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Amor en palacio

Amor en palacio

Аннотация

    Tammy se sorprendió al descubrir que se había convertido en la tutora de su sobrino huérfano, Henry, que algún día sería príncipe de un país europeo Marc, el príncipe regente, quería que fuera educado en la realeza,y no estaba a acostumbrado a recibir negativas. Pero Tammy una combativa australiana, no tenía tiempo para los títulos, y estaba decidida a darle a su sobrino todo el amor que necesitaba,,, incluso si tenía que mudarse a palacio.
    Pero mientras Tammy y Marc se enfrentaban por el futuro del bebe, la pasión que nació entre ellos se hizo imposible de resistir.
    ¡ESTABA OBLIGADA A VIVIR CON UN PRINCIPE!


Marion Lennox Amor en palacio

    Jazmín numero 6.74
    Titulo original: Her Royal baby

Capítulo 1

    TAMMY estaba subida a un árbol cuando llegó… la realeza. Recibir a un personaje de la realeza en aquella zona perdida de Australia era inusual, pero no así estar subida a un árbol. Tamsin Dexter se pasaba la vida subida a un árbol. Era una de las arboricultoras más jóvenes del país y su pasión era tratar, curar y replantar árboles.
    Empleada por el servicio de parques nacionales australianos, Tammy estaba, como casi siempre, trabajando en una zona remota. Era parte de un equipo, pero aquel día trabajaba sola.
    Y ella no tenía nada que ver con la realeza.
    Pero el hombre que estaba bajo el árbol parecía pertenecer a una casa real. O ser un duque, un marqués… por lo menos. Aunque a lo mejor no era de la realeza, a lo mejor era un almirante o algo así.
    Aunque su conocimiento sobre estos temas era limitado. ¿Un almirante podía ser tan joven?
    En realidad, lo que llevaba el extraño no era un uniforme de almirante sino un traje muy bien cortado con un montón de medallas y borlones. Había llegado en una limusina conducida por un chofer uniformado. Alguien salió del coche en ese momento. Era un hombre mayor y no llevaba medallas, pero tenía un aspecto muy adusto.
    ¿Podían estar más fuera de lugar en aquel bosque? ¿Pertenecían a la realeza o eran militares de algún tipo? Daba igual… pero Tammy sabía quién de los dos era más interesante.
    El joven. Era un hombre alto, más de metro ochenta y cinco, aunque resultaba difícil confirmarlo desde aquella altura. Tenía el pelo oscuro cuidadosamente echado hacia atrás. Era la clase de pelo que a ella le gustaría que tuvieran todos sus hombres. ¿Todos sus hombres?
    Tammy sonrió. «Sus hombres» no estaban más que en su imaginación.
    Pero aquél era guapísimo. Sus facciones parecían esculpidas, como las de una escultura de Rodin. Y resultaba intensamente masculino, intensamente atractivo y seductor.
    ¿Qué más? Desde luego, no era el tipo de hombre que viviría en aquella zona remota de Australia. Incluso sin las medallas, sería el tipo de persona que toma café en tazas de porcelana o pide un cóctel en el bar. de moda de Saint Moritz, con un pequeño Lamborghini aparcado en la puerta.
    Y ése no era su tipo de hombre en absoluto. Su estilo era más bien… era más bien ninguno. Tammy prefería un poco de agua caliente con unas hojas de eucalipto por la noche.
    ¿Qué hacían aquellos dos hombres allí?
    El burócrata debía tener más de cincuenta años, era más bien robusto y llevaba el cuello de la camisa muy apretado. Por comparación, el más joven tenía un aspecto inteligente y sofisticado.
    Menudo par. Resultaban una pareja absurda en aquel sitio. Vestidos como si estuvieran a punto de recibir a un rey, cuando para recibirlos sólo estaba Tammy, sentada en un arnés a diez metros del suelo.
    ¿Qué queman de ella?
    – ¿Señorita Dexter? -la llamó el que tenía aspecto de burócrata.
    ¿Señorita Dexter?
    – Esto es ridículo -dijo el hombre en voz baja-. El tipo de mujer que estamos buscando no trabajaría en un sitio así.
    Debía haber montones de señoritas Dexter en Australia. Seguramente aquellos tipos salían del rodaje de una película y habían equivocado el camino.
    – ¿Señorita Dexter? -repitió el hombre.
    Tammy no respondió. Pero al mirar al más joven su corazón dio un vuelco. Quizá era una premonición, quizá aquellos hombres no se habían equivocado.
    – ¿Señorita Dexter? -repitió el burócrata con tono exasperado.
    – Estoy aquí arriba. ¿Qué quieren?
    La voz de la joven sorprendió a Marc.
    El capataz le había confirmado que Tamsin Dexter estaba trabajando allí y él reaccionó con incredulidad. ¿Qué hacía alguien de la familia de Lara en aquel sitio? Llevaba veinticuatro horas preguntándose lo mismo, desde que habló con el detective.
    – He encontrado a Tamsin Dexter. Tiene veintisiete años, es soltera y trabaja como arboricultora con el servicio nacional de parques en Bundanoon, a una hora de Canberra. Podría ir a verla después de la recepción.
    El investigador privado tenía muy buenas credenciales, pero Marc reaccionó con absoluta incredulidad. ¿Cómo una arboricultora podía ser hermana de una mujer como Lara? No tenía sentido.
    Pero la recepción en Canberra era inevitable. Y como jefe de estado de Broitenburg, era su obligación asistir.
    Y cuando por fin pudo localizar a la tal Tamsin Dexter, estaba subida a un árbol, con un arnés.
