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Boda con el príncipe

Boda con el príncipe

Аннотация

    ¡Nunca una obligación había resultado tan maravillosa!
    Nikolai de Montez, abogado internacional, acababa de descubrir que era el heredero al trono de Alp de Montez. Pero para llegar a gobernar el pequeño país debía casarse con Rose.
    Rose McCray no era más que una veterinaria rural, pero su ascendencia real la convertía en la esposa perfecta para Nick… y Rose sabía que su obligación era casarse con él.
    La ceremonia fue suntuosa, pero después de tantas formalidades había llegado el momento de que los príncipes de Alp de Montez se conocieran como marido y mujer.


Marion Lennox Boda con el príncipe

    Boda con el príncipe (2008)
    Título Original: A royal marriage of convenience (2008)
    Serie: Princesas, 01

Capítulo 1

    – Rose-Anitra, tenemos una sorpresa para ti.
    Rose suspiró. Las sorpresas de sus suegros no siempre eran agradables. Rose había pasado la noche en un cobertizo barrido por el viento ayudando a nacer a un ternero y su único deseo era meterse en la cama a descansar.
    Además, no podía quitarse la carta de la cabeza. Entre el correo había llegado una carta certificada. Después de echarle una ojeada, la había metido en el bolsillo de los pantalones de peto para leerla con más tranquilidad y tratar de asimilar la información que contenía.
    Pero conocía bien a sus suegros y sabía que lo mejor era atenderlos, así que se sentó en el borde de una silla y entrelazó los dedos preparándose para lo peor.
    – Es una sorpresa maravillosa -dijo Gladys, nerviosa.
    – Te va a encantar -dijo Bob, y Gladys lo miró de soslayo. Desde que su marido, Max, había muerto hacia dos años, Rose sospechaba que Bob, aunque sólo fuera ocasionalmente, sentía lástima por ella, pero nunca tanta como para enfrentarse a su mujer.
    – Ya sabes que hoy se cumplen dos años de la muerte de Max -dijo Gladys.
    – Por supuesto -¿cómo olvidarlo? Rose seguía echando de menos al hombre al que había amado, pero le parecía excesivo haber recibido en su clínica veterinaria tantas flores como el día de su muerte. Todo el pueblo adoraba a Max y con ello pretendía mantener viva la llama de su recuerdo.
    – Hemos esperado hasta hoy para decírtelo -dije Gladys-, porque nos lo pidió Max. Dijo que tendrías que superar lo peor del duelo antes de poder plantearte tener un hijo.
    – ¿De qué estáis hablando? -preguntó Rose, clavándose las uñas en la palma de la mano. ¿Cómo iba a haber tenido hijos si había tenido que trabajar para pagarse los estudios de veterinaria, cuando había tenido que permanecer junto a Max a lo largo de su enfermedad? ¿Cómo habría podido cuidar de un hijo en el presente si necesitaba trabajar día y noche para sacar a la familia adelante?
    – Pero ya ha llegado el momento -dijo Gladys. Y sonrió.
    – ¿El momento? -preguntó Rose sin lograr comprender-. ¿De qué?
    – Tenemos su esperma, Rose -dijo Bob con la voz teñida de ansiedad-. Hace muchos años, la primera vez que se puso enfermo, nos dijeron que el tratamiento podía dejarlo infértil y ya entonces, nos preocupó que se quedara sin descendencia.
    Rose lo miró con expresión de horror.
    – Así que congelamos su esperma -dijo Gladys-, y decidimos mantenerlo en secreto. Es un regalo de Max para ti. Ahora puedes tener un hijo suyo.

    A novecientos kilómetros, en el bufete de abogados Goodman, Stern y Haddock de Londres, alguien recibía otra sorpresa.
    Nikolai de Montez, abogado, miraba perplejo al hombre maduro que se sentaba al otro lado de su escritorio. Había llegado cinco minutos antes de lo acordado vestido elegantemente, algo encorvado por la edad y con manos levemente temblorosas. En la tarjeta que le había presentado se podía leer: Erhard Fritz. Asistente de la Corona.
    – Tengo una pregunta muy sencilla -dijo sin preámbulos-. ¿Estaría dispuesto a casarse si con ello heredara el trono?
    Como socio de un prestigioso bufete internacional, Nick estaba acostumbrado a recibir las propuestas más «inverosímiles, pero aquélla lo dejó sin habla.
    – ¿Que si estaría dispuesto a casarme? -preguntó con incredulidad, como si temiera que las palabras fueran a estallarle en la boca-. ¿Y con quién habría de casarme?
    – Con una mujer llamada Rose McCray. Puede que la conozca como Rose-Anitra de Montez. Es veterinaria en Yorkshire, pero resulta que también es la primera en la línea sucesoria al trono de Alp de Montez.

    ¿Sería capaz de marcharse? No lo creía posible, pero desde hacía dos días, Rose se sentía asediada por los recuerdos de su marido. No había rincón donde no estuviera presente.
    Despertaba y Max la miraba desde la fotografía que ocupaba la mesilla. A Gladys le había dado un ataque de histeria cuando había sugerido donar la ropa de Max, así que cada vez que abría el armario encontraba camisas y sus pantalones. El abrigo de Max seguía colgado del perchero de la entrada, sus botas continuaban sobre el banco del porche.
    Rose había sentido un dolor profundo y sincero por la muerte de su marido, pero empezaba a sentirse abrumada por su recuerdo. Su vida transcurría en medio de una permanente adoración a Max. Y habían llegado al extremo de pedirle que tuviera un hijo suyo.
    Se sentía tan aturdida que temía derrumbarse, pero en medio de su confusión, una verdad empezaba a emerger con claridad: las cosas no podían seguir así. Max llevaba muerto dos años. De haber tenido el dinero, ella se habría mudado a una casa propia, pero su salario servía para pagar la casa familiar v la clínica. No podía marcharse. No podía. A no ser que…
    La proposición que incluía la carta era completamente disparatada, pero también lo era la situación en la que ella se encontraba. Era lo más parecido al canto de una sirena. Alp de Montez… un país que adoraba. Alzó la fotografía de Nikolai de Montez que acompañaba la carta. Era alto, delgado, con rasgos mediterráneos. Era espectacularmente guapo.
    De hecho, Rose pensó mientras leía la carta por enésima vez que era el tipo de hombre opuesto a Max. Luego la dejó a un lado. No podía ser. Era imposible. La carta era una locura, le ofrecía una salida de emergencia sin garantías de que, al otro lado, las cosas fueran mejor.
    Después de todo, estaba en la comunidad de Max y. por muy atrapada que se sintiera, su deber era permanecer. Si al menos olvidaban lo del bebé…
    Volvió al salón decidida a decir lo que pensaba. La esperaban. Bob le estaba sirviendo un jerez.
    – Hemos estado pensando en lo del niño -dijo Gladys antes de que ella pudiera decir nada-, y nos hemos dado cuenta de que tienes que darte prisa porque hay suficiente esperma como para que tengas más de un y como ya casi has cumplido treinta años… Si el primero no es chico, querremos… -Gladys rectificó querrás tener otro. Ya te hemos pedido cita con un especialista en Newcastle. Bob te ha conseguido un sustituto para mañana.
    – Gracias -dijo Rose descorazonada, al tiempo que rechazaba el jerez.
    Gladys sonrió con aprobación.
    – Buena chica. Le he dicho a Bob que era mejor que era mejor que no bebieras.
    – No estoy embarazada.
    – Pero lo estarás pronto.
    – No -dijo Rose con un hilo de voz. Luego, elevanando el tono continuó-. No. Si no os importa… -tomó aire-. Me alegro de que hayas encontrado alguien que me sustituya mañana. Tengo que ir a Londres un par de días. He recibido una carta.
    – ¿Una carta?
    – Si una carta certificada. Ha llegado a la clínica -explico sabiendo perfectamente que si la carta hubiera llegado a la casa habría sido requisada-. ¿Recordáis que mi familia tenía vínculos con la realeza?
    – Si -dijo Gladys en actitud tensa.
    – Parece ser que la semana pasada vino alguien de Alp Montez a buscarme y le dijiste que me había marchado.
    – Yo… -Gladys miró a Bob y luego al suelo-. Dijo que tenia que hacerte una propuesta -masculló-, y pensé que no te interesaría.
    Rose asintió. Dos proposiciones en una semana. La que tenía ante sí hacía que la otra resultara incluso razonable.
    Pero lo que la ayudó a tomar la decisión definitiva fue lo que Gladys le había dicho hacía unos minutos. Aunque accediera a tener un hijo, lo que verdaderamente quería era un niño. Y si tenía un niño, se convertiría en el recuerdo viviente de Max. ¿No sería una locura tomar una decisión basada en ese deseo?
    – Parece ser que me necesitan -continuó, pensando cada una de sus palabras-. Cuando he leído la carta por primera vez he pensado que se trataba de una locura, pero ahora no estoy tan segura. Al menos no me parece una mayor locura que vuestra propuesta. En cualquier caso, tengo que enterarme de qué se trata. Voy a ir a Londres a averiguar si he heredado un trono.

Capítulo 2

    Nick había elegido un buen restaurante para la reunión. Se trataba de un local antiguo revestido de roble, con manteles de lino y discretos reservados donde se podía charlar cómodamente.
    En cuanto Nick entró, Walter, el encargado, acudió a recibirlo.
    – Buenas noches, señor de Montez -al ver que Nick vestía zapatillas deportivas y una chaqueta de pana sonrió-. Veo que viene con espíritu de vacaciones.
    Nick, que no solía tomarse vacaciones, pensó que tal vez era la mejor forma de referirse a lo que podía llegar a pasar. Sólo ocasionalmente viajaba a Australia a visitar a su madre adoptiva, Ruby, a la que llamaba cada domingo. También esquiaba de vez en cuando con algún cliente, pero por lo demás, Nick vivía para el trabajo. Lo único que identificaba aquella noche como de ocio era su informal indumentaria.
    Walter lo condujo hasta el reservado que usaba habitualmente. Erhard se le había adelantado y Nick lo estudió detenidamente cuando se levantó para saludarlo. El anciano parecía frágil y delicado; tenía el cabello y las cejas blancas y vestía un oscuro traje muy formal.
    – Siento no haber estado aquí para darte la bienvenida -dijo Nick, y se arrepintió de la selección de ropa que había hecho-. Y siento esto -añadió, señalándose.
    – ¿Pensabas que Rose-Anitra se sentiría incómoda con algo más elegante? -preguntó Erhard, sonriendo.
    – Así es -admitió Nick.
    Días atrás, Erhard le había proporcionado una fotografía de Rose tomada por un detective privado. En ella, Rose se apoyaba en un destartalado todoterreno mientras charlaba con alguien que quedaba fuera de foco. Llevaba unos sucios vaqueros de peto, botas de plástico, y estaba manchada de barro. Tenía la piel blanca, salpicada por algunas pecas y una hermosa mata de pelo cobrizo que le caía por la espalda. Era una atractiva mujer de campo, pero Nick estaba acostumbrada a un estilo más sofisticado y elegante, adjetivos que no habrían servido para describirla. Sin embargo, no podía negar que era… mona. Por eso había decidido que quizá un estilo excesivamente formal podía intimidarla.
    – Puede que la infravalores -dio Erhard.
    – Es veterinaria agraria -dijo Nick.
    – Sí, además de una mujer de considerable inteligencia, de acuerdo con mis fuentes -dijo Erhard en tono reprobatorio. Y guardó silencio al ver que Walter acompañaba a una mujer a su reservado.
    ¿Rose-Anitra? ¿La mujer del pantalón de peto? Nick apenas lograba encontrar similitudes entre una y otra. Llevaba un vestido rojo con un escote generoso. Al estilo de Marilyn Monroe, se ataba a un costado con un lazo y se ajustaba a su perfecta figura. Tenía el cabello recogido en un moño del que escapaban mechones aquí y allá, y apenas llevaba maquillaje, el justo para cubrir las pecas y un suave color rosa en los labios. Caminaba sobre unos altísimos tacones que hacían que sus piernas parecieran interminables.
    – Creo que he acertado -dijo Erhard con una risita al tiempo que se ponía en pie-. Señora McCray.
    – Rose -ella. Y su sonrisa iluminó la sala-. Me acuerdo de usted, señor Fritz. Si no me equivoco, era ayudante de mi tío.
    – Así es -dijo Erhard-, pero por favor, llámame Erhard.
    – Gracias -dijo ella-. Aunque han pasado quince años, recuerdo algunas cosas -se volvió a Nick-. Y usted debe ser el señor de Montez.
    – Nick.
    – No creo haber coincidido antes contigo.
    – No.
    Water separó la silla para que Rose se sentara, tomó la comanda y les ofreció champán mientras Nick estudiaba a Rose conteniendo su admiración a duras penas.
    – Sí, por favor -dijo Rose con una sonrisa resplandeciente. Cuando la copa de champán llegó, la tomó y metió la nariz en ella al tiempo que cerraba los ojos como si fuera la primera vez que lo bebiera en muchos años.
    – Veo que te gusta el champán -dijo Nick fascinado.
    Ella suspiró con una encantadora sonrisa.
    – No sabes cuánto -dijo, dando un par de sorbos antes de dejar la copa sobre la mesa.
    – Estamos encantados de que hayas podido venir -dijo Erhard antes de mirar a Nick-. ¿Verdad, Nick?
    – Desde luego -dijo Nick, sobresaltándose.
    – Siento que os resultara difícil dar conmigo -dijo ella, dirigiendo una mirada apreciadora a su alrededor-. Mi familia tiene la peculiar idea de que necesito ser protegida.
    – ¿Y no es verdad? -preguntó Nick.
    – No -dijo ella, bebiendo champán con aire casi retador-. Desde luego que no. ¡Esto es maravilloso!
    Nick pensó que ella sí que lo era.
    – Lo mejor será que explique la situación sucintamente- dijo Erhard, sonriendo a Nick como si se diera cuenta de que estaba hechizado-. Rose, no sé hasta qué punto estás informada.
    – La verdad es que sólo sé lo que contabas en la nota -dijo ella-. Creo que todo el pueblo se había puesto de acuerdo para que no pudieras hablar conmigo. De no haber sido por Ben, el cartero, un hombre íntegro, puede que nunca hubiera llegado a saber de vosotros.
    – ¿Cómo es posible que temieran a Erhard? -preguntó Nick atónito.
    – Mis suegros saben que tengo vínculos con la realeza -dijo ella-. A mi marido le gustaba bromear al respecto. Pero desde que murió, todo aquello que pudiera separarme de ellos les resultaba sospechoso. Supongo que al ver que Erhard hablaba con acento extranjero y tenía un porte elegante lo consideraron potencialmente peligroso. Mis suegros son conocidos en la comarca y tienen muchas influencias. Lo siento.
    – No es culpa tuya -dijo Erhard con dulzura-. Y lo importante es que estás aquí, lo que significa que estás dispuesta a escucharme. Puede que suene increíble pero…
    – Tú no sabes lo que significa esa palabra -dijo ella enigmáticamente-. Para mí, no hay nada increíble…
    Erhard asintió. Parecía dispuesto a ser el que hablara y Nick no tenía nada que objetar. Así podía dedicarse a lo que le apetecía: mirarla.
    – Como he dicho, no sé cuánto sabes -explicó el anciano-. A lo largo de esta semana he hablado con Nick, pero lo mejor será que empiece por el principio.
    – Adelante -dijo Rose, dando otro sorbito al champán y sonriendo.
    Cada vez que sonreía, Nick se quedaba boquiabierto. Era una sonrisa increíble.
    Erhard lo miró con sorna. Era un hombre astuto. Cuanto mas lo conocía Nick, más le gustaba. Quizá debía apartar la mirada de Rose. Quizá su rostro reflejaba lo que estaba pensando. Pero… ¿por qué hacerlo? Dejar de mirarla sería un crimen.
    – No sé si conocéis la historia de Alp de Montez -continuo Erhard, mirándolos alternativamente-, así que os haré un resumen. En el siglo XVI, un rey tuvo cinco hijos que crecieron enfrentados. Para evitar problemas entre ellos, el viejo rey dividió su territorio en cinco reinos y exigió que los cuatro menores se mantuvieran leales al primogénito. Sin embargo, el espíritu guerrero no suele dar lugar a un buen gobierno, y los príncipes y sus descendientes ¡levaron a sus reinos al borde del desastre.
    – Pero dos de ellos empiezan a recuperarse -intervino Nick. Y Erhard asintió.
    – Sí. Dos han adoptado un sistema democrático. De los otros, el que pasa por peor momento es Alp de Montez. El viejo príncipe, vuestro abuelo, dejó el poder en manos de un pequeño consejo. El jefe de ese consejo es Jacques St. Ivés, quien ha acumulado un poder absoluto a lo largo de los últimos años. Y el país está en una situación desesperada. Los impuestos son altísimos, la economía está al borde del colapso y miles de ciudadanos han tenido que emigrar.
    – ¿Cuál es tu papel en todo esto? -preguntó Nick con curiosidad. Nada de lo que había oído le resultaba nuevo. Hacía unos años había viajado durante una semana por el país y lo que vio le había dejado espantado.
    – Durante años fui el ayudante personal del viejo príncipe -dijo Erhard con melancolía-. Cuando enfermó, fui testigo de la acumulación de poder en manos de Jacques. Y luego, se produjeron una serie de misteriosas muertes.
    – ¿Qué muertes? -preguntó Rose.
    – Ha habido muchas -explicó Erhard-. El viejo príncipe murió el año pasado. Tenía cuatro hijos varones y una hija. Lo lógico sería que alguno de ellos le hubiera sucedido, pero, en orden de edad, Gilen murió joven en un accidente de esquí; Gottfried murió de una sobredosis a los diecinueve años. Keiffer murió alcoholizado, y su hijo, Konrad, en un accidente de tráfico, hace tan sólo dos semanas. Rose, tu padre, Eric, murió hace cuatro años; Zia, tu madre, Nick, y la más joven de los cuatro, también está muerta. Lo que deja tres nietos: las hijas de Eric, tú, Rose y tu hermana, Julianna, ocupáis el primero y el segundo lugar en la línea sucesoria. Tú, Nikolai, el tercero.
    – ¿Sabías todo esto? -preguntó Nick a Rose. Ella sacudió la cabeza.
    – Sabía que mi padre había muerto, pero no sabía nada de la línea sucesoria hasta que recibí la carta de Erhard. Mi madre y yo salimos de Alp de Montez cuando yo tenía quince años. ¿Tú has visitado el país?
    – Fui a esquiar en una ocasión -dijo Nick.
    – ¿Crees que eso te hace merecedor del trono? -bromeó Rose.
    – Ésa es la idea -intervino Erhard, y Nick tuvo que dejar de mirar a Rose como un adolescente fascinado para concentrarse en lo que el viejo decía-. Necesitamos un soberano -siguió Erhard en tono solemne-. De acuerdo con la constitución de Alp, todo cambio debe ser aprobado por la corona. Para que el país se democratice, la corona ha de estar de acuerdo.
    – Y supongo que ahí es donde entramos nosotros -dijo Rose-. Tu carta decía que me necesitabas.
    – Y así es.
    – Pero yo ni siquiera tengo sangre real. Eric no era mi verdadero padre -Rose se pasó la mano por el cabello. Seguro que lo recuerdas, Erhard. Después de llamar «zorra» a mi madre, Eric la expulsó del país.
    – Pero viviste en él quince años. Y te fuiste para seguir a tu madre -dijo Erhard.
    – No tenía otra opción -Rose se encogió de hombros-. Mi hermana, o mejor, mi hermanastra, quería «quedarse en el palacio, pero mi madre se había quedado sin nada. Ya entonces la relación entre mi hermana Julianna y yo estaba muy deteriorada. Mi hermana estaba celosa de mí y mí padre odiaba mi cabello pelirrojo. Bueno en realidad me odiaba a mí. Así que no hubiera tenido ningún sentido que me quedara atrás.
    – Pero te consideró su hija hasta que tuviste quince años -dijo Erhard-. Es posible que intuyera que no eras suya, pero la gente sentía lástima por tu madre y te adoraba.
    – Y mi abuelo quería que mi madre se quedara -dijo Rose-. A él no le importaba que yo fuera producto de escándalo. Sabía que su hijo era un donjuán y que el desliz de mi madre fue la consecuencia lógica de su soledad. Mi madre era una buena mujer en medio de una familia en la que escaseaba la bondad. Hasta que mi abuelo enfermó y perdió contacto con la realidad, mi padre no se atrevió a echarla.
    – Y a dejarla sin ningún tipo de apoyo, ni personal ni económico -dijo Erhard.
    – No nos importó -dijo Rose en tono altivo-. Conseguimos sobrevivir.
    – Y tú dejaste el trono a disposición de Julianna.
    – No -dijo Rose-. Mi madre y yo asumimos que lo heredaría Keifer, y luego Konrad. No podíamos adivinar que morirían jóvenes. Además, puesto que en realidad no soy verdaderamente noble…
    – Claro que lo eres -dijo Erhard, vehementemente-. Naciste dentro de un matrimonio real.
    – Soy pelirroja. Nadie de mi familia tiene el cabello rojo. Y mi madre reconoció que…
    – Tu madre no dejó nada escrito.
    – Pero el ADN…
    – Si todas las familias reales europeas se sometieran a una prueba de ADN, tendrían un serio problema -dijo Erhard-. Tu madre se casó muy joven y tuvo un matrimonio sin amor, pero eso es algo habitual. Tus padres están muertos. No hay ninguna prueba.
    – Julianna parece de la realeza.
    – ¿Tú crees? -dijo Erhard sonriendo con picardía-. Tampoco hay ninguna prueba que lo demuestre, y nadie se atreverá a pedir una muestra de ADN. Así que la solución ha de venir por parte de la ley. De acuerdo a la jurisdicción internacional, los reinos de Alp de Montez constituyeron un comité de expertos imparciales para resolver eventualidades como la actual. Ellos deciden quién tiene derecho a heredar la corona. Como te dije en la carta, Rose, Julianna se ha casado con Jacques St. Ivés y ambos han presentado un argumento sólido para heredar. Dicen que, de vosotros tres, ella es la única que vive en el país y que, además, está casada con alguien que lo conoce a la perfección. Tú, Rose, te fuiste hace casi quince años y eso supone un grave obstáculo. El jurado votará a favor de Julianna a no ser que presentemos otra alternativa -Erhard guardó silencio como si no quisiera continuar. Pero todos sabían que debía hacerlo-. Rose, igual que hay dudas respecto a tu nacimiento también las hay respecto al de Julianna -dijo finalmente-, y el comité lo sabe. El matrimonio de tus no se caracterizó por la felicidad. Tú eres la primogénita, y tras vosotras dos viene Nikolai, cuya madre era de sangre real. Después de darle muchas vueltas, la única solución posible es que los dos os presentéis como uno. Juntos, podéis derrotar a Julianna. Una pareja formada por la primera y el tercero en la línea de sucesión tiene más derecho al trono que ella.
    Al ver que Rose no parecía especialmente sorprendida, Nick dedujo que Erhard le había contado el plan por escrito. Rose miró el champán durante unos segundos.
    – Un matrimonio de conveniencia… -dijo finalmente.
    – Sí.
    – Así lo entendí al leer la carta. Quizá si he venido es porque me gusta la idea de poder servir de ayuda, pero… -sonrió a Walter, que llegaba en aquel momento con sus platos, y asintió con vehemencia cuando el camarero le ofreció llenar su copa de vino-. ¿Estás seguro de que Julianna y Jacques serán malos gobernantes?
    – Completamente -dijo Erhard.
    – ¿No conoces a tu hermana? -preguntó Nick con curiosidad.
    – De pequeñas nos llevábamos bien -dijo Rose con una leve tristeza-. Julianna era guapa, rubia y delgada, y yo tenía el pelo naranja y era regordeta. Pero a pesar de todo, el abuelo me quería y me mimaba. Me llamaba su pequeña princesa y Julianna no podía soportarlo. Tampoco mi padre. De hecho, yo misma acabé por odiarlo. Y cuando todo saltó por los aires, casi me alivió poder irme. Fui a vivir a Londres con mi madre, mi tía-abuela y sus seis gatos, y Julianna llegó a ser princesa -sonrió con melancolía-. Así que consiguió lo que tanto anhelaba, pero jamás contestó a mis cartas ni devolvió mis llamadas. Fue como si ella y mi padre nos borraran de sus vidas. ¿Y dices que se ha casado?
    – Sí -contestó Erhard-, con Jacques, quien quiere hacerse con el poder.
    – ¿Y cómo puedo estar segura de lo que dices respecto a sus intenciones?
    – Porque yo puedo confirmarlo -intervino Nick-. He hecho averiguaciones a lo largo de esta semana y he descubierto que Alp de Montez pasa por una terrible crisis y que necesita un soberano para superarla. Ni Jacques ni el consejo que preside el país han mostrado el menor interés en gobernarlo democráticamente. Tampoco Julianna. La corrupción impera en todos los sectores.
    – Oh -dijo Rose, abatida. Luego tragó y pareció hacer un esfuerzo para sacudirse la tristeza de encima-. ¡Qué comida tan deliciosa! -exclamó.
    Realmente lo era. Nick había pedido lo mismo que ella, entrecot con patatas asadas de guarnición, y también eso era una novedad para él, que estaba acostumbrado a que las mujeres con las que salía eligieran ensalada o pescado a la plancha y se dejaran la mitad en el plato.
    Rose atrapó la última patata de la fuente.
    – Las damas primero -dijo con una enorme sonrisa.
    Erhard rió divertido.
    – Creo que hacéis una gran pareja.
    Una voz interior alertó a Nick, advirtiéndole que aplacara sus hormonas y se concentrara con seriedad en el asunto que estaban tratando.
    – Todavía no hemos tomado ninguna decisión -dijo precipitadamente-. Todo esto parece un cuento de hadas.
    – Pero los tres creemos que es posible -dijo Erhard-. Si no, no estaríamos aquí. Rose está de acuerdo.
    – Rose no se ha comprometido a nada -replicó Rose-. Solo he aceptado conocer a Nick.
    – Y ahora que lo has conocido, has comprobado que me hace sonreír.
    – ¿Porque le he robado la última patata? Eso no constituye una base sólida para un matrimonio.
    – Pero sí lo es la inteligencia compartida -dijo Erhard con calma-. Y también compartís la compasión. Ahora que os he conocido, creo que el plan es perfectamente viable.
    – ¿Y verdad no hay ninguna otra solución? -pregunto Nick con cautela, a pesar de que cada vez se sentía menos cauteloso. Desde que Erhard entró en su despacho había crecido en su interior una excitación que no conseguía aplacar. Inicialmente, había estado relacionada con la idea de intervenir en el porvenir de una nación. Pero llegado aquel momento, ¿por qué de pronto la idea de casarse le resultaba tan increíblemente tentadora?
    – Aclaremos las cosas -continuó-. ¿Por qué no puede hacerlo Rose sola? Erhard asintió. Obviamente, tenía la respuesta preparada.
    – Por el lado positivo, Rose es la primera en la línea sucesoria y, en el pasado, la gente la amaba -dijo-. La desventaja es que en cuanto el viejo príncipe se debilitó, Eric proclamó a los cuatro vientos que Rose no era hija suya. Rose dejó el país y no ha vuelto en todos estos años.
    – ¿Y por qué no Julianna?
    – Julianna tiene la ventaja de vivir en el país y el pueblo la conoce, pero no la ama. Desde luego, no quiere a su marido, y ella hace siempre lo que él dice. Además, las dudas que puede haber sobre Rose también le afectan.
    – ¿Y no bastaría con Nick? -Pregunto Rose.
    – Nadie lo conoce -dijo Erhard-. De hecho, yo lo he conocido la semana pasada. Sólo ha estado en el país de turista. El pueblo jamás lo aceptaría.
    – Tal vez podría apoyar a Rose sin necesidad de que nos casáramos -se oyó decir Nick, aunque una voz interior le gritaba: «atrápala y huye con ella»-. Puesto que también estoy en la línea sucesoria aunque en un puesto más alejado, ¿no bastaría con que manifestara mi apoyo a sus aspiraciones?
    – Si eso fuera suficiente, también serviría que lo hiciera el presidente del consejo -dijo Erhard-. Pero él apoya a Julianna, que es ciudadana del país y está casada con otro ciudadano. Rose era la favorita del pueblo en el pasado. La prensa la adoraba. Hacían constantes referencias a su naturalidad y a su simpatía, y destacaban que siempre se ocupaba se los animales desvalidos. Pero esa imagen de ella se ha desdibujado y el virulento ataque de su padre se interpone en su camino. Hace falta un golpe de efecto que tenga un gran impacto en la opinión de la gente. Y eso sólo lo conseguiremos con una boda.
    – ¿Y tú? -Nick se volvió hacia Rose con expresión de desconcierto. Aquella mujer le resultaba un misterio indescifrable-. ¿Considerarías seriamente casarte para ganar un trono?
    Rose dejó de sonreír y lo miró con frialdad.
    – No me gusta que me describas como una cazafortunas.
    – No he querido insinuar…
    – Pues lo has hecho -dijo ella con firmeza-, así que será mejor que dejemos las cosas claras. La carta de Edgard me hizo reflexionar. Nunca me ha interesado jugar a la princesa coronada, ese era el papel de Julianna. Sin embargo, no se presentan muchas oportunidades en la vida de contribuir al bien público -sonrió a Walter que estaba retirando los platos, y pregunto-: ¿Los postres aun son tan delicioso como el resto de la comida?
    – Por supuesto -respondió el camarero, devolviéndole la sonrisa.
    – Quiero algo dulce y muy pegajoso.
    – Estoy seguro de que lo encontraremos, señorita -Walter parecía hipnotizado por Rose y a Nick, que sentía algo parecido, no le extrañó.
    – ¿Los señores tomarán lo mismo?
    – Nick asintió automáticamente aunque no acostumbraba a tomar postre. ¿Qué le estaba pasando? Tenía que recobrar el juicio. Y cuanto antes mejor.
    – No sé nada de ti -dijo a Rose en cuanto Walter se fue-. ¿Cómo puedes aceptar la idea de que nos casemos?
    – ¿Tienes miedo? -preguntó ella-. No soy una asesina ni una maltratadora de maridos. ¿Y tú?
    Nick no se molestó en contestar.
    – Erhard me ha dicho que eres viuda -preguntó, en cambio.
    – Sí -replicó ella en un tono que indicaba claramente que ése no era un tema del que estuviera dispuesta a hablar.
    – No es un impedimento para la boda -intervino Erhard.
    – La cuestión es que yo no quiero casarme -dijo Nick. O al menos jamás había considerado la posibilidad de hacerlo. Al menos, no hasta conocer a Rose.
    – Ni yo -dijo ella-. Pero nadie dice que tengamos que permanecer casados, ¿verdad, Erhard?
    – Claro que no -dijo éste-. La idea es que os caséis enseguida y que os presentemos en Alp de Montez como la alternativa a Julianna y Jacques. Bastará con que los dos permanezcáis en el país durante un mes. En cuanto la situación se calme, tú, Nick, podrás volver a Londres. Una vez se estabilice el nuevo gobierno, podréis divorciaros.
    – ¿Y dependeríais de Rose para estabilizar las cosas?
    – Tú eres abogado internacional -dijo Erhard-. Estoy seguro de que sabes que hay que atar muchos cabos.
    Erhard tenía razón. Nick llevaba toda la semana pensando en ello. «La posibilidad de contribuir al bien público…».
    Él siempre se había sentido extraño. Su madre, Zia, había abandonado Alp de Montez durante la adolescencia y había acabado en Australia, adicta a las drogas y embarazada de él. Hasta los ocho años, la vida de Nick había sido una constante lucha por la supervivencia, viviendo intermitentemente con su madre y en casas de adopción. Hasta que Ruby lo encontró y lo sacó de las calles de Sydney para incorporarlo a su tribu de niños adoptados. Ella le había dado seguridad, pero no había podido proporcionarle raíces.
    La proposición de Erhard removía algo muy profundo en su interior. Le había hecho pensar en su madre y en cuánto le hubiera gustado saber que contribuía al bien de su país. Ella siempre había sentido nostalgia por Alp de Montez, pero su familia jamás la hubiera dejado volver. En aquel momento se le ofrecía la oportunidad de volver en nombre de su madre, con Rose a su lado.
    El matrimonio no parecía tan mala idea cuando se pensaba en él por razones altruistas. Pero, ¿por qué querría una mujer como Rose casarse con un completo desconocido?
    Eran primos.
    No, ni siquiera eso. Rose era producto de la infidelidad de su tía «política».
    Fuera cual fuera la relación familiar que los vinculaba había una certeza: era una mujer espectacular.
    – ¿Y Julianna? -preguntó para seguir buscando objeciones-. ¿No podéis convencerla de que actúe correctamente?
    – Se niega a hablar conmigo -dijo Erhard.
    – ¿Y contigo? Después de todo, sois hermanastras -preguntó Nick a Rose.
    – Me temo que no quiere hablar conmigo -dijo ella con tristeza.
    – Así que no hay otra salida.
    – Así parece -dijo Rose, sonriendo con melancolía.
    Nick reflexionó unos segundos.
    – Y decís que yo no tendría que permanecer en Alp Montez -dijo finalmente.
    – Bastaría con un mes -dijo Erhard-. ¿Por qué no te lo planteas como unas vacaciones?
    – Es una posibilidad -dijo Nick, pensativo. Unas vacaciones con aquella extraordinaria mujer…-. ¿Y tú cuánto tiempo tendrías que quedarte? ¿Qué harías con tu clínica?
    Erhard respondió por Rose.
    – Como mínimo, un año.
    – Tendría que cerrar la clínica, pero eso, por distintas razones, no es lo que más me preocupa -dijo ella.
    – Supongo que hacer de princesa durante un año puede resultar atractivo -bromeó Nick.
    – Me estás insultando -dijo Rose, irritada. Y tenía motivos. «No se presentan muchas oportunidades en la vida de contribuir al bien público».
    Rose miró a Nick con una fría indiferencia. Él estudió sus manos y vio que eran las manos de una mujer trabajadora, muy distintas a las suyas, propias de un abogado que sólo las utilizaba para firma documentos. Rose probablemente merecía un respiro.
    Del otro lado del comedor llegaron los primeros acordes de una orquesta. Había una pequeña pista de baile y algunos comensales la ocuparon. Erhard se levantó.
    – Disculpadme, pero no me siento muy bien. En seguida vengo -dijo. Y señalando a la pista, añadió-: Podrías bailar.
    – Yo no… -dijo Nick, pero el anciano lo interrumpió.
    – Mis fuentes dicen que sí. Y también Rose -dijo. Y fue hacia el servicio.
    Rose lo miró con expresión preocupada.
    – Es un hombre encantador. Espero que no…
    – Creo que se ha marchado para dejarnos a solas. Rose sonrió, pero la inquietud no se borró de su mirada.
    – No pareces una veterinaria de campo -dijo Nick observándola detenidamente.
    – No me mires así. Puedo vestirme como quiera -dijo Rose, como si la hubiera mirado con desaprobación.
    – Nadie lo niega.
    – Mi marido me compró este vestido durante nuestra luna de miel -dijo ella en tono irritado.
    Nick se tensó.
    – Entonces, ponértelo significa algo.
    – Así es.
    – ¿Que estás disponible?
    La mirada de Rose se endureció.
    – No quiero casarme contigo -dijo, airada-. Eres…
    Nick se arrepintió al instante de sus palabras y de haber herido a Rose con ellas.
    – Lo siento -se disculpó-. No sé por qué lo he dicho. Creo que la situación es tan extraña que ya no sé que reglas rigen nuestro comportamiento, pero eso no es excusa. Lo siento.
    El rostro de Rose se suavizó levemente.
    – Sí, es todo muy extraño -bajó la mirada hacia el vestido y añadió en tono pensativo-. Este vestido ha estado guardado en un cajón en casa de mis suegros. Puede que en parte tengas razón, aunque lo que significa es que me siento libre, no que estoy disponible. No quiero lazos ni vínculos, ya he tenido bastantes. Quiero viajar, disfrutar de mi libertad.
    – No creo que aceptar el trono de Alp de Montez sea muy liberador -dijo Nick, cauteloso.
    – Todo depende de cómo sea la prisión de la que escape -dijo ella-. ¿Vas a sacarme a bailar?
    – Yo… -¿Y por qué no?-. Sí.
    Rose entrelazo su brazo con el de él y sonrió.
    Era una excelente bailarina, ligera y fácil de llevar.

