Скачать fb2
Fantasmas del pasado

Fantasmas del pasado

Аннотация

    El doctor Jock Blaxton era un estupendo obstetra y adoraba a cada niño que ayudaba a traer al mundo. Sin embargo, su pasado le impedía tener uno propio. Su relación con las mujeres era muy problemática. No solía salir más de dos veces con ninguna, pero la doctora Tina Rafter, que llegó para cuidar a los hijos de su hermana y comenzó a trabajar en el hospital de Gundowring, lo deslumbró.
    ¿Estropearían su relación los fantasmas del pasado?


Marion Lennox Fantasmas del pasado

    Fantasmas del pasado (1999)
    Título Original: The baby affair (1999)

Capítulo 1

    – HAY demasiados.
    La enfermera Ellen Silverton alzó los ojos y suspiró. Llevaba una semana haciendo malabarismos con niños y cunitas, pero el doctor Jock Blaxton no era estúpido.
    Aunque quizá podía seguir intentándolo por Tina. Tina Rafter era la última doctora que había entrado en Gundowring y si había problemas, su estancia sería la más breve del hospital. Ellen pensó en la conversación que habían tenido una semana antes. Tina estaba pálida y a punto de ponerse a llorar.
    – Dejaré el trabajo, Ellen. No puedo seguir así. No se puede tener a otro niño más.
    – Claro que se puede. Nadie notará la existencia de un niño más.
    Nadie, excepto Jock Blaxton, que era demasiado inteligente para su propio bien. El hombre parecía tener ojos en la nuca. ¿Cómo podría distraerlo?
    – ¿Qué demonios quieres decir, Jock, cariño? -preguntó Ellen.
    – Ellen, no me vengas con zalamerías -replicó, agitando acusadoramente las notas que llevaba en la mano-. Está pasando algo y no sé qué es. Sólo porque tengas veinte años más no…
    – Y conocí a tu madre -interrumpió Ellen, tratando de reprimir una lágrima en un intento de desviar la atención sobre el número de cunas.
    – Jock, tu madre era una mujer estupenda. Era mi mejor amiga…
    – ¡Ellen, deje de intentar distraerme! Enfermera Silverton, quiero saber ahora mismo qué pasa en el hospital. -¿Qué demonios va a pasar?
    El doctor Blaxton frunció el ceño con impotencia. ¿Estaba imaginando cosas? Gundowring era un hospital donde nunca pasaba nada. Situado en la costa sur de Gales, nutría las necesidades de más de cuatrocientos kilómetros cuadrados, pero era un lugar tranquillo, bañado por el sol.
    De hecho, Gundowring era un lugar demasiado tranquilo para Jock Blaxton. El había nacido allí y pasó los diez primeros años de su vida hasta la muerte de su madre. Veinte años después volvió para trabajar como obstetra en el hospital.
    Jock había vuelto debido a los recuerdos de una infancia feliz al lado del mar y porque su mejor amigo, Struan Maitland, trabajaba como director del hospital. Struan había estado buscando desesperadamente un obstetra y había insistido mucho en que Jock aceptara el puesto. Y también porque Jock estaba inquieto… buscando a alguien a quien ni siquiera podía nombrar.
    Pues bien, buscara lo que buscara, tampoco lo había encontrado en Gundowring. Jock se había esforzado mucho por adaptarse allí, pero era incapaz de aceptar la quietud de la pequeña localidad. Acababa de volver de Londres y Londres le gustaba. Blaxton quería acción en su vida y estaba decidido a encontrarla.
    Pero de momento tenía que solucionar algo que estaba pasando allí. Debía concentrarse y no dejar que Ellen le confundiera. ¿Qué demonios le ocultaban?
    – De acuerdo, si no me dices… -Jock tomó la carpeta que contenía las historias de los pacientes-. Hablemos claro, ¿de acuerdo? Esta historia pertenece a Jody Connor. Jody Connor ha nacido hace dos días -el hombre se dio la vuelta hasta que encontró la cunita con el nombre-. Y Jody está aquí -el hombre colocó el historial en la cesta rosa de Jody y continuó.
    Ellen tragó saliva. Las cosas se estaban poniendo feas, pensó. Tina iba a tener problemas serios.
    – Voy… voy a llevar al pequeño Benjamín a su madre -dijo la mujer, dirigiéndose hacia la próxima cuna-. Ya es su hora de comer. Y Lucy Fleming debería de tomar otra sesión de rayos…
    Jock puso una mano sobre el hombro de Ellen y la detuvo.
    – Deja a cada bebé en su sitio -ordenó el doctor-. ¡Ellen, siéntate!
    – Bueno, es que…
    – ¡Siéntate!
    La mujer se sentó finalmente.
    – ¡Me siento como si fuera un perro!
    – Eres más que eso. Te conozco, Ellen Silverton y eres testaruda, valiente y se te da bien hacer el papel de inocente, pero… -el hombre hizo un gesto con la cabeza al ver que la enfermera comenzaba a levantarse-. No. Esta sala está bajo mi responsabilidad. Todas las enfermeras de noche me rehuyen y quiero saber por qué.
    – Si quieres decir que te evitan, te puedo decir la razón. Tienes fama de…
    – ¿Fama? -repitió Jock, colocando los historiales en cada cuna-. ¿Qué quieres decir con eso?
    – Si no sabes lo que opinan de ti, entonces eres menos inteligente de lo que yo creía -contestó Ellen, observando a Jock yendo de una a otra cuna.
    Ella había hecho todo lo posible. Él iba a descubrirlo y si lo contaba… ¿Lo contaría? ¿Cómo saberlo? Desde luego ella no. Después de doce meses trabajando con él, seguía siendo un desconocido para ella.
    Hubo un tiempo en que lo conoció bien. Jock había sido un niño estupendo, recordó. La madre de Jock era muy amiga de Ellen y Jock había crecido con sus propios hijos. Cuando la madre murió, al cumplir Jock los diez años, el padre sufrió una depresión y se lo llevó a vivir fuera. Ellen estuvo sin ver a Jock durante veinte años, hasta que éste volvió como un obstetra reputado, mucho más reservado y enigmático de lo que ella recordaba.
    Y mucho más alto…
    Medía casi dos metros y tenía un cuerpo impresionante. Con músculos y más músculos… Su cabello era negro y su rostro de facciones duras. Los ojos, de un azul oscuro, parecían los de un águila. La boca reía cuando menos lo esperabas, con una risa tan contagiosa que tenías que unirte a ella.
    Sus pacientes lo amaban y todas las enfermeras solteras estaban enamoradas de él, sin dejar de preguntarse por qué seguía sin pareja y desaparecía a Sydney cada vez que podía. Ellen sabía que tenía problemas. Fantasmas del pasado que lo perseguían y le mantenían apartado de todos. Era como si tuviera miedo de comprometerse con la vida. Con el amor…
    Pero nada de eso tenía que ver con el problema que Ellen tenía en ese momento. ¿Cómo explicar la existencia de una cuna de más? No podía.
    – Si no puedo llevar a Benjamín a su madre tendré que explicarle lo que está pasando. Estará despierta preguntándose…
    Pero Jock no era fácil de convencer. Tenía en la mano una última carpeta y había visto la cuna que le correspondía.
    – Jason, aquí tienes -dijo a un bebé de una semana que lo ignoro por completo. Luego se giró. Sobraba una cuna. No se había equivocado, había un bebé de más.
    – Tengo que irme…
    – ¡Ellen, quédate! -gruñó Jock, dirigiéndose hacia la cuna cuya cesta rosa no tenía el historial-. Sabía que tenía razón -dijo satisfecho, con los ojos brillantes-. Mis matemáticas no son del todo malas. Así que, ¿quién eres tú, pequeña?
    El bebé era una niña diminuta, quizá de cuatro o cinco semanas, que no hizo caso a Jock. Su rostro pequeño parecía concentrado en dormir. Tenía la cabeza cubierta por un pelo fuerte y un rostro precioso.
    – Ellen…
    – Doctor Blaxton, de verdad tengo que irme -repitió Ellen, ya en la puerta.
    – No -protestó Jock, poniendo las manos sobre la cuna del bebé-. No hasta que me la presentes.
    – Tengo que buscar a…
    – ¿La historia? -terminó por ella Jock, con un brillo en los ojos-. Te repito que no está. Ya he revisado todas las historias y esta pequeña no tiene.
    – Tiene que tener.
    – Ellen…
    – Mira, si crees que tengo tiempo que perder, intentando…
    Ellen dio dos pasos y trató de pasar, pero Jock bloqueó la puerta.
    – Ellen, ¿quién es esta niña? ¿Nos hemos convertido en una guardería?
    – No seas estúpido.
    – Ellen, no tiene ninguna pulsera con su nombre -la voz de Jock era implacable-. No tiene historial y no la conozco. Por mucho que lo intento, no la recuerdo. Nunca he visto a esta niña antes.
    – Es paciente de Gina -declaró Ellen, sabiendo que lo que decía no podía ser creído.
    Gina era la doctora Gina Buchanan, la pediatra del hospital. Gina estaba casada con Struan Maitland, el director del hospital y Gina y Struan estaban de vacaciones.
    Jock hizo un gesto de impaciencia.
    – Ellen, sabes de sobra que Gina está fuera. Ella y Struan se fueron de vacaciones hace dos semanas y antes de irse, Gina me habló de cada recién nacido. De esta niña no me dijo nada.
    – Tiene cinco semanas.
    – Cinco -repitió Jock, tomando a la niña en brazos.
    Ellen pensó que Jock tenía unas manos suaves, cariñosas… ¿Sería cariñoso en ese momento?
    – Entonces la conoces -dijo suavemente-. ¿Tiene nombre?
    Ellen alzó la barbilla.
    – Se llama Rose.
    – Rose -repitió Jock.
    El bebé se estiró y su pequeña carita se iluminó con una sonrisa. Jock no pudo evitar sonreír a su vez.
    – Sí. Entiendo por qué la llaman Rosa. Es un bonito nombre para una niña preciosa -luego su voz cambio-. Ellen, ¿puedes decirme qué demonios está pasando aquí?
    – Yo no…
    – Deja de decir estupideces, Ellen. Quiero saber quién es y lo quiero saber en este momento. Quiero saber si le pasa algo y si no tiene nada, quiero saber por qué una niña aparentemente sana está aquí en este hospital. Cuéntame.
    – Pero…
    – Ellen.
    Ellen suspiró. Y volvió a suspirar.
    Luego, por fin, levantó el rostro y se encontró con la mirada de Jock. La enfermera Silverton no se acobardaba con nadie y conocía a Jock desde que era un crío.
    – De acuerdo, Jock. Como te dije, su nombre es Rose y la estamos cuidando por Tina.
    Jock estuvo a punto de dejar caer a la niña. La miró asombrado y luego volvió a mirar a Ellen.
    – Tina… ¿La doctora Rafter?
    – Sí, la doctora Rafter -contestó con voz débil-. Aceptamos…
    – ¿Quién aceptó?
    – Está bien, yo acepté…
    – ¿Aceptaste cuidar a la hija de la doctora Rafter?
    – Tenía que dejar su trabajo de noche si yo no lo hacía -le explicó-. Jock, tú no entiendes. Tina está desesperada. No podía permitirse pagar…
    – ¿No puede pagar a alguien que la cuide? -preguntó con rostro incrédulo.
    – Jock, no entiendes -repitió Ellen-. Tina está…
    No siguió.
    – Tienes razón, no lo entiendo -dijo Jock mientras su rostro adquiría un semblante peligroso-. La doctora Rafter lleva trabajando aquí sólo dos semanas. Ellen, hicimos algunas entrevistas para el puesto y no mencionó que tuviera una hija.
    Ellen se puso derecha.
    – No, ¿pero habría cambiado algo las cosas?
    – Por supuesto que sí. Si hubiéramos sabido que dependía de nosotros para cuidar de esto…
    – ¡Doctor Blaxton, Rose no es una cosa! -protestó Ellen-. Esta niña se llama Rose y es preciosa. Y tú no tienes derecho a culpar a Tina. Le dije que a mí no me importaba tenerla aquí. También le aconsejé que no la mencionara…
    – ¿Por qué demonios…?
    – Porque sabes que Wayne Macky nunca aceptaría que Tina la tuviera aquí. No sin el permiso de Struan, y Struan estará fuera tres meses.
    Los ojos de Jock se agrandaron.
    – Pero, Ellen, Tina es sólo una interina y no tiene derecho a aceptar un contrato de unos meses si eso implica que tenemos que cuidar de su hija.
    Jock estaba muy enfadado, pero Ellen era una irlandesa de fuerte temperamento.
    – ¡Ya es suficiente! Tina no es sólo una empleada. Sabes perfectamente que es del pueblo. Todos la conocemos.
    – Yo no la conozco -dijo Jock-. Tina tiene veintiocho años, seis años menos que yo, lo que quiere decir que tendría cinco años cuando yo me marché. De manera que, a diferencia de ti, soy objetivo con ella.
    – Y no te cae bien…
    – Y no me cae bien -afirmó-. Ya le dije a Struan que me preocupaba que ella trabajara aquí. No es una persona seria y responsable. Incluso en un contrato de varios meses yo quiero una persona entregada y ya ha llegado varias veces tarde.
    – Jock, Tina tiene familia aquí y la necesitan. Por eso quería este puesto…
    – Ella dijo que eligió entre dos trabajos.
    – Es cierto -contestó Ellen desesperada-, pero también necesita tiempo para estar con la familia. Y para cuidar de su hija…
    – Y pensó que nosotros seríamos una posibilidad cómoda.
    – No -aseguró Ellen-. Tina conoce a Wayne Macky, el contable del hospital, y sabe que nunca lo aceptaría. Cuando comenzó no pensaba que fuera a necesitar que le cuidaran por la noche a la niña. Cuando se enteró, quiso dejar el trabajo, pero… -Ellen se sonrojó-. Yo sabía lo mucho que necesitaba este trabajo y también lo sabían las enfermeras. Conocemos de siempre a Tina. Y si tú se lo dices a alguien…
    – Te refieres a Wayne…
    – Sí -contestó, con las manos en las caderas-. Sabes que Wayne lo llevaría a la directiva y…
    – Echarían inmediatamente a la doctora Rafter y a su hija de aquí.
    – Así es. Y si no te importa…
    – ¿Pero cuál es el problema entonces? ¿Qué cuidemos de Rose cada noche?
    – Así es.
    – Esa chica es un poco aprovechada.
    – ¡Lo necesita! Sé que no te gusta Tina, pero no sé por qué. Ella es una chica estupenda, si fueras un poco más agradable…
    – Ellen, nosotros no tenemos un servicio de guardería aquí. Sabes que estamos siempre faltos de camas y si la niña se pusiera enferma…
    – Jock… -Ellen se mordió los labios, sabiendo que en ese punto no podía defenderse.
    Sabía que si la niña se contagiaba con algo sería un problema para ambas, para ella y para Tina. Aunque Tina no tenía otra posibilidad. Tina sabía que corría riesgos, pero sabía también que la desesperación la había llevado a dejar a la niña allí.
    – Escucha, Ellen, no aceptaré la responsabilidad de una niña durante los tres meses que dura el contrato de la doctora Rafter, y no es justo que espere que lo aceptemos. Le pagamos un sueldo justo y ella es adulta como para saber lo que conlleva tener un hijo. Así que ahora lo que tiene que hacer es contratar a una niñera.
    – Pero…
    – No, Ellen -insistió Jock, apretando al bebé en los brazos-. Sé que tienes un gran corazón. Puede que no seas capaz de decírselo, pero no aceptaré algo así. Iré ahora mismo a hablar con ella.
    – Jock, ¿por qué no te cae bien Tina?
    – Porque es una inconsciente y no se toma en serio su trabajo. Y descubrir la existencia de esta niña es lo que me habría esperado de alguien como ella. Tenía que habérmelo imaginado. Tuvo que haber alguna razón para que ella se marchara de la ciudad. Fue su única salida.
    Dicho lo cual se dio la vuelta y se dirigió al pasillo, sin despedirse de Ellen.

    Tina Rafter…
    Jock caminó por el pasillo con una expresión intensa en la mirada, pensando en aquella muchacha.
    Él se había opuesto desde el principio a que trabajara allí. Le parecía demasiado joven… Aunque su currículum dijera que tenía casi veintinueve años, era difícil de creer.
    ¿Por qué habría aceptado el trabajo? Jock imaginaba que habría alguna razón para que ella interrumpiera su carrera como anestesista y se pusiera a trabajar como interina. Es más, le molestaba no poder adivinar qué era.
    No podía preguntarle. Jock recordó el día en que Struan la presentó en la sala de empleados.
    Tina se había mostrado alegre y cariñosa con todo el mundo, y, a primera vista, Jock pareció también contento de conocerla. Desde luego que era bonita. Era delgada y a la vez con curvas, con una sonrisa que iluminaba todo su rostro y un pelo de color rojizo cuyos rizos le caían por los hombros. Tenía un caminar suave y ágil y enseguida causó buena impresión.
    Pero cuando Struan cruzó la sala para presentársela a Jock, el rostro de Tina se quedó helado. Sus preciosos ojos verdes de repente se ensombrecieron con un gesto de preocupación.
    La mirada aquella sorprendió a Jock. Él no estaba acostumbrado a que las mujeres reaccionaran de aquella manera. Durante aquellas dos semanas, se había intentado convencer de que eran imaginaciones suyas, pero no se equivocaba. A aquella mujer, por algún extraño motivo, él le disgustaba, y el disgusto bordeaba el desprecio.
    Jock había hablado de ello con Struan. Le comentó que tal vez la muchacha tuviera problemas que ellos desconocían, Pero no le hicieron caso. Struan, Wayne Macky y otro médico antiguo del hospital la conocían desde jovencita y confiaban en ella, a pesar de Jock.
    – Incluso podemos convencerla de que siga trabajando aquí con contrato fijo -había dicho Struan, antes de marcharse-. Sus antecedentes son limpios y podíamos contratarla como anestesista. Sólo tiene que hacer el examen y…
    – Esa es otra cosa que no entiendo -le había dicho Jock-. ¿Por qué demonios interrumpe sus estudios para trabajar como interina?
    – Problemas de familia -le había contestado Struan, sin más explicaciones-. Pero intenta convencerla para que se quede. Ya sabes que Gina y Lloyd tienen mucho trabajo y necesitaríamos otro anestesista.
    Jock sólo pudo asentir. Se le ocurrió pensar que el director podía no renovarle el contrato. Pero el desprecio en aquellos ojos le confundía, no entendía el motivo. Y, para empeorar las cosas, en ese momento descubría que tampoco les había confesado la existencia de la niña… No les decía que era una madre soltera.
    Aunque eso sí que podía entenderlo. Wayne, como presidente de la directiva del hospital no la perdonaría. A Jock no le importaba que tuviera una hija sin estar casada, decidió mientras iba por el pasillo. Pero si tenía pensado que se la cuidaran ellos…
    La boca de Jock se hizo una línea apretada. Abrió las puertas de cristal de la sala y fue a su encuentro. Escogió el peor momento. Tina estaba siendo besada apasionadamente. Jock se detuvo y miró asombrado… luego observó.
    ¿A quién diablos besaba? No podía verlo. Tina era delgada y baja. Su falda y su blusa estaban cubiertas por la bata blanca y se apretaba contra un cuerpo masculino. Lo único que Jock alcanzaba a ver eran las piernas delgadas y el cabello revuelto cayéndole por los hombros. El resto estaba tapado por el hombre.
    ¿Y el hombre? Parecía un campesino. Era grande, fuerte e iba mal vestido. Parecía llegar directamente de cuidar vacas. Besaba a la muchacha con pasión y ella parecía responder con el mismo entusiasmo. Jock sintió en su mismo cuerpo la pasión entre hombre y mujer. Afortunadamente la rabia lo salvó. ¡Justo a tiempo!
    – ¿Qué diablos pasa aquí?
    La pareja se apartó de mala gana. Aunque no demostraron vergüenza o culpabilidad. El hombre se volvió y Tina le sonrió. Sus ojos verdes estaban vivos de placer y malicia.
    – Harry Daniel, esto no está bien. Te dije un beso de amigo.
    – Me he aprovechado -contestó Harry tranquilamente, soltando una carcajada y mirando al doctor.
    – ¡Se lo diré a Mary! -replicó la muchacha.
    – Hazlo si quieres. Tú serás nuestra madrina de boda y ella nunca te creerá. Además… -Harry miró con placer a Tina-. Desde el mes que viene intentaré ser fiel a mi preciosa Mary. Ésta es mi última oportunidad de divertirme.
    – ¿Es eso lo que soy? ¿Una diversión?
    El campesino se quedó pensativo y sonrió.
    – Bueno, dierr… Yo diría que…
    Jock preferiría no haber estado allí. Miró a Harry Daniel. Lo conocía. Era un campesino de la localidad que estaba comprometido con Mary Stevenson, la maestra.
    – ¿Pero qué…?
    Por fin lo miraron y Harry hizo una mueca. Tina no se inmutó. Tan pronto como vio a Jock la sonrisa de sus labios se apagó. Se apartó de Harry y se dirigió hacia la bandeja que estaba preparando.
    – Ya está, Harry. Vuelve el viernes y te quitaré los puntos. La cicatriz se curará pronto y estarás guapo para la boda.
    Jock volvió a mirar a Harry y notó por primera vez la cicatriz en la mano del campesino.
    – ¿Qué te ha pasado?
    – Tuve una pelea con una máquina, doctor. Me ganó ella. Nunca se puede ganar a esas máquinas infernales.
    – ¿Y la doctora Rafter le besó para curarlo? -preguntó, con un matiz de desaprobación.
    Harry no pareció darse por aludido.
    – Le dije que lloraría si no lo hacía. Que me diera ánimos para aguantar los puntos, ya sabe. Me dijo que me daría un beso al final si no gritaba y no lo hice. Nuestra Tina es la mejor. Espero que siga contando con ella cuando acabe su contrato, doctor. Ella querría que no terminara nunca.
    El hombre hizo un gesto cariñoso a Tina con la mano herida y se marchó.
    Hubo un silencio.
    Detrás de la mesa, Bárbara, la enfermera jefe, miró con curiosidad a Jock y luego a Tina. Había estado viendo el beso de Harry y Tina y al parecer le había gustado mucho, pero en ese momento pensó que no debería quedarse. Era inteligente. Así que se fue hacia el área de recepción, aunque teniendo cuidado de mantenerse cerca para escuchar.
    Tina estaba ordenando las bandejas, pero en ese momento vio lo que Jock sostenía en brazos.
    La puerta se cerró detrás de Harry y Tina dejó un vaso en la bandeja y dio un paso hacia Jock.
    – Rose -dijo con suavidad, extendiendo los brazos al bebé-. ¿Ha pasado algo?
    La cara de Jock tenía una expresión fría y ella no tuvo la valentía de dar otro paso. Tuvo miedo y recordó a Ellen, que le había asegurado que no habría ningún problema. Pero Tina conocía al canalla de Jock Blaxton. ¡Era un maldito canalla! Un hombre que había hecho mucho daño y allí estaba tan tranquilo, juzgándola. Bien, sólo había un modo de manejar la situación y Tina no iba a quedarse allí a esperar una bronca del doctor Blaxton. ¡De ninguna manera! Ella le había dicho a Ellen que no daría resultado y tenía razón. Así que se iría en ese momento. Recogería todo y se marcharía.
    – ¿Le importa que termine el turno o prefiere que me vaya ahora mismo?
    Silencio.
    – ¿Qué me dice? -insistió, tras unos segundos, mientras se acercaba para tomar a Rose en sus brazos.
    Rose seguía durmiendo. Ella miró a la niña y sintió un amor tan grande dentro que estuvo a punto de emocionarse. ¡Y ese maldito canalla! Había hecho tanto daño…
    – Me iré ahora -dijo finalmente.
    Jock se quedó mirándola, visiblemente enfadado.
    – ¿Quién se va a encargar del turno de noche? -preguntó él-. Su contrato es de tres meses, señorita Rafter.
    – No.
    – ¿Qué significa eso?
    – Quiere decir que tengo problemas personales más importantes y que algunas veces los problemas personales son el motivo de que se incumplan los contratos. En este caso ningún abogado me puede obligar a que lo finalice. También significa que no esperaré ninguna amabilidad por su parte, Jock Blaxton. Ellen me dijo que me equivocaba con usted y que reaccionaría bien si descubría lo que estábamos haciendo. Fui una estúpida por hacerle caso.
    La muchacha tomó aire.
    – De manera que… Me llevaré ahora mismo a Rose a casa y cobraré el jueves. Significa que tendrán que trabajar más durante un par de días, hasta que encuentren a otra interina, pero me imagino que sobrevivirá, doctor Blaxton. ¡Incluso puede sentarle bien!
    Se giró sobre los talones y caminó hacia la puerta. Pero Jock se acercó rápidamente y puso una mano sobre su hombro.
    – Espere un minuto.
    – No voy a aguantar ninguna bronca suya, Jock Blaxton -declaró Tina, dándose la vuelta-. Ya ha hecho suficiente daño a esta pequeña. Fui idiota dejándola cerca de usted. Y ahora déjeme pasar.
    Los ojos de Jock se oscurecieron y la mano que tocaba el hombro de Tina se hizo más pesada.
    – No entiendo.
    – No. Esa es su especialidad.
    – Tina… -Jock se apresuró tras la muchacha, obligándola a que diera la vuelta y lo mirara.
    Detrás de ellos, la enfermera se asomó por la ventana de recepción.
    – Escuche, ¿le importaría contarme qué demonios está pasando aquí? -exigió él-. Descubro a mi personal cuidando de su hija ilegítima, hija de la que no nos habló al aceptar el trabajo, y ahora reacciona enfadándose como si fuéramos nosotros los que estamos equivocados. Usted siempre parece estar enfadada conmigo desde que nos conocimos. Y…
    Pero Tina no pudo seguir escuchando.
    – ¿Mi hija ilegítima? ¿Mi…?
    – Pero ¿qué…?
    Pero Tina no podía hablar. Estaba fuera de sí. Levantó su mano libre y le abofeteó tan fuerte como pudo. Y luego le empujó para pasar, todavía con la pequeña Rose contra su pecho.
    Antes de que Jock pudiera recuperarse, Tina había desaparecido dentro del aparcamiento. Poco después oyó que arrancaba un coche y se quedó allí confuso, viéndolo desaparecer en la lejanía.

Capítulo 2

    JOCK apenas tuvo tiempo para pensar en la extraña reacción de Tina durante el resto de aquella noche. Estuvo demasiado ocupado. Lo normal era que por la noche sólo se quedara un médico de guardia. Aquella noche le tocaba a Tina Rafter, que se había marchado, perdiendo su empleo, por lo que Jock tuvo que sustituirla, además de ejercer de obstetra cuando fue necesario.
    Y fue necesario. Después de atender a una anciana con un ataque de ansiedad debido a la incapacidad de conciliar el sueño, Jock tuvo que atender un parto. El parto fue, además, complicado y tuvo que utilizar el fórceps. De modo que a las siete de la mañana Jock estaba exhausto.
    A esa hora vio a Ellen, que ya se había cambiado, y se disponía a marcharse.
    La mujer miró a Jock con gesto recriminatorio. En los hospitales de las pequeñas ciudades el respeto de las enfermeras por los médicos se desdibuja. Y si a eso se añade que Ellen había tenido a Jock en sus rodillas cuando éste era un niño, el resultado era que ese respeto desaparecía por completo.
    En esos momentos era evidente que la enfermera Silverton estaba muy enfadada.
    – Doctor Blaxton, no había ninguna necesidad de que despidiera a la doctora Rafter. La enfermera jefe de guardia me dijo lo que había pasado. Me contó que usted había despedido a Tina sin dejarle que se explicara siquiera… Jock, si tu madre pudiera verte ahora, se avergonzaría de ti.
    Jock cerró los ojos. Se había pasado toda la noche del domingo atendiendo un parto. Toda la mañana del lunes en la consulta. La noche del lunes estaba a punto de acabar agotado. ¡No podía más!
    – Ellen, yo no despedí a Tina -dijo, con los dientes apretados-. Fue ella quien se marchó. Y por lo que a mí concierne, me alegro de que así sea.
    – Eso no es verdad.
    – Sí que lo es. Es frívola, flirtea con los pacientes, es impuntual, incompetente y espera que el hospital se ocupe de su hija ilegítima debido a que ella es tan irresponsable que no se puede ocupar de la niña. O una tacaña, que no quiere pagar la guardería. No tengo ni idea de dónde estará el padre, pero tampoco me sorprendería que no supiera siquiera quién es.
    Ellen se quedó mirándolo fijamente.
    – Y ahora, si has terminado, ocúpate de decir al señor Macky que vaya buscando una sustituta para la doctora Rafter antes de irte -dijo Jock, con voz cansada-. Necesito desayunar algo y tengo consulta a las ocho.
    – ¿Te golpeó? -preguntó Ellen, que por fin pudo hablar. En la mejilla de Jock se podía ver la marca de cuatro dedos, pero en el tono de la mujer no había ninguna compasión-. Bárbara me dijo que ella te había golpeado. ¿Te dio fuerte?
    – Sí que lo hizo. Y debería denunciarla. De todas… Pero no pudo terminar. Ellen Silverton se adelantó y le dio una sonora bofetada en la otra mejilla.
    – De parte de tu madre. Y mía también. Y ahora si quieres despedirme, adelante. Soy demasiado mayor para estar complaciéndolo, doctor Blaxton. De todos los arrogantes y autoritarios… Deberías avergonzarte. -Debería…
    – Sí, deberías -Ellen le obligó a sentarse en una silla. Él, asombrado, cedió-. Siéntate, Jock, y cállate y escucha.
    – Pero…
    – Ni una palabra más hasta que acabe -Ellen estaba furiosa-. En primer lugar, Tina es una chica estupenda. Y no sabes por lo que ha tenido que pasar…
    – Yo no…
    – Silencio, doctor Blaxton. En segundo lugar, Rose Maiden no es la hija de Tina. Así que no es extraño que te abofeteara al acusarla de ser la irresponsable madre de una niña ilegítima. ¡Después de lo que está haciendo por ella! Y la acusas de promiscuidad…
    – Le vi besando a Harry Daniel en…
    – Ya lo sé. Bárbara me lo dijo. Y también me dijo que tú parecías celoso. Tina y Harry han sido amigos íntimos desde pequeños y Harry va a casarse el mes próximo con Mary, la mejor amiga de Tina en el instituto. Así que no creo que sea promiscua por besar a ese hombre.
    – Pero si Rose no es hija de Tina…
    – Ya te dije que Rose era hija de la hermana de Tina.
    – Y entonces, ¿por qué no cuida la hermana de su propia hija?
    – No puede. Christie fue internada en un hospital de Sydney hace una semana por agotamiento y depresión posparto.
    – No…
    – ¿No qué? ¿No te lo crees? Tú prefieres pensar que Tina es una frívola y una promiscua. ¿Es eso? -protestó Ellen-. Y yo que pensé que eras un buen hombre… Me avergüenzo de ti y tu madre se revolvería en la tumba si pudiera ver en lo que te has convertido.
    Ellen se dio la vuelta y se marchó.
    – ¡Ellen!
    La voz de Jock, la desesperación en ella, hizo que Ellen se detuviera.
    – Ellen, creo que es mejor que me digas lo que está pasando. De acuerdo -continuó, mientras ella se daba la vuelta-, puede que me haya hecho una opinión equivocada, pero… si supiera qué es lo que pasa…
    – Doctor Blaxton, no es asunto mío…
    – Ellen.
    – ¿Sí?
    – Siéntate. Y ahora cuéntamelo todo, por favor. ¿Quién es la hermana de Tina?
    Ellen dio un suspiro. Puede que no todo estuviera perdido. Puede que si ella hiciera un esfuerzo…
    – La hermana de Tina se llama Christie Maiden. Vive fuera de la ciudad, en una granja.
    – Entiendo -mintió él-. O sea que Christie tuvo una hija, Rose, aquí hace cinco semanas.
    – Sí.
    – Eso debió de ser mientras yo estaba de vacaciones en Londres.
    Seguía sin entenderlo. Como único obstetra del distrito conocía a todas las mujeres embarazadas, o eso pensaba. Y nunca había oído hablar de esa tal Christie Maiden.
    – Entonces… la debió de atender en el parto Henry Roddick, ¿no es así?
    Era el médico a quien él había pagado una fortuna para que se encargara de todo mientras él estaba fuera.
    – Si tú no la atendiste, me imagino que fue Henry -replicó Ellen-. Yo imaginé que habías sido tú. Eso es lo que me dijo Tina, pero yo también estaba fuera.
    – Pero… -Jock hizo un gesto con la cabeza-. Si tuvo el niño aquí, si Christie es alguien de aquí, ¿cómo es que no la conozco? Yo estuve sólo dos semanas fuera. ¿Cómo es que no le hice las revisiones normales?
    – Puede que no se hiciera ninguna -dijo Ellen-. Tuvo problemas desde el comienzo.
    – ¿Por qué?
    Ellen se encogió de hombros y dio un suspiro. Luego extendió las manos.
    – Es una larga historia.
    – Puedes intentar contármela.
    – La verdad es que no lo sé todo, pero creo que…Tina dice que el marido de Christie se marchó cuando estaba de dos meses. Vivían en una granja como a diez kilómetros de la ciudad y apenas hay casas alrededor. Ya tenían dos hijos, uno de cuatro y otro de dos. En lugar de buscar ayuda, Christie trató de salir adelante ella sola. Casi nadie en la ciudad se enteró de que Christie estaba embarazada. Yo tampoco. Nadie la vio.
    – Pero terminó viniendo aquí.
    – Eso creo.
    – ¿Tenemos el historial?
    – Estará en el archivo. Puedes buscarlo si quieres.
    – ¿No crees que me interesa? -preguntó Jock, con el ceño fruncido-. ¿Crees que me da igual?
    – Yo no he dicho eso.
    – Pero lo crees y desapruebas mi reacción. ¿Por qué no me lo contaste desde el principio? ¿Y ahora por qué se ha ido Tina?
    – Ella está cuidando de los niños. Buscó este trabajo porque estaba preocupada por su hermana que, efectivamente, tuvo que ingresar en el hospital. Así que Tina se ha quedado a cargo de los otros dos. Me imagino que Tina está pagando a una chica para que la ayude y poder dormir algo durante el día, pero esa chica no puede quedarse por la noche, de manera que Tina se trae aquí a Rose.
    – ¿Y quién más lo sabe?
    – Sólo las enfermeras de guardia.
    – ¿Y Gina y Struan?
    – No. Saben por qué Tina volvió, pero no saben que trae a Rose al hospital.
    – ¿Por qué no?
    Ellen se encogió de hombros.
    – Christie no estaba en el hospital todavía cuando ellos se marcharon. Además Tina no quiere que mucha gente sepa que su hermana necesita tratamiento psiquiátrico. Esta es una ciudad pequeña donde se juzga mucho a las personas. Bueno, quizá no mucho, pero Christie tiene miedo de que a raíz de esto la puedan considerar una enferma mental. Al parecer ni siquiera quiso que la atendieran aquí, Tina la tuvo que llevar a Sydney.
    – ¡Diablos!
    – Es cierto. ¿Lo crees? Y tú lo has puesto mucho peor. Y ahora, si me disculpas, será mejor que me vaya. Si quieres que te llame a la agencia de interinos antes de irme…
    – Déjalo -contestó Jock pensativo-. ¿Podrías…? ¿Podrías pedir a Tina que volviera al hospital? ¿Decirle que entiendo lo de la niña?
    – No.
    – ¿Por qué no?
    – Porqué si quieres que vuelva, creo que tendrás que ser tú quien se lo pida. Ella es muy orgullosa y tú la echaste, Jock. Tú lo solucionas.

