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El Seductor

El Seductor

Аннотация

    No hay mujer en Yorkshire Falls ajena al atractivo de los hermanos Chandler. Sin embargo, el agente Rick, el mediano de la familia, ha conseguido eludir los intentos de más de una de llevarle al altar. En cuestiones de amor, el compromiso no va con Rick, pues un error del pasado le ha enseñado a no abrir su corazón. Pero todo cambia cuando acude a socorrer a Kendall Sutton, una novia que se ha dado a la fuga y que jura que no se casará jamás. La aversión al matrimonio que ambos comparten hace de Kendall la novia ideal para Rick, la mejor solución para ahuyentar a la legión de admiradoras que intenta darle caza y acabar con las artimañas de su madre para buscarle esposa. Poco a poco, su apasionada farsa acaba convirtiéndose en realidad, y Rick se da cuenta de que quiere pasar el resto de su vida con Kendall. ¿Pero consentirá una mujer que reniega de las bodas casarse con uno de los mejores partidos de Yorkshire Falls?


Carly Phillips El Seductor

    Hermanos Chandler, 02
    Título original The Playboy
    © Carly Phillips, 2003
    © de la traducción, Mercé Diago y Abel Debotto, 2007
    Para Janelle Denison,
    por estar presente día tras día,
    página tras página, línea tras línea,
    palabra tras palabra.
    Y luego volver a empegar de nuevo.
    ¡Este libro no habría sido posible sin ti!

    Una vez más, gracias de nuevo a Lynda Sue Cooper por responder a todas mis preguntas, por insignificantes que fueran, y por escribir True Blue. ¡Eres un regalo caído del cielo! Los errores son míos y sólo míos.

Capítulo 1

    El agente Rick Chandler detuvo el coche patrulla frente a una tranquila casa en Fulton Street y salió con cautela. Yorkshire Falls era un pequeño pueblo del norte del estado de Nueva York cuya población rondaba los 1.700 habitantes. El índice de criminalidad era bajo comparado con el de las grandes ciudades y los habitantes tenían una vivida imaginación. Un claro ejemplo era la última serie de delitos, consistente en varios robos de bragas, y el principal sospechoso, por absurdo que pareciera, había sido Roman, el hermano pequeño de Rick.
    Lisa Burton, la mujer que había llamado a la policía esa tarde, era una profesora de secundaria nada dada a exagerar o a asustarse con facilidad, pero aunque Rick no preveía una situación complicada, no daba nada por sentado. La inspección preliminar del terreno le indicó que todo estaba en orden mientras se acercaba al patio delantero por la arenisca de color azul grisáceo. La puerta estaba cerrada a cal y canto y llamó con fuerza. Las persianas de la ventana contigua se agitaron mientras unos ojos cautos miraban hacia fuera.
    – Policía. -Rick anunció su presencia. Oyó los cerrojos descorrerse y luego la puerta se abrió apenas unos centímetros-. Soy el agente Chandler -dijo, sin apartar la mano de la pistola como medida de precaución instintiva.
    – Gracias a Dios. -Rick reconoció la voz de la propietaria de la casa-. Creía que no ibas a llegar nunca.
    No le sorprendió el tono susurrante y apremiante de Lisa. A pesar de su conservadurismo de maestra, Lisa estaba loca por él. Ya se le había insinuado con anterioridad y, aunque Rick prefería pensar que no había llamado a la policía en vano, su voz seductora le había hecho apretar los dientes.
    – ¿Has llamado porque necesitabas ayuda? -le preguntó.
    La puerta se abrió de par en par. Rick entró con cautela porque Lisa seguía ocultándose tras la puerta de roble maciza.
    – He llamado porque necesitaba a la policía. -Lisa cerró de un portazo-. He llamado porque te necesitaba.
    El instinto le dijo que ya podía bajar la guardia y soltó la pistola. Al inhalar, se dio cuenta de que su presentimiento había sido acertado. Lo envolvió una fragancia intensa y todos sus mecanismos de defensa masculina se pusieron en marcha. Tosió, y lo que supuso que debía de ser un potente afrodisíaco, le provocó arcadas. Era potente, sin duda, pero la mujer que había llamado a la policía iba a llevarse un chasco. No estaba excitado y en lo único en que pensaba era en encender las luces.
    Accionó el interruptor de la pared y, en ese preciso instante, vio a Lisa. Su aspecto debería haberlo sorprendido, pero supuso que estaba demasiado cansado debido a los recientes acontecimientos. La maestra normal y corriente se había transformado en una dominatriz. Desde las botas de cuero que le llegaban al muslo hasta el corpiño ceñido y sin tirantes, pasando por el pelo asalvajado. Su indumentaria pedía a gritos que la poseyera allí mismo, en el suelo, contra la pared, daba igual.
    Rick meneó la cabeza. Aunque sabía la respuesta, se lo preguntó de todos modos.
    – ¿Qué demonios pretendes?
    Lisa apoyó el hombro en la pared y adoptó una postura sensual.
    – Salta a la vista, ¿no? Has rechazado las ofertas de todas las mujeres del pueblo, incluida yo, pero pienso poner fin a eso. A pesar de mi trabajo y aspecto normal, puedo ser muy, pero que muy poco tradicional. -Le hizo señas con el dedo-. Vamos, te enseñaré los accesorios de que dispongo.
    Rick a duras penas arqueó una ceja. Luego dejó escapar un suspiro, convencido de una cosa. Su entrometida madre, Raina, era la responsable de las insinuaciones nada sutiles y continuadas de Lisa.
    Raina había dado a entender a todas las mujeres del pueblo que su hijo sólo sentaría cabeza si encontraba a alguien especial, alguien con quien no se aburriese. Lisa, al igual que muchas otras mujeres del pueblo, se había tomado las palabras de Raina al pie de la letra. Aunque su madre tenía razón al pensar que Rick apreciaba lo singular, se equivocaba al creer que volvería a casarse, y mucho menos tener hijos. Dada su experiencia pasada, su madre debería imaginárselo.
    ¿Por qué arriesgarse a que le destrocaran el corazón cuando podía disfrutar de un amplio abanico de mujeres sin salir malparado? Aunque su reputación de ligón estaba sobrevalorada, era cierto que disfrutaba de las mujeres. O así había sido hasta que todas las féminas de Yorkshire Falls se habían abalanzado como fieras hambrientas sobre su soltería.
    – ¿Estás preparado para esposarme? -Lisa agitó unas esposas forradas de cuero.
    En otro momento, en otro lugar, joder, con otra mujer, tal vez se habría sentido tentado, pero con Lisa no había química alguna y prefería su amistad a sus ardides femeninos. Se cruzó de brazos y le dijo lo que le había dicho las dos últimas veces que ella se le había insinuado, aunque no de forma tan descarada.
    – Lo siento. No voy a picar.
    Lisa parpadeó, con una repentina expresión de vulnerabilidad.
    – Vale, lo haré yo por los dos. -Sonrió dejando entrever los dientes, y esas palabras borraron cualquier rastro de ternura que hubiese podido sentir.
    – Ahora no, Lisa. -Se frotó las sienes doloridas-. Para ser sincero, ni ahora ni nunca. -No le fue fácil decirlo. Rick no quería herir los sentimientos de Lisa a pesar de su actitud agresiva. Al fin y al cabo, su madre le había educado para que se comportase como un caballero. Pero se apostaba lo que fuese a que ni siquiera Raina se había imaginado de lo que serían capaces las mujeres de Yorkshire Falls con tal de atrapar a Rick.
    Si Lisa prefería el cuero a los encajes seguramente estaba curtida. Además, debía de saber que, con esa actitud tan descarada, se arriesgaba a que Rick la rechazara. Del mismo modo que Rick sabía que, si se ablandaba, corría el riesgo de que el episodio se repitiera. Le había ocurrido con anterioridad, no sólo con Lisa. Otras mujeres, otros ardides vergonzosos. Era el tercer intento de seducción en lo que iba de semana.
    – Un día acertaré.
    Rick lo dudaba. Se encaminó hacia la puerta, pero se volvió.
    – Deberías recordar que es ilegal llamar a la policía si no se trata de una urgencia. -Tendría que poner un recordatorio en el periódico, pero ¿para qué desperdiciar árboles y tinta si las mujeres no iban a hacer el más mínimo caso? ¿Por qué iban a hacerlo cuando su madre quería nietos y le daba igual cuál de sus hijos fuera el primero en tenerlos?
    – Ya nos veremos en el programa ERAD de formación para maestros sobre el uso indebido de drogas -le dijo Lisa antes de que Rick cerrara la puerta.
    – Genial -farfulló él.
    Una hora después, cuando su turno estaba a punto de acabar, Rick redactó un informe en el que omitió detalles específicos de su última actuación. A Lisa no le pasaría nada si explicaba que el incidente no había sido más que una falsa alarma. Sin embargo, esperaba que este último rechazo convenciera a la maestra de que no debía llamar a la policía por capricho.
    Cogió una goma elástica y apuntó al otro lado de la sala. Antes su madre y toda aquella minada de mujeres le divertían, pero ya no. Tenía que encontrar el modo de que le dejaran en paz, pero no se le ocurría cómo. Entrecerró los ojos y disparó. La goma elástica dio en el blanco, una fotografía desgarrada de una pareja de recién casados con pinta de tontos colgada en la pared color beis.
    – ¡Bingo!
    – Mejor que mamá no te vea haciendo eso.
    Rick se volvió y vio a Chase, su hermano mayor, acercándosele por detrás y sentándose a su lado.
    Chase se rió, pero a Rick no le hacía gracia. La determinación de Raina era legendaria. Ni siquiera sus problemas de corazón la habían frenado. No bastaba con haber conseguido que Roman, el pequeño, se casase. No, ahora en la incansable búsqueda de nietos, había fijado su punto de mira en Rick.
    Chase, el solterón empedernido, había ayudado a Raina a criar a sus hermanos pequeños tras la muerte de su padre, hacía veinte años. Y al haber cumplido con las responsabilidades familiares, estaba exento de los planes de emparejamiento de su madre… de momento.
    Rick en cambio no era tan afortunado.
    – Mamá estará tan ocupada con su renovada vida social que no prestará atención a la mía.
    Tras varios años viuda, había comenzado a salir de nuevo con un hombre. A Rick le parecía un poco raro emplear ese término para una mujer de su edad, pero eso era lo que hacía: salir con el doctor Eric Fallon. A los tres hijos les había preocupado su soledad y Rick se alegraba sobremanera de que, finalmente, la hubiera desterrado. Confiaba en que estuviera tan absorta en su nueva vida que no se molestara en entrometerse en la de él.
    Chase se encogió de hombros.
    – A mamá nunca le falta tiempo para entrometerse. Fíjate en lo que se trae entre manos: al buen médico, conseguir un hijo de Roman y Charlotte -dijo, refiriéndose a su hermano pequeño y a su mujer- y encarrilar tu vida social. -Cogió un bolígrafo y le dio vueltas entre las palmas.
    Rick movió los hombros para liberar la tensión acumulada tras pasar demasiado tiempo en el coche patrulla. En aquel pueblecito la jerarquía no contaba, y todos colaboraban en los turnos.
    – Al menos Eric la entretiene -repuso Chase.
    – No lo bastante. Tal vez debería trabajar. Podrías ofrecerle un puesto.
    – ¿De qué? -El tono de Chase no ocultaba su sorpresa.
    – Columnista de chismorreos sería lo más apropiado -bromeó Rick, y consiguió que su hermano sonriera.
    Pero Chase se recompuso de inmediato.
    – Ni en sueños la llevaría a la redacción. A la que me despistase empezaría a entrometerse en mi vida social.
    – ¿Qué vida social? -le preguntó Rick sonriendo. Chase era tan reservado que Rick no podía evitar la tentación de poner en aprietos a su hermano más serio.
    Chase meneó la cabeza.
    – La de cosas que no sabes tú de mí. -Y esbozó una sonrisa sardónica mientras se cruzaba de brazos sobre el pecho-. Para ser poli eres bastante corto.
    – Porque te lo guardas todo.
    – Exactamente. -Chase asintió con una mirada de satisfacción en sus ojos azules-. Me gusta la intimidad, así que voto por dejar que mamá siga entrometiéndose en tu vida amorosa.
    – Vaya, gracias. -Al hablar de Raina y sus intromisiones, Rick recordó la última parada del día-. ¿Has visto a Lisa Burton últimamente? -preguntó a su hermano.
    – Desayunando en Norman's esta mañana. ¿Por qué?
    Rick se encogió de hombros.
    – Por curiosidad. Esta tarde ha habido una falsa alarma en su casa.
    Chase se animó y su instinto periodístico pasó a la acción.
    – ¿Qué clase de falsa alarma?
    – La de siempre. -No valía la pena explicarle a Chase que a la maestra le iba el sadomaso. Seguramente Lisa estaba avergonzada y Rick no era de los que iban por ahí contando secretos. Chase le había enseñado a respetar a las mujeres, se lo mereciesen o no-. Ruidos en el exterior, pero no pasaba nada. -Tal vez fuera un animal o algo.
    Rick asintió.
    – ¿Te dio la impresión de que estaba nerviosa? Chase meneó la cabeza.
    – En absoluto.
    – Bien.
    – Hablando de cenar… -Chase se levantó. -No he dicho nada.
    – Pues yo sí. ¿Te apetece ir a casa de mamá?
    El estómago de Rick gruñó y le recordó que estaba tan hambriento como su hermano.
    – Me parece un plan excelente. Vamos.
    – Rick, espera. -Felicia, la operadora de la comisaría, entró en la sala-. Hay una mujer en un vehículo detenido en la carretera 10 de camino al pueblo. Phillips ha llegado tarde. ¿Puedes encargarte tú mientras a él le dan las instrucciones de su turno?
    Rick asintió.
    – ¿Por qué no? -Así tardaría más en ver a su madre y oír sus intencionadas preguntas sobre su vida social. Se volvió hacia su hermano-. Dile a mamá que lo siento, y que iré lo antes posible.
    – No le mencionaré la sonrisa complacida de tu cara ni el alivio que sientes por no volver a casa todavía. Pero sí que está esperando una mujer; así lo pagarás -dijo Chase.
    Felicia se acercó a Chase, confiada y femenina incluso con su uniforme azul.
    – Yo salgo dentro de cinco minutos. Llévame a casa de tu madre y te librarás de su insistencia respecto a los emparejamientos -dijo, pestañeando con sus ojos color avellana.
    Rick la observó con expresión divertida. Felicia tenía buenas intenciones y mejor cuerpo, toda ella era un sinfín de curvas y feminidad bajo la ropa. Hasta un ciego sabría que estaba para comérsela.
    – ¿Qué me dices? -le preguntó Felicia a Chase.
    Éste sonrió, le rodeó los hombros con el brazo y dejó los dedos peligrosamente cerca de esas curvas en las que Rick se había fijado.
    – Ya sabes que no puedo llevarte a casa, guapa. Los chismorreos se dispararían y mañana saldríamos en la portada de The Gazette -le explicó Chase, refiriéndose a su periódico.
    Felicia dejó escapar un suspiro exagerado.
    – Tienes razón. Una noche con el mayor de los Chandler y echaría a perder mi reputación. -Se llevó la mano a la frente con un gesto histriónico-. ¿En qué estaría pensando? -Se rió, se irguió y se alisó la blusa-. Además, tengo una cita. Será mejor que Rick vaya a ver qué le pasa a ese coche -añadió-. Nos vemos, Chase.
    – Hasta luego -contestó éste, y se volvió hacia Rick-. Y ven lo más de prisa que puedas.
    Rick meneó la cabeza.
    – No te preocupes. Estoy convencido de que mamá considera que su casa es territorio neutral. No te tendería una trampa si sabe que estará presente para sufrir las consecuencias. -Recogió las llaves del coche.
    – Si mamá está por medio, yo no me relajaría demasiado -le advirtió Chase.

    Diez minutos más tarde, al caer en la cuenta de que probablemente estaba acudiendo a otra llamada de emergencia para rescatar a otra damisela en apuros, Rick reconoció que su hermano no andaba descaminado. Basándose en su experiencia pasada, Rick dudaba de que se tratase de algo rutinario; más bien debía de ser otra trampa obra de su madre.
    A pesar de la ira que iba en aumento en su interior, Rick tuvo que admitir que en esa ocasión le decepcionaba la falta de creatividad. Hasta el momento, las situaciones de emergencia habían sido métodos innovadores para llamar la atención del oficial Rick Chandler. Fingir quedarse sin gasolina, si es que de eso se trataba, se encontraba al final de la escala de originalidad.
    Condujo hasta las afueras del pueblo y se dirigió hacia donde le esperaba la conductora del coche rojo oscuro. Mientras se aproximaba, vio el encaje blanco que sólo podía pertenecer a un vestido nupcial asomando por la puerta. Puso los ojos en blanco. Primero una dominatriz, ahora una novia. El vestido respaldaba su teoría de que seguramente se trataba de una trampa. Las novias no pasaban como si tal cosa por Yorkshire Falls, y además ese día no había ninguna boda en el pueblo. La tienda de vestidos más cercana estaba en Harrington, el pueblo anterior, y a Rick no le sorprendería que la mujer se hubiese equipado allí.
    Al parecer, ella era más imaginativa de lo que Rick había supuesto, pero se había equivocado en su relación. A Rick Chandler le gustaba rescatar mujeres, pero las novias estaban al final de la lista. La última vez que había acudido a una llamada de socorro como ésa, acababa de volver a casa tras finalizar los estudios y llevaba unos dos años en el cuerpo. Jillian Frank, una de sus mejores amigas y por la que había sentido un gran afecto, había dejado la universidad porque se había quedado embarazada y sus padres la habían echado de casa. Rick había acudido en su ayuda sin pensárselo dos veces. Eran los malditos genes de los Chandler. La lealtad era su punto fuerte, y más aún la necesidad de proteger.
    Al principio, le ofreció a Jillian un techo bajo el que dormir, pero acabó casándose con ella. Había planeado darle su apellido al bebé y cobijo a Jillian. Creía que formarían una familia. Teniendo en cuenta que ella siempre le había atraído, no le había costado mucho ayudarla.
    Enamorarse había sido una progresión natural… para él. Al vivir juntos durante el embarazo, él había bajado la guardia y se había entregado… Pero el padre del bebé regresó unas semanas antes de la fecha prevista para el parto, y la que fuera su agradecida esposa se marchó y lo dejó con los papeles del divorcio y la lección aprendida.
    Rick decidió entonces que jamás volvería a entregarse de esa manera, pero que se divertiría y lo pasaría bien. Al fin y al cabo, le gustaban las mujeres. Aquel breve matrimonio no había cambiado eso. Y, aunque no llegó a colocar una valla publicitaria anunciando que no volvería a casarse, siempre dejaba las cosas muy claras a las mujeres con quienes se relacionaba. La supuesta novia tendría más suerte pidiéndole matrimonio a una pared que a Rick Chandler.
    Con una mano en la pistola y la otra en la ventanilla bajada, se inclinó hacia ella.
    – ¿En qué puedo ayudarla, señorita?
    La mujer se volvió para mirarle. Tenía el pelo de un curioso color rosado y los ojos verdes más grandes que Rick jamás había visto. Tal vez el maquillaje hubiese sido perfecto, pero las lágrimas le habían corrido el rimel y manchado el rostro ruborizado.
    Le sonaba de algo, pero Rick no sabía de qué. Conocía a casi todos los habitantes del pueblo, pero a veces alguien le sorprendía.
    – Parece que el coche le está dando problemas.
    Ella asintió y respiró hondo.
    – Supongo que no podrá remolcarme, ¿no? -Tenía la voz ronca, como si acabara de beber coñac caliente.
    El deseo de besarla y comprobarlo por sí mismo lo pilló desprevenido. No sólo creía que se había acorazado contra los encantos de las mujeres, sino que, además, no había respondido a ningún intento de seducción desde que su madre había comenzado con lo del matrimonio. Sin embargo, al ver a aquella supuesta novia ruborizada, comenzó a sudar; se trataba de un calor interno que nada tenía que ver con el abrasador sol de verano.
    La miró con recelo.
    – No puedo remolcarla, pero llamaré a Ralph para que mande la grúa. -Intentó concentrarse en el problema del coche y no en su maravillosa boca.
    – ¿Cree que primero podría ayudarme a salir de aquí? -Le tendió una mano sin anillo-. Lo haría yo misma, pero estoy atrapada. -Forcejeó en vano.
    Rick todavía no estaba seguro de que aquella mujer se encontrara realmente en un aprieto y sopesó las opciones. Una novia sin anillo de compromiso ni alianza no le inclinaba a pensar que se tratase de una parada rutinaria.
    Daba igual. La mujer tenía que salir del maldito coche. Rick abrió la puerta y le tendió la mano. Se estremeció al notar sus pequeños dedos. No sabría cómo definirlo, pero cuando aquellos ojos verdes intensos y sorprendidos lo miraron, supo que ella también lo había sentido.
    Para quitarse de encima esa sensación inquietante, tiró de ella hacia sí. La mujer se cogió de su mano con fuerza, pero al ponerse en pie se tambaleó y cayó en brazas de Rick. Sus pechos chocaron contra el pecho de él, su dulce fragancia lo envolvió con intensidad y el corazón comentó a palpitarle con furia.
    – ¡Malditos tacones! -farfulló junto a su oído.
    Rick no pudo evitar sonreír.
    – Pues a mí me gustan las mujeres con tacones.
    Ella se apoyó en los hombros de Rick y se irguió. Aunque ahora la tenía más lejos y eso le permitía pensar con más claridad, la fragancia lo había aturdido; un aroma que parecía más puro gracias al vestido blanco y a la diadema que llevaba en la cabeza.
    – Gracias por ayudarme, agente. -Ella le sonrió y Rick vio que al hacerlo se le formaban hoyuelos en ambas mejillas.
    – No hay de qué -mintió. Deseó no haber acudido a esa llamada de socorro.
    Rick había estado con muchas mujeres en su vida y ninguna le había afectado hasta ese punto. Lo que no entendía era por qué le había pasado precisamente con aquélla.
    Le recorrió el cuerpo con la mirada para ver cuál era su atractivo. Vale, los pechos apuntaban hacia arriba de forma seductora bajo el vestido hecho a medida. Pero nada del otro mundo. Ya había visto muchos pechos. Joder, todas las mujeres que habían tratado de seducirle se habían asegurado de que estuviesen a la vista; sin embargo, ninguna había logrado que le entrasen unas ganas locas de arrastrarla hasta el bosque más cercano y hacerle el amor hasta el atardecer.
    Se estremeció ante la mera idea y continuó observando sus múltiples virtudes. Se fijó en la boca voluptuosa. Llevaba un pintalabios claro que le daba un aire seductor que parecía gritar «bésame», y Rick tuvo que luchar contra las ganas de hacerlo.
    Saltaba a la vista que la química era intensa y tuvo que admitir que su madre le había enviado un cebo de lo más atractivo, si es que era obra de su madre. ¿Acaso se le habían acabado las mujeres del pueblo y había decidido traerlas de fuera? Tal vez eso lo explicara todo. Quizá le llamaba la atención el hecho de que ella fuera una novedad, se tratase de una trampa o no.
    – ¿Qué pasa? -Ella arrugó la nariz-. ¿Es que nunca había visto a una mujer con traje de novia?
    – He tratado de evitarlo.
    Ella sonrió.
    – Solterón empedernido, ¿eh?
    No le apetecía hablar de ello, así que decidió que había llegado el momento de averiguar la verdad.
    – ¿Necesita que la lleve a la iglesia? -preguntó como el policía que era y no como el hombre al que ella había excitado.
    Ella tragó saliva.
    – Ni iglesia ni boda.
    Vaya, si había sido novia, ya no lo era. De hecho, era probable que hubiera dejado a algún pobre lelo esperándola en la iglesia.
    – ¿Así que no hay boda? Vaya sorpresa. ¿Y el novio todavía está ante el altar?
    Los ojos de Kendall Sutton se encontraron con los de color avellana del atractivo agente que la miraba. Nunca había visto a un hombre con unas pestañas tan espesas ni unos ojos tan hermosos… ni tan escépticos.
    Era obvio que pensaba que había huido poco antes de decir «sí, quiero» y que aquello no le impresionaba lo más mínimo. En lugar de ofenderse, sintió curiosidad por esa actitud cínica. ¿Por qué un hombre tan atractivo era tan receloso con las mujeres? No lo sabía, pero, por algún motivo inexplicable, no quería que la incluyese en esa visión negativa del mundo femenino.
    Parpadeó bajo el sol del atardecer y recordó cómo había ido a parar allí, cuando apenas unas horas antes había estado en la sala nupcial de la iglesia en la que pensaba casarse. Había tratado de convencerse a sí misma de que la cintura del vestido era demasiado estrecha y de que apenas la dejaba respirar. Cuando esa mentira no surtió efecto, se dijo que volvería a recuperar el ritmo respiratorio normal en cuanto los nervios del «sí, quiero» se le hubiesen pasado. Otra mentira.
    El matrimonio inminente la estaba asfixiando. Volvió a respirar aire fresco y oxigenado en cuanto Brian y ella rompieron su compromiso el mismo día de la boda. Su compromiso pero no sus corazones. Miró al policía que esperaba una respuesta.
    No necesitaba ser prolija con su renuente salvador, pero quería explicarse.
    – Mi prometido y yo nos hemos separado de forma amistosa. -Eligió el aspecto más positivo de la mañana, confiando en que, de ese modo, el agente pensaría que no había abandonado a nadie ni había incumplido voto alguno.
    – Por supuesto -dijo él. Y se pasó la mano por el pelo color castaño. Unos mechones le cayeron sobre la frente de una forma tan sexy que ella se turbó-. Entonces, ¿por qué lloraba?
    Kendall se secó los ojos.
    – Por el sol.
    – ¿En serio? -Rick entornó los ojos y la observó-. ¿Y el rimel corrido?
    Observador, inteligente, atractivo. Una combinación explosiva, pensó Kendall. Veía más allá de lo superficial y ella, a pesar del calor, se estremeció.
    – Vale, me ha pillado comportándome como la típica mujer. -Suspiró-. He llorado. -Kendall todavía no sabía si se trataba de un llanto tardío por la reciente muerte de su tía o de puro alivio por no haber acabado atrapada en las redes del matrimonio, o bien por ambas cosas. En cualquier caso, había subido al coche aliviada y se había marchado de allí-. Soy impulsiva -dijo riéndose.
    Rick no se rió.
    Kendall sabía que tenía que haber esperado, haberse calmado y luego haberse ido hacia el oeste. Sedona, en Arizona, era su sueño, el lugar donde confiaba perfeccionar su técnica y aprender más sobre el diseño de joyas. Todavía apenada por la muerte de su tía, había sentido la tentación de ir a Yorkshire Falls, a reencontrarse con la vieja casa y los recuerdos que ésta contenía. El hecho de haber heredado el patrimonio de su tía suponía una ventaja, aunque no había planeado nada al respecto. Tendría que haber ido a casa a cambiarse de ropa antes de dirigirse a Yorkshire Falls.
    Al ver que el agente permanecía en silencio, Kendall se lanzó; los nervios le hacían hablar mientras él la miraba de hito en hito.
    – Mi tía siempre decía que el impulso no te lleva muy lejos. Toda una adivina, ¿no? -Analizó la situación: tirada en la carretera con un vestido de novia y en el maletero sólo la ropa para la luna de miel; sin apenas dinero en el bolso y con el único plan de refugiarse en casa de su tía fallecida.
    – Su tía parece una mujer sensata -dijo Rick finalmente.
    – Lo es. Es decir, lo era. -Kendall tragó saliva para deshacer el nudo que tenía en la garganta. Tía Crystal había muerto hacía varias semanas en la residencia que Kendall había pagado, un gasto que le había supuesto tener que renunciar a su libertad casi por completo. Kendall lo había hecho de buena gana, sin que su tía se lo pidiera. Había dos personas en el mundo por las que haría cualquier cosa: su tía y Hannah, su hermana pequeña de catorce años. Con el paso de los años, Kendall había pasado de guardarle rencor a su hermana a quererla. En cuanto hubiera acabado con los asuntos de Crystal, antes de marcharse al oeste, iría a ver a Hannah al internado.
    El policía la miraba con recelo, entornando los ojos color avellana que los rayos del sol tornaban dorados.
    – Vamos, confiese el verdadero motivo por el que está aquí y podremos acabar con esto.
    – ¿Acabar con qué? No sé a qué se refiere. -Pero ya se le había disparado la adrenalina.
    – Vamos, nena. La he rescatado. ¿Qué cree que ocurrirá a continuación?
    – Pues ni idea. ¿Haremos el amor en el asiento trasero del coche patrulla?
    Cuando los ojos de Rick se oscurecieron hasta adoptar un tono tempestuoso, Kendall percibió la atracción sexual, y habría preferido morderse la lengua y haberse ahorrado ese comentario sarcástico. Sin embargo, tenía que admitir que sentía lo mismo; le habría arrastrado hasta el bosque para que fuese suyo. No terminaba de creérselo, pero el policía la excitaba. Más que cualquier otro hombre que hubiera conocido, incluido Brian.
    – Al menos hemos avanzado algo. Entonces, ¿admite que se trata de una trampa?
    – No admito nada de nada. De hecho, no tengo ni idea de qué está hablando. -Puso los brazos en jarras-. Dígame, agente, ¿es así como las fuerzas de seguridad de Yorkshire Falls reciben a los recién llegados? ¿Con mal gusto, sarcasmo y acusaciones? -No esperó a que respondiera-. Porque si lo es, no me extraña que la población siga siendo tan reducida.
    – Somos quisquillosos respecto a los nuevos habitantes.
    – Bueno, menos mal que no pienso quedarme aquí mucho tiempo.
    – ¿Acaso he dicho que no quiero que se quede? -Esbozó una sonrisa desganada.
    Incluso cuando era sarcástico y lanzaba acusaciones, su voz era tan seductora que rezumaba atracción. Sexo. Kendall se estremeció.
    Se relamió los labios secos. Tenía que irse de allí.
    – Aunque deteste pedírselo, ¿podría llevarme hasta el 105 de Edgemont Street? -No le quedaba más remedio que confiar en su insignia, su integridad y en su propio instinto sobre Rick, a pesar de su temperamento.
    – ¿El 105 de Edgemont? -Se puso tenso por la sorpresa.
    – Es lo que he dicho. Déjeme allí y no volverá a verme.
    – Eso es lo que cree -farfulló.
    – ¿Perdone?
    Rick movió la cabeza, volvió a farfullar y luego la miró.
    – Eres la sobrina de Crystal Sutton.
    – Sí, soy Kendall Sutton, pero ¿cómo…?
    – Yo soy Rick Chandler. -Hizo ademán de ir a tenderle la mano, pero se lo pensó dos veces e introdujo el puño en el bolsillo del pantalón.
    Ella tardó un minuto en asimilar aquellas palabras, pero nada más hacerlo le miró de nuevo.
    – ¿Rick Chandler? -Su tía Crystal sólo había conservado una amiga después de que Kendall la trasladara a la residencia de Nueva York. Observó las atractivas facciones del hombre-. ¿El hijo de Raina Chandler?
    – Exacto. -Todavía no parecía muy satisfecho.
    – Ha pasado mucho tiempo. Una eternidad. -Desde que tenía diez años y pasara un verano feliz con tía Crystal antes de que le diagnosticaran la artritis y Kendall tuviera que marcharse. Apenas recordaba haber conocido a Rick Chandler, ¿o había sido a uno de sus hermanos? Se encogió de hombros. Habiendo pasado un único verano en el pueblo, y con apenas diez años, no había entablado amistades duraderas, y perdió el contacto con ellas en cuanto se hubo marchado.
    Seguir adelante era el motor que impulsaba la vida de Kendall. Sus padres eran arqueólogos y se iban de expedición a lugares remotos del mundo. De niña casi nunca sabía dónde estaban y ahora le interesaba tanto su paradero como a ellos el suyo.
    Kendall había vivido con ellos en el extranjero hasta los cinco años, cuando la habían enviado de vuelta a los Estados Unidos para que se hicieran cargo de ella otros familiares. En numerosas ocasiones se había preguntado por qué sus padres habían tenido una hija a la que no pensaban criar, pero nunca había estado con ellos el tiempo suficiente para preguntárselo… hasta que nació Hannah, y entonces sus padres se quedaron cinco años en los Estados Unidos. A los doce, casi trece, años, Kendall había vuelto a vivir con ellos, pero no había abierto su corazón a las personas que, prácticamente, la habían abandonado pero que, sin embargo, habían regresado por la recién nacida. En ese tiempo, la distancia entre Kendall y sus padres había aumentado, a pesar de que entonces no los separasen océanos ni continentes; y ahí permaneció hasta que ellos se marcharon. Entonces Kendall tenía dieciocho años y estaba sola.
    – Te has hecho mayor. -La voz de Rick la devolvió al presente. Frunció los labios y esbozó una sonrisa encantadora.
    No cabía duda, Rick tenía estilo.
    – Tú también te has hecho mayor -repitió como una estúpida a aquel hombre espectacular; uno cuyas raíces en aquel pueblo eran más profundas que las de cualquier árbol. Kendall desconocía lo que era echar raíces y un hombre atractivo con semejantes características sólo podía representar problemas para una mujer destinada a la vida nómada.
    – ¿Sabe mi madre que hoy venías al pueblo? -le preguntó Rick.
    Kendall negó con la cabeza.
    – Fue otra decisión impulsiva. -Al igual que el pelo, pensó mientras se pasaba la mano por los mechones color rosa.
    Rick exhaló y pareció relajarse un poco.
    – ¿Fruto de la boda anulada?
    Kendall asintió.
    – Del plantón mutuo. -Se mordió el labio inferior-. Hoy nada ha salido según lo planeado.
    – ¿Incluido el rescate?
    Ella sonrió.
    – Ha sido toda una experiencia, agente Chandler.
    – Ya lo creo. -Se rió.
    Aquel sonido áspero y profundo hizo que a Kendall el estómago se le encogiese de deseo.
    – Ya sé que te parecerá extraño, pero ¿puedo pedirte que los detalles de este primer encuentro queden entre nosotros? -Rick se sonrojó, algo que no debía de sucederle muy a menudo, pensó Kendall.
    – Llévame a una casa con aire acondicionado, lejos de este calor, y te prometo que no diré nada.
    Rick arqueó una ceja.
    – Hace tiempo que no vas a casa de Crystal. -Más que una pregunta, se trataba de una aseveración que los dos sabían que era cierta.
    Sólo Kendall conocía los motivos. Afirmó con la cabeza.
    – Hace años. ¿Por qué?
    Rick se encogió de hombros.
    – Ya lo verás. ¿Llevas equipaje en el maletero? -le preguntó.
    – Equipaje de mano y una maleta. -Con trajes de baño y ropa de vacaciones. Suspiró. No podía hacer nada al respecto en ese momento, ya se compraría ropa más práctica más adelante.
    Rick sacó las maletas y las colocó en su coche; luego volvió y acompañó a Kendall sujetándola del codo con caballerosidad… un gesto que nada tenía que ver con la conducta cínica mostrada hasta el momento.
    Al cabo de unos minutos estaban en marcha. Kendall notaba que la espalda le sudaba por culpa del maldito vestido. A pesar del aire acondicionado del coche, las ráfagas de aire frío no la ayudaban a aliviar el calor. Estar tan cerca de Rick Chandler hacía que se le disparase la temperatura corporal, mientras que él parecía ajeno a sus encantos.
    Se había convertido en su guía turístico y le indicaba los lugares de interés del pequeño pueblo. Mientras lo hacía, Rick se mantenía distante y respetuoso. Demasiado distante y respetuoso, pensó Kendall irritada.
    – Hemos llegado. -Rick le señaló Edgemont Street.
    Kendall alzó la vista. Desde lejos, la casa estaba como la recordaba: un edificio Victoriano con porche y un gran patio delantero. Un lugar en el que había compartido muchas tertulias a la hora del té y había descubierto por primera vez el diseño de joyas y los adornos de cuentas antes de que la artritis de su tía lo cambiase todo. Era también la casa en la que Kendall había alimentado el sueño infantil de quedarse para siempre con la tía a la que adoraba.
    Pero la casa de Crystal había sido algo temporal, lo mismo que cualquier otro lugar anterior o posterior. Cuando su tía enfermó y le pidió a Kendall que se fuera, Kendall aprendió a no confiar ni a soñar demasiado con nada ni con nadie. Pero si había aprendido bien esa lección, ¿por qué tenía un doloroso nudo en la garganta mientras observaba la casa con ojos de adulta? Exhaló un suspiro de frustración.
    Rick aparcó y se volvió hacia ella.
    – Ha perdido con los años.
    – Vaya eufemismo. -Sonrió sin ganas. No tenía motivos para hablarle de sus problemas a Rick. Ya la había ayudado bastante-. Tía Crystal dijo que había alquilado nuestra casa. Y puesto que nunca me pidió que me ocupara de nada mientras estaba en la residencia, ni siquiera cuando le preguntaba al respecto, supuse que todo estaba en orden. Al parecer, me equivoqué.
    – Las apariencias engañan. Todo está en orden. Sólo depende de la perspectiva con que se miren las cosas.
    Otra vez el humor sarcástico. Rompió a reír, consciente de lo mucho que Rick le gustaba
    – ¿Pearl y Eldin te esperan? -preguntó Rick.
    – ¿Los inquilinos? -Asintió-. Les llamé desde la carretera y les dije que iba a venir pero que me alojaría en un hotel. Insistieron en que me quedara en la casa de invitados que hay en la parte posterior. -Se preguntó si estaría en mejor estado que la casa que tenía delante-. Esperaba llegar a un acuerdo para que comprasen la casa. -Teniendo en cuenta las elevadas facturas de la residencia de su tía, Kendall necesitaba venderla a precio de mercado, o bien superior, pero en ningún caso más bajo. Se mordió el labio inferior-. Si llegamos a un acuerdo rápidamente, me marcharé antes de que acabe la semana -dijo con más optimismo del que sentía.
    Rick no replicó.
    – ¿Qué?
    Él movió la cabeza.
    – Nada. ¿Quieres entrar ya?
    Kendall asintió y se dio cuenta de que había estado intentando ganar tiempo. Antes de que pudiera aclarar sus ideas, Rick apareció junto a la puerta del coche para ayudarla a salir. Ella apretó los dientes antes de tocarlo y luego colocó la mano sobre la suya. Sintió una pequeña descarga eléctrica, más intensa que la anterior. No podía liberarse de aquello, ni tampoco quería, pero al parecer Rick sí, ya que le soltó la mano en seguida y dejó que se recogiese el vestido y se encaminase hacia la casa.
    Kendall comenzó a recorrer el largo camino de entrada. En ocasiones, los tacones se le hundían pero logró no perder el equilibrio… hasta que dio el último paso antes de llegar al porche; el tacón se le hundió hasta el fondo en el alquitrán caliente y, con una pierna inmovilizada, el cuerpo se le desplazó hacia adelante y se cayó de bruces sobre el suelo duro, no sin antes gritar y cerrar los ojos para no ver lo que sucedería a continuación.

Capítulo 2

    ¿Qué tenían de especial las mujeres y los tacones? Rick no lo sabía, pero aquella mujer en concreto era muy atractiva, incluso vestida de novia. La observó tambalearse por el camino de entrada y la habría ayudado, pero llevaba una maleta en la mano e intuía que los dos estarían más seguros a una distancia prudencial… hasta que ella perdió el equilibrio.
    No podía evitar que se cayera, pero sí amortiguar el golpe, por lo que se arrojó al suelo y Kendall se desplomó sobre él. Rick recibió el impacto con un gruñido en el momento en que su espalda chocó contra el primer escalón del porche. Respiró hondo y el aroma intenso y excitante de Kendall lo pilló desprevenido.
    Joder, aquella mujer era diferente. Incluso sin resuello, era consciente de ella; y no sólo porque notase su pelo suave en la cara. Era femenina y tersa, como deberían ser todas las mujeres, y, sin embargo, ese enigma del pelo rosa lo tenía intrigado.
    – ¿Estás bien?
    Rick no estaba seguro de quién lo había preguntado primero.
    – Nada magullado salvo mi orgullo -admitió ella-. ¿Y tú?
    – He sufrido caídas peores jugando.
    – ¿A béisbol?
    – No, a softball contra los policías de los pueblos vecinos. -Aquella conversación trivial no le ayudó a dejar de pensar en el hecho de que la estaba sosteniendo entre sus brazos. El deseo que le embargaba iba en aumento, algo que ella seguramente no notaría, ya que los separaba demasiada ropa. Pero Rick sí notaba que la atracción era mutua, y había llegado el momento de separar sus cuerpos antes de que hiciese el idiota y la besase-. ¿Crees que podrías apartarte de mí sin aplastarme?
    – ¿Es una alusión nada disimulada a mi peso? -le preguntó ella.
    Sólo una mujer muy segura de sí misma bromearía así, lo cual cimentó la idea de que no era como las demás. Kendall se hizo a un lado y Rick echó de menos aquella suave presión.
    La miró de soslayo y contuvo la risa. En lugar de liberarse, se había enredado más en el vestido.
    – Como suele decirse, si quieres un trabajo bien hecho, mejor que lo hagas tú mismo. -Gimió de forma exagerada y se levantó. Luego se agachó junto a ella y recogió el fardo blanco y mullido.
    – ¿Qué haces? -Kendall se sujetó de la nuca de Rick con fuerza.
    La espalda de él se había llevado la peor parte de la caída y no quería arriesgarse a que se repitiera la situación.
    – Evitar que mis órganos vitales sufran más daños.
    – Qué gracioso; pues yo te he notado bien enterito.
    Rick respiró hondo. Vaya, y él que se había creído a salvo bajo las muchas capas del vestido. Estupendo, la deseaba y ella lo sabía.
    Una mujer que acababa de romper su compromiso, que lo atraía, que era peligrosa. También era divertida, y Rick cayó en la cuenta de que hacía tiempo que no se divertía. La vida se había vuelto rutinaria. Resultaba triste pensar que su madre y su pequeño ejército de reclutas femeninas eran una rutina, pero Kendall no era una de las mujeres de su madre, y por eso le gustaba más aún.
    Tras dejar el equipaje en el suelo, subió los escalones que daban al porche de la casa con Kendall en brazos. Sin previo aviso, la puerta se abrió de par en par. Pearl Robinson, la inquilina de la tía de Kendall y la pareja de un hombre mayor con el que vivía en pecado, tal como a Pearl le gustaba contar a todos, apareció frente a ellos.
    – Eldin, tenemos visita -gritó Pearl por encima del hombro. Llevaba toda la vida con Eldin Wingate. Se recogió el pelo cano en un moño-. Esperaba a la sobrina de Crystal, pero no a vosotros dos. -Observó a Rick y a la mujer que él llevaba en brazos vestida de novia-. Nos tenías engañados, Rick, y también le has estado ocultando información a tu madre. Esta misma mañana se estaba lamentando de no tener nietos.
    Rick entornó los ojos.
    – No me sorprende.
    Peal miró por encima del hombro.
    – Eldin, mueve el trasero de una vez -chilló al ver que no venía-. Y date prisa, antes de que Rick la suelte.
    – Ni en sueños -le susurró Rick a Kendall al oído, y no tanto para tranquilizarla como para deleitarse de nuevo con la fragancia de su pelo.
    – Pero supongo que no te importará que no me arriesgue. Así que, por si acaso. -Y Kendall se aferró con más fuerza al cuello de Rick.
    A él le gustó el contacto.
    – Ya voy. -La media naranja de Pearl apareció a su lado; un hombre alto de pelo cano y todos los dientes intactos, o eso decía-. ¿Qué es eso tan importante que te impide dejarlos pasar…?
    Vio a Rick y se calló en el acto.
    – Hola, Eldin. -Rick se resignó a las inevitables preguntas.
    – ¡Caramba, agente!
    – ¿No te lo había dicho? -preguntó Pearl mirando a su compañero-. Por eso no me casaré contigo en breve. -Se volvió hacia Rick y Kendall-. Vivimos en pecado -dijo bajando la voz, aunque no había nadie cerca.
    – La muy puñetera no se casa conmigo por cualquier estúpida excusa.
    – Eldin tiene problemas de espalda y me niego a casarme con un hombre que no pueda entrarme en brazos. ¿Os he dicho ya que vivimos en pecado?
    Kendall rompió a reír y sus senos rozaron el pecho de Rick, quien se acaloró sobremanera.
    – ¿Entramos o la dejo caer? -preguntó.
    – Vaya modales los míos. -Pearl apartó a Eldin y les dejaron el paso libre-. Adelante, Rick, lleva a la novia al interior.

    Rick nunca lo olvidaría. Estaba recorriendo el interior de la casa de invitados, situada detrás de la casa principal de Crystal Sutton. Eldin los había llevado allí para que se «acomodaran» y Pearl había dicho que tenían que ir al pueblo a comprar comida.
    – Comida, y una mierda -farfulló Rick. Pearl quería contarle a todo el mundo que había visto a Rick Chandler entrando en la casa con una novia en brazos. Daba igual que no hubiese habido ceremonia ni que la novia y el supuesto novio acabasen de conocerse. Pearl no le había hecho ni caso.
    Rick notó que los hombros se le tensaban. Confiaba que en cuanto su madre se enterara del rumor, pusiese fin a esa tontería.
    Raina sabía que Rick no se había casado ni se había fugado para casarse. No era tan tonta como para creer rumores infundados. Sin embargo, la noticia correría como la pólvora y todos especularían sobre Rick Chandler y la mujer vestida de novia con la que había entrado en la casa.
    Gimió y, por primera vez, se planteó irse a una ciudad donde pudiera pasar desapercibido. Movió la cabeza porque sabía que no lo haría. A pesar de lo que les esperaba, quería demasiado a su familia, a sus amigos y le gustaba demasiado el ambiente de pueblo de Yorkshire Falls como para marcharse. Pero tenía derecho a soñar, ¿no?
    Miró hacia la puerta cerrada del baño donde Kendall había ido a cambiarse. Su «novia». Puso los ojos en blanco por aquel sin sentido y se secó la frente con la mano. Joder, aquello parecía una sauna. Tendría que asegurarse de que Kendall se comprara un aparato de aire acondicionado.
    ¿Dónde se había metido? Había dicho que iba a cambiarse el vestido, pero habían pasado más de diez minutos. Rick se acercó a la puerta del baño y llamó dos veces.
    – ¿Estás bien?
    – Más o menos -fue la respuesta apagada.
    Rick movió el picaporte, pero la puerta estaba cerrada. Volvió a llamar.
    – Abre o echo la puerta abajo. -Confiaba en no tener que hacerlo. Tenía la espalda y los músculos de los hombros doloridos por su alarde en el camino de entrada.
    La puerta se abrió. Rick entró y la vio sentarse en la tapa del retrete y colocar la cabeza entre las rodillas.
    – Estoy muuuuy mareada.
    Rick la miró, preocupado.
    – Teniendo en cuenta cómo corta la circulación ese maldito vestido, no me extraña lo más mínimo. Creía que pensabas quitártelo.
    – Lo he intentado, pero hace mucho calor y no puedo desabotonármelo sola, así que me he sentado un rato. Luego he empezado a pensar en mi tía y en todos los años que pasó aquí. Me he levantado, me he mareado de nuevo… -Se encogió de hombros.
    Le gustaba divagar, algo de lo que Rick se había percatado cuando estaban junto a la carretera. Kendall saltaba de una cosa a otra, pero Rick percibió un elemento común: su dolor. Él había perdido a su padre a los quince años. Era joven, pero no lo suficiente como para no recordarle. Había sido un padre participativo que iba a todos los partidos de béisbol de los chicos.
    – Perdí a mi padre hace tiempo, comprendo lo que estás viviendo ahora -dijo, dispuesto a abrirse a aquella mujer por motivos que no entendía. Motivos que lo pusieron en alerta, pero no se reprimió-. Fue hace veinte años, yo tenía quince -añadió-, pero a veces el dolor parece tan reciente que es como si hubiera ocurrido ayer mismo.
    Rick vio que Kendall tenía los ojos humedecidos por las lágrimas y el corazón le dio un vuelco. No había esperado conectar con ella en absoluto, y mucho menos a nivel emocional, que es el que solía proteger con más celo. Le sorprendía comprender tan bien la situación de aquella desconocida.
    – Siento lo de tu tía. -Todavía no se lo había dicho.
    – Gracias -replicó ella con voz ronca-. Siento lo de tu padre.
    Rick asintió. Resultaba obvio que Crystal y ella habían tenido una relación muy especial. Rick también comprendía a la perfección los lazos familiares. Los Chandler estaban más unidos que la mayoría gracias a los recuerdos compartidos, buenos y malos. El dolor reciente y descarnado de Kendall le hizo querer ser la persona que aliviase su angustia, y no sólo porque su trabajo consistiese en proteger y ayudar al prójimo.
    Contuvo un gemido. Ya había pasado por eso en una ocasión y se había dado un batacazo.
    – ¿No se te ha ocurrido pedir ayuda cuando te has mareado? -Retomó el problema que tenían entre manos.
    Kendall ladeó la cabeza.
    – Vaya solución más sencilla. ¿Por qué no se me habrá ocurrido?
    Rick se rió.
    – Demasiado débil, ¿no?
    – Más o menos. ¿Me echas una mano?
    Ella lo miró y Rick no pudo resistirse a la súplica.
    – ¿Por dónde es mejor empezar?
    – Por los botones de atrás. -Inclinó la cabeza hacia adelante y los mechones color rosa rozaron el blanco inmaculado del vestido. Cuando Kendall se encontrara mejor, Rick tendría que acordarse de preguntarle sobre el color del pelo, aunque tampoco es que fuera importante. Le gustaba de todos modos. Siempre había creído que prefería las rubias, aunque no tenía ni idea de cuál debía de ser el verdadero color de ella bajo el tinte rosa.
    Se dispuso a desabotonar el primer botón nacarado cuando cayó en la cuenta de lo muy íntimo que era aquello. Estaba en el baño, desvistiendo a una novia. No se sintió acosado por los recuerdos porque Jillian y él se habían fugado, Rick de uniforme y Jillian con un vestido premamá. En esos momentos ya había superado el dolor y olvidado el amor. Las últimas noticias que tenía de ella eran que Jillian y su marido estaban felizmente casados con tres hijos, y que vivían en California. Todo aquello estaba bien enterrado en el pasado, salvo por las lecciones aprendidas, pensó Rick.
    Por eso le sorprendían esa novia y las sensaciones que le provocaba. Aunque Kendall no era su «novia», eso no cambiaba para nada lo que le hacía sentir. La idea le habría preocupado mucho más si Kendall pensara quedarse en el pueblo.
    Volvió a concentrarse en lo que tenía entre manos; desabotonó un botón y luego otro y le vio la piel, como de porcelana. Tenía un cuello largo y esbelto y una espalda tan tersa que le apetecía besársela, deslizarse con la lengua por la columna y saborearla centímetro a centímetro.
    – Oh, ya me siento mejor -dijo con una exhalación larga que casi pareció un orgasmo.
    Si no fuera porque él ya estaba sudoroso por el calor, habría comenzado a sudar entonces copiosamente. Se inclinó hacia abajo, apenas a unos centímetros de materializar su fantasía, y entonces ella alargó la mano y, como sin querer, se apartó unos mechones de pelo de la nuca. Rick no pudo seguir resistiendo la tentación. Al inhalar su fragancia, le recorrió con los labios la piel sedosa, cálida y húmeda por la temperatura.
    Kendall se estremeció y suspiró, pero no se hizo a un lado ni lo apartó. Buena señal, pensó Rick, y la situación mejoró cuando ella volvió la cabeza y unió sus labios a los de Rick.
    Éste cerró los ojos mientras ella respondía a la petición no expresada y le dejaba saborearla por primera vez. Su boca era cálida, suave y generosa, y se alimentaba con tal intensidad de Rick que temía que lo consumiera. El corazón le palpitaba y comenzaron a sudarle las manos, algo ridículo para un hombre de casi treinta y cinco años que había besado a unas cuantas mujeres, aunque las reacciones que Kendall le había provocado habían sido intensas desde el principio. Le tocó los labios con la lengua y sintió que lo devoraban las llamas de la pasión; pero antes de que pudiera penetrar en su húmeda boca, Kendall se separó.
    – Perdona, pero me siento rara -le dijo cabizbaja, sin mirarle.
    Y Rick que creía que ella había mostrado predisposición.
    – No puede decirse que te hayas negado -repuso, como si le hubieran golpeado en los bajos.
    Kendall se irguió, le miró y parpadeó sorprendida.
    – No, no me he negado. -De repente abrió más los ojos, como si acabara de entenderlo-. ¿Creías que el beso me había resultado raro? Oh, no. El beso ha sido fabuloso. -Esbozó una sonrisa azorada-. Pero la postura era incómoda, como esta conversación. -Movió la cabeza y se sonrojó. Luego se llevó la mano a la nuca y comenzó a masajearse los músculos que había forzado durante el beso.
    Aliviado, Rick rompió a reír antes de darse cuenta de lo mucho que le habría dolido que ella lo hubiese rechazado.
    – Te masajearía yo mismo, pero creo que nos meteríamos en un buen lío.
    – ¿Y como agente de la ley tienes que evitar esos líos? -Lo miró con expresión picara, dándole a entender con claridad lo que pensaba.
    – No cuando no estoy de servicio -contestó él antes de poderlo evitar.
    Ella soltó una carcajada.
    – Me gustas, Rick Chandler.
    – El sentimiento es mutuo, señorita Sutton. -Le sonrió. Joder, podría tomárselo en serio con esa mujer. ¿No resolvería así su problema?
    Una relación con Kendall obligaría a su madre y a la miríada de mujeres que le enviaba a dejarlo en paz. La llegada inesperada de Kendall despertaría todo tipo de rumores. Las mujeres más precavidas del pueblo se mantendrían al margen hasta que supieran si Rick salía o no con la recién llegada, pero las más atrevidas, como Lisa, necesitarían un mensaje claro e inequívoco. Un mensaje como Kendall, el pelo rosa y el vestido de novia.
    Tampoco es que pretendiera que Kendall le ayudase a fingir que estaban juntos para mantener a raya a las otras mujeres. Ni siquiera pensaba sugerírselo, pero desde luego el plan le parecía divertido.
    – Todavía no te he desabrochado el vestido -dijo finalmente.
    – Estoy esperando.
    Rick apretó los dientes y terminó de desabotonárselo sin hablar demasiado, concentrándose únicamente en lo que tenía entre manos y no en la piel de su espalda.
    Se detuvo al llegar a la cintura.
    – ¿Qué te parece si te dejo sola para que termines de desvestirte? -Porque el siguiente paso sería bajarle la parte superior del vestido y dejarle los pechos al descubierto. Y luego deslizarle el vestido hacia abajo por las piernas y luego…
    – Sería lo mejor. -La voz de Kendall puso fin a su fantasía.
    – Dejaré la puerta abierta. -Se dirigió hacia la salida-. Grita si necesitas algo.
    – Eso haré. -Le dedicó una sonrisa de agradecimiento.
    – Perfecto. -Rick salió huyendo antes de satisfacer cualquier otra necesidad, ya fuera suya o de Kendall.

    El vestido de novia le colgaba de la cintura mientras Kendall observaba su reflejo ruborizado en el espejo. Deseaba culpar al calor, pero sabía que los labios de Rick sobre los suyos, sus manos fuertes sobre su piel desnuda, eran los responsables.
    Kendall no esperaba que Rick la besase, pero no podía pasar por alto la tensión sexual que se había acumulado entre ellos, ni tampoco el vínculo que había creado el dolor compartido. Además, él la había desvestido en parte. ¿Había algo más íntimo que eso? Cuando los labios de Rick le habían rozado la espalda… el cuerpo se le estremeció al recordarlo y los pezones se le endurecieron.
    Kendall no solía ser descarada. Pero había querido verle la cara y por eso había vuelto la cabeza… encontrándose con sus labios. El beso la había trastocado. Rick era tan atractivo que se derretía con sólo mirarlo. Era tan fuerte y seguro de sí mismo que bastaba con que la tocase para saberse protegida. Hacía que se sintiese deseada y, con ello, Rick respondía a una necesidad que Kendall ni siquiera recordaba que existiese.
    Siempre había sido la niña a quien nadie quería. Y aunque Brian la había deseado, nunca le había correspondido a nivel emocional. Su relación había sido un trato. Él le había conseguido los trabajos de modelo que ella necesitaba para pagar los gastos de su tía y ella había fingido ser su novia para ayudarle a superar un período de transición tras una ruptura. Si bien esa relación artificial había acabado convirtiéndose en verdadera, Kendall nunca había conectado con Brian.
    Con Rick en cambio todo había sido distinto. Un beso le había bastado para sentir algo más que pura atracción física. Estar encerrada en aquel pequeño baño con él había sido una reclusión distinta. Una reclusión sensual que le habría gustado explorar más a fondo. ¿Por qué no? Aquella pregunta la sorprendió a sí misma.
    Lo mismo que las respuestas. Había puesto final al compromiso con Brian y a una etapa importante de su vida hacía apenas unas horas. Aunque no estuviese enamorada de él, el proceso había sido traumático. Ya se le había pasado el mareo, pero se mojó la cara con agua fría, luego agitó la cabeza y se llevó las manos frescas a la nuca para refrescarse.
    No podía pensar con claridad mientras sintiese la tentación de tener una aventura con aquel desconocido, pero eso era lo que él parecía querer. Al fin y al cabo, le había visto la expresión de deseo y había sentido el temblor en las yemas de sus dedos. A Kendall no le iban las aventuras o rollos rápidos con hombres que apenas conocía, pero Rick Chandler, con su fuerza y bondad, su franqueza y generosidad, por no mencionar lo muy atractivo que era, ponía a prueba su determinación.
    Acabó de quitarse el vestido y dejó toda la parafernalia nupcial amontonada en el suelo para ponerse ropa más informal. La boda formaba parte del pasado. Le esperaba una nueva vida. Le iría bien un poco de atención y cariño, pero aunque el agente Rick Chandler parecía el hombre perfecto para ello, no le parecía justo.
    No podía utilizarlo de esa manera, por muy a gusto que se sintiese con él. Un hombre que siempre había vivido en el mismo sitio, que valoraba la estabilidad y la familia, no era el hombre idóneo para una aventura, si es que ella estaba dispuesta a ello. Y no lo estaba, se dijo a sí misma.
    Una pena que su cuerpo se burlase de esa promesa. Se irguió y se encaminó hacia la otra habitación, no sin antes armarse de valor para protegerse contra una química que no podía controlar ni negar.

    Rick caminaba de un lado a otro frente a la puerta del baño por si Kendall volvía a marearse y la oía desplomarse en el suelo.
    Se sintió aliviado cuando, a los pocos minutos, la puerta se abrió, pero el alivio desapareció en cuanto vio la nueva indumentaria, que Kendall había sacado de la maleta que llevaba.
    Una camiseta recortada, con motivos florales, dejaba al descubierto su vientre liso, y unos pantalones cortos deshilachados de color blanco resaltaban sus curvas y le permitían ver sus largas piernas. Tenía unas proporciones perfectas, lo cual hizo que la deseara aún más… algo que no habría creído posible.
    Aunque toda ella estaba para comérsela, Rick era incapaz de apartar la mirada de la liga con volantes que todavía llevaba en el muslo.
    – ¿Qué pasa? -Kendall miró hacia abajo-. ¡Oh, oh! -Las mejillas se le riñeron de un rosa similar al del pelo-. Con las prisas se me ha olvidado.
    Se inclinó hacia abajo para quitarse la liga y deslizó la goma elástica por sus largas piernas. Piernas que Rick imaginaba alrededor de su cintura mientras le hacía el amor una y otra vez.
    – Ya está. -Kendall se irguió y sus miradas se encontraron-. Parece que te fascina. ¿Quieres verla de cerca? -Sostuvo en alto la liga blanca y azul.
    ¿Y, según la tradición, ser el siguiente en casarse? «No, joder.» Pero ya era demasiado tarde. Kendall había arrojado la liga y no le quedaba más remedio que atraparla o dejarla caer al polvoriento suelo de madera. Con resignación, cogió al vuelo el objeto de la discordia.
    – ¡Excelente! -Kendall aplaudió-. ¡Estoy impresionada!
    – Pero dime que la tradición no vale de nada si la novia no dice «sí, quiero».
    Kendall esbozó una sonrisa burlona.
    – Tienes miedo. -Y soltó una carcajada.
    – Soy poli. No tengo miedo de nada -repuso él. Pero si eso era cierto, ¿por qué le palpitaba el corazón y respiraba de forma irregular?
    – Vale, tal vez no tengas miedo, pero parece que estés a punto de desmayarte. -Kendall se le acercó y le puso una mano en el hombro.
    El contacto lo sobresaltó y lo disfrutó más de lo que debiera.
    – ¿Puedo hacer algo por ti? -le preguntó.
    Rick observó la maldita liga.
    – Responde a la pregunta.
    – Puesto que no me he llegado a casar y, en sentido estricto, no soy una novia, estoy segura de que la liga es inofensiva. ¿Te sientes mejor?
    «No mucho», pensó Rick. Kendall seguía con la mano sobre su hombro y él notaba cómo su calor le atravesaba la camisa azul de policía. Volvió a observar aquel cuerpo increíble.
    – Parece que estás más cómoda -dijo, cambiando de tema.
    Ella sonrió.
    – Ni te imaginas lo bien que se está sin ese lastre.
    Rick arqueó una ceja.
    – ¿Una mujer que comparte mi visión del matrimonio? Imposible. -No se imaginaba a una mujer a quien aterrorizase ver un vestido de novia. Pero sólo había una Kendall. No le sorprendía que le gustase.
    – ¿Es que nunca has conocido a una mujer independiente?
    – No en el pueblo. Todas quieren casarse.
    Kendall abrió los ojos como platos.
    – Tiene que haber mujeres que quieran vivir solas. Libres para hacer lo que quieran cuando quieran.
    – ¿Es ése tu modus operandi? -preguntó Rick.
    Kendall asintió. Rick la había calado en seguida.
    – Nunca echo raíces -respondió sonriendo.
    – ¿Por qué?
    La respuesta tenía que ver con el pasado. Al ir de un lugar a otro continuamente, no se apegaba a nada ni a nadie. Pero no creía que Rick necesitase o quisiese estar al tanto de sus complejos personales.
    – Ni idea -replicó encogiéndose de hombros.
    – Tu infancia. -Era obvio que Rick recordaba haber oído hablar de su pasado-. Pero ahora ya no te hace falta seguir cambiando de casa. ¿Te has planteado permanecer en algún lugar durante una buena temporada?
    – Ni en sueños. -Ya lo había hecho, ya sabía lo que significaba, pensó Kendall-. Acabo de pasar dos años en Nueva York para estar con tía Crystal y poder pagar las facturas de la residencia. Ha llegado el momento de que la prioridad sea yo misma.
    Rick asintió, comprensivo.
    – ¿Por qué no nos sentamos? -sugirió ella.
    – Esto es lo que hay. -Rick señaló el sofá cubierto con una tela así como el resto del mobiliario de la casa de invitados. Había pasado tanto tiempo desde que alguien se alojara allí que habría trabajo de sobra… incluso para una visita temporal.
    Kendall se sentó junto a Rick en el sofá.
    – Siento no poder ofrecerte un lugar más limpio y cómodo.
    Rick se encogió de hombros.
    – No importa.
    – Entonces, háblame de las aspirantes a esposas perfectas -dijo ella, cambiando de tema.
    Rick se rió.
    – Tampoco hay para tanto. Mi madre está delicada de salud y cree que ha llegado el momento de que sus hijos sienten la cabeza y le den nietos. -Adoptó un semblante serio al mencionar la salud de su madre-. Ha iniciado una campaña sin precedentes, y las mujeres del pueblo están más contentas que unas pascuas.
    Kendall recordó lo que Pearl había dicho sobre el hecho de que su madre se quejara de que no tenía nietos. Obviamente, eso no era todo.
    – Pobrecito. Todas las mujeres del pueblo persiguiéndote… -Se echó a reír, aunque en parte sentía celos de no ser la única que lo encontraba atractivo. No es que deseara casarse y quedarse a vivir allí, pero entendía por qué las mujeres que sí querían ese futuro lo consideraban el hombre perfecto.
    – Créeme, es mucho más duro de lo que parece, sobre todo porque no me interesa lo más mínimo.
    – Me sorprende que me lo expliques.
    – Oh, te enterarías en seguida, sobre todo después de que Pearl le cuente a todo el mundo tu llegada a lo grande. -Se pasó la mano por el pelo oscuro-. Estarás marcada.
    Kendall comenzó a reírse al recordar cómo Rick la había llevado en brazos hasta el interior de la casa mientras Pearl tarareaba la marcha nupcial al tiempo que reprendía a Eldin y recurría a la espalda de éste como excusa para evitar el matrimonio. Kendall habría mencionado que Eldin parecía dispuesto a llevar el anillo, pero percibió que Pearl tenía ideas muy claras al respecto. Al igual que la madre de Rick, al parecer.
    Sin embargo a éste no le divertía la situación, por lo que Kendall entrelazó las manos y trató de ser sincera.
    – Nadie creerá que te has casado sin avisar.
    – Tal vez recuerden que no sería la primera vez. -Se le nubló la vista; era obvio que aquellos recuerdos le incomodaban.
    Se había casado. Al parecer, se había fugado para casarse. No era de extrañar que se opusiese a la campaña de su madre. Se inclinó hacia adelante, sorprendida.
    – Cuéntamelo.
    – Ni en sueños -contestó. Se levantó y cambió de tema-: ¿Qué planes tienes?
    Al parecer, los dos poseían unas murallas emocionales que no pensaban derribar. Kendall se moría por saber más detalles sobre Rick, pero él le había cerrado la puerta. Y puesto que ella no quería revelar detalles íntimos que podrían unirles, y mucho menos teniendo en cuenta que pensaba marcharse pronto, tendría que respetar la intimidad de él.
    Rick le había preguntado por sus planes, y Kendall supuso que se refería a los planes a corto plazo. Observó las telas polvorientas que había alrededor y recordó todas las cosas que parecían viejas y decrépitas de la casa principal. Se frotó los ojos con gesto cansado.
    – Creo que antes de pasar aquí la noche, limpiaré el dormitorio y tal vez la cocina. -Arrugó la nariz al imaginarse todo el polvo que se levantaría-. Mañana comenzaré a darle un buen repaso a la casa. Oh, y supongo que debería ponerme en contacto con un agente inmobiliario para ver qué posibilidades tengo, aunque sé que debo arreglar unas cuantas cosas antes de enseñar la casa.
    Rick asintió, con las manos hundidas en los bolsillos, mientras miraba alrededor.
    – Te ayudaré a limpiar.
    La oferta la conmovió, pero no podía aceptarla.
    – No hace falta. En serio, creo que seré capaz de adecentar una habitación yo sólita.
    – ¿Con qué? Además necesitarás provisiones y, si la previsión del tiempo es correcta, un aparato de aire acondicionado. No podrás dormir aquí sin aire acondicionado.
    Kendall fue a inhalar profundamente, pero se atragantó. Rick tenía razón. El aire estaba viciado y era sofocante. Se sintió deprimida.
    – Oh, vaya, no contaba con esos gastos extras. -Calculó mentalmente el dinero que tenía en la cuenta bancaria. Por desgracia, necesitaría más de lo que tenía en el banco para pasar un mes allí.
    – Supongo que pensabas que llegarías aquí, pondrías un anuncio de la casa, la venderías y te marcharías, ¿no?
    – Demasiado optimista, o eso parece -asintió Kendall.
    – Eso parece. -Rick sonrió-. Pero me gusta tu actitud. ¿No es mejor esperar a que surjan los problemas para lidiar con ellos?
    – Eres demasiado bueno conmigo. No quieres llamar atolondrada ni idiota impulsiva a la recién llegada.
    La atractiva sonrisa de Rick desapareció y la miró con el cejo fruncido.
    – Oye, no te flageles. Ya has sufrido bastante. A ver, ¿tienes algún plan inmediato?
    En lo que se refería al dinero, tenía las tarjetas de crédito, y Brian le enviaría las joyas y demás cosas por mensajería. Si encontrase una tienda que aceptara vender sus joyas en depósito, conseguiría algo de dinero extra. O sea que tenía un plan. Más o menos. Miró a Rick.
    – Dime cómo llegar al pueblo y…
    – ¿Irás volando en tu alfombra mágica?
    Suspiró y añadió mentalmente la reparación del coche a la lista de gastos.
    – Supongo que no podrás llevarme… -Se mordió el labio inferior al darse cuenta de que, para un hombre que estaba harto de que las mujeres lo persiguieran, Kendall era un posible problema más.
    – Pensaba ir al pueblo de todos modos. Y antes de que me lo preguntes, sí, puedo traerte de vuelta a casa.
    ¿Acaso Kendall tenía casa? Como no le apetecía profundizar al respecto, le dedicó una sonrisa de agradecimiento.
    – Eres un auténtico caballero de armadura reluciente, Rick Chandler.
    Él sonrió.
    – ¿Qué quieres que te diga? Nunca he podido resistirme ante una damisela en apuros. -Una mezcla de humor e inesperada tristeza tiñó su voz a pesar de la sonrisa. ¿Tendría la tristeza que ver con su matrimonio?, pensó Kendall.
    Al pensar en ese hombre enigmático, Kendall se preguntó por qué. ¿Qué le había ocurrido en el pasado que le inducía a evitar otro matrimonio aunque, sin embargo, estuviera acostumbrado a ayudar a mujeres con problemas? Sabiendo lo mucho que le atraía, se alegraba de no quedarse el tiempo suficiente para averiguarlo.