    Nick había aprendido a bailar con Ruby. Con buena música y una buena pareja, era una embriagadora experiencia.
    La música latina dio paso a un vals. Erhard no había vuelto y Nick estrechó a Rose contra sí, girando con ella sobre la pista, sintiendo como su cuerpo se amoldaba al de él mientras seguía a la perfección el ritmo de la música.
    ¿Qué estaba haciendo? Había metido aquel vestido en la maleta por un impulso, como si estuviera cometiendo una traición. Pero a medida que se incrementaba el llanto de su suegra y se multiplicaban los chantajes emocionales de su suegro usando el recuerdo de Max, la angustia había dado lugar al enfado, y la rabia le había dado fuerzas para tomar la decisión de marcharse.
    Al llegar a su dormitorio, había abierto el cajón, había sacado el vestido y, sin pensarlo, había guardado en su lugar el retrato de Max que hasta ese momento ocupaba su mesilla de noche.
    Después, había salido de la casa. Libre… aunque sintiéndose culpable.
    Aun así no pensaba volver a Yorkshire. Nick estaba muy equivocado. No quería lazos, quería volar. De hecho, si alguien le hubiera dicho en aquel momento que la amaba, habría salido corriendo.
    Pero estaba en brazos de aquel hombre. Y la sensación era maravillosa.
    La carta de Erhard le había informado sobre Nick: un hombre solitario que se había hecho a sí mismo partiendo de una situación muy desfavorecida. Un hombre de extraordinaria inteligencia. Un exitoso abogado internacional, atractivo y encantador.
    Casándose con él, no arriesgaba su independencia. Quizá era la mejor manera de conseguir la libertad. Quizá…
    Cinco minutos más tarde, Erhard regresó a la mesa y los músicos hicieron un descanso.
    – ¡Qué buenos bailarines! -comentó cuando la pareja llegó a la mesa-. ¿Habéis tomado una decisión?
    Nick miró a Rose. Ella lo estaba observando fijamente. Había llegado el momento.
    – Debemos confiar los unos en los otros -dijo Erhard.
    – Yo estoy dispuesta a arriesgarme -dijo Rose súbitamente, como si ansiara salir del estancamiento al que habían llegado. Se volvió hacia Nick-. Si tú no participas, dilo ahora para que Erhard busque otra solución.
    – No hay otra solución -dijo Erhard abatido.
    Nick estaba desconcertado y sabía que no era sólo porque Rose acabara de acceder a casarse con él, sino por lo que le hacía sentir, por cómo se había sentido bailando con ella… Necesitaba darse una ducha fría y reflexionar.
    – Me estáis poniendo entre la espada y la pared -dijo. Erhard negó con la cabeza.
    – Eso es lo que queremos evitar; espadas.
    – ¿Hablas en serio?
    – Completamente -susurró Erhard.
    – Estamos esperando, Nick -intervino Rose, mirando con preocupación a Erhard, que había palidecido-. ¿Contamos contigo o no?
    – Tendría que informarme más.
    – De acuerdo. Yo también he hecho mis averiguaciones -dijo ella-. Pero si llegas a la misma conclusión que yo, ¿estás dispuesto a intentarlo?
    – ¿Estás pidiéndome en serio que me case contigo?
    – Creía que era al revés.
    – Es algo recíproco.
    – Pero yo ya he dicho que sí y tú todavía no -dije Rose-. Venga, pídemelo, puede ser divertido.
    – Yo no hago cosas por diversión.
    – Yo tampoco -Rose pareció molestarse-, al menos desde hace varios años. Así que somos perfectamente compatibles. Yo estoy dispuesta a correr el riesgo. ¿Y tú? ¿Sí o no?
    No era una espada lo que le hacía dudar, sino la posibilidad que se abría ante él de hacer algo importante por los demás.
    Rose lo observaba con una expresión sosegada en su ojos grises. Esperaba su respuesta.
    También esperaba Erhard. Dos personas en las que confiaba intuitivamente, querían embarcarse en una empresa conjunta por el bien común. ¿Qué otra cosa podía hacer?
    – Sí -dijo al fin. Tras un tenso silencio, Erhard y Rose sonrieron.
    – Pues ya está -dijo Rose-; propuesta aceptada. Estamos de enhorabuena… Y aquí llega el postre. ¿Podríamos beber un poco más de champán?

Capítulo 3

    Al acabar el postre, Rose decidió marcharse sin esperar al café.
    – Me he levantado de madrugada y quiero caminar un poco antes de meterme en la cama -dijo-. No quiero compañía, necesito pensar y planear. Entre otras cosas, tengo que encontrar alguien que quiera ocuparse de una granja.
    – Si no hay problemas, podréis casaros en cuatro semanas -dijo Erhard-. Lo mejor será celebrar la boda en Alp de Montez.
    – Muy bien -dijo ella, y aunque vacilante, se inclinó y besó al anciano en la frente-. Cuídate, por favor. Hazlo por mí.
    Y se marchó.
    Nick la observó marchar, sonriendo a todos los empleados con los que se cruzaba.
    – Es una mujer extraordinaria -dijo Erhard, sobresaltando a Nick.
    – No estaba…
    – Supongo que no -dijo Erhard con sorna-. Según mis detectives tu relación mas larga ha sido de nueve semanas.
    Nick lo miró sorprendido.
    – Veo que lo sabes todo de mí.
    – Tenía que descartar que fueras otro Jacques. Y en los círculos legales tienes fama de íntegro. Te implicas en casos por su interés moral y no sólo por el beneficie económico. Además, la mujer que te cuidó desde los ocho años, Ruby, dice que eres honesto, amable y que se puede confiar en ti.
    – ¿Cómo conseguisteis hablar con Ruby?
    Erhard sonrió.
    – Infiltramos un detective en su círculo de macramé. Por ella sabemos que querías a tu madre a pesar de todo lo que te hizo pasar y que has sido leal a tu familia adoptiva; que tenías un carácter solitario, pero que eras extremadamente generoso. Sabemos que financias una casa de adopción en Australia y que si cualquiera de tus hermanos adoptivos está en apuros acudes en su auxilio aun antes de que te lo pidan -Erhard sonrió-. Cuando leí el informe decidí que eras la persona adecuada.
    – ¿Y qué descubriste de Rose? -preguntó Nick, para quien, desde que Rose se había ido, el restaurante había quedado sumido en la penumbra.
    – Te he contado casi todo.
    – Cuéntamelo otra vez -Nick no había prestado la suficiente atención porque hasta entonces no había estado verdaderamente interesado.
    – También ella tiene un pasado difícil. Su madre padecía artritis reumatoide y no podía trabajar, así que Rose tuvo que trabajar desde muy joven para pagarse los estudios de veterinaria. Se casó con un compañero de universidad, Max McCray, quien se había retrasado en sus estudios porque había padecido cáncer. Max era el único hijo de un veterinario de Yorkshire. Rose fue acogida en su familia y cuando acabó la universidad se hizo responsable de la clínica veterinaria familiar. Entonces, Max volvió a caer enfermo y Rose, además de dirigir la clínica, se convirtió en su devota enfermera hasta su muerte, hace dos años. Ahora, dirige la granja y la clínica veterinaria.
    – Pero está dispuesta a dejarlo todo.
    – Tengo la sensación de que le resulta un alivio -explicó Erhard-. El pueblo es muy pequeño y Rose es, ante todo, la viuda de Max. Todo el mundo habla del gran trabajo que ha hecho al conservar la clínica en honor a su marido. En un pueblo próximo hay una gran clínica veterinaria que quiere comprarla, pero sus suegros se niegan a vender. Así que Rose tiene que ocuparse de la granja sola. Además, arrastra un serio problema económico. La familia de Max no tiene dinero, y su enfermedad le hizo sumar deudas a las que ya había adquirido para concluir sus estudios -Erhard tomó aire-. Como ves, he usado una agencia de detectives muy minuciosa. También hablaron con las enfermeras que atendieron a Max. En su opinión, Rose ha permanecido atrapada por el recuerdo de su marido.
    – Pero está dispuesta a marcharse.
    – Le hemos presentado un imperativo moral muy poderoso -dijo Erhard-: una nación, y no sólo un pueblo, depende de ella.
    – ¿Y esperas que también yo deje mi trabajo?
    – No -dijo Erhard-. Sólo te pedimos unas semanas de tu tiempo y que firmes un certificado de matrimonio. No es necesario que te quedes en Alp de Montez. Una vez se calmen las aguas y se resuelva el problema de la sucesión, podrás marcharte. Sólo te necesitamos para la ceremonia de la boda y de la coronación. Luego, podréis divorciaros. Rose parece dispuesta a hacer todo el trabajo.
    – Por lo que dices, está acostumbrada a hacerle -dijo Nick, frunciendo el ceño.
    – Yo cuidaré de ella. Al menos no tendrá que atender vacas parturientas en mitad de la noche.
    – ¿Es eso lo que hace?
    – Así es. Y encima, vive con unos suegros que no le dejan sobreponerse a la muerte de su marido.
    Nick pensó una vez más que Rose era una mujer de muchas facetas: un pícaro diablillo, una hermosa y sofisticada mujer, una excepcional bailarina, y una incansable trabajadora.
    – Haré lo que me pides -dijo finalmente. Y Erhard sonrió.
    – Te aseguro que no te arrepentirás.

    Ya no había marcha atrás. Para cuando Nick llegó al despacho a la mañana siguiente, Erhard ya había dado los primeros pasos para organizar la boda.
    Nick se armó de valor y habló con sus socios. Todos ellos coincidieron en que la situación sólo podía representar beneficios para el bufete. Incluso su hermanastro, Blake, que trabajaba con él, le manifestó su entusiasmo. Cuando Nick le había hablado de ello, Blake inició sus propias averiguaciones y estaba convencido de que se trataba de un plan sólido.
    – El país cuenta con la suficiente estabilidad como para que vuestra boda sea bien acogida. Debes ir y apoyar a Rose-Anitra con todas tus fuerzas.
    – Pero casarme… -dijo Nick. Blake lo interrumpió:
    – Quizá un matrimonio así es el único posible para hombres como nosotros. ¿Por qué no casarte sólo en papel? -bromeó.
    Porque no era del todo verdad que eso fuera todo.
    Para Nick, casarse era algo que sólo hacían los demás. En su experiencia, las familias felices no existían. Tenía seis hermanos adoptivos y todos procedían de matrimonios desastrosos. Incluso, Ruby, la madre adoptiva a la que adoraba, había vivido una tragedia.
    Salir con mujeres era una cosa… pero jamás había sentido la tentación de comprometerse. Sin embargo, lo que estaba a punto de hacer…
    – Sólo te has comprometido para un mes, ¿no? -preguntó Blake.
    – Sí, o al menos, hasta que la posición de Rose sea estable.
    – Además, la idea de ayudar al país te estimula…
    – Desde luego -admitió Nick.
    – ¿Y casarte con Rose?
    Nick sonrió sin decir nada. Eso era lo que más le preocupaba, el hecho de que le atrajera la idea de estar casado con ella. Era preciosa y su sonrisa le dejaba sin habla. Sin embargo, ella había dicho que no quería crear lazos y que ya había tenido suficiente familia para el resto de su vida. Y eso, que debía tranquilizarlo, le creaba inseguridad. Hacerse con el poder en un país no le inquietaba ni la mitad de lo que lo hacían los sentimientos que Rose le inspiraba.
    Pero ni Blake lo sabía ni él mismo era capaz de explicárselo, así que cuando pasó una semana sin ver a Rose se dijo que debía haber sufrido un ataque de romanticismo al conocerla en lugar de entender aquella boda como lo que era: una operación militar.
    Erhard llamaba constantemente para ponerle al día sobre los planes. En cuanto se casaran, se reunirían con el comité y anunciarían sus aspiraciones al trono.
    Entre tanto, Nick no tenía ni idea de qué estaba haciendo Rose.
    – Tengo que organizar un montón de cosas antes de marcharme -le había dicho en la única conversación telefónica que habían mantenido-. La reacción aquí ha sido de histeria colectiva. Tú ocúpate del papeleo. Firmaré lo que me digas. Confío en ti y en Erhard.
    Otro día, Nick había llamado y se había podido hacer una idea de la situación por la que pasaba Rose al hablar con su suegra.
    – No tiene derecho a hacernos esto -gimoteó-. Todo el pueblo depende de ella. Dice que la clínica tendrá que integrarse en la cooperativa del distrito, que con el dinero que nos paguen viviremos bien. Pero no es eso lo que nos importa. Mí pobre hijo se revolvería en su tumba. ¿Cómo se atreve ese hombre a decirle que no hay otra opción? ¿Cómo osa…?
    Sus comentarios habían sido tan virulentos que Nick acabó por colgar el teléfono. Desde entonces, había comprendido perfectamente por qué Rose había puesto la condición de que la prensa no fuera informada hasta que hubieran dejado el país.
    Erhard había accedido a regañadientes. Los preparativos se sucedieron. Finalmente, cuando quedaban pocos días para que Nick y Rose volaran a Alp de Montez, Erhard había ido espaciando sus llamadas hasta que en la última, había anunciado en tono misterioso:
    – Nikolai, a partir de aquí la situación queda en vuestras manos. Yo debo adoptar un papel secundario. Buena suerte a los dos.
    Nick no necesitó explicaciones para entender que, quizá por razones de salud, Erhard, tras colocarlos en la posición de salida, le cedía la responsabilidad.
    Buena suerte a los dos.
    Por unos segundos Nick sintió un ataque de pánico que superó al instante recordándose que sólo se trataba de un matrimonio de conveniencia. Sólo así pudo seguir organizándose sin que el mundo se le cayera encima.
    Pero el día previo a su partida, cuando salió de su despacho y encontró las oficinas decoradas para una fiesta de despedida, tuvo que enfrentarse a la realidad. Era sábado y normalmente las oficinas habrían estado vacías, pero sus compañeros de trabajo le habían organizado una fiesta. Blake y sus socios debían haber decidido que la discreción ya no era necesaria. El champán corría a raudales, las secretarias repartían tarta nupcial, Blake había encontrado en la prensa una fotografía de Rose el día de su boda y la había ampliado a tamaño natural, colgando copias de ella por toda la oficina.
    – Es preciosa -comentaba todo el mundo. E incluso Rose, que los miraba sonriente desde las paredes, parecía estar de acuerdo.
    Aquella imagen de Rose perturbó a Nick. Era una Rose sin líneas de preocupación alrededor de los ojos, una Rose antes de… ¿la vida?
    Era extraño saber que había accedido a casarse con ella, pero ya no podía echarse atrás, así que participó en la celebración con el mejor ánimo posible. Al final, bajo una lluvia de confeti, logró escapar.
    – Allá va el príncipe tras su princesa -le gritaron. Y tuvo que sonreír.
    – Eres el segundo hijo de Ruby al que echan el lazo -dijo Blake mientras lo acompañaba al aparcamiento.
    Nick y Blake tenían mucho en común. Los dos procedían de familias desestructuradas, eran ambiciosos y habían estudiado Derecho. Blake había entrado en el bufete un año después que Nick y mantenían una estrecha relación de hermanos.
    – No pareces contento -comentó-. ¿Es por los nervios de la boda?
    – Sabes que no es una boda verdadera -dijo Nick entre dientes. Blake sonrió.
    – Pero es lo más cerca de casarte que vas a estar. ¿Qué le has contado a Ruby?
    – Que he accedido a casarme con Rose para que consiga el trono; que es un asunto práctico, y que en cuanto vuelva iré a visitarla.
    – ¿Y qué te ha dicho?
    – Sonaba un poco enfada. ¿No te ha llamado?
    – ¿Cuándo habéis hablado?
    – Esta mañana.
    – ¡Bromeas! -Blake y Nick estaba abriéndose paso entre un enjambre de periodistas que ocupaban la acera. La prensa había surgido de la nada. La noticia debía haberse filtrado y parecían decididos a documentar cada paso del acontecimiento-. Entonces habrá estado llamándome todo este rato.
    – Tranquilízale. Dile que no es más que un asunto de negocios -dijo Nick-. No quiero que se preocupe. No es nada,
    – Nada -Blake se paró en seco con expresión de incredulidad-. ¿Pretendes que le explique a Ruby que vas a casarte con una princesa y que no es nada? ¿Quieres que me mate?
    – Pues no se lo expliques. Va a cuidar del hijo de Pierce un par de semanas, así que no tendrá tiempo de pensar en nada.
    – Las noticias llegan a Dolphin Bay -dijo Blake-. Y por si no lo sabes, en Australia se publican periódicos. ¿Va a haber invitados a la boda?
    – Algunos dignatarios. Puedes decirle a Ruby que he intentado explicárselo, pero que no me ha dejado hablar.
    – ¿De verdad piensas casarte sin implicar a nadie de la familia?
    – Sabes que ése es mi estilo.
    – Sí, pero no es el de Ruby. Si por ella fuera, Rose entraría a formar parte de la familia al instante. Seguro que le tejería un jersey y haría una manta para el lecho nupcial.
    – Eso es precisamente lo que quiero evitar -dijo Nick-. Si dejo que Ruby se acerque a Rose, ésta saldrá huyendo. Esto es pura política.
    – Un matrimonio perfecto -dijo Blake con sarcasmo.
    – El único que le interesa a Rose.
    En ese momento llegaron al coche seguidos por los fotógrafos. Nick estrechó la mano de Blake.
    – Adiós, amigo -dijo-. Guárdame el sitio.
    – Quizá deje de interesarte -dijo Blake con una mirada escrutadora.
    – De eso nada. Estaré de vuelta en unas cuantas semanas.
    – Ya veremos. Ten cuidado con los lazos matrimoniales y los políticos.
    ¿Por qué Blake sonaba tan escéptico? ¿Y de dónde habían salido todos aquellos fotógrafos? Había cometido un error al no haberle dado más detalles a Ruby, incluso debía haberla invitado a la boda. Sin embargo, de haberlo hecho, Ruby habría aceptado, se habría emocionado en la ceremonia y habría dado una credibilidad al enlace que estaba lejos de tener. Además de haber asustado a Rose. Y a él.
    En la privacidad de su BMW, de camino a su apartamento para recoger el equipaje, Nick tuvo tiempo para pensar, y cuanto más pensaba, más preocupante le parecía su futuro inmediato.
    Sonó el teléfono y el sistema de manos libres saltó automáticamente.
    – ¿Nick?
    – Rose -su voz reflejó lo alterado que se sentía-. ¿Cómo estás?
    – Esto está lleno de fotógrafos -dijo ella-. Mi suegra no para de llorar. El teléfono no deja de sonar. Tal vez… ¿y si hemos cometido un gran error?
    A Nick le alivió comprobar que no era el único desbordado por las circunstancias.
    – Supongo que era de esperar -dijo, transmitiéndole una calma que estaba lejos de sentir.
    – No había pensado…
    – Yo tampoco.
    – Todavía podemos echarnos atrás -susurró ella.
    – ¿Es eso lo que quieres?
    – No lo sé -dijo Rose-. Parecía tan sencillo mientras sólo era una idea…
    – ¿Qué harías si canceláramos el plan?
    Rose hizo una pausa antes de contestar.
    – Supongo que quedarme aquí -dijo, dubitativa.
    – ¿Quieres quedarte ahí?
    – No -dijo Rose con firmeza. Luego, añadió-: Queríamos hacer esto por buenas razones, ¿verdad, Nick?
    – Sí -dijo él, obligándose a ser honesto.
    – Durante un mes.
    – Y después, seguiré contigo al otro lado del teléfono. No te dejaré sola.
    – ¿Seguirás comprometido con el plan? Nick tomó aire.
    – Sí -¿quién le había dictado aquella afirmación? El lema de Nikolai de Montez era «nunca te comprometas». Pero las circunstancias eran excepcionales. Se trataba de todo un país. Se trataba de Rose.
    – Sí -dijo una vez más-. Permaneceré tan implicado como tú quieras.
    – Entonces, podré soportar a la prensa -dijo ella con voz temblorosa-. El avión me recogerá en Newcastle a las dos. ¿Me juras que estarás en él?
    ¿Cómo podía contestar un hombre una pregunta como aquélla? A pesar de todas sus dudas. A pesar de Ruby.
    – Sí -dijo.
    Y con aquel sí, Nick acababa de adquirir el compromiso más trascendente de toda su vida.

Capítulo 4

    El avión estaba equipado lujosamente. Nick se había comprometido y por más deseos de huir que sintiera, ya no lo haría. Se ató el cinturón de seguridad con decisión.
    Durante la primera parte del viaje estaría solo, excepto por un maduro ayudante de vuelo uniformado que sólo hablaba con monosílabos. Erhard se había ocupado de todo y Nick confiaba en él, aunque le inquietaba que los días precedentes no hubiera devuelto sus llamadas. ¿Estaría enfermo?
    ¿Habría cometido una locura accediendo a participar en aquel plan?
    Rose, la mujer con la iba a casarse, subiría al avión en Newcastle. Sí. A casarse, por muy extraña que la palabra le resultara.
    Se acomodó en el lujoso asiento de cuero y dejó vagar sus pensamientos. En su mente se articulaban distintas preguntas para las que no tenía respuestas. ¿Se arrepentiría Rose? ¿Y si el distanciamiento de Erhard no tenía nada que ver con la enfermedad? ¿Qué harían Rose y él si se quedaban solos?
    Para tranquilizarse, tuvo que recordar que iban a un país civilizado y que lo peor que podía pasar era que les obligaran a abandonarlo. O que no les dejaran aterrizar.

