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Dulces problemas

Dulces problemas

Аннотация

    Jesse Keyes ha madurado realmente. Con un trabajo fijo y un hijo travieso de cuatro años, Gabe, ve como su vida se encuentra en un momento mucho mejor que cuando abandonó Seattle cinco años atrás, embarazada e incomprendida por casi todos aquellos que la rodeaban.
    Ahora es el momento de volver a casa y enfrentarse a sus demonios. Pero sus hermanas, Claire y Nicole, no se sienten precisamente impresionadas con la nueva y mejorada Jesse. Y ahí está Matt, el padre de Gabe, que le ha dejado muy claro que no quiere volver a verla aunque el deseo arda aún entre ellos.
    Jesse no sabe si puede compensar todos sus errores del pasado. Pero la promesa de dulces noches con Matt podría ser el incentivo que le hace falta para que sus molestias merezcan la pena…


Susan Mallery Dulces problemas

    Dulces problemas (2010)
    Título Original: Sweet trouble (2008)
    Serie: 3º Las hermanas Keyes

Capítulo Uno

    – Aquí te llaman «cabrón implacable» -dijo Diane mientras miraba el artículo de la revista de negocios-. Debes de estar contento.
    Matthew Fenner miró a su secretaria, pero no dijo nada. Por fin, ella alzó la vista y sonrió.
    – Te gusta que te llamen «cabrón implacable» -le recordó ella.
    – Me gusta el respeto.
    – O el miedo.
    Él asintió.
    – El miedo vale.
    Diane dejó la revista sobre la mesa.
    – ¿No quieres que nadie piense que eres agradable?
    – No.
    Su secretaria suspiró.
    – Me preocupas.
    – Pues es una pérdida de tiempo.
    – Tranquilo. Sólo lo hago durante mis horas libres.
    Él miró con cara de pocos amigos a su ayudante, pero Diane no le hizo caso. Aunque Matt nunca iba a admitirlo, el hecho de que ella no se dejara intimidar era uno de los motivos por los que había durado tanto en su puesto. Aunque él tuviera fama de ser el tipo de empresario que dejaba al rival sangrando en la cuneta, no le gustaba que sus empleados se acobardaran. Al menos, no todo el rato.
    – ¿Algo más? -preguntó, y miró significativamente hacia la puerta.
    Ella se levantó.
    – Jesse ha vuelto a llamar. Ya van tres veces en tres días. ¿Vas a devolverle la llamada?
    – ¿Tiene importancia?
    – Sí. Si vas a seguir ignorándola, me gustaría decírselo y poner fin a su tormento -dijo Diane, y frunció el ceño-. Normalmente eres más claro con tus rubias tontas. Casi nunca vuelven a llamarte después de que las hayas dejado.
    – Te he pedido que no las llames así.
    Diane pestañeó con fingida inocencia.
    – ¿De veras? Lo siento, siempre se me olvida.
    Estaba mintiendo, pero Matt no le llamó la atención. Diane mostraba así su desaprobación; siempre se quejaba de que sus novias eran intercambiables, como si fueran muñecas, de que todas ellas se parecían físicamente, eran muy guapas y carecían de cerebro. No estaba equivocada.
    Lo que Diane no entendía era que él salía con aquellas mujeres a propósito. No estaba buscando más.
    – Es alguien a quien conozco desde hace mucho -dijo Matt, y al instante se arrepintió. Diane no tenía por qué conocer esa información. Aquella parte de su vida había terminado mucho tiempo atrás.
    – ¿De veras? ¿Y tiene personalidad, o cerebro? Ahora que lo mencionas, por teléfono parecía casi normal…
    – No lo he mencionado.
    – Mmm… Estoy segura de que sí. Bueno, cuéntame quién es esa misteriosa mujer del pasado.
    – Ya puedes marcharte.
    – ¿Por qué ha vuelto a Seattle? ¿Es simpática? ¿Crees que me caería bien? ¿Te gusta?
    Él señaló la puerta. Diane atravesó la oficina.
    – Entonces me has dicho que la próxima vez que llame te pase la llamada, ¿no?
    Él no respondió y ella se marchó.
    Matt se levantó y se acercó a la cristalera. Su oficina estaba en una de las colinas del Eastside y tenía unas vistas impresionantes. Su carrera profesional y sus negocios ilustraban todos los aspectos del éxito. Lo había conseguido, y tenía todo lo que se podía querer: dinero, poder, respeto… y nadie ante quien responder.
    Lentamente, arrugó la nota con el mensaje de Jesse y lo tiró a la papelera.

    A pesar de las promesas de varios poetas célebres y de un par de canciones de country lacrimógenas, Jesse Keyes descubrió que era posible volver a casa otra vez, lo cual era una mala suerte. No podía culpar a nadie por las circunstancias del momento, porque era ella misma quien había decidido regresar a Seattle. Aunque, en realidad, quizá hubiera tenido un poco de ayuda del chico tan dulce que había en su vida.
    Miró por el espejo retrovisor y sonrió a su hijo de cuatro años.
    – ¿Sabes una cosa? -le preguntó.
    A él le brillaron los ojos, y sonrió.
    – ¿Ya hemos llegado?
    – ¡Ya estamos aquí!
    Gabe aplaudió.
    – Me gusta estar aquí.
    Iban a pasar el verano en la ciudad, o el tiempo que fuera necesario para ordenar su pasado y decidir su futuro. Quizá, una semana, más o menos.
    Jesse paró el motor, salió del coche y abrió la puerta trasera del coche. Le quitó el cinturón de seguridad a Gabe, lo ayudó a bajar de su silla y ambos se quedaron mirando al edificio de cuatro plantas ante el que se hallaban.
    – ¿Vamos a quedarnos aquí? ¿De verdad? -preguntó el niño con reverencia.
    Era un hotel para estancias prolongadas bastante modesto. Jesse no tenía dinero para alojarse en un hotel de lujo. La habitación tenía cocina y, en las críticas de las revistas de Internet, se decía que estaba limpio, lo más importante para ella.
    Sin embargo, para Gabe, que no había estado en un hotel en su vida, aquel refugio temporal era algo nuevo y emocionante.
    – De verdad -respondió ella, y lo tomó de la mano-. ¿Quieres que nos alojemos en una habitación del último piso?
    Él abrió unos ojos como platos.
    – ¿Podemos? -preguntó en un susurro.
    Ella tendría que subir más escaleras, pero se sentiría más segura en el piso más alto.
    – Eso es lo que he pedido.
    – ¡Yupi!
    Treinta minutos más tarde, estaban probando cómo botaban las camas de la habitación, mientras Gabe decidía cuál quería. Ella deshizo las maletas que había subido por los tres tramos de escaleras. Tenía que empezar a pensar en hacer ejercicio de nuevo. Todavía tenía el corazón acelerado de la subida.
    – Vamos a salir a cenar fuera -dijo ella-. ¿Te apetecen espaguetis?
    Gabe se lanzó hacia ella y le abrazó las piernas con tanta fuerza como pudo. Ella le acarició el pelo, castaño y suave.
    – Gracias, mamá -susurró.
    Porque comer su comida favorita en un restaurante era un lujo muy poco frecuente.
    Jesse se sentía un poco culpable por no cocinar en su primera noche en Seattle, pero después decidió que ya se flagelaría más tarde. En aquel momento estaba cansada. Había conducido durante cinco horas desde Spokane a Seattle, y había trabajado hasta más de la medianoche el día anterior, porque quería ganarse todas las propinas que pudiera. El dinero iba a ser escaso mientras estuviera en Seattle.
    – De nada -dijo, y se puso de rodillas para estar a su nivel-. Creo que te va a gustar mucho ese sitio. Se llama la Old Spaghetti Factory.
    Era un restaurante perfecto y adecuado para los niños. A nadie le importaría que Gabe se ensuciara comiendo espaguetis y ella podría tomarse una copa de vino y fingir que todo iba perfectamente.
    – ¿Y voy a conocer a papá mañana?
    – Seguramente mañana no, pero pronto.
    Gabe se mordió el labio.
    – Yo quiero a papá.
    – Ya lo sé.
    O al menos, la idea de tener un padre. Su hijo era el motivo por el que había decidido enfrentarse a los fantasmas de su pasado y volver a casa. El niño había empezado a hacer preguntas sobre su padre un año antes: ¿Por qué él no tenía un papá?, ¿dónde estaba su papá?, ¿por qué no quería estar con él su papá?
    Jesse había pensado en mentir, en decir que Matt estaba muerto, pero cinco años atrás, cuando se había marchado de Seattle, se había prometido que viviría la vida de una manera distinta. Sin mentiras. Sin estropear las cosas. Había trabajado mucho para madurar, para construirse una vida de la que estaba orgullosa, para criar a su hijo, para ser sincera pasara lo que pasara.
    Lo cual significaba que tenía que decirle la verdad a Gabe. Que Matt no sabía nada de él, pero que tal vez era hora de cambiar aquello.
    No se permitió pensar en cómo iba a ser su reencuentro con Matt. No podía. Además, no sólo tenía que encontrarse con él; también estaba Claire, la hermana a la que nunca había conocido de verdad, y Nicole, su otra hermana, la que probablemente todavía la odiaba. Se encargaría de todo aquello al día siguiente.
    – Bueno, ¿estás preparado? -preguntó a Gabe mientras tomaba su bolso. Después le tendió los brazos a su hijo.
    Gabe se lanzó hacia su madre, cariñoso, confiado, como si ella nunca fuera a hacerle daño, nunca fuera a fallarle. Porque ella nunca lo haría, fueran cuales fueran las circunstancias. Al menos, eso lo había entendido bien.

    Jesse miró la dirección de la hoja de papel y después observó el sistema de navegación portátil que le había prestado Bill. Coincidían.
    – Parece que alguien ha subido de nivel -murmuró al ver la larga calle de entrada que conducía a una casa frente al lago, en la parte más exclusiva de Kirkland.
    Había una puerta de seguridad en el acceso a la finca, pero estaba abierta, así que Jesse la atravesó y recorrió el camino hasta la entrada de la casa, donde aparcó detrás de un BMW descapotable. Al salir de su coche, intentó no pensar en lo destartalado que parecía su Subaru de diez años en comparación. Sin embargo, su coche era fiable y servía para conducir en la nieve de Spokane.
    Tomó el bolso y salió del vehículo. Se acercó a la puerta de la casa y, antes de llamar, tuvo que tragar saliva y respirar profundamente. Después, tocó el timbre y esperó. A los pocos minutos abrió alguien, y Jesse se preparó para ver a Matt de nuevo, pero se encontró frente a una pelirroja alta y esbelta con un camisón muy corto y muy sexy, y que no llevaba nada más, aparentemente.
    La mujer tendría unos veinte años y era más que guapa. Tenía los ojos verdes, grandes, con unas pestañas increíbles. Su piel era blanca, sus pechos señalaban hacia el techo y sus labios formaban un mohín perfecto.
    – Maaaatt -llamó quejumbrosamente-. Ya es bastante que me digas una y otra vez que no tengo exclusividad, eso lo acepto. No me gusta, pero lo acepto. Ahora bien, que aparezca otra durante mi cita… Eso no es justo.
    – No he venido por ninguna cita -dijo Jesse rápidamente.
    La pelirroja frunció el ceño.
    – ¡Maatt!
    La puerta se abrió más e, instintivamente, Jesse dio un paso atrás. Ni siquiera a un metro de distancia el impacto de verlo de nuevo iba a ser menor.
    Era tan alto como recordaba, pero se había hecho más corpulento, más fuerte. Llevaba una camisa de manga corta por encima de unos vaqueros desgastados, abierta por el pecho. Jesse vio sus músculos y el vello oscuro de su pecho.
    Después lo miró a la cara, a los ojos, que eran tan parecidos a los de su hijo. Al verlo, su cuerpo reaccionó de tal manera que comprendió que, a pesar del tiempo transcurrido, seguía echándolo de menos. Nunca podría olvidarlo, Gabe siempre se lo recordaría.
    Matt había cambiado. Irradiaba poder y seguridad. Era el tipo de hombre que hacía que una mujer se preguntara quién era y cómo podía estar con él.
    – Jesse.
    Él dijo su nombre con calma, como si no le hubiera sorprendido verla, como si se hubieran visto la semana anterior.
    – Hola, Matt.
    La pelirroja se puso las manos en las caderas.
    – Vete. ¡Arre!
    ¿«Arre»? Jesse sonrió. ¿Eso era lo mejor que se le ocurría a aquella chica?
    – Espérame en la cocina, Electra -dijo Matt, sin apartar la vista de Jesse-. No voy a tardar.
    La pelirroja se marchó de mala gana. Matt esperó a que desapareciera para hacerse a un lado.
    – Pasa.
    Jesse entró en la casa.
    Tuvo una breve impresión de espacio, de mucha madera y de vistas increíbles del lago y del horizonte de Seattle en la distancia. Después se volvió hacia Matt y tomó aire.
    – Siento haber venido sin avisar. Te he llamado varias veces.
    – ¿De veras?
    – ¿No te dieron mis mensajes? -preguntó ella, sabiendo que sí se los habían dado.
    – ¿Qué quieres, Jesse? Ha pasado mucho tiempo. ¿Para qué has venido?
    De repente, ella se sintió nerviosa y torpe. Había miles de cosas que podía decir, pero no le parecía que ninguna tuviera importancia.
    Abrió el bolso, sacó unas fotografías y se las entregó a Matt.
    – Hace cinco años te dije que estaba embarazada, y que tú eras el padre del niño. No me creíste, aunque te dije que podíamos hacer una prueba de ADN para comprobarlo. Ahora el niño tiene cuatro años y no deja de preguntar por ti. Quiere conocerte. Espero que haya pasado suficiente tiempo como para que tú también quieras.
    Quería seguir hablando, explicándose, defendiéndose. Sin embargo, apretó los labios y se quedó en silencio.
    Matt tomó las fotografías y las miró. Al principio no vio mucho más que a un niño pequeño. Un niño que se reía y que sonreía a la cámara. Las palabras de Jesse no significaban nada para él. ¿Un hijo? Él sabía que estaba embarazada. ¿Su hijo? No era posible. Se había negado a creerlo antes, y todavía no podía hacerlo. Jesse había vuelto porque él había tenido éxito y ella quería un pedazo de la tarta. Nada más.
    Casi contra su voluntad, miró las fotografías una segunda vez, y después una tercera, y se dio cuenta de que el niño le resultaba familiar. Sus ojos tenían algo que…
    Entonces vio el parecido. La curva de su barbilla era la misma que él veía en el espejo todas las mañanas, al afeitarse. La forma de los ojos. Reconoció partes de sí mismo, matices de su propia madre.
    – ¿Qué es esto? -rugió.
    ¿Su hijo? ¿Su hijo?
    – Se llama Gabe -dijo Jesse suavemente-. Gabriel. Tiene cuatro años y es un niño muy bueno. Es listo y divertido, y tiene muchos amigos. Se le dan muy bien las matemáticas, cosa que seguramente ha heredado de ti.
    Matt no podía concentrarse en las palabras. Las oía, pero no tenían sentido. Sólo podía sentir ira, furia. ¿Ella había tenido un hijo suyo y no se había molestado en decirle nada?
    – ¡Deberías habérmelo dicho! -exclamó, con la voz alterada por la rabia.
    – Te lo dije, pero tú no me creíste. ¿No te acuerdas? Tus palabras exactas fueron que no te importaba que estuviera embarazada de un hijo tuyo. Que no querías tener un hijo conmigo -dijo Jesse. Después se irguió de hombros-. Quiere conocerte. Matt. Quiere conocer a su padre. Por eso he venido, porque es muy importante para él.
    No era importante para ella. Jesse no tenía que decirlo. Él ya lo sabía.
    Matt le tendió las fotos, pero ella negó con la cabeza.
    – Quédatelas. Sé que esto es difícil de asimilar. Tenemos que hablar, y tú tienes que conocer a Gabe. Suponiendo que quieras hacerlo.
    Él asintió, porque estaba demasiado encolerizado como para hablar.
    – Mi número de móvil está en el reverso de la primera fotografía. Llámame cuando quieras y pensaremos en algo -dijo Jesse, y titubeó-. Siento todo esto. Quería hablar contigo antes de venir, pero no lo conseguí. No quería ocultártelo. Es sólo que tú me dejaste muy claro que no te importaba.
    Después se dio la vuelta. Matt observó cómo se marchaba. Cerró la puerta y se encaminó a su despacho.
    Electra apareció en el pasillo.
    – ¿Quién era? ¿Qué quería? No estarás saliendo con ella, ¿verdad. Matt? No parecía tu tipo.
    Él no le hizo caso y se encerró en el despacho. Después se sentó en su escritorio, extendió las fotos en él y las estudió una por una.
    Electra siguió llamando, pero no abrió. Oyó que ella decía algo de marcharse, pero no se molestó en responder.
    Tenía un hijo. Un hijo de más de cuatro años, del que nunca había sabido nada. En realidad, Jesse había intentado decirle que el niño era suyo antes de marcharse de Seattle, pero ella sabía que no la había creído, después de lo que había ocurrido. Había hecho todo aquello a propósito.
    Tomó el auricular del teléfono y marcó un número de memoria.
    – Heath, soy Matt. ¿Tienes un minuto?
    – Por supuesto. Vamos a salir en el barco, pero tengo tiempo. ¿Qué ocurre?
    – Tengo un problema.
    Rápidamente, le explicó que una antigua novia suya se había presentado inesperadamente en su casa y le había dicho que tenía un hijo de cuatro años.
    – Lo primero que hay que hacer es establecer la paternidad -dijo su abogado-. ¿Qué posibilidades hay de que seas el padre?
    – Es mío -dijo Matt mirando las fotografías y odiando más y más a Jesse a cada segundo que pasaba. ¿Cómo había podido ocultarle algo así?
    – Entonces ¿qué es lo que quieres hacer? -le preguntó Heath.
    – Hacerle todo el daño posible a esa mujer.

Capítulo Dos

    Cinco años atrás…
    Jesse le dio un sorbito a su café con leche y siguió leyendo las ofertas de trabajo del Seattle Times. No estaba buscando trabajo. No estaba cualificada para nada de lo que quería hacer, y nada para lo que estuviera cualificada era mejor que su horrible turno en la pastelería. Así pues ¿qué sentido tenía cambiar?
    – Alguien tiene que mejorar su actitud -se dijo, sabiendo que el hecho de sentirse una fracasada no iba a ayudarla en su situación. Tampoco el sentirse atrapada. Sin embargo, ambos sentimientos estaban muy presentes en su vida.
    Quizá fuera debido a su más reciente pelea con Nicole, aunque las peleas con su hermana no fueran nada nuevo. O quizá su total falta de rumbo. Tenía veintidós años. ¿No debería tener objetivos? ¿Planes? En aquel momento, lo único que hacía era dejar que pasaran los días, como si estuviera esperando a que ocurriera algo. Si se hubiera quedado en el colegio universitario, ya se habría graduado, pero sólo había durado allí dos semanas antes de irse.
    Plegó el periódico, se irguió en el asiento e intentó inspirarse para llevar algo a cabo. No podía seguir a la deriva.
    Le dio otro sorbito a su café y meditó sobre las posibilidades. Antes de que pudiera decidirse por algo, un chico entró por la puerta de Starbucks.
    Jesse solía ir bastante por allí y no lo había visto nunca. Era alto, y podía haber sido mono, pero todo en él era una equivocación. Su corte de pelo era un desastre y sus gafas gruesas lo catalogaban a gritos como un cerebrito de los ordenadores. Llevaba una camisa de manga corta de tela escocesa demasiado grande para él, y un protector de bolsillo. Peor todavía, sus vaqueros eran demasiado cortos, y calzaba unas zapatillas deportivas anticuadas con calcetines blancos. Pobre hombre. Parecía que lo había vestido una madre a la que no caía muy bien.
    Jesse estaba a punto de volver a su periódico cuando vio que el chico se erguía de hombros con un gesto de determinación. Y pedir café no era tan difícil.
    Se dio la vuelta en su asiento y vio a dos mujeres en una mesa que había en el otro extremo del local. Eran jóvenes y guapas. Parecían modelos, de las que salían con las estrellas del rock. No podía hacerlo, pensó Jesse frenéticamente. A ellas no. No sólo estaban fuera de su alcance, sino que estaban en otro plano de la realidad.
    Sin embargo, el chico caminó hacia ellas con las manos ligeramente temblorosas. Tenía la mirada fija en la morena de la izquierda. Jesse sabía que aquello iba a ser una catástrofe. Probablemente debería marcharse y dejar que se estrellara en privado, pero no pudo hacerlo, así que se quedó acurrucada en su asiento y se preparó para soportar el desastre.
    – Eh… ¿Angie? Hola. Soy… eh… Matthew. Matt. Te vi la semana pasada en una sesión fotográfica, en el campus. Me tropecé contigo.
    – ¿Te refieres a la sesión en Microsoft? -le preguntó Angie-. Fue muy divertido.
    La voz del chico era grave y tenía potencial para ser sexy, pensó Jesse. Ojalá no tartamudeara tanto. Parecía muy tímido.
    Angie lo miró amablemente mientras hablaba, pero su amiga frunció el ceño con un gesto de fastidio.
    – Estabas muy guapa -murmuró Matt-, con la luz, y todo eso, y me preguntaba si te apetecería tomar un café, o algo, no tiene por qué ser un café, podríamos ir a dar un paseo, o no sé…
    «¡Respira!», pensó Jesse, deseando con todas sus fuerzas que él dividiera su monólogo en frases. Sorprendentemente, Angie sonrió. ¿Sería posible que aquel bicho raro ligara con la chica?
    Al parecer. Matt no se dio cuenta, porque continuó hablando.
    – O podríamos hacer cualquier otra cosa. Si tienes alguna afición o, ya sabes, una mascota, un perro, supongo, porque me gustan los perros. ¿Sabías que la gente tiene más gatos como mascota que perros? Para mí no tiene sentido, porque ¿a quién le gustan los gatos? Yo soy alérgico, y no hacen más que echar pelo.
    Jesse se encogió al ver que Angie se ponía muy seria, y que su amiga arrugaba la cara como si fuera a llorar.
    – ¿Pero qué dices? -se escandalizó Angie, que se puso en pie y fulminó al pobre muchacho con la mirada-. Mi amiga tuvo que sacrificar a su gato ayer. ¿Cómo has podido decir algo así? Creo que es mejor que nos dejes tranquilas ahora mismo. ¡Vete!
    Matt se quedó mirándola con los ojos muy abiertos, con una total confusión. Abrió la boca, y después volvió a cerrarla. Se le hundieron los hombros y, con un aire de derrota, salió del local.
    Jesse lo observó mientras se marchaba. Había estado muy cerca de conseguirlo; si no hubiera empezado a hablar de gatos… Aunque en realidad eso no había sido culpa suya. ¿Quién iba a imaginar que…?
    Miró por el ventanal de la fachada y lo vio junto a la puerta. Estaba desconcertado, como si no pudiera entender qué era lo que había salido mal. Angie había reaccionado bien, y se había mostrado dispuesta a ver lo que había en el interior de aquel chico, pasando por alto su apariencia. Si él hubiera dejado de hablar antes… Y si fuera un poco mejor vestido… En resumen, aquel chico necesitaba una revisión a fondo.
    Mientras ella lo observaba, él sacudió lentamente la cabeza, como si aceptara la derrota. Jesse sabía lo que estaba pensando: que su vida nunca iba a cambiar, que nunca iba a conseguir a ninguna chica. Estaba atrapado, como ella. Sin embargo, su problema tenía una solución mucho más fácil.
    Casi sin darse cuenta de lo que estaba haciendo, Jesse se levantó, tiró su vaso de plástico vacío en el contenedor y salió. Alcanzó a Matt un poco más arriba de la calle.
    – Espera -le dijo.
    Él no se volvió. Probablemente, no se le ocurría que una mujer pudiera estar hablando con él.
    – Matt, espera.
    Él se detuvo y miró hacia atrás, y entonces frunció el ceño. Ella se acercó a él apresuradamente.
    – Hola -le dijo, aunque todavía no tenía ningún plan-. ¿Cómo estás?
    – ¿Nos conocemos?
    – En realidad, no. Yo sólo… eh… he visto lo que ha ocurrido. Ha sido una pesadilla.
    Él se metió las manos en los bolsillos y agachó la cabeza.
    – Gracias por el resumen -dijo, y siguió caminando.
    Ella lo siguió.
    – No era mi intención hacer un resumen. Es obvio que se te dan mal las chicas.
    Él se ruborizó.
    – Buena valoración. ¿Te dedicas a eso? ¿Sigues a la gente y le dices cuáles son sus puntos débiles?
    – No, no es eso. Es que puedo ayudarte.
    Él apenas aminoró el paso.
    – Déjame en paz.
    – No. Mira, tienes mucho potencial, pero no sabes cómo usarlo. Yo soy una mujer. Puedo decirte cómo debes vestir, qué es lo que tienes que decir, cuáles son los temas que tienes que evitar.
    Él se estremeció.
    – No, no creo.
    Entonces Jesse recordó un reportaje que había visto en la televisión unas semanas atrás.
    – Me estoy formando para ser asesora de estilo de vida. Necesito practicar con alguien. Tú necesitas ayuda, y yo no te voy a cobrar por mi tiempo -dijo. Sobre todo, porque se lo estaba inventando mientras hablaba-. Te voy a enseñar todo lo que tienes que saber para conseguir a la chica que quieras.
    Él se detuvo y la miró. Incluso a través de las gafas, Jesse se dio cuenta de que tenía los ojos grandes y oscuros. Preciosos. Las chicas se volverían locas por ellos si pudieran verlos.
    – Estás mintiendo -dijo-. Tú no eres asesora de estilo de vida.
    – He dicho que me estaba formando para serlo. De todos modos puedo ayudarte. Conozco a los tíos. Sé lo que funciona. No tienes por qué creerme, pero tampoco tienes nada que perder.
    – ¿Y qué ganas tú?
    – Yo conseguiría hacer algo bien -le dijo ella con sinceridad.
    Matt la observó durante unos momentos.
    – ¿Por qué tengo que confiar en ti?
    – Porque soy la única que te está ofreciendo ayuda. ¿Qué es lo peor que podría ocurrirte?
    – A lo mejor me drogas y me envías a algún país donde mi cadáver aparecerá en la playa.
    Jesse se echó a reír.
    – Por lo menos tienes imaginación. Eso es bueno. Di que sí, Matt. Dame una oportunidad.
    Ella se preguntó si iba a hacerlo. Nadie creía en ella. Él se encogió de hombros.
    – Qué demonios.
    Jesse sonrió.
    – Muy bien. Lo primero… -entonces, sonó su teléfono móvil-. Disculpa -dijo mientras lo sacaba de su bolso y respondía-: ¿Dígame?
    – Hola, preciosa. ¿Cómo estás?
    Ella arrugó la nariz.
    – Zeke, éste no es buen momento.
    – Eso no es lo que decías la semana pasada. Lo pasamos muy bien. El sexo contigo es…
    – Tengo que dejarte -dijo Jesse, y colgó, porque no quería oír cómo era el sexo con ella. Volvió a concentrarse en Matt-. Lo siento, ¿por dónde iba? Ah, sí. El siguiente paso -sacó el recibo de Starbucks del monedero y le escribió su número de teléfono en el reverso. Después se lo dio.
    Él lo tomó.
    – ¿Me has dado tu número?
    – Sí. Conseguir que cambies será más difícil si no nos reunimos. Ahora dame el tuyo.
    Él lo hizo.
    – Muy bien. Necesito un par de días para pensar en un plan. Cuando lo tenga, me pondré en contacto contigo -dijo ella, y sonrió-. Va a ser estupendo. Hazme caso.
    – ¿Me queda otro remedio?
    – Sí, pero haz como si no.

    Jesse dejó su pesada mochila sobre una silla y posó su café con leche sobre la mesa. Matt y ella habían quedado en otro Starbucks para hablar de su plan.
    Jesse estaba verdaderamente entusiasmada con aquel proyecto, y no recordaba la última vez que se había entusiasmado por algo. Aunque Matt, en realidad, no se había mostrado tan emocionado como ella cuando lo había llamado. Pero, al menos, había accedido a encontrarse con ella.
    Cinco minutos más tarde, Matt entró en la cafetería. La saludó y se dirigió al mostrador para pedir un café. A ella le sonó el teléfono móvil.
    – ¿Diga?
    – Nena. Andrew. ¿Esta noche?
    – Andrew, ¿nunca has pensado que las cosas te irían mucho mejor durante el día si usaras verbos? -dijo Jesse. Miró hacia arriba y sonrió al ver que Matt se acercaba-. Sólo será un segundo -susurró.
    – No necesito verbos, nena. Tengo todo lo necesario para estar con una chica. ¿Quedamos, o qué? Hay una fiesta. Vamos, y luego volveremos aquí. Todo el mundo sale ganando.
    Vaya. Casi una conversación entera.
    – Tentador, pero no.
    – Tú te lo pierdes.
    – Estoy segura de que lo lamentaré durante semanas. Adiós -dijo Jesse, y colgó-. Disculpa. Voy a apagar el teléfono. No quiero que vuelvan a interrumpirnos.
    – ¿No era tu novio?
    – ¿Por qué lo preguntas?
    – El que te llamó el otro día era Zeke. Este es Andrew.
    – Eres observador. Una cualidad muy buena. Y no, ninguno de los dos es mi novio. Yo no voy en serio con nadie.
    – Interesante. ¿Y por qué?
    – No pienses que vas a conseguir que se me olvide por qué estamos aquí preguntándome cosas sobre mí.
    Matt se encogió de hombros.
    – Merecía la pena intentarlo.
    – Bueno, vamos a cambiar de tema. Tenemos mucho que hacer hoy -dijo ella-. Tengo un plan.
    Matt tomó un poco de café y la miró.
    – Primero -dijo Jesse -, quiero que contestes algunas preguntas. ¿En qué trabajas, algo de ordenadores?
    Él asintió.
    – Soy programador. Trabajo mucho haciendo juegos. En Microsoft.
    – Me lo imaginaba. ¿Tienes aficiones?
    Él lo pensó durante un segundo.
    – Los ordenadores y los juegos.
    – ¿Nada más?
    – El cine, quizá.
    Lo cual significaba que no, pero él había dado con una respuesta rápida.
    – ¿Has visto Cómo perder a un hombre en diez días? La estrenaron la semana pasada.
    Él negó con la cabeza.
    – Ve a verla -le dijo Jesse-. Y deberías estar anotando lo que te digo. Vas a tener deberes.
    – ¿Qué?
    – Tienes que aprender muchas cosas, y te va a costar esfuerzo. ¿Estás dispuesto a hacerlo?
    Él vaciló durante un instante.
    – Sí -dijo finalmente, aunque con cierta reticencia.
    Entonces ella le pasó un par de folios. Él apunto obedientemente el título de la película.
    – Después hablaremos de tu apartamento. Hoy quiero hablar sobre tus referencias culturales y tu guardarropa.
    – No tengo apartamento.
    – ¿No? ¿Y dónde vives?
    – Vivo en mi casa, con mi madre -dijo Matt, y se ajustó las gafas a la nariz con un dedo-. Antes de que digas nada, es una casa muy bonita. Hay mucha gente que vive en casa con sus padres. Resulta más cómodo.
    Oh, Dios. La situación era peor de lo que ella había pensado.
    – ¿Cuántos años tienes?
    – Veinticuatro.
    – Seguramente ya es hora de que vueles del nido. ¿Para qué vas a ligar con una chica si después no tienes adonde llevarla? -dijo ella, y lo anotó-. Como ya he dicho, esto es para la clase avanzada.
    – ¿Dónde vives tú?
    Ella se quedó mirándolo fijamente, y después soltó una carcajada.
    – Con mi hermana.
    La expresión de Matt se volvió petulante.
    – ¿Lo ves?
    – Yo no soy un chico.
    – ¿Y?
    – Muy bien, me lo apunto. Pero tú tienes que mudarte antes -dijo ella. Después sacó unas cuantas revistas de su mochila-. People es semanal. Suscríbete. Cosmo y Coche y Conductor son mensuales. También In Style. Léelas. Te voy a hacer un test.
    Él hizo un gesto de horror.
    – Eso son revistas de chicas, salvo la de coches, y a mí no me gustan los coches.
    – Son libros de texto culturales. In Style tiene una sección estupenda de hombres que visten bien. También tiene muchas fotografías de mujeres guapas. Te gustará. People te mantendrá al día de las noticias sobre los famosos, que aunque no te importen, al menos podrás reconocer cuando la gente los mencione. La revista de coches es para equilibrar, y Cosmo es la compañera fiel de cualquier mujer de veintitantos años. Considéralas el libro de cabecera del enemigo -le explicó Jesse, y le entregó las revistas-. También debes ver la televisión -añadió, y le dio los nombres de unos cuantos programas a los que debía aficionarse para saber más cosas sobre las que hablar con las mujeres.
    – No se puede aprender cómo hablar con las mujeres viendo la televisión -le dijo Matt.
    – ¿Cómo lo sabes? ¿Lo has intentado?
    – No.
    – Bueno, pues hazlo -dijo ella, y miró su lista-. Siguiente. Vamos a salir a cenar. Quiero que me llames y me pidas una cita, una y otra vez. Algunas veces diré que sí, y otras veces diré que no. Vamos a hacer eso un par de veces por semana, hasta que te sientas cómodo haciéndolo. Lo siguiente, ir de compras. Tienes que comprarte algo de ropa.
    Él se miró.
    – ¿Qué tiene de malo mi ropa?
    – ¿Cuánto tiempo hace que la tienes? No te preocupes. Todo se puede arreglar. Lo que más me preocupa, en realidad, son las gafas.
    Él frunció el ceño.
    – No puedo llevar lentillas.
    – ¿Has pensado en hacerte la cirugía LASIK?
    – No.
    – Míralo en Internet. Tienes unos ojos maravillosos. Sería agradable poder verlos. ¿Te parece que los Mariners tienen posibilidades de ganar esta temporada?
    Él se quedó confundido.
    – Eso es béisbol, ¿no?
    Jesse soltó un gruñido.
    – Sí. Sigue al equipo esta temporada. Y haz los deberes.
    Él apartó su silla y se puso de pie.
    – Todo esto es una tontería. No sé por qué te molestas. Olvídalo.
    Jesse se levantó y lo agarró del brazo. Era mucho más alto que ella, y tenía músculo. Eso estaba bien.
    – Matt, no. Sé que parece mucho, pero cuando consigamos resolver lo más difícil, no será tan malo. Quizá te guste. ¿No quieres encontrar a alguien especial?
    – Quizá no tanto.
    – No lo dirás en serio…
    – ¿Y por qué estás haciendo esto? -preguntó-. ¿Qué sacas tú?
    – Me estoy divirtiendo. Me gusta pensar en ti. Es más fácil que pensar en mí.
    – ¿Por qué?
    – Porque en este momento estoy atascada.
    Matt se quedó muy sorprendido.
    – Pero si tú eres la que no hace más que hablar de cambios.
    – Los que pueden, lo hacen. Los que no pueden, enseñan.
    Él la observó durante un segundo.
    – Eres evasiva.
    – Algunas veces.
    – ¿Por qué?
    – Porque no siempre me gusta quién soy. Porque yo no sé cómo cambiar, pero veo exactamente cómo cambiarte a ti. Conseguir algo así hace que me sienta mejor.
    – Has sido muy sincera.
    – Lo sé. También a mí me ha sorprendido -dijo Jesse, y esperó a que él se sentara-. Dame un mes. Haz lo que yo te diga durante un mes. Si odias los cambios, podrás volver a tu vida anterior como si no hubiera pasado nada.
    – No si me opero de la vista.
    – ¿Y eso es algo malo?
    – Quizá no.
    – Tienes que confiar en mí -dijo ella-. Quiero que esto salga bien para ti.
    Porque, por algún motivo, si funcionaba para él, quizá también funcionara para ella. Al menos, ésa era la teoría.

    Diez días más tarde, Jesse estuvo a punto de desmayarse al verlo entrar en el vestíbulo del restaurante. Se levantó del banco en el que estaba sentada y lo señaló con el dedo.
    – ¿Quién eres?
    Matt sonrió y se detuvo frente a ella.
    – Tú me dijiste qué ropa tenía que comprar. No deberías sorprenderte.
    – Pero puesta es mejor de lo que recordaba -murmuró Jesse, indicándole que se diera la vuelta lentamente.
    Era asombroso lo que se podía conseguir con un poco de tiempo y una tarjeta de crédito. Matt había cambiado de pies a cabeza. Se había dado un buen corte de pelo, y se había quitado los vaqueros demasiado cortos, las zapatillas deportivas y los calcetines blancos. En su lugar llevaba una camisa azul claro, unos pantalones de pinzas y unos mocasines de cuero.
    Sin embargo, el mejor cambio de todos era que ya no llevaba gafas.
    Su cara tenía unos rasgos muy masculinos, y una suave hendidura en la barbilla, cosa que ella no había notado antes. Sus ojos eran mejores incluso de lo que había pensado, y su boca… ¿Siempre había tenido aquella sonrisa burlona?
    – Estás despampanante -le dijo, y sintió un cosquilleo por dentro-. Verdaderamente sexy. Vaya.
    Él se ruborizó.
    – Tú también estás muy guapa.
    Jesse descartó el cumplido con un gesto de la mano. Su aspecto no tenía importancia. Lo importante era él.
    La maître se acercó a ellos y los guió hacia una mesa.
    – ¿Te has dado cuenta? -preguntó Jesse en voz baja cuando se sentaron-. Se ha fijado en ti.
    Matt se ruborizó otra vez.
    – Eso es lo que tú crees.
    – No, de verdad. Si yo me fuera en este momento, ella te abordaría.
    Aquello le puso más nervioso que contento.
    – No vas a marcharte, ¿verdad?
    Ella se echó a reír.
    – Quizá la próxima vez. Primero tendrás que acostumbrarte a llamar la atención, y después podrás empezar a disfrutarlo -dijo Jesse. Sin prestarle atención a la carta, se inclinó hacia él-. Bueno, y dime, ¿cómo ha reaccionado la gente en el trabajo?
    – Ahora es diferente.
    – ¿En qué sentido?
    – La gente me habla.
    Jesse sonrió al saber que ya tenía resultados.
    – ¿Te refieres a las mujeres?
    Matt sonrió.
    – Sí. Muchas de las secretarias han empezado a saludarme. Y hay una mujer del departamento financiero que me pidió que la ayudara a llevar unas cosas a su coche, pero no era mucho y ella podría haberlo hecho sola perfectamente.
    – ¿Y le pediste que saliera contigo?
    – ¿Cómo? No -dijo él, horrorizado-. No podía hacer algo así. Era… bueno, ya sabes… mayor.
    – ¿Cuánto?
    – Unos cinco o seis años. No es posible que esté interesada en mí.
    – Oh, querido, tienes mucho que aprender sobre las mujeres. Eres alto, estás en buena forma y eres guapo. Tienes un buen trabajo, eres amable, divertido y listo. ¿Cómo no ibas a interesarle?
    Él enrojeció.
    – Yo no soy así.
    – Sí, exactamente así. Estaba ahí todo el tiempo, escondido detrás del protector de bolsillo -dijo ella, y entornó los ojos-. Te dije que los tiraras todos. ¿Lo has hecho?
    Él puso los ojos en blanco.
    – Sí, te he dicho que sí.
    – Está bien.
    El camarero se acercó y tomó nota de las bebidas que querían. Cuando se las sirvió, un poco más tarde, Jesse dijo, mientras removía su té helado:
    – Estás haciendo algunos cambios estupendos. ¿Cómo te sientes al respecto?
    – No vas a conseguir que hable de lo que siento. Es una incapacidad masculina.
    – Buena respuesta.
    – ¿Me estás tomando el pelo?
    – Tal vez un poco.
    – Me aguantaré.
    Sin dejar de mirarla, Matt le preguntó:
    – ¿Cuál es tu historia? Sé que no eres asesora de estilo de vida. ¿Quién eres, y qué haces cuando no me estás obligando a ir al centro comercial?
    – No hay mucho que contar -dijo Jesse-. Trabajo en una pastelería, que es mía y de mi hermana mayor. Bueno, mi parte está en fideicomiso hasta que cumpla veinticinco años. No me gusta demasiado trabajar allí, pero porque no me llevo bien con Nicole, no por otra cosa.
    – ¿Y por qué no os lleváis bien?
    – Bueno…, tengo otra hermana. Se llama Claire. Es una pianista famosa. Se marchó de gira por el mundo justo después de que yo naciera, así que no la conozco mucho. Cuando yo cumplí seis años, mi madre se fue para estar con Claire y Nicole se quedó a mi cuidado. Mi padre no ayudaba nada. Yo era muy rebelde, según dicen. Nicole piensa que soy una inútil, y yo creo que ella es una bruja. Por ejemplo, con lo de la pastelería. Le he suplicado que me compre mi parte para poder marcharme, pero ella no quiere.
    – ¿Y qué harías con el dinero?
    – No lo sé.
    – Entonces quizá por eso no quiere dártelo.
    Jesse sonrió.
    – Si vas a ser razonable, no podemos tener esta conversación.
    – Lo siento.
    – No pasa nada, pero ya está bien de hablar de mí. Sé que vives con tu madre. ¿Y tu padre? ¿Están divorciados?
    – No llegaron a casarse. Mi madre no habla de él para nada. Siempre hemos estado solos. Ella trabajaba mucho cuando yo era pequeño. Lo hizo todo por mí.
    Una idea que posiblemente daba miedo, aunque Jesse decidió no juzgar hasta conocer todos los hechos.
    – Parece muy buena.
    – Lo es. No le molestaba que a mí me gustaran tanto los ordenadores. Nunca me presionó para que saliera, ni se preocupó porque yo no tuviera muchos amigos. Decía que yo crecería y me convertiría en quien debía ser, y que no debía preocuparme si las cosas no eran exactamente como yo quería en aquel momento.
    – Bien dicho.
    – Un día, a los quince años, me sentí muy frustrado por un juego al que estaba jugando. Entré en su sistema, accedí al código y lo escribí de nuevo. Después les llevé la versión nueva. Me pagaron la licencia. Nuestra situación económica mejoró mucho entonces.
    Jesse se quedó asombrada.
    – ¿Conseguiste la licencia de un juego de ordenador cuando tenías quince años?
    Él asintió.
    – ¿Y te pagaron mucho?
    – Me da un par de millones al año.
    Si Jesse hubiera estado bebiendo en aquel momento, se habría atragantado.
    – Entonces ¿eres rico?
    – Supongo que sí. No lo pienso mucho.
    – ¿Eres rico y llevas un protector de bolsillo?
    – Déjalo ya. Te he dicho que los he tirado todos.
    – Eres rico -dijo ella, sin poder quitárselo de la cabeza.
    – ¿Y qué? ¿Cambia eso las cosas?
    Más de lo que él pensaba, pero Jesse podía dejar la advertencia de que muchas mujeres podían ir sólo detrás de su dinero para más tarde. Se echó a reír.
    – Cambia quién va a invitar a cenar.

Capítulo Tres

    Presente…
    Jesse había decidido pasar el trago de las reuniones tan rápidamente como fuera posible, así que se quitó de la cabeza la conversación con Matt, sobreponiéndose a los latidos acelerados de su corazón y la cascada de recuerdos que le había inundado la mente, y condujo hacia otra dirección que no conocía, guiada por el sistema de navegación.
    Aquella casa no tenía verja, pero era casi tan grande como la que acababa de dejar. Sin embargo, en vez de ser un hito de la arquitectura, era una casa antigua de dos pisos que anunciaba con orgullo que allí vivía una familia.
    Había un triciclo y varios juguetes en el amplio porche cubierto, y una furgoneta aparcada frente al garaje. Jesse intentó imaginarse cómo había cambiado la vida de su hermana, pero no pudo. Y sin embargo, durante los cinco años que ella había pasado fuera de Seattle, Nicole se había casado, sin invitarla a la boda, y había tenido un hijo y dos niñas gemelas. La información le había llegado a través de la melliza de Nicole, Claire, la hermana a la que Jesse nunca había conocido de verdad.
    Aparcó en la calle y sacó más fotografías del bolso. Convencer a Nicole de quién era en realidad el padre de Gabe era tan importante como convencer a Matt, aunque por motivos distintos.
    Salió del coche y se acercó a la puerta. Irguió los hombros, respiró profundamente y tocó el timbre. Oyó unos gritos desde dentro, y el sonido de unos pasos que corrían. La puerta principal se abrió y apareció un niño ante ella.
    – ¿Quién eres? -le preguntó en voz alta, para competir con los llantos de dos bebés. Parecía que las dos niñas estaban despiertas, y no muy contentas.
    – Eric, te he dicho que no abras la puerta sin preguntarme. Y no le preguntes a la persona que quién es.
    Eric tenía los ojos azules y el pelo rubio, como su madre. Era de la misma estatura que Gabe, y más o menos de la misma edad. El niño suspiró y se dirigió a Jesse.
    – No puedo abrir la puerta yo solo.
    – Ya lo he oído. Quizá debas ir a buscar a tu mamá.
    – Ya estoy aquí -dijo Nicole, acercándose con un bebé en brazos-. ¿En qué puedo ayudar…?
    Se quedó callada y se detuvo en seco. Abrió los ojos como platos, y palideció.
    – Hola -dijo Jesse, sintiéndose torpe e insegura por aquel recibimiento-. Hace mucho tiempo.
    – ¿Jesse?
    – Soy yo.
    – No puedo creerlo -dijo Nicole. A lo lejos, un bebé continuaba llorando, y Nicole miró en aquella dirección-. Es Molly. Mecerlas a las dos en brazos es imposible. Hawk está de viaje. No quería marcharse, pero Brittany y él habían planeado el viaje de celebración de su graduación desde hacía mucho tiempo, y no era justo cancelarlo porque yo haya tenido unas gemelas que no duermen -dijo, y acunó al bebé que tenía en brazos para calmarlo, con cara de desesperación.
    – Puedo ayudarte -dijo Jesse, y entró en la casa sin esperar invitación-. Deja que tome yo a esta.
    – ¿Estás segura? -preguntó Nicole, con reticencia.
    – He criado a mi hijo yo sola -respondió Jesse.
    – Sí. Claro. Toma.
    Jesse tomó a la niña y sonrió.
    – Hola, bonita. ¿Cómo estás? ¿No dejas dormir a mamá? Ella se va a acordar, y después te va a castigar. Será mejor que lo pienses bien.
    El bebé la miró fijamente, y después, lentamente, comenzó a cerrar los ojos. Nicole vaciló durante un segundo, antes de retirarse hacia la parte trasera de la casa para recoger a Molly. Eric observó a Jesse con atención.
    – ¿Quién eres? -le preguntó.
    – Soy tu tía Jesse -dijo ella mientras cerraba la puerta principal. Después siguió al niño hacia el salón.
    Había un sofá y una televisión, juguetes, y un montón de pañales en una silla. Había zapatitos por todo el pasillo hasta la cocina.
    Jesse recordaba que la casa de Nicole era muy ordenada y muy tranquila. Era un lugar en el que ella nunca se había sentido en su hogar. Aunque aquella otra casa hacía que se sintiera más relajada, no podía creer que su hermana perfecta viviera en tal caos.
    Un perro pequeño, blanco y peludo atravesó corriendo la habitación, seguido por otro, un poco más grande, de color blanco y negro. ¿Mascotas? ¿Nicole tenía perros?
    – Es Sheila -dijo Eric-. Rambo es su hijo. Como yo soy hijo de mi papá -dijo con orgullo.
    Nicole volvió con una segunda niña y se dejó caer sobre una silla.
    – Hazte sitio -murmuró mientras mecía a su hija con una desesperación que daba a entender que llevaba muchas noches de insomnio-. Vamos, Molly. No puede ser tan malo, ¿no?
    Kim, el bebé que tenía Jesse, se había quedado lo suficientemente silenciosa como para que Nicole preguntara:
    – ¿Quieres que la deje en su cuna?
    Nicole negó con la cabeza.
    – No se va a dormir. Se despertará dentro de un instante.
    – Podemos intentarlo -dijo Jesse, sabiendo que lo único que iba a permitir que Nicole descansara sería dejar a las niñas en sus cunas.
    Nicole se encogió de hombros.
    – Como quieras. Están en nuestro dormitorio.
    – Yo te lo enseñaré -dijo Eric, que había estado junto a su madre durante aquellos minutos.
    Después, condujo a Jesse por un pasillo corto hasta el dormitorio principal. Allí había dos cunas, en una sala de descanso que precedía al dormitorio.
    – Ésta es la de Kim -dijo Eric, señalándole la de la derecha.
    Ella sonrió.
    – Vaya, eres de gran ayuda. Seguro que tu mamá está muy contenta de tenerte con ella. Eres un hermano mayor estupendo.
    La sonrisa de Eric fue enorme.
    – Yo soy el hombre de la casa mientras papá está fuera.
    – Tu mamá tiene mucha suerte.
    Jesse dejó a la niña en la cuna y Kim siguió durmiendo. Jesse encendió el transmisor que había sobre la cuna y le hizo un gesto a Eric para que la siguiera hacia el salón. Allí, Nicole se quedó mirándola.
    – ¿Está dormida?
    – Sí. ¿Quieres que me quede con Molly mientras te das una ducha?
    Nicole titubeó, como si fuera a negarse, pero después le entregó la niña a Jesse y se alejó rápidamente por el pasillo.
    Jesse miró a su sobrina.
    – ¿Tenéis una de esas hamacas que mecen al bebé? -le preguntó a Eric.
    Él asintió y señaló la esquina más alejada.
    Jesse la arrastró hasta ponerla frente al sofá. Molly se quejó cuando la puso dentro, pero cuando la silla comenzó a mecerse, se quedó callada. A los pocos minutos, Nicole regresó.
    – ¿Dónde está Molly? -preguntó.
    Jesse le señaló a la niña, que estaba adormecida en la sillita. Nicole se sentó con un suspiro en una silla, junto a la mesa. Sin embargo, en aquel momento sonó el timbre. Nicole dio un respingo y Eric se fue corriendo.
    – Son Billy y su mamá -gritó.
    Molly comenzó a llorar.
    – Yo acunaré a la niña -dijo Jesse.
    – Gracias. Eric va a pasar la tarde en casa de su amigo. Ahora mismo vuelvo.
    Mientras Jesse volvía a dormir a Molly, Nicole despidió a su hijo. Después regresó a la cocina con aspecto de encontrarse agotada. Las dos hermanas se quedaron mirándose durante un segundo embarazoso.
    – Entonces ¿has vuelto a Seattle? -le preguntó Nicole mientras se sentaba de nuevo.
    – Por ahora.
    Jesse recordó las fotografías que había llevado, y fue a buscarlas. Cuando volvió, se las entregó a su hermana.
    – Gabe ha estado preguntando mucho por su padre. He pospuesto el encuentro todo lo posible, pero se me han acabado las excusas. Así que aquí estamos. Creo que nos quedaremos algunas semanas.
    Vaciló, porque Nicole no había mirado las fotografías.
    – He ido a ver a Matt esta mañana. No me esperaba. Antes de marcharme le dije que estaba embarazada, pero él no se creyó que fuera el padre del niño. Dadas las circunstancias, supongo que no puedo echarle la culpa.
    Ahora llegaba la parte más difícil, pensó Jesse. Había practicado cientos de veces lo que quería decir, pero de repente, no recordaba ninguna de las frases que había preparado con tanto cuidado.
    – No me acosté con Drew -dijo, con la esperanza de que su hermana la escuchara-. Nunca me acosté con él, ni intenté acostarme con él, ni pensé en él como en otra cosa distinta a tu marido. Él y yo éramos amigos. Hablábamos, y eso era todo. Yo estaba enamorada de Matt.
    – No quiero hablar de eso -dijo Nicole.
    – Tendremos que hacerlo, finalmente.
    – ¿Por qué? -dijo Nicole. Después, suspiró-. De acuerdo. Quizá. Pero hoy no.
    Jesse quería seguir. Se sentía fatal por la ira y el dolor que había sentido Nicole durante cinco años, y no quería esperar más. Sin embargo, sabía que lo mejor era dejar que su hermana se acostumbrara primero a la idea de que ella había vuelto.
    – Te dejo las fotografías -dijo Jesse en voz baja-. Puedes mirarlas después. Gabe se parece mucho a Matt. Sobre todo, en los ojos. Eso me puso muy difícil olvidarlo.
    No muy difícil. Imposible.
    Nicole asintió.
    – Lo haré -dijo, y se cruzó de brazos-. Pensaba que tendría noticias tuyas cuando cumplieras veinticinco años.
    Quería decir que pensaba que ella aparecería para pedir su mitad del negocio de la pastelería. Su padre les había dejado en herencia el negocio a las dos, pero la mitad de Jesse la había puesto en fideicomiso hasta que cumpliera veinticinco años. Cuando se graduó en el instituto, intentó que Nicole le comprara su parte, pero su hermana se había negado. Aquello había sido otra causa más de disputas entre ellas.
    – No quiero que me des nada -dijo Jesse-. Quiero recuperar mi sitio.
    Nicole arqueó las cejas.
    – ¿Qué significa eso? ¿Que quieres un trabajo? Creía que odiabas trabajar en la pastelería.
    ¿Un trabajo? Jesse no había pensado en tanto, pero no le iría mal el dinero.
    – Un trabajo sería estupendo, pero tengo otra cosa que ofrecer. Una receta de brownies. He estado trabajando en ella durante estos dos últimos años. Ya está lista. Es mejor que ninguna otra cosa que haya por ahí.
    Nicole no parecía muy convencida.
    Jesse tuvo que luchar contra la decepción, y contra la voz que le decía que su hermana siempre la vería como una inútil. La verdad era que ella sabía lo mucho que había cambiado, pero Nicole no, y tendría que convencerla. No importaba. No iba a marcharse, por el momento, a ningún sitio.
    – Haré un par de hornadas -propuso-. Podemos quedar para una degustación.
    – Está bien, pero si son tan buenos, ¿por qué no has empezado un negocio propio?
    ¿Una pregunta inocente… o una pulla? Cinco años atrás, ella había tomado la receta de la famosa tarta de chocolate Keyes, había hecho tartas en una cocina alquilada y las había vendido por Internet. Nicole se había puesto furiosa y la había denunciado, y habían llegado a detenerla.
    – Son muy buenos -respondió con calma-. Podría haberme establecido por mi cuenta, pero quería traerlos a la pastelería. Ya te he dicho que me interesa recuperar mi sitio.
    Nicole se la quedó mirando con falta de convencimiento. Jesse decidió que era hora de marcharse de allí.
    – Te llamaré -le dijo mientras se encaminaba hacia la puerta- para que podamos quedar un día, a una hora que te venga bien.
    – ¿Cómo puedo ponerme en contacto contigo? -preguntó Nicole.
    – He escrito mi número en una de las fotografías.
    – Oh. De acuerdo.
    Jesse llegó a la puerta.
    – Espera -dijo Nicole.
    Ella se volvió.
    – Gracias por ayudarme con las gemelas. Normalmente estoy más tranquila que hoy.
    – Los bebés son difíciles -dijo Jesse, satisfecha por haber sido de ayuda-. Hablaremos pronto.
    – De acuerdo. Adiós.
    Jesse se acercó a su coche, sonriendo, y sintiéndose más esperanzada que después de su reunión con Matt. Iba a costarle convencer a Nicole, pero tenía la sensación de que podía recuperar la relación con su hermana.

    Jesse aparcó frente al YMCA de Bothell, donde había dejado a Gabe al cuidado de dos de las voluntarias del centro, con varios niños más. Al verla, Gabe corrió hacia ella con una gran sonrisa.
    – Mamá, mamá, he hecho amigos nuevos.
    Ella se inclinó y lo tomó en brazos.
    – ¿De veras? Eso es estupendo.
    – Me lo he pasado muy bien y quiero venir otra vez.
    – Bueno, pues tendremos que asegurarnos de que suceda, ¿no?
    Él asintió vigorosamente.
    Después de rellenar el papeleo y despedirse del personal, Jesse se dirigió al coche con Gabe parloteando a su lado. No dejaba de pensar en algo que estaba intentando ignorar, pero que cada vez se hacía más presente en su cabeza.
    Cuando Gabe estuvo colocado en su sillita, y ella se sentó al volante, le dijo:
    – Creo que quiero que conozcas a una persona.
    A Gabe se le iluminó la cara.
    – ¿A papá?
    – Eh…, todavía no. Es tu abuela.
    Gabe abrió los ojos como platos.
    – ¿Tengo una abuela?
    – Sí. Es la mamá de tu papá -dijo Jesse.
    Gabe sabía lo básico sobre los abuelos, sobre todo, que él no tenía. Bueno, salvo Paula.
    Sólo había un problema: la madre de Matt siempre la había odiado, se dijo Jesse.
    Sin embargo, había pasado mucho tiempo. Quizá Paula hubiera cambiado. De lo contrario, sería una visita muy breve.
    Jesse condujo hasta Woodinville, a la preciosa casa que Matt le había comprado a su madre años atrás, después de ganar los primeros millones de dólares por la licencia de los juegos. Se detuvo frente a la casa y paró el motor.
    – ¡Date prisa! -le pidió Gabe mientras ella le quitaba el cinturón de seguridad de su silla-. ¡Date prisa!
    Corrió por delante de ella y, cuando llegó a la puerta de la casa, se puso de puntillas para tocar el timbre. Jesse tomó su bolso, cerró la puerta del coche y se apresuró a seguirlo, pero demasiado tarde. La puerta se abrió antes de que ella pudiera llegar.
    Paula estaba allí, un poco envejecida, pero no muy distinta. Seguía teniendo el pelo oscuro, como el de su hijo. Tenía también unas cuantas arrugas más en la cara, y había engordado un poco, pero por lo demás, seguía tal y como Jesse la recordaba.
    – Hola -le dijo Gabe con una sonrisa-. Eres mi abuela.
    Paula se quedó rígida, mirando al niño, y después miró a Jesse.
    – Hola -dijo Jesse. Era consciente de que debía haber manejado la situación de otra forma, pero ya era demasiado tarde-. Debería haberte llamado antes de venir. Llegamos a Seattle ayer.
    – Soy Gabe -dijo el niño-. Tú eres mi abuela.
    A Paula se le llenaron los ojos de lágrimas.
    – ¿Estabas embarazada?
    Jesse asintió. No sabía qué iba a suceder. Se preparó para oír unos cuantos gritos, o acusaciones desagradables. Sin embargo, Paula se limitó a sonreír a Gabe como si fuera un tesoro que nunca hubiera esperado encontrarse.
    – Nunca he tenido un nieto. Es muy emocionante. ¿Te gustaría entrar?
    Gabe asintió y entró en la casa. Jesse lo siguió, más despacio.
    La casa estaba tal y como ella la recordaba. Había estado allí pocas veces, pero cada una de las visitas había sido lo suficientemente difícil como para que no se le olvidara.
    Los colores eran claros y los muebles confortables. Las horas incómodas que había pasado allí no tenían nada que ver con la casa, sino con Paula.
    – Por aquí -dijo Paula-. ¿Sabes? Es curioso, pero he hecho galletas esta mañana. Normalmente no las hago, pero esta mañana estaba de humor -dijo, y sonrió a Gabe de nuevo, con una expresión de asombro y alegría-. ¿Te gustan las galletas de chocolate?
    Él asintió.
    – Son mis preferidas.
    – Las mías también. Aunque también me gustan mucho las de mantequilla de cacahuete.
    – También son mis preferidas -dijo Gabe, tan encantador como siempre-. Eres guapa. ¿A que mi abuela es guapa, mamá?
    Jesse asintió.
    Parecía que Paula no podía creer lo que estaba ocurriendo.
    – ¿Puedo darte un abrazo? -le preguntó a Gabe.
    Gabe sonrió y extendió los brazos. Paula se puso de rodillas y lo abrazó. Cerró los ojos y, su expresión se volvió tan melancólica que Jesse tuvo que apartar la mirada. Era de esperar. Las dos personas que debían haberla acogido mejor se habían comportado de una manera cautelosa y poco amigable. La persona que siempre la había odiado estaba entusiasmada por su vuelta. La vida era perversa.
    Quince minutos después, Gabe se había comido una galleta y se había bebido un vaso de leche. También había puesto a Paula al día sobre su viaje desde Spokane y le había explicado que iba a conocer a su papá muy pronto.
    – ¿Matt no lo ha visto todavía? -preguntó Paula.
    Jesse negó con la cabeza, y después miró hacia el salón.
    – Gabe, ¿te gustaría ver la televisión un ratito?
    Gabe asintió y se marchó hacia el sofá. Paula encontró un canal para niños, y después, las dos mujeres volvieron a la cocina, desde donde podían ver a Gabe sin que el niño las oyera.
    – No lo sabía -le dijo Paula en cuanto se sentaron. Se inclinó hacia Jesse y le acarició la mano-. Te juro que no sabía que estabas embarazada. Sólo sabía lo ocurrido por tu hermana. Ella me lo contó a mí, y yo se lo conté a Matt.
    – Lo sé. No te preocupes. Hubo complicaciones. Pero ha pasado mucho tiempo, y quiero que sepas que yo quería a Matt. Nunca le hubiera hecho daño.
    – Te creo -dijo Paula, y la sorprendió-. Él se quedó destrozado cuando te marchaste.
    – ¿De veras? -preguntó Jesse. Era agradable saber que él la había echado de menos, aunque fuera brevemente-. Le dije que estaba embarazada, pero no creía que él fuera el padre. Le dije que no había habido nadie más, pero no me creyó.
    Paula se movió con incomodidad en la silla.
    – Fue culpa mía. Todo. Él se enfadó por lo que yo dije. Lo había tenido cerca de mí durante demasiado tiempo. Era una de esas madres horribles, pegajosas. Él se enfadó contigo, y nunca me lo perdonó. Dejamos de hablarnos cuando te marchaste. Y seguimos prácticamente igual. Apenas lo veo.
    – Lo siento -dijo Jesse-. Tú eres su madre. Eso no debería cambiar por nada.
    – Pues él lo ha pasado por alto -respondió Paula-. Bueno, háblame de ti. ¿Qué has hecho durante estos años?
    – He estado viviendo en Spokane. Allí es donde llegué con el dinero que tenía. Conseguí trabajo en un bar. Tuve suerte. Bill, el dueño del bar, cuidó de mí. Me encontró un sitio para vivir, y organizó mi horario para que pudiera cuidar de Gabe -explicó Jesse, y sonrió al pensar en su jefe y amigo-. Él es quien me dio el empujón definitivo para venir aquí. Bueno, él, y Gabe también. Tu nieto quería conocer a su padre, y yo no podía seguir diciéndole que no.
    – Eh, Bill y tú sois… -Paula dejó sin terminar la frase.
    – ¿Pareja? Oh, no. Sólo somos amigos. Bill dice que soy demasiado joven para él. Tiene sesenta años, como todos sus amigos. Ha sido mi familia mientras he estado fuera. Fue muy duro para mí estar lejos de casa. Spokane no está demasiado lejos, pero a mí me parecía otro mundo. No podía creer que Nicole me hubiera dejado marchar así.
    Jesse tomó la taza de café que le había dado Paula, pero no bebió.
    – Nicole y yo siempre estuvimos solas. Ella era mi hermana mayor, la mandona. Claire, su hermana melliza, se marchó el mismo año en que yo nací, así que no llegué a conocerla, aparte de lo poco que me contó Nicole, o de lo que leía en las revistas.
    – ¿Toca el piano?
    – Sí. Es bastante famosa, pero yo no la conozco bien, aparte de algunos correos electrónicos y algunas cartas. Ha estado en contacto conmigo durante estos años. Es la que me contó que Nicole se había casado, y todo lo demás.
    – ¿Cuánto tiempo vas a estar aquí?
    – No lo sé. Unas semanas. Soy copropietaria de la pastelería Keyes, pero no voy a pedirle nada a Nicole. Voy a trabajar allí y le daré una receta de brownies que he preparado. Llevo trabajando en ella varios meses. Por fin la he perfeccionado y… -Jesse frunció los labios-. Perdona, estoy hablándote de mi vida cuando debería estar contándote cosas sobre Gabe. Es que no he tenido a nadie con quien hablar durante mucho tiempo.
    – Yo tampoco -contestó Paula-. ¿Dónde te alojas?
    – En un motel. Voy a alquilar un piso amueblado por la zona de la universidad. En verano es más barato.
    – Pero entonces tendrás que conducir mucho -dijo Paula-. Podrías quedarte aquí, conmigo.
    Jesse no sabía qué decir. Aquélla era una invitación completamente inesperada.
    – ¿Estás segura?
    – Ven a ver las habitaciones y decide después.
    Asombrada, Jesse siguió a Paula al piso de arriba. Había dos habitaciones al fondo del pasillo, y entre ellas, un baño compartido. Las dos estaban preparadas para invitados, con camas dobles y colores muy bonitos, bien iluminadas, limpias y amplias, tan distintas del apartamento sucio y viejo que tendría que alquilar…
    – Paula, esto es muy generoso -murmuró.
    – Son tuyas durante todo el tiempo que quieras -dijo la madre de Matt-. Me he perdido cuatro años de la vida de mi nieto porque era una mujer asustada, sola, aterrorizada ante la posibilidad de perder lo poco que tenía. Y al final lo perdí, y lo he lamentado mucho. Quédate aquí, por favor. Deja que tenga la oportunidad de conoceros a Gabe y a ti. Te compensaré por lo mal que me porté hace cinco años. No te lo merecías, Jesse. Es lo mínimo que puedo hacer.
    Era una oferta irresistible, y Jesse no iba a rechazarla.
    – Gracias -le dijo, sintiéndose bien acogida y segura por primera vez desde que había llegado a Seattle-. Eres muy amable. A Gabe y a mí nos encantaría quedarnos.
    – Muy bien. ¿Por qué no vuelves a tu hotel a buscar vuestro equipaje mientras yo voy al supermercado? Oh, tendrás que decirme lo que os gusta de comer. He echado de menos cocinar para más de una persona.
    ¿Un lugar bonito donde alojarse y alguien que iba a hacer la comida? Era como un rincón en el cielo, pensó Jesse. Y Paula era un ángel inesperado.

Capítulo Cuatro

    Matt estaba frente al gran ventanal mientras hablaba. Todavía estaba furioso. Sentía la rabia quemándole por dentro, aunque hacía todo lo posible por mantener el control del tono de voz. Aunque en realidad, no podía engañar a su abogado.
    – No es el mejor momento para tomar decisiones -le dijo Heath-. Espera unos días, un par de semanas. Las cosas no van a cambiar en ese tiempo, y tú tendrás tiempo de calmarte.
    – ¿Es que tú no estarías enfadado en mi lugar?
    – Yo estaría más que enfadado -admitió Heath-. Es imperdonable que no te dijera que estaba embarazada y se marchara. Podemos demandarla.
    Eso no iba a suceder, pensó Matt con tristeza. Sobre todo, porque Jesse sí le había dicho que estaba embarazada, pero él no la había creído. O, más bien, no había creído que el niño fuera suyo.
    No quería pensar en el pasado. Se había convertido en un hombre distinto, más controlado, más capaz, no alguien que se dejara llevar por sus emociones. Había aprendido una lección muy difícil, y no iba a cometer los mismos errores. Que él fuera el padre del niño no alteraba el hecho de que ella se había acostado con otro hombre.
    – Quiero destruirla -dijo en voz baja-. Comienza con una investigación minuciosa. Quiero saber todo lo que ha hecho durante estos últimos cinco años. Dónde ha vivido, con quién se ha acostado, con quién ha hablado. Todo. Antes tenía muchos amantes, así que eso no habrá cambiado. Y puede que haya otras cosas.
    Heath asintió.
    – Averiguaremos lo que haya que saber y lo usaremos contra ella. Hay muchos modos de hacer que su vida sea incómoda: acuerdo en la toma de todas las decisiones, o la prohibición de salir de Seattle. La medida más importante sería pedir la custodia del niño.
    Quitarle el niño. Matt pensó en cómo reaccionaría Jesse.
    – Hazlo -dijo. Heath carraspeó.
    – ¿Te das cuenta de que si ganas te quedarías con el crío?
    – Ya me ocuparé de eso cuando suceda -dijo.
    Si necesitaba ayuda, contrataría personal. Las niñeras y los internados existían por un motivo.
    – Hazlo -repitió-. Prepara la demanda, pero no se la hagas llegar hasta que yo te lo diga. Quiero ver cómo va a acabar todo esto.
    Había otras opciones que debía explorar. Era paciente. No tenía por qué apresurar las cosas. Podía esperar y averiguar cuál era la mejor forma de jugar la partida. La mejor forma de hacerle daño y de ganar.

* * *

    Jesse sacó los brownies del horno y miró la bandeja. Parecían perfectos, como los de las otras tres hornadas que había hecho aquella mañana, pero quizá debiera probar una vez más.
    – ¿Un poco obsesionada? -se preguntó, sabiendo que tenía que hacerlo lo mejor que pudiera. O Nicole admitía que los brownies eran fabulosos, o no, y había muy pocas cosas que ella pudiera hacer para cambiar el resultado. Lo único que podía hacer era mantenerse tranquila, racional.
    Dejó la bandeja del horno sobre un salvamanteles para que los bizcochos se enfriaran y, en aquel momento, sonó su teléfono móvil. En la pantalla apareció un número con un código de Seattle.
    – ¿Diga?
    – ¿Jesse? Soy Matt. Me gustaría conocer a mi hijo.
    A ella se le aceleró el pulso y se le secó la garganta. Así, tan fácil, pensó. Sin preliminares ni charla. Directamente al grano.
    – A él también le gustaría -dijo entonces, con la esperanza de que pareciera que se sentía tranquila.
    Sabía que la oficina de Matt estaba en Bellevue, y recordaba que había un McDonald's cerca, con una zona de juegos. El hecho de que hubiera diversión para Gabe haría que la reunión fuera más relajada. Por lo menos, ésa era la teoría.
    – ¿Te apetecen una hamburguesa y unas patatas fritas?
    – No tengo ganas de comer.
    Y parecía que tampoco tenía ganas de ser amable, pensó ella. Le dio la dirección de la hamburguesería y quedaron a las dos de la tarde. Cuando colgaron, Jesse miró el reloj. Quedaban tres horas para la cita, lo cual le daba tiempo más que suficiente para rendirse al pánico y a la obsesión.

    Dos horas y cincuenta y cinco minutos más tarde, Jesse metió el coche en el aparcamiento de McDonald's. Cuando fue a desabrocharle el cinturón de seguridad a Gabe, éste se echó en sus brazos.
    – ¿Está aquí? ¿Está aquí?
    – No lo sé -respondió Jesse, casi tan nerviosa como Gabe, pero por distintos motivos. Matt era el único hombre a quien había querido. Su último encuentro había sido tenso y difícil. Esperaba que las cosas mejoraran.
    Gabe y ella se dirigieron hacia el interior del establecimiento. Vio a Matt enseguida. Era el único hombre que llevaba traje. Él se levantó y los miró.
    Dios santo, era muy guapo, pensó Jesse al ver sus rasgos marcados y sus ojos oscuros. Irradiaba seguridad y poder, y seguramente, eso les resultaría irresistible a muchas mujeres. Sin embargo, ella conocía facetas de aquel hombre que el resto del mundo no veía. Sabía lo que le hacía reír, lo que le enfadaba, cómo le gustaba que lo besaran y acariciaran, y cómo podía ponerlo literalmente de rodillas si…
    O cómo había podido hacerlo, se recordó Jesse, reprimiendo el impulso de acariciarlo y de pedirle que la abrazara. Él había sido la única persona del planeta que podía conseguir que se sintiera segura.
    Cinco años era mucho tiempo para echar de menos aquella sensación, pero tendría que superarlo. Aquel Matt era un extraño para ella. Ya no lo conocía, y debería tenerlo en mente.
    Él apenas la miró. Se concentró en su hijo. Gabe se acercó a él y sonrió.
    – ¿Eres mi papá?
    – Sí -dijo Matt.
    Sin embargo, habló sin emoción, y no sonrió ni se agachó para ponerse al nivel de Gabe. Su hijo dio un paso atrás y frunció el ceño.
    – ¿Estás seguro?
    – Sí -dijo Matt, y se volvió hacia ella-. Vamos a hacer una prueba de ADN.
    – Claro -respondió Jesse.
    Ella misma se lo había ofrecido antes, ¿por qué iba a importarle ahora? Pero ¿y Gabe? ¿Por qué se comportaba Matt de aquel modo?
    Entonces Jesse recordó a Electra, y se dio cuenta de que la forma de actuar de Matt no tenía nada que ver con que fuera un idiota, sino con su falta de experiencia con los niños. No sabía cómo hablarle a un niño de cuatro años.
    Se relajó, y le puso la mano en el hombro a Gabe.
    – No te preocupes -le dijo-. Es como el primer día de colegio, cuando no conoces a nadie. Te sientes raro, pero sabes que vas a hacer muchos amigos, ¿verdad?
    Gabe la miró con una expresión decepcionada. Ella recordó cómo lo había recibido Paula, con los brazos abiertos.
    Jesse se agachó.
    – Está nervioso -le susurró, aunque no le importaba que Matt la oyera o no-. Tú eres su primer niño. A lo mejor tenemos que darle un poco de tiempo. Se acostumbrará a ti.
    Gabe suspiró.
    – ¿Puedo ir al tobogán?
    – Claro.
    Jesse observó cómo Gabe se alejaba hacia la zona de juegos y se preguntó si a Matt le importaba haber desilusionado a su hijo. Ella sabía que Gabe esperaba mucho más que una presentación formal.
    Se acercó a una mesa desde la que podía vigilar al niño. Matt vaciló, pero después la siguió. Una vez había visto a su hijo, ¿pensaría que la reunión había terminado ya?
    – Va muy bien en la escuela -dijo Jesse después de decidir que iba a comenzar a hablar-. Ha hecho el primer año de preescolar, y ha sido estupendo. Tiene una expresión verbal muy adelantada, y es muy sociable. Hace amigos con facilidad. Los profesores lo adoran.
    Matt la miraba a ella, en vez de mirar a Gabe.
    – Eso debe de haberlo heredado de ti.
    – Quizá. También se le dan muy bien las matemáticas, lo cual seguramente le viene de ti -dijo ella, y titubeó-. Esto tiene que resultarte muy raro. El hecho de verlo así. Probablemente, ni siquiera te parece real.
    – Sí, me parece muy real.
    Así que Matt no iba a ponerle fáciles las cosas.
    – ¿Qué quieres? -le preguntó-. ¿Lo has pensado ya?
    Él la miró fijamente.
    – Una pregunta interesante.
    – Creo que deberíais estar juntos, para empezar a conoceros. Aunque no tengas mucha experiencia con niños, no pasa nada. Os iréis tomando confianza poco a poco.
    – Lo dices con mucha seguridad.
    – Es un niño muy sociable -repitió Jesse con una sonrisa-. Es muy fácil estar con él. Quiero que esto vaya bien, Matt. Tú eres su padre. Eso significa mucho para él.
    Hablaba con sinceridad, con seriedad, pensó Matt. Antes, él era lo suficientemente joven y tonto como para creerla. Sin embargo, había cambiado. Jesse estaba jugando con él, pero no importaba. Había decidido que iba a vengarse. Sólo tenía que pensar cómo.
    Siguió su mirada y se dio cuenta de que estaba vigilando al niño. Mientras la observaba, pensó que Jesse seguía siendo guapa, con su pelo rubio y sus ojos azules. Ella se volvió y le sonrió. Una sonrisa fácil, compartida. Como si tuvieran algo en común. Como si ella nunca lo hubiera traicionado.
    – ¿Por qué ahora? -le preguntó.
    Ella no eludió la cuestión.
    – Gabe llevaba un tiempo preguntando por ti. No quería mentirle y decirle que su padre había muerto, así que le dije la verdad. Que tú no sabías nada de él.
    – Sí lo sabía. Me lo dijiste.
    – Pero tú no me creíste -dijo Jesse, y bajó la mirada-. Entiendo el porqué. Me dolió mucho, pero, claro, teniendo en cuenta mi pasado, no debía sorprenderme, ¿verdad? Aunque te dije que te quería, no conseguí cambiar nada.
    Ella lo miró, con los ojos muy abiertos, con una expresión dolida, como si el hecho de recordarlo la angustiara. ¿De veras pensaba que iba a tragárselo?
    – Yo esperaba que lo pensaras bien y que te hicieras preguntas, pero no fue así -continuó Jesse-. Gabe y yo hemos vuelto para arreglar eso -dijo, y se levantó-. ¿Te importaría vigilarlo mientras voy por algo de comer?
    Se alejó antes de que él pudiera decir nada, y lo dejó con la responsabilidad de cuidar a un niño de cuatro años. Sin embargo, el niño no se dio cuenta de que su madre se había ido. Estaba hablando con una niñita. Los dos estaban jugando con un camión grande, y riéndose.
    Unos minutos después, Jesse volvió con leche, dos cafés y un postre de yogur. Le dio uno de los cafés a Matt. Gabe se acercó corriendo y señaló el dulce.
    – ¿Es para mí? -preguntó con una sonrisa.
    Ella le acarició el pelo.
    – Lo compartiremos. Oh, mira, se te ha desatado el cordón del zapato.
    Gabe miró a Matt, se agachó y se ató el cordón lenta, cuidadosamente. Jesse lo observó con suma atención, como si aquello fuera muy importante. Matt no sabía cuándo aprendían los niños a atarse los zapatos. ¿Gabe lo había aprendido antes de tiempo?
    El niño terminó y se irguió. Jesse lo abrazó.
    – Muy bien hecho.
    Gabe miró a Matt, que sonrió ligeramente.
    – Acaba de aprender -dijo Jesse a modo de explicación-. Es algo difícil para los niños pequeños. Su capacidad motora tarda un tiempo en desarrollarse.
    – El tío Bill me enseñó -dijo Gabe mientras tomaba la leche.
    ¿Quién demonios era el tío Bill?
    – ¿Te has casado? -preguntó Matt a Jesse.
    – No -dijo ella. Carraspeó, y después se echó a reír-. Casarme. Eso sí que es bueno. No tengo tiempo ni para ir al tinte, así que mucho menos para tener citas. Ojalá.
    ¿Jesse sin un hombre? A Matt, eso le resultaba imposible de creer. Así que ella también estaba mintiendo al respecto…
    Una mujer mayor, vestida de traje, se acercó a la zona de juegos. Matt no la había visto antes, pero tenía un aspecto oficial y estaba fuera de lugar, así que le hizo una seña.
    – ¿Señor Fenner? -dijo ella-. Soy del laboratorio.
    – Es por lo de la prueba de paternidad -explicó Matt, cuando Jesse arqueó las cejas.
    Ella parpadeó.
    – Oh, sí. Claro. Seguro. ¿Qué se necesita? -le preguntó a la mujer del laboratorio.
    – Una muestra de la mejilla. No duele.
    Jesse titubeó.
    – ¿Le importaría tomármela a mí primero? -le pidió-. Sé que no la necesita, pero Gabe se sentiría mejor.
    – A mí también me lo va a hacer -dijo Matt-. ¿Será suficiente?
    Jesse vaciló el tiempo suficiente como para que él se sintiera molesto, pero después asintió y llamó a su hijo.
    – Esta señora tan simpática va a hacerte una prueba especial -comenzó a decir, y luego alzó las manos-. Nada de agujas. Mira, Matt te va a enseñar lo que hay que hacer para que tú lo sepas y no te asustes.
    Gabe se mostró dubitativo, pero no protestó. La mujer se puso unos guantes de plástico, sacó una muestra de un envoltorio esterilizado y le pidió a Matt que abriera la boca. Segundos después había terminado.
    – Parece muy fácil -dijo Jesse alegremente-. ¿Te ha dolido?
    – Nada en absoluto -le dijo Matt, sintiéndose como un idiota. ¿Cómo iba a dolerle?
    Gabe tragó saliva y abrió la boca. Cuando terminó la toma de la muestra, sonrió.
    – He sido valiente.
    – Sí, muy valiente -le dijo Jesse-. Esto es para estar seguros de que Matt es tu papá.
    – Pero tú has dicho que lo es.
    – Lo sé, pero con esto será oficial. Es para estar seguros.
    Era evidente que Gabe no estaba acostumbrado a que se cuestionara la palabra de su madre. «Dale tiempo», pensó Matt.
    La mujer del laboratorio se marchó.
    El niño se acercó a Jesse.
    – Cuando esté seguro, ¿le caeré bien? -le preguntó en un susurro perfectamente audible para Matt.
    Jesse lo miró, y después abrazó a Gabe.
    – Ya le caes bien, cariño, pero con la prueba, todo el mundo se sentirá mejor.
    Jesse tomó a Gabe en brazos y se lo sentó en el regazo.
    – Te estás haciendo muy grande -le dijo-. Algunos días te veo crecer.
    Gabe se echó a reír y se volvió hacia él.
    – Cuando llegue a la marca de la pared, podré tener una bicicleta de verdad.
    Jesse suspiró.
    – Algo que te prometí en un momento de debilidad. Una bici de dos ruedas, pero con ruedas auxiliares.
    – Sí, mamá. Pero cuando el tío Bill me enseñe a montar sin ellas, ya no tendré que usarlas.
    ¿Quién era aquel tío Bill? Era la segunda vez que se mencionaba su nombre. Matt tomó nota de que debía recordarle al investigador que averiguara todo sobre aquel hombre.
    – Dame un respiro -dijo Jesse a su hijo, abrazándolo-. No crezcas tan rápidamente. Me gusta que seas pequeño.
    – ¡Pero si yo quiero ser mayor!
    Jesse se echó a reír y se volvió hacia Matt, feliz, bella y llena de vida.
    Él la había visto así cientos de veces, sonriéndole, y la había amado cuando era joven y estúpido, antes de que ella lo traicionara. Quitarle a Gabe no era venganza suficiente. Tenía que haber algo más, pero ¿qué?
    – ¿Te gusta mi mamá? -le preguntó Gabe.
    Aquella pregunta tomó por sorpresa a Matt.
    – Por supuesto -mintió rápidamente.
    – ¿Y la quieres? -le preguntó el niño.
    – Shh -dijo Jesse rápidamente mientras se le teñían las mejillas de rojo-. Ya hemos hablado de que no se debe hacer ese tipo de preguntas indiscretas.
    – Pero, ¿por qué?
    – Porque no.
    Ella estaba avergonzada. ¿Por qué?, se preguntó Matt. ¿Por el sentimiento de culpabilidad? ¿O acaso seguía sintiendo algo por él? Siempre y cuando tuviera algún punto débil, él quería saberlo y aprovecharlo, pero ¿cómo? No había manera de obtener una compensación por lo que ella le había hecho, a menos que él pudiera hacerle lo mismo. Conseguir que Jesse se enamorara de él, conseguir que le entregara su corazón para rompérselo.
    ¿Era ésa la respuesta? ¿Robarle a su hijo y destrozarle el corazón? Eso la dejaría sin nada.
    Era un plan despiadado y cruel. A Matt le gustaba. Se había pasado los cinco años anteriores afinando su habilidad con las mujeres. Si se lo proponía, Jesse no tendría la más mínima oportunidad de resistirse. Y luego él la dejaría sin mirar atrás.

Capítulo Cinco

    Matt se puso en pie.
    – No me gusta mucho el yogur -dijo-. ¿Te apetecen unas patatas fritas?
    – Claro -dijo Jesse, y observó cómo Matt se alejaba hacia el mostrador para pedir.
    Era tan distinto, pensó con tristeza. Ojalá pudieran estar más cómodos juntos. Eso llevaría tiempo, ella lo sabía. La mayor parte de las cosas buenas requerían tiempo. Sin embargo, eso no era lo que quería, ni la distancia, ni las conversaciones tensas. Quería que estuvieran cómodos juntos…, una familia.
    Ojalá. No estaba segura de que eso pudiera suceder. Había pasado demasiado tiempo. Le hacía daño pensar lo unidos que habían estado Matt y ella, y lo mucho que se había perdido.
    Él volvió con tres raciones de patatas fritas en una bandeja.
    – Eso es mucha comida -murmuró Jesse. Gabe no iba a poder comerse ni la mitad de su ración, y ella no debía. Las patatas fritas iban directamente a sus muslos.
    – Come lo que quieras, y deja lo demás -le dijo Matt.
    Gabe se acercó y miró las patatas fritas. Jesse sonrió.
    – Sí, puedes comer unas pocas.
    El niño también sonrió y tomó una patata. Las patatas fritas no eran una comida muy habitual en casa. Tanto salir fuera a comer y tanta comida rápida se le iba a subir a la cabeza.
    – ¿Has vivido en Spokane durante todo este tiempo? -le preguntó Matt.
    – Sí. Se me acabaron el dinero y la gasolina casi al mismo tiempo. Cuando empecé a trabajar allí, no vi la necesidad de mudarme.
    Matt asintió.
    – ¿Has ido a ver a tu hermana ya?
    – Sí. Fui a su casa después de visitarte a ti.
    – ¿Y cómo fue?
    – No muy bien. Tiene muchas cosas en la cabeza en este momento. Sus gemelas tienen pocos meses, y eso es muy duro. Voy a empezar a trabajar en la pastelería para ayudar. Además, he creado una receta para brownies que creo que le va a gustar mucho. Tengo que hacer unos cuantos para que pueda probarlos.
    Eso no tenía por qué interesarle demasiado a Matt. Así que quizá pudiera hablar sobre algo que fuera más relevante para él, por mucho que le doliera mencionar el pasado.
    – Quería decírtelo -murmuró Jesse, consciente de que Gabe seguía a su lado, comiendo patatas fritas-. No sabía cómo. Tú estabas tan enfadado cuando me fui, y yo me sentía tan herida… Me sentía culpable.
    – ¿Por lo de Drew? -preguntó Matt, con un brillo de ira en la mirada.
    Ella se puso rígida.
    – No. No ocurrió nada entre nosotros, ya te lo dije -Jesse miró a su hijo-. Ya hablaremos en otro momento de eso.
    – Está bien, pero hablaremos de ello -dijo Matt, y cambió de tema-. Te debo un dinero por la manutención del niño.
    – No, claro que no.
    – Gabe es hijo mío. Es mi responsabilidad.
    – No se trata de eso. No he vuelto por dinero. He vuelto para que Gabe y tú os conozcáis.
    No parecía que Matt la creyera, pero no dijo nada. ¿Eso era bueno o malo? ¿Era demasiado tarde como para que forjara vínculos con su hijo? Jesse quería creer que no.
    Gabe se apoyó en ella y suspiró.
    – ¿Estás cansado, hijo mío? -le preguntó mientras le acariciaba la cabeza-. Has tenido una mañana muy animada.
    Gabe miró a Matt.
    – He estado jugando en el jardín con mi abuela, y después me ha leído un cuento. Estoy aprendiendo el abecedario. Voy por la cu.
    Matt se puso muy tenso.
    – ¿Tu abuela?
    Jesse soltó un juramento en voz baja. Ella tenía intención de contárselo.
    – Sí -dijo Gabe-. Mi abuela Paula.
    Jesse rodeó a su hijo con un brazo.
    – Fuimos a verla a ella también. Es la única abuela que tiene Gabe, y quería que se conocieran. Se emocionó mucho y nos invitó a quedarnos en su casa.
    – No puedes. No puedes quedarte allí.
    – ¿Por qué no? Hay mucho sitio, y ella es estupenda con Gabe. Quiero que él conozca a toda su familia.
    – No vas a sacarle nada. Aunque finja que le importa el niño, tiene el dinero bien guardado.
    A Jesse le ardieron las mejillas y se puso en pie.
    – ¿Es que piensas que todo esto es por dinero? Hay cosas más importantes.
    – La gente que cree eso es la que no tiene dinero. Supongo que tú eres una de ellos.
    – Tienes razón. No tengo tantos millones como tú, y no los necesito. Gabe y yo nos las arreglamos perfectamente.
    – Eso es mentira, y lo sabes. Todo esto lo haces para conseguir una parte de todo lo que yo tengo. Admítelo, Jesse. Al menos, así podremos empezar desde un punto en el que todo esté claro, en el que haya sinceridad.
    Jesse no daba crédito a lo que él le estaba diciendo. ¿De veras creía eso de ella?
    ¿O el problema no era ella, específicamente? ¿Era todo el mundo?
    – Tú no tienes ningún interés en que yo sea sincera -le dijo-. Tú crees lo que quieres creer porque es más fácil. No puedo impedírtelo, así que no voy a intentarlo, pero me gustaría saber por qué has cambiado tanto. Antes no eras así.
    Él se levantó también y la miró fijamente mientras esbozaba una sonrisa burlona.
    – Tú me has convertido en lo que soy, Jesse. Deberías estar orgullosa.

    Jesse se detuvo en el semáforo en rojo e intentó mantenerse despierta. Todavía estaba disgustada por la conversación que había mantenido el día anterior con Matt. No había dormido mucho, y se había levantado muy pronto para hacer los brownies.
    Ni siquiera inhalar el aroma delicioso que desprendía el bizcocho conseguía que se sintiera mejor. Estaba cansada, derrotada. Intentaba convencerse de que debía olvidar a Matt, pero no podía. Parecía que una parte de ella esperaba, tontamente, que todavía quedara algún lazo entre ellos.
    Con un suspiro, aparcó frente a la casa de su hermana. Tomó la caja en la que había metido los brownies, caminó hasta la entrada y llamó a la puerta.
    Pocos segundos después, abrió un hombre alto, atlético, impresionante.
    – Hola -dijo con una sonrisa-. Soy Hawk. Tú debes de ser Jesse. Pasa. No me dejan quedarme a la degustación. Nicole dice que no tengo el paladar lo suficientemente sutil, pero esos brownies huelen muy bien, así que no dejes que se los coman todos.
    – No te preocupes, he traído tres docenas -dijo Jesse. Hawk le había caído bien al instante.
    Él la llevó a la cocina, que estaba mucho más ordenada que durante su anterior visita. Nicole estaba junto a la encimera, sirviendo café. Se volvió cuando Jesse entraba.
    – Buenos días -dijo, aunque no parecía que estuviera muy contenta por tener visita-. ¿Has traído los brownies?
    – Sí -respondió Jesse, y depositó la caja sobre la encimera.
    En aquel momento entró otra mujer en la habitación. Era alta, y tan rubia como Nicole, con rasgos similares.
    Claire, pensó Jesse, y tuvo una sensación extraña al ver a su otra hermana, a la que nunca había llegado a conocer, en realidad.
    Claire y Nicole eran mellizas, seis años mayores que ella. Cuando tenían tres años, Claire se había sentado al piano en casa de unos amigos de sus padres y había empezado a tocar perfectamente, aunque nunca había tomado una clase. Cuando Jesse nació, a Claire la habían enviado ya a Nueva York a estudiar, y después, de gira por todo el mundo, mientras Jesse y Nicole se quedaban atrapadas en Seattle, intentando hacerse adultas sin demasiada supervisión. Nicole siempre había odiado a Claire por marcharse, aunque Claire no hubiera podido decidir nada al respecto, mientras que Jesse se limitaba a envidiar sus viajes.
    Jesse seguía sin conocer bien a Claire, pero era con ella con quien se había mantenido en contacto desde que se había marchado.
    – Has vuelto -le dijo Claire, a modo de saludo-. ¿Sigue Seattle tal y como lo recordabas?
    – Más o menos. Hay muchas casas nuevas.
    – Hay un mercado de trabajo muy fuerte, y atrae a la gente -dijo Claire mientras tomaba la taza de café que le ofrecía Nicole. Jesse hizo lo mismo.
    Hubo un momento embarazoso de silencio. Aunque aquella gente era su familia, eran extraños, por un motivo o por otro. Y sus dos hermanas mayores pensaban lo peor de ella.
    Hawk se acercó a Nicole y le puso las manos sobre los hombros. Le susurró algo al oído y la besó. Después se volvió hacia Jesse y Claire.
    – Bien, señoras, las dejaré para que hagan la degustación -dijo-. Nicole, acuérdate de lo que te he dicho.
    Nicole se echó a reír.
    – No nos los vamos a comer todos. Te dejaremos muchos.
    Hawk y ella compartieron una de aquellas miradas íntimas de las parejas que se conocían y estaban seguras de su amor, y después, él se marchó.
    Nicole y Claire se sentaron a la mesa. Jesse se unió a ellas y abrió la caja.
    – Tengo tres clases de brownies -dijo Jesse-. De chocolate, de chocolate con nueces y de chocolate con mantequilla de cacahuete.
    – ¿Y son recetas tuyas? -preguntó Nicole.
    Jesse tuvo que reprimir el impulso de dar una respuesta airada.
    – Sí. Las he desarrollado yo. Tengo anotaciones del proceso, para poder comprobar su evolución.
    Detestaba tener que dar explicaciones, que Nicole no confiara en ella, pero así era su hermana. Nicole nunca le perdonaría que hubiera vendido por Internet la famosa tarta de chocolate Keyes, cinco años atrás.
    Nicole tomó un brownie de cada clase. Claire hizo lo mismo y se rió.
    – No soy ninguna experta -dijo-. ¿Será suficiente si digo que me gustan?
    – Para mí sí -dijo Jesse, y contuvo la respiración mientras Nicole mordía el bizcocho.
    Nicole masticó y tragó sin decir nada. Se levantó y llenó un vaso de agua, tomó un sorbo, volvió a la mesa y probó de nuevo.
    Comió despacio, con atención. Degustó cada uno de los brownies tres veces antes de terminar su vaso de agua. Después se volvió hacia Claire.
    – ¿Qué te parecen? -le preguntó.
    – Son increíbles. Son dulces y ricos, pero sin llegar a ser empalagosos. Normalmente, a mí no me gusta demasiado la combinación de chocolate y mantequilla de cacahuete, pero incluso esos son deliciosos.
    Jesse no se relajó. A Nicole no iba a importarle lo que pensara Claire.
    Nicole apartó los brownies.
    – Son buenos. Los vendería en la pastelería.
    Jesse exhaló.
    – ¿Los tres sabores?
    Nicole asintió.
    El alivio fue instantáneo y dulce.
    – Estupendo. ¿Y ahora qué?
    Claire se levantó.
    – Os dejaré para que habléis de negocios. Estaré en el jardín, con los niños -dijo, y le dio una palmadita a Jesse en el hombro al pasar.
    Nicole se apoyó en el respaldo de la silla.
    – ¿Qué quieres? El otro día me dijiste que quieres recuperar tu sitio. ¿Es cierto?
    – Sí. Quiero trabajar para ti durante seis meses -dijo Jesse, pensándolo mientras hablaba-. Después de eso, hablaremos sobre si nos convertimos en socias. Durante esos seis meses, tendrás la receta de los brownies. Si las cosas no marchan bien, me los llevaré.
    – ¿Para venderlos en otro sitio? No. Si te vas, los brownies se quedan, pero te pagaré las recetas.
    A Jesse no le gustó aquella idea, pero entendía la preocupación de Nicole. No quería vender algo durante seis meses en la pastelería, para luego dejar de hacerlo y perder clientes.
    Antes de que pudiera responder, Nicole dijo:
    – También puedo comprarte tu parte del negocio. Ahora tienes más de veinticinco años. Puedo pedir un préstamo y darte el dinero por la mitad de la pastelería.
    – No. Quiero que esto funcione -le dijo a su hermana-. Por eso estoy aquí.
    – Me cuesta creer eso -admitió Nicole-, pero eres diferente. Es obvio.
    – No me importa lo que tenga que hacer en la pastelería. Tú siempre necesitas ayuda extra. Yo te la daré. No quiero decir que tenga que estar a cargo de las cosas, tú sigues siendo la jefa.
    – Una idea interesante. Desde que tuve a las gemelas me está resultando difícil ir mucho a la pastelería. Precisamente, necesito a alguien que la dirija. ¿Tienes experiencia en la dirección?
    – He estado llevando un bar.
    Nicole abrió unos ojos como platos.
    – Estás de broma.
    – No. Fui ascendiendo desde el puesto de camarera. Atendía las mesas y dirigía el local unas cuantas noches a la semana. He gestionado a los empleados y me las he visto con los clientes borrachos. Supongo que la gente que entre a tomar café y a comprar bollería y pasteles será más fácil. Además, tengo un graduado en empresariales.
    – ¿Fuiste a la universidad?
    – Por las mañanas. Trabajaba por la noche y hacía los deberes cuando podía.
    – ¿Y Gabe?
    – También lo he criado.
    – Has estado muy ocupada.
    Jesse asintió. Sintió un poco de orgullo, y también de satisfacción, al ver que su hermana estaba impresionada. Pese a lo que creyera Nicole, a ella le importaba lo que pensara su hermana. Por eso estaba dispuesta a acabar con aquel momento de conexión, diciendo:
    – Tenemos que hablar sobre Drew.
    – No, no tenemos por qué -respondió Nicole con tirantez.
    – Muy bien. Tú puedes escuchar sólo, si quieres. No me acosté con él. Nunca me acosté con él, ni tuve nada que se pareciera a una relación inapropiada con él -Jesse hablaba rápidamente, por miedo a que Nicole se levantara y se fuera-. Solíamos hablar, nada más. Él escuchaba, y yo tenía mucho que decir. Una noche… -Jesse tomó aire-. Una noche, yo estaba muy alterada. Había encontrado un anillo de compromiso mientras ayudaba a Matt a deshacer su equipaje. Sabía que iba a pedirme que me casara con él. Yo lo quería muchísimo, pero estaba aterrorizada. Tenía mucho miedo de estropearlo todo. Nunca había tenido una relación de verdad, y no sabía si podía tenerla con Matt. Lo deseaba, pero siempre me las había arreglado para estropear todo lo bueno que tenía en la vida. No quería fastidiar las cosas con él.
    Nicole hizo amago de ponerse en pie. Jesse le puso una mano en el brazo.
    – Tienes que escucharme.
    – No quiero oír eso.
    – Yo necesito contártelo.
    Nicole volvió a sentarse y se cruzó de brazos.
    – Continúa.
    – Yo estaba llorando. Drew se sentó en la cama y me dijo que no podía cambiar quién era. Que yo nunca podría conformarme con un solo hombre, y que las chicas como yo no podíamos sentar la cabeza.
    Jesse tuvo que tragar saliva para intentar aliviar la tensión que sentía en la garganta.
    – Yo me quedé aturdida, sin saber si tenía razón. No quería hacerle daño a Matt, y quizá no me lo mereciera.
    Cerró los ojos, llena de vergüenza. Sentía vergüenza porque alguien pudiera pensar que valía tan poco.
    – Entonces, Drew me besó, y yo le dejé, porque siempre había usado a los hombres para sentirme mejor. ¿Por qué iba a ser aquello distinto? Entonces, él me quitó la camiseta y me acarició, y yo salí de mi estupor. Sabía que no quería a nadie más que a Matt. Que había cambiado. Y comencé a empujarlo. Entonces fue cuando tú entraste en la habitación -susurró-. Drew se levantó de un salto y gritó que yo lo había provocado todo. Yo sabía que tú te lo ibas a creer.
    Abrió los ojos. Nicole la estaba mirando, pero Jesse no podía descifrar su expresión. ¿La creía su hermana?, ¿la odiaba todavía?
    – No me acosté con él -repitió Jesse-. No ocurrió nada, y no porque nos interrumpieras.
    – Quiero creerte -dijo Nicole-. Por muchas razones.
    – Pero no me crees.
    – No estoy segura.
    Jesse no debería sentirse sorprendida.
    – No puedo darte ninguna prueba. Algunas veces hay que tener fe. Yo estropeé las cosas muchas veces, Nicole, lo sé. Pero nunca hice nada, deliberadamente, que pudiera hacerte daño.
    Nicole la observó sin decir nada.
    Jesse lo había intentado, y seguiría intentándolo, pero en aquel momento estaba muy cansada.
    – Iré a la pastelería mañana por la mañana -dijo mientras se ponía en pie-. Ya sabes cómo ponerte en contacto conmigo si necesitas algo antes de entonces.
    Nicole asintió.
    Jesse salió sin mirar atrás.
    Había vuelto a casa con grandes esperanzas y muchos sueños. Hasta el momento, ninguno de ellos se había hecho realidad, pero no estaba dispuesta a rendirse. Ya había recorrido mucho camino, e iba a seguir hacia delante hasta que todo se arreglara. Durante los cinco años anteriores había aprendido a ser fuerte, y a luchar por lo que necesitaba. No tenía miedo del trabajo duro ni de los retos. Era una superviviente.

    Esa tarde, un poco después de las tres, Matt la llamó para disculparse por la conversación que habían tenido durante la reunión del día anterior, y para pedirle que cenara con él aquella noche en un restaurante italiano que había cerca de su casa. Aunque Jesse se sentía dolida y confusa, y un poco triste por los cambios que había visto en él, accedió. Matt era el padre de Gabe, así que tenía que restablecer la relación con él.
    Cuando llegó al aparcamiento del restaurante, un poco antes de las siete, estaba bastante nerviosa. Paró el motor y pasó unos minutos respirando profundamente para calmarse. Después salió del coche y entró en el local.
    Matt la estaba esperando en el mostrador de recepción, alto, guapo, vestido con una camisa de manga larga y unos pantalones de pinzas. Después de que se saludaran, el maître los condujo hasta una mesa con vistas al patio. Jesse se sentó y tomó la carta que le ofrecían. Aunque todo sonaba muy bien, ella no sabía si iba a poder comer algo sentada enfrente de Matt.
    Él le dio las gracias al camarero y estudió la carta de vinos.
    – Tienen una buena selección de vinos italianos -dijo a Jesse-. ¿Te apetece alguno en especial?
    – No. Lo que tú elijas estará bien.
    Él asintió, sin dejar de mirar la carta.
    Ella recordó la primera vez que habían ido a cenar juntos, a un restaurante llamado Olive Garden. Jesse había pensado que era adorable. Todavía recordaba su sonrisa, y cómo se había dado cuenta de que aquel chico era alguien por quien quizá tuviera que preocuparse.
    – ¿En qué estás pensando? -preguntó Matt.
    – En nada.
    – Era algo. Tenías una expresión interesante.
    Jesse no creía que decirle la verdad fuera buena idea, y le contó que la degustación de brownies en casa de Nicole había ido bien, y que iban a venderlos en la pastelería.
    – Me alegro -dijo él-. ¿Qué tal están las cosas con ella?
    Jesse pensó en que su hermana seguía empeñada en pensar lo peor de ella.
    – Estamos haciendo progresos.
    – ¿Todavía estás en casa de mi madre?
    – Sí. Se está portando maravillosamente. A Gabe le parece fabulosa, y ella siempre quiere estar con él. Juegan, ven películas y van a pasear. Me siento un poco culpable por tener tanto tiempo libre. Está siendo muy agradable.
    La expresión de Matt era ilegible. Ella titubeó, y después siguió hablando.
    – Ha cambiado. Antes no quería tener nada que ver conmigo, pero ahora es distinta. Más abierta. Quiere tener una relación de familia conmigo y con Gabe -dijo. Tomó su copa de agua, pero no bebió-. Te echa de menos.
    En aquel momento el camarero se acercó a la mesa, y Jesse suspiró por lo inoportuno de su aparición. Matt y ella pidieron la cena. Cuando estuvieron a solas de nuevo, ella preguntó:
    – ¿Qué ocurrió entre vosotros? Antes estabais muy unidos.
    Él se quedó mirándola un largo instante.
    – Nunca le perdoné que me contara lo tuyo con Drew.
    Su voz sonó grave y neutra. Pese a que era inocente, Jesse se ruborizó y se sintió humillada.
    – Nunca se lo perdoné -repitió él, y se corrigió-. No el hecho de que me lo contara, sino que aquello la hiciera tan feliz.
    – Ahora lo siente. Te echa de menos.
    – ¿Te pones de su parte? -preguntó él con sorpresa.
    – Sí. Ya te he dicho que ha cambiado. Es muy buena con Gabe y conmigo. Ojalá nos hubiéramos hecho amigas hace cinco años. Te teníamos a ti en común.
    – Le estás concediendo demasiado mérito.
    – No. Todos cometemos errores.
    – ¿Incluyéndote a ti?
    – Mi lista de errores es larga e impresionante, pero no incluye el de acostarme con Drew.
    – Jesse… -comenzó él.
    – No, Matt. Tengo que decirlo. Tengo que explicarme -insistió ella.
    Por segunda vez aquel día, contó la historia de aquella noche horrible, aunque omitió el detalle de que había encontrado el anillo de compromiso y le dijo que estaba enamorada de él y que temía estropearlo todo.
    – No me acosté con él -concluyó-, no quería hacerlo. Él se equivocaba respecto a mí. Tú eras el único a quien quería. Sé que te has pasado estos cinco años pensando lo peor de mí -le dijo-, sé que va a hacer falta tiempo para que puedas plantearte que quizá hay otra explicación de lo que ocurrió. ¿Podrías estar, al menos, abierto a esa posibilidad?
    – Puedo intentarlo.
    – Bueno.
    Él tomó su copa de vino.
    – Por los comienzos.
    Ella brindó con Matt, con la esperanza de que aquel comienzo fuera posible de verdad.
    Comieron su ensalada y charlaron de lo mucho que había cambiado Seattle. Cuando llegó el plato principal, ella le preguntó por su empresa.
    – ¿Cuándo te estableciste por tu cuenta?
    – Hace cuatro años. Tuve algunas ideas que no encajaban con lo que hacía en Microsoft. Con el dinero de la licencia de los juegos, pude montar mi nueva empresa sin necesidad de pedir financiación a un banco.
    – Y quedarle con todos los beneficios.
    – ¿Cómo sabes que hay beneficios?
    – He visto tu casa.
    – Sí, he tenido suerte.
    Más que eso, pensó Jesse.
    – Ahora eres el jefe. ¿Qué se siente?
    – Me gusta -admitió él-. Tener empleados significa que puedo concentrarme en lo que quiero hacer. Ellos se ocupan de los detalles -dijo, y cortó un pedazo de pollo-. Te caería muy bien mi secretaria, Diane. Dice lo que piensa, y se empeña en manejar mi vida.
    – Me sorprende que se lo permitas.
    – No se lo permito, pero ella lo intenta.
    – Entonces debe de ser muy buena en su trabajo.
    – Sí.
    A Jesse le gustó la idea de que Matt tuviera una secretaria, pero no sabía por qué. ¿Lo hacía más accesible?, ¿más parecido al hombre que ella recordaba?
    – ¿Vas a creerme alguna vez? -le preguntó-. ¿Se va a arreglar esta situación?
    Él la miró durante un momento, antes de tomarle la mano por encima de la mesa.
    – Yo quiero que se arregle -le dijo.
    Y, por el momento, eso era suficiente.

Capítulo Seis

    Después de la cena, Matt acompañó a Jesse a su coche. La velada había sido una interesante combinación de momentos, agradables unos y tirantes otros. Habían tenido algunos ratos de conversación agradable, así que Jesse pensó que era cuestión de darle tiempo al tiempo.
    – Gracias por invitarme a cenar -le dijo cuando llegaron a su Subaru-. Necesitábamos hablar.
    Él le acarició la mejilla con la yema de los dedos.
    – Entiendo por qué has vuelto. Estoy trabajando en ese asunto.
    – Se nota que has ido a seminarios de dirección -bromeó Jesse.
    Él sonrió.
    – Más veces de las que me gustaría admitir.
    – Debes de odiarlos.
    – Todos y cada uno de los segundos.
    – Todas esas actividades de vinculación de grupo.
    – No es mi estilo -dijo Matt.
    En eso no había cambiado. Siempre había sido más proclive a las relaciones uno a uno. Y hablando de uno a uno…
    Jesse tenía la sensación de que él estaba demasiado cerca. Le estaba acariciando la mejilla, y tenía los ojos tan oscuros que ella se estaba quedando aturdida. Recordaba los tiempos en los que perderse en aquellos ojos era la mejor forma de pasar el día. ¿Seguía siendo así?
    – Demonios, Jesse -murmuró Matt.
    Entonces la besó, tal y como ella había deseado. Le dio un beso ligero, y Jesse tuvo tiempo de adaptarse a la realidad después de haber estado viviendo de fantasías durante años.
    Su boca era exactamente tal y como recordaba, cálida y firme. Ella se apoyó en él y posó la mano en su antebrazo, donde sintió sus músculos fuertes. Él le tomó la barbilla con la palma de la mano, ladeó la cabeza y le lamió el labio inferior.
    Jesse notó una descarga eléctrica que le recorrió el cuerpo, y que la derritió por dentro. Pasó de estar interesada a estar ardiendo en un segundo.
    Él le puso la mano en la espalda, un poco más abajo de la cintura, y la acercó hacia sí suavemente mientras hacía más profundo el beso. La besó una y otra vez excitándola con cada roce de su lengua. Sin embargo, había algo distinto, y aquella diferencia en sus besos fue lo que devolvió a Jesse a la realidad.
    Se dio cuenta de que le estaba acariciando la espalda suavemente con la mano, dibujando círculos. Era delicioso y le daba ganas de ronronear, pero antes nunca había hecho algo así. Él bajó la mano desde su barbilla a su hombro, y le rozó el brazo desnudo. De nuevo, delicioso, pero no propio de Matt. Incluso su forma de besar era distinta. Era más perfecta, más estudiada. Era un hombre que sabía excitar a una mujer en cuestión de segundos.
    Ella no le había enseñado eso.
    Se echó hacia atrás, diciéndose que no tenía importancia. Que había pasado mucho tiempo, y que por supuesto, él había estado con otras mujeres. Sin embargo, le había dolido tener la prueba de que Matt había continuado con su vida.
    – ¿Jesse?
    Ella forzó una sonrisa.
    – Impresionante. Sabes lo que es una buena seducción.
    – Siempre me ha gustado besarte.
    – Pero ahora lo haces de una manera diferente.
    – He practicado.
    – Ya lo veo.
    Había algo en su tono de voz, pensó Matt. ¿Resentimiento?, ¿dolor? Él había hecho todo lo posible por encandilarla durante la cena, siguiendo su plan, y en aquel momento se recordó que tenía un objetivo. Sin embargo, estaba enfadado.
    – ¿Es que pensabas que iba a vivir como un monje después de que te fueras? -le preguntó.
    – No. Esperaba que utilizaras todo lo que te enseñé con otra persona.
    Estaba herida y enfadada, pensó él. Bienvenida al club.
    – Entonces no te sientas decepcionada -dijo-. He recogido todas tus enseñanzas y les he dado buen uso -al ver que ella se estremecía, Matt añadió-: Vamos, Jesse. No creo que tú hayas llevado una vida solitaria. Habrás estado con muchos tipos. Ese era tu estilo.
    Ella dio un paso atrás.
    – Ya te he dicho que no he tenido tiempo. No sabes lo que es ser madre soltera.
    – En eso tienes razón -dijo Matt. Por culpa suya, no sabía nada de lo que era ser padre-. ¿Y el tío Bill? A Gabe le cae muy bien.
    – Es un amigo.
    – Claro.
    Ella le clavó una mirada fulminante.
    – ¿Por qué me juzgas? Te he dicho la verdad.
    – Es difícil de creer. Han pasado cinco años, es mucho tiempo sin sexo. Y antes de que tú y yo empezáramos a salir, siempre estabas con uno u otro. No, espera. Estuviste con un tipo incluso mientras salíamos juntos.
    – Sabes que eso no es cierto -replicó Jesse-, pero, por favor, no permitas que la verdad se interponga en el camino de tu ira. Si yo fui ligera de cascos una vez, nunca podré dejar de serlo, ¿verdad? Creo que me dijiste algo por el estilo cuando creíste que me había acostado con Drew. Yo no había hecho nada malo. Un día lo sabrás con seguridad, Matt. Y cuando lo sepas, tendrás que admitir que yo te quería, que fui fiel y que cuando te dije que iba a tener un hijo tuyo, tú me echaste. No estabas interesado, y no pudiste pensar ni por un segundo que cabía la posibilidad de que el niño fuera tuyo.
    Él entornó los ojos.
    – No es que tú intentaras convencerme -le recordó él-. Sabías lo que le había dicho Nicole a mi madre, y que después mi madre me lo había dicho a mí. ¿Por qué iba a pensar yo que tu hermana había mentido? ¿Por qué no iba a creerla?
    – Porque me querías -le gritó Jesse-. Porque sabías que yo te quería. Tendrías que haberme escuchado.
    – No fuiste muy convincente. Sabías que yo estaba destrozado, y de todos modos te marchaste.
    – Me fui a Spokane, Matt. Está a menos de seiscientos kilómetros de aquí. Si te hubiera importado de verdad, habrías ido a buscarme. Habrías averiguado la verdad. Sin embargo, ni siquiera te molestaste -dijo Jesse. Abrió la puerta del coche y tiró el bolso al asiento-. Pues voy a decirte una cosa: si quieres tener alguna relación con tu hijo, vas a tener que tratar conmigo. Eso significa que tendrás que aceptar el pasado y aceptar que, pese a mis defectos, no te mentí.
    Entró en el coche y cerró de golpe. Él retrocedió y vio su coche alejarse.
    Jesse pensaba que él seguía siendo el chico ingenuo a quien había engañado cinco años atrás, pero se equivocaba. Iba a conseguir que se enamorara de él y después iba a dejarla. Entonces sí podría aceptar el pasado, y nunca volvería a mirar atrás.

    Jesse entró en la pastelería un poco antes de las seis de la mañana. Era su primer día de trabajo y no quería llegar tarde. Si las cosas salían bien y sustituía de verdad a Nicole, pronto tendría que ir al obrador mucho antes. Sid y Phil comenzaban a las tres de la madrugada, y ella debería estar allí a las cuatro y media.
    Años atrás siempre se había quejado de aquel horario, pero ahora ya no le importaba. Podría salir al mediodía y pasar toda la tarde con Gabe.
    Entró por la puerta trasera del edificio, la del obrador. Los sonidos y los olores eran familiares: el aroma de la masa reposando y del azúcar y de la canela que impregnaban el aire. Oyó los mezcladores y el zumbido de los hornos, una radio y una conversación. Se dirigió hacia lo último.
    Encontró a Sid junto a la cuba del mezclador más grande de todos. Estaba un poco más mayor, un poco más gordo. Iba vestido de blanco de pies a cabeza, y al ver su ceño fruncido habitual, Jesse sonrió.
    – Buenos días -dijo en voz alta.
    Él se volvió. El gesto ceñudo desapareció, y en su lugar apareció una sonrisa.
    – ¡Jess! Has vuelto. Nicole me dijo que ibas a venir a trabajar al obrador, pero no sabía que empezabas hoy. ¿Qué tal estás, hija?
    Ella se acercó y Sid la abrazó con fuerza, estrechándola hasta que le hizo daño en las costillas, pero Jesse no se quejó. Aquella bienvenida la hacía sentirse bien.
    – Estoy muy bien. Sid. ¿Y tú?
    – Cada vez más viejo, cada vez más viejo. Y muy ocupado. Bueno, ¿y qué es eso que he oído de que vas a hacer brownies?
    – Llevo un tiempo trabajando en la receta -explicó mientras él la soltaba-. Son muy buenos.
    – Mmm…, ya te diré lo que me parecen. Una cosa es cocinar en tu cocina, y otra hacer hornadas lo suficientemente grandes como para venderlas. ¿Has pensado en todo eso, niña?
    – Lo vamos a averiguar.
    No le importaba que Sid quisiera que demostrara lo que estaba diciendo. Él siempre había sido justo con ella. Si le gustaban los brownies, se lo diría.
    Sid le presentó a los nuevos empleados. Todos parecían agradables.
    – ¿Dónde está Phil? -preguntó ella.
    – En Florida. A su mujer y a él les tocaron dos millones de euros a la lotería, y se marcharon a vivir bajo el sol. Qué suerte…
    Continuó hablando sobre Phil y su buena fortuna. Jesse aprovechó para echar un vistazo a su alrededor.
    El equipo estaba exactamente igual a como ella lo recordaba. Las viejas máquinas estaban en el mismo sitio. Todo necesitaba una puesta al día. Ella había estado investigando mucho y sabía que podían comprar hornos más pequeños con más eficiencia energética, que trabajaban más rápidamente. Y lo mismo ocurría con los mezcladores. Sin embargo, no iba a mencionarle nada de aquello a Nicole. Su hermana no tendría interés en sus ideas. Al menos, durante un tiempo.
    – Voy a tener que demostrar lo que valgo -murmuró Jesse-. Y lo voy a hacer.
    Sid la miró.
    – ¿Hablando sola? Eso es nuevo.
    Ella se echó a reír.
    – Algunas veces, soy la única adulta que hay en la habitación. Intento acordarme de no gorgojear en público.
    – Me he enterado de que tienes un niño.
    – Sí. Gabe. Es estupendo.
    – ¿Y lo vas a traer a conocer a su tío Sid?
    Jesse asintió y volvió a abrazarlo.
    – Te he echado de menos.
    Él le acarició el pelo.
    – Yo también te he echado de menos, Jess. Me puse muy triste cuando tu hermana y tú os enfadasteis. Fue una pena.
    Jesse no quería hablar de ello.
    – ¿Puedes decirme cuál es mi rincón de la cocina, para que pueda empezar con los brownies?
    – Claro. Y voy a poner a un par de chicos a ayudarte. Nicole dijo que te diera la ayuda universitaria.
    Jesse arrugó la nariz. Estupendo. Su hermana le había asignado a los empleados de verano, que no tenían experiencia de verdad. Más pruebas de que no estaba de acuerdo con la idea de los brownies. Sin embargo, Jesse no se acobardó. Iba a tener éxito, pese a todos los obstáculos que encontrara por el camino.
    – Cualquier ayuda me vendrá bien -dijo.
    – Buena actitud. Jasper es muy majo. Y D.C. tiene un poco de chulería, pero trabaja, así que no le hagas mucho caso y se acabó.
    Sid la llevó hasta uno de los mezcladores más antiguos del obrador, también por orden de Nicole, y le envió a los estudiantes para que la ayudaran. Jesse se presentó. Después envió a Jasper a buscar los ingredientes, los utensilios y los recipientes que iba a necesitar, y puso a D.C. a comprobar que el mezclador que iban a utilizar funcionaba adecuadamente.
    Una hora más tarde sacó la segunda bandeja de brownies del horno, y estuvo a punto de soltar un gemido al percibir el aroma del chocolate. Dejó los bizcochos enfriando y se dirigió hacia la primera bandeja, que ya estaba lista para ser cortada. Lo hizo a mano, cuidadosamente, y D.C. la ayudó a poner cada porción en un envoltorio de papel individual. Después los colocaron en una bandeja de las de la vitrina de la tienda.
    Jesse tomó un pedazo de las esquinas de la bandeja, lo partió en dos y le dio un trozo a cada uno de los chicos.
    – Demonios -dijo Jasper, y después se corrigió-. Caramba, Jesse, qué bueno está.
    Ella se rió.
    – ¿Sid sigue con su regla de no tolerar palabrotas?
    – Sí, y se enfada mucho si oye alguna.
    D.C. se chupó los dedos.
    – Está riquísimo. Es lo mejor de toda la pastelería.
    – Me alegro de saberlo -dijo Nicole, que acababa de llegar, mientras se acercaba a su rincón del obrador-. Dos votos más a favor de lo que estás haciendo. Enhorabuena.
    – Gracias -respondió Jesse.
    Sin embargo, Nicole no estaba muy complacida. Observó la bandeja que iba a ir a la tienda.
    – ¿Sólo un sabor?
    – Dos. Con y sin nueces. Pensé que es mejor esperar para comenzar con la mezcla de chocolate y mantequilla de cacahuete hasta la semana que viene.
    – De acuerdo. No hemos hablado del precio.
    – Tengo el desglose de los costes -dijo Jesse. Se quitó uno de los guantes de plástico y sacó una carpeta de su mochila-. En una de las clases de la universidad nos requirieron un plan de negocio, con prototipo del producto incluido. Eso fue lo que me dio la idea de los brownies. Tuve que hacer el estudio de costes y asignarle un valor basándome en lo que investigara por Internet.
    Le entregó a Nicole la hoja con la información.
    – Un dólar y medio nos daría un margen decente. Si añadimos más sabores, podemos cobrar más dependiendo de lo especiales y caros que sean los ingredientes.
    Nicole estudió la hoja.
    – Has sido muy concienzuda.
    Jesse iba a decir que había obtenido un sobresaliente en aquel proyecto, pero se quedó callada. Nicole no se estaba mostrando muy entusiasmada con todo aquello. Era mejor darle tiempo y dejar que viera cómo iban a venderse los brownies. Era lo más maduro que podía hacer, aunque a veces se cansara de tomar siempre las decisiones adultas.
    Jasper y D.C. le dijeron por señas que se marchaban, y Jesse asintió, al darse cuenta de que habían percibido la tensión que irradiaba Nicole. Era evidente para otra gente, aparte de para ella.
    – ¿Quieres que te firme algo? -le preguntó Nicole-. Una declaración diciendo que si esto no funciona…, no venderé los brownies sin tu consentimiento.
    Jesse se obligó a no reaccionar. Robar. Nicole se refería a robar. Era una pulla nada sutil dirigida a ella, por el incidente de la tarta de chocolate de cinco años atrás.
    – Estoy dispuesta a confiar en ti -dijo con una despreocupación que no sentía. Era evidente que había sido tonta al pensar en que su hermana la recibiría con los brazos abiertos. Nicole estaba decidida a ponerle las cosas difíciles.
    – Ya hemos hecho sitio en la vitrina -dijo Nicole-. Puedes llevar los brownies cuando quieras. Maggie va a ponerles un letrero, y vamos a dar muestras.
    – Gracias.
    Nicole se dio la vuelta para marcharse, pero Jesse la llamó.
    – Te he echado de menos -le dijo-. Fue muy duro marcharme. Tener a Gabe sola me aterrorizaba, pero también hizo que entendiera todo por lo que habías pasado tú. Eras también una niña. No deberías haber tenido esa responsabilidad. Quiero que sepas que aprecio y agradezco todo lo que hiciste por mí, y todo lo que tuviste que soportar.
    Nicole frunció la boca. Por un segundo, Jesse pensó, esperó, que tuvieran un momento de comunicación sincera. Entonces Nicole se encogió de hombros.
    – Todos hacemos lo que debemos. Te diré cómo va la venta de los brownies.
    Después, se marchó.

    – ¿Estás seguro? -preguntó Jesse.
    Wyatt, el marido de Claire, volcó más cajas de piezas de construcción sobre el suelo de la sala de estar.
    – Vamos a hacer un castillo -dijo con una sonrisa-. El castillo es nuestro favorito.
    Robby, el hijo de cuatro años de Claire y Wyatt, y Mirabella, su hija de dos años, se sentaron junto a Gabe, que estaba observando con toda su atención las piezas y pensando en las posibilidades que representaban.
    – Es estupendo con los niños -dijo Claire mientras se dirigía hacia el salón, para tener más tranquilidad y privacidad con su hermana.
    – Me acuerdo de cómo era con Amy -dijo Jesse, lamentando que la hija mayor de Wyatt no estuviera allí. Amy, que se había convertido en una adolescente, estaba en un campamento de verano-. Estoy impaciente por verla.
    – No te vas a creer lo que ha crecido -dijo Claire con una carcajada-. Es guapísima, y Wyatt se está volviendo loco con eso. Los chicos no dejan de husmear por la casa todo el tiempo. Hasta el momento, Amy no tiene interés en salir con ninguno, pero es sólo una cuestión de tiempo. Esperamos tener dos años más de paz.
    – Buena suerte -dijo Jesse. Se sentó en el sofá, junto a su hermana, y añadió-. Te va muy bien. He leído artículos sobre ti en el periódico.
    Claire descartó el cumplido con un gesto de la mano.
    – Cada año toco menos. Sólo hago giras cuando me interesan de verdad, y cuando puedo programarlas. Con tres hijos, es difícil. Ya no siento la misma pulsión por tocar. La música siempre formará parte de mi vida, pero no del mismo modo. Oh, estoy enseñando a tocar a Eric y a Robby una vez a la semana. Si quieres que Gabe venga también, a mí me encantaría.
    – Pues claro -dijo Jesse-. ¿Qué madre no querría que la famosa Claire Keyes dé clases a su hijo?
    Claire se echó a reír.
    – No esperes mucho. Tocamos más de lo que aprendemos, pero quiero que aprendan a apreciar la música y que les guste. Si les interesa, aprenderán la técnica más tarde.
    – Tú eres la experta. Sólo tienes que decirme cuándo, y lo traeré -dijo Jesse, e hizo una pausa-. Suponiendo que a Nicole le parezca bien.
    – Jesse, no seas así.
    – ¿Cómo? ¿Que no sea realista? Admítelo. Ella no quiere que me vayan bien las cosas, Claire. Lamenta que yo haya vuelto.
    – No es verdad. Tiene mucho que asimilar. Acuérdate de que no le dijimos nada.
    Ésa había sido una condición de Jesse, que Claire no le dijera a Nicole que iba a volver.
    – Quizá fuera un error, y debería haberte permitido que se lo contaras. Aunque, seguramente, las cosas no habrían sido distintas. Todavía está enfadada conmigo por algo que no sucedió.
    – Lo superará. Dale tiempo.
    – No estoy segura. Le he dicho una y otra vez que no ocurrió nada, y no me cree. Han pasado cinco años, y sigue enfadada.
    – No lo intentaste con mucho ahínco.
    – ¿Cómo?
    – Hace cinco años no fuiste muy convincente. Sólo decías que no había pasado nada.
    – Es que no pasó nada.
    – Pensábamos que querías decir que Nicole no debería estar enfadada por que Drew y tú no habíais llegado lo suficientemente lejos como para tener relaciones sexuales.
    – ¿Qué? -Jesse no podía creerlo-. Lo que quería decir era que no había pasado nada, no que nos habían interrumpido y que ése era el motivo de que no hubiera sucedido nada.
    ¿Y por qué iban a pensar otra cosa? ¿Por qué…?
    Se frotó la sien. Nicole había pensado lo peor de ella porque estaba acostumbrada a que su hermana pequeña fuera un desastre. Porque era más fácil pensar siempre lo malo.
    – Y todo esto por unas palabras… -murmuró. Vidas cambiadas para siempre, oportunidades perdidas por la semántica.
    – Las palabras tienen importancia. Nicole se quedó destrozada. No sé si hubiera escuchado algo de lo que tú hubieras podido decir.
    Claire tenía razón. Sin embargo, si hubiera conseguido que Nicole la entendiera, quizá ahora se llevarían mejor.
    – No pasó nada -repitió Jesse-. Drew y yo nunca tuvimos nada que ver, ni nos acostamos juntos, ni nunca quisimos acostarnos. Bueno, puede ser que él quisiera aquella última noche, pero no sé de dónde salió eso. Yo estaba enamorada de Matt, y le era fiel. Drew sólo era un amigo. ¿Está claro?
    Claire le acarició la mano.
    – Yo te creo.
    – Estupendo. Cuando tengas ocasión, díselo a Nicole.
    – Dale tiempo.
    Jesse asintió. Tampoco podía hacer mucho más.
    Claire sonrió.
    – Has cambiado. Eres una adulta.
    – Una victoria que me ha costado mucho.
    – Una victoria impresionante.
    – Quiero hacer muchas cosas -dijo Jesse-. Quiero conseguir muchas cosas. Volver aquí es sólo el comienzo. Reconciliarme con Nicole es parte de eso, pero al final, la decisión es suya.
    – Estoy de acuerdo. Haz lo que puedas, y no te preocupes demasiado.
    – No creo que sea posible. Te agradezco mucho que te hayas mantenido en contacto conmigo.
    – No tenía la misma carga emocional que Nicole hacia ti.
    Porque no habían crecido juntas. Todavía eran casi unas extrañas que por casualidad, eran hermanas.
    – Lo conseguiré. Soy fuerte. Creo que siempre lo he sido, pero no lo sabía.
    – Ahora ya lo sabes -dijo Claire-. ¿No es eso lo más importante?

    Jesse se sentó en su coche y sacó el teléfono móvil. Marcó un número familiar y, a los pocos segundos, oyó una voz grave.
    – ¿Diga?
    – Hola, Bill.
    – Hola, Jess. ¿Cómo estás?
    – Bien. Más o menos.
    Él se rió.
    – Todavía sigues intentando decidir.
    – Oh, sí. Nada es como yo había pensado.
    – ¿Mejor o peor?
    – Ambas cosas.
    – Suele pasar.
    Ella le hizo un resumen de cómo habían sido las cosas en Seattle.
    – Voy a quedarme seis meses, trabajando en la pastelería. Quería decírtelo para que puedas sustituirme.
    – No puedo sustituirte, pero contrataré a alguien que cubra tu puesto.
    Jesse se echó a reír.
    – Eres encantador.
    – Eso es lo que decía mi madre.
    – La pena es que todo ese encanto se pierda.
    – Tú lo aprecias.
    – Ya sabes lo que quiero decir. Vamos, Bill, hace seis años que murió Ellie. Tienes que pensar en salir con otras mujeres, en encontrar a alguien. Deberías ser feliz.
    – Lo mismo te digo.
    – Las circunstancias son distintas -respondió Jesse. La persona a la que ella no podía olvidar estaba con vida.
    – No tan diferente, hija. Y ahora, déjame en paz.
    – Por el momento.
    – Voy a ir a visitarte. Os echo de menos a Gabe y a ti, más de lo que debería.
    – Nos encantaría -dijo ella, y le dio la dirección y el número de teléfono de Paula.
    – Me dejaré caer por allí durante las próximas semanas.
    – Muy bien.
    – Ahora, ve a buscar a alguien -le ordenó él.
    – Lo mismo te digo, Bill -repitió ella.
    Él se rió y se despidió.
    Jesse colgó el teléfono y pensó en lo que le había dicho su amigo. Que tenía que encontrar a alguien.
    Quizá fuera posible en el futuro, pero no en aquel momento. Antes tenía que resolverlo todo con Matt. Tenía que poner fin a aquella situación, asegurarse de que no seguía enamorada de él. Sólo entonces podría dejar atrás el pasado y mirar hacia el futuro.

Capítulo Siete

    Cinco años atrás…
    Jesse se paró delante de la casa durante un segundo, antes de acercarse a la puerta y llamar con los nudillos, suavemente. Tendría que haberle dicho a Matt que se vieran en otro sitio, pero él había sugerido su casa y ella había accedido antes de pensarlo bien.
    Un instante después se abrió la puerta y apareció una Paula Fenner muy enfadada.
    – ¿Qué estás haciendo aquí? -le preguntó con la voz aguda-. ¿Es que no sabes qué hora es?
    Jesse abrió la boca, pero después la cerró, sin saber qué decir.
    – Ha salido con otra -continuó Paula-. Con otra chica. No está contigo. ¿Es que no tienes orgullo?
    Jesse no entendía por qué la odiaba tanto la madre de Matt, apenas la conocía. Y ella ni siquiera estaba saliendo con su hijo, sólo lo estaba ayudando. Parecía que Paula no veía nada de eso. Por algún motivo, pensaba que Jesse era una amenaza, y la atacaba cada vez que estaban en la misma habitación.
    – Siento haberla molestado -dijo Jesse, y se alejó-. Buenas noches.
    Paula la fulminó con la mirada, sin moverse de la entrada, hasta que ella subió a su coche. Entonces cerró de un portazo.
    Jesse suspiró.
    Ojalá la madre de Matt no fuera tan reacia a hablar con ella, porque tenía muchas cosas que decirle. Que estaba aferrándose demasiado a su hijo, y que con esa dependencia sólo iba a conseguir que Matt se alejara de ella. Jesse se daba cuenta cada vez que Matt hablaba de su madre. Paula lo estaba volviendo loco y, si no tenía cuidado, iba a perder a su hijo completamente.
    – No es mi problema -murmuró Jesse mientras un coche se detenía junto al suyo.
    Matt salió del vehículo y se aproximó a su puerta.
    – Gracias por quedar conmigo -dijo él-. ¿Quieres pasar?
    Ella miró hacia la casa y negó con la cabeza.
    – Tu madre todavía está levantada, y no se ha quedado exactamente entusiasmada al verme.
    Matt hizo un gesto de resignación.
    – Está empeorando. Vamos. Conozco una cafetería que está abierta toda la noche. ¿Quieres que conduzca yo?
    – Te sigo.
    Sería más fácil tener su propio coche para marcharse al final de la reunión.
    Mientras arrancaba el motor, Jesse intentó no pensar en lo que habría estado haciendo Matt durante las últimas horas, y con quién. Después de todo, lo que ella quería era que él consiguiera citas. Su objetivo había sido sacar a la superficie el potencial oculto de Matt, y sus lecciones estaban dando resultado. Había tenido tres citas aquella semana.
    Era exactamente el hombre que querían todas las mujeres: divertido, listo, considerado, guapo y rico. Los cambios habían sido sencillos: un nuevo guardarropa, interés en los asuntos de actualidad, prácticas sobre cómo pedirle salir a una chica, y normas de etiqueta básicas durante una cita. Todo eso lo había transformado. Sólo había un pequeñísimo problema…
    Se había enamorado de él.
    Suspiró. No estaba dispuesta a admitirlo ante nadie, y apenas podía creérselo, pero así era. Le gustaba Matt. Le había gustado cuando era un bicho raro, y le gustaba también ahora. Él hacía que se sintiera segura, y aquél era un estado anímico muy raro en ella.
    Sin embargo, su trabajo era ayudarle a que se convirtiera en lo que era capaz de ser, no tener una aventura con él. Como en esa ocasión. Matt le había pedido que quedaran para hablar de la cita que acababa de tener.
    Se volvieron a encontrar en el aparcamiento de la cafetería y entraron al local. Cuando estuvieron sentados a una mesa tranquila de un rincón, Jesse le dijo:
    – Bueno, cuéntamelo todo. ¿Cómo ha ido?
    – Bien -dijo Matt-. Kasey es lista y muy guapa. Le gustan demasiado sus perros, pero no es un gran problema.
    – ¿Qué significa que le gustan demasiado? -preguntó Jesse, intentando no sonreír-. ¿Les pone trajes a juego?
    – No, pero les deja dormir con ella.
    – Seguro que los echa de la habitación cuando aparece un chico guapo.
    Matt sonrió.
    – No sé… Fluffy y Bobo son sus mejores amigos.
    – ¿Bobo? -preguntó Jesse con un resoplido-. Bueno, sí, quizá los perros sean un problema. Por lo demás, ¿qué tal fue?
    – Bien. Le gusta la música, y a mí también. Aunque no le van demasiado los ordenadores.
    – Sobresaliente -dijo ella-. ¿Y ha habido chispa?
    Matt se rió.
    – Ya nadie dice eso, Jesse.
    – Yo sí.
    El camarero les llevó la carta. Matt pidió directamente dos cafés y dos tartas de moras, que era la especialidad de la cafetería.
    – No has respondido a mi pregunta -insistió Jesse cuando estuvieron a solas de nuevo.
    – La besé, si es eso lo que quieres saber.
    – ¿Y?
    Matt se encogió de hombros.
    – Estuvo bien. No ha habido mucha química. Soy un chico, y ella es muy guapa, así que claro, el beso estuvo bien, pero hay grados, ¿sabes? Puede ser agradable, y puede ser del tipo «tengo que acostarme contigo aquí mismo, ahora». Con ella fue agradable.
    – Quizá la siguiente sea mejor -dijo ella.
    – Quizá -respondió Matt-. Te has acordado de apagar el móvil. No has tenido llamadas de Ted, ni de Butch, ni de Spike.
    – Nunca he salido con nadie llamado Butch.
    – ¿Y Spike?
    Ella se rió.
    – Una vez.
    – Lo sabía.
    Jesse tocó su bolso.
    – No tengo llamadas.
    Durante las dos semanas anteriores no había contestado las llamadas. Sabía cuál era el motivo: estaba sentado frente a ella.
    La camarera les llevó los cafés y las tartas, y se marchó. Matt tomó su tenedor.
    – Creo que quiero otra cosa -dijo vacilante.
    – ¿Te refieres a otra tarta?
    – No. A las citas. Está bien, pero es siempre la misma conversación, para que nos conozcamos, y tengo que recordar si he contado esa historia o no. Quiero una segunda cita.
    – Quieres tener una relación -dijo Jesse, intentando dejar la tristeza para más tarde-. Eso tiene sentido. Pídele a alguien que salga contigo otra vez. Si sale bien, pídeselo una vez más. Así es como las citas se convierten en una relación.
    – No he conocido a nadie que me interese tanto. No hay nadie con quien me sienta cómodo, ¿no te parece estúpido? Tú nunca tienes relaciones.
    – Pero eso no es algo para sentirse orgulloso. Tú sabes lo que quieres. Eso sí es bueno.
    Ojalá la quisiera a ella.
    Hora de cambiar de tema.
    – ¿Has estado buscando apartamento?
    – He visto algunos.
    – Tienes que conseguir una casa propia. Nunca vas a tener relaciones sexuales si no tienes casa.
    Él sonrió.
    – ¿Y quién dice que no?
    En su pregunta había un tono de confianza muy sexy. Jesse sintió la punzada aguda de los celos en el estómago.
    – Bueno, no vas a tener «demasiadas» relaciones sexuales -dijo entonces, intentando que su voz sonara normal-. Necesitas tu propio apartamento.
    Él la miró.
    – ¿Estás bien?
    – Perfectamente.
    – Sólo estaba bromeando. No me he acostado con ninguna de esas chicas.
    Gracias a Dios, se dijo Jesse.
    – No tendría nada de malo que lo hubieras hecho. Tú eres soltero, ellas son solteras. Así es como se supone que deben ser las cosas.
    Matt la observó con atención, como si estuviera buscando algo. Ella notó que las mejillas le ardían de humillación, y agachó la cabeza para ocultarlo. No quería que Matt supiera que sentía algo por él. Cabía la posibilidad de que sintiera pena por ella, y eso sería lo peor de todo.
    – Soy un tío -dijo él-. No me gusta ir de compras. Elegir un apartamento es como ir de compras a gran escala. Ven conmigo. Eso facilitará las cosas.
    Quizá a él, pensó Jesse. Sin embargo, no iba a decir que no. Quería estar con él, fingir que, claro, todo podía salir bien.
    – Sólo tienes que decirme cuándo.

    – Puedes gastar más que esto -murmuró Jesse mientras recorrían la casa de tres pisos de Redmond, que estaba vacía-. Algo cerca del mar. Con vistas.
    – Es demasiado grande -le dijo Matt, haciendo caso omiso de su comentario acerca del dinero-. Tres habitaciones. ¿Para qué necesito tres habitaciones?
    – Una para ti, otra para el despacho, otra para invitados.
    – No tengo invitados.
    Buena observación. Porque las mujeres que fueran a aquella casa pasarían la noche en su cama.
    – Entonces usa la tercera habitación para tus aparatos electrónicos.
    A él le brillaron los ojos.
    – ¿Sí?
    – ¡Los tíos sois tan simples! -exclamó ella-. Sí. Llénala de aparatos electrónicos. Haz que vibren las paredes. Pero si vas a hacerlo, usa el dormitorio de la tercera planta, para no tener ninguna pared común y no molestar a los vecinos.
    – Bien pensado.
    Siguieron por la cocina, que era grande y brillante.
    – Los muebles son bonitos -dijo Jesse, y señaló la encimera de acero inoxidable-. Y tiene hornos dobles. Eso es importante.
    Matt la observó.
    – ¿Para todas esas cenas de cinco platos que voy a cocinar?
    – Podría suceder.
    Volvieron al dormitorio principal.
    – Bonita ducha -dijo Jesse mirando la mampara sin marcos-. Suficientemente grande para dos.
    – Lo he oído -dijo la agente inmobiliaria mientras entraba en la habitación-. Sois una pareja encantadora. Bueno, he venido a deciros que tengo que irme -añadió mirando su reloj-. Tengo otra cita, así que debo darme prisa. Si queréis mirar un poco más, quedaos tranquilamente. Sólo tenéis que cerrar bien la puerta cuando os marchéis.
    Matt negó con la cabeza.
    – Ya he visto suficiente. Elegiré algo esta tarde, y después podemos reunimos y rellenar los papeles.
    – Estupendo. Tenéis mi número de móvil. Estaré disponible después de las cuatro.
    Se despidió y se marchó.
    Jesse miró a Matt.
    – ¿Lo has dicho en serio? ¿Vas a comprar una casa?
    – Probablemente ésta. Tiene todo lo que necesito, así que ¿por qué no?
    – Pero antes no querías tomar esa decisión…
    – No quería hacer un cambio -corrigió él-. Tenías razón en eso, de todos modos: ya es hora de que viva solo. Lo más fácil era quedarme con mi madre. A ella no le va a gustar que me vaya, pero lo superará.
    – Vaya. Estupendo. Creo que ésta es la mejor de todas, pero debes decidirlo tú. Imagínate lo mucho que te vas a divertir eligiendo los muebles -dijo Jesse, y salió del dormitorio-. El salón es precioso, con el techo abovedado. Y puedes volverte loco con la habitación de música.
    Se volvió, y se dio cuenta de que él la estaba mirando fijamente.
    – ¿Matt?
    – No me había dado cuenta hasta ahora -dijo él.
    – ¿De qué?
    – De que, en algún momento, me he convertido en algo más que en un proyecto para ti. ¿Cuándo cambió?
    Ella se quedó paralizada, sin respiración. Allí estaba lo que había querido evitar, aquel momento de humillación total. Porque él ya no era un pobre bicho raro que necesitara su ayuda. Era masculino y capaz, y alguien por quien se sentía muy atraída. Matt podía aplastarla emocionalmente como si fuera un insecto.
    – No sé de qué estás hablando. Bueno, tengo que irme porque se ha hecho tarde.
    Había un inconveniente: que habían ido en el mismo coche. Demonios.
    – Jesse.
    El modo de pronunciar su nombre hizo que ella se estremeciera.
    – ¿Qué?
    – No has respondido a mi pregunta.
    – No puedo.
    – ¿Por qué?
    – Porque estoy asustada.
    Ahí estaba. La verdad. Toda la verdad, dejándola expuesta. ¿Y si él se echaba a reír? ¿Y si le decía que agradecía sus sentimientos, pero que sería mejor que sólo fueran amigos? ¿Y si…?
    Entonces Matt se acercó a ella de dos zancadas y la besó.
    Fue un beso suave, como si estuviera dándole la oportunidad de que se acostumbrara a estar cerca de él. Ella alzó los brazos, pero volvió a bajarlos. Por primera vez en su vida, no sabía cómo responder.
    Él ladeó ligeramente la cabeza, pero no profundizó en el beso. Pasaron los segundos, y ella se vio embargada por el miedo y el deseo. Finalmente no pudo soportarlo más y se apartó.
    – No puedo -susurró-. No puedo hacer esto.
    – ¿Por qué no?
    – Porque no soy lo que tú piensas. No soy nadie con quien tú quieras estar.
    – Eres exactamente la persona con la que quiero estar -replicó él-. Lista, divertida y buena. Y también muy sexy.
    – Lo que pasa es que estás agradecido porque te he ayudado a ver tu potencial.
    – Estoy mucho más que agradecido -dijo él, y volvió a besarla-. Eres preciosa -murmuró entre besos-. Eso es lo que recuerdo de la primera vez que nos vimos. El sol en tu pelo, y cómo tu sonrisa me llegó directamente a las entrañas. Fue el mejor y el peor momento de mi vida. El mejor porque te conocí, y el peor por lo que habías visto.
    – Matt, yo nunca pensé nada malo de ti -dijo Jesse, que apenas podía hablar. Estaba ardiendo en todos los lugares que él rozaba, y en otros que él no rozaba.
    – Lo sé. Para mí fue increíble. Viste más allá de las apariencias. Y cada vez que salgo con una chica, lo único que pienso es que me gustaría estar contigo.
    Entonces volvió a besarla, con dureza, con ardor. Ella separó los labios porque no tenía otra elección. Lo acogió en su boca, dejó que sus lenguas se tocaran, sintió cómo se le hinchaban los senos.
    Se apretaron el uno contra el otro, todo el cuerpo. Él ya estaba excitado, y Jesse pensó de repente, con tristeza, que todo sería muy fácil. Podría acostarse con él allí mismo, en aquella casa vacía, y podrían estar juntos. Y después ¿qué?
    Se le llenaron los ojos de lágrimas. Se apartó de él y se dirigió apresuradamente hacia la puerta.
    Matt la alcanzó cuando estaba saliendo y la tomó del brazo.
    – ¿Por qué estás huyendo? -le preguntó.
    Ella tuvo que esforzarse por no llorar.
    – No puedo hablar de ello. Lo siento. Deja que me vaya.
    – Jesse, no. Habla conmigo. Dime lo que está pasando.
    Ella lo miró. Quizá lo mejor fuera decir la verdad.
    – Tienes razón -murmuró-. Eres algo más que un proyecto. No quería que pasara esto, sólo quería mejorar algo, ¿sabes? Hacer algo bien. Te vi y me di cuenta de que eras estupendo. Y después, cuando empezamos a quedar, me di cuenta de que eras incluso mejor de lo que pensaba.
    – Tú me adoras, y a mí me gusta que me adoren. ¿Qué tiene de malo?
    Pese a todo, ella se echó a reír.
    – No eres tú. Matt. Soy yo. No soy quien tú crees.
    – Ya lo has dicho antes, y no es cierto. Te conozco.
    – No. Tú conoces a la persona que yo te he dejado ver, pero no soy ésa. Siempre he sido un desastre. Mi hermana dice que soy una inútil profesional, y tiene razón. Comencé a beber cuando tenía doce años. Me metí en las drogas cuando tenía trece. Me aburrí cuando tenía catorce, porque entonces descubrí a los chicos.
    Jesse caminó hacia la ventana, porque mirar los árboles era mucho mejor que mirarlo a él y ver cómo se reflejaba la desilusión en sus ojos.
    – Muy pronto aprendí que ser una chica fácil también era un modo de ser popular en el instituto. También me gustaba el sexo en sí mismo. Sobre todo, estar cerca de alguien, sentir que importaba, aunque sólo fuera durante unos minutos. Fui la chica fácil durante todo el instituto. Nicole se enteró y me llevó al médico para que me dieran la píldora y no me quedara embarazada. Tuve suerte, porque no me contagiaron ninguna enfermedad. Pero hubo chicos, Matt. Muchos. De algunos ni siquiera me acuerdo.
    – ¿Esos chicos que llaman?
    – Me acuesto con ellos. Con todos -contuvo las lágrimas y siguió-: Pero entonces te conocí, y me di cuenta de que eras genial, y de repente quería más. Quería ser distinta para poder gustarte. Tú puedes estar con alguien mucho mejor que yo. Yo estoy a la deriva, sin rumbo; vivo con mi hermana y no sé cómo encarar el futuro. Tú no necesitas eso. Necesitas a alguien tan centrado y estupendo como tú.
    Ya lo había dicho. Todo, o casi todo.
    – ¿Has terminado con los otros tipos?
    Ella bajó la cabeza.
    – Sí. Ya no quiero ser esa persona. Quiero… muchas otras cosas.
    Entonces él la abrazó. Jesse mantuvo los brazos cruzados en una posición de defensa, pero Matt siguió abrazándola.
    – ¿Es que no sabes que nada de eso tiene importancia?
    Ella lo miró.
    – No lo dices en serio.
    – Claro que sí. Jesse, tu pasado no cambia nada. Tú eres la persona con la que quiero estar, por cómo eres ahora.
    Matt estaba poniendo las cosas demasiado fáciles.
    – Quiero creerte -susurró Jesse.
    – Entonces inténtalo. Date tiempo. Yo no voy a fallarte -dijo él, y después sonrió con reticencia-. Y no te voy a presionar sexualmente. Aunque quiera hacerlo.
    Ella sonrió.
    – Si hay alguien que tiene que contenerse, soy yo.
    – No me asustas.
    ¿Cómo era posible?
    – Yo estropeo las cosas. Destruyo las relaciones importantes.
    – No, claro que no.
    – Matt, tienes que escucharme.
    – Jesse, ¿quieres salir conmigo? ¿Quieres estar conmigo?
    – Sí.
    – Entonces hazlo. El resto funcionará por sí solo. Yo puedo enfrentarme a todo lo que me propongas. ¿Lo crees?
    – Quiero creerlo -dijo ella.
    – Pues confía un poco en mí. No te voy a fallar, te lo prometo, pase lo que pase. Sólo quiero que me des la oportunidad de demostrártelo.
    Ella asintió, porque no tenía otra elección. Alejarse de él le resultaba imposible de imaginar. Quizá Matt tuviera razón, quizá pudiera confiar en él. ¿No sería un milagro?

Capítulo Ocho

    Presente…
    Matt había crecido en apartamentos pequeños. El sueldo de higienista dental de su madre no daba para más. Sin embargo, aunque habían tenido dificultades económicas, él nunca lo había acusado. Su madre siempre se las arreglaba para convertir los momentos sencillos en algo especial, y siempre había encontrado dinero para las cosas importantes.
    Él le había compensado con creces aquellos esfuerzos cuando le habían concedido la licencia sobre la modificación del juego. Se habían mudado a una casa bonita en Woodinville, y ya no habían vuelto a tener problemas de dinero. Había comprado la casa al contado, porque quería hacer aquello por su madre, porque ella era su única familia. Porque era lo que tenía que hacer.
    En aquel momento, mientras estaba frente a la casa, pensó que si tuviera que hacerlo otra vez, quizá no fuera tan generoso. Apenas había hablado con su madre durante los últimos cinco años. Le pedía a Diane que le enviara unas flores por su cumpleaños y un regalo en Navidad, nada más. Porque nunca le había perdonado que le contara lo de Jesse y Drew.
    No, no el hecho de que se lo contara. El hecho de que se sintiera feliz por aquella noticia.
    Cuando Jesse le había telefoneado para sugerirle que fuera a pasar un rato con su hijo, él había accedido. No porque tuviera muchos deseos de conocerlo, sino porque era ventajoso para su plan. Lo que más le molestaba era la manera en que ella ordenaba. No por mucho tiempo, pensó. Pronto, él tendría las riendas de la situación.
    Recordárselo una y otra vez lo ayudaba con la ira que seguía aumentando en su interior. Lo había estropeado en la cena, y lo sabía. Besar a Jesse había sido un error. Había reaccionado con fuerza y con deseo ante aquel beso. Después de tanto tiempo, ¿cómo era posible?
    Él sabía que aquella pasión instantánea siempre había formado parte de su relación con ella, y parecía que el tiempo no lo había cambiado.
    Recorrió el camino hasta la puerta y tocó el timbre mientras intentaba borrar de su mente todos los recuerdos de su vida allí. La puerta se abrió inmediatamente, como si su madre lo hubiera estado esperando.
    Paula se quedó en el vano, mirándolo con una expresión de esperanza y dolor. Sonreía, pero tenía lágrimas en los ojos.
    – Oh, Matthew -susurró-. Te he echado de menos.
    Aquellas palabras lo sorprendieron, como su vulnerabilidad.
    – Pasa, pasa -le dijo ella-. ¿Cómo estás? Tienes muy buen aspecto. Gabe está muy contento por tu visita. Lleva hablando de eso desde que se ha levantado. Es un niño muy feliz. Se despierta entusiasmado por el nuevo día.
    Se oyó el sonido de unos pasos y Gabe apareció derrapando por la esquina del pasillo, se detuvo en seco y se quedó mirando fijamente a Matt.
    Matt lo miró también, sin saber qué decir ni qué hacer. Aquélla era la parte en la que no había pensado. Estaba tratando con un niño.
    – Ah, buenos días -dijo.
    Gabe parpadeó.
    Matt se sintió como un idiota, algo que no le gustaba, y de lo que culpaba a Jesse. Paula le acarició la cabeza al niño.
    – Tu papá va a pasar la mañana con nosotros. Va a ser divertido -dijo, y sonrió a Matt-. Ayer hicimos galletas. He pensado que podíamos glasearlas esta mañana. A Gabe le apetece mucho, ¿verdad?
    El niño tenía sus mismos ojos, pensó Matt.
    – Me gustan las galletas -dijo-. ¿Y a ti?
    El niño asintió. ¿No había dicho Jesse que tenía facilidad de palabra? ¿No debería estar hablando?
    Paula los llevó a la cocina.
    – Aquí estamos -dijo ella, señalando las galletas que había dispuesto sobre la mesa. Había bolsas de pastelería llenas de baños de colores. Paula observó la chaqueta del traje de su hijo-. Tal vez sea mejor que dejes la chaqueta en la otra habitación y te remangues. Esto va a ser muy pringoso.
    Quince minutos después, Matt se había dado cuenta de que su madre hablaba en serio. Lo que a Gabe le faltaba de habilidad, lo suplía con su entusiasmo mientras derramaba los baños de colores por las galletas, por la mesa y sobre sí mismo. Sonreía y se reía mientras el azúcar se pegaba por todas partes.
    Paula se inclinó sobre su hombro.
    – ¿Eso es un perro? Creo que es un perro.
    Gabe sonrió.
    – Sí. Con pintas.
    Matt miró el manchurrón de colores verde y naranja. ¿Cómo podía ser eso un perro? No parecía nada. ¿Cómo lo había imaginado su madre?
    Usó la bolsa de azúcar glas para dibujar unas rayas en algunas de las galletas. Se sentía incómodo y fuera de lugar. Gabe seguía mirándolo, como si esperara algo.
    Paula le señaló al niño varias galletas redondas.
    – Hemos hablado sobre poner los números en éstas -dijo-. Gabe, ¿por qué no empiezas tú? Pon el primer número, y tu padre pondrá el segundo.
    – ¡Vale! -dijo Gabe. Tomó la bolsa de baño morado y dibujó una línea bastante recta-. Eso es un uno.
    – Bien hecho -dijo Paula, y miró a Matt-. ¿No te parece que está muy bien?
    Matt asintió.
    – Está fenomenal -respondió, sintiéndose como un idiota.
    – Ahora, tú pon el número dos -dijo Gabe.
    – Claro -dijo Matt, y dibujó el número sobre la galleta.
    Paula dio unas palmaditas.
    – Es genial. ¿Cuál es el siguiente, Gabe?
    – El tres -dijo el niño, y se inclinó sobre la galleta. Se concentró tanto que se le pusieron las mejillas coloradas. Lentamente, apareció un tres tembloroso.
    Siguieron contando hasta diez. Cuando terminaron, Paula lo miró.
    – Gabe también sabe el abecedario, y está aprendiendo a leer.
    – Muy bien -Matt no sabía si aquello era impresionante o no. ¿A qué edad comenzaban a leer los niños?
    Paula ayudó a Gabe a lavarse las manos en la pila de la cocina, y a quitarse el azúcar. Matt hizo lo mismo en el aseo de invitados, preguntándose durante todo el tiempo qué estaba haciendo allí. Claro, tenía que pasar tiempo con su hijo porque era parte de su plan, pero no se sentía bien, ni cómodo.
    Estaba claro que no se le daban bien los niños. Le parecía difícil tratar con Gabe. Pensó en que Heath tenía razón al decirle que, si ganaba el juicio contra Jesse, iba a terminar con su hijo. Y no había manera de que él pudiera manejar solo aquella situación.
    Cuando volvió a la cocina, Gabe se había ido. Paula se volvió hacia él.
    – ¿Sabías que Jesse estaba embarazada? -le preguntó-. ¿Te lo dijo?
    – ¿Dónde está Gabe?
    – En su habitación, eligiendo los juguetes que quiere enseñarte. Aunque ya sé que tú ni siquiera vas a fingir que te interesa. ¿Te lo dijo?
    Él no sabía con cuál de los dos ataques comenzar.
    – Mencionó que estaba embarazada, pero yo no pensé que el niño fuera mío. Se había acostado con… -otros tipos. Con Drew. Aunque Jesse lo había negado y era evidente que Gabe sí era hijo suyo-. Nunca pensé que el niño fuera mío -repitió.
    Paula lo fulminó con la mirada.
    – ¿Cómo pudiste permitir que se marchara sin averiguar la verdad? Te crié para que te hicieras cargo de tus responsabilidades. ¿Qué clase de hombre no se molesta en averiguar si su novia está embarazada de su hijo?
    Matt se quedó mirando a su madre fijamente.
    – ¿Por qué me dices ahora todo esto? Antes odiabas a Jesse.
    – Me equivoqué. Y no es precisamente de eso de lo que quiero hablar. ¿Sabes lo que hemos perdido los dos? Años que no vamos a poder recuperar nunca, Matthew, de ver crecer a tu hijo, a mi nieto. El hecho de estar presentes en su nacimiento. Todos esos momentos preciosos se han perdido porque tú no te molestaste en averiguar la verdad.
    – Espera. Tú eres la que me dijo que se había acostado con otro. Y estabas muy contenta por ello.
    – Me equivoqué en muchas cosas, y he pagado mis errores con creces. Pero no sabía que Jesse estaba embarazada. Si lo hubiera sabido, habría ido a buscarla. Habría insistido en que se quedara hasta que se confirmara la paternidad. Estamos hablando de tu hijo, Matthew. De tu hijo. ¿Es que eso no significa nada para ti?
    Antes de que él pudiera responder, Gabe entró corriendo en la habitación, con un enorme camión de bomberos, casi tan grande como él.
    – ¡Mira! -exclamó con evidente orgullo.
    Matt miró a su madre, que lo fulminó con la mirada. Allí no iba a encontrar ayuda.
    – Es un camión… eh… muy grande.
    Gabe asintió.
    – Es mi favorito. Puedo montarme encima. ¿Quieres verlo?
    – Claro.
    Gabe preparó el camión, se puso a horcajadas en él y se empujó con los pies. Se dirigió hacia la sala de estar.
    – Ve con él -dijo Paula en tono de enfado-. Haz algo.
    – No sé qué hacer. No lo conozco.
    – ¿Y de quién es la culpa?
    – Podrías ayudarme.
    – Podría, pero no voy a hacerlo. Tú has creado este problema, arréglalo tú -dijo, y se dio media vuelta.
    Él siguió a Gabe a la sala de estar, donde el niño lo miró con expectación. Matt se quedó allí plantado, sin saber qué hacer, furioso con su madre y con Jesse.
    – ¿Quieres jugar a algo? -le preguntó.
    Gabe suspiró, y después negó con la cabeza.
    – ¿Ver una película?
    El niño se levantó y volvió a la cocina, donde corrió directamente hacia Paula, se abrazó a sus rodillas y comenzó a llorar.
    – No he hecho nada -dijo Matt.
    – Ya lo sé. Ese es el problema -dijo ella, acariciándole el pelo a Gabe-. Matthew, tienes mucho que aprender sobre niños.
    Enfadado y confuso, salió de la casa y cerró de un portazo.
    Se suponía que las cosas no debían ser así, pensó, pero tampoco sabía cómo debían ser.

    Jesse entró al pequeño restaurante chino después de tomar aire profundamente un par de veces. Matt ya estaba allí, sentado en una mesa junto a la pared. Él se levantó al verla.
    – Gracias por venir -le dijo.
    Ella asintió e intentó sonreír. Quería decirle que sólo había ido allí porque Paula le había contado que su cita con Gabe de aquel día había sido un desastre, pero la verdad era más incómoda. Estaba allí porque lo había echado de menos. El hecho de verlo la otra noche, de estar con él, de hablar con él y de besarlo, había abierto demasiadas puertas al pasado.
    Cuando Jesse se sentó, él se inclinó hacia ella.
    – ¿Te ha contado mi madre lo mal que me han salido las cosas con Gabe?
    Jesse suspiró.
    – ¿No deberíamos empezar con una conversación más relajada? Yo te preguntaré qué tal tu día de hoy, y tú podrías preguntarme por el mío.
    – Si quieres… ¿Cómo te ha ido el día?
    – He estado muy ocupada. Los brownies se están vendiendo muy bien, lo cual es estupendo para mí, pero creo que a Nicole le exaspera.
    – ¿Sigues teniendo problemas con ella?
    – Problemas no es exactamente la palabra. Es distante y, no sé, quizá sigue enfadada. Es como si fuéramos dos desconocidas.
    – Dale tiempo.
    – Pero quiero que se arregle ahora.
    Él la sorprendió con una sonrisa.
    – La paciencia nunca fue tu punto fuerte.
    – Pues tenía más que tú.
    – Golpe bajo.
    Entonces fue ella la que sonrió.
    – Era lo único en lo que te ganaba.
    – No es verdad.
    – Oh, vamos. Tú eras más listo. Y exitoso.
    – Tú tenías un gran sentido del humor.
    – Cierto.
    – Y eres más guapa que yo.
    Ella agradeció el cumplido.
    – Si tú lo dices…
    – Pues sí. Todavía llevas el pelo largo. Te queda muy bien.
    – Gracias -dijo Jesse, y quiso cambiar de tema-. ¿Cómo te ha ido el día a ti?
    – Bien. Estamos preparándonos para lanzar un nuevo juego, y hay mucho trabajo. Vamos a dar una gran fiesta. Sé que me estoy haciendo viejo porque estoy pensando que va a ser muy ruidosa y demasiado larga.
    – Tú no eres viejo. Apenas tienes treinta años.
    – Un par de chicos del equipo están todavía en la universidad. Comparado con ellos, soy prácticamente un anciano.
    Apareció el camarero. Matt pidió varios platos para que compartieran, y dos cervezas. Cuando se quedaron a solas, Jesse dijo:
    – Cuéntame lo que ha pasado con Gabe.
    Matt hizo un gesto de consternación.
    – No lo conozco, Jesse. Tengo un hijo y no sé nada de él. ¿Cómo puedo cambiarlo?
    – Gabe es muy sociable -dijo ella-. Todo el mundo le cae bien. Tiene un gran sentido del humor, y es divertido ver cómo se le desarrolla. Le gusta hacer cosas al aire libre. En Spokane dábamos largos paseos en el verano. Hay un camino junto al río que le gusta mucho. En invierno jugábamos en la nieve.
    – ¿Ha ido a esquiar alguna vez?
    – ¿A ti te gusta esquiar?
    Matt asintió.
    – Gabe no ha ido nunca, pero estoy segura de que puede aprender. Le encantan las actividades al aire libre. Es muy atlético, y es un niño muy sano. Nunca ha estado enfermo.
    – Mi madre dice que sabe el abecedario, y que está aprendiendo a leer.
    – Es lo normal para todos los niños de preescolar hoy día, pero él va un poco adelantado -explicó Jesse-. Sabe contar hasta veinte y está empezando a reconocer las palabras. Matt, él quiere que formes parte de su vida. Eso está claro. A él le va a interesar cualquier cosa que te interese a ti. Puedes enseñarle a jugar a juegos de ordenador, o hablarle de tu trabajo. Te escuchará. Sólo tienes que ser un poco interactivo. A Gabe también le gustan los juegos de mesa y jugar con sus juguetes. O ir a dar un paseo y hablar de lo que ves.
    – Haces que parezca muy fácil.
    Jesse quería decir que era fácil, pero ella tenía la ventaja de la familiaridad.
    – Te llevará práctica y pasar un poco de tiempo los dos juntos. La próxima vez que vengas, jugaremos a un par de juegos juntos. Así habrá menos presión para ti. Podréis ser naturales y conoceros poco a poco.
    – De acuerdo. Gracias.
    Llegaron las cervezas y un par de platos de empanadillas. Mientras Jesse se servía un par de ellas, dijo:
    – Supongo que ninguna de las mujeres con las que has salido tenía niños.
    – No -dijo él con el ceño fruncido-. Quizá. No lo sé.
    – ¿Y cómo es posible que no lo sepas?
    – No lo pregunto. Yo salgo con mujeres, pero no me implico en su vida.
    – ¿Y cómo puedes no implicarte en la vida de alguien con quien estás saliendo?
    – No tengo relaciones. Después de tres o cuatro citas, cambio. No tengo interés en nada a largo plazo.
    Ella sintió una punzada de culpabilidad en el pecho.
    – ¿Y por qué no?
    – No veo la necesidad. Me gusta la variedad. En mi posición, puedo salir con quien quiera. Tener a una sola mujer no me parece interesante.
    Aquello era nuevo. El Matt que ella había conocido quería a una persona por la que pudiera sentir algo.
    – ¿No te aburres yendo de mujer en mujer?
    El tomó un poco de cerveza.
    – Nunca.
    – ¿Y ninguna de ellas ha intentado que lo vuestro durara un poco más?
    Matt sonrió.
    – Lo intentan.
    – Entonces tú nunca inviertes emocionalmente. Lo haces sólo para divertirte y tener relaciones sexuales.
    – Más o menos.
    – ¿Y no quieres más?
    – No.
    – Antes eras un chico agradable. ¿Qué pasó?
    – Quiero divertirme. Vamos, Jesse, no pensarías que iba a ser un ignorante para siempre, ¿no?
    – Tú nunca fuiste ignorante. Eras sincero.
    – ¿Es que he violado tu código moral? Las mujeres con las que salgo tienen muy claro cuáles son mis términos. No les doy exclusividad, y no tengo relaciones serias. Si no les gusta eso, no tienen por qué aceptar mi invitación.
    Sonaba justo, pero la filosofía de Matt le hizo un nudo en el estómago. Había pasado mucho tiempo desde que él y ella habían dejado de verse, y estaba claro que él había cambiado para mal.
    – Tengo que ir al servicio -dijo Jesse, y se levantó de la silla.
    Cuando entró en el aseo, sacó el teléfono móvil del bolso y llamó a Paula.
    – ¿Podrías hacerme un favor? -preguntó Jesse en voz baja cuando Paula respondió-. ¿Podrías llamarme dentro de cinco minutos y decirme que Gabe tiene un poco de fiebre?
    Paula sabía con quién estaba, así que Jesse se esperaba algunas preguntas. Sin embargo, Paula se limitó a suspirar y después le dijo que lo haría.
    Jesse volvió a la mesa. Matt habló un poco más sobre el nuevo juego que iba a lanzar su empresa. Mientras lo escuchaba, Jesse se preguntó cómo era posible que se sintiera tan atraída por él y, al mismo tiempo, tan triste. ¿Quién era él, en realidad? ¿Era aquella nueva versión, empeorada, de sí mismo, o existía el otro Matt todavía? ¿Cómo iba a averiguarlo?
    No tenía respuesta para aquellas preguntas cuando sonó su teléfono.

Capítulo Nueve

    Heath entró en la oficina de Matt y dejó una carpeta sobre su escritorio.
    – Ya han enviado los resultados de la prueba de paternidad.
    Matt no se molestó en mirar los papeles.
    – Es mío.
    Heath asintió y se sentó frente a él.
    – Ya lo sabías.
    – Ahora los dos estamos seguros.
    – Eso significa que puedes seguir adelante. Puedes presentar la demanda cuando quieras.
    – Me alegro de saberlo. ¿Cómo va la investigación? -preguntó.
    Heath se encogió de hombros.
    – Tengo un informe preliminar -dijo, y señaló hacia la carpeta-. Todavía es pronto, pero hasta el momento no hay nada comprometedor. Jesse vivía tranquilamente en una casita alquilada, en un vecindario típico. No hay pruebas de que tuviera novio. No va de fiesta y apenas sale. Trabajó, fue a la universidad y cuidó de su hijo.
    Eso no era posible, pensó Matt.
    – ¿Y Bill?
    – Es su jefe del bar. Es mayor. El detective sigue investigando, pero por el momento no ha encontrado nada sobre ellos dos. Parece que Bill sólo era su amigo y su jefe. No hemos hallado nada que pueda usarse contra ella en un juicio. Sólo tenemos el hecho de que tuvo un hijo tuyo sin decírtelo. Al juez, eso no le va a gustar.
    Salvo que tampoco tenían eso, pensó Matt, enfadado. Ella se lo había dicho, pero él no la había creído. No era posible que la creyera, y ella debía saberlo. Cuando se enteró de lo de Drew, fue como si se enterara de que Jesse se había estado burlando de él durante todo el tiempo.
    – ¿Hasta dónde podemos llegar? -preguntó-. ¿Qué pasa con quien estaba antes de quedarse embarazada?
    – ¿Tú sabes algo?
    – Puede que sí -dijo él. Lo suficiente como para aplastarla.
    – Pues avísame si quieres que lo use.
    Matt asintió.
    – Por ahora, dile al investigador privado que siga buscando. Tiene que haber algo.
    – Bien -dijo Heath, y se levantó-. ¿Y después?
    Una pregunta interesante.
    – No lo sé -admitió Matt-. Supongo que ganaré yo.

    Jesse esperaba impacientemente a que Nicole terminara de examinar el anuncio que ella había diseñado para el periódico de Seattle.
    – ¿Dos dólares de rebaja por seis, y cinco de rebaja por una docena? -preguntó Nicole-. Eso es un precio regalado.
    – Es para generar interés. Hasta el momento, las ventas de los brownies han sido excelentes, pero siempre es mejor vender más.
    – No exageres -dijo Nicole, devolviéndole la hoja a Nicole.
    – Han superado con creces el objetivo previsto -respondió Jesse. Abrió una carpeta y sacó las proyecciones en las que había estado trabajando-. Aquí está lo que yo había pensado que se vendería durante las dos primeras semanas. Hemos vendido casi el doble. Como ves, ganamos dinero desde el primer día. Con un poco de publicidad, pueden venderse muy bien. Comprar una tarta requiere que haya una celebración, en cambio los brownies pueden ser una compra impulsiva. Además, quiero hablar de ellos en términos de gourmet, para que se conviertan en algo que la gente pueda servir de postre.
    Le entregó los papeles a Nicole y su hermana los recorrió con los ojos. Fijó la mirada al final de la primera hoja.
    – ¿Venta por Internet?
    – Es el paso siguiente de la estrategia de ventas, el movimiento más lógico que podemos hacer -dijo Jesse con una sonrisa-. Las ventas por Internet son fáciles. Los brownies se transportan bien, y el cliente paga el coste del envío y de la manipulación, lo cual significa que nuestro beneficio no se ve recortado. Los paquetes preparados puede recogerlos el servicio de mensajería que nosotras elijamos. No es una operación arriesgada.
    – No tenemos espacio de almacenamiento aquí -dijo Nicole-. Ya estamos bastante apretados. Y, antes de que me lo sugieras, buscar otro local para almacenaje es algo demasiado caro para hacer un intento que probablemente va a fracasar.
    Jesse comenzaba a enfadarse. Con todas sus fuerzas, intentó calmarse.
    – Sé que estás muy contenta con las ventas -prosiguió Nicole-, pero esto es sólo la novedad. Después las ventas se estabilizarán. Vamos a ver cuáles son las cifras reales antes de adquirir otros compromisos.
    – Pero ahora es cuando se habla de ellos. Tenemos llamadas de gente que se ha mudado fuera de Seattle y que se ha enterado de lo de los brownies por los amigos que todavía viven aquí.
    – Sé que quieres que esto sea un bombazo, pero no lo es -dijo Nicole-. Suena duro, lo sé. No lo digo en ese sentido. Sólo digo que…
    – Estás diciendo que quieres que fracase -saltó Jesse-. Esto ni siquiera es por los brownies. Es por el pasado, por Drew. A pesar de de que yo te he dicho que no pasó nada, no me crees. No quieres creerme. Es más fácil echarme la culpa y seguir enfadada.
    – ¿Y por qué iba a creerte? -le preguntó Nicole.
    Aquello le hizo daño. Jesse tuvo que tomar aire.
    – No me creas. Llama a tu ex marido y pregúntaselo.
    – Deberías haberlo intentado con más ahínco -le gritó Nicole mientras se ponía en pie-. Deberías haber luchado contra él. ¿Por qué no lo hiciste? ¿Por qué no te oí gritar?
    Jesse se quedó totalmente sorprendida, como si Nicole la hubiera abofeteado. Ella también se puso en pie, y no se molestó en reprimir la ira que sentía.
    – ¿Es ésa la condición para que me perdones?, ¿la violación? Siento desilusionarte. No me violó, no de ese modo.
    – No es eso lo que quería decir.
    – Claro que sí. Yo no quería nada con Drew. No intenté llamar su atención, pero eso no es suficiente para ti. Si él no me atacó, yo soy la mala. Él me echó la culpa y tú le creíste. Pensaste lo peor de mí, a pesar de que soy tu hermana. Se supone que me conocías mejor que nadie.
    – Te conocía -le gritó Nicole-. Sabía cómo eras en el instituto. ¿Por qué ibas a ser distinta con Drew?
    Si siempre había sido una chica fácil, nunca iba a dejar de serlo, pensó Jesse con tristeza. A eso se reducía todo.
    – No puedo cambiar el pasado. Ya te he contado lo que ocurrió, y tú puedes creerme o no. Yo no sé qué más puedo decir, así que voy a dejar de intentarlo. En cuanto a los brownies, te equivocas. No hemos empezado a aprovechar su potencial. Quiero poner los anuncios. Soy socia igualitaria de la pastelería y esto no es un gasto extraordinario.
    Nicole apretó los labios.
    – ¿Y eso de ganarte tu sitio?
    – Me estoy dejando la piel trabajando aquí, y lo sabes. Aunque estoy dispuesta a invertir mi tiempo, no estoy dispuesta a permitir que lo que tú sientes en cuanto al pasado nos impida tener éxito.
    – Muy bien. Pon los anuncios. Haz tus brownies, pero no te hagas demasiadas ilusiones. No valen tanto.
    Jesse recogió sus papeles y salió de la oficina de su hermana. Se fue a la parte trasera del local, a los servicios, y se encerró allí hasta que se le pasaron las ganas de llorar. Después salió del edificio y entró en su coche. Sin pensarlo, miró las llamadas recientes de su móvil y llamó a uno de los números.
    – Oficina de Matthew Fenner -dijo una mujer-. ¿En qué puedo ayudarle?
    – Eh, hola, soy Jesse. ¿Está Matt?
    – Un momento, por favor. Voy a comprobarlo.
    Unos segundos después, Jesse oyó la voz de Matt.
    – ¿Jesse? ¿Va todo bien?
    – Claro. No sé por qué he llamado -entonces recordó que se había prometido a sí misma que no iba a mentir más-. Eso no es cierto. He llamado porque he tenido otra pelea con Nicole. Los brownies se venden muy bien, pero ella no quiere escuchar mis ideas. Sigue pensando que soy una inútil, quiere que fracase. Y está empezando a afectarme. Eso es todo. Necesito hablar, pero sé que tú estás ocupado…
    Hubo una pausa, y después él la dejó asombrada al decirle:
    – ¿Por qué no vienes a mi despacho y despotricas en persona?
    – ¿De verdad? ¿Ahora?
    – Claro. ¿Dónde estás?
    – En la pastelería.
    – Ven a la oficina. Pediré que nos traigan la comida. Puedes llamarle a tu hermana todo lo que quieras, y yo estaré de acuerdo.
    Pese a todo, ella sonrió.
    – Me gustaría.
    Treinta minutos después, aparcó y entró en el edificio que albergaba la empresa de Matt. Miró las oficinas, y se dio cuenta de que cuanto más se acercaban hacia el final, más grandes eran. Al fondo del pasillo, torció hacia la izquierda y vio a una mujer de unos cincuenta años sentada en un escritorio.
    – Tú debes de ser Jesse -dijo la mujer-. Yo soy Diane. Matt te está esperando.
    – Hola -dijo Jesse, preguntándose si aquélla era la mujer que le decía a Matt lo que tenía que hacer.
    Diane entró en el despacho de Matt.
    – Ha llegado Jesse -anunció.
    – Gracias, Diane. Diles que reserven la comida hasta que la pidamos.
    Diane sonrió a Jesse, salió del despacho y cerró la puerta.
    – Parece que Nicole está haciéndotelo pasar mal -le dijo él, a modo de saludo.
    – Debería irme -murmuró Jesse.
    – No. Ya estás aquí. Siéntate -dijo Matt, y la guió hasta un sofá junto al gran ventanal con vistas-. Vamos, cuéntame -le pidió, acomodándose al otro lado del sofá y mirándola fijamente.
    Ella se echó a reír.
    – Eres un hombre, Matt. Tú no hablas. Tú arreglas el problema, conquistas a tus enemigos y te vas a celebrarlo con una gran juerga.
    – Soy más evolucionado que eso, y nunca me voy de juerga. Ahora, habla.
    – Yo… -comenzó Jesse, y suspiró-. No sé por qué se molestó Nicole en dejar que comenzara a trabajar de nuevo en la pastelería. Sólo está esperando a que fracase. No hace nada por ayudar a lanzar los brownies, y boicotea todo lo que quiero hacer.
    – Tú eres propietaria también, ¿no? ¿No puedes obligarla a hacer lo que tú quieres?
    Jesse se encogió de hombros.
    – Ya he intentado utilizar ese argumento, y a ella no le gustó mucho. No estoy pidiendo que me dé un trato especial, sólo quiero que los brownies tengan una oportunidad. Que ella no espere siempre lo peor. Hace cinco años, pero no ha superado nada de lo que ocurrió. Yo he cambiado, pero ella no se da cuenta.
    Entonces miró a Matt, sus ojos oscuros y su boca familiar, que ahora besaba de un modo tan diferente.
    – Supongo que los dos tenéis eso en común.
    – Yo sé que has cambiado -dijo él.
    – Pues no lo parece. Yo no te engañé, Matt. ¿Cuántas veces tengo que decírtelo, cuántas veces tengo que explicarme? -preguntó y, de repente, se puso en pie-. ¿Sabes una cosa? Estoy cansada de todo esto. Estoy cansada de ella, y de ti, y los dos podéis iros al infierno.
    Él se levantó también.
    – ¿Te sientes mejor?
    – Un poco. Estoy verdaderamente enfadada.
    – ¿De veras? No me había enterado, con todo lo que has dicho.
    Sin querer, a pesar de todo lo que estaba sucediendo, ella sonrió. Después se echó a reír.
    – Demonios, Matt, no estoy de broma.
    – Yo tampoco -dijo él, y le señaló el sofá-. ¿Quieres que nos sentemos otra vez?
    Ella se sentó.
    – Lo siento. Estoy un poco nerviosa.
    – Jesse, tú sabías que ibas a volver. Lo supiste durante un tiempo. Has tenido ocasión de hacer planes, de pensarlo todo. Sabes lo que quieres y cómo vas a conseguirlo. Nosotros no tenemos esa ventaja. Apareces aquí sin avisar, y esperas que Nicole y yo nos pongamos tan contentos. Todavía estamos intentando asimilarlo.
    Aunque no quisiera, Jesse tuvo que admitir que tenía razón.
    – No me gusta que uses la lógica contra mí.
    – Lo siento. Es lo único que tengo -dijo, y la miró fijamente-. Estoy muy enfadado por lo de Gabe. Sé que me dijiste que estabas embarazada, pero sabías que yo no te creí. Y ya nunca intentaste ponerte en contacto conmigo otra vez. No te molestaste en avisarme cuando nació. ¿Qué pasa con eso?
    ¿Y ahora era ella la mala? Jesse se puso en pie de nuevo.
    – ¿Y qué pasa con todas las cosas que me dijiste? ¿No me dijiste que no te importaba que el niño fuera tuyo?
    Él se levantó.
    – Me equivoqué, pero tú también. Sabías que Gabe era mío. Tendrías que haberlo intentado más veces.
    – Y tú no me habrías escuchado.
    – Nunca podremos saber lo que habría hecho.
    Ella lo miró durante un largo instante. Se había quedado avergonzada.
    – Matt -susurró, luchando por contener las lágrimas-. Lo siento. Me hiciste tanto daño…
    – Lo sé. Lo siento. No sabes cuánto me arrepiento de lo que dije.
    Matt la observó. Dios, era muy guapa. Eso no había cambiado, o sí: había mejorado con el tiempo. Era la mujer más sexy que él había conocido en su vida.
    Se acercó a ella, y al sentir su vulnerabilidad, fue casi como si pensara de verdad todo lo que había dicho. Aunque no iba a permitirse olvidar lo que ella había hecho.
    – Me estás confundiendo -admitió Jesse.
    Él le acarició el labio inferior con el pulgar.
    – Es parte de mi encanto.
    – Siempre fuiste encantador.
    – Sólo era un bicho raro, y un loco de los ordenadores que vivía con su madre.
    Jesse sonrió.
    – Yo nunca te vi así.
    Eso era cierto, pensó Matt, al recordar lo fácilmente que lo había ayudado. Jesse lo había cambiado todo y, mientras lo hacía, él se había enamorado de ella. Se había quedado asombrado cuando Jesse había admitido que sentía algo por él. Todavía recordaba aquella sensación de victoria. Había conseguido a la chica, a la única chica que le importaba.
    Pero ya no era el mismo tonto de antes. Ya nadie le importaba. Él no se lo permitía.
    Y sólo para asegurarse de que no olvidaba, besó a Jesse. La acarició con los labios para comprobar hasta dónde le permitiría llegar. La abrazó y la estrechó contra sí, y le acarició la espalda y las caderas mientras hacía más profundo aquel beso.
    A los pocos segundos, estaba excitado y sólo podía pensar en hacer el amor allí mismo, en su despacho. Notaba su boca caliente contra la de él, dócil, generosa. Se dio cuenta de que quería algo más que sexo, de que quería más que hacer el amor. Quería hacerla suya y marcarla, y que ella perdiera el control entre sus brazos. Quería oír aquel suspiro entrecortado de satisfacción perfecta.
    La necesidad se hizo insoportable. Deseaba a Jesse como siempre la había deseado, en cuerpo y alma. Para siempre. En aquel momento, supo que podría olvidar su promesa de venganza si…
    Se separaron. Matt quería pensar que había sido él quien había interrumpido el beso, pero no estaba seguro. Quizá hubiera sido ella, que se había dado cuenta del peligro de aquel deseo fuera de control. Jesse comenzó a hablar, pero después negó con la cabeza y se dio la vuelta. Unos segundos después se había marchado.
    Cuando él se quedó a solas, continuó de pie en el centro del despacho, con la respiración acelerada y el cuerpo ardiendo, como cinco años atrás.
    La partida se había puesto interesante. Había una nueva dimensión en aquel juego, una dimensión peligrosa. Se había dado cuenta de que Jesse todavía tenía poder sobre él; iba a tener que ser muy cuidadoso y asegurarse de que no lo averiguara y lo usara nunca contra él.
    Lo que no podía admitir, ni siquiera ante sí mismo, era que ya no se trataba de un juego. Quizá fuera otra cosa completamente distinta.

Capítulo Diez

    Cinco años atrás…
    El vestíbulo del hotel parecía sacado de una película antigua. Al ver la madera oscura que había por todas partes, las antigüedades y el aire de elegancia de aquel espacio, Jesse lamentó no haberse puesto otra cosa que unos vaqueros y un jersey. Se sentía como si hubiera debido llevar vestido y zapatos de tacón. También se sentía demasiado joven, asustada y fuera de lugar.
    «No seas tonta», pensó. Estaba bien. Matt y ella habían ido a pasar el fin de semana a Portland. Iban a hacer el amor. Eso no era nuevo para ella, lo había hecho muchas veces.
    Sin embargo, con Matt todo era distinto. Todo era nuevo y emocionante, y también le daba un poco de miedo, pero de un modo bueno. Por lo menos, ella esperaba que fuera bueno.
    Cuando Matt terminó de registrarlos en recepción, tomaron el precioso ascensor antiguo y subieron hasta el piso décimo. Él abrió la puerta y se hizo a un lado para cederle el paso.
    Al entrar, Jesse frunció el ceño. No había cama. Sólo un sofá, un par de butacas y la vista del río.
    Giró lentamente, observando los muebles, la elegancia. Entonces vio una puerta abierta, y se dirigió hacia ella.
    Allí estaba la cama. Jesse observó el dosel tallado, el armario a juego y las preciosas sábanas. El baño tenía bañera para dos, o quizá para cinco, y el suelo era de mármol. Había también un vestidor con luces automáticas que se encendían en cuanto alguien abría la puerta.
    A Jesse se le formó un nudo en la garganta. Estaba claro que Matt se había tomado muchas molestias para encontrar un hotel como aquél, para hacer la reserva. Pero era demasiado.
    Él se acercó por detrás y le puso las manos sobre los hombros.
    – ¿Estás bien?
    Ella asintió.
    – No tengas miedo. Hay una segunda habitación. No he dado nada por sentado.
    Jesse se volvió y lo miró.
    – ¿Cómo?
    – Hay una segunda habitación. ¿Quieres verla?
    – Estamos juntos. En un hotel. ¿Por qué has pedido una segunda habitación?
    Él frunció el ceño.
    – Sólo hablamos de salir durante el fin de semana. No quería dar por sentado que estabas preparada para que fuéramos amantes.
    Sin embargo, él conocía su pasado. Ella se lo había contado. No todo, pero sí lo suficiente. Y, aun así, él la trataba como a… como a… Ni siquiera se le ocurría la palabra.
    Matt sonrió.
    – Jess, no voy a presionarte. Quiero que estemos juntos, quiero disfrutar del fin de semana, pero si necesitas un poco de espacio, no pasa nada.
    Era perfecto, pensó Jesse, sin dar crédito a lo que estaba sucediendo. Era bueno y amable, listo y divertido. La trataba como a una princesa. La cuidaba sin intentar cambiarla. Pensaba bien de ella.
    – Estoy asustada -admitió-. Antes nunca me había asustado.
    – No tienes por qué asustarte de nada.
    Ella miró sus ojos oscuros y supo que él estaba completamente equivocado. Estaba asustada porque había muchas cosas en juego.
    La verdad se abrió paso en aquel momento, como un fogonazo cegador. Se había enamorado de él; lo quería. Y eso era lo que más la aterrorizaba. Los otros tipos de su vida no importaban. Si ella estropeaba las cosas con alguno de ellos, había otros cinco para ocupar su lugar. Pero con Matt no era así. Sólo estaba él, y si lo perdía, nunca lo recuperaría.
    Dejándose llevar por el impulso, se acercó a él, se puso de puntillas y lo besó. Él le devolvió el beso. Su boca era cálida y firme, pero también delicada, como si no quisiera hacerle daño. Como si se preocupara por ella. Después, la abrazó y la ciñó contra sí.
    Ella se abandonó a su abrazo. Quería sentir su cuerpo contra el de ella. Separó los labios y él deslizó la lengua en su boca mientras le acariciaba la espalda. Cuando, poco a poco, descendió hasta sus nalgas y se las acarició, ella se arqueó contra él, y con el vientre rozó la dureza de su excitación. Él gruñó.
    Hizo que se retirara y le tomó la barbilla con una mano.
    – Te deseo, Jesse.
    Tenía los ojos oscuros llenos de pasión. Aquellas palabras hicieron que ella sintiera un escalofrío.
    – Yo también te deseo -susurró.
    Él la tomó de la mano y la llevó hasta el dormitorio. Después de abrir el embozo de la cama, le besó la palma, y ella respiró profundamente.
    – Me estoy volviendo loca de preocupación.
    – ¿Por qué?
    – Por si te decepciono.
    Matt sonrió.
    – Eso no va a ser ningún problema.
    – No puedes saberlo.
    – Deja de pensar -dijo él justo antes de besarla de nuevo.
    Jesse se abandonó a las sensaciones que le producía el contacto de los labios de ambos. Cuando su cerebro le ofreció otros motivos por los que tener miedo, apartó aquellas ideas de su cabeza. Era mejor disfrutar lo que pudiera y dejar que la crisis sucediera sola.
    Ladeó la cabeza y separó los labios. Él entró en su boca, excitándola con cada caricia de su lengua.
    Matt la besó una y otra vez, lentamente, hasta que ella comenzó a relajarse. No iban a hacer las cosas deprisa. Bien. Porque, a pesar de su pasado, para ella todo aquello era extrañamente nuevo y poco familiar.
    Él entrelazó los dedos en su pelo y se lo apartó del cuello para poder besarla. El roce erótico de sus labios en la garganta hizo que se Jesse se estremeciera ligeramente.
    El deseo comenzó a apoderarse de su cuerpo, al principio despacio, después creciendo cada vez más. Matt movió las manos por su espalda, las bajó hasta sus caderas y las detuvo allí mientras seguía besándola. A cada toque de su lengua, el deseo de Jesse se intensificaba un grado más. Cuando él le mordisqueó el lóbulo de la oreja, ella tembló. La sensación fluyó allí donde él le acariciaba los pechos. Ella sentía los pezones endurecidos, doloridos, en el sostén, y tuvo ganas de arrancarse la ropa y quedarse desnuda.
    Por fin, él se alejó tan sólo lo suficiente como para quitarse el jersey. Al mismo tiempo, ella se deshizo de los zapatos. Matt volvió a posar las manos en sus caderas, y a Jesse se le cortó el aliento de impaciencia. Se estaba desesperando.
    Él se inclinó y presionó los labios contra su hombro desnudo. Le lamió la piel, y ella jadeó. Lentamente, más lentamente de lo que hubiera debido, las manos fueron ascendiendo por su cuerpo, acercándose a sus pechos. Al mismo tiempo, él le besaba la clavícula, y luego el cuello. Entonces, atrapó sus curvas con aquellas manos grandes y comenzó a explorarla. Jesse dejó caer la cabeza hacia atrás y se concentró tan sólo en sus caricias, en cómo los dedos se movían por su piel. Luego él le pasó los pulgares por los pezones, y ella estuvo a punto de gritar. Se quedó inmóvil.
    Matt retrocedió ligeramente y se desabotonó la camisa, y después se la quitó. Ella miró su pecho desnudo, los músculos bien definidos y el vello oscuro. Entonces él la estrechó contra sí.
    Ella le pasó los brazos por el cuello y se dejó envolver por su fuerza. Se aferró a él. Quería ser capaz de meterse en su interior y no salir nunca más.
    Era un momento perfecto, y todavía no habían hecho nada. Quizá fuera porque sabía que Matt quería estar con ella. Aquello no era sólo una forma fácil de obtener sexo. Ella era única para él, y eso no le había sucedido nunca.
    Él llevó las manos hacia su espalda, y ella sintió un ligero tirón en su sostén, y después, la prenda se soltó. Matt le bajó un tirante, y el sujetador cayó al suelo.
    Jesse se quedó desnuda hasta la cintura. Él la miró como si fuera muy bella, y se inclinó para tomar su pezón izquierdo en la boca. Succionó y lamió, enviándole descargas de sensaciones por todo el cuerpo. Ella tuvo que agarrarse a sus hombros para mantenerse en pie. El deseo se arremolinó en su vientre, y cuando él comenzó a jugar con su otro pecho, pensó que iba a llegar al orgasmo en aquel mismo instante.
    Era como si Matt supiera exactamente lo que tenía que hacer, cómo podía darle placer. La acarició hasta que ella no pudo contener un gemido.
    – Matt, por favor -susurró.
    Él se irguió y sonrió. Deslizó la mano entre sus cuerpos, le desabrochó los pantalones vaqueros y le quitó una por una todas las prendas. Cuando la tuvo desnuda ante sí, la empujó suavemente hacia la cama.
    Jesse se sentó en el colchón.
    – Túmbate -le dijo Matt.
    Ella vaciló. Si se tumbaba quedaría en una posición muy vulnerable. Sin embargo, quería hacer lo que él le había pedido. Lentamente, se recostó sobre las sábanas. Él se arrodilló en el suelo.
    – Eres preciosa -murmuró mientras le regaba de besos la pierna, desde la espinilla hasta la rodilla-. Tu piel, tu pelo, tu sonrisa. Tu forma de decir mi nombre.
    Matt besó, lamió y mordisqueó abriéndose camino por sus muslos, acercándose más y más a la parte más hambrienta del cuerpo de Jesse. Ella se movió con inquietud, separó las piernas, deseó lo que iba a ocurrir. Sintió la caricia de la respiración de Matt, y después, la lengua sobre el punto más sensible de su ser. No pudo contener un gemido.
    Él lamió lentamente y exploró. Al mismo tiempo, movió las manos por su cuerpo hasta que le acarició los pechos con un ritmo perfecto. Jesse cerró los ojos y se abandonó a aquella cascada de sensaciones, al deseo líquido que avanzaba, pulsación a pulsación, por ella.
    Él siguió moviéndose con lentitud, dibujando círculos. Ella notó que se le tensaban los músculos, y unas vibraciones deliciosas le atravesaban el cuerpo y la llevaban cada vez más alto, más cerca. Como si lo sintiera, él hizo sus caricias un poco más rápidas, un poco más intensas. El movimiento de sus dedos se hizo más insistente. La necesidad se intensificó, la presión creció. Ella se agarró a las sábanas y se arqueó contra él.
    – Matt… -susurró.
    Él se movió ligeramente y succionó el centro de su cuerpo. Era demasiado, pensó ella antes de hacerse añicos.
    El orgasmo se apoderó de su cuerpo con una fuerza inesperada. Ella se echó a temblar, gritó y se estremeció mientras él continuaba acariciándola, hasta que finalmente, se quedó inmóvil, tendida en la cama, sintiéndose más desnuda de lo que nunca se había sentido. Siempre había disfrutado del sexo, pero no de aquel modo. Era como si su alma hubiera quedado expuesta. Tuvo que hacer un esfuerzo por no echarse a llorar. Por no huir. Supo que tenía que cubrirse con algo.
    Se sentó y buscó una escapatoria. Entonces Matt se levantó, la puso en pie y la abrazó. La ciñó con sus brazos fuertes y le susurró que todo iba bien. Como si lo supiera. Como si lo entendiera.
    Jesse comenzó a llorar. Sus lágrimas eran grandes, gruesas, inexplicables. Lloró como si se le estuviera rompiendo el corazón, y seguramente él estaba aterrorizado, pero ella no podía parar. Lloró hasta que se quedó seca, temblorosa.
    – Lo siento -jadeó-. Lo siento.
    – No pasa nada -dijo él, acariciándole el pelo. Después le besó la frente-. Relájate. Yo estoy aquí.
    – ¿Por qué no has salido corriendo?
    Matt sonrió.
    – ¿Y por qué iba a hacerlo?
    – Porque soy un desastre. Se supone que debería estar resplandeciendo, no perdiendo el control. No sé qué me pasa.
    Él le tomó la cara entre ambas manos y le limpió las lágrimas.
    – Te quiero, Jesse. Te quiero como eres. Sientas lo que sientas.
    ¿Él la quería? ¿Era verdad?
    A Jesse se le detuvo el corazón. ¿Cómo iba a quererla? Ella no podía importarle a un hombre como él.
    – Matt, no puede ser.
    Su respuesta fue besarla. Le dio un beso delicado, lleno de promesas. Poco a poco, comenzó a acariciarla de nuevo y, al cabo de unos segundos, parecía que estaba muñéndose por ella. Ella le devolvió las caricias. Después, le tiró del cinturón.
    Él dio un paso atrás y comenzó a desnudarse rápidamente. Mientras lo hacía, Jesse se tendió sobre la sábana. Cuando él estuvo desnudo, se tumbó a su lado y la acarició. Ella se colocó a horcajadas sobre su cuerpo, y le sonrió.
    – Prepárate.
    Él se echó a reír.
    – Estoy dispuesto.
    – Eso espero.
    Lo besó en los labios, y después en el cuello, y en el pecho. Ella tenía el pelo suelto, y sus mechones lo acariciaban a medida que iba descendiendo.
    Jesse se detuvo para lamerle las tetillas, y después sopló suavemente sobre ellos. Por el rabillo del ojo vio que él apretaba los puños, como si estuviera intentando dominarse.
    Bien. Ella quería asombrarlo tanto como él la había asombrado a ella.
    Continuó besándolo y llegó a su estómago musculoso, y después se arrodilló entre sus muslos. Cuando estuvo situada, le quitó el preservativo que él tenía en una mano y lo abrió. Sin embargo, no se lo puso. Todavía no. Se inclinó hacia delante y lo tomó en la boca.
    Se movió hacia arriba y hacia abajo un par de veces, se retiró y lamió la punta. Él exhaló un siseo. Ella cerró los labios a su alrededor y succionó, y después lo acarició con la lengua.
    La sangre acudió pulsación a pulsación, y él se endureció todavía más. Sus muslos se tensaron.
    – Jesse -gruñó, y la agarró.
    Sabía lo que él quería decir. Así no. No la primera vez. Quería estar dentro de ella y ella también lo deseaba.
    Le colocó el preservativo y se subió sobre él, a horcajadas, atrapándolo en un solo movimiento.
    Él la llenó completamente, y ella se inclinó hacia delante y se apoyó sobre el colchón. Entonces Matt la agarró por las caderas.
    – Jesse… -susurró con voz tensa.
    Ella sonrió. Eso era lo que quería. Tener la oportunidad de proporcionarle placer. Permitió que él estableciera el ritmo mientras se deslizaba hacia arriba y hacia abajo, llevándolo al límite.
    – Hazlo conmigo -le pidió él.
    – No. Quiero mirarte.
    Jesse empujó hacia abajo una vez más, y notó que él se quedaba rígido. Se movió más deprisa, y él se aferró a ella, como si estuviera intentando mantener el control. Después emitió otro gruñido y estuvo perdido.
    Ella siguió moviéndose hasta que las manos de Matt quedaron inmóviles en sus caderas. Él tenía los ojos cerrados y los rasgos tensos. Jesse esperó a que la mirara. Después se inclinó y lo besó.
    – Te quiero. Matt.
    Él la abrazó y rodó por la cama hasta que quedó sobre ella.
    – Yo te quiero más.
    – Imposible.
    – ¿Quieres apostarte algo?
    – Claro.
    – Te lo voy a demostrar.
    Jesse se echó a reír.
    – Estoy impaciente por ver cómo lo intentas.

Capítulo Once

    Presente…
    Jesse estaba sentada en la cocina, tomándose el primer café, intentando despertarse. Por una vez no tenía que estar en la pastelería de madrugada, así que dormir hasta las siete era todo un lujo. O lo hubiera sido, si ella hubiera podido dormir de verdad. Por desgracia, había pasado la noche inquieta, sin poder relajarse. Y cuando por fin lo había conseguido, había soñado con Matt. La había obsesionado con sus besos y sus caricias, hasta que ella se había despertado excitada e incómoda.
    Agarró la taza con ambas manos e inhaló el aroma que desprendía el café. Paula entró en la cocina.
    – ¿Sabes dónde hay que buscar? -preguntó a Jesse mientras le entregaba el periódico.
    El anuncio de los nuevos brownies, junto al cupón de descuento, debería haber salido aquel día.
    – No tengo ni idea. Quizá Nicole no lo haya puesto.
    – No debería hacer eso.
    Jesse no estaba tan segura. Su hermana estaba furiosa con ella aquellos días.
    Dividió el periódico en secciones, le dio a Paula la mitad y ambas comenzaron a buscarlo. De repente, Paula comenzó a reírse.
    – No importa lo que haya hecho tu hermana -le dijo-. Creo que se va a enfadar mucho.
    – ¿Por qué?
    Paula carraspeó y comenzó a leer.
    – «Confieso que no soy muy aficionada a la bollería. Las magdalenas me dejan fría. Las tartas de café me producen bostezos. Sin embargo, me encanta el chocolate, así que cuando un amigo mío comentó a delirar sobre los nuevos brownies de la famosa Pastelería Keyes, pensé que debía probarlos. Después de todo, una reportera tiene que estar dispuesta a hacer los trabajos más duros. Así que fui y compré un brownie de cada clase. Los hay con y sin nueces».
    Paula miró a Jesse.
    – Prepárate.
    Jesse asintió. No podía hacer otra cosa que escuchar y rezar para que la crítica fuera buena.
    – «Seattle, tenemos un nuevo nirvana. Olvidad las mezclas de chocolate y moca, los cafés con leche con nata y todas las demás formas de placer decadente de vuestra vida. Abandonad vuestras tareas y encaminad vuestros pasos directamente a la Pastelería Keyes. Pedid todos los brownies que podáis comprar, y después entregaos a un lujo de chocolate delicioso, rico, increíble, que os proporcionará una energía diferente a cualquier cosa que hayáis podido experimentar en esta vida».
    Paula continuó leyendo, pero Jesse no oía nada. No tenía que hacerlo. Los brownies eran un éxito, lo había conseguido. Se echó a reír: aquél iba a ser un buen día.

    Jesse apareció para su turno de las diez de la mañana. Todo el edificio estaba inmerso en el caos. El aparcamiento estaba abarrotado, había docenas de personas formando cola, y cuando Jesse dio cinco pasos hacia el interior de la pastelería, se encontró con una Nicole nada contenta.
    – ¿Lo sabías? -le preguntó su hermana-. ¿Sabías lo de la crítica?
    – La leí en el periódico esta mañana.
    Nicole no parecía muy convencida.
    – No tenemos suficientes. Vamos a quedarnos sin existencias en menos de una hora. ¿Qué le voy a decir a la gente?
    Jesse la miró fijamente.
    – No lo sé. Si lo hubiera sabido, te lo habría dicho. ¿No crees que preferiría que estuviéramos preparadas para esta avalancha? Como mínimo, habría querido restregártelo por las narices.
    Eso debió de convencer a su hermana.
    – Esto es un desastre -murmuró Nicole-. Están comprando de media docena en media docena. Los hacemos todo lo rápidamente que podemos, pero la capacidad de producción del obrador es limitada. No se suponía que iba a ser así.
    Jesse pasó por alto lo que implicaban aquellas palabras: que sus brownies no podían tener éxito. En aquel momento, tenían un problema más importante.
    – ¿Hay pedidos telefónicos?
    – Unos pocos.
    Jesse supuso que habría muchos.
    – Esto va a empeorar. ¿Y si alquilamos una cocina de forma temporal? Con un par de hornos comerciales valdría. Eso tendría un coste muy bajo.
    – Me parece una solución casi permanente para un problema pasajero.
    Jesse no creía que fuera pasajero, pero decidió no comentarlo.
    – Podríamos vender los excedentes por Internet.
    Su hermana rugió.
    – ¿Es que no vas a dejar eso de una vez?
    – No. Es una idea muy buena, dinero fácil. Tengo la página de Internet preparada. Lo único que hace falta es encontrarle un hospedaje y estaremos en la Red.
    – ¿Otra de tus clases de la universidad?
    – Sí -dijo Jesse-. He investigado sobre cuáles son los mejores embalajes y el mejor material de envío. En dos días podríamos estar funcionando.
    – No -dijo Nicole.
    – ¿Es que no puedes demostrar ni una pizca de entusiasmo por lo que está pasando? -preguntó Jesse, con una sensación de amargura y derrota-. No estás contenta porque la receta es mía.
    – Soy precavida porque tengo una responsabilidad hacia este negocio, y hacia mis empleados. No puedo malgastar los recursos porque tú creas que es una buena idea. Estamos hablando de mucho dinero. Yo tengo que pagar las nóminas de la gente que depende de mí. No puedo permitirme cometer un error.
    Jesse señaló hacia el aparcamiento.
    – No es un error.
    – Hoy no, pero ¿cuánto va a durar? ¿Una semana, un mes? ¿Contratamos a más gente para este momento y después los despedimos si no funciona? No voy a jugar con la vida de la gente por capricho. Tengo preocupaciones más importantes que tus brownies, Jesse, siento que te moleste. Si quieres aprender más sobre el negocio, encantada; te daré la oportunidad de hacerlo. Pero en una pastelería hay mucho más que el sabor del mes. Yo debo tenerlo en mente.
    Jesse no sabía qué decir. Por suerte, vio que Sid se acercaba a ellas. No supo descifrar su expresión.
    – ¿Qué ocurre? -preguntó Nicole.
    – Nada. Línea dos. Tienes que contestar a esa llamada.
    Nicole se acercó al teléfono, apretó un botón y descolgó.
    – Nicole Keyes, ¿dígame? -habló con cautela. Escuchó durante unos treinta segundos, y después le pidió a su interlocutor que esperara un segundo. Se volvió hacia Jesse-. Es para ti -dijo, y le entregó el auricular con malos modos. Después se alejó.
    Jesse se quedó mirándola sin entender nada. ¿Qué demonios…?
    – ¿Diga?
    La mujer que estaba al otro lado de la línea suspiró.
    – ¿Con quién hablo ahora?
    – Con Jesse Keyes.
    – ¿De veras? Estupendo. Por fin. No ha sido fácil dar contigo. Soy Margo Walkin, la productora de Buenos días, América. Estoy en Nueva York, pero antes vivía en Seattle. Es mi cumpleaños, y mi madre me ha enviado unos brownies de su pastelería de regalo. Oh, Dios mío. Son increíbles. Me dijo que están tomando mucha fama, así que pensé que podía hacer un segmento del programa sobre ellos. O sobre ti. Sé que hay una buena historia en esto. Me gustaría tener una entrevista telefónica contigo para que podamos hablar, y después enviaría a un equipo allí, para hacer la filmación. ¿Qué te parece?
    Jesse miró a la multitud de coches que había en el aparcamiento, pensó en la crítica del periódico y se echó a reír.
    – ¡Me parece que va a ser un día estupendo!

    – ¿Yo le caigo bien a mi papá? -preguntó Gabe.
    – Por supuesto que sí -dijo Jesse-. Le caes muy bien. Lo que pasa es que no tiene experiencia con los niños, y no sabe qué decir. Por eso tiene miedo de decir algo equivocado. A los adultos, eso no les gusta nada, así que, para no cometer un error, no dice nada.
    – Pero no pasa nada por cometer un error, si luego te disculpas, ¿no?
    Ella se rió.
    – Es cierto. Se lo recordaré a tu papá.
    – Muy bien. Porque yo quiero que sea mi papá.
    – Yo también -dijo ella.
    Después, salió del coche y sacó también a Gabe, y recogió los juegos de mesa que habían elegido para pasar la tarde en casa de Matt.
    Había sido una sugerencia de Jesse. Estaba nerviosa por su encuentro en la oficina, pero su objetivo más importante era conseguir que Gabe y su padre forjaran lazos. Le parecía una tontería evitar a Matt por lo fácilmente que él conseguía que le ardiera el cuerpo. Eso era problema suyo, no de él, y tenía que enfrentarse al problema como una adulta.
    Caminaron hasta la enorme entrada de la casa de Matt. La puerta se abrió antes de que ella pudiera tocar el timbre. Él apareció en el umbral, muy alto y atractivo, vestido con vaqueros y una camiseta. Relajado.
    – Hola -dijo ella con nerviosismo.
    – Hola -respondió Matt, y miró hacia abajo-. Hola, Gabe.
    – Hola -respondió el niño en voz baja.
    – ¿Quieres pasar?
    Gabe miró a su madre. Después asintió y entró en la casa. Jesse lo siguió.
    El vestíbulo era tan grande como toda su casita de alquiler en Spokane, pensó Jesse, observando la pared que había frente a ellos. Tenía doble altura, y por ella se deslizaba una cortina de agua.
    Gabe lo observó con los ojos muy abiertos.
    – Está lloviendo por dentro -susurró-. Mira, mamá, está lloviendo por dentro.
    – Ya lo veo. Es genial, ¿verdad?
    Matt se acercó a una pared lateral y presionó un interruptor. Inmediatamente, el agua cayó al estanque que había debajo. Después hubo silencio.
    La expresión de Gabe se volvió de reverencia.
    – ¿Puedes hacer eso?
    Matt sonrió.
    – Y tú también. Vamos, te lo voy a enseñar.
    El interruptor estaba un poco alto. Jesse comenzó a moverse hacia ellos, pero Matt se agachó, agarró a Gabe por la cintura y lo subió para que alcanzara. El niño apretó el interruptor y el agua comenzó a caer otra vez.
    Gabe se echó a reír.
    – Mamá, ¿podemos tener uno de estos?
    – Hasta dentro de una temporada no -dijo ella.
    Matt dejó en el suelo a Gabe.
    – A mí me apetece jugar a algo. ¿Y a ti?
    Gabe asintió.
    – Por aquí.
    Matt los guió a través de una cocina enorme, hasta una sala de estar abierta. El techo tenía dos alturas, y había un paño completamente de cristal, que ofrecía una vista perfecta del lago Washington. La chimenea era muy grande, y frente a ella había dispuestos cuatro sofás.
    Matt se dirigió a uno de ellos, pero Gabe se sentó en el suelo, sobre una suave alfombra que había frente a la chimenea. Jesse sonrió a Matt.
    – Nosotros jugamos en el suelo.
    Aunque se quedó algo desconcertado, Matt se sentó junto a ellos. Entonces Jesse sacó los dos juegos que había llevado.
    – El juego de la oca o Candyland. Dos clásicos inmortales -dijo, y miró a su hijo con una sonrisa-. Vamos a empezar por el más fácil. Es nuevo en esto.
    Gabe se rió y eligió la oca.
    Jesse preparó el juego.
    – ¿Tengo que explicar las reglas? -le preguntó a Matt.
    – No, las iré entendiendo a medida que juguemos -respondió él con una mirada de diversión.
    Gabe tomó el dado.
    – Toma. Tú eres el primero.
    – Muy amable -le susurró Jesse.
    – Es novato -susurró Gabe.
    – Os oigo a los dos -refunfuñó Matt, y tiró el dado.
    Cinco minutos después, Gabe se rió, cuando tanto Jesse como Matt cayeron en la cárcel y él siguió avanzando y avanzando de oca en oca.
    – Va a ganar -advirtió Jesse a Matt.
    – Ya lo veo. Es porque tiene más práctica.
    – Quizá. O porque se le da muy bien el juego.
    Matt tiró el dado y gruñó al ver que le había tocado otra mala casilla.
    Jesse pensó que se lo estaba tomando con mucho sentido del humor. Se sentía contenta por cómo estaban saliendo las cosas. Había mucha menos tensión, y aunque Matt no hablaba demasiado con Gabe, parecía que estaban cómodos el uno con el otro.
    Cuando Gabe se acercó al gran ventanal a mirar el lago, ella se giró hacia Matt.
    – ¿Cómo te sientes? -le preguntó.
    – Bien.
    – ¿Te da menos miedo, o es que estás fingiendo mejor?
    – He leído cosas sobre los niños de su edad en Internet. Cómo son y en qué punto del desarrollo están.
    ¿Significaba eso que había empezado a ver a Gabe como a una persona, como a su hijo? ¿Era demasiado pronto para eso? Antes de que pudiera encontrar la manera de obtener respuestas, su hijo de acercó y se lanzó sobre ella.
    – Te quiero, mamá -le dijo mientras aterrizaba en su estómago.
    Ella rodó con él, y Gabe terminó boca arriba.
    – Yo también te quiero -le aseguró ella mientras le hacía cosquillas en el costado.
    Él se encogió de la risa y Jesse también se estaba riendo, y después se abrazaron. Ella lo estrechó e inhaló con fuerza el olor del niño.
    Su corazón creía y crecía. Tenía que hacerse cada vez más grande para albergar todo el amor que sentía por Gabe.
    Se volvió y vio que Matt se había sentado. Estaba un poco apartado de ellos, con un aire ligeramente tenso y fuera de lugar. En sus ojos se reflejaba una emoción que ella no sabía reconocer. ¿Culpa? ¿Preocupación? Entonces él pestañeó y todo desapareció de su mirada.
    Sin previo aviso, Gabe se lanzó hacia el pie de Matt y le hizo cosquillas. Matt se retiró tan rápidamente que estuvo a punto de caerse. Gabe se quedó boquiabierto.
    – ¡Mamá, tiene cosquillas!
    Parecía que la noticia era tan emocionante como el hecho de que lloviera dentro de la casa. ¿Un adulto que tenía cosquillas? ¿Era posible?
    Gabe se lanzó nuevamente hacia él, y Matt extendió el brazo mientras continuaba retirándose.
    – Espera, espera. No es buena idea, Gabe. Hacerle cosquillas a alguien puede ser peligroso.
    Sin embargo, su hijo no escuchaba, y Jesse no sabía si debía intervenir o no. Cuando Gabe consiguió agarrar los pies de Matt, éste se puso en pie.
    – ¿Quién quiere un brownie? -preguntó-. He pasado por la pastelería a comprar algunos.
    Jesse se puso en pie y tomó en brazos a Gabe. Todos entraron en la cocina.
    – He traído de dos clases -iba diciendo Matt mientras abría una caja de la pastelería Keyes-, Gabe, ¿quieres un vaso de leche con el tuyo?
    – Sí, por favor.
    – ¿Jesse?
    Se estaba comportando de un modo muy relajado, como si no hubiera pasado nada, pensó ella. Como si no hubiera salido corriendo como un cobarde. Jesse hizo un cloqueo.
    Él la miró.
    – ¿Estás bien?
    Ella volvió a cloquear.
    – Gallina.
    Él entrecerró los ojos.
    – No soy un gallina. Es que tengo buenos reflejos. No quiero arriesgarme a hacerle daño a Gabe dándole una patada sin querer.
    – Mmm… Tienes cosquillas y no querías que él te tocara el pie.
    – Es una cuestión de reflejos.
    Ella cloqueó.
    Sin avisar. Matt la tomó del brazo, la acercó a él y la miró fijamente a la cara. Su boca quedó a centímetros de la de ella. Allá donde sus cuerpos se tocaban, la pasión ardía.
    – Repítelo si te atreves -dijo él en voz baja.
    – ¿Me estás desafiando? -preguntó Jesse con el aliento entrecortado.
    – Por supuesto.
    – ¿Puedo comerme el brownie ya? -preguntó Gabe, tirándole de la camisa a Jesse.
    Ella volvió a la realidad. Se apartó de Matt, que la soltó rápidamente.
    – Claro, cariño. Sin nueces, ¿verdad?
    – Sí.
    Se quedaron en la cocina mientras instalaban a Gabe en la mesa con su merienda, actuando como si no hubiera ocurrido nada, aunque Jesse era desesperadamente consciente de todos los movimientos de Matt.
    El cuerpo le dolía de deseo. Quería…
    Sonó su teléfono móvil.
    Ella tomó el bolso, sacó el teléfono y respondió la llamada.
    – ¿Diga?
    – ¿Jesse? Soy Claire. Tienes que venir inmediatamente -dijo su hermana en un tono frenético.
    – ¿Qué ocurre?
    – Hay un incendio… Oh, Dios…
    Jesse oía ruidos de trasfondo. Ruidos fuertes, chasquidos y gritos.
    – ¿Qué quieres decir? ¿Dónde?
    – Hay un incendio horrible. La pastelería se está quemando.

Capítulo Doce

    Jesse estaba junto a sus hermanas frente a las ruinas humeantes de lo que una vez fue la Pastelería Keyes. La mayoría de las llamas ya estaban apagadas, pero el olor a humo impregnaba el aire.
    No se había salvado nada. Cuando ella había llegado, las llamas se alzaban con fuerza hacia el cielo, y el calor los mantenía a todos alejados del edificio. Ahora que todo había pasado, sólo quedaban ascuas y cenizas.
    – No puedo creerme que haya desaparecido -susurró Nicole, tan aturdida como Jesse-. Así, sin más.
    Claire estaba entre ellas, y tenía a sus hermanas tomadas del brazo.
    – No ha habido daños personales -les dijo-. Eso es lo más importante. Lo demás puede sustituirse.
    Jesse no se molestó en contener las lágrimas.
    – Ya no va a salir en Buenos días, América. No queda mucha historia que contar.
    «Pequeño negocio destruido por el fuego». ¿A quién le importaba eso?
    – No es el fin del mundo -dijo Nicole-. Tenemos el seguro, lo reconstruiremos. Lo único malo es que tardaremos un poco.
    Jesse no dijo nada. ¿De qué iba a servir? Ella había vuelto a Seattle a demostrar algo, y se había concedido seis meses para hacerlo: que podía formar parte del negocio y contribuir. Con la pastelería cerrada, eso era imposible.
    – ¿Y qué vais a hacer hasta ese momento? -preguntó Claire.
    – No lo sé -admitió Nicole-. Supervisar la construcción del nuevo local.
    Era la muerte de su sueño, pensó Jesse con tristeza. Tendría que volver a Spokane y retomar su vida tranquila en el bar. Nunca iba a tener la oportunidad de demostrar que tenía buenas ideas y que servía. Era…
    – Podemos alquilar una cocina -dijo sin pensarlo-. Tendríamos que dejar de vender algunos productos, pero no todos. Haremos correr la voz y, mientras, podemos utilizar ese tiempo para empezar a funcionar por Internet. Lo tengo todo preparado y puedo encontrar hospedaje mañana mismo. Así conservaríamos el negocio en marcha durante la reconstrucción.
    Nicole negó con la cabeza.
    – No funcionaría, Jesse. Sé que quieres hacerlo, pero no es posible. Además, éste no es el mejor momento. No se pueden enviar productos de bollería de un lado a otro del país. Son difíciles de empaquetar y no soportarían bien el traslado, y aunque resolvieras esos problemas, estarían duros cuando llegaran a su destino.
    – Si hacemos envíos de un día para otro, no.
    – Nadie va a pagar eso.
    – ¿Cómo lo sabes?
    – Llevo años en este negocio. Conozco a mis clientes.
    – Conoces a la gente que entra en la tienda. No conoces al resto del país, y no sé por qué no puedes, ni siquiera, meditar la idea. Hay más vida de la que tú ves.
    – Eso ya lo sé -dijo Nicole con los dientes apretados-, pero lo que tú quieres es imposible.
    – Porque tú lo digas. Ni siquiera quieres intentarlo.
    – Bueno, ya basta -intervino Claire, y las soltó a las dos. Se puso frente a ellas y dijo-: Se acabaron las peleas. Las cosas ya son bastante difíciles como para que os enfrentéis -miró a Nicole y prosiguió-: Volver a poner en marcha la pastelería va a llevar cierto tiempo; meses, quizá un par de años. ¿Y qué vas a hacer con tus empleados mientras tanto?, ¿los vas a perder?
    Nicole cabeceó.
    – No lo sé. Todavía no sé nada.
    – Jesse tiene razón. Alquilar una cocina es una manera rápida, y no creo que suba mucho los costes de producción. Y lo mismo en cuanto a las ventas por Internet. Si ella ya tiene preparada la página web, sólo tendríamos que buscar un hospedaje. Eso no es caro, así que aunque las ventas no sean espectaculares, al menos habrá algunas, y podrás conservar a algunos de tus empleados.
    Nicole suspiró.
    – Tienes razón.
    – Lo sé. En cuanto al resto del negocio, ¿por qué no vendéis a los restaurantes de la ciudad? ¿No habéis indagado nunca ese mercado? Entre la tarta de chocolate Keyes y los brownies, podríais generar buenos beneficios.
    Jesse miró a Claire.
    – Nunca se me había ocurrido pensar en los restaurantes.
    – A mí tampoco -admitió Nicole.
    – Soy mucho más que una cara bonita -les dijo Claire-. Tenedlo en cuenta.
    Jesse sonrió.
    Nicole se echó a reír.
    – Está bien. Empezaremos por buscar una cocina para alquilar, y después pondremos a funcionar la página de Internet. Tengo que llamar a todo el mundo para decirle lo que ha pasado. ¿Qué hora es?
    Jesse miró el reloj.
    – Casi las tres.
    – Sid está al llegar -dijo Nicole con un suspiro-. Esto va a ser muy duro para todos.
    Jesse no dijo nada. Aunque estaba contenta por el hecho de Nicole hubiera entrado en razón, lamentaba que su hermana hubiera pensado en la idea de la cocina alquilada cuando Claire lo había mencionado, y no cuando lo había propuesto ella.
    – ¿Nicole? ¿Jesse?
    Jesse se volvió y vio a Sid caminando hacia ellas. Iba vestido de blanco de pies a cabeza.
    – ¿Qué demonios…?
    Jesse y Nicole se acercaron a él.
    – No había nadie dentro -dijo Nicole-. Todavía no sabemos cómo se originó el fuego. Iba a llamaros, pero no tengo aquí los números de teléfono de ninguno.
    Sid observó las ascuas.
    – No me lo puedo creer. Todo el edificio ha desaparecido.
    – Vamos a alquilar una cocina -anunció Jesse-. Sólo tardaremos un par de días en poner en funcionamiento otra vez el negocio.
    – ¿Qué? -Sid agitó la cabeza-. Sí, claro, alquilar una cocina. Tiene lógica. Dios, ¿cómo ha podido pasar algo semejante?
    Ninguna supo responderle. Siguieron hablando con calma hasta que llegaron más empleados, y después les dieron las noticias a todos. Jesse se acurrucó en la oscuridad, sin ganas de marcharse. Alrededor de las cuatro apareció Matt con vasos de café.
    Jesse se acercó a él, contenta de que hubiera ido.
    – ¿Qué haces aquí? Es de madrugada.
    – Me imaginaba que todavía estarías aquí -dijo mientras le entregaba uno de los cafés-. Me desperté y no podía volver a conciliar el sueño, así que vine para ver si puedo ayudar en algo.
    Ella tomó el vaso de plástico.
    – Gracias.
    Matt miró a su alrededor.
    – ¿No han podido salvar nada? Ha debido ser un incendio enorme.
    – Ha sido horrible.
    – Nicole tiene seguro, ¿no?
    – Sí.
    – Entonces podrá reconstruir el edificio, aunque va a tardar un tiempo.
    – Lo sé. Ahora estamos haciendo un plan -dijo Jesse y, de repente, se dio cuenta de que tenía que hacer esfuerzos por seguir despierta-. Disculpa. No tengo mucha energía.
    – Es una reacción al estrés y la conmoción -le dijo él, y la tomó del brazo-. Ven a mi casa. Puedes ducharte y dormir un poco. Yo te traeré por la mañana para que recojas tu coche.
    – Debo volver a casa de Paula.
    – Son las cuatro de la mañana. Vas a despertarlos a los dos.
    Sí, buena observación.
    – Voy a decírselo a Nicole y a Claire.
    Jesse habló con sus hermanas y después se dirigió hacia el Mercedes biplaza de Matt. Cuando se sentó en el asiento del acompañante, Matt le preguntó:
    – ¿Te sientes bien para hacer el trayecto?
    – Sí. Sólo necesito una ducha y descansar un poco.
    En circunstancias normales se habría saltado la ducha, pero olía a humo, y no necesitaba aquel recordatorio tan visceral de que sus sueños habían quedado reducidos a cenizas.
    – Quizá no -murmuró para sí-. Si comenzamos a trabajar en la cocina alquilada y a vender por Internet, todavía puedo tener una oportunidad.
    – ¿De demostrarte algo a ti misma? -preguntó él mientras conducía por las calles desiertas hacia su casa.
    – Sí -respondió Jesse, que apoyó la cabeza en el respaldo del coche-. Me he concedido seis meses para arreglar la situación. ¿Por qué tenía que pasar lo del incendio ahora, no podía haber sido dentro de un año?
    – No es nada personal, Jess. Ha sucedido, y ya está.
    – A mí me da la sensación de que sí es personal. El fuego me odia -dijo. Estaba empezando a dejarse vencer por el sueño-. Nicole todavía me odia, pero Claire ha conseguido que tome en cuenta algunas de mis ideas.
    – Tu hermana no te odia.
    – ¡Ja! Sí, me odia. Y tú también.
    – No, no te odio.
    – Estás enfadado. Sé que estás enfadado, pero estás haciendo las cosas bien con Gabe, y él es mucho más importante que yo.
    – ¿Porque lo quieres?
    – Es mi hijo. Moriría por él.
    El coche se detuvo. Jesse abrió los ojos para ver si ya habían llegado a casa de Matt, pero sólo se trataba de un semáforo en rojo. Miró a su alrededor y se dio cuenta de que Matt la estaba observando.
    – ¿Qué? -le preguntó.
    – No eres lo que yo me esperaba.
    – Es que no me esperabas. Soy una sorpresa.
    – En más sentidos de los que te imaginas.

    Debía de haberse quedado dormida, porque de repente, se dio cuenta de que Matt la estaba ayudando a salir del coche. La llevó hasta el dormitorio principal. Allí había una cama enorme y mobiliario hecho a medida. Matt la tomó de la mano y le enseñó el baño. Tenía chimenea, pantalla plana de televisión sobre una bañera de hidromasaje y una ducha con muchos chorros integrados en la pared, y quién sabía qué más cosas.
    – ¿Estás lo suficientemente despierta como para arreglártelas sola? -preguntó él mientras dejaba varias toallas sobre la encimera de mármol-. No quiero que te ahogues en mi ducha.
    – Yo tampoco -dijo Jesse mirando los controles de la ducha-. ¿Cómo se pone a funcionar?
    Él se acercó a un panel de control que había en la pared.
    – ¿Serán suficientes veinte minutos?
    Ella se despertó de la sorpresa.
    – ¿Tienes una ducha por control remoto?
    – Con este panel controlo la temperatura, la presión del agua y el número de grifos que se quieren usar. Yo lo programaré. Te va a gustar mucho.
    Entró en un enorme armario y sacó un albornoz de color granate.
    – Deja la ropa aquí. La echaré a lavar mientras duermes.
    – Qué buen servicio -dijo ella.
    Él apretó el botón de encendido de la ducha.
    – Deja la ropa junto a las toallas -le dijo, y se marchó.
    Quince minutos después, ella estaba limpia y olía a jabón y a champú. Se las arregló para cerrar los grifos antes de salir y tomó una de las toallas. Su ropa no estaba, lo que quería decir que Matt había entrado en el baño mientras ella se estaba duchando. ¿Habría mirado? Quizá ni siquiera hubiera tenido la tentación. Ella no quería hacerse aquel tipo de preguntas.
    Había pasado mucho tiempo…, cinco años para ser exactos, pero ésa no era razón para que deseara que estuvieran juntos. Matt era el único que había tocado su alma. Ella lo había querido, y eso hacía que todo fuera distinto.
    Se puso el albornoz, se secó el pelo y salió a la habitación. Matt entró desde el pasillo con una taza de café.
    – He echado tu ropa a lavar -dijo él.
    – Ya lo he visto. Gracias.
    Jesse le dio un sorbito al café. Se sentía azorada y exhausta al mismo tiempo.
    – Creo que me va a explotar la cabeza.
    – Ven -dijo Matt, llevándola hasta la cama-. Intenta dormir un poco, aunque sólo sean dos horas.
    Apartó el embozo y se irguió.
    – ¿Podrías prestarme una camiseta? -le preguntó ella.
    Él fue a su armario, lo abrió y sacó una camiseta suave, desgastada, de los Seahawks. Cuando iba a dársela, emitió un juramento, la tiró sobre la cama, agarró a Jesse por el cuello del albornoz, la atrajo hacia sí y la besó.
    No fue un beso suave. Había determinación, deseo. Matt exigía con los labios, la excitaba con la lengua y, demonios, lo conseguía.
    Ella se apoyó en él, devolviéndole los besos con tanta intensidad como la que él demostraba. La pasión que hubo una vez entre ellos volvió, y los consumía a los dos. De repente, él se apartó y la miró.
    – Estás ahí, tan tranquila y tan razonable -le susurró, con los ojos oscurecidos por el deseo-. Estás desnuda, Jess, y yo no dejo de pensar en ello.
    – Llevo un albornoz.
    – Mi albornoz. ¿Cómo piensas que me siento?
    – El problema del albornoz es fácil de resolver -murmuró ella, y se lo quitó.
    La pesada tela cayó al suelo y formó una pila a sus pies. Él siseó en voz baja y, al instante, le estaba acariciando todo el cuerpo, dibujando su cuerpo con las manos. Ella se entregó, besándolo, acariciándolo, sintiendo su cuerpo tan maravillosamente familiar.
    Él se abrió la camisa, se la quitó y la arrojó al suelo. Rápidamente, se desprendió de los zapatos, los calcetines, los pantalones vaqueros y la ropa interior. Agarró por la cintura a Jesse y tiró de ambos hacia la cama.
    Cayeron sobre las sábanas suaves con piernas y cuerpos entrelazados. La erección de él presionaba el vientre de ella, y sus manos le acariciaban los senos. Había calor en todos los lugares. Ella ya estaba húmeda e inflamada, sólo por estar cerca de él. Era como si se ahogara entre tantas sensaciones. La combinación del pasado y del presente era demasiado intensa, y exactamente lo que ella deseaba.
    Matt se movió y se apoyó en el colchón, mirándola.
    – Eres tan preciosa… -dijo mientras le acariciaba el pelo-. Eso no ha cambiado.
    – Matt -susurró ella.
    Él se rozó contra su muslo y emitió un gruñido.
    – Siempre has tenido este poder sobre mí. ¿Qué es?
    – No lo sé. Química.
    – Algo.
    Matt se inclinó y atrapó uno de los pezones con la boca. Su lengua y su boca hicieron que ella arqueara la espalda. El cuerpo se le contraía de impaciencia. El deseo se hizo más intenso, junto a la presión.
    Él se movió hacia el otro pecho, y ella comenzó a retorcerse y a recordar lo bueno que podía ser aquello. Él lamió su pezón erecto, y succionó, y ella jadeó sin poder evitarlo. Cada vez que él la atrapaba profundamente en su boca, Jesse notaba un latido de respuesta en el vientre. Se daba cuenta de lo inflamada que estaba, de lo cerca del orgasmo que se hallaba, pero quería sentir si las cosas eran iguales entre ellos dos.
    – Entra en mí -le susurró.
    Él asintió y se puso un preservativo, y ella separó las piernas. Entonces la llenó centímetro a centímetro, expandiéndola. Era como si pudiera llegar a tocarle el alma.
    Matt se retiró y embistió de nuevo. Jesse se puso tensa mientras se preparaba para alcanzar el clímax. Él incrementó el ritmo, la intensidad, e introdujo la mano entre los dos para acariciarle el punto más sensible del cuerpo. La llevó al límite en cuestión de segundos. Cuando el orgasmo se apoderó de ella, el placer fue interminable, y tuvo que aferrarse a él, jadeando, para poder respirar. Él la siguió a los pocos instantes.
    Se retiró y se tendió a su lado sobre la cama. Se miraron el uno al otro, como habían hecho muchas veces antes. Ella quería creer que veía algo en sus ojos, algo que significaba que él también había sentido el tirón del pasado. Sin embargo, sabía que aquello sólo era un anhelo por su parte. Nada más.
    – Esto ha sido inesperado -dijo Matt, y sonrió-. Aunque no tengo ninguna queja.
    – Yo tampoco.
    Él le acarició la mejilla, un gesto tierno que le atenazó la garganta.
    – Jesse…
    Ella esperó, sin tomar aire, rogando que Matt dijera algo, cualquier cosa, que le diera a entender que todavía quedaba algo entre ellos. Que se arrepentía de haber dejado que se marchara cinco años atrás. Que se había equivocado al juzgarla, y que quería compensarla por ello.
    Él retiró la mano.
    – Siento lo del incendio.
    Claro. El incendio. Durante unos minutos, ella había conseguido olvidarse de la destrucción. Se tumbó de espaldas y se tapó con las sábanas.
    – Tenemos un plan. Ya veremos si funciona.
    – Lo conseguiréis -dijo él, y ella asintió.
    – No puedo creer que Gabe y yo estuviéramos aquí anoche. Parece que fue hace semanas.
    – Gracias por traerlo. Quiero llegar a conocerlo mejor.
    Ella lo miró y sonrió.
    – Lo estás haciendo mucho mejor.
    – Es un niño estupendo.
    Las palabras correctas, pero ¿lo pensaba de verdad? ¿Veía ya a Gabe como hijo suyo? ¿Habían conseguido aquellos años de separación destruir la relación que podían haber tenido? ¿Y era culpa suya?
    – ¿Quieres intentar pasar tiempo a solas con él? -le preguntó, dispuesta a conseguir que forjaran un vínculo de padre e hijo-. Puedes llevarlo al acuario.
    Matt se incorporó.
    – ¿Crees que ya estoy preparado para eso?
    – Seguramente no, pero te vas a preparar haciéndolo. El acuario te dará tema de conversación. Gabe es pequeño, así que no aguantará mucho. Vas a pasar más tiempo conduciendo de aquí hacia allí y de vuelta que mirando los peces.
    Jesse frunció el ceño.
    – Supongo que tendrás que llevarte mi coche, o el coche de Paula, que es más nuevo que el mío. Tu Mercedes no es seguro para un niño.
    Él negó con la cabeza.
    – Voy a comprar uno. ¿Cuál es el coche más seguro que hay? ¿Un Volvo? Voy a buscar información por Internet.
    En esa ocasión fue ella la que se incorporó.
    – Matt, no tienes por qué comprar un coche para sacar a pasear a Gabe. Eso es una locura.
    – ¿Por qué? Es mi hijo. Voy a verlo más. Necesitaré un coche más seguro. Voy a comprar uno esta misma semana.
    Claro. Para él, comprar un coche nuevo era como para ella comprar unos chicles.
    Volvió a tumbarse en la cama y suspiró. Todo era distinto. Podía parecer que era igual, pero sólo se trataba de una ilusión. Todos habían cambiado, y fingir lo contrario no alteraba la realidad.
    – ¿Jesse?
    – ¿Mmm?
    Matt la besó. Le dio un beso lento, que le recordó cómo habían sido las cosas. Un beso que hizo que recuperara la esperanza.
    – Duerme un poco -aconsejó él-. Te despertaré dentro de un par de horas.
    Después se marchó y la dejó sola en aquella gran cama.

Capítulo Trece

    – Comprobad que los hornos funcionan bien -dijo Jesse el lunes por la mañana al entrar, con un montón de cajas, en la parte trasera de la cocina que habían alquilado.
    Era más pequeña que el obrador de la pastelería, pero sólo la iban a usar temporalmente. Un restaurante había cerrado, y el dueño se la alquilaba hasta que encontrara nuevo inquilino. Por el momento, era suficiente.
    Sid abrió la puerta del horno superior y comprobó la temperatura.
    – Va bien -dijo-. Doscientos grados.
    – Estupendo.
    Lo más importante era que los hornos funcionaran correctamente.
    – ¿Dónde quieres que ponga esto? -preguntó Jasper, refiriéndose a dos ordenadores portátiles.
    – Fuera, en el mostrador -le indicó Jesse-. Recibiremos allí los pedidos y haremos el embalaje en el restaurante. ¿Funcionan los teléfonos?
    Jasper descolgó uno de ellos.
    – ¡Tenemos línea! -gritó.
    – La compañía de teléfonos dijo que comenzarían a pasarnos llamadas a partir de las nueve -dijo Jesse, y miró el reloj. Eran las ocho y media-. Llama al número antiguo y comprueba que siguen derivándonos las llamadas.
    Jasper obedeció.
    Jesse se movió por la cocina, estimulada por el trabajo y las posibilidades. Cuando el resto del género estuviera inventariado, podrían empezar a cocinar. Los brownies saldrían aquel mismo día, y a la mañana siguiente, alguien los estaría probando al otro lado del país, y su vida cambiaría para siempre. Por lo menos, ése era el plan.
    – Caos controlado -dijo Nicole mientras se inclinaba sobre la encimera y miraba a su alrededor.
    Jesse asintió.
    – Nos han llegado los pedidos esta mañana -informó a su hermana-. He hecho una comprobación preliminar y parece que lo han enviado todo. ¿Has visto los embalajes para los envíos? Vendrán a hacer la primera recogida esta tarde.
    Nicole frunció el ceño.
    – ¿De qué estás hablando? ¿Qué recogida?
    – La de los pedidos que nos han hecho a nosotros.
    – ¿Cómo es posible que tengamos pedidos?
    Jesse no entendió la pregunta.
    – Te dije que la página web comenzó a funcionar ayer.
    – Lo sé, pero ¿ya hay pedidos? ¿Es posible?
    Jesse se echó a reír.
    – Pues claro. Ven y te lo enseño.
    Jesse se acercó al ordenador, se sentó y tecleó la dirección de la página. Se descargó rápidamente. Era una página limpia y atractiva, con fotografías de los brownies y de la famosa tarta de chocolate Keyes. Ella hizo clic en un pequeño icono que había en una de las esquinas inferiores y tecleó su nombre y la contraseña. La página cambió y mostró columnas de números.
    – Aquí está la última información sobre las visitas que hemos tenido -dijo mientras señalaba-. Tenemos… -Jesse se detuvo y pestañeó-. Esto no puede ser correcto.
    – ¿Qué? -preguntó Nicole, mirando por encima de su hombro-. ¿Qué ocurre?
    – Aquí dice que tenemos mil visitas por hora. Eso no es posible.
    – Claro que sí -intervino Sid-. ¿Es que no viste las noticias anoche?
    – Estaba demasiado ocupada montando la página. ¿Salió el incendio?
    – Sí. Un gran reportaje sobre la pastelería Keyes, que después de estar varias generaciones en manos de la familia, se ha quemado en una sola noche. Y hablaron de que vamos a usar la tecnología para continuar con el negocio. Y tú salías muy bien, Nicole.
    Jesse miró fijamente a su hermana, que se irguió con una expresión de sentirse incómoda.
    – ¿Te entrevistó la televisión y no me lo dijiste?
    – Estaban cubriendo la noticia del incendio. Yo estaba conmocionada. Ni siquiera me acuerdo de lo que dije.
    – Les dijiste que íbamos a vender por Internet, y que querías tener a tus empleados trabajando hasta que pudieras reconstruir la pastelería -le recordó Sid-. Que había muchos modelos de negocio, y que tú querías aprovechar lo que te ofrecía la era de la informática.
    Jesse tuvo la sensación de que le habían dado un puñetazo en el estómago. ¿Qué estaba sucediendo? ¿Su hermana podía emocionarse por lo que iban a hacer cuando ella no estaba presente, y cuando sí estaba, comportarse de manera difícil y poco colaboradora?
    – Fue un buen reportaje -prosiguió Sid-. Tal vez lo retransmitieran por otras cadenas locales. Ya sabes que siempre están deseando llenar el tiempo, sobre todo durante los fines de semana. Eso puede explicar por qué tenemos tantas visitas.
    Alguna explicación tenía que haber, pensó Jesse. Hizo clic en la página de los pedidos y soltó un jadeo.
    – ¡Tenemos ciento veinte pedidos!
    – No es posible -susurró Nicole.
    – Parece que sí. La mayoría son de brownies, lo cual es bueno. Son más rápidos de hacer. Hay unas cuantas tartas, también. Tenemos que revisar los pedidos y pensar qué vamos a hacer primero. La recogida para el reparto de mañana es a las cinco y media. Tenemos que sacar adelante la mayor parte de estos pedidos hoy -dijo Jesse, y miró a Nicole-. Vamos a necesitar más ayuda.
    – Voy a llamar a Hawk. Tal vez algunos de sus jugadores, o de sus amigos, quieran un trabajo temporal.
    – Yo haré el inventario para que podamos empezar. Tenemos que atender los pedidos.
    Las dos hermanas fueron en direcciones distintas.
    Mientras Jesse contaba las grandes botellas de vainilla y las latas de nueces, no podía dejar de pensar en Matt y en lo que había ocurrido unos cuantos días antes…, después del incendio. No quería pensar en él. Era demasiado desconcertante.
    Miró el ordenador. El número de pedidos aumentaba minuto a minuto. Sintió una inyección de adrenalina. Por fin, una crisis que ella podía solucionar.

    Matt esperó con azoramiento mientras Gabe saltaba del asiento del coche al suelo. Su nuevo BMW 5 Series tenía los últimos adelantos en seguridad, incluyendo air bags laterales. Y él había conducido hasta el acuario sin sobrepasar el límite de velocidad ni una sola vez.
    – Yo me encargo de la puerta -dijo a Gabe, y la cerró-. Eh…, he estado investigando un poco en Internet. Hay una zona donde se pueden tocar muchas cosas. Plantas y animales. Bueno, animales no. Vida marina. Estrellas de mar.
    Gabe lo miró cuando se detuvieron junto a un semáforo.
    – ¿Vamos a cruzar la calle?
    – Sí.
    – Tienes que tomarme de la mano.
    – Oh, claro.
    Matt agarró la manita de su hijo. Se sentía superado e inepto. ¿En qué estaba pensando al querer estar un rato a solas con Gabe? No sabía lo que estaba haciendo, ni siquiera había sabido qué silla para el coche tenía que comprarle. Había tenido que ayudarle su madre.
    El semáforo se abrió y cruzaron la calle. Cuando llegaron al acuario. Matt sacó las entradas, tomó un mapa y entró.
    – Hay charlas durante todo el día -dijo-. He pensado que a lo mejor te gustaría ir a la de los pulpos.
    A Gabe se le iluminó la cara.
    – Sí. Eso me gusta.
    Matt señaló el mapa.
    – ¿Qué más te interesa?
    Gabe miró el folleto desplegado y después miró a Matt. El brillo de sus ojos se apagó un poco.
    – No sé leer, papá.
    Matt maldijo en silencio.
    – Lo siento -murmuró, sintiéndose como un idiota-. Vamos a dar un paseo y buscamos algo divertido.
    Gabe suspiró y siguió caminando a su lado.
    Las cosas no deberían ser así. Matt se sentía más y más frustrado a cada minuto que pasaba. Era su hijo. Debería ser posible que pasaran un par de horas juntos sin tener ningún roce.
    Sin saber qué otra cosa podía hacer, Matt siguió las indicaciones hacia la Cúpula Submarina. Entraron por un túnel que se abría a una zona en mitad del inmenso acuario. Estaban rodeados de agua y de peces. Gabe señaló y corrió hacia el cristal.
    – ¡Mira! ¡Mira!
    Fue corriendo de un lado a otro, incapaz de asimilarlo todo. Matt lo observó y se relajó un poco. Quizá todo saliera bien.
    Pasaron un largo rato en la Cúpula. Después, le preguntó al niño:
    – ¿Quieres un helado?
    Gabe asintió.
    Compraron helado y un refresco, y después fueron a la charla sobre pulpos. Gabe escuchó atentamente durante quince minutos, mientras comía su helado y se manchaba la camiseta. Después comenzó a moverse con inquietud. Matt lo sacó de la charla y le preguntó adonde quería ir después, pero Gabe se inclinó, se agarró el estómago y vomitó sobre el suelo de cemento.
    Una mujer con el uniforme del acuario se acercó a ellos.
    – Pobre niño. Demasiado helado, ¿no? El baño está por allí. Voy a llamar al servicio de limpieza.
    Gabe se quedó allí plantado con cara de consternación. Matt no sabía qué hacer.
    – Vamos -le dijo, mientras lo guiaba hacia los baños-. ¿Has terminado? ¿Necesitas vomitar más?
    Gabe negó con la cabeza. Matt tomó toallas de papel, las humedeció y comenzó a limpiarle la cara a Gabe. No sabía qué decir. El helado era un poco grande. Él no se había terminado el suyo, en cambio Gabe sí; y después se había tomado el refresco. Había sido un error.
    ¿Quién le compraba a un niño de cuatro años un helado y un refresco a la vez? Sólo un idiota. Era un idiota, no podía estar a solas con su propio hijo. En aquella ocasión había conseguido que se pusiera enfermo; la próxima vez podría ser peor.
    Frustrado y enfadado, le frotó los brazos a Gabe, y después las manos, mientras seguía despotricando contra sí mismo.
    De repente, un pequeño sollozo le llamó la atención. Miró a Gabe y se dio cuenta de que se le estaban cayendo unas lágrimas muy gruesas por las mejillas.
    – ¿Qué te pasa? ¿Estás enfermo, necesitas ir al hospital? Dime, ¿qué te pasa?
    Gabe lloró más. Matt se agachó frente a él, impotente.
    – ¿Por qué lloras, pequeño?
    – Estás enfadado conmigo -dijo Gabe entre sollozos.
    – ¿Cómo? No. ¿Por qué dices eso?
    – Me estás haciendo daño -dijo el niño, y señaló una mancha roja que tenía en el brazo, donde Matt le había frotado con fuerza-. Parece que estás enfadado, y no hablas conmigo.
    Hubo más lágrimas, y un par de sollozos desgarradores.
    Matt se sintió horriblemente mal. Mientras estaba fustigándose, no se había preocupado de su hijo. Otra manera más de ser un peligro para el niño.
    – Claro que no estoy enfadado contigo. Estoy enfadado conmigo mismo.
    Eso captó la atención de Gabe. El niño se limpió la nariz con el dorso de la mano.
    – ¿Por qué?
    – Porque has vomitado por mi culpa. Quería comprarte algo que te gustara, pero no me di cuenta de que todavía estás creciendo. No sabía que te iba a hacer vomitar. Y el refresco no ha ayudado mucho. Me sentí mal, y me enfadé conmigo mismo.
    – ¿No estás enfadado conmigo?
    – No. Me lo estoy pasando muy bien contigo.
    Gabe sonrió entre las lágrimas.
    – Yo también -susurró, y después se arrojó en brazos de Matt.
    Su cuerpo era pequeño y delgado. Matt sentía sus huesos. El peso que se apoyaba en él era desconocido, pero perfecto. Le devolvió el abrazo al niño, y notó que unos brazos delgados le rodeaban el cuello. Notó los latidos del corazón de Gabe.
    Aquél era su hijo. Lo entendió por primera vez. Su hijo. Él era responsable de que aquel niño estuviera vivo.
    Lo estrechó con fuerza, pero rápidamente, relajó los brazos para no hacerle daño. Gabe se quedó pegado a él.
    – ¿Cómo te sientes? -le preguntó.
    – Bien -dijo Gabe-. Cansado.
    Llevaban poco más de una hora en el acuario, pero quizá a los cuatro años, eso era más que suficiente.
    – ¿Quieres que volvamos a casa? -le preguntó.
    Gabe asintió.
    Matt esperó, pero el niño no lo soltó. Entonces dijo:
    – ¿Quieres que te lleve en brazos?
    Gabe asintió.
    Matt lo llevó hasta el coche. Gabe se aferraba a él como si no quisiera soltarlo nunca. Matt lo mantuvo junto a su corazón, y se juró que pasara lo que pasara, protegería a aquel niño. Lo cuidaría. Notó que unas emociones desconocidas luchaban por ocupar espacio en su corazón, pero la que más atención acaparaba era la ira ardiente que sentía por lo que había perdido.

    Gabe fue durmiendo durante la mayor parte del trayecto. Se despertó justo cuando Matt detuvo el coche frente a la casa de Paula. Matt lo ayudó a bajar del coche. El niño corrió hacia la puerta, donde esperaba su abuela, y comenzó a hablar de la excursión. Entonces apareció Jesse; lo abrazó y después caminó hacia Matt.
    Tenía aspecto de estar cansada. Su madre le había dicho que el negocio temporal estaba funcionando muy bien, y que tenían muchos pedidos por Internet. Jesse estaba haciendo el primer turno. Llegaba al restaurante a las cuatro y se quedaba allí durante más de doce horas.
    – Parece que se lo ha pasado muy bien -dijo al acercarse a él.
    – Ha vomitado. Le compré un helado demasiado grande, y vomitó.
    Ella hizo un gesto de consternación.
    – A esta edad es muy común. ¿Se recuperó pronto?
    Matt asintió.
    – Entonces no tiene importancia -aseguró ella-. ¿Te asustaste? Tenía que haberte dicho que podía suceder.
    – No, no deberías haber tenido que advertírmelo. Yo debería haberlo sabido.
    – Pero… ¿cómo ibas a saberlo? Casi no has pasado tiempo con Gabe.
    – Exacto. ¿Y de quién es la culpa? ¿Quién se aseguró de que yo no conociera a mi hijo?
    Ella dio un paso atrás y se cruzó de brazos.
    – Tú -le dijo-. Te negaste a creer que el bebé era tuyo, así que no me eches la culpa.
    – Es más que eso -continuó él-. Sabías que no había manera de que te creyera después de lo que había averiguado.
    – No -saltó Jesse-. No después de lo que habías averiguado, después de lo que te dijeron. Yo no me acosté con Drew. No tenías nada que averiguar.
    – Muy bien. Sabías que yo no iba a creerte después de lo que me habían dicho. Sabías que iba a pensar que habías vuelto a tus viejos hábitos, si acaso alguna vez los habías abandonado. Sin embargo, tú no intentaste convencerme. Tampoco te molestaste en ponerte en contacto conmigo después de que naciera Gabe.
    – Tú no viniste a buscarme. No te molestaste en averiguarlo.
    – Tú eras la que estaba embarazada -gritó Matt-. Tú eras la responsable de darme la oportunidad de ser padre. Me lo arrebataste. Me has robado cuatro años de la vida de mi hijo, y no hay forma de que los recupere. No tenías derecho a hacer algo así, Jesse.
    Ella se encogió.
    – Quería que lo conocieras -dijo mientras reprimía las lágrimas.
    – No, no es cierto. Te gustaba ser madre soltera. Te gustaba tener la razón, y pensar que yo sólo era un canalla que te había abandonado. Te hiciste la víctima. Me has mantenido apartado de mi hijo a propósito, para castigarme por no creerte.
    – Quizá sí -dijo ella-. Puede que sí. Me hiciste mucho daño, Matt. Me habías dicho que me querías, y que siempre estarías a mi lado, pero al menor problema, preferiste librarte de mí. Nunca me dijiste la verdad.
    – Eso es una idiotez, y lo sabes. Tú eres la que no sabía cómo tomarte nuestra relación. Tú eres la que salió corriendo.
    Ella se estremeció.
    – Puede ser, pero tú no viniste a buscarme, y sé por qué. Ya te habías arrepentido de lo nuestro. Querías dejarlo, y yo te proporcioné la mejor excusa posible.
    Matt pensó que no podía estar más confundida. Recordó lo que había sentido al oír cómo su madre le explicaba que Jesse lo había estado engañando durante toda su relación. Él no habría creído a Paula, porque sabía que quería que Jesse se marchara. Sin embargo, al saber que Nicole la había echado de casa por acostarse con su marido, todo le había parecido real.
    Se había quedado destrozado. La traición de Jesse había hecho que cuestionara todo lo que habían compartido, que se cuestionara a sí mismo. En medio del dolor oscuro y feo que había sentido al perderla, se había jurado que nunca volvería a querer a nadie.
    – Si crees que yo quería dejarlo, no me conoces en absoluto.
    – Tú tampoco me conoces a mí.
    – Te equivocaste al no darme una oportunidad con Gabe, Jesse. Nada de lo que yo hice justifica lo que hiciste tú.
    A ella comenzaron a caérsele las lágrimas. Empezó a hablar, pero se calló y sacudió la cabeza. Él sintió su dolor e hizo lo posible para que no le importara. Ella misma se lo había ganado.
    – No fue lo que tú pensabas -dijo Jesse.
    – ¿Y tiene importancia? El resultado, al final, fue el mismo.
    Una furgoneta aparcó justo detrás del coche de Matt. Éste apenas se dio cuenta. Jesse se enjugó las lágrimas y se volvió al oír la puerta del vehículo. Entonces, Matt se quedó asombrado, porque ella salió corriendo y se lanzó hacia el hombre que acababa de bajar de la furgoneta.
    Vio cómo se abrazaban y se enfureció. Y más todavía al ver cómo el tipo le secaba la cara con la mano y le besaba la frente.
    Se acercó, dispuesto a pelearse, pero se detuvo cuando se giraron hacia él.
    – ¿Eres tú el culpable de hacer llorar a mi chica favorita? -preguntó el amigo de Jesse.
    Matt lo observó. Aquel tipo era lo suficientemente mayor como para ser su abuelo, aunque seguía alto y erguido. En otras circunstancias, le habría caído bien instintivamente.
    – Ella misma se lo ha buscado -respondió.
    Jesse se limpió el resto de las lágrimas.
    – Matt, te presento a Bill. Bill, éste es Matt.
    El recién llegado miró fijamente a Matt.
    – Debió ser una buena sorpresa. ¿Cómo lo estás llevando?
    – No muy bien.
    – Jesse ha hecho todo lo que ha podido.
    Así que tenía un defensor, pensó Matt. No le gustaba nada aquella situación.
    – Ella tenía la responsabilidad de decirme la verdad.
    Bill miró a Jesse.
    – ¿Es idiota? ¿Tengo que darle una paliza?
    – No, no -dijo Jesse-. Estamos solucionando las cosas.
    – Si tú lo dices, cariño…
    Bill la rodeaba con el brazo y ella parecía muy cómoda a su lado. Sin embargo, al mirarlos, Matt supo que no había nada entre ellos. El tipo mayor era lo que ella había dicho que era: un amigo.
    Lo cual debería haber hecho que se sintiera mejor, pero no fue así.
    Bill y Jesse se dirigieron a la casa, y Matt los siguió.
    Entraron, y entonces Gabe apareció corriendo en el vestíbulo y se arrojó a los brazos de Bill.
    – ¡Tío Bill! ¡Tío Bill!
    La alegría del niño era evidente. Jesse miró a Matt. En su rostro no se reflejaba ninguna emoción, pero ella percibió la tensión de su mandíbula y la rigidez de su cuerpo. Bill conocía a Gabe desde su nacimiento, había formado parte de todo lo que Matt se había perdido. Y quizá ella tuviera parte de la culpa.
    Le tocó el brazo.
    – Matt, lo siento.
    Él la fulminó con la mirada.
    – ¿Y te crees que eso es suficiente?
    Se dio la vuelta y se marchó.

Capítulo Catorce

    Cinco años atrás…
    Jesse colocó las últimas piezas de la vajilla en el armario, y después retrocedió para inspeccionar las filas ordenadas de platos. Matt no tenía demasiadas cosas que trasladar. A excepción de su ropa y unos cuantos objetos personales, todo lo que iba a haber en la casa era nuevo: la vajilla, las cazuelas y sartenes, el sofá y los muebles del dormitorio. Todo era nuevo, e iba a convertir lo que había sido un espacio vacío en algo casi acogedor. Al menos, cuando llegara el mobiliario.
    Miró el reloj. Todas las citas para la entrega de los muebles eran de diez a una. Matt y ella habían decidido comprarlo todo a la vez. Ella se había ofrecido voluntaria para pedir un día libre en el trabajo. Estar sentada en una casa vacía era mejor que estar con Nicole en la pastelería.
    En aquel momento, mientras pasaba de habitación en habitación, intentó imaginarse cómo iba a estar todo cuando Matt viviera allí de verdad. Cuando ella viviera allí.
    Sólo con pensarlo, se le escapaba una sonrisa, pero también un escalofrío. Poco después de haber firmado los documentos de compra de la casa, Matt le había pedido que se fuera a vivir con él. Habían elegido los muebles entre los dos, habían hablado sobre los colores de las toallas y sobre quién iba a encargarse de cocinar. Habían hecho el amor en el suelo enmoquetado, y Matt le había prometido que la iba a querer siempre.
    Pese a toda su experiencia sexual, Jesse nunca había tenido un novio de verdad. Era maravilloso… y daba miedo. Se preguntaba sin parar cuánto tiempo pasaría antes de que lo estropeara todo.
    Aquélla era su costumbre. Lo había hecho durante toda su vida. Su hermana siempre le decía que era una inútil profesional. A ella nunca le había importado, porque no tenía nada que perder, pero ahora… Matt lo era todo para ella. No sabía si podría sobrevivir en caso de destruir lo que tenían.
    Por eso no había accedido a vivir con él. Estaba muy asustada. El amor que ardía en su alma era tan fuerte, tan real, que se había convertido en parte de ella, como los latidos de su corazón. ¿Y si hacía algo mal?
    Matt entendía el motivo de su temor, y le había dicho que se tomara el tiempo que necesitara para pensarlo. Había sido bueno y cariñoso, y después había bromeado hasta que había conseguido que ella se riera. Era perfecto.
    Sonó el timbre de la puerta. Ella se apresuró a abrir y dejó pasar al primero de los repartidores de muebles.
    Las dos horas siguientes pasaron rápidamente. Llegó el sofá de la habitación de música, seguido de la mesa de la cocina y de las sillas. Estaban colocando el mobiliario del salón cuando aparecieron los mozos que llevaban la gran cama que había comprado Matt.
    Cuando se quedó sola, por fin, fue de habitación en habitación y se imaginó la casa tal y como iba a ser. Todavía necesitaban algunos cuadros, libros y plantas. Hacía falta trabajar un poco para que fuera un espacio vivido, pero se iban acercando.
    ¿Se veía allí, viviendo con Matt, durmiendo con él todas las noches? Sintió un nudo en la garganta. Era el mejor hombre que había conocido. Sería tonta si no intentaba que aquello funcionara, pese a sus miedos. Podía conseguirlo, ¿verdad?
    Estaba a punto de subir al piso de arriba cuando sonó el timbre nuevamente. Extrañada, se acercó a la puerta para abrir. Que ella supiera, ya lo habían entregado todo.
    Se encontró con Paula en el umbral. Las dos mujeres se observaron fijamente.
    Paula fue la primera en hablar.
    – Matt me dijo que iban a traerle hoy los muebles.
    – Sí. Yo les he abierto.
    – Oh.
    Era evidente que Paula esperaba que fuera Matt quien estuviera esperando. Había pasado por allí a ver a su hijo.
    – ¿Quiere pasar? -le preguntó Jesse, con la esperanza de que dijera que no.
    Paula asintió y entró en el salón. Una vez allí miró el sofá de cuero, cabeceó y se giró hacia Jesse.
    – Quería hablar contigo desde hace tiempo.
    Jesse se estremeció por dentro. Que Paula quisiera hablar con ella no podía ser bueno.
    – Esto no va a durar -dijo Paula rotundamente-. Sé que suena duro, pero es cierto, y cuanto antes lo aceptes, mejor para ti.
    – Me lo dice porque está muy preocupada por mí.
    – Estoy preocupada -reconoció Paula-. Aunque no espero que me creas.
    – Oh, claro.
    Paula prosiguió:
    – Matthew es un hombre muy especial. Estoy segura de que tú te has dado cuenta. Seguro que estás con él por eso, y por su dinero.
    Jesse pasó por alto la pulla sobre el dinero. Ella no lo sabía cuando había conocido a Matt, pero de todos modos, no le importaba. Sin embargo, Paula no iba a creerla, así que no era necesario intentar convencerla.
    – Es un chico sincero y ve lo mejor en los demás -dijo la otra mujer-. Los ve tal y como quiere que sean, no como son en realidad.
    Paula se acercó a la cocina, miró al interior y después se giró de nuevo hacia Jesse.
    – Yo era un poco como tú. Tengo un pasado. No te lo voy a contar, pero he pasado por ciertas cosas. Sé lo que eres, Jesse. Estás intentando progresar socialmente, y ves a Matt como un medio para conseguirlo. Seguro que te importa, pero él está completamente fuera de tu alcance, y que se dé cuenta sólo es cuestión de tiempo. Pronto verá que puede aspirar a algo mucho mejor y se marchará. Tú no eres lo suficientemente buena.
    Jesse se dijo que Paula estaba enfadada y amargada, y que sus palabras no eran ciertas. Sin embargo, le hacía daño oírlas.
    – Está equivocada -dijo con calma-. En todo.
    – ¿De veras? No lo creo. No duraréis más de seis meses. Admito que estoy un poco enfadada contigo por haberte llevado a Matt. No me importaría vengarme, pero no voy a tomarme la molestia. ¿Sabes por qué? Porque tú desaparecerás y yo seguiré aquí. Y cuando Matt encuentre a la chica adecuada, se casará con ella.
    Paula sonrió con tirantez y se marchó.
    Jesse se dejó caer sobre el sofá e hizo todo lo posible por no echarse a llorar.
    – Vieja estúpida -murmuró.
    Paula estaba intentando alejarla de Matt. Estaba intentando que ella dudara de él para que hiciera algo estúpido. Pero eso no iba a suceder. Ella era fuerte, más fuerte de lo que Paula podía imaginar. Matt y ella no iban a romper. Se querían, y estaba dispuesta a hacer cualquier cosa por proteger su relación.
    Una vez decidido aquello, subió las escaleras para deshacer las cajas que Matt había llevado de casa de su madre. Comenzó a colocar la ropa en los armarios. Durante todo el tiempo que estuvo trabajando, intentó no pensar en lo que le había dicho Paula. Aquello no tenía importancia.
    Sin embargo, estaba asustada porque la madre de Matt había dicho algo que era cierto. Matt estaba muy por encima de sus posibilidades. Estar con alguien como él, bueno, cariñoso y considerado, la aterrorizaba. Lo quería tanto que estaba desesperada por no cometer ningún error. Ojalá pudiera quitarse de encima aquella sensación de que iba a estropearlo todo.
    Acercó otra de las cajas de Matt al armario. Estaba llena de camisas. Al sacarlas para colgarlas en las perchas, algo cayó al suelo. Jesse se inclinó para recogerlo, y se quedó asombrada al ver una cajita azul claro. Era una cajita de Tiffany's.
    Se le aceleró el corazón. Se quedó inmóvil, pero de repente le fallaron las rodillas y tuvo que sentarse en la alfombra.
    Tal vez fueran unos pendientes. Quizá fueran un regalo de agradecimiento por haberlo ayudado en la mudanza. También podía ser algo para su madre, aunque lo dudaba. Matt estaba en malas relaciones con Paula desde hacía semanas. O podía ser otra cosa. Un anillo de compromiso.
    Debería guardar la caja de nuevo y dejar de colgar aquellas camisas. Debería fingir que no había encontrado nada y limitarse a ver qué iba a ocurrir, pero no podía. Tenía que saberlo.
    Con dedos temblorosos, tomó la cajita y la abrió. Dentro, sobre el raso blanco, había un anillo con un brillante maravilloso; era la joya más bonita que ella había visto en su vida. El anillo de compromiso perfecto.
    Matt quería casarse con ella.
    La quería. La quería de verdad. Creía en ella, y confiaba en ella, y quería pasar su vida con ella. ¿Cómo era posible?
    – Me quiere -susurró mientras cerraba la cajita-. Me quiere.
    Lo maravilloso de aquel momento le cortó la respiración. Sintió esperanza y vio un futuro lleno de posibilidades. Siempre y cuando Matt creyera en ella, ella podía creer en sí misma. Quizá pudiera volver a la universidad y conseguir su graduado en Ciencias Empresariales. Quizá consiguiera que el trabajo en la pastelería, con Nicole, fuera bien. Quizá su vida dejara de apestar. Quizá su pasado fuera perdonado.
    Se puso en pie y, cuidadosamente, dejó la cajita entre las camisas. Después metió la caja de vuelta con las demás en el armario, cerró la puerta y bajó las escaleras. Colocaría el resto de la casa, pero iba a dejar el dormitorio intacto. No quería que él supiera que había encontrado el anillo. Iba a esperar a que se lo diera, y entonces le diría que sí.

    Jesse estaba sentada en su cama, en casa de Nicole. Suspiró.
    – Estoy muy asustada -le dijo a Drew, el marido de Nicole-. Matt me quiere de verdad.
    – Eso es lo que tú querías.
    – Ya lo sé, pero es difícil de explicar. Creo que no soy lo suficientemente buena para él. Tengo mucho miedo a estropearlo todo.
    Jesse nunca había entendido por qué habían empezado a salir Nicole y Drew, y mucho menos por qué se habían casado, pero había sucedido. Aunque Drew no era muy listo, siempre estaba dispuesto a escuchar, cosa que ella agradecía. Aparte de Matt, no tenía a nadie más con quien hablar. No podía hablar con Nicole, que siempre se estaba quejando de ella.
    – Él sabe todo lo peor de mí -continuó-. Sabe la verdad, pero no le importa. Increíble, pero cierto.
    – Pues sé feliz -dijo Drew.
    Aquéllas eran las palabras más adecuadas, pero él tenía algo extraño. Su lenguaje corporal, o quizá la intensidad de su expresión.
    Jesse lo miró fijamente.
    – ¿Qué te pasa esta noche? Te estás comportando de un modo raro. Inconexo.
    Él se levantó de la silla y se acercó a la cama.
    – Quiero alegrarme por ti, Jess, pero…, vamos, ¿tú con un solo tipo? Te aburrirías en una semana. A ti te gusta la variedad, la conquista.
    Aquellas palabras la sorprendieron.
    – No me gusta eso. Yo quiero a Matt.
    – O al menos, la idea que tienes de él.
    – ¿Qué? No. Te equivocas. Lo quiero.
    – No creo -dijo Drew, y se acercó más.
    Se acercó demasiado, pensó Jesse, apartándose. Drew llevaba meses entrando a su habitación para hablar, pero aquélla era la primera vez que ella se sentía incómoda.
    – Quizá deberías… eh… ir a ver qué hace Nicole -dijo, intentando sonreír. ¿Qué le ocurría? Drew se sentó en su cama. Era Drew. Eran amigos. Sin embargo, tenía algo en los ojos…
    – Eres muy guapa. ¿Te lo había dicho alguna vez?
    Jesse se quedó paralizada. Apenas podía respirar. ¿Estaba borracho? Que ella supiera, Drew no tomaba drogas, pero quizá eso hubiera cambiado. Se acercó a ella y le puso la mano en el brazo.
    – Muy guapa. Te pareces mucho a Nicole. Con el pelo largo y rubio, y los ojos azules. Pero tú eres más suave, más accesible. Eres el tipo de chica del que se enamoran los hombres. Vamos, admítelo. A ti te gusta que te presten atención.
    ¿Tenía razón? Claro, ella había usado el sexo y a los hombres para sentirse bien consigo misma, pero ya no. Tenía a Matt, que la quería y deseaba casarse con ella.
    – ¿El mismo tipo para siempre? -le preguntó Drew mientras se inclinaba y la besaba-. De ninguna manera. Sería una pérdida.
    La mente de Jesse explotó en un grito agudo, pero ella no pudo emitir el sonido. Era como si hubiera salido de su cuerpo y estuviera observándolo todo desde fuera. Se veía cada vez más rígida mientras él la besaba. Quizá tuviera razón. Quizá ella no pudiera ser fiel. Quizá…
    Drew se acercó más.
    – Oh, nena, te deseo mucho. Te veo todo el rato, paseándote en pantalones cortos y camiseta. Tú también lo deseas. Lo sé.
    Le tiró de la camiseta. Aunque era pronto, ella ya se había preparado para acostarse, y se había puesto una camiseta grande y unos pantalones cortos. Así que cuando él se la sacó por la cabeza y la arrojó sobre la cama, ella quedó casi desnuda.
    – Oh, sí -susurró él mientras le besaba el cuello-. Sabía que tenías unos pechos estupendos…
    A ella le ardieron los ojos, pero no derramó lágrimas. La vergüenza era tan poderosa que la paralizaba y no podía moverse. Conocía el motivo por el que estaba sucediendo aquello. Sabía por qué él había cambiado.
    Ella era así en realidad. Todos los demás tipos, que no le importaban. Todas las veces que ella había usado su cuerpo para hacerle daño a Nicole, o para sentirse como si le perteneciera a alguien. Había sido como una prostituta y era demasiado tarde para cambiar.
    Sin embargo, en cuanto Drew le tocó un pecho, ella recuperó el sentido. Le apartó las manos.
    – Para -le dijo-. Estate quieto.
    – ¿Qué? -preguntó Drew-. Llevas pidiéndomelo desde hace meses.
    Ella estaba a punto de empujarlo cuando se abrió la puerta de la habitación. Drew se puso en pie de un salto, y dejó a Jesse desnuda hasta la cintura, mirando la expresión de horror de su hermana.
    – No he sido yo -gritó Drew-. Ha sido ella. Lleva semanas insinuándose, tocándome, besándome, pidiéndome que me acueste con ella. No he podido soportarlo más. Lo siento, cariño. Lo siento mucho.
    Jesse se quedó allí, expuesta, temblando, avergonzada. Tiró de la sábana para taparse.
    – No es verdad -susurró-. Yo no he hecho nada de eso.
    Pero era demasiado tarde. Su hermana se había ido y todo había cambiado para siempre.

    Jesse se quedó junto a la casa de Matt un buen rato, mirando la puerta y recordando el primer día que habían ido juntos hasta allí, cuando él estaba buscando apartamento. Entonces eran completamente felices, estaban enamorados. Ella sabía que lo había estropeado todo. Lo que no sabía era si podría arreglarlo.
    Le dolía todo el cuerpo. Había oído decir que el embarazo era un milagro, que debería estar resplandeciente. En vez de eso, se sentía destrozada. No podía dejar de llorar. ¿Cómo era posible que una persona lo perdiera todo tan rápidamente? Y sin embargo, a ella le había ocurrido…
    Tocó el timbre y esperó con un nudo en el estómago. Estaba conteniendo las lágrimas. Matt tenía que creerla, ella tenía que conseguir que lo entendiera, de algún modo.
    Se abrió la puerta y apareció Matt. Ella lo miró, deleitándose al verlo por primera vez desde hacía semanas.
    Tenía buen aspecto. Era alto y delgado, pero cada vez más musculoso, gracias a sus visitas regulares al gimnasio. Ella había sido quien le había dado la idea de hacer ejercicio para ponerse en forma, y él se la había llevado a la cama y la había recompensado por sus buenas ideas. Era muy bueno recompensándola, y diciéndole que la quería. Tenía luz en los ojos, y una sonrisa muy especial. Sin embargo, en aquel momento no estaba sonriendo.
    – No tengo nada que decirte -aseguró Matt, y comenzó a cerrar la puerta.
    Ella empujó y consiguió entrar.
    – Tenemos que hablar.
    – Puede que tú tengas que hablar, pero yo no tengo por qué escucharte.
    Dios, su tono era tan frío, pensó ella con tristeza. Como si la odiara. ¿Era posible? ¿Había sustituido el odio al amor, ella ya no le importaba en absoluto?
    No quería pensar en ello porque, si lo hacía, iba a desmoronarse. Lo quería. Ella, que había jurado que nunca arriesgaría su corazón, se había enamorado de un maniático de los ordenadores con unos ojos preciosos y una sonrisa que hacía flotar su alma.
    – Matt, por favor -susurró-. Por favor, escúchame. Te quiero.
    Él entornó los ojos.
    – ¿Es que te crees que lo que tú digas significa algo para mí? ¿Crees que tú significas algo para mí? Yo aprendo rápido, Jesse. Siempre ha sido así. Confié en ti, me entregué a ti por completo. Te quería. Quería casarme contigo, incluso compré un anillo, lo cual me convierte en un idiota, pero ése es un error que no voy a cometer de nuevo.
    Ella se dio cuenta de que se le estaban cayendo las lágrimas, y notó un dolor punzante en el corazón.
    – Te quiero. Matt.
    – Mentira. Yo sólo he sido una diversión para ti. ¿Es que te gustaba reírte con tus amigos del adicto a los ordenadores socialmente inepto?
    – No es eso, y tú lo sabes.
    – Yo no sé nada de ti. Era un juego. Tú ganaste, yo perdí. Ahora, márchate.
    – No. No me voy a ir hasta que me escuches. Hasta que lo comprendas.
    – ¿Comprender qué? ¿Que mientras te acostabas conmigo y fingías que me querías, te acostabas también con Drew? ¿Y con quién más, Jesse? ¿Con cuántos tipos más?
    – Ya basta. No me acosté con Drew, ni con ningún otro. Drew y yo solíamos charlar. Podía hablar con él de cosas que nunca le hubiera contado a Nicole, eso era todo. Una noche empezó a besarme, y yo me asusté. No sabía qué hacer.
    – No me interesa, no me vas a convencer. Vete. No quiero volver a verte.
    Aquellas palabras le estaban haciendo demasiado daño, pensó ella, usando toda la fuerza para no desplomarse al suelo.
    – Estoy embarazada -susurró.
    Él se quedó mirándola fijamente, y se encogió de hombros.
    – ¿Y a mí qué me importa?
    Jesse se estremeció, como si la hubiera golpeado.
    – Te lo he dicho. No me acosté con Drew. El niño es tuyo.
    – No -dijo él, como si ni siquiera considerara la posibilidad.
    – Matt, escúchame. Es tu hijo. Aunque me odies, tu hijo debe importarte. No estoy mintiendo, puedo demostrarlo. En cuanto nazca el bebé, le haremos las pruebas de ADN.
    Él siguió mirándola, y después caminó hacia la puerta.
    – No lo entiendes, ¿verdad, Jesse? No me importa. Ya no significas nada para mí. No creo que ese niño sea mío, y aunque lo fuera, no quiero tener un hijo contigo. No quiero tener nada que ver contigo, no quiero volver a verte, pase lo que pase.
    – Matt, por favor.
    Él abrió la puerta y miró hacia fuera.
    – Vete.
    Jesse salió de la casa y bajó las escaleras hacia el coche. Se sentó al volante y lloró hasta que se le quedaron los ojos secos. Se sentía vacía, sin nada.
    Lo cual era la triste verdad de su vida. Nadie de los que quería deseaba tener que ver con ella. Nadie estaba dispuesto a darle una oportunidad.
    Si él la quisiera, la creería, pensó con tristeza, enfrentándose a la verdad por primera vez. Él no la quería, nunca la había querido. Sólo le había dicho palabras vacías. Sus sueños no significaban nada. Sus promesas no tenían significado. Él le había jurado que su pasado no importaba, que siempre estaría junto a ella. Le había mentido y la había dejado con un vacío en el alma que la obsesionaría durante el resto de su vida.

Capítulo Quince

    Presente…
    Jesse intentó sacudirse de encima la ira y el dolor de Matt. El hecho de que Gabe hubiera crecido con otra gente en su vida no tenía nada que ver con que Matt fuera su padre. Cuando se calmara, se daría cuenta de que tener a un hombre tan estupendo como Bill cerca había sido muy bueno para el niño.
    Aunque aquello era cierto, la culpabilidad que sentía era difícil de explicar, así que hizo todo lo posible por olvidarse de ella momentáneamente.
    Paula salió de la cocina.
    – Me ha parecido oírte -dijo, y se detuvo cuando vio a Bill-. Oh. Hola.
    – Paula, te presento a Bill. Ha estado siempre a mi lado. Me rescató cuando llegué a Spokane, hace cinco años. Me dio trabajo, me buscó un sito para vivir y fue mi amigo mientras yo intentaba ser una buena madre para Gabe. Bill, ésta es la abuela de Gabe, Paula.
    – Encantado de conocerte -dijo Bill con ojos brillantes-. ¿Estás segura de que eres la abuela del niño? Yo diría que eres su tía.
    Jesse se quedó mirando a su amigo, sorprendida. ¿Estaba flirteando? Aquello parecía un flirteo, pero era un comportamiento que no había visto antes en él.
    Paula se echó a reír.
    – No esperes que me crea eso. Tengo más de sesenta.
    – Pues no los aparentas -aseguró Bill, y se volvió hacia Gabe-. Y tú has crecido mucho. Casi no te reconozco.
    Gabe se echó a reír de satisfacción. Bill lo tomó en brazos y lo alzó en el aire. Gabe dio un chillido.
    Cuando Bill dejó al niño en el suelo, Gabe comenzó a explicar todo lo que había hecho desde que había llegado a Seattle.
    – He conocido a mi papá, y me ha llevado a ver los peces -explicó Gabe mirando a Bill con felicidad-. Y mi abuela y yo hemos hecho galletas muchas veces. Vamos al parque todas las mañanas, y algunas veces vemos perritos.
    Bill se agachó para estar al nivel de Gabe, y lo escuchó con toda atención.
    – Estoy aprendiendo matemáticas -continuó el niño-. La abuela me está enseñando y dice que se me da muy bien, como a mi papá -dijo con una sonrisa resplandeciente.
    – Ya sabía que eras especial -le dijo Bill, y lo abrazó-. Te he echado de menos, Gabe.
    Gabe le devolvió el abrazo con fuerza.
    – Yo también.
    Gabe se llevó a Bill a ver su habitación. Paula y Jesse entraron en la cocina.
    – Me preguntaba cómo habías conseguido arreglártelas en Spokane -dijo Paula mientras ponía la cafetera al fuego-. Ahora lo sé. Tenías amigos.
    – Bill fue maravilloso -admitió Jesse-. Padre, jefe y amigo. No sé qué hubiera hecho sin él -dijo, y miró a Paula. Era una mujer guapa con un corazón generoso-. ¿Sabes? Es viudo desde hace bastantes años.
    Paula se ruborizó ligeramente.
    – No sé por qué debería interesarme eso. Es evidente que está loco por ti.
    Si Jesse hubiera estado bebiendo agua, se habría atragantado.
    – Tiene unos cuarenta años más que yo.
    – ¿Y qué?
    – Quiero a Bill, pero como si fuera de mi familia. Además, cuando nos conocimos, me dejó bien claro que yo no era su tipo, así que aunque hubiera tenido ciertas ideas, no habría ocurrido nada.
    – En realidad, no importa -murmuró Paula mientras sacaba las tazas y las ponía sobre la encimera.
    Jesse no estaba tan segura. Quizá sí importara un poco.
    Una hora después, Bill y ella estaban sentados en el porche.
    – He estado preocupado por ti -le dijo Bill-. Y os he echado de menos a los dos. Gabe crece muy deprisa.
    – Ya lo sé. Yo también he pensado mucho en ti.
    – ¿Pero estás bien?
    Ella sonrió.
    – Lo que de verdad quieres saber es si acertaste al animarme a volver.
    – Dímelo tú.
    Jesse se echó a reír.
    – Sí, tenías razón.
    – Estabas viviendo a medias, Jesse. Saliendo conmigo y con mis amigos. No es que no agradeciéramos ver tu preciosa cara y la alegría que el niño nos daba, pero te estabas escondiendo.
    – Lo sé. Ha sido muy bueno volver a casa, pero también duro. Mi hermana no acepta que he cambiado. Parece que me cree con respecto a Drew, pero todavía está enfadada.
    – Tú has tenido cinco años para cambiar y crecer, y mucho tiempo para hacerte a la idea de que ibas a volver. Nicole se lo encontró todo de repente. Tiene que adaptarse.
    – Racionalmente, lo entiendo. Sin embargo, las otras partes de mí me dicen que está tardando mucho. Además, creo que en secreto, quiere seguir enfadada conmigo.
    – Ella desempeñaba cierto papel en tu familia. Todo el mundo tiene un papel, y tú has cambiado el tuyo. Tu hermana va a luchar contra eso.
    – Si yo soy distinta, entonces el equilibrio de poder entre nosotras, las reglas, todo cambia -reflexionó en voz alta.
    Bill no dijo nada.
    Ella iba a tener que pensar un poco más en aquello.
    – Así que Gabe ha conocido a su padre -dijo su amigo-. ¿Cómo ha ido eso?
    – No muy bien. Matt ha establecido ya una relación con Gabe, pero sus primeros encuentros fueron difíciles. Él no sabía cómo relacionarse con un niño de cuatro años. No tenía mucha experiencia. Estábamos peleándonos cuando llegaste, porque parece que no puede perdonarme que haya mantenido a Gabe alejado de él -susurró.
    Bill la rodeó con un brazo.
    – Ahora está enfadado, pero lo superará.
    – Eso no puedes saberlo.
    – Un hombre no puede tener tantas emociones dentro sin que le sigas importando.
    – No sé lo que piensa de mí. A veces creo que de verdad le gusta estar conmigo, y otras veces… es tan diferente…
    – Has estado fuera mucho tiempo.
    – Lo sé. El Matt al que yo conocía me quería o, por lo menos, yo creía que me quería. Por eso me desconcierta. Yo le creí cuando me dijo que era importante para él y que nunca me dejaría. Sin embargo, la primera vez que algo salió mal, me dio la espalda.
    – Era algo muy grave para salir mal.
    Ella asintió.
    – Seguramente confirmó uno de sus peores temores, el hecho de que para mí todo aquello fuera un juego. Que él no me importara en absoluto.
    – Fue una reacción -dijo Bill-. Si tú te hubieras quedado aquí, si hubierais hablado otra vez, quizá las cosas habrían sido distintas.
    ¿Habrían sido distintas? Jesse no estaba muy segura.
    – Yo no podía quedarme. Habría seguido siendo la hermana pequeña e inútil de Nicole, que se enamoró de un gran chico. Tenía que alejarme para encontrarme a mí misma -sonrió-. Creo que me estoy poniendo trascendental. Pronto voy a empezar a entonar cánticos celestiales.
    Bill se rió.
    – Están sucediendo tantas cosas…- explicó ella-. Ha habido un incendio en la pastelería -le contó lo ocurrido, y que habían retomado el negocio en una cocina alquilada-. Nicole odia que la idea tenga éxito. Lo sé.
    – Tú sólo eres responsable de ti misma, Jesse. Los demás tienen que entenderlo. No puedes definirte a ti misma por sus opiniones.
    – Eres tan racional… ¿Te había dicho que es muy molesto?
    – Una o dos veces.
    – No lo habría conseguido sin ti.
    – Lo habrías conseguido de sobra.
    Jesse sabía que no era cierto, pero ¿para qué contradecirlo? Había conocido a Bill y había prosperado. Miró hacia la casa.
    – Paula es muy agradable -dijo-. Un apoyo inesperado. Y guapa.
    Bill la miró.
    – ¿Qué quiere decir, señorita?
    – Que llevas mucho tiempo viviendo solo. A lo mejor es hora de que tengas en cuenta otras posibilidades.
    Ella ya había bromeado sobre otras mujeres con Bill, y él siempre había cambiado de tema amablemente. En aquella ocasión, miró hacia la puerta y asintió con lentitud.
    – Tal vez.

    Heath puso una carpeta en la mesa de Matt.
    – Míralo para asegurarte de que es lo que quieres -dijo.
    Matt le indicó que se sentara, abrió la carpeta y miró los documentos. Pese al lenguaje legal, la intención estaba clara. Iba a demandar a Jesse por la custodia de su hijo.
    – Lo estudiaré todo esta noche -dijo.
    Heath frunció el ceño.
    – ¿Estás seguro de esto, Matt? Entiendo que quieras castigar a Jesse, pero ¿quitarle el niño? Eso es una responsabilidad muy grande.
    – Yo puedo arreglármelas con Gabe -dijo él.
    – De acuerdo. Si ella no te lo entrega, tendrás que ir a juicio.
    – Ella va a luchar.
    Jesse haría todo lo posible por conservar a su hijo, pero al final, él iba a ganar. Tenía recursos, y quería venganza.
    – Te lo devolveré a finales de semana -dijo a su abogado, refiriéndose a los documentos.
    – Muy bien. ¿Cuándo quieres que le enviemos la notificación?
    El primer paso de la batalla.
    – Ya te lo diré.

    Los pedidos llegaban a un ritmo enloquecedor. Buenos días, América había decidido seguir con la historia, pese al incendio, cambiando el punto central del reportaje. Iban a centrarse en cómo podía sobrevivir un negocio pequeño a un desastre semejante. Lo habían convertido en una serie, y la Pastelería Keyes sólo era una pequeña parte, pero esos pocos minutos de reportaje habían conseguido triplicar los pedidos que tenían por Internet.
    Jesse caminó por el caos controlado que había en la pequeña cocina. Por lo menos, allí podía encerrarse en el trabajo y olvidar la locura que era su vida personal. El incendio, que había tenido origen en un cortocircuito del antiquísimo sistema eléctrico, le había dado una oportunidad inesperada de brillar.
    Se dirigió hacia la parte delantera del restaurante, donde habían instalado la oficina, se acercó al escritorio de Nicole y sacó una silla.
    – Ayer hablé con Ralph.
    – ¿Quién es Ralph? -preguntó su hermana con desconcierto.
    – El dueño de la tienda de sándwiches de enfrente.
    Nicole arrugó la cara al instante.
    – Jesse, de verdad, estás buscando la manera de complicarnos la vida. Ahora estamos un poco ocupadas, pero las cosas se calmarán. Estamos bien.
    – No, no es verdad. Vamos retrasados con el cincuenta por ciento de los pedidos por Internet porque no podemos seguir el ritmo. Ralph hace su pan, así que tiene hornos especiales, perfectos para los brownies. Podríamos hacer ocho hornadas triples a la vez. Él está dispuesto a alquilarnos el local de once de la noche a ocho de la mañana. Es tiempo suficiente para hornear todos los brownies que necesitamos, y dejamos los hornos de esta cocina libres para las tartas. Además, la renta es muy razonable. No sería un gasto elevado.
    Nicole negó con la cabeza.
    – No sé.
    Porque no quería saberlo, pensó Jesse, frustrada y molesta.
    Se puso en pie y tomó a su hermana del brazo.
    – Ya está bien. Ven conmigo.
    Nicole se zafó de un tirón.
    – ¿Qué haces?
    – Vamos fuera. Tenemos que resolver esto. Estoy cansada de tener que discutir contigo todos los días. Vamos a arreglarlo.
    Durante un segundo, pensó que Nicole iba a negarse, pero entonces, su hermana la siguió hacia el aparcamiento, donde se miraron la una a la otra, a la luz de la mañana.
    – Estás muy enfadada conmigo porque estoy haciendo bien el trabajo -dijo-. Estás enfadada porque he vuelto, y te molesta que sepa lo que estoy haciendo. No soportas dejar de ser la hermana buena. Quieres que yo vuelva a ser la inútil, porque ése es el mundo que conoces, y es mucho más cómodo que tratarme como a una igual.
    Nicole se puso rígida.
    – ¿Quieres sinceridad? Muy bien. ¿Quién demonios te crees que eres para aparecer de nuevo en mi vida y tomar el control? ¿Dónde estabas durante la pasada década, mientras yo intentaba mantener a flote el negocio y cuidarte? Me ocupé de ti durante toda tu vida, Jesse. Siempre estuve ahí para ti, y tuve que crecer rápido para que tú pudieras seguir siendo una niña. Sin embargo, a ti eso no te importa, porque sólo piensas en ti. Así que has vuelto. Muy bien, vamos a hacer un desfile. Jesse ha conseguido hacerse una vida, y ahora está dispuesta a trabajar conmigo. ¿Sabes una cosa? Yo nunca tuve que hacerme una vida, no tuve que largarme para encontrarme a mí misma. Estaba muy ocupada aquí, llevando el negocio sola.
    Aquéllas eran palabras duras, seguramente porque eran la verdad, pensó Jesse con tristeza.
    – Lo siento -dijo en voz baja.
    – ¿Que lo sientes? No es suficiente. ¿Quién te crees que eres para aparecer y ponerte a mandar? Yo me he dejado la piel aquí durante años, y tú eres la que se va a llevar toda la recompensa. ¿Piensas que eso me gusta, o que estoy orgullosa de mi comportamiento? No sé cómo arreglarlo. No confío en tu nueva personalidad. Estoy esperando el error, porque creo que va a llegar, y me preguntó cómo será de grande esta vez.
    – ¿No confías en mí? -preguntó Jesse, asombrada.
    – ¿Y por qué iba a confiar? Llevas en casa cinco minutos. Ni siquiera vas a reconocer lo que hiciste la última vez. Nadie más sabe que el motivo por el que dominas tanto la venta por Internet es que ya tienes práctica.
    ¿Ahora sacaba aquello a relucir?
    – Eso ocurrió hace cinco años.
    – Robaste la receta familiar de la tarta de chocolate y te pusiste a vender las tartas por Internet.
    – Porque tú me habías despedido de la pastelería.
    – Creía que te habías acostado con Drew.
    – Sí, pero no lo había hecho. Me despediste por algo que no había hecho. Tenía que ganarme la vida.
    – Podías haber buscado trabajo.
    – Sólo sabía trabajar en pastelería. Además, yo soy propietaria de la mitad del negocio, ¿o es que no te acuerdas? Así que la receta también es mía. ¿Cómo iba a robar lo que ya era mío?
    Se miraron fijamente la una a la otra. La tensión vibraba entre ellas.
    Nicole fue la primera en apartar la mirada.
    – Por lo menos, podrías admitir que fue una equivocación.
    – Es cierto. Tú me habías hecho mucho daño, y yo quería vengarme. Así que me puse a vender las tartas. Sabía que te ibas a enfadar mucho.
    Nicole asintió.
    – Gracias por decírmelo. Es cierto que me enfadaste mucho -dijo Nicole-. Siento no haberte creído con respecto a lo de Drew. Tenía muchos motivos para no hacerlo. Tu pasado, y el hecho de que siempre habías sido muy difícil. Pero sobre todo, porque quería que fueras la mala, para no tener que mirarme a mí misma. Si tú te acostabas con él, es que yo no era la razón de que nuestro matrimonio hubiera fracasado.
    Jesse asimiló aquellas palabras, dejando que la llenaran de paz. Por fin, pensó. Había tardado mucho en llegar.
    – Tú no fuiste la razón por la que tu matrimonio fracasó -le dijo a su hermana-. Fue Drew. Era un idiota.
    Nicole emitió una carcajada que se transformó en sollozo.
    – Sí, y yo lo elegí. No tenía que haberme casado con él, pero creo que tenía miedo de que nadie más me lo pidiera.
    Jesse se acercó a su hermana y la abrazó.
    – Eso es una locura. Eres guapa, lista y divertida. A los hombres les encanta eso. Mira con quién estás casada ahora. Hawk es un monumento.
    – Lo sé. Algunas veces lo miró y me pregunto por qué he tenido tanta suerte.
    Jesse dio un paso atrás.
    – Estoy segura de que él piensa lo mismo de ti.
    – Sí. Quién lo hubiera pensado.
    Se miraron la una a la otra. Jesse sabía que la armonía era frágil, pero había más que decir.
    – Necesitamos alquilar el local de enfrente. Es barato y es algo temporal, así que los riesgos son mínimos. Si no entregamos los pedidos, lo perderemos todo.
    Nicole apretó los dientes y asintió.
    – Sé que tienes razón. No me gusta, pero lo sé.
    – Yo no pienso que sea mejor porque haya cambiado, pero tú tampoco eres mejor porque no hayas tenido que cambiar, Nicole. Tú sí tienes que cambiar. No podemos seguir con los papeles que teníamos antes. Yo siempre seré tu hermana, pero no soy la misma persona que conociste. Tenemos que conocernos la una a la otra y adaptarnos. Quiero que seamos una familia, pero si no puedes superar el pasado, no va a suceder.
    – Ya lo sé -dijo Nicole suavemente-. Entiendo lo que está mal, pero no sé cómo cambiarlo. Hemos tenido vidas muy distintas.
    ¿Y qué significaba eso? ¿Que ya no tenían nada en común, que no podían estar unidas? ¿Que su vínculo se había perdido a causa de los sentimientos heridos y del tiempo?
    La puerta delantera se abrió y Sid asomó la cabeza por el hueco.
    – Nicole, tienes una llamada. Walker Buchanan. Es el dueño de los restaurantes Buchanan. Dice que está interesado en nuestras tartas. ¿Quieres que tome un mensaje?
    Jesse sonrió a Nicole.
    – Buchanan, ¿eh? Eso es muy interesante.
    – Lo sé. Debería responder la llamada.
    Jesse observó cómo se alejaba. Se sentía peor y mejor al mismo tiempo. Habían resuelto algunos de los problemas que tenían, pero habían aparecido otros. ¿Estaba dispuesta Nicole a aceptar la persona en la que se había convertido? ¿Le había perdonado de veras el pasado? Y, de no ser así, ¿cómo iba a poder ella arreglar las cosas y demostrar su valía?

Capítulo Dieciséis

    Matt se despertó nervioso después de una noche muy inquieta. No podía dejar de pensar en cómo Gabe había corrido hacia Bill, como si aquel hombre fuera su padre. Y peor todavía, no podía quitarse a Jesse de la cabeza.
    Su plan de venganza estaba funcionando, aunque eso no hacía que se sintiera mejor. No tenía sentimiento de victoria.
    Fue a la oficina, pero después de un rato se dio cuenta de que no conseguía concentrarse, así que tomó el coche de nuevo y condujo un rato por la ciudad. De repente, se vio aparcado frente a la casa de su madre. Era temprano, así que llamó antes de acercarse a la puerta.
    – ¿Estás levantada? -le preguntó cuando ella respondió.
    – Claro. ¿Quieres un café?
    Él entró y se sentó en la cocina, observando sus movimientos mientras ponía al fuego una cafetera y le ofrecía un desayuno.
    – No, con el café es suficiente, gracias -dijo.
    Tenía buen aspecto. Había envejecido un poco. A Matt le gustaba que llevara el pelo corto. Observó las arrugas que tenía en los ojos; su madre tenía más de sesenta años. Aunque siempre le había enviado flores por su cumpleaños, no la había llamado ni había hecho nada para celebrarlo con ella. Nunca le había perdonado que fuera feliz por la infidelidad de Jesse.
    Conocía las dificultades del pasado de su madre, sabía por qué se había aferrado tanto a él. Cuando era más joven, le había agradecido mucho su apoyo. En aquel momento pensó que, si aquél era el mayor defecto de Paula, él había tenido mucha suerte.
    Masculló un juramento, se levantó de repente y la abrazó.
    – Lo siento, mamá -dijo-. Llevo alejado de ti demasiado tiempo.
    Ella se quedó rígida de la sorpresa, pero se relajó entre sus brazos y le devolvió el gesto con una ferocidad que hablaba de su dolor y de su amor.
    – Tenías que ser tú mismo -le dijo.
    Él le acarició la espalda y notó lo menuda que era.
    – Me estás concediendo demasiado mérito. Quería hacerte daño. He sido un egoísta y un desgraciado. Pensaba que alejarme era lo peor que podía hacerte, pero no me daba cuenta de que me estaba castigando a mí mismo.
    – Oh, Matthew -susurró ella.
    – Espero que me perdones y que me des otra oportunidad.
    Paula retrocedió y le sonrió con los ojos llenos de lágrimas y de cariño.
    – No tengo nada que perdonarte, hijo.
    Matt volvió a sentarse mientras ella servía unas tazas de café. Su madre no dejaba de mirarlo, como si estuviera comprobando si todo aquello estaba sucediendo de verdad. Le sonrió de nuevo y le entregó su taza.
    – Otros días Gabe está aquí a estas horas, pero Bill se lo ha llevado a desayunar por ahí.
    – No quiero hablar de ese hombre -refunfuñó Matt-. Conoce a Gabe mejor que yo.
    – Lo ha tratado durante más tiempo, pero eso va a cambiar -dijo Paula-. Deberías estar contento. Cuidó mucho de Jesse y de Gabe mientras estuvieron lejos de aquí. Bill es un buen hombre.
    Había algo en su voz. Matt la miró.
    – ¿Por qué lo conoces tan bien?
    – No lo conozco bien. Nos presentaron hace dos días. Pero tiene fuerza, solidez. Me alegro de que Jesse no estuviera sola. Estar sola con un bebé es muy difícil, y da miedo. Yo estuve sola contigo y estaba aterrorizada. Eras muy pequeño y yo tenía que saberlo todo. Sin embargo, tenerte me cambió. Por fin crecí -dijo con un suspiro-. Sólo tardé treinta y tantos años en hacerlo.
    – Siempre estuviste a mi lado, pasara lo que pasara -dijo Matt.
    – Te quería con toda mi alma. Siempre fuiste muy distinto a mí. Listo. Increíblemente listo. Sólo tenías ocho años cuando desmontaste tu primer ordenador. Y diez cuando aprendiste a montarlo completo.
    Paula hizo una pausa y miró su taza de café.
    – Tenías razón con respecto a mí -dijo en voz baja, sin alzar los ojos-. Antes. Tenía celos de tu relación con Jesse. Me daba cuenta de que ella era diferente. Tú eras diferente con ella. Nunca te habías relacionado con muchas chicas. Yo sabía que ibas a crecer y que lo harías, pero no pensaba que fuera a ocurrir cuando ocurrió. Quería tenerte conmigo para siempre y ella me demostró que eso no iba a suceder.
    Alzó la vista y sonrió con tristeza.
    – Me convertí en una persona que no me gustaba. Una persona dependiente y horrible que se preocupaba más por sí misma que por su hijo. Sabía que estabas enamorado de ella, y me puse muy contenta cuando Nicole me dijo que te había engañado. Estaba impaciente por decírtelo. Lo que no sabía era lo mucho que te iba a doler, ni que verías mi comportamiento como era realmente. Nunca pensé que pudiera perderte.
    – Mamá…
    Ella cabeceó.
    – No, deja que diga esto. Me confundí, Matthew. Totalmente. Fui egoísta y te hice daño. Lo siento.
    – Lo entiendo -dijo él-. No te preocupes más. Te quiero, siempre te querré. No debería haber esperado tanto para venir a verte. He sido un canalla, y lo siento.
    Una parte de él, una parte fría y vacía, se llenó un poco, se caldeó.
    Paula se secó las lágrimas con las manos.
    – Estoy hecha un desastre.
    – Estás muy bien.
    – Soy un cliché, pero no me importa -dijo con una sonrisa entre lágrimas-. Te he echado de menos.
    – Yo también. Antes no entendía la paternidad, pero ahora sí.
    Ella asintió.
    – Cada vez lo haces mejor con Gabe. El niño es maravilloso.
    La punzada de ira que sintió Matt lo tomó por sorpresa.
    – No debería hacerlo mejor. Debería haberlo conocido durante todo este tiempo. Sí, Jesse me dijo que estaba embarazada, pero ella sabía que yo no creía que el bebé fuera mío. Debería haberlo intentado otra vez. Debería haberlo intentado más.
    – Entiendo tu frustración, y estoy de acuerdo.
    – ¿Pero?
    – Pero ella era muy joven, y estaba asustada y dolida. Nadie la creía. Nadie la escuchaba. Ni siquiera el hombre al que quería.
    – Podía haber descolgado el teléfono. Eso no era difícil. ¿Cómo voy a recuperar yo ahora lo que he perdido?
    – Lo sé -dijo Paula, acariciándole el brazo-. Créeme, yo sé todo lo que hemos perdido. No dejo de pensar en que, si me hubiera portado de otro modo, si hubiera aceptado a Jesse en vez de rechazarla, esto no habría ocurrido. Seguramente, vosotros os habríais casado y habríamos sido una familia.
    Él recordó el anillo que le había comprado a Jesse en Tiffany's. Lo emocionado y enamorado que estaba. Quería hacerle el regalo más perfecto del mundo, demostrarle lo mucho que la quería.
    ¿En qué habrían sido distintas las cosas si él no se hubiera enterado de lo de Drew de la manera en que se enteró, si Jesse se lo hubiera contado con calma aquella noche? Probablemente, habría ido a darle una paliza a aquel desgraciado. Teniendo en cuenta lo que sabía de Drew, habría hecho un favor a varias personas.
    Apartó todo aquello de su cabeza. ¿Qué le importaban todas aquellas cosas? Sólo tenía el presente. Jesse se había ido y se había llevado a su hijo. Después había vuelto y había puesto en sus manos la manera perfecta de vengarse. Era el ciclo de la vida.
    – Tengo que volver a la oficina -le dijo a su madre, y le dio un beso en la frente-. Te llamaré pronto.
    – Podríamos cenar todos juntos.
    Como una familia. Como si todo fuera perfecto. Era una batalla de estrategia, y cualquier general estaría orgulloso de él. Debía transmitirle al enemigo sensación de seguridad, y después, atacar.
    Salvo que Jesse no era su enemiga. Era la madre de su hijo, y la mujer de la que estuvo enamorado.
    Se dijo que aquél no era momento de ablandarse. ¿No quería castigarla por lo que había hecho?
    Recordó la mirada de alegría de su hijo mientras corría hacia otro hombre que había ocupado el papel de padre. Entonces se fortaleció contra cualquier debilidad. La victoria estaba cerca. Lo sentía. Podría vencer y seguir adelante.

    Nicole estaba sentada en el porche trasero de su casa, con un café en la mano. Eric se encontraba en casa de un amigo, y las gemelas estaban dormidas a la vez, sorprendentemente. Debería disfrutar de aquel raro momento de soledad, pero no podía. No podía dejar de pensar en la última conversación que había tenido con Jesse.
    Las dos tenían razón y estaban equivocadas, pensó con tristeza. Jesse quería que viera todo lo que había cambiado y madurado. Ella quería una prueba de que todo era distinto. Cuando la tuviera por escrito, quizá estuviera dispuesta a creerla.
    Tomó un sorbo de café y estuvo a punto de atragantarse al oír una voz masculina y familiar.
    – Estás más guapa cada año que pasa. Nunca voy a encontrar a nadie que esté a tu altura.
    Se dio la vuelta y, con un gritito, dejó la taza en el suelo y corrió hacia el hombre alto y guapo que estaba en las escaleras.
    – ¡Raoul! ¡Has venido! ¿Qué estás haciendo aquí? No me has llamado. ¿Sabe Hawk que has venido?
    Se lanzó a sus brazos y él la estrechó con fuerza.
    – Tienes buen aspecto -dijo ella, mirando su rostro fuerte y bello, su ropa de buena calidad.
    – Gracias. He estado haciendo ejercicio.
    Ella se echó a reír por aquella broma, y tiró de él hacia la casa.
    Raoul hacía algo más que ejercicio. Acababa de firmar un contrato con los Dallas Cowboys después de graduarse en Oklahoma, donde había ido Hawk.
    – ¿Has leído el material sobre inversiones que te envié por correo electrónico? -le preguntó mientras entraban en la cocina-. No puedes gastar mucho de lo que has ganado. Tienes que pensar en el futuro. No vas a ser jugador de la Liga Nacional de Fútbol para siempre.
    Raoul la abrazó otra vez y le besó la mejilla.
    – Siempre te preocupas por mí. Cuando no es por mis notas, es por la chica con la que estoy saliendo. Eres…
    – No digas que soy como tu madre. Tendría que matarte.
    Sólo se llevaban diez años. Nicole no necesitaba que nadie la ayudara a sentirse más vieja. La situación actual de su vida era suficiente para dejarla agotada.
    – Tú naciste para ayudar a crecer a los demás -dijo él.
    – Una salida bastante mediocre. Yo siempre espero de ti lo mejor.
    – Lo sé.
    Se sonrieron el uno al otro.
    Nicole había conocido a Raoul cinco años atrás, el mismo día que a Hawk. Raoul era estudiante de último curso de instituto y salía con la hija de Hawk. Vivía en la calle. Todo había sucedido semanas después de que Jesse se marchara. Le había ofrecido a Raoul un lugar donde vivir y, desde entonces, eran familia. En muchos sentidos, Raoul había sido un sustituto de Jesse, pero él no había arruinado su vida.
    Aunque Jesse tampoco había arruinado la suya. Durante los últimos cinco años la había mejorado.
    – ¿Qué sucede? -le preguntó él.
    – Nada. Todo. Jesse ha vuelto.
    Raoul no se sorprendió, y Nicole pensó que probablemente Hawk ya se lo había contado.
    – ¿Y?
    – Y no sé qué hacer.
    Comenzó a contarle todo lo referente a la llegada inesperada de su hermana. Las palabras brotaron más y más deprisa: la confusión, el plan de negocio de Jesse, el incendio, y cómo ella misma, Nicole, se había convertido en una bruja.
    – Es mi hermana, la quiero. ¿Por qué estoy haciendo esto?
    – Porque tienes miedo de sufrir otra vez.
    – ¿Cómo?
    – Ella te hizo mucho daño al irse. ¿Y si se marcha de nuevo? Así que te proteges a ti misma. Tú siempre has sido generosa, Nicole, por eso puedes querer tanto a los demás. Pero tienes miedo.
    ¿Era sólo eso? ¿Tan fácil? ¿Miedo a que Jesse la rechazara de nuevo?
    Se le llenaron los ojos de lágrimas.
    – ¿Cuándo te hiciste tan listo?
    – Hace unos dieciocho meses. Era jueves.
    Ella se echó a reír de nuevo, lo que la ayudó a controlar las lágrimas.
    – Echo de menos tenerte por aquí. Y ahora te vas a Dallas. ¿Cómo lo llevas?
    – Ya sabes cuánto me pagan.
    – ¿Me estás diciendo que se te puede comprar?
    Él sonrió.
    – Por supuesto.
    – Estoy muy orgullosa de ti, Raoul.
    Él le apretó la mano.
    Ella se enjugó las lágrimas.
    – Bueno, ya está bien de problemas. ¿Estás saliendo con alguien? Porque la última chica a la que trajiste era demasiado estirada para mi gusto. ¿Es que no puedes encontrar una chica maja?
    – A ti ninguna te parece lo suficientemente buena para mí.
    – En eso tienes razón. Pero siempre podemos esperar el milagro.

    Matt llegó aquella noche a pasar un rato con su hijo, y Jesse se mantuvo en un segundo plano mientras Gabe descubría la emoción de manejar el coche teledirigido que le había llevado su padre de regalo.
    Tenía las ruedas grandes y un mando sólido y resistente. Gabe hizo que el coche se desplazara hacia detrás y hacia delante, y después se echó a reír, cuando lo hizo inclinarse en un giro y el coche recuperó el equilibrio automáticamente.
    – Muy buena elección -murmuró Jesse mientras Gabe perseguía su juguete por el pasillo.
    – He buscado en Internet -reconoció Matt-, y éste era el mejor valorado.
    A ella no le sorprendió que se hubiera tomado el tiempo de buscar el juguete perfecto antes de comprarlo. El Matt a quien ella había conocido era una persona minuciosa y detallista. Cuando estaban juntos, él cuidaba de ella.
    Un poco más tarde, Matt ayudó a Gabe a prepararse para ir a dormir. Supervisó el ritual de lavarse los dientes, y después lo acostó y le leyó un cuento. Jesse se sentó en un rincón, observándolos a los dos juntos, sintiendo tristeza por todo lo que habían perdido Matt y Gabe.
    Porque ella no había engañado sólo al hombre al que quería, sino también a su hijo.
    Cuando Gabe se quedó dormido, Matt y ella salieron de la habitación. Cerró la puerta y después lo condujo hasta la sala de estar.
    – Se acuesta muy pronto -dijo Matt, después de mirar la hora.
    – Necesita dormir mucho. Estaba durmiendo siestas hasta su último cumpleaños.
    Matt asintió sin decir nada. Ella tuvo la sensación de que pensaba que debería saberlo.
    – ¿Hasta qué hora va a estar fuera mi madre?
    – Han salido a cenar, y después iban a la última sesión del cine -informó Jesse.
    Era la primera vez que Paula y Bill salían juntos. Jesse estaba encantada por ellos, pero Matt no estaba tan emocionado.
    – ¿Estarás bien aquí sola?
    Ella asintió. Estar sola con Gabe no era nada nuevo. Así había sido durante años.
    Sintió una punzada de culpabilidad y de odio hacia sí misma. Miró a Matt, lamentando que las cosas no hubieran sido diferentes.
    – Lo siento -dijo rápidamente, con ganas de sacarlo todo de golpe-. Siento muchísimo haberte tenido alejado de Gabe. Tenías razón. Sabía que no me creías, y no pude superarlo. No hice más que esperar que fueras a buscarme, que me dijeras que te habías equivocado o, por lo menos, que estabas dispuesto a escucharme. Nunca pensé las cosas desde tu perspectiva. Debería haberte dado la oportunidad de conocerlo. Tendría que haberte llamado cuando nació. Lo siento.
    Matt se quedó mirándola fijamente, juzgándola.
    – No puedo recuperar ese tiempo.
    Fue como si le diera una puñalada.
    – Lo sé.
    – No tenías derecho.
    Ojalá ella pudiera volver al pasado y deshacer sus errores.
    De repente, él la agarró y la abrazó.
    – Demonios, Jesse, ¿qué voy a hacer contigo?
    Antes de que ella pudiera averiguar a qué se refería, él la estaba besando.
    Fue un beso cálido, tentador, una reacción inesperada a su conversación. Él la estrechó contra sí como si nunca fuera a soltarla, y ella lo abrazó también. Entonces Matt le acarició la cara.
    – Te deseo, Jess -susurró.
    Palabras mágicas, pensó ella mientras notaba cómo le hervía la sangre. Palabras que había esperado durante mucho tiempo. Sin decir una palabra, tomó a Matt de la mano y lo llevó a su habitación.
    Después de hacer el amor, se abrazaron el uno al otro y permanecieron unidos. Quizá el pasado no pudiera cambiarse, pero el presente sí, pensó ella mientras la esperanza le llenaba el pecho y hacía que creyera en todas las posibilidades del mundo. Porque su corazón sólo había pertenecido a un hombre, y estaba dispuesta a hacer cualquier cosa por recuperarlo.

Capítulo Diecisiete

    A la mañana siguiente, Jesse entró flotando al obrador. Después de lo que había sucedido la noche anterior, se sentía tan bien que debía de estar resplandeciente. Tenía la esperanza de que Matt y ella pudieran encontrar la manera de estar juntos. Era un poco difícil, pero se había dado cuenta de que todavía quedaban sentimientos y conexión. Y ella estaba dispuesta a ser paciente.
    Sin embargo, tenía que dirigir una panadería, pensó mientras se obligaba a concentrarse. Debía revisar los pedidos que habían llegado durante la noche. Los brownies recién hechos estaban en bandejas, sobre las mesas que había alineadas en la parte delantera del local. Sid y Jasper tenían las segundas tandas en el horno. Todo iba perfectamente. Eran casi las ocho de la mañana cuando apareció Nicole, con una expresión tan seria que el buen humor de Jesse comenzó a disiparse.
    No, pensó mientras se ponía en pie y miraba a su hermana. No iba a permitir que Nicole le estropeara aquella mañana tan excelente.
    – Quiero dejarlo claro -dijo-: No voy a pelearme contigo. No puedes decir ni hacer nada que me enfade.
    Nicole asintió. Después se echó a llorar, y Jesse se quedó muy sorprendida.
    – ¿Es eso lo que piensas de mí? -le preguntó su hermana-. ¿Que sólo quiero pelearme contigo? Es por mi culpa. Lo siento.
    Aquella confesión inesperada hizo que Jesse se acercara a su hermana y la abrazara.
    – No, no pienso eso. Claro que no. Lo siento. Ha sido una reacción apresurada.
    – Porque nos hemos peleado mucho -dijo Nicole mientras le devolvía el abrazo. Después se apartó y se enjugó las lágrimas-. No pasa nada. Me merezco lo que has dicho, y seguramente más. Me quedé conmocionada con tu regreso, y estaba empezando a asimilarlo cuando se incendió la pastelería.
    – No te preocupes. No pasa nada -dijo Jesse. Se sentía muy mal.
    – Sí, sí pasa. He estado pensando mucho en lo que me dijiste y no me gusta la verdad, aunque no puedo rehuirla. La realidad es que quería que tú fueras la culpable de lo que ocurrió con Drew. Necesitaba culparte para no tener que aceptar que la culpa era suya y mía. Eso estuvo muy mal por mi parte y lo siento muchísimo.
    – Nicole, no te culpes.
    – ¿Por qué no? Yo lo hice. Te eché. Tú eres mi hermana pequeña, y te quiero, y te sacrifiqué porque estaba herida y enfadada, y no quería ver la verdad. Dejé que te marcharas cuando estabas embarazada. ¿Cómo pude hacerlo?
    – Tú no me echaste. Me marché por mí misma, y es lo mejor que pude hacer.
    Nicole la miró con los ojos hinchados.
    – Tuviste un bebé sola. ¿Cómo es posible que lo consiguieras? Yo estaba muy asustada cuando tuve a Eric, y eso que Hawk estaba conmigo.
    – Tenía amigos.
    – Deberías haber tenido a tu familia. Lo siento. Me he estado protegiendo porque temía volver a perderte, pero eso también ha estado muy mal. Eres maravillosa y asombrosa, y te mereces mi apoyo. Yo sé por qué no pude dártelo.
    – Porque te viste obligada a criar a tu hermana pequeña desde que tenías doce años. Tú no pudiste ser una niña.
    Nicole la abrazó.
    – No tienes que ser tan comprensiva. Tengo un discurso preparado.
    Se aferraron la una a la otra.
    – Estoy muy orgullosa de ti -le susurró Nicole-. Mira lo que has hecho. Tienes unas ideas buenísimas, y has salvado el negocio. Yo me habría limitado a cerrar. Toda esta gente está trabajando gracias a ti. Nunca podré agradecértelo lo suficiente.
    Unas palabras muy sencillas, pensó Jesse, pero muy poderosas.
    – Te quiero -le dijo a su hermana.
    – Yo también te quiero -aseguró Nicole. Después se irguió-. Por eso voy a darte esto.
    Jesse miró lo que le había entregado su hermana. Era un cheque por valor de ciento cincuenta mil dólares. Se le cortó el aliento.
    – ¿Qué es esto?
    – La mitad del dinero del seguro. Y habrá más. Nos lo están dando a medida que lo necesitemos. La mitad del negocio es tuyo, así que tómalo. Puedes empezar un nuevo negocio, o dar la entrada para una casa, lo que quieras. Es suficiente para hacer realidad un sueño.
    Jesse le devolvió el cheque a su hermana.
    – No lo quiero -dijo. Nicole la miró con desconcierto.
    – ¿Por qué no?
    – Porque si me quedo con este dinero, no podremos reconstruir la pastelería.
    – No lo entiendo.
    Jesse sonrió.
    – Todo esto es temporal. Yo quiero una tienda de verdad. El incendio nos da la oportunidad de modernizar el equipo, de rediseñar los espacios del obrador y de la tienda. Tengo unas cuantas ideas.
    Nicole se echó a reír.
    – ¿Así, tan fácil?
    – Yo también me apellido Keyes. Llevo el negocio en la sangre. Pero tenemos que hablar de unas cuantas cosas. También tengo algunas ideas sobre cambios en los procesos de producción.
    Nicole sonrió.
    – Por supuesto que las tienes.

    Jesse todavía estaba despierta cuando Paula llegó a casa después de otra cita con Bill. Tan sólo con ver su rostro ruborizado y sus ojos brillantes, dijo:
    – Esto se está poniendo serio. ¿Debería preocuparme por ti?
    Paula bajó la cabeza.
    – No seas tonta. Bill es un hombre muy agradable. Sólo nos estamos divirtiendo un poco.
    – Vaya, pues a mí me parece que es algo más que diversión -bromeó Jesse-. Te estás acordando de practicar el sexo seguro, ¿no?
    – Haré como si no te he oído -dijo Paula mientras dejaba el bolso en la encimera de la cocina-. Me gusta mucho Bill.
    – Y tú le gustas a él -aseguró Jesse.
    Sin embargo, tenía el presentimiento de que era algo más que eso para Bill y Paula. Parecía que se habían enamorado.
    – Él vive en Spokane -dijo Paula-. Eso es un problema, pero bueno, por ahora no tenemos que preocuparnos. Es sólo… interesante.
    – Algunas veces, lo interesante es estupendo.
    – Ya lo sé -dijo Paula, y se sentó en uno de los taburetes del mostrador-. ¿Cómo van los pedidos en el obrador?
    – Tenemos más de los que podemos atender, pero estamos al día con el programa. Nicole y yo hemos llegado por fin a un entendimiento -respondió Jesse, y le contó a Paula la conversación que había tenido el día anterior con su hermana-. No me di cuenta de que tenía un nudo enorme en el estómago hasta que se deshizo. He echado mucho de menos a Nicole. Seguro que seguiremos peleándonos, porque siempre lo hemos hecho, pero ahora es distinto. Es como si hubiéramos solucionado los problemas. Eso me gusta.
    – Me alegro. ¿Otra cosa más que hayas solucionado?
    Jesse sonrió.
    – No eres nada sutil.
    – Ya lo sé. Quiero que Matt y tú volváis a estar juntos. Tengo razones muy egoístas. De ese modo, os tendría cerca a Gabe y a ti y, además, me libraría de algo de la culpabilidad que siento.
    Jesse le acarició la mano a Paula.
    – No te sientas culpable. Sólo reaccionaste ante una situación, pero tú no obligaste a Matt a que me diera la espalda, y tú no eres el motivo por el que me marché de Seattle.
    – No puedo dejar de pensar en cómo habrían sido las cosas si yo no hubiera intervenido -dijo Paula, y le estrechó los dedos a Jesse-. No puedo cambiar eso, pero sí puedo esperar que a partir de ahora suceda lo mejor.
    – No tienes nada que cambiar. Estabas cuidando de tu hijo. Ahora que tengo a Gabe, lo entiendo. Yo haría lo mismo.
    Paula sonrió.
    – Bueno, quizá no lo mismo.
    – Algo parecido.
    – Está bien, gracias por decírmelo. Matt estuvo aquí anoche. ¿Cómo fueron las cosas?
    – Muy bien. Es estupendo con Gabe, y eso es maravilloso. Creo que… tengo la esperanza de que podamos recuperar lo nuestro. Creo que sigue sintiendo algo por mí. No estoy segura.
    – Yo también lo creo -le dijo Paula-. Por lo que tengo entendido, ha habido muchas mujeres en su vida, pero no ha dejado que ninguna se le acercara demasiado. Me pregunto si será porque nunca dejó de quererte.
    – Ojalá fuera cierto, pero no lo sé. Me temo que quizá me estoy haciendo ilusiones en cuanto a su comportamiento.
    – Porque todavía lo quieres.
    Jesse asintió lentamente.
    – Creo que sólo puedo entregar mi corazón una vez. Él lo tiene. La cuestión es si lo quiere todavía.

    Matt y Gabe se acercaron a la puerta de la casa. Matt se detuvo antes de llamar, porque quería disfrutar de aquellos últimos minutos a solas con su hijo.
    – Me lo he pasado muy bien -dijo Gabe.
    Sonrió a su padre y se apoyó en él. Un peso ligero, pero muy especial.
    – Te quiero, papá.
    Matt se agachó hacia él y miró los ojos azules de Gabe.
    – Yo también te quiero, hijo mío.
    Gabe se echó a sus brazos.
    – ¿Para siempre?
    – Para siempre, pase lo que pase. Te quiero. Soy tu padre.
    Gabe lo apretó con fuerza.
    Unos brazos muy pequeños, pensó Matt, abrazándolo con igual intensidad. Un cuerpo tan pequeño, que albergaba tanta vida.
    Se separaron y entraron en la casa. Gabe fue corriendo a buscar a Jesse y a su abuela. Matt avanzó con más lentitud, embargado por la emoción de aquel momento. Jesse lo encontró en el salón formal, que nunca se usaba.
    – ¿Estás bien? -le preguntó al acercarse-. ¿Lo habéis pasado bien?
    – Sí -respondió Matt y, al verla moverse, la recordó desnuda-. Muy bien.
    – Gabe está muy contento. Le encanta estar contigo -dijo, y se estremeció-. Disculpa. Acabo de sentir una ráfaga de culpabilidad.
    Algo que ella misma se había ganado. Matt intentó no concentrarse en todo lo que se había perdido. El destello de pasión se apagó como si no hubiera existido.
    – Yo me crié sin padre -dijo-. No sabía nada de él, y mi madre no me contaba mucho, salvo que no le interesaba nada que ella estuviera embarazada. No quería que formara parte de nuestras vidas y el hecho de que yo le preguntara por él la hacía llorar, así que dejé de hacerlo.
    Jesse asintió, con expresión de incomodidad.
    – Gabe me preguntaba cada vez más por ti. Es uno de los motivos por los que he vuelto. Sabía que debía darle la oportunidad de que te conociera.
    Él no debería tener la oportunidad de conocer a su hijo. Debería haber estado con Gabe desde el principio.
    – Hace unos años, busqué a mi padre. Contraté a un investigador privado para que lo encontrara y le dijera que lo estaba buscando. No usé mi nombre. No quería que le atrajera el dinero.
    – Oh, Matt.
    – No tenía ningún interés en mí. Dijo que no le había importado antes y que tampoco le importaba ahora. Me dijo que no volviera a molestarlo.
    Ella atravesó la habitación y lo abrazó. Él se lo permitió, absorbiendo su preocupación sin sentirla.
    – Hoy, cuando estábamos en el parque, Gabe se tropezó y se cayó. Fue como si me hubiera caído yo, pero peor, porque no me importaba hacerme daño, pero no quería que le ocurriera nada a él. Lo tomé en brazos, pero en ese segundo, morí cien veces.
    Ella alzó la cabeza y lo miró a la cara, con los ojos llenos de lágrimas.
    – Lo sé -susurró-. Sé perfectamente lo que se siente. Es horrible tener tanto miedo y no poder controlar todo lo que pasa. Algunas veces, yo apenas puedo respirar de preocupación. Pero Gabe es duro y fuerte, y hará que te sientas orgulloso. Ya lo verás.
    Gabe no tenía que hacer que se sintiera orgulloso. El amor que sentía por él era incondicional, pensó Matt.
    Las emociones se arremolinaron en su interior. Sus sentimientos por Gabe, la rabia y la ira hacia Jesse, una ira que aparentemente, ella no percibía. Tenía ganas de zarandearla por haberle robado todo aquel tiempo. Quería castigarla. Quería que ella sufriera lo mismo que él.
    Jesse sonrió entonces.
    – Matt, seguramente éste no es el mejor momento ni el lugar adecuado, pero… te quiero. Nunca he dejado de quererte -dijo. Se rió y dio un paso atrás-. No digas nada, por favor. Sólo quería sacármelo de dentro. Siento mucho lo que ha pasado con Gabe. Lamento mucho lo que has perdido y, si pudiera cambiarlo, lo haría. Pero no podemos alterar el pasado, así que tenemos que arreglarnos con el presente. Espero que puedas perdonarme. Sé que te tomará un tiempo, pero estoy dispuesta a esperar. Espero que entiendas por qué hice lo que hice. Espero que podamos llegar a un acuerdo sobre Gabe. Compartirlo, o algo así.
    ¿O algo así? Ella quería más. Lo quería todo, pensó Matt con desdén. Y si pensaba que eso era posible después de lo que había hecho, no lo conocía en absoluto.
    Jesse se puso de puntillas y lo besó. Él la dejó, incluso se lo facilitó inclinándose un poco. Después, ella sonrió y se marchó.
    Cuando estuvo solo en el salón, sacó su teléfono móvil y marcó un número.
    – Heath -dijo-. Ha llegado el momento. Entrégale la notificación a Jesse.

Capítulo Dieciocho

    Matt no consiguió dormir aquella noche. No dejó de dar vueltas por la cama, pensando en Gabe y en Jesse, y en lo que iba a suceder cuando ella recibiera la notificación. Allí, en la oscuridad, pensó que debería sentirse ufano por todo ello. Iba a ganar, y su victoria dejaría a Jesse con el corazón y la vida destrozados. Iba a pagar todo lo que le había hecho.
    Pensó en las cosas que iba a hacer con Gabe. Viajar, jugar, navegar juntos en el lago… Sin embargo, en vez de ver la cara sonriente de su hijo, vio a Gabe llorando por su madre. Vio a Gabe pasando los días con una niñera sin cara, porque él, Matt, estaba muy ocupado en el trabajo. Vio el dolor en los ojos de Jesse. Quería venganza, quería que ella experimentara todo lo que él había perdido, pero no quería hacerle daño a Gabe, y tampoco estaba seguro de que quisiera hacerle daño a ella.
    Después de aquella noche de insomnio, se levantó y fue a la oficina. Llegó antes de las seis, y revisó el correo electrónico que tenía en el buzón. Diane llegó a las ocho.
    – ¿Quieres hablar de ello? -le preguntó al llevarle una taza de café.
    – No.
    – Entonces estás de un humor de perros.
    Él la fulminó con la mirada, sin hablar.
    Diane hizo caso omiso de su evidente irritación.
    – ¿Qué has hecho? -le preguntó.
    – He hecho lo que tenía que hacer -zanjó él.
    Ella suspiró.
    – Eso no me inspira confianza, Matt. Te conozco desde hace mucho tiempo. Voy a apoyarme en eso y a decir algo que excede los límites de la relación entre un jefe y una secretaria. Sólo voy a hacerlo una vez, y no volveré a referirme a ello.
    – ¿Estás segura de que quieres hacerlo?
    – Sí, porque me importas. Eres un buen hombre, pero en cuanto al amor, estás amargado. Te proteges a ti mismo y no confías en nadie. No puedes aceptar lo que no estás dispuesto a dar -dijo, e hizo una pausa, con una expresión bondadosa-. Tú todavía la quieres. Si le haces daño sólo vas a conseguir hacerte daño a ti mismo. Y tienes que pensar en tu hijo. ¿Qué crees que va a sentir Gabe hacia el hombre que hizo llorar a su madre?
    Diane se dio la vuelta y se marchó.
    Matt la observó hasta que salió del despacho, exasperado por la facilidad con la que le leía el pensamiento. Diane no podía conocer los detalles, pero sabía que tenía un plan en marcha.
    Se convenció de que lo que le había dicho no era importante. La mayoría de las cosas no importaban, salvo lo de Gabe. Sí, el niño estaría disgustado durante un tiempo, pero lo superaría. Muchos niños tenían que acostumbrarse a vivir con padres separados y se las arreglaban. Sin embargo, él no quería que Gabe se las arreglara. Quería que fuera completamente feliz. Recordó la sonrisa de Gabe, pensó en todos sus juegos y en los juguetes que había por la casa. Vio a su hijo, que siempre estaba feliz y que era pura alegría.
    Y sin querer, vio también a Jesse, trabajando en el obrador. La imaginó allí, con harina en la nariz, con los ojos azules llenos de diversión.
    ¿Qué se proponía él con aquella demanda por la custodia de Gabe? No quería quitarle el niño a su madre, y tampoco quería destruir a Jesse.
    Rápidamente, tomó el teléfono y llamó al despacho de Heath. La secretaria de su abogado le dijo que no estaba disponible en aquel momento.
    Matt soltó un juramento y colgó. Salió del edificio, tomó su coche y fue hasta la oficina de Heath, a pocas manzanas de su empresa. Tenía que evitar que le entregaran la notificación a Jesse. Tenía que destruir los documentos y asegurarse de que ella nunca lo supiera. Tenía que arreglar la situación.
    Diane tenía razón. Nunca había dejado de querer a Jesse.
    La quería. Siempre la había querido, quizá desde aquel primer momento en que ella lo había llamado a la salida de un Starbucks y había cambiado su vida para siempre.
    Condujo a más velocidad de la debida y aparcó en zona prohibida en la entrada de la oficina de Heath. Subió en el ascensor y corrió hacia el despacho de su abogado. Allí encontró a la secretaria.
    – Tengo que conocer la situación de unos papeles -le dijo-. Es muy urgente. No quiero que los entreguen.
    Ella dio un par de pasos hacia atrás y asintió con cautela.
    – Eh… claro, señor Fenner. Permítame un instante que lo averigüe.
    – Eran para Jesse Keyes, y son acerca de nuestro hijo. No quiero que se le entregue esa notificación.
    Ella se acercó al ordenador y tecleó durante un par de segundos.
    – Todavía están aquí.
    Matt sintió un enorme alivio.
    – Bien. Busque todas las copias y entréguemelas.
    – No puedo hacer eso sin hablar antes con Heath, y él no va a volver hasta dentro de un par de horas. ¿Le parece bien que se las enviemos por mensajero a su oficina?
    Matt no quería esperar, pero sabía que su única alternativa era llevarse los papeles por la fuerza.
    – Está bien -dijo-. Los quiero hoy mismo.
    – Por supuesto, señor Fenner -dijo la secretaria, y sonrió con tirantez, como si estuviera deseando que se marchara.
    Matt asintió y salió del despacho. Tomó su teléfono móvil de nuevo, pero decidió ir directamente hacia el Eastside. Recogería a Gabe en casa de su madre y lo llevaría a la pastelería. No sabía qué iba a decirle a Jesse, pero iba a pensarlo. Ella lo quería. Se lo había dicho, y si ella lo quería, todo iba a salir bien.

    Jesse estaba a punto de vomitar. Sentía un horror y un miedo tan intensos que estaba aturdida y entumecida. Quizá eso fuera bueno.
    Había ido a casa a comer, y en la entrada se había encontrado con un hombre de traje que le había preguntado si ella era Jesse Keyes y le había entregado un sobre. Dentro estaban las palabras que habían estado a punto de pararle el corazón.
    En aquel momento se hallaba en medio de la cocina de Paula, releyendo el documento con la esperanza de haberlo malinterpretado. Tenía que ser eso. No era posible que Matt le hubiera hecho algo así.
    – ¿Jesse?
    Alzó la vista y vio a Paula, que tenía una expresión preocupada en el rostro. Sin decir nada, Jesse le entregó los papeles. Paula los leyó rápidamente, jadeó y se tambaleó. Después se los pasó a Bill.
    Jesse se sentó en un taburete. No podía pensar, no podía respirar. Aquello no estaba sucediendo. Tenía que ser un error.
    Desde la sala de estar le llegaba el sonido alegre de un DVD que estaba viendo Gabe. Eso lo mantendría ocupado al menos media hora más, así que ella tendría tiempo de recuperar algo de calma.
    Bill se acercó a ella y la abrazó.
    – Nos enfrentaremos a ese desgraciado -dijo en voz baja y firme-. Lo aplastaremos.
    – ¿Podemos? -preguntó Jesse con un hilo de voz-. No sé qué pensar ni qué sentir. Este no es el Matt que yo conozco. Él nunca haría algo así, nunca nos haría daño a Gabe y a mí de esta forma. Oh, Dios mío, Gabe.
    Jesse tuvo que reprimir las lágrimas, que comenzaban a quemarle en los ojos.
    – Él quiere a su padre. No puede verse atrapado entre nosotros, y yo no estoy dispuesta a entregarlo. No lo entiendo. ¿Cómo es posible que Matt haya hecho esto? Siempre pensé que llegaríamos a un entendimiento. Creía que él también lo quería.
    Se había equivocado. Sabía que Matt estaba enfadado, que la culpaba por haber mantenido a Gabe lejos de él y…
    – Está haciendo esto para castigarme -dijo-. Quiere que yo pierda lo mismo que él. Quiere que sufra.
    – No -dijo Paula-. No es posible -añadió. Sin embargo, no parecía que estuviera muy convencida.
    – Confié en él -murmuró Jesse-. Lo animé a que conociera a Gabe. Lo ayudé para que todo fuera bien entre ellos y, durante todo este tiempo, él se dedicaba a preparar esto. Ha hecho que me sintiera fatal, que me arrastrara, aun sabiendo que iba a intentar quitarme a Gabe.
    Sólo hubo silencio a su alrededor. Era suficiente para que supiera que Bill y Paula temían que aquello fuera cierto.
    – Era sólo un juego para Matt -continuó-. Un juego de venganza. Consiguió que creyera en él, y después me ha arrancado el corazón.
    Se puso en pie y se enjugó las lágrimas.
    – Pero no va a ganar. Yo no hice nada malo deliberadamente, y él está haciendo esto a propósito. No va a quitarme a Gabe. No puedo permitirlo.
    – No, no puedes -dijo Paula con tristeza-. No sé qué decir. Éste no es mi hijo, Matt no es así.
    Jesse no mencionó que Matt había cambiado mucho durante aquellos cinco años.
    – Nos tienes a nosotros -dijo Bill-. Vamos a luchar contra él. No va a ganarnos.
    Jesse agradecía su apoyo, y sabía que iba a necesitarlo. Matt iba a ser un oponente formidable. Sin embargo, ni Bill ni Paula entendían que él ya había obtenido una parte de su victoria. Le había robado el corazón por segunda vez, y se lo había devuelto destrozado.

    Matt llegó a casa de su madre, pero no la encontró allí. Fue a la pastelería, pero Nicole no había visto a su hermana desde la hora de comer. Entonces volvió a su oficina con cierta sensación de inquietud. Pensó que podía hablar con ella un poco más tarde, pero tenía el presentimiento de que debía hacerlo en aquel mismo momento.
    Eran casi las dos cuando se abrió de par en par la puerta de su despacho y Bill fue hasta su escritorio.
    Matt se puso en pie para enfrentarse a él, maldiciendo aquel desastre que ya no iba a poder deshacer. Jesse había recibido la notificación. Había leído el documento y sabía lo que él había estado planeando mientras salía con ella, mientras hacían el amor. Seguramente estaba herida, confusa y aterrorizada.
    – Voy a aclararte una cosa -dijo Bill-. Haré todo lo necesario para aplastarte. Cuando acabe contigo no podrás ni caminar.
    Matt tuvo que respetar las agallas de aquel hombre, aunque sabía que lo que decía no era cierto. Bill no podía hacerle daño de ningún modo.
    – Ha recibido los papeles -dijo, haciendo caso omiso de la amenaza-. Se suponía que no debía recibirlos.
    – Entonces todo se debe a un error administrativo, ¿no? -dijo Bill con sarcasmo-. Muy bien. Se lo diré, porque así se arregla todo. Ella podrá borrar de su corazón el hecho de que has estado planeando todo esto, de que le tendiste una trampa. ¿En qué demonios estabas pensando, muchacho?, ¿en quitarle a Gabe? Ya has visto lo mucho que se quieren. Son una familia. Uno no ataca algo así. ¿Quién te crees que eres para hacerle tanto daño a Jesse?
    Matt sintió cada una de aquellas palabras como si fueran puñetazos. Lo golpearon con fuerza en las entrañas, en el pecho y en el corazón.
    – Puedo explicarlo todo -dijo.
    – ¿El qué? ¿Que mentiste a Jesse, que nos mentiste a todos? Ya es demasiado tarde. Jesse va a ganar. Tu madre y yo nos vamos a asegurar de que así sea.
    Porque estaban de parte de Jesse. Matt se sintió extrañamente reconfortado al saber que no estaba sola en aquello.
    – Tienes razón. Le mentí. Estaba enfadado cuando vino a verme por primera vez. No, más que enfadado. Ella me había ocultado a Gabe durante cuatro años, y luego apareció sin previo aviso. Ni siquiera entendía lo que había hecho, decirme que estaba embarazada y después largarse no fue suficiente.
    – A nadie le importa ese argumento. No es suficiente.
    – No, no es nada. Sólo es el motivo por el que lo hice. Quería castigarla. Quería que sintiera lo que yo siento. Quería que sufriera, y estaba equivocado. A medida que iba conociendo a Gabe, me enfadaba más y más por lo que había perdido para siempre.
    – Jesse debió insistir e intentar hablarte del niño -dijo Bill-, ya lo ha admitido. Cometió un error, pero eso no justifica que tú te hayas acercado a ella fingiendo ser una cosa cuando estabas preparando un plan para destruirla.
    – Lo sé. Tengo que hablar con Jesse. Tengo que decirle que no se preocupe. Puedo arreglarlo todo.
    – Eso es lo primero que has dicho que me entristece. No hay forma de arreglar esto.
    – Ella me quiere. Ha seguido queriéndome durante todo este tiempo.
    – Y eso empeora la situación. Jesse no va a perdonarte nunca. Y peor todavía, Gabe terminará por saber que tú eres la razón de que su madre esté tan triste. Un niño no olvida algo así.
    – Es mi hijo -murmuró. Acababa de encontrar a Gabe, no podía perderlo.
    – Deberías haberlo pensado antes -dijo Bill con desprecio-. Lo tenías todo, estúpido. Todo lo que podías desear. El amor de una mujer buena, un hijo que sólo quería estar contigo, una familia feliz. Todo lo importante. Pero preferías tener razón, preferías vengarte. ¿Cómo te sientes ahora?
    Matt no tenía la respuesta. Estaba demasiado concentrado en todo lo que había salido mal.
    – Jesse no está sola -continuó Bill-. Tiene a mucha gente de su lado. Gente que no te tiene miedo, y que cuenta con recursos. Yo mismo voy a disfrutar de tu caída.
    Y dicho eso, Bill se dio la vuelta y se marchó. Cuando se cerró la puerta, Matt se quedó solo, en silencio. Podía arreglar aquella situación, pensó. Nunca se había encontrado con un problema que no pudiera resolver. Era sólo cuestión de dar con la mejor estrategia.
    Sin embargo, le resultaba difícil pensar con el vacío lacerante que notaba en la boca del estómago. Y en su interior, una voz insidiosa le susurraba que, posiblemente, aquella vez había ido demasiado lejos.

Capítulo Diecinueve

    Jesse sacó los pedidos matinales del ordenador y leyó el informe. Comparó la lista con el inventario, y anotó el número de brownies y tartas que debían terminar aquel día. Sabía que, mientras trabajaba, Nicole y Claire la estaban mirando y susurrando en una esquina.
    No eran muy sutiles, pensó, a la vez exasperada y conmovida por su atención constante. Estaban preocupadas por ella, lo cual significaba que la querían. Esa era la buena noticia. La mala era que con cada mirada de preocupación le recordaban lo que había hecho Matt, y hacían que se derrumbara emocionalmente otra vez.
    Por lo menos, cada vez se le daba mejor recuperarse y seguir adelante.
    Claire le había ofrecido el dinero necesario para contratar al mejor abogado de toda la costa Oeste. Nicole le había dicho que todos los recursos de la pastelería eran suyos. Aunque no quería aceptar nada de ellas, no le quedaba más remedio que hacerlo. Tenía que luchar contra Matt en igualdad de condiciones.
    Sus hermanas se despidieron de ella y se marcharon, y ella siguió sentada en su rincón de la oficina, intentando trabajar. En aquel momento, le estaba resultando muy difícil concentrarse. Sólo podía pensar en todo el daño que le había hecho Matt. La última vez que le había roto el corazón se había quedado destrozada, pero ahora no estaba segura de poder sobrevivir. Podía perder algo muy importante. Su hijo estaba en juego.
    Bill le había contado que había visitado a Matt, y que éste le había dicho que no quería que le entregaran aquella notificación. El problema era que él había ordenado redactar aquel documento. Lo había manipulado todo entre ellos.
    Alguien entró por la puerta y Jesse alzó la vista. Era una mujer.
    – ¿Es aquí donde está ahora la Pastelería Keyes? -preguntó.
    – Sí -dijo Jesse. Se puso en pie y se acercó a ella-. Pero ahora no estamos vendiendo al por menor. Nuestro local se quemó.
    – Lo sé. Me acerqué por allí, y me quedé espantada -dijo, y sonrió-. Disculpe. Permíteme que me presente. Me llamo Cathy. Mis suegros van a celebrar sus bodas de oro este fin de semana. Vamos a dar una gran fiesta. Todo estaba listo, o lo estaba. Mi suegra me ha contado que cuando se casaron, la tarta de bodas era una de sus famosas tartas de chocolate, y que le gustaría darle una sorpresa a mi suegro llevándole esa tarta de nuevo. ¿Es posible pedir una?
    Jesse sonrió.
    – Claro que sí. ¿Quiere recogerla el viernes?
    – Sí. Sería maravilloso. Muchas gracias.
    Jesse tomó nota. Quedaron a una hora, la mujer pagó la tarta y se marchó. Cuando se fue, ella se preguntó cómo sería estar casado durante tanto tiempo. Cincuenta años parecía toda una vida. Una vez, cuando era joven e ingenua, había pensado que Matt y ella podrían tener tanta suerte, pero se había equivocado.

    Jesse salió de la pastelería cerca de las cuatro. Estaba muy cansada, pero sabía que no iba a poder dormir aquella noche. Apenas había podido cerrar los ojos desde que había recibido la notificación. Cada vez que intentaba relajarse, sentía pánico por la posibilidad de perder a Gabe.
    Cuando se acercaba a su coche, vio a alguien en el aparcamiento. Matt.
    Se detuvo sin saber qué hacer. Quería huir, pero irguió los hombros y caminó hacia él, diciéndose que aquél no era el hombre del que se había enamorado. Quizá aquel hombre no había existido nunca. Tal vez ella lo había creado en su mente.
    Él esperó sin decir nada. Jesse se detuvo frente a él y se dio cuenta de que tenía unas profundas ojeras. Tenía mal aspecto, lo cual debería hacer que ella se sintiera bien. Sin embargo, no era así. Al final, no habría ganadores en aquella batalla. La victoria tenía un precio que iban a estar pagando para siempre.
    – Lo siento -dijo Matt-. Jesse, no sabes cuánto lo siento. No deberían haberte entregado los papeles. Me imagino lo que has debido de pasar cuando los leíste. No quería que sucediera eso.
    – ¿Y cuándo dejaste de quererlo? -le preguntó ella-. Es evidente que has visitado a un abogado más de una vez para preparar ese documento. Tú lo pusiste todo en marcha, y luego ¿qué? ¿Cambiaste de opinión en el último instante? No me importa. Ya está hecho, Matt, y no puedes deshacerlo.
    – Estaba furioso, porque me quitaste algo que nunca podría recuperar.
    – Así que decidiste hacer lo mismo para que estuviéramos empatados. Tienes razón. Yo no puedo cambiar el pasado, pero por lo menos he admitido que estaba equivocada. Haré todo lo que pueda para compensarte por el error. Porque fue un error, nada más que eso. No fue algo deliberado, no fue un plan cruel. Tú no quieres que te engañen, pero me has engañado por completo a mí. Pensaste en todo esto cuidadosamente y observaste cómo sucedía todo. ¿Cómo crees que me siento?
    – Muy mal -dijo él-. Como yo me sentí cuando te fuiste.
    – Yo me fui porque tú nos rechazaste a mí y a tu hijo. Dejaste que me fuera porque pensabas lo peor de mí.
    – ¿Y qué otra cosa podía hacer? -inquirió él, alzando la voz-. ¿Sabes cómo fue averiguar que me habías traicionado?
    – Lo sé perfectamente.
    Matt se quedó rígido.
    – Es mejor tener razón, ¿verdad? -prosiguió ella-. Es mucho más incómodo ser el malo de la película. No vas a ganar en esto, Matt. No vas a poder convencerme de que no eres un canalla. Usaste todos los medios a tu alcance para que me enamorara de ti. Querías oírlo. En cuanto dije que te quería, llamaste a tu abogado y le dijiste que me entregara los documentos.
    – Sí.
    – Yo hablaba en serio. Te quería y confiaba en ti, y tú has usado todo eso para destruirme. Me has amenazado con quitarme a mi hijo. Puede que yo no te parezca gran cosa, pero no estoy sola. Haré lo necesario para que Gabe esté a salvo. Tú no vas a ganar. Todos los miembros de mi familia me han ofrecido dinero y voy a aceptarlo. Te aniquilaré en el juicio. No tienes ni idea de a qué te enfrentas.
    Al menos, él podría haber fingido que se asustaba. Sin embargo, su expresión se volvió triste.
    – Lo siento -le dijo.
    Jesse no se esperaba aquella respuesta.
    – ¿Y qué? Para mí eso no significa nada.
    – Lo sé, pero es cierto. Quería vengarme y preparé la venganza. Sin embargo, las cosas cambiaron cuando conocí a Gabe y comencé a estar contigo. No me di cuenta de que mi plan tenía un defecto: que iba a perder todo lo que era importante para mí, incluida tú. Si pudiera, lo borraría todo. No sólo lo de que hayas recibido los papeles, sino también haber involucrado a mi abogado.
    Lo más patético de todo era lo mucho que ella deseaba creerlo.
    – No voy a tragarme eso otra vez -le dijo, pero al hacerlo, notó una punzada de dolor.
    – Lo sé. Lo he estropeado todo, Jesse. Lo sé -respondió Matt, metiéndose las manos en los bolsillos del pantalón-. No necesitas un abogado. No voy a intentar quitarte a Gabe. No quiero hacerte daño. Quiero que lo intentemos de nuevo.
    Jesse se quedó mirándolo con asombro.
    – ¿El qué? ¿Estar juntos? ¿Después de esto? Ni lo sueñes.
    Él pasó por alto su respuesta.
    – Quiero una relación de verdad contigo. Quiero ser el padre de Gabe. Quiero que seamos una familia.
    – Eso es mentira. Alguien que quiere tener una relación no organiza la destrucción emocional de la otra persona. Si yo te importara de verdad, habrías abandonado tu plan, pero no lo hiciste. Después de que yo te dijera que te quería, llamaste a tu abogado. Lo que más te importa es la venganza. Yo no podría estar con alguien como tú.
    – No lo dices en serio.
    – Sí. Todas y cada una de las palabras.
    – No puede ser -murmuró él-. Te quiero, Jesse.
    – Tú no quieres a nadie más que a ti mismo. No sabes cómo querer. No sientes lo que ha pasado, sólo lamentas que te hayan pillado.
    – No, Jesse. Eso no es cierto. No puedes alejarte de mí.
    – Hace cinco años, te rogué que me creyeras cuando te dije que no había hecho nada malo. Sin embargo, tú no me escuchaste. Sólo te importaba el dolor que sentías. Lo más irónico es que yo no había hecho nada malo, pero tú no te molestaste en averiguar la verdad. Ahora he vuelto con la idea de que fuéramos una familia. No sabía que iba a sentir algo por ti. Pensaba que seríamos amigos y que tú serías el padre de Gabe. He hecho todo lo posible por compensarte los años que has perdido con tu hijo, y no he juzgado ninguno de tus actos. Tú sigues siendo el padre de Gabe y no voy a impedir que lo veas, pero lo que teníamos, lo que sentíamos, está muerto. No te voy a perdonar, ni voy a volver a confiar en ti, y si no fuera por el hecho de que tu hijo te echaría de menos, te diría que te fueras al infierno.
    Jesse lo apartó de un empujón, entró en su coche y se alejó. Estaba orgullosa de sí misma por no perder el control, hasta que a un par de kilómetros de distancia tuvo que parar porque no veía a través de las lágrimas.

Capítulo Veinte

    Jesse comprendió que había cometido un error en cuanto llegó a Starbucks. El establecimiento estaba en Woodinville, junto a Top Foods. Era un lugar cálido y alegre con muchos asientos. Ella nunca había estado en aquél, pero había pasado varias veces en coche por delante. El problema no era el lugar, sino los recuerdos. Matt y ella se habían conocido en un Starbucks. Quizá hubieran pasado cinco años, pero lo recordaba todo perfectamente. El aspecto de Matt, lo que él había dicho, y cómo lo había seguido y se había ofrecido, atrevidamente, a cambiarle la vida. Como si ella tuviera la respuesta mágica a todos los problemas.
    Había aprendido mucho desde entonces. Sabía que era muy capaz de cometer un error, de malinterpretar una situación. No había magia, sólo la posibilidad de que alguien le pisoteara el corazón.
    – Un poco dramática, ¿no? -murmuró mientras salía del coche y se acercaba al Starbucks. Quizá una forma de pensar un poco más racional fuera de ayuda.
    Entró en el local y miró a su alrededor. No vio a Matt al principio, pero sabía que tenía que estar allí. Había visto su coche en el aparcamiento. Lo encontró sentado en una mesa de la terraza. Pidió un té helado y se acercó a él.
    Matt alzó la vista y la vio. Tenía unas profundas ojeras, y la tirantez de su expresión hablaba de dolor y tristeza. Ella casi se sintió mal por él, pero «él» era el problema, tenía que seguir recordándoselo. Tenía que recordar cómo se sentía cada minuto del día, al mismo tiempo que se acordaba de lo que había creído que tenía y de lo que había perdido.
    – Jesse -dijo él. Se puso en pie y retiró una silla para ella-. Gracias por acceder a reunirte conmigo.
    – Tenemos mucho de lo que hablar.
    Él esperó hasta que ella estuvo sentada. Siempre había tenido buenos modales, pensó Jesse. Eso era mérito de Paula.
    – ¿Te has enterado de que el otro día comí con Gabe? -le preguntó.
    – Me lo contó tu madre. Por eso he venido. Tenemos que acordar algún horario de visitas. Gabe disfruta contigo, y es importante que haya coherencia.
    – Estoy de acuerdo. Aceptaré el horario que tú quieras. Buscaré tiempo para estar con el niño.
    Su mirada parecía más de tristeza que de enfado.
    – Jesse, lo siento muchísimo. Tomé lo que me dabas y lo pisoteé. Es lo más estúpido que he hecho en mi vida. Quiero compensaros a Gabe y a ti.
    – ¿Cómo? -preguntó ella, que se sentía muy cansada-. No puedes enmendar lo que ha pasado, Matt. Mira, Gabe quiere tener un padre, y tú quieres serlo. Muy bien. Vamos a avanzar desde ahí. Lo verás, y tendrás una relación con él.
    – Pero no contigo.
    – No. Conmigo no -dijo ella, y agarró con fuerza la taza de té-. Ojalá pudiera ser distinto.
    – Puede serlo -Matt se inclinó hacia ella-. Todo puede ser distinto. Recibiste los papeles en los que te notificaba que no voy a presentar la petición de custodia, ¿no? Por favor, dame una oportunidad. Deja que te muestre quién soy.
    De repente, a Jesse comenzaron a arderle los ojos, y se puso en pie rápidamente.
    – Ya sé quién eres y lo que eres. Ya no puedo confiar en ti, me lo has demostrado del modo más claro posible, así que deja de intentarlo. Dime cuál es el horario que mejor te viene para estar con Gabe y después podemos acordar los detalles de tus visitas.
    Él se levantó también.
    – Esto no es el final. No voy a rendirme. Te quiero.
    – La gente que está enamorada no hace lo que hiciste tú, Matt. Envíame por correo electrónico el horario y te responderé en un par de días.
    – Jesse, no. Habla conmigo. Tiene que haber algo más.
    Ella lo miró.
    – Debería, pero esto es todo lo que tenemos ahora.
    Después, ella se marchó, haciendo todo lo posible por no salir corriendo, por no demostrar debilidad. Pero era difícil caminar con los ojos llenos de lágrimas y el corazón suplicándole que le hiciera caso a Matt y le diera otra oportunidad.

    El calendario de visitas de Matt llegó al correo de Jesse, junto a un aviso de su banco que le decía que había un depósito automático en su cuenta. Jesse miró la enorme cantidad de dinero y sospechó que iba a aparecer el mismo día todos los meses. Era la manutención del niño. Matt había encontrado la forma de darle un dinero.
    Ella no se molestó en preguntarse cómo había podido averiguar su número de cuenta. Un hombre como él podía hacer eso con facilidad. Los ordenadores eran su oficio, y tenía recursos ilimitados. Sin duda, en su banco estarían asombrados por el saldo.
    Lo primero que pensó fue en apartar la mayor parte de aquel dinero para pagarle la universidad a Gabe, pero ¿para qué? Matt se ocuparía de eso. También podría ofrecerle un alquiler a Paula, aunque no creía que ésta lo aceptara. Gabe y ella acabarían por buscar un piso y mudarse, pero Paula había dejado bien claro que no quería que ocurriera pronto. Ella tampoco tenía prisa. Paula disfrutaba estando con su nieto, y Gabe disfrutaba de su atención. Ella valoraba el hecho de tener a otra persona adulta cerca, así que por el momento iba a quedarse.
    Gabe entró corriendo a su habitación y se detuvo junto a la cama, donde ella estaba sentada con el ordenador en el regazo. El niño tenía los ojos muy abiertos y una expresión esperanzada.
    – El sábado es el cumpleaños de la abuela -le dijo en un susurro-. Lo ha dicho el tío Bill. Hay que hacerle una fiesta a la abuela.
    ¿El cumpleaños de Paula? Jesse nunca había sabido la fecha. Dejó el ordenador a un lado y se puso en pie.
    – Tienes razón -dijo a Gabe-. Tenemos que hacer una gran fiesta para la abuela -y, como tenía la sensación de que Bill querría llevar a Paula a cenar a algún sitio bonito, añadió-: ¿Qué te parece que sea a la hora de comer? Podemos poner globos de adorno, comprar regalos y traer una tarta.
    – ¡Y helado! -exclamó su hijo, dando palmaditas-. Y regalos.
    – Muchos regalos. Voy a contarle nuestro plan al tío Bill. Creo que debería ser una fiesta sorpresa.
    Gabe sonrió.
    – ¿Un secreto?
    – Sí. Así que no puedes decir nada.
    – No voy a decir nada.
    Jesse tenía sus dudas. Normalmente, la emoción ganaba en un niño de cuatro años, pero de cualquier modo, Paula sabría que era querida y apreciada.
    – ¿Puede venir papá de compras con nosotros? -preguntó Gabe.
    Jesse vaciló.
    – Él comprará sus regalos para la abuela.
    Gabe alzó la barbilla, señal inequívoca de que iba a ponerse terco.
    – Quiero que papá venga de compras con nosotros.
    Cada vez que pensaba en Matt, a ella le dolía el corazón. Echaba de menos estar con él, su contacto, su risa y la forma en que la conocía y la entendía. Se decía a menudo que todo eso era lo que le había permitido destrozarla, pero no conseguía dejar de quererlo.
    – Se lo preguntaré -prometió.

    Gabe olisqueó una vez, y después estornudó.
    – Este no, ¿verdad?
    El niño arrugó la nariz.
    – No huele a la abuela.
    Jesse se inclinó y le acarició la mejilla a Gabe.
    – ¿Estás seguro de que quieres comprarle un perfume? Puede que a la abuela el guste más un jersey bonito, o unos guantes para estar calentita en invierno.
    Matt miró a la dependienta, que ya había preparado media docena de muestras de perfume y se las había entregado a Gabe.
    – Lo siento -le dijo-. Deberíamos habérnoslo llevado antes.
    La muchacha sonrió.
    – No pasa nada. Es importante elegir bien la fragancia.
    – ¿No te gusta ninguno de estos? -le preguntó Jesse a Gabe.
    Gabe negó con la cabeza.
    – ¿Ni siquiera éste? -preguntó Jesse, tomando la muestra del primero.
    – No.
    – Tal vez debamos tomarnos un descanso en la compra del perfume -le dijo Jesse al niño-. Quiero comprarle un jersey a la abuela, así que vamos a hacer eso y después lo intentaremos en otra tienda.
    – De acuerdo -dijo Gabe, y le dio la mano a su madre-. A la abuela le gusta el rojo.
    – Es cierto -dijo Jesse mirando a Matt-. ¿Te estás volviendo loco con todo esto?
    – Todavía no.
    Ella sonrió. Fue una sonrisa fácil que le transmitió a Matt, al menos por el momento, que ella había olvidado estar en guardia. Entonces la sonrisa se desvaneció y Jesse apartó la mirada.
    – Vamos al piso de arriba -dijo-. Allí he visto jerséis.
    Matt vaciló.
    – Yo voy a buscar un café. ¿Quieres uno?
    – No, gracias.
    Él esperó hasta que ellos llegaron al ascensor y después volvió al mostrador de los perfumes, donde adquirió el que le había gustado a Jesse. Quizá demostrarle que había prestado atención fuera de ayuda.
    Los alcanzó junto a la zona de jerséis y chaquetas.
    – Creo éste le sentaría muy bien a Paula. ¿Tú que piensas?
    – Estoy de acuerdo.
    Ella miró el precio y pestañeó. Después de encogió de hombros.
    – Se lo merece.
    Matt quería decirle que con el dinero que él le había depositado en la cuenta bancaria podía estar cómoda, pero pensó que no era un buen movimiento. Tampoco se ofreció a pagar el jersey. Jesse podía tomárselo como un insulto.
    – ¿Vamos a comprar ahora el perfume? -preguntó Gabe mientras se ponían a la cola para pagar.
    Jesse asintió.
    – Hay un Sephora en este centro comercial. Vamos a intentarlo allí. Quizá te gusten las esencias de la Filosofía -dijo, y miró a Matt-. Son limpias y atractivas.
    – Entonces vamos allí.
    Jesse pagó el jersey. Después, Matt tomó la bolsa de manos de la cajera.
    – Yo lo llevaré.
    Jesse vaciló.
    – Gracias.
    Volvieron al ascensor. Cuando se detuvieron para esperar a que un par de señoras pasaran delante de ellos. Matt posó la mano en su espalda, a la altura de la cintura. Sintió el calor de su cuerpo a través de la tela de su camiseta de manga larga. Ella no reaccionó en absoluto. ¿Habría sentido su contacto, estaba aguantándose por Gabe? ¿Qué pensaba cuando lo miraba?, ¿consideraba la posibilidad de perdonarlo?
    Paso a paso. Había hecho un plan y había resultado un desastre. En aquella ocasión iba a vivir el momento, haciendo todo lo posible por demostrar que sus intenciones eran sinceras.
    Salieron del centro comercial y Matt señaló la joyería Ben Bridge.
    – Tengo que entrar aquí.
    Jesse arqueó las cejas.
    – ¿De veras?
    – Quiero comprarle unos pendientes a mi madre.
    No mencionó el hecho de que durante los cinco años anteriores no se había molestado en comprarle un regalo a Paula. Estaba demasiado enfadado como para intentarlo. Otra relación que tenía que arreglar, pensó. Aunque Paula había aceptado sus disculpas sin reservas.
    Jesse siguió a Matt al interior de la joyería. Las preciosas piezas brillaban y despedían destellos desde sus vitrinas protectoras. Con Gabe tomado de la mano, siguió a Matt mientras éste se acercaba al dependiente que había tras el mostrador.
    – Me gustaría ver lo que tiene con perlas negras de Tahiti -dijo con decisión.
    Jesse parpadeó. Eso sí que era un hombre que sabía lo que quería. Ella no estaba muy segura de lo que eran las perlas de Tahiti.
    – Por aquí, señor -dijo el hombre, y se movió hacia la izquierda. Abrió la parte trasera de una vitrina y sacó varios pares de pendientes.
    Ella observó las perlas negras. Eran preciosas y sofisticadas. Matt señaló el par que tenía la perla más grande, acompañadas de unos brillantes de buen tamaño.
    – ¿Qué te parecen? -le preguntó Matt.
    – Son maravillosos -le dijo ella-. Las perlas oscuras le quedarán muy bien a Paula.
    – Me los llevo.
    – Mamá, mira -dijo Gabe, tirándole de la mano, y señaló hacia una vitrina de pulseras de diamantes. Algunas de ellas parecían tan caras como un coche pequeño.
    – Son bonitas.
    – Me gusta ésa.
    Ella miró el aro de oro blanco con brillantes.
    – Es muy bonita.
    Matt se acercó a ella.
    – ¿Cuál es la que te gusta? -le preguntó a Gabe.
    El niño la señaló.
    – Deberías probártela, Jesse.
    Ella dio un paso atrás.
    – No, gracias.
    – ¿No es tu estilo?
    Era demasiado bonita como para que ella dijera eso.
    – No tendría ocasión de lucirla.
    El vendedor sacó la pulsera de la vitrina.
    – Hoy en día, las mujeres llevan pulseras como ésta habitualmente.
    En su mundo no, pensó ella. Soltó a Gabe y puso las manos detrás de la espalda.
    – Gracias por enseñárnosla -dijo.
    – Sólo pruébatela -insistió Matt-. Para ver cómo es.
    – Yo… -los tres hombres la estaban mirando fijamente. Jesse suspiró-. Está bien. Me la probaré.
    – Es un brazalete Journey. Dos quilates de brillantes engarzados en oro blanco -dijo el dependiente, y se la ajustó en el brazo.
    Le quedaba perfectamente, y era increíble. Jesse nunca se había puesto nada tan bonito en su vida. Los diamantes eran perfectos, tan brillantes que irradiaban arco iris cuando atrapaban la luz.
    – Nos la llevamos -dijo Matt.
    Ella soltó un jadeo.
    – No, claro que no.
    – ¿Por qué no? Te gusta y te queda perfectamente bien.
    – Es una locura. No puedo llevarme esto.
    – Tu pulsera es muy bonita, mamá -dijo Gabe.
    Era demasiado. Significaba algo…, ella no sabía qué, pero algo.
    Matt se inclinó hacia ella.
    – Que un hombre le regale algo a la madre de su hijo es una tradición.
    – Sí, pero cuando nace el niño -murmuró ella-. No puedo. Y aunque pudiera, esto es un despilfarro.
    – Es tu regalo con intereses. Por favor, Jesse. Quiero regalártela.
    – No demuestra nada -susurró Jesse-. No vas a conseguir caerme mejor.
    Aquellas palabras sonaron con más aspereza de la que ella hubiera querido, pero antes de que pudiera disculparse, él asintió.
    – Te conozco lo suficientemente bien como para creerlo. Acepta la pulsera, porque es casi tan preciosa como tú. Por favor.
    Parecía que él podía ver el interior de su alma con aquella mirada oscura, que podía llegar al lugar que todavía quería creer en él.
    – Matt, yo… -con un suspiro, Jesse asintió-. Gracias.
    – De nada.
    Él se puso contento. No victorioso, sino contento. Lo cual no debería haber conseguido que Jesse se sintiera mejor, pero así era.

    El sábado por la mañana, Bill se llevó a Paula a hacer unos cuantos recados para que el resto pudiera preparar la fiesta. Matt llegó puntualmente a las diez y media, con los brazos llenos de bolsas y paquetes.
    – Tengo la tarta en el coche -dijo mientras lo depositaba todo sobre la encimera de la cocina. Después tomó a Gabe en brazos-. ¿Cómo está mi niño?
    Gabe se echó a reír.
    – Hemos comprado helado.
    – He intentado esconderlo al fondo de la nevera -dijo Jesse, tratando de mantener un tono despreocupado, para que no se le notara lo mucho que le gustaba verlo-. ¿Por qué no vas a buscar la tarta mientras yo ordeno todo esto?
    – Claro -respondió Matt.
    Le revolvió el pelo a Gabe y después salió al coche de nuevo. Jesse desempaquetó el contenido de las bolsas. Había sándwiches, flores y un paquete pequeño que contenía el regalo que le había comprado a Paula. También había un paquete con una pancarta de felicitación de cumpleaños y sorpresas de regalo.
    Jesse comenzó a abrir las últimas, y Gabe las separó para que pudieran hacer las bolsitas para los invitados. Matt volvió con la tarta.
    Trabajaron juntos, poniendo la mesa y cortando los sándwiches. Matt infló los globos y colgó la pancarta. Gabe enredó bastante, pero Matt tuvo paciencia con él. Jesse los observó, dándose cuenta del parecido que había entre ellos, en sus ojos y en su forma de moverse. Se sintió inundada de amor por el hijo y por el padre. Después recordó lo que había hecho Matt y se dio la vuelta.
    Paula y Bill llegaron a mediodía. Jesse, Gabe y Matt, junto a los vecinos y los amigos de Paula, estaban escondidos en la cocina y, al oírlos, salieron todos juntos y gritaron: «¡Sorpresa!».
    Paula se quedó sorprendida y después, encantada.
    – ¿Una fiesta para mí? No he tenido una fiesta desde hace años -dijo.
    Les dio un abrazo a cada uno y después se sentaron a comer.
    Luego, antes de que Paula abriera sus regalos, Bill se llevó aparte a Jesse.
    – ¿Cómo estás? -le preguntó.
    – Mejor.
    – ¿Todavía dolida?
    Ella se encogió de hombros. Nadie quería oír la verdad. Ella no quería vivirla, pero no tenía escapatoria.
    Bill le puso una mano en el brazo.
    – No sé si es el mejor momento o no, pero voy a pedirle a Paula que se case conmigo. Hoy, durante la cena.
    Jesse se echó a reír.
    – ¿De verdad? Sí que ha sido rápido.
    Él estaba muy complacido.
    – Lo supe en el mismo momento en que la conocí. Somos lo suficientemente viejos como para saber lo que queremos. Ya he hablado de ello con Matt. No para pedirle permiso, exactamente, sino para comunicarle mis intenciones.
    – ¿Y qué ha dicho?
    – Que se alegraba por nosotros -dijo Bill, y le apretó suavemente el brazo-. Voy a vender el bar. Paula y yo hemos estado hablando de comprar una autocaravana grande y recorrer el país durante un par de años. Volveremos a veros cada dos meses, y después nos estableceremos aquí definitivamente, cuando hayamos terminado de ver todo lo que queremos conocer.
    Jesse no quería que se fueran, pero sabía que eran sus amigos y, por supuesto, quería que fueran felices.
    – Se lo he dicho a Matt -prosiguió Bill-. Quiere comprar la casa y regalártela. Así siempre tendrás un lugar propio. Paula y yo compraremos otra casa para nosotros más tarde.
    Ella no sabía qué pensar.
    – No puede comprarme una casa.
    Jesse ya pensaba que el brazalete era demasiado.
    – Es para arreglar las cosas. Quiere cuidar de ti y de Gabe.
    Jesse no podía creer lo que estaba oyendo.
    – ¿Es que te ha convencido?
    – No, nada de eso. El chico cometió un error. Va a pasar un tiempo hasta que tú vuelvas a confiar en él, pero eso no significa que no pueda intentar hacer lo correcto.
    – No puedo volver a creer en él otra vez -susurró Jesse-. Es que… yo… necesito un minuto.
    Pasó por delante de él y salió de la casa.
    La brisa estaba en calma y había una buena temperatura. Todavía estaban en verano, pero pronto, los días se acortarían y llegaría el otoño. Ella ya había apuntado a Gabe en la escuela de preescolar. El tiempo pasaba, por mucho que quisiera dar la vuelta.
    Oyó unos pasos tras ella, y entonces notó que unas manos fuertes se posaban en sus hombros.
    – ¿Estás bien? -preguntó Matt.
    Estaba muy cerca, pensó Jesse con melancolía. Lo único que tenía que hacer era relajarse y se apoyaría en él. Sólo tenía que dejar que Matt se hiciera cargo de su vida. La idea era tentadora, y muy estúpida.
    – Bill me ha dicho que le va a pedir a Paula que se case con él -comentó.
    – Pero tú no has salido aquí por eso. Estás disgustada por lo de la casa.
    Jesse se volvió a mirarlo. Él dejó caer las manos y ella deseó, con desesperación, que volviera a ponerlas en sus hombros.
    – No puedes hacerlo. No puedes comprarme cosas con la esperanza de que todo se arregle. No va a suceder.
    – Quiero cuidar de ti. Mi madre va a vender la casa, y tú necesitas un sitio donde vivir. Y no vas a venir a vivir conmigo.
    No, no iba a hacer eso.
    – Matt…
    – Pondré la casa a nombre de Gabe, si te sientes mejor -dijo él, interrumpiéndola-. La pondré en fideicomiso hasta que cumpla veinticinco años. Quiero que sepas que siempre tendrás un lugar al que ir -dijo, y le acarició la mejilla-. No puedo enmendar el pasado, pero voy a hacer lo que sea necesario para demostrarte que te quiero. Lo único que necesito es que me des una oportunidad. Tú todavía me quieres. Soy el padre de tu hijo, nos pertenecemos el uno al otro, Jesse. No me voy a rendir, te lo demostraré.
    Ella quería creerlo con todo su corazón, pero no podía. Se dio la vuelta para entrar en la casa, pero él la agarró del brazo y la besó. Sin querer, Jesse se dejó besar. Cerró los ojos mientras él presionaba sus labios contra los de ella, haciendo que lo deseara más que al propio aire. La pasión se desató. Jesse se echó a temblar de deseo y esperanza y, finalmente, de desesperación.
    Se apartó.
    Él tenía los ojos llenos de pasión y la respiración entrecortada.
    – Ya has gastado tu segunda oportunidad -susurró ella-. No puedes decir ni hacer nada para que vuelva a confiar en ti.
    – No voy a rendirme -insistió él-. Me he pasado cinco años echándote de menos. Hacía todo lo posible por distraerme, pero no sirvió de nada. Te quiero, Jesse. Prefiero pasarme el resto de la vida intentando que cambies de opinión a estar con otra mujer. No me voy a marchar a ningún lado. Será mejor que te acostumbres.
    Ella se quedó tan sorprendida que no pudo moverse, así que fue él quien entró en casa. Jesse cerró los ojos y rogó al cielo que todo lo que le había dicho fuera cierto, y que ella pudiera, un día, perdonarlo.

Capítulo Veintiuno

    – Matt se va a reunir con nosotros mañana por la mañana -dijo Jesse mientras terminaba de meter los platos de la cena en el lavavajillas.
    Paula guardaba las sobras en la nevera.
    – ¿Seguro?
    – Ha llamado hace un rato Ha comprado una cámara digital de vídeo para poder grabarlo todo.
    También le había dicho que haría una copia para que los dos pudieran tener el primer día de colegio de Gabe y verlo en el futuro.
    Paula frunció el ceño.
    – Pero… mañana a las ocho de la mañana es el lanzamiento mundial del nuevo juego de la empresa. Hay una presentación simultánea en varias ciudades del mundo. Llevan planeándolo varios meses, ha salido en las noticias.
    Jesse no sabía qué decir. Sabía que trabajaban en un juego nuevo, pero siempre había un juego nuevo.
    – ¿Y por qué es tan especial este lanzamiento?
    – Es la secuela de un juego que se estrenó hace años. Creo que es muy bueno. La gente lleva meses esperándolo. Va a haber fiestas de presentación y se retransmitirán las unas a las otras. Si estás en la fiesta de Seattle, podrás ver a la gente de Londres y de Tokio. Según Business Week, se supone que este juego incrementará los beneficios de la empresa un treinta por ciento con respecto al año anterior. No puedo creer que Matt vaya a perderse todo eso.
    Jesse tampoco podía creerlo.
    – No me había contado nada -dijo lentamente-. Es el presidente de la empresa. Debería estar en ese evento.
    – Me parece que quiere demostrar algo -reflexionó Paula-. Que la familia es más importante que cualquier otra cosa para él.
    Últimamente había estado demostrando muchas cosas. Había aparecido con puntualidad para llevarse a Gabe de paseo, y lo había devuelto a casa con la misma puntualidad. Durante las semanas anteriores había sido atento, considerado y amable, sin presionar. No había intentado besarla de nuevo, algo que debería complacerla. Al fin y al cabo, no confiaba en él. Sin embargo, echaba de menos sus besos, además de otras cosas.
    Jesse se excusó y se fue a su dormitorio. Gabe ya estaba acostado, seguramente, soñando con su primer día de preescolar. Estaba muy emocionado por su colegio nuevo, su profesor y los amigos a los que iba a conocer. Ella tenía suerte. Siempre había sido un niño muy sociable, lo cual significaba que no tenía que preocuparse por el hecho de que no fuera a encajar.
    Abrió el ordenador, entró en Internet y buscó artículos recientes sobre la compañía de Matt. Había unos cuantos sobre el nuevo juego y la fiesta de lanzamiento. Parecía que era un gran acontecimiento, tal y como le había explicado Paula. También se mencionaba que se había celebrado recientemente una reunión de accionistas a la que Matt había llegado tarde. Unos cuantos de los asistentes habían expresado su malestar públicamente.
    Jesse comprobó la fecha y la comparó con su calendario. La tarde en la que Matt debería haber estado en la reunión había estado con Gabe y con ella, comprando los zapatos nuevos del colegio para el niño. ¿Y ahora iba a perderse el lanzamiento del producto de su empresa porque era el primer día de colegio de Gabe?
    Tomó el teléfono y marcó su número.
    – ¿Diga?
    – ¿Te has vuelto loco? -dijo ella-. No puedes seguir haciendo esto. No puedes faltar a reuniones importantes por Gabe y por mí. Sé que tenemos un horario de visitas y que quieres ser parte de las cosas, pero esto es absurdo. De veras, Matt, podríamos haber dejado para otro momento la compra de los zapatos. Y con respecto al primer día de clase, no se puede cambiar, pero puedo llevarme la cámara y será como si estuvieras allí. En cuanto a lo demás, podemos cambiar las horas. ¿O es que crees que soy tan bruja que no puedes razonar conmigo?
    Él se quedó en silencio un segundo antes de decir:
    – Yo no pienso que seas una bruja. No voy a hacer nada que no quiera hacer.
    – Te perdiste la reunión de accionistas.
    – Llegué tarde, que no es lo mismo.
    – Se trata de tu carrera profesional. De tu empresa. De tu vida.
    – No es mi vida -dijo él-. No es lo que más me importa. Quiero que Gabe y tú sepáis que me importáis mucho. Puede que llegue un momento en el que esté más cómodo cambiando las cosas, pero por el momento, no lo voy a hacer.
    – Pero… tienes que ir a la fiesta de presentación.
    – Y voy a ir. Sólo llegaré una hora tarde.
    – Todo el mundo se dará cuenta. Lo escribirán en los periódicos.
    – A los que juegan a mis juegos les importa un comino si estoy o no en la fiesta de lanzamiento.
    Quizá tuviera razón en eso.
    – Estás tomando una decisión equivocada.
    – En mi opinión, no. Estoy haciendo cosas que debería haber hecho antes.
    – Está bien, pero no te quedes demasiado tiempo mañana. Puedes quedarte hasta que Gabe haya entrado en clase y después, marcharte.
    – Pensaba que los padres podían quedarse durante la primera hora, más o menos.
    – Sí.
    – Entonces me quedaré.
    – Eres muy testarudo -refunfuñó ella.
    – Si te refieres a que no me rindo, tienes razón. Sigo echándote de menos, Jesse. Te quiero. Eso no ha cambiado.
    – Matt…
    – Lo sé. Quieres que me olvide, pero no puede ser. No voy a dejar de decirte lo que siento. Quiero que estemos juntos, que seamos una familia. Voy a esperar cuanto sea necesario hasta que estés dispuesta a darme otra oportunidad.
    – ¿Y si nunca sucede?
    – Entonces voy a pasar mucho tiempo echándote de menos. Hasta mañana.
    Matt colgó el teléfono y Jesse se quedó a solas en su cuarto, escuchando el silencio y preguntándose si estaba haciendo lo correcto al rechazar la mejor oferta que le habían hecho en su vida.

    Después de que Gabe hubiera encandilado a su nueva profesora y se hubiera hecho amigo de todos los niños de la clase, Jesse se acercó a la obra de la pastelería, donde había quedado con Nicole para comprobar los avances.
    En los tres meses que habían pasado desde el incendio, se habían retirado los escombros, se habían hecho planos nuevos, se habían conseguido las licencias de obra y se habían puesto los cimientos. La reconstrucción iba a buen rimo, debido en gran parte a la publicidad que había recibido la pastelería. Todos habían cooperado y el seguro iba pagando los plazos de la indemnización. Sólo quedaban unos meses para la gran inauguración.
    Aparcó junto a un par de camiones de construcción, al lado de la furgoneta de Nicole. Cuando salió del coche, vio que sus dos hermanas estaban allí.
    – ¿Cómo ha ido la cosa? -preguntó Claire-. ¿Qué tal Gabe? Robby empieza mañana. No sé si va a llorar, pero creo que yo sí.
    – Él lo ha pasado mejor que yo -admitió Jesse-. Entró en clase y comenzó a hablar con los otros niños. Eso no lo ha sacado de mí, ni de Matt. Debemos de tener un antepasado muy parlanchín y sociable.
    – Eric se puso sólo un poquitín mañoso -comentó Nicole-, pero yo creía que era Hawk el que iba a echarse a llorar.
    – Lo tengo todo en DVD -dijo Jesse-. Lo ha grabado Matt y va a hacerme una copia, por si os interesa.
    – Pues sí -dijo Nicole-. Nosotros también tenemos grabado el gran día de Eric.
    – Nosotros vamos a hacer lo mismo -dijo Claire-. Así que tal vez podamos quedar este fin de semana para revivir esos momentos.
    Jesse se echó a reír.
    – Me parece un buen plan.
    ¿Quién iba a pensar que, después de tanto tiempo, sus hermanas y ella habían encontrado, por fin, la manera de estar juntas?
    – ¿Cómo va la obra?
    Nicole gruñó.
    – Bien, pero el equipo me va a matar. ¿Sabes lo que cuestan esos nuevos hornos que quieres?
    – Sí, pero son energéticamente eficientes, y amortizaremos la diferencia de precio en un año.
    – Más vale. Por ese dinero, espero que me hagan la colada y dejen la ropa esponjosa.
    – Tú has elegido mostradores y vitrinas de lujo -le recordó Jesse-, así que yo puedo tener mis hornos especiales.
    – Y los mezcladores -dijo Nicole, y se giró hacia Claire-. Tienen potencia suficiente para ir a la luna y volver. Además, tenemos papel y bolsas nuevas, y también un logotipo nuevo. El dinero sale más rápidamente de lo que entra.
    – Lo recuperaremos -dijo Jesse, que confiaba en sus decisiones-. Ya lo verás.
    – Eso espero. Por lo menos, la obra va muy bien. Está en plazo y de acuerdo al presupuesto. Es un milagro de Dios.
    – Más dinero para el equipo, entonces -bromeó Jesse.
    – No y no. De verdad, Jesse -gruñó Nicole, y volvió a dirigirse a Claire-. Habla con ella, que recupere el sentido común.
    Jesse sonrió.
    – Me quieres.
    – Sí, a veces…
    Jesse continuó sonriendo. Era muy bueno estar en casa.
    – ¿Cómo está Matt? -preguntó Claire. La sonrisa de Jesse se desvaneció.
    – Eso sí que ha sido un cambio de tema sutil. Está bien.
    – Han pasado dos meses -dijo Claire-. ¿Durante cuánto tiempo más lo vas a castigar?
    – No lo estoy castigando. He tomado una postura inteligente.
    – ¿En cuanto a qué? -preguntó Nicole.
    – No es que estemos intentando entrometernos -apuntó Claire.
    – Sí, claro que sí.
    – Bueno, da igual -dijo Nicole-. Sí, es cierto. Matt lo fastidió todo. Fue un imbécil. Pero es obvio que se ha arrepentido y que está haciendo lo que puede. Ha seguido ahí, cuando la mayoría de los otros tipos se habría alejado ya.
    – ¿Así, tan fácil? ¿Ya os habéis puesto de su parte? ¿Es que no os importa lo que ha querido hacer?
    – Claro que sí -dijo Claire-. Fue horrible, pero cuando se dio cuenta, lo solucionó. Todos cometemos errores. No deberían juzgarnos por cómo estropeamos las cosas, sino por cómo intentamos arreglarlas. ¿No es ésa la verdadera medida de lo que somos?
    Jesse no quería pensar en ello.
    – Muy bien. Él lo lamenta, está intentando mejorar. ¿Cuánto?, un par de meses. ¿Y qué? Al final se aburrirá y se irá.
    – ¿Estás esperando a eso? -inquirió Claire-. ¿Es lo que crees que va a pasar?
    – No lo sé -dijo Jesse-. Quería que me enamorara de él para poder partirme el corazón. Ahora dice que me quiere, pero ¿cómo voy a confiar en él?
    – Tienes que tener fe -dijo Claire-. Dale una oportunidad. Jesse, tú lo quieres. Estás intentando castigarlo, pero la persona a la que estás haciendo más daño es a ti misma.
    – Así estoy cómoda -murmuró Jesse-. No quiero correr riesgos, necesito estar segura de él.
    – Creo que la persona en la que no confías no es él. No confías en ti misma -dijo Nicole.
    Jesse se quedó boquiabierta.
    – Eso no es cierto.
    – Claro que sí. Tienes miedo de que, si le entregas tu corazón de nuevo y te lo pisotea, no puedas sobrevivir. Crees que no eres lo suficientemente fuerte como para soportar el rechazo, así que eliges el camino más fácil. No te molestas en intentarlo. Sin embargo, puede que al no hacerlo estés perdiendo lo mejor que te ha ocurrido en la vida. Lo quieres, Jesse, y es el padre de Gabe. No se va a rendir. Así que tienes dos opciones: o aceptas que todas las relaciones tienen riesgos o le das la espalda. Te alejas de él y pasas el resto de tu vida arrepintiéndote.
    Nicole la miró fijamente.
    – Tú no eres de las que abandonan, y no eres una cobarde. Abandonar no es tu estilo. Tú sabes asumir riesgos.
    – Y mira adonde he llegado.
    – Sí, mira -prosiguió Nicole-. Has criado a tu hijo tú sola. Has diseñado un plan de negocio, has creado un brownie sublime y has prosperado. Estoy orgullosa de ti, de mi hermana pequeña.
    A Jesse se le llenaron los ojos de lágrimas.
    – No te pongas sensiblera conmigo -susurró.
    – ¿Y por qué no? Tú te lo has ganado. Te quiero, Jesse, pero creo que te vas a arrepentir siempre si no le das otra oportunidad a Matt.
    Jesse no supo quién se movió primero, pero de repente, Nicole y ella se estaban abrazando.
    – Te quiero -le susurró.
    – No tanto como yo a ti.
    – Abrazo de grupo -dijo Claire, abrazándolas a las dos-. Me encanta tener hermanas.
    – A mí también -dijo Jesse, embargada de afecto por ellas.
    Se quedaron abrazadas durante unos segundos. Después se separaron, enjugándose las lágrimas. Jesse las miró a las dos.
    – Si os equivocáis, todo será culpa vuestra -dijo-. No lo olvidéis.
    – Estoy dispuesta a arriesgarme -dijo Nicole.
    Eso era fácil de decir, pensó Jesse. Su hermana tenía mucho menos que perder, pero Jesse sabía que si no lo intentaba, ella también perdería.
    No sabía si Matt se merecía otra oportunidad, pero ella sí. La oportunidad de estar con el hombre a quien siempre había amado.

    Cuando el estruendo de la banda de rock se convirtió en un martilleo dentro de su cabeza, Matt supo que era hora de escapar. Recogió su maletín de cuero y caminó hacia la salida.
    Diane lo detuvo a medio camino.
    – No te marches -casi gritaba, para que él pudiera oírla por encima de la música-. Has dicho que había que quedarse hasta el final de la fiesta.
    – Lo retiro.
    Ella sonrió.
    – ¿Te sientes un poco viejo para estas cosas?
    – Supongo que sí. No sé cuándo ha sucedido.
    La expresión de Diane se volvió clarividente. Su secretaria pensaba que al convertirse en padre, todo había cambiado para él. Y tenía razón.
    – Ya puedes irte a la oficina tú también -dijo a su secretaria-. Yo tengo que pasar por mi casa, y después iré al despacho.
    Quería hacer copias del DVD del primer día de colegio de Gabe para Jesse y para su madre. Salió de la fiesta y se dirigió hacia el aparcamiento. Junto a su coche había un Subaru rojo que le resultaba muy familiar. Jesse estaba entre los dos vehículos, mirándolo. Tenía una expresión diferente, que hizo que él caminara con más rapidez.
    – ¿Qué sucede? -preguntó mientras se acercaba-. ¿Es Gabe?
    – No, no se trata de Gabe -respondió ella con los ojos brillantes-. Todo va perfectamente. Quería hablar contigo.
    Él dejó su maletín en el suelo.
    – ¿Sobre qué?
    – Todavía me acuerdo de la primera vez que te vi. Pensé que tenías mucho potencial.
    – No es mi recuerdo favorito. Hasta que tú llegaste, claro.
    – Yo nunca había estado enamorada -prosiguió ella-. No sabía qué esperar de todo ello, y no sabía que podía ser tan poderoso y duradero. El hecho de alejarme no cambió las cosas. Seguía queriéndote. Y ahora te quiero también.
    Mientras escuchaba, Matt tuvo la sensación de que había más. Así que se quedó inmóvil, intentando ser paciente, sabiendo que había un premio que merecía la pena.
    – Sé que estabas enfadado y dolido, y que querías vengarte, pero también sé que lamentas de verdad lo que hiciste, y que nos quieres a Gabe y a mí. Has dicho que quieres que estemos juntos. Yo también lo deseo.
    Él no sabía si Jesse tenía más cosas que decir, pero ya no le importaba. La abrazó y la estrechó contra sí, y la besó hasta que ninguno de los dos pudo respirar.
    – Te quiero. Te querré toda la vida.
    – Me alegro, porque las mujeres de mi familia somos muy longevas.
    Matt se rió y volvió a besarla.
    – No puedo esperar. Cásate conmigo, Jesse. Cásate conmigo y ten más hijos conmigo. Quiero pasarme el resto de la vida convenciéndote de que has tomado la decisión correcta.
    – Eso ya lo sé -dijo ella con una sonrisa-. Y sí, me casaré contigo.
    – ¿Pronto?
    – Vamos a ir paso por paso.

    – Me gusta el negro -dijo Claire mientras se miraba al espejo de cuerpo entero.
    – A mí también.
    Nicole se colocó junto a su melliza y se alisó el vestido negro de cóctel, elegante y sofisticado, que Jesse había elegido para sus damas de honor.
    Los colores blanco y negro le iban bien al Año Nuevo. La boda era a las seis, y después habría cena y baile. Sus invitados podrían celebrarlo hasta la medianoche, y después podrían pasar la noche a salvo en el hotel.
    Gabe se apoyó en su madre.
    – Estás muy guapa, mamá.
    – Gracias.
    – Eres una novia preciosa -dijo Nicole.
    Jesse sonrió.
    – Me viene de familia.
    Sus hermanas la habían ayudado a vestirse y a peinarse. Llevaba un vestido blanco sin tirantes, con el corpiño bordado de perlas y la falda vaporosa. No sabía cómo iba a conseguir quitárselo, pero estaba segura de que a Matt no le importaría ayudar.
    Paula entró en la suite.
    – ¿Estáis listas, niñas? Ya han llegado todos los invitados, y Matt está paseándose de un lado a otro, el pobre.
    Jesse abrazó a la que iba a convertirse en su suegra.
    – Estás fabulosa -le dijo.
    Paula llevaba un vestido largo, blanco y negro, y un collar de perlas negras a juego con los pendientes que le había regalado Matt por su cumpleaños.
    – Eso es nuevo -dijo Jesse sonriendo.
    Paula lo tocó y asintió.
    – De mi hijo. ¿No es bonito?
    Se echó a reír.
    – Muy bonito. Esto es muy divertido. Bill y tú también deberíais celebrar una boda.
    Paula se echó a reír.
    – No, no creo. Vamos a parar en Las Vegas y nos casaremos allí. Os enviaremos las fotografías.
    Los dos comenzarían su viaje en febrero, en la nueva autocaravana. Por el momento, iban a pasar una temporada en Seattle y en Spokane, mientras Bill vendía el bar y arreglaba sus asuntos, y después pondrían a la venta la casa de Paula.
    – Tengo un par de cosas para ti -explicó Paula a Jesse-. Matt me dijo que los documentos antes que los juguetes, así que aquí tienes.
    El sobre era delgado. Jesse frunció el ceño.
    – ¿Qué es?
    – No lo sé.
    Jesse lo abrió. Nicole y Claire se acercaron para mirar por encima de su hombro.
    – Parece una escritura -dijo Nicole-. Son las escrituras de una casa. De la suya.
    Jesse parpadeó. ¿Aquella casa enorme en una finca de multimillonario a orillas del lago?
    Ella abrió la nota manuscrita que había dentro del sobre.
    – «Porque te quiero».
    Se le llenaron los ojos de lágrimas y tuvo que pestañear para contenerlas.
    – Ha puesto su casa a mi nombre.
    Porque él sabía lo mucho que deseaba tener un hogar y que, de ese modo, siempre se sentiría segura.
    – Ha hecho bien -dijo Paula con la voz temblorosa-. Voy a echarme a llorar.
    – No -rogó Jesse sin dejar de parpadear-. Tendrías que retocarte el maquillaje. No puedo creer que haya hecho esto.
    Aunque era típico de él. Había conseguido que se sintiera especial y querida. ¿Cómo era posible que tuviera tanta suerte?
    – Hay más -dijo Paula, y sintió que se le aceleraba el corazón. Dentro había un collar de diamantes.
    Tras ella, Nicole y Claire emitieron exclamaciones de admiración.
    – Creo que vale más que la casa -murmuró Claire.
    – Pensaba que el anillo de compromiso iba a ser la atracción en joyería -murmuró Nicole-. Supongo que me equivocaba.
    Jesse tomó el collar y salió de la suite. Recorrió el pasillo hasta donde sabía que esperaba Matt y entró.
    Él estaba en mitad de la habitación, guapísimo, perfecto con su esmoquin. Al verla, sonrió.
    – ¿Ves? Sabía que te iba a enfadar lo del collar. La casa tendría sentido para ti, pero los diamantes te iban a fastidiar.
    Ella frunció los labios.
    – ¿Me has comprado un regalo porque sabías que me iba a enfadar?
    – No es la única razón. Lo vi y supe que te quedaría muy bien. Me gusta regalarte cosas.
    – Me vuelves loca.
    – Estás maravillosa. Me encanta el vestido.
    – Deberías verme con el velo.
    – Te veré con el velo dentro de veinte minutos.
    El amor la invadió y repartió calidez por todo su cuerpo. Ella agitó el collar frente a Matt.
    – No hagas esto nunca más. Intenta comprar en rebajas.
    – No es mi estilo.
    – Pues antes lo era.
    – Tú me cambiaste.
    – No tanto.
    Él se acercó y le tomó las manos.
    – Tú me has cambiado por completo, Jesse. Me has convertido en el hombre que soy.
    – Pues adoro el hombre que eres.
    – Así que ha funcionado -dijo Matt, mirándola a los ojos-. Si te beso, ¿vas a quejarte de que te he estropeado el maquillaje?
    – Ya me lo arreglaré después.
    – Bien -dijo él. Inclinó la cabeza y la besó-. ¿Todavía quieres casarte conmigo?
    – Más que ninguna otra cosa.
    – Entonces vamos a hacerlo.
    Matt tomó el collar de entre sus manos, hizo que ella se diera la vuelta y se lo abrochó al cuello. Estaban frente a un espejo, y se suponía que ella debía de estar mirando la joya, pero lo único que veía era a Matt, y cómo la estaba observando. El amor refulgía en sus ojos.
    – Tengo que ir a recorrer el camino hasta el altar -dijo ella.
    – Yo estaré esperando.
    – Gracias por no rendirte conmigo.
    – Gracias por volver a casa.
    Ella sonrió.
    – Este es mi sitio. A tu lado.
    – Eres lo mejor que me ha pasado, Jesse. Quiero que lo sepas.
    – Oh, Matt.
    Minutos más tarde, Paula se sentó en su banco de la iglesia. Claire y Nicole se pusieron en fila para comenzar el recorrido. Gabe se colocó tras ellas, con un cojín de raso sobre el que descansaban las dos alianzas.
    El niño miró a Jesse.
    – Ahora tengo un papá de verdad -dijo con alegría-. Somos una familia.
    – Sí. Para siempre.
    Las hermanas de Jesse comenzaron a caminar hacia el altar. Gabe las siguió, moviéndose lentamente, tal y como le habían enseñado. Llevó el cojín con sumo cuidado y ocupó su lugar junto a Matt.
    Jesse esperó a que comenzara a sonar el himno nupcial, entonces llegó su turno. Con el ramo de novia entre las manos, avanzó hacia el altar y, aunque había docenas de personas en la sala, ella sólo vio a una.
    Cuando llegó junto a Matt, éste sonrió.
    – ¿Por qué has tardado tanto? -preguntó en voz baja.
    Pese a la solemnidad del momento, se echó a reír.
    – Me he distraído -susurró. Durante cinco años-. Pero ya estoy aquí.
    – Eso es lo que importa. Y para que lo sepas, no pienso separarme de ti.
    – ¿Me lo prometes?
    – Sí, y puedes tomarme la palabra.
    – Lo haré.
    Él le estrechó la mano, y ambos se volvieron hacia el altar.

SUSAN MALLERY


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