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Por un juramento

Por un juramento

Аннотация

    La doctora Tessa Westcott irrumpió en la vida de Mike Llewellyn como un torbellino. Llevaba zapatos de tacón de aguja, decía exactamente lo que pensaba y puso su ordenado mundo patas arriba.
    No podía durar. Estaría allí sólo hasta que su abuelo se recuperase y no tendría por qué quedarse más de lo necesario. Pero Mike tenía que admitir que le alegraba la vida.
    ¿Cómo podía convencerla de que lo que ella realmente necesitaba era su amor?


Marion Lennox Por un juramento

    Por un juramento (2000)
    Título original: Bachelor cure (1999)
    Serie: 3º Prescripciones

Prólogo

    Mike Llewellyn se apartó los rizos oscuros de los ojos y miró a su alrededor con desesperación. Las montañas donde vivía siempre le habían parecido sus amigas y Dios sabía que necesitaba amigos en ese momento. Los delgados hombros le temblaron y apretó las manos, convirtiéndolas en puños indefensos.
    Dieciséis años eran pocos años para tener que enfrentarse a algo así. El doctor había llegado, pero Mike sabía en el fondo de su corazón que era demasiado tarde. Sus palabras se le repetían una y otra vez en la mente.
    «Tendrías que haberme llamado antes, niño estúpido. ¿No te das cuenta de que tu madre se está muriendo?»
    Sí. Lo sabía, y la acusación era injusta. Había llamado una y otra vez, pero la mujer del doctor no le había servido de gran ayuda.
    «Ha salido. Es todo lo que sé. No me preguntes dónde está. No está, punto.»
    Después de decenas de llamadas desesperadas, todo el distrito había comenzado a buscar, pero los vecinos sabían lo que estaría haciendo el doctor. Seguro que estaba con una mujer que no era su esposa, y seguro que estaba borracho. El único médico del valle no tenía intención de que lo encontraran.
    Finalmente, el doctor había llegado lleno de borracha fanfarronería, diciendo que había tenido la radio encendida todo el tiempo y nadie lo había llamado.
    ¡Mentiroso!
    «¡Es un mentiroso!», le dijo Mike a las montañas y lágrimas de frustración y furia le velaron los ojos.
    En ese momento se hizo una promesa silenciosa.
    Fue un juramento hecho a las montañas nada más, pero estaba decidido a cumplirlo durante el resto de su vida.
    «Seré médico», juró. «Seré el mejor doctor que pueda y volveré aquí a trabajar. Y eso es lo que haré. Ninguna mujer interferirá jamás con mi trabajo. Nadie volverá a morir de esta manera en este sitio, si yo puedo evitarlo, pase lo que pase ahora».

Capítulo 1

    Había una chica con zapatos de tacón de aguja en el suelo del granero de Henry Wescott. Mejor dicho, estaba echada bajo la cerda de Henry Wescott.
    Mike se había encontrado con el coche de la policía en la tranquera.
    – Hay alguien merodeando en la granja de Henry -le había dicho el sargento secamente-. Jacob vio la luz desde su casa. ¿Quieres apoyarnos, servir de refuerzo?
    Lo cierto era que no quería. Jacob era un tonto fanático de las armas y la sola idea de hacer causa común con él le revolvía el estómago. Sin embargo, el sargento Morris era el único policía del distrito y muchas veces había ayudado a Mike en el pasado. Entrar en una granja abandonada en busca de ladrones era arriesgado y aunque Jacob tenía aspecto de duro, si surgía algún peligro serio, saldría corriendo.
    Así que había ido, dejando a Strop al cuidado de su adorado Aston Martin. Pero…
    Esperaban encontrarse ladrones, o incluso al mismo Henry, pero ciertamente que no se esperaban eso.
    La chica estaba echada en la paja con el brazo metido hasta el codo en la cerda. Era joven, por su aspecto tendría alrededor de veinte años, era de complexión pequeña y de aspecto apasionado.
    ¿Apasionado?
    Sí. Decididamente apasionada. Era prácticamente toda roja. Llevaba una diminuta y ajustada falda escarlata. Las esbeltas piernas estiradas detrás de ella en la paja estaban enfundadas en medias de color carne con una costura roja y llevaba zapatos de aguja rojos. Llevaba una blusa blanca, pero sus llameantes rizos le caían por los hombros y se la cubrían casi totalmente, así que lo que más se veía era piernas y rojo.
    Mike no podía verle la cara. La tenía apoyada contra la paja y el resto de ella estaba escondida por el animal. ¿Qué diablos…?
    – De acuerdo. La tengo cubierta. Levántese despacio y luego levante las manos por encima de los hombros.
    Contrariamente a Mike y el sargento Morris, Jacob sabía perfectamente qué hacer porque lo había visto en la tele. Iba con la idea de encontrar criminales y no cambiaría de opinión tan fácilmente.
    – Cuidado -le había dicho el sargento antes de abrir de golpe la puerta del granero-. Puede que estén armados -así es que Jacob estaba preparado.
    – Ni se te ocurra sacar un arma -ladró, agitando su rifle en dirección de la cerda y los increíbles zapatos rojos-. Arroja el revólver.
    – Jacob -dijo Mike débilmente-. Cállate.
    Fue el primero en moverse. La chica había estado usando una lámpara de queroseno para iluminarse, pero el sargento Morris tenía una poderosa linterna con la que inundaba todo el granero de luz.
    Ella miraba hacia el otro lado. Mike se acercó y se puso en cuclillas a su lado para verla mejor. Tenía una cara hermosa, con fantástica piel blanca, enormes ojos verdes y una raya de carmín del mismo color de esos ridículos zapatos. Y estaba contorsionada por el dolor.
    Junto a ella, un cubo de agua jabonosa que indicaba lo que estaba haciendo. ¡Ay! Mike hizo una mueca de dolor. Pobrecita.
    Mike había ido a la granja esa noche porque Henry Wescott había desaparecido, probablemente había muerto. Sabía lo mucho que Henry quería a su cerda Doris y lo menos que podía hacer por el pobre viejo era ir a ver cómo se encontraba el animal. Había visitado a Doris la noche anterior y sabía que le faltaba poco.
    Así que los cochinillos estaban en camino, por así decirlo. Volvió a hacer una mueca de dolor. Levantó el cubo y vertió suavemente agua jabonosa sobre el brazo de la chica mientras ella metía la mano en la vagina del animal.
    Ella emitió un gruñido que pareció de gratitud. Sacó el brazo unos centímetros para recibir un poco más de lubricación y lo volvió a meter inmediatamente. El cuerpo del cerdo se movió y la chica lanzó un sollozo de dolor.
    ¡Infiernos!
    No fue necesario que le dijera lo que sucedía. El vientre de la cerda estaba tan hinchado, que tenía que haber más de media docena de cochinillos intentando salir. Pero algo obstruía el canal. La chica lo trataba de despejar y no era raro que estuviera sufriendo. Cada vez que la cerda tenía una contracción, unos poderosos músculos le apretujaban a ella el brazo con una fuerza insoportable.
    Pero no le importaba. Lo único que le interesaba en ese momento era la cerda. Sufría tremendo dolor y seguro que oía las amenazas de Jacob, pero se concentraba en una sola cosa: despejar el paso a los cerditos.
    No había nada que Mike pudiese hacer para ayudarla. Desde luego que no había espacio para que los dos metiesen el brazo.
    – Dime lo que pasa -le dijo con urgencia, con la cara casi tocando la de la chica-. ¿Cuál es el problema?
    – Hay un cerdito encajado -la voz iba perfectamente con su cara. Estaba exhausta y llena de dolor, pero era dulce y armoniosa y… ¡fantástica!
    – ¿Lo sientes?
    A Doris le sobrevino una contracción y su enorme cuerpo se puso tenso, sacudiendo a la chica de costado.
    – No puedes hacer esto -dijo él salvajemente y la tomó de los hombros para sacarle el brazo. ¡Diablos, le rompería el hueso!
    – No, no. Siento una pezuña. ¡Déjame! -dijo ella, hundiendo el brazo más-. Más agua -pidió, casi sin aliento.
    Mike le echó más agua y agarró la pastilla de jabón para pasársela por la entrada de la vagina. Si tuviera tiempo… tenía lubricantes en el coche…
    – Ya lo tengo -susurró ella-. Uno, dos, tres… no me lo arruines ahora. Tengo cuatro pezuñas. Por favor, Doris, no tengas contracción un minuto y déjame que empuje.
    – ¿Qué…?
    – Hay cuatro pezuñas intentando pasar a la vez y la cabeza está hacia atrás. Está atorado como un corcho. Tengo que empujar…
    Otra contracción le sacudió el brazo, haciendo que Tess se moviese por entero. ¡Era tan pequeña!
    Había que ser pequeña para lograrlo. Ningún hombre podía meter el brazo de esa forma dentro de una cerda. Vacas sí, pero cerdas, imposible.
    – Acerca la luz -ordenó Mike, sin quitarle los ojos de encima a la cara de la chica. En ella se reflejaba un terrible dolor, pero también una decisión tan grande como la copa de un pino-. Jacob, vete a traer mi maletín del coche.
    – ¿Qué pasa? -le costó bastante darse cuenta de que estaban en medio de un parto, en vez de un acto criminal. Parecía totalmente asombrado.
    – Estamos teniendo cerditos -dijo Mike en la quietud-. Al menos, espero que así sea.
    Bajó las manos y las apoyó en los hombros de la chica sujetándola firmemente, de modo que ella se pudiese mover a voluntad, pero a la vez dándole el apoyo que necesitaba para que las contracciones de la cerda no la sacudiesen.
    Intentaba hacerle sentir que no estaba sola. Era todo lo que podía hacer, pero no era suficiente. Se sintió totalmente indefenso ante su dolor.
    ¿Quién diablos era?
    Sentía el esfuerzo que ella hacía. Cada vez que una contracción remitía, ella hacía todos los esfuerzos posibles para empujar el cochinillo, tratando de enderezarlo para que pudiese pasar por el canal. Y durante la contracción se concentraba en sujetar al animalillo para que sus esfuerzos no fuesen en vano. Mike sentía como todo su cuerpo estaba tenso por el esfuerzo.
    Debía de saber algo de obstetricia. La única forma de sacar al cerdito de donde estaba firmemente atrancado era empujarlo hacia atrás y girarlo.
    ¿Era veterinaria? ¿Con esos tacones de aguja?
    Y luego sintió al cerdito ceder. Un movimiento minúsculo, pero sintió que el cuerpo de la chica se sacudía adelante y ella inspiró con dificultad y lanzó un suspiro de puro alivio.
    – Gira, diablos, gira -murmuró, girando su propio cuerpo-. Por favor…
    El hombro se le torció y la cara se le contrajo de dolor. La raya de carmín en su blanco rostro parecía casi surrealista.
    Y luego se le torció el hombro aún más. Lanzó un gruñido de sorpresa y dolor. El cuerpo de la cerda se contrajo en una enorme masa de músculo y el brazo de la chica se deslizó hacia fuera. En la mano sujetaba un cerdito muerto.
    El animalito cayó en la paja. La chica lo hizo a un lado como si no tuviera importancia, porque en realidad no la tenía, y sumergiendo la mano en agua jabonosa, volvió a meterla, pero no fue necesario.
    La contracción no se relajó. Aumentó más y más y los poderosos músculos empujaron a otro cerdito que cayó en la paja. Ése estaba vivo.
    Lo siguió otro.
    Fue como sacar un corcho de una botella de champán. El exhausto cuerpo de Doris utilizó toda la energía que le quedaba y, minutos más tarde, la chica estaba en medio de una masa movediza de cerditos.
    Cinco. Seis. Siete. Ocho cochinillos vivos.
    Mike estaba tan aturdido que apenas si podía contar, pero en cuanto la enorme cerda terminó de expulsar al último cerdito, se dio la vuelta para mirarlos.
    La chica miró a la cerda y sonrió ampliamente. ¡Cielos, qué sonrisa! Intentó levantar uno de los cerditos para mostrárselo, pero el brazo no le respondió. Emitió un gemido de dolor y el cerdito volvió a caer en la paja.
    Mike la observó un momento y luego tomó las riendas del tema. Al menos en eso sí que podía ayudar. Levantó a cada uno de los cerditos por turno para echarlos en la paja, bajo la mirada de su madre.
    Entonces, el policía reaccionó y, apoyando la linterna en una bala de heno, comenzó a encargarse de los animalillos, lo que dejó a Mike libre para que se concentrara en la joven.
    Estaba exhausta. Al haber acabado su tarea, se derrumbó. Se recostó en la paja y se sujetó el brazo como si se le fuese a caer. Tenía la cara blanca como el papel, el lápiz de labios corrido y el brillo de las lágrimas en esos ojos fantásticos.
    Jacob entró a la carrera en el granero con el maletín de Mike y blandiendo la escopeta.
    – Ya lo tengo, ya lo tengo -les dijo y se detuvo de golpe a unos centímetros de Mike, que levantó una mano para agarrar la escopeta primero y luego el maletín.
    – Estupendo, Jacob -dijo con calma. Levantó al cerdito muerto y se lo entregó-. Ahora, vete a enterrar esto antes de que Doris se crea que está vivo y comience a protegerlo.
    – Aún no sabemos por qué ella está aquí y quieres que entierre esto, ¿por qué?
    – Porque está muerto, Jacob.
    – Oh, sí -dijo Jacob, y se quedó mirando el maltrecho cuerpecito en sus manos-. De acuerdo -miró al policía- ¿No me necesitas más? Para ella, quiero decir.
    – Creo que podemos apañarnos solos -le respondió el sargento con sequedad. Luego, cuando Jacob se inclinó para recuperar su escopeta, el policía sacudió la cabeza-. No, Jacob. Deja la escopeta aquí. No la necesitas.
    Mientras Jacob se alejaba con el infortunado cerdito hacia la puerta, la chica se sentó y miró alrededor. Tenía las manos ensangrentadas después del múltiple parto. Su aspecto era joven y vulnerable.
    Usó un solo brazo para incorporarse y con él se abrazó el otro y se lo sujetó junto al pecho.
    – Déjame ver -dijo Mike suavemente y se puso en cuclillas frente a ella, tocándole ligeramente el brazo. Ella hizo un gesto de dolor y lo retiró mientras el gesto de dolor se intensificaba.
    – No. Necesito… necesito…
    – A que lo que quiere es drogas -dijo Jacob antes de salir con el animalillo muerto-. Apuesto a que por eso está aquí, Doc. Las mujeres normales no llevan tacones como esos. Seguro que está en la droga.
    – ¡Drogas! -el hombro le volvió a doler.
    Mike se dio cuenta por su cara. Estaba sucia, ensangrentada y dolorida y tan exhausta que apenas si podía hablar y…
    Con su mano buena ella se enderezó la falda en un fútil intento de recuperar su dignidad y les echó una mirada furibunda. La emoción que la dominaba era de rabia. Mike observó cómo la recorría, reemplazando el dolor. Ella se puso de pie y se enfrentó a los dos hombres desconocidos sin un ápice de miedo. Estaba demasiado enfadada como para tener miedo y… era realmente hermosa.
    – ¿Quién eres? -preguntó él con amabilidad, pero ésa fue la última gota.
    – ¿Qué quién soy? ¿Quiénes sois vosotros? -exigió- ¿Quién diablos sois vosotros? Estáis en la propiedad de mi abuelo. ¿Qué os da a vosotros el derecho a preguntar quién soy yo? ¿A hablar de drogas? ¿Qué os da el derecho a venir aquí con armas?
    Y, de repente, fue demasiado. Los hombros de la chica se habían sacudido cuando ella se enderezó. Mike vio reflejado en sus ojos que el dolor era terriblemente fuerte. Tan fuerte, que ella no lo podía soportar.
    Ella tragó aire audiblemente y se hubiera caído de no ser por Mike, que la sujetó por el brazo bueno e impidió que ella se cayese, haciéndola sentarse luego en uno de los fardos de heno.
    – Tranquila -le dijo suavemente y como siempre, su voz resultó increíblemente tranquilizadora. Los lugareños decían que lo que mejor se le daba eran los niños y los perros, y tenían razón. La voz de Mike inspiraba confianza-. Tranquila -repitió-, no te haremos daño.
    – ¿Dónde… dónde está mi abuelo?
    – Lo hemos estado buscando -dijo, y se arrodilló frente a ella, tomándola de la mano a pesar de la sangre. Tenía las manos fuertes y cálidas y le estrecharon los dedos como si supiera lo asustada que estaba bajo esa fachada de agresividad. Era un gesto de cariño y fuerza que había usado muchas veces antes, y el cuerpo de la chica se relajó apenas un poco. Él se dio cuenta de ello y esbozó su sonrisa tranquilizadora, una sonrisa que era capaz de conquistar a una serpiente de cascabel.
    – Soy el doctor de la comarca -le dijo-. Deja que te mire el brazo. Déjame ayudarte.
    – No es nada.
    Él hizo caso omiso a su protesta. La chica no estaba en condiciones de hablar coherentemente, y mucho menos, pensar. Le miró la cara rogándole permiso con los ojos mientras llevaba sus manos al primer botón de la blusa.
    – ¿Me permites ver? -preguntó, y al no obtener respuesta, le desabrochó el cuello y retiró la prenda para descubrir el hombro. Lanzó un silbido inaudible. No era extraño que tuviese dolor-. Te has dislocado el hombro.
    – Déjalo.
    – No te asustes -le dijo, tomándola de la mano nuevamente con tanta delicadeza que no le dañó el hombro-. Estamos aquí para ayudarte. Yo soy Mike Llewellyn, el único médico de Bellanor. Detrás de mí se halla el sargento Ted Morris y Jacob, el tipo que está enterrando el cerdito, es el vecino de tu abuelo. Es el dueño de la granja de al lado. Llevamos cuatro días buscando a tu abuelo, desde que desapareció.
    – Pero… -la chica parecía estar desesperada por entender lo que decía sin éxito. En lo único en que podía pensar era en el dolor.
    – Las explicaciones pueden esperar -dijo Mike con firmeza. Le tomó el brazo por la muñeca y le colocó suavemente el brazo cruzado sobre el pecho como si tuviese un cabestrillo-. Puedo llevarte a la consulta y manipular esto con anestesia, pero si confías en mí, puedo volverte a colocar el hombro ahora. Te dolerá, pero también lo hará viajar por caminos llenos de baches para llevarte hasta la ciudad. Te puedo dar un poco de morfina, pero creo que lo mejor que se puede hacer es intentar colocarlo rápidamente. ¿Intentarás relajarte y ver qué es lo que puedo hacer?
    – ¿Eres… de veras eres médico?
    – Soy médico de verdad -le sonrió, con los ojos azules dulces y tranquilizadores, recurriendo a su mejor actitud profesional con los pacientes-. El sargento lo puede corroborar. Incluso tengo un certificado por algún lado para demostrarlo.
    – ¿Y… y sabes cómo volver a poner esto?
    – He colocado hombros dislocados antes.
    La joven lo miró con duda en los ojos. Él no llevaba bata blanca ni estetoscopio. Vestía vaqueros y un jersey de lana. Tenía el cabello negro y rizado y le hubiera ido bien un corte de pelo, y el rostro bronceado y las arrugas alrededor de sus ojos indicaban que pasaba mucho tiempo al aire libre.
    No tenía ni pizca de aspecto de médico.
    Pero sus penetrantes ojos azules y la sonrisa de su ancha y bronceada cara le indicaron que se podía entregar a sus manos con tranquilidad.
    La chica suspiró y asintió con la cabeza, cerrando los ojos y forzándose a relajarse. Esperó a que llegase el dolor…
    Él la miró con sorpresa. ¿Le habría ocurrido antes, entonces? Parecía que sabía lo que iba a suceder.
    No valía la pena retrasar el momento, así que le levantó la muñeca y le flexionó el codo hasta un poco más de los noventa grados. Luego, lenta y firmemente, hizo rotar el brazo abajo y atrás, con tanta firmeza que la chica lanzó un sollozo de dolor.
    Y luego, milagrosamente, se acabó. El hombro se colocó con un chasquido.
    Silencio.
    La chica inspiró profundamente dos veces. Tres. Cuatro. Y luego, abrió los ojos a un mundo sin dolor.
    Los ojos verdes se contrajeron cuando esbozó una sonrisa de absoluto alivio.
    – Gracias.
    No necesitaba nada más. No había necesidad de cerciorarse de su trabajo. Bastaba con ver cómo el terrible dolor había desaparecido de sus ojos. Le sonrió y ella le devolvió la sonrisa. ¡Y qué sonrisa!
    – Bien hecho. No te muevas todavía. Tómate tu tiempo. No hay prisa.
    No había prisa…
    La sonrisa de la chica desapareció y ella miró a su alrededor como si lo viera por primera vez. Doris estaba echada, exhausta, en la paja. Junto a ella, los cerditos hacían los primeros intentos de comenzar a mamar.
    Alguien tenía que romper el silencio, y finalmente fue el sargento quien lo hizo.
    – Ahora, jovencita, ¿qué tal si nos dices quién…?
    Mike le puso una mano en el brazo, sacudió la cabeza y lo silenció con una dura mirada.
    – No. Las preguntas pueden esperar, Ted. Está agotada. Es la nieta de Henry. Eso es todo lo que necesitamos saber.
    – ¿Eres la chica que llamó desde los Estados Unidos a principios de la semana? -preguntó el policía.
    – Sí. Soy… soy Tessa Wescott. Llegué en avión esta tarde, alquilé un coche y me vine directamente aquí.
    – No necesitamos saber más -dijo Mike con firmeza y Tessa lo miró.
    Lo que vio pareció tranquilizarla. El rostro de Mike tenía fuertes huesos y una amplia boca, con una firme barbilla que inspiraba confianza. Había señales de fatiga alrededor de sus profundos ojos azules, que no impedían que éstos resultaran amables y cálidos. Cuando él se pasó la mano por el revuelto cabello y sonrió, la sensación de confianza se intensificó.
    – Si Henry Wescott es tu abuelo, ¿cómo es que no te hemos oído nombrar antes?
    La voz, como un ladrido, provenía de Jacob, que volvía al granero a buscar una pala.
    – Basta, Jacob. ¿No ves que la hemos asustado? Está herida y ahora no es momento de hacer un interrogatorio.
    La radio que el policía llevaba colgada del cinturón emitió unos sonidos y el sargento la agarró, habló brevemente y luego suspiró.
    – Tengo que irme -les dijo-. Las vacas de los Murchison se han escapado otra vez y hay que quitarlas del camino antes de que alguien resulte herido -miró a Tess-. Sabía que Henry tenía una nieta en los Estados Unidos y no puedes negar que tienes su cabello. Tenemos que hablar, pero quizás…
    – Ahora, no -le dijo Mike-. Tessa, estás demasiado cansada para hablar -miró a la chica mientras su rápida mente decidía lo que había que hacer-. Sargento, ¿podemos usar la radio para decirle al veterinario que venga a ver a Doris? Necesitará antibióticos inmediatamente y no tengo ni idea de las dosis que hay que administrarle. Jacob se puede quedar aquí para ayudarlo, y yo llevaré a Tess al pueblo si no le importa compartir el asiento con Strop.
    Strop… Tess sacudió la cabeza, confundida.
    – Me quedo aquí -dijo.
    – Strop es mi perro, Tess, y estará encantado de conocerte -la pobre chica no estaba en condiciones de tomar una decisión y menos aún de pasar la noche sola en una granja solitaria-. Pasarás la noche en el hospital para que pueda observar ese brazo -dijo con firmeza-. Puedes volver mañana, si te sientes con fuerzas.
    – ¿Lo que quiere decir es que me tengo que quedar con la cerda y esperar que venga el veterinario? -preguntó Jacob con incredulidad.
    – Es lo menos que puedes hacer después de haber dado a la señorita Wescott un susto de muerte -dijo suavemente-. Y te conozco, Jacob. Siempre haces el menor esfuerzo posible. Además, este año me has llamado por la noche cinco veces para ver a tus hijos enfermos y cada una de esas visitas podría tranquilamente haber esperado a la mañana siguiente. Me debes una.
    Jacob pensó un segundo las palabras de Mike y luego asintió con la cabeza, reconociendo que éste tenía razón.
    – Ahora nos tenemos que ir -le dijo Mike a Tess, y ella se dio cuenta de cómo él se reía detrás de los dientes-. Yo también tengo una paciente de parto. No dará a luz hasta la mañana, pero me necesita. ¿De acuerdo, Tess?
    Ella parecía un autómata. No lograba reaccionar, aunque se esforzaba en concentrarse.
    – Supongo… que sí.
    – Estupendo entonces -dijo Mike con una sonrisa-. Estoy seguro de que Jacob y el veterinario se ocuparán perfectamente de Doris, así que la puedes visitar mañana si está como para recibir visitas. Y ahora, Strop es una excelente chaperona, ésa es su misión en la vida, impedir tantas cosas como sea posible. Así que, ¿nos tienes a Strop y a mí suficiente confianza como para que te llevemos en coche hasta el pueblo?
    Tess levantó la mirada hacia él y esbozó una temblorosa sonrisa. Y luego, antes de que se diese cuenta de lo que intentaba hacer, él la levantó en sus fuertes y musculosos brazos y la apretó contra su áspero jersey, haciéndola perder el aliento.
    – No… por favor. Puedo caminar.
    – Yo diría que sí -le dijo él con firmeza. Aquella chica tenía valor suficiente para enfrentarse a cualquier cosa-. Pero está oscuro fuera. Sé dónde está mi coche y no quiero que tropieces en la oscuridad con el brazo como lo tienes, especialmente si Strop está por el medio. Es el tipo de perro que los ladrones temen más porque corren el riesgo de tropezarse con él en la oscuridad. Así que calla y déjate llevar, señorita Westcott.
    Calla y déjate llevar… Parecía que no podía hacer otra cosa, así que Tess se calló y se dejó llevar.
    Mike la llevó hasta el coche mientras intentaba pensar qué tenía ella que lo hacía sentirse tan extraño.
    Como si estuviera al borde de un precipicio.

