano.
    Francie la miró. La miró de verdad. Después la abrazó con torpeza.
    – Supongo que puedo intentar estar un poco menos centrada en mí misma -dijo. Después le dio unos golpecitos en la espalda a Molly y se apartó.
    Parecía que había captado el mensaje, al menos lo principal; así que Molly sonrió.
    – Sí, eso estaría bien.
    Francie se apretó los ojos con dos dedos, y Molly se preguntó si su madre tenía también la capacidad de emocionarse.
    – Bueno, ahora tengo que marcharme.
    Molly asintió.
    – Lo sé.
    – Pero te llamaré -le dijo Francie. Después la miró a los ojos-. Ya te he dicho eso más veces, ¿no?
    Molly asintió y su madre bajó la mirada.
    – He tenido una sensación de deja vu -murmuró Francie. Parecía que era más consciente de sus acciones que antes.
    Lo que no sabía Molly era cuánto duraría aquella nueva conciencia. Al menos, por el momento, parecía que lo que le había dicho a su madre había causado efecto.
    – Bueno, esta vez lo haré.
    Francie le dio un beso a Molly en la mejilla y se volvió hacia la puerta. Se detuvo, se giró hacia Molly y le dio un abrazo impulsivo otra vez.
    Entonces, entre despedidas, Francie se marchó. En aquella ocasión, Molly no sintió la misma ira del pasado. Tuvo más aceptación hacia su madre, por muy llena de imperfecciones que estuviera, y más esperanzas para el futuro.
    No ilusiones, pensó con ironía.
    Sólo esperanzas.

    La vida recuperó rápidamente su normalidad.
    Robin volvió a la universidad. Jessie y Seth también volvieron al colegio. Aunque Seth estaba en tratamiento psicológico, Hunter había conseguido un trato con el fiscal que garantizaba que el chico no pasaría por el correccional. El general abrió nuevamente su negocio con Sonya a su lado, que iba a ayudarlo a comenzar de nuevo. Y aunque Frank quería que Molly fuera su socia, Molly sabía que no era eso lo que deseaba. Asombroso, pero cierto.
    Molly se había despertado aquella mañana, una semana después de que todo terminara, y había encontrado a todo el mundo haciendo sus cosas. Ya no había ninguna crisis que resolver, y ella se había visto obligada a examinarse a sí misma y a su vida.
    No le gustó lo que vio. Estaba sola en casa de su padre, sin un trabajo al que dedicarse. Tenia veintiocho años y su ropa favorita estaba escondida en el armario porque ella había ocultado su verdadera personalidad para ser aceptada y querida. Además, había apartado de sí al hombre que la aceptaba sin condiciones.
    Aunque al principio, Molly no lo había visto así. Cuando Hunter se había marchado, se había convencido a sí misma de que él era quien huía para no enfrentarse a lo que había entre los dos. Se convenció de que Daniel se había marchado porque ella lo había dejado la vez anterior y quería vengarse.
    Entonces, durante aquella inesperada conversación con su madre, se había visto siguiendo el consejo de Hunter y estableciendo reglas de acuerdo a las que poder vivir. Había tomado el control. Así se dio cuenta de que la vida con la que se contentaba antes de que acusaran a su padre de asesinato se había convertido en una vida insuficiente desde que había probado la existencia junto a Daniel.
    Molly llamó a la puerta del despacho de su padre.
    – ¡Adelante! -dijo él.
    Ella se asomó.
    – ¿Podemos hablar un momento?
    – Claro -respondió él. Se levantó del escritorio y se unió a ella en mitad de la habitación-. Vamos a sentarnos ahí -le dijo, y le señaló las dos butacas de cuero que había colocado al otro lado de su mesa.
    Se acomodaron, y su padre habló primero.
    – Vaya, qué cambiada estás -le dijo, mirando su camisa roja, los vaqueros ajustados y las botas de vaquero-. Me encanta el color rojo. Tu madre lo llevaba cuando nos conocimos. Es uno de los mejores recuerdos que conservo de ella -dijo él, riéndose.
    Molly sonrió.
    – Te había visto esas botas, pero no el resto de la ropa. ¿Es nueva?
    – No para mí. Sólo para ti. Verás, lo cierto es que no he sido completamente sincera contigo.
    Él arqueó las cejas.
    – ¿Acerca de qué?