Capítulo 3

    Al cabo de una hora, Rick la había llevado al pequeño supermercado de Herb Cooper y la había ayudado a escoger lo que necesitaba para la casa. Mientras recorrían los pasillos, Rick tenía la impresión de que los observaban, pero no veía a nadie cuando miraba a su alrededor.
    Lo achacó a haber pasado demasiadas horas de guardia, pero entonces oyó un ruido a sus espaldas y, al volverse, vio a Lisa Burton. Estaba al final del pasillo de los quesos y las galletas saladas y los observaba cuando creía que él no miraba. Rick gimió y apartó la mirada antes de que ella se diera cuenta. No le apetecía enfrentarse de nuevo a aquella obsesa sexual.
    – Te has callado de repente -le dijo Kendall-. Ya casi he acabado y te agradezco que me hayas acompañado a hacer la compra.
    – Ha sido un placer -repuso Rick, y lo era. Le gustaba Kendall, su perspicacia y sentido del humor. La prefería a cualquiera de las otras mujeres con las que había estado, incluida Lisa, desde luego.
    Una mirada rápida por encima del hombro le bastó para ver que esta última había desaparecido. Seguramente habría ido al otro pasillo para hacerse la encontradiza con él. En ese momento, Rick se trazó un plan. Sabiendo que iba a toparse con la mujer, si actuaba antes de que ella lo hiciera, entonces Lisa y sus sueños de matrimonio pasarían a ser un recuerdo lejano… dejándolo con una candidata menos… y todo un pueblo por delante, pero algo era algo.
    – La cena. -Kendall sonrió y arrojó un paquete de perritos calientes al carrito como si fuera una pelota de baloncesto.
    La cena.
    – ¡Joder! -exclamó. Su madre y Chase estaban esperándolo -consultó la hora- desde hacía más de una hora. Era normal que no le hubieran llamado. Cuando Rick estaba de servicio, su familia se había acostumbrado a que llegase tarde, pero quizá estaban preocupados.
    – Admito que no son una exquisitez, pero se preparan rápido y son baratos. La comida perfecta para un soltero, así que ¿a qué viene la palabrota? -Kendall estaba mirándolo sorprendida.
    – Había olvidado que tenía que ir a cenar a casa de mi madre.
    – Y aquí estás, perdiendo el tiempo conmigo. -Alargó la mano y le tocó el brazo.
    Entre ellos saltaron chispas que se burlaron de las palabras de Kendall y cimentaron la idea de que el plan para intimidar a Lisa funcionaría.
    – Siento haberte entretenido -dijo Kendall.
    – Yo no. -A Rick le gustaba estar con aquella mujer que lo divertía, le excitaba y que no quería nada a cambio, salvo lo que él estuviese dispuesto a darle.
    Extrajo el móvil de entre el equipamiento que le colgaba de la cintura, marcó el número de memoria y esperó a oír la voz de Raina al otro lado de la línea.
    – Hola, mamá. Siento el retraso. Me he distraído.
    – ¿Tu nueva novia? -Se rió; parecía mucho más animada de lo normal.
    Desde que a su madre le diagnosticaran meses atrás que tenía problemas de corazón, estaba preocupado por su salud. Chase y él se turnaban para controlarla, asegurarse de que comía con regularidad y no se fatigaba en exceso. Tras la muerte de su padre, los tres hermanos Chandler se ocupaban de ella.
    – Habrás cenado, ¿no? -le preguntó.
    – Chase y yo hemos cenado -le aseguró-. Lo han llamado del periódico y se ha marchado, pero te he guardado la cena caliente. Y no he tomado postre para luego comérmelo contigo. Quiero que me lo cuentes todo sobre la boda.
    Rick puso los ojos en blanco. Sabía que su madre no creía en los rumores, pero era obvio que aquél había corrido como la pólvora. Echó un vistazo y vio a Lisa donde se había imaginado, esperándole al final del pasillo y, sin duda, tratando de adivinar quién era Kendall. Rick necesitaba darle un motivo de peso para que se convenciera de una vez de que ella no le interesaba. Al mismo tiempo, necesitaba que su madre pensase que estaba con una mujer, para que acabase de una vez por todas con su infernal campaña.
    – Te agradezco que me esperes, mamá. Llegaré dentro… -consultó la hora mientras calculaba el tiempo que necesitaría para acabar allí-… de una media hora. Oh, iré acompañado.
    Kendall meneó la cabeza a su lado.
    – No hace falta -le susurró-. Me las apañaré sola.
    Rick hizo un gesto para restarle importancia a aquella objeción y oyó el final de la pregunta de su madre.
    – Llevaré una acompañante, mamá, que te sorprenderá gratamente. -Antes de que Raina comenzase el interrogatorio, Rick cortó la llamada, cerró el móvil y se lo guardó.
    – Eso ha sido una tontería. -Kendall lo fulminó con la mirada.
    Rick se le acercó, consciente de que Lisa estaba espiándolos.
    – No eres muy agradecida que digamos teniendo en cuenta que acabo de salvarte de una cena a base de perritos calientes y polvo.
    – Acabas de contarme que tu madre quiere casarte. Seguramente todo el pueblo piensa que ya nos hemos casado, ¿y pretendes llevarme a cenar con ella? ¿Te has vuelto loco?
    – Probablemente. -Vio la mirada sorprendida de Kendall y le dedicó una sonrisa-. Tengo un plan. Una especie de quid pro quo y tienes que oírlo antes de negarte.
    Kendall adoptó una expresión recelosa y Rick pensó que rechazaría la idea antes siquiera de que pudiera proponérsela.
    Ella puso los brazos en jarras y le miró.
    – ¿Qué te hace pensar que voy a negarme? -preguntó, y el tono desafiante le pilló desprevenido.
    Rick supuso que ella quería demostrarle que era muy capaz de plantarle cara a cualquier propuesta y, después de aquel beso, a Rick tampoco le importaría demostrarle algo parecido.
    – ¿En qué clase de intercambio has pensado? -preguntó en el mismo tono cauto.
    Si quería convencerla para que participase en el plan, tendría que cambiar de actitud. Apoyó un brazo en la puerta de cristal que había detrás de Kendall, con lo que la dejó atrapada entre su cuerpo y el compartimiento de comida congelada. Era una inconfundible situación íntima para que ella bajase la guardia.
    – Te propongo una especie de ayuda de limpieza mutua. -Bajó la voz al sentir su cercanía y la emoción desatada en sus venas-. Te ayudaré a limpiar tu casa si tú me ayudas a limpiar la mía.
    Kendall negó con la cabeza y se rió.
    – No lo dices en sentido literal.
    – Lo de tu casa, sí. Lo de la mía, no. -Alargó la mano por puro impulso y le cogió un mechón de pelo, que frotó entre el pulgar y el índice, deleitándose con la sensación que le producían los cabellos en la piel-. Te ayudaré a dejar la casa de tu tía en condiciones para venderla y tú me ayudarás a poner orden en mi casa. Mi casa interior.
    ¿Hacía falta que añadiera algo? «¿Quieres ser mi amante, Kendall?» Sintió un hormigueo en la piel y se estremeció. Las palabras y el hecho parecían correctos. Ella parecía la persona correcta. ¿Cómo era posible que le propusiera algo que sonaba tan desalmado?
    – Deja de andarte por las ramas y dime qué has pensado.
    Rick respiró hondo y decidió decirle la verdad pura y dura.
    – Quiero que finjas que eres mi amante, que todo el mundo chismorree y que las mujeres me dejen tranquilo. -La miró de hito en hito-. ¿Qué te parece?
    Kendall se notó un tic nervioso en la boca.
    – Lo que ya te he dicho. Estás loco -respondió sin apartar la mirada.
    ¿Era su imaginación o le parecía que había visto un destello de dolor en sus preciosos ojos verdes antes de que ella pudiera disimularlo?
    – No estoy loco -repuso Rick-, lo que pasa es que estoy harto del acoso femenino. Por otra parte, estoy a gusto contigo y pienso que este plan nos beneficiaría a los dos. -¿Acaso no le decía su cuerpo lo que el de Rick ya sabía? ¿Que estaban hechos el uno para el otro y que sólo les faltaba consumar la unión?
    Él tuvo que recordarse que lo que le había sugerido era una relación ficticia, pero su cuerpo opinaba distinto al ver cómo ella se mordía el labio.
    – No lo sé.
    – Has dicho que no te sobra el dinero. ¿Puedes pagar a un carpintero? -Rick buscó argumentos para convencerla de que él tenía lo que ella necesitaba, es decir, él-. ¿Un pintor? -prosiguió-. ¿Cualquier otra reparación que necesite la casa?
    Kendall exhaló de forma sonora.
    – Seguramente no. -Sin lugar a dudas, no podría hacer frente a todos esos gastos, pensó Kendall. Aunque recurriese a las joyas para mantenerse mientras arreglaba la casa, no sabía si dispondría de ingresos suficientes para cubrir las reparaciones. Rick se estaba ofreciendo a hacerlas él… por un precio especial. Un precio que Kendall le había pagado con anterioridad a Brian… y había acabado vestida de novia.
    La recorrió un escalofrío que nada tenía que ver con el compartimiento de alimentos congelados que tenía detrás. No quería depender de nadie para satisfacer sus necesidades o lograr sus sueños. Sobre todo, no quería que nadie se interpusiese en sus propósitos. Y Rick, con aquellos ojos dorados, aquella atractiva sonrisa y su personalidad encantadora, era un peligro mucho mayor del que había supuesto Brian.
    Sin embargo, sabía que su trato tenía sentido. La frente de Rick todavía tocaba la suya, y con aquel contacto íntimo le era mucho más difícil sopesar las alternativas. Que era justamente lo que él quería, de eso no le cabía duda.
    – Como incentivo añadido, resulta que soy un manitas.
    Quiso preguntarle hasta qué punto lo era, pero se contuvo. Aunque su cuerpo ya había reaccionado a su deliberado equívoco y sintió una calidez deliciosa en el estómago mientras un intenso hormigueo sensual se apoderaba de su entrepierna. La voz de Rick destilaba seducción y Kendall se dejó seducir.
    Se lamió los labios y trató en vano de concentrarse en cosas más triviales.
    – No me dejes con la intriga. Dime qué saben hacer esas manos. -Por desgracia, las frases sonaron como las de una persona necesitada, que era como ella se sentía en esos momentos.
    Rick sonrió.
    – En mis días libres, en casa de mi madre he hecho de todo -repuso-. Puedo ocuparme de casi todo lo que necesites, y si hay algo que no sepa hacer, puedo pedir un favor; por suerte, tengo turnos bastante flexibles. Cuatro de diez.
    – Que yo lo entienda, por favor.
    Rick puso los ojos en blanco con un gesto divertido que a Kendall le pareció sumamente atractivo.
    – ¡Muy fácil! Tengo cuatro turnos de diez horas a la semana con tres días libres. Tiempo de sobra para ayudarte en la casa y dar así la impresión correcta a los ojos de los demás.
    Kendall abrió y cerró los puños humedecidos.
    – ¿Y cuál sería esa impresión?
    Rick le acarició la mejilla.
    – Que no puedo estar sin ti, que finalmente he encontrado a la mujer que buscaba. Y que ya no me interesa nadie más.
    Hablaba con tal convicción que podría haber sido sincero… pero no lo era, se dijo Kendall. Era sólo un trato. Rick quería evitar las relaciones y el matrimonio. Lo único que hacía era demostrar que, de cara a los demás, podía fingir ser su amante.
    Ella tendría que hacer otro tanto si aceptaba. Puesto que acababa de finalizar con un trato similar hecho con Brian, sabía lo muy unidos que Rick y ella podrían acabar estando. Pero Rick no le pedía nada duradero, tan sólo necesitaba una solución temporal para su problema. Lo mismo que ella precisaba una solución rápida para el suyo. Quid pro quo, en efecto. Ella apenas tenía dinero en el banco y Rick le ofrecía la solución que necesitaba desesperadamente.
    – ¿Kendall? -Rick rompió el largo silencio y la devolvió al presente.
    Podría hacerlo. Si se ponía una coraza y se recordaba a menudo que se marcharía en cuanto pudiera, no acabaría encariñándose con Rick ni con el pueblo.
    Se las arreglaría. Lo miró a los ojos.
    – Sí -le dijo.
    – «Sí» me estás prestando atención ahora o «sí»…
    – Seré tu amante -dijo rápido, antes de cambiar de idea-. Fingiré serlo…
    Sin dejarla acabar, y sin que ella lo esperase, Rick la besó rozándole apenas los labios. Permanecieron unidos unos instantes, lo bastante para que el infierno entrase en erupción y las brasas se avivasen. Entonces, de repente, Rick se apartó, levantó la cabeza y la miró.
    – Gracias.
    Kendall sentía un cosquilleo en los labios, y una calidez inesperada le envolvió el corazón. Se asustó. Pero aunque turbada, se lo tomó a la ligera.
    – Ya veremos si te lo mereces o no.
    De repente, en la tienda se oyó un chillido. Kendall se dio la vuelta y vio a una mujer que salía corriendo tan rápido hacia el otro lado del pasillo que no llegó a verle la cara. Ni siquiera sabía si era esa mujer la que había gritado. Se volvió hacia Rick.
    – ¿Qué ha sido eso?
    Rick se encogió de hombros.
    – Ni idea. -Los ojos le brillaron de emoción, pero se le pasó en seguida-. Creo que este trato nos beneficiará a los dos.
    Kendall se encogió de hombros, insegura.
    – Sigo pensando que estás loco.
    – No, qué va. Sólo me gusta causar revuelo. -Se le iluminó la mirada-. Venga, acabemos la compra y pongámonos en marcha.
    – Si tú lo dices, pero no pienso responsabilizarme de lo que pase a continuación.
    – Has llegado al pueblo con un vestido de novia, querida. No pienso asumir yo la responsabilidad de nada. -Algo que Rick demostró al cabo de unos minutos, cuando el propietario de la tienda comenzó a cobrar la compra.
    – Recién casados, ¿eh? -El hombre, mayor y medio calvo, marcaba los precios a mano. Era obvio que la lectura por escáner todavía no había llegado al pueblo-. ¿Te vas a mudar a la casa de invitados de Crystal? -le preguntó a Rick, pero no esperó a que respondiese-. Siento lo de su tía, señorita Sutton, es decir, señora Chandler.
    Kendall comenzó a atragantarse.
    – Kendall, llámeme Kendall -repuso-. Kendall Sutton.
    Herb alzó la vista y frunció el cejo.
    – ¿Te has casado con una feminista, Rick? No dejes que conserve su apellido porque dentro de nada comenzará a exigirte más y más cosas, como el mando a distancia de la tele. Al final, al hombre no le queda nada, ni siquiera el orgullo.
    Rick respiró hondo y contuvo la risa, pero no corrigió a Herb.
    – ¿No piensas decir nada? -le susurró Kendall.
    – No serviría de nada y, además, tampoco es grave dejar que siga especulando, ¿no?
    – El trato era para una relación, no para un matrimonio.
    – Pronto conocerás el pueblo, pero por esta vez te haré caso. -Rick le dio una palmadita en la mano-. No estamos casados, Herb. Y te agradecería que aclarases el malentendido cuando se lo oigas decir a alguien. Aunque no creo que sirva de nada -añadió en un susurro para que sólo Kendall lo oyese.
    Herb se pasó la mano por la calva.
    – Pues Pearl dijo que te vio llevar en brazos a esta guapa señorita con un vestido de novia.
    – Bueno, eso es verdad…
    – Es una larga historia, señor… -Kendall se dio cuenta de que no sabía su nombre-. Es una larga historia, Herb.
    – Y te la contaríamos, pero llegamos tarde a la cena en casa de mi madre. -Rick le apretó la mano a Kendall.
    Ésta trató de asimilar rápidamente esas palabras y se dio cuenta de que Rick ya estaba interpretando su papel: decía en público que ella iría a cenar a casa de su madre, le cogía la mano delante de la gente. Sintió el calor que emanaba de esa mano y tragó saliva.
    Herb se rió.
    – A Raina le gustará tener una nuera que viva en Yorkshire Falls.
    – No…
    Rick le dio un codazo suave para recordarle que debía seguir el juego. Tal vez no fuera su novia, pero a partir de aquel momento, sería su amante a ojos de los demás.
    Que comience la farsa, pensó Kendall y le entregó a Herb la tarjeta de crédito para que le cobrase. Herb leyó el nombre que figuraba en la misma, miró a Rick y luego a Kendall, y farfulló algo sobre las mujeres y sus malditas ganas de independencia, pero al cabo de unos minutos le había cobrado y guardado los productos en bolsas.
    – ¿Has visto a Lisa Burton salir corriendo? -preguntó Herb.
    – ¿La mujer que ha chillado antes? -inquirió Kendall.
    – Sí. Ha dejado caer la cesta y se ha marchado a toda prisa; he tenido que limpiar los huevos rotos y todo.
    – Nunca se sabe qué es lo que provoca a una mujer, Herb. -Rick tomó a Kendall del codo en un gesto caballeroso-. Me alegro de verte. -Rick le estrechó la mano.
    – Igualmente.
    – Encantado de conocerte -le dijo Kendall mientras recogía las bolsas con Rick.
    – Estoy seguro de que volveremos a vernos. Una casa vieja necesita muchas cosas para dos personas y…
    – Desde luego, por eso tenemos que marcharnos ya. -Rick interrumpió a Herb y empujó a Kendall hacia la puerta antes de que el hombre iniciase otra conversación sobre el matrimonio.
    Kendall se alegró de ello porque suponía que la madre de Rick ya los interrogaría largo y tendido.

    Rick parecía otra persona, pensó Raina encantada. No había visto esa mirada enamorada y vidriosa en ninguno de sus hijos desde… desde que Roman viera a Charlotte en el baile del día de San Patricio. Seguramente tenía que ver con el hecho de lo mucho que enseñaban el cuerpo las mujeres. O tal vez fuera el ombligo. Raina se dio cuenta de que Rick no dejaba de mirarle a Kendall el ombligo y el vientre.
    Al ver a aquellos dos jóvenes juntos, Raina se sintió más tranquila y feliz. La sobrina de Crystal le devolvía la presencia de su amiga. Se preguntó si Crystal habría enviado a Kendall para trastocar la vida de todos. Si así era, Raina pensaba ayudarla.
    – Entonces, ¿qué piensas hacer con la casa? -le preguntó a Kendall-. Pearl y Eldin estarían encantados de quedársela.
    Kendall soltó el tenedor.
    – ¿En serio? Excelente:
    Raina asintió.
    – Me alegro de que te parezca bien, sobre todo teniendo en cuenta que viven de unos ingresos fijos. El alquiler que acordaron con tu tía era el único que podían permitirse.
    – Hablando de alquileres, tendría que averiguar los detalles sobre el contrato de alquiler -dijo Kendall.
    – Oh, no existe. -Raina agitó la mano en el aire.
    – ¿Qué quiere decir?
    – En el pueblo, la gente que se conoce desde hace mucho tiempo todavía cierra los tratos con un apretón de manos. Lo sé, es una tontería, pero es lo que hay. Cuando tu tía enfermó, Pearl y Eldin dejaron su apartamento, que les costaba dinero, y se fueron a vivir a casa de tu tía para ocuparse de la misma durante su ausencia.
    Kendall se atragantó con el agua.
    – Oh, vaya, lo siento. No sabía que no pagaran alquiler. -Tosió de nuevo y se secó los labios con una servilleta.
    Raina se percató de que Rick escuchaba la conversación con semblante serio.
    – ¿Dice que se han ocupado del mantenimiento de la casa? -le preguntó Kendall cuando se hubo recompuesto.
    – Eldin pinta en sus ratos libres, y tiene muchos, porque está de baja por discapacidad -explicó Rick-. Si te fijas bien, verás manchurrones en las paredes de la casa principal.
    – Retoques -corrigió Raina.
    – Sigo sin creer que no le pagaran alquiler a tía Crystal.
    – Bueno, Crystal no veía motivo para ello, La casa era propiedad suya desde hacía años. Sabía que a Eldin y a Pearl no les sobraba el dinero y les pidió que se ocuparan de la casa mientras ella estaba en la residencia. -Raina alargó la mano y le dio una palmadita a Kendall-. Tu tía era una buena mujer.
    – Una de las mejores -repuso Kendall bajando la voz, afligida por el dolor. Sin embargo, se armó de valor y sonrió, algo que a Raina le pareció admirable-. Pero tendré que arreglar la casa de todos modos -añadió-. Y luego decidiré qué hacer con ella… -Se calló. Las miradas de Rick y ella se encontraron y se comunicaron sin palabras.
    Raina recordaba a la perfección esa época. Esas miraditas que sólo comprendían las parejas al comienzo de la relación.
    – Es decir, no…
    – No sabe qué hacer con la casa -intervino Rick para acabar la frase de Kendall.
    – Bueno, no querrás venderla, ¡es tu patrimonio! -Raina no estaba al corriente de los detalles, pero le parecía increíble que la sobrina de Crystal renunciase a su herencia.
    – Lo que Kendall quiera hacer con su propiedad no es asunto tuyo, mamá -dijo Rick.
    Kendall suspiró.
    – Me cuesta pensar en tener patrimonio cuando me he pasado la vida de un lado para otro.
    – Ah, sí. ¿Tus padres siguen en el extranjero? Crystal solía hablarme de sus viajes. -Raina dio unos golpecitos en la mesa con las yemas de los dedos, pensando. La transitoriedad no era un rasgo útil, pero quizá Kendall no fuera como sus padres.
    – Son arqueólogos. Ahora están en algún lugar de África.
    – ¿Y tu hermana? ¿Cómo está?
    – Hannah está en un internado de Vermont. Está bien. He recibido una o dos llamadas dándome a entender que es alborotadora, pero siempre ha tenido mucho brío. Pienso ir a verla para hablar con ella en cuanto arregle las cosas aquí.
    Raina movió la cabeza.
    – Es una pena cuando una familia no vive como una familia.
    – Madre. -Rick la reprendió con el tono-. Kendall acaba de perder a su tía, no le des la lata. Lo que quiera hacer con su vida no es asunto tuyo.
    La está protegiendo, pensó Raina, y aunque Rick era así por naturaleza, se dio cuenta de que en esa ocasión se trataba de algo personal. Raina observó a su hijo, complacida.
    – Rick, no me importa explicárselo. Casi nadie entiende mi forma de vivir. Creo que ni yo misma la entendería si no fuera porque la vivo en primera persona. -Le sonrió a Raina-. Teniendo en cuenta que su familia es cariñosa y afectuosa, estoy segura de que la mía le parece extraña.
    – Tonterías. Bueno, quizá -admitió Raina. La gente cambia, pensó, con el incentivo adecuado-. Quiero que te sientas como si formaras parte de nuestra familia. Crystal lo habría querido y es lo que yo deseo. -Más de lo que Kendall se imaginaba.
    A primera vista, Kendall Sutton no sólo era atractiva, sino también inteligente, cariñosa y compasiva. Independiente. Raina supuso que aquella independencia atraía a su hijo, a quien le habían abordado mujeres más tradicionales. Raina se sentía responsable de ello, pero ahora las cosas habían cambiado.
    Era obvio que Rick se había enamorado de Kendall aunque todavía no lo supiera. Si Kendall recibía muestras de amor y cariño, tal vez aprendiera a valorar la estabilidad que le había faltado de niña. ¿Y quién mejor que los Chandler para enseñarle los valores familiares? Sobre todo Rick.
    – Qué bonito. No sé qué decir -declaró Kendall con los ojos brillantes.
    – Yo sí. Te ha timado la mayor experta del negocio -dijo Rick con ironía.
    Raina frunció el cejo.
    – ¿Qué negocio? -le preguntó Kendall.
    – El del matrimonio.
    – Ah, sí. -Kendall se inclinó hacia adelante y sonrió-. He oído hablar de su vocación de casamentera.
    – Y yo he oído hablar de tu feliz llegada. Cuéntame cómo es posible que llegaras aquí con un vestido de novia.
    – Mamá…
    – Es una pregunta justa, Rick. -Kendall se ruborizó, pero no se amilanó-. Se suponía que iba a casarme esta mañana -explicó, avergonzada al admitir que le había faltado muy poco para pronunciar el «sí, quiero»… antes de que todo se viniera abajo, claro-. Pero los dos nos dimos cuenta de que el matrimonio habría sido un error y suspendimos la boda.
    Raina había estado felizmente casada durante casi veinte años hasta la muerte de John. Era incapaz de imaginarse que nadie pudiera casarse con alguien a quien no quería o poner fin a una relación de forma tan brusca.
    – No es normal anular una boda tan de repente. ¿Te engañaba? -preguntó Raina, horrorizada e indignada en nombre de Kendall.
    Rick le propinó una suave patada por debajo de la mesa.
    Kendall negó con la cabeza.
    – No, pero más que nada éramos buenos amigos. Me había hecho varios favores y me había sacado de varios apuros al ofrecerme trabajos como modelo para pagar la residencia de tía Crystal, y me sentía en deuda con él. Luego la situación se nos fue de las manos, pero por suerte nos dimos cuenta justo a tiempo. Me sentía tan aliviada que ni siquiera pensé en nada. Salí de la iglesia, subí al coche y comencé a conducir.
    Aquel acto impulsivo sorprendió a Raina, que se había pasado toda la vida en la misma casa haciendo lo que se esperaba que hiciera.
    – ¿Así de sencillo?
    – Así de sencillo.
    Raina parpadeó, asombrada. Pero puesto que ya le había contado parte de lo sucedido, quería saber el resto.
    – ¿Y el pelo rosa forma parte del trabajo de modelo?
    Kendall se llevó una mano a la cabeza.
    – Ojalá. De hecho, fue un acto impulsivo.
    – ¿Otro? -preguntó Rick devorándola con la mirada.
    Raina estaba tan emocionada que habría aplaudido.
    – Anoche me asusté. Estaba delante del espejo del baño y… -La mirada se le tornó vidriosa-. Me asusté. No me veía casada con Brian. Lo quiero como amigo, pero nunca he estado atada a nadie ni a nada. Vi mi reflejo y la boda me dio miedo. -Bajó la voz-. Pero le había dado mi palabra, se lo había prometido, y Brian había sido muy bueno conmigo. Pensé que si cambiaba de aspecto, si no era yo misma, mi nuevo yo podría vivir una nueva vida.
    – ¿Y compraste tinte rosa?
    Kendall se rió.
    – No. Tenía tinte rojo en casa. Color cereza más bien, pero soy muy rubia y el tinte no funcionó del todo. En lugar de rojo cereza se me quedó rosa. -Se encogió de hombros-. Hay cosas peores.
    – Debería haber sabido que en realidad eres rubia -susurró Rick.
    – ¿Por mi conducta impulsiva y excéntrica de hoy? -le preguntó Kendall riéndose.
    – Porque tiene debilidad por las rubias -le informó Raina-. Si quieres recuperar el color rubio, te presentaré a Luanne y a su hija Pam. Son las propietarias de Luanne's Locks, la única peluquería del pueblo.
    – Se supone que debes descansar -le espetó Rick.
    «Maldita sea», pensó Raina. El invento de sus problemas cardíacos acabaría con ella. Detestaba haber tenido que contarles a sus hijos esa mentira, pero odiaba mucho más lo que esa farsa limitaba su vida social; pero era necesario. Había urdido el plan después de que la llevaran a Urgencias hacía unos meses por una indigestión. Pero como sus hijos no sabían la verdad, Raina se había valido de la ocasión para demostrarles que la soltería era un error.
    Les había hecho creer que estaba gravemente enferma y, a cambio, se habían unido para satisfacer su mayor deseo. Roman había sido el hijo elegido para darle un nieto. Raina seguía confiando en que Charlotte y él lo hicieran, aunque Roman insistía en que necesitaban pasar tiempo solos antes de formar una familia.
    Sin embargo, Raina no sólo deseaba nietos. Quería que sus hijos sentasen la cabeza y vivieran felices durante el resto de sus días con la mujer de sus sueños. No quería que vivieran solos. Ya había logrado un tercio de su propósito. Ahora le faltaban Chase y Rick.
    – ¿Está enferma? -preguntó Kendall en tono preocupado.
    Raina respiró hondo y se llevó la mano al corazón.
    – Sufrí un ataque no hace mucho.
    – Problemas cardíacos -explicó Rick-. Tiene que vigilar sus actividades y la dieta, y eso es sólo el principio.
    – Norman me trae la comida muchas veces y los chicos han contratado a una asistenta. -Mientras tanto, Raina había ido guardando dinero en una cuenta bancada para devolverles el dinero cuando aquella farsa llegara a su fin. Detestaba que se negaran a dejarle pagar sus propios gastos, y cada vez le gustaba menos que la vigilaran tanto.
    Pero ella había sido la artífice de la situación y lograría salir adelante. De momento, Kendall parecía la mejor candidata para convertirse en su segunda nuera.
    – Tiene suerte de que sus hijos sean tan entregados.
    – Sí, mis hijos son lo mejor del mundo. También serán maridos excelentes. Pregúntaselo a mi primera nuera. Pescó a Roman, el trotamundos. En el caso de Rick es más fácil, porque no hay que convencerle de que se asiente en un lugar. En cambio tú…
    – Ejem. -Rick carraspeó de forma ruidosa-. Mamá, me gusta seducir a las mujeres por méritos propios, no necesito tu ayuda. -Rick le dio un apretón a Kendall y ella volvió a sonrojarse.
    – O sea, que admites que estás seduciéndola, ¿no? -le preguntó Raina, encantada.
    – Mamá, deja los platos -repuso Rick sin hacerle caso.
    Pero Raina no pensaba darse por vencida. Rick nunca había llevado a una mujer a las cenas familiares y la presencia de Kendall era más que significativa.
    – Cynthia vendrá a primera hora de la mañana a limpiar. Kendall y yo tendríamos que irnos. Le he prometido que la ayudaría a acondicionar una habitación o dos para que esta noche duerma en un sitio limpio.
    – Tonterías, se quedará aquí -afirmó Raina con la voz que hacía que sus hijos perdiesen la compostura cuando eran niños-. Ese lugar es una pocilga, no apta para un ser humano, y un par de horas de limpieza no lo cambiarán. Y no te ofendas, Kendall.
    La joven negó con la cabeza.
    – No me ofendo, pero no quisiera molestar.
    – Nunca serás una molestia.
    – Qué detalle, pero estoy acostumbrada a arreglármelas sola.
    – O sea, que queréis estar a solas, ¿no? -conjeturó Raina, aliviada de que Kendall no hubiera aceptado la invitación. Si se quedaba, Raina se perdería su rato de correr en la cinta. Cuando urdió el plan debería haberse imaginado que, más que problemas de corazón, tendría problemas por falta de actividad, pero no había sido lo bastante previsora.
    Rick se levantó y Kendall hizo otro tanto. Él le colocó la mano en la región lumbar.
    – No hablaremos de asuntos privados, mamá. -Se inclinó y le dio un beso de buenas noches.
    Bastante después de que Kendall le hubiera dado las gracias y se hubiera marchado con Rick, Raina seguía exultante. Hacía mucho que no veía reír a Rick de esa manera; en cualquier caso no gracias a una mujer, no desde que Jillian le rompiera el corazón. Pero eso pertenecía al pasado.
    Kendall era el futuro, y aunque Rick creía que no volvería a casarse, Raina le conocía mejor. Gracias a Kendall y a su carácter impulsivo, Rick volvería a creer en el matrimonio.

    Rick mantuvo abierta la puerta del coche para que Kendall entrara, luego rodeó el coche, subió al mismo y se abrochó el cinturón de seguridad antes de volverse hacia ella. Sostuvo la mano en alto y Kendall le dio una palmada,
    – Misión cumplida.
    – ¿Eso crees?
    – Conozco a mi madre, y está convencida de haber visto chispas entre nosotros. -Porque las había habido, pensó Rick.
    Ya tendrían tiempo de hablar de ello. Las ojeras de Kendall se habían oscurecido por el agotamiento. Necesitaba descansar.
    – ¿Dejará de buscar una nuera?
    Rick negó con la cabeza.
    – No he dicho eso. -Le dio al contacto y arrancó-. En todo caso, intensificará la campaña.
    – Entonces, ¿de qué ha servido lo de esta noche? -le preguntó Kendall.
    – No me molestará con más mujeres, sino que se concentrará al máximo en la que tiene más posibilidades.
    La miró de soslayo y la vio abrir y cerrar aquellos ojos que tanto le tentaban.
    – Es decir, yo.
    Rick sonrió.
    – Sin lugar a dudas, tú. -Pero Rick adoptó un semblante serio porque quería hablar con ella de cosas más apremiantes-. Kendall, ¿qué clase de relación tenías con Brian?
    Ella se puso tensa y la risa dio paso a la intensidad.
    – No creo que importe.
    – Claro que importa. Has dicho que te hizo favores y que te sentías en deuda. -Al oír esas palabras en boca de Kendall, Rick se había sentido intranquilo-. Nuestro trato es algo parecido. No quiero que te sientas incómoda conmigo.
    – Si temes que mi trato con Brian pueda afectar a nuestra farsa, no te preocupes. A estas alturas ya soy una profesional -declaró con ironía.
    Eso era lo que le había preocupado. Rick no quería que Kendall pensase que él era otro hombre que la utilizaba en beneficio propio.
    – Has dicho que te consiguió trabajos de modelo para que pudieras costear la residencia de tu tía. ¿Qué le diste a cambio?
    Kendall se frotó los ojos con gesto cansado.
    Rick le apretó con fuerza una de las manos.
    – Brian estaba recuperándose de una ruptura sentimental. Una modelo a quien solía ver en los desfiles le había roto el corazón. Quería a una mujer guapa a su lado para demostrarle a su ex que ya lo había superado. Me necesitaba para que fingiera ser su…
    – Amante. -«Quiero que finjas ser mi amante, Kendall»; Rick le había pedido lo mismo.
    Exactamente lo mismo que la había hecho salir corriendo de Nueva York vestida de novia. Y estaba tan desesperada que había aceptado. Rick se sentía como un mierda por haberla metido en la misma situación.
    Exhaló de forma sonora.
    – Lo siento.
    – Yo no. Y no hago cosas que no quiero hacer -le aseguró-. Créeme, saldré beneficiada de este trato.
    – ¿Aparte de mi maravillosa compañía? -Rick trató de quitarle hierro al asunto.
    – Sí, aparte de eso.
    Kendall se rió, y Rick sintió que la calidez de su risa lo envolvía.
    – Cuando termines de arreglar la casa de mi tía, empezaré una nueva vida. -Se reclinó en el asiento y cerró los ojos, satisfecha y con una sonrisa en los labios.
    Bueno, Rick le había preguntado y ella había respondido. Peor para él si no le gustaba la respuesta.

Capítulo4

    Durante los ratos «libres» de Rick, Kendall y él limpiaron, arreglaron y acondicionaron la casa de invitados. El polvo y la tierra se elevaban con furia, al igual que la tensión sexual y las chispas de pasión. Chispas que se esforzaron lo indecible por ignorar. Kendall tenía el presentimiento de que iban de puntillas por un campo de minas destinado a explotar de todos modos, pero en cuanto Rick retomó los turnos, estuvo a salvo, a menos por el momento.
    Una vez a solas, se concentró en el diseño de joyas. El apartamento de Nueva York carecía de luz natural, lo cual dificultaba la elección de colores y la calidad del diseño. Cuando recibió las joyas y una maleta llena de ropa, cortesía de Brian, buscó en la casa el ambiente de trabajo idóneo, y lo encontró en el desván, que olía a cerrado, pero que contaba con unos ventanales por los que entraba luz natural a raudales.
    Entusiasmada, se pasó el día arreglando el lugar, limpiándolo y disponiendo a su conveniencia las mesas allí guardadas. Al cabo de unas horas, había ordenado los contenedores de plástico repletos de material, organizado las cuentas según el tamaño y el color, y colocado las herramientas a mano. Retrocedió unos pasos y observó su obra. El desván se había transformado en el sueño de cualquier artista.
    Qué irónico. Acababa de preparar un taller perfecto en el mismo lugar donde había ensartado su primer collar con cuentas de pasta de sopa de varios tamaños. Fue allí donde tía Crystal, entre otras cosas, le enseñó a diseñar. La embargó una sensación de nostalgia y de pena por la pérdida. La echaba de menos tanto como echaba de menos el posible futuro, la vida que habría tenido si tía Crystal hubiera podido quedarse con ella cuando Kendall era niña.
    Negó con la cabeza. No servía de nada hurgar en el pasado. «Vive el presente y sigue adelante», le había aconsejado tía Crystal, y Kendall siempre le había hecho caso. Si los recuerdos la agobiaban en el desván, sólo tenía que salir de allí e irse al pueblo. Giró sobre sus talones y se fue del desván, luego cogió las llaves del coche y se dirigió hacia el pueblo.
    El sol resplandecía en lo alto mientras Kendall conducía su querido coche rojo, ya reparado. El Volkswagen Jetta había tenido problemas eléctricos, pero podría haber sido peor y el coste mucho mayor. Así que, mientras el destino siguiera sonriéndole, Kendall decidió que su primera incursión sería a la peluquería del pueblo.
    Entró en Luanne's Locks, el local que Raina le había aconsejado la noche en que había cenado en su casa. Percibió de inmediato el intenso olor a amoníaco; los pulmones se le congestionaron y los ojos se le llenaron de lágrimas. Cuando dejó de lagrimear, miró a su alrededor. Papel pintado color rosa, sillas burdeos, mucho cromado y espejos por doquier. Una vitrina con productos capilares ocupaba la pared frontal del establecimiento, el lugar perfecto para que las joyas de Kendall realzasen aquella zona… si la propietaria accedía a quedárselas en depósito.
    Kendall había abordado a muchos comerciantes de varias ciudades para que aceptasen sus diseños, y confiaba en que la dueña de la peluquería fuera receptiva en ese sentido. No había nadie en el mostrador de la entrada, por lo que se adentró un poco más en el local y se detuvo al llegar a un escalón que separaba la zona de recepción de la de trabajo. Para ser un pueblo pequeño, la peluquería estaba llena de mujeres que conversaban de forma alegre y distendida, lo cual le infundió ánimo.
    Kendall respiró hondo y se dirigió a la primera mujer.
    – Perdona, ¿podrías decirme quién es la dueña o la recepcionista?
    – Yo misma. -La estilista, una mujer de pelo cardado, se volvió hacia Kendall con un peine en la mano-. ¿En qué puedo ayudarte?
    Kendall sonrió.
    – Soy Kendall Sutton y me gustaría concertar una cita.
    La estilista no tuvo ni tiempo de responder. Una cuenta se inclinó hacia adelante en la silla y le susurró a otra mujer con rulos en el pelo: «Es la nueva novia de Rick Chandler».
    La información se transmitió entre todas las mujeres presenten en el lugar y, al cabo de unos instantes, se hizo el silencio y todos los ojos se centraron en Kendall con expresión de pocos amigos. La esperanza de ganarse la confianza de la propietaria del local se esfumó junto con el buen humor.
    Kendall se había pasado la vida siendo la chica nueva. Llegaba a escuelas o a sitios en los que no conocía a nadie, se mantenía alejada de los grupos y, desde muy joven, había sabido que nunca estaría el tiempo suficiente en un mismo lugar como para que las opiniones de los demás le importasen. Mientras se sintiera feliz y segura, mientras su vida fuera digna y pudiera mirarse al espejo, eso era lo que contaba… Otra lección de sabiduría de tía Crystal, lección que Kendall se tomaba muy en serio y que siempre la animaba.
    Hasta ese momento, en que una extraña sensación de incomodidad se apoderó de ella. Algo raro tratándose de una persona acostumbrada a ser la «forastera».
    – Tiene el pelo rosa. -La frase sonó como un grito en el local silencioso.
    Mientras la media docena de mujeres seguía mirándola de hito en hito, Kendall apretó los puños para evitar llevarse las manos a los mechones. Se le hizo un nudo en el estómago y se sintió cohibida. Otra sensación extraña para alguien a quien nunca le había importado lo que pensasen los demás.
    Se obligó a sonreír y se pasó la mano por el pelo fingiendo despreocupación.
    – Eso es lo que he venido a arreglarme. -Aunque no dejaban de fulminarla con la mirada, se negó a mostrarse insegura.
    – Venga, volved a chismorrear y dejad en paz a la chica. -Una pelirroja atractiva emergió del fondo del local y se acercó a Kendall-. No les hagas caso. -Movió la cabeza-. Soy Pam, copropietaria del local, y la señora que está junto a mí boquiabierta es mi madre, Luanne. -Le dio un codazo cariñoso a su madre-. Es decir, la otra propietaria, que normalmente suele ser mucho más educada con los clientes.
    – Vaya modales tengo. -Luanne le tendió la mano y Kendall se la estrechó-. Todas estaban hablando de la nueva amiga de Rick y, de repente, apareces tú. -Luanne se llevó la mano a la boca-. Y ahora me callo.
    Pam afirmó con la cabeza.
    – Buena idea, mamá.
    – No pasa nada -dijo Kendall-. Además, ya supongo que el pelo rosa llama la atención.
    Pam puso los brazos en jarras y la miró con detenimiento.
    – Entonces no lo sabes. -Se encogió de hombros, se inclinó hacia ella y le habló en un susurro-: Mamá lo ha dicho en serio. No se trata de tu pelo, sino de tu situación. ¿Sabes cuántas mujeres han tratado de conseguir una cita con Rick Chandler y han fracasado?
    – He oído rumores…
    – Nada de rumores, es un hecho. Probablemente, ahora mismo soy la única soltera de la peluquería que no ha tratado de conquistar al poli favorito del pueblo. Prefiero a los rubios, pero la mayoría de las mujeres no son tan quisquillosas. Sólo quieren una alianza en el dedo. -Pam agitó la mano hacia Kendall-. No es que crea que es lo que tú buscas. Acabo de conocerte y no tengo ni idea, pero ya me entiendes.
    Kendall asintió, un poco desconcertada tras oír las palabras de Pam. Acostumbrada a una vida solitaria en la gran ciudad, Kendall se sentía incómoda compartiendo información íntima con una desconocida. Saltaba a la vista que en un pueblo pequeño la intimidad brillaba por su ausencia.
    – ¿Puedo reservar hora para lo de mi pelo? -le preguntó Kendall cambiando de tema.
    Pam sonrió.
    – Estás de suerte; me había tomado la mañana libre para hacer varios recados y ya he acabado. Me ocuparé yo misma porque… -volvió a inclinarse hacia ella-… supongo que no querrás que mi madre te cambie el rosa por el azul. Últimamente se ha especializado en el azul.
    Pam se rió y a Kendall aquella risa le pareció contagiosa.
    – Encantada de contar con tus servicios.
    – Entonces sígueme.
    Kendall siguió a Pam hasta la sala posterior, esforzándose por no hacer caso de las miradas, aunque no pudo evitar la sensación de que a algunas mujeres no les caía precisamente bien.
    Pam la acomodó en una silla y le colocó un protector de tela negra alrededor del cuello que la cubrió hasta los pies.
    – Ni caso, querida. Te prometo que ese grupo de cuentas no es representativo de nuestro pueblo. -Le dio una palmadita en el hombro-. Entonces, ¿quieres recuperar el rubio?
    Kendall asintió.
    – Todo lo que se pueda.
    – Bien, antes de poner el color tendremos que decolorar bien las partes rosa. -Pam se dirigió hacia un pequeño armario sin dejar de hablar-. Tal vez te queden algunos tonos rojizos cuando acabemos. El rojo es el color más difícil de conseguir y el que más cuesta quitar… a no ser que no te importe que se te quede verde.
    Kendall abrió los ojos como platos y Pam se rió.
    – Es broma, pero quiero que sepas a qué nos enfrentamos. Es posible que necesitemos varios intentos durante las próximas semanas hasta que recuperes el color rubio.
    Kendall no creía que fuera a permanecer tanto tiempo en el pueblo, pero no le apetecía contárselo a Pam.
    – Unos tonos rojizos suaves no me molestarán. Cualquier cosa más natural que lo que tengo ahora -repuso Kendall.
    – ¿Corto? -Pam asomó la cabeza desde el armario-. Siempre he querido probar el corte de pelo de Meg Ryan, pero en el pueblo nadie se atreve.
    Kendall se miró el pelo, que le llegaba por los hombros, en el espejo.
    – Supongo que quieres que haga de conejillo de Indias, ¿no?
    Pam sonrió.
    – Seré tu mejor amiga -replicó con voz cantarina.
    La musicalidad le recordó la cantinela infantil con que había oído que se dirigían a otros, pero nunca a ella. El tono alegre y feliz le hizo sentir un nudo en la garganta y una nostalgia indefinida. Kendall inspiró hondo.
    – Vale, ¿por qué no? Córtamelo a lo Meg Ryan. -Se rió para tratar de librarse de aquella sensación inquietante, la de que nunca había tenido amigas siendo niña.
    Pam chilló de alegría al oír que Kendall accedía a sus deseos.
    – Te has ganado mi amistad para toda la vida.
    La idea no sólo alegró a Kendall sino que le hizo sentir algo especial que nunca había tenido.
    – Lo mismo digo, Pam.
    Durante el siguiente cuarto de hora, Pam charló mientras le cortaba el pelo y, para cuando hubo acabado, Kendall tenía un nuevo color y una nueva amiga en el pueblo. Sin embargo, a pesar de la cálida acogida de Pam, las otras mujeres de la peluquería ni siquiera la saludaron. Kendall trató de convencerse de que no le importaba, pero en el fondo sabía que no era cierto.
    Durante los cuatro días que había pasado en el pueblo, había experimentado algo nuevo: amistad y familia. Por primera vez, le dolió su anterior ausencia.
    – Otros veinte minutos y te lo aclararemos. -Pam accionó el temporizador y lo colocó en el mostrador-. Relájate un rato, ¿vale?
    Kendall así lo hizo y cerró los ojos, sin hacer caso de las conversaciones que la rodeaban, pensando en cómo abordar a Pam sobre el asunto de las joyas. Finalmente, el ruido pareció desaparecer y se relajó por completo.
    – Hola, cariño.
    Sin previo aviso, una voz masculina conocida interrumpió aquellos momentos de descanso. El seductor aroma a colonia le excitó los sentidos. Abrió los ojos y vio a Rick, con las manos apoyadas a ambos lados de la silla, inclinándose sobre ella.
    – Me gusta ese color. -Sonrió.
    Sin hacer caso del rubor que notó en las mejillas, Kendall se encogió de hombros.
    – Como suele decirse, las mujeres hacen de todo con tal de ponerse guapas.
    – Tú eres guapa incluso con eso que te hiciste en el pelo. No todas las mujeres pueden decir lo mismo.
    – Anda ya. -Kendall hizo un gesto con la mano ante aquella exageración-. Si las agencias de modelos me hubiesen visto así, nunca habría pagado las facturas de mi tía.
    Rick frunció sus atractivos labios.
    – Hay gente que no sabe lo mucho que vale.
    Rick la miró de hito en hito con tal intensidad y convencimiento que Kendall casi se sintió guapa. El cumplido la emocionó, pero sabía que debía andarse con cuidado.
    – Me siento halagada, pero estoy segura de que se te da muy bien -dijo tratando de distanciarse de las emociones cada vez más intensas que sentía hacia él.
    – Soy bueno, y punto -repuso sonriendo y dándole a entender que bromeaba-. ¿A cuál de mis atributos en concreto te refieres?
    Kendall puso los ojos en blanco.
    – A la capacidad para halagar a las mujeres, agente Chandler.
    – No me habías dicho que tuvieras problemas de memoria a corto plazo. Desde hace cuatro días, no existen otras mujeres, sólo tú. -Sus ojos color avellana se movían con evidente placer y destilaba un encanto al que no se resistiría ni la más experimentada de las mujeres.
    – Lo recuerdo. -Kendall se humedeció los labios secos-. ¿Sueles pasar por la peluquería o qué? -preguntó cambiando de tema.
    – Sólo cuando veo cierto coche rojo aparcado en el exterior.
    – ¿Has venido a verme?
    Rick le guiñó un ojo y luego le rozó los labios con los suyos, pillándola desprevenida.
    – Claro que sí. Estás en la sede de los chismorreos. ¿Qué mejor manera de poner esas lenguas en marcha?
    La boca se le estremeció por el contacto y el delicioso olor a menta de su aliento, pero el comentario la decepcionó.
    – Claro, tiene sentido. -Hay que representar la farsa, pensó Kendall. ¿Cómo podía haber sido tan estúpida y haberlo olvidado?
    Kendall volvía a estar alerta y se percató de que la peluquería había enmudecido de nuevo, ya que las dientas trataban en vano de escuchar su conversación.
    – Sonríe. -Rick alargó la mano y le empujó el labio hacia arriba con suavidad-. Tenemos público.
    Kendall sonrió contra su voluntad y se recordó que no tenía motivos para estar disgustada o desilusionada. Tenían un trato. No quería nada serio con Rick Chandler, del mismo modo que él sólo quería que ella fingiera ser su amante. Pero la atracción sexual era innegable y el instinto le decía que las cosas se complicarían.
    – ¿Ya las conoces? -Rick recorrió el local con un gesto de la mano.
    Kendall meneó la cabeza.
    – Como soy tu media naranja, al menos según los cotilleos, no me han brindado un gran recibimiento. Menos Pam, ella ha sido encantadora.
    – Pam es un cielo. Pero ¿las demás no han sido simpáticas contigo? -Frunció el cejo-. No era mi intención que lo pasaras mal por culpa de nuestro acuerdo.
    Para consternación de Kendall, el semblante serio de Rick no le restaba atractivo alguno.
    – Eh, atención todas -gritó Rick, volviéndose hacia las otras mujeres.
    – Rick… -Kendall trató de agarrarle del brazo, pero no lo logró.
    – Quiero presentaros a Kendall Sutton. Sé que todas queríais a Crystal y que querréis de igual modo a su sobrina.
    Kendall se dio cuenta de que no les había pedido un favor, pero ése era el significado subyacente. Lo malo era que Kendall no quería amistades basadas en el hecho de que Rick les hubiera pedido que fueran amables con ella. Luego se recordó que, de todos modos, daba igual, porque no pensaba quedarse mucho tiempo en el pueblo.
    Rick se volvió hacia Kendall.
    – Misión cumplida. -Le guiñó el ojo-. Hasta luego. -Otro beso, esta vez apasionado e intenso, y se marchó.
    Pero mucho después de que se hubiera ido, a Kendall la cabeza seguía dándole vueltas y el corazón palpitándole con fuerza. Dejó escapar un largo suspiro para recobrar la compostura.
    – Eso sí que es un hombre. -El suspiro de Pam fue idéntico al de Kendall.
    Kendall se mordió la cara interna de la mejilla.
    – Y que lo digas.
    – ¿Lista para el aclarado?
    Kendall asintió. En cuanto Pam le hubo colocado la cabeza ligeramente hacia atrás y notó el agua tibia en el cuero cabelludo, Kendall se dio cuenta de que tenía una oportunidad de oro para hacer negocios, y le daba igual quién estuviese escuchando.
    – Quiero proponerte algo, Pam.
    – Hum, estoy intrigada.
    – ¿Has pensado en poner un exhibidor de joyas o accesorios en el local? Por ejemplo, cerca de la entrada o de la pared posterior.
    – No, pero parece una buena idea. ¿En qué habías pensado?
    – En mis diseños. Piezas con piedras y metal. Podría dejar algunas muestras aquí para ver si despiertan interés. Si se vendiesen, te daría un porcentaje sobre las ventas. Las dos saldríamos ganando. -Kendall necesitaba el dinero desesperadamente. Lo necesario para adecentar la casa le había vaciado la cartera y trastocado el presupuesto.
    – Hum. -Pam le puso suavizante en el cabello-. Me encantan las joyas y detesto rechazar una oferta así, pero creo que tendrías más suerte si se lo planteases a Charlotte. -Tras aclararle el pelo con agua fría, Pam le envolvió la cabeza con una toalla y se la frotó un poco mientras la ayudaba a levantarse.
    Sintió un momentáneo mareo al sentarse, pero se le pasó en seguida. Lástima que la agitación que le había causado la visita de Rick todavía no hubiera desaparecido.
    – ¿Quién es Charlotte?
    Pam se colocó frente a ella para mirarla a los ojos y luego puso los brazos en jarra.
    – ¿Cuánto conoces a tu novio?
    – Bastante. ¿Por qué?
    Pam entornó los ojos.
    – Porque Charlotte es la cuñada de Rick. Es la primera mujer en el pueblo que ha pillado a un Chandler. Me imaginaba que ya lo sabrías.
    Kendall tragó saliva con dificultad. El coche de Rick había estado aparcado frente a la casa de invitados casi en todos sus ratos libres. Los días que libraba, llegaba a las seis de la mañana y solía quedarse hasta las diez de la noche o más tarde. Habían fregado, limpiado y creado la impresión de que eran amantes, tan enamorados el uno del otro, que todavía no podían renunciar a su tiempo personal. Y los amantes en seguida se cuentan los detalles más íntimos, incluidos los familiares. Rick y ella no habían pensado en ese particular antes de que Kendall comenzase a representar su papel en solitario.
    – Habéis pasado días enteros en esa casa, pero está claro que no habéis hablado mucho. -Pam le sonrió, ofreciéndole a Kendall la solución que necesitaba.
    Aprovechando la insinuación de Pam, Kendall asintió.
    – Hemos pasado juntos tiempo de sobra para saber un poco de todo. -Arqueó las cejas de forma provocativa-. Pero ahora mismo estaba algo distraída. Claro que no sabía a qué Charlotte te referías.
    Pam la miró como si no creyese ni una palabra, y estaba en lo cierto.
    – Bueno, si a Charlotte no le interesa, vuelve a planteármelo y ya encontraremos una solución.
    – Eso haré. -En cuanto viera a Rick, le interrogaría sobre su cuñada, cómo era y si creía que aceptaría sus joyas en depósito-. Gracias por la sugerencia.
    Pam condujo a Kendall de vuelta a la silla y comenzó a peinarle los cabellos rubios.
    – ¿Te gusta?
    Kendall le dedicó una sonrisa sincera.
    – Mucho.
    – Bien. ¡Pues a cortar! -Pam alzó las tijeras y comenzó su trabajo.

    Rick propinó una patada a la silla del escritorio y arrojó de nuevo una goma elástica contra la fotografía de los novios. Pero en esta ocasión no estaba enfadado con la novia, sino consigo mismo. Cuando lo planeó todo para que su madre y el pueblo creyeran que Kendall y él eran amantes, metió la pata. Dos veces. Su intención no era repetir el doloroso pasado de Kendall y, desde luego, no había querido que le hicieran el vacío por ello. Ni siquiera se había planteado esa posibilidad.
    De todos modos, nunca había tenido en cuenta la personalidad de las mujeres. Había visto a Lisa en la peluquería y sabía que seguramente era la responsable de la fría acogida que le habían dispensado a Kendall. Lisa había logrado que la trataran como a una forastera que les había arrebatado a un soltero de la lista de hombres disponibles en el pequeño pueblo.
    – Mensajes. -Felicia dejó una pequeña pila de papeles color rosa frente a él.
    Rick observó a aquella mujer morena y bajita. Había tenido bastantes relaciones con hombres y tenía muchas amigas. Tal vez supiera cómo pensaban las mujeres del pueblo y por qué habían decidido hacerle el vacío a la recién llegada.
    – ¿Qué les pasa a las mujeres?
    – ¿Me lo preguntas a mí? -Felicia se acomodó en una silla metálica, junto al escritorio-. Creía que tú podías escribir un libro sobre el bello sexo.
    Rick se reclinó en la silla y entrecruzó los brazos detrás de la cabeza.
    – Nunca he dicho que comprendiese la psique femenina.
    – Lance dice lo mismo -repuso, refiriéndose a su pareja-. ¿Tu nueva novia ya te está dando quebraderos de cabeza? -le preguntó, guiñándole el ojo con complicidad.
    De hecho, el problema no era Kendall, sino él mismo. Quería facilitarle las cosas a ella, hacer que se sintiese feliz y cómoda en el pueblo… algo que nunca se había planteado con las otras mujeres con las que había mantenido relaciones. Kendall, con su pelo rosa, o a saber de qué color se le habría quedado ahora, y su carácter jovial le había llegado al alma.
    – Vale, no hace falta que respondas -dijo Felicia-, pero si te está poniendo las cosas difíciles en lugar de postrarse a tus pies, me muero de ganas por conocerla.
    «Conocerla.» Tal vez ésa fuera la solución. Que la gente conociera a Kendall, tal como él empezaba a conocerla. Felicia acababa de darle la solución. Le presentaría a sus amigos y familiares, personas a las que les caería bien y que a ella también le caerían bien. Se sentiría más cómoda cuando tuviese aliados en el pueblo. Nadie desafiaría a los Chandler juntos.
    Se levantó de un salto y abrazó a Felicia.
    – Eres un genio.
    – Un genio, ¿eh? No sé qué te he dicho, pero debería hacerlo más a menudo. ¿Te había mencionado que quería un aumento de sueldo? -Rompió a reír con afabilidad.
    – Le hablaré bien de ti al jefe. -Rick le guiñó el ojo y descolgó el teléfono.

    El olor a limpio recibió a Kendall al entrar en la casa. Aquel olor era una innegable mejora respecto al polvo y al moho, pero todavía quedaba mucho por hacer: sacar los trastos de los armarios, pintar dentro y fuera, arreglar el césped y muchas más cosas.
    Se pasó la mano por el pelo recién cortado. Las tareas eran infinitas, no así su cuenta bancaria. Abrió el bolso y rebuscó la tarjeta que Rick le había dejado con su número de teléfono, lo llamó y le dejó un mensaje diciéndole que tenía que hablar con él. No quería saberlo todo sobre Charlotte, sólo lo más básico para salir adelante. Kendall estaba convencida de que sus diseños se venderían solos.
    Con un poco de suerte, Charlotte sería más simpática que las otras mujeres que había conocido. Mientras pagaba el corte de pelo, dos mujeres la habían menospreciado en cuestión de segundos. Terrie Whitehall, cajera del banco, y Lisa Burton, maestra, ambas mojigatas según Pam, no habían respondido a su saludo. Pam había reaccionado con un ataque verbal y Kendall había prorrumpido en risas; luego se había marchado de la peluquería contenta, sabiendo que al menos tenía una amiga en el pueblo.
    Sonó el móvil y Kendall respondió tras el primer tono.
    – La señorita Kendall Sutton, por favor -dijo una nasal voz masculina.
    – Al habla.
    – Soy el señor Vancouver, del internado de Vermont Acres.
    Kendall sujetó el móvil con fuerza.
    – ¿Hannah está bien?
    – Físicamente, sí, pero últimamente ha estado dando mucha guerra. -La voz era monótona, y a Kendall aquel hombre le cayó mal de inmediato. Era como si hablase de una desconocida.
    – Hannah mencionó algunos problemas, pero me prometió que se comportaría.
    – Pues no ha sido así. He intentado hablar con sus padres, pero me ha sido imposible y el siguiente número era el suyo. De hecho, es el único número que tenemos y su única pariente en Estados Unidos. Señorita Sutton, le vamos a dar una última oportunidad a su hermana.
    – ¿Una última oportunidad académica?
    El señor Vancouver soltó una risotada altanera, pero aquello no parecía divertirle lo más mínimo.
    – Los estudios son la menor de sus preocupaciones, y ahora mismo son menos importantes que su conducta. Si quiere que le sea sincero, señorita Sutton, su hermana constituye una amenaza. Atascó el retrete del baño de los profesores y le arrancó el bisoñe al director de la orquesta mientras hacía una reverencia.
    Kendall se presionó la sien para aliviar el dolor de cabeza que comenzaba a notar. Contuvo el impulso de reírse de lo absurdo que resultaba todo aquello. La conducta de Hannah era tan divertida como el tono arrogante del señor Vancouver.
    – Lo siento, señor Vancouver. Prometo hablar con ella hoy mismo.
    – Más le vale, o tendrá que venir a recogerla antes del atardecer. No puedo permitir estos alborotos en la escuela.
    – ¿Dónde está Hannah ahora?
    – Castigada. Volverá a su habitación dentro de una hora. Tengo otra llamada. -Se despidió de ella sin vacilación alguna-, Que tenga un buen día, señorita Sutton.
    El altanero director le colgó; Kendall tenía un nudo en el estómago y cada vez más ganas de estrangular a su hermana. Necesitaba saber por qué de repente Hannah se comportaba de tal modo que parecía pedir a gritos su expulsión del internado.
    Al cabo de diez frustrantes minutos, Kendall le había dejado un mensaje a Hannah pidiéndole que la llamara lo antes posible, y trató por todos los medios de ponerse en contacto con sus padres a través de la organización que concedía a su padre los recursos para sus excavaciones, pero no hubo suerte. Suspiró y observó la cocina a su alrededor. La pintura desconchada y las manchas en la pared se repetían por toda la casa, y simbolizaban los problemas que la rodeaban, problemas que aumentaban con el paso del tiempo.
    – ¡Ojalá no estuviera sola! -le gritó a las paredes. La voz retumbó en la casa vacía sobresaltándola.
    La repentina necesidad de compartir la responsabilidad de su hermana la pilló desprevenida, lo mismo que el deseo de volver a llamar a Rick para ver si contestaba y así escuchar su voz. La mano, todavía en el teléfono, le temblaba, como si quisiera marcar los números.
    No.
    – No -dijo en voz alta para convencerse a sí misma. Aunque Rick sabía que quería vender la casa y que no le sobraba el dinero, no sabía cuan reducidos eran sus recursos económicos. Ni lo sabría. Por los mismos motivos por los que no compartiría lo mucho que le preocupaba la situación de Hannah.
    No le había confiado sus problemas personales por puro instinto de supervivencia… no podía permitirse el lujo de confiar en él. La presencia de Rick hacía que se sintiese mejor, pero la vida y el pasado le habían enseñado a confiar sólo en sí misma. No era el momento de cambiar lo que siempre había funcionado.
    Kendall no necesitaba llamar a un agente inmobiliario para saber que la clave para obtener más dinero por la venta de la casa pasaba por darle una buena capa de pintura. Rick ya había rascado y lijado gran parte de la casa de invitados, por lo que decidió que ella misma comenzaría a pintar la casa principal. Se había mudado muchas veces en el pasado y había alquilado y subarrendado muchos apartamentos y pintado por tanto unas cuantas paredes.
    Corrió hasta la habitación de atrás, se enfundó la ropa de trabajo y observó la entrada. Había comprado litros de pintura blanca y decidió comenzar por allí, donde cualquier potencial comprador recibiría la primera impresión. Luego seguiría hacia el interior de la casa, de modo que vería la mejora cada vez que entrase. Mientras tanto, confiaba en que así se le pasara el tiempo más rápido, y no mirase el reloj tan a menudo, esperando a que la llamasen su hermana o sus desaparecidos padres.
    Tras encender la radio y reprimir el impulso de telefonear de nuevo a Rick para sentir su hombro o cualquier otra parte del cuerpo que la tentase, comenzó a trabajar.