    Era delgada, fibrosa… y parecía fuerte. Llevaba unos pantalones de color caqui y botas de cuero con los cordones rotos.
    ¿Qué más? Era joven y estaba en forma. Llevaba el pelo oscuro sujeto con una goma, pero le caían algunos rizos por el cuello. Parecía como si no se hubiera pasado un peine en varias semanas… aunque quizá eso era injusto. Si él tuviera que trabajar subido a un árbol, quizá su pelo tendría el mismo aspecto.
    Tamsin tenía la piel bronceada y los ojos claros, aunque desde abajo no podría decir si eran verdes, azules o de color miel.
    Pero el parecido con Lara era evidente.
    El detective estaba en lo cierto. Aquélla era la Tamsin Dexter que estaba buscando.
    – ¿Qué quieren? -repitió la joven, mirándolos como si ellos fueran los raros… aunque considerando la ropa que llevaban quizá tenía razón.
    – Tengo que hablar con usted -dijo Marc.
    – ¿De qué?
    – ¿Es usted Tamsin Dexter?
    – Sí -contestó ella, sin moverse.
    – Señorita Dexter, está usted hablando con Su Alteza Real el príncipe Marc, regente de Broitenburg -los interrumpió el burócrata-. ¿Le importaría bajar de ahí?
    Un príncipe… ¿Qué pasaría si fuera grosera con un príncipe?, se preguntó Tammy.
    – Muy bien, su amigo es un príncipe. ¿Quién es usted?
    – Soy Charles Debourier, el embajador…
    – No me lo diga, el embajador de Broitenburg.
    – Sí.
    – Y Broitenburg está… ¿en Europa? -sonrió Tammy.
    Tenía una sonrisa abierta, casi descarada, totalmente diferente de la de Lara. Pero él no quería perder el tiempo con una mujer. Especialmente con aquélla.
    – ¿No sabe usted dónde está Broitenburg? -le espetó el embajador.
    – Nunca me ha interesado la geografía. Y dejé el colegio a los quince años.
    Genial. Además de ser la hermana de Lara, era prácticamente analfabeta.-Broitenburg tiene frontera con Austria por un lado y con Alemania por el otro -estaba diciendo el embajador, pero Tammy no parecía impresionada-. Y es un país importante.
    – Debe de ser importante para tener embajador en Australia -sonrió Tammy-. Encantada de conocerlos, Alteza y embajador, pero tengo mucho trabajo.
    – Ya le he dicho que tengo que hablar con usted -insistió Marc, irritado.
    – ¿Por qué? ¿Tienen árboles enfermos en Broitenburg?
    – Pues…
    – No estoy interesada. Ya tengo trabajo aquí.
    ¿De verdad pensaba que había ido hasta allí desde Broitenburg, vestido con aquel ridículo uniforme, para pedirle que cuidase de unos árboles? Marc no daba crédito.
    Él odiaba el uniforme. Odiaba la ostentosa limusina, al chofer, a la realeza en general…
    Y la única forma de librarse de todo eso era a través de aquella chica.
    – No estoy ofreciéndole un trabajo.
    – ¿Entonces?
    – He venido a pedirle que firme unos papeles -contestó Marc-. Para poder llevarme a su sobrino a Broitenburg.
    Silencio.
    El silencio se alargó durante mucho tiempo, pero Tammy no dejaba de mirar hacia abajo. Le habían hecho muchas ofertas de trabajo, pero aquello…
    Charles, el embajador, descubrió que tenía hormigas en el zapato y empezó a pisotearlas.
    – Perdone, pero esas hormigas están protegidas -le advirtió Tammy-. Esto es un parque nacional. Las hormigas tienen más derechos que usted.
    Charles miró a Marc, incómodo, pero éste no dijo nada. Entonces se encogió de hombros y volvió a la limusina. Había hecho su trabajo. Un embajador no se dedica a ir por el campo soportando el ataque de unas hormigas furiosas.
    – He dicho que quiero llevarme a su sobrino… -empezó a decir Marc.
    – Ya lo he oído. Pero no sé de qué está hablando -lo interrumpió Tammy.
    Marc asintió. Lo esperaba. Tamsin no asistió al funeral de su hermana y no se había puesto en contacto con su sobrino. Si no fuera por el departamento de emigración, podría llevarse al niño de inmediato. Seguramente, ella ni siquiera admitiría ser responsable de él. Y al pensar en Henry solo, mal atendido, Marc se puso furioso.
    – Si se hubiera puesto en contacto con nosotros le habrían dicho que el niño debe volver a Broitenburg, pero necesitamos su consentimiento.
    – ¿De qué está hablando?
    – De la niñera y del departamento de emigración. No puede usted poner ninguna objeción, señorita Dexter. Si yo no hubiera pagado el sueldo de la niñera, el crío estaría ahora mismo en un orfanato
    – Broitenburg tiene frontera con Austria por un lado y con Alemania por el otro -estaba diciendo el embajador, pero Tammy no parecía impresionada-. Y es un país importante.
    – Debe de ser importante para tener embajador en Australia -sonrió Tammy-. Encantada de conocerlos, Alteza y embajador, pero tengo mucho trabajo.
    – Ya le he dicho que tengo que hablar con usted -insistió Marc, irritado.
    – ¿Por qué? ¿Tienen árboles enfermos en Broitenburg?
    – Pues…
    – No estoy interesada. Ya tengo trabajo aquí.
    ¿De verdad pensaba que había ido hasta allí desde Broitenburg, vestido con aquel ridículo uniforme, para pedirle que cuidase de unos árboles? Marc no daba crédito.
