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Un Oasis de Placer

Un Oasis de Placer

Аннотация

    Siempre se había sentido enormemente intrigada por aquel palacio… y por el príncipe que vivía en él.
    Nadie podía negar que el príncipe Murat era un hombre misterioso, poderoso y muy inteligente, pero Daphne Snowden quería que su futuro esposo tuviera algo más. Quería a alguien que no sólo la viera como la mujer que le daría un heredero al trono. Alguien que la respetara. Alguien que la amara.
    Y sin embargo, no podía aplacar el deseo y la curiosidad que sentía por él…
    Aunque Murat había cambiado con el paso del tiempo, ella seguía sintiendo un profundo interés por el único hombre que había amado en su vida. Pero, ¿obedecer sus exigencias y casarse con él? ¡Jamás!


Susan Mallery Un Oasis de Placer

    Un Oasis de Placer (2006)
    Título Original: The sheik and the bride who said No (2005)
    Serie: Príncipes del Desierto

Capítulo 1

    Ya sé que casarte con el príncipe heredero y ser reina algún día suena muy bien -dijo Daphne Snowden intentando mantener la calma-, pero la verdad es muy diferente. No conoces de nada al príncipe Murat, pero te aseguro que es un hombre difícil y testarudo -le explicó a su sobrina por propia experiencia-. Además, casi te dobla la edad.
    Brittany levantó la mirada de la revista que estaba leyendo.
    – No te preocupes tanto, tía Daphne. No me va a pasar nada. Todo irá bien.
    ¿Que no se preocupara por nada? ¿Que todo iba a ir bien?
    Daphne se arrellanó en la lujosa butaca de cuero del avión privado e intentó no gritar. Aquello no podía estar sucediendo. Era una pesadilla. No se podía creer que su adorada sobrina hubiera accedido a casarse con un hombre al que ni siquiera conocía.
    Fuera o no príncipe, aquello iba a ser un desastre. A pesar de que llevaba casi tres semanas rogándole a Brittany que se pensara muy bien lo que iba a hacer, se creyó en la obligación de volver a insistir.
    – Quiero que seas feliz porque te quiero -le dijo.
    Brittany, una adolescente alta y rubia con los preciosos rasgos de la familia Snowden, sonrió encantada.
    – Yo también te quiero. Te preocupas demasiado. Ya sé que Murat es un viejo, pero no me importa.
    Daphne apretó los dientes. Obviamente, a una chica de dieciocho años un hombre de treinta y cinco le debía de parecer un anciano; no como a ella, que sólo le quedaban cinco años para tener aquella edad.
    – Pero es una monada -añadió su sobrina-. Además, tiene mucho dinero. Voy a viajar un montón y voy a vivir en un palacio -apuntó apartando la revista y mirándose los pies-. ¿Me quedaban mejor las otras sandalias?
    – ¿Qué más da las sandalias que te pongas? Estamos hablando de tu vida. Casarte con el príncipe heredero no quiere decir que te vayas a pasar el día yendo de compras. Vas a tener responsabilidades para con el pueblo de Bahania, vas a tener que ocuparte de los dignatarios que os visiten, acudir a un montón de actos de beneficencia y, por supuesto, tener hijos.
    Brittany asintió.
    – Ya tengo todo eso en cuenta. Lo de las fiestas es genial. Invitaré a mis amigas y cotillearemos sobre, por ejemplo, lo que lleva puesto el Primer Ministro francés.
    – ¿Y lo de los niños?
    Brittany se encogió de hombros.
    – Supongo que, como es un viejo, sabrá lo que se hace. Mi amiga Deanna se acostó con su novio de la universidad y me dijo que era muchísimo mejor que con su novio del colegio. La experiencia cuenta mucho.
    Daphne tuvo que hacer un gran esfuerzo para no zarandear a su sobrina. Sabía por las numerosas conversaciones nocturnas que había tenido con ella cuando Brittany se había quedado a dormir en su casa que la adolescente no había mantenido relaciones sexuales con ninguno de sus novios.
    ¿Qué había ocurrido? ¿Cómo había cambiado tanto? ¿Qué había sido de aquella niña a la que adoraba y a la que prácticamente había criado? ¿Cómo era posible que se hubiera convertido en aquella jovencita fría y sin sentimientos?
    Daphne consultó el reloj. No les quedaba mucho tiempo. En cuanto aterrizaran y llegaran a palacio, ya no habría marcha atrás. Una Snowden había dejado plantado a Murat prácticamente en el altar y tenía la sensación de que a Brittany no le iban a dar la oportunidad de que se pensara las cosas mejor.
    – ¿En qué estaría pensando tu madre? -se preguntó Daphne en voz alta-. ¿Cómo es posible que haya dado su consentimiento?
    – A mi madre todo esto le parece supercool -contestó Brittany-. Yo creo que es porque tiene la esperanza de que a la madre de la novia le regalen alguna joya o algo por el estilo. Además, que yo me case con un príncipe es mucho mejor que el hijo de la tía Grace vaya a Harvard cuando sea mayor, ¿no?
    Daphne asintió sin decir nada.
    Había familias cuyos miembros eran muy competitivos en los deportes, otras se echaban en cara su situación social y económica. En la suya, lo más importante era el poder, tanto político como de cualquier otra clase. Una de sus hermanas se había casado con un senador que tenía pensado presentarse a las elecciones presidenciales y la otra se había casado con un empresario con contactos a los más altos niveles.
    Ella había sido la única que había elegido un camino diferente.
    Daphne se sentó en el borde de la butaca y tomó las manos de Brittany entre las suyas.
    – Te quiero -le dijo mirándola a los ojos-. Te quiero más que nadie en el mundo. Te considero prácticamente mi hija.
    – Yo también te quiero mucho -contestó Brittany sinceramente -. Siempre me has ayudado. Incluso más que mi propia madre.
    – Entonces, te pido por favor que pienses muy bien lo que vas a hacer. Eres joven e inteligente y puedes hacer con tu vida lo que tú quieras, puedes tener todo lo que desees en el mundo. ¿Por qué quieres atarte a un hombre al que ni siquiera conoces y vivir en un país en el que nunca has estado? ¿Y si no te gusta Bahania?
    Daphne sabía que no era muy probable que eso sucediera porque Bahania era un país maravilloso, pero estaba dispuesta a intentar por todos los medios que su sobrina recapacitara sobre su decisión.
    – Lo de viajar no es lo que tú te crees -añadió antes de que a Brittany le diera tiempo de interrumpirla-. Los viajes que hagas serán visitas de estado en las que no podrás salirte del protocolo ni lo más mínimo. En cuanto accedas a casarte con el príncipe, no podrás quedar con ninguna amiga para ir al centro comercial o al cine.
    Brittany se quedó mirándola muy seria.
    – ¿Cómo que no voy a poder ir al centro comercial?
    – Brittany, serás la futura reina y no podrás ir corriendo a comprarte un jersey a las rebajas cuando te apetezca.
    – ¿Por qué no?
    Daphne suspiró.
    – Eso es lo que llevo intentando un buen rato explicarte. Porque ya no serás tú misma. Vivirás una vida que no es tuya en un país extranjero regido por unas normas que no conoces y que tendrás que cumplir a rajatabla.
    A pesar de lo que estaba diciendo, Daphne sabía que, de haber sido ella la que tuviera que cumplir aquellas normas, no le habría costado nada, pero no era ella la que se iba a casar con el príncipe Murat.
    – No había pensado que tuviera que estar todo el día en el palacio -recapacitó Brittany-. Yo creía que podría tomar un avión cuando me diera la gana y volver a casa para estar con mis amigas.
    – No, de eso nada. Vivirás en Bahania. Bahania se convertirá en tu hogar y no podrás moverte de allí.
    – A mis padres no los echaría mucho de menos, pero a Deanna y a ti… -se lamentó Brittany mordiéndose el labio inferior-. Yo creo que estoy enamorada del príncipe…
    – ¿De verdad? Pero si ni siquiera lo conoces. ¿De verdad estás dispuesta a renunciar a todo para casarte con él? Brittany, nunca has tenido una relación seria. ¿De verdad quieres darle la espalda a tu vida? ¿De verdad quieres quedarte sin ir a la universidad?
    Brittany frunció el ceño.
    – ¿No voy a poder ir a la universidad?
    – ¿Tú te crees que los catedráticos van a querer tener a la futura reina en su clase? ¿Y cómo harían para ponerte las notas de los exámenes? En cualquier caso, no podrías vivir en el campus.
    – No, tendría que estar en el palacio.
    – Posiblemente embarazada -añadió Daphne.
    – Yo no quiero tener un hijo ahora -protestó Brittany.
    – ¿Y si el príncipe quiere?
    – Estás intentando asustarme.
    – Por supuesto. Estoy dispuesta a hacer lo que sea para evitar que tires tu vida por la borda. Si me dices que has conocido a alguien del que te has enamorado y con el que te quieres casar, me daría igual que fuera un príncipe o un extraterrestre, pero no ha sido así. Me hubiera gustado que habláramos de esto mucho antes, pero tu madre se ha guardado mucho de mantenerme al margen y de no informarme de lo que estaba sucediendo.
    Brittany suspiró.
    – Ella quiere salirse con la suya.
    – Daphne, vamos a hablar con sinceridad. Si me dices que estás completamente convencida de hacer lo que vas a hacer, no diré nada, pero, si tienes la más mínima duda, te aconsejo que te tomes un tiempo para pensártelo bien.
    Brittany tragó saliva.
    – La verdad es que no estoy segura de querer casarme con él -admitió con voz trémula-. Me encantaría que las cosas con el príncipe fueran bien, pero ¿y qué ocurrirá si no es así? -añadió con lágrimas en los ojos-. Yo quiero hacer lo que mis padres quieren que haga, pero tengo miedo -reconoció-. El piloto ha dicho hace un rato que íbamos a aterrizar en media ahora y ya debemos de estar a punto de hacerlo. No puedo presentarme ante el príncipe y decirle que no estoy segura de lo que voy a hacer.
    Daphne se juró a sí misma que, cuando volviera a Estados Unidos, iba a tener una conversación muy seria con su hermana Laurel. ¿Cómo demonios se le ocurría meter a su hija en una situación como aquélla?
    La indignación se mezcló con alivio cuando abrió los brazos y su sobrina la abrazó con fuerza.
    – ¿Es demasiado tarde? -le preguntó la adolescente.
    – Por supuesto que no -le aseguró Daphne abrazándola-. Me tenías preocupada, ¿sabes? Por un momento he creído que ibas a seguir adelante con esta locura.
    – Había cosas que me llamaban la atención, que me parecían muy divertidas, como, por ejemplo, tener mucho dinero y coronas y esas cosas, pero lo cierto era que no me hacía ninguna gracia casarme con un hombre tan mayor.
    – No me extraña.
    ¿En qué demonios estaría pensando Murat para querer casarse con una adolescente?
    – Ya me encargo yo de todo -le prometió a su sobrina-. Cuando aterricemos, tú ni te vas a bajar del avión, ¿me oyes? Vas a volver a casa inmediatamente. Yo me voy a quedar para hablar con el príncipe.
    – ¿De verdad? ¿Ni siquiera voy a tener que conocerlo?
    – No. Vas a volver a Estados Unidos como si esto jamás hubiera sucedido.
    – ¿Y qué le digo a mi madre?
    – De ella también me encargo yo.
    Una hora después, Daphne estaba sentada en la parte trasera de una limusina rumbo al Palacio Rosa de Bahania.
    Debido a las muchas horas de avión, esperaba encontrar la ciudad sumida en la oscuridad, pero no fue así porque, con la diferencia horaria, allí era por la tarde.
    Daphne se sentó junto a la ventana y vio pasar los preciosos edificios antiguos que se mezclaban con los modernos del barrio financiero y el increíble azul del Mar Arábigo, situado al sur de la ciudad.
    Cuando hacía diez años había estado allí por primera vez, se había enamorado por completo del país.
    «No debo pensar en aquello», se dijo.
    No tenía tiempo para recordar el pasado. Tenía que concentrarse en lo que le iba a decir a Murat.
    A medida que los segundos iban pasando, Daphne se dio cuenta de que le importaba muy poco encontrar las palabras exactas. En cuanto Brittany llegara a Estados Unidos, estaría a salvo de las garras de Murat.
    Aun así, no pudo evitar ponerse un poco nerviosa cuando la limusina negra cruzó las verjas de hierro del palacio.
    Cuando el vehículo se paró frente a la puerta principal, Daphne tomó aire para calmarse. Al cabo de unos segundos, uno de los guardias le abrió la puerta y Daphne salió de la limusina y miró a su alrededor.
    Los jardines estaban tan bellos como los recordaba. A la izquierda estaba la verja que conducía al jardín de estilo inglés que siempre le había gustado y a la derecha salía el camino que llevaba a la playa.
    Ante ella tenía la guarida del león.
    Daphne se dijo que no había motivos para temer nada, que no había hecho nada malo. El que había querido casarse con una adolescente a la que casi le doblaba la edad era Murat, así que, si había alguien que tuviera que sentirse mal, sin duda, era él.
    Aun así, estaba nerviosa pues diez años atrás había llegado a aquel palacio siendo la prometida de Murat para, tres semanas antes de la boda, huir sin darle una explicación.

Capítulo 2

    ¿Señorita Snowden? Daphne se giró hacia un hombre joven muy bien vestido que caminaba hacia ella.
    – Sí.
    – El príncipe la está esperando. Por favor, sígame.
    Daphne así lo hizo. Mientras avanzaba por un amplio pasillo lleno de cuadros y antigüedades, se preguntó si aquel hombre sabría que ella no era Brittany.
    – Murat se va a llevar una buena sorpresa – murmuró.
    Volver a aquel palacio la hacía sentirse de maravilla. Le habría encantado poder pararse a apreciar unos instantes la vista que había desde los ventanales o a disfrutar de un maravilloso cuadro, pero no lo hizo porque lo más importante era ver a Murat cuanto antes.
    Al doblar una esquina, Daphne vio a un gato tumbado al sol y sonrió al recordar la cantidad de aquellos animales que tenía el rey.
    – Espere aquí, por favor, señorita Snowden – le indicó su guía parando ante una puerta abierta-. El príncipe no tardará en venir.
    Daphne asintió y entró en una pequeña sala de estar decorada al estilo occidental.
    Al ver una mesa con refrescos y agua, Daphne se acercó y se sirvió un vaso. Mientras se lo bebía, pensó que era muy de Murat hacer ir hasta allí a su futura mujer para hacerla esperar en una estancia vacía.
    De haber sido Brittany la que estuviera allí, lo habría pasado muy mal. Menos mal que ella había adquirido mucha experiencia en los últimos diez años.
    Murat esperaba encontrar a una jovencita maleable que accediera a todos sus deseos por temor a no complacerlo, pero se iba a encontrar con alguien muy diferente.
    Al oír pasos en el pasillo, Daphne dejó el vaso de agua y echó los hombros hacia atrás. Unos segundos después, el príncipe heredero entró en el salón.
    Mientras se fijaba en su maravilloso cuerpo y en su elegante traje, Daphne se percató de que seguía andando con un estilo especial. Además, seguía siendo un oponente formidable, tal y como demostraba que no se hubiera sorprendido en absoluto al verla.
    – Daphne -sonrió levemente al saludarla-. Por fin has vuelto.
    – Ya sé que no me esperabas, pero Brittany no ha podido venir -contestó Daphne.
    – ¿Está enferma?
    – No, más bien, ha recuperado la cordura. Ahora mismo está volviendo a Estados Unidos. No va a haber boda -declaró con brusquedad-. Lo siento -mintió.
    – Sí, seguro que lo sientes mucho -contestó Murat acercándose al teléfono y marcando un número-. Con el aeropuerto. Quiero hablar con la torre de control -dijo muy serio-. ¿Mi avión?
    Daphne se quedó observándolo y le pareció que Murat apretaba levemente las mandíbulas, pero no se habría atrevido a asegurarlo. Daphne se dijo que, obviamente, tenía que estar sintiendo algo.
    Tal vez, no.
    Diez años atrás había dejado que ella se fuera, así que ¿por qué le iba a importar ahora que Brittany se hubiera ido también?
    – Supongo que tú habrás tenido algo que ver con su decisión -comentó colgando el teléfono y girándose hacia ella.
    – Por supuesto -contestó Daphne-. Era una locura que se casara contigo. ¿En qué estabas pensando para querer casarte con una chica que acaba de cumplir dieciocho años? Es una niña. Si tan desesperado estás por casarte, por lo menos, elige a alguien de tu edad.
    Por primera vez desde que había entrado en el salón, en el rostro de Murat se reflejó una emoción, una emoción de furia.
    – Me insultas al tratarme con tanta familiaridad y al dar por hecho cosas que no son.
    Daphne se dio cuenta de que lo había llamado por su nombre de pila.
    – Te pido perdón por no haber utilizado el título apropiado.
    – ¿Y por lo otro?
    – No, por lo otro no te pido perdón. Te aseguro que estoy dispuesta a hacer todo lo que sea necesario para mantener a Brittany a salvo de ti.
    – El hecho de que tú no quisieras casarte conmigo no quiere decir que no haya otras mujeres que sí quieran hacerlo.
    – Estoy completamente de acuerdo contigo. En el mundo hay muchas mujeres y seguramente muchas de ellas querrían convertirse en tu mujer. Quédate con la que quieras, me da igual, pero te aseguro que no te vas a casar con mi sobrina.
    En lugar de contestar, Murat se metió la mano en el bolsillo y sacó un aparato del tamaño del pomo de la puerta. Unos segundos después, aparecieron seis o siete hombres armados y rodearon a Daphne. Dos de ellos la agarraron de los brazos y ella, demasiado sorprendida, no pudo ni protestar.
    – ¿Qué haces? -le dijo a Murat cuando reaccionó.
    – ¿Yo? Nada -contestó Murat metiéndose de nuevo el aparato en el bolsillo y arreglándose los puños de la camisa-. Lo que hagan mis guardias es otra cosa.
    – ¿Me vas a detener por no permitir que te cases con mi sobrina?
    – Te voy a mantener en custodia preventiva por entrometerte en los asuntos de estado de Bahania.
    – Esto es de locos. No me puedes hacer esto.
    – Yo diría que sí.
    – ¡Canalla! -exclamó Daphne intentando zafarse sin éxito de los guardias-. Ni se te ocurra hacer que el avión dé la vuelta -le advirtió furiosa-. No pienso dejar que toques a mi sobrina.
    Murat avanzó hacia la puerta, se paró y la miró.
    – No te equivoques, Daphne. De una u otra manera, se va a celebrar una boda dentro de cuatro meses y la novia será una Snowden. No puedes hacer nada para impedirlo.
    – ¿Cómo que no? ¿Qué te apuestas? -lo retó Daphne sabiendo que, en realidad, no tenía nada que hacer.
    – Nos apostamos lo que tú quieras -sonrió Murat-. ¿Qué estás dispuesta a darme cuando gane?
    Daphne intentó lanzarse sobre él, pero uno de los guardias le retorció el brazo impidiéndoselo y Daphne decidió que era mejor estarse quieta si no quería que le hicieran daño.
    Murat salió de la estancia y, al cabo de unos segundos, uno de los guardias recibió instrucciones a través del auricular que tenía colocado en la oreja.
    – ¿Qué? ¿El principito ya os ha dicho qué hacer conmigo? -se indignó Daphne.
    Los guardias la llevaron a unos ascensores y, aunque eran muchos, se metieron todos con ella en la cabina y dieron al botón del sótano.
    Daphne tragó saliva.
    ¿Seguiría habiendo mazmorras en aquel palacio?
    Al llegar a su destino, el ascensor se paró. Mientras avanzaban por un largo pasillo, Daphne se dio cuenta de adonde la llevaban. Aquello era mucho peor que las mazmorras.
    – No quiero ir ahí -protestó.
    – Por favor, no queremos hacerle daño -contestó uno de los guardias dándole a entender que, de ser necesario, se lo harían.
    Daphne siguió andando hasta que vio las famosas puertas doradas, aquellas puertas enormes con escenas labradas de mujeres en un oasis.
    Uno de los hombres abrió la puerta y todos la acompañaron dentro. Daphne pensó en intentar huir, pero no lo hizo porque sabía que no tenía adonde ir, así que aceptó su destino con dignidad, prometiéndose a sí misma que, tarde o temprano, encontraría la manera de hacerle pagar a Murat por aquello y podría irse de allí.
    Cuando los guardias se fueron, Daphne oyó cómo cerraban la puerta y colocaban una pesada barra de oro atravesada para que no pudiera abrirla desde dentro.
    – Muy típico de ti, Murat -dijo una vez a solas poniéndose las manos en las caderas-. Eres un principito repugnante, pero conmigo no vas a poder. Estoy dispuesta a aguantar esto y mucho más con tal de que no te cases con Brittany.
    Daphne buscó algún objeto que poder arrojar, pero aquellas estancias estaban vacías. Al avanzar bajo el techo de arcadas, se encontró en un enorme salón en el que había docenas de sillas y sofás.
    La puerta de la izquierda conducía a la zona de baños y la de la derecha, a las habitaciones. Reconocía aquella parte del palacio porque la había explorado diez años atrás.
    Estaba completamente indignada.
    Murat la había hecho encerrar en el harén.

    Murat se encaminó hacia el ala de negocios del palacio. La furia lo hacía andar deprisa. Después de todos aquellos años, Daphne Snowden osaba volver a Bahania única y exclusivamente para zarandear de nuevo su mundo.
    ¿Acaso había vuelto para pedirle perdón? Por supuesto que no. La muy osada lo había mirado a los ojos y le había hablado como si fueran iguales. En resumen, lo había desafiado.
    Murat pasó junto a los guardaespaldas apostados en la puerta y entró en el despacho de su padre.
    – Está aquí -anunció.
    El rey enarcó las cejas.
    – No pareces muy contento -comentó -. ¿Qué ha ocurrido con tu prometida?
    – No es mi prometida.
    El rey suspiró y se puso en pie.
    – Murat, ya sé que no estás del todo de acuerdo con esta boda, que has dicho varias veces que la chica es demasiado joven e inexperta, que no crees que pueda ser feliz aquí, pero de nuevo te pido que le des una oportunidad.
    Murat se quedó mirando a su padre. La ira se había apoderado de él y bullía en sus venas, pero, después de toda una vida de no mostrar sus reacciones, logró disimular.
    – No me has entendido, padre -le explicó-. No se trata de Brittany Snowden sino de Daphne Snowden.
    – ¿Tu ex novia?
    – Sí -se apresuró a contestar Murat.
    Cuando diez años atrás Daphne había desaparecido sin dejar ni una sola nota, Murat había prohibido a todo el mundo que le hablara de ella, pero, por supuesto, su padre estaba por encima de aquella prohibición.
    – Intenta desafiarme -comentó yendo hacia un ventanal-. Por lo visto, no va a permitir que me case con su sobrina -añadió riendo-. Como si ella pudiera decirme a mí, al príncipe heredero Murat de Bahania, lo que tengo que hacer con mi vida.
    – Así que te quejas porque Daphne no quiere que te cases con una mujer con la que tú tampoco querías casarte.
    – No se trata de eso -contestó Murat cruzándose de brazos-. De lo que se trata es de que esa mujer no respetó mi posición hace diez años y sigue sin hacerlo.
    – Comprendo que te moleste su actitud -comentó el rey-. ¿Y dónde está?
    – Le he ofrecido un lugar donde quedarse mientras se arregla esta situación -contestó Murat.
    – Me sorprende que Daphne haya accedido a quedarse.
    – Lo cierto es que no le he dado opción -confesó Murat-. He hecho que la guardia la llevara al harén.
    El rey lo miró sorprendido.
    – ¿Al harén?
    Murat se encogió de hombros.
    – Tenía que detenerla de alguna manera. Ya ha hecho bastante haciendo que mi avión, que mandé para recoger a Brittany, volviera a Estados Unidos nada más aterrizar. Aunque me ha faltado al respeto de manera insoportable, no me parecía oportuno encerrarla en una mazmorra. El harén es un lugar cómodo. Estará bien hasta que yo decida qué voy a hacer con ella.
    Aunque el harén no se utilizaba como tal desde hacía más de seis décadas, las estancias seguían manteniéndose con su esplendor original. Daphne estaría rodeada de todo tipo de lujos, excepto del de la libertad.
    – Ha sido culpa suya. ¿Cómo se le ocurre interponerse entre su sobrina y yo? Aunque nunca he estado interesado en Brittany y sólo accedí a conocerla para complacerte, Daphne no tenía derecho a inmiscuirse en mis asuntos.
    – Tienes razón. ¿Y qué vas hacer con ella?
    – No lo sé -admitió Murat.
    – ¿Vas a hacer que tu avión regrese antes de llegar a Estados Unidos?
    – No -contestó Murat-. Lo cierto es que esa chica no me interesa en absoluto, como tú bien sabes.
    Murat era consciente de que tenía que casarse y tener herederos, pero no estaba dispuesto a pasarse la vida con una jovencita superficial.
    – A lo mejor hago que se quede durante unos días… para enseñarle una lección.
    – ¿En el harén?
    – Sí -sonrió Murat-. No le va gustar nada.

    Daphne encontró su equipaje en una de las habitaciones más grandes del harén. Los dormitorios estaban compuestos por varias habitaciones privadas, reservadas a las mujeres que habían obtenido el favor del rey. Las estancias estaban decoradas con gusto. Alfombras antiquísimas cubrían los suelos y había muebles de madera labrada por todas partes.
    Daphne ignoró las maletas y se acercó a las paredes. ¿Cómo habían llegado hasta allí? Nadie había entrado por la puerta principal porque ella lo habría visto, lo que quería decir que debía de haber una entrada secreta en algún lugar.
    Tras un buen rato buscándola sin éxito, Daphne decidió volver a intentarlo más tarde y salió al patio ajardinado. Una vez fuera, el vuelo de dos aves llamó su atención y, al levantar la cabeza, vio que se trataba de dos preciosos loros de colores tropicales.
    – En los harenes siempre había loros porque sus gritos ocultaban las voces de las mujeres – dijo una voz a sus espaldas.
    Daphne se giró y se encontró con Murat.
    Al instante, sus hormonas sexuales la traicionaron y, para su desesperación, en lugar de encontrarse odiándolo, se encontró experimentando un extraño placer por volver a verlo.
    Abandonarlo diez años atrás había sido lo más razonable que pudo hacer, pero le había costado mucho tiempo olvidarse del amor que sentía por él. Ni el dolor de saber que no la amaba lo suficiente como para ir a buscarla había hecho que se recuperara más deprisa.
    – La inmensa mayoría de los loros de aquí son ya mayores, pero hace poco una pareja más joven anidó en el jardín y tuvo una nueva generación – le explicó Murat.
    – Ya no hay mujeres en el harén, así que ¿para qué seguís teniendo loros?
    Murat se encogió de hombros.
    – A veces cuesta cambiar las costumbres. En cualquier caso, no creo que te interese lo más mínimo hablar de las nuestras. Supongo que querrás hacerme algunas preguntas.
    Daphne asintió.
    – ¿Qué vas a hacer con Brittany?
    – Nada.
    – ¿No vas a ordenar que tu avión dé la vuelta?
    – No. A pesar de la idea que tienes de mí, no voy a forzar a mi prometida a que se case conmigo. Vendrá por su propia voluntad.
    – Te equivocas. Brittany no se va a casar contigo.
    Murat la miró con desinterés.
    – ¿Cuánto tiempo me vas a retener aquí? – quiso saber Daphne.
    – Todavía no lo he decidido -contestó Murat.
    – Mi familia acudirá en mi rescate. Por si no lo sabes, tienen mucho poder político.
    Murat no parecía impresionado en absoluto.
    – Lo único que sé de tu familia es que sigue siendo tan ambiciosa como antes, tal y como demuestra que tu hermana quiera que una Snowden se case con el príncipe heredero de Bahania.
    Daphne sabía que era cierto.
    – Yo no soy como ellos.
    – Te creo -contestó Murat-. La cena se sirve a las siete. Por favor, vístete adecuadamente.
    – ¿Y si no quiero cenar contigo? -rió Daphne.
    – No tienes opción -contestó Murat-. En cualquier caso, quieres cenar conmigo. Tienes muchas preguntas que hacerme. Lo veo en tus ojos.
    Y, dicho aquello, se giró y se fue.
    – Qué hombre tan molesto -murmuró Daphne una vez a solas.
    Lo peor era que tenía razón. Tenía un montón de preguntas y, lo que era todavía peor, un deseo implacable de cerrar lo que había quedado sin terminar entre ellos.
    A pesar de que había pasado mucho tiempo y de que Murat había cambiado, Daphne no había perdido ni un ápice de interés por el único hombre al que había amado.

Capítulo 3

    Daphne abrió la maleta y se quedó mirando su contenido. Aunque una parte de ella quería ignorar lo que le había dicho Murat de que se vistiera adecuadamente para cenar, otra parte le apetecía estar increíble y dejarlo con la boca abierta.
    Eligió un sencillo vestido sin mangas y lo colgó de una percha en la puerta del baño mientras se duchaba.
    Un cuarto de hora después, Daphne salía de la ducha sintiéndose de maravilla y se fijó en que había un montón de maquillajes y productos para el cuidado de la piel sobre la cómoda que había junto al espejo.
    Allí donde mirara había mármol, oro, madera labrada y espejos biselados. ¿Cuántas mujeres se habrían mirado en aquellos espejos acicalándose para encontrarse con un miembro de la familia real?
    ¿Cuántas historias de amor habrían presenciado aquellas paredes? ¿Cuántas risas? ¿Cuántas lágrimas?
    Daphne pensó que, sí las circunstancias hubieran sido diferentes, habría disfrutado de encontrarse en aquella parte del palacio.
    «¿A quién pretendo engañar? Pero si lo estoy disfrutando un montón», pensó.
    A Daphne siempre le habían encantado aquel palacio y aquel país. El único problema había sido Murat. Al principio, no había sido así. Al principio, Murat había sido encantador y misterioso, exactamente el tipo de hombre que Daphne siempre había querido conocer.
    Mientras se ponía los rulos calientes, Daphne recordó aquella maravillosa fiesta a la que habían acudido en España, aquella fiesta en la que se habían conocido.
    Durante el verano de su último curso universitario, había decidido irse a viajar por Europa para evitar a los amigos ricos y ostentosos de sus padres. Sin embargo, cuando se encontraba en Barcelona, no había tenido más remedio que acceder a los deseos de su madre, que le había rogado que fuera a un cóctel que organizaba el embajador.
    A los diez minutos de estar en la fiesta, ya estaba aburrida y se quería ir, pero conoció entonces a cierto hombre alto, guapo y que la hizo reír al pedirle ayuda para darle esquinazo a la hija pequeña de los anfitriones, que lo perseguía con intenciones amorosas.
    – Cuando venga, yo me meto debajo de la mesa y usted le dice que no me ha visto, ¿de acuerdo? – le había pedido Murat mirándola con sus maravillosos ojos negros.
    En aquel momento, Daphne había sentido que el corazón le daba un vuelco, se había ruborizado y había pensado que estaría dispuesta a seguir a aquel hombre al fin del mundo.
    Después de aquello, pasó toda la noche con ella, acompañándola a cenar y bailando bajo las estrellas. Hablaron de libros y de películas, de fantasías de la infancia y de sueños de adultos y, cuando Murat la acompañó al hotel y la besó, Daphne se dio cuenta de que corría peligro de enamorarse de él.
    Murat no le dijo quién era hasta la tercera cita. Al principio, Daphne se había puesto nerviosa porque nunca había conocido a un príncipe, pero pronto se tranquilizó y vio que para algo servía haber sido educada para convertirse en la mujer de un presidente.
    – Ven conmigo -le había pedido Murat cuando llegó el momento de volver a Bahania-. Ven a conocer mi país, conoce a mi pueblo y deja que mi gente descubra lo maravillosa que eres.
    Daphne comprendía ahora que aquello no había sido una declaración de amor, pero con veinte años le había parecido más que suficiente, así que había abandonado el viaje y se había ido a Bahania, donde se había enamorado de Murat y de su mundo.
    Daphne terminó de maquillarse, se quitó los rulos, se ahuecó el pelo con los dedos, se puso el vestido de seda que le llegaba justo por encima de la rodilla y se preguntó qué pensaría Murat al verla.
    ¿Qué diferencias encontraría entre la mujer en la que se había convertido y la niña que lo había amado hasta la locura?
    Lo había amado tanto, con tanta devoción, que lo único que la hubiera podido obligar a irse habría sido descubrir que él no la amaba, y eso fue precisamente lo que sucedió.
    – No pienses en eso -se dijo Daphne apartándose del espejo y saliendo del baño.
    Al volver al salón principal, vio que la cena ya estaba servida y que Murat la estaba esperando.
    – Llegas pronto -la saludó sonriendo.
    – Lo he hecho adrede -contestó Daphne -. Quería ver cómo se servía la cena.
    – Qué divertido…
    – No es divertido cuando se entra por la puerta normal, pero cuando puede que haya un pasadizo secreto…
    – Ah, ¿lo dices porque te quieres escapar? -dijo Murat enarcando una ceja-. No te va a resultar fácil. Te recuerdo que por aquí nos gusta mantener cautivas a las mujeres guapas.
    – ¿Me estás diciendo que vas a hacer todo lo posible para que no encuentre los pasadizos secretos?
    – No, lo que te estoy diciendo es que la puerta principal no se puede abrir desde dentro del harén, sólo desde fuera -contestó Murat acercándose al carrito de las bebidas.
    Una vez allí, agarró una botella de champán y miró a Daphne, que asintió.
    – No me sorprende que la puerta no se pueda abrir desde dentro. ¿De verdad no hay ninguna otra manera de salir de aquí? -comentó.
    – ¿Por qué ibas a querer irte? -preguntó Murat abriendo la botella y sirviendo dos copas.
    – Porque no me gusta ser prisionera de nadie -contestó Daphne aceptando una.
    – Pero si estás en el paraíso.
    – ¿Quieres que te cambie el sitio?
    Murat la miró divertido.
    – Veo que no has cambiado. Cuando te conocí decías todo lo que se te pasaba por la cabeza y sigues haciéndolo.
    – ¿Me estás diciendo que no he aprendido a estar en mi lugar?
    – Exactamente.
    – Me gusta pensar que estoy en mi lugar siempre que quiero.
    – Qué típico de las mujeres -contestó Murat alzando su copa-. Quiero brindar por nuestro pasado en común y por lo que el futuro pueda depararnos.
    Daphne pensó en Brittany, que debía de estar aterrizando ya en Nueva York.
    – ¿Qué te parece si brindamos por nuestras vidas separadas?
    – No tan separadas. Te recuerdo que en breve seremos familia.
    – De eso, nada. Te recuerdo que no te vas a casar…
    – Por la belleza de las mujeres Snowden -la interrumpió Murat-. Venga, Daphne, brinda conmigo. Ya hablaremos otro día de esas cuestiones menos agradables.
    – Muy bien -accedió Daphne pensando que, cuanto más tiempo ocuparan hablando de cosas banales, más tiempo tendría Brittany de llegar sana y salva a su casa-. Por Bahania.
    – Por fin, algo en lo que estamos de acuerdo -contestó Murat brindando con ella.
    A continuación, le indicó que se sentara y, cuando Daphne se hubo puesto cómoda en un sofá, él se sentó en una butaca próxima.
    – ¿Estás cómoda aquí?
    – Dejando de lado que me mantienes secuestrada en contra de mi voluntad, sí, estoy muy cómoda -suspiró Daphne dejando su copa sobre la mesa-. Lo cierto es que el harén es precioso.
    – ¿Tuviste ocasión de ver la ciudad de camino al palacio?
    – No mucho porque tenía prisa por llegar, pero me fijé en que había crecido.
    – Sí, sobre todo el distrito financiero -comentó Murat con orgullo.
    – Creo que ha habido otros cambios -comentó Daphne-. Todos tus hermanos se han casado, ¿no?
    – Sí, todos con mujeres estadounidenses. Lo mejor para mejorar el linaje de una familia es incorporar sangre nueva.
    – Supongo que eso hará que las mujeres que se han casado con tus hermanos se sientan muy especiales.
    – ¿Por qué no iban a sentirse especiales ayudando a mejorar los genes de una familia tan noble?
    – Por si no te has dado cuenta, a muy pocas mujeres en el mundo les apetece convertirse en conejas.
    Murat sacudió la cabeza.
    – ¿Por qué siempre les das la vuelta a las cosas para hacerme parecer una mala persona? Todas mis cuñadas son mujeres maravillosas y están encantadas con la decisión que han tomado. Cleo y Emma han tenido hijos este último año y Billie está embarazada de nuevo. Sus maridos las miman y las tratan con devoción, lo que las hace completamente felices.

    Al oír aquello, Daphne sintió cierta envidia. Ella siempre había querido encontrar a un hombre que la amara con todo su corazón, pero no había tenido suerte.
    – Así que tú eres el único que queda soltero.
    – Sí, algo que me recuerdan todos los días -contestó Murat haciendo una mueca de disgusto.
    – ¿Te están presionando para que te cases y tengas un heredero?
    – No te puedes ni imaginar.
    – Creo que ha llegado el momento de que hablemos de Brittany y de por qué vuestra unión jamás funcionaría.
    – Eres una mujer difícil y testaruda.
    – Si tú lo dices.
    – Hablaremos de tu sobrina cuando yo así lo decida.
    – No tienes elección.
    – Por supuesto que la tengo. Además, a ti no te apetece hablar de Brittany ahora mismo. Tú lo que quieres es hablarme de ti, contarme lo que has estado haciendo durante estos últimos años. Tú lo que quieres es impresionarme.
    – Te equivocas.
    Murat enarcó una ceja y esperó. Daphne se revolvió incómoda en el sofá. Sí, era cierto que se moría por impresionarlo con todo lo que había hecho, pero no le gustaba que Murat se hubiera dado cuenta de sus intenciones.
    – Venga, Daphne -la animó Murat acercándose a ella-. Cuéntamelo todo. ¿Terminaste la universidad? ¿Y en qué trabajas? -añadió tomándole la mano izquierda entre las suyas-. Veo que no le has entregado tu corazón a nadie.
    A Daphne no le gustó aquello, y todavía menos le gustaban los escalofríos que recorrían su espalda cuando Murat la tocaba.
    – No estoy casada, pero no voy a hablar contigo de mi corazón porque no es asunto tuyo.
    – Muy bien. Entonces, háblame de la universidad.
    Daphne dio un trago al champán y se le pasó por la cabeza la idea de beberse la copa de un trago, pero se contuvo a tiempo.
    – Terminé mis estudios sin ningún problema y soy veterinaria.
    – Me alegro por ti -comentó Murat sinceramente-. ¿Y te gusta tu trabajo?
    – Mucho. Hasta hace poco, he estado trabajando en una clínica muy grande en Chicago. Durante los tres primeros años que trabajé para ellos, pasé los veranos en Indiana, trabajando en una explotación ganadera.
    Pocas veces había conseguido Daphne sorprender a Murat y estaba disfrutando de lo lindo.
    – ¿Y qué hacías? ¿Traer terneros al mundo?
    – Efectivamente.
    – Qué poco decoroso… -se horrorizó el príncipe.
    Aquello hizo reír a Daphne.
    – Era mi trabajo y me encantaba, pero últimamente he pasado a trabajar con animales más pequeños. Perros, gatos, pájaros, animales domésticos, mascotas. Por cierto, si tu padre necesita ayuda con sus gatos, dile que le echo una mano encantada.
    – Se lo diré -contestó Murat-. Chicago es muy diferente a Bahania.
    – Desde luego. Para empezar, no te puedes ni imaginar el frío que hace allí en invierno.
    – Aquí no sufrimos esas cosas.
    Y era cierto. En aquel paraíso el clima era maravilloso.
    – Veo que no estás muy unida a tu familia – comentó Murat de repente.
    Daphne estuvo a punto de atragantarse con el champán. No hacía falta ser muy inteligente para darse cuenta de que no era una Snowden «de verdad», pero la había sorprendido mucho que Murat hiciera un comentario así.
    – ¿Te refieres a que vivimos a mucha distancia?
    Murat asintió.
    – Ellos viven en la Costa Este, ¿no?
    – Sí, yo me fui a vivir a Chicago porque es más fácil aguantar las críticas poniendo cierta distancia.
    – ¿Acaso a tus padres no les hace gracia que seas veterinaria?
    – Lo cierto es que no. Ellos preferirían que me hubiera casado con un senador, pero a mí no me interesaba lo más mínimo.
    Daphne lo había dicho con naturalidad, como si lo que su familia esperara de ella no le importara lo más mínimo, pero Murat detectó dolor en sus ojos. Dolor por no cumplir con sus expectativas, dolor porque su familia no la aceptara tal y como era.
    Daphne siempre había sido una mujer testaruda, voluntariosa y orgullosa y, por lo que se veía, nada de eso había cambiado. Su físico sí lo había hecho. Ahora tenía el rostro más delgado y los rasgos más definidos. Mientras que con veinte años había sido una belleza en ciernes, ahora era una belleza en todo su esplendor. Además, era una mujer muy segura de sí misma, algo que agradaba mucho a Murat.
    – Durante los últimos dos años he estado estudiando psicología canina -le confío Daphne muy contenta.
    – Nunca había oído hablar de eso.
    – Te encantaría. Estudiamos por qué los animales actúan como lo hacen, qué circunstancias combinadas con su personalidad los hacen actuar, por ejemplo, de manera agresiva, comerse los muebles o no aceptar a un recién nacido.
    Murat no se podía creer que aquella información estuviera al alcance de los humanos.
    – ¿A eso te dedicas actualmente?
    – Más o menos. He aprendido cosas muy interesantes para domesticar a los machos dominantes -comentó Daphne divertida-. Me parece que algunas de esas técnicas me van a venir muy bien para domesticarte a ti.
    – ¿Y para qué quieres domesticarme? Yo creo que ninguno de los dos queremos que me domestiques.
    – No sé… -balbuceó Daphne.
    – Pues yo, sí.
    – Pareces muy seguro de ti mismo.
    – Ventajas de ser el macho dominante.
    Daphne se quedó mirándolo intensamente. En ese momento, Murat sintió que la deseaba con todo su cuerpo y se sorprendió. ¿Después de tanto tiempo? Siempre se había preguntado qué ocurriría si la volviera a ver, pero no esperaba sentir aquella desesperada necesidad de tocarla, de besarla, de tomarla.
    – Pareces un depredador -comentó Daphne-. ¿En qué piensas?
    – Estaba preguntándome si todavía le dedicas tiempo a la escultura.
    Daphne sabía perfectamente que no era cierto, que no estaba pensando en eso, pero contestó de todas maneras.
    – Me sigue encantando esculpir, pero no siempre tengo tiempo.
    – Ahora que lo pienso, voy a hacer que te traigan arcilla. Así, durante el tiempo que estés aquí, podrás dedicarte a ello.
    – ¿Cuánto tiempo tienes pensado mantenerme encerrada aquí?
    – Todavía no lo he decidido.
    – Entonces, de verdad, tenemos que hablar de Brittany.
    Justo en aquel momento, las enormes puertas doradas se abrieron y entró un ejército de criados con varios carros.
    – La cena -anunció Murat poniéndose en pie.
    Murat había dejado el menú a elección de su cocinero, que no lo defraudó en absoluto. A Daphne también le encantó la cena, a juzgar por el gusto con el que se había tomado el postre de chocolate.
    – Estaba todo increíble -comentó-. Si viviera aquí, me pondría como una foca.
    – No siempre comemos tanto -sonrió Murat.
    – Menos mal. Mañana voy a tener que hacer cincuenta vueltas corriendo al jardín -contestó Daphne dando un trago al vino-. A menos que para mañana ya me hayas devuelto mi libertad.
    – ¿Otra vez con eso?
    – Por supuesto. No pretenderás tenerme aquí para siempre.
    – No te creas que no se me había pasado por la cabeza volver a utilizar el harén -bromeó Murat.
    Daphne lo miró con los ojos muy abiertos.
    – Qué gracioso -comentó rezando para que estuviera bromeando-. Para que lo sepas, no tengo ninguna intención de presentarme voluntaria.
    – Al principio, a casi ninguna mujer le hace gracia, aunque es un gran honor, pero, con el tiempo, llegan a disfrutar de esta vida de lujo y placer. ¿Qué más se puede pedir?
    – ¿Libertad y autonomía, quizá?
    – Saberse deseada por un hombre confiere mucho poder. Las mujeres inteligentes han aprendido a utilizarlo en su provecho para, así, gobernar sobre el gobernador.
    – A mí nunca se me han dado bien esas cosas. Además, no me interesa estar en segundo plano. Yo quiero estar en el mismo escenario, ser una igual con mi pareja.
    – Eso no podrá ser. Yo seré el rey de Bahania, con todas las ventajas y desventajas del puesto.
    ¿Desventajas? Daphne nunca había pensado que ser rey tuviera desventajas.
    – ¿Qué tiene de malo ser rey?
    – No es que tenga nada malo, pero tienes muchas limitaciones y normas que cumplir además de un montón de responsabilidades.
    – Por ejemplo, estar siempre de cara al público y hacer siempre lo correcto.
    – Exacto.
    – Casarte con una adolescente a la que ni siquiera conoces no es lo correcto, ¿verdad?
    – Mira que eres insistente.
    – Y testaruda -le recordó Daphne-. Quiero mucho a mi sobrina y estoy dispuesta a hacer lo que sea por ella.
    – ¿Incluso disgustarme?
    – Por lo visto, sí -contestó Daphne encogiéndose de hombros -. ¿Me vas a cortar la cabeza por ello?
    – Sabes que no, pero voy a tener que hacer algo para que te convenzas de mi poder.
    – Tengo muy claro que tienes mucho poder, pero yo creo que deberías utilizarlo para bien – dijo Daphne inclinándose hacia él-. Venga, Murat, ahora estamos solos. Dime la verdad. ¿En serio te querías casar con una jovencita a la que ni siquiera conoces?
    – ¿No se te ha ocurrido pensar que, tal vez, quisiera a mi lado a una jovencita descerebrada que siempre me obedeciera?
    Daphne dio un respingo.
    – Brittany no es una descerebrada y te aseguro que jamás hubiera obedecido tus órdenes. Estás intentando molestarme, ¿verdad?
    – ¿Lo estoy consiguiendo?
    – Más o menos -contestó Daphne arrellanándose en la silla-. No quiero que te cases con Brittany.
    – No puedes impedírmelo.
    – Te equivocas. Haré todo lo que esté en mi mano para impedírtelo.
    Murat la miró divertido.
    – Soy el príncipe heredero de Bahania. ¿Quién eres tú para amenazarme?
    Buena pregunta.
    Tal vez fuera la oscuridad o la compañía o, quizá, simplemente el alcohol, pero Daphne sentía la cabeza muy ligera. Había tomado un vino diferente con cada plato. Quizá fue, precisamente, el vino lo que le dio valor para ponerlo en su sitio.
    – Eres un macho dominante y te dedicas a marcar tu territorio con orina. Eso es lo que Brittany es para ti. Un árbol en el que orinar -le espetó furibunda.
    Murat la sorprendió echando la cabeza hacia atrás y estallando en carcajadas.
    – Anda, vamos a dar un paseo -dijo poniéndose en pie-. A ver si se te baja el alcohol de la cabeza. Así, tendrás oportunidad de contarme todas tus teorías para domesticar a hombres como yo.
    Daphne se puso en pie y lo miró.
    – No estaba de broma. Te estás comportando como un pastor alemán con un problema territorial. No te vendría mal un adiestramiento de obediencia para mantenerte a raya.
    – No soy yo el que debe mantenerse a raya.
    – ¿Me estás amenazando? -dijo Daphne dando un paso hacia él.
    Por desgracia, sus pies no obedecieron y Murat tuvo que agarrarla para que no perdiera el equilibrio.
    – Hablas de domesticarme, pero no estoy seguro de que eso sea lo que quieres en realidad. Un hombre domesticado no haría esto -comentó Murat besándola.
    Daphne se dijo que un beso no era nada, pero lo cierto era que sentía el cuerpo entero en llamas y una desesperada necesidad en las sienes que la hizo abrazarse a él para no perder el equilibrio.
    Por supuesto, se habían besado antes, pero parecía que hubiera sido hacía una eternidad. Entonces, Murat la había abrazado con ternura y la había besado con suavidad, pero en esta ocasión no fue así.
    Ahora la estaba besando con una pasión que a Daphne la estaba dejando sin respiración. Quería más. Murat la tomó entre sus brazos y la apretó contra su cuerpo.
    Daphne se apretó contra él y saboreó el calor y la fuerza que emanaban de aquel hombre, besándolo con la misma fiereza que él la estaba besando a ella.
    «Más, por favor, más», aprobó Daphne en silencio.
    Sin embargo, no hubo más. Murat se apartó y Daphne no tuvo más remedio que abrir los ojos y recuperar el equilibrio.
    – Supongo que en estos momentos Brittany ya estará en Nueva York -comentó Murat.
    El repentino cambio de conversación tomó a Daphne por sorpresa. ¿Acaso no iban a hablar del beso? ¿Tal vez no iba a haber más?
    Por lo visto, no.
    – Lo que te dije de que me iba a casar con una mujer de la familia Snowden lo dije muy en serio.
    – Pues vas a tener que cambiar de planes porque Brittany no se va a casar contigo.
    – ¿Estás segura de eso? -preguntó Murat mirándola con intensidad.
    – Completamente -contestó Daphne muy segura de sí misma.
    – Como quieras -dijo girándose y yéndose.

    Daphne no pudo conciliar el sueño hasta pasadas las dos de la madrugada, pues no podía relajarse.
    Aunque se repetía una y otra vez que debería estar contenta porque, por fin, Murat parecía haber entrado en razón en lo que a Brittany se refería, no se fiaba de él.
    ¿Había dejado que se saliera con la suya así de fácil? Aquello no era propio de Murat.
    Cuando se levantó a la mañana siguiente, se dio cuenta de que estaba bastante cansada. Cuando olió café recién hecho, se puso la bata y se apresuró a ir al salón, donde, efectivamente, encontró preparado su desayuno.
    Dejando para más adelante la fruta y el pan, se sirvió una buena taza de café y se dispuso a leer la prensa.
    Bajo el Usa Today estaba el periódico nacional de Bahania. Al retirar el de su país, gritó horrorizada, pues en la portada del local aparecía una fotografía suya y debajo un titular en el que se anunciaba su compromiso de boda con Murat.

Capítulo 4

    Lo voy a matar! -gritó Daphne dejando la taza de café sobre la mesa-. ¿Cómo se atreve? ¿Pero quién se cree que es?
    No se lo podía creer. La noche anterior Murat se había mostrado agradable, divertido y sensual, pero en realidad la había estado engañando.
    Daphne se puso en pie furiosa. La había besado. La había tomado entre sus brazos y la había besado y ella se había derretido pensando en el pasado mientras Murat tenía muy claro lo que iba a hacer.
    – Canalla.
    Al fijarse detenidamente en el artículo de prensa, comprobó que estaba escrito en perfecto inglés y que daba todo lujo de detalles sobre su anterior compromiso con Murat.
    – Estupendo, ahora voy a tener que revivir todo aquello -murmuró tirando el periódico-. ¿Me estás escuchando, Murat? -gritó-. De ser así, quiero que sepas que has ido demasiado lejos. No me puedes hacer esto. No te lo voy a permitir.
    Nadie contestó.
    En aquel momento, sonó su teléfono y Daphne contestó convencida de que era Murat.
    – ¿Sí?
    – ¿Cómo has podido hacerme esto? -dijo una voz conocida al otro lado.
    – ¿Laurel?
    – Sí, soy yo -contestó su hermana-. Daphne, siempre tienes que fastidiarlo todo. Lo has hecho adrede, ¿verdad? Lo querías para ti.
    Daphne tardó unos segundos en darse cuenta de que su hermana ya lo sabía todo.
    – ¿Te has enterado de lo de la boda?
    – Por supuesto. ¿Te creías que ibas a poder mantenerlo en secreto?
    – Por supuesto que no. Para empezar, porque no va a haber ninguna boda.
    ¿Cómo demonios se había enterado su hermana con la diferencia horaria que había entre Bahania y Estados Unidos?
    – ¿No deberías estar durmiendo?
    – Claro, como si pudiera dormir después de esto -contestó Laurel furiosa-. No entiendo cómo le has podido hacer esto a Brittany. Yo creía que la querías.
    – Claro que la quiero -contestó Daphne sinceramente-. Por eso precisamente no quería que se casara con Murat.
    – Ya veo que lo tenías muy claro, ¿eh? Ahora lo tienes para ti sólita. No me puedo creer que mi propia hermana me haya dado semejante puñalada por la espalda.
    Daphne agarró el auricular con fuerza.
    – Esto es una locura. Laurel, piensa con la cabeza, por favor. ¿Por qué demonios iba yo a querer casarme con Murat? ¿Acaso no lo dejé plantado hace diez años?
    – Sí, pero supongo que te arrepientes de haberlo hecho y estabas esperando la oportunidad para volver a aparecer en su vida.
    – Aquello fue hace diez años. ¿No te parece que he tenido todo el tiempo del mundo para volver a aparecer en su vida cuando me hubiera dado la gana?
    – No lo has hecho porque creías que te ibas a enamorar de otro, pero no ha sido así. ¿Qué hombre podría estar a la altura de un príncipe que algún día será rey? Entiendo tu ambición. Incluso la respeto, pero robarle el novio a tu sobrina es espantoso. Brittany se va a llevar un disgusto terrible.
    – Lo dudo mucho.
    – No debería haber confiado en ti -se lamentó Laurel-. ¿Cómo demonios no me di cuenta de lo que te traías entre manos?
    – No me traía absolutamente nada entre manos – se defendió Daphne-. Ya te he dicho que no me voy a casar con Murat. No sé lo que habrán publicado en los periódicos, pero no es cierto.
    – No te creo.
    – Cree lo que quieras, pero te aseguro que no va a haber boda.
    – Quiero que sepas que nunca te voy a perdonar esto -se despidió su hermana colgando el teléfono.
    Daphne se quedó en silencio, colgó el auricular y se tapó el rostro con las manos. Todo aquello no tenía sentido. ¿Cómo podía estar sucediendo? Daphne tenía muchas preguntas y sabía que solamente había una persona que podía contestarlas, así que se acercó a la puerta y golpeó varias veces para llamar la atención de los guardias.
    – ¿Estáis ahí?
    – Sí, señora.
    – Decidle al príncipe Murat que quiero hablar con él.
    – Le haremos llegar su mensaje.
    – Le decís de mi parte que he dicho, literalmente, que quiero que venga inmediatamente.
    Y, dicho aquello, Daphne volvió a su habitación pensando en la frase «vestida para matar».
    Murat se estaba terminando la segunda taza de café mientras leía la prensa cuando su padre entró en su suite.
    – Buenos días -saludó el rey a su hijo.

    Murat lo saludó y le indicó que se sentara, pero su padre le dijo que solamente había ido a hablar de cierta noticia que había leído hacía un rato en la prensa local.
    Por supuesto, Murat sabía a lo que se refería.
    – Una solución muy interesante -comentó el rey señalando la foto de Daphne.
    – Te dije que me iba a casar con una mujer de la familia a Snowden y así será.
    – Me sorprende que ella haya accedido.
    – No ha accedido, pero lo hará. Al fin y al cabo, fue idea suya.
    – ¿Ah, sí?
    – Sí, le dije que yo me quería casar y ella contestó que jamás lo haría con Brittany, así que ella solita se colocó en la posición de novia.
    – Entiendo -contestó su padre -. ¿Y para cuándo es la ceremonia?
    – Nos casaremos dentro de cuatro meses.
    – Tal vez debería acercarme a darle la enhorabuena.
    – Estoy seguro de que le encantará verte, pero te sugiero que esperes unos cuantos días, hasta que haya tenido tiempo de asimilar que se va a convertir en mi esposa.
    – Supongo que tienes razón -recapacitó el rey acariciando al gato que llevaba en brazos-. Has elegido bien.
    – Gracias -contestó Murat-. Estoy seguro de que Daphne y yo vamos a ser muy felices.
    Por supuesto, después de que a Daphne se le pasaran las ganas de matarlo.

    Eran las siete de la mañana y Daphne ya estaba duchada y vestida y paseándose por el salón del harén.
    Todavía no había podido hacer ninguna llamada por la diferencia horaria con Estados Unidos, pero, en cuanto pudiera hacerla, Murat se iba enterar de quién era ella. Aunque fuera la oveja negra de la familia, seguía siendo una Snowden.
    – Menudas ideas tan arrogantes, locas, machistas y ridículas -murmuró furibunda.
    – Cuánta energía -dijo alguien a sus espaldas.
    Al girarse, vio que se trataba de Murat.
    – No me gusta nada que aparezcas y desaparezcas así sin más. Te juro que, cuando encuentre la puerta secreta, voy a poner un mueble delante para que no puedas utilizarla.
    – Muy bien, lo que tú quieras -contestó Murat en absoluto sorprendido por su ira.
    – Sí, claro lo que yo quiera -bufó Daphne-. ¿Acaso has tenido en cuenta mis deseos para hablar con la prensa? -añadió lanzándole el periódico que había sobre la mesa-. ¿Cómo me has podido hacer esto? ¿Quién te crees que eres? ¿Quién te ha dado permiso?
    – Tú.
    – ¿Cómo? -exclamó Daphne-. De eso, nada.
    – Yo te dije que me quería casar con una Snowden y tú dijiste que no sería con tu sobrina.
    – ¿Y? Eso no quiere decir que fuera a ser conmigo. El hecho de que no quiera que mi sobrina se case contigo no quiere decir que la que me quiera casar contigo sea yo. En cualquier caso, no puedes ir por la vida diciendo que te quieres casar con una Snowden. No somos helados que puedas elegir a tu antojo, somos personas.
    – Sí, ya lo sé. He accedido a no casarme con Brittany. Deberías estar contenta.
    ¿Contenta?
    – ¿Te has vuelto loco? Lo que estoy es furiosa. Me tienes aquí secuestrada y vas por ahí contando mentiras sobre mí. Me ha llamado mi hermana, la madre de Brittany. ¿Te haces una idea de lo que estás haciendo con mi vida? ¿Te das cuenta de que estás complicándonos la vida a los dos?
    – Bueno, ya sé que casarse te cambia la vida, pero espero que sea para mejor.
    – ¡Tú y yo no nos vamos a casar! -gritó Daphne.
    En lugar de contestar, Murat se quedó mirándola con mucha calma, lo que hizo que Daphne sintiera ganas de estrangularlo. Para no perder la compostura, tomó aire varias veces y clavó las uñas en el respaldo de la silla que tenía ante sí.
    – Muy bien, vamos a empezar por el principio. No te vas a casar con Brittany, lo que ya es todo un logro.
    Murat tuvo la desfachatez de sonreír.
    – ¿De verdad te creías que me quería casar con una adolescente? Hacer venir a Brittany hasta aquí fue idea de mi padre y yo accedí para no darle un disgusto.
    – ¿Cómo? Repite eso.
    – Nunca tuve intención de casarme con Brittany.
    – Pero… -se extrañó Daphne-. Pero dijiste que…
    – Quería fastidiarte por haber dado por hecho lo peor de mí. Luego, cuando te ofreciste a sustituir a tu sobrina, decidí considerar la posibilidad.
    – Yo no me he ofrecido nunca a sustituir a mi sobrina.
    – Sí, claro que te has ofrecido y yo he aceptado.
    – No puedes aceptar porque yo no me he ofrecido -insistió Daphne sentándose-. Sé que estás acostumbrado a salirte siempre con la tuya, pero en esta ocasión no va a poder ser. Te voy a hablar muy claro. No me voy a casar contigo. No me puedes obligar. Obviamente, no me puedes llevar atada y amordazada al altar y ésa sería la única forma en la que podrías casarte conmigo, pero eso no quedaría bien ante la prensa.
    – No me importa la prensa.
    – Entonces, ¿por qué te has molestado en contarles mentiras?
    Murat se sentó frente a ella.
    – Daphne, estoy decidido a que nos casemos y nos vamos a casar. He hecho el anuncio público para que tengas tiempo de hacerte a la idea.
    – Te has vuelto loco. No estamos en la Edad Media, no me puedes obligar a casarme contigo. Estamos en un país libre -añadió dándose cuenta al instante de que no estaba en Estados Unidos-. Más o menos.
    – Te recuerdo que soy el príncipe heredero Murat de Bahania y poca gente se atreve a decirme que no.
    – Pues yo soy una de esas personas.
    – Desde luego, no me defraudas -comentó Murat echándose hacia atrás-. Me encantan tus explosiones de furia. Eres como fuegos artificiales.
    – Y todavía no has visto nada -contestó Daphne mirándolo con intensidad-. Como me obligues, llevaré este asunto hasta la Casa Blanca.
    – Me alegro. Así podremos invitar al presidente a la boda. Somos amigos desde hace mucho tiempo.
    En aquel momento, a Daphne le habría encantado tener superpoderes para haber elevado la mesa que tenía ante sí y haber tirado a Murat por la ventana.
    – Te lo voy a decir otra vez, a ver si lo entiendes de una vez. No me voy a casar contigo. Tengo mi vida, mis amigos y mi trabajo.
    – Hablando de tu trabajo. Me parece muy interesante lo que averigüé ayer cuando llamé a Chicago y me dijeron que ya no trabajabas en la clínica veterinaria.
    – No, lo he dejado, pero no tiene nada que ver con quererme casar contigo.
    – ¿Seguro que tu insistencia para que no me casara con tu sobrina no tenía nada que ver con que, en secreto, me querías sólo para ti?
    Daphne puso los ojos en blanco.
    – Tu ego es tan grande que me sorprende que quepa en esta habitación -comentó.
    Al darse cuenta de que su hermana le había hecho la misma acusación, Daphne se dijo que no era cierto, que Murat formaba parte de su pasado, que no se había pasado diez años llorando por él, sino que había salido con otros hombres y había sido feliz.
    – Hacía años que no pensaba en ti -contestó sinceramente-. Te aseguro, y podría jurarlo sobre la Biblia, que jamás habría venido si tú no te hubieras comportado como un hombre de las cavernas con mi sobrina. Todo esto es culpa tuya.
    Murat asintió.
    – Hay un anillo maravilloso esperándote.
    – ¿Pretendes comprarme con una joya? No soy de esas mujeres.
    – Ya lo sé -sonrió Murat.
    Daphne volvió a sentirse furiosa, pero en ese momento volvió a sonar el teléfono.
    – ¿Sí? -contestó.
    – Cariño, nos acabamos de enterar y estamos encantados con la noticia -dijo su madre al otro lado del Atlántico.
    – ¿Te ha llamado Laurel?
    – Sí. Oh, cariño, qué inteligente has sido. Al final, te vas a casar con Murat, el futuro rey -suspiró su madre-. Siempre he sabido que podríamos estar orgullosos de ti.
    Daphne no podía ni hablar.
    – Tu padre está que no se lo cree. Está como loco por llevarte del brazo el día de tu boda. Por cierto, en cuanto tengáis fecha decídnoslo para que podamos organizar el viaje.
    Daphne se giró para que Murat no pudiera ver en su rostro el daño que le estaba haciendo aquella conversación.
    – Laurel estaba muy enfadada -consiguió decir por fin.
    – Sí, ella quería que su hija se casara con Murat, pero, sinceramente, Brittany es una chica maravillosa pero es demasiado joven para ser reina. Tú y yo sabemos que ser reina es una gran responsabilidad. ¡Reina! -rió su madre-. Mi hija va a ser reina. Qué bien suena. Bueno, cariño, te tengo que dejar, pero te llamo dentro de poco para hablar. Supongo que estarás feliz. Esto es maravilloso, Daphne. Increíblemente maravilloso.
    Y, dicho aquello, su madre colgó el teléfono. Daphne dejó el auricular en su sitio e intentó controlarse. Tenía unas terribles ganas de llorar, pero, haciendo un gran esfuerzo, consiguió aguantar las lágrimas.
    – ¿Eran tus padres? -le preguntó Murat.
    Daphne asintió.
    – Mi madre. Mi hermana la ha llamado. Está encantada -contestó con voz trémula.
    – No le has dicho que no iba a haber boda.
    – No.
    No había podido.
    – No te creas que eso quiere decir que haya aceptado casarme contigo -añadió en un susurro.
    – Por supuesto que no -dijo Murat poniéndose en pie, tomándola de los hombros y girándola hacia él.
    Daphne no estaba acostumbrada a que aquel hombre mostrara sus emociones, así que se sorprendió al ver en sus ojos que entendía por lo que estaba pasando, lo que hizo que no protestara cuando Murat la tomó entre sus brazos y la apretó contra su pecho. De repente, Daphne se encontró con la cabeza apoyada en su hombro y la protección de su cuerpo alrededor.
    – No me hagas esto -susurró-. Te odio.
    – Sí, ya lo sé, pero ahora mismo no hay nadie más para consolarte -contestó Murat acariciándole el pelo-. Venga, cuéntamelo todo.
    Daphne negó con la cabeza.
    – Es por tu madre, ¿verdad? -murmuró Murat-. Te ha dicho que está muy contenta con lo de la boda. Tu familia siempre ha sido ambiciosa. Tener un yerno rey es mucho mejor que tener un yerno presidente.
    – Así es -admitió Daphne abrazando a Murat de la cintura-. Es horrible. Mi madre es horrible. Me ha dicho que estaba muy orgullosa de mí. Es la primera vez en la vida que me dice algo así. Yo para ella siempre he sido una oveja negra.
    El dolor de una década de indiferencia hizo presa en Daphne.
    – ¿Sabías que nadie de mi familia fue a mi graduación cuando terminé la universidad? Todavía están enfadados conmigo por no haberme casado contigo y no les hace ninguna gracia que sea veterinaria. Es como si, por no haberme casado contigo, hubiera dejado de existir.
    – Lo siento -murmuró Murat besándola en la frente.
    – Sólo soy su hija cuando hago lo que ellos quieren. No quería que a Brittany le pasara lo mismo, quiero que ella sea feliz, que sea una mujer fuerte que pueda decidir por sí misma. Por eso, le he intentado inculcar desde pequeña que yo siempre la querré, haga lo que haga y se case con quien se case.
    – Seguro que Brittany tiene muy claro que la adoras.
    – Eso espero. Laurel me ha dicho que estaba muy disgustada.
    – ¿Por qué? -contestó Murat chasqueando con la lengua-. ¿Por no casarse con un hombre que le dobla la edad y al que ni siquiera conoce? Seguro que la has educado mejor.
    – ¿Cómo? -se sorprendió Daphne-. Yo no la he educado, no es mi hija.
    – Como si lo fuera.
    Daphne jamás le había hablado a nadie de ello, pero, para ella, en el fondo de su corazón, Brittany era como su hija y Murat lo había entendido inmediatamente.
    – Date cuenta de que, por mi posición, sé lo que es que todo el mundo espere cosas de ti. A mí no me han permitido olvidarme de mis responsabilidades ni un solo día.
    – Supongo que, sabiendo que algún día vas a ser rey, no te puedes permitir el lujo de cometer errores.
    – Exacto. Por eso precisamente entiendo que hayas tenido que hacer lo que otros querían, incluso cuando eso significaba no hacer lo que tu corazón te dictaba.
    – Yo nunca he accedido a sus presiones, siempre he hecho lo que he querido y ellos me han castigado por ello. No solamente mis padres sino también mis hermanas. Para todos ellos yo no existo.
    Murat la miró a los ojos y Daphne se dio cuenta de que estaba encantada de estar entre sus brazos, lo que era una locura porque aquel hombre era su enemigo. Claro que, en aquellos momentos, no le parecía tan mala persona.
    – Existes para mí -le dijo Murat.
    Ojalá aquello fuera verdad, pero Daphne sabía que no lo era, así que, haciendo un esfuerzo, se apartó de él.
    – No digas eso porque no es cierto.
    – ¿Por qué dices eso? Te he elegido como mi esposa.
    – Y me pregunto por qué. Yo creo que solamente lo haces porque eres un hombre testarudo que se quiere salir con la suya, pero tú nunca me has querido.
    – Te recuerdo que hace diez años te pedí que te casaras conmigo.
    – ¿Y qué? Si me hubieras querido de verdad, no me habrías dejado marchar, pero no te importó que me fuera. Me fui y nunca viniste a buscarme para preguntarme por qué.

Capítulo 5

    Murat dejó a Daphne y volvió a su despacho. A pesar de que tenía una reunión concertada, le dijo a su secretaria que no quería que lo molestaran y cerró la puerta.
    La estancia era grande y abierta, como correspondía al príncipe heredero de una nación tan rica. La zona de conversación consistía en tres sofás colocados junto a grandes ventanales y la mesa de conferencias tenía espacio para dieciséis personas.
    Murat pasó de largo ante los muebles y fue directamente al balcón que daba a un jardín privado.
    El aire olía a primavera, pero Murat lo ignoró, así como a los pájaros que cantaban; se quedó mirando el horizonte y recordó el pasado.
    Así que Daphne no sabía por qué no había ido tras ella cuando lo había abandonado. ¿Por qué iba a salir corriendo detrás de una mujer? Aunque se le hubiera ocurrido hacerlo, lo que no había ocurrido, no hubiera podido.
    Si Daphne hubiera querido seguir manteniendo contacto con él, tendría que haberle pedido perdón de rodillas por haberle hecho lo que le había hecho.
    Daphne debería saberlo pues procedía de una familia que estaba acostumbrada al poder y que sabía cómo funcionaba. Murat sabía que su familia estaba encantada con la boda y lo había sorprendido sobremanera que Daphne se opusiera a sus deseos.
    Murat se giró y recordó lo que había sucedido aquel día. Su padre fue la persona que le dijo que Daphne se había ido. Inmediatamente, el rey le dijo que iba a hacer todo lo que estuviera en su mano para que volviera, pero Murat se había negado porque no estaba dispuesto a ir tras ella por medio mundo.
    Si Daphne quería irse, que se fuera.
    Sólo era una mujer.
    Sería muy fácil sustituirla.
    Ahora, con el paso del tiempo, admitía que Daphne era diferente a cualquier otra mujer. Por eso, jamás había podido sustituirla. Por supuesto, había conocido a otras mujeres, había hecho el amor con ellas e incluso se había enamorado, pero nunca había querido casarse con ninguna.
    Murat se preguntó qué tenía Daphne que la hacía tan diferente.
    Era una mujer atractiva y sensual, pero Murat había conocido a mujeres mucho más bellas, así que no era porque fuera más guapa que ninguna. Aunque Daphne era una mujer muy inteligente, Murat había conocido a otras mujeres versadas en asuntos técnicos y científicos que lo habían dejado con la boca abierta. Daphne era divertida y encantadora, pero Murat había conocido a otras mujeres así.
    ¿Qué combinación de cualidades tenía aquella mujer que la convertía en la elegida?
    Murat entró en su despacho y recordó lo que había sucedido cuando Daphne se había ido. No se había permitido sufrir, había prohibido a la gente que hablara de ella y había hecho como si Daphne jamás hubiera existido.
    Y ahora había vuelto y se iba a casar con él.
    Murat se sentó, abrió un cajón de su mesa y sacó una caja roja de la cual extrajo un diamante. Aquel anillo había sido un regalo de uno de sus antepasados al gran amor de su vida, una concubina a la que había sido fiel durante más de treinta años y con la que se había casado cuando su esposa de conveniencia, la reina, había muerto.
    Según contaba la leyenda, aquel anillo era mágico.
    Aquél había sido el anillo que Murat había elegido para Daphne diez años atrás.
    Murat se dijo que aquello no eran más que tonterías, guardó el diamante de nuevo y llamó al joyero real para que aquella misma tarde le llevara varios anillos para escoger.
    El anillo de compromiso de Daphne sería un anillo sin historia ni significado.
    Y sin magia.

    Daphne se pasó toda la mañana considerando sus opciones. Murat se había ido sin decirle nada, negándose a admitir que no se iban a casar y sin haber contestado a cómo era posible que su hermana y la prensa se hubieran enterado tan rápido de su compromiso.
    Obviamente, había sido él quien se lo había contado, así que ¿por qué no lo admitía?
    Daphne se dijo una y otra vez que era imposible que la obligaran a casarse con Murat, pero no sabía si eso era así en aquel país.
    Daphne iba a tener que mostrarse muy firme si quería evitar que la boda siguiera adelante. Casarse con aquel nombre sería un desastre de proporciones monumentales, así que tenía que romper aquel compromiso como fuera.
    Tenía que confeccionar un plan, para lo cual iba a necesitar más información, pero ¿cómo conseguirla?
    – Hola, ¿hay alguien en casa?
    Daphne, que estaba en el jardín, se giró al oír una voz femenina y entró corriendo en el harén.
    – Hola -dijo una vez en el salón.
    Había tres mujeres esperándola, tres mujeres guapas, vestidas muy elegantes y sonrientes. Dos eran rubias y una, pelirroja. Una de las rubias, una mujer menuda con pelo corto y un cuerpo maravilloso, dio un paso al frente.
    – Somos el contingente básico de princesas y hemos venido a hablar con la prisionera -sonrió-. Es broma. Por supuesto, no estás prisionera.
    Eres la mujer que se va casar con Murat, así que somos casi familia. Soy Cleo, la mujer de Sadik.
    Vaya, ya he vuelto a presentarme como la mujer de alguien, a ver si me acostumbro a no hacerlo -añadió poniendo los ojos en blanco.
    – Desde luego, Cleo, esa forma de hacer las cosas no ayuda en absoluto a las mujeres -bromeó la otra rubia, que era un poco más alta y llevaba unas sandalias con un tacón elevadísimo a pesar de estar embarazada.
    – Yo soy Daphne Snowden.
    – Hola -se presentó la pelirroja-. Yo me llamo Emma y soy la mujer de Reyhan. Ella se llama Billie -añadió señalando a la embarazada.
    – Vaya, ¿no me he presentado? -se disculpó Billie.
    – No -contestaron Cleo y Emma al unísono-. Billie se cree la bomba porque sabe pilotar aviones -suspiró Cleo-. Tampoco es para tanto.
    – Por supuesto que es para tanto y, de hecho, ya hemos hablado de esto en otras ocasiones – murmuró Emma.
    – Sí, pero no se lo digas muy a menudo porque se le va a subir a la cabeza.
    Daphne no sabía qué decir.
    – ¿Te importa que me siente? -dijo la cuñada de Murat que estaba embarazada.
    – No, por supuesto -contestó Daphne-. Por favor, poneos cómodas.
    Las tres mujeres se sentaron y, en ese momento, apareció una perrita que se sentó a los pies de Billie.
    – Creía que el rey sólo tenía gatos -comentó Daphne.
    – Sí, bueno eso fue hasta que conoció a Muffin. Ahora está completamente enamorado de ella -contestó Billie.
    – Leí sobre vuestras bodas en la prensa -dijo Daphne-. Bueno, sobre la tuya, no -añadió mirando a Emma.
    – No, la mía fue todo un escándalo -contestó la pelirroja.
    – ¿Y tú estás casada con Jefri? -le pregunto Daphne a Billie.
    La embarazada asintió.
    – Admito que me hizo levitar cuando lo conocí. Si lo intentara ahora, con esta barriga que tengo, tal vez no le fuera posible -bromeó haciendo reír a las demás.
    Daphne se dio cuenta de que entre aquellas tres mujeres había una relación maravillosa y sintió envidia pues ella jamás había tenido una relación así con sus hermanas.
    – Somos cinco mujeres, ¿sabes? -la informó Cleo-. El rey tiene cuatro hijos y dos hijas. Tres de sus hijos están casados con nosotras y, luego, está Sabrina, casada con Kardal, y Zara, casada con Rafe. Zara no sabía que el rey era su padre. Se enteró hace unos años.
    – Sí, recuerdo haberlo leído. Me parece una historia preciosa.
    – A mí también -contestó Cleo.
    – ¿Vivís las tres en palacio? -quiso saber Daphne.
    – Ellas sí -contestó Emma-. Reyhan y yo vivimos en el desierto-. Ellos cuatro viven aquí. Billie y Jefri son instructores de vuelo del Ejército del Aire.
    Daphne miró sorprendida a la embarazada. Lo cierto era que le costaba imaginarse a aquella mujer tan elegante y femenina pilotando un caza.
    – No me lo puedo creer -comentó.
    – No subestimes jamás el poder de una mujer – sonrió Billie.
    – Por supuesto que no.
    – Reyhan tenía que hacer unas cosas en la ciudad y hemos venido a pasar unos días con nuestra hija -le contó Emma.
    – Nosotros también tenemos una hija -añadió Billie-. Sería genial que la próxima reina fuera una mujer, ¿verdad?
    Las demás sonrieron encantadas ante la posibilidad.
    – Zara y Sabrina vendrán dentro de unos días a conocerte. Me han dicho que te saludáramos de su parte.
    – Muchas gracias por venir a visitarme -contestó Daphne.
    – Sí, hemos venido porque queremos que nos cuentes todos los detalles. Esto de que hayáis decidido casaros tan repentinamente nos ha pillado a todos por sorpresa -contestó Emma.
    – Lo cierto es que no nos vamos a casar – contestó Daphne decidiendo que no quería mentir-. No sé por qué ha dicho que va a haber una boda porque no es cierto.
    Las tres mujeres se miraron entre sí.
    – Vaya, eso cambia las cosas -comentó Cleo.
    A continuación, Daphne les contó lo que había sucedido hacía diez años entre Murat y ella, cómo se habían conocido y cómo se había ido sin casarse con él a pesar de estar prometidos. También les habló de Brittany y de cómo le había abierto los ojos a la adolescente para que no cometiera un error casándose con Murat.
    – Así que mi sobrina se volvió a Estados Unidos sin salir del aeropuerto y yo me vine a hablar con Murat, al que no se le ocurrió otra cosa que encerrarme en el harén y anunciar que se va a casar conmigo.
    – Qué romántico -suspiró Emma.
    – Esto es un secuestro -comentó Cleo.
    – Sí, pero debe de estar completamente enamorado de ella para secuestrarla, ¿no os parece? -insistió Emma.
    – Murat nunca ha estado enamorado de mí – objetó Daphne-. Han pasado diez años desde la última vez que nos vimos. Ni siquiera me conoce como persona.
    – Entonces, ¿por qué ha anunciado que se va casar contigo? -quiso saber Billie.
    – No tengo ni idea -contestó Daphne.
    – Tiene que tener una razón -intervino Cleo-. ¿Ha intentado ponerse en contacto contigo durante todo este tiempo?
    – No, supongo que habrá estado muy ocupado saliendo con otras mujeres -contestó Daphne.
    – Es cierto que ha salido con otras, pero no ha tenido nada serio.
    – Perdona por preguntarte algo tan personal, pero ¿por qué te fuiste? -le preguntó Emma.
    Buena pregunta.
    – Por muchas razones -contestó Daphne-. Las cosas estaban yendo demasiado deprisa. No me dio tiempo a pensar si casarme con Murat era lo que yo de verdad quería hacer y, de repente, me encontré prometida con él. Me entró miedo y me fui.
    – Pero estabas enamorada de él, ¿no?
    – Sí, pero yo era una chica muy joven y muy inocente por aquel entonces y Murat era el primer hombre que me tomaba en serio. No tenía muy claro lo que era el amor y éramos muy diferentes.
    – Si pudieras volver a ser la Daphne de aquel entonces ¿qué te dirías a ti misma? -le preguntó Billie.
    – No lo sé.
    – ¿No elegirías quedarte y casarte con Murat? -quiso saber Emma.
    – No.
    – ¿Por qué no? -insistió Cleo-. Perdona si nos estamos metiendo en tu vida personal. A lo mejor, nos estamos pasando.
    – No, no os preocupéis. Estoy bien. Me viene bien hablar de ello. No me hubiera quedado porque sé lo que ocurrió después. Murat no estaba enamorado de mí. Lo sé porque no se molestó en ir a buscarme, ni me llamó por teléfono ni me escribió una carta. Nunca se molestó en averiguar por qué me había ido y eso demuestra que nunca me quiso.
    Daphne creía que las tres princesas se iban a sorprender, pero Cleo suspiró, Billie sacudió la cabeza y Emma se puso triste.
    – Es su orgullo -le dijo Emma-. A todos les pasa lo mismo. Son hombres demasiado orgullosos.
    – No sé si fue por orgullo -objetó Daphne.
    – Intenta entenderlo desde su punto de vista – le aconsejó Cleo-. Él te había ofrecido todo y tú lo rechazaste y lo abandonaste. Eso lo debió de dejar bastante abatido y los príncipes abatidos no van en busca de las mujeres que los han abandonado.
    – No eras más que una mujer -sonrió Billie.
    – Sí, resulta de lo más cómico ver a un príncipe en plan imperial -sonrió Emma.
    Daphne no entendía nada.
    – Daphne, no deberías juzgar los sentimientos de Murat porque no fuera detrás de ti cuando te fuiste -le aconsejó Cleo-. Es el príncipe heredero y tiene un ego tan grande que no le permite actuar con naturalidad aunque quiera. Seguramente, pensó que, si iba detrás de ti, sería una debilidad por su parte.
    – Pero si me amaba…
    – Sí, tienes toda la razón del mundo, pero nosotras somos mujeres y lo entendemos de otra manera. Reyhan estaba enamorado de mí, pero lo ocultó durante años porque su orgullo le impedía hablar con una persona que él creía que lo había rechazado. Seguramente, a Murat le pasó lo mismo.
    – ¿Y todas las mujeres con las que ha salido en estos diez años? No creo que sufriera mucho por mi partida, la verdad.
    – No sé, piénsatelo -insistió Cleo.
    En ese momento, se abrieron las puertas doradas y entraron unos cuantos sirvientes con varios carritos de comida.
    – ¿Te habíamos dicho que habíamos encargado comida para comer todas juntas? -sonrió Billie.
    Tras comer con las princesas, que se fueron sobre las tres, Daphne se quedó a solas y se sentó junto al sofá que había frente al jardín.
    A pesar de todo, había tenido un día maravilloso. Si su compromiso con Murat hubiera sido cierto, le habría encantado conocer a sus futuras cuñadas, pero no era de verdad y su teoría sobre que Murat no había ido tras ella porque su orgullo se lo había impedido a pesar de que la amaba era muy bonita, pero no era cierta.
    – Ya no importa -murmuró Daphne.
    No, ya no importaba porque, aunque le había costado muchos años, había conseguido olvidarse de Murat.
    Su corazón estaba a salvo.

    Aquella tarde y para sorpresa de Daphne, las puertas doradas volvieron a abrirse, pero en aquella ocasión no recibió la visita de Murat sino del rey.
    – Es un placer volver a tenerte entre nosotros -dijo el monarca abrazándola.
    Aunque Daphne no estaba de acuerdo con lo que Murat se traía entre manos, ella también estaba encantada de volver a ver al rey Hassan, un hombre que siempre se había portado de maravilla con ella, sobre todo al verla joven, enamorada y aterrorizada.
    – Ven, vamos a sentarnos -le indicó el monarca yendo hacia los sofás-. Mi hijo te envía una sorpresa.
    En aquel momento, volvieron a abrirse las puertas y aparecieron unos cuantos sirvientes con carritos, pero esta vez no era fruta lo que llevaban sino útiles de escultura y arcilla.
    Al instante, Daphne sintió un intenso cosquilleo en las yemas de los dedos. Se moría por sentir la arcilla entre las manos.
    ¿Pero acaso creía Murat que podía sobornarla así?
    – Déle las gracias de mi parte.
    – Podrás dárselas tú misma dentro de un rato porque me ha dicho que pasará a verte.
    «Qué ilusión», pensó Daphne mientras sonreía educadamente.
    – Supongo que sabrás que la boda se va a celebrar dentro de cuatro meses. Es poco tiempo, pero, si contratamos al personal adecuado, yo creo que nos dará tiempo de tenerlo todo listo.
    Daphne dio un respingo.
    – Majestad, sin ánimo de ofender, encontrar al personal adecuado no es el problema. El problema es que no me voy a casar con Murat.
    – Esto va a ser una lucha de titanes porque los dos sois muy testarudos -comentó el monarca chasqueando con la lengua-. Me pregunto quién ganará al final.
    – Yo, por supuesto. Esto es como la fábula del conejo y el perro de caza. El conejo gana porque, mientras que el perro corre para cenar, el conejo corre para salvar la vida.
    – Interesante -comentó el rey tomándole la mano entre las suyas-. Muchas veces me he preguntado cómo habrían sido las cosas si te hubieras casado con Murat. ¿Tú nunca te lo has planteado?
    – No -mintió Daphne-. En aquel entonces, yo no quería casarme. Era demasiado joven, igual que Murat.
    – Él no se ha casado.
    – Ya lo sé. De haber estado casado, no me mantendría prisionera en el harén.
    – Sabes que no me refiero a eso -sonrió Hassan-. Tú tampoco te has casado.
    – He estado muy ocupada con mis estudios y con mi trabajo.
    – Menuda excusa. ¿Y no será que estabais los dos esperando a que el otro diera el primer paso?
    – En mi caso, le aseguro que no -contestó Daphne-. En cuanto a su hijo, por lo que tengo entendido ha disfrutado de la compañía de tantas mujeres que no creo que se acuerde ya de aquélla con la que estuvo prometido hace más de una década.
    – ¿Y ahora?
    – Apenas nos conocemos.
    – Tal vez, ha llegado el momento de que empecéis a hacerlo -apuntó el rey poniéndose en pie -. Murat quiere casarse contigo. Tus padres aprueban la boda y yo, también. ¿Tú qué dices?
    Daphne no contestó.
    – ¿De verdad te parece que casarte con mi hijo sería tan horrible?
    – Sí -contestó Daphne mordiéndose el labio inferior-. Majestad, ¿usted me obligaría a casarme con Murat en contra de mi voluntad?
    – Si tuviera que hacerlo, sí -contestó el rey sin pestañear.

    Cuando Murat llegó al harén, encontró a Daphne en el jardín. Estaba sentada en un banco de piedra, con la cabeza echada hacia delante en actitud abatida, así que corrió a su lado, la tomó de las manos y la abrazó.
    Daphne estaba tan destrozada que lo dejó hacer.
    – Nadie me quiere ayudar -comentó-. De mi familia, no me sorprende, pero mis amigos ni siquiera se creen que me tengas cautiva en contra de mi voluntad. Lo único que quieren es que los invite a la boda.
    – Pues ya sabes lo que tienes que hacer -contestó Murat.
    Daphne levantó la mirada con lágrimas en los ojos.
    – No era eso lo que yo esperaba oír.
    Murat sabía que lo que Daphne quería oír era que la dejaba libre, pero no estaba dispuesto a hacerlo.
    – Te va a encantar ser reina. Las reinas tienen mucho poder.
    – El poder nunca me ha interesado.
    – Eso es porque nunca lo has tenido.
    – Murat, sabes que esto no está bien.
    – ¿Porqué?
    – Porque yo no me quiero casar contigo. Lo que quiero es recuperar mi libertad.
    – ¿Para qué? ¿Para vacunar a perros y gatos obesos? Aquí ocuparías un lugar en la historia del país, serías reina, madre y abuela de los futuros reyes.
    – No es suficiente.
    ¿Aquella mujer había sido siempre así de cabezota?
    – ¿Por qué te fuiste? ¿Por qué me abandonaste hace diez años?
    Daphne lo miró con un tremendo dolor en los ojos.
    – Ya no importa.
    – A mí me gustaría saberlo.
    – No lo entenderías.
    – Pues explícamelo tú.
    – Murat, tienes que dejarme ir.
    En lugar de contestar, Murat la besó, lo que tomó a Daphne completamente por sorpresa. Sin embargo, a pesar de la reticencia inicial, ella también lo besó y Murat sintió un deseo tan desesperado de hacerle el amor que estuvo a punto de desnudarla allí mismo.
    Por supuesto, no lo hizo, pero sí estuvo un buen rato besándola lenta y apasionadamente… hasta que el deseo también se apoderó de Daphne.
    – ¿Lo ves? -le dijo apartándose-. Entre nosotros hay mucho más de lo que parece. Ahora vamos a tener tiempo de conocernos bien para que te vayas haciendo a la idea de casarte conmigo.
    – Yo no estaría tan seguro -contestó Daphne a pesar de que su deseo la traicionaba.
    Murat le acarició la mejilla y se fue.
    La victoria estaba cercana.
    Su plan era dejar a Daphne sin defensas para que así entendiera que su boda era inevitable. Tarde o temprano, lo aceptaría, se casaría con él y sería feliz y él…
    Él volvería a su vida normal, contento, pero sin haber dejado que la experiencia lo conmoviera ni lo más mínimo.

Capítulo 6

    Daphne tomó un trozo de arcilla y siguió esculpiendo. Por fin, el proyecto que tenía en mente estaba tomando forma.
    A su alrededor, el jardín brillaba lleno de vida, se oían los cantos de los loros y varios de los gatos del rey sesteaban al sol.
    «Desde luego, esta cárcel no está tan mal», pensó Daphne.
    Allí, el entorno era maravilloso, la comida deliciosa, tenía una cama cómoda y un baño suntuoso.
    Aun así, nada de aquello compensaba el hecho de que estuviera prisionera con la amenaza de casarse con Murat pendiendo sobre su cabeza.
    Murat había hablado de darse tiempo para conocerse mejor, pero Daphne dudaba mucho que eso quisiera decir que estaba dispuesto a abrirle su corazón. Aun así, una parte de ella sentía profunda curiosidad e interés por la oferta.
    Daphne tomó un cincel y esculpió el pecho y el rostro de la figura de barro.
    – Muchas personas han muerto por menos – dijo una voz a sus espaldas.
    Daphne se giró y se encontró con Murat, el protagonista de la figura. Estaba tan metida en su obra que no lo había oído llegar, pero ahora que lo veía ataviado con una camisa blanca remangada, sintió una punzada de deseo.
    «No puede ser», se dijo.
    No se podía permitir desear a Murat. Aquello no haría sino complicar todavía más las cosas. ¿Acaso no había aprendido de la primera vez? No debía olvidar que aquel hombre la mantenía prisionera contra su voluntad y que había amenazado con casarse con ella incluso aunque ella no quisiera.
    – ¿Qué haces aquí? -le espetó.
    – ¿Acaso no puedo venir a ver a mi prometida?
    Daphne puso los ojos en blanco.
    – Dicen que el que calla, otorga -continuó Murat.
    – Que digan lo que quieran -contestó Daphne.
    – Eres una mujer muy difícil -suspiró Murat.
    – Comparada contigo, no tengo nada que hacer. Tú sí que eres un hombre difícil.
    Murat no contestó, pero se acercó.
    – Estás un poco acelerada. Yo creo que pasar un tiempo aquí te vendrá bien para relajarte.
    – ¿Has venido a verme por algún motivo en especial o solamente para molestarme?
    – He venido a decirte que va a venir una persona a verte dentro de un rato.
    – ¿El primero de los tres fantasmas? -se burló Daphne.
    – ¿Acaso necesitas que vengan a verte?
    – No, yo siempre he mantenido vivo el Espíritu de la Navidad en mi corazón.
    – No sabes cuánto me alegro de oír eso porque eso quiere decir que nuestros hijos tendrán unas Navidades maravillosas.
    Daphne apretó las mandíbulas.
    – ¿Cuántas veces quieres que te repita que no me voy a casar contigo?
    – Puedes repetirlo todas las veces que quieras, pero no te voy a hacer ni caso. Como te iba diciendo, he venido a decirte que va a venir una persona a verte. Se trata del señor Peterson, un miembro de mi servicio personal especializado en coordinar acontecimientos de estado.
    – ¿Cómo una boda?
    – Exactamente. Te agradecería mucho que te mostraras educada y cooperadora con él.
    – Y yo te agradecería mucho que me dejases en libertad, pero, por lo que parece, ninguno de los dos se va a salir con la suya.
    – ¿Por qué te empeñas en fastidiarme?
    – Porque es la única manera de llegar a ti – contestó Daphne limpiándose las manos y girándose hacia él-. Murat, de verdad que no te entiendo. ¿Por qué insistes en casarte con una mujer que no quiere estar contigo? -añadió mirándolo a los ojos.
    Murat sonrió y se acercó un poco más a ella.
    – Tú dices que no quieres estar conmigo, pero tu cuerpo habla de otras cosas -murmuró Murat besándola.
    A continuación, antes de que a Daphne le diera tiempo de contestar, Murat le puso una mano sobre un pecho y comenzó a acariciarle el pezón con el pulgar.
    Daphne abrió la boca sorprendida, momento que Murat aprovechó para introducirse en su interior y besarla con pasión.
    Daphne se rindió, le pasó los brazos por el cuello y lo besó también de manera erótica, apretando su cuerpo contra el de Murat. El deseo explotó entre ellos y Daphne se encontró teniendo que hacer un gran esfuerzo para no sucumbir ante él.
    Había tocado a Daphne para enseñarle una lección, pero ahora era él quien estaba aprendiendo el riesgo de una necesidad no satisfecha.
    Daphne lo abrazaba con fuerza y lo besaba con fruición y Murat se encontró explorando su pecho y deseando explorar todo su cuerpo.
    Sin embargo, se recordó que no era el momento y se apartó de ella. Conocería todo su cuerpo en breve, en cuanto Daphne hubiera entendido que su boda era inevitable.
    – ¿Lo ves? Me deseas -le dijo hablando con una calma que no sentía.
    Daphne sacudió la cabeza.
    – No es lo mismo desear tener a un hombre en la cama durante un par de semanas que desear compartir con él la vida -le espetó-. Si estabas intentando demostrarme algo, no me has impresionado lo más mínimo.
    – Tu cuerpo no dice lo mismo.
    – Por fortuna, tomo las decisiones con el cerebro.
    – Tu cerebro también me desea -insistió Murat-. Te resistes porque eres cabezota. Me alegro mucho de que la chispa sexual siga viva entre nosotros después de tanto tiempo porque, así, me darás hijos sanos, inteligentes y fuertes.
    – Claro, y supongo que mi recompensa por ello será verte feliz. Desde luego, es genial -se burló Daphne.
    Murat no se dejó provocar.
    – Tu recompensa será el honor de que te haya hecho mi esposa.
    – Eres un hombre arrogante, egocéntrico y molesto -le espetó Daphne.
    – Di lo que quieras, pero sé que no es verdad. Ya te estás enamorando de mí y en breve, en pocas semanas, te morirás por disfrutar del placer de estar cerca de mí.
    – Cuando los burros vuelen. Ya te he dicho que no me voy a casar contigo y te lo repito.
    – El señor Peterson está a punto de llegar. Por favor, compórtate -sonrió Murat.
    Daphne sintió que la furia se apoderaba de ella.
    – ¡Vete de aquí! -gritó.
    – Tus deseos son órdenes para mí, mi amada prometida.

    El señor Peterson resultó ser un hombre increíblemente menudo y puntilloso que se presentó con un maletín del que sacó un montón de documentos y papeles.
    – Señorita Snowden, el príncipe Murat me ha informado que la boda tendrá lugar dentro de cuatro meses, así que disponemos de muy poco tiempo. En cualquier caso, le he traído unos cuantos documentos históricos para que se informe usted de las bodas que se han celebrado en este país antes que la suya. También he confeccionado una lista con sugerencias sobre las flores y otros asuntos relacionados. Puede que algunas de mis ideas le parezcan obsoletas a una mujer joven y moderna como usted, pero aquí en Bahania tenemos una historia, una historia larga y honorable que tenemos que respetar.
    – No va a celebrarse ninguna boda -le espetó Daphne disfrutando de la expresión de terror del señor Peterson.
    – ¿Cómo ha dicho?
    – He dicho que no me voy a casar con Murat.
    – Querrá usted decir el príncipe Murat.
    Teniendo en cuenta que, en teoría, era la prometida del susodicho, ¿cómo se atrevía aquel hombrecillo a corregirla?
    – Príncipe o no príncipe, no me voy a casar con él.
    – Entiendo.
    – Muy bien. Pues, si entiende eso, entienda también que no hay ningún motivo por el que usted y yo tengamos que tener esta conversación. Le agradezco mucho que haya venido a visitarme. Hasta luego – lo despidió Daphne con la esperanza de que el hombre se fuera.
    Por supuesto, no fue así.
    – El príncipe Murat me ha dicho que…
    – Ya supongo lo que le habrá dicho, pero se equivoca. No va a haber boda. He dicho que no me voy a casar con él. ¿Le ha quedado claro?
    El señor Peterson agarró un bolígrafo y una hoja de papel en blanco.
    – Creo que deberíamos hablar de la lista de invitados. Me han dicho que proviene usted de una familia numerosa y distinguida. ¿Sabe cuántos familiares suyos van a venir?
    Daphne suspiró comprendiendo que el señor Peterson había decidido ignorarla y seguir adelante.
    – No tengo ni idea -contestó tan contenta.
    – ¿Le importaría confeccionarme una lista de invitados cuando lo supiera?
    – Sí, sí me importaría. No voy a darle ninguna lista.
    – No tendré más remedio que ponerme en contacto con su madre.
    – Muy bien, haga lo que quiera -contestó Daphne poniéndose en pie-. Perdone, pero tengo que dejarlo porque tengo que solucionar este tema de una vez por todas.
    A continuación, se dirigió a la puerta, que estaba abierta para que el señor Peterson pudiera irse cuando quisiera. Daphne la abrió. Los dos guardias que había fuera se sorprendieron al verla y Daphne aprovechó el momento de confusión para salir corriendo por el pasillo.
    Ante ella había unos ascensores y tuvo la suerte de que uno de ellos estaba allí. Una vez dentro, pulsó el botón de la segunda planta y observó con placer cómo las puertas se cerraban en las narices de los guardias.
    De momento, había conseguido escapar.
    Al llegar a la segunda planta, salió del ascensor y se apresuró a encaminarse hacia el ala del palacio donde se encontraban los despachos administrativos.
    Al llegar a un amplio vestíbulo, Daphne no supo hacia dónde ir, así que se acercó a un recepcionista.
    – ¿El príncipe Murat?

    – ¿La está esperando?
    En ese momento, Daphne escuchó pasos apresurados en la distancia.
    – Soy su prometida -contestó en tono cortante.
    Inmediatamente, el hombre dio un respingo.
    – Sí, por supuesto, señorita Snowden. Tiene que seguir usted el pasillo de la izquierda. Hay dos guardias en la puerta del despacho del príncipe, así que es fácil localizarlo. Si quiere, la acompaño.
    – No hay necesidad -contestó Daphne caminando aprisa en la dirección que el hombre le había indicado.
    Al llegar frente al despacho de Murat, vio que uno de los guardias se llevaba la mano al auricular que tenía en el oído, como si estuviera recibiendo instrucciones.
    – Voy a entrar y no me lo vais a poder impedir -anunció Daphne con resolución.
    Al instante, los dos hombres fueron hacia ella enarbolando sus armas.
    – No creo que al príncipe le hiciera ninguna gracia que me matarais.
    Daphne volvió a oír pasos apresurados por el pasillo.
    ¡La iban a atrapar!
    – ¡Murat! -gritó cuando uno de los guardias la asió del brazo.
    Murat apareció en la puerta.
    – ¿Qué pasa aquí? -se extrañó-. Soltadla inmediatamente -añadió al ver que su escolta personal había apresado a su prometida.
    Daphne aprovechó para correr a refugiarse detrás de él.
    – ¿Y el señor Peterson? -le preguntó Murat.
    – No nos hemos llevado muy bien -contestó Daphne-. Lo único que quería era que habláramos de la boda y yo ya le he dicho que no va a haber ninguna boda, así que no ha sido una conversación muy agradable para ninguno de los dos.
    Murat la tomó de la mano y la llevó a su despacho.
    – Quédate aquí -le dijo-. Ahora vuelvo.
    Dicho aquello, se fue a hablar con la guardia.
    Una vez a solas, Daphne se fijó en que estaba en una estancia preciosa desde la que se veían los jardines.
    – De momento, estás a salvo -anunció Murat al volver-. Voy a ir hablar con mi equipo de seguridad. No deberían haberte dejado escapar.
    – Diez puntos a mi favor -contestó Daphne.
    – Me parece interesante que, siendo libre, hayas venido corriendo a mí.
    – Obviamente, he venido aquí porque quiero hablar contigo. Murat, tenemos que hablar de la boda. No puedes hacerme esto.
    – Creo que lo mejor será que hablemos dando un paseo a caballo por el desierto, así que ve a cambiarte de ropa.
    – ¿Y si no quiero?
    – Claro que quieres.
    Daphne recordó los paseos que habían dado diez años atrás por el desierto, el olor de la brisa, el movimiento del caballo y la belleza del entorno.
    – Sí, sí quiero, pero no me gusta nada que te creas que sabes lo que quiero en todo momento.
    – Sé lo que quieres en todo momento. Ahora, ve a cambiarte de ropa. Te recojo dentro de media hora.
    – ¿Eso quiere decir que me puedo pasear por el palacio con total libertad?
    – Claro que no -sonrió Murat.

Capítulo 7

    Daphne se acomodó en la silla de montar y respiró hondo. Había pasado mucho tiempo al aire libre en los jardines del harén, pero por alguna razón la vida le parecía mucho mejor y mucho más brillante ahora que estaba sentada sobre un caballo a punto de entrar en el desierto.
    Tenía mil razones para seguir estando enfadada con Murat. Para empezar, por supuesto, que seguía manteniéndola prisionera e insistiendo en que se iban a casar, pero, por extraño que pareciera, ahora mismo nada de aquello importaba.
    Lo único que deseaba Daphne en aquellos momentos era cabalgar a toda velocidad y sentir el viento en el pelo, quería dar vueltas sobre la arena con los brazos extendidos hasta marearse y beber agua fresca de un manantial subterráneo.
    Después de haber hecho todo eso, ya tendría tiempo de estar enfadada con él.
    – ¿Preparada? -le preguntó Murat.
    Daphne asintió y se bajó el ala de sombrero hacia la punta de la nariz para evitar que el abrasador sol dañara su piel.
    A su lado, Murat estaba más guapo que nunca ataviado con un pantalón de montar negro y una camisa blanca.
    – ¿Cuándo has montado por última vez? -le preguntó Murat.
    – Hace un par de meses. Suelo montar de manera regular, pero he estado un poco liada con el trabajo.
    – Entonces, vamos a ir un poco despacito al principio.
    – Yo prefiero ir rápido.
    Murat sonrió.
    – Ya lo sé, pero vamos a esperar un poco, hasta que te hayas hecho con tu yegua.
    Las cuadras reales estaban situadas a cuarenta minutos en coche de palacio. Daphne era consciente de que podría vivir allí muy feliz estudiando los caballos pura sangre y planeando futuras generaciones de increíbles equinos árabes.
    Por supuesto, no quería que Murat lo supiera ya que ya tenía suficiente poder sobre ella como para que descubriera otras de sus debilidades.
    Mientras dejaban atrás los últimos símbolos de la civilización y se adentraban en la arena del desierto, Daphne no pudo evitar reír encantada.
    – Lo que pienses de mí ya es otra cosa, pero no puedes negar que siempre te ha encantado Bahania -comentó Murat.
    – No lo niego -contestó Daphne.
    – Deberías haber vuelto antes a visitarnos.
    – No me parecía lo más inteligente por mi parte.
    – ¿Por qué? ¿Acaso creías que te iba a poner las cosas difíciles?
    Daphne no estaba segura de qué contestar. Si decía que sí, implicaría que creía que Murat había estado enamorado de ella cuando se había ido y no lo creía así y, si decía que no, se arriesgaba a que Murat no le hiciera gracia.
    Normalmente, le importaba muy poco que a Murat le hicieran gracia o no sus contestaciones, pero aquella tarde era diferente porque no le apetecía discutir.
    – Me pareció que podría ser un poco raro.
    – Podría haberlo sido, sí -admitió Murat sorprendiéndola-. Sin embargo, supongo que es muy triste que no hayas podido volver durante tanto tiempo.
    Daphne miró a su alrededor, deleitándose en la belleza del desierto y se dijo que Murat tenía razón. Amaba aquellas colinas de arena rojiza que daban paso a kilómetros de vacío, amaba a las diminutas criaturas que eran capaces de vivir en un entorno tan hostil y, sobre todo, amaba la sensación de llegar a un oasis, un regalo divino.
    – Aquí se respira historia -comentó Daphne pensando en todas las generaciones que habían andado por aquellos mismos caminos y que habían disfrutado con aquellos mismos paisajes.
    – Es cierto que en el desierto estamos más próximos al pasado. Yo, aquí, me siento más cerca de mis antepasados.
    Daphne sonrió.
    – Provienes de un linaje de hombres inclinados a secuestrar a sus mujeres. ¿Por qué era así? ¿Es que acaso genéticamente no podéis convencer a una mujer por las buenas?
    – Ten cuidado. Estás jugando con fuego.
    Fuego era lo que Daphne sentía en aquellos momentos en su interior al mirar a Murat e imaginarse con él protagonizando escenas de cuerpos desnudos acariciándose y tocándose llevados por exquisitos sentimientos de pasión.
    Daphne se revolvió incómoda en la silla y se dijo que era mejor no pensar en aquellos asuntos ya que, tal y como estaban las cosas entre ellos, acostarse con Murat sería un desastre porque creería que le estaba diciendo que se quería casar con él.
    En cualquier caso, Daphne no podía evitar dejar de preguntarse cómo se comportaría Murat en la cama. A juzgar por sus besos, tenía que ser un compañero de juegos eróticos maravilloso.
    Diez años atrás, demasiado joven y candorosa, la obvia experiencia de Murat en temas sexuales la había asustado, pero ahora estaría encantada de hacer un seminario intensivo de fin de semana con él.
    «La próxima vez», se prometió Daphne a sí misma.
    Cuando ni su futuro ni su libertad corrieran peligro.
    – Es cierto que esas uniones y matrimonios de los que hablas comenzaron de manera un tanto violenta, pero todos terminaron felices.
    – ¿Cómo lo sabes?
    – Por las cartas y los diarios de la época.
    – Me encantaría leerlos -sonrió Daphne-. No es porque no te crea, pero… bueno, la verdad es que no te creo.
    – ¿Me crees capaz de mentir?
    – Te creo capaz de adulterar la verdad si eso te viniera bien.
    – ¿Cómo explicas una relación que dura treinta o cuarenta años y de la que nacen tantos hijos?
    – Te recuerdo que el hecho de que una mujer se quede embarazada no quiere decir que sea feliz.
    – Está bien, te entregaré los diarios para que puedas comprobarlo con tus propios ojos. Así, te darás cuenta de que te equivocas con mis antepasados y conmigo. ¿Lista para que vayamos más deprisa?
    El repentino cambio de tema tomó a Daphne por sorpresa, pero asintió encantada.
    – Tú primero.
    Murat asintió y puso su caballo al galope. La yegua de Daphne lo siguió sin problema y pronto las colinas de arena pasaban veloces a ambos lados de su rostro.
    «Esto es libertad en estado puro», pensó Daphne.
    Ojalá en Chicago hubiera zonas donde pudiera montar así, pero, normalmente, sus paseos a caballo allí eran tranquilos y siempre por zonas ya conocidas.
    No como en Bahania, donde el desierto guardaba secretos milenarios, allí donde la familia de Murat había habitado durante miles de años.
    Algún día, cuando Murat fuera rey, su nombre quedaría grabado en las piedras del palacio para siempre y su vida sería recordada. Murat le había ofrecido formar parte de aquella historia, le había ofrecido el privilegio de convertirse en reina y de ser la madre del futuro rey.
    Al cabo de un rato, Murat aminoró el paso de su montura.
    – A partir de aquí vamos a ir al trote para que los caballos descansen un poco. Estamos ya muy cerca del oasis -anunció.
    Daphne asintió, todavía atrapada en sus pensamientos. ¿Acaso no sería maravilloso formar parte de algo tan increíble? Diez años atrás no se había parado a pensar demasiado en lo que Murat le ofrecía, pero, últimamente, no podía dejar de pensar en ello.
    – ¿Tienes alguna preocupación? Tus ojos se han apagado.
    – No, no tengo ninguna preocupación, pero estaba pensando.
    – ¿En qué?
    – Estaba pensando en que eres el príncipe heredero Murat de Bahania, en que algún día gobernarás este país y en que procedes de un linaje que vivía ya en suntuosos palacios cuando mis antepasados estaban todavía muertos de frío en cabañas de madera. Todo eso me hace preguntarme por qué me elegiste a mí, por qué yo, por qué no una mujer más parecida a ti.
    Murat no contestó. Se quedó mirando al horizonte sin expresión en el rostro. Era imposible saber lo que estaba pensando.
    – El oasis está ahí, detrás de esa duna.
    – ¿No vas a contestar a mi pregunta?
    – No.
    Por una parte, Daphne quería insistir, pero, por otra, no quería hablar de aquel tema porque había muchas cosas que no tenía claras en su cabeza. Como, por ejemplo, por qué había acudido corriendo a Murat, el hombre que la mantenía prisionera, cuando había conseguido escapar del harén.
    Al llegar al oasis, Daphne vio un pequeño refugio entre las palmeras datileras, un riachuelo de agua cristalina a cuyos márgenes crecía el césped y varios arbustos que conferían al lugar un maravilloso halo de intimidad.
    – Esto es precioso -comentó sinceramente desmontando de su yegua y quitándose el sombrero.
    – Me alegro de que te guste.
    – Claro, te alegras de que me guste porque hacerme feliz es lo que más te gusta en el mundo, ¿verdad? -bromeó Daphne.
    Murat no sonrió.
    – A lo mejor, estás en lo cierto. A lo mejor, eso es lo que precisamente tú no entiendes.
    Antes de que a Daphne le diera tiempo de asimilar lo que acababa de escuchar, Murat condujo a su caballo a la sombra.
    – Descansaremos aquí antes de volver.
    Daphne lo siguió y dejó allí a la yegua.
    – Esto es muy tranquilo -comentó mientras paseaban.
    – Sí, por eso vengo a menudo -contestó Murat.
    – ¿Aquí no hay guardias?
    – No, hay una patrulla que pasa de vez en cuando, pero estamos solos. Si quieres matarme, es el momento.
    – No estoy tan enfadada. Todavía.
    Murat sonrió.
    – Continúas desafiándome a pesar de que ambos sabemos quién va a ganar.
    – No vas a ser tú.
    – ¿Cómo que no? -dijo Murat acercándose a ella-. Estás a punto de rendirte. ¿No te das cuenta?
    Daphne sintió un escalofrío por la espalda y la carne se le puso de gallina. En aquel momento, le pareció que rendirse era lo más maravilloso que podía hacer.
    – No me voy a casar contigo -contestó sin embargo.
    Murat le puso las manos sobre los hombros.
    – No paras de repetir eso. Es un poco aburrido, ¿sabes?
    – Si me escucharas, no tendría que repetirme tanto.
    – Qué típico de las mujeres decir que los hombres tenemos la culpa de todo.
    – Qué típico de los hombres mostrarse cabezotas e irrazonables.
    – Yo soy un hombre muy razonable. Para demostrártelo te diré que sé que me deseas y que voy a dejar que me tengas.
    Antes de que a Daphne le diera tiempo de exclamar indignada, Murat se apoderó de su boca. Sus labios, firmes y cálidos, acariciaron los de Daphne hasta que ésta se vio obligada a pasarle los brazos por el cuello como si no quisiera soltarlo nunca y, en ese momento, la indignación se evaporó.
    Murat la besó con dulzura haciendo que las terminaciones nerviosas de Daphne estallaran de placer. Comenzó a mordisquearle el labio inferior al tiempo que la agarraba de las caderas y se apretaba contra ella para que sintiera su erección.
    A continuación, comenzó a besarla por el cuello, lo que hizo que Daphne se estremeciera de placer y de necesidad.
    Cuando Murat comenzó a deslizar su boca por su escote, Daphne sintió que explotaba de deseo. De repente, le sobraba toda la ropa, le dolían los pechos, le temblaban las piernas y deseaba que aquel hombre no dejara de besarla jamás.
    Por fin, se rindió a la evidencia, le tomó el rostro entre las manos y lo besó con pasión, entregándose por completo a la danza erótica y milenaria que bailaron sus lenguas mientras Murat le acariciaba la espalda y llegaba hasta sus pechos.
    Al sentir sus largos y finos dedos sobre ellos, Daphne se dijo que aquello era perfecto. Cuando se concentró en sus pezones, Daphne sintió que la respiración se le entrecortaba y se le aceleraba.
    Murat la miró a los ojos y suspiró.
    – Eres una mujer realmente bella -murmuró-. Respondes a mis caricias. ¿Vas a negar lo que quieres?
    Daphne negó con la cabeza. En aquellos momentos, tenía la sensación de que podría desaparecer en aquellos ojos oscuros y se le antojó un buen destino. Si había noches llenas de atenciones y de caricias, sería un buen futuro.
    Daphne sintió que su cuerpo demandaba cada vez más. Tenía las braguitas húmedas de necesidad.
    Murat le desabrochó la camisa, pero no se la sacó de la cinturilla de los vaqueros. Al deslizar la tela sobre sus hombros, le dejó los brazos apresados.
    Por supuesto, Daphne podría haberse quitado la camisa con un leve movimiento, pero no lo hizo porque verse a expensas de Murat, como si pudiera tomarla contra su voluntad, se le antojaba una locura aunque también… increíblemente erótico.
    Murat le desató el sujetador, que tenía el broche delante, y Daphne observó la expresión de su rostro al ver sus pechos al descubierto, expuestos al sol y al aire.
    Murat la miraba hambriento y la acariciaba tan lentamente que Daphne pensó que aquélla era la más increíble de las torturas.
    Cuando las yemas de sus dedos acariciaron las puntas de sus pezones, sintió una descarga eléctrica entre las piernas y no pudo evitar gemir de placer.
    Como respuesta, oyó que a Murat se le aceleraba la respiración y sintió su boca seguir la estela de sus dedos.
    La combinación de calor húmedo y caricias hizo que Daphne estuviera a punto de caer de rodillas. Ya no podía más, el deseo era tan intenso que se sacó la camisa de los vaqueros y tiró el sujetador al suelo, agarró la cabeza de Murat entre sus manos y disfrutó de sus lametazos.
    – Más -jadeó.
    Sintió que la tensión se apoderaba de su cuerpo y supo que estaba muy cerca del orgasmo pues la espiral de pasión estaba empezando a descontrolarse.
    Murat se quitó la camisa.
    – Dime que me deseas -le ordenó.
    – ¿Lo dudas?
    – Quiero oírtelo decir.
    Daphne lo miró a los ojos y supo que no había marcha atrás. Quería hacer el amor con aquel hombre, quería saber lo que era y recordarlo cuando se fuera.
    – Te deseo.
    Murat tardó un par de segundos en reaccionar. Cuando, por fin, lo hizo, tomó a Daphne entre sus brazos y la tumbó en el suelo sobre su camisa.
    – Seamos prácticos, las botas de montar no son en absoluto románticas -comentó sentándose a su lado para deshacerse primero de las suyas y, luego, de las de Daphne.
    – Haz el amor conmigo, Murat -lo animó Daphne abriendo los brazos para recibirlo.
    Murat se perdió entre ellos besándola con pasión. Inmediatamente, sus maravillosos dedos buscaron sus pechos de nuevo y volvieron a excitarla y a colocarla cerca del orgasmo.
    Al cabo de un rato, buscó el botón de los vaqueros de Daphne, lo desabrochó y le bajó la cremallera del pantalón.
    Daphne lo ayudó a deshacerse de los vaqueros y de las braguitas, quedando completamente desnuda ante él, momento que aprovechó para abrir las piernas, invitándolo a que le diera placer.
    Murat no la decepcionó. Mientras bajaba la cabeza para besarle los pechos, deslizó una mano entre sus piernas y encontró su humedad y su centro de placer, que activó rápidamente haciendo que Daphne gritara de placer, sobre todo cuando Murat se colocó en una postura que le permitía masajearle el palpitante centro con el dedo pulgar y meter otros dos dedos en su cuerpo.
    «Esto es demasiado», pensó Daphne sintiéndose elevada por la energía sexual.
    Al cabo de unos minutos, sintió que todos los músculos de su cuerpo se tensaban, que de su cuerpo manaba una cascada y supo que estaba al borde del orgasmo.
    Intentó aguantar, respirar para no dejarse ir tan pronto, pero era demasiado, demasiado placer, así que se aferró a Murat y disfrutó del momento.
    Acto seguido, se dejó caer, sintiendo las oleadas de placer cada vez más suaves, moviendo las caderas al ritmo de los dedos de Murat.
    Cuando el orgasmo tocó a su fin, Daphne se puso un brazo sobre la cara y se preguntó qué pasaría a continuación. Mentalmente, se preparó para algún comentario jocoso por parte de Murat, pero, al ver que no decía nada, abrió los ojos y lo miró.
    Murat no parecía excesivamente contento. Más bien… humilde.
    «Imposible», pensó Daphne.
    – Gracias -murmuró Murat besándola.
    – ¿Cómo? -se asombró Daphne.
    – Gracias por permitirme complacerte. Sé que podrías haber aguantado y no haberme permitido llevarte al paraíso, pero no lo has hecho.
    Aquel hombre estaba loco. Daphne sabía que no hubiera podido resistirse al orgasmo aunque hubiera querido, pero eso Murat no tenía por qué saberlo.
    – Me ha gustado mucho -comentó sinceramente.
    – A lo mejor te gusta también otra cosa -le propuso Murat.
    Daphne se imaginó la erección de Murat dentro de su cuerpo y asintió.
    – Sí, creo que eso también me va a gustar mucho – sonrió.
    Y no hizo falta que se lo pidiera dos veces. Murat se desnudó por completo rápidamente, se arrodilló entre sus piernas, guió su erección entre los muslos de Daphne y se introdujo en su cuerpo.
    Al sentirlo dentro, Daphne pensó que era una sensación perfecta. Al instante, se dio cuenta de que sus terminaciones nerviosas mandaban mensajes de placer de nuevo y supo que, a pesar de que ya había tenido un orgasmo, el segundo iba a ser mucho mejor.
    Murat se movía con lentitud, decidido a que aquellos momentos durarán lo máximo posible.
    Cuando Daphne lo abrazó de la cintura con las piernas y lo besó con pasión, estuvo a punto de irse, pero consiguió controlarse.
    Al cabo de un rato, sintió que Daphne se entregaba a su segundo orgasmo y siguió moviéndose dentro de ella, controlando su respiración.
    Tras haberse asegurado de que Daphne disfrutaba, entonces y sólo entonces, se permitió disfrutar él también.

    Daphne sabía que lo mejor era comportarse de manera casual, pero no estaba segura de poder hacerlo teniendo en cuenta lo que acababa de suceder.
    Se sentía como si Murat hubiera acariciado todas y cada una de las células de su cuerpo y las hubiera hecho estallar de placer.
    Aun así, cuando Murat se tumbó de espaldas y la abrazó para que descansara su cabeza sobre su hombro, Daphne decidió no ponerse demasiado mimosa.
    – Eres increíble -comentó Murat acariciándole la espalda desnuda.
    – Gracias. Yo podría decir lo mismo de ti.
    – Deberías decirlo.
    Aquello hizo reír a Daphne.
    – Qué típico del príncipe heredero decirte los cumplidos que espera oír de tus labios.
    – Estás hecha para el placer.
    – No sé si es para tanto, pero lo cierto es que me gusta entregarme al placer de vez en cuando -contestó Daphne.
    Sobre todo con un hombre tan experimentado y que conocía la anatomía femenina tan bien. ¿Acaso los príncipes herederos recibían clases de sexo para no quedar mal?
    – No eres virgen.
    – ¿Perdón?
    – No eres virgen -repitió Murat.
    – Murat, tengo treinta años -rió Daphne -. ¿Qué te creías?
    – Que no entregarías tu virginidad con tanta facilidad.
    – ¿Me estás juzgando? -se indignó Daphne.
    – Aunque hace diez años estuvimos prometidos, ni siquiera te toqué. Te fuiste de aquí tan inocente como llegaste.
    – ¿Y?
    – Dime el nombre del hombre que te ha desflorado para que lo pueda torturar y decapitar.
    Daphne se rió, pero se dio cuenta de que Murat no estaba de broma. Definitivamente, estaba rabioso.
    – Hablas en serio -se sorprendió sentándose.
    – Por supuesto.
    – Esto es una locura. No puedes ir por ahí matando a todos los hombres con los que me he acostado.
    Murat frunció el ceño.
    – ¿Con cuántos te has acostado?
    – ¿Con cuántas mujeres te has acostado tú en estos años?
    – Eso no es asunto tuyo.
    – Lo mismo te digo.
    – Tu situación es completamente diferente. Tú eres una mujer y los hombres pueden aprovecharse de ti. Dame sus nombres.
    – Vives en la Prehistoria, Murat -contestó Daphne poniéndose en pie y buscando sus braguitas y su sujetador-. Me estás volviendo loca -añadió vistiéndose-. Soy una mujer moderna que lleva una vida muy tranquila. Para que lo sepas, he estado con unos cuantos hombres, con los que me ha apetecido, te lo aseguro, pero siempre he elegido con cuidado. Te aseguro que ninguno de los hombres con los que me he acostado se ha aprovechado de mí -añadió-. ¡No sé por qué te estoy dando explicaciones!
    – Porque te sientes culpable por lo sucedido.
    – Hasta hace unos minutos, no era así, pero ahora un poco.
    – No me refería a lo que ha sucedido entre nosotros sino a haberte acostado con esos otros hombres…
    – Nada de eso es asunto tuyo -lo interrumpió Daphne poniéndose los vaqueros-. Te estás comportando como un idiota. Lo que es todavía peor, te estás comportando como un cerdo machista y eso es imperdonable.
    – Me preocupo por ti y quiero cuidarte.
    Daphne se puso la camisa.
    – Yo no necesito que ningún hombre me cuide. He estado sola y muy bien durante muchos años. En cuanto a los hombres con los que me he acostado, quiero que quede claro aquí y de una vez por todas que jamás te daré sus nombres. No necesito tu protección.
    Murat se puso en pie y Daphne se dijo que, por muy guapo que estuviera desnudo, no debía volver a tocar a aquel hombre porque Murat no le acarreaba más que problemas, no era más que un hombre machista y estúpido.
    ¡Y pensar que se había sentido realmente atraída por él!
    – Eres peor de lo que yo creía -concluyó Daphne mientras Murat se vestía-. Por muy bien que nos vaya en la cama, jamás me casaré contigo. No me casaría contigo ni aunque fueras el último hombre sobre la faz de la tierra.
    – Soy el príncipe Murat de…
    – ¿Sabes una cosa? No dejas de repetir esa frasecita, la he oído tantas veces que ya estoy harta. Para que lo sepas, no me impresionan tus títulos -le espetó Daphne-. ¿Quieres saber por qué me fui hace diez años? Me fui porque tu ego era tan grande que ni siquiera reparabas en mí. No me querías. No me amabas. Yo solamente era un elemento más de tu lista de responsabilidades. Tenías que casarte y tener herederos, pero me parece que hay una cosa que tú no sabes y es que una mujer necesita importarle al hombre con el que se va a casar, necesita que él la necesite. No quería casarme con un hombre para el que yo solamente era una mujer -concluyó-. Me fui porque no eras lo suficientemente bueno para mí.
    Murat no se podía creer lo que Daphne le acababa de decir.
    ¿Cómo se atrevía? Sin embargo, no le dio tiempo a expresar su indignación porque Daphne fue directamente hacia su yegua, se montó y la puso al galope, alejándose del oasis.
    – ¡Espera! ¡No sabes volver sola! -le gritó Murat poniéndose las botas.
    Daphne no se molestó en contestarle ni en volver la cabeza, sino que espoleó a su montura para que corriera todavía más aprisa.
    – Maldita mujer -murmuró Murat abrochándose la camisa y montando a toda velocidad en su caballo para seguirla.
    Murat tardó varios minutos en verla y, para entonces, Daphne había enfilado hacia el este y la parte rocosa del desierto.
    – No vayas por ahí, no te salgas del camino – le gritó.
    Sin embargo, Daphne no lo oyó o decidió no hacerle caso. En lugar de quedarse en el camino marcado, se dirigió directamente hacia los establos por lo que ella debía de creer que era un atajo-
    Murat sintió que el corazón se le aceleraba y, cuando vio que la yegua de Daphne se paraba en seco y que Daphne salía despedida por los aires y caía al suelo, sintió que se le paraba.

Capítulo 8

    A Murat se le antojó que pasaba una eternidad en el infierno hasta que llegó junto a Daphne. Una vez junto a su cuerpo, activó el dispositivo de emergencia que siempre llevaba con él.
    Al desmontar de su caballo, comprobó que Daphne había perdido el conocimiento, que estaba pálida y que había un charco de sangre junto a su cabeza.
    – No -exclamó Murat horrorizado-. Te pondrás bien. Te tienes que poner bien.
    Pero Daphne no contestó y, al tocarla, Murat comprobó que estaba fría.
    Al instante, el dolor y la furia se apoderaron de él. ¡Que un error tan tonto pudiera causar tanto daño…!
    La única herida que tenía era la de la cabeza y ya había dejado de sangrar. Por supuesto, Murat no tenía manera de saber si Daphne había sufrido lesiones internas, pero tenía el pulso constante y fuerte.
    En aquel momento, oyó un helicóptero que se acercaba, así que se puso en pie y le hizo señales. Cuando el aparato tomó tierra, levantando una gran nube de arena, Murat cubrió el cuerpo de Daphne con el suyo para protegerla.
    – Está herida -les dijo a sus hombres-. No sé si es grave, pero vamos a tener que tener cuidado al levantarla con el cuello y la columna vertebral.
    Los médicos colocaron a Daphne un collarín y la instalaron en una camilla para subirla al helicóptero, donde Murat la agarró de la mano y se sentó a su lado.
    – Te ordeno que te pongas bien -murmuró cerca de su rostro-. Soy el príncipe heredero Murat y te ordeno que abras los ojos y me hables ahora mismo.
    No sucedió nada. Murat tragó saliva y se acercó al oído de Daphne.
    – Daphne, por favor.

    Murat se paseaba por el vestíbulo principal del harén.
    Su médico personal le había confirmado lo que los médicos de urgencias le habían dicho y Murat se sintió aliviado al saber que Daphne no sufría lesiones internas ni fracturas óseas.
    – Ha tenido mucha suerte -comentó su padre sentado en el sofá-. No tengo a Daphne por una joven sin cabeza. Haber salido al galope de esa manera… Seguro que ha sido porque le has dicho algo que la ha molestado.
    – Es uno de mis muchos talentos -contestó Murat con amargura-. Molestar a Daphne constantemente.
    «Jamás volverá a suceder», se prometió a sí mismo.
    – Va a estar inconsciente unas cuantas horas más. Puede que un día entero, pero no ha sido nada grave -le confirmó su médico-. Dentro de una semana estará como nueva.
    – ¿Le duele? -preguntó Murat.
    – Ahora no, pero, cuando se despierte, le va a doler bastante la cabeza, así que he dejado unos cuantos medicamentos. Cuando se despierte, que se quede guardando cama durante un par de días y que, cuando se levante, no haga esfuerzos innecesarios. Volveré mañana por la mañana.
    – Gracias -lo despidió Murat.
    – No se preocupe, Alteza, su prometida se pondrá bien -se despidió el médico.
    A pesar de que se lo había asegurado varias veces, Murat quería que Daphne abriera los ojos y lo llamara de todo para estar seguro.
    Cuando el médico se fue, Murat entró en la habitación de Daphne a verla. La encontró monitorizada y acompañada por una enfermera.
    – Se va a poner bien -le dijo su padre, que lo había seguido-. Ya has oído al médico. Estará acompañada por esta enfermera las veinticuatro horas del día.
    – No. A partir de ahora y hasta que se despierte, yo cuidaré de ella. Puede irse -le dijo Murat a la enfermera-. Si pasa algo, la llamaré.
    – Pero Murat… -objetó su padre.
    – Sólo la cuidaré yo -insistió Murat.
    – Como tú quieras.
    Lo que Murat quería en aquellos momentos era que Daphne abriera los ojos.

    Daphne se sentía como si hubiera alguien golpeando una sartén de hierro en el interior de su cabeza.
    Lo cierto era que le dolía todo el cuerpo.
    ¡Pero lo que más le dolía era la cabeza!
    Además, estaba muerta de hambre y tumbada en una cama. Ella no recordaba haberse tumbado en la cama. Lo cierto era que no recordaba nada excepto…
    Caballos.
    Había estado montando a caballo, se había enfadado con Murat y se había ido al galope, decidida a no hablar con él nunca más y, de repente, se había encontrado volando por los aires…
    Daphne abrió los ojos y se encontró con que estaba en su habitación del harén. Miró a su alrededor y dio un respingo al ver a un desconocido dormitando en una silla junto a su cama.
    Se trataba de un hombre alto y moreno que llevaba el pelo revuelto y no se había afeitado.
    Daphne comprobó que eran las dos de la madrugada. Girar la cabeza hacia el reloj le había producido un espantoso dolor, así que volvió a apoyarla sobre la almohada y se quedó mirando al desconocido.
    De repente, se dio cuenta de que era Murat.
    – ¿Murat? -murmuró.
    ¿Era posible? Desde lo que lo conocía, jamás había visto a Murat así, siempre lo había visto impecablemente vestido. ¿Qué hacía con aquella pinta y dormitando en una silla?
    Daphne le rozó la mano y Murat se despertó al instante.
    – ¿Daphne?
    – Hola.
    Murat se echó hacia delante y la miró con ansiedad.
    – ¿Cómo te encuentras? Supongo que te dolerá la cabeza. Tienes que tomarte la medicación que ha dejado el doctor para ti y, si tienes hambre, puedes comer, pero muy poquito el primer día. No te puedes levantar. Ya sé que eres una testaruda, pero insisto en que sigas a rajatabla los consejos del doctor. Tienes que descansar durante un par de días. Al final de la semana podrás volver a hacer tu vida normal. No voy a aceptar un «no» por respuesta -le advirtió.
    A pesar de que le dolía la cabeza, Daphne no pudo evitar sonreír.
    – Siempre dando órdenes, ¿eh?
    – Perdona, yo sólo quiero que te pongas bien -contestó Murat tomándole la mano entre las suyas y besándole los dedos.
    Aquella dulzura hizo que a Daphne le entraran unas tremendas ganas de llorar, lo que le hizo plantearse que el golpe que se había dado en la cabeza debía de haberle dañado el cerebro.
    – ¿Cuánto tiempo he estado inconsciente?
    – Treinta y cinco horas -contestó Murat.
    – Vaya. ¿Qué pasó?
    – Te caíste del caballo.
    – De eso, me acuerdo -contestó Daphne tocándose la frente-. Supongo que debí de caer de cabeza.
    – Así es. Tenía miedo de que te hubieras hecho algo más, pero no es así. No te has roto nada ni tienes lesiones internas.
    Daphne lo miró y le acarició la mejilla.
    – Tienes un aspecto terrible.
    – Ha sido por una buena causa -sonrió Murat.
    – Pero si llevas la misma ropa que cuando salimos a montar a caballo -se extrañó Daphne.
    – Sí…
    – ¿No te has duchado ni afeitado desde entonces?
    – No, quería estar contigo.
    – No te entiendo.
    – No me he separado de ti desde que llegamos del hospital -le explicó Murat.
    – ¿Y has estado todo ese tiempo en esa silla? -preguntó Daphne intentando no sonar demasiado incrédula.
    – Sí.
    – A mi lado.
    – Sí.
    – Porque estabas…
    – Preocupado -concluyó Murat besándole la mano de nuevo.
    Al instante, Daphne sintió que algo cálido y brillante crecía en su pecho. Murat no tenía necesidad de estar a su lado cuidándola. Estaba en su palacio, completamente a salvo. Aquel hombre era el príncipe heredero y, de haberlo querido así, habría podido tener a un equipo médico entero cuidándola, pero había elegido hacerlo él.
    – No sé qué decir -admitió Daphne.
    – Entonces, no digas nada. Voy a llamar a la enfermera para que te traiga la medicación.
    En ese momento, a Daphne le sonaron las tripas, lo que hizo sonreír a Murat.
    – Y algo de comer -añadió-. ¿Sopa?
    Daphne asintió.
    Mientras lo veía ir hacia la puerta de la habitación, se dijo que, tal vez, había sido un poco dura a la hora de juzgarlo.
    Aunque se hubiera comportado con ella de manera déspota y marimandona, sus acciones hablaban de algo muy diferente e importante.
    Estaba preocupado por ella, tal y como demostraba que se hubiera quedado a su lado porque la creía en peligro.
    ¿Y qué habría sido de sus reuniones y de sus responsabilidades principescas? ¿Habría dejado todo de lado para estar con ella?
    Daphne suspiró.
    Había puesto tanta energía en resistirse a sus demandas que jamás se había tomado el tiempo de conocer al hombre que había dentro del príncipe. Tal vez, había llegado el momento de cambiar aquello. Tal vez…
    Daphne escuchó cómo Murat llamaba a la enfermera, que apareció un minuto después con un par de pastillas.
    – Tómeselas mientras voy a por la sopa -le dijo la mujer.
    Daphne así lo hizo.
    – Dentro de un rato te sentirás mucho mejor -le dijo Murat.
    – Gracias.
    Murat volvió a sentarse en la silla y volvió a agarrarla de la mano.
    – Mi padre ha venido a verte. Él también estaba preocupado.
    – Muchas gracias.
    – La comida llegará en diez minutos -anunció la enfermera desde la puerta.
    – Son las dos de la madrugada -recordó Daphne-. Habrá tenido que despertar a alguien para que me preparen algo de comer… -se disculpó.
    La enfermera, una bella mujer de cuarenta y tantos años, sonrió encantada.
    – El personal de servicio está feliz porque Su Alteza ha recuperado la consciencia. Le aseguro que a ninguno de nosotros nos importa que sean las dos de la madrugada.
    – Son ustedes muy amables -contestó Daphne-. Un momento -se extrañó-. ¿Cómo me ha llamado?
    La enfermera frunció el ceño.
    – Alteza -repitió mirando Murat-. Creo que es el título correcto. ¿Me equivoco, señor?
    – No, no se equivoca -contestó Murat-. Si no le importa, salga a esperar la cena.
    – Por supuesto.
    Una vez a solas, Daphne sintió que varios pensamientos bombardeaban a la vez su dañado cerebro, lo que le imposibilitaba pensar con claridad.
    Algo iba mal.
    Muy mal.
    – Murat.
    – Ahora no debes preocuparte por nada.
    – La enfermera me ha llamado Alteza y tú le has dicho que es el título correcto.
    – Así es.
    Daphne sintió pánico e intentó incorporarse, pero Murat se lo impidió.
    – Tienes que descansar.
    – Quiero saber la verdad -insistió Daphne mirándolo a los ojos y rezando para estar equivocada-. ¿Por qué me ha llamado así?
    Murat le tomó la mano izquierda y señaló el anillo de diamantes que lucía en su dedo anular, un anillo que Daphne no había visto jamás.
    – Porque ahora eres mi esposa.

Capítulo 9

    A Daphne le entraron ganas de ponerse a gritar con todas sus fuerzas, pero no lo hizo porque era consciente de que, si lo hacía, lo único que conseguiría sería empeorar su terrible dolor de cabeza.
    – ¿Te has casado conmigo mientras estaba inconsciente? – se indignó.
    – No pierdas la calma.
    – Ahora mismo, te mandaría guillotinar – continuó Daphne-. ¿Se puede saber qué bicho te ha picado? Lo que has hecho es horrible e ilegal.
    – En teoría, no.
    Daphne se dio cuenta de que Murat continuaba acariciándole los dedos y retiró la mano.
    – En Bahania, para que un matrimonio real sea válido, la novia no tiene por qué dar su consentimiento -le explicó Murat-. Basta con que no se oponga.
    – ¿Me estás diciendo que la novia que calla, otorga? -preguntó Daphne con incredulidad.
    – Sí.
    – ¿Y nadie se ha dado cuenta de que yo no estaba ni para decir que sí ni para decir que no? ¿Acaso nadie se ha percatado de que estaba inconsciente?
    Murat se encogió de hombros.
    – ¿Nadie se opuso? ¿Nadie protestó?
    – No.
    – ¿Y los testigos?
    – El único testigo que había era el rey.
    – ¿Nadie más?
    Murat sonrió.
    – El rey es más que suficiente.
    Daphne no se podía creer que el padre de Murat hubiera accedido a algo así. Además de que le dolía la cabeza, sentía unas terribles ganas de llorar.
    «No llores», se dijo a sí misma.
    Si lloraba, lo único que iba a conseguir era debilitarse y necesitaba estar fuerte. Aun así, no le resultó fácil controlar las lágrimas.
    – No me puedes hacer esto.
    – Ya está hecho.
    – Entonces, voy a hacer todo lo que esté en mi mano para deshacerlo. Conseguiré la anulación o el divorcio. Me importa un bledo el escándalo.
    – Para que un matrimonio real pueda ser disuelto se necesita el permiso del rey.
    Lo que equivalía a decir que era imposible que fuera a suceder.
    – Eres un canalla mentiroso y rastrero que no tiene ética ni moral ninguna -se lamentó Daphne furiosa-. Jamás te perdonaré esto. Recuerda bien mis palabras. Te aseguro que voy a encontrar la manera de librarme de ti.
    – Daphne, ahora tienes que descansar -contestó Murat apartándole un mechón de pelo de la cara-. Ya tendrás tiempo dentro de unos días de ocuparte del asunto de nuestro matrimonio.
    Daphne le apartó la mano.
    – No me toques. No vuelvas a hacerlo jamás. Te odio.
    Aquello hizo que Murat se apartara de ella y se colocara a los pies de la cama.
    – Si soy tu esposa -continuó Daphne-, puedo hacer lo que me dé la gana.
    – Sí, pero no debes olvidar nunca cuál es tu lugar.
    – ¿Te refieres a que debería comportarme como tu esclava? Vaya, maravilloso. Estoy encantada de ser el juguetito de un príncipe arrogante y egoísta.
    Murat la miró estupefacto, pero a Daphne le importaba muy poco lo que pensara de ella. En cualquier caso, la medicación le estaba haciendo efecto y estaba dejando de dolerle la cabeza, así que Daphne se sentó en la cama.
    – Eres una mujer imposible -se lamentó Murat.
    – Me importa un bledo lo que opines de mí.
    – Te quejas, pero todo esto lo he hecho por ti.
    – Ya, claro. Será porque yo te estaba rogando que te casaras conmigo, ¿verdad?
    – No, pero te habías hecho daño y alguien tenía que cuidar de ti.
    – ¿Me estás diciendo que te has casado conmigo para protegerme de mí misma? Murat, deja de mentirte a ti mismo.
    – Además, hemos hecho el amor -añadió Murat en el tono que un adulto emplea para explicarle algo delicado a un niño-. Y no eras virgen.
    – ¿Y?
    – Deberías haberlo sido.
    – ¿Y te has casado conmigo para castigarme por ello?
    – Por supuesto que no.
    – ¿Entonces? Si hubiera sido virgen, habríamos seguido viéndonos y acostándonos y, al final, habríamos terminado igual.
    – Correcto. Me habría casado contigo de todas maneras.
    Aquello se llamaba estar entre la espada y la pared.
    La sensación de estar atrapada dejó a Daphne sin energía, así que se tumbó y cerró los ojos.
    – ¿No te encuentras bien? -le preguntó Murat.
    – Vete.
    Daphne lo oyó acercarse y sintió su mano en la frente.
    – Me gustaría ayudarte.
    Daphne abrió los ojos y lo miró fijamente.
    – ¿Te crees que a mí me importa lo que tú quieras? Por favor, vete inmediatamente. No quiero volver a verte. Fuera. ¡Fuera!
    Murat dudó, así que Daphne hizo ademán de agarrar el vaso vacío que había en la mesilla para lanzárselo.
    – ¡Fuera!
    – Vendré a verte mañana por la mañana.
    – ¡Vete ya!
    Dicho aquello, Murat se giró y abandonó la habitación.
    Una vez a solas, Daphne dejó el vaso sobre la mesilla, se acurrucó en la cama y cerró los ojos. El dolor era insoportable, pero no el de la cabeza sino el de haber perdido su libertad.
    La traición que Murat le había infligido le dolía sobremanera. Daphne volvió a sentir que le ardían los ojos y en aquella ocasión no reprimió las lágrimas aunque sabía que de poco le iban a servir.

    Con la ayuda de los analgésicos, Daphne consiguió dormir toda la noche del tirón y, a la mañana siguiente, el médico pasó a verla. El doctor le dijo que debía permanecer acostada, por lo menos, veinticuatro horas más, y que no debía volver a su vida normal durante unos días.
    Por razones que Daphne ignoraba, pero que agradecía, Murat no fue a visitarla. Al tercer día, Daphne le dijo a la enfermera que se encontraba bien, se levantó, se vistió y comenzó a caminar.
    Seguía furiosa con él y decidió que, en lugar de permitir que aquel enfado acabara con su energía, tenía que apoyarse en él para sacar fuerzas de flaqueza y encontrar la manera de librarse de Murat y escapar de allí.
    Después de desayunar, Daphne se acercó a las puertas doradas y comprobó que ya no estaban cerradas ni había guardias fuera.
    Claro, ya no hacía falta vigilarla porque ya no podía escapar. Nadie se atrevería a ayudarla, ningún conductor llevaría a la futura reina a la frontera ni ningún piloto volaría fuera del país con ella.
    Daphne avanzó por un pasillo hasta que se encontró con un viejo criado al que preguntó por el rey. El hombre la guió hasta un jardín donde Daphne vio al rey jugando con una de sus nietas en compañía de su madre, Cleo, la mujer de Sadik.
    Daphne no supo qué hacer. Aunque tenía asuntos muy urgentes que tratar con el monarca, no quería interrumpir un momento familiar tan íntimo.
    Daphne sabía que Cleo era adoptada y que trabajaba en una fotocopiadora antes de conocer al que habría de convertirse en su marido y le pareció genial que una chica tan normal fuera completamente aceptada en una familia real cuando a ella no la aceptaba ni su propia familia.
    Aquello le dolió.
    – Vaya, Daphne -dijo el rey al verla-. Tienes buen aspecto. Ven a sentarte con nosotros.
    Daphne así lo hizo.
    – Está empezando a andar -le explicó Cleo agarrando a su hija Calah-. No sé qué va a ser de nosotros cuando sepa correr -se lamentó riendo-. Bueno, de momento, me parece que tenemos que ir a cambiarle el pañal, ¿verdad, pequeña? -añadió tomando a la niña en brazos y alejándose.
    – ¿Cómo te encuentras? -le preguntó el rey una vez a solas, tomándole la mano derecha entre las suyas.
    De haberle agarrado la izquierda, se habría dado cuenta de que no lucía el anillo que Murat le había entregado al hacerla su esposa porque lo había dejado en la habitación.
    – Físicamente, me encuentro mucho mejor, pero, emocionalmente, estoy bastante mal -contestó Daphne sinceramente -. ¿De verdad que Murat se ha casado conmigo mientras estaba inconsciente?
    – Sí.
    Daphne sintió que el aire no le llegaba a los pulmones y temió desmayarse.
    – ¿Estás bien? -le preguntó el rey Hassan.
    – Sí, pero… no entiendo cómo ha permitido que hiciera esto. Lo que ha hecho su hijo es terrible.
    – Mi hijo es incapaz de hacer nada terrible.
    – No me puedo creer que lo apoye. Y tampoco me puedo creer que esté convencido de que vamos a ser felices porque de este matrimonio es imposible que salga nada bueno.
    – Confío en que sabrás hacer feliz a mi hijo.
    – Y yo confío en que entienda que necesito que este matrimonio se anule.
    – Daphne, prefiero que no hablemos de esto. ¿Por qué no hablamos de lo bonito que es Bahania? Si no me equivoco, la última vez que estuviste por aquí te encantó el país. Ahora, podrás explorar hasta el último rincón, conocer a su gente. Por lo que me ha dicho Murat, eres veterinaria. Ejercer fuera del palacio va a ser un poco difícil, pero yo creo que podrías dar clases. Además, yo tengo un montón de gatos y me vendrá muy bien que te encargues de ellos.
    Daphne se sintió como si estuviera hablando con un muro.
    – Majestad, por favor, ayúdeme.
    El rey sonrió.
    – Daphne, yo creo que hay una razón por la que no te has casado. Te fuiste de Bahania hace diez años y no te has casado. ¿Por qué no compartiste tu vida con nadie?
    – Porque no encontré al hombre adecuado. He estado muy ocupada estudiando y trabajando -le explicó Daphne-. Desde luego, no ha sido porque no me haya podido olvidar de Murat.
    – Eso dices. Él dice lo mismo, pero él tampoco ha encontrado a una mujer. Ahora estáis juntos, como debería haber sido desde el principio.
    Daphne no se podía creer lo que estaba sucediendo.
    – Me ha engañado, me ha tendido una trampa y no me puedo creer que usted lo apoye.
    – Dale tiempo, conoce a mi hijo. Te gustará, ya lo verás.
    Daphne se puso en pie.
    – Perdón, tengo cosas que hacer -se excusó alejándose.
    Se encontraba rota de pies a cabeza. Nadie la escuchaba ni la quería ayudar. La situación era tan caótica que se sentía un pobre insecto atrapado en una red de araña. Al final, tendría que ceder y rendirse.
    – Jamás. Seré fuerte.
    Al doblar la esquina, se encontró con una joven doncella uniformada.
    – Alteza, sus padres quieren hablar con usted – sonrió la mujer-. Por favor, sígame.
    Claro, sus padres se habrían enterado de la boda y debían de estar encantados.
    – Esto es maravilloso, estamos encantados – le dijo su madre, como era de esperar, cuando Daphne se puso al teléfono.
    – Lo has hecho muy bien, pequeña -añadió su padre desde el otro auricular.
    Daphne sintió que las lágrimas le abrasaban los ojos. Era la primera vez en su vida que oía a su padre decir algo así y lo decía porque se había casado por la fuerza con un hombre al que no amaba.
    – Nos habría encantado que hubierais celebrado una gran boda, pero hemos leído que dentro de unos meses se celebrará una enorme recepción, así que fenomenal. En cuanto sepas la fecha, nos lo dices, ¿eh? Para sacar el billete de avión y esas cosas… Ay, hija, qué contentos estamos. Supongo que tú estarás encantada, ¿no? Claro, cómo no vas a estar encantada.
    Su madre siguió en su monólogo personal y su padre lo salpicaba con comentarios parecidos mientras Daphne miraba por la ventana al horizonte.
    – Y dentro de unos meses, un año como mucho, oiremos los pasitos de una princesita o de un principito. ¡Oh, eso sí que será maravilloso! – añadió su madre.
    En ese momento, Daphne recordó que había hecho el amor con Murat en el oasis sin ningún tipo de protección y sintió que el terror se apoderaba de ella.
    – Os tengo que dejar -se despidió de sus padres.
    Oh, no. De haberse quedado embarazada, su destino sí que estaría unido para siempre al de Murat y Bahania porque Daphne sabía que, según las leyes de aquel país, no se permitía que ninguna mujer divorciada abandonara el territorio nacional con sus hijos y, menos, la reina.
    «Sólo ha sido una vez», se dijo para calmarse mientras volvía a sus habitaciones.
    Era imposible que una se quedara embarazada así de fácilmente.
    – Alteza, la estaba esperando -le dijo otra doncella cuando salió del ascensor.
    Daphne sonrió a pesar de lo mal que se encontraba.
    – Me han encargado que la lleve a sus nuevos aposentos.
    – ¿Mis nuevos aposentos? -se sorprendió Daphne -. ¿Con el príncipe? -añadió al comprender.
    La doncella sonrió encantada.
    – ¿Y mis cosas?
    – Ya las han llevado.
    Claro, Murat se había hecho cargo ya de todo.
    – Muy bien -contestó Daphne manteniendo la compostura.
    A continuación, siguió a la doncella por un vericueto de pasillos hasta llegar frente a unas enormes puertas de madera labrada.
    Una vez dentro, miró a su alrededor. Se encontraba en una estancia espaciosa y luminosa desde cuyos ventanales se veía el océano.
    Dentro, los muebles y los cuadros eran impresionantes y el tamaño de la sala, gigantesco. Además, había varias puertas cerradas a los lados y Daphne supuso que serían comedores, salones y dormitorios.
    Daphne se sentía tan mal que temía desmayarse así que, tras despedir a la doncella, se dirigió hacia lo que esperaba que fuera el dormitorio.
    De repente, se dio cuenta de que Murat estaba sentado en un rincón.
    ¿Esperándola?
    Ignorándolo, se metió en la cama, se acurrucó y cerró los ojos.
    – No te encuentras bien -comentó el príncipe poniéndose en pie-. Voy a llamar al médico.
    – Déjame en paz -contestó Daphne.
    – No puedo.
    Daphne se dio la vuelta haciendo un esfuerzo para no llorar. Ya estaba harta de llorar. Llevaba varios días llorando.
    Sin embargo, el estrés era tan fuerte que no pudo evitar que una lágrima le recorriera la mejilla. Murat se dio cuenta, se sentó en el borde de la cama y la tomó entre sus brazos.
    – No pasa nada -intentó consolarla.
    – Claro que pasa. Pasa mucho y el culpable eres tú -protestó Daphne.
    Murat le acarició el pelo y la espalda y la acunó. Daphne quería decirle que no era una niña pequeña, que no podía darle un abrazo y decirle que todo iba bien, pero en aquellos momentos no podía hablar.
    Daphne no sabía cuánto tiempo la había tenido Murat en brazos, pero, al final, el dolor desapareció y dejó de llorar.
    – He hablado con tu padre -le contó-. No quiere ayudarme.
    – ¿Y te sorprende?
    – No, pero me decepciona -contestó Daphne apartándose-. Jamás te perdonaré lo que me has hecho.
    Murat era consciente de ello. Casarse con Daphne de aquella manera le había parecido desde el principio un gran riesgo, pero, una vez que tomó la decisión, no había marcha atrás. Estaba dispuesto a aceptar su odio a corto plazo para conseguir su aceptación a largo plazo.
    – El tiempo lo cura todo -comentó-.
    – En este caso, no. Te aseguro que mi furia no hará sino crecer.
    Murat le apartó un mechón de pelo de la cara y sonrió.
    – He visto la nueva escultura que has empezando. La figura se parece sospechosamente a mí, pero es un hombre que se cae por las escaleras, ¿no?
    – No he hecho más que empezar -contestó Daphne con los ojos encendidos por la rabia-. No tenías derecho a…
    – Por favor, otra vez esta conversación no -la interrumpió Murat poniéndole los dedos sobre los labios.
    – Entonces, ¿Cuál quieres? ¿Prefieres ésa en la que te digo que eres un canalla mentiroso? ¿O te gusta más ésa en la que te recuerdo que haberme arrebatado mi libertad es un acto repugnante que jamás te perdonaré?
    – Variaciones sobre el mismo tema.
    – Es lo único sobre lo que me interesa hablar.
    Murat le tomó la mano izquierda y se dio cuenta que se había quitado el anillo.
    – No llevas el anillo.
    – ¿Por qué lo iba a llevar?
    – Porque es el símbolo de nuestro matrimonio y de tu posición en mi mundo -contestó Murat sacándose el anillo del bolsillo y haciendo amago de ponérselo.
    Daphne se lo impidió.
    – No te comportes como una niña.
    – Me comporto como me da la gana.
    – Muy bien. Lo dejo aquí hasta que cambies de opinión -contestó Murat dejando el anillo en la mesilla de noche.
    Daphne tomó aire.
    – Murat, me voy a ir. Al final, conseguiré irme, conseguiré encontrar la manera de escapar de tí y de este palacio.
    – No eres mi prisionera.
    – Por supuesto que lo soy. Lo he sido desde el principio. ¿Te importaría decirme por qué?
    – Te recuerdo que has sido tú la que has ido tomando todas las decisiones. Excepto una.
    – Sí, excepto una, la de casarme contigo -se lamentó Daphne-. Me iré en cuanto esté segura de que no estoy embarazada.
    Murat se puso en pie y la miró sorprendido.
    – ¿Embarazada?
    Daphne puso los ojos en blanco.
    – No pongas esa cara de padre feliz porque no creo que lo esté. Solamente hemos hecho el amor una vez y, para que lo sepas, me arrepiento profundamente.
    Embarazada. Por supuesto. Era una posibilidad. Se habían dejado llevar por la pasión del momento y no habían tomado precauciones en el oasis.
    Un niño. Un hijo. El heredero.
    – Deja de sonreír -gritó Daphne.
    – ¿Estoy sonriendo?
    Lo cierto era que Murat se sentía en la gloria.
    – No va a haber ningún hijo.
    – Todavía no lo sabes.
    – Lo más seguro es que no esté embarazada. Fue sólo una vez.
    – Sólo hace falta una vez -le recordó Murat tomándole el rostro entre las manos-. Daphne, conoces las leyes de mi país. Sabes perfectamente lo que ocurriría si estuvieras embarazada.
    Daphne lo miró desesperada.
    – Que tú ganarías, que jamás podría irme porque no sería capaz de abandonar a mi propio hijo y jamás me estaría permitido llevármelo fuera del país -contestó Daphne apartándose-. Para que lo sepas, no pienso volver a acostarme contigo y, en cuanto haya comprobado que no estoy embarazada, me iré.
    Murat dudaba mucho que estuviera hablando serio.
    – ¿Tan pronto vas a abandonar a tu pueblo? Eres la futura reina de Bahania.
    – Tu gente ha vivido sin mí durante mucho tiempo, así que no creo que me echen de menos. Sobrevivirán.
    – Cambiarás de parecer.
    – De eso, nada -insistió Daphne poniéndose en pie-. Murat, tú te crees que esto es un juego, pero yo estoy hablando muy en serio. No quiero vivir aquí y no quiero estar casada contigo.
    – Te convenceré de que sí.
    – No puedes.
    Murat estaba convencido de que sí podía. Era el príncipe heredero Murat de Bahania y Daphne no era más que una mujer normal y corriente, así que era evidente que su fuerza de voluntad no tenía nada que hacer al lado de la suya.
    Murat era consciente ahora de que no debería haber permitido que se fuera diez años atrás, un error que no estaba dispuesto a repetir.
    – Yo quiero estar enamorada del hombre con el que me case y a ti no te quiero.
    – Me querrás.
    – ¿Cómo lo sabes? ¿Me vas a obligar a amarte?
    – Sí.
    – Eso no es posible.
    – Ya lo verás.

Capítulo 10

    Cleo estaba sentada entre un montón de cajas de zapatos y sonreía.
    – Ya veo que cuando eres la futura reina, no sales en busca de accesorios sino que los accesorios vienen a ti.
    Daphne se paseaba entre los muestrarios de ropa que habían enviado a palacio varias tiendas y diseñadores de moda.
    – Con la ropa, pasa lo mismo -comentó estudiando una chaqueta de cachemir azul pálido-. Esto es increíble.
    – Para que lo sepas, te odio por no tener la misma talla de zapatos que yo -bromeó su ahora cuñada admirando un par de preciosas sandalias.
    La ropa había comenzado a llegar hacía tres días. Al principio, Daphne la había almacenado en la habitación vacía que había junto a la suite que compartía con Murat, pero esa estancia pronto se llenó.
    Al final, pidió permiso para utilizar un salón de conferencias que no se usaba e hizo que llevaran allí todas las ropas junto con algunos sofás y varios espejos.
    Vestirse como la esposa del príncipe heredero era algo muy serio.
    – Deberías estar muy contenta. Esta ropa es preciosa -comentó Cleo.
    – Sí -sonrió Daphne levemente.
    Sin su hija cerca, que en aquellos momentos estaba durmiendo la siesta, aquella mujer era demasiado observadora. Daphne no sabía qué decir. Había pasado una semana desde que se había casado con Murat y seguía sintiéndose engañada y atrapada.
    Fiel a su palabra, había evitado a Murat todo lo que había podido y estaba durmiendo en la habitación de invitados. Él lo había aceptado y se comportaba como si no hubiera sucedido nada, insistiendo en hablar de su futuro en términos de décadas.
    – ¿Quieres que hablemos? -le preguntó su cuñada.
    – No sé si hay mucho que decir -contestó Daphne.
    – Sé que tu boda ha sido muy rápida -comentó Cleo sentándose en el mismo sofá que ella-. Ha habido rumores, ¿sabes?
    – Ya me imagino -contestó Daphne suspirando-. Yo no quería esto. Sí, ya sé que una mujer que se ha casado con el príncipe heredero y que algún día será reina no debería quejarse, pero yo no quería casarme con Murat.
    – Si no eres feliz tienes todo el derecho del mundo a quejarte.
    – Ojalá fuera así de sencillo -comentó Daphne.
    No quería hablar de lo que había hecho Murat. Suponía que a su cuñada no le haría ninguna gracia saberlo y Daphne no quería meter cizaña.
    – ¿Has pensado en darle una oportunidad a vuestra relación? -le propuso Cleo-. Ya sé que estos chicos son muy déspotas y actúan por su cuenta, pero bajo esa fachada son unos maridos increíbles. Lo único que tienes que hacer es llegar hasta su corazón.
    – Yo no creo que Murat tenga corazón.
    – ¿Lo dices en serio?
    – No -contestó Daphne -. Lo que pasa es que esta situación me está desbordando. Por lo visto, todo el mundo quiere conocerme. No paran de llegar invitaciones y yo no quiero aceptar ninguna, pero Murat tiene que ir, así que eso significa…
    Daphne todavía no había decidido qué significaba aquello. ¿Tendría que ir con él? ¿Tendría que fingir que era una esposa feliz? ¿Y si se negaba? Aunque la molestaba sobremanera la actitud de Murat hacia ella, Murat no era el único involucrado en todo aquel asunto. De alguna manera, Daphne se sentía responsable hacia los ciudadanos de Bahania y no quería que se sintieran avergonzados por su comportamiento.
    – No le quiero hacer la vida fácil -admitió-, pero mi ética me obliga a hacer lo que a él le viene bien. Qué situación tan penosa.
    – Me parece que le das demasiadas vueltas a la cabeza. Te aconsejo que te relajes y que disfrutes del presente. Tú por lo menos te has criado en un entorno de dinero y los asuntos de etiqueta no te son desconocidos. Tendrías que haber visto mi primera lección de protocolo. Al profesor se le pusieron los pelos de punta.
    Aquello hizo reír a Daphne.
    – Los príncipes merecen la pena. Yo doy gracias al cielo todos los días por haber conocido a Sadik y haberme enamorado de él. No fue fácil, pero ahora… aunque suene cursi, mi vida es perfecta – sonrió Cleo.
    – Cuánto me alegro por ti -contestó Daphne sinceramente.
    Cleo había tenido una vida muy dura y se merecía aquel final feliz, pero no todo el mundo tenía la misma historia.
    Daphne se preguntó qué debía hacer. ¿Debía ignorar sus responsabilidades porque ella lo único que quería era irse de allí o debía desempeñar su papel mientras estuviera Bahania? ¿Aun a riesgo de desempeñarlo con demasiado ahínco y corriendo el riesgo de que, al final, terminara gustándole?
    Jamás se lo perdonaría a sí misma si terminara entregándose a Murat. Eso querría decir que lo perdonaba por haberla tratado mal y que no les daba importancia a sus prácticas cavernícolas. ¿Acaso quería estar casada con un hombre que la tenía en tan poca estima?
    – Bueno, te tengo que dejar porque Calah debe de estar a punto de despertarse -se despidió Cleo-. Si quieres hablar, ya sabes dónde vivo.
    – Gracias.
    – Anda, mira quién está aquí -comentó Cleo desde la puerta agarrando a Murat del brazo-. Tu esposa necesita ayuda para elegir ropa. A ver si la convences para que te haga un pase de modelos.
    Murat miró a ambas mujeres.
    – Me parece una propuesta muy interesante. La tendré en cuenta.
    Cleo se fue y Daphne se quedó sentada en el sofá mientras Murat se abría paso entre los muestrarios de ropa, zapatos, bolsos y accesorios.
    – ¿Has elegido lo que te vas a quedar? -le preguntó a su mujer.
    – No -contestó Daphne-. Lo cierto es que tener mi agenda con las actividades a las que debo acudir me facilitaría elegir qué ropa voy a necesitar.
    – Claro, pero no quieres que te traigan la agenda fijada porque eso sería como rendirte.
    Daphne se encogió de hombros a pesar de que Murat le había leído el pensamiento.
    – Tómate tu tiempo. Nadie espera que tengas la agenda llena tan pronto.
    – ¿Y si no quiero tenerla nunca?
    Murat se sentó frente a ella.
    – En esta vida, cualquier postura tiene ventajas y desventajas.
    – Tu postura no tiene más que ventajas para ti. Tú siempre quieres salirte con la tuya y ya está.
    – Cierto, me gusta salirme con la mía, pero siempre pago un precio por ello.
    – ¿Cuál es en mi caso?
    – Te ofrezco mucho. Favores, conocimientos, un interesante círculo de contactos. Hay quien viene a verme única y exclusivamente por ser quien soy. Ahora detecto a esas personas en el primer encuentro, pero cuando era más joven no me era tan fácil saber en quién podía fiar.
    – A escala más pequeña entiendo perfectamente lo que me estás diciendo. A mí en el colegio me pasó con un par de profesores, que estaban tan impresionados por quiénes eran mis padres, que no sabían ni cómo tratarme.
    – Exacto. Reyhan, Sadik y Jefri podían salir por ahí libremente y pasárselo bien, pero yo, no. Mientras ellos jugaban, yo tenía que aprenderme todos los gobiernos y gobernantes de la Historia.
    Todos los días me recordaban la responsabilidad que tenía para con mi pueblo. Te aseguro que a veces llegué a odiarlo.
    Daphne se imaginó a aquel niño cansado y nervioso al que obligaban a estudiar sin descanso cuando lo que él quería era salir a jugar con sus hermanos y sintió una tremenda compasión por él.
    – Por cierto, me ha llamado tu padre. Por lo visto, quiere expandir vuestro negocio familiar a Bahania y, desde aquí, a El Bahar y a Oriente Medio.
    Daphne no se lo podía creer. ¿Su propio padre? Al instante, se sonrojó de pies a cabeza.
    – Lo siento. Ahora mismo lo llamo por teléfono.
    Murat negó con la cabeza.
    – No hace falta. Es mi suegro y le debo algún tipo de consideración, así que voy a poner a un par de mis ayudantes a su servicio.
    – No me lo puedo creer -comentó Daphne enfadada.
    Tan sólo hacía una semana que se había casado. Después de años ignorándola, su padre quería servirse de ella en su propio beneficio.
    – Podía haber disimulado y haber esperado un poquito más, ¿no?
    – Sí, pero te aconsejo que no te enfades con todo el mundo que viene buscando algo. Si lo haces, te vas a pasar la vida en un estado de terrible ansiedad. No significa nada, Daphne. Olvídate.
    A lo mejor para Murat no significaba nada, pero para ella significaba mucho y, aunque quería odiar a Murat con todo su corazón, resultaba que precisamente él era la única persona que podía entender lo que le estaba sucediendo.
    Daphne no quería vivir en un mundo en el que la gente la utilizara para conseguir lo que querían, pero siempre había sido ése el mundo en el que había habitado.
    – ¿Has podido fiarte alguna vez de alguien? – le preguntó a Murat-. ¿Cómo sabes cuándo una persona está verdaderamente interesada en ti y no en lo que tienes?
    – A veces la situación está muy clara y yo lo prefiero así. Cuando sé desde el principio lo que quiere una persona puedo decidir si se lo doy o no, pero cuando son buenos con esos jueguecitos… cuando era más joven, era más fácil engañarme. Cuando terminé la universidad, unas cuantas mujeres consiguieron convencerme de que su amor por mí era más grande que el universo y, en realidad, lo que querían era el título y el dinero.
    Daphne hizo una mueca de disgusto.
    – Supongo que lo pasarías mal.
    – Sí, pero también había chicas sinceras a las que no les importaba o no sabía quién era. Por ejemplo, tú.
    Daphne sonrió al recordarlo.
    – Yo no tenía ni idea de quién eras.
    – Ya lo sé. Yo creía que, cuando lo descubrieras, ibas a salir corriendo y jamás podría alcanzarte.
    A Daphne se le borró la sonrisa de la cara.
    – Cuando salí corriendo, no viniste a buscarme.
    Murat bajó la mirada y le miró la mano izquierda.
    – Ya veo que sigues negándote a llevar el anillo.
    – ¿Te sorprende?
    – No, simplemente me entristece.
    – ¿Quieres que hablemos de cómo me siento yo?
    – Si tú quieres.
    – Vaya, eso es nuevo. ¿Desde cuándo te preocupas por mis sentimientos?
    – Quiero que seas feliz.
    Daphne no se lo podía creer.
    – Me has tenido prisionera y te has casado conmigo en contra de mi voluntad. No me parece que eso sea querer que una persona sea feliz.
    – Ahora estamos casados, somos marido y mujer y me gustaría que disfrutaras de la situación. A lo mejor resulta que te sorprende gratamente.
    – Murat, ¿cuándo te vas a dar cuenta de que lo que has hecho no es correcto? ¿Por qué no lo admites por lo menos? Te digo en serio que me quiero ir.
    – Y yo te digo que jamás nos divorciaremos porque el rey no lo permitirá.
    Daphne se puso en pie con la idea de escapar, pero siendo consciente de que no tenía ningún sitio adonde ir, miró a su alrededor, a toda aquella ropa que tenía que probarse y recordó todas las entrevistas que tenía concertadas y la cantidad de libros de historia y protocolo que tenía que leer.
    – ¿Se te ha ocurrido pensar que lo que has hecho ha dado al traste con cualquier posibilidad de ser felices que teníamos? -le preguntó con voz queda.
    Murat se puso en pie, se acercó a ella y le acarició la mejilla.
    – Con el tiempo, te olvidarás del pasado y mirarás hacia el futuro. Soy un hombre paciente y sabré esperar. Mientras tanto, te tengo que dejar porque tengo una reunión y ya llego tarde.
    – Seguro que nadie te lo echa en cara -se burló Daphne.
    – No, no creo -sonrió Murat avanzando hacia la puerta-. ¿De verdad que todo esto te está resultando tan penoso?
    – Sí.
    – ¿Te gustaría olvidarte de la ropa durante unos días?
    – ¿Sería posible?
    – Sí, pero tendrías que volver a montar a caballo.
    – No hay problema.
    – Bien. Estáte preparada mañana al amanecer. Vístete de manera tradicional. Ya le diré a alguien que te lleve la ropa apropiada a tu habitación.
    – ¿Adonde vamos?
    – Es una sorpresa.

    Daphne no durmió bien aquella noche. No podía dejar de pensar en Murat, algo que le sucedía muy a menudo últimamente, pero la diferencia ahora era que no estaba tan enfadada con él como en otras ocasiones.
    El que le hubiera contado algo de su pasado, el que lo hubiera dejado entrar en su intimidad, había hecho que Daphne entendiera que, aunque era muy apetecible ser rey, crecer siendo el príncipe heredero no debía de haber sido fácil en absoluto para él.
    ¿Nadie lo había amado por ser quién era como ser humano? ¿Acaso ninguna mujer se había fijado en él como hombre a secas?
    Daphne se preguntó qué habría sucedido diez años atrás si se hubiera casado con él. ¿Lo habría amado más que a nadie? Por supuesto que sí.
    No lo había abandonado porque no lo amara sino porque él no la amaba a ella y Daphne, a los veinte años, necesitaba sentirse importante, necesitaba saber que era amada y, diez años después, le sucedía exactamente lo mismo.
    Eso era lo que Murat no entendía. Por supuesto que estaba furiosa por haberla obligado a casarse con él de aquella manera, pero lo que parecía que a Murat no le entraba en la cabeza era que, si hubiera dicho que la quería, a lo mejor ella se habría planteado volver a intentarlo.
    Claro que eso era como pedir imposibles porque Murat jamás admitiría haberse equivocado en nada y, mucho menos, pedía perdón.
    Cuando sonó el despertador, Daphne se duchó y se vistió, poniéndose una camiseta y vaqueros bajo la ropa tradicional de las mujeres del desierto. Lo único que quedó al descubierto fueron sus preciosos ojos azules.
    Al salir de la habitación, encontró a Murat esperándola en el salón. Tras saludarla, le entregó el anillo de diamantes.
    – Estamos casados y no quiero que mi gente haga preguntas.
    Daphne miró el anillo y luego a Murat a los ojos. Ella tampoco quería que nadie se metiera en su vida privada, así que se puso el anillo y siguió a Murat a los establos.

    – Vaya, creía que íbamos a ser solamente tú y yo, un par de caballos y un camello con los víveres -comentó Daphne al ver que llevaban un séquito de unas cincuenta personas.
    Murat sonrió y Daphne lo imitó.
    Murat la prefería así. Feliz. La última semana había sido terrible. Verla triste y furiosa era horrible.
    ¿Por qué no entendía aquella mujer que lo que estaba hecho, hecho estaba, y que lo que tenían que hacer ahora era concentrarse en mirar hacia delante? ¿De verdad estar casada con él se le hacía tan cuesta arriba?
    – Daphne, me gustaría que mientras estemos en el desierto hiciéramos una tregua.
    – Muy bien. Accedo a firmar la paz contigo, pero que sepas que lo hago por tu gente, no por ti.
    Murat asintió.
    De momento, era suficiente. Si Daphne pasaba tiempo con él y se olvidaba de que estaba enfadada, Murat sabía que podría ganársela y, así, cuando volvieran a palacio, todo se habría solucionado.
    – Ven -le dijo agarrándola de la mano y conduciéndola hacia una yegua blanca como la nieve-. Intenta no caerte esta vez.
    – Intenta no hacerme enfadar -sonrió Daphne mirándolo desde arriba.
    – Nunca es ésa mi intención.
    – Pues se te da muy bien.
    – Eso es porque soy un hombre de muchos talentos.
    Algo brilló en los ojos de Daphne, algo oscuro y sensual que hizo que Murat sintiera que se le aceleraba el pulso.
    – No vamos a hablar de eso. Que ni se te pase por la cabeza que va a haber entre nosotros nada divertido.
    – Vaya, qué pena, porque a ti te encanta reírte, ¿no?
    – No me refiero a eso y lo sabes perfectamente.
    Murat asintió, pero en su fuero interno tenía la esperanza de que el desierto hiciera que Daphne cambiara de opinión. El desierto era un lugar romántico y Murat tenía la intención de valerse de ello en su provecho.
    Para empezar, aunque la tienda de campaña estilo jaima en la que iban a dormir era muy grande y estaba amueblada, sólo tenía un dormitorio.
    ¡Y una cama!

    – Dime adonde vamos -dijo Daphne al cabo de una hora cabalgando-. ¿Estamos siguiendo una ruta específica?
    – Sí -contestó Murat-. Este camino lleva a hacia el norte, hacia la antigua Ruta de la Seda. No vamos a ir tan lejos, simplemente nos vamos a adentrar en el desierto.
    La Ruta de la Seda. Daphne había oído hablar de ella y siempre le había apasionado. ¡Cuánta historia había en Bahania! ¡Cuántos tesoros por explorar!
    – ¿Vamos a acampar en un oasis?
    – Sí, todas las noches hasta que lleguemos a…
    – ¿Adonde?
    – Nos dirigimos a un lugar muy misterioso. He pensado que te gustaría volver a ver a mi hermana Sabrina.
    – ¿Tu hermana vive en el desierto?
    – Sí, con su marido. Mi otra hermana, Zara, también.
    – Zara. Sí, sé que es la hija de la bailarina, la chica estadounidense que se enteró de que era hija de un rey hace unos años.
    – Exacto. Está casada con un jeque americano que se llama Rafe y que es jefe de seguridad.
    – ¿De qué?
    – Eso es secreto. Me tienes que prometer que jamás se lo contarás a nadie -contestó muy serio.
    – Sabes que me quiero ir.
    – Hemos dicho que no íbamos a hablar de eso.
    – El hecho de que no hablemos no quiere decir que no sea así, pero te prometo que jamás traicionaré al pueblo de Bahania ni a ti.
    Murat asintió como si no esperara menos de ella.
    – ¿Has oído hablar de la Ciudad de los Ladrones?
    Daphne se quedó pensativa.
    – Es un mito, como la Atlántida, una preciosa ciudad situada en mitad del desierto que sirve de santuario a las personas que roban. Se supone que allí están algunos de los tesoros más increíbles del mundo que nunca han aparecido. Joyas, cuadros, estatuas, tapices. Si un país ha perdido algo de gran valor en los últimos mil años, probablemente esté en la Ciudad de los Ladrones.
    – Todo eso es cierto.
    – ¿Cómo?
    – Sí, la ciudad existe.
    – ¿Me estás diciendo que es una ciudad de verdad con edificios y gente?
    – Sí, es una ciudad asentada alrededor de un castillo que se construyó en el siglo XII. Las edificaciones son de arena del desierto, lo que les permite estar completamente camufladas en el entorno y no ser visibles desde el cielo ni desde una cierta distancia. Cuando nos estemos acercando, nos alejaremos del grupo.
    – No me lo puedo creer -comentó Daphne emocionada.
    – Sabrina es toda una experta en antigüedades. Gracias a su influencia, varias piezas han sido devueltas a los países de los que provenían. Si te apetece, te acompañará a dar una vuelta por ahí.
    – Claro que me apetece. ¿Cuándo llegamos?
    Aquello hizo reír a Murat.
    – No tan rápido. Primero, tenemos que llegar al corazón del desierto y situarnos en el límite del mundo conocido.
    – Nunca he estado en un lugar así.
    – Te va a gustar.

Capítulo 11

    Aunque a Daphne no le hacía ninguna gracia la manera en la que Murat se había casado con ella y no le gustaba nada que la mantuviera en Bahania contra su voluntad, debía admitir que aquel hombre sabía viajar bien.
    Junto a ellos, que iban a caballo acompañados de varios camellos, viajaban varios vehículos en los que se transportaba todo lo necesario para vivir de lujo en el desierto, desde muebles a alfombras y servicios de plata.
    Aquel primer día comieron rápidamente mientras los caballos bebían agua y descansaban un poco, pero Murat le había prometido que aquella noche cenarían en condiciones en cuanto el campamento estuviera montado.
    También le había dicho que, poco a poco, se les irían uniendo miembros de tribus nómadas y así fue. A media tarde, el número de viajeros se había triplicado y había familias con pequeños rebaños de camellos y cabras y varios jóvenes con carros.
    – Es increíble la cantidad de gente que quiere viajar contigo -comentó Daphne.
    – No es por mí sino por ti -sonrió Murat-. Yo he venido al desierto muchas veces y jamás se ha formado una caravana tan grande. Toda esta gente ha venido porque quiere conocer a su futura reina.
    Daphne se sintió halagada y culpable a la vez. Estaba encantada de conocer a toda aquella gente interesada en ella, pero no le hacía ninguna gracia que pensaran que iba a ser la esposa de Murat para siempre.
    – Tus ojos te delatan y en ellos veo que estás deseando conocer a aquellas personas que todavía no conoces y por las que ya sientes una inmensa ternura. ¿Por qué no te planteas abrir tu corazón también a tu marido?
    – Lo haría si mi marido se hubiera molestado en ganarse mi afecto en lugar de haberme obligado a hacer algo que yo no quería hacer.
    En lugar de mirarla apenado o enfadado, Murat sonrió encantado, algo que Daphne no entendió.
    – Es la primera vez que me llamas así.
    – ¿Cómo?
    – Te has referido a mí llamándome «mi marido».
    Qué típico de Murat oír única y exclusivamente lo que le interesaba.
    – No te emociones tanto. No lo he dicho con buenas intenciones.
    – Pero es la verdad. Estamos casados y puede que incluso mi hijo esté creciendo en estos momentos en tus entrañas.
    – Yo no me haría demasiadas ilusiones.
    Daphne aspiró el dulce aire del desierto. Los sonidos que la rodeaban la hacían feliz. Las risas de los niños, los cascabeles de los arneses de los caballos y de los camellos, el trino de los pájaros…
    Como de costumbre, la inmensidad de la Naturaleza la hizo sentirse pequeña y, a la vez, parte de algo mucho más grande.
    – Hace muchos años que mi gente no tiene reina -comentó Murat al cabo de un rato.
    – Pues dile a tu padre que se vuelva a casar – contestó Daphne.
    – Ha tenido cuatro esposas y varios grandes amores. Yo creo que él prefiere tener sus relaciones sin llegar a casarse.
    – Como cualquier hombre, ¿no?
    Murat la miró con dureza.
    – ¿Tú crees que yo soy así? ¿Acaso no me aceptas porque temes que me vaya con otras? Te aseguro que no tengo interés en estar con otra mujer. Tú eres mi esposa y eres la única mujer con la que quiero compartir mi cama.
    De haber sido diferentes las circunstancias, aquel dato la hubiera hecho muy feliz, pero Daphne no quería creerse nada de lo que Murat le dijera.
    – De momento.
    – Para siempre -rebatió Murat -. Soy el príncipe heredero Murat de Bahania y mi palabra es ley. Te prometo que cumpliré mi voto de lealtad hacia ti hasta el día de mi muerte.
    Daphne se sintió de repente muy mal por dudar de él y por un momento se preguntó si estaba siendo imbécil por resistirse a él. Sí, era cierto que se había casado con ella en contra de su voluntad, pero no la estaba maltratando.
    ¡Un momento! ¿Es que acaso un matrimonio feliz era aquél en el que no había maltrato? ¿Y el amor y el respeto? ¿Y aquello de tratarse mutuamente con dignidad? Por no hablar de que, después de haber actuado así, lo más probable era que Murat continuara ignorando su opinión y sus deseos durante toda la vida.
    – No te preocupes, tengo intención de dejarte libre mucho antes de que mueras.
    – Te burlas de mi sinceridad -contestó Murat.
    – Te recuerdo que tú ignoras mis deseos más profundos y sinceros.
    – Yo no he intentado sobornarte en ningún momento.
    Daphne no pudo evitar reírse.
    – ¿Y eso es bueno?
    – Sabía que no aceptarías ningún soborno. Ofreciéndote joyas o dinero no habría conseguido hacer que cambiaras de opinión.
    – Por supuesto que no.
    ¿Cómo era posible que Murat la conociera tan bien y se comportara como un perfecto imbécil con ella?
    – Eres un hombre muy complicado.
    – Gracias -sonrió Murat.
    – No sé yo si me lo tomaría a modo de cumplido.
    – Por supuesto que es un cumplido. Eso asegura que jamás te aburrirás a mi lado.
    – Nos pelearemos constantemente.
    – La pasión es sana.
    – Sí, pero demasiado rabia puede dar al traste con los cimientos de cualquier relación.
    – Yo no consentiré que a nosotros nos suceda eso.
    – A veces, uno no puede elegir.
    – Yo siempre puedo elegir porque soy el príncipe…
    Daphne lo interrumpió haciendo un gesto con la mano en el aire.
    – Sí, sí, ya sabemos todos que eres el príncipe heredero bla, bla, bla. A ver si te buscas material nuevo.
    Murat la miró estupefacto.
    – ¿Cómo te atreves a hablarme así?
    – ¿Y quién te va a hablar así sino yo? Soy tu esposa.
    – Nadie puede hablarme así. No está permitido.
    – Murat, algún día serás un monarca estupendo, pero a ver si te sobrepones a ti mismo de una vez.
    Murat se quedó mirándola intensamente, echó la cabeza hacia atrás y estalló en carcajadas.
    Aquel sonido deleitó a Daphne, quien se dio cuenta de que era la primera vez que lo escuchaba. Por supuesto, había oído reír a Murat en otras ocasiones, pero no de aquella manera incontrolada y espontánea.
    Obviamente, no era un hombre que permitiera que lo tomaran por sorpresa. En aquel momento, Daphne se dio cuenta de que ella podría ser la persona en la que Murat podría confiar absolutamente, la persona de la que podría depender, la persona que la ayudaría con sus cargas y que le daría un espacio seguro en el que descansar.
    Daphne sintió que la necesidad se apoderaba de ella. Durante toda la vida había querido formar parte de algo pues siempre se había sentido diferente a su familia y, desde que se había ido de casa, no había encontrado a nadie a quien amar completamente.
    Con Murat…
    Murat era un hombre que tomaba lo que quería. Daphne pensó en todas las citas que había tenido con hombres que no llamaban cuando habían dicho que llamarían o que se sentían demasiado intimidados por su familia como para querer volver a salir con ella. En definitiva, hombres débiles.
    Murat era muy fuerte. Tal vez, demasiado fuerte. Daphne se preguntó si habría algún punto intermedio y equilibrado y se preguntó qué elegiría si tuviera que elegir una de las dos cosas.
    «La fuerza», decidió.

    – ¿Qué te parece? -le preguntó Murat pasándole una fuente de comida.
    – Está increíble -sonrió Daphne-. Me siento como si estuviera en una película.
    Se encontraban rodeados por un mar de tiendas, estaba anocheciendo y habían encendido varias hogueras en las que se estaban preparando los más variados alimentos, cuyos aromas llegaban hasta ellos mezclados con los del heno de los caballos.
    Murat y ella cenaron a solas. Hacía una noche maravillosa y Murat estaba sentado frente a Daphne con aspecto de sentirse como en su casa en aquel entorno primitivo.
    – ¿Sueles venir mucho por aquí? -le preguntó Daphne.
    – Cuando puedo.
    – ¿Venías cuando eras más joven?
    – Entonces, tenía un montón de cosas que hacer en palacio. Estudios, clases, atender a dignatarios que venían de visita, reuniones, pero, siempre que podía, me escapaba al desierto.
    En aquel momento, uno de los guardias se acercó a informarlos de que una familia quería verlos y Murat y Daphne se pusieron en pie y los recibieron.
    Llegaban discutiendo entre ellos. Por lo visto, el hombre insistía en irse mientras que la mujer insistía en quedarse.
    – ¿Qué ocurre? -preguntó el príncipe.
    – Venimos a implorar la ayuda de nuestra futura reina -contestó la mujer-. Tenemos una camella que está a punto de dar a luz y el hombre que se encarga de estos trámites no ha venido con la caravana. La madre está muy débil y corre riesgo de morir. Nos han dicho que usted entiende de animales. Por favor, ayúdenos -gimió mirando a Daphne.
    Daphne se fijó en que aquella gente, aunque iba muy limpia, llevaba la ropa remendada aquí y allá y supuso que no podía permitirse el lujo de perder un animal, así que, aunque no sabía qué marcaba el protocolo en un caso como aquél, decidió ayudar.
    – Nunca he ayudado a traer al mundo a un camello, pero sí tengo experiencia con vacas y caballos -contestó.
    La mujer suspiró aliviada.
    – Muchas gracias. Un millón de gracias, Alteza. Por favor, por aquí -le dijo guiándola a toda velocidad.
    Daphne la siguió despojándose de su ropaje tradicional, que le entregó a Murat. Para cuando llegaron a donde esperaba el animal, Daphne lucía su camiseta de algodón y sus vaqueros, que quedaron completamente manchados después del nacimiento del pequeño.

    Tres horas después, el pequeño camello se esforzaba por tenerse en pie y su madre se acercó a ayudarlo.
    Daphne los observó encantada.
    – Impresionante -comentó Murat a su lado-. Has actuado con mucha seguridad.
    – De algo me tenían que servir mis estudios y mis prácticas -contestó Daphne estirándose-. No sabía que estuvieras por aquí. Es muy tarde.
    – Quería ver lo que pasaba -contestó Murat pasándole el brazo por los hombros y guiándola fuera de las cuadras-. Mientras estabas trabajando, he estado hablando con los ancianos de la tribu. Por lo visto, la madre de esos chicos ha muerto y el padre está enfermo. Son tres hermanos que se encargan del pequeño rebaño de la familia y necesitaban desesperadamente al nuevo camello.
    – Menos mal que no lo sabía mientras estaba ayudando porque trabajar bajo tanta presión no me gusta nada.
    – Si el camello o su madre hubieran muerto, yo los habría compensado por ello. En cualquier caso, no ha sido necesario. Gracias a ti, esa gente puede seguir viviendo de su rebaño.
    Lo había dicho con orgullo, algo que sorprendió a Daphne. Sus padres nunca habían valorado su profesión. ¿Por qué habría de hacerlo Murat?
    – Estoy completamente manchada, pero supongo que no habrá ducha en la tienda.
    – No, pero puedo hacer que te preparen un baño.
    – ¿De verdad?
    – Por supuesto.
    Daphne no había tenido ocasión todavía de ver su tienda pues la estaban montando mientras ellos cenaban y cuando entró quedó gratamente sorprendida pues el lujo era propio de un palacio.
    Murat la acompañó hasta una estancia en la que había una enorme cama y una bañera llena de agua caliente y Daphne tuvo que hacer un gran esfuerzo para no tirarse vestida.
    – Dame tu ropa -le indicó Murat.
    Daphne dio un paso atrás.
    – No me pienso desvestir delante de ti.
    – ¿Olvidas que te he visto desnudar antes?
    Daphne dio otro paso atrás.
    – Me puedo bañar yo solita perfectamente – protestó.
    – Ya lo sé, pero yo quiero ayudarte -contestó Murat mirándola a los ojos.
    – No es necesario.
    – ¿Tienes miedo?
    – Murat, no pienso entrar en tu juego. Por favor, vete y deja que me bañe tranquilamente.
    En lugar de marcharse, Murat fue hacia ella.
    – Te prometo que no voy a intentar seducirte mientras te bañas. Por favor, dame tu ropa.
    Aunque Daphne no tenía intención de hacerlo, se encontró despojándose de sus ropas y entregándoselas a Murat.
    ¿Sería así como se sentiría la cobra ante el encantador de serpientes?
    Una vez desnuda, se metió en el agua y sintió cómo sus músculos se relajaban. Al instante, sintió las manos de Murat en el pelo, quitándole las horquillas y pasándole una pastilla de jabón y una esponja.
    El agua de la bañera estaba cristalina, lo que hacía que Daphne se muriera de vergüenza al imaginar que Murat la estaba observando enjabonarse el cuerpo desde detrás de la bañera, pero, cuando se giró, comprobó que Murat estaba de espaldas, sacando un camisón de un cajón.
    Así que lo había dicho en serio.
    Aunque eso quería decir que Murat estaba cumpliendo con su palabra, Daphne no pudo evitar sentirse repentinamente molesta. ¿Acaso aquel hombre no se había dado cuenta de que estaba desnuda? ¿No la encontraba sexualmente atractiva? ¿No estaba excitado?
    Daphne terminó de bañarse y se puso en pie.
    – ¿Me pasas una toalla? -le dijo a Murat.
    Murat así lo hizo, pero apenas la miró.
    ¡Genial! Ahora que era su mujer, apenas la miraba. Perfecto. Ya no la deseaba. ¿Y qué? Ella tampoco lo deseaba.
    Daphne se enrolló en la toalla y salió de la bañera. Murat le entregó un camisón que ella no conocía, pero en aquellos momentos estaba tan enfadada que poco le importaba. Daphne dejó caer la toalla al suelo y se puso el camisón, que resultó ser de una seda rosa casi transparente.
    ¡Como si a Murat le importara mucho!
    Daphne sintió unas terribles ganas de salir y gritar de furia. ¿Por qué demonios no se fijaba en ella? ¿Y por qué demonios a ella le importaba tanto que no lo hiciera?
    No estaba enamorada de Murat. Últimamente, ni siquiera le caía bien. Entonces, ¿por qué la molestaba tanto que no quisiera seducirla?
    – Me voy a la cama -anunció.
    – ¿Qué tal el baño? -contestó Murat.
    – Bien.
    – ¿Has terminado?
    – Ya me he secado y vestido, así que yo diría que sí -contestó Daphne en tono sarcástico.
    En un abrir y cerrar de ojos, se encontró en brazos de Murat, que la besaba y la acariciaba por todas partes.
    – Me deseas -murmuró sorprendida.
    – ¿Qué te hace pensar que no era así?
    – Estaba desnuda y ni siquiera me has mirado.
    – Te había prometido que no te iba a molestar mientras te bañabas.
    La estancia estaba llena de velas y de flores y Murat depositó a Daphne sobre la ropa de cama blanca inmaculada.
    Daphne se dijo que debería protestar, pero no lo hizo porque estaba encantada con los besos y las caricias de Murat, que estaba dando buena cuenta de sus necesitados pezones.
    El deseo se había apoderado de ella.
    – Murat, te necesito -jadeó desabrochándole la camisa.
    – Tanto como yo a ti -contestó Murat quitándosela.
    Momento que Daphne aprovechó para quitarse el camisón en señal de invitación. Era consciente de que aquello no era lo más inteligente por su parte, pero era incapaz de controlar el deseo que se había apoderado de ella. Aunque se había acostado con otros hombres, jamás había deseado a ninguno como deseaba a Murat.
    La desesperación hizo que alargara los brazos para quitarle los pantalones. Necesitaba sentirlo dentro de ella. En aquel mismo instante.
    – ¿Impaciente? -sonrió Murat colocándose entre sus piernas-. Permíteme que acabe con tu suplicio, mi dulce esposa.
    En lugar de llenar su cuerpo con su erección, Murat se inclinó entre sus piernas, le separó los labios húmedos con dos dedos y presionó su boca contra el centro húmedo y caliente de Daphne.
    Daphne sintió el impacto del placer con tanta fuerza que estuvo a punto de gritar, pero consiguió controlarse y evitar así que la oyeran los vecinos, lo que no fue fácil porque, con cada lengüetazo de Murat, el placer era insoportablemente intenso.
    Murat se tomó su tiempo dibujando círculos con la lengua alrededor del centro de placer de Daphne, que se entregó al mundo de las sensaciones y se dejó llevar por lo que su sentido del tacto le trasladaba al cerebro.
    Cuando la tensión fue tan fuerte que creía que no iba a poder aguantarla más, Murat la dejó descansar durante un rato para volver a comenzar transcurridos unos segundos. Así la llevó al borde del éxtasis varias veces, haciéndola disfrutar de sensaciones jamás conocidas, haciéndole descubrir la inmensa capacidad de placer de todo ser humano.
    Al cabo de varias horas descubriendo uno el cuerpo del otro, explorando sin vergüenza, alcanzando cotas de éxtasis inimaginables, Murat le pidió permiso para internarse en su cuerpo y Daphne se lo concedió encantada.

    El momento de la unión fue realmente mágico y, mientras Murat se movía en su interior, no dejaba de mirarla intensamente a los ojos mientras Daphne pensaba que no había tenido tantos orgasmos seguidos en su vida.

Capítulo 12

    Daphne se despertó a la mañana siguiente con la sensación de estar completamente unida con el Todo.
    «Qué noche tan hermosa hemos compartido», pensó levantándose.
    Hacía tiempo que Murat se había ido. Daphne recordaba vagamente que se había despedido de ella con un beso al amanecer.
    Todo había resultado perfecto.
    Excepto…
    Daphne se llevó la mano a la tripa y se preguntó si se habría quedado embarazada porque la noche anterior Murat y ella habían hecho el amor varias veces y ninguna con protección.
    Daphne decidió que había llegado el momento de entender realmente lo que había sucedido. Aunque quisiera seguir casada con Murat, tenía que conseguir que el príncipe entendiera que no se podía salir siempre con la suya, que si quería que su matrimonio fuera feliz y duradero, tenía que asumir que las decisiones las tomaban los dos y tenía que comprometerse a no volver a obligarla a hacer nada que ella no quisiera.
    En cualquier caso, quedarse embarazada era la peor solución, así que Daphne se dijo que iba a tener que evitar compartir la cama con Murat, lo que no le iba a resultar nada fácil porque aquel hombre hacía el amor con una magia maravillosa.
    Tenía que ser fuerte.
    Daphne se aseó y se vistió. Murat le había comentado algo de que aquel día había una reunión tribal y que tenía que ver a los jefes de nómadas y Daphne había accedido a acompañarlo.
    Expresamente para la ocasión, le habían dejado preparado un vestido de encaje y una pequeña diadema de diamantes y oro.
    Daphne se quedó mirándola. Sabía que Murat era el príncipe heredero y que algún día sería rey, pero nunca había pensado en ella como en la futura reina. Ahora, mirando la corona, sintió el peso de varios miles de años de historia sobre ella.
    Daphne se cepilló el pelo con cuidado hasta que le pareció que brillaba, se colocó la corona sobre la cabeza asegurándose de que estuviera recta y, cuando estuvo preparada, salió de la tienda, donde la esperaba uno de los hombres de confianza de Murat.
    – Buenos días, princesa Daphne -la saludó el hombre haciéndole una reverencia-. Los juicios están a punto de empezar. Por favor, acompáñeme.
    Hacía una mañana maravillosa y clara y el campamento estaba casi vacío, pero Daphne se fijó en que había una carpa enorme en la que cabían fácilmente mil personas y allí fue precisamente adonde se dirigieron.
    Al verla entrar, Murat fue hacia ella y la tomó de la mano.
    – Vamos a empezar -sonrió.
    Daphne recordó entonces las maravillosas sensaciones de la noche anterior y se dijo que debía decirle cuanto antes a Murat que aquello no podía volver a suceder, pero decidió que aquél no era ni el momento ni el lugar.
    Lo siguió hasta dos pequeños tronos situados en un estrado. A su izquierda estaba el tribunal tribal y frente a ellos varias filas de personas sentadas. En el centro había un hombre mayor que parecía el maestro de ceremonias.
    Aquel hombre leyó un documento antiguo en un idioma que Daphne no pudo reconocer, pero Murat le había contado la noche anterior lo que iba a hacer. Por lo visto, por la mañana revisarían casos de delincuentes y Murat tendría la última palabra sobre su sentencia mientras que, por la tarde, habría peticiones.
    Tras escuchar el caso de varios robos, Murat absolvió a dos de los acusados por creer que los habían acusado en falso y sentenció a un tercer hombre a seis meses de prisión por haber robado unas cabras.
    A Daphne le pareció una medida desproporcionada, pero Murat le explicó que robarle a una familia del desierto su pequeño rebaño de cabras era como condenarlos a morir porque corrían el riesgo de morir de hambre antes de poder salir del desierto o de llegar a otro campamento. Además, no podrían acarrear sus posesiones y tendrían que dejarlas atrás. Los niños más pequeños no tendrían leche para comer. Robar era una cosa muy seria en el desierto y Daphne entendió a la perfección el castigo.
    A continuación, llevaron a un hombre de casi treinta años acusado de haber robado junto con otros dos cómplices veinte camellos de una familia. Los dos cómplices era la primera vez que pasaban por el tribunal, pero el jefe era la tercera, así que tenía antecedentes. Para colmo, en la huida habían matado a uno de los animales que se había quedado rezagado, algo que entre la gente del desierto ya constituía en sí mismo un delito imperdonable.
    Murat escuchó a ambas partes y se giró hacia el tribunal.
    – Cadena perpetua -dijeron sus miembros.
    El criminal dejó caer la cabeza sobre el pecho.
    – Tengo dos hijos y soy viudo.
    Murat asintió y mandó llevar a los niños a su presencia. Entraron en la estancia un chico de unos catorce años que llevaba de la mano a una niña mucho más pequeña. El chico lloraba sin parar mientras que la niña parecía confusa, como si no entendiera lo que estaba sucediendo.
    – Aquí tenemos a los dos hijos del ladrón – dijo el príncipe mirando a los allí reunidos.
    Se hizo un momento de silencio y, a continuación, un hombre alto de unos cuarenta y pocos años se puso en pie y avanzó hacia el estrado.
    – Yo me hago cargo de ellos -anunció.
    Murat permaneció en silencio.
    – Doy mi palabra de que los trataré como si fueran mis propios hijos. El chico podrá ir a la universidad si quiere.
    Daphne miró al hombre y enarcó las cejas.
    – Y la chica también -prometió el hombre.
    – Muy bien -murmuró Daphne.
    Murat asintió complacido, pero todavía no había dado su beneplácito, así que el hombre llamó a alguien y una niña de unos once años se puso en pie y avanzó hacia ellos.
    – Es mi hija pequeña, la hija a la que más quiero -explicó el hombre-. La entrego a la tutela del príncipe para asegurar el bienestar de los dos chicos que me llevo.
    La niña lo miró horrorizada.
    – Papá…
    – No pasa nada, cariño. Todo irá bien -le aseguró su padre acariciándole la cabeza.
    Murat se puso en pie.
    – El acuerdo me parece bien. Los hijos del ladrón entrarán en una familia nueva y sus pasados serán olvidados. Su vida estará limpia y no cargarán con la culpa de su padre.
    Dicho aquello, se acercó a Daphne, le tendió la mano, que ella aceptó, y ambos salieron de la carpa por la parte trasera.
    – No entiendo por qué ese hombre ha entregado a su hija.
    – Porque es el seguro de que tratará bien a los otros dos. El tribunal hace exámenes periódicos para asegurarse de que los hijos de ladrones entregados a otras familias son tratados bien. Si no fuera así, se los quitarían y también perdería a su hija. Es la manera de asegurarse de que ese hombre cuidará a esos niños como si fueran suyos de verdad, y lo digo muy en serio. Esos niños jamás tendrán el estigma de ser los hijos de un ladrón -le explicó Murat mientras iban hacia su tienda-. Solemos actuar así con los hijos de los delincuentes para darles una oportunidad ya que ellos no son culpables por las decisiones erróneas que tomaron sus padres. En cualquier caso, conozco al hombre que se va a quedar con los hijos de este delincuente y sé que es un buen hombre. Han tenido suerte.
    Al entrar en su tienda, Daphne comprobó que la comida los estaba esperando. Murat la ayudó a sentarse y se sentó frente a ella. Al cabo de unos segundos, una chica joven les sirvió la comida.
    – ¿Y esta tarde? -preguntó Daphne.
    – Esta tarde cualquier persona que lo desee podrá acercarse a nosotros para que mediemos en algún contencioso.
    – Supongo que tardarás un montón de tiempo con eso.
    – No te creas. Tengo fama de ser muy duro y solamente los más valientes se atreven a pedir mi consejo.
    – ¿Eres un hombre justo?
    – Cuando el destino de mi gente está en mis manos, te aseguro que no me tomo la responsabilidad a la ligera. Escuchó a ambas partes e intentó encontrar la mejor solución para todos los involucrados.
    Daphne se dio cuenta de que Murat no era lo que ella creía, no era un hombre amable y compasivo sólo cuando las cosas fueran como él quería, sino que era un hombre que quería ser un buen líder y una buena persona.
    ¿Cómo reconciliaba Daphne eso con lo que le había hecho a ella? ¿Cuál era la solución a su dilema? ¿Cómo hacerle comprender que tenían que ser sinceros el uno con el otro si querían que aquella relación funcionara?

    Después de comer, Murat se reunió con el tribunal tribal y Daphne se fue a dar un paseo hasta los establos, donde se paró a ver cómo un grupo de niños jugaba al fútbol.
    En ese momento, una jovencita se acercó a ella.
    – Buenas tardes, princesa -la saludó con una reverencia-. Me llamo Aisha. Es un enorme placer conocerla
    – El honor es mío -contestó Daphne con una gran sonrisa.
    La chica debía de tener unos dieciséis o diecisiete años y era increíblemente bella. Dentro del campamento, llevaba el pelo suelto y tenía unos preciosos ojos marrones llenos de vida.
    – Confieso que me he acercado a usted para pedirle una cosa. Tengo una petición para el príncipe, pero no me atrevo a hacerlo en persona.
    – ¿Porqué?
    – Porque mi padre me lo ha prohibido -confesó la chica bajando la cabeza.
    – ¿Tu padre te ha prohibido que busques justicia? -le preguntó Daphne.
    La chica se encogió de hombros.
    – Me ha ofrecido en matrimonio a un hombre de la tribu. Se trata de un hombre muy honorable y rico. En lugar de que mi padre tenga que pagar una dote por mí, ese hombre se ha ofrecido a pagarle a él el precio de cinco camellos.
    Daphne se dijo que aquélla era la parte de las viejas tradiciones del desierto que no le gustaba nada.
    – ¿Es ese hombre mucho mayor que tú?
    Aisha asintió.
    – Tiene casi cincuenta años y varios hijos mayores que yo. Jura y perjura que me ama y que yo seré su última mujer, pero…
    – Pero tú no lo amas.
    – Yo… -contestó la chica tragando saliva-. Yo le he entregado mi corazón a otro -añadió en un susurro-. Tal vez no debería haberlo hecho, pero casarme con alguien tan mayor me parece horrible. Por favor, princesa Daphne, como esposa del príncipe heredero, tiene usted derecho a interceder por mí. El príncipe la escuchará.
    Daphne pensó en su reciente boda.
    – Créeme si te digo que no soy la persona más indicada para hablarle de este asunto al príncipe.
    – Es usted mi única esperanza -insistió la chica con lágrimas en los ojos-. Se lo ruego – imploró quitándose las pulseras de oro que llevaba-. Tome, quédese con mis joyas. Son todo lo que tengo.
    Daphne negó con la cabeza.
    – No hace falta que me des nada a cambio de mi ayuda -le dijo.
    Lo cierto era que sentía lástima por la chica, pero no estaba segura de que Murat la fuera a escuchar. Por otra parte, le había dicho que se tomaba su responsabilidad muy en serio.
    Obviamente, no le quedaba más remedio que fiarse de él.
    – Está bien, lo haré, expondré tu caso ante el príncipe.

    Murat escuchó a la mujer que estaba explicando por qué tenía derecho a que se le devolviera la dote. Su justificación era sólida y, al final, el príncipe estuvo de acuerdo con ella. El marido, que se había casado con ella única y exclusivamente para apoderarse de su dote, se quejó, pero Murat lo miró con severidad y el hombre aceptó finalmente la sentencia.
    A continuación, dos hombres presentaron un contencioso por la propiedad de un pequeño manantial de agua del desierto. Murat dictó sentencia y observó cómo una mujer con velo se acercaba. Enseguida, se dio cuenta de que era Daphne.
    ¿Qué iba a hacer? ¿Acaso le iba a pedir su libertad en público?
    Al instante, Murat sintió que todo su cuerpo protestaba, pero, cuando recordó la noche de maravillosa pasión que habían compartido y el encuentro que se había producido entre ellos hacía tres semanas, comprendió que Daphne era consciente de que hasta que no se supiera si estaba embarazada o no, no podría abandonar el país.
    Inmediatamente, Murat sintió un inmenso alivio.
    Daphne siguió avanzando hasta él hasta que llegó al estrado, momento en el que hizo una reverencia y, a continuación, se quitó el velo. Al hacerlo, se oyó una exclamación de sorpresa general.
    – Vengo en busca de justicia -anunció.
    – ¿Para ti? -le preguntó Murat.
    – No, vengo en busca de justicia para otra mujer. Una mujer que se llama Aisha -contestó Daphne.
    La mencionada dio un paso al frente y se colocó junto a Daphne. Al instante, Murat se dio cuenta de lo que había sucedido. La chica había ido a hablar con su esposa para contarle que la iban a casar con un hombre al que no amaba y Daphne había accedido a pedir clemencia en su nombre.
    Murat miró a la adolescente.
    – ¿Por qué no has venido tú misma a hablar conmigo?
    La niña bajó la cabeza.
    – Porque mi padre me lo ha prohibido.
    Murat se revolvió en su asiento y esperó. Al cabo de un minuto, un hombre de los que estaba sentado entre el público se puso en pie y avanzó hacia el estrado.
    – Príncipe Murat, mil bendiciones para usted y para su familia.
    Murat no contestó.
    El hombre se retorcía los dedos.
    – Mi hija no es más que una niña, una niña loca con demasiados sueños en la cabeza.
    A Murat también se lo parecía, pero la ley era la ley.
    – Todo el mundo tiene derecho a pedir clemencia al príncipe, incluso una niña loca.
    – Sí, por supuesto, príncipe, tiene usted toda razón.
    Murat suspiró y volvió a centrarse en la chica.
    – Muy bien, Aisha, tienes toda mi atención y tu padre no te va a prohibir que hables con libertad. Habla sin temor.
    Tal y como sospechaba, la chica le contó que su padre quería que se casara con un hombre mucho mayor que ella que tenía varios hijos.
    – Yo creo que se quiere casar conmigo para que lo cuide cuando sea viejo -concluyó la chica indignada.
    – ¿Quién es el hombre en cuestión? -preguntó Murat.
    Al instante, un hombre de casi sesenta años se puso en pie y avanzó hacia ellos. Por cómo iba vestido, era obvio que era un hombre de buena posición social.
    – Mi nombre es Farid -se presentó haciendo una reverencia.
    – ¿Te quieres casar con esta chica? -le preguntó el príncipe.
    Farid asintió.
    – Es una buena chica y será una buena esposa.
    – En lugar de pedirle una dote, me ha ofrecido cinco camellos -le explicó el padre de la chica encantado-. Ha estado casado en otras ocasiones, pero todas sus mujeres han muerto. Es una historia muy triste, pero todos sabemos que las ha tratado bien.
    Murat sintió que le empezaba a doler la cabeza.
    – En todo esto hay otro jugador, ¿verdad? -le preguntó a Aisha.
    La chica asintió.
    – Sí, se llama Barak y es el hombre del que estoy enamorada.
    Su padre la miró indignado, el prometido parecía indulgente y los allí presentes comenzaron a rumorean
    Por fin, apareció Barak, un joven de unos veintidós años con actitud desafiante y aterrorizada a la vez.
    – ¿Tú también estás enamorado de ella? -le preguntó el príncipe.
    – Con todo mi corazón -contestó el joven-. He estado ahorrando dinero y comprando camellos. Con su dote, podremos comprar tres más y tener un rebaño de buen tamaño. Le aseguró que puedo mantenerla.
    – No pienso darle dote -contestó el padre de Aisha-. No te pienso entregar la dote de mi hija a ti. Farid es un marido mucho mejor.
    – Sobre todo para ti -intervino Murat-. Que te den camellos a cambio de tu hija en lugar de tener que pagarlos tú hace que Farid te guste mucho más.
    El padre de la muchacha no contestó.
    Murat se quedó mirando atentamente a Farid y se fijó en que tenía unas ojeras terribles y unos cercos grisáceos alrededor de los ojos.
    – ¿Tienes hijos? – le preguntó.
    – Sí, Alteza, seis.
    – ¿Y están todos casados?
    – Dos, no.
    Ahora Murat empezaba a entenderlo todo.
    – ¿Cuánto tiempo te queda?
    El hombre se sorprendió, pero contestó.
    – Un año como mucho.
    – ¿De qué demonios está hablando? -se extrañó el padre de la chica.
    Murat negó con la cabeza.
    – De nada que a ti te incumba -contestó poniéndose en pie y haciéndole una señal a su esposa-. Por favor, acompáñame.
    – ¿Qué está ocurriendo? -preguntó Daphne una vez fuera de la tienda-. ¿Qué va a ocurrir? ¿Vas a obligar a Aisha a casarse con ese hombre?
    – A ese hombre le queda menos de un año de vida.
    – Vaya, lo siento mucho, pero eso quiere decir que la chica tenía razón, que lo único que quiere es que lo cuide. Si es verdad que tiene tanto dinero, ¿por qué no contrata a una enfermera?
    – Porque este asunto no es por su salud sino por su fortuna. Farid tienes seis hijos y dos de ellos no están casados. Según nuestras leyes, debe dividir su fortuna a partes iguales, lo que no es la mejor manera de mantenerla. ¿Qué pasaría si los hijos no se llevaran bien? Si muere estando casado, podría dejarle el cuarenta por ciento de sus pertenencias a su mujer y el resto tendría que dividirlo entre sus hijos. Yo creo que lo que quiere es que uno de los hijos que no está casado se case con Aisha para que, así, se puedan hacer cargo del negocio familiar juntos.
    Daphne lo miró indignada.
    – Perfecto. Así que no la van a vender una vez sino dos. Genial.
    – Daphne, no te estás enterando. Farid no la quiere para él.
    – Claro que me estoy enterando. Me da igual que la quiera para él o no. Lo que está en juego aquí es la vida de una joven que está enamorada de otro hombre.
    – Será una viuda rica en unos cuantos meses y, entonces, no estará obligada a casarse con ninguno de los hijos de Farid si no quiere.
    – ¿Me estás diciendo que debería casarse con él? ¿Me estás diciendo que lo que tendría que hacer es casarse con Barak cuando herede? Eso es terrible.
    Murat sacudió la cabeza.
    – En el matrimonio, Daphne, lo único que importa no es el amor. El matrimonio también es una unión política y financiera.
    – Ya veo que así es como funcionan las cosas aquí. ¿Qué vas a hacer?
    – ¿Qué quieres que haga?
    Daphne lo miró con las cejas enarcadas.
    – ¿Me dejas decidir?
    – Sí, considéralo un regalo de boda.
    – Quiero que Aisha pueda seguir los designios de su corazón. Quiero que se case con Barak si ése es su deseo.
    – ¿A pesar de lo que te acabo de contar?
    – No a pesar de eso sino precisamente por eso.
    – Y, dentro de unos años, cuando Barak y ella no tengan dinero para alimentar a los varios hijos que tendrán, ¿no crees que mirará atrás y se arrepentirá de lo que va a hacer?
    – Sí lo ama de verdad, no.
    – El amor no te da de comer.
    El amor no era práctico. ¿Por qué las mujeres lo consideraban tan importante?
    – Quiero que se case con Barak -insistió Daphne.
    – Como tú quieras.
    A continuación, Murat y Daphne volvieron al estrado y se sentaron en sus tronos. Aisha estaba llorando y su padre parecía furioso. Farid parecía resignado y el joven Barak intentaba parecer seguro de sí mismo a pesar de que le temblaban las rodillas.
    Murat miró a la chica.
    – Has elegido bien porque Daphne es mi esposa y no puedo negarle nada, así que puedes casarte con tu amado, pero escúchame bien. Estás enfadada con tu padre porque te quería vender a un hombre mucho mayor que tú. Sólo piensas en hoy y en mañana, pero deberías considerar un futuro a más largo plazo. Farid es un hombre de honor. ¿No quieres considerar la posibilidad de casarte con él?
    La chica negó con la cabeza.
    – Yo estoy enamorada de Barak -insistió.
    Murat miró al chico y rezó para que fuera digno de tanta devoción.
    – Muy bien. Aisha puede casarse con Barak.
    El padre de la chica protestó, pero Murat lo miró con dureza haciéndolo callar.
    – Para celebrar su boda, les regalo tres camellos y les deseo que su unión sea duradera y sana.
    Aisha se puso a llorar de nuevo y Barak se arrodilló ante el príncipe varias veces, abrazó a su prometida y le dijo algo al oído.
    – A ti también te doy tres camellos como compensación por lo que has perdido -continuó Murat dirigiéndose al padre de la chica.
    Sabía que Farid le había ofrecido cinco, pero no estaba dispuesto a darle más de lo que les iba a dar a los novios.
    – Cuando llegue la hora de tu muerte, tu familia puede hacerte enterrar en el monte de los reyes -concluyó dirigiéndose a Farid.
    Aquello levantó una exclamación general pues semejante honor no era fácilmente concedido.
    – Muchas gracias, príncipe. No sabe usted cuánto me gustaría vivir para verlo ser rey -contestó el enfermo.
    – A mí también me gustaría que fuera así. Ve en paz, amigo -lo despidió Murat-. Siguiente.

    Daphne estuvo callada durante la cena porque Murat parecía tenso e incómodo. Estaba así desde que habían vuelto de la carpa.
    Cuando los sirvientes recogieron el último plato, Daphne dejó la servilleta y sonrió.
    – Te quiero dar las gracias por lo que has hecho hoy.
    – Yo prefiero no hablar de ello.
    – ¿Por qué no? Has hecho feliz a Aisha.
    – Lo que he hecho ha sido acceder a los deseos de una niña malcriada, una chica demasiado joven para saber realmente lo que quiere en la vida. ¿De verdad crees que amará a ese chico para siempre? ¿Y qué ocurrirá cuando ya no sea así? Entonces, será pobre y odiará a su marido. Por lo menos, su padre buscaba asegurarle el futuro.
    Daphne no se podía creer que Murat creyera de verdad que casarse a los dieciséis años con un hombre de casi sesenta fuera algo bueno.
    – Su padre la quería vender, lo que es horrible -contestó indignada.
    – Desde luego, estoy de acuerdo contigo en que los motivos del padre no eran los mejores, pero Farid es un buen hombre y Aisha habría tenido la vida solucionada con él.
    – Sí, y cuando se hubiera muerto, se tendría que haber casado con uno de sus hijos.
    – A lo mejor, para entonces, se había enamorado de él.
    – O, a lo mejor, no.
    Murat se quedó mirándola como si fuera idiota.
    – Una vez viuda, habría sido libre para casarse con quien quisiera.
    – Así que solamente se vería obligada a casarse con un nombre al que no ama una sola vez. Ah, bueno, genial.
    – No entiendes nuestras costumbres -se indignó Murat dándole la espalda.
    – No es eso, Murat. Estás enfadado porque he intercedido en nombre de la chica.
    – Estoy enfadado porque mi esposa se ha puesto del lado de una jovencita descerebrada y yo he hecho lo que me ha pedido. Estoy enfadado porque creo que Aisha se ha equivocado.
    Murat dejó de hablar, pero Daphne sospechó que había algo más aparte de los problemas de la adolescente.
    Murat se apartó del comedor y fue a sentarse en un sofá y Daphne lo siguió.
    – Murat, le has concedido la libertad a una mujer. ¿Qué tiene eso de malo?
    – ¿Qué es lo que no te gusta de nuestro matrimonio? -le espetó Murat-. ¿Por qué quieres escapar?
    ¿Así que era eso? ¿Acaso veía Murat a Daphne en Aisha?
    – Yo no estoy enamorada de otro hombre -le aseguró Daphne-. De haber sido así, te lo habría dicho.
    – Nunca se me había pasado por la cabeza.
    – Estar casada contigo no es terrible -le explicó Daphne con prudencia-. De hecho, yo nunca he dicho algo así, pero sí he repetido varias veces que lo que no me gusta es cómo lo has hecho. No me preguntaste si me quería casar contigo.
    – Sí, te lo pedí y me dijiste que no.
    – Claro y, entonces, decidiste casarte conmigo mientras estaba inconsciente. Murat, no deberías haberlo hecho. No podías hacerlo.
    – Podía y lo hice.
    – Lo dices como si fuera algo positivo.
    – Conseguir lo que me propongo es siempre positivo -insistió Murat yendo hacia ella-. Ahora, estamos casados y debes aceptarlo.
    – No pienso hacerlo.
    – ¿Y si estás embarazada?
    – No lo estoy -protestó Daphne llevándose las manos a la tripa.
    – Todavía no lo sabes, pero, en cualquier caso, quiero que tengas bien claro que, si lo estás, tienes que saber que mi hijo o mi hija jamás abandonará este país. Tú, si quieres, puede irte.
    – Yo jamás abandonaría a mi bebé.
    – Entonces, ya has tomado tu decisión.
    A Daphne le entraron ganas de gritar. ¿Por qué aquel hombre se negaba a entender?
    – No pienso volver a acostarme contigo.
    – Eso habías dicho antes y mira lo que pasó anoche.
    Daphne sintió como si la hubiera abofeteado.
    – ¿Acaso me lo echas en cara para demostrarme que me había equivocado?
    – Tus palabras se las lleva el viento.
    Daphne se giró porque estaba tan dolida que no quería que Murat viera que estaba al borde de las lágrimas.
    – Me arrepiento de haberte acompañado en este viaje. Ojalá no hubiera salido nunca de palacio.
    – Si quieres volver, puedes hacerlo ahora mismo.
    – Muy bien.

Capítulo 13

    Murat abandonó la tienda sin mirar atrás. Daphne no sabía qué hacer, así que se quedó donde estaba.
    Menos de cuarenta y cinco minutos después, oyó que llegaba un helicóptero. En ese momento, uno de los agentes de seguridad fue a buscarla y, en un abrir y cerrar de ojos, Daphne se vio abandonando el desierto en mitad de la noche.
    Mientras veía alejarse las hogueras, pensó en el dolor que Murat le acababa de infligir. Era imposible que hubiera compartido aquella maravillosa noche de amor con ella única y exclusivamente para demostrarle que tenía razón.
    Daphne se negaba a creer que no hubiera significado nada para él. ¿Por qué no lo admitía Murat? ¿Y por qué la había dejado ir con tanta facilidad?
    «Como la otra vez», pensó con tristeza.
    Al llegar a palacio, se metió en la suite que compartía con Murat y se dio cuenta de que lo echaba terriblemente de menos.
    – ¿Qué tal lo habéis pasado? -le preguntó Billie a la mañana siguiente.
    – La verdad es que ha sido una experiencia maravillosa -contestó Daphne sinceramente intentando no dejar traslucir su tristeza.
    – Pero no has llegado a ver la Ciudad de los Ladrones, ¿no? -intervino Cleo tapándose la boca al instante-. Por favor, dime que Murat te había contado lo de la Ciudad de los Ladrones porque, de lo contrario, me la voy a cargar.
    – No te preocupes, claro que me lo contó. No, he vuelto antes de tiempo y no pude verla -contestó Daphne-. Una pena, porque me habría gustado volver a ver a Sabrina y conocer a Zara.
    – Bueno, Billie te puede llevar cuando quieras – sonrió Cleo. Billie asintió.
    – Mira, Daphne, hay algo delicado que te queremos decir y no sabemos cómo hacerlo, así que yo creo que lo mejor es soltarlo y ya está. Sabemos que ocurre algo porque no tienes buena cara. Además, has vuelto antes de tiempo y Murat no ha vuelto contigo. Teniendo en cuenta las circunstancias en las que os casasteis, Billie y yo hemos pensado que, a lo mejor, querías hablar. No te sientas obligada, pero, si quieres hacerlo, estamos aquí para escucharte.
    Daphne se mordió el labio inferior. Lo cierto era que le apetecía confiar en alguien, pero…
    – Vosotras estáis en posiciones diferentes.
    – ¿Te refieres a que nosotras estamos enamoradas de nuestros maridos y tú no sabes si lo estás del tuyo? -le preguntó Billie.
    – Exactamente.
    – Murat no es tan malo, ¿no?
    – No lo sé.
    Lo cierto era que, aunque no le gustaba nada lo que le había hecho, cómo se había aprovechado de las circunstancias y la había manipulado, Daphne no estaba segura de lo que sentía por aquel hombre.
    – En cualquier caso, también está el asunto de que algún día serás reina. ¿Eso qué te parece? -le preguntó Cleo.
    – La otra vez que estuve aquí, era mucho más jovencita, solo tenía veinte años, y la idea de ser reina me aterrorizaba porque era una chica muy seria y sabía que ser reina era una responsabilidad enorme. No estaba segura de hacerlo bien.
    – ¿Y ahora? -le preguntó Billie.
    – Ahora, no lo sé. Por una parte, creo que podría ayudar a Murat porque no tiene a nadie en quién confiar.
    – Sí, tienes toda la razón. Aunque sus hermanos lo ayudan siempre es mejor una esposa -opinó Cleo.
    – Yo creo que podría venirle muy bien mi presencia – sonrió Daphne.
    – Entonces, lo de ser reina no te plantea ningún problema. Eso quiere decir que los problemas los tienes con Murat y eso lo vas a tener que solucionar tú sola -intervino Billie.
    – Sí, tienes razón -contestó Daphne bajando la cabeza.
    Billie se sentó en el borde del sofá y se inclinó para aproximarse a Daphne.
    – Te voy a decir una cosa que no debería decirte, pero lo voy a hacer porque me siento en la obligación moral. Cleo, no se lo digas a nadie. Ni a Zara ni a Sadik ni a nadie, ¿de acuerdo?
    Cleo asintió.
    – Si quieres irte, no tienes más que decírmelo -le dijo Billie a Daphne-. Te puedo llevar a Estados Unidos en cinco horas.
    – ¿Cómo es posible? Se tarda mucho más normalmente.
    Billie sonrió.
    – Iríamos en un caza, sin equipaje. Esos aviones son increíblemente rápidos. Conque me avises con una hora de antelación, es suficiente. Si lo estás pasando muy mal y quieres volver a tu casa, dímelo.
    Daphne sintió lágrimas en los ojos. Aquellas mujeres apenas la conocían pero estaban dispuestas a ayudarla en lo que fuera necesario.
    – Muchas gracias por la oferta. No creo que las cosas se pongan tan feas, pero, si me quiero ir, sé dónde encontrarte.
    Sus cuñadas se fueron después de comer y Daphne salió a los jardines a pasear. Al cabo de un rato caminando, se sentó en un banco al sol.
    Ahora que estaba sola, podía admitir la verdad. Echaba de menos a Murat. A pesar de que era un hombre imperioso y de que la volvía loca, lo echaba de menos. Se moría por oír su voz y su risa, por verlo trabajar y saber que sus fuerzas serían un día heredadas por sus hijos.
    Y, sobre todo, se moría por sentir sus manos sobre su cuerpo.
    ¿Cuándo había dejado de odiarlo y había empezado a sentir afecto por él? ¿O acaso jamás lo había odiado? ¿Y ahora qué debía hacer? ¿Debía olvidarse de lo que había sucedido y seguir adelante como si tal cosa?
    Su corazón le decía que no, que aceptar lo que había sucedido significaría que pasaría toda su vida siendo un objeto en la vida de Murat y ella quería más, quería que Murat la mimara, la tuviera en cuenta y la amara.
    Daphne se dio cuenta de que quería que la amara tanto que fuera a buscarla, que no la dejara irse tan fácilmente. En definitiva, lo que quería era saber si estaba a salvo enamorándose de él.
    ¿Y cómo convencer a un hombre que se creía invencible de que no pasaba nada por mostrarse vulnerable de vez en cuando? ¿Cómo conseguir que se abriera a ella y le entregara su corazón?
    Daphne se tocó la tripa. Si estaba embarazada, tendría toda la vida para dilucidar las respuestas a sus preguntas. De no estarlo, le quedaba muy poco tiempo.
    ¿Y qué quería en realidad? Si tuviera que elegir, ¿qué elegiría? ¿Estar embarazada o no?

    Murat no recordaba la última vez que se había emborrachado porque, normalmente, no se emborrachaba nunca.
    Era el príncipe heredero y debía estar siempre alerta, pero aquella noche le importaba todo muy poco.
    Llevaba todo el día esperando a que Daphne volviera, pero no había vuelto. Mientras avanzaba por el desierto con su gente, había ido pendiente por si aparecía un helicóptero, pero no había sido así.
    Murat se daba cuenta ahora de que no debería habérselo puesto tan fácil. Si hubiera ignorado la explosión de cólera de Daphne, ella no se habría ido, seguiría a su lado.
    El hecho de que Daphne no aceptara su matrimonio como algo irrevocable lo ponía furioso. ¿Cómo se atrevía a cuestionar su autoridad? Él, que le había hecho el honor de casarse con ella.

    En lugar de mostrarse lógica y agradecida, no paraba de pelearse con él y le hacía la vida difícil mirándolo siempre con ojos acusadores.
    Mientras se tomaba otra copa de coñac, Murat se dijo que Daphne necesitaba tiempo y, si estaba embarazada, lo tendría. De no ser así, volvería a irse. No quería ni pensar en ello. No quería que Daphne se fuera. No lo iba a permitir.
    El sonido de unos pasos que se acercaban lo sacó de sus pensamientos y, al levantar la mirada, se encontró con varios ancianos, jefes de las tribus, que se inclinaban ante él junto a la chimenea.
    Murat los invitó a sentarse y, tras las conversaciones sin importancia de costumbre, como la carrera de camellos que iba a tener lugar al día siguiente, uno de los ancianos se atrevió a ir directamente al grano.
    – Alteza, nos hemos dado cuenta de que nuestra querida princesa Daphne se ha ido.
    – Así es.
    – ¿Se ha puesto enferma?
    – No, Daphne tiene una salud excelente – contestó Murat.
    – Menos mal.
    Entonces, se hizo el silencio.
    – Es estadounidense -comentó otro al cabo de un rato.
    – De eso ya me he dado cuenta -contestó Murat.
    – Las mujeres occidentales pueden resultar de lo más testarudas y difíciles. A veces, no entienden las sutilezas de nuestras costumbres. Claro que la princesa Daphne es un ángel.
    – Sí, un ángel -afirmaron los demás.
    – Yo no diría tanto -murmuró Murat.
    Más bien, él habría dicho que era un diablo, un diablo que lo sacaba de quicio y que, si no tenía cuidado, pronto lo tendría atrapado.
    – ¿Ha probado a pegarle? -le preguntó uno de los ancianos.
    Murat se irguió y lo miró con furia. El anciano dio un paso atrás.
    – Mil perdones, Alteza.
    Murat se puso en pie y señaló la oscuridad.
    – Fuera de aquí -le ordenó al anciano-. Vete y que no vuelva a verte en mi vida.
    El hombre exclamó sorprendido pues no era normal que un príncipe tratara así a un anciano. El sabio, temblando, se puso en pie y se perdió en la noche.
    Murat volvió a sentarse y miró a los seis hombres que tenía ante sí.
    – ¿Alguien más me sugiere que pegue a mi mujer?
    Nadie contestó.
    – Sé qué habéis venido a ofrecerme ayuda y consejo y os lo agradezco, pero quiero que tengáis muy claro que la princesa Daphne es mi esposa, la mujer que yo he elegido para ser la madre de mis hijos y para compartir mi vida. Tenedlo en cuenta cuando habléis de ella.
    Los ancianos asintieron.
    Murat se quedó mirando las llamas. Aunque era cierto que Daphne lo sacaba de quicio, jamás había pensado en pegarle. ¿De qué servía pegar a una mujer? ¿Acaso para demostrar que uno era más fuerte físicamente? Murat creía que lo único que se demostraba pegando a la compañera de vida era que se era un cobarde y que no se sabía arreglar las cosas dialogando.
    – ¿Y usted sabe por qué se ha ido la princesa? -preguntó uno de los sabios tímidamente.
    «Interesante pregunta», pensó Murat.
    – Me ha hecho enfadar y he hablado apresuradamente -admitió.
    – Podría ordenarle que volviera -sugirió otro.
    Sí, Murat era consciente de que podía ordenarle a Daphne que volviera, pero ¿para qué? ¿Para tenerla allí mirándolo con ira? No, no era eso lo que Murat quería. Claro que no tenerla a su lado lo estaba matando.
    – El príncipe quiere que la princesa vuelva por voluntad propia -opinó otro de los hombres.
    Murat lo miró.
    – Efectivamente -contestó -. Quiero que vuelva porque a ella le apetezca hacerlo.
    – Pero no lo va a hacer. Las mujeres son como el jazmín, ofrecen su dulzura por la noche, cuando el mundo duerme. Otras flores dan su aroma durante el día, cuando todos están despiertos para disfrutar de ellas, pero el jazmín es una flor muy testaruda.
    – ¿Y ahora qué hago? -quiso saber Murat.
    – Ignórela -le aconsejo uno de los ancianos-. Lo mejor será que la deje sola un tiempo para que, cuando lo vuelva a ver, se sienta agradecida y feliz y se pliegue a sus deseos.
    Murat se dijo que aquel hombre no conocía a Daphne, una mujer que no se plegaba a los deseos de nadie.
    – Podría tomar una amante -sugirió otro-. Hay varias chicas jóvenes muy guapas en la caravana. Un hombre no echa de menos el plato principal si hay dulces variados sobre la mesa.
    Murat negó con la cabeza. No le interesaba ninguna otra mujer y, además, había dado su palabra de serle fiel a Daphne y la cumpliría hasta la muerte.
    – Una flor necesita que la atiendan -opinó el más sensible de todos ellos-. Si se la deja sola, crece salvaje o se seca y muere.
    Los demás ancianos lo miraron.
    – ¿Estás diciendo que el príncipe Murat debería ir tras ella?
    Murat también lo miraba sorprendido.
    – Te recuerdo que soy el príncipe heredero Murat de Bahania.
    El sabio sonrió en la oscuridad.
    – Yo creo que la princesa Daphne eso lo tiene muy claro.
    Daphne había dicho exactamente lo mismo.
    – El jardinero se ocupa de sus flores -continuó el sabio-. Se arrodilla ante ellas y mete las manos en la tierra. Como recompensa a su trabajo, obtiene la belleza y la fuerza que aguanta a las peores tormentas.
    – ¿De verdad quieres que vaya a buscarla?
    – Sí, Su Alteza debería ir a buscarla. Déle un suelo fértil y ella florecerá para usted.
    Murat pensó que, más bien, a Daphne le saldrían espinas y él se pincharía. ¿Ir tras ella? ¿Ceder? ¿Él? ¿El príncipe heredero?
    Murat se puso en pie y se fue a su dormitorio sin decir palabra. Una vez allí, percibió el perfume de Daphne y pensó en cuánto la echaba de menos.
    «Su Alteza debería ir a buscarla», le había aconsejado el sabio.
    ¿Y luego qué?

    A Daphne le costó un gran esfuerzo que los criados la ayudaran a bajar sus herramientas de trabajo al jardín del harén, pero, por fin, lo consiguió.
    Llevaba tres noches sin dormir y sabía que lo único que la tranquilizaría sería modelar la arcilla, así que estuvo todo el día trabajando.
    Al atardecer, se sentó en un banco y admiró su obra.
    – Tenías prohibido volver aquí -gritó un hombre a sus espaldas.
    Daphne se giró y comprobó que se trataba de Murat.
    – Tranquilo, sólo he vuelto para trabajar -contestó Daphne.
    Murat la miró sorprendido.
    – ¿Eso quiere decir que sigues viviendo en la suite conmigo?
    – Sí, pero me estoy pensando muy seriamente cambiar de opinión -contestó Daphne limpiándose las manos en una toalla y yéndose.
    Murat se quedó observándola. En el helicóptero que lo había llevado hasta allí, había pensado en todas las palabras bonitas que le iba a decir, pero, al entrar en su suite y no verla, se había enfurecido.
    Al salir del harén para ir en su busca, se encontró con su padre.
    – Me acabo de encontrar con tu esposa y no parecía muy contenta.
    – Ya lo sé.
    El rey Hassan suspiró.
    – Murat, eres mi primogénito y no podría pedir un heredero mejor, pero, en lo que se refiere a Daphne, lo estás haciendo fatal. A ver si te espabilas un poco porque me ha costado mucho volverla a traer a Bahania para que ahora lo estropees todo.

Capítulo 14

    Daphne entró en la suite que compartía con Murat y se dio cuenta de que no sabía qué hacer.
    Tras recorrer la espaciosa estancia dos veces, se paró junto al sofá en el que estaba durmiendo uno de los gatos del rey y recordó que hacerle caricias a una mascota aliviaba, así que tomó al gato en brazos.
    Aun así, sentía que la sangre le bullía en las venas.
    – Este hombre es arrogante, terrible y duro de corazón. ¡Y pensar que lo echaba de menos! ¡Nunca más! Jamás volveré a pensar nada agradable ni bueno de él ni…
    En ese momento, se abrió la puerta y entró Murat.
    – ¡Estoy muy enfadada, así que ni me hables!
    – Acabo de hablar con mi padre.
    – A no ser que me digas que ha accedido a concederme el divorcio, no me interesa.
    – Me ha reprendido por hacerte enfadar.
    – ¿Ah, sí? Vaya, eso demuestra que es un hombre muy inteligente.
    Murat ignoró aquel comentario.
    – Está muy preocupado porque no nos llevamos bien después de todo lo que ha hecho para juntarnos.
    – Bueno… -comentó Daphne-. ¿Cómo? – se sorprendió.
    Murat se encaminó al sofá y Daphne esperó a que se sentara frente a ella.
    – Me ha dicho que llevaba mucho tiempo esperando a que yo eligiera una mujer con la que casarme. Cuando no lo hacía, a pesar de las mujeres que pasaban por mi vida, decidió que debía de haber alguna razón y, repasando mi pasado, llegó a ti y a nuestro compromiso que no terminó en boda. Cuando investigó y vio que tú tampoco te habías casado, decidió tomar cartas en el asunto.
    – No me lo puedo creer -contestó Daphne-. Es imposible. Yo vine a Bahania porque mi sobrina se iba a casar contigo y me parecía una barbaridad -le recordó.
    En aquel momento, Daphne vio las cosas con otra luz. Así que a su sobrina se le ocurre de repente, de un día para otro, que se va a casar con un hombre al que jamás ha visto y que vive en la otra punta del mundo.
    – No es posible… -suspiró llevándose la mano a la boca.
    – Sí, parece que tu sobrina y mi padre estaban compinchados.
    – No, Brittany nunca me haría una cosa así. Además, no sabe mentir.
    – Llámala y se lo preguntas -le propuso Murat.
    – Eso es exactamente lo que estaba pensando -contestó Daphne.
    Acto seguido, descolgó el teléfono y marcó el número de casa de su hermana. Cuando la empleada de servicio contestó, le indicó que le pasara con Brittany.
    – ¡Hola, tía! -la saludó la chica-. ¿Qué tal por ahí? ¿Sabes que empiezo la universidad dentro de diez días? Estoy encantada. Mi madre sigue un poco enfadada conmigo, pero ya se le está pasando. Por lo visto, ahora le parece que debería empezar a salir con el hijo del gobernador. No está mal, pero no es mi tipo. ¿Y a ti qué tal te va?
    – Me va bien -contestó Daphne-. Te echo de menos.
    – Yo también te echo de menos. ¿Qué te parece si voy a veros en Navidad? Así conocería a Murat.
    – Me parece muy bien, pero primero necesito saber algo. Brittany, ¿se puso el rey de Bahania en contacto contigo hace un par de meses?
    – ¿Cómo?
    – ¿Te propuso el rey Hassan que fingieras que te querías casar con Murat para obligarme a volver a Bahania? Brittany, por favor, cuéntame la verdad. Es muy importante.
    La adolescente suspiró.
    – Bueno, puede, o sea, sí. El rey me llamó y hablamos. Me pareció un hombre encantador. Cuando me dijo que él creía que no te habías enamorado de otro hombre porque seguías enamorada de Murat aunque no quisieras admitirlo ante nadie, ni siquiera ante ti misma, al principio pensé, y se lo dije, que estaba loco, pero luego me lo pensé y comprendí que tenía razón.
    – Dios mío.
    – Así que dije que me iba a casar con Murat para que te preocuparas y esas cosas, que fue exactamente lo que sucedió. En el avión, me sentí fatal. Me estaba comportando mal porque te estaba engañando, pero era necesario hacerlo.
    – ¿Lo sabía alguien más?
    – No, por supuesto que no. Mi madre se hubiera opuesto a la idea. Pero todo va bien, ¿no? Quiere decir, te has casado con él y eres feliz, tía, ¿verdad? Sabes que jamás haría nada que te hiciera daño.
    – Ya lo sé, cariño, no te preocupes. Te aseguro que sigues siendo mi sobrina preferida -la tranquilizó Daphne.
    Aquello hizo reír a Brittany.
    – Te recuerdo que soy la única sobrina que tienes.
    – En cualquier caso, te quiero mucho y estoy bien.
    – Yo también te quiero, tía. Llámame pronto.
    – Claro que sí. Adiós.
    Daphne colgó el teléfono y miró a su marido.
    – Es cierto. Brittany estaba implicada en todo esto con tu padre desde el principio. Por lo visto, accedió a hacernos creer que se quería casar contigo para que yo la acompañara hasta aquí.
    – Y yo caí también en la trampa perdiendo la compostura y encerrándote en el harén, que era lo que mi padre quería -contestó Murat.
    «Por no hablar de lo que hiciste luego», pensó Daphne.
    – Estoy enfadada, pero, sobre todo, me siento como una estúpida. No me puedo creer que esos dos nos hayan engañado. ¿Y ahora qué hacemos?
    – No debería haberte gritado -contestó Murat-. Cuando te he encontrado en el jardín, creía que me habías abandonado.
    A Daphne le pareció que el príncipe heredero Murat de Bahania estaba pidiendo perdón.
    – Lo siento, no fue mi intención darte esa impresión. Simplemente, quería modelar un rato.
    – Claro que sí, tienes todo el derecho del mundo a hacer lo que tú quieras.
    Daphne sintió que se le encogía el corazón de emoción.
    – ¿Sabes? En realidad, no me quería ir del desierto, pero no sé lo que me pasó.
    Murat se puso en pie y se sentó a su lado, tomándole las manos entre las suyas.
    – Daphne, te he echado de menos.
    Daphne estaba encantada disfrutando de su mirada sincera y del hecho de que acabara de admitir que la había echado de menos.
    – Estaba tan mal que los ancianos jefes de las tribus vinieron a verme para ofrecerme su consejo.
    – ¿Y qué te dijeron?
    – Uno me sugirió que te pegara y le dije que se fuera.
    – Gracias. No me hubiera gustado nada la experiencia.
    – Soy muchas cosas, pero te aseguro que no soy un maltratador.
    – Ya lo sé -contestó Daphne sinceramente.
    – Otro me dijo que debería tener una amante.
    Daphne sintió un terrible dolor en la boca del estómago.
    – ¿Y qué te pareció esa sugerencia?
    – Yo no quiero otra mujer, Daphne -contestó Murat acariciándole la mejilla.
    Daphne sintió que el dolor desaparecía.
    – Al final, el mayor de todo ellos me aconsejó que te tratara como a una flor y que atendiera tu jardín.
    – ¿Qué quiere decir eso?
    – Yo creía que tú me lo ibas a explicar.
    – No tengo ni idea.
    Murat se miró en los profundos ojos azules de Daphne y le acarició los labios con las yemas de los dedos.
    – Quédate conmigo.
    Daphne no sabía si Murat le estaba pidiendo que se quedara aquella noche o que se quedara para siempre, pero su corazón le decía que se rindiera, que con el tiempo Murat aprendería a tenerla en cuenta mientras que su cabeza le recordaba que quedarse por un inesperado cambio de comportamiento era una locura.
    ¿Podría aceptar a Murat tal y como era? ¿Podría vivir con él sabiendo que siempre haría con ella lo que quisiera y que jamás la consideraría una igual? Daphne era consciente de que podía volver a enamorarse de él, pero no sabía si Murat se enamoraría algún día de ella.
    – Quédate -insistió Murat besándola y consiguiendo que Daphne cediera ante sus caricias.
    – Aunque sé que me arriesgo a que volvamos a discutir y demos al traste con la tregua que iniciamos hace tres días, te recuerdo que hace tres semanas casi desde la primera vez que hicimos el amor y que todavía no has tenido el período -comentó Murat mientras cenaban.
    – Ya lo sé, voy con retraso -contestó Daphne.
    A continuación, lo observó detenidamente para ver si la expresión del rostro de Murat cambiaba, pero no fue así.
    – ¿Crees que estás embarazada?
    – No me siento diferente, pero tampoco sé si debería sentirme diferente. Si quieres, me puedo hacer una prueba de embarazo.
    – ¿Tú qué quieres hacer?
    – Yo preferiría esperar unos días más porque, a veces, el estrés me altera el ciclo.
    Y, desde luego, últimamente había tenido un montón de estrés.
    – Como quieras.
    Daphne sonrió sorprendida.
    – ¿Te encuentras mal?
    – No -contestó Murat-. ¿Por qué?
    – Porque tú nunca cedes.
    Murat suspiró.
    – Estoy haciendo todo lo que puedo para mimar adecuadamente la flor de mi jardín. ¿Te sientes suficientemente mimada?
    – Sí, más que de sobra.
    Era cierto que Murat había cambiado y estaba pendiente de ella constantemente.
    – Te estás burlando de mí -dijo Murat dejando la servilleta sobre la mesa y poniéndose en pie-. Me parece que mi flor necesita una buena poda.
    – Murat, no -contestó Daphne poniéndose también en pie y retrocediendo.
    – Pero si no sabes lo que te voy a hacer.
    – Por favor, para. Piensa en tu florecilla delicada con la que tienes que ser bueno.
    Murat se rió y corrió tras ella. Daphne intentó escapar, pero él no tardó mucho en alcanzarla y tomarla entre sus brazos. Lo cierto era que Daphne estaba encantada de encontrarse de nuevo pegada a su cuerpo.
    – ¿Y la cena? -le preguntó cuando Murat la levantó por los aires, la llevó al dormitorio, la sentó en la cama y le desabrochó la cremallera del vestido.
    – Tengo hambre de otras cosas -contestó Murat.

    Murat entró en la suite que compartía con Daphne y la encontró esperándolo para comer juntos como todos los días.
    De momento, Daphne no se había hecho la prueba de embarazo y él tampoco había vuelto a insistir porque quería que la decisión fuera suya. En cualquier caso, si Daphne estaba embarazada, no tardarían mucho en saberlo.
    Una vez sentados y mientras Daphne servía la ensalada, Murat le mencionó que había una revista americana interesada en entrevistarla.
    – Sí, se han puesto en contacto conmigo, pero les he dicho que no me interesa -contestó Daphne.
    – ¿Por qué?
    – Porque no sabría qué decirles. Quieren hacer un reportaje romántico y van a entrevistar a varias parejas y quieren saber cómo se han conocido y cómo se han enamorado. No me ha parecido que contar la verdad fuera una buena idea. ¿Cómo les iba a decir que me encerraste en el harén y que te casaste conmigo aprovechando que estaba inconsciente? No me apetecía tener que inventarme algo y tener que mentir, así que he preferido rechazar la entrevista.
    Dicho aquello, Daphne siguió hablando, contándole que Billie y Cleo le habían propuesto ir a la Ciudad de los Ladrones, pero Murat no la escuchaba. El impacto de lo que Daphne le había dicho con total naturalidad hizo mella en su cerebro y lo dejó inmóvil.
    Murat entendió por primera vez lo que Daphne llevaba tanto tiempo intentando hacerle comprender. La había mantenido prisionera como a una delincuente. Por supuesto, en una prisión muy lujosa donde se la había tratado como a una princesa, pero la había encerrado de todas maneras. Además, sabiendo que no quería nada con él, se había aprovechado de su situación médica para casarse con ella.
    Si le hubiera dado a elegir, Daphne no se habría casado con él. Se habría ido. No estaba con él porque quisiera.
    La verdad se coló en su corazón como un cuchillo y Murat se dio cuenta de que, si aquella mujer hubiera ido con su caso ante él en el desierto, la habría dejado libre y habría mandado encarcelar al hombre que le hubiera hecho aquello.
    En aquel momento, sonó el teléfono y, mientras Daphne iba a atenderlo, Murat se excusó y volvió a su despacho.
    De camino hacia allí, se fijó en la nueva obra cerámica de Daphne. Se trataba de dos amantes abrazados. Aquello le dio esperanza, pero, al acercarse, vio que ninguna de las figuras tenía rostro.
    ¿Querría decir eso que Daphne pensaba en otro hombre? Murat sabía que le daba placer en la cama, pero ¿era eso suficiente? ¿Era suficiente con tener el cuerpo de una mujer cuando no se podía llegar ni a su mente ni a su corazón?

Capítulo 15

    Daphne estaba sentada sola en la suite mirando por la ventana mientras dos gatos dormían en el sofá, acompañándola y dándole consuelo, pero no había consuelo para su dolor. No estaba embarazada. Se había enterado hacía una hora. Por supuesto, ella ya lo sospechaba y, precisamente por eso, no había querido hacerse la prueba, porque no quería verse en la tesitura de tener que escoger.
    Un mes atrás, habría estado encantada con la posibilidad de escapar, pero ahora todo era diferente. En lugar de alivio, sentía una espantosa tristeza, lo que le dejaba claro algo que hacía tiempo se venía negando a sí misma.
    No se quería ir.
    Murat no era un hombre perfecto, pero ella lo amaba y quería estar con él a pesar de sus defectos, quería tener hijos con él, quería formar parte de su mundo y de su historia porque amaba aquel país tanto como amaba al heredero al trono.
    Desde que Murat había vuelto del desierto, no habían hablado de su futuro. No era de extrañar que Murat hubiera dado por hecho que su silencio quería decir que Daphne estaba de acuerdo con el matrimonio, pero ella no era así. A Daphne le gustaba hablar a las claras, así que decidió ir en busca de Murat para contarle lo que había decidido, para decirle que quería sentir sus brazos alrededor de su cuerpo, que quería que la abrazara y que la besara y que la llevara a su cama para concebir a su primer hijo.
    Cuando llegó a su despacho, su ayudante le dijo que Murat se había ido a dar un paseo. Daphne salió al jardín a buscarlo y lo encontró sentado en un banco con actitud abatida y triste.
    – ¿Murat?
    Al oír su voz, Murat la miró y sonrió. Su rostro se alegró y la tristeza desapareció y, en respuesta, el corazón de Daphne dio un vuelco de felicidad y se preguntó cómo había dudado de lo mucho que amaba a aquel hombre.
    – Te estaba buscando.
    – Pues ya me has encontrado -contestó Murat haciéndole un hueco en el banco.
    – ¿Qué te pasa?
    – He estado pensando en nuestro matrimonio -contestó Murat.
    – Yo, también y te quiero decir una cosa – contestó Daphne con el pulso acelerado y sin saber cómo decirle que lo amaba, que quería quedarse con él y que quería que su matrimonio funcionara-. No estoy embarazada -añadió sin embargo.
    Murat no reaccionó.
    – ¿Estás segura?
    – Completamente.
    Murat no dijo nada.
    – ¿No deberías decirme que es una pena y qué tenemos que ponernos manos a la obra cuanto antes para remediarlo? ¿Qué te pasa, Murat?
    – Antes, te lo hubiera dicho, pero ahora sé que esto es lo mejor que podría pasarnos.
    – ¿Cómo? -exclamó Daphne como si la hubiera abofeteado.
    – Sí, es mejor que no estés embarazada porque un hijo nos complicaría mucho las cosas.
    – Pero si estamos casados.
    – Según la ley, sí, pero en nuestros corazones, no es así. Lo siento mucho, Daphne. He tomado las decisiones sin tenerte en cuenta y la única manera que se me ocurre de arreglar todo este entuerto es devolverte tu libertad.
    Daphne sintió que le faltaba el aire.
    – No te entiendo -murmuró poniéndose en pie.
    Murat la imitó.
    – Me equivoqué al mantenerte encerrada en contra de tu voluntad y casándome contigo cuando estabas inconsciente. No me tomé tus protestas en serio, pero tenías toda la razón. Te pido perdón por lo que he hecho. Ya no hace falta que lleves ese anillo. Hablaré con el rey para que nos conceda el divorcio. Eres libre y puedes irte cuando quieras.
    Y, dicho aquello, se giró y se fue, dejando a Daphne sola en el jardín. Daphne volvió a sentarse en el banco y comenzó a llorar. Sentía unas inmensas ganas de ponerse a gritar de dolor.
    Aquello no podía estar sucediendo.
    – Te quiero -dijo en voz alta-. Quiero quedarme contigo.
    Pero Murat no le había ofrecido nada parecido. ¿Acaso no lo había hecho porque no creía que Daphne pudiera estar interesada o porque no la amaba lo suficiente?
    Daphne pasó un par de horas en el jardín, llorando sin parar. Cuando se le secaron los ojos, tomó la decisión de ir a hablar con Murat, de decirle lo que sentía por él y, si entonces le decía que no estaba interesado en ella, se iría, pero no estaba dispuesta a irse sin luchar por lo que quería.
    Así que fue al despacho de Murat, pero no lo encontró allí. Su ayudante la informó de que el príncipe había partido de viaje al extranjero y no volvería hasta dentro de varias semanas.
    Daphne no se lo podía creer.
    – No entiendo nada -se lamentó-. No puede haberse ido.
    – Lo siento mucho, Alteza, el viaje ya estaba preparado -la informó Fouad.
    Daphne asintió y volvió a su suite, donde se encontró con el rey.
    – Pequeña, acabo de hablar con Murat.
    – Se ha ido -balbuceó Daphne-. Va a estar fuera varias semanas. Me dijo que me fuera. ¿A usted se le ha contado?
    El rey Hassan asintió.
    – El divorcio estará firmado en breve y serás libre para volver a tu casa.
    – Muy bien.
    Ahora resultaba que era libre para volver a un trabajo que no tenía con una familia que jamás la perdonaría y unos amigos que nunca la entenderían.
    – Mi hijo está muy arrepentido por lo que ha hecho y yo también. No tendría que haberme inmiscuido en vuestras vidas, pero, ay, viejo romántico de mí, creí que os seguíais queriendo y que las cosas entre vosotros podían salir bien. Ahora comprendo que me equivoqué y te pido perdón por el daño que te he causado. Daphne tragó saliva.
    – No se ha equivocado por completo. Ya sé que Murat no está interesado en seguir casado conmigo, pero yo… yo lo amo y estaría dispuesta a quedarme. Sin embargo, cuando le he dicho que no estaba embarazada, me ha dicho que me fuera.
    El rey abrió los brazos y Daphne se refugió en ellos.
    – Si quieres, puedo hablar con él.
    – Por favor, no lo haga -contestó Daphne a pesar de que la tentación era muy fuerte-. No quiero que Murat se sienta obligado a estar conmigo. Quiero que esté conmigo sólo si él así lo desea.
    – ¿Qué vas a hacer?
    – Volver a Estados Unidos.
    – Quédate todo el tiempo que quieras. A pesar de lo que ha sucedido, siempre serás bienvenida en esta casa -se despidió el rey besándola en la mejilla.
    – Dudo mucho que a Murat le hiciera mucha gracia encontrarme aquí cuando volviera de su viaje.
    – Nunca se sabe.
    Daphne estaba segura de ello porque, de nuevo, Murat la había dejado partir sin presentar batalla.
    – ¿Podemos hacer algo? -le preguntó Billie a Daphne mientras le daba un abrazo de despedida-. ¿Estás segura de que no quieres que te lleve yo en un caza?
    – Gracias, pero creo que voy a ir más cómoda en el avión del rey.
    – Es una pena que Murat se haya comportado como un imbécil. Los hombres son a veces muy imbéciles -se despidió Cleo con lágrimas en los ojos-. De verdad, yo habría puesto la mano en el fuego a que estaba loco por ti.
    Daphne se encogió de hombros y, tras despedirse de nuevo de las que habían sido durante un mes sus cuñadas, se subió a la limusina y abandonó el palacio con el corazón roto por el dolor.
    Murat bajó a toda velocidad de la limusina y entró corriendo en el palacio. Fue directamente a la suite que compartía con Daphne y abrió la puerta de par en par.
    – ¿Daphne?
    La única respuesta que obtuvo fue la del silencio.
    – Daphne, ¿estás aquí?
    Murat fue al dormitorio y vio que el libro que Daphne solía tener sobre la mesilla de noche no estaba. Una vez en el baño, comprobó que sus cosas habían desaparecido.
    Daphne se había ido.
    Murat se sintió abatido.
    Se había ido para intentar olvidarla, pero se había dado cuenta de que Daphne siempre lo acompañaba. Aunque sabía que se había comportado como un auténtico cavernícola con ella, quería intentar convencerla para que se quedara a su lado, pero ella no había esperado ni tan siquiera dos días para irse.
    Embargado por la tristeza, caminó hacia su despacho y, nada más llegar, dos objetos que había sobre su mesa acapararon su atención.
    El primero, el anillo de diamantes que había sido la alianza de boda de Daphne y, el segundo, la figura de arcilla de los dos amantes que ahora tenían rostro.
    Murat se quedó de piedra y, cuando consiguió reaccionar, descolgó el teléfono y pidió que lo pusieran inmediatamente con el aeropuerto.
    El lujoso avión privado se deslizaba por la pista y Daphne se arrellanó en la butaca de cuero y cerró los ojos, pero, de repente, el avión paró y dio la vuelta.
    – Todo va bien, Alteza -le dijo el piloto por el interfono-. Nos han avisado de la torre de control de que llevamos la puerta de carga mal cerrada. Tenemos que volver un momento al hangar, pero sólo serán un par de minutos.
    – Muy bien -contestó Daphne eligiendo una revista de decoración para pasar el rato.
    Al mirar por la ventana, vio a varios hombres uniformados alrededor del avión y, en ese momento, se abrió la puerta y vio entrar a un hombre alto, guapo y con aire imperial.
    Al instante, sintió que el corazón le daba un vuelco y que la esperanza se apoderaba de ella. Murat se sentó en la butaca de enfrente y se acercó a ella.
    – ¿Cómo has podido irte sin decirme que me quieres?
    – Yo… yo no creía que te interesara.
    – Claro que me interesa saber que mi mujer me ama. Eso lo cambia todo.
    Daphne sintió que el aire no le llegaba a los pulmones.
    – Me dijiste que me fuera -le recordó.
    – Sí, pero porque creía que tú querías irte -contestó Murat-. Todo esto es culpa tuya por no confesarme tus sentimientos -bromeó -, pero, en cualquier caso, estoy encantado de saber que mi amor es correspondido.
    Daphne lo miró sorprendida.
    – ¿Tú me quieres? -tartamudeó.
    – Con todo mi corazón -contestó Murat tomándole la mano-. Cariño, cuando me di cuenta de lo mal que te había tratado, lo único que se me ocurrió que podía hacer para recompensarte fue devolverte tu libertad aunque para mí fuera lo más doloroso que había hecho en mi vida. Cuando aceptaste mi decisión sin decir nada, creí que no me querías.
    – No dije nada porque estaba tan sorprendida que no podía hablar. Oh, Murat, claro que te quiero.
    – Yo también te quiero, Daphne -dijo Murat poniéndose en pie-. Quiero compartir mi vida y mi país contigo.
    Daphne se puso también en pie y lo besó con desesperación.
    – Y yo acepto encantada porque amo este país y te amo a ti.
    Al oír aquello, el príncipe heredero Murat de Bahania cayó ante ella de rodillas.
    – Entonces, quédate conmigo, conviértete en mi esposa y en la madre de mis hijos, ámame, envejece a mi lado y permíteme que pase el resto de mi vida demostrándote lo importante que eres para mí.
    – Acepto -murmuró Daphne -. Para siempre.
    Murat se metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y sacó un anillo. Al verlo, Daphne se estremeció. No era la alianza de diamantes que había llevado el último mes sino el anillo de compromiso que le había dado diez años atrás.
    – Mi anillo -dijo con voz trémula-. Lo tenías guardado.
    – Sí, lo he guardado durante todos estos años en un lugar secreto. Nunca supe por qué, pero ahora lo sé. Lo he estado guardando para dártelo a ti -contestó Murat besándola de nuevo.
    – ¿Alteza? -les dijo el piloto por el interfono-. ¿Vamos a Estados Unidos?
    – No -contestó Murat sentándose y tomando a Daphne en su regazo-. No, no vamos a Estados Unidos.
    – ¿Adonde quiere que ponga rumbo entonces?
    – ¿Tienes algo que hacer esta tarde? -le preguntó Murat a Daphne al oído mientras Daphne se sentaba a horcajadas sobre él.
    – ¿Qué se te ha ocurrido? -sonrió Daphne.
    – Denos una vuelta por Bahania -le dijo Murat al piloto.
    – Muy bien, señor.
    – ¿Cuánto tiempo nos da eso? -preguntó Daphne.
    – Todo el tiempo del mundo, cariño -contestó Murat desabrochándole la blusa-. Todo el tiempo del mundo.

SUSAN MALLERY


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