    – ¿Quiere tomar algo? -preguntó el auxiliar de vuelo que, según se leía en una chapa que llevaba en el pecho, se llamaba Griswold-. ¿Una cerveza?
    Nick sacudió la cabeza.
    – No, gracias -no quería beber. Necesitaba tener la mente despejada.
    El anciano sirviente le lanzó una mirada escrutadora. Nick sonrió para tranquilizarlo, convencido de que lo mejor era transmitir calma a sus nuevos compatriotas.
    A los pocos minutos, aterrizaban en Newcastle. Griswold anunció:
    – La princesa Rose-Anitra espera en el aeropuerto.
    La princesa Rose-Anitra. El nombre le tomó desprevenido.
    La princesa Rose-Anitra avanzaba hacia el avión oficial de la familia real de Alp de Montez para reunirse con su futuro marido. La fantasía se hacia realidad.
    La novia se acercaba… Pero no se correspondía con la imagen estereotipada de una novia real. Rose corría bajo la lluvia por la pista de asfalto mientras un oficial del aeropuerto intentaba cubrirla con un paraguas. Vestía vaqueros y una vieja trenca, y llevaba una gastada bolsa de viaje. También cargaba con un perro, un terrier.
    El sentimiento de irrealidad que experimentaba Nick quedó en suspenso. Rose daba muestras una vez más de sentido práctico, y al verla, lo que hasta entonces había parecido una ensoñación adquirió naturaleza de realidad.
    Al llegar al pie de la escalerilla, Rose sonrió a Griswold como si no notara la lluvia, y Nick se dio cuenta de que, automáticamente, sus labios se curvaban en una sonrisa. Aquello no tenía nada de fantasía. Rose era una veterinaria con el aspecto desaliñado de alguien que trabajaba en el campo.
    Cuando entró en la cabina, Nick la oyó reír por algo que decía Griswold en una lengua que le resultó familiar. Al ver a Nick se puso seria y pareció titubear.
    – Hola -saludó con timidez.
    – Hola -Nick pensó que, dadas las circunstancias, era un saludo poco solemne, pero no se le ocurrió ningún otro.
    – ¿Te importa que venga Hoppy? -preguntó Rose.
    – ¿Hoppy?
    – Va a saltitos por culpa de la pata -dijo ella como si hablara con un interlocutor al que le costara comprender. Luego miró a su alrededor con admiración-. ¡Vaya! -susurró-. He volado muy pocas veces en mi vida, pero no creo que haya muchos aviones como éste.
    – Desde luego que no -dijo Nick.
    Los asientos eran de cuero y parecían sillones. Los cinturones de seguridad eran el único elemento práctico que los relacionaba con un avión. En el centro, había una alfombra blanca y unas mesitas accesorias de caoba. Tras una mampara, a un lado, estaba el dormitorio, del que se veía la esquina de una magnífica cama. Otra mampara separaba la zona de pasajeros y la del personal. Las paredes estaban pintadas de blanco y las partes metálicas de la estructura del avión quedaban ocultas tras delicados tapices.
    Estaban en un avión excepcional.
    Pero Rose ya había entrado en acción. Se había quitado el abrigo y parecía habérsele pasado la sensación de azoramiento. Dejó el perro en el asiento de al lado de Nick, y Griswold, que apenas había dirigido la palabra a Nick, tomó su abrigo y sonrió al Hoppy.
    – ¿Le chien a faim? ¿Peut-étre il voudrait un petit morceau de biftek?
    – Sí, a Hoppy le encantaría un bistec -dijo Rose con una sonrisa resplandeciente-. Moi aussi. Oui. Merci beaucoup.
    – ¿Etpour la madame, du champagne?
    – Sí, por favor -Rose levantó el perro, ocupó el asiento al lado del de Nick y se colocó a Hoppy en el regazo-. ¿No es fabuloso? -Nick se dio cuenta en ese momento de que Hoppy sólo tenía tres patas y comprendió la referencia que Rose había hecho a su pata-. ¿Crees que tendrán caviar?
    Nick decidió imponer cierta sensatez.
    – Creía que estábamos aquí para evitar el despilfarro de la familia real.
    – Ah -dijo Rose con desánimo-. ¿Y tenemos que empezar hoy mismo? ¿No podemos jugar un rato?
    Y como si Nick la hubiera amonestado, adopto un gesto serio, se abrochó el cinturón y estrechó a Hoppy contra su pecho.
    Nick se sintió mal. No había querido borrar la sonrisa de su rostro. Rose se mantuvo a la defensiva y él no supo cómo reaccionar. Sobre todo porque de pronto le había asaltado el desconcertante deseo de besarla para hacerle sentir mejor. Para controlarse, se dijo que era una reacción estúpida, fuera de lugar. Igual que la de ella, actuando como si le hubiera echado una reprimenda. Empezaba a tener la impresión de que siempre estaba pidiéndole disculpas. Rose le hacía sentir como si estuviera metiendo la pata permanentemente.

    Aun así, y puesto que acabaría por disculparse, lo mejor sería hacerlo cuanto antes.
    – Quizá no debía haber dicho eso -admitió-. Lo siento,
    – Gracias -dijo ella-, pero tienes razón. Éste es un tema muy serio. Es un matrimonio de conveniencia y no tiene nada de divertido.
    Se produjo un prolongado silencio. El avión despegó. Estaban sentados uno al lado del otro. Había otros dos asientos frente a los suyos y, en medio, una mesa.
    En cuanto se apagó la señal de los cinturones de seguridad, Rose soltó el suyo, tomó a Hoppy, y se sentó enfrente, en el asiento más alejado de Nick.
    – Te he ofendido -dijo Nick. Hasta Hoppy parecía enfurruñado.
    – No, pero tienes razón. Lo que estamos haciendo es serio, así que debemos actuar con formalidad.
    – Puedes pedir caviar.
    – En el fondo no me apetece.
    – Pero sí…
    – Por un momento me ha apetecido hacerme la princesa -Rose bajó la mirada y contempló con tristeza sus raídos vaqueros y su taimado perro-, pero nunca he tenido madera de princesa.
    – Tampoco Cenicienta, hasta que aparece el hada madrina.
    – En este caso, el hada madrina sería el dinero.
    Griswold llegó con la copa de champán. Rose la miró con expresión abatida.
    – ¿Crees que debería pedir que lo devolvieran a la botella?
    – No vale la pena -dijo Nick, que se sentía cada vez más culpable.
    – ¿Quieres decir que tengo que bebérmelo? -preguntó Rose, animándose-. ¡Qué lástima! -bromeó. Y Griswold le sonrió-. ¿Tú vas a tomar una copa?
    – No, beberé vino con la comida.
    Rose arqueó las cejas.
    – ¿Y sólo puedes beber una copa?
    – Sería conveniente que uno de los dos mantenga la mente despejada -Nick no había pretendido decir eso pero había escapado de su boca. Rose le hacía sentir viejo.
    Rose alzó la copa y dijo:
    – Tienes razón -dio un sorbo y añadió-: Es una decisión muy sabia. Tú haz guardia mientras yo bebo champán.
    Nick se preguntó qué le había hecho adoptar una actitud tan severa. Había sonado como si tuviera cien años, como un aguafiestas. Recordó lo que Erhare le había contado de Rose y de su difícil vida. No era de extrañar que quisiera escapar de la realidad y vivir una fantasía.
    La observó. Rose bebía champán y estrechaba a Hoppy contra su pecho como un escudo. No aparentaba más de diez años.
    – Siento haber sido tan mezquino -dijo. Y Rose lo miró con suspicacia.
    – Los abogados no suelen pedir disculpas. Si admites un error, puedo denunciarte.
    Quizá no era tan inocente…
    – Háblame de tu perro.
    – Se llama Hoppy.
    – Eso ya lo sé. Cuéntame algo más.
    Rose volvió a mirarlo con suspicacia.
    – Tiene dos años -dijo finalmente-. Un tractor le atropello cuando tenía cinco semanas. Yo estaba ayudando a parir a una vaca mientras el granjero conducía su tractor en un lodazal. Este pequeño corrió a saludarme y las ruedas le pasaron por encima. Tenía una pata tan mal que tuve que amputársela, pero el resto estaba intacto. Hasta movió la cola cuando lo acaricié.
    – ¿Y por eso lo compraste?
    – Me lo regalaron. Él granjero habría preferido que se muriera a que quedara inválido. Ya no le servía de ratonero, que era para lo que lo criaban. Así que tengo un perro inútil al que adoro.
    – ¿Y puedes llevarlo a Alp de Montez?
    – Claro que sí -dijo Rose alzando la barbilla-. Soy una princesa. Hoppy va rumbo a la aventura, como yo.
    Nick la observó mientras acababa el champán. Al instante, Griswold apareció para rellenarle la copa.
    – No debería… -dijo Rose.
    – Yo me mantendré alerta -dijo Nick-. Relájate.
    – No sé si me puedo fiar de ti.
    – ¿No somos medio primos?
    – Seríamos primos si mi madre no hubiera hecho lo que hizo. Pero aunque lo fuéramos, ser de la misma familia no implica ser de fiar. Fíjate en mí y en mi hermanastra.
    – Sí, me cuesta entenderlo. ¿Estabais muy unidas de pequeñas?
    – De muy pequeñas, sí. Pero mi padre adoraba a Julianna y solía llevarla con él en sus viajes mientras mi madre y yo nos quedábamos en el palacio. Hasta que nos echó -Rose alzó la babilla, desafiante y añadió-: En realidad no me importó. Después de dejar el palacio lo pasamos muy bien. Mi madre, mi tía y yo solíamos inventar aventuras. Pero la enfermedad de mi madre y los seis gatos de mi tía nos impedían vivirlas.
    – ¿Cuándo murió tu madre?
    – Cuando yo tenía veinte años. Dos años después que la tía Cath.
    – Y entonces conociste a Max.
    – Así es -dijo Rose con gesto serio-. Era maravilloso.
    – ¿Ya estaba enfermo?
    – No. La enfermedad remitió durante un año. Creímos que se había curado.
    – ¿Te casaste con él porque lo amabas? -pregunto Nick irreflexivamente-, ¿o porque te daba pena?
    Para su sorpresa, Rose, en lugar de molestarse -contestó con calma.
    – Supongo que un poco de todo. Max tenía veintiséis años, pero su enfermedad le hacía parecer mayor. Estaba tan contento de volver a sentirse bien… Era encantador. Quería probarlo todo, experimentarlo todo. Y su familia… Después de la muerte de mi madre y mi tía, yo me había quedado sola. Las primeras navidades que pasamos juntos fuimos a Yorkshire y todo el pueblo nos recibió como si fueran una gran familia. Fue como volver a casa. Sólo más tarde me di cuenta de que…
    – ¿De qué?
    – Si Max hubiera sobrevivido todo habría ido bien -dijo Rose, poniéndose a la defensiva-, pero todo el pueblos se volcó en él y en conseguir que superara la enfermedad. Y cuando murió, transfirieron todo su amor a mí.
    – ¿Y te agobia?
    – Un poco -admitió Rose. Y dio un sorbo al champán-. Por eso necesito cambiar de aires. Y Hoppy también -añadió, sonriendo con melancolía.
    Nick le devolvió la sonrisa. Aun cuando estuviera teñida de tristeza, la sonrisa de Rose era contagiosa.
    – ¿Y tú? -preguntó ella-, Erhard me ha dicho que adorabas a tu madre adoptiva.
    – Ruby es maravillosa -se limitó a decir Nick. No le gustaba hablar de su pasado.
    – Oye, si vamos a casarnos, debo conocerte -dijo Rose-. Además tú has preguntado primero.
    – ¿Qué quieres saber? ¿Si me gusta que me pongan mantequilla en las tostadas?
    – Espero que te la pongas tú mismo -Rose rió-. Ya sabes a lo que me refiero. No me gustaría enterarme de que tienes una novia y doce hijos.
    – No tengo ni novia ni hijos -dijo él bruscamente-. ¿Y tú y Max? ¿Tuvisteis hijos?
    El rostro de Rose se ensombreció.
    – No.
    – Perdona -se disculpó Nick-. No pretendía ser indiscreto.
    – Es la tercera vez que me pides disculpas -dijo ella, fingiéndose asombrada.
    Nick intuyó que quería cambiar de tema y la secundó.
    – Será porque quiero ponerme a tus pies.
    – Estoy segura de que no es así -Rose sonrió distraídamente y miró por la ventanilla. La conversación había concluido.
    Nick se concentró en la revisión de unos documentos. Aunque estaba de vacaciones, había algunos asuntos que requerían su atención personal. Así que intentó trabajar… pero Rose constituía una distracción demasiado tentadora.
    – ¿Qué miras? -preguntó.
    – Las montañas -dijo ella sin mirarlo.
    – ¿Has viajado mucho?
    – Sólo cuando fui a Londres con mi madre. Luego nunca tuvimos dinero. Cuando murió la tía Cath, dejó estipulado en su testamento que usara el dinero de su seguro de vida para viajar. Por aquel entonces, mamá se encontraba bien e insistió en que me fuera. Iban a ser mis primeras vacaciones ya que desde los quince años había tenido que dedicar cada verano a ganar dinero. Así que me armé de valor y volé a Australia. Pero la compañía aérea me localizó antes de que llegara a Sydney. Mi madre había sufrido un ataque al corazón. Murió antes de que yo llegara, así que utilicé el dinero de la tía Cath para el entierro y volví a la universidad.
    Nick sintió una opresión en el pecho.
    – ¿Contaste con la ayuda de tu padre?
    – Claro que no -dijo ella con amargura-. Ni él ni Julianna se pusieron en contacto conmigo -tomó aire antes de preguntar-. ¿Y tú? ¿Cómo llegaste a ser abogado?
    – Con mucho esfuerzo.
    – Si no tenías dinero, supongo que te importaba mucho llegar a serlo.
    – Así es.
    – ¿Por qué?
    – No estoy seguro -Nick estaba desconcertado.
    Nadie le había interrogado tan íntimamente desde que Ruby, cuando acabó los estudios de secundaria, le había mirado fijamente a los ojos y le había preguntado: «Dime que el dinero no es la razón de que quieras ser abogado».
    – No lo sé -contestó en el mismo tono esquivo con el que había respondido a Ruby, aunque entonces tenía diecisiete años mientras que con treinta y seis años cumplidos había tenido tiempo para reflexionar la respuesta-. Creo que tiene que ver con mi infancia. De pequeño, cuando me llevaban de una casa de adopción a otra, me sentía como una marioneta y me obsesionaba la seguridad. Supongo que quise un trabajo en el que pudiera tener el control. Pero además, estaba fascinado por la idea de que mi madre perteneciera a la realeza. Creo que al estudiar derecho internacional obtuve algunas respuestas y logré que el mundo me resultara más abarcable.
    – Me gusta esa respuesta -dijo Rose, sonriendo.
    – ¿Y tú por qué te hiciste veterinaria?
    – Siempre quise tener un perro. Puede que no sea una razón muy sólida para elegir una carrera, pero eso es todo. Nunca pensé en mantener lazos con Alp de Montez.
    – Pero no olvidaste el idioma.
    – Practiqué francés e italiano con cintas, pero sólo por diversión.
    – ¿Y tú?
    – Mi madre debió enseñármelo, aunque no lo recuerde. En la universidad también estudié francés e italiano. Y puesto que el idioma de Alp de Montez es una mezcla de los dos, tanto tú como yo, hemos mantenido un vínculo con nuestro pasado a través de la lengua.
    – Y los dos somos de la familia real -dijo Rose, distraída-. Mira, hay nieve en las montañas. Y unas marcas de color. ¿Son pistas de esquí?
    – Las mejores del mundo.
    – ¿Tú esquías en estas montañas?
    – Sí -dijo Nick. De hecho era uno de los sitios en los que se sellaban muchos acuerdos-. ¿Tú no has esquiado nunca?
    – Hay muchas cosas que no he hecho nunca -dijo Rose. Y lo miró-. Como casarme con alguien que esquía en sitios así. Es un mundo nuevo para mí.
    – ¿Eres consciente de lo que estás haciendo?
    – No. Recuerdo a la gente y lo mucho que los quería. Pero no sé nada de la situación política. ¿Tú?
    – He hecho algunas averiguaciones.
    – Yo no. Lo mío ha sido una huida hacia adelante.
    – Supongo que tiene cierto encanto poder hacer de princesa.
    – No creo que tenga mucho margen -dijo Rose, pensativa-. Tenías razón con lo del caviar. Si tengo algo de autoridad, debería empezar por vender este ostentoso avión.
    Aparentemente, había dicho las palabras equivocadas. Se abrió la mampara que los separaba del personal y Griswold la miró con consternación.
    – No debe hacer eso -dijo en tono desesperado.
    – ¿No debo vender el avión? -preguntó Rose, desconcertada.
    – No. Al menos todavía no.
    – Claro, se trata de tu puesto de trabajo -dijo Rose, tratando de demostrar que comprendía.
    – No es eso -dijo el anciano-. Lo siento, no debería haber dicho nada. La cena está lista.
    – ¿Por qué lo has dicho?
    – Necesitamos que actúen como una pareja real -dijo Griswold-. Sólo eso salvará al país -y desapareció detrás de la mampara.

    Al cabo de un rato, apareció con la comida, un fantástico entrecot seguido de mouse de chocolate, y café. Cuando fue a retirar la taza de Rose, ésta le sujetó la muñeca.
    – ¿Qué has querido decir con que debemos actuar como una pareja real?
    – Lo siento, señora, pero…
    – ¿Pero qué?
    – No puedo hablar. He recibido órdenes.
    – ¿De quién?
    – Del señor Jacques, el marido de su hermanastra.
    – ¿Y qué ha ordenado?
    – Que no diga nada. Que les dejemos seguir adelante con su falso matrimonio.
    – No es un falso matrimonio -dijo Rose, frunciendo el ceño.
    – Sí lo es. Les he oído. Julianna y Jacques tenían razón: no es más que un matrimonio de conveniencia.
    – Pero es un matrimonio.
    – Hay algo más -dijo Griswold con tristeza-. Los informes dicen que la boda no es más que una estratagema para enriquecerse a costa del país, y que cuando lo consigan, se marcharán y nos dejarán peor de lo que estábamos.
    – Eso no es verdad -intervino Nick-. Erhard Fritz…
    – Erhard Fritz ha sido desautorizado por la prensa controlada por el consejo -dijo Griswold-. Han montado una campaña de difamación contra ustedes, A usted, monsieur, lo acusan de tener siniestras intenciones, y a usted, madame, la describen como una viuda avariciosa.
    – ¿Por qué nos está informando de todo esto? -preguntó Rose, mirándolo fijamente.
    – No sé… Quizá por el perro -dijo Griswold con tristeza-. Parece una estupidez, pero mi hija tiene uno parecido. Le he oído contar la historia de cómo llegó a ser suyo y me he dicho que una mujer así no se correspondía con el retrato que han hecho en la prensa. Además, recuerdo lo que se contaba cuando era una niña. Entonces, la prensa era más objetiva, no estaba controlada por el consejo, y la describían como una niña espontánea, más interesada en los animales que en las normas de etiqueta. Además, los dos me han dado las gracias… Y algunos otros detalles, pero… Les he oído hablar sobre el matrimonio de conveniencia y me he dicho que algo no encajaba.
    – Pretendemos mejorar las cosas -dijo Nick-. Queremos introducir reformas.
    – No lo conseguirán si el pueblo se rebela contra ustedes -dijo Griswold-. Y lo harán si creen que les motiva la avaricia. Si venden el avión de inmediato, pensarán que lo hacen por dinero. Se han dicho cosas espantosas de ustedes.
    – No sabía nada de todo esto -replicó Nick.
    – Jacques y sus amigos son demasiado inteligentes como para usar la prensa internacional para extender los rumores -dijo el anciano-. Pero los rumores han corrido por todo el país. Y la gente con sentido común, como Erhard, han sido silenciados.
    – No sé qué podemos hacer al respecto -dijo Rose, preocupada-. Nos dijeron que sería muy sencillo.
    – Tienen que poner a la gente de su parte -dijo Griswold-. Gente como yo, trabajadores. Les he oído decir que pueden hablar nuestra lengua y eso es una gran ventaja. Madame, cuando era pequeña la gente la adoraba y no la han olvidado. Y lleva consigo un perrito. Cuando baje del avión, debe mostrarse feliz de haber suelto al país. Tiene que hablar con la gente corriente. Y han de tomarse la mano y tratarse como una pareja de verdad. Pero sobre todo, deben recordar que esta conversación nunca ha tenido lugar. Y…
    – Expliquen a la gente que están aquí por su bien y que no pretenden engañarlos. Demuéstrenles que se casan por amor.

Capítulo 5

    Aterrizaron al poco tiempo.
    – El marido de mi prima conducirá el coche real -dijo Griswold cuando el avión se detuvo-. Al igual que yo, deseará que tengan buena suerte.
    Ésas fueron las últimas palabras que intercambiaron. Luego Griswold desapareció tras la mampara y se abrió la puerta del avión.
    Ni Nick ni Rose sabían qué pasaría a continuación. Un hombre que se había identificado como el jefe del estado mayor, había anunciado a Nick que estaría esperándolos.
    – Supongo que habrá una recepción oficial -dijo Nick.
    En cuanto se asomaron a la escalerilla comprobaron que así era. Dos docenas de oficiales del ejército los esperaban en formación y un hombre de mediana edad, con un uniforme cubierto de galones, se presentó a ellos.
    – Buenas tardes -saludó formalmente-. Bienvenidos a Alp de Montez, altezas. ¿Quieren pasar revista a la guardia?
    – No -dijo Nick, adelantándose a Rose. Luego, se giró hacia ella-. A no ser que tú quieras, cariño.
    ¿Cariño?
    Rose pestañeó, pero se dio cuenta de inmediato que Nick intentaba proyectar la imagen de una pareja de verdad. Tragó saliva y tomó la mano de Nick.
    – ¿Por qué no? -dijo. Y luego, alzando la voz para que le oyera la tropa, añadió-: ¡No sabe lo felices que somos de estar aquí! Cuando era pequeña adoraba este país. Tuve que irme con mi madre pues, como ya saben, mis padres se separaron. Los dos tenemos mucho que aprender sobre nuestras costumbres y puede que cometamos alguna torpeza. Aun así, si quieren enseñamos, nosotros estamos aquí para aprender -sonrió con dulzura al oficial, que la miraba atónito, y concluyó-: Gracias por haber venido a recibirnos -y, sin previo aviso, le puso en los brazos a Hoppy al tiempo que daba al sorprendido hombre un par de besos-. Es usted muy amable.
    A continuación, tomó la mano de Nick y caminó con él hacia la tropa. Sin dejar de sonreír preguntó al primer soldado su nombre. Antes de que Nick se diera cuenta, se encontró saludando a los soldados de uno en uno.
    Para cuando terminaron, Nick no era el único perplejo. La fila de soldados había perdido el aire marcial, habían bajado las armas y una sonrisa bailaba en sus labios.
    – ¿A quién tenemos que ver ahora? -dijo Rose, dedicando otra de sus luminosas sonrisas al oficial, al tiempo que le liberaba de Hoppy.
    – La limusina los conducirá a palacio -dijo él, en tensión.
    – No me ha dicho su nombre.
    – Soy el jefe de estado.
    – ¿Y su nombre? -al ver que el hombre seguía mirándola con incredulidad, Rose añadió-: Yo soy Rose; él es Nick.
    – Señor. Señora.
    – Sí, pero además tenemos un nombre -repitió ella con una sonrisa que dejó a Nick clavado en el sitio. Rose era una mujer fuerte, una mujer que había decidido interpretar el papel que le correspondía en aquella aventura.
    – Jean Dupeaux -masculló el hombre.
    – Encantada de conocerte, Jean. Supongo que te veremos a menudo. ¿Vienes en la limusina con nosotros?
    – No.
    – ¡Qué lástima! -la sonrisa de Rose se amplió aún más-. ¿Sabe el conductor dónde llevarnos?
    – Por supuesto -respondió el oficial, ofendido.
    – Perdón. Claro que sí, qué tonta soy. Tiene que tener paciencia con nosotros.
    Ya en la limusina, tardaron un par de minutos en hablar.
    – Griswold tenía razón -dijo Rose finalmente, mirando por la ventanilla-. Parece que nos han convertido en enemigos -continuó en tono reflexivo.
    – Quizá era de esperar -dijo Nick.
    Rose lo miró con gesto preocupado. Hoppy, que estaba en su regazo, cruzó la distancia que lo separaba de Nick y posó una pata sobre su muslo.
    – Cree que necesitas un abrazo -dijo Rose.
    – No es verdad -dijo Nick, envarado.
    – Puede que yo sí.
    – No creo que sea una buena idea.
    – Tienes razón dijo Rose al tiempo que tomaba a Hoppy en brazos y lo estrechaba contra sí-. Lo siento.
    ¿Por qué no la había abrazado? ¿Por qué Rose lo desconcertaba tanto? Estaban juntos en aquella aventura. Era lógico que buscaran consuelo el uno en el otro.
    Pero si la abrazaba… era mejor no pensarlo.
    – Tenernos que enterarnos lo antes posible de unas cuantas cosas -dijo para abandonar el terreno emocional-. ¿Dónde demonios estará Erhard?
    – Pensaba que vendría a recibirnos -dijo ella.
    Nick hizo un esfuerzo sobrehumano para que su mente legal ganara la batalla a la emocional. Tenía que ignorar lo cerca que tenía a Rose y pensar, pensar.
    En Londres, el asunto de la sucesión parecía razonable, pero en aquel momento había pasado a ser temerario. No eran más que dos personas en un país desconocido amenazando a aquellos que detentaban el poder.
    – Deberíamos pedir un margen de tiempo para replantearnos la situación -dijo, pensativo-. No había previsto esto… Mi gente…
    – ¿Tu gente?
    – Mis colegas del bufete hicieron pesquisas sobre el país. Nunca ha habido una insurrección armada, así que asumimos que no corríamos peligro. Pero ahora…
    – No pienso volver a casa -dijo Rose.
    – Puede que no tengamos otra opción.
    – No pienso volver a casa -repitió Rose, estrechando a Hoppy contra sí-. No pienso volver a Yorkshire.
    – ¿Cuál es el problema con Yorkshire?
    – Una familia obsesionada con protegerme -masculló Rose-. Por cierto, olvidaba decirte que si intentas protegerme, no respondo de mis actos. Además, no pienso ir a ningún sitio hasta que solucionemos los problemas de este país -concluyó con mirada fiera.
    Nick alzó las manos como si se rindiera. -Muy bien -dijo-. Yo siento lo mismo.
    – Me alegro -dijo ella con ojos centelleantes-, porque no pienso huir ni aunque cambie de opinión. También a mí me ha preocupado la desaparición de Erhard, pero tendremos que trazar un plan de acción y hacer lo que él nos pidió.
    Su determinación hizo sonreír a Nick y por primera vez se dio cuenta de que también él, aunque por diferentes motivos, quería avanzar. Necesitaba un reto. Y quería enfrentarse a él con Rose. Bastaría con que reprimiera el deseo de abrazarla… de besarla hasta dejarla sin aliento.
    – En primer lugar, tenemos que organizar unas cuantas reuniones -dijo, logrando que se expresara su lado racional-. Debemos convocar en el palacio a los líderes de las fuerzas armadas y explicarles lo que queremos. Además, deberíamos hablar con los consejeros individualmente.
    – ¿Eso quiere decir que vas a quedarte?
    Nick miró a Rose sorprendido.
    – Por supuesto. Tanto tiempo como haga falta, Rose. Siempre cumplo mis promesas.
    – Es que… Sé que me corresponde a mí ser la soberana -dijo Rose-, pero no tengo la preparación necesaria.
    – Yo tampoco, pero has dicho que no piensas huir y yo tampoco.
    – Gracias.
    Nick sonrió.
    – Además, los príncipes consortes lo pasan en grande -dijo-. Pueden actuar en la sombra. Seré yo quien te aconseje qué cabezas debes cortar. Tú harás el trabajo sucio y serás quien reciba las críticas.
    – ¡Qué alivio! -masculló ella, pero no pudo reprimir una sonrisa.
    Nick pensó que estaba preciosa. Cuanto más la miraba más encantadora la encontraba. Seguía envuelta en la trenca, con Hoppy en sus brazos.
    – No creo que esto funciones si tú eres sólo príncipe consorte -dijo Rose tras una pausa.
    Nick reflexionó unos segundos.
    – Pero ésa es la idea.
    – No. Yo creo que tú deberías heredar y yo ser tu segunda.
    – Lo siento, pero no…
    – Yo no tengo sangre real -interrumpió Rose-. Mi padre se casó con mi madre, pero la abandonó en menos de un año. No creo que volviera a tocarla. Los escándalos se sucedieron durante el tiempo que vivimos en el palacio y que mi madre cuidó al viejo príncipe. Recibía numerosas visitas y yo nací con el cabello pelirrojo -Rose se llevó la mano al pelo-. Así que, aunque nací en la familia real, no pertenezco a la realeza… Tu madre, en cambio, era princesa.
    – Sí, pero tú eres la primera en la línea sucesoria.
    – Pero tú quieres el poder -dijo Rose, pensativa-. Estás deseando intervenir y no podrás hacerlo si no tienes autoridad.
    – No puedes decidir cómo repartir la autoridad hasta que la tengas -argumentó Nick.
    – Supongo que tienes razón -susurró Rose. Luego, adoptó un tono más decidido y añadió-: Está bien. Puedo asumir la responsabilidad. Ya lo he hecho en otras ocasiones.
    A Nick le hizo pensar en David a punto de atacar a Goliat.