    Él odiaba el uniforme. Odiaba la ostentosa limusina, al chofer, a la realeza en general…
    Y la única forma de librarse de todo eso era a través de aquella chica.
    – No estoy ofreciéndole un trabajo.
    – ¿Entonces?
    – He venido a pedirle que firme unos papeles -contestó Marc-. Para poder llevarme a su sobrino a Broitenburg.
    Silencio.
    El silencio se alargó durante mucho tiempo, pero Tammy no dejaba de mirar hacia abajo. Le habían hecho muchas ofertas de trabajo, pero aquello…
    Charles, el embajador, descubrió que tenía hormigas en el zapato y empezó a pisotearlas.
    – Perdone, pero esas hormigas están protegidas -le advirtió Tammy-. Esto es un parque nacional. Las hormigas tienen más derechos que usted.
    Charles miró a Marc, incómodo, pero éste no dijo nada. Entonces se encogió de hombros y volvió a la limusina. Había hecho su trabajo. Un embajador no se dedica a ir por el campo soportando el ataque de unas hormigas furiosas.
    – He dicho que quiero llevarme a su sobrino… -empezó a decir Marc.
    – Ya lo he oído. Pero no sé de qué está hablando -lo interrumpió Tammy.
    Marc asintió. Lo esperaba. Tamsin no asistió al funeral de su hermana y no se había puesto en contacto con su sobrino. Si no fuera por el departamento de emigración, podría llevarse al niño de inmediato. Seguramente, ella ni siquiera admitiría ser responsable de él. Y al pensar en Henry solo, mal atendido, Marc se puso furioso.
    – Si se hubiera puesto en contacto con nosotros le habrían dicho que el niño debe volver a Broitenburg, pero necesitamos su consentimiento.
    – ¿De qué está hablando?
    – De la niñera y del departamento de emigración. No puede usted poner ninguna objeción, señorita Dexter. Si yo no hubiera pagado el sueldo de la niñera, el crío estaría ahora mismo en un orfanato. Usted, su hermana y su madre… deberían encerrarlas, a las tres. Lo siento, pero su hermana ya no puede hacerse cargo, a su madre le importa un bledo y, aparentemente, a usted también. Yo sólo quiero que me firme los papeles. Si lo hace, me llevaré a Henry a Broitenburg y no tendrá que cargar con él.
    Tammy lo miró con expresión confusa.
    – ¿Henry?
    ¿Ni siquiera recordaba el nombre de su sobrino? Aquello era el colmo.
    – Su sobrino.
    – Yo no tengo sobrinos.
    – Claro que sí.
    – Claro que no. Parece que me ha confundido con otra persona. Yo sólo tengo una hermana, Lara, a quien hace años que no veo. La última vez que nos vimos salía con un millonario… y no creo que tenga ningún niño. Lara no se arriesgaría a engordar ni un gramo. Y ahora, si me perdona…
    Aquello era absurdo, pensaba Marc. Había reconocido ser hermana de Lara…
    – ¿Lara Dexter era su hermana?
    – Es mi hermana -contestó ella.
    Marc respiró profundamente. No había esperado aquello. Si de verdad no lo sabía…
    – Señorita Dexter, su hermana se casó con mi primo Jean Paul y… murieron en un accidente de esquí hace cinco semanas. Tuvieron un hijo, Henry, que ahora vive en Sidney. Lo está cuidando una niñera, pero no estamos contentos con ella. Ahora mismo, el niño tiene diez meses y yo he venido a
    Australia porque quiero que me firme unos papeles para poder llevármelo a Broitenburg.
    Tammy se quedó helada.
    ¿Lara había muerto?
    – No lo creo -murmuró, volviendo a su trabajo.
    – Lo siento, de verdad.
    – ¡Yo también lo siento, pero no le creo! Viene usted aquí con ese estúpido traje lleno de medallas, como si fuera un rey o algo así, con un chofer y… y me dice que mi hermana está muerta. • -Lara ha muerto, señorita Dexter.
    – No le creo.
    – ¿Le importaría bajar de ahí?
    – No -contestó ella, siguiendo con su trabajo como si tal cosa.
    – Señorita Dexter, tiene que aceptarlo. Su hermana ha muerto. ¿Quiere bajar del árbol de una vez?
    Tammy se quedó mirándolo y él le devolvió la mirada sin decir una palabra.
    Tenía una cara apasionante; rasgos fuertes, decididos, ojos tranquilos, como los de un hombre que dice la verdad.
    Podía aceptar o rechazar lo que le estaba contando…
    Pasaban los minutos y él no decía nada. Al menos tenía suficiente sentido común como para darle tiempo.
    Y, por fin, Tammy se enfrentó a lo inevitable. Era cierto, su hermana había muerto. A pesar de lo incongruente de la situación, aquel hombre estaba diciendo la verdad.
    Su hermana. Su hermana pequeña…
    Lara no había querido saber nada de ella durante varios años. Lara y su madre vivían en un mundo propio con el que Tammy no tenía nada que ver, pero cuando eran pequeñas era ella quien cuidaba de su hermana. Antes de que naciera, Tammy no tenía nada y cuando Lara se hizo mayor y unió fuerzas con su madre, de nuevo se quedó sin nada. Pero durante su infancia…
    Lara tenía cinco años menos que ella. Veintidós tendría en aquel momento.
    ¿Lara había muerto?
    El recuerdo de una niña pequeña envuelta en mantitas apareció en su mente y, con la imagen, un dolor insoportable, desgarrador.
    – Baje -insistió Marc.
    Suspirando, Tammy se ajustó el arnés para descender y enfrentarse con lo inevitable.
    Pero bajó demasiado rápido.