    – Acerca de quién soy en realidad. O debería decir de quién era antes de venir a vivir aquí. Quizá te hayas dado cuenta de que tengo problemas con la aceptación de los demás.
    Frank abrió los brazos.
    – ¿Y cómo no ibas a tenerlos, sabiendo el modo en que te crió tu madre? -dijo él calmadamente.
    Molly le agradeció su apoyo. Era una de las cosas que más adoraba de él. Su amor incondicional. Sólo lamentaba no haber confiado antes en ello.
    – Bueno, cuando supe que tenía un padre y una familia aquí, deseé encajar con todas mis fuerzas, y habría hecho cualquier cosa por conseguirlo -admitió, y se ruborizó.
    Su padre se levantó y dio un paso hacía ella.
    – Esta familia ya ha tenido suficientes escándalos y problemas. Estoy seguro de que lo que vas a decirme no es tan espantoso -le aseguró él.
    Molly miró al general y se echó a reír.
    – Después de esta introducción, lo que voy a decirte te va a parecer inmaduro -dijo. Se pasó una mano por el pelo y suspiró-. No tengo una forma de vestir tan modosa como Robin y Jessie. Me encantan los colores fuertes. Prefiero ser más sincera que dócil, y los primeros ocho meses que pasé aquí, mordiéndome la lengua mientras Jessie me pasaba por encima como una apisonadora, fueron un atentado contra mi naturaleza.
    Terminó la explicación soltando una gran exhalación.
    – Y pensabas que, ocultando esas facetas tuyas, yo… ¿qué? ¿Te querría más?
    – Temía que si conocías mi verdadera personalidad, me querrías menos. O que no me querrías nada. No te olvides de que tú no me educaste, y no estableciste lazos de amor conmigo desde el principio. Soy una adulta que apareció completamente formada en la puerta de tu casa. Tienes todo el derecho a que no te caiga bien, si es eso lo que sientes. Pero yo no quería darte motivos, ni a ti, ni a Robin ni a Jessie.
    Molly tragó saliva y miró a su padre a los ojos.
    Él tenía una expresión divertida.
    – No has dicho nada de la comandante. ¿Supongo que en ella encontraste a una persona que podía entenderte?
    Molly asintió.
    – La abuela se parece más a mí.
    – Y Jessie. No sé si te has dado cuenta todavía.
    Ella se rió.
    – Me amenazó con chantajearme para que le prestara mi ropa y me pidió mi jersey favorito. Creo que ya había empezado a percatarme. Habíamos hecho muchos progresos hasta que le conté a Hunter el secreto que ella me había confiado.
    El general le puso las manos en los hombros. Ella le agradeció aquel gesto de apoyo.
    – Jessie sabe que le salvaste la vida a Seth haciendo lo que hiciste. Es una chica inteligente. Quizá intente hacértelo pagar para ver qué puede conseguir explotando tu culpabilidad, pero, en el fondo, le has demostrado lo que vales.
    – Quizá. Sin embargo, lo haya conseguido o no, he decidido ser yo misma.
    – Eso es lo que todo el mundo quiere que seas. Nosotros no somos como tu madre. No esperamos que seas otra cosa que tú misma. Tus hermanas y yo no queremos que te alejes.
    Molly asintió sin poder hablar de la emoción. Después de un instante, dijo:
    – Ahora lo sé. Quizá sea tarde, pero lo entiendo por fin.
    Su padre la abrazó durante un largo rato.
    – Te quiero, Molly.
    Ella sonrió.
    – Yo también te quiero. Y por eso, precisamente, lo que tengo que decirte es mucho más difícil. No puedo ser tu socia en el negocio.
    Él dio un paso atrás.
    – ¿Por qué?
    – Ha llegado la hora de que ponga orden en mi vida.
    Frank arqueó una ceja.
    – ¿Y eso incluye a Hunter? Me he dado cuenta de lo triste que has estado desde que él se ha ido.
    Molly sonrió débilmente.
    – Es evidente, ¿eh?
    El general asintió.
    – Por desgracia, sí.
    – Bueno, no sé si él querrá volver conmigo o es demasiado tarde, pero tengo que intentarlo.
    Frank sonrió.
    – No esperaba menos de ti. Ve por él, campeona.
    Molly tomó aire para darse fuerzas.