    Rick creía que su turno no acabaría nunca. Para cuando llegó a la casa de Kendall, en Edgemont Street, ya había anochecido. Kendall no sabía que iría, pero él tenía que explicarle su propuesta. Esperaba que no la rechazase, en parte porque quería ayudarla a integrarse en Yorkshire Falls, pero sobre todo porque la había echado de menos y le apetecía estar con ella. Teniendo en cuenta que no se quedaría mucho tiempo en el pueblo, Rick sabía que el primer argumento era endeble y patético, pero le daba igual. Le había hecho daño y quería arreglar las cosas antes de que se marchase.
    Llamó a la puerta y, al ver que no abría, entró. Había dejado la puerta sin cerrar, por lo que ya no era una verdadera recién llegada. Para disgusto de Rick y del resto del cuerpo de policía, en Yorkshire Falls los cerrojos no solían usarse.
    Oyó música al entrar. Miró alrededor y vio a Kendall cantando mientras pintaba la pared con un rodillo. La capa de pintura sólo llegaba hasta la altura de su brazo, por lo que quedaba una línea horizontal que separaba la pintura nueva de la vieja. Aunque ella creía que había quedado de fábula, la impresión inicial era la de un trabajo muy poco profesional.
    Rick meneó la cabeza y se rió.
    – Podrías darle una oportunidad al pobre Eldin.
    – ¡Rick! -exclamó con una mezcla de cordialidad y placer mientras dejaba todo en el suelo para saludarle-. Seguramente debería haber comprado una escalera, ¿no? -Sonrió con expresión picara-. Pero estaba tan impaciente por empezar y estar ocupada que no quería esperar.
    – ¿Por qué no me has llamado para pedirme que te trajera una?
    – No se me ha ocurrido.
    Rick se acercó a ella, llevado por un impulso más poderoso que su mente o su voluntad.
    – Supongo que confías en que pinte yo lo que falta, ¿no?
    Kendall se mordió el labio inferior y le dedicó una sonrisa encantadora.
    – Tenemos un trato.
    – Sí, claro. -El maldito trato. El que los convertía en amantes en público pero no le daba derecho alguno sobre su cuerpo en privado. Joder, cómo le gustaría cambiar esa parte del trato.
    No había dejado de pensar en ello en todo el día. Esa mujer a la que apenas conocía, a la que por algún motivo quería proteger emocionalmente y poseer físicamente, le había llegado muy dentro. Mucho más que cualquier otra mujer en mucho tiempo. Rick se acercó más a ella y la atrapó junto a su cuerpo. Kendall no podía retroceder, porque de hacerlo se toparía con la pared recién pintada, por lo que dio un pequeño paso hacia Rick.
    Él aspiró y se dejó envolver por su aroma voluptuoso. Observó su cuerpo ágil, cubierto apenas con prendas elásticas de deporte. Sin duda, el calor sofocante había contribuido a la elección de aquel atuendo. El aparato de aire acondicionado que había comprado sólo enfriaba el dormitorio en el que dormía. En el resto de la casa seguía haciendo el mismo calor y Kendall no quería invertir más dinero en un lugar del que se marcharía en breve.
    Rick se negaba ni siquiera a plantearse esa posibilidad. No estaba listo para despedirse, y menos cuando apenas acababa de conocerla.
    Pensaba enmendar esa situación.
    Sus miradas se encontraron y ella esperó a ver qué hacía. Rick colocó las manos por encima de la cabeza de Kendall y en cuanto notó la sensación fría en las palmas de las manos, se dio cuenta de su error.
    – La pared está recién pintada. -Kendall se rió.
    – Vaya, gracias por recordármelo. -Tenía las dos manos manchadas de pintura.
    – Sólo trataba de ser amable.
    – Se me ocurren otras cosas mejores… para ser amable con tu amante.
    – Sólo en público. -Ésos eran los hechos, pero su mirada los cuestionaba.
    Se preguntó lo mismo que Rick se había estado planteando. ¿Podían llegar más lejos?
    Kendall respiró hondo, insegura.
    La inhalación la hizo erguirse y sus pechos redondos presionaron contra la tela elástica, tentando a Rick
    – Podríamos cambiar eso -dijo él.
    Ella ladeó la cabeza. El pelo rubio recién cortado le rozaba los hombros y le envolvía el rostro de forma sensual. Joder, y a él le iban las rubias. Esa rubia.
    – Podríamos -repuso ella.
    Rick también ladeó la cabeza y sus labios se unieron. Ese mismo día la había besado como parte del papel que representaban. Ahora el beso era real. A pesar de que se sentía presa de la excitación, Rick se lo tomó con calma, le mordisqueó el labio inferior y disfrutó de los gemidos que ella emitía a modo de respuesta. Al colocarle la mano en el pecho, el movimiento le pareció natural, y sintió un dolor en la entrepierna al tiempo que las sienes comenzaban a palpitarle.
    No le bastaba aquel contacto, su cuerpo pedía mucho más, pero antes de que Rick pudiera seguir, los interrumpió el inconfundible sonido de un móvil. Por pura costumbre, se llevó la mano al teléfono que llevaba colgado del cinturón.
    Muy a su pesar, Kendall se hizo a un lado.
    – Es el mío -dijo con voz grave.
    Pero Kendall era suya, pensó Rick, tal como indicaba la huella de su mano estampada en la ropa de ella. Rick pensaba proseguir lo que habían comenzado en cuanto aquella interrupción acabase.
    – ¿Sí? -Kendall respondió como si esperase una llamada urgente.
    Rick no escuchó la conversación, pero no pudo evitar oír que Kendall había elevado la voz y, para cuando hubo colgado, Rick supo que aquel momento mágico había llegado a su fin. La tensión sexual había dado paso a un claro desasosiego, mientras Kendall, inquieta, caminaba de un lado a otro sin dejar de farfullar.
    – ¿Qué pasa?
    – Problemas familiares. -Kendall cruzó la habitación y se quedó junto a Rick, con el cejo fruncido.
    Rick quería borrarle esas arrugas y tranquilizarla. Aunque el sentido común le decía que no se metiera donde no le llamaban, no soportaba verla así.
    – ¿Puedo ayudarte? -preguntó de todos modos.
    Kendall negó con la cabeza.
    – Gracias, pero no es nada de lo que debas preocuparte. -Se lo dijo como si no acabaran de estar abrazados, como si a Rick no le importara nada más que su cuerpo. Él dejó escapar un suspiro de frustración. Kendall le estaba excluyendo. Físicamente, estaba cerca, pero emocionalmente estaba a kilómetros de distancia. La huella que antes indicaba que Kendall era suya ahora era una inequívoca señal de STOP.
    En aquel silencio, sonó el busca de Rick; al ver el número recordó por qué había ido a casa de ella. Chase lo llamaba desde Norman's, donde su familia y amigos los esperaban para darle una sorpresa a Kendall.
    Rick no sabía qué la preocupaba, de qué clase de problema familiar tenía que ocuparse, pero saltaba a la vista que se trataba de algo serio, y dudaba mucho que Kendall quisiera salir… salvo que hubiera un motivo de peso.
    Ella lo miró con una mezcla de emociones en la expresión.
    – Están a punto de expulsar a mi hermana del internado -dijo finalmente.
    Rick se acercó a Kendall y la rodeó con el brazo para mostrarle su apoyo, el único gesto que intuía que ella aceptaría, y estaba en lo cierto. Kendall suspiró y apoyó la cabeza en su hombro.
    La situación no podía empeorar, así que Rick se armó de valor.
    – Supongo que no es el mejor momento para decirte que mi familia y amigos están esperándonos en Norman's para ofrecerte una fiesta de bienvenida al pueblo, ¿no?
    Kendall suspiró. Lo que él había dicho la sorprendió y, a pesar de lo muy enfadada que estaba con su hermana, se mostró más flexible con Rick. No le apetecía estar rodeada de gente en una fiesta, pero puesto que él se había molestado en invitar a familiares y amigos, lo menos que podía hacer era olvidarse de sus problemas momentáneamente y acompañarlo a Norman's.
    Se volvió hacia él con una sonrisa de agradecimiento.
    – Gracias.
    Rick inclinó la cabeza.
    – Ha sido un placer.
    Kendall percibió su intenso aroma masculino y sintió que se intensificaba su deseo de arrojarse a sus brazos y olvidar los problemas y la fiesta. Pero no podía hacerlo.
    – Necesito unos minutos para ducharme y cambiarme.
    – Adelante.
    Más rápido de lo que hubiera creído posible, Kendall se duchó con agua caliente, se quitó los restos de pintura, se puso espuma en el pelo y eligió un modelo para la fiesta. Por suerte, Brian también le había enviado casi toda su ropa. Éste le había llevado las llaves a la casera, la cual había recogido las pertenencias de Kendall para que Brian se las enviase. Se agradeció a sí misma el haber sido previsora por una vez en la vida. Se miró rápidamente en el espejo y se irguió, lista para salir pero no del todo para enfrentarse a Rick. ¿Cómo iba a estarlo si todavía no se había disipado del todo la emoción de aquel primer contacto físico?
    Bajó la escalera con paso alegre y se detuvo frente a él.
    – Estoy lista.
    Rick dejó escapar un silbido largo y lento.
    – Y que lo digas. -La tomó de la mano y le dio la vuelta.
    Para verla al completo, supuso Kendall. Los pantalones de cuero eran cortesía de su época de modelo, lo mismo que la blusa de encaje. No eran prendas muy caras porque no había sido modelo para diseñadores famosos, pero sabía que de todos modos la harían destacar del resto. A pesar de que sabía que la fiesta sólo tenía el propósito de cimentar la idea de que eran pareja, Kendall quería causar una buena impresión. Aunque detestaba admitirlo, quería caer bien a los familiares y amigos de Rick. Y también quería gustarle a él.
    Rick le apretó la mano.
    – Kendall, respecto a lo de antes…
    – Olvídalo. -No quería oírle decir que ese beso había sido un error, no cuando todavía sentía su intensidad que la hacía sentir tan viva.
    – Imposible -dijo, sin dejar de mirarla con una expresión tan cálida como lo habían sido sus labios durante el beso. En su boca y casi en el pecho. Respiró hondo.
    – Tienes razón -admitió ella, y exhaló-. ¿Qué es lo que querías decirme? -Se negaba a no escucharle.
    El molesto ruido del teléfono volvió a interrumpirles. Esta vez fue el móvil de Rick el que sonó; él respondió muy a su pesar.
    – ¿Sí? -Escuchó y dijo-: Iremos en seguida. -Cerró el móvil-. Llegamos tarde -le dijo a Kendall.
    Ella asintió, aliviada. No debería entablar conversaciones íntimas con Rick. No podía negar que se sentía atraída, pero abrirle su corazón no era la decisión más sensata. Kendall pensaba dejar el pueblo -y a Rick-, en breve. Nada ni nadie la haría cambiar de idea. Ni siquiera un poli atractivo con una sonrisa encantadora y un corazón efusivo.

Capítulo 5

    Kendall miró a su alrededor y le gustó el ambiente diferente de Norman's. Seguramente Norman habría sido observador de aves en otra vida porque en las paredes había fotografías de distintas especies y el techo estaba decorado con cajas nido.
    – Rick siempre ha sabido aprovechar sus virtudes -estaba diciendo Raina Chandler, y Kendall regresó al presente-. Ya de niño se valía de su físico para seducir a las mujeres.
    Izzy, copropietaria y mujer de Norman, asintió.
    – A los doce años venía aquí y me piropeaba para ver si le regalaba un paquete de chicles. Imagínate a alguien como yo -se señaló el pelo cano y el cuerpo con unos cuantos kilos de más- creyéndose tan guapa como Cindy Crawford. Rick era un seductor.
    Kendall se rió.
    – Me lo creo. -Todavía lo era. Ataviado con unos vaqueros azules y un polo a rayas blancas y azules, era el paradigma del hombre sexy. Pero lo más importante era que tenía un gran corazón.
    Le había presentado a su familia y amigos, personas afectuosas, encantadoras y que la habían tratado de forma muy diferente a las mujeres de la peluquería. Personas que le habían dado la bienvenida y la habían ayudado a olvidar sus problemas familiares durante un rato.
    – Bueno, Kendall, ¿y cuánto tiempo piensas quedarte en el pueblo? -le preguntó Raina, y no era la primera vez que se lo preguntaba.
    A Kendall cada vez le costaba más cambiar de tema.
    – Pues…
    – Ya la habéis acaparado bastante -intervino Chase, el hermano de Rick.
    Con aquel pelo negro oscuro y los ojos azules, no se parecía a Rick ni a Raina. Por lo que Kendall había oído decir, tanto Chase como su hermano pequeño, Roman, que no estaba en la fiesta, se parecían a su padre. Según los rumores, los tres hermanos Chandler siempre habían causado sensación entre las mujeres. Chase era el más reservado de los tres.
    – Chase, déjame pasármelo bien con la sobrina de Crystal.
    – Yo diría que más bien la estás acribillando a preguntas -resopló Chase y luego tomó a Kendall del codo de forma caballerosa-. Me gustaría conocerla a mí un poco más. -Y sin esperar a que su madre respondiese, Chase la alejó de aquel grupo de mujeres.
    – ¿Otro Chandler que rescata a mujeres en apuros? -le preguntó Kendall en cuanto estuvieron a solas.
    Chase puso los ojos en blanco.
    – No, qué va. Eso es cosa de Rick. Me he dado cuenta de que mi madre se estaba preparando para el Gran Interrogatorio y he decidido ahorrarte ese mal trago. -Apoyó un hombro en la pared y la miró de hito en hito, con sus ojos azules.
    Le resultaría atractivo si no fuera porque su hermano le gustaba más.
    – Te agradezco que intervinieras. Bueno, háblame de ti. Me parece que diriges el periódico local, ¿no?
    – The Gazette.
    Hundió las manos en los bolsillos, un gesto tan propio de Rick que Kendall estuvo a punto de reírse.
    – Eso mismo. Es un semanario, ¿no?
    Chase asintió.
    A diferencia de Rick, su hermano era un hombre de pocas palabras. A Kendall le caía bien, aunque sólo fuera porque se había ocupado de sus hermanos y se veía que era buena persona. Algo que todos los hermanos tenían en común. Kendall miró a Rick, que estaba hablando por el móvil y hacía gestos con la mano. Ella sonrió. Trabajaba incluso en las horas libres. Admiraba su dedicación al trabajo. Oh, sencillamente le admiraba.
    – No te encariñes con él -dijo Chase rompiendo el silencio.
    Kendall parpadeó y se volvió, avergonzada de que la hubiese visto observando a Rick de esa manera.
    – No lo había planeado -repuso, pero le gustaría saber por qué Chase la había advertido sobre ello. Se mordió el labio inferior-. ¿Quieres decirme por qué?
    – Pues en realidad no -adoptó una expresión misteriosa-, pero te lo diré. Rick te dejará antes de que intimes con él.
    – ¿Por su matrimonio anterior? -preguntó sin pensarlo dos veces. Dudaba mucho que Chase se estuviera refiriendo al pasado de Rick.
    El hombre entornó los ojos.
    – ¿Rick te ha hablado de eso?
    Kendall no le mentiría, ni siquiera para obtener información que preferiría que le contase Rick. Negó con la cabeza.
    – No, pero lo dio a entender.
    Chase asintió y dejó de fruncir el cejo.
    – Bueno, digamos que cuando a un hombre lo dejan, tiende a volverse más cauto.
    O sea que ése era el secreto. Kendall lo había imaginado y sintió una punzada en el corazón al pensar que una mujer había hecho sufrir a Rick.
    – ¿Y? -preguntó Kendall; no quería que Chase se censurase a sí mismo y se guardase aquello, aunque intuía que el periodista siempre diría la cruda verdad, le gustase o no.
    – No creo que le abra el corazón a ninguna mujer, y menos a una que está de paso. -Suavizó la voz para que el golpe doliese menos.
    Chase le había caído bien desde el principio. Ahora lo respetaba. Sin embargo, el alma se le cayó a los pies. Sabía que sin motivo alguno, porque ella tampoco pensaba abrirle su corazón a Rick ni asentarse allí.
    – ¿Es eso cierto? -preguntó Kendall sin perder la calma.
    Chase ladeó la cabeza.
    – Sí, lo es. Como sabrás, lo mío son los hechos.
    – Hablas como un periodista -repuso Kendall con ironía.
    – Es lo que soy -dijo él esbozando una sonrisa.
    – Hay algo que me intriga. En el pueblo debe de haber al menos una docena de mujeres llamando a la puerta de tu hermano. ¿A todas les sueltas el mismo discurso?
    – No, qué va. Mi madre era amiga de tu tía, y eso te convierte en parte de la familia.
    De nuevo esa palabra. «Familia.» Los Chandler la pronunciaban cada dos por tres, pero para Kendall las cosas no eran tan sencillas. Sobre todo cuando se trataba de algo que ella nunca había tenido. Sintió un nudo en la garganta. Miró a Chase y asintió, agradecida.
    Chase le levantó el mentón con las manos.
    – Sólo trato de ayudarte, así que considera esta conversación como una especie de regalo de bienvenida al pueblo, ¿vale? Quizá algún día incluso me lo agradezcas.
    Sí, tal vez se lo agradecería algún día, mientras, intentó no perder la compostura y asimilar que Chase acababa de decirle que iba a salir mal parada del asunto.
    – Los periodistas no se basan en suposiciones, ¿no? -le preguntó.
    – No. ¿Por qué lo preguntas?
    – Porque estás suponiendo que seré yo la que se enamorará de tu hermano. -Se inclinó hacia Chase y le susurró al oído-: Noticia de última hora: no voy a quedarme aquí el tiempo suficiente como para que me hagan daño o me dejen plantada. Pero he dejado huella en más de un hombre. -Confiaba en que sus palabras resultaran proféticas. Ni dolor ni tristeza, al menos no para ella-. O sea que tal vez deberías advertir a tu hermano y preocuparte de sus sentimientos en lugar de los míos. -Se obligó a sonreír.
    Chase soltó una carcajada. Por primera vez, rió de verdad y Kendall entrevió su lado más sexy, del que podría prendarse una mujer. Otra mujer, pensó con ironía. Ella ya se había prendado de Rick.
    – Creo que ya sé por qué le gustas a Rick. Si necesitas algo mientras estés en el pueblo, llámame.
    – Gracias. -Kendall le tocó el brazo de forma impulsiva.
    – ¡Ejem! -El sonido de Rick carraspeando interrumpió aquel momento.
    A Kendall le dio un vuelco el corazón. No se había dado cuenta de que le había echado de menos, pero ahora se alegraba de que hubiera acabado la llamada de trabajo, de que estuviera a su lado, lejos de los demás.
    Oh, oh. Recordó la advertencia de Chase y se dijo a sí misma que debía andarse con cuidado mientras estuviera allí. Pero de todos modos se le aceleró el pulso y se le secó la boca, tal era la atracción irracional que sentía.
    – ¿Qué pasa? -Rick tenía la mirada clavada en el contacto físico entre Chase y Kendall.
    Ella se había alegrado tanto de verle que había olvidado por completo que tenía la mano apoyada en el brazo de Chase, y la apartó de inmediato al tiempo que éste soltaba la segunda carcajada de la velada.
    – ¿Celoso? -le preguntó a Rick.
    – Si no me hubieras enseñado que hay que ser un caballero delante de las damas, te diría que cerraras el pico.
    Kendall contuvo una carcajada, aunque le gustaban las posibilidades inherentes a la sugerencia de Chase, a pesar de que sabía que no era lo más sensato.
    Chase se volvió hacia ella.
    – Había olvidado mencionarte durante nuestra conversación que, mientras estés con él, es posesivo. -La miró de manera harto significativa, luego le dio una palmada a su hermano en la espalda y se marchó riéndose y meneando la cabeza.
    – ¿A qué viene todo eso? -le preguntó Rick con el cejo fruncido.
    Kendall se encogió de hombros, sin saber por qué intereses velaba Chase, si por los de ella, los de Rick o los de ambos.
    – Tu hermano acaba de hacerme una advertencia amistosa.
    – Demasiado amistosa, diría yo. -La mandíbula le tembló de tensión y Kendall sintió la tentación de alargar la mano y acariciarle la barba incipiente y los músculos de la cara hasta que se relajase.
    Se le formó un nudo en el estómago. ¿Tendría Chase razón? ¿Estaría Rick celoso? Ante aquella posibilidad, Kendall analizó sus propios sentimientos. Actuar de forma impulsiva en ese momento sería un error y se obligó a pensar con claridad. Los celos indicarían interés, algo que ya sabía que existía a juzgar por el encuentro en la casa. Lo sorprendente era que esa emoción no supusiera amenaza alguna para Kendall. ¿Cómo iba a serlo si incluso Chase, que conocía a su hermano mejor que nadie, había admitido que Rick no se comprometería a nada serio? Lo mismo que Kendall, que se marcharía antes de enamorarse o salir mal parada.
    Puesto que eran hechos innegables, lo vio todo con claridad. ¿Por qué se oponía a la atracción? ¿Por qué no se lanzaba de lleno a la que prometía ser la aventura más apasionada de su vida? No había motivo para no aprovechar la oportunidad que ambos deseaban.
    Kendall se acercó a Rick.
    – Una advertencia amistosa no supone ninguna amenaza. -No quería que compitiese con su hermano mayor. Se acercó tanto a él que no podía respirar sin inhalar su fragancia varonil. Tenía bien claro que quería que el trato fuese real. Quería ser su amante hasta que se marchase del pueblo y no simplemente representar un papel en aquella farsa.
    Ningún hombre la había afectado de esa manera ni le había despertado el deseo tan rápido como Rick. Sus relaciones anteriores habían sido como los traslados de una población a otra, rápidas y frías. Sólo Brian había intimado más con ella porque los dos se necesitaban mutuamente. Se habían encariñado el uno con el otro durante el proceso, pero nunca había sido nada serio. Lo que sentía por Rick era mucho más completo. La atracción sexual era intensa y la conexión emocional, segura y recíproca.
    A Rick le habían hecho daño en una ocasión. No sabía quién ni cuándo, pero le ayudaría a sanar esa herida, del mismo modo que él la estaba ayudando a ella. Se había ofrecido a ayudarla desde el primer momento y la consolaba tanto como le despertaba una necesidad física que llevaba demasiado tiempo dormida. Los sentimientos de Kendall le importaban lo suficiente como para haber organizado aquella fiesta. Un gesto que ella creía sincero, y no un recurso para cimentar la idea de que eran amantes. Existían muchos otros modos de demostrar que estaban juntos… como el número que Rick había representado en la peluquería. Rick nunca había intentado mostrarse más afectuoso de la cuenta.
    Hasta ese momento.
    A ella ya no le preocupaba utilizarle para dejar atrás un trago amargo de su vida, no cuando era obvio que él quería la misma clase de relación que ella. Corta y placentera, pero repleta de recuerdos y sensaciones agradables que siempre llevaría consigo. Eran como dos almas gemelas buscando lo mismo. Rick parecía estar leyéndole el pensamiento porque la tomó de la mano y la arrastró hasta el salón trasero.

    A Rick le encantaban las mujeres y no sabía qué eran los celos. La posesión le resultaba más extraña aún. Pero al ver a Chase y a Kendall enfrascados en una conversación y la mano de ella en el brazo de su hermano, sintió una quemazón intensa en el estómago. Sin detenerse a pensar en ello, arrastró a Kendall hasta el salón trasero de Norman's.
    – ¿Rick?
    Él no le hizo caso. Quería decirle muchas cosas, pero no delante de los demás. Gimió, molesto, y abrió la puerta más cercana, que era la del baño de mujeres. Por suerte, estaba vacío.
    – Rick, dime algo…
    Rick la interrumpió, la abrazó con fuerza y selló los labios de ella con los suyos. La calidez de Kendall acabó con las horas de frustración que Rick había experimentado hasta asegurarse de que la aceptaban en el pueblo. Kendall le había despertado unos instintos carnales que había ignorado durante demasiado tiempo. O tal vez nunca se había sentido así, pero lo cierto era que ahora lo sentía en toda su plenitud. El corazón le palpitaba en el pecho y la entrepierna le vibraba con fuerza contra los vaqueros, mientras le hacía el amor con la lengua, imitando el acto que su cuerpo tanto ansiaba.
    Ella le devolvió el beso y respondió a todos sus movimientos con pasión. La entrega carnal de Kendall le hizo olvidar el enfado y la frustración de antes, y la quemazón en el estómago se intensificó. La llama que aquella mujer había encendido ardía con tal furia que Rick apenas podía controlarla. Sin embargo, sí fue lo suficientemente sensato como para cerrar la puerta del baño con pestillo.
    Rick necesitaba estar con ella a solas y consolidar la relación. Mientras Kendall estuviera en Yorkshire Falls, quería saber que era suya. En el pasado, ya había perdido a una mujer por no haber sido previsor. No pensaba repetir su error con Kendall.
    Pero de momento las palabras podían esperar. Le introdujo la lengua en la boca y alargó el brazo hasta tocarle el trasero. Kendall gimió y se acercó más a él, cuerpo contra cuerpo, por lo que Rick sintió ganas de bajarle los pantalones de cuero y penetrarla.
    De repente, Kendall levantó la cabeza, con los ojos brillantes y los labios húmedos por el beso.
    – Tenemos que hablar.
    Aunque Rick había pensado lo mismo minutos antes, en ese momento estaba excitado y sólo quería introducirse en su cálido interior y hacerla suya. Tampoco es que pensara satisfacer su pasión allí. Cuando le hiciera el amor, no habría teléfonos ni personas ni distracciones.
    Pero en aquel momento, pese al deseo que transmitían los ojos de Kendall, tenía el cejo fruncido y parecía preocupada.
    – ¿Qué pasa?
    – Creo que deberíamos dejar las cosas claras. -Se relamió los labios húmedos-. Establecer los parámetros y eso.
    – Vale. -Rick la había arrastrado hasta allí por los mismos motivos.
    – Me marcharé cuando la casa esté lista para venderse.
    – Lo sé. -Eso era lo que le provocaba un nudo en el estómago. Rick había mantenido una relación en que había sido abandonado por otro hombre, y eso lo había pillado desprevenido. Desde entonces, se había mostrado distante con las mujeres y se había dicho que no volvería a salir mal parado. Pero al ver la abrumadora reacción que Kendall le había provocado, se dio cuenta de que no tenía por qué haberse esforzado por guardar las distancias con las mujeres. Ninguna le había afectado con tal intensidad.
    Sin embargo, antes siquiera de que la relación comenzase en serio, Kendall ya estaba pensando en marcharse. Al menos esta vez no podría decir que no le habían avisado. Debería agradecerle que fuera sincera con él ahora, antes de que se prendase de un sueño imposible. Pero sabiendo lo mucho que Kendall le atraía, se percató de que tendría que esforzarse, y mucho, para que no le robase el corazón.
    Empezaría en ese preciso instante. Se encogió de hombros con naturalidad.
    – Ya sabes que no me van las relaciones a largo plazo -le dijo. Se le agrandó el nudo del estómago. No era una buena señal.
    Al oír las palabras de Rick, la expresión de Kendall reflejó sus emociones. Bien, pensó Rick. Tal vez estuviera más afectada de lo que quería demostrar. Al menos así estarían en igualdad de condiciones.
    – Entonces tenemos un trato. Una aventura a corto plazo. -Ella se mordió el labio inferior.
    Otro signo de vulnerabilidad, pensó Rick. Aquella conversación no le resultaba cómoda a Kendall y él se dio cuenta de que estaba forzando la situación.
    Por el bien de ambos, decidió seguirle el juego.
    – ¡Qué remedio! Soy el ligón del pueblo -dijo en tono alegre.
    La mujer se estremeció al oír esas palabras y Rick experimentó un placer perverso al comprobar que aquella exageración le molestaba. De todos modos, no quería distanciarla, sino acercarla, para aprovechar al máximo la situación mientras durara.
    Si Kendall pensaba marcharse tal como había prometido, quería pasar con ella el máximo tiempo posible, y así se lo diría. Le acarició la mejilla.
    – Pero mientras estés aquí, soy todo tuyo.
    Kendall se relajó y se acercó a él. Los dos eran conscientes de lo que se avecinaba. Kendall le tentó con los labios y Rick bajó la cabeza para darle otro beso arrebatador, pero antes de llegar a tocarle la boca, alguien llamó a la puerta.
    Kendall se sobresaltó y se dio un golpe en la cabeza con el secador de la pared.
    – ¡Ay!
    Rick le pasó la mano por el pelo recién cortado.
    – ¿Estás bien?
    Kendall asintió.
    – Un momento -le dijo a la persona que estaba al otro lado de la puerta. Luego se volvió hacia Rick con mirada interrogante-. ¿Y ahora qué?
    – ¿Que qué quiero ahora? ¿O es una pregunta retórica? -El corazón le palpitaba con fuerza y el cuerpo no sólo le indicaba lo que deseaba sino también lo que necesitaba. Rick tenía mucha labia, pero en ese instante lo único que servía era la verdad pura y dura-. Quiero llevarte a casa. -La casa de ella o la de él, le daba igual, siempre y cuando hubiera una cama. Le tendió la mano.
    Kendall puso la palma sobre la suya.
    – Espero que sea una invitación -dijo ella, sonriendo con lascivia.
    – Una invitación muy, pero que muy personal -contestó él arrastrando las palabras con deliberación.
    Kendall se sonrojó. Rick sujetó el pomo de la puerta. En cuanto salieran, pensaba dar las gracias a todos, despedirse rápidamente y marcharse. No llegaron más allá del vestíbulo. Nada más salir del baño, saltaron sobre ellos.
    – ¡Rick! -Su cuñada Charlotte la abrazó.
    – Vaya sorpresa -dijo él en medio de su melena, ya que no podía zafarse de su abrazo-. Creía que estabais en Washington.
    – Estábamos -oyó decir a Roman desde detrás de Charlotte.
    Roman y Charlotte viajaban constantemente entre Yorkshire Falls, donde Charlotte tenía su negocio, y Washington, donde Roman trabajaba para The Washington Post como columnista de opinión.
    Charlotte soltó a Rick, sobre todo porque Roman le apartó los brazos, y luego fulminó a su mujer con la mirada. Rick se habría reído de aquel gesto posesivo, como había hecho otras veces en el pasado, pero recordó cómo había reaccionado él mismo al ver a Chase y Kendall juntos, y comprendió un poco más a su hermano pequeño.
    – Nos enteramos de que había muchas novedades en el pueblo y hemos venido en cuanto hemos podido. -Charlotte sonrió.
    – Raina os pidió que vinierais, ¿no? -conjeturó Rick.
    – No, nos dijo que creía que nos gustaría conocer a tu nueva amiga -repuso Roman-. Supongo que es ella, ¿no?
    Rick miró a Kendall a tiempo de verla mover la cabeza de un lado a otro mientras trataba de seguir la conversación a tres bandas.
    Antes de que Rick llegara a presentarla, Kendall intervino.
    – Soy ella -afirmó con la cabeza-. Es decir, yo soy ella. Soy Kendall Sutton.
    Roman sonrió.
    – Encantado de conocerte. -Le tendió la mano y Kendall se la estrechó.
    – Igualmente -repuso Kendall.
    – ¿Sabías que Roman me besó por primera vez en este vestíbulo? ¿Lo recuerdas? -dijo Charlotte, tras lo cual se volvió hacia su marido y lo devoró con la mirada, haciendo que los demás se sintieran fuera de lugar.
    En otra época, Rick habría puesto los ojos en blanco y se habría reído. También hubo otra época, antes de su matrimonio y su divorcio, en que se habría preguntado si alguna vez él sentiría esa atracción por una persona. Como la que habían sentido sus padres. Como la que Roman y Charlotte sentían ahora. Tras el divorcio, se había pasado más tiempo huyendo de las relaciones y los compromisos que valorándolos. Sin embargo, al ver a los recién casados, Rick sintió una emoción nueva: envidia. Quería que Kendall lo mirase de esa manera.
    Recordó la ocasión en que había observado a su mujer embarazada y había visto algo más que a una amiga en apuros. Y, creyendo que era suya por ley y por palabra, se había permitido el lujo de bajar la guardia, ya que jamás se habría imaginado que Julian lo abandonaría y lo dejaría solo.
    Rick miró a Roman, que lo observaba extrañado, luego a Charlotte, que sonreía con alegría, y por último a Kendall, que parecía confundida.
    – Ya nos íbamos -dijo Rick. Quería sacar a Kendall de allí y retomar lo que habían dejado a medias. Le apetecía centrarse en el aspecto físico y olvidar la influencia emocional que Kendall ejercía… además de que, cuando su familia se juntaba, las emociones y el pasado siempre estaban demasiado a flor de piel.
    – ¿Ahora? -preguntó Charlotte-. Pero si acabamos de llegar.
    – Y en un tiempo récord -añadió Roman-. Lo mínimo que podrías hacer es quedarte un rato.
    – Sólo le ha parado un poli. -Charlotte pareció enorgullecerse de ello, y luego miró a Rick-. Es decir, sólo le ha parado un agente que cumplía con su deber, y que tenía un motivo de peso para pararnos.
    – ¿Ibas sentada en el regazo de Roman mientras conducía? -preguntó Rick.
    Charlotte se sonrojó.
    – Algo así.
    – Nos quedaremos un rato -Kendall le tiró de la camisa-, ¿no, Rick? Querías que conociera a tu familia y, además, he oído hablar mucho de la tienda de Charlotte. Me gustaría charlar con ella.
    – Y ella también quiere conocerte. Por mi parte, yo quiero que mi hermano me ponga al día. -Roman sonrió.
    Rick gimió. ¿Ponerle al día? Y una mierda, pensó. Roman y él habían hablado por teléfono la noche anterior. Pero teniendo en cuenta que su hermano seguía siendo ese pelmazo a quien Rick siempre había querido, seguramente estaba echando por la borda y a propósito el plan de Rick de estar a solas con Kendall. Y encima se lo estaba pasando en grande.
    Pero Rick no pensaba permitir que su hermano le ganase la partida. Ya tendrían tiempo de estar con la familia al día siguiente y, sin embargo, no sabía cuánto tiempo le quedaba con Kendall. Y esa noche la deseaba y necesitaba.
    – Estoy seguro de que Charlotte está agotada después de volar hasta Albany y de conducir durante más de una hora. -Clavó la mirada en su cuñada confiando en que recordara que le debía un favor.
    Cuando se habían producido los robos de bragas y Roman era el principal sospechoso, Charlotte había descubierto que Samson, el loco del pueblo, era el autor de los mismos. Sus motivos habían sido bienintencionados: el anciano creía que así conseguiría que Charlotte tuviese más clientes. Charlotte había informado de ello a Rick, pero se negó a declarar y juró que negaría haber descubierto la verdad si Rick arrestaba a Samson. Rick había dejado en libertad al anciano y había archivado el caso como no resuelto, así que Charlotte estaba en deuda con él; y había llegado el momento de saldar cuentas.
    Rick continuó mirándola fijamente hasta que ella parpadeó. Luego bostezó y estiró los brazos.
    – Tienes razón, Rick. Estoy molida. ¿Desayunamos juntos mañana?
    Roman gimió de forma exagerada.
    – Vale. Me llevaré a Charlotte a casa para que descanse y los dos podáis retomar lo que estabais haciendo antes de que llegáramos. -Miró de forma harto significativa hacia la puerta del baño de señoras.
    Kendall suspiró.
    – Ya sé que parece increíble, pero te juro que…
    – No hace falta que expliques nada -contó Charlotte-. Teniendo en cuenta que Raina está en la otra sala, estoy segura de que sólo queríais estar a solas.
    Kendall se rió, pero a Rick no le hacía ninguna gracia, porque quería estar a solas con Kendall de inmediato. Se despidió de su hermano y Charlotte con un gesto de la cabeza.
    – Nos vamos.
    – ¿Desayunamos juntas mañana? -preguntó Charlotte a Kendall mientras Rick se la llevaba de allí.
    – Me parece bien.
    – A las nueve en punto -le gritó Charlotte, tras lo cual rompió a reír junto con Roman.
    Rick no volvió la vista y no se detuvo hasta que llegó a la calle.
    – Has sido un poco grosero con Roman y Charlotte -le reprendió Kendall en cuanto la puerta de Norman's se cerró tras ellos.
    – Son recién casados, lo entenderán. -Le apretó la mano con más fuerza.
    Tenía la piel tan cálida como ella caliente el cuerpo.
    – Vivo ahí arriba. -Rick señaló un callejón que estaba junto a El Desván de Charlotte.
    Kendall miró hacia la esquina.
    – Sabía que vivías en el pueblo, pero no dónde.
    – Cuando Roman y Charlotte se casaron, me trasladé al apartamento de ella y ellos se compraron una pequeña casa en la nueva zona urbanizada.
    Aunque Rick hablaba de cosas triviales, ella sabía que su intención era cualquier cosa menos trivial. Rick se calló y esperó a que Kendall diera el siguiente paso. Él vivía allí mismo y quería saber si ella le acompañaría, si dormiría con él, si haría el amor con él. Kendall sintió un estremecimiento que le recorrió el cuerpo lentamente, una vibración larga y placentera que comenzó como un pequeño nudo en el estómago y acabó con una inconfundible palpitación en la entrepierna.
    Sus miradas se encontraron y Kendall tragó saliva. Nunca había sido consciente de que un hombre la deseara tanto. Nunca había disfrutado tanto de ello ni respondido a aquella necesidad palpitante. Nunca había deseado tener a nadie en la cama y dentro de su cuerpo como deseaba a Rick en esos instantes.
    Kendall era impulsiva por naturaleza, pero esta vez lo había pensado con calma. Le sonrió a Rick.
    – Tú primero.

    Raina observó la archiconocida decoración con cajas nido y a las personas que llamaba amigos charlando entre sí. Mientras tanto, ella estaba allí sentada, sola.
    – Maldita sea -farfulló.
    Detestaba estar quieta mientras a su alrededor pasaba de todo. Rick había sacado a Kendall de Norman's delante de sus narices, obviamente para estar a solas. Al parecer, no la necesitaban para nada. Entonces, ¿por qué seguía fingiendo problemas de corazón, una farsa que le impedía ser el centro de atención?
    – ¿Pasa algo? -le preguntó Eric sentándose a su lado.
    – Ya era hora de que vinieras -se quejó Raina. Aparte de ser su galán, Eric también era el médico del pueblo. Para desesperación de Raina, Eric se había parado a hablar con todos sus amigos y pacientes, mientras ella le esperaba al fondo de la sala. Le habría gustado ir a su encuentro para llamarle la atención, pero no podía hacerlo sin que se fijasen en ella.
    Eric se rió de forma campechana.
    – ¿Te sientes limitada por tus propias payasadas? Ya te dije que lo de fingir la enfermedad no era buena idea.
    – ¿Lo dice el médico o…? -Raina se calló. No sabía muy bien cómo acabar aquella pregunta.
    – Lo dice alguien que se preocupa por ti.
    Las palabras de Eric la reconfortaron, y reflejaban lo mismo que ella sentía por él. Puso la mano sobre la de él y lo observó atentamente, maravillada por su aire distinguido. El pelo entrecano y los rasgos curtidos le conferían un atractivo que lo hacía destacar de los solteros mayores de Yorkshire Falls. Por primera vez en años, Raina notó que el corazón le palpitaba al mirar a un hombre y deseó la libertad necesaria para materializar sus sentimientos.
    – ¿No ha llegado el momento de poner fin a esa farsa? -le preguntó Eric.
    – Eso mismo estaba pensando. -De entre todas las emociones que la embargaban en ese momento, la culpa era la principal. Se sentía culpable por haber engañado a sus hijos y permitir que se preocupasen sin motivo real. Aunque su supuesta enfermedad había unido a Roman y a Charlotte.
    Hasta la semana anterior, Rick era un caso perdido, pero ahora el futuro le sonreía. Raina le había enviado a todas las mujeres que reunían los requisitos mínimos, pero no habían saltado chispas. Hasta la llegada de Kendall.
    Sin embargo, habían iniciado la relación sin mediación de ella.
    – Tal vez tengas razón. -Suspiró-. Podría confesar…
    – Y empezaríamos a salir sin tener que escondernos -dijo Eric.
    – Ni te imaginas lo fabuloso que sería.
    – Entonces haz algo al respecto. -Parecía retarla.
    – Tengo que encontrar el momento adecuado. -¿Acaso habría un momento adecuado para explicar a sus hijos que los había traicionado?
    – Te quieren. Te perdonarán -dijo leyéndole el pensamiento.
    – Eso espero. -Pero no estaba muy segura.
    – ¿Vendrás luego a casa? He alquilado varios DVD.
    Lo miró a los ojos, encantada del interés que demostraba.
    – Por supuesto. ¿Vendrás a recogerme para que nadie vea mi coche aparcado fuera de tu casa? -Dio unos golpecitos en la mesa con los dedos, incapaz de creer que estuviera planeando aquello como una adolescente a la que le han prohibido salir con su novio. Pero puesto que le habían diagnosticado problemas de corazón, no tenía justificación para conducir hasta casa de Eric y quedarse allí buena parte de la noche.
    – Te recogeré donde quieras. -Se inclinó hacia ella y la besó en la mejilla-. Pero ¿por qué no te llevo a casa desde aquí y luego te traigo de vuelta?
    – Me parece perfecto. Le diré a Chase que está libre de servicio.
    – Y yo paso a estar de guardia -Eric sonrió-. Excelente idea.
    Raina sonrió complacida. Si Rick y Kendall se sentían tan plenos como ella, Eric tenía razón. Había llegado el momento de confesar, porque ya no necesitaban su ayuda.

    Rick llevaba a Kendall de la mano. Ella entró en el apartamento y percibió su aroma de inmediato. Cada vez que inhalaba, olía su fragancia masculina, lo cual excitaba sus sentidos ya de por sí excitados.
    Rick dejó las llaves sobre un pequeño mueble. Aquel tintineo, junto con la puerta que se cerraba y el cerrojo que se corría, contribuían al ambiente erótico y eran un preludio de lo que se avecinaba.
    Rick se volvió hacia ella.
    – Hogar, dulce hogar.
    Sólo había una luz al fondo del pasillo, pero le bastó para observar alrededor y comprobar que la madera oscura y la decoración austera le recordaban a Rick.
    – ¿Qué te parece? -le preguntó él frunciendo los labios.
    – Es como tú.
    – Esta noche será como nosotros -dijo Rick en una especie de gruñido grave que despertó en Kendall una necesidad largo tiempo olvidada.
    El hombre la atrajo hacia sí y, lo que comenzó siendo un beso lento y seductor, acabó descontrolándose. Las horas que habían pasado en Norman's habían servido para aumentar su deseo y, mientras Rick le introducía la lengua en la boca, Kendall supo que estaba tan desesperado como ella. Para alguien cuyo mundo se estaba trastocando, resultaba tranquilizador pensar que no estaba sola.
    Para cuando Rick interrumpió el beso para llevarla hasta el dormitorio, Kendall ardía de pasión. Se dijo que estaba comenzando una aventura, pero temía que los sentimientos que les unían indicaran algo mucho más profundo. Algo que ella no podía plantearse ahora ni nunca.
    Rick se le acercó por detrás y Kendall se volvió para ver que ya se había quitado la camisa y que sólo llevaba los vaqueros, desabrochados. Tenía el pecho moreno y musculoso y, al observarle el vello y los pezones oscuros, sus pechos se endurecieron a modo de respuesta.
    – Mientras estábamos en Norman's, me moría de ganas de estar a solas contigo.
    – Te entiendo perfectamente. -Kendall sonrió-. Yo sentía lo mismo.
    Rick le clavó la mirada.
    – Pues el que te quedaras hablando con Charlotte no ha ayudado a que llegáramos antes.
    – Una parte de mí quería ser cortés y la otra necesitaba hablar de negocios. -Cogió el borde festoneado de la camisa de encaje y lo provocó subiéndosela lentamente-. Pero me has hecho ver que todo eso podía esperar. -De repente, se quitó la camisa por la cabeza y la dejó caer al suelo junto con el resto de la ropa amontonada-. El placer es mucho más importante -confirmó acercándose a Rick y dejando que su pecho desnudo, apenas cubierto por una fina camisola, rozase el de él.
    – Estoy de acuerdo. -Rick la sujetó por los hombros y le recorrió la piel con movimientos circulares de los pulgares. Su cuerpo adoptó un ritmo similar, y sus caderas y pecho presionaron el de ella-. Mira cómo me has puesto.
    – Ya lo noto. -Sus pezones, sensibles, rozaron la tela; aquella prenda fina era un obstáculo molesto, porque lo que quería sentir era la piel masculina.
    – Y eso no es todo. -Rick rotó las caderas y dejó que el bulto de la erección creciente palpitase y se apoyase en el vientre de Kendall. Aquel acto erótico la afectó sobremanera, tanto física como emocionalmente. Presionó su propia entrepierna contra él; quería sentir cómo su cuerpo cobraba vida e intensificaba las sensaciones para desterrar así cualquier atisbo de sentimiento.
    Rick gimió y se hizo a un lado. Las palabras sobraban mientras se desvestían rápidamente, desesperados por unir sus cuerpos. Rick la alzó y la tumbó en la cama, y mientras se colocaba sobre ella, Kendall se refugió en aquel contacto carnal que tanto le gustaba. Suspiró de placer y se dio cuenta de que el sonido resonó entre ellos.
    Sin previo aviso, Rick se irguió; su cuerpo se alzaba imponente sobre el de ella, con los muslos a ambos lados de su vientre, mirándola de hito en hito.
    – Nunca he deseado a una mujer como te deseo a ti.
    Kendall se emocionó.
    – Yo tampoco. -Quería ser honesta, aunque se recordó que no debía apegarse demasiado a Rick ni a la situación.
    – Joder, espero que no. -Se echó a reír él.
    Kendall rebobinó mentalmente y se dio cuenta de lo que acababa de decir. Se sonrojó, pero agradeció esos instantes de alegría. No les convenía tomarse en serio esa experiencia.
    – Me refería a que yo tampoco he deseado así a otro hombre.
    Rick le acarició la mejilla.
    – Me alegro de veras.
    Envalentonada, Kendall sonrió.
    – Pues demuéstralo.
    – Es lo que pienso hacer. -Rick abrió el cajón de la mesita de noche y sacó un condón-. Kendall…
    – Sí?
    – Los guardo por pura costumbre; Chase nos dijo a Roman y a mí que si alguna vez no estábamos preparados, no sólo seriamos irrespetuosos con nosotros mismos, sino también con las mujeres con las que estuviéramos.
    Kendall se emocionó de nuevo al darse cuenta de lo muy unidos que estaban los Chandler, una unión que ella nunca había sentido con nadie, salvo quizá con su tía; pero había sido durante una época muy breve y los recuerdos alegres le resultaban demasiado dolorosos en vista del vacío que había dejado tras su muerte.
    – Para ser un hombre de pocas palabras, tu hermano las escoge de forma sensata. -Miró a Rick.
    Rick asintió.
    – Es el periodista que lleva dentro, pero no me refería a eso.
    – ¿A qué te referías?
    Se le tensó el rostro.
    – A que los guardo aquí, pero nunca los he usado. -Sacó la caja y la vació en el colchón-. Once más el que tengo aquí, doce -dijo, sosteniendo en alto uno de los envoltorios.
    Rick no tenía que añadir nada más ni explicarle qué significaban sus palabras o actos. Nunca había llevado a una mujer a aquella casa y quería que Kendall lo supiera. Ella sabía que Rick había estado con muchas mujeres, pero nunca allí. Tragó saliva.
    En lugar de reaccionar, optó por tomárselo a la ligera.
    – ¿Cuántos crees que usaremos esta noche?
    Rick la miró con expresión seria durante unos instantes. Ella no sabía si aceptaría el juego o si querría adentrarse en emociones que Kendall prefería que no se comentasen.
    Sin embargo, él se limitó a sonreír para restarle importancia a ese momento.
    – ¿Por qué no lo averiguamos?
    Kendall lo observó colocarse la protección rápidamente y luego deslizó las manos por sus muslos. La piel fuerte y curtida de Rick contrastaba con la piel blanca de ella, lo que tornaba mucho más intensas la masculinidad y la virilidad de él.
    Rick le separó las piernas con las palmas de las manos, deslizó el extremo del pene en su interior y ella jadeó. Duro y suave, ardiente y tierno, su cuerpo entró en el de ella, abriéndola, consumiéndola. Kendall respiró hondo, asombrada por las intensas sensaciones que despertaba aquel sencillo acto. Pero ni Rick Chandler ni lo que ella sentía por él era sencillo.
    Antes de que pudiera seguir pensando, Rick la embistió y la penetró por completo. El deseo se apoderó de ella, reavivó con fuerza el fuego que él ya había encendido y la arrastró hacia un torbellino de sensaciones embriagadoras.
    – Rick -dijo ella sin tan siquiera pensarlo, y los ojos de él brillaron de pasión y necesidad.
    Los cuerpos estaban tan unidos que era imposible distinguirlos, pero de repente Rick se detuvo. Los brazos le temblaron por el esfuerzo que le supuso contenerse.
    – Has parado -murmuró Kendall-. ¿Por qué?
    Rick se inclinó hasta que su frente tocó la de ella.
    – ¿Por qué tengo la sensación de haberte estado esperando toda la vida cuando apenas acabamos de conocernos?
    Ojalá Kendall lo supiera. Abrió la boca para responder y obtuvo un beso como recompensa. Un beso cálido, exigente y entregado que le indicaba con claridad qué harían a continuación. No necesitaban preliminares sexuales. Cada momento que habían compartido desde que se habían conocido había formado parte de los preliminares.
    Le recorrió la mejilla con la lengua hasta llegar a su boca.
    – Quiero que estés mojada y lista -le dijo con una voz áspera y ronca que la excitó aún más.
    – Lo estoy.
    – Lo sé. -Rick salió de su interior para que sintiera cada una de las rugosidades de su lascivia y luego volvió a embestirla, introduciendo en su cuerpo deseoso cada uno de los resbaladizos centímetros de su intensa erección.
    Cada embestida ponía a prueba su resistencia y la acercaba al límite, al climax. Se balanceaba al mismo ritmo que Rick, alzando las caderas para que la penetrara hasta el fondo, uniéndose a él hasta que el torbellino que se había iniciado el día que se conocieron tomó fuerza e hizo que ella subiera, subiera, subiera hasta entregarse a un olvido cálido, dulce y divino.
    A medida que la realidad y las sensaciones volvían, Kendall supo que había cambiado para siempre, y no sólo porque hubiese hecho el amor con Rick, sino porque él había hecho algo insólito: le había demostrado que ella le importaba. No sólo una vez, y no sólo con el cuerpo, sino también con el corazón y el alma.

    «Tomárselo a la ligera.» A Rick le bastó una mirada para percibir la batalla interna de Kendall. Lo comprendía, porque él sentía lo mismo. Se suponía que el sexo era algo sencillo.
    Su relación no lo era.
    Por el bien de los dos, haría lo que sus ojos le suplicaban.
    – Hemos usado dos condones -dijo-. ¿Pasamos al tercero? ¿O debería compadecerme de ti y dejarte dormir un poco?
    Kendall se rió, se relajó y se acurrucó a su lado.
    – ¿Por qué tengo la impresión de que le estás dando la vuelta a la tortilla y me pones a mí de excusa cuando en realidad el que necesita descansar eres tú?
    Rick se desplomó sobre las sábanas, exhausto.
    – Me has pillado.
    – Vale, lo admito, yo también estoy agotada.
    – Supongo que entonces disponemos de tiempo para hablar.
    Ella se volvió hacia Rick.
    – ¿De qué?
    Él se encogió de hombros. Le daba igual. Todo lo que supiera sobre ella valdría la pena. Todo lo que explicara su personalidad única, qué la convertía en una trotamundos que ansiaba el amor aunque no lo reconociese. Era así. Rick lo sabía, lo había presenciado esa noche.
    Había visto su expresión de gratitud cuando le había mencionado la fiesta y, una vez allí, la había visto absorber, a pesar de la cautela, la cordialidad y la afectuosidad del mismo modo que una esponja absorbe el agua. Ese lado vulnerable le había atraído tanto como la mujer atractiva de ceñidos pantalones de cuero.
    – Quiero saber qué es lo que te emociona. ¿Cuáles son tus propósitos, tus sueños? ¿Qué planes tienes, y no me refiero a limpiar la casa, sino a cuando te hayas marchado? ¿Piensas hacer de modelo en el futuro? -Lo dijo como si no le importara lo más mínimo. Por desgracia, comenzaba a darse cuenta de que no era así.
    Kendall negó con la cabeza.
    – No. Sólo hice de modelo con una finalidad. Como te habrás dado cuenta al verme con el pelo rosa, la vanidad no es lo mío. -Se rió y Rick notó la vibración en su cuerpo-. Pero diseño joyas y…
    – ¿Ah, sí?
    – ¿Te sorprende? -Se apoyó en el codo y lo miró de hito en hito-. ¿Cómo creías que me ganaba la vida?
    El edredón se movió un poco dejándole al descubierto los pechos y, durante unos instantes, Rick no pudo pensar en nada.
    Kendall se dio cuenta y volvió a taparse con el edredón.
    – Compórtate y contesta.
    – Bueno, sabía que hacías de modelo. Creo que no había pensado en nada más.
    – Aah, vale. Sólo he vivido de mi atractivo. -Kendall sonrió y se le formaron aquellos hoyuelos que a Rick tanto le gustaban.
    Rick sabía que bromeaba y le agradeció que bajase la guardia unos instantes.
    – Eres guapa. ¿Por qué no sacarle partido?
    – Me parece bien siempre y cuando no supongas que es lo único que tengo que vale la pena.
    – ¿Me crees tan superficial? -Le recorrió el vientre con la mano, luego ascendió hasta el pecho y se lo rodeó con la palma-. Sé que tienes muchas otras virtudes.
    Kendall suspiró, disfrutando del contacto.
    – Enuméralas.
    – ¿Eh?
    – Enumera esas virtudes que dices que tengo. Demuéstrame que no te estás valiendo del encanto de los Chandler para meterte en mi cama.
    – Corrígeme si me equivoco, pero creo que estás en mi cama.
    Kendall dejó escapar un largo suspiro.
    – Vale, para meterte en mis pantalones… por así decirlo.
    – Corrígeme de nuevo si me equivoco, pero ya he estado ahí dentro. -Al pensar en ello, la entrepierna se le endureció y se colocó sobre Kendall.
    – Sí, pero si quieres volver a entrar tendrás que enumerar esos supuestos atributos. -Lo miró a los ojos y sonrió.
    Rick, complacido, se rió. ¿Cuándo fue la última vez que había disfrutado con la personalidad de una mujer en la cama?
    – Tengo la impresión de que no quieres hablar de tus planes inmediatos ni de ti misma, pero te seguiré el juego.
    – Adelante.
    – Primero, eres guapa. No sé si es un atributo o no, pero lo eres. Segundo, eres lista.
    – ¿A qué te refieres? ¿A que me quedara tirada en la carretera con un vestido de novia, Don Encantador? -Los ojos le brillaban de deseo y diversión. Los dos disfrutaban con aquellas bromas.
    – Eres cariñosa y compasiva y, antes de que me lo preguntes, lo sé por cómo has tratado a la entrometida de mi madre, mi familia y amigos.
    – Entonces te gusto, ¿eh?
    Su entrepierna palpitó sobre su cuerpo a modo de respuesta.
    – Sí -dijo con voz ronca-, me gustas. Ahora deja de eludir mis preguntas y dime lo que quiero saber. -No importaban las ganas que tuviera de estar dentro de ella, necesitaba que Kendall confiase más en él. Necesitaba saber que aquellos sentimientos eran recíprocos y cimentar esa conexión emocional sería el primer paso.
    Durante años se había dicho que se negaría a conectar a nivel emocional con las mujeres, que no le volverían a hacer daño. Pero lo cierto era que Rick no controlaba en absoluto lo que sentía o dejaba de sentir. Nunca lo había hecho. Desde que había conocido a Kendall, se sentía como si una corriente lo arrastrara y quería que Kendall se sintiese igual. Aunque dudaba mucho que haber intimado con ella lo hiciera sentirse mejor cuando se marchara en el pequeño coche rojo, no podía controlar el impulso de querer saber más detalles sobre su vida.
    Rick supuso que, puesto que Kendall no había hablado de sus planes, si lograba que lo hiciese sería como si le entregase una parte de su ser. Se dio cuenta de que su ex mujer nunca lo había hecho, y era algo que necesitaba de Kendall.
    Rick le separó los muslos con las piernas y acercó el pene erecto a su calor femenino y húmedo.
    – Y ahora, habla.
    – Esto sí que es un interrogatorio policial de primera -dijo ella en un tono que transmitía deseo-. Pensaba ir a Arizona, a Sedona. A algún lugar artístico donde pueda aprender más sobre diseño y donde tal vez me haga un nombre y venda mis piezas. -Suspiró; le costaba admitir aquello, como si al revelar su mayor sueño se arriesgase a que no se hiciese realidad.
    Aunque Rick sabía que lo pasaría mal cuando ella se marchara, en esos momentos quería complacerla.
    – Si de verdad lo quieres, supongo que esos sueños se materializarán. Al fin y al cabo, ¿cuánto tiempo crees que tardaremos en arreglar la casa para que esté en condiciones para venderse? -La alentaba a marcharse aunque su corazón quería que se quedase.
    – Si lo hacemos juntos acabaremos en un abrir y cerrar de ojos.
    Rick creyó apreciar un tono nostálgico en esas palabras. Era obvio que estaba destinado a encontrarse con mujeres que preferían marcharse del pueblo. Para Kendall, cualquier lugar del país era preferible a Yorkshire Falls. Joder, de todos modos él no quería una relación seria, ¿no era eso lo que siempre se decía a sí mismo? Y hasta que había conocido a Kendall, era lo que había creído.
    – Me aseguraré de que llegues a Arizona, Kendall. -Observó sus ojos brillantes y la penetró. Su cálido interior se contrajo alrededor de su miembro y dejó escapar un suave gemido de necesidad, lo cual hizo que Rick estuviese a punto de alcanzar el orgasmo en cuestión de segundos-. Pero, hasta el día que te marches, eres mía.

Capítulo 6

    A la mañana siguiente, Kendall entró en Norman's con toda naturalidad, como si no se hubiera pasado toda la noche haciendo el amor con Rick Chandler, pero el cuerpo todavía se le estremecía de placer y los recuerdos se habían alojado en lo más profundo de su ser.
    Vio a Charlotte sentada al fondo, con un lápiz colocado en la oreja mientras hojeaba revistas, catálogos y folletos. Charlotte, con el pelo negro como el azabache y los ojos verdes, era el paradigma de lo exótico y Kendall entendía que Roman, el viajero, tal como Rick lo había descrito la noche anterior, se hubiera enamorado de ella y hubiera decidido quedarse a vivir en el pueblo.
    – Hola. -Kendall dejó el bolso en la mesa y se sentó junto a ella.
    – Hola. -Charlotte cerró la revista que estaba mirando y la apartó-. Hay que estar al día -explicó-. Bueno, bienvenida al pueblo.
    Kendall le sonrió.
    – Gracias -dijo, sintiéndose más cómoda.
    Charlotte entornó los ojos y la observó con atención. Finalmente, esbozó una sonrisa.
    – Estás radiante.
    – Y tú no te cortas. -Pero el instinto le dijo a Kendall que confiase en la cuñada de Rick, por lo que bajó la guardia-. Supongo que tienes razón.
    Charlotte se rió.
    – Es el hechizo de los Chandler. Si caes en sus garras, estás perdida.
    Tal vez, pensó Kendall, pero pensaba marcharse de allí y Charlotte debía saber la verdad.
    – Lo nuestro es temporal -le confesó en voz baja-. Rick necesita a una mujer para distraer a las masas.
    – Ah, sí. El ejército de solteras de Raina. -Charlotte movió la cabeza-. Pobre Rick.
    – ¿Porque lo acosan legiones de mujeres? Eso no es como para que sea digno de compasión -dijo Kendall con ironía, aunque sabía que sus palabras eran fruto de los celos y que Rick detestaba toda esa atención no deseada.
    – Yo tampoco diría «legiones», pero bastantes como para provocarle dolor de cabeza. Eso es indiscutible.
    – Y Rick lo odia.
    – Ya lo conoces bien. -Charlotte adoptó una expresión seria-. Eres la persona idónea para ese plan. Roman me lo ha contado todo.
    – ¿Rick se lo ha dicho? -Kendall se preguntó qué más le habría contado.
    Charlotte se encogió de hombros.
    – Los hermanos lo comparten casi todo. -Los ojos verdes la observaron como si pudieran leerle el pensamiento-. ¿Qué te apetece desayunar? -le preguntó finalmente, y le enseñó la carta.
    Kendall agradeció el cambio de tema y la posibilidad de concentrarse en la comida y no en la psique.
    – Tomaré café y creps.
    – Perfecto. ¿Izzy? -Charlotte llamó a la mujer que Kendall había conocido la noche anterior.
    – ¿Qué os pongo? -Isabelle se detuvo junto a la mesa, bolígrafo y bloc en mano.
    Charlotte pidió lo mismo para las dos, salvo que ella eligió zumo de naranja como bebida.
    Izzy sonrió.
    – Me gustan las mujeres que comen sin miramientos. -Garabateó algo en el papel, recogió las cartas y se marchó hacia la cocina.
    Charlotte entrecruzó las manos sobre la mesa.
    – Quería hablar de algo contigo. Pam me mencionó que diseñas joyas.
    Kendall asintió, emocionada por el hecho de que Pam hubiera tomado la iniciativa en su nombre.
    – Tengo una carpeta…
    – ¿Tienes muestras de tu trabajo? -se extrañó Charlotte mientras Kendall hablaba.
    Kendall se rió y sacó del bolso un catálogo fotográfico de su trabajo.
    – Tengo muestras en casa, pero como quería hablar del asunto contigo, he traído esto.
    Mientras Charlotte pasaba las hojas plastificadas, Kendall le explicó su propuesta.
    – Confiaba en que quisieras mostrar mis diseños en tu tienda para ver si se vendían. Si te soy sincera, estoy en un apuro. -Se mordió el labio inferior; odiaba admitir que tenía problemas, pero no tenía alternativa-. En Nueva York, hacía de modelo para pagar la residencia de mi tía, pero al final fueron necesarias enfermeras las veinticuatro horas y los gastos se multiplicaron. Luego vine aquí con la idea de vender la casa de tía Crystal y me la encontré en pésimas condiciones. En vez de ganar dinero, lo estoy gastando. Pero espero que no aceptes los diseños por pena o porque te sientas obligada. Me gustaría llegar a un trato que nos beneficie a ambas, eso es todo.
    – Son muy bonitos. -Charlotte recorrió con el dedo algunas de las fotografías de los diseños-. Sinceramente, no aceptaría algo que pusiese en peligro la calidad de la mercancía que vendo. No sólo creo que tus diseños se venderán, sino que obtendremos unos buenos beneficios. Por supuesto, tengo que verlos en persona, aunque no creo que eso cambie nada, salvo que quizá acabe comprándome uno.
    Charlotte sonrió y la presión que Kendall había sentido desde que viera en qué estado se encontraba la casa de Crystal desapareció.
    – Ni te imaginas cuánto te lo agradezco.
    – No me lo agradezcas. Está claro que tienes talento y es un buen trato. Tengo una vitrina de cristal junto a la caja, en la parte delantera de la tienda. Podría exponerlos ahí y nos repartiríamos los beneficios.
    – Excelente.
    Izzy llegó con los platos. Charlotte le devolvió el catálogo y Kendall lo guardó con cuidado en el bolso, luego le dio una de sus tarjetas.
    – Ahí está mi móvil, para que me llames cuando lo creas conveniente -le dijo a Charlotte.
    – Perfecto.
    Izzy les colocó la comida delante y en seguida les llegó el olor a creps. El estómago de Kendall gruñó. No se había dado cuenta de lo muy hambrienta que estaba. Pero Charlotte en cambio palideció al ver la comida.
    – ¿Sabes qué, Izzy? He cambiado de idea. Tráeme un descafeinado y una tostada ligera, por favor. Lo siento.
    – ¿Te encuentras bien? -le preguntó Kendall.
    – Depende de cómo definas «bien» -masculló Charlotte-. No me pasa nada, en serio. Sólo que no suelo desayunar mucho, pero lo que habías pedido tenía buena pinta y he pedido lo mismo sin pensarlo mucho.
    – Tranquila, cielo -dijo Izzy y luego se inclinó un poco hacia ella-. Samson está fuera. Le prepararé una bolsa y no se lo diré a Norman. No se caen muy bien que digamos.
    – Muchas gracias. Cóbramela, ¿vale? -dijo Charlotte.
    Izzy agitó la mano.
    – ¿Quién es Samson? -le preguntó Kendall en cuanto Izzy se hubo marchado.
    – El loco del pueblo -le explicó Charlotte-. No tiene amigos ni familia. Nadie sabe si tiene dinero o no, pero parece necesitar las limosnas. Le dejo que me haga favores para que no piense que es que me apiado de él. Creo que, más que nada, es un incomprendido.
    Kendall asintió. Miró a Charlotte, todavía preocupada por aquella extraña reacción ante la comida, pero Izzy ya había retirado el plato y Charlotte se había recuperado.
    – En Nueva York también hay gente así. La diferencia es que nadie se fija en ellos. Una pena.
    – En Washington también. Por suerte, las cosas son distintas en Yorkshire Falls. Los habitantes son más compasivos, al menos algunos. -Charlotte observó el plato de Kendall y respiró hondo-. Come antes de que se enfríe. Seguiré hablando mientras espero a que llegue mi desayuno, si no te importa.
    – Bueno…
    – Come -insistió Charlotte-. Y escucha. -Sonrió-. Quería comentarte algo para que lo tengas en cuenta. He conseguido varios contactos en Washington y estoy planteándome la posibilidad de abrir una boutique allí. Si tus diseños se venden aquí, ¿te interesaría venderlos en la ciudad?
    El corazón de Kendall comenzó a palpitar.
    – ¿Bromeas? Me encantaría. Gracias. -Había pensado que comenzar una nueva vida en Arizona le proporcionaría un curriculum y una base más sólidos. Nunca se había planteado hacerlo en una gran ciudad como Washington, y Charlotte le estaba ofreciendo esa oportunidad.
    Kendall había llegado a Yorkshire Falls sin expectativa alguna, salvo vender la casa y marcharse. En menos de una semana había conseguido un novio, más de un amigo, una familia y el comienzo de un trabajo estable. Si no fuera porque tenía las ideas claras, todo apuntaba a que se quedaría en el pueblo.

    Raina observó el cronómetro de la cinta y bajó el ritmo. Quedaban menos de cinco minutos para el paseo diario, algo que esperaba con más ganas que nunca, sobre todo ahora que su supuesta enfermedad limitaba sus actividades. Pero al mirar por la ventana, vio que un coche aparcaba junto el bordillo y luego a su hijo pequeño salir del mismo.
    – Maldita sea. -Roman no podía llegar en peor momento. Desconectó la cinta de correr, se tumbó en el sofá y se tapó con una manta. Cogió una revista y se aseguró de tener el teléfono a mano. El teléfono le servía de interfono para que Roman entrase sin tener que ir ella hasta la puerta. «Todo sea por la farsa», pensó.
    Para sorpresa suya, no oyó el timbre, sino la voz de Roman.
    – ¿Mamá?
    Obviamente había entrado sin llamar, lo cual la sorprendió, ya que sus tres hijos solían tocar el timbre antes de entrar, aunque luego usaran su propia llave para evitarle el esfuerzo de ir a abrirles.
    – Estoy en el sótano -respondió.
    Oyó sus pasos pesados en el largo tramo de escalera que conducía hasta abajo, lugar que había servido de cuarto de juegos cuando sus hijos eran pequeños y, con el paso del tiempo, se había convertido en una sala para ver la televisión.
    Roman cruzó el sótano y se detuvo frente al sofá.
    – Hola.
    Observó a su hijo. El matrimonio le sentaba bien, pensó, complacida.
    – Hola, Roman. ¿Dónde está tu encantadora esposa?
    Los ojos azules le brillaron al oírla mencionar a su mujer.
    – Desayunando con Kendall.
    – Y tú has venido a ver a tu madre. -Aplaudió-. Qué hijo tan bueno.
    – ¿Por qué has bajado hasta el sótano? Hay un televisor en el estudio de la planta principal -dijo sin hacer caso del cumplido-. No es bueno que subas y bajes escaleras sin motivo.
    – Bueno… -No había preparado una réplica para ese razonamiento. Sus hijos creían que le habían dicho que no se esforzara. Creían que sólo subía y bajaba la escalera que iba del dormitorio a la cocina una vez al día. El sótano debería estar prohibido para alguien con problemas de corazón.
    Roman le tocó la frente con una expresión en el rostro que a Raina le pareció preocupación, pero lo que dijo a continuación eliminó esa posibilidad.
    – Estás roja y jadeando. ¿Y eso? -Roman se acomodó a su lado en el sofá-. También estás sudando como si hubieras corrido un maratón, mamá.
    Su instinto periodístico había detectado algo extraño. Maldita fuera su perspicacia, pensó Raina.
    – Estoy transpirando, las mujeres no sudamos -le espetó ella, y se dio cuenta de que le estaba dando la razón. No era una buena idea, ya que no le convenía inculparse en modo alguno. Estaba en un brete y tendría que encontrar una salida.
    Cuando sus tres hijos y ella estuvieran en la misma habitación, confesaría. No podía seguir con aquella farsa. No era buena para el corazón, pensó con ironía.
    – Tonterías, Roman. No estoy sudando. La manta me da mucho calor, eso es todo.
    – Yo también tendría calor si hubiera estado corriendo en la cinta, después me hubiera arrojado al sofá y tapado con una manta de lana para que no me vieran. -Esbozó una sonrisa.
    A Raina le daba igual que aquello le divirtiese; no le gustaba esa acusación y el corazón comenzó a palpitarle.
    – ¿Para que no te vieran haciendo qué?
    – Ni siquiera así eres capaz de darte por vencida, ¿eh? -Le dio una palmadita en la mano-. Vale, te lo diré bien claro. Has estado fingiendo los problemas cardíacos para manipularnos a Chase, a Rick y a mí y así conseguir nietos. Sólo tienes que reconocer que tengo razón.
    Raina inspiró hondo, desconcertada. No es que pensara que era una manipuladora ejemplar, aunque creía que había representado bastante bien su papel hasta el momento, pero saltaba a la vista que se había confiado demasiado. Ni siquiera se había planteado la posibilidad de que sus hijos se diesen cuenta.
    – ¿Interpreto ese silencio como un «sí»? ¿Tengo razón? -Le apretó la mano con delicadeza.
    Raina suspiró.
    – Sí -admitió sin mirarle a los ojos-. ¿Cómo lo has sabido?
    Roman puso los ojos en blanco, como si la respuesta fuera obvia.
    – Soy periodista. Veo indicios que los demás suelen pasar por alto. Además, viví contigo hace unos meses, cuando los supuestos problemas de corazón empezaron. Té, Maalox y una receta para antiácidos… todo cosas que indicaban una indigestión. También te veía subir la escalera corriendo cuando creías que no estaba en casa. No me fue difícil sumar dos más dos. Sobre todo cuando encontré la ropa de deporte en la lavadora.
    Raina se obligó a mirarle.
    – No pareces enfadado. -Aunque sus ojos, los ojos de su padre, la condenaban.
    – Digamos que he tenido tiempo de sobra para acostumbrarme a la verdad.
    – ¿Se lo has contado a tus hermanos? -No lo creía porque todavía iban de puntillas a su alrededor, como si fuera a desmoronarse en cualquier momento, y susurraban preocupados cuando creían que no los oía.
    – Todavía no.
    Percibió el tono amenazador de aquel «todavía» y supo que la farsa tenía los días contados.
    – ¿Por qué no los has puesto al día?
    Se pasó la mano por el pelo.
    – ¿Por estupidez?
    Raina le puso la palma en el brazo.
    – Tienes que comprender mis motivos… aunque siento haber llegado a esos extremos.
    – No te has sentido lo bastante culpable como para confesar por ti misma. Maldita sea, mamá. -Meneó la cabeza, mostrando al fin su frustración e ira-. Y lo peor de todo es que sé que volverías a hacerlo si se diesen las circunstancias apropiadas, ¿no? Por algún motivo, no puedes dejarnos tranquilos y que vivamos nuestras vidas en paz.
    A Raina se le hizo un nudo en la garganta; la sensación de culpa que la había atenazado durante tanto tiempo se imponía a cualquier justificación imaginable.
    – Si estás tan enfadado, ¿por qué no se lo has contado a Rick y a Chase? Díselo a ellos y olvídalo.
    Roman dejó escapar un gemido de frustración.
    – Como si fuera tan fácil. Al principio me quedé de piedra. Pero después de que Charlotte y yo nos casáramos, me dije, qué más da, que Rick sea el siguiente y quizá acabe siendo tan feliz como yo.
    Raina chasqueó la lengua, ya que no se creía esa excusa.
    – Eso supondría aceptar que la farsa tiene cierto sentido. Y estoy segura de que cuando supiste lo que había hecho montaste en cólera. No les habrías ocultado esa información a tus hermanos para que encontraran una mujer y acabaran siendo felices.
    Conocía bien a su hijo menor, conocía bien el vínculo que unía a los tres hermanos. Roman querría que compartiesen su felicidad, pero no aprobaría las tácticas de Raina para conseguir ese propósito.
    – Tienes razón, eso supone que la farsa tiene cierto sentido. Y tal vez me ayudaras a casarme con Charlotte, pero también creo en el destino. Nos habríamos encontrado de todos modos. No se debió sólo a que obligases a tus hijos a que escogieran al chivo expiatorio que debía darte nietos.
    Raina se estremeció.
    – No lo hice sólo porque quisiera nietos. Quiero que los tres experimentéis el amor y la felicidad que compartí con vuestro padre. Quiero saber que tendréis algo más que casas vacías y vidas vacías cuando os deje.
    Sin embargo, todavía recordaba cómo se había sentido cuando había averiguado que sus hijos se lo habían jugado todo a una moneda. El «perdedor» renunciaría a su soltería y libertad para casarse y dar nietos a su madre enferma. Roman perdió… y acabó siendo el ganador. Raina no creía que a Roman le gustara que se lo recordase.
    – Vale, digamos que lo que he hecho no ha servido de nada. Entonces, ¿por qué no se lo cuentas a tus hermanos? -insistió, convencida de que Roman estaba evitando ese detalle y no sabía por qué.
    – Tengo mis motivos -respondió sin mirarla.
    – Vaya, ¿y ahora quién esconde cosas? -preguntó, pero no quiso forzar la situación. No se había ganado su confianza ni su perdón pese a haberle guardado el secreto-. ¿Por qué me cuentas la verdad ahora? -le preguntó cambiando de tema.
    – Por Rick. Cuando me llamaste para decirme que querías reunir a la familia y a los amigos y me preguntaste si podríamos venir, supuse que había encontrado a la mujer apropiada. Y quería asegurarme de que no te entrometías en su vida como hiciste con la mía. -Sus miradas se encontraron-. Deja que Rick y Kendall se las arreglen solos, o…
    – O se lo contarás todo. Roman, cielo, deberías saber que estaba a punto de darme por vencida. Rick encontró a Kendall por sí solo y cada vez me cuesta más representar esta farsa. Incluso Eric…
    – No -dijo Roman en un tono serio y directo-. Ahora no se lo dirás ni a Rick ni a Chase.
    Raina parpadeó, desconcertada.
    – ¿Por qué no? Creía que era lo que querías.
    – Créeme, me he planteado esa opción. -Se inclinó hacia ella, con la mano apoyada en el sofá, y la besó en la mejilla-. Te quiero y he estado observando con atención tu relación con el doctor Fallon. Me he dado cuenta de que lo has pasado mal mezclando la vida personal con la farsa.
    Raina suspiró. Su hijo pequeño siempre había sido astuto.
    – Eric es un buen hombre, y me alegraría sobremanera saber que por fin rehaces tu vida.
    Raina asintió, consciente de que el hecho de que en el pasado Roman hubiese sido incapaz de quedarse en Yorkshire Falls o comprometerse con una mujer había tenido que ver con ese asunto.
    – ¿Pero?
    – Pero si ahora confiesas que era una estratagema, justo cuando Rick ha encontrado a una mujer que le gusta de verdad, tendrá un motivo para distanciarse. Teniendo en cuenta lo que sufrió en el pasado con Jillian, es un milagro que salga con Kendall Sutton. Y si ahora confiesas y le demuestras que las mujeres son capaces de decir una cosa y hacer otra, si ve cómo tú nos has manipulado, quizá decida que no vale la pena esforzarse. -Roman negó con la cabeza-. A pesar de que no me importaría lo más mínimo que confesases y apechugaras con las consecuencias, Rick se merece la oportunidad de ser feliz. Como tú bien has dicho -musitó Roman, claramente contrariado por tener que darle la razón.
    A Raina no le gustaba la situación, pero Roman estaba en lo cierto. Era probable que Rick estuviera pisando un terreno emocional resbaladizo y no había que darle ningún pretexto para que se dejase vencer por sus temores y se distanciase de Kendall.
    – Me callaré.
    Aunque su silencio haría que su relación con Eric continuara siendo difícil y tensa, se lo merecía. Roman la recompensó con un fuerte abrazo, que ella le devolvió. Raina, por así decirlo, se había hecho ella sola la cama. Alisó las pesadas mantas que le cubrían las piernas. Ahora tendría que acostarse en ella.