    Eran las cinco de la tarde cuando Jock llegó a la granja de la hermana de Tina. Había encontrado la dirección en su historial médico, pero no estaba bien detallada. Así que le fue difícil llegar y al hacerlo, tampoco estaba seguro de haber llegado al lugar correcto.
    La casa estaba situada en las estribaciones de las montañas. Era un edificio destartalado rodeado de eucaliptos y helechos por todas partes.
    Había gallinas flacas y una vaca de mirada triste que observó el coche de Jock. ¿Había llegado al lugar que buscaba? Jock estuvo a punto de darse la vuelta, pero oyó una risa procedente de la parte trasera de la casa. Era una voz infantil.
    – Estoy viendo a Ally…
    Entonces Tina salió desde detrás de la casa. Aunque no era la doctora limpia de bata blanca que Jock conocía. Iba vestida con unos vaqueros viejos y una camiseta. No llevaba zapatos y su pelo rojo flotaba al viento. En los brazos llevaba un bulto enrollado que sujetó con una mano para subir los escalones del porche de entrada a la casa corriendo.
    – ¡Te hemos visto, Ally Maiden! Ahora te toca a ti -entonces Tina bajó los escalones de nuevo y se dirigió hacia un lado de la casa, donde había un pequeño que comenzó a gatear tras ella.
    Todavía con el bulto en uno de los brazos, tomó al pequeño y lo puso en la cadera con la mano libre.
    – ¿Qué te parece, Tim? Hemos encontrado a Ally -dijo Tina, con una sonrisa de triunfo y dando una vuelta completa para regocijo del pequeño.
    Pero Tim había visto a Jock y miraba el coche deportivo con la boca abierta.
    – Un coche, tía Tina. ¡Un coche!
    La tía Tina se dio la vuelta y se quedó helada. No vio el coche deportivo, sólo vio a Jock. Al doctor Jock Blaxton en persona. ¡Jock Blaxton allí! Su peor pesadilla la perseguía. Entonces Ally llegó corriendo. Era una niña de unos cuatro años con el mismo cabello de su tía.
    – Creí que nunca me encontrarías. Estuve mucho tiempo escondida…
    Entonces también ella vio a Jock. Se detuvo y miró… y luego se dirigió a Tina y la tomó de la mano. Ésta sólo quería meterse en la casa y cerrar la puerta. Aunque si cerraba de un portazo, la casa se caería en pedazos, pensó con amargura. No había ningún lugar seguro donde esconderse. Si se hiciera realidad el cuento del lobo que tira una casa soplándola, esa sería la casa.
    Jock caminó por el sendero que llegaba a la casa. El viento movía su pelo oscuro y sus ojos azul oscuro estaban entrecerrados para evitar el sol de la tarde. Era un lobo de verdad. Tina retrocedió un paso y los niños se agarraron más a ella. Parecía asustada, pensó Jock. ¿Por qué?
    – ¿Tina? -dijo, deteniéndose al pie de las escaleras, observando al pequeño grupo.
    Tina prefería que no subiera las escaleras. Parecían a punto de derrumbarse.
    – Sí, soy yo -dijo, con una voz fría.
    Luego se volvió hacia su sobrina, como si buscara algo que decir.
    – Ally, éste es el doctor Blaxton. Es el hombre del que te hablé esta mañana. Doctor Blaxton, ésta es mi sobrina Alison, la llamamos Ally. Y éste es mi sobrino Timothy.
    Jock notó los dos pares de ojos que lo miraban juzgándolo. La pequeña alzó la barbilla desafiante, como si lo conociera bien.
    – Hiciste llorar a mi tía Tina -dijo severamente-. No nos gustas, doctor Blaxton. Aunque tengas un coche bonito creo que es mejor que te vayas.
    Jock tragó saliva. Desde luego no se lo ponían fácil.
    – No quería hacer llorar a tu tía.
    – ¿Entonces por qué lo hiciste?
    – Me equivoqué.
    Seis ojos lo miraban, bueno, ocho contando al bebé apretado contra el pecho de Tina. Todos eran de un verde intenso y todos tenían la misma luz detrás. Todos eran pelirrojos. Parecía que los niños eran hijos de la muchacha.
    – ¿Has venido a decirle que lo sientes? -preguntó Ally con curiosidad.
    – No hace falta que diga que lo siente, Ally. No quiero sus disculpas.
    – Te hizo llorar.
    – Yo fui tonta. Tonta por enfadarme. El doctor Blaxton no tiene nada que ver con nosotros. No tenía por qué haber conseguido que llorara -entonces levantó también ella la barbilla y miró a Jock con ojos fríos y duros-. Por favor, váyase.
    – Tina, lo siento -declaró Jock, con voz desesperada-. No tenía por qué haber supuesto que Rose era hija tuya… Fue…
    – ¿Viene a disculparse por eso? ¿Eso es todo? ¿Por sugerir que tenía una hija ilegítima? Ese no ha sido el único daño que ha hecho… -su voz se apagó, ahogada por la furia.
    Luego hubo un silencio tenso. Ni los niños fueron capaces de hablar.
    – Tina, no sé qué quieres decir.
    – ¿Me está diciendo que no sabe el daño que ha hecho?
    – No.
    – No sabe… -los ojos de Tina parecieron echar chispas-. ¡No lo sabe! Admite a mi hermana en el hospital, la atiende en el parto y le da el alta veinticuatro horas después. ¡Veinticuatro horas! Y sólo porque está en la seguridad social. A pesar de estar agotada al borde de la muerte, de estar muriéndose de hambre y de no tener a nadie que la ayude en casa. Por no mencionar la depresión. Pero usted la echó porque no puede ganar ningún dinero con ella y no le importa lo más mínimo cómo está.
    Tina era una persona más bien baja, pero lo que le faltaba de estatura le sobraba de personalidad y fuerza.
    – Así que no se preocupó por ella. Ni siquiera en los detalles más fáciles. No contactó con el centro de asuntos sociales para que enviaran alguien a su casa. No tuvo ninguna ayuda. Mi hermana llegó a casa después de una noche en el hospital y los vecinos le devolvieron a los otros dos niños. Nadie me llamó hasta dos semanas más tarde, que fue cuando tomé un avión en Brisbane para llegar y encontrarme…
    Tina cerró los ojos.
    – Esto fue lo que me encontré -apretó a los pequeños contra ella-. Mamá está enferma, ¿verdad? Pero ahora está en el hospital y se pondrá pronto bien. Mi hermana necesitaba un médico y no lo tuvo. Así que ahora… no lo necesitamos. No lo necesitamos para nada. Creo que será mejor que se vaya cuanto antes para que no me enfade más.
    Hubo un silencio prolongado. Se oyó el grito de un pájaro procedente de los árboles que rodeaban la casa. Pareció una acusación. El mundo entero parecía acusar a Jock Blaxton.
    Quizá el pájaro tuviera razón. Quizá Tina tuviera razón. ¡Maldita sea! Jock se sintió horriblemente culpable. Puede que no fuera tan responsable como Tina creía, pero era suficientemente responsable. Él necesitaba unas vacaciones y había contratado a Henry Roddick sin conocer bien su profesionalidad.
    – Tina, yo no atendí a tu hermana en el parto -dijo con suavidad-. Yo estaba fuera. ¿De verdad te dijo ella que fui yo quien la atendió?
    Tina abrió los ojos de par en par.
    – Eso es una locura. Sí, me habló del doctor Blaxton…
    – ¿Estás segura de que no sabía que el médico que le correspondía era yo y me tomó por tanto por el doctor Roddick? Si estaba tan mal, puede que no escuchara bien el nombre del doctor que la estaba atendiendo.
    – No… -Tina estaba pálida-. Creo…
    – Tina, fue el doctor Roddick quien atendió a tu hermana. Después de que Ellen me contara que Rose era la hija de tu hermana, busqué el historial de tu hermana. Yo nunca vi a Christie. No vino a verme ni siquiera una vez durante el embarazo. De acuerdo a las notas de Henry, no había ninguna ficha de ella. El parto fue una sorpresa para Henry. Fue un parto normal y le dio el alta veinticuatro horas después. El no encontró ningún motivo para que no se marchara.
    Tina estaba con la boca abierta y los ojos le ocupaban prácticamente toda la cara.
    – Quiere decir… que no fue usted.
    – Así es.
    – ¡Oh, no!
    – Creo… que los dos hemos cometido una injusticia -dijo Jock-. Deberíamos empezar de nuevo y aclarar lo que pasó.
    Los ojos de Tina se cerraron momentáneamente. Luego los abrió despacio.
    – Pero… le hice estar toda la noche trabajando. Tenía una mujer de parto y el resto de los pacientes. Tiene que estar agotado…
    – He sobrevivido.
    – Le he hecho daño.
    – Lo merecía.
    – No, no lo merecía -admitió sinceramente Tina. No tenía derecho a llevarme a Rose al hospital. Ellen fue quién me dijo que podía hacerlo. Pero…
    – Y yo tenía que haber sabido toda la historia antes de hablarle.
    – ¡Perdóneme!
    La pequeña Ally, que había estado mirando a uno y a otro con visible impaciente tiró de la mano de su tía.
    – Tía Tina, ¿te has hecho amiga del doctor Blaxton?
    – No lo sé -dijo Tina, con una sonrisa débil-. Lo estoy pensando.
    – Yo creía que el doctor Blaxton era…
    – No digas nada, Ally. Creo que me he equivocado con el doctor.
    – ¿Eso quiere decir que podemos dar una vuelta en su coche?
    Tina abrió la boca y luego la cerró. De repente, una sonrisa iluminó su rostro. La sonrisa que Jock había visto ofrecer a todos menos a él. La sonrisa que hechizó a Jock desde el primer momento y que hizo más doloroso su desprecio. Y ahora esa sonrisa era para él.
    – ¡Oh, Ally…! -Tina movió la cabeza y sus ojos se humedecieron-. ¡Maldita sea!
    Dejó a su sobrino en el suelo y luego extendió la mano hacia Jock.
    – Doctor Blaxton, no sabe lo agradable que es saber que no tengo que odiarlo -declaró.
    “Lo mismo pienso yo”.
    Esa sonrisa estaba provocando sensaciones extrañas en el interior de Jock. Tomó la mano firme de Tina y las sensaciones se hicieron más fuertes. Esa muchacha era diferente a todas las que había conocido anteriormente. Tina no llevaba maquillaje. Sus ojos eran claros y brillantes. Sinceros. Tenía manchas de leche en la camiseta y el bebé estaba pegado a sus senos como si fueran suyos. ¡Esa era la típica escena que a él le habría hecho correr!
    – ¿Cómo… cómo está Rose? -consiguió decir. Y su voz sonó ronca.
    – Como ve. Nos permite hacer todo, siempre que la llevemos a ella. Es muy sociable. Pero en este momento tiene sueño.
    – ¿Por qué…? -su voz no le salía con firmeza-. ¿Por qué no está en el hospital con su madre? -preguntó, pensando que en los casos de depresión posparto separar a la madre del hijo empeora la situación-. No entiendo.
    Había muchas cosas que no entendía. Una de ellas era por qué sus piernas le temblaban delante de aquella muchacha. Aquellos ojos… Pero el rostro de Tina volvió a ponerse triste…
    – No creo… -la muchacha suspiró y la luz de sus ojos se apagó-. Puede que no entienda lo mal que estaba mi hermana cuando yo llegué -Tina acarició a la niña-. Ally, ¿por qué no vas con Tim a recoger algunos huevos? Si hacemos una tortilla al doctor Blaxton y lo tratamos bien, puede que os lleve a dar una vuelta en su coche.
    – ¿De verdad? -preguntaron ambos niños a la vez, mirando fijamente a Jock.
    Jock extendió las manos y sonrió agradecido. Ese pequeño grupo era como una red de seda que lo estaba atrapando suavemente. Debería irse a casa y acostarse, pero esos ojos verdes…
    – De verdad -contestó Jock-. Una vuelta en coche es muy poco pago a cambio de una tortilla.
    Ally tomó a su hermano de la mano y ambos salieron corriendo hacia el gallinero.
    Jock se quedó con Tina… y con el bebé.

Capítulo 3

    PERMANECIERON en pie, con la puesta de sol al fondo, sin saber por dónde empezar. Los pies descalzos de Tina se movían inquietos, mientras Rose se estiraba y movía las manitas. Tina parpadeó. Le encantaba sentir a Rose, pero Jock le ponía nerviosa… Le hacía sentirse muy joven, muy torpe.
    – Entre. Le daré un poco de limonada -dijo finalmente-. Bueno, parece que le he secuestrado para que cene con nosotros. ¿Podrá soportarlo?
    – ¿Disfrutar de una tortilla hecha en casa y llevar a dos niños en mi coche? -dijo Jock, forzando una sonrisa-. Puedo aguantarlo. Por cierto, ahora que somos amigos, puedes tutearme. Llámame Jock.
    – Muy bien, Jock, nos tutearemos.
    La siguió dentro de la casa observando el cuerpo de Tina. Estaba muy guapa en vaqueros y descalza. Allí en la casa, con o sin bebé, estaba maravillosa.
    El interior de la casa era como el exterior. La pobreza era visible en cada ángulo. Jock se detuvo en la puerta de la cocina y miró a su alrededor. Se notaba que Tina debía intentar mantenerla ordenada. La casa estaba limpia, pero era lo único que se podía decir de ella. Los muebles eran escasos. Había una mesa o algo parecido, pero sin sillas a su alrededor. El suelo hacía tiempo que había perdido el linóleo que lo había cubierto en algún momento y era de madera desnuda.
    El único toque de color lo daba una jarra de cristal que había sobre la mesa. Era un color rojo fuerte que hacía juego con el cabello de Tina. Ésta se fijó en que Jock miraba la jarra.
    – Cambiamos las rosas cada mañana -dijo, acariciando a Rose sin darse cuenta-. Me hace sentirme bien.
    – ¿Por qué…? ¿Por qué está viviendo tu hermana en un sitio como éste? Es espantoso. No creo que tenga necesidad de ello. Hay asistentes sociales que podrían ayudarla. Le darían por lo menos algunos muebles.
    – Lo harán. Ahora sí, antes no pudieron.
    – ¿Puedo preguntar por qué?
    Tina se encogió de hombros. Llenó un cazo con agua y lo puso al fuego. Luego colocó un plato con fruta sobre la mesa y se sentó frente a Blaxton.
    – Por el orgullo de mi hermana. Siempre ha sido testaruda y muy fuerte, además de orgullosa. Sólo que ahora… el marido de Christie tuvo una aventura con otra mujer -declaró Tina, mirando a Jock a los ojos-. Con una adolescente. Christie lo descubrió cuando estaba embarazada de dos meses. Ray, el marido, quiso que abortara, a pesar de que antes sí que había querido tener otro niño.
    – ¿Y ella se negó?
    – Por supuesto que se negó -Tina miró a la niña, como si el pensamiento fuera horrible.
    Y lo era. Tina sonrió a la pequeña y se inclinó para darle un beso en la cabeza.
    – Christie quería esta niña. Ama a sus hijos. Ama… a Ray.
    – ¿Entonces?
    – Entonces Christie se marchó unos días con los niños, para pensar a solas. Pero fue una estupidez. Mí hermana debió de creer que Ray iba a asustarse e ir detrás de ella, pero no lo hizo. Cuando finalmente volvió, Ray se había llevado todas las cosas. Vendió todo lo que tenía valor, hasta las alfombras del suelo. Se llevó todo el dinero del banco y las tarjetas de crédito. Se llevó hasta las bombillas.
    – Oh, no…
    – Y Christie, en vez de pedir ayuda, simplemente se quedó asustada -continuó Tina con tristeza-. Nuestros padres murieron hace unos años. Yo estaba en Brisbane trabajando y ella no me dijo nada.
    – Pero debiste enterarte.
    – ¿Cómo podía enterarme? Yo estaba ocupada con mi propia vida, con la carrera y pensaba que… Christie ni siquiera me contó que esperaba un hijo. No la había visto desde navidades. La llamé y ella me habló con total normalidad de Ray y de los niños, como si nada hubiera pasado.
    – ¿Y qué hizo para conseguir dinero?
    – No lo sé. Creo que ni siquiera se puso en contacto con los asistentes sociales para pedir una ayuda. Tiene las gallinas y la vaca, así que los niños podían tener, por lo menos, huevos y leche. No acudió a los vecinos y los pocos amigos que tiene tampoco se enteraron. Ella estaba muy avergonzada…
    Jock cerró los ojos, pensativo. Una mujer sola embarazada luchando contra una vida que se había roto en pedazos. Christie habría necesitado un doctor, pero ni siquiera él pudo atenderla en el parto.
    – Y luego tuvo a Rose.
    – Entonces sí se vio obligada a pedir ayuda -la voz de Tina era triste y Jock imaginó que se estaba culpando por no haber estado a su lado. Por no haber imaginado que pasaba algo-. No tenía coche, lo habían comprado y no tenían dinero para pagar las letras. Así que cuando se puso de parto, tuvo que caminar hasta el próximo pueblo para pedir ayuda. Las gentes del pueblo no son particularmente amables, pero cuando vieron el estado en que estaba Christie… Después, cuando Rose tenía dos semanas, me llamó por fin diciéndome que me necesitaba.
    – Y viniste.
    Jock miraba fascinado el rostro de Tina.
    – Sí, y me encontré a Christie al borde de la muerte -continuó. Y Jock supo que estaba viendo a su hermana en ese momento-. Christie daba de comer a los niños, pero era lo único que podía hacer. Apenas hablaba y no comía. Intenté llevarla al hospital de aquí, pero ella se negó. Así que la llevé a Sydney.
    – ¿Sin el bebé?
    – No había problema en que ingresara en el hospital con Rose, pero ella necesitaba estar sola. Necesitaba tiempo para recuperarse y comenzar a pensar en su futuro. Tiempo para descubrir que es posible vivir después de lo que tuvo que sufrir.
    – Tiempo para descubrir que se puede vivir con orgullo -añadió Jock.
    Tina lo miró.
    – Veo que lo entiendes -dijo sorprendida.
    Lo observó y sintió una necesidad terrible de cariño. Había estado sola con todo aquello durante tanto tiempo y ahora… Ahora el consuelo le llegaba desde donde menos lo esperaba.
    Mucho más que consuelo. Un sentimiento de… Un sentimiento que no entendía. Como si ese hombre fuera parte de sí misma.
    – Es solo que… es una locura -dijo, tratando de calmarse-. Pero Christie ha sido siempre tan fuerte… Siempre ha sido una persona dinámica y activa. Pero esto la ha destrozado, la ha derrumbado. Está tan enferma…
    – ¿Cuánto tiempo estará en el hospital?
    – Quizá la pueda traer a casa la semana que viene. Los niños y yo iremos a verla el domingo -Tina dudó un momento-. Aunque creo que podremos ir antes, ahora que no tengo trabajo.
    – Sí que tienes trabajo -Jock agarró la mano de ella entre las suyas, estremeciéndose al darse cuenta de lo delicada que era su piel-. Diablos, Tina, ¿por qué no se lo dijiste a nadie?
    – Sí que lo hice -replicó ella, mirando sus manos entrelazadas. Luego apartó la suya lentamente, al darse cuenta de que llevaban juntas demasiado tiempo-. Se lo dije a Ellen, a Struan y a Gina. Sabía que a Christie no le iba a gustar, pero esa gente tenía que conocer la verdad.
    – Podrías habérmelo dicho a mí también.
    – No, debido a…
    – Debido a que pensabas que era yo quien habría tratado a Christie así. La disculpaste a ella sin antes…
    – Lo siento, Jock -dijo con voz temblorosa-, pero pensé que habías sido tú quien había asistido el parto. Y además, quien quiera que fuese, debería ser castigado…
    Tina lo miró, buscando que él la comprendiese.
    – Jock, Christie era anoréxica. Es imposible que no se dieran cuenta cuando la pesaron en Sydney. Y tú fuiste quien contrató a ese hombre -dijo, con la mirada encendida.
    – Lo sé y acepto mi parte de culpa. Sé que no lo hice bien. Pero dime qué puedo hacer ahora para arreglarlo.
    La respuesta de Tina fue inmediata.
    – Devolverme mí puesto de trabajo.
    – Por supuesto. Pero ¿estás segura de que deberías trabajar en el hospital? ¿No estás ya demasiado ocupada?
    – Sí, pero estoy tan arruinada como Christie.
    – No lo entiendo. ¿No estabas recibiendo un sueldo?
    – ¿Me creerías si te dijera que tengo deudas?
    – No, no te creería -lijo Jock, con una sonrisa débil-. Así que dime la verdad.
    Tina dudó sólo un momento. A Jock no le incumbía el estado de sus finanzas, ni lo que le sucediera a su familia, pero viendo la calidez de su mirada no pudo resistirse a confesarle la verdad.
    Afuera, se oyeron las risas de los niños que regresaban con los huevos.
    – Tenemos siete -se oyó gritar a Ally-. ¡Siete!
    – ¡Vaya coche! -dijo Tim.
    – Podemos dejar aquí los huevos y mirar el coche -dijo Ally-. Pero sólo un momento, Tim, que la tía Tina nos está esperando.
    Y también Jock estaba esperando a que Tina le contara todo.
    – Nuestros padres murieron cuando yo tenía dieciséis años y Christie, diecinueve -dijo Tina despacio-. Trabajé para pagarme los estudios, pero no cobraba suficiente para costear todos los gastos, así que Christie me ayudó. Y ése es uno de los motivos por los que yo ahora me siento tan mal, viendo que ella está arruinada. Pero aún así tuve que pedir un préstamo y todavía estoy pagando las letras. Así que no puedo permitirme pasar los próximos seis meses con Christie y los chicos, aunque me gustaría mucho.
    – Deja que te ayude.
    Tina lo miró extrañada.
    – ¿Otro préstamo? No, gracias, doctor Blaxton, pero no.
    – ¿Qué te gustaría hacer ahora si no fuera por el dinero?
    – Eso es absurdo. No puedo…
    – Dímelo.
    Ese hombre tenía una especie de magia que hacía que todo pareciera mejor. Como si la situación se pudiera arreglar…
    – Me gustaría llevarme a los chicos a Sydney hasta que Christie estuviera suficientemente bien para volver a casa. Y luego continuaría trabajando aquí igual que estaba.
    – ¿Con Rose en el trabajo y pagando a alguien para que estuviera aquí?
    – Exacto.
    – No funcionará.
    – Lo sé, pero…
    – Mira, Henry es el responsable de todo esto y tú podrías demandarlo. Y yo me vería involucrado puesto que lo contraté.
    – Lo sé, pero ya te dije que no… -intentó defenderse Tina.
    – En cualquier caso, estoy en deuda con tu hermana. Además, si tú no tienes dinero, yo sí que lo tengo. Soy soltero y mi único vicio hasta ahora han sido los coches. Así que haré que venga una estudiante de enfermería que estuvo el otro día en el hospital buscando trabajo. Allí no había ninguna vacante, pero aquí sí que la hay.
    – Jock, yo…
    – Cállate, no hago esto por ti, sino por tu hermana. Así que no tienes derecho a negarte. Haré que Marie venga aquí. Se instalará en la casa y cuidará de los niños, que estarán encantados con ella.
    – Pero…
    – Te llevarás a los pequeños a Sydney, traerás a Christie a casa y tú podrás volver al trabajo una vez te cerciores de que Marie es de tu agrado.
    – ¿Y quién cubrirá mi puesto?
    – Nos repartiremos tu jornada entre todos -Jock se animó al ver una señal de esperanza en los ojos de Tina-. Ya lo hemos hecho antes. Así que no hay nada más que discutir, doctora Rafter.
    – Jock, no puedo.
    Jock volvió a agarrar la mano de ella y eso hizo que Tina se callara.
    – Sí que puedes, Tina.
    – Jock… -Tina lo miró a los ojos indefensa.
    Una hora antes, odiaba a ese hombre. Pero en ese instante… En ese instante él estaba agarrando la mano de ella y su cuerpo estaba reaccionando de un modo extraño.
    En ese momento entraron Ally y Tim, que debían haber acabado la inspección del coche. Se quedaron mirando asombrados cómo su tía Tina estaba dando la mano a aquel hombre tan interesante, que tenía un coche maravilloso.
    – Os estáis dando la mano -dijo Ally-. ¿Quiere eso decir que os habéis hecho amigos?
    Tim trató de apartar su mano, pero Jock no hizo caso.
    – Así es, Ally -dijo Jock, en un tono solemne. Y apretó la mano de ella aún más fuerte, como si estuviera haciendo un juramento-. De ahora en adelante, la tía Tina y yo seremos amigos. Por lo menos hasta que vosotros volváis a ser una familia de nuevo.
    ¿O quizá más tiempo?

    “Una familia”.
    Después de comer una estupenda tortilla y de dar una vuelta en el coche con los niños, Jock abandonó la ruinosa casa de Tina y, ya en el coche, esas palabras seguían resonando en su cabeza.
    “Una familia”.
    Sonaba bien. Pero luego negó con la cabeza. No, la familia era algo claustrofóbico, como una cárcel. Era atarse a una persona y luego esa persona podía largarse, como en el caso de Christie, o morir, como en el caso de los padres de Jock.
    Recordó la última vez que vio a su padre, quince años atrás. Sam Blaxton era un hombre que después de morir su mujer se encerró en un caparazón, incapaz de amar a nadie.
    Y convirtió la vida de su hijo en un infierno.
    Jock se mordió los labios. El no quería nada de eso. Ni casarse ni tener hijos.
    Él sólo amaba la libertad. Y en el momento que Tina y su familia pudieran valerse de nuevo por sí mismos, él recobraría su libertad. Pensó en lo atada que estaba Tina. Tenía una hermana que dependía de ella y tres niños.
    Quizá habría sido mejor que Christie abortara. Sería una preocupación menos para Tina. Pero luego se acordó de la carita de Rose. De su pelo rojo. Igual que el de sus hermanos. Igual que el de Tina.
    Pero ¿en qué estaba pensando? Tenía que concentrarse en volver al trabajo. Nada de implicarse emocionalmente. Sabía que ese camino llevaba inevitablemente hacia el desastre.