    Estaban llegando a la ciudad. Empezaba a atardecer,
    – ¿Dónde irá la gente el sábado por la tarde? -preguntó Rose súbitamente. Y cuando Nick la miró perplejo, ella se inclinó hacia delante y abrió la mampara de cristal que los separaba del conductor-. Si usted y su familia quisieran pasar un buen rato esta noche, ¿dónde irían?
    – ¿Señora? -preguntó el conductor, atónito. Rose repitió la pregunta-. Los oficiales del ejército van a Maison d'Etre -respondió el hombre.
    – No, los oficiales, no -dijo Rose. Nick la miraba tan desconcertado como el conductor-. Usted, o los granjeros que hemos visto en el camino.
    – Yo vivo cerca de aquí -dijo el hombre dubitativo-. Estamos en periodo de cosecha y hace buen tiempo. Según la tradición, nos reunimos en la ribera del río para celebrar comidas campestres -titubeante, añadió-. Ya no tenemos dinero para salir a locales públicos. Los impuestos están muy altos y muchos han tenido que cerrar por falta de clientela.
    – Por eso vais al río?
    – Cada distrito tiene un punto de encuentro. O vamos a él o nos quedamos en casa.
    – ¿Y los más jóvenes no van al cine o algo así?
    – Sólo si tienen un trabajo bien remunerado, pero los buenos trabajos escasean.
    – Y si quisiéramos conocer a la gente…
    – Podría ir a la televisión -sugirió el conductor.
    – Preferiría no hacerlo -dijo Rose, pensativa.
    – ¿Qué estás pensando? -preguntó Nick, convencido de que, una vez que Rose tomaba una decisión, la llevaba hasta sus últimas consecuencias.
    – No pienso marcharme, Nick -dijo Rose, confirmando lo que él sospechaba-. Entre las obligaciones que tengo aquí y las que he dejado atrás en Yorkshire, prefiero enfrentarme a las de este país. Ha llegado el momento de entrar en acción. ¿Por qué has tenido que ponerte traje?
    – ¿Y tú esa trenca?
    – La trenca es más apropiada que lo que tú llevas -replicó Rose-. Quítate la corbata. ¿Llevas una chaqueta en la maleta?
    – No sé dónde está mi maleta.
    – Va en otro coche -dijo el conductor, mirándolos divertido por el espejo retrovisor.
    – Si fuéramos a la fiesta… -dijo Rose. Miró hacia atrás y vio que los seguía un convoy además de los doce motoristas uniformados que los precedían-. ¿Cree que nos detendrían si fuéramos al río?
    – No podemos parar, señora. Tengo órdenes de llevarlos directamente a palacio.
    – ¿Y quién ha dado esas órdenes? -preguntó Rose con una súbita altivez que hizo que Nick y el conductor intercambiaran una mirada de sorpresa.
    Después, el conductor sonrió y dijo:
    – ¿Quiere ir al picnic?
    – Quiero conocer a la gente -dijo ella-. Y ésta es la manera más rápida de hacerlo. La escolta tendrá que acompañarnos. Pero no me gustaría ir sin llevar nada.
    – La gente compartirá lo que tenga.
    – Aun así. Quiero llevar algo. Y mi prometido también, ¿verdad, cariño? -Rose miró a Nick, que la contemplaba perplejo-. ¿Qué podemos hacer?
    El conductor la miraba con la misma perplejidad que Nick.
    – Se me ocurre… -dijo titubeante-. Un par de cajas de cerveza serían muy bien recibidas. La cerveza es muy cara y está racionada.
    Rose sonrió encantada. Nick no podía sino admiraría.
    – Mi prometido comprará la cerveza -dijo ella. Y para que sólo le oyera Nick, le dijo-: Erhard me ha dicho que eres muy rico. Supongo que no te importa. En cuanto gane mi primer sueldo de princesa te lo devolveré.
    Nick no pudo contener la risa. Rose era increíble. Iban en una limusina, escoltados por el ejército, camino del palacio y ella estaba negociando un préstamo para comprar cerveza. Metió la mano en el bolsillo y sacó una tarjeta de crédito.
    – ¿Qué tenemos que hacer? -preguntó Rose al conductor.
    – El marido de la prima de mi mujer es repartidor en un hotel de la armada -dijo el hombre, uniéndose con entusiasmo al nuevo plan-. Le diré los detalles de la tarjeta por radio y llevará las cajas al punto de encuentro.
    – Pídale también limonada para los niños -dijo Nick-. Aunque no sé por qué confiamos en usted tan…
    – Hay poca gente en las altas jerarquías en quien puedan confiar -dijo el conductor-. Tampoco entre el pueblo. Pero no estamos acostumbrados a que la realeza lleve abrigos con olor a granja. Además, he hablado un momento con Griswold y me ha dicho que debemos darles una oportunidad. La situación es desesperada, pero confiaremos en ustedes.
    – ¿Pueden despedirle si cambia la ruta? -preguntó Rose.
    – Puesto que la decidieron hace tiempo con Erhard, diré que no he tenido más remedio que seguir sus órdenes -dijo el hombre.
    – Exactamente -lo tranquilizó Rose-. Se limita a cumplir órdenes.
    El conductor tomó la radio y dio las instrucciones precisas. Al devolver la tarjeta a Nick dijo:
    – Gracias a los dos -sonrió y añadió-. Bajo el asiento delantero hay una chaqueta que puede servirle. Agárrense fuerte -dijo. Y dio un giro de noventa grados para ir hacia el río.
    Nick no salía de su estupor. No tanto por la situación como por la mujer que tenía a su lado.
    Rose. Una princesa en potencia. Su esposa en potencia. Hasta ese momento no había llegado a pensar demasiado en ella como esposa.
    Pero en aquel momento, cuando debía estar pensando en cientos de asuntos preocupantes, ésa era la palabra que iluminaba su mente como un rayo de luz en medio de la penumbra: esposa.

Capítulo 6

    Durante una fracción de segundo, la escolta se quedó desconcertada, pero al instante gire bruscamente y los siguió. Jean Dupeaux aceleró hasta ponerse a la altura de la limusina y con gestos de enfado indicó al conductor que se detuviera. Nick se sobresaltó al ver que la motocicleta se adelantaba y trataba de bloquear el paso al vehículo, obligando al conductor a frenar bruscamente y a esquivarla de un volantazo.
    Dupeaux volvió a darle alcance. Rose bajó la ventanilla, asomó la cabeza y le gritó:
    – El chofer sigue nuestras instrucciones, monsieur Dupeaux. Queremos ir al río.
    – Deben detenerse -gritó Dupeaux. Rose se limitó a sonreír y a subir la ventanilla.
    Nick pensó que no era lógico que el jefe del estado actuara de aquella manera. En ese momento, Dupeaux volvió a adelantarse. Una vez más, el conductor lo esquivó. Afortunadamente, habían llegado al desvío que conducía hacia los acantilados, donde el banco del río creaba un anfiteatro natural. Los sauces acariciaban el agua de la orilla y en lo alto de unas rocas se veían las ruinas de un castillo. Había algunos coches bajo los árboles, pero sobre todo, se veían carretas tiradas por caballos. Y mucha gente.
    La escena hizo pensar a Nick en la pobreza del país. Los carromatos podían resultar pintorescos, pero aquéllos no eran un vehículo de placer sino el único medio de transporte con el que contaban aquellas gentes, que, por otro lado, tenían el aspecto cansado de quien había pasado el día trabajando en los campos.
    Todos ellos se volvieron boquiabiertos al ver llegar la limusina seguida de la escolta de motocicletas.
    Luego la expresión de sorpresa se tornó en una de enfado. Nick se dio cuenta de que la transformación tuvo lugar en cuanto reconocieron el escudo de armas que decoraba la limusina. Consciente de que habían cometido un error, intentó pensar rápidamente en una salida. Pero antes de que pudiera detenerla, Rose se había bajado del coche y él la siguió.
    – Señor -lo llamó el conductor. Nick se volvió y vio que le tendía una vieja cazadora. El hombre explicó-: Estará mejor con esto. Recuerde que la señora ha sugerido que se quite la corbata.
    Nick tomó la cazadora, se soltó la corbata y, tras darle las gracias, acudió junto a Rose, que ya estaba entre la gente.
    – Hola -saludaba. Y recibía como respuesta miradas de sorpresa.
    Las motos se iban acercando al coche y se reunían en torno a él como un enjambre de moscas.
    Nick vio que el ruido inquietaba a los caballos y gritó:
    – ¡Apaguen los motores!
    Pero fue demasiado tarde. Uno de los caballos sacudió la cabeza, pateó y se encabritó. ¡En el carro del que tiraba había un niño! Rose reaccionó al instante. Dejó a Hoppy en el suelo y corrió a sujetar las riendas del animal. En cuanto lo estabilizó, le hizo moverse de lado, sujetándole el hocico para que se asentara sobre los cuartos traseros. Incluso Nicle, que no sabía nada de caballos, reconoció la mano de una experta. Con un solo gesto había desactivado una situación potencialmente peligrosa.
    – Tranquilo -susurró al caballo-. Tranquilo -y una vez el caballo se calmó, se volvió hacia la gente para añadir-: Lo siento, debía haber tenido en cuenta que habría caballos y que las motocicletas nos seguirían.
    La madre del niño corrió hacia él mientras Rose apaciguaba al caballo, acariciándole detrás de las orejas y susurrándole hasta que el pánico desapareció de su mirada. Finalmente, le pasó las riendas a un hombre que estaba a su lado.
    Nick la miraba admirado. Cada cosa que hacía le confirmaba que era una mujer excepcional.
    La escena había atraído la atención de todos los congregados.
    – Lo siento mucho -repitió Rose-. Nick y yo acabamos de llegar. Soy Rose-Anitra. Me marché a los quince años y antes de irme pasaba todo el tiempo el palacio, así que no tuve oportunidad de conoceros Éste es mi prometido: Nikolai de Montez, el hijo de Zia, la hija del viejo príncipe. Estamos aquí para conoceros, ¿verdad, Nick? -se volvió hacia él y Nick se colocó a su lado tal y como intuyó que ella pretendía.
    Se sentía orgulloso de ella y la idea de ser su socio le resultaba cada vez más atractiva.
    – Soy veterinaria -continuó Rose, tomando la mano de Nick-, así que debería haber previsto que podían alterar a los caballos, pero la idea de venir se nos ocurrió súbitamente.
    – Éste no es su sitio -gritó Dupeaux-. Esta gente no los quiere aquí.
    Al ver la cara de la gente, Nick pensó que se equivocaba. Rose, con su vieja trenca y Hoppy en brazos, después de haber demostrado su habilidad con el caballo, parecía pertenecer más a aquel grupo que al de la limusina y los motoristas. Por contraste, Dupeaux, con su uniforme, representaba la autoridad.
    – Vuelva al coche, señora -gritó. Y hubo un murmullo de desaprobación entre la gente-. No la quieren aquí.
    Dupeaux acababa de cometer un error al tratarla como si pudiera darle órdenes.
    – Erhard nos dijo que el pueblo nos necesitaba -dijo Rose con amabilidad pero con firmeza.
    – No necesitamos a la familia real -gritó alguien entre la multitud.
    Nick decidió que había llegado el momento de intervenir.
    – Ni Rose ni yo creíamos que nos necesitarais. Nunca pensamos en heredar el trono. Pero Erhard vino a buscarnos para informarnos de lo que estaba sucediendo en los países vecinos, Alp d'Azur y Alp d'Estella. Según él, aquí podría suceder lo mismo si tuviera la aprobación de la familia real. Erhard tenía la convicción de que, con el apoyo de la realeza, podría sentarse la base de una democracia. Por eso nos convenció para que viniéramos, pero si es verdad que no nos queréis aquí, nos iremos.
    Se produjo un profundo silencio. Nadie se movió. A su espalda, los oficiales parecían obviamente incómodos.
    Tal y como lo había hecho con los soldados en el aeropuerto, Rose acababa de conquistar a la gente.
    – ¿Cómo se llama tu perro? -preguntó un niño que estaba en las primeras filas. Rose sonrió.
    – Hoppy. Anda a saltitos porque le falta una pata.
    – No parece un perro de la familia real.
    – He intentado ponerle una diadema -bromeó Rose-, pero no le gustaba.
    La broma arrancó una carcajada de la multitud.
    – ¿Le dejas jugar con mi perro? -preguntó el niño, señalando un collie que movía su cola con entusiasmo.
    – Claro -dijo Rose, y dejó a Hoppy en el suelo. Los dos perros se olisquearon con curiosidad.
    La sorpresa y la desconfianza de la gente se transformaron definitivamente en sonrisas de aceptación.
    – ¿De verdad sois una princesa y un príncipe? -preguntó alguien.
    – Somos nietos del viejo príncipe -respondió Nick-. Rose-Anitra es la primera en la línea de sucesión, por delante de su hermanastra, Julianna. Y yo sigo a ésta. Si heredáramos el trono, Rose sería la princesa heredera y yo… No sé qué sería.
    – ¿El señor príncipe heredero? -bromeó alguien.
    – Príncipe consorte -se oyó decir a otro-. Además de conde de Montez.
    – ¿Y el marido de Julianna? -preguntó otro más.
    – Por muchos aires que se dé, él no es noble, -replicó alguien.
    – ¿Quieren meterse en el coche? -gritó Dupeaux, furioso. Dio un paso hacia Rose y al instante, tanto Nick como media docena de hombres se interpusieron en su camino.
    – Sois tú y tus matones los que no sois bien recibidos, Dupeaux -se oyó decir a alguien. Y el oficial enrojeció de ira.
    – Ésta es una fiesta privada -dijo Nick precipitadamente-. Ni Rose ni yo tenemos derecho a estar aquí sin haber sido invitados. Hemos encargado cerveza y refrescos para vosotros. Llegarán enseguida. Sólo queríamos pasar a saludaros. Lo mejor será que nos vayamos.
    – Pero a nosotros nos gustaría que se quedaran y compartan nuestra comida -dijo alguien. Y se oyeron gritos de aprobación.
    – Estos hombres son nuestra escolta -dijo Rose apresando la mano de Nick-. ¿También ellos pueden quedarse?
    – No -dijo Dupeaux-. Están de servicio.
    – ¡Pero nosotros no! -dijo Rose, animada. Y tiró de Nick hacia una mujer madura que abrió su cesta con comida-. ¿Tiene pasteles de chocolate? ¡Me vuelven loca! -se volvió hacia el oficial dedicándole una de sus más dulces sonrisas-. Si nos deja la limusina, iremos al palacio por nuestra cuenta. Gracias por escoltamos hasta aquí.
    Dupeaux no tenía salida. Allí había más de doscientas personas, y seguían llegando grupos. Si utilizaba la fuerza, la situación podía escaparse de su control. Así que él y sus hombres se alejaron con un infernal ruido de motores que alteró de nuevo a los caballos. Prácticamente al mismo tiempo, vieron acercarse un viejo camión.
    – Traigo cervezas, refrescos y vino -anunció el conductor.
    – ¡Fantástico! -exclamó Rose con ojos brillantes. Sólo la presión con la que le apretaba la mano permitió saber a Nick que, tras su aparente seguridad, estaba nerviosa-. ¡Que empiece la fiesta!
    Y la fiesta empezó.
    Horas más tarde, cuando se ponía el sol, Nick se dijo que había sido una gran fiesta. Todo aquél que tocaba un instrumento formaba parte de una gran banda de música. La comida era sencilla pero abundante. Las bebidas contribuyeron al ambiente festivo.
    Y Rose conquistó a la gente.
    También él había charlado y reído con ellos. Su experiencia como abogado le había servido para hacer las preguntas precisas sin herir los sentimientos de nadie. Tenía la formación necesaria. Rose, la capacidad innata.
    Nick se sentía como si estuviera trabajando, con una diferencia fundamental: la preocupación de aquéllos con quienes hablaba era averiguar si su interés y el de Rose por sus circunstancias era genuino o no. Y Nick confiaba en que, a pesar de haber pasado poco tiempo con Rose, los dos presentaran un frente común. Había tanta gente ansiosa por hablar con ellos que habían tenido que repartirse entre los distintos grupos, pero veía que Rose no tenía ninguna dificultad en relacionarse y que la gente reía y disfrutaba de su presencia.
    Como él mismo. Rose tenía la clase de estilo que no podía enseñarse.
    – Es una mujer excepcional -comentó un anciano, Y Nick se dio cuenta de que llevaba un rato observándola-. Y mucho más guapa que su hermanastra.
    Y esa referencia a Julianna puso a Nick en alerta recordándole que podían estar amenazados. ¿Cómo habrían reaccionado los poderes fácticos a la despedida de su escolta? ¿Qué estarían planeando?
    – Por favor… -un joven con una cámara colgada al cuello reclamó su atención. A su lado había una mujer de mirada intensa, con un cuaderno y un bolígrafo en la mano-. Hemos recibido una llamada diciendo que estaban aquí.
    – Lew y sus amigos publican un periódico -explicó el viejo.
    – Es ilegal -añadió alguien más-, pero el gobierno no puede prohibirlo porque no cobran. Son un par de páginas y sale mensualmente.
    – Cuentan lo que el gobierno intenta ocultarnos -oyó decir a alguien.
    La periodista, obviamente favorable a la causa del pueblo, entrevistó a Rose y a Nick intentando averiguar sus intenciones para el futuro. A medida que charlaban, se hizo un silencio cada vez más profundo a su alrededor. Todos escuchaban. Nick habló de los cambios que se habían producido en Alp d'Azur y Alp d'Estella, y expresó su confianza en que Alp de Montez pudiera seguir el mismo proceso. Se oyó un murmullo de aprobación. Finalmente la periodista guardó el cuaderno en un bolsillo y sonrió. La entrevista había concluido. Era el momento de las fotografías.
    – ¡Que bailen! -gritó alguien-. Sería una buena foto.
    La banda empezó a tocar una vals y Rose se encontró una vez más en brazos de Nick.
    – Todo va bien -susurró él contra la cabeza de ella. Sólo bailaban ellos. Los demás los miraban.
    – Sí -dijo ella, pero sonó tensa.
    – ¿Cuál es el problema?
    – No sé… Me siento rara.
    – ¿Por la situación?
    – Bailando contigo.
    Nick perdió el paso una fracción de segundo. El fotógrafo disparaba la máquina desde distintos ángulos.
    – A mí me gusta -dijo, cauteloso-. Bailas muy bien.
    – Gracias -replicó Rose con expresión seria.
    – ¿Entonces…?
    – Nada -dijo en tono impaciente.
    – No sé qué he hecho para enfadarte.
    – Nada -dijo ella aún más enfurruñada-. Ése es el problema.
    – No entiendo.
    – Yo tampoco.
    Se produjo un silencio. Giraron por la pista de baile en silencio mientras los fotografiaban.
    – Eres muy bueno -dijo ella finalmente.
    – ¿Bailando? -preguntó Nick, desconcertado.
    – Como diplomático.
    – Lo mismo pensaba yo de ti.
    – Pero tú actúas como un profesional. No sé si significa algo para ti.
    – No te comprendo.
    – Me he dado cuenta de que no sé quién eres. Eres como una pieza de madera pulida por fuera, pero no sé qué hay en tu interior.
    – ¿Carcoma? -bromeó Nick. Y Rose sonrió.
    – No creo. Pero eres tan… encantador.
    – ¿Y te parece mal?
    – No es eso. Te encuentro extremadamente atractivo -dijo Rose. Y Nick, perdió el compás-. Ten cuidado, están fotografiando cada paso que damos.
    – Nunca me habían dicho que…
    – ¿Que eres extremadamente atractivo? No te creo.
    Nick rió.
    – Es algo que suelen decir los hombres.
    – Para ligar -confirmó Rose-. Por eso he pensado que mejor te lo decía yo.
    – ¿Quieres ligar conmigo?
    – Al contrario -Rose sonrió, a la cámara-. Lo he pensado al verte charlar con la gente como si fueras sincero y te preocupara de verdad su situación.
    – ¿Y eso te parece mal?
    – Sí, porque empiezo a creerte. Y encima, me encanta bailar contigo.
    – ¿Quieres que baile mal?
    – No sé lo que quiero. Sólo sé que tenemos que pasar tiempo juntos como si fuéramos una pareja y me da miedo. Además, tú estás acostumbrado a salir con mujeres, pero yo…
    – No entiendo nada -dijo Nick. Y Rose lo miró con exasperación.
    Rose estaba hablando como si estuvieran solos, como si fuera urgente aclarar algo.
    – Conocí a Max el segundo año de carrera. Acababa de cumplir veinte años y mi madre había muerto hacía poco. Max era mi segundo novio. El primero se llamaba Robert, y me gustaba porque tenía un coche deportivo. Ahí se acaba mi experiencia con los hombres. Como ves, es tan breve que cabría en un sello.
    – Sigo sin comprender -dijo Nick.
    Rose suspiró.
    – No hay nada que entender. Sólo quiero dejar claro que no tengo ningún interés en mantener una relación, así que, aunque me ría contigo y por más atractivo que te encuentre, tienes que impedir que pase algo entre nosotros.
    – Está bien -dijo Nick, perplejo.
    – Puede que te parezca una excéntrica, pero por el momento no quiero ninguna relación. Quiero disfrutar de mi libertad.
    – Está bien. Pero vamos a casarnos, ¿no?
    – Sí, pero eso no tiene nada que ver con lo que estoy diciendo -Rose bajó la mirada-. Estoy segura de que no sientes ningún interés en mí y que debo parecerte engreída y pretenciosa, así que será mejor que me calle.
    – Está bien -repitió Nick una vez más.
    Aunque no conseguía comprender, intuía que Rose se refería a la increíble química que había entre ellos, a aquella poderosa sensación que casi lo dejaba sin aliento.
    Quizá lo mejor era hablar de ello abiertamente, tal y como Rose acababa de hacer. Tampoco él quería ninguna complicación sentimental.
    ¿O sí?
    Continuaron bailando y se unieron a ellos otras parejas. El fotógrafo había concluido su trabajo. El sol se había puesto, decenas de farolillos colgaban de los árboles, soplaba una cálida brisa primaveral, se oía el murmullo del agua y la luna se elevaba por encima de los acantilados. Nick no recordaba haber estado en un escenario tan romántico como aquél. Era consciente de que debía bailar con otras mujeres, pero tener a Rose en sus brazos era… una sensación maravillosa.
    Se dijo que tampoco pasaba nada por bailar con ella. Rose no había sugerido cambiar de pareja. Además, puesto que tampoco ella quería una relación duradera, podía relajarse. Se casaría sin temor a que ella quisiera convertir el matrimonio en algo permanente. Y podía estrecharla en sus brazos, tal y como hacía en aquel momento, con la libertad de saber que para ella no significaba nada. Podía sentir la curva de su cintura bajo su mano, oler la fragancia cítrica de su cabello. Podía… ¿dejarse llevar?
    Claro que no. No se trataba más que de un paréntesis en medio de la realidad.
    Y la realidad los asaltó en aquel mismo momento en forma de sirenas y de decenas de potentes focos de coches y motocicletas que los rodearon.
    La música y el baile cesaron bruscamente. Los hombres se acercaron a su caballo y las mujeres reunieron a los niños y los llevaron a los carromatos.
    El conductor del coche principal, un magnífico Rolls Royce, bajó y abrió las puertas de atrás. Bajaron un hombre vestido de militar y una mujer.
    Julianna. Tenían lo bastante en común como para que Nick la identificara como la hermanastra de Rose. Sus estilos, sin embargo, eran muy distintos. Mientras que Rose proyectaba una imagen sencilla y cercana, Julianna poseía una fría y distante belleza.
    Rose se quedó paralizada en brazos de Nick, en medio de la zona de baile. Él la sintió tensarse en cuanto vio a Julianna.
    – Es Julianna -confirmó en un susurró-. Y ése debe ser Jacques.
    Nick le susurró contra el cabello.
    – Actuemos amigablemente en lugar de asumir que habrá conflicto. Dile cuánto te alegras de verla.
    Siguiendo su consejo, Rose avanzó hacia su hermanastra con una amplia sonrisa.
    Julianna no sonrió. Estaba exquisitamente vestida en tonos crema y llevaba una chaqueta de piel. Al ver a Rose acercarse, alargó los brazos para indicarle que se detuviera.
    – No eres bienvenida -dijo. Y Nick pensó que parecía angustiada, incluso asustada.
    – Erhard pensaba lo contrario -dijo Rose, esforzándose por mantener un tono animado-. Según él, el país pasa por dificultades y Nick y yo podemos ayudar.
    – No tenéis por qué inmiscuiros -replicó Julianna-. Nuestro padre no te quería aquí, y yo tampoco. Según Jacques, habéis entrado en el país ilegalmente.
    – Hemos venido en el avión real.
    – Del que se han apropiado personas que no tienen el derecho a usarlo -dijo Julianna-. Jacques dice que debes volver a tu país.
    – ¿Y yo? -dijo Nick, tomando a Rose del brazo.
    Jacques imitó su movimiento. Pero mientras Nick sujetaba a Rose con delicadeza, él asió el brazo de Julianna con fuerza. Era un hombre corpulento con aspecto de salirse siempre con la suya.
    – Ya basta -dijo con fiereza-. La sucesión está resuelta, y vuestra amenaza de venir se interpreta come un ataque a la corona. Hemos intentado impedir que llegarais, pero Erhard… -se encogió de hombros-. Di lo mismo. Ya no tiene autoridad. Os mantendremos custodiados hasta que podamos deportaros.
    Se produjo un sofocado murmullo y la multitud se aproximó unos pasos como si quisieran ver qué ocurría. No podían ser dos parejas más dispares. Un hombre uniformado y en actitud intimidatorio junto a una hermosa y sofisticada mujer. Y Nick, sin corbata, con la humilde cazadora del chofer y Rose, con vaqueros gastados, una holgada camiseta de algodón y el cabello recogido en una trenza. ¿La princesa?
    – No tienes derecho a mantenernos custodiados -dijo Nick tranquilo-. Mis documentos y los de Rose están en orden. No puedes retenernos.
    – Quizá es así como mi hermanastra quiere damos la bienvenida -bromeó Rose, apoyándose en él como si temiera que le flaquearan las piernas-. Julianna -dijo, obligándose a mantener el tono alegre-, qué contenta estoy de verte -se volvió hacia la gente y como si se sintiera orgullosa, añadió-: Julianna es mi hermanastra. ¿«Custodia protegida» quiere decir que prometes cuidar de nosotros? -preguntó con fingida inocencia.
    Julianna la miró desconcertada.
    – Yo… Tú…
    – ¿Nos llevas al palacio? -preguntó Rose.
    – ¿Tú crees que nos van a custodiar en palacio? -preguntó Nick, imitando la inocencia de Rose.
    – Supongo -dijo Rose-. ¡No pensarás que en el palacio hay mazmorras!
    – Sí las hay -gritó alguien.
    – Pero tu hermanastra no consentiría que nos encerraran en ellas -dijo Nick con sorna-. En una familia no se hacen cosas así. ¿Verdad, Julianna?
    – Soy la princesa Julianna -dijo ella, nerviosa.
    – Y yo voy a ser tu cuñado -dijo Nick-, así que no querrás que nos tratemos con tanta formalidad. ¿O quieres llamar a Rose, princesa Rose-Anitra? Después de todo, también ella es princesa. Quizá más que tú, puesto que es la heredera.
    Evidentemente, Julianna y Jacques no habían contado con que aquella escena fuera presenciada por una multitud. Además, había cámaras y una periodista tomaba notas frenéticamente a la vez que iba retrocediendo entre la gente, que cerraba filas delante de ella para protegerla. Lo quisieran o no, el encuentro estaba siendo documentado. Y Jacques estaba furioso.
    – Esto es un engaño -gritó, mirando a su alrededor iracundo.
    – No, es un picnic -dijo Rose con sorna, al tiempo que tomaba la mano de Nick con firmeza-. Esta gente ha sido muy amable con nosotros, pero si tenéis otros planes…
    – ¡Detenedlos! -ordenó Jacques a sus hombres, que se aproximaron en semicírculo.
    – Ya vamos, Julianna -dijo Rose, manteniendo el tono de broma-. No hace falta que tus hombres se molesten. ¿Vamos, Nick? Esperan que subamos al coche.
    Y antes de que pudieran detenerla, tiró de Nick y subió al Rolls Royce. Nick se sentó a su lado, divertido y admirado de la inteligencia de Rose. Al tomar la iniciativa, había dejado a Jacques y Julianna una incómoda decisión. O les obligaban a salir del coche y les exigían ocupar uno de los coches que les seguían, tal y como obviamente era su plan inicial; o subían con ellos en el Rolls y proyectaban así la imagen de una familia unida.
    Nick se acomodó y vio la expresión de desconcierto de Jacques. Y de rabia.
    No se trataba de un juego. Estaba a punto de dirimirse un asunto de estado. Jacques estaba obligado a presentar su caso en aquel instante. ¿Debía tratarles como a indignos prisioneros aunque Rose acaban de recordar a la gente que Julianna y ella eran hermanastras? ¿Debía tratarlos como iguales subiendo en su mismo coche? ¿O debía seguirlos en otro coche?
    Parecía a punto de sufrir un ataque al corazón.
    – Vamos -dijo Julianna titubeante, tendiéndole una mano al tiempo que indicaba el Rolls con la otra.
    – No -dijo Jacques, rechazando la mano de Julianna con desdén-. Que vayan solos a palacio y disfruten de sus delirios de grandeza antes de marcharse para siempre -y cerró la puerta del Rolls con furia.
    – Hoppy -exclamó Rose, dándose cuenta demasiado tarde de que el perro no estaba con ella-. Hoppy -gritó, asomándose por la ventanilla.
    – Llévenselos -gritó Jacques. Y al ver a Hoppy acercarse, le dio una brutal patada-. ¡Arranque! -ordenó. Y el coche se puso en marcha.
    – Supongo que eres consciente de que estamos en una situación delicada -dijo Nick tras varios minutos de silencio.
    – Hoppy está en peligro -susurró Rose con lágrimas en los ojos-. Le ha dado una patada.
    – Pero está bien -Nick se había vuelto cuando abandonaban la pradera-. He visto al niño del collie recogerlo.
    – ¿Y estaba bien?
    – Sí -dijo Nick, aunque no estaba seguro.
    – Nos odia -dijo Rose con un hilo de voz teñido de tristeza-. Los dos nos odian.
    – No estoy tan seguro de Julianna. Pero está claro que Jacques te odia porque representas una amenaza para su futuro.
    – ¿Crees que deberíamos marcharnos?
    Nick esbozó una sonrisa. En qué lío se habían metido… El chofer que los llevaba mantenía un gesto adusto y despectivo. Llevaba el mismo uniforme que Jacques aunque con menos galones. Los separaba de él una mampara fija, así que era imposible hablar con él.

