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Pasión En El Desierto

Pasión En El Desierto

Аннотация

    Él era el atrevido desconocido que se había propuesto acompañar a la bella e inocente Phoebe Carson en su visita a su tierra natal. Pero ¿qué haría Phoebe cuando descubriera que su guía no era otro que el príncipe Nasri Mazin… y que estaba decidido a seducirla?


Susan Mallery Pasión En El Desierto

    Título original: The Sheikh's virgin (En la antología Sheikhs of Summer)
    Traducido por: Fernando Hernández Holgado

Uno

    La isla de Lucia-Serrat brillaba como una esmeralda en un lecho de zafiros. Phoebe Carson apoyó la frente en el cristal de la ventanilla del avión mientras contemplaba el exuberante paisaje. Cuando estaban dando un rodeo para aterrizar, vio una playa blanca como la nieve, un bosque tropical, una media luna de mar azul y, por fin, una pequeña ciudad encaramada sobre un acantilado. El corazón empezó a martillearle en el pecho.
    El asistente de vuelo les pidió que recogieran las bandejas de los asientos y pusieran los respaldos en posición vertical. Lo que tan extraño le había parecido cuando comenzó su viaje, a esas alturas se había convertido en una rutina. Phoebe se ajustó el cinturón de seguridad y plegó la bandeja. Había estado demasiado concentrada mirando por la ventana para preocuparse de inclinar su asiento hacia atrás. No había querido perderse nada mientras se acercaban a Lucia-Serrat.
    – Tal como tú me dijiste, Ayanna -susurró para sí misma-. Precioso. Gracias por invitarme a venir.
    Concentró de nuevo su atención en el panorama que se divisaba por la ventanilla. La tierra parecía apresurarse a recibirlos, hasta que de repente sintió la suave sacudida de las ruedas del avión al tomar contacto con la pista. Podía ver los exuberantes árboles y arbustos, las flores tropicales y las aves de brillantes colores. Luego el aparato enfiló hacia la terminal y el paraíso quedó fuera de su vista.
    Media hora después, Phoebe había recogido su escaso equipaje y atravesado el control de aduanas e inmigración. El joven funcionario le había dado la bienvenida, había sellado su pasaporte y le había preguntado si tenía algo que declarar. Cuando ella le contestó que no, le franqueó el paso sin mayor problema.
    «Qué fácil ha sido», pensó Phoebe mientras se guardaba su pasaporte nuevo en el bolso.
    A su alrededor se saludaban efusivamente los familiares. Alguna que otra joven pareja, evidentemente de luna de miel, caminaba lentamente del brazo. No pudo evitar sentirse un poco sola. No debería; no al principio de su aventura. Encontró un teléfono y llamó a su hotel. El recepcionista le prometió que el chófer se presentaría para recogerla en quince minutos.
    Phoebe se dirigía hacia la gran puerta de cristal del aeropuerto cuando el escaparate de una pequeña tienda dutty free llamó su atención. Por lo general no le gustaba mucho comprar, pero la presentación de productos resultaba atractiva: frascos de perfume francés desplegados sobre tela de satén, bolsos de diseñador y zapatos colgando de cables del techo, apenas visibles. Todo parecía hermoso y muy caro. No le haría daño echar un vistazo mientras esperaba a que llegara el coche del hotel.
    Phoebe entró en la tienda y aspiró una bocanada de perfume. Diferentes aromas se combinaban perfectamente entre ellos. Aunque le intrigaban los frascos del muestrario, la dependienta, una mujer alta y vestida a la última moda, la puso nerviosa, así que se volvió en la dirección opuesta, para terminar delante de una vitrina de joyería.
    Anillos, pendientes, pulseras y collares parecían haber sido arrojados con descuido sobre un manto de terciopelo. Pese a ello, Phoebe sospechaba que semejante desorden era calculado y debía de haber costado sus buenas horas de trabajo. Se inclinó para examinar mejor las joyas. El diamante de uno de los anillos era mayor que la uña de su dedo meñique. Sólo con el dinero que valía aquella pieza, podría vivir razonablemente bien durante un par de años. Si aquella tienda era representativa de las de que había en la isla, iba a tener que conformarse con mirar los escaparates.
    – Creo que es demasiado grande para usted.
    El inesperado comentario la tomó desprevenida. Se irguió inmediatamente, llevándose una mano al pecho.
    – Sólo estaba mirando -dijo sin aliento-. No he tocado nada.
    Aunque Phoebe era alta, algo más de uno setenta y cinco de estatura, aquel hombre la sobrepasaba por lo menos en un palmo. Era moreno, con el pelo peinado hacia atrás. Tenía diminutas arrugas alrededor de los ojos, unos preciosos ojos de color castaño oscuro, y un asomo de sonrisa bailando en las comisuras de los labios.
    Phoebe se ordenó desviar la mirada, ya que era una grosería quedárselo mirando con tanta fijeza, pero algo en su expresión, quizá los rasgos como esculpidos de sus pómulos y de su mandíbula, se lo impidió.
    Parecía el clásico modelo masculino de un anuncio de licor caro, sólo que un poquito mayor. Phoebe se sintió instantáneamente fuera de lugar. El vestido que llevaba le había costado menos de veinte dólares en una tienda de saldos, y desde entonces había pasado un año, mientras que el traje de aquel hombre parecía realmente caro. Aunque tampoco tenía muchos conocimientos sobre ropa masculina…
    – La pulsera -dijo él.
    – ¿Perdón? -parpadeó, asombrada.
    – Creía que estaba mirando la pulsera de zafiros. Aunque es preciosa y el color de las piedras combina muy bien con el de sus ojos, es demasiado grande para una muñeca tan fina como la suya. Habría que quitarle demasiados eslabones.
    Phoebe se obligó a desviar la mirada de su rostro para fijarla en la vitrina de las joyas. Justo en el centro había una pulsera de zafiros. Piedras ovaladas rodeadas de pequeños brillantes. Probablemente costaría más que un hotel a pie de playa allá en su hogar, Florida.
    – Es muy bonita -dijo con tono educado.
    – Ah, no le gusta.
    – No, quiero decir sí, por supuesto que me gusta. Es muy hermosa -reconoció. Pero desear una joya así era tan realista como esperar comprarse un Boeing 747…
    – ¿Tal vez estaba buscando otra cosa?
    – No. Sólo estaba echando un vistazo.
    Se arriesgó a mirarlo otra vez. Había un brillo en sus ojos oscuros, un brillo casi… amable. Lo cual era absurdo. Los caballeros tan atractivos como aquél no solían fijarse en las mujeres como ella. De hecho, nadie se fijaba en Phoebe. Era demasiado alta, demasiado flaca y demasiado plana. Pero tampoco nadie la había puesto nunca tan nerviosa, como le estaba sucediendo en ese momento.
    – ¿Es su primera visita a Lucia-Serrat? -le preguntó él.
    Phoebe pensó inmediatamente en las páginas en blanco de su pasaporte nuevo.
    – Es mi primer viaje tan lejos -confesó-. Hasta esta misma mañana, nunca había volado en avión -frunció el ceño al pensar en los husos horarios que había atravesado-. O quizá fue ayer. Volé de Miami a Nueva York, luego a Bahania, y por fin hasta aquí.
    El desconocido arqueó una ceja.
    – Entiendo. Disculpe la observación, pero Lucia-Serrar me parece un destino poco frecuente para un primer viaje. Poca gente conoce la isla. Aunque es preciosa, claro.
    – Mucho -asintió-. Hasta el momento no he visto gran cosa. Quiero decir que… acabo de llegar, pero algo he visto desde el avión. La isla me recordó una esmeralda, tan verde y reluciente en medio del océano… -respiró hondo-. Incluso huele distinto. Florida también tiene clima tropical, pero no es así. Todo el mundo parece tan cosmopolita, tan seguro de sí mismo… -de repente apretó los labios y bajó la mirada-. Perdone, no era mi intención hablar tanto, yo…
    – No se disculpe. Me encanta su entusiasmo.
    Phoebe pensó que había algo mágico en la cadencia de su tono. Su inglés era perfecto, pero a la vez demasiado formal. Tenía también un rastro de acento, que no consiguió identificar.
    La tocó ligeramente la barbilla, como pidiéndole que alzara la cabeza. Fue un contacto fugaz, pero Phoebe se estremeció de la cabeza a los pies.
    – ¿Qué la ha traído a mi isla? -le preguntó el desconocido con tono suave.
    – ¿Usted vive aquí?
    – Toda mi vida he vivido aquí -se encogió de hombros-. Mi familia lleva cerca de quinientos años establecida en la isla. Vinimos a por especias y nos quedamos por el petróleo.
    – Oh, vaya… Yo, er… quería visitarla porque una pariente mía, una tía abuela, nació aquí. Siempre estaba hablando de la isla y de lo mucho que lamentó tener que marcharse. Falleció hace unos meses -parte de la felicidad que la invadía desapareció víctima de una punzada de soledad-. Ella quería que yo viera mundo, y su última voluntad fue precisamente que empezara mi viaje por la isla donde nació.
    – ¿Estaban muy unidas?
    Phoebe se apoyó en la vitrina de las joyas. Por el rabillo del ojo vio que las dos dependientas los estaban mirando con expresión inquieta. Sin embargo, no se decidían a acercarse.
    – Ella me crió -respondió, volviendo de nuevo su atención al desconocido-. Nunca llegué a conocer a mi padre, y mi madre murió cuando yo tenía ocho años. La tía Ayanna se hizo cargo de mí -sonrió al recordarlo-. Yo nací en Colorado, así que trasladarme a Florida fue una experiencia excitante. Ayanna decía que era el lugar más parecido a Lucia-Serrat que había podido encontrar. Echaba mucho de menos la isla.
    – Así que usted ha querido honrar su memoria visitándola.
    Phoebe nunca lo había considerado de esa manera. Sonrió.
    – Pues sí. Quiero visitar los lugares que a ella tanto le gustaron. Incluso me facilitó una lista.
    El alto desconocido estiró una mano. Obviamente quería leer aquella lista. Phoebe la sacó de un bolsillo exterior del bolso y se la entregó.
    El hombre desdobló la hoja de papel y la leyó en silencio. Mientras tanto, Phoebe aprovechó la oportunidad para estudiar su espeso cabello, la longitud de sus pestañas, su poderosa constitución física. No estaban muy cerca, y sin embargo habría jurado que podía sentir el calor de su cuerpo.
    Se apresuró a decirse que era una locura pensar esas cosas. Pero era cierro. Un delicioso calor la envolvió mientras continuaba observándolo.
    – Una excelente elección -sentenció él al tiempo que le devolvía la lista-. ¿Conoced usted la leyenda de la Punta Lucia?
    Hacía mucho tiempo que Phoebe había memorizado la lista de lugares de Ayanna. La Punta Lucia era el segundo comenzando por el final.
    – No.
    – Se dice que sólo pueden visitarlo los amantes. Si hacen el amor a la sombra de la cascada, serán bendecidos durante el resto de sus días. ¿Ha traído a su amante con usted?
    Phoebe sospechaba que se estaba burlando de ella, pero aun así no pudo evitar ruborizarse. ¿Un amante? ¿Acaso aquel hombre, sólo con mirarla, no podía adivinar que nunca había tenido un novio, y mucho menos un amante?
    Antes de que se le ocurriera algo que decir, preferiblemente algo ingenioso y sofisticado, un hombre de uniforme apareció a su lado.
    – ¿Señorita Phoebe Carson? He venido para llevarla a su hotel -le hizo una cortés reverencia y recogió su equipaje-. Cuando guste -añadió, y salió de la tienda.
    Phoebe miró por la ventana y vio una camioneta verde aparcada a la entrada. En un costado se podía leer, en letras doradas, Parrot Bay Inn, que era el nombre del que sería su alojamiento durante el mes siguiente.
    – Han venido a buscarme -informó al desconocido que se había detenido a charlar con ella.
    – Ya lo veo. Espero que disfrute de su estancia en Lucia-Serrat.
    Sus ojos oscuros parecían traspasarla, asomarse a su interior. ¿Podría leerle el pensamiento? Esperaba que no, porque si ése era el caso, descubriría que no era más que una joven ingenua e inexperta que, al lado de un hombre como él, se sentía completamente fuera de su ambiente.
    – Ha sido usted muy amable -murmuró, dado que no se le ocurría otra cosa.
    – Ha sido un placer.
    Antes de que Phoebe pudiera volverse, el desconocido le tomó una mano, inclinó la cabeza y le besó levemente los dedos. Aquel anticuado y encantador gesto le robó el aliento, al tiempo que le provocaba un delicioso cosquilleo que le subió por el brazo.
    – Quizá tengamos la suerte de volver a encontrarnos en alguna otra ocasión.
    Phoebe era incapaz de pronunciar palabra. Afortunadamente, él se marchó antes de que ella pudiera hacer algo realmente embarazoso, como tartamudear o balbucear. Al cabo de un par de segundos fue capaz de volver a respirar. Luego se obligó a caminar. Abandonó la tienda y salió a la calle. Sólo entonces, una vez instalada en la camioneta del hotel, pensó en mirar al hombre que había conocido en aquella tienda. Ni siquiera sabía su nombre.
    Pero por más que miraba, ya no podía verlo. El chófer se sentó al volante y arrancó. Cinco minutos después, habían dejado atrás el aeropuerto y enfilaban por una cartelera de dos carriles que bordeaba el acantilado, sobre el mar.
    A su derecha, el océano se extendía hasta el horizonte, mientras que a su izquierda la voluptuosa vegetación tropical desbordaba la cuneta del camino. Manchas de color salpicaban los árboles, prueba de la presencia de los loros que habían colonizado la isla. Phoebe aspiró profundamente aquel aire salado que olía a tierra fresca y húmeda, recientemente lavada por las lluvias.
    Sintió una punzada de entusiasmo. «Estoy realmente aquí», pensó cuando la camioneta llegó al hotel. El Parrot Bay Inn tenía dos siglos de antigüedad. El blanco edificio levantaba varios pisos de altura, con los dos inferiores cubiertos de buganvillas rojas y rosadas. El vestíbulo era un atrio abierto, con una mesa de recepción de madera tallada, testigo de la elegancia de otros tiempos. Una vez registrada, Phoebe se dejó guiar a la habitación.
    Ayanna le había hecho prometer que visitaría la isla de Lucia-Serrat durante todo un mes, y que se alojaría durante todo el tiempo en el Parrot Bay Inn. Phoebe se negó a pensar en el precio mientras la conducían a una encantadora mini suite con vistas al océano y una romántica terraza digna de Romeo y Julieta. Cuando salió a tiempo de ver hundirse el sol, se sentía como si estuviera flotando.
    Una paleta de tonalidades rojas y anaranjadas coloreaba el cielo. De azul, el agua del mar se había tornado verde oscura. Apoyada en la barandilla, Phoebe aspiró los aromas de la isla, saboreando el momento.
    Cuando se hizo de noche, volvió a entrar en la habitación para deshacer el equipaje. La cama de dosel parecía cómoda y el baño, blanco y deliciosamente anticuado, era amplio y contenía todos los artículos necesarios. Aunque el silencio reinante le entristecía un poco, se negó a dejarse abatir por aquella sensación de soledad. Estaba acostumbrada a arreglárselas sola. Allí, en la isla donde había nacido su tía abuela, podría conocer todas aquellas cosas de las que tanto había oído hablar. Podría sentir la presencia de Ayanna, empezar a vivir su vida.
    Justo cuando se disponía a bajar para cenar, llamaron a la puerta. Nada más abrir, un botones apareció ante ella cargado con un gran ramo de flores exóticas. El joven le entregó las flores y se marchó antes de que Phoebe pudiera protestar. Tenía que ser algún error. Nadie podía regalarle flores…
    Aunque sabía que era una tontería, no pudo evitar imaginarse que quizá había sido el atractivo desconocido que había encontrado en la tienda del aeropuerto. No. No podía ser él. Debía de tener treinta y tres o treinta y cuatro años, por lo menos. La habría mirado como a una niña, nada más. Aun Así, los dedos le temblaron mientras abría el sobre blanco que acompañaba las flores.
    Espero que su estancia en la isla resulte deliciosa.
    Ninguna firma. Lo que quería decir que aunque no había podido enviárselas el hombre de la tienda, ella podía imaginar que así había sido. Podía fantasear con que se había mostrado divertida y encantadora con él, en vez de tímida y vergonzosa. Que en lugar de llevar una ropa vieja y anticuada, había proyectado una imagen tan elegante y sofisticada que lo había dejado impresionado: al menos tanto como él la había dejado a ella.
    A la mañana siguiente, Phoebe bajó por las escaleras en vez de utilizar el ascensor. Llevaba unos cómodos pantalones de algodón y sandalias, con un top debajo de una camisa de manga corta. Aunque Lucia-Serrat era un país oriental de ideas avanzadas, no quería ofender a nadie vistiendo de manera inmodesta, en su gran bolso de paja había metido crema bronceadora, algo de fruta, una botella de agua y un mapa. Ese día pensaba empezar a visitar los lugares de la lista de Ayanna, partiendo del más cercano al hotel.
    Más adelante pensaba alquilar un coche y explorar los alrededores. En cuanto a lo de visitar la Punta Lucia… bueno, ya se enfrentaría con ese problema a su debido momento.
    Phoebe bajó las escaleras de buen humor y entró en el vestíbulo del hotel.
    – Buenos días. Confío en que haya descansado bien.
    Se detuvo en seco, incapaz de creer lo que estaba viendo. Era él, el hombre que había conocido en la tienda el día anterior. En lugar del traje, llevaba un pantalón sport y una blanca camisa almidonada. Pero no tuvo el menor problema en reconocer sus hermosos rasgos y la familiar sensación de su propio estómago…
    Él le sonrió, descubriendo una dentadura blanca y reluciente.
    – Veo por su expresión de sorpresa que se acuerda de mí. Espero que el recuerdo sea agradable.
    Phoebe evocó inmediatamente el último pensamiento que había tenido antes de dormirse: el leve beso que aquel hombre le había dado en la mano. Un intenso rubor le subió por la cara.
    – Buenos días -susurró.
    – Así que hoy piensa empezar su tour por mi isla. Me acuerdo: la lista de su tía. ¿Qué lugar va a visitar primero? Phoebe no supo qué decir.
    – He pensado en empezar por la playa de Parrot Cove -respondió vacilante, ignorando lo que lo había traído al hotel, o el motivo de que se hubiera molestado en hablar con ella.
    – La playa no. Aunque esta isla posee ciertamente las mejores playas del mundo, no hay nada extraordinario en la arena. He decidido que empezaremos por el baniano o higuera de Bengala.
    Phoebe resistió el impulso de meterse un dedo en la oreja por si tenía algo dentro y no había oído bien.
    – Yo, er… -suspiró-. No entiendo.
    – Entonces tendré que ser más claro. Ayer me encantó lo que me contó sobre la última voluntad de su tía y he decidido ayudarla en su misión. En consecuencia, la acompañaré gustoso a todos los lugares de la lista -sonrió, divertido-. Bueno, quizá no a todos.
    Phoebe pensó instantáneamente en Punta Lucia, como sin duda él había pretendido que hiciera. Pensó que debía de estar burlándose de ella. ¿Sería posible? Nadie se había tomado nunca el tiempo y la molestia de bromear con ella y tomarle el pelo. Y, por muy tentadora que fuese su oferta, había un par de cosas que no podía olvidar.
    – Por nada del mundo querría suponer una molestia, y aunque usted estuviera dispuesto a compartir su tiempo conmigo… la verdad es que acabamos de conocernos. Ni siquiera sé su nombre.
    El hombre se llevó una mano al pecho.
    – Le ruego disculpe mi torpeza -le hizo una ligera reverencia-. Mi nombre es Mazin y estaré a su entera disposición durante todo el tiempo que usted guste.
    Phoebe no podía creer que todo aquello pudiera estar sucediendo. Quizá en una película sí, pero no en la vida real, y desde luego no a ella. Miró a su alrededor y se dio cuenta de que todo el mundo en el vestíbulo los estaba mirando. Vaciló, indecisa entre lo que quería hacer y lo que sabía que debía hacer.
    – ¿Señorita Carson? -de repente se acercó un hombre. En la pequeña placa que llevaba en la solapa se leía su nombre y su cargo: Sr. Eldon. Director-. Yo le aseguro que… -miró a su interlocutor- que Mazin es un caballero honorable. No tiene por qué albergar ningún temor en su compañía.
    – ¿Lo ve? Tengo gente dispuesta a avalar mi carácter. Vamos, Phoebe. Conozca las maravillas de Lucia-Serrat conmigo.
    Estaba a punto de negarse, sobre todo porque se enorgullecía de su sensatez… cuando de repente recordó las palabras de Ayanna. Su tía había deseado para ella que viviera su vida a fondo, a tope, sin arrepentimientos ni lamentaciones. Y Phoebe estaba segura de que al final lamentaría rechazar la oferta de Mazin, por muy alocado e irresponsable que fuera aceptarla.
    – Lo del baniano suena bien -respondió con tono suave, y se dejó guiar al coche que los estaba esperando.

Dos

    La joven lanzó una última y tentativa mirada por encima de su hombro antes de subir a su Mercedes. Mazin le cerró la puerta y rodeó el morro para sentarse el volante, pensando durante todo el tiempo en lo que estaba haciendo…
    No tenía tiempo para jugar con niñas, porque eso era exactamente lo que era Phoebe Carson: una niña de unos veinte años. Demasiado joven e inexperta para salir bien librada en aquella clase de juegos. Entonces, ¿por qué se molestaba? Peor aún: ¿por qué estaba malgastando su tiempo?
    Una vez ante el volante, se volvió para mirarla. Ella lo estaba mirando fijamente, con los ojos muy abiertos: como si fuera un conejillo asustado y él un mortal depredador. Una metáfora perfecta, pensó irónico. Debería marcharse, decirle que estaba demasiado ocupado para llevarla a dar una vuelta por la isla. Si quería una mujer, que no una niña, había docenas que volarían a su lado al primer indicio de interés por su parte. Lo conocían a él y a su mundo. Sabían lo que se esperaba de ellas. Entendían las reglas.
    Phoebe, en cambio, no entendía nada. Incluso mientras arrancaba el coche, supo que estaba cometiendo un error. Porque estaba actuando de manera insensata, algo que jamás se permitía hacer. La naturaleza de su carácter no le permitía aprovecharse de aquéllos que no estaban a su altura. Pero entonces… ¿por qué estaba en aquel momento con ella?
    El día anterior la había visto atravesar la aduana. Le había parecido una chica valiente a la vez que asustada… y terriblemente inocente. Más tarde, cuando vio que estaba sola y que no acudía nadie a recogerla, se había acercado a ella por razones que todavía no conseguía explicarse.
    El también acababa de volver de viaje del extranjero, y en vez de correr a casa, se había molestado en abordarla y hablar con ella. Y, después de aquello, ya no había podido olvidarse de ella.
    «Una locura», se dijo. Una simple locura.
    – Parece que hace muy buen tiempo -dijo Phoebe, interrumpiendo sus pensamientos.
    El cielo estaba azul, sin nubes.
    – Ésta es nuestra estación seca. Sólo cae alguna que otra llovizna. En el otoño llega la estación húmeda, seguida de varios meses de monzón. A veces me sorprende que la isla entera no haya sido barrida por el mar. Pero sobrevivimos, y después de las lluvias, todo vuelve a brotar.
    Quizá fueran sus ojos, pensó mientras volvía a fijar la mirada en la carretera: eran tan grandes y azules… «Confiados», pesó, sombrío. Ella era demasiado confiada. Nadie podía ser tan inocente. Apretó los dientes. ¿Era ése el problema? ¿Pensaba que ella estaba fingiendo?
    No estaba seguro. ¿Las mujeres como ella existían, o era todo una elaborada farsa para acercarse a él? La miró, contemplando la larga melena rubia que se había recogido en una trenza, así como su ropa sencilla y barata. ¿Estaría intentando hacerle bajar la guardia haciéndose pasar por alguien que no pertenecía a su ambiente? Si hubiera sido así, lo habría notado. Por razones que no conseguía explicar, aquella chica lo intrigaba.
    Así que jugaría a su juego, fuera el que fuese, hasta que descubriera la verdad, o se cansara de ella. Porque Terminaría cansándose de ella. Siempre era así.
    – Dijiste que tu familia llevaba aquí cinco siglos -le dijo ella, lanzándole una rápida mirada antes de volver a concentrar su atención en el paisaje.
    – La isla fue primeramente descubierta por exploradores procedentes de Bahania hará unos mil años. Estaba sin habitar y la consideraron tierra sagrada. Cuando los viajeros europeos partieron a la conquista del Nuevo Mundo, el rey de Bahania temió que su paraíso privado fuera a caer en manos de la monarquía portuguesa, la hispánica o la inglesa, así que envió a unos parientes suyos a colonizarla. Al final, la isla se fue poblando y obtuvo la soberanía. Hasta el día de hoy, el príncipe real de la isla siempre ha estado emparentado con el monarca de Bahania.
    Phoebe se volvió para mirarlo, con los ojos muy abiertos.
    – Supongo que sabía que había un príncipe, porque fue precisamente por su culpa por lo que mi tía abuela tuvo que marcharse, pero hasta ahora me había olvidado de ello… ¿Vive en la isla?
    – Sí. Reside de manera permanente en ella.
    Lo estaba mirando como si fuera a hacerle otra pregunta cuando llegaron a un claro en el bosque y el mar apareció ante ellos.
    – Es precioso -comentó Phoebe, impresionada.
    – ¿No sueles ver mucho el mar allá donde vives?
    – A veces -sonrió-. La casa de Ayanna está a varios kilómetros tierra adentro. Yo solía frecuentar mucho la playa cuando estaba estudiando, pero una vez que ella se puso enferma, ya no tuve tiempo.
    Ella apoyó las puntas de los dedos en el cristal de la ventanilla. Sus manos parecían tan delicadas como el resto de su cuerpo. Mazin contempló su ropa: era vieja, pero bien cuidada. Con un vestido de diseñador, un poco de maquillaje y un peinado a la moda, sería toda una belleza. Pero, tal como iba, no era más que una simple paloma gris.
    Aunque la fantasía de una Phoebe femme fatale no dejaba de atraerle, se sorprendió a sí mismo igualmente atraído por la pequeña paloma que estaba sentada a su lado.
    Una paloma que, por cierto, ignoraba en absoluto quién era él. Quizá eso formara parte de su atractivo. Raras eran las ocasiones en que pasaba tiempo con mujeres que no sabían quién era ni lo que podía llegar a darles.
    – Hay un bosquecillo de pimenteros -dijo de repente, señalando a su izquierda.
    Se volvió para mirarla. En el instante en que ella se inclinó para mirar, Mazin reconoció su aroma. A jabón, pensó, casi sonriéndose. Olía al jabón de rosas del Parrot Bay Inn.
    – Decenas de pimientas de diferentes clases se cultivan aquí.
    – ¿Qué flores son ésas? -preguntó ella-. ¿Son las de los pimenteros?
    – No, son orquídeas. Son parásitas, se agarran a ramas de los árboles. La gente las usa para decoración, pero también para perfumes. Los árboles de mango son los mejores anfitriones, pero puedes encontrar orquídeas en casi cualquier árbol de la isla.
    – Dijiste que también hay petróleo en la isla. ¿O es en el mar?
    – Hay en la tierra y en el mar.
    Mazin esperó, preguntándose si sería en aquel momento cuando por fin descubriera su juego. El interés por el petróleo significaba interés por el dinero… especialmente por el suyo. Pero Phoebe ni siquiera pestañeó. Volvió a mirar por la ventanilla, como si el tema del petróleo no le preocupara lo más mínimo.
    Ahora que pensaba sobre ello, se daba cuenta de que el entusiasmo que había demostrado por la isla era mucho mayor que el que había demostrado por su compañía. ¿Sería realmente la tímida y sencilla turista que parecía ser?
    No podía recordar la última vez que una mujer no había escuchado con embeleso cada una de sus palabras. Si aquello era cierto, se trataba, desde luego, de una experiencia única.
    A la vuelta de un recodo de la carretera, apareció ante ellos el gran bazar de la isla.
    – El mercado de Lucia-Serrat tiene unos cinco siglos de antigüedad. Incluso conserva parte de las murallas.
    Phoebe juntó las manos, deleitada.
    – Oh, Mazin, tenemos que parar… Mira lo que están vendiendo. Esas vasijas de cobre y esas flores y… oh, ¿eso es un mono?
    Rió al ver a un pequeño mono saltando de silla en silla en la terraza de un café para terminar robando una pieza de mango, en un puesto cercano. El dueño del mono se apresuró a pagar al tendero antes de que llegara a enfadarse.
    Mazin negó con la cabeza.
    – Hoy no, Phoebe. Dejaremos el bazar para otro día. Recuerda que tienes una lista. Para poder verlo todo debemos proceder con orden.
    – Por supuesto -se recostó de nuevo en su asiento-. El sentido del orden es algo que siempre he defendido -suspiró-. Lo que pasa es que esta isla tiene algo especial, algo que me hace desear olvidarme de todo, ser… imprudente -le sonrió-. Aunque yo no soy una persona de naturaleza imprudente.
    – Ya.
    Sus inocentes palabras, la luz de sus ojos y la sonrisa que se detuvo en sus labios le provocaron una punzada de deseo. La excitación fue tan inesperada que Mazin casi no la reconoció al principio.
    La deseaba. ¿Cuándo había sido la última vez que no había hecho el amor automáticamente, por costumbre? Su deseo se había apagado hasta el punto de que apenas recordaba lo que era el dolor de la pasión. Se había acostado con las mujeres más bellas y expertas que había conocido, y ninguna de ellas había excitado su deseo más allá de lo necesario para cumplir en la cama. Y en ese momento, con aquella sencilla palomita gris, sentía un ardor que no había experimentado en años.
    El destino había vuelto a gastarle una pesada broma.
    – ¿Qué es lo que sabes de la Lucia-Serrat de hoy en día?
    – Poca cosa. Ayanna me hablaba sobre todo del pasado. De cómo era la isla cuando ella tenía mi edad -una expresión de nostalgia iluminó su rostro-. Recuerdo que me hablaba de las espléndidas fiestas a las que asistía. Al parecer, en más de una ocasión fue invitada a la residencia del príncipe. Allí conoció a dignatarios visitantes de otros países. Incluso llegó a conocer al príncipe de Gales, el que se convertiría en el rey Eduardo y que terminó abdicando del trono por la señora Simpson. Ayanna me comentó que era un gran bailarín.
    Le habló de las otras fiestas a las que había asistido su tía abuela. Mazin no estaba seguro de si su falta de conocimientos sobre la Lucia-Serrat actual era real o fingida. Si se trataba de una actuación, lo estaba haciendo maravillosamente bien. Si no…
    No quería analizar esa posibilidad. Si Phoebe Carson era exactamente lo que parecía ser, no tenía sentido que se relacionase con ella. Estaba cansado y era demasiado mayor. Desgraciadamente, después de aquella repentina e inesperada punzada de excitación, dudaba que fuera lo suficientemente noble como para retirarse.
    – Mira -le dijo, señalando su ventanilla-. Hay loros en los árboles.
    Phoebe se estiró para ver mejor y bajó el cristal. Los altos árboles bullían de aves multicolores. Rojos, verdes y azules se mezclaban en un inquiero arco iris. Aspirando el dulce aroma de la isla, volvió a pensar en el milagro de que estuviera en ese momento allí, viendo todo aquello.
    Mazin giró a la izquierda, tierra adentro. Mazin. Phoebe todavía no podía creer que hubiera ido a buscarla aquella mañana al hotel solamente para enseñarle la isla y ayudarla con la lista de Ayanna. Los hombres nunca se fijaban en ella. Ya era suficientemente increíble que se hubiera detenido a hablar con ella el día anterior, pero que se hubiera acordado de su persona después… ¿quién habría pensado que algo así sería posible?
    Se secó las palmas de las manos en el pantalón: las tenía húmedas de sudor. Nervios, pensó. Nunca había conocido a nadie como Mazin. Era un hombre tan sofisticado… La ponía nerviosa.
    Delante de ellos, un cartel indicador llamó su atención. Tenía la figura tallada de un pequeño animal, sentado sobre sus patas traseras y con la cabeza levantada hacia el cielo.
    – Meerkats. Oh, mira… es una reserva.
    – Supongo que también irás a pedirme que nos detengamos aquí.
    Quería hacerlo, desde luego, pero sabía que el baniano sería ciertamente un mejor destino que visitar con su compañero. Al menos, viendo aquel árbol, no se pondría a parlotear como una estúpida, de puro entusiasmo. Porque seguro que verse rodeada de aquellas simpáticas criaturas le produciría ese efecto.
    – Estoy decidida a atenerme al programa -le dijo, intentando parecer madura-. Ya veré los meerkats otro día.
    – Muy razonable -murmuró Mazin.
    Su tono de voz llamó su atención. Lo miró, admirando su fuerte perfil, al aire de confianza y de poder que emanaba. Ignoraba por qué se molestaba en buscar su compañía, pero sabía que fueran cuales fuesen sus expectativas, estaba destinado a llevarse una decepción. Phoebe no tenía ninguna experiencia con el sexo opuesto. Aunque evidentemente él no podía estar interesado en ella en ese sentido…
    – Probablemente te pareceré una niña -le dijo en un impulso. Se ruborizó instantáneamente y tuvo que reprimirse para no esconder la cara entre las manos. En lugar de ello, fingió interesarse por el paisaje.
    – Una niña -repitió él-. Para nada. Una joven, en todo caso. ¿Qué edad tienes, Phoebe?
    Pensó en mentirle, diciéndole una edad mayor, pero… ¿de qué serviría? La gente ya le echaba muchos menos años de los que tenía.
    – Veintitrés.
    – Eres una mujer adulta -se burló Mazin. Lo miró. Para su alivio, descubrió que su expresión era amable.
    – No soy tan adulta. He visto muy poco mundo. Pero lo que he visto me ha enseñado a depender de mí misma -tragó saliva, y luego se arriesgó a preguntarle a su vez-: ¿Cuántos años tienes tú?
    – Treinta y siete.
    Hizo rápidamente el cálculo: le llevaba catorce años. No era una diferencia escandalosa, aunque ignoraba lo que Mazin pensaría al respecto. Sin ninguna duda, su mundo debía de ser increíblemente distinto del suyo. No tenían ninguna experiencia en común, lo cual podía agravar aún más esa diferencia de edad.
    Aunque tampoco le importaba, desde luego. Phoebe no sabía por qué se había molestado en llevarla a conocer la isla, pero dudaba que tuviera algún interés personal en ella.
    Se preguntó si habría estado alguna vez casado, pero antes de que pudiera reunir el coraje para formular la pregunta, Mazin se desvió por una estrecha carretera. Árboles y arbustos crecían a ambos lados, con sus hojas de un verde brillante rozando los costados del coche.
    – El baniano está protegido por un decreto real -explicó Mazin mientras se detenía en un aparcamiento vacío-. Está catalogado como patrimonio nacional.
    – ¿Un árbol?
    – Valoramos lo que es único en nuestra isla.
    Su ronca voz pareció acariciarle la piel. Phoebe se estremeció ligeramente mientras bajaba del coche. Sólo entonces se dio cuenta de que era un Mercedes enorme. Reconocía el símbolo de la marca, pero no tenía ni idea del modelo. Ella conducía un Honda de nueve años.
    «Mundos diferentes», pensó de nuevo.
    – ¿Está abierto el parque? -preguntó mientras caminaban por un sendero que llevaba a un patio cubierto, con un puesto de información. Miró a derecha y a izquierda-. No hay nadie por aquí.
    – No estamos en temporada turística -le explicó Mazin mientras la guiaba suavemente de un codo-. Además, es demasiado temprano.
    Phoebe contempló las diferentes especies de plantas. No reconocía ninguna. Había coloridos capullos por todas partes. Flores de color lavanda en forma de estrella colgando de los árboles. Vainas cubiertas de espinas de un rojo deslumbrante. Un aroma denso y salvaje impregnaba el aire, como si las flores hubieran conspirado para intoxicarla. Incluso el aire que rozaba su cuerpo era como una caricia sensual. Jamás había estado en un lugar semejante.
    Mazin llegó primero al puesto de información y habló con el encargado. Phoebe alzó la mirada y vio que el precio de entrada eran tres dólares locales. Se disponía a sacar el dinero del bolso cuando de repente dudó. ¿Qué se suponía que tenía que hacer? No se le había ocurrido esperar que Mazin le pagara la entrada, pero… ¿y si se molestaba?
    Acababa de abrir la cremallera del bolso cuando Mazin se volvió hacia ella y la miró. Entrecerró los ojos oscuros.
    – Ni se te ocurra insultarme, paloma mía.
    Había un tono acerado detrás de sus palabras. Phoebe asintió y soltó el bolso. Luego se repitió para sus adentros la frase que le había soltado, deteniéndose en las últimas palabras: «paloma mía». Intentó decirse que no significaba nada. Ningún hombre la había llamado nunca de otra manera que no fuera por su nombre. Sin embargo, no era nada relevante. Probablemente utilizaría aquel lenguaje tan florido con cualquier persona.
    Atesoraría aquel detalle en su memoria. De esa manera más tarde, cuando estuviera sola, lo recordaría y fingiría que había significado algo más. Sería como un inofensivo juego, ideal para combatir la soledad.
    Mazin recogió los dos billetes y entraron por un arco cubierto de buganvillas.
    – La gente piensa que el rojo y el rosa de las buganvillas son las flores -comentó Phoebe en otro impulso, antes de que pudiera evitarlo-. Y en realidad son las hojas. Las flores son muy pequeñas y suelen ser blancas.
    – ¿Sabes de horticultura?
    – Oh, en realidad no. Simplemente he leído eso en alguna parte. Leo muchas cosas. Tengo la cabeza llena de datos de todo tipo. Probablemente se me daría bien participar en un concurso de televisión.
    Apretó los labios para no seguir hablando. Por fuerza tenía que parecerle una estúpida. Si continuaba comportándose como una imbécil, seguro que Mazin no querría pasar más tiempo con ella.
    Las piedras del sendero se habían gastado y pulido por los años de uso. Entraron en una zona umbría, a la sombra de unos grandes árboles. A su alrededor, se extendían diversos jardines de flores. Al doblar una esquina, Phoebe se quedó sin aliento. Frente a ellos se alzaba el famoso baniano de Lucia-Serrat.
    Desde donde estaban, ni siquiera podía ver el centro del árbol. Las ramas se diseminaban en todas direcciones, algunas tan gruesas como el tronco de una persona. Las raíces se alzaban del suelo para volver a anclar el árbol en decenas de lugares.
    El árbol mismo se estiraba y extendía sin fin. Un pequeño letrero explicaba que la circunferencia de las raíces aéreas abarcaba unas cuatro hectáreas.
    – ¿Es el más grande del mundo? -preguntó ella.
    – No. En India existe uno todavía mayor. También hay otro baniano en Hawaii, aunque éste es más grande.
    Las hojas eran enormes y ovaladas. Phoebe avanzó, internándose bajo varias ramas. Había recorridos señalizados entre la red de raíces aéreas. Casi con reverencia acarició la corteza, sorprendentemente lisa. Aquel árbol tenía siglos de existencia.
    – Lo siento como si fuera un ser vivo más de la isla -murmuró, volviéndose para mirar a Mazin.
    – Es muy fuerte. Una vez arraigado, puede sobrevivir a cualquier tormenta. Aunque una parte quede destruida, el resto sobrevive.
    – A mí no me importaría ser tan fuerte, desde luego -se agachó para recoger una hoja que había en el suelo.
    – ¿Por qué piensas que no lo eres?
    Lo miró. Oculto por las sombras del árbol, su expresión era inescrutable. De repente Phoebe se dio cuenta de que no sabía nada sobre aquel hombre y que se encontraba en una isla desconocida. Podría tener la costumbre de secuestrar a las turistas que viajaban solas… Debería obrar con cautela. Desconfiar.
    Y, sin embargo, no quería hacerlo. Aquel hombre no dejaba de atraerla. Tal vez fuera una estúpida por confiar en él, pero no podía evitarlo.
    – La fuerza requiere conocimiento y experiencia. Yo no he vivido mucho. Tampoco he estudiado en la universidad -se incorporó, con la hoja en la mano-. Mi tía cayó enferma el verano siguiente al año de mi graduación en el instituto. Ella quería que viviera mi vida, pero yo decidí quedarme en casa para cuidarla -estuvo acariciando la hoja y luego la dejó caer al suelo-. No es que me queje: no me arrepiento de nada. Quise mucho a Ayanna y daría cualquier cosa por volver a tenerla a mi lado. Preferiría estar con ella ahora en vez de aquí o… -se interrumpió cuando se dio cuenta de lo que había dicho. Una oleada de vergüenza la invadió-. Lo siento. No pretendía insinuar que no esté disfrutando de tu compañía…
    Mazin ignoró su disculpa con un gesto.
    – No me he ofendido. El amor que le profesabas a tu tía es evidente.
    La miraba como si estuviera delante de una extraña criatura que no hubiera visto antes. Phoebe se tocó una mejilla con el dorso de la mano, esperando que las sombras del árbol escondieran su rubor. Indudablemente debía de encontrarla sosa y aburrida.
    – ¿Tienes hambre? -le preguntó él bruscamente-. Hay una cafetería aquí cerca. Pensé que podríamos comer algo.
    El corazón le dio un vuelco en el pecho, su vergüenza desapareció y fue como si el sol brillara todavía un poco más. Mazin le tendió la mano, a modo de invitación. Phoebe vaciló solamente un segundo antes de aceptarla.

Tres

    La cafetería se levantaba al borde del mar. Phoebe tenía la sensación de que si estiraba un pie, podía tocar el agua azul. Una suave brisa transportaba el aroma de la sal y de las flores de la isla, perfumando el aire. Hacía mucho sol, pero bajo la gran sombrilla la temperatura era fresca.
    De repente sintió el abrumador impulso de ponerse a dar saltos de alegría. No podía creer que estuviera en ese momento allí, en aquella isla, comiendo con un hombre tan guapo… Si aquello era un sueño, no quería despertarse.
    Mazin estaba siendo tan amable con ella… Todavía sentía un cosquilleo en los dedos de cuando la tomó de la mano mientras la llevaba de vuelta al coche. Era consciente de que él no había dado significado alguno a aquel gesto. No podía haber imaginado, por tanto, hasta qué punto el calor de su contacto le había quemado la piel, acelerándole deliciosamente el pulso.
    – ¿Ya has decidido? -le preguntó él.
    Phoebe miró la carta que tenía en las manos y sólo entonces se dio cuenta de que no había leído nada. Había estado demasiado ocupada admirando la vista.
    – Quizá podrás recomendarme algún plato típico.
    – El pescado fresco. El cocinero tiene fama de prepararlo de maravilla. No te decepcionará.
    Apareció el camarero para tomarles la orden. Phoebe bebió un sorbo de té helado.
    – Este es un lugar precioso -dijo mientras bajaba su vaso-. Me sorprende que no esté lleno de gente a estas horas.
    Mazin pareció bacilar.
    – A veces se llena, pero la verdad es que es demasiado temprano.
    Phoebe miró su reloj. Era casi mediodía, pero no pensaba contradecir a su anfitrión. Además de que era posible que en la isla se comiera tarde.
    El patio en el que estaban sentados tendría una docena de mesas, cada una con sombrilla. A lo lejos podía distinguir un bosquecillo de árboles llenos de loros. Pequeñas lagartijas se asoleaban en la pared de piedra del fondo.
    – ¿Qué te parece mi isla? -le preguntó Mazin.
    – Es preciosa -sonrió, feliz.
    Ayanna siempre le había dicho que Lucia-Serrat era un paraíso, pero entonces Phoebe no había podido imaginar lo acertado de sus palabras. La vegetación crecía por doquier.
    – ¿Realmente vive más gente en esta isla? -le preguntó, bromeando.
    Mazin se sonrió.
    – Te aseguro, paloma mía, que no estamos solos. Ha habido mucho debate sobre el futuro de la isla. Si bien necesitamos ciertos recursos para sobrevivir, lo que no queremos es destruir la belleza que florece en nuestro mundo.
    – En Florida se habla mucho de eso -dijo Phoebe, inclinándose ligeramente hacia él-. Los promotores quieren construir hoteles y edificios de apartamentos. El desarrollo es bueno para la economía, pero un crecimiento irresponsable puede ser negativo para la isla. Se trata de un delicado equilibrio. A mí me preocupa, por ejemplo, el futuro del bosque tropical. Por un lado defiendo firmemente a cualquier animal o árbol en peligro de extinción, pero por otra parte sé que la gente necesita comer y calentar sus hogares…
    – Y yo que había imaginado que eras una rabiosa ecologista…
    – Rabiosa no, ecologista sí -sonrió-. Me preocupa el medioambiente y hago lo que puedo por conservarlo. Pero no creo que haya respuestas fáciles.
    – Estoy de acuerdo contigo. Aquí, en Lucia-Serrat, intentamos buscar ese equilibrio del que hablas. Vivimos en armonía con la naturaleza. Sí, debemos hacer prospecciones petrolíferas, pero todas las precauciones son pocas a la hora de proteger el mar y sus criaturas. Y eso encarece los costes. Siempre hay gente que protesta, que quiere sacar más petróleo y preocuparse menos de las aves y los peces -Mazin frunció el ceño-. Hay gente a la que le gustaría un cambio de política, pero hasta ahora estoy satisfecho… -se interrumpió a mitad de frase, encogiéndose de hombros- de las decisiones que ha tomado el príncipe.
    Phoebe apoyó los codos sobre la mesa.
    – ¿Tú conoces al príncipe?
    – Conozco a la familia real.
    Se quedó pensativa. Le resultaba difícil de imaginar.
    – Yo ni siquiera conozco al alcalde de la ciudad donde vivo -dijo, más para sí misma que para él-. ¿No te cae bien?
    Mazin arqueó las cejas, sorprendido.
    – ¿Por qué me preguntas eso?
    – No lo sé. Por la manera en que has dicho que estás satisfecho de sus decisiones. Había algo en tu tono… Me dio la impresión de que no te cae bien.
    – Te aseguro que no es ése el caso.
    Phoebe bebió otro sorbo de té helado.
    – ¿Existe un parlamento o algo que contrarreste el poder del príncipe? Quiero decir… ¿y si se dedica a promulgar leyes injustas? ¿Podría alguien detenerlo?
    – El príncipe Nasri es un gobernante sabio y honesto. Para responder a tu pregunta, hay una especie de parlamento, pero el príncipe es el verdadero líder del pueblo.
    – ¿Está bien considerado?
    – Sí. Se le considera un hombre justo. Dos días al mes, cualquiera puede solicitar audiencia con él y plantearle sus quejas.
    – ¿Qué me dices de ti? ¿A qué te dedicas? -le preguntó. Mazin se recostó en su silla.
    – Estoy en el gobierno. Coordino la producción de petróleo.
    Phoebe no tenía idea de lo que eso podía significar. Pero si estaba en el gobierno y trabajaba para la familia real, entonces debía de ser un hombre muy importante…
    – ¿Es correcto que estés conmigo ahora? -le preguntó-. Quiero decir… no me gustaría que te buscases problemas por haberte tomado el día libre.
    – No te preocupes por eso -le aseguró con una lenta sonrisa-. Tengo suficientes días de vacaciones.
    Después de comer, pasearon por la playa. Mazin no podía recordar la última vez que había salido simplemente a caminar por la costa. Aunque podía ver el mar casi desde cada ventana de su casa, la vista había dejado de atraerle. Ya no llamaba su atención. Pero, con Phoebe, todo era nuevo.
    Phoebe reía de alegría cada vez que las olas le mojaban los pies. Se había arremangado el pantalón, descubriendo sus finos tobillos. Mazin contempló su piel dorada, sorprendido de que le excitara tanto. Estaba completamente vestida, a excepción de los pies, y sin embargo la deseaba. «Tiene veintitrés años», se recordó.
    – ¿Hay arrecifes de coral? -preguntó Phoebe.
    – No a este lado de la isla, sino en la punta norte. La isla está más protegida por esa parte. ¿Buceas?
    Phoebe arrugó la nariz.
    – No, nunca he buceado. No sé si podría. Sólo de pensar en verme atrapada bajo el agua me pongo nerviosa.
    Mientras hablaba, se echó la trenza rubia hacia delante, de modo que quedó reposando sobre su pecho. Luego se soltó la cinta del extremo y empezó a destrenzarse la melena con los dedos.
    El sol le iluminaba un lado de la cara, destacando la perfecta estructura de sus rasgos. Si se hubiera tratado de cualquier otra mujer, Mazin habría sospechado inmediatamente que se trataba de una pose deliberada, pero con Phoebe no podía seguro. Aunque seguía pensando que podía tratarse de una actuación, las horas pasadas en su compañía lo habían convencido de la sinceridad de su inocencia. Y si era tan inexperta como sospechaba, entonces corría el peligro de que alguien se aprovechara de ella…
    «Alguien como yo mismo», pensó, sombrío. Alguien que podía fácilmente arrancarle la flor de su feminidad, saborear su dulzura, y luego desentenderse de ella.
    Mazin no se consideraba una mala persona. Quizá el destino había enviado a Phoebe a su vida para someter a prueba esa hipótesis. O quizá se estuviera tomando todo aquel asunto con demasiada seriedad. Debería sencillamente disfrutar de su compañía durante ese día, llevarla de vuelta al hotel por la tarde y olvidarse luego de que la había conocido. Sí, tal vez ése fuera el curso de acción más inteligente.
    – El mar de aquí es distinto -comentó Phoebe mientras seguían paseando por la playa-. Yo no tengo mucha experiencia, pero sé que el color del agua es diferente en Florida. Por supuesto, el color suele estar relacionado con la profundidad del agua. En la costa del golfo de Florida, hay playas en las que puedes caminar por el agua hasta cansarte. ¿Es más profunda la costa de aquí?
    – Tres lados de la isla son profundos. Pero el norte está lleno de bajíos.
    Phoebe exhaló un leve suspiro, descontenta consigo misma. ¿Por qué no podía hablar de algo más interesante? Allí estaba, paseando por una preciosa playa al lado de un hombre encantador… y se ponía a parlotear sobre el fondo marino. «Sé un poco brillante», se ordenó. Por desgracia, no tenía mucha experiencia en ese aspecto.
    – ¿Te apetece sentarte? -le preguntó él cuando llegaron a un grupo de rocas que asomaban en la arena.
    Phoebe asintió y lo siguió a una gran roca plana, calentada por el sol. Dejó los zapatos y el bolso en la arena antes de sentarse a su lado, cuidadosa de no tocarlo. Una ligera brisa jugueteaba con su pelo.
    – Háblame de tu tía abuela -le pidió Mazin-. ¿Cómo era su vida aquí, en la isla?
    Phoebe se llevó una rodilla al pecho, sujetándose la pierna con las dos manos.
    – Su madre poseía un salón de belleza en la ciudad, y Ayanna estudió para peluquera. Con dieciocho años entró a trabajar en el Parrot Bay Inn. Al parecer, en aquel entonces era un lugar de fama internacional.
    Mazin se sonrió.
    – Sí, he escuchado muchas historias sobre «los viejos y gloriosos tiempos», como solía llamarlos mi padre. Cuando la gente venía de todo el mundo para pasar una semana o dos disfrutando del sol de Lucia-Serrat.
    – Ayanna decía lo mismo. Era joven y bonita, y soñaba con tener una romántica aventura.
    – ¿La encontró?
    Phoebe vaciló.
    – Bueno, en parte sí. Tuvo varios pretendientes. Llegó a comprometerse con un par de ellos, pero al final siempre rompía. Uno de sus novios insistió en que conservara el anillo. Era un precioso anillo de rubíes. Solía llevarlo casi siempre -sonrió al recordarlo.
    – Pero si rompió todos sus compromisos, entonces no fueron aventuras tan románticas -dijo él.
    – Tienes razón. Yo sé que el gran amor de su vida fue el príncipe. Al parecer estuvieron enamorados, aunque él por aquel entonces ya estaba casado. Pero luego la gente se enteró y se montó un gran escándalo. Al final, Ayanna tuvo que marcharse.
    Mazin se quedó contemplando el mar, pensativo.
    – Recuerdo haber oído algo sobre eso. Soy viejo, pero no tanto como para haberlo vivido.
    – Tú no eres tan viejo.
    – Me encanta que me digas eso -asintió, solemne.
    Phoebe no sabía si se estaba burlando.
    – Dudo que Ayanna volviera a saber del príncipe. Ella nunca me lo dijo, pero yo siempre sospeché que, en el fondo de su corazón, tenía la esperanza de que algún día el príncipe volviera con ella. Así que su aventura romántica tuvo un final muy triste.
    – Vivió muchos años en tu país, ¿no? ¿Nunca se casó?
    Phoebe negó con la cabeza.
    – También tuvo pretendientes en Florida, casi hasta que murió. Pero aunque disfrutaba de su compañía, nunca amó a ninguno.
    – ¿La amaban ellos?
    – Absolutamente. Era una mujer maravillosa. Encantadora, inteligente, divertida y adorable en todos los aspectos.
    Mazin se volvió hacia ella y le alzó la barbilla con un dedo.
    – Ya me imaginaba que te parecerías mucho a ella.
    Phoebe abrió mucho los ojos, sorprendida.
    – Oh, no. En absoluto. Ayanna era toda una belleza. Yo no me parezco a ella -se preguntó cómo se le habría ocurrido compararla con su tía.
    – Tienes una cara preciosa -murmuró, más para sí mismo que para ella-. Tus ojos tienen el color del mar en un día sin nubes, tu piel es tan suave como la seda…
    A Phoebe le ardían las mejillas. Intentó recordarse que no podía estar hablando en serio, pero no por ello dejaba de sentirse avergonzada. Se sentía como si fuera una pueblerina recién llegada del pueblo, con briznas de heno en el cabello.
    Se apartó ligeramente para evitar su contacto.
    – Ya, bueno, eres muy amable, pero resulta difícil ignorar los hechos. Soy demasiado alta y demasiado delgada. A veces parezco un chico, más que una mujer adulta. Es sencillamente deprimente.
    Mazin la miraba con una extraña fijeza. Sus ojos oscuros parecían leerle directamente el alma.
    – Yo nunca te confundiría con un chico, te lo aseguro.
    Phoebe no podía desviar la mirada. Sentía un extraño cosquilleo en la piel, como si hubiera tomado demasiado sol. Quizá tenía una insolación. O quizá fuera la isla, que la había hechizado con su magia.
    – Los hombres no me encuentran atractiva -le espetó bruscamente, porque no se le ocurría otra cosa que decir-. Ni interesante.
    – No todos los hombres.
    ¿Eran imaginaciones suyas, o se había acercado un poco más? ¿Hacía de pronto tanto calor?
    – Hay hombres que te encuentran muy atractiva.
    Phoebe habría jurado que en realidad no había pronunciado aquella última frase, porque sus labios estaban demasiado cerca de los suyos… Pero no podía preguntárselo, porque se encontraba en estado de shock. Un shock tremendo. Incluso dejó de respirar, porque en aquel instante… él la besó.
    Phoebe no supo ni qué pensar ni qué hacer. Hacía un par de minutos había estado tranquilamente sentada en aquella roca, intentando no parlotear como una tonta, cuando de repente aquel hombre mayor, guapo y sofisticado la estaba besando. En los labios. Que, se suponía, era el lugar donde solía besarse la gente, que no ella. Nunca. De hecho…
    «¡Deja de pensar!», se ordenó.
    Su mente obedeció, quedándose en blanco. Sólo entonces se dio cuenta de que su boca aún seguía sobre la suya, lo cual significaba que se estaban besando. Y que además la dejaba en la incómoda posición de no tener ni la más remota idea de lo que se esperaba de ella.
    Fue un beso seductor, tentador, que la impulsaba a apoyarse en él, a abrazarlo. Le gustaba sentir sus labios contra los suyos, así como el contacto de su mano en un hombro. Podía sentir el calor de sus dedos y la caricia de su aliento en la mejilla. Y también el roce de su incipiente barba… Olía a sol, a un aroma profundamente masculino.
    Estaba experimentando una especial sensibilidad en todo el cuerpo. Le temblaban ligeramente los labios.
    – No quieres que haga esto -le dijo él con tono suave. Phoebe parpadeó varias veces. ¿Que no quería recibir su primer beso? ¿Cómo podía dudarlo?
    – No, ha sido estupendo.
    – Pero no has respondido.
    Una ola de humillación la barrió por dentro. Se agachó para recoger sus zapatos, pero antes de que pudiera hacerlo, Mazin le tomó las manos y la obligó a mirarlo.
    – ¿Por qué no me lo cuentas?
    – No es nada -«lo es todo», pensó.
    – Phoebe…
    Pronunció su nombre con un tono de advertencia que la hizo estremecerse. Tragó saliva y le soltó la verdad de golpe, o al menos todo lo que estaba dispuesto a confesarle:
    – No tengo mucha experiencia con los hombres. Nunca salí con nadie en el instituto. Luego Ayanna cayó enferma y me pasé cuatro años cuidándola. Eso no me dejó tiempo para tener vida social… aunque tampoco la quería. Durante este último año he estado muy triste. Los besos no se me dan muy bien…
    Esperó a que él dijera algo. Esperó y esperó. De repente vio dibujarse una sonrisa en sus labios. Su sombría expresión se suavizó ligeramente. Para su sorpresa, le acunó el rostro con sus grandes y fuertes manos.
    – Entiendo -murmuró antes de besarla de nuevo.
    Aquel beso debería haberse parecerse al primero. ¿No eran todos iguales? Pero, de algún modo, lo sintió distinto. Más intenso. Antes de que pudiera darse cuenta de lo que estaba sucediendo, cerró los ojos. Extrañamente, la oscuridad la reconfortó. Su cerebro se desconectó también, de lo cual se alegró porque, en aquel silencio, pudo disfrutar mejor de la experiencia…
    La besó con ternura, pero a la vez con un rastro de fuego que la dejó sin aliento. De alguna manera, Phoebe encontró el coraje necesario para devolverle el beso. Corrientes eléctricas empezaron a circular arriba y abajo por sus brazos y piernas, haciéndola estremecerse.
    Mazin le acariciaba las mejillas con los pulgares, lo cual le hacía desear abrir los labios. Cuando lo hizo, sintió la leve caricia de su lengua en la suya.
    El contacto fue tan delicioso como inesperado. El cosquilleo de sus brazos y piernas se convirtió en una vibración tan intensa que de repente le resultó difícil permanecer de pie. Tuvo que sostenerse en él, así que apoyó ligeramente las manos sobre sus hombros. Se estaban besando. Se estaban besando de verdad.
    La acariciaba ligeramente, excitándola. Al cabo de un minuto, de algún modo Phoebe sacó la fuerza necesaria para hacer lo mismo. Todos y cada uno de los aspectos de aquella experiencia eran increíbles.
    Por supuesto, había leído sobre ello en libros, y había visto besos apasionados en las películas, pero nunca lo había experimentado por sí misma. Era maravilloso. No le extrañaba que a los adolescentes les gustara hacerlo durante horas. Ella misma estaba deseosa de imitarlos…
    Le gustaba todo de aquella experiencia: el sabor de sus labios, su aroma, el ardor que los inflamaba. Se sentía ligera, como si pudiera flotar. Cuando él le soltó el rostro para abrazarla y acercarla hacia sí, Phoebe supo sin lugar a dudas que no había otro lugar sobre la tierra donde más le gustara estar.
    Nunca había estado tan cerca de un hombre, y le sorprendió descubrir lo duro y musculoso de su cuerpo. En comparación, se sentía infinitamente fina y delicada.
    Finalmente, Mazin se apartó y apoyó la frente contra la suya.
    – Esto ha sido toda una sorpresa -le dijo con voz baja y ronca.
    – ¿He hecho malo? -inquirió Phoebe antes de que pudiera evitarlo.
    – No, paloma mía. Me has besado muy bien. Quizá demasiado bien.
    Sus alientos se mezclaban. Phoebe no quería separarse de él: habría podido continuar besándolo para siempre, hasta que se acabara el mundo.
    Pero en lugar de leerle el pensamiento, Mazin se irguió y miró su reloj.
    – Desgraciadamente, el deber me reclama -le pasó un brazo por la cintura-. Vamos. Te llevo de vuelta al hotel.
    Quiso protestar, porque él ya le había dado demasiadas cosas. En un solo día había experimentado más que todo lo que había podido imaginar.
    – Has sido muy amable -le dijo, disfrutando del contacto de su mano. Mazin esperó mientras ella recogía su bolso y los zapatos, antes de acercarla de nuevo hacia sí.
    – El placer ha sido mío.
    «Oh, por favor, que vuelva a verlo otra vez», rezó Phoebe para sus adentros. Caminaron en silencio hacia el coche. Mazin le abrió caballerosamente la puerta.
    Phoebe intentó decirse que no debería sentirse decepcionada. Podría alimentarse durante mucho tiempo de aquellos recuerdos. Pero antes de que tuviera tiempo para sentarse, él le tomó la mano y se la llevó a los labios.
    – ¿Mañana? -le preguntó en un susurro.
    – Sí -suspiró-. Mañana.

Cuatro

    Phoebe caminaba lentamente por el sendero empedrado que atravesaba el jardín botánico. Una ligera lluvia había caído temprano aquella mañana, lavando las plantas y acentuando su olor. En lo alto, los árboles bloqueaban el calor del sol de mediodía. Era un momento absolutamente perfecto.
    – Dice la leyenda que los piratas de la antigüedad frecuentaban la isla -le estaba diciendo Mazin-. Los arqueólogos no han encontrado ninguna evidencia de razzias, pero las historias persisten -sonrió-. Todavía hoy a los niños se les dice que, si no se portan bien, vendrán los piratas a sacarlos de sus camas en plena noche.
    Phoebe se echó a reír.
    – Y eso les asusta lo suficiente para que hagan lo que supone tienen que hacer.
    – Bueno, yo no estoy muy seguro de que los niños de ahora crean en los piratas…
    – ¿Y tú?
    Vaciló, y luego sonrió.
    – Quizá cuando era muy pequeño.
    Phoebe intentó imaginárselo de niño y no pudo. Miró su fuerte perfil, preguntándose si aquellos rasgos duros habrían sido alguna vez blandos, suaves, infantiles… Su mirada se detuvo en su bota. ¿Realmente lo había besado el día anterior? Le parecía más bien un sueño, antes que una realidad.
    Con el borde del vestido rozó la rama de un arbusto que había crecido al pie del camino: gotas de humedad cayeron sobre su pierna desnuda. Mientras se cerraba su chaqueta de manga corta, pensó que, sueño o no, había sido una tonta en ponerse un vestido aquella mañana. La decisión sensata habría sido ponerse un pantalón.
    Sólo que en ese momento no se sentía precisamente muy sensata. Había querido ponerse guapa para Mazin. Como no solía maquillarse ni sabía hacerse peinados sofisticados, un vestido había sido su única opción. Pero ahora que estaba con él, esperaba que no se diera cuenta del esfuerzo que había tenido que hacer. El día anterior, Mazin le había dicho cosas muy bonitas sobre su apariencia, pero ella no se había creído del todo aquellos cumplidos. Por supuesto, había tenido tiempo más que suficiente para evocarlos la noche anterior, dado que apenas había dormido.
    – ¿Corren más leyendas sobre la isla?
    – Varias. Se dice que, en los eclipses de luna, hay magia en el aire. Que de repente aparecen criaturas misteriosas y los animales se ponen a hablar.
    – ¿De veras?
    – Bueno -se encogió de hombros, riendo-. Yo no he hablado con ninguno.
    Una rama de árbol bloqueaba el camino. Tomándola del brazo, Mazin la ayudó a rodearla. Phoebe podía sentir el calor de sus dedos en su piel desnuda. Poco antes del amanecer se le había pasado por la cabeza que podría estar seduciéndola… Como no tenía experiencia alguna al respecto, no podía estar segura. Si ése fuera el caso… ¿debería preocuparse? No lo sabía.
    Su plan en la vida siempre había sido estudiar en la universidad y convertirse en enfermera. Sabía muy poco del amor y aún menos del matrimonio. Durante años había tenido la sensación de que nunca llegaría a experimentar ambas cosas: de ahí su plan de formación. Había querido cualificarse para poder mantenerse a sí misma.
    Pero una aventura no era un matrimonio. Sólo estaría en la isla unas pocas semanas. Si Mazin se ofrecía a enseñarle los misterios de la relación entre un hombre y una mujer… ¿por qué habría ella de negarse?
    Giraron a la izquierda por el camino. Un alto árbol de bambú compartía espacio con diferentes tipos de plataneros. Algunos eran pequeños, otros grandes. La mayoría le resultaron extraños, nunca vistos.
    – Jamás había visto un platanero así -se detuvo ante uno de ellos, cargado de plátanos de color rojo.
    – Florida también es tropical, ¿no?
    – Sí, pero yo vivo en las afueras de la ciudad. Hay plantas exóticas, pero nada como esto.
    – Te trasladaste allí de niña, ¿verdad?
    Phoebe vaciló antes de responder.
    – Sí.
    – No tienes por qué hablarme del pasado si no quieres.
    – Gracias, pero no tengo nada que esconder.
    Continuaron caminando. Phoebe cruzó los brazos sobre el pecho. No le importaba hablar de su vida. Lo que pasaba era que no quería que él pensara que era una pobre pueblerina. O, peor aún, una salvaje…
    – Nací en Colorado. No llegué a conocer a mi padre, y mi madre nunca me habló de él. Mis abuelos maternos murieron antes de que yo naciera. A mi madre… -Phoebe vaciló, con la mirada clavada en el suelo- no le gustaba mucho la gente. Vivíamos en una pequeña cabaña en medio de los bosques. No teníamos vecinos y nunca tuvimos contacto alguno con el mundo exterior. No teníamos ni electricidad ni agua corriente. Sacábamos el agua de un pozo.
    Lanzó una rápida mirada a Mazin. Parecía interesado.
    – No sabía que en tu país hubiera zonas sin esa infraestructura mínima.
    – Quedan algunos. Mi madre me enseñó a leer, pero no hablaba mucho del mundo exterior conmigo; éramos felices, supongo. Sé que ella me quería mucho, pero yo a menudo me sentía muy sola. Un día, cuando tenía ocho años, salimos a recoger fresas silvestres. Bajaba mucha agua de la montaña, por el deshielo. Ella resbaló con unas hojas húmedas, se cayó y se golpeó en la cabeza. Más tarde me enteré de que había muerto en el acto, pero en aquel momento no podía entender por qué no reaccionaba. Tuve que pedir ayuda, aunque ella me había prohibido terminantemente que me mezclara con el resto de la gente. Había un pueblo a unos quince kilómetros de allí. Lo había visto antes un par de veces, de lejos, en uno de mis paseos.
    Mazin dejó de caminar y la tomó suavemente de los hombros.
    – ¿Nunca habías entrado en ese pueblo? ¿Aquélla fue la primera vez?
    Phoebe asintió con la cabeza.
    – Debiste de pasar mucho miedo.
    – Más miedo me daba que le hubiera pasado algo a mi madre. O que se enfadara conmigo cuando despertara -suspiró, recordando los esfuerzos que había hecho para no llorar cuando explicó lo sucedido a unos extraños, antes de que uno de ellos la llevara a la oficina del sheriff-. Fueron a buscarla por fin.
    Mazin la soltó y continuó caminando.
    – Luego me dijeron que había muerto -añadió Phoebe. Le resultaba más fácil hablar mientras andaba. Quieta, se ponía nerviosa-. Tardé mucho en asimilarlo.
    – ¿Adonde fuiste después?
    – A un hogar de acogida hasta que pudieron localizar a un pariente de mi madre. Tardaron seis meses porque yo no sabía nada de mi familia. Tuvieron que rebuscar en sus objetos personales para encontrar alguna pista. Yo tuve que acostumbrarme de repente a una vida donde todo era fácil y cómodo. Fue duro.
    Esas dos palabras no podían en absoluto explicar lo que había sido para ella. Todavía recordaba su impresión la primera vez que entró en un lavabo normal, que no fuera una letrina apartada de casa. La simple idea del agua corriente caliente a su disposición le había parecido un milagro.
    – Empecé a estudiar, por supuesto.
    – Debiste de tropezarte con dificultades.
    – Alguna que otra. Sabía leer, pero no había recibido educación escolar. Las matemáticas eran un misterio para mí. Conocía los números, pero nada más. Y además me había perdido todo el proceso de socialización que supone el colegio. No sabía hacer amigos. En mi vida había visto una película.
    – Tu madre no tenía ningún derecho a hacerte eso.
    Phoebe se volvió para mirarlo, sorprendida por la ferocidad de su tono.
    – Ella hizo lo que creyó que era lo mejor para mí. A veces creo entenderla, otras veces me indigno con ella.
    Salieron al sol y continuaron caminando en silencio durante unos minutos. Había cosas sobre su pasado que nunca le había confesado a nadie, ni siquiera a Ayanna. Desde el principio, su tía había sido tan buena y cariñosa con ella que no había querido entristecerla.
    – No hice muchos amigos -susurró-. No sabía cómo. Los otros niños sabían que yo era distinta y se mantenían alejados de mí. Me sentí enormemente agradecida cuando localizaron a mi tía, no sólo porque tenía un hogar, sino porque por fin dejaba de estar sola.
    Mazin la llevó a un banco a un lado del paseo. Phoebe se sentó en una esquina y juntó las manos con fuerza. Los recuerdos parecían agrandarse en su mente.
    – Ayanna fue a buscarme en su coche. Más tarde me dijo que lo hizo a propósito, para que durante el viaje de vuelta tuviéramos tiempo para charlar y llegar a conocernos -sonrió, triste-. Su plan funcionó. Para cuando llegamos a Florida, yo ya me sentía muy cómoda con ella. Por desgracia, en el colegio tuve más problemas. Durante un tiempo, los profesores se mostraron convencidos de que tenía algún tipo de retraso. Fracasaba en los tests psicotécnicos porque eran demasiado nuevos para mí.
    – Aun así, continuaste estudiando. Phoebe asintió.
    – Me costó mucho. Ayanna me llevaba a la biblioteca cada semana y me ayudaba a elegir libros para que pudiera ir aprendiendo un poco de todo -se interrumpió. Pero… tienes que perdonarme. Ya ni siquiera me acuerdo de lo que me preguntaste. Sé que no te esperabas una respuesta tan larga…
    – Me alegro mucho de que me hayas contado todo esto -le aseguró mientras le acariciaba una mejilla con el dorso de la mano-. Estoy impresionado por tu capacidad para superar las dificultades.
    Phoebe se dijo que aquellas palabras deberían haberle alegrado, y sin embargo no fue así. Quería que Mazin la viera como alguien que podía resultar excitante, y no como el ejemplo de un trabajo bien hecho, de una prueba superada. Y quería que la estrechara de nuevo en sus brazos y la besara en los labios.
    Con una intensidad que no pudo menos que asustarle, se sorprendió a sí misma anhelando que la sedujera.
    Pero, en lugar de besarla o acercarse simplemente a ella, Mazin se levantó del banco.
    Y ella lo imito, reacia.
    Siguieron paseando por el jardín. Mazin se comportó como un guía modélico, enseñándole las especies de mayor interés. De vez en cuando le preguntaba cómo se sentía, debido al calor de la mañana. Para cuando el sol alcanzó el cénit, el ánimo de Phoebe estaba ya cayendo en picado. No debería haberle confesado su extraño pasado. No debería haberle revelado sus secretos. La calificaría de persona rara, eso era seguro…
    – Te has quedado muy callada -le dijo él cuando se dio cuenta de que había dejado de hablar.
    Phoebe se encogió simplemente de hombros.
    – ¿Por qué estás triste?
    – No estoy triste. Es sólo que me siento… -apretó los labios-. No quiero que pienses que soy una estúpida.
    – ¿Por qué habría de pensar algo así de ti?
    – Por lo que te he contado.
    Le había hablado de su pasado. Por lo que a Mazin se refería, aquella información la había vuelto todavía más peligrosa. El día anterior no había sido más que una mujer guapa que lo había atraído sexualmente. El beso le había demostrado las posibilidades de aquella relación y la excitación derivada le había impedido dormir bien aquella noche. Pero ese día sabía que Phoebe era mucho más que un cuerpo bonito.
    Sabía que tenía un carácter fuerte y que había sobrevivido a las mayores adversidades imaginables. Después de aquello, ¿por qué habría de temer ella que la tomara por una estúpida? Las mujeres eran criaturas muy complejas…
    – Métetelo en la cabeza, paloma mía -le advirtió mientras le tomaba la mano-. Admiro tu capacidad para superar lo que te pasó. Vamos, te enseñaré nuestro jardín de rosas inglés. Algunos de los rosales son muy antiguos.
    A la mañana siguiente, Phoebe casi se había convencido de que Mazin había sido sincero con ella: que la admiraba por la forma en que había afrontado su pasado. Sin embargo, no podía dejar de dudarlo, sobre todo porque a la hora de despedirse no la había besado. La había besado el primer día, pero no el segundo. ¿No querría eso decir que se estaba moviendo en la dirección equivocada?
    Delante del espejo del baño, se recogió la melena en una cola de caballo. Como el vestido que se puso no parecía haber obrado el milagro que había esperado, esa vez eligió un pantalón y una sencilla camiseta. Quizá ahora querría besarla…
    Terminó de atusarse el pelo y dejó caer las manos a los costados. Después de pasar dos días en compañía de un hombre tan guapo, la cabeza no dejaba de darle vueltas. Probablemente lo mejor habría sido que no se hubieran besado.
    Sólo que había disfrutado tanto en sus brazos…
    – Al menos estoy viviendo una aventura, Ayanna -se dijo mientras se aplicaba crema solar en los brazos-. Eso debería alegrarte.
    Seguía sonriendo al pensar en el placer que habría sentido su tía cuando de repente sonó el teléfono. Se volvió para mirarlo, con el estómago encogido. Sólo había una persona que pudiera llamarla, y ya conocía el motivo.
    – ¿Diga?
    – Phoebe, soy Mazin. Me ha surgido una emergencia y no voy a poder quedar contigo hoy.
    Estaba segura de que dijo algo más, de que continuó hablando, pero ella no pudo oír nada. Se dejó caer en la cama y cerró los ojos.
    No quedaría con ella. Se había aburrido. La consideraba demasiado infantil. O quizá le había mentido cuando le dijo que la admiraba por haber superado su pasado. No importaba, intentó decirse, luchando contra el dolor. Aquel viaje no lo había hecho por él, sino por Ayanna. ¿Cómo había podido olvidarlo?
    – Te agradezco que me hayas avisado -le dijo con tono ligero, interrumpiéndolo-. No te preocupes, hay muchas cosas que ver en esta preciosa isla. Gracias otra vez, Mazin. Adiós.
    Y colgó antes de que pudiera hacer algo tan estúpido como llorar.
    Le llevó un cuarto de hora luchar contra las lágrimas y otros diez minutos pensar en lo que iba a hacer. Su tía le había legado el dinero necesario para visitar Lucia-Serrat. Phoebe no podía corresponderle malgastando su tiempo. Leyó la lista de lugares y estudió la guía de viaje. La iglesia de Santa María estaba lo suficientemente cerca como para que pudiera acercarse a pie. Al lado había un parque de perros. Si la belleza de la arquitectura no lograba distraer la tristeza de su corazón, por lo menos las travesuras de los perros la harían reír.
    Una vez tomada la decisión, abandonó el hotel. Localizó la iglesia, un impresionante edificio de altas arcadas y frescos interiores. Estuvo admirando las tallas de la piedra, dejando que la paz y el silencio aliviasen su dolor.
    «Solamente conozco a Mazin de dos días», se dijo mientras se sentaba en uno de los bancos del fondo. Había sido más que amable con ella. Esperar más de él era un error, aparte de una locura. En cuanto al beso y a sus fantasías de que tal vez pudiera querer seducirla… bueno, al menos la había besado. La próxima vez, con el siguiente hombre, lo haría mejor.
    Salió de la iglesia y caminó hasta el parque de perros. Tal como había esperado, había decenas de perros jugando, corriendo, ladrando. Se rió con las travesuras y juegos de varios cachorros dálmatas y ayudó a una anciana a instalar a su setter irlandés en la parte trasera de su coche.
    Para cuando entró en un restaurante a comer, se había animado lo suficiente como para charlar con la camarera sobre el menú y dejar de pensar en Mazin. Mientras esperaba a que le sirvieran, hizo amistad con la pareja de ancianos ingleses de la mesa vecina.
    Ellos fueron quienes le recomendaron la visita turística en barco alrededor de la isla. El viaje duraba todo un día y ofrecía unas impresionantes vistas de Lucia-Serrat. Como todos estaban alojados en el Patrot Bay Inn, volvieron juntos y Phoebe se detuvo en recepción para pedir un folleto sobre el viaje en barco. Luego subió a la habitación, agradablemente cansada y satisfecha de haber superado el día sin pensar en Mazin más de dos o tres… docenas de veces.
    Al día siguiente, se las arreglaría mejor, se prometió a sí misma. Para la semana siguiente, seguro que ya apenas se acordaría de su nombre.
    Pero, nada más entrar en la habitación, se encontró con un gran ramo de flores, mayor todavía que el primero. Le temblaban los dedos mientras abría el sobre:
    Un pequeño detalle para mi preciosa novia. Lamento no haber podido verte hoy. Seguiré pensando en ti. Mazin
    Para cuando terminó de leer la nota, tenía la garganta cerrada y le ardían los ojos por las lágrimas. No necesitaba comparar aquella letra con la de la primera nota que había recibido: sabía que era la misma. El hecho de que evidentemente sólo hubiera intentado ser amable con ella no logró aliviar su dolor. Quizá fuera una tontería y se estuviera comportando como una niña, pero lo echaba de menos.
    En ese instante sonó el teléfono, interrumpiendo sus pensamientos. Se aclaró la garganta y descolgó el auricular.
    – ¿Diga?
    – Y yo que había imaginado que te pasarías el día encerrada en la habitación por mi culpa… Sé que has estado todo el día fuera, divirtiéndote.
    El corazón se le subió a la garganta. Apenas podía respirar.
    – ¿Mazin?
    – Claro. ¿Qué otro hombre podría llamarte?
    Phoebe no pudo evitar sonreírse.
    – Bueno, podría haber docenas…
    – A mí no me sorprendería, desde luego -suspiró-. ¿No vas a preguntarme por qué sabía que no te habías quedado encerrada todo el día en la habitación?
    – Sí, eso. ¿Cómo lo has sabido?
    – Pues porque te he estado llamando y no estabas.
    Phoebe sintió que el corazón le aleteaba en el pecho, aunque sabía que era absurdo, que estaba reaccionando como una estúpida.
    – Fui a la iglesia y al parque de perros de al lado. Luego comí. Un matrimonio encantador me recomendó la ruta en barco alrededor de la isla. Había pensado en hacerla mañana.
    – Entiendo.
    – Has sido muy amable conmigo, Mazin, pero sé que tienes tu propia vida y tus responsabilidades…
    – ¿Pero y si tengo ganas de verte? ¿Me estás diciendo que no quieres?
    Phoebe apretó el auricular con fuerza. Los dedos le dolían. Las lágrimas le anegaban los ojos.
    – No lo entiendo.
    – Yo tampoco.
    Phoebe se enjugó las lágrimas.
    – Gra-gracias por las flores.
    – De nada. Siento lo de hoy -suspiró-. Phoebe, si prefieres no pasar más tiempo conmigo, me plegaré a tus deseos.
    Las lágrimas corrían ya libremente por su rostro. Lo extraño era que no sabía exactamente por qué estaba llorando.
    – No es eso.
    – ¿Por qué te tiembla la voz?
    – No-no me tiembla.
    – Estás llorando.
    – Tal vez.
    – ¿Por qué?
    – No sé.
    – ¿Te ayudaría saber que me he sentido decepcionado? ¿Que habría preferido estar contigo en vez de leer informes aburridos y soportar infinitas reuniones?
    – Sí. Sí que me ayudaría.
    – Pues que sepas que es cierto. Dime que nos veremos mañana.
    Phoebe pensó que una mujer sensata y racional se habría negado, consciente de que Mazin no solamente la distraería de los planes que había hecho para su futuro, sino que también le rompería el corazón.
    – Nos veremos mañana.
    – Bien. Hasta mañana entonces.
    – Adiós, Mazin.
    – Adiós, paloma mía. Te prometo que será un día muy especial.
    Phoebe colgó el teléfono, sabiendo que Mazin no tendría necesidad de esforzarse por hacer de aquel día algo especial. Le bastaba con aparecer para alegrarle la vida.

Cinco

    – ¿Adónde vamos? -inquirió Phoebe por tercera vez desde que Mazin la recogió aquella mañana. Ya habían visitado el mercado, después de lo cual Mazin le había prometido una sorpresa.
    – Lo verás cuando lleguemos -le dijo con una sonrisa-. Sé paciente, paloma mía.
    – Me estás desquiciando de curiosidad. Y creo que lo estás haciendo a propósito.
    Intentó fingir una reacción indignada, pero no le salió. No con el sol brillando en el cielo y la belleza de Lucia-Serrat envolviéndola. No con Mazin sentado a su lado en el coche, pasando un día más con ella.
    Hacía menos de dos semanas que lo conocía. Desde entonces habían pasado prácticamente cada día juntos, visitando la mayoría de los lugares de la lista de Ayanna. Phoebe había visto ya una buena parte de la isla, incluida una vista desde el mar, en el viaje en barco.
    – ¿Es un lugar grande o pequeño? -le preguntó.
    – Un lugar grande.
    – Pero no está en la lista.
    – No.
    Phoebe suspiró.
    – ¿Lo visitó mi tía?
    – Supongo que sí.
    Tomaron rumbo norte, tierra adentro. Gradualmente la carretera fue subiendo de altura. Phoebe intentó imaginar el mapa de la isla: ¿qué había en aquella dirección? Enseguida se recordó que eso no importaba.
    Tenía suficientes recuerdos atesorados para su vuelta a casa. Cuando estuviera profundamente inmersa en sus estudios, evocaría el tiempo pasado en Lucia-Serrat en compañía de un hombre guapísimo que la había hecho sentirse una mujer especial.
    Lo miró de reojo. Estaba concentrado en la carretera y no le prestaba atención. Su comportamiento era impecablemente cortés y encantador, pero no había vuelto a besarla. Phoebe se preguntaba por qué; su falta de experiencia con los hombres le impedía especular sobre el motivo. Pensó que quizá pudiera tener que ver precisamente con el hecho de que era una joven inexperta, pero tampoco podía confirmarlo. Y preguntárselo estaba descartado.
    Doblaron un recodo de la carretera. Más adelante, detrás de un pequeño bosque, una gran casa se elevaba hacia el cielo. Era más bien un castillo, o quizá un palacio.
    ¿Un palacio?
    – La residencia oficial del príncipe -explicó Mazin-. Tiene una parte privada, cerrada al público. Aunque no figuraba en la lista de Ayanna, pensé que te gustaría pasear por sus jardines y visitar la parte pública.
    Se volvió hacia él, sonriendo deleitada.
    – Me encantaría verla. Gracias por haber tenido la idea, Mazin. Mi tía venía a menudo aquí a asistir a las famosas fiestas. Bailaba con el príncipe en el gran salón.
    – Luego nos aseguraremos de ver esa parte del castillo.
    Dejaron el coche en un aparcamiento cercano al edificio. Phoebe se volvió para mirar el aparcamiento mayor, pero público, que habían dejado atrás.
    – Te olvidas de que ostento una posición de importancia en el gobierno -le explicó él, leyéndole el pensamiento, antes de abrir la puerta-. Aparcar aquí es uno de los privilegios.
    Rodeó el coche para ayudarla a bajar. Phoebe agradeció el gesto de cortesía. A veces se permitía imaginar que Mazin estaba siendo algo más que cortés, que sus gestos tenían un significado especial. Pero enseguida se recordaba que ella no era más que una sencilla joven de Florida y él un hombre mayor y rico, que simplemente estaba siendo amable con ella. Además, Phoebe ya tenía su vida planeada. Ciertamente, su plan no era tan excitante como sus elucubraciones románticas sobre Mazin, pero era mucho más real.
    – Por aquí -la tomó de la mano mientras se dirigía a la entrada del palacio-. La planta original se levantó en la época del comercio de especias.
    – Recuerdo que me dijiste que el príncipe de la isla tenía que estar emparentado con el rey de Bahania. Seguro que debía de estar habituado a casas muy lujosas.
    – Exacto -sonrió Mazin-. Al principio el príncipe residía en el palacio, pero como puedes ver, aunque es bonito, no es especialmente grande. Los aposentos se quedaban juntos con la familia del príncipe y sus hijos e hijas, los funcionarios de confianza, los criados, los dignatarios visitantes… Así que a finales del siglo XIX el príncipe se hizo construir una residencia privada -de repente le señaló un sendero flanqueado de árboles-. Mira. Desde aquí podrás verla.
    Phoebe alcanzó a distinguir la esquina de un edificio con varias ventanas.
    – Vaya. Parece casi tan grande como el palacio.
    – Al parecer el proyecto creció durante su construcción.
    Phoebe volvió a concentrar su atención en el elegante palacio de piedra que se alzaba frente a ellos.
    – ¿De modo que aquí tienen lugar los eventos oficiales? Al menos el príncipe tiene el lugar de trabajo cerca de casa.
    – Y que lo digas.
    Atravesaron el patio delantero y entraron en el recinto. Al principio Phoebe se sintió algo intimidada, pero Mazin se comportaba con tanta naturalidad que se esforzó por imitarlo y disfrutar del momento. Como un experto guía, le fue explicando los diferentes estilos arquitectónicos y relatándole entretenidas anécdotas.
    – Ahora entraremos. Nuestra primera parada será el salón de baile.
    Se dirigieron a la puerta principal que daba al mar. Cuando estaban cruzando el puente levadizo, una distante llamada distrajo a Phoebe. Se volvió para mirar. Un niño pequeño corría hacia ellos a lo largo del puente. Corría con alegría, con el pelo oscuro al viento.
    – ¡Papá, papá, espérame!
    Phoebe no recordó haberse detenido, pero de repente fue incapaz de moverse. Se quedó mirando primero al niño y luego se volvió lentamente hacia Mazin. Su anfitrión contempló a la criatura con una mezcla de cariño y exasperación.
    – Mi hijo -dijo de manera innecesaria.
    La llegada del niño libró a Phoebe de contestar. El crío saltó hacia su padre, que lo recogió y alzó en volandas.
    El ahogo que empezó a sentir en el pecho le recordó que estaba conteniendo la respiración. Respiró hondo mientras se preguntaba si parecería tan asombrada y alterada como se sentía. Sabía que Mazin era mayor. Por supuesto, debía de haber vivido muchas cosas, y no le extrañaba que su vida hubiera incluido niños. Pero especular sobre la posibilidad era una cosa, y otra muy distinta encontrarse frente a frente con su hijo.
    Mazin se volvió hacia ella, con el niño en brazos.
    – Éste es mi hijo, Dabir. Dabir, te presento a Phoebe.
    – Hola -la saludó el crío, mirándola con amable curiosidad.
    – Hola.
    Debía de tener unos cinco o seis años, tenía el pelo oscuro y los ojos eran idénticos a los de su padre. Había sido incapaz de imaginarse a Mazin de niño, pero en ese momento, mirando a Dabir, era como si lo tuviera delante.
    – Bueno -Mazin se dirigió a su hijo-, dinos qué es lo que estás haciendo aquí, en el castillo. ¿No tienes clase hoy?
    – Me he aprendido todos los números y he respondido bien a todas las preguntas -sonrió a Phoebe-. Le dije a Nana que quería ver las espadas, así que me trajo aquí. ¿Las has visto? Son muy largas.
    Prácticamente resplandecía de alegría mientras hablaba. Evidentemente ver aquellas espadas era su actividad favorita.
    Phoebe intentó responder, pero era incapaz de hablar. Mazin lo hizo por ella.
    – Precisamente íbamos a entrar en el castillo. Todavía no lo hemos visto. Ésta es la primera visita de Phoebe a Lucia-Serrat.
    – ¿Y te gusta?
    – Er… sí. Es encantadora.
    – Yo tengo seis años. Tengo tres hermanos mayores. Todos son mucho más grandes que yo, pero yo soy el favorito.
    Mazin lo bajó al suelo y le acarició la cabeza.
    – Tú no eres el favorito, Dabir. Ya sabes que os quiero a todos por igual.
    Dabir no pareció nada decepcionado por su respuesta. En vez de ello, soltó una risita y se apoyó en él mientras seguía estudiando a Phoebe.
    – ¿Tú tienes hijos? -le preguntó.
    – No. No estoy casada.
    Dabir abrió mucho los ojos.
    – ¿No te gustan los niños?
    – Yo, er… claro que me gustan.
    – Bueno, basta ya -intervino Mazin-. Ve con Nana, anda.
    Dabir vaciló, como si fuera a desobedecer, pero al final se despidió con la mano y corrió de vuelta al castillo. Phoebe se lo quedó mirando mientras se alejaba. Mazin tenía hijos. Cuatro. Todos niños.
    – Es encantador -se obligó a pronunciar.
    Volviéndose hacia ella, Mazin le acunó la cara entre las manos.
    – Puedo leerte el pensamiento. Que nunca se te ocurra jugar al póquer, paloma mía. Tus pensamientos son demasiado evidentes para alguien que se tome el tiempo y la molestia de mirarte bien.
    Aquél era un pensamiento humillante. Suspiró.
    – Has vivido una vida llena de experiencias -le dijo-. Era lógico que tuvieras hijos.
    – Hijos, pero no esposa.
    Experimentó un inmenso alivio. Ni siquiera se había permitido pensar la pregunta, pero era feliz de escuchar la respuesta.
    – Vamos -le dijo, tomándola de la mano-. Te enseñaré el salón de baile. Y, mientras tanto, te contaré mi sórdido pasado…
    – ¿Tan malo es?
    – No estoy seguro. Ya juzgarás tú.
    Entraron por fin en el castillo. Phoebe intentó buscar a Dabir a y a su Nana, pero no los encontró por ninguna parte.
    – Algunos de los tapices se remontan al siglo XII -le explicó Mazin, señalándole las telas que adornaban las paredes.
    Phoebe se obligó a mirarlos.
    – Son muy bonitos.
    Mazin soltó un suspiro y la hizo sentarse en un banco.
    – Creo que deberíamos resolver esto, antes de que sigamos adelante -sentándose a su lado, la acercó hacia sí. Cuando le tomó las manos entre las suyas, Phoebe ya no pudo pensar en nada-. Soy viudo -le dijo, mirándola a los ojos-. Mi mujer murió en el parto de Dabir. Tuvimos tres chicos. El mayor es de una breve relación que tuve cuando era joven.
    Aquella última noticia afectó a Phoebe especialmente. Pero lo único que se le ocurrió decir fue:
    – Oh.
    Cuatro hijos. No le extrañaba que no hubiera pasado ninguna tarde con ella: tenía toda una familia esperándolo en casa.
    – Por mi culpa has perdido tiempo de estar con ellos -le dijo con tono suave-. Ya te dije que no tenías por qué hacerme compañía.
    – La decisión fue mía.
    Quiso preguntarle por qué, pero no tuvo el coraje necesario.
    – Supongo que tendrás ayuda con ellos. Dabir mencionó a una tal Nana. Mazin se sonrió.
    – Sí. Es una especie de aya para el pequeño. Los dos medianos están en un internado. El mayor ha empezado la universidad, en Inglaterra.
    Phoebe intentó disimular su asombro.
    – ¿Qué edad tiene?
    – Casi veinte. Yo soy mucho mayor que tú, Phoebe. ¿Lo habías olvidado?
    – No, es sólo que… -hizo el cálculo. ¿Había tenido su primer hijo con diecisiete años? Ella tenía veintitrés y solamente la habían besado una vez. Eran tan distintos como la noche y el día.
    – Sé que decidiste acompañarme -le dijo ella-, pero tienes una familia, y obligaciones de trabajo. Yo debo de ser una distracción. Por favor, no te preocupes por mí. Soy muy capaz de entretenerme sola. ¿Cómo podría no disfrutar de mi estancia en una isla tan maravillosa?
    – Ah, pero si te quedas sola… nunca podrás visitar la Punta Lucia…
    Bajó la cabeza, ruborizada. La Punta Lucia, el lugar de los amantes. Resultaba altamente improbable que pudiera visitar ese lugar en particular durante aquel viaje.
    De repente se le ocurrió un horrible pensamiento. En vano intentó ahuyentarlo. Luego se sorprendió a sí misma expresándolo en voz alta, mientras se arriesgaba a mirarlo:
    – Tienes cuatro hijos, Mazin. ¿Acaso me ves a mí como a la hija que te falta?
    Él le soltó rápidamente las manos. Phoebe no supo cómo interpretar el gesto, pero fue consciente de las numerosas emociones que asomaron a sus ojos. Ninguna de ellas, por cierto, tenía nada de paternal.
    – ¿Y tú? ¿Me ves a mí como al padre que no llegaste a conocer?
    El rubor de Phoebe se profundizó.
    – No -susurró-. Jamás se me había ocurrido.
    – Pues yo no te veo a ti como una niña. Al contrario, te veo como una mujer hecha y derecha.
    – ¿De veras? Me gustaría creerte, pero es que he tenido tan pocas experiencias…
    – Es la calidad de la vida de uno lo que importa.
    – Eso es fácil de decir, cuando tú ya tuviste tu primera aventura con diecisiete años -le espetó Phoebe antes de que pudiera evitarlo.
    Se llevó una mano a la boca, horrorizada, pero Mazin simplemente se limitó a reír.
    – Un punto interesante. Vamos al salón. Allí te contaré mi aventura con la bella Carrie…

    – Era actriz -le estaba diciendo Mazin diez minutos después, mientras atravesaban la enorme sala.
    Altos ventanales dejaban pasar la luz, y docenas de candelabros colgaban del techo abovedado. Había un escenario en una esquina, probablemente para una orquesta, y suficiente espacio para jugar un partido de fútbol.
    Phoebe intentó imaginarse aquel salón lleno de gente ataviada con sus mejores galas, bailando durante toda la noche, pero seguía intrigada por el calificativo que había utilizado Mazin para referirse a su primera amante.
    – ¿Era muy guapa? -le preguntó antes de que pudiera evitarlo.
    – Sí. Su cara y su cuerpo eran perfectos. Sin embargo, tenía un corazón de hielo. Rápidamente aprendí que me interesaba más la belleza interior de una mujer que su exterior, por muy perfecto que fuera.
    Aquello la hizo sentirse mucho mejor. Phoebe sabía que en un concurso de belleza no tendría ninguna posibilidad. Su corazón, en cambio, podía defenderse mucho mejor.
    – Nos encontramos cuando su compañía cinematográfica aterrizó en la isla para grabar una película. Ella era algo mayor que yo: veintidós años. Y yo me decidí a conquistarla.
    Phoebe no tenía la menor duda de que consiguió su objetivo.
    – ¿Qué pasó cuando descubriste que estaba embarazada?
    Mazin le tomó la mano. La presión de su palma contra la suya, la sensación de sus dedos entrelazados con los suyos, casi logró distraerla de sus palabras.
    – Ella se disgustó mucho. No sé si había esperado casarse, pero el matrimonio estaba descartado. Mi padre… -vaciló-. Mi familia no lo aprobó. Teníamos dinero, así que recibió una oferta para que nos quedáramos con el niño. Ella aceptó.
    Phoebe se lo quedó mirando asombrada.
    – ¿Tú no la amabas?
    – Quizá durante las primeras semanas sí, pero luego no. Yo quería a mi hijo, claro, pero para entonces ya sabía que nuestra relación no tendría ninguna oportunidad. Se quedó durante el tiempo suficiente para tener el bebé y luego se marchó.
    – Yo nunca podría hacer eso -confesó Phoebe, impresionada por el comportamiento de Carrie-. Yo jamás habría renunciado a mi hijo. No me importa cuánto dinero hubiera en juego.
    Mazin se encogió de hombros.
    – De todas formas, mi padre tampoco le dejó mucha elección.
    – Yo me habría enfrentado con cualquiera. O me habría marchado con el niño.
    – Carrie prefirió quedarse con el dinero.
    Mazin fue consciente del tono amargo de su voz. Por lo general no albergaba resentimiento alguno hacia su antigua amante, pero de vez en cuando la despreciaba por lo que había hecho. Aunque a él la solución final le había simplificado mucho las cosas.
    – Y rara vez ve a su hijo -añadió-. Es mejor así.
    Pudo ver el abanico de emociones que desfilaron por el rostro de Phoebe; era tan fácil de leer… Estaba escandalizada por la decisión de Carrie, pero a la vez iba en contra de su naturaleza condenar a nadie. Fruncía levemente el ceño como si estuviera intentando conciliar aquellos hechos tan duros con su bondadoso carácter.
    Era una buena persona. No quería nada de él, salvo su compañía. El tiempo que pasaba con Phoebe era un verdadero bálsamo: como si solamente ella tuviera la capacidad de curarlo. A su lado se sentía tranquilo y contento, dos bienes tan preciados como escasos en su vida.
    Sabía que la aparición de Dabir la había dejado anonadada. Mientras observaba su reacción, había visto algo. Durante los seis últimos años se había convertido en un experto a la hora de juzgar las reacciones de las mujeres ante sus hijos. Algunas fingían agrado porque lo que querían en último término era casarse con él. Otras disfrutaban genuinamente de la compañía de los niños. Estaba seguro de que Phoebe pertenecía a la última categoría.
    Le gustaba. Mazin no podía recordar la última vez que le había gustado tanto una mujer. Y también la deseaba. Aquella mezcla le causaba cierto malestar.
    Precisamente por lo encariñado que estaba con Phoebe, se negaba a acostarse con ella, por mucho que ansiara hacerlo. Contenerse no era su estilo, pero esa vez le parecía la decisión más adecuada.
    Era distinta de cualquier otra mujer que hubiera conocido. Y sospechaba que ella podía decir lo mismo de él.
    – Phoebe, tienes que saber que soy un hombre rico.
    – Ya me lo figuraba -se mordió el labio.
    – ¿Y eso te molesta?
    – Un poco.
    Lo miró. La larga melena le caía sobre la espalda. A Mazin le entraron ganas de enterrar los dedos en la cálida seda de su cabello color miel. Quería hacer tantas cosas…
    – No entiendo por qué pasas tanto tiempo en mi compañía -le espetó ella de repente-. A mí me gusta estar contigo, pero me preocupa que puedas aburrirte.
    – Nunca -sonrió-. ¿Te acuerdas de ayer, cuando fuimos a ver los meerkats? Tú les diste tu comida. Con toda la paciencia del mundo les diste de comer uno a uno. Nunca te cansabas.
    Phoebe suspiró.
    – Eran tan graciosos… Me habría quedado mirándolos durante horas. Y me gusta la manera que tienen de erguirse, siempre alerta, protegiéndose unos a otros.
    – Recuerdo que me dijiste que habías visto un documental sobre los meerkats de África y que uno se había quemado en un incendio.
    Phoebe se detuvo en seco. Mazin se movió hasta quedar frente a ella. Como había ocurrido el día anterior, vio que tenía los ojos llenos de lágrimas.
    – Sí. El pobre intentaba erguirse, pero no podía -susurró-. Los demás se arremolinaban en torno a él, protectores. Un par de días después, abandonó el grupo y se marchó para morir solo.
    Una lágrima rodaba por su mejilla. Mazin se la enjugó con un dedo.
    – Lágrimas por un simple meerkat. ¿Cuántas derramarías por un niño?
    – No entiendo la pregunta…
    – Lo sé. Pero estas lágrimas demuestran por qué no puedo aburrirme contigo.
    – Lo que estás diciendo no tiene ningún sentido… Mazin se echó a reír.
    – Seguro que encontrarías gente que suscribiría esas palabras. Dime, ¿qué es lo que quieres y esperas hacer en la vida?
    – ¿Yo? -abrió mucho sus ojos azules-. Nada especial. Me gustaría tener hijos. Tres o cuatro. Y una casa. Pero, antes de eso, quiero licenciarme.
    – ¿En qué?
    – Enfermería. Me gusta cuidar a la gente.
    Mazin se acordó de su tía enferma. Sí, estaba seguro de que Phoebe sería una gran enfermera.
    – Me gustaría también… -sacudió la cabeza-. Perdóname. Todo esto no puede interesarte. Mis sueños son demasiado sencillos, demasiado normales.
    – Al contrario…
    No pudo evitarlo: la atrajo hacia sí. Phoebe se dejó abrazar de buena gana, como era de esperar. Se apretó contra él, tomándolo de la cintura. Y cuando alzó la cabeza a modo de tácito ofrecimiento, Mazin no tuvo ni el deseo ni la fuerza necesarios para rechazarla.
    La besó. Esa vez Phoebe respondió con entusiasmo y le devolvió el beso. Mazin procuró dominarse, porque si de él hubiera dependido, habrían acabado haciendo el amor allí mismo, en la zona pública del castillo. Así que le mordisqueó el labio inferior y le sembró de besos la mejilla, la mandíbula… Deslizó también las manos arriba y abajo por su espalda, pero evitando la tentadora curva de sus nalgas.
    Se le aceleró la respiración cuando le lamió delicadamente la base del cuello. Phoebe llevaba un vestido ligeramente escotado. Sus pequeños senos lo tentaban insoportablemente: habría sido fácil bajar más. Podía ver el dibujo de sus pezones tensándose bajo la tela…
    Pero al final se impuso el sentido común. Concentró de nuevo su atención en la boca, y vio que Phoebe entreabría los labios a modo de invitación. Mazin habría podido resistir cualquier tipo de tentación, pero no aquélla. Tenía que saborear su dulzura una vez más.
    Se apoderó de sus labios, y ella respondió con la misma pasión. «Sólo una vez», se dijo Mazin mientras deslizaba una mano por la curva de su cadera. Phoebe reaccionó acercándose todavía más, apretando los senos contra su pecho y susurrando su nombre.
    Mazin maldijo para sus adentros. Phoebe era demasiado inocente, no sabía lo que le estaba ofreciendo.
    La deseaba, pero no podía tenerla. No sólo porque fuera virgen, sino porque él aún no le había contado toda la verdad. Al principio le había ocultado la información porque eso le divertía. Pero ahora veía claro que en realidad no quería que lo supiera.
    Se obligó a apartarse. Ambos estaban jadeando. Phoebe le sonrió.
    – Probablemente lo habrás oído un millar de veces antes -le dijo-, pero besas muy bien. Mazin se echó a reír.
    – Y tú.
    – Si eso es cierto, la culpa es tuya.
    Un rubor de excitación teñía sus mejillas. Su belleza le conmovió hasta lo más profundo del alma. Sí, quería verla vestida de satén, adornada con diamantes. Y quería verla también desnuda…
    – ¿En qué estás pensando? -le preguntó ella.
    – En que eres como un inesperado regalo en mi vida.
    Sus ojos azules brillaron con una emoción que Mazin no quiso interpretar. Lenta, tentativamente, Phoebe le acarició la boca con la punta de un dedo. Estaba conteniendo el aliento.
    – ¿Qué es lo que quieres de mí, Mazin?
    De repente se sintió impelido a decirle la verdad:
    – No lo sé.

Seis

    Phoebe sacó una silla a la terraza para contemplar las estrellas. La fresca brisa de la noche le acariciaba los brazos desnudos, haciéndola temblar ligeramente. Aunque en realidad ignoraba si el origen de aquel temblor era la brisa o el miedo.
    Quizá fuera el recuerdo del beso de Mazin lo que la tenía tan inquieta. Algo importante había sucedido aquella tarde cuando la tomó en sus brazos.
    Había creído ver algo en sus ojos, algo que le había hecho pensar que tal vez todo aquello no era un simple juego para él. Su incapacidad para decirle lo que quería de ella la ponía nerviosa y feliz a la vez. Uno de ellos reñía que saber lo que estaba pasando, y ella no tenía la menor idea. Así que por fuerza tenía que ser Mazin…
    Se abrazó las rodillas. La brisa hacía ondear los largos faldones de su camisón blanco.
    Había percibido una diferencia en aquel último beso, una intensidad que la había dejado estremecida. ¿La deseaba de verdad? ¿Querría hacer el amor con ella? Y ella… ¿querría hacer el amor con él?
    El no era el hombre con quien había estado fantaseando. En sus fantasías, Mazin no tenía vida propia, salvo el tiempo que pasaba con ella. Y ahora sabía que había estado casado. Y que era padre, de cuatro hijos. Tenía una vida que no le incumbía a ella para nada, y cuando se marchara, retomaría su rutina como si no hubiera pasado nada, como si ella nunca hubiera existido.
    ¿Serían todos sus hijos como Dabir? Sonrió al recordar al niño alegre y cariñoso que había conocido. Frecuentar su compañía sería una delicia…
    Varios años de experiencia como niñera le habían enseñado a calibrar a un niño a primera vista. Sabía que Dabir debía de tener sus defectos, pero tenía un corazón generoso y era muy divertido. Se mordió el labio. Con un niño sería fácil, pero… ¿cuatro? Peor aún: el primogénito de Mazin era solamente unos pocos años más joven que ella misma. El pensamiento la hizo estremecerse. Aunque, se recordó, los hijos de Mazin no iban a suponerle a ella ningún problema, por supuesto…
    Alzó la mirada a las estrellas, pero el cielo de la noche no pudo darle ninguna pista sobre cuándo acabaría Mazin cansándose de ella, ni tampoco sobre sus intenciones. En lugar de citarla para el día siguiente a la mañana, Mazin había quedado con ella por la tarde. Aquel cambio de planes le excitaba e inquietaba a la vez…

    Sucediera lo que sucediera, se dijo Phoebe con firmeza, no se arrepentiría de nada. La luna se reflejaba en el océano inquieto. Se llenó los pulmones del olor del mar y del perfume de las flores. Sabía que recordaría aquella noche para siempre.
    Mazin estaba sentado frente a ella, tan guapo como de costumbre. Esa noche iba de traje, con lo cual Phoebe se alegraba de haber hecho un gasto extraordinario con la elegante blusa que se había comprado en la tienda del hotel. Su falda negra había conocido mejores días, pero todavía estaba de buen ver. Después de haber pasado casi una hora luchando con su pelo, había conseguido recogérselo con una trenza francesa. Se sentía casi… sofisticada. Algo que iba a necesitar para contrarrestar el efecto de la atracción de Mazin a la luz de la luna…
    – Me siento un poco culpable -le confesó mientras el camarero les servía el vino.
    – ¿Por qué? -le preguntó Mazin cuando el camarero se hubo marchado y volvieron a quedarse solos-. ¿Has hecho algo que no deberías haber hecho?
    – No -sonrió-. Es tarde. Deberías estar con tu familia.
    – Ah. Estás pensando en mis hijos.
    «Entre otras cosas», añadió ella para sus adentros, esperando que esa vez no pudiera leerle el pensamiento.
    – En Dabir, sobre todo -murmuró-. ¿No deberías estar en casa, acostándolo y contándole un cuento?
    Mazin hizo un gesto de indiferencia.
    – Tiene seis años. Es demasiado mayor para que siga acostándolo su padre.
    – A esa edad es más un bebé que un adolescente.
    Mazin frunció el ceño.
    – No había pensado en que pudiera seguir necesitando ese tipo de atenciones. Tiene a Nana para hacerse cargo de él.
    – No es lo mismo que te tenga a ti a su lado.
    – ¿Estás intentando deshacerte de mí?
    – Para nada. Es sólo que no quiero que les quites tiempo a ellos para dedicármelo a mí. Yo sé que si tuviera hijos, siempre querría estar con ellos.
    – ¿Y qué pasa con las necesidades de tu marido? -sonrió-. ¿No tendrían prioridad?
    – Creo que tendría que aprender a resignarse. O a alcanzar un compromiso.
    El humor de Mazin se transformó en sorpresa.
    – Son los niños y la mujer quienes deben alcanzar ese compromiso -se encogió de hombros-. Estuve casado el tiempo suficiente para aprender eso en las raras ocasiones en que el marido no tenía prioridad.
    – Pues yo no estoy de acuerdo -se inclinó hacia él-. Háblame de tus hijos.
    – ¿Por qué tengo la sensación de que estás más interesada en ellos que en mí?
    – No lo estoy. Es sólo que… -vaciló, pero luego decidió que no tenía sentido evitarle la verdad-. Bueno, supongo que el tema de tus hijos es más… seguro.
    – ¿Por qué? ¿Acaso conmigo no te sientes segura?
    En lugar de responder, Phoebe bebió un sorbo de vino. Mazin se echó a reír mientras se apoderaba de su mano libre.
    – Te conozco, paloma mía. He aprendido a leerte el pensamiento cuando evitas mi mirada y procuras mantenerte ocupada en algo. Evidentemente no quieres responder a mi pregunta. Con lo cual me siento obligado a descubrir el motivo.
    Se la quedó mirando con expresión inescrutable. En esos momentos, Phoebe deseaba poder conocerlo tan bien como él la conocía a ella.
    – ¿Por qué me tienes miedo? -le preguntó Mazin inesperadamente.
    Phoebe se quedó tan sorprendida que se irguió de inmediato, liberando la mano.
    – No te tengo miedo -se mordió el labio-. Bueno, no demasiado -añadió, porque nunca había sido una mentirosa-. Es sólo que eres tan diferente de todos los otros hombres que he conocido… Eres encantador, pero también intimidante. Contigo me siento incómoda, fuera de mi ambiente…
    – No te alejes tanto -dio una palmadita sobre la mesa-. Pon tu mano aquí, para que pueda tocarte.
    Lo dijo con naturalidad, pero sus palabras la hicieron estremecerse. Se las arregló para obedecer, y él entrelazó los dedos con los suyos. Sentía su contacto fuerte, cálido. Mazin la hacía sentirse segura, cosa extraña porque él representaba al mismo tiempo la razón de su incomodidad.
    – ¿Lo ves? Encajamos muy bien. Somos tal para cual.
    – Lo dudo. Mazin, no sé por qué pasas tanto tiempo conmigo. Yo no me parezco en nada a las otras mujeres de tu vida. Es imposible.
    Esa vez fue él quien se tensó. No retiró la mano, pero su mirada adquirió la dureza del hielo.
    – ¿Qué otras mujeres? -le preguntó con tono cortante-. ¿De qué estás hablando?
    Phoebe se dio cuenta de que lo había insultado.
    – Mazin, no me refería a ninguna en concreto… Es evidente que tú eres un hombre de éxito, un triunfador en la vida. Tiene que haber decenas de mujeres detrás de ti, requiriéndote constantemente. Tengo la imagen de ti sacudiéndotelas de encima como si fueran moscas, a cada paso que das.
    Quiso decirle más, pero se le cerró la garganta cuando se lo imaginó en compañía de otra mujer, aunque probablemente eso era algo que sucedía constantemente…
    – No te preocupes, paloma mía -le dijo él con tono suave-. Me he olvidado de todas.
    Sí, pero… ¿por cuánto tiempo? No llegó a pronunciar la pregunta. No tenía sentido hacérsela. Al fin y al cabo, Mazin podría decirle la verdad, y eso podría dolerle.
    – Me doy cuenta de que no me crees -le dijo, soltándole la mano-. Para demostrarte lo que digo, te he traído algo.
    Chaqueó con los dedos. El camarero apareció enseguida, pero no con las cartas de menú, sino con una gran caja aplanada. Mazin la recibió y se la entregó a su vez a Phoebe.
    – No te niegues a aceptarlo hasta que no lo hayas abierto. Estoy seguro de que, en cuanto veas mi regalo, serás incapaz de rechazarlo.
    – Entonces debería resistirme a abrirlo.
    – Ni se te ocurra.
    Phoebe acarició el papel dorado que envolvía la caja mientras intentaba imaginarse lo que podría contener. No podía ser una joya. La caja era demasiado grande. Y ropa tampoco, porque era demasiado delgada.
    – No lo adivinarás -le aseguró él-. Ábrela.
    Desató el lazo y retiró el papel. Cuando alzó la tapa, se quedó sin aliento.
    Mazin le había regalado una fotografía enmarcada de Ayanna. Phoebe reconoció su rostro inmediatamente. Su tía abuela parecía muy joven, quizá sólo un año o dos mayor de la edad que tenía ella en ese momento. Era un retrato de cuerpo entero, de pie, apoyada en una columna, de espaldas a una galería porticada que terminaba en el mar.
    Reconoció también el palacio. Ayanna lucía un precioso vestido de baile. Un brillo de diamantes relucía en sus orejas, en su cuello, en sus muñecas. Con la melena recogida en un sofisticado y elegante peinado, parecía una auténtica princesa.
    – Nunca había visto esta foto -pronunció sin aliento-. ¿De dónde la has sacado?
    – Tenemos archivos fotográficos. Tú me dijiste que tu tía había sido la favorita del príncipe. Pensé que tal vez se conservara alguna foto suya, y no me equivocaba. Esta imagen fue tomada en una fiesta de gala, en la residencia privada del príncipe. El original está depositado en los archivos, pero me permitieron hacer una copia.
    Phoebe no sabía qué decir. No tenía palabras para agradecerle todas las molestias que se había tomado.
    – Tenías razón. Es imposible que rechace este regalo. Significa demasiado para mí. Conservo unas cuantas fotos de Ayanna, pero ninguna tan buena como ésta. Gracias por haber tenido este detalle conmigo.
    – Mi único motivo era hacerte sonreír.
    A Phoebe no le importaba el motivo que pudiera haber tenido. No había otro regalo en el mundo que tuviera tanto significado para ella. No sabía cómo explicarle lo que estaba sintiendo en ese momento.
    Quería abrazarlo, intentar demostrarle su gratitud, y que Mazin la besara hasta hacerle perder la conciencia… Le ardían los ojos por las lágrimas que no podía derramar. Le dolía el corazón, y al mismo tiempo sentía una especie de vacío que no conseguía explicar.
    – No te entiendo -le dijo al fin.
    – Tampoco creo que eso sea tan necesario -Mazin bebió un sorbo de vino y cambió de tema-. Dentro de dos noches será la fiesta nacional de Lucia-Serrat. Aunque vivimos en un paraíso tropical, nuestras raíces se hallan en el desierto de Bahania. Aparte de una cena especial, habrá diversas actividades: baile, música… El acontecimiento no figura en la lista de Ayanna, pero sospecho que te encantará. Si estás disponible para asistir, me sentiría honrado de que me acompañaras.
    Como si tuviera otros planes… Como si prefiriera estar con alguien que no fuera él…
    – Gracias, Mazin. El honor de acompañarte es mío.
    Se la quedó mirando fijamente, con sus ojos oscuros traspasándole el alma.
    – Probablemente es mejor que tú no puedas leerme el pensamiento -murmuró-. Lo único que se opone entre la muerte de tu inocencia y tú es un delgado hilo de honor que, incluso en este mismo momento, amenaza con romperse.
    Una vez más la dejó sin habla. Pero antes de que pudiera intentar comprender lo que había querido decir, el camarero apareció con sus cartas de menú. La magia del momento se rompió. Mazin se ocupó de volver a guardar la foto y hablaron de lo que pedirían para comer.
    Nadie volvió a hacer referencia a aquel último comentario. Pero Phoebe no lo olvidó.
    Dos días después, le hicieron entrega de una gran caja en el hotel. Phoebe comprendió inmediatamente que era de Mazin, pero… ¿qué podría enviarle? Se apresuró a desatar el lazo y a retirar la tapa.
    Debajo de varias capas de papel de gasa, descubrió un precioso vestido de noche azul marino, de reflejos tornasolados. Se quedó sin aliento. El escote del corpiño era especialmente atrevido, mientras que la falda se ceñía a sus muslos y caderas. No estaba muy segura de que pudiera reunir el coraje necesario para llevarlo.
    Una nota cayó al suelo. Volvió a guardar el vestido en la caja y recogió el papel doblado. Enseguida reconoció la enérgica letra masculina. Además… ¿quién si no Mazin le habría enviado un vestido?
    Sé que intentarás rechazar mi regalo. Puede que incluso me reproches mi atrevimiento. No quise arriesgarme a enfrentarme con tu furia, que ya sabes que siempre me deja temblando de miedo. Así que he preferido regalarte este vestido en secreto, como un ladrón al amparo de la noche.
    Phoebe era consciente de que no podía aceptar un regalo tan extravagante. Sin embargo, la nota de Mazin le arrancó una sonrisa y hasta una carcajada. Como si ella pudiera inspirarle algún tipo de miedo…
    Cometió el error de volver a sacar el vestido y acercarse a un espejo. Al final se lo probó.
    Tal y como había temido, la sensual tela se adaptaba a cada curva de su cuerpo. Curiosamente, sus senos parecían más llenos, su cintura más fina. De repente se imaginó a sí misma bien maquillada, con la melena cayéndole en una cascada de rizos sobre la espalda. Aunque nunca había creído parecerse a Ayanna, con un poco de ayuda bien podía acercarse…
    Todavía con el vestido puesto, descolgó el teléfono y llamó al salón de belleza del hotel. Afortunadamente, habían tenido una cancelación de última hora y estarían encantados de ayudarla en su proceso de transformación. Le preguntaron si le importaría bajar en media hora…
    Phoebe aceptó y colgó. Luego volvió a concentrarse en su imagen en el espejo. Esa noche se esforzaría por presentar la mejor imagen posible. ¿Sería suficiente?
    Phoebe llegó la primera al restaurante. Mazin la había telefoneado en el último momento para decirle que se retrasaría un poco por un pequeño problema de trabajo. Le había enviado un coche para recogerla, después de prometerle que estaría con ella a las siete.
    La llevaron a una mesa privada, en la primera planta del local. Allí estaba protegida por biombos de madera, a la vez que disfrutaba de una vista perfecta del escenario. En una esquina había una pequeña orquesta, tocando para los invitados.
    El camarero se entretuvo unos minutos más de los necesarios en su mesa, haciendo conversación. Por su manera de hablar y por el brillo de sus ojos, Phoebe se dio cuenta de que la consideraba atractiva. Nunca antes había cautivado la atención de ningún hombre, por lo que no pudo menos que sorprenderse.
    El camarero desapareció para volver enseguida con una botella de champán. Mientras bebía un sorbo, Phoebe reflexionó sobre lo que acababa de suceder: si aquel joven se había fijado en ella, evidentemente debía de ser por el vestido y por el maquillaje. Pero sospechaba que había también otra razón: que ella misma se había convertido en una mujer distinta, durante las pocas semanas que llevaba en aquella isla.
    Estar con Mazin la había cambiado.
    Se recostó en su silla. Excepto alguna que otra tarde, Mazin había pasado casi todos los días con ella. Habían hablado de todo, de historia y de literatura, de películas, de los planes que tenía para cuando volviera a Florida. Habían compartido excursiones, comidas y risas, y en las pocas ocasiones en que Phoebe se había permitido llorar, Mazin había sido más que amable con ella. Habían ido a todos los lugares de la lista de Ayanna. A todos menos a uno: la Punta Lucia.
    Phoebe respiró hondo en un intento por calmar los nervios. Le quedaba poco tiempo de estancia en la isla: pronto volvería a su pequeño y solitario mundo. Sabía que estar con Mazin sería una experiencia única e irrepetible en su vida, pero cuando volviera a casa, todo continuaría siendo como antes. Se matricularía en la universidad y se licenciaría como enfermera. Quizá se desenvolvería mejor que hasta el momento a la hora de hacer amigos, quizá incluso tuviera la suerte de conocer a algún joven. Pero nadie podría igualarse nunca a Mazin. Adondequiera que fuera, e hiciera lo que hiciera, él estaría siempre con ella.
    Sabía que el tiempo que habían pasado juntos no había significado lo mismo para él que para ella, y eso era algo que podía aceptar. Pero le gustaba pensar que le había importado por lo menos un poco. Mazin había dado indicios de que la consideraba atractiva, que había disfrutado besándola. De modo que tenía que preguntárselo.
    Quizá se riera de ella. Quizá incluso sintiera algo de vergüenza y terminara rechazándola sutilmente, Quizá ella había malinterpretado completamente su interés. Pero por muchas que fueran las posibilidades de rechazo, ella no se arrepentiría nunca de habérselo dicho.
    Unas voces en el pasillo la distrajeron. Se volvió para descubrir a Mazin caminando entre los biombos. Tan alto y tan guapo como siempre. El esmoquin negro no hacía sino acentuar su atractivo.
    Phoebe se levantó. La sonrisa que vio en sus labios de pasó del simple agrado de verla a la abierta admiración.
    – Veo que llevas el vestido que te envié. Confío en que no me castigues por mi atrevimiento…
    Su comentario burlón la hizo sonreír. En aquel instante, el corazón le dio un vuelco en el pecho. Phoebe tuvo el repentino convencimiento de que se encontraba en mayor peligro del que había imaginado. ¿Se habría enamorado ya de Mazin?
    Antes de que pudiera responder a esa pregunta, empezó a sonar una música. Varias jóvenes salieron al escenario y empezaron a bailar.
    Para entonces Phoebe y Mazin ya estaban sentados y el camarero apareció con el primer plato. La mirada de Phoebe se veía inevitablemente atraída al escenario, como si le resultara más seguro mirar a las bailarinas que a su acompañante. La aprensión le había robado el apetito.
    – Son bailes tradicionales. Algunos son pura diversión -le explicó él, acercándose mucho para que pudiera oírlo por encima del ruido de la música-. Otros, en cambio, cuentan una historia. Ésta, por ejemplo, es la del viaje de los nómadas en busca de agua.
    Continuó hablando, pero Phoebe era incapaz de escuchar otra cosa que el estridente latido de su propio corazón. ¿Se atrevería a hacerlo? ¿Acaso Ayanna no le había hecho prometer que no se arrepentiría de nada, que haría lo que tuviera que hacer para no lamentarse nunca de no haberlo hecho?
    – No has probado la comida. Y sospecho que no me estás haciendo caso.
    Phoebe se volvió hacia él. El ritmo de la música parecía confundirse con el de su sangre.
    Estudió su rostro, la manera en que se había peinado, echándose el pelo hacia atrás; sus altos pómulos, el delicado dibujo de su labio superior.
    Mazin le acarició entonces una mejilla con el dorso de la mano.
    – Dímelo, Phoebe. Puedo leer una pregunta en tus ojos, y también algo muy parecido al miedo. Ya te dije que no tienes nada que temer de mí. Seguro que hemos pasado suficientes horas juntos como para que no tengas la menor duda sobre ello.
    – Sí, lo sé -susurró, incapaz de apartar la mirada de sus ojos-. Es sólo que… -suspiró-. Has sido terriblemente amable conmigo, Quiero que sepas que te agradezco enormemente todo lo que has hecho.
    Mazin se sonrió.
    – No me des las gracias. Te aseguro que la amabilidad no ha sido lo que me ha animado. Soy demasiado egoísta para eso.
    – No me lo creo. Y tampoco entiendo lo que ves en mí. Soy joven e inexperta. Pero tú has hecho que mi estancia en esta isla sea como un sueño. Por eso me cuesta tanto pedirte una cosa más.
    – Pídeme lo que quieras. Sospecho que me resultará difícil rechazártela.
    Le acarició el labio inferior con el pulgar. Phoebe se estremeció. El contexto excitó su deseo, a la vez que, junto con sus palabras, le dio el coraje para continuar:
    – Mazin, ¿me llevarías mañana a la Punta Lucia?
    La expresión de sus ojos oscuros se volvió inescrutable. No mostraba el menor indicio de lo que estaba pensando. Phoebe tragó saliva, nerviosa.
    – Conozco la tradición: que sólo puedo ir allí con un amante. Y no tengo ninguno. Porque yo nunca… -¿por qué no le decía nada? Se estaba ruborizando. Las palabras no llegaban hasta sus labios-. Pensé que a lo mejor te gustaría pasar esta noche conmigo. Para cambiar eso, vamos. Para…
    Se le cerró la garganta y tuvo que dejar de hablar. Incapaz de sostenerle la mirada por más tiempo, bajó la vista esperando de un momento a otro que se echara a reír.
    Mazin estudió a la joven que tenía delante. Siempre había pensado que tenía una belleza serena, discreta, pero esa noche era sin duda la criatura más hermosa que había sobre la tierra. Parte de su transformación procedía de su vestido y del maquillaje, pero lo principal era resultado de su sutil confianza. Al fin Phoebe había dejado de dudar de sí misma. Hasta le había pedido que se convirtiera en su amante. Podía leer la incertidumbre en su postura, las preguntas en el temblor de sus labios. Sabía que no era en absoluto consciente de lo mucho que la deseaba, ni del colosal esfuerzo de contención que debía hacer para guardar las distancias.
    Incluso en aquel momento, mientras estaban allí sentados, estaba dolorosamente excitado. Si Phoebe hubiera tenido alguna experiencia al respecto, no habría dudado de su propio atractivo.
    Suponía que un hombre más noble que él habría encontrado una manera de rechazarla delicadamente. Sabía que era la persona menos adecuada para recibir un regalo tan preciado como el que le estaba haciendo Phoebe.
    Y, sin embargo, no podía resistirse. Demasiado tiempo llevaba deseándola. La necesidad lo quemaba por dentro. La necesidad de ser su primer amor, de abrazarla, de tocarla y de hacerla suya, algo que nunca nadie le había ofrecido antes.
    – Paloma mía -murmuró, acercándose.
    Phoebe alzó la cabeza, con los ojos brillantes por las lágrimas. La duda nublaba sus preciosos rasgos.
    Mazin le enjugó las lágrimas y la besó en los labios.
    – Te he deseado desde el primer momento que te vi -le confesó, sincero-. Si no logro tenerte… una parte de mí dejará de existir.
    Vio que sus labios dibujaban una sonrisa.
    – ¿Eso es un «sí»?
    – Sí -rió él.
    Habría consecuencias. Una cosa era hacer el amor con una mujer madura y experimentada… y otra cosa muy distinta era acostarse con una virgen. El honor estaba en juego. Quizá en los tiempos actuales había gente que se tomaba esas cosas a la ligera, pero él no. No con Phoebe.
    Se preguntó cómo reaccionaría sí le contaba la verdad. ¿Seguiría queriendo acostarse con él? Experimentó una punzada de mala conciencia. Pero la necesitaba demasiado como para arriesgarse.
    – ¿Qué es lo que te apetece hacer? -le preguntó casi al oído-. ¿Quieres que terminemos de ver a las bailarinas? Si lo hacemos, la expectación será mayor. O también podemos dejarlo para otra ocasión.
    – No quiero esperar.
    Aquellas sencillas palabras dispararon un rayo de deseo que lo atravesó de parte a parte. Esa noche sería como una maravillosa y deliciosa tortura, un placer supremo, absoluto. Estaba decidido a enseñarle todas las posibilidades y a hacer que su primera experiencia fuera perfecta.

Siete

    Abandonaron el restaurante inmediatamente. Phoebe intentó disimular sus nervios mientras esperaban en la puerta el coche de Mazin. Pero en lugar de su Mercedes habitual, lo que apareció fue una limusina negra.
    – Quería que esta noche fuera especial -le explicó Mazin con una sonrisa al tiempo que la ayudaba a subir-. Pensé que te gustaría el cambio.
    Nunca había subido antes a una limusina, pero sabía que si lo reconocía, se mostraría aún más inocente e inexperta de lo que ya era. En lugar de ello, intentó esbozar una sonrisa de agradecimiento, pese a que sus labios parecían negarse a colaborar…
    Tenía el cerebro completamente en blanco. El trayecto de regreso al hotel duraría unos quince minutos. Evidentemente tenían que hablar de algo, pero a ella no se le ocurría tema alguno. ¿De qué tenían que hablar exactamente antes de hacer el amor por primera vez?
    Contempló el lujoso interior. La tapicería era de color crema, de la piel más fina que había tocado en su vida. A su izquierda había un sofisticado equipo de música y un pequeño televisor. A la derecha, el mueble bar. Una botella de champán se enfriaba en un cubo de hielo.
    – ¿Ya habías planeado que nosotros…? -se interrumpió, incapaz de continuar.
    Mazin siguió la dirección de su mirada y tocó la botella de champán.
    – No. Simplemente había pensado que podríamos dar un paseo por la playa y contemplar la luna. No me había imaginado que al final terminaría haciendo algo más que besarte. De haberlo imaginado, habría preparado muchas más cosas.
    «¿Muchas más cosas?», se repitió Phoebe. ¿Sería posible? ¿Acaso la limusina y el champán no eran la prueba de una seducción deliberada? La invitación que ella le había hecho… ¿acaso no le había facilitado las cosas?
    Quería preguntárselo, pero Mazin ya no le estaba prestando atención. En lugar de ello, parecía estar buscando algo mientras palpaba el respaldo del asiento y los paneles de madera.
    – ¿Qué estás buscando? -inquirió, sorprendida.
    – Tiene que haber un compartimento oculto por alguna parte -se puso a revisar la tapicería de la parte trasera del asiento del chófer-. Me lo comentó mi hijo mayor -explicó, más para sí mismo que para ella-. Me dijo en tono de broma que siempre llevaba la limusina cargada.
    Phoebe no tenía idea de lo que estaba diciendo. Suponía que se refería al mayor de sus cuatro chicos, el que estudiaba en la universidad.
    – ¿Y cómo es que tu hijo usa una limusina?
    Mazin no respondió. Phoebe vio que apretaba un panel de madera.
    – Al fin.
    El panel se abrió para revelar un compartimento de gran tamaño. Había una muda de ropa, más champán y una caja, que Mazin recogió. Phoebe se retiró al fondo de su asiento cuando leyó la etiqueta de la tapa: Preservativos.
    Las románticas imágenes que había tenido sobre lo que ocurriría aquella noche quedaron destrozadas. La realidad no era un lento baile de besos y caricias. Si iban a hacer el amor, no podrían eludir las consecuencias de aquel acto. Había que tomar precauciones.
    La parte razonable de su cerebro aprobó y aplaudió la previsión de Mazin. Pero su romántico corazón no pudo menos que entristecerse.
    Mazin alzó la mirada y sorprendió su expresión. Phoebe no tuvo tiempo de esconderla. No sabía qué cara había puesto, pero debió de ser suficiente para que él soltara una maldición por lo bajo.
    Se guardó varios sobres en un bolsillo del esmoquin, cerró el compartimento y volvió con ella.
    – ¿No quieres que sea previsor? -le preguntó, pasándole un brazo por los hombros y acercándola hacia sí.
    – Ya sé que eso es importante -se quedó mirando el cuello almidonado de su camisa blanca, en vez de su rostro-. Er… te agradezco que te hayas preocupado de… tomar precauciones.
    – Pero he amargado tu fantasía, ¿verdad?
    Phoebe alzó la mirada hasta sus ojos.
    – ¿Cómo has adivinado lo que estaba pensando?
    – Te conozco, paloma mía. Te prometo que esta noche será la más fantástica del mundo. Pero no quiero dejarte con algo que tú no quieras.
    Un bebé. Estaba hablando de dejarla embarazada. En aquel instante, Phoebe anheló desesperadamente tener ese hijo con Mazin. Lo que habría dado por tener una pequeña con sus mismos ojos oscuros… O un niño fuerte y sin miedo como Dabir.
    Mazin le puso un dedo bajo la barbilla para obligarla a alzar la cabeza y la besó. La suave presión de sus labios despejó entonces todas sus dudas. Aunque fue un beso ligero, bastó para provocarle un cosquilleo en todo el cuerpo.
    Antes de que ella pudiera tentarlo para que profundizara el beso, la limusina se detuvo.
    – ¿Dónde estamos?
    – En una entrada lateral del hotel -respondió Mazin mientras abría la puerta-. Pensé que no te sentirías cómoda subiendo conmigo en el ascensor. A estas horas suele haber mucha gente en el vestíbulo.
    – Gracias -le dijo al tiempo que lo seguía por un sendero flanqueado de flores, hacia una puerta de cristal.
    Pensó en lo considerado que había sido Mazin. A ella le avergonzaría que todo el mundo la viera subir a su habitación con un hombre…
    Una vez dentro del edificio, Mazin la llevó hasta un ascensor y subieron a su piso sin encontrarse con nadie. Phoebe se puso a buscar torpemente la llave en su bolso, hasta que él se lo quitó, sacó la llave y abrió la puerta.
    La puerta de la terraza estaba abierta. La cama estaba hecha, con la lámpara de la mesilla encendida. Phoebe podía oler a mar: intentó concentrarse en ese aroma para tranquilizar sus nervios.
    Mazin cerró la puerta con llave y dejó su bolso sobre la mesa, al lado del espejo. Luego atravesó la habitación para plantarse frente a ella.
    – Veo que la tensión ha vuelto -comentó con tono ligero, antes de inclinarse para besarla en el cuello.
    Le flaquearon las piernas, hasta el punto de que tuvo que abrazarlo para no caer al suelo. Mazin continuó besándole el cuello, y le lamió la piel sensible de detrás de la oreja. Una de sus manos descansó sobre su hombro desnudo, para acariciárselo lentamente.
    – Hermosa Phoebe… -susurró antes de mordisquearle delicadamente el lóbulo.
    Se le había erizado el vello de la piel. Phoebe podía sentir cómo se le endurecían los pezones. Entre las piernas sentía una dolorosa tensión que le hacía ansiar apretarse contra él…
    Mazin le apartó la melena de un hombro para trazar un sendero de besos a lo largo de su cuello, hasta la base, y más abajo. Al mismo tiempo, empezó a acariciarle los brazos, arriba y abajo. En cierto momento, bajó las manos hasta su cintura.
    La embargó una deliciosa expectación cuando Mazin empezó a subirlas de nuevo por su torso, lentamente.
    Soltó un suspiro maravillado en el instante en que él se apoderó por fin de sus senos, sosteniéndolos como si fueran preciados tesoros. Incluso a través de la tela del vestido, podía sentir el calor y la ternura experta de sus dedos.
    El estilo del vestido estaba diseñado para no llevar sujetador. Al principio le había costado ponérselo, pero en ese momento se alegró de ello, porque de esa manera solamente una fina capa de tela se interponía entre su piel febril y los dedos de Mazin.
    Le encantaba el modo que tenía de explorar su cuerpo. Quería suplicarle que le quitara el vestido para poder disfrutar mejor de sus caricias. Quería…
    Perdió el aliento cuando él le rozó los pezones. Sabía que estaban duros de deseo, pero no había sido consciente de su extremada sensibilidad. Un torrente de fuego la atravesó, circulando por brazos y piernas hasta que se instaló en su vientre. Mazin continuó acariciándoselos una y otra vez, haciéndola gemir de placer.
    No supo durante cuánto tiempo permanecieron allí de pie, él tocándola y ella disfrutando de su contacto. Finalmente, Mazin la estrechó entre sus brazos y la besó. Fue un profundo y sensual beso que la dejó derretida por dentro.
    Lo abrazó a su vez, deseosa de fundirse con él. Eso era lo que había querido y esperado durante toda su vida.
    Sintió que le bajaba la cremallera de la espalda: el fresco aire de la noche acarició su piel desnuda. Llevaba braga, un liguero y medias: nada más. Las mujeres de la boutique se lo habían aconsejado cuando vieron su vestido, insistiendo en que ponerse unos pantis habría sido un crimen con un modelo semejante. Phoebe no había estado muy segura de ello, pero cuando Mazin le bajó el vestido por los hombros, se alegró de haberse dejado convencer.
    El vestido cayó al suelo. Phoebe todavía estaba lo suficientemente cerca de él como para no sentirse avergonzada de estar prácticamente desnuda. Sus grandes manos seguían moviéndose por su espalda, tocándola, reconfortándola, excitándola de manera insoportable. Luego comenzó a bajarlas… hasta sus caderas y el liguero. Y todavía más abajo: la braga de cintura alta, la piel desnuda de sus muslos, el comienzo de sus medias. Y se detuvo en seco.
    Interrumpió el beso y se la quedó mirando fijamente. Sus ojos oscuros parecían irradiar fuego. La tensión le hacía apretar con fuerza los labios.
    – Te deseo -murmuró.
    No había nada que le hubiera gustado más escuchar a Phoebe. Sus últimos temores se desvanecieron. Inclinándose hacia delante, lo besó: era la primera vez que tomaba la iniciativa. Le lamió primero el labio inferior y luego se dedicó a mordisqueárselo suavemente. Mazin volvió a estrecharla entre sus brazos, profundizando el beso con una intensidad que terminó convenciéndola de su deseo.
    De repente sintió algo duro presionando contra su vientre, y se alegró de haberle suscitado aquel efecto. Mazin alzó de nuevo las manos hasta sus senos y se concentró en acariciarle los pezones con los pulgares.
    No había imaginado que pudiera existir tanto placer en el mundo… Su mente se cerró a todo lo que no fueran las caricias de Mazin. Ni siquiera fue consciente de que había interrumpido el beso hasta que echó la cabeza hacia atrás y pronunció su nombre.
    Mazin se rió por lo bajo. Inclinándose hacia delante, se apoderó de un pezón y comenzó a succionarlo. Phoebe le acunó la cabeza entre las manos, enterró los dedos en su pelo y le suplicó que no se detuviera.
    Cambiaba de seno a cada momento, lamiéndoselo, chupándoselo, acariciándoselo. Phoebe sintió que se le humedecía la braga. De repente, sin previo aviso, le fallaron las piernas.
    Mazin la sujetó a tiempo. Con una facilidad que no pudo menos que sorprenderla, la alzó en brazos y la llevó a la cama. Los zapatos se le cayeron por el camino. Antes de tumbarse a su lado, se apresuró a despojarla de la braga, dejándole las medias puestas.
    Phoebe experimentó una fugaz punzada de pánico, pero Mazin se apresuró a abrazarla y a besarla. Minutos después la mano con la que le estaba acariciando un seno empezó a descender, pero ella no se dio cuenta debido a la intensidad de sus besos. Sin embargo, al primer roce de sus dedos en su húmedo vello, fue más que consciente de su contacto.
    Decenas de preguntas acribillaron su mente. ¿Qué se suponía que tenía que hacer? ¿Qué debería sentir? Antes de que tuviera tiempo para preguntárselo, él le acarició la cara interior de un muslo. Y, sin darse cuenta de lo que estaba haciendo, Phoebe abrió las piernas.
    Mazin la acarició delicadamente, explorando, descubriendo maravillosas zonas que le aceleraban la respiración. Encontró su lugar más secreto y se deslizó dentro. Al mismo tiempo, dejó de concentrarse en su boca para dedicarse a sus senos. Con los labios, rodeó un pezón y comenzó a lamerle la punta.
    Phoebe no sabía en qué pensar: si en su boca o en sus dedos. Él se apartó entonces, sin dejar de acariciarla. De repente, por sorpresa, cerró la boca sobre el pezón a la vez que sus dedos encontraban un punto exquisitamente sensible.
    Aquella mezcla de caricias la hizo olvidarse hasta de respirar. Creía morir. Nadie podía sobrevivir a semejante placer, lo cual le aterraba. Al mismo tiempo, anhelaba que durara para siempre…
    Mazin la acariciaba con delicadeza, acelerando el ritmo a cada segundo. De pronto Phoebe volvió a ser capaz de respirar, o más bien de jadear.
    – ¿Mazin?
    – Sssh, paloma mía. Estoy aquí.
    Volvió a besarla y a tocarla y el mundo empezó a girar de nuevo. Hubo una caricia final, una cumbre de placer, seguida de la más gloriosa liberación. Phoebe se aferró a él, temblando, ávida y saciada al mismo tiempo.
    Cuando todo terminó, Mazin le cubrió el rostro de besos, haciéndola sentirse como si fuera la más preciada criatura sobre la tierra.
    – No sabía que fuera así -susurró-. Ha sido absolutamente increíble.
    Se la quedó mirando fijamente.
    – Y hay mucho más que me gustaría enseñarte.
    – Encantada.
    Mazin se levantó de la cama y se quitó la chaqueta y la camisa. Los zapatos y los calcetines siguieron el mismo camino, al igual que el pantalón. Cuando estuvo desnudo, ella se incorporó sobre un codo para estudiarlo. La vista de su cuerpo no podía complacerla más. Lo observó mientras se enfundaba el preservativo y, acto seguido, se abrió de piernas para él.
    El esperó antes de entrar, dedicándose primero a besarla y a acariciarla por todas partes, incrementando aquel increíble placer. Finalmente, justo cuando ella estaba a punto de alcanzar el orgasmo, se deslizó en su interior.
    Su cuerpo pareció estirarse para acogerlo. La presión resultó incómoda al principio, pero luego fue cediendo. Mazin deslizó una mano entre sus cuerpos y tocó el punto más sensible. La sensación de sentirlo dentro de sí mientras la acariciaba se tornó insoportable: apenas podía esperar.
    Se aferró a él. Todo le resultaba nuevo y familiar a la vez; creía perderse a sí misma en cada embate. Estremecida, gritó su nombre.
    Abrió los ojos: Mazin la estaba mirando. Mientras el clímax los barría a los dos, se miraron fijamente. Fue un momento de íntima conexión, algo que nunca antes había experimentado.
    En aquel preciso instante, comprendió la verdad. Que por mucho que se alejara de aquel paraíso mágico, que por muy maravillosas que fueran sus experiencias en un futuro… siempre amaría a un único hombre. Mazin.

Ocho

    Phoebe se despertó justo antes del amanecer. Un peso nada familiar le oprimía la cintura; tardó un segundo en darse cuenta de que era el brazo de Mazin. Sonriendo, se apretó aún más contra él.
    – Buenos días -le susurró él al oído. Estaba detrás de ella, envolviéndola con su cuerpo-. ¿Cómo te sientes?
    – Maravillosamente bien -respondió, feliz.
    Algo duro le estaba presionando un muslo. Soltó una risita.
    – No sabía que la gente podía hacer el amor tan a menudo.
    – Te aseguro que cuatro veces en una noche no es nada normal. Tú me inspiras -se retiró un tanto-. Sin embargo, todo esto es demasiado nuevo para ti, así que me contendré.
    Phoebe recordó una de las ocasiones en que habían hecho el amor. Sin que llegara a penetrarla, la había besado íntimamente hasta provocarle el orgasmo. Luego le había enseñado a complacerlo a él de la misma manera. Tal y como le había prometido, había tantas cosas que descubrir y que explorar…
    – Vaya -gruñó Mazin, mirando su reloj-. Tengo que volver a casa, paloma mía. Cada mañana desayuno con Dabir y no me gustaría tener que explicarle mi ausencia. Pero volveré dentro de unas horas y entonces podremos ir a Punta Lucia -se inclinó para besarla-. Allí, bajo la cascada, te haré el amor.
    Phoebe se derretía solamente de pensarlo.
    Mazin y se levantó y se vistió rápidamente. Antes de marcharse, volvió a besarla.
    – Échame de menos -le dijo-. Como yo te echaré de menos a ti.
    – Siempre -le prometió ella, sincera.

    El fragor de la cascada era ensordecedor. Phoebe se había quedado sin aliento ante el espectáculo de la inmensa masa de agua cayendo desde una altura de varias decenas de metros. Con la espalda recostada contra el pecho de Mazin, una finísima niebla le refrescaba los brazos y la cara.
    Era un momento perfecto, pensó feliz. La noche anterior había aprendido lo que significaba ser amada por un hombre. Una y otra vez Mazin la había acariciado, la había besado, le había mostrado el paraíso. Con un poco de práctica, ella también aprendería a seducirlo. Porque quería aprender. Quería hacerlo temblar y disfrutar.
    Quería que él la amara.
    Suspiró. El amor. ¿Podía un hombre como Mazin amar a una mujer como ella? Phoebe era joven y no había tenido su experiencia de la vida. Mazin era un hombre de mundo, y muy rico. Tenían muy poco en común. Y sin embargo… con él se sentía perfecta, realizada. En aquel momento, mientras se dejaba abrazar, tenía la sensación de haber vuelto a casa, de encontrarse en casa. ¿Cómo era posible que sus sentimientos fueran tan fuertes sin que él experimentara lo mismo?
    ¿Era posible que pudiera amarlo tanto y que él no sintiera nada por ella?
    – ¿En qué estás pensando? -le preguntó Mazin, al oído.
    – Que las cascadas son muy bonitas… ¿de verdad vamos a hacer el amor allí?
    Mazin la hizo volverse y la besó. Phoebe reconoció la pasión que relampagueaba en sus ojos.
    – No dudes de mi deseo por ti, paloma mía -le dijo mientras le tomaba una mano y se la ponía sobre su sexo excitado.
    Ya estaba duro.
    – Oh, Mazin… -lo abrazó de la cintura.
    – Sí. Pronuncia mi nombre -murmuró contra sus labios-. Sólo el mío.
    La desvistió lentamente hasta que quedó completamente desnuda, sobre la manta que había traído consigo. La luz del sol se filtraba a través de las hojas de los árboles, veteando de sombras sus muslos, sus senos. Mazin también se desnudó y se tumbó a su lado.
    Phoebe no tardó en derretirse de deseo bajo sus besos. Estaba ardiendo por dentro, la humedad de su sexo atestiguaba su disposición. Cuando Mazin empezó a acariciarla íntimamente, se estremeció a la espera del inminente orgasmo.
    Mazin la fue arrastrando hasta el clímax, y justo cuando Phoebe estaba a punto de entrar en el paraíso, se tumbó de espaldas y la sentó encima de él. Aquella postura poco familiar le resultó algo incómoda al principio, pero pronto descubrió su ventaja, que no era otra que llevar la iniciativa y controlar el ritmo.
    Mientras Phoebe se alzaba y bajaba, deslizándose a lo largo de su miembro, él introdujo una mano entre sus cuerpos y empezó a frotarle el clítoris. La tensión la hizo estremecerse, temblar, gritar.
    Perdió el control allí mismo, a plena luz del día, con el estruendo de las cascadas como fondo. Mazin se estremeció bajó su cuerpo, tan desquiciado como ella, gritando su nombre.
    – Tenemos que hablar -le dijo algo más tarde, cuando acababan de vestirse y se dirigían de vuelta al coche-. Hay algo que no te he dicho.
    A Phoebe no le gustó aquello. Sintió un escalofrío, como si el sol hubiera desaparecido de repente detrás de una nube. ¿Iba a decirle que su relación había terminado?
    – Yo no quiero hablar -le dijo apresurada-. Me marcharé dentro de unos días. ¿Por qué no podemos atesorar estos recuerdos tan felices hasta entonces?
    Mazin suspiró.
    – Phoebe, no quiero asustarte. No pretendo acabar nuestra relación… simplemente lo que quiero es cambiarla. Pero antes de hacerlo, debo contarte la verdad sobre mi persona.
    Phoebe subió al coche. Si antes se había estremecido de expectación, en ese momento estaba temblando de frío. Quiso envolverse en la manta que había traído Mazin. El problema era que estaba impregnada de la dulce fragancia de su amor, y sabía que si la olía, se echaría a llorar.
    Y estaba decidida a no llorar, le dijera lo que le dijera Mazin. Si no a él, se lo debía a sí misma. Esperó a que estuviera sentado al volante.
    – Estás casado.
    Se volvió para mirarla.
    – Ya te lo dije, mi mujer murió hace seis años. No he vuelto a casarme desde entonces. Durante un tiempo pensé en hacerlo, pero encontrar a alguien se reveló una tarea imposible, así que renuncié a la idea -encendió el motor-. No lo estoy haciendo muy bien. Quizá, en vez de decírtelo, debería enseñártelo. Quiero… -vaciló-. La mayor parte de las mujeres estarían encantadas de saberlo, pero no estoy muy seguro de cuál será tu reacción…
    Si lo que pretendía era hacer que se sintiera mejor, estaba haciendo un pésimo trabajo. Phoebe se mordió el labio mientras se dirigían hacia el norte. Por un parte ansiaba escuchar lo que tuviera que decirle, porque si le decía a la cara que su relación se había acabado, entonces, con el tiempo, quizá podría dejar de amarlo. Pero si huía, si se negaba a escucharlo… entonces jamás podría superar su recuerdo.
    Aunque, ciertamente, la idea de encerrarse en su hotel y no volver a salir hasta la hora de salida del avión no dejaba de resultarle atractiva.
    Tan absorta estaba en esos pensamientos que no se dio cuenta de que se hallaban en la carretera que llevaba al palacio. Un nudo le cerró la garganta.
    – Mazin, ¿por qué estamos aquí?
    Él no le dijo nada. El cerebro de Phoebe empezó a trabajar a toda velocidad. Varias posibilidades se le ocurrieron, sin que ninguna le gustara especialmente. En lugar de aparcar delante del palacio, Mazin continuó por una carretera lateral que llevaba a un gran edificio. Ya se lo había enseñado antes: la residencia privada del príncipe.
    Fue como si el mundo entero cediera bajo sus pies. Se le paralizó el cerebro, el corazón dejó de latirle por un segundo, y luego empezó de nuevo, esa vez a un ritmo acelerado.
    Pero antes de que cualquiera de los dos pudiera decir algo, un niño pequeño salió de un bosquecillo cercano y corrió hacia el coche.
    Mazin aminoró la velocidad y aparcó en el arcén de la carretera. Dabir se acercó a la puerta de Phoebe y la abrió.
    – ¿Se lo has pedido? ¿Te ha dicho que sí? -le preguntó a su padre.
    – Dabir, aún no hemos hablado de nada -gruñó Mazin, aunque su hijo no se mostró nada impresionado por su mal humor-. Necesitamos más tiempo.
    – Pero si habéis tenido toda la mañana -se quejó el niño-. ¿Le dijiste que me parece muy bonita? ¿Y lo de que se convertiría en princesa?
    – ¡Dabir!
    – Dígale que sí, señorita Carson… -le suplicó a Phoebe. Luego miró por última vez a su padre y se marchó por donde había venido.
    Phoebe no sabía qué decir ni qué pensar. Se sentía como si acabara de caer en otra dimensión, en otro universo.
    – ¿Ma-Mazin?
    – No era esto lo que había planeado -suspiró-. Estamos sentados en el coche. No es nada romántico -desabrochándose el cinturón de seguridad, se volvió hacia ella-. Phoebe, lo que no te dije es que soy algo más que un alto funcionario del gobierno de Lucia-Serrat. Soy el príncipe Nasri Mazin. Gobierno esta isla. La casa que tienes delante es mi hogar. Mis hijos son príncipes.
    Phoebe parpadeó varias veces.
    – ¿El-el príncipe? No -susurró-. No puede ser.
    – Me temo que sí -se encogió de hombros.
    Phoebe se quedó mirando su rostro familiar, sus ojos oscuros, su boca de labios firmes. La boca que tanto había besado y que la había besado a ella en tantos y tantos íntimos lugares… Se le encendieron las mejillas.
    – ¡Pero si te he visto desnudo!
    – Y yo a ti -sonrió.
    Pero ella no quería pensar en eso.
    – No lo entiendo. Si de verdad eres un príncipe, ¿por qué no me lo dijiste? ¿Y por qué querías estar conmigo?
    Mazin le apartó con delicadeza un mechón de cabello de la frente.
    – Cuando te vi en el aeropuerto, acababa de volver de un largo viaje. Durante todo el tiempo había estado pensando en que debía buscar una esposa. No esperaba casarme por amor, pero confiaba en encontrar a una mujer con quien pudiera sentirme cómodo, disfrutar de la vida con ella. No tuve suerte. Las mujeres que conocí me aburrían. Me cansé de que solamente me quisieran por mi posición, o por mi dinero. Volví a casa cansado y descorazonado -se encogió de hombros-. Entonces vi a una preciosa jovencita entrar en una tienda del aeropuerto. Parecía fresca, espontánea, encantadora, y muy distinta de las otras mujeres que había conocido. La seguí por impulso. La misma impresión me causó al hablar con ella. No tenía la menor idea de quién era yo. Al principio pensé que aquella supuesta inocencia era un juego, una simulación, pero con el tiempo descubrí que era tan genuina como la mujer misma. Y me sentí intrigado.
    Phoebe seguía sin poder pensar con coherencia.
    – Pero Mazin… -tragó saliva-. Digo… príncipe Nasri… -cerró los ojos con fuerza. Aquello no podía estar sucediéndole. ¿Un príncipe? ¿Se había enamorado de un príncipe? Lo que quería decir que las pocas y débiles esperanzas que hubiera podido tener de un futuro para su relación acababan de desvanecerse como el humo.
    – Phoebe, no te pongas tan triste…
    Abrió los ojos y se lo quedó mirando fijamente.
    – No estoy triste. Me siento como una estúpida, que es distinto. Debería haberlo adivinado.
    – Yo me esforcé bastante para que no te dieras cuenta. Programaba nuestras salidas por adelantado, para que no pudiéramos encontrarnos con nadie.
    Y ella que había pensado que el motivo era la temporada baja… Efectivamente, había sido una estúpida.
    – Supongo que nadie me creerá cuando cuente todo esto, a mi vuelta a casa.
    – Ayanna te habría creído -le dijo él con tono suave.
    Phoebe asintió. Ayanna lo habría entendido todo, pensó con un suspiro. Porque lo mismo le había sucedido a su tía. Y Ayanna se había pasado el resto de su vida amando al único hombre que nunca pudo conseguir.
    Un fuerte dolor le atenazó el pecho, dificultándole la respiración.
    – Creo que deberías… er… llevarme de vuelta al hotel -murmuró.
    – Pero todavía no he respondido a tu segunda pregunta.
    No estaba segura de cuánto tiempo más podría seguir resistiendo sin llorar.
    – ¿Qué-qué pregunta era ésa?
    – Me preguntaste por qué quería estar contigo.
    Oh. No estaba muy segura de que quisiera escuchar la respuesta. Podía ser buena. O no lo bastante buena.
    Mazin le puso las manos sobre los hombros:
    – Me hechizaste. No suelo conocer a mucha gente que no sepa de antemano que soy el príncipe Nasri de Lucia-Serrat. Contigo, pude ser yo mismo. Cuando me hablaste de la lista de lugares de tu tía, decidí enseñártelos. Quería pasar tiempo contigo. Llegar a conocerte bien.
    Aquello no era tan malo… Phoebe se obligó a sonreír.
    – Te agradezco todo lo que has hecho por mí. Fuiste muy amable.
    Mazin sacudió la cabeza.
    – ¿Crees que la amabilidad fue mi único motivo?
    – Bueno, yo pensé que, quizá al cabo de un tiempo… podrías querer seducirme…
    Mazin soltó un gruñido, se inclinó hacia ella y la besó en la boca.
    – Sí, quería acostarme contigo, pero hubo mucho más que eso -le confesó entre besos-. Quería estar contigo. No podía olvidarte. Llegaste a convertirte en una persona muy importante para mí. Yo no pensaba presentarte a mi hijo, pero al final sucedió, por pura casualidad. Dabir piensa que eres encantadora… y que serías una excelente madre para él.
    Si antes había tenido la sensación de que el mundo basculaba bajo sus pies, en ese momento empezó a girar sin control. Le temblaban los dedos mientras se desabrochaba el cinturón de seguridad. Bajó tambaleándose del coche; iba a desmayarse. Peor aún: iba a vomitar.
    Mazin se apresuró a reunirse con ella.
    – ¿Phoebe? ¿Qué te pasa?
    – ¿Quieres que ocupe el lugar de Nana?
    No. Eso no era posible. Ella no podía quedarse allí y cuidar de Dabir, viendo todo el tiempo a su padre en compañía de otras mujeres. Aquello la destrozaría. Dejando aparte los deseos de su corazón, tenía sus propios sueños, que no incluían quedarse en Lucia-Serrat en calidad de niñera.
    Mazin la sacudió suavemente de los hombros.
    – ¿Es eso lo que crees? -se la quedó mirando fijamente a los ojos, antes de atraerla hacia sí-. ¿Pero es que no te das cuenta de que te amo, tontita? ¿Qué te habías pensado? ¿Qué quería contratarte como niñera de mi hijo? A Dabir no le faltan niñeras. Lo que no tengo es una madre para él y una esposa para mí. No tengo una mujer a quien amar… y que me ame a su vez.
    Phoebe retrocedió un paso, sin dejar de mirarlo. Sus palabras seguían resonando en sus oídos, pero era incapaz de asimilarlas.
    – No entiendo.
    – Obviamente -y la besó.
    Mientras se dejaba envolver en sus brazos, Phoebe se permitió creer que tal vez le estuviera diciendo la verdad.
    – ¿Tú me amas? -inquirió, sin aliento.
    – Sí, paloma mía. Y sospecho que desde el principio -le acarició el cabello, y luego una mejilla-. Durante muchos años me he sentido desencantado con mi vida. Quería a mis hijos, sí, pero ellos no conseguían llenar por completo mi corazón. He viajado por medio mundo y nunca me he sentido cómodo en ninguna parte… hasta que te conocí. Cuando miré esta isla a través de tus ojos, fue realmente como si la viera por primera vez. Tu serena fuerza, tu sincero corazón, su espíritu generoso me conmovieron y me curaron -la besó de nuevo-. Cásate conmigo, Phoebe. Cásate conmigo y quédate aquí. Sé una madre para mis hijos, una princesa para mi pueblo. Pero, sobre todo, ámame siempre, como yo te amaré a ti.
    – ¿Una prin-princesa?
    Mazin sonrió.
    – Esta es una isla pequeña. Tus responsabilidades no serán muy agobiantes.
    – No me importa el trabajo. Es que nunca había imaginado que me sucedería algo parecido…
    – ¿Eso es un «sí»?
    Contempló sus ojos oscuros. No le importaba que fuera un príncipe. Lo que le importaba era que lo amaba, nada más. Aquello no era su sueño… era algo mucho más grande, mucho mejor. Era el deseo de su corazón.
    – Sí.
    Mazin la atrajo hacia sí y la abrazó como si no quisiera separarse nunca de ella.
    – Para siempre -le prometió-. Viviremos la vida a fondo, intensamente y sin arrepentimientos. Tal y como Ayanna habría querido…

Susan Mallery

    Autora de bestsellers románticos, ha escrito unos treinta libros, históricos, contemporáneos e incluso de viajes en el tiempo.
    Comenzó a leer romance cuando tenía 13 años, pero nunca pensó escribir uno, porque le gustaba escribir sobre filosofía o existencialismo francés. Fue en la escuela superior cuando acudió a clases sobre Cómo escribir una novela romántica y empezó su primer libro, que cambió su vida. Fue publicado en 1992 y se vendió rápidamente. Desde entonces sus novelas aparecen en Waldens bestseller list y ha ganado numerosos premios.
    Actualmente vive en Los Angeles, con su marido, dos gatos y un pequeño perro.

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