    Tina regresó al trabajo una semana más tarde. Jock había pasado dos noches despierto, así que estaba profundamente dormido cuando Tina le telefoneó por la mañana. Le pareció estar soñando al oír esa voz tan suave y melódica.
    – ¿Jock?
    Jock tuvo que hacer un gran esfuerzo para convencerse de que la voz era real.
    – ¿Jock?
    Eso lo despertó por completo. Había cierta urgencia en el modo que había pronunciado su nombre por segunda vez.
    – Soy yo, Tina.
    – Jock, lo siento, pero la señora Blythe acaba de ingresar y necesitamos tu ayuda.
    La señora Blythe…
    Julie Blythe iba a ser madre por primera vez. Jock frunció el ceño. Seguramente debía de haber algún problema.
    – ¿Qué sucede?
    – Parece que va a haber que hacerle una cesárea…
    – Llama a Lloyd entonces -dijo Jock, ya completamente consciente y dándose cuenta de que para hacer una cesárea se necesitaban tres médicos.
    Él se ocuparía del parto y Tina se encargaría de la anestesia, pero necesitaban a alguien que se ocupara del niño.
    – En cualquier caso, no sé si la cesárea funcionará. La mujer ha tardado mucho en venir y puede ser tarde. Date prisa, Jock.
    Jock llegó al hospital poco después. Después de reconocer a la señora Blythe, admitió que la urgencia con la que Tina lo había llamado estaba más que justificada.
    Tina ya había dispuesto todo para realizar la cesárea. Jock entró en sala de partos, empujando violentamente las puertas abatibles.
    – ¿Qué diablos?
    – Doctor Blaxton, la señora Blythe lleva veinticuatro horas de parto. Su marido estaba fuera y ella pensó que las contracciones no eran demasiado fuertes como para preocuparse. Luego, su marido llegó a casa y los acontecimientos se precipitaron.
    – De acuerdo -Jock se acercó a la señora Blythe y le agarró la mano-. Ahora vamos a ver qué pasa con su pequeño, señora.
    Julie Blythe no pudo responderle. Tenía el rostro contraído por el dolor y parecía exhausta. Dos minutos después el rostro de Jock estaba tan tenso como el de Tina.
    El bebé estaba atascado en el canal de parto debido a que se había atravesado lateralmente. Las contracciones además estaban provocando que la cabeza del niño se hinchase, de modo que el niño difícilmente podría salir de un modo natural, y lo peor era que estaba demasiado abajo para practicar una cesárea.
    – El niño está demasiado fuera -dijo Tina.
    Jock miró al monitor para ver las constantes vitales del niño y se dio cuenta de que había que actuar rápido. Tina casi había esperado que Jock decidiera sacrificar la vida del bebé para salvar la de la madre, pero por las órdenes que empezó a dar él, se dio cuenta de que iba a intentar salvar a ambos.
    Vio como él se lubricaba las manos para inspeccionar. Luego le pidió el fórceps. Tina pensó que sería imposible, pero Jock comenzó a hacer fuerza para echar al niño hacia atrás. Tina nunca había visto nada parecido. Pero la cosa estaba funcionando. Poco a poco el niño iba subiendo por el canal del parto, alejándose del mundo exterior.
    – Está bien, Julie -murmuró él, aunque nadie pudiera saber por lo que estaba pasando esa mujer-. Vamos a hacer que este jovencito salga para ver a su madre. Tú, aguanta.
    Luego, se volvió hacia Tina.
    – ¿Dónde está el padre?
    – Está en la sala de espera. Pensé…
    Jock asintió. Sabía lo que Tina había pensado. La mayoría de los obstetras echan fuera a los espectadores si se presentan complicaciones. La tensión de ese tipo de operaciones ya era suficiente como para tener a los parientes atemorizados alrededor. Pero Julie Blythe estaba desvaneciéndose, con la respiración cada vez más agitada.
    – Enfermera, dígale al señor Blythe que venga -dijo Jock-. Julie necesita su apoyo.
    Un momento después un joven muy pálido entró en la sala. Se acercó a su mujer y la agarró la mano, derrumbándose sobre la silla que una enfermera le acercó. A Tina le pareció que ese hombre estaba peor que su mujer. Jock esperó hasta que él estuvo sentado para hablarles a los dos.
    – Vamos a realizar una cesárea -les dijo.
    Luego se volvió hacia Tina y los demás miembros del equipo. Las enfermeras comenzaron el proceso de anestesia de la paciente. Tina seguía las órdenes de Jock de un modo automático. ¿Había movido al bebé lo suficiente como para practicar una cesárea? Ella no lo creía.
    – Señor Blythe, quiero que ayude a su mujer. Julie, ¿puedes oírme? Présteme atención, señora Blythe. Está usted bien y pronto habremos acabado. El niño estará bien, pero tenemos que hacerle una cesárea. Ya sabe lo que es. Le abriremos la barriga y sacaremos al bebé. La cabeza del bebé está demasiado hinchada para un parto natural. Sacaré al niño ahora, pero no quiero aplicarle anestesia general. Quiero que esté despierta para recibir al niño.
    Lo que Jock no dijo era que temía que ella o el niño no aguantaran los efectos de la anestesia general. Tina adivinó lo que él estaba pensando, pero se concentró en su trabajo, sin querer fijarse en la ansiedad del hombre joven y su mujer.
    – Creo que me estoy poniendo malo. Yo… no sé si voy a aguantar -dijo el joven.
    – Julie le necesita a su lado. Así que aguante y concéntrese en ayudar a Julie. Háblele, señor Blythe. Usted es todo lo que ella tiene y le necesita.
    Se volvió para comprobar los monitores de nuevo.
    – Lloyd no está aquí todavía -dijo Tina-. Estaba atendiendo una visita cuando lo llamé. Sally dijo que él estaría aquí en diez minutos.
    Todos los ojos estaban fijos en los monitores. Jock sabía que era arriesgado traer al niño al mundo sin otro médico allí que pudiera resucitarlo si hiciera falta. Pero al ver los monitores decidió que todavía sería más arriesgado esperar a que llegara Lloyd. Le envió un mensaje silencioso y sombrío a Tina, que ella comprendió al ver los monitores.
    No había tiempo que perder. Los monitores delataban que el niño no viviría mucho más tiempo que el que tardara Tina en aplicar la anestesia. Así que tenían que hacerlo. Jock esperó a que la anestesia hiciera efecto. Luego comprobó una vez más la posición de la cabeza, tomó aliento e hizo la incisión.
    Dos minutos después una pequeña niña salió para conocer su nuevo mundo y a partir de ese momento todo fue mágico y maravilloso.
    Lloyd irrumpió cuando la niña salía. Justo a tiempo. Limpió los conductos respiratorios del bebé, mientras Tina controlaba la anestesia y Jock cosía la herida. Mientras daba el primer punto, la niña se puso a llorar. La ayuda de Lloyd apenas fue necesaria.
    – ¿Y para esto me hacéis venir? -preguntó Lloyd, con los ojos brillantes. Ese hombre amaba a los niños. Luego se volvió hacia los padres-. Felicidades, la niña es preciosa. Ahora yo me vuelvo a la cama. No soy necesario aquí y mis hijos se levantan dentro de una hora -el hombre sonrió a Jock y Tina y se marchó.
    Jock terminó de suturar y se volvió para comprobar qué estaba haciendo Tina.
    – Quiero que le pongas dos millones de unidades de penicilina -le dijo a Tina, que estaba ajustando el gota a gota.
    – Dos millones… -frunció el ceño-. ¿No te parece demasiado?
    – He dicho dos millones -ordenó Jock.
    Luego hubo un tenso silencio.
    – Muy bien -Tina se encogió de hombros.
    No quería discutir con él, a pesar de que le parecía una dosis demasiado alta. En cualquier caso, no le haría ningún daño y detendría cualquier posibilidad de infección. Así que la tensión se disipó. Con el gota a gota ajustado, el celador se llevó a Julie, y su marido salió detrás de ella. Bill Blythe había crecido al menos seis pulgadas con la experiencia. Ellen se llevó a la niña para lavarla y vestirla, dejando solos a Jock y a Tina.

Capítulo 4

    SE PRODUJO un silencio incómodo. Había una tensión entre ellos que Tina no podía explicar. Era una especie de corriente eléctrica que fluía entre sus dos cuerpos.
    – Siento lo del antibiótico -dijo Tina, algo incómoda-. No quise discutir contigo. Es solo que era una dosis más alta de lo habitual.
    – Es para estar seguro -replicó Jock.
    – Supongo que…
    Esa habría sido la dosis que Tina habría aplicado si las condiciones de higiene hubieran sido peores. Pero seguramente habría otra razón que ella no conocía. Al fin y al cabo, las habilidades de Jock como obstetra estaban fuera de toda duda.
    – Supongo que tú también deberías volverte a la cama -dijo Tina, mientras se dirigía a la pila-. Siento haberte despertado.
    – No lo sientas. Mereció la pena, ¿no?
    – Si hubiera esperado un poco más, habrían muerto ambas.
    – Así es.
    Ambos se quedaron en silencio, conscientes de lo cerca que había estado la desgracia. Si no hubiera sido por la pericia de Jock…
    – Por cierto, creía que no ibas a volver tan pronto al trabajo -dijo Jock, con brusquedad-. Creía que era Sally quien tenía que estar de guardia esta noche.
    – Así era, pero volvimos de Sydney ayer, justo a tiempo para tomar el té con Marie. Luego telefoneé y dije que me reincorporaría esta noche. Christie ha regresado conmigo y Marie es tan eficiente como me prometiste. Así que decidí volver al trabajo.
    – Muy bien -contestó Jock, que se quitó la bata con un gesto excesivo, como si estuviera cargado de corriente eléctrica. Pero ¿de dónde provendría esa maldita electricidad?-. ¿Cómo está tu hermana?
    – Mejor.
    – Especifica qué es mejor.
    – Ya no está en peligro de muerte.
    – ¿Es que lo estuvo alguna vez? ¿No suena eso un poco melodramático?
    – Yo creo que sí que corrió peligro cuando llegó a Sydney. No probaba bocado. Las cosas se le habían ido de las manos -Tina respiró hondo-. La principal razón por la que insistí en que se la internase en un hospital psiquiátrico fue que temí que ella intentara suicidarse.
    – ¿Y ahora?
    – Ahora ella ha vuelto a comer. Y está descansada. Ha recobrado el sentido. Y me tiene a mí y a los niños, que la ayudaremos.
    Jock frunció el ceño.
    – Si estuvo tan mal como dices, tardará meses en recuperarse.
    – Lo sé, pero no me importa. Tengo tiempo.
    – ¿Y qué pasará con tu propia vida durante este tiempo? -preguntó con tono amable, mientras lavaba los guantes-. Por cierto, ¿qué hacías en Brisbane cuando dejaste todo para venir aquí?
    – Ya conoces una parte -comentó Tina, algo dubitativa. Se sentía extraña hablando en el quirófano con ese hombre. Ella tenía bastante experiencia en ese tipo de sitios, pero con Jock era diferente. Luego respiró hondo, tratando de apartar esos pensamientos de su mente-. Imagino que te fijaste en lo que hacía cuando leíste mi currículum, al enviar yo la instancia para trabajar aquí. Jock asintió.
    – Me acuerdo. Acababas de terminar la primera parte de la especialidad de anestesista. Por lo que Julie Blythe, su marido, su hija y yo te estamos muy agradecidos. Trabajaste muy bien -Jock no se dio cuenta de que ella se sonrojaba de orgullo-. ¿Y por qué no acabaste la especialidad?
    – Fue para…
    – Lo dejaste para venir aquí -asintió Jock-. Eso fue lo que pensé. Imagino que el año que viene continuarás con tu carrera.
    – O quizá quede alguna vacante aquí este año -añadió Tina, aunque sabía lo difícil que era. Pero ella había sido consciente de lo que sacrificaba al abandonar Brisbane-. Quizá tenga suerte.
    – O quizá no -Jock la miró con curiosidad-. ¿Y qué hay de tu vida social? ¿Tienes novio?
    Tina se volvió a sonrojar. Ese hombre tenía la maldita habilidad de inquietarla.
    – Eso no es asunto tuyo.
    Pero Jock adivinó la verdad por la cara de disgusto de ella.
    – Así que hay alguien.
    Tina pensó en Peter, esperando pacientemente a que regresara a Sydney. Siempre se habían llevado bien y tenían muchas cosas en común, aunque ella no estaba segura de que eso fuera suficiente para que se casaran. Y creía que él tampoco lo estaba. Peter era encantador, pero ella no estaba enamorada de él.
    – Pues sí. Ya que lo quieres saber, tengo novio -dijo con tono defensivo, aunque hubiera querido que su voz sonara firme y decidida-. Se llama Peter.
    – ¿Es médico?
    – Cirujano.
    – Me alegro por Peter -aunque la voz de Jock tampoco fue tan tranquila como a él le hubiera gustado. Sin saber por qué, su tono fue de enfado-. ¿Y va a venir a verte el próximo fin de semana?
    – No. ¿Por qué debería?
    – ¿Lo viste en Sydney?
    ¡Santo Dios!
    Tina frunció el ceño.
    – Por supuesto que lo vi. ¿Qué es esto, doctor Blaxton? ¿Un interrogatorio? Peter y yo…
    – Peter y tú no tenéis nada que ver conmigo -admitió Jock, sonriendo de nuevo. Y esa sonrisa provocaba en Tina cosas que le hubiera gustado que Peter provocara-. Sé que no es asunto mío. Es sólo que…
    Luego Jock se quedó pensativo como si fuera a decir algo que no debiera. Finalmente, se encogió de hombros.
    – Tina, el baile del hospital es el sábado próximo. Y necesito que vengas conmigo.
    Tina levantó las cejas, tratando de mantener la calma.
    – ¿De veras?
    – Sí.
    – Bueno, no se por qué. Imagino que habrá cola.
    – ¿Qué quieres decir?
    – Quiero decir que por lo que he oído a las enfermeras, a ti no te suele costar conseguir una acompañante en cuanto quieras.
    – Tina, ¿es que me estás acusando de ser un ligón?
    – Así es. He oído que eso es exactamente lo que eres. Por lo que dicen las enfermeras, nunca quedas dos veces con la misma mujer.
    – ¿Y eso te preocupa?
    – A mí no. Ya te he dicho que no estoy libre como para querer una relación duradera.
    – Porque ya tienes una con Peter.
    – Así es -asintió ella-. ¿Y cuál es tu excusa? Porque debe haber alguna explicación para que no quedes más de dos veces con la misma mujer.
    – Yo…
    – No serás homosexual, ¿verdad?
    Jock se quedó mirándola fijamente y luego se echó a reír.
    – No, doctora Rafter, no soy homosexual. ¿Es que lo parezco?
    – No -Tina le miró de reojo y trató de sonreír. ¡Santo Dios! Era el hombre más masculino que había conocido-. Supongo que no.
    – ¿Lo supones?
    Eso hizo que ella se echara a reír.
    – Muy bien, sé que no, pero entonces…
    – Entonces, ¿qué?
    – ¿Por qué no quedas con ninguna mujer dos veces?
    – Porque se enamoran de mí -reconoció él.
    – ¡Oh! -sonrió Tina-. ¡Qué tonta soy! ¿Cómo no habría pensado en eso?
    – ¿Te estás burlando de mí?
    – Así es.
    – Doctora Rafter…
    – ¿No crees que lo que has dicho suena un poco presuntuoso?
    – Supongo que así es -admitió él, con una sonrisa-. Lo siento. Pero lo cierto es que no quiero tener ninguna relación seria.
    – ¿Y que tiene de malo una relación seria? A lo mejor te gustaba.
    – No lo creo.
    – Pareces muy seguro.
    – Lo estoy.
    Tina se puso seria al ver la voz grave con la que él había dicho las últimas palabras.
    – ¿Y podrías decirme por qué?
    – Creo que no. Pero dado que tu Peter está en Sydney y que tú no estás buscando una relación estable, podríamos ir juntos a ese baile, ¿no te parece?
    Él volvió a sonreír y a Tina le dio un vuelco el corazón. Lo cierto era que él llevaba razón. Y además, ella no tenía ninguna relación social, excepto tomar el té con Marie. Y Christie se sentiría bien si la veía salir a divertirse. Su hermana se sentía un poco culpable por lo que Tina estaba sacrificando por ella.
    Y luego estaba lo atractivo que era Jock Blaxton…
    – Bueno… -el rostro de Tina delataba que estaba dudando. Quería que su voz sonara lo más impersonal posible-. Quizá sí. Pero…
    – ¿Pero?
    Jock estaba utilizándola, pensó Tina. Seguía que quería utilizarla para sus propios fines. Así que ella podía hacer lo mismo con él.
    – El baile es después de cenar. Así que iré contigo si tú nos acompañas a un picnic a Christie, a los niños y a mí.
    – ¿Fuera de la cabaña?
    – Sí -Tina sonrió, pensando que a Christie le vendría bien salir y seguro que Jock le caía bien-. Si trabajo todas las noches de la semana, estaré libre desde el viernes hasta el domingo por la tarde. Así que estaría bien llevar a los niños a nadar al embalse que hay cerca de la cabaña. Después nosotros nos iremos al baile.
    – ¿Llevar a los niños a…?
    – ¿Qué sucede, Jock? ¿Es que no te gusta la vida familiar? ¿Es de eso de lo que estás huyendo?
    – No -agitó la cabeza Jock, sonriendo-. No me importa estar en familia, siempre que no sea la mía.
    – De acuerdo, entonces. Tenemos una cita para el sábado. ¿Te parece a las cuatro?
    – Muy bien, a las cuatro.
    Jock se sentía extraño. Sabía que no corría peligro con esa mujer, que tenía planeado volver a Sydney en cuanto su hermana se recobrara. Pero por algún motivo le incomodaba la situación.
    – Si los bebés nos lo permiten -recordó él, dándose cuenta de que eso estaría bien. Podía surgir un parto el sábado por la tarde para no tener que ir a nadar ni a cenar. Luego libraría un par de horas para ir al baile. Y finalmente, necesitaría otro parto.
    Eso estaría bien. Pero desgraciadamente él no podía encargar los partos para cuando quisiera.
    – Esperemos que haya suerte y no haya ningún parto -dijo Tina, interrumpiendo sus pensamientos.

    – No sé por qué vas al baile con Jock.
    Tina estaba con Ellen, a punto de acabar la guardia. Tenía ganas de ver otra vez a Laura Blythe antes de marcharse. Sólo tenía dos horas de vida y era una niña preciosa. Tina la tomó entre sus brazos.
    – Escúchame, tu mamá está durmiendo. Tienes que darle un par de horas para recuperarse antes de empezar a pedir tu comida.
    El bebé dio un pequeño grito y hundió la cabeza en el pecho de Tina. Sólo tenía dos horas, pero ya sabía exactamente lo que quería. La pequeña tenía hambre.
    – Te gustan los niños, ¿verdad? -dijo Ellen y Tina sonrió.
    – ¿No es evidente?
    – ¿Te gustaría tener uno algún día?
    – Por supuesto.
    – Pues creo que al doctor Blaxton no le gustaría.
    – ¿No? -Tina no quería parecer demasiado interesada-. ¿Y hay alguna razón? Porque parece que sí que le gustan los niños…
    – Así es -Ellen apretó los labios en un gesto de reproche-. Le gustan a distancia, pero no para tener uno. Él no quiere tener ninguna relación estable. Es evidente.
    – Bueno, yo tampoco. Así que podemos encajar.
    – Eso es lo que dicen todas las enfermeras antes de quedar con él. Luego todas vuelven con los ojos llenos de estrellitas después de la primera cita. De la segunda vuelven flotando. Pero cuando ya no vuelve a salir con ellas, se pasan llorando un mes entero. Y así, todas…
    – No creo que sea para tanto. Le estás haciendo parecer James Bond.
    – Quizá no sea mala comparación.
    Tina soltó una risilla.
    – No creo que sea adecuada. Su coche no está lleno de ingenios.
    – No, no los tiene -admitió Ellen, mirando seria a su joven amiga.
    – Ellen…
    – Todo lo que te pido es que tengas cuidado. Eres joven e impresionable…
    – Tengo ya veintiocho años. Casi veintinueve.
    – Bueno, pues entonces eres madura, pero impresionable. Y Jock es un peligro, Tina. Recuerda lo que te digo.
    – Ellen, sólo voy a ir al baile con él. Eso es todo. No voy a dejarme engañar por su cara bonita.
    – Si pensara que Jock es sólo una cara bonita, no me preocuparía tanto.
    – ¿Y por qué te preocupas entonces?
    – Porque es un hombre que está lleno de fantasmas. De fantasmas que le hacen daño a él y a la gente de su alrededor.
    – ¿Fantasmas? ¿Qué clase de fantasmas?
    – El de su madre, por ejemplo. Pero debe haber más. Y no sé si alguna vez dejarán que alguna chica se acerque a él.
    – Así que el fantasma de su madre acompaña al doctor Blaxton…
    Ellen se encogió de hombros. Apenas hablaba ya de la madre de Jock. Incluso apenas pensaba ya en la mujer que había sido su mejor amiga. El dolor que había sentido años atrás se había desvanecido. Sólo cuando algunas veces miraba a la cara a Jock, podía ver algún resto del dolor que todavía seguía allí.
    – A la madre de Jock tuvieron que hacerle una cesárea cuando nació él. Y nunca volvió a ser la misma. Tuvo una enorme infección pélvica.
    – Ya veo -asintió Tina, pensando en la actitud de Jock al suministrarle los antibióticos a Julie.
    – La infección fue muy problemática. La tuvieron que operar muchas veces, y la cosa iba cada vez a peor. El resto de su vida se la pasó entrando y saliendo de los hospitales. No pudo volver a tener hijos y tuvo que sufrir dolores constantes. Cuando Jock contaba diez años, la mujer tuvo una obstrucción intestinal y murió poco antes de que Jock cumpliera los once.
    – ¡Oh, no!
    – Y todavía hay más -añadió Ellen sombríamente-. Todos los amigos de su madre intentamos ayudar a Jock, pero su padre, que amaba locamente a su mujer, después de que ella muriera se volvió un poco loco. Pensaba que si su mujer había muerto, alguien debía tener la culpa.
    – No sería Jock.
    – Efectivamente -Ellen cerró los ojos, recordando el dolor que había sentido. Ese dolor que flotaba otra vez a su alrededor-. Sam Blaxton culpó a su hijo de la muerte de su mujer. En su opinión, si él no hubiera nacido, nada de eso habría sucedido.
    – ¡Oh, Ellen!
    – Así que vigila tu corazón cuando estés cerca de Jock porque a pesar de que es encantador, tiene demasiadas heridas sin cicatrizar. Ha crecido pensando que hay demasiados niños en el mundo. Incluso está convencido de que él no debía haber nacido. Estoy segura de que se hizo obstetra para asegurarse de que a ninguna madre le ocurriera lo mismo que a la suya.

    Jock llegó a la granja de Christie a las cuatro en punto del sábado. Ally y Tim estaban esperándolo en el porche y Tina salió con un bikini amarillo y el bebé en brazos. Nada más.
    La imagen de Tina fue como un golpe en el estómago, pensó sin aliento. Estaba impresionante, detrás de la barandilla del porche, prácticamente desnuda y con el bebé ella…
    – ¡Hola! -saludó Tina, bajando las escaleras para reunirse con él.
    La impresión de Jock se hizo más fuerte y casi le costaba respirar.
    – Hola -consiguió decir. La miró de arriba abajo y de cerca resultaba todavía mucho mejor. Empezaba a sentir que necesitaba un ventilador-. ¿Vamos a ir todos a nadar entonces? ¿Rose también?
    – Tonto, Rose todavía no sabe nadar -dijo Ally, arrastrando a Tim hacia el coche de Jock-. Rose se quedará con mamá. ¿Nos vas a llevar en tu coche?
    – Ally, iremos andando -dijo Tina riendo-. Este coche no puede llevarnos a todos.
    – Claro que sí -dijo Jock ofendido-. Aguanta bien los baches.
    – Pero hay sólo dos asientos.
    – Si no vamos a salir a la carretera, podemos apretarnos.
    – ¿Sí? Pero cuando volvamos llenos de arena, te mancharemos la tapicería de piel.
    Jock miró a Tina con expresión sorprendida. Parecía que ésta encontraba divertido decirle lo poco práctico que era su coche.
    – La tapicería se puede limpiar.
    – ¿Estás seguro?
    – Sí.
    – Entonces bien -respondió Tina, mirando divertida a Jock y poniendo a Tim en el asiento de al lado del conductor-. Estupendo. Tiene razón, doctor Blaxton, es demasiado lejos para caminar, pero no quiero llenar mi coche de barro y es muy generoso por su parte ofrecernos el suyo.
    Entonces, mientras Jock soltaba una carcajada, Tina miró a la casa, justo a tiempo de ver que una mujer aparecía en la puerta. Jock miró a su vez, pensando que aquella mujer debía de ser Christie. Estaba pálida y era una copia frágil de Tina. Tenía el cabello rojizo como su hermana, pero en ella el color no resaltaba, como si su cuerpo no fuera demasiado fuerte para sostenerlo.
    Christie era increíblemente delgada y la mano con la que se apoyó en la barandilla tenía la piel llena de venitas azules. Iba vestida de manera sencilla, con una bata de algodón que colgaba sobre su cuerpo flaco. Jock sabía lo mucho que costaba a las personas deprimidas arreglarse. Cuidar el aspecto era una señal de mejoría. El cabello de Christie había sido cepillado concienzudamente para conseguir brillo, y la mujer intentaba sonreír.
    – Así que éste es tu doctor Blaxton, Tina.
    – No es mi doctor Blaxton -protestó, subiendo las escaleras y poniéndose al lado de su hermana, al tiempo que se quedaba mirando a Jock-. Tengo derecho tan solo a dos citas, ya que es lo máximo que concede a las afortunadas que salen con él. Luego pondrá rumbo a la próxima conquista. Así que tendré que aprovechar bien cada una de las citas.
    – ¡Tina! -exclamó Christie impresionada, aunque mantuvo la sonrisa al ver que Jock subía al porche para saludarla-. Tendrás que perdonar a Tina -le dijo con una voz poco firme-. Fue malcriada.
    – ¡No es cierto! -replicó Tina-. Tengo unos genes malignos. Christie hizo lo que pudo conmigo, pero no puedes cambiar el rumbo de las cosas.
    Ambas hermanas rieron y Jock las miró sorprendido. Tina era preciosa. Ambas eran maravillosas. Todos eran maravillosos, pensó Jock desesperado, mirando a la pequeña familia. Estaban sumidos en la más terrible de las pobrezas, Christie estaba enferma, pero luchaban por salir adelante y todavía podían reír.
    Jock intentó concentrarse en Christie para apartar la imagen de las piernas desnudas y largas de Tina.
    Jock dio la mano a Christie. Una mano frágil que lo sujetó con fuerza.
    – Hola, señorita Maiden. Me alegro de conocerla al fin. También me alegro de poder decirle lo mucho que siento no haber estado aquí para atenderla cuando dio a luz -el hombre sonrió-. También siento cómo la trató mi sustituto. Tengo mucho por lo que disculparme.
    – Pero… no fue culpa suya. Todo fue culpa mía. Tina me dijo que tenía que haber ido a verle durante todo el embarazo y que usted nunca habría permitido que llegara a este estado. Sé que ella tiene razón, pero…
    – Pero a veces la depresión es una espiral que no te deja salir a flote declaró Jock con suavidad-. No hay forma de salir hacia arriba si no es con ayuda. Lo sé. Estaba mal y además se añadió el estado depresivo que sigue al parto. Es un desequilibrio hormonal que todavía no entendemos. Es extraño que no haya estado más tiempo en el hospital, pero aquí la tenemos riéndose.
    – Tina me hace reír -contestó Christie.
    Jock asintió y miró las piernas de Tina.
    – Tina haría reír a cualquiera.
    – ¿Quiero eso decir que soy un chiste? ¿Has oído, Rose? Acusan a tu tía Tina de ser un payaso.
    Pero Jock volvió a concentrarse en Christie, para evitar mirar a Tina.
    – Señorita Maiden, ahora está en casa… Tiene ayuda con los niños…
    – Gracias a usted.
    – Conseguir que cuiden a sus hijos es lo menos que puedo ofrecerle después de todo lo que ha pasado. No tiene que sentirse agradecida. Pagar a Marie me hace sentirme mejor. Me limpia de culpa. En cuanto al resto… No tiene que dejar el tratamiento ahora que está en casa. ¿Querría que yo la tratara?
    Jock escuchó la exclamación de Tina, a pesar de que no dijo nada. Ni una palabra. La palabra que había que decir dependía de la respuesta de Christie.
    – No lo sé -contestó dubitativa-. La verdad es que no necesito un…
    – No confía en los doctores -añadió Jock, terminando la frase por ella-. Dada la experiencia con Henry, mi sustituto, no la culpo. Pero yo le pido que confíe una vez más y venga a verme.
    La sonrisa de Jock era amable, seductora, y Tina tuvo que contener el aliento. Jock sacó un cuaderno del bolsillo de la camisa y lo abrió.
    – ¿Qué le parece el lunes por la mañana a las once? ¿Le viene bien? Marie puede traerla. ¿Confiará en mí tanto como para venir a verme?
    – Puede tutearme -la sonrisa de Jock se hizo más amplia.
    – Vale, pero sólo si tu me tuteas a mí también. Christie, ¿confías en mí? -entonces miró hacia Ally y Tim, que estaban metiendo en el coche un pato de goma, flotadores y aletas-. ¿Confías en mí como para que me lleve a Ally, Tim y Tina? ¿Por qué no te vienes?
    – Yo no…
    – Christie, por favor. Voy a sentirme fatal el resto de mi vida si no me dejas que te ayude.
    Christie miró a Jock y la sonrisa tímida volvió a aparecer en sus labios. Un eco de la sonrisa de Tina.
    – ¡Maldita sea! Ahora entiendo por qué Tina dice que el doctor Blaxton es tan peligroso. Me da la impresión de que consigues todo lo que te propones. Está bien. Iré a verte el lunes por la mañana.
    Jock la tomó de ambas manos y esbozó una sonrisa que iluminó todo su rostro.
    – Muy bien, Christie. Conmigo cuidando de tu salud, Tina ayudándote en casa, Marie con los niños y tu fuerza interior, ganaremos a esa maldita depresión.
    – No creo que esta maldita depresión aguante. Tina y tú hacéis un buen equipo.