    – Sí, bueno, deséame buena suerte porque voy a necesitarla.
    – Buena suerte, cariño.
    Molly esperaba que sus palabras fueran suficiente, porque palabras era todo lo que tenía para convencer a Hunter de que le concediera una nueva oportunidad.

    Hunter tenía una vida esperándolo al volver a casa, y se sumergió en ella a toda velocidad, salvo por la bebida y las mujeres. El personal de su despacho se alegró mucho de verlo: había un nuevo caso de asesinato que los tenía ocupados día y noche. Él hizo tiempo para ver a Lacey y a Ty y al resto de sus amigos. Era una vida vacía sin Molly, pero era una vida.
    No pasaba mucho tiempo en casa, por una buena razón. Si se quedaba a trabajar en la oficina hasta tarde, se concentraba más en sus tareas. Si trabajaba en casa, pensaba en lo silencioso que estaba todo, en lo solo que se sentía.
    Llamó por el intercomunicador a su secretaria y le pidió que le hiciera una reserva en su pub favorito para cenar, en una mesa tranquila al final del local. Se llevaría el ordenador portátil y pondría al día el correo electrónico para tomarse un descanso del estudio de la documentación y los detalles macabros de la escena del crimen.
    Ella lo llamó instantes más tarde para decirle que le estaban guardando la mesa. Ventajas de ser un cliente asiduo. Daniel estaba poniendo en orden las cosas antes de salir cuando alguien llamó a la puerta.
    Frunció el ceño. No era buen momento para conversar con nadie. Quizá fuera un buen cliente, pero en el pub más concurrido de la ciudad no podían guardarle la mesa durante mucho tiempo.
    – Adelante, y que sea rápido.
    Se puso la bolsa del ordenador al hombro, preparado para marcharse cuanto antes.
    Hunter prefería que el ambiente fuera relajado, y su secretaria nunca le anunciaba las visitas. Así que cuando la puerta se abrió de par en par, esperaba encontrarse con uno de sus empleados o sus socios.
    En vez de eso, encontró una visión en el umbral de su despacho. Desde la punta de sus botas de vaquero rojas, pasando por los vaqueros oscuros y la cazadora roja que llevaba, aquella mujer era la Molly de siempre.
    Él tomó aire bruscamente.
    – Molly.
    No sabía qué le sorprendía más, si el hecho de verla o su ropa. Además, no quería hacerse falsas ilusiones sobre el motivo por el que ella estaba allí. Sin embargo, el corazón no lo escuchaba. Se había puesto a latir aceleradamente.
    – Hola -dijo ella. Era evidente que se sentía tan azorada como él. Miró la bolsa que Daniel llevaba al hombro y le preguntó-: ¿Te marchabas ya?
    Él se encogió de hombros.
    – Iba a cenar -dijo. De repente, aquella mesa que le estaban reservando no le parecía importante-. ¿Qué te trae por aquí?
    Molly se pasó una mano por la melena, despeinada pero magnífica.
    – Tengo que hacerte una pregunta.
    – ¿Y has venido en coche hasta aquí para hacérmela?
    – En realidad, he venido en avión. Me pareció más rápido. Lacey me recogió en el aeropuerto. ¿Te importa que pase?
    Él asintió.
    – Claro, pasa. Es que me he quedado muy sorprendido al verte.
    Ella cerró la puerta y se acercó a Daniel.
    – Espero que también estés contento.
    – Siempre -respondió él ásperamente.
    Estaba tan guapo que Molly quería abrazarlo y quedarse allí para siempre. Sin embargo, percibió desconfianza en su mirada. Había demasiadas cosas sin resolver entre los dos.
    – Cuando te fuiste, me convencí a mí misma de que estabas huyendo -le dijo, y después se echó a reír-. Al menos, durante los primeros cinco minutos. Entonces apareció mi madre, y de repente ocurrió algo. Me vi siguiendo tu consejo y hablando con ella para darle algunas normas sobre nuestra relación. Quizá no las siga, pero, al menos, puedo decir que he hecho lo posible por hacerme con el control.
    Él sonrió.
    – Eso está bien. Se trata de cómo reaccionas tú ante la gente, no de cómo reaccionan ellos ante ti. Sólo puedes controlar tus propios sentimientos y tus acciones, no los de los demás.
    – Sólo he tardado media vida en darme cuenta de eso.