    Nick miró hacia atrás y vio que les seguían varios coches y motocicletas.
    – Yorkshire empieza a resultar una opción atractiva -comentó. Pero Rose puso cara de determinación.
    – No. En absoluto.
    – ¿Tan horroroso es?
    – ¿Alguna vez has ayudado a parir a una vaca durante una tormenta de granizo?
    – La verdad es que no.
    – Las mazmorras deben ser más confortables -dijo Rose, y suspiró profundamente-. Lo que no nos mata nos fortalece -concluyó.
    – Mi madre adoptiva solía decir eso del dolor de muelas -masculló Nick-, pero me temo que lo que nos espera es mucho más grave que un dolor de muelas.
    – Se supone que debes tranquilizarme, no asustarme -dijo Rose, haciendo un esfuerzo por bromear-. ¿No eres diplomático? Intenta convencerlos.
    – Por ahora no creo que sea posible. Ya veremos qué puedo hacer una vez lleguemos a palacio.
    Rose se acomodó en el asiento. Nick la miró de reojo. Su actuación en el río había sido magistral, pero la valentía de la que había hecho gala empezaba a pasarle factura. Estaba pálida y se restregaba las manos con nerviosismo. Nick dejó escapar un juramento y, deslizándose sobre el asiento, le pasó un brazo por los hombros y la estrechó contra su costado. Rose se tensó.
    – Ahora no hace falta que actuemos -masculló.
    – ¿Quieres decir que no tengo que comportarme como tu marido? Ya lo sé -dijo él quedamente-, pero tengo que actuar como si fuéramos dos personas metidas en un lío. Debía haber previsto que habría complicaciones.
    – ¿Cómo podías adivinarlo?
    – Por experiencia. Pero decidí creer en Erhard cuando dijo que no encontraríamos demasiados obstáculos,
    – Es lógico que los haya -dijo ella, pensativa-. Después de todo, pretendemos hacernos con el trono -tras una pausa continuó-. Aunque creo que te refieres a problemas aún más serios. ¿Temes que nos arresten?
    – Sí.
    Aunque Rose no se relajó, se pegó más a él, como si encontrara consuelo en su proximidad.
    – ¿Crees que alguien cuidará de Hoppy?
    – Claro que sí. En el río había gente dispuesta a apoyar nuestra causa. Seguro que ellos cuidarán de Hoppy.
    – Pero puede que la patada le haya herido.
    – Seguro que se recuperará -masculló Nick. Pero cerró los puños con fuerza, indignado con que alguien fuera capaz de maltratar a un animal. Y le sorprendió descubrir que su afecto no fuera sólo dirigido a Rose, sino también a Hoppy.
    Había aprendido a ser independiente desde muy pequeño. Sus hermanos adoptivos, como él, habían desarrollado pronto una naturaleza solitaria. Ruby, su madre adoptiva, había hecho todo lo posible por enseñarles a amar, y él había aprendido a amarla. Pero de ahí a extender su afecto a un…
    No se había planteado nada igual hasta conocer a Rose. Y en cuestión de horas descubría que habría hecho lo que fuera por asegurarse de que Hoppy estuviera a salvo. Por el perro. Por cómo había agitado la cola cuando, equivocadamente, había creído que la comida de Rose y la suya le pertenecían, y luego se había encogido, cubriéndose los ojos con las zarpas, esperando educadamente a recibir lo que le dieran, demasiado bien educado como para exigir… Hasta que Griswold le había llevado su carne.
    – Estás sonriendo -dijo Rose. Y Nick se sobresaltó. No sabía adonde los llevaban y se distraía pensando en un perro…
    – Pensaba que Hoppy es capaz de sobrevivir en cualquier circunstancia.
    – Sí -dijo ella con una sonrisa melancólica-. Seguro que sí. ¿Crees que nuestra situación es más delicada?
    – Me temo que sí.
    – ¿Crees que nos espera un batallón de fusilamiento al amanecer? -bromeó Rose.
    – Eso es imposible -dijo él con firmeza, reprimiendo las ganas de besarla. Y ella debió intuir lo que pensaba porque, suavemente, se separó de él-. Esta gente está desquiciada, pero no cometerían el error de crear un conflicto internacional. Los miembros del consejo tienen residencias en Francia y en Italia, donde pueden ir a disfrutar del dinero que roban a su país. Si desapareciéramos se convertirían en criminales internacionales. Rose reflexionó,
    – ¿Te has informado de todo eso?
    – Sí -afirmó él-. Y mis averiguaciones me han llevado a la conclusión de que, en términos generales, estamos a salvo. Así que, relajémonos y veamos adonde nos conducen.
    – ¿Al palacio? -preguntó ella, expectante.
    – Eso espero. Vamos camino de un hotel de lujo.

Capítulo 7

    El coche se detuvo en el patio del palacio.
    – ¡Había olvidado lo grande que era! -exclamó Rose, alzando la mirada hacia los torreones y la gran escalinata de mármol que ascendía hasta la puerta principal-. De pequeña, apenas dejaba el palacio, pero do recordaba…
    La puerta del coche se abrió bruscamente. Alguien gritó:
    – ¡Fuera! -una mano le asió el brazo y tiró de ella con tanta fuerza que Rose cayó al suelo.
    En cuestión de segundos, Nick estaba a su lado, la ayudó a levantarse y empujó a los oficiales que los rodeaban. Pasó un brazo por encima de su hombro y se encaró a Jacques, que acababa de bajar de su coche y se aproximaba a ellos, seguido por Julianna.
    – Como pongas un dedo sobre la princesa Rose, tendrás que responder ante la comunidad internacional -dijo con la firmeza propia de un abogado en un juicio. Luego alzó la voz y continuó-: La princesa Rose-Anitra y yo, Nikolai de Montez hemos sido escoltados al castillo imperial de Alp de Montez en contra de nuestra voluntad -elevó el volumen de su voz como si se dirigiera a una amplia audiencia-. Jacques y Julianna de Montez nos retienen. Están presentes. Ellos han dado la orden de que nos detengan.
    Todos lo miraban desconcertados. Nick continuó:
    – En cualquier momento me retirarán el teléfono móvil, así que no podré seguir transmitiendo, pero este mensaje ha quedado grabado. Blake, ya sabes lo que tienes que hacer.
    Se produjo un tenso silencio que rompió Jacques con un grito de furia al darse cuenta de lo que Nick acababa de hacer. Dupeaux dio una orden y Nick fue cacheado hasta que encontraron su teléfono.
    – Sigue transmitiendo -dijo Nick con sorna cuando Dupeaux se lo pasó a Jacques. Volvió a alzar la voz-: Acaban de usar la fuerza para quitármelo.
    Jacques lo tiró al suelo y lo aplastó con el tacón.
    – Supongo que ya no funciona -dijo Nick, sonriendo con sarcasmo al tiempo que estrechaba a Rose contra sí-. Pero todo lo que he dicho desde que llegamos al río, ha sido grabado por el bufete internacional Goodman, Stern y Haddock. Si Blake o mis numerosos amigos en las embajadas de Londres no tiene noticias mías pronto, sabrán dónde buscarme.
    Jacques estaba furioso.
    – Llevároslo -gritó, mirando al teléfono como si fuera un escorpión.
    – ¿Julianna? -Rose se volvió hacia su hermanastra implorante. Julianna parecía paralizada por lo que estaba sucediendo. Rose quería creer que la grabación no era en realidad necesaria. Que su hermanastra nunca…
    – Sois una amenaza para nosotros -susurró Julianna finalmente, pálida como un espectro.
    – Y vosotros para este país -dijo Rose.
    – Eso no es verdad. Jacques no haría nada malo.
    – Deberías hacer algunas preguntas, Julia -dijo Rose girando la cabeza por encima del hombro para que su hermanastra la oyera mientras forcejeaba con unos soldados que la llevaban a rastras.
    Después de atravesar varias puertas, los tiraron en una sala y cerraron la puerta a su espalda. El ruido del cerrojo reverberó en el corredor.
    Rose miró a su alrededor con la respiración entrecortada por la ansiedad. Afortunadamente no era una mazmorra. Se trataba de una austera habitación encalada, con el suelo de cemento y sin ventanas. Había un par de camas pequeñas con mantas blancas, separadas por una alfombrilla. A través de una puerta que había en la pared opuesta, se veía un sencillo cuarto de baño.
    Era un cuarto austero, pero al menos no era una cámara de tortura.
    – ¡Y yo que creía que iba a ser una princesa! -bromeó Rose con voz temblorosa.
    – Rose…
    – No te preocupes. Sigue siendo mejor que Yorkshire.
    Y no mentía. En cualquier caso, ya no podía volver. Había necesitado un imperativo moral para marcharse. Con aquel encierro, su retorno se hacía imposible debido a un imperativo físico.
    Se acercó a la puerta y escuchó al tiempo que intentaba abrirla.
    – Está cerrada con llave -dijo Nick, confirmando lo obvio.
    – Era de esperar.
    – Rose, ¿puedo abrazarte? -preguntó Nick súbitamente.
    – Yo…
    – Odio los espacios cerrados -confesó Nick-. Creo que sufro de claustrofobia.
    – ¿De verdad? -preguntó ella con escepticismo.
    – Necesito un abrazo -dijo Nick, y tomó a Rose en sus brazos.
    Ella no creyó ni por un instante que fuera claustrofóbico, y asumió que era la excusa que había inventado porque creía que era ella quien necesitaba consuelo.
    Y tenía razón. Sentía mucho miedo. Y, para colme temía por Hoppy.
    Se dejó abrazar por Nick. Empezaba a resultar un hábito al que sabía que podría acostumbrarse sin ninguna dificultad. Los abrazos de Nick ahuyentaban el miedo. Trasmitía una fuerza y un poder que lo hacían irresistible. No era difícil imaginar por qué las mujeres se volvían locas por él. Y ella, por más que fingiera ser valiente, había sentido pánico al ver la expresión del rostro de Jacques.
    Y porque estaba prisionera.
    Y porque había perdido a Hoppy. Se apretó contra Nick y él le acarició el cabello.
    – Tranquila, Rose, tranquila. Saldremos pronto de aquí, ya lo verás.
    – Se supone que eres tú el que está asustado -dijo ella. Pero no se separó de él.
    – Alguien cuidará de Hoppy -susurró él. Y Rose se tensó.
    – Soy veterinaria -musitó contra el hombro de Nick -y no debería sentirme tan unida a un animal, pero no puedo evitarlo.
    – Si no te importara tanto, no serías tú -dijo Nick-. ¿Tenías que quedarte tanto tiempo con tu familia política?
    Rose frunció el ceño. Sin levantar la cabeza del hombro de Nick, dijo:
    – ¿Qué tiene que ver una cosa con otra? -y percibió que Nick sonreía.
    – Nada. Pero ya que estamos encarcelados, ¿por qué no ocupar el tiempo charlando? -a continuación adoptó un tono más serio y añadió-. Además, estás salvándome de la claustrofobia.
    – No es verdad que seas claustrofóbico.
    – Suéltame y ya verás cómo me pongo. ¿Quieres ver a un adulto comportarse como un animal enjaulado? Rose sonrió y alzó la mirada. Un mechón de cabello caía sobre la frente de Nick. Parecía ansioso. Sin embargo, en el fondo de sus ojos se veía un brillo malicioso que no tenía nada que ver con la ansiedad. Nick era peligroso. Todavía más que la situación en la que se encontraban.
    – Pues vas a tener que reaccionar -dijo. Y se separó de él para ir a sentarse en una de las camas. En lugar de colchón había una dura tabla de madera-. ¡Ay! -gritó de dolor-. No tienen colchón -al ver que Nick hacía ademán de sentarse a su lado, alargó el brazo para impedírselo-. Vete a tu cama.
    – Eso no es divertido -dijo Nick, pero obedeció. Luego, mirándola con picardía, añadió-: Así no se me va a pasar la claustrofobia.
    – Deja de decir que eres claustrofóbico -dijo Rose.
    – Ése no es el mejor tratamiento para un enfermo. Distraerme, en cambio, siempre funciona.
    – ¿Cuánto tiempo crees que nos retendrán? -preguntó Rose, cambiando de tema.
    Nick se encogió de hombros.
    – No tengo ni idea, Rose -dijo, poniéndose serio-. Pero hemos hecho lo que hemos podido. Hemos explicado nuestro propósito a la gente del pueblo. Puede que eso baste. Según Erhard, este país lleva tanto tiempo sometido, que es un polvorín a punto de estallar.
    – Puede que con nosotros dentro.
    – No. Nosotros somos la alternativa a la explosión. El pueblo no quiere la anarquía o se habría sublevado hace tiempo. Con nosotros, pueden conseguir una transición pacífica. Les bastaría con exigir que se aplicara la ley.
    – ¿Y cómo van a conseguirlo? ¿Pidiéndole amablemente a Jacques y Julianna que nos entreguen el poder?
    – No tengo ni idea.
    – Te has metido en esto tan impulsivamente come yo.
    – En parte sí. Pero con el apoyo de mis socios y de mi hermano.
    – ¿Tu hermano? -preguntó Rose, desconcertada.
    – Tengo seis hermanastros -explicó Nick-. Uno de ellos, Blake, es también mi socio en el bufete. Es él quien estaba grabando el mensaje. Cuando me marché dijo: «Si temes algo, llama y grabaré el mensaje». Y eso es lo que he hecho. Todo lo que hemos dicho desde que aterrizamos ha sido grabado.
    – Así que Blake vendrá a rescatarnos con las fuerzas aéreas.
    – No creo que sea necesario.
    – ¿Estás seguro?
    – No -admitió Nick.
    – Y supongo que Blake no tiene un ejército.
    – Me temo que no.
    – Y mi perro está vagando por ahí, solo.
    – Seguro que no.
    – Voy a intentar dormirme -dijo Rose, abatida-. Esta conversación no conduce a nada.
    – ¿Podrás dormir?
    – Es casi medianoche -dijo Rose-. No creo que vayan a ser tan amables como para traer nuestro equipaje -bromeó.
    – Lo dudo.
    Rose suspiró resignada, pero de pronto se animó,
    – ¡Qué suerte tengo!
    – ¿Suerte? -Nick la miró sorprendido.
    Rose rebuscó en el bolsillo de su trenca y con gesto triunfal sacó un viejo cepillo de dientes y un tubo medio gastado de dentífrico.
    – Seguro que los grandes abogados no lleváis este material en el bolsillo -dijo con chulería.
    – No. ¿Y tú por qué lo llevas?
    – Porque a menudo tengo que pasar la noche en una granja perdida mientras espero que nazca un ternero, o porque estoy muy lejos de casa -Rose sonrió-. Te dejo la pasta, pero el cepillo no te lo dejaría ni aunque fueras mi marido, lo que, por otro lado, cada vez parece más improbable.
    Se levantó y, sonriente, fue al cuarto de baño.

    Rose durmió como un tronco. Nick no salía de su asombro. Para él, poder cerrar los ojos y dormir era una bendición de la que sólo disfrutaba excepcionalmente.
    Ya de pequeño le costaba dormir. Quizá porque durante las noches su madre a veces desaparecía.
    – La pobre no era más que una niña asustada -solía decirle Ruby-. Ella también tenía pesadillas, como tú.
    No le dejaron crecer. Pero tú y yo vamos a encontré una manera de superar tus malos sueños.
    Ruby era una mujer muy sabia. Lo mejor que le había pasado en la vida. A él y a sus seis hermanastros.
    Era lo bastante inteligente como para saber que nunca escaparía de sus pesadillas, pero que podía aprender a ignorarlas.
    Así que, recordando alguno de los consejos de Ruby, Nick no se empeñó en dormir, sino que permaneció echado, mirando al techo, dejando vagar sus pensamientos.
    Por la ranura que había debajo de la puerta se colaba suficiente luz como para poder vislumbrar a Rose.
    Era una mujer valiente. Y solitaria. Además de extremadamente práctica, acostumbrada a seguir adelante a pesar del dolor.
    Acababa de perder a su perro. Nick sabía cuánto significaba para ella y, sin embargo, ni había derramado una sola lágrima ni se había desesperado. Él la había observado cuando hablaba de Hoppy, había percibido cuánto sufría, cuánto deseaba salir a buscarle Pero en medio de su tristeza, era capaz de aceptar la realidad y darse cuenta de que desesperarse no condecía a nada. Por eso había decidido dormir.
    Era una mujer única, excepcional. Como Ruby.
    Ruby la adoraría. Y a ese pensamiento se unió el de que quizá debía haberle contado lo que iba a hacer en lugar de limitarse a decir que se casaba por cuestiones políticas. Ruby había reaccionado espantada porque para ella era fundamental que sus hijos encontraran el amor.
    Quizá, como de costumbre, Ruby era más lista que él, porque lo que sentía por Rose no tenía nada de «político».
    Pasó una hora. Dos. Hacía frío. Sólo tenían una manta cada uno. Cada vez hacía más frío.
    – Tengo frío -dijo Rose súbitamente.
    Y Nick se incorporó de un salto.
    – Creía que dormías.
    – Y así era. Pero me he despertado. Una manta no es bastante.
    – Tienes la trenca.
    – Y gracias a ella tengo el cuerpo caliente. Pero tengo las piernas heladas. ¿Sólo tienes una manta?
    – Sí.
    – ¿Puedo confiar en ti si te pido que compartas mi cama?
    Nick se quedó boquiabierto.
    – ¿Quieres que durmamos juntos?
    – En el sentido literal, sí.
    – O sea que me invitas a dormir… dormir.
    – Exactamente. O lo tomas o lo dejas. Sólo se recibe una oferta así en la vida.
    – Sería una grosería rechazar a una dama -dijo Nick. Y unos segundos más tarde, extendía la manta sobre Rose y se metía debajo junto a ella.
    – Tengo otra sugerencia -dijo Rose antes de que se acomodara.
    – ¿Cuál?
    – Si yo pongo mi trenca encima de nuestros pies, tú podrías poner la cazadora del chofer extendida sobre la parte de arriba -dijo Rose-. Como ves, soy extremadamente magnánima -añadió, bromeando con fingida solemnidad-. Podría no ofrecer la trenca.
    Nick rió.
    Tardaron un par de minutos en organizar la cama. Finalmente, se acostaron. La cama era tan estrecha que tenían que permanecer pegados el uno al otro. Sus hombros se rozaban y Nick se quedó inmóvil, en tensión.
    – Esto es ridículo -dijo Rose al cabo de un rato. Así no vamos a pegar ojo.
    – ¿Qué quieres que hagamos?
    – Relajarnos. Si nos ponemos de costado hacia el mismo lado, tú podrías amoldarte a mi cuerpo y darme calor. Soy viuda y sé lo que me digo.
    – Supongo que tienes razón -dijo Nick, titubeante, mientras intentaba convencerse de que a pesar de todo la relación podía mantenerse en un plano meramente platónico.
    – Y aunque tú no seas viudo, estoy segura de que sabes que se puede compartir una cama sin mantener relaciones -dijo Rose-. Así que relájate.
    – A sus órdenes, señora.
    – Así me gusta -dijo Rose. Y Nick intuyó que sonreía.
    Rose se giró de costado y Nick la imitó. Ella se deslizó hacia atrás, hasta que sus cuerpos se amoldaron. Automáticamente, Nick pasó el brazo sobre su cintura y Rose se tensó por un instante, antes de volver a relajarse.
    – ¿Ves qué bien estamos? -dijo-. Y ahora, a dormir. A no ser que temas que nos fusilen al amanecer. Pero los dos sabemos que Blake lo impedirá, ¿verdad?
    – Sí, claro -balbuceó Nick.
    – Entonces no hay de qué preocuparse. Excepto de Hoppy, y no podemos buscarlo hasta que nos liberen Así que: a dormir.
    – Sí, señora.
    Y, asombrosamente, Nick durmió varias horas.
    Cuando despertó, Rose seguía arrebujada contra él, y él mantenía el brazo sobre su cintura.
    Miró el reloj procurando no despertarla. Era la primera vez en su vida que pasaba la noche así con una mujer. Con Rose todo era diferente. Era distinta, increíble, y tenía la extraña sensación de que… formaba parte de él.
    Ese pensamiento lo sobresaltó. Todo había comenzado la primera noche, al conocerla. Y había alcanzado su punto álgido el día anterior, al verla relacionarse con la gente con una intuición y una empatía que no había visto jamás en nadie a lo largo de toda su experiencia profesional.
    Además, había mostrado una valentía excepcional, obligándose a presentar una fachada animada y valerosa, riendo siempre que podía, negándose a ser intimidada, analizando las circunstancias sin perder el optimismo.
    Rose se removió levemente y Nick estrechó su abrazo. Aquella mujer era su prometida… Y ese pensamiento lo llenaba de incredulidad. Sería su esposa, aunque sólo fuera sobre el papel.
    Pero las cosas habían cambiado radicalmente respecto a los planes iniciales. O quizá era él quien había cambiado en su interior.
    ¿Se habría enamorado?
    La mera sospecha de que ésos fueran sus sentimientos, lo sobrecogió. En ese momento, percibió que Rose se despertaba.
    – ¿Qué hora es? -preguntó ella en un susurro.
    – Las siete.
    – ¿Crees que nos darán algo de comer?
    Como si la hubieran oído, se abrió la puerta, alguien puso una bandeja en el suelo, la empujó, y cerró de nuevo.
    – Se ve que sí -bromeó Nick al tiempo que, a su pesar, se separaba de Rose para sentarse.
    – Quita esa cara -dijo Rose súbitamente, adoptando una actitud práctica a la vez que se levantaba.
    – ¿Qué cara?
    – No sé, pero estás pensando algo que prefiero no saber -dijo ella con brusquedad-. Me pido ser la primera en ir al baño. ¡No se te ocurra comer todas las tostadas!
    No había tostadas. Sólo cereales, leche, agua templada y café instantáneo.
    – Esto no tiene nada que ver con la imagen que me había hecho de ser princesa -masculló Rose-. Ha llegado el momento de que te diga que si no tomo un buen café me vuelvo un monstruo.
    – A mí me pasa lo mismo -dijo Nick.
    – ¿Y qué hacemos ahora? -preguntó Rose tras tomarse un café con una mueca de asco.
    – Esperar.
    – ¿Cuánto tiempo?
    – ¿Veinte años?
    – Pues espero que nos den una baraja de cartas -dijo Rose imperturbable-. Si no, escribiré una carta a las Naciones Unidas.
    Nick sonrió. Se sentaron a esperar.