Capítulo 5

    – ESTUVISTE estupendo.
    Iban en el coche cargados de aletas y una enorme pelota de playa. Jock pensaba que desde luego no era una de sus citas habituales. Aunque después de ver a Tina en bikini, le encantaba la idea de tenerla a su lado. Ni siquiera le habría importado que llevara a Rose en el regazo. Sólo que Rose se había quedado con Christie.
    – Marie llegará dentro de una hora y a Christie le sentará bien estar a solas con su hija. Me gustaría que viniera con nosotros, pero todavía no está preparada -le había dicho Tina.
    Había organizado a todos en el coche y ahora Jock ni siquiera podía ver a Tina y mucho menos apreciar su bonito cuerpo. Pero Jock reaccionó ante la calidez de su voz.
    – ¿Qué quieres decir con que estuve estupendo? Además has usado el pasado. ¿Significa que un día fui estupendo y ahora soy sólo un pobre ginecólogo?
    – Quiero decir a cómo te has portado con Christie -Tina esbozó una sonrisa al tiempo que reía y sujetaba a Tim y Ally. Ambos saltaban de alegría y señalaban por la ventanilla-. ¿Cómo supiste que no quería ver a ningún doctor?
    – Lo imaginé. ¿Crees que vendrá a verme?
    – Ahora tiene una cita e irá. Lo peor ya ha pasado -la sonrisa de Tina se apagó-. Desearía… desearía que la hubieras atendido tú cuando dio a luz. También desearía haber estado yo.
    – No lo pienses -aconsejó Jock-. Ya no tiene remedio. Ahora tiene todo el apoyo que necesita y lo conseguirá. Está al otro lado del precipicio, Tina.
    – Quizá.
    – Seguro que sí -Jock intentó esquivar un bache, pero no lo consiguió y el coche dio un tumbo-. ¿Qué psiquiatra la cuidaba en Sydney?
    Tina se lo dijo y Jock asintió en reconocimiento.
    – Ella es muy buena. Si ha dicho que Christie está bien para venir a casa, es porque es cierto. No la dejaría marcharse si no pensara que estaba a punto de recuperarse.
    – De todas maneras quiero darte las gracias -la voz de Tina se volvió seria y sus ojos pensativos-. Después de todo lo que te dije… has estado… muy bien.
    La palabra hizo eco dentro de su cabeza y Jock sintió una sacudida. Le emocionaba que Tina estuviera tan agradecida cuando él no había hecho apenas nada… ¿Cómo era posible que fuera tan cariñosa? ¿Cómo era posible que la quisiera tanto?
    Tenía que mantenerse alerta.
    – Bueno, ¿qué esperabas? -preguntó él-. Un especialista es normal que esté muy bien. Cuando tú acabes tu especialidad de anestesista también lo harás muy bien. Los únicos que lo hacen mejor que muy bien son los cirujanos. Debes llamarlos «señor» y cuando pasan a tu lado, hacerles una reverencia.
    Ambos se echaron a reír. Con lo que la tensión se disipó y se prepararon para disfrutar de la tarde.
    El embalse estaba justo al pie de las montañas y en el extremo norte se había formado, como por arte de magia, una playa de arena, con arena blanca y con trozos de conchas de mar.
    Jock paró el coche justo al lado de la playa.
    – ¡Wow! -exclamó asombrado Jock.
    – Es estupenda -asintió Tina. Luego abrió la puerta del coche para que salieran los niños-. Muy bien, muchachos, el último en meterse en el agua es un gallina. Vamos allá.
    Fue una tarde maravillosa. Jock estuvo tumbado todo el tiempo flotando en el agua cálida del embalse, mientras veía a Tina jugar con sus sobrinos.
    Ella le dejó tranquilo. Lo que era una novedad. La mayoría de las chicas que quedaban con Jock Blaxton estaban todo el rato encima de él. Nunca hubieran prestado atención a dos niños pequeños.
    Tina era diferente.
    Él nunca había conocido a nadie como ella, pensó, mientras la observaba. Tina rebosaba vida. Era increíble verla jugar con los niños, riéndose todo el tiempo.
    Luego sirvió el té que había preparado por la mañana y se llenó la nariz de crema de los pasteles. Se manchó más, incluso, que los niños y no se avergonzó cuando Jock le limpió la crema de la nariz. De hecho, al momento se puso a mancharlos a todos de crema. Y les propuso un juego. Ganaría el que consiguiera limpiarse la crema de la nariz con su propia lengua. Jock sacó la lengua para intentar limpiarse y cuando finalmente alcanzó la crema, todos se echaron a reír.
    – Jock tiene la lengua más larga. Jock tiene la lengua más larga -comenzaron a gritar los niños, mientras Tina se echaba a reír.
    Luego ella trató de imitar la hazaña y no sólo lo consiguió, sino que se limpió la crema de un certero lengüetazo, tardando menos de lo que lo había hecho Jock.
    Los niños estaban hechizados.
    – Has estado practicando -la acusó Jock y Tina le sonrió, desafiante.
    – Pues sí. Toda mi vida. Y gracias a ello soy mejor lamedora de crema que tú, aunque todavía no sea especialista, Jock Blaxton. ¿Qué te parece, “señor Especialista”?
    Luego levantó a los niños y se los llevó al agua.
    – Muy bien, chicos, un último baño para limpiarnos la crema y luego Jock y yo nos iremos al baile.
    Jock se quedó mirándola como un tonto. Se fijó en que ella se tiraba al agua con gran agilidad.
    ¡Santo Dios, qué cuerpo tan bonito tenía! No se bañó con ellos. No podía. Sintió el cuerpo pesado o quizá era que no confiaba en sí mismo. Que no quería estar tan cerca de ese estupendo cuerpo semidesnudo.
    De modo que Jock se tumbó a tomar el sol sobre la suave arena y se quedó mirándola fijamente, mientras ella jugaba con sus sobrinos. No comprendía qué clase de sentimientos tenía hacia aquella mujer. ¿Qué le estaba sucediendo? Todo era como una locura. Esa chica…
    “No, debe ser el paisaje, tiene que ser el paisaje”, pensó. Pero no era el paisaje, era Tina.
    “¡Diablo”!.
    Jock se fijó en cómo jugaban en el agua, riéndose. Era una familia feliz. ¿Le gustaría a él tener una familia así?
    “¡Oh, claro! ¿Se puede saber en qué estoy pensando?”, se recriminó Jock a sí mismo. Un paisaje bonito, una chica maravillosa y un par de niños agradables, y todo lo que había estado pensando durante los últimos veinte años se marchaba volando por la ventana. De ninguna manera. Jock se acordó de su padre y de la amargura que se lo llevó a la tumba.
    – Te dejas llevar por el corazón una vez y te arruinas la vida -le solía decir su padre-. Cómo desearía no haber conocido a tu madre. Me enamoré de ella y mira lo que he sacado a cambio. Nueve meses… Nueve meses de embarazo y diez años viéndola morir. Y ahora encima tener que verte a ti todos los días de mi vida… Verte en su…
    Esa amargura de su padre había acompañado a Jock toda su vida.
    – Si te enamoras de una mujer, eres un estúpido -le decía su padre-. Ya no controlarás tu vida nunca más. Es una dura lección, chico, pero si consigo que la aprendas merecerá la pena. No pierdas nunca el control. Nunca…
    Jock miró hacia el agua, dándose cuenta de lo que le había querido decir su padre. Porque por primera vez en su vida, él había perdido el control.
    Y cada vez era peor. Llevaron de vuelta a casa a los chicos y se ducharon y cambiaron para el baile. Jock fue el primero en ducharse y luego estuvo charlando con Christie, Marie y los chicos mientras esperaba a Tina. Agarró a Rose y se puso a jugar con ella, 'que le sonrió El tiempo pasó volando y, para su asombro, Tina tardó sólo un cuarto de hora.
    ¡Sólo un cuarto de hora en arreglarse para un baile!.Jock se había resignado a esperar una hora. Cuando ella salió de su dormitorio, él la miró asombrado.
    – ¿Algo va mal? -Tina le sonrió, burlándose de él-. ¿Es que mi vestido es demasiado corto?
    ¡Demasiado corto!
    Bueno, un poco corto sí que era. Y estaba guapísima con él.
    Jock tragó saliva, fijándose en las piernas de Tina, que eran muy largas y bonitas. Llevaba unas medias de tono plateado que dejaban ver sus bien formados muslos.
    – Tienes el pelo mojado -dijo Marie, fijándose en la expresión que tenía Jock-. No deberías salir así.
    – Es que tardo mucho en secármelo y ya se secará solo en el coche de Jock -respondió Tina-. Si deja la capota bajada… -luego se volvió hacia él-. ¿O quizá tu coche incluye un secador de pelo entre sus prestaciones?
    ¡Maravillosa! ¡Ella era maravillosa! Jock se aclaró la garganta y se levantó de la silla en la que estaba sentado frente a la mesa al lado de Christie y Marie. Tina pensó que él no estaba nada mal, mientras él se ponía de pie. De hecho, ese traje negro le sentaba fenomenal. Y con Rose en sus brazos se le veía muy bien. Se le daban estupendamente los niños. Era una pena que no contemplara la posibilidad de tener uno propio.
    Él había nacido para ser un buen padre. Y un buen marido y amante.
    ¡Pero ¿en qué estoy pensando?! se recriminó Tina por pensar en eso, recordando que esa era la primera cita con él y que después de la segunda, no volvería a salir con ella. Tina lo sabía. Se lo había oído a todo el mundo, incluido a él mismo. Podía pensar que era guapo, se dijo a sí misma, pero no que lo deseaba.
    – Tina, ¿crees que ese vestido es suficientemente corto? -preguntó Christie-. ¿No deberías subírtelo un poco por los hombros?
    – ¡Si lo hago parecerá una camisa! Tal como está, lo único que me tapa es la ropa interior.
    A Jock, mientras tanto, le costaba cada vez más respirar. Para empeorar las cosas Marie y Christie lo miraron y entonces no supo qué hacer ni qué expresión poner.
    – ¿Quieres que nos vayamos ya? -preguntó Tina, mirando su reloj de pulsera, el único adorno que llevaba sobre su piel delicada-. Son las siete y media. Deja a Rose con su madre y vámonos, doctor Blaxton, ahora que el móvil está en silencio. No sabemos el tiempo que tendremos antes de que tengas que atender otro parto, así que aprovechemos.
    Jock recordó en ese momento que quizá lo llamaran para un par de casos complicados. Si lo llamaban, preferiría morirse, pensó. La idea de que Tina lo acompañara al baile del hospital, era algo que deseaba fervientemente.

    El baile fue maravilloso.
    Tina disfrutó muchísimo, pero más tarde Jock sólo pudo recordar algunos instantes. Por ejemplo, la sorpresa de su colega, Lloyd Neale, que veía a Tina por primera vez sin uniforme. Y la rapidez con que Sally se llevó a su marido del brazo.
    – Tú eres un hombre felizmente casado, Lloyd Neale, así que deja el vestido de Tina, o mejor dicho, la ausencia de vestido, para Jock -fueron las palabras de Sally, muy guapa con un vestido crema que le sentaba estupendamente-. Aunque pensaría que a Lloyd le pasaba algo si no mirara. Estás guapísima, Tina. Llévatela, Jock, y sujétala bien o tendremos que atar a cada hombre de esta sala.
    Así que Jock obedeció. Se llevó a Tina a la pista de baile y puso las manos en su cintura delgada para apretarla contra sí… La habitación le daba vueltas… Y le dieron más palmaditas en el hombro de lo que estaba dispuesto a recordar.
    – Déjanos a nosotros también. La doctora Rafter está soltera. Danos una oportunidad.
    – No te entregues únicamente al doctor Blaxton, doctora Rafter. ¿Te acuerdas de mí? Solías prestarme las pinturas cuando estábamos en tercer curso. Si hubiera sabido que ibas a ser tan guapa, te habría regalado una caja de pinturas entera, Tina Rafter. Déjanos que bailemos con ella, doctor. Ya hablaremos de cómo devolverte el favor.
    Tina sonreía y reía, echándose el precioso cabello hacia atrás y apoyando firmemente sus manos en Jock.
    – Esta noche no, muchachos. Estoy acompañando al doctor Blaxton hasta el próximo parto. ¡Dejadnos en paz!
    ¿Cómo iba a querer Jock un parto aquella noche? Pero, por supuesto, tuvo uno. Hacia las doce, cuando la música comenzaba a hacerse más lenta y las parejas empezaban a acercarse más y la mente de Jock se llenaba de horizontes tropicales, se oyó el busca.
    – ¡Maldita sea! -exclamó Jock, volviendo a la realidad con un gran esfuerzo.
    Se apartó de Tina y maldijo de nuevo.
    – Necesito encontrar un teléfono -comento-. Sam Hopper está hoy de guardia, pero si me llaman quiere decir que me necesitan. Afortunadamente puede ser que sólo necesite algún consejo. ¿Me esperas?
    Pero no anduvo dos pasos cuando Tina fue atrapada por los brazos de Kevin Blewit, el farmacéutico de la localidad.
    “Quiero ser un farmacéutico”, pensó Jock con amargura, mientras buscaba el teléfono. Tenían un horario regular. Una tienda que se cierra a las ocho y te puedes ir a casa…
    Maldijo de nuevo. ¿Cómo recuperar a Tina después de la llamada? El farmacéutico agarraba a Tina mucho más íntimamente de lo que a Jock le hubiera gustado, y no hubo ninguna llamada que le apartara de ella. Sam Hopper, uno de los médicos de la ciudad, estaba nervioso y nada más escuchar su voz tensa, Jock supo lo que necesitaba.
    – Jock, lo siento, pero tengo un problema y te necesito.
    ¡Maldita sea!
    Sam era un médico de medicina general que insistía en atender a sus propios partos, pero no era competente. Primeramente tenía poca práctica y sólo atendía unos cinco o seis partos al año. Eso significaba que no tenía la experiencia suficiente en un caso complicado.
    En segundo lugar, era un hombre arrogante que detestaba pedir ayuda. Eso significaba que siempre esperaba hasta el último momento.
    De manera que Jock no podía hacer otra cosa que decirle a Tina que tenía que marcharse. Quizá Lloyd y Sally podían llevar a Tina a casa cuando el baile terminara. También podría llevarla el farmacéutico. Tina no eligió ninguna de las dos opciones.
    Se quedó parada, en los brazos del farmacéutico y miró a Jock con cara de preocupación.
    – ¡Oh, Jock, vaya fastidio! -exclamó Tina, entendiendo, como doctora, la situación-. Kevin, si me disculpas, iré con Jock -añadió y Jock tuvo que pellizcarse para creer que había oído correctamente-. Puede que necesite una anestesista.
    – Pero…
    – No.
    Kevin y Jock hablaron a la vez. Las manos de Kevin sujetaron con más fuerza a Tina.
    – Esta noche tú no tienes por qué trabajar, Tina-. A menos que estés de guardia… Mark es el anestesista esta noche. Jock puede llamarlo.
    Pero Tina miró a Mark, que estaba besando a su mujer e hizo un movimiento negativo. Su cabello rojo se liberó, provocando una extraña reacción en las piernas de Jock.
    – No -insistió, apartándose de Kevin y agarrándose al brazo de Jock-. Si tengo una cita con un doctor, yo también actuaré como doctora. Sólo tendré dos oportunidades con Jock, ya lo sabes, y tengo que aprovecharlas. Buenas noche, Kevin. Vámonos, Jock.

    – No tenías por qué haber venido.
    Estaban ya casi en el hospital cuando Jock consiguió articular palabra. Aunque incluso en ese momento su voz sonó extraña. Tina lo miró de reojo.
    – Tenía que hacerlo -contestó ella-. Kevin olía a sudor y tenía las manos mojadas. Además sólo pensaba en una cosa y yo no estaba interesada.
    Eso provocó una mueca.
    – ¿Entonces quieres que te lleve a casa? -preguntó Jock, esperando que se negara-. ¿O quieres que pidamos un taxi?
    – No. Iré contigo -dijo sonriendo-. Me pediste que saliera contigo y te acompañaré el resto de la noche, te guste o no.

    En la sala de partos la situación era complicada. Heather Wardrop era una mujer de edad media con seis hijos. Había imaginado un parto sin complicaciones, como los anteriores, pero estaba más débil y el útero se había invertido. De manera que estaba asustada por la situación, casi en estado de shock, su marido muy nervioso y Sam Hopper intentaba disculparse y solucionarlo sin saber cómo.
    – ¡Jock! -gritó, al ver al doctor Blaxton-. ¿Cómo podía yo imaginar que iba a suceder esto? Todo ha sido demasiado rápido. Nunca me ha pasado. ¡Dios mío, es terrible!
    – Es grave, pero no terrible -dijo Jock con firmeza. Lo primero que tenía que hacer era controlar la situación-. ¿Puedes prepararme una venda, Tina? Esto no es tan extraño en un parto y es fácil de solucionar -añadió, acercándose a la mujer para tomarla de la mano.
    A continuación decidió olvidarse del doctor que estaba sudando detrás de él y concentrarse en aliviar el miedo de Heather.
    – No hay problema, Heather -declaró suavemente-. No hace falta que me mire así. Su cuerpo está tan acostumbrado a expulsar niños, que quiere expulsar todo lo demás. Pero no pasa nada. Sabes que cuando te quitas un calcetín, a veces se da la vuelta. Lo único que hay que hacer es ponerlo bien y meterlo en su sitio. Ese es mi trabajo ahora.
    – Pero…
    – ¿Cómo ha sucedido? -preguntó Jock, con una sonrisa en los labios que hizo borrar toda la tensión del cuarto-. ¿Dónde está el culpable? -el doctor buscó una cuna en la habitación-. ¿Todo este lío y no hay niño?
    – La enfermera… la llevó a la incubadora -dijo Heather.
    – ¿Es una niña?
    – Sí.
    – ¿Y cómo vais a llamarla? -preguntó, hablando como si tuviera todo el tiempo del mundo.
    Miró a Tina para que se diera cuenta que había que evitar que siguiera la hemorragia, pero sus actos eran firmes y tranquilos.
    Jock fue hacia el lavabo y se lavó las manos para hacer un examen detenido. Luego volvió, todavía esperando una respuesta.
    – ¿Cómo va a llamarla? -preguntó de nuevo, notando que el terror de los ojos de Heather había desaparecido.
    – Marguerite. La vamos a llamar Marguerite -dijo la mujer-. Por la madre de Michael.
    – Ese es un nombre muy bonito. Enseguida iré a conocerla, pero primero tendremos que dar la vuelta al calcetín.
    – ¿Cómo…? ¿Cómo…? -comenzó Michael Wardrop, -con el rostro pálido, mientras observaba lo que sucedía a su mujer.
    – Es un procedimiento sencillo, pero es más fácil, menos doloroso, si Heather se duerme mientras lo hago. Así que, si no le importa, Heather, la doctora Rafter va a anestesiarla para que yo pueda dar la vuelta al calcetín. Le daré un par de puntos para que se quede en su lugar y luego se pondrá bien. ¿De acuerdo, Heather?
    – De acuerdo -dijo la mujer aliviada, cuyo terror había dado paso a un agotamiento absoluto.
    – Pero creo que tengo que preguntar algo -dijo Jock, mientras examinaba el daño provocado-. ¿Está en sus planes tener más hijos? Lo coseré mejor si sé que no van a venir más hijos como éste lo ha hecho.
    – Oh, doctor, no habrá más hijos -exclamó Heather sin aliento-. En realidad no habíamos planeado tener éste, pero seis… bueno, seis es un buen número y yo tengo cuarenta y tres años y Michael cuarenta y siete. Creo que ya es suficiente, ¿no te parece, Michael?
    – Claro que sí -contestó su marido con fervor-. No habíamos pensado tener otro, fue un accidente. Pero ahora… -el hombre tomó la mano de su esposa y miró a Jock esperanzado-. Usted cure a mi esposa, doctor -suplicó-. ¿Lo hará?
    – ¿No cree que deberíamos mandarla a Sydney? -preguntó nervioso Sam-. ¡Diablos, doctor! Esto tiene un aspecto horrible.
    – Parece peor de lo que es -declaró secamente Jock.
    Sam iba a ponerlos a todos histéricos si no se callaba. Jock dio la espalda a Sam y miró a Michael y su mujer con una sonrisa tranquilizadora.
    – Y ahora, sé que la doctora Rafter y yo parecemos unos médicos un poco extraños, pero debajo de los trajes de fiesta y las medias de seda de la doctora Rafter, somos dos grandes profesionales. Tina es una anestesista estupenda y yo he tratado muchos partos como éste. Podemos curarla si nos lo permiten. También podemos enviarla a Sydney si quiere, Heather, pero será un viaje largo e incómodo y no hay necesidad. ¿Confía en nosotros? ¿Confía usted, señor Wardrop?
    – Claro que sí -contestó el hombre.
    Tina vio en la sonrisa del hombre que la ansiedad había desaparecido de sus ojos. La sólida confianza de Jock estaba surtiendo efecto. El hombre miró a Tina, con su vestido provocativo y a continuación a Jock, finalmente miró a su esposa con una sonrisa.
    – ¿Confiamos en esta pareja, Heather? Parece que salen de una revista de moda.
    – Sí -respondió Heather, sonriendo débilmente. Luego echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos-. Siempre he tenido debilidad por los hombres con traje oscuro. Me resultan muy atractivos. Así que deja que el doctor Blaxton haga lo que quiera conmigo, Michael Wardrop.
    Pareció sumergirse en un sueño profundo antes de que Tina ni siquiera preparara la anestesia.
    No era un caso tan sencillo como Jock estaba diciendo. Tardó dos horas en terminar y asegurarse de que el daño había sido rectificado. Jock se alegró de que los Wardrop hubieran dicho que no iban a tener más hijos.
    – Porque con esta cantidad de puntos el próximo tendrá que ser con cesárea. Puede que éste debiera de haber sido también así, por el tamaño del bebé. Sam debería de haber pedido el consejo de un especialista. No necesariamente a mí, pero sí a alguien de la especialidad.
    El enfado de Jock era palpable. Tina se dio cuenta desde el momento en que el doctor Sam Hopper había bostezado, cuando metieron a Heather en el quirófano, y anunció que se iba a la cama y dejaba a Tina y Jock que se hicieran cargo de todo.
    – No le interesa nada -dijo Jock, con los dientes apretados-. Sam cerró los libros cuando terminó la carrera y no hace ningún intento de seguir aprendiendo.
    Esas fueron sus únicas palabras mientras las enfermeras se ocupaban de Heather, pero cuando ésta fue llevada de nuevo a la sala y estaba a solas con Tina, Jock no hizo ningún esfuerzo por disimular su furia.
    – Ese hombre es un incompetente. Un incompetente que trata de atender partos. ¿No sabe el daño que puede hacer? ¿No se da cuenta de las consecuencias? -gritó con rabia.
    – Ya ha salido del peligro, ¿verdad? -preguntó suavemente Tina-. Gracias a que tú…
    – ¿Pero qué pasa si el útero se rasga? O sucede… cualquier otra cosa. ¿No sabe que las madres que han tenido ya hijos suelen ser casos más delicados que las primerizas? De acuerdo a las notas de Sam, Heather ha tenido cinco hijos… Cada uno con más de tres kilos y medio y los dos últimos de cuatro. Éste pesaba cuatro y medio. Sam tenía que haber previsto que era un bebé grande en las ecografías. ¿Y sabes qué habría pasado si hubiera muerto? Sam se habría encogido de hombros y habría dicho: estas cosas pasan. Pero estas cosas no pasan. Ya no. No con las precauciones que deberían de haberse tomado. Pero yo no puedo estar en todas partes a la vez para asegurarme, y si los doctores no me…
    – ¿Es eso lo que quieres hacer? -preguntó Tina-. ¿Estar a la vez en todas partes?
    Eso hizo que Jock se callara. Levantó los ojos hacia Tina y la miró fijamente. Luego hizo un movimiento negativo con la cabeza, como si quisiera olvidar una pesadilla. Finalmente consiguió sonreír.
    – Parezco un arrogante.
    – Porque eres un gran médico -dijo la muchacha, sentándose en un banco que había al lado del lavabo.
    Llevaba una bata de quirófano sobre el vestido rojo y tenía aspecto casi recatado. Sólo se le veían las piernas, sugiriendo la sensualidad de la ropa que llevaba debajo.
    – Jock…
    – ¿Qué? -respondió, todavía nervioso.
    Miró hacia arriba, pero Tina sabía que no la estaba viendo. Estaba imaginando la catástrofe de seis hijos sin una madre. A Michael Wardrop sin su esposa. Veía a su propia madre. El corazón de Tina dio un vuelco. Notó la angustia en los ojos de Jock. ¿Quién lo habría imaginado? Pensó Tina. ¿Quién imaginaría que el gran Jock Blaxton tenía un corazón lo suficientemente grande como para acoger al mundo entero? ¡Demonios, estaba empezando a enamorarse de él!
    ¿Enamorarse? La palabra quedó en su mente como una chispa encendida, iluminando el cielo. Aquel pensamiento tan sencillo liberaba cosas que siempre habían estado en ella, pero habían permanecido escondidas en la oscuridad hasta ese momento. Y le hacían ver que se estaba enamorando de alguien que no tenía ninguna intención de comprometerse con una mujer, y mucho menos con ella.
    – Jock…
    Tina, sin darse cuenta de lo que hacía, acarició el cabello de Jock. Sus dedos se deslizaron sobre la masa oscura en un gesto de consuelo.
    – Hay una nueva persona en el mundo debido a lo que ha pasado hoy -añadió suavemente-. Una pequeña llamada Marguerite Wardrop cuya madre se pondrá bien gracias a ti, Jock.
    La mano femenina continuó acariciando al hombre, tratando desesperadamente de suavizar su dolor.
    – Puede que no seas capaz de salvar al mundo, Jock, pero has contribuido esta noche con una familia. También has contribuido con mi hermana y creo que eres maravilloso. ¿Qué más esperas de ti mismo?
    No hubo respuesta. Jock estaba rígido y silencioso a su lado, con el rostro todavía embargado por el dolor. De repente Tina no pudo soportarlo. Aquel hombre tenía un pasado lleno de fantasmas que no le dejaban vivir consigo mismo, que no le dejaban avanzar.
    ¿Qué clase de padres podían fomentar un sentimiento de culpa tan cruel? se dijo Tina. Culpar a un niño por la muerte de su madre era horrible, significaba, además, infundirle un sentimiento que le iba a aislar de los demás para toda la vida. No había nada que pudiera borrar su dolor, pero sí podía consolarlo. Entonces lo acarició con ambas manos. El cabello era espeso y rizado y su roce produjo en ella un sentimiento placentero que la recorrió por todo el cuerpo. Era maravilloso acariciarlo.
    Luego lo atrajo hacia sí hasta que la cabeza de él casi rozó su pecho, bajó el rostro, le tomó de la barbilla y lo besó.

Capítulo 6

    SE SUPONÍA que iba a ser un beso de consuelo. Nada más.
    Pero lo que había entre Jock Y Tina no era un sentimiento de consuelo sino un volcán en erupción. En el momento en que los labios de Tina se encontraron con los de Jock, el mundo entero cambió. O se detuvo. ¿Qué estaba sucediendo? Era una locura, pensó Tina desesperadamente, mientras notaba la pasión que se encendía entre ellos, alegre al ver que todo se había arreglado, emocionada y apenada por aquel hombre alto de rostro hermoso, cabello suave, ojos llenos de amor y un pasado lleno de fantasmas…
    ¡Pero ahí se terminaba todo! Se dijo a sí misma. Había sentido pena por él. ¡Únicamente eso! A pesar de que pena no era el sentimiento que golpeaba su cuerpo en ese momento sino puro deseo. Los labios de Tina descendieron sobre los de Jock y él no había querido ser besado… estaba segura de ello. Fue solo que él estaba agotado y confuso, sin fuerzas para protestar o negarse… y de repente una luz le golpeó y golpeó a Tina al mismo tiempo, y los unió con la fuerza de lo inevitable.
    Tina se derretía por dentro. Sentía un fuego que comenzaba en los labios y bajaba quemándola hasta los pies, para subir de nuevo. La llenaba hacia delante y hacia atrás, con oleadas que se movían por todas partes. Mientras sus muslos gritaban con una necesidad que no había conocido hasta entonces.
    Las manos de Jock se movían despacio. Subían hacia arriba, como si tuvieran voluntad propia, y tomaron su cintura, acercando su cuerpo, colocando los muslos de ella contra los suyos. Tina se iba deslizando del banco donde estaba sentada para apretarse contra él. Sus labios suaves se separaron, pidiendo a Jock que hiciera el beso más profundo. De repente sacó la lengua, buscando la lengua de él, pidiendo que entrara en su humedad secreta.
    ¡Jock! ¡Le temblaban los pies sólo de pensar en él, de sentirlo! El cuerpo entero de Tina temblaba como una antorcha encendida que se consume. Una llama que toma el calor de él y le ofrece su propio calor. Jock… ¡Dios mío, Jock!
    ¿Qué le estaba sucediendo? ¡Lo sabía! Lo sabía perfectamente. Ese sentimiento no le había sucedido a Tina jamás, pero era inconfundible. Ese era su hombre, y allí estaba su lugar.
    Jock…
    Pero él no la deseaba, no deseaba a nadie. Y aún así… Entonces Jock la apartó un centímetro, dos centímetros… Tina gimió, pero no insistió. Se aferró a su orgullo y se apartó más… a la vez que aquellos ojos oscuros la observaban.
    Los ojos de Jock eran casi acusadores, pero Tina no apartó la mirada ni un segundo. Lo miró a su vez con firmeza, sin vacilaciones. No estaba avergonzada de haber besado a aquel hombre. ¿Cómo iba a estarlo? Le estaba sucediendo algo que no entendía, que no tenía esperanzas de entender porque era nuevo para ella, y comenzaba a preguntarse hacia dónde la llevaría.
    Era un sendero que nunca antes había pisado, pero estaba segura de que quería que continuara.
    – No -dijo Jock, con voz entrecortada.
    – ¿No? -repitió Tina-. ¿No quieres violarme en el quirófano, cariño? ¡Caramba! Eso es lo que creí hace un momento -añadió, con una risita.
    Los ojos de Jock brillaron. Su cuerpo se puso rígido y por un momento Tina creyó, esperó, que la tomara de nuevo.
    Pero Jock había recuperado el control y no deseaba mujeres. No de manera seria. No para siempre.
    – Tina… Yo… lo siento.
    – ¿Sientes haberme besado? -Tina se echó hacia delante para darle un beso breve en los labios. Él no respondió, ni siquiera se movió. Simplemente se quedó mirándola con ojos pensativos-. No eres muy amable.
    – No quise ser amable. Yo sólo…
    – Lo sé. No tienes en mente una relación seria -dijo Tina, esforzándose por parecer alegre-. Lo sé. Yo tampoco, claro. ¿Recuerdas a Peter?
    Eso hirió a Jock e hizo que la rabia apareciera y lo salvara.
    – ¿Peter?
    – Sí, Peter -dijo Tina, esbozando una sonrisa.
    La rabia de Jock aumentó.
    – ¿Quieres decir que besas así a un hombre cuando tienes una relación estable con otro?
    – Sólo si eres tú.
    – ¿Qué demonios quieres decir con eso? -preguntó Jock, con los ojos brillantes por una mezcla de rabia y pasión.
    – Lo que he dicho. Que nunca he besado así a un hombre y no sé por qué lo he hecho contigo. Si me lo puedes explicar, te lo agradezco. Soy toda oídos.
    Silencio.
    Tina finalmente recuperó el ánimo para besarlo de nuevo. Esta vez sin pasión.
    – Jock, déjalo -dijo, tras el tímido intento, pensando que se estaba enamorando perdidamente de él. Pensando también que si se lo decía, Jock era capaz de salir corriendo y no parar en horas-. Está claro que somos capaces de crear una buena corriente eléctrica. Quizá… -suspiró al ver la mirada de él-. Será mejor que primero vayamos a ver si está bien Marguerite Wardrop y luego nos vayamos a la cama.
    – A la cama…
    – Quiero decir a nuestras respectivas habitaciones -dijo Tina, sin poder evitar cierto tono de enfado. ¿Cómo se atrevía? Ese hombre se comportaba como un monje y luego la hacía sentirse a ella como una prostituta-. ¿Qué otra cosa querría decir? ¿Recuerdas que tengo una relación con Peter que me hace feliz?
    Sólo que no era cierto.
    No hablaron de otra cita. Tina tampoco se hacía ilusiones de que Jock quisiera verla de nuevo, aunque le costaba dejar las cosas así. Le era imposible. Pasó la semana siguiente intentando saber cuáles eran sus verdaderos sentimientos, e intentando, a la vez, evitar a Jock Blaxton, sin poderlo conseguir. Una noche en que él tuvo que atender un parto de gemelos y a una mujer que sufría una hemorragia, tuvieron que trabajar juntos. Jock estuvo serio y distante, rígido. Hacia el final de la semana, Tina creía que se iba a volver loca.
    ¡Estaba completamente enamorada! De alguien que no quería tener ningún tipo de relación con ella. Pero no era propio de Tina volverse loca en silencio. Si se volvía loca, lo haría con clase y lo haría con honor. No podía seguir con Peter, ya no. No cuando sabía lo que era ser besada por un hombre como Jock.
    Lo más probable era que Jock no quisiera volver a besarla en su vida. Pero ella ya sabía lo que era un beso apasionado y sabía que los besos de Peter iban a ser una mala copia. Peter la llamó la noche después del baile y ella intentó interesarse en lo que pasaba en Sydney. Luego Peter trató de interesarse por lo que pasaba en Gundowring, pero tampoco funcionó.
    Así que Tina dio un suspiro y dijo que ya que estaban tan lejos y se veían tan poco, sería mejor separarse y darse el uno al otro la posibilidad de conocer a otras personas. Apenas le molestó cuando notó el alivio en la voz de Peter al aceptar. Peter y ella no habían tenido un compromiso largo, pero había sido una relación buena para ambos. ¿Y ahora qué iba a ser de ella?
    De momento estaba en Gundowring con Christie y los niños, y era lo único que le importaba.
    Aunque Christie pensaba que Jock era fantástico y era difícil convivir con ello, cuando Tina intentaba convencerse a sí misma de que no era tan maravilloso.
    Christie fue a visitar a Jock aquel lunes y por primera vez desde el nacimiento de Rose, la mujer volvió con una sonrisa en los labios.
    – Oh, Tina, el doctor Blaxton es encantador -dijo a su hermana-. Me ha hecho ver las cosas desde un punto de vista diferente. ¡Incluso me ha hecho reír cuando le he contado que Ray estaba con una mujer mucho más joven que él!
    – ¿Reír?
    – Sí, yo no podía creérmelo, pero cuando le dije que Skye tiene diecisiete años me hizo una imagen detallada de lo que Ray debe de estar pasando. ¡Para Blaxton el purgatorio es tener que llevar a una adolescente a la discoteca cuando tienes cuarenta y siete años! Dice que Ray ha elegido su propio castigo y que yo tengo que estar agradecida.
    – Yo intenté decirte lo mismo -contestó Tina prudentemente.
    La sonrisa de Christie se ensanchó y ambas hermanas se abrazaron.
    – Sé que lo hiciste, Tina, pero quizá yo no estaba preparada para oírlo. O quizá necesitaba que alguien de fuera me lo dijera. Y el doctor Blaxton tiene una manera de hablar…
    La sonrisa de Christie se convirtió en una mueca.
    – Y te tengo que contar otra cosa. El doctor Blaxton llamó a un abogado y descubrió que puedo conseguir que me envíen el sueldo de Ray, antes, incluso, de que él sepa lo que gana cada mes. Eso significaría una gran ayuda para los niños.
    – ¿Es cierto?
    – Me aseguró que sí. Oh, Tina. Ray se marchó porque odiaba tener que hacerse cargo de los gastos de los niños y ahora, además de ayudar a criar a Ally, Tim y Rose, tendrá que pagar los gastos de una amante de diecisiete años -el rostro de Christie se ensombreció-. No creo que eso sea muy divertido, ¿verdad?
    – No te dará pena, ¿verdad?
    – Pues sí. Por primera vez me da pena. Por primera vez no siento sólo rabia y dolor, también me enfada que Ray haya podido hacer una cosa así. Y pena por lo que ha perdido -la sonrisa volvió a aparecer en el rostro de Christie-. Pero eso no me va a impedir que pida ese dinero.
    – Oh, Christie…
    – Creo que es el mejor doctor -dijo Christie alegremente-. ¿Cuándo volverás a salir con él?
    – No me lo ha pedido -confesó Tina.
    – ¿Y eso cuándo ha sido un obstáculo para ti? Pídeselo tú entonces. Si no fuera porque en estos momentos no quiero saber nada de hombres, o por lo menos no hasta que me olvide un poco de todo, se lo pediría yo misma, Tina. Jock es maravilloso. Lucha por él.
    – No es serio.
    – Es maravilloso. Tú eres seria por los dos. ¡Pídeselo!
    Eso era más fácil de decir que de hacer.
    Tina pasó unos días intentando concentrarse en el trabajo. Pero cada vez que lo conseguía, se cruzaba con Jock, con su bata blanca y sus ojos oscuros brillantes por las bromas de cualquier enfermera. Desde luego era verdaderamente encantador…
    Christie tenía razón, decidió Tina. Jock era el hombre más atractivo que se había encontrado en su vida y no iba a conseguir nada de él a menos que lo intentara.
    “¡Así que pídeselo! Ánimo, Tina”, se dijo a sí misma. Y fue lo que hizo. Una tarde lo esperó en la sala de los recién nacidos. Tina lo vio a través del cristal, yendo de una cuna a otra, repasando los historiales.
    ¡Le encantaban los niños! Tina observó la expresión de su rostro cuando tomó a Marguerite Wardrop en sus brazos, creyendo que nadie lo veía, y comprendió en ese momento que era una estupidez que se negara a tener una familia. El deseo lo llevaba escrito en los ojos. Seguramente tenía miedo. Para Jock no había demasiados niños en el mundo, había demasiados pocos.
    Sería un buen padre, el mejor, pensó Tina. Sería el mejor amante.
    “¡Pídeselo!”.
    Tomó aire y abrió la puerta de la sala corriendo, antes de que sus piernas le empezaran a arder allí mismo.
    – Hola.
    – Hola -dijo, colocando a la niña en su cuna. Le ajustó las sábanas y luego miró el reloj-. ¿Qué haces todavía en el hospital?
    Desde luego no era un buen recibimiento.
    – Trabajo aquí. Me contrataste de nuevo, ¿te acuerdas?
    – Quiero decir que tu hora de salida es a las siete -dijo, mirando el reloj como si le hubiera traicionado-. Ahora son las ocho.
    – Ya lo sé. Me he quedado para verte.
    Parecía difícil que la expresión de su rostro pudiera ponerse más hermética, pero así fue.
    – ¿Porqué?
    – Parece que no estás de muy buen humor.
    – Estoy muy ocupado.
    – Claro. Ya entiendo. Tan ocupado que tienes tiempo para acunar a cada uno de esos bebés. Es un horario muy apretado, desde luego.
    – ¿De qué quieres hablar?
    – De nuestra segunda cita.
    Eso no gustó a Jock. Tina vio en sus ojos una expresión que no estaba segura de entender.
    – Es sólo una boda. Necesito un acompañante y no puedo llevar a Peter.
    – ¿Por qué no puedes llevarlo?
    – Porque nos hemos separado. ¿No es triste? Llevábamos saliendo casi un año y ahora nos damos cuenta de que no hemos nacido el uno para el otro.
    – ¿Por qué no?
    – Peter quiere una esposa e hijos y yo no quiero ser esposa y madre -dijo. Lo cual era cierto, o por lo menos no con Peter-. Quiero divertirme un poco, Jock, mientras soy joven para disfrutarlo.
    – ¿Sí?
    – Sí.
    La muchacha se inclinó sobre el pequeño Cameron Croxton.
    – La ictericia de Cameron está mucho mejor -dijo-. Ahora parece moreno, en vez de tener el aspecto de quien ha comido demasiado azafrán.
    – Sus niveles de bilirrubina están bajando.
    – ¿Se irá pronto a casa entonces?
    – Sí…, pero su padre quiere que le hagamos la circuncisión.
    – ¿Tan pronto?
    – Dice que su hijo no estará completo hasta que se la hayan hecho. Me imagino que se la tenemos que hacer nosotros, o si no lo harán por otros medios, pero no me gusta. Especialmente ahora que ha estado tan enfermo. Todavía no ha pasado la ictericia.
    Tina asintió con una sonrisa.
    Antiguamente se hacía la circuncisión a los recién nacidos sin atender a su estado. Se creía que la operación no afectaba a los bebés, pero sí afectaba. Podía provocarlos incluso un estado de shock y, en algunos casos, una infección que acababa en muerte.
    Así que si tenía que ser hecho, era mejor por un doctor competente y usando anestesia local, en vez de que los padres buscaran a otro médico cualquiera y lo hicieran en peores condiciones.
    Tina tornó al pequeño Cameron y le dio un beso.
    – Ya sé que es doloroso, pero el doctor Blaxton es un gran profesional. El mejor. Te cuidará.
    La muchacha alzó los ojos y miró a Jock.
    – En cuanto a esa boda…
    – Tina…
    – Jock, ¿te da miedo?
    Jock abrió mucho los ojos sorprendido.
    – ¿Qué me dices? -continuó Tina.
    A pesar de la situación, Jock esbozó una sonrisa.
    – Tina, en los ambientes donde yo me crié, no se consideraba de buena educación que las mujeres jóvenes pidieran a los hombres una cita… y si el hombre se negaba se consideraba de mucha menos educación que ella lo llamara cobarde.
    – Entonces tengo suerte de no ser una mujer joven -replicó Tina desafiante-. La boda es el sábado a las cuatro. No estarás de guardia, ya lo he mirado. De todos modos la ceremonia y la fiesta serán muy cerca de aquí. Yo seré la madrina así que tú tendrás que estar con los otros invitados cuando yo tenga que cumplir con mi deber. Sólo estaremos juntos en la cena. ¿Y quien sabe? Puede que te diviertas.
    Puede que sí. Pero quizá eso era lo que Jock temía.