    Después de desayunar con Charlotte, Kendall decidió pasar el resto de la mañana limpiando los armarios de la casa de invitados como otra medida para facilitar la venta. «Que el trastero se vea grande y atractivo», pensó.
    En cuanto se hubo puesto la ropa de trabajo, sonó el timbre, la puerta delantera se abrió de par en par y Pearl entró sin pedir permiso.
    – Vaya, eres como la gente de aquí, que deja la puerta abierta para los vecinos. -La mujer mayor entró con un paquete envuelto en papel de aluminio.
    – Hola, Pearl. -Aunque lo normal habría sido que pensara que abusaba de su hospitalidad, Kendall se alegró sinceramente de tener compañía. Otra sensación extraña para una persona que siempre había vivido sola-. Ven, pasa y siéntate.
    Kendall ya había quitado las fundas y destapado los muebles y Rick había acabado las paredes de la entrada y el salón. El olor a recién pintado daba sensación de limpieza.
    Pearl se dirigió con ella al salón.
    – Toma. Mis brownies especiales para una chica especial. Me recuerdas mucho a tu tía. -Sonrió y las líneas de expresión de las mejillas se le atenuaron sobremanera.
    – Es todo un cumplido. -Kendall aceptó el regalo casero y notó que el olor a chocolate le abría el apetito.
    – Bebamos algo y así podremos comer a gusto, entre mujeres -dijo Pearl, asumiendo el mando sin contemplaciones y diciéndole a Kendall qué debía hacer.
    Kendall se sonrojó, porque sabía que no tenía gran cosa que ofrecer.
    – Tengo agua -dijo, y se encogió de hombros. El agua mineral siempre había sido su bebida preferida. Siempre le había parecido fácil de encontrar y sana, pero el hecho de no tener nada que ofrecerle a Pearl la avergonzó un poco.
    Pearl blandió la mano en el aire, desechando claramente la idea.
    – Eso es lo que me temía. -Introdujo la mano en la bolsa y extrajo una jarra de té helado-. No se puede vivir en las afueras y no tener un poco de té helado o de limonada para acompañar el postre. Eldin odia los limones, así que le compro té helado. Hay que tenerlos contentos, pero eso tú ya lo sabes, cómo no, ahora que sales con Rick, que es tan varonil. -Se dirigió a la cocina, como si estuviera en su casa, sin dejar de hablar-. ¿Cómo es que estás pintando todo esto? -preguntó.
    – Pues…
    – No me lo digas. Tú y Rick habéis pensado veniros a vivir aquí. Yo ya se lo he dicho a Eldin, pero él me ha dicho que no, que has pasado la noche en el apartamento de Rick y que esta vieja casa de invitados no era tu estilo, que eres una chica de ciudad y tal.
    Kendall parpadeó. No sabía qué la sorprendía más, el hecho de que Pearl manifestara que, al parecer, todo el mundo sabía dónde había pasado la noche o la velocidad y coherencia con la que hablaba. Cuando estaba con Pearl, Kendall no tenía que preocuparse de mantener una conversación.
    De todos modos, debía asegurarse de que lo que se decía por ahí era cierto, o útil para Rick y su causa.
    – Supongo que eres consciente de que Rick y yo no estamos casados.
    – Todavía. -Pearl se metió un trozo de brownie de chocolate en la boca y luego lo acompañó del té helado que había llevado, al tiempo que deslizaba un vaso hacia Kendall.
    Ésta suspiró y se selló la boca con un brownie y un sorbo de la deliciosa bebida dulce. Estaba empezando a entender lo que Rick había querido decir al advertirle que no se molestara en rectificar las suposiciones equivocadas de los demás. En una comunidad tan pequeña, la gente creía lo que quería, independientemente de las pruebas o refutaciones. Se sorprendió al darse cuenta de que no sólo no le importaba sino que disfrutaba con la visión obstinada e idílica de Pearl.
    – Pues estoy acondicionando este sitio y también me gustaría arreglar la casa principal. -En otra de las visitas que Pearl le había hecho esa semana, Kendall había descubierto que, si bien el exterior estaba dejado, el único problema del interior era la pintura. No tenía ninguna intención de ofender a Eldin criticando sus habilidades o sugiriendo que pintaran las paredes. Había otras formas de renovar una casa para revenderla.
    – ¿Ah, sí? ¿Y qué tipo de arreglos? -preguntó Pearl.
    A Kendall no le importaba responder, pero no quería entrar en detalles. ¿Para qué preocupar a Pearl respecto a si tenían que marcharse de allí antes de que Kendall tuviera la oportunidad de sopesar otras opciones para la pareja de ancianos? Era lo mínimo que podía hacer por los amigos de tía Crystal.
    – He pensado en comprar unas cuantas flores. Rick ha dicho que cortaría el césped y limpiaría el exterior a conciencia -empezó a explicar.
    – Eres un sol. -Pearl se abalanzó sobre ella y le dio un fuerte abrazo-. Eldin y yo viviremos en la gloria dentro de poco. Ya sabes que no podemos pagar ese tipo de arreglos. No sólo eres tan guapa como tu tía sino igual de buena. Y está claro que Eldin y yo ayudaremos en todo lo que podamos. -Volvió a sentarse, radiante de felicidad y placer.
    Kendall no sabía qué decir. ¿Cómo iba a echar por tierra las ilusiones de Pearl y decirle que tendría que marcharse de allí? Pero por otra parte, ¿cómo iba a dejarle pensar que ella y Eldin podrían quedarse en la casa de su tía? Kendall se masajeó la sien, que de repente le empezó a palpitar.
    – ¡Tengo que decírselo a Eldin! -Pearl cogió el bolso-. Quédate con los brownies y con la bandeja. -La alegría de la mujer era palpable.
    Kendall emitió un gemido.
    – Oh, no te preocupes. Ya volveré en otro momento para charlar.
    Pearl la malinterpretó otra vez y Kendall no la corrigió. Por un lado, ya había aprendido que era inútil y, por otro, Pearl no le había dado la oportunidad. Se marchó a toda prisa y dejó a Kendall boquiabierta, sola con la bandeja de brownies.
    Miró a su alrededor y se encogió de hombros, luego apartó todo el papel de aluminio y empezó a ahogar sus penas en chocolate.
    Unas horas después de la marcha emocionada de Pearl, la cocina estaba resplandeciente. Tras zamparse prácticamente la bandeja entera de brownies, Kendall decidió quemar las calorías. Para cuando terminó, quienquiera que hubiera inspeccionado el rincón más profundo de la alacena no habría encontrado más que limpieza y un espacio vacío. Luego le tocó el turno a los armarios de la casa, todos vacíos salvo el vestidor de la entrada. Cuando terminó con él, Kendall había acumulado trastos suficientes para organizar un mercadillo.
    Exhausta pero con más ideas, se puso manos a la obra en su dormitorio. Como le había pedido a Brian que le enviara su ropa de casa y otros artículos desde Nueva York, la pequeña habitación tenía un aspecto hogareño y acogedor. Kendall recorrió una estancia tras otra admirando las mejoras.
    Había vencido la frustración del día con algo constructivo, pero se sentía culpable al pensar que el motivo por el que quería arreglar la casa era para venderla… a espaldas de Pearl y Eldin.
    Se sintió embargada por la culpa.
    – Maldita sea.
    Eso es lo que le pasaba por cogerle cariño a las personas. Pero ¿cómo iba a evitarlo? Eran los amigos de su tía y le caían bien, además ella lo estaba pasando bien allí, en casa de su tía. Pero pronto llegaría el momento de marcharse.
    Como todavía no quería pensar en eso, Kendall decidió actuar de forma productiva. Consultó la hora e intentó llamar a su hermana. De nuevo fue en vano. O no estaba en su habitación o la pequeña idiota había decidido no coger sus llamadas, lo cual era lo más probable. Aparte de la breve conversación del otro día, Hannah no había respondido a sus muchos mensajes.
    Describió un movimiento circular con los hombros para aliviar la tensión, e intentó relajarse. Por lo menos sabía que su hermana estaba a buen recaudo en el internado. Por el momento, Kendall no podía hacer nada para cambiar la situación de Hannah. Pero sí podía hacer mucho en cambio por la suya.
    Había pensando en Rick muchas veces a lo largo del día. Su voz ronca, su cuerpo fibroso y duro y la ternura con que le había hecho el amor la habían asaltado en cuanto bajó la guardia. Se había quedado ensimismada y, al volver a la realidad, se había encontrado con un trapo del polvo en la mano mientras su cuerpo seguía estremeciéndose como si los labios o la boca de Rick estuvieran recorriendo aún su sensible piel. Incluso ahora temblaba al recordar sus manos deslizándose por su cuerpo desnudo y anhelaba la repetición de la jugada.
    Rick pronto acabaría su turno y ella sabía exactamente cómo tentarle tras una larga jornada de trabajo. Se dio una ducha rápida y llamó a Chase para que le diera información personal sobre Rick. ¿Cuál era su comida preferida? ¿Qué música le gustaba? Las cuestiones básicas de la vida. Armada con las respuestas, se encaminó a su apartamento.
    Como ella había podido ver con sus propios ojos, Rick era un hombre que se preocupaba por todo el mundo, pero que apenas pensaba en sí mismo. Kendall tenía intención de invertir esa tendencia. Esa noche pensaba ocuparse de él.

    Rick subió despacio la escalera trasera que conducía a su apartamento. El agotamiento se mezclaba con el hambre y no sabía si tendría fuerzas para buscar algo de comer en la nevera. Habría comido algo en Norman's, pero allí la conversación era tan predecible como la comida y a Rick no le apetecía hablar. No después de los últimos días. Los turnos de diez horas en el trabajo, la fiesta familiar improvisada en Norman's, pasar la noche con Kendall y levantarse y apechugar con otro turno de diez horas lo habían dejado agotado.
    Agradecido por poder estar solo, entró en el apartamento y dejó las llaves en el mueble.
    – Vaya, no puede decirse que no seas un animal de costumbres.
    Reconoció aquella dulce voz y le importó un comino que su soledad se hubiera esfumado.
    – ¿Kendall?
    – Sí, soy yo. -Le habló desde el interior, pasado el vestíbulo.
    Entró en la sala de estar y la encontró sentada en uno de sus taburetes de bar en la barra americana de la cocina. Estaba sexy e informal a la vez, enfundada en unas mallas blancas y una camiseta negra sin mangas, con una copa de vino en la mano y una expresión sensual en la mirada.
    El cuerpo de Rick, que le había suplicado dormir hacía unos segundos, se despertó de repente con un rugido.
    – ¿Cómo has entrado?
    Kendall se rió.
    – Nunca olvidas que eres policía. Te saltas el «Me alegro de verte, Kendall» y pasas directamente al interrogatorio. Pero para aliviar tu mente agotada, te diré que he hablado con Chase y que, cuando le he dicho lo que se me había ocurrido, ha confesado que tenía una llave por si se producía alguna urgencia. -Abrió los brazos para abarcar el apartamento con un gesto.
    Por primera vez, Rick se fijó en la caja de pizza de la encimera y en el delicioso aroma que la rodeaba. Era obvio que se había tomado molestias por él y ese hecho lo ayudó a combatir el cansancio.
    Dio un paso adelante y apoyó un codo en la barra, hasta quedar cara a cara con ella.
    – ¿Te he dicho que me alegro de verte?
    Kendall negó con la cabeza y al sonreír se le marcaron los hoyuelos.
    – Pues me alegro. -Mientras hablaba se le había ido acercando. La besó en la boca y probó la mezcla de vino afrutado y del sabor de ella. Pero desafortunadamente, su estómago decidió quejarse en voz alta en ese preciso instante.
    – Me parece que tienes hambre. -Kendall esbozó una sonrisa pícara.
    – Pues sí. Estoy hambriento. -De algo más que comida, aunque sabía que antes tendría que comer si quería resistir lo que fuera más tarde.
    – Te he traído pizza de pepperoni.
    Rick arqueó una ceja, sorprendido.
    – Mi preferida. Supongo que de eso es de lo que has estado hablando con Chase.
    – Entre otras cosas. -Le sirvió una porción de pizza bien cubierta de queso, fue a la cocina a por una botella de su cerveza preferida, la abrió y se la tendió-. Por… -Se calló.
    – Por nosotros -se le adelantó él.
    – … esta noche -completó ella casi simultáneamente.
    – Por nosotros esta noche. -Rick sonrió ampliamente y entrechocaron los vasos.
    Kendall deslizó un plato hacia él y dio una palmadita en el taburete que tenía al lado.
    – Ven a comer. Debes de tener el estómago vacío.
    Su preocupación por él le proporcionó calidez en lugares largo tiempo olvidados, recordándole sueños a los que creía haber renunciado: que alguien le esperase en casa por las noches e incluso una familia algún día. Sueños que Kendall ya le había dicho que ni quería ni pensaba convertir en realidad.
    No obstante, aquella mujer juguetona había hecho que esas esperanzas reviviesen. Esa manera de ser era la que él debía alimentar, y tenía que reconocer que su presencia allí era buena señal.
    – ¿Qué has hecho durante el día? -La actitud desenfadada parecía ser un mantra renovado con Kendall.
    – He tomado un desayuno de negocios con Charlotte. -Dio otro sorbo al vino.
    – ¿Tú no vas a comer?
    Kendall se sonrojó visiblemente.
    – Ya he comido. Un plato lleno de los brownies de Pearl, pero ésa es otra historia -dijo riendo.
    – Pues la quiero oír. Aunque prefiero que antes me cuentes de qué has hablado con Charlotte -dijo, antes de darle un buen bocado a la pizza.
    – Va a poner mis joyas a la venta. -Su voz destilaba orgullo y satisfacción-. En depósito.
    – ¡Qué bien! O sea que esta noche vamos a celebrarlo. -Estaba claro que Kendall daba mucha importancia a su trabajo, por motivos que intuía que iban más allá de la necesidad económica.
    Kendall asintió.
    – Supongo que lo celebraremos, pero yo no lo había previsto así. Quería que esta noche estuviera dedicada a ti.
    Rick se sintió embargado de gratitud.
    – Bueno, pues satisfaz mi curiosidad. Así me complaces. Háblame de tus joyas.
    Kendall frunció el cejo ante el claro intento de entorpecer sus planes.
    – Preferiría saber qué has hecho tú el día de hoy.
    Rick se rió.
    – De acuerdo, te seguiré la corriente. Yo primero.
    Kendall bajó la mirada y se dio cuenta de que Rick se había terminado su porción de pizza, así que le puso otra en el plato.
    Él se limpió la boca con una servilleta.
    – He tenido un día típico. El papeleo de siempre, patrullar, interrogar y un poco de formación en el instituto.
    – ¿Qué tipo de formación?
    – Programa DARE para los profesores. Educación sobre el uso indebido de drogas. -Le explicó el acrónimo del que había oído hablar pero cuyo significado exacto desconocía-. Soy el agente DARE del instituto.
    – Hum. Los chicos son afortunados de aprender contigo. No sé por qué pienso que un tipo apuesto como tú por lo menos mantiene interesadas a las chicas -dijo Kendall en broma.
    – Kendall -dijo él a modo de advertencia. Aunque Rick bromeaba sobre muchas cosas, el DARE no era una de ellas.
    – No pretendía trivializar. Es muy importante que los jóvenes sean conscientes. Espero que en el internado de mi hermana estén haciendo algo la mitad de bueno de lo que estoy segura que haces tú. Y dado que las quinceañeras se fijan en el sexo opuesto, si así suscitas su interés, ¿qué más da que el motivo sea tu aspecto? Te escucharán y habrás conseguido algo muy importante para esos jóvenes, sus padres y la sociedad.
    Kendall habló apasionadamente de un tema que para Rick era trascendente, y las palabras de ella disiparon sus dudas. Se avergonzaba de haber creído que Kendall menospreciaría un tema como ése. Sabía que ella no era así. El hecho de que congeniara con él en ese sentido demostraba algo que su instinto ya sabía. Estaban hechos el uno para el otro en muchos sentidos.
    – ¿Y qué me dices de los chicos del programa? -preguntó ella-. ¿Cómo captas su interés?
    – No es tan fácil. Pero según tu descripción, llamar la atención de las chicas debe de ayudar. Ellos quieren estar donde hay acción, es decir, donde están ellas. -Se rió, sorprendido de que la perspectiva de Kendall tuviera sentido, por lo que pensó aprovecharla en el futuro.
    – ¿Y de qué iba la reunión de hoy?
    – Como es verano, estamos trabajando en la formación de profesores para septiembre.
    – ¿Ha ido bien? -Kendall se inclinó hacia adelante y apoyó el mentón en las manos.
    – Lo mejor posible, teniendo en cuenta que allí estaba Lisa Burton -farfulló.
    – Lisa. -Kendall pronunció el nombre con evidente desagrado.
    – ¿La conoces? -preguntó Rick cauteloso. A saber lo que la maestra celosa podría haberle dicho o hecho a Kendall, la supuesta novia de Rick. En seguida se dio cuenta de que Kendall ya no era su supuesta nada.
    Era real. Increíble y hermosamente real.
    Ella exhaló un suspiro.
    – No me ha sido presentada oficialmente. Estaba en la peluquería y se mostró desdeñosa conmigo. Aunque ya ves lo que me importa.
    En sus ojos vio que mentía. Le había dolido, y a Rick le parecía increíble lo mucho que deseaba no sólo protegerla sino evitarle todo agravio o dolor.
    – No vale la pena preocuparse por Lisa. No es más que una mujer celosa que no sabe aceptar un no por respuesta.
    – ¿Es una de las que te va detrás?
    Estuvo a punto de decir que todas le iban detrás, tan abrumador había sido el aluvión. Pero de acuerdo con sus planes, ahora que el pueblo pensaba que salía con Kendall, hacía días que ninguna le había echado los tejos.
    – Si Lisa te molesta, dímelo.
    Kendall arqueó una ceja.
    – ¿Y qué vas a hacerle? ¿Detenerla por grosera? Venga ya. -Desechó su oferta de protección-. La verdad es que he sido forastera en muchas poblaciones. No se puede caer bien a todo el mundo, eso es normal. Yo sola puedo manejarla. Pero si se te acerca demasiado, entonces ya no sé si seré responsable de mis actos. -Sonrió y apuró la copa de vino.
    – Vaya, así que eres posesiva, ¿eh? -Le dio un toquecito en la punta de la nariz con el dedo.
    – Lo mío es mío -se encogió Kendall de hombros como respuesta.
    Era obvio que el vino la había relajado y que no estaba tan a la defensiva y, aunque bromeaba, Rick detectó un atisbo de seriedad en su tono que le gustaba. Parecía que, con Kendall, las sorpresas no se acabarían nunca, porque resulta que no le importaba que fuera posesiva.
    – ¿Has acabado? -preguntó ella.
    Bajó la mirada, sorprendido de haberse comido no dos, sino tres porciones sin ni siquiera darse cuenta. La conversación y la compañía le resultaban demasiado estimulantes como para concentrarse en la comida.
    – Ya lo creo. Estoy a tope. -Hizo ademán de levantarse pero Kendall se lo impidió poniéndole la mano en el hombro.
    – Has trabajado todo el día. Recojo yo. Tú acábate la cerveza y relájate. -Recogió los platos de papel y su copa de vino vacía y se dirigió al fregadero.
    Al tratarse de cocina americana, Rick pudo continuar la conversación con Kendall sentado a la barra, y observarla mientras trabajaba. Tenía un cuerpo espléndido y la ropa se ceñía a todas sus curvas, lo cual despertó sus instintos masculinos más primarios a pesar de lo agotado que estaba.
    Aunque era incapaz de apartar la mirada de sus caderas y su trasero firme, pues al fin y al cabo era un hombre, su corazón y personalidad era lo que más le interesaban en esos momentos.
    – Háblame de tus joyas.
    Kendall había tirado los platos de papel a la basura y envuelto las porciones restantes.
    – ¿Las quieres en la nevera o en el congelador? -le preguntó.
    – En la nevera. Serán mi comida de mañana.
    – Bueno, trabajo con dos estilos distintos de joyas -dijo, mientras seguía ocupada en la cocina-. Espero aprender técnicas nuevas en Arizona, sobre todo para trabajar con turquesas, pero ahora mismo lo que hago son joyas metálicas con cuentas.
    También tengo otra idea pero todavía no la he puesto en práctica. Sólo tengo bocetos y tendría que enseñártelos… -Se calló a propósito-. Qué tontería. No creo que las joyas femeninas te interesen mucho.
    Sin pensarlo dos veces, se levantó, entró en la cocina y la acorraló entre la encimera y su cuerpo.
    – Yo en tu lugar no presupondría lo que no sabes.
    Kendall se humedeció los labios.
    – ¿A qué te refieres?
    – Pues a que podrías perderte alguna sorpresa si lo haces. Es cierto que la joyería femenina no me interesa especialmente. Pero si se trata de algo que tú has creado, la cosa cambia.
    Kendall llevaba una gargantilla muy original, similar a un collar de encaje. Levantó la pieza y tocó algunos de los intrincados dibujos hechos con pequeñas cuentas. Él observó la pieza de artesanía asombrado. Kendall tenía mucho talento y Rick estaba convencido de que Charlotte se había dado cuenta o, de lo contrario, no habría aceptado vender las joyas en su querida tienda.
    – Es preciosa -observó Rick-. Igual que tú. -Le desabrochó la gargantilla por detrás y la colocó en la encimera que tenía al lado; acto seguido se inclinó hacia adelante y posó los labios en la suave piel que había estado en contacto con la gargantilla.
    Inhaló la fragancia femenina y sintió una punzada de deseo en la entrepierna. Como no estaba preparado para aplacar ese deseo en concreto, se dedicó a excitar antes a Kendall. Le recorrió con la lengua la línea ligeramente enrojecida que le había dejado el collar, calmándole la piel y, a juzgar por el débil gemido de ella, logrando su objetivo.
    – Rick.
    Su voz grave erizó todavía más sus terminaciones nerviosas ya de por sí sensibles y le pareció que el dormitorio del pequeño apartamento estaba demasiado lejos.
    – Rick, espera.
    Él gimió y dio un paso atrás.
    – ¿Qué ocurre?
    – Esta noche no es para satisfacerme a mí, y ya veo que vas por ese camino. No es que me importe, de hecho me encantaría, pero me he prometido que ésta sería tu noche. -Tomó la cara de Rick entre las manos-. Te lo has ganado. -Le dio un tierno beso en la boca-. Te lo mereces. -Le pasó la lengua por los labios mientras le acariciaba el mentón con los pulgares-. Y lo único que quiero ahora es compensarte. Eso me satisfaría incluso más.
    – Hum. De acuerdo.
    – Bien. Has trabajado muchas horas. Ve a relajarte a la habitación mientras yo acabo de recoger. -Le masajeó los hombros mientras hablaba, dándole una muestra de lo que tenía en mente.
    Kendall había preparado el encuentro a conciencia y a Rick no le cabía la menor duda de que le daría mucho más que un simple masaje en sus doloridos músculos
    – Si te ayudo acabarás antes.
    – Preferiría que no lo hicieras. Venga, vete -le instó ella bajando el tono de voz.
    Nadie le había hablado jamás en ese tono tan tierno y cálido. Nadie le había tocado con tanta delicadeza. Y nadie había puesto sus necesidades por delante de las suyas. Kendall sí. Era obvio que tenía algo planeado. Quería llevar la voz cantante, quería entregarse a él.
    No podía decir que le importara.
    – Acabaré en seguida. Te lo prometo. Es sólo que no quiero dejarlo todo por medio. -Señaló el dormitorio-. Ve.
    – No me habías dicho que fueras tan mandona. -Rick sonrió ampliamente mientras retrocedía.
    – Eso es porque nunca me lo has preguntado. -Le guiñó un ojo y se dio media vuelta para seguir con la limpieza.
    Rick la observó un momento antes de marcharse a la habitación y tumbarse encima de la cama. En cuanto se relajó, su cuerpo recordó lo muy agotado que estaba. Agradecía sobremanera que Kendall lo hubiera sorprendido, que estuviera con él en esos momentos.
    Lo que más quería en el mundo era tenerla en la cama, a su lado. Pero se le hizo un nudo en la garganta al recordar lo poco probable que era que ella permaneciera allí durante mucho tiempo.

Capítulo 7

    Kendall tiró la botella de cerveza en el cubo de reciclaje, secó la copa de vino y la dejó en el armario del que la había sacado. Como ésa era la noche de Rick, no quería dejar nada desordenado o sucio que le diera trabajo. Cuando la cocina estuvo inmaculada, apagó la luz y se dirigió al dormitorio.
    Advirtió un tenue parpadeo y se dio cuenta de que Rick había puesto la tele mientras la esperaba. Notó cómo le palpitaba el corazón al pensar en lo que le depararía la noche, pero al entrar en la habitación advirtió que, durante los escasos minutos que había estado en la cocina, Rick se había quedado dormido. Estaba encima de la cama, con las zapatillas puestas, clara demostración de su agotamiento. Kendall sonrió y se sentó en el borde del lecho, a su lado.
    Las facciones se le relajaban cuando dormía. Sin tensión ni agotamiento, resultaba incluso más atractivo. Kendall le pasó la mano por la mejilla y él se volvió hacia su palma. Con ese gesto cálido e íntimo de confianza, Kendall ardió de deseo y necesidad, aunque reconoció que también había una buena dosis de emoción.
    El mero hecho de haber decidido ir allí esa noche y cuidar de Rick le indicaba que sentía algo más aparte de lujuria. Pero no quería que le entrara el pánico. Después de todo por lo que había pasado, tenía la intención de cumplir el mantra del «aquí y ahora». Había tenido muy pocos momentos como ése en la vida.
    Se tumbó y se hizo un ovillo junto a él, dejando que el calor de su cuerpo viril le traspasara la piel y la calentara por dentro y por fuera. La seguridad también era algo que, por desgracia, faltaba en su vida, y con ese hombre no sólo se sentía deseada sino cuidada en todos los sentidos. No tenía motivos para no aprovechar todo aquello mientras durara.
    Bostezó justo cuando su brazo la rodeaba y la acercaba más a él, notó la presión insistente de su erección en el trasero, convencida de que Rick ni siquiera debía de ser consciente de que la tenía. Sonrió porque sabía que, cuando se despertara, ella se encargaría de ese asunto, así como de otras cosas que necesitaban alivio.

    Una ola de calidez inundó el cuerpo de Kendall cuando una mano fuerte se deslizó entre sus piernas y se abrió paso bajo la ropa hasta sus pliegues más íntimos y femeninos. Estaba húmeda, preparada para que la penetrara y le hiciera el amor. Pero él parecía tener otros planes porque sus habilidosas manos y dedos alternaban entre un suave cosquilleo con un dedo y una rotación insistente de la palma contra su monte de Venus. Con esa sensación de maravilla, la llevó cada vez más cerca del orgasmo.
    Respiraba de forma entrecortada mientras una sensación increíble asaltaba su cuerpo como si de un bombardeo se tratara. Sacudió las caderas hacia adelante en un intento fútil de conseguir que él se adentrara más en su cuerpo. Las olas eran cada vez más altas hasta que la cubrieron y ella gritó en el momento en que, felizmente, por fin cayó al otro lado del precipicio en el orgasmo más explosivo que jamás había tenido.
    Kendall se despertó sudorosa. Los brazos de Rick le rodeaban la cintura y su mano, la fuente de aquel placer tan exquisito, reposaba en su cuerpo. Se retorció a su lado porque seguía teniendo convulsiones de cálido placer y al final se hundió entre sus brazos. Rick la acercó todavía más a él y le dio un tierno beso en el cuello que, de nuevo, la estremeció.
    – No juegas limpio. -Kendall se acurrucó todavía más junto al hombre.
    La risa profunda de Rick resonó en el cuerpo de ella.
    – Pues no te has quejado.
    – Estaba dormida.
    – Entonces debes de haber tenido algún sueño, porque has gritado mi nombre.
    Kendall se puso de costado para verle la cara.
    – Menudo canalla. -Pero se rió-. Recuerdo haber leído en algún sitio que los orgasmos que se producen durante el sueño son más intensos y placenteros que los que se tienen despierto.
    Rick se incorporó, apoyándose en un codo, y la miró.
    – ¿Y eso es verdad? -preguntó esbozando una risita de satisfacción.
    Había sido una experiencia increíble y él lo sabía, el muy arrogante. Kendall decidió que había llegado el momento de bajarle los humos.
    – Totalmente cierto. -Más o menos, se corrigió ella en su interior. Todos los orgasmos que había tenido gracias a sus caricias o a la penetración habían sido increíbles. Kendall se desperezó lánguidamente, con el cuerpo todavía sensible por la excitación y el deseo.
    Rick dejó de sonreír y frunció el cejo.
    – ¿Qué pasa?
    – Conque más intensos y placenteros cuando estás dormida, ¿eh? Me parece que voy a tener que superarme mientras estés despierta.
    Kendall notó su mano sinuosa y le impidió que la moviera sujetándolo por la muñeca.
    – Para empezar, ya te has superado y, para continuar, esta noche es para ti. ¿Por qué te cuesta tanto delegar?
    Incluso mientras le formulaba la pregunta, se dio cuenta de que estaba profundizando en su psique y en lo que motivaba sus actos. Era obvio que su necesidad de proteger se remontaba al pasado y Kendall quería saber más.
    – ¿Estás segura de que quieres saberlo? La respuesta es larga.
    – Estoy segura.
    Se encogió de hombros y se acomodó, colocándose la almohada detrás, aceptando claramente que iban a charlar un buen rato.
    – Ya sabes que mi padre murió cuando yo tenía quince años. Vi que Chase se convertía en el cabeza de familia. Se aseguró de que el periódico siguiera adelante y le dio a mamá un asunto menos del que preocuparse en aquellos momentos tan duros.
    – Lo siento. -Le apretó la mano y se acurrucó otra vez junto a él, más para consolarlo que por necesidad propia.
    – Supongo que así es la vida. Pero no te sientas mal por Chase porque nunca se ha arrepentido de sus decisiones. Y no me compadezcas a mí tampoco. Hasta el momento, no me puedo quejar de la vida. Unos cuantos baches en el camino, pero nada que no haya podido superar.
    Kendall no se creía esa valoración tan despreocupada de su pasado pero no pensaba ponerla en entredicho, no mientras se sinceraba con ella.
    – Mamá era quien nos preocupaba -continuó-. Y nuestra misión pasó a ser cuidar de ella.
    – A mí me parece que Raina es muy independiente.
    – Ahora sí. -Rick miró el techo-. Quizá lo haya sido siempre, pero como entonces éramos los tres hombres de la casa, siempre pensamos que nuestra obligación era cuidarla.
    Kendall asintió. Los tres hermanos Chandler eran unos hombres increíbles. Cualquier mujer se sentiría afortunada de conquistar a uno de ellos. Se estremeció al pensarlo y se concentró en la conversación.
    – ¿Y luego? ¿Cómo pasaste de cuidar de tu madre a hacerte policía?
    Rick la miró por el rabillo del ojo.
    – Esta noche estás muy curiosa.
    – Sígueme la corriente. -No quería reconocer que anhelaba la intimidad que habían empezado a compartir-. ¿Por qué entraste en el cuerpo de policía?
    – ¿No quieren todos los chicos ser policías?
    – Puede ser, pero no todos cumplen su sueño al hacerse mayores.
    Rick sonrió.
    – Buena forma de mirarlo. Chase se aseguró de que Roman y yo tuviéramos la oportunidad de materializar nuestros sueños. Los de Roman eran más sencillos. Siempre había querido seguir los pasos de papá, sólo que quería hacerlo sobre el terreno. Yo no estaba tan convencido, pero Chase se encargó de que los dos fuéramos a la universidad antes de tomar una decisión de por vida.
    Kendall suspiró.
    – Qué suerte tienes de tener una familia que se preocupa tanto por ti.
    Rick la estrechó más contra su cuerpo como si advirtiera la naturaleza sensible y dolorosa del tema.
    – Ya has conocido a mi madre. Una familia tan unida tiene ventajas e inconvenientes -dijo irónicamente-. A mí no me iba el periodismo, pero de todos modos todos trabajábamos en el periódico después de clase. Yo lo odiaba, y después de ver que me escaqueaba tanto como podía, Chase me colocó con el jefe Ellis. Se imaginó que si tenía que informar sobre los delincuentes juveniles que iban a la cárcel, me enmendaría. Como de costumbre, porque es un sabihondillo, mi hermano mayor tenía razón. Descubrí mi vocación.
    Kendall se echó a reír.
    – Parece más un padre que un hermano mayor.
    – Sólo cuando estábamos mirando. Chase tenía vida social propia cuando podía. No puedo demostrarlo, pero estoy seguro de ello. Sin embargo, se aseguró de que nosotros dos fuéramos por buen camino, lo cual, aparte de la incursión de Roman en la ropa interior femenina, no le costó demasiado.
    – ¿¡Qué!?
    Rick sonrió.
    – Roman hizo una buena trastada. A los dieciséis años le robó las bragas a una chica. Me parece que conoces a la víctima: Terri Whitehall.
    – ¿Esa repipi? -Al recordar a la remilgada mujer de cuello almidonado, Kendall se rió todavía más-. O sea que eso explica por qué le culparon del robo de bragas la pasada primavera.
    Las andanzas del hermano Chandler parecían ser una especie de leyenda en el pueblo y Kendall había oído muchas anécdotas al respecto durante sus incursiones al supermercado para comprar comida o productos de limpieza.
    Rick asintió.
    – Era imposible que fuera Roman. Mamá ya le hizo pagar por su trastada en aquel entonces. Tenía que lavar a mano sus calzoncillos y tenderlos en el jardín delantero. Las chicas venían a verlo y a reírse. Se le pasó la tontería para siempre.
    Kendall entornó los ojos.
    – Los Chandler erais unos buenas piezas, ¿verdad?
    – Mamá nos llamaba «briosos». Chase decía que éramos un coñazo. -Rick se rió por lo bajo, consciente de que, a pesar de todos los altibajos de la familia Chandler, era un hombre muy afortunado, como había dicho Kendall.
    Era obvio que ella no había tenido tanta suerte.
    – Háblame de tus padres -le dijo él.
    – Háblame de tu matrimonio -contraatacó ella.
    Rick respiró hondo. Bajo ningún concepto pensaba hablar de su ex mujer con Kendall. Jillian pertenecía al pasado. Lo había dejado atrás hacía mucho tiempo.
    Pero si eso era cierto, entonces, ¿por qué no quería contárselo a Kendall en ese momento?, le preguntó una voz provocadora. Porque exteriorizar ese dolor podría obligarle a levantar barreras contra Kendall, a protegerse para no sufrir un daño mayor del que le había infligido Jillian al preferir a otro hombre y otra vida antes que a él. Kendall ya había decidido que se marcharía y Rick no tenía ninguna intención de sacar a relucir sentimientos pasados que pudieran distanciarla de él. No quería que nada se interpusiera entre ellos hasta que Kendall se marchara.
    Rick se dio la vuelta y la inmovilizó tumbada boca arriba, sujetándole los brazos contra el colchón.
    – Soy experto en el arte de interrogar -dijo con una sonrisa-. ¿De verdad crees que puedes disuadirme? -No le pasó por alto que tenía la entrepierna entre las piernas de Kendall y que su deseo resultaba obvio a pesar de las capas de ropa.
    Kendall dejó escapar un suspiro forzado que se asemejaba mucho a un gemido de placer.
    – Bueno, si vas a emplear tácticas de tortura, supongo que no me queda más remedio que hablar -contestó con voz grave y jadeante.
    Rick se alegró de ver el efecto que surtía en ella pero eso no cambió lo que necesitaba en ese momento: información. Por muy independiente que Kendall fuera, ya había reconocido que nunca había tenido una vida familiar estable. Como adulta, era obvio que seguía huyendo de algo. Por lo menos Rick así lo veía. Tal vez si comprendiera de qué podría plantearse cambiarle el modo de ver las cosas. No albergaba grandes esperanzas pero tenía que intentarlo.
    Rick Chandler nunca se daba por vencido sin luchar.
    – Quiero saber cómo te afectó su ausencia -dijo, refiriéndose a sus padres.
    – No me afectó.
    Pero apartó la mirada de él, lo cual convirtió su respuesta en una mentira para autoprotegerse, como él había supuesto.
    – ¿Kendall? -Le soltó una de las manos y le sujetó el mentón para que no tuviera más remedio que mirarlo a la cara-. Sospecho que tuviste una infancia solitaria.
    – Tenía familia -replicó, demasiado a la defensiva.
    – ¿Cuál es el más largo período de tiempo que pasaste con cualquiera de tus distintos parientes?
    – Dos años, quizá tres. Tenía muchos parientes entre los que escoger -respondió con excesiva ligereza.
    Rick optó por no preguntar por qué ninguno le ofreció la suficiente estabilidad como para quedarse con ellos de forma permanente. Su objetivo era intimar más con ella, no causarle dolor.
    Kendall exhaló un suspiro.
    – Creo que el lema de mi familia debe de ser el aislacionismo. Mi madre tiene dos hermanas y un hermano y mi padre tiene un hermano. Cada uno de ellos cumplió con su deber cuando le tocó, pero ninguno quiso tener la responsabilidad permanente de cuidar de una niña.
    Kendall lo sorprendió al profundizar en el tema que él había decidido no tocar. Dándose cuenta de lo difícil que debía de resultarle hablar de sus sentimientos, guardó silencio y dejó que le contara más cosas por voluntad propia.
    – Aparte de tía Crystal. -A Kendall se le iluminó el semblante al recordar a su pariente más querida-. Fue la mejor época. Tenía diez años y no recuerdo gran cosa, pero sí mucho amor. Y galletas. -Sonrió y las mejillas se le pusieron rosadas por la calidez y la ternura del recuerdo-. Incluso después de que me marchara, cuando le diagnosticaron artritis en las manos, por lo cual no podía ocuparse de una muchachita, me escribía cada semana… o yo creí que me escribía. Más adelante me di cuenta de que le dictaba las cartas a una amiga.
    – La cuestión es que se preocupaba por ti.
    Kendall asintió y luego tragó saliva. Una lágrima solitaria le resbaló por la mejilla.
    La intención de Rick no había sido desenterrar recuerdos dolorosos, pero era lo que había conseguido. Kendall le había abierto las puertas de su corazón. Le secó la lágrima de la mejilla con el pulgar antes de sellarle los labios con un beso. Como de costumbre, ese acto encendió en él el ardiente deseo de entrar en ella pero, más que la necesidad física, Rick quería demostrarle que le importaba. Hacerla sentir especial y hacerle saber que la quería de formas muy distintas. La desnudó lentamente, escudriñándola con la mirada y venerándola con las manos. Él en cambio se quitó la ropa rápidamente y se dispuso a coger la caja de preservativos del cajón.
    – Vamos a acabar la caja -dijo ella, claramente satisfecha.
    – De eso se trata.
    En cuanto rasgó un envoltorio, Kendall se lo quitó de la mano.
    – Déjame a mí.
    Y, mientras él miraba, Kendall hizo lo que le había prometido antes, ocuparse de él, enfundando su erección con manos trémulas. Luego Kendall se tumbó boca arriba en la cama y se abrió de piernas, aguardándole. Saber que ella lo deseaba tanto como él, lo excitaba sobremanera. Su cuerpo desnudo quitaba el hipo.
    Se situó sobre ella y la penetró con rapidez. Kendall estaba muy húmeda y se contraía alrededor de su miembro, haciendo que éste la penetrara cada vez más. Le rodeó la cintura con las piernas y lo absorbió completamente hacia su interior. Ambos tenían la piel resbaladiza por el sudor, sus cuerpos se mecían al unísono, no con rapidez y frenesí sino avanzando juntos hacia el orgasmo, la unión profunda de dos personas que no sólo habían desnudado sus cuerpos sino sus almas.
    Rick creía que hacía tiempo que había comprendido la diferencia entre acostarse con alguien y hacer el amor. Pero cuando embistió a Kendall por última vez y ambos se situaron al borde del precipicio, comprendió esa distinción de una forma que nunca antes había experimentado.
    Al cabo de unos minutos, todavía tembloroso por la excitación liberada y respirando entrecortadamente, se acomodó bajo las sábanas abrazado a Kendall. Le embargó una sensación de paz y tranquilidad, junto con otra de fatalidad inminente.
    – Se supone que esta noche tenía que cuidar de ti -le susurró mientras se le cerraban los párpados.
    Rick se rió.
    – Y has cumplido.
    – Me alegro. -Su voz somnolienta le llegó al corazón.
    Permanecieron abrazados en silencio y esperó a que su respiración se tornara lenta y superficial antes de cerrar los ojos. Podría acostumbrarse fácilmente a eso pero, a diferencia del sueño de convertirse en policía, este que incluía a Kendall era mucho más difícil de conseguir.

    Un timbrazo agudo despertó a Kendall de un sueño profundo y reparador. No quería que la molestaran, pues la envolvía una deliciosa calidez, pero una mano le zarandeaba el brazo y no le quedó más remedio que abrir los ojos.
    – Kendall, es tu teléfono -dijo Rick.
    Ella se quejó y hundió la cabeza en la almohada antes de darse la vuelta y levantarse de la cama. El aire acondicionado entró en contacto con su piel desnuda y sintió un escalofrío. Rebuscó en el bolso, sacó el teléfono y miró el número de quien la llamaba. Lo único que reconoció fue el prefijo de Vermont. Hannah, pensó, y se dio cuenta entonces de que el aire frío sobre su cuerpo desnudo era el menor de sus problemas.
    Pulsó el botón verde esperando que la llamada no se hubiera perdido.
    – ¿Hannah? Hannah, ¿sigues ahí?
    – Por supuesto que sigo aquí. Vermont está en el culo del mundo. No puedo ir muy lejos sin dinero o un coche. -El tono irritado de su hermana recorrió la línea telefónica.
    – No me refería a eso. -Kendall se pasó una mano por el pelo despeinado-. Tenemos que hablar.
    – Sí, claro.
    Kendall entornó los ojos. Hannah llevaba varios días evitando sus llamadas y ahora de repente quería hablar.
    – ¿Qué ocurre?
    – Como si te importara.
    Kendall hizo caso omiso del comentario.
    – He hablado con el señor Vancouver y…
    – Me odia.
    – Por lo que parece le has dado motivos para ello.
    Su hermana soltó un bufido.
    – Me dijo que te habían dado una última oportunidad.
    – Ya no importa.
    Kendall parpadeó.
    – ¿Que ya no importa? ¿Cómo lo has conseguido? ¿Te has disculpado o…?
    – Me he largado.
    – ¿Qué quieres decir con eso de que te has largado? -chilló Kendall. Rick, que seguía en la cama, se sobresaltó y se levantó para hacer que se sentara en el colchón-. ¿Dónde estás? ¿Y cómo estás? -Intentó conservar la calma. Por el momento.
    – ¿A ti qué te parece? Tampoco puede decirse que allí me quisieran. Estoy convencida de que le he ahorrado el trabajo de expulsarme.
    – ¿Expulsarte? -Aunque el señor Vancouver había insinuado que tal cosa era posible, Kendall había dado por supuesto que antes se sentaría con Hannah y sus padres, o con Hannah y Kendall, y lo hablarían. Además, nunca había pensado que su hermana pudiera hacer algo que tuviera unas consecuencias tan drásticas.
    – ¿Quieres dejar de repetir lo que digo? No hay para tanto. Ese internado es una mierda.
    – Ojo con lo que dices.
    – No me digas lo que tengo que hacer. No eres mi madre.
    Kendall sintió vergüenza ajena al oír el tono desagradable de Hannah. ¿Qué había sido de su tierna hermana y qué la había hecho escaparse del internado?
    – Mira, resulta que soy tu único familiar adulto que aparece como persona de contacto en el internado. Eso me concede ciertos derechos. Y el primer derecho que tengo es obtener respuestas claras. -A la pregunta más importante, pensó Kendall-. ¿Cómo estás?
    – Como si te importara -espetó Hannah con aquel tono desdeñoso.
    – Pues me importa.
    – Lo que tú digas. Estoy bien y estoy en la estación de autobuses que hay cerca del internado. Necesito un billete y saber dónde estás. Entre papá, mamá y tú, es como si no tuviera familia.
    Las palabras de Hannah fueron como una daga que a Kendall se le clavó en el corazón. Había vivido la vida que Hannah acababa de describir y no había sido agradable y tampoco había tenido demasiados momentos cariñosos para recordar. Sus padres habían decidido enviar a su hermana pequeña a un internado para ofrecerle más estabilidad de la que había tenido Kendall. Pero ¿acaso la estabilidad sustituía a una familia?, le planteó una voz interior.
    – Hannah…
    – No te pongas ñoña conmigo. Sácame de aquí, ¿vale?
    Kendall parpadeó. Era obvio que su hermana tenía interiorizados el sufrimiento y la hostilidad. Y Kendall ni siquiera se había dado cuenta de ello. Había estado tan absorta cuidando de tía Crystal y enfrentándose a sus problemas que se había limitado a dar por supuesto que Hannah estaba contenta y feliz en el internado. Suposición que ahora pagaría cara.
    Pero antes que nada, tenía que conseguir que Hannah volviera a casa. Como si tuvieran una… Kendall consultó la hora. Eran las ocho de la mañana. Se frotó los ojos.
    – Dime exactamente dónde estás y llamaré para comprar un billete de autobús. ¿Llevas encima tu documentación? -Hizo un gesto a Rick para pedirle lápiz y papel.
    – Sí.
    Rick le tendió lo que había pedido.
    – Gracias -le dijo moviendo los labios-. Adelante, Hannah. -Kendall apuntó el nombre de la estación de autobuses de Vermont junto con el código postal y luego le dijo que pidiera el número de teléfono-. Me encargaré del tema y tendrás un billete. Te esperaré en la estación de autobuses de aquí.
    – Lo que tú digas.
    Kendall intuyó que, más allá de su pasotismo, su hermana era una chica sola y asustada en una estación de autobuses, o quizá Kendall necesitara creer que su hermana no era tan dura y desafecta como parecía. Al fin y al cabo, había estado en contacto con Hannah últimamente y le había parecido que estaba bien. Pero «¿cuándo fue la última vez que realmente te tomaste la molestia de escucharla?», le preguntó la misma voz acusadora. Como no quería hacer frente a las respuestas ni al sentimiento de culpa, Kendall se centró en el aquí y ahora.
    – Ten cuidado, Hannah.
    – No pienso volver a ese sitio. -A la chica se le quebró la voz y Kendall se dio cuenta de que esta vez no se lo había imaginado.
    Kendall tragó saliva para deshacer el nudo que tenía en la garganta.
    – Cuando llegues aquí hablaremos, ¿vale?
    – Prométeme que no volverás a enviarme a ese sitio.
    Tendría que ponerse en contacto con sus padres de alguna manera, pero ninguna persona tenía por qué permanecer en un lugar donde era tan infeliz.
    – Te lo prometo.
    Desde el otro extremo de la línea se oyó un fuerte suspiro de alivio.
    – Llamaré al señor Vancouver y le explicaré que vienes hacia aquí. No quiero que llame a la policía o que dé parte de tu desaparición.
    – No te tomes demasiado en serio nada de lo que diga, el cabeza huevo…
    – ¿Así llamas al señor Vancouver? -Kendall imaginó que sí.
    Hannah respondió con un bufido.
    – No tiene sentido del humor.
    – Yo tampoco lo tendría si me llamaras cabeza huevo -dijo Kendall irónicamente. No estaba segura de querer oír la última trastada de Hannah.
    – Sólo se lo he dicho a la cara una vez.
    Kendall negó con la cabeza y se dio cuenta de que tendría mucho trabajo por hacer cuando Hannah llegara.
    – Ahora cuelga para que te compre el billete. Quiero que llegues aquí sana y salva. Quédate al lado del teléfono de la estación. Te llamaré dándote los detalles.
    Kendall se pasó los cinco minutos siguientes al teléfono, comprando el billete y asegurándose de que el empleado vigilaría a Hannah hasta que cogiera el autobús antes de volver a llamar a su hermana.
    Al final, colgó el teléfono y se dirigió a Rick.
    – Sale a las 10.45. Tengo que recogerla en Harrington a las 14.55.
    – ¿Qué ha pasado? -Rick le quitó el móvil de la mano y lo dejó en la mesita de noche.
    Kendall se pasó una mano temblorosa por el pelo y luego empezó a caminar de un lado a otro.
    – No me lo puedo creer.
    – Ven, siéntate. -Dio una palmadita en la cama en la que habían hecho el amor y dormido felizmente ajenos al mundo, mientras su hermana era tan desgraciada.
    Y Kendall sin saberlo. Ni se lo había imaginado. Negó con la cabeza mientras le daba vueltas al asunto.
    – Hannah debe de estar consternada. Porque ¿cómo es posible que se haya marchado del internado? ¿Cómo es capaz de cometer la estupidez de ir a la estación de autobuses sin pensar en un destino? ¿Cómo se puede ser tan impulsiva?
    Rick hizo una mueca.
    – Perdona que diga una obviedad, pero tú eres así.
    Kendall abrió la boca para replicarle, pero se dio cuenta de que no podía.
    – Vale, o sea que es cosa de familia. Pero ¿sabes qué puede pasarle a una chica de catorce años sola en una terminal de autobuses? -Se estremeció al pensarlo-. Más vale que el empleado la vigile.
    Rick cogió el papel en el que Kendall había anotado la información y llamó por teléfono.
    – ¿Hola?
    – ¿Qué estás…?
    Alzó una mano para silenciarla.
    – Soy el agente Rick Chandler, de la comisaría de policía de Yorkshire Falls, en Nueva York. ¿Tiene ahí a una menor llamada Hannah Sutton? -Esperó la respuesta y luego asintió en dirección a Kendall-. Bien. Le agradecería que se asegurara de que sube al autobús adecuado y de que ningún desconocido la molesta mientras espera. Puedo darle mi número de placa como identificación si lo desea… -Volvió a guardar silencio mientras escuchaba-. ¿No hace falta? Gracias. Muy amable. Adiós. -Colgó el auricular y dedicó una sonrisa a Kendall.
    – ¿Puedes hacer estas cosas?
    Rick se encogió de hombros.
    – Acabo de hacerlo. ¿Te sientes mejor?
    – Mucho mejor. -Volvió a la cama y le dio un fuerte abrazo de agradecimiento-. Gracias. No sabes cuánto significa para mí lo que acabas de hacer.
    Rick no podía decirle lo mucho que ella había llegado a significar para él. No sin ahuyentarla.
    – Te acompañaré a buscarla.
    – ¿No tienes que trabajar?
    – Puedo cambiar el turno con alguien.
    Kendall lo miró conmovida.
    – Te lo agradezco. Ya sabes que por mucho que te haya dicho que quiero a mi hermana no hemos vivido juntas desde que yo tenía dieciocho años. No sé qué hacer con una adolescente. Y encima rebelde. -Se estremeció ante la enorme responsabilidad que se le venía encima-. ¿Cómo puedo conectar con ella?
    – Te ha llamado, ¿no? Ya acabaréis entendiéndoos.
    Kendall negó con la cabeza.
    – Estoy convencida de que no he sido su primera opción, pero no tenía a nadie más a quien llamar. Tengo la impresión de que cree que paso de ella. No es cierto, pero empiezo a entender que le he dado motivos para pensarlo. -Bajó la cabeza no demasiado orgullosa de sí misma.
    Rick le levantó el mentón.
    – Kendall, eres su hermana, no su madre. Tú has tenido que lidiar con tus problemas. Ahora puede contar contigo, eso es lo que importa.
    Con gesto cariñoso, le pasó la mano por la espalda desnuda, saboreando el tacto de su piel. La intimidad que habían compartido había sido un momento fuera de la realidad, y una adolescente les había hecho volver a aterrizar en ella. Rick se compadecía tanto de Kendall como de Hannah. Odiaba no poder disfrutar del tiempo que había pensado pasar a solas con Kendall, pero no iba a dejarla en la estacada, y pensaba ayudarla en los momentos difíciles.
    Ella le dedicó una sonrisa temblorosa.
    – Gracias. Supongo que tendré que intentar localizar a mis padres, si es que están localizables, lo cual es poco probable. Están de viaje por algún lugar de África.
    – Allí no hay teléfonos móviles, ¿verdad?
    – No. Lo cual significa que yo soy quien debe responsabilizarse de Hannah. -Exhaló un suspiro-. Y le he prometido que no volvería a mandarla a Vermont Acres, así que tendré que tantearla y ver a qué tipo de escuela le gustaría ir cuando empiece el curso que viene.
    – Me parece un buen plan, dado que tú no quieres atarte a nada ni a nadie.
    Kendall irguió la espalda y lo miró fijamente.
    – ¿Qué insinúas?
    Rick negó con la cabeza.
    – Nada. -Mira que era bocazas-. Sólo que quedarse en Yorkshire Falls es otra posible solución al problema de Hannah.
    – Oh, no. -Negó con la cabeza-. No. La ciudad de Nueva York ha sido mi último domicilio fijo durante un tiempo. -Apartó la mirada al hablar, incapaz de mirarlo a los ojos.
    ¿Porque estaba resistiendo el impulso de quedarse? Era en lo que Rick confiaba. Porque en algún instante de aquella noche, a pesar de sus buenas intenciones, se había enamorado perdidamente de Kendall Sutton. Mierda, ¿por qué engañarse? Se había enamorado de ella en cuanto la había visto con el traje de novia junto a la carretera.
    Con la llegada de su hermana, a Rick se le presentaba la oportunidad de convencer a Kendall de que Yorkshire Falls era su hogar y de que el pueblo resultaba el lugar ideal para que Hannah fuera al colegio y sentara la cabeza. «Sueños.»
    Más valía que empezara a erigir de nuevo sus muros si quería salir de ésa con el corazón intacto.

    Kendall creía que los adolescentes hablaban sin parar, pero el silencio del coche resultaba ensordecedor. En cuanto Hannah había bajado del autobús y eludido su intento de abrazarla, Kendall se había dado cuenta de que tenía un problema entre manos. Cuando Hannah miró a un Rick uniformado, Kendall pensó que había cometido un grave error al dejar que la acompañara en su primer encuentro.
    – ¿Para qué viene este poli? -había preguntado su hermana con el tono más desdeñoso posible.
    – No es «este» poli, es mi… -Kendall se había quedado callada. Rick era policía, pero no estaba allí por algo que Hannah hubiese hecho. Y Kendall, que no tenía ni idea de cómo clasificar su relación con Rick para sus adentros, mucho menos podía hacerlo ante su hermana de catorce años. Optó por lo que se consideraba un término positivo.
    – Novio.
    – Oh, qué asco.
    – Hablando de asco, ¿qué te has hecho en el pelo?
    Hannah se cogió uno de los mechones color púrpura ondulados.
    – Es guay, ¿verdad?
    Morderse la lengua no le había resultado fácil, pero Kendall lo había logrado. No podía permitirse el lujo de alejar a su hermana todavía más. Ahora volvían a Yorkshire Falls en silencio, aparte de los globos que Hannah no paraba de hacer con el chicle.
    – ¿Y qué se puede hacer en este pueblo?
    Kendall se volvió hacia Hannah y miró a Rick, que conducía.
    – ¿Rick? Tú lo sabes mejor que yo.
    Rick la miró con una mano en el volante.
    – A los chicos les gusta ir a Norman's y además hay un viejo cine y una piscina.
    Hannah entornó los ojos.
    – ¿Ves lo que pasa cuando le preguntas a un poli adonde ir? Para eso mejor me quedo en casa.
    – Dar las gracias resultaría más adecuado que quejarse -le espetó Kendall-. De hecho esperaba enseñarte a trabajar con cuentas o, si eso no te interesa, podríamos hacer unos cuantos bocetos juntas.
    Hannah se limitó a mirarla con recelo, como si no confiara en que Kendall quisiera hacer algo con ella. Bueno, pues tendría que convencerla.
    – He visto tus ilustraciones y sé que tienes talento.
    – Lo que tú digas.
    Hannah habló con indiferencia, pero se quedó mirando fijamente a Kendall, lo cual le hizo pensar que lo que su hermana pequeña necesitaba era tiempo y paciencia para entrar en razón.
    – En cuanto hagas amigos, te lo pasarás bien -le aseguró Rick a Hannah-. Puedo presentarte a gente de tu edad.
    Kendall le dedicó una mirada de agradecimiento.
    – Mientras no sean unos capullos -espetó Hannah, y se recostó en el asiento con los brazos cruzados encima del top exageradamente corto. Además de sobre el pelo, Kendall se había mordido la lengua con respecto a la vestimenta de su hermana. Pero no cabía la menor duda de que parecía una aspirante a Britney Spears o a Christina Aguilera.
    Rick aparcó delante de la casa.
    – Ya hemos llegado.
    Hannah se incorporó y se agarró al reposacabezas del asiento de Kendall para mirar mejor por la ventanilla delantera.
    – ¿Tía Crystal vivía aquí?
    – Sí, antes de tener que mudarse a una residencia.
    – Es enorme.
    Su hermana abrió unos ojos como platos, lo cual hizo que Kendall vislumbrase a la niña que recordaba, distinta a la adolescente airada que acababa de recoger en la estación de autobuses.
    – Estamos en la casa de invitados de la parte trasera. -Kendall esperó que la noticia no estropeara la emoción espontánea de Hannah.
    – ¿Una casa de invitados? ¡Qué guay! -Abrió rápidamente la puerta trasera pero se volvió sin salir aún del coche-. ¿Y quién vive en la casa principal?
    Antes de que Kendall tuviera tiempo de responder, Pearl y Eldin bajaron a recibirles por el camino de entrada; Pearl con su mejor bata de estar por casa y Eldin con el mono y la gorra manchados de pintura.
    – ¿Me estás tomando el pelo? -Hannah salió rápidamente del coche y se quedó mirando a Pearl, que bajaba cada vez más rápido.
    – Oh, Eldin, mira -dijo Pearl señalando a Hannah-. La otra sobrina de Crystal.
    Le dio un fuerte abrazo a Hannah y luego la apartó para observarla mejor. Kendall miró a Rick e hizo una mueca mientras él movía la cabeza y gemía.
    – Espero que Hannah no suelte una de las suyas -musitó Kendall.
    – No te hagas ilusiones, cariño. -Sacó las llaves del contacto-. No sé muy bien cuál de las dos necesita ser rescatada, pero más vale que salgamos.
    Kendall asintió, pero antes le tiró de la manga.
    – ¿Rick?
    Se volvió.
    Su sonrisa fue para ella como el hombro que no se había dado cuenta de que necesitaba, lo cual hizo que le resultara todavía más difícil pronunciar las palabras que dijo a continuación.
    – Sé que esto no estaba en tus planes iniciales, así que si prefieres retirarte, no te lo reprocharé.
    – Hicimos un trato, ¿recuerdas? Soy un hombre de palabra, de modo que tendrás que aguantarme.
    El estómago se le encogió al oír sus palabras. ¿Cuándo se había convertido en un mero trato ante sus ojos? Después de la última noche, pensaba que entre ellos había mucho más.
    «Pero tú le has apartado, ¿no?», le planteó una voz en su interior. Al recordar cómo había reaccionado a la sugerencia de que se quedara en el pueblo, Kendall se dio cuenta de que Rick tenía motivos más que sobrados para guardar las distancias y protegerse. De ella. No lo culpaba, y además agradecía su cambio repentino de actitud.
    Pero independientemente de los motivos, estaba a su lado y había prometido seguir con ella. No podía pedir nada más cuando ella no estaba dispuesta a ofrecer más a cambio.
    Esbozó una sonrisa forzada.
    – Bueno, has tenido tu oportunidad. No te la volveré a ofrecer. -Le cogió de la mano con fuerza porque le necesitaba más de lo que estaba dispuesta a reconocer.
    – No te preocupes. -Él se la quedó mirando fijamente durante unos instantes.
    Kendall aprovechó la situación, se inclinó hacia él y le dio un beso en la boca. ¿Para tranquilizar a quién?, se preguntó, ¿a sí misma o a él? Antes de dar con la respuesta, Hannah soltó un grito.
    Kendall y Rick se separaron, salieron del coche y se acercaron a donde estaban Hannah y Pearl.
    – ¿Qué pasa? -preguntó Kendall.
    – ¿Aparte de que huele a bolas de naftalina y que me ha abrazado?
    – ¡Hannah! -exclamó Kendall, abochornada.
    – No son bolas de naftalina, son sobrecitos de violeta -dijo Pearl, tan tranquila-. Y le he dicho que me alegro mucho de que esté aquí. Está delgada y es obvio que en el internado no comía bien. Ahora mismo tengo una bandeja de brownies enfriándose.
    A Hannah se le encendió la mirada, y Kendall se dio cuenta de que se contenía para que no se le notaran las ganas de aceptar la comida y el cariño que Pearl le brindaba.
    Pearl se inclinó hacia Kendall y, en un aparte, le habló al oído.
    – Deberías comprarle un sujetador. Es joven y las tiene tiesas, pero debería llevar sostén.
    Hannah fue a decir algo, pero Rick le tapó la boca con la mano.
    – Ahora no.
    Pearl se volvió hacia Hannah justo cuando Rick la liberaba.
    – Voy a buscar los brownies y ahora vuelvo, ¿vale? -Sin esperar respuesta, se encaminó hacia la casa.
    – Soy Eldin -dijo el anciano, tendiéndole la mano a Hannah-. Y Pearl tiene buenas intenciones.
    Hannah se lo quedó mirando hasta que Rick le dio un ligero codazo en el brazo. Hannah captó la indicación y le estrechó la mano rápidamente. Probablemente temiera que le diera un fuerte abrazo, como Pearl. Sin embargo, Eldin en seguida le soltó la mano. Asintió satisfecho y se marchó por el camino de entrada, más lento que su compañera, probablemente debido a sus problemas de espalda.
    Kendall sintió una oleada de cariño al ver que Rick no sólo la ayudaba a ocuparse de Hannah sino que sabía cómo tratarla. Kendall estaba totalmente conmocionada, pero tendría que sobreponerse lo antes posible.
    – Adiós, Eldin -gritó Hannah hacia el anciano, lo cual sorprendió a Kendall.
    «A lo mejor acaba gustándole estar aquí», pensó Kendall.
    Acto seguido, Hannah se situó frente a su hermana.
    – No pienso vivir en este poblacho con tu novio policía y dos viejos. Encima la vieja me mira las tetas. -Se cruzó de brazos-. Me pone enferma. -Entrecerró los ojos y se marchó en dirección a la casa de invitados.
    Kendall miró a Rick y suspiró.
    – Es un encanto.
    Rick se rió.
    – Es una adolescente. Los he visto peores.
    – Que Dios me ayude. -Kendall levantó los ojos al cielo-. Lleva el pelo púrpura fosforito.
    Rick sonrió.
    – Tú lo llevabas rosa.
    – ¿Quieres hacer el favor de dejar de mencionar los parecidos? -La verdad era suficiente para poner de los nervios a Kendall.
    Rick consultó su reloj.
    – Por mucho que odie dejarte sola, tengo que ir a trabajar.
    – Probablemente te suponga un alivio.
    – Kendall, Kendall. -La miró a los ojos. Kendall vio la batalla que se libraba en su interior para contener la atracción que sentía, antes de colocarle la mano en la nuca y acercarle la cabeza como si fuera a darle un beso-. ¿Qué voy a hacer contigo?
    Notó el cálido aliento de Rick y el aroma a menta despertó sus sentidos y le hizo desear que la hubiera besado.
    – No lo sé. ¿Qué tenías pensado?
    – Para empezar, convencerte de que soy un buen tipo y hacer que te quedaras aquí sería un final incluso mejor -reconoció, claramente reacio.
    Antes de que ella tuviera tiempo de responder, le selló los labios besándola. Tenía un sabor más delicioso del que Kendall había imaginado cuando su lengua le recorrió la boca.
    – Mmm. -El gemido brotó sin permiso, pero no iba a echarse atrás aunque pudiera, porque su cuerpo reaccionó estremeciéndose y él la abrazó aún con más fuerza.
    – Oh, qué asco.
    Kendall se separó de un salto y vio a Hannah mirándolos a ella y a Rick con una mueca.
    – Perdón por interrumpir, pero la casa está cerrada con llave. ¿Cómo pretendes que entre? -preguntó.
    Kendall arqueó una ceja mirando a Rick. Todo apuntaba a que la luna de miel había terminado y la realidad se había impuesto, con toda su gloria adolescente.