    Si alguien le hubiera dicho a Rose que iba a contarle su vida a un hombre al que apenas conocía, le habría dicho que estaba loco. Completamente majareta. Era extremadamente reservada. Hasta a Max le había costado que le proporcionara información sobre su pasado. Y luego, se había arrepentido de hacerlo. Max había compartido su intimidad con su familia, y ésta con toda la comunidad. Y con ello, la resistencia de Rose a hablar de sí misma se había multiplicado exponencialmente.
    Pero en aquel momento, parecía haber abierto las compuertas. Trató de convencerse de que lo hacía precisamente porque nada la vinculaba a Nick. Él sólo hacía preguntas por cortesía, para entretener el tiempo; y ella respondía porque no quería pensar en el presente.
    Pero en el fondo sabía que eso no era verdad. Sí quería compartir su pasado con Nick. Sus vidas parecían haber transcurrido en paralelo. Los dos tenían infancias desgraciadas y habían aprendido a ser independientes. Y quizá ello había contribuido a que tuvieran aficiones similares.
    – ¿Juegas al tenis? -preguntó Nick.
    – No, pero me encanta el jockey, aunque soy malísima. De hecho, todavía juego.
    – ¿De verdad? Yo jugaba en la universidad.
    – ¿De delantero?
    – De delantero centro. ¿Y tú?
    – De lateral derecho -dijo Rose-. Golpeo con fuerza hacia la izquierda.
    – Si tuviéramos un par de palos, podríamos jugar.
    – Si nos quedamos aquí mucho tiempo, acabaremos jugando con las patas de la cama. Entretanto, ¿cuál es tu helado favorito?
    – El de chocolate.
    – ¿Con chips?
    – No. Chocolate sin leche y sin trocitos que desvirtúen el sabor original.
    – Ummm -exclamó Rose, sintiendo hambre súbitamente-. ¿Cuándo crees que nos darán de comer?
    – Dudo mucho que nos den helado. ¿Te gusta nadar?
    – Doy cinco brazadas y me ahogo. En el palacio nunca hubo piscina. Quizá la haya ahora. ¿Tú?
    – En la casa de mi madre adoptiva, a las afueras de Sydney, había un embalse en el prado trasero. Ruby no nos dejaba ir al prado si no sabíamos nadar.
    – ¿Ella te enseñó?
    – Ruby me enseñó todo lo que sé.
    – ¡Qué afortunado!
    – ¿Por tener una madre adoptiva?
    – Bueno…, perdona. ¡Qué comentario tan estúpido!
    – No te preocupes, O sí, porque ¿qué vas a hacer cuando vivamos en este lujoso palacio con una piscina olímpica?
    – Me compraré unos manguitos y prohibiremos la entrada a los fotógrafos. Nick, ¿qué crees que está sucediendo ahí fuera?
    – No lo sé.
    Aunque ninguno de los dos lo había mencionado, hacía rato que se oían ruidos de fondo. No se trataba tanto de ruidos aislados como de un murmulla creciente. En los últimos minutos, se había acercado lo bastante como para que se pudieran distinguir algunas voces.
    – Hace rato que ha pasado la hora de comer -dijo Rose, nerviosa-. Quizá deberíamos quejarnos.
    – Lo mejor será que no hagamos nada -dijo Nick-. Tengo la impresión de que el encargado de darnos de comer está ocupado.
    Escucharon en silencio. Los gritos se intensificaron.
    – ¿Qué tal cantas? -preguntó Nick. Pero Rose pensó que los gritos eran demasiado estridentes como para poder ignorarlos cantando. Eran cada vez más altos. Y más cercanos.
    – ¿Te das cuenta de que si se trata de una revolución, el método más habitual de librarse de los monarcas es la decapitación? -susurró.
    – Eso no sucede desde la de Rusia -dijo Nick-. Piensa en las revistas del corazón. Están llenas de príncipes y princesas destronados a los que nadie ha cortado el cuello.
    – Nick…
    – Lo sé -Nick se acercó a la puerta y pegó la oreja, esforzándose por distinguir algo entre el ruido general.
    – Nick -volvió a decir Rose. ¿Cómo era posible que la situación hubiese llegado a aquel extremo? ¿Qué había pasado con su aventura? ¿Dónde estaba su hermanastra? ¿Y Hoppy?
    Nick se acercó a ella y la abrazó.
    – Estamos juntos -susurró.
    Rose se sintió mejor al instante. Cada vez que estaba en brazos de Nick tenía la sensación de poder enfrentarse a cualquier cosa. Pero eso mismo le daba otro motivo de temor. Temía depender de Nick. Después de todo, era un hombre de negocios adinerado, que había accedido a casarse con ella por conveniencia.
    ¿Cómo había llegado a aquel punto? Cualquier otra persona habría escuchado la propuesta de Erhard y habría salido huyendo. Ella, en cambio, había abandonado su casa y había cruzado Europa para reclamar un trono e implicarse en una lucha por el poder en la que ni siquiera conocía a los contendientes. Y aunque había intuido que se trataba de una misión más arriesgada que la descripción que Erhard hacía de ella, nada la había intimidado.
    Pero lo que más la asustaba de todo era que en lugar de estar aterrada por lo que sonaba como una multitud asediando el castillo, bastaba con que Nick la abrazara para recuperar la calma. Prefería ser derrotada luchando junto a él que tener una vida apacible en Yorkshire, aplastada por el recuerdo de Max.
    – Estamos juntos -susurró Nick de nuevo.
    Y Rose pensó que la sujetaba como si la amara.
    Como si la amará…
    Súbitamente pensó, horrorizada, que no tenía sentido romper una cadenas para dejarse atar por otras. Se había jurado no volver a caer en una trampa emocional. Nunca.
    Pero en aquel instante carecía del coraje necesario para separarse Nick. Así que siguió abrazada a él mientras el ruido exterior se convertía en un rugido atronador. El sonido de unos disparos la hizo apretarse aún más a Nick.
    ¿Qué estaba sucediendo? ¿Qué pasaba fuera de su celda?
    Los disparos cesaron tan abruptamente como habían comenzado. A continuación, se produjo un silencio sepulcral y, súbitamente, se oyeron vítores de alegría. Poco a poco, los gritos fueron enmudeciendo y fueron sustituidos por ruidos de confusión, gritos que se aproximaban.
    Rose ya no pensaba en razones para separarse de Nick. Se oían gritos de júbilo. ¿Júbilo? ¿Por qué? Nick y Rose mantenían la vista fija en el cerrojo. Los minutos pasaban.
    Y de pronto, llegó un grito desde el otro lado de la puerta, seguido de otros y del ruido del cerrojo abriéndose.
    La puerta se abrió de par en par y en el umbral apareció una multitud. Delante del grupo, estaba la reportera que habían conocido el día anterior. A su lado, el fotógrafo. Y abriéndose paso a codazos, el niño del collie. Llevaba a Hoppy en brazos. Rose lo miró con ojos desorbitadamente abiertos.
    – ¡Hoppy! -exclamó con una sonrisa de oreja a oreja. Y abrió los brazos-. Hoppy. ¡Ya sabía yo que me rescataría un perro!

Capítulo 8

    El día de la boda lucía un sol resplandeciente. La sirvienta abrió las cortinas y saludó a Rose.
    – ¡Afortunada la novia a la que el sol sonríe!
    Rose apartó las sábanas y Hoppy apareció a su lado. El palacio era enorme y daba miedo, y el perro había decidido que su ama necesitaba compañía.
    Pero su protección no era necesaria. Los murmullos de protesta se habían acallado la misma noche de su llegada. El pueblo había acudido al palacio a expresar su descontento. Había habido algunos disparos, pero no se produjeron bajas entre los miles de ciudadanos que acudieron a la protesta.
    Jacques y Julianna habían desaparecido con sus acólitos y habían accedido a regañadientes a que la sucesión fuera decidida por un jurado internacional. La reunión no se había producido todavía, pero Erhard parecía haber estado en lo cierto al asumir que, una vez se celebrara la boda, el trono sería entregado a Rose.
    Ni ella ni Nick habían llegado a asimilar lo que estaba ocurriendo, pero en ningún momento se habían planteado echarse atrás.
    Y el día de su boda había llegado.
    – El príncipe Nikolai ha desayunado antes que usted, señora -dijo la sirvienta, sonriendo-, porque no es bueno que el novio vea a la novia.
    Rose pensó que aquel día marcaba en realidad el principio del fin. En cuanto la sucesión quedara asegurada, Nick podría marcharse y volver a su trabajo. Lo que Rose no comprendía era por qué la idea le daba tanta tristeza.
    – La peluquera llegará en una hora -dijo la sirvienta-. El vestido estará listo para las doce. Los fotógrafos, a las dos.
    Ese debía ser el problema. Rose no había tenido en cuenta todo lo que implicaba ser princesa y reinar. Sobre todo, sin Nick.
    Cuando la sirvienta se fue, Hoppy bajó de la cama y fue hacia la puerta del dormitorio. Llevaban allí sólo una semana, pero parecía encantado con la rutina. Desayuno con Nick; un par de horas de trabajo para descifrar documentos que a Nick le bastaba leer una vez. Luego, un paseo por el bosque, o un baño. Uno de los príncipes había instalado una espectacular piscina y Nick le estaba enseñando a nadar. Y para rematar la mañana, un almuerzo al aire libre.
    Después de cenar, solían charlar prolongadamente.
    Y después, se iban a la cama… Cada uno por su lado.
    A lo largo de aquellos días, Rose había tenido que acallar una vocecita que le recordaba que pronto serían marido y mujer. Que podrían… Pero inmediatamente decidía en contra.
    – Estoy a punto de alcanzar un final feliz sin príncipe -dijo Rose a su perro, para reafirmarse en su postura-.
    Y la boda no es más que el último paso para lograrlo.
    Nick esperaba junto al altar, al fondo de la nave central de la capilla del palacio, uno de los pocos rincones del palacio que normalmente invitaba a la intimidad y al recogimiento, pero que en aquel momento estaba ocupada por decenas de dignatarios y de cámaras de televisión que retransmitían el acontecimiento a todo el mundo.
    Rose cruzó el umbral y se paró en seco.
    Hasta aquel instante la idea de la boda había sido una fantasía, un sueño. Desde el encuentro en el restaurante, cinco semanas antes, su vida había avanzado a cámara rápida, en medio de la confusión y el desconcierto. Incluso el vestido que llevaba, al que el modisto de palacio había dedicado horas, alterándolo hasta convertirlo en una segunda piel, formaba parte del sueño de un pueblo que anhelaba aquella boda real.
    Ése era el mensaje que había recibido una y otra vez cuando Nick y ella fueron liberados.
    – La noticia de que están aquí ha dado esperanzas al pueblo de que pueda producirse un cambio sin derramamiento de sangre. ¡Es tan maravilloso! Y el príncipe Nikolai y usted hacen una pareja tan romántica…
    Rose había intentado no pensar en aquellas palabras del modisto, pero no eran más que el eco de lo que todo el mundo parecía pensar.
    Y en aquel instante, al oír los primeros acordes del órgano, necesitó tomar aire.
    ¿Qué estaba haciendo?
    La última vez que había oído aquella música, estaba en una pequeña iglesia en Yorkshire, y Max la esperaba. En aquel momento, era Nick. Y también él era en cierta forma una dulce trampa. Se quedó sin aliento. Sus pies se negaban a moverse.
    Nick estaba al final del pasillo, pero no era más que una imagen borrosa, estaba lo bastante lejos como para no ver el pánico reflejado en su rostro.
    Un hombre mayor se levantó del banco más próximo a la puerta y posó la mano sobre su brazo. Rose se volvió, sobresaltada. Se trataba de Erhard.
    Rose no lo había visto en todos aquellos días a pesar de que tanto ella como Nick habían solicitado verlo, pero sólo habían recibido evasivas.
    Su aparición fue casi milagrosa. Estaba más delgado, pero conservaba su aspecto noble, al que contribuían un uniforme militar con numerosos galones y una espada. Sonreía.
    – Nikolai no es Max -dijo con dulzura, y la asió con fuerza-. Lo sabes.
    Rose lo miró atónita y él le sostuvo la mirada. ¿Cómo había adivinado sus temores?
    – Está esperándote -dijo el anciano.
    Rose se volvió hacia Nick y vio que la miraba con inquietud. Podía ver que fruncía el ceño levemente y que era consciente de que estaba abrumada. ¿Cómo era posible que lo supiera? ¿Y por qué ella sabía lo que pensaba?
    Estaba guapísimo. Llevaba el mismo uniforme que Erhard, de un intenso azul marino, con una banda dorada cruzada en el pecho y una espada en el cinto.
    Nikolai de Montez. El príncipe que retornaba a su hogar. Todo en él se correspondía con la imagen de un príncipe.
    «Él debería ser el soberano, y no yo», pensó Rose. Él sí parecía pertenecer a la realeza y a aquel un mundo tan alejado del suyo.
    Todos los presentes estaban pendientes de ella, pero Erhard no la apremiaba sino que se limitaba a permanecer a su lado, dejando que decidiera por sí misma.
    Nikolai esperaba. Y de pronto, sonriendo, se agachó y levantó del suelo a Hoppy.
    Rose lo había dejado al cuidado de uno de los jardineros del palacio.
    El perrito se había hecho tantos amigos, que Nick solía decir que la insurrección había tenido lugar por la patada que Jacques le había dado. Cada vez que les sacaban una fotografía, los fotógrafos preguntaban por él.
    Rose había considerado inadecuado que Hoppy acudiera a la ceremonia, pero era evidente que Nick había pensado lo contrario.
    Sin dejar de sonreír, Nick se agachó para dejar a Hoppy en el suelo, al que había ataviado con un collar azul y oro a juego con su uniforme, y como si mandara un mensaje secreto a Rose, le susurró:
    – Ve con Rose.
    La marcha nupcial seguía sonando. Hoppy alzó la mirada hacia Nick y luego a su alrededor, como si supiera que todos los presentes estaban pendientes de él. Meneó la cola frenéticamente y cojeó feliz hacia su ama.
    Rose rió y se agachó para darle la bienvenida. Hoppy se acomodó en sus brazos y ella lo estrechó contra su pecho. Luego se incorporó, y al mirar a Nick se dio cuenta súbitamente de que su boda con Max y la que estaba a punto de celebrarse eran tan distintas como el día y la noche.
    En Yorkshire, Max la esperaba en tensión. Sus padres se sentaban en la primera fila. De acuerdo con las instrucciones dadas por la madre de Max, los amigos de la novia ocupaban los bancos de la izquierda, los del novio, los de la derecha. En su lado, sólo se sentaron los tres únicos amigos que se negaron a obedecer.
    Había sido la boda de Max. La vida de Max.
    Pero en aquel momento, la iglesia estaba llena de gente. Erhard estaba a su lado, sonriéndole con calma mientras Hoppy intentaba lamerle la cara y Nick la observaba sonriente.
    Aquélla sí era su vida. Ésa era la certeza que había tenido al escuchar la proposición de Erhard y ver la cortesía y la amabilidad con la que Nick trataba al anciano.
    No perdería su libertad. No se trataba de una jaula de oro en la que quedaría atrapada, como había quedado su madre. Nick estaba haciendo lo que hacía para liberar al país. La había reconfortado y había sido su sostén aquellos días sin pedir nada a cambio.
    Podía casarse con él y ser libre, porque él se iría.
    Nick seguía observándola expectante. Toda la iglesia la miraba. ¿Qué iba a hacer? ¿Provocar un ataque al corazón a Nick y a Erhard? ¿Causar un escándalo delante de la prensa mundial?
    – ¿Estás bien? -susurró Erhard. Y Rose consiguió sonreír.
    – Me gusta hacer sufrir a mis futuros maridos -dijo. Y el rostro de Erhard se arrugó con una amplia sonrisa. El anciano miró a Nick e intercambió con él un gesto de complicidad.
    – No es una boda de verdad -susurró Rose, más para sí misma que para ser oída-. Puedo hacerlo. ¡Que empiece la ceremonia!

    No era un matrimonio de verdad, pero cada vez le resultaba más difícil recordarlo. Estaban en el altar, y Nick sentía que los votos que hacía eran… sinceros.
    Rose estaba preciosa en su vestido de novia. Su belleza ya le había dejado sin aliento en su primer encuentro, y los días de convivencia sólo habían afianzado su convicción de que no era un atributo meramente exterior.
    Por eso tenía que hacer un esfuerzo para recordar que las palabras que estaba pronunciando en aquellos momentos no eran reales.
    – Yo, Rose-Anitra, te tomo a ti, Nikolai…
    Era una farsa, una actuación. «¿Hasta que la muerte nos separe?». No, hasta el divorcio.
    Pero ésa era la teoría. Por el momento, Nick se estaba dejando llevar, olvidándose de la necesidad de ejercer el control, de no implicarse.
    Tomó la mano de Rose, la sostuvo entre las suyas y pronunció las palabras:
    – Yo, Nikolai, te tomo a ti, Rose-Anitra, por esposa y te prometo fidelidad mientras viva.
    Y mientras la besaba delante de los congregados, se dijo que daba lo mismo lo que hubiera dicho en el pasado o los teóricos planes para el futuro.
    Todo daba igual. Porque todo había cambiado.
    Él, Nikolai de Montez, era un hombre casado.
    Las formalidades de la boda fueron tediosas. Tuvieron que firmar, firmar y firmar documentos. Luego, fotografiarse cientos de veces. Sólo entonces… empezó la diversión.
    Hubo un gran baile en los jardines de palacio. Erhard había sugerido que se invitara a gentes de todos los estratos sociales y de todos los rincones del país. Tantos como cupieran en los terrenos del palacio. Y por todo el país se celebraron fiestas en las que la población brindó por los novios y confió por primera vez en la posibilidad de un futuro mejor.
    Cuando el sol se puso, Rose y Nick fueron escoltados al interior del palacio y vitoreados a medida que subían la amplia escalera de mármol. Al llegar al rellano, Rose tropezó levemente y, sin hacer caso de sus protestas y ante la risa general, Nick la tomó en brazos.
    – Da las buenas noches a nuestro amigos -dijo, sonriendo con picardía e ignorando las protestas de Rose-. Saluda -ordenó.
    Rose obedeció automáticamente mientras Nick se giraba con ella y continuaba andando hasta llegar a la primera puerta, que abrió con el pie. Era su dormitorio.
    La puerta se cerró a su espalda y desde abajo llegaron aplausos y risas.
    – Bájame ahora mismo -dijo Rose al instante.
    Nick la dejó en el suelo. Un hombre recién casado debía actuar con cautela, y más cuando no conocía los sentimientos de su esposa.
    – Había pensado que si dormíamos esta noche en habitaciones separadas, despertaríamos sospechas.
    – ¿De quién?
    – De todos. ¿No ves que nuestras puertas se ven desde el vestíbulo?
    – Pues esperaremos a que todos se retiren e iré a mi dormitorio.
    – De acuerdo -dijo él con aparente indiferencia-. ¿Sabes que estás preciosa?
    – Tú también estás muy guapo -replicó ella-. El uniforme te favorece.
    – Me he esmerado -reconoció Nick.
    – Tengo que marcharme aunque la gente me vea -insistió Rose.
    – No daría una buena imagen ver a la novia volver a su dormitorio -insistió Nick. Y para distraerla, cambió de tema-. Ha sido una ceremonia muy hermosa.
    – Así es.
    – No hace falta que me mires así -protestó Nick-. No voy a asaltarte.
    – Más te vale.
    – ¿Qué te hace pensar que eso es lo que quiero? -preguntó Nick, consiguiendo desconcertarla.
    – ¿Y no lo es?
    – Sólo si tú lo quisieras.
    – No quiero.
    – ¿Ni un poquito? Rose lo miró indignada.
    – Yo…, no…
    – Yo pensaba… -empezó Nick con fingida inocencia- que, siendo viuda, echarías un poco de menos el sexo.
    – Eso no es de tu incumbencia.
    – Tienes razón, pero a mí el sexo me gusta mucho -dijo Nick con una mezcla de dulzura y picardía-. Y odiaría que mi esposa echara de menos algo que yo le puedo proporcionar.
    Rose dio un paso atrás.
    – Ni se te ocurra.
    – Seguro que no quieres que…
    – Esto es sólo un matrimonio de conveniencia.
    – Ya. Pero yo te encuentro preciosa y tú a mí, guapo.
    – Sólo por el uniforme -dijo Rose, jadeante.
    – ¿Quieres que me lo quite? -preguntó él, y empezó a desabrocharse.
    Rose dio un grito sofocado.
    – ¡Para! -ordenó.
    – Si no me desvisto no vamos a poder consumar el matrimonio.
    – Porque no vamos a consumarlo -dijo Rose, desviando al mirada.
    – Rose-Anitra,
    – ¿Sí?
    – ¿Te he dicho alguna vez que es un nombre muy bonito? ¿Te das cuenta de que eres la princesa de Alp de Montez y mi esposa?
    – Eso no te da ningún derecho sobre mí.
    – Claro que no. Jamás haría nada que tú no quisieras. Pero si lo deseas…
    – No lo deseo.
    – Ya lo sé -dijo Nick con resignación, mirando a su alrededor.
    La habitación constaba de salón y de dormitorio, ambos decorados al estilo imperio. La cama tenía un dosel del que colgaban pesadas cortinas de terciopelo granate. De cada poste colgaba una gran borla dorada. Los muebles eran también dorados, así como los dos leones esculpidos que flanqueaban la chimenea.
    – Tus pacientes de Yorkshire no te reconocerían si te vieran ahora -comentó.
    Rose esbozó una sonrisa.
    – Desde luego que no.
    – ¿No has invitado a tus suegros?
    – Sí, pero dicen que les he traicionado.
    – ¿Por qué?
    – Porque he abandonado a Max.
    – Max murió hace dos años -dijo Nick, frunciendo el ceño.
    – Querían que tuviera un hijo suyo.
    – Entiendo -dijo Nick, aunque no comprendía nada-. ¿Y cuál es la razón de que no quieras dormir conmigo?
    – No estoy enamorada de ti.
    – ¿Y si lo estuvieras? Rose pareció vacilar.
    – No puedo estar enamorada -dijo finalmente-, porque de estarlo, perdería mi libertad.
    – Yo jamás te ataría. Rose frunció el ceño.
    – Eso suena a proposición.
    – Sólo estaba pensando que… -en realidad Nick no estaba seguro de lo que pensaba. Sólo estaba dejándose llevar.
    Rose era encantadora, estaba allí, ante él, con aquel gesto de desconcierto… Y él acababa de pronunciar unos votos que de pronto habían dejado de parecerle una estupidez. Ya ni siquiera lo asustaban. Pero Rose sí estaba asustada. Dio un paso atrás. -Nick, no vamos a traspasar la línea.
    – No.
    – Me quedaría embarazada.
    – Puede ser -dijo Nick con cautela-. Pero he leído en algún sitio que puede evitarse.
    – El único anticonceptivo seguro es una pared gruesa.
    – ¿Has estado hablando con mi madre adoptiva? -bromeó Nick.
    Pero Rose no sonrió.
    – Nunca tendré un hijo.
    Nick frunció el ceño. Hasta ese momento había tratado la situación con ligereza, como una broma compartida. Si Rose no quería acostarse con él, no insistiría. Pero después del día tan romántico que habían pasado, y puesto que cuanto más tiempo pasaba con Rose más deseable la encontraba, se había dejado llevar por el espíritu de cuento de hadas en el que estaban inmersos.
    Sin embargo, el tono de la conversación había cambiado súbitamente. La voz de Rose se había teñido de dolor. «Nunca tendré un hijo».
    – ¿No puedes tener hijos? -Nick no quería resultar indiscreto, pero la tristeza de Rose lo conmovió.
    – Yo… No.
    – ¿Max y tú lo intentasteis?
    – ¡No!
    – Ah -dijo Nick sin llegar a comprender. Luego añadió-: Ni tú ni yo habíamos considerado esto.
    – ¿El qué?
    – La sucesión.
    – ¿Por qué tendría que preocuparnos?
    – Si murieras, Julianna heredaría el trono.
    – Erhard dijo que podríamos introducir cambios. Este país dejará de depender de la monarquía.
    – No -dijo Nick, dubitativo.
    – No te atrevas a decirme que tener un hijo es mi deber -dijo Rose, airada.
    Nick alzó las manos en señal de rendición.
    – Oye, yo no he dicho eso.
    – Pero lo has insinuado.
    – Sólo he dicho que sería divertido practicar maneras de no tener hijos -dijo él, fracasando en el intento de hacer sonreír a Rose.
    – Déjalo, Nick.
    – Desde luego que voy a dejar lo de los niños -dijo él, arisco-. Nunca he querido tenerlos, y si tú no puedes…
    – Se acabó la discusión.
    – De acuerdo -dijo Nick, y desenvainó la espada.
    – ¿Qué estás haciendo? -preguntó Rose, nerviosa.
    – ¿No creerás que voy a atacarte? Sólo voy a colgarla detrás de la puerta -dijo Nick-. Para que mi esposa vea que no voy a atacarla, lo mejor que puedo hacer es deponer las armas.
    – Todas las armas.
    – Sólo tengo una espada.
    – Deja de sonreír -dijo Rose.
    Y Nick, tras colgar la espada, se volvió lentamente.
    – ¿Mi sonrisa te afecta tanto como la tuya a mí?
    – Yo… ¿Qué?
    – ¿Sabes cuál es el problema? -dijo Nick-. Que te tengo delante, estás preciosa y sonríes, y luego te enfadas, y de pronto te asustas… Y cada una de tus expresiones hace que sienta ganas de besarte.
    – Lo que… Lo que sería un error -balbuceó Rose.
    – Ya lo sé. Pero no sé qué hacer para remediarlo.
    – Será mejor que me vaya a mi dormitorio.
    – Escucha -dijo Nick. Se oían voces y música-. Todavía quedan invitados y algunos de los diplomáticos se alojan en el palacio. ¿Qué vas a hacer? ¿Ir a gatas hasta tu dormitorio?
    – Tienes razón -dijo Rose, sonriendo con resignación-. ¿Qué podemos hacer?
    – Leer -dijo Nick-. Tengo que revisar un montón de documentos.
    – Yo prefiero dormir. Estoy exhausta -Rose miró hacia la cama-. Escucha, tú acuéstate; yo dormiré en el sofá.
    Nick suspiró.
    – No. Yo dormiré en el sofá.
    – Pero…
    – No digas nada, sé que soy un héroe -bromeó Nick-. Déjame unas almohadas y uno de los edredones y sufriré en silencio mientras tú me despojas de mi cama.
    Rose rió y Nick sonrió aliviado. Por fin le había hecho reír. Había tantas cosas de ella que quería saber… Ansiaba besarla, acercarse a ella, explorar los límites de aquella relación. Se había insinuado y Rose lo había rechazado, pero en lugar de sentirse herido, quería descubrir por qué. Y adoraba hacerla reír.
    Intuía que Rose no había dicho del todo la verdad cuando habían hablado de tener hijos, pero confiaba en llegar a ganarse su confianza y a conocerla mejor. Pero, por el momento, había conseguido devolverle el brillo a los ojos, y eso le bastaba.
    – Buenas noches, esposa mía -dijo. Y tomándole las manos, tiró de ella y le besó la punta de la nariz-, que duermas bien. Tu caballero andante velará tus sueños.
    – ¿Mi caballero andante?
    – No sé exactamente qué significa -confesó Nick-, pero soy yo y significa que tengo que dormir con la espada a mano para defenderte -concluyó, y sin que ella lo oyera, añadió-: En lugar de dormir junto a mi señora, que es lo que verdaderamente deseo.
    Pero antes tendría que conquistarla y, por el momento, lo fundamental era que su dama siguiera sonriendo.

Capítulo 9

    Rose yacía en la gran cama, con una suave enagua de seda como camisón, tapada con un lujoso edredón de plumas que le hacía sentirse en una nube.
    No dejaba de pensar que estaba casada. Y se sentía sola y pequeña en la enormidad de aquella cama. Hoppy se había quedado a pasar la noche en las cocinas y por más que lo quisiera, no le pareció oportuno ir en su busca. Con toda seguridad se convertiría en titular de los periódicos al día siguiente: La princesa real, descalza…
    Había sido una ingenua pensando que podría ser libre. Y más aún si creía que podía conservar la libertad y sucumbir a los encantos de Nick.
    Porque lo cierto era que cada vez le costaba más mantenerse firme en sus decisiones. Y Nick estaba tan cerca que era difícil resistirse a la tentación de llamarlo.
    Tenía que pensar en otras cosas. En el servicio que estaba prestando al país, por ejemplo. Aquella noche Erhard le había dicho que se sentía orgulloso de ella. Y esas palabras le habían dado fuerza. Por alguna razón que no lograba comprender, sentía al anciano como a un familiar. Erhard había tratado con su madre y había atendido solícitamente al viejo príncipe cuando enfermó. Quizá por todo ello, representaba un vínculo con el pasado.
    A Julianna no la había visto en todo el día y eso la inquietaba. A pesar de que debía haberse acostumbrado al rechazo de su hermanastra, no lograba superar la idea de que la viera como a una enemiga. Había muchos factores de la situación en los que no había reparado y que debería considerar, pero no lo lograba. Lo único que le apetecía era… acercarse de puntillas a Nick y pedirle que le hiciera un sitio a su lado.
    Pero no lo hizo. A pesar de una vocecita que le decía una y otra vez que el sexo no era malo, se limitó a sonreír para sí y a repetirse que por muy divertido que pudiera ser el sexo con Nick, el único anticonceptivo fiable era la separación por medio de una pared.
    Suspiró profundamente, se dio media vuelta y hundió el rostro en la almohada.
    Era una princesa en su noche de bodas, y ni siquiera contaba con la compañía de su perro.