    Jock no se divirtió, pero no fue culpa de la boda. La tensión entre Tina y él era tan fuerte que casi podía tocarse. La boda fue estupenda, un acontecimiento al que todo el barrio estaba invitado. Harry era un campesino y Mary la maestra. Harry jugaba al fútbol y al críquet, y Mary al tenis y al hockey… Ambas familias eran numerosas y no faltó nadie.
    La iglesia estaba en un promontorio y la pequeña capilla abarrotada. La fiesta fue en un local cercano y la orquesta que actuó fue una de las mejores que Jock había escuchado nunca. Pero, como Tina había prometido, él fue su compañero de cena. Se sentaron juntos para ello, pero después las mesas fueron retiradas y Tina, como madrina, estuvo bailando con todos los hombres como si lo hubiera estado esquivando.
    Y así era.
    Tina iba vestida mucho más discretamente que en el baile del hospital. Llevaba un vestido blanco que le caía suavemente hasta los tobillos. Era discreto; pero también precioso. Ella, sin embargo, estaba muy nerviosa.
    Había sido un error, pensó Tina con tristeza, mientras le pedía un baile. Él la miró con ojos aterrorizados. Puede que hubiera aceptado acompañarla, pero no había aceptado ninguna otra cosa más.
    ¡Maldita sea! Se dijo Tina, pensando en que tenía que demostrarle que no iba a atacarle, que no iba apegarse a él como una lapa ni amenazar su soledad. El, por su parte, no hizo ningún gesto de acercamiento a ella a lo largo de toda la noche y ella se sintió como una estúpida.
    Tuvo que bailar con ella una vez. Después del vals de los novios hubo una canción donde cada persona tenía que bailar con el compañero con el que había ido, de manera que no tuvo escapatoria.
    Tina tenía su orgullo. Después de dos círculos en la pista, comenzó a enfadarse. Eso la ayudó. Luego encontró algo que la distrajo y eso la ayudó aún más. Había un grupo de adolescentes que bebía fuera del local y Tina comenzó a preocuparse por ellos.
    – Sólo tienen dieciocho años -comentó a Jock-. Me gustaría que sus padres intervinieran. Están bebiendo demasiado.
    Esa era una nueva sensación para Jock. Desde luego que él no había querido bailar con ella, pero comenzó a molestarle el hecho de tener una mujer en sus brazos que no estuviera totalmente concentrada en él… Eso le hacía sentirse solo y aislado, y tuvo deseos de abrazarla más para poder así llamar su atención.
    Pero Tina seguía mirando a los adolescentes. Él siguió la mirada de ella y la tensión que sentía se transformó en rabia. Los adolescentes estaban bebiendo como locos, mezclando diferentes bebidas y hablando cada vez más agresivamente.
    – Sus padres están aquí -dijo Tina-. ¿Por qué no intervienen? No sé si yo debería hacer algo.
    – ¿Qué puedes hacer?
    – No lo sé. Di algo…
    – No es asunto nuestro -dijo Jock con brusquedad, pensando que Tina era encantadora-. Y no serán tan tontos como para conducir -añadió, mirando a los adolescentes-. Son unos estúpidos. Si fueran mis hijos…
    – Pero no lo serán, ¿verdad, Jock? -preguntó Tina. Y su voz sonó terriblemente triste-. Nunca. La responsabilidad no está en tu futuro -Tina se mordió los labios y se apartó-. No. Lo siento, Jock… Puede que… creo que esta noche ha sido un error.
    Si él seguía abrazándola un momento más, rompería en sollozos.
    – Necesito… necesito bailar con otra persona.
    ¡Se terminó el baile! Se acabó el tiempo asignado a Tina. Pero Jock no pudo evitar buscarla continuamente con los ojos, mientras bailaba con otras mujeres. ¡Se iba a volver loco! Pero ya no la vería nunca más fuera del trabajo. Ella no le volvería a pedir que salieran otra vez, si él se mostraba suficientemente distante, y él tampoco se lo iba a pedir a ella. No lo haría porque era demasiado peligroso.
    Pensaría de nuevo en aquel trabajo en Londres. Movería las cosas para poder marcharse de allí tan pronto como Gina y Struan volvieran. Londres era un lugar suficientemente lejano… Y de repente Pride y Erin cambiaron de pareja y Tina estaba otra vez a su lado, riendo en sus brazos. Era encantadora, deliciosa, suave.
    – ¿Te lo estás pasando bien? -preguntó, con una mirada provocativa, como si no hubiera nada entre ellos.
    – Más o menos -mintió-. ¿Y tú?
    – Me encantan las bodas -era cierto, así que ella no mintió.
    – ¿Entonces no te vas a casar con Peter?
    – No -la mujer dio una vuelta y volvió a abrazarlo. Su cuerpo era perfecto y parecía tener el hueco adecuado para acomodarse al suyo.
    – ¿De verdad no quieres casarte? -quiso, saber él.
    – No. O por lo menos eso es lo que he dicho y mantendré mi palabra.
    – ¿Por qué?
    – Porque cada vez que te miro fijamente, tú te mueres de miedo… como si te persiguiera un tiburón para comerte dijo, con una sonrisa débil-. Así que no nos pongamos paranoicos, doctor Blaxton. Relájate y disfruta.
    Tina dio dos pasos hacia su nueva pareja y Jock se quedó solo.

    Tina evitó a Jock durante el resto de la noche. O él la evitó a ella. O ambos. Pero tuvieron que irse a casa juntos. Tina había ido en el coche de la novia, así que no tenía otro modo de volver. Decidieron marcharse hacia las dos de la mañana y ambos estaban muy nerviosos.
    Mary y Harry se habían marchado con la furgoneta llena de latas y herraduras. Los más mayores hacía tiempo que se habían ido y sólo quedaban algunas parejas que bailaban lentamente en la pista.
    Tina fue hacia él y se agarró a su brazo. ¿Iba en busca de su hombre?
    – De acuerdo, Príncipe Encantado, Cenicienta tiene que volver a casa. Trae tu carroza de cristal.
    – ¿No es eso una zapatilla de cristal?
    – No lo sé, pero me las voy a quitar -dijo.
    La muchacha se quitó los zapatos de madrina y caminó descalza hacia el coche.
    No eran los únicos que se marchaban. En la distancia se veía a los adolescentes pelearse por las llaves de sus coches. Eran los mismos que habían estado bebiendo al comienzo de la noche.
    – Oye, Andrew, no estás bien para conducir. Deja tu coche aquí, yo te llevaré.
    – Estoy bien. Sólo he tomado un par de cervezas.
    – ¡Un par de cervezas! Un par de docenas, querrás decir. A parte del whisky.
    – Mira, hay bastantes taxis. Calla y sube.
    Tina y Jock oyeron sus voces, y se miraron alarmados.
    – ¡Eh! -gritó Jock, apresurándose.
    Pero era demasiado tarde. Los adolescentes se habían metido en el coche y el vehículo se dirigía hacia la verja de salida.
    – ¡Maldita sea! -exclamó Jock, sacando el móvil de su coche.
    – ¿Qué vas a hacer?
    – Llamar a la policía -dijo, observando al vehículo derrapar y quedarse sobre dos ruedas-. Si nadie los detiene, se van a matar. ¿Dónde demonios están sus padres?
    Los muchachos conducían a una velocidad que Tina y Jock no podían alcanzarlos. Tina iba en silencio. También Jock.
    Nada había pasado entre ellos. Pensó Tina con amargura. ¡Nada! Quizá podría haberse puesto cariñosa con él, pero entonces él se habría agobiado mucho más. De manera que no había ocurrido nada. Jock iba pensando lo mismo. Diciéndose que había sido un idiota por dejar que las cosas llegaran tan lejos. Por dejar que Tina se hiciera una idea falsa…
    Pero nada había ocurrido. Eso era lo que Jock quería, se dijo con rabia. Así que había que dejarlo tal cual. Llevar a esa mujer a casa y seguir con su vida. Eso era lo que quería, ¿no? Fijó los ojos en la carretera y de repente la noche se hizo una bola de fuego ante ellos y todo lo que pensaba sobre su vida dejó de tener importancia.

Capítulo 7

    JOCK pisó el freno a fondo al oír una explosión y ver cómo el cielo se teñía de rojo. Sólo se podían ver llamas. El fuego se extendía tanto que casi llegaba hasta donde estaban ellos.
    Sin decir nada, Jock aceleró de nuevo con lo que el coche comenzó a avanzar. Temerosos de descubrir qué había provocado el incendio, avanzaron trescientas metros. Después de una curva se podía ver una colina a cuyo otro lado se levantaban llamas de varios cientos de pies de altura. No había forma de atravesar aquella colina con el coche, así que, sin hablar, salieron del coche y echaron a andar para descubrir la causa de ese indescriptible horror.
    Antes de que alcanzaran la cima Jock sacó su teléfono móvil del bolsillo para avisar del incendio. Tina no pudo oír lo que decía debido al estruendo de las llamas.
    – Kate… soy el doctor Blaxton. Estoy en la carretera de Slatey Creek, cerca de Black Hill. Ha habido un gran accidente. Necesito que venga una ambulancia y los bomberos. Varios coches. Hay un incendio enorme. Y avisa a la policía también, Kate. No. Ha debido haber heridos, pero no sé cuántos. Pero ponte en lo peor. Date prisa, Kate.
    Jock cortó la comunicación y se dirigió a la cima, a la que Tina ya había llegado. Lo que vio al llegar le dejó horrorizado. Ambos se quedaron sin aliento. Había un camión cisterna que llevaba gasolina cubierto por las llamas. Debía de haberse salido de la autopista antes de estallar porque estaba como a treinta metros de la carretera.
    También se veía un coche al pie de la colina. Estaba iluminado por las llamas, pero no se había incendiado, ya que estaba al otro lado de la autopista y de él estaban saliendo tambaleantes los adolescentes que pocos minutos antes habían visto Tina y Jock.
    Tina se volvió hacia el camión de nuevo y se quedó mirándolo fijamente. De pronto, aunque resultara increíble, le pareció ver un hombre. ¿Sería el conductor? Lo cierto era que se podía ver a un hombre iluminado por las llamas. Un hombre que había sobrevivido a ese infierno.
    Jock ya lo había visto y había echado a correr hacia él a toda velocidad. Tina le siguió. Milagrosamente, el hombre estaba prácticamente ileso. Le sangraba una herida en su rostro, pero se podía mantener en pie por sí mismo. Y de hecho, la camisa estaba intacta por lo que las quemaduras debían de ser poco importantes.
    Tina resopló aliviada cuando lo vio de cerca. Jock le estaba ayudando a alejarse del fuego. El calor resultaba insoportable. Tina se puso al otro lado del hombre y entre ella y Jock le ayudaron a llegar a la carretera.
    – ¿Hay alguien más en el camión? -le preguntó Jock a través del estruendo de las llamas. El calor apenas le dejaba hablar-. ¿Alguien más?
    El hombre sacudió la cabeza, incapaz de ni siquiera decir «no». Apenas podía sostenerse en pie. Sólo Dios sabía el esfuerzo que debía haber hecho para salir del camión. Luego oyeron otra explosión y la onda expansiva les empujó hacia delante.
    Tina se tambaleó, aunque pudo recuperar el equilibrio. Sintió el calor a través de sus finas ropas, que evidentemente no eran las de un bombero. Y el calor cada vez era mayor. Finalmente, Jock y ella consiguieron conducir al hombre hasta el otro lado de la carretera, donde estaba el coche de los adolescentes, suficientemente alejado del incendio como para no correr peligro.
    Dejaron al conductor sobre la hierba que había al lado de la carretera y Jock se arrodilló para examinarlo. Tina se quedó de pie, observándolo todo a su alrededor, sin perderse detalle. Estaba trazando el plan de acción, estudiando cuáles eran las prioridades.
    Vio cómo Jock se rasgaba la chaqueta para vendar la herida del conductor, que sangraba profusamente. El hombre temblaba corno una hoja y no paraba de sollozar, pero aparte del corte de la cara y de unas' quemaduras no parecía que hubiera sufrido más daños. Así que la atención de Tina se desvió hacia los adolescentes.
    ¿Cuántos eran? Uno, dos, tres, cuatro. Había cuatro chicos fuera del coche. Tina trató de imaginárselos antes de entrar en el coche y, efectivamente, había visto a cuatro.
    Respiró aliviada. Parecía que no iba a haber ningún herido grave. Si el conductor del camión estaba bien y los cuatro adolescente estaba fuera de peligro…
    Pero luego… Tina miró más de cerca al coche y la invadió el miedo. No tenía sentido, no podía ser… No. Quizá se equivocara. Y Dios sabe cuánto le hubiera gustado equivocarse.
    – ¿Estás bien? -preguntó al adolescente que había más cerca de ella. Su novia estaba vomitando un poco más allá. Mitad por la borrachera, mitad por la impresión, pensó Tina-. ¿Hay alguien herido?
    – Doctora…
    El chico la reconoció. Al verle más de cerca, Tina reconoció a un muchacho al que había atendido la semana anterior, al haberse lastimado jugando al fútbol.
    – ¡Oh, doctora…!
    – ¿Hay algún herido, Simon? -le preguntó, agarrándole de los hombros, forzándolo a centrar la atención.
    – Andrew cree que se ha roto el brazo y Syl… Syl se lastimó el pecho y está enferma. Pero el coche… La gente del coche…
    – ¿Hay alguien más en el coche? -preguntó Tina, tratando de bloquear el miedo que había sentido momentos antes. Se dirigió hacia el coche, pero Simon la detuvo.
    – No, doctora, no este coche. El coche que chocó contra el camión.
    Hay momentos en la vida que más valdría olvidar. Y ese era uno de ellos.
    Tina se volvió lentamente y se quedó mirando fijamente al camión, deseando que Simon estuviera equivocado. Deseando que se lo hubiera imaginado. Tina no podía ver ningún otro coche. Sólo podía ver el camión, ardiendo. Pero… Pero…
    Volvió a mirar a Simon y se dio cuenta de que el chico no se lo había imaginado. Simon estaba tan pálido como debía estar ella. Tina se había dado cuenta de que el coche de los chicos no estaba tan mal como para haberse chocado con el camión. La única explicación era que el camión se hubiera chocado con otro coche y por eso se había incendiado al otro lado de la carretera.
    Sintió que el estómago se le revolvía, mientras trataba de adivinar dónde podía estar ese otro coche. En realidad, ya lo sabía. Sólo había una posibilidad. Así que echó a correr hacia el otro lado de la carretera.
    Se dirigió hacia el camión, a pesar de que el calor era casi insoportable. Escuchó cómo la llamaba Jock. Pero lo ignoró. Aunque de estar en lo cierto, no habría nada que hacer. Estaba segura.
    Pero tenía que asegurarse…
    Rodeó el camión a cierta distancia para ver el otro lado. Iba corriendo a pesar de que se le salían las sandalias continuamente. Iba con la mano tapándose la boca para no respirar los escombros que flotaban a su alrededor, así como la ceniza y la gasolina evaporada. Y allí estaba. Un completo horror. Los hierros retorcidos que una vez fueron un coche familiar, empotrados contra el lateral del camión y cubiertos por las llamas.
    Y luego lo pudo ver… Tina se echó sobre la hierba y cerró los ojos. Y le llevó un largo tiempo recuperar el coraje suficiente como para abrirlos de nuevo.

    Jock y Tina trabajaron sin parar, a pesar de la fuerte impresión. Y el resto del equipo sanitario de Gundowring también trabajó de firme.
    El conductor tenía quemaduras de segundó grado en el rostro y las manos. Había perdido algo de pelo y mucha sangre, pero estaba vivo.
    – Se lo merece -le dijo el jefe de policía a Tina cuando llegaron al hospital para tomar declaración a los muchachos-. El conductor del camión chocó con el coche, pero no frenó. Si hubiera frenado, ahora estaríamos hablando de siete muertos, en vez de tres. El coche de los chicos se habría quemado también. Pero por las huellas de los neumáticos, sabemos que el hombre aceleró al darse cuenta de que la carga que llevaba explotaría por el golpe, y así se alejó del coche de los chicos. Consiguió desviarse unos treinta metros y luego saltó. No fue culpa suya que el otro coche se chocara contra el lateral y se viera arrastrado por el camión.
    – ¿Estaban…? -preguntó Tina.
    El policía sacudió la cabeza al adivinar lo que ella quería preguntar.
    – Creo que la muerte debió de ser inmediata, aunque los cuerpos estaban carbonizados.
    – Pero ¿cuál fue la causa de todo? -preguntó Tina, horrorizada.
    – Malditos chavales -refunfuñó el policía-. Todavía es pronto para asegurarlo, pero por lo que parece, los chicos trataron de adelantar al coche de los Croxton en la cima de la colina. Los Croxton volvían de la fiesta que siguió al bautizo de su bebé, e iban también a bastante velocidad. Los chicos aceleraron para adelantar y al ver el camión que se echaba encima de ellos, intentaron retroceder, quedándose paralelos al coche de los Croxton. Ambos coches chocaron y el de los Croxton se quedó atravesado en la carretera, siendo arrollado por el camión. Fin de la historia.
    – Malditos chicos. Maldito alcohol. Recibimos la llamada del doctor Blaxton avisándonos de que los chicos estaban conduciendo borrachos, pero no pudimos dar con ellos a tiempo.
    Tina se mordió el labio, cerrando los ojos al acordarse de la horrible escena… Luego volvió al trabajo. No podía hacer otra cosa. Lloyd y Mark se acercaron para ocuparse del conductor del camión. Tina y Sally se ocuparon de los chicos.
    Prepararon a Sylvia para que fuera trasladada en helicóptero a Sydney. Se había roto varias costillas y la lesión le había afectado a un pulmón. Quizá si ella no hubiera bebido tanto podrían haberla operado en Gundowring, pero como no era así y tenían que esperar a que bajara la tasa de alcohol, iban a aprovechar para que la tratase el mejor cirujano posible.
    – Y esa no soy yo -le dijo Sally a Tina-. No esta noche. No estoy en condiciones de operar. Liz Croxton es… Liz Croxton era amiga mía.
    Sally se echó a llorar y Tina pensó en lo horrible que era dedicarse a la medicina en una ciudad pequeña, donde era imposible no verse involucrado. Luego pensó en Jock. El, como obstetra, no podía ayudarlos. Lloyd, Mark, Sally y Tina debían ocuparse de los heridos, mientras él se había presentado voluntario para el trabajo más desagradable.
    Jock se había quedado para supervisar el rescate de los cadáveres. Entre ellos, estaba Cameron Croxton, el bebé a cuyo parto había asistido dos semanas antes.
    Tina, a pesar de trabajar duramente, no podía dejar de pensar en Jock, imaginándoselo sacando al pequeño de entre los restos del coche…
    Le aplicó un gota a gota a la chica que no había parado de vomitar en la última hora. ¡Maldita bebida!
    Tina recordó a quién le esperaba el peor trabajo aquella noche.
    Los padres de los chicos fueron llegando. Su reacción pasó del miedo al enfado y Tina tuvo que calmarlos. Sabía que todo el pueblo iba a culpar a los chicos de las tres muertes y, sin el apoyo de los padres, los muchachos se hundirían.
    Así que Tina y Sally no pararon de hablar tratando de aplacar su ira. Les condujeron hasta donde estaban sus hijos. Allí hubo recriminaciones. ¿Cómo unos chicos de dieciocho años bebían tanto? Pero los reproches eran inútiles. Enfadarse era inútil. La única certeza era la muerte de esas tres personas.
    Hacia las cinco de la mañana se había acabado todo. Tina pidió prestado un coche del hospital y condujo agotada hasta su casa. Pero no podía ir a casa. Despertaría a Christie y su hermana se levantaría a preguntarle qué tal le había ido la noche. Y ella no podría contarle la verdad a Christie. No, porque su hermana podría caer otra vez en su estado de depresión.
    Y luego estaba Jock…
    Tina no lo había visto desde que ella se marchó en la ambulancia con el conductor del camión, dejando a Jock en la escena del desastre. Jock, el fuerte. Pero ¿cómo de fuerte sería? Inconscientemente, Tina comenzó a dirigirse hacia la playa donde estaba la pequeña casa de Jock. Se encontraba en un verdadero dilema. ¿O quizá no hubiera ningún dilema?
    O angustiar a Christie o consolar a Jock… ¿O sería más bien consolar a Christie o encontrar consuelo en Jock? La elección estaba clara.
    Jock estaba en casa, ya que el coche estaba aparcado enfrente. Tina dudó por un momento, pero sólo por un momento. Se veían luces encendidas dentro de la casa, así que él debía de estar despierto. Tina se quedó sentada fuera largo tiempo y se puso a pensar en lo que Jock había tenido que afrontar esa noche.
    Jock quizá fuera fuerte, pero por dentro necesitaba ayuda. Mostraba el aspecto de un hombre seguro de sí mismo, que no necesitaba ayuda de nadie. Pero Tina sabía que no era así. No sabía cómo, pero lo sabía. No había duda de que él estaba solo, así que Tina aparcó el coche y se dirigió hacia la casa.
    No hubo respuesta después de que ella llamara a la puerta principal. Tina la empujó y la puerta cedió.
    – ¿Jock?
    No hubo respuesta.
    No podía haber llegado a casa mucho antes, pensó, así que debería estar despierto. Y más después de lo que había sucedido. Tina recorrió la casa despacio, llamando a la puerta de todas las habitaciones cerradas. Pero no hubo respuesta.
    “No debería estar aquí”, pensó. Se estaba entrometiendo en la vida privada de él, pero no se decidía a irse.
    – ¿Jock? -abrió la puerta trasera y salió.
    Allí estaba. La puerta de atrás de la pequeña casa daba a la playa. Las primeras luces del amanecer comenzaban a iluminar el horizonte y Tina pudo ver el largo cuerpo de Jock tumbado sobre la arena. Solo.
    “Siempre debe estar solo”, pensó Tina. Se había pasado diez años con una madre moribunda y un padre que le maldecía continuamente. Así que Jock había aprendido a estar solo. Pero si ella podía evitarlo, eso iba a cambiar.
    Tina se quitó las sandalias y corrió por la playa para reunirse con él. El corazón le latía locamente. Tenía que permitirle acercarse a él. Tina lo necesitaba.
    – ¿Jock?
    – ¿Tina? -Jock se volvió para mirarla-. Tina.
    No era una bienvenida. Su voz no delató ninguna emoción. Tenía un tono frío.
    – ¡Oh, Jock! -Tina le tomó las manos entre las suyas-. Jock, tenía que venir.
    – ¿Qué estás haciendo aquí? -preguntó él, en el mismo tono frío.
    – Te necesito -dijo ella con voz suave. Luego cerró los ojos y se puso a rezar en silencio-. Jock, ya hemos acabado en el hospital. El conductor del camión está bien. Su mujer se quedará allí con él. Y excepto Sylvia, los chicos también están perfectamente. Están con sus padres. Sally ha ido a casa con Lloyd. Mark se marchó a reunirse con Margaret. Y yo… Y yo no podía ir a casa y despertar a Christie y necesitaba estar con alguien. Te necesitaba a ti.
    Hubo un largo silencio.
    Sólo se podía oír el murmullo de las olas rompiendo suavemente sobre la arena. Tina seguía agarrando las manos de Jock. Estaba allí luchando por algo que apenas entendía. Luchaba por conseguir que él la necesitara del mismo modo que ella lo necesitaba a él.
    – Jock… -ella apoyó la cabeza sobre el pecho de él.
    El traje de Jock estaba en un estado lamentable y la camisa estaba rota a la altura del pecho.
    – Siento que hayas sido tú quien se haya tenido que encargar de la pequeña -susurró ella-. Ha debido ser horrible.
    – Estoy bien. ¡Diablos, Tina! No necesito…
    – No necesitas a nadie -murmuró ella, notando las manos de él rígidas entre las de ella-. Jock, no te hagas esto a ti mismo. Ayudaste a que esa niña viniese al mundo y la querías. A mí no puedes engañarme. Sé que quieres a todos esos bebés a los que ayudas a nacer y que mediante ellos tratas de compensar el cariño que te niegas a ti mismo.
    – Yo no…
    – Es cierto. Lo sé porque te quiero, Jock. Sólo Dios sabe por qué, pero lo cierto es que puedo leer en ti como en un libro abierto. Y sé que esta noche lo has pasado muy mal al tener que sacar a Cameron Croxton de ese coche. Eso te ha partido el corazón, pero luego te has venido aquí solo y tratas de olvidarlo todo. Y eso es imposible, Jock. El dolor hay que compartirlo para que desaparezca. Y tú también necesitas hacerlo.
    Ella le pasó los brazos alrededor con gran cuidado, apretándose contra él. Quisiera él o no, ella estaba tratando de consolarlo del único modo que sabía. Y Tina sabía perfectamente lo que estaba haciendo. Le estaba ofreciendo su cuerpo como sólo una mujer podía hacer. Algunas heridas no se pueden curar con palabras.
    Para algunas heridas el único consuelo puede ser el cuerpo del ser amado. Y ella amaba a Jock. Y aunque no distinguía si quería consolarlo a él o buscar ella consuelo en él, le daba igual.
    – Debí hacer algo -dijo con la voz rota-. Tina, vimos que estaban bebiendo…
    – Lo sé. Yo también he estado pensando en ello una y otra vez… Pero no podíamos imaginar que iban a conducir después. Lo de que bebieran es sólo responsabilidad de sus padres.
    – No se les debería haber permitido tener hijos si no iban a saber…
    – Lo sé, pero eso no significa que todo funcione indebidamente… Jock, no dejes que esto te destroce. Déjame ayudarte. Por favor…
    Ella metió las manos bajo la camisa de él y comenzó a acariciar su fuerte espalda. Sintió que él se estremecía, pero eso no la hizo vacilar.
    – Jock, relájate -susurró-. Admite sencillamente que me necesitas. Yo te necesito tanto como tú a mí. Te amo, Jock. Y no puedo… Jock, no podría aguantar pasar esta noche sin ti.
    Tina se puso de puntillas sobre la arena y lo besó.