Capítulo 2

    Era una chica preciosa. El reloj de pared marcaba las tres de la tarde y la cama de Tessa estaba bañada en la luz de la tarde. Mike había asomado la cabeza por la puerta tres o cuatro veces durante la mañana, pero se había encontrado a Tess durmiendo profundamente todo el tiempo. Estaba en una habitación individual del hospital, pequeña y cómodamente amueblada, de ventanas que daban a un jardín con verdes prados al fondo.
    Esa vez, ella abrió los ojos cuando él entró, pestañeó dos veces e intentó sonreír mientras se lo quedaba mirando como si quisiera adivinar quién era él.
    Aquél era un Mike diferente al de la noche anterior. No tenía por qué dudar de su palabra, y menos después de la forma en que la había tratado, pero en ese momento…
    Con la ropa limpia, el ondulado cabello negro cepillado hasta casi estar en orden, la bata blanca sobre los pantalones de vestir y el estetoscopio asomándole por el bolsillo, era un médico al cien por cien. Sin embargo, tenía la misma actitud que ella recordaba. Se detuvo en la puerta y sonrió, y Tess se vio forzada a devolverle la sonrisa.
    Y luego su mirada se dirigió sorprendida al enorme basset-hound que entró con él a la habitación como si tal cosa.
    – ¿Despierta, por fin? -preguntó y la sonrisa se amplió más mientras se dirigía a su cama intentando no apreciar su belleza tanto como lo hacía-. Bienvenida al mundo de los vivos, señorita Westcott -dijo con ojos cálidos y chispeantes. ¿Qué tal está ese hombro?
    – Parece bien -dijo ella, sin quitarle los ojos de encima a Strop-. Conque realmente había un perro -dijo-. Pensé que era parte de mi pesadilla.
    – ¿Qué, Strop? -rió Mike- Strop no es una pesadilla. Está firmemente plantado en la realidad. Tanto, que si se acerca más a la tierra tendremos que ponerle ruedecitas.
    – ¿Tienes un perro en el hospital?
    – Es un perro de hospital. Tiene un diploma de control de esfínteres y comprensión. Pruébalo.
    Strop levantó la vista hacia la cama. Sus enormes ojos tristes miraron a Tess con melancolía. Sacudió el rabo levemente con la misma cara de pena.
    – Ah, ya veo -se rió Tess-. Hace que cualquier paciente se sienta mejor inmediatamente, como si ellos no fuesen los únicos que se sienten mal y es imposible que se sientan tan mal como él.
    – Basta de Strop -dijo Mike, de broma-. Me quita protagonismo todo el tiempo. El brazo, señorita Westcott, ¿cómo está?
    Tess lo movió para probar e hizo un gesto de dolor.
    – Yo no me preocuparía por él. Está magullado, pero está bien. Debes de haber encajado el húmero inmediatamente, de lo contrario me dolería mucho más que esto.
    – El húmero… -dijo Mike. La noche anterior le pareció que ella tenía conocimientos de obstetricia, y en ese momento…- ¿Eres enfermera, entonces?
    – No -sonrió ella, lo cual fue como un rayo de sol-. Adivina otra vez.
    – ¿Fisio? ¿Osteópata?
    – Mejor, médico.
    – ¡Médico! -se la quedó mirando.
    – Las mujeres pueden serlo -dijo ella con ligera burla-. En los Estados Unidos estamos a un cincuenta por ciento. No me digas que eres de los que mantienen a la mujer sojuzgada.
    – No, pero… -Mike recordó los extravagantes tacones de aguja rojos. Allí mismo estaban, colocados uno al lado del otro bajo la cama junto a Strop. ¿Médico?
    – Y los médicos pueden ponerse lo que quieran -le dijo ella, siguiendo con la suya su mirada. En un instante se dio cuenta de lo que él pensaba-. No tenemos por qué llevar zapatos negros con cordones cuando nos dan el diploma, así que mejor será que se le quite esa cara de azorado, doctor Llewellyn, ahora mismo.
    – No. Es verdad -inspiró profundamente y logró esbozar una sonrisa-. ¿Eres un médico en ejercicio, entonces?
    – Correcto. Trabajo en urgencias en Los Ángeles.
    – Entonces, tendré que hacer buena letra -dijo, recuperándose de la sorpresa-. Los médicos son los peores pacientes -trató de sonreír-. Da casi tanto miedo tratarlos como a los abogados -se sentó en la cama junto a ella, tratando de hacer caso omiso a la sensación de intimidad que sentía. ¡Cielos! Si se sentaba en las camas de todos los pacientes-. ¿De veras que tu hombro está bien?
    Tessa lo movió cuidadosamente contra las almohadas y volvió a hacer una mueca de dolor.
    – Me duele -admitió-. Pero está claro que ha encajado perfectamente.
    – ¿Me dejas ver?
    – Claro.
    No había motivo para que no lo hiciera. No había motivo tampoco para que ella se ruborizase mientras él le aflojaba la bata del hospital y le examinaba la magulladura del hombro y el brazo con delicadeza.
    – ¿Puedes moverlo completamente? -le preguntó mientras palpaba suavemente sin quitarle los ojos de la cara.
    – Puedo, pero no quiero.
    – No te culpo -sonrió él-. Dentro de un día o dos estará realmente bien. Puede que no tengas ganas de moverlo mucho, pero vivirás -declaró finalmente, tapándola con la sábana.
    Era un gesto que hacía todos los días de su vida profesional, pero de repente ese gesto era muy, pero que muy diferente. Íntimo. Se puso de pie y descendió la vista hasta la chica en la cama, luchando por mantener la sonrisa.
    – Puede que sientas ganas de vivir después de lo que has dormido -dijo finalmente, haciendo un esfuerzo por parecer normal y desprendiéndose de las extrañas sensaciones que sentía. Su sonrisa se hizo más profunda-. Quince horas seguidas no está nada mal.
    – Creo que no he dormido nada desde que me enteré de que el abuelo había desaparecido -admitió, haciendo una mueca de pena-. Y dormir quince horas ahora, cuando tendría que estar allí afuera buscando al abuelo…
    – No hay necesidad de que tú lo busques, Tess. La policía y los lugareños ya se ocupan de ello, y lo están haciendo a conciencia.
    – Sin embargo, yo conozco la granja. Conozco los sitios a los que le encantaba ir.
    Mike suspiró. Era duro. Terriblemente difícil. Pero dar una mala noticia a la familia era algo a lo que estaba acostumbrado.
    – Tess, tu abuelo tiene problemas en la válvula mitral y fibrilación atrial -dijo con delicadeza-. Hace más de cuatro días que falta. Lo que yo supongo es que… El terreno de su granja es bastante quebrado y hay muchos sitios donde un cuerpo podría estar durante meses sin que lo encontrasen. Tu abuelo tiene ochenta y tres años. Si ha salido al desierto y tenido un ataque al corazón… lo que yo supongo es que es eso exactamente lo que ha sucedido. Su camioneta está en la casa, había dejado las cabras encerradas y a Doris a punto de parir. Si se hubiera ido de viaje, se habría ocupado de buscar quien cuidase de ellos.
    – Ya lo sé -dijo Tess. Elevó la vista hacia él. Toda traza de su adorable sonrisa había desaparecido. Era obvio que estaba preocupada-. Lo que no sabía era que estaba enfermo del corazón.
    – ¿Te has puesto en contacto con él últimamente? Me daba la impresión de que no estaba en contacto con su familia.
    – Mi padre y él no se llevaban bien -dijo débilmente, mientras trataba de asimilar la información que Mike le había dado. Se dio la vuelta, miró por la ventana, luchando por recuperar la compostura y habló como si lo estuviese haciendo consigo misma-. Papá y el abuelo se pelearon y mi padre se fue a los Estados Unidos cuando tenía veinte años. Allí conoció a mi madre y se quedó. Se murió cuando yo tenía dieciséis, sin siquiera volver aquí.
    – Lo siento.
    – Mi padre siempre se opuso a que yo volviera, pero era un cabezota y… el caso es que era tan obcecado que me hizo preguntarme si el desacuerdo no sería culpa suya. Así que cuando murió… mi madre dijo que yo tenía que conocer mis raíces, así que me mandó para que me quedara. Pasé unas vacaciones de verano aquí con mi abuelo. Me quedé durante tres meses, al acabar la escuela.
    Debió haber sido cuando él se había ido a estudiar medicina, pensó Mike, si no, la recordaría.
    – Desde entonces, nos hemos mantenido en contacto -prosiguió Tess-. Yo le escribo con frecuencia y él también, y ahora lo llamo todos los sábados. Parece que cuanto más viejo se hace, más cerca nos sentimos el uno del otro. Es como si finalmente reconociera que necesita una familia. Bueno, el caso es que cuando no respondió al teléfono aunque llamé un montón de veces, me puse en contacto con la policía y me dijeron que había desaparecido. Así es que me vine.
    Había ido. Había recorrido medio mundo para ocuparse de su abuelo. Vaya pedazo de nieta.
    – Pero… no sabía que tenía problemas de corazón -dijo despacio-. No sé por qué no me lo ha dicho. ¿Es muy grave?
    – Supongo que no ha querido preocuparte. Ha estado tomando digoxina y está mucho más controlado, pero si ha estado haciendo esfuerzos sin tomar sus medicinas y si se ha alejado demasiado de la casa… -dudó, pero no había forma de disfrazar la verdad o hacerla más digerible-. Ha llegado a tener un pulso de ciento veinte y sin la digoxina o aspirina… Mi esperanza es que llegado el momento el corazón haya dejado de latir tranquilamente y haya tenido un final rápido. Eso es lo que él hubiera querido.
    – Sí, pero…
    Pero… Pero ellos no lo sabían. No sabían si él se había muerto rápido. Ninguno de los dos mencionó la alternativa, pero el pensamiento del viejo sin ningún tipo de ayuda en medio del campo muriéndose lentamente flotó entre ellos como una nube negra.
    – El sargento Morris y muchos lugareños han registrado la granja -le dijo Mike-. Yo también he estado allí. Hemos buscado en todos los sitios en que se nos ha ocurrido que puede estar y no hemos encontrado nada, Hemos dado voces, llamándolo. Si hubiese estado vivo, habría respondido. Puede que se encuentre en un sitio en que no hayamos buscado, pero nos tiene que haber oído.
    – Si ha tenido un ataque al corazón, no. Si no puede emitir la voz, tampoco -se le quebró la voz y la desesperación la ahogó-. Mike, necesito mirar. Necesito ir a buscarlo yo. Hay sitios… un sitio en especial…
    – ¿Sí? ¿Es un sitio que la policía habría encontrado?
    – Pensé en él durante todo el viaje hacia aquí -dijo ella, negando con la cabeza-. El abuelo me lo mostró cuando estuve aquí y habló de él como si fuese un verdadero privilegio que me lo enseñase. Era su secreto. Es una cueva…
    – ¿En las sierras?
    – Sí. Recuerdo que estaba en el límite de la granja, donde las sierras comienzan a hacerse más escarpadas. No recuerdo mucho más. La verdad es que ni recuerdo en qué dirección era. No había forma de explicárselo a la policía por teléfono. Y cuando llegué a la granja anoche, pensé lo estúpido que era hacer semejante viaje sólo por una corazonada. Las cosas han cambiado y mi memoria me está jugando una mala pasada. Quizás… quizás no sea capaz de encontrarla o quizás ahora es accesible y alguien ya ha buscado allí. Pero he venido por ello. Quiero cerciorarme, hacer mi pequeña contribución a la búsqueda -suspiró y volvió a mirar tristemente por la ventana-. Sé que mi padre y el abuelo se peleaban mucho, pero el abuelo veía el mundo de una forma muy parecida a la mía -luego sonrió un segundo nada más-. Mi padre y yo también peleábamos mucho.
    – No me digas. ¿Tu padre también era pelirrojo?
    – Y un carácter que iba con él. Mi padre era capaz de decir las cosas más imperdonables. Y el abuelo era… es pelirrojo también.
    – Comprendo -dijo él. Pero no comprendía nada. La miró confuso. Aquella extraordinaria mujer había recorrido medio mundo para buscar un abuelo que probablemente estuviese muerto. Tenía un buen trabajo en los Estados Unidos. ¿Habría hecho lo correcto?
    – Cuento con el apoyo de mi madre -dijo Tess rápidamente-. Ella siempre se ha sentido mal porque mi padre no había vuelto a Australia. Me ha pagado la mitad del billete.
    Mike se pasó la mano por el pelo mientras pensaba. Tess había hecho el viaje para buscar a su abuelo, pero la sola idea de que ella recorriese el desierto sola era impensable. E incluso si encontrase a su abuelo sola… pues, eso era más impensable todavía.
    Finalmente Mike asintió, pasando las páginas de su agenda mentalmente. De acuerdo. Él y Strop podían hacerlo.
    – Tess, tengo que hacer unas horas de trabajo ahora -le dijo-. Come y descansa un rato. Ted ha traído tu coche con tus cosas. El ordenanza te las traerá en cuanto pueda. Ponte ropa -miró los tacones de aguja cautamente-, y calzado cómodo. Volveré dentro de dos horas y te acompañaré a la granja.
    – No es necesario que lo hagas… -comenzó a decir ella, pero él la detuvo alzando la mano.
    El trabajo se le había acumulado, apenas había dormido dos horas después de atender un parto largo y difícil, pero imaginarse a Tess buscando sola y que se encontrase lo que él temía era insoportable.
    – Quiero hacerlo, Tess -le dijo-. Así que déjame.
    Chasqueó los dedos y Strop se levantó con dificultad y se bamboleó hacia él y se marcharon.
    Si se hubiese quedado un segundo más en la habitación mirando esa cara, mitad triste, mitad asustada y llena de valor, no lo habría resistido y la habría estrechado en sus brazos.
    ¿Dónde había quedado su profesionalidad?

* * *

    – Tendría que haber rehusado su oferta de ayuda -le dijo Tess a Bill Fetson dos minutos más tarde. El enfermero de guardia del hospital había ido a ver cómo se hallaba y se la había encontrado paseándose frente a la ventana-. Mike se pasó media noche con Doris y conmigo y ¿no dijo que tenía un parto después de que me trajo aquí? ¿Qué hace, ofreciéndose a pasar horas esta tarde buscando a alguien que cree muerto?
    – Le tiene cariño a su abuelo.
    – Supongo…
    Bill miró las emociones reflejadas en la cara de la joven, que indicaban su confusión. Era comprensible. Mike era un médico guapísimo, con una sonrisa que derretiría a cualquier chica, un perro adorable y una presencia que volvía locas a las enfermeras de Bill.
    Pero aquella chica era diferente. A Bill se le ocurrió una idea. Bueno, bueno, bueno…
    – ¿Le gustaría recorrer el hospital? -preguntó inocentemente. Estaba ocupado, pero algo le decía que tenía que conocer a aquella chica.
    Tess se duchó y se vistió, luego exploró el pequeño hospital.
    Tenía quince camas, ocho de internación y siete para casos graves. Era un pequeño hospital del desierto: eficiente, escrupulosamente limpio y era obvio que lo dirigían fantásticamente. Era casi nuevo y el hombre que se presentó como Enfermero Jefe se lo enseñó con placer.
    – Todo es gracias al doctor Mike -dijo Bill Fetson con evidente orgullo mientras le mostraba a Tess el pequeño quirófano, que la dejó boquiabierta. Aquellas instalaciones eran más propias de un hospital escuela de una gran ciudad.
    – Mike utilizó con los políticos todos los medios legales, y apuesto que algunos ilegales también, para conseguir este lugar, y prácticamente empujó a la comunidad para que consiguiera los fondos. Ahora tenemos este hospital. El valle nunca había tenido un servicio médico como éste.
    – ¿Cuánto hace que él está aquí? -preguntó Tess.
    – Tres años, pero en realidad, lleva mucho tiempo más. Mike nació en el valle y lleva luchando por esto desde antes de terminar la carrera de medicina.
    – Y… -había tantas cosas que ella no comprendía-¿Siempre ha tenido a Strop?
    – Strop fue un accidente -sonrió Bill-. Mike tiene un Aston Martin, el coche más moderno de toda la comarca. Cuando el vendedor se lo mostraba a Mike, no pudo frenar en una curva y atropello a Strop, que cruzaba la carretera. Y entonces, la dueña dijo que total, como era un perro estúpido, que le pusieran una inyección letal. Ya sabe que el Aston Martin es un biplaza, así que mientras el vendedor lo llevaba al veterinario, Mike lo tuvo en su regazo todo el viaje, así que cuando llegaron, no hubo caso de meterle una inyección. Así que en una misma tarde Mike se hizo con el coche más elegante y el perro más bobo de la cristiandad.
    – Me está tomando el pelo.
    – De ningún modo. Y, créase o no, es un perro fenomenal -la sonrisa de Bill se amplió-. Los pacientes lo adoran y todo el mundo sabe que cuando Mike hace una visita, también va Strop -hizo una pausa y se puso más serio-. ¿Y usted? Tengo entendido que se la podría considerar lugareña también. Yo no soy del valle, pero Mike dice que usted es la nieta de Henry Westcott. Y también dice que es médico…
    La miró con ojos interrogantes, pero no formuló más preguntas. Todavía no.
    Finalmente, cuando acabaron el recorrido, Bill la llevó a una reluciente cocina y le presentó a la señora Thompson, la cocinera del hospital, y la dejó allí para que comiese. La mujer le preparó encantada una comida.
    Realmente la necesitaba. Tess comió el pastel de carne con patatas fritas y ensalada y se bebió dos grandes vasos de leche. No recordaba cuándo había sido la última vez que había comido. Quizás había picado algo en el avión, pero hacía tiempo de ello, le dijo su estómago.
    Tess se sintió satisfecha por el momento, pero preguntó delicadamente si podría llevarse algo de comida a la granja. Se sentía realmente culpable por llevarse al doctor, con la cantidad de trabajo que tendría. Un solo médico para el tamaño de ese hospital estaría corriendo de aquí para allá todo el día. La señora Thompson sonrió.
    – Me parece una idea estupenda -le dijo, poniendo una cesta de pic-nic sobre la mesa-. El doctor Llewellyn casi nunca para para comer y a veces se salta la comida si uno no le insiste un poco. O eso, o se come seis tostadas y tres huevos fritos a medianoche, que es lo que hace generalmente. No, querida, le pondré suficiente comida para alimentar a seis, incluyendo comida para el perro ése que tiene, si me promete que le hará comérsela.
    – ¿Trabaja demasiado? -preguntó Tess con cautela.
    – Lo llevan los demonios -dijo la mujer, sacudiendo vigorosamente la cabeza-. Se irá a la tumba pronto, si sigue así -luego su mirada se dulcificó-. Pero usted tiene preocupaciones más graves que el doctor Mike. Oh, querida, lamento tanto lo de su abuelo. Sólo espero… que el fin haya sido rápido.
    – Gracias -respondió Tess débilmente. No sabía qué otra cosa decir.

    Mike la pasó a buscar una hora más tarde.
    Cuando entró en la habitación, se quedó asombrado ante la transformación. Había visto a Tess ensangrentada, cansada y dolorida, no como estaba entonces.
    Tess era una belleza. Se había dado cuenta la noche anterior y también al verla dormida con la bata de hospital. En realidad, lo pensaba cada vez que la miraba.
    No era una belleza clásica, sin embargo, era preciosa. En vaqueros, parecía toda piernas. O toda ojos, según dónde se mirase. Su rostro tenía esa piel pálida y delicada de las pelirrojas y como venía del invierno americano, apenas unas pecas le adornaban la nariz. Tenía la boca como un capullo, la nariz respingona y la cara era casi toda ojos, su verdor enmarcado por el rojo dorado de su cabello.
    Era delgada, aunque no tanto, pensó Mike. Era justo… pues, estaba bien hecha. Era delgada donde era importante y no lo era donde era más importante todavía. Esos vaqueros y esa camiseta ajustada revelaban su figura a la perfección.
    Mike tuvo que contenerse para no silbar.
    – ¿Provisiones, doctora Westcott?, ¿no te han dado bien de comer en el hospital? -sonrió, levantando la cesta.
    – La señora Thompson me ha dado de comer lo suficiente como para un batallón -le aseguró-, pero no me sorprendería si sintiese la necesidad de comer pronto. Siento que tengo hasta los dedos de los pies huecos.
    – ¿No hay anorexia, entonces? -sonrió él- Estupendo. Me alegro de que tengas buen apetito.
    – ¿Quieres una cura para la anorexia? -dijo ella- Acaba de ocurrírseme. Metes a una chica en un avión durante treinta y seis horas con comida de avión y el estómago constreñido por el miedo. Luego la arrojas entre un montón de cerditos y le dislocas el hombro. Después la haces dormir quince horas y listo: tienes una chica con buen apetito. ¡Magia, doctor Llewellyn! Creo que escribiré un artículo sobre este tratamiento maravilloso para una de nuestras prestigiosas revistas de medicina.
    – Te harás famosa.
    – Ya lo sé -dijo ella, batiendo las pestañas para aparentar modestia.
    ¡Dios Santo! Le sonrió, y ella lanzó una carcajada. Y cuando Tess Westcott sonrió, él sintió que un calor le subía desde los pies.
    – De acuerdo, Tess -le dijo finalmente, sólo un ligero titubear indicando lo que sentía-. Estás descansada y has comido. ¿Te sientes con fuerzas para enfrentarte a la granja?
    – Estoy lista -respondió Tess, asintiendo con la cabeza.
    – Venga, pues, Strop nos espera en el coche. Vamos.
    Mike pudo observar cómo la determinación reemplazaba la risa en sus ojos. ¡Cielos, qué valiente era! Sabía perfectamente con lo que se podrían encontrar.
    ¡Qué pedazo de mujer!
    Y, de repente, no estaba seguro en lo más mínimo de estar preparado para pasar cierto tiempo con ella. Algo dentro de sí le decía que tendría que salir corriendo.
    Pero había algo más que le decía que se quedase.

    La granja estaba horrible. Hasta Strop, que había hecho la mitad del viaje sentado sobre la palanca de cambios y la otra mitad donde realmente quería, es decir sentado en el regazo de Tess con la cabeza asomando por la ventanilla y las orejas flameándole, parecía deprimido.
    Primero hicieron una visita de cortesía a Doris. La cerda estaba demasiado ocupada con sus ocho bebés para notar su presencia. Mike observó que Jacob había seguido las instrucciones que le diera por teléfono esa mañana y el animal tenía comida y agua. Por el momento, no necesitaba nada más, excepto, quizás, un par extra de tetillas.
    En la casa no había ninguna pista que les indicase el paradero de Henry. Estaba vacía, pero había indicativos de que su ocupante no tenía intenciones de irse. Había leche cortada en la nevera y, junto a la cocina, una ristra de chorizos que alguien había sacado del congelador. Llevaban allí cinco días y comenzaban a oler.
    Limpiaron en silencio y Mike pensó que estaba contento de no haber permitido que Tess se enfrentase a ello sola. Sólo eran unos chorizos podridos, pero se le ocurrían tantos pensamientos terribles, y el olor a carne podrida no contribuía en nada.
    – ¿Dónde buscamos? -preguntó cuando volvieron a salir, y ella sacudió la cabeza.
    – No lo sé. No puedo pensar. Estoy tratando de recordar. Fue hace diez años. Es… es como volver atrás en el tiempo. Estoy confundida.
    – Comamos, entonces -le dijo suavemente mirándola con preocupación. Era temprano para cenar, pero necesitaban tomar un poco de aire fresco después de la deprimente casa y Tess necesitaba recuperar la compostura antes de enfrentarse a la caminata, aunque recordase dónde tenían que ir…
    Luego, después de que buscasen, quizás no tendrían deseos de comer.
    Se instalaron con el pic-nic bajo un enorme eucalipto al lado del cobertizo. Tess estaba tan deprimida que se hallaba al borde de las lágrimas. Ni la presencia reconfortante de Mike y la forma en que Strop se alegró al ver los sándwiches la podían sacar de su tristeza.
    El sol descendía inexorable y ella seguía sin saber dónde empezar, qué hacer. Era consciente de que Mike no quería inmiscuirse en lo que consideraba sus dominios y la dejaba decidir, y se sintió agradecida de no tener que charlar con él.
    El silencio, aunque triste, le permitió pensar. No tenía hambre después de la comida de hacía dos horas y, tendida en la manta, miró cómo Mike comía mientras pensaba en cuando tenía dieciséis años y había recorrido la granja con su abuelo.
    Y luego…
    Mike la estaba mirando y vio el instante en que el recuerdo la golpeó, la sensación de que el sitio le era familiar.
    – Mike -dijo lentamente-, puede que resulte inútil, pero creo recordar el camino. Bajamos hacia el arroyo… ya sé… es hacia el este. Es una caminata bastante larga.
    – ¿Una caminata? -preguntó él, sirviendo café de un termo y alcanzándole una taza- Me parece bien. Esta merienda estuvo fenomenal, pero ahora necesitamos un paseo para bajarla y Strop decididamente necesita hacer un poco de ejercicio. Le has dado cuatro sándwiches. ¿Recuerdas todo el camino?
    – No -dijo ella, negando con la cabeza e incorporándose para mirar a la distancia. Tomó unos sorbos de café mientras su mirada recorría las lejanas colinas-. No te tendría por qué pedir…
    – Pídeme lo que quieras. Quiero ayudarte, ¿recuerdas? -le dijo-. Me preocupa no saber dónde está tu abuelo casi tanto como a ti -dejando la taza, se puso de pie junto a ella-. Tenía la esperanza de que si me quedaba callado lo suficiente, se te ocurriría qué hacer. Tenemos todo el tiempo del mundo.
    – No es verdad.
    – Esto es importante, Tess -dijo con suavidad-. Puede que haya otras cosas que hacer, pero es la vida de tu abuelo la que está en juego. Tómate todo el tiempo que necesites -se arrodilló y acarició a Strop.
    Finalmente, los recuerdos volvieron.
    – Ya recuerdo… -susurró ella, mirando el paisaje que los rodeaba-. Sí, era hacia el este, pero no es una caminata fácil.
    – He traído una mochila -dijo él, inclinándose para meter las cosas en la cesta-. Está en el coche.
    – Pero… no necesitamos provisiones. Nos llevará una hora llegar.
    – Tiene equipo médico -dijo él secamente-. Por si acaso.
    – Pero… ¿sigues pensando que está muerto?
    – Si estaba en un lugar seguro y seco cuando tuvo el ataque… -sacudió la cabeza- ¿Quién sabe? Quizás haya entonces una posibilidad. Ojalá hubiera podido ponerme en contacto contigo cuando se montó este jaleo. Si hubiera sabido…
    Tess lo miró con curiosidad.
    – Debes de tener dos o tres mil pacientes como mi abuelo a tu cargo y te preocupas lo suficiente como para venir a la medianoche a soltar las cabras y ver cómo está la cerda. Te preocupas lo bastante como para rescatar un perro bobo y ridículo de la muerte, y te preocupas lo bastante como para venir conmigo ahora. Gracias -añadió simplemente.
    – No -dijo él, sintiéndose avergonzado-. Si me hubiese puesto en contacto contigo, quizás podrías habérmelo dicho…
    – No podría haberte explicado dónde estaba la cueva, aunque lo hubiese recordado -le dijo-. No estoy segura de poder encontrarla ahora. Pero espero que…
    Ella hizo una pausa y él le tomó la mano con firmeza para tirar de ella y ayudarla a ponerse de pie. Le pasó un brazo por la cintura para inspirarle confianza y seguridad.
    – Entonces, hagámoslo, Tess -le dijo con seriedad-. Tengamos esperanza.
    La cueva estaba más lejos de lo que ella recordaba y cuando la encontraron los últimos rayos del sol se escondían tras el horizonte.
    Fue el instinto más que el recuerdo lo que la guió, y no hubiese podido describir el camino aunque hubiese querido. Mike no dijo ni palabra y ella dejó que su mente volviera a aquella tarde en que hizo el camino con su abuelo mientras sus pies recorrían la senda automáticamente.
    Y su instinto no le falló.
    Contra la ladera de la montaña, cubierta de densa vegetación, había dos enormes rocas que servían de centinela a una tercera más retirada. Sólo al rodearlas, se podía ver un orificio detrás de la roca posterior. Apenas era lo bastante grande para dejar pasar un hombre.
    Tess lo encontró sin decir palabra, mientras su rostro reflejaba esperanza y temor. ¿Y si su abuelo no se hallaba allí?
    ¿Y si lo estaba?
    Strop olisqueó la entrada, con las orejas levantadas todo lo que las orejas de un basset-hound se pueden levantar. Mike miró a su perro y su cara se puso tensa. Apoyó una mano en el hombro de Tess y la empujó suavemente.
    – Venga, Tess. Creo que tu abuelo puede estar aquí. Y estoy aquí contigo -dijo y la tomó de la mano.
    Aunque ella lo había llevado hasta allí, dejó agradecida que él tomase las riendas. Se metió por el orificio y Mike sintió la tensión en la mano que tenía en la suya.
    Dentro, la cueva era tan grande que parecía una catedral. Había una fisura en lo alto y por allí se filtraba la rosada luz del ocaso, iluminando el interior con un resplandor dorado.
    Tess no perdió tiempo en admirar la belleza del lugar. Al fondo de la cueva había una cámara, seca y llena de arena, protegida de las inclemencias del tiempo y con apenas bastante luz para no resultar atemorizante. Era el sitio ideal para que un ser herido se refugiara a curar sus heridas. Se soltó de la mano de Mike y avanzó a trompicones por el irregular suelo de la gruta para llegar cuanto antes al fondo, con Mike y Strop pisándole los talones.
    Y dentro encontró a su abuelo.