    Kendall se enfundó su pijama preferido, una camiseta y unos pantalones cortos a juego, bostezó y se metió en la cama. Apenas llevaba unas horas viviendo con una adolescente y ya estaba agotada. Hannah no había salido de la habitación de la que se había apropiado ni siquiera para cenar y Kendall se imaginó que la culpa era suya. No sólo se había encargado de que la habitación de la chica fuera acogedora sino que había ido a comprar otro aparato de aire acondicionado para ella. Ni siquiera podía contar con el calor para que Hannah quisiera compañía civilizada. Pero no se quedaría para siempre en su cuarto. Al día siguiente, Kendall obligaría a su hermana a sentarse y hablar.
    Se le cerraban los ojos. Desde su llegada a Yorkshire Falls, había adoptado ciertas rutinas. Encendía el aire acondicionado temprano y cerraba la puerta hasta que la habitación estaba tan fresca como el Ártico, por la noche apagaba el aparato y así la refrigeración le duraba hasta medianoche, cuando lo encendía otra vez. Escuchó el sonido del silencio, tan distinto del bullicio de Nueva York que había estado oyendo durante los dos últimos años. El gorjeo de los pájaros y la paz le habían acabado gustando. De hecho, había empezado a consolarse con la ausencia total de ruidos. Así pues, cuando se produjo una excepción con el motor de un coche que rompió el silencio de la noche, y le pareció que además provenía del jardín de su casa, Kendall se sobresaltó.
    Tuvo el claro presentimiento de que pasaba algo y una corazonada incluso más fuerte de que sabía de qué se trataba. Corrió hasta la ventana y subió rápidamente la vieja persiana a tiempo de ver su coche rojo bajando por el camino de entrada hacia la calle.
    – Maldita sea, Hannah. -El miedo se apoderó de Kendall y, sin pensarlo dos veces, cogió el teléfono. Kendall nunca había tenido buena memoria y todavía no se había aprendido los distintos números de Rick, así que marcó el 911 para ponerse en contacto con la comisaría de Yorkshire Falls.
    – Con el agente Rick Chandler, por favor. Es urgente.
    Tamborileó con los dedos la mesita de noche mientras esperaba.
    – Agente Chandler al habla.
    La voz de Rick la alivió.
    – Rick, soy Kendall. Hannah se ha llevado mi coche. Sólo tiene catorce años. No sé si tiene carné y no quiero que tenga un accidente o que provoque uno, tampoco sé adonde piensa ir. Me refiero a que aquí no conoce a nadie. -Kendall se pasó la mano por el pelo, presa de la frustración-. Yo tampoco conozco a nadie en el pueblo. Bueno, conozco a más gente que Hannah pero…
    – ¡Kendall, basta! -La voz severa de Rick la hizo callar.
    – Lo siento. -Parpadeó y se sorprendió al darse cuenta de que una lágrima le resbalaba por la mejilla-. Lo siento. Se ha encerrado en su cuarto toda la noche. Pensaba que se quedaría ahí. No se me ocurrió guardar las llaves del coche. Sólo tiene catorce años…
    – Yo me encargo del asunto, ¿entendido?
    Kendall sorbió por la nariz y asintió sin darse cuenta de que él había colgado sin esperar a que ella le contestara. Lo cual estaba bien. Necesitaba que Rick fuera a buscar a Hannah, no que la consolara. Y cuando trajera a su hermana sana y salva, Kendall la estrangularía.
    Lo primero que haría por la mañana sería ir a la librería o a la biblioteca y conseguir una guía para educar a adolescentes rebeldes.

Capítulo 8

    Rick acababa de dar por finalizada la jornada cuando le llegó la llamada urgente de Kendall. Aunque había decidido blindar sus emociones con respecto a ella, nunca se había planteado mantenerse alejado físicamente. Se lo pasaba bien con ella y le gustaba.
    Recorrió el pueblo no con el coche patrulla sino con su vehículo particular en busca del Jetta rojo de Kendall. Aunque no conocía bien a Hannah, se daba cuenta de que estaba llena de ira, y en el curso de DARE había visto muchos ejemplos de ello. Bajo ningún concepto permitiría que Kendall y Hannah se fueran separando hasta el punto de que les resultara imposible salvar la distancia entre ellas.
    Como no sabía por dónde empezar, recorrió First Avenue y, al ver que no la encontraba, amplió la búsqueda a las calles cercanas a Edgemont, de donde Hannah había salido. La escuela primaria estaba situada a una manzana y media de la casa de Crystal, donde ahora vivía Kendall, y no le sorprendió ver el solitario coche rojo estacionado en diagonal entre dos plazas cuando entró en el aparcamiento.
    Aparcó junto al Jetta y salió. El único indicio de que era policía era la linterna que extrajo de la guantera. La encendió y describió círculos con el brazo para iluminar la zona que rodeaba el colegio. Se detuvo cuando vio movimiento colina abajo, junto a los columpios. Al parecer, Hannah todavía tenía mucho de niña.
    Rick pensaba apelar a esa parte de ella. Quería que le diera una oportunidad a su hermana mayor.
    Inspiró profundamente mientras caminaba por el montículo cubierto de hierba en dirección al columpio. Le invadió el olor a hierba cortada y rocío que le trajo recuerdos de sus años escolares y sonrió ante esa evocación agradable antes de ponerse manos a la obra.
    – Hola, Hannah -saludó, para que no creyera que era un desconocido y se asustara. No es que pensara que ella considerara a Rick un buen amigo o confidente, pero por lo menos con él estaba a salvo.
    – ¿Qué quieres?
    Enfocó con la linterna la zona que los separaba.
    – Creo que es obvio. Llevarte a casa.
    – ¿Y a ti qué más te da? -Siguió columpiándose al mismo ritmo, impulsándose con las piernas, como una niña pequeña y despreocupada.
    Pero Rick tenía la corazonada de que hacía tiempo que no se sentía ni pequeña ni despreocupada.
    – Porque soy amigo de la familia y tu hermana está inquieta por ti. Tan inquieta que me ha llamado.
    Hannah dejó escapar un bufido, pataleó en la tierra y paró el columpio.
    – Yo diría que lo que le preocupa es que estrelle el coche.
    – No me ha dicho nada del coche, Hannah. Podría haber dado parte de que se lo habían robado y en ese caso me habría visto obligado a llevarte a comisaría. -Aunque teniendo en cuenta que conducía sin carné y sin tener la edad legal para conducir, debería llevársela a comisaría de todos modos.
    – Pero ha llamado a la policía.
    Rick negó con la cabeza.
    – No. Me ha llamado a mí. -Hizo hincapié en la diferencia-. Ella confía en mí y tú deberías seguir su ejemplo. -Se sentó en el columpio junto a ella.
    Hannah se volvió para mirarlo, con los ojos entrecerrados.
    – Sólo tengo catorce años. ¿No vas a detenerme por conducir sin carné? -preguntó, poniéndolo a prueba.
    A pesar del tono desafiante de su joven voz, Rick también captó un atisbo de temor. Era un sentimiento que comprendía, que le hacía tener ganas de abrazarla y tranquilizarla, pero no podía. Sólo podía hacerlo su hermana.
    Así pues optó por ganarse su confianza.
    – Podría arrestarte, pero no voy a hacerlo.
    – ¿Por qué no? ¿Porque tú y mi hermana estáis enrollados?
    Puso cara de asco y reprimió una sonrisa.
    – No, porque creo que Kendall se merece la oportunidad de entenderse contigo.
    – O sea que vosotros dos no…
    – ¿Estamos enrollados? -preguntó él-. Creo que tu hermana y yo nos merecemos un poco de intimidad con respecto a lo que hacemos o dejamos de hacer.
    – Interpreto eso como un sí. -Se sorbió la nariz y se secó los ojos-. Lo que sea, me da igual. ¿Dices que Kendall se merece entenderse conmigo? ¿Y yo qué me merezco? Me meterá en otro internado en cuanto tenga una oportunidad.
    A Rick se le encogió el corazón al oír sus palabras, no sólo porque sabía que tenía razón, que era lo que Kendall había planeado, sino porque la muchacha necesitaba desesperadamente que le prestaran atención. Necesitaba mucho más de lo que él, una visita a la comisaría o incluso otro internado lleno de desconocidos podían ofrecerle.
    Lo irónico del caso era que Kendall necesitaba lo mismo, y como hermana mayor tenía la capacidad de arreglar la situación de ambas. Sólo tenía que darse cuenta y cambiar de opinión sobre su vida errante. Tanto por el bien de Kendall como por el de Hannah, Rick esperaba que Kendall entrara en razón. Eso por no hablar de sus propias necesidades.
    Al parecer, Kendall era quien controlaba el destino de los tres,
    – ¿Te ha dicho que iba a mandarte otra vez al internado? -preguntó él.
    Hannah negó con la cabeza.
    – Sólo dijo que no volvería a mandarme a Vermont. Aparte de eso no ha dicho nada más.
    – ¿Porque no puede hablar contigo con una puerta cerrada en medio? -preguntó con ironía.
    – Supongo. -Hannah no pudo evitar sonreír por primera vez.
    Y cuando sonrió, Rick apreció lo guapa que sería algún día, igual que su hermana.
    – Pero es porque no me quiere -afirmó Hannah.
    – ¿Qué te hace decir eso?
    Hannah mantuvo la boca bien cerrada, sin atisbo de sonrisa.
    – ¿Y bien?
    Miró hacia arriba a través de los párpados húmedos y del largo flequillo.
    – Lo sé, igual que tú.
    – Yo no sé nada parecido. -Eso podía afirmarlo con absoluta certeza. La preocupación y el amor de Kendall por su hermana resultaban obvios. El hecho de que nunca se hubiera planteado llevarse a Hannah a vivir con ella de forma permanente no significaba que no la quisiera.
    Kendall había pensado quedarse algún tiempo y luego marcharse. Si Hannah estaba con ella, probablemente no le quedaría más remedio que quedarse todo el verano. Si era así, Rick pasaría dos meses más con Kendall. Dos meses para que ellas dos se enfrentaran a su pasado y la una con la otra. Kendall en particular tendría que hacer frente a ambas cosas si es que Rick tenía alguna posibilidad de que decidiera quedarse allí para siempre.
    – ¿Por qué eres tan amable conmigo? -La voz de Hannah interrumpió sus pensamientos-. Me refiero a que debo de ser un estorbo.
    – ¿Cómo dices? -Arqueó una ceja.
    – Ya sabes. No puedes… -Dio una patada a la tierra con la bota negra de cordones-. No podéis hacerlo si yo estoy por aquí.
    – ¿Quién ha dicho que estemos haciendo algo? -Sonrió-. Y soy amable porque creo que, a pesar de este pequeño incidente, eres buena niña.
    Advirtió su error al mismo tiempo que Hannah espetaba:
    – No soy ninguna niña.
    – Cierto. Ya no. Así que vayamos a casa y afronta las consecuencias como adulta que eres.
    Hannah le puso mala cara.
    – Además, te castañetean los dientes. -Y Kendall estaba enferma de preocupación-. Y resulta que sé que tu hermana ha comprado batido de cacao y a lo mejor te invita. Si le pides disculpas.
    – Lo pensaré -musitó. Pero se puso en pie y se encaminó hacia el aparcamiento.
    – ¿Hannah?
    Se volvió.
    – Las llaves. -Le tendió la mano.
    Con un suspiro exagerado, se las dejó en la palma.
    – Kendall ya recogerá el coche mañana. Mientras tanto, ¿te importa que te dé un consejo?
    – ¿Acaso te lo puedo impedir?
    Rick negó con la cabeza y rió.
    – Kendall te quiere. Deberías darle una oportunidad antes de hacerle otra jugada como ésta o lanzar acusaciones infundadas.
    – ¿Siempre tienes tantos consejos que dar? -preguntó ella.
    – Pues sí. Y voy a decirte otra cosa para que la pienses. Mañana tengo fiesta. No te olvides de decirle a Kendall que os recogeré a las dos a las nueve. El programa DARE del instituto organiza una sesión de lavado de coches veraniega. Os llevaré para que conozcas a algunos jóvenes.
    – ¡Oh, qué alegría! -Le dedicó una mirada feroz.
    Pero debajo de esa fachada, Rick advirtió una sonrisa de agradecimiento y un destello de gratitud en la mirada. Sólo le cabía esperar que guardara un poco de esa buena voluntad para su hermana mayor. Porque Kendall lo iba a tener bastante crudo con ella.
    Durante un instante de egoísmo, Rick se preguntó hasta qué punto eso iba a dejar que Kendall tuviera tiempo para él.
    – Recuerda que mañana tenemos una cita -le dijo a Hannah.
    – Sí, vale.

    Rick supuso que para cuando llegaran a casa, Kendall estaría desesperada. Demostró estar en lo cierto cuando Hannah subió airosa por el camino de entrada y Kendall abrió la puerta de golpe y abrazó a su hermana, claramente aliviada.
    Para frustración y consternación de Rick, Hannah no le devolvió el gesto, sino que mantuvo los brazos rígidos a los lados.
    – Me tenías muy preocupada -dijo Kendall dando un paso atrás-. Podías haberte matado o matar a alguien. -Le temblaba la voz.
    – Pues no ha sido así.
    Rick permaneció detrás de Hannah, con los brazos cruzados, esperando. Cuando vio que la jovencita se mantenía tercamente en silencio, decidió intervenir.
    – ¿Nada más? -preguntó a Hannah.
    – Lo siento -dijo ella a regañadientes.
    Kendall exhaló un suspiro.
    – Quiero creerte. Y tendremos que establecer algunas normas básicas, pero si prometes no volver a hacer una cosa así, nuestra conversación puede esperar y puedes irte a dormir.
    – ¿No estoy castigada? -preguntó Hannah con recelo.
    – Esta vez no.
    Rick advirtió en los ojos de Kendall que se esforzaba por mantenerse severa al tiempo que daba a entender a su hermana que la quería.
    – ¿No vas a mandarme a algún sitio? -Hannah se mordió el labio inferior con un aspecto más parecido al de una niña perdida que desafiante.
    Rick volvió a tener el presentimiento de que acababan de acceder al lugar donde Hannah albergaba sus temores más profundos, y Kendall debió de percibirlo también. Frunció el cejo y tensó la mandíbula.
    – Pasaré aquí el verano y tú también -declaró Kendall.
    Rick se llevó una decepción. Las palabras de Kendall quizá fueran lo mejor que se le ocurría en ese momento, pero a él le satisficieron tan poco como a Hannah.
    Efectivamente, la muchacha se volvió y corrió a su habitación. A continuación se oyó un portazo. Kendall dio un respingo por el ruido antes de dirigirse a Rick.
    – Gracias.
    A la mierda la distancia. Él le tendió los brazos y ella fue a su encuentro.
    – No sirvo como madre -dijo con los hombros temblorosos.
    Y no tenía por qué. En justicia, ese rol les correspondía a la madre y al padre de Kendall. Pero la vida pocas veces era justa.
    – No te infravalores. Creo que lo que pasa es que ahora mismo no confía en nadie.
    – Y mucho menos en mí. Está enfadada y yo me siento tan mal que la decepciono.
    Rick le acarició el pelo.
    – Tendrás que ganarte su confianza.
    – ¿Cómo?
    Acogiéndola y dándole un hogar, pensó Rick. Permaneciendo en un lugar y proporcionándole la estabilidad de la que ambas habían carecido. Pero no estaba en situación de decirle lo que pensaba que debía hacer. Lo que él quería que hiciera. Tendría que llegar a esas conclusiones ella sola.
    – Que sepa que puede contar contigo. -Le dio el mejor consejo que se le ocurrió.
    Kendall inclinó la cabeza hacia atrás.
    – ¿Y yo podré contar contigo? -Negó con la cabeza-. Olvídalo. No tengo derecho a pedir una cosa así.
    Rick le inclinó el mentón hacia arriba con la mano.
    – Sí puedes. Estás reconociendo que me necesitas. -Y él sentía debilidad por las féminas en apuros. Rick había aprendido de sus errores del pasado pero obviamente no lo suficiente, porque en esos momentos no se batía en retirada. Quizá Kendall se marchara, pero le importaba demasiado como para fallarle-. ¿Qué tipo de hombre sería si rechazara tu petición?
    – ¿Un tipo listo? -Kendall le dedicó una amplia sonrisa.
    – Menuda forma de alimentar mi ego, cariño. -Rick rió y ella hizo otro tanto, por lo que derritió el hielo con el que quería rodearse el corazón. Se imponía un poco de autoprotección-. De hecho tengo una sugerencia. Una forma de mantener intacto nuestro trato y de dar a Hannah un poco de estabilidad. -De nuevo recurrió a su acuerdo. Un pacto claro y desapasionado, aunque en ese momento se sentía de muchas maneras menos desapegado.
    Kendall lo miró a los ojos con el cejo fruncido.
    – ¿Qué tienes en mente?
    – Que mantengamos la farsa delante del pueblo. Interpretemos el papel de una gran familia feliz, tú, yo y Hannah. Definitivamente, así consolidaré la impresión de que estoy comprometido. -Lo cual deseaba, pensó Rick. Pero sólo con Kendall-. Y al mismo tiempo le daremos a Hannah lo que necesita, una familia y dos personas que se preocupan por ella. Estoy seguro de que eso te ayudará a estar más cerca de ella.
    Kendall asintió con los ojos muy abiertos y la expresión esperanzada.
    – Suena perfecto.
    – Estoy de acuerdo. -Le acarició la mejilla con la yema de un dedo.
    ¿Cómo era posible que no se diera cuenta de que aquel trato no era más que un medio para conseguir un fin? Rick deseaba con todas sus fuerzas que, interpretando el papel de una familia, Kendall viera que la realidad no era algo que temer sino algo que apreciar. Que juntos podían crear algo fuerte y duradero.
    – Gracias por hacer esto por mí -susurró ella.
    – No me des las gracias -respondió él con una voz demasiado áspera para su gusto. Era capaz de cualquier cosa por ella, pero no estaba preparada para oírlo. Además, aceptando su sugerencia, ella también le ofrecía algo. Ahora pasaría el resto del verano en compañía de Kendall y de su hermana.
    Aunque eso suponía un riesgo. Si resultaba que había sobreestimado a Kendall y su capacidad para entregarse, estaba predestinado a sufrir. Y tenía la impresión de que ese dolor sería mucho peor que el que le había infligido Julian. Un hombre inteligente desistiría, tal como ella había sugerido. Una persona dispuesta a asumir riesgos seguiría adelante.
    A Rick Chandler nunca le habían asustado los retos, pero esta vez se aseguraría por todos los medios de no velar sólo por los intereses de la mujer de su vida sino también por los de él.

    Tras pasar la noche prácticamente en blanco, Kendall se despertó y se dirigió a la cocina, donde encontró a su hermana, despierta, duchada y vestida. Es decir, sí es que los pantalones cortísimos y la exigua camiseta que le dejaba el ombligo al aire podía considerarse ir vestida. Kendall estaba a punto de preguntar cómo se le ocurría ir con esa pinta cuando recordó su propia vestimenta el día de su llegada al pueblo, después de quitarse el traje de novia.
    Parecía que Rick había calado bien a Hannah. Su hermana se parecía más a ella de lo que había advertido, desde el tinte para el pelo y la indumentaria estrambóticos a las necesidades emocionales más serias y profundas. El atuendo y comportamiento estrafalarios de Hannah eran un método de autoprotección. Huía de sus sentimientos, no quería enfrentarse a sí misma. Y Kendall sabía por qué. Al fin y al cabo, comprendía a la perfección qué se sentía al ser una hija no deseada y, a pesar de los intentos de sus padres de ofrecerle más estabilidad, era obvio que Hannah sufría la misma angustia.
    Kendall exhaló un suspiro. Si comprendía a Hannah le resultaría mucho más fácil ganarse su confianza. Comunicarse con ella sería todavía más positivo.
    – Buenos días, Hannah.
    Su hermana se volvió con un tetrabrik de zumo de naranja en la mano y una marca reveladora encima del labio.
    – Los vasos están en ese armario. -Kendall abrió uno de los armarios alargados que había limpiado el otro día-. No son todos iguales, pero servirán. Los lavé, así que no tienes que preocuparte por si pillas algo. -Se echó a reír.
    Hannah se limitó a encogerse de hombros antes de aceptar el vaso.
    – Te has levantado temprano. Pensaba que dormirías hasta más tarde después de lo de anoche.
    – ¿Tenemos que hablar de eso ahora? -preguntó Hannah.
    – Estaba hablando de levantarse temprano, no de anoche. Aunque tendremos que fijar algunas normas de convivencia.
    Se oyó el sonido de un claxon.
    – Me vienen a buscar. -Hannah dejó el vaso que ni siquiera había utilizado.
    – ¿Que te vienen a buscar? Si todavía no conoces a nadie en el pueblo.
    Hannah la miró de hito en hito con los ojos muy maquillados. Kendall la observó detenidamente. ¿El perfilador era negro o violeta oscuro? Era difícil de saber, porque se había pintado mucho. Igual que muy gruesa era la base de maquillaje. Como había sido modelo, Kendall tenía nociones de maquillaje y tal vez después de superar las barreras emocionales de Hannah consiguiera entrar en el tema del acicalamiento.
    – ¿Quién te viene a buscar? -preguntó Kendall.
    – Rick. Me dijo que teníamos una cita. -Hannah se dio la vuelta rápidamente y salió dando un portazo.
    – Me está poniendo a prueba -farfulló Kendall-. Sé que me está poniendo a prueba. -Echó un vistazo rápido al exterior y vio que efectivamente Rick esperaba a Hannah. Un punto para su hermana, aunque a Kendall poco le preocupaba. La noche anterior, debió de olvidarse de informarle sobre sus planes. Como él era la persona en quien más confiaba en el mundo, no pensaba salir corriendo tras Hannah para darle ese gusto.
    Kendall se frotó los ojos con las manos y se dispuso a coger un cuenco del armario.
    – ¿Kendall? -Rick la llamó desde la entrada.
    – Estoy en la cocina. -Se volvió y vio que entraba en la pequeña estancia, y que no iba solo.
    Hannah iba delante, mientras él iba empujándola.
    – ¿Qué pasa? -preguntó Kendall.
    – Se supone que alguien tenía que decirte que os recogería a las nueve de esta mañana. Y a ese alguien se le olvidó decírtelo -explicó.
    – ¿Y ese alguien podrías ser tú? -preguntó Kendall a Rick con suma dulzura antes de echarse a reír.
    – Según se mire. Anoche, cuando llegué a casa, caí en la cuenta de que se me había olvidado decirte que os recogería a ti y a Hannah esta mañana. Pero como confiaba en que ella te transmitiría el mensaje, pensé que era mejor no llamar y arriesgarme a despertaros.
    La muchacha puso los ojos en blanco.
    – Pues se me olvidó. Ya ves.
    – ¿Recogernos para qué? -preguntó Kendall.
    – Le dije a Hannah que la llevaría a la jornada de lavado de coches del programa DARE, para que conociera a jóvenes de su edad, y pensé que así tú podrías recoger tu coche. -Rick dedicó a Hannah una mirada de reconvención.
    – He dicho que se me olvidó. ¿Me vas a demandar?
    Kendall entrecruzó los brazos, tan molesta como Rick por los jueguecitos de Hannah.
    – Se te olvidó. Pero esta mañana no se te ha olvidado decirme que tenías una cita con Rick, ¿verdad?
    Rick abrió la boca para hablar, pero cuando Kendall, que estaba detrás de Hannah, le guiñó el ojo, la cerró rápidamente.
    – ¿Memoria selectiva? -le reprochó a su hermana sin contener el sarcasmo-. Me estás provocando y quiero saber por qué.
    – No quieres que esté aquí contigo. El único motivo por el que me aguantas es porque no tengo otro sitio adonde ir. De lo contrario no lo pensarías dos veces.
    El comentario de Hannah no hizo más que consolidar la impresión que Kendall ya tenía: la de que su hermana era una niña solitaria y abandonada. Volvió a sentirse culpable, agravada la culpabilidad por el convencimiento de que ella debería haber pensado más en la vida y sentimientos de Hannah.
    Pero el dolor de su hermana no justificaba que fuera tan poco respetuosa y Kendall respiró hondo para tranquilizarse antes de contestar.
    – ¿Sabéis qué? Id al lavado de coches. Preséntale a Hannah a algunos jóvenes. Yo mientras me ducharé y me arreglaré. Ya hablaremos esta noche y dejaremos las cosas claras, ¿de acuerdo? -propuso.
    Hannah se volvió, como si quisiera ignorarla.
    – Habla con el jefe -farfulló.
    – ¿Cuánto dura el lavado de coches? -preguntó Kendall a Rick con los dientes apretados.
    – Todo el día. Izzy y Norman se encargarán de la comida de los chicos.
    – ¡Fantástico! Creo que a Hannah le irá bien un trabajo antiguo como éste. Quedamos los tres a las cinco en el restaurante de Norman.
    – ¡No quiero pasarme el día lavando coches! -exclamó Hannah dándose la vuelta y brindando a Kendall la posibilidad de hablar con ella cara a cara-. ¡Se me romperán las uñas y se me pondrán manos de fregona!
    – ¡Mejor que laves coches en vez de que yo tenga que lavarte esa boca sarcástica, irritante y olvidadiza! -espetó Kendall-. Trátame con respeto y yo haré lo mismo contigo. Nos vemos a la hora de cenar. -Siguiendo el ejemplo de Hannah, Kendall se volvió y se marchó, y su única concesión a la buena educación fue no dar un portazo.

    Kendall fue caminando hasta el colegio para recoger el coche. Luego tenía pensado ir a casa, cargar el maletero y reunirse con Charlotte en su tienda. Pero antes decidió curiosear. Sin molestar a Rick ni a Hannah los observó relacionarse el uno con la otra y viceversa; Hannah se había juntado con los jóvenes con quienes había congeniado y Rick interpretaba el papel de guía paterno en el que probablemente ni siquiera era consciente de haberse convertido.
    Aunque afirmaba no querer casarse ni tener hijos, sería un padre estupendo. A Kendall se le hizo un nudo en la garganta al pensarlo. Al ver la seriedad con que había tratado a su hermana la noche anterior, se daba cuenta de que aún había llegado a respetarlo más. Viéndole ahora con los adolescentes y advirtiendo el aprecio que le tenían en su comunidad, ¿cómo no iba a enamorarse un poco de él?
    Se rodeó los antebrazos desnudos con las manos y se estremeció. Cuántos problemas sin resolver y preguntas sin contestar. No sabía qué hacer con su hermana, no sabía por qué Hannah había decidido dirigir su rabia hacia Kendall y no hacia sus padres. Ni siquiera sabía cómo encontrar el colegio adecuado o conseguir que su hermana quisiera estudiar cuando lo encontrara. Y, sobre todo, Kendall no sabía qué significaba lo que sentía por Rick, su situación o el futuro solitario que siempre había imaginado.
    Siempre había sido impulsiva, de ahí que no se hubiese asentado en ningún sitio. Poder hacer las maletas e ir de un lugar a otro según se le antojara le proporcionaba una sensación de curiosa seguridad. Nada ni nadie la atarían jamás. Si la situación le resultaba demasiado sofocante, ella se marchaba. Y aunque nunca había conseguido ningún éxito apabullante, tal vez porque nunca había permanecido en el mismo sitio el tiempo suficiente, había salido adelante económicamente aceptando trabajos de vendedora en tiendas de artesanía donde podía aprender leyendo, observando y escuchando. Tenía pensado hacer lo mismo en Sedona, mientras aprendía aspectos nuevos de su oficio. Pero Arizona no tenía para ella el gancho que había tenido en el pasado. Ya no pensaba en ese lugar con tanto anhelo como antes.
    Porque ahora tenía obligaciones. Para ser una mujer que nunca había echado raíces, de repente tenía numerosos vínculos con aquel pequeño pueblo. Era propietaria de una casa y responsable de unos inquilinos que no pagaban un alquiler pero a quienes temía echar. Tenía un pequeño negocio listo para empezar en la tienda de Charlotte y la posibilidad de trabajar más con la cuñada de Rick en Washington D. C. Tenía una hermana necesitada de cariño sin ningún sitio adonde ir y sin nadie en quien confiar aparte de Kendall. Y tenía una relación con un hombre especial.
    Un hombre que iba de soltero por la vida pero que le había sugerido que se quedara después del verano y que se había llevado una decepción cuando ella había mostrado sus reticencias al respecto. Era obvio que la mujer que le había dejado le había hecho mucho daño y sabiendo que Kendall pensaba hacer lo mismo, había vuelto a levantar el muro que había erigido el primer día. Kendall odiaba las barreras que los separaban, por mucho que comprendiera la necesidad de tenerlas.
    No sabía qué hacer con respecto a nada. La embargó una mezcla de tristeza y frustración hasta que apretó las manos y cerró los puños con fuerza, conteniendo las lágrimas. Acto seguido, tomó aire. Quizá no tuviera ningún plan pero era una luchadora. Encontraría la manera.
    Entrecerró los ojos al mirar hacia el sol mientras uno de los chicos rociaba con una buena dosis de agua al agente Rick, como había oído que lo llamaban. Para vengarse, él vació un cubo de agua y los gritos de júbilo resonaron en el ambiente. Hannah estaba en medio de la algarabía y Kendall fue incapaz de reprimir una sonrisa.
    A pesar de todos los problemas que la acuciaban en esos momentos, durante su estancia en Yorkshire Falls la vida le estaba yendo muy bien. Mejor que nunca.
    Y el hecho de pensarlo le producía un miedo tremendo.

    Horas después, Kendall estaba sentada en El Desván de Charlotte con la sensación de ser amiga de ésta y de su ayudante, Beth Hansen, desde siempre. Las mujeres eran abiertas y extrovertidas y en sus conversaciones incluían asuntos de mujeres, lo cual hacía que Kendall sintiera los vínculos femeninos de los que había carecido en su adolescencia.
    Ahora se estaba poniendo al día a base de bien. Sabía más detalles sobre Roman y Charlotte, y Beth y su novio Thomas de lo que jamás habría imaginado.
    Como tenía el presentimiento de que ella sería el próximo tema de conversación, Kendall siguió sin cambiar de tema a propósito.
    – ¿Cuánto tiempo hace que sales con Thomas? -preguntó.
    – Hace unos cuatro meses -respondió Charlotte por Beth-. ¿Alguien quiere comer más? -Señaló hacia la enorme ensalada griega que las mujeres habían comprado en el local de Norman, que estaba al lado. Una ensalada que Kendall y Beth devoraban y Charlotte picoteaba.
    Como Kendall había llegado justo a la hora del almuerzo, insistieron en que las acompañara y no aceptaron un no por respuesta. Ahora que había pasado una hora, aunque todavía no habían empezado a trabajar, Kendall se alegraba de que la hubieran incluido en su grupito de mujeres.
    – Yo no. Ya he comido suficiente -respondió Beth.
    – Yo también. -Kendall se levantó y empezó a recoger los platos de plástico.
    Charlotte recogió las latas de refresco y una botella de agua.
    – No hace falta que recojas.
    – Claro que sí. -Como no iban a dejarle pagar, lo mínimo que podía hacer era ayudarlas con el trabajo.
    Charlotte se encogió de hombros.
    – Supongo que si vas a acabar con Rick, será mejor que te acostumbres a limpiar.
    – No voy a…
    – Antes Roman lo ponía todo perdido -explicó Charlotte mientras se dirigía a la trastienda con la basura en la mano.
    Kendall la siguió y tiró los platos y los tenedores de plástico.
    – Hasta que tú le enseñaste, ¿no? -Beth se echó a reír-. Kendall, ¿a Rick se le da mejor eso de hacer de amo de casa?
    Al recordar lo limpio y ordenado que tenía el apartamento, Kendall asintió.
    – Debe de ser que le sale la vena de policía disciplinado.
    – O eso o Wanda estuvo limpiando. -Charlotte se rió-. Lo puse en contacto con mi señora de la limpieza cuando se quedó con mi apartamento.
    – Y falta le hace. No puede decirse que Rick sea el hombre más ordenado del mundo -añadió Beth.
    – Y Beth sabe de lo que habla. Ella y Rick hace tiempo que son amigos. -Charlotte llegó junto a Kendall mientras volvía junto a la mesita en la que habían comido y que Beth estaba limpiando con un paño-. ¿Verdad, Beth? -preguntó Charlotte.
    – Verdad. A diferencia de esas mujeres ridículas que se le echan encima, para mí es un buen amigo. Hace algún tiempo tuve que superar una ruptura y Rick me ofreció un hombro en el que apoyarme. -Beth miró fijamente a Kendall para convencerla de su sinceridad.
    Tanto con sus palabras como con sus actos, Beth ejemplificaba lo bueno de Yorkshire Falls, y había conseguido que Kendall la considerara una amiga sincera, no alguien que quisiera provocarle celos.
    – Rick sabe cómo ofrecer un hombro. Sus iniciales tendrían que ser SOS -declaró Kendall entre risas.
    – En otro tiempo, esa actitud protectora le causó problemas -apuntó Beth.
    Charlotte se encogió de hombros.
    – Jillian fue una idiota.
    – Cierto -convino Beth-. Para empezar, no tenía que haberse casado con Rick. De ese matrimonio no podía salir nada bueno. Sabía que Rick siempre ha tenido debilidad por ella y… ooohh. Lo siento, Kendall. -Beth se sonrojó-. A veces hablo demasiado.
    Kendall negó con la cabeza, demasiado fascinada por la información.
    – No, no pasa nada. Así aprecio mejor la bondad de un hombre.
    – Pero no lo decía para que te sientas mal o te preocupes. Jillian pertenece al pasado lejano de Rick.
    Eso esperaba Kendall. Porque el mero hecho de oír que seguía sintiendo algo por su ex mujer era como clavarle un cuchillo afilado en el corazón. Pero no pensaba compartir esa información con sus amigas.
    – No hace falta que me convenzas de nada. Rick y yo hemos hecho un trato… -Mientras pronunciaba esas palabras sintió un regusto amargo en la boca.
    No sólo porque estaba en deuda con Rick y tenía que respetar su parte del trato, sino porque había empezado a sentirse dueña de él a pesar de haber dicho lo contrario. «Oh, oh.»
    Charlotte se echó a reír y Kendall se sobresaltó.
    – ¿Qué tiene tanta gracia? -preguntó.
    – No sé si se trata de tu expresión o de tu insistencia en que no hay nada serio entre tú y Rick, pero digas lo que digas, vale. Hablemos de negocios.
    – Me parece bien. -Aliviada por dejar el tema de Rick, Kendall sacó un maletín de viaje en el que solía mostrar sus diseños y lo abrió encima de la mesa-. Estas son mis joyas metálicas. Por experiencia sé que gustan a mujeres distintas. ¿Qué edad tiene vuestra clientela más joven?
    – Veintipocos -respondió Beth-. Algunas madres traen a sus hijas más jóvenes pero la mayoría las llevan a unos grandes almacenes, aquí o en Albany.
    – ¿Queréis cambiar eso? -preguntó Kendall-. Cuando estuve en Nueva York no tenía los contactos suficientes para vender mis joyas en las boutiques modernas, pero conseguí venderlas en el campus de algunas universidades y a las estudiantes les encantaban los conjuntos. Mirad.
    Extrajo una bandeja con gargantillas finas hechas de cuentas de cristal importadas de África Occidental que combinaban con unos pendientes largos.
    – Éstos se vendían bien.
    – Son originales -susurró Beth en tono aprobatorio.
    – ¿Qué es eso? -Charlotte señaló un cordón de seda negro que sobresalía de debajo del cajón.
    Kendall levantó éste.
    – Es una cosa nueva que estoy probando. Collares de cordón de seda trenzado.
    – Me encantan. -Charlotte observó las piezas en cuestión-. Y sí creo que a las chicas les encantarán también. -Chasqueó los dedos-. Oh, y sé cuál es el lugar perfecto para ponerlas a la venta. Este fin de semana se celebra la feria de venta callejera. Hablaré con Chase para ver si podemos cambiar el anuncio que pusimos en The Gazette y añadir información sobre las joyas de Kendall. ¿Cuál es tu nombre comercial?
    – Kendall's Krafts.
    Charlotte sonrió.
    – Me encanta la aliteración y ¡estoy segura de que conseguiremos que esto resulte beneficioso para las dos!
    Charlotte alzó la voz ilusionada y ni siquiera Kendall fue capaz de silenciar esa emoción.
    – Como sabes, no tengo mucho dinero, pero estoy más que dispuesta a pagar una parte del anuncio. -Kendall no podía pagar lo que estaba ofreciendo pero lo consideraba una inversión de futuro.
    Charlotte hizo un gesto con la mano.
    – Tonterías. Para empezar, Chase no da esa impresión pero es un buenazo con la familia. Y sé que tanto Raina como Chase te consideran parte de la familia. Por Crystal -se apresuró a aclarar-. Pero no se lo digas a nadie, es uno de los privilegios que tenemos los Chandler.
    «Los Chandler.» Kendall se estremeció ante la idea, porque le gustaba demasiado ser incluida en ese apellido.
    – Bueno, hablemos de la comisión -continuó Charlotte, ajena a la agitación interna que sus palabras habían provocado en Kendall.
    Kendall se tomó unos minutos para pensar. Cuando tenía que fijar un porcentaje de comisión, siempre computaba el coste del material, el trabajo y gastos generales, junto con el precio de otros competidores del mercado. En este caso, parecía ser la única persona del pueblo que ofrecía ese tipo de artículos, lo cual suponía una gran ventaja.
    Tomó un trozo de papel con la intención de anotar un precio justo que imaginaba que Charlotte querría rebajar pero que Kendall podía aceptar. No obstante, Charlotte garabateó una cifra antes y le pasó el papel.
    Kendall bajó la mirada. La cantidad que Charlotte le ofrecía era superior a la que ella había pensado. Arrugó la nariz porque quería protestar. No le cabía la menor duda de que la generosidad de Charlotte provenía en su mayor parte de la relación de Kendall con Rick, algo de lo que no quería aprovecharse. Pero por mucho que odiara reconocerlo, su situación financiera no le permitía protestar, no cuando la oferta de Charlotte era más que justa para las dos.
    Kendall sonrió embargada por una sensación de alivio.
    – Trato hecho. Veamos. ¿Sabías que sólo dispones de seis segundos para llamar la atención de una posible cuenta? -Emocionada, pasó directamente a la siguiente parte de la propuesta.
    – Esa lección sobre ventas tuve que aprenderla rápidamente, sobre todo en este pueblo. -Charlotte rió-. ¿Adonde quieres ir a parar?
    Kendall tomó aire para armarse de valor. Nunca tomaba la iniciativa una vez ponía sus artículos a la disposición de una tienda. En la mayoría de los acuerdos, el artista poseía los derechos de propiedad pero no tenía ni voz ni voto en cómo se exponían los productos ni en la venta o promoción de éstos. Tras mucho investigar y tantear el terreno, Kendall había aprendido bien las normas. Pero había algo del entusiasmo de Charlotte que le inspiraba confianza, y una oleada de ideas creativas.
    «Quien no se arriesga, no pasa el río», pensó Kendall. Si quería que Charlotte contara con ella cuando abriera la tienda en Washington D. C, tenía que demostrar su valía allí y entonces, en un mercado más pequeño.
    – Yo propongo que pongas los collares a los maniquíes. Cambia el escaparate para llamar la atención de la gente y añade los collares como accesorio a juego.
    – Hum. Buena idea -le susurró Beth a Charlotte.
    – Gracias -repuso Kendall.
    – ¿Algo más? -preguntó Charlotte, con el rostro encendido de alegría.
    Kendall se encogió de hombros.
    – Pues que el rojo y el amarillo son los colores más llamativos. ¿Tienes alguna posibilidad de hacer algo así? -preguntó Kendall, yendo un paso más allá en su intención de dejar huella en Charlotte y en el pueblo. La intención de consolidar su carrera, algo que nunca había esperado en su impulsivo viaje a Yorkshire Falls.
    – Charlotte es capaz de hacer cualquier cosa que sea rentable. Mira si no las bragas de encaje del expositor de la esquina. Ella misma las diseña y las tricota. -Beth no disimulaba el orgullo que sentía por su amiga y jefa.
    – Por supuesto que sí -reconoció Charlotte-. Y sin duda trabajaré con lo que sugiera Kendall. Tiene tan buen ojo como tú, Beth. Bueno, por mucho que sienta acabar esta reunión tan divertida, necesito ver a mi marido.
    – Sólo han pasado… -Beth consultó su reloj-. ¿Cuánto? ¿Tres horas? -Se echó a reír-. Recién casados -dijo, poniendo los ojos en blanco.
    Charlotte ni siquiera se sonrojó.
    – Oh, ¿acaso tú no vas a ver a Thomas en cuanto cerremos?
    Beth se echó a reír.
    – Yo no he dicho nada.
    – Cuánto os envidio. -Las palabras brotaron de los labios de Kendall antes de que tuviera tiempo de darse cuenta.
    Charlotte ladeó la cabeza.
    – ¿Y eso? -preguntó realmente interesada.
    Aunque hacía poco tiempo que Kendall conocía a Charlotte, le caía muy bien y no podía evitar sincerarse con ella.
    – Tú y Beth os conocéis desde hace un montón de tiempo. Os leéis el pensamiento la una a la otra como si fuerais hermanas. -Captó el tono nostálgico de su voz, pero era incapaz de ocultarlo-. Con vosotras me siento como si os conociera de toda la vida. -No obstante, Kendall seguía estando al margen, como siempre había estado.
    Entonces Charlotte le dio un caluroso abrazo que derribó las barreras que quedaban.
    – Eso es lo que tiene de fantástico este pueblo. Si llegas aquí o regresas de donde sea, automáticamente te conviertes en uno de los nuestros.
    – Y es imposible librarte de nosotras. -Beth se rió desde detrás de su amiga.
    A Kendall le sorprendió pensar que no le importaba y se le formó un nudo en la garganta. Le devolvió a Charlotte el abrazo y luego retrocedió.
    – Y ahora me voy ya a ver a mi marido. -Ahora Charlotte sí se ruborizó-. Vosotras dos ya ultimaréis los detalles que faltan.
    Se despidió con la mano antes de irse y después de pasar veinte minutos más con Beth, Kendall también se marchó.
    Al salir de la tienda de Charlotte se encontró con el brillo del sol de la tarde. Todavía le quedaba mucho tiempo que matar antes de reunirse con Rick y la adolescente de otro mundo, pensó con ironía.
    Con un poco de suerte, el hecho de pasar una tarde con jóvenes de su edad habría suavizado el temperamento de Hannah. Así estaría más contenta y sería más fácil hablar con ella. Aunque Kendall todavía no tenía ni idea de qué decirle para facilitar la relación, tenía ganas de ver a su hermana, y esperaba que el trayecto en coche hasta casa le sirviera de inspiración. Maletín en mano, se encaminó hacia donde había aparcado, calle abajo.
    – Hola, guapa. ¿Te interesa pasar una tarde de amor conmigo? -le susurró la voz familiar de Rick desde atrás.
    Se volvió y lo vio con un hombro apoyado contra el cristal del escaparate.
    – ¿Qué estás haciendo aquí? -preguntó, encantada de verlo. Encantada de ver que había ido a su encuentro.
    – Cinco horas con veinte adolescentes es lo máximo que puedo aguantar de una sentada. He sido relevado oficialmente. Y no te preocupes por Hannah. El agente Jonesy, que es un buen amigo, la llevará a Norman's para que se reúna con nosotros a las cinco. ¿Lo ves? Todo controlado.
    – Estoy segura de que le encantará tener un escolta privado.
    Rick se encogió de hombros.
    – De hecho estaba demasiado ocupada como para darse cuenta de que tenía un escolta privado y uniformado. -Se rió por lo bajo-. Bueno, ¿piensas seguir hablando o vas a venir aquí a aliviar mi sufrimiento?
    Kendall dio un paso adelante sin vacilar. Él también se le acercó, la agarró por la cintura y la condujo al callejón situado detrás de la hilera de tiendas que conducía a su apartamento. Casi sin darse cuenta, Kendall estaba en sus brazos y besándolo en la boca apasionadamente.
    Hasta ese momento no se había dado cuenta de lo mucho que lo había echado de menos. Hasta que oyó su voz, inhaló el aroma de su colonia y notó sus labios devorando los de ella como si nunca fuera capaz de saciarse. Rick le acarició la mejilla con los nudillos y gimió, presionando su cuerpo duro contra el de ella, casi aplastándole la espalda contra la pared, aunque a ella no le importaba, porque le gustaba su contacto.
    Deslizó sus manos por el cuerpo de él, dejando que su cintura se acoplara a la de Rick, notando su deseo endurecido a través de las capas de ropa, haciéndola sentir más querida y deseada de lo que una mujer tenía derecho.
    Él fue quien se separó de su boca y la miró fijamente, con una mezcla de deseo y ardor en la expresión.
    – Joder, ha pasado demasiado tiempo.
    – Lo sé. -Kendall, respiraba de forma entrecortada y le costaba hablar.
    – Entonces subamos.
    Su sonrisa erótica, destinada exclusivamente a ella, la llenó de una emoción turbulenta que no podía permitirse el lujo de descifrar ni de sentir, no después de la abrumadora sensación de familiaridad que acababa de encontrar entre sus parientes y amistades. Una aventura intrascendente habría sido más fácil de asumir.
    Nada de lo que significaba Rick era fácil. Representaba la ternura y el deseo en un solo paquete, delicioso pero peligroso. Peligroso para su tranquilidad mental, su vida sin complicaciones y su corazón.
    Pero en esos momentos no le importaba. Le había echado de menos, lo necesitaba, y tenían muy poco tiempo para pasar a solas antes de que la realidad se inmiscuyera en forma de adolescente rebelde.
    – ¿A qué esperas? -le preguntó Kendall-. Llévame arriba y hazme el amor.

Capítulo 9

    Después de pasar el día lavando coches con dos docenas de adolescentes, Rick necesitaba la compañía de personas adultas. Necesitaba estar con Kendall. Las horas pasadas bajo el sol lo habían dejado acalorado, y los días que había pasado de servicio y sin Kendall lo habían dejado ardiente de deseo no saciado. El instinto de autoprotección tenía límites, pensó con ironía.
    Rick entró en su apartamento cogido de la mano de ella y cerró la puerta de un portazo.
    – Hemos pasado de tener todo el tiempo del mundo a tener que buscar huecos cuando la niña no está por aquí. Ahora ya sé cómo se sienten los padres -declaró Kendall. En seguida abrió unos ojos como platos al darse cuenta de la dirección que habían tomado sus pensamientos.
    – Pero piensa en lo emocionante que se ha vuelto tu vida.
    Kendall relajó los hombros. Aquello formaba parte de la determinación de Rick. Hacer que la situación entre ellos fuera desenfadada y fácil. Una aventura de verano, como habían acordado.
    – Me gustan las emociones. -Los ojos le brillaban de deseo, y esa misma necesidad encontró su reflejo en el interior de Rick, manifestado por los rápidos latidos de su corazón.
    Lo devoró con la mirada y las pulsaciones de él se aceleraron. No era ni mucho menos la primera mujer que lo admiraba.
    Como hombre solo en un pueblo pequeño, estaba más que acostumbrado a la atención femenina, sobre todo desde que su madre iniciara su campaña en pos de nietos. Pero Kendall lo miraba de otro modo, y le gustaba cómo le hacía sentir su expresión resuelta.
    – Estás mojado -le dijo ella al darse cuenta de que tema la camiseta adherida al cuerpo.
    – Es lo que pasa cuando te rodeas de adolescentes armados con cubos y mangueras. -Tiró del algodón empapado-. Los chicos tenían claro qué querían hacer.
    – Te portas de fábula con ellos. -Se mordió el labio inferior antes de reconocer-: Te estaba observando.
    El corazón le dio un vuelco.
    – No te he visto.
    – Es porque no quería que supieras que estaba allí.
    – Ah, ¿o sea que me estabas espiando?
    Se encogió de hombros.
    – Sentía curiosidad por Hannah y por cómo encajaría. Y sentía curiosidad por ti. Por cómo son tus jornadas. Por cómo eres cuando no estás conmigo. -Sacudió su adorable melena-. Pero que no se te suban los humos -añadió ella sonriendo avergonzada.
    – Como si fuera vanidoso -comentó él, restándole importancia al hecho porque era obvio que así lo quería Kendall. Pero por dentro le encantaba que lo hubiera espiado. Oh, cielos, se volvía loco de contento con cualquier muestra de interés de ella, porque significaba que pensaba en él cuando no estaban juntos; y estaba claro que él no había dejado de pensar en ella en ningún momento.
    Kendall dio un paso adelante y apoyó las manos en los antebrazos de él.
    – Creo que tendríamos que quitarte esta ropa mojada. -Se humedeció los labios ante la expectativa y luego le recorrió los hombros y los brazos con las palmas de las mataos antes de pasar a acariciarle el pecho.
    – No me voy a resistir, cariño.
    Kendall jugueteó con el cuello de la camiseta, provocándolo al levantar el borde lentamente, asegurándose de rozarle la piel con un tacto erótico y cálido.
    Lo embargó un torrente de deseo, duro y fuerte. La deseaba de un modo que iba más allá de la necesidad Sexual. Ni siquiera su endemoniada hermana o el plazo autoimpuesto de final del verano iban a disuadirlo o desviar sus acciones en esos momentos. Aunque ese hecho debería darle que pensar, la tenía para él solo, y ni por asomo permitiría que nada se interpusiera en su camino.
    – Te quiero sin camiseta -murmuró ella.
    – Pues quítamela. -Levantó los brazos por encima de la cabeza y le entregó el control que una vez ella había dicho que se negaba a darle. Por Kendall cedería mucho más pensó Rick, maldiciéndose mientras lo pensaba.
    La miró a la cara mientras le levantaba la camiseta y luego la ayudó a tirarla al suelo. Le recorrió el pecho y luego se paró para inclinarse y darle un beso en la piel enfebrecida. Otro toque de esa boca y ni siquiera se molestaría en ir al dormitorio. Era un volcán de sensaciones. Respiró hondo.
    – Parece que he tocado el punto correcto.
    – En estos momentos, cualquier punto seria el correcto -repuso él con ironía-. Pero por mucho que esté disfrutando, he pasado todo el día fuera, y me iría bien darme una ducha.
    Kendall esbozó una sonrisa burlona.
    – A mí no me importaría ducharme otra vez.
    Él movió la cabeza y se echó a reír.
    – Oh, nena, está claro que sabes cómo tentar a un hombre.
    Ella lo miró de hito en hito.
    – Sólo a ti. -Como si quisiera demostrar su afirmación, dirigió los dedos al botón de sus vaqueros.
    ¿Quién era él para resistirse? De nuevo le dio vía libre, apretando los dientes mientras le acariciaba primero los muslos y apretando los puños cuando se detuvo antes de pasarle la mano por el miembro erecto para cumplir con su misión de quitarle toda la ropa. Kendall tenía las ideas claras, objetivos bien marcados y a él no le importaba. La forma como le tocaba era un juego de lo más intenso y erótico y, si por él fuera, no le importaría disfrutar de esa sensación todo el día.
    Cerró los ojos y se apoyó en la pared para dejarse llevar por las atenciones de ella. La sangre le circulaba a toda velocidad por las venas y en otras partes del cuerpo, y cuando oyó el primer timbrazo pensó que el sonido estaba dentro de su cabeza.
    Entonces Kendall se quedó quieta y Rick se dio cuenta de que estaba sonando el teléfono.
    – Maldita sea. -Se obligó a abrir los ojos.
    – Será mejor que contestes. Podría ser algo importante. -Kendall exhaló un suspiro y señaló el teléfono de pared.
    Rick se subió los pantalones de un tirón, dejó sólo un botón desabrochado y contestó al teléfono.
    – Más vale que sea importante.
    Kendall arqueó una ceja y él le guiñó el ojo.
    – Rick, soy Lisa Burton.
    Emitió un gemido de fastidio. Lisa le había estado sacando de quicio en la sesión dé lavado de coches del DARE. Su condición de «comprometido» no la había disuadido por la tarde y encinta ahora le llamaba.
    – No es un buen momento.
    – No llamaría si no fuera importante.
    – Bueno, yo supongo que si llamas al 911 debe de ser importante. -Ya no tenía paciencia para jueguecitos. Quizá hablara poseído por la frustración masculina o quizá ahora que sabía qué mujer le interesaba, deseaba que las otras lo aceptaran y se batieran en retirada.
    – Llamo como profesional de la enseñanza. Tengo conmigo a una chica llamada Hannah que dice que es responsabilidad tuya.
    Rick prestó atención al oír esas palabras.
    – ¿Estás con Hannah? ¿Qué ocurre?
    Kendall se acercó a él de inmediato y le colocó la mano en el hombro.
    – ¿Hannah está bien? -le preguntó ella.
    – Está bien -le dijo Lisa a Rick.
    – Entonces, ¿qué está haciendo contigo? La dejé con Jonesy. -No con la única mujer con la que no quería tener ningún tipo de trato.
    – Ha tenido que marcharse. Justo después de que te fueras le ha llamado su mujer. No pensé que cuidar de otra adolescente fuera a resultar problemático, así que le dije que ya la vigilaba yo. Pensé que no sería problemático, y no lo ha sido hasta que… ha llegado el doctor Nowicki.
    «Vaya.» Rick se pasó la mano por el pelo.
    – ¿Qué le ha dicho Hannah al director? -preguntó resignado.
    Kendall emitió un fuerte gemido y ocultó el rostro entre las manos.
    – Oh, no. ¿Qué habrá hecho ahora?
    Rick rodeó a Kendall por la cintura con un brazo.
    – Tu hermana está bien -le susurró al oído.
    – Oh, ¿estás con tu novia? Me lo imaginaba -dijo Lisa con desdén, claramente ofendida-. A lo mejor Hannah tiene derecho a montar un numerito, porque al parecer su hermana no se preocupa por ella. Y a ti te ha faltado tiempo para escabullirte a ver a tu nueva amiguita. -A Lisa se le atragantaron las palabras, como si le diera rabia reconocer que no sólo había perdido una batalla sino la guerra con respecto a los favores de Rick-. Habéis dejado sola a la pobre chica en un pueblo desconocido. No me extraña que quiera llamar la atención.
    En general, Rick no daba demasiada importancia al comentario celoso y claramente sesgado de Lisa sobre la situación de Hannah, ya que en definitiva era asunto de él y de Kendall. Al fin y al cabo, había dejado a Hannah en compañía de otras dos chicas muy agradables con las que había congeniado y la había dejado contenta, lo cual había sido su objetivo al llevarla a la sesión de lavado de coches.
    Pero teniendo en cuenta que se había marchado para estar a solas con Kendall, se sentía culpable a pesar del hecho de estar convencido de haberla dejado en buenas manos. Y estaba seguro de que Kendall no se debía de sentir más contenta que él.
    Sin embargo, antes de pensar en sus sentimientos, tenían que recoger a Hannah.
    – ¿Estás todavía en la escuela primaria? -preguntó a Lisa.
    – De hecho la he traído a Norman's. Ha dicho que tenía que reunirse con vosotros aquí.
    – Gracias, Lisa. -Se tragó su orgullo-. Perdona por haber sido un poco brusco antes. Ahora mismo vamos a buscarla. -Colgó el auricular y se volvió hacia Kendall.
    – ¿Qué ha hecho? -Se encogió como si tuviera miedo de preguntar.
    – Lisa no me lo ha dicho. Pero está abajo esperándonos. Puedes preguntárselo directamente.
    – ¿Por qué no te quedas aquí y te duchas? Hablaré con Hannah y tú ya bajarás cuando estés preparado. -Se calló-. O no. Como te dije, Hannah no es tu problema.
    Rick negó con la cabeza. No pensaba que Kendall estuviera echándose atrás, sino que intentaba ser justa con él, dándole una excusa antes de que él la buscara.
    – Tú vete y yo bajo en diez minutos, limpito y dispuesto a ayudar, ¿de acuerdo?
    Ella asintió.
    – Si estás seguro.
    La vacilación de su voz le indicó que ella no lo estaba. Que por muchas veces que le dijera que no pensaba marcharse a ningún sitio, ella esperaba que hiciera precisamente eso. Rick captaba la ironía de la situación. No era él quien iba a marcharse.
    – Léeme los labios. -Le cogió la cara con la mano-. Estoy seguro. -Le dio un beso fugaz en los labios-. Ahora vete.
    Kendall le dedicó una sonrisa y salió corriendo por la puerta. Rick oyó cómo iba atenuándose el sonido de sus pasos, cada vez más lejos. Igual que Kendall.
    Como Jillian antes que ella.
    Rick recorrió el apartamento situado en el pueblo en el que siempre había vivido. Intentó diferenciar la situación de Kendall de la de Jillian, ponerse en el lugar de Kendall. No haber tenido nunca un padre y una madre en los que confiar. Cambiaba de casa constantemente, de familia en familia, sin poder contar nunca con gente a la que considerara suya, incluidos amigos íntimos. Y luego llegar a un pueblo en el que la mayoría de la gente era lo que parecía. En el que la amistad se ofrecía sin compromiso y todos los atributos de la estabilidad colgaban ante sus ojos. Aparentemente fuera de su alcance, aunque sólo fuera porque ella temía coger lo que nunca había tenido.
    Cielos, él lo había tenido todo, se había criado en el seno de una familia cariñosa, se había casado, luego divorciado y en cambio tenía miedo de entregarse por completo y volver a sufrir. ¿Cómo era posible que culpara a Kendall de su incapacidad para hacer lo mismo?

    Kendall entró en Norman's e inmediatamente vio a Hannah sentada en un reservado, con Lisa Burton. Al acercarse a ellas, Kendall se encontró con la mirada desafiante de su hermana, pero en vez de enzarzarse en una discusión delante de la otra mujer, Kendall decidió optar por la discreción y la diplomacia.
    Miró primero a Lisa.
    – Muchísimas gracias por traer a Hannah aquí.
    – No es que tuviera muchas alternativas, señorita Sutton. Nadie la vigilaba y ya le había tirado un cubo de agua al director.
    Kendall enrojeció de vergüenza.
    – No podía dejarla sola y que causara más problemas y a usted no la he visto por ninguna parte…
    Kendall entornó los ojos. Sólo había oído la parte de Rick de la conversación telefónica, no la de Lisa, y no tenía ni idea de por qué su amigo Jonesy se había marchado. Pero Kendall supuso que habría tenido un buen motivo, y que habría dejado a Hannah en buenas manos. Al recordar las palabras de Rick del otro día, supuso que Lisa se comportaba de ese modo por celos y Kendall se negó a darle el gusto de mostrar sus emociones.
    – Oye, no le eches la culpa a mi hermana. -Hannah intervino antes de que Kendall tuviera tiempo de dar una respuesta neutral.
    Kendall parpadeó sorprendida. Resultaba que Hannah la defendía. Ni siquiera la grosería de Hannah evitó la punzada de orgullo y cariño que sintió Kendall al oírla. Y aunque su hermana fuera una bocazas y fuera a recibir una buena reprimenda por mojar al director, Kendall no quería destruir un avance, por pequeño que fuera, en su floreciente relación regañándola delante de una maestra, y mucho menos de Lisa Burton.
    – Hannah -empezó a decir Kendall con vacilación, pero su hermana la ignoró, seguía mirando a Lisa a través de unos ojos densamente maquillados pero un tanto emborronados después de pasar un largo día al sol.
    – He oído que le decías al agente Rick que te encantaría hacerle cualquier favor que necesitara -le dijo Hannah a Lisa.
    A Kendall no se le escapó el énfasis que Hannah ponía en la palabra «cualquier» o en las implicaciones que tenía. Y a juzgar por la expresión de Hannah, lo había dicho expresamente.
    – Es de mala educación escuchar las conversaciones de los demás -declaró Lisa con aires de superioridad.
    – Entonces, ¿por qué te he visto hacerlo todo el día? Allá donde iba Rick, tú detrás. Si hablaba con alguien, tú escuchabas. ¿Qué me dices de eso? -Hannah se cruzó de brazos esperando una respuesta.
    Lisa se sonrojó.
    – Es obvio que necesita la supervisión de un adulto -manifestó Lisa a pesar de lo abochornada que estaba.
    Kendall no sabía quién era peor, si Lisa o Hannah, pero tenía que ponerle freno a aquello antes de que la situación degenerara. ¿Y Lisa se llamaba a sí misma maestra? Estaba dando un ejemplo patético.
    – Bueno, como he dicho, gracias por traer a Hannah aquí. -Kendall dedicó una sonrisa forzada a Lisa antes de dirigirse a su hermana-: Hannah, Izzy nos ha reservado una mesa al fondo. Vamos.
    Para sorpresa de Kendall, su hermana salió del reservado sin rechistar y se situó a su lado.
    – Rick ya tiene novia -dijo entre dientes Hannah a Lisa antes de dirigirse rápidamente al fondo del local.
    Kendall movió la cabeza. Al parecer más de una Sutton tenía debilidad por Rick Chandler.
    – Esta niña es una maleducada -afirmó Lisa.
    Kendall se encogió de hombros.
    – Es posible pero también tiene razón. -Por maliciosa que pareciera, no podía evitar dejarle las cosas claras. Teniendo en cuenta que venía de una cita íntima con Rick, la actitud posesiva hacia él estaba en su punto álgido. Igual que su instinto protector, y después de lo que Charlotte le había contado sobre su pasado, Kendall estaba convencida de que lo último que Rick necesitaba era una mujer como Lisa.
    – Las dos sois unas maleducadas y estoy segura de que los Chandler en seguida se darán cuenta. -Lisa cogió el bolso y se encaminó hacia la puerta.
    – Gracias de nuevo por traer a mi hermana -gritó Kendall hacia Lisa, que estaba de espaldas. Sonrió y saludó a la clientela de Norman's.
    Kendall se reunió con Hannah en una pequeña mesa del fondo, se sentó y colocó las manos sobre la misma. No sabía por dónde empezar.
    – No saques ninguna conclusión del hecho de haberte defendido. Es que no me gusta que esa mujer persiga a Rick. -Como de costumbre, Hannah se le había adelantado.
    Kendall decidió hacer caso omiso de la declaración de su hermana. Hannah la había defendido y Kendall pensaba sacarle partido.
    – A mí tampoco me gusta, pero Rick ya es mayorcito y es experto en quitarse de encima a las mujeres. No nos necesita a ninguna de las dos para hacerlo. -Al ver una oportunidad para establecer un vínculo de unión con su hermana, Kendall se inclinó hacia adelante en el asiento-. Pero ha sido divertido poner a Lisa en su sitio, ¿verdad?
    Hannah asintió con recelo y poco a poco fue esbozando una sonrisa.
    – Necesita que cuidemos de él.
    – Pero estoy segura de que agradecería que utilizaras… ¿cómo decirlo?… un método más… sutil.
    – A lo mejor lo medito.
    Kendall se figuró que ésa era la máxima concesión que iba a obtener de ella.
    – ¿Dónde está Rick? -preguntó Hannah.
    Era obvio que su hermana tenía debilidad por el mediano de los Chandler, lo cual a Kendall no le extrañaba lo más mínimo.
    – Se está duchando, creo. Bajará en seguida. Hannah, lo del director…
    – Te juro que fue un accidente. -Hannah levantó las manos para enfatizar su defensa-. Iba detrás de un chico que me había empapado la camiseta pero ha sido muy rápido y se ha agachado. Yo no tengo la culpa de que el doctor Nowicki sea tan bajito y le haya caído el agua encima.
    A la edad de Hannah, parecía que nunca se tenía la culpa de nada.
    – Vaya, ¡mira quién está aquí!
    Kendall se volvió y vio a Raina y al médico del pueblo acercándose a su mesa, lo cual salvó a Hannah de un sermón tipo «ten más cuidado la próxima vez».
    – Hola, Raina. Doctor Fallon.
    – Eric -dijo él-. Aquí no son necesarias las formalidades.
    Kendall sonrió.
    – Eric, me gustaría presentaros a mi hermana Hannah -dijo Kendall rezando en silencio para que Hannah se comportara-. Hannah, te presento a la madre de Rick y al doctor Eric Fallon. -Añadió el parentesco con Rick para tener más posibilidades de ganarse la predisposición de su hermana.
    – Encantada. -Hannah honró a la pareja con una genuina sonrisa.
    Raina estrechó la mano de Hannah.
    – Lo mismo digo. Eres una jovencita muy guapa.
    Para sorpresa de Kendall, Hannah se sonrojó.
    – Tengo que hablar contigo, Kendall, y como tu hermana está aquí, también ayudará. -Raina miró a Eric-. Sólo serán cinco minutos, ¿de acuerdo?
    – Como quieras. Pero tienes que sentarte y descansar.
    Raina le lanzó una mirada feroz, con los ojos entornados. Era obvio que no le gustaba que le dijeran lo que tenía que hacer.
    – El corazón -le recordó Eric, dándose un golpecito en el pecho.
    Raina se sonrojó y asintió, pero Kendall se fijó en Eric. ¿Eran imaginaciones suyas o había detectado un tono de ironía en su voz? Negó con la cabeza. Imposible.
    – Raina, Eric, sentaos con nosotras. -Kendall señaló los asientos vacíos.
    La pareja tomó asiento y Raina lanzó su petición en seguida.
    – He organizado una fiesta sorpresa para el cumpleaños de Rick. O mejor dicho, he delegado la organización de una fiesta sorpresa, dado que mis actividades diarias están limitadas.
    – ¿Es el cumpleaños de Rick? -preguntó Kendall-. ¿Cuándo? -Él no le había dicho nada. Y se preguntó por qué le ofendía que la hubiera mantenido ajena a algo tan básico.
    – Pues… -intervino Hannah-. Mañana. Esa tal Lisa…
    – La señorita Burton -la corrigió Kendall.
    – La tal señorita Burton dijo que se le había ocurrido el regalo peeeerfecto. -Hannah se estremeció, completamente asqueada.
    Kendall exhaló un suspiro. Algunas mujeres nunca se daban por vencidas.
    – ¿Te imaginas lo que quiere hacerle? -preguntó Hannah, horrorizada-. Kendall, tienes que alejarla de Rick.
    – Oh, cómo me gusta estar con gente joven. -Raina se echó a reír-. Hannah tiene razón. Tenemos que mantener a Lisa alejada. Soy consciente de que quizá la alentara… antes de que vinieras al pueblo, compréndelo -le dijo a Kendall-. Pero nunca imaginé que sería tan insistente. En mi época, cuando a una mujer le daban calabazas, tenía la delicadeza de no seguir insistiendo.
    – Yo pensaba que antes eran los hombres quienes pedían a las mujeres salir con ellas -intervino Hannah.
    – Oh, cielos, Hannah…
    La carcajada de Eric interrumpió cualquier comentario que Kendall fuera a añadir.
    – Tienes razón, jovencita. En los viejos tiempos, la mayoría de las mujeres eran más recatadas y pasivas y dejaban que los hombres tomaran la iniciativa. Pero entonces, igual que ahora, había mujeres más osadas que decidían por sí solas. -Fue desplegando una sonrisa mientras dirigía la mirada hacia Raina, cuyo cariño y afecto mutuos resultaban obvios.
    Kendall notó una punzada en el pecho que no le resultaba familiar.
    – ¿O sea que la señora Chandler decide por sí sola? -Hannah se apoyó el mentón en la mano y miró fijamente a Eric.
    – Creo que deberíamos centrarnos en el cumpleaños de Rick antes de que aparezca -dijo Kendall. Antes de que Hannah se volviera totalmente irrespetuosa.
    – Buena idea. Pero no te preocupes. -Raina se inclinó hacia Hannah-. Tú y yo podemos continuar la conversación otro día-. Le dio una palmadita a Hannah en la mano y Hannah no la retiró.
    Kendall pensó si las sorpresas no iban a acabar nunca. La clave del corazón de su hermana parecía girar en torno a los Chandler.
    – En todo caso, voy a decirle a Rick que os invite a cenar a las dos mañana por la noche. Izzy y Norman se encargarán de la comida y de la limpieza, así que asunto zanjado. Yo no tengo que mover ni un dedo. Vosotras dos traéis al invitado de honor y yo ya he hecho algunas llamadas, que es lo único que puedo hacer para organizar las distintas sorpresas para Rick.
    – ¿Qué sorpresas? -preguntaron Kendall y Hannah al unísono.
    – Quiero hacer una versión de Esta es su vida. Que Rick recupere los recuerdos de su infancia. -Dio una palmada-. Va a ser divertidísimo.
    – ¿Qué va a ser divertidísimo? -Rick apareció y con la típica actitud de policía, no se perdió la conversación ni la oportunidad de interrogar.
    – Pues tú cena de cumpleaños, por supuesto. -Raina ni se inmutó.
    – Tu madre nos ha invitado a Kendall y a mí a cenar mañana. Qué guay, ¿no? -dijo Hannah a Rick.
    A juzgar por el atisbo de fastidio y algo más en su mirada, Kendall tuvo la sensación de que Rick no consideraba que la celebración de su cumpleaños fuera a ser precisamente «guay». Y eso que el pobre pensaba que sólo estaría la familia. ¡Ay cuando viera lo que su madre le había preparado!
    Rick recobró la compostura rápidamente y se acercó a la silla de Hannah.
    – Será la bomba -dijo y le alborotó el pelo púrpura con la mano.
    Kendall se preguntó qué tendría que hacer para conseguir que su hermana se quitara el tinte y llevara su color natural. Pero cuando Hannah se rió tontamente al oír a Rick usando la jerga juvenil, Kendall se dio cuenta de que había cosas más importantes en la vida que el aspecto de su hermana. Como por ejemplo cómo se sentía por dentro. Cuando estaba con Rick, Hannah reía con facilidad y despreocupación, como la niña feliz que debería ser. Kendall notó que el corazón se le henchía en el pecho.
    – Estás hecho un Poindexter. -Hannah puso los ojos en blanco mientras se burlaba de Rick, y Kendall volvió a centrarse en la conversación.
    Raina y Eric miraron a Rick expectantes, porque obviamente no entendían la referencia.
    – Un ganso -explicó-. Trabajar con adolescentes ha ampliado mucho mi vocabulario. -Se rió.
    Hannah volvió a reírse y Rick miró a Kendall por encima de la cabeza de su hermana. Intercambiaron una mirada cariñosa, junto con un recordatorio de la intimidad que habían compartido justo antes de que sonara el teléfono en su apartamento.
    Ahora Rick tenía el pelo húmedo de la ducha y no se había afeitado. La barba incipiente que había notado ella contra su mejilla añadía un toque sensual a la reacción que le había producido su aspecto sexy y duro. «Más tarde.» Ésa era la idea que parecía transmitirle con sus ojos oscuros. Y cuánto anhelaba estar con él, pensó Kendall.
    Pero teniendo en cuenta la fiesta de cumpleaños que le esperaba y que su hermana lo adoraba, Kendall se preguntaba cuándo tendrían la oportunidad de retomar lo que habían dejado a medias.