Capítulo 8

    TINA llegó a pensar que Jock no iba a responder. Llegó a pensar que él se iba a quedar realmente solo. Que rechazaría el cuerpo de ella igual que rechazaba sus propias emociones. Pero la noche había sido larga. Demasiado larga y demasiado horrible y Tina lo estaba abrazando, lo estaba besando y deseaba que él respondiera… Se moría porque él respondiera. Él podía sentir el dolor en los labios de ella y la frialdad que agarrotaba sus huesos comenzó a desaparecer gracias al calor de ella. El hielo se fue derritiendo, lo quisiera él o no.
    Él se había enfrentado a la muerte aquella noche, se había enfrentado al horror, y Tina le estaba ofreciendo la vida. Le estaba ofreciendo una forma de salir adelante y él habría tenido que ser sobrehumano para resistir el cariño y el consuelo que ella le ofrecía.
    Así que con un gemido que delató lo desesperado que estaba, Jock apretó el cuerpo de ella contra el suyo y la besó.
    No fue un beso suave. En absoluto. Jock la besó apasionadamente, con un fuego y un deseo que agitó los cuerpos de ambos con su intensidad. Y en el momento en que él dejó a su boca responder a la de ella, ambos supieron a dónde les llevaría eso. Ya sólo había una forma de terminar la noche y ellos lo sabían.
    De algún modo consiguieron volver a la casa, aunque Tina nunca llegó a saber cómo. Él la debió llevar, pero si fue así, los labios de Jock nunca abandonaron los suyos. De algún modo atravesaron la playa, entraron por la puerta trasera y llegaron al dormitorio de Jock, donde una cama enorme los estaba esperando.
    Ambos estaban sin aliento, dejándose llevar por el éxtasis de la pasión y el deseo. Tina se agarró a él como si se estuviera ahogando y él se fundió con ella. Sintiendo su fuego. Ya no había ninguna duda para entonces. Ellos eran una sola cosa ya, un solo cuerpo. La boca de Jock devoró la de ella, sus manos acariciaron sus suaves curvas, parándose en sus pechos y luego agarrándola de los muslos para atraerla hacia él.
    Más y más cerca…
    Sus ropas eran la última barrera entre ellos. Y la última cosa que los dos amantes necesitaban era un barrera. Comenzaron a desvestirse el uno al otro frenéticamente.
    Ambos debían de haber perdido la razón, pensó ella más tarde. Debían de haberla perdido por completo. Pero en ese momento… Esa noche no había tiempo para pensar salvo en su deseo mutuo, salvo en el fuego que los devoraba a ambos. No hablaron ni se rieron, sólo les movía una necesidad, que debía tener un solo final.
    Los pechos de Tina eran dos pequeños montes del deseo. Todo su cuerpo se contorsionaba y su boca seguía aferrada a la de Jock. Sus lenguas se movían hacia delante y hacia atrás, buscándose la una a la otra y devorándose y ese deseo que nacía en sus bocas se repartía y amplificaba por todo el cuerpo.
    – ¡Oh, Dios, Tina, cómo te deseo!
    Fue lo único que Jock dijo. Su voz fue un susurro ronco por la pasión, que ella apenas pudo oír. Y eso fue lo único que él tenía que decir y aún así fue un comentario superfluo. Ellos estaban ya completamente desnudos, la piel de uno fundida con la del otro, sintiendo el fuego que encendía ambos cuerpos. Jock estaba sobre ella y el cuerpo de Tina se contorsionaba por el deseo.
    Si él no hubiera respondido, ella seguramente habría muerto de deseo.
    Pero él finalmente la penetró. Y fue algo mágico, maravilloso. La penetró y fue como un flecha que entrara en el fuego que era la húmeda cavidad entre los muslos de ella. El gozo fue indescriptible. El cuerpo de Jock estaba llenando el horroroso vacío de la noche. Sus cuerpos se estaban uniendo más firmemente que lo que los uniría cualquier voto de matrimonio.
    En el momento en que Tina lo sintió dentro de ella, cualquier huella de razón, toda cordura, se disipó en el aire de la noche. La cordura la había abandonado por primera vez en su vida. Y. ella se dio cuenta de que así era cómo había querido sentirse desde siempre. Nunca había conocido a ningún hombre que le hubiera hecho sentir lo que Jock.
    Las manos de Tina agarraron con urgencia los fuertes hombros de Jock y le dio la vuelta, poniéndose encima de él. Ése era su hombre, su corazón. El cuerpo de ella se arqueaba, enviando mensajes de placer y deseo de vuelta al de él.
    Un ritmo glorioso comenzó. Ella sentía como el deseo de él se ahogaba en el amor de ella una y otra vez. Cada vez entrando más hondo en su cuerpo. Y en su alma…
    Jock lo era todo. No había nada más en el mundo que pudiera importarle salvo ese hombre y su cuerpo. El horror de la noche se disipaba ya por completo, vencido por el amor. Con ese amor, con Jock dentro de ella, podía enfrentarse a todos los horrores del mundo.
    – Jock… Jock…
    No sabía si había pronunciado el nombre de él en voz alta y tampoco le importaba. Hubiera sido su boca o su corazón quien pronunciara su nombre, lo cierto era que había sido un voto de amor que la unía a él con mucha más fuerza que un voto de matrimonio. Jock…
    Luego la noche explotó en una bruma de amor, iluminada por estrellas y ya no hubo nada más. Nada, salvo Jock. Nada salvo la unión de ese hombre y esa mujer.
    Y nada volvería a ser igual.

    – ¿Café?
    Tina abrió un ojo y se sintió deslumbrada por el resplandor de la mañana.
    El sol flotaba frente a la playa. A través de las ventanas del dormitorio se podían ver las olas metiéndose prácticamente en la casa.
    Tina se encogió ante el brillo de la luz y el agua. Se dio la vuelta hacia el otro lado y se encontró a Jock en el umbral de la puerta.
    Estaba completamente vestido. Llevaba unos vaqueros, una camisa medio abierta y los pies, descalzos. Y el canalla sonreía como un gato que se acabara de comer el canario más gordo.
    Tina se tapo con las sábanas hasta el cuello.
    – ¿Qué te hace parecer siempre tan decente, Jock Blaxton?
    – Me gusta sentirme superior -respondió, acercándose hasta ella y besándola en la nariz-. Sé que no lo necesito, pero tendrás que ser indulgente con mis caprichos. Y uno de mis pasatiempos favoritos es levantarme, vestirme y servir el desayuno a una mujer desnuda dentro de mi cama.
    Una mujer desnuda, pensó Tina. ¿Cuántas mujeres desnudas habrían pasado por esa cama?
    “Tienes que mantenerte alerta”, se dijo a sí misma con desesperación. La pasada noche había desnudado su alma para ese hombre. Le había dicho lo que sentía. Le había confesado que lo amaba.
    Si él también la quería, le tocaba actuar. Ella no podía volvérselo a decir. Era el turno de Jock.
    – ¿Te sientes mejor? -le preguntó, consiguiendo sonreír, mientras sacaba una mano para agarrar el café.
    – ¿Era eso lo que buscabas anoche? -preguntó él, tumbándose al lado de ella y pasándole la mano por el pelo-. ¿Buscabas que me sintiera bien?
    – Por supuesto -dijo ella, con los ojos sonrientes, y posando su mano sobre la entrepierna de él-. ¿Y tuve éxito?
    – ¿Que si tuviste éxito? -Jock apartó las sábanas, casi derramando el café. Ella dejó su taza en la mesilla, mientras la boca de él se posaba en el valle entre los senos de ella y la besaba. ¿Cómo iba a beberse el café en esas condiciones?-. No puedes ni imaginarte el éxito que tuviste -añadió él-. No sabes lo mal que me sentía antes de que tú llegases -Jock comenzó a acariciar el vientre plano de ella, provocando que Tina se estremeciera de placer.
    La voz de él era seria y la rodeó con sus brazos como si todavía buscara su consuelo.
    – No sé cómo puedes trabajar a tiempo completo en el servicio de urgencias. Por eso elegí yo ser obstetra. Para no tener que vérmelas con desastres como el de ayer cada día.
    – Pero también ocurren tragedias siendo obstetra -comentó Tina, acariciándole la cabeza, pero al mismo tiempo tratando de mantenerlo a distancia. Recordaba lo que él había dicho. Que le gustaba servir el desayuno a la mujer desnuda que había en su cama. ¿Cuántas mujeres habrían estado en su situación?
    Pero Tina no podía resistirse a ese hombre. Comenzó a pasarle los dedos entre los rizos negros de su pelo y le apretó la cabeza contra su corazón y se daba cuenta de que cada vez se enamoraba más de él.
    – Y… y yo tampoco puedo enfrentarme sola a las catástrofes -susurró ella.
    – ¿Y por eso viniste anoche? ¿Porque no querías estar sola?
    ¿Se habría olvidado de que ella le había confesado que lo amaba?, pensó Tina sombríamente. ¿Pensaría él que lo había dicho por decir o que sería algo que le decía a todos sus amantes?
    Así que a pesar de lo que sentía, no le volvería a decir que lo amaba. Eso había estado bien la noche anterior. Cuando necesitaba acostarse con él, pero en ese momento, ya de mañana, sería como un chantaje emocional. Y no quería depender de él.
    – Eso es -dijo ella, con voz algo rígida, que él pareció no notar-. Por eso vine. No podía ir a mi casa y enfrentarme a Christie.
    – Hablando de Christie, ¿no estará preocupada? -Jock miró el reloj y luego volvió a concentrarse en lo que estaba haciendo. Trazar círculos con sus dedos sobre la piel desnuda de ella, por encima de su ombligo y luego por debajo. Cosa que estaba volviendo loca a Tina-. Son las nueve y es domingo por la mañana. ¿No crees que se pueda preocupar cuando se despierte y vea que no estás en casa?
    – Tengo veintiocho años y anoche me vio salir con un hombre soltero muy atractivo.
    "¡Cielo Santo, cómo no deje de acariciarme, me voy a morir!". O quizá se muriera si dejaba de acariciarla.
    – Seguro que se imagina dónde estoy. Christie no es tonta -añadió Tina.
    – Ya me imagino.
    Tina se dio cuenta de en qué estaba pensando él. Debía de estar pensando en que eso era algo habitual. En que todas sus citas acababan igual. ¡Por el amor de Dios! Ella no era ninguna virgen, pero…
    – Supongo… Supongo que debería irme a casa a ver si puedo dormir otro poco. Tengo guardia esta noche.
    – ¿Te tienes que ir?
    – Debería… -pero Jock seguía acariciándola y la determinación de Tina se derritió como la mantequilla.
    – Tina…
    – ¿Sí?
    La boca de Jock comenzó a hacer lo mismo que sus dedos, besándola bajo los pechos.
    – Creo que ha sido un error lo de vestirme -admitió él, con la voz ronca por el deseo-. ¡Diablos, Tina! Anoche fue nuestra última cita. ¿Por qué terminarla tan pronto?
    Y por supuesto, no se acabó tan pronto.
    Pero mientras Tina seguía en los brazos de su amante una hora después y esperaba a que comenzara el día y el mundo los envolviera de nuevo, surtió el corazón frío y enfermo.
    Porque la voz de Jock había sonado firme y segura.
    “Nuestra última cita”, había dicho él y su voz parecía completamente segura.
    Tina se marchó hacia las once y Jock se fue a nadar. Estuvo nadando casi dos horas. Nadó como si la vida le fuera en ello, tratando de quemar la energía sobrante. Tratando de quemar esa maldita inquietud.
    ¡Qué encantadora era!, pensó. Pero ¿le gustaría tenerla en su cama durante el resto de su vida?
    – ¿Qué te propones, amigo? -habló para sí-. ¿Casarte? ¿Tener hijos? Eso es el desastre absoluto y tú lo sabes. ¿Es que te has vuelto loco? ¡Diablos, Jock, si ni siquiera has tomado precauciones!
    Él le había preguntado por ello mientras se duchaba antes de marcharse.
    – Tina, anoche… No sé en qué estaba pensando. Sé que debía haber usado preservativo, pero las cosas se nos fueron de las manos. ¿Crees tú que…?
    – No te preocupes -le había contestado Tina desde la ducha con voz cansada y tensa-. Creo que no hay peligro, pero aún así puedo tomar la píldora del día después. Ya soy mayor, Jock Blaxton, y puedo cuidar de mí misma. Así que relájate… a menos que tengas alguna enfermedad que deberías haberme confesado.
    Lo dijo con tono de broma y Jock lo agradeció porque estaba tenso. Él no quería tener hijos bajo ningún concepto. Pero había algo en esa mujer que era distinto.
    Se acordó de cuando por la mañana le había llevado el café, mientras ella dormía allí con su maravilloso cuerpo desnudo y su cabello desparramado sobre la almohada como una mancha roja. ¡Cómo había despertado su deseo!
    Y cuándo se iba a marchar, el deseo se volvió a despertar y él tuvo que hacer un gran esfuerzo para no retenerla y hacerle el amor de nuevo.
    Debía haberse vuelto loco. Ese era el camino de la miseria. Su padre se lo había dicho muchas veces. Así que la había dejado marchar. No quería involucrarse más de lo que ya estaba.
    De lo que seguía estando…
    Además, él no le había hecho a Tina falsas promesas. Ella había sabido desde el principio que no quería ninguna relación estable. Y su relación seguía siendo meramente profesional, se dijo, mientras seguía nadando.
    – Y Jock, si yo fuese tú, llamaría a Londres mañana mismo y aceptaría ese trabajo. Porque tan pronto como te alejes de aquí, el peligro pasará y podrás volver a pensar con claridad.

    – ¿Has pasado la noche con Jock Blaxton?
    Christie se quedó mirando asombrada la indumentaria de su hermana. Con el vestido ensangrentado y una camisa de hombre por encima parecía salida de una película de terror.
    – ¡Santo Dios, Tina! Tienes el vestido destrozado. ¿Quién te lo ha hecho? ¿No te habrá violado?
    – ¿Violado? ¿Qué diablos…? Por supuesto que no.
    – Pero hay sangre en tu vestido y está hecho jirones.
    – ¡Ah, claro! -Tina miró el estado de su vestido y sacudió la cabeza, sonriendo-. No, Christie, no me violó. Es que esta noche ha sido un infierno. Te lo contaré todo ahora, pero…
    Tina se quedó pensativa unos segundos.
    – Me acosté con Jock, pero por mi propia voluntad -dijo, finalmente.
    – Bueno, bueno… -Christie sacudió la cabeza, con incredulidad, acercando al bebé a su pecho. Era la hora de la comida de Rose y eso era lo único que le interesaba a la niña. La vida amorosa de su tía Tina le traía sin cuidado-. Bueno, bueno, ¿significará eso, pequeña Rose, que la tía Tina ha encontrado por fin un hombre decente?
    – ¿Qué quieres decir con eso?
    – Peter es un enclenque. Era un cheque con piernas. Y de tu doctor Blaxton no se puede decir lo mismo. Él es todo un hombre. No sé si tendrá dinero, pero eso no importa lo más mínimo.
    – Tienes razón. No creo que puedas decir que sea un cheque con piernas nada más, y tengo que admitir que es todo un hombre. Lo único es que él no es mi doctor Blaxton, Christie.
    – ¿Qué quieres decir? -Christie arrugó los ojos y le lanzó una mirada escrutadora a su hermana, fijándose en que estaba preocupada a pesar de su sonrisa-. Te acostaste con él, Tina. Y las aventuras de una noche no son tu estilo.
    – Ya lo sé. Pero en este caso eso es lo que Jock desea. Y si es así, esta noche he obtenido todo lo que Jock está dispuesto a darme.

    Las consecuencias del accidente convulsionaron el valle. Los médicos de la zona tuvieron mucho trabajo toda la semana siguiente. En una comunidad tan pequeña, todo el mundo se veía afectado cuando ocurría una tragedia.
    La culpa y la pena alcanzaban a todo el mundo y sus efectos iban desde la angina de un anciano al eczema del adolescente. La tensión tenía múltiples maneras de manifestarse.
    La semana acabó con el intento de suicidio del muchacho que conducía el coche y para ese momento los médicos del valle estaban al borde de la desesperación. Tina estaba tan ocupada que apenas tenía tiempo para pensar en Jock.
    Apenas.
    No pensaba conscientemente en él, pero estaba todo el tiempo en el fondo de sus pensamientos. La vida de Tina había cambiado por completo, tanto si a Jock le preocupaba como si no. Tina estaba completamente enamorada y no importaba cómo encajase Jock ese amor.
    Y Jock lo había encajado desapareciendo. Tina no lo había visto en toda la semana. Y seguro que no quería volver a verla.
    Ellen se quedó observándola. Era la madrugada del domingo y todos estaban agotados. Ellen había estado fijándose en Tina toda la noche y había esperado el momento adecuado para hablarle.
    – Doctora Rafter, ¿vas a decirle a tía Ellen qué te sucede?
    – ¿A qué te refieres?
    – Me refiero a qué ha ocurrido entre el doctor Blaxton y tú.
    – No quiero hablar de eso -a pesar del cansancio y de la hora tardía, Tina no era ninguna idiota. Estaba ajustando el gota a gota a un bebé, que había ingresado esa noche con síntomas de deshidratación y se concentró en ello más de lo normal, sólo para evitar la mirada de Ellen-. Ellen, necesito que traigan los resultados de las pruebas.
    – Ya los he pedido -Ellen se interpuso en el camino de Tina, cuando ésta intentó atravesar la puerta. Se podía ver un brillo de resolución detrás de sus gafas-. Y ahora, Tina, vas a decirme por qué pareces tan desgraciada desde la noche del accidente. Sé que fue horrible y luego lo del intento de suicidio del joven Andrew. Así que pensé que era por eso, pero ahora…
    – Es que es por eso.
    – No -replicó Ellen-. Te he visto trabajar esta semana. Te he visto consolar a los familiares y a los chicos que sobrevivieron. Y a medida que la tragedia se ha ido desvaneciendo, tus-ojos se han ido oscureciendo más y más.
    – No sé a qué te refieres.
    – ¿No será todo por el anuncio del doctor Blaxton de que se marcha?
    – ¿Que se marcha? ¡Oh, Ellen!
    – No sabía si lo habías oído -Ellen se fijó en el gesto de dolor de Tina-. Así que llevaba razón. Me di cuenta al ver que él te ha estado evitando toda la semana y…
    – ¿Evitándome?
    – Os estuve observando la pasada noche. El doctor Blaxton atendió el nacimiento de un bebé y tenía que venir a esta sala para comprobar el estado del recién nacido, pero tú estabas aquí y le vi darse la vuelta y marcharse a tomar una taza de café. Regresó una hora después, cuando tú ya te habías ido.
    – Ellen…
    – Si crees que es normal que él espere una hora a que tú te marches para regresar aquí, yo no. Nosotras acabamos nuestro turno dentro de una hora. Justo cuando el doctor Blaxton comienza el suyo. Pero te apuesto a que llega cinco minutos tarde para no cruzarse contigo.
    – Ellen…
    – No son imaginaciones mías, ¿verdad? Algo pasa entre vosotros. Y finalmente, está el hecho de que el doctor Blaxton me haya contado que va a irse a trabajar a Londres tan pronto como Gina y Struan regresen. Y él parece estar tan triste como tú estos días. Así que…
    – Así que nada -se encogió de hombros Tina-. Así que nada, Ellen. Te estás imaginando cosas. No hay nada entre nosotros.
    – ¿Excepto?
    – Excepto nada.
    No podía haber nada. Y más si Jock se iba a Londres. No podía haber nada. Excepto…

Capítulo 9

    EXCEPTO que estaba embarazada.
    Tina no terminaba de creérselo. El resultado de la prueba tenía que estar equivocado.
    Pero no era así. El test era positivo y ella estaba embarazada.,
    Tina se sentó en la cama y se quedó mirando fijamente su regazo. Ya lo había sospechado. Aunque había tratado de convencerse de que eso era una locura. Estaba cansada y le habían crecido los senos, pero también era cierto que había trabajado muy duro y que había tenido problemas para dormir de día, debido a Ally y Tina. Y también era cierto que estaba a punto de llegarle el periodo. Y pensaba que era por eso que le habían crecido los pechos.
    Pero el periodo se había comenzado a retrasar y los senos seguían creciendo. Así que, aunque sabía que era una estupidez y que no había nada por lo que preocuparse, había conseguido un test de embarazo y se lo había llevado a casa.
    Y el resultado había sido positivo. ¿Qué iba a hacer? Jock no querría saber nada acerca de ello. Hacía cuatro semanas que se había acostado con él y en ese tiempo Jock apenas había hablado con ella. Y siempre en el marco profesional. Y había oído que había salido con la enfermera Jackson. Dos veces.
    ¿Habría pasado a ser la enfermera Jackson una de esas mujeres desnudas a las que Jock había llevado el desayuno a la cama?, pensó Tina sombríamente.
    Se quedó mirando el resultado del test. La línea azul significaba que estaba embarazada con un cien por cien de seguridad.
    ¿Cómo podía haber sido tan estúpida? No había tomado precauciones ya que poco antes de acostarse con Jock a ella le había venido el periodo. Así que en teoría no había peligro. Ella no debía ovular hasta una semana después del periodo. En teoría no había peligro. Pero sí que lo había.
    – Nunca se debe descartar el riesgo de embarazo -escuchó el eco de la voz de un profesor de medicina-. El esperma puede atravesar paredes de tres pies de grosor. Y no hay votos de castidad, ni píldoras, ni condones, ni vasectomías que valgan. No hay ningún método anticonceptivo que asegure una efectividad del cien por cien. La única seguridad para una mujer en edad fértil es la abstinencia. Y aún en ese caso, puede haber serias dudas.
    “Santo Dios”.
    Debería de haber tomado la píldora del día después. Pero no lo hizo. En los días que siguieron al accidente tuvo mucho trabajo y… Bueno, y además tendría que haber ido a conseguirla a la farmacia. Tendría que habérsela pedido a Kevin, el horrible farmacéutico de manos sudorosas y boca enorme, dándole una receta firmada por ella misma. Kevin habría mostrado una sonrisa estúpida y…
    – Esto es absurdo -se dijo a sí misma-. Lo que te impidió conseguir la píldora fue tu estúpido orgullo. Fue una estupidez no hacerlo y ahora…
    “¿Y ahora qué? ¿Abortar?”.
    Tina se llevó de un modo inconsciente la mano al vientre. Estaba plano y firme, pero el test le decía que allí dentro estaba comenzando a formarse una pequeña vida. Una vida que provenía del amor entre Jock y Tina. Una vida que provenía de su mutua necesidad.
    El problema residía en que él ya no la necesitaba y se marcharía.
    – Es sólo un feto -dijo en voz alta, como si al llamarlo así lo hiciera menos real-. Es un feto, no un niño. No es más grande que un renacuajo y va a destrozar tu vida. Estás embarazada de sólo cinco semanas, puedes abortar…
    No.
    La palabra atravesó su corazón y quedó allí. Sin darse cuenta, sus manos se colocaron sobre el estómago, con el gesto antiguo de la mujer que protege lo más precioso para ella.
    La semana pasada había cumplido veintinueve años.
    – Tengo veintinueve años y voy a tener un bebé -susurró, y de repente no pareció tan malo.
    De repente notó que la alegría se abría paso entre el terror y la presión de la mano sobre el estómago se hizo más fuerte. Un bebé…
    ¿Cómo iba ella a deshacerse de un bebé que era parte de ella y parte del hombre que amaba? Se preguntó.
    No podía. ¡Era imposible! No le importaba lo que Jock pensara. Ese bebé había sido producto del amor e iba a nacer. Ella le daría la bienvenida con alegría.
    Hubo un golpe en la puerta y su hermana se asomó a la puerta. Llevaba a Rose en brazos, y Ally y Tim estaban escondidos detrás.
    – Llevas mucho tiempo aquí. ¿Te pasa algo?
    – Puede que sí, puede que no -contestó Tina, dando un suspiro. Tendría que decirlo en algún momento-. Christie, ya sabes… ya sabes que te dije que iba a estar aquí unos meses, ¿te acuerdas?
    – Sí -Christie ya no miraba a Tina, sino que sus ojos advirtieron el pequeño envoltorio de plástico que su hermana tenía en el regazo y la caja que había sobre la mesa.
    – Yo… creo que tendré que estar más tiempo -continuó-. Christie… -miró a su hermana mayor y vio que las cosas habían dado un giro de ciento ochenta grados.
    Durante los dos meses anteriores ella había tenido que cuidar de Christie, pero parecía que la situación iba a tener que invertirse.
    Christie, que pareció recuperar instantáneamente su antigua fuerza, abrazó a su hermana con cariño.
    – Oh, Christie, ¿cómo demonios nos arreglaremos con cuatro niños pequeños entre las dos?
    – Tienes que decírselo.
    Cuatro tazas de té después, Christie y Tina seguían hablando seriamente sobre el tema. El cambio operado en Christie era sorprendente. La mujer abandonada que tenía problemas para esbozar una sonrisa y permitía que Marie y Tina dirigieran su vida había desaparecido.
    – Jock tiene que asumir su parte de responsabilidad, Tina. Te dejó embarazada. Tendrá que pagar, como mínimo, la crianza del niño.
    – Eso imagino. Pero fui yo quien le dijo que estaba en un día seguro. No puedo…
    – Tina, ¿estás segura de que no hay nada entre vosotros? -preguntó, con precaución-. ¿Nada que pueda ser salvado? Quiero decir… que hacéis una buena pareja. Él sería un marido estupendo.
    – No -Tina dejó la taza sobre la mesa con un golpe seco-. Estás equivocada, Christie. Él es un magnífico doctor y un buen amigo -la muchacha se sonrojó-. Y un buen amante también, el mejor, pero Jock no quiere tener una esposa. Se acostó conmigo sin hacer ninguna promesa y ahora está saliendo con otras mujeres. No quiere un hijo, Christie, y tampoco me quiere a mí.
    – ¿Pero le dirás que estás embarazada?
    – Creo que debería -contestó Tina-. Él es… es el padre de mi hijo y cuando se vaya -la voz de Tina se hizo un hilo fino-. Cuando se vaya de Londres tiene que saber que ha dejado una parte de sí mismo aquí.
    – Va a dejar a su hijo -dijo Christie, en un susurro-. Oh, Tina, ¿y si lo quiere? ¿Si quiere ser padre?
    – No creo en esa posibilidad. Hay demasiados… -dijo pensativa-. Hay demasiados ya.

    – Se quedó dormida antes del té y se despertó con hambre, así que le hice un sándwich de crema de cacahuete. Se lo comió y de repente… de repente…
    Era media noche. Una noche tranquila en la sala de urgencias hasta ese momento. La voz de la mujer expresaba terror. Estaba en la entrada con su bebé fuertemente apretado contra su pecho. Lo tenía agarrado con tanta fuerza que Tina no podía verlo.
    Tina miró a Bárbara, la enfermera de guardia, y ésta dio un paso hacia la señora Hughes para agarrar a la niña.
    – Tranquila, señora Hughes. Deje que la doctora Rafter la examine.
    Pero Claire Hughes no atendía a razones. Comenzó a llorar y esquivó a Bárbara con ojos aterrorizados.
    – Se está muriendo. Se muere… Tuve que dejar a mis otros hijos con los vecinos. Mi marido está trabajando y yo no podía encontrar… ¡Oh, Dios mío!
    – Claire…
    Claire no escuchaba. Era bastante nerviosa en cualquier circunstancia y en ese momento estaba histérica. Tina pudo agarrar finalmente a la niña y la mujer se abalanzó sobre ella, cayó al suelo y agarró a Tina por la pierna.
    – ¡Mi niña! Mi niña…
    La niña se estaba poniendo morada. Tina la miró, intentando no perder el equilibrio, y enseguida supo lo que estaba pasando.
    La madre contó que había comido un sándwich de crema de cacahuete. Debían de ser los cacahuetes. El cuerpecito de la niña estaba hinchado, sus ojos también abultados y tenía los brazos y la cara cubiertos por un sarpullido rojizo. Le costaba respirar y…
    De repente dejó de respirar y la mujer gritó y agarró a Tina de la otra pierna, intentando que se cayera al suelo.
    – ¡No!
    – Déjeme, por favor -suplicó Tina-. ¡Déjeme, señora Hughes!
    Tina retrocedió con todas sus fuerzas, pero tenía los brazos ocupados por la niña inerte. La enfermera se agachó y trató de apartar a la mujer, pero Claire estaba completamente fuera de sí.
    – ¡Claire! -gritó una voz masculina.
    Jock pasaba por la puerta y vio lo que pasaba. En tres zancadas llegó a la mujer.
    No preguntó nada. Levantó el cuerpo de la mujer y la apartó de Tina. Luego la dejó en una silla que había al lado de la puerta.
    – Quédese aquí y no se mueva -ordenó con voz firme-. Bárbara, quédate con ella y no la dejes moverse. Llama a los de seguridad si hace falta. Tina, trae a la pequeña.
    Ésta entró donde Jock le indicaba prácticamente corriendo. Cerraron la puerta con llave y la madre se quedó al otro lado. Por lo menos podrían concentrarse en la niña. Seguía sin respirar y el color morado se estaba convirtiendo en un blanco sucio.
    – Tenemos que meterle un tubo. No hay tiempo… -exclamó Tina.
    La garganta de la niña estaba hinchada y se había cerrado completamente. No había manera de reanimarla sin un tubo. No había espacio en la garganta para que entrara oxígeno y tampoco tiempo para que un antihistamínico actuara. Pero no hizo falta que Tina dijera a Jock lo que tenían que hacer. Antes de que dejara a la niña sobre la camilla, Jock estaba preparándolo todo. Puso una capa de lubricante en el tubo y se volvió, mientras Tina ponía a la niña sobre la espalda y la agarraba por la cabeza para levantarle la barbilla. Actuaron como dos partes de un mismo cuerpo. Tina era la anestesista y, por tanto, quien tenía la habilidad para meter el tubo. Jock agarró a la niña y la colocó de manera que Tina pudiera insertarlo en la laringe.
    Las cuerdas bucales estaban muy hinchadas.
    Antes de que el tubo estuviera en su sitió, Jock preparó rápidamente una inyección de adrenalina y a continuación, y antes de que Tina tuviera tiempo de decir nada, él ya había preparado la bolsa de ventilación. En segundos, en décimas de segundos, lo conectaron. Entonces, mientras Tina soplaba suavemente para meter aire en el cuerpecito inmóvil, Jock comenzó a ponerle la inyección.
    La bolsa de ventilación se ensanchó una vez. Otra vez y otra. ¡Por favor, que llegaran a tiempo! Suplicó Tina. Y entonces la niña dio un suspiro largo y el pequeño pecho comenzó a moverse hacia arriba y hacia abajo. Tina estuvo a punto de desmayarse de alivio.
    ¿Quién quería ser médico?, pensaba Tina con tristeza, mientras observaba cómo la niña respiraba. Diez minutos antes estaba tomando una taza de té con Bárbara y de repente tenía que luchar por salvar una vida…
    La mujer sostuvo el tubo cuidadosamente en su sitio, previniendo la reacción natural de la niña antes de que tuvieran tiempo de ponerle un sedante. Sin éste podía ahogarse con el tubo. Pero Jock ya estaba preparando el antihistamínico y el sedante. Sin Jock ella no habría podido salvar a aquella niña, admitió en silencio.
    A continuación pensó en que la pequeña Marika Hughes se pondría bien, pero pasaría el resto de su vida teniendo que cuidar su alimentación y llevando en el bolso adrenalina y antihistamínicos, ya que había muchos productos que llevaban cacahuetes y no estaban descritos en el envoltorio.
    Se oyó un golpe en la puerta y Tina, a pesar de su estado de ánimo, pudo contestar. Bárbara estaba allí, con expresión preocupada. Miró a la pequeña Marika, cuya carita comenzaba a recuperar el color, y el rostro de Bárbara se sonrojó de excitación.
    – ¡Gracias, Dios mío! ¿Ya está bien?
    – Eso creo -contestó Tina, con una sonrisa nerviosa. Hizo un gesto hacia Jock, que todavía estaba con la niña. Le dejarían el tubo colocado varias horas, hasta que la hinchazón se bajara por completo. Tendrían que ponerle un sedante para ello.
    – ¿Cómo está su madre? ¿Se ha tranquilizado?
    – Tuve que hacer que se desmayara. Lo siento. No hay más doctores hoy en el hospital y tan pronto como os encerrasteis aquí se puso como loca. Dio un patada a Eric y si no la hubiéramos detenido habría echado la puerta abajo.
    Tina hizo una mueca. Menos mal que Eric, el guardia de seguridad, era fuerte.
    – ¿Qué le diste?
    – Un valium. Eric la sujetó y yo le puse una inyección. Además llegó en ese momento el marido y le ayudó-. Bárbara se tocó el brazo magullado-. Nos habría ganado a todos.
    – Puedes denunciarla. ¿Estás bien?
    – Sí, claro. Sobreviviré. Y no la denunciaré, estaba aterrorizada. Su marido está aquí todavía -añadió, mirando de nuevo a Marika-. ¿Podéis hablar con él? Está muy nervioso, aunque no es tan peligroso como su mujer.
    Tina miró de reojo a Jock. Este seguía trabajando en la niña. Tina miró sus manos y pensó que eran maravillosas. Y su rostro…
    Jock amaba a los niños, pensó Tina. El pensamiento fue como si le dieran un golpe en el estómago. Verdaderamente los amaba y querría tener hijos propios.
    También querría una esposa, aunque no en ese momento. ¿Qué más daba? El hijo de Jock vendría al mundo y él no querría saber nada de él.
    – Volveré en unos minutos, Jock -declaró Tina-. ¿Te puedes quedar con ella un momento?
    – No te preocupes.
    No tenía que haber preguntado, lo sabía. Nada apartaría a Jock de una niña cuya vida estaba en peligro. ¿Cómo reaccionaría ante un hijo suyo?
    Pasó media hora antes de que Tina pudiera ver a Jock de nuevo. Lo primero que hizo fue tranquilizar a Barry Hughes, asegurarle que todo se iba a arreglar, y luego ir a ver a su mujer. La habían puesto en una habitación individual y Tina escribió una nota para que se pudiera quedar allí toda la noche. Para Barry ya era suficiente trabajo volver a casa a cuidar de los demás hijos.
    Luego tendría que escribir una nota aparte para que Bárbara no tuviera problemas por haber administrado valium sin órdenes de un doctor.
    Claire estaba casi dormida, profundamente sedada. La tenían atada en una cama y una enfermera la acompañaría toda la noche. Consiguió abrir los ojos cuando Tina entró.
    – Yo… ¡Oh, Marika…!
    – Marika está a salvo -dijo Tina con firmeza, acercándose para tomar la mano de la mujer-. Está bien. Se ha quedado dormida enseguida. El doctor Blaxton cuida de ella. La verá por la mañana, pero está fuera de peligro.
    – ¡Mi niña! Lo siento mucho…
    Por la mejilla de la mujer resbaló una lágrima. Inmediatamente después quedó dormida.