    – ¿Cómo está la familia? -le preguntó Daniel.
    – Bien, muy bien. Incluso Seth está mejorando. Todo el mundo ha vuelto a su vida, gracias a ti -dijo ella, y se humedeció los labios, que se le habían quedado secos.
    Hunter se metió las manos en los bolsillos.
    – Bueno, ¿y estás trabajando con tu padre ya?
    – En realidad, le dije que eso no era lo que quería. Lo cual, tengo que admitir, me tomó por sorpresa.
    – A mí también. Creía que trabajar con tu padre sería el sueño de tu vida -le dijo él, confuso.
    – Las cosas cambian. Yo he cambiado. En realidad, tú me has cambiado.
    – ¿De veras? ¿Y cómo?
    Molly tomó aire.
    – Al aceptarme, para empezar. Salvo que no me había dado cuenta de lo mucho que significaba eso hasta que me perdí a mí misma. Lo cual resulta irónico, porque te dejé que me encontraras -dijo, y después sacudió la cabeza-. ¿Tiene sentido algo de lo que digo? -preguntó, riéndose.
    – Sorprendentemente, sí. Continúa.
    – Tú eres el abogado que habla en los juicios. Yo no estoy acostumbrada a explicaciones largas, pero necesito que oigas esto, así que allá va. Cuando todo el mundo en casa volvió a sus obligaciones, me quedé sola y tuve que pararme a pensar en qué punto estaba. Me di cuenta de que aunque tenía lo que había estado buscando durante toda mi vida, me faltaba la pieza más importante.
    – ¿Y cuál es? -preguntó él, inclinándose hacia Molly.
    El olor de su loción de afeitar la envolvió, pero ella no se distrajo.
    – Yo. Me faltaba a mí misma. Ahí estaba, a los veintiocho años, con la familia a la que había ido a buscar, sintiéndome aceptada, pero sin trabajo, sin hogar propio, sin saber quién era porque había escondido mi ropa en el armario, y mi individualidad, y lo más importante… -oh, llegaba la parte más difícil, pensó Molly
    – Sigue -susurró él.
    – Me di cuenta de que todo lo que siempre había deseado no significaba nada para mí sin el hombre al que quiero -dijo apresuradamente, avergonzada de admitirlo cuando no sabía cuáles eran en realidad los sentimientos de Daniel.
    Sin embargo, él no se merecía menos. De hecho, se merecía mucho más.
    Como el amor. Una palabra que había evitado desde que había visto nuevamente a Hunter porque hubiera significado que debía enfrentarse con sus miedos. Cuando por fin lo había hecho, allí estaba, liberada de complejos y problemas.
    – Te quiero -dijo, con el corazón en la garganta-. Sé que es tarde, sé que te lo he hecho pasar mal, pero te quiero y espero que tú también me quieras.
    Puso las cartas sobre la mesa, su corazón en manos de Daniel… y esperó a que él se lo rompiera.
    – Molly…
    Ella sacudió la cabeza otra vez.
    – No pasa nada. No tienes que decirlo. Todo ha terminado, has tenido suficiente. Lo entiendo -dijo, balbuceando-. De veras, no pasa nada. Es sólo que tenía que decirte lo que siento, porque tú me has ayudado a llegar hasta aquí, pero eso no significa que tengas que ser parte de mi futuro.
    Él dio un paso hacia ella y le tomó la mano.
    – ¿Y si quiero hacerlo?
    – ¿Todavía quieres estar conmigo? ¿De verdad? -preguntó ella, asombrada-. ¿No lo he estropeado?
    Él sonrió con despreocupación por primera vez en años.
    – Sólo he tenido que echarte una mirada para saber que estás aquí. Has llegado al punto en el que eres tú misma. La persona a la que conocía, pero mejor. Más fuerte. Así que si quieres decir que estás lista para comprometerte conmigo, ¿crees que voy a discutírtelo?
    Ella gritó de alegría y le lanzó los brazos al cuello para besarlo. Él le devolvió el beso con todo su cuerpo, con toda su alma. Era suya. Podía abrazarla y abrazar el futuro sin miedo de que se los arrebataran, y tenía intención de saborear aquel momento.
    Hasta que recordó algo importante. Interrumpió el beso, echó la cabeza hacia atrás y la miró a los ojos.