    Llevaba años subiendo y bajando de árboles. Podría hacerlo dormida o con los ojos cerrados, pero… se le fue la mano con la cuerda y bajó de golpe. No tan rápido como para hacerse daño, pero sí lo suficiente como para que Marc tuviera que sujetarla.
    Tammy se encontró en sus brazos; unos brazos fuertes, de bíceps duros.
    La palabra fuerte lo describía muy bien. Su cuerpo era sólido como una piedra. Ella medía un metro sesenta y ocho y se sentía diminuta al lado de aquel hombre.
    – ¿Se ha hecho daño?
    Estaban tan cerca que sintió el absurdo deseo de apoyar la cara en su pecho y echarse a llorar.
    Pero no. No había llorado en mucho tiempo y no iba a hacerlo ahora.
    – Estoy bien -dijo en voz baja.
    – ¿De verdad no sabía que su hermana había muerto?
    Tammy se concentró en las medallas del traje. Incluso las contó: seis.
    – ¿No lo sabía? -insistió él, levantando su barbilla con un dedo.
    Tenía unos ojos preciosos, grises. Una chica podría perderse en aquellos ojos. Cualquier cosa antes que soportar aquel dolor…
    – Mi hermana y yo no nos llevábamos bien.
    – Lo siento.
    – No lo sienta.
    El hombre la soltó, pero lo hizo de una forma curiosa. Como si no quisiera soltarla.
    Preguntas. Tenía que hacer preguntas. Tenía que saber…
    – ¿Ha dicho que murió en un accidente?
    – Sí.
    – ¿Cómo?
    – Iban en un trineo, en una zona bastante peligrosa. Y me temo que… habían bebido.
    El nudo que Tammy tenía en la garganta se hizo insoportable. «Tonta», pensó. «Lara, ¿cómo pudiste ser tan tonta?».
    – Así que… mi hermana estaba casada con su primo.
    – Sí.
    – ¿Y su primo murió también?
    – Jean Paul murió también.
    Tammy observó su cara para encontrar algún gesto de dolor, pero no encontró nada.
    – Lo siento.
    – Supongo que lo sentimos los dos.
    Tenía una voz bonita, profunda, masculina. Con rastros de acento francés, pero muy leve.
    No debía estar pensando en el acento de aquel hombre… O quizá lo hacía para distraerse.
    Lara estaba muerta.
    ¿Qué más había dicho, que tenía un hijo?
    – No puedo creer que su madre no se lo haya contado.
    – ¿Mi madre lo sabe?
    – Por supuesto. Estuvo en Broitenburg para el funeral de estado.
    Un funeral de estado. A su madre le gustaría eso, pensó Tammy. Isobelle Dexter de Bier en un funeral de estado. Lo habría hecho estupendamente… incluso podía imaginar lo que se habría puesto. Sería algo muy elegante, negro, de encaje. Con un velo, por supuesto. Y un pañuelo blanco con el que fingiría secar sus lágrimas.
    – ¿Estaba… sola?
    – Su padrastro fue con ella.
    Ah, claro. Su padrastro. ¿Cuál de ellos? Tammy se mordió los labios. Isobelle ya no se molestaba en casarse con sus amantes. Cuando Lara nació, iba por el cuarto marido. ¿Lara estaba muerta?
    Ella debería haber estado en el funeral, como estuvo con Lara durante la infancia. De todas las cosas malas que su madre le había hecho, aquélla era la peor. Enterrarla sin decírselo…
    – ¿Quería usted a su hermana? -preguntó Marc.
    – La quise. Hace mucho tiempo.
    – ¿Y habían perdido el contacto?
    – Sí.
    – ¿Y con su madre?
    – ¿Cree que mi madre admitiría tener una hija que es arboricultora y que lleva esta pinta?
    Él la miró de arriba abajo, pero su rostro permanecía impasible.
    – No lo sé. Quizá no.
    – Mire, creo que necesito tiempo para aceptar todo esto -suspiró Tammy-. ¿Tiene una tarjeta o algo así? Yo lo llamaré…
    Necesitaba estar sola. Había aprendido que la soledad era el único remedio para el dolor. No la consolaba, pero sola podía soportarlo mejor.
    – Ahora mismo no tengo ganas de hablar…
    – Lo siento, pero no puedo hacer eso.
    – ¿Por qué no?
    – Tengo que ir a Sidney esta noche y después saldré para Broitenburg -contestó Marc-. He traído los papeles conmigo, señorita Dexter. Fírmelos y así podré llevarme a Henry. Y usted tendrá toda la soledad que necesita.14
    – ¿Y su primo murió también?
    – Jean Paul murió también.
    Tammy observó su cara para encontrar algún gesto de dolor, pero no encontró nada.
    – Lo siento.
    – Supongo que lo sentimos los dos.
    Tenía una voz bonita, profunda, masculina. Con rastros de acento francés, pero muy leve.
    No debía estar pensando en el acento de aquel hombre… O quizá lo hacía para distraerse.
    Lara estaba muerta.
    ¿Qué más había dicho, que tenía un hijo?
    – No puedo creer que su madre no se lo haya contado.
    – ¿Mi madre lo sabe?
    – Por supuesto. Estuvo en Broitenburg para el funeral de estado.
    Un funeral de estado. A su madre le gustaría eso pensó Tammy. Isobelle Dexter de Bier en un funeral de estado. Lo habría hecho estupendamente… incluso podía imaginar lo que se habría puesto. Sería algo muy elegante, negro, de encaje. Con un velo, por supuesto. Y un pañuelo blanco con el que fingiría secar sus lágrimas.
    – ¿Estaba… sola?