    Jock estaba en la sala de urgencias infantil con Marika, cuando Tina entró finalmente. No había nadie más. Barry se había ido ya a su casa con los otros dos hijos y Tina pensó en él sin poder evitar cierta lástima por aquel hombre que tenía tres hijos pequeños y una mujer que reaccionaba histéricamente ante una urgencia.
    Tina se quedó en la puerta y observó a Jock unos minutos antes de entrar. Jock, sin darse cuenta de su presencia, estaba sentado totalmente tranquilo, observando emocionado la respiración de la pequeña.
    Era como si no estuviera cansado, pensó Tina. Era como si no hubiera nada mejor en el mundo que mirar la respiración de la niña. Jock era capaz de dar tanto amor…
    Sin darse cuenta, la mano de Tina había bajado a su abdomen y permaneció allí. Estaba ya de seis semanas y en cinco semanas más Jock se marcharía al otro lado del mundo. ¿Miraría alguna vez a su hijo con la ternura con que estaba mirando a aquella niña?
    Imaginaba que no, “había demasiados…”. Pero tenía que decírselo y no era fácil.
    – ¿Jock?
    Jock alzó la vista y esbozó una sonrisa ausente. Sólo le importaba esa niña y no podía concentrarse en Tina. No en ese momento.
    – Está bien -dijo suavemente-. La enfermera vendrá enseguida y cuidará de ella, pero me he quedado para asegurarme de que su estado es estable. No hace falta que te quedes.
    La echaba. No había duda en la intención de su tono. Sin embargo Tina tenía algo que decir. Tenía que ser dicho y no habría un momento mejor que aquel, en esa sala casi a oscuras, en la intimidad de un suceso compartido, en el momento antes de que el mundo irrumpiera de nuevo.
    Lo único que necesitaba era coraje para ignorar la frialdad y mantenerse firme hasta terminar. Le diría lo que él menos quería escuchar, lo que llevaba toda una vida evitando. Tomó aire, se secó las manos, repentinamente húmedas, y cruzó la sala para sentarse al otro lado de la cama de la niña.
    – Jock, tengo que hablar contigo. Tengo…
    – ¿Tienes problemas de salud?
    – En cierto modo sí. Estoy embarazada -añadió, levantando la barbilla.
    Entonces no se oyó nada. Pasó un minuto, dos, tres. Finalmente Tina no pudo soportarlo por más tiempo. La cara de Jock era totalmente inexpresiva, sus ojos completamente fríos. “Di algo”, gritó el corazón de Tina. “Di algo”. Pero él no dijo nada. Permaneció mudo y ella creyó que no iba a poder soportarlo. Y entendió en ese momento que su vida sería solitaria.
    – Tengo… tengo que irme a urgencias.
    Se levantó, miró una vez más aquel rostro impasible y, con un estremecimiento, se dio la vuelta. Sentía un dolor infinito. Un dolor que la recorría por dentro y que era más insoportable que cualquier dolor físico.
    ¡Cómo amaba a ese hombre! Pero ese hombre no quería ninguna relación con ella. Ni con ella ni con su hijo.
    – Lo siento, Jock, pero creí que tenías que saberlo -entonces caminó hacia la puerta.
    Una de las enfermeras de noche, Penny, entraba en ese momento. Dirigió una sonrisa a Tina y luego se volvió sorprendida cuando ésta pasó a su lado sin decir nada.
    Tina era conocida por sus risas y su amabilidad, pero aquella noche no había risas ni amabilidad. Algo terrible acababa de pasar. La enfermera, temerosa, entró esperando lo peor. La enfermera Silverton le había contado que la pequeña Marika se estaba recuperando, pero por la expresión de la doctora Rafter, pensó que la niña había muerto.
    Pero no. La niña dormía apaciblemente y respiraba con total normalidad, bajo la atenta mirada del doctor Blaxton… Penny lo miró asombrada, ya que el doctor tenía la misma expresión que Tina. Una expresión que la enfermera no había visto jamás.
    – Gracias, Penny -dijo Jock, levantándose-. No la dejes sola ni un minuto -ordenó-. Revisa la presión sanguínea cada diez minutos y mira también el tubo. Si hay algún cambio llámame enseguida. La hinchazón ha desaparecido, así que no creo que haya ningún problema.
    Dicho lo cual salió de la habitación con la misma lentitud y expresión extraña que Tina momentos antes.

Capítulo 10

    TINA estaba escribiendo notas cuando Jock llegó. Le caía el cabello sobre el rostro, su cabeza estaba inclinada y parecía concentrada en lo que hacía.
    La enfermera Roberts estaba ordenando una de las habitaciones de urgencias, pero tenía la puerta cerrada, de manera que Tina parecía completamente aislada. Jock sintió que el corazón le daba un vuelco al verla tan sola y tan encantadora. Y llevaba un hijo suyo en el vientre.
    ¿Cómo tendría que sentirse? Se preguntó Jock. Se quedó de pie en la entrada y miró a aquella enigmática mujer de comportamiento alegre y casi aniñado. Esa criatura, su risa, le había hechizado desde el primer momento y no podía evitar sentir un miedo irracional que lo paralizaba.
    ¡Y estaba embarazada!
    Él no lo había buscado. ¡De ninguna manera! ¿Cómo podía estar embarazada? ¿Qué tenía que hacer él? Pero Tina estaba inclinada sobre su trabajo y su pelo le caía hacia delante y… ¡Dios, cómo la amaba! Pero estaba embarazada. ¡Diablos!
    Él se iba a marchar a Londres, pensó con rabia. Se marcharía. El trabajo había sido confirmado y él no quería enamorarse de nadie. No quería sentir lo que estaba sintiendo y no quería ser el padre de ese hijo. No quería…
    Tina alzó la vista y sonrió. Los pensamientos de Jock cesaron de repente. No sabía qué demonios quería o qué no quería. En los últimos cinco minutos su mundo había dado un giro de ciento ochenta grados, o mejor dicho, su mundo había cambiado cuando Tina entró en su vida.
    – Está bien, Jock -dijo Tina tranquilamente, la sonrisa todavía en los labios y el dolor en su rostro casi borrado por la rutina-. No pasa nada. No hace falta que pongas esa cara. No te estoy pidiendo que te cases conmigo o que tengas que hacerte cargo de ambos. No te estoy atando a mí. Yo… sólo pensaba que… tenías derecho a saberlo antes de que te fueras.
    – Tina, ¿qué…? -el hombre cruzó de un salto la habitación y puso ambas manos sobre la mesa-. ¿Qué demonios está pasando aquí? No entiendo. Me dijiste que tomabas precauciones, que no había peligro y no eres estúpida.
    – Pues así fue. Soy una estúpida.
    – No, no lo eres, Tina. Si te has quedado embarazada es que querías quedarte.
    Ella no parpadeó.
    – No, Jock. No quería quedarme embarazada -aseguró-. No me importa lo que parezca, pero no quise atraparte. No tienes por qué creerme. Yo pensé, de verdad lo pensé, que era un día fuera de peligro, pero tuve que asegurarme. Sé que no hay ningún día completamente libre de peligro, pero lo que pasó fue que… no tomé la píldora del día después. Quizá fue inconscientemente… Quizá…
    Ella extendió las manos, intentando que él comprendiera, intentando comprenderse a sí misma.
    – ¿Sabes? Para mí éste niño no es una catástrofe, Jock.
    – ¿No es una catástrofe? -preguntó, incrédulo-. Por supuesto que es una catástrofe. Es una catástrofe monstruosa, horrible. De todas las estupideces que…
    Pero Tina estaba harta. Esas palabras no significaban nada para ella y no quería escucharlas. Estaban hablando de un hijo, no de una estupidez. Era un hijo cuyos padres eran Tina y Jock. Un hijo. La mujer se levantó y se apoyó contra la pared para ponerse lo más lejos posible de él. Estaba muy pálida.
    – Jock, tengo que decirte que…
    Cerró los ojos y cuando los abrió sabía exactamente lo que quería decirle. Necesitaba decirle lo que sentía dentro. Tenía que decirle la verdad, fuera o no una estupidez, y dejarle que hiciera lo que él quisiera.
    – Jock, mi estupidez no tiene nada que ver con el embarazo. Y ahora hay que ir hacia delante, no retroceder.
    – Pero…
    – No. Escucha, Jock. Tengo veintinueve años y me he enamorado. Estupidez o no, me he enamorado completamente, ciegamente, absolutamente de ti. Estoy más enamorada de lo que nunca estuve en mi vida. Nunca he sentido esto y he vivido veintinueve años. Pero… tú te vas a marchar y lo sé… Sé mejor que nadie que lo nuestro es imposible y por eso la idea de tener un hijo tuyo me llena de alegría.
    – ¿Admites entonces que quisiste quedarte embarazada? -preguntó él, sin poder creer lo que oía.
    – No -respondió, con una voz tan seca como la de él, igual de dura, negando su acusación-. No fue así. Pero ahora que lo estoy… me es imposible abortar. A diferencia de ti, no creo que haya demasiados niños en el mundo. Yo puedo cuidar de este niño. Le daré todo mi amor.
    – No tienes dinero. ¿Cómo demonios vas a cuidarlo?
    Tina levantó la barbilla.
    – Christie y yo hemos hablado de ello. Si Struan me hace un contrajo fijo, que es bastante probable, me quedaré. Christie venderá la granja y nos iremos a vivir a la ciudad todos juntos. Nos arreglaremos, no necesitamos mucho. Christie se quedará en casa mientras yo estoy en el hospital y mi sueldo servirá para todos.
    – Lo has planeado todo -dijo con rabia, sintiéndose marginado.
    – Jock…
    – ¿Por qué diablos? -el hombre se dio la vuelta y se quedó de cara a la ventana, mirando a la oscuridad-. Diablos, Tina, ¿y yo he de irme? ¿He de dejar a mi hijo?
    – ¿Qué quieres hacer, Jock? ¿Qué quieres hacer con ese hijo?
    Hubo un silencio. Luego Jock tomó una decisión. Le pareció duro y horrible, y no tenía nada que ver con lo que él había aprendido. Se sintió atrapado, pero Tina era así. ¡Tina! Él había ido derecho a la trampa y quizá era hora de permitir que se cerrara la puerta y aceptar su destino.
    – Tendremos que casarnos. No veo otra salida.

    – ¿Te lo pidió?
    – Sí.
    – Oh, Tina…
    – Y ahora, antes de que comiences a planear bodas, vamos a dejar una cosa clara -dijo Tina a su hermana-. No voy a casarme con Jock. Embarazo o no embarazo, el matrimonio no entra en mis planes. No voy a intentar atrapar a Jock casándome.
    – Pero…
    – Christie, me dijo: “Tendremos que casarnos, no veo otra salida”. Y me lo dijo como si estuviera a punto de vomitar.
    – Entiendo.
    – Sabía que lo entenderías, pero él no lo entiende. No entiende por qué yo…
    – ¿Quieres decir que insiste en…?
    – Quiere portarse noblemente -estalló Tina-. Quiere una esposa y un hijo como querría morirse, pero va a hacer lo correcto por nosotros.
    – Ya veo. ¿Se lo has dicho?
    – Sí. Me ha dicho que hablaremos mañana, cuando estemos un poco más tranquilos.

    – Nos casaremos el día siete de noviembre.
    – ¿Perdón?
    Eran las diez de la noche del siguiente día. Tina había llegado al hospital hacía unos minutos y ni siquiera había tenido tiempo de cambiarse y ponerse el estetoscopio en el cuello, cuando vio aparecer a Jock.
    – Es la primera fecha que me pueden dar -explicó Jock-. Hay que esperar un mes desde que pides la licencia hasta que te casas.
    – Lo siento. Tendrás que explicármelo mejor. Creo que he perdido parte de la conversación.
    – ¿Qué quieres decir?
    – Que ya he leído muchas novelas rosa, doctor Blaxton.
    – No seas estúpida.
    – ¿Lo ves? Soy estúpida, lo dices tú mismo. Soy una estúpida por quedarme embarazada. Estúpida por meterme en todo esto, en primer lugar. Estúpida incluso por amarte. Así que tú no puedes querer una novia estúpida, doctor Blaxton. Es más, tú no quieres ninguna novia.
    – Tina…
    – Tú no quieres casarte, Jock -dijo Tina-. Y embarazada o no, no voy a casarme con un hombre que no me ama.
    Jock suspiró.
    – Tina, eso es chantaje.
    – De acuerdo, es un extraño modo de chantaje. Normalmente se piensa que el amor viene antes del matrimonio. Puede que yo te ame, Jock Blaxton, pero no me casaré contigo jamás si tú no me correspondes.
    – Tina…
    – Tengo un paciente -dijo Tina con frialdad, al ver que se acercaba un coche a la entrada-. ¿No tienes ningún parto?
    – Por el momento no.
    – Entonces déjame y ve a molestar a otra. O ve a ver a Sarah Page, la nueva enfermera de la planta segunda. Lleva trabajando dos noches y quizá no ha recibido todavía tus atenciones. Es una enfermera nueva, doctor Blaxton. Puedes quedar dos noches con ella e intentar que se enamore de ti antes de que vuelvas a Londres. Y ahora vete, estoy trabajando y no me interesan tus grandes planes.
    Pero Jock no se marchó. Decidió hablar unos segundos con la enfermera de la planta y darse tiempo para pensar. No sabía si quedarse o irse, no sabía qué demonios hacer. La cabeza le daba vueltas. ¡Tina tenía que casarse con él!
    Entonces vio a Bárbara ayudando a un hombre de edad mediana a salir de un coche para entrar en urgencias. El hombre iba desnudo desde la cintura para arriba. Caminaba inclinado, como si le costara ponerse derecho. Tina se acercó rápidamente para ver qué pasaba y Jock decidió que quizá lo iban a necesitar.
    Una mujer salió apresuradamente del asiento del conductor para ayudar al hombre. Jock la reconoció. Era Lorna Colsworth, la presidente del equipo femenino de bolos de Gundowring y miembro de la directiva del hospital. Era esposa de Simon Colsworth, director de pompas fúnebres y una de las personas más respetadas de la localidad.
    Jock entonces miró de nuevo al hombre, esperando ver a Simon, pero no era éste. Era Reg Carney, el carnicero del pueblo. Un hombre grueso de cara roja. Lorna en ese momento tenía el rostro tan colorado como el hombre. Llevaba en la mano un montón de ropa: una camisa, una chaqueta y una corbata, además de calcetines y zapatos, que prácticamente arrojó en manos de Jock.
    – Toma. Dáselos cuando él… cuando él… Tengo que irme, no puedo…
    Pero Jock la agarró por el brazo con firmeza, aunque con suavidad a la vez.
    – Lorna, ¿qué pasa?
    Desde donde estaba Jock no podía ver al hombre. Tina estaba inclinada sobre él, intentando preguntarle algo. Al hombre parecía que le costaba hablar y tenía las manos en el regazo.
    Si había comido algo, veneno quizá, o tomado alguna droga o sido herido, era necesario que Lorna lo contara antes de irse. No podían dejarla marchar, aunque ella parecía desesperada por hacerlo.
    – Yo no… Tengo que irme a casa ahora mismo. Éstas son sus ropas…-exclamó, intentando soltarse del brazo de Jock.
    – Cuéntanos, Lorna.
    Jock miró a Tina, que había dejado de intentar hablar con el hombre y trataba de separarle las manos del regazo. Reg iba quejándose y caminaba dando tumbos de derecha a izquierda.
    – Es… es… -el rostro de Lorna se ponía cada vez más colorado.
    Parecía a punto de sufrir ella misma un infarto y Jock la arrastró hacia una silla para que se sentara.
    – ¡Lorna, cuéntame!
    Lorna gimió.
    – Es… es… su pene. Se lo ha pillado. ¡Por favor, déjame irme!
    Jock miró a Tina, que logró que el hombre quitara las manos del regazo. La muchacha abrió los ojos desmesuradamente y Jock vio que, por un segundo, estuvo a punto de soltar una carcajada, aunque consiguió reprimirse. Jock, por su parte, dejó a Lorna y se acercó a Tina.
    Reg estaba en una de las situaciones más vergonzosas en que un hombre puede encontrarse. Su pene se había quedado atrapado en la cremallera del pantalón, la piel estaba rasgada por los dientes de la cremallera y debajo… Debajo de la tela del pantalón, rodeando el pene, había una tela roja y blanca con volantes, ¿unas braguitas?
    Tina hizo un gesto de incredulidad.
    – ¿Pero qué…? -miró a Loma-. Señora Colsworth, ¿qué es esto?
    – Son mis braguitas -gimió Loma, cubriéndose la cara con una mano-. Reg me las había regalado esta noche. Son… son… de una tienda… de esas para adultos. Me las compró para hacerme una broma.
    Su rostro iba del colorado al blanco, para luego sonrojarse de nuevo, pero de alguna manera continuó hablando.
    – Pero… estábamos jugando y… yo hice que Reg se las pusiera, para ver cómo le quedaban… ya me entendéis, para reírnos un poco. De repente escuchamos un coche y pensamos que era Simon que volvía a casa a pesar de que era la noche que pasaba con los Mason. Entonces Reg se puso nervioso, agarró sus pantalones y se los abrochó tan rápidamente que… que se… y no pudimos. Lo intentamos pero no pudimos. Luego lo intenté de nuevo, pero gritó tanto que todos los vecinos nos escucharon. Y ni siquiera era Simon, era alguien que iba a la puerta de al lado.
    Era demasiado y la voz de Ornase apagó para convertirse en un sollozo.
    – Lorna-dijo Jock, que había conseguido mantenerse serio-. Lorna… -repitió, inclinándose para agarrar entre sus manos el rostro de la apenada mujer.
    – No puedo… soportar…
    – ¿No lo puedes soportar? -gimió Reg-. ¿No lo puedes soportar? Soy yo quien está pasándolo mal. Has estado a punto de cortarme el pene. Ayudadme.
    – Lorna, ve a casa -aconsejó Jock con suavidad-. Ahora que sabemos lo que ha pasado, podremos solucionarlo. Puedes creerme o no, pero es un accidente bastante común. Ve a casa y llama después para ver cómo está Reg, ¿de acuerdo?
    – Pero… -la mujer alzó la vista-. Simon… Todos… lo sabrán. Lo descubrirán.
    – La doctora Rafter, la enfermera Roberts y yo lo sabremos, pero nadie más. Le prometemos que de aquí no saldrá nada. Es una promesa, Lorna. Incluso quemaremos las braguitas -añadió. Un músculo se agitó en su mandíbula, pero consiguió no reírse-. Están demasiado rotas para… para ser usadas. Ahora ve a casa y tranquilízate antes de que tu marido vuelva.
    – ¿Quieres decir…?
    – Lorna, vete ya.

    Les llevó veinte minutos sacar a Reg del atolladero. Diecinueve minutos para calmar al hombre y hacer que se quedara quieto para que Tina le pusiera anestesia local, y un minuto o menos para que Jock abriera la cremallera.
    La prenda de encaje se rasgó cuando Jock le bajó los pantalones. Tina y Jock ayudaron al hombre a quitarse los pantalones y lo que quedaba de las braguitas, sin decir una palabra. Tina se los pasó a Bárbara, que los recogió con la cara extrañamente rígida.
    – ¿Puedo llamar a alguien para que te traiga ropa limpia? -quiso saber Tina.
    – ¡No! -gritó Reg, poniéndose en pie con un gran esfuerzo-. Me voy ahora mismo a casa. Dejadme una de esas batas blancas.
    – ¿Te vas a llevar una bata blanca a casa? ¿Pero qué…? ¿Y qué dirás a tu esposa, Reg? -preguntó Tina.
    – Ella está jugando a las cartas -contestó Reg-. Llegaré antes que ella. Llama a un taxi, por favor -luego se lo pensó mejor-. No. El conductor del taxi… Si es Ted Farndale se enterará todo el mundo…
    – ¿Cómo fuiste a casa de Lorna? -preguntó Jock.
    – Caminando. Está muy cerca de mi casa y no quería arriesgarme a aparcar el coche frente a su casa.
    – Entiendo -dijo Jock. Entonces se levantó-. Vamos, Reg, yo te llevaré a casa. He terminado ya mi jornada laboral. Dejaremos a la doctora Rafter con las urgencias que puedan aparecer esta noche -declaró, dándole una bata y ayudándole a ponérsela.
    – Pero no se vaya, doctora Rafter -añadió suavemente, en una voz tan baja que sólo ella pudo oírlo-. Hay algunas cosas que tenemos que dejar claras. Un matrimonio, por ejemplo.

Capítulo 11

    JOCK volvió diez minutos después y encontró a Tina escribiendo. Alzó los ojos al entrar él, pero esta vez no había tensión. Su rostro se iluminó con una sonrisa y Jock supo que había estado reprimiendo la risa desde que él salió con Reg.
    – ¿Conseguisteis llegar a su casa sin que nadie os viera? Yo pensé en ponerle unos bigotes falsos y gafas de sol.
    – Los habría aceptado sin duda -contestó Jock, sonriendo a su vez-. Esa pareja no volverá a atreverse a cometer infidelidad. No sé cómo he conseguido mantener la compostura.
    – Esto va a simplificar las cosas -dijo Tina, ya con una expresión seria.
    – ¿A qué te refieres?
    – Lorna Colsworth es una de las mujeres más mojigatas de esta ciudad y está en la directiva del hospital. Como madre soltera, me imagino que Lorna querría que me echaran, pero ahora no creo que se atreva. ¿Qué opinas?
    – Tina…
    – He estado pensando qué poner en el historial de Reg -dijo Tina, ignorando la incomodidad de Jock-. Puede que no sea ético, pero sería un detalle para él no incluirlo en los sucesos de esta noche. Si algún doctor le pregunta sobre ello, creo que le daría un ataque.
    – Tina…
    – ¿Qué opinas?
    – Creo que tenemos que hablar.
    – Creí que estábamos hablando.
    – Sobre nosotros.
    Tina hizo un gesto con la cabeza y continuó escribiendo.
    – No hables de nosotros, Jock. Tú eres tú y yo soy yo, y el bebé es nuestro, pero no hay que hablar de nosotros.
    – Creo que sí.
    – ¿Por qué? -preguntó Tina, con valentía-. ¿Para cumplir con tus obligaciones? No creo. Jock, tú no quieres casarte conmigo. Sé sincero y admítelo, no quieres.
    Jock la miró unos segundos y luego se sentó en la silla que había al otro lado de la mesa. Esa muchacha… Le hacía reír como nadie lo había hecho. Le hacía sentir que todo lo que deseaba en la vida era estar con ella, reír con ella, amarla. Protegerla…
    ¿Y casarse?
    – Es verdad, Tina. No sé lo que quiero.
    – Si no sabes, entonces es que no quieres casarte.
    – ¡Maldita sea! -Jock se pasó la mano por el pelo y se puso en pie. Caminó hacia el fondo de la habitación y luego volvió. Tina se quedó inmóvil, mirándolo y a la vez intentando reprimir sus emociones. Tratando de mantenerse amable, solidaria, interesada, pero distante a la vez. Justo lo contrario de lo que sentía.
    Finalmente dejó el bolígrafo en la mesa y cerró los ojos. Y al mismo tiempo cerró su corazón. Ya no podía soportarlo más.
    – Jock, ve a casa y acuéstate -dijo con suavidad-. Yo tengo trabajo que hacer y tú estás cansado. Déjalo hasta mañana. No dejes que pueda estropear tu sueño de esta noche.
    – ¡Maldita' sea! -exclamó Jock, poniendo las manos sobre la mesa y provocando un sobresalto en Tina-. ¿Eso es todo lo que se te ocurre decir? ¿Que tienes trabajo y que yo estoy cansado? ¿Que lo dejemos hasta mañana, como si fuera un papel que hay que rellenar?
    – ¿Qué se supone que debo decir?
    – No tengo idea, pero… Tina, estamos hablando de amor. Es horrible…
    – No es horrible, Jock.
    – Sí lo es. El amor es algo que me han enseñado a evitar desde que nací. No te acerques demasiado porque te destruirá. Destruirás y serás destruido. Y sin embargo, sé que es una locura. Otra gente ha tenido matrimonios felices, aunque mis padres no. Ellos fueron la excepción, no la regla, y es hora de que me de cuenta de ello. Así que, ¿por qué no puedo casarme?
    – ¿Quieres un matrimonio feliz?
    – Sí… ¡No! No lo sé, Tina -contestó, mirándola con desesperación-. Sólo sé, Tina, que si alguna vez me caso, será contigo. Nunca he conocido a nadie como tú. Te veo ahí cansada, destrozada, con un montón de problemas sobre tus hombros y yo te dejo embarazada y me voy a Londres. ¿Y te pones histérica? Claro que no. Te quedas ahí sentada y aceptas la responsabilidad de ese hijo tú misma, como aceptaste la responsabilidad de tu hermana y sus hijos.
    – No sé qué adelantaría poniéndome histérica -dijo Tina-. Y en cuanto a mi hermana… Christie habría hecho lo mismo por mí.
    – Eso es, lo habría hecho. Ya lo sé. Porque te quiere y tú la quieres a ella. Pero no sois como yo. Yo nunca lo haría. Nunca aceptaría responsabilidades porque me moriría de miedo.
    Jock dio un suspiro y se levantó. Rodeó la mesa hasta ponerse detrás de ella y puso las manos sobre los hombros de Tina y la apretó con fuerza. Ésta se abandonó por un segundo y notó la fuerza de Jock. Se apoyó contra él y supo en ese momento que estaba perdida. Supo que si él le decía que se quedaba, ella aceptaría sin pensar en el futuro, sin pensar en razones.
    Jock era su amor, se dijo a sí misma. Lo amaba como no podría amar nunca a nadie. Así que… si pudiera retenerlo… Si aceptara su oferta quizá el tiempo curara las heridas. Podría enseñarle a amar y ser amado.
    Jock se agachó y la besó sobre el cabello rizado.
    – Tina, tienes que casarte conmigo. Sé… No, no sé nada, pero una cosa sí sé, que no puedo marcharme ahora. Sé que no puedo irme al otro lado del mundo y dejar que tú sola críes a nuestro hijo. Sé que tengo que cambiar, Tina. Tendré que aprender a dar… aprender a amar.
    – Jock…
    – No -el hombre colocó un dedo sobre sus labios para silenciar sus palabras-. Tina, si hay alguien que puede enseñarme a amar… Si quieres darme una oportunidad, entonces quiero que te cases conmigo. Yo soy capaz de ponerme de rodillas para pedírtelo.
    – Oh, Jock…
    ¿Cómo podía ella desaprovechar esa oportunidad? Era sólo una oportunidad, lo sabía, una pequeña oportunidad de felicidad y un enorme riesgo. ¿Pero qué perdería si no se arriesgaba?
    – ¿Intentarás amarme? -preguntó Tina, acariciándole.
    – Te amaré -dijo Jock.

    La boda tuvo lugar dos meses después.
    Comparada con las ceremonias de Gundowring, fue una boda pequeña, pero en opinión de Jock fue numerosa.
    – Invitaremos sólo a nuestros amigos más cercanos -había dicho él, pero todo el mundo en Gundowring suponía ser amigo cercano y era imposible invitar a unos y no a otros.
    El grupo de médicos asistió en pleno. Struan, que había vuelto de sus vacaciones de muy buen humor, empleó a algunos interinos para que trabajaran el fin de semana y nadie se perdiera la boda. Fue estupenda.
    Todo el mundo opinó que había sido la boda más romántica que habían visto.
    Tina… Tina iba preciosa. Se negó a ir de blanco, aunque mucha gente lo hace en la actualidad. “Ya no es una desgracia casarse embarazada”, le había dicho Christie. Así que había elegido una tela dorada muy pálida, con adornos de satén blanco.
    El vestido, hecho por Christie, para quien la boda daba un giro a su vida y le permitía de nuevo adquirir el papel de hermana mayor, era sencillo y suelto. Se ceñía perfectamente al cuerpo de. Tina, pero a la vez daba espacio al vientre.
    Christine fue la madrina de honor y llevaba un vestido dorado que hacía juego con el de la novia. Había ganado algo de peso y parecía serena. Ally y Tim llevaron la cola de la novia orgullosos, como si hubieran sido ellos los que habían organizado todo.
    Jock y Tina habían encontrado una granja fuera de la ciudad, cercana a la playa. Era muy bonita y estaba muy cerca de la de Christie.
    – Queremos vivir cerca de vosotros -le había dicho Jock a Christie-. Tina quiere seguir trabajando por lo menos media jornada, así que necesitamos que tú… y si tú crees que también nos necesitas a nosotros, estaríamos muy contentos.
    Jock siempre sabía lo que tenía que decir, pensó Tina al entrar en la iglesia. Se había portado maravillosamente durante aquellos dos meses. Le había comprado un anillo que la hizo contener el aliento, fueron juntos a buscar la casa y le hizo el amor como si… la amara de verdad.
    Tina caminó hacia el altar. Allí estaba su amado Jock, guapísimo con su traje oscuro. Era su Jock, era su amor. Sonaron las primeras notas de la marcha nupcial y Tina avanzó. Jock se dio la vuelta y esbozó una sonrisa que iluminó su rostro y lo llenó de orgullo. Tina lo habría seguido al fin del mundo.
    Su amor la esperaba. ¡Dios, cómo lo amaba! Pero si ella no lo hubiera amado tanto, si ella no lo conociera como se conocía a sí misma, nunca habría descubierto el pánico que se escondía en sus ojos, y el sentimiento de sentirse atrapado.
    La amaba, pero no quería casarse. Y mientras Tina caminaba hacia su futuro esposo sabía que tenía un largo camino antes de encontrar la verdadera felicidad. Si es que finalmente la encontraba.