Capítulo 3

    Al principio, Tess y Mike pensaron que Henry estaba muerto. Durante un largo instante, ella se quedó en la pequeña arcada mientras sus ojos se adaptaban a la oscuridad. Su abuelo estaba acurrucado en una esquina alejada y no se movía.
    Tess lanzó un gemido de angustia, pero luego Mike la hizo a un lado y se acercó de dos zancadas para inclinarse sobre la figura del anciano. Le levantó la muñeca y se dio la vuelta para mirar a Tess en la penumbra.
    – Está vivo, Tess, ayúdame.
    – Vivo… -dijo Tess y se acercó a donde Mike se arrodillaba en la arena- Oh, Mike, vivo…
    Strop se sentó. Había aprendido a reconocer el tono de voz de Mike que indicaba que tenía que esperar.
    – ¿Cómo…? ¿Cómo…? -preguntó Tess, mirándolo.
    – Está inconsciente, Tess, pero tiene pulso. Está muy deshidratado. ¡Cielos, mira su piel! Tiene la lengua hinchada. Encontrarás una linterna en la mochila y una bolsa de suero -mientras hablaba sus manos examinaban al viejo, moviéndose con cuidado y preocupación-. ¡Ha de haber estado aquí todo el tiempo!
    Tess le quitó la mochila de los hombros y revolvió dentro, buscando la linterna. La encendió e iluminó con ella la cara de su abuelo.
    Hacía diez años que no lo veía, así que la visión debió de asustarla un poco, pensó Mike, ya que el hombre de ochenta y tres años que yacía en la arena parecía no tener ni pizca de energía. Tenía la piel blanca como el alabastro y recubría sus viejos huesos como pergamino. Sus ojos se veían hundidos en sus órbitas y miraban sin ver la pared opuesta. Las mejillas eran dos huecos y tenía los labios tan secos que se le habían rajado, sangrado y vuelto a rajar una y otra vez.
    – Dame una gasa, doctora Westcott -dijo Mike, echándole una mirada y rogando que no se desmayase. Su voz cortó la desesperación como un cuchillo-. No pierdas tiempo, Tessa. Necesito una gasa y luego hay que ponerle un goteo. Rápido. No lo hemos encontrado para dejarlo morir ahora.
    – ¡Oh, Mike! ¡Tiene un aspecto terrible!
    Pero Tessa no tenía intenciones de desmayarse. Inspiró profundamente y enseguida pasó de ser la nieta asustada a médico competente. El hecho de que aquél era su adorado abuelo fue rápidamente dejado de lado. Henry era un paciente de urgencias que se moría en sus manos.
    – ¿Qué crees?
    – Está deshidratado -respondió Mike secamente-. Vasta con mirarle los labios… si lleva cuatro días sin agua… Todo lo demás puede esperar, Tess, pero tenemos que meterle líquido como sea.
    – De acuerdo -ya estaba en marcha, buscando gasa y tubos y jeringa en la mochila de Mike. Se lo alcanzó a la débil luz de la linterna.
    Mike tenía todo lo que necesitaban en la mochila y Tessa lo encontró, lo preparó y se lo fue alcanzando cuando lo necesitaba como si hubiesen estado en una sala de urgencias totalmente equipada en vez de hallarse en cuclillas en el suelo de una cueva mal iluminada. Dos minutos más tarde lo habían intubado y le estaban dando el suero fisiológico. Mike puso el goteo al máximo y, tomando el estetoscopio que Tess le alargaba, lo acercó al pecho de Henry y finalmente se sentó en los talones y la miró.
    – Tenemos una infección de grandes proporciones en el pecho, y no es extraño, considerando que lleva tanto tiempo sin atención -le dijo-. Hay un teléfono móvil en la bolsa, Tess. Pásamelo y pediremos auxilio. Los chicos de la ambulancia traerán una camilla y lo sacaremos.
    – Si no es demasiado tarde… -como habían terminado de hacer todo lo que se podía hacer por él, fue como si se hubiese abierto la puerta para dejar pasar a los parientes. La doctora Westcott se convirtió nuevamente en sólo la atemorizada Tess. En su rostro se reflejó el miedo-. Abuelo, ni te atrevas a morirte ahora que estamos tan cerca de…
    – No pierdas las esperanzas, Tess -dijo Mike, alargando una mano y estrechándole la suya con firmeza-. Está vivo, y eso es más de lo que esperábamos. Ha sucedido un milagro. Veamos si podemos hacer otro ahora -le dirigió una sonrisa tensa y cansada antes de llamar por teléfono.
    Tess se sentó y lo escuchó ladrar órdenes a través del teléfono a gente desconocida del otro lado, acariciando la cara de su abuelo mientras esperaba. Había estado todo ese tiempo solo. Le tomó la yerma mano, tratando de infundirle vida a través de las venas. A su lado, Strop metió el hocico y le lamió la otra mano. Tess se relajó un poco, como si esa lametada fuese lo más reconfortante del mundo.
    – Abuelo… estoy aquí, abuelo -titubeó ella-. Soy Tessa. He vuelto a casa.
    Mike no le quitaba los ojos de encima mientras hablaba por teléfono. Casa… sonaba bien.
    ¡Qué idea más tonta! Ésa no era la casa de Tessa. Ella no tenía vida allí, y no sabía por qué esa idea lo alteraba tanto. Tessa no tenía nada que ver con el valle, nada que ver con él.
    Abrió la boca para hablar, pero al hacerlo vio cómo los ojos de Tess se abrían mientras miraba a Henry. Miró y vio cómo un músculo se movía casi imperceptiblemente en el rabillo del ojo derecho de Henry.
    – Abuelo… -dijo ella, acercándose a él y Mike se quedó mirando, incapaz de creer lo que había visto. Dejó caer el teléfono. No eran imaginaciones suyas, también Tess había visto el movimiento. Le tomó la otra mano a Henry.
    – Henry, soy Mike Llewellyn -le lanzó una mirada incierta a Tessa, sin saber cómo ella reaccionaba y luego fijó toda su concentración en Henry-. Soy el doctor Llewellyn. Está a salvo, Henry, y su nieta está aquí también. Tessa ha venido desde los Estados Unidos a encontrarlo. Llevábamos días buscándolo, pero sólo ella sabía dónde estaba la cueva. Ahora nos quedaremos con usted hasta que lo podamos llevar en una camilla al hospital. Está totalmente a salvo.
    El ojo derecho de Henry se abrió con un parpadeo y los vio.
    Su mirada fue de Tess a Mike y luego de vuelta a Tess. Estaba claro que enfocar era un esfuerzo tremendo. Se lo notaba confundido. Su ojo izquierdo continuó cerrado, pero la mano que Tess sujetaba tembló convulsivamente.
    Sus labios se movieron levemente y Tess se inclinó a escuchar.
    – Tess…
    Los ojos de Tess se llenaron de lágrimas.
    – Soy yo, abuelo -murmuró-. Estamos aquí. Mike y yo estamos aquí.
    Mike y yo. Sonaba bien. Inspiraba confianza, incluso a Mike.
    – No te preocupes, abuelo -le dijo ella-. Enseguida te llevaremos al hospital.
    – Que… quédate.
    – Te lo prometo -dijo ella.
    Era un juramento y, de repente, al oírselo decir, Mike supo que el juramento que hacía no era en vano. Se quedaría.
    – Me ocuparé de que se quede, señor Westcott -dijo suavemente-. No se preocupe por ello.
    ¿Por qué diablos habría dicho aquello?

    – Es fabulosa.
    – Sí.
    No había duda de quién hablaban. Eran las seis de la mañana y Mike había logrado dormir un par de horas escasas con una interrupción a las dos de la mañana por un niño con una infección bronquial y a las cinco para cambiar una sonda. A las seis se había ido a la cocina a tomar un café bien cargado. Hacía unos minutos que Bill había llegado y se estaba comiendo un plato de avena con leche.
    – ¿Se quedará? -preguntó Bill.
    – ¿Qué quieres decir, si se quedará? Supongo que se quedará hasta que Henry decida si va a vivir o no.
    – Pero, ¿vivirá? -se había enterado del hallazgo de Henry al llegar al hospital. Aunque fuera antes del amanecer, seguro que la noticia ya había recorrido el valle entero.
    – Quizás.
    – Pero ¿quizás no?
    – Todavía no sé la gravedad del derrame cerebral -dijo Mike-. Primero tendremos que rehidratarlo, meterle antibióticos en vena para que le baje la infección del pecho y recuperarlo. Las ha pasado canutas.
    – Tiene un aspecto terrible.
    – ¿Lo has visto?
    – Me asomé por la puerta de su habitación cuando llegué.
    – ¿Están sus constantes bien? Se estaba estabilizando cuando lo dejé a medianoche y nadie me ha llamado para decirme que hay problemas. ¿No ha habido cambios?
    – Tessa está contenta con ellos.
    – Tessa… -repitió Mike, mirándolo- Tessa está dormida. Le encargué a Hannah que se ocupase de él.
    – Tessa lo está velando -dijo Bill con calma-. Hannah está con Billy y su infección. Menudo trabajo ha dado Billy al personal de la noche. Tessa le dijo a Hannah que no la necesitaba porque ella cuidaría de su abuelo.
    – Pero yo le dije a Tessa que se fuese a la cama.
    – No parece el tipo de chica que obedezca órdenes -dijo Bill, con una ligera sonrisa-, al menos si no está de acuerdo con ellas.
    – Está exhausta. Es una estupidez.
    – ¿Está tan cansada como tú, entonces?
    – Yo no estoy cansado.
    – Conque no, ¿eh? -dijo Bill, echándose atrás y cruzándose de brazos-. Has dormido un promedio de… déjame ver… más o menos cuatro horas por noche estas dos últimas semanas. Y dices que no estás cansado.
    – Yo me las puedo arreglar.
    – Pero Tessa Westcott es también médico -dijo Bill, con sus ojos calmos pero inteligentemente reflexivos-. ¿Sabes?, si hay algo que necesitamos por aquí, es otro doctor.
    – No necesitamos a Tessa.
    – Mike, aceptaríamos a Doris, la cerda, si tuviera un título de médico -dijo Bill sin andarse con chiquitas-. Y tu Tessa tiene un título médico. Mike, muchacho, tienes una obligación que cumplir.
    – ¿Qué quieres decir?
    – Quiero decir que tú tienes suficiente atractivo como para conquistar a un harén entero de Tessas -dijo Bill, levantando una mano para silenciar la protesta de Mike-. Sabes bien que todas las mujeres de la comarca están locas por ti, desde las viejecitas que vienen en tropel a hacerse poner la vacuna contra la gripe, hasta mis enfermeras. Pero es obvio que te has estado reservando para alguien especial. Y me parece que la dama para la que te estabas reservando acaba de entrar en tu órbita.
    – ¡Me estás tomando el pelo!
    – ¿Crees que bromearía con algo tan serio como conseguirte una novia? -preguntó Bill. Sonrió y levantó un dedo de la mano- Escucha al tío Bill, muchacho. Uno, la dama es muy atractiva. Hasta yo me doy cuenta de ello, con lo que quiero a mi Barbara. Dos, tiene diploma de médico. Tres, necesita quedarse en el valle. Lo único que tienes que hacer es mantener a Henry vivo para que requiera a su familia. Y cuatro -dijo mientras Mike se levantaba para dirigirse a la puerta-, necesitas casarte, Mike Llewellyn. Necesitas una mujer, unos niños y una hipoteca como el resto de nosotros.
    Y mientras Mike salía dando un portazo, Bill esbozó una gran sonrisa, porque Mike no tenía aspecto de enfadado, sino más bien confuso.
    ¡Diablos! ¿Habría algo entre los dos en realidad?
    – ¿Me daría otro plato de avena, señora Thompson? -le pidió Bill a la cocinera- Tomaría champán si pudiese, pero tendré que contentarme con avena. ¡Créalo o no, puede ser que el doctor Mike esté seriamente interesado en algo más que el trabajo!

    El doctor Mike no estaba seriamente interesado. ¿O sí?
    Normalmente su concentración era total cuando trabajaba. Sin embargo, esa mañana sus pacientes se dieron cuenta de que había algo distinto. Era igual de atento, pero tenía un cierto aire de confusión.
    – ¿Te preocupa Henry Westcott? -le preguntó Sandra Lessing, que había dado a luz la misma noche que Doris. Se hallaba incorporada en la cama amamantando a su bebé y, como todos los pacientes del hospital, estaba fascinada por la noticia del hallazgo de Henry.
    – Supongo que sí. No sé, Sandra. Aún no se puede saber la gravedad de su estado.
    – Tuvo mucha suerte. De no ser por su nieta… -dijo Sandra, mirando a Mike con una chispa en los ojos-. Es fantástica, ¿verdad? Bill me la presentó cuando le estaba mostrando el hospital ayer. Es encantadora.
    – Sí -dijo Mike, pero no quería pensar en lo encantadora que era Tessa. Necesitaba concentrarse en su trabajo-. Sandra, ¿puedes poner al niño en la cuna para que te haga la revisión?
    – Por supuesto. Ya ha acabado de comer y sólo le gusta que lo mimen -le dio un beso al bebé en la frente al ponerlo en la cuna-. Ya sé. ¿Qué tal si organizo una cena cuando vuelva a casa? Puede ser una cena para agradecerte a ti por el nacimiento de Toby y darle la bienvenida a Tessa a la vez. ¿Qué te parece?
    – Si todo sale bien, Henry estará reponiéndose y Tess ya se habrá ido a los Estados Unidos cuando tú vuelvas a casa -dijo Mike escuetamente.
    – Si el valle puede hacer algo, no -sonrió Sandra ampliamente-. El valle entero está hablando de Tessa Westcott, y el valle entero piensa que podría ser algo realmente bueno.
    – Sandra…
    – Trabajaremos en ello -dijo ella plácidamente-. Danos tiempo. ¡Con un día o dos, nos basta!

    Para cuando Mike llegó a la pequeña habitación que usaba de Unidad de Cuidados Intensivos, sentía que no quería entrar. El hospital al completo, tanto los pacientes como el personal, había comenzado a hacerse ideas sobre Tessa Westcott, lo cual no le gustaba nada. Su alegre sonrisa habitual había desaparecido y se aproximaba a la UCI con cierta incomodidad.
    ¿Qué les pasaba a todos? Era cierto que Tessa era una mujer diferente y también que el valle necesitaba otro médico, pero Tessa vivía en los Estados Unidos, ¡por el amor de Dios! Se quedaría, a lo sumo, una semana.
    A pesar de su lógico razonamiento, el corazón le dio un vuelco al abrir la puerta de Henry.
    Tess dormitaba con la cabeza apoyada en la cabecera de la cama de su abuelo. Su maravilloso cabello era un halo de fuego contra la sábana blanca. Llevaba la misma ropa que cuando habían ido a buscar a Henry.
    No había sido fácil sacarlo de la cueva. Los chicos de la ambulancia habían tenido que ir campo traviesa hasta encontrarlos y, además, eran sólo dos. Pero Mike no había querido esperar refuerzos, ya que quería oxígeno y equipo rápido. Y, como llevar la camilla por terreno agreste era muy arriesgado, habían acabado llevándola entre los cuatro.
    – Yo puedo hacerlo -dijo ella cuando dijeron que esperarían ayuda-. Es mi abuelo, soy fuerte como un toro y no necesito usar mi brazo malo. Callaos y llevémoslo a un lugar seguro.
    Le debió de haber dolido un montón, pero no quiso escuchar sus protestas y fueron los chicos de la ambulancia los que decretaron que se detendrían a descansar cada cien metros más o menos, no Tessa.
    Ella tenía una voluntad de hierro. Si había que hacer algo, Tess Westcott iba y lo hacía.
    Desde donde la miraba, parecía una niña de catorce años. ¡Diablos! Era sólo una mujer y él tenía que recordar su juramento.
    Pero era más fácil decirlo que hacerlo.
    Tenía trabajo que hacer allí, así que manos a la obra.
    Dio un paso adelante y le puso una mano en el hombro. Los ojos de Tessa se abrieron llenos de pánico y se había incorporado antes de darse cuenta de que él sonreía.
    – No pasa nada, Tess. No hay motivo de alarma -levantó el gráfico de observación y lo observó mientras ella recobraba la compostura-. Esto tiene un aspecto fenomenal -le dijo-. No quería molestarte, pero quería hablar contigo antes de comenzar el trabajo del día.
    Ella parpadeó, se frotó los ojos y miró el reloj. Eran las siete de la mañana.
    – Ya he hecho la visita matinal -continuó él y le sonrió. La sensación de intimidad se intensificó. Era como si se hubiesen conocido en otra vida-. Los pacientes de este hospital están acostumbrados a que sea pronto -dijo, intentando mantener la voz firme-. Os he dejado a vosotros hasta el final.
    – ¡Hasta el final! -exclamó ella, haciendo un gesto de desagrado- Caramba, doctor Llewellyn. Si esta es una visita tardía, recuérdame que no me interne nunca en este hospital. Me gusta dormir.
    – Pensé que me lo agradecerías -dijo, mientras su sonrisa se hacía más amplia-. Ahora puedes hacer lo que hacen todos mis pacientes -le dijo amablemente-. Disfrutan del coro de la aurora, desayunan, y luego se vuelven a dormir. Eso quiere decir volver a meterse en cama. Allí es donde deberías estar tú. Sabes que cuidaremos a Henry, Tess. Está profundamente dormido, se está rehidratando perfectamente con el suero y el antibiótico tendría que comenzar a dar resultados en estas doce horas. Está mejorando minuto a minuto. Lo único que necesita es seguir durmiendo.
    – ¿Qué quieres decir con eso?
    – Que una vez que sus fluidos se estabilicen y se haya recuperado del cansancio y controlemos la infección de su pecho, creo que se recuperará totalmente. Que lograse decir tu nombre anoche a pesar de la hemiplejia es asombroso. Y aunque no haya hablado desde entonces, sus músculos han de estar operativos. Eso es todo lo que quería decirte, doctora Westcott. Así que no quiero caras tristes que asusten a Henry y le causen otro colapso.
    – No tengo la cara triste -dijo ella, sin poder evitarlo, y él sonrió.
    – Quizás tengas razón -asintió él-. Lo cierto es que no es triste en absoluto -dijo sonriéndole, y Tess sintió que se ruborizaba bajo su escrutinio-, pero un poco atemorizada por el futuro de tu abuelo.
    – Corre riesgo de otro ataque, Mike, ¿no? -preguntó ella, aunque no era necesario, sabía las probabilidades.
    – Sí -dijo él bruscamente. No valía la pena tratar de dar falsas esperanzas-. Pero con el tratamiento que le estamos dando ahora, lo dudo. Creo que su debilidad se debe más a haber estado tanto tiempo sin atención que al ataque de apoplejía en sí. Creo que con una buena rehabilitación, podrá volver a su querida granja. Entre los dos hemos hecho un buen trabajo.
    – Supongo que sí…
    – Te digo, Tess, que no habrá una parálisis grave -le dijo suavemente y le cubrió la mano con la suya. Era una acción inconsciente que hacía con muchos pacientes, pero de repente se dio cuenta del contacto y sintió la unión de sus manos, pero no la soltó.
    – No, pero…
    – ¿Pero?
    – No se recuperará en una semana -dijo con tristeza-, ni en un mes. Imposible. Y entonces, ¿qué sucede ahora? -preguntó, mirando la cara enjuta de su abuelo mientras un músculo se le movía en la mandíbula-. No podré volver a América -dijo finalmente-. Tendré que quedarme.
    Mike frunció el ceño, pero a la vez sintió que el corazón le daba un salto, como si algo dentro de sí se sintiera profundamente satisfecho por lo que acababa de oír.
    – Y eso, ¿en qué circunstancias te deja? ¿Estás con permiso?
    – Renuncié para venir aquí.
    – ¿Renunciaste?
    Ella levantó la mirada hacia él con una sonrisa irónica. No había movido la mano. Seguía bajo la de él y no encontraba las fuerzas para sacarla de allí. Ese hombre era su único apoyo en todo ese jaleo.
    – Parece drástico, ¿no? -se encogió de hombros y logró esbozar una sonrisa-. Pero no lo es. He trabajado los dos últimos años en urgencias. Ha sido emocionante, pero ya he tenido suficientes emociones. Me voy a dedicar a la medicina familiar.
    – ¿Te está esperando un trabajo?
    – Me he presentado a montones de puestos en los Estados Unidos. Estaba esperando saber si me habían aceptado o dónde, cuando tuve que venirme aquí. Estoy segura de que tendré una pila de ofertas esperándome en casa cuando vuelva a casa -dijo, esbozando un instante su fantástica sonrisa-. Así que me pareció justo decirle al hospital que no volvería.
    – ¿Así que estás libre?
    – Supongo que sí. Al menos hasta que tenga que empezar a trabajar para alimentarme -volvió a esbozar esa sonrisa cegadora que hizo que casi se le cayeran los calcetines-. Me da la impresión de que si el abuelo sólo tiene una cerda, ocho cochinillos y seis cabras, estoy en apuros si creo que la granja me dará de comer. No me apetece demasiado matar los cerditos.
    – No -dijo Mike, devolviéndole la sonrisa mientras el cerebro trabajaba a mil por hora. Las palabras de Bill le resonaban en la mente…que aceptarían a Doris si tuviese título de médico.
    ¡Diablos!
    La habitación le pareció de repente demasiado pequeña.
    La puerta se abrió. Era Bill, con una enfermera. Gracias a Dios. La presión le estaba subiendo hasta el techo mientras trataba de pensar.
    – Hemos venido a hacer el verdadero trabajo aquí -anunció Bill, echando a Mike y Tess una mirada especulativa y divertida mientras ellos separaban las manos, cohibidos. Aja. Las cosas progresaban-. No queremos doctores -añadió alegremente-, a menos que tengáis algo urgente que hacer.
    – Yo me voy -dijo secamente Mike con una voz que hizo a Bill fruncir el ceño-. Avísame cuando se despierte, Bill.
    – Yo me quedo -dijo Tess-. Éste es mi abuelo. Búscate uno para ti.
    – Tess…
    – Tiene más o menos diez abuelos y abuelas esperándolo en la consulta esta mañana -dijo Bill, sonriendo nuevamente-. Tiene para elegir.
    – Pues, ahí tienes -dijo ella con cariño-. Adiós, doctor Llewellyn. Ve y ocúpate de las necesidades médicas de los abuelos y abuelas del valle. Nosotros nos ocuparemos de éste.
    Y no tuvo más remedio que irse.
    Antes de que tuviera una excusa para volver a la habitación de Henry, sería de noche, pensó mientras cerraba la puerta a regañadientes. A no ser que Henry se despertase.
    Ojalá Henry se despertase. Y no sólo por Henry mismo.

    Mike trabajó todo el día, mientras que Tess no se separó de su abuelo más que para darse una ducha y cambiarse, cuando Bill le insistió que él la reemplazaría mientras ella se arreglaba.
    – Es muy difícil -le dijo a Bill con la voz tensa-. Estoy tratando de decidir qué es lo mejor. Quizás Mike tenga razón y él se recuperará totalmente, pero mientras tanto no puede volverse a la granja y vivir solo. ¿Dónde está la Unidad de Rehabilitación más cercana?
    – Melbourne.
    – A menos que tenga alguien que le haga hacer los ejercicios en casa, tendrá que ir a la ciudad, y eso logrará que deje de valerse por sí mismo, además de que no tiene quién se ocupe de la granja los meses que esté fuera.
    – Se podría vender la granja.
    – No, eso es impensable.
    – ¿Por qué?
    – Mi padre me transmitió el amor a la granja. Cuando la vi por primera vez, y conocí al abuelo, ya tenía dieciséis años y sentía que el sitio era mi hogar. Me encanta.
    – ¿Es una chica de granja?
    – En absoluto. Crecí en la ciudad, aunque quizás sea una chica de granja en el corazón. Por eso es que decidí dedicarme a la medicina familiar, para poder mudarme al campo. Ya sé que es una idea un poco bucólica, en realidad soy una tonta idealista -dijo sonriendo.
    – No se lo crea. En este hospital apreciamos mucho a los tontos idealistas.
    – ¿Quiere decir que eso es lo que es Mike, que a pesar del trabajo que tenía encontró un rato para ir a buscar a mi abuelo y luego tuvo que levantarse al alba para recuperar el tiempo perdido? Qué pedazo de doctor. Tiene el coche más maravilloso y el perro más bobo…
    – Parece que ha ganado su corazón -dijo Bill lanzando una risita. Un timbre sonó en el pasillo, haciéndolo esbozar un gesto de disculpa-. El deber me llama. La dejo para que haga sus planes, doctora Westcott, y me interesará mucho saber lo que decide.
    – Y yo también -masculló Tess cuando se cerró la puerta tras él-. Porque, si estás haciendo planes que incluyan a Mike, quiere decir que tienes sueños de aire, Tess Westcott.
    Cuando se volvió a mirar la cama, Henry se estaba moviendo. Y la miraba.
    – Sueños de aire… -la voz de Henry era un susurro casi ininteligible, pero fue lo suficiente. La cara de Tessa se iluminó de alegría y le enterró la cara en el hombro.
    – Oh, abuelo…
    – Pensé que eras un sueño -susurró él en la mata de pelo-. Mi Tess. Un sueño de aire. ¿Es lo mismo?
    – No -dijo, levantando la cabeza para mirarlo con cariño largamente-. Soy real. Soy verdadera cien por cien. Sólo hacía planes.
    – ¿Planes?
    – Planes para mí, planes para ti. Y… -inspiró profundamente-… planes para Mike Llewellyn.
    – Ya veo -la sombra de una sonrisa jugueteó en la cara de Henry.
    – Pues yo no lo veo nada claro -dijo ella, tomando una de las delgadas manos y pasándosela por la mejilla-. Lo único que sé es que estás vivo y que te tengo nuevamente.
    – Y tú estás aquí, pequeña. Si supieras cuánto quería que vinieras…
    – Oh, abuelo -la voz se le quebró de la emoción. Luego se controló y logró mirarlo duramente-. Eh, ¿no te he dicho siempre que tuvieses cuidado? ¿Quieres decirme para qué te metiste en una cueva y tuviste un derrame cerebral?
    – Me sentía muy mal -le dijo, intentando modular cada palabra-. Tenía un dolor de cabeza terrible que no me podía quitar. Sabía que llamarías a la noche, así que me tomé la tarde para ir a la cueva. Por si acaso era algo serio… era como si… como si hubiera tenido que decirle adiós.
    – Así, si era algo serio, ¿te quedarías allí durante cinco días sin ayuda médica?
    – ¿Es necesario que seas tan mandona? -dijo con voz débil y ella rió.
    – Sí. Ya me conoces, abuelo.
    – Una verdadera marimandona.
    Se quedó silencioso, exhausto. Pasaron diez minutos antes de que volviese a hablar. Tess no avisó a nadie. Por el momento, quería estar a solas con él.
    – Así que… ¿qué planes estás haciendo para Mike Llewellyn? -susurró finalmente y ella se lo quedó mirando.
    – Oh, ninguno.
    – Cuéntame.
    – Pues, sólo es que Mike tiene exceso de trabajo, exceso de generosidad y exceso de encanto, además de que es guapo a más no poder -dijo, con un brillo en los ojos-. Y yo tengo que quedarme aquí y cuidarte, pero también necesito trabajar, así que…
    – ¿Qué…?
    – Que puede que me haya encontrado un socio -dijo ella sencillamente-. Si él me quiere.
    – ¿Y si no?
    – Pues entonces, tendré que pensar en alguna forma de hacerlo cambiar de opinión.