    – Su padrastro fue con ella.
    Ah, claro. Su padrastro. ¿Cuál de ellos? Tammy se mordió los labios. Isobelle ya no se molestaba en casarse con sus amantes. Cuando Lara nació, iba por el cuarto marido.
    ¿Lara estaba muerta?
    Ella debería haber estado en el funeral, como estuvo con Lara durante la infancia. De todas las cosas malas que su madre le había hecho, aquélla era la peor. Enterrarla sin decírselo…
    – ¿Quería usted a su hermana? -preguntó Marc.
    – La quise. Hace mucho tiempo.
    – ¿Y habían perdido el contacto?
    – Sí.
    – ¿Y con su madre?
    – ¿Cree que mi madre admitiría tener una hija que es arboricultora y que lleva esta pinta?
    Él la miró de arriba abajo, pero su rostro permanecía impasible.
    – No lo sé. Quizá no.
    – Mire, creo que necesito tiempo para aceptar todo esto -suspiró Tammy-. ¿Tiene una tarjeta o algo así? Yo lo llamaré…
    Necesitaba estar sola. Había aprendido que la soledad era el único remedio para el dolor. No la consolaba, pero sola podía soportarlo mejor.
    – Ahora mismo no tengo ganas de hablar…
    – Lo siento, pero no puedo hacer eso.
    – ¿Por qué no?
    – Tengo que ir a Sidney esta noche y después saldré para Broitenburg -contestó Marc-. He traído los papeles conmigo, señorita Dexter. Fírmelos y así podré llevarme a Henry. Y usted tendrá toda la soledad que necesita

Capítulo 2

    NO HABÍA esperado aquello. Marc no sabía cómo sería la hermana de Lara, pero desde luego no esperaba que fuera la mujer que tenía delante.
    Que no sabía nada de la muerte de Lara… ¿y su madre? ¿Qué clase de madre oculta a una hermana la muerte de otra?
    No era asunto suyo, se dijo. Su misión era conseguir que le firmara los papeles y volver a Broitenburg lo antes posible. La muerte de Jean Paul había creado un problema serio en el país. Tenía que volver con el niño.
    Sólo necesitaba la firma de Tamsin Dexter…
    Quizá sólo tendría que ponerle los papeles delante y decir: «Firme». Ella parecía tan afligida que seguramente firmaría sin pensar. Debería darle tiempo, debería dejar que fuera ella quien tomase la decisión, pero estaba luchando por su país. El país de Henry. La herencia de Henry.
    Y su propia libertad.
    – Necesito que firme esos papeles -insistió, llevándola hacia el coche.
    – ¿Qué papeles?
    – Para llevarme a Henry de aquí.
    – Sigo sin entender de qué está hablando -murmuró Tammy, pálida.
    Marc alargó la mano para apretar la de la joven, pero se echó atrás. Debía tener con ella el menor contacto posible. Él no podía consolarla.
    – Necesito que firme unos papeles para poder llevarme a Henry a Broitenburg.
    – ¿Henry?
    – El hijo de Lara.
    – ¿Lara tenía un hijo?
    – Sí.
    – ¿Un niño? Nadie me había dicho nada. ¿Estaba casada cuando lo tuvo?
    – Naturalmente. Su hermana se casó con Jean Paul y tuvo todo lo que deseaba: un matrimonio real, un palacio, criados, dinero, lujos que no se puede imaginar…
    – Ella no habría querido tener un hijo.
    Marc asintió. Eso coincidía con lo que él pensaba de Lara, pero había una explicación.
    – Jean Paul necesitaba un heredero porque era el príncipe de Broitenburg. No se habría casado con Lara si ella no hubiese querido darle hijos.
    Tammy se quedó pensativa. Seguramente Lara había aceptado tener un hijo a cambio de casarse con un príncipe. El dinero y el estatus lo eran todo para ella.
    – ¿Cómo se llama el niño?
    – Henry.
    – Pero usted ha dicho que Henry está aquí, en Australia.
    – Lara lo envió a Sidney hace cuatro meses.
    – ¿Por qué?
    – ¿Eso importa?
    – Claro que importa -contestó Tammy-. Me ha dicho que mi hermana tuvo un hijo, que se había casado con un príncipe, que ahora está muerta y que quiere usted llevarse a ese niño… ¿Por qué está aquí? ¿Por qué tengo que firmar nada? ¿Qué tengo yo que ver con todo esto?
    Marc respiró profundamente. Las complicaciones lo sacaban de quicio; y la expresión de aquella chica dejaba claro que iba a tenerlas.
    – Lara la hizo tutora legal de su hijo en caso de fallecimiento. Si el niño estuviera en Broitenburg eso no habría importado, pero está en Sidney y el departamento de emigración no me deja llevármelo sin su permiso.
    Aquello era demasiado. Tammy sacó un walkie talkie del cinturón sin mirar a Marc.
    – ¿Doug? La gente que ha llegado en limusina, buscándome… dicen que mi hermana ha muerto y que tengo un sobrino. ¿Puedo marcharme a Sidney ahora mismo…? Tengo que irme, Doug. Dile a Lucy que se encargue de este árbol… No, no sé cuándo volveré.
    Después, dejó el walkie talkie en el suelo, junto al arnés, y se colocó al hombro una mochila.
    – Lléveme a Sidney.
    – ¿Para qué?
    – Acaba de decirme que tengo un sobrino y que soy su tutora.
    – Él no la necesita.
    – ¿No? Entonces, ¿tiene alguien que lo cuida, alguien que lo quiere?
    – Tiene una niñera. Y cuando lleguemos a Broitenburg contrataré a una persona competente.