    – Cuando entraste me dijiste que tenías que hacerme una pregunta.
    No sabía a qué se refería, pero tenía el presentimiento de que iba a gustarle.
    Cualquier cosa que Molly le pidiera en aquel momento, se la daría gustosamente.
    – Oh, sí. Es cierto.
    – ¿Y vas a hacérmela?
    – Eh… todavía tengo que encontrar un trabajo de verdad y un apartamento…
    – Nada de apartamentos. No voy a perderte de vista nunca más -dijo él con firmeza.
    Ella sonrió, aliviada. Entusiasmada. Extática.
    – Me alegro, porque había venido a preguntarte qué vas a hacer durante el resto de tu vida.
    Hunter la abrazó por la cintura y la atrajo hacia su cuerpo. Su mirada cálida no se apartó de ella cuando respondió.
    – Tengo planeado pasarlo contigo.
    Una contestación que selló con un beso.

Epilogo

    Bueno, Molly tenía razón. Otra vez.
    Viste de un modo tan escandaloso que, en la iglesia, los invitados se quedaron asombrados al verla llegar con un vestido de novia blanco, más de lo que habrían estado si hubiera aparecido con el vestido rojo que yo quería que llevara.
    Sin embargo, sé que a Hunter le habría gustado, porque siempre comenta que el rojo es su color favorito. Molly dice que ésa es la razón por la que llevaba ropa interior roja, y metió en la maleta sus botas de vaquero. No quiero pensar en la noche de bodas. No es asunto mío. Pero creo que hoy, a todo el mundo le han gustado más sus sandalias rojas de tacón de aguja. No me importaría ser como Molly cuando sea mayor.
    Una de sus damas de honor, aparte de mí y su amiga Liza, fue Lacey, la esposa del mejor amigo de Hunter.
    Resultó que Lacey tenía una sorpresa, porque el vestido no le cabía en el último minuto, debido a que le crecía la cintura por momentos. Peor aún, tuvo que estar sentada todo el tiempo por los mareos del embarazo durante la última prueba.
    Si Hunter se ha vuelto un tipo pegajoso y bobo de puro amor, su padrino, Ty, es peor. Estuvo encima de Lacey hasta que ella le dijo que se controlara y la dejara en paz. Al menos, hasta que terminara la ceremonia. Después, estuvieron haciéndose carantoñas todo el tiempo. Puaj. Era un poco asqueroso de ver, pero espero conocer algún día a un tipo que me quiera tanto.
    Robin fue la madrina, y estaba tan guapa como siempre. Papá llevó a Molly hasta el altar, y a mí no me dieron celos en absoluto. Bueno, quizá un poco. Después, pasó el resto de la fiesta con Sonya. También están muy enamorados. Parece que hay una epidemia.
    La madre de Molly también apareció, ¡con un vestido color crema! Si yo fuera la novia, me habría enfadado, pero a Molly no le importó. Incluso parecía que se alegraba de que su madre hubiera venido a la boda desde Europa, aunque estuviera acompañada de otro conde.
    En cuanto a mí, bailé con papá y con Hunter. Los dos bailan bien. Después Seth me pidió un baile. Aunque me pisó varias veces, me divertí.
    Casi tenía miedo de que las cosas se gafaran, pero Molly tiene razón, merece la pena vivir la vida. Tal y como oí que le decía a Hunter, han recorrido un camino muy largo para llegar hasta aquí, pero al final tendrán una existencia feliz. Con algunos tropezones normales durante el camino.
    Sí, puedo vivir con eso.

Carly Phillips

    Carly Phillips inicio su carrera como escritora en 1999, desde entonces ha publicado más de 20 novelas, que han estado entre las más vendidas en las listas más conocidas de Estados Unidos. Actualmente publica en dos sellos, Harlequín y Warner.
    Carly vive en Purchase, New York con su marido, sus dos hijas pequeñas y un juguetón Wheaton Terrier.
    Su pasatiempo favorito es leer, le gusta escuchar opera y le encanta recibir correos de sus lectoras, ya sea por mail o por correo normal. También se confiesa adicta a la televisión, especialmente a las telenovelas y acostumbra a tenerla puesta incluso mientras trabaja. Pero no todo es “diversión” en la vida de Carly, cuando no se encuentra escribiendo, colabora activamente con varias asociaciones benéficas.

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