Capítulo 4

    Mike estuvo con trabajo en la consulta todo el día. A eso de las cinco encontró un momento para llamar al hospital.
    – Henry se ha despertado y está bien -le dijo Bill-. Tess ha accedido finalmente a irse a dormir. Yo acabo la guardia ahora. Si quieres, le daré de comer a Strop antes de irme para que no tengas que venirte a la carrera.
    ¿Era su imaginación, o había más pacientes de lo normal? A las ocho terminó finalmente. Al salir de la consulta, su recepcionista colgó el teléfono con un suspiro.
    – Dios Santo, Mike, hay rumores por todo el valle de que hay una doctora nueva. Más de diez pacientes han llamado para pedir una cita con la doctora. Cuando les digo que no trabaja aquí se desilusionan, pero como no quieren reconocer que realmente no necesitan ver al doctor, piden cita igual para verlo a usted. Lo siento, Mike, pero mañana tendrá la consulta a rebosar.
    – Genial -gimió Mike-. Justo lo que necesito -dijo, y luego frunció el ceño- ¿Por qué piensa todo el mundo que tenemos doctora nueva?
    – Pues, por Tessa, por supuesto.
    – ¿Tess…?
    – No se haga el tonto.
    Maureen, su recepcionista, tenía cincuenta años y se conocía todos los trucos. Los pacientes no la podían engañar, y tampoco Mike.
    – Si no piensa en Tessa Westcott, es que le pasa algo -prosiguió-. Todos los enfermeros, los ordenanzas, los chicos de la ambulancia… todos hablan de ella, y si queda algún hombre en el valle que no la ha visto, está intentando hacerlo en este momento. ¿Piensa ofrecerle un empleo?
    – No.
    – ¿Por qué no?
    – Maureen, Tess trabaja en los Estados Unidos, es ciudadana americana. Dios Santo, Maureen, ni siquiera estará colegiada.
    – Pues yo podría arreglar eso en un instante -dijo Maureen-. Basta que me lo pida. Ya sabe que somos zona remota. Si alguien es lo bastante tonto para trabajar aquí, y tiene un título de médico legal, el colegio de médicos te da la bienvenida con los brazos abiertos. Y si Tess no tiene ciudadanía australiana, también puedo arreglarlo. Su padre es australiano.
    – No sea ridícula -dijo Mike sin entonación-. No quiere venir a trabajar aquí. Ha venido a ver a su abuelo, eso es todo. Nosotros nos apañamos solos muy bien.
    – No, no estamos muy bien -dijo Maureen francamente-. Ahora no. Cuando comenzó aquí, se las arreglaba bien, debido a que la mayoría de los pacientes se iban a la ciudad a hacerse tratar. Ahora que saben que pueden tener tratamiento hospitalario y cuidados médicos de primer orden, ya no se van. Y cada día aumenta el número de los que vienen a tratarse aquí. Y eso hace que usted, doctor Llewellyn, esté de trabajo hasta las cejas.
    – El trabajo no me molesta.
    – A corto plazo, quizás no, pero a largo plazo… Necesita un poco de vida social.
    – Ya tengo vida social.
    – Sí… sí… -se burló cariñosamente Maureen y su cara maternal adoptó expresión de regañina-. Sabe perfectamente que no ha tenido tiempo para echarse una novia desde que volvió al valle, y a su edad…
    – Maureen, no necesito novia.
    – Por supuesto que sí -sonrió-. Y, desde luego que necesita otro médico. Y aquí está esa Tessa. No la conozco todavía, pero si me puedo fiar de lo que ha dicho Bill… Bien, quizás pueda matar dos pájaros de un tiro. Novia y socia todo en una. ¿No quiere que llame al colegio de médicos?
    – No.
    – Es una pena. Y ahora viene el fin de semana. Sin embargo… -su sonrisa se amplió-. Supongo que podrá esperar hasta el lunes.
    – Tampoco sucederá el lunes.
    – Ya veremos -dijo ella-. Según Bill, es una señorita muy decidida. Como una topadora, dice. Ah, por cierto… -haciendo un esfuerzo, volvió a su trabajo.
    – ¿Sí?
    – Hablando de vida amorosa, hay una llamada de Liz Hayes. Lleva toda la semana tratando de ponerse en contacto con usted.
    – Liz -frunció el ceño, tratando de concentrarse en algo que no fuese Tessa. Liz era la ingeniera del condado-. ¿Qué quiere Liz?
    – Quiere llevarlo al baile del condado mañana por la noche.
    – El baile…
    – Tiene que ir -dijo Maureen con paciencia-. Todo el mundo va a ir. Se lo apunté en la agenda el mes pasado.
    – Sí. Es verdad.
    – Liz dice que lo espera allí y que en la cena estarán sentados juntos. Es la mesa del presidente del condado. Ah, y dice que si puede encontrar un momento para bailar una o dos piezas con ella, estará de lo más agradecida.
    Maureen suspiró mientras lo miraba pensárselo. Las chicas del valle ya sabían qué esperar de Mike. Les daba un cierto prestigio social salir con él una noche, pero si la chica esperaba a que él la pasara a buscar, se arriesgaba a llegar dos horas tarde. Siempre había un imperativo médico. E incluso cuando él aparecía, siempre había el riesgo de encontrarse el asiento ocupado por un rollizo perro marrón y blanco.
    Sin embargo, seguían intentándolo. Era una pareja de baile fantástica, y si tenían la suerte de que su teléfono no sonase y que el perro no estuviese con él, cabía la posibilidad de que las llevase a casa en el fantástico Aston Martin y quizás un beso…
    Pero nada más.
    – Sí, tiene razón. El consejo del condado apoya al hospital -dijo abstraído-, así que tengo que ir al baile. Dígale a Liz que está bien, que me encontraré con ella allí.
    – ¿No le gustaría llamarla y decírselo usted en persona?
    – ¿Por qué? -preguntó, frunciendo las cejas mientras miraba la lista de visitas que tenía que hacer.
    – Porque un día de éstos no querrá que su secretaria le organice la vida amorosa -le respondió.
    – ¿Y por qué iba a cambiar ahora? -sonrió y se metió la lista en el bolsillo-. Se le da muy bien. Mi vida amorosa es totalmente satisfactoria gracias a usted, Maureen.
    Se inclinó y le dio un beso en la cabeza y se fue a su Aston Martin que, aparte de Strop, era el amor de su vida, el único amor de su vida. Tenía que hacer las visitas.

    No llegó al hospital hasta las diez de la noche y comenzaba a sentir el cansancio. Lo cierto era que estaba molido.
    Strop ya estaba dormido y sin ningún interés de preguntarle cómo le había ido.
    – Quién tuviera la mitad de tu suerte -le dijo al perro, que ni se inmutó.
    Hizo la ronda de las habitaciones, controló el progreso de sus enfermos y cambió algunos tratamientos con el personal nocturno. Dejó a Henry para el final, ya que no estaba preocupado por él en absoluto. Cada vez que había llamado por teléfono le habían asegurado que estaba bien.
    Abrió la puerta de la habitación suavemente y tuvo que tragarse la desilusión. Louise, una enfermera joven, estaba con el anciano, pero Tess no se hallaba allí.
    – Parece que todo va bien, doctor -le dijo Louise, alcanzándole la gráfica de observación-. El señor Westcott está despierto.
    – Conque sí, ¿eh, Henry? -dijo Mike sonriente y se dirigió a la cama. El viejo rostro de Henry se veía consumido y flaco contra la blancura de la sábana, pero en la débil luz de la lámpara sus ojos hundidos lo miraban con aguda inteligencia.
    – Mike…
    Mike le agarró la mano.
    – Bienvenido a la tierra de los vivos, señor -le dijo en voz baja.
    – Fue gracias a ti.
    La voz de Henry era sorprendentemente fuerte, considerando las circunstancias. Mike se sintió inundado de alivio. Cielos, después de lo que había pasado, el anciano era un hueso duro de roer.
    – Su rescate se debe a su nieta -le dijo-. Tessa es una señorita decidida.
    – Sí que lo es. Mi Tess… -dijo Henry y cerró los ojos durante un largo rato. Mike pensó que se había dormido, pero la mano que apretaba la suya se mantenía firme.
    – Tess dice que tiene intención de quedarse -dijo Henry.
    – ¿Ah, sí?
    – Dice que ha renunciado a su puesto en los Estados Unidos -susurró Henry preocupado-. ¿No le darías trabajo?
    Silencio.
    – Es un poco precipitado -dijo Mike finalmente-. Habrá tiempo, señor, para tomar decisiones con respecto al futuro cuando esté recuperándose.
    – Pero quiero saberlo ahora -se angustió Henry y Mike sintió cómo se le aceleraba el pulso-. He estado pensando. Tendría que haberme muerto en esa maldita cueva. Ya no me queda nada y el cuerpo me está fallando. Pero si Tess volviese…
    – Tess tiene su vida en los Estados Unidos.
    – Ella dice que se quiere quedar -le dijo Henry y la enfermera le lanzó una mirada asustada a Mike. El anciano se estaba agitando, y eso era lo que peor le sentaba en ese momento.
    Mike lo sabía, pero hacer una promesa de ese calibre para calmarlo…
    – Tienes que ver su curriculum -la voz del anciano se hacía más débil. Se hacía más difícil comprender lo que decía-. No te lo pediría si no sirviese para nada, pero… es una buena chica, mi Tess. Si lo sabré yo. ¿Mirarás su curriculum?
    – Lo miraré -dijo, haciendo un esfuerzo.
    – Y si es bueno, ¿le darás trabajo?
    – No puedo prometerle nada -le dijo Mike-. No estoy seguro de que necesitemos otro doctor.
    – ¿Qué no necesitamos…? -interrumpió Louise, sin poder quedarse callada un minuto más- Por supuesto que necesitamos otro médico. Si la doctora Westcott quisiese trabajar aquí…
    – Dime que lo intentarás -rogó Henry-. Mike, ¿qué dices?
    – De acuerdo, entonces -dijo él finalmente-. Si eso es lo que Tess quiere, lo intentaremos.

* * *

    Mike estaba muerto de hambre.
    Salió de la habitación de Henry con la cabeza hecha un lío, pero el hambre ganó la batalla. Ya eran las once de la noche y no había comido más que un par de galletas desde el desayuno. Necesitaba dormir desesperadamente, pero antes tenía que comer.
    Se metió en la oscura y desierta cocina y en diez minutos se había hecho unos huevos, panceta y pan frito. A la porra con el colesterol. De no ser por los huevos con panceta, ya se habría muerto de hambre.
    Se sentó a la mesa y había comido dos bocados cuando apareció Tess.
    Era una Tess distinta.
    Esa vez llevaba una bata roja, y el pelo era una masa de rizos que le caía en cascada sobre los hombros. Llevaba los pies descalzos y las uñas pintadas de azul con una estrellita dorada en cada una.
    Ella le siguió la mirada de asombro y esbozó una sonrisa. Se derrumbó en una silla a su lado, puso el dedo gordo del pie sobre la mesa para que él lo inspeccionara, y lo movió delante de sus ojos.
    – ¿Te gustan mis uñas? -preguntó, subiendo los dos pies a la mesa y moviendo los dedos- A mí, sí. Me levantan el ánimo. Me llevó siglos hacerlo. ¿Quieres que te pinte las tuyas? Así podrás ver cuánto tiempo lleva.
    Él metió los pies protegidos por las botas debajo de la mesa y logró sonreír. ¡Diablos! Aquella chica le quitaba el aliento.
    – No. Muchas gracias, pero no.
    – Qué educado. Cobarde pero educado. ¿Dónde está tu perro?
    – Dormido.
    – Eso es lo que tendrías que estar haciendo tú -dijo ella con sensatez-. El abuelo dice que me ofreces un trabajo.
    Él se quedó sin aliento.
    – Sigue comiendo, tranquilo. No te quiero interrumpir. Acabo de despertarme, así que fui a ver al abuelo. Está casi dormido, pero me dijo que me ofrecías un trabajo. Louise dice que es verdad y que estabas aquí y que te tomase la palabra antes de que pudieses cambiar de opinión.
    – Muy ingeniosa, Louise -dijo, furioso, mientras se metía un bocado.
    – Una chica encantadora. ¿Sabes que su madre tiene un ataque de asma cada vez que un chico se acerca a su hija?
    – ¿Cómo demonios sabes eso?
    – Ella me lo ha dicho.
    – ¿Por qué?
    – Porque yo le he preguntado. Veo que me necesitan por aquí, doctor Llewellyn, aunque sólo sea para hacer algo por el asma de la señora Havelock.
    – El asma de la señora Havelock está bien.
    – ¿Son sólo imaginaciones suyas?
    – No, pero la utiliza como…
    – Como arma. Me lo imaginaba. Pero, ¿qué has hecho al respecto?
    – Nada -dijo, más molesto de lo que hubiese querido-. No es de mi incumbencia.
    – Sí que lo es. Louise está deprimida y apuesto que Louise es tu paciente también.
    – Sí, pero…
    – No tienes tiempo de ocuparte del bienestar psicológico de tus pacientes -dijo Tess, asintiendo con la cabeza comprensivamente y mirándose las uñas de los pies-. ¿Sabes?, creo que a Louise le irían bien unas estrellitas doradas. Creo que se lo sugeriré. Y mañana…
    – ¿Mañana? -escuchó inquieto. ¿Con qué saldría ahora?
    – Harvey Begg le ha pedido a Louise que vaya con él al baile del condado mañana por la noche. ¿Harvey es un buen partido?
    Mike parpadeó. Las conversaciones con Tessa eran totalmente impredecibles. Nunca sabías con qué iba a salir en el siguiente instante. Harvey Begg…
    – Supongo que se podría decir que sí -logró sonreír-. Es el contable local. Es una persona sólida, en todo el sentido de la palabra. Se está quedando calvo. Tiene treinta y pico, conduce un Volvo y juega al cribbage.
    – ¡Puaj! -arrugó Tessa la nariz- No es la horma de mi zapato. Sin embargo… -sonrió- parece que Louise está enamoradísima. Nunca falta un roto para un descosido, digo yo, y quizás el cribbage tenga un encanto escondido que yo no he sabido apreciar. ¡Y los asientos traseros de los Volvos son enormes!
    – ¡Tess!
    – Bueno, quizás no tanto -rió ella-. Pero Louise tendrá oportunidad de averiguarlo mañana. He quedado para hacer de canguro de su madre.
    – Tú…
    – El abuelo estará aún internado -dijo, y se puso seria un instante-. No me puedo seguir quedando aquí, ocupando una cama del hospital. Así es que mañana por la noche me quedaré en casa de Louise. Su madre puede pensar que ella me está haciendo un favor al ofrecerme alojamiento, pero Louise podrá ir al baile. Y luego…
    – ¿Luego qué? -preguntó Mike, comiendo como si tuviera puesto el piloto automático. Se sentía como arrastrado por una ola.
    – Luego volveré a la granja y me quedaré allí hasta que el abuelo llegue a casa.
    – ¿Dices en serio lo de quedarte?
    – Totalmente.
    Mike titubeó, sin saber cómo seguir.
    – Y… ¿es verdad que querrías un empleo?
    La cara se le iluminó.
    – Desde luego -dijo, mirándolo a los ojos. Había decisión en ellos-. Mike, el abuelo se sentirá culpable si me quedo sólo a cuidarlo. Sería mucho mejor si pudiese combinar la medicina con su cuidado.
    – ¿Durante cuánto tiempo?
    – El que haga falta.
    – Tess, podrían ser años. No hay garantía de que Henry se recupere lo suficiente para ocuparse de la granja nuevamente. Nunca.
    – Ya lo sé.
    – Entonces, ¿qué harás?
    – Si tú estás de acuerdo, lo llevaré de vuelta a su granja y trataré de hacerlo feliz los últimos días de su vida -dijo simplemente-. Si puedo practicar la medicina aquí, todo encaja perfectamente. Si el abuelo necesita un peón, yo podré pagarlo -titubeó y se mojó los labios con la lengua. El primer gesto de incertidumbre-. Si tú lo quieres.
    Si él lo quería… Miró a aquella mujer extraordinaria a través de la mesa, mientras trataba de imaginarse qué decir. Había irrumpido en su vida como una llamarada y desde entonces se sentía sin aliento, como si su mundo estuviese patas arriba.
    No quería. No quería a esa mujer que en menos de dos días había destruido el tranquilo ritmo de su vida. Para Mike Llewellyn, la vida era trabajo. La vida era la medicina y dedicación y cuidados. La vida no tenía nada que ver con pintarse estrellitas en las uñas de los pies.
    Pero…
    Pero el valle necesitaba otro médico desesperadamente. Había veces en que Mike se había visto forzado a no interrogar tan detalladamente como hubiese querido durante un chequeo, o cambiar un vendaje tres veces por semana en vez de todos los días. Y habría que iniciar un programa serio de vacunación y un programa de salud para la tercera edad.
    La ciudad necesitaba un doctor, pero no a aquella frívola y cotilla.
    – ¿Por qué no me quieres a mí? -le preguntó con curiosidad, observándole la cara- Louise dice que necesitas otro doctor. Todo el personal del hospital piensa lo mismo, todas las personas que conozco dicen que el valle necesita otro médico. ¿Es porque he estudiado en los Estados Unidos?
    – No.
    – ¿Es porque soy mujer, entonces?
    – ¡No!
    – Mira, lo de trabajar aquí va en serio -dijo ella con firmeza, dejando de sonreír. Apoyó las manos sobre la mesa y lo miró a los ojos-. Mike, soy una buena médica. Ya sé que mi experiencia es en medicina urbana, y que hay pilas de cosas que necesito aprender, pero estoy dispuesta a hacerlo y quiero intentarlo.
    – Pero… ¿por qué quieres irte de los Estados Unidos?
    – No quiero -dijo sin entonación en la voz-. Pero mi madre y yo siempre nos hemos sentido mal porque mi padre no quisiera volver y ella me ha educado pensando que soy mitad australiana. De esta forma… -suspiró y su voz se puso más seria-. Mike, ya te he dicho que me interesa la medicina familiar. En América, como internista, no me dejarían ver ni niños, ni traumas o ataques al corazón, o cirugía. Aquí… aquí puedo traer niños al mundo, escayolar huesos, aconsejar a Louise sobre su vida amorosa y ayudar a ancianos con problemas de próstata. No estaría sentada detrás de un escritorio recetando pastillas y firmando órdenes para ver especialistas.
    – Pero…
    – Y mamá me apoya en esto -dijo con firmeza-. Cien por cien. Es hija única y sus padres han muerto. Siempre ha sentido que el abuelo era nuestra única familia y no tendríamos que estar tan separados. Sospecho que si me quedo aquí ella se vendrá como una flecha, y eso es una preocupación, porque es más mandona que yo. Pero quiero quedarme. Sí que quiero. Así que contrátame.
    – Tess…
    – Ahora… mañana por la mañana -dijo suavemente, impidiéndole que la interrumpiera-. Louise dice que el sábado por la mañana hay consulta en la clínica. ¿Qué te parece si la atiendo yo contigo mirando?
    – Pero…
    – No sé lo que dice la ley, pero le podemos decir a los pacientes que no estoy colegiada, así que cualquier cosa que yo les diga será bajo tu responsabilidad…
    – ¿Ya lo tienes todo pensado, entonces?
    – Sí -levantó la barbilla, desafiante-. ¿Algún problema?
    Mike sabía que los doctores de hoy en día pretendían una infraestructura mayor, colegios privados para sus hijos, noches libres… Atraer a otro doctor al valle requería un milagro.
    Tenía un milagro frente a sus ojos. Un milagro que era un torbellino de energía, con uñas azules con estrellitas… No tenía que dejarla escapar.
    Eso era exactamente lo que quería, pensó de repente. Ése era el problema. Se hallaba sentado a su lado. Su bata era enorme y cálida y parecía un regalo envuelto en rojo.
    Estaba sentada, casi rozándole el hombro.
    Se echó atrás, notando de repente el contacto, y ella sonrió.
    – Oye, que no estoy dispuesta a seducirte, doctor Llewellyn -dijo suavemente-. Con un empleo me conformo -frunció el ceño-. ¿Por qué tan quisquilloso? ¿No serás gay, no?
    – ¡No!
    – Aja.
    – Aja, ¿qué? -lo miraba como si fuese una rana disecada, y él encontró la sensación enervante.
    – Aquí hay un problema, pero no sé exactamente cuál. Apuesto a que tienes un pasado -acabó, entusiasmada.
    – Un pasado…
    – Una vida amorosa profunda y misteriosa que desconocemos -sonrió otra vez-. Algo oscuro y secreto. ¿Tengo razón?
    – Doctora Westcott…
    – Aja, tengo razón -la sonrisa se amplió-. ¿Qué tal si me ocupo de buscarte una novia? Si el Volvo y el cribbage no funcionan, ¿qué tal Louise?
    – ¡Tessa! -explotó, pero no pudo evitar una carcajada. Aquella chica era incorregible, y le sonreía directamente.
    – Eso está mejor -aprobó-. Estás tan bien cuando sonríes.
    Quitó los pies locos de la mesa y se levantó.
    – ¿Qué le parece, doctor? ¿Puedo comenzar mi período de prueba mañana, señor, por favor? Y si crees que seré un buen doctor, ¿me puedo quedar?
    – Tessa…
    – Sólo di que sí -rogó-, así te puedes ir a la cama, que es donde deberías estar.
    – Tess…
    – Di que sí. ¡Seré buena y te atenderé los pacientes más difíciles, venga!
    No tenía elección. Se la quedó mirando durante un largo rato, pero estaba demasiado cansado, demasiado confundido para pensar en otra cosa que no fuera lo fantástica que era ella. Como hubiese querido tocar ese maravilloso pelo. Como deseaba…
    – Sí -dijo rápidamente, antes de que su traidora mente lo siguiera llevando-. De acuerdo. A partir de mañana, doctora Westcott, estás a prueba.

Capítulo 5

    El período de prueba de Tessa se inició quince minutos más tarde.
    – Doctor, hay un incendio en el hotel. Ha llamado Rachel, de los bomberos, que lo necesitan -despertó Louise a Mike con el teléfono cuando éste casi acababa de apoyar la cabeza en la almohada.
    – ¿Muy grave? -de repente, estaba totalmente despierto y el cansancio había desaparecido.
    – Rachel dice que hay gente atrapada -dijo Louise. La voz, normalmente calma, le temblaba-. Llamaré a todo el personal. Si usted va con la ambulancia, organizaré las cosas aquí.
    ¡Infiernos!
    Le llevó diez segundos ponerse los pantalones, el jersey y los zapatos y dejando a Strop dormido en su cesta, salió de su apartamento en la parte de atrás del hospital justo a tiempo para ver el segundo coche de bomberos pasar como una exhalación sonando la sirena.
    La ambulancia ya estaba retrocediendo en la entrada de emergencia.
    – ¿Qué llevamos, Doc? -gritó uno de los muchachos al ver su silueta dirigiéndose a ellos- ¿Algo extra?
    – Meted tanto suero como haya en la sala de emergencia y empapad unas mantas antes de salir. Dejadlas en el suelo de la furgoneta, bien empapadas.
    Ésta era justamente su pesadilla. Un accidente con múltiples víctimas y no contar con un equipo médico.
    – ¿Sabemos lo que pasa?
    – Raquel parecía descompuesta. Y ya conoce a Raquel. Si ella está preocupada, quiere decir que es grave -le respondió Owen, el jefe de la ambulancia.
    – De acuerdo. Vayamos a ver.
    – Yo también voy.
    Era Tessa. Había reemplazado la bata por pantalones negros y un jersey rojo. Se había recogido el cabello y se estaba poniendo las deportivas mientras corría.
    – Estaba charlando con Louise cuando entró la llamada. Pensé que me podías necesitar.
    Antes de que Mike pudiera articular palabra, se había subido a la parte de atrás de la ambulancia. Le quitó las bolsas de suero a Owen y las guardó, como si hubiese estado trabajando con él toda la vida. Luego miró la cara sorprendida de Mike.
    – Y, ¿qué esperamos?
    No había forma en que Mike pudiese discutir con ella. No había tiempo y si había muchas víctimas… lo cierto era que estaría agradecido de tener a Tessa. Estaría agradecido de tener un médico a su lado. Las palabras de Bill sobre Doris, la cerda, le volvieron a la mente.
    Pero, de repente, dio gracias por tener a Tess. ¿Por qué el pensamiento de ella a su lado hacía que el pensamiento de lo que se aproximaba era menos amenazador?
    Tess se movió hacia un costado para hacerle sitio y él se subió sin mediar palabra. Parecía que su colaboración médica estaba por comenzar.

    Mike se mantuvo silencioso los tres minutos que tardaron en llegar a la ciudad. Con la sirena, no podría haber hablado tampoco, pero mentalmente se estaba preparando para lo que se acercaba.
    Era medianoche. A esa hora de la noche el bar del hotel estaría cerrado, así que no habría gente de fuera, sólo los clientes del hotel.
    Por suerte, el hotel estaba bastante venido a menos y no tenía demasiados clientes, sólo uno o dos hombres que pagaban unos pocos dólares por un alojamiento mínimo y no pretendían demasiado.
    Mike sintió cómo Tess lo miraba, como si le leyese la mente. Estaba sentada tranquilamente en la camilla frente a la suya, con las manos en el regazo, esperando que la ambulancia llegase a su destino.
    Para ser una bola de fuego, era una mujer calmada, pensó Mike de repente. Sintió que ella lo apoyaría hasta el final. Se comportaba como una verdadera profesional y Mike sintió una abrumadora gratitud porque ella hubiese ido.
    El hotel estaba completamente encendido. El viejo edificio de dos pisos hacía años que no se pintaba. El verano había sido largo y caluroso. El tiempo más fresco que anunciaba la proximidad de invierno ya había llegado, pero había habido poca lluvia. El edificio estaba seco como la yesca. Una mirada le indicó a Mike que no había nada que los bomberos pudiesen salvar.
    ¿Y quién estaba dentro? ¿Podrían ayudarlos?
    Que no hubiera nadie, por favor, Dios…
    La ambulancia se detuvo junto a los coches de bomberos, con cuidado de dejar sitio para las mangueras y que los hombres circularan y Mike salió al ruido y el calor para ver en qué podía contribuir.
    Se había alejado un metro de la ambulancia cuando lo atajó Rachel Brini, la jefa de bomberos. Rachel era diminuta y dura, y más capaz que diez hombres.
    – Tengo a Les Crannond aquí para ti, Doc. Necesita que lo veas primero.
    Mike asintió. Les era el responsable del bar y si Rachel decía que había que verlo primero, así sería.
    – ¿Quemaduras?
    – Sí. Está en el suelo detrás del coche de bomberos. Tengo a los chicos rociándolo con agua. No creo que se muera, pero sus piernas… Los pantalones se le prendieron fuego cuando lo estábamos sacando.
    – ¿Qué más, Rachel?
    – Todavía, nada más. La mala suerte es que no podemos subir a la primera planta, que se está derrumbando. Les dice que quedan dos allí arriba, pero Dios los proteja si tiene razón.
    Y luego se dio la vuelta y comenzó a lanzar órdenes mientras corría hacia el incendio.
    Mike se dio vuelta también para encontrarse a Tess a su lado con los brazos llenos de mantas mojadas y el maletín de Mike.
    – Dime dónde hay que ir.
    No le respondió, sino que dio la vuelta al camión donde Raquel había dicho que encontraría a Les, dejando que Tess lo siguiese.
    Les estaba realmente mal. Estaba echado en la tierra con la cara gris de dolor y susto mientras uno de los bomberos le remojaba las piernas con agua. La tela de sus pantalones casi se había quemado por completo y Les parecía a punto del desmayo.
    – Continúa, Robby -le dijo al joven bombero-. Cuanto más agua le eches, más posibilidad habrá de que no tenga quemaduras de tercer grado.
    Poca gente sabía que aunque la causa de las quemaduras se hubiese retirado, la carne seguía quemándose. Veinte minutos seguidos refrescando era la regla de la medicina de urgencias.
    Se arrodilló junto a Les y Tessa se arrodilló a su lado. Mientras Mike levantaba la muñeca del herido para tomarle el pulso, ya que parecía que estaba al borde del colapso y un ataque cardíaco era una posibilidad, Tess abrió el maletín.
    – Tiene problemas de corazón -dijo Mike con brusquedad-. Tuvo un paro cardíaco hace dos años y le hicieron un bypass -las quemaduras eran graves, pero lo que más temía era un ataque al corazón.
    – ¿Quieres morfina? -preguntó Tess, asintiendo con los ojos clavados en la cara de Les. Si sufría del corazón además de las quemaduras y el colapso… La expresión de Tessa le indicó que sabía con lo que tendrían que vérselas.
    – Primero suero, luego morfina.
    – De acuerdo.
    Trabajaron con prisa y en silencio, y Mike se sintió nuevamente agradecido por la presencia de Tess. Los dos enfermeros de la ambulancia habían desaparecido, dejándole el enfermo grave a él y haciendo su propio reconocimiento para ver qué más había que hacer.
    Ésa era la forma en que generalmente trabajaban en las emergencias. Con sólo un médico en Bellanor, era imposible que Mike pudiese hacer una distribución de las prioridades en una emergencia. Los enfermeros se la hacían.
    Sin duda, en cuanto acabase con Les, le tendrían preparado más trabajo. Mike estaba acostumbrado a trabajar solo, pero tener a Tess a su lado era un regalo de Dios.
    El calor era indescriptible. Aunque sabían que ningún bombero saldría ileso, lo seguían intentando. Con el hotel tan cerca de los otros edificios, tenían que intentar contener el incendio, y contenerlo rápido.
    Además, había posibilidad de más gente dentro.
    Mike no quería ni pensarlo. Tess le alcanzó una jeringa. Él la agarró y mientras buscaba la vena, ella improvisó una sujeción para colgar el suero. Para cuando el suero comenzaba a gotear, la bolsa ya estaba colgada.
    No necesitó pedirle a Tess lo que necesitaba a continuación. Ella ya tenía la morfina preparada.
    Les masculló algo y movió los ojos. Mike estaba inyectándole la morfina, así que fue Tess quien levantó la muñeca de Les y le tomó el pulso. Se inclinó sobre él para poder oírlo sobre el ruido de las llamas y los gritos alrededor de ellos.
    – Calma, Les -le dijo con urgencia y suavidad a la vez-. Calma. Está fuera de peligro. El fuego está controlado. Tranquilícese. No luche más. Ahora nosotros estamos a cargo, no usted. El analgésico le hará efecto en un minuto, pero no quiero que luche más, relájese.
    Mike la miró sorprendido. Parecía tener todo bajo control…
    Pero, ¿qué esperaba? No lo sabía, pero ya sabía lo que tenía. Tessa parecía competente y segura de sí. Daba la impresión de que no había nada de lo que preocuparse.
    – Sam… -gimió Les- Fue Sam.
    – ¿Está Sam Fisher dentro?
    Les logró dar una cabezadita.
    – Imbécil. Le dije que no usara estufa, pero insiste en meterlas. Y luego bebe en la cama, se emborracha, le da calor y se quita las mantas.
    – Ya ha sucedido antes.
    – La semana pasada. Quemó un agujero enorme en el suelo antes de despertarse. Estuve a punto de echarlo entonces, pero me juró que no lo volvería a hacer.
    – Sam Fisher es alcohólico -le explicó Mike con cara seria a Tess-. Muchas veces se queda en el hotel. Se podría considerar su casa.
    Terminó de administrar la morfina y le tomó la mano. El joven bombero seguía mojándole las piernas suavemente y Mike le dio una orden silenciosa con los ojos de que continuara.
    – Ya estás bien, Les -le dijo al dueño del hotel-. Puede que Sam se haya causado la muerte, pero sabes que cuando caía en la cama su borrachera era tal que casi estaba paralítico. El humo habrá acabado con él antes de que se diese cuenta de nada.
    – Pero Hugh… -gimió Les- ¿lo recuerda, doctor? Mi sobrino, el que se casa la semana que viene con Doreen Hirrup. Vive en una granja a diez millas. Vino para el ensayo de boda y le di una habitación para que se quedase.
    – Oh, no…
    El segundo piso del hotel se desplomó con estrépito. Las llamaradas se elevaron rugientes y las chispas saltaron hacia el cielo.
    – Dios mío… -gimió Les, y la cara se le puso aún más gris.
    – Mike… -advirtió Tess. Si Les tenía una parada cardíaca allí… Mike le miró la cara e imaginó lo que ella pensaba. Quería los servicios de urgencias a los que estaba acostumbrada en los Estados Unidos. Quería un desfibrilador electrónico, un cardiólogo o seis disponibles…
    Ellos estaban solos con un bombero pálido que no era más que un niño que intentaba que la mano no le temblara mientras le echaba agua a las piernas de Les. Y eso era todo.
    Y luego se oyó otro grito detrás de ellos, distinto a las órdenes y gritos de los bomberos. Era una voz masculina, fuerte y llena de temor y estaba sin aliento, como si hubiese estado corriendo.
    – ¡Les! ¡Les! Dios mío, Les… ¿Ha visto alguien a mi tío?
    – ¡Hugh! ¡Hugh! -llamó Mike.
    Un joven alto y desgarbado se acercó tropezando hasta ellos, con la cara pálida de susto.
    – Doc, se trata de mi tío. ¿Lo ha visto? Les… Oh, Dios, ¿está allí?
    – Aquí está, Hugh -dijo Mike rudamente, empujando al chico hacia abajo para que Les pudiera verlo también-. Se ha quemado las piernas, pero está bien.
    – Oh, diablos, Les… -dijo el joven, rompiendo a llorar.