Capítulo 12

    NO IBA a funcionar.
    Era el último día de Tina en el hospital y no pudo evitar mirar a su mesa con una tremenda tristeza. Cinco minutos más y cerraría el cajón, se iría a casa y se enfrentaría a la maternidad. Sola. Así era como se sentía. Sola. Tina llevaba casada con Jock cuatro meses. En cuatro semanas su hijo nacería y serían una familia, pero nunca llegarían a serlo de verdad si Jock seguía comportándose de aquella manera.
    – ¿Estás preparada? -preguntó Ellen Silverton, con las manos llenas de botitas de bebé-. Aquí tienes. Te traigo la producción de todo un mes de las enfermeras. Ahora van a empezar a hacer rebecas. Si no te das prisa en tenerlo, tendrás que tener quintillizos para poder usar toda esta ropa.
    Tina esbozó una sonrisa, pero su cara estaba triste y Ellen se dio cuenta.
    – ¿Qué te pasa, Tina?
    – Nada.
    – Díselo a tía Ellen -dijo la mujer, apoyándose en una silla y frunciendo el ceño-. Vamos, Tina. Ya vas a dejar de ser la doctora Rafter y eres simplemente una mujer embarazada. Y yo no soy ciega. Tú tienes problemas.
    – No es cierto.
    – Mentirosa -dijo Ellen-. ¿Qué problemas tienes? ¿Estás preocupada por el niño?
    – No -contestó Tina con un suspiro-. Claro que no. No me hace falta. Ya se preocupa Jock bastante por los dos.
    – Pues eso sí que no lo entiendo. Tu marido es el mejor obstetra que he conocido. Además ha contratado a un sustituto para que le ayude durante el parto y al parecer es tan buen profesional como él. No debería de preocuparse -Ellen hizo una pausa-. O quizá entiendo. Su madre estuvo tan mal que puede que él sienta pánico.
    – Si un día deja de sentir pánico -estalló Tina-. Si un día cesa… Es irracional y no puedo soportarlo.
    – No puedes soportar…
    – Me está constantemente vigilando, como si pudiera desaparecer de repente.
    – ¿Y eso te preocupa?
    – Sí. Lo sé, sé que soy la mujer más afortunada del mundo. Lo quiero mucho y él es muy bueno conmigo. Pero, no sabes qué es…
    – ¿Se está volviendo paranoico?
    – Oh, no. No es tan sencillo. Quiero decir… no es que tenga miedo de que algo ocurra. Es como si estuviera seguro de ello. El sabe que un día todo terminará, me refiero a lo que hay entre nosotros, y no es capaz de dar…
    – ¿De dar?
    – De darse a sí mismo.
    Ya lo había dicho. Tina se mordió los labios. No tenía por qué acusar a su marido, pero Christie no paraba de halagar a su marido y decir lo maravilloso que era. Christie pensaba que Jock era maravilloso con Tina, de manera que ésta no podía hablar con su hermana. Mientras que Ellen… Ellen conocía a Jock de siempre y quizá lo entendiera.
    – No tomes mis palabras equivocadamente -suplicó Tina-. Él está haciendo… lo que sabe. Me quiere. Lo dice y yo le creo. Si no lo creyera nunca habría aceptado casarme con él. Sé que es cierto. Y es amable y cariñoso y nos reímos mucho. Y hace el amor… -Tina se sonrojó-. Quiero decir que no hay ningún problema en ese punto.
    – Me alegra saberlo.
    – Pero se comporta… ¡Ellen, no sé explicarlo! Es como si el matrimonio fuera su deber, su trabajo y, por orgullo, lo tiene que hacer bien. Cuando bromeamos… La semana pasada oímos ruido en la chimenea y creímos que era un ladrón. Jock se armó hasta los dientes con un paraguas y un palo. Finalmente era sólo una zarigüeya, que se quedó sentada en la repisa. Pues allí estábamos a las tres de la mañana riéndonos porque un animalillo estúpido había entrado, y Jock me miraba… disfrutaba, porque pensaba que mañana…
    – ¿Qué mañana te irás?
    – Eso es. Como si yo fuera una pieza de porcelana, valiera una fortuna, pero con una bomba dentro que estuviera a punto de estallar -dijo con una mueca-. Te repito, Ellen, que eso hace que todo sea un poco extraño. Y cuando le grito…
    – ¿Le gritas?
    – Sí, algunas veces lo hago. ¿Tú no gritas a veces a tu marido?
    – Bueno…
    – ¡Oh, vamos, Ellen! Me refiero a cuando hace algo horrible, como dejarse levantada la tapa del inodoro tres veces seguidas. O sólo porque él está siendo condenadamente encantador y yo estoy condenadamente embarazada… ¿No reaccionarías tú igual?
    – Quizá sí.
    – Y en esos casos, ¿qué suele ocurrir?
    Ellen se quedó mirándola fijamente y se sonrojó.
    – Que él… Bob me suele gritar a su vez. Y me suele decir que hay demasiadas mujeres en nuestra casa y que quiere tener un lavabo propio. Y entonces nos solemos gritar cada vez más alto hasta que acabamos riéndonos, e incluso alguna vez, hemos terminado en la cama… Y también una vez me vació una bolsa de guisantes congelados sobre la espalda, con lo que me hizo reír como una loca…
    La mujer, al acordarse, se rió entre dientes.
    Pero Tina no sonrió. Ese tipo de reacción era la que le hubiese gustado, pensó. Así debería ser.
    – ¿Lo ves?
    – Pero ¿es que no es así en vuestro caso? -preguntó Ellen.
    Tina sacudió la cabeza.
    – En absoluto. Si me enfado, él trata de consolarme. Como cuando estoy enferma o en cualquier otra ocasión. Siempre me trata igual. Y si no se relaja pronto, yo…
    – ¿Tú, qué?
    Tina se sobresaltó al oír la voz de Jock. Se volvió y vio que él estaba bajo el umbral de la puerta con su bata blanca y tan guapo que hizo que el corazón de ella se sobresaltara como si fuera la primera vez que lo viese. Él estaba sonriente, pero su expresión delataba que estaba también preocupado.
    – ¿Estás bien, Tina? Pareces preocupada.
    – Me encuentro bien, Jock -contestó Tina, tratando de sonreír-. Es que Ellen estaba dándome veintisiete pares de botas para el bebé. Así que si nace con cincuenta y cuatro pies, estaremos preparados, pero si tiene algún pie más, nos veremos desbordados.
    Él no sonrió.
    – Tina, tendremos un niño perfecto -dijo en tono amable, tratando de tranquilizarla, como si ella pensara en serio que el niño podía nacer con cincuenta y cuatro pies. Luego se acercó a ella y le dio un beso cariñoso-. Será un bebé perfecto, como su madre. Así lo demuestran todas las pruebas. ¿Estás lista ya para volver a casa?
    Tina suspiró.
    – Sí. Supongo que lo estoy. Aunque creo que echaré de menos esto.
    – Seguro que podrás volver en poco tiempo -comentó Ellen-. Trata de estudiar para los exámenes cuando termines de cambiar los pañales.
    – Seguro -Tina intentó sonreír. Luego se levantó y Jock se acercó para ayudarla-. Puedo yo sola, no te preocupes.
    Tina miró su reloj.
    – Son sólo las cinco. Las tiendas estarán todavía abiertas. Haré la compra de camino a casa, Jock, y te veré a eso de las siete. Si tus niños te lo permiten…
    – La señora Arthur ya está de parto, pero es un poco lenta. Así que creo que me da tiempo a llevarte a casa. Después regresaré aquí.
    – No -dijo Tina, intentando mantener la calma-. Iré yo sola, Jock Blaxton. Ya soy suficientemente mayor como para hacerlo.

    Tina hizo la compra, pero seguía preocupada. Ya camino de la granja, iba diciéndose que esa situación era realmente estúpida.
    Ella sabía que Jock era un hombre tranquilo y feliz. Era el hombre de sus sueños, pero últimamente no podía relajarse, excepto cuando estaban en la cama y la tenía entre sus brazos. Quizá fuera eso. Que deberían de pasar más tiempo en la cama…
    Quizá él se tranquilizara después de que el niño naciera, después de que él estuviera seguro de que todo había salido bien. Quizá. Pero también podía ser que se preocupara todavía más.
    "¿Por qué será todo tan complicado?", se preguntó a sí misma, mientras llegaba a la carretera que llevaba a su casa.
    "¿Y por qué estaré yo tan triste?"
    Hacía un día estupendo. El sol brillaba sobre el agua del mar y el aire era cálido. Y ella acababa de terminar el trabajo hasta después que naciera el hijo de su marido, el hijo del hombre al que amaba. Se sentía protegida, cuidada y amada…
    – Así que no debería ser tan egoísta -murmuro-. No debería querer nada más.
    Pero sí que lo quería. No quería que Jock la protegiera, cuidara y amara.
    – Quiero ser su amiga -dijo en voz alta-. Quiero ser su amante y su compañera. Quiero que nos divirtamos… y no que me tenga entre algodones el resto de mi vida.
    Y luego sus pensamiento cesaron bruscamente. La carretera se estaba moviendo.

Capítulo 13

    POR un momento, Tina pensó que se lo estaba imaginando. Acostumbrada a que el bebé se moviera, pensó que el sobresalto debía de haber sido sólo -una patada del bebé. Pero luego volvió a ocurrir, sólo que esas Vez el volante comenzó a temblar y el coche comenzó a irse hacia los lados. Tina pisó el freno, mirando adelante, estupefacta.
    La carretera estaba temblando y eso no era normal. Tina agarró fuertemente el volante, dominada por el pánico. Algo más adelante, un árbol se derrumbó sobre la carretera, con lo que varias hojas cayeron sobre el parabrisas del coche.
    "¡Santo Dios!". Tina apenas podía respirar. Ella se había detenido en el arcén y su coche se inclinaba unos veinte grados sobre la horizontal mientras el suelo seguía temblando. ¿Qué debía hacer? ¿Salir o permanecer en el coche?
    Decidió quedarse dentro. Al menos, no había más árboles a su alrededor. El temblor continuó durante una eternidad. O, al menos, otros dos minutos. Pero esos fueron los dos minutos más largos de la vida de Tina.
    – Es un temblor de tierra -se dijo a sí misma, intentando calmarse-. Un temblor como el que hubo en Newcastle…
    En Newcastle hubo muertos. El terremoto de Newcastle, al sur de Sydney, fue una catástrofe.
    – Éste ha sido mucho más débil -se dijo. Se volvió y miró por la ventana de atrás hacia la ciudad de la que acababa de salir. Gundowring parecía estar en calma bajo la luz del sol. El mar estaba en calma. Nada había cambiado.
    – Así… así que debía haber sido un temblor de tierra local -susurró-. No había nada que temer.
    La carretera volvía a estar bien más adelante, frente a la casa. Y eso quería decir que Christie y los niños estarían bien. Tina se bajó del coche con cautela, desconfiando de la solidez del suelo. Pensando que iba a tambalearse a cada paso.
    Pero no ocurrió nada más. Si no fuera por la carretera inclinada, por el árbol caído y por la grieta enorme que atravesaba el centro de la calzada, podría llegar a creer que todo habían sido imaginaciones suyas.
    ¿Qué podía hacer? No podía seguir carretera adelante, dado el estado del suelo y el árbol atravesado. Y tampoco tenía sentido volver a la ciudad. Podía haber nuevos temblores. Puso la mano sobre el teléfono del coche. Pero ¿a quién podía telefonear?
    ¿A Jock?
    No. De ninguna manera. Se preocuparía demasiado. Movilizaría a los bomberos y a todo el servicio de urgencias para rescatar a su mujer. Y ella no necesitaba que la rescataran. El servicio de urgencias podía necesitarse en algún otro lugar, así que no debían malgastar el tiempo con ella. No podía estar segura de que el terremoto hubiera sido sólo de alcance local.
    Sólo había una milla hasta la granja. De pronto, algo la sacó de sus pensamientos. Alguien estaba gritando. Tina dudó un momento. El grito parecía provenir de una persona aterrorizada y había sido cerca. Dudó sólo lo suficiente como para agarrar su maletín y echar a correr tan rápido como se lo permitía su embarazo.
    No tuvo que andar mucho. A unas cien yardas del coche, justo detrás del árbol, vio a un chico de unos doce años. Llevaba unos vaqueros y una camiseta de tirantes. Su cara estaba ensangrentada e iba con un brazo colgando. Su expresión era de pánico. Cuando vio a Tina, se dirigió hacia ella y se echó en sus brazos.
    Era Jason Calvert, un chico duro de la ciudad. Tina lo conocía de vista. Y también conocía su reputación. Él y su amigo, Brendan, iban por todas partes presumiendo de ser ya mayores. Pero en ese momento, Jason no presumía de nada. Sólo era un muchacho de doce años completamente aterrorizado. Jason se abrazó a Tina y se echó a llorar.
    – Hey… Jason…
    Tina se apartó un poco para comprobar su estado.
    – Jason, te has herido el brazo…
    – ¡Oh, señorita! -luego la reconoció y suspiró aliviado-. Doctora… -dijo, mientras se abrazaba a ella de nuevo.
    – Está bien, Jason. Está bien. Fue sólo un temblor de tierra. ¿Te golpeó el árbol? Iremos al hospital y te escayolaremos el brazo…
    – ¡No! A mí no, señorita. Es Brendan… Brendan…
    – ¿Dónde está Brendan? -Tina se dio cuenta de lo grave de la situación. Jason estaba gravemente herido y si él había sido el único que podía haber ido a buscar ayuda…
    – Jason, ¿dónde está Brendan?
    – Nosotros…
    – Calma. Respira hondo tres veces antes de hablar.
    Él lo hizo.
    – Nosotros… nosotros nos escapamos del colegio. Se suponía que teníamos que ir a una estúpida acampada, así que les dijimos a nuestras madres que iríamos. Pero luego decidimos venirnos con la comida aquí. También compramos algo de cerveza…
    Tina se imaginó el resto. No hacía falta que Jason siguiera. Ella había pasado su infancia allí y sabía dónde habían ido.
    – ¿Está Brendan en la cueva?
    – Sí. Pero al final del todo. Estábamos sentados allí, intentando encender un fuego, cuando todo comenzó a temblar. Una roca me cayó sobre el brazo y eché a correr, pero Brendan… Cuando las rocas dejaron de caer, volví a buscarlo… Y lo vi tumbado con las piernas atrapadas por un montón de rocas y no pude sacarlo de allí.
    Aun estando embarazada de ocho meses, Tina era ante todo un médico. Así que mantuvo la calma en todo momento y pensó con rapidez lo que debía hacerse.
    – Muy bien. Jason, lo primero y más importante es mantener la calma. Necesito que tengas la cabeza despejada. ¿Está en la cueva de Bosun?
    La cueva de Bosun era la más grande y los muchachos de la zona solían ir allí desde hacía varias generaciones.
    – Sí… pero está al fondo del todo…
    – Muy bien. Ya sé dónde es. Así que iré para allá.
    – Se lo enseñaré.
    – No. Tu tarea es permanecer aquí -dijo, forzando una sonrisa-. Yo conozco las cuevas porque también solía saltarme las clases, así que puedo ir sola. Tú te quedarás aquí y, si pasa alguien, lo llevarás hasta allí.
    – Pero… ¿cómo…?
    – Quiero que vayas hasta mi coche. Está abierto. Toma el teléfono móvil y marca el 000. Te contestará Rhonda. Cuéntale con voz tranquila, y eso quiere decir que no puedes llorar, todo lo que ha pasado. Y no cuelgues hasta que ella termine de interrogarte. Después quédate en el coche hasta que llegue la ambulancia y guíalos hasta nosotros. Brendan y yo dependemos de ti. Así que no nos falles.

    El temblor se pudo sentir en el hospital, pero muy ligeramente. Una grieta apareció en el yeso del pasillo, se cayó un cuadro y poco más. La señora Dobson pensó que había llegado su hora y pulsó el timbre, aterrorizada.
    Jock seguía esperando a que acabaran las interminables contracciones de la señora Arthur. Ese era su tercer parto, así que Jock había pensado que esa vez sería más fácil, pero se equivocó. Al sentir el temblor, Jock se dirigió a recepción y vio allí una gran actividad. Había dos conductores de ambulancia en el vestíbulo y cuatro hombres con el equipo de emergencia y también estaba el jefe del cuerpo de bomberos.
    – ¿Qué diablos sucede? -Jock se dirigió a Rhonda, la recepcionista-. Rhonda, ¿qué está ocurriendo?
    – El temblor no fue tan débil como parecía -le contestó Rhonda-. En la zona de las colinas se han derrumbado cuatro casas, varias personas han resultado heridas y la línea telefónica no funciona -luego se quedó pensativa y señaló a la primera ambulancia-. Jock, si tienes tiempo,…, Iba a mandar a la doctora Buchanan, pero ella puede cuidar de la señora Arthur mientras tú te marchas con la ambulancia número uno. Brendan Cordy está atrapado en una cueva, cerca de las colinas. Y…
    – ¿Y? -por la expresión de Rhonda, Jock sabía que había algo peor.
    – Tina está con él -dijo Rhonda-. Pero ella está bien -añadió rápidamente, al ver cómo abría él los ojos.

    La entrada a la cueva daba miedo. Sólo los chicos más valientes se atrevían a ir allí. Tina se acordaba perfectamente. Una linterna podía alumbrar cerca de la entrada, pero luego su luz se veía devorada por la oscuridad y Tina ya no era tan audaz como cuando tenía doce años. Así que se detuvo en la entrada de la cueva y gritó:
    – ¿Brendan? ¿Puedes oírme?
    Quizá si no hubiera obtenido respuesta, habría esperado. Quizá. Pero al instante, se pudo oír un gemido de dolor que llegaba desde dentro de la cueva.
    Tina venció su miedo y entró. Llevaba una linterna en su maletín. La sacó rápidamente y comenzó a avanzar. Dado su estado, le costaba caminar allí dentro. Tenía que ir con la cabeza agachada, ya que el techo era bajo. Cuando tenía doce años, le llegaba a la altura de la cabeza, pero actualmente estaba a la altura de sus hombros. Debía de haber crecido.
    Pronto, andar de pie fue demasiado peligroso y comenzó a andar a gatas, ignorando las piedras que se clavaban en sus rodillas. Finalmente, llegó hasta donde estaba el crío.
    Brendan se encontraba a unas quince yardas de la entrada y tenía las piernas sepultadas bajo las piedras que se habían derrumbado, pero estaba consciente. Sus ojos estaban fijos en la linterna que había visto acercarse. En cuanto ella se acercó lo suficiente, él agarró su mano, apretándola como si se estuviera ahogando y se echó a llorar.
    – ¡Oh, doctora…! ¡Doctora…!
    – Todo se arreglará, Brendan -el hecho de que la hubiera reconocido y el tono de su voz, la tranquilizaron un poco. Alumbró el techo con su linterna. Allí el techo parecía suficientemente estable. Así que si pudiera apartar las rocas…
    – La ayuda está en camino. Te daré algo para el dolor y luego intentaremos sacarte de aquí.
    Y entonces la tierra comenzó a temblar de nuevo. Hubo una gran sacudida, con lo que las rocas de la entrada se derrumbaron con gran estrépito.

    – ¿Dónde dijiste que estaba esa cueva? -la voz de Jock temblaba de miedo.
    – Aquí -Jason miraba el lugar donde había estado la entrada-. Debía de estar aquí, se lo juro. Ha debido derrumbarse la entrada…
    – Él lleva razón, doctor dijo uno de los hombres de la ambulancia-. Conozco este lugar. Y éste es el sitio donde estaba la entrada.
    Jock se quedó con la vista fija en el suelo sin poder creérselo. No había nada. Ni cueva, ni Brendan, ni Tina. Sólo un montón de rocas inestables.

Capítulo 14

    Sábado, 5 de mayo.
    Se teme que los dos desaparecidos estén muertos.

    Un chico, que quedó atrapado cuando se derrumbó el techo de una cueva y la doctora en estado que había ido a rescatarlo siguen todavía desaparecidos después del temblor de tierra de ayer en Gundowring. El temblor, de 4,1 de intensidad en la escala Richter, se pudo sentir hasta en el norte de la bahía Bateman, a pesar de que los daños sólo se produjeron en un área pequeña…
    ¡OH, DIOS! Tienen que estar vivos… Tienen que estarlo…
    – Jock, afróntalo, la probabilidad es mínima -el rostro de Struan parecía casi tan tenso como el de su amigo-. Debieron de derrumbarse más de doscientas toneladas de tierra en ese cueva.
    – Tienen que estar allí abajo… De un modo u otro… ¿Por qué diablos no cavan más rápido?
    – Cavan lo más rápido que pueden. La tierra es inestable. Si fueran más rápido, habría peligro de nuevos derrumbamientos. Pero no te preocupes, llevan un equipo electrónico de búsqueda. Si están vivos… los encontrarán.
    – ¿Cuándo? ¿Cuándo será eso?
    Domingo, 6 de mayo.
    Apenas quedan esperanzas acerca de los dos desaparecidos.

    El equipo de rescate ha reconocido que la probabilidad de encontrar a alguien con vida en el derrumbamiento del norte de Gundowring es mínima. Los perros y los sofisticados equipos electrónicos de búsqueda no han encontrado todavía ninguna pista…

    Lunes, 7 de mayo.
    Desesperación en el equipo de rescate.

    No hay ninguna señal de que estén vivos los desaparecidos en el derrumbamiento del norte de Gundowring. Los miembros del equipo de rescate han admitido en privado que lo más probable es que la doctora de veintinueve años, Tina Rafter, su hijo y el chico de doce años, Brendan Cordy, estén muertos. Hay más de doscientos hombres trabajando en la zona…

    – Jock, ve a casa y descansa un poco.
    – No.
    Christie puso su mano sobre el hombro de Jock y se lo apretó con fuerza.
    – Vamos, Jock. Esto no te está haciendo ningún bien. Creo que ya es hora de que aceptemos que han muerto, ¿no te parece?
    – Yo…
    – Jock, yo siento lo mismo que tú -no había duda de ello. El rostro de Christie estaba demacrado y ojeroso, como si la mujer llevase una semana sin dormir-. Pero, Jock, no podemos hacer nada. Y Tina no querría que esto nos destrozara. Todo lo que quiero saber ahora… es que la cosa fue rápida.
    Pero Jock sacudió la cabeza.
    – Ellos no están muertos.
    – Si lo están -Christie se quedó mirando a Jock. Sabía lo que estaba pasando ese hombre. Ellen se lo había contado todo, así que sabía que Jock no quería pasar por lo mismo que su padre después de morir su mujer.
    Así que, a pesar de lo mal que ella misma se sentía, Christie sabía que tenía que tratar de ayudarle.
    – Jock, Tina te amaba. Te amaba muchísimo. Y habría muerto por ti… Ese tipo de amor no acaba con la muerte. La tuvimos durante un corto tiempo y fuimos dichosos de haberla conocido. Ella vivió su vida plenamente y por eso la amábamos.
    – Christie, no…
    – Jock, tienes que escucharme. Si ella no hubiera vivido tan plenamente, ahora estaría aquí con nosotros, ya que no se habría atrevido a ir a buscar a ese chico. Pero entonces ella no habría sido la Tina que nosotros amábamos. Ella se daba por completo. Y por eso la queríamos. Y por eso sigue estando entre nosotros.
    – No -Jock apenas escuchaba lo que decía Christie. Estaba sucio y sin afeitar y miraba sin ver. Había cavado con las manos, llevado por la desesperación, y luego, cuando el grupo de rescate llegó, se unió a ellos hasta que le ordenaron que se marchase.
    No estaba en condiciones de pensar, pero Christie tenía que intentarlo, no había otra salida.
    – Jock, Tina no es algo que tengamos que idolatrar o mantener a salvo. La amamos y ahora tenemos que dejarla marchar. Por favor… Por Tina, tú tienes que continuar viviendo, amando…
    Entonces la voz de Christie se volvió un susurro y se cubrió el rostro con las manos. Estaba sufriendo mucho, aunque quisiera mantener la entereza.
    – Por lo menos… por lo menos espero que todo transcurriera rápidamente -susurró-. Por favor, Dios…
    Su voz era desesperada y Jock se fijó en ella por primera vez. Consiguió dejar a un lado su propia tristeza y vio el agotamiento de Christie y el amor que la hacía estar allí, a pesar de su dolor, para intentar ayudarlo.
    Tina tenía razón, pensó Jock, maravillado. La vida continuaba y sabía lo que Tina querría de él. Era como Christie había dicho. Su padre había dejado que la muerte de su madre destruyera su vida, destruyera la vida de su hijo, pero Tina… Tina querría que él continuara viviendo y amando como nunca había podido hacerlo, ni siquiera con Tina a su lado.
    De repente descubrió el regalo que Tina le había dado.
    – Vamos, Christie dijo en voz baja, levantándose del tronco en el que había estado sentado varias horas. Días-. Te llevaré a casa y luego volveré aquí para esperar un poco más. Pero, Christie… -añadió, con un gesto de desesperación-. Quizá tengas razón. Pase lo que pase… Quizá podamos seguir teniéndola entre nosotros.

    Lunes, 7 de mayo. Edición Extra.
    ¿Vivos?

    Los sensores electrónicos han descubierto señales de vida bajo el suelo, entre los escombros del terremoto de Gundowring. El equipo de rescate no hace declaraciones para evitar alentar la esperanza, pero el trabajo se ha incrementado. Un grupo de trescientos hombres se dedicarán a cavar toda la noche…
    .
    Jock fue el primero en verla. Le habían ordenado que se quedara detrás, inseguros de qué podían encontrar. Entonces se oyó una voz, al principio ronca y débil, como si para ella fuera un sueño que alguien la pudiera escuchar. Era Tina. Después de tres días enterrada, estaba con vida.
    Ajustaron los aparatos para asegurarse de que eran voces lo que oían. Finalmente la voz volvió a oírse. -Estoy bien. Tengo mucha hambre y mis piernas están tan rígidas que no las puedo mover apenas, incluso aunque tuviera espacio. Y tengo tanta sed que mi lengua está hinchada, pero Brendan y yo estamos bien.
    – ¿Brendan?
    Los padres del muchacho estaban al lado de Jock, a punto de sufrir un infarto.
    – Tiene una pierna rota -dijo la voz de Tina-. Pero no habrá complicaciones, la sangre circula bien por ella. Estamos en una grieta de un metro de ancho aproximadamente y Brendan quiere ver a su madre y una lata de Coca-cola. Pero estamos bien.
    – ¿Y usted que quiere? -preguntó el jefe del servicio de rescate, con una sonrisa ancha en los labios. Era un final que nadie había dejado de esperar-. ¿Qué quiere, doctora Rafter?
    Hubo un silencio. Entonces la voz se volvió un murmullo agitado.
    – Por favor, Dios… sólo deseo ver a Jock.
    – Espere un momento, Tina. Enseguida lo podrá ver.

    No podía ser tan fácil y no lo fue. Les llevó cinco horas más de excavar con todo el cuidado del mundo.
    A Jock le permitieron atravesar el túnel que habían construido y cuando apartaron la última roca que los separaba, la vio. Estaba cansada y sucia, pero increíblemente viva a la luz de las linternas. Y sin saber cómo, consiguió esbozar una sonrisa.
    – Jock -susurró, extendiendo la mano y agarrando la de Jock con una fuerza que hubiera creído imposible. La atrapó como si se estuviera ahogando.
    – Te sacaremos enseguida -consiguió decir Jock, con voz emocionada-. Oh, Tina.
    – Os lo agradecería -contestó ella-. Y… que sea rápido porque, Jock, tengo unos dolores horribles…
    – Tina, no te muevas -suplicó Jock, imaginando lo peor-. Te sacaremos en una camilla.
    – No quiero ninguna camilla -le dijo Tina, con voz tensa-. No hace falta. Sólo hay que hacer este agujero un poco más grande, bastante más grande y saldré yo misma porque, Jock…
    – ¿Qué, Tina?
    – Voy a salir y también saldrá nuestro bebé, y no creo que a Brendan le guste hacer de comadrona.

    Jessica Christine Blaxton nació a las tres de la mañana en la entrada del túnel. Y si Struan, como doctor encargado, no hubiera ordenado que se colocaran pantallas alrededor, la prensa habría captado el nacimiento.
    No hubo tiempo de llevar a Tina al hospital. Como Christie dijo riendo más tarde, no hubo tiempo para nada.
    – Eres muy impaciente, Tina. Te has adelantado casi un mes. Si te descuidas, no nos das tiempo ni a poder tomarla en brazos.
    Pero Jock sí la sostuvo en sus brazos. Se quedó inmóvil y silencioso mientras el equipo de salvamento brindaba y se abrazaban unos a otros. En ese momento, Jock supo que era un hombre verdaderamente afortunado.

Capítulo 15

    – ¿ESTÁS lista para volver a casa, señora Blaxton?
    Tina se estiró como un gato en su cama del hospital. Dos semanas después de ser rescatada de su prisión bajo el suelo, todavía le parecía un placer poder moverle:
    – Convénceme -Tina sonrió a su esposo-. En el hospital tengo la posibilidad de elegir la comida que quiero, enfermeras que se encargan de cambiar los pañales a Jessie, mis amigos visitándome y tú mimándome. ¿Qué puede ofrecerme el hogar que no haya aquí?
    Los ojos de Jock brillaron. Se inclinó y besó a su esposa en los labios. Fue un beso largo y apasionado que hizo estremecerse a Tina.
    – ¿Qué te parece una cama doble? -preguntó Jock.
    – Me has convencido. Encárgate de la maleta y el bebé y llévame a casa inmediatamente. O mejor dicho… ¿Podré esperar tanto tiempo? Una cama individual tampoco está mal…
    – Pero en una habitación con un cristal en la puerta no vale -replicó Jock. Aunque pareció no rechazar la idea por completo. Sin hacer caso de las enfermeras que pasaban, la abrazó y se tumbó a su lado, apretando su cuerpo maravilloso contra el suyo-. ¡Caramba, Tina…!
    La sonrisa de Jock desapareció de sus labios.
    – No -dijo ella, colocando un dedo sobre los labios de él-. No, Jock, ni lo pienses.
    – No me creo todavía que te haya recuperado -dijo él, abrazándola un poco más.
    Todo el mundo se había quedado maravillado con el rescate. Aparte de unos pocos cortes y moretones, Tina estaba bien. Y Brendan se estaba recuperando también. Le habían puesto en la sala infantil y no paraba de alardear de sus hazañas, aunque eso sí, apretando fuertemente las manos de sus padres. Todavía no se había recuperado del todo. Y Tina tampoco, Jock se dio cuenta mientras se abrazaban.
    Habían sido muy afortunados. Afortunados de que enfrente de ellos cayera un enorme muro de granito, haciendo que el resto del techo no se derrumbara. Afortunados de que tanta gente trabajara en su rescate sin descanso.
    Y afortunados de que Tina llevase su maletín médico con antibióticos, suero intravenoso y morfina para controlar el dolor de Brendan y evitar la deshidratación y que la herida se infectase. Ella no había parado de animarle, asegurándole todo el tiempo que los rescatarían. Jock miró a Tina, que parecía preocupada.
    – ¿Qué te pasa, mi amor? -preguntó él.
    – Jock… Sé que es una tontería, pero…
    – ¿Pero qué?
    – ¿Cómo ibas a mantenerme a salvo de un terremoto?
    – Tina…
    – Tú estabas todo el día preocupado por mí. ¿Y qué va a pasar ahora? -Tina miró a la cuna. Jessica Christine Blaxton estaba comenzando a removerse al acercarse la hora de su comida-. ¿Nos dejarás?
    – ¿Que si os dejaré el qué?
    – ¿Nos dejarás ser nosotras mismas?
    Jock cerró los ojos en silencio. Siguió abrazando a su mujer. Y sabía de qué le estaba hablando.
    – Tina…
    – Jock, mientras estaba allí atrapada, no paraba de pensar en lo preocupado que estarías. Sé que tú no querías amarme ni formar una familia. Siento mucho haberte hecho sufrir tanto…
    – No -dijo enfadado-. Tina, nunca vuelvas a decir eso. Nunca.
    – Pero…
    – No. El único que tiene que excusarse soy yo. Me di cuenta cuando estabas atrapada de lo ciego que había estado. Fue mientras hablaba con Christie.
    – ¿Qué?
    – Christie me dijo que tú te dabas a ti misma por entero y que era por eso por lo que te queríamos. Y dijo que gracias a eso siempre estarías con nosotros. Viva o muerta. Tina, no sé como pude estar tan ciego hasta entonces. Casi destruyo la cosa que más me ha importado en mi vicia. Christie llevaba razón, Tina. No puedo perderte porque tú eres parte de mí -Jock la besó-. Y si un día la muerte nos separa, tú seguirías acompañándome.
    Volvió a besarla tiernamente.
    – Quiero que nuestro matrimonio dure ochenta años, amor mío. Y juro que os protegeré a ti y a la pequeña Jessie, pero no porque esté aterrorizado por la posibilidad de perderos.
    – Jock…
    – Tina, te protegeré y cuidaré porque te amo -dijo tiernamente, apretándola más aún contra él-. Y te prometo que disfrutaremos de la vida, Tina. A partir de ahora no sólo serás mi mujer. Seremos amantes y amigos. Y quiero que te cases conmigo, Tina. Pero no como antes. Para siempre. Por favor, Tina…
    De pronto él pareció ansioso, como si ella pudiera decirle que ya era demasiado tarde. Que él ya había acabado con su amor.
    Pero nada podría acabar con su amor. Nada.
    Jessica se removió y comenzó a llorar en su cuna. Jock se apartó para que su mujer pudiera tomar a la niña en brazos. Luego él las abrazó a ambas.
    – ¿Y qué hay de nuestra pequeña Jessie? -preguntó ella, mirando fijamente a su marido-. ¿Sigues pensando que hay demasiados niños en el mundo? ¿Piensas que Jessie contribuye a que haya todavía más?
    – Ni hablar -contestó Jock, abrazándolas aún más fuerte-. ¿Dije alguna vez que había demasiados niños en el mundo? Debía de estar loco.
    Se quedó mirando a ambas con una expresión que hizo que Tina no necesitara más respuestas. Había conseguido el sueño de toda mujer. Estaba justo donde quería estar y tenía un hombre que la amaba.
    – Y de ninguna de las maneras es cierto que Jessica contribuya a que haya todavía más -continuó Jock-. De hecho…
    Jock hablaba con los ojos iluminados por la alegría de vivir. Amaba tanto a esas dos mujeres…
    – De hecho me gustaría tener más hijos.
    – Uno…
    – ¿Qué te parecería dos o tres? ¿Qué te parece, señora Blaxton? ¿Nos ponemos a trabajar en ello?

Marion Lennox


***

Top.Mail.Ru