    Competente. La palabra quedó colgada entre los dos, pero Marc supo que no era suficiente.
    – ¿Por qué Lara envió a su hijo a Australia?
    – No lo sé -admitió él-. A mí también me pareció extraño. Pero Jean Paul y ella se fueron a París, luego a Italia y a Suiza… No los vi desde que nació el niño. Y me enteré de que estaba en Australia después del accidente.
    El niño…
    – Henry -dijo Marc entonces, como si acabara de percatarse de lo frío que sonaba eso.
    – Sí, Henry. El niño. ¿Cuántos meses tiene?
    – Diez.
    – ¿Y es el heredero de un trono?
    – Sí.
    – Y quiere llevárselo a Broitenburg para que lo cuiden un montón de niñeras competentes hasta que sea rey, ¿no?
    – Príncipe -la corrigió él-. Broitenburg es un principado.
    – Bueno, da igual. ¿Está usted casado?
    – ¿Qué?
    – Ya me ha oído. ¿Está usted casado?
    – No, yo…
    – Henry no tiene madre.
    – Ya le he dicho que contrataré a una niñera… la mejor
    – Pero como Mora legal de Henry, soy yo quien decide si ¡o deja salir de Australia o no, ¿ verdad?
    Lo tenía acorralado. Marc no quería admitirlo, pero así era.
    – Si se niega a dejar que me lo lleve a Broitenburg, solicitaré la custodia legal.
    – Hágalo. Se marcha mañana, ¿no? Pues no creo que en veinticuatro horas le den la custodia de un niño.
    Marc respiró profundamente, intentando controlarse.
    – Usted no conocía la existencia de ese niño hasta hace cinco minutos. No puede quererlo.
    – ¿Y por qué lo quiere usted?
    – Porque es parte de la familia real de Broitenburg. Una parte muy importante. Tiene que volver a casa.
    – Pero también es parte de mi familia -replicó Tammy, abriendo la puerta de la limusina-, A lo mejor me necesita. Y creo que soy yo quien debe tomar esa decisión…
    – ¿Qué hace? -preguntó Marc, al ver que tiraba la mochila en el asiento delantero.
    – ¿Quiere que vaya a Sidney en autobús? En cualquier caso, no pienso firmar nada hasta que haya visto a Henry… y entonces, ya veremos.
    Fue un viaje incómodo.
    ¿Para qué querría ir a Sidney?, se preguntaba Marc. La mayoría de las mujeres, todas las mujeres que él conocía, habrían tardado horas en preparar un viaje. Horas para decidir qué iban a llevarse qué iban a ponerse… Pero Tammy parecía tener todo que necesitaba en aquella mochila. -¿ Qué lleva en la mochila? -Una tienda, un saco de dormir, un cepillo de Sientes y agua para veinticuatro señoras -contesto ella-. Pensábamos dormir aquí esta noche.
    – ¿Y dónde piensa dormir ahora, en un parque?
    – No, en un hotel. No se preocupe por mí, no quiero que me haga ningún favor.
    ¿Cómo demonios iba a convencerla para que firmase los papeles?, se preguntó Marc. Parecía enfadada con él, furiosa incluso.
    Pero el dinero seguramente solucionaría el problema. Su hermana se había casado por dinero y, sin duda, el dinero sería la solución para llevarse a Henry.
    Pero tendría que ir con cuidado. Tenía que darle tiempo. Si le ofrecía dinero de inmediato, ella podría tirárselo a la cara. Aquella chica tenía carácter.
    No. Mejor dejar que viese al niño y convencerla después de que Henry debía vivir en Broitenburg…
    ¿Podría hacer eso en una noche?
    Debía hacerlo, pensó. Tenía que hacerlo.
    ¡Tenía que llevárselo a casa! La muerte de Jean Paul había causado innumerables problemas y la monarquía no pasaba por sus mejores momentos. Su primo Jean Paul dirigía el país como si fuera un pequeño tirano, llenando sus arcas con los impuestos, manipulando el parlamento… El país estaba necesitado de serias reformas políticas y la única forma de hacerlo era asegurándose la continuidad de la dinastía que ocupaba el trono
    Y para eso tenía que llevarse a Henry a Broitenburg.
    Pero era todo tan complicado… Marc no sabía que Lara había registrado el nacimiento de Henry en Australia y que el niño tenía doble nacionalidad. Las autoridades australianas no lo dejarían salir del país sin la autorización de Tam-sin Dexter, de modo que lo que empezó siendo una visita relámpago había acabado siendo una pesadilla.
    – ¿Quién cuida de él? -preguntó Tammy.
    – Una niñera, ya se lo he dicho.
    – ¿Y cómo es?
    – Lo siento, pero…
    – ¿No lo sabe?
    – Es una chica australiana -suspiró Marc-. La contraté a través de una agencia cuando la niñera que vino con su madre se marchó sin avisar.
    – ¡Mi madre!
    – Lara envió a Henry a Australia con su madre.
    – No puede ser verdad.
    – Creo que se vieron en París, cuando Henry tenía seis meses. Cuando su madre volvió a Australia, Lara le pidió que se trajese a Henry.
    – Eso es imposible. Mi madre nunca habría aceptado cuidar de un niño…
    – Se trajo a una niñera, los instaló en un hotel y desapareció.
    – Eso sí me lo creo -suspiró Tammy.
    – El problema es que nadie pagaba a la niñera, así que ella también desapareció. Su madre me había asegurado en el funeral que el niño estaba bien cuidado y pensé… pensé que estaría con su familia. Un error. Poco después supimos a través de los Servicios Sociales que el niño había sido abandonado.
