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Dulces Pecados

Dulces Pecados

Аннотация

    El segundo nombre de Nicole Keyes debería ser «responsabilidad». Al fin y al cabo, no muchos sacrificarían sus vidas para dirigir la panadería de su familia y criar a su joven sobrino. Pero ahora que la hermana gemela de Nicole está felizmente casada y su hermana menor resulta ser más perjudicial que otra cosa, la muy fiable Nicole comienza a hartarse de anteponer las necesidades de los demás a las suyas.
    Entoces Hawk entra en escena. El muy sexy ex jugador de fútbol americano le ofrece a Nicole saborear la libertad que tanto ansía. Tal vez Hawk sepa llegar, con los ojos cerrados, a su punto G, pero Nicole no está dispuesta a dejar que se le acerque lo bastante como para romperle el corazón. Claro está, que podría no tener otra alternativa si los secretos del pasado de Hawk se inmiscuyen en su presente.


Susan Mallery Dulces Pecados

    Hermanas Keyes, 2

    Título original: Sweet Spot
    Traducido por: María del Carmen Perea Peña

Uno

    Nicole Keyes siempre había pensado que, cuando la vida te daba limones, había que dejarlos en un frutero en la cocina e irse a tomar un croissant danés con un café, y esperar tiempos mejores. Lo cual explicaba por qué tenía en aquel momento un buen colocón de cafeína y azúcar.
    Miró la vitrina, desde la que un croissant danés de queso y cerezas susurraba su nombre una y otra vez, y después observó el aparato ortopédico que llevaba en la rodilla y el bastón que había a su lado. Todavía se estaba recuperando de una operación, y no podía hacer mucha actividad física. Si no quería arriesgarse a que los vaqueros le quedaran todavía más apretados, debía renunciar a aquel segundo croissant danés.
    «Es mejor dejarse tentar por un croissant que por un hombre», recordó. La bollería podía hacer engordar a una mujer, pero un hombre podía arrancarle el corazón y dejarla rota y ensangrentada. La cura de lo primero, dieta y ejercicio, no era agradable, pero podía soportarlo. En cambio, la cura para lo segundo era, como mínimo, incierta. Distancia, distracciones, buenas relaciones sexuales. En aquel momento no tenía ninguna de las tres cosas.
    Se abrió la puerta de la pastelería y la campanilla tintineó. Nicole apenas alzó la vista mientras entraba un muchacho en edad de ir al instituto y pedía cinco docenas de donuts. Maggie, que estaba trabajando detrás de la vitrina, puso tres cajas grandes en el mostrador y comenzó a llenarlas de donuts. Justo en aquel momento sonó el teléfono. Maggie se giró a responder la llamada.
    Nicole no supo qué fue lo que la impulsó a mirar hacia su joven cliente en aquel momento. ¿Un sexto sentido, suerte… o la manera de moverse nerviosamente del muchacho, que le llamó la atención?
    Vio que el chico se metía el teléfono móvil en el bolsillo, tomaba las cajas de donuts y se dirigía a la puerta. Sin pagar.
    Si había algo que le sentaba mal a Nicole, era que la tomaran por tonta. Sin pararse a pensarlo, sacó el bastón, hizo que el chico tropezara y después le clavó el extremo del bastón en el centro de la espalda.
    – Me parece que no -dijo-. Maggie llama a la policía.
    Esperaba que el muchacho se pusiera en pie de un salto y saliera corriendo. Ella no habría podido detenerlo, pero él no se movió. Diez minutos después volvió a abrirse la puerta, pero en vez de un policía de Seattle, Nicole vio a un hombre que podía pasar por modelo de ropa interior o héroe de película de acción.
    Era un tipo alto, moreno y atlético. Ella supo que era atlético porque llevaba una camiseta gris del Instituto de Secundaria Pacific rota justo por encima de la cintura. Al moverse, se le encogían y estiraban músculos que ella desconocía en el cuerpo humano.
    Llevaba unas gafas de sol oscuras. Miró al muchacho, que seguía en el suelo con el bastón de Nicole en la espalda, y vio los donuts esparcidos por el suelo. Después se quitó las gafas y sonrió.
    Ella había visto antes aquella sonrisa.
    No en él, concretamente. Era la de Pierce Brosnan cuando interpretaba a James Bond, la que usaba para sacarles información a secretarias ligeramente obnubiladas. Era también la que solía usar su ex marido para librarse de una bronca. Nicole no podría ser más inmune a aquella sonrisa ni aunque hubiera inventado la vacuna ella misma.
    – Hola -dijo el tipo-. Me llamo Eric Hawkins. Puede llamarme Hawk.
    – Qué estupendo para mí. Me llamo Nicole Keyes. Puede llamarme señora Keyes. ¿Es usted policía? -preguntó, y lo miró de pies a cabeza, intentando no dejarse impresionar por tanta perfección masculina en un espacio tan pequeño-. ¿Es que tiene el uniforme en el tinte?
    La sonrisa de él se hizo más amplia.
    – Soy el entrenador de fútbol americano del Instituto de Secundaria Pacific. Tengo un amigo que trabaja en la comisaría. El mismo respondió su llamada, y me telefoneó.
    La gente creía que Seattle era una ciudad muy grande, pero estaba hecha de pequeños barrios. A Nicole casi siempre le gustaba eso de su ciudad. Aquel día, sin embargo, no.
    Disgustada, miró hacia atrás.
    – Maggie, ¿te importaría llamar a la policía otra vez?
    – Maggie, espere un segundo -dijo Hawk. Apartó el bastón de Nicole para que el chico pudiera ponerse en pie-. Raoul, ¿estás bien?
    Nicole miró al techo con resignación.
    – Oh, por favor. ¿Qué podría haberle ocurrido?
    – Es mi quarterback estrella. No estoy dispuesto a correr ningún riesgo. ¿Raoul?
    El chico arrastró los pies y bajó la cabeza.
    – Estoy bien, entrenador.
    Hawk se lo llevó a un rincón y mantuvo una conversación en voz baja con él. Nicole los observó con cautela.
    En el estado de Washington, el fútbol americano era un asunto muy importante. Ser el quarterback titular de un equipo de instituto era tan bueno como ser Paris Hilton. Probablemente, Hawk tenía la esperanza de que ella sucumbiera a sus encantos y dejara marchar al chico con un encogimiento de hombros, como si todo fuera un malentendido. Aquello no iba a suceder.
    – Mire -dijo, con tanta severidad como pudo-, ha robado cinco docenas de donuts. Quizá para usted eso no tenga importancia, pero para mí sí. Voy a llamar a la policía.
    – No ha sido culpa suya -dijo Hawk-. Es culpa mía.
    – ¿Porque usted le dijo que los robara?
    – Raoul, espérame en el coche -dijo Hawk.
    – Raoul, ni se te ocurra moverte -replicó ella.
    Vio que el buen humor de Hawk se esfumaba. Este tomó una silla y se sentó a su lado.
    – No lo entiende -dijo, en voz baja-. Raoul es uno de los capitanes. Todos los viernes, el capitán lleva donuts a los jugadores.
    Tenía manos grandes, pensó ella, distraída por el tamaño. Grandes y fuertes.
    Nicole se obligó a atender a la conversación.
    – En ese caso, debería haberlos pagado.
    – No puede -prosiguió él en un susurro-. Raoul es un buen chico. Está en un hogar de acogida. Normalmente tiene trabajo, pero durante los entrenamientos no puede. Nuestro trato es que yo le doy unos cuantos dólares para los donuts, pero ayer se me olvidó, y él es demasiado orgulloso como para pedírmelos. Hoy es viernes y tenía que llevar los donuts. Ha tomado una decisión equivocada. ¿Nunca ha cometido un error, Nicole?
    Casi la tenía convencida. La triste historia del pobre Raoul la había conmovido. Entonces Hawk bajó más la voz, hasta llegar a un tono íntimo, y dijo su nombre de un modo que a ella le resultó muy molesto.
    – No me tome el pelo -le soltó.
    – Yo no…
    – Y no me trate como si fuera idiota.
    Hawk alzó ambas manos.
    – No…
    Ella lo fulminó con la mirada.
    Seguro que estaba acostumbrado a salirse con la suya, sobre todo con las mujeres. Con aquella sonrisa asesina, cualquiera con dos cromosomas X se derretiría como la mantequilla bajo el sol. Bien, pues ella no.
    Se puso en pie y agarró el bastón.
    – Voy a denunciar al chico.
    Hawk se levantó de un salto.
    – Demonios, eso no es justo.
    – Dígaselo al juez.
    Hawk avanzó hacia ella, pero Raoul se interpuso.
    – Entrenador, no se preocupe. He actuado mal. Sabía que estaba mal robar los donuts, y de todos modos lo hice. Usted siempre dice que hay que aceptar las consecuencias de nuestros actos. Esta es una de ellas.
    El chico se volvió hacia Nicole y bajó la mirada.
    – No tener dinero no es una excusa. No debería haberlo hecho. Tenía miedo de quedar en ridículo delante de todo el equipo -dijo, y se encogió de hombros-. Lo siento, señora Keyes.
    Por mucho que lo odiara, Nicole quería creerlo. Raoul tenía un aire de derrota…, se dijo que podía estar engañándola, que aquellos dos formaban un gran equipo, pero por algún motivo, tenía la sensación de que el chico decía la verdad. Estaba avergonzado y lo lamentaba.
    Sabiendo que iba a arrepentirse a la mañana siguiente, cuando el muchacho no apareciera, dijo:
    – Vamos a hacer un trato. Puedes pagarme lo que has robado trabajando. Ven mañana a las seis de la mañana.
    Por primera vez desde que lo había hecho tropezar, Raoul la miró. En sus ojos oscuros brilló algo parecido a la esperanza.
    – ¿De verdad?
    – Sí. Pero si no apareces, te buscaré y haré que te arrepientas de haber nacido. ¿Trato hecho?
    Raoul sonrió. Ella suspiró. Dos años más y sería tan atractivo como su entrenador. ¿Acaso no era injusto?
    – Estaré aquí -prometió él-. Y vendré pronto.
    – De acuerdo.
    Hawk se volvió hacia ella.
    – Y ahora, ¿puede ir a esperarme al coche?
    – Claro.
    Aunque, si fuera por ella, el entrenador Hawk también podía irse. No tenían nada que decirse el uno al otro.
    Lo miró, y tuvo la tentación de frotarse los párpados. Quizá fuera sólo un efecto de la luz, pero Nicole tuvo la impresión de que cada vez era más guapo. Molesto, ciertamente.

    Hawk se volvió hacia la mujer que lo estaba fulminando con la mirada. Le recordaba a un gato callejero que su hija había llevado a casa años atrás. Era todo dureza y desdén.
    Nicole era sensata. Él se daba cuenta por la camisa que llevaba, larga hasta las rodillas, de tela vaquera oscura, su camiseta lisa, la falta de maquillaje y su pelo largo y rubio, recogido en una coleta. No era de las que se dejaban impresionar fácilmente. Aunque a él, eso no le importaba.
    – Gracias -dijo-. No tenía por qué hacerlo.
    – Tiene razón -respondió ella-. No tenía por qué. También sé que voy a lamentar dejar que se vaya de rositas.
    – No, no es verdad. Es un buen chico. Tiene mucho talento. Llegará lejos.
    – Se ve en él, ¿verdad?
    Hawk sonrió.
    – Sí.
    – Típico -respondió Nicole, y miró el reloj-. ¿No tiene que estar en ningún sitio?
    – En el entrenamiento. Los chicos están esperando -dijo él, y sacó la cartera del bolsillo-. ¿Cuánto le debo por los donuts?
    Ella frunció el ceño.
    – ¿Es que no estaba escuchando? Raoul va a pagarlos con su trabajo. Al menos, ésa es mi fantasía.
    – Bueno, entonces sigo necesitando cinco docenas para el equipo.
    Nicole miró a la mujer que estaba detrás del mostrador.
    – Maggie, ¿puedes darle sus donuts al entrenador para que se marche de una vez?
    Hawk se inclinó y recogió los donuts que todavía estaban por el suelo.
    – Está intentando librarse de mí.
    – ¿De verdad?
    – Pero si yo soy la mejor parte de su día.
    – Quizá me clave una astilla después, y ése sea el momento álgido.
    Él se echó a reír.
    – No es usted fácil.
    – Esa es la primera cosa inteligente que ha dicho.
    Él dejó las cajas aplastadas y los donuts en una de las mesas del local.
    – Yo soy muy listo, Nicole.
    – Siga diciéndoselo, y quizá un día se haga realidad.
    Él se quedó mirándola fijamente hasta que ella comenzó a retorcerse.
    – ¿Por qué está intentando que yo le caiga mal por todos los medios? ¿Acaso la intimido?
    – Yo… usted… Váyase.
    Dicho eso, se apoyó sobre el bastón y se dirigió al obrador, en la parte trasera de la pastelería.
    – ¿No hay ningún comentario desdeñoso? -le preguntó él-. ¿Significa eso que he ganado?
    Ella se volvió y lo miró con cara de pocos amigos.
    – No todo en la vida es ganar o perder.
    – Claro que sí.
    Ella apretó los dientes.
    – Váyase.
    – Me voy porque los chicos están esperando. Pero volveré.
    – No se moleste.
    – No es molestia. Será divertido.
    Salió de la tienda silbando mientras se acercaba a su coche, que estaba aparcado enfrente.
    Hawk se había dado cuenta de que a Nicole le gustaba decir la última palabra. Obviamente, estaba acostumbrada a llevar las riendas y a salirse con la suya. El fútbol le había enseñado mucho de la vida a Hawk. Algunas veces, los equipos se sentían pletóricos porque eran muy buenos en algo determinado. Si se les quitaba ese algo, se tambaleaban. Lo mismo con las mujeres. Sobre todo, con las mujeres.
    Iba a ser un buen día, pensó mientras le entregaba a Raoul los donuts y arrancaba. De repente, el mundo parecía lleno de posibilidades.

    – ¿Qué te parece? -preguntó Claire.
    Nicole siguió mirando las camisas que había en uno de los percheros.
    – No.
    – Vamos. Es rosa.
    – No.
    – Ni siquiera estás mirando.
    Nicole contuvo la sonrisa.
    – No tengo que mirar. No. No te queda bien.
    – ¿Cómo lo sabes?
    – Porque estás embarazada de tres meses y en total has engordado dos kilos. No necesitas ropa premamá.
    – Pero quiero comprarme algo.
    – Compra una mantita.
    – Quiero algo que pueda ponerme. Quiero que la gente sepa que estoy embarazada.
    – Pues imprime unas tarjetas y entrégaselas a todos los que veas.
    – No me estás ayudando.
    – No necesitas que te ayude a estar loca. Lo haces muy bien sola.
    Claire se apartó el pelo rubio del hombro.
    – No eres una buena hermana.
    Nicole sonrió.
    – Soy la mejor hermana que tienes y tu melliza favorita.
    – Mi única melliza, y todavía no tengo muy claro que seas mi favorita. ¿No te gusta esta camiseta con patos?
    – No.
    – ¿Y con conejitos?
    – No. El bebé tiene el tamaño del borrador de un lápiz, Claire. Quizá de una uva. No necesitas ropa especial porque estés embarazada de una uva.
    – Pero estoy embarazada.
    – Dentro de un par de meses, cuando hayas engordado más, hablaremos. Por ahora, si te pones ropa premamá vas a parecer un saco de patatas.
    – Pero es que estoy muy emocionada.
    – Lo sé, y es lógico. Es maravilloso.
    Claire sonrió.
    Nicole pensó que su propia alegría por el embarazo de su hermana era una prueba de que tenía buen carácter. Era feliz por Claire, incluso sabiendo que las posibilidades de que ella tuviera un hijo eran tantas como las de ganar el primer premio de la lotería…, aunque ella nunca comprara un décimo. Un embarazo significaba generalmente que había un hombre involucrado. Ella había renunciado a los hombres para siempre.
    – ¿Estás bien? -le preguntó Claire-. Estás pensando en Drew, ¿verdad?
    – No. No estoy pensando en Drew -dijo Nicole. Se negaba a malgastar energía mental en su ex marido-. Estaba pensando en los hombres en general.
    – Encontrarás a alguien -le aseguró Claire.
    – No quiero a nadie. Acabo de separarme y estoy muy contenta de estar sola.
    O, más bien, lo estaría, si todo el mundo dejara de pensar que estaba destrozada emocionalmente por haber sorprendido a su hermana pequeña en la cama con su marido.
    Sí, había sido horrible, degradante y quizá incluso desgarrador. Pero ella lo sobrellevaba.
    – Necesito acostumbrarme a estar sola -dijo Nicole.
    – ¿Por qué? Ya estabas sola antes, cuando estabas casada con Drew.
    – Ay.
    Claire suspiró.
    – Lo siento. No quería decirlo así.
    – No pasa nada.
    No iba a demostrar que estaba dolida. Ni siquiera delante de su hermana.
    Claire sonrió con delicadeza. Su sonrisa era compasiva, y denotaba la intención de dejar el tema para más adelante. Cuando notara que ella se sentía más fuerte emocionalmente.
    ¿Acaso era capaz de leer la mente de su hermana melliza?
    Qué estupendo.
    Nicole miró la hora.
    – Tenemos que salir a buscar a Wyatt.
    – ¡Oh! ¡Ya es la hora! Voy a darme prisa.
    Claire volvió corriendo al probador. Nicole se preguntó si debía reprocharse a sí misma haber engañado a su hermana para que se olvidara de hablar de su trágica vida, pero entonces pensó que se había ganado el indulto. Después de todo estaba allí, un viernes por la noche en el centro comercial, acompañando a una pareja que debería estar sola. Pero ellos se lo habían pedido, y ella no quería pasar la noche sola.
    – Te espero fuera -dijo Nicole desde la entrada del probador.
    – Saldré dentro de un segundo -prometió Claire.
    Nicole salió de la tienda premamá y se encontró a Wyatt esperando frente al escaparate. Estaba observando un maniquí con un embarazo muy evidente, y parecía un poco incómodo.
    – Hola -dijo ella-. Me debes una. Acabo de evitar que tu prometida se comprara algo espantoso.
    – Lo has hecho por ti misma -respondió Wyatt-. A ti te habría importado más que a mí.
    Nicole sabía que era cierto, así que no respondió. Miró la bolsa que Wyatt tenía en la mano. Era de una librería.
    – Otro libro sobre el embarazo -bromeó-. ¿Os queda alguno por comprar?
    – Queremos hacerlo bien -dijo Wyatt-. Tú también lo harías.
    Nicole sabía que no, pero eso no era lo importante. Estaba a punto de sugerir que alquilaran una película, cuando Wyatt dijo:
    – ¿Cómo te va?
    Ella pestañeó.
    – ¿Cómo?
    – Hace unos días que no hablamos. ¿Estás bien? Ya sabes, esas cosas.
    «Esas cosas» era la forma en la que los hombres se referían a lo emocional.
    Wyatt era su amigo y cuñado desde mucho antes de haberse enamorado de Claire. Conocía todos sus secretos. Se había ofrecido para darle una paliza a Drew al enterarse de que la estaba engañando. Ella lo quería como a un hermano, salvo en aquel momento, en el que tenía ganas de darle un manotazo en la cabeza.
    – ¿Habéis estado hablando de mí Claire y tú? -preguntó-. ¿He sido el tema de una de esas horribles conversaciones del tipo «¿qué vamos a hacer con la pobre Nicole?». Porque si es así, no es necesario. No necesito ayuda de ninguno de los dos. Estoy bien, mejor que bien.
    A Wyatt no le impresionó su reacción.
    – Apenas sales de casa y no ves a nadie. Y estás más malhumorada de lo normal.
    – No estoy de humor para citas. Sé que es una sorpresa, pero así estamos.
    – No juzgues a todo el mundo por Drew, ¿de acuerdo? Hay tipos estupendos por ahí. Sólo tienes que volver a subir al caballo, la carrera continúa.
    – Por favor, dime que no acabas de decir eso. ¿Que me suba al caballo? Mi marido me engañó con mi hermana pequeña, en mi propia casa. No es un simple tropiezo. Es algo que le hace a una replantearse su orientación sexual, ¿sabes?
    Sentía una opresión en el pecho. ¿Era ella, o acaso hacía mucho calor allí dentro?
    – Mira, tengo que irme. Gracias por invitarme a cenar. Os llamaré luego.
    Se dio la vuelta y se alejó.
    – Nicole, espera.
    Ella siguió caminando. Cuando vio la señal, se apresuró hacia el aparcamiento, increíblemente aliviada de haber quedado con ellos en el centro comercial. Al menos, tenía su propio coche.
    Treinta minutos después, estaba en casa, donde todo era silencioso y familiar, y nadie le hacía preguntas tontas ni sentía compasión por ella. Había también demasiados recuerdos y un vacío que la impulsó a cambiar de canal en canal con el mando a distancia de la televisión, hasta que encontró una serie. Miró fijamente a la pantalla y se juró que no iba a llorar por Drew. Ni esa noche, ni nunca más.

Dos

    El sábado por la mañana, Nicole llegó al obrador unos diez minutos antes de que Raoul comenzara su turno. En realidad, no estaba muy segura de que apareciera, pero cuando se acercaba a la puerta trasera de la pastelería, un adolescente alto de pelo oscuro se unió a ella.
    – Buenos días -dijo Raoul educadamente.
    Ella lo miró.
    – Llegas temprano.
    – No quería llegar tarde.
    – Me impresiona que hayas venido.
    – ¿No me esperaba?
    – No.
    – Le di mi palabra.
    – Robaste cinco docenas de donuts. Eso hace que tu palabra sea cuestionable.
    No lo estaba mirando mientras hablaba, así que no podía estar segura, pero tuvo la impresión de que el chico se estremecía. ¿Porque había dudado de él? ¿Por qué había mencionado el robo? Bien. Todas las mañanas deberían empezar con un ladrón de bollería hipersensible.
    – Además, eres deportista -añadió, sin saber por qué se sentía obligada a hacer que se sintiera mejor-. Tengo algo en contra de los deportistas desde el instituto, porque ninguno de los chicos que me gustaban me hacía el menor caso.
    – No me lo creo.
    Ella suspiró.
    – ¿Estás intentando ser encantador?
    – Sólo un poco. Estoy practicando.
    Nicole se imaginaba quién había sido su maestro.
    – Déjalo para alguien más fácil de impresionar. Yo soy inmune a los encantos masculinos.
    – Ya me he dado cuenta. No le cayó muy bien el entrenador Hawkins.
    – Yo no diría eso -murmuró Nicole, aunque era cierto.
    Hawk le había parecido guapísimo, y tenía un cuerpo asombroso, más de lo necesario para hacer que ella comenzara a arder, pero eso no significaba que le cayera bien. No había manera de que ella se dejara impresionar por su sonrisa estudiada y su atractivo sexual.
    Raoul mantuvo la puerta abierta; Nicole entró en el obrador y saludó a Phil.
    – Buenos días -dijo.
    Phil, un hombre mayor vestido de blanco de pies a cabeza, incluyendo el delantal, se acercó a ellos.
    – Buenos días -respondió, mirando a Raoul-. ¿Estás listo para trabajar?
    – Sí, señor.
    Phil no parecía muy convencido.
    – Esto no va a ser fácil, y a mí no me interesan las quejas. ¿Me oyes? Nada de lloriqueos.
    Raoul se irguió.
    – Yo no lloriqueo.
    – Ya lo veremos.
    Phil se lo llevó.
    Nicole los observó. Raoul iba a pagar lo que debía fregando los enormes tanques en los que se mezclaba la masa del pan. Después tendría que hacer una serie de tareas que conseguirían que pensara las cosas dos veces antes de intentar robar algo en vez de comprarlo. Nicole se preguntó si el chico aprendería la lección, o simplemente, la soportaría.

    Cuatro horas después. Nicole había adelantado bastante trabajo administrativo, una tarea que siempre detestaba. Sin embargo, quería quedarse durante todo el turno de Raoul, y no podía trabajar en el obrador hasta que hubiera podido librarse del bastón. Archivó las facturas y les puso una etiqueta para enviárselas a su contable. Phil llamó a la puerta, que estaba entreabierta, y entró al despacho.
    – ¿Cómo va la cosa? -preguntó Nicole.
    – Bien, mejor de lo que esperaba. El chico sabe trabajar. Hace lo que le dicen, sin poses tontas, sin remolonear. Me gusta.
    Nicole arqueó las cejas.
    – Eso no es muy corriente.
    – Dímelo a mí. Creo que deberías ofrecerle trabajo. Necesitamos a alguien como él fuera de las horas álgidas. Va al instituto y juega al fútbol americano, así que creo que tendrá esas horas libres, y es cuando nos vendría bien.
    – De acuerdo. Hablaré con él.
    Nicole se puso en pie y se estiró. El dolor de la rodilla cada vez era menos intenso, y estaba mejorando.
    Raoul se encontraba en la parte de atrás, amontonando sacos de harina, asegurándose de que no se inclinaran y se cayeran.
    – Buen trabajo -lo felicitó Nicole-. Has impresionado a Phil, y eso no es fácil.
    – Gracias.
    – ¿Quieres un trabajo de verdad? Media jornada. Lo organizaríamos teniendo en cuenta las horas de instituto y de entrenamiento. El sueldo no es malo.
    Le dijo un salario por hora que era ligeramente superior a lo que ganaría en un restaurante o en una tienda.
    Raoul colocó el último de los sacos, y después se limpió las manos en el delantal que Phil le había encontrado.
    – No puedo -dijo, sin mirarla.
    – De acuerdo.
    – Necesito el dinero. No es eso.
    – Entonces, ¿qué es? ¿Es que estamos en temporada de castings para los nuevos programas de televisión y tu representante quiere que vayas a Los Angeles?
    El comentario consiguió arrancarle una pequeña sonrisa que desapareció rápidamente. Parecía que el chico estaba reuniendo valor antes de mirarla.
    – No querrá contratarme cuando conozca mi historial. Voy a cumplir dieciocho años dentro de un par de semanas. Cuando sea mayor de edad, puedo pedir que anulen mi expediente juvenil; hasta entonces tengo antecedentes penales.
    Ella se quedó un poco sorprendida, y también decepcionada.
    – ¿Qué hiciste?
    – Robé un coche cuando tenía doce años, para impresionar a mis amigos. Fui un idiota, y me detuvieron cinco minutos después. Desde entonces no he vuelto a meter la pata, salvo los donuts, y usted ya lo sabe. He aprendido la lección -dijo Raoul, y bajó la vista-. No tiene por qué creerme.
    Había una razón, pensó Nicole. Comprobar su historia era fácil, así que sería tonto si mintiera. Y Raoul no le parecía nada tonto.
    – Comenzar tu carrera criminal robando un coche es impresionante. La mayoría de la gente roba algo en una tienda. Tú fuiste directo a primera división.
    Raoul sonrió ligeramente.
    – Era un niño. No tenía sentido común.
    Todavía era un niño. ¿Tenía más sentido común ahora?
    – La oferta sigue en pie. No es un trabajo fácil, pero es honrado. Y podrás comerte todos los croissants que sobren y admita tu estómago.
    – Mi estómago admite mucho.
    – Entonces, es un buen trato para ti.
    Él la miró a los ojos.
    – ¿Y por qué va a confiar en mí?
    – Todo el mundo la pifia alguna vez -respondió Nicole.
    Pensó en su hermana pequeña. Jesse había tenido cien o doscientas oportunidades, y las había echado a perder todas.
    – Entonces acepto el trabajo -dijo Raoul-. Tengo entrenamiento todas las tardes, así que quizá pudiera trabajar por las mañanas, antes del instituto.
    – Habla de eso con Phil. Él va a ser tu jefe. Si te interesa trabajar más horas cuando acabes la temporada, díselo.
    Raoul asintió.
    – Gracias. No tiene por qué hacer nada de esto. Podía haber llamado a la policía.
    Nicole no se molestó en señalar que lo había intentado, pero en vez de la fuerza pública de Seattle, era Hawk quien había aparecido en la pastelería.
    – ¿Qué pasa con los hombres y el fútbol? -le preguntó-. ¿Por qué jugáis? ¿Por la gloria?
    – A mí me encanta este deporte -confesó Raoul-. Quiero ir a la universidad. No puedo permitírmelo, así que espero conseguir una beca para jugar.
    – ¿Y después jugarás en la liga profesional y ganarás millones?
    – Quizá. Las probabilidades están en contra, pero el entrenador dice que tengo talento.
    – ¿Y él está en posición de juzgarlo?
    Raoul frunció el ceño.
    – Es mi entrenador.
    Lo cual no respondía la pregunta, pensó Nicole. ¿Cómo iba a saber un entrenador de instituto si un jugador podía llegar a la liga profesional?
    – ¿No sabe quién es? -dijo Raoul en tono de asombro-. No tiene ni idea…
    Nicole se movió con incomodidad.
    – Es tu entrenador.
    Y era un monumento de hombre, aunque aquello no tenía nada que ver con la conversación.
    – Es Eric Hawkins. Jugó en la liga profesional durante ocho años, y se retiró en la cumbre. Es una leyenda.
    A Nicole le costó creer aquello.
    – Qué suerte tiene.
    – Es el mejor. No necesita trabajar. Está dando clases de fútbol en el instituto porque ama este deporte, y porque quiere contribuir.
    Nicole tuvo que contener un bostezo. Raoul estaba recitando algo que parecía un discurso enlatado. Probablemente, el chico lo había oído miles de veces en boca de la leyenda.
    – Bueno es saberlo -dijo, y se sacó cuarenta dólares del bolsillo trasero del pantalán-. Toma.
    Él no tomó el dinero.
    – No puede pagarme.
    – Claro que sí. No serás empleado oficialmente hasta que firmes el contrato. Así que por ahora toma esto. Pronto tendrás que fichar y tendrás un cheque de verdad.
    Él metió las manos detrás de la espalda.
    – He trabajado para pagar los donuts que robé.
    – En realidad, ni siquiera conseguiste sacarlos por la puerta. No se te da muy bien lo de robar -dijo Nicole, y suspiró al ver que él no sonreía-. Mira, hoy has trabajado duro. Te lo agradezco. Te has ganado esto. Tómalo o me pondré de muy mal humor, y eso no quieres verlo.
    Raoul aceptó el dinero.
    – Usted cree que es muy dura, pero no me asusta.
    Eso estuvo a punto de conseguir que Nicole se echara a reír.
    – Dame tiempo, chico. Dame tiempo.

    Nicole acompañó a Raoul a la pastelería, donde llenó un par de bolsas con croissants y pasteles del día anterior.
    – No tiene por qué hacer esto -dijo él, mientras miraba con melancolía las bolsas.
    – Tú puedes hacerte cargo de estas calorías. Y, como te he dicho, es un extra.
    – ¿Y hay más extras?
    Aquella pregunta no la había formulado Raoul. Nicole no tuvo que darse la vuelta, ni preguntarse quién había hablado. Y, por si acaso había alguna confusión en su cerebro, todo su cuerpo se encendió para dar la bienvenida.
    Se irguió y se preparó para el impacto. Después se dio la vuelta. Hawk estaba detrás del mostrador, con aquella sonrisa suya tan sexy, tan segura.
    – ¿Qué quieres? -le preguntó ella, sin preocuparse demasiado de si sonaba irritable o no.
    – Una pregunta interesante -murmuró, y después le guiñó el ojo a Raoul-. He venido a ver cómo ha trabajado mi jugador estrella. Te ha impresionado, ¿verdad?
    Nicole se vio atrapada. Le había gustado mucho el trabajo de Raoul y le había ofrecido el puesto de buena gana, pero con Hawk allí, sentía la necesidad de decir que todo había ido mal y que se alegraba de librarse de él.
    – Ha estado bien -dijo, mientras le entregaba las bolsas a Raoul. No quería ver la decepción en los ojos del chico, así que añadió-: Mejor que bien. Lo ha hecho estupendamente.
    – Lo sabía.
    – Esto no tiene nada que ver contigo. Sé que es un concepto asombroso, así que debería darte un minuto para que lo asimiles.
    Hawk se echó a reír.
    – Raoul, ya puedes marcharte. Te veré en el entrenamiento, dentro de un par de horas.
    Raoul asintió y se marchó. Nicole lo miró mientras salía, porque era más fácil que intentar no mirar a Hawk. Aquel hombre era como un afrodisíaco, y ella odiaba que tuviera el poder de conseguir que se sintiera incómoda en su propia piel.
    – No tienes por qué quedarte aquí -le espetó.
    – Quiero agradecerte que le hayas dado una oportunidad a Raoul -dijo Hawk, inclinándose un poco hacia ella, aunque sin moverse.
    Buen truco, pensó Nicole.
    – Ha trabajado duro. Eso sucede con mucha menos frecuencia de la que me gustaría. Le he ofrecido trabajo.
    Hawk arqueó una ceja.
    – Te ha impresionado de verdad.
    – Raoul necesita el trabajo, y yo necesito ayuda. No le des más importancia de la que tiene.
    Parecía que aquellos ojos oscuros podían ver su interior.
    – Quieres que la gente piense que eres dura.
    – Soy dura.
    – Por dentro eres de mantequilla.
    Nicole irguió los hombros.
    – Podría haber metido a tu jugador a la cárcel. No pienses que no lo habría hecho si no llega a aparecer hoy. Dirijo esta pastelería desde hace años. Sé lo que hago.
    – ¿Y te gusta lo que haces?
    – Por supuesto -dijo Nicole automáticamente, porque era lo que respondía siempre. Sabía que iba a hacerse cargo de la pastelería desde que tenía ocho o nueve años. Era algo sobrentendido… esperado. La suya no iba a ser una vida con muchas sorpresas. Últimamente, no había habido demasiadas buenas.
    Un momento. Claire. Reunirse de nuevo con su hermana había sido bueno. Ver cómo Claire se enamoraba locamente y se quedaba embarazada, se prometía y encontraba la felicidad total había puesto un poco a prueba su buena naturaleza, pero estaba superándolo. Porque, ¿qué otro remedio tenía?
    – Tierra llamando a Nicole.
    Nicole pestañeó y vio a Hawk, que se había acercado un poco. Demasiado.
    – Te he perdido -dijo él.
    – Eso debe de ser algo nuevo para ti -respondió ella, sin pensarlo-. Una mujer que se concentra en algo que no eres tú durante ocho segundos.
    – ¿Porque soy imposible de resistir?
    – Para mí no.
    – No lo creo. Estás interesada.
    – No.
    Hawk sonrió.
    – Vaya respuesta más convincente.
    – No me importa que no parezca convincente, pero es la verdad -dijo ella. Casi. Aunque no quisiera, tuvo que ser sincera-. Sabes que tienes un cuerpo interesante y es evidente que disfrutas mostrándoselo a la humanidad. ¿Y qué significa eso? Ya tienes más de treinta años. ¿No deberías haberlo superado? ¿No deberías pasar tanto tiempo desarrollando tu mente como el que pasas ejercitando el cuerpo? No vas a poder ser entrenador para siempre.
    Nicole recordó, demasiado tarde, que sí, que él podía ser entrenador para siempre porque Raoul le había mencionado que había sido jugador profesional de fútbol americano. Eso significaba que probablemente era muy rico.
    – ¿Es que piensas que soy tonto? -le preguntó él, en un tono entre la indignación y la diversión-. ¿Porque tengo músculos, o porque juego al fútbol? ¿No sería eso igual de injusto que el que yo pensara que eres tonta porque eres rubia natural?
    Quizá. Sí. Nicole hizo caso omiso de la pregunta.
    – ¿Cómo sabes que soy rubia natural?
    – Por mi excelente poder de observación.
    – Yo dirijo un negocio próspero. Es evidente que soy muy lista -dijo Nicole remilgadamente.

    A Hawk le gustaba que ella se pusiera nerviosa cuando estaba molesta. Le gustaba que, cada vez que él se acercaba un centímetro más se aturullara y no supiera adonde mirar. Si no estuviera interesada, le habría dicho que se marchara y se habría metido al obrador, pero no le había dicho ni una palabra. Y eso también le gustaba.
    – Es evidente -dijo él, acercándose un poco más.
    – ¿Es que no tienes respeto por el espacio personal?
    – No.
    Ella alzó la cabeza y lo fulminó con la mirada, pero antes de que pudiera hablar, Hawk dijo:
    – Tienes unos ojos muy bonitos.
    Nicole abrió y cerró la boca.
    – ¿Qué te crees que estás haciendo?
    – Flirtear.
    – ¿Por qué?
    – Es divertido.
    – Para mí no.
    – A todo el mundo le gustan los cumplidos.
    – Habla por ti.
    – ¿No crees que tienes unos ojos muy bonitos?
    – Están bien. Son funcionales. No me importa el color.
    – Claro que sí. Tienes que saber que son bonitos. Eres guapa.
    Nicole se ruborizó, y él aprovechó su desconcierto.
    – Te gusta que flirtee contigo -le dijo-. Es la mejor parte de tu día.
    – Eres increíble.
    – Ya lo sé.
    Ella soltó un gruñido.
    – No lo digo en el buen sentido. Tienes imaginaciones. Nada de ti es la mejor parte de mi día.
    – Mentirosa.
    – Ahórrate el flirteo para alguien que esté interesado de verdad -murmuró Nicole.
    – Estás interesada.
    Ella agitó la cabeza.
    – ¿No hay ningún sitio al que tengas que ir?
    – Claro, pero esto es más divertido.
    – No, no es cierto.
    – Deberíamos salir juntos -dijo él entonces, sabiendo que la invitación la desconcertaría todavía más.
    – ¿Qué? No.
    – A cenar. Iremos a cenar por ahí.
    – No voy a ir a cenar contigo.
    – ¿Por qué no?
    – No es buena idea.
    – Claro que sí. Es una excelente idea.
    – No voy a ir.
    – Sí, vas a venir.
    – No voy a ir, y no puedes obligarme.
    En vez de seguir con la discusión, él se dirigió hacia la puerta de la pastelería. Allí se detuvo.
    – ¿Qué te apuestas? -le preguntó. Después salió de la tienda.
    Mientras atravesaba la calle hacia su coche, casi podía oírla tartamudear. Había ido bien. Estaban en el primer tiempo del partido, y ya se había adentrado en el campo contrario y estaba a punto de marcar.

    – La terapia de Amy va muy bien -dijo Claire mientras cortaba más champiñones y los ponía en un cuenco-. Es pequeña, lo cual ayuda. Su cerebro todavía está abierto a los cambios. Al contrario que algunos de nosotros, que tenemos el cerebro cerrado.
    Nicole puso la lechuga recién picada en una ensaladera.
    – No tengo ni idea de qué pinta mi cerebro en este asunto de abierto contra cerrado.
    Amy era la hija de Wyatt, y pronto iba a ser la hijastra de Claire. Era sorda de nacimiento, y recientemente le había dicho a su padre que quería hacerse un implante coclear para poder oír. Antes de la operación estaba recibiendo una terapia especial que la ayudaría a asimilar los sonidos de una manera nueva, y a procesarlos.
    – Amy está muy emocionada por lo del implante -dijo Claire-. Me pide que toque para ella todas las noches.
    – Y a ti te encanta.
    – Por supuesto. Ella es mi admiradora número uno.
    Teniendo en cuenta que Claire era una concertista de piano mundialmente famosa y que había grabado discos ganadores de premios Grammy, eso era decir mucho.
    – Pensaba que tu admirador número uno era Wyatt.
    – Y lo es. En otros sentidos.
    Su hermana se echó a reír y Nicole sonrió. Se sentía feliz por Claire.
    Terminó de poner la lechuga en la ensaladera y se la pasó a su hermana.
    – Bueno, ¿y ya tienes organizada la programación de viajes?
    Claire se encogió de hombros.
    – Casi. Lisa me ha dado una lista de sitios, y estoy haciendo una selección. No quiero estar demasiado tiempo lejos de casa. No sólo porque echaría de menos a Wyatt y a Amy, sino también por el bebé.
    – ¿Le has preguntado a tu médico?
    Claire asintió.
    – Quiere que viaje lo menos posible durante las dos últimas semanas del primer trimestre. Después, durante el segundo, viajaré bastante. Y menos durante el tercero. Lisa me dijo algo sobre una serie de conciertos en Hawai, durante las Navidades, pero no creo que acepte.
    Nicole tomó un aguacate y comenzó a partirlo.
    – ¿Por qué no? ¿No podéis llevaros a Amy?
    – Oh, sí. Y tendríamos una casa muy bonita junto a la playa para alojarnos, pero está muy lejos, y no quiero estar viajando en esas fechas. Ya sabes. Lejos de la familia.
    Nicole estaba a punto de decirle que la mayoría de su familia, su prometido y su hija, estarían con ella. Entonces lo entendió. Claire no quería estar lejos de ella. No quería dejarla sola en Navidad.
    – Yo estaré perfectamente -dijo-. Deberías ir.
    – No es por ti -dijo Claire, aunque aquello no sonaba muy convincente-. Esta es la primera ocasión que tenemos de pasar juntas la Navidad desde que teníamos seis años. No voy a ir a Hawai. No quiero.
    – No te creo.
    – Eso no puedo remediarlo.
    – Estás preocupada por mí.
    – Claro, pero lo superaré.
    Nicole intentó sonreír, pero no lo consiguió. Agradecía que la gente se preocupara por ella, pero no le gustaba sentir la necesidad de comprensión. Normalmente, llevaba su vida de forma que la más capaz era ella. Los demás acudían a ella en busca de guía. Normalmente, ella no era la que recibía la compasión.
    – Y hablando de superar -prosiguió Claire-, ¿has hablado con Jesse últimamente?
    – Sabes que no.
    – Tendrás que hacerlo algún día.
    – ¿Y por qué? No sólo se acostó con mi marido, sino que además se puso a vender la Tarta de Chocolate Keyes por Internet -dijo-. Estoy segura de que, si hablara con ella, tendría un millón de excusas. Nunca asume la responsabilidad de nada.
    – La echaste de casa -dijo Claire en voz baja-. Tenía que ganarse la vida de alguna manera.
    – Exacto. Tenía que buscarse un trabajo. Hay cientos de trabajos por ahí, pero ¿intentó encontrar alguno? No. Robó. Primero a Drew, y después la tarta -respondió Nicole. Estaba empezando a tener dolor de estómago-. No quiero hablar más de esto.
    – No vas a conseguir olvidarlo hasta que encuentres la forma de reconciliarte con ella.
    – A lo mejor es que no quiero volver a tener nada que ver con Jesse -respondió Nicole. La ira y el dolor se habían apoderado de ella-. La semana pasada, un chico intentó robar unos donuts en la pastelería. Cundo me enfrenté a él, asumió su responsabilidad y se sintió culpable. Sabía que lo que había hecho estaba mal. Trabajó unas horas para pagar lo que había intentando robar. Hizo tan buen trabajo, que le ofrecí un puesto en el obrador. ¿Por qué Jesse no puede ser así? ¿Por qué no asume la responsabilidad de lo que ha hecho?
    – Sé que te hizo mucho daño.
    – Más que eso. Mucho más que eso.
    – Pero tenéis que solucionarlo.
    – Lo sé -murmuró Nicole-. Al final lo haré. Pienso en ello, pero cuando lo hago me enfado tanto que no quiero verla ni hablar con ella.
    – Me pone muy triste que no os llevéis bien -le dijo Claire-. Sois familia.
    – No es una familia que yo desee.
    – No te creo -replicó Claire-. Tienes todo el derecho a estar enfadada y dolida, pero creo que es hora de que te preguntes hasta qué punto te comportas así para darle una lección a tu hermana y hasta qué punto lo haces para vengarte de ella.

Tres

    Nicole se sentía tonta y azorada mientras se dirigía hacia el estadio del instituto apoyándose en el bastón. Era demasiado mayor para estar en un partido de viernes por la noche… o demasiado joven. No era estudiante, y no tenía a un hijo en el instituto. Entonces, ¿qué estaba haciendo allí?
    – Me está bien empleado, por hablar con mis trabajadores -refunfuñó para sí.
    Debería haberse despedido con un gesto de la mano y haber seguido caminando, pero no. Ella tenía que pararse a hablar con Raoul al final de su primera semana de trabajo en el obrador. Le había preguntado qué tal iban las cosas, porque era tonta. Y cuando él le había mencionado el partido de aquella noche, ella había fingido que le interesaba.
    – Podías haber dicho que no -se recordó. Cuando Raoul le había pedido que fuera, podía haber dicho que estaba muy ocupada. Pero no lo estaba, y ella no mentía bien. En el sentido espiritual, posiblemente aquello estaba bien, pero en lo referente a cómo iba a pasar aquella noche, era una pesadez.
    Miró a las filas de bancos que hacían las veces de asientos. No conocía a nadie, pero si tenía que elegir entre los chicos del instituto y los padres, elegía a los padres. Al menos, así tendría la oportunidad de hablar con alguno de ellos.
    – ¡Nicole!
    Se volvió hacia el campo y vio que uno de los jugadores corría hacia ella. Llevaba el uniforme y todo el equipo, y Nicole tardó unos segundos en reconocer a Raoul.
    – Hola -le dijo, mientras se acercaba a la barandilla que separaba el campo de los asientos-. Impresionante. Pareces malo y fortachón.
    Raoul sonrió.
    – ¿De verdad?
    Ella asintió. El chico tenía un aspecto diferente. Mayor. Peligroso. Sintió el impulso de decirle que no se hiciera daño; parecía que tenía el instinto maternal a flor de pie.
    – ¿Vais a jugar contra un equipo difícil? -preguntó.
    – Son buenos, pero les vamos a patear el trasero.
    – Estoy impaciente por verlo.
    Raoul sonrió de nuevo.
    – Gracias por venir. Normalmente nadie viene a verme jugar. Salvo mis amigos, ya sabe. No un adulto.
    Eso era ella. Una adulta.
    – Te vitorearé mucho e intentaré avergonzarte -bromeó.
    – Bien.
    Una chica muy guapa con un uniforme de animadora se acercó corriendo.
    – Hola -dijo con una gran sonrisa-. Soy Brittany.
    La adolescente era incluso más guapa de cerca. Parecía el tipo de niña perfecta y muy popular en el instituto. Nicole pensó en odiarla por principio.
    – Nicole -dijo.
    – Es mi jefa -dijo Raoul-. Ya te he hablado de ella. Brittany es mi novia.
    – Me alegro de conocerte -dijo Nicole.
    – Yo también. Espero que le guste el partido. Vamos a tener un gran año.
    Alguien tocó un silbato en el campo.
    – Tengo que irme -dijo Raoul-. La veré después del partido.
    Salió corriendo antes de que Nicole pudiera decirle que no iba a quedarse. Entonces recordó que no tenía el calendario social lleno, así que, ¿por qué no iba a pasar el rato allí?
    – No has podido resistirte, ¿eh?
    Nicole oyó aquella voz y sintió calor por todo el cuerpo. Lo maldijo a él por provocarla y se maldijo a sí misma por reaccionar.
    Miró hacia la barandilla y vio a Hawk, que estaba en la hierba.
    No iba vestido deportivamente, sino que llevaba unos pantalones y un polo con los colores del instituto. Estaba guapo. Más que guapo. Eso sí que era molesto.
    – Raoul me pidió que viniera a verlo jugar.
    Hawk no parecía muy convencido.
    – Estoy diciendo la verdad -insistió ella-. Dice que nunca vienen adultos a verlo. ¿Por qué?
    – Está en un hogar de acogida. Lleva mucho tiempo al cuidado de los servicios sociales. Es muy amable por tu parte que te tomes la molestia de venir.
    – No es para tanto -refunfuñó ella.
    – Para él sí. Tengo que irme. Disfruta del partido.
    Hawk salió corriendo, y ella intentó no mirarle el trasero, aunque le resultó difícil. Raro, porque ella nunca había sido tan superficial.
    – Es guapísimo -dijo una mujer a su lado.
    Nicole la miró.
    – El entrenador. Es lo mejor de los partidos, aunque mis dos hijos se sentirían humillados si me oyeran decir esto -añadió la recién llegada, y sonrió-. Me llamo Barbara.
    La mujer se hizo un lado para dejarle sitio en el banco, y Nicole se sentó a su lado.
    – Eres un poco joven para ser una de las madres -comentó Barbara-. ¿Has venido por Hawk?
    – No -respondió Nicole rápidamente-. Tengo una pastelería. Uno de los chicos del equipo trabaja para mí. Me pidió que viniera.
    – Eso es muy amable por tu parte. No creo que yo viniera si no tuviera que hacerlo. Claro que llevo años sentándome en estos bancos tan duros. Mis hijos son gemelos, y les gusta hacer deporte. Hemos hecho de todo: la Liga Infantil, fútbol, fútbol americano, béisbol. Mi marido trabaja mucho, así que soy yo la que tiene que venir a los partidos.
    – Es estupendo que quieras venir a verlos. Estoy segura de que agradecen mucho el apoyo.
    Barbara arrugó la nariz.
    – Nunca dicen nada, salvo si no puedo venir a uno de los partidos. Entonces, no dejan de quejarse. Pero ahora ya estoy acostumbrada.
    «La familia», pensó Nicole con tristeza. Eso era lo que los unos hacían por los otros en una familia.
    – Bueno -dijo Barbara, en voz baja-, ¿cómo has conocido a Hawk?
    – Yo… eh… lo conocí a través de Raoul.
    – ¿Estás saliendo con él?
    – No.
    – ¿Y no sientes la tentación de hacerlo?
    – No.
    – ¿Porque estás saliendo con alguien impresionante?
    – En realidad, no.
    Barbara sonrió.
    – En ese caso, o te gustan las mujeres o estás mintiendo.
    Nicole se echó a reír.
    – ¿Y cómo es que sólo tengo esas dos opciones?
    – No creo que una mujer pueda estar con Hawk sin querer llevárselo al huerto. Tiene un cuerpo… Además, es muy agradable. Sé que es injusto, pero así son las cosas. Es soltero y le gusta jugar. Se rumorea que es todo un caballero en público, y un potro salvaje en el dormitorio. Dicen que puede hacerlo durante horas.
    Barbara se abanicó con una mano.
    – No es que yo lo haya experimentado de primera mano. Él no se relaciona con mujeres casadas, y yo no engañaría nunca a mi marido. Al menos, eso creo. Nunca me lo ha pedido nadie.
    Nicole no sabía qué decir. Aquello, claramente, estaba dentro de la categoría de demasiada información.
    – Antes jugaba en la liga profesional -continuó Barbara.
    – Ya me había enterado.
    – Es una historia sorprendente. Dejó embarazada a su novia del instituto. Todo el mundo decía que no lo conseguirían, pero de todos modos se casaron. Vivieron de macarrones con queso mientras él estaba en la universidad, con una beca. Tuvieron el bebé y fueron felices. Entonces, a Hawk lo ficharon en la Liga Nacional y comenzó a ganar mucho dinero. Pero en vez de irse a vivir a una urbanización en un campo de golf por ahí, se compraron una casa normal en un barrio normal aquí, en Seattle. Allí criaron a su niña.
    Aquélla era la versión ampliada de lo que le había contado Raoul, pensó Nicole. Aunque ella no sabía lo de la niña. ¿Hawk era padre? Le parecía demasiado atractivo y tenía demasiada carga sexual como para serlo.
    – Entonces Serena, su mujer, enfermó de cáncer. Eso ocurrió hace seis o siete años. Hawk dejó la liga y se quedó en casa para cuidarla. Cuando murió, se convirtió en padre soltero. Aceptó el trabajo de entrenador del instituto porque quería aportar algo de lo que él había recibido. Está claro que no lo hace porque necesite el dinero.
    Barbara señaló a la guapa adolescente rubia que Raoul le había presentado antes a Nicole.
    – Aquélla es su hija.
    – ¿Brittany?
    Barbara la miró con asombro.
    – ¿La conoces?
    – Nos hemos conocido hace un rato. Está saliendo con Raoul, mi empleado.
    – Esa es. Es absolutamente perfecta. Saca buenas notas, es jefa de animadoras, está interesada en salvar el planeta. Lo único que me consuela es que, aunque yo estuviera soltera y Hawk estuviera locamente enamorado de mí, Brittany sería un desafío para cualquier relación. Es la niña de los ojos de su padre, y lo adora. Aunque ¿quién podría culparla?
    Nicole observó a la adolescente, que estaba pidiéndole al público que animara, y después se fijó en Hawk. Él estaba caminando por el lateral del campo con una tablilla sujetapapeles entre las manos.
    – Así que no es un idiota -murmuró.
    – Ni por asomo. ¿Sigues sin estar interesada?
    – Es sólo un conocido -respondió Nicole-. Nada más.
    Y no quería que fuera nada más. Aquello podría ser un problema para el que ella no tenía tiempo.
    Vio cómo señalaba a un par de chicos y los enviaba al campo. Estaba totalmente concentrado y tenía una actitud muy intensa, y ni una sola vez miró en dirección a ella, demonios.

    Nicole se pasó el resto del partido charlando con Barbara. Cuando terminó, el Instituto Pacific había ganado el partido por treinta y ocho puntos a catorce. Incluso ella, que no sabía nada de aquel deporte, se dio cuenta de que Raoul era un magnífico quarterback, con un brazo que nunca se cansaba.
    Se puso en pie, se despidió de Barbara y se acercó a la barandilla. Raoul y Brittany estaban juntos, hablando atentamente el uno con el otro. La rubia le acarició la mejilla a Raoul. Entonces, éste vio a Nicole y se acercó a la barandilla.
    – ¿Qué te ha parecido? -le preguntó.
    – Eres estupendo -dijo con sinceridad-. Me he quedado impresionada. Aunque no sepa nada de fútbol, me he dado cuenta de que juegas muy bien. ¿A qué distancia puedes lanzar el balón?
    Raoul sonrió.
    – Hemos jugado muy bien esta noche. El equipo se ha mantenido muy unido. Ningún jugador puede ganar o perder un partido sin el resto del equipo.
    – Ya veo que estás entrenado para tus entrevistas de televisión -bromeó ella.
    Hawk se reunió con Raoul, y chocaron la palma de la mano.
    – Buen trabajo -dijo Hawk, y se giró hacia Nicole-. Nuestro chico va a llegar a lo más alto.
    Ella ignoró la conexión implícita y respondió:
    – Me alegro mucho de oír eso.
    – Bueno, ¿cuántos caben en tu coche? -le preguntó Hawk.
    – ¿Qué?
    – Chicos. ¿A cuántos puedes llevar?
    – No te entiendo -dijo ella.
    – Tiene un Lexus Hybrid -dijo Raoul-. Así que cuatro, pero los tres que vayan detrás no pueden ser grandes. No cabrían.
    Hawk asintió.
    – Les diré que se reúnan contigo en el aparcamiento.
    – Pero… ¿quiénes son? ¿Y por qué tienen que reunirse conmigo? -preguntó Nicole.
    – Pizza -dijo Hawk-. Vamos a cenar pizza después de los partidos. Los jugadores, sus novias, unos cuantos chicos del instituto. Es una tradición. Me gusta mantenerlos ocupados cuando todavía tienen mucha adrenalina en el cuerpo. Tenerlos a todos en una pizzería es mejor que dejarlos por ahí sueltos para que hagan una tontería o se hagan daño. No todos los chicos conducen, así que necesitamos coches extra.
    Ella sabía que Raoul estaba allí, a su lado. Por algún motivo, no se sentía cómoda negándose delante de él. Quizá fuera porque sabía que el chico no tenía a nadie de su lado. Pero si accedía, sabía que se sentiría como si la hubieran manipulado para hacer algo que no quería hacer. Peor todavía, Hawk se imaginaría que sólo había ido allí para poder pasar un rato con él.
    ¿Por qué todo tenía que ser una complicación?
    – Esperaré en el aparcamiento -dijo ella, entre dientes.
    – Les diré a los chicos que te busquen. Saben adonde vamos. Te veré allí.
    – No, si puedo evitarlo -murmuró ella.

    La Casa de la Pizza de Joe era uno de esos restaurantes de barrio con muchas mesas, una máquina de discos y olor delicioso a ajo fresco, pimientos y salsa de tomate.
    Nicole no había cenado antes del ir al partido, pero no se había dado cuenta de que estaba muerta de hambre hasta que entró en el local y percibió el olor. De repente estaba hambrienta, y desesperada por conseguir aquella receta.
    Los cuatro chicos a los que había llevado en su coche le dieron las gracias amablemente y se fueron con sus amigos en cuanto llegaron. Ella no conocía a nadie, aparte de Hawk, y no quería sentarse con él. Lo mejor sería que se fuera, aunque antes, quizá pudiera pedir una pizza para llevar.
    Ya estaba esperando en el mostrador, apoyada en el bastón, cuando algo grande y cálido se posó en su espalda, a la altura de la cintura. Nunca había sentido su contacto, pero lo reconoció. Lo reconoció y se derritió por dentro. ¿Cómo era posible que su cuerpo reaccionara con tanta intensidad a un hombre? ¿Qué combinación de química y humor cósmico le daban ganas de volverse, agarrar a Hawk y exigirle que le demostrara todas las cosas que Barbara había dicho de él?
    Con cuidado, se apartó. Sin embargo, él no captó la indirecta y la tomó de la mano.
    Así de fácil. Palma contra palma, dedos entrelazados. Como si fuera su propietario. Como si estuvieran juntos. Peor, ni siquiera la estaba mirando. Estaba hablando con uno de los padres.
    Ella tuvo ganas de soltarse y de decirle que dejara de tocarla. Quería decirle que no estaban juntos, que nunca podrían estar juntos, y preguntarle qué demonios pensaba. Quería ver si el asiento trasero de su coche era lo suficientemente grande para los dos.
    El padre se alejó y Hawk se volvió hacia ella.
    – No tienes que pedir -le dijo-. Sabían que íbamos a venir. Llamé cuando terminó el partido. Puedes pedir cerveza, pero preferiría que no lo hicieras. No me gusta que nadie beba alcohol delante de los chicos en noche de partido. Seguramente es una tontería, pero es así.
    Tenía los ojos oscuros, y parecía que podían absorber toda la luz del local. Ella tuvo la extrañísima sensación de que podría perderse en aquellos ojos, lo cual demostraba que había pasado de tener hambre a sufrir alucinaciones por la falta de azúcar.
    – Me has tomado de la mano.
    Él sonrió.
    – Es lo máximo que puedo hacer en público, pero cuando estemos solos subiré el calor.
    Ella dio un tiró y se zafó.
    – No sé de qué estás hablando, pero voy a ser clara. Tú y yo nunca vamos a…
    – Eh, entrenador, ¿ha pedido ensaladas? -preguntó una de las animadoras-. Ya sabe que algunas no queremos pizza.
    – He pedido ensaladas, sí -dijo él en tono de cansancio. Se volvió hacia Nicole y la tomó de la mano otra vez-. ¿Qué les pasa a las mujeres con el peso? Sí, es verdad, llevar diez o quince kilos de más en el cuerpo es malo. Pero las mujeres de hoy en día están obsesionadas con la mínima célula de grasa, y las adolescentes son las peores.
    – Es animadora. ¿Qué esperabas?
    – Que sea feliz por estar sana y ser atlética, y que se deje de ensaladas.
    – ¿Tu hija no se preocupa por la línea?
    Hawk arqueó una ceja.
    – Has estado hablando de mí.
    – A propósito no. Las madres están más que dispuestas a charlar sobre ti. Estoy segura de que a ti te encanta su interés y haces todo lo posible por avivar las llamas.
    Fue como si él no hubiera oído nada de lo que ella decía.
    – Has hecho preguntas.
    – ¿Es que no me has oído? Yo no he preguntado nada, no fue necesario: me ofrecieron la información.
    La sonrisa de Hawk fue lenta, sexy, de confianza en sí mismo.
    – Te estoy conquistando. Lo sé.
    – ¿Sabes? Si pudiéramos aprovechar tu ego, resolveríamos la crisis energética.
    Justo en aquel momento comenzaron a salir las pizzas. Todos los chicos se sentaron en las mesas, y Hawk llevó a Nicole, de la mano, hasta una de las más grandes, en un rincón, que aparentemente estaba reservada para él.
    Ambos se sentaron, y ella se dio cuenta de que tenía que acercarse más y más a Hawk para hacerles sitio a varios de los jugadores y a sus novias. Pese a sus esfuerzos por mantenerse a una distancia de cuatro centímetros de él, terminaron tocándose desde la cadera hasta la rodilla. Ella intentó encontrar un buen lugar para su bastón, pero no había sitio.
    – Déjame -le dijo Hawk. Lo sacó de debajo de la mesa y lo puso detrás de los asientos-. ¿Qué te pasó en la rodilla?
    – Me caí y me la rompí.
    – ¿Estás mejorando?
    – Es un proceso lento.
    – A mí también me operaron de la rodilla -le dijo él-. Podemos comparar cicatrices.
    Una frase sencilla, pero en sus labios, aquellas palabras sonaron excitantes.
    – Quizá en otra ocasión -murmuró Nicole mientras los camareros dejaban tres enormes pizzas sobre la mesa.
    – Entrenador, ¿qué opina de la última jugada del primer cuarto? -preguntó uno de los chicos-. Ese bloqueo salió de ninguna parte.
    – Pero lo manejaste bien -dijo Hawk-. Buen juego de piernas. Parece que los entrenamientos extra están dando fruto.
    El chico, que medía más de un metro ochenta de estatura y era todo músculos, sonrió encantado.
    Nicole tomó una porción de pizza mientras los muchachos bombardeaban con preguntas a Hawk. Los jugadores no sólo querían hablar del partido, querían asegurarse de que su entrenador sabía que habían trabajado mucho y bien.
    Probablemente era una dinámica saludable, que facilitaba que unos adolescentes inmaduros se transformaran en ciudadanos responsables y productivos. Debería estar escuchando atentamente y tomando notas, pero lo único en lo que podía pensar era en que Hawk y ella estaban en contacto, y en que sentía su piel cálida contra la de ella.
    – Tierra llamando a Tierra -murmuró-. Concéntrate en la realidad.
    Hawk la miró.
    – ¿Has dicho algo?
    – Yo no.
    La charla sobre fútbol continuó durante un rato. A medida que la pizza desaparecía, la conversación languideció. Los chicos se fueron alejando, hasta que Hawk y ella se quedaron solos en la mesa. Ella se echó a un lado para poner distancia entre los dos.
    – Gracias por venir -dijo Hawk.
    – De nada. No estoy muy segura de cómo ha sucedido. Estaba ocupándome de mis asuntos y, de repente, he aparecido aquí.
    Tomó su servilleta de papel y comenzó a doblarla. Cualquier cosa menos mirar a Hawk.
    – Tú «querías» estar aquí -dijo él.
    Lo cual podía ser cierto, pero ella no iba a admitirlo.
    – Eso tú no lo sabes.
    – Sí lo sé.
    Hora de cambiar de tema.
    – Tu hija es encantadora.
    El orgullo resplandeció en los ojos oscuros de Hawk.
    – Brittany ha resultado ser estupenda. Quisiera llevarme todo el mérito, pero la mayoría es de su madre.
    – Debías de ser muy joven cuando nació.
    – Dieciocho.
    – No sería fácil.
    Él se encogió de hombros.
    – Nos las arreglamos. Hubo algunas noches muy largas, horribles. La familia de Serena no quiso tener nada que ver con nosotros cuando decidimos casarnos y tener el bebé. Mi madre nos apoyó, pero estaba enferma y no tenía dinero. Lo hicimos solos.
    – Tuvisteis suerte.
    – Quizá.
    – ¿Cuánto llevan saliendo Raoul y ella?
    – Unos meses. A pesar de lo que ocurrió en la pastelería, es un gran chico.
    – Lo sé.
    – Le confío a mi hija -dijo él. Después titubeó-. Estoy intentando confiar en él ¿Qué puedo decir? Es mi niña. De todos los muchachos a los que conozco, es el que yo elegiría para ella -explicó, y miró fijamente a Nicole-. ¿Tú confías en mí?
    – No.
    – Deberías -dijo Hawk-. Soy digno de confianza.
    – Ni por dinero.
    Nicole parecía muy seria al decirlo, pensó Hawk mientras reprimía una sonrisa. Le gustaba eso de ella. Le gustaba cómo se movía su pelo largo y rubio, y que siempre estuviera a punto de fulminarlo con la mirada. Le gustaba poder ponerla nerviosa.
    – Estás muy guapa esta noche.
    Ella pestañeó.
    – ¿Por qué dices eso?
    – Porque es cierto. Deberíamos salir.
    Nicole frunció los labios.
    – No.
    – ¿Por qué no? Te gusto.
    – Me asombra que necesites tener citas -dijo Nicole-. ¿No te hace compañía tu ego?
    – No me da calor por las noches.
    – Quizá con una muñeca hinchable caliente…
    – Preferiría tenerte a ti.
    Ella murmuró algo entre dientes y después se levantó.
    – Tengo que irme a casa.
    Hawk le tendió el bastón.
    – Te acompaño fuera.
    – No es necesario.
    Nicole tomó el bastón y comenzó a caminar. Probablemente pensaba que, como tenía que pagar la pizza, él iba a quedarse rezagado y ella podría escapar. No sabía que Bill le enviaba la factura.
    Cuando estuvieron fuera, Hawk aminoró el paso para ponerse a su lado. El aparcamiento estaba casi vacío.
    – ¿No hay que llevar a casa a ningún chico? -preguntó Nicole.
    – Los padres vienen a recoger a los que no conducen, o vuelven a casa con algún amigo. No tienes responsabilidades, Nicole. ¿Quieres pensar bien lo de esa cita?
    – No.
    Estaban junto a su coche, un Lexus 400 Hybrid. Un coche de chica, pensó él con una sonrisa. Mono y curvilíneo, con carácter. Como ella.
    Le acarició la mejilla con los dedos, ligeramente. Ella tomó aire con brusquedad, y él supo que no era tan fría como fingía.
    – ¿No quieres saltarte los preliminares y que nos vayamos directamente a la cama? -preguntó.
    Ella alzó el bastón.
    – ¿Y si te doy con esto?
    – No me va el masoquismo. ¿Y a ti? ¿Debería ofrecerte una buena tunda?
    Incluso a la luz tenue del aparcamiento, vio que ella se ruborizaba.
    – No -tartamudeó Nicole-. No puedo creer que hayas dicho eso.
    – Sólo estoy intentando averiguar lo que te gusta, y cómo puedo proporcionártelo.
    – Crees que eres muy desenvuelto, pero no es verdad.
    – Claro que sí.
    – Vete.
    – No lo dices en serio.
    – Sí.
    – Demuéstramelo. Esta es tu oportunidad. Voy a besarte. Te lo advierto para que tengas tiempo suficiente de entrar en tu coche y marcharte. Incluso contaré hasta diez, si tú quieres. Para darte ventaja.
    Entonces volvió a acariciarle la mejilla y le pasó el dedo pulgar por el labio inferior.
    – No me cuesta nada admitir que me atraes mucho -murmuró-. Y me gusta.
    En los ojos de Nicole se reflejó la indecisión. Él notaba la batalla que se estaba librando en su interior. Orgullo contra necesidad. Y sabía qué bando quería que ganara.

Cuatro

    Nicole era consciente de que lo más sensato era meterse en su coche. En vez de hacerlo, le puso la mano en el hombro a Hawk y preguntó:
    – ¿Es que no vas a dejar de hablar?
    – Ahora mismo -respondió él, justo antes de besarla.
    Su boca acarició la de Nicole con ternura, con un roce erótico que a ella le cortó la respiración. Hawk no sólo besaba: invitaba, jugaba, excitaba y prometía, todo con un ligero y casto susurro de piel contra piel.
    El cerebro de Nicole gritó, suspiró, y después dejó de funcionar. El calor invadió su cuerpo y la dejó débil y temblorosa. Entonces, él le puso una mano en la cintura, inclinó la cabeza y presionó con más firmeza contra su boca.
    El momento fue asombroso. Surgieron chispas de deseo que explotaban y aterrizaban sobre ella, y que casi le quemaban la ropa. Sin darse cuenta, se inclinó hacia delante hasta que sus cuerpos casi se tocaron. Casi… pero no.
    Entonces él le lamió el labio inferior, y ella abrió la boca y estuvo a punto de jadear de placer al sentir la punta de su lengua en la de ella. Hawk la besó profunda, minuciosamente, como si tuviera todo el tiempo del mundo y fuera a usarlo para satisfacerla.
    Exploró y acarició, se retiró y volvió a hundirse en su boca. Mantuvo una mano en su cintura, y la otra la posó en su cadera. Lentamente, la movió hacia abajo, hacia su trasero, y tomó la curva con la mano para apretársela suavemente. Ella se arqueó instintivamente contra él, y los muslos de ambos se tocaron, y sus senos se unieron a los músculos duros como rocas del pecho de Hawk.
    Entonces, su vientre entró en contacto con algo grande y grueso y…
    Nicole se apartó y miró a Hawk a los ojos, fieros y oscuros. Estaba excitado, ella había sentido su erección. Lo cual significaba que estaba excitado por lo que estaban haciendo.
    A Nicole le gustaba pensar que estaba bastante centrada. Que era segura y capaz, y que el hecho de haber encontrado a su marido en la cama con su hermana pequeña no había destruido por completo su autoestima. Sin embargo, fue una sorpresa darse cuenta de que besarse durante unos minutos con ella había excitado a una máquina sexual como Hawk. Una sorpresa agradable y reconfortante.
    – Bésame otra vez -le dijo.
    – Eres exigente.
    – ¿Algún problema?
    – Demonios, no.
    Él la abrazó con fuerza y la besó de una manera que le encogió las tripas. Ella frotó el vientre contra su erección, lo cual resultó ser un error, porque hizo que pensara en su ofrecimiento de tener relaciones sexuales. Él movió las manos hacia arriba y hacia abajo por su espalda, pero no se dirigió hacia ningún sitio interesante.
    Probablemente, porque estaban en un aparcamiento público, pensó Nicole.
    Hawk le agarró un mechón de pelo y tiró ligeramente. Se miraron el uno al otro. Él sonrió.
    – Me deseas.
    – Lo superaré.
    Hawk se inclinó y le mordisqueó el lóbulo de la oreja. Ella jadeó y tembló.
    – Estás muy excitada en este momento -le susurró-. Si te acariciara, tendrías un orgasmo.
    Probablemente estaba en lo cierto, pero Nicole se apartó, porque de repente tenía ganas de llorar. El estallido emocional no tenía nada que ver con Hawk y todo con su pasado reciente. Su cuerpo estaba dispuesto, pero su espíritu y su corazón eran todavía demasiado frágiles.
    – No puedo jugar a este juego -dijo ella.
    – ¿Eso te han dicho de mí, que me dedico a jugar?
    – Se sobrentendía.
    – ¿Y si se equivocan?
    ¿Qué quería decir?
    – No puedo arriesgarme.

    Hawk esperó hasta las diez de la mañana para llamar a la puerta de la habitación de su hija.
    – Eh, dormilona -dijo mientras entraba en el dormitorio a oscuras. Después de abrir las persianas, se giró hacia la cama-. ¿Voy a tener que hacerte cosquillas?
    Brittany rodó por el colchón y bostezó.
    – Papá, es sábado.
    – ¿Ah, sí? Eso dice el calendario, pero no estaba seguro. Gracias por aclarármelo.
    – Los sábados no tengo que madrugar.
    – Son las diez y estoy haciendo tortitas de arándanos.
    Brittany se incorporó.
    – No puedo comerlas. Engordaría…
    – Ya sabes que está prohibido usar ese verbo. ¿Quieres tortitas o no?
    – Claro.
    – Entonces muévete, cariño.
    Brittany le sonrió.
    – Te quiero, papá.
    – Yo también te quiero.
    Ella saltó de la cama.
    – Dame cinco minutos.
    – Muy bien.
    La puerta del baño de Brittany se cerró de golpe.
    Él volvió a la cocina y puso mantequilla en la plancha. Brittany estaba creciendo. Estaba en su último año de instituto y aunque fuera a la Universidad de Washington, viviría en una residencia de estudiantes, así que aquél era su último año en casa. El tiempo pasaba muy rápidamente.
    Brittany entró en la cocina justo cuando él ponía las tortitas en un plato. Le dio un beso en la mejilla y se sentó.
    – El partido de anoche fue muy bueno -dijo-. El equipo se está esforzando mucho. Vas a tener muy buena temporada, papá.
    – Ya veremos. Debemos concentrarnos en cada uno de los partidos según vayan llegando.
    – «Lo único que hay que hacer es ganar el siguiente partido, y la final será pan comido» -Brittany estaba repitiendo lo que él solía decir a sus jugadores.
    Hawk se echó a reír.
    – ¿Qué vas a hacer hoy?
    – He quedado con mis amigos a las once y media. Vamos a comer algo y a la primera sesión del cine. Después volveré a casa para terminar los deberes que no hice ayer, antes del partido -dijo ella, y arrugó la nariz-. Sólo me quedan dos páginas del ensayo, pero quiero terminarlo. Después ya sabes que hay una fiesta en casa de Michelle, porque hablaste con su madre el jueves.
    – Me acuerdo.
    – Pues voy a ir a esa fiesta. Y mañana quiero trabajar en los ensayos de admisión de la universidad.
    Hawk escuchó mientras ella detallaba sus planes. Pensaba en lo mucho que había cambiado su hija durante los últimos años.
    Era todo lo que él podría haber deseado. Tenía muchos amigos, era buena estudiante, cariñosa y responsable. Él quería quedarse con todo el mérito, pero sabía que Serena había echado los cimientos. Había sido una madre perfecta. Después de que muriera, él había hecho todo lo posible por llenar los huecos. Y parecía que había hecho un buen trabajo.
    – ¿Van bien las cosas con Raoul? -preguntó.
    Brittany tomó un par de bocados de tortita y tragó.
    – Claro. Estamos muy bien.
    – Anoche estabais muy acaramelados después del partido. No estarás llevando las cosas demasiado lejos, ¿verdad?
    Brittany agachó la cabeza.
    – Papá, por favor. ¿No es demasiado personal?
    – Eres mi hija. Me preocupo por ti. Estás a punto de cumplir dieciocho años y llevas saliendo varios meses con Raoul. ¿Tengo que matarlo o no?
    – ¡No! -exclamó ella, y se estremeció-. Esto es humillante. No voy a hablar de eso contigo, sobre todo porque no hay nada de lo que hablar. No estamos haciendo… eso. Es demasiado pronto.
    – De acuerdo.
    Hawk mantuvo un tono despreocupado, pero por dentro estaba bailando de alegría. Su hija había dicho exactamente lo que él quería oír.
    Siguió comiendo sus tortitas, mientras recordaba que, cuando tenían la edad de Brittany, Serena y él llevaban haciéndolo más de un año. Habían intentado tener cuidado, pero la pasión anulaba el sentido común a menudo. Brittany había sido el resultado. Lo que entonces parecía una catástrofe había resultado ser lo mejor que le había ocurrido en la vida. Había tenido suerte, y lo sabía.
    Hablando de suerte… Recordó que la noche anterior había besado a Nicole. Aquélla era una actividad que podría repetir sin problemas. Ella no iba a ser fácil, pero a Hawk no le importaba. Estaba más que dispuesto a aceptar el reto.

    Nicole confirmó los encargos para la semana siguiente y apagó el ordenador. Una vez que terminaba la oleada de clientes del sábado por la mañana, había un rato tranquilo hasta que comenzaba la recogida de tartas. Normalmente, habían terminado para la hora de comer. La pastelería cerraba el sábado por la tarde. Ese día, había terminado más pronto de lo habitual con su trabajo, porque se había obligado a pensar sólo en el trabajo. Era eso… o recordar sin pausa su beso con Hawk. Aunque podía parecer una manera estupenda de perder el tiempo, ella sabía que él no iba a causarle nada más que problemas, y que lo más inteligente era evitarlo, incluso en el pensamiento.
    Maggie llamó a la puerta del despacho.
    – Hay un grupo de chicos de instituto en la tienda.
    – ¿Qué quieres decir?
    – Lo que he dicho. Han venido hace unos minutos, y pidieron café y croissants. Ahora están sentados en las mesas, charlando. Como si fuéramos un sitio de moda. Nunca hemos sido un sitio de moda.
    – ¿Están dando problemas?
    – No. Son muy educados. Pero es raro.
    Nicole estaba de acuerdo con ella.
    – Voy a ver qué pasa -dijo.
    Salió a la tienda y comprobó que la mayoría de las mesas estaban llenas de adolescentes que se reían y hablaban. Hacían un poco de ruido, pero aparte de eso, no podía poner ninguna objeción a su comportamiento. Estaba a punto de volver al despacho cuando reconoció a una de las chicas. Era una rubia muy guapa con pantalones cortos y camisa, que sonrió y saludó.
    – Hola -dijo la chica-. Soy Brittany. Nos conocimos ayer.
    – La novia de Raoul -dijo Nicole.
    La hija de Hawk. Algo que todavía le resultaba difícil de creer.
    – Exacto. Estamos esperando a que termine su turno. Después vamos a ir a comer y a ver una película.
    – Parece divertido -dijo Nicole, y miró su reloj. Las doce menos cuarto-. Voy a decirle que estáis aquí, para que vaya terminando. Tardará cinco minutos.
    – Gracias, pero no tiene que darse prisa. Lo estamos pasando bien. Sus croissants daneses son estupendos.
    Nicole se dio una palmadita en la cadera.
    – Dímelo a mí.
    Volvió detrás del mostrador, donde esperaba Maggie.
    – ¿Los conoces? -preguntó ésta.
    – Conocí a un par de ellos ayer, en el partido.
    Maggie llevaba años trabajando en la pastelería. Nicole y ella eran amigas, así que con una sola mirada inquisitiva consiguió la respuesta.
    – No sé qué estaba haciendo en un partido de fútbol de instituto -admitió Nicole-. Raoul juega en el equipo y me pidió que fuera. Yo quería apoyarlo. Me presentó a Brittany, su novia. Es animadora.
    Maggie se echó a reír.
    Nicole miró a los chicos.
    – No te rías. No tiene gracia.
    – Para mí sí. Tienes éxito entre los jóvenes.
    – Estupendo. He tardado en conseguirlo diez años, después de salir del instituto.
    Nicole fue al obrador y le dijo a Raoul que podía salir antes. Según Sid y Phil, trabajaba muy bien. Ella se alegraba de que no le hubiera fallado el instinto. Estaba a punto de marcharse a casa también, cuando Maggie la encontró.
    – Tienes a un caballero de visita en la tienda.
    Nicole se sorprendió, y al segundo sintió que se le aceleraba el corazón. ¿Hawk? ¿Era Hawk? No entendía por qué deseaba tanto que fuera él.
    – Nadie habla así.
    – Yo sí, y es un monumento.
    Claramente, era Hawk.
    – Gracias -dijo Nicole-. Voy a ver qué quiere.
    Maggie se dio unos golpecitos en la redecilla del pelo.
    – Si tú no estás interesada, pregúntale si le gustan las mujeres mayores. Tendrá unos treinta y cinco años, ¿no? Sólo me saca veinte.
    Nicole sonrió.
    – Tú estás felizmente casada.
    – No me lo recuerdes.
    Nicole volvió a la tienda. Los adolescentes se habían marchado. Hawk estaba frente al mostrador, y era lo más tentador que había en toda la pastelería. Ella lo elegiría antes que una tarta de chocolate.
    Sin querer, recordó el beso de la noche anterior. La había dejado llena de deseo, pero también preocupada. Quizá hubiera exagerado sus miedos. Si se besaban de nuevo, lo comprobaría.
    – Hola -dijo Hawk con aquella sonrisa lenta y sexy que le aceleraba el corazón.
    – Hola -respondió ella.
    – Quería pasar a darte las gracias por lo de anoche.
    Nicole oyó un resoplido desde la trastienda y supo que Maggie estaba escuchando. Hizo caso omiso de su amiga.
    – ¿Darme las gracias por qué?
    – Por llevar a los chicos a la pizzería y por quedarte. Por escuchar. Eres un gran ejemplo para ellos. Mayor que los estudiantes, pero no una de las madres. Tienes éxito, eres equilibrada…, alguien a quien pueden admirar, en quien pueden fijarse.
    Todo lo que le decía sonaba muy bien, pero ¿no podría ser su esclava sexual, en vez de eso? No, un momento, ella quería ser exitosa y equilibrada. El de esclava sexual no era un papel en el que se sintiera cómoda. Siempre había sido una chica muy normal. Algo le decía que aquél no era el estilo de Hawk.
    – No has venido hasta aquí sólo para darme las gracias -dijo. Se estaba preguntando si él le estaba tomando el pelo y cuánto tiempo iba a pasar antes de que confiara de nuevo en un hombre.
    – En parte sí.
    – ¿Y la otra parte?
    – Dulces -respondió Hawk. Se sacó una hoja de papel del bolsillo y la desplegó-. Estamos hablando de unos treinta y cinco chicos, un par de padres, algunos amigos. Digamos que unas cincuenta personas. Nada muy elaborado.
    Nicole parpadeó.
    – ¿Has venido a encargar pasteles para cincuenta personas?
    – Sí. Los domingos por la tarde revisamos la filmación del partido del viernes por la noche. Los mantiene concentrados en el trofeo. Y me gusta que consuman azúcar, porque así nadie se queda dormido. Estaba comprando en otra pastelería, pero me gusta más la tuya. Bueno, ¿qué tienes?
    Nicole sintió tal decepción que tuvo ganas de darle un golpe, pero no lo hizo. No tenía sentido dejar que él viera lo patética que era.
    – No querrás tartas -dijo. Pasó detrás del mostrador y observó el contenido de la vitrina-. Yo diría que galletas y magdalenas glaseadas. Puedo hacer una selección.
    – Eso sería estupendo.
    – ¿Algún sabor en especial?
    Hawk arqueó una ceja ligeramente.
    – ¿Qué me sugieres?
    Nicole no iba a caer en la trampa, se dijo.
    – Galletas normales, y magdalenas de chocolate y vainilla. Tienen baño, pero no están decoradas. Seguro que es mejor así.
    – Te estás resistiendo.
    – ¿A qué?
    – A mi encanto.
    – ¿Estabas siendo encantador?
    – Sabes que sí -dijo él, y le entregó una tarjeta.
    Ella lo miró. Tenía el emblema del instituto, la dirección, su nombre y un número de teléfono con una extensión.
    – ¿Y esto? -preguntó.
    – Es la dirección en la que necesito que entregues el pedido. Mañana sobre las dos y media de la tarde, en la sala de reuniones que hay junto al gimnasio. Te he escrito las indicaciones en el reverso de la tarjeta.
    – No voy a llevar este pedido.
    – No tengo ningún sitio donde almacenarlo. Ni tampoco modo de llevarlo hasta allí.
    Ella miró hacia fuera de la tienda. La furgoneta de Hawk estaba aparcada frente a la pastelería.-Ahí cabe todo y más.
    – Seguramente, pero si tú llevaras el pedido, podrías quedarte a ver la filmación.
    – Ya he visto una vez el partido.
    – Sí, pero no conmigo explicando lo que pasa.
    ¿Y por qué demonios quería él que ella fuera a verlo?
    – Es domingo.
    – ¿Tienes plan?
    – No.
    – Pues ven. Te lo pasarás bien.
    Nicole se sentía desconcertada, y eso siempre la molestaba mucho.
    – ¿Por qué estás haciendo esto?
    – Porque si pasas más ratos conmigo, terminaré por caerte bien.
    – ¿Y qué importancia tiene eso para ti?
    – Tengo que caerte bien si quiero acostarme contigo.
    Nicole agradeció tener el bastón. La ayudó a mantenerse en pie.
    – ¿Se trata de acostarte conmigo?
    – Sí. Desnudos -añadió Hawk en un susurro-. No te olvides de la mejor parte.
    – ¿Y por qué yo?
    – Me atraes. Me intrigas. No eres fácil.
    – No estoy muy segura de cuáles son tus estándares -murmuró ella con un cosquilleo en el estómago, y se dio la vuelta. Él la tomó del brazo y tiró de ella, y de repente, estaban frente a frente, mucho más cerca que antes.
    – No puedo dejar de pensar en ti -le dijo, mirándola fijamente a los ojos-. Quiero verte de nuevo. Preferiría que fuera desnuda, pero acepto la ropa si es necesario. A pesar de lo que te hayan dicho esas mujeres con las que has hablado, yo no hago esto a menudo. Tienes algo, Nicole. No sé qué es, pero lo averiguaré.
    ¿Y después qué? ¿Habría terminado todo?
    – Di que sí -insistió Hawk.
    – No puedo.
    Él se inclinó y la besó. Fue un beso duro, caliente, profundo. Tomó lo que quería y la dejó sin aliento. Ella le devolvió el beso y sintió cómo le hervía la sangre. Era una batalla de voluntades. Y basándose en cómo jadeaban los dos cuando se separaron, no había un vencedor claro.
    – Di que sí -susurró él.
    Ojalá pudiera.
    Hawk suspiró.
    – Lleva el pedido.
    – De acuerdo.
    Él la soltó y se marchó. Cuando dejó de darle vueltas la cabeza, Nicole vio que Hawk había dejado un billete de cien dólares en el mostrador para cubrir los gastos.
    Maggie se acercó desde la trastienda.
    – Interesante -dijo-. Es muy claro a la hora de decir lo que quiere. Eso me gusta en un hombre. Deberías salir con él.
    – No puedo. No estoy preparada todavía para tener una relación.
    – ¿Y quién ha dicho nada de una relación? -a Maggie se le borró la sonrisa de los labios-. Oh, lo siento. Se me había olvidado.
    Nicole se irritó al ver la mirada de pena de su amiga. Quería defenderse y decir que estaba bien. Sin embargo, teniendo en cuenta que no podía aceptar la invitación de Hawk, eso no era cierto.
    – Voy a preparar el pedido -dijo Maggie-. Tú márchate a casa.
    – De acuerdo. Vendré a recogerlo mañana.
    Nicole se marchó.
    Durante el trayecto a casa, intentó ponerse de buen humor. Debería sentirse agradecida por tener amigos que se preocupaban por ella. Y lo estaba. Más o menos. Sin embargo, odiaba que la gente sintiera lástima por ella. Se enorgullecía de controlar las situaciones. Ocurriera lo que ocurriera en su vida, se las arreglaba.
    Era todo culpa suya. Ella era la que había querido salir con Drew y había aceptado su propuesta de matrimonio. Sabía que no estaba locamente enamorada de él, pero había empezado a pensar que nadie la querría lo suficiente como para casarse con ella. Una razón tonta para tomar una decisión tan importante. No había nada como analizar las cosas con perspectiva para verlas claramente. Por desgracia, saber lo que tendría que haber hecho no podía cambiar el pasado.
    ¿Y ahora qué? ¿Cómo iba a superar lo que había ocurrido? No echaba de menos a su ex marido, pero quería recuperar su orgullo y su amor propio. Ojalá pudiera comprarlos por Internet.
    Todavía estaba sonriendo con aquella idea cuando frenó ante su casa. Había un coche aparcado en la calle. El tipo que estaba apoyado en el capó se irguió al verla.
    Hablando del rey de Roma, pensó Nicole con tristeza.
    Drew la saludó cuando ella giraba para entrar al garaje. Ella no le prestó atención y aparcó, pero él la estaba esperando cuando se acercó a la puerta, y Nicole tuvo el mal presentimiento de que con ignorarlo no iba a conseguir que se marchara.

Cinco

    – Vete -dijo a modo de saludo.
    – No lo dices en serio.
    – Asombrosamente, sí.
    Pensó en quedarse en el porche, pero no le apetecía proporcionar entretenimiento a los vecinos.
    Entró, sabiendo que Drew la seguiría, caminó hasta el centro del salón y se volvió hacia él.
    – Di lo que tengas que decir y vete.
    – Eso no es muy cordial.
    – Qué sorpresa.
    No parecía que a Drew le afectara mucho su actitud. Sonreía.
    – Te he echado de menos, nena, y sé que tú a mí también.
    Él seguía teniendo la capacidad de dejarla sin habla. Se había quedado perpleja por su arrogancia.
    – ¿Y qué se supone que tengo que echar de menos? ¿El que te acuestes con mi hermana?
    Él alzó las manos.
    – ¿Cuándo vas a dejar ese tema?
    – No sé. Tal vez cuando me parezca que alguno de vosotros siente el más mínimo remordimiento por lo que hicisteis. No te has disculpado, ni has llegado a admitir que hicieras algo malo.
    Jesse tampoco. No dejaba de quejarse de que Nicole no la creía, pero hasta el momento, no había oído nada que pudiera servir de excusa para su comportamiento.
    – No fue como crees -gruñó Drew.
    – Estabas en la habitación de mi hermana, en su cama, besándola. Ella no tenía la camiseta puesta, y tú tenías la mano sobre su pecho desnudo. ¿Qué he malinterpretado?
    Drew se movió con incomodidad.
    – Cometí un error. Lo siento.
    – Sentirlo no es suficiente.
    – Esto es típico de ti -dijo él, en tono de enfado-. Te lo tomas todo a la tremenda. Sí, cometí un error. A la gente le pasa, incluso a ti. Te dije que Jesse no debía quedarse aquí después de que nos casáramos.
    – Después de haberte mudado a mi casa y no tener que pagar más el alquiler, quieres decir.
    – No hagas esto, Nicole. No seas tan dura. Si Jesse no hubiera estado aquí…
    – Entonces quieres decir que es culpa mía que tuvieras la tentación y no pudieras resistirla. Que tú no eres responsable de lo que hiciste.
    – Estás tergiversando lo que he dicho. Siempre haces lo mismo.
    Nicole observó al hombre con el que se había casado. Era muy guapo, pero no conseguía que se le acelerara el corazón. Había sido un error del que iba a tardar en recuperarse.
    – Tienes que volver conmigo -dijo él.
    – No es posible que hayas dicho eso.
    – Es cierto. Te quiero. Nadie te va a querer como yo.
    Estaba intentando hacerle daño. O quizá sólo asustarla.
    – La gente que está enamorada no es infiel.
    – Claro que sí.
    – Yo no -replicó ella, negando con la cabeza-. No puedes arreglar eso. Ya no puedo confiar en ti, Drew, y no quiero intentarlo.
    La expresión de Drew se endureció.
    – Te vas a quedar sola para siempre. ¿Es eso lo que quieres?
    Nicole sabía que no debía escucharlo. Que él estuviera mencionando uno de sus temores más profundos no significaba que fuera cierto.
    – No comparto esa opinión -respondió, aparentando una convicción que no sentía-. Eres un perdedor, Drew. Cometí un error al empezar una relación contigo, en primer lugar.
    – Y yo cometí un error al intentar que funcionara. Nadie se sorprende de que te haya engañado, Nicole. No eres fácil de querer. Eres distante y cerrada, y puedes llegar a ser una bruja, pero a pesar de todo lo estoy intentando.
    Ella se sintió como si él la hubiera abofeteado. Sabía que Drew sólo estaba intentando hacerle daño, pero no conseguía librarse del dolor que le producían sus palabras.
    – Eres muy magnánimo -murmuró-. No sé cómo tengo tanta suerte. Mira, Drew, tú deja de intentar que vuelva contigo con ese encanto tan especial tuyo y yo haré lo posible por olvidarme de ti.
    – Tú no quieres olvidarme. Ese es tu problema.
    – Sal de aquí -ordenó Nicole mientras iba hacia la puerta y la abría de par en par-. Y no te molestes en volver.
    Él vaciló, como si tuviera algo más que decir, y después se marchó. Ella cerró la puerta con llave y respiró profundamente. No iba a llorar.
    Cuando estuvo sola, se sentó en el sofá. No tenía ni idea del motivo por el que Drew había ido a verla. ¿Acaso quería castigarla? ¿Acaso pensaba de verdad que podían arreglar su matrimonio y que insultarla era la mejor manera de conseguir que volviera con él? Nadie era tan estúpido como para eso.
    Entonces ¿por qué no la dejaba definitivamente? ¿Por orgullo, o porque ella podía mantenerlo económicamente? Dudaba que siguiera queriéndola. Quizá nunca la hubiera querido.
    Las dudas la estaban asediando, y odiaba el modo en que la hacían sentirse. Necesitaba una distracción.
    Justo en aquel momento, sonó el teléfono. Se levantó de un salto y descolgó el auricular.
    – ¿Diga?
    – Hola. ¿Cómo estás?
    Aunque oír la voz de Claire no era tan emocionante como una insinuación sexual inapropiada de Hawk, era mejor que pensar en Drew.
    – Bien, ¿y tú?
    – Todavía sigo esperando que se me note el embarazo. ¿Quieres venir a cenar esta noche a casa?
    Nicole vaciló. ¿Quería pasar la noche con su hermana y con Wyatt, viendo cómo se hacían arrumacos y despedían ondas de amor que llenaban toda la habitación?
    – Gracias, pero creo que no.
    Claire suspiró.
    – Estás pasando demasiado tiempo sola.
    – No, no es cierto. Acabo de llegar de la pastelería.
    – El trabajo no cuenta. No seas refunfuñona, estoy preocupada porque te quiero. Eso es algo bueno.
    Nicole no quería acordarse de que Drew acababa de decirle que era muy difícil quererla, pero las palabras le rebotaron en la mente.
    – Has tenido que soportar muchas cosas últimamente -dijo Claire-. Ven a divertirte.
    Como Maggie. Lástima. Nicole odiaba que le tuvieran lástima.
    – Eres muy amable por preocuparte -dijo, intentando no apretar los dientes-, pero estoy bien. Mejor que bien. En otra ocasión.
    – Tienes que salir.
    – Con un hombre, ¿no? Dejarías de preocuparte por mí si apareciera con un tipo fabuloso, ¿verdad?
    Claire se echó a reír.
    – Pues en realidad, sí.
    La respuesta arrancó una sonrisa a Nicole.
    – Entonces no te importa cómo me siento yo. Lo que quieres es dejar de preocuparte.
    – Bueno, quizá. Pero tú eres la que me preocupa.
    – Y te lo agradezco. Mira, estoy bien, te lo juro. Ahora tengo que dejarte. Hablaremos más tarde.
    Colgó y tomó su bolso. Mientras abría la puerta y salía, el teléfono ya estaba sonando otra vez. Ella no respondió, aunque deseara tener algún sitio al que ir.

    Hawk apiló los DVD de las grabaciones del juego. Ya había visto el material, y sabía qué cosas quería poner de relieve. Normalmente, durante los pocos minutos que tenía antes de que llegaran los chicos, tomaba notas, pero aquel domingo no dejaba de mirar el reloj y de preguntarse cuándo iba a aparecer Nicole.
    Sabía que se estaba comportando como un adolescente. No podía dejar de pensar en ella; no sabía por qué lo tenía tan atrapado, pero de todos modos, estaba disfrutando del momento. Era divertida y sarcástica. Era como un desafío para él. Tenía carácter. A él le gustaba que una mujer tuviera carácter.
    Oyó que alguien se acercaba por el pasillo. Eran unos pasos ligeros que no podían ser de ninguno de sus jugadores. Se le encogió el estómago de impaciencia. Y al cabo de un segundo, Nicole entró en la sala.
    – Tengo seis cajas de croissants en el coche -dijo-. ¿Te importaría ayudarme a traerlas?
    – Claro -respondió él, preguntándose si tenía tiempo de besarla antes de que sus estudiantes comenzaran a llegar. Se acercó a ella, pero se detuvo al ver algo oscuro y doloroso en su expresión-. ¿Qué ocurre?
    – Nada.
    – No te creo. Te ha pasado algo -dijo él, y se dio cuenta de que estaba pálida-. Alguien te ha hecho daño.
    – Estoy bien -dijo ella, y se encogió de hombros-. No es nada.
    – No voy a dejar que me convenzas -dijo Hawk. No pararía hasta averiguar qué o quién la había disgustado.
    Nicole suspiró.
    – Estoy… estoy teniendo algunos problemas con mi ex.
    – ¿Estás divorciada?
    – Estoy en el proceso de divorcio. Ya se han redactado los documentos, y los términos están acordados. Sólo estoy esperando a que se cumplan los plazos.
    – ¿Y todavía lo echas de menos?
    – Ni lo más mínimo. Vino ayer a mi casa. Quiere que vuelva con él. Y su forma de convencerme es insultarme y ser mezquino.
    Hawk se enfureció.
    – ¿Te ha hecho daño?
    Nicole sonrió apagadamente.
    – En realidad no.
    – Puedo darle una paliza, si quieres.
    Ella sonrió con más ganas.
    – Estoy segura de que lo harías con una eficiencia asombrosa, pero no.
    Hawk quería hacerlo de verdad.
    – No me importa. Siempre estoy buscando maneras de mantenerme en forma.
    – No sería mucho ejercicio para ti.
    – ¿Tú crees?
    – Estoy segura, pero gracias de todos modos.
    Había más. Él lo veía en sus ojos. El problema con un ex era que esa persona sabía exactamente cómo hacer daño, conocían los puntos débiles. Y parecía que, en el caso de Nicole, su ex no tenía reparos en atacarlos directamente.
    Hawk le acarició la mejilla.
    – Se equivoca.
    – ¿Respecto a qué?
    – En lo que te haya dicho.
    – Eso no lo sabes.
    – Sí, sí lo sé.
    La expresión de Hawk era amable, y su caricia reconfortante y un poco sensual. Él era exactamente lo que necesitaba, pensó Nicole.
    Él la miró a los ojos, y después a la boca. Su cuerpo reaccionó con un cosquilleo y un pequeño suspiro, y aquel hombre ni siquiera la estaba besando. ¿Cómo lo conseguía?
    Antes de que pudiera averiguarlo, se oyó a varios adolescentes acercándose por el pasillo. Ella retrocedió.
    – Refuerzos -dijo Hawk con ligereza-. Les diré que traigan las cajas.
    Lo cual significaba que la tarea podía hacerse en un solo viaje y que ella no tenía excusa para quedarse. Sin embargo, quería hacerlo.
    – Te he traído el cambio -dijo, y sacó el dinero del bolsillo de su pantalón.
    – Guárdalo para la próxima vez -dijo él-. Volveré a hacer un pedido dentro de una semana.
    – De acuerdo.
    – Vas a quedarte a la reunión, ¿verdad?
    – Yo… eh… claro -dijo. Porque la alternativa era irse a casa y evitar a sus amigos, que actualmente sentían pena por ella.
    Hawk envió a varios de los chicos a buscar las cajas de dulces al coche. Raoul volvió con ellos y la saludó agradablemente. En cuestión de minutos, todo el mundo estaba sentado en sillas plegables. Nicole se vio junto a Hawk, lo cual la hizo muy feliz. Él era exactamente la distracción que necesitaba.
    Con un mando a distancia, Hawk apagó las luces; en la gran pantalla que había en la pared apareció una imagen del juego. A partir de aquel momento, él diseccionó cada segundo del partido, haciendo alabanzas cuando eran merecidas y críticas constructivas cuando eran necesarias. Explicaba las cosas con sencillez. Incluso Nicole podía seguir lo que estaba diciendo… al menos durante los primeros diez minutos, más o menos. Entonces sintió una mano que le rozaba ligeramente el brazo.
    Aquel contacto inesperado la sobresaltó, pero consiguió no caerse del asiento. Miró hacia abajo disimuladamente y vio que él le estaba pasando los dedos por el interior de la muñeca. Lentamente, con delicadeza, sin mirarla.
    En teoría, no había nada sexual en aquel contacto. No debería tener ninguna importancia. Sin embargo, el calor de la piel de Hawk, su forma de rozarle la muñeca con el pulgar, tenían algo que le daba ganas de retorcerse. Tuvo que controlar la respiración. Después de diez minutos, tuvo que convencerse de que lanzarse a los brazos de Hawk era completamente inapropiado.
    A mitad de la proyección hicieron un descanso. Los chicos devoraron las magdalenas y los brownies, consumiendo todo lo que había llevado Nicole en cuestión de segundos. Hawk se apoyó en el respaldo de su silla.
    – ¿Te está gustando el partido?
    Su voz tenía un tono de despreocupación, pensó Nicole, muy molesta. Con las luces encendidas, había dejado de acariciarla, y se estaba comportando como si no hubiera ocurrido nada. Ella, por el contrario, se sentía blanda e inflamada por dentro, y tenía un ansia desesperada por algo más que un ligero contacto en la muñeca.
    – Estoy aprendiendo mucho -dijo, decidida a no dejarle ver cuánto la trastornaba-. Nunca me había interesado mucho por los deportes. Es más complicado de lo que pensaba.
    – Como la mayoría de las cosas. ¿Quieres ir a comer algo después de la reunión, o volver a tu casa?
    – Tú estás muy cómodo persiguiendo tu objetivo, ¿verdad? -le preguntó ella, en voz baja.
    – Sé lo que quiero.
    – Hawk, yo… tengo que irme.
    Él la miró fijamente.
    – ¿Cuánto tiempo más vas a huir de mí?
    – No lo sé.
    – Admitir que tienes un problema es el primer paso para resolverlo.
    – Qué perseverante eres.
    Nicole se puso en pie y tomó su bolso. Entonces él la tomó de la mano y la atrajo hacia sí.
    – Por lo menos, admite que te sientes tentada -murmuró.
    – Más de lo que piensas.

    – ¿Dígame?
    El teléfono había comenzado a sonar cuando Nicole llegó al trabajo el lunes por la tarde, y estaba deseando pasar un rato de tranquilidad.
    – ¿Nicole? Soy Martin Bashear.
    Su abogado.
    – Hola, Martin. ¿Cómo estás?
    – Bien. Hay un asunto del que quiero hablar contigo.
    – ¿Me va a gustar?
    – Seguramente no.
    Ella se preparó mentalmente.
    – Está bien. ¿De qué se trata?
    – Estamos en una encrucijada con el asunto de Jesse. Tenemos que solicitar la acción judicial o dejarlo.
    – Ya sabes lo que quiero.
    – Sí, pero como abogado tuyo, debo aconsejarte. Y voy a aconsejarte que retires la acusación.
    Ella apretó con fuerza el auricular.
    – Robó la receta familiar. Una receta famosa en el mundo entero. Hizo tartas de chocolate Keyes y las vendió por Internet. No puedo permitir que se salga con la suya en eso.
    – Estoy de acuerdo en que su comportamiento es censurable.
    – Quiero que reciba un castigo.
    – Y tienes razón. Pero, Nicole, debes tener en cuenta las consecuencias. Será un proceso largo y agotador. Los dramas familiares nunca van bien en un tribunal. Jesse podría conseguir el voto de comprensión del jurado. Podemos hacer todo lo posible por retratarla como la mala de la película, pero no siempre funciona. Se quedó sin padres cuando era muy pequeña…
    – Y yo también -dijo Nicole.
    – Sí, pero tú eres la hermana mayor. La gente puede culparte por su comportamiento.
    – Eso no es nuevo.
    – Y pueden salir otros asuntos a la luz.
    Traducción: la defensa podía sacar a colación que Jesse se había acostado con Drew. Aunque eso debería ayudarla a ella, en realidad podría hacer que algunos miembros del jurado pensaran que aquel caso se trataba de una venganza.
    – También está la cuestión de su embarazo. Eso no debería tener nada que ver, pero para cuando se celebre el juicio, estará a punto de dar a luz. Eso sería otro punto a su favor.
    Nicole estaba segura de que Martin seguía hablando, pero no podía oír nada. El pitido de sus oídos se lo impedía.
    – ¿Has dicho embarazada? -preguntó con un hilo de voz.
    Hubo una pausa.
    – Lo siento -se disculpó Martin-. Creía que lo sabrías.
    Nicole se puso en pie. Por una vez, no necesitó el bastón.
    – ¿De cuánto está?
    – No lo sé con exactitud. De unos cuatro meses. Quizá un poco más.
    Nicole soltó un juramento. Jesse estaba embarazada de Drew.
    Notó que le ardían las mejillas. ¿Era de humillación, o de rabia? Embarazada. Ni siquiera debería sorprenderse.
    Tenía ganas de vomitar, y la habitación daba vueltas a su alrededor.
    – Tengo que colgar -murmuró.
    – Nicole, lo siento. ¿Puedo hacer algo por ti?
    – Retira los cargos.
    – ¿Estás segura?
    – Sí. Tienes razón. Esto es una batalla perdida.
    Colgó sin despedirse. Luego cerró los ojos y el dolor se apoderó de ella.
    Aquella traición era insoportable, pensó Nicole, mientras intentaba respirar a través del dolor que sentía en el pecho. Demasiada pérdida. Ella se lo había dado todo a su hermana pequeña, la había querido, había soñado por ella, había querido sólo lo mejor para ella. Y ésa era su recompensa.
    Un bebé. Jesse iba a tener un bebé.
    Nicole se tocó el vientre plano, vacío, y se hundió en el sofá. No era exactamente que hubiera querido tener un hijo con Drew, pero una familia…, siempre había querido tener una familia. Y alguien a quien querer, que la quisiera también.
    Sin embargo, lo que había conseguido era una puñalada por la espalda.

    Después de llamar a la puerta, Nicole esperó con impaciencia en el porche delantero de la casa de Wyatt. A los pocos segundos, Claire abrió.
    – ¿Lo sabías? -le preguntó Nicole.
    Claire frunció el ceño.
    – ¿Qué?
    – Que Jesse está embarazada.
    Claire palideció.
    – Oh, Dios mío. ¿Estás segura?
    – Sí. Me lo ha dicho mi abogado.
    Claire se hizo a un lado para dejarla pasar.
    – No puedo creerlo. Embarazada. ¿El niño es de…?
    Nicole entró en el salón con ganas de golpear algo con el bastón.
    – ¿De Drew? Creo que sí. Supongo que también podría ser de su novio, o de cualquiera con el que se estuviera acostando, pero con la suerte que tengo, seguro que es de Drew. Sé cuándo los sorprendí juntos, pero no sé cuánto tiempo llevaban acostándose.
    En su casa. Engañándola. Mintiendo. Fingiendo que la querían, cuando se escondían y se reían de ella.
    Tragó saliva y se juró que no iba a llorar. Aquélla era su nueva regla. Nada de lágrimas malgastadas por gente que no valía la pena.
    – No sé qué decir -admitió Claire-. Es horrible. ¿Has hablado con ella?
    – No. No tengo nada que decir. Lo negará todo. Es lo que mejor se le da.
    – Pero quizá…
    Nicole la interrumpió con una mirada.
    – Este no es un buen momento para intentar contemporizar -dijo, y se sentó en el sofá-. No lo entiendo. ¿Qué es lo que fue mal? ¿Por qué me ha hecho esto?
    – No creo que sea por ti. Creo que ocurrió, simplemente.
    Nicole puso los ojos en blanco.
    – ¿Ella te ha dicho eso? ¿Y tú te lo has creído?
    – No puedes saber con seguridad si quería hacerte daño.
    – Quizá no, pero tengo una idea aproximada. Estaba enfadada conmigo, y odiaba que su mitad de la pastelería esté en fideicomiso hasta que cumpla veinticinco años. Me estaba presionando para que se la comprara, para poder irse a hacer Dios sabe qué.
    Claire se sentó a su lado y le acarició la mano.
    – Sé que Jesse ha sido difícil y que tú has hecho todo lo que has podido. Se ha metido en muchos líos, pero… ¿hacer algo así? ¿Y qué pasa con Matt? ¿Es que Jesse no lo quería?
    Nicole ya no lo sabía. Jesse cambiaba de hombre con tanta facilidad como las demás mujeres cambiaban de zapatos. Sin embargo, Matt era diferente, o eso había creído ella. Jesse llevaba varios meses saliendo con él, y parecía que lo quería de verdad.
    – Quizá también lo estaba engañando a él -dijo lentamente-. Me juró que lo quería, que él era el definitivo. Todo era como un juego para ella.
    – Lo siento -dijo Claire, y la abrazó-. Lo siento mucho.
    Aquella comprensión estaba muy cerca de la lástima, para el gusto de Nicole. Aceptó el abrazo, se recordó que no iba a llorar nunca más y se puso en pie.
    – Tengo que irme.
    – No. No deberías estar sola.
    – Estoy bien, Claire. Saber que estás aquí me ayuda.
    – ¿Estás segura?
    Nicole asintió.
    – Te llamaré si necesito algo más.
    Caminó hacia su coche y se sentó al volante. Después de arrancar el motor, se quedó mirando por el parabrisas. ¿Adónde iba a ir? ¿Qué se suponía que debía hacer? Su hermana estaba embarazada del que pronto sería su ex marido. Se vio a sí misma como un personaje de telenovela.
    Era poco probable que Jesse se guardara aquella información, lo cual quería decir que muy pronto todo el mundo iba a saberlo. Eso sí que era humillante.
    Metió la mano en el bolso para sacar un pañuelo de papel y se encontró con una tarjeta. La sacó y la miró. Entonces tomó su teléfono móvil y marcó un número.
    Cuando respondieron, ella pidió la extensión que figuraba en la tarjeta.
    – Hawkins.
    – Hola, soy Nicole -dijo ella, intentando que no le temblara la voz. Aquélla no era una buena idea, pero era la única que se le ocurría.
    – Qué sorpresa.
    – ¿Buena o mala?
    – Me gustan las sorpresas.
    La voz de Hawk era juguetona. Aquello le dio fuerzas a Nicole.
    – ¿Tienes un segundo para hablar?
    – Claro. ¿Es una conversación corriente o debería cerrar la puerta?
    – Quizá prefieras cerrarla.
    Hubo un momento de silencio, seguido de una risa suave.
    – De acuerdo. Nunca me habría imaginado que te iba lo del sexo por teléfono. Admito que yo nunca lo he hecho, pero aprendo rápidamente.
    Ella agarró con tanta fuerza el teléfono móvil, que le dolieron los dedos.
    – Tengo que hacerte una pregunta. ¿Lo que me has insinuado es cierto? Me refiero a lo de que quieres acostarte conmigo. ¿O es todo un juego?
    – Nicole, ¿qué ocurre?
    – Sólo responde la pregunta.
    – Por supuesto que estoy interesado.
    Gracias a Dios. Ella inspiró profundamente.
    – Entonces te propongo un trato: seré tu gatita. Estaré disponible cuando quieras.
    – Esa es una gran oferta.
    – Pero tiene una contrapartida.
    – Casi no me importa, lo que sea.
    Había llegado la parte difícil.
    – Quiero que te comportes como si fueras mi novio, como si estuvieras totalmente enamorado. Quiero que nos vean en público a menudo. Serás fiel y no coquetearás con ninguna otra mujer. Yo alardearé de ti ante todos mis amigos, y dentro de pocas semanas, te dejaré plantado, también públicamente.
    – ¿Por qué?
    – Tengo que demostrar algo.
    – ¿Tiene algo que ver con tu ex marido?
    – Un poco.
    – ¿Sigues enamorada de él?
    – No.
    – ¿Estás segura?
    – Sí. Me ha engañado y estoy enfadada, pero no estoy sufriendo por él. Quiere que volvamos. Yo no. Lo que ocurre es que estoy cansada de cómo se comporta todo el mundo. La lástima es lo peor. Las miradas. Quiero demostrarles a todos que estoy perfectamente.
    Era lo más parecido a la verdad que podía decir sin echarse a llorar.
    – Yo no tengo relaciones serias -le advirtió él-. Soy fiel, pero no tengo relaciones duraderas.
    – Yo tampoco.
    Un momento, ¿eso significaba que él estaba diciendo que sí?
    – Tendré que decirle a Brittany que no vamos en serio. No quiero que se preocupe.
    – Con tal de que no le cuentes los detalles del trato, me parece bien.
    – No hay problema. Yo no hablo de mi vida sexual con mi hija, y no quiero que sepa que he tenido que hacer un trato para poder acostarme contigo.
    A ella se le aceleró el corazón.
    – Entonces ¿aceptas?
    – Sí. ¿Cuándo te vas a convertir en…? Espera, ¿cómo lo has llamado? En mi «gatita».
    El alivio tenía un sabor dulce.
    – Cuando quieras.
    – Puedo estar en tu casa dentro veinte minutos.
    – Te estaré esperando.
    – ¿Puedes esperarme desnuda?
    – Si es importante para ti…
    – Sí, muy importante.

Seis

    Nicole volvió a casa apresuradamente y subió a su habitación. Desnuda. Hawk había dicho bien claro que quería que lo esperara desnuda. Sabía que no podía recibirlo en el piso de abajo sin llevar nada, pero sacó del armario un vestido de tirantes y se lo puso sin el sujetador, sólo con las braguitas. Después de mirarse al espejo para asegurarse de que estaba bien, comenzó a bajar las escaleras. Justo en aquel momento, sonó el timbre de la puerta.
    Hasta aquel momento no había tenido tiempo de sentir pánico. Todo había sido muy rápido. Mientras caminaba hacia la puerta, el terror la atenazó. ¿Qué demonios estaba haciendo? ¿Iba a acostarse con un hombre al que apenas conocía? Nunca había hecho nada semejante.
    Abrió la puerta. Hawk estaba en el porche, un metro ochenta y cinco centímetros de hombre despampanante. Tenía una expresión peligrosa, atractiva, y un aire de expectación contenida que estuvo a punto de conseguir que se desmayara.
    – Hola -dijo él, y sonrió-. He tenido que hacer una parada técnica.
    Le mostró una bolsita de una farmacia cercana.
    Ella la miró con asombro.
    – ¿Has parado a hacer un recado de camino hacia aquí?
    – No haces esto muy a menudo, ¿verdad?
    – ¿El qué?
    – Lo de la gatita.
    Nicole se ruborizó.
    – No. ¿Por qué?
    – No he ido a hacer ningún recado. He comprado preservativos.
    Ella tragó saliva.
    – Eh…, buena idea.
    Después se apartó para que él pudiera entrar, y Hawk pasó al salón.
    – ¿Dudas?
    – Y una necesidad acuciante de vomitar.
    – ¿Quieres que hablemos de ello?
    ¿Le quedaba otro remedio? Cerró los ojos con fuerza, y después lo miró.
    – No tengo demasiada experiencia. Antes de casarme no tuve muchas aventuras -ninguna. La palabra era ninguna-. No sé si voy a estar a la altura.
    Hawk se acercó a ella.
    – ¿Y eso es todo?
    – ¿No te parece suficiente?
    Él dejó la bolsa sobre la mesa de centro y le tomó la cara con ambas manos.
    – Yo estuve casado doce años. Serena es la única mujer con la que había estado. Desde entonces sólo ha habido un par.
    – ¿De cientos?
    Él se rió.
    – Menos de diez.
    – Eso no es posible.
    Hawk se inclinó y la besó ligeramente.
    – Tengo muchas ofertas, pero soy quisquilloso. Conozco mi reputación, pero la mayor parte de las cosas que se dicen son habladurías. Admito que tú eres la primera mujer con la que he tenido que negociar, eso sí.
    ¿Le estaba diciendo la verdad? Eso esperaba Nicole. Hacía que se sintiera mucho mejor, pero…
    – No te hagas ilusiones. Tengo demasiada presión en estos momentos. Esto no va a ser milagroso ni nada por el estilo.
    – Claro que sí.
    La abrazó y la estrechó contra sí. Nicole se aferró a él mientras se besaban. La boca de Hawk era cálida y firme, aunque no exigente. Ella separó los labios rápidamente, y lo acogió.
    Los cosquilleos comenzaron en cuanto sus lenguas se tocaron. La recorrieron de pies a cabeza y la hicieron temblar. Nicole se sintió a la vez débil y poderosa. Y lo que era más excitante todavía, se dio cuenta de que deseaba aquello más de lo que habría creído posible.
    Se apretaron el uno contra el otro, de hombro a muslo. Estaban tan cerca que ella notó el momento exacto en el que él se endureció. Su erección la presionaba en el vientre, hacía que deseara frotarse contra él. Nicole dibujó círculos con la lengua, contra la de Hawk, y después cerró los labios a su alrededor y succionó. Su pene se flexionó contra ella.
    Fue como si alguien hubiera apretado un interruptor. Quizá fuera el hecho de saber que aquel hombre la deseaba. Quizá fuera la montaña rusa emocional en la que había estado durante los últimos dos meses. Quizá fuera la química. Fuera cual fuera el motivo, se dio cuenta de que ardía de necesidad, de impaciencia. La pasión se apoderó de ella, le cortó la respiración y la hizo atrevida.
    Cuando él se echó ligeramente hacia atrás y comenzó a besarle las mejillas y la mandíbula, Nicole tiró de su camiseta y se la sacó de la cintura de los pantalones. Deslizó las manos por debajo y sintió la piel caliente y los músculos de sus costados.
    Él le lamió el cuello y Nicole se estremeció. Ella exploró su pecho y le pasó las yemas de los dedos por las tetillas, y él se puso rígido.
    El ambiente estaba cargado de tensión sexual. Se besaron, se acariciaron. Él le pasó las manos por la espalda y bajó hasta sus nalgas, y las apretó. Ella le agarró la camiseta con ambas manos.
    – Quítate esto -ordenó.
    Él obedeció con un rápido tirón, y se quedó desnudo de cintura para arriba.
    Era más perfecto de lo que había imaginado. Puro músculo, esculpido de una manera que Nicole no había visto nunca fuera de una revista.
    – Eres asombroso.
    – Y ahora, ¿quién está buscando un milagro?
    Ella sonrió. Lo miró y percibió la necesidad de sus ojos. Era deseo sexual… por ella. Posiblemente, la mejor cualidad de aquel hombre.
    Hawk agarró con suavidad el tirante de su vestido y se lo bajó por el hombro, y después se inclinó y le besó el hombro. Le mordisqueó la piel, y Nicole notó que todo su cuerpo se tensaba. Cuando él encontró la cremallera del costado del vestido, la bajó sin esfuerzo, y ella supo que no había vuelta atrás. ¿Y por qué iba a querer volverse atrás? Tener relaciones sexuales con Hawk iba a ser una experiencia asombrosa.
    Él le quitó el vestido, y ella se quedó desnuda, salvo por las braguitas. Antes de que tuviera tiempo de sentirse azorada, él le tomó ambos pechos con las manos y la besó.
    Mientras se estrechaban el uno contra el otro, mientras él exploraba sus curvas y jugueteaba con sus pezones, la estaba empujando suavemente hacia atrás. Nicole notó el sofá y, siguiendo la silenciosa indicación de Hawk, se dejó caer en él.
    Él se puso de rodillas y atrapó su pezón derecho entre los labios. Con los dedos le acarició el izquierdo, frotándolo, dibujando círculos. Con la lengua rozó, succionó y lamió, y durante todo el tiempo, le provocaba sensaciones de deseo líquido por todo el cuerpo.
    Ella no era capaz de pensar en nada, y eso sí era un milagro. Cerró los ojos y se abandonó al placer que él le estaba proporcionando. Hawk se irguió lo suficiente como para besarla en la boca y mientras le quitó las braguitas y la dejó completamente desnuda. Qué hombre tan inteligente.
    Pasó los dedos por sus muslos y después se echó hacia atrás ligeramente.
    – ¿Te duele?
    ¿Dolerle? Estaba húmeda, inflamada, temblorosa y preparada para los fuegos artificiales. ¿Qué podía dolerle?
    – La rodilla -aclaró él.
    – Está perfectamente. Ni siquiera me acordaba de que la tenía.
    Él sonrió.
    – Bien. Entonces hacer esto no será ningún problema.
    Se inclinó hacia abajo y le besó la rodilla.
    – Eso es estupendo.
    – ¿Y esto? -preguntó él, subiendo un poco.
    – También estupendo.
    Él siguió subiendo, más y más, hacia el centro de su cuerpo, pero sin tocarlo.
    – ¿Mejor?
    Ella cerró los ojos y apoyó la cabeza en los cojines.
    – Sí.
    Él la separó con los dedos y le dio un beso con la boca abierta, en el punto más sensible de su cuerpo.
    – Perfecto -susurró Nicole.
    Con los labios y la lengua, la exploró y volvió a aquel lugar especial. Lamió y succionó, y con cada movimiento, hizo que se sintiera más y más tensa. Ella se retorció en el asiento, buscando más. Deseando llegar al clímax. Quizá hubiera empezado con aquello para proteger su orgullo, pero de repente, lo único que tenía importancia era cómo ardía su cuerpo, y la necesidad que se estaba acumulando en su interior.
    Él comenzó a moverse un poco más deprisa. A Nicole le costaba respirar, y todas las células de su cuerpo se centraron en aquel lugar y en lo que él estaba haciendo. Una y otra vez, él lamió, apretó con un poco más de fuerza. Ella quería gritar, quería suplicar, quería…
    El orgasmo la tomó por sorpresa. Se hizo añicos al sentir un placer perfecto, mientras las oleadas de gozo la invadían. Se abandonó a las sensaciones, gimiendo al tiempo que su cuerpo se contraía una y otra vez.
    Hawk continuó acariciándola, pero con menos presión cada vez. Obtuvo hasta el último ápice de placer para ella, hasta que se quedó lánguida.
    Nicole podría haber seguido así durante horas, con los ojos cerrados, reviviendo el orgasmo más asombroso que había tenido nunca, pero una maldición entre dientes de Hawk captó su atención. Abrió los ojos y lo vio quitándose los pantalones a toda prisa, liberándose de las zapatillas. Sus movimientos eran frenéticos, casi desesperados. Él vio que ella lo estaba mirando.
    – ¿En qué estabas pensando para tener semejante orgasmo? ¿Cómo voy a contenerme si gimes así, crees que ahora voy a durar más de cinco segundos? Casi pierdo el control con los pantalones puestos. No soy un adolescente. Se supone que sé dominarme.
    Era uno de aquellos momentos perfectos de la vida. Él la deseaba. Desesperadamente. Nicole lo veía en su rostro y en sus movimientos tirantes.
    Hawk se quitó el resto de la ropa y se quedó allí de pie, desnudo, abriendo la caja de preservativos. Continuó murmurando, pero ella no le prestó atención. Estaba demasiado ocupada mirando su enorme erección, y preguntándose si iba a hacerla gemir de nuevo o iba a hacerla gritar.
    Él se colocó la protección y se arrodilló en el suelo.
    – No puedo esperar mucho más -dijo.
    – No pasa nada -respondió Nicole, y lo guió hacia el interior de su cuerpo.
    Él la llenó por completo. Ella tuvo que adaptarse a su cuerpo, y estaba más que dispuesta a hacerlo. Hawk empujó una vez, y emitió un gruñido.
    – Tengo que hacerlo ya. Iré más lentamente la próxima vez.
    Ella sonrió.
    – Adelante.
    Entonces, él la agarró por las caderas y embistió. Nicole cerró los ojos y disfrutó de sus movimientos, del ritmo constante y de cómo él entraba y salía de ella. Su cuerpo comenzó a tensarse de nuevo. Separó más las piernas para atraparlo.
    Él colocó una mano entre los dos y la acarició. Fue suficiente para enviarla de nuevo a lo más alto, sin previo aviso, súbitamente.
    Ella se abandonó a su segundo orgasmo, contrayéndose alrededor del cuerpo de Hawk, y él gruñó de nuevo y se quedó inmóvil.
    Se quedaron quietos sobre el sofá. Él apoyó la cabeza en su hombro. Ella se sentía muy bien. Mejor que bien, se sentía como si pudiera volar.
    – Nunca había tenido una gatita -dijo Hawk-. Me gusta mucho.
    – A mí también.
    Él se inclinó hacia delante y la besó.
    – Ojalá pudiera quedarme aquí contigo, pero tengo que volver al instituto.
    – No pasa nada. Puedo revivir este momento… durante toda la tarde.
    – Yo haré lo mismo. ¿Cuándo quieres que comencemos a salir en público?
    Ella no lo había pensado.
    – ¿Este fin de semana?
    – Trato hecho.
    Hawk la besó de nuevo, y comenzaron a desenredarse el uno del otro. Ella lo miró mientras se vestía, pensando en lo gozoso que era admirar la perfección masculina.
    Después de que se marchara, Nicole subió al piso de arriba, se duchó y se vistió. Pese a todo lo que había ocurrido, se sentía mucho mejor con respecto a todo. Incluso curada. Una sensación a la que pensaba aferrarse.

    – Me sentía muy bien hasta este momento -murmuró Nicole.
    Claire y ella estaban frente a un edificio de apartamentos con aspecto de estar abandonado.
    – Tienes que hablar con ella -dijo Claire.
    Nicole suspiró.
    – Lo de que seas la voz de la razón se está haciendo pesado. Sólo para que quede claro.
    – Lo sé, y lo siento. Pero es tu hermana.
    Y también era una bruja mentirosa, pero Nicole no lo mencionó. Ya tenía bastante con estar allí. No quería enfadarse con Claire, además.
    Subieron las escaleras hasta el apartamento del tercero. Nicole esperaba que Jesse hubiera salido, pero su hermana abrió la puerta cuando Claire llamó.
    Si se sorprendió al verlas, no lo demostró.
    – ¿Podemos pasar? -preguntó Claire.
    Jesse se encogió de hombros y después se hizo a un lado. Nicole siguió a Claire al interior del estudio, un sitio pequeño y oscuro. Jesse cerró la puerta y se volvió hacia ellas con los brazos cruzados.
    – ¿Para qué habéis venido?
    Al oír aquella pregunta malhumorada, Nicole tuvo ganas de marcharse. Sin embargo, dijo:
    – Voy a retirar los cargos contra ti. No porque quiera, sino porque mi abogado no está convencido de que todo salga bien en el juicio. Ya he gastado suficiente dinero, y no quiero seguir haciéndolo.
    Jesse la miró con desconcierto.
    – No lo entiendo.
    – Estás embarazada -dijo Nicole con frialdad-. Eso podría granjearte el favor del jurado.
    Jesse dio un paso atrás.
    – ¿Cómo lo sabes?
    – Mi abogado lo mencionó.
    – Pero yo se lo conté en secreto. Me prometió que no diría nada. ¿Qué pasa con el derecho del cliente a la confidencialidad?
    Nicole miró hacia arriba con resignación.
    – Yo soy su cliente, yo le pago. ¿Por qué pensabas que iba a hacer lo que le pedías?
    En aquel momento, Jesse parecía muy joven y muy insegura de sí misma.
    – No me había dado cuenta.
    Claire intervino.
    – Jesse, espero que agradezcas la oportunidad que te está dando Nicole. Y no tendrás que preocuparte por ir a juicio.
    – ¿Por tomar lo que es mío? -preguntó Jesse, una vez superado el momento de debilidad.
    – Ya estamos otra vez -musitó Nicole.
    – Nuestro padre me dejó la mitad de la pastelería a mí -dijo Jesse airadamente.
    – En fideicomiso hasta que tengas veinticinco años -le recordó Nicole.
    – Tú podrías comprarme la mitad, es lo único que quiero. Yo no robé la receta de la tarta. No puedo robar lo que es medio mío.
    Nicole estaba cada vez más enfadada.
    – Te pusiste a vender tartas a mis espaldas, en una página de Internet que es prácticamente igual que la de la pastelería. ¿Cómo lo llamarías tú?
    – Hacer algo que tenía derecho a hacer.
    – ¿Y Drew? ¿También lo compartíamos a él?
    Jesse se dio la vuelta.
    – No quiero hablar de eso.
    – A mí no me importa lo que tú quieras.
    – No me acosté con él -susurró Jesse.
    – Lo vi en tu cama. Tú estabas desnuda y él te estaba besando. ¿Cómo lo llamarías tú?
    – No seas así. ¿Por qué no puedes entenderlo?
    Nicole se encolerizó.
    – Oh, ¿así que todo es culpa mía? ¿Después de todo lo que he hecho por ti?
    Claire se puso entre ellas.
    – Basta.
    – No me cree -lloriqueó Jesse.
    – Es una mentirosa -dijo Nicole.
    – Yo no miento.
    – Pero omites cosas. La omisión es igual que una mentira.
    – Basta -repitió Claire, mirándolas con severidad-. Tenemos que resolver esto.
    – No, no es verdad -respondió Nicole-. Hay cosas que no pueden perdonarse.
    Jesse se volvió hacia ellas.
    – Exacto. Nicole quiere que yo reciba mi castigo.
    – Al menos lo entiendes -dijo Nicole.
    – ¿Sabes lo más divertido de todo esto? Que no estoy embarazada de Drew. Estoy embarazada de Matt.
    A Nicole no le sorprendió que Jesse dijera eso.
    – ¿Y por qué estás tan segura? Te estabas acostando con los dos.
    Su hermana se ruborizó.
    – Eso es lo que tú crees, porque siempre piensas mal de mí. Yo no me acosté con Drew, ¿te quieres enterar?
    Claire estaba decepcionada.
    – Jesse, sólo podemos conseguir que esto funcione si partimos de la honestidad.
    – He sido sincera -dijo Jesse, enjugándose las lágrimas-. ¿Por qué no me creéis?
    – Me he cansado de esto -dijo Nicole-. Vámonos.
    – ¡No! -dijo Jesse, y se puso ante la puerta-. Tenéis que creerme, el niño es de Matt. Tenéis que creerme.
    Claire negó con la cabeza.
    – Lo siento, Jesse. Te acostaste con Drew. Todos sabemos lo que ocurrió. ¿Por qué no podemos comenzar desde ahí?
    Jesse se irguió.
    – Muy bien -dijo con los ojos llenos de lágrimas-. Si eso es lo que queréis oír, vamos a hablar de ello. Llevaba días acostándome con él, estábamos locos el uno por el otro. ¿Es eso lo que queréis escuchar? Le di todo lo que tú no podías darle. ¿Mejor ahora?
    Nicole se puso una mano debajo de las costillas. Se le había revuelto el estómago.
    – Tengo que irme.
    Apartó a Jesse de la puerta y salió del apartamento. Claire la siguió.
    – Lo siento -dijo su hermana melliza-. Pensé que podríamos hacerla entrar en razón.
    – Es inútil -murmuró Nicole, preguntándose si iba a vomitar en aquel momento o en casa.

    Jesse cerró de un portazo cuando sus hermanas salieron, pero eso no hizo que se sintiera mejor. Se sentó en el sofá y se acurrucó sobre la superficie maloliente y dura. Ojalá pudiera volver atrás. Tan sólo cinco minutos. Quizá si pudiera explicárselo bien, en cierto modo todo tendría sentido.
    No era cierto, pensó, llorando e intentando no sentirse tan sola. Nada era cierto. Sin embargo, a ellas no les importaba. Preferían pensar lo peor de ella.
    En el fondo, sabía que era culpa suya. Nicole siempre estaba diciendo que ella era una inútil, y probablemente tuviera razón. No quería meterse en líos, pero parecía que no podía evitarlo. Sin embargo, aquello… Ella no se merecía aquello.
    Sí tenía la culpa de haberse hecho amiga de Drew, y quizá de haber juzgado mal la situación, pero nada más. Algunas veces, Nicole era muy difícil. Drew y ella solían charlar. Nada más. Ella no tenía ningún interés en Drew, y aunque hubiera estado enamorada de él, no habría hecho nada, porque era el marido de Nicole.
    Cerró los ojos con fuerza, pero no podía quitarse de la cabeza los recuerdos de la última noche que había pasado en casa de Nicole, que también era la suya. Ella estaba disgustada con Matt; era tarde, y estaba en su habitación. Drew había entrado y ella había agradecido tener alguien con quien hablar.
    Le había explicado sus miedos y sus esperanzas, y que sabía que, en el fondo. Matt era el único hombre a quien ella querría para siempre. Drew la había abrazado.
    Ella suponía que quería consolarla, lo cual estaba bien, aunque le resultara un poco embarazoso. Había aceptado su muestra de consuelo, pero luego él la había besado.
    Se había quedado tan asombrada que no supo qué hacer. Él la besó y comenzó a decir que la monogamia no iba con su forma de ser, que ella siempre estaba coqueteando con los hombres, incluyéndolo a él, y después la había halagado, diciendo que era muy guapa, y mucho más agradable que Nicole. Que podía conseguir a alguien mucho mejor que Matt.
    Había estado a punto de responder mecánicamente y decirle que era cierto, que ella no era de un solo hombre. Que nunca lo había sido. Era como si se estuviera observando a sí misma desde fuera. Entonces él le había quitado la camiseta y le había acariciado los pechos. Y algo, dentro de ella, se había roto de un chasquido.
    Intentó detenerlo. Había sido silenciosa, porque no quería que Nicole los oyera; sabía instintivamente que su hermana creería que ella había empezado aquello. Y en ese momento, Nicole había entrado en la habitación.
    Drew se había levantado de la cama de un salto y había comenzado a decir que ella se había echado a sus brazos. Que todo había sido idea suya. Nicole la había mirado con tanto odio que se había sentido marcada.
    Sabía que nada de lo que dijera cambiaría las cosas.
    Se tocó el vientre con una mano. Estaba embarazada de Matt, y nadie la creía. Quienes menos la creían eran las dos personas a las que más quería en el mundo: Nicole le había dado la espalda, y Matt había hecho lo mismo.

Siete

    Nicole volvió a casa intentando deshacerse del nudo que tenía en el estómago. Estaba rabiosa contra Jesse, pero a pesar de todo, la echaba de menos. Aquella situación era muy injusta.
    Al entrar en su garaje, vio un coche desconocido aparcado delante de la casa. Brittany salió de él y la saludó con la mano.
    – Tengo que pedirte un gran favor -dijo la adolescente mientras se acercaba-. Es el cumpleaños de Raoul, va a cumplir dieciocho años y quiero hacerle una comida especial, pero no estoy segura de si sabré hacerlo todo. ¿Te importaría que cocinara aquí para que tú pudieras ayudarme? Después se lo llevaré.
    Nicole no sabía qué decir. Aunque Brittany parecía una chica agradable, no la conocía; tan sólo habían hablado unas cuantas veces. Entonces ¿por qué…?
    Era evidente que Hawk le había contado a su hija que iban a salir juntos.
    – Estoy encantada de ayudarte -dijo Nicole-. Pero ¿tu padre no sabe cocinar?
    – Sí, pero esto es diferente. Es para un chico -dijo Brittany, y arrugó la nariz-. Entiende que salga con chicos, pero no creo que le guste.
    – Típico de un padre -murmuró Nicole, aunque recordó que el suyo nunca había tenido ningún interés en su vida. Habría sido agradable que alguien la hubiera apoyado.
    – Lo sé. Pero me quiere -dijo Brittany, sonriendo, como si estuviera muy segura de ello. ¿Y por qué no iba a estarlo?-. Entonces ¿te parece bien ayudarme con la cena? Sé que tienes una cita con mi padre esta noche, pero no te retrasaré.
    – Claro. Pasa.
    Después de su conversación con Jesse, le iría bien la distracción.
    Brittany corrió al coche a buscar las cosas y volvió con un par de bolsas del supermercado.
    – Quería hacer algo especial, ¿sabes? Raoul lleva mucho tiempo viviendo en casas de acogida, desde que metieron a su hermano en la cárcel. Aunque tampoco es que su vida en familia fuera estupenda antes. Se ha cambiado mucho de casa. No sé si alguien se acuerda de que es su cumpleaños.
    Brittany sacaba las cosas de las bolsas mientras hablaba. Nicole miró la comida.
    Había carne, fideos chinos, zanahorias, una bolsita de preparado para salsa Stroganoff, crema agria y masa preparada para hacer galletas, que sólo había que calentar en el horno.
    – Parece bastante fácil -dijo Nicole.
    – Bien. He traído cazuelas y una de esas bolsas aislantes para trasladarlo todo a casa de Raoul.
    Nicole lo organizó todo, encendió el horno para precalentarlo y le entregó a Brittany un cuchillo afilado y una tabla.
    – Corto y limpio la carne, ¿verdad?
    – Sí. Intenta que los trozos sean de igual tamaño para que se cocinen a la vez.
    – De acuerdo.
    Brittany comenzó su tarea.
    – Gracias por ayudarme con esto. No sabía adonde ir. Las madres de mis amigas me ayudarían seguramente, pero me daba un poco de vergüenza pedírselo.
    Nicole no sabía por qué.
    – ¿Lleváis saliendo mucho tiempo?
    – Cinco meses. Raoul es estupendo. Es muy responsable, y me quiere mucho.
    Una combinación interesante. Nicole recordó el intento de robo de los donuts, pero después se dijo que había expiado sus pecados. Ella estaba muy contenta de tenerlo trabajando en el obrador.
    – ¿Sabes adonde te va a llevar mi padre? -preguntó Brittany.
    – No.
    – Estoy segura de que será un sitio muy bonito. A él le gusta llevar a sus novias a sitios agradables. Una buena cualidad en un novio.
    Nicole asintió, porque no sabía qué decir. En realidad, no pensaba en Hawk como en su novio.
    – Tiene muchas citas -añadió Brittany-. Es mejor que sepas que nunca va en serio. No quiero decir que sea nada malo. Estoy segura de que le gustas mucho y os lo pasaréis muy bien.
    Nicole tuvo la sensación de que la chica le estaba enviando un mensaje, pero no sabía muy bien cuál era. ¿Quería hacerle una advertencia, o ayudarla?
    En vez de meditar sobre aquella cuestión, sacó una olla grande.
    – Esto lo usaremos para cocer la pasta -dijo.

    Después de que Brittany se marchara, Nicole subió a su habitación a arreglarse para la cita con Hawk. Estaba más nerviosa de lo que había imaginado, aunque se recordaba una y otra vez que aquello no era una cita de verdad. Era para que él cumpliera su parte del trato, nada más.
    Abrió el armario y eligió un vestido de flores de manga corta y falda estrecha. Con unos pendientes largos y unas sandalias planas, estaría muy bien. Después se arregló el pelo, se maquilló y se vistió.
    Cuando bajaba las escaleras, se sintió nerviosa por ver a Hawk de nuevo. La última vez que él había estado en aquella casa, habían tenido una apasionada relación sexual. Apenas lo conocía, pero ya lo había visto desnudo. ¿No era raro?
    Alguien llamó a la puerta y, de inmediato, a Nicole se le encogió el estómago. Aquello era una mala idea. ¿En qué había estado pensando?
    Respiró profundamente y abrió.
    – Hola -saludó, intentando que no le chirriara la voz.
    – Hola.
    Hawk estaba impresionante. Llevaba pantalones de pinzas con una camisa de manga larga, corbata y una americana de sport. Parecía uno de esos comentaristas deportivos atractivos que salían en televisión. O un modelo de portada de revista.
    Al ver su sonrisa, Nicole se sintió más y más nerviosa, y también débil, y extrañamente excitada con sólo mirarlo. ¿Querría él meditar la idea de dejar la cena para otro día y llevársela al huerto?
    – He reservado una mesa -dijo Hawk-. En The Yarrow Bay Grill. ¿Has estado alguna vez allí?
    – No, pero he oído hablar del sitio -respondió Nicole. Había oído que tenía unas vistas increíbles, una carta de vinos excelente y una comida riquísima.
    – Normalmente, no hago reservas -refunfuñó él-. Ya puedes estar impresionada.
    Podía llevársela al huerto más tarde, pensó Nicole, y sonrió.
    – Estoy impresionada, temblando de emoción. No sé si podré llegar caminando al coche. Claro que tengo la rodilla rígida, y eso tal vez sea parte del problema.
    – Eres muy socarrona.
    – Has descolgado el teléfono, has hecho una llamada, ¿y quieres una medalla?
    – Así somos los hombres.
    – Eso parece.
    – Estás muy guapa.
    – Gracias. Tú también estás muy guapo.
    – Me he puesto la corbata especialmente para ti. Pensé que te gustaría.
    – Me gusta.
    Cuarenta minutos después, estaban sentados en una mesa con vistas al pequeño puerto deportivo de Yarrow Bay. El lago Washington brillaba bajo los rayos del sol.
    Hawk hojeó la carta de vinos y pidió uno. Cuando el camarero se alejó, se inclinó hacia delante.
    – Brittany me ha llamado de camino a casa de Raoul. Me dijo que la has ayudado a preparar la cena de cumpleaños. Gracias por hacerlo.
    – Ha sido divertido, pero me sorprendió que viniera a verme.
    – Yo la habría ayudado, pero ella sabía que se lo iba a poner difícil. Tomarles el pelo a las hijas es una prerrogativa de los padres.
    – El mío no hacía eso -dijo Nicole. Siempre había sido un hombre distante, más interesado en lo que había en la televisión que en las vidas de sus hijas-. Brittany es una niña encantadora. Te adora. Tenéis una relación muy especial.
    Él se encogió de hombros.
    – Nos llevamos bien. Quisiera llevarme todo el mérito, pero fue de Serena. Cuando ella murió, lo básico ya estaba hecho.
    Nicole no sabía qué hacer con aquella información. ¿Debía preguntarle más por Serena, o cambiar de tema? En realidad, no estaba segura de cuánto quería saber.
    – ¿Has vivido aquí toda la vida? -quiso saber él.
    Ella asintió.
    – Incluso durante la universidad. Fui a la Universidad de Washington, pero vivía en casa. Con la pastelería, no podía hacer otra cosa.
    – ¿Por qué?
    – Mi familia tiene la pastelería Keyes desde siempre. Yo crecí sabiendo que sería parte de esa tradición, que un día, me haría cargo de ella.
    – Tienes hermanas, ¿no?
    – Tengo dos hermanas. Claire es mi melliza. Quizá hayas oído hablar de ella.
    En aquel momento apareció el camarero con la botella de vino tinto. Después de abrirla, sirvió un poco en la copa para que Hawk lo probara. Hawk tomó un sorbito y asintió. El camarero les sirvió vino a los dos y se marchó.
    – ¿Y por qué iba a haber oído hablar de tu hermana? -preguntó Hawk.
    – ¿Te suena Claire Keyes?
    Él negó con la cabeza, pero se detuvo.
    – ¿Toca el piano?
    Nicole sonrió.
    – Es concertista. Una solista muy famosa. Ha tocado por todo el mundo y ha grabado discos supervenías. Cuando teníamos tres años, fuimos a casa de unos amigos de mis padres. Claire se acercó al piano y comenzó a tocar. Nunca habíamos visto un piano, así que todo el mundo se volvió loco. La vida cambió. Claire comenzó a tomar clases. Cuando teníamos seis años, mi abuela y ella se marcharon para que pudiera estudiar en Nueva York y en Europa. Jesse, mi hermana pequeña, nació aquel año. Cambiaron muchas cosas.
    – ¿Y se fue, sin más? Debías echarla mucho de menos.
    – Sí. Fue como si me hubieran cortado el brazo. Cuando tenía doce años, mi abuela decidió que el horario de Claire era demasiado duro para ella. Volvió a casa, y mi madre ocupó su lugar.
    Lo que Nicole no mencionó, lo que todavía la irritaba, era lo feliz que había sido su madre de poder irse. Estaba emocionada por tener la oportunidad de poder viajar, de ver el mundo, de vivir en hoteles de cinco estrellas y salir con los ricos y los famosos. Nunca, ni una sola vez, había dado a entender que echaría de menos lo que dejaba en Seattle, y a quienes dejaba en casa.
    – La pastelería era de mi padre, pero él nunca le tuvo mucho cariño -continuó Nicole-. Me tocó hacerme cargo de la casa, cuidar a Jesse… y comencé a trabajar en la pastelería. Cuando Claire y yo teníamos dieciséis años, mi madre murió en un accidente de tráfico. Y yo ocupé su lugar.
    Dejó de hablar. ¿Había contado demasiado?
    – ¿Estudiaste Empresariales en la universidad?
    – Sí. Para poder llevar la pastelería.
    – ¿Y qué habrías hecho si hubieras podido elegir?
    Nadie le había preguntado aquello antes.
    – No lo sé -admitió-. No tengo ni idea. No tuve esa opción. Siempre supe que iba a heredar la pastelería.
    – ¿Tú, y no tu hermana pequeña?
    Nicole no quería pensar en Jesse.
    – Ella nunca mostró mucho interés.
    – ¿Te gusta lo que haces?
    – La mayoría de las cosas sí. Estoy rodeada de magdalenas glaseadas, ¿qué puede tener eso de malo?
    Hawk sonrió.
    – Buena observación. Yo siempre supe que quería ser jugador de fútbol. Me crié en el norte de Seattle, a las afueras de Marysville. Es un pueblo pequeño, con un instituto pequeño. El fútbol iba a ser mi salida.
    – ¿Y tu familia?
    – Sólo éramos mi madre y yo. Mi padre murió cuando yo era pequeño. Lo que recuerdo de él no es bueno. No teníamos mucho dinero, pero no era un problema. Mi madre estaba muy orgullosa de mí. Creía en mí de verdad. Cuando las cosas se ponen feas, pienso en mi madre -dijo Hawk. Tomó su copa de vino, pero no bebió-. Vivió hasta que entré en la universidad con una beca, pero no mucho más. Ojalá me hubiera visto llegar a la liga profesional.
    – Quizá te viera.
    Él la miró.
    – Me gusta pensar eso. Fue muy comprensiva cuando supo que Serena se había quedado embarazada. Estábamos en el último año de instituto. Pensé que iba a matarme, pero sólo dijo que nos las arreglaríamos.
    – ¿Y cómo se lo tomaron los padres de Serena?
    – Se pusieron furiosos. Le dijeron que, si no daba al bebé en adopción y dejaba de verme para siempre, no querían tener nada que ver con ella.
    – No puede ser.
    – Sí. Ella se quedó destrozada. Yo le dije que íbamos a casarnos y que formaríamos una familia. Serena tuvo que reunir mucha fe para creerme.
    – Estaba enamorada.
    – Yo también. Pero al principio fue muy angustioso. Nos casamos después de la graduación, y nos fuimos a vivir con mi madre. El entrenador de la Universidad de Oklahoma nos puso en contacto con gente de Norman, y ellos nos ayudaron mucho.
    Nicole no sabía mucho de fútbol americano, pero se imaginaba que él había elegido la escuela más adecuada.
    – Vivir en un lugar en el que el fútbol americano es el rey fue definitivo -bromeó ella.
    – Lo sé. Nos ayudaron. Vivíamos fuera del campus, en una casita pequeña pero estupenda. Se suponía que yo tenía que hacer el mantenimiento para pagar la renta, pero no había mucho que hacer. Serena consiguió un trabajo con horario flexible y un sueldo digno. Nos lo pusieron muy fácil. Siempre había alguien que se ofrecía para cuidar a Brittany y que Serena pudiera venir a los partidos.
    Nicole no se imaginaba cómo era aquella vida. Era como escuchar el argumento de una película.
    – Tuviste suerte.
    – Sí, tuvimos suerte. Pero incluso con toda aquella ayuda, seguíamos siendo un par de adolescentes que tenía que criar a una hija. Las noches en que Brittany tenía fiebre me aterrorizaban. Yo podía aguantar un golpe en un partido sin problemas, pero cada vez que ella se caía, pensaba que me iba a dar un ataque de nervios.
    – Un padre dedicado.
    – Las quería, a ella y a Serena. Muchos de los chicos del equipo no entendían cómo podía ser tan feliz estando con una sola mujer. Ellos ligaban todo lo que podían, y cuando juegas al fútbol, eso es decir mucho. Pero para mí no era importante. Fue igual cuando me hice profesional, para nosotros fue la oportunidad de tener estabilidad financiera. Queríamos volver a Seattle, así que compramos la casa en la que vivo ahora. Es bastante corriente, queríamos una vida normal.
    – Un sueño poco habitual para un jugador de fútbol.
    – No necesito cosas caras para saber quién soy.
    Lo cual daba a entender muchas cosas sobre él. Nicole estaba empezando a preguntarse si aquella cena había sido buena idea. No quería que Hawk empezara a gustarle de verdad. Le crearía una complicación indeseada.
    – ¿Y por qué te retiraste?
    – Serena enfermó de cáncer. Sabíamos que se estaba muriendo. Brittany sólo tenía doce años, así que fue un golpe muy duro para ella. Serena y yo hablamos de lo que era mejor para nuestra hija, y que yo estuviera viajando y entrenando ocho meses al año no lo era. Los padres de Serena habían retomado el contacto con nosotros, pero viven en Florida, así que sólo ven a Brittany una vez cada dos años, más o menos. No había nadie que pudiera cuidarla, y la única solución era que yo me retirara.
    ¿Había dejado de jugar al fútbol profesional, una ocupación que lo convertía en una estrella, para volver a casa y cuidar a su hija?
    – Me aburrí a los tres días -continuó él con una sonrisa-. Por eso se me ocurrió ser entrenador.
    – ¿Quieres decir que no estás en ello por el sueldo? -preguntó ella, medio en broma. No quería que Hawk fuera tan bueno como parecía.
    – No necesito el cheque, si es lo que estás preguntando.
    – Hablando de cheques y de sueldo, ¿vas a ver a Raoul mañana?
    – No lo sé. ¿Por qué?
    – Tengo su cheque del mes. Ayer no trabajó, y se me olvidó pagarle el día anterior -dijo Nicole, que pensaba que el chico no andaría muy bien de dinero-. Tal vez se lo lleve a casa mañana.
    – Yo puedo hacerlo, si quieres.
    – No, no pasa nada. Yo soy su jefa.
    – ¿Qué tal va en la pastelería?
    – Es estupendo, un buen trabajador. Me alegro de tenerlo allí.
    – ¿Estás contenta de no haberlo enviado a la cárcel?
    – No voy a hablar de eso.
    – ¿Porque no quieres admitir que estabas equivocada?
    – Más o menos.

    Hablaron durante toda la cena. A Nicole se le quedó la comida fría en el plato, mientras Hawk y ella charlaban de todo, desde la posibilidad de que los Mariners ganaran la final de la liga hasta el mejor sitio para tomar el café. Como estaban en Seattle, había cientos de lugares.
    – Me estás hablando de cafés con leche aromatizados -refunfuñó él-, bebidas de chicas.
    – Oh, ya. Tú eres demasiado varonil para eso.
    – Pues sí.
    Él la miró, y ella le devolvió la mirada. La chispa saltó entre los dos, e hizo que ella se estremeciera. Cuando Hawk se inclinó sobre la mesa y la tomó de la mano, Nicole deseó de repente que estuvieran en otra parte. En algún sitio solitario, tranquilo, donde el hecho de desnudarse no molestara a los demás.
    – Si has terminado -dijo él-, estoy pensando que es hora de un poco de acción.
    – Estoy a tu disposición.
    Él le soltó la mano y miró el reloj. Entonces soltó un gruñido.
    – ¿Qué?
    – Le dije a Brittany que volviera a casa a las once, lo cual significa que tengo que estar allí para asegurarme de que obedece. Son más de las diez.
    – Entonces no hay tiempo para ir a mi casa, divertirnos y que tú te vayas a la tuya antes de las once.
    – Es culpa tuya. Normalmente, yo no me siento a charlar con una mujer durante más de tres horas sin darme cuenta de cómo pasa el tiempo. Sobre todo, cuando hay otras maneras de pasar la noche.
    Quería decir que podían haber estado en la cama. Nicole sonrió.
    – Típico de los tíos. Echarle la culpa al otro -dijo.
    Lo que él le había dicho la había hecho feliz. Le gustaba saber que Hawk también se lo había pasado bien. Aunque no porque a ella le gustara, ni nada por el estilo. Bueno, sí le gustaba, pero sólo porque tenían un trato. No de un modo romántico.
    – Lo haremos en otro momento -dijo-. Después de todo, estoy a tus órdenes, por decirlo de algún modo.
    – Bien -dijo él. Hizo una seña al camarero y pidió la cuenta-. Te llamaré mañana y fijaremos una hora.
    Para tener relaciones sexuales. Nicole notó que le temblaban las entrañas.
    – Sólo tienes que decirlo, y estaré lista para ronronear.

    Hawk colocó las sillas por la sala. Era domingo y tenía la reunión habitual para ver la grabación del partido, pero aún faltaba más de una hora.
    Pese a que la noche anterior no había terminado a su entera satisfacción, estaba de muy buen humor. Todo iba bien. El equipo estaba ganando, Brittany había elegido seis universidades distintas en las que solicitar plaza, y él tenía una mujer muy guapa con la que no sólo le gustaba hablar, sino que además podía hacer el amor cuando quisiera. Oh, sí. Era muy bueno estar en su pellejo.
    Oyó pasos acercándose y salió a la puerta. Nicole caminaba apresuradamente hacia él, con expresión concentrada. Él sonrió. Aunque no pudieran hacer nada significativo, seguramente podían darse unos cuantos besos interesantes en su oficina.
    Eso sería…
    Nicole se detuvo frente a él blandiendo una hoja de papel en la mano.
    – Te crees que lo sabes todo, ¿verdad?
    No parecía muy contenta.
    – ¿Qué ocurre?
    – Vaya, una pregunta interesante. ¿Qué ocurre? ¿Qué te parece que tu jugador estrella te haya mentido acerca del lugar en el que vive?
    – ¿Raoul? ¿De qué estás hablando? -preguntó Hawk, y le quitó el papel de la mano-. ¿Qué es esto?
    – Su cheque del sueldo. Sé que está mal de dinero, así que decidí que le llevaría el cheque. Fui a su casa. La dirección que me dio corresponde a un edificio abandonado. No podía creerlo. Así que entré, y comprobé que hay alguien viviendo allí. Vi ropa y un saco de dormir, un par de linternas y esto.
    Abrió el bolso y sacó una camiseta del Instituto Pacific.
    – ¿Te resulta familiar?
    Hawk no podía creerlo. ¿Raoul, un vagabundo? ¿Cómo era posible que él no lo supiera? Raoul se lo contaba todo.
    – No me ha dicho una palabra. ¿Cuánto tiempo lleva así?
    – Eso debería preguntártelo yo a ti, entrenador. Saber este tipo de cosas te corresponde a ti, no a mí.

Ocho

    – No es posible -insistió Hawk-. Tiene que tratarse de otra cosa. No es posible que yo no lo supiera.
    – Estoy impaciente por oír la explicación -le dijo Nicole, que estaba muy disgustada-. Es un niño, Hawk. No me importa que acabe de cumplir dieciocho años y que sea adulto legalmente. No debería vivir en un edificio abandonado, él solo.
    – No, no puede ser -dijo Hawk. No era posible que Raoul estuviera viviendo así, él se habría enterado. Se preocupaba por sus jugadores, formaba parte de sus vidas.
    Minutos después, los chicos comenzaron a llegar. Él envió a varios al coche de Nicole, a recoger las cajas de croissants, y llamó a Raoul para que se reuniera con ellos en la oficina.
    Quizá Nicole hubiera tenido una reacción exagerada, o hubiera malinterpretado la situación.
    – Siéntate -dijo Hawk.
    Raoul los miró.
    – ¿Qué ocurre?
    Nicole intentó sonreír.
    – Nada demasiado horrible, no te asustes. No te vamos a mandar con los marcianos para que hagan un experimento médico contigo.
    – No estaba pensando en eso.
    – Ocurre más a menudo de lo que piensas.
    La broma de Nicole no consiguió que Raoul se sintiera más cómodo.
    Ella suspiró y le tendió el cheque de la paga.
    – Se me olvidó darte esto el jueves. No viniste a trabajar ayer, y no quería que esperaras para tener el dinero. Así que me acerqué a la dirección que me diste para entregártelo.
    Raoul se puso tenso y agachó la cabeza. No tomó el cheque.
    – Puedo explicarlo -murmuró.
    A Hawk se le encogió el estómago. ¿Cómo había podido ocurrir aquello? Quería gritarle a alguien, pero no había nadie en la habitación que se lo mereciera, salvo él mismo.
    – Te escuchamos -dijo, haciendo todo lo posible por que su voz sonara calmada.
    – Me echaron de la casa de acogida hace unas semanas. El tipo pegaba a su mujer y a sus hijos. Yo intenté mantenerme al margen, porque estaba a punto de cumplir dieciocho años. Pero lo odiaba, así que un día decidí demostrarle lo que se siente cuando alguien te pega.
    Raoul miró a Hawk.
    – No le hice daño. Sólo lo zarandeé un poco, lo juro.
    – Sé que no le hiciste daño -aunque el desgraciado se mereciera que le rompieran los huesos.
    – Me echó. Pensé que no les dirían nada a los servicios sociales si yo no lo hacía. Que se quedarían con el dinero y ya está. Y eso es lo que hicieron. Yo tengo una cita para la semana que viene con mi asistente social para denunciar al tipo. Pero quería esperar a ser mayor de edad y estar fuera del sistema.
    Raoul tragó saliva.
    – Conocía ese edificio abandonado desde hace tiempo. Nadie va nunca allí. Es bastante seguro, así que me instalé allí. Estoy bien, entrenador. Estoy bien.
    Hawk no sabía cuál de las emociones que sentía era más fuerte, si el deseo de encontrar al tipo que estaba pegando a su familia y terminar lo que había empezado Raoul o el orgullo por el hombre en que se había convertido su jugador.
    Nicole lo fulminó con la mirada.
    – No sabías nada de esto, ¿verdad? -le preguntó, y después volvió su furia hacia Raoul-. No es aceptable que estés viviendo en una casa abandonada. Y el hecho de que sea bastante segura no es suficiente. Tienes que vivir en una casa de verdad, con agua y calefacción, y con un tejado que no tenga goteras en cuarenta y siete sitios.
    – No pasa nad… -Raoul intentó hablar, pero se interrumpió cuando Nicole lo atravesó con la mirada.
    – No digas que no pasa nada -le gritó-. Sí pasa. Esta situación es inaceptable.
    Hawk agradecía su pasión y su energía al tratar aquel tema, y sabía que tenía razón. Raoul no podía vivir así. Entre otras cosas, se acercaba el invierno. Se iba a congelar sin calefacción.
    – No voy a ir a un refugio -dijo Raoul con firmeza-. Lo digo en serio. No voy a ir.
    Por cómo lo decía, Hawk pensó que el chico ya había estado en uno de ellos. ¿Qué había sucedido para que él supiera tan poco acerca de su jugador estrella? Pensaba que lo sabía todo acerca de sus chicos. ¿Y por qué no le había pedido ayuda Raoul?
    – No vas a ir a un refugio -afirmó Hawk-. Ya pensaremos en algo. Mientras, puedes venir a vivir conmigo.
    Nicole y Raoul se lo quedaron mirando fijamente.
    – No es buena idea -dijo ella.
    – Entrenador, eso sería estupendo, pero…
    Entonces Hawk lo entendió.
    – Brittany -murmuró. Tener a su novio viviendo bajo el mismo techo que ella no era inteligente.
    Nicole murmuró algo entre dientes y luego dijo:
    – Puede vivir conmigo.
    Hawk y Raoul se quedaron boquiabiertos.
    – ¿Qué pasa? Tengo una habitación libre en casa, vivo en el barrio del instituto y ya trabaja para mí. Alguien responsable debe echarle un ojo -se volvió hacia Raoul y le dijo-: Si vamos a hacer esto, tendrás que seguir mis reglas. Nada de fiestas, y cumplirás mi horario. Harás los deberes e irás a clase. Ahora eres un adulto, así que debes comportarte como tal. Tienes que ser responsable. Si es demasiado duro para ti, entonces tendrás que irte a otra parte.
    Hawk no podía creerlo. ¿Nicole iba a acoger a Raoul en su casa? Tuvo que contener una sonrisa. Demonios, era mejor de lo que él había pensado.
    Raoul asintió lentamente.
    – Tus reglas son razonables -le dijo-. Las cumpliré.
    – Más te vale. Lo digo en serio. Soy muy estricta. Te sentirás atrapado, te lo prometo.
    – Atrapado está muy bien -dijo Raoul, a punto de sonreír.
    Hawk también tenía ganas de sonreír. Nicole pensaba que era muy dura, pero en realidad, por dentro era de mantequilla.
    Y a él le gustaba. Le gustaba mucho.

    Jesse se quedó junto a la casa de Matt un buen rato, mirando la puerta y recordando el primer día que habían ido juntos hasta allí, cuando él estaba buscando apartamento. Entonces eran completamente felices, estaban enamorados. Ella sabía que lo había estropeado todo. Lo que no sabía era si podría arreglarlo.
    Le dolía todo el cuerpo. Había oído decir que el embarazo era un milagro, que debería estar resplandeciente. En vez de eso, se sentía destrozada. No podía dejar de llorar. ¿Cómo era posible que una persona lo perdiera todo tan rápidamente? Y sin embargo, a ella le había ocurrido…
    Tocó el timbre y esperó, con un nudo en el estómago. Estaba conteniendo las lágrimas. Él tenía que creerla. Tenía que conseguir que lo entendiera, de algún modo.
    Se abrió la puerta y Matt apareció ante ella. Ella lo miró, deleitándose al verlo por primera vez desde hacía semanas.
    Tenía buen aspecto. Era alto y delgado, pero cada vez más musculoso, gracias a sus visitas regulares al gimnasio. Ella había sido quien le había dado la idea de hacer ejercicio para ponerse en forma, y él se la había llevado a la cama y la había recompensado por sus buenas ideas. Era muy bueno recompensándola, y diciéndole que la quería. Tenía luz en los ojos, y una sonrisa muy especial. Sin embargo, en aquel momento no estaba sonriendo.
    – No tengo nada que decirte -aseguró Matt, y comenzó a cerrar la puerta.
    Ella empujó y consiguió entrar.
    – Tenemos que hablar.
    – Puede que tú tengas que hablar, pero yo no tengo por qué escucharte.
    Dios, su tono era tan frío, pensó ella con tristeza. Como si la odiara. ¿Era posible? ¿Había sustituido el odio al amor, ella ya no le importaba en absoluto?
    No quería pensar en ello porque, si lo hacía, iba a desmoronarse. Lo quería. Ella, que había jurado que nunca arriesgaría su corazón, se había enamorado de un maniático de los ordenadores con unos ojos preciosos y una sonrisa que hacía flotar su alma.
    – Matt, por favor -susurró-. Por favor, escúchame. Te quiero.
    Él entornó los ojos.
    – ¿Es que te crees que lo que tú digas significa algo para mí? ¿Crees que tú significas algo para mí? Yo aprendo rápido, Jesse. Siempre ha sido así. Confié en ti, me entregué a ti por completo. Te quería. Quería casarme contigo, incluso compré un anillo, lo cual me convierte en un idiota, pero ése es un error que no voy a cometer de nuevo.
    Ella se dio cuenta de que se le estaban cayendo las lágrimas, y notó un dolor punzante en el corazón.
    – Te quiero, Matt.
    – Mentira. Yo sólo he sido una diversión para ti. ¿Es que te gustaba reírte con tus amigos del adicto a los ordenadores socialmente inepto?
    – No es eso, y tú lo sabes.
    – Yo no sé nada de ti. Era un juego. Tú ganaste, yo perdí. Ahora, márchate.
    – No. No me voy a ir hasta que me escuches. Hasta que lo comprendas.
    – ¿Comprender qué? ¿Que mientras te acostabas conmigo y fingías que me querías, te acostabas también con Drew? ¿Y con quién más, Jesse? ¿Con cuántos tipos más?
    – Ya basta. No me acosté con Drew, ni con ningún otro. Drew y yo solíamos charlar. Podía hablar con él de cosas que nunca le hubiera contado a Nicole, eso era todo. Una noche empezó a besarme, y yo me asusté. No sabía qué hacer.
    – No me interesa, no me vas a convencer. Vete. No quiero volver a verte.
    Aquellas palabras le estaban haciendo demasiado daño, pensó ella, usando toda la fuerza para no desplomarse al suelo.
    – Estoy embarazada -susurró.
    Él se quedó mirándola fijamente, y se encogió de hombros.
    – ¿Y a mí qué me importa?
    Jesse se estremeció, como si la hubiera golpeado.
    – Te lo he dicho. No me acosté con Drew. El niño es tuyo.
    – No -dijo él, como si ni siquiera considerara la posibilidad.
    – Matt, escúchame. Es tu hijo. Aunque me odies, tu hijo debe importarte. No estoy mintiendo, puedo demostrarlo. En cuanto nazca el bebé, le haremos las pruebas de ADN.
    Él siguió mirándola, y después caminó hacia la puerta.
    – No lo entiendes, ¿verdad, Jesse? No me importa. Ya no significas nada para mí. No creo que ese niño sea mío, y aunque lo fuera, no quiero tener un hijo contigo. No quiero tener nada que ver contigo, no quiero volver a verte, pase lo que pase.
    – Matt, por favor.
    Él abrió la puerta y miró hacia fuera.
    – Vete.
    Jesse salió de la casa y bajó las escaleras hacia el coche. Se sentó al volante y lloró hasta que se le quedaron los ojos secos. Se sentía vacía, sin nada.
    Lo cual era la triste verdad de su vida. Nadie de los que quería deseaba tener que ver con ella. Nadie estaba dispuesto a darle una oportunidad.

    Nicole miró a Raoul, que estaba metiendo sus cosas en casa. Ella observó las bolsas de basura negras y tomó nota de que debía comprarle un par de maletas decentes la próxima vez que saliera. Nadie debería llevar lo que tenía en bolsas de basura.
    – Las habitaciones están arriba -informó-. Te voy a instalar en la habitación de invitados.
    – Gracias por hacer esto -dijo Raoul.
    – De nada -contestó ella, y lo precedió escaleras arriba-. Mira, el baño está ahí. Hay toallas fuera, y tienes más en el cajón de abajo. Ahí está la televisión. No me importa lo que veas, pero te agradecería que bajaras el volumen a partir de las nueve. He puesto un teléfono en la mesilla. Me levanto muy temprano, así que nada de llamadas tarde, ¿eh?
    Él asintió, con aspecto de sentirse incómodo.
    – Esto es raro -le dijo ella-. No nos conocemos bien y, para colmo, soy tu jefa. Así que los dos estamos incómodos. Pero cada vez será más fácil.
    – Lo sé -respondió Raoul, y se metió las manos en los bolsillos-. Dime lo que tengo que hacer, no pasa nada. Te haré caso.
    Era bueno saberlo. Si su hermana la hubiera escuchado, las cosas habrían sido mucho más fáciles.
    – Entonces ¿puedo ser mandona? -preguntó, intentando relajar algo de la tensión.
    – Claro.
    Nicole sonrió.
    – Vamos abajo otra vez. Puedes decirme qué comida te gusta, y hacer sugerencias.
    En la cocina, ella apuntó sus peticiones de cereales y refrescos.
    – ¿Comes en el instituto? -quiso saber.
    – Sí.
    – Muy bien. Avísame si algún día no vas a cenar en casa. Oh, y si se te está acabando algo, apúntalo aquí y yo lo compraré -y le mostró dónde tenía la lista.
    – No tienes que ser tan agradable -dijo Raoul.
    – No puedes vivir en ese edificio, Raoul. Nadie debería vivir así.
    Lo miró a los ojos. Él tenía una expresión a la vez esperanzada y avergonzada. Nicole quería decirle que aquello no era culpa suya. Que le habían fallado muchos; su familia, la sociedad, y mucha gente más.
    – Puede que esta situación origine momentos embarazosos -dijo ella-. A lo mejor hay habladurías. Me refiero al hecho de que vivamos juntos.
    De repente, la expresión de Raoul cambió, y pareció mucho más mayor de lo que era en realidad.
    – ¿Porque estoy viviendo con una mujer guapa que es soltera?
    Suave, pensó ella, conteniendo la sonrisa. Muy suave. Dentro de un par de años, iba a hacerle sudar tinta a Hawk.
    – Algo así.
    – No me importa lo que diga la gente. Brittany sabe que la quiero, y que nunca le haría daño.
    Nicole sintió envidia de la animadora. Era una pena que Drew no fuera tan leal. Eso habría resuelto muchos problemas.
    – Bueno, pues creo que ya lo hemos hablado todo. Tendrás que aparcar en la calle, porque no hay sitio en mi garaje, pero no te preocupes, este barrio es muy tranquilo. ¿Tienes seguro?
    La mirada de asombro de Raoul le dijo lo que necesitaba saber.
    – Ya es lo suficientemente malo no tener seguro cuando eres menor de edad. Ahora que eres adulto, es mucho peor. Consigue uno. Yo te adelantaré el dinero, ya me lo devolverás.
    Él se irguió.
    – No es necesario.
    – Sí lo es. Si tienes un accidente, estarás fastidiado para el resto de tu vida. ¿Es que quieres tener que hacerte cargo de las facturas médicas de otra persona? Acepta el dinero, dame las gracias y devuélvemelo cuando seas un jugador de fútbol famoso, ¿de acuerdo?
    – Sí, señora -dijo él, pero estaba parpadeando rápidamente, y se dio la vuelta.
    – Bueno. Creo que eso es todo.
    Él carraspeó.
    – No tienes por qué hacer todo esto.
    – No tengo por qué, pero quiero hacerlo.
    – No te arrepentirás.
    Nicole sonrió.
    – Ten cuidado con esas promesas, Raoul. Puedo llegar a ser increíblemente difícil y exigente.
    Él se echó a reír.
    – Lo tendré en cuenta.
    – Ve a instalarte, y después hablaremos de lo que vamos a cenar esta noche.
    – Encantado.

    La cena llegó en forma de comida para llevar, entregada por Brittany y Hawk. Raoul se iluminó al ver a su novia entrar en la habitación, y Nicole se preocupó porque tuvo la sensación de que ella también resplandecía al ver a Hawk.
    Este se acercó a ella y le dio un ligero beso en los labios.
    – ¿Cómo va? -le preguntó él.
    – Se está instalando. Hasta el momento, no ha dejado la tapa del inodoro levantada, así que no he tenido que matarlo.
    – ¿Eso es algo definitivo para ti?
    – Puede serlo.
    – Me alegro de saberlo.
    – Hemos traído comida china -dijo Brittany mientras entraba con una bolsa grande en la cocina-. Hay una tonelada de comida, para que pueda haber sobras.
    – Es la mejor parte de la comida china -dijo Nicole.
    – Ya lo sé -dijo Brittany, y dejó la bolsa sobre la mesa-. Me alegro de que dejes que Raoul se quede aquí. Estará mucho mejor que en ese edificio abandonado. Hacía frío y viento en verano, así que yo no creía que pudiera quedarse allí en invierno.
    Brittany se quedó callada de repente, como si se hubiera dado cuenta de lo que había dicho, y se tapó la boca con la mano.
    Hawk dio un paso hacia ella.
    – ¿Sabías que habían echado a Raoul de su casa de acogida y que estaba viviendo en la calle?
    – Más o menos, y no estaba viviendo en la calle.
    – Algo muy parecido.
    – Entrenador… -dijo Raoul, pero Nicole lo tomó del brazo y negó con la cabeza.
    Tenía la sensación de que era mejor que el chico se mantuviera aparte. Brittany parecía del tipo de niñas que sabía cómo engatusar a su padre para salirse con la suya. Nicole no creía que Hawk pudiera estar enfadado con ella durante mucho tiempo.
    – No quería decírtelo porque sabía que ibas a disgustarte -dijo Brittany-. Además, si te enterabas, tendrías que decírselo a alguien, y no sabíamos dónde podía terminar Raoul. Nos pareció mejor que se quedara allí hasta que cumpliera dieciocho años y fuera mayor de edad. Papá, siento haberte disgustado.
    Nicole esperó a que Hawk se diera cuenta de que su hija se estaba disculpando porque la hubieran pillado y no por haber mentido. Al ver que él asentía y le daba un abrazo, ella intentó averiguar si él no se había dado cuenta, o si, sencillamente, no quería resolver aquel asunto con su hija en aquel momento.
    – No guardes secretos -dijo a Brittany.
    – No lo volveré a hacer, papá.
    Nicole pensó en todas las mentiras que le había dicho Jesse. ¿Acaso Hawk no se preocupaba por su hija? Aparte de la promesa de no ocultar cosas, Raoul llevaba viviendo por lo menos semanas en aquel edificio abandonado, y Brittany había ido a visitarlo. Lo cual significaba que habían estado solos durante horas. El sexo era la consecuencia más probable.
    Quizá a Hawk no le importara, o quizá Brittany usara métodos anticonceptivos. Aunque no siempre funcionaban.
    Bueno, cada problema en su momento, pensó Nicole.
    – ¿Por qué no ponéis la mesa entre los dos? -propuso Hawk a los adolescentes-. Después de cenar podríamos ver una película.
    Los chicos obedecieron y salieron de la cocina. En cuanto se quedaron solos, Hawk la abrazó.
    – Esto va a ser un problema -murmuró antes de besarla.
    Ella se abandonó a la calidez de su boca, a su contacto.
    – Tienes un chico -dijo él entre besos-. Yo tengo una chica. Era demasiado bonito el sueño de que fueras mi gatita.
    Ella se echó a reír, y le acarició el pecho.
    – Vamos a tener que idear algo.
    Él arqueó una ceja.
    – ¿Quieres repetir lo de la última vez?
    – Por supuesto.
    Hawk sonrió.
    – Yo también.
    Él volvió a besarla, y estaba a punto de tenderla sobre la encimera cuando oyó la risa de Brittany.
    Soltó un gruñido y apoyó la frente en la de ella.
    – ¿No podemos mandarlos al cine?
    – Mañana tienen clase.
    – No creo que pueda esperar hasta el fin de semana.
    Nicole sonrió.
    – ¿Cómo tienes el horario? ¿Tienes algo de tiempo libre esta semana?
    – Con una recompensa como tú, lo buscaré.

Nueve

    Nicole entró en casa y se la encontró llena de adolescentes. Había varias chicas sentadas en el sofá y unos chicos en el suelo. Había libros abiertos, apuntes esparcidos, patatas fritas, refrescos, un par de bolsas de galletas y rumor de conversaciones.
    Ella se detuvo en seco, sin saber qué pensar de la invasión. Raoul se había mudado a su casa, así que tenía sentido que sus amigos pasaran por allí a verlo. Le resultaba extraño, porque Jesse nunca había llevado a sus amigas.
    – Hola -dijeron algunos de los chicos.
    – ¿Ha traído magdalenas glaseadas? -preguntó un adolescente.
    Nicole sonrió.
    – No, pero mañana traeré.
    – Muchas gracias.
    Raoul se puso en pie rápidamente y la siguió hasta la cocina.
    – ¿Debería haberte preguntado si podía invitarlos?
    – No, no te preocupes. Pero rigen las mismas normas. Y nadie puede bajar al sótano ni subir a las habitaciones. Ni siquiera Brittany.
    Él sonrió.
    – ¿Qué es lo que te preocupa?
    – Ya sabes exactamente lo que me preocupa. No va a suceder. Nadie va a tener relaciones sexuales en esta casa.
    Él arqueó las cejas, y Nicole suspiró.
    – Ni siquiera yo. ¿Está claro?
    – Sí, señora -dijo Raoul, sonriendo mientras hablaba. Después, la sonrisa se le borró de los labios-. Gracias por acogerme, Nicole.
    Ella se encogió de hombros.
    – Nos entenderemos. Vamos, vuelve con tus amigos. Diles que lo dejen todo recogido, o me enfadaré de verdad. Y hazme caso, eso no les gustaría.
    Él sonrió de nuevo.
    – Eres la mejor.
    – Ya lo sé.
    Tomó una lata de refresco y subió a su habitación. Al pasar por delante de la habitación de Jesse, se quedó pensando en lo difíciles que habían sido las cosas siempre entre ellas dos. ¿Cómo era posible que su hermana pequeña hubiera llegado a odiarla tanto como para engañarla con Drew? Al fin y al cabo, eran familia. ¿Acaso eso no contaba para nada?
    Parecía que no, pensó Nicole mientras contenía las lágrimas. Y, aunque ella quisiera tanto a Jesse, tenía la sensación de que nunca iba a poder perdonarla. No por lo que había hecho, sino porque era evidente que no le importaba nada, que no se había preocupado de a quién hacía daño.
    – Ya es suficiente -murmuró Nicole, y se dio la vuelta.
    Había terminado de sufrir y de preocuparse por algo que no tenía arreglo. Mientras seguía caminando por el pasillo, oyó unas carcajadas en el piso de abajo. Era un sonido agradable, y se notó más animada. Siempre debería haber risas en una casa.

    Cuando se cerró la puerta por octava vez, Nicole bajó al salón. Se preparó para encontrarse un desastre, pero todo estaba muy limpio. Había que pasar la aspiradora por la alfombra, pero aparte de eso, los envoltorios, las latas y otros restos habían desaparecido.
    Impresionante. Fue hacia la cocina para darle las gracias a Raoul. Estaba resultando ser un chico de lo más…
    Se detuvo en seco al ver que él había envuelto una pechuga de pollo hervida en una bolsa para sándwiches y que se la metía al bolsillo del pantalón.
    Nicole se quedó muy sorprendida.
    – ¿Raoul? -preguntó suavemente, para no asustarlo.
    Él se volvió con una cara de culpabilidad tan evidente que Nicole supo que no se estaba llevando el pollo por si tenía hambre más tarde.
    – ¿Qué? -preguntó.
    – Nada -dijo él.
    – Tienes pollo metido en el bolsillo. ¿Qué sucede? -interrogó a Raoul, intentando pensar en las posibles respuestas de aquella pregunta-. Hay otro chico, ¿verdad?
    Juró en silencio. Un adolescente mayor de edad era una cosa, pero ¿otro chico? No tenía sitio en casa sin vaciar la habitación de Jesse y, a pesar de todo, no estaba lista para eso.
    – No. No es eso -respondió Raoul rápidamente.
    – Entonces ¿qué es?
    Raoul agachó la cabeza.
    – Hay una perra callejera que… bueno, le he estado dando de comer.
    Nicole ni siquiera se sorprendió. Una perra. Claro, ella era un imán de responsabilidades.
    – No podía dejar que se muriera de hambre -prosiguió Raoul-. Así que le he estado llevando comida. Normalmente le compro comida para perros, pero se me ha terminado y no he podido ir al supermercado -explicó. Se sacó el pollo del bolsillo y preguntó-: ¿Lo dejo en su sitio?
    – ¿Qué tamaño tiene? -preguntó Nicole.
    – ¿Qué?
    – ¿Qué tamaño tiene la perra?
    – Pesará unos siete kilos. Es muy buena. La he llamado Sheila. En australiano significa chica -dijo él. De repente, parecía que tenía ocho años, no dieciocho.
    – Ve a buscarla -dijo ella con un suspiro-. Tráela, pero tendrá que quedarse en el garaje hasta que pueda llevarla al veterinario mañana, para vacunarla y desparasitarla. Además, una mascota exige ser responsable. Tendrás que darle de comer, preocuparte de que haga ejercicio y limpiar el jardín. Si piso una caca de perro cuando salga a la calle, me voy a enfadar mucho, ¿entendido?
    Raoul la abrazó hasta que la dejó sin aire en los pulmones. Después la soltó y sonrió.
    – ¡Eres la mejor!
    – Esa soy yo. Santa Nicole.
    – Yo me ocuparé de todo. Ni siquiera sabrás que está aquí.
    Ojalá fuera cierto.
    – Ve a buscarla.
    – Ahora mismo.
    – Espera -dijo ella, y se sacó del bolsillo del pantalón un par de billetes de veinte dólares-. Pasa por una tienda para mascotas. Cómprale comida para perros, una cama, un collar y una correa.
    Él sonrió.
    – Gracias.
    Ella le hizo un gesto para que se fuera.
    – Oh, espera. Deja el pollo en la nevera.

    – Sheila tiene buena salud -dijo el doctor Walters, el veterinario, que era tan joven que seguramente acababa de salir de la universidad-. Tiene más o menos dos años.
    Sheila era un montón de pelo revuelto con unos ojos enormes y una personalidad muy sociable. Nicole nunca había pensado en tener un perro, pero ahora que la tenía, aunque fuera de Raoul, se estaba acostumbrando a la idea.
    – Parece que está enseñada -dijo-. No ha mordido, y le gusta jugar. Además, come mucho.
    – Típico de un perro callejero -confirmó el veterinario-. Tendrá que medirle las raciones de comida, o engordará.
    – Engordará todavía más.
    – No, no es que esté gorda -dijo el doctor Walters, mientras acariciaba a la perra, que estaba sentada en la camilla-. Está preñada. Yo diría que le faltan dos o tres semanas.
    Siguió hablando. Nicole veía que sus labios se movían, pero no podía oír las palabras.
    ¿Sheila estaba embarazada? ¿Incluso la perra iba a tener una familia propia? Claire, Jesse… ¿y la perra también? ¿Acaso era justo?
    Nicole se echó a llorar. Ella también quería tener familia. Quería pertenecer a una familia, y que la quisieran, y tener hijos. Pero ¿iba a ocurrir eso? Noooo.
    – ¿Señora Keyes? ¿Nicole? ¿Se encuentra bien?
    – Estoy bien -murmuró ella-. No me haga caso.
    El doctor Walters le acercó una caja de pañuelos de papel con expresión de incomodidad. Ella tomó un par y se secó los ojos, y después intentó sonreír.
    – No pasa nada -repitió-. Es un ataque de emoción que no tiene nada que ver con usted ni con Sheila. Continúe. Me estaba diciendo que va a parir dentro de unas semanas.
    – Ah, exacto. Debe tener cuidado con lo que le da de comer. Seguramente, también lleva atrasadas las vacunas, pero esperaremos hasta que hayan nacido los cachorrillos.
    – Muy bien. Perfecto. Pero supongo que puedo bañarla, ¿no?
    Porque, por muy mona que fuera Sheila, olía mal.
    – Claro. Podemos hacerlo nosotros. Déjela aquí y venga a recogerla más tarde.
    Nicole asintió.
    Poco después, llegó a casa de Wyatt y llamó a la puerta. Cuando Claire abrió, ella se echó a llorar otra vez.
    – ¿Qué te pasa? -preguntó su hermana, arrastrándola hacia el interior-. ¿Qué sucede?
    – Nada, nada -dijo Nicole mientras se dejaba caer sobre el sofá-. Es una estupidez. Sheila está embarazada.
    – ¿Quién es Sheila?
    – Una perra. La he llevado al veterinario y está preñada -dijo, y derramó más lágrimas-. Todo el mundo está embarazado menos yo. Quiero tener una familia. Siempre he querido tener una familia. No con Drew, sino con alguien bueno. Pero eso no va a suceder, y ahora, hasta la perra está embarazada. Además, creo que he asustado al veterinario echándome a llorar en su consulta.
    – Lo superará. ¿Cuándo has adoptado una perra?
    – Ayer. El veterinario es un jovenzuelo, y me he echado a llorar cuando me ha dicho que Sheila estaba embarazada.
    – Eso hará que entienda que las mujeres somos criaturas complejas. Es una lección que todo hombre debe aprender, y cuanto antes, mejor.
    Nicole lloró y rió a la vez, lo cual no era fácil. Después, le entró hipo.
    – Estoy muy disgustada.
    – No lo estés. Conocerás a alguien, Nicole. A alguien estupendo.
    Nicole se dio cuenta, en aquel momento, de que todavía no había compartido las buenas, aunque falsas, noticias.
    – Estoy saliendo con alguien -dijo-. Es un tipo estupendo. No tienes por qué sentir lástima por mí.
    – No siento lástima por ti -dijo Claire, y se quedó desconcertada-. ¿Estás saliendo con alguien?
    – Es algo posible. A los hombres les resulto atractiva.
    – Ya lo sé. Lo que no sabía era que estabas lista para empezar a salir con alguien. Me parece muy bien.
    Nicole todavía se sentía temblorosa, y disgustada, y en aquel momento, además, estaba a la defensiva.
    – Es increíble. Un hombre guapo y divertido, con un cuerpo de ensueño. Da clases de fútbol americano en el instituto, y antes era jugador profesional. Se llama Eric Hawkins. Hawk.
    – ¿Estás saliendo con un hombre? -repitió Claire-. ¿Y no me lo habías contado?
    – He estado muy ocupada. Yendo a ver un par de partidos del equipo del instituto, llevándoles galletas y magdalenas a las proyecciones que hacen los domingos… y Hawk y yo hemos salido -explicó Nicole, sintiéndose un poco culpable por no habérselo contado antes a Claire-. Iba a decírtelo.
    – ¿Cuándo?
    – Pronto.
    Irónicamente, había empezado aquella relación con Hawk para demostrarle al mundo que estaba perfectamente. Era difícil que el mundo lo supiera si ella no lo contaba.
    – Entonces ¿te gusta? -preguntó Claire.
    – Sí.
    – Me alegro mucho por ti.
    – No parece que estés muy contenta.
    – Es que me he quedado muy sorprendida. Pensaba que estábamos formando vínculos más estrechos. Que me contarías algo así.
    Nicole se estremeció.
    – No quería excluirte de nada.
    – Lo sé. No hay ningún problema.
    Claire lo dijo muy rápidamente, lo cual quería decir que sí había un problema.
    Justo lo que necesitaba. Otra relación estropeada.
    – Lo siento muchísimo. Por favor, no te enfades conmigo.
    – No estoy enfadada, de veras.
    – No estoy segura de si creerte.
    – Deberías. Saldremos los cuatro -dijo Claire.
    – Hawk no tiene mucho tiempo libre, porque está en plena temporada de fútbol, pero hablaré con él.
    – Estoy deseando conocerlo.
    – Os va a caer muy bien a Wyatt y a ti.
    Nicole no estaba fingiendo con respecto a eso. Estaba segura de que Hawk se iba a llevar muy bien con ellos. Era una pena que nada de aquello fuera real. Era sólo un juego, como un partido, y en cuanto terminara la temporada, todo acabaría.

    – ¿Qué te parece? -preguntó Brittany mientras alzaba la cuchara. Estaba cocinando fideos chinos con pollo, y lo estaba haciendo bastante bien.
    Nicole asintió mientras lo probaba.
    – Te estás haciendo una experta.
    – ¿En la cocina? Es divertido, porque no tengo que hacerlo todos los días. Hablé con mi padre y le dije que cocinaría una vez a la semana si me dejaba llegar media hora más tarde.
    – Interesante negociación. ¿Qué dijo?
    Brittany arrugó la nariz.
    – Se rió un rato, y después me dijo que no cocinaba tan bien, pero que había sido un buen intento.
    Nicole reprimió la sonrisa.
    – No se lo tragó, ¿eh?
    – No, y me molestó mucho. Yo creía que era un gran trato.
    Después de ayudar a Brittany a preparar la cena, Nicole dejó a los chicos y subió a su habitación. Oía el murmullo de sus voces, y después, un largo silencio. Los fideos chinos con pollo estaban buenos, pero no tanto.
    – ¿Estás pensando lo mismo que yo? -preguntó a Sheila, que la había seguido hasta a su habitación y estaba acurrucada sobre la cama. Sheila no respondió. Nicole tomó el teléfono.
    – ¿Tengo que vigilarlos muy estrechamente? -preguntó a Hawk cuando éste respondió.
    – ¿Dónde estás?
    – En mi dormitorio. Ellos están cenando abajo, pero se han quedado muy callados.
    – ¿Cuánto tiempo?
    – Unos quince minutos.
    – Ahora voy para allá.
    Hawk llegó quince minutos más tarde, con dos bolsas de comida mexicana. Brittany miró a su padre con cara de pocos amigos.
    – Es una cena privada.
    – Mmm. Nosotros cenaremos en la cocina.
    – No necesito que me vigiles.
    Hawk hizo unos ruiditos burlones y entró en la cocina, donde Nicole había puesto la mesa pequeña junto a la ventana. Ella abrió dos cervezas.
    – ¿Estás nervioso por lo que pueda ocurrírseles?
    – Un poco. Me acuerdo de cuando tenía la edad de Raoul. Sé lo que es meterse en líos -dijo él, y le dio un plato-. Tienes una perra.
    – Sheila. Es la perra de Raoul.
    – Pues no se separa de ti.
    Era cierto. Sheila la seguía por toda la casa.
    – Sabe quién compra la comida.
    – Me gustan los perros. Yo me crié con ellos. A Serena no le gustaban, así que nunca tuvimos.
    – Sheila va a tener cachorros. Quédate uno.
    – Me gustan los perros grandes.
    – No conocemos al padre. Puede que sean enormes.
    Él miró a Sheila.
    – Espero que no, por su bien -dijo. Después cambió de tema-. ¿Cómo van las cosas con Raoul? ¿Qué tal se te da vivir con un adolescente?
    – Bien. Él lo facilita mucho. Es silencioso, ordenado y ensalza mi comida. Trabaja duro. Lo ha pasado mal, pero lo está superando. Yo respeto eso. Ojalá mi hermana se pareciera más a él.
    – ¿La pianista?
    – No, mi hermana pequeña. Jesse. No se parece en nada a Raoul. No entiendo si nació inútil, o se hizo así.
    – ¿Cuántos años tiene?
    – Veintidós. Le costó mucho terminar el instituto. Siempre estaba de juerga, y después descubrió a los chicos. Yo estaba constantemente aterrada por si se quedaba embarazada. Lo intenté con sermones, sobornos, amor, perdón. No hubo nada que funcionara. Va a heredar la mitad de la pastelería cuando cumpla veinticinco años, y eso va a ser una pesadilla para las dos. No está interesada en el negocio, así que ya estoy ahorrando para comprársela.
    Nicole hizo una pausa y tomó una patata frita.
    – Deberíamos cambiar de tema.
    – ¿Por qué?
    – Jesse no es muy divertida, ni en la vida ni en una conversación.
    – Parece una chica problemática.
    En más sentidos de los que él pensaba.
    – ¿Dónde vive ahora? -quiso saber Hawk.
    – En el barrio de la universidad. Nunca ha tenido trabajo, salvo en la pastelería, y eso no cuenta. Si no hubiera sido de mi familia, la habría despedido. Lo cierto es que no entiendo en qué me confundí, ni qué puedo hacer para arreglarlo.
    – Hay algunos problemas que no tienen arreglo.
    – Es mi hermana. La crié yo, prácticamente. Me temo que hice un mal trabajo.
    – Te he visto en acción, así que eso no es posible.
    – Me has visto en los días buenos. Puedo ser una bruja.
    – ¿Y crees que yo no he cometido errores con Brittany?
    – Tú eres muy engreído en cuanto a tu relación con ella.
    Hawk se echó a reír.
    – Algunas veces. Es una buena chica. Uno hace lo que puede, y después los deja marchar.
    – ¿Es la filosofía de un entrenador?
    – El fútbol es la vida.
    – En mi mundo no.
    – En el mundo de todos.
    Eso la hizo sonreír.
    – ¿Quieres venir a mi casa conmigo? -le preguntó él, con una mirada intensa.
    De repente, a ella se le quitó el apetito.
    – Claro, pero ¿podemos dejaros solos?
    Hawk frunció el ceño.
    – Demonios -murmuró.
    Ella tomó su tenedor.
    – Gana la paternidad.
    – Esto es un rollo.
    – Dímelo a mí.
    Pero Nicole no estaba disgustada. Sí, era frustrante estar cerca de Hawk y no poder hacer nada con él; sin embargo, lo positivo era que le había mostrado una faceta que a ella le gustaba mucho, y por la que sentía mucho respeto. Después del desastre que era Drew, agradecía tener la compañía de un hombre sólido. Por supuesto, como su vida era así, aquel hombre sólido sólo estaba fingiendo que tenía una relación con ella.

Diez

    Nicole estaba en el obrador, llenado una caja de magdalenas glaseadas para servir un pedido de urgencia. Una madre desesperada acababa de llamar: su marido se había sentado por error encima de la caja que contenía los pasteles para la fiesta de cumpleaños de su hijo de tres años.
    Fue colocando con primor las magdalenas de chocolate con glaseado de fresa. Dentro de unos minutos aparecería por la puerta la madre en cuestión, y se sentiría aliviada al comprobar que, al menos, esa parte del día estaba resuelta. No le iban a dar el premio Nobel por ello, pensó Nicole, pero ayudaría a alguien a sentirse mejor.
    Maggie entró por la puerta de la tienda y se acercó a ella.
    – Ha venido alguien a verte -le dijo.
    – ¿Alguien a quien quiero ver yo? -preguntó Nicole con un nudo en el estómago. No había mucha gente que entrara por la parte trasera de la pastelería.
    – Probablemente no.
    Nicole se preparó para otra pelea con Jesse. Su hermana estaba decidida a conseguir el dinero de su mitad del negocio. Ella no quería dárselo, para que Jesse no pudiera acabar de destruir su futuro. Legalmente, no tenía por qué hacer nada hasta que Jesse cumpliera veinticinco años, y había decidido resistirse hasta que su hermana llegara a esa edad.
    Jesse estaba en su despacho. Nicole se quedó mirándola unos segundos con ira y tristeza a la vez, y con arrepentimiento y resignación. Pese a lo que pensara Jesse, siempre la había querido, y había querido lo mejor para ella. Sólo se llevaban seis años. Deberían haber estado más unidas.
    Sabía que probablemente, ella tenía gran parte de la culpa de lo que había salido mal. Era demasiado pequeña cuando se había quedado a cargo de Jesse, pero así habían sucedido las cosas.
    Jesse se dio la vuelta y la vio.
    – No es lo que tú piensas -dijo-. No he venido por la pastelería.
    – De acuerdo. ¿Necesitas dinero?
    Jesse puso los ojos en blanco.
    – No. No necesito nada. Esa información debería mantenerte callada durante treinta segundos, por lo menos.
    Nicole abrió la boca, y después la cerró. Estaba muy cansada de pelearse con Jesse, y de sufrir.
    – Me marcho -anunció Jesse antes de que Nicole pudiera preguntarle para qué había ido allí-. No puedo cambiar nada aquí. No puedo arreglar las cosas contigo. No quiero seguir siendo la mala de la película, así que me voy.
    – Huyendo -respondió Nicole, furiosa por el hecho de que su hermana estuviera dispuesta a marcharse-. Ignorando tus responsabilidades, como siempre.
    – ¿Qué responsabilidades? -preguntó Jesse-. Tú no me quieres en tu casa, y tampoco quisiste nunca que trabajara aquí.
    – Eso no es cierto. Claro que quiero que trabajes aquí. Deberíamos ser socias.
    – Tu definición de socias es que yo haga exactamente lo que tú dices. No quiero pasarme la vida espolvoreando azúcar en los donuts.
    – Entonces ¿qué vas a hacer?
    Jesse se dio la vuelta.
    – No lo sé.
    Perfecto. Muy bien.
    – Deja que lo adivine: estás huyendo para encontrarte a ti misma. Bueno, ¿pues sabes una cosa? Tus problemas se van a ir contigo. Se meterán en tu maleta y saldrán cuando la deshagas. No puedes escapar de las consecuencias, Jesse. Lo mejor que puedes hacer es quedarte y resolverlos aquí.
    – No. Ya es hora de que me vaya. Siempre te estás quejando de que nunca voy a crecer. Tal vez así me vea obligada a hacerlo. Lo conseguiré por mí misma, o fracasaré por mí misma.
    Nicole tuvo ganas de gritar.
    – No puedes irte. Estás embarazada, ¿cómo vas a mantenerte?
    – Ese no es tu problema.
    – Pero sí va a ser mi problema cuando vuelvas, y las dos sabemos que vas a volver.
    Jesse la observó durante un momento.
    – Tú crees que lo sabes todo de mí. Crees que sabes quién soy, pero estás equivocada. No sabes nada. Ya estoy harta de pelearme contigo, Nicole. No puedo decepcionarte más, me duele demasiado. Tú no lo creerás, pero es cierto. Nunca quise que las cosas fueran así. Por favor, no intentes encontrarme.
    Dicho aquello, se dio la vuelta y se marchó.
    Nicole la observó mientras se iba. Una parte de ella quería salir corriendo detrás de su hermana y pedirle que se quedara. Otra parte se preguntaba si pasar unos meses sola conseguiría que Jesse creciera. No dudaba que iba a volver, sin duda; asustada, desesperada y sin un centavo. Por no mencionar embarazada. Y ella la acogería en su casa, porque eso era lo que hacía la gente. Pero entre ahora y ese momento, quizá Jesse pudiera aprender unas cuantas lecciones.
    Así que la dejó ir, y se dijo que era lo mejor, aunque tuviera que luchar contra el nudo frío que se le estaba formando en el estómago.

    Después del partido de fútbol, Nicole se dirigió hacia el aparcamiento con el resto del público. Se sentía mejor que antes, pero no podía sacudirse la nube negra en la que llevaba envuelta todo el día.
    Se quedó junto a su coche, sabiendo que Hawk le enviaría a unos cuantos chicos para que los llevara a la pizzería. Sin embargo, fue él quien apareció a los pocos minutos. Al ver su expresión preocupada y su palidez, Hawk le acarició la mejilla.
    – ¿Qué tal estás?
    – Bien. He tenido un mal día.
    – ¿Quieres hablar de ello?
    – No.
    Él le puso la mano bajo la barbilla e hizo que lo mirara.
    – ¿Quieres hablar de ello? -repitió.
    Nicole suspiró. Le gustaba que él la acariciara.
    – Quizá. Es un asunto familiar.
    – Yo soy un tipo muy familiar.
    – Es mi hermana pequeña, Jesse. Ha venido hoy a la pastelería y me ha dicho que se va de la ciudad. Está cansada de decepcionarme, así que se va. Dios la libre de intentar cambiar su comportamiento, eso no es posible. Quiere marcharse, y yo no sabía si convencerla de que no lo hiciera. En parte, creo que necesita aprender la lección, y quizá la aprenda teniendo que valerse por sí misma.
    – ¿Cuántos años tiene?
    – Veintidós.
    – Ya no es una niña.
    – En realidad sí. Nunca se ha responsabilizado de sus actos. Y ahora está embarazada -dijo Nicole. Respiró profundamente y miró a Hawk-. Ella es el motivo por el que nos hemos divorciado Drew y yo, aunque debería haber roto con él mucho antes. Es un imbécil, lo encontré en la cama con Jesse.
    Hawk abrió unos ojos como platos, y soltó un juramento entre dientes.
    – Lo siento.
    – Yo también. Fue un golpe muy duro. Drew ha intentado convencerme de que él no tuvo la culpa, pero yo sé que todo había terminado entre nosotros. Me sentí peor por la traición de Jesse que por la suya.
    – Se supone que deberías poder confiar en la familia.
    – Me enfadé tanto, y me sentí tan herida… -admitió ella-. Yo fui la que insistió en que Jesse viviera con nosotros después de casarnos. ¡No iba a echar a mi hermana pequeña! Supongo que tendría que haberlo pensado mejor.
    – Hiciste lo correcto.
    – No lo sé. De todos modos, ahora las cosas se han complicado. Jesse está embarazada, y quizá el niño sea de Drew.
    – ¿Lo sabe él?
    – No tengo ni idea, y yo no voy a ser la que se lo diga. Ése es problema de Jesse -dijo, y se apoyó en Hawk. Él la abrazó-. Me preocupa que esté sola y embarazada. Después de todo lo que ha hecho, y de cómo se ha comportado, me sigo preocupando.
    – Porque eres una buena hermana.
    – O una completa idiota. No estoy muy segura.
    – No es verdad. ¿Vas a dejar que se vaya?
    – Por ahora sí. Sé que volverá. No logrará ganarse la vida, y menos con el bebé. Pero quizá el hecho de pasar unos meses en el mundo real la ayude a crecer -cerró los ojos e inhaló el olor de Hawk-. Lo cierto es que no quiero que se vaya. No puedo evitar preocuparme. Es una locura, porque me parece que debería alegrarme de que la realidad le dé una bofetada.
    – Eso es porque la quieres.
    – Lo sé, pero a veces la odio.
    – Comprensible. Pero la quieres más de lo que la odias. Es tu hermana.
    Nicole asintió. Era raro pensar que siempre había querido tener una familia propia cuando ni siquiera podía gestionar la que ya tenía.
    Él le besó la cabeza.
    – ¿Puedo hacer algo para ayudarte?
    – El sexo estaría bien.
    Hawk se rió.
    – Es cierto, pero los aparcamientos nunca han sido mi estilo. ¿Qué te parece un poco de pizza?
    – No es comparable, pero lo acepto.
    – ¿Algo más?
    – Podrías venir a cenar conmigo, con mi hermana y su prometido.
    – Hecho.
    Ella se apartó y lo miró con asombro.
    – ¿De verdad?
    Él la besó.
    – De acuerdo.

    – Conocí a Wyatt hace años -explicó Nicole mientras caminaban hacia la puerta de la casa-. Entró un día en la pastelería, para hacer un pedido, y comenzamos a charlar.
    A Hawk no le gustó cómo sonaba eso.
    – Salisteis juntos.
    Ella se echó a reír.
    – Lo intentamos. En teoría, éramos perfectos el uno para el otro. Así que salimos un par de veces, pero fue un desastre. Estábamos destinados a ser amigos. Después, cuando Claire se vino a vivir a Seattle hace unos meses, Wyatt y ella se enamoraron. Lo cual está muy bien. Él necesita tener a alguien en su vida.
    Nicole llamó al timbre.
    – Wyatt tiene una hija de un matrimonio anterior. Amy. Hoy ha ido a dormir a casa de una amiga. La conocerás la próxima vez. Es un encanto, y yo la adoro.
    La puerta se abrió antes de que él pudiera hacer más preguntas.
    – Hola. Estamos haciendo una barbacoa, lo que quizá no sea buena idea. Los hombres y el fuego tienden a sacar lo peor del otro. Soy Claire -dijo, tendiendo la mano-. Tú debes de ser Hawk.
    – Encantado de conocerte.
    – Lo mismo digo.
    Claire miró a su hermana y arqueó las cejas. Hawk no supo con seguridad qué significaba eso.
    Los tres entraron en la casa y la atravesaron hasta el jardín posterior. Era grande y tenía un porche de madera. Había una barbacoa de obra, grande, de acero inoxidable. Hawk tenía una mucho más grande, pero casi no la usaba. El verano era la época en que más trabajo tenía.
    – Hawk, te presento a Wyatt -dijo Nicole.
    Los dos se estrecharon las manos y Wyatt le ofreció una cerveza. Las mujeres volvieron a la casa.
    – ¿Te gustan las chuletas? -preguntó Wyatt, señalando un paquete envuelto que había junto a la barbacoa.
    – Claro. Uno no puede equivocarse con una chuleta.
    – Bien. Claire me ha contado que eres entrenador de fútbol americano de un instituto.
    – Sí, llevo cinco años en ese trabajo.
    – ¿Y te gusta?
    – Más de lo que pensaba. El fútbol es mucho más que ganar. Me gusta ver cómo crecen los chicos, y como se adentran en el mundo real.
    Wyatt lo observó con fijeza, como si estuviera evaluándolo. Hawk no pestañeó. No temía lo que su anfitrión pudiera averiguar. Él no tenía nada que ocultar.
    – Te veía jugar cuando eras profesional -dijo Wyatt finalmente-. Llegaste a lo más alto.
    – A mi mujer le diagnosticaron cáncer. No le quedaba mucho tiempo, y mi hija sólo tenía doce años. No podía seguir jugando durante aquellas últimas semanas. Después de que ella muriera, me quedé al cuidado de la niña. Ahora está en el último año de instituto.
    – ¿Y te arrepientes?
    – No.
    Las mujeres volvieron. Hawk vio que Nicole se acercaba a él, y sintió que algo se removía en su interior. Le gustaba verla moverse. Ella no era consciente de su belleza, ni de su atractivo.
    – Tenemos ensalada y pan de ajo, y Claire ha preparado una tarta de postre -dijo Nicole-. Está constantemente intentando encontrar su pastelera interior.
    – La he encontrado -dijo Claire-. La tarta os va a dejar impresionados.
    Nicole sonrió.
    – Claire toca el piano.
    – Ya lo había oído -dijo Hawk. Le gustaba ver cómo bromeaban las hermanas.
    – Te diré que soy una solista muy famosa, muy caprichosa y muy solicitada. Tienes suerte de que te permita comer en la misma mesa que yo.
    – Cuando llegó a Seattle, ni siquiera sabía poner la lavadora -dijo Nicole.
    Claire pestañeó.
    – Tengo que proteger mis manos. No puedo rebajarme al trabajo doméstico.
    – Deja de meterte con ella -advirtió Wyatt a Nicole-. No es la única que tiene un pasado que esconder.
    Hawk miró a Nicole.
    – ¿Tú tienes secretos?
    – No. Te lo he contado todo.
    Claire la miró con la cabeza ladeada.
    – ¿Estás segura? Cuando yo tenía cuatro años, y tenía que practicar al piano varias horas al, día, Nicole se sentaba fuera del estudio y daba cacharrazos con dos cazuelas. Era su forma de acompañarme y de impedir que me sintiera sola, todo a la vez.
    Nicole se retorció.
    – Bueno, quizá eso no lo había mencionado.
    Claire se echó a reír.
    – Dejaré de torturarte ahora. Ven, Hawk. Amy, la hija de Wyatt, no está hoy, pero tenemos fotografías. Tienes que verlas y escuchar mientras te hablo de ella.
    Lo llevó al interior de la casa. Hawk tuvo la sensación de que no iban a hablar mucho de Amy.
    Cuando llegaron al salón, Claire le señaló varias fotografías que había sobre el piano, y dijo:
    – ¿Cómo os conocisteis Nicole y tú?
    – En la pastelería -respondió él. Así era como la había conocido, pensó, y su buen humor se esfumó.
    – Pareces un buen tipo, lo cual es estupendo. Pero Nicole es especial. No quiero que nadie le haga daño.
    Lo cual significaba que Claire no sabía nada de su trato. ¿Era aquella preocupación una de las razones por las que Nicole le había hecho la oferta?
    – No voy a hacerle daño.
    Claire asintió.
    – No creo que sea tu intención, pero acaba de salir de un matrimonio difícil.
    – Sé lo de Drew.
    – ¿Te lo ha contado?
    – Me ha hablado de Drew, y de lo que sucedió.
    – Oh. De acuerdo. Entonces ya sabes por qué estoy preocupada. Wyatt se siente muy mal. Piensa que nunca debería haberlos presentado. Pero Drew es su hermano, así que era inevitable.
    – ¿Wyatt y Drew son hermanos? -Nicole no le había contado aquella parte de la historia.
    – Hermanastros. Drew es un desastre.
    Hawk se abstrajo de la conversación. De repente, tenía la necesidad de dar un puñetazo a algo, o a alguien. Wyatt se le apareció en la mente. No porque hubiera hecho nada específico. Drew también podía llevarse una paliza. Él disfrutaría con eso.
    Había algo que no iba bien. Algo que…
    Hawk soltó un juramento entre dientes. Aquella sensación molesta e incómoda que notaba en las entrañas tenía un nombre: celos. ¿Qué demonios ocurría? Nicole no debería importarle lo suficiente como para estar celoso. ¿Y de qué, además? Nicole estaba con él. Más o menos.
    No estaban saliendo de verdad. Sólo tenían un trato. Un trato que debería funcionar bien para él. De todos modos, no le gustaba lo bien que la conocía Wyatt, ni que Drew se hubiera casado con ella. Y peor todavía, no sabía cómo deshacerse de aquel sentimiento.

Once

    El domingo por la mañana Nicole se despertó temprano al oír el sonido de unas voces. Rodó por la cama y miró el despertador. Apenas eran las siete. Se incorporó y escuchó, preguntándose por qué Raoul había puesto la televisión a aquellas horas de la mañana, y a un volumen tan alto. Era un adolescente con las hormonas en ebullición y, además, deportista. El sueño era algo muy valioso para él.
    Se levantó y se puso la bata. Cuando llegó a la puerta de su habitación, las voces se volvieron más reconocibles. Era casi como si…
    – Oh, no -murmuró.
    Abrió rápidamente, de par en par. Raoul estaba junto a las escaleras, bloqueando el acceso al rellano. Nicole no veía al hombre que estaba intentando pasar, pero tenía una idea aproximada de de quién se trataba. Sheila se hallaba junto a Raoul, siete kilos de embarazo ladrando con toda su furia.
    – Sabía que cometía un error no cambiando la cerradura -dijo ella, acercándose a la barandilla y mirando al que muy pronto iba a ser su ex marido-. Esta ya no es tu casa, Drew. Vete.
    – No me voy a ir hasta que hablemos. Aunque ahora ya sé por qué me has estado evitando. Así que éste es tu nuevo novio… ¿Un niño? ¿Es lo mejor que has podido encontrar, Nicole?
    – ¿Lo conoces? -preguntó Raoul.
    – Estábamos casados.
    – Estamos casados -corrigió Drew.
    – Separados, divorciándonos. Se ha terminado.
    Raoul asintió, y después volvió a mirar a Drew.
    – Tienes que marcharte.
    – No, de eso nada -protestó Drew mirando a Nicole-. ¿Es divertido con un niño? ¿Le estás enseñando las cosas que sabes?
    Aquel golpe la tomó por sorpresa, y sintió que se sonrojaba. Sin embargo, antes de poder pensar en una respuesta, Raoul agarró a Drew y lo sujetó por el cuello, manteniéndolo inmóvil.
    – ¿Es que tu madre no te enseñó modales? -gruñó-. No vas a hablarle a Nicole así.
    Drew movió los brazos contra su atacante, y jadeó.
    – ¡Nicole!
    – Se merece que la respetes y la aprecies -siguió Raoul en tono de enfado-. Eso tienes que aprenderlo.
    Nicole estaba disfrutando del espectáculo, pero Drew se estaba quedando muy pálido. Lo último que necesitaba Raoul era una querella por agresión.
    – Gracias por cuidarme -dijo a Raoul-, pero tienes que soltarlo. Esperadme en la cocina.
    – ¿Es obligatorio que lo suelte? -preguntó Raoul.
    – Sí. No es una pelea justa.
    Raoul soltó a Drew. Éste se tambaleó hacia atrás, intentando tomar aire mientras se agarraba a la barandilla.
    – Desgraciada -le dijo a Nicole, con la voz ronca.
    – Me parece que no vamos a hablar.
    – No, espera -dijo él, frotándose la garganta-. Quiero hablar.
    – Entonces nos veremos abajo. Y no intentes nada. Raoul no hace siempre lo que le digo.
    No había ningún motivo para amenazarlo; aun así se sintió bien diciendo aquellas palabras. Probablemente, era infantil por su parte, pensó mientras volvía al dormitorio, pero de todos modos era divertido.
    Se lavó la cara y los dientes y se vistió rápidamente. Después bajó a la cocina. Se acercó a Raoul:
    – Tengo que hablar con él sin que lo estés fulminando con la mirada. Por favor, saca a Sheila a dar un paseo.
    – No confío en él.
    – Yo tampoco, pero estoy segura de que puedo arreglármelas si se pone agresivo. Tengo la rodilla mucho mejor.
    Se ganó una sonrisa de Raoul.
    – Estaré por aquí cerca, y me llevo el móvil.
    – Bien. Si hay algún problema, te llamaré.
    Raoul tomó la correa de Sheila y salió de la cocina. Nicole esperó hasta que oyó cerrarse la puerta principal, y después se volvió hacia Drew.
    – ¿En qué demonios estabas pensando para meterte a escondidas otra vez aquí? ¿Es que no aprendiste la lección la última vez?
    En aquella ocasión, Claire lo había mantenido a raya con unas cuantas llaves de defensa personal y un zapato de tacón alto. Drew todavía tenía la cicatriz.
    – Quería hablar contigo.
    – Pues utiliza el teléfono.
    – ¿Quién es ese tipo?
    – Nadie que te interese.
    – ¿Te estás acostando con él?
    – Está en el instituto. Drew, aunque eso no es asunto tuyo. Necesitaba un lugar en el que vivir, así que yo le dije que viniera aquí. Tú eres el que tiene relaciones inapropiadas, no yo. No necesito perseguir a alguien más joven que yo para sentirme mejor conmigo misma.
    Drew dio un paso hacia ella.
    – No quiero más peleas. Esto ya ha durado suficiente. ¿Cuándo me vas a dejar volver?
    No podía estar hablando en serio.
    – No estoy jugando a nada -dijo ella-. No estoy fingiendo un enfado, Drew. Nuestro matrimonio ha terminado. Fue un error desde el principio.
    – No digas eso.
    – Es la verdad. No sé por qué sigues persiguiéndome, pero no deberías hacerlo. Nunca estuvimos bien juntos.
    En aquel preciso instante, se abrió la puerta y apareció Hawk, grande, fuerte y muy atractivo, con unos pantalones de correr y una camiseta. Hizo caso omiso de Drew, se acercó a Nicole y le dio un beso en los labios.
    – Se me ha ocurrido pasar a saludar -dijo, y miró a Drew-. ¿Quién es tu amigo?
    – Mi ex marido -dijo ella automáticamente, preguntándose qué demonios estaba haciendo Hawk allí. ¿Por qué había aparecido de repente? Entonces, lo entendió. Raoul debía de haberlo llamado.
    Hawk estaba preocupado por ella. Saber eso le provocó una sensación de calidez en el estómago.
    Se volvió hacia Drew.
    – Te presento a Hawk.
    Hawk sonrió.
    – Soy su novio.
    Drew se enfadó.
    – Todavía estamos casados.
    – Ya he presentado la demanda de divorcio -le recordó Nicole-. Hemos llegado a un acuerdo. En este momento sólo estamos esperando a que el divorcio sea definitivo. Eso no es estar casados.
    – No voy a perderte.
    – No te queda más remedio, Drew. Se ha terminado.
    Parecía que él iba a echarse a llorar.
    – Pero esto no es lo que yo quiero.
    Ella casi sintió lástima por él, cuando recordó que se había acostado con su hermana pequeña.
    – Debería haber cambiado la cerradura la última vez que entraste. Esta vez lo voy a hacer de verdad. Si vuelves a aparecer por aquí, pediré una orden de alejamiento. Ya es hora de olvidar y seguir adelante, Drew. Es hora de crecer.
    Nicole pensó que él iba a discutir, o a dar más argumentos. En vez de eso, Drew se fue, dando un portazo. Ella miró a Hawk.
    – Te ha llamado Raoul.
    – Sí. No quería dejarte a solas con ese tipo. ¿Es de verdad tu ex marido?
    Nicole asintió.
    – No es mi momento de mayor orgullo.
    – No quiero que aparezca así.
    Ella sonrió.
    – Me gusta cuando te pones tan machote.
    Él no le devolvió la sonrisa.
    – Lo digo en serio, Nicole. No puedes permitir que ese tipo ande rondando por la casa. Es una rata y no creo que haga nada, pero no debería tener la llave.
    – Lo sé. Voy a cambiar la cerradura enseguida.
    Él miró el reloj.
    – Tengo que ir a desayunar con uno de mis jugadores y sus padres. Ya tienen noticias de los reclutadores, y voy a hablar con ellos para aconsejarles sobre cómo deben llevar el asunto.
    Hawk la abrazó y le dio un beso. Nicole se apoyó en él y disfrutó del contacto de sus labios. El cosquilleo comenzó inmediatamente.
    Cuando la soltó, Nicole dijo:
    – Gracias por venir a rescatarme.
    – Cuando quiera. Nadie se mete con mi chica.
    Aquellas palabras no significaban nada. Tenían un trato, sólo eso. Sin embargo, eso no impidió que se le acelerara un poco el corazón y que se preguntara cómo serían las cosas si fuera verdad.

    Cuando Nicole llegó a casa después de trabajar, se encontró a siete adolescentes muy altos sentados en las escaleras de la entrada de su casa. Raoul no estaba con ellos; estaría en el entrenamiento de fútbol hasta las cinco. Entonces ¿quiénes eran?
    – ¿Puedo ayudaros en algo? -les preguntó Nicole después de aparcar en el garaje y dar la vuelta a la casa.
    Los chicos se pusieron en pie.
    – Sí, señora. Me llamo Billy. El entrenador Hawk nos pidió que pasáramos por aquí después de clase. Que echáramos un vistazo para asegurarnos de que todo iba bien.
    Tres de ellos tenían balones de baloncesto. Por su altura, se imaginó cuál era su deporte.
    – Pero Hawk no es el entrenador de baloncesto -dijo ella.
    – Sí, señora. Pero nos cae bien, y estamos encantados de echarle una mano.
    Nicole estaba perpleja. No podía creer que Hawk hubiera hecho aquello. Buscarle guardaespaldas. ¡Su vida no era tan arriesgada, al menos para su integridad física!
    – ¿Y qué se supone que tenéis que hacer? -preguntó, intentando averiguar si aquello le resultaba divertido o molesto.
    – Esperarla, mirar por la casa y quedarnos aquí hasta que llegue Raoul.
    – Pero si no me conocéis.
    Billy frunció el ceño.
    – Bueno, eso no importa.
    Ella tuvo la sensación de que no iban a marcharse hasta que hubieran cumplido su misión. Probablemente, sería más fácil aceptar su presencia que luchar contra ella.
    – Está bien -dijo, y abrió la puerta-. Mirad. Supongo que tendréis hambre, así que voy a la cocina a sacar algo de comer.
    Billy sonrió.
    – Gracias. Se lo agradecemos.
    Cinco minutos después, habían echado un vistazo por toda la casa y se habían reunido en el salón. Todos se presentaron, pero sus nombres eran un borrón. Nicole sacó patatas fritas, refrescos y galletas, y después fue a su despacho y llamó al instituto. Unos minutos más tarde, Hawk respondió al teléfono.
    – Estoy en mitad del entrenamiento.
    – Entonces ¿por qué respondes mi llamada?
    – He pensado que a lo mejor tenía que aplacarte un poco.
    – ¿Porque quizá me sintiera molesta debido a tu suposición prepotente de que necesito que me protejan del hombre con quien estuve casada? Me has mandado jugadores de baloncesto.
    – Son más altos que los de béisbol. Y Drew es del tipo de hombre que se asusta de la estatura.
    Posiblemente, pero eso no era lo importante.
    – No tenías derecho a hacer esto.
    – Se metió en tu casa sin permiso.
    – Tenía una llave. Y yo voy a cambiar la cerradura.
    – Pero todavía no la has cambiado, y los chicos sólo se van a quedar hasta que llegue Raoul. ¿No puedes ser paciente hasta ese momento?
    – No sé si debería abrazarte o darte un golpe.
    – ¿Por qué no me atas y te aprovechas de mí?
    Eso hizo sonreír a Nicole.
    – Me estás haciendo enfadar, Hawk. Esto no es parte del trato.
    – Ahora sí. No me gusta que ese tipo haya aparecido cuando sabía que ibas a estar dormida. Quería tener ventaja, y eso no está permitido.
    – No necesito que me proteja ningún hombre.
    – Yo necesito saber que estás a salvo.
    Nicole suspiró.
    – Está bien. Dejaré que se queden.
    – Bien.
    – De todos modos, no podría librarme de ellos yo sola -murmuró.
    – Siempre eres cortés. Es una de las cosas que más me gustan de ti. ¿Quieres venir a cenar a mi casa esta semana?
    Aquel cambio de tema la tomó por sorpresa.
    – ¿A cenar?
    – Sí, a mi casa. Con Brittany. Los tres solos.
    Nicole no supo qué decir. Cenar en su casa no era una cita pública destinada a prolongar la mentira de que eran una pareja de verdad. Parecía una cita de verdad. ¿Quería ella una cita de verdad?
    Qué pregunta tan tonta, pensó al recordar el cosquilleo que notaba en el estómago.
    – Me encantaría.
    – ¿Qué te parece el miércoles por la noche? Yo cocinaré.
    – Estoy impaciente.
    Quizá más de lo que debería.

    Nicole llegó a casa de Hawk a las cinco y media. Brittany y él vivían en uno de los barrios más antiguos de Seattle, con árboles crecidos y detalles de arquitectura estupendos. Los jardines estaban verdes, los porches eran grandes y los juguetes de los niños se hallaban alineados en las aceras. No era exactamente el lugar donde uno esperaría encontrar a un antiguo jugador de la Liga Nacional de Fútbol millonario.
    Nicole aparcó en la calle y se acercó a la puerta principal. Hawk abrió antes de que llamara.
    – Hola -saludó. La tomó entre sus brazos y la besó.
    Ella cerró los ojos y se abandonó a la sensación que le producían sus labios. Le gustaba su forma de darle la bienvenida. El calor se intensificó, el deseo se despertó y, entonces, Nicole oyó el sonido de unos pasos en las escaleras y se apartó de mala gana.
    – Hola -devolvió el saludo a Hawk-. No me imaginaba que vivirías en un lugar así.
    – ¿Qué quieres decir?
    – En un barrio de clase media lleno de familias. ¿Dónde están las verjas y los coches caros?
    Él se echó a reír.
    – No es mi estilo. Serena y yo compramos esta casa cuando me pagaron la prima inicial del fichaje. Después de haber vivido en una casa tan pequeña durante la universidad, esta casa nos parecía una mansión. Nos gusta vivir aquí. Es nuestro hogar.
    Brittany apareció en el vestíbulo.
    – Hola, Nicole. ¿Cómo estás? Papá dice que va a cocinar, pero en realidad es una barbacoa, que no cuenta. Va a obligarnos a nosotras a hacer la ensalada. ¿Quieres ver la casa?
    Nicole sonrió ante la energía de Brittany.
    – Me encantaría -respondió, y dejó el bolso en la consola de la entrada-. Me encantan las casas de estilo, con todos sus detalles y toques únicos.
    Brittany arrugó la nariz.
    – Quieres decir que es vieja. Cuando sea mayor, quiero un piso alto con vistas.
    – ¿Y cómo vas a pagar ese piso de lujo? -preguntó Hawk.
    Brittany le dedicó una sonrisa resplandeciente.
    – Tú me la vas a comprar, papá, porque me quieres.
    Él refunfuñó, pero Nicole vio que tenía una mirada de buen humor. Hawk no sólo era guapo, sino que además tenía una gran relación con su hija. A Nicole le gustaba eso.
    – Aquí está el salón -dijo Brittany, guiando a Nicole por la casa-. Las molduras son originales de la casa. Las molduras no eran corrientes cuando se construyó, así que creemos que el constructor las trajo de otra casa, quizá de alguna en la que había vivido.
    Nicole miró a su alrededor. La estancia estaba abarrotada. Las molduras eran lo de menos, pensó al ver los sofás, que eran muy grandes y estaban tapizados con telas florales, y los adornitos que llenaban todas las superficies. Aunque normalmente a ella le gustaban las casas con decoración campestre, porque eran acogedoras, aquello resultaba demasiado recargado.
    Los cojines y las cortinas eran de flores, las alfombras eran de yute trenzado y había una familia de patos de porcelana sobre la repisa de la chimenea. Por las mesillas había conejitos, platitos de colores y fotografías enmarcadas. Cientos de fotografías.
    Nicole se acercó a un grupo de fotografías que había en la pared. En ellas aparecía un Hawk más joven con una joven muy guapa. Serena. Había fotografías de los dos riéndose, fotografías de la boda, y fotografías de una ceremonia de la Liga Nacional de Fútbol Americano. Y más fotos de los padres felices con su bebé.
    Sobre la chimenea había también algunas fotografías de Brittany, desde su nacimiento hasta los diez años, más o menos.
    La habitación estaba tan llena que resultaba opresiva. A Nicole le recordaba la casa de su abuela. Demasiado color, con demasiadas cosas. El comedor era igual que el salón; Nicole se sentía fuera de lugar. Aquello no era una casa, sino un altar dedicado a un estilo perdido. Estaba segura de que no había cambiado nada desde la muerte de Serena.
    Se volvió hacia Hawk y Brittany, y esbozó una sonrisa forzada.
    – Es muy bonito. ¿Esto lo hizo Serena? -preguntó, señalando unos marcos que contenían refranes bordados. Brittany asintió.
    – Me estaba enseñando a hacer punto de cruz cuando murió.
    – Las manualidades les dan a las casas un aire muy acogedor -murmuró, sin saber qué decir. ¿Acaso nunca había querido Hawk dejar atrás el pasado? Mantener viva la memoria de Serena era una cosa, pero ¿aquello?
    – A Serena le encantaban las flores y los colores brillantes -dijo Hawk-. Yo pensé en cambiar unas cuantas cosas, pero no le vi sentido. Ésta es la casa que ella nos dejó.
    ¿Y por qué iba querer cambiarlo?, se preguntó Nicole, asombrada de lo que estaba viendo. Hasta aquel momento nunca había pensado en Hawk como en un viudo. Sabía que su mujer había muerto, pero no había tenido en cuenta que quizá aún lloraba su pérdida. Ni siquiera que estaba viviendo la vida como Serena hubiera deseado vivirla. Siempre parecía tan fuerte, tan dispuesto a ocuparse de las cosas… Para ella, aquello era todo un descubrimiento.
    La casa era un santuario para Serena, y le gritaba a cualquier invitado que no se molestara en sentirse cómodo. Las fotografías que lo abarrotaban todo decían que no había sitio para nadie más.
    Continuó el recorrido por la planta baja. La casa era grande: tenía una sala de estar enorme, una cocina con comedor incorporado, también muy grande, biblioteca y un estudio que Hawk usaba como oficina. Incluso allí era visible el toque personal de Serena. Había flores de seda esparcidas sobre los trofeos de fútbol que él había obtenido a lo largo de su carrera deportiva.
    Nicole se sintió como si las paredes se estuvieran cerrando sobre ella. Cuando Hawk sugirió que salieran al jardín, se sintió aliviada y respiró de nuevo.
    Sin embargo, su alivio fue efímero. Mientras Hawk se dedicaba a encender la barbacoa, Brittany insistió en que fueran a ver el jardín especial de Serena.
    – Le encantaban las flores -explicó la adolescente-. Las plantaba todos los años. Papá y yo seguimos plantando las mismas, queremos que su jardín siga exactamente igual que cuando ella vivía. También hay hierbas aromáticas. Cada vez que las usamos nos acordamos de ella.
    Nicole murmuró que todo era precioso, pero la cabeza le daba vueltas. ¿Qué estaba intentando decirle Hawk?, ¿que no iba a darle la bienvenida a su vida a nadie que no fuera Serena? ¿Y era consciente de que le estaba diciendo a todo el mundo que entrara en la casa que nunca iba a poder estar a la altura de su difunta esposa? ¿La había invitado a cenar para advertírselo?

Doce

    La cena resultó más agradable de lo que había pensado Nicole. Serena dejó de ser el tema de conversación principal, y ella hizo todo lo posible por librarse de la sensación de que no era bienvenida, y se convenció de que Hawk no la habría invitado si no quisiera pasar la velada con ella.
    Después de dejar los platos en la cocina, Brittany llevó a Nicole a la sala de estar y sacó varios álbumes de fotografías que dejó en la mesa de centro, delante del sofá.
    – Mira qué bonitas -le dijo la adolescente, mostrándole la primera, en la que aparecían Hawk, muy joven, y una muchacha morena y muy guapa-. Estaban tan enamorados… Aquí sólo tenían dieciséis años. Mira qué sonrisas -suspiró.
    Nicole murmuró que las fotografías eran muy bonitas y se preguntó si el problema estaba en ella. Quizá estuviera reaccionando desproporcionadamente debido a la situación. Quizá sólo estuviera demasiado sensible a causa de Drew.
    No. Recordar era una cosa, pero vivir en un santuario era algo totalmente extraño.
    Brittany siguió pasando las hojas del álbum, mostrándole viajes de esquí y a su padre después de que su equipo ganara la copa de la Liga Nacional.
    – Le dieron el premio al jugador más valioso de la Liga -dijo la chica con orgullo.
    – Impresionante -respondió Nicole.
    Había fotografías del baile de graduación, y después una serie que mostraba a una Serena cada vez más embarazada.
    – No pudieron casarse cuando se enteraron de que mi madre iba a tenerme a mí. Sólo tenía diecisiete años, y sus padres no le dieron el consentimiento. Así que esperaron hasta el día de su cumpleaños -suspiró Brittany-. Mi padre dijo que estaría a su lado, pasara lo que pasara.
    Una versión romántica de lo que tuvo que ser un momento muy difícil.
    – Pelearse con su familia tuvo que ser muy duro para ella -dijo Nicole.
    – Ya lo sé. Es muy triste. Ellos nunca la perdonaron por casarse con mi padre, aunque estuvieran totalmente enamorados y sus vidas fueran perfectas. Yo no veo mucho a mis abuelos. Mi padre dice que ellos se lo pierden.
    – Estoy de acuerdo en eso -dijo Nicole.
    Brittany sonrió, y después volvió la página.
    – Esta soy yo. Nací en Oklahoma, cuando papá estaba jugando al fútbol en la Universidad de Oklahoma. Esta es la casa en la que vivíamos. Es pequeña, pero muy mona. Mis padres tuvieron mucha suerte. Podían estar juntos todo el tiempo y tenían un bebé al que querían mucho.
    Sonaba demasiado perfecto.
    – Estoy segura de que habrán tenido que luchar mucho -dijo Nicole con cautela-. Siendo tan jóvenes, y lejos de casa, con un bebé recién nacido. Debían sentirse muy asustados.
    – A lo mejor -dijo Brittany, y descartó sus palabras con un encogimiento de hombros-. Pero se tenían el uno al otro. Papá habla de aquellos primeros años todo el tiempo, de lo mucho que se divertían. Los seguidores del equipo fueron estupendos; le consiguieron a mamá un trabajo y la ayudaron a cuidarme. El fútbol universitario es muy importante allí, y papá era uno de los jugadores más brillantes.
    Brittany pasó otra página.
    – Todo el mundo decía que eran demasiado jóvenes y que no iban a conseguirlo, pero sí lo consiguieron. Mis padres estuvieron enamorados hasta el día en que murió mi madre.
    Nicole decidió que era mejor cambiar de tema. Estando en aquella casa no podía escapar de Serena. Sin embargo, había otros asuntos. Se excusó y fue a la cocina a ayudar a Hawk a recoger.
    – ¿Brittany te estaba enseñando fotos? -se interesó él mientras cargaba el lavaplatos.
    – Sí. Todo está muy bien documentado.
    Él se echó a reír.
    – A Serena le encantaba hacer fotos, y que se las hicieran. La gente va a pensar que Brittany va a tener siempre doce años.
    – Lo dudo -respondió Nicole, entregándole unos vasos-. Me ha contado cómo fueron las cosas cuando Serena y tú os casasteis. Lo maravilloso que fue todo.
    Él la miró con expectación, como si estuviera esperando a que se explicara.
    – Algunas veces tuvo que ser difícil -comentó ella, intentando que su tono fuera despreocupado-. Los dos erais muy jóvenes, y era la primera vez que os alejabais tanto de vuestra casa.
    – Sí, pero tuvimos mucho apoyo. Salió bien.
    – Brittany piensa que fue mágico. Como si, con suficiente amor, todo fuera maravilloso.
    Hawk arqueó las cejas.
    – ¿Y?
    – Es una niña de diecisiete años con una relación seria. ¿No le has hablado de las consecuencias? No todos los embarazos adolescentes terminan bien. No todos los matrimonios tan jóvenes sobreviven.
    Él se inclinó y le besó la frente.
    – Te pones muy guapa cuando te preocupas tanto.
    – Y tú estás haciendo caso omiso de lo que te estoy diciendo.
    Él sonrió con indulgencia.
    – No te preocupes. Ya he hablado con Brittany. Ella es una buena chica, y yo sé lo que ocurre en su vida. Raoul y ella no tienen relaciones sexuales todavía. De ser así, lo sabría.
    No era culpa de él, pensó Nicole. Era un hombre. Padre, pero hombre de todos modos. Veía lo que quería ver.
    – Hawk, tú ni siquiera sabías que Raoul estaba viviendo en un edificio abandonado. Llevaba semanas allí, durante el verano, cuando hace calor, y Brittany y él han pasado a solas mucho tiempo, sin distracciones. ¿Estás seguro de lo de las relaciones sexuales?
    Él se irguió.
    – Nicole, sé que quieres ayudar, pero esto no es asunto tuyo. Brittany y yo tenemos una relación estrecha. Hablamos, y yo confío en ella. Tú no tienes hijos, así que tendrás que creerme en esto.
    – Yo he criado a mi hermana desde que era pequeña. Tengo experiencia.
    – Y mira cómo salió.
    Nicole se puso tensa.
    – Eran circunstancias distintas.
    – Yo conozco a mi hija mejor que tú. No está ocurriendo nada con Raoul.
    – ¿Y por qué piensas que no? Tú le has enseñado que el amor de juventud lo cura todo. Le has enseñado que quedarse embarazada a los diecisiete años es sólo el principio de la aventura.
    – No voy a hablar más de esto.
    – ¿Por qué? ¿Porque sólo puede haber un punto de vista? ¿Porque sólo tú puedes tener razón? Espero estar equivocada, Hawk, porque si no, los dos vais a aprender una lección desagradable.
    Él se quedó mirándola fijamente.
    – ¿De qué va todo esto, en realidad?
    – ¿Qué?
    – Debes de tener algo en mente. Estás invirtiendo mucha energía en la vida personal de mi hija. ¿Cuál es de verdad tu problema?
    Nicole no daba crédito. Sólo estaba intentando ayudar, ser su amiga. Al parecer, él no lo veía así.
    – Tú eres mi problema -dijo-. Me marcho a casa.
    Y salió por la puerta, esperando a medias que él la siguiera y le pidiera que esperara. Que pudieran hablar de la situación y encontrar un punto de acuerdo. Sin embargo, él no lo hizo.

    Hawk llevaba un rato paseándose por casa, incapaz de sentarse. Estaba inquieto, lo cual era poco corriente. Normalmente se sentía cómodo en su propia piel.
    Subió las escaleras hasta la habitación de Brittany, donde ésta estaba haciendo los deberes, y se detuvo en la entrada.
    – ¿Cuánto vas a tardar? -preguntó-. He pensado que quizá pudiéramos hacer algo. Quizá ir al cine.
    Ella lo miró.
    – Papá, mañana tengo clase.
    – Claro, claro -dijo él-. Bueno, iré a ver si hay algo interesante en la televisión.
    – Deberías llamarla.
    – ¿A quién?
    – A Nicole. Deberías llamar a Nicole.
    – ¿Por qué dices eso?
    Ella lo miró con resignación.
    – Porque has estado de mal humor desde que tuviste la pelea con ella.
    ¿Cómo podía saberlo Brittany?
    – ¿Qué pelea?
    Brittany puso los ojos en blanco.
    – La pelea durante la que hablasteis en voz baja y muy tensa, y después de la cual ella se marchó sin decir adiós -explicó, y después exhaló un suspiro-. No te preocupes. No me enteré sobre qué era la pelea, y no quiero saberlo. Probablemente se trate de algo muy aburrido de los adultos.
    Él no sabía qué decir.
    – Es muy simpática -añadió Brittany-. Me cae muy bien, y a ti te gusta. Puedes tener novia, papá. No tiene nada de malo, y no es que te vayas a casar con ella.
    – No necesito tu permiso para salir con una mujer.
    – Lo sé, pero de todos modos te lo estoy dando.
    Era adorable y completamente irritante, pensó Hawk mientras meneaba la cabeza.
    – ¿Qué voy a hacer contigo?
    – Adorarme, como todo el mundo. En serio, papá, Nicole te gusta mucho.
    – Lo sé.
    – Entonces, adelante. Discúlpate.
    – ¿Cómo sabes que soy yo el que debe disculparse?
    – Porque tú eres el hombre. Pero ya sabes, no vayas demasiado en serio con ella.
    – Eso no va a suceder -respondió él.
    Nunca podría reemplazar a Serena. No podía. Había sido el amor de su vida. ¿Por qué iba a querer enamorarse de otra persona?
    – Entonces ¿vas a llamarla? -preguntó Brittany.
    – Quizá.
    – Deberías. Nicole es estupenda.
    Era cierto, pensó Hawk mientras bajaba las escaleras. Pensándolo bien, además, su discusión no tenía sentido. Él conocía a su hija y confiaba en ella. Fin de la historia. Nicole no lo entendía, pero eso no era una tragedia.
    – ¿Vas a llamarla? -le gritó Brittany.
    – Déjame tranquilo, niña.
    Ella se echó a reír y él sonrió.

    Jesse paró en el pequeño aparcamiento para calmarse. Estaba llorando demasiado como para poder seguir conduciendo sin ponerse en peligro.
    Sabía que sólo ella tenía la culpa de la situación en la que se encontraba, pero eso no hacía que se sintiera mejor. Lo había echado todo a perder. Había perdido todo lo que quería, todo lo que le importaba.
    Mientras se enjugaba las lágrimas, se dijo que tenía que ser fuerte. Tenía que decidir lo que iba a hacer con su vida. O, al menos, cómo iba a sobrevivir durante los meses siguientes. No tenía dinero, apenas le quedaba gasolina y estaba a cuatrocientos ochenta kilómetros de Seattle, en Spokane. ¿Y ahora qué?
    Como si quisiera responder a la pregunta, alguien dio unos golpecitos en el cristal.
    Bien. Justo lo que necesitaba. Una interferencia.
    Bajó la ventanilla unos centímetros, pero no se molestó en mirar a la persona.
    – ¿Qué? -preguntó con aspereza.
    – ¿Estás bien?
    Era la voz de un hombre, y tenía tono de preocupación.
    – Estoy perfectamente.
    – Pues no lo parece.
    Ella se volvió a mirar. Era mayor, de la edad de un abuelo, pero de aspecto amable. Jesse tuvo ganas de contárselo todo, pero no lo hizo porque su historia podría causarle un infarto, y ella no quería tener que sentirse culpable de una cosa más.
    – Váyase -dijo.
    – Eso no es muy amable por tu parte.
    Ella se enjugó los ojos.
    – No lo decía en el mal sentido. Mire, gracias por interesarse, pero usted no tiene por qué involucrarse.
    – ¿Y cómo lo sabes?
    – Porque en realidad, no está interesado en mi vida. Nadie está interesado en ella, ni siquiera yo.
    – Parece el primer verso de una canción country -comentó el hombre.
    Era cierto, y Jesse se echó a llorar otra vez.
    – Bueno, bueno -dijo él, y abrió la puerta del coche-. Vamos, ven conmigo. ¿Tienes hambre? La comida de mi bar no es nada del otro mundo, pero hago unas hamburguesas estupendas.
    Antes de que ella se diera cuenta de lo que estaba ocurriendo, se vio dentro del bar. El hombre encendió las luces y señaló la barra.
    – Siéntate.
    Ella se sentó en uno de los taburetes. Él le pasó varias servilletas y un vaso de agua.
    – Empieza por el principio. ¿Qué es lo que va mal?
    – Todo.
    – ¿De veras?
    Jesse pensó que era agradable, y que ella también debía serlo. Sin embargo, lo que dijo fue:
    – Estoy embarazada. Mi hermana piensa que me he acostado con su marido, y no es cierto, pero no me cree. Mi novio es el padre de mi hijo, y él tampoco se lo cree. Me dijo que no le importaba si era suyo -entonces comenzó a llorar de nuevo, y se sonó la nariz-. Me he peleado con mi hermana y con Matt, y he decidido marcharme de Seattle. No tengo dinero ni ningún sitio al que ir, ni trabajo ni casa. ¿Le parece suficiente?
    – Por algo se empieza -dijo el hombre-. Pues consigue un trabajo.
    Ella lo miró con cara de pocos amigos.
    – ¿Haciendo qué? ¿Le parece que tengo mucha capacitación?
    – Seguro que hay algo que sabes hacer. Todo el mundo es capaz de hacer algo.
    Ella sabía hacer pasteles, pensó Jesse con tristeza. Hacía bizcochos perfectos y galletas deliciosas. Sin embargo, todas las recetas eran de la pastelería, y no le parecía bien usarlas. Por no mencionar que, la última vez que lo había intentando, Nicole la había metido en la cárcel.
    – Nada -dijo, finalmente-. No sé hacer nada.
    – ¿Cuántos años tienes?
    Ella volvió a fulminarlo con la mirada.
    – ¿Cómo? -¿acaso estaba insinuándosele? Era repugnante-. Me marcho de aquí.
    Él alzó ambas manos.
    – No te pongas tan altanera conmigo, hija. No te lo he preguntado por la razón que tú piensas. Eres tan joven como para ser mi nieta. Además, a mí me gustan las mujeres con un poco más de edad. Tienen más conversación y no les gustan las tonterías -dijo, y señaló el letrero que había en la pared. Decía «Bill's Bar»-. Este es mi bar. Si tienes edad suficiente, puedo darte trabajo. Algo temporal, hasta que consigas levantar cabeza.
    – Tengo veintidós años -dijo Jesse, no del todo convencida de que él hablara en serio-. Tengo el carné de identidad.
    – Te creo.
    Nadie la creía. Todos llevaban mucho tiempo sin creerla.
    – ¿Y por qué iba a hacer algo así? ¿Por qué le ofrece trabajo a una desconocida?
    – Una de mis camareras dejó el trabajo anoche. Todavía no he puesto el anuncio en el periódico. Tú me ahorrarás tiempo y molestias, por no hablar del dinero.
    – Pero si no sabe nada de mí.
    – Se trata de servir bebidas. No es difícil. Además, eres muy guapa, y los clientes no se molestarán si cometes un error.
    Ella no se sentía muy guapa.
    – Sabe que estoy embarazada, ¿verdad?
    – Ya lo habías mencionado. No te preocupes. Nadie fuma en el bar.
    No era eso lo que preocupaba a Jesse, aunque debería. Ella se refería a que no iba a ser atractiva cuando empezara a notársele el embarazo. Sin embargo, no dijo nada. Un trabajo le proporcionaría tiempo para pensar.
    – Acepto el trabajo -dijo-. A propósito, me llamo Jesse.
    – Me alegro de conocerte, Jesse. Soy Bill.
    Ella sonrió.
    – Lo sé por el letrero.
    – Necesitas un sitio donde alojarte.
    Jesse asintió con cautela.
    – Puedes alquilar una habitación en casa de Addie. Es como una casa de huéspedes al estilo antiguo. No es de lujo, pero el alquiler es barato y ella da dos comidas al día.
    – ¿Lo dice en serio? -preguntó Jesse-. ¿No es una broma?
    Bill se quedó mirándola.
    – Alguien te ha hecho mucho daño, hija, y lo siento. Esto no es una broma. Sólo estoy siendo amable. Es lo que hace la gente, ayudarse unos a otros.
    – En mi mundo no.
    Bill asintió lentamente.
    – Hace años, me metí en un lío. Alguien me ayudó entonces. Ahora yo te estoy ayudando a ti.
    ¿Era tan fácil?
    – Mi suerte no es tan buena -dijo Jesse.
    – Quizá tu suerte haya cambiado.

Trece

    – Te estás comportando de una manera muy extraña -dijo Nicole a Raoul.
    Ambos estaban en el salón, y él alzó la vista del libro de texto que tenía en el regazo.
    – ¿En qué sentido?
    – No dejas de mirar el reloj.
    Raoul miró el reloj que había sobre la repisa de la chimenea y se encogió de hombros.
    – Quiero saber qué hora es.
    – ¿Cada quince segundos?
    – No es para tanto.
    – Casi -dijo Nicole. Sabía que estaba ocurriendo algo, aunque no había averiguado qué-. Voy a empezar a hacer la cena.
    – No tengo hambre.
    Ella puso los brazos en jarras.
    – ¿Qué ocurre? Será mejor que me lo digas ya. De todos modos, al final lo voy a averiguar.
    Raoul intentaba parecer inocente, pero no lo consiguió.
    – Nada -respondió, y se puso en pie de un salto-. Me voy a estudiar a casa de Marcus. Sus padres están en casa. El número lo tienes en la encimera de la cocina.
    – ¿Y la cena?
    – Cenaré allí -dijo, y pasó por delante de ella rápidamente-. Volveré tarde -gritó mientras se alejaba hacia la puerta de la cocina.
    Y dicho eso, se fue.
    – Esto sí que es raro -murmuró Nicole.
    En aquel mismo instante, alguien llamó a la puerta principal. Nicole atravesó el salón y abrió, y se encontró a Hawk en el porche. De repente, el extraño comportamiento de Raoul adquiría sentido.
    – Me has tendido una trampa.
    – Pero una trampa buena -respondió él mientras entraba en la casa. Tenía en las manos dos bolsas grandes que olían muy bien-. Comida china. No has cenado. Comeremos, hablaremos, nos haremos amigos de nuevo.
    – ¿Es eso lo que somos?
    – Claro -dijo él. Puso las bolsas en la mesa y le tomó la cara con ambas manos-. Eh, lo siento.
    Pese al baile de hormonas que se desató en su cuerpo, Nicole se dijo que no iba a ablandarse por la belleza masculina y unos rollitos primavera.
    – ¿Por qué?
    – Quizá por reaccionar de mala manera.
    – ¿Quizá? ¿Y cuándo vas a decidirlo?
    – Reaccioné mal. Tú estabas intentando ayudar y yo no me di cuenta -se disculpó Hawk, y la besó con suavidad-. ¿Te he dicho ya que lo siento?
    – Sí.
    – ¿Y has aceptado mis disculpas?
    – Ahora sí, pero porque yo también lo siento. Puedo llegar a avasallar.
    – Pero eres muy mona. Entonces ¿nos hemos reconciliado?
    Nicole sonrió.
    – Sí.
    Entraron en la cocina. Mientras Hawk ponía los envases de comida china sobre la mesa, ella sacó los platos, los cubiertos, los vasos y las servilletas. Él abrió la botella de vino que le entregó Nicole, y después ambos se sentaron a cenar.
    – Tenías cierta razón en lo que me dijiste sobre Brittany -comenzó él-. Es posible que yo haya hecho que el pasado parezca mejor de lo que fue. Serena y yo no lo hicimos a propósito, pero no queríamos que Brittany pensara que no era especial, o que había sido una molestia…
    Nicole se quedó impresionada por el hecho de que él quisiera hablar del tema y ver las cosas desde su perspectiva.
    – Quizá haya algún punto medio. Una historia ligera que le diera a entender que no todo fue tan fácil y tan maravilloso. A no ser que lo fuera.
    Él negó con la cabeza.
    – Éramos demasiado jóvenes. Tuvimos suerte, porque en la Universidad de Oklahoma, la que yo elegí, nos ayudaron mucho, tanto la asociación de ex alumnos como el entrenador…
    – ¿Todo gratis? -preguntó ella, sabiendo que, en una ciudad con un equipo de fútbol, los jugadores eran casi dioses.
    – Más o menos. Las reglas no eran tan estrictas entonces. No nos daban dinero, pero teníamos muchas ventajas. Siempre había alguien dispuesto a cuidar de Brittany cuando lo necesitábamos, así que Serena podía venir a los partidos, incluso a los que se jugaban fuera. Algunas familias nos llevaban de vacaciones con ellos. Tuvimos acceso a la consulta de médicos estupendos, y siempre nos traían comida del supermercado, o algo cocinado.
    – Suena bien.
    – Los compañeros de equipo fueron estupendos, pero fueron sus mujeres las que nos ayudaron más. Fueron muy buenas con Serena. Sin embargo, fue duro, de todos modos. Estábamos lejos de casa. Sus padres nunca la perdonaron, y no entendieron lo que estábamos haciendo. Le dieron la espalda a su única hija, y ella estuvo triste por eso hasta el día que murió.
    Nicole pensó en Jesse. ¿Diría su hermana que ella le había dado la espalda? No estaba segura. Ni siquiera ella misma sabía cómo describir la situación.
    – La peor parte, para ella, fue la soledad -continuó Hawk-. Para mí, la peor parte fue estar constantemente asustado.
    – ¿Asustado de qué?
    – De lesionarme. Podíamos mantenernos y contar con la ayuda de los demás porque yo era capaz de atrapar una pelota mejor que nadie, y corría como el viento. Pero si me lesionaba, todo habría terminado. Y entonces ¿qué? No respiré tranquilo hasta el día que me ficharon para la Liga Nacional y tuve el cheque ingresado en el banco.
    – Lo conseguisteis.
    – Lo conseguimos. Sin embargo, admito que algunas veces, Serena y yo nos peleábamos y yo lamentaba que se hubiera quedado embarazada. Eso es lo que no queríamos que supiera Brittany, lo de los malos tiempos. De todos modos, te entiendo cuando dices que he hecho que todo pareciera fácil.
    – Me alegro -dijo ella, y se inclinó hacia Hawk-. No quería meterme donde no me llaman.
    – Lo sé.
    – Creo que eres un padre estupendo.
    – Gracias -dijo él, y le tomó la mano a Nicole por encima de la mesa-. Siento lo que dije de Jesse. No es cierto.
    Ella sonrió.
    – No pasa nada.
    – Supongo que Brittany es un tema delicado.
    – Es tu hija, y tienes un fuerte sentido de la responsabilidad hacia ella. Créeme, te entiendo. Yo crecí siendo la reina de las responsabilidades.
    Él la acarició.
    – Tus padres te exigían demasiado. Eso lo veo también en mis chicos. Si uno de ellos es capaz de hacer una cosa, esperan que haga otra aún más difícil. Los padres no se dan cuenta de que van demasiado lejos.
    Ella le agradecía la comprensión.
    – Algunas veces no me importaba, pero otras lo odiaba. Durante el instituto había muchas cosas que quería hacer, pero no podía, porque tenía que levantarme muy temprano para ayudar en la pastelería. Así que no podía salir. Quería ir al teatro, al cine, pero tenía que volver a casa después del instituto para cuidar de Jesse.
    Nicole atravesó una porción de comida con el tenedor.
    – Lo peor fue cuando se marchó mi madre. Yo la echaba de menos muchísimo, y estaba enfadada con ella, porque sabía que prefería estar con mi hermana a quedarse con nosotros. Quería ver mundo y conocer a gente famosa. Creo que si no hubiera tenido a Jesse, se habría marchado desde el principio.
    Nicole miró a Hawk.
    – La pastelería era de la familia de mi padre, no de la suya. A ella nunca le gustó hacerse cargo del día a día del negocio. Era un gasto continuo de tiempo y energía, y nunca iba a hacerse rica de ese modo. Pero Claire tenía potencial.
    Nicole apretó los labios.
    – Estoy haciendo que mi madre parezca horrible. No es mi intención.
    – No, sólo estás contando lo que ocurrió. Eras sólo una niña, y te encontraste con demasiada responsabilidad.
    Sus palabras y su tono de voz eran amables. Ella tuvo ganas de acurrucarse contra él, de que Hawk la abrazara, de sentirse segura.
    Un momento, ¿desde cuándo necesitaba ella a un hombre para sentirse segura?
    – ¿Nicole?
    – ¿Qué?
    – ¿Adónde acabas de ir?
    – No importa.
    – Tienes una expresión muy seria, y no creo que sea nada bueno.
    – No es nada. Por lo menos, podría no serlo si tú me distrajeras.
    La sonrisa lenta y sexy de Hawk hizo que Nicole se estremeciera de pies a cabeza.
    – ¿Cuánto tiempo va a estar fuera Raoul?
    – Dijo que volvería tarde.
    – Me alegro de saberlo.
    Hawk se levantó e hizo que ella también se pusiera en pie. Su cena, a medio terminar, se quedó en la mesa, pero a Nicole no le importó. De repente no tenía hambre… al menos no de comida.
    Hawk la abrazó y la besó con un deseo ardiente que le cortó la respiración, y movió las manos desde arriba hacia abajo mientras su cuerpo calentaba el de ella. Era erótico, familiar y excitante.
    – He echado de menos esto -murmuró él mientras le besaba la mejilla, la frente y finalmente, el cuello-. He echado de menos acariciarte y recibir tus caricias.
    – Yo también.
    – Te deseo -le susurró Hawk al oído, y ella notó que se le erizaba el vello-. En una cama, esta vez.
    – Convencional -murmuró Nicole, que también lo deseaba-. ¿Quién iba a pensarlo?
    Hawk se rió.
    Ella lo tomó de la mano y lo llevó a su habitación. Una vez allí, él se detuvo frente a ella y le apartó el pelo del rostro. La miró a los ojos durante un largo instante, como si quisiera atravesar las barreras emocionales que ella siempre tenía en pie.
    – Eres tan bella… -susurró.
    Nicole sabía que, en su mejor día, era guapa. Aunque estaba segura de que Hawk pensaba lo que había dicho, tenía la sensación de que estaba obnubilado en aquel momento previo a la relación sexual. Sin embargo, era agradable oírlo. Tan agradable, que Nicole se sintió de repente muy vulnerable, débil de un modo que nunca había experimentado. Quería apartarse, esconder… ¿qué? No su cuerpo. Estaba más que dispuesta a mostrarlo. Entonces ¿qué? ¿Su corazón, estaba en peligro su corazón?
    No quería pensarlo, así que le posó las manos sobre los hombros y se puso de puntillas para besarlo mientras tiraba de su camisa para sacársela de la cintura de los pantalones. Él terminó el trabajo; se sacó la camisa por la cabeza y la tiró sobre una silla. Ella hizo lo mismo, y después se quitó el sujetador. Entonces ambos quedaron unidos, piel contra piel, los senos de Nicole contra el pecho fuerte de Hawk, y él hundió la lengua en su boca mientras seguían despojándose de la ropa. En pocos segundos quedaron desnudos, y él la acarició por todas partes, la espalda, los costados, las nalgas y, finalmente, los pechos; los tomó en las palmas de las manos y jugueteó con sus pezones, empujándola hacia la cama.
    Cayeron juntos en el colchón, en un enredo de brazos y piernas, y él la agarró por las caderas y la situó a horcajadas sobre su cintura. Entonces ella se apartó un poco para que él pudiera colocarse el preservativo, y volvió a sentarse en sus caderas.
    Él estaba endurecido, grueso, preparado, y Nicole sintió que era exactamente lo que necesitaba su vientre tembloroso. Impaciente por sentirlo llenándola, descendió sobre él, y su cuerpo se adaptó a medida que él se hundía más y más. Ambos jadearon.
    Nicole se inclinó hacia delante y apoyó las manos en el colchón. Él alzó los brazos y le tomó ambos senos para acariciárselos, mientras el pelo largo y rubio de ella le acariciaba los hombros y el pecho.
    – Esto es una fantasía verdaderamente buena -susurró Hawk mientras le rozaba los pezones, henchidos y sensibles.
    – Para mí también.
    – Eres muy buena seduciéndome.
    – Has sido muy fácil.
    – Parte de mi encanto.
    Ella apretó los músculos a su alrededor. Él cerró los ojos y emitió un gruñido. Una increíble sensación de poder se apoderó de Nicole.
    – Eres encantador -murmuró, y comenzó a moverse.

    – No voy a comer desnuda -protestó Nicole, casi media hora después.
    Hawk puso la comida china sobre la mesilla de noche.
    – ¿No quieres que te ponga un poco de kung pao en la barriga?
    Estaba preciosa. Curvilínea y rosada, y todavía muy desnuda. Con sólo mirarla, la deseaba de nuevo.
    – Pruébalo -dijo él mientras abría un envase y tomaba un tenedor de los que había subido a la habitación-. Sólo un poco.
    – Estás loco -dijo ella, pero de todos modos se estiró sobre la cama-. Si le cuentas esto a alguien, lo negaré hasta mi último aliento.
    – No voy a decírselo a nadie.
    ¿Por qué iba a querer él compartir algo tan bueno?
    Tomó un pedazo de kung pao y lo colocó sobre la barriga de Nicole, pero en vez de comerlo, se inclinó y la besó.
    – El aperitivo -dijo.
    – Muy rico.
    – Pues mejora.
    Hawk se inclinó de nuevo y tomó el pedacito de pollo con los labios. Después de morder la mitad, le dio una parte, masticó la suya y después lamió el ombligo de Nicole hasta dejarlo limpio.
    Ella se incorporó un poco y se apoyó sobre un codo.
    – No es un modo muy eficiente de comer.
    – Estoy de acuerdo.
    – No ha sido horrible.
    Hawk se echó a reír.
    – ¿Es tu forma de decir que te ha gustado?
    – Quizá. Probémoslo de nuevo.
    Casi una hora después, él estaba vestido y saliendo por la puerta. No habían terminado la cena, más allá de aquellos bocados que habían tomado en su habitación. Aunque Hawk no tenía queja. Lo que habían hecho en vez de cenar era mucho más interesante.
    Silbó suavemente mientras cerraba la puerta, y entonces se detuvo, al ver a Raoul subiendo los escalones.
    Hawk saludó al chico con un gesto de la cabeza, diciéndose que no había ningún motivo por el que debiera sentirse culpable. Raoul lo había ayudado a preparar aquella velada con Nicole. Y sin embargo, se sentía… incómodo, sin saber por qué.
    – Se ha quedado hasta muy tarde -comentó Raoul con una expresión inescrutable.
    – Sí.
    El adolescente le bloqueaba el paso. Hawk no iba a dar un paso hasta que el chico se apartara, y no parecía que Raoul tuviera mucha prisa por hacerlo.
    Se miraron fijamente.
    – Nicole es especial -dijo Raoul, señalando hacia la casa con la cabeza.
    – Lo sé. Yo soy el que está saliendo con ella.
    – No se merece que le hagan daño.
    Hawk no podía creerlo. Raoul era su jugador. Él siempre lo había apoyado, había estado a su lado. ¿Y ahora Raoul elegía a Nicole por encima de él?
    – Ese comentario está fuera de lugar -le dijo-. Además, esto no es asunto tuyo.
    – Se equivoca. Nicole piensa que es muy dura, pero los dos sabemos que no es cierto. Usted no tiene relaciones serias. Nicole es del tipo de mujer que quiere una relación seria.
    – No pienses lo peor de mí -dijo-. No estoy jugando con Nicole.
    Al menos, no del modo que pensaba Raoul. Tenían un trato, lo cual había sido idea de ella; él era la parte inocente allí.
    – He visto cómo lo miran las mujeres -dijo Raoul-. Están disponibles. Lo que usted hiciera antes no tiene importancia, pero esto sí. Ella sí. Piénselo bien antes de aceptar alguna de sus ofertas.
    – ¿O que?
    – Mejor será que no lo pregunte.
    – ¿Y por qué demonios te crees que puedes darme sermones? Lo que yo haga con mi vida personal es asunto mío.
    – Nicole es mi amiga. Ha cuidado de mí cuando no tenía por qué hacerlo. No voy a permitir que nadie le haga daño. Ni siquiera usted.
    En circunstancias normales, Hawk disfrutaría de un buen reto, pero en aquella ocasión no podía haber ganadores. Se sentía enfadado y frustrado, y no podía dirigir aquellos sentimientos hacia nadie, ni hacia nada.
    – No quiero oír estas tonterías -murmuró mientras se dirigía hacia su coche-. Vete al infierno.
    Raoul no dijo nada. No era necesario. En cierto modo, ya había ganado.

Catorce

    Nicole estaba deseando que llegara el partido del viernes por la noche. Tanto Hawk como ella habían estado ocupados, así que no había tenido ocasión de verlo ni de hablar con él desde hacía un par de días.
    Todavía sentía cosquilleos al recordar la última vez que había estado con él, y al llegar al estadio aquella noche, tenía una sonrisa en los labios.
    – ¡Hola, Nicole! -saludó uno de los chicos.
    Nicole alzo la mano y lo saludó mientras subía hacia la grada que ocupaban la mayoría de los padres.
    – ¡Nicole! ¿Cómo estás? -preguntó Barbara.
    – Esta noche vamos a ganar -dijo Dylan, el padre de Aaron y Kyle.
    – Yo también tengo ese presentimiento -respondió ella, riéndose.
    Hubo más saludos, y después Nicole se sentó entre Missy y Greg, una pareja muy tranquila con dos chicos en el equipo.
    Desde las gradas, Nicole veía todo el campo. Miró con atención hasta que divisó a Hawk. Ojalá su sonrisa no delatara que estaba temblando por dentro. Él miró hacia arriba, y ella lo saludó con la mano. Sin embargo, Hawk no le devolvió el gesto, y Nicole frunció el ceño. Habría jurado que él la había visto, pero estaba bastante alejada del campo de juego y era fácil que la pasara por alto. Aunque en realidad, eso no había pasado nunca.
    Minutos después la vio Raoul. Ella esperó a que le dijera a Hawk dónde estaba, pero Raoul no lo hizo. Lo que era raro. Entonces Brittany se acercó a su novio. Raoul dijo algo y ella miró hacia las gradas. Cuando la niña vio a Nicole, agitó los pompones y se acercó a su padre.
    Nicole sintió un aleteo de impaciencia. Intentó no sonreír, pero fracasó. Brittany le dijo algo a Hawk y señaló hacia las gradas. Él miró hacia donde ella estaba una vez, pero se dio la vuelta y se alejó.
    Nicole se sintió como si le hubieran dado un puñetazo en el estómago. Notó una presión en el pecho, que no le permitía respirar bien. Fue humillante. Hawk acababa de negarla públicamente.
    Notó un intenso calor en las mejillas. Fingió que buscaba algo en el bolso para tener algún sitio al que mirar, y dejó que el pelo le ocultara el rostro.
    ¿Qué acababa de ocurrir? ¿Por qué le había hecho eso? ¿Por qué la había despreciado de aquella manera? Tan sólo dos días antes, estaban riéndose y haciendo el amor en su cama. No se habían visto ni habían hablado desde entonces. ¿Qué era lo que había ocurrido?
    Sintió el impulso de salir corriendo, pero estaba atrapada por la multitud y por el hecho de que siempre llevaba a algunos de los chicos a la pizzería. Así pues, levantó la cabeza y no permitió que nadie se diera cuenta de que se sentía dolida y humillada. Por fortuna, Missy y Greg no eran muy habladores. Cuando empezó el partido, hizo todo lo posible por concentrarse en el juego.
    Los minutos pasaron lentamente, hasta que por fin, sonó el silbato que marcaba el final y los jugadores se acercaron para estrecharse la mano. Eso, normalmente, era la señal que ella esperaba para comenzar a bajar de las gradas.
    Nicole titubeó. ¿Debería marcharse? No. Bajaría al campo y averiguaría lo que había sucedido. Era lo más maduro.
    Dejó que la gente la adelantara, y después pasó por la puerta del campo. Había varios padres alrededor de Hawk, esperando para hablar con él sobre el partido. Ella esperó a que hubiera una pausa en la conversación, y dio un paso hacia delante.
    – Hola -saludó en un tono tranquilo. Hasta que se enterara de otra cosa, iba a fingir que no había pasado nada.
    – Hola -respondió Hawk, sin mirarla.
    Ella esperó, pero él no dijo nada. Y entonces, justo cuando iba a preguntarle qué le ocurría, se acercó Annie, una de las madres que siempre iban al partido, y le puso ambas manos a Hawk sobre el pecho.
    – Entonces ¿te espero en el aparcamiento? -dijo.
    – Sí. Yo te enviaré a los chicos.
    Ella sonrió.
    – Gracias por pedirme que me quedara esta noche, Hawk. Estoy deseando… todo.
    – Yo también.
    Nicole se sintió como si la hubieran abofeteado. Aquello no podía estar pasando. Bueno, en realidad, Hawk y ella no estaban saliendo en el sentido tradicional de la palabra, pero nunca, ni por asomo, hubiera pensado que él podía incumplir su palabra y, además, ser tan cruel.
    Eso fue lo que más le dolió. Hawk estaba haciendo aquello a propósito, como si quisiera hacerle el mayor daño posible. Y lo estaba consiguiendo.
    Se dio la vuelta y salió apresuradamente del campo. En cuanto llegara a casa vomitaría, se echaría a llorar y después, oh, sí, saldría a pasear a la perra.
    Casi había alcanzado el coche cuando notó que alguien le tocaba el brazo. Al volverse vio a Raoul.
    – Lo siento -dijo el chico en voz baja. Tenía una expresión de culpabilidad y dolor-. Ha sido culpa mía.
    – ¿De qué estás hablando?
    – Del entrenador. De cómo se ha comportado. Ha sido culpa mía.
    Nicole hizo caso omiso de la nueva ráfaga de vergüenza que sintió, al darse cuenta de que el rechazo de Hawk había tenido testigos.
    – Raoul, tú no tienes nada que ver.
    – No es cierto. Lo vi la otra noche, cuando se estaba marchando.
    El bochorno continuaba, pensó Nicole, y se preguntó si iba a tener un sonrojo permanente.
    – Yo… eh… le dije que no debía hacerte daño -explicó Raoul, mirando al suelo del aparcamiento-. Que eras especial, y que no jugara contigo.
    ¿Raoul la había defendido? ¿Raoul se había enfrentado a su entrenador para defenderla?
    En aquel momento tenía todavía más ganas de llorar, pero el motivo era muy diferente al anterior.
    Le dio un abrazo a Raoul.
    – Tengo veintiocho años. Sé cuidar de mí misma.
    – No quería que te hiciera daño.
    – Lo sé. Gracias.
    – Siento que el entrenador se esté comportando como un idiota.
    – Yo también -respondió ella-. Gracias por decírmelo, Raoul. Y por lo que hiciste. Fuiste muy bueno, pero no era necesario.
    Él se encogió de hombros, entre la incomodidad y el orgullo. Nicole le señaló la entrada a los vestuarios.
    – Ve a ducharte y a cambiarte. Yo voy a hablar con Hawk.
    – Sí, señora -respondió Raoul, y se alejó corriendo.
    Llena de decisión y energía, Nicole marchó hacia el estadio y salió al campo. La mayoría de los padres ya se había ido, incluida Annie. Se acercó directamente a Hawk y le clavó el dedo índice en el pecho.
    – Tenemos que hablar.
    – En este momento no me viene bien.
    – No me importa.
    Hawk la miró con los ojos entrecerrados.
    – ¿Cuál es tu problema?
    – Parece que tú. Te estás portando como un niño de dos años; te has enrabietado porque las cosas no han salido a tu manera. No entendía lo que pasaba porque la última vez que te vi, lo pasé muy bien. Pero en vez de hablar conmigo, o comportarte como un adulto, te has enfurruñado y me has hecho sentir mal con una tonta aumentada quirúrgicamente.
    – Annie es una mujer muy agradable.
    – Ya me lo imagino -dijo, dándole golpecitos con el dedo-. Raoul sólo me estaba cuidando. No era necesario, pero es realmente tierno y conmovedor por su parte, y si éste es el chico que está saliendo con tu hija de diecisiete años, deberías estar dando volteretas. Si está dispuesto a enfrentarse a ti por protegerme a mí, imagínate lo que estará dispuesto a hacer por la chica a la que quiere. Es un chico estupendo, y existe la mínima posibilidad de que tú tengas algo que ver en ello. Pero ¿lo ves? No. Estás demasiado enfadado como para darte cuenta, porque se enfrentó a ti y tu desmesurado ego masculino ha recibido un golpe. Pobre Hawk. Tu jugador estrella se interesa más por comportarse como un hombre que por besarte el trasero. Deberías estar orgulloso de él, en vez de hacer mohines.
    La mirada de Hawk se había vuelto muy fría.
    – ¿Has terminado?
    – Casi. Pensaba que eras distinto, que eras especial. Dejaste una carrera deportiva de ensueño por cuidar de tu hija, y ahora trabajas con estos chicos, no porque necesites el dinero, sino porque quieres ayudar. Al menos, eso es lo que le dices a la gente. Pero la verdad es que todo lo haces por ti, por tu imagen y por lo mucho que el mundo pueda llegar a adorarte. En cuanto las cosas no salen como a ti te gusta, pierdes el interés en el partido. No quieres jugar, y menos jugar limpio. Pensaba que eras alguien a quien merecía la pena conocer, pero si eres así en realidad, no deseo ni siquiera fingir que estoy saliendo contigo. Vete al infierno, Hawk.
    Se dio la vuelta y se alejó.
    Nicole pensó que iba a darle una respuesta hiriente, pero sólo hubo silencio. Ella estaba tan enfadada que temblaba. Además sentía un dolor extraño por dentro, como si hubiera perdido algo importante.
    Se suponía que no debía ser así, pensó mientras subía al coche. Se suponía que no debía ser doloroso. Pero le dolía, y le dolía mucho.

    Lo último que deseaba Hawk era salir con sus jugadores, pero no podía hacer otra cosa. Fue hasta la pizzería y, al entrar, recibió el saludo de la gente.
    Fingió que estaba de buen humor, como siempre, a lo largo de varias conversaciones, y después miró el reloj y se preguntó cuánto tiempo debía esperar antes de poder marcharse. ¿Una hora? Quizá dos. Hasta entonces, estaba atrapado.
    – Hola, Hawk.
    Aquella voz grave, sensual, le puso los pelos de punta. Annie. Estaba allí porque él la había invitado. Porque era un idiota. Sin embargo, aunque no pudiera deshacer lo que había hecho antes, sí podía remediar las consecuencias.
    Miró directamente a Annie a los ojos y dijo:
    – He tenido una pelea con mi novia. Te estaba usando para hacer que ella se sintiera mal. Me he portado de un modo inaceptable. Perdóname.
    Annie pestañeó.
    – No lo dirás en serio.
    – Sí. Es la verdad. Eh, si tú estuvieras en mi situación, ¿no te habrías elegido a ti misma?
    Aquella frase contenía una parte de halago descarado y dos partes de verdad. Hawk tenía la esperanza de que fuera la combinación correcta.
    Annie se apartó el pelo largo, oscuro, del hombro, y después se alisó la parte delantera del jersey ajustado que llevaba.
    – Pues, bueno, sí. También me elegiría a mí -dijo, y suspiró-. ¿De veras estás saliendo con alguien?
    – Sí. Se llama Nicole.
    Annie suspiró de nuevo.
    – Está bien, de acuerdo. Tenía el presentimiento de que esto era demasiado bueno como para ser cierto. Lo dejaremos por esta vez, Hawk, pero no vuelvas a cometer el mismo error, o te tomaré la palabra.
    – Te lo prometo.
    Ella se alejó.
    Hawk miró a su alrededor por la pizzería hasta que distinguió a Raoul, y se acercó a hablar con él.
    – Estoy en deuda contigo -dijo al chico-. Estabas cuidando a Nicole, y lo respeto. Sigue haciendo lo correcto, digan lo que digan los demás.
    Raoul lo miró fijamente.
    – ¿Incluso usted, entrenador?
    – Incluso yo.
    Se estrecharon las manos. Hawk sabía que Nicole tenía razón. Él se sentía muy agradecido de que fuera Raoul quien estuviera saliendo con Brittany. Sabía que la cuidaría. Lo cual significaba que había reparado todas sus meteduras de pata, excepto una.
    – Raoul, ¿podrías vigilar por aquí durante un rato?
    – Claro, entrenador.
    – Volveré en cuanto pueda.
    Al cabo de menos de veinte minutos, estaba llamando a la puerta de Nicole.
    – Nicole, vamos. Soy yo. Ábreme. Sé que estás ahí.
    Por fin, oyó unos pasos.
    – Márchate -le gritó ella a través de la puerta.
    – Nicole, sé que no tienes ganas de verme, pero esto es importante.
    Ella no dijo nada, y Hawk prosiguió:
    – Me equivoqué, he sido un idiota. Conozco a Raoul desde hace años y él sólo te conoce a ti desde hace un par de meses; sin embargo, se ha enfrentado a mí por ti. No me lo esperaba. No me había dado cuenta de que se ha convertido en un hombre. Me desafió. No suponía que las cosas iban a ser así.
    La puerta se abrió y Nicole apareció en el vano, con la cara surcada de lágrimas.
    – Claro que sí. El macho dominante de la manada tiene que luchar por su puesto. Es el ciclo de la vida.
    Estaba muy guapa, pero también muy triste, y él lamentó haberla hecho llorar.
    – ¿Te habría gustado que me hubiera pateado el trasero?
    – Sí -respondió ella con un pequeño sollozo-. A base de bien.
    – Lo siento -repitió Hawk, y la abrazó-. Lo siento muchísimo. Soy muy malo en esto de las relaciones. La última vez que conocí a una chica fue a los quince años. Era más fácil no estropearlo todo.
    Siguió abrazándola, y la besó.
    – Nicole, lo siento mucho.
    Ella tragó saliva y asintió.
    – Sé que sólo ha sido una reacción. Además, esto no es una relación verdadera. Tenemos un trato, ¿no te acuerdas?
    Él la miró a los ojos. ¿Un trato? Claro, así había empezado todo, pero las cosas habían cambiado.
    – Yo no estoy aquí por el trato -dijo-. Estoy aquí por ti.
    – ¿De veras?
    – Sí, y tengo a cincuenta chicos esperándome en la pizzería.
    – Oh, claro. Di algo de eso y sal corriendo. Típico de los hombres -se quejó ella. Sin embargo, ya no parecía que estuviera enfadada.
    – ¿Vienes conmigo?
    Nicole dio un paso atrás.
    – No puedo. Tengo un aspecto horrible.
    – Estás bien. Se nota que has llorado, pero las mujeres sabéis arreglar eso con… no sé, un poco de maquillaje.
    Nicole sonrió.
    – De acuerdo. Dame cinco minutos.
    – Esperaré.
    Ella se dio la vuelta.
    Entonces Hawk la tomó del brazo, la abrazó y volvió a besarla.
    – Lo siento -murmuró.
    – Ya lo he captado.
    Lo miró a los ojos y sonrió.
    Era una sonrisa de perdón que a Hawk le cortó el aliento. Su mundo quedó en silencio. Porque, en aquel momento, no había nada que deseara más.

    Nicole se inclinó sobre el libro de texto.
    – No me gustan los problemas de matemáticas que empiezan con dos coches viajando el uno hacia el otro. ¿Por qué tienen que ser coches?
    – Algunas veces son trenes -dijo Raoul.
    Nicole puso los ojos en blanco.
    – Eso no mejora la cuestión. Está bien, «dos coches van el uno hacia el otro. El coche A rueda a cincuenta kilómetros por hora y el coche B lo hace a sesenta y cinco kilómetros por hora. Comienzan con dos kilómetros de separación. ¿En qué punto y a qué hora se encontrarán, suponiendo que son las dos de la tarde?» -Nicole lo miró-. ¿Es una broma?
    – No.
    – Me lo temía.
    Tomó el libro y miró un par de capítulos, con la esperanza de encontrar alguna pista de cómo resolver el problema. Siguió pasando las páginas hasta que llegó a la tapa.
    – ¿Quieres el libro del año pasado? -le preguntó Raoul con una sonrisa-. ¿O mis libros de la escuela?
    – ¿Quieres que te ayude?
    – A lo mejor no.
    Ella le devolvió el libro de texto.
    – Esto no es lo mío. Lo siento, pero en la universidad sólo tuve una asignatura de cálculo y, según el profesor, era cálculo para bobos. Los estudiantes de cálculo verdadero se reían de nosotros, pero aprendí a vivir con ello -explicó, y siguió mirando el problema-. Creo que vas a tener que pasar los kilómetros a metros, y después, pasar los kilómetros por hora a metros por minuto. Después, escribe una ecuación con la distancia como función de tiempo para cada uno de los coches. Eso te dará el tiempo en común. Puedes resolverlo con el tiempo. ¿Te parece coherente?
    Él tomó su lapicero.
    – Ya te lo diré.
    – Si no lo es, he agotado mis conocimientos matemáticos de máximo nivel. En serio, después de esto, tendremos que hablar de la guerra revolucionaria.
    Raoul suspiró.
    – Prefiero las matemáticas a la historia.
    – Típico de los hombres. ¿Qué quieres estudiar en la universidad?
    – Me gustaría estudiar Publicidad.
    – ¿Excusas para celebrar comidas en restaurantes caros con los clientes?
    Él sonrió.
    – Eso se me daría bien.
    – Sobre todo, si esos clientes son mujeres.
    Él se echó a reír, pero de repente, su semblante se volvió serio.
    – Primero tengo que entrar en la universidad.
    – ¿Es que hay alguna duda? -preguntó Nicole, señalando el libro de matemáticas que había sobre la mesa de la cocina-. Esto no son matemáticas básicas, Raoul. Son asignaturas difíciles, y tú estás sacando muy buenas notas.
    – Me refería a que tengo que conseguir la beca.
    – Ah, la beca de fútbol.
    – Es el único modo que tengo de entrar en una buena universidad.
    Porque no tenía dinero. Por supuesto, había préstamos y subvenciones, pero era lógico que Raoul quisiera tener una beca si podía conseguirla.
    Nicole quería decirle que su forma de jugar al fútbol era brillante, y que por supuesto iban a darle una beca, pero ¿qué sabía ella?
    – ¿Y qué dice el entrenador?
    – Que puedo conseguirlo. Que debo escuchar todo lo que me digan, y que él me ayudará a tomar la decisión más correcta, si quiero.
    – ¿Las universidades se han puesto en contacto?
    – Sí. Me han llamado los reclutadores.
    – ¿Y te has citado con ellos?
    – Quieren llevarme a cenar o a un partido de los Seahawks. Ese tipo de cosas. Quieren llevarme a sitios bonitos y contarme lo estupenda que es su escuela, hablar del programa, de las ventajas, de ese tipo de cosas.
    – Parece divertido.
    Él tomó el lapicero, pero volvió a dejarlo en la mesa.
    – Supongo que sí. Yo estoy nervioso.
    – No lo estés. Tienes talento, Raoul. Eres lo que están buscando. Eres su razón de vivir.
    Él no sonrió. En vez de eso, agachó la cabeza.
    – La semana próxima va a venir uno de ellos. Quiere llevarme a cenar por ahí. ¿Querrías venir conmigo a la cena? No sé lo que se supone que tengo que pedir, así que he pensado que tal vez tú pudieras ayudarme.
    Nicole se quedó asombrada, y se sintió muy halagada.
    – ¿No debería ir Hawk contigo?
    – Va a venir, pero yo quiero que vengas tú también.
    Ella sintió una oleada de afecto y le apretó el brazo.
    – Será un placer ayudarte en todo lo que pueda.

    Nicole aparcó en el garaje y sacó las bolsas del coche. Había tenido una tarde de compras estupenda con Claire. Habían ido a comer juntas y, después, ella se había comprado un vestido precioso para la cena con el representante de la universidad. Quería que Raoul se sintiera orgulloso, y que Hawk gimoteara. Aunque había gastado una buena suma de dinero, había cumplido su misión. La vida era estupenda.
    Entró en casa y se encontró a Raoul junto a la puerta trasera. Se había dado cuenta de que el coche de Brittany estaba aparcado fuera, pero no vio a la niña por ningún sitio.
    – Hola -dijo-. He comprado un vestido precioso…
    Se interrumpió. Raoul tenía una expresión de inseguridad, como si estuviera intentando actuar con naturalidad.
    – ¿Qué sucede? -preguntó Nicole.
    – Nada.
    – ¿Dónde está Brittany?
    – En el baño.
    Ella soltó un juramento en voz baja.
    – ¿Estabais haciendo algo? Raoul, ya hemos hablado de esto. Nada de sexo en mi casa. Hawk os va a matar a los dos. Sois demasiado jóvenes, y no quiero enfrentarme a algo así.
    Él enrojeció.
    – No hemos hecho nada, te lo juro. Brittany está en el baño, con toda la ropa puesta.
    En aquel preciso instante, Nicole oyó el ruido de la cisterna del baño del piso superior y, después, unos pasos que bajaban por las escaleras.
    Raoul murmuró algo que Nicole no entendió. Casi parecía una plegaria. Entonces Brittany entró en la cocina. Parecía feliz y aterrorizada a la vez, y tenía algo en la mano. Era blanco, de plástico, alargado. Lo alzó delante de Nicole.
    – Mira -dijo, mirándolos a ella y a Raoul.
    Nicole pensó que se iba a desmayar. Se le heló la sangre en las venas, le faltaba el aire.
    – No estaba segura -continuó Brittany-. Me lo imaginaba, porque últimamente no me sentía bien. Ahora lo sabemos con seguridad -dijo, y se volvió hacia Raoul-. Estoy embarazada. Vamos a tener un hijo.

Quince

    Nicole se quedó en el centro de la cocina sin saber qué hacer ni qué decir. Había algo que le resultaba incluso más asombroso que la noticia, y era que Raoul y Brittany se estaban mirando con una combinación imposible de amor, de esperanza y de seguridad. Y estaban hablando de un bebé.
    – ¿Estás segura? -preguntó Nicole a Brittany, y después miró el test de embarazo que la adolescente tenía en la mano-. ¿De cuánto estás?
    – De unas seis semanas. Quizá de siete.
    Brittany se acercó a Raoul y se acurrucó contra él.
    – Va a ser estupendo -le dijo-. Tal y como habíamos planeado.
    – ¿Estupendo? -preguntó Nicole con la voz ahogada-. ¿En qué planeta?
    Brittany le lanzó una sonrisa tranquilizadora.
    – Hemos hablado de todo. No tienes que preocuparte. Estamos bien.
    – Estás embarazada, y todavía estás en el instituto. Nada de eso es bueno.
    – Estaremos bien, Nicole, te lo prometo. Mira, mis padres hicieron todo esto y salió bien. Eran jóvenes y estaban enamorados, y eran totalmente felices. Raoul y yo vamos a estar igual. Ya has visto cómo juega. Va a conseguir la beca para la universidad, seguro. Estaremos juntos y seremos una familia.
    – No. No es posible que lo hayáis pensado bien.
    – Vamos a casarnos -dijo Raoul, y rodeó a su novia con un brazo.
    Nicole intentó ignorar la tremenda decepción que sentía. Él no. No era posible que Raoul pensara que aquello iba a salir bien.
    – Brittany no ha cumplido los dieciocho años.
    – Los cumpliré en primavera -dijo Brittany-, pero mi padre me dará permiso. Tendré el bebé el verano que viene, lo cual es perfecto. Entonces podré ir a la universidad donde esté Raoul y quedarme en casa con nuestro hijo.
    – ¿Y cómo os vais a mantener?
    – La gente nos ayudará, como ayudaron a mis padres. Los seguidores del equipo, las asociaciones de ex alumnos, ellos cuidan a sus atletas. Papá lo cuenta siempre. Tendremos una casita muy mona y yo aprenderé a cocinar. He empezado un poco contigo, Nicole. Será estupendo.
    Nicole se aferró a toda su paciencia con ambas manos.
    – ¿Tienes alguna experiencia con bebés, o con niños? ¿Sabes todo el trabajo que supone cuidarlos?
    – Oh, claro. Supongo que a veces será duro, pero nos queremos. Raoul y yo sólo queremos estar juntos.
    – Eso no va a ser así. Raoul estará entrenando y estudiando todo el día. Tendrá que ir a clase y viajar, y tú te quedarás sola en casa, con un bebé con cólicos, lejos de tu familia y tus amigos.
    – Iré con Raoul a los viajes.
    – ¿Y quién cuidará del bebé?
    – No lo sé. Alguien. O nos lo llevaremos.
    – Sabes que lloran, ¿verdad? Algunas veces lloran durante toda la noche. Raoul tendrá que dormir para poder jugar e ir a clase, lo cual significa que tendrás que cuidarlo tú.
    Brittany la fulminó con la mirada.
    – Quieres ser mala, y no entiendo por qué. Ya sé cómo son las cosas. Mis padres lo hicieron. Me contaron que todo fue maravilloso, y tú estás intentando estropearlo. Seguro que no sabes lo que es estar realmente enamorada.
    Nicole sacudió la cabeza y evitó analizar aquel golpe. En el fondo sabía que lo que iba a ocurrir era un desastre. Nadie quería quedarse embarazada a los diecisiete años y echar por la borda su futuro.
    – ¿Y la universidad? ¿Y tus sueños?
    – Iré más tarde, cuando Raoul juegue en la Liga Nacional. Seremos ricos. O lo pagará mi padre. Me licenciaré. Sigo queriendo hacerlo.
    Nicole se volvió hacia Raoul.
    – ¿Esto es lo que tú quieres? ¿De verdad?
    Él asintió.
    – Quiero a Brittany.
    Quería decir que iba a estar a su lado pasara lo que pasara. Nicole respetaba eso, al menos.
    Brittany sonrió a Raoul y después miró a Nicole.
    – Sé que esto es muy difícil para ti, pero por favor, alégrate por nosotros. Sé que todo va a salir bien.
    – Claro.
    – Tengo que irme a casa -dijo Brittany. Le dio un beso a Raoul y se dirigió hacia la puerta. Antes de salir dijo-: Oh…, me he dejado el resto de la prueba de embarazo en el baño.
    – No te preocupes por eso.
    – De acuerdo. Gracias -dijo la chica, pero volvió a mirar a Nicole-. Mi padre no lo sabe. No se lo digas, por favor. Quiero que sepa la noticia por nosotros.
    Nicole alzó ambas manos.
    – No diré nada.
    En realidad, no era una conversación que quisiera mantener con Hawk. Lo único que podría decirle era «te lo advertí».

    Después de cenar, Nicole fue a la habitación de Raoul. La puerta estaba abierta, pero ella llamó antes de entrar.
    Él estaba sentado en la cama, leyendo a Julio César.
    – Me acuerdo de tener que estudiar eso -dijo ella-. Después te examinaban sobre ello, porque leerlo no era suficiente tortura.
    Raoul sonrió.
    – Quieres hablar del embarazo de Brittany.
    – ¿Estás diciendo que no soy sutil? -preguntó Nicole. Entró en la habitación y se sentó en la silla del escritorio-. Estoy preocupada -le dijo-. Esto es algo muy serio. Me gustaría asegurarme de que sabes en dónde te estás metiendo.
    – Brittany está embarazada. Yo voy a asumir mis responsabilidades.
    – Me parece bien, pero ¿cómo? Vamos a pasar por alto el hecho de que, cuando Hawk se entere, te va a matar.
    Raoul se movió sobre la cama.
    – El entrenador no se va a poner muy contento.
    – Creo que no. Así que, suponiendo que consigas salir vivo de la conversación con él, ¿qué vas a hacer?
    – Conseguiré la beca y jugaré al fútbol.
    – ¿Y si las cosas no salen bien? ¿Y si te lesionas un hombro, o una rodilla?
    – Encontraré un trabajo y mantendré a Brittany y al bebé.
    – ¿Haciendo qué? -preguntó Nicole, y alzó una mano-. Raoul, sé que todo esto parece posible, y que tú puedes trabajar perfectamente, pero no es la única opción. No tienes por qué poner tu futuro en peligro para hacer lo correcto. Brittany está convencida de que todo saldrá maravillosamente, pero tú y yo vivimos en el mundo real. Sabemos que las cosas pueden salir mal. Y hay muchas parejas maravillosas, preparadas emocionalmente y económicamente para mantener a un bebé.
    – No voy a dar a mi bebé.
    En cuanto él respondió, Nicole se dio cuenta de lo que había dicho. Raoul nunca había tenido un hogar. Nunca le daría la espalda a su propio hijo.
    – Claro. Lo siento. Debería haberme dado cuenta.
    Para él no había más opciones. Raoul no estaba muy disgustado por lo del bebé porque, para él, significaba que por fin tenía lazos fuertes con alguien. No perdería a Brittany ni al bebé, o eso creía.
    – Estoy segura de que las cosas funcionarán -dijo ella.
    – No estás segura. Crees que es un error.
    Nicole se puso en pie.
    – Quizá, pero lo que yo crea no importa. Tú sabes que ella no es lo suficientemente madura como para soportar bien todo esto, ¿verdad?
    Él titubeó, pero después asintió lentamente.
    – Lo sé, pero yo sí. Vamos a formar una familia.
    Al final, eso era lo más importante.
    Nicole salió de la habitación y cerró la puerta. Entonces se dio cuenta de que había otra mujer en su vida que estaba embarazada. Claire, Jesse, la perra y ahora Brittany. Parecía que todo el mundo iba a tener un hijo menos ella.

    – Da gracias a que mi ex marido era completamente inepto -murmuró Nicole mientras terminaba de hacerle el nudo de la corbata a Raoul -, así que yo aprendí a hacer este tipo de cosas -dijo. Después se apartó para que él pudiera mirarse al espejo-. Éramos tres hermanas, y esto no tiene por qué estar entre mis habilidades.
    – Gracias -dijo él, y se alisó la pechera de la camisa-. ¿Estoy bien? Me siento estúpido.
    – Estás muy bien. Muy elegante.
    Hawk lo había llevado de tiendas el día anterior y le había comprado pantalones de vestir, un par de camisas de traje y una americana de sport. Aquellas prendas iban a recibir mucho uso durante las semanas siguientes, cuando los representantes de las universidades acudieran a Seattle.
    En aquel momento, parecía que Raoul se sentía incómodo con su traje nuevo.
    – No sé -murmuró.
    – Eh, escucha. ¿Quién es el mejor?
    – ¿Qué?
    – ¿Quién es el mejor?
    – Yo… -respondió él con un gruñido.
    Ella se puso en jarras.
    – O demuestras un poco de entusiasmo o no voy.
    Él abrió unos ojos como platos.
    – Tienes que venir. Yo no voy a entrar al restaurante solo, no sabría qué decir. Mira, Nicole, yo sólo soy un crío. Nunca he estado en ningún sitio, ni he hecho nada. No soy como tú. Ya sabes, sofisticado.
    Si Raoul no hubiera dicho aquello con sinceridad, Nicole se habría echado a reír. ¿Sofisticada, ella? Raoul debía de referirse a su hermana la pianista, la que había viajado por todos los países. Claire había estado en todo el mundo; Nicole había ido una vez a Nueva York, varios años antes, con Drew. Habían visto El rey león en Broadway, lo más sofisticado que había hecho en aquel viaje.
    – Vas a hacerlo muy bien, porque tú eres el que tiene que elegir. Todas las universidades quieren que seas el capitán de su equipo, puedes escoger la que quieras. Ellos lo saben, y tú también tienes que ser consciente de ello. Tú deja que hablen. Si la conversación decae, Hawk o yo intervendremos. Tú eres el que tiene talento. Esta noche sólo tienes que fingir que eres Lance Armstrong.
    – Es un ciclista.
    – Entonces, pon en la frase el nombre de tu jugador de fútbol favorito. Tú eres ese tipo. Y ahora tenemos que irnos, habrá tráfico. Puedes pasarte todo el camino diciéndome lo guapa que estoy. Para mí será relajante y tú te distraerás.
    Raoul se echó a reír, lo cual estaba muy bien. Había habido un poco de tensión entre ellos durante los dos últimos días, desde que ella se había enterado de que Brittany estaba embarazada. Como no había oído un grito atronador proveniente de la zona oeste de la ciudad, suponía que Hawk todavía no lo sabía. Ella no estaba precisamente impaciente por tener una conversación sobre ese tema.

    Cuando llegaron a Buchanan's, un restaurante refinado que había en el centro de la ciudad, Nicole le entregó las llaves del coche al portero y entró en el establecimiento con Raoul. Hawk ya estaba junto al mostrador de recepción, hablando con un hombre de mediana edad que llevaba un buen traje.
    Nicole no imaginaba que fuera a sentir otra cosa que el cosquilleo habitual al verlo, así que se quedó sin aliento al verse embargada por la emoción. Aquello no tenía nada que ver con el sexo; aunque no tuviera ninguna queja en aquel sentido, los sentimientos eran mucho más intensos que el deseo.
    ¿Qué le ocurría? ¿Tenía fiebre? ¿Había comido demasiadas magdalenas en el trabajo? ¿Necesitaba empezar a hacer ejercicio? ¿Qué?
    Antes de poder averiguarlo, Hawk la vio y sonrió. Su sonrisa fue amplia, y consiguió que a ella le temblaran las rodillas.
    – Aquí están. Walt, éste es el jugador del que te estaba hablando.
    Hawk presentó a todo el mundo, usando el término «amiga de la familia» para Nicole. Todos se estrecharon las manos y, rápidamente, fueron conducidos a un reservado tranquilo en un lateral del restaurante.
    Walt comenzó con un discurso sobre la universidad.
    – Allí nos tomamos muy en serio el fútbol -explicó a Raoul con una sonrisa-. Tú eres un magnífico quarterback y es el puesto que más nos interesa este año. Nuestro centro está en una ciudad pequeña en la que todo el mundo apoya al equipo. No podrás poner un pie en la calle sin que alguien te diga que estás haciendo muy buen trabajo. ¿Has vivido alguna vez en una ciudad pequeña, Raoul?
    – Siempre he vivido en Seattle.
    Walt se inclinó hacia él.
    – No hay nada igual. Todo el mundo se preocupa por el vecino. Es como una gran familia. Las relaciones personales son importantes, y eso no lo encuentras en una ciudad grande. Deja que te hable un poco sobre el programa de fútbol americano.
    Para cuando llegó la cena, Nicole se dio cuenta de que tenía ganas de mudarse al otro extremo del país, para poder vivir en la preciosa residencia de aquel campus. Walt hacía que todo sonara perfecto.
    Su presentación fue impresionante. Además de los folletos de rigor, tenía una pantalla de televisión en miniatura con reproductor de DVD incorporado, y les mostró una pequeña película de la universidad. Invitó a todo el mundo a los platos de carne más caros de toda la carta y los hizo reír con chistes divertidos; desplegó encanto y la suficiente sinceridad como para que Nicole no desconfiara.
    Cuando la cena terminó, Walt les estrechó la mano a todos y volvió a su hotel. Hawk le dio un golpecito a Raoul en el hombro.
    – Hablaremos más de esto mañana. ¿Por qué no esperas en el restaurante para que yo pueda despedirme de mi chica?
    Raoul sonrió y entró de nuevo.
    – Parece que has perdonado a tu capitán -observó Nicole.
    – Hemos llegado a un entendimiento -respondió Hawk, y acercándola más al edificio, la abrazó y la besó.
    Eso provocó una carcajada de Nicole.
    – Todavía está dispuesto a meterte en cintura, ¿eh?
    – Digamos que no voy a presionarlo. Tienes razón. Es un buen chico, y eso lo respeto.
    De repente, Nicole notó una punzada de culpabilidad. Brittany no le había hablado a Hawk del bebé. Cuando lo hiciera, todo iba a cambiar, sobre todo la relación de Hawk con su jugador preferido.
    ¿Debía decírselo ella en aquel momento, hacerle algún tipo de advertencia? ¿Era asunto suyo?
    Antes de poder decidirse, él habló.
    – Gracias por venir esta noche. El hecho de tener a un miembro de la familia hace que estas cosas sean más relajadas.
    – Yo no soy exactamente un miembro de la familia de Raoul.
    – Eres lo más parecido.
    Lo cual era realmente triste.
    – Me preocupo por él. Tiene que tomar una decisión muy importante que va a cambiar su vida para siempre. Decida lo que decida, no debería hacerlo solo.
    Hawk le acarició la mejilla.
    – Eres increíble. Lo acogiste en tu casa y ahora lo estás cuidando. ¿Cuánta gente estaría dispuesta a hacer eso?
    – No es para tanto. Ocurrió así.
    – Yo creo que sí es para tanto. Y decía en serio lo de antes.
    – ¿Qué?
    – Lo que te dije en tu casa. Por mí, el trato se ha terminado. Quiero salir contigo porque quiero que salgamos juntos. No para demostrar nada. Quiero estar contigo, Nicole.
    A ella le latía el corazón con tanta fuerza que no habría podido oír sus palabras si él hubiera seguido hablando. La esperanza, la necesidad y la felicidad borbotearon en su interior.
    – A mí también me gustaría.
    Él sonrió y la besó.
    – Entonces estamos saliendo oficialmente.
    – Sí.
    – Y exclusivamente.
    Nicole se rió.
    – Sí, lo cual significa que no puedes salir con las mamas del fútbol.
    – Sólo quiero salir contigo.
    Él volvió a besarla y, al cabo de unos segundos, ella se apartó con un suspiro.
    – Tengo que llevar a casa a Raoul.
    – Y Brittany me está esperando. Pero nos veremos pronto.
    Hawk asomó la cabeza por la puerta del restaurante y le hizo un gesto a Raoul para que saliera. Los tres caminaron hacia el aparcacoches, que rápidamente les llevó los vehículos. Hawk abrió la puerta del de Nicole.
    – Te llamaré mañana.
    – Me encantaría -respondió ella, haciendo todo lo posible por no estallar en risitas de felicidad.

    Nicole sirvió los espaguetis en el plato de Raoul, y éste lo llevó a la mesa.
    – ¿Cuántas cenas te quedan con los reclutadores? -preguntó ella mientras abría la nevera para sacar la ensalada.
    – Tres, incluyendo la UCLA de Ohio.
    – Buenas universidades -dijo ella-. No sé cómo vas a decidirte.
    – Estoy haciendo un cuadro -explicó Raoul mientras se servía un vaso de leche-. El entrenador me dijo que es una buena manera de empezar. Hacer una lista de todo lo que es importante para mí y ordenar las universidades con relación a esa lista. Como lo que hacen con los coches en Coche y conductor.
    – Mi revista favorita.
    – Te lo enseñaré.
    – Promesas como ésa no deben hacerse a la ligera.
    Raoul sonrió.
    – Quiero ir a una universidad donde me saquen a jugar. Quiero pasar todo el tiempo posible en el campo.
    Porque era difícil impresionar a alguien desde el banquillo.
    – Eso lo entiendo. Pero también necesitas que sea un equipo con profundidad.
    Él arqueó las cejas.
    – He estado leyendo algunas cosas -admitió Nicole-. Me he dado cuenta de que vamos a hablar de este tema durante una temporada, así que quiero estar informada.
    – Impresionante.
    – Lo sé.
    – Brittany también está haciendo un cuadro con lo que le gusta de las universidades y lo que no le gusta.
    El bueno humor de Nicole se desinfló como un globo pinchado. La opinión de Brittany no debería importar, pero no tenía sentido decirlo. Raoul no iba a prestarle atención.
    – ¿Cuándo se lo vais a decir a Hawk? -preguntó-. Tiene que saberlo. Yo he guardado el secreto hasta ahora, pero estoy empezando a sentirme muy incómoda.
    – Pronto.
    – Según Brittany, es la felicidad total, así que ¿a qué esperáis?
    Raoul la miró.
    – Sé que no estás de acuerdo con lo que estamos haciendo, pero ya hemos tomado la decisión. Brittany y yo vamos a tener un hijo. Eso significa que vamos a estar juntos.
    – Lo sé. Eso es lo que tú me dices.
    – Pero estás enfadada.
    – No estoy enfadada. Estoy decepcionada. Raoul, los dos sois tan jóvenes… Sé que parece que todo va a ir sobre ruedas, pero ¿qué pasará si no es así? No tenéis un plan alternativo.
    – La quiero, Nicole. El amor no viene con planes alternativos, ni con garantías. Tienes que tener fe. Yo quiero estar con ella, y quiero ver su sonrisa todos los días. Quiero oír su voz y hacerla feliz. Quiero acostarme por las noches y sentir su corazón junto al mío. Quiero que sea la madre de mis hijos. Quiero experimentarlo todo en la vida con ella, porque estar con ella es lo mejor que me pasa todos los días.
    Aquello era increíble, pensó Nicole, asombrada por las palabras que había pronunciado y la emoción con la que lo había hecho. En aquel momento, Raoul no era un adolescente ni un niño que necesitara una casa en la que quedarse. Era un hombre enamorado de una mujer.
    – Está bien -dijo ella en voz baja-, lo entiendo. Dejaré de presionarte.
    Seguramente, porque lo que había dicho Raoul había hecho que ella entendiera algo sobre sí misma. Ella también estaba enamorada de alguien asombroso. Un hombre cariñoso y atractivo, que conseguía que se le acelerara el corazón cada vez que se acercaba. Un hombre listo y divertido por el que creía de nuevo en la esperanza y el amor. Un hombre que quizá todavía estuviera enamorado de su difunta esposa, cuya hija estaba embarazada, y a quien no había contado aquel secreto realmente importante.
    Qué suerte tenía.

Dieciséis

    Hawk estaba navegando por Internet. Quería organizar un fin de semana con Nicole cuando terminara la temporada de fútbol.
    Algún lugar agradable, pensó mientras miraba distintos hoteles en sitios no muy alejados. No quería pasar todo el tiempo conduciendo. Quizá en Portland. Estaba a sólo tres horas, y había muchos restaurantes buenos. O tal vez pudieran ir a la zona de viñedos de Oregon, y hacer alguna cata.
    San Francisco estaba a un par de horas en avión. Sin embargo, eso requería tiempo de espera en el aeropuerto, tiempo que podía pasar en la cama con Nicole.
    – Papá, ¿puedo hablar contigo?
    – ¿Mmm? Claro.
    Hawk le hizo un gesto a Brittany para que entrara al estudio, pero no apartó la vista del monitor. Estaba pensando en si debía darle una sorpresa a Nicole o avisarla primero de sus planes.
    – Papá, ¿estás escuchando?
    – ¿Qué? Claro, cariño. Dime.
    Se obligó a apartar la vista del ordenador y miró a su hija. Brittany estaba en la puerta del despacho.
    – He estado pensando mucho en mamá, y en lo que os pasó a los dos.
    ¿Qué? ¿Cuándo?
    – Mmm.
    – Tuvisteis una relación muy especial -continuó Brittany.
    – Los dos te queríamos mucho. Y tú lo sabes, ¿verdad?
    – Claro. Siempre me he sentido especial, papá. Como si fuera parte de algo muy importante.
    – Bien -dijo él, y volvió a fijarse en la pantalla.
    – Por eso estoy tan emocionada de poder seguir vuestros pasos.
    ¿Pasos? Hawk hizo clic en un enlace.
    – Ya sabes. Tener un bebé… y todo lo demás.
    ¿Bebé?
    Hawk enfocó la mirada en un único punto de luz. Oyó un zumbido, y después los latidos atronadores de su corazón. Era como si de repente, pesara mil toneladas. Apenas podía mover la cabeza. Consiguió volverse para mirar a su hija.
    – ¿Bebé?
    Ella hizo una pausa y se humedeció los labios.
    – Sí -dijo, con una sonrisa temblorosa-. ¿Estás contento, papá? Yo estoy muy emocionada y Raoul también. Ahora deja que te lo explique todo. Lo hemos planeado muy bien. Haremos lo que hicisteis mamá y tú. Raoul conseguirá una beca para la universidad y yo me iré a vivir con él. Será estupendo. Estoy muy contenta de ser madre. Un poco asustada, pero emocionada. Raoul está muy feliz. Y va a elegir una buena universidad. Una que me guste a mí también.
    – ¿Estás embarazada? -preguntó Hawk poniéndose lentamente en pie, embargado por la ira y por el sentimiento de traición.
    Ella dio un paso atrás.
    – Papá, no te enfades. No es para tanto.
    – ¿Que no es para tanto? Me dijiste que Raoul y tú no teníais relaciones sexuales.
    Ella se ruborizó y agachó la cabeza.
    – Sí, bueno. Sí las teníamos. Más o menos.
    – ¿Más o menos? Si estás embarazada, es que habéis llegado hasta el final. Dios santo, Brittany, ¿cómo has podido hacer esto?
    Brittany lo miró con los ojos llenos de lágrimas.
    – Papá, no me grites.
    – ¿Y qué voy a hacer? ¿Darte la enhorabuena? Sólo tienes diecisiete años, estás en el instituto. Se supone que eres más lista que esto. Me mentiste. Has estado haciendo cosas a mis espaldas.
    – ¿Como tú cuando te acostabas con mamá?
    Hawk no quería hablar de eso.
    – Estamos hablando de ti, no de mí. No puedo creerlo. Y aunque tú hayas sido tan boba, no puedo creer que Raoul te hiciera caso.
    – ¿Y por qué no? Nos queremos. Vamos a casarnos.
    – Y un cuerno. Eres menor de edad. No vas a hacer nada más que subir a tu habitación.
    Ella se echó a llorar.
    – Papá, no. ¿Por qué no lo entiendes? Esto es lo que nosotros queremos.
    – Eres demasiado joven como para saber lo que quieres, y parece que no tienes sentido común. Esperaba más de ti, Brittany.
    – Yo también de ti. Eres horrible.
    – Vete a tu habitación y quédate allí. No vas a hablar con Raoul, ni a verlo, ni a mandarte mensajes por teléfono con él. No tendréis contacto. Sólo vas a salir de casa cuando yo te lleve al instituto. Tampoco vas a ver a tus amigos.
    Ella le lanzó una mirada asesina.
    – Con encerrarme no vas a conseguir que esté menos embarazada. Te odio.
    – Tú tampoco eres mi ídola en estos momentos.
    – Nicole no reaccionó así -le gritó Brittany mientras subía las escaleras-. Ella no gritó ni nada parecido.
    Todo se volvió frío y oscuro. Hawk tuvo que contenerse para no dar un puñetazo en la pared.
    – ¿Nicole lo sabe?
    – ¡Sí!
    – ¿Desde cuándo?
    – Una semana -respondió Brittany mirándolo con todo el odio que podía generar una adolescente. Entró en su habitación y cerró de un portazo.
    ¿Una semana? ¿Nicole lo sabía desde hacía una semana y no le había dicho nada? ¿Había ido a aquella cena, le había escuchado decir que quería salir con ella en serio y durante todo aquel tiempo había sabido que su hija estaba embarazada y no le había dicho nada?

    La noche era fresca y despejada. Nicole estaba sentada en los escalones del porche, mirando las estrellas. Estaba inquieta, y sabía cuál era la causa. Jesse. Echaba de menos a su hermana.
    Raoul salió al porche.
    – ¿Estás bien? -se interesó-. Llevas mucho tiempo aquí fuera.
    Ella sonrió.
    – Yo soy la adulta. Yo soy la que debe preocuparse por ti.
    – Últimamente estás muy callada.
    – Estoy pensando en Jesse.
    Raoul sabía, a grandes rasgos, lo ocurrido.
    – ¿Sigues sin tener noticias suyas?
    – Ni una palabra. No va a ponerse en contacto conmigo, ¿por qué iba a hacerlo? Le dejé bien claro que quería que se marchara.
    – ¿Y no querías?
    – No sé lo que quería. Supongo que quería que fuera distinta.
    – ¿Por qué no vas a buscarla?
    – He pensado en ello, pero no sé qué hacer. Creo que estaría bien que viera lo que es la vida por sí misma, pero después me acuerdo de que es mi hermana pequeña y está embarazada, y que quizá sea demasiado duro para ella.
    – Algunas veces, la gente tiene que tocar fondo.
    – Sí. Ya lo sé -respondió Nicole.
    Raoul se sentó junto a ella en el escalón, y Sheila lo siguió con movimientos lentos. En la última consulta, el veterinario había dicho que la perra pariría los cachorros uno de aquellos días. Nicole ya tenía muchas toallas y periódicos preparados.
    – No voy a saber si estoy haciendo lo correcto hasta que sea demasiado tarde. Y si dejar que se vaya es un error, ¿cómo voy a arreglarlo después?
    – ¿Y por qué te sientes responsable de ella?
    – Porque siempre ha sido así. Incluso cuando estaba resentida con ella, la cuidaba. La crié yo misma. Ojalá lo hubiera hecho mejor.
    – Tú también eras una niña.
    – Pero de todos modos, yo soy la razón de que sea como es.
    – No necesariamente. Quizá naciera así.
    – Sería agradable. Así yo no tendría la culpa de nada.
    – No es culpa tuya de todos modos.
    – Yo me siento como si lo fuera -dijo, y se quedó mirándolo-. A veces eres muy sabio.
    – Crecer en la calle te da eso.
    – Entonces, aplica tu sabiduría al asunto de Brittany y el bebé.
    – No me agobies con eso.
    – Vamos, Raoul. Sé que la quieres, pero tienes que ser razonable.
    Sheila se tumbó en el porche. Después se levantó y se acercó a Nicole.
    – ¿Qué te pasa, bonita? -preguntó ella, rascando la pesada tripa al animal-. ¿Ya te estás acercando?
    Sheila no respondió. Raoul abrió unos ojos como platos.
    – ¿Va a tener los cachorros?
    – No lo sé. El veterinario dijo que…
    Una furgoneta se acercó a toda velocidad y frenó chirriando frente a la casa. Hawk salió del vehículo de un salto y se dirigió hacia la casa.
    Por sus movimientos, Nicole se dio cuenta de que estaba furioso.
    – Entra en casa -dijo a Raoul mientras se ponía en pie.
    – ¿Qué?
    – Que entres. Yo me encargaré de esto.
    – No le tengo miedo.
    – Entonces eres idiota. Tu futuro depende de que sigas vivo. Entra.
    Era demasiado tarde. Hawk subió los escalones de dos en dos, agarró a Raoul por la pechera de la camiseta y lo levantó.
    – ¿En qué demonios estabas pensando para acostarte con mi hija? Te voy a matar. Cuando acabe contigo no va a quedar nada de ti.
    Estaba vibrando de rabia.
    Nicole se interpuso, pero Hawk no soltó a Raoul.
    – ¡Basta! -gritó ella-. Basta, Hawk. Apártate de él ahora mismo. Lo digo en serio.
    Sheila gimió y se acercó a Nicole.
    Hawk no les prestó la menor atención, ni a ella ni a la perra.
    – Esto es entre él y yo. Apártate, Nicole. Tú y yo hablaremos más tarde de lo que has hecho.
    – Hablemos ahora -dijo ella, intentando distraer a Hawk antes de que hiciera algo que pudiera lamentar-. Te refieres a que sabía que Brittany estaba embarazada y no te lo dije.
    Él soltó a Raoul y se volvió hacia ella. Al menos, Nicole sabía que no corría peligro físico y así Raoul podría salir corriendo, aunque sabía que el chico era demasiado responsable como para huir. Se quedó allí.
    Los ojos de Hawk ardían de furia.
    – ¿Cómo es posible que no me lo dijeras? Es mi hija. Tenía derecho a saberlo.
    – A mí tampoco me ha gustado, pero cuando me enteré de que estaba embarazada, me pidieron que no te lo dijera. Accedí a guardar silencio hasta que Brittany te lo contara.
    – ¿Y qué ganabas haciendo eso?
    Ella entendía que estuviera enfadado, y que aquello no era justo para él, pero se sintió irritada también.
    – Tú eres el padre que todo lo sabe -dijo-. Eres quien tiene un vínculo especial con su hija. Te dije que seguramente se estaban acostando, pero tú no escuchaste, porque no era posible que yo tuviera razón. Como no tengo hijos, no soy partícipe del secreto ni del código especial.
    Él entornó los ojos.
    – Este no es momento para restregarme eso por la cara.
    – No puede ser de ambas maneras. O soy una de los tuyos o no. Además, ¿por qué estás tan enfadado? Brittany sólo está intentando revivir tu vida perfecta. Tú le has dicho una y otra vez que así es como fueron las cosas para Serena y para ti. Yo te advertí que quizá no fuera buena idea pintar el pasado como si hubiera sido tan perfecto, pero una vez más, estaba equivocada. Tú lo sabías todo. Así que ahí tienes el resultado. Está embarazada, y ahora tienes un gran problema.
    – No hay ningún problema -dijo Raoul-. Quiero a su hija, entrenador, y quiero casarme con ella.
    Nicole gruñó. El chico no era precisamente una gran ayuda.
    – Voy a matarlo -murmuró Hawk-. Apártalo de mi vista.
    Nicole señaló la puerta.
    – Entra en casa. Yo me encargaré de esto.
    – No necesito que tú libres mis batallas.
    Ella tenía ganas de gritar.
    – Los dos sois muy obstinados, y estáis convencidos de que tenéis la razón. Ninguno está dispuesto a mirar las cosas de una manera racional -dijo, y miró a Hawk-. Tú querías enseñarle a tu hija un cuento de hadas. ¿Por qué? ¿Qué tenía de malo que las cosas hubieran sido difíciles? Serena y tú os queríais y tuvisteis un buen matrimonio. ¿No era eso lo importante?
    Hawk comenzó a hablar.
    – Cállate -le ordenó ella-. No he terminado -añadió, y se volvió hacia Raoul-. Y tú te has tragado el cuento de hadas. Sí, has tenido una vida muy difícil y no quieres separarte de tu hijo, pero te estás exponiendo demasiado al fracaso. No eres realista.
    Sheila volvió a gemir y empujó con la nariz a Nicole en la pierna. Nicole miró hacia abajo.
    – Este no es buen momento.
    La perra gimoteó y caminó hasta la puerta principal.
    Justo en aquel momento apareció otro coche por la esquina de la calle. Brittany aparcó detrás de la furgoneta de su padre. Nicole soltó un gruñido al ver que el vehículo estaba lleno de algo que parecían objetos personales.
    Hawk soltó un juramento.
    – Te he dicho que te quedaras en tu habitación. ¿Qué estás haciendo aquí?
    – Te odio, papá. Eres malo, y no te voy a perdonar nunca.
    Nicole cerró los ojos y rezó pidiendo que aquello no fuera lo que ella pensaba que era.
    – Vengo a vivir con Nicole y Raoul -anunció la adolescente-. Raoul me quiere y quizá Nicole no lo entienda, pero al menos está dispuesta a escuchar.
    – Vas a volver a casa ahora mismo -ordenó Hawk.
    – No, y tú no puedes obligarme.
    – Puedo y voy a hacerlo. No vas a volver a ver a Raoul. ¿Me entiendes?
    – A buenas horas -murmuró Nicole.
    Hawk se giró hacia ella.
    – No estás ayudando.
    – Qué sorpresa.
    – Papá, no lo entiendes, y hasta que no lo entiendas, no quiero verte.
    – No puedes quedarte aquí -respondió Hawk-. No voy a permitirlo.
    – No me quieres. Si me quisieras, estarías contento por mí.
    – ¿Contento de que destroces tu vida? Claro, es maravilloso. Todos mis sueños se han convertido en realidad.
    Raoul dio un paso hacia Hawk.
    – No le hable así.
    – ¿Y qué vas a hacer, chaval? Vamos, pégame. ¿Es que crees que puedes ganarme?
    – Sí.
    – Basta -dijo Nicole-. Ninguno de los dos está ayudando.
    Sheila volvió a gemir.
    Nicole se colocó entre ellos dos.
    – Hay mucho que pensar, y la solución no va a salir de una pelea. Además, si hay alguien que puede ponerse violento esta noche, soy yo.
    – No hay nada que tengamos que pensar -intervino Brittany-. Raoul y yo vamos a casarnos y vamos a ser muy felices juntos.
    – No vas a casarte -gruñó Hawk-. Eres menor de edad.
    – ¿Y por qué no? ¿Qué tiene de malo? Tú lo hiciste y salió bien. ¿O es que estabas mintiendo? ¿Por qué estás tan enfadado, papá?
    Nicole vio una mirada de derrota en los ojos de Hawk. Aunque estaba molesta, no podía evitar sentir lástima por él en aquel momento. Además, quería a aquel hombre.
    Respiró profundamente.
    – Todos necesitamos un poco de tiempo y espacio. Brittany puede quedarse, pero sólo hasta que nos hayamos calmado.
    Brittany le sacó la lengua a su padre.
    – Eso ha sido muy maduro -murmuró Nicole, y alzó la mano antes de que Hawk explotara-. A la habitación de Jesse. Si os pillo intentando compartir una cama, os echo a los dos, ¿entendido?
    Los adolescentes se miraron y asintieron de mala gana. Nicole se puso frente a Raoul.
    – Quiero que me mires a los ojos y me des tu palabra -dijo.
    Él suspiró.
    – Te doy mi palabra de que no voy a dormir con Brittany bajo tu techo.
    – ¡Raoul! -exclamó Brittany, y dio una patada en el suelo.
    – Tenemos que hacer lo correcto.
    – No doy mi permiso para esto -murmuró Hawk-. Brittany tiene que venir a casa.
    – ¿Y crees que eso va a suceder? -preguntó Nicole.
    – ¿Estás diciendo que no puedo controlar a mi hija? -preguntó él, y después negó con la cabeza-. No me respondas.
    – No -dijo ella, y le tocó el brazo-. Por lo menos, así sabremos dónde están. Raoul me ha dado su palabra. Yo le creo, ¿y tú?
    Hawk asintió lentamente.
    – Vosotros dos, subid. Después sacaréis las cosas de Brittany del coche. Raoul, mira si Sheila tiene hambre.
    Los chicos entraron en casa.
    Nicole esperó a que se hubieran marchado y después se volvió hacia Hawk.
    – Todo esto es culpa tuya -murmuró él.
    Ella lo miró con enfado.
    – ¿Y cómo es posible eso? Brittany se ha quedado embarazada bajo tu vigilancia.
    – No deberías haberte involucrado.
    – ¿En qué? ¿En sus vidas? Raoul estaba viviendo en un edificio abandonado. Además, creo que es ahí donde empezaron los problemas.
    – No quiero nada de esto -dijo Hawk, sin mirarla-. Nada.
    ¿Y aquel «nada» los incluía a ellos? De repente, la noche se volvió muy fría.
    – Hawk… -dijo ella, pero él negó con la cabeza.
    – No puedo hablar de esto ahora. Los querías, pues ahí los tienes. Necesito pensar.
    Él se volvió hacia su coche.
    – Espera -le gritó Nicole-. No puedes marcharte así.
    – ¿Por qué no? Ya está todo hecho.
    ¿Se había vuelto loco? Las cosas ni siquiera habían empezado.
    Empezó a andar tras él cuando la puerta delantera se abrió.
    – ¡Date prisa! -gritó Raoul-. ¡Sheila está pariendo!

    – Un nacimiento ensucia mucho más de lo que yo había pensado -dijo Nicole, varias horas después, mientras Sheila lamía a sus cachorritos dormidos. El parto había ido muy bien, y había tres recién nacidos diminutos y ciegos agazapados contra su madre.
    Sheila lo había hecho como una profesional, y no había pedido nada más que un poco de compañía mientras paría su camada. Después había permitido que Nicole la trasladara a una cama limpia y había aceptado una comida ligera.
    Raoul y Brittany estaban acurrucados a un lado de la caja que había preparado Nicole.
    – Lo has hecho muy bien -felicitó Raoul a su perra. Sheila miró hacia arriba con los ojos entrecerrados. Movió la cola una vez, y después se quedó inmóvil.
    – Tienes perritos -susurró Brittany-. Ha sido totalmente increíble.
    Nicole tenía que estar de acuerdo con ella.
    Miró a los chicos, que estaban sentados frente a ella, en el suelo. ¿Estaban listos para tanta responsabilidad? ¿Y tenía importancia si lo estaban o no? De un modo u otro, al cabo de unos ocho meses habrían de enfrentarse a ella.

Diecisiete

    Hawk esperó hasta la tarde del día siguiente para volver a casa de Nicole. Pensó que a todo el mundo le iría bien un poco de tiempo para calmarse. Pasó por alto, deliberadamente, el hecho de que quien más necesitaba tranquilizarse era él.
    La noche anterior apenas había dormido. No podía librarse de la ira, ni del sentimiento de haber sido traicionado. Brittany le había mentido, y Raoul se había acostado con su hija. Sin embargo, por extraño que pudiera resultarle, lo que más le molestaba era que Nicole estuviera al tanto de todo y no le hubiera dicho nada.
    Cuando llegó a casa de Nicole, paró el motor y se quedó mirando el edificio. Lo que no quería admitir era que el mayor enfado de todos lo sentía hacia sí mismo. Todo aquello había ocurrido ante sus narices, sin que él se diera cuenta de nada. ¿Cómo era posible?
    No encontró la respuesta. Bajó del coche y se acercó a la puerta de la casa. Nicole abrió antes de que él tuviera ocasión de llamar.
    Ella tenía una expresión de cansancio y aprensión. Pese a sus emociones enredadas, Hawk se dio cuenta de que quería abrazarla.
    – Me imaginé que vendrías -le dijo ella, cediéndole el paso-. Te has perdido el gran acontecimiento. Sheila ha tenido cachorros.
    – ¿Cuántos?
    – Tres. Un macho y dos hembras.
    Él asintió, y después miró hacia las escaleras.
    – Quiero hablar con Brittany.
    – Ya lo suponía. ¿Vas a gritarle?
    – Probablemente.
    Nicole suspiró.
    – No es una buena manera de comenzar la conversación. Deberías intentar escucharla.
    – No quiero escuchar nada de lo que ella pueda decirme.
    – Entonces ¿para qué vais a hablar?
    Hawk no tenía respuesta para eso. Nicole se encogió de hombros y subió las escaleras. Minutos después volvió, pero sin Brittany.
    – Se niega a salir.
    – ¿Qué le has dicho? -preguntó él.
    El semblante de Nicole se endureció.
    – Absolutamente nada, pero eres libre de no creerme. Adelante, sube y grítale a través de la puerta. Ella misma te lo dirá.
    Se dio la vuelta, pero después se giró nuevamente hacia él.
    – Te juro que si tuviera fuerza suficiente, te zarandearía. Sabes que estoy de tu parte, ¿no? ¿Se te ocurre que entiendo un poco cómo te sientes? No soy tu enemigo, no soy partidaria de que se casen. Los dos son demasiado jóvenes y no están preparados. Ni siquiera sé si deberían quedarse con el bebé. Pero, vamos, adelante. Grítame. Yo soy un blanco fácil.
    Él se sintió estúpido e incapaz. No era una combinación muy agradable.
    – Lo siento -murmuró-. No me esperaba nada de esto. Me dijo que Raoul y ella no tenían relaciones sexuales.
    – ¿Y la creíste?
    Él asintió.
    – Nunca me había mentido. Pensé que me lo contaría.
    – No fue muy inteligente por tu parte.
    – Lo sé.
    Ella suspiró.
    – ¿Entonces has terminado de gritarme?
    – Sí.
    – Bien.
    Ella todavía estaba molesta, pero Hawk tuvo la sensación de que iban a reconciliarse. Nicole lo llevó al salón y le señaló el sofá.
    – Siéntate. Esto va a tardar un rato.
    Él negó con la cabeza y se acercó a la ventana.
    – Por lo menos, he terminado de tener hijos. Siempre me he dicho que me alegraba de haber tenido pronto a mi familia, y esto confirma mi opinión.
    Nicole esbozó una sonrisa perversa que a él le encogió el estómago.
    – ¿Qué? -preguntó.
    – Van a tener que gustarte los niños un poco -dijo ella-. Vas a ser abuelo.
    Él soltó un juramento. Después se acercó al sofá y se dejó caer en él.
    – Mi niña va a tener un niño. ¿Cómo es posible?
    – ¿Tu madre no tuvo esa charla contigo?
    – Eso no tiene gracia.
    – Vas a ser abuelo, Hawk. Sí es un poco gracioso.
    – No puedo afrontarlo -murmuró él.
    – No te queda más remedio.
    Hawk agitó la cabeza.
    – ¿Dónde me he equivocado? -preguntó.
    Nicole suspiró.
    – No tengo la respuesta. Me gustaría poder decirte que has confiado demasiado en ella, pero quizá hubiera ocurrido de todos modos. Es lo que hacen los adolescentes, o por lo menos algunos. Jesse descubrió a los chicos cuando tenía quince años. Yo estaba horrorizada, pero si no la encerraba en su habitación, no podía hacer otra cosa. Lo intenté con horas de llegada estrictas, con castigos, telefoneando a los padres de todos sus amigos para saber si estaba realmente donde había dicho…, pero ella encontró la manera.
    Nicole se apoyó en el respaldo del sofá.
    – No sé en qué momento se estropearon las cosas, pero créeme, he intentado dar con él. Quería que ella lo tuviera todo, pero nuestras definiciones de «todo» eran distintas.
    – Su madre se sentiría muy decepcionada -dijo él-. No sé qué le habría dolido más, si el error que ha cometido Brittany o que yo no lo haya evitado.
    – ¿Me estás escuchando? ¿Cómo ibas a detenerla? No tenías ningún motivo para desconfiar de ella.
    – Debería haberlo sabido.
    – Fustigarte no va a resolver el problema.
    – Quieres decir que no siga pensando en mí.
    – Más o menos.
    – Y seguramente, vas a decirme que no suba y la obligue a hablar conmigo.
    – Sí.
    Él miró hacia el techo. Siempre había sido capaz de hablar con Brittany. Siempre habían sido capaces de resolver sus problemas. ¿Por qué tenía que ser distinto aquello?
    – Todavía estoy furioso con Raoul -murmuró Hawk-, pero ya no tengo tanta energía para matarlo.
    – Estoy segura de que se va a emocionar cuando sepa la noticia.
    Él se inclinó hacia delante y apoyó los brazos sobre los muslos.
    – No sé qué hacer.
    – No tienes que hacer nada en este momento. Tómate un poco más de tiempo.
    – Le concedo un día más -dijo él-. Luego tendrá que hablar conmigo.
    – Me parece justo.
    Hawk se puso en pie y fue hasta la puerta.
    – ¿Tú estás bien?
    – No, pero sobreviviré. Los cachorritos de Sheila son una buena distracción.
    – Más bebés.
    Ella asintió.
    – Que quede claro que en cuanto termine de dar de mamar, voy a esterilizarla.

    Hawk estaba esperándola en el jardín trasero de su casa, con la barbacoa encendida y una botella de vino enfriándose en la hielera. Nicole empujó la puerta.
    – ¿Es seguro pasar?
    – Yo mismo te he invitado.
    – Pensaba que quizá fuera una trampa.
    Hawk la había llamado una hora antes y le había pedido que fuera a cenar con él. Nicole se había quedado sorprendida, pero había aceptado. Tenían cosas de las que hablar.
    – No es ninguna trampa -aseguró él. Después la estrechó contra sí y la besó.
    Pese a todo, ella se derritió entre sus brazos y se abandonó a la sensación que le producían sus labios. La pasión se encendió, e hizo que se sintiera débil y fuerte a la vez. El fuego que ardió entre ellos prometía curar o, al menos, permitirles olvidar por un rato.
    Para Nicole nunca había sido así. La velocidad con la que él la excitó, lo mucho que lo deseaba, que quería que estuvieran juntos.
    Nicole metió los dedos entre su pelo y se apoyó en él. Sus músculos eran duros, como su erección. Él bajó las manos hasta su trasero y se lo apretó.
    El deseo se volvió algo vivo e innegable. Nicole olvidó lo que hubiera planeado que iba a decir y, en vez de hablar, deslizó las manos bajo su camiseta para poder acariciarle la piel. Él era fuerte y tentador, todo lo que ella había deseado siempre.
    Hawk la soltó el tiempo suficiente para apagar la barbacoa y después la empujó suavemente hacia la puerta trasera de la casa. Una vez dentro, él agarró el bajo de su camiseta y se la sacó por la cabeza. Mientras se besaban y él le succionaba el labio inferior, le desabrochó el sujetador y lo arrojó a una silla. Entonces le acarició las curvas. Nicole estaba perdida.
    Sus manos estaban por todas partes. En sus pechos, sus costados, su espalda. Le bajó los pantalones y metió los dedos entre sus piernas. Ella ya estaba caliente y húmeda. Hawk encontró el punto más sensible de su cuerpo y comenzó a acariciarlo. A ella se le tensaron todos los músculos. Se besaron una y otra vez mientras él dibujaba círculos y rozaba, y después hundía los dedos dentro de ella. No era suficiente. Nunca sería suficiente, pensó Nicole frenéticamente. Necesitaba a Hawk por completo.
    Mientras movía las caderas y sentía que se acercaba más y más, comenzó a desabrocharle los pantalones. Él hizo que los dos se movieran hacia atrás hasta que Nicole sintió el borde de la mesa de la cocina contra los muslos. Él la sentó sobre la superficie dura. Ella se quitó el resto de la ropa, se deslizó hacia atrás y separó las piernas.
    Hawk se bajó los pantalones y la ropa interior y entró en ella de una acometida. Ella se arqueó hacia atrás y se apoyó con los brazos en la mesa. Suavemente, cerró los ojos.
    Él entró y salió de ella, llevándola cada vez más alto. Le acariciaba el clítoris con una mano mientras con la otra jugueteaba en sus pechos. La habitación estaba silenciosa salvo por el sonido de su respiración y de sus jadeos, y ella se acercaba más y más al orgasmo.
    – Hawk -susurró, y le rodeó las caderas con ambas piernas-, más fuerte.
    Se refería a todo. A sus caricias, al modo en que la llenaba una y otra vez. Más rápidamente y con más fuerza, la tomó hasta que ella no tuvo más remedio que perderse en una convulsión líquida de placer.
    Él la siguió inmediatamente, gruñendo su nombre y estremeciéndose. Luego se quedaron inmóviles.
    Después de un par de respiraciones profundas, ella comenzó a percatarse de que estaba desnuda… sobre la mesa de la cocina de Hawk. Abrió los ojos y lo encontró mirándola.
    – Tú desayunas aquí -dijo.
    Él sonrió.
    – Ya lo sé.
    – A lo mejor tienes que limpiar antes de mañana por la mañana.
    Él se rió y la besó.
    – Eres increíble.
    – Eso tengo entendido. Ha salido en los periódicos. Estoy pensando en hacerme unas tarjetas.
    Hawk le apartó el pelo de la cara.
    – Gracias.
    – ¿Por?
    – Por todo.
    Ella suspiró, sabiendo que podría hacer aquello con él para siempre. No sólo el sexo, sino todo lo demás. Mirarlo a los ojos, estar a su lado, compartir. Entonces su estómago emitió un rugido.
    Hawk sonrió.
    – ¿No estás comiendo mucho estos días?
    – He tenido un poco de estrés.
    – ¿Qué te parece un plato de salmón?
    – Muy bien.
    Hawk retrocedió y Nicole bajó al suelo. Él la ayudó a encontrar la ropa y después abrió una botella de vino mientras se vestía. Él sólo tuvo que subirse los pantalones y abrochárselos. Los hombres lo tenían todo tan fácil…, aunque ella no tenía queja.

    Después de cenar, Nicole se acurrucó junto a Hawk en el sofá.
    – Probablemente, deberíamos pelearnos ahora.
    – ¿Es lo siguiente de la lista?
    – Tenemos mucho de lo que hablar.
    – Brittany.
    – Sobre todo -dijo ella, y posó una mano en su muslo-. Tu hija está muy mimada y es inmadura.
    – Lo sé.
    Aquella respuesta sorprendió a Nicole.
    – Pensaba que ibas a negarlo.
    – Quiero negarlo, pero no puedo. Yo no tenía intención de que fuera así. Serena la educó mejor que yo. Cuando murió, sólo quedamos Brittany y yo, y algunas veces hice lo que era más fácil en vez de lo que estaba bien.
    Aquello no se lo esperaba.
    – ¿Quieres decir que es culpa tuya?
    – En gran parte, sí. Brittany no es mala chica.
    – No, claro que no, pero está acostumbrada a salirse con la suya, y Raoul la quiere tanto que hará lo que ella diga -afirmó Nicole-. No creo que deban casarse.
    – Estoy de acuerdo, pero cuando cumpla dieciocho, no podré impedírselo.
    Nicole no estaba tan segura. Si Hawk era serio y sincero con Brittany, quizá pudiera cambiar las cosas. Amenazar a Raoul no iba a servir de nada, porque era un chico demasiado responsable.
    – Todo esto es un lío -dijo-. Vas a tener que quedarte con uno de los cachorritos para compensarme por todo esto.
    – Me quedo con el chico.
    – Claro. Ni siquiera me sorprende -dijo Nicole. Después de unos segundos, retomó la conversación sobre su hija-: Le he dicho a Brittany que no puede seguir así mucho tiempo. Que tendrá que hablar contigo la próxima vez que vayas a casa.
    Él se apoyó en el respaldo del sofá y se pellizcó el puente de la nariz.
    – ¿Cuándo cambió todo? Ella era mi niña. Yo era lo más importante para ella. Y todo ha desaparecido.
    – Está creciendo.
    – No quiero perderla.
    – No la has perdido. Sólo ha cambiado.
    – No me gusta que sea distinta.
    – No puedes elegir.
    – ¿Y qué se supone que voy a decirle?
    – Que la quieres, y que lo resolveréis.
    – Tengo ganas de darle una paliza a Raoul.
    – Lo siento, pero no. Esto lo hicieron entre los dos.
    – Ella es mi hija.
    Eso lo decía todo, pensó Nicole. Brittany era su familia, y ella importaba más que ninguna otra cosa.
    Se sorprendió al notar una punzada de dolor en el pecho, y se dio cuenta de cuál era el motivo. Quería que alguien se sintiera así por ella. Quería que la amaran. Y no cualquiera, sino Hawk. Algo que parecía imposible.
    – Bueno, tengo que volver a casa -dijo-. No quiero dejarlos solos por la noche.
    – El daño ya está hecho.
    – Lo sé, pero soy responsable. No puedo evitarlo. Es como una enfermedad. Un día tendré que reconciliarme con mi maníaca del control interior.
    – A mí me gusta tu maníaca del control interior.
    Él la acompañó hasta el coche y se despidió con un beso. Mientras Nicole se alejaba, se quedó mirando su coche. Ella se dio cuenta porque lo estaba mirando por el espejo retrovisor.
    Era un buen hombre, pensó, y se preguntó qué iba a ocurrir a partir de aquel momento. ¿Tendría alguien la posibilidad de vencer los recuerdos que había dejado Serena? Era cierto que Hawk quería tener citas y salir con mujeres, pero eso no era lo mismo que enamorarse. Él ya había experimentado todo lo que deseaba; ¿querría volver a hacerlo?
    Nicole no quería pensar en ello. No quería más preocupaciones.
    Cuando llegó a casa, la encontró oscura y silenciosa, pero eran casi las diez, así que era lógico. No encendió las luces mientras se acercaba a la cesta de Sheila para ver qué tal estaba, así que estuvo a punto de pasar por alto la hoja que había sobre la mesa de la cocina. Al verla, presionó el interruptor de la luz.
    Tomó la nota y la leyó, y después volvió a leerla antes de dejar caer el papel al suelo. Como una autómata, descolgó el auricular del teléfono. Estaba demasiado aturdida como para poder pensar con claridad. Aquello no podía estar sucediendo.
    Hawk descolgó al primer tono.
    – Se han marchado -dijo ella-. Se han ido juntos. Tienen un carné de identidad falso para Brittany, y se van a casar.

Dieciocho

    Nicole recorrió apresuradamente toda la casa en busca de pistas. La mayoría de las cosas de Raoul seguían en su cuarto, pero casi todas las de Brittany habían desaparecido. Faltaban maletas en el sótano y, aunque el coche de Raoul estaba aparcado frente a la casa, no había rastro del de Brittany.
    – Al menos se han llevado el coche más nuevo y más fiable -murmuró mientras salía a esperar, con impaciencia, en el porche.
    A los pocos minutos, Hawk apareció por la esquina de la calle y frenó bruscamente detrás del coche de Raoul.
    – ¿Lo sabías? -gritó mientras bajaba de la furgoneta y corría hacia la casa.
    Ella pestañeó.
    – ¿Cómo? ¿Lo dices en serio? ¿Me estás preguntando si sabía que iban a escaparse y si te lo he ocultado?
    – ¿Y por qué no? Tampoco me dijiste que Brittany está embarazada.
    Nicole se indignó, aunque se dio cuenta de que él tenía parte de razón.
    – Eso era distinto. Cuando tú te enteraras no ibas a poder cambiar las cosas, y tu hija me pidió que le dejara darte la noticia. Yo no estaba de acuerdo, pero accedí. Esto nunca se lo hubiera permitido.
    – Así que me lo habrías dicho porque no te gusta lo que están haciendo, pero si lo hubieras aprobado, te habrías callado también.
    Hawk estaba furioso.
    – Me estás diciendo que no sé lo que hago, que no actúo con responsabilidad. Tienes que elegir, Hawk. O estoy de tu lado o no.
    – Has dejado que se fuera.
    – No.
    – Has dejado que mi hija se fuera como dejaste que se fuera Jesse.
    Ella se sintió como si la hubiera abofeteado.
    – No tienes derecho a comparar esas situaciones. Para empezar, Jesse es mi hermana, no mi hija, y para continuar, tiene más de veintiún años. Brittany sólo tiene diecisiete.
    – Tenemos que encontrarlos.
    Hawk entró en la casa y la recorrió, como si los chicos todavía estuvieran allí y Nicole no los hubiera visto. Cuando llegó a la cocina, ella le entregó la nota.
    – Ya no tiene importancia, pero esto estaba en la mesa de la cocina cuando llegué.
    – Y tú no lo sabías.
    Nicole suspiró.
    – Por muchas veces que me hagas esa pregunta, no va a cambiar la respuesta.
    Él se acercó al teléfono, lo descolgó y marcó el número de emergencias.
    – Mi hija de diecisiete años ha desaparecido. Quiero hablar con la policía.

    La policía invadió la casa de Nicole al cabo de menos de una hora. Había oficiales por todas partes, haciendo preguntas, registrando las habitaciones de Raoul y Brittany, tomando notas y haciendo llamadas. Nicole sabía que Hawk había pedido muchos favores para que se pusieran en acción tan rápidamente.
    Ella hizo café mientras él contaba a los policías todo lo que sabía. Examinaron las notas y hablaron sobre las diferentes opciones.
    – Se va a casar con él -dijo Hawk durante un descanso del interrogatorio.
    Nicole le sirvió más café.
    – No puede. Es menor de edad. Con un carne de identidad falso, el matrimonio no es legal. Me sorprende que Raoul no se haya dado cuenta.
    – A lo mejor los dos se dieron cuenta -murmuró Hawk-. A lo mejor esperan que con ese matrimonio ilegal me convenzan de que les deje casarse de verdad.
    – Pues diles que no.
    – La policía me ha dicho que no van a buscar a Raoul -le contó Hawk-. Tiene dieciocho años y se ha marchado voluntariamente. No pueden hacer nada. Brittany es menor de edad, así que ella no puede desaparecer -dijo, y añadió en voz baja-: Les he dicho que está embarazada, y me han preguntado si quiero denunciar a Raoul por acostarse con ella.
    Nicole lo observó fijamente, esperando a que él dijera que no iba a hacerlo. Hawk se quedó en silencio, y ella se acercó a la mesa con una mirada fulminante.
    – Ni se te ocurra -dijo, temblando de furia-. Él tenía diecisiete años cuando todo esto empezó. Es su novio, no alguien que abuse sexualmente de una niña, y tú lo sabes. Sólo estaba haciendo lo que hacen los adolescentes desde el principio de los tiempos, incluyéndote a ti. Ese chico no tiene la culpa. Él no es el problema.
    – ¿Quieres decir que Brittany sí lo es? -preguntó Hawk poniéndose en pie.
    – No. No quería decir eso. Todo esto es un enredo y tiene que cambiar, comenzando por tu pasado. Sé sincero con ella y contigo mismo. Tu vida con Serena no fue perfecta. Brittany merece saberlo.
    Él entrecerró los ojos.
    – No metas a mi esposa en esto.
    A su esposa. ¿Por qué tenía que decirlo así?
    – No estoy diciendo que fuera mala, Hawk. Estoy diciendo que era humana. Algunas veces, tu matrimonio fue estupendo, y otras veces, os odiabais el uno al otro. Erais dos personas que se querían y vivían en la realidad, con malos y buenos tiempos. Era la vida, no una fantasía maravillosa. Sin embargo, tú no has querido que Brittany supiera nada de eso, así que ahora ella piensa que está reviviendo algo mágico.
    – No sabes de qué estás hablando -dijo él.
    Después se dio la vuelta y salió de la cocina.

    Nicole y Hawk se evitaron durante el resto de la noche. Después de que se marchara la policía, ella entró en su habitación y cerró la puerta. No estaba segura de dónde habría dormido él, pero seguía allí por la mañana.
    Entró en la cocina y se lo encontró sirviéndose un café recién hecho.
    – Tengo que irme al instituto -dijo-. ¿Me avisarás si te enteras de algo?
    Ella asintió.
    – Yo haré lo mismo.
    Hawk tomó un sorbo de café y se marchó.
    Nicole se dejó caer sobre una de las sillas de la cocina. Después tomó el teléfono y marcó un número familiar.
    – ¿Qué vas a hacer después de dejar a Amy en el colegio? -preguntó a su hermana.
    – Ir a verte -dijo Claire.
    – Buena respuesta.

    Cuarenta minutos más tarde, Claire estaba estirada sobre el sofá, con los pies en alto y la mano sobre el vientre crecido.
    – No lo entiendo -dijo Claire, y dio un sorbito a su infusión-. ¿Y por qué está enfadado contigo Hawk?
    – Porque soy un blanco fácil, y es incapaz de culpar a Brittany, ni a las circunstancias. Porque no ve la realidad -dijo Nicole con un suspiro-. Su hija está embarazada y no le dirige la palabra. El chico que la ha dejado embarazada vive conmigo. Hawk piensa que yo sabía que iban a fugarse y que no se lo he dicho, y me dijo que yo permití que Jesse se marchara sin oponerme. ¿Por qué no iba a hacer lo mismo con los chicos?
    – Porque no es lo mismo -dijo Claire-. ¿Estás segura de que te gusta ese tipo? Parece un idiota.
    – No lo es. Es un padre preocupado.
    – Estás justificándolo. Eso sólo puede significar una cosa.
    – Lo sé.
    – Que te gusta mucho.
    Nicole miró a su hermana.
    – Estoy enamorada de él.
    Claire sonrió.
    – Si pudiera pegar saltos con facilidad, lo haría. ¿De verdad? Es estupendo.
    – No, no lo es. Es un lío y, en comparación, mi matrimonio con Drew fue un éxito.
    – No lo creo.
    – Pase lo que pase con Brittany, Hawk va a culparme a mí -explicó Nicole-, porque esto no puede ser culpa de su preciosa hija, ni suya tampoco.
    – Cuando esto se resuelva, lo superaréis.
    Nicole negó con la cabeza.
    – Además, sigue enamorado de su difunta esposa. Murió hace años, y la casa sigue exactamente igual, como ella la dejó. Sus cosas están por todas partes. Es como si hubiera ido a comprar leche y fuera a volver en cualquier momento. No digo que él se comporte como si ella no hubiera existido, pero debería haber algunos cambios después de tanto tiempo.
    – La gente se enfrenta a la pena de diferentes maneras.
    Nicole apretó la mandíbula.
    – Deja de contemporizar y ponte de mi lado.
    – Hawk es un cabeza de guisante.
    Nicole se echó a reír.
    – Ooh, ahora va a salir corriendo de miedo. Le has llamado cabeza de guisante.
    – Lo he aprendido de Amy.
    La mención de la hija de Wyatt le recordó a Brittany, y Nicole perdió el bueno humor.
    – Nada de eso me importa -admitió-. Lo que me mata es la actitud de Hawk. No puede ver la verdad, o no quiere. Yo estaría dispuesta a aceptar los problemas si él también los viera, pero ése no es su estilo.
    – Lo quieres. Vas a tener que buscar una solución.
    – Supongo.
    – Nicole, enamorarse es algo estupendo.
    – No lo es tanto cuando el tipo en cuestión no está interesado.
    – ¿Es eso lo que piensas?
    – No lo sé. Creo que le gusto. Quiere acostarse conmigo.
    – Por algo se empieza.
    – No estoy segura -respondió Nicole con un suspiro-. Hawk no me quiere. Le gusto, pero no soy Serena.
    – ¿Y crees que está buscando una sustituía para ella?
    – No creo que quiera tener ninguna relación sentimental seria. Para él ya lo ha tenido todo. Una esposa, un hijo, una gran carrera profesional… No le interesa tener más hijos, y no quiere involucrarse en una relación duradera.
    – Tal vez cambie de opinión.
    – Tal vez -dijo Nicole, aunque no albergaba demasiadas esperanzas.
    – No debes perder la esperanza.
    Nicole negó con la cabeza.
    – Tú eres la que no puede perder la esperanza. A mí se me da muy bien.
    – ¿Es que vas a salir corriendo?
    – Voy a ver cómo sale todo esto. Es lo único que puedo hacer.

    Nicole tuvo un día muy inquieto. No podía dejar de preguntarse lo que estaría sucediendo con Raoul y Brittany, y no podía dejar de suspirar por que Hawk la llamara y le dijera que ya no estaba enfadado con ella. Lo echaba mucho de menos.
    También echaba de menos a Raoul, lo cual era extraño. El chico sólo llevaba un mes viviendo con ella. Incluso Sheila estaba alicaída.
    En vez de permitirse sentir lástima de sí misma, decidió distraerse limpiando cuartos de baño. Tomó los productos de limpieza y comenzó por el de Raoul. Hizo que brillara la bañera y la mampara, y después comenzó a ordenar la encimera. Había una caja de preservativos abierta justo detrás del dispensador de vasos de plástico. Nicole la tomó y la agitó.
    – Deberían haberlos usado todas las veces -murmuró. Eso habría ahorrado a todos muchos problemas.
    Por supuesto, los preservativos no eran seguros al cien por cien, así que quizá los hubieran usado todas las veces.
    Nicole se quedó mirando la caja. Los preservativos fallaban. Hawk y ella los usaban. Salvo alguna vez. Aunque nunca en el momento peligroso del mes. Estaba segura de ello.
    El teléfono sonó en aquel momento.
    Nicole dio un respingo y corrió hacia su habitación.
    – ¿Diga?
    – Soy Raoul.
    Sintió un alivio instantáneo, dulce.
    – ¿Dónde estás? ¿Estás bien? ¿Qué ha pasado? ¿Habéis intentado casaros? ¿Es que no has pensado que si usáis un carné de identidad falso el matrimonio es ilegal? ¿Cuándo vas a volver a casa?
    Hubo una ligera pausa, y después él dijo:
    – Son muchas preguntas.
    – Contéstalas en orden. No. Empieza diciéndome si estás bien.
    – Estoy bien, los dos estamos bien. No estamos casados. Ni lo hemos intentado -dijo, e hizo otra pausa-, no hay bebé.
    Nicole se sentó de golpe en la cama.
    – ¿Seguro?
    – Sí. Ha tenido el período. Brittany no está embarazada.
    «Gracias a Dios», pensó Nicole.
    – ¿Estás bien? ¿Y ella?
    – Estamos bien, sí. Brittany se disgustó un poco al principio, pero ahora está mejor. Yo… -Raoul carraspeó-. Estuve pensando en lo que me dijiste, sobre que algo pudiera salir mal. Que yo podía lesionarme la rodilla… Me asusté. Me alegro de que no vayamos a tener un hijo. ¿Es malo?
    – Claro que no. Todavía estás en el instituto. ¿Por qué ibas a querer encargarte de semejante responsabilidad?
    – Sigo queriendo tener una familia.
    Un lugar propio, pensó ella, al notar la melancolía de su voz.
    – Yo soy tu familia -dijo Nicole-. Te echo de menos. Y Sheila también. Esta es tu casa, Raoul.
    – ¿Todavía?
    – ¿Piensas que no porque te marchaste por la noche sin avisarme, dejándome sólo una nota insignificante?
    – Lo siento mucho. Quería decírtelo, pero Brittany tenía miedo de que nos lo impidieras.
    – Es una chica lista -dijo Nicole. Mimada, pero lista-. Esta sigue siendo tu casa. Aunque vamos a tener una conversación muy larga sobre las normas. Habrá algunas nuevas. ¿Cuándo vuelves a casa?
    – Hoy. Brittany está al teléfono con su padre. Parece que se están reconciliando. Va a volver a vivir a su casa.
    Eso era un alivio.
    – Allí estará más contenta. Tened cuidado en la carretera.
    – Lo tendré.
    – Bien.
    – Lo habría hecho -dijo Raoul-. Habría cuidado de ella y del niño.
    – Lo sé.
    – Ahora me alegro de no tener que hacerlo.
    – Yo también.
    – Gracias, Nicole. Has sido estupenda. No podría haber pasado por todo esto sin ti.
    Ella se sintió conmovida. Tener a Raoul era como tener una versión mejor de Jesse en casa.
    – Date prisa -le dijo.
    – Sí. Hasta luego.
    Nicole colgó. Era un buen final para algo que podía haber sido un desastre. Colgó el teléfono y salió al pasillo. En la estantería superior del armario de la ropa blanca estaba la prueba de embarazo que había dejado Brittany. Todavía quedaban dos tests dentro.
    Nicole pensó en los preservativos y en cómo había sido su suerte últimamente, y se llevó la caja a su baño.
    Diez minutos más tarde miró fijamente la barra de plástico. Todavía había un bebé, pensó, incapaz de dar crédito a la noticia. Solo que no era el que creía todo el mundo.

Diecinueve

    Hawk permaneció junto al garaje mientras su hija metía el coche, embargado por una mezcla de alivio e ira. Quería abrazar a Brittany para demostrarse a sí mismo que ella estaba bien, pero después quería encerrarla en su habitación durante los próximos ciento cincuenta años. Le había dado el mayor susto de su vida.
    Ella bajó del coche y caminó hacia él con una expresión de cautela, como si no estuviera segura de cómo debía comportarse, dependiendo de lo furioso que estuviera él.
    – Oh, papá, me alegro mucho de verte -dijo-. Te he echado de menos, papá, muchísimo…
    Así que había decidido ser la hija cariñosa. Él aceptó su abrazo, le dio unos golpecitos en la espalda y la hizo entrar en casa. Cuando estuvieron en la cocina, ella se acercó a la nevera y sacó una lata de refresco.
    – Me sentía muy mal por preocuparte -dijo mientras la abría-. Debería haberte llamado antes. Raoul y yo no habíamos planeado marcharnos. Surgió de repente. Estábamos hablando, y de repente nos pusimos a hacer el equipaje… y nos marchamos sin pensar.
    Brittany hizo una pausa y pestañeó.
    – Fue muy inmaduro por mi parte.
    – Entonces ¿la decisión de escaparos fue repentina? -preguntó Hawk.
    Ella dio un sorbito a la lata.
    – Sí.
    – Y por casualidad, tenías un carné de identidad falso en el bolsillo.
    Ella abrió unos ojos como platos.
    – Eh… no. Estaba por ahí.
    – Un carné de identidad falso con tu nombre y tu fotografía.
    – No sé de dónde salió.
    – Tú o Raoul tuvisteis que conseguirlo. Supongo que fue Raoul. Tú nunca harías algo así, ¿a que no?
    Ella abrió los ojos todavía más.
    – No, papá -dijo, con una sonrisa temblorosa.
    – Es ilegal. La policía lo sabe. Voy a tener que avisar a Nicole de que irán a arrestarlo. Vaya. Y ahora que íbamos a entrar en las finales. Si Raoul tiene que perderse los partidos porque está en la cárcel, no vamos a ganar. Además es su último año. Si no juega, las universidades se olvidarán de él, pero se lo ha buscado. Lo ha fastidiado todo, y ahora tendrá que afrontar las consecuencias.
    Brittany se desmoronó. Dejó la lata sobre la mesa e intentó abrazar a su padre.
    – Papá, no. No digas eso. Raoul no puede ir a la cárcel.
    – Lo siento, Brittany, pero tiene que aprender la lección.
    – No. Eso no es justo…
    Brittany comenzó a llorar, pero él no se ablandó. Salió de la cocina, y ella lo siguió y lo agarró del brazo.
    – Fui yo -dijo entre sollozos-. Fui yo la que conseguí el carné de identidad falso. Fue idea mía, para que pudiéramos casarnos. Raoul no quería hacerlo. Él es muy bueno, papá. Te adora. Nunca haría nada que pudiera perjudicarnos a ti o a mí.
    Hawk hizo todo lo posible por no recordar que Raoul se había acostado con su hija. Aunque él consideraba que eso era traspasar los límites, Raoul y Brittany no lo verían así.
    – Me mentiste -dijo en voz baja.
    – Lo sé. Lo sé. Lo siento muchísimo. Pensé que… Quería casarme, quería empezar mi vida con Raoul. Quería que fuéramos felices y tuviéramos una familia, como mamá y tú.
    Él le pasó un brazo por los hombros a su hija y la llevó al salón. Cuando estuvo sentada en el sofá, él se sentó en la mesa de centro, frente a ella, y la tomó de la mano.
    – Yo quería a tu madre más que a nada en el mundo -dijo lentamente-. Todavía me acuerdo de la primera vez que la vi. Se estaba riendo, y el sonido de su risa me atravesó. Supe que ella era la única, y que siempre estaríamos juntos, y que me casaría con ella. Ella también lo supo.
    Brittany se enjugó las lágrimas.
    – Como Raoul y yo.
    Él pasó por alto el comentario.
    – Nos conocimos y nos enamoramos. Hicimos planes. Luego ella se quedó embarazada.
    – Conozco esa parte.
    – No, no la conoces. Sabes lo que nosotros te contamos. Tu madre y yo temíamos que, si sabías la verdad, pensarías que no te deseábamos, que no te queríamos. No sé si fue la mejor decisión, pero fue lo que decidimos: contarte sólo lo bueno de la historia, Brittany. Pero ahora tengo que contarte más cosas.
    – ¿Qué?
    – Tu madre lloró todas las noches durante seis meses porque sus padres le dieron la espalda. Después de casarnos, apenas podíamos vernos. Vivíamos en mi habitación, en casa de mi madre, y los dos teníamos dos trabajos para poder ahorrar todo lo posible, porque cuando yo fuera a la Universidad de Oklahoma y comenzara a jugar al fútbol, no tendría tiempo de trabajar.
    Brittany se movió en el asiento.
    – Pero eso sólo fue así durante unas semanas. Después estuvisteis juntos.
    – Entonces yo estaba en los entrenamientos, o en clase. Tu madre estaba sola en una ciudad ajena, en la que no conocía a nadie. Le dieron un trabajo de recepcionista, pero era la chica más joven de allí. No tenía nada en común con las demás mujeres que eran solteras, y salían de copas. Ella volvía a una casa vacía y tenía que esperar a que yo llegara. Se pasó cuatro años esperando.
    – Pero me tenía a mí.
    – Sí, tenía un bebé. Así que estaba sola y era responsable de una niña. No tenía amigas, nadie que fuera de visita. Su madre no le dirigió la palabra durante un año entero.
    – Pero, ¿y los ex alumnos? Me dijiste que os ayudaron.
    – Y lo hicieron. Nos llevaban comida, y a veces te cuidaban. Nos dieron los nombres de los mejores médicos, y a veces nos ayudaban con las facturas. Ellos hicieron que fuera posible, pero nunca fue fácil. Algunas veces, tu madre y yo discutíamos tanto que te hacíamos llorar. Hubo semanas en las que nos odiamos, y si hubiéramos tenido dinero, nos habríamos divorciado cien veces.
    A Brittany se le llenaron los ojos de lágrimas.
    – Papá, no.
    Él le apretó la mano.
    – Lo resolvimos. Nos dimos cuenta de que nos queríamos, y de que tendríamos que seguir intentándolo. Entonces, conseguí firmar un contrato para jugar en la Liga Nacional, y pudimos volver aquí. La vida se hizo más fácil. Tú empezaste a ir al colegio, y Serena y yo pudimos pasar un poco de tiempo juntos. Lo conseguimos, pero por poco.
    – Pensaba que había sido distinto. Pensaba que había sido como un cuento de hadas.
    – Lo sé. Tal vez yo cometí el error de hacértelo ver así.
    Nicole tenía razón. Serena y él habían preparado el camino hacia aquel desastre. Prácticamente, habían ilustrado un manual sobre cómo destrozar una vida.
    – No voy a tener un hijo -susurró Brittany-. Antes estaba triste, pero quizá sea lo mejor. Supongo que debería empezar a usar anticonceptivos, papá.
    Hawk no quería mantener aquella conversación en ese momento.
    – Tendrás tiempo para pensar cómo quieres gestionar eso. Ya tienes una cita con tu médico para dentro de dos semanas.
    Ella apartó la mano.
    – ¡Papá! Eso es muy vergonzoso.
    – Como quedarse embarazada a los diecisiete años. Aunque no creo que eso pueda suceder otra vez, de momento.
    – ¿Qué quieres decir?
    – No vas a salir con Raoul durante un tiempo.
    Ella lo atravesó con la mirada.
    – No puedes obligarme a romper con él. Es mi novio, y lo quiero.
    – Estoy seguro de que sí, pero esto no tiene nada que ver con él. Esto tiene que ver contigo. Te escapaste de casa y te hiciste un carné de identidad falso. Siempre he confiado en ti y te he dado mucha libertad. Es evidente que no eres lo suficientemente madura como para manejarla.
    – ¿Qué?
    Hawk se puso en pie.
    – Estás castigada, Brittany. No vas a salir con nadie durante una temporada. Irás al instituto y después vendrás conmigo a mi oficina, a hacer los deberes, hasta que yo pueda irme.
    – Eso es una locura. Me iré a casa en mi coche.
    – Voy a confiscarte el coche.
    – ¿Qué? ¡No puedes hacer eso! ¡Papá, no!
    – Nada de coche durante un mes. Estás castigada seis semanas. Las últimas dos semanas serán para poner a prueba tu capacidad de ser responsable. Si no puedes serlo, perderás el coche completamente hasta que tengas dieciocho años. Por ahora voy a permitir que conserves el teléfono móvil e Internet, pero esos son privilegios. También puedo retirártelos.
    Ella lo miró con odio.
    – No puedes hacer esto.
    – Puedo, y lo he hecho.
    – No es justo. No ha sido para tanto.
    – Ha sido para tanto y para más. Me preocupé mucho por cómo te sentías después de que muriera tu madre. Quería que las cosas fueran más fáciles para ti, y te las puse demasiado fáciles. Eres una caprichosa, Brittany, y si las cosas no cambian, te vas a convertir en una persona que no le gustará a nadie. No quiero eso. Quiero sentirme orgulloso de ti otra vez.
    Ella se echó a llorar de nuevo.
    – Papá, no. No puedes hacer esto. No puedes tratarme como a una niña.
    – Te estás comportando como tal.
    – Es injusto. Te odio.
    – En este momento, tú tampoco eres mi persona preferida. Te quiero, Brittany, pero has cruzado todos los límites.
    Ella se dio la vuelta y salió corriendo escaleras arriba. Después se oyó el sonido de un portazo. Cuando hubo silencio, él se apoyó contra la mesa y se preguntó cómo demonios iba a superar el mes que se avecinaba. Iba a ser una lucha ardua, pero debería haber hecho aquello años atrás. Si tenía suerte, conseguiría corregir a su hija antes de que echara a perder su futuro.
    Entró en su despacho, pero no podía sentarse. Estaba demasiado inquieto. Había algo que todavía estaba mal, y no sabía qué era. Brittany había vuelto y él se había comportado como un padre de verdad. Todo iba a mejor. ¿Qué…?
    Nicole, pensó. Tenía que hablar con Nicole. Se habían peleado, y él le había hecho daño. Ella sólo le estaba diciendo la verdad, diciéndole algo que debía oír. Él lo respetaba, y la echaba de menos.
    Subió las escaleras, tocó suavemente la puerta de su hija y le dijo que se iba a ver a Nicole.
    – ¿Te vas? -preguntó ella a través de la puerta-. ¿Ahora, después de destrozarme la vida?
    Era bueno saber que Brittany no había perdido su vena dramática.
    – Sólo quería que supieras que me marcho. Me llevo las llaves de tu coche, así que no creas que vas a poder escaparte. Espero que te quedes en tu habitación pensando en todo lo que has hecho mal.
    – ¡Te odio! -gritó Brittany.
    Hawk no respondió y bajó las escaleras hacia la calle.

    Cuando Raoul entró por la puerta, Nicole lo abrazó con fuerza, y después le dio un golpe suave en la nuca con la palma de la mano.
    – No vuelvas a escaparte. Me has asustado.
    – Lo sé. Lo siento mucho.
    – Sheila te ha echado de menos. He tenido que explicarle dónde estabas. No voy a volver a cubrirte.
    – No será necesario.
    Se sonrieron el uno al otro. Nicole se sentía como si se hubiera quitado un gran peso de encima.
    – Ve a deshacer la bolsa. Si tienes suerte, haré la cena más tarde.
    – Me encantaría.
    Nicole lo observó mientras subía las escaleras. La vida sería mucho más fácil si dejara de salir con Brittany, pero dudaba que su suerte fuera tan buena. Suponía que era cuestión de tiempo que apareciera la hija de Hawk, así que lo mejor sería que cocinara para tres.
    Entró a la cocina, pero tuvo que volver al vestíbulo porque sonó el timbre. Esperaba ver a Brittany en el umbral, pero en vez de eso, se encontró frente a Drew.
    Esa no era la manera en que quería pasar la tarde.
    – Hola, Nicole -dijo él-. ¿Te importaría que pasara un minuto?
    Su primera reacción fue decir que no. No estaba de humor para sus rabietas. Sin embargo, seguramente sería más rápido dejar que dijera lo que quisiera y después decirle que se largara.
    Se hizo a un lado para dejarlo pasar. Él cerró la puerta y sonrió tímidamente.
    – Estás muy guapa -dijo, metiéndose las manos en los bolsillos-. Mejor que guapa. Estupenda, realmente estupenda.
    – ¿Es por dinero? -preguntó ella-. ¿Necesitas un préstamo?
    – No, no es por dinero. Es por… -Drew la miró a los ojos-. Lo siento. He venido a decirte que me equivoqué en todo. Te hice daño. Tú fuiste muy buena conmigo, Nicole. Nunca te aprecié como debía. Siento lo que ocurrió con Jesse. Yo fui el responsable.
    Ella pensó que debía de estar drogado. Después se le ocurrió que algún alienígena lo había abducido.
    – No sé qué decir -admitió.
    – Entonces deja que hable yo. Todavía te quiero, Nicole. Nunca he dejado de quererte. Sé que insinuarme a Jesse de ese modo estuvo muy mal. Fui un idiota, y estaba muy confundido. Ahora tengo la cabeza clara, y sé lo que quiero. Te quiero a ti. Quiero que volvamos a estar juntos, como antes.
    Por fin, una disculpa. Él estaba aceptando la responsabilidad. Aunque ella se lo agradecía, sabía que era demasiado tarde.
    – El divorcio será definitivo dentro de dos semanas -dijo ella.
    – Podemos casarnos otra vez. Será genial.
    Ella lo observó, sus ojos azules, su sonrisa. Una vez, había hecho todo lo posible por convencerse de que era el hombre de su vida.
    – ¿Por qué? -preguntó con curiosidad-. ¿Por qué quieres estar conmigo?
    Él frunció el ceño.
    – Porque te quiero.
    – ¿Te gusto?
    – Claro.
    – ¿Qué es lo que te gusta de mí?
    – No lo entiendo.
    Nicole se encogió de hombros.
    – No tenemos mucho en común. A ti te gusta salir de fiesta, y a mí me gusta quedarme en casa. A ti nunca te gustó que yo trabajara en la pastelería. A mí no me caen bien tus amigos. No tenemos mucho en común, Drew.
    Él miró al suelo, y después a ella.
    – Cuando estoy contigo es cuando mejor me siento.
    Lo cual era amable, y dulce, pero revelaba una personalidad egocéntrica.
    – Quizá tengas que intentar estar bien solo.
    – Pero…
    – Drew, tú en realidad no me quieres. No estoy segura de que te guste tanto. No eras feliz estando casado conmigo, ¿a que no?
    Él negó lentamente con la cabeza.
    – No estamos enamorados. Se ha terminado. Creo que tienes que buscar a alguien a quien le gusten las mismas cosas que a ti, que te entienda.
    – Supongo que sí -dijo él-. Pero me querías, ya sabes, antes, ¿verdad?
    – Te quería -mintió. No tenía ningún sentido hacer daño a Drew.
    – Bueno, eso es algo -dijo él, y sonrió-. Será mejor que me vaya.
    Ella abrió la puerta.
    – Adiós, Drew.
    Él le dio un beso en la mejilla.
    – Adiós, Nicole.
    Y después, se fue.
    Ella se apoyó contra la puerta. La vida era interesante.
    Acababa de llegar al centro del salón cuando volvieron a llamar. Nicole suspiró. Iba a tener que volverse mala. No quería herir a Drew, pero la situación estaba escapando de su control.
    Se dio la vuelta y abrió la puerta, pero en vez de Drew, vio a Hawk en el umbral.
    Su cuerpo reaccionó como siempre, con calor y deseo. Sintió un aleteo en el corazón. Quería echarse a sus brazos, besarlo y llevárselo a la cama. Pero no iba a suceder nada de aquello.
    – ¿De qué quieres echarme la culpa ahora? -preguntó.
    – De nada. ¿Es que lo hago tan a menudo?
    – Más de lo que a mí me gustaría -murmuró ella, y se apartó para que él pasara-. Supongo que Brittany ya ha llegado a casa.
    – Hace un par de horas. Hemos tenido una larga conversación. ¿Y tú? ¿Cómo estás?
    – Bien.
    Él le tomó la cara entre las manos y la besó.
    – Brittany está castigada. Le he quitado el coche.
    Nicole no sabía qué decir.
    – ¿Y eso es bueno?
    – Tenías razón cuando me dijiste que no me comportaba como un padre. No me enfrenté a la responsabilidad, y no obligué a Brittany a que lo hiciera. No dejaba de oír tu voz, Nicole, diciéndome que hiciera lo correcto. Y eso es lo que ha ocurrido. Cuando estaba distraído, me has robado el corazón. Nunca pensé que volviera a importarme nadie, pero así es. Te quiero.
    Él estaba allí, tan esperanzado y orgulloso… Nicole se dijo que debía sentirse contenta, porque eso era lo que siempre había querido. Sin embargo, sabía que las cosas no iban a ser fáciles. No sabía por qué Hawk había llegado a aquel punto, pero tenía el mal presentimiento de que no era la realidad.
    – No me quieres -dijo mientras se apartaba-. No es posible que tengas sitio para mí en tu vida ni en tu casa.
    – ¿Y qué tiene que ver mi casa con todo esto?
    – Es como un santuario a Serena. Sé que fue tu esposa y que la querías, pero han pasado muchos años, y las cosas no han cambiado. Tú no has seguido adelante. Todavía la usas para mantener a todo el mundo a raya, y cuando eso no te funciona, te escudas en Brittany. Eres feliz con un equipo de dos. No hay sitio para nadie más, Hawk, y tú no quieres que lo haya.
    Él la miró con seriedad.
    – Si no estás interesada, sólo tienes que decirlo.
    – Ojalá no lo estuviera, pero lo estoy. No estoy intentando hacerte daño, ni ser mala.
    – Claro que sí. Yo te quiero.
    – ¿De veras? -le preguntó-. ¿En serio? ¿Me quieres? ¿Estás seguro? ¿Vamos a ir en serio ahora? ¿Me estás pidiendo que me case contigo?
    Él dio un paso atrás.
    – Quiero que vayamos en serio.
    – ¿Hasta qué punto? ¿Hasta formar una familia? ¿Quieres tener hijos conmigo?
    Él dio otro paso atrás.
    – Me parece un poco pronto para tener esa conversación.
    – Supongo. Sólo me preguntaba hasta dónde piensas tú que puede llegar esto.
    – No sé lo que quieres -respondió Hawk-. Me importas. ¿Es que eso no es suficiente?
    – Estoy embarazada -dijo ella mirándolo fijamente a los ojos-. Vamos a tener un hijo.
    Nicole contuvo el aliento, se aferró a la esperanza de estar equivocada, deseando desesperadamente que él fuera feliz con la noticia. Quería ver cómo sonreía, y cómo se reía. Quería que dijera que todo iba a ir bien ahora que iban a tener un hijo. Quería que él supiera la verdad, y que le dijera entonces que la quería.
    Pero Hawk se dio la vuelta y se alejó.

Veinte

    Nicole estaba sentada en el sofá, comiendo helado. En realidad quería vino o un Margarita, pero eso no era posible, gracias a su embarazo.
    Se sentía vacía. Seca. Ni siquiera sentía dolor. Sospechaba que el dolor llegaría más tarde. Entonces tendría que enfrentarse al hecho de que estaba embarazada de Hawk, de que lo quería, y que él no la correspondía. Sin embargo, hasta aquel momento podía encontrar una evasión en la sobredosis de azúcar.
    – ¿Nicole?
    Ella hizo caso omiso de aquel grito agudo. Brittany entró por la cocina y pasó al salón.
    – ¿Cómo has podido hacerme esto?
    Nicole ni siquiera la miró.
    – No sé de qué estás hablando.
    – ¡Estás embarazada! -gritó Brittany-. ¡Te has acostado con mi padre! Pensaba que eras mi amiga. ¿Cómo has podido hacerme esto?
    – ¿No estabas castigada? -preguntó Nicole, concentrándose en el helado y pasando por alto la mayor parte de lo que había dicho Brittany. En aquel momento no tenía espacio para una reina de la tragedia en su vida-. ¿No se suponía que tenías que estar en tu habitación?
    – Eso no es asunto tuyo.
    – Supongo que eso significa que sí -dijo Nicole-. También había oído decir que tu padre te ha confiscado el coche. Supongo que no fue él quien te ha dicho lo del bebé, así que te lo ha tenido que decir otra persona.
    Nicole sabía que Hawk iba a tardar horas en asimilar la noticia. No era posible que le hubiera dado aquella información a Brittany. Y nadie más lo sabía, salvo quizá…
    Alzó la cabeza y vio a Raoul vacilando detrás de Brittany. Debía de haber oído la conversación que ella había mantenido con Hawk.
    Eso sí le causó dolor. Era una traición en toda regla. Lo miró y le preguntó:
    – ¿Se lo has dicho tú?
    Raoul arrastró los pies por el suelo.
    – Tenía que hacer algo.
    – ¿Y pensaste que decírselo era buena idea?
    – Ya no.
    – ¡No sigáis hablando como si yo no estuviera aquí! -gritó Brittany, y dio una patada en el suelo-. Mi padre nunca se había enfadado conmigo hasta que te conoció. Tú lo has cambiado todo. Nunca pensé que pudieras hacer esto. Él no te quiere, sé que no te quiere. No vas a quitármelo. Me quiere más a mí…
    – Brittany, ya basta -la interrumpió Raoul. La agarró del brazo y tiró de ella hacia la cocina-. No hables así a Nicole. No hagas esto.
    Ella se zafó de él dando un tirón.
    – No me digas lo que tengo que hacer -dijo, y se giró hacia Nicole-. Nunca te lo perdonaré.
    – Lo mismo digo.
    – ¿Qué?
    – No hay nada como una crisis para sacar a la luz el verdadero carácter de una persona. El tuyo no me ha impresionado. Me alegro de que no te hayas casado, Raoul. Hazme caso, no soportarías tener que enfrentarte a esto todos los días durante los próximos treinta años.
    – ¡Desgraciada! -gritó Brittany.
    Raoul se colocó entre ellas.
    – Ya está bien -dijo a su novia-. No le hables así.
    – Y tú no te pongas de su lado.
    – Claro que sí. Ella ha sido buena conmigo. Me acogió a mí, y también a Sheila.
    – Pero tú me quieres a mí.
    – Sí, te quiero, pero respeto a Nicole y tú también deberías respetarla.
    Sus palabras tenían calma, dignidad y una madurez que Nicole no se esperaba. Su defensa alivió la herida de la traición. Los miró, preguntándose quién iba a ceder primero.
    Brittany irguió los hombros.
    – Me gustaría que me llevaras a casa, ahora.
    – De acuerdo.
    Brittany salió por la cocina. Raoul miró a Nicole.
    – La he vuelto a fastidiar. Lo siento.
    – No te preocupes. Yo no lo estoy haciendo mucho mejor. La vida es interesante, al menos.
    – ¿Estás contenta por lo del bebé?
    – Sí, a pesar de todo.
    – Bien. Me alegro. Hawk lo pensará mejor.
    Nicole no quería hablar de eso.
    – Será mejor que lleves a Brittany a casa antes de que su padre se dé cuenta de que ha salido. Dudo que tenga ganas de ser paciente con ella.
    – Sí, lo sé -dijo él-. Has dicho que una crisis muestra el verdadero carácter de una persona. Tú lo estás haciendo muy bien.
    Ojalá.
    – No por mucho tiempo. He pensado tener un ataque de nervios a media tarde.
    – Estaré por aquí si me necesitas.
    – Gracias, pero lo superaré -dijo Nicole. A solas. Eso se le daba bien.
    Raoul se marchó, y ella se quedó sola en casa.
    El silencio no la molestaba demasiado. Se acurrucó en el sofá y cambió los canales de la televisión. Tenía que haber algo que la distrajera de su conversación con Hawk y de la reacción que éste había tenido ante el embarazo. Algo que la ayudara a permanecer inmovilizada.
    Sin embargo, el dolor estaba allí, acercándose. Había dejado que el amor se apoderara de ella, había sido incapaz de protegerse. Claro, aquélla no era la manera que ninguno de ellos hubiera elegido, pero si él la quisiera de verdad, al menos se habría quedado para hablar del embarazo. No habría salido corriendo. No habría dejado tan claro lo mucho que seguía amando a Serena.

    Hawk estaba en mitad de su salón, mirándolo por primera vez desde hacía años. Todo estaba exactamente igual que cuando Serena vivía. La pintura de las paredes, los muebles, las fotografías. Incluso los conejitos de cerámica que él siempre había odiado.
    Se acercó a la chimenea y tocó con un dedo las fotografías que había sobre la repisa. Eran muchas. Brittany, Serena, fotos de la boda y de las vacaciones. Había más en el pasillo y en el piso de arriba. La presencia de Serena era tangible en la casa, como si hubiera vivido allí hasta el día anterior.
    Hawk no había pretendido que sucediera aquello. Él quería a Serena. Siempre la querría, pero no había sido su intención construirle un santuario. Nunca había tenido intención de poner su vida en pausa, ni de mantener a los demás a distancia.
    Nicole tenía razón. Sus relaciones anteriores no habían llegado a ningún sitio. La mayoría había terminado antes de que invitara a la mujer en cuestión a su casa. Y ahora sabía por qué.
    Antes no estaba lo suficientemente interesado como para preguntárselo, pero ¿y si Nicole se hubiera marchado?
    No quería pensarlo. No quería pensar en que podía perderla. La quería de verdad. Aunque no era probable que ella lo creyera.
    Brittany entró corriendo en casa.
    – Papá, papá, ¿dónde estás?
    – Aquí -dijo él.
    Brittany corrió hacia Hawk.
    – Oh, papá, ha sido horrible. Raoul os oyó hablar a Nicole y a ti y me dijo lo del embarazo. Papá, dime que no es verdad, dime que no has hecho eso con ella. Papá, no puedes tener otro hijo. No puedes.
    Un hijo. Había borrado aquella parte de lo que le había dicho Nicole, lo había apartado de su mente. Era demasiado. ¿Un hijo? ¿En aquel momento?
    Miró a su hija adolescente, a la muchacha a la que quería tanto. A la que quería, y a la que había fallado.
    – Estás castigada. No podías salir de tu habitación.
    – Oh, por favor. Nicole está embarazada, ¿y tú quieres hablar de mi castigo?
    – ¿Adónde has ido? -preguntó Hawk. Entonces lo entendió-. ¿Has ido a su casa?
    – Tenía que hablar con ella. Tenía que preguntarle si era cierto. Le he dicho que no importa, que nunca querrás estar con ella ni tener otro hijo. Es repugnante.
    Antes, Hawk estaba enfadado con su hija. Y decepcionado. Sin embargo, nunca había estado verdaderamente furioso.
    – Nicole no ha sido más que amable contigo, y te ha apoyado. Fue comprensiva incluso cuando te escapaste con Raoul, ¿y así se lo agradeces? -le reprochó Hawk, y la apartó de sí.
    Brittany se quedó mirándolo con desconcierto.
    – ¿Por qué me miras así?
    – Porque eres una persona egoísta y desconsiderada, y no te pareces en nada a la persona que yo querría que fuera mi hija. Estoy enfadado y avergonzado por tu comportamiento.
    Ella se ruborizó, y los ojos se le llenaron de lágrimas.
    – No lo dices en serio -susurró Brittany.
    – Sí. Dame tu teléfono.
    – ¿Qué?
    Él tomó su bolso y sacó el teléfono móvil.
    – ¡Papá, no! No puedes quitármelo. Esto es una locura.
    – Tienes razón. Es una locura. Lo he estropeado todo contigo, pero voy a arreglarlo. Deja que te aclare una cosa, Brittany. Eres mi hija. No eres igual a un adulto. Eres una caprichosa y una inmadura.
    – De tal palo, tal astilla -dijo ella, prácticamente escupiendo las palabras. La vergüenza le había durado poco.
    – Tienes razón. No he mostrado mi mejor cara. Pero eso va a cambiar, empezando por este mismo momento. Los dos vamos a crecer. Creo que a mí me va a resultar más fácil, pero ojalá no tenga razón.
    – Te odio -dijo ella, llorando.
    – Me parece bien.
    – Nunca te perdonaré.
    – No hay problema.
    Brittany se marchó a su habitación y cerró de un portazo. Su teléfono móvil comenzó a sonar. Hawk lo apagó.
    Lo había echado todo a perder. Con Brittany y con Nicole. Tenía que conseguir que su hija entendiera cuál era su responsabilidad en todo aquel asunto, y tenía que arreglar la situación con Nicole. ¿Pero cómo? ¿Cómo podía convencerla de que se había quedado anonadado por la noticia, y no enfadado?
    Un hijo. Iban a tener un hijo.
    Él nunca había pensado en tener más hijos, pero, ¿por qué no? Nicole sería una madre estupenda, y él sabría más de lo que había sabido con Brittany. Además, quería a Nicole, y deseaba estar con ella. Si ella lo quería a él, entonces podrían formar una familia.
    Ahora bien, ¿cómo podía convencerla de que la quería? ¿Cómo podía demostrarle que era el hombre adecuado para ella? ¿Cómo podía conquistarla de nuevo, y para siempre?

    Lo último que quería Nicole era ir a un partido de fútbol americano. Sin embargo, era el último partido de la temporada y Raoul le había pedido que acudiera a verlo jugar.
    Aquella semana habían pasado mucho tiempo juntos. Como Brittany estaba castigada, él se había quedado en casa todas las noches, y habían pasado veladas tranquilas, leyendo o viendo la televisión. Era como tener un hermano pequeño en casa, y Nicole sabía que iba a echarlo de menos cuando se fuera a la universidad.
    No había tenido noticias de Hawk en un par de días. Sabía que al final las tendría; aunque la idea de tener otro hijo lo horrorizara, no era de los que evitaban sus responsabilidades. Así que querría llegar a un acuerdo sensato. Era una pena que no pudiera estar enamorado de ella lo suficiente como para dejar el pasado atrás y vivir en el presente.
    Varios de los padres que habían ido al estadio la saludaron. Ella agitó la mano, pero no intentó hablar con nadie. Se sentaría en las gradas, vería el partido y volvería a casa. Le hacía daño estar allí. Le dolía intentar no mirar al campo, y que su mirada se desviara hacia aquel lugar para poder ver a Hawk.
    Trató de fijarse en los jugadores, y encontró a Raoul con facilidad. Este alzó la vista y la saludó. Estaba demasiado lejos como para que Nicole supiera con seguridad que estaba sonriendo, pero ella presentía que era así. Raoul se sentía responsable de ella, ahora que estaba embarazada. Era absurdo pero cierto, y Nicole lo adoraba por ello.
    – ¿Nicole?
    Se volvió y vio a Brittany junto a ella. Rápidamente se alarmó, porque no estaba segura de lo que pretendía la adolescente. En vez de gritarle, Brittany se sentó y agachó la cabeza.
    – Lo siento -dijo en voz baja-. Siento cómo me he portado. Mi padre dice que no soy madura, y creo que tiene razón. He tenido mucho tiempo para pensar mientras he estado castigada, y Raoul me ha gritado por haberte hecho daño.
    La chica la miró.
    – Lo siento. No quería hacerlo.
    Nicole no sabía qué decir. Aunque agradecía la disculpa, no confiaba totalmente en ella.
    – Fue demasiado para asimilarlo de golpe -dijo con cautela.
    Brittany sonrió.
    – Lo sé. Primero tú, después yo. Sigue sin gustarme la idea de que mi padre haga… ya sabes, eso.
    – Lo entiendo. Las relaciones de los padres no deberían conocerse.
    – No. Pero quiero que seamos amigas. Raoul tenía razón: tú has sido estupenda, y yo lamento mi comportamiento.
    Nicole sabía que aquella disculpa significaba mucho.
    – Gracias por decirlo. Te lo agradezco.
    – ¿Somos amigas todavía?
    Nicole no estaba segura, pero asintió. Entonces la adolescente se inclinó hacia ella.
    – Vas a tener a mi hermano o hermana, y es genial. Quizá cuando venga a casa de la universidad pueda hacer de niñera, si quieres.
    – Claro -dijo Nicole. No albergaba demasiadas esperanzas de que aquello sucediera, pero era agradable que Brittany estuviera interesada en vez de gritar.
    – A papá le gustas de verdad -le confió Brittany-. Al principio me asusté, pero la verdad es que ha pasado mucho tiempo desde que murió mamá. Supongo que cuando yo me vaya, él va a necesitar a alguien.
    Era una oferta de paz, y Nicole la aceptó.
    – Gracias por decírmelo -repitió.
    – Bueno. Ahora tengo que bajar al campo. Hasta luego.
    Nicole la observó mientras se alejaba. Su mirada se deslizó de nuevo hacia Hawk, que la estaba mirando. Él la saludó con la mano, y ella le devolvió el saludo. ¿Qué significaba eso? No tenía la respuesta.
    El partido empezó cinco minutos después. Los chicos de Hawk marcaron tantos con facilidad y, segundos antes del descanso, la puntuación era de veintiuno a diez. Los jugadores estaban a punto de salir del campo cuando la banda comenzó una fanfarria que rápidamente se transformó en el himno nupcial.
    Nicole frunció el ceño. ¿Qué demonios…? Entonces los demás espectadores empezaron a lanzar exclamaciones de sorpresa.
    – ¡Nicole, mira!
    Ella miró hacia el marcador de la puntuación y se dio cuenta de que en la pantalla había un mensaje. «Nicole, cásate conmigo».
    Se quedó helada. Aquello no podía estar sucediendo. Quería salir corriendo, pero no podía moverse. Miró hacia el campo y vio a Hawk con una gran sonrisa, como si aquello fuera lo más estupendo del mundo.
    ¿Le había pedido que se casara con él en público? ¿Tan fácil? ¿Sin conversación, sin haberse disculpado por marcharse así de su casa, sin hablar de la realidad de su situación y de cómo iban a encargarse de las complicaciones de la vida que habían creado juntos? Tan sólo una proposición de matrimonio pública, porque si él estaba dispuesto a casarse con ella, todo tenía que ir bien.
    Nicole no hubiera pensado que el dolor podía empeorar, pero así era. Si él la quisiera de verdad, habría hablado con ella. En aquel momento, todos la estaban mirando. Se ruborizó. Quería que se la tragara la tierra.
    Tomó su bolso, se puso en pie y salió del estado. Fue directamente a su coche y se marchó.

Veintiuno

    Nicole volvió a casa después de lo que le había parecido un día interminable de trabajo en la pastelería, y se encontró con que apenas podía moverse dentro de su casa. Estaba llena de jugadores de fútbol enormes. Eran amables, comían cinco veces más de su número y se mostraban extrañamente protectores con ella.
    En el tiempo que tardó en recorrer la distancia desde la puerta de la cocina hasta el salón, le habían quitado la bolsa que llevaba en las manos, le habían preguntado dos veces cómo se encontraba y le habían ofrecido echar gasolina al coche.
    – Estoy muy bien -aseguró a todos.
    – Sí, señora -dijo un chico llamado Kenny-. Estaremos callados. Ni se dará cuenta de que estamos aquí.
    Había unos diez. Sí se iba a dar cuenta.
    – Hay galletas en la despensa -dijo-. Y una caja grande de tacos congelados en el congelador. Están muy buenos al microondas. Tomad los que queráis.
    Gracias a Dios por Cósico, pensó Nicole mientras subía las escaleras. Antes de que Raoul se mudara a vivir con ella, nunca había comprendido la necesidad de comprar para cuatrocientos. Ahora lo entendía.
    Cerró la puerta de su cuarto y se acercó a la cama. Sabía por qué estaban allí los chicos. Era miércoles, y habían ido a casa todas las tardes de aquella semana. Se quedarían hasta que Raoul volviera de trabajar en la pastelería. Por algún motivo, él creía que no debía estar sola en casa. Era muy tierno, en cierto modo. Raoul estaba intentando cuidar de ella.
    Iba a ser un hombre extraordinario, pensó. Algún día, encontraría a alguien igualmente fantástico y tendrían un matrimonio que los demás envidiarían, incluida ella. Porque su vida sentimental estaba flotando en el inodoro.
    Quería a Hawk lo suficiente como para estar furiosa con él, y a la vez sentirse mal por él. Aquel gesto suyo había sido una idiotez. ¿Por qué iba a querer ella casarse con él, cuando ni siquiera habían hablado del bebé, ni de lo que sentían el uno por el otro? Era indignante.
    Por otro lado, él había sufrido una humillación pública. Era un hombre con un gran ego. Quizá demasiado grande. Tal vez no se recuperara de lo que había sucedido.
    Era mejor saberlo pronto, se dijo Nicole. Si él no podía gestionar la realidad de una relación, ella tenía que saberlo.
    Un par de horas después, alguien llamó a la puerta de su habitación.
    – Ya estoy en casa -dijo Raoul-. Los chicos se han ido.
    Nicole se levantó y se acercó a abrirle la puerta.
    – No puedes seguir haciendo eso. Tus amigos necesitan seguir con su vida, y yo soy perfectamente capaz de cuidarme.
    Él le hizo caso omiso, y le tendió un sobre grande y grueso con el sello de la Universidad de Washington en una esquina.
    – Me han hecho una buena oferta -explicó-. Querrán que viva en el campus el primer año, pero de todos modos estaré cerca y podré venir siempre que me necesites.
    Sólo tenía dieciocho años. No era su hijo, sólo era una persona a la que ella había acogido en su casa. Sin embargo, Raoul era leal y responsable, y quería asegurarse de que ella estaba atendida.
    – No sé si darte un golpe o un abrazo -dijo poniéndose en jarras-. De todos modos, tú no vas a alterar tus sueños sólo porque yo esté embarazada.
    – Yo voy a jugar al fútbol allí, que es lo importante. Tienen un buen equipo. Es una oferta que tengo que considerar.
    – No vas a elegir universidad guiándote por el hecho de que yo esté embarazada. Yo soy la adulta aquí. Y estaré perfectamente.
    – Quiero estar seguro.
    – Raoul, yo nací para cuidar del mundo. Lo acepto. Tienes que examinar bien todas las ofertas y decidir teniendo en cuenta lo que es mejor para ti. Piensa que yo no existo.
    – No puedo. Tú me has apoyado.
    – Hablaremos de esto un poco más tarde, ¿de acuerdo?
    Raoul asintió.
    Nicole se sentía más conmovida de lo que había estado en su vida, pero también estaba muy dolida, y no quería que él lo supiera. Aunque sabía que Raoul hablaba con el corazón y que ella siempre recordaría aquel momento, también entendía el motivo por el que estaba preocupado. No creía que Hawk fuera a cambiar de opinión. Y ella tenía el presentimiento de que Raoul estaba en lo cierto.

    A Claire le había crecido el vientre desde la última vez que Hawk la había visto, en aquella cena en su casa. Desde que Serena había tenido a Brittany, él no había prestado demasiada atención a los cambios que experimentaba una embarazada, y eso había sido mucho tiempo antes. En aquel momento, se dio cuenta de que quería preguntarle a Claire cómo se encontraba, y cuándo iba a tener a su hijo. No era normal.
    Sin embargo, no había nada normal en su vida últimamente. Echaba de menos a Nicole más de lo que nunca había echado de menos a alguien. También estaba enfadado y humillado por cómo lo había rechazado públicamente.
    Había tardado un par de días en calmarse y en intentar ver las cosas desde su punto de vista. Sin embargo, la vergüenza aún le quemaba.
    – No sé qué hacer -dijo a Claire mientras ésta lo guiaba hacia el salón.
    – Por eso he accedido a verte -respondió la hermana de Nicole. Le hizo una seña para que se acomodara en el sofá, y ella ocupó una de las butacas que había enfrente-. Me he enterado de lo que ocurrió el viernes en el partido. ¿Es que eso te pareció buena idea?
    – Es evidente que sí, o no lo habría hecho. Quería que ella supiera que la cosa va en serio.
    Claire se lo quedó mirando durante un momento.
    – Nicole me contó que saliste corriendo cuando ella te dijo que estaba embarazada -comentó Claire, y no parecía que le hiciera mucha gracia.
    Hawk reprimió el impulso de retorcerse en el asiento.
    – No me lo esperaba. Necesitaba tiempo para asimilarlo.
    – Decirle a una mujer que la quieres y luego salir huyendo no es exactamente la demostración que una desearía.
    – Era una noticia muy fuerte… sin previo aviso… No sabía que iba a enamorarme de Nicole. Yo quería a Serena y, cuando murió, me imaginé que ya nunca más me enamoraría. Salí con algunas mujeres, pero nunca tuve nada serio. No veía la necesidad. Nadie me ha conquistado como ha hecho Nicole.
    Recordó su primer encuentro, y prosiguió:
    – Es tan dura en apariencia… Es respondona y lista. Y tiene el corazón más grande del mundo. Es buena y generosa, y me planta cara cuando piensa que estoy equivocado. Dios, estoy enamorado de ella.
    Apoyó los brazos en los muslos y continuó:
    – Pero no sé cómo decírselo. No sé cómo arreglar las cosas. Tuve este gesto, que me parecía muy romántico, y me estalló en la cara.
    La expresión de Claire se suavizó.
    – Hawk, siento decírtelo, pero no tuvo nada de romántico. No tenía nada que ver con las necesidades de Nicole, sino con tu ego. No sólo querías pedirle que se casara contigo, sino ser una estrella. Ese no es modo de ganarse a una mujer, y menos a Nicole.
    – Ahora ya lo sé -murmuró él-. ¿Cuál es el modo?
    – Dile lo que me has dicho a mí. Dile por qué la quieres. Dile que es especial, y que nunca has conocido a nadie como ella. Dile que la quieres más que a nadie en el mundo.
    Él iba a responder que no podía quererla de esa manera. Que Brittany siempre ocuparía un lugar especial en su corazón. Sin embargo, lo que sentía por su hija no tenía nada que ver con sus sentimientos por Nicole. Eran dos relaciones totalmente distintas.
    – No quiero perderla -dijo lentamente-. No puedo.
    – No deberías. Creo que ella te necesita a ti tanto como tú a ella. Lo que tienes que hacer es admitirlo.
    Hawk le dio las gracias y se marchó. Quería ver a Nicole, pero se fue a casa y entró en su despacho, donde hizo una lista de todas las posibles maneras de conquistar a Nicole.

    Brittany pasó por su casa después del colegio, el miércoles.
    – No puedo quedarme mucho -advirtió a Nicole al entrar, con una sonrisa-. Todavía estoy castigada, lo cual es un fastidio total. Verdaderamente, a mi padre no le gustó nada lo del carné de identidad falso. Creo que es porque es más fácil pensar en eso que en el hecho de que yo tenga relaciones sexuales con Raoul. ¿Es algo típico de los padres?
    Nicole estaba muy sorprendida por aquella visita.
    – Eh… sí, seguro que sí.
    Brittany le mostró la cesta que llevaba en las manos.
    – Esto es para ti. Es una especie de disculpa por todo -dijo con un suspiro-. Me estoy disculpando mucho últimamente, y cada vez se me da mejor. No sé si eso es una mejoría o no. Supongo que tengo que llegar a un punto en el que no deba disculparme más. Ah, y mi padre me llevó a comprar estas cosas. No me escapé. De hecho, fue más o menos idea suya.
    Nicole no sabía qué pensar. Seguía sin tener noticias de Hawk, y eso le hacía mucho daño. Si su propuesta de matrimonio hubiera sido real, ¿no se habría puesto en contacto con ella? Aunque había sido ella la que lo había rechazado, y quizá tuviera que salir de ella…
    Brittany dejó la cesta en el sofá.
    – Bueno, ábrela.
    Nicole se sentó y tiró de los lazos que sujetaban el plástico de colores.
    Dentro había un par de libros sobre el embarazo, un osito de peluche, un arrullo, toallitas de bebé, un libro de nombres, un vale regalo por diez horas de servicios de niñera de Brittany, un patito de goma y un sonajero.
    Eran regalos pequeños, regalos bobos, pero era un detalle precioso…
    – Es muy amable por tu parte -dijo reprimiendo una oleada de emoción-. Muchas gracias.
    – De nada -respondió Brittany con una sonrisa-. Me ha gustado mucho comprar cosas para el bebé. Mi padre me contó muchas cosas de cuando yo era pequeña, y fue estupendo. Él también está muy contento con la idea de tener más hijos. Me lo ha dicho.
    La adolescente vaciló, pero después continuó hablando.
    – Sé que mis padres se querían mucho, y para mí es duro pensar que mi padre se va a casar otra vez. Pero él es muy bueno, y se merece a alguien especial. Alguien como tú, Nicole.
    Aquello era estupendo de oír, pero ¿el mensaje era de Brittany o de Hawk? Y si era de Hawk, ¿por qué había enviado a su hija a dárselo?
    – Gracias -le dijo Nicole-. Significa mucho para mí.
    – Estamos cambiando las cosas en casa. Pintando, y comprando algunos muebles nuevos. Papá me ha pedido que guarde muchas fotos. Yo me voy a quedar con ellas para recordar a mi madre. Es un poco duro, pero también es bueno, ¿sabes? Hacer cambios. Papá dice que ya es hora de que avancemos.
    – Me alegro -dijo Nicole, con la esperanza de que el movimiento fuera hacia ella. ¿Era eso lo que quería Hawk que pensara? Y si lo era, ¿por qué no se lo estaba diciendo él mismo?

    El jueves por la tarde, llegaron flores a la pastelería. Preciosas lilas con rosas blancas. La tarjeta decía: «No puedo dejar de pensar en ti».
    Nicole acarició los pétalos perfectos y, por primera vez desde el viernes anterior, se relajó. No lo había alejado al rechazar su propuesta de aquel modo. Eso estaba bien. ¿Entendía Hawk por qué no había sido suficiente? ¿La quería de verdad?
    Miró el teléfono. Quería llamarlo y preguntárselo, pero no estaba lista para hablar con él. No, hasta que estuviera segura.
    A las once la llamó un agente inmobiliario.
    – ¿Señorita Keyes? Soy Geralyn Wilder. Tengo un material que me gustaría enviarle.
    Nicole se quedó perpleja.
    – Mire, creo que se ha confundido. Yo no estoy buscando casa.
    – El señor Eric Hawkins fue muy claro. Me dijo que buscara la casa perfecta para una familia. Una que estuviera cerca de su negocio y del instituto, con muchos dormitorios y un jardín grande. Tengo unas cuantas viviendas seleccionadas y me gustaría mostrárselas. ¿Podríamos vernos mañana por la mañana?
    – Supongo que sí -respondió Nicole, que no estaba segura de cómo asimilar aquella información. Una casa perfecta para una familia era algo que sonaba muy bien.
    Se posó una mano en el pecho y pensó que quizá, sólo quizá, podía albergar esperanzas.
    A la una le llegó una caja de bombones, seguida de un hombre de baja estatura con el pelo cortado al rape.
    – Señorita Keyes, soy Don Addison. ¿Podemos hablar en privado?
    Nicole estaba muy nerviosa mientras lo llevaba a su despacho. Él cerró la puerta.
    – Soy detective privado. El señor Hawkins me contrató hace un par de días para que buscara a su hermana. Me contó que se ha mudado. Como es mayor de edad, está en su derecho de hacerlo, pero los miembros de una familia se preocupan los unos por los otros. La he encontrado.
    Nicole se hundió en la silla.
    – ¿Ha encontrado a Jesse?
    – Sí. El señor Hawkins me aclaró que, si usted no quiere saber nada, debo irme. Es sólo decisión suya.
    – Dígamelo -susurró ella.
    Él le entregó una carpeta.
    – Llegó hasta Spokane. Está trabajando en un bar. Parece que el propietario la ha acogido. Es un hombre mayor, un miembro respetado de su comunidad. No hay nada romántico ni sexual entre ellos. Parece que él ha tomado el papel de padre adoptivo. Ella está bien de salud. Hace poco fue a visitar al ginecólogo y su embarazo es normal.
    Nicole no le preguntó cómo había tenido acceso al expediente médico de su hermana. ¿Qué importaba? Lo importante era que su hermana estaba bien. Que había conseguido encontrar un sitio. Eso era todo lo que Nicole deseaba.
    – Muchas gracias por todo esto -dijo al detective, abrazándose a la carpeta.
    – De nada. El señor Hawkins ha pagado por adelantado unos informes trimestrales. ¿Le gustaría que se los entregara a usted directamente?
    Nicole asintió.
    El hombre se despidió y se marchó.
    Ella miró el reloj. Todavía era pronto. Hawk estaría en el instituto, entrenando para las finales.
    Nicole pensó en las flores, en la casa y, lo más importante, en aquel informe sobre Jesse. Hawk le había demostrado con creces que la conocía y entendía lo que era importante para ella.
    Tomó las llaves del coche y salió apresuradamente de la pastelería.
    Quince minutos después estaba caminando hacia el campo de fútbol. Hawk estaba allí con sus jugadores, con una tablilla sujetapapeles entre las manos. Tocó el silbato y los jugadores formaron dos filas.
    Ella continuó hasta un lateral del campo, dispuesta a esperar hasta que él pudiera hacer un descanso, pero cuando Hawk la vio, lo soltó todo, literalmente, sobre la hierba y caminó hacia ella. Nicole y él se encontraron junto a la valla.
    – Lo siento -dijo ella.
    – Lo fastidié todo -dijo él al mismo tiempo.
    – No, no es verdad -respondió Nicole.
    – No debería haberte pedido así que te casaras conmigo. No lo entendía. Teníamos que hablar porque yo salí corriendo cuando me dijiste lo del bebé. No es que no quiera tener más hijos. Es que me quedé muy sorprendido.
    – ¿Estás seguro? Antes me habías dicho que no querías tener más familia.
    – Eso era por Brittany. Ahora es distinto. Te quiero, Nicole. Quiero tener hijos contigo. Quiero estar contigo para siempre. Quiero que estemos juntos. Quiero hacerte feliz.
    – Ya lo haces.
    – No lo he hecho bien, pero sí voy a hacerlo.
    Nicole le puso las manos en los hombros.
    – Has encontrado a Jesse.
    – Quería demostrarte lo mucho que me importas, y sé que tú no podías decidir qué hacer con respecto a tu hermana. Fue arriesgado. Podrías haberte enfadado.
    – Jesse está bien. ¿Te lo dijo el detective? Está bien. Yo necesitaba saberlo.
    Hawk la besó.
    – Dios, te quiero. ¿Me crees? Te quiero, Nicole. No sólo porque seas tan guapa, ni porque seas estupenda en la cama. Es porque me plantas cara y me dices la verdad. Nunca te acobardas. Eres leal, buena, generosa. No quiero pasar una noche más separado de ti. Te quiero, y quiero casarme contigo.
    Esas palabras fueron como una lluvia cálida, curativa.
    – Yo también te quiero.
    Él la miró fijamente, con los ojos llenos de esperanza.
    – ¿Estás segura?
    – Muy segura. Creo que me enamoré de ti en cuanto te vi entrar en la pastelería. Me pareciste tan sumamente atractivo…
    – Lo sé.
    Nicole se echó a reír.
    – Tienes el ego más grande del universo.
    Hawk la abrazó.
    – Y no es lo único grande.
    Ella se recostó en él, y Hawk la abrazó con fuerza, como si no fuera a soltarla nunca.
    – Hay ciertas complicaciones. No creo que Raoul y Brittany deban vivir bajo el mismo techo.
    – No voy a esperar para casarme contigo. A menos que tú quieras.
    Ella lo miró.
    – Entonces… ¿yo mando?
    Él frunció el ceño, pero asintió.
    Nicole sonrió.
    – Qué mentiroso eres.
    – Puedes intentar mandar. Quizá me guste.
    Eso hizo reír de nuevo a Nicole.
    – Nunca me voy a separar de ti -dijo él-. Ya resolveremos lo demás.
    La besó. Le dio un beso largo, lento, sexy, que le calentó la sangre y que le hizo encoger los dedos de los pies. Por detrás, Nicole oyó vítores y aplausos de los jugadores.
    – No les hagas caso -murmuró Hawk contra sus labios-. Que se consigan su propia chica.

Susan Mallery

    Autora de bestsellers románticos, ha escrito unos treinta libros, históricos, contemporáneos e incluso de viajes en el tiempo. Comenzó a leer romance cuando tenía 13 años, pero nunca pensó escribir uno, porque le gustaba escribir sobre filosofía o existencialismo francés. Fue en la escuela superior cuando acudió a clases sobre Cómo escribir una novela romántica y empezó su primer libro, que cambió su vida. Fue publicado en 1992 y se vendió rápidamente. Desde entonces sus novelas aparecen en Waldens bestseller list y ha ganado numerosos premios.
    Actualmente vive en Los Angeles, con su marido, dos gatos y un pequeño perro…

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