    Pasaron veinte minutos antes de que finalmente cargaran a Les en la ambulancia. Durante ese tiempo trataron a seis bomberos por inhalación de humo y daños en los ojos. Pero no hubo más tragedias que lamentar, así que Mike y Tess quedaron libres para llevarse a Les al hospital.
    Uno de los enfermeros de la ambulancia se quedó con un maletín de primeros auxilios, pero cualquier otro herido seguramente sería de poca importancia y podría ser llevado a Urgencias en un coche normal. Sam Fisher no había aparecido, pero nadie esperaba un milagro.
    Hugh fue al hospital con su tío.
    El chico miró las piernas de su tío. Ya sabían que se las había quemado tratando de subir las escaleras intentando llegar hasta su sobrino.
    – No le dije que saldría -murmuró Hugh-. Nuestras familias son tan correctas… la habitación de Doreen da al jardín, así que cuando sus padres se fueron a dormir yo volví a entrar… -se puso a la defensiva-. Nos casamos la semana que viene. Pero luego oímos las sirenas y Doreen se asomó y vio que el hotel estaba en llamas, así que viene lo más rápido que pude.
    – Mira que tratar de sacarme… -dijo, apoyándole la mano en el hombro a su tío.
    – Hubiera tratado igual de sacar a Sam, que estaba al lado de tu habitación -gruñó Les, agarrándole la mano-. Me habría quemado de todas formas. No ha sido culpa tuya, Hugh. Y podré ir a tu boda, ya lo verás.
    Tess le miró las piernas chamuscadas e hizo un gesto de dolor. Difícil. Les tenía meses de transplantes por delante.
    En cuanto llegaron al hospital, trataron de estabilizar a Les, pero poco podían hacer por sus quemaduras en Bellanor. Mike organizó su evacuación en helicóptero.
    Cuatro horas más tarde Hugh se fue con él y el equipo médico.
    – No puedo sacarme de la cabeza que lo ha hecho por mí -explicó al irse-. Y no tiene mujer o hijos que se ocupen de él. Sólo estoy yo. Yo lo cuidaré.
    – Probablemente sea verdad -dijo Mike mientras se dirigía a la cola de bomberos esperando que los atendieran, la mayoría de heridas leves en los ojos. Dios Santo, estaba cansado, pero también era tristeza lo que lo invadía-. Y Hugh lo sabe. Dudo que Les se hubiera lanzado a atravesar una cortina de llamas para salvar a Sam.
    – No lo pienses más -dijo Tess, apoyándole la mano en el brazo-. Lo hecho, hecho está. Nuestro trabajo es tratar de hacerlo lo mejor que podamos.
    Gracias a Dios que Tessa estaba allí. Hacía que su cansancio y su tristeza fueran un poco más soportables.
    Trabajaron codo con codo, lavando ojos y tratando a un bombero tras otro por quemaduras de menor grado. El incendio había sido un infierno y los hombres habían corrido graves riesgos para sacar a Les. A las tres de la mañana, Mike estaba tan exhausto que apenas se podía mantener en pie. Si Tess no hubiese estado allí…
    – Ya te puedes ir a la cama -le dijo cuando el último paciente desapareció en la noche.
    – No.
    – ¿No?
    – Yo he dormido siesta. Estoy perfectamente. Tú estás exhausto -dijo ella suavemente-. Vete a la cama.
    La cama. ¡Ja! ¿Cómo podía irse a la cama?
    – Los chicos de la ambulancia todavía están trabajando. Habrá más gente que ver antes de que amanezca.
    – Los puedo ver yo.
    – Tú no estás…
    – ¿No tengo permiso para ejercer la medicina aquí? -se irguió cuan alta era y le echó una mirada furiosa-. No, ya sé que no. Pero permítame que le diga algo, doctor Llewellyn. Preferiría ser atendida por un doctor sin colegiar que por uno que lleva días sin dormir. Habría que ponerte un sello que dijera: «Este médico no ha dormido el número requerido de horas», como hacen con los camioneros en mi país. Así que considérate sellado, doctor Llewellyn. Vete a la cama.
    – No puedo.
    – ¡Vete! -le puso las manos en los hombros y lo empujó, una turbina roja que lo llevaba por el corredor-. A menos que creas que soy incapaz, que no lo soy. Si quiero hacer algo realmente difícil, como un poquito de neurocirugía, te llamaré. Te lo prometo.
    – Tess…
    Ella se ablandó un poco entonces y le sonrió, y su sonrisa le hizo sentir algo raro dentro. Qué extraño.
    – De acuerdo. Te llamaré por cosas menos complicadas que la neurocirugía. Por cualquier cosa que me puedan llevar a juicio si meto la pata. Te lo prometo. Pero ahora vete a la cama. Por favor, Mike.
    Todavía le tenía las manos apoyadas en los hombros. Bajó la vista hasta ella y la sensación se hizo más y más intensa. ¿Qué pasaba?
    No tenía ni idea. Sin embargo, lo que importaba era que… Diablos, tenía razón.
    Si no dormía un poco se iba a caer redondo. Seguro que era la falta de sueño la que lo hacía sentir tan raro. ¿Qué otra cosa podía ser?
    – De acuerdo -dijo, y la voz le salió sin ninguna emoción, exactamente opuesta a lo que sentía. Pero no se podía mantener de pie ni un minuto más-. De acuerdo, doctora Westcott. Me iré a la cama.
    Y, sin saber cómo, logró separarse de sus manos y girar para el otro lado y dar unos cuantos pasos para echar a andar por el pasillo.
    Cuando lo único que quería hacer era estrecharla en sus brazos y besarla.

Capítulo 6

    Mike durmió hasta las once de la mañana siguiente. Abrió los ojos y se quedó mirando el reloj. ¿Qué cuernos…?
    Salió de la cama de un salto y luego hizo una pausa al oír un golpe en la puerta de entrada del apartamento. Eso debió de ser lo que lo había despertado. Se metió bajo la sábana nuevamente y dos segundos más tarde la puerta del dormitorio se abrió y Tess apareció. Al ver que él estaba despierto, sonrió.
    – Buenos días.
    – ¿Te gusta mi traje de novia? -dio una vuelta con la bandeja en la mano para que él la inspeccionara. Estaba vestida de blanco de pies a cabeza, como una eficiente médica. Hasta llevaba el pelo atado con un gran lazo blanco.
    ¡Estaba genial!
    También olía genial, porque en la bandeja llevaba huevos fritos con panceta, tostadas y humeante café. Parecía que hacía un siglo que no comía.
    – Aquí tienes el desayuno -dijo ella alegremente-. Si lo dejo un poco más tarde, habría sido comida. Y éste es el último huevo que puede comer esta semana. Si a usted no le preocupa el colesterol, a mí sí.
    – Pero… -la miró y luego miró el reloj. Se habría parado, porque él lo había puesto a las seis.
    – Lo apagué -dijo Tess, sonriendo como si le hubiese hecho un favor.
    – Tú…
    – Me asomé a las cinco para ver si estabas dormido -le dijo-. No sé quién dormía más, si tú o Strop. Miré la hora que habías puesto al reloj. ¡Seis de la mañana! ¿Estás loco? Lo apagué -su sonrisa se hizo más amplia-. ¿No estás contento de que lo haya hecho?
    – No -dijo él secamente, cubriéndose con la sábana. ¿Por qué no usaría pijama?-. No estoy contento. Tengo consulta. Los sábados por la mañana son una locura.
    – No estoy de acuerdo.
    – ¿Qué quieres decir con eso?
    – Que acabo de pasarte la consulta -respondió ella-. Por eso estoy vestida así, no como tú, que vas muy informal, debo decir -él se comenzó a ruborizar, pero ella continuó como si nada-. Pensé que tenía que dar una buena impresión antes de que me conocieran de veras. Y no ha sido una locura en absoluto. Ha sido de lo más divertido. He conocido a un montón de gente de lo más agradable.
    – ¿Qué…? -sacudió la cabeza, tratando de despertarse. Parecía un sueño-. ¿Qué has visto? ¿A quién…?
    – Un montón de cosas -dijo Tessa, acercando una silla y sentándose junto a la cama-. Un montón de gente. Cómete el desayuno, que se enfría -sirvió dos tazas de café y se arrellanó en la silla, igual que una visita que no piensa irse del hospital hasta que la echen. Mike se sintió más raro todavía.
    – Vi la rodilla artrítica de la señora Dingle -le contó, como si realmente le encantase la sensación-. Le saqué los puntos a Susie Hearn. Escuché los silbidos de pecho de Bert Sharey y le di una regañina sobre los problemas de fumar demasiado. Le dije a Caroline Robertson que está embarazada y luego se lo tuve que decir a su marido también porque llevan tanto intentándolo que no me creían.
    – ¿Caroline Robertson está embarazada?
    – De tres meses, más o menos. Le hice un examen completo y todo está bien -respondió ella serenamente.
    – Pero… -sacudió Mike la cabeza incrédulo-, los Robertson han tratado todos los tratamientos que se conocen. En enero dejaron de intentarlo y se pusieron en la lista de adopción.
    – Pues, parece que no lo dejaron del todo -sonrió ella, y luego intentó concentrarse nuevamente-. ¿Quién más? No me acuerdo. Hubo pilas de pacientes. Te he dejado sus fichas sobre el escritorio para que las mires. También tienes que pasarte por la farmacia para firmar las recetas, por favor. También vi a los pacientes del hospital, incluido al abuelo.
    – ¿Está bien?
    – Sí. Sus electrolitos están casi normales y hay función nerviosa en todo el lado afectado. Y está encantado de que yo trabaje aquí -sonrió con placer-. Yo también, así que somos dos. ¿Y tú, qué tal, doctor Llewellyn?, ¿estás contento de tenerme trabajando aquí?
    – Parece que no tengo más alternativa -dijo lentamente, masticando una tostada sin darse cuenta. Dios, qué bien se sentía. Raro, pero bien. Un buen sueño seguido de desayuno… El peso gris del cansancio que arrastraba había desaparecido y se sentía diez años más joven. Se encontraba confundido, pero al menos no se sentía agotado como antes-. ¿Hay algo que no hayas hecho?
    – Sí, pero… no todo ha sido bueno -la sonrisa de Tess desapareció-. Fui hasta lo que queda del hotel a eso de las siete. Estaban removiendo los escombros y he identificado unos restos humanos. He organizado que los trasladen a la morgue, pero… -se encogió de hombros- me temo que tú tendrás que identificar a Sam, Mike. Tendrás que ver su historial dental… no lo sé. Me gustaría habértelo evitado, pero…
    – ¡Cielos! Bastante has hecho ya.
    – No -negó Tess con la cabeza-. ¡Qué va! -cruzó las manos con la misma tranquilidad que había visto la noche anterior en la ambulancia y su cara se llenó de entusiasmo-. Mike, cuanto más veo, más segura estoy de que ésta es la medicina que quiero hacer. En Estados Unidos jamás habría visto en una mañana todo lo que he visto hoy.
    – Puede ser bastante estresante -le dijo Mike-. Y atemorizante. Y, a veces, los dos. Tienes que tratar toses, resfriados y problemas personales de la gente, además de traumatismos, todo el mismo día…
    Ella se mordió el labio y se lo pensó, y cuando asintió, él supo que estaba segura.
    – Ya lo sé. Sé que puede ser terrible y que puede ser cansado -dijo finalmente-, pero esto es lo que quiero. Con o sin período de pruebas, quiero trabajar aquí, Mike. Al margen de lo del abuelo. Aquí es donde quiero estar.
    – Tessa… -se la quedó mirando, desconcertado. No la conocía en lo más mínimo. Parecía tan segura, pero él no se encontraba seguro en absoluto. Todo lo que sabía de esa mujer lo paralizaba de miedo.
    – Te estoy presionando -dijo ella suavemente, poniéndose de pie-. Acaba el desayuno, tómate otra taza de café, y piénsatelo. Estás de guardia en el hospital durante el siguiente par de horas. Ése es otro motivo por el que te llamo ahora. Me han invitado a un partido de fútbol esta tarde y, antes de ir, tengo que hacer una visita obstétrica a domicilio.
    – ¿Una visita…?
    – A Doris, la cerda -dijo ella alegremente-. Creo que Doris ya puede recibir visitas. Me llevaré la Polaroid para tomarles unas fotografías a los cerditos para mostrárselos al abuelo. ¿Quieres que le dé recuerdos tuyos?
    Lo dejó desayunando. Jamás en su vida se había sentido tan aturdido.

    El día pasó como en un sueño.
    Mike no recordaba cuánto hacía que tenía tan poco que hacer. Miró las historias clínicas que Tess le había dejado y no encontró nada de lo que quejarse. Había sido concienzuda y cuidadosa, y no había hecho nada que él no hubiera hecho. Luego sacó a Strop a dar un paseo hasta la farmacia para firmar las recetas que Tess le había pedido.
    – Su nueva socia es una chica estupenda -le dijo Ralph, el farmacéutico del pueblo-. Nuestra Wendy fue a la consulta esta mañana toda consternada porque su período es irregular. Lo tiene cada dos meses y cuando se enteró de que había una doctora, se fue corriendo a verla.
    El farmacéutico metió las manos en los bolsillos de la bata blanca y suspiró.
    – Una doctora -dijo satisfecho-. Eso es lo que el pueblo necesita. Además… -esbozó una sonrisa-, le puedo leer la letra. Pues bien, Wendy volvió a casa hecha unas pascuas. La doctora Westcott le ha dicho que es la chica más afortunada del distrito, porque tiene el período cada dos meses. Su madre se lo lleva diciendo hace tiempo, pero su doctora ha solucionado el problema. Una doctora con letra legible. Hágala firmar el contrato enseguida, doctor.
    Mike salió de la farmacia con una sensación de irrealidad.
    Se oían las bocinas de los coches junto al río y miró el reloj. Era media tarde. El partido estaría en pleno apogeo.
    «Me han invitado a un partido de fútbol…»
    Hizo una pausa indecisa. Tenía el teléfono móvil. Seguro que en cualquier momento lo llamaban. El juego en Bellanor era bastante duro.
    – ¿Qué te parece, Strop?, ¿tienes ganas de ir al partido?
    Caminó los doscientos metros hasta el campo de fútbol, diciéndose todo el tiempo que lo hacía para ahorrarles a los jugadores tener que ir a urgencias.
    El juego, fútbol australiano, era a la orilla del río. Con cuatro postes se había marcado el campo y en ambos extremos habían erigido las tiendas para los jugadores. También había una tienda para cerveza y pastel. Eso era todo. Como estadio, dejaba mucho que desear, pero lo que los hinchas no tenían en instalaciones, lo suplían con el entusiasmo.
    Había coches aparcados alrededor del campo. Los sábados por la tarde el fútbol era un ritual en el pueblo. Las mujeres miraban desde los coches, con termos y cestas de pic-nic en los asientos. Muchos habían viajado desde granjas circundantes y ése era su contacto con el mundo. Sólo se daba uno cuenta de que estaban mirando cuando metían un gol, porque las bocinas sonaban en todos los coches.
    Los hombres no necesitaban el calor de los coches, eso era de mujeres. La población masculina de Bellanor se pasaba el partido alrededor de la tienda-bar. Alrededor de cien hombres que se desparramaban a su alrededor, no demasiado lejos para la siguiente ronda.
    El resto del perímetro era para los niños y los adolescentes.
    – No comas demasiado -dijo Mike, soltando a Strop de la correa.
    Strop meneó el rabo con altanería y se fue meneándose a la tienda-bar.
    Mike se acercó al campo, recorriendo su perímetro para acercarse a la tienda de los jugadores. Allí era donde lo necesitarían, se dijo, tratando de no buscar a Tessa.
    Pero la encontró. Estaba sentada en el capó del coche de Alf Starret, en medio de un grupo de adolescentes. Alf era un fanático de los coches, que abrillantaba su Holden dos veces por semana y que no dejaba que nadie se le acercara a menos de dos metros, pero Tessa estaba sentada en él, charlando y riéndose, como si ella también tuviese diecinueve años y conociese a aquellos chicos de toda la vida. Estaba vestida de violeta fosforescente y amarillo brillante con una gorra llena de pompones y entre el rojiblanco y el rojinegro de los dos equipos era imposible no verla.
    – Mike. Ven aquí -lo llamó ella en cuanto lo vio-. ¿No es un juego de lo más increíble? Los chicos me han estado enseñando las reglas, pero creo que hay que ser australiano de tercera generación para entenderlas. ¿Por qué no llevas los colores de tu equipo? Y nosotros, ¿de quién somos hinchas?
    – ¿De quién…?
    – Los chicos dicen que tengo que elegir, y que tengo que hacerlo ahora, que no puedo quedarme en la ciudad sin decidirme por alguno de los equipos de Bellanor. El único problema es, ¿cuál elijo?, ¿Bellanor Sur o Bellanor Norte? -miró las caras de los divertidos chicos que la rodeaban-. Las opiniones parecen estar empatadas y, como el abuelo odia el fútbol, pensé que si tú y yo queremos ser socios, entonces tendré que ser del mismo club que tú. Los chicos dicen que si no, nos pelearemos.
    Si querían ser socios…
    Por un instante pensó en cómo siempre se había imaginado a su socio. Pensaba en un doctor cuarentón, responsable y sobrio, no en aquella aparición color violeta y amarillo.
    – Jancourt -dijo débilmente, porque fue lo primero que se le ocurrió, lo que hizo elevarse un coro de protestas entre los chicos.
    – ¿Sí? -preguntó Tessa, sin alterarse ante la reacción de los adolescentes. Miró a Mike con ojos chispeantes y asintió con la cabeza-. De acuerdo. Si tú lo dices, Mike, elegiré Jancourt. Cuéntame sobre nuestro equipo.
    – Pero Jancourt es un desastre -interrumpió Alf-. No lo haga, doctor. Jancourt es el equipo peor de todos. Pierden todas las semanas.
    – Jancourt es más un nombre que un sitio -asintió Mike-. Casi no logran reunir los dieciocho hombres. A veces incluso tienen que jugar con seis hombres de menos y la línea de atrás tiene una edad promedio de sesenta años.
    – Me gusta como equipo -dijo Tessa con aplomo, y Mike sonrió.
    – Si te haces del Bellanor Norte o Sur, los lunes por la mañana la mitad de la población te mirará como si fuese tu culpa que ellos se sientan mal. Si te haces del Jancourt, pues… lo único que inspirarás los lunes por la mañana será conmiseración.
    – Muy sensata elección, entonces -pareció perfectamente satisfecha con la lógica del razonamiento-. ¿Cuáles son nuestros colores?
    – Lo siento, Tessa, no son púrpura y amarillo.
    – ¡Porras! Estos son los colores de mi equipo en casa. Los Vikingos.
    – Son un poco llamativos -dijo Mike débilmente, y la sonrisa de Tessa se amplió.
    – ¿Llamativos? ¿Quieres algo llamativo? ¡El verdadero uniforme de Los Vikingos tiene un sombrero con cuernos! ¿Cuáles son los colores del Jancourt?
    – Crema y marrón.
    – ¡Puaj! -exclamó Tessa, arrugando la nariz del disgusto. Luego se encogió de hombros- No importa. Me encantan el púrpura y el amarillo, pero no se puede tener todo en esta vida -la sonrisa volvió a iluminarle la cara y Mike se la quedó mirando.
    Parecía haber vivido allí toda su vida, como si no hubiese nada mejor en la vida que sentarse en un día de frío viento en el capó de una antigualla vitoreando el partido de un deporte cuyas reglas no comprendía.
    Tess estaba con los chicos más populares del pueblo y había más adolescentes acercándose al grupo todo el rato. Al día siguiente se habría corrido la voz de que había una doctora en el pueblo que era fantástica.
    – ¡Oh, diablos!
    Hubo un súbito aullido de la multitud. Uno de los jugadores se había caído y se apretaba la rodilla desesperado de dolor.
    – Se acabó la tranquilidad -suspiró Mike, resignado- Te dejo con tus amigos, doctora Westcott.
    – ¡Eh, que yo también voy! -exclamó ella, deslizándose del coche y enlazando su brazo con el de él-. Soy tu socia, ¿recuerdas? Además, siempre he soñado con entrar al campo corriendo cuando se lastima un jugador. O como en las películas, cuando dicen, «¿Hay un médico en la sala?»
    – La última vez que entré en el campo me pegaron en la cara con el balón -dijo Mike, increíblemente consciente de su brazo. Le hacía sentir que cada nervio de su cuerpo estaba alerta, pero no quería parecer grosero y retirarlo-. El jugador sólo tenía una rodilla magullada, pero yo acabé con la nariz sangrando y un ojo negro. Por eso, lamento desilusionarte, pero no entraremos en el campo.
    – ¿Dónde lo atenderemos?
    – En la tienda roja, que es la de su equipo, ¿ves la camiseta?
    – Oh, cierto, trataré de recordarlo.

    Jason Keeling se apretaba la pierna, desesperado de dolor. Estaba casi en posición fetal sobre el banco, agarrándose la pierna y jurando como si su vida dependiese de ello.
    – ¡Eh, no conozco ni la mitad de esas palabras! -dijo Tess, mirándolo con franca admiración y Jason se quedó tan aturdido que se olvidó de jurar momentáneamente. La miró y se relajó un poco.
    – ¿Quién diablos eres?
    – Soy la mitad del equipo médico de Bellanor -dijo bromeando-. La parte mejor. Muéstranos tu pierna, Jason.
    Y Jason se quedó tan asombrado que quitó las manos de la pierna. Mike comenzó a revisarlo antes de que pudiera volver a ponerlas, sujetándole la pierna y extendiéndola suavemente.
    – ¿Qué quieres decir con eso? -exigió Jason. Los entrenadores del equipo miraban a Tess como si fuese una extraterrestre y Jason también. Era como si Mike no existiera.
    – Soy médico -rió ella mientras miraba a su alrededor las caras asombradas de los hombres-. Lo creas o no, eso es lo que soy. ¿Cuál es el problema, doctor Llewellyn?, ¿cree que tenemos que amputar? ¿Quiere que lo sujete mientras usted se la corta?
    – Me parece que podremos arreglarnos sin amputar -sonrió Mike. Examinar a Jason cuando estaba herido era generalmente una pesadilla, pero ella había logrado que él estuviese totalmente silencioso-. ¿Qué sucedió, Jason?
    – Estaba corriendo -murmuró Jason-, y sentí como si algo se hubiese soltado, como un disparo -seguía mirando a Tessa, fascinado.
    Mike asintió con la cabeza, tocándolo encima del tobillo. Sus sospechas se veían confirmadas. Notaba perfectamente un bulto.
    – ¿Puedes mover el tobillo, Jason? ¿Levantas los dedos?
    Jason retiró los ojos de Tessa y miró a Mike tratando de entender lo que le decía, tan fascinado estaba por los pompones amarillos y púrpura de su gorra y la melena roja.
    – No -logró decir finalmente. Luego la cara se le contrajo al recordar su dolor-. ¿Qué me pasa? ¿Qué tengo?
    – Creo que te has lesionado el tendón de Aquiles. Es difícil saber si se te ha cortado del todo sin examinarlo mejor, pero eso es lo que parece.
    – ¡Ay! ¡Diablos!
    – ¡Oye! ¡Es mejor que una fractura múltiple! -exclamó Tessa, tocándole ligeramente la mejilla.
    – ¡No podré jugar en un montón de tiempo! -lloriqueó Jason como un niño-. Tendré que pasarme el resto de la temporada mirando los partidos desde el perímetro…
    – Igual que yo -dijo Tessa alegremente-. No sé nada de este juego. Es totalmente distinto al fútbol que jugamos en mi país. Me encanta el fútbol. Necesito alguien que me enseñe. Me pareces el hombre ideal, es decir, si no te molesta que sea del Jancourt.
    – Jancourt… -Jason se recostó en el banco y la miró, estupefacto-. Jancourt. ¿Por qué diablos eres del Jancourt?
    – El doctor Llewellyn me dijo que lo hiciera -dijo Tessa como si tal cosa-. Y como ahora es mi jefe… Es sensato hacer lo que el jefe te dice, ¿no crees?
    – Sí. Es verdad -dijo Jason, sin saber qué otra cosa decir.
    Mike tampoco.

    No hubo más heridos esa tarde, así que pudieron ver el resto del partido. Mandaron a Jason al hospital para que las enfermeras le limpiaran el lodo y su familia lo mimase un poco antes de que le tomasen las radiografías y lo revisasen más concienzudamente. No se podía hacer más a corto plazo.
    – ¿Y si se le ha cortado? -preguntó Tessa mientras estaban sentados en el banquillo mirando a Bellanor Norte ganar el partido.
    – Lo mandaremos a Melbourne.
    – ¿No hay nadie más cerca para hacer cirugía ortopédica?
    Si el tendón de Aquiles estaba totalmente roto, habría que recomponerlo quirúrgicamente.
    – Yo lo podría hacer -dijo Mike pesadamente. Se sentía de lo más raro sentado al lado de aquella chica. Actuaba como si se hubiesen conocido de toda la vida, como si fuesen socios en todo el sentido de la palabra. Y sin embargo… ¡Cielos! ¡Qué raro se sentía!
    – ¿Has hecho cirugía?
    – Me preparé para este puesto -respondió él-. Sabía que estaría aislado cuando viniese a trabajar aquí, así que estudié de todo lo que tenía a mano. Puedo hacer casi todos los casos de cirugía de urgencias, pero he encontrado que de poco me sirve si no tengo anestesista.
    – Yo te puedo hacer la anestesia.
    – Tú…
    No sería necesario que ella hiciera la anestesia, pensó Mike. Con que moviese esos pompones frente a los ojos de un hombre, ya lo tenía hipnotizado. Podía hacer lo que se propusiese.
    – Maureen me ha dicho que puede arreglar lo de mis papeles en veinticuatro horas, así que si lo hace el lunes, lo podemos operar el martes. No es urgente.
    – ¿Qué tipo de anestesia has hecho? -dijo, intentando escuchar en vez de mirar.
    – General -una vez más, los pompones se sacudieron-. Tengo una base sólida. No me estoy ofreciendo a hacerte la anestesia para una operación a corazón abierto, pero desde luego que puedo causarle a un muchachote saludable como Jason un buen sueñecito.
    Mike se quedó callado, mirando el campo de fútbol mientras la mente le trabajaba a mil por hora. ¿Qué infiernos…? Tener una anestesista allí mismo…
    – Mira, no te pido que te fíes solamente de mi palabra -dijo Tessa, malinterpretando su expresión-. Llama a mi ex-jefe el lunes y habla con él. No me tomes por lo que yo te diga. Yo no lo haría.
    El teléfono de Mike sonó, y cuando él acabó de hablar, el partido había acabado y Tessa estaba en el campo felicitando a los jugadores.
    Mike se acercó por detrás y ella se dio la vuelta sonriente.
    – De acuerdo. He palmeado tantas espaldas que me duelen las manos. ¿Nos llaman? ¿Tenemos que irnos?
    – Yo tengo que irme.
    Necesitaba estar solo un rato, tener un poco de tiempo para pensar.
    – Era Stan Harper, un granjero de sesenta años que vive del otro lado de Jancourt -le dijo-. Llamó para decir que le duele el pecho.
    – ¿Sí? -la sonrisa desapareció- ¿Corazón?
    – Algo por el estilo -sonrió tristemente, sacudiendo la cabeza-. La mujer de Stan se murió hace seis meses y, desde entonces, le dan dolores de pecho de vez en cuando y le entra el pánico. Le he hecho todos los tests habidos y por haber, pero no le pasa nada.
    – Pero irás, de todos modos -la cara de Tessa se suavizó.
    Stan quería que Mike lo mimase un poco, que se preocupase por él como su Cathy lo había hecho para indicarle así que no estaba solo en el mundo. Quería alguien con quien compartir una cerveza y mirar unas vacas y hablar de los resultados de un partido, algo que Stan no podía enfrentar sin Cathy.
    – Sí, iré, pero necesito ir solo. Perdona -se mordió el labio al oírse hablar. Sus palabras sonaron hoscas.
    ¿De qué otra forma iban a sonar? No lo sabía. Necesitaba encontrar una forma de que las cosas tuviesen una base sólida y sensata. Quizás necesitaba hablar con ella un rato. Sí. Eso era. Necesitaba saber todo sobre su formación médica antes de tomar una decisión sobre si enviar a Jason a Melbourne o no.
    – Tess, estaré de vuelta a eso de las siete -dijo lentamente, pensando en las cosas que tenía que hacer. El baile del condado era a las nueve. Tendrían tiempo de hablar primero, especialmente si lo hacían durante la cena-. Hay unos filetes en mi nevera. Me voy al baile más tarde, pero bueno, podríamos comer antes. Hablar un poco…
    – Estupendo -sonrió ella y quedaron antes de que él pudiese decir nada más.
    – Me reuniré contigo en tu apartamento a las siete -dijo ella-. A menos que me necesites antes. Mientras, me quedaré aquí un rato y luego me iré a sentar con el abuelo. Pero estaré allí a las siete, Mike. Me parece fenomenal.
    ¡Diablos! Sintió como si le hubiese pasado una topadora por encima, pero poco podía hacer para evitarlo. Y quizás… quizás eso era lo que quería.
    – Tengo… que ir a buscar a Strop. Está en la tienda de la comida -dijo débilmente.
    – Claro. Debí suponerlo -sonrió Tess-. No te preocupes. Yo lo llevaré a casa.
    – ¿Estás segura?
    – Desde luego. Será un placer ocuparme de tu perro, doctor Llewellyn.
    Y, mientras se alejaba, Mike creyó oír un débil eco.
    – Y sería un gran placer ocuparme de ti.
    ¡Seguro que se había equivocado!

* * *

    Tal como se había imaginado, Stan Harper no tenía nada.
    Le hizo una revisión concienzuda, pero sus signos vitales eran los normales de un sexagenario saludable. Stan aceptó el veredicto con resignación, como si quisiese en realidad tener un ataque al corazón, y le sirvió una cerveza. Se fueron a tomarla al porche trasero, siguiendo el ritual que habían establecido.
    – Qué pena que no fuera al partido -le dijo Mike, mirando las montañas donde se ponía el sol-. Su equipo perdió. Lo juegan igual sin que usted esté allí en el bar alentándolos.
    – O Cathy tocando la bocina como loca en el coche -dijo Stan tristemente-. Ya sé que no estábamos juntos en los partidos, pero yo sabía que ella estaba allí. No sé, Doc, no es lo mismo sin ella. Nada es lo mismo.
    No sabía qué decir a eso. Mike tomó un trago de cerveza y miró a la distancia. Eso era todo lo que podía hacer por ese hombre. Estar allí. Hacerle compañía.
    – ¿Por qué diablos no se casa? -preguntó Stan de repente. Volvió a llenar los vasos-. Un hombre que no se casa es un idiota.
    – Todos somos distintos.
    – Sí, pero usted no es un solitario. Le vendría bien una buena mujer -dijo Stan, echándole una mirada especulativa-. Su madre era una mujer fabulosa.
    – Quizás sea por eso que no me caso -dijo Mike, inquieto-. Nadie es como ella.
    – Es cuestión de mirar. Hay muchas buenas mujeres. Su madre, mi Cathy… -miró el fondo del vaso, pensativo.
    En cierto sentido, Mike agradecía esa conversación, a pesar de que lo hacía sentirse incómodo. Al menos Stan pensaba en algo que no fuera su propia miseria.
    – ¿Qué tal esa nueva doctora? -preguntó Stan, y, de repente, a Mike no le gustó más la conversación.
    – ¿Qué pasa con ella?
    – Dicen que es fabulosa.
    Mike pensó en los pompones y no pudo menos que estar de acuerdo.
    – ¿Qué tal, doctor? -exigió Stan-. ¿Le interesa?
    – No.
    – ¿Por qué no?
    – Estoy demasiado ocupado para pensar en mi vida amorosa.
    – Entonces, piense en esta chica -dijo Stan con entusiasmo-. No en una vida amorosa. Un futuro. Una doctora por esposa… Eso significaría que se dividirían el trabajo por la mitad y además tendría a alguien con quien compartir la cama por la noche. Un hombre que no aprovechase una oportunidad así sería un idiota.
    – Sí. Sería un idiota.
    De todas formas, era un idiota.

Capítulo 7

    Mike llegó tarde a la cena, pero Tessa no lo había esperado. Cuando llegó al hospital, Tessa se había ocupado de la cena. Abrió la puerta del apartamento y ella se encontraba allí.
    – ¿Qué hacer aquí? -preguntó Mike, parándose en seco en la puerta. Hasta allí le llegaban aromas deliciosos.
    – Me invitaste a comer, ¿recuerdas? -miró el reloj-. Hace una hora y media. Strop y yo teníamos la opción de quedarnos sentados en el escalón con cara triste o ponernos en acción. Y poner cara triste no es nuestro estilo.
    Strop estaba echado cuan largo era bajo la mesa roncando levemente. Tess se dirigió a la ventana y señaló una magnífica caseta para perro hecha a mano. Estaba pintada de color dorado y rojo y tenía escrito en caracteres griegos «Stropacrópolis» en el frente.
    – ¿La construiste tú? -preguntó Tess, admirada.
    – Tenía la cadera rota cuando vino aquí. Era lo mínimo que podía hacer.
    – ¿Sabes, doctor Llewellyn? Me estás empezando a gustar mucho, pero mucho, mucho.
    – Bien… quiero decir, estupendo -Mike se sentía amenazado por la sensación de domesticidad, de que eso era lo correcto, que aquella mujer le comenzaba a gustar…
    – Vete a lavar mientras hago los filetes. Apuesto a que estás cubierto de antiséptico o algo asqueroso, y no quiero que se arruine la carne. ¿Te gusta hecho o poco hecho? Yo me niego a hacerlo muy hecho. Es un crimen quemar una carne tan buena como ésta -señaló las dos enormes chuletas-. Hacía años que no veía carne como ésta.
    – Bienvenida a Australia, entonces, doctora Westcott -sonrió Mike débilmente y fue al cuarto de baño sin rechistar.
    Hizo algo más que sólo lavarse. Se quitó los pantalones y se puso unos cómodos vaqueros y una camisa abierta al cuello, tomándose su tiempo para calmar sus pensamientos. Cuando volvió a la cocina, Tess servía la comida y parecía que ella era la dueña de la casa y Mike el invitado.
    Y los agradables y tranquilos pensamientos de Mike, que tanto trabajo le había constado conseguir, se revolvieron otra vez.
    – Siéntate -su matriarca personal le ordenó-. Espero que no te importe que haya abierto el vino. Hannah me dio la llave de tu apartamento y me echó una miradita cuando le dije que comíamos juntos, como queriendo decir, «tú también». No fue demasiado agradable. ¿Habéis estado enrollados alguna vez?
    – ¡No! Quiero decir, a quién le importa si… -las cejas parecieron tocarle el nacimiento del cabello.
    – ¿Así que nunca ha habido nada entre vosotros? No dejes que se te enfríe la carne -añadió Tessa amablemente cuando Mike se sentó-, está fabulosa.
    – No -dijo Mike y cortó un trozo considerable de la carne, llevándoselo a la boca. Las cejas se le levantaron aún más. La salsa de vino que Tess había hecho para el filete estaba magnífica-. Tessa, esto está buenísimo, ¿qué lleva? -la sensación de estar en un hogar le quitaba el aliento.
    – Vino tinto, ajo, zumo de limón y unas cuantas hierbas. Nada especial -Tessa tenía la cara seria y era evidente que no tenía la cabeza en la comida-. Mike, Hannah dice que tendría que hacer las gestiones para meter al abuelo en la residencia. Dice que es imposible que se quede en la granja y que me hartaré de este sitio en cuestión de meses. Se cree que no me quedaré.
    – ¿Sí? -mientras masticaba otro bocado enorme, se le borró la sonrisa a él también. Hannah Hester era una metomentodo que tenía una habilidad especial para preocupar pacientes. Si no fuese tan difícil encontrar buenas enfermeras la echaría en ese preciso momento. Y había preocupado a Tessa…
    El silencio continuó, pero no era incómodo. Miró la cara de Tessa mientras comían.
    – ¿Te ha preocupado en serio Hannah? -preguntó finalmente.
    – Peor que eso -dijo Tess. Terminó lo que le quedaba del filete y empujó el plato-. Preocupó al abuelo al hablar frente a él. Lo trató como si no hubiese estado allí y toda enfermera que se precie sabe que quienes han sufrido una apoplejía oyen perfectamente, aunque estén totalmente paralizados.
    – Hannah es una buena enfermera -frunció el entrecejo Mike.
    – Puede que sea buena técnicamente, pero es mala tratando a la gente. En realidad, es terrible.
    Mike suspiró. Estaba de acuerdo.
    – Tess, este sitio, pues, es una comunidad cerrada. Ya sé que Hannah no es fantástica. Parecería que estuviese resentida por algo y, por más que lo he intentado, nunca he podido sacarle el lado bueno. Hablaré con ella, pero no me puedo permitir echarla y ella lo sabe. Enfermeras con buena formación son como ranas con pelo por aquí. Son tan escasas que casi no existen.
    – Ya lo sé -dijo ella, tensa-. Por ese motivo, por ese único motivo, no le di un cachete -enseguida se alegró y sonrió. ¡Cielos! Era un verdadero camaleón, cambiando frente a sus ojos-. Eso y el hecho de que es más grande que yo.
    – Me las imagino a las dos -sonrió él-, peleándose en el pasillo del hospital. Muy profesional -la sonrisa desapareció nuevamente-. En serio, Tess, hay que llevarse bien con el único personal profesional que tiene el valle. Aprecias sus habilidades y con el tiempo aprendes a contrarrestar el daño que una persona poco cuidadosa puede hacer.
    – Sí. Comprendo -su sonrisa era nuevamente abierta-. Y creo que lo he hecho. Le dije al abuelo que se tenía que poner bueno, aunque sólo fuera para demostrarle a Hannah que estaba equivocada. Le ha dado otro incentivo, como si no tuviese suficientes.
    – ¿Ves? Estás aprendiendo.
    – Mientras no sea dañina con el abuelo para atacarme a mí. Porque está celosa.
    – ¡Eso es una ridiculez! -exclamó él, volviendo a atacar el filete.
    – ¿Por qué? Quizás se ha enamorado de ti.
    – Las mujeres no se enamoran de mí.
    Tessa levantó las cejas, pero no dijo nada. Terminó y llevó su plato y su copa al fregadero.
    – ¿Estás seguro de que no eres gay, doctor Llewellyn? -preguntó, echándole una mirada especulativa-. Ya sé. Me has dicho que no eres gay, pero eres amable, sensible y guapo. Ganas mucho dinero y tienes un coche fabuloso. ¿Cómo es que esa combinación no ha logrado que alguien se asegurase… ¿Estás seguro?
    – No, doctora Westcott -sonrió-. No soy gay -dijo con firmeza. Se levantó y se acercó a ella con su plato.
    – ¿Eres casado, entonces? ¿Divorciado? ¿Viudo? ¿Separado? -preguntó ella, dando instintivamente un paso atrás, poniendo distancia hasta tener la información que quería.
    – ¿Quién quiere saberlo?
    – Yo -le espetó.
    – ¿Y a ti en qué te concierne?
    – En nada en absoluto -respondió ella con calma-. Pero tú tienes intenciones de ser socio mío y al menos una enfermera ha insinuado que te quiero pescar. Quiero saber si decirle a ella tal cosa es ridículo.
    Mike bajó la mirada hasta la de Tessa y ella se la devolvió sin pestañear. Podía leerle la mirada como un libro abierto. Era casi como si le estuviese haciendo una proposición. Si fuese un hombre, estaría comprándole rosas y bombones y sitiándolo. ¡Atacando!
    – Esto es ridículo -dijo secamente. Le echó una mirada turbada y puso el plato en el fregadero. ¿Cómo diablos iba a resolver eso?
    Tessa estaba adorable. Su suave vestido blanco era escotado y se le ajustaba al cuerpo. Tenía unos ojos enormes que resaltaban en su cara de duendecillo y las pocas pecas que le adornaban la nariz eran increíblemente atractivas. Rogaban que las besase.
    – No, doctora Westcott -logró decir débilmente-. No estoy casado, comprometido, viudo, enrollado y tampoco soy gay. Pero no tengo intenciones de cambiar de estado.
    – ¿Se puede saber por qué?
    – Estoy casado con mi trabajo -dijo escuetamente-. Y hay más que suficiente para volvernos locos a los dos -le dijo, mirándola a los ojos y luchando por recobrar la compostura.
    – Pero yo no tengo intención de volverme loca -levantó la barbilla-. Mi medicina es importante para mí, pero no lo es todo. Aún pienso ocuparme de mi abuelo. Sigo queriendo tener vida propia.
    – Mi vida es mi medicina.
    – Ya me doy cuenta -se humedeció los labios. Se sentía rara. Como si alguien más estuviese en su cuerpo y ese alguien fuese una mujer que ella no conocía. Ese alguien se sentía tan atraído por Mike que ella no tenía casi control sobre su persona.
    – Qué desperdicio -murmuró.
    – ¿Un desperdicio? -la miró, sardónico-. ¿Desperdicio para quién?
    – Un desperdicio para mí.
    Silencio. Las palabras retumbaron en la habitación, sorprendentes por su simplicidad.
    – ¿Qué diablos quieres decir con eso? -dijo él por fin y la cara se le cerró, como si se arrepintiese de haber hecho la pregunta.
    Tess también tendría que haberse arrepentido de haber hecho esa aseveración. Su pregunta era una pregunta que Tessa tendría que haber encontrado imposible responder. Tendría que murmurar una disculpa, lanzar una risita boba e irse de allí antes de hacer el ridículo totalmente.
    Pero en lugar de ello, inhaló profundamente y lo miró a los ojos, desafiante.
    El rol de la mujer era ser tímida y controlada, pensó Mike con desesperación. Así él podía enfrentarse a ellas. Pero, ¿cómo podía enfrentarse a una mujer tan directa como Tessa? Como si lo encontrara increíblemente atractivo y no le importara quién se enterase. Especialmente, que no le preocupaba que Mike se enterase. Quería que él supiese exactamente cómo se sentía, y lo que sentía se le reflejaba en el rostro claramente.
    – Quiero decir que eres el hombre más atractivo que yo haya conocido -le dijo con suavidad-. Quiero decir que eres cariñoso y dulce y con sólo mirarte las rodillas me tiemblan. Quiero decir que Hannah tenía razón cuando dijo que una de las razones por las que quiero quedarme aquí es para conocerte mejor.
    – ¿Eso dijo?
    – Dijo eso. Y es verdad. Oh, no es la única razón -añadió apresuradamente-. Por supuesto, me quedo por mi abuelo -volvió a tomar aire, tratando de encontrar las palabras adecuadas-. Pero si quieres una socia con rodillas que no le tiemblen, será mejor que me digas ahora que el pelo rojo te vuelve loco, o que te dedicas a coleccionar sellos en lugar de mujeres -esbozó una sonrisa torcida-. No me puedo creer que esté diciendo esto.
    – Yo tampoco me lo creo -dijo Mike débilmente-. Las mujeres no dicen ese tipo de cosas.
    – Acabo de hacerlo.
    – Pues, nadie lo ha hecho antes -dijo él directamente-. Tess…
    – No me digas que las mujeres no te encuentran atractivo -le espetó, y había algo en sus ojos que le indicó a Mike que la divertía ponerlo nervioso.
    Tess se sentó en la encimera, columpiando las preciosas piernas envueltas en medias de seda.
    – Puede que sí -admitió finalmente-. Pero ninguna me lo ha dicho.
    – Oh, pobrecito. ¿No te ha dicho nadie que te encontraba muy atractivo?
    Y Mike no lo pudo evitar y lanzó una carcajada.
    – Tessa Westcott, eres incorregible. Yo pensaba que las doctoras, especialmente doctoras que se dedican a la medicina de urgencias, supuestamente son sensatas y racionales y tan románticas como un ladrillo.
    – Es verdad. Dicen que lo único que debería amar una doctora sensata y comprometida con ambiciones es un pececito -dijo como si tal cosa-. Pero me lo he pensado bien y creo que eres mucho mejor que un pececito.
    – ¡Caramba! Gracias -dijo Mike y la miró un largo rato. Luego caminó hacia ella y la tomó de las manos. Tenía que hacerla ver-. Tess, esto es una locura.
    No era una locura en absoluto. Agarrarle las manos fue un error. ¡Un enorme error! La locura desapareció en el preciso instante en que sus manos se tocaron.
    – Locura o no, es la forma en que me siento -dijo ella. Sólo Dios sabía cómo lograba que su voz pareciese despreocupada, pero de alguna forma, Tess lo logró.
    – Tessa, lo que te digo de mi trabajo es cierto -le soltó las manos, pero no se movió. ¿Cómo le podía hacer entender que esa relación era totalmente imposible?-. Es todo lo que quiero. No tengo espacio para nada más.
    – Yo soy muy pequeña. ¿No me podrías encontrar un rinconcito?
    – No -se puso totalmente serio y retrocedió un paso. En su rostro se leía que ya era suficiente la broma-. Ya he visto lo que sucede cuando la gente olvida sus responsabilidades.
    – No te pido que te olvides de tus responsabilidades -dijo Tess. Ella también había dejado de sonreír. Se bajó de la encimera y se acercó a él, casi rozándolo. Ya que había llegado tan lejos, era mejor que lo hiciera del todo-. Mike, no te pido que te cases conmigo -dijo, y logró otra vez que su voz pareciese despreocupada-. Lo que quiero decir es que hay algo entre nosotros. Algo… -se encogió de hombros-. No sé qué. Es un sentimiento que no puedo definir. Es un sentimiento que nunca he sentido antes y quiero, más que nada, explorarlo. Suena desvergonzado, ¿no? Como si fuese una casquivana. No lo soy, Mike. Sólo que… Sólo siento…
    Y luego su voz recobró la firmeza, como si de repente estuviese segura del suelo en que pisaba.
    – Siento que eres una parte de mí. Es una locura, ¿no? Pero es lo que siento. Así que, dime, Mike -exigió-. Dime que soy una idiota. Dime que no sientes nada.
    – No quiero…
    – No te pregunto lo que quieres. Te pregunto qué es lo que sientes.
    Antes de que él le pudiese responder, ella dio otro paso adelante y poniéndose de puntillas le dio un beso con todo su corazón. Y lo hizo tan rápido que no hubo nada que él pudiera hacer para evitarlo.
    ¡Qué pedazo de beso! Se lo dio de pura bravuconería, pero era más que eso. Era un beso lleno de interrogantes, lleno de asombro.
    Tess nunca había hecho nada por el estilo en su vida. Su actitud podría parecer desvergonzada, atrevida, pero no había nada de eso en su beso. Sus labios eran tiernos, dulces e inseguros, como si realmente quisiera tocarlo. Era como si su cuerpo fuera atraído por él como una abeja a la miel.
    Cuando sus labios tocaron los suyos, el beso le hizo darse cuenta de golpe de que eso era algo totalmente nuevo. Ella era tan deseable…
    Por supuesto que había besado a otras mujeres. ¡Cielos! Había hecho un juramento, pero no uno de castidad. Su juramento había sido el de no comprometerse emocionalmente. Había hecho el amor a otras mujeres antes, pero ellas siempre habían sabido las reglas. Ningún compromiso. Jamás había habido promesas de un mañana. Sólo había pasión según sus propios términos.
    Pero aquello, aquello no iba según sus términos, porque cuando sus labios se unieron, fue como si las dos partes de un todo partido se hubiesen unido. Aun más, era como el fuego y la paja. Separados, no eran nada. Juntos, eran fuego.
    Nada en su vida le había parecido tan correcto, tan completo. Allí había fuerzas trabajando que escapaban su control, pensó desesperado. El deseo de responder a aquella mujer que le era tan desconocida… era casi incontrolable.
    Sus labios eran suaves y cálidos y urgentes. Olía a flores, a sol y a tibieza y no podía resistirse a su encanto del mismo modo que no podía dejar de respirar.
    ¡Dios Santo! ¿Qué podía hacer con aquello? No sabía que podía sentir de esa forma. Su promesa había sido hecha sin conocer esa maravilla, y si lo hubiese sabido… ¿podría haber hecho tal juramento? Pero lo había hecho y tenía que cumplirlo.
    Haciendo un esfuerzo, logró separarse de ella. Sin saber cómo, logró alejarla de él y descendió la mirada a la de ella con ojos desesperados en los que se reflejaba la confusión.
    – Tess, no…
    – Bien, ahora lo sé -logró decir Tess con una voz que era apenas más que un suspiro trémulo.
    – ¿Sabes qué?
    – Que es verdad que no eres gay -intentó sonreír, pero no lo logró-. ¡Cielos!
    – Cielos digo yo también. Y ahora, ¿qué hacemos?
    El teléfono. Dios fuera loado. Sonó en el salón y Mike salió disparado a atenderlo como un ahogado que se trata de agarrar a un flotador.
    – ¿Dígame?
    – ¿Doctor Llewellyn? Soy Mavis, de recepción. ¿Es usted? -obviamente no parecía su voz.
    – Sí -dijo Mike, después de aclararse la garganta.
    – Acaba de llamar Kyle Wisen -le dijo Mavis, que parecía saber que estaba interrumpiendo algo y que se moría por saber qué-. ¿Se acuerda de ella?
    Mike hizo un supremo esfuerzo por cambiar el chip y convertirse en el doctor Llewellyn. Recorrió su fichero mental con rapidez.
    – Kyle. La hija de Bill y Claire Wisen. Diecisiete años, pelo oxigenado y media docena de sortijas.
    – Exacto -suspiró Mavis-. Está cuidando a Sally, su sobrinita de dos años y la niña ha metido el dedo gordo en el desagüe de la bañera y no lo puede sacar -suspiró nuevamente Mavis-. Lo siento mucho, doctor, pero han tratado todo lo posible sin resultado y creo que usted tendrá que ir.
    – Estaré allí en cinco minutos -dijo Mike, sin mirar a Tessa-. Lo más importante es que llames a Kyle y le digas que ya voy y que trate de evitar que Sally tire. Si el dedo se le hincha de forcejear, tendremos serios problemas.
    Colgó y se volvió a Tessa.
    – Tengo que irme -dijo.
    – Ya he oído. ¿Puedo ir también?
    – Tess…
    – Cuanto antes conozca a la gente de este pueblo, mejor será para los dos -miró el reloj-. Tengo una hora antes de ir a cuidar a la madre de Louise y tú tienes una hora antes de ir al baile. Vayamos a desatascar dedos gordos.
    – Yo…
    – ¿No me quieres? -puso cara de pena, como a un niño que le quitan un caramelo.
    ¡Porras! No podía trabajar con ella, pensó desesperado mirándole la cara y tratando de decidir si reír o llorar. No podía.
    Pero tampoco podía decirle que no la quería.
    – Venga, entonces -dijo, con voz que indicaba que había hecho un esfuerzo sobrehumano-. Estupendo. Vayamos a ejercer la medicina. Quizás te haga olvidarte del sexo.
    – ¡Hala! No estaba pensando en el sexo -bromeó suavemente, con los ojos elevados hacia él llenos de risa. Y luego se puso un poquito seria-. Bueno, por ahora.

    Sally seguía atascada en la bañera. Cuando llegaron, había vecinos, dos bomberos, un mecánico y un fornido fontanero cargado de una amenazante caja de herramientas intentando caber en el pequeño cuarto de baño de la granja. Era obvio que Mike era a la última persona a la que habían recurrido.
    Sally estaba completamente alterada. Estaba desnuda hecha un ovillo en la bañera vacía, y sus sollozos eran los de un niño que ya ha perdido las esperanzas. El ruido era ensordecedor.
    – Vaciemos la habitación -sugirió Tess con firmeza mientras Mike se dirigía recto a la niña. ¿Por qué no había nadie sujetándola?
    – Bien -se acercó Mike a la niña y la sujetó de los hombros-. De acuerdo, Sally. Te sacaremos de aquí pronto, pero primero vamos a hacer que entres en calor.
    – Necesitamos a los padres de Sally y al fontanero -dijo Tess bruscamente. Lo que había sucedido entre ellos pertenecía al pasado. Se había vuelto a convertir en la doctora entrenada para solucionar situaciones como aquélla-. El resto, me gustaría que se quedara fuera hasta que los necesitemos. ¿Quién es la madre de Sally?
    – No está aquí -le dijo una rubia con el pelo oxigenado y demasiado maquillaje-. Yo soy Kylie, la tía de Sally. Mi hermana y su marido han salido a comer y no sé dónde se han ido -echó una mirada agresiva, como si esperase que Tess le dijese que era su culpa.
    – Uno de los vecinos se está ocupando de localizarlos -dijo el fontanero y se dirigió a Mike, que había cambiado a la chica de posición para que el dedo no sufriera tanta presión-. Doctor, he estado pensando. La única forma de sacar ese desagüe es rompiendo la bañera alrededor de él.
    – Entonces, eso es lo que habrá que hacer -respondió Mike, que estaba prácticamente metido en la bañera, apretando a la niña contra sí-. Está helada. Necesito mantas y bolsas de agua caliente. Rápido.
    – Supuse que eso sería lo que me diría -dijo el fontanero, satisfecho-. Por eso tengo las herramientas listas. Lo hubiera hecho antes, pero la niña estaba muy mal. Creo que lo mejor será que me meta por debajo de la casa, así si lo rompo por debajo, no alteraré a la niña tanto.
    – Hágalo -dijo Mike, sin quitar los ojos de la cara de la niñita. Tenían que sacarla de allí rápidamente porque comenzaba a dar señales de tener un colapso.
    – ¿Podrías meterte en la bañera y abrazarla? -le pidió Tess a Kyle.
    A los dos minutos tenían a la malhumorada adolescente en la bañera con la niña echada en sus brazos. Al no estar la madre, era lo mejor que podían hacer. Mientras Mike revisaba el dedo, Tess envió a las vecinas a que consiguiesen bolsas de agua caliente y reemplazó la toalla que cubría a la niña con una gran manta esponjosa.
    – Ha estado tironeando -dijo Mike suavemente, mirando del hinchado dedo a la cara pálida de Sally. Que estuviese silenciosa era mal síntoma. La recomendación para los médicos era que nunca se preocupasen demasiado por un niño que lloraba. Si un niño estaba silencioso era el problema.
    – Creo que podemos administrarle un poco de petidina, doctora Westcott -dijo Mike, y Tessa la buscó en el maletín y la preparó.
    Se oyó un ruido bajo la casa y voces de hombres. El fontanero y su ayudante. La niña comenzó a sollozar otra vez y Kyle le apoyó la cabeza contra el pelo.
    – Tranquila, Sally -le dijo con dulzura-. Tenemos dos doctores y un fontanero enorme que te sacarán el dedo de allí, ya verás. Y después podrás contarlo en la guardería. Si tenemos suerte, quizás los bomberos te lleven a pasear en el camión.
    – Bien hecho -dijo Tess con entusiasmo. Bajo todo ese maquillaje, pendientes y actitud desafiante había una buena niña. Kyle estaría casi tan asustada como Sally al tener que enfrentarse al problema sola.
    Con la ayuda de su tía, la chiquilla se tranquilizó, y unos minutos más tarde el fontanero logró cortar el caño. El piececillo estaba libre, aunque no el dedo.
    – ¿Y ahora, qué? -preguntó Kyle inquieta, abrazando a Sally con caño y todo.
    – La llevaremos al hospital -dijo Mike. El pie se había hinchado y el dedito estaba totalmente pálido. No le gustaba nada su aspecto.
    – Quiero ir con mi mamá -lloriqueó la niña y hundió el rostro en el pecho de Kyle.
    – Sí. Tendría que haber averiguado dónde iban -murmuró Kyle, a punto de llorar también.
    Mike le puso la mano en el hombro.
    – Te lo tendrían que haber dicho. No te sientas culpable, Kyle. Lo estás haciendo muy bien -dijo Mike y luego miró a Tess, analizando las opciones que tenían-. ¿Tienes ganas de hacer una anestesia, doctora Westcott? Bajo mi supervisión, por supuesto.
    Tess lo miró a los ojos y se mordió el labio. Sabía lo que le estaba pidiendo. Mike le pedía a una doctora sin colegiar que administrase anestesia general a una niña sin el consentimiento de los padres.
    Si no lo hacía, la niña perdería el dedo gordo. Y si lo hacía… las implicaciones legales eran incontables.
    – No tenemos otra opción, Tess -dijo Mike, serio-. Sé que es mucho pedir, pero yo me haré responsable. Si quieres, te lo pondré por escrito.
    – ¿Confías en mí?
    – Sí -dijo él, y era verdad. Tess podía ser todo lo frívola que quisiese, pero Mike estaba seguro de que era una excelente doctora.
    – De acuerdo. Hagámoslo -dijo Tessa suavemente-. ¿No es fantástico que haya venido de tan lejos?

    Mike aplicó compresas frías al dedito mientras Hannah aplicaba compresas calientes al metal para lograr la mayor expansión posible. Luego le puso lubricante al dedo, que cuando lo empujó por la punta, salió como un corcho de una botella. Tess levantó la vista de los monitores y vio que recobraba el color casi instantáneamente.
    – ¡Felicitaciones! -exclamó, y comenzó a invertir la anestesia inmediatamente. No había razón para mantener a la niña anestesiada ni un segundo más de lo necesario.
    – Felicitaciones a ti también -dijo Mike, mirando el otro extremo de la camilla donde Tessa se hallaba controlando cuidadosamente la respiración de Sally. Mientras masajeaba el dedito, se dio cuenta de que la anestesia no lo había preocupado en lo más mínimo. Con mirar los cuidadosos preparativos de Tessa fue suficiente para darse cuenta de que ella sabía perfectamente su trabajo.
    Era casi increíble. De repente tenía una doctora con formación en anestesia y traumatología. Si lo hubiese buscado a propósito por toda Australia, no habría encontrado a nadie más idóneo.
    En cuanto ella se colegiase, no habría nada que no pudiesen hacer, pensó súbitamente, lleno de júbilo. Toda la cirugía menor que hasta ese momento enviaba a otro lado… los accidentes de coche que no podía resolver por su cuenta… las urgencias. Había perdido pacientes en el pasado porque estaba solo.
    Si era verdad que ella se quería quedar…
    Ella se quería quedar, pero había un problema. El compromiso emocional. ¡Diablos! La podía tener de socia y mantener las distancias. ¡Tenía que hacerlo! No podía pensar con claridad cuando la tenía cerca. Le sucedía en ese mismo momento.
    – No hay necesidad de que te quedes -le dijo a Tess con brusquedad. Sonaba tenso y enfadado, no como se tendría que sentir después de haber realizado una operación con éxito-. Si tienes que cuidar a la madre de Louise…
    – De acuerdo, de acuerdo -dijo ella, haciendo un gesto burlón de vencida con las manos-. ¿No tendrías que estar en el baile ya? Empezó hace veinte minutos.
    – A Liz no le importará que llegue tarde.
    – Estoy segura de que sí, pero no te lo dirá nunca, Mike Llewellyn -dijo Tess pensativamente-. Me parece que tienes a las chicas del valle demasiado bien entrenadas para su propio bien.
    – Estoy totalmente de acuerdo -dijo Hannah sin poder evitarlo y Tess sonrió.
    Hannah también, lo que hizo que Mike se sintiera…
    ¿Estúpido?

Capítulo 8

    Liz estaba encantadora de negro y plateado. Usualmente disfrutaba de su compañía, pero esa noche el baile resultó un fiasco. Liz era una mujer orientada a su profesión que no tenía intenciones de comprometerse y con quien podía bailar tranquilo, sabiendo que no había intenciones ocultas.
    – Liz, ¿crees que soy un bastardo? -le preguntó, cuando ya acababa la velada. La música era más lenta y las parejas bailaban pegadas.
    Aunque Liz bailaba perfectamente en sus brazos siguiéndolo a la perfección, ninguno de los dos sentía deseos de aproximarse más.
    – ¿Qué quieres decir?
    – Me han lanzado la indirecta de que soy un bastardo sin corazón por no invitar a salir a las chicas más de dos veces seguidas.
    – A mí me has invitado a salir más de dos veces seguidas.
    – Eso es diferente.
    – Sí -sonrió Liz-. Porque yo también soy una bastarda sin corazón. Tú y yo encajamos muy bien, doctor Lewellyn.
    Quizás Tessa tenía razón, entonces. ¿Qué era lo que tenía que hacer? ¿Salir sólo con mujeres como Liz?
    Sí. ¡Una promesa era una promesa!

    Cuando volvió a casa, era la una de la madrugada, hora de irse a la cama, pero no se sentía cansado en absoluto. Strop estaría durmiendo. Después de algo tan excitante como un partido de fútbol, solía dormir una semana, así que Mike no tenía prisa por volver a casa.
    Pasaría a ver a Sally, decidió. Habían dejado a la niñita internada para asegurarse de que la anestesia no le había dejado secuelas. Finalmente, habían localizado a su madre y a su padre. Pasaron un largo rato con ella, ya que decidieron no ir al baile, pero Mike suponía que ya se habrían ido a casa.
    Así que echaría una mirada.
    Abrió la puerta de la sala de niños y Tess estaba allí. Sentada en una silla al lado de la cuna, tenía a Sally en los brazos en la semi oscuridad, dándole la espalda a la puerta. Tess estaba totalmente ajena a todo menos a la chiquilla que tenía en los brazos. Le tarareaba una nana.
    Se quedó petrificado, mirándola largo rato.
    Tess no lo vio. Tenía la cara metida en el cabello del bebé y se mecía mientras cantaba. Dios Santo, era hermosa. Estaba totalmente concentrada en lo que hacía y no tenía más pensamientos que para la niñita que tenía en los brazos.
    Mike tragó y cerró los ojos. ¡Cielos! Tess había pasado la primera parte de la noche cuidando a la madre de Louise para que ella pudiese tener una oportunidad de tener vida amorosa y luego había hecho el esfuerzo de volver al hospital para cerciorarse de que un bebé que quería estuviese bien.
    Tenía un corazón tan grande… tan cálido…
    Se volvió al pasillo, pero no supo cómo.
    Conque aquello era lo que había jurado no tener nunca, pensó con amargura. Nunca había comprendido las consecuencias de su promesa hasta ese momento. Hasta entonces, su juramento había sido fácil de cumplir. No había habido nadie como ella para tentarlo.
    El pensamiento de su madre le pasó por la mente. Muerta… cuando un médico decente, un médico con la cabeza en su trabajo, la podría haber salvado.
    Aquella mujer, Tessa, tenía el poder para distraerlo. Tenía el poder de hacerlo pensar en cosas distintas de la medicina y no se atrevía a arriesgarse.¡De ninguna manera se comprometería emocionalmente con aquella mujer.
    Mantuvo la visión de su madre en la mente y se agarró a ella como si se fuese a ahogar si no lo hacía. ¡No! Su madre se merecía que no rompiese su promesa. Pero no podía hacer que se fuese. El valle la necesitaba tanto como lo necesitaban a él.
    Una enfermera salió de la habitación de Henry Westcott. Era la horrible Hannah.
    – ¿Está Henry despierto?
    – Sí. Le acabo de dar unas friegas. Se ha quejado de que las escaras le duelen.
    – Iré a verlo -dijo, frunciendo la frente. Seguro que Hannah le había dado unas buenas friegas a Henry, pero sus palabras infringían más daño de lo que las manos curaban.
    No se parecía en nada a Tess, que era capaz de quedarse media noche despierta para hacerle compañía a una vieja protestona y darle libertad a su hija para que se divirtiese un poco y luego volver al hospital para acunar a un bebé…
    Con razón no se había sentido tentado de romper su promesa cuando había salido con mujeres como Hannah. No había ni punto de comparación.
    Henry estaba totalmente despierto. El anciano miraba la puerta con esperanza en los ojos cuando Mike la abrió. Era tristemente obvio que esperaba la llegada de su nieta.
    – Tessa está en la sala de niños. ¿Quiere que la vaya a buscar?
    – No… -dijo Henry y tosió. Luchó por recuperar el aliento mientras se cerraba la puerta-. No, no la necesito. No necesito a nadie. Tendrías que estar durmiendo, en vez de perder el tiempo conmigo.
    Mike lo observó más detalladamente, notando la emoción en la cansada y vieja voz.
    – ¿Qué pasa, Henry? ¿Dolor?
    – No, las friegas ayudaron.
    – ¿Es Hannah? ¿Lo ha estado molestando?
    – No, no…
    – Sí. Lo noto en su voz. Hannah es una de mis mejores enfermeras, técnicamente hablando, pero tiene una lengua… Dígame lo que le ha estado diciendo.
    – Sólo…
    – ¿Sólo?
    – Me ha estado contando lo buena que es la residencia de aquí.
    – ¿Ah, sí?
    – No es un mal sitio para acabar, supongo -dijo Henry con cansancio-. Tan bueno como cualquier otro.
    – ¿Tan bueno como su granja?
    – No, pero…
    – Pero nada -dijo Mike con firmeza. Esa Hannah… Tendría que darle unas buenas instrucciones sobre lo que podía y no podía hablar con los pacientes-. Tessa ya lo tiene todo solucionado. Le guste o no le guste, se lo llevará a la granja en cuanto se pueda poner de pie, y tiene todas las intenciones del mundo de vivir con usted y con Doris.
    – Eso no es vida para una chica.
    – ¿Quién dice eso?
    – Lo dice Hannah. Yo estaría bien si ella estuviese bien…
    – ¿Si quién estuviese bien?
    – Tessa. Tessa dice… -Henry sufrió un acceso de tos, y le llevó dos minutos enteros recuperarse lo suficiente para hablar, pero Mike esperó como si tuviese todo el tiempo del mundo. Aquello era importante.
    – Tess dice que no es solamente ella y yo y Doris -logró decir Henry finalmente-. Es…
    – ¿Es?
    Henry titubeó, y luego su cara se arrugó en una sonrisa avergonzada.
    – Es… eres tú, muchacho -confesó-. Tess me dijo que intenta casarse contigo -luego, al ver que la cara de Mike se quedaba quieta, se apresuró a explicar-: Oye, que estaba bromeando. Le dije que no quería que perdiese su vida aquí y ella dijo que tonterías, que su futuro esposo se encontraba aquí y que no tenía intención de marcharse. Nunca. Entonces yo pensé… -le sonrió- Quizás sea una tontería, pero pensé que hasta que me sintiese un poco mejor, haría como si fuese verdad. Sólo que se lo dije a Hannah. Bromeando, ¿sabes? Y Hannah me dijo que era una locura, porque tú no te casarías nunca, ni con alguien como Hannah o Liz, ni, mucho menos alguien como Tessa.
    Dios Santo. ¿Qué le podía responder?
    – Mire, Henry. Hace sólo tres días que conozco a su nieta -se sentía a la deriva, como si lo arrastraran olas que ni siquiera podía ver- Es una locura…
    – Sí -Henry hizo una mueca-. Pero Tessa dijo que a ella le alcanzaba con tres minutos. Lo sabía -suspiró profundamente e intentó darse la vuelta, pero su lado paralizado se lo impidió. Lanzó un gruñido de frustración y Mike se inclinó a ayudarlo.
    – Su abuela era igual -dijo Henry finalmente cuando estuvo cómodo nuevamente-. La abuela de Tessa me vio por primera vez y me dijo que me olvidara de la soltería, que yo era el elegido. Le llevó a Ellen un año convencerme, pero me podría haber ahorrado el esfuerzo de luchar. Casarme con Ellen fue lo mejor que hice en mi vida. Pero tú…
    – Pero a mí no me convencerán -dijo Mike pesadamente-. Esto es una tontería, igual que la idea de una residencia para usted, Henry. Hay un trabajo y una vida para su nieta en este valle sin necesidad de meterme a mí en el baile. Así que será mejor que usted se reponga para que pueda volver con Doris. Doris… esa sí que es una hembra sin complicaciones.
    – No existe tal cosa -dijo Henry sombríamente-. ¿Una hembra sin complicaciones? ¡Ja!

    La mañana del domingo era la más tranquila de la semana, y a veces su único descanso en toda la semana. No había nada urgente en el hospital y, después de la intervención de Tessa el día anterior, no quedaba nada pendiente.
    Le dio el alta a Sally, que se fue a casa con sus aliviados padres. Convenció a Jason para que se sometiese a una reconstrucción del tendón de Aquiles en el valle en cuanto le diesen la colegiatura a Tessa.
    Tessa no estaba por ningún lado. Había visitado a Henry, que estaba profundamente dormido. Louise estaba de guardia, alegre y todavía ruborizada después de su salida nocturna.
    – Tess se fue a la granja temprano -le dijo-. Se muda allí hoy.
    Genial. Eso quería decir que tenía el hospital para él solo.
    De repente, el día se le hizo triste y totalmente aburrido.
    Le quedaba una tarea realmente desagradable. Identificar los restos de Sam Fisher. Cuando acabó de asegurarse de que lo que había allí era decididamente lo que quedaba de Sam, el día le pareció más que triste. Más deprimido no podía estar.
    ¿Y después qué?
    Pasó a buscar a Strop y salió del hospital al brillante sol del otoño. Era un día fantástico. Se quedó en el aparcamiento, llenándose los pulmones de aire fresco e intentando olvidarse del olor y el recuerdo de lo que acababa de hacer.
    Pues… iría de paseo con Strop. Su Aston Martin era el orgullo de su vida.
    Se dirigió al norte, hacia las montañas. Tenía el teléfono consigo. Si lo necesitaban, lo podían llamar.
    El elegante deportivo llegó a la granja de Henry Westcott como si lo hubiese atraído un imán. Sólo iba para ver si Tessa necesitaba ayuda, se dijo con firmeza, pero no se creyó.
    Sólo era porque quería ver a Tess. ¡Cielos! Tenía menos autocontrol que un adolescente.
    Tessa se hallaba en el granero con Doris. Se había vestido para estar en la granja, con unos vaqueros manchados y una camiseta. Llevaba el rojo pelo sujeto con un hermoso pañuelo azul.
    Cuando Mike entró, ella estaba en cuclillas mirando a los cerditos y, al verlo, se puso de pie y no hizo nada por esconder el placer de verlo.
    – No me atreví a pensar que vendrías -le dijo.
    Y luego lo miró realmente. La sonrisa se esfumó y los ojos lo escrutaron.
    – Mike, ¿qué pasa?
    – No pasa nada…
    Ella dio un paso hacia delante.
    – ¡Oh, Dios! ¿Es el abuelo? -preguntó. La cara se le había puesto pálida y él habló rápido para tranquilizarla.
    – Henry está bien.
    – Entonces, ¿por qué tienen ese aspecto tus ojos? -y luego el rostro se le despejó al recordar-. Oh, Mike, me olvidé. Ya sé lo que es. Los archivos dentales llegaron anoche. Has estado identificando a Sam.
    ¡Lo podía leer como un libro! Dio un paso atrás, como poniendo distancia entre él y Tess, pero ella no se dio por aludida. Dio un paso adelante y le dio un abrazo gigantesco.
    – Tendría que haber estado contigo -dijo suavemente-. Al menos ahora está hecho, pero ha de haber sido horrible. No te olvides que yo lo vi antes que tú. Por lo menos, su final habrá sido rápido. Ven, cambiemos de tema. Ven a ver lo que he hecho en la casa -le rogó. Lo tomó de la mano y lo arrastró hacia la casa antes de que él pudiera protestar. Su mano le daba un calor que le subía por el brazo y que no podía negar.
    Ella no paró hasta llegar a la cocina y él se detuvo, aturdido, al entrar.
    El sitio estaba totalmente transformado.
    Para empezar, estaba limpio. Desde la muerte de su mujer, Henry no se había ocupado demasiado de la casa. La había mantenido básicamente limpia, pero eso era todo.
    – ¿Cuánto tiempo llevas aquí? -preguntó Mike débilmente, mirando la transformación a su alrededor.
    – Me levanté a las siete con Louise. Su madre ronca y no podía dormir. Tomamos el desayuno juntas y hablamos de lo maravilloso que es Harvey Begg. La dejé en la luna de Valencia y me fui al hospital. Tomé prestados unos útiles de limpieza. Necesitaba más, pero aunque la ferretería estaba cerrada, en al camino hacia allí me encontré al ferretero, el señor Harcourt, recogiendo el periódico del jardín. Lo reconocí porque ayer le traté la tos y le dije que si no dejaba de fumar se moriría dentro de dos años. Llevaba un pijama con patitos amarillos. Le dio un poco de vergüenza que lo encontrara así, pero fue muy amable y me dio la llave de la tienda.
    Lo que Tess quería decir era que el pobre ferretero estaba totalmente petrificado de vergüenza al verla. Cualquiera lo estaría.
    Y William Harcourt… no le podía haber pasado a un hombre más agradable. Patitos amarillos, ¿eh? Mike esbozó una media sonrisa.
    – Así que después fregué y fregué. Vacié todo y luego blanqueé las paredes. Y después, volví a entrar las cosas. ¿A que hace una diferencia?
    Vaya si la hacía. Mike se había quedado boquiabierto.
    – Necesito ayuda para colgar las cortinas -le dijo, sin darle tiempo a que él comentara-. Las lavé temprano e iba a ver si estaban secas cuando me distraje con Doris y los chicos. Iré a buscarlas ahora. Qué bien que hayas venido.
    Y salió corriendo. Era como un tornado, un remolino loco y adorable que agarraba todo y lo levantaba y lo dejaba caer de nuevo de forma distinta.
    Y él no sabía cómo parar de dar vueltas. Trabajaron duro un rato. No lo dejó protestar. Él simplemente obedeció órdenes y la experiencia fue totalmente nueva.
    Mike era un animal sin domesticar, pero Tess no pareció notarlo. Le hizo bajar las cortinas del segundo piso, sacudir alfombras, quitar las sábanas a las camas y hacerlas con sábanas limpias, barrer habitaciones que hacía años que no se usaban… Strop los seguía a todos lados, metiendo el hocico y olisqueando.
    – Tú y Henry sólo vais a usar dos dormitorios -protestó Mike-. Este sitio tiene cinco. ¿Para qué necesitamos limpiar los otros?
    Sus protestas fueron recibidas con desdén.
    – Si hay que hacer algo, hay que hacerlo bien -dijo ella-. ¿No te enseñó nada tu madre?
    Y luego ella lo miró de reojo al ver que su cara se cerraba. Y él supo que ella estaba ocupada sacando conclusiones y quién sabe a qué conclusiones llegaría. No tenía la más mínima idea de lo que estaría pensando.
    Nunca había conocido a nadie como a aquella mujer en su vida.

    Tessa decidió parar a las dos. Milagrosamente, el teléfono móvil de Mike no había sonado en todo ese tiempo. Casi deseó que lo hubiera hecho.
    Ella sacó pan fresco y queso y fue a buscar una botella de vino del sótano de su abuelo. A Stop le dio un hueso de jamón. ¿Cómo diablos había adivinado que estaría allí? Luego extendió una manta bajo los eucaliptos, se sentó al sol y le sonrió.
    Casi que no quería que su teléfono sonase.
    – Venga, te lo has ganado -le ordenó, dando golpecitos en la manta con la mano.
    – ¿De dónde has sacado todo esto?
    – Le pedí el queso a la madre de Louise y fui la primera cliente de la panadería. Le dije al panadero que tenía esperanzas de que compartieses la comida conmigo y me dijo que él también y que el pan de centeno era tu favorito.
    Estarían en boca de todo el pueblo, pensó Mike débilmente. Si Tess iba por la calle principal al amanecer charlando con sólidos ciudadanos con pijamas estampados con patitos y discutiendo con el panadero sus preferencias…
    ¿Cómo se había dado cuenta de que él iría a la granja?
    Tessa se mantuvo silenciosa, disfrutando del sol, el pan fresco y el queso y el aroma de los eucaliptos. Mike estuvo solo con sus pensamientos.
    No por mucho rato. Nunca por mucho rato con Tess alrededor.
    – Háblame de tu madre.
    – ¿Qué…?
    – Louise dice que tu padre se fue cuando tú eras pequeñito. Dice que tu madre te crió sola y luego, cuando tenías dieciséis, ella se murió. ¿Cómo murió?
    – Tess…
    – Ya sé. No es de mi incumbencia, pero dímelo lo mismo.
    – ¿Por qué?
    – Porque quiero saberlo.
    Parecía que no había otra alternativa.
    – Mi madre murió de un coma diabético -dijo, con la voz ahogada-. Su diabetes era inestable. Un sábado por la tarde, se desmayó. Nunca me había dejado tocar sus medicinas y aunque hubiera podido ponerle una inyección, no habría sabido qué ponerle.
    ¿Cuántas veces había repasado lo que sucedió esa tarde? Estaba cansado de ello, infinitamente cansado, pero no lo podía olvidar.
    – En esa época… -se forzó a continuar- no había hospital aquí ni enfermeras. Había sólo un doctor. Un doctor que no fue a casa. Mi madre estaba en coma cuando la encontré, de lo contrario quizás me habría dicho qué hacer. Pero no había nadie.
    – ¿Culpas al doctor?
    – Tendría que haber ido.
    – Entonces, ¿tú estarás disponible veinticuatro horas, siete días a la semana, durante el resto de tu vida?
    – Algo por el estilo -hizo un gesto de dolor, y luego una sonrisa compungida-. No. No soy tan idiota, sé que no soy Dios. Les pago a los suplentes una vez al año para tomarme unas vacaciones.
    – ¿Los suplentes?
    – Dos suplentes.
    – ¿Dos suplentes para dar el mismo servicio que das tú?
    – Efectivamente.
    – Porque ningún otro médico soltero sería tan idiota como para hacer lo que haces tú -la voz de Tessa era amable pero insistente.
    – Ése es tu punto de vista.
    – Pues… -ella se echó hacia atrás, tendiéndose a su lado y poniendo las manos tras la cabeza como él-. Suerte que he venido, entonces -dijo con decisión-. Me necesitas, Mike Llewellyn.
    – Yo…
    – Admítelo -dijo ella, mirando al árbol sobre sus cabezas-. Necesitas a otro doctor.
    – Si tú te quedas, significa que no necesitaré tomarme tantas vacaciones.
    – Significa que no te cansarás tanto -asintió con la cabeza Tess con decisión. Se había quitado los zapatas y se estudiaba las uñas de los pies contra el fondo de eucaliptos. Era como si estuviese mirando una obra de arte. Y, en realidad, lo eran-. ¿Así que lo admites, Mike? ¿Me necesitas?
    – De acuerdo -dijo él, incómodo. Ella estaba demasiado cerca y esos pies desnudos… ¡Diablos! ¡Nunca se había dado cuenta de que los dedos de los pies podían ser tan atractivos!-. Es verdad que necesito a otro médico -dijo a regañadientes-. Si te quedas, te lo agradecería.
    – Oh, me quedaré -se incorporó sobre los brazos y lo miró desde arriba, con la cúpula de los árboles detrás, a unos diez centímetros de su cara.
    – ¿Y qué tal el resto de ti, doctor Llewellyn? -exigió-. La parte de ti que es doctor me necesita como médico. ¿Me necesita tu parte personal como mujer?
    – Tess…
    – ¿Quieres decir que no hay parte personal?
    – Por supuesto que hay una parte personal.
    – Pero nadie que interfiera con tu medicina, ¿no es verdad? -exigió ella-. Debido a lo que sucedió con tu madre en el pasado, has bloqueado tus necesidades personales. Y… -los verdes ojos se pusieron pensativos-. Piensas que si te enamoras de mí te distraeré.
    Luego, mientras él la miraba en un silencio atónito, Tessa esbozó una sonrisa.
    – ¡Eh! Puede que tengas razón. Suena divertido un poco de distracción -le puso un dedo juguetón en la nariz y su toque fue eléctrico-. Pero no te distraería tanto, doctor Llewellyn. Si el deber llamase, estaría allí a tu lado, trabajando como una hormiguita y siendo un doctor tan dedicado a su trabajo como tú. Insinuar otra cosa es insultante.
    Él la miró y ella le sonrió. ¡Diablos! Su cabello casi le tocaba la cara. Los verdes ojos le sonrieron. Tenía la cara tan cerca…
    Se suponía que las mujeres no hacían eso, pensó, como mareado. Se suponía que las mujeres no tomaban la iniciativa.
    Aquélla no era sólo una mujer. Aquélla era Tessa.
    Mike apenas podía respirar. Le dolían los pulmones. El mero esfuerzo de no tomar a aquella mujer en sus brazos casi lo estaba matando.
    Pero Tessa no tenía necesidad de ayuda. Tenía todo bajo control y sabía perfectamente lo que quería.
    – Así que relájate y déjame presentarte a la mujer que tiene intención de ser el amor de tu vida, Mike Llewellyn -susurró-. Y, en caso de que no lo hayas adivinado, soy yo.
    Su nariz descendió un poco más y Mike se encontró con que lo besaba y que no podía oponer ni un ápice de resistencia.
    Dentro de sí, se levantó un peso que había sido casi demasiado grande para soportar y que no sabía que llevaba. Había jurado que nunca amaría, pero no sabía lo que era el amor. Se había prometido no comprometerse, pero no sabía que el compromiso podía resultar tan dulce, que una mujer podía sentirse de ese modo en sus brazos… parecía que pertenecía precisamente adonde se hallaba, como si fuese parte de él, como si fuese la forma de completar su todo.
    Lo que quedaba de su resistencia se desmoronó. Apretó a Tessa contra sí y su cuerpo se amoldó al de él en el suave sol de otoño. Al contacto de su cuerpo contra el suyo, Mike sintió que sus promesas se esfumaban como si nunca hubiesen existido.
    ¿Promesas? ¿Qué promesas? Promesas basadas en la premisa equivocada de que no podía comprometerse son la medicina si amaba a una mujer.
    Sí que podía. Esa mujer era su pareja. Podía comprometerse. Lo quisiese o no, estaba total y maravillosamente comprometido con aquella mujer en sus brazos.
    Su Tessa.

Capítulo 9

    Las siguientes semanas pasaron como un sueño, con Mike sintiéndose como si un mundo nuevo se hubiese abierto ante él. ¡La vida era más brillante, más clara, fantástica!
    Doquiera que fuese, estaba Tessa.
    La colegiatura de Tessa fue aprobada increíblemente rápido. Sus credenciales médicos eran impecables, al menos eso era lo que pensaba el colegio, y Mike también. Parecía un sueño.
    Pero Tess era totalmente real.
    Mike la miró mientras lo ayudaba a coser el tendón de Aquiles de Jason y no dudó en un instante de su habilidad como anestesista. A través de la pared, escuchó cómo aconsejaba a los pacientes y se maravilló de su habilidad para quedarse callada y dejar que descargaran sus preocupaciones y angustias. Había que insonorizar las paredes. Con el tiempo, había que hacer gran cantidad de cambios si Tess se quedaba. Mientras escribía las historias clínicas de sus pacientes, Mike podía oír todo.
    – Haz lo que tu corazón te diga -sugirió Tess suavemente-. Si piensas que es lo correcto, no dejes que nadie se interponga en tu camino.
    Sigue tu corazón…
    Luego, Mike vio cómo Tess ayudó a su abuelo a recuperarse. Se pasaba las mañanas ayudándole a caminar tambaleante por los pasillos del hospital, como si tuviese todo el tiempo del mundo, y como si mirar a un hombre usar un andador fuese lo más interesante.
    Henry se recuperó de una forma increíblemente rápida bajo sus cuidados.
    También Tessa se ocupó de conocer a los lugareños. Se presentó a cada uno de los jugadores del equipo de Jancourt y se tomó el trabajo de aprenderse las reglas de su nueva pasión con toda seriedad. Para asombro de Mike, incluso se puso a tejer una bufanda con los colores del club.
    – Creo que haré un par de ellas -le dijo, haciendo punto con toda la concentración de una abuela-. O quizás una bien larga, para que podamos usar una punta cada uno…
    Y por la noche…
    Por la noche Tess iba a la granja y visitaba a Doris y sus bebés, ocupándose de que todo estuviese bien. Pero más tarde, volvía a la ciudad y tomaba a Mike en sus brazos. Y dormía exactamente donde quería. Con su Mike.
    Hasta Strop pareció aprobarlo. Cuando ella estaba allí, no intentaba subirse a la cama, y Mike encontró en el cuerpo de Tess una paz que nunca creyó que tendría.
    La vida nunca había sido tan perfecta, pensó Mike, dichoso, mientras amaba a aquella mujer. Nunca se había imaginado que sería tan perfecta.
    La abrazaba y la amaba, pero sólo la mitad de él sabía que vivía en una pompa de jabón.
    – ¡Oye, que no estoy por desaparecer! -bromeó Tess con dulzura cuando se cumplieron dos semanas de estar juntos-. Me quedo aquí para siempre.
    Mike no la creía, pero igualmente la estrechó entre sus brazos.

    En un pueblo como Bellanor, era imposible mantener una relación como ésa secreta. Después de la primera noche que Mike pasó con Tessa, se había encontrado con miraditas y risa.
    – ¡Qué bien, doctor! -era el comentario general-. ¿Qué le llevó tanto tiempo?
    Tanto tiempo… tres días completos…
    Al final de las dos semanas, la aprobación general comenzó a estar teñida de un mensaje más fuerte.
    – Así que, ¿cuándo va a convertirla en una mujer decente, Doc, y conseguir una madre para su chucho?
    Matrimonio…
    Mike nunca había pensado en ello, pero una vez que lo mencionaron, no se podía sacar la idea de la mente. Lo mirara como lo mirase, ya había roto su promesa, y no había forma de empeorarla más.
    Esa noche Tess lo acompañó a hacer su visita semanal a Stan Harper.
    – Me siento como la m…, Doc -le dijo Stan, dirigiéndole una mirada de disculpa a Tess-. Disculpe mi lenguaje, señorita.
    Tess se había quedado sentada en la cocina de Stan mientras Mike le auscultaba a éste el pecho y su rostro expresó compasión.
    – No comprendo las palabrotas australianas -mintió-. Quería que Mike me las enseñara, pero prefiere que no me las aprenda. Por más que le pido y le pido, ¿se cree que me las enseña? ¡No, señor!
    Stan lanzó una risita y su tristeza desapareció por un rato. Pero sólo por un rato.
    – Me gustaría que se viniese al hospital unos días -sugirió Mike, mientras Stan se bajaba el jersey-. Stan, no parece que haya nada malo en su corazón y los dos electros han sido buenos, pero como el dolor persiste… pues, parece que hay algo. Será mejor que se interne y le hagamos un chequeo completo.
    Pero Stan no quiso saber nada.
    – No. Me quedo aquí, pero, ¿vendrá otra vez el sábado? -sonaba ansioso y Mike sabía lo solo que se encontraba el anciano.
    – ¿Qué tal si le digo a la enfermera del distrito que venga a mitad de semana? Yo vendría igual el sábado, pero…
    Pero Stan no quiso saber nada.
    – Ya sé que a veces me da dolor en el pecho y me siento mal, pero si Cathy estuviese conmigo no me sucedería nada de eso -suspiró y miró detenidamente a Mike y luego a Tessa-. Pero aquí estoy, haciéndome mala sangre cuando tendría que estar diciéndoles lo contento que estoy de que finalmente se haya decidido a buscarse una mujer, Doc. Se nota que está flotando en una nube rosa. ¿Cuándo van a casarse?
    Tess enrojeció y Mike sacudió la cabeza.
    – Está por verse -le respondió, pero el pensamiento de lo que se avecinaba le calentaba el corazón. Miró por el rabillo del ojo a Tess y sonrió, y ella le devolvió la sonrisa.
    – No lo retrasen demasiado, entonces -rogó Stan-. Es demasiado importante. Agárrala mientras puedas y no la dejes escapar.

    La conversación durante el viaje de vuelta fue tensa.
    – Sigo preocupado por Stan -le dijo a Tess.
    – Aja -respondió ella, abrazándose las rodillas. Llevaba pantalones negros y un enorme jersey púrpura que le quedaba precioso-. Me parece que no está comiendo nada.
    – ¿Por qué lo dices?
    – Pues… cuando fuimos la semana pasada estuve curioseando mientras tú lo revisabas en el dormitorio. Miré dentro de sus armarios a ver cuánta comida tenía. Y hoy, cuando él nos acompañó al coche y yo corrí adentro a buscar mi bolso, eché una mirada rápida y casi todo estaba exactamente igual. No ha tocado sus cereales, que están al mismo nivel que la vez pasada y también tiene el mismo número de huevos. Seguro que se ha comido un par de botes de sopa de tomates y nada más. Hasta el paquete de pan en el congelador es el mismo. Le había cortado una puntita al paquete para marcarlo y es el mismo paquete. Habrá comido unas seis rebanadas.
    – Estás hecha una Sherlock Holmes.
    – Sí que lo soy -dijo ella, contenta, pero su sonrisa se desvaneció al preguntar-: ¿Estás de acuerdo conmigo?
    – Sí. Todo casa -dijo Mike despacio-. Por eso quiero que se interne. Está perdiendo mucho peso.
    – Echa en falta tanto a su Cathy…
    – Sí -dijo Mike con seriedad-. Una vez que te ataca, no lo puedes superar.
    – Es un problema -asintió Tess, lanzándole una mirada de reojo a su amor.
    Silencio. Parecía que no había más que decir. El elegante Aston Martin devoró las millas entre Jancourt y Bellanor y el silencio se extendió más y más.
    Mike echó su propia mirada de reojo. Tess miraba al frente, contemplando pacíficamente el cielo vespertino y él tomó una súbita decisión. Era imposible. La quería tanto… Estrecharla en sus brazos cada noche de repente no era suficiente.
    – Cásate conmigo, Tess -dijo de súbito, con urgencia, y luego contuvo el aliento.
    – ¿Casarme contigo?
    – Eso es lo que he dicho.
    Tess cerró los ojos y él titubeó, deteniendo el coche a la vera del camino, de modo que quedaban enfrentados al valle y a la ciudad abajo. Un pájaro campana cantaba desde los matorrales fuera del coche.
    Y Tess se quedó en silencio más tiempo de lo que él hubiese pensado nunca.
    – Te quiero, Mike -susurró finalmente-. Pero no me casaré contigo. Todavía no.
    Él se humedeció los labios, que de repente estaban secos. No le quitó los ojos de encima.
    – ¿Puedo preguntarte por qué?
    – Porque estoy segura de que todavía crees que estás traicionando a tu madre. Te casarás conmigo y luego estarás todo el tiempo pensando que en cualquier momento llegará el desastre. Y es verdad, porque si me caso contigo, habrá alguna vez que interfiera con tu medicina. Seguro que te ayudaré. Seguro que estaré a tu lado y la atención en el valle será mejor por mi contribución, pero el día que interfiera, dudo que eso cuente. Te odiarás y también me odiarás a mí. Te amo, Mike, pero quiero más que eso, y estoy dispuesta a esperar.
    – Esto es una tontería -dijo él despacio.
    – Será estúpido, pero es la verdad -le dijo, y él se dio cuenta de que no cedería, que ella también había estado pensando-. Aún no te das cuenta de lo que quiero decir, pero yo sí -y tomándole la cara entre sus manos, lo besó dulcemente-. Necesitas esperar. Ambos necesitamos esperar, Mike, para ver lo que nos depara la vida. Pero sin boda. Sólo amor… y veamos si con eso nos alcanza.

    Tess se negó a ceder, y finalmente él aceptó su postura. No tenía otra elección. Era una locura, pensó. Ella estaba equivocada.
    Oh, no estaba equivocada al pensar que él se culparía si se distrajese. Lo que ella no veía era que no era necesario que eso sucediese. Con Tess trabajando con él, seguro que no habría ningún momento en que ella se le cruzaría por el medio.
    Mientras tanto, la vida resultaba infinitamente dulce. Tessa y él trabajaban hombro con hombro. El trabajo del valle se dividió en dos por arte de magia. Tenía tiempo para levantar la cabeza de su trabajo, y cuando la levantaba, Tess estaba allí, dispuesta a deslizarse a sus brazos.

* * *

    Con la dedicación que su nieta le otorgaba, Henry Westcott superó todas las expectativas y en cinco semanas estaba listo para volverse a la granja.
    – De ahora en adelante, tendré que quedarme en la granja -le dijo Tess a Mike la noche anterior a que diesen de alta a Henry. Ésa sería su última noche juntos. Ambos conocían las dificultades que se les presentarían. La granja estaba demasiado lejos para que Mike estuviese de guardia, aunque quisiese quedarse con Tess.
    Pero no quería hacerlo. Aunque su cuerpo gritase su necesidad por Tess, Mike conocía a Henry lo suficiente como para saber que si Tess dormía con Mike sin casarse bajo su techo, el anciano se alteraría enormemente. Pero Tess tenía razón. Ella tenía que quedarse.
    – Así que tenemos que casarnos -dijo Mike, apartando los rizos de la cara de Tessa. La besó en los labios profundamente-. Pronto. Strop te echará de menos, y yo te echaré de menos más todavía. Cásate conmigo.
    – No.
    – ¿No?
    – No. Todavía no has tenido tu desastre.
    – No tengo ninguna intención de tener un desastre.
    – Sucederá. Te diré una cosa -dijo, devolviéndole el beso-. Si el desastre no te ha ocurrido para cuando yo tenga cincuenta, me casaré contigo de todos modos.
    – ¡Hala! Gracias.
    – ¿No te quieres casar conmigo cuando tenga cincuenta?
    Mike gimió.
    – Puede que no viva hasta los cincuenta. Puede que no viva ni diez minutos más. Tess…
    – Es una oferta excelente. Tómala o déjala.
    – Tess…
    – Mike, sucederá. Sé que sucederá. Vivamos cada día como venga y ya veremos.

    Así que el sábado por la tarde tomaron prestado el coche del hospital y Tess, Mike y Strop llevaron a Henry a casa. La alegría del anciano al estar en su casa, al ver a Doris y los bebés, al saludar a sus cabras y sentarse en su sillón frente a su chimenea era demasiado grande como para permitir que la rigidez ocasional de Mike se la empañase.
    Se sentó y miró a su alrededor encantado.
    – Es una maravilla -le dijo a su nieta-. Eh, Tess… -la voz se le atragantó por la emoción y Mike se encontró casi tan emocionado como Henry.
    Pero tenía que irse. Stan lo estaría esperando.
    – Tess lo cuidará bien, señor -le dijo a Henry-. Y la enfermera del distrito pasará todos los días.
    – ¿No te quedas? -preguntó Henry al darse cuenta de lo que intentaba hacer- ¡Caramba, hombre, tienes que quedarte! Le he pedido a Tess que nos haga algo bueno para los tres.
    – ¿Te quedas? -sonrió Tess a su abuelo y luego a él-. He comprado una lata de comida para Strop, y para nosotros tenemos todo lo que el abuelo me pidió. Cerdo asado con puré de manzana, calabaza, patatas asadas y guisantes, seguido de pastel de limón con merengue.
    – Pastel de limón con merengue…
    – ¡Eh, que no sólo soy una cara bonita! -exclamó Tess y luego lanzó una risita-. Para ser honesta, la señora Thompson me hizo el pastel, pero el resto es todo mío. Quédate, Mike, a ambos nos gustaría.
    – Stan sólo necesita una visita social -dijo titubeante-. Supongo que podré pasar mañana.
    No pudo.
    A las once de la mañana del día siguiente llegó a la granja de Stan Harper y Stan estaba muerto.

    – De acuerdo -dijo Tess mientras se lavaba las manos después de haberlo ayudado a hacer la autopsia-. Puede que la hora de la muerte haya sido el sábado a la tarde.
    – Cuando yo tendría que haber estado allí.
    – Por el aspecto de este daño, no podrías haber hecho nada aunque hubieses estado allí. La arteria está totalmente bloqueada.
    – Pero no había ninguna señal de ello, aparte del dolor, que no podíamos identificar. El electrocardiograma era normal. Intenté que fuese a un especialista en Melbourne, pero no quiso.
    – Ésa era su opción -la voz de Tess era tranquila y sin emoción, y los ojos lo miraban atentos.
    – Tendría que haber insistido.
    – Y él se habría negado.
    – Al menos tendría que haber estado allí.
    Allí estaba, el quid de toda la cuestión.
    – ¿Quieres decir que si hubieses estado allí lo podrías haber salvado?
    – Sí. No. No lo sé -se dio la vuelta y miró sin ver la pared-. ¿Quién sabe? Se había deteriorado. No comía. Si hubiese pasado más tiempo con él, haberlo empujado un poco para que comiese…
    – En vez de pasar tiempo conmigo -dijo ella suavemente.
    – Eso tuvo algo que ver.
    – ¿Y el hecho de que si yo no estuviese aquí no habrías tenido tiempo de hacer ninguna visita social en absoluto no cuenta?
    Pero él no la escuchaba.
    – Tendría que haber estado allí. No tendría que haberme quedado contigo y con tu abuelo. Sabía que Stan me esperaba.
    – No te esperaba. Tú ibas cuando podías. Sólo porque yo te he dado más tiempo libre has podido ir -suspiró Tess.
    – Tendría que haber estado allí.
    Silencio. Tess se secó las manos y se quitó la bata de laboratorio. Luego cruzó la habitación y lo agarró de las manos. Él la miró sin verla, con el corazón vacío.
    – Mike, ¿es éste nuestro desastre?
    Él no pudo responder. Su cara estaba fría y rígida, y reflejaba lo que él sentía.
    – No lo sé, Tess -dijo finalmente-. No lo sé. Lo único que sé es que…
    – ¿Qué quieres que me vaya?
    Él cerró los ojos, y cuando los abrió supo lo que tenía que decir.
    – Sí, por favor -le dijo.
    Silencio.
    – Sabía que esto iba a pasar -dijo Tess suavemente, y el dolor de su voz era patente-. ¿No te alegras ahora de que no estemos casados?
    Caminó lentamente fuera de la habitación y cerró la puerta tras de sí.

Capítulo 10

    Siguió un interminable mes en el que Mike trató de tomar las riendas de su vida nuevamente donde las había dejado.
    Trabajó en dos niveles. En apariencia, era eficiente, calmo y controlado, pero por debajo estaba tan nervioso que se preguntaba cómo podía soportarlo.
    Quizás, si dejase de ver a Tess cada vez que se daba la vuelta, podría resolver su problema. Pero eso no iba a suceder.
    Tess se establecía cada vez más en el valle. Pronto estableció la rutina de ir por la mañana a atender la consulta y por la tarde a hacer las visitas que le correspondían. Con frecuencia, se llevaba a Henry con ella. Entre los dos se compraron una camioneta y la visión del anciano y la joven doctora de pelo rojo por los caminos del valle pronto se hizo algo habitual.
    – No sé cómo te las arreglabas sin ella -era algo que Mike oía una y otra vez y él sabía que se las había arreglado mucho mejor sin ella.
    El dolor de Mike no pasó desapercibido, especialmente a Tessa.
    – Te matarás si sigues comiendo eso, y trabajas demasiado -le dijo directamente una noche, seis semanas después de la muerte de Stan. Fue al hospital a ver un paciente y se lo encontró haciéndose panceta con huevos otra vez-. Sabes perfectamente que quiero más trabajo, Mike Llewellyn. Dámelo.
    – No puedes trabajar todo el día y cuidar a Henry.
    – Henry está mejor día a día. Ya casi es independiente -titubeó un instante, pero luego entró y se sentó a la mesa mientras él cocinaba-. Pero eso no significa que me vaya a ir, si eso es lo que esperas, Mike. No me voy. En todo caso, estaré más cerca. Henry y yo hemos decidido vender la granja.
    – ¡Vender la granja!
    – Nos encanta, pero no necesitamos sesenta acres -le dijo-. Además, me queda demasiado lejos del hospital. Fue idea del abuelo. Hay un sitio genial cerca del río a media milla de aquí. El abuelo lo ha ido a ver y le encanta.
    – Pero él adora la granja también.
    – Los dos la queremos. Pero nos gusta más estar juntos. Sólo yo y el abuelo y Doris, la cerda -dijo Tess. Luego titubeó y suspiró-. Me sigues culpando por la muerte de Stan, ¿verdad?
    – No. Me culpo a mí mismo.
    – Eso todavía es peor -dijo Tess, pero su voz pronto perdió su agresividad para preguntar-: Estás bien, ¿verdad, Mike? -preguntó, con la preocupación reflejada en el rostro- ¿No te estarás poniendo enfermo o algo por el estilo?
    – No pasa nada.
    – Pues, si tienes algo y no quieres decírmelo… -titubeó Tess- O incluso tomarte unos días libres para ir a Melbourne… Habría que ser bobo para no hacerlo, ¿no?
    No había ningún problema.
    Tess se marchó. Mike abandonó sus huevos con panceta y se fue a su apartamento, pero las palabras de Tess le quedaron dando vueltas en la cabeza.
    No había ningún problema, se dijo. No había necesidad de hablarlo con Tessa ni con nadie más. Era sólo un dolor sordo en el vientre, sólo eso, causado por la tensión nerviosa. Nada más. Se había puesto nervioso por una mujer y le había afectado el físico.
    Eso fue a la medianoche. A la madrugada estaba tan enfermo como nunca lo había estado en su vida.

    – ¿Ha visto al doctor Llewellyn?
    Había una tormenta espantosa y Tess llevaba más de cinco minutos en el hospital cuando Hannah le hizo la pregunta.
    – No responde al móvil y en el apartamento tampoco.
    – ¿Ha ido alguien al apartamento? -la preocupación se reflejaba en su rostro.
    – Hannah ha llamado más de una vez y no hay respuesta -le dijo Bill-, así que le dije que fuese a escuchar mientras yo llamaba, por si había una avería en la línea, con este viento tan terrible, pero no la hay. Se puede oír cómo suena el teléfono. Ah, y Strop está dentro. Se lo oye caminar.
    – Bill… anoche Mike no se encontraba bien. No tenía ganas de comer -dijo Tess, más preocupada aún.
    Bill se quedó quieto. Se miraron durante un larguísimo minuto. Fuera, el viento silbaba amenazador.
    – ¿Qué esperamos, Bill? -dijo Tess finalmente, y el corazón le dio un vuelco de miedo- Vayamos a ver.
    Strop los recibió al abrir la puerta y estaba desesperado por la preocupación. En cuanto ellos entraron, corrió al baño, ladrando angustiado.
    Cuando llegaron al cuarto de baño estaban esperando algo malo, y lo encontraron. Mike estaba en el suelo del cuarto de baño, inconsciente.

    – ¡Oh, Doctor Llewellyn! ¡Oh, Mike! -no había duda que había emoción en la voz de Hannah. Alegría-. ¡Se ha despertado! No se atreva a cerrar los ojos otra vez, que traeré a Tess.
    Tess… ¿Hannah llamaba a Tess, Tess?
    Todo era muy difícil de entender y no pudo evitarlo. Por más que lo intentó, no pudo seguir la orden de Hannah. Los ojos se le cerraron y se durmió.
    La siguiente vez que abrió los ojos Tess estaba allí. Y lloraba.
    Mike casi se había muerto, y le llevó cuatro días enterarse por qué no. Cuatro días que Strop pasó debajo de su cama y el cuerpo lentamente se recobraba.
    – Tuviste una hemorragia masiva debido a una úlcera de duodeno -le dijo Tess, aún temblorosa-. Nunca he visto tanta sangre. Te pusimos cinco unidades de plasma antes de comenzar a operar y luego comenzaron a venir donantes de todo el valle. Los tuvimos que aceptar a todos.
    De alguna forma lo habían operado allí.
    – Yo te operé -le dijo Tess cuando él estuvo lo bastante bien como para hacerle preguntas-. Y no me preguntes cómo, porque nunca en la vida quiero tener que volver a hacerlo. No quiero ni pensarlo.
    Fue Bill quien se lo dijo dos días después de la operación, cuando ya podía entenderlo.
    – Yo pensé que estabas muerto -le dijo mientras le cambiaba el vendaje con una delicadeza increíble para un hombre con esas manos enormes-. Cuando te vi en el suelo y toda esa sangre… estaba listo para llamar al enterrador. Si no hubiese sido por Tess, estarías en el cementerio.
    – ¿Qué pasó?
    – No pudimos evacuarte por la tormenta, así que Tess comenzó a meterte plasma, pero te nos ibas. Allí estábamos todos, Louise, Hannah, Tess, Strop y yo, todos mirándonos como tontos, porque tú te nos ibas. Entonces, Tess dijo que si total te ibas a morir si no hacíamos algo, que quién le hacía la anestesia.
    – ¿Quién…?
    – Yo me la quedé mirando boquiabierto, pero Hannah dijo que si ella le decía qué tenía que hacer, que ella se animaba. Hannah trabajó en quirófano en la ciudad. Tessa inspiró profundamente y dijo que fenomenal y que no se preocupara, porque sería la primera vez que Hannah hiciese una anestesia, pero también la primera vez que ella haría una operación.
    – ¿Y entonces…?
    – Entonces Tess llamó a Melbourne. Tendrías que haberla visto. ¿Mandona? ¡Increíble! Organizó una conexión telefónica con dos especialistas, un cirujano para ella y un anestesista para Hannah -Bill sacudió la cabeza y el tono de su voz indicaba que todavía le resultaba difícil creerlo-. Vinieron todas las enfermeras de la zona. Había gente sacando sangre a los donantes y ayudando en las salas y en quirófano. Todo el mundo quería ayudar.
    – Y ella lo hizo -dijo Mike débilmente.
    – Sí. ¿Sabe que te nos quedaste en la mesa?
    – No me tomes el pelo.
    – En serio. Hannah casi se murió también, pero Tess se mantuvo calma. Me hizo sujetar con pinzas lo que estaba cosiendo y le puso los electrodos. Saltaste y el corazón comenzó a latir otra vez, así que ella tranquilizó a Hannah y con calma volvió coser la maldita úlcera. Trabajó como una verdadera profesional y el cirujano que la estaba ayudando me dijo luego que no creía que él se hubiese quedado tan calmo -Bill esbozó una sonrisa-. Quizás no estaba tan tranquila. Cuando todo acabó y ella se hubo asegurado de que sobrevivirías la vi afuera vomitando hasta las tripas, como si hubiera sido ella la de la úlcera en vez de ti.
    Parecía que había algo más que Bill encontraba difícil decir.
    – ¿Sí?
    – Cuando la estaba ayudando a limpiarse, me dijo que no quieres casarte con ella porque interfiere con tu medicina. Lloraba a mares cuando me lo decía. Habrase visto tontería… ¿Qué ella interfiere con tu trabajo? Si ella no te amara… si ella no se preocupara por ti como para prácticamente tirar abajo la puerta de tu apartamento, si ella no hubiese corrido los riesgos que corrió, incluyendo el de perder su reputación profesional… Pues, sin Tessa, no le podrías dar a esta comunidad ningún tipo de servicio médico. Serías una estadística más en el cementerio.

    – ¿Tessa?
    – ¿Mmm? -con la bata blanca y aspecto eficiente, Tessa había entrado en la habitación con Hannah detrás. Miró los gráficos y sonrió-. Esto va estupendo, ¿sabes? Podrías comenzar a comer sólidos mañana.
    – Pero no huevos con panceta -sonrió Hannah y Tessa sonrió afirmativamente.
    – Tiene razón, enfermera. Ni huevos, ni panceta. Puede que probemos un poco de gelatina y…
    – ¡Tessa!
    – Perdona, Mike. ¿Querías decirme algo? -Tessa levantó las cejas y le dio su completa atención, igual que un cirujano atento y educado.
    – Sí. ¿Podemos hablar a solas un minuto?
    – Me temo que Hannah y yo estamos realmente ocupadas -le sonrió otra vez-. Como comprenderás, tenemos sobre nuestros hombros toda la responsabilidad de la atención médica del valle. No podemos permitir que nuestras vidas personales interfieran.
    Hannah sonrió. Mike se la quedó mirando. Hannah había salido de su concha. Lo que había hecho le había quitado años de amargura de los hombros. La enfermera estaba prácticamente con un ataque de risa boba.
    – ¡Tessa!
    – ¿Hay algo que pueda hacer por ti?
    – Sí -la miró enfadado-. Quiero que te cases conmigo.
    – Oh, ¿es eso todo? -la frente se le aclaró y una chispa de humor relució en su mirada. Detrás de su risa había dicha-. Creo que podríamos organizarlo. Hannah, cuando vayas a mi despacho, ¿podrías mirar si encuentras un hueco en mi horario?
    – Tess…
    – No querríamos interrumpir las necesidades de la comunidad, ¿no?
    – Tess…
    – Tengo que irme -dijo ella como si tal cosa-. Pero, por supuesto, me casaré contigo. Cualquier cosa con tal de hacerlo feliz, doctor Llewellyn. Cualquier cosa con tal de hacer a mis pacientes felices.

    Pasaron dos días antes de que pudiese tener una respuesta seria. Durante dos días tuvo a Bill o Louise o Hannah a su lado y él sintió que se volvía loco.
    Finalmente, la pilló. Era la medianoche. Había estado dormitando y oyó la puerta abrirse suavemente y unos pasos acercarse a la cama.
    Silencio. Cerró los ojos.
    Quien quiera que fuese, se inclinó sobre él. Hubiese reconocido ese perfume en cualquier lado. Le agarró la muñeca antes de que ella pudiera escaparse.
    – Quédate -gruñó.
    – Mike…
    De repente, la voz de Tessa parecía insegura.
    – Quiero pedirte perdón.
    – Perdón…
    – Por dudar de ti. Por ser tan idiota. Por causarte pena. Te quiero tanto, que quiero que estés a mi lado para siempre. Ya he tenido mis desastres. Y quiero tu amor antes de tener que enfrentarme a más. De ahora en adelante, cualquier desastre que venga, lo enfrentaremos juntos.
    – Mike…
    – Cásate conmigo, Tess -susurró-. Cásate conmigo y comprueba que no tengo ninguna reserva. Cásate conmigo y comprueba que no puedo ser médico sin ti. No puedo ser nada sin ti. Eres la mitad de mi todo. Tess…
    – Oh, Mike -se arrodilló y le hundió la cara en el hombro y lo abrazó, a pesar de la sonda.
    – Ya te he dicho que sí -dijo con firmeza-. Me enamoré de ti en cuanto te vi y te amaré para siempre. Por supuesto que me casaré contigo, amor mío. Lo quise en ese momento y lo quiero ahora. Amarte sin parar. Tú recupérate y organizaremos una boda para morirse. O… -pensó lo que había dicho y sonrió-. Mejor, habría que decir una boda para vivir. Porque eso es lo que será, una boda para vivir.
    Ya no había dudas en el corazón de Mike. No había ninguna duda. Ése era su destino, lo que iba a suceder.

Marion Lennox


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