    Nick permaneció despierto más tiempo que Rose, así que todavía no se había dormido cuando oyó el picaporte de la puerta. Como sus pensamientos no se apartaban de Rose, por un instante pensó que soñaba con ella.
    El sofá estaba en el extremo más alejado del salón, de frente a la chimenea. El fuego se había apagado y el suave resplandor de las brasas apenas iluminaba la habitación. Nick percibió que la puerta se abría y supuso que Rose se había levantado. Quizá iba a buscar a Hoppy, o volvía de recogerlo.
    Pero al oír la puerta cerrarse, se dio cuenta de que, fuera quien fuera quien la había abierto, permanecía en la habitación y caminaba sigilosamente.
    Súbitamente tuvo la certeza de que no era Rose. Pero si no era ella, ¿de quién se trataba?
    Como el sofá tenía cojines de plumas pudo moverse sin temor a que hiciera ruido. Centímetro a centímetro, se deslizó hacia el extremo que quedaba más alejado del fuego para no bloquear la luz.
    Uno de sus hermanos adoptivos, Sam, había crecido obsesionado con incorporarse a las fuerzas armadas y para cuando alcanzó la adolescencia, era un especialista en tácticas de asalto y defensa en las que había instruido a sus hermanos como parte de sus juegos. Nick nunca había pensado que algunas de las instrucciones que Sam le había dado pudieran llegar a servirle en una situación real. Por ejemplo, la de no ponerse nunca entre un enemigo y el foco de luz.
    Pero lo que sólo habían sido juegos de niños, en aquel momento se acababa de convertir en armas de supervivencia. Porque el intruso no pretendía nada bueno y había llegado hasta la puerta del dormitorio. Nick se había habituado a la tenue luz y podía ver la sombra de un hombre que le daba la espalda y hacía girar el picaporte sigilosamente. La puerta se abrió muy lentamente. Nick miró a su alrededor en busca de un arma y asió el atizador del fuego. Luego, agazapado, esperó.
    El hombre había abierto la puerta de par en par. Rose había dejado las cortinas abiertas y la luz de la luna inundaba el dormitorio. Nick pudo ver con claridad la silueta del hombre. Era alto y delgado y vestía de negro. Tenía una mano sobre el picaporte. Con la otra… Con la otra sostenía un arma.
    Más tarde, Nick no recordaría cómo había salido de detrás del sofá, pero sí la visión del hombre alzando el arma y avanzando hacia su objetivo hasta que, al llegar lo bastante cerca, elevó un poco más la mano… Y Nick le golpeó en el hombro con todas sus fuerzas. El hombre se giró. Nick volvió a blandir el atizador y le dio en el brazo. El arma salió proyectada hacia el otro lado de la habitación. Entonces Nick se abalanzó sobre él, pero el intruso le lanzó un puñetazo. Nick perdió el atizador, pero embistió al hombre, que se tambaleó hacia atrás hasta chocar con la pared.
    – ¡Rose! -gritó Nick-, ¡la pistola!
    – ¿Qué…? -Rose se despertó y tardó unos segundos en reaccionar-. ¿Qué pistola?
    – ¡Debajo de la cama! -gritó Nick, y golpeó al hombre una vez más. Sabía que tenía que aprovechar la pequeña ventaja que acababa de conseguir así que siguió golpeándole a ciegas.
    – ¡Muévete y te disparo! -se oyó con claridad la voz de Rose en la penumbra al mismo tiempo que se encendía la luz de la lámpara de la mesilla. Nick pensó que también ella debía haber recibido lecciones de supervivencia pues se había separado de la luz para poder ver sin ser vista.
    Nick cometió la imprudencia de dar un paso atrás. El hombre se abalanzó sobre él con algo brillante en la mano.
    Blandía un cuchillo…
    En la noche sonó un disparo seco y metálico seguido de una súbita quietud.
    La figura de negro se llevó una mano al hombro y se tambaleó hacia atrás. El cuchillo cayó al suelo y rodó bajo la cama.
    – Si te mueves, volveré a disparar -dijo Rose con frialdad.
    Ni el hombre ni Nick se movieron. Este no salía de su perplejidad. Rose había disparado…
    – Contra la pared -ordenó ella en el mismo tono. Y saltando por encima de la cama, dio al interruptor de la lámpara del techo. Al mismo tiempo, Nick tiró de la borla dorada que conectaba con el servicio y la campanilla resonó por todo el palacio. El hombre dio un paso hacia la puerta.
    – ¡Quieto o disparo! -gritó Rose.
    – Rose…
    – Aléjate de él -dijo ella a Nick.
    Nick no daba crédito a sus ojos. Rose estaba erguida, descalza, con una enagua por toda vestimenta, el cabello alborotado y el rostro extremadamente pálido. Sostenía el arma con las dos manos y apuntaba al intruso.
    El hombre estaba paralizado. Vestía de negro y llevaba un pasamontañas. De su hombro brotaba sangre que caía lentamente al suelo.
    De pronto llegaron algunos hombres a la puerta. Un sirviente vestido de librea, un par de diplomáticos invitados a la boda que pernoctaban en el palacio; y detrás de ellos, un guarda de seguridad que se abrió paso y contempló la escena atónito.
    – Ha venido a matarnos -dijo Nick, señalando al intruso.
    Rose no se había movido. Seguía apuntándole.
    – ¿Puedo bajar el arma? -preguntó.
    – Espera que lleguen refuerzos -dijo Nick, y miró expectante al guarda, quien, tras mirar a Rose con admiración, dio una orden por radio.
    La siguiente hora transcurrió en una nebulosa. Los guardas encerraron al intruso en una sala. Nick llamó a Erhard. El anciano se presentó en bata y zapatillas, con aspecto frágil pero digno.
    – ¡Es espantoso! -dijo a Rose con voz quebradiza-. Jamás te hubiera contactado de haber sabido que…
    – Estoy bien -dijo Rose, pero no se movió de al lado de Nick, en el que se había refugiado en cuanto habían apresado al asaltante.
    Nick había sugerido que debía tomar una pastilla para dormir, pero ella había rechazado la sugerencia.
    – ¿Como alguien ha intentado asesinarme debo tomarme una pastilla? ¡Ni hablar! -se cobijó en los brazos de Nick y añadió con solemnidad-. Tengo un marido. Iré a dormir cuando él vaya.
    Y nadie pudo hacerle cambiar de idea.
    – No puedo comprender como… -dijo Erhard hablando con el jefe de seguridad.
    – Ha habido unos disturbios en el otro lado del jardín -explicó éste, avergonzado-. Unos borrachos han roto la valla y hemos acudido a dispersarlos -tras un breve titubeo, continuó-. Hacía tanto que no pasaba nada en el castillo que mis hombres se han relajado. Lo siento, señor.
    – Lo entiendo, pero desde este momento la seguridad del palacio es una cuestión prioritaria -dijo Erhard con solemnidad-. Apostaría cualquier cosa a que esos jóvenes han sido pagados para distraer a la guardia.
    – Lo averiguaré -dijo el jefe de seguridad con gesto grave-. Y averiguaré la identidad del asaltante.
    – Y la de quien le ha contratado -dijo Erhard-. Por el momento, quiero que triplique el número de hombres de guardia. Utilice exclusivamente aquéllos que sean de su absoluta confianza -se volvió hacia Rose y repitió-: Lo siento. No estábamos preparados, pero a partir de ahora estarás segura.
    – Nick estaba conmigo -dijo Rose.
    – Así es -Erhard miró a Nick-. Sin ti…
    – Ha sido Rose quien ha disparado.
    – Gracias -dijo Erhard emocionado-, mis dos… -pareció arrepentirse de lo que iba a decir. Adoptó un tono menos emocional y concluyó-: A partir de ahora estaréis a salvo -y girándose, hizo una señal a los guardas para que lo siguieran con el detenido y se marchó.
    – Será mejor que vayamos a por Hoppy -sugirió Nick.
    En la puerta había apostados dos guardas y otros dos los siguieron a una distancia prudencial. Cuando ya volvían de la cocina con Hoppy y alcanzaban la puerta del dormitorio de Nick, Rose dijo:
    – A tu dormitorio, no -apretó a Hoppy contra su pecho. Nick negó con la cabeza.
    – Muy bien, cariño. Te acompañaré al tuyo.
    – No -Rose tomó aire al tiempo que se estremecía-. Tú tampoco debes quedarte aquí. ¿Quieres venir conmigo?
    – Por supuesto -dijo Nick. Era comprensible que Rose no quisiera quedarse sola, así que no tenía ningún sentido que el corazón le hubiera dado un salto de alegría.
    – Gracias -dijo ella. Y no volvió a hablar hasta que cerraron la puerta tras de sí.
    Entonces, dejó a Hoppy en el suelo. Éste sacudió la cola y de un salto se subió a la cama y se dispuso a dormir.
    – ¡Menudo perro guardián! -bromeó Nick.
    – Por esta noche estamos a salvo -dijo Rose.
    – Sí.
    – Tiene que haberlo organizado Jacques.
    – Probablemente.
    – Y Julianna -susurró Rose. No llevaba nada encima de la enagua y aunque no hacía frío, seguía temblando-. Nunca pensé que mi hermanastra pudiera odiarme tanto. Hasta que llegamos aquí, creí que el plan era factible: casarme contigo, vivir esta aventura, salvar el país… Como un cuento de hadas con un final feliz…
    La voz se le quebró y se echó a llorar. Nick la tomó en brazos y ella sollozó hasta humedecerle la camisa. Él siguió estrechándola contra su pecho, dejando que se desahogara, hasta que Rose se relajó y dejó de llorar.
    Con ella, Nick tenía la sensación de disponer de todo el tiempo del mundo. Era como si aquélla fuese de verdad su noche de bodas o, más precisamente, como si aquel instante sellara su boda de verdad. Nick había jurado que nunca se enamoraría, pero lo había hecho, ya no le cabía ninguna duda. SÍ Rose hubiera muerto aquella noche…
    Le besó delicadamente la cabeza. Rose se separó de él lo bastante como para verle la cara a la luz del fuego.
    – Lo siento -susurró-. Nunca lloro.
    – Ya lo sé.
    – No sé qué me pasa esta noche.
    – Has disparado a un hombre -Nick notó que se le formaba un nudo en la garganta-. ¿Cómo has sido capaz de reaccionar con tanta sangre fría?
    – Soy veterinaria -dijo ella, como si eso lo explicara todo.
    – No entiendo qué tiene que ver una cosa con otra -Nick volvió a estrecharla contra sí, no porque ella necesitara su cobijo, sino por puro placer. Porque Rose era… ¡su mujer!
    – Trato con animales grandes -dijo ella.
    – ¿Y?
    – Y he tenido que aprender a disparar. La primera vez que lo necesité fue con un toro herido al que no podía acercarme. No tenía cura, y el ganadero me dio su rifle para que lo sacrificara.
    – ¿Por qué no le disparó él mismo?
    – Los granjeros sienten cariño por sus animales. Les cuesta hacerlo.
    – Así que lo hiciste tú.
    – En aquella ocasión, no fui capaz. Cuando volví a casa, mi suegro me dijo que tenía que asistir a un curso de tiro.
    – ¿Dónde estaba Max?
    – Enfermo.
    – ¿Y desde entonces has tenido que matar tú a los animales incurables?
    – Sólo ocasionalmente.
    – ¿Siempre quisiste ocuparte de animales grandes?
    – Cuando empecé a estudiar quería tratar a perros y animales domésticos. Pero luego, la familia me necesitó.
    – La familia de Max. Y ahora tu familia intenta matarte -dijo Nick-. ¡No has tenido demasiada suerte!
    – No -Rose se acurrucó en Nick mientras reflexionaba-, pero al menos esto lo he elegido yo -tras otra pausa, añadió-: Aun así, no esperaba que Julianna… Quizá no está informada.
    – Es posible. Quizá haya sido sólo Jacques.
    – ¿Crees que realmente pretendían matarnos?
    – Sí -no tenía sentido mentir. El hombre había apuntado sin titubear. Estaba allí para matar. Incluso había llevado un puñal por si la pistola no bastaba.
    Rose también lo sabía. Nick la notó estremecerse y la abrazó con fuerza.
    – Julianna es mi hermanastra -susurró descorazonada-. Es toda la familia que tengo.
    – Eso no es del todo cierto -Nick la apretó tanto contra su pecho que pudo sentir los latidos del corazón de Rose-. Tienes un marido. Ya es hora de que alguien cuide de ti.
    – Pero tú sólo vas a quedarte conmigo cuatro semanas.
    – Me quedaré mientras me necesites.
    – No creo que… Prefiero no pensar que…
    – No pienses. Déjalo hasta mañana, cariño -dijo él-. Estás exhausta.
    – Tienes razón. Y Hoppy se ha quedado dormido en la cama.
    – ¿Quieres que lo ponga en el sofá?
    – No, me da pena despertarlo.
    La habitación de Rose era como la de él. Constaba de un dormitorio con una enorme cama y un salón. En la cama había sitio como para que Rose durmiera sin molestar a Hoppy. Pero…
    – ¿Nick?
    – ¿Sí?
    – ¿Te importaría compartir el sofá conmigo?
    Se produjo un silencio durante el que Nick reflexionó. El corazón de Rose parecía haberse sincronizado con el suyo. Compartir el sofá. Para dormir. Pero con las emociones que Rose estaba despertando en él…
    – Si compartimos el sofá -dijo, cauteloso-, es posible que…
    – Sí -dijo ella en respuesta a la pregunta que no había llegado a articular.
    – ¿Sí?
    – Sí -dijo Rose de nuevo. Y sonrió.
    Nick la separó el largo de los brazos y la observó expectante.
    – ¿Estás segura?
    – Sí.
    – Pero antes estabas segura de que no debíamos hacerlo.
    – Sí, pero todo ha cambiado -susurró Rose-. Esta noche quiero sentirme tu esposa.
    – Lo eres.
    – Sí.
    – ¿Y estás convencida?
    – Sí -dijo Rose. Y volvió a sonreír.
    Entonces Nick la besó delicadamente, reverencialmente. Rose se estrechó contra él y le rodeó el cuello con los brazos.
    – Sí -dijo de nuevo-. Te necesito, Nick. Eres mi marido y quiero ser tu mujer.
    Y súbitamente, para eliminar cualquier duda, se quitó la enagua, bajo la cual sólo llevaba unas braguitas de encaje. Sin apartar la mirada de la de Nick, se las bajó y dio un paso para dejarlas en el suelo y quedarse completamente desnuda.
    Nick la miró extasiado. Su esposa. Su cabello rojizo caía sobre sus hombros como llamaradas de fuego. Estaba muy pálida, pero sonreía con timidez, como si no estuviera segura de ser deseada.
    Nick le tomó las manos y contempló su hermoso cuerpo, sintiéndose dichoso de que una mujer como aquélla lo deseara, de que aquella mujer fuera su esposa. Los votos que había hecho aquella tarde adquirieron todo su significado. Eso era el matrimonio: un hombre y una mujer fundiéndose en uno. Pero necesitaba tener la seguridad de que Rose comprendía.
    – Rose, ¿y lo que has dicho de quedarte embarazada?
    – Tengo preservativos en mi neceser -dijo ella. Y al ver la expresión de perplejidad de Nick, explicó con una sonrisa picara-: Sabiendo que me iba casar con el hombre más sexy del mundo, tenía que venir preparada para cualquier eventualidad.
    – Aún así, hace un rato no hubieras…
    – Antes me sentía diez años más joven que ahora. Nick, te necesito, ¿me estás rechazando?
    – No quiero sólo sexo -dijo Nick, sorprendiéndose a sí mismo. Una voz en su interior le decía que no debía cometer ningún error, que lo que estaba sucediendo era trascendente.
    Nunca había deseado a una mujer como a Rose y no quería correr el riesgo de perderla por pura impaciencia. No quería que Rose despertara a la mañana siguiente y se arrepintiera de lo que había hecho.
    – Esto tiene que ser un acto de amor -concluyó con gesto solemne. Y en ese momento supo que ya nunca volvería a ser el mismo.
    Rose sonrió y se puso de puntillas para besarlo al tiempo que él apoyaba las manos en sus caderas. La piel de Rose era tan suave y delicada… Si no lo frenaba en aquel mismo momento ya no habría marcha atrás. Le había dado la oportunidad de cambiar de idea, pero Nick era humano y si Rose pensaba rechazarlo…
    Pero Rose le tomó una mano y se la llevó a la mejilla. Luego la guió hacia abajo hasta cubrir con ella su seno.
    No parecía titubear. Aquella noche era su esposa. Los votos que habían hecho eran sinceros.
    El horror que Nick había experimentado hacía unas horas se estaba diluyendo como si no hubiera sido más que una pesadilla. La realidad era lo que estaban viviendo en ese momento.
    Rose tomó el rostro de Nick entre las manos.
    – Nick -susurró, mirándolo fijamente.
    Él se inclinó para besarla.
    Y en ese instante su mundo adquirió sentido. Todas sus dudas y temores se transformaron en amor. Amor hacia Nick. Sus labios se cerraron sobre los de ella y su sabor la embriagó. Sus manos la atraían hacia él. Eran grandes y fuertes, pero la trataban con una conmovedora delicadeza. Acarició el rostro de Nick y sintió bajo los dedos la aspereza de su incipiente barba.
    Hacía tanto tiempo que no estaba en brazos de un hombre… Había amado a Max, pero su enfermedad le había obligado a ser siempre muy cuidadosa. Y generosa.
    Pero en aquel momento, Nick la abrazaba con fuerza y Rose se dio cuenta de que hasta entonces no había sido consciente de cuánto lo deseaba.
    Sus labios se entreabrieron y Nick exploró su boca. Rose dejó de pensar y se entregó a las sensaciones. Ansiaba que Nick se desnudase, pero no quería romper la magia del momento pidiéndoselo o quitándole ella misma la ropa.
    Fue Nick quien hizo una pausa, quien se separó de ella unos centímetros para mirarla con ojos ardientes y dirigirse a ella con la voz cargada de pasión:
    – Estamos haciendo el amor, Rose. Es el amor lo que nos motiva. No olvides que…
    Rose sabía lo que iba decir: que se trataba de un matrimonio de conveniencia, que sólo duraría un mes. Nick no quería compromisos y no quería que se engañara.
    – Podemos estar enamorados por una noche -susurró ella, convencida de que eso era lo que él quería escuchar. También era lo que ella quería, aunque ya no estaba segura de nada. Ya lo pensaría al día siguiente-. Por ahora, te amo y quiero que me ames, por favor Nick. Ahora.
    La última palabra quedó sofocada por la boca de Nick, que la besó apasionadamente al tiempo que la atraía hacia sí y la estrechaba con tanta fuerza que casi la levantó del suelo. Y con aquel abrazo, Rose olvidó al mundo, lo olvidó todo, excepto a Nick.
    Cerró los ojos y la sensualidad se apoderó de su cuerpo. Sujetaba el rostro de Nick como si no quisiera que entre ellos quedara ni un resquicio. El la sujetaba por la parte baja de la espalda y se apretaba contra ella, haciéndole sentir su excitación.
    Nick… Su hombre…
    Rose deslizó las manos por debajo de su camisa al tiempo que se amoldaba a su cuerpo y le hacía sentir su peso, su deseo. Llevaba tanto tiempo siendo fuerte y responsable que, de pronto, entregarse a aquel hombre, cederle su voluntad, era un sueño convertido en realidad. Nick era su marido y tenía todo el derecho a pedirle que se rindiera a él. Pero lo más maravilloso era saber que se trataba de una rendición mutua. Nick gimió y a Rose le llenó de gozo darse cuenta de que los dos habían perdido el control.
    Nick abandonó su boca para besarle los ojos, el cuello. Rose echó la cabeza hacía atrás para exponerse a él. Su mundo había quedado al trazo que la lengua de Nick dibujaba sobre su piel, a las sensaciones que le hacía sentir. Nick la ayudó a echarse en el suelo, sobre la alfombra, delante del fuego. Rose abrió los ojos. El fuego proyectaba sombras sobre el rostro de Nick, iluminaba sus ojos, que ardían de pasión. Ella le desabrochó lentamente la camisa bajo su atenta mirada; le oyó contener el aliento a medida que se acercaba a su cintura. No había prisa. Tenían toda la noche.
    Cuando finalmente se la quitó, lo empujó con suavidad hasta que Nick rodó sobre su espalda y ella pudo apoyar la cabeza en su pecho. Él le acarició el cabello mientras ella lo besaba y dibujaba círculos con la lengua en sus pezones hasta hacerle gemir de placer. Nick estaba a su merced. Era su hombre. Rose se colocó encima de él, le levantó los brazos y se los sujetó por encima de la cabeza antes de inclinarse y besarlo allí donde él más lo deseaba. Entonces Nick atrapó sus brazos y le hizo elevarse para mordisquearle los pechos lenta y sensualmente, arrastrándola a una dimensión de placer que Rose no había experimentado nunca. Luego la hizo rodar hasta que quedaron de lado y él atrapó su boca. Rose notó que se llevaba la mano a la cintura de los pantalones y fue a ayudarlo. Nick dejó escapar una risita.
    – Puedo desvestirme sola, mi señora.
    – No lo bastante deprisa, mi señor -musitó ella. Y le bajó la cremallera.
    Él acabó de quitarse los pantalones, pero Rose mantuvo la mano donde la tenía. No quería llevarla a ninguna otra parte. Había hecho sus votos aquella misma tarde y lo que estaban haciendo era lo correcto. ¿Cómo había podido llegar a creer que sólo sería una boda sobre el papel? ¿Cómo iba a negarse a sí misma aquella felicidad? Los dos sabían que era algo temporal. Nick no quería una esposa y ella ansiaba conservar su recién estrenada libertad. O al menos eso creía. Así que el verdadero pecado habría sido rechazar el placer que estaba experimentando, de sentir que estaba en el mejor lugar del mundo, de que al fin había encontrado su hogar…
    – ¿Dónde has dicho que está el preservativo? -dijo él con voz ronca. Rose estuvo a punto de decirle que no hacía falta, pero el sentido común pudo a la insensatez y, tras darle las indicaciones oportunas, esperó anhelante.
    Y en cuanto Nick volvió, se echó a su lado y la devoró con la mirada.
    – Y ahora -dijo en un susurro sensual y acariciador-. Y ahora…
    Se colocó sobre ella y fue agachándose con una atormentadora lentitud, dejando que sus cuerpos entraran en contacto centímetro a centímetro. Le besó el cuello y los senos a la vez que deslizaba sus poderosas manos hacia su ombligo, por su vientre y más abajo.
    Era un hombre hermoso. Era… Nick.
    El fuego crepitó y salpicó una lluvia de chispas.
    – Nick -susurró ella.
    – ¿Sí, amor mío?
    – Te deseo.
    – No tanto como yo a ti -susurró él. Se impulsó hacia arriba, y la atrapó entre sus muslos. Ella jadeó y se arqueó para sentirlo más cerca, para pegarse a él.
    Iba demasiado despacio. Lo asió por las caderas y se las echó hacia adelante. Él se inclinó para besarla.
    – Mi Rose -susurró-. Mi esposa.
    – Te necesito -Rose ardía de deseo. Su cuerpo clamaba por sentir a Nick en su interior, pero él se resistía.
    Sonrió provocativamente antes de besarla. Luego se deslizó hacia abajo con lentitud, acariciándola con la lengua, llegando a su entrepierna y haciéndola enloquecer hasta que, pulsante y ávida, Rose tuvo que morderse la lengua para no gritar de frustración.
    Y cuando ya creía que no podía soportar más aquella dulce tortura, Nick se deslizó hacia arriba y ella, con manos decididas, lo condujo adonde más lo deseaba.
    – Mi amor susurró -y lo ayudó a penetrarla. Nick se adentró en su interior lenta y profundamente, con delicadeza pero con decisión. Rose se movió sensualmente a su compás, arqueándose para sentirlo más dentro, dejando que la condujera adonde él quisiera, arrastrándolo adonde ella quería, recibiendo y dando placer.
    Amaba a Nick, Al menos en aquel momento lo amaba. Estaba casada con él. Y que pudiera ser además de su esposo su compañero, la llenaba de asombro.
    En aquel instante todo pensamiento quedó borrado por el más primitivo de los instintos. Su cuerpo se fundió en uno con el de Nick, se diluyó en él. La oscuridad, los terrores de su pasado inmediato y la tristeza de los últimos años, todo quedó arrasado por el fuego que la consumió, por la pasión que se apoderó de ella y que la sumergió en una ardiente neblina de amor.
    Las sensaciones se prolongaron, reavivándose cuando parecían languidecer, prendiendo de nuevo cuando empezaban a extinguirse. Una y otra vez.
    Y cuando llegaron a su fin, cuando finalmente yacieron, exhaustos, Nick mantuvo sus brazos alrededor de ella. Nick. Su Nick. ¿Qué importaba lo que él día de mañana pudiera suceder? Aquella noche, ella estaba donde debía: en brazos de su marido.
    Giraron hasta yacer de costado. El fuego caldeaba la espalda de Rose. No supo de dónde saco fuerzas para separarse de Nick y poder besarlo, poder sonreírle y ver como él le sonreía. Rose adoraba su sonrisa y la manera en que sus ojos chispeaban. Amaba a Nick.
    – Gracias -susurró ella.
    – ¿Gracias? Rose, ¿tienes idea de lo hermosa que eres?
    Rose sonrió.
    – Deberíamos dormir.
    – Hoppy ocupa la cama.
    – Es verdad.
    – ¿Tienes frío?
    – ¿Lo preguntas en serio? -bromeó Rose. Y Nick rió.
    – Supongo que no -la besó-. ¿De verdad quieres dormir?
    – No sé…
    – Me alegro -Nick la estrechó contra sí-. ¿Se te ocurre qué podemos hacer para ocupar el rato?
    – ¿Jugamos a Veo, veo? -bromeó Rose-. Podríamos pedir una baraja de cartas.
    – Yo tengo otra idea -dijo Nick. Y se incorporó sobre el codo para mirarla con ojos centelleantes.
    – ¿Cuál?
    – Se trata de que lo adivines -susurró él-. Tú relájate, mi amor, piensa en Inglaterra y deja que te lo demuestre.

Capítulo 10

    La mañana llegó demasiado pronto. O quizá no era todavía la mañana siguiente. Rose se desperezó. El fuego se había reducido a un puñado de brasas. Durante la noche, Nick había llevado a su improvisado lecho unas almohadas y un edredón. Seguían tumbados de lado, con la espalda de Rose acoplada al pecho de Nick.
    Llamaron suavemente a la puerta y Rose dedujo que eso era lo que la había despertado. Levantó el brazo de Nick para mirar la hora en su reloj y él, dejando escapar una risita, la sujetó con fuerza.
    – ¿Adonde vas, esposa mía?
    – La puerta, Nick… Son las dos de la tarde.
    – ¡Vaya! -dijo él, y se limitó a estrecharla con fuerza y a besarle la nuca. Rose se removió y, aunque a desgana, se incorporó. El sol se filtraba a través de las cortinas. Hoppy los miraba expectante desde el sofá.
    Llamaron de nuevo a la puerta. Resoplando de impaciencia, Nick alargó la mano hacia sus pantalones.
    – Ocúltate mientras abro.
    – ¿Por qué iba a ocultarme?
    Nick sonrió.
    – ¿Quieres que te vean desnuda? Rose sonrió. La noche anterior habían intentado asesinarla, pero en aquel momento se sentía libre y feliz.
    – Vete -repitió Nick y envolviéndola en el edredón, la empujó suavemente.
    Rose rodó hasta ocultarse tras el sofá. Por un extremo, espió a Nick. Vio que iba abrir con el torso desnudo. En el suelo, seguían las braguitas que se había quitado por la noche.
    – Nick, espera…
    Demasiado tarde. Nick había abierto la puerta. La sirvienta que estaba al otro lado se quedó muda al verlo semidesnudo.
    – ¿Qué desea? -preguntó él. La sirvienta deslizó la mirada por la habitación con expresión de sorpresa-. ¿Sí? -insistió Nick.
    – Yo… El señor Erhard desea verlos -balbuceó ella-. Dice… Dice que lo siente, pero que es urgente. Le hemos dicho que no han desayunado y ha pedido que sirvamos cruasanes y zumo en la galería.
    – Preferimos desayunar en aquí -dijo Nick.
    La sirvienta vio en aquel momento las bragas y apretó los labios sin que Nick supiese si se trataba de un gesto de desaprobación o de un intento de contener la risa.
    – No… -balbuceó ella una vez más. Ante la mirada inquisitiva de Nick, se precipitó a añadir-: El señor Erhard dice que tienen compañía.
    – ¿Qué compañía?
    – La princesa Julianna y una mujer a la que no conozco, pero que dice llamarse Ruby.
    – ¡Ruby! -repitió Nick, atónito.
    – Por favor, señor. Les esperan en la galería. Si necesitan algo… Cualquier cosa…
    – Tenemos todo lo que necesitamos -dijo Nick con firmeza.
    Y la joven ya no pudo contener una risita sofocada.
    – Eso me parecía -dijo con una sonrisa de complicidad…
    – ¿Te das cuenta de que la disciplina está haciéndose añicos en este palacio? -dijo Nick al cerrar la puerta.
    – Sí -dijo Rose, riendo y abrazando a Hoppy al tiempo que salía de detrás del sofá-. Creo que está pisando mis bragas, señor.
    Nick se agachó para recogerlas.
    – ¿Cómo no me di cuenta anoche de cómo eran? -dijo, mirándolas con admiración-. ¿Son un modelo especial para la boda?
    – Claro -dijo ella. Luego rió y añadió-: No. Siempre uso bragas como ésas.
    – Bromeas -dijo él, mirándolas al trasluz como si fueran una pieza de porcelana. Eran de encaje rosa y blanco, con mariposas bordadas-. ¡Dios mío, las he pisado! ¿Llevas esto siendo veterinaria? -preguntó con una sonrisa de picardía.
    – Visto pantalones de peto y siempre estoy cubierta de barro, así necesito que alguna parte de mí sea un poco femenina -dijo ella, echándose a reír. Pero de pronto se puso seria al recordar algo que la sirvienta había dicho-. ¿Julianna está aquí?
    – Y Ruby -dijo Nick en el mismo tono de inquietud.
    – ¿La invitaste a la boda?
    – Le dije que no era más que una maniobra política, un asunto práctico, y que no hacía falta que viniera. ¿Y tú a tus suegros?
    – Sí -dijo Rose-, pero Gladys me colgó el teléfono. ¿Por qué te preocupa que Ruby haya venido?
    – Porque sí.
    Rose sonrió.
    – Suenas como si tuvieras diez años. ¿Por qué?
    – Porque va a implicarse.
    – Ah -tras una pausa, Rose añadió-: ¿Y cuál es el problema?
    – Que le horrorizará la idea de que no sea un matrimonio de verdad, que sea un fraude.
    Rose recibió aquellas palabras como una bofetada.
    – Un fraude -susurró, abatida-. Yo… Sí, claro. Lo siento.
    – Ella siempre ha querido que sus muchachos se casaran -dijo él, que estaba tan concentrado en adivinar las implicaciones de la visita de Ruby como para notar el cambio de humor de Rose-. Ella se casó por amor y su sueño es que nosotros hagamos lo mismo. Nunca entenderá que nosotros hayamos actuado como lo hemos hecho. Que haya venido…
    – Y Julianna… -susurró Rose, concentrándose en sus propios problemas-. ¿Por qué habrá venido? La invitamos a la boda, pero no quiso venir. No la he vuelto a ver desde aquella espantosa noche.
    – Y ahora nos esperan en la galería -dijo Nick, pensativo-. ¿Crees que deberíamos escapar por la ventana?
    – No creo que sean peligrosos.
    – Si Ruby está enfadada, puede llegar a serlo.
    – Si está enfadada, será porque te lo mereces.
    – Gracias por ponerte de mi parte.
    – Mira quién fue a hablar. ¿Te importa pasarme mis bragas?
    – ¿Te las vas a poner?
    – Hoy prefiero golondrinas -dijo ella con dignidad-. Le recuerdo, señor, que éste es mi dormitorio, que mi ropa está aquí mientras que la suya está en su dormitorio. En consecuencia, debería marcharse.
    – De acuerdo -dijo él, desconcertado-. Golondrinas… -tragó-. Pero Rose…
    – ¿Sí?
    – Te esperaré en lo alto de la escalera. Creo que deberíamos bajar juntos.
    – ¿Prefieres presentar un frente común?
    – Así es.
    Nick volvió a su dormitorio para ducharse y vestirse. Para cuando llegó al rellano de la escalera, Rose lo estaba esperando.
    – Se ve que tardas más que yo en ponerte el maquillaje -bromeó ella. Y comenzó a bajar las escaleras. Llevaba unos vaqueros viejos y una camiseta holgada. No tenía ni una gota de maquillaje ni quedaba rastro de la elegante novia de la noche anterior. Pero Nick no podía dejar de pensar que, debajo, llevaba golondrinas.
    Rose se detuvo a mitad de la escalera y giró la cabeza. Al ver que Nick no se había movido, preguntó.
    – ¿Vienes o no?
    – Claro -dijo él, saliendo de su ensimismamiento.
    Y Rose sonrió.
    – No he encontrado golondrinas, así que me he puesto abejorros.
    Nick estuvo a punto de tropezar, pero consiguió seguir a Rose por el laberinto de corredores hacia la galería. «Abejorros». De camino, se cruzaron con varios miembros del servicio que les sonrieron con complicidad. Era evidente que aprobaban lo que estaba sucediendo entre sus señores. Quizá ya había corrido el rumor de las mariposas. Pero nadie más que él sabía de la existencia de los abejorros. Y no pensaba contárselo a nadie.
    No conseguía concentrarse en el asunto que más debía preocuparle en aquel momento y casi le alivió llegar finalmente al invernadero. Cuando Rose abrió la puerta descubrió varias filas de naranjos bajo una magnífica bóveda de cristal. Las baldosas del suelo eran espectaculares y formaban, como un puzzle, el escudo real.
    Pero Nick apenas percibió nada de todo eso. Al final de la nave central, había una mesa a la que se sentaban tres personas. Erhard, Julianna y Ruby.
    Ruby era una mujer menuda, de cabello blanco. Vestía uno de sus habituales conjuntos de suéter y rebeca, con falda de tweed y zapatos planos. La única señal de que consideraba aquélla una ocasión especial, era que lucía el collar de perlas que le habían regalado sus hijos adoptivos en su sesenta cumpleaños. Parecía seria y preocupada.
    Al verlos entrar se puso en pie y Nick tuvo las mismas ganas de huir que había experimentado a los diez años cuando Ruby lo pilló comiendo azucarillos y mantequilla hasta empacharse.
    – Nikolai Jean Louis de Montez -dijo ella en el mismo tono que había usado entonces-, ¿se puede saber qué estás haciendo?
    Nick tuvo que reprimir el impulso de sostener a Rose delante de sí a modo de escudo. Por su parte, ella miraba a Julianna como si fuera un fantasma.
    – Te dije que si querías te compraría un billete de avión -dijo él como excusa. Y Ruby caminó hacia él con tal determinación que temió que fuera a tirarle de las orejas. Estaba realmente enfadada.
    – Me dijiste -dijo ella con frialdad- que ibas a casarte con una princesa europea para que pudiera recuperar el trono, que no era más que un trámite, un contrato, dos firmas en un papel. ¿Por qué iba a querer venir a veros firmar?
    – Y eso iba a ser -dijo él, Y sin saber qué añadir, dijo-. ¿Cómo has venido?
    – ¡Qué más da! -replicó ella-. Sam me pidió que no se lo dijera a nadie. Unos soldados muy amables me han traído.
    Nick pensó que debía haber recordado que Ruby siempre conseguía lo que quería. Y que todavía no se había librado de una buena reprimenda.
    – Hubiera venido antes -continuó Ruby-, pero estaba cuidando de los niños de Pierce. Fue allí cuando abrí una revista y vi a Rose inclinada sobre una carnada de cerditos. Al instante supe que no se trataba de un mero trámite, así que pedí a Sam que organizara el viaje -lanzó una mirada a Nick con la que le indicó que se ocuparía de él más tarde y se volvió hacia Rose. Pero ésta se estaba enfrentando a sus propios fantasmas.
    Sabía que la mujer que tenía ante sí era Julianna, pero apenas podía reconocerla. No quedaba nada de la elegante mujer a la que habían visto la noche que llegaron. Tenía un ojo morado, el cabello despeinado y el rostro manchado de rime!. Parecía exhausta, desesperada.
    – Rose, nunca hubiera imaginado…
    – ¿El qué? -interrumpió Rose. -Lo de anoche. Lo juro, no lo sabía. Pensé que… -¿De qué estás hablando? -preguntó Rose.
    Su hermanastra hizo ademán de tomarle la mano, pero cambió de idea y se apoyó en la mesa como si temiera perder el equilibrio.
    – Creía que Jacques se había dado por vencido -susurró-. Dijo que se iba a París, que sabía que el consejo nunca se pondría de nuestro lado. Rose, me casé con Jacques a los diecisiete años. Sé que no es excusa y que debía haberle dejado, pero siempre conservé la esperanza de que las cosas mejoraran. Creía que lo amaba. Nunca…
    – Querías ser reina -dijo Rose bruscamente. Y Julianna pareció hacerse aún más pequeña.
    – Desde muy pequeña mi padre me dijo que ése era mi derecho, que era la elegida. Pero estaban Keifer y Konrad, así que la posibilidad de heredar la corona era muy remota. Sólo ahora me he enterado de que Jacques sabía que Konrad moriría joven, porque… -tomó aire y continuó con un hilo de voz, como si apenas pudiera pronunciar las palabras-: Juro que no lo sabía, pero quizá mi padre sí. Ahora creo que ésa fue la razón de que Jacques se casara conmigo.
    – Oh, Jules -exclamó Rose con la voz quebrada por la emoción.
    – Para cuando Konrad murió, yo ya sabía que Jacques no me amaba -continuó Julianna, su rostro reflejó un intenso sufrimiento-. Padecía tanto que dejé de… razonar. Cuando Erhard vino a verme tras la muerte de Konrad le dije que Jacques podía hacer lo que quisiera con el país, que me daba lo mismo.
    Todos los presentes la miraban y Nick reconoció en Ruby la expresión que adoptaba siempre que llegaba un chico nuevo a la casa y se daba cuenta de que era un cachorro extraviado en busca de una madre. Sólo que Julianna casi tenía treinta años.
    – Yo diría que estabas deprimida -dijo Ruby, compasiva-. A mí me sucedió lo mismo cuando murió mi marido. Me sentía sumida en una niebla tan densa que no podía atravesarla.
    – Tienes razón, así me he sentido todo este tiempo -dijo Julianna, sollozando-. La semana pasada, después de aquel espantoso incidente en el río, fuimos a París. Pero ayer Jacques dijo que debíamos volver, que aunque no asistiríamos a la boda, debíamos estar cerca.
    – ¿Por qué? -preguntó Erhard.
    Y Julianna se cubrió el rostro como si no pudiera continuar.
    – No me dio explicaciones -dijo en un susurro-. Hacía tiempo que no me las daba. Creo que pensaba que ni siquiera lo oía. Y toda la culpa es mía. Sólo obedeciéndole me dejaba en paz.
    – Pero anoche… -dijo Erhard.
    – Estaba muy inquieto -procedió Julianna-. Nos alojábamos en uno de los pabellones de caza, lo cual debería haber despertado mis sospechas. Pero no quise pensar. O quizá estaba pensando en ti, Rose, en que te ibas a casar y que yo no iba a estar en tu boda.
    – ¿Tú tampoco? -preguntó Ruby, alzando la barbilla en un gesto de indignación.
    – Me fui a la cama -siguió Julianna-, pero podía oír a Jacques en la planta baja, yendo de una habitación a otra, inquieto. Y de pronto la niebla empezó a disiparse y empecé a pensar. Le oí hablar por teléfono diciendo que podíamos llegar al palacio en una hora, que aunque alguien sospechara, era imposible rastrear el origen de la transferencia bancada y que nadie había sospechado de él cuando lo de Konrad. Todo el mundo había creído que conducía borracho, dijo muy satisfecho de sí mismo. Y también habló de Erhard… -Julianna miró al anciano como si le costara creer que estuviera allí-. Dijo: «pero con Erhard no has sido tan eficaz. Debías haberle pegado con la fuerza suficiente como para que no volviera a inmiscuirse en mis planes. Sin embargo, ayer apareció…» Intentó matarte.
    – Pero no lo consiguió -explicó Erhard-. Cuando vinieron a mi casa hace un par de semanas, el perro de mi mujer dio la alarma. Al pobre le costó la vida, pero nosotros logramos escapar -cerró los ojos y recordó el pánico de aquella noche. Luego los abrió y miró a Nick y a Rose-. Lo siento, debía haberos puesto sobre aviso, pero no creí que se atrevería a atacaros. Está claro que me equivoqué.
    – Todos nos equivocamos -musitó Julianna. Yo nunca pensé que Jacques fuera capaz de algo así, pero lo era. Le oí decir: «acabaremos con ellos». Entonces supe que estaba dando la orden de que mataran a Rose y a Nick.
    Se produjo un profundo silencio durante el que Julianna miró a Rose fijamente.
    – Eres mi hermanastra -dijo finalmente-, nada puede cambiar eso -tomó aire y continuó-: Bajé y me enfrenté a él. Entonces, me pegó.
    – ¡Dios mío! -exclamó Ruby.
    – Me arrastró hasta el dormitorio y me encerró. Luego arrancó la línea del teléfono y me amenazó con acusarme de ser su cómplice. Grité y peleé, pero él se rió y me dijo que me tomara un calmante. Entonces, sonó el teléfono de la planta baja. Le oí contestar. Y luego ni una palabra. Un silencio total.
    Hizo una pausa y Nick vio reflejado el terror en su rostro.
    – Pensé que todo había acabado -miró a Rose como si todavía no pudiera creer que siguiera viva-. Entonces oí abrirse la puerta principal y a continuación el coche de Jacques. Esta mañana, un guarda me ha liberado. He llamado y me han dicho que estabas a salvo, pero necesitaba comprobarlo por mí misma -sacudió la cabeza como si intentara despertar de una pesadilla-. Rose te juro que no sabía lo que había planeado, que yo jamás…
    – Ya lo sé -dijo Rose con dulzura, tomando las manos de su hermanastra-. Incluso anoche, cuando Nick dijo que tenía que haber sido cosa de Jacques, yo sabía que tú no estabas implicada. Eres mi hermanastra.
    Julianna se cubrió el rostro con las manos.
    – ¡Dios mío! ¡Qué pensaréis de mí! Quiero escapar, ser una persona normal. Ser lavandera. No quiero ser princesa.
    – Ser lavandera es un poco radical -bromeó Rose.
    Y Julianna rió y lloró a un tiempo.
    – Me da lo mismo. Pero Jacques no me dejará.
    – No es tu dueño, así que puedes hacer lo que quieras -dijo Rose-. En cuanto a ser princesa, ¿no puedes renunciar a tus derechos? ¿No es eso posible, Erhard?
    El anciano estaba pálido. Eran demasiadas emociones juntas. Nick fue hasta un mueble bar y le sirvió un brandy.
    Erhard lo tomó mecánicamente.
    – Debía haberos advertido de los peligros -musitó-, pero ansiaba tanto que se celebrara esta boda…
    – Bebe un poco -lo animó Nick-, y deja de actuar como si acabaras de confesar un asesinato. Anoche ya atrapamos a un asesino y, comparado con eso, todo lo demás son insignificancias -sacudió la cabeza antes de añadir-. Además, has perdido a tu perro y estoy seguro de que, para Rose, eso sí es un verdadero drama.
    Erhard alzó la mirada y Nick, sonriendo, posó una mano sobre su hombro.
    – Ahora estamos todos juntos y vivos. Y no tardaremos en encontrar a Jacques.
    – Así que ha llegado el momento de que me cuentes la verdad -dijo Ruby, quien había permanecido un tiempo récord callada, pero que en los últimos segundos había intercambiado en voz baja unas precipitadas palabras con Rose-, Rose me dice que esta boda es un fraude, un matrimonio de conveniencia.
    – ¿Rose? -dijo él, mirándola desconcertado. Ella sonrió y se encogió de hombros.
    – Ha llegado el momento de ser sinceros. Es un fraude. Así lo has dicho esta mañana.
    Así era. Pero durante la noche… Las imágenes se sucedieron en su mente: Rose en enaguas, apuntando con el revólver, el rostro desencajado. Rose contra el mundo. Rose con abejorros. Rose en sus brazos.
    Pero ella siguió hablando.
    – Si Julianna cede sus derechos, yo podría hacer lo mismo -dijo en tono resolutivo-. Con ello, Nick se convertiría en el príncipe heredero. Es la mejor opción. Después de todo, mi padre no pertenecía a la realeza y a Nick le gusta la idea, ¿verdad, Nick?
    Nick no estaba seguro. La pregunta quedó suspendida en el aire y todos lo miraron.
    Quizá sí.
    – Mi madre era princesa -dijo pensativo-. Y siempre sintió nostalgia por el país. A ella le gustaría que aceptara…
    – ¿Ves? -dijo Rose-. Puedes hacerlo.
    – Tendréis que hacerlo juntos -dijo Ruby, intuyendo que algo no iba bien-. Después de todo, estáis casados.
    – Sí -Nick tomó aire-, pero quizá Rose preferiría no estarlo.
    Ruby puso los brazos en jarras y los miró alternativamente.
    – Empiezo a no entender anda. ¿No os casasteis ayer?
    – Sí, pero Rose no quería casarse -explicó Nick-. Sólo lo hizo por sentido de la responsabilidad. Y ya es hora de que, como Julianna, se sienta liberada. Si lo desea, podemos anular la boda. Estoy dispuesto a asumir el liderazgo en solitario.
    – Tengo la impresión de que vuestros súbditos van a estar muy desconcertados -dijo Ruby.
    – Puede que hasta quieran echar a Nick -dijo Rose. Y Nick la vio revivir como la luchadora que era.
    Nick adoraba esa faceta de su personalidad. Y precisamente porque la adoraba, sabía que debía dejarle marchar.
    – Rose tiene razón -dijo Julianna, incorporándose de nuevo a la conversación.
    – No creo que Nick pueda ocupar el trono solo -corroboró Erhard.
    Ruby, que había estado muy concentrada intentando seguir la discusión aunque le faltaban elementos de juicio, no estaba dispuesta a quedarse al margen.
    – Nick hará lo que deba. Es un chico muy responsable.
    – ¿Sí? -intervino Rose, mirando a Nick-. Nunca lo hubiera imaginado -sonrió con picardía y él sintió que el día se iluminaba. En medio del caos, Rose era capaz de dedicarle una broma cómplice sobre la noche anterior.
    – ¿Por qué no quieres el trono? -preguntó Julianna a Rose.
    – Tengo la impresión de que hace mucho tiempo que nadie le pregunta a Rose lo que quiere -intervino Ruby de nuevo-. ¿Sabíais que sus suegros querían que se quedara embarazada con el esperma de su difunto hijo?
    Todos la miraron perplejos. Finalmente, Nick se volvió a Rose y preguntó:
    – ¿Es eso verdad?
    – Sí -dijo ella-, pero no comprendo cómo es posible que Ruby lo sepa.
    – Igual que el señor Fritz hizo averiguaciones sobre Nick -dijo Ruby, enigmática-. Cuando me dijeron en el club de macramé que alguien había estado haciendo preguntas sobre él, llamé a una amiga mía en Yorkshire, que me informó de los sacrificios que Rose ha hecho -se volvió hacia ella-. Primero, reemplazaste a tu marido en el pueblo y ahora quieren que aceptes la corona. Ya basta.
    – Yo lo he elegido -dijo Rose.
    Nick la observaba y tuvo una súbita" iluminación. No tenía sentido que hubiera sido ella la elegida para asumir tantas responsabilidades.
    – ¿Por qué le pediste a Rose que aceptara el reto? -preguntó a Erhard. Y algo en el timbre de su voz hizo que todos se volvieran hacia él-. El padre de Rose no la consideraba de sangre real. Has insinuado que Julianna tampoco era su hija legítima. Dijiste que no tenía sentido pedir pruebas de ADN, pero quizá estabas equivocado. ¿Por qué no elegiste esa opción? ¿No debía haber sido yo el que aceptara la responsabilidad?
    – No te conocía -dijo Erhard.
    – Tampoco conocías a Rose.
    – A ella sí -Erhard seguía apretando entre sus manos la copa de brandy-. Rose vivió aquí hasta los quince años. Siempre se podía contar con ella. Su madre estaba enferma, su padre era un borracho, el viejo príncipe perdía autoridad, y ella cargaba con el peso de todo sin protestar. Cuando hice averiguaciones, descubrí que había seguido actuando de la misma manera en Yorkshire. Necesitábamos a alguien de sus características.
    – Querías que Rose siguiera cargando con el peso de la responsabilidad.
    – No reflexioné.
    – Es comprensible -dijo Nick amablemente-. No estabas pensando en el bienestar de Rose, sino en el de todo un país. Necesitabas contar con la mejor, y Rose lo es. Pero ha llegado la hora de que alguien cuide de ella. Y ese alguien voy a ser yo.
    Rose parecía confusa. Nick le tomó la mano, pero se dijo que la amaba demasiado como para intentar retenerla.
    – Ésta es mi propuesta -dijo. Sintió cómo Rose se amoldaba a su cuerpo y tuvo que recordarse que no debía retenerla para no pasarle el brazo por los hombros-: Julianna, tú abdicarás. Mientras encontramos a Jacques deberías irte con Ruby -sonrió a su madre adoptiva-. Sé que estás enfadada conmigo, pero nunca me has fallado y ahora necesito tu ayuda -se volvió a Erhard-. Quizá tú también deberías irte. La casa de Ruby es el mejor lugar del mundo para recuperarse. Además, tiene un montón de perros. Seguro que tú y tu mujer volverías con un nuevo cachorro.
    – ¿Y Rose? -preguntó Ruby.
    – No pienso ir a ninguna parte -dijo la aludida, irguiéndose.
    – Tienes que irte.
    – ¿Y dejarte solo para que te maten?
    – Tranquila -dijo Ruby con firmeza-. Ya me he ocupado yo de eso.
    Nick la miró sorprendido.
    – ¿Ya te has ocupado de qué?
    – Tus hermanos llegarán esta noche -replicó Ruby-. Cuando me he enterado de lo del intento de asesinato, me he puesto en contacto con Erhard y hemos elaborado un plan. En este mismo momento Sam se está poniendo al mando de las fuerzas armadas. Darcy se ocupará de la policía y Blake de los asuntos legales. En unos días, este país estará en orden y Rose podrá decidir si quiere volver.
    – Yo no… -empezó Rose.
    Nick sacudió la cabeza y sonrió.
    – ¿Pretendes llevarle la contraria a Ruby?
    – No pienso dejarte -dijo ella.
    – No tienes de qué preocuparte -dijo Ruby-. Ya sé que Nick es muy atractivo y tiene una encantadora sonrisa, pero debe darte tiempo. No estará solo. Contará con sus hermanos.
    – Pero… -Rose necesitaba excusas-, no podría llevarme a Hoppy.
    – ¿Quién es Hoppy? -preguntó Ruby, desconcertada.
    Rose señaló al perrito que, en una esquina, los miraba con curiosidad.
    – Para entrar en Australia tendría que pasar un periodo de cuarentena -explicó Rose-, así que no puedo irme. Es mi responsabilidad.
    – Nick cuidará de él -dijo Ruby.
    – Nick no es suficientemente responsable.
    – Tú lo sabes mejor que nadie -dijo Nick sonriéndole-. Después de todo, eres mi esposa.
    – Dijiste que se trataba de un falso matrimonio -dijo Ruby, mirándolos con severidad.
    – Eso lo dijo Nick -dijo Rose.
    – ¿Has cambiado de opinión? -le preguntó Nick.
    – Todavía no he aprendido a nadar -dijo ella. Y sonrió con temor, como si estuviera a punto de saltar de un precipicio.
    – Entonces, ¿es o no una farsa? -preguntó Ruby, impacientándose.
    – Pregúntale a Nick qué llevo en mi ropa interior -susurró Rose.
    – Abejorros -dijo él al instante.
    – ¿Y en mis bragas nupciales?
    – Mariposas.
    – Ya lo veis, ¿os parece esto una farsa? -dijo Rose.
    Se produjo un profundo silencio.
    – ¿Sabéis qué? -dijo Ruby finalmente, mirando al vacío-. Creo que necesito un brandy. Julianna, Erhard, si me acompañáis, quizá pueda llegar a servirme una copa.
    – ¿Estás segura de que podemos dejarlos solos? -bromeó Erhard.
    – No sé. Sólo hablan de abejorros y de mariposas -dijo Ruby-. A no ser que te interese la botánica tengo la impresión de que esta conversación va a ser muy aburrida.

Capítulo 11

    Se habían quedado a solas y Nick sabía que su futuro podía depender de los siguientes minutos.
    – Tenemos que hablar en serio -dijo cuando recuperó el aliento.
    – Sí.
    – No sé por dónde empezar -fue lo mejor que se le ocurrió decir, dadas las circunstancias.
    – Empieza diciéndome si sigues queriendo este empleo -dijo Rose. Y sonriendo, añadió-: Y por qué.
    Nick reflexionó unos instantes.
    – En un principio -dijo finalmente-, me atrajo la idea de poder hacer algo bueno y actuar de príncipe consorte durante un mes.
    – ¿Pero…?
    – Pero ahora me he implicado tanto que me costaría marcharme. El niño que rescató a Hoppy, toda su familia, el país entero necesita ayuda para recuperar sus derechos, y yo quiero ayudarlos.
    – ¿Y yo puedo marcharme? -preguntó Rose, dubitativa.
    – Puedes hacer lo que desees. Hay suficiente dinero en las arcas reales como para que puedas vivir el resto de tu vida.
    – Yo no quiero una vida ociosa.
    – No, pero querías viajar. Yo puedo actuar de príncipe regente y, cuando llegue el momento, tú puedes decidir si quieres recuperar el trono.
    – Pero eso te dejaría en una especie de limbo.
    – No, Rose -dijo Nick con vehemencia-. De verdad quiero este trabajo. Hay tanto por hacer… Sería un honor para mí trabajar para este país.
    – Pero…
    – ¿Pero?
    – A mí me gustaría ayudarte.
    – Puedes hacerlo dentro de un año. O ahora mismo. Si lo deseas, el trono es tuyo.
    – No soy de sangre real.
    – Eres la hija reconocida de un príncipe. Eres mi esposa. Así que tienes tanta o más legitimidad que la que otorga la sangre.
    – Pero nuestra boda ha sido una farsa.
    – Hemos firmado todos los documentos -Nick sonrió- y tu colección de botánica se ha hecho famosa. Todo el castillo piensa que nuestro matrimonio es real.
    – Pero tú no quieres que me quede contigo -dijo Rose,
    Nick no quiso creer que fuera verdad el tono esperanzado que había creído percibir en su voz.
    – Tú quieres ser libre -dijo, intentando frenar su corazón. Era imposible que Rose lo amara… Pero en aquel instante decidió que no estaba dispuesto a dejarla ir sin presentar batalla-. Aunque no me importaría que te quedaras, siempre que sea lo que tú quieres. La libertad incluye la posibilidad de elegir libremente.
    – Así es -dijo ella en un susurro-. Así que si decidiera quedarme y viajar… alrededor del perímetro del palacio con mi perro y un acompañante…
    – ¿Qué acompañante?
    – No sé… ¿Un marido?
    Nick se quedó paralizado. El mundo se detuvo para él.
    – ¿Qué te parecería un viaje así? -dijo ella-. ¿Te suena apetecible, aunque sólo sea en teoría?
    – Puede que ofrezca algunas posibilidades de interés…
    – ¿Por ejemplo?
    – Por ejemplo… compartir una tienda de campaña es siempre divertido.
    Rose le dedicó una de las sonrisas que lo habían enamorado desde el primer día. Nick sonrió a su vez y Rose supo que aquella sonrisa había iluminado su vida, borrando el pasado y lanzándola al futuro.
    – Yo creo que en los terrenos del castillo hay sitio para montar una tienda -continuó ella-, pero tendríamos que pedirle a tu hermano que no nos deslumbre con los focos de seguridad o se perdería todo el romanticismo.
    – ¿Quieres que sea algo romántico?
    – ¿Tú no?
    Nick dejó de sonreír y estudió el rostro de Rose inquisitivamente. Ella no entendía por qué no la tocaba cuando estaba ansiosa porque lo hiciera. Pero tenía que ser él quien diera el primer paso.
    – Rose… tu libertad.
    – ¿Qué pasa con mi libertad? Tú nunca habías pensado en casarte.
    – Nunca había querido casarme hasta que te conocí, pero no te retendré. -Quiero que lo hagas.
    – Nunca has sido libre.
    – La libertad tiene algunas desventajas. Sólo se disfruta si incluye ciertos componentes.
    – ¿Por ejemplo?
    – Tú.
    Nick sonrió de nuevo.
    – Te amo, Rose -dijo, sencillamente.
    Rose lo miró fijamente. En sus ojos descubrió amor y una profunda necesidad, pero también miedo, como si sintiera que se estaba exponiendo demasiado. Era la mirada del niño que había crecido en casas de adopción, que había luchado por ser independiente y no necesitar a nadie pero que, como ella, había llegado a la conclusión de que necesitar a otro no era tan malo, que necesitar podía ser una bendición.
    – ¿Cómo es posible que me ames? -preguntó ella.
    – Por tantas razones que no podría enumerarlas. Pero Rose, tu libertad…
    – Soy libre -dijo ella-. Soy libre de ir donde quiera, de dejar la sombra de Max atrás y caminar hacia adelante sin sentirme culpable. Y todo gracias a ti. Tú me has dado la libertad y por eso te amo, Nick. Elijo amarte.
    – ¿De verdad?
    – De verdad.
    Pero Nick la miraba como si no pudiera creerla.
    – Tendremos que vivir aquí -dijo.
    – ¡Qué mala suerte! ¡Vivir en un precioso castillo en uno de los países más hermosos del mundo! -bromeó Rose, sintiendo que la cabeza le daba vueltas de tanta felicidad-. Intentaré soportarlo.
    – Estaremos expuestos al escrutinio público como si viviéramos en una pecera.
    – Puede que sea divertido.
    – Nunca te pediré que tengamos hijos.
    – Puede que tenga que besarte yo a ti.
    Y nunca averiguó quién besó a quién. Sólo supo que estaba en brazos de Nick y que se besaban apasionadamente.
    Mientras tanto, por el cristal del invernadero, tres personas observaban aquella segunda ceremonia nupcial en la que un hombre y una mujer se convertían en marido y mujer.
    – Después de todo, he llegado a tiempo -dijo Ruby con el rostro iluminado por una amplia sonrisa.
    – Y todavía queda la coronación -dijo Erhard.
    – Y quizá… -Julianna tomó a los dos ancianos del brazo para guiarlos hacia otra habitación y dejar a la pareja a solas-, con el tiempo, tengamos que acudir a uno o más bautizos -dijo con dulzura-. Creo que la sucesión al trono de Alp de Montez está asegurada.

Marion Lennox


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