    – ¡ Dios mío!
    – Así que contraté a una niñera australiana a través de una agencia y vine a Sidney en cuanto pude.
    Tammy lo miraba, incrédula. Era lógico, pensó Marc. Él también había pensado lo mismo cuando recibió la llamada de los Servicios Sociales australianos. Cuando supo que el heredero al trono de Broitenburg había sido abandonado en un hotel sintió ganas de estrangular a alguien. Afortunadamente, la prensa no se había enterado de nada.
    Sabía que Isobelle se llevó al niño a Australia y supuso que estaría bien cuidado. Pero cuando llamó a la madre de Lara…
    – Ese niño no tiene nada que ver conmigo -le contestó Isobelle. Estaba en Texas, con su último amante, milagrosamente recuperada tras la muerte de su hija y demasiado ocupada como para encargarse de su nieto-. Sí, yo dejé al niño y a la niñera en un hotel, pero pensé que Jean Paul y Lara se harían cargo de su salario. Si no le han pagado, yo no tengo la culpa.
    Marc se quedó perplejo. Si su primo hubiera estado vivo, la habría estrangulado con sus propias manos.
    Y cuando llegó a Australia se encontró con aquello.
    – A partir de ahora estará bien cuidado -le aseguró.24
    – Claro que sí -replicó Tammy. Pero estaba hablando consigo misma, no con él.
    El hotel en el que Henry y la niñera estaban alojados era el mejor de Sidney, naturalmente. El portero hizo una ligera reverencia al ver a Marc y puso cara de sorpresa al ver a Tammy.
    Había una alfombra roja que llevaba hasta las puertas giratorias, una cascada auténtica a un lado del vestíbulo, candelabros de cristal y un gran piano. Las notas de Chopin se confundían con el ruidito del agua.
    ¿Allí era donde Marc había instalado a Henry y su niñera? El dinero no parecía ser un problema para Su Alteza.
    Pero ella no pensaba dejarse intimidar. Tammy dejó caer la mochila, se limpió el polvo de los pantalones y miró alrededor.
    – ¿No quiere quedarse en la embajada esta noche, Alteza? -preguntó Charles, nervioso.
    – Ven a buscarnos mañana a las once -contestó Marc, mirando el reloj-. El avión sale a las dos.
    – Lo haré -murmuró el hombre, con expresión preocupada.
    Marc y Tammy se quedaron solos en el vestíbulo. ¿Un príncipe y su princesa? No, más bien no. Tammy miró a Marc, luego miró sus botas sucias y casi le dio la risa.
    Casi. Tenía un nudo en el corazón que no la dejaba sonreír.
    – Lléveme a la habitación de Henry.
    – ¿No quiere ducharse antes?
    Ella lo fulminó con la mirada.
    – ¿Qué tiempo me dijo que tenía?
    – Diez meses.
    – ¿Cree que le importará que mis botas estén manchadas de polvo?
    – No…
    – Entonces, ¿cuál es el problema?
    El portero seguía esperando y, por su expresión Tammy diría que estaba dispuesto a echarla de allí en cualquier momento.
    – No pasa nada. No voy a atracar a Su Alteza. Sólo quiero ver a mi sobrino -le dijo, irónica, antes de dirigirse a recepción.
    Sorprendido, Marc se encogió de hombros y la siguió.
    La suite que ocupaban Henry y su niñera estaba en la sexta planta. Marc llamó a la puerta una vez, esperó un momento y luego volvió a llamar. La puerta se abrió de inmediato.
    El instinto de cualquiera que entrase en aquella suite sería mirar por los enormes ventanales porque la habitación tenía una extraordinaria panorámica del puerto de Sidney y del edificio de la Ópera, pero para Tammy no tenía ningún interés. A ella sólo le interesaba Henry y entró en la habitación sin esperar que la invitasen.
    ¡El niño era exactamente igual que su hermana!
    Lara, de pequeña, era preciosa. Bueno, siempre fue preciosa. Era una niña morena con unos ojos castaños que parecían ocupar toda su cara. Y una sonrisa con la que podría iluminar una habitación entera.
    Y Henry era exactamente igual. La diferencia era que el niño no sonreía. Estaba sentado en su moisés, mirando hacia la ventana. Tenía unos ojos enormes, pero en su rostro no había ni rastro de la sonrisa con la que Lara parecía haber nacido.
    Cuando Tammy y Marc entraron en la habitación volvió la cara, pero no pareció entusiasmado por la visita.
    Parecía un niño que no tenía a nadie.
    La televisión estaba puesta a todo volumen. Y no había un solo juguete en el moisés.
    Por Dios bendito…
    Tammy dejó caer la mochila y tomó a Henry en brazos. Al enterrar la cara entre los rizos de su sobrino y respirar el delicioso olor a niño pequeño se le encogió el corazón. Hasta aquel momento lo que Marc le había contado era como una fantasía, pero entonces se hizo real.
    Y, por primera vez en muchos años, se puso a llorar.
    El niño no respondió. Su expresión no cambió en absoluto y permanecía rígido entre sus brazos.
    Tammy intentó controlarse. Marc la miraba sin saber qué hacer y la niñera… la niñera no debía tener más de dieciocho años.
    Tampoco ella sabía qué hacer, de modo que se dejó caer en un sillón para mirar de cerca a su sobrino. Henry la miró un momento y después se volvió hacia la ventana
    – ¿Henry? -lo llamó ella.
    – No responde cuando lo llamas por su nombre -dijo la niñera-. Sólo tiene diez meses.
    – ¿Gatea?
    – Sí.
    – Entonces debería reconocer su nombre. Si gatea significa que se desarrolla de forma normal.