    La mañana después de que Raina les informara de la fiesta sorpresa para Rick, Kendall recorría el desván donde trabajaba de un lado a otro mientras Hannah hacía globos con el chicle y rebatía todas las propuestas de regalo de cumpleaños que le sugería Kendall. Tenían que pensar en algo antes del atardecer, antes de recoger a Rick para lo que él pensaba que sería una cena familiar en casa de su madre.
    A pesar del poco tiempo que llevaba en Yorkshire Falls, Kendall había llegado a conocer bien a Rick, sus expresiones y lo que le pasaba por la cabeza. Y aunque no sabía por qué, estaba convencida de que la fiesta de esa noche no iba a hacerle ninguna gracia. Se había planteado avisarle pero luego decidió que no tenía derecho a interponerse entre madre e hijo y traicionar la confianza y deseo de sorpresa de Raina.
    Así pues, pensó que era mejor centrarse en el regalo. Ella y Hannah habían acordado hacerle uno conjunto, algo especial que a nadie más se le ocurriera. Llevaban desde la noche anterior barajando distintas opciones. Sin éxito.
    – ¿Gemelos? -sugirió Kendall.
    Hannah entornó los ojos.
    – Sí, como si fuera a ponérselos con las camisetas que lleva.
    – ¿Aguja de corbata?
    – Puaj. -Entrecruzó los brazos sobre el pecho-. ¿Qué intentas? ¿Convertirlo en un soso?
    Kendall gimoteó y levantó las manos al aire.
    – Vale, me rindo. ¿Qué quieres tú que le regalemos a Rick? -Por el momento lo único en lo que se habían puesto de acuerdo era en hacer ellas el regalo en vez de comprarle algo impersonal. Como iba justa de dinero y de crédito, a Kendall le había aliviado ver que a su hermana la convencía la idea.
    – Bueno, como por fin te dignas preguntar, creo que deberíamos hacerle un collar. No una mariconada sino un collar bonito. De cuero trenzado, quizá. -Hannah rodeó la mesa de bridge buscando entre los recipientes de plástico en los que Kendall guardaba las distintas piedras y abalorios-. Oye, ¿qué es esto? -Cogió un puñado de cuentas redondas.
    – Son redondeles de hematites.
    – ¿Y qué tal si hablas para que te entienda?
    Kendall se rió.
    – Son cuentas planas y redondeadas. De color negro brillante. Eso salta a la vista. La palabra técnica referente al mineral utilizado para hacer la joya es el hematite y tienen forma de redondel. De ahí viene el nombre de redondeles de hematites.
    Hannah la miró de hito en hito con expresión interesada. Quizá habían encontrado un tema que podía ayudar a unirlas, pensó Kendall. Le encantaría enseñar a Hannah todo lo que sabía sobre cuentas y artesanía de joyas, y ella estaría bien predispuesta a aprender el máximo posible de la perspectiva fresca y joven de Hannah. Empezaría dando a su hermana una inyección de seguridad.
    Kendall le tendió la mano y Hannah colocó unos cuantos hematites en su palma. Tocó las piedras lisas y lustrosas y las sostuvo ante la luz de la ventana.
    – Ensartadas juntas tendrían un aire masculino. -Miró a Hannah-. Tienes buen ojo para esto, ¿sabes?
    Su hermana se sonrojó.
    – Bueno, éstas son muy guapas. Rick tendrá un collar de hemorroides.
    – Hematites, listilla.
    Hannah se echó a reír.
    – Como se diga. Utilizaremos éstas.
    – Ya sé qué cuenta romperá con el negro total. -Kendall repasó las cuentas tubulares de plata de ley y extrajo su preferida-. Mira ésta. La forma está hecha a mano. Más o menos cada veinticinco cuentas de hematites añadimos una de éstas para que contraste.
    – Empecemos. -Hannah se frotó las manos y acercó una silla a la zona de trabajo.
    Kendall estaba contentísima de ver a su hermana animada e interesada en algo que ella apreciaba tanto.
    – ¿Por qué no eliges los mejores hematites y yo voy preparando la cadena?
    Media hora más tarde seguían trabajando. Hannah concentrada en escoger las cuentas perfectas y formulando todo tipo de preguntas al respecto. Por primera vez desde su llegada, Kendall sintió que Hannah había bajado la guardia, lo cual le permitía hacer lo mismo. La sensación de familia y unión que tanto había añorado en su vida emergía ahora, y a Kendall le costaba reprimirse para no dar un fuerte abrazo a su hermana y estropearlo todo.
    – ¿Cómo te metiste en esto? -preguntó Hannah.
    – Aah. Pues como siempre iba de aquí para allá, no tenía muchos juguetes ni cosas así. Y cuando viví con tía Crystal, ella me enseñó a ensartar macarrones y pasta de sopa para fabricar joyas. Utilizábamos distintos tipos y les poníamos un gancho. Luego los pintábamos. Tía Crystal trabajaba con abalorios de verdad y cosas así hasta que la artritis se lo impidió. Supongo que podría decirse que llevamos en la sangre lo de hacer joyas.
    – Probablemente hiciera joyas para viejas -dijo Hannah con el tono arrogante que, curiosamente, no había utilizado en toda la mañana.
    Kendall entornó los ojos.
    – Crystal tenía talento. -Lanzó una mirada a las cuentas que Hannah había elegido-. Y tú también.
    – Ya. Como si esto fuera tan difícil. -Hannah cogió un puñado y las revolvió de forma que mezcló todas las cuentas, echando por la borda el trabajo meticuloso que había llevado a cabo-. Aquí tienes. Ya está.
    – Oh, Hannah, ¿por qué? -Al ver el revoltijo, a Kendall se le encogió el corazón-. Habías hecho un trabajo fabuloso escogiéndolas y ahora las has mezclado otra vez. -Horas de esfuerzo de su hermana echadas por tierra sin un motivo aparente.
    ¿O acaso había una explicación que Kendall desconocía? Si era así, Hannah no parecía muy dispuesta a dar detalles. Se quedó sentada, con la mandíbula apretada, sin que a Kendall le quedara otra opción que reproducir la conversación en su cabeza. La actitud de su hermana había cambiado en cuanto Kendall había mencionado a tía Crystal, pero no entendía por qué Hannah iba a enfurecerse o sentir celos de una pariente mayor a la que ni siquiera había conocido.
    – Hannah -tanteó Kendall-, ¿tienes celos de Crystal? ¿Del tiempo que pasé con ella?
    – ¿Por qué iba a estar celosa de que tuvieras tiempo para ella y no para mí?
    – No fue así la cosa. -Kendall quiso tocar a Hannah, pero su hermana se apartó.
    – No quiero hablar del tema.
    Y la rebeldía que transmitía su mandíbula hizo que Kendall entendiera que no lo decía en broma. Exhaló con fuerza, sabiendo que necesitaba cambiar de tema y rápido si quería recuperar la buena relación que habían empezado a tener.
    – ¿Te gusta hacer joyas? -preguntó Kendall.
    Hannah se encogió de hombros.
    – No está mal.
    Pero al recordar cómo la joven había mirado el surtido de cuentas, Kendall se figuró que le gustaba más de lo que reconocía.
    – ¿Sabes? Yo hacía joyas con pasta allá donde iba. De casa en casa. Viviera donde viviera, a nadie le molestaba que me entretuviera haciendo collares. Así me estaba quieta y no daba la lata, hasta que me cambiaban de casa. -Kendall se encogió de hombros al notar que los buenos recuerdos se mezclaban con los malos-. La estabilidad es lo único que tú tuviste que a mí me faltó. -Quizá consiguiera que Hannah viera los aspectos positivos de su vida.
    – Ya ves. Siempre en el mismo sitio, año tras año. Sin familia. Los amigos iban y venían según su situación familiar. No es tan positivo como crees. -Hannah hizo una mueca con los labios, en los que se había aplicado demasiado brillo.
    Era obvio que Kendall no lograba conectar con su hermana.
    – Bueno…
    – Chicas, ¿dónde estáis? -La voz de Pearl les llegó desde abajo. En seguida oyeron el sonido de los pasos amortiguados mientras subía la escalera y aparecía en el desván.
    Ya no estaban solas, y Kendall perdió la oportunidad de hablar con su hermana y, quizá, de arreglar algo de su excesivamente frágil relación.

    A Rick no se le escapó la tensión que reinaba en el ambiente cuando Kendall lo recogió y fueron los tres hacia la casa de su madre para cenar. No sabía qué había sucedido entre las hermanas pero estaba claro que las dos estaban disgustadas, y que no tenían gran cosa que decirse la una a la otra.
    En cambio tenían mucho que decirle a él. Por lo menos Kendall.
    – ¿Y cuándo pensabas decirme que era tu cumpleaños? -le preguntó, y no era la primera vez.
    – Sí, hasta Lisa Burton lo sabía. Tenías que haber visto la cara de Kendall cuando se enteró de que Lisa lo sabía y ella no -dijo Hannah, regodeándose desde el asiento trasero.
    – Relájate y cállate -espetaron Rick y Kendall al unísono. Hannah estaba hostigando a Kendall a propósito, intentando sacarla de quicio, y Rick tenía que reconocer que también estaba consiguiendo ponerlo a él de los nervios. O quizá fuera la fecha lo que lo ponía nervioso.
    – ¿Es un asunto espinoso? -preguntó Hannah antes de hacer lo que le habían dicho y acurrucarse en un rincón del coche para sorpresa de Rick y Kendall.
    Rick gimió. La chica tenía más razón de la que se imaginaba. Sin duda su cumpleaños era un asunto espinoso. Aceptaba la fecha y soportaba las celebraciones familiares de su madre. Pero no era motivo de alegría para él. Porque el día de su cumpleaños coincidía con su aniversario de boda con Jillian, evento que prefería olvidar que recordar.
    Kendall aparcó delante de casa de Raina y Hannah salió del coche de un salto. Cuando Rick se disponía a hacer lo mismo, Kendall le puso una mano en el brazo para detenerlo.
    Él se volvió hacia ella.
    – Tenías que habérmelo dicho -dijo, sin que hubiera la menor duda de a qué se refería.
    – Tampoco hay para tanto.
    Pero el dolor que transmitía su mirada cálida le decía lo contrario. No es que hubiera ocultado la información expresamente, sólo se había negado a reconocerla ante los demás, incluido él mismo. Pero no pensaba que Kendall fuera a aceptar o apreciar la diferencia, y a él tampoco le apetecía entrar en detalles de por qué no se lo había dicho. Kendall y sus planes, su marcha tarde o temprano, le recordaban con demasiada viveza un pasado doloroso que no tenía ningunas ganas de repetir.
    Dado que Rick no decía nada, Kendall suspiró con fuerza.
    – Vamos, tu madre nos espera. -Salió del coche dando un portazo y él se quedó con la sensación inequívoca de que, debido a su silencio, había traicionado algo valioso e importante.

Capítulo 10

    – ¡Sorpresa!
    Rick retrocedió de un salto, sorprendido al ver el grupo de gente que le esperaba en casa de su madre y, al mirar a su alrededor, se dio cuenta de que le habían tendido urna trampa. «Una puñetera fiesta sorpresa», pensó. Habría preferido pasar la noche solo, tal como había hecho los últimos años. Y a su madre no se le ocurría otra cosa que montar una fiesta.
    Le gustaba, estar con gente, pero ese día en concreto prefería estar solo. Estar rodeado de personas que probablemente recordarían esa fecha no era su idea de una noche divertida. Sin que él lo esperase, Kendall le puso la mano en el hombro como muestra de apoyo. Una sorpresa agradable teniendo en cuenta lo ofendida que estaba antes. Se imaginó que ella seguía esperando algunas respuestas, pero agradeció su perspicacia y el hecho de que estuviera a su lado.
    – Feliz cumpleaños. -Su madre se le acercó lentamente y le dio un beso en la mejilla.
    Como sabía que el estrés no era bueno para su corazón y había hecho un gran esfuerzo por él, Rick esbozó una sonrisa forzada. Ya hablaría con ella más tarde, cuando no tuvieran público.
    – No tenías que haberte molestado -dijo entre dientes.
    – Tonterías. Mi hijo mediano no cumple treinta y cinco años todos los días.
    – ¡Que empiece el espectáculo! -gritó Norman de entre los invitados.
    En seguida se produjo una ronda de aplausos ininterrumpidos mientras la gente canturreaba «Espectáculo, espectáculo, espectáculo…».
    – ¿Qué espectáculo? -preguntó Rick con recelo por encinta de los cánticos.
    Miró a su alrededor y advirtió que Roman y Charlotte estaban junto a Chase, apoyados en la pared del fondo. Los tres se encogieron de hombros casi al unísono. Era obvio que no iban a apuntarse el mérito de la locura de Raina.
    – Yo tampoco tengo ni idea -susurró Kendall. Al igual que sus hermanos, Kendall no quería cargar con las culpas ni con la responsabilidad. Sólo se había aliado con su madre para llevarlo allí.
    Un fuerte silbido interrumpió el cántico unos instantes antes de que volviera a empezar.
    – Bueno, tranquilizaos. -Raina hizo callar a la gente con un gesto.
    Rick le lanzó una mirada de preocupación y ella se sentó enseguida en la silla más cercana.
    Eso fue lo que detuvo la algarabía.
    – Todos sabéis que no estoy para organizar cosas -dijo con voz queda-. Por eso he contratado a un maestro de ceremonias. -Hizo un gesto a Rick con el dedo para que se acercara-. Intenté convencer a tus hermanos para que lo fueran pero ellos se negaron.
    – Les debo una -musitó él.
    – Bueno, empecemos -sugirió Raina.
    – ¡Así podremos comer! -exclamó alguien desde el fondo de la sala.
    Rick entornó la mirada al oír una voz conocida y buscó al hombre solitario.
    – Samson, ¿eres tú?
    A Rick le costó un poco localizar al viejo, pero es que era un experto en fundirse entre la multitud. El hombre de los patos, el nombre que los niños daban a Samson Humphrey, se pasaba el día en el parque que había al lado del restaurante de Norman, no hablaba con casi nadie y parecía un sin techo, aunque no lo era. También era el ladrón de bragas, aunque no lo supiera nadie aparte de Rick, Charlotte y Roman. No era su estilo aparecer en un lugar tan concurrido, a no ser que…
    – Por supuesto que es él. No iba a perderse un sándwich de pollo de Norman gratis -dijo Norman.
    – Tú lo has dicho -declaró Samson, confirmando las sospechas de Rick-. Pero si has usado la mostaza esa de miel, la sofisticada, no pienso comerlo.
    – Mira que eres desagradecido -farfulló Norman.
    Antes de que Rick interviniera, Raina dio una palmada, probablemente para impedir el alboroto antes de que empezara. Entonces, sin previo aviso, una comitiva bajó por la escalera.
    – Ésta es tu vida, Rick Chandler -dijo Gran Al, el entrenador de béisbol del instituto, ya retirado, por el estruendoso micrófono inalámbrico, sin importarle que estuvieran dentro de una casa.
    Rick contempló anonadado cómo su pasado desfilaba ante sus ojos. Una mezcla variopinta formada por sus viejos profesores, entrenadores y amigos se reunió en el salón de casa de su madre.
    Se le encogió el estómago.
    – No me lo puedo creer.
    – Claro que sí. -El regocijo de su madre era tan grande como la sensación de Rick de fatalidad inminente.
    Con Kendall a su lado y Hannah riéndose desde la banda, le fueron empujando por entre el enjambre de gente. Al final lo hicieron sentar en primera fila, rodeado por su madre, sus hermanos, Charlotte, Kendall y Hannah. El resto de los invitados se arremolinaron a su alrededor.
    – Que empiece el espectáculo.
    Rick hizo una mueca por el estruendo. Era obvio que Gran Al creía que estaba en un campo de rugby.
    – La señora Pearson, que hace poco se ha jubilado de la escuela de Yorkshire Falls, fue maestra de Rick en el parvulario. Adelante, señora Pearson. -Al pasó el micrófono a la mujer menuda y de pelo cano situada a su derecha.
    – Probando, probando. -Al se acercó el micrófono a los labios y emitió un chillido agudo que hizo que los presentes se encogieran del susto y se quejaran-. Lo siento. Hace siglos que no uso un puto chisme de éstos. Quiero decir el micro. En cuanto me jubilé dejé de cuidar el lenguaje. -Se rió-. Bueno, continuemos.
    – No, por favor -dijo Rick.
    – No seas cobarde, hermanito. Lo superarás. -Chase se cruzó de brazos y sonrió.
    Rick pensaba vengarse de su hermano cuando llegara su cumpleaños.
    – Rick era un niño imaginativo -dijo la señora Pearson con su mejor tono de maestra-. Y desde el comienzo supo cómo atraer a la gente. Y ya de pequeño tenía dotes de empresario. Recuerdo un día, a la hora del recreo, cuando vi que todos los niños, bueno, sobre todo las niñas, estaban haciendo fila detrás de él.
    – Rick siempre fue encantador -dijo Raina.
    Rick negó con la cabeza y notó que se sonrojaba. ¿No era ya demasiado mayor como para que su madre le sacara los colores? Obviamente no. Mierda.
    – Bueno, bueno, sin interrupciones -dijo la señora Pearson, pero con una sonrisa en los labios, porque le gustaba volver a ser el foco de atención, por poco que durara-. Resulta que el pequeño Rick había ido al médico a hacerse una revisión esa semana. El doctor Litde, a quien seguro que todos recordáis aunque ya esté muerto…
    Se produjo un murmullo de asentimiento y un «que en paz descanse».
    – Pues al parecer, el doctor Litde le había dicho a Rick que tenía las orejas tan limpias que a través de ellas se podía ver hasta la China. Y Rick, como era muy listo, puso a los niños en fila y cobraba peniques a quien quisiera ver cómo era la China de primera mano.
    Los invitados ovacionaron a la señora Pearson mientras le pasaba el micro a la señorita Nichol, otra maestra del colegio, que se parecía a Lucille Ball.
    – Espero que no vayan curso por curso -dijo Rick.
    – Oh, no, sólo los momentos estelares -le tranquilizó Raina dándole una palmadita en la mano.
    – Genial.
    Kendall se rió y el espectáculo tipo Esta es su vida continuó. Rick soportó una anécdota no tan terrible de la todavía pelirroja señorita Nichol, un recordatorio de sus travesuras infantiles de otro maestro e historias embarazosas de su época de instituto sobre cuando el entrenador lo pilló dándose el lote con chicas detrás de las gradas.
    Tenía que reconocerle el mérito a su madre. Había conseguido alegrarle la noche e incluso hacerle olvidar qué significaba esa fecha para él, por lo menos durante un rato. Al advertir su sonrisa de complicidad, se dio cuenta de que lo había organizado a propósito. Antes de que le diera tiempo a decidir sí era positivo o no, Kendall lo cogió de la mano. Cálida y suave al contacto con su piel, lo cual le recordó lo mucho que añoraba estar con ella.
    Ella se inclinó hacia él para susurrarle al oído.
    – Estoy obteniendo más información con este espectáculo que gracias a ti.
    – Nunca te he excluido. -Con Kendall había sentido más, había dado más de sí mismo que nunca. Y en el aniversario del mayor desastre de su vida, aquello le asustaba.
    Kendall lo asustaba, lo cual no era fácil de reconocer. Así pues, no, pensó Rick, salvo por ese recuerdo, que aún era demasiado doloroso, porque Kendall, al igual que Jillian, se marcharía, no la había excluido. Más bien al contrario, había dejado que se le acercara demasiado.
    Antes de que Kendall tuviera tiempo de responder, su madre habló por el micrófono.
    – Como sabéis, mis hijos son lo mejor del mundo. Aunque todavía no me hayan dado nietos. -Detrás de ella, Eric carraspeó, porque obviamente no le parecía bien que se quejara en público.
    A Rick tampoco. La diferencia era que ya se había acostumbrado a su queja.
    – En serio, tengo unos hijos maravillosos. Cuidan de mí cuando lo necesito. -Se llevó la mano al pecho.
    Y dirigió la mirada a algún punto lejano, como un sospechoso que tiene algo que ocultar. Pero esa comparación no tenía ningún sentido.
    – Así pues -continuó Raina, retomando sus pensamientos-, es un placer para mí compartir con vosotros mi historia preferida sobre mi hijo mediano.
    – ¿Puedo marcharme ahora mismo? -preguntó Rick irónicamente.
    – Sólo si estás dispuesto a que te traigamos de vuelta a rastras y esposado -gritó alguien.
    Kendall contuvo una carcajada pero no consiguió evitar emitir un fuerte hipido.
    – Bueno, bueno. Adelante -concedió Rick.
    Pasó un brazo por encima del hombro de su madre, agradecido por haberse preocupado de hacer que su cumpleaños fuera un día especial y agradecido de que todavía siguiera viva para celebrarlo con él. «Todavía», esa idea lo estremecía. Igual que el único deseo incumplido que Raina tenía en la vida.
    Nietos. Algo que casi le había dado cuando se casó con Jillian. Raina, generosa como pocas, había recibido al bebé de Jillian con los brazos abiertos y había pensado en él como si llevara los genes de los Chandler. A diferencia de los padres de Jillian, que la habían repudiado, Raina le había tomado cariño. Y al igual que a Rick, a Raina se le había partido el corazón. Pero nunca había mirado atrás, ni siquiera cuando hablaba de su deseo de tener nietos. Nunca lo había culpado, ni sacado el tema a la fuerza cuando él no quería hablar de ello. Porque era su madre, y su amor era incondicional. No obstante, ahí estaban muchos años después, y Raina seguía sin tener los nietos que anhelaba. Ni siquiera de Roman, que se había casado hacía unos meses.
    «Nietos», pensó de nuevo y desvió la mirada hacia Kendall.
    – Bueno, mi historia se remonta a cuando Rick tenía tres años. -Agradeció que la voz de Raina y sus recuerdos de la infancia le dieran un respiro de los pensamientos sobre su cumpleaños-aniversario.
    – Pensaba que ya habíamos superado la época del instituto -comentó Roman.
    Al igual que Rick, era obvio que sabía qué iba a contar su madre y no le apetecía oírlo. Rick lanzó una mirada de agradecimiento a su hermano pequeño aunque los dos sabían que Raina no iba a desistir de su propósito. Tenían razón.
    Raina no le hizo el menor caso a Roman y continuó, retorciéndose en el asiento, mirando a la multitud para lograr el máximo impacto.
    – ¿Adivináis qué quería ser mi adorable hijo para Halloween?
    – Me imagino que no fue nada tan típico como fantasma o duende. -Kendall se inclinó hacia Rick y él notó el contacto de sus pechos contra el brazo.
    Contuvo un gemido y negó con la cabeza.
    – Escucha y verás.
    – Chase, Rick y yo estábamos en el coche cuando Rick anunció que para Halloween quería ser una hada madrina.
    Los invitados estallaron en risas y aplausos. El dichoso calor se le notaba en las mejillas. Maldita sea, era demasiado mayor para esas cosas. Aunque no consiguió evitar reírse al volver a oír esa ocurrencia, al igual que Kendall. Ella soltó una buena carcajada, y ni siquiera se calló cuando Rick le dio un ligero codazo en las costillas.
    – Lo siento -dijo tomando aire de forma entrecortada-. Es que no me lo imagino.
    Rick entornó los ojos.
    – Yo tampoco, pero ella jura que es verdad.
    – ¿Ah, sí? -Esbozó una sonrisa sensual al mirarle a los ojos y una fuerte palpitación erótica se abrió paso entre ellos. Algo totalmente fuera de lugar teniendo en cuenta la cantidad de gente que los rodeaba, pero real de todas maneras.
    – Cuéntanos más cosas sobre el hada madrina -pidió una voz que parecía la de Samson.
    Rick movió la cabeza. No le quedaba más alternativa que sonreír y soportarlo. Mientras Kendall lo mantuviera excitado y él pensara en llevársela a la cama, era capaz de aguantar cualquier cosa.
    – Bueno, ya que insistes… -Raina se rió-. La abuela le había leído La Cenicienta y a Rick le había gustado el hada que le concedía un deseo. Yo sabía perfectamente que John lo mandaría a un jardín de infancia del ejército si se enteraba, así que le hice jurar que sería un secreto, y le prometí un montón de barajas de béisbol si no se lo contaba a su padre.
    Se produjo una ronda de aplausos. Rick exhaló un suspiro, asombrado de que sus ocurrencias infantiles divirtieran al público y emocionado al ver cuánta gente había acudido allí por él.
    – Bueno, se acabó el espectáculo. -Eric le cogió el micrófono a Raina de las manos-. Mi… paciente… tiene que descansar. En la cocina encontraréis los mejores bocados de Norman. Estáis en vuestra casa. Comed, bebed y sed felices. -Alzó una copa hacia Rick-. Feliz cumpleaños, hijo.
    Rick parpadeó, dudando de si había oído bien a Eric, y pensando que había dicho «hijo» más como un apelativo cariñoso que literal. Pero cuando lo miró a los ojos, se dio cuenta de que esa palabra entrañaba mucho significado, tanto para su madre como para él. Eric Fallon no tenía nada que temer con respecto a Raina. Rick, al igual que sus hermanos, deseaba mucha salud y felicidad a su madre. Con Eric había encontrado esto último. Después de veinte años sola, Eric le había dado algo especial y Rick sentía que estaba en deuda con él por eso.
    Aunque no tenía copa, asintió hacia Eric en señal de aprobación. Un gesto de hombre a hombre lleno de complicidad. Hacía años que Rick había perdido a su padre, pero si había alguien que se merecía a su madre, ése era Eric.
    Rick dio un paso adelante para estrecharle la mano antes de dirigirse a Raina.
    – Te quiero, mamá.
    – Yo también te quiero. Y, Rick… -Algo sospechosamente parecido a unas lágrimas asomó a sus ojos.
    – ¿Qué ocurre?
    Abrió la boca pero la cerró en seguida antes de señalar hacia donde estaba Kendall.
    – Sólo que te está esperando. Y sé que te gusta. La expresión que tienes en la mirada… Ni siquiera la tenías cuando estabas con Jillian.
    – Bueno, por lo menos conozco el desenlace con antelación. ¿No tienes que descansar? -Aunque no parecía tan cansada como él pensaba que estaría. Como tenía el corazón débil, algo peor que una cardiopatía tal como les había explicado hacía unos meses, se fatigaba con facilidad y no era bueno que se cansara demasiado. Pero en esos momentos no daba la impresión de correr peligro alguno.
    – Eso no lo sabes -dijo Raina refiriéndose a Kendall-. Cuando se quiere algo de verdad, uno va a por todas. -Le dio una palmadita en la mejilla-. Piénsalo. Ahora, Eric tiene razón, necesito descansar. -Se agarró del brazo de Eric-. Me ha dicho que podía pasar la noche en su casa para que aquí pueda seguir la fiesta. Incluso se ha ofrecido a dejarme su cama. -Se sonrojó ligeramente-. Me refiero a que yo puedo dormir en su cama y él dormirá en el sofá mientras la fiesta se prolonga hasta la madrugada. -Dirigió una mirada de súplica a Eric-: Sácame de aquí antes de que empiece a decir tonterías.
    – Ya has empezado a decirlas, querida. -Eric movió la cabeza y se rió-. Pero tus deseos son órdenes para mí. Vámonos antes de que te metas en problemas. En más problemas. No te preocupes, la cuidaré bien, Rick.
    – No me cabe la menor duda. -Rick inclinó la cabeza para dar su sutil bendición antes de contemplar a la pareja abriéndose paso entre la gente y saliendo por la puerta.
    Menuda noche, y eso que no había hecho más que empezar. Kendall parecía seguir ocupada con su hermana, por lo que Rick se dirigió hacia la mesa del rincón, donde estaban los refrescos. Se sirvió una Coca-Cola, alzó el vaso y tarareó:
    – Cumpleaños feliz, cumpleaños feliz. Me deseo a mí mismo…
    – ¿Siempre cantas para ti mismo? -Kendall se acercó a él por detrás y le rodeó la cintura con los brazos.
    Notó cómo le presionaba el pecho contra la espalda y que su calidez lo embargaba, cosa que le ablandó el corazón pero le endureció el cuerpo hasta el punto de sentir una necesidad ardiente.
    Se echó a reír.
    – Me has pillado.
    – Me ha encantado la historia del hada madrina.
    – A ti y a todos los presentes -musitó.
    – Comprado por unas barajas de cartas de béisbol. -Dio una vuelta para situarse frente a él sin soltarle la cintura-. No sabía que se te pudiese comprar, agente Chandler -dijo con voz sensual.
    – Aquello era otra época. Y no fue por las cartas, fue por el chicle.
    – ¿No habías dicho que no recordabas la anécdota?
    Kendall arqueó las cejas y se le formó un pliegue en el entrecejo que no hizo más que aumentar las ganas que Rick tenía de besarla.
    – No me acuerdo, pero suponiendo que sea verdad y no fruto de la imaginación desbocada de mi madre, no tenía más que tres años. ¿Tú qué crees que me resultaba más atractivo, las cartas o el chicle?
    Kendall echó la cabeza hacia atrás y se rió.
    – Muy buena. Ahora ya sé que se te puede sobornar.
    – ¿Ahora vas a dedicarte a la delincuencia?
    Kendall hizo un mohín que le incitó todavía más.
    – No, ahora voy a dedicarme a ti.
    Rick emitió un gemido desde lo más hondo de la garganta.
    – Eso sí me gusta.
    Kendall le dedicó una sonrisa forzada. No sabía hasta qué punto le gustaría saber lo que se le estaba pasando por la cabeza. Tras una noche de descubrimientos sobre el pasado de Rick, se había dado cuenta de lo poco que lo conocía. Y de las muchas ganas que tenía de conocerlo. No le había dicho en broma lo de que estaba enterándose de más cosas gracias al espectáculo que a él. Él no le había mencionado que iba a ser su cumpleaños. Ni siquiera de pasada.
    Rick Chandler, un hombre abierto, animado y hablador, había guardado silencio sobre ese punto. Y eso le dolía. Él sabía más de su vida que ella de la de él. Hasta esa noche no se había percatado de que Rick lo había hecho conscientemente.
    El espectáculo había estimulado su curiosidad sobre Rick y había llegado el momento de averiguar cuánto quería revelar ese hombre.
    – Volvamos a los sobornos. ¿Intentas decirme que no puedo ofrecerte nada que te haga desvelar secretos ocultos?
    A pesar de la fiesta y de la gente, Rick la miró de hito en hito, excitado y plenamente consciente de sus deseos más íntimos.
    – Oh, estoy convencido de que puedes ofrecerme algo que me haría lanzar mis principios por la borda. -Habló sin dejar de mirarla, cautivándola, tentándola con su mirada encendida.
    – ¿Estás seguro de que no pondrás en peligro tu trabajo?
    – No sé por qué, me atrevería a decir que valdría la pena. ¿Qué me ofreces a cambio de información? -Se inclinó hacia ella.
    Kendall notó la calidez de su aliento en las mejillas, y que tenía el cuerpo exaltado por el deseo. Pero todavía no le había prometido que fuese a hablar. No le había dicho que le revelaría lo que quería saber. Su vida. Su pasado. Su matrimonio. Había perfeccionado de tal modo el arte de guardar las distancias al tiempo que daba la impresión de cercanía, que Kendall se preguntó si sabía comportarse de otro modo. Abrirse y arriesgarse a tener que sufrir.
    ¿Y ella? ¿Estaba dispuesta a hacerlo?
    Se estremeció bajo su mirada, sabiendo que hasta entonces la distancia que él había mantenido le había bastado. Probablemente porque a ella eso también le había dado seguridad. Todavía se la daba. Así pues, ¿por qué luchar?, se preguntó. ¿Por qué forzarle a darle información?
    Sin previo aviso, el micrófono volvió a emitir un silbido y una voz femenina se elevó por entre los invitados e interrumpió la sugerente conversación entre Rick y Kendall.
    – Quería esperar a que Raina se marchara antes de presentar la última de las sorpresas de la velada para Rick.
    – ¿Qué pasa aquí? -Kendall se volvió para ver mejor y Rick se puso tenso a su lado.
    – Lisa -farfulló-. Maldita sea, en seguida vuelvo.
    – Oh, no. Yo también voy. -Kendall quería presenciar la conversación y siguió a Rick por entre la gente.
    Por desgracia, Lisa siguió hablando.
    – Esta es tu vida, Rick Chandler no sería completa sin un resumen de los últimos años. Me he dado cuenta de que nadie ha mencionado a Jillian Frank.
    En la sala se hizo el silencio. Rick llegó junto a Lisa.
    – Dame el micrófono y deja de hacer el ridículo.
    Lisa bajó el micro pero no lo soltó.
    – Soy maestra. Hay pocas cosas que me hagan sentir ridícula. -Acto seguido, alzó el micro y siguió hablando-: Sólo quería desearle a Rick también un feliz aniversario.
    Kendall respiró hondo.
    – ¿Qué? -No pretendía decirlo en voz alta, pero estaba claro que acababa de descubrir por qué Rick no le había hablado antes de su cumpleaños. Ese día le resultaba demasiado doloroso. Se le encogió el corazón y sintió el dolor en sus propias carnes.
    Hannah se acercó a Lisa.
    – Qué patética eres -dijo.
    Kendall sabía que, a partir de ese momento, podía desencadenarse una retahíla de acontecimientos. Rick parecía compartir esa opinión, porque buscó a Roman con la mirada y, al cabo de unos instantes, Roman y Charlotte se encargaron de alejar a Hannah de Lisa.
    – Nos quedaremos con ella el resto de la velada -dijo Charlotte por encima del hombro mientras sacaban a la muchacha por la puerta. Hannah no dejó de quejarse hasta que la puerta se cerró detrás de ellos.
    Kendall exhaló un suspiro de alivio. Un problema menos. Pero quedaba otro, pensó, volviéndose de nuevo hacia Lisa. A Kendall no le pasó por alto que el resto de los invitados seguía comiendo, bebiendo, contemplando la escena como si consideraran que el comportamiento de Lisa formaba parte del entretenimiento de la fiesta. Para ellos era eso.
    Para Kendall en cambio era una revelación terrible, y se negaba a darle a Lisa la satisfacción de saber que le había fastidiado. Ni siquiera cuando Lisa se dirigió a ella.
    – Probablemente eres la única persona del pueblo que no sabía que el cumpleaños de Rick coincide con el día en que se casó con su amiga embarazada. Tampoco es que importe mucho, teniendo en cuenta que lo dejó por el padre del bebé. Pero nunca lo ha superado. Nunca ha vuelto a tener una relación seria. Así que no creas que contigo va a ser diferente…
    Rick le quitó el micro de la mano mientras Ellis, el jefe de policía, se acercaba a Lisa.
    – Lo siento, Rick -dijo Ellis con la boca llena-. Estaba en la cocina degustando los petits fours de Izzy, de lo contrario habría venido antes. ¿Esta señora estaba invitada?
    – Pues no -farfulló Rick.
    – Allanamiento de morada, alteración del orden público… -El jefe de policía soltó de un tirón una lista de infracciones y, ayudado por Rick, sacaron a Lisa por la puerta.
    Mientras tanto, la cabeza de Kendall era un torbellino de palabras cuyo significado no alcanzaba a comprender. Aniversario. Embarazada. Bebé. Quería saber cosas de Rick, de su pasado. Pues Lisa acababa de proporcionarle información a porrillo. Pero habría preferido escucharla de boca de él.
    A Kendall se le contrajo el estómago mientras intentaba procesar lo que habría supuesto para un hombre como Rick que su mujer embarazada lo abandonara. Él, que era un hombre con un fuerte código de honor. Un hombre dispuesto a casarse con una amiga embarazada. Se frotó las sienes con la mano porque le dolía la cabeza. No le extrañaba que evitara las relaciones serias. No le extrañaba que recelara de las mujeres. Y no era de extrañar que recelara todavía más de Kendall, porque le había dicho desde un buen principio que pensaba marcharse.
    – Bueno, chicos, se acabó el espectáculo. -Chase dio una palmada y se oyeron murmullos de asentimiento entre la multitud. Acto seguido, se dirigió a Rick-: No cabe duda de que sabes montar una fiesta.
    – Te recuerdo que soy el invitado de honor. Si por mí hubiera sido, no habría habido fiesta. -Se frotó los músculos de la nuca, que era donde se le había acumulado la tensión.
    – Y ahora ya sé por qué. -Kendall se unió a ellos-. ¿Por qué no mencionaste lo de tu cumpleaños… o lo del aniversario?
    Chase carraspeó.
    – ¿Se avecina una pelea entre amantes?
    – No es asunto tuyo -repusieron Kendall y Rick al unísono.
    Chase se echó a reír.
    – Sois igual que una pareja que lleva casada un montón de tiempo. Recuerdo que mamá solía acabar los pensamientos de papá.
    – Nos vamos de aquí -dijo Rick, cogiendo a Kendall de la mano.
    – Yo no me marcho a no ser que me prometas que vas a hablar conmigo -le susurró al oído.
    – Hablaré si me escuchas -prometió Rick.
    Kendall se tomó sus palabras como un desafío. Después de todo lo que había oído esa noche, no le cabía la menor duda que escucharle hablar de su pasado le resultaría tan difícil como a él le había resultado vivirlo.

    Rick no era demasiado hablador. A pesar de que siempre gastaba bromas y de que trababa amistad fácilmente, evitaba hablar en serio sobre su vida. Nunca había sido consciente de ello hasta ese momento. Pero mientras llevaba a Kendall a su apartamento, lo embargó una sensación de claustrofobia y empezó a sudar.
    Dejó las llaves sobre el mueble y se le ocurrió una idea.
    – Ven conmigo.
    – ¿Adónde? -preguntó Kendall-. Si ya hemos llegado. -Hizo un gesto para abarcar el apartamento-. Cuatro paredes y el dormitorio, al que me niego a entrar hasta que hablemos.
    Rick se acercó a los ventanales que conducían a la escalera de incendios y levantó uno de forma que una persona alta pudiera salir agachándose un poco. Señaló hacia el exterior.
    – Ven conmigo a la terraza.
    – ¿Estás de broma?
    – No. Cuando Charlotte alquiló este apartamento, utilizaba la escalera de incendios como una especie de terraza. Está apartada y caben dos personas. -Rick se agachó y salió al exterior antes de tenderle la mano para que hiciera lo mismo.
    Rick esperó a que ella se acomodara lo mejor posible en la dura superficie metálica y se sentara con las rodillas dobladas a un lado.
    – No es el paraíso, pero no está mal.
    – La verdad es que se acerca bastante al paraíso. -Kendall alzó el rostro hacia la brisa cálida y exhaló un suspiro de satisfacción-. Me imagino que dentro te debías de sentir claustrofóbico.
    Rick se puso tenso.
    – ¿Por qué lo dices? -No estaba acostumbrado a que le leyeran el pensamiento y esa noche ya habían estado sincronizados en dos ocasiones. Y eso, después de la bromita de Chase sobre los matrimonios, bastaba para incomodarlo.
    Kendall lo miró de hito en hito.
    – Porque te he pedido que hables. Que te abras. Y te has esforzado tanto por no hacerlo, que me imagino que ahora debes de sentirte acorralado.
    – Y tú sabes perfectamente lo que es sentirse acorralado, ¿no? -Se aventuró a lanzarle esa suposición sabiendo que se había pasado la vida huyendo de aquello que le impedía echar raíces en un lugar.
    – ¿Quieres parar ya? -Golpeó el suelo con la mano en señal de clara frustración-. Oh, mierda. -Se sacudió la mano.
    Rick le levantó la palma y le dio un beso en la piel escocida.
    Kendall apartó la mano en seguida.
    – No intentes distraerme. Se te da demasiado bien darle la vuelta a las cosas. Te hago una pregunta y resulta que al cabo de un momento soy yo quien está dando explicaciones en vez de ti.
    Rick sonrió.
    – ¿Y qué quieres? Soy experto en tácticas de interrogatorio.
    – Experto en tácticas evasivas, diría yo -farfulló Kendall-. Tú eres quien se siente acorralado ahora mismo, no yo.
    Rick alzó la vista hacia la noche oscura. Había llegado el momento de revelar su dolor más profundo o alejarse de Kendall para siempre, antes de que fuera ella quien se alejara de él. Lo cual probablemente haría de todos modos. Se pasó la mano por la nuca.
    – Jillian y yo nos conocimos cuando ella vino a vivir al pueblo. Era unos años mayor que ella pero nos hicimos buenos amigos y así seguimos hasta acabar el instituto.
    – ¿Sólo amigos? -preguntó Kendall.
    – Sí, sólo amigos.
    – Pero tú querías más.
    Rick se encogió de hombros.
    – Yo era un chico y ella una chica guapa. Por supuesto que quería más. -Rick quería explicar lo sucedido de la forma más sencilla posible, sin emociones ni golpes de efecto-. Cuando acabé el instituto, iba y volvía todos los días a Albany a estudiar en la universidad y prepararme para el ingreso en el cuerpo de policía. Jillian también iba y venía y, al acabar el tercer año de universidad, volvió a casa a pasar el verano.
    – Embarazada. -Kendall le puso una mano en el brazo y él se la cubrió con la suya.
    – De cuatro meses.
    Kendall exhaló un suspiro.
    Aunque Kendall le había obligado a contarle la historia, su presencia y apoyo significaban mucho para él en esos momentos. Ella era la única persona con quien le apetecía compartir su pasado. También era la única con quien quería compartir su futuro. Esa idea le impactó con la fuerza de una bala y tomó aire sorprendido.
    – ¿Estás bien?
    – Sí. -«Sí, ya.»
    – Pues acaba la historia -le instó suavemente.
    Hizo acopio de fuerzas desde lo más profundo de su ser. Ya no sentía nada por Jillian, de eso estaba convencido. El hecho de contar la historia no le suponía enfrentarse a emociones descarnadas ni al amor perdido. Pero sí debía asumir una pérdida. Una que nunca antes había reconocido plenamente. Porque la marcha de Jillian había representado el final de la vida que siempre había querido. La vida que había asumido que nunca tendría.
    O que pensaba que había asumido hasta que conoció a Kendall. En cierto modo, aquella trotamundos había reavivado su deseo de formar una familia que creía haber superado. Lo irónico de la situación era que, aunque ella hubiera alimentado ese anhelo, no podía satisfacerlo.
    Pero Rick no podía culpar a Kendall, porque había sido sincera con él desde el principio. Como había carecido de amor, cariño y estabilidad en la vida, pensaba que no era propio de ella echar raíces. Ni confiar en la palabra u obra de nadie. Sin embargo, sabía cómo ofrecer e inspirar esos sentimientos maravillosos en otras personas, en Hannah y en Rick, aunque le diera miedo estirar la mano y procurarse esas cosas para sí misma.
    – ¿Rick? -pronunció su nombre con vacilación-. Si te cuesta hacer esto…
    – No me cuesta. -No podía obligarla a quedarse, pero podía hablarle claramente y esperar que ella misma se convenciera. La honestidad que había mostrado con él exigía la misma sinceridad. Hizo acopio de valor para continuar-: Jillian le dijo al padre de la criatura que estaba embarazada pero él justo había acabado la carrera y no estaba preparado para comprometerse.
    – Pues tenía que haberlo pensado dos veces antes de acostarse con ella -espetó Kendall indignada.
    – No te digo que no. -Soltó una carcajada amarga-. Se encontraba en un estado demasiado avanzado para abortar y sus padres la echaron de casa. Fue una escena propia de un melodrama, no de la realidad. Al menos no de la realidad de Yorkshire Falls. Yo vivía en un pequeño apartamento alquilado cerca de la estación y Jillian se presentó allí. Vino a vivir conmigo y, a partir de entonces la cosa se enredó.
    – Aja. Esa descripción es demasiado escueta. Demasiado en blanco y negro. -Kendall se apoyó en la barandilla y lo miró con escepticismo.
    Lo observó como si no sólo supiera qué pensaba sino qué sentía. Jillian también lo había conocido, pero en un sentido más superficial. Sabía que la acogería y que nunca le fallaría. Pero no lo entendía ni se había molestado en averiguar qué pensaba. Antepuso sus necesidades a todo lo demás, actitud que se prolongó incluso después de que se casaran y de que superara el pánico a la incertidumbre.
    Pero ahora tenía a Kendall delante, preguntándole sobre su pasado, sus sentimientos. Era obvio que le importaban los motivos de sus actos. Además de importarle su felicidad. Sabía por experiencia que esa cualidad escaseaba y por eso la valoraba todavía más. Nadie había conocido tan bien a Rick como él sentía que Kendall lo conocía.
    – Lo que sentías por Jillian no fue sólo una cuestión de hormonas, ¿verdad? -preguntó Kendall.
    Esa pregunta confirmó lo que estaba pensando. Lo conocía bien. ¿Tan bien como para saber lo que sentía por ella? Lo dudaba, aunque sólo fuera porque hasta el momento se lo había ocultado, incluso a él mismo.
    Quería a Kendall. Y esas emociones estaban ahora a flor de piel si ella quería reconocerlas y aceptarlas. Quería que formara parte de su futuro porque la amaba. Aunque no tuviera ni puñetera idea de lo que iba a hacer al respecto.
    Como policía que era, Rick no estaba acostumbrado a quedarse de brazos cruzados y, en cuanto advertía algo, actuaba. Se negaba a mirar atrás y no poder decir que lo había dado todo por la persona, cosa o situación que fuera. Estiró las piernas lo máximo que le permitió el reducido espacio y miró a Kendall.
    Una brisa húmeda alborotó el pelo de ella, cuyos labios discretamente pintados dibujaban una mueca, esperando que él le diera una respuesta. Pero mientras Kendall aguardaba, tensa y rígida, a que le explicara lo que había sentido por su ex mujer, no se imaginaba que lo único que Rick era capaz de pensar era en lo que sentía por ella en esos momentos.
    – ¿Por qué estás tan convencida de que lo que sentía por Jillian iba más allá del deseo de ayudar a una amiga?
    Kendall se encogió de hombros, pero Rick advirtió que el gesto escondía algo más que un rechazo momentáneo.
    – Eres todo un caballero, pero ni siquiera tú sacrificarías tu vida casándote con alguien a quien no amases. Los favores y la buena voluntad tienen un límite, incluso para Rick Chandler -dijo con ironía-. No me malinterpretes, pero para casarte con ella tenía que importarte mucho. -Respiró hondo-. Tenías que quererla.
    Rick arqueó una ceja, sorprendido de que empleara esa palabra en aquella conversación tan delicada.
    – Jillian era algo más que una amiga para mí -reconoció-. La atracción sexual siempre había existido. Mentiría si dijera que eso no hizo que casarme con ella fuera más fácil.
    Kendall lo miró boquiabierta.
    Le pareció que Kendall estaba conteniendo la respiración. Le acarició la suave mejilla con un dedo.
    – Con la perspectiva que da el tiempo, puedo decir que lo que me gustaba era lo que Jillian suponía. La idea de la vida que podíamos tener juntos. La unión familiar perfecta. -Negó con la cabeza al recordar lo joven e ingenuo que había sido. Entonces se dio cuenta de lo complicada que habría sido su vida si el padre del bebé no hubiera entrado en razón-. Madre, padre, bebé. Joder, estuve a punto de comprar un perro para que representáramos la estampa perfecta.
    Se volvió hacia Kendall y se puso de rodillas, elevándose por encima de ella lo suficiente para mirarla a la cara, para hacerse entender.
    – Me importaba lo suficiente como para convencerme de casarme con ella, pero no la quería.
    ¿Eran imaginaciones suyas o ella acababa de exhalar un suspiro de alivio? Rick tenía ganas de sonreír, de besar aquellos labios que seguían esbozando una mueca, pero se contuvo porque sabía que tenía más cosas que decir.
    – Esa vida que creía tan perfecta habría sido como llevar una soga al cuello, de la que nunca me habría librado.
    Ella lo miró con expresión dulce.
    – Tuvo suerte de tenerte. Pero tienes razón. Si dos personas se casan por los motivos equivocados acaban haciéndose desgraciadas la una a la otra. De todos modos, nunca se dio cuenta de la suerte que había tenido, ¿verdad?
    – Pues la verdad es que sí. Las primeras Navidades me mandó una carta. Era una mezcla de disculpa y agradecimiento. Llevaba la vida que quería y era feliz. Eso es lo que siempre quise para ella.
    – Pero ¿has soportado ese dolor todo este tiempo?
    – He soportado la idea de haber perdido algo. Hasta ahora nunca me había dado cuenta de que Jillian no me quitó nada sino que me devolvió la oportunidad de vivir. -Era increíble lo que hablar le revelaba a un hombre. Hablar con la persona adecuada, corrigió.
    Todas las barreras que había erigido se derrumbaron como si nunca hubieran existido. Era alguien con el agua al cuello, pero no tenía más remedio que asumir el riesgo.
    – ¿O sea que ya no lamentas que se marchara? -preguntó Kendall.
    Rick negó con la cabeza.
    – Pues no. -En todo caso deseaba lo mejor para Jillian y, en su fuero interno, le agradecía que se hubiera marchado-. Si no se hubiera ido con el padre de su hijo, ¿qué demonios habría hecho cuando apareciste en el pueblo?
    Kendall se rió pero el sonido que emitió no denotaba alegría.
    – Me habrías echado una mirada por el pelo rosa y el traje de novia, me habrías dejado en casa de mi tía y habrías echado a correr.
    – Y qué más. -Emitió un gemido.
    – Bueno, no habrías tenido ninguna necesidad de fingir tener una amante, eso seguro. Y por tanto ninguna necesidad de mí.
    Le cogió la cara entre las manos. ¿No sabía lo que sentía por ella? ¿No lo veía en sus ojos? ¿No oía las palabras aunque todavía no las hubiera pronunciado en voz alta?
    Quizá fingía ignorancia. Él también la conocía bien. Sabía que si Kendall se enfrentaba al hecho de que la quería o de que ella sentía lo mismo por él, recaería en su comportamiento habitual y echaría a correr.
    No pensaba permitir que eso ocurriera. Si es que estaba en sus manos evitarlo. Sopesó sus alternativas y se quedó sólo con una. Guardar silencio y seguir disfrutando de su compañía. Emplear un poco de psicología inversa y echarse atrás emocionalmente. Interpretar el papel del amante de verano de Kendall y dejar que fuera ella quien se diera cuenta de las cosas.
    Rick acababa de enfrentarse a su pasado, Kendall se merecía el tiempo y la oportunidad de enfrentarse al suyo. Pero si él iba a por todas, se arriesgaba a perderla. Cielos, se arriesgaba a perderla de todos modos, pero con un poco de comedimiento y paciencia, por lo menos tenía alguna posibilidad. Su relación tenía alguna posibilidad.
    No le cabía la menor duda de que la necesitaba. Siempre la necesitaría. Pero, por el momento, le haría creer que se trataba de una necesidad meramente sexual, al tiempo que haría todo lo posible por ofrecerle todo lo que le había faltado en la vida: la sensación de familia, seguridad, satisfacción y amor. Todo aquello que ella le daba a él de forma inconsciente.
    De cuántas cosas tendría que acostumbrarse a prescindir de nuevo si fallaba y Kendall se iba y llevaba a su adorable hermana bocazas a Arizona y los dejaba a él y Yorkshire Falls atrás.

Capítulo 11

    Kendall miró hacia el exterior, donde preparaban las mesas para la feria de venta callejera. Participaban todas las tiendas, vendedores y colegios. Pero si la cola que había en Norman's para conseguir un café no avanzaba, Kendall pensaba estrangular a la gente que tenía delante. Necesitaba cafeína.
    – Gracias a Dios que ha salido el sol. ¿Te imaginas una venta en la calle bajo una lluvia torrencial? -Charlotte se estremeció-. Es el primer año que participo, pero me han dicho que el año pasado instalaron unos toldos muy resistentes y que el agua caía a chorros por los extremos… -Sacudió el brazo de Kendall-. No me estás escuchando, ¿verdad?
    Kendall parpadeó y se concentró en la expresión preocupada de Charlotte.
    – Lo siento. ¿Qué decías?
    Charlotte se echó a reír.
    – No pasa nada. Estás ensimismada.
    Tras pasar la noche con Rick, Kendall estaba más que ensimismada y no se enteraba de nada. Lo que sentía por él iba en aumento. Descubrir su pasado cambiaba las cosas. Saber que había estado casado y que casi había sido padre le afectaba en lo más hondo. No quería pensar en él unido a otra mujer de ese modo. Y si algo así le importaba, Kendall se veía obligada a pensar en una nueva dirección que la asustaba.
    – ¿Te he dado las gracias por llevarte a Hannah anoche? -preguntó a Charlotte, cambiando de tema. Quizá después de una buena dosis de cafeína estaría preparada para pensar en otra cosa.
    – Sólo unas tres veces. Fue un auténtico placer.
    – ¿Estamos hablando de la misma adolescente bocazas, metomentodo y acomplejada? -pregunto Kendall-. Y lo digo con todo el cariño del mundo del que es capaz una hermana -añadió con una sonrisa.
    – De hecho estamos hablando de la chica educada, discreta y servicial que está ahí fuera. -Charlotte dio un golpecito en el marco de la ventana y señaló a Hannah, que ayudaba a Beth a doblar y exponer los artículos que estaban a la venta.
    – Vaya, ¿qué alienígena habrá invadido su cuerpo? -Pero la daba igual siempre y cuando su hermana fuera feliz. Y a juzgar por la amplia sonrisa y el movimiento constante de su boca, Hannah estaba encantada de charlar con Beth y de ayudarla.
    – Creo que el hecho de que yo no sea su tutora me permite ver otra faceta de ella. ¿Te acuerdas de cómo te comportabas con tus padres? -preguntó Charlotte antes de taparse inmediatamente la boca con la mano-. Oh, Dios mío, lo siento. Me había olvidado de que Roman me dijo que has vivido con parientes distintos toda tu vida. Vaya, qué metedura de pata.
    Kendall hizo un gesto con la mano.
    – No seas ridícula. Era un comentario de lo más natural y una suposición de lo más acertada sobre el motivo por el que Hannah me lo hace pasar mal. -Apoyo la mano en el brazo de Charlotte para reconfortarla-. Gracias por intentar ayudarme a analizar la situación. Toda ayuda es bien recibida.
    Charlotte inclinó la cabeza.
    – El placer es mío, entonces.
    – Pero deberías saber que creo que contigo se porta bien porque eres la cuñada de Rick.
    Charlotte abrió unos ojos como platos.
    – ¿Hannah está colada por Rick?
    – No es eso, no. Lo tiene idealizado. -Kendall exhaló un suspiro-. Da la impresión de que Rick la entiende mejor que yo. La verdad es que me alegro de que alguien lo consiga.
    – Yo diría que Rick tiene buena mano con las mujeres pero, dada la situación, eso sería exagerar. Lo que Rick tiene es facilidad con los niños. Sobre todo con los adolescentes. El gran éxito del programa DARE en nuestra comunidad se debe a él. Prolonga las actividades durante el verano, cuando tiene un día libre, porque así los chicos están ocupados cuando no van a la escuela. Le admiran.
    Kendall asintió. Ella también se había dado cuenta. Era obvio que Jillian le había privado de la oportunidad de ser padre al marcharse. Y, oh, qué padre tan maravilloso sería. Para un bebé, para un niño pequeño, para uno más mayor, para un adolescente. Se llevó las manos al pecho y entonces se dio cuenta del rumbo que habían tomado sus pensamientos. Otra vez esa dirección nueva que la asustaba. Pero era verdad. Rick sería un padre excepcional para un hijo de cualquier edad.
    De todos modos, no le resultaba fácil pensar en un compromiso del tipo que fuera. Nunca había imaginado una vida en la que existiera el «para siempre». Pero tampoco nadie le había hecho una invitación al respecto.
    – Da la impresión de que Hannah ha reaccionado ante Rick como la típica adolescente -declaró Charlotte.
    Kendall asintió.
    – Es verdad. Hannah y Rick congeniaron desde el primer día. -Igual que ella y Rick habían congeniado en cuanto se conocieron.
    – Hannah no es la única Sutton que ha caído rendida a los encantos de Rick, ¿verdad? -susurró Charlotte para que no la oyera el resto de los clientes de la cola-. No me tomes por una impertinente, pero cuando me enamoré de Roman tenía a Beth por confidente, y me imagino que como tú eres nueva en el pueblo no tienes a mucha gente con quien hablar. Alguien que os conozca a ti y a Rick. Y, bueno, quería decirte que puedes contar conmigo si necesitas hablar con alguien. -Charlotte se sonrojó-. Si es que quieres.
    Kendall abrió la boca pero fue incapaz de articular palabra. El gesto de Charlotte, tan cariñoso, comprensivo y considerado la había pillado desprevenida.
    – No estoy enamorada de Rick. -Pronunció esas palabras como una autómata, pero el corazón en seguida se le rebeló.
    Charlotte arqueó una ceja porque estaba claro que no la creía, y esbozó una media sonrisa.
    – Lo siento, Kendall, pero no me lo trago. Quizá alguien que no hubiera estado en tu lugar se lo creería, pero yo no. El mismo lugar pero con el hermano. -Charlotte repiqueteó en el suelo con los pies y no paró hasta dar unos pasos hacia adelante en la cola-. Puedes negarlo el tiempo que quieras. Segundos, minutos, días o años. Da igual. Algún día saldrá a relucir lo que sientes por Rick. Igual que salió a relucir lo que yo sentía por Roman.
    Kendall no estaba segura de si debía ofenderla el hecho de que Charlotte le hubiera leído el pensamiento y violado su intimidad o estarle agradecida por la advertencia que le acababa de lanzar. Kendall siempre se había guardado sus sentimientos para ella sola.
    La necesidad la había empujado a la soledad desde joven. La fuerza de la costumbre y las mudanzas continuas le impidieron compartir sus emociones con otras personas a medida que maduraba. Ahora Charlotte le ofrecía la oportunidad de confiar en otra mujer. Mejor dicho, Charlotte le ofrecía la oportunidad de disfrutar de la amistad verdadera que nunca había conocido. Ni se imaginaba la trascendencia de su ofrecimiento.
    La intuición le decía a Kendall que Charlotte era cariñosa de por sí, mientras que a ella le costaba más aceptar las muestras de cariño. Aunque la chica solitaria de su interior se moría de ganas por aceptar ese gesto amistoso, el miedo se lo impedía.
    Recobró la compostura y miró a la paciente Charlotte.
    – Das por supuesto que tú y yo somos iguales, y no lo somos.
    No podían serlo, porque siempre que Kendall se había sentido unida a alguien -su tía, sus padres, otra chica en una nueva ciudad- en cuanto había aceptado esa sensación de seguridad, le habían arrancado el velo de los ojos y Kendall se había quedado sola. Por primera vez se dio cuenta de que aquél era el motivo de su temor. La base de su necesidad de huir. Las personas que amaba, la gente que le importaba, la dejaban.
    Sus padres la habían abandonado. Tía Crystal había hecho lo mismo a su manera, primero cuando tuvo que mandar a Kendall a otro sitio y luego al morirse. La experiencia de Kendall más arraigada desde su infancia era que siempre perdía a sus seres queridos. La vida de ella y sus protagonistas eran una serie de desapariciones. Su mayor temor era intimar con la gente de Yorkshire Falls, con Rick y su cariñosa familia, y luego perderlos.
    Charlotte se encogió de hombros.
    – Vale, no somos iguales. Si tú lo dices…
    – Lo digo. Por lo que tengo entendido, tú querías quedarte en Yorkshire Falls. Yo pienso marcharme. -Pero ¿y si no se marchaba? ¿Y si se quedaba allí?, le preguntó una vocecita en su interior. Kendall se estremeció y descartó la idea. Nunca había deseado echar raíces en un sitio. Nunca había tenido la sensación de pertenecer a un lugar. Estaba claro que no podía pertenecer a Yorkshire Falls.
    – ¿Qué más nos diferencia? -preguntó Charlotte con una sonrisa, claramente divertida por la afirmación de Kendall.
    Kendall tenía el presentimiento de que no necesitaba que su yo interno manifestara sus deseos más profundos, Charlotte lo hacía por ella.
    – Bueno, tú no tenías inconveniente en casarte y yo no tengo ni la más mínima intención de hacerlo.
    «Si eso es cierto, ¿por qué valoras el potencial de Rick como padre?», le preguntó la vocecita de su interior. Maldito pueblo y maldita la cariñosa familia de Rick. Malditos fueran por mostrarle todo lo que se había perdido en la vida. Todo lo que podía conseguir si no temía aprovechar lo que la existencia le brindaba.
    Charlotte la miraba de hito en hito, como si supiera la batalla que se estaba librando en su interior y le estuviera dando tiempo para ganarla antes de interrumpirla. Entonces carraspeó.
    – Supongo que me he equivocado. Teniendo en cuenta lo que acabas de decir, tú y Rick sois justo lo contrario de Roman y yo. Para empezar, Roman era el trotamundos, no yo.
    – Supongo -musitó Kendall, sin saber muy bien de qué lado estaba. ¿Por qué tenía la sensación de que Charlotte había querido desasosegarla desde el comienzo?
    La otra mujer negó con la cabeza y se rió.
    – Bueno, si doy por supuesto algo sobre ti ahora mismo es que eres humana. Y los humanos son complicados. No siempre saben lo que quieren aunque crean que sí.
    – ¿Eres psicóloga? -preguntó Kendall con una sonrisa.
    – No, observadora. Un buen ejemplo: yo pensaba que quería quedarme en Yorkshire Falls porque eso me daba seguridad. Resulta que en mi caso la seguridad puede definirse de muchas maneras. Y cualquier manera que incluya a Roman me sirve. -Charlotte se encogió de hombros-. Quizá pienses que quieres seguir yendo de un lugar a otro. O quizá no. -Sacudió la melena morena-. Pensándolo bien, tienes razón. No debería dar por supuesto que sé algo de ti. Pero si alguna vez necesitas una amiga o a alguien que te escuche, prometo desempeñar mi papel sin sermonearte. ¿Trato hecho?
    Le tendió la mano y Kendall se la estrechó.
    – Trato hecho -dijo, mientras las palabras de Charlotte le rondaban por la cabeza y su mente jugaba a ser el abogado del diablo.
    – Siguiente. ¿Qué desean las señoras? -preguntó Norman, lo cual evitó que Kendall se planteara el significado de lo que acababa de oír.
    – Zumo de naranja para mí. Un té chai helado para Beth… -Miró a Kendall y le hizo una seña para indicarle que era su turno.
    La bebida de Beth sonaba interesante.
    – Probaré algo nuevo. ¿El chai tiene cafeína? -preguntó.
    Norman asintió.
    – Suficiente para levantar el ánimo, señora.
    Kendall se rió.
    – Entonces un té chai para mí y un zumo de naranja grande para Hannah.
    – Dos chais y dos zumos de naranja -repitió Norman-. ¿Algo más?
    – No. -Charlotte insistió en pagar la cuenta a pesar de la resistencia de Kendall y, al cabo de unos momentos, volvían a estar en la calurosa calle, donde empezó la venta en serio. Las bragas de encaje hechas a mano de Charlotte y las joyas de Kendall fueron todo un éxito. En una hora, las joyas metálicas se habían vendido fenomenal y varias dientas le habían dejado una paga y señal a Charlotte, además de una lista de personas que querían colores concretos o nomeolvides y collares.
    – Nunca imaginé que vendería tanto -dijo Kendall asombrada.
    – Quien vale, vale. -Beth le dedicó una sonrisa sincera-. Bienvenida a bordo, Kendall.
    Ella sintió un aleteo de calidez en el pecho y fue incapaz de responder de otro modo que no fuera sonriendo. Miró hacia el otro lado de la calle y vio que su hermana estaba paseando por allí con un grupo de chicas que parecían agradables. Daba la impresión de que Hannah también se sentía aceptada en Yorkshire Falls.
    De nuevo empezaron a rondarle distintas posibilidades por la cabeza. ¿Y si se instalaba ahí? ¿Y si no hacía las maletas, y si no se marchaba a Arizona? ¿Y si confiaba en sí misma y en otras personas hasta el final?
    Kendall negó con la cabeza. Veintisiete años de hábitos eran difíciles de cambiar de la noche a la mañana. Por el momento quería disfrutar del espléndido día y de la buena acogida sin la presión añadida de tener que tomar decisiones o pensar. Se sintió aliviada cuando apareció Thomas Scalia para coquetear con Beth. Mirando a esa pareja se distrajo de los vuelos de su imaginación. Como si fuera posible sentirse como en casa en algún sitio. Pero allí se sentía tan bien…
    – ¿Señorita Sutton?
    Kendall se volvió al oír su nombre y se encontró frente a una atractiva mujer morena.
    – Soy Grace McKeever -se presentó la mujer-. Mi hija se llama Jeannette. Jeannie y tu hermana se han hecho muy amigas. -Señaló hacia el otro lado de la calle, donde las chicas reían. Formaban un corrillo cerca de un grupo de chicos.
    Kendall reprimió una carcajada.
    – Jeannie es la morena con cola de caballo. La cuestión es que le prometí que las llevaría a ella y a una amiga a ver una película a Harrington por la tarde y luego a cenar. Probablemente compremos comida china y vayamos a casa. Me encantaría llevar a Hannah, si no te importa.
    – Muy amable por tu parte. -Hannah le había hablado de Jeannie en más de una ocasión desde la jornada del lavado de coches y cuando Kendall había preguntado a Rick sobre las amistades de su hermana, le había asegurado que los McKeever eran gente maravillosa-. Por supuesto que no me importa. De hecho, te lo agradeceré eternamente.
    – Perfecto. Las chicas estarán encantadas.
    Hannah y Jeannie corrieron hacia ellas como si acabaran de darles entrada en escena sin parar de hablar.
    – Mamá, ¿Hannah puede quedarse a dormir? -preguntó Jeannie.
    – Kendall, tengo que quitarme este color púrpura del pelo -dijo Hannah a la vez-. Y Pam me ha dicho que tenía la solución perfecta y que me lo podía hacer ahora. No sé en qué estaba pensando, pero a Greg no le gustan las chicas con el pelo teñido, así que tengo que quitármelo. ¿Puedo, Kendall, por favor? Y me apetece un montón dormir en casa de Jeannie. ¿Sabes que Greg vive al lado? -Hannah habló, preguntó y explicó casi sin respirar.
    ¿Su hermana quería quitarse el tinte? ¿Le gustaba tanto estar allí que quería mostrarse tal como era? «Por qué no», le planteó la vocecita. «Tú lo has hecho.» Recordó que ella se había quitado el tinte rosa poco después de llegar porque quería ser ella misma.
    Kendall parpadeó, asombrada ante las semejanzas entre las hermanas. Y en este caso se trataba de algo bueno.
    – ¿Qué me dices, Kendall?
    La voz de Hannah interrumpió sus pensamientos y Kendall la miró.
    – Sí, sí y no.
    Hannah abrió los ojos como platos, claramente disgustada.
    – Es muy injusto. Que anoche durmiera en casa de Charlotte no tiene por qué impedirme volver a dormir fuera esta noche y he ganado dinero ayudando a Charlotte toda la mañana así que…
    – Vaya. -Kendall levantó una mano para interrumpir a su hermana-. Sí, puedes quitarte el púrpura del pelo. Pago yo. Sí, puedes dormir en casa de Jeannie si su madre no tiene inconveniente. -Se calló porque se le ocurrió otra cosa-. De hecho, ¿por qué no dormís las dos en casa y así sus padres tienen la noche libre después de la película y la cena? Y no, no sabía que Greg era vecino de Jeannie. -Kendall acabó de hablar con una carcajada.
    Hannah se sonrojó.
    – Lo siento.
    – No pasa nada. -Por lo menos Hannah se comportaba como la típica adolescente y no como una jovencita airada-. ¿Qué os parece? -Kendall se refería a lo de que las chicas durmieran en su casa.
    Primero las chicas intercambiaron una mirada y luego dirigieron la vista a la pobre Grace McKeever.
    – Por favor, mamá, ¿puedo quedarme a dormir en casa de Kendall? -Jeannie tiró a su madre de la manga-. Viven en la vieja casa de invitados de la señora Sutton. Hannah me ha dicho que es muy guay. Tiene una habitación para ella sola y hay un desvan en el que Kendall diseña todas sus joyas. Hannah me ha dicho que es una pasada. Por favor…
    ¿Hannah había dicho que algo referido a Kendall o la casa era una «pasada»? Kendall se esforzó por contener las lágrimas. Se volvió y se secó los ojos. Pensó en echarle la culpa al sol si alguien le preguntaba al respecto.
    – Por mí no hay problema, chicas. Pasaremos por casa antes de marcharnos a Harrington para que recojas tus cosas.
    – ¡Perfecto! -Las chicas se dedicaron unas sonrisas de complicidad, como si hubieran salido airosas de una operación encubierta.
    – Acuérdate de traer una manta o un saco de dormir -le dijo Kendall a Jeannie-. No tenemos ni camas ni muebles extras.
    – ¡Doblemente perfecto! -exclamó Jeannie mientras Grace anotaba el número de su teléfono móvil y del fijo y Kendall hacía lo mismo para poder intercambiárselos. Acto seguido, Grace se excusó para seguir haciendo algunas compras. Las chicas volvieron corriendo con su grupo de amigas, pero antes, Hannah se dio la vuelta y se apoyó en la mesa para mirar fijamente a Kendall.
    – Gracias.
    El agradecimiento que destilaba la mirada de Hannah significaba mucho más que cualquier palabra que pudiera decirle.
    – No hay de qué. -Kendall se sacó algo de dinero del bolsillo de los vaqueros y se lo dio a su hermana-. No lo malgastes -bromeó.
    Hannah se guardó los billetes en el bolsillo delantero,
    – ¿Kendall?
    – ¿Sí?
    Hannah tragó saliva.
    – Hannah, venga. Nos están esperando -la llamó Jeannie.
    – Te… te quiero. Adiós. -Antes de que Kendall tuviera tiempo de responder, Hannah se marchó corriendo para reunirse con sus amigas.
    – Yo también te quiero. -Y esta vez sí que se le deslizó una lágrima por la mejilla.

    El turno de Rick acabó a la vez que la venta callejera. Tenía libertad para hacer lo que quisiera y ver a Kendall era lo que más le apetecía. La encontró saliendo de El Desván de Charlotte maletín en mano.
    Se situó a su altura.
    – Hola.
    Kendall lo saludó con un brillo inequívoco en la mirada.
    – Hola.
    – ¿Ha ido bien el día? -Señaló el maletín.
    – Increíble. He vendido casi todo lo que había expuesto y tengo pedidos para docenas de piezas. -Negó con la cabeza, incrédula-. Ha sido fabuloso.
    – Yo sé cómo hacer que sea incluso mejor.
    Kendall se paró y se volvió hacia él.
    – ¿Ah, sí? -Esbozó una sonrisa.
    Tras la conversación seria de la noche anterior, Rick había decidido quitarle hierro a su relación y, a juzgar por cómo lo había recibido ella, su táctica funcionaba. En vez de huir despavorida, se acercaba más a él.
    Pero Rick la quería todavía más cerca.
    – ¿Te has dado el lote alguna vez en un autocine? -le preguntó.
    Kendall sonrió.
    – Pues no he tenido el gusto, ¿por qué?
    – Esta noche es el pase de diapositivas anual. Coincide con la venta en la calle. Convierten el campo de rugby en una especie de anfiteatro y relatan la historia del pueblo. No es lo más emocionante del mundo pero va todo el pueblo. Y resulta que conozco un lugar discreto con muy buena visibilidad, ¿quieres acompañarme?
    – ¿No tienes que trabajar?
    – Estoy oficialmente fuera de servicio y soy todo tuyo -declaró, acercándose más a ella.
    – Me gusta como suena eso.
    Kendall pronunció esa frase con voz un tanto ronca, lo que a él le gustó todavía más. Pero antes de centrarse en lo que harían por la noche, tenía que hablar de un tema con Kendall.
    – Esta mañana he pasado por casa de mi madre antes de ir al trabajo.
    – ¿Ya estaba todo recogido después de la fiesta?
    Rick asintió.
    – Aparte de la pila de regalos. No tenía ni idea de que todos los invitados trajeron regalos. -Se sentía ridículo aceptando regalos de cumpleaños y deseó poder devolverlos todos.
    Todos menos uno. Se bajó el cuello de la camiseta para que ella viera el fino collar negro que Kendall y Hannah habían hecho para él. No era de los que llevaban joyas, pero aquello no era una joya típica. Era masculina, y lo suficientemente discreta como para que se sintiera cómodo con ella. Pero lo más importante era que el collar era un regalo hecho con el corazón, con el corazón de Kendall.
    – ¿Te gusta?
    Le sorprendió que se lo preguntara con voz vacilante. Solía mostrarse segura con respecto a su trabajo o, por lo menos, eso es lo que le había parecido cuando la había observado desde lejos por la tarde. No había querido interrumpirla o hacer que perdiera una venta. Cuanto más éxito tuviera en Yorkshire Falls, mejor para él.
    – Me gusta y tú también me gustas. -Dio un paso hacia ella y la aprisionó entre su cuerpo y la pared de obra vista del edificio más cercano. El cuerpo de Rick reaccionó y está claro que ella se dio cuenta porque dejó escapar un leve gemido, que lo excitó todavía más-. Tengo que darte las gracias como es debido. -Le dedicó una sonrisa pícara-. Al fin y al cabo, mi madre me educó para que fuera un caballero.
    – También te educó para que hicieras estas cosas a puerta cerrada. -La voz inconfundible de Raina y su risita interrumpieron la tensión erótica que había empezado a formarse entre ellos.
    – Oh, cielos. -Kendall se escurrió por debajo del brazo de Rick.
    Maldita sea. Quería que Kendall se excitara y esperara con ansia la noche, no que se sintiera angustiada y abochornada.
    – Hola, Rick. -Raina sonrió-. Kendall.
    – Pensaba que estabas en casa, descansando -dijo Rick.
    – Lo estaba hasta que Chase ha querido tomar unas cuantas fotos de última hora y le he suplicado que me llevara con él para echar un vistazo rápido a la venta callejera. Nunca me he perdido una y no quería perderme la de este año.
    – ¿Y ahora que ya la has visto y te han visto…?
    Raina entornó los ojos.
    – Me voy a casa y descansaré hasta la noche, por supuesto.
    Rick le lanzó una mirada del tipo «debes de estar de broma». ¿Pensaba volver a salir por la noche?
    – No tiene nada de malo sentarse encima de una manta con un médico al lado. -Raina se sonrojó, pero se puso derecha, como desafiándolo a llevarle la contraria-. ¿Hannah y tú vendréis al espectáculo? -le preguntó a Kendall, en un claro intento de desviar la atención de su persona.
    Funcionó. En vez de preocuparse por la salud de su madre, Rick se centró en Kendall. Cayó en la cuenta de que tenía tantas ganas de estar a solas con ella que se había olvidado completamente de Hannah.
    – Lo cierto es que Hannah se va al cine y a cenar con una amiga. -Kendall se situó al lado de Rick-. No creo que vuelvan hasta eso de las once, y luego dormirán juntas -explicó Kendall, que ya se había recuperado del bochorno que había sentido cuando Raina los había pillado como a dos adolescentes.
    – ¿Conozco a la amiga? -preguntó Raina.
    – Jeannie McKeever.
    Rick exhaló un suspiro de alivio. Grace McKeever siempre tenía la casa abierta para los amigos de sus hijos. Si las chicas se quedaban a dormir en su casa, dispondría de otra noche para que Kendall se acostumbrara a su presencia en su vida y, con un poco de suerte, en su corazón.
    – Esta noche las dos se quedarán a dormir en la casa de invitados. Yo nunca dormí en casa de una amiga cuando era pequeña, así que he pensado ofrecerle esa oportunidad a Hannah en un sitio que es como un hogar para ella, ¿qué te parece? -preguntó Kendall a Raina.
    – Me parece perfecto. -Raina le acarició la mejilla-. Qué buena eres.
    Rick no tenía que haber sacado conclusiones precipitadas, sobre todo cuando su vida amorosa estaba en juego. Negó con la cabeza y se echó a reír.
    – ¿De qué te ríes? -preguntó su madre.
    – De nada -respondió con ironía. Tendría que disfrutar de la compañía de Kendall antes de que ésta tuviera que retomar sus obligaciones de hermana mayor. Obligaciones que al parecer había asumido con más facilidad de la que se imaginaban.
    Aunque la relación entre Kendall y Hannah a veces resultaba complicada, Kendall comprendía de forma innata las necesidades de su hermana. Tenía en sus manos la posibilidad de que la chica tuviera una vida digna, para lo que le bastaría con dar un paso atrás y observar y aceptar la situación. Sería una hermana fantástica. Sería una madre fantástica. La idea lo dejó inmóvil, como si una flecha acabara de atravesarle la cabeza.
    Miró hacia donde Kendall y Raina estaban enfrascadas en una conversación sobre alquileres de vídeo y la posibilidad de que Raina le dejara un reproductor de vídeo esa noche para entretener a las chicas. A jugar por la amplia sonrisa de su madre, Rick estaba convencido de que Kendall le caía bien. Aunque nunca permitiría que su madre le impusiera la mujer a quien amar, le tranquilizaba saber que estaba contenta, y que su elección no hacía sufrir a su pobre corazón. De hecho, la hacía feliz.
    Cuan caprichoso era el destino. Había empezado a salir con Kendall para disuadir a su madre y a las mujeres con las que quería casarlo para que tuviera nietos, y había acabado queriendo precisamente eso con la mujer que había elegido para frustrar el plan de su madre. Ahora sólo faltaba que Kendall quisiera lo mismo.
    Ojalá.

    Kendall aparcó el coche en la plaza de detrás de la casa de invitados y se encaminó a la puerta delantera. Hacía tiempo que no lo pasaba tan bien. Además, sus creaciones habían tenido mucho éxito, pensó con una sonrisa. Mientras abría el bolso, oyó una especie de gemido. Miró a su alrededor pero no vio nada ni a nadie.
    Se encogió de hombros y dejó el maletín para buscar las llaves, que había lanzado de cualquier manera en el interior del bolso para sacar sus cosas del coche.
    Lo primero que encontró fue la tarjeta de la inmobiliaria que le había dado Tina Roberts. La joven le había pedido un nomeolvides y luego le había ofrecido sus servicios profesionales: le preguntó a Kendall qué pensaba hacer con la casa de su tía y, sin esperar respuesta, se había ofrecido a visitarla y a tasarle la casa por si decidía venderla. También había alardeado de sus muchos logros y de los motivos por los que seria la agente de registros perfecta. Sin vacilaciones, sin vergüenza. No era de extrañar que la hubieran nombrado agente inmobiliario del mes, pensó Kendall con ironía.
    Pero no podía vender una casa por encima de su valor de mercado si esta no estaba en perfectas condiciones y la tarjeta de la agente inmobiliaria le recordó por tanto algo importante: hacía días que Kendall no se había molestado en hacer más arreglos en la casa. Y tampoco había vuelto a plantearse ponerla a la venta.
    Lo único que había decidido era que Pearl y Eldin se trasladaran a la casa de invitados y poner como condición para la venta que los dejaran vivir ahí sin pagar un alquiler. No sabía si alguien aceptaría tales condiciones, pero Kendall no pensaba dejar sin techo a la pareja de ancianos. Esperaba que no tuvieran inconveniente en vivir en un lugar más pequeño, pero teniendo en cuenta los problemas de espalda de Eldin, quizá estuvieran mejor en una casa de una sola planta y más fácil de mantener.
    Tras el día tan extraordinario que había tenido, Kendall no estaba preparada para pensar en la venta de la casa. No cuando había empezado a permitirse plantearse otras posibilidades en la vida aparte de huir. No cuando había empezado a plantearse qué pasaría si…
    Tenía tiempo. Kendall volvió a dejar la tarjeta en el bolso y siguió rebuscando hasta que palpó las llaves con los dedos. Entonces volvió a oír el sonido lastimero, esta vez más cerca. Bajó la mirada y vio una perra. Una perra lanuda de color rubio rojizo que la miraba con ojos profundos y conmovedores.
    – Hola -le dijo, acercándose al animal con cuidado.
    Cuando la perra empezó a menear la cola con un aspecto de lo más inofensivo, Kendall se agachó para acariciarla. Tenía el pelaje apelmazado, como si hiciera siglos que no la hubieran lavado, pero se la veía cariñosa y dócil. No temía a Kendall y al cabo de unos minutos de rascarse la cabeza, se le frotó contra las piernas y se colocó panza arriba para que Kendall le acariciara el vientre, de forma que dejó sus partes claramente a la vista.
    – Vaya, parece que me he equivocado, eres un macho. -Kendall se echó a reír. Le palpó el cuello-. No llevas collar ni identificación. ¿Qué voy a hacer contigo?
    Kendall se incorporó y el perro la siguió. Se acercó a la puerta delantera y él la acompañó. Al cabo de veinte minutos, después de que le diera agua, limpiara las necesidades que había hecho junto a la puerta, porque no se había dado cuenta de que un solo ladrido significaba que tenía una urgencia, y de llamar a Charlotte para preguntarle quién era el veterinario del pueblo, Kendall y el perro estaban en la consulta del doctor Denis Sterling.
    – No sabía qué hacer con él -explicó Kendall mientras el veterinario acababa la exploración.
    – Bueno, me alegro de que me hayas llamado. No me importa ocuparme de un animal abandonado.
    – No sabe cuánto se lo agradezco.
    El doctor Sterling dio una palmadita cariñosa al perro en la cabeza y dedicó a Kendall una sonrisa igual de tranquilizadora. Todos sus actos corroboraban la primera impresión que había tenido de que era una persona amable. Aparentaba poco menos de sesenta años y era un hombre apuesto de pelo rubio, sin canas, con el rostro curtido y modales delicados.
    – No quería enviarle un mensaje al busca, pero Charlotte me ha asegurado que no le importaría.
    – Y tenía razón. A Charlotte no le falla la intuición. -Se refirió con cariño a ella.
    Charlotte le había comentado que el veterinario estaba enamorado de su madre, pero Annie Bronson no le correspondía. De hecho, intentaba arreglar su matrimonio roto con el padre de Charlotte. A pesar del rechazo, el doctor Sterling parecía estar perfectamente.
    – Lo que puedo decirte sobre tu nuevo amigo -dijo el veterinario- es que parece un wheaton terrier. Se ve por el color beige o pajizo del pelaje y la cara de terrier. Por el peso, yo diría que ya ha alcanzado su tamaño adulto y que tiene unos dos o tres años como máximo. Y a juzgar por su euforia con los desconocidos, diría que no ha sufrido malos tratos.
    – Menos mal. -Kendall exhaló un suspiro de alivio.
    El doctor Sterling asintió.
    – El hecho de que menee la cola es una pista. Los wheaton se comportan toda su vida como si fueran cachorros, así que esta despreocupación no desaparecerá. -Dejó al perro en la mesa y le hizo colocarse panza arriba-. ¿Ves cómo me deja acariciarle el vientre y examinarlo? No le da miedo estar en esta postura no dominante. Es un perro leal y sociable. No tienes de qué preocuparte en ese sentido. Puedes tenerlo en casa perfectamente…
    – Pero…
    – No he recibido ningún parte de desaparición de un perro y, cuando me llamaste y me lo describiste, pregunté a varios amigos y a algunas perreras de los pueblos cercanos, sin resultado alguno. Pero anotaron la información y dijeron que me llamarían si se enteraban de algo.
    – Doctor Sterling, yo… -«No vivo aquí de forma permanente.» Se calló porque las palabras no le salían con la facilidad con que le habrían salido con anterioridad.
    – ¿Sí?
    – No sé si puedo quedármelo. ¿Y la perrera? -Incluso mientras lo preguntaba, no le parecía buena idea. El animal era demasiado mono y cariñoso como para deshacerse de él. Pero ¿qué iba a hacer con el perro cuando se marchara? Si se marchaba…
    – La perrera sólo es una opción si quieres arriesgarte a que lo sacrifiquen. La perrera de Harrington está a tope. Lo aceptarán, pero los perros pequeños son los que menos duran. Es un riesgo llevarlo allí.
    Como si comprendiera lo que decían, el perro aulló y empezó a menear la cola con frenesí. A suplicar que se lo llevara a casa, pensó Kendall. Con ella. Tras oír las explicaciones del veterinario, no le quedaba más remedio.
    – De acuerdo, no irá a la perrera.
    – Podría preguntar por ahí quién quiere un perro, pero ahora que sales con Rick y tal, no creo que te suponga ningún problema. A Rick le encantan los perros. Cuando era niño, se llevaba a casa todo tipo de perros callejeros. Su madre estaba harta.
    O sea que Rick ya tenía ese afán rescatador de pequeño.
    – Me pregunto cuántos de los animales que salvaba eran hembras -comentó con ironía.
    El doctor Sterling se echó a reír.
    – Hay que ser una mujer fuerte para lidiar con los Chandler. A ti y a Rick os irán bien las cosas.
    Entonces cayó en la cuenta de que no había contradicho al doctor Sterling, ni corregido la suposición de que se quedaría en el pueblo y lidiaría con Rick Chandler. No porque no la escuchara, como buena parte de la gente del pueblo, sino porque la idea de cuidar de Rick, de ser la mujer que lidiaba con él, le resultaba sumamente atractiva. Más de lo que había reconocido para sus adentros hasta el momento.
    – Pondré unos cuantos anuncios por si alguien ha perdido al perro -declaró el doctor Sterling, ajeno a la batalla que se libraba en el interior de Kendall-. Mientras tanto, necesita un buen baño, y mañana, cuando venga mi ayudante, podemos ponerle las vacunas que necesite. Suponiendo que se quedara con él.
    Y es lo que haría, pensó Kendall, decidiéndolo en ese preciso instante. Por supuesto, tendría que dejarle claro a Hannah que, si su dueño lo reclamaba, no les quedaría más remedio que devolverlo. Pero si no, ya tenía perro. Una responsabilidad y un nivel de compromiso inusitados para ella hasta entonces.
    Miró al doctor Sterling con recelo.
    – No sé qué cuidados necesita un perro. Y no tengo champú ni comida para perros…
    – Tranquila. Lo mismo que los niños, los perros no vienen con manual de instrucciones, pero igual que los bebés, te hacen saber cuándo no están contentos. Lo que les gusta es que los limpien, los alimenten y los quieran. Seguro que eres capaz de hacerlo. Además me tienes a tu disposición. Rick también. -Le dedicó una sonrisa tranquilizadora sin advertir que había tocado su punto flaco.
    ¿Cómo iba a confiar en que alguien estuviera a su disposición? Nunca había confiado en nadie, nunca había contado con nadie que no fuera ella misma. Oh, estaba Brian, pero como él necesitaba algo a cambio, había podido contar con su cooperación. Con respecto a Rick… habían traspasado el límite del acuerdo y Kendall se sentía como si estuviera en caída libre y sin red de seguridad.
    – Entremos en detalles -continuó el veterinario-. Cualquier champú suave le servirá y tengo una bolsa de comida para darte. Un momento -dijo antes de desaparecer de la consulta.
    – ¿Qué voy a hacer contigo? -le murmuró Kendall al perro, que se limitó a menear la cola alegremente. Hacía media hora estaba vagando por las calles y ahora la miraba a ella confiando en que cuidara de él. Al parecer se daban un voto de confianza mutuo.
    No dejaba de menear la cola de un lado a otro. Feliz. Esa parecía su actitud permanente.
    – Vale, Feliz. Me parece que tú solo te has puesto el nombre. -Volvió a acariciarle la cabeza, él le lamió la otra mano y Kendall se sintió un poco enamorada. Otro salto en la nueva dirección de sus pensamientos.
    – Toma este libro: Eduque a su perro en siete días. -El doctor Sterling regresó al consultorio, con una bolsa de comida bajo un brazo y el libro en la otra mano-. Tengo la sensación de que lo necesitarás.
    Se echó a reír, porque lo primero que le había contado al veterinario era lo de que había hecho sus necesidades en la entrada. Él le había dicho que le llevara una muestra para comprobar si padecía alguna enfermedad. Se estremeció al recordar esa experiencia desagradable y tuvo el presentimiento de que habría más incidentes como ése antes de que ella y Feliz se comprendieran mutuamente-. Gracias, doctor.
    – Llámame Denis, por favor. Y de nada. Nos vemos mañana. Llama a las nueve para concertar una cita. Por lo menos la casa de tu tía tiene un jardín grande para que corra. Rick puede jugar a la pelota con él. Los perros de esta raza tienen que hacer ejercicio todos los días.
    – ¿No les gustan los apartamentos? -preguntó, pensando en su tipo de vida habitual cuando no estaba en Yorkshire Falls. Un estilo de vida que empezaba a parecerle cada vez más solitario y recluido de lo que jamás había imaginado. No obstante, ¿cómo era posible que tener una larga autopista por delante y posibilidades infinitas le pareciera solitario? La respuesta yacía en aquel pueblo, en su gente y en su relación con Rick. El hecho de que ella tuviera la capacidad para confiar en todo aquello era harina de otro costal.
    – Pueden vivir en un apartamento, pero no es lo mejor. Siempre pido a la gente que se plantee lo que es justo para el perro. Este animal pesa ahora unos quince kilos, pero está delgado. Engordará si lo cuidas bien. Es de los que agradece estar al aire libre. Necesita su espacio.
    Igual que Kendall. O eso era lo que ella creía. Estaba hecha un lío. Su negocio había dado un gran paso adelante, su hermana había hecho amistades y ella había encontrado un perro.
    – ¿Vendrás al pase de diapositivas esta noche? -preguntó el doctor Sterling.
    – Sí.
    – Bien. Si te surge alguna duda, puedes preguntarme allí. -Sonrió y abrió un cajón del que extrajo un collar y una correa-. También lo necesitarás. Cuando tengas tus cosas, me los devuelves. No hay prisa.
    Kendall asintió, asombrada. En un solo día, se había consolidado más que nunca en el tejido de aquella pequeña localidad. No sabía si estaba preparada para Yorkshire Falls o si Yorkshire Falls estaba preparado para ella.

    Rick fue a buscar a Kendall a las ocho y media y llamó a la puerta como de costumbre. Lo saludó un ladrido efusivo desde dentro. Por si el sonido de un perro no fuera sorpresa suficiente, ver que Kendall abría la puerta sujetando la correa de un animal lanudo lo sorprendió todavía más.
    – Entra antes de que salga. -El perro hizo amago de salir y Kendall lo sujetó con fuerza para que se quedara dentro.
    Rick entró rápidamente y cerró la puerta.
    – ¿De dónde ha salido? -En cuanto formuló la pregunta el perro dio un salto y le colocó las dos patas delanteras en el pecho.
    Kendall se echó a reír.
    – Le caes bien. ¡Feliz! ¡baja! -Obligó al perro a apartarse de él.
    – ¿Feliz?
    – Mira cómo menea la cola. ¿Se te ocurre un nombre mejor para un perro como él? -Kendall se encogió de hombros-. No sé cuál es su nombre verdadero porque no llevaba collar cuando lo encontré.
    ¿Kendall acababa de acoger a un perro callejero en una casa en la que no pensaba vivir y sonreía contándoselo? Rick pensó que, una de dos, o había trabajado demasiados turnos seguidos o veía visiones.
    – ¿Te lo has encontrado? -preguntó, pasmado.
    – De hecho, me ha encontrado él a mí. Fuera. De todos modos, creo que es mío. El doctor Sterling dice que tanteará el terreno pero ha hecho varias llamadas y no parece que nadie haya perdido un perro. -Mientras hablaba, acariciaba a Feliz en el cuello sin darse cuenta. Era obvio que lo había hecho con anterioridad y había perfeccionado el movimiento, porque sabía cuál era el punto justo; el perro casi se puso panza arriba del gusto.
    A Feliz le encantaba que Kendall le masajeara el cuerpo.
    – Sé cómo te sientes, amiguito -farfulló Rick.
    – ¿Qué? -preguntó ella.
    Rick meneó la cabeza.
    – ¿Que es tuyo? -preguntó, repitiendo las palabras de Kendall.
    – Sí. El doctor Sterling me ha dado comida y, camino de casa, le he pedido prestado a tu madre un cajón de embalaje que tenía en el sótano. -Se sujetó las manos por detrás de la espalda, satisfecha consigo misma.
    Feliz también parecía satisfecho con ella, ya que se había acomodado junto a sus pies descalzos.
    – ¿Cómo sabías que mi madre tenía un cajón en el sótano?
    – El doctor Sterling me ha dicho que te encantaban los perros callejeros, lo cual debería haber sospechado teniendo en cuenta cómo me encontraste.
    Ella sonrió y Rick sintió un deseo enorme de besar aquellos labios sonrientes.
    – ¿Preparado para ir al espectáculo? -preguntó ella.
    Rick le colocó la mano en la frente.
    – A mí no me parece que tengas fiebre.
    Arrugó la frente confundida.
    – ¿Qué pasa?
    – Kendall, ¿qué piensas hacer con el perro cuando te marches? -Se obligó a formularle la pregunta por mucho que le desagradara la idea.
    Ella lo miró con expresión seria.
    – Soy impulsiva, pero no imbécil. Ya lo he pensado… Un poco. -Se mordió el labio inferior.
    – ¿Y? -preguntó él, conteniendo el aliento.
    – No estoy tan segura de que vaya a marcharme. -Se volvió rápidamente sin mirarlo.
    Era obvio que ella no estaba del todo convencida de lo que acababa de decir, pero el hecho de que hubiera pronunciado esas palabras le dio a Rick un ridículo atisbo de esperanza.
    Kendall se dio una palmadita en la pierna y el perro se levantó para seguirla a la otra estancia.
    – ¿Qué estás haciendo? -le preguntó cuando Kendall entró en la cocina y él se quedó con la vista clavada en su trasero bajo los vaqueros ajustados, y en el contoneo impertinente de sus caderas.
    – Voy a encerrar a Feliz para que podamos marcharnos. Y estoy tomando un poco de aliento antes de que me dé un ataque -le gritó por encima del hombro.
    – No habías planeado reconocer que quizá te gustaría quedarte aquí, ¿verdad?
    – Todo está yendo muy rápido, Rick. Dame tiempo para pensarlo un poco más.
    Rick asintió. Podía hacerlo. Al fin y al cabo, con una casa, un perro y una hermana a la que cuidar, no era probable que fuera a desaparecer de forma impulsiva en un futuro próximo.

Capítulo 12

    Aire fresco, el negro cielo nocturno y Rick a su lado. En un entorno tan idílico, Kendall fue capaz de respirar con normalidad mientras se acercaban al campo de rugby. Por primera vez en su vida se permitió ceder ante la idea de pertenecer a algún lugar y a alguien, y disfrutar de ello sin temor a que le quitaran ninguna de las dos cosas.
    Miró a su alrededor. Tal como Rick le había prometido, una pantalla enorme cubría la parte donde estaba el marcador y la gente se había acomodado en el césped encima de mantas. Cogiéndola de la mano, Rick se abrió paso por entre la multitud, sin detenerse más que para saludar rápidamente.
    – ¿Adonde vamos? -le preguntó Kendall.
    – Ya lo verás. -Le tiró de la mano y la condujo hacia las gradas descubiertas, que también estaban atestadas.
    – Hasta el momento, no puede decirse que me impresione el nivel de intimidad -bromeó.
    Rodearon las gradas y caminaron más allá de las mismas para meterse luego por debajo, donde sólo el eco de las pisadas en los listones metálicos de la parte superior les recordaba que no estaban solos. Rick había encontrado para ellos un mínimo de intimidad en medio de la multitud.
    – Bueno, ahora sí estoy impresionada.
    – Te dije que quería un lugar apartado, donde pudiéramos estar solos. -Su voz estaba imbuida de calor, igual que su cuerpo trémulo, cuando la sujetó por la cintura y la acercó más a él.
    El alivio de estar por fin entre sus brazos junto con la posibilidad de que los pillaran haciendo manitas como dos adolescentes aumentó el grado de excitación y la conciencia de Kendall. El corazón le latía con fuerza en el pecho y sentía dardos de fuego candente crepitándole en las venas. Con Rick siempre se sentía así. La excitación la consumía, ya fuera pensando en él o estando con él.
    – Vaya, has encontrado el lugar perfecto para nosotros. -Metió la nariz en un punto cálido de su cuello, entre el hombro y la oreja, lo cual le arrancó un claro gemido de placer-. No sé cómo vamos a ver el pase de diapositivas y ahora mismo me da igual. Pero estamos solos, como prometiste.
    – Siempre cumplo mi palabra, Kendall.
    – Pues me temo que tendréis que buscaros otro sitio donde estar -dijo una voz masculina que les resultaba familiar-, porque nosotros hemos llegado primero.
    – ¿Roman? -preguntó Rick.
    – ¿Quién si no?
    – Mierda -farfulló Rick.
    A Kendall se le escapó una carcajada.
    – Qué original.
    – Como he dicho, nosotros llegamos primero.
    Rick, contrariado, dio un resoplido.
    – ¿Y crees que eso te da derecho a la ocupación?
    – ¿Esto es lo que llaman rivalidad entre hermanos? -Kendall no lo sabía porque no se había criado con ningún hermano o hermana el tiempo suficiente como para experimentar ese fenómeno en sus propias carnes. Pero a pesar de la interrupción indeseada, estaba disfrutando de la graciosa y acalorada conversación entre los hermanos.
    – Es lo que se conoce como dos machos marcando el territorio -apuntó Charlotte, riéndose igual que Kendall-. Además, ni Roman ni Rick pueden apuntarse el mérito de este lugar. Según dicen en el pueblo, Chase fue el primero en dejar aquí la marca de los Chandler.
    – No me digas. -Kendall no se imaginaba al serio de Chase metiéndose en problemas. Sin embargo, aunque Kendall prefería la personalidad más extrovertida de Rick, sabía que a muchas chicas les atraía el carácter fuerte y silencioso de Chase.
    – Bueno, me han contado que cuando Chase iba al instituto, lo pillaron aquí abajo con una chica. Estaban haciendo novillos y los expulsaron -explicó Charlotte.
    Kendall soltó una buena carcajada.
    – No me lo creo.
    Rick afirmó con la cabeza.
    – Es la última correría juvenil que conocemos de Chase antes de que pasara a ser el cabeza de familia.
    – Antes de que se convirtiera en el hermano mojigato y serio que conocemos y queremos -añadió Roman.
    – Me pregunto qué hará falta para amansar a ese Chandler -dijo Charlotte.
    Roman dejó escapar un leve gemido.
    – Yo soy el único Chandler al que tú vas a amansar. Ahora, largo, Rick. No te lo tomes a mal, Kendall.
    – No te preocupes. -Se echó a reír. ¿Cómo iba a tomárselo a mal? Le gustaba lo posesivo que parecía Roman con respecto a Charlotte. Y apreciaba que Charlotte hubiera amansado a su trotamundos y que ahora confiara en que no la traicionaría, como había temido que su padre hiciera con su madre. Todo aquello hizo que Kendall se preguntara qué necesitaría ella para dar ese gran voto de confianza a alguna persona.
    A algún hombre.
    A Rick.
    Estaba a punto, lo sabía. A punto de creer que ella también podía tener el final feliz y la estabilidad que había visto en otras personas.
    Pero seguía albergando ciertas dudas. Como qué haría con ese temor al abandono y a la traición que lo empañaba todo. ¿Dónde guardaría los recuerdos de los abandonos que había sufrido y cómo superaría los años que se había pasado convenciéndose de que estar sola y tener una vida nómada era lo mejor para su corazón?
    – Vamos -musitó Rick, interrumpiendo sus pensamientos. La cogió de la mano y se encaminó al campo-. Me debes una, y grande, hermanito. -Estaba claro que no le había gustado nada que Roman lo desplazara.
    Al cabo de diez minutos habían sacado una manta del coche y se habían unido a la multitud que ocupaba el campo. A pesar de estar rodeados de gente, Kendall se acurrucó en la manta con Rick. Había música y Kendall estaba más que contenta. El espectáculo empezó por fin, con diapositivas de la época en que Yorkshire Falls se fundó.
    Rick tenía razón. Aunque algunas imágenes y parte de la narración resultaban interesantes, podía haberle sacado más provecho a un momento de intimidad bajo las estrellas. De todos modos, Kendall comprendía por qué se había convertido en una tradición en el pueblo, y le agradaba haber participado en ella.
    Rick la estrechó más entre sus brazos, le rodeó la cintura con ellos y enterró la cara en su pelo.
    – ¿Antes hablabas en serio? -le preguntó.
    Kendall podía fingir que no sabía a qué se refería pero no sería justo, no ahora que conocía su pasado y comprendía los temores que latían en su interior. Se volvió para verle la cara y mirarle a los ojos.
    – ¿Te refieres a lo de quedarme aquí?
    Rick asintió sin decir nada. Pero la forma en que miraba, tan repleto de anhelo y deseo, la hizo estremecerse. Esperó que respondiera, armado de paciencia y comprensión.
    Y mientras Rick esperaba, deslizó hacia arriba sus manos fuertes, acariciándole el pelo, tirándole del cuero cabelludo y provocando una sensación erótica y una impresión de unión y confianza que atravesó todos sus temores y reservas.
    Que la hizo querer depositar su confianza en alguien por primera vez.
    – Rick, yo…
    Le selló los labios con un dedo.
    – Antes de que respondas, quiero que sepas una cosa.
    No hacía falta que dijera nada. Todo lo que ella necesitaba ver y oír estaba escrito en la expresión de su rostro. Pero era obvio que Rick necesitaba hablar.
    – ¿De qué se trata?
    Ahuecó las palmas junto a sus mejillas.
    – Te quiero, Kendall.
    El corazón le dio un vuelco. Justo cuando acababa de llegar a un acuerdo provisional con ella misma, él le ofrecía la expresión permanente y definitiva de la confianza y el compromiso.
    No estaba segura de cómo corresponderle, porque nunca le habían enseñado a hacerlo. Pero quería corresponderle. Era un hombre especial que se merecía mucho de la vida, y le habían privado de ello durante demasiado tiempo. La amaba.
    – Rick, yo…
    Fuera lo que fuese lo que estaba a punto de decir, quedó interrumpido por fuertes gritos ahogados de la gente que les rodeaba. Kendall se volvió para ver cuál era la causa de tal conmoción y se sobresaltó ante la gran pantalla que segundos antes había proyectado imágenes en blanco y negro y luego en tonos sepia del pueblo. Porque ahora, en vez de fotos antiguas y aburridas, se veía una foto enormemente ampliada que Kendall conocía bien.
    Lo que no era de extrañar, teniendo en cuenta que había posado para ella. En la época en que necesitaba dinero para poder enviar a su tía a una buena residencia geriátrica y antes de que Brian le hiciera fotos más elegantes, Kendall había hecho de modelo para un catálogo de lencería con distintos atuendos. Algunos eran de cuero. En esa imagen llevaba unas esposas forradas de piel y un fular de seda. Y aunque nunca había decidido llevar o usar los artículos con los que había posado, en aquel entonces ninguna de las fotos la había incomodado ni abochornado. Hasta ese momento.
    Porque entonces había visto esas fotografías formando parte de un catálogo promocional, no en lo que debía ser una manifestación del orgullo de un pueblo. La imagen la devolvió a la realidad y se dio cuenta de que estaba prácticamente desnuda en la pantalla, a la vista de todo el pueblo. Delante de todas las personas que respetaban al agente Rick Chandler y al resto de su familia. No sólo estaba en juego su reputación sino también la de ellos.
    – Oh, Dios mío. Tengo que irme de aquí. -Se deshizo del abrazo de Rick y se puso en pie, pero cuando todas las miradas se centraron en ella, advirtió su error.
    Quienes tenían fija su atención en la fotografía desviaron ahora la vista para contemplarla a ella, en carne y hueso. Señalando, murmurando, riendo. Kendall se había convertido en el centro de todas las conversaciones. Notó que se le encendía el rostro y se sintió invadida por las náuseas. ¿Cómo era posible que ocurriera una cosa así?
    Rick le rodeó la cintura con un brazo e intentó hacerla avanzar.
    – Kendall, vámonos.
    Pero su voz apenas alcanzaba a penetrar la niebla que de repente la rodeaba. Miró hacia atrás y vio que habían cambiado aquella foto por una más reciente de First Street. A Kendall no le quedó más remedio que reconocer que la prueba había desaparecido, pero que el daño ya estaba hecho.
    – Pensaba que…
    – Más tarde ya me contarás lo que pensabas. Antes deja que te lleve a casa.
    Notó que la empujaba otra vez para que se moviera, pero ella seguía petrificada en el sitio.
    – Pensaba que por fin podría formar un hogar.
    Pero era obvio que nunca tendría derecho a utilizar una palabra como «hogar». Las carcajadas, los gritos ahogados y los susurros disimulados de la gente que había conocido y que apreciaba resonaban en sus oídos, lo cual le recordó el primer día en la peluquería, cuando la clientela le dejó claro que era una forastera.
    Siempre lo sería.
    – Sí tienes un hogar aquí -le dijo Rick, confiando en que sus palabras le llegaran. Tenía un hogar en el pueblo y en su corazón.
    Rick conocía bien a la gente de Yorkshire Falls y sabía que en su mayor parte eran personas cariñosas, abiertas y comprensivas. Con la excepción de unas cuantas. Su reacción ante la foto era fruto del asombro, pero estaba convencido de que nadie castigaría a Kendall por las prendas con las que había posado.
    Sin embargo, eso no disminuía el impacto inmediato de la foto. La imagen se había tomado con la intención de atraer a los compradores, hombres y mujeres cuyos gustos iban desde lo extremadamente atrevido y sensual a los juegos de cama más eclécticos. Y cumplía bien su función. Cuando Rick cerró los ojos, vio a Kendall con un corpiño de cuero, tentándole con un escote más que sugerente y atrayéndole con su vientre plano. Y aunque nadie del pueblo la atacaría por una fotografía, al fin y al cabo un trabajo, tampoco olvidarían fácilmente lo que acababan de ver.
    Joder, él no iba a olvidarse de que la había visto enfundada en cuero. Cuero. Recordó la última vez que había visto un modelito así, en el cuerpo de Lisa Burton. «Vamos, te enseñaré los accesorios que tengo», le había dicho al tiempo que balanceaba unas esposas forradas de cuero. Menuda hija de perra, pensó Rick.
    – ¿Que tengo un hogar? -preguntó Kendall con una carcajada aguda-. Pregunta a esta gente si soy una de ellos. -Negó con la cabeza y Rick se dio cuenta de que le temblaba todo el cuerpo.
    Le rodeó los hombros con el brazo.
    – Nos vamos a casa. -Por mucho que se muriera de ganas de zanjar el asunto con Lisa de una vez por todas, antes tenía que ocuparse de Kendall-. No sé a ciencia cierta quién ha hecho esto -le dijo-, pero tengo un presentimiento. Tienes que pensar que ahora parece algo horrible, pero en realidad no tiene la menor importancia.
    Kendall se soltó de su abrazo y lo miró con los ojos muy abiertos y expresión incrédula.
    – ¿Hablas en serio? Tiene mucha importancia.
    A Rick se le revolvió el estómago al oír sus palabras. Era obvio que Kendall pensaba que aquello había cambiado su situación. La de los dos.
    No sólo se encerraba en sí misma sino que Rick advirtió que su mecanismo de huida se había puesto en marcha, algo arraigado en su pasado. Cuando las cosas se ponían difíciles, sus parientes la pasaban de una casa a otra. Cuando en su vida de adulta se encontraba con un bache, se subía al coche y huía. Con esa fotografía, Kendall se enfrentaba a su mayor desafío. ¿Haría acopio de valor y optaría por luchar? ¿O se encerraría en ella misma para distanciarse de él hasta que su marcha estuviera justificada?
    – Ahora no voy a discutir contigo. -Le tiró de la mano y la obligó a alejarse de los ojos que la observaban y de los murmullos poco disimulados, para dirigirse al coche.
    No podía obligarla a no volver a huir. Sólo tenía que recordarle cómo se sentía él antes de que se proyectara la dichosa fotografía. La quería y más le valía que volviera a decírselo cuando estuviera dispuesta a escuchar. En esos momentos, el dolor y la conmoción estaban en su máximo apogeo. Cuando hubiera tenido tiempo de asumir el bochorno, volvería a hacerla partícipe de sus sentimientos.
    Si se marchaba después de eso, por lo menos podría decir que le había dado todo lo que podía ofrecerle. Igual que hiciera con Jillian en el pasado.
    Y ahora había mucho más en juego.
    Pararon el coche junto a su casa y Rick se dispuso a salir del vehículo.
    Kendall se volvió hacia él con la mirada perdida.
    – No hace falta que me acompañes dentro. Además, necesito estar sola.
    Se le hizo un nudo en el estómago al oír sus palabras.
    – ¿Para apartarte más de mí?
    – Deberías ir a ver cómo está Raina -dijo, en vez de responderle-. Seguro que el susto que se ha llevado al ver esa foto no le hará ningún bien a su pobre corazón.
    – Lo único que le pasará al corazón de mi madre como consecuencia de esta noche es que le dolerá por ti. Estoy convencido de que ella sabrá sobreponerse. -Cerró los puños.
    – De todos modos deberías ir a ver cómo está.
    No podía insistirle más al respecto ni sacar nada en claro esa noche Kendall había erigido unos muros altísimos a su alrededor y lo había dejado fuera.
    – ¿Me llamarás si me necesitas? -le sugirió.
    Ella asintió. Pero cuando salió del coche sin mediar palabra y dando un portazo, supo que no sabría nada de ella esa noche ni ninguna otra en un futuro inmediato.

    Raina recorría la cocina de un extremo a otro. Estaba rodeada de sus poco predispuestos cómplices en la estratagema sobre su salud. Eric estaba sentado a la mesa de formica mientras Roman y Charlotte permanecían de pie, junto a los armarios del otro lado de la cocina. Se habían reunido allí después del fiasco de la noche y, aunque ninguno de ellos había visto a Rick ni tenido noticias de él desde que la fotografía de Kendall cubriera la pantalla a la vista de todo el pueblo, todos estaban preocupados.
    El único que faltaba era Chase. Como había enviado a un empleado a que cubriera el pase de diapositivas para el periódico, se había perdido el espectáculo y no estaba ahí. Menos mal, porque Raina no estaba preparada para lidiar con su hijo mayor y sus propias mentiras a la vez. Esa noche quena ayudar al hijo que más la necesitaba en esos momentos,
    – Lo de esta noche ha sido una vergüenza -declaró Raina-. Una vergüenza total. Me cuesta creer que haya gente capaz de hacer una cosa así. -Frunció el cejo al recordar lo que había visto en la pantalla.
    – Pues a mí no me parece que posar para un catálogo de lencería sea una vergüenza. -Charlotte defendió a Kendall-. ¿Verdad que no, Roman?
    Roman carraspeó.
    – Estoy de acuerdo. Aunque los… eh… accesorios eran un tanto raritos, creo que Kendall estaba muy sexy.
    Charlotte le dio un codazo a su mando en las costillas.
    – Bueno, quiero decir que Kendall estaba muy bien. -Roman corrigió sus palabras a regañadientes. Acto seguido, abrazó a su contrariada mujer-. Ya sabes qué he querido decir. Te adoro, pero había que estar ciego para no mirar.
    Rama entornó los ojos.
    – Te hemos entendido perfectamente, hijo -dijo Eric, interviniendo por fin.
    – Kendall no tiene de qué avergonzarse -declaró Roman.
    – Estoy de acuerdo. -Eric apoyó un codo en la mesa.
    Raina sonrió. Había tanteado la opinión de los presentes a propósito y parecía que todos estaban a favor de Kendall.
    – Bueno, ahora que veo que todos estamos en la misma onda, ¿qué vamos a hacer para ayudarla? Sabe Dios que la pobre debe de estar abochornada.
    – Como mucho, lo que podemos hacer es atajar los cotilleos que oigamos y apoyarla. Aparte de eso, seguro que ella preferirá que no se hable del tema -opinó Charlotte.
    – ¿Que no se hable del tema? -dijo Raina, contrariada por lo que le habían hecho a Kendall-. Para empezar, alguien ha tendido una trampa a la pobre chica.
    – Y de ella depende si quiere averiguar quién ha sido -afirmó Roman con voz seria para advertir a Raina de que no se entrometiera.
    Roman sabía bien de lo que su madre era capaz, pero era quien le había dado la vida, lo cual le otorgaba cierto derecho a hablar y a seguir expresando sus ideas.
    – Para continuar, ella es como de la familia, y estoy seguro de que Rick agradecería que…
    – Cada uno se ocupara de sus propios asuntos. -Eric acabó la frase por ella.
    Raina lo miró enojada. Gracias a lo muy unidos que estaban desde hacía unos meses, Eric había acabado comprendiendo su intenso deseo de tener nietos y de que sus hijos se casaran y fueran felices. Y ninguna de esas cosas iba a pasar si Kendall se asustaba e intentaba marcharse.
    – Estoy de acuerdo, Raina. Pero por mucho que quieras a Rick y a Kendall, no puedes tomar decisiones por ellos y no puedes cambiar el destino. -Charlotte habló con voz queda pero con tono de súplica.
    – Siento discrepar. Si haces memoria, recordarás que una cosa como un problema de corazón simulado hizo que mis hijos se echaran a suertes quién tenía que casarse y le tocó a Roman. Dejando de lado los pequeños fallos, podemos decir que sois muy felices. Yo diría que eso es cambiar el destino. -Y aunque le incomodaba haber mentido, la causa y el resultado final habían sido positivos, gracias a Dios. Si tuviera la oportunidad de volver a hacerlo, tomaría una decisión distinta, sin embargo, tenía que reconocer que había funcionado.
    – No te metas en los asuntos de los demás, mamá. -Roman la fulminó con sus ojos azul profundo, tan parecidos a los de su padre.
    Raina exhaló con fuerza.
    – ¿Qué tiene de malo apoyar a los seres queridos?
    Charlotte cruzó la estancia y colocó una mano sobre el brazo de Raina.
    – Escucha, he hablado con Kendall y, que yo sepa, Rick tenía dificultades para conseguir que se quedara en el pueblo, y eso fue antes de que alguien pusiera su foto a la vista de todo el mundo. Rick necesitará tu apoyo pero no que te entrometas. Esta vez tendrás que confiar en mí.
    – Ojalá alguien confiara en mí -dijo Rick.
    Raina ahogó un grito y todos se volvieron sorprendidos al oír la voz de Rick.
    – No sé si sentirme más ofendido por el hecho de que estéis todos aquí hablando de mi vida o por el hecho de que guardéis secretos. -Entró en la cocina, de brazos cruzados y con el cejo fruncido.
    Raina no lo había oído llegar y, a juzgar por las expresiones de asombro de los demás, ellos tampoco. Se apoyó en el marco de la puerta con expresión agotada y consternada. La palabra «derrota» no existía en el vocabulario de los Chandler, pero era obvio que algo se había torcido entre Kendall y él.
    Y por su cara de disgusto, la situación en su casa no le parecía mucho mejor.
    – ¿Cuánto rato hace que estás ahí? -preguntó Raina, aunque la sensación de incomodidad que notaba en el estómago no daba pie a equívocos.
    – Oh, he llegado más o menos cuando estabas hablando de tu problema de corazón simulado. -Apretó la mandíbula con una ira inconfundible mientras sus ojos lanzaban destellos de traición y dolor.
    – Rick…
    – Ahora no, ¿vale? Esta noche ya he tenido suficiente. No me hace falta saber nada ahora. Me alegro de que estés sana. Encantado, de hecho. -Se volvió para marcharse negando con la cabeza con incredulidad.
    – Rick. -Roman dio un paso hacia su hermano.
    Rick no lo miró.
    – A no ser que me digas que no tenías ni idea de que fingía, no tengo nada que hablar contigo.
    – Charlotte, voy a llevarme a mi hermano a tomar una copa. Eric se encargará de que llegues bien a casa. -Roman miró al otro hombre, que asintió en silencio.
    – Prefiero beber solo -farfulló Rick.
    – No te preocupes por mí. Vosotros dos tenéis que hablar. -Los ojos azules de Charlotte estaban teñidos de compasión y preocupación por su nueva familia-. Rick, ya sabes que te queremos.
    – Pues tenéis una forma muy original de demostrarlo.
    – Tienes razón. Y no hay excusas que valgan pero… -Raina dejó la frase inacabada.
    – Yo me encargaré, mamá. Tranquilízate y duerme un poco, ¿de acuerdo? -Roman le puso una mano sobre el hombro y ella se lo agradeció.
    Aunque nunca había justificado su farsa, ahora no le volvía la espalda y Raina agradeció su lealtad. Quería a sus hijos, demasiado quizá, si hacerles sufrir era el resultado final de sus buenas intenciones.
    – ¿Dónde está Kendall? -Charlotte formuló la pregunta que Raina estaba convencida que todos tenían en la cabeza.
    – En casa. Haciendo las maletas, supongo -musitó Rick.
    Raina hizo una mueca de dolor.
    – Si sirve de algo, podría ir a hablar con ella. -Incluso mientras lo sugería, incluso mientras Roman le hacía el gesto de que se callara la boca, sabía cuál sería la respuesta de su hijo.
    – ¿No te parece que ya has hecho suficiente? -preguntó Rick.
    La desilusión de Rick le atravesó directamente el corazón, el órgano que había utilizado para manipularlo. Raina se dio cuenta de que era un ejemplo de justicia poética, aunque esa idea no la consoló y le causó un dolor enorme.
    Rick también estaba sufriendo por el distanciamiento de Kendall y la revelación de Raina. El aprieto y sentimientos de ésta palidecieron en comparación con la agonía que debía de estar sufriendo su hijo mediano.
    Independientemente de que Rick la perdonara o no, Raina tenía que ayudar a que él y Kendall se reconciliaran. Pero por desgracia no sabía por dónde empezar.

    Sin saber muy bien cómo, Kendall sobrevivió a la velada con dos adolescentes, un perro nuevo y el corazón malherido. Las chicas la ayudaron a bañar a Feliz y la actividad la ayudó a no pensar en la humillación que había sufrido. «¿A manos de quién?», se preguntó por enésima vez.
    Aunque Rick había insinuado que tenía una sospecha con respecto al culpable, Kendall no tenía ni idea de quién la odiaba tanto como para proyectar una foto de ella semidesnuda en una pantalla panorámica. La única persona que no disimulaba su antipatía hacia ella era Lisa Burton, pero Kendall no se imaginaba a la maestra arriesgando su puesto de trabajo o su reputación para gastar una broma de tan mal gusto.
    Para cuando las chicas dejaron de reírse por todo y se quedaron dormidas, ajenas a lo sucedido en el pase de diapositivas, Kendall había llegado a la conclusión de que daba igual quién le hubiese hecho esa jugarreta. La cuestión era que esa persona le había hecho un favor. Le había demostrado que sus ensoñaciones nunca podrían convertirse en realidad y que Kendall Sutton no tenía ningún futuro en un pueblo pequeño con un hombre bueno y honrado como Rick Chandler.
    Para cuando la luz del día se filtró por la ventana, porque todavía no había bajado la persiana, Kendall había revivido una y otra vez el pase de diapositivas y la fotografía. No se avergonzaba de su carrera pasada ni de la fotografía que habían proyectado. Por muy necesitada de dinero que estuviera, Kendall nunca habría aceptado un encargo que considerara que la infravaloraba a ella o a su familia. Pero la realidad era que todo el pueblo la había visto medio desnuda, y ese suceso no dejaría indiferente a las personas que se habían portado bien con ella.
    Y los Chandler se merecían algo mejor. Desde Charlotte, que tenía un negocio propio, pasando por Raina que tenía clase y sentido de la ética, además de problemas de corazón y a quien el estrés perjudicaba, hasta Rick, cuya fama intachable de buen policía no tenía parangón. Hasta que se había liado con Kendall.
    Negó con la cabeza y se acercó al alféizar de la ventana a mirar la hierba empapada de rocío. Por primera vez en su vida se había permitido creer en posibilidades. Se había planteado si debía quedarse, si podía formar parte del pueblo de Rick, de su familia, de su vida. La noche pasada había recibido la respuesta, proyectada a todo color, y esas posibilidades se habían esfumado. Tal como había aprendido de niña, otras personas gozaban de la familia y la estabilidad, pero no ella.
    Menos mal que Hannah se había perdido el espectáculo. Kendall tendría que contárselo antes de que se enterara por ahí. El asunto resultaría embarazoso para una adolescente y Kendall deseó poder ahorrárselo a su hermana, pero era imposible. Lo máximo que podía hacer sería atenuar el golpe cuando Kendall se lo explicara.
    Luego ella y Hannah se irían al oeste, lejos de ese pueblo, antes de que alguna de las dos se sintiera más apegada a él, o sufriera alguna otra decepción.
    – Buenos días, Kendall. -Las chicas irrumpieron en la cocina con la euforia de dos adolescentes dispuestas a iniciar un nuevo día.
    Lo que más le apetecía a Kendall era volver a meterse en la cama, pero esbozó una sonrisa forzada.
    – Buenos días, chicas. ¿Os preparo algo para desayunar?
    – No. Tomaremos cereales -dijo Hannah.
    – ¿Qué tal el pase de diapositivas? Anoche estuvimos tan ocupadas con Feliz que se me olvidó preguntar. -Jeannie acarició la cabeza del perro-. Mi madre suele ir pero está tan harta de ver las mismas imágenes cada año que prefirió llevarnos al cine.
    Kendall no tenía intención de contarle lo sucedido a Hannah delante de su amiga.
    – Fue… interesante. ¿Qué plan tenemos para hoy?
    El móvil de Kendall sonó y evitó que las chicas respondieran.
    – Le di el número a mis amigos, así que ya contesto yo -dijo Hannah mientras se abalanzaba sobre el teléfono que estaba en la encimera-. ¿Diga?
    Kendall esperó, confiando en que Rick no decidiera llamarla de buena mañana.
    – ¿De parte de quién?
    – De parte de quién, por favor -articuló Kendall para que le leyera los labios. Hannah aprendería modales o Kendall moriría en el intento, pensó con ironía.
    – ¡No, no, no! Esta casa no está en venta y no va a venderse. No, no puede hablar con la señora de la casa porque voy a ser yo quien va a hablar con ella. -Hannah apagó el teléfono móvil y se volvió para fulminar a Kendall con la mirada.
    Oh, lo que faltaba.
    – No he puesto un anuncio de la casa, Hannah.
    – Todavía no. Era esa tal Tina Roberts. Vas a poner un anuncio para vender la casa. ¿Y luego qué? ¿Yo voy a otro internado? ¿Cómo has podido? -gimió, se sorbió la nariz y se frotó los ojos llenos de las lágrimas que le habían corrido el maquillaje.
    A Kendall se le encogió el corazón al ver el sufrimiento de su hermana. Sabía demasiado bien lo que era sentirse abandonada y rechazada y Kendall estaba decidida a evitar que Hannah volviera a sentirse así.
    La mirada de Jeannie iba de Kendall a Hannah, absorta en la discusión familiar. Kendall no podía hacer nada al respecto. Estaba claro que en esa ocasión no podía darle largas a su hermana hasta que estuvieran solas, de modo que dio un paso adelante y puso la mano con firmeza en el brazo de Hannah.
    – No voy a mandarte a ningún internado.
    – ¿Ah, no? -Hannah alzó la vista hacia ella, con ojos muy abiertos y esperanzados.
    Kendall negó con la cabeza.
    – Por supuesto que no. -Kendall no estaba segura de demasiadas cosas en la vida pero, tras pasar unas semanas con su hermana, no podía ni quería mandarla a otro sitio-. Voy a ponerme en contacto con papá y mamá para que me nombren tu tutora legal y así ocuparme de ti y tomar las decisiones adecuadas en tu nombre.
    – ¡Lo sabía! -Hannah dio un grito de alegría.
    Acto seguido, se lanzó al cuello de Kendall y la abrazó con fuerza. ¡Qué sensación tan agradable notar el contacto de sus brazos!
    – Sabía que no me mandarías a ningún sitio -le dijo Hannah al oído.
    Qué rápido cambiaban de opinión los adolescentes. Sin duda una mujer estaba en su derecho, pero en este caso se trataba más bien de un capricho juvenil. Hannah se apartó y miró a Kendall con todo el amor y cariño que albergaba su corazón. A Kendall se le formó un nudo en la garganta, la sensación de ser necesaria para alguien amenazaba con asfixiarla. No quería lanzar cohetes de alegría ni tampoco que el temor a perder a Hannah la consumiera. Como hermanas de sangre, y por ser la mayor, Kendall tenía más control de la situación.
    No era como Rick o Yorkshire Falls, los elementos en los que ella había puesto su confianza. Esta vez era Hannah quien depositaba su fe en Kendall, y estaba decidida a no decepcionarla.
    – No voy a mandarte a ningún sitio, Hannah. Tú irás conmigo allá donde yo vaya. Tú y yo somos un equipo. -Le dedicó una sonrisa, contenta de que por fin se tuvieran la una a la otra.
    – ¿Qué quieres decir con eso de «allá donde yo vaya»? -Hannah la hizo retroceder y se cruzó de brazos-. Pensaba que íbamos a quedarnos aquí. He hecho amigos. Me gusta este pueblo. A ti también, y Rick te quiere.
    «Te quiero, Kendall.» Se lo había dicho la noche anterior, justo antes de que apareciera la dichosa foto en la pantalla. Y ella se había quedado tan inmersa en su conmoción y tristeza, en su determinación de creer que no era bien recibida en el pueblo, que no había vuelto a pensar en las palabras de Rick. La quería, pero a saber qué sentía después de las repercusiones de la proyección de la foto.
    Se dirigió a su hermana, que la miraba fijamente, y cuyos ojos verdes habían sustituido el amor y el agradecimiento por un sentimiento de sentirse traicionada.
    – ¿Qué te hace creer que Rick me quiere? -Al fin y al cabo, Hannah no había estado con ellos la noche anterior.
    – Resulta obvio con solo mirarle. Tan obvio como que tú sólo te preocupas de ti misma. -Dio una zancada hacia Jeannie, que seguía contemplando la escena, boquiabierta-. Vámonos.
    – ¿Adónde? -preguntó Jeannie.
    – Al pueblo. A tu casa. Me da igual mientras me largue de aquí -declaró Hannah.
    Kendall exhaló un suspiro.
    – Hannah, espera. No hemos terminado.
    – Oh, sí que hemos terminado. Prefiero ir a un internado que vivir contigo. Por lo menos allí la gente no finge que le importas cuando en realidad les das igual. Me largo de aquí. -Y como si quisiera demostrar que tenía razón, Hannah cogió a Jeannie de la mano y la sacó a rastras de la cocina. Al cabo de unos segundos, la puerta delantera se cerró de un portazo.
    El sonido coincidió con el nudo que a Kendall se le formó en el estómago al ver que su hermana se marchaba furiosa con ella.

Capítulo 13

    Rick tenía la boca pastosa, la cabeza le martilleaba y aun así se sentía muchísimo mejor que cuando había visto a Kendall alejándose de él la noche anterior.
    – ¡Arriba! -La voz excesivamente jovial de Charlotte le llegó desde el otro extremo de la casa.
    Después de acompañarlo de borrachera y no hacerle hablar, Roman se lo había llevado a su casa para que durmiera la mona. Rick seguía enfadado con él, pero como compañero de copas, Roman había cumplido.
    – Levántate, dormilón. -Charlotte entró en la estancia y le abrió las contraventanas de la sala de estar.
    La luz del sol le dio de lleno en los ojos y Rick soltó un gemido.
    – Ay, por Dios, Charlotte, ten un poco de compasión. -Se dio la vuelta y se tapó la cabeza con las manos.
    Su cuñada se colocó a su lado. En la postura en que él estaba, boca abajo y tumbado, sólo veía los pies descalzos de ella. Por desgracia, daba la impresión de que se hubiese atado una ristra de latas a los tobillos, a tal punto le retumbaba la cabeza.
    – Tengo compasión. Mira qué te he traído. -Se agachó y le dejó un vaso delante.
    – ¿Qué es eso? -Echó un vistazo al líquido oscuro con ojos entrecerrados.
    – Algo comestible. Iba a prepararte el viejo remedio de mi padre, compuesto por huevo crudo y leche.
    A Rick se le revolvió el estómago, pero reprimió las arcadas.
    – Pero me he apiadado de ti y te he traído una Coca-Cola sin gas. Además de una aspirina. -Extendió la palma de la mano para enseñarle las dos pastillas, que él cogió agradecido-. Oye, ¿te bebiste el agua que te traje anoche? -preguntó Charlotte.
    – No me acuerdo. -Se incorporó en el sofá y consiguió levantarse a pesar del intenso dolor de cabeza. Se tragó las pastillas y luego tomó la Coca-Cola para llenarse el estómago vacío y gruñón.
    Acto seguido, se obligó a enfocar la vista y se encontró con la expresión divertida de Charlotte. Como primera imagen del día para un hombre, era espléndida. Además, le había dado un remedio para la resaca sin ni siquiera habérselo pedido. No podía tener más aprecio por ninguna mujer.
    A no ser que se tratara de Kendall, pero ése era un problema para cuando estuviera un poco más recuperado.
    – ¿Te he dicho alguna vez que mi hermano es un hombre con una suerte cojonuda?
    – Dímelo tú y deja de comértela con los ojos. -Roman entró en el salón sin preocuparse por ser discreto ni por la resaca de Rick.
    – ¿Quién ha dicho que veo lo suficientemente bien como para comérmela con los ojos? Si está todo borroso -farfulló Rick.
    – Lo cual significa que la ves doble. Qué suerte la tuya. -Roman habló con un tono claramente divertido. Se situó junto a Charlotte, le pasó una mano por la cintura y la abrazó con fuerza por el costado.
    – No te rías de mí después de lo que has hecho. -Mientras hablaba, Rick recordó la sensación de recibir un puñetazo en el estómago cuando oyó que su madre reconocía que había fingido tener problemas de corazón. Recordó la sensación de alivio mezclada con la de traición, el impulso de abrazarla y estrangularla a la vez, y la increíble sensación de incredulidad al enterarse de que su hermano lo sabía y le había seguido el juego-. ¿Cómo tuviste la cara de dejarme creer que mamá estaba enferma?
    Roman acercó un sillón y Charlotte se acomodó en el brazo acolchado del mismo.
    – Te debemos una explicación -declaró Roman, y se calló como si quisiera poner en orden sus pensamientos.
    Rick esperó. Tenía muchas ganas de dar golpecitos con el pie en el suelo por el enfado pero se imaginó que su martilleante cabeza se merecía un trato mejor.
    – Es complicado. -Roman negó con la cabeza presa de la exasperación-. Al comienzo no te lo dije porque estábamos de luna de miel en Europa. -Buscó la mano de Charlotte y se la cogió.
    Rick había descartado el sueño de disfrutar de esa camaradería, ese sentido de unidad con otra persona, sobre todo con Kendall. Por eso, ver a su hermano con su esposa le resultaba agridulce. Rick se masajeó las doloridas sienes.
    – Podrías haber llamado -dijo, en un intento por centrarse en los problemas familiares y no en su incluso más complicada vida sentimental. Tenía por delante muchos días y noches solitarios para descubrir en qué se había equivocado en ese sentido.
    – Tienes razón. Joder, probablemente debería haber llamado. Debo decir en honor a Charlotte que me suplicó que te llamara para decírtelo.
    – ¿Y por qué no lo hiciste?
    – No tengo ninguna excusa que sirva como prueba en un juicio -dijo Roman con ironía-. Estaba muy ocupado siendo feliz, e imaginé que unas cuantas semanas más de silencio no iban a perjudicar a nadie. Joder, incluso me hice la ilusión de pensar que quizá mamá se saldría con la suya y te juntaría con una mujer tan maravillosa como Charlotte. Que serías tan feliz como yo he acabado siendo. A pesar de la intromisión de nuestra madre.
    Rick arqueó las cejas haciendo caso omiso del dolor que le recorría el cráneo.
    – Tendría que pegarte un tiro.
    Roman se encogió de hombros.
    – Probablemente tengas razón.
    – ¿Qué pasó después de que volvierais a casa? ¿Qué te impidió contarme entonces el secreto de mamá?
    Roman pareció avergonzado y luego, con un gemido, se recostó en el asiento sin soltar la mano de Charlotte. Probablemente necesitara su apoyo porque había metido la pata y estaba acorralado. Rick no tenía ni idea de cómo pensaba justificar sus actos.
    – Bueno, supongo que recuerdas que estuvimos fuera más de un mes -continuó Roman-. No quería darle mucha libertad de acción a mamá, pero Charlotte y yo estábamos muy ocupados preparando el apartamento de Washington D. C. y yo me estaba adaptando al nuevo trabajo. Y tienes que reconocer que al comienzo parecía que sus intentos de encontrarte la mujer adecuada te divertían bastante. -Se encogió de hombros-. Por eso no dije nada. Durante más tiempo del que debería.
    – Tú lo has dicho. -Rick ladeó la cabeza, error que lamentó inmediatamente, cuando volvió a parecer que tuviese una banda de música dentro-. Y entonces, ¿qué te impidió decir la verdad?
    – Tú y yo sabemos que, en parte, mamá representa esta farsa porque quiere que sentemos la cabeza y seamos felices, pero también quiere…
    – Nietos -dijo Rick, afirmando lo obvio. Al fin y al cabo, Raina llevaba ya mucho tiempo inculcándoles esa idea en la cabeza.
    – Eso. Y pensé que, después de fingir que estaba enferma, no se merecía que su mayor deseo, tener nietos, se hiciera realidad tan fácilmente. Quería que sudara un poco. Si le decía que Charlotte estaba embarazada, imaginé que…
    – ¿Nos dejaría en paz a Chase y a mí? -preguntó Rick-. Ésa sería la suposición más obvia, ¿no? Así pues, ¿por qué no decirle que tenía lo que quería, que Charlotte estaba embarazada? Luego sacar a relucir su estratagema y que Chase y yo viviéramos tranquilos.
    – Porque Raina no es una madre como las demás, y con ella no pueden hacerse suposiciones. Sé de buena tinta que nos quiere a todos asentados y felices. No sólo a uno de nosotros. Si se enterara de que Charlotte está embarazada, todavía se convencería más de que sabe lo que es mejor para nosotros e iría a por ti y Chase incluso con más ganas.
    Al recordar el traje de dominatriz de Lisa, sin duda inspirado por las palabras de aliento de su madre, Rick negó con la cabeza con fuerza. Vio las estrellas al hacerlo. Maldita sea, tenía que dejar de mover la cabeza.
    – No sé si mamá podía ir a por mí con más ganas -farfulló-. Si hubieras estado viviendo aquí, lo sabrías.
    Roman apartó la mirada de Rick.
    – Bueno, no sabía que la cosa se había puesto tan dura. Así que le dije a mamá que Charlotte y yo queríamos pasar algún tiempo solos antes de buscar descendencia. Quería hacerla sufrir un poco.
    Si a Rick la cabeza ya le daba vueltas antes de oír esa explicación, ahora la situación era todavía peor. Pero por fin entendió una cosa: Charlotte estaba embarazada del primer nieto de los Chandler. Le embargó una sensación de orgullo y placer por su hermano pequeño junto con una buena dosis de envidia que imaginó que era normal y que se negó a analizar. Observó entonces a su cuñada. Aparte del buen color que tenía en las mejillas, nunca se habría dado cuenta. Se dispuso a incorporarse, a darle un fuerte abrazo y felicitarla, pero su cabeza se negaba a cooperar.
    Charlotte se acercó a él y le colocó una mano en el hombro con firmeza mientras se reía por lo bajo.
    – Ya me felicitarás más tarde. Antes mejor será que te recuperes. -Se acomodó a su lado-. Rick, nuestro silencio se debe a más razones que el mero hecho de hacerle pagar a vuestra madre el habernos manipulado. Sé que teníamos que habértelo dicho, pero cuando volvimos a casa, me di cuenta de que mi madre seguía inestable psíquicamente. Su depresión… -Negó con la cabeza-. La medicación todavía no le había hecho efecto, y quise esperar un tiempo para anunciarle el embarazo. Hasta que pudiera valorar la noticia. Así que entonces fui yo quien le dije a Roman que esperara antes de contar lo de la salud de Raina. O mi embarazo.
    Rick miró a la mujer que había colmado la vida de su hermano. Ella lo observaba con sus grandes ojos verdes y con una expresión teñida de disculpa y arrepentimiento. ¿Cómo iba a enfadarse con ella? Soltó un quejido y le puso una mano en el hombro para reconfortarla.
    – No te culpo.
    Charlotte le dedicó una mirada de agradecimiento.
    – De todos modos, hicimos mal.
    Roman asintió.
    – Y para cuando estuvimos preparados para contártelo todo, conociste a Kendall. Entonces no iba a decirte por nada del mundo que mamá había fingido tener problemas de corazón.
    – ¿Por qué no?
    Roman entornó los ojos como si el motivo fuera obvio. Como si algo de toda aquella situación pudiera ser obvio, pensó Rick con una dosis considerable de frustración.
    – No podía decírtelo cuando conociste a Kendall porque era la primera mujer en la que confiabas desde Jillian. La primera que te interesaba de verdad. Parecías haber encontrado lo que nosotros tenemos. -Roman hizo un gesto para incluirse él y Charlotte-. Y no iba a ser yo quien te diera una excusa fácil para desconfiar de las mujeres y alejarte de Kendall. No cuando era tan obvio que estabas coladito por ella. Por eso, cuando mamá quiso decirte la verdad, yo se lo impedí.
    Rick negó con la cabeza no dando crédito.
    – ¿Mamá quería contármelo?
    Roman alzó las manos en el aire.
    – ¿Qué quieres que te diga? Está harta de fingir que está enferma porque eso le impide hacer mucha vida social. De modo que le dije que no confesara. Imaginé que hacerla seguir fingiendo que estaba enferma sería un buen castigo por inmiscuirse en nuestras vidas.
    Rick se pellizcó el puente de la nariz. Menos mal que la aspirina había empezado a surtirle efecto y el martilleo se le había aligerado lo suficiente como para que se relajara y pensara con más claridad.
    – No me lo puedo creer. Has hecho de psicólogo y de casamentero. -Le entraron ganas de estrangular a Roman.
    Pero como hermanos siempre se habían comprendido y, al pensar en todo aquel lío, Rick supuso que el razonamiento de su hermano pequeño tenía sentido. De un modo un tanto retorcido.
    – ¿Te das cuenta de que esto te sitúa a la altura de mamá?
    Roman se sonrojó.
    – Volviendo la vista atrás es fácil darse cuenta -musitó.
    Charlotte suspiró y apoyó una mano en el hombro de Rick.
    – Es lo que hay.
    Rick gimió.
    – Sí. Es lo que hay. ¿Sabíais que vosotros dos sois capaces de causarle dolor de cabeza a un hombre sobrio?
    Roman se rió y, aunque Rick lo miraba furioso, acabó riéndose con su hermano. Si unía todas las piezas del rompecabezas y las motivaciones, no podía culpar a Roman de una situación que Raina había creado y que él había considerado que no le quedaba más remedio que perpetuar. Al fin y al cabo, los hermanos Chandler se mantenían unidos siempre que podían. Nada iba a cambiar eso, aparte de una mujer. En el caso de Roman se trataba de Charlotte y, sabiendo lo que Rick haría por Kendall, no pensaba juzgar a su hermano pequeño.
    – ¿Deduzco que la contienda familiar se ha acabado? -preguntó Charlotte, observando a Rick hasta que éste se vio obligado a mirarla a los ojos.
    – Lo pensaré. -Que Roman sufra un poquito más, pensó Rick. Le pareció que por lo menos mientras le durara la resaca, teniendo en cuenta que seguía teniendo un dolor de cabeza de mil demonios-. Tacha eso. Hoy no puedo pensar.
    Roman se rió porque era obvio que interpretaba correctamente las palabras de Rick y sabía que la situación entre ellos se había normalizado.
    – Tengo que hacer unos recados en el pueblo antes de que Charlotte y yo nos marchemos mañana a Washington. Acábate el refresco, tómate la otra aspirina y te llevo a casa.
    Rick cogió el vaso y apuró la bebida de un solo trago junto con la aspirina.
    – Eso está mejor.
    Iba camino de la puerta delantera cuando una idea se abrió paso en su mente brumosa.
    – Tenemos que contarle a Chase lo de mamá.
    Roman y Charlotte adoptaron una expresión de vergüenza. Cuando su hermano mayor descubriera el alcance de los juegos de su madre, la situación se pondría fea. A él no le entusiasmaba la idea, pero el agotamiento, el cuerpo dolorido y otros achaques producidos por la resaca le impedían centrarse demasiado en las artimañas de Raina. Además, en ese preciso instante sólo era capaz de preocuparse de una cosa, de Kendall.
    Al cabo de veinte minutos, sintiéndose igual de hecho polvo que cuando se había despertado, Rick bajó del coche de Roman y se dirigió al lateral del edificio donde estaba su apartamento.
    Para su sorpresa, cuando llegó tenía visita. Hannah estaba allí sentada, con la cabeza gacha y el pelo caído delante de la cara. Rick se paró en el escalón justo debajo de ella.
    – ¿Qué ocurre? -preguntó, preocupado al ver que se había presentado en su casa y lo había esperado.
    Alzó el rostro y vio que lo tenía surcado de lágrimas y con una expresión de profundo dolor.
    – Kendall va a vender la casa y a marcharse del pueblo. -La voz se le quebró al pronunciar la última palabra.
    Rick no se había dado cuenta de que seguía albergando esperanzas de un futuro con Kendall hasta que advirtió la irrevocabilidad en el tono de Hannah. Y aunque su tristeza era mayúscula, las palabras de ella no le sorprendieron. En vez de sentirse conmocionado, se sintió decepcionado. Decepcionado con Kendall y su decisión de no quedarse y luchar contra sus demonios personales, de no luchar por su relación.
    Rick se había pasado la noche ahogando sus emociones en alcohol y por la mañana le habían revelado la situación de la familia. Todavía no había tomado ninguna decisión, pero podía esperar. En esos momentos, Hannah le necesitaba más. Se arrodilló al lado de la muchacha deseando poder ofrecerle algún tipo de consuelo aunque sabiendo que era imposible.
    Ni para Hannah ni para él. La rodeó con el brazo y la acercó a él.
    – Tu hermana te quiere, ¿sabes?
    – Sí, ya. -Le soltó un bufido en la oreja y luego sorbió por la nariz.
    A pesar de sentirse decepcionado con Kendall, Rick sabía que lo mejor para Hannah era que diera un giro positivo a una situación desesperada. En circunstancias normales, Rick no se daba por vencido sin luchar, pero Kendall no le había dejado otra opción. Había hecho todo lo posible para mostrarle la vida que podían tener juntos, y ella lo rechazaba. Y, aunque pensaba que había estado preparándose para ese momento desde que ella llegó, el dolor ardiente que notaba en el vientre le indicaba que no lo había asumido.
    Independientemente de los sentimientos de Kendall hacia él, Rick estaba convencido de que adoraba a su hermana. Pero antes de intentar que Hannah viera la realidad, tenía que saber los planes de Kendall.
    – Vamos a ver, ¿adonde ha dicho tu hermana que os iríais cuando se marche? -Se le revolvió el estómago al pronunciar las palabras que ponían fin a su estancia en Yorkshire Falls.
    Hannah exhaló un suspiro.
    – Kendall ha dicho que me llevaría con ella pero yo no quiero ir a ningún sitio. -Su voz fue apagándose en un largo suspiro.
    Estaba claro que Hannah esperaba más de lo que su hermana estaba dispuesta a darle. Bienvenida al club, pensó Rick en silencio. Pero saber que Kendall se portaba como debía con Hannah le alivió y aflojó el nudo que le atenazaba el corazón. Si Kendall iba a dejar de vagar en solitario, entonces es que había empezado a enfrentarse a su temor al compromiso y la estabilidad. Luchaba con más denuedo del que él la había creído capaz, pero no se hizo ilusiones pensando que fuera a hacer lo correcto consigo misma. Por lo menos había abierto su corazón y su vida a su hermana en el momento en que la muchacha más lo necesitaba. Para Rick, eso contaba mucho.
    Miró a Hannah de reojo.
    – Ya sabes cómo piensa tu hermana. No ha hecho otra cosa en la vida que ir de aquí para allá. Para ella, llevarte consigo es un paso enorme. Tienes que acompañarla. Estrechar lazos con ella. Comprender su modo de vida.
    Respiró hondo, obligándose a teñir de rosa una situación funesta para una adolescente.
    – Además, dicen que Arizona tiene un clima estupendo, no hay humedad y podrás aprender a montar a caballo -dijo, suponiendo que Kendall tenía intención de ir hacia el oeste, tal como le había dicho hacía algún tiempo. Le puso la mano bajo el mentón-. Mírame.
    Hannah alzó la vista, pero Rick no vio más que desesperación en su joven mirada.
    – Tienes que intentar impedírselo -le suplicó la chica sin rodeos.
    Había llegado a querer a Hannah como si fuera de su familia y era capaz de hacer cualquier cosa por ella. Cualquier cosa que estuviera en su mano, rectificó Rick. Por desgracia, eso excluía lo que ella más quería en el mundo.
    – No puedo.
    Hannah parpadeó y apartó la mirada, recuperando esa inclinación del mentón rebelde y obstinada tan característica.
    – Porque a ti te da igual que nos quedemos o nos vayamos. -La obstinación de su bravuconería flaqueó cuando pronunció esas palabras.
    – No es verdad y lo sabes. -Rick seguía sujetándola con fuerza, a pesar de que ella intentaba distanciarse de él. Era obvio que quería echarle la culpa, obligarle a compartir la carga de su enojo.
    – Entonces, ¿por qué no me ayudas a convencer a Kendall de que nos quedemos?
    Porque Rick se negaba a cargar con la responsabilidad de los actos impulsivos de Kendall. Resultaba obvio que no hacía frente a sus sentimientos y Rick no iba a ser quien le facilitara la vida. No se lo merecía. Si su endiablada hermana pequeña quería torturarla un poco, quizá se viera obligada a analizar sus decisiones y las consecuencias de éstas.
    – Porque Kendall es una mujer adulta -explicó con ternura en la voz pero con intención firme-. Sabe lo que quiere. No puedo obligarla a hacer algo que no quiera, Hannah.
    – Ya, ya. Gracias por nada. -Se soltó de su mano y se puso de pie.
    Rick la siguió y se paró en el escalón situado encima del de ella.
    – ¿Me prometes una cosa?
    – A lo mejor.
    Quería a aquella jovencita, a pesar de lo contestona que era. Negó con la cabeza y reprimió una carcajada.
    – Piensa en lo que te he dicho y dale una oportunidad a tu hermana. Ella te quiere.
    – Eso lo dirás tú. -Se volvió y se dispuso a bajar la escalera a saltos.
    – Hannah, espera.
    La muchacha se dio la vuelta para mirarlo a la cara.
    – ¿Qué?
    – Sólo quiero saber adonde vas. -No podía evitar preocuparse por ella.
    – A Norman's a tomar un refresco. Jeannie está ahí, y como no sé cuándo Kendall decidirá que nos marchemos, quiero pasar el máximo de tiempo posible con ella.
    Rick asintió. Él había sentido lo mismo por Kendall.
    – ¿Necesitas dinero?
    Hannah negó con la cabeza.
    – Ayer gané dinero, pero gracias de todos modos.
    El móvil de Rick interrumpió la conversación.
    – Espera un momento. -Se soltó el móvil del cinturón y respondió al segundo timbrazo-. Chandler.
    – Hola, Rick. -La dulce voz del otro extremo resultaba inconfundible.
    – Kendall. -Se le aceleró el corazón y puso la directa mientras un torbellino de preguntas se agolpaban en su mente. ¿Había cambiado de idea? ¿Había decidido quedarse? ¿Necesitaba un amigo con quien hablar?
    ¿Le necesitaba?
    Esperaba todas esas cosas.
    – ¿Qué ocurre? -le preguntó.
    – ¿Has visto a Hannah?
    Sus esperanzas se disiparon y el sentido común se apoderó de él. Era Kendall y no quería quedarse en el pueblo ni con él.
    Nunca lo había querido. Al menos debía reconocer que había sido sincera con respecto a sus intenciones desde el principio. Si había que culpar a alguien por caer en la trampa de la ilusión era a él.
    Al fin y al cabo, ya había hecho lo mismo en otra ocasión, con Jilin.
    – Tu hermana está aquí. -Tapó el teléfono y le hizo un gesto a Hannah para que se acercara-. Por si quiere hablar contigo -le susurró.
    – No tengo nada que decirle -repuso Hannah con un mohín en los labios.
    – Ya lo he oído -dijo Kendall, decepcionada y dolida.
    Y el dolor fue lo que le afectó. Teniendo en cuenta que Kendall le estaba partiendo el corazón, no debería importarle. Pero le importaba, y mucho.
    – ¿Puedes convencerla de que me espere en Norman's? -pidió Kendall, manteniendo la distancia con él. Como si nunca hubieran hecho el amor, como si él nunca se le hubiera declarado.
    Rick tragó saliva.
    – Descuida.
    – Gracias. Nos vemos dentro de unos minutos. -Colgó, despidiéndose de él como si no significara nada para ella.
    «Vete acostumbrando, amigo.» Rick se dirigió a Hannah.
    – Tenemos que reunimos con tu hermana en Norman's.
    Hannah se cruzó de brazos.
    – No tengo hambre.
    Rick entornó los ojos.
    – Pues no comas. Además, pensabas ir a Norman's. Estoy seguro de que Kendall sólo quiere hablar, así que, por la cuenta que te trae, intenta llegar a un acuerdo con ella. -Apoyó las manos en los hombros de Hannah y la miró de hito en hito-. Sé que no es fácil y sé que no estás contenta, pero es tu vida, y tú eres la única persona capaz de mejorarla.
    – Vaya, te sale por las orejas.
    Rick arqueó una ceja, a sabiendas de que sólo podía permitirle ser respondona hasta cierto punto.
    – ¿Cómo dices?
    – La sabiduría te sale por las orejas, agente Chandler.
    Hannah le dedicó una amplia sonrisa que le recordó a su hermana. Hannah causaría sensación dentro de poco. Iba bien encaminada. Lo único que Rick deseó fue que confiara más en el mundo que la rodeaba que Kendall.
    – La sabiduría me sale por las orejas. -Negó con la cabeza y, a pesar de lo complicado de la situación, se echó a reír-. Entiendo. En ese caso, yo diría que a ti te pasa lo mismo. Voy a cambiarme en un momento y en seguida vuelvo.
    Hannah le hizo un gesto de aprobación, se dio la vuelta y bajó la escalera.
    Rick se reuniría con Hannah y Kendall en Norman's, fingiría que aceptaba sus decisiones y luego se largaría.
    Ya había abandonado su plan inicial. Bajo ningún concepto volvería a decirle a Kendall que la quería. Ya se lo había dicho una vez. Se lo había demostrado de muchas maneras. ¿Por qué iba a dejarse pisotear de nuevo?
    La quería, pero había llegado el momento de preocuparse más de sí mismo. El momento de empezar a reconstruir la muralla que le protegía el corazón.

    De no ser por su hermana, Kendall no habría entrado por voluntad propia en Norman's el día después de su aparición fotográfica en el pase de diapositivas. Tampoco habría llamado a Rick. Pero prefería eso que salir a buscar a Hannah o pedirle que volviera a casa hasta que hablaran.
    Hannah estaba dolida y enfadada. La última vez que se había sentido de ese modo había cogido el coche de Kendall. En esta ocasión, Kendall esperaba que pudiese reaccionar aún peor, y quiso evitar una escena reuniéndose con su hermana en un lugar público.
    Para cuando hubo aparcado y entrado en el local, Hannah y Rick ya habían ocupado una mesa del fondo. Respiró hondo y caminó con la cabeza bien alta por entre las mesas, volvió a oír los murmullos y advirtió que algunos la señalaban. No se estaba imaginando que era el centro de atención, lo era, pero no tenía tiempo de preocuparse por eso.
    A diferencia de su hermana, Rick sí la estaba mirando fijamente. Aquellos ojos preciosos la miraban de hito en hito. A primera vista, parecía no haber dormido bien. Tenía una barba incipiente y ojeras. A juzgar por su aspecto, se sentía tan mal como ella y se odió por ser la causante de ello.
    – Hola. -Esbozó una sonrisa forzada.
    – Hola -saludó él sin devolverle la sonrisa.
    Kendall no sabía qué decirle y, al parecer, el sentimiento era mutuo porque los dos guardaron silencio, lo cual hizo que a ella se le encogiera el estómago y notara un hormigueo por todo el cuerpo. Sin previo aviso, Hannah se levantó empujando la silla hacia atrás para que rechinara e hiciera el máximo ruido posible, con lo cual rompió la conexión tensa y silenciosa entre Kendall y Rick.
    Sin mediar palabra, Hannah se alejó de la mesa.
    – ¿Adónde vas? -preguntó Kendall.
    – Al baño. Sólo de veros me dan arcadas. -Acto seguido, miró a Rick y le guiñó el ojo.
    Kendall exhaló un suspiro. La pequeña traidora se marchaba a propósito para dejarlos a solas. Antes de que pudiera detenerla, Hannah ya iba camino del salón posterior.
    – Yo no le he dicho que hiciera eso. -Rick se recostó en el asiento.
    – No he pensado que lo hubieras hecho. -Como Kendall sabía que lo había expulsado de su vida la noche anterior, era de suponer que no iba a urdir ningún plan para estar a solas con ella.
    A Rick casi le habían entrado ganas de reír al ver la payasada de Hannah, pero cuando miró a Kendall se quedó en blanco. Había bajado la persiana de sus emociones y la había dejado fuera. Aunque ella se merecía el muro recíproco que Rick había erigido, odió la tensión que había entre ellos, y odiaba todavía más que le hubiera obligado a poner esa distancia entre los dos. Sencillamente, Kendall no sabía cómo abordar el asunto.
    Rick estiró el brazo sobre el respaldo de su asiento en un gesto masculino y despreocupado que le flexionó los músculos de los antebrazos y le ciñó la camiseta al ancho tórax.
    – Hannah me ha dicho que vendes la casa y te vas del pueblo. -Habló sin un atisbo de emoción o afecto.
    Después de la intimidad que habían compartido, era como si estuviera sentada delante de un desconocido. También odiaba esa sensación y se le formó un nudo enorme en la garganta que se mantuvo ahí. «Esto es lo que querías, Kendall -se recordó-. Sin ataduras, sin vínculos, sin apego. Sólo la libertad de hacer las maletas y trasladarte a voluntad. Ninguna relación que pueda dejarte atrás o apartarte.» Nadie que tuviera la capacidad de hacerle daño.
    Exactamente la vida que siempre había elegido y la que había decidido retomar la noche anterior. Pero si había recuperado el estilo de vida que prefería, ¿por qué se sentía tan mal en esos momentos? Kendall tenía un presentimiento, y la respuesta la asustaba tanto que se negaba a abordar las emociones asfixiantes que amenazaban con aflorar.
    «Céntrate en lo material», se dijo.
    – Todavía no la he tasado, pero Tina Roberts me ha llamado y cree que puede conseguir una cantidad de dinero considerable por la casa y la finca. Menos, debido a la condición que he exigido, pero suficiente dinero para que Hannah y yo volvamos a empezar. En algún sitio. -Sus propios pensamientos y palabras amenazaban con ahogarla y se había visto obligada a tragarse el nudo que se le había formado en la garganta antes de continuar-. Probablemente nos vayamos a Arizona.
    Rick asintió y apretó la mandíbula, claramente reacio a darle la satisfacción de que viera los sentimientos que le provocaban sus palabras.
    – ¿Qué condición? -preguntó.
    – Que Pearl y Eldin se trasladen a la casa de invitados y vivan ahí sin pagar alquiler. Siempre y cuando conserven bien la casa; espero que alguien acepte. No puedo obligarles a vivir en otro sitio. -No se imaginaba a la pareja de ancianos que vivía en pecado viviendo en un lugar que no fuera la casa de tía Crystal.
    – ¿Ya se lo has dicho?
    Kendall negó con la cabeza. Otro asunto al que se veía incapaz de enfrentarse. Pero independientemente de sus sentimientos, tenía la obligación de explicarle a Rick por qué de repente se mostraba tan distante con él. Se había portado muy bien con ella y su hermana y había sufrido mucho en el pasado. No quería que pensase que él había hecho algo mal o que era el motivo de su incapacidad de echar raíces en un sitio.
    – Rick, mira, quiero que sepas…
    – No. -Sus ojos despedían chispas de ira, dolor y traición, sentimientos que se reflejaban también en la expresión de su rostro tenso-. No te disculpes ni me digas lo mucho que me aprecias.
    – ¿Aunque sea verdad? -Se frotó las manos en los vaqueros.
    Rick se encogió de hombros.
    – ¿De qué me sirve a mí? ¿O a ti, ya puestos? Además, desde el primer momento me dijiste que no te quedarías. Sólo que pensé que este pueblo y su gente encontrarían un hueco en tu corazón. Igual que yo.
    Kendall parpadeó para evitar las lágrimas.
    – Tú lo has encontrado.
    Rick no alteró el semblante serio.
    – ¿Y qué? Tus palabras no cambian nada de nada. Eres incapaz de comprometerte, te niegas a enfrentarte a tus miedos. -Se levantó del asiento y de repente pareció un gigante, tanto en estatura como en la fuerza de sus emociones-. ¿Y sabes qué?
    – ¿Qué? -susurró ella.
    – Que me has decepcionado.
    La tenue luz de sus ojos respaldaba la dureza de sus palabras y Kendall se estremeció. Había esperado muchas emociones de Rick, sobre todo enojo. No había previsto su profunda decepción, y se sentía increíblemente pequeña y derrotada por haberle fallado.
    Todas las vivencias que había tenido desde su llegada al pueblo le habían resultado ajenas y novedosas. Aterradoras para alguien que nunca había sabido lo que eran la estabilidad o la familia. ¿Cómo se atrevía Rick a criticarla por ello?
    – Bueno, siento mucho haberte decepcionado, agente Chandler. Pero como tú mismo has dicho, fui sincera contigo desde el primer día.
    – Y corroboraste tus palabras con actos. Felicidades. -Dio una palmada con gran lentitud-. Viniste aquí huyendo de una situación en Nueva York y te marcharás de aquí del mismo modo. Huyendo de mí. -Apoyo la mano en la mesa y se inclinó hacia ella-. Pero Kendall, no olvides que no puedes huir de ti misma ni de tus sentimientos. Algún día te darán alcance. Me perdonaras que no espere a que llegue ese momento.
    Enderezó la espalda y la miró a los ojos fijamente.
    – Siento que suene tópico, pero teníamos el mundo en nuestras manos. -Negó con la cabeza, se dio la vuelta y se marchó.
    No volvió la vista atrás ni un solo instante antes de salir por la puerta, pero sus palabras permanecieron hasta mucho después de que se hubiera marchado, como un eco en el interior de la cabeza de Kendall hasta que le pareció que la machacaban.
    – Oh, Dios mío. -Apoyó la frente entre las manos.
    – La has cagado, ¿verdad? -La condena verbal de Hannah llegó a continuación de la marcha abrupta de Rick.
    Kendall alzó los ojos llorosos y miro a su alrededor antes de lidiar con su hermana. Estaban rodeadas de curiosos ansiosos por escuchar parte de la siguiente confrontación de Kendall. Joder, lo único que les faltaba era tomar notas.
    Como el día iba de mal en peor, pensó que lo mejor era hacer frente a Hannah de una vez y miró fijamente a su hermana, que estaba a la expectativa.
    – ¿Qué? ¿La has cagado con Rick o no?
    – Supongo que depende de tu definición de cagarla.
    Era evidente que Hannah se había retocado el pintalabios rosa chillón mientras estaba en el baño, y sus labios carnosos y maquillados dibujaron una mueca de desagrado.
    – Te he dejado a solas con el. Lo único que tenias que decirle era que te quedabas. Decirle que le querías. Decirle algo, pero no, no le has dicho eso, ¿verdad? Y ahora se ha largado -dijo alzando la voz, presa de la histeria.
    – Hannah, por favor. -Kendall cerró los puños y trató de contener la cada vez mayor sensación de bochorno. A Kendall había llegado a importarle lo que pensara aquella buena gente-. ¿Te importaría bajar la voz?
    – ¿Por qué? -preguntó Hannah prácticamente a voz en grito-. Ya te está mirando todo el mundo. Lo cual me recuerda que he oído a alguien en el baño diciendo algo sobre una foto tuya anoche. ¿Qué foto? -Apenas hizo una pausa para respirar-. ¿Qué me perdí? ¿Y hasta qué punto la has pifiado con Rick?
    Kendall gimió y apoyó la cabeza en las manos para masajearse las sienes doloridas. Estaba mareada y había empezado a sentir náuseas.
    – ¿Kendall? -llamó Hannah, bajando la voz esta vez.
    – ¿Qué? -Apenas alzo la vista para responder. Le dolía la cabeza y estaba emocionalmente exhausta, pero Hannah no se daba por vencida.
    – ¿Te he dicho que he atascado el retrete de Norman y que se está desbordando?
    – Oh, Dios mío. -Eso hizo que a Kendall volviera a circularle la adrenalina. Se puso en pie de un salto y le hizo una seña a Izzy.
    – Un momento -le dijo la mujer.
    – Pero… -Kendall intentó alcanzarla pero Izzy desapareció en la cocina, para salir a continuación con una bandeja de comida y encaminarse en la dirección contraria.
    – No ha sido culpa mía. Quiero decir que no lo he hecho a propósito, te lo juro -se apresuró a decir Hannah.
    – ¿Que no lo has hecho a propósito? ¿Y eso lo dice la chica que obstruyó el retrete de la sala de profesores en Vermont Acres?
    Su hermana tuvo el detalle de sonrojarse antes de soltar su explicación inconexa.
    – La papelera estaba llena y las toallas de papel para secarse las manos no paraban de caer al suelo. -Gesticuló de forma desenfrenada-. Y normalmente me habría dado igual, ¿sabes? Pero como siempre me dices que sea educada y lo deje todo limpio, intenté echarlas al retrete y tirar de la cadena. ¿Lo ves? No lo he hecho a propósito. -Se encogió de hombros demasiado inocentemente según Kendall.
    – ¡Isabelle! -gritó Norman desde la sala posterior-. El dichoso retrete se está desbordando. -El dueño del restaurante no parecía muy contento.
    Kendall se hundió en la silla. Intentó en vano contener las lágrimas y, como no funcionó, ocultó la cabeza entre las manos para llorar y reír a la vez, como una histérica.
    Su vida se había convertido en un desastre absoluto. Y, teniendo en cuenta el comportamiento de Hannah, sus preguntas inquisidoras y lo que la presionaba para que se reconciliara con Rick, la situación no tenía visos de mejorar en un futuro inmediato.

Capítulo 14

    Kendall volvió como pudo a casa tras el incidente de Norman's. Había dejado que Hannah se fuera con Jeannie y sus padres mientras ella se quedaba hasta la llegada del fontanero y conseguía que, tras mucho insistir, le dejaran pagar la factura. Se detuvo al llegar al porche delantero, cuando el fácilmente reconocible aroma del chocolate la embargó y le dio la inyección de energía que tanto necesitaba.
    Se arrodilló delante de la bandeja cubierta con papel de aluminio que había en el suelo y desplegó la nota de la parte superior para leerla en voz alta:

    Querida Kendall:
    El alimento que más reconforta en el momento en que más lo necesitas. Es lo mínimo que la familia puede hacer por ti. No hagas caso de las habladurías y pronto les aburrirá el tema.
    Besos y abrazos.
    Pearl y Eldin

    «Es lo mínimo que la familia puede hacer por ti.» Familia.
    Daba la impresión de que la palabra surgía una y otra vez, burlándose de ella. Hasta su llegada allí, Kendall se había considerado una persona más bien solitaria que con contactos, sobre todo contactos familiares. Los había mantenido a todos en la periferia de su mundo, incluso a Hannah. Y las dos habían pagado por ese error, pensó Kendall con tristeza.
    No obstante, ahí estaban Pearl y Eldin, a quienes acababa de conocer, preocupados por sus sentimientos y acogiéndola en su vida porque la apreciaban. Igual que Raina Chandler, que Charlotte y Roman, que Beth… La lista de personas que le tenían afecto a Kendall parecía interminable. Y ¿acaso ella no los apreciaba también?
    Se secó una lágrima que ni siquiera había advertido que le surcaba la mejilla. Y encima estaba el asunto de Pearl y Eldin, pensó mientras se comía un brownie. ¿Cómo iba a decirles que tenían que dejar la casa grande e irse a la pequeña para que ella pudiera vender la otra a sus espaldas?
    Del mismo modo que le había dicho a su hermana que se la llevaba de Yorkshire Falls, así. E igual que había hecho caso omiso de la declaración de amor de Rick. «Te quiero», le había dicho. Y ella se había marchado de todas formas. Sintió un escalofrío a pesar del calor que hacía y se dio cuenta de que no se había movido del porche.
    Exhaló un suspiro, recogió la bandeja de brownies y entró Feliz fue directamente a ella para recibirla en la puerta delantera. Meneó la cola, se le subió encima y estuvo a punto de hacer que se cayese la bandeja con las patas delanteras.
    – Feliz, abajo.
    Su tono serio funcionó. El perro se sentó junto a sus pies sin dejar de mover la cola con alegría.
    – Por lo menos alguien se alegra hoy de verme.
    Dejó sus cosas en la cocina, dedicó al perro las atenciones que deseaba y él le correspondió dándole lametones y frotándose contra ella con una efusividad difícil de controlar.
    La quería incondicionalmente y lo único que pedía a cambio era que ella le quisiera a él. A pesar de que habían sido dos perfectos desconocidos hasta la noche anterior, Feliz confiaba en que Kendall le proporcionara el hogar y el amor que deseaba.
    Y se lo daría. Así pues, ¿por qué ella no era capaz de tener esa misma confianza en otras personas? ¿Cuándo se había vuelto su vida tan complicada?, se preguntó Kendall. Se acercó a la ventana, seguida de Feliz, y contempló el jardín, la extensión de hierba verde y árboles que recordaba de su infancia. La imagen hizo que se remontara a las meriendas con tía Crystal, en las que los invitados eran los animales disecados. En esos momentos, Kendall se dio cuenta de que su tía utilizaba los animales como peso para evitar que el viento se llevara los paños de cocina. Pero no le importó. Los animales se tomaban el té y no contradecían ni interrumpían sus historias.
    Tía Crystal tampoco. Una sonrisa asomó a sus labios ante ese maravilloso recuerdo. Un recuerdo que no le causaba dolor, sólo consuelo, y abrazó al perro. Gracias a esa evocación respondió a la cuestión que se había formulado con anterioridad. Kendall no podía tener la misma confianza ciega que Feliz porque era humana. Tenía recuerdos, buenos y malos, que conformaban la persona en quien se había convertido. Una persona vacía y desconfiada, pensó entristecida.
    Incluso Rick, que había sufrido un duro golpe en la vida, le había abierto su corazón. Y ella había destruido todo amor y respeto que él pudiera tener.
    «Eres incapaz de comprometerte, te niegas a enfrentarte a tus miedos -le había dicho-. Y me has decepcionado.»
    Sus palabras habían sido como un puñetazo en el estómago, entonces y ahora. Habían tenido el mismo impacto emocional que las palabras de tía Crystal cuando le había dicho que ya no podía quedarse en Yorkshire Falls. El mismo impacto que la segunda marcha de sus padres, el día en que habían enviado a Hannah al internado y habían vuelto a irse con destino desconocido. Kendall se rodeó la cintura con los brazos para intentar superar el dolor de todo eso.
    Rick tenía razón. Era incapaz de confiar porque no se había enfrentado a sus temores. No había superado su pasado, pero ahora quería hacerlo. Porque ya había perdido a Rick y estaba a punto de perder a Hannah y, se dio cuenta quizá demasiado tarde, ya no quería estar sola.
    La ironía resultaba clara. Precisamente el tipo de vida del que siempre había huido era la vida que había anhelado en secreto. Esa idea tan asombrosa rebotaba en su cabeza. Inconscientemente, la niña a la que le encantaba organizar meriendas soñaba con tener familia propia. Parientes que la quisieran. Personas con las que poder contar en los buenos y en los malos momentos.
    Sin embargo, como sus padres no habían sido esas personas en sus años de formación y tía Crystal no había podido serlo, Kendall se había blindado ante más dolor, decepciones o daño. El primer paso había sido convencerse de que, a los dieciocho años, cuando sus padres volvieron a marcharse, ya se sentía tan poco unida a ellos que le daba igual adonde fueran o qué hicieran. Pero ahora se dio cuenta de que se había mentido.
    Perder a los padres, del modo que sea y a la edad que sea, resulta muy doloroso. Ella había perdido a los suyos en dos ocasiones, en ambos casos porque habían preferido viajar a estar con ella, lo cual había tenido consecuencias demoledoras. Se había distanciado tanto de sus emociones que era increíble que Rick hubiera sido capaz de llegarle al corazón.
    Pero así era. Y ella también le quería. Tragó saliva y tuvo dificultades para soportar el dolor que sentía en el pecho y el nudo que se le había formado en la garganta. Le quería y aun así lo había apartado. Al retomar sus viejas costumbres y pautas, había herido a un hombre que había asumido el mayor riesgo posible entregándole su corazón a pesar del daño que le habían infligido en el pasado.
    Era imposible que Rick llegara a perdonarla o que empezara a comprender cuál era el motivo de su necesidad de permanecer en una burbuja para protegerse. Por desgracia, ya no se sentía ni tan segura ni protegida como en otros tiempos. Por el contrario, se sentía eviscerada, expuesta, y eso le dolía. Pero el hecho de que le doliera significaba que sentía. Por primera vez.
    Lo cual implicaba que quizá tuviera futuro.

    Raina estaba sentada en el salón de casa de Eric mientras él estaba ocupado haciendo a saber qué. A ella no le importaba, en realidad gozaba de esos momentos de soledad en casa de él. Hacía demasiado tiempo que no disfrutaba de los sonidos de un hombre ocupado a su alrededor y saboreó la sensación. Pronto tendría incluso más familia alrededor, cuando llegaran las hijas de Eric y sus nietos.
    Raina estaba deseosa de pasar tiempo con ellos y el corazón se le henchía de orgullo al sentirse incluida y aceptada. Eric había pensado pasar la tarde tranquilamente en casa y luego cenar en Norman's por deferencia a su farsa. No le parecía bien que ella fingiera estar mal del corazón, pero lo aceptaba con la única condición de que, si alguna vez los hijos de Raina le preguntaban directamente, no iba a mentir.
    Motivo por el que ahora era su socia, la doctora Leslie Gaines, la médico que la llevaba. La vida profesional y la privada tenían que separarse, aunque a estas alturas ya no importaba demasiado. Roman lo sabía, Rick acababa de enterarse y sin duda se lo contarían a Chase.
    – Siento haberte hecho esperar -dijo Eric cuando se sentó a su lado en el sofá blanco del salón.
    Estaba guapo, con un polo y unos pantalones caqui. A Raina el corazón le daba un vuelco cada vez que lo veía aparecer, sensación a la que todavía no se había acostumbrado después de veinte años de viudedad, pero sensación que sin duda le agradaba. Las atenciones de Eric la hacían sentir más joven y cada día daba las gracias a Dios por esa segunda oportunidad de ser feliz; la misma felicidad que deseaba para sus tres hijos.
    – Tenía que acabar de arreglar unos papeles. Pero ahora estoy a tu disposición el resto del día -dijo, sonriendo satisfecho.
    – Qué bien.
    – Entonces, ¿por qué pareces tan decaída? -La miró a la cara y le cogió la mano.
    Raina movió la cabeza.
    – Decaída, no. Sólo un poco preocupada por Rick y Kendall.
    Eric exhaló un suspiro.
    – Ya te entiendo. La foto que se proyectó el otro día fue totalmente improcedente. ¿Rick ha averiguado algo sobre quién intercaló esa imagen?
    Por respeto a su hijo mediano y por lo dolido que estaba por sus actos, Raina había intentado por todos los medios no inmiscuirse más ni hacerle demasiadas preguntas. Pero la respuesta a esa pregunta sí la sabía.
    – Tiene el presentimiento de que fue Lisa Burton pero no puede demostrar nada.
    – ¿Lisa? -Eric abrió los ojos de par en par-. Menuda sorpresa. Supongo que lo hizo por celos, pero me cuesta creer que fuera capaz de llegar hasta el extremo de buscar información sobre el pasado de Kendall. Tuvo que investigar a fondo o de lo contrario ¿cómo habría encontrado algo con lo que poner en un aprieto a la pobre Kendall?
    – Bueno, quizá no haya tenido que investigar tan a fondo. Según parece, Lisa tiene una faceta fetichista que no mucha gente conoce.
    – ¿Y tú cómo lo sabes? -preguntó Eric.
    Raina se rió por lo bajo.
    – Yo oigo cosas. Rick no es el único que ha llegado a la misma conclusión sobre Lisa. Parece ser que Mildred, la de la oficina de correos, lo pensó en seguida, porque hace años que le entrega catálogos de lencería «cochinos» a Lisa. Mildred es quien ha usado esa palabra, ya me entiendes.
    – Te entiendo perfectamente. Estás buscando información para congraciarte con Rick. -Negó con la cabeza, chasqueando la lengua al mismo tiempo-. Raina, Raina, ¿cuándo vas a hacerme caso y te vas a preocupar más de tu vida en vez de la de tus hijos?
    Raina exhaló un suspiro.
    – Otra vez no. Sabes perfectamente que leo para los niños del hospital infantil una vez a la semana, hago ejercicio cuando no temo que me vean, y quedo contigo cuando no estás trabajando. Tengo una vida muy plena y gratificante. -Gratificante sin duda, pensó ella, mirando sus ojos oscuros.
    – ¿De veras? ¿Y qué me dices de que lo sea todavía más? -Alargó el brazo hacia la mesita situada junto al sofá y cogió una cajita en la que Raina no había reparado.
    Teniendo en cuenta que tenía cincuenta y muchos años, no era fácil sorprenderla y Raina tuvo el presentimiento de que sabía exactamente qué tipo de joya contenía el estuche. Cuando se le aceleró el pulso, dio gracias a Dios por no sufrir realmente del corazón porque, de ser así, le habría dado un ataque allí mismo. Eric le tendió la cajita y ella la aceptó con manos temblorosas.
    – Es distinto cuando la sorpresa te la llevas tú, ¿verdad? -murmuró él.
    Raina lo miró y vio que él la observaba divertido.
    – No sé muy bien qué decir.
    – Algo es algo -repuso él con ironía-. Pues no digas nada. Ábrela.
    El material suave se le deslizó entre los dedos cuando levantó la tapa y vio un anillo de zafiro azul que resplandecía sobre un engarce de platino.
    – Es… es espectacular. -Los ojos se le llenaron de lágrimas porque sabía que no se merecía algo tan hermoso y valioso.
    – Pensé que, como era la segunda vez para ambos, podíamos prescindir de lo típico y elegir algo más personal. El zafiro me recuerda el azul de tus ojos -dijo él con voz repentinamente áspera. A continuación se arrodilló-. ¿Me harías el honor de convertirte en mi esposa?
    La belleza tanto del anillo como del gesto la pillaron desprevenida y se emocionó tanto que casi no podía respirar ni hablar.
    – ¡Te has quedado callada! -Eric esperó unos instantes antes de cogerla de la mano con expresión ansiosa-. ¿Puedo interpretarlo como un sobrecogido sí?
    Sin saber muy bien cómo, Raina alcanzó a asentir nerviosa con la cabeza.
    – Sí, sí. -Y antes de que tuviera tiempo de darle un caluroso abrazo, sonó el timbre interrumpiendo la situación.
    Eric se sentó sobre los talones.
    – Qué oportunas -farfulló-. Deben de ser mis hijas.
    – No podemos decírselo todavía. -Raina sostenía el estuche con reverencia, contemplando el anillo que representaba el comienzo de una nueva vida. Una vida feliz como pareja, la esposa del hombre que amaba-. No hasta que se lo comuniquemos juntos a todos nuestros hijos. Quizá podríamos organizar una cena.
    Se sintió embargada por el cariño sólo de pensarlo.
    – Oh, una cena familiar. Yo podría cocinar e invitar a todo el mundo… -Después de que Chase se enterara de que estaba bien de salud-. Pero necesito un poco de tiempo. Hasta que Rick y Chase se aposenten. Por favor, Eric. Necesito que mis hijos sean felices para poder serlo yo totalmente.
    El timbre volvió a sonar.
    – Un momento -gritó Eric-. Ya voy.
    La miró con los ojos entrecerrados.
    – ¿Sabes?, esperaré sólo hasta que Rick y Kendall arreglen su situación de un modo u otro, para bien o para mal. Y entonces anunciaremos lo nuestro.
    Raina sabía de antemano que tendría que negociarlo con él y le agradecía que comprendiera su necesidad de esperar. Y también que entendiera su impulso de asegurarse de que sus hijos no se privaban de lo mejor de la vida.
    Pronto llegarían los nietos, supuso. Eso esperaba. Le dedicó una sonrisa radiante.
    – Te quiero por aceptarme como soy.
    Eric le dio un beso dulce y cariñoso en los labios y Raina sintió un cosquilleo en el cuerpo, una combinación de novedad y familiaridad a la vez, antes de recostarse en el asiento y sonreír.
    – Lo menos que puedo hacer es aceptarte, porque tú también acabarás conociendo mis defectos. -Se rió abiertamente satisfecho-. Además, te quiero, Raina.
    Raina exhaló un suspiro con el corazón más lleno de felicidad de la que una persona tenía derecho en la vida. Y ella la había encontrado dos veces.
    – Yo también te quiero. Y ahora deja entrar a tu hija y su familia.
    Eric se levantó e hizo una mueca.
    – No te preocupes, querida. Te mantendré joven. -Se rió entre dientes y luego le quitó el estuche de terciopelo de las manos-. Y me quedaré con esto hasta que estés preparada para revelar nuestro pequeño secreto. -Se lo guardó en el bolsillo-. Es un incentivo añadido para que aceleres las cosas. -Le guiñó el ojo y se encaminó a la puerta.
    – Ni siquiera sé si me va bien -pensó Raina en voz alta permitiéndose un mohín. Pero sabía que no le había dado elección. Tras haber visto el anillo y el amor en los ojos de Eric, se moría de ganas de llevarlo y de anunciar al mundo que tenía la suerte de ser la elegida por aquel hombre.
    Se le ocurrió una idea que hizo que se estremeciera. Eric quería que acelerara las cosas y eso haría. Empujando a Rick y a Kendall en la dirección adecuada.

    Kendall hizo trizas la tarjeta de la agente inmobiliaria y dejó caer los pedacitos en la basura en forma de cascada. No iba a trasladarse, no iba a marcharse de Yorkshire Falls, no iba a huir. Ir a Arizona suponía eso y su futuro estaba allí. Por primera vez en su vida se enfrentaba a sus temores e intentaba cumplir sus sueños. Y aunque la idea le aterraba, nunca antes había estado tan segura de una decisión.
    El sonido del teléfono móvil interrumpió sus pensamientos. Lo primero que haría para cimentar su condición de residente sería darse de alta en la compañía de teléfonos y tener una línea fija, decidió, mientras abría su diminuto móvil.
    – ¿Diga?
    – Hola, Kendall. Soy Raina. No tengo mucho tiempo para hablar, así que escucha.
    Kendall se rió por lo bajo. Le encantaba la madre de Rick y cómo se encargaba de las cosas discretamente.
    – ¿Todo bien? -preguntó Kendall.
    – No me gusta entrometerme -dijo Raina pero se retractó rápidamente-. Bueno, sí me gusta entrometerme, así que perdóname por volverlo a hacer. Aunque te marches del pueblo, tengo una información que creo que puede interesarte.
    Kendall respiró hondo.
    – Raina, no voy a vender la casa de tía Crystal.
    Sólo que Rick todavía no lo sabía y su hermana tampoco. No había visto a Hannah, que había preferido dormir en casa de Jeannie en vez de estar con ella. Y todavía no había hablado seriamente con Rick. No tenía forma de saber cuánto daño le había infligido. Un hombre al que habían traicionado, un hombre que aun así le había abierto su corazón, y ella se lo había pisoteado.
    Kendall negó con la cabeza. No se merecía su perdón ni su amor, aunque deseaba ambos. Pero aunque Rick la rechazara, Yorkshire Falls era su hogar, y lo había sido desde que tía Crystal la acogiera. Lástima que hubiera tardado tanto en reconocer la verdad. Habría ahorrado mucho dolor a varias personas.
    – Kendall, ¿me has oído? He dicho que me alegro mucho de que no la vendas. Tu tía estaría encantada -exclamó Raina, transmitiéndole su alegría y emoción sinceras a través de la línea telefónica.
    – Gracias. -Kendall exhaló, agradecida por la calidez y compasión de la mujer-. Pero me gustaría decírselo personalmente a Rick.
    – Por supuesto. Y ahora que lo sé, mi información parece más importante que nunca.
    Las palabras de Raina despertaron la curiosidad de Kendall, que era precisamente lo que ella quería.
    – ¿Qué sabes, Raina?
    – Sé quién cambió las fotos en el pase de diapositivas del otro día. Quién te la jugó. Un momento. Estoy en la entrada de Norman's y no quiero que nadie me oiga.
    Mientras Raina hacía una pausa, la expectación de Kendall iba en aumento. Ahora que había planeado forjarse una nueva vida, empezando por la decisión de quedarse allí, tenía que plantearse qué hacer a continuación. Enfrentarse a la persona que tantas ganas tenía de echarla del pueblo sería un comienzo estupendo. Luego se presentaría ante Rick.
    – Fue Lisa -susurró Raina.
    Kendall negó con la cabeza. Rick había tenido ese presentimiento, pero a Kendall seguía costándole imaginar a una maestra de escuela recurriendo a tales extremos por un hombre. De todos modos, tendría más sentido que fuera Lisa -y Kendall se quedaría más tranquila- porque ésta no disimulaba su desprecio, en vez de cualquier otra persona en la sombra sin motivos para odiarla. Los celos de Lisa habían resultado obvios desde el comienzo.
    – Me parece absurdo -dijo Kendall, expresando en voz alta su incertidumbre-. No dudo que lo hagas con buena intención, pero no puedo enfrentarme a alguien sin pruebas.
    – A ver qué te parece esto como prueba. Mildred, la de la oficina de correos, lleva años dejando, cómo decirlo con delicadeza, catálogos de lencería raritos en el buzón de Lisa.
    Kendall inhaló con fuerza.
    – ¿Mildred mencionó alguno en concreto?
    Raina se echó a reír.
    – Sabía que me lo preguntarías, así que por supuesto que le pedí más información a Mildred. Parece ser que Lisa lo recibe todo, desde Victoria's Secret a Feminine and Flirty pasando por Risque Business. ¿Te suena alguno?
    – Sí. -La foto del pase de diapositivas era de Risque Business. Kendall carraspeó y fue asumiendo la realidad. Por lo menos el enemigo tenía cara y ojos-. Gracias, Raina. Es muy amable de tu parte habérmelo dicho.
    Raina suspiró.
    – La verdad es que no estaba muy segura de si sería mejor que lo supieras o no, pero cuando he entrado en Norman's y he visto a Lisa tan altanera, como si no tuviera nada que reprocharse… pues he decidido que no se merecía salirse con la suya. Y me avergüenzo de haberla animado a ir detrás de mi hijo. Tenía que compensar eso. Ahora tengo que reunirme con la familia de Eric.
    – Gracias de nuevo, Raina.
    – De nada, Kendall. Ya sabes que tu tía era como de la familia para mí. Y tú también. Adiós.
    Unos segundos después de terminar la conversación, Kendall se retiró el teléfono de la oreja. Bajó la mirada y se dio cuenta de que estaba temblando, no de miedo sino de enfado. Enfado con ella y con Lisa.
    Kendall había provocado el distanciamiento de Rick. No podía culpar a nadie más. Lisa Burton no se habría interpuesto entre ellos si Kendall no hubiera estado muerta de miedo, y tenía el presentimiento de que si Lisa no hubiera proyectado el cuerpo semidesnudo de Kendall en una pantalla para que la viera todo el pueblo, ella de todos modos habría encontrado otra excusa para huir. Al fin y al cabo eso era lo que siempre había hecho. Pero se acabó, pensó Kendall, por fin orgullosa de sí misma.
    Aun así, Lisa debía asumir la responsabilidad de sus actos. No tenía ningún derecho a sabotear el pase de diapositivas anual del pueblo, igual que tampoco lo tenía a humillar o acosar públicamente a Kendall por culpa de los celos. En realidad, Kendall no tenía la exclusiva sobre el cuerpo de Rick Chandler, pero él le había dejado las cosas claras a Lisa. Ésta tampoco la tenía ni la tendría nunca.

    Si Kendall pensaba quedarse en el pueblo, ya iba siendo hora de que se hiciera valer como persona con derechos, sentimientos y objetivos personales, uno de los cuales incluía a Rick Chandler.
    Lo cual implicaba que tenía que decirle a Lisa Burton que se batiera en retirada.
    Rick entró en Norman's. Cuando su madre lo había llamado a la comisaría hacía unos minutos y le había pedido que se reuniera con ella y la familia de Eric después del trabajo, no había podido negarse, a pesar de que seguía muy enfadado con ella por el hecho de que hubiera fingido sus problemas cardíacos.
    Pero como sabía que lo había hecho por su propio bien, por retorcido que fuera el método, no pensaba darle la espalda y hacerla sufrir por ello. Era su madre y la quería.
    En cuanto entró en el restaurante, se le acercó y ella le dio un fuerte abrazo, agradecida y aliviada.
    – Qué contenta estoy de que hayas venido. Gracias.
    Rick la abrazó también, dando gracias a Dios en silencio porque gozaba de buena salud aunque deseó que no tuviera una mente tan confabuladora. Luego dio un paso hacia atrás.
    – ¿Dónde está Chase?
    Rick supuso que Raina también le había invitado a cenar con la familia de Eric. A Roman probablemente le tocaría la próxima vez, cuando él y Charlotte regresaran de Washington D. C.
    – Tu hermano ya vendrá -dijo Raina sin mirarle a los ojos.
    Rick todavía no le había contado a Chase lo de la farsa de Raina. Asombroso, teniendo en cuenta que había reprendido a Roman por ocultarle la información, pero Chase estaba muy ocupado con los plazos de entrega y las reuniones, y Rick todavía no había encontrado la ocasión de darle la noticia. Ahora tenía que lidiar con su madre de nuevo, que volvía a dar muestras de estar haciendo de las suyas.
    De repente le parecía que aquella cena era una especie de trampa.
    – ¿Dónde está la familia de Eric? -preguntó Rick, temiéndose que ni siquiera estuvieran allí.
    – Están en esa mesa redonda de ahí. -Señaló hacia un grupo numeroso situado en una esquina-. Pero creo que deberías saber que cuando Kendall ha entrado…
    Rick soltó un gemido. Su madre acababa de confirmarle la corazonada que había tenido. Lo había embaucado para que fuera a Norman's. Oh, claro que quería que cenara con la familia de Eric, pero la idea probablemente no se le había ocurrido hasta que había entrado en el local y había visto a Kendall. En el fondo, su madre era una celestina extraordinaria.
    Kendall. El alma se le había caído a los pies al oír su nombre, sensación que sabía que le duraría unas cuantas semanas. O por lo menos hasta que ella hiciera las maletas y se marchara del pueblo. Colocó con firmeza una mano en el hombro de su madre porque quería que lo dejara en paz. Había descartado la idea de reconciliarse con Kendall. Tenía que seguir adelante con su vida sin que su madre tratara de inmiscuirse.
    Le apretó el hombro ligeramente para asegurarse de que le prestaba atención.
    – Los sitios a los que Kendall va y lo que hace son asunto suyo. Hemos terminado, se marcha del pueblo y no quiere que me entrometa en su vida. Dejémoslo así.
    Raina frunció el cejo.
    – De acuerdo, pero si no quieres que el enfrentamiento entre Kendall y Lisa se convierta en una pelea a muerte en el salón trasero de Norman's, yo diría que mejor que te entrometas. -Dicho esto, se volvió y se encaminó a la mesa redonda donde estaba la familia de Eric.
    Rick dejó escapar un gemido. ¿Alguna vez dejaría de caer en las trampas de su madre? Había picado el anzuelo y lo sabía. Pero tenía motivos. Si Kendall estaba en el salón posterior con Lisa, alguien tenía que arbitrar. Y mejor que ese alguien fuera él.
    En cuanto dobló la esquina de la parte trasera, oyó claramente la voz de Kendall.
    – Si vuelves a acosarme, te demandaré.
    – ¿Alegando qué? -preguntó Lisa con tono aburrido.
    – Oh, empezaré por algo sencillo, como provocar intencionadamente sufrimiento emocional, y luego pasaré a presentar acusaciones a la policía. Acoso sería un buen comienzo. Aunque no estoy segura de que haga mucha falta. Yorkshire Falls es un pueblo pequeño, y aquí la gente tiene una memoria de elefante.
    Rick no quería arriesgarse a que lo vieran asomándose, pero notó la alegría con que Kendall le leía la cartilla a Lisa, que se limitó a exhalar un suspiro de sufridora.
    – He vivido aquí más tiempo, tengo una reputación excelente y además tú no puedes demostrar que hiciera nada -replicó Lisa.
    – ¿Estás segura? Resulta que tengo una amiga en la oficina de correos.
    Rick entornó los ojos.
    – Ya sabes que las editoriales de revistas ponen una etiqueta en la portada con el nombre y la dirección a que van dirigidas. Pues bien, a esta amiga no le importaría arrancar la portada del siguiente ejemplar mensual de Risque Business. Ya sabes, la portada que demuestra que estás suscrita a la revista para la que hice de modelo. -Resultaba claro que Kendall se estaba regodeando-. No soy abogada, pero eso debería bastar para demostrar que tuviste la oportunidad. Todo el pueblo sabe que Rick te gusta, así que no costaría nada encontrar el motivo. Créeme, Lisa, más te vale no meterte conmigo. Retírate -dijo para terminar, hablando con voz más grave.
    Rick parpadeó asombrado. Nunca había oído a Kendall emplear un tono tan estricto, tan de intocable; ni siquiera con su hermana. El pecho se le hinchó de orgullo junto con el reconocimiento de que algo había cambiado en el interior de Kendall. Era obvio que se había enfrentado a algunos de los demonios que llevaba dentro desde la niñez, y que la experiencia la había fortalecido.
    Deseó poder albergar esperanzas ante la idea, pero Kendall llevaba la pasión de viajar en las venas. Aunque el temor fuera lo que motivaba sus huidas y parte de ese temor pareciera haber desaparecido, Rick se había llevado demasiados palos en la vida como para creer que Kendall cambiaría de opinión y se quedaría. Con él.
    Pero le agradaba saber que, por lo menos, se marcharía del pueblo con la cabeza bien alta.
    – Así me gusta -dijo entre dientes, aunque acto seguido se dio cuenta de que ella nunca lo sabría.
    – En cuanto te marches, Rick se olvidará de ti por completo -apostilló Lisa para acabar.
    Rick dio un paso adelante, movido por el instinto de corregir a Lisa y proteger a Kendall, pero ésta respondió antes, demostrándole que no necesitaba que se preocupara de ella. Siempre había sabido apañárselas sola.
    – Dejemos claras unas cuantas cosas -le dijo Kendall-. Una: soy inolvidable; dos: no me voy a ningún sitio, y tres: aléjate de Rick. Es mío.
    Rick se rió al oír las palabras de Kendall y finalmente un tenue rayo de esperanza se abrió camino en su interior. El hecho de que Kendall dijera «no me voy a ningún sitio» y «es mío» le provocaron una subida de adrenalina a la vez que lo asaltaron las dudas. No debía tomarse esas palabras al pie de la letra.
    Dobló la esquina y entró en el salón para hablar cara a cara con Kendall. Lisa pasó por su lado a toda prisa y Rick no le dijo nada. Kendall ya había dicho todo lo que había que decir, y más. Pero la duda era si volvería a decirlo, esta vez a él directamente o si se marcharía corriendo.
    Echó un vistazo. Kendall se había apoyado en la pared del fondo y había cerrado los ojos. Rick sabía que las confrontaciones no eran propias de su carácter, pero lo había hecho bien. Estaba orgulloso de ella. No sabía si Lisa tenía más ases en la manga, pero por lo menos Kendall la había puesto en evidencia. La próxima vez tendría que asumir las consecuencias de sus actos.
    Kendall inspiró hondo y luego exhaló. El pecho le subía y bajaba debajo de la camiseta sin mangas color limón que llevaba. Uno de los tirantes se le deslizó por el hombro y dejó al descubierto su suave piel, lo cual hizo que Rick sintiera el deseo acuciante de besar cada milímetro de su ser.
    – Tranquilo -dijo Rick entre dientes. Tenían mucho por solucionar antes de besar a la mujer que tenía la llave de su corazón. Era mejor que empezara por lo más simple-. Felicidades.
    Kendall abrió los ojos de repente.
    – Rick. -Parpadeó, claramente sorprendida pero no descontenta de verle, si es que la sonrisa vacilante de su rostro podía tomarse como indicación-. ¿Felicidades por qué?
    – Has amansado a la fiera -respondió, refiriéndose a Lisa. Esbozó una sonrisa-. Eso merece una ronda de aplausos. -Aplaudió para reafirmar sus palabras así como para romper el hielo entre ellos.
    – No sé si la he amansado. -Kendall se echó a reír. Le brillaban los ojos. Sólo habían sido unos pocos días, pero cuánto había añorado su mirada luminosa y su risa fácil-. Pero sí le he dejado las cosas claras.
    Rick asintió.
    – Eso he oído.
    – ¿Estabas escuchando a escondidas? -preguntó, claramente sorprendida.
    – Escuchando en un lugar público.
    Kendall puso los ojos en blanco.
    – Lo mismo da. Entonces… ¿qué has oído? -preguntó mordiéndose el labio inferior.
    Rick también tenía ganas de mordisquearse.
    – ¿Cuánto quieres que sepa? -preguntó él a su vez.
    Kendall suspiró, cambiando el peso de un pie a otro, incómoda.
    – Rick, no quiero entrar en un juego de veinte preguntas.
    – Yo tampoco. -Tampoco quería poner sus esperanzas en una mujer que podía volver a rechazarlo-. ¿Qué te parece si contestas a mi pregunta y me dices qué quieres que sepa? -Se acercó a ella, asumiendo el mayor riesgo de su vida. Pero si había oído bien, ella por fin también había asumido un riesgo. Si no, en todo caso, era la última oportunidad de Rick Chandler-. Dímelo.
    Kendall lo miró de hito en hito, captando su querido rostro, su expresión seria y su preciosa boca. Ahora que lo tenía delante, no sabía qué decir y optó por la verdad.
    – Tengo miedo -reconoció.
    Rick extendió la mano y le acarició la mejilla. Su piel endurecida la hizo estremecer y le recordó no sólo su conexión física sino también la emocional. Era obvio que su unión perduraba a pesar de sus intentos por distanciarlo de ella, y el alivio que la embargó le proporcionó una mayor tranquilidad de espíritu. Era Rick y podía decirle todo lo que quisiera.
    Mientras lo miraba a los ojos, se dio cuenta de lo mucho que se jugaba con su respuesta. Aunque temía que él la rechazara, una parte de ella también tenía miedo de que la aceptara. La vida que siempre había querido y temido al mismo tiempo estaba a su alcance y no sería humana si no reconocía que estaba aterrorizada.
    Respiró hondo y se lanzó al vacío esperando que Rick estuviera dispuesto a sujetarla en su caída.
    – No me voy a marchar de Yorkshire Falls.
    – ¿Ah, no? -Arqueó una ceja-. Cuéntame.
    Una sonrisa adorable asomó a sus labios y Kendall se dio cuenta de que había oído toda la conversación con Lisa. De todos modos, se merecía que se lo dijera a la cara y con un tono y actitud muy distintos a los que había empleado con la fiera, como Rick había tenido el acierto de llamarla.
    – Yo… -Kendall hizo una pausa para aclararse la garganta, a punto de quedarse paralizada por los nervios. ¿Y si él le daba la espalda? ¿Y si no se la daba?
    Como si notara su angustia, Rick la cogió de la mano y se la apretó con fuerza. Para infundirle valor. Y consuelo.
    – Continúa.
    Kendall esbozó una sonrisa forzada que se volvió más fácil y real mientras hablaba.
    – He decidido dejar de huir.
    – ¿Por qué?
    Le apretó la mano un poco más y ella agradeció esa muestra de apoyo, que le hizo ganar esperanza.
    – No sé por qué. De repente vi esa foto y me convencí de que había llegado el momento de marcharme. Pensé que tú y tu familia os merecíais algo mejor.
    – ¿Alguno de nosotros te dijo que queríamos algo mejor? -masculló. Dejó de sonreír y frunció el cejo. Resultaba claro que no estaba contento.
    – Pues no. -Nadie le había dicho nunca algo así.
    – Sin embargo, tú, de todos modos, pensaste tomar esa decisión por nosotros. Muchas gracias. -Negó con la cabeza.
    – Era una excusa para huir.
    – Era una excusa para huir -dijo él casi simultáneamente.
    Kendall se rió y notó que el nudo que tenía en la garganta le desaparecía.
    – Qué bien me conoces.
    – Eso es lo que hace tiempo que intento decirte. -Adoptó un tono de voz sombrío, serio e incluso más sexy si es que tal cosa era posible.
    – Ojalá pudiera prometerte que esto será fácil. -Kendall hizo un gesto que los abarcaba a los dos-. Que no tendré problemas para adaptarme.
    – Si me gustaran las relaciones fáciles estaría con Lisa. -Rick sonrió ampliamente, se dio una palmada en el muslo y soltó una carcajada ante su propia broma.
    – Muy gracioso -comentó ella.
    – Eso me ha parecido -reconoció él antes de encogerse de hombros-. En serio, cariño, sólo te quiero a ti y en un sitio. Conmigo. Lo demás ya vendrá de forma natural, te lo prometo. Quizá encontremos unos cuantos baches en el camino, pero todos los matrimonios se enfrentan a ellos tarde o temprano.
    – ¿Matrimonios? -Retrocedió sorprendida y se dio contra la pared que tenía detrás.
    Él la siguió sin dejarle espacio para la retirada.
    – Tenemos dos maneras de hacer esto. Lento y fácil o rápido y difícil. -Apoyó una mano en la pared por encima del hombro de ella-. No quiero obligarte a nada para lo que no estés preparada, pero tengo que dejar claras mis intenciones para evitar malentendidos.
    Kendall asintió. Era lo que ella quería. Sinceridad, las cosas claras, sin errores ni sorpresas. Sin marcha atrás.
    – Quiero casarme contigo. -Le acarició la mejilla con la otra mano-. Quiero pasar el resto de mi vida contigo. Quiero ayudarte a cuidar de tu hermana rebelde junto con un par de hijos que tengamos. Y quiero hacerlo aquí, en Yorkshire Falls. -Inclinó la cabeza hacia ella, hasta que la tocó con la frente y Kendall notó la calidez de su aliento en su mejilla.
    Respiró hondo y se sintió como si hubiera encontrado su hogar.
    – Yo también quiero lo mismo. -Se le quebró la voz y una lágrima se le deslizó por la mejilla-. Pero ¿y si me entra el pánico? Nunca he vivido demasiado tiempo en el mismo sitio, nunca he pensado en el futuro. Ante el menor atisbo de problema, mi reacción es huir, rechazar a una persona o un lugar antes de que me rechacen a mí. Me he dado cuenta de que eso es lo que hago. Y si…
    – Chis. -Le puso un dedo en los labios-. Deja de pensar en «y si». No ahora que entiendes por qué siempre huías. Si te entra ese pánico, me daré cuenta. O tú te darás cuenta y vendrás a mí, porque eso es lo que hacen las personas que se quieren. Y lo hablaremos -dijo antes de sellarle la boca con la suya, la promesa y el amor palpables en el recorrido de su lengua y en la forma posesiva con que se apoderó de sus sentidos.
    Rick la conocía, la comprendía y la aceptaba a pesar de los pesares. Kendall levantó las manos y le cogió el rostro entre las palmas para gozar de un acceso mejor y más profundo a la calidez húmeda de su boca antes de acabar separándose.
    – Nunca pensé que encontraría un hogar -musitó.
    – Pues está aquí mismo, cariño. -Sus labios se cernieron sobre los de ella-. Conmigo.
    – Mmm. -A pesar de que sabía que cierto temor la acompañaría durante algún tiempo, Kendall se sentía segura, amada y querida por primera vez en su vida. Sentimiento que transmitiría a su hermana y a los hijos que tuvieran. El cariño que sentía en su interior le ensanchaba el pecho.
    – ¡La madre de Dios! -El grito de Hannah resonó en el pasillo-. ¡Jeannie, ven aquí a ver esto! Y trae a la señora Chandler. Me refiero a Raina. Trae a Raina. ¡Yuju!
    Kendall se sonrojó, y notó que el calor le subía rápida y furiosamente a las mejillas mientras Rick se limitaba a enderezarse y reír.
    – Supongo que más vale que me vaya acostumbrando a este tipo de interrupciones, ¿no?
    – Quizá aprenda a llamar antes a la puerta -sugirió Kendall esperanzada.
    – ¿Nos quedamos? ¿Nos quedamos? -preguntó Hannah, con los ojos muy abiertos y expresión esperanzada.
    Kendall sonrió ampliamente.
    – Nos quedamos.
    – ¿Dónde vamos a vivir? ¿Podemos trasladarnos a la casa principal? Pearl dijo que la espalda de Eldin no se resentiría tanto en la casa de invitados, pero que no quería decírtelo porque estabas preocupada por el escándalo -divagó Hannah.
    Kendall miró a Rick mientras la cabeza le daba vueltas.
    – No hemos decidido tantas cosas, mequetrefe -le dijo a Hannah.
    – Bueno, vale, de acuerdo. Ya lo hablaremos más adelante. Quiero que mi habitación sea violeta. Rick, ¿podrás pintar de color violeta la habitación que me toque?
    Kendall observó conmocionada a su repentinamente eufórica hermana.
    – Ya hablaremos de la habitación violeta en otro momento. ¿Cómo has entrado? ¿No te dijo Norman que no quería verte por aquí hasta el siglo que viene?
    – Sí, pero me lo he camelado -repuso Hannah con total desparpajo.
    Rick miró a su hermana.
    – ¿Y cómo se hace eso?
    – Le he ayudado a lavar los platos esta mañana y me lo he metido en el bote. ¿Esto significa que puedo llamarte papá? ¿O tío Rick? O ¿qué te parece Hey Cooper? -Hannah se echó a reír, más feliz de lo que Kendall la había visto en toda su vida.
    – No sé cómo tienes que llamarle a él, pero a mí mejor que me llames abuela -dijo Raina apareciendo por detrás de Hannah. Miró a Rick de hito en hito-. ¿Lo ves? Ya te dije que en mi futuro veía nietos. -Rodeó con los brazos a la muchacha y la abrazó cada vez con más fuerza.
    – No puedo respirar -chilló Hannah.
    – Y ella no puede hablar. Sigue abrazándola, mamá. -Rick se rió por lo bajo mientras Hannah le dedicaba una mueca de fastidio que se transformó en una amplia sonrisa en cuanto Raina la soltó.
    – ¿Significa eso que dejarás en paz a Chase? -preguntó Rick-. Ya nos tienes colocados a Roman y a mí. Creo que deberíamos ir a The Gazette y contarle juntos la verdad.
    – ¿Qué verdad? -preguntó Kendall, confundida y curiosa.
    – Luego te lo cuento -le susurró Rick al oído-. Cuando estemos desnudos y solos -le dijo con voz incluso más baja, rozándole la mejilla.
    – Eh -dijo Hannah observándoles. Pero la sonrisa no desaparecía de su rostro.
    Y cuando Kendall se encontró con la mirada encendida de Rick, supo exactamente cómo se sentía su hermana. Vértigo, felicidad, incredulidad y una gran cantidad de amor alojados en su interior cuando pensaba en el futuro. Todo era posible porque se había enfrentado al pasado.
    Kendall había llegado al pueblo huyendo y había acabado encontrando la vida que siempre había soñado y el hogar y la familia que nunca había tenido. Había domesticado tanto a sus demonios personales como al seductor del pueblo. No estaba mal, se dijo.

Carly Phillips

    Dejó su carrera de abogada para convertirse en escritora con Brazen (Una semana en el paraíso) en 1999, desde entonces ha publicado más de 20 novelas rn dos sellos Harlequín y Warner, que siempre suelen aparecer en las listas de los más vendidos del The New York Times o el Publishers Weekly.
    Ha sido nominada en varias ocasiones a los premios más prestigiosos del género, como el Romantic Times Reviewer's Choice, y ha obtenido diversos galardones, incluidos el SARA Rising Star for Best Short Contemporary y el Bookseller's Best.

    Carly vive en Purchase, New York con su marido, sus dos hijas pequeñas y un juguetón Wheaton Terrier. Su pasatiempo favorito es leer, le gusta escuchar opera y le encanta recibir correos de sus lectoras, ya sea por mail o por correo normal. Contacta con ella a través de su página web http://www.carlyphillips.com.

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