    – Sí, es muy avanzado -murmuró la niñera, con expresión indiferente.
    – ¿Dice alguna palabra?
    – No, todavía no.
    El pobre Henry parecía aburrido. Quizá si ella hubiera tenido que mirar una ventana durante meses…
    – ¿Juega con él?
    – Claro -contestó la joven, con expresión ofendida.
    – ¿Ah, sí? Pues a mí me parece que no.
    – Oiga…
    – Contrataré a una buena niñera cuando estemos en Broitenburg -intervino Marc-. Encontramos a Kylie a toda prisa…
    – O sea que Henry ha estado con Kylie o con la otra niñera desde que murieron sus padres -murmuró Tammy, acariciando los rizos del pequeño-. ¿Ha estado con niñeras desde que nació?
    – Me imagino que sí. No lo sé -contestó Marc suspirando.
    – ¿Lo sabe alguien? ¿Alguien se ha preocupado de este niño? -le espetó ella, furiosa.
    – Yo.
    – ¿Ha visto a alguien abrazando a mi sobrino? ¿Alguien ha jugado con él, le ha leído cuentos? ¿Alguien lo ha querido?
    Marc no podía responder a eso.
    – Cuando lleguemos a casa estará bien cuidado.
    – No -dijo Tammy entonces-. Se acabaron las niñeras. Si Lara me ha hecho su tutora, Henry está en su casa. Se quedará en Australia, conmigo. Gracias por contarme toda esta… tragedia, príncipe… como se llame, pero no tiene que molestarse más. Me lo llevo.
    – Pero…
    – Yo soy su tutora legal. ¡Y los demás se pueden ir al infierno a partir de ahora!

Capítulo 3

    TAMMY no soltaba al niño, como si temiera que Marc fuera a quitárselo. Iba por la habitación guardando las cosas de Henry en una bolsa, sin mirarlo siquiera.
    – ¿Podemos hablar de esto? -preguntó Marc.
    – No hay nada que hablar.
    – No puede quedarse con el niño.
    – ¿Que no?
    – No tiene dinero para mantenerlo.
    Tammy se volvió hacia él, furiosa.
    – No, no tengo dinero para vivir en un hotel tan caro. Pero si cree que esto es lo que necesita un niño, está muy equivocado, Alteza. Henry no necesita dinero, ni niñeras ni criados. Lo que necesita son abrazos, besos, alguien que lo quiera de verdad, que se preocupe por él… Y me temo que usted no está preparado para eso.
    – Sí lo estoy.
    – Ya, seguro.
    – Espere un momento -dijo Marc.
    – No quiero esperar.
    – ¿Lo ha pensado? ¿Sabe lo que significa cuidar de un niño?
    – Puedo hacerlo mucho mejor que usted.
    – Pero no tiene dinero para criar…
    – ¿Quién dice que no lo tengo? -replicó Tammy, echando un paquete de leche materna en la bolsa.
    A su lado, Kylie miraba la escena con expresión de sorpresa.
    – Está claro que no tiene usted medios. Sólo hay que verla para… -empezó a decir Marc.
    Un error. Un terrible error. Tammy tomó un paquete de leche materna y se lo tiró a la cara. El paquete lo golpeó en el pecho, se rompió y lo cubrió de polvo blanco.
    La acción dejó a todos sorprendidos. Incluso a ella.
    – Lo siento. No debería haber hecho eso.
    – Era mi mejor uniforme -murmuró Marc. A Tammy le pareció que se le escapaba una sonrisa, pero no podía ser. ¿O sí? También a ella le dieron ganas de reír.
    – Supongo que tendrá cientos de uniformes en su casa.
    – Sí, pero están en Broitenburg.
    – Pues entonces tendrá que volver a Broitenburg así.
    – Tengo más trajes.
    – ¿Brocado, capas de terciopelo, coronas y cosas así?
    – No siempre voy vestido de uniforme.
    – Una pena -dijo Tammy, señalando la bolsa-. ¿Tiene una maleta para llevarme todo esto? -le preguntó a la niñera.
    – No lo sé -contestó la joven-. Si se lleva al niño, ¿eso significa que ya no tengo trabajo?
    – Su tía tiene autoridad para cuidar de él -intervino Marc-. Pero le pagaré todo el mes, no se preocupe.
    – Muy bien. De todas formas, estaba harta del trabajo.
    – No me diga -murmuró Tammy, irritada.
    – Hay maletas en el armario… por cierto, no será usted la tía Tammy, ¿verdad?
    Ella miró a la joven, sorprendida.
    – Sí, soy yo.
    – Hay una carta dirigida a usted. Está en una de las maletas.
    – ¿Una carta? ¿De quién?
    – No lo sé -contestó Kylie-. Va dirigida a Tammy Dexter y debajo pone: «Tía Tammy», entre comillas, como si fuera una broma.
    – Ve por ella -dijo Marc.
    Quizá en esa carta encontraría una respuesta, pensó. O, al menos, podía ganar tiempo. Aunque debía reconocer que la rabia de Tammy era comprensible. Que hubieran tratado así a un niño era imperdonable.
    Marc y ella se quedaron solos cuando la niñera desapareció. El niño miraba de uno a otro, pero no mostraba ninguna emoción.
    – No puede llevárselo -dijo Marc.
    – Sí puedo. Ha dicho que Henry es ciudadano australiano y yo soy su tutora legal. Usted no es su tío siquiera.
    – No, pero…
    – Pero nada.
    – Su madre me ha dado permiso
    – Pero no tiene dinero para criar…
    – ¿Quién dice que no lo tengo? -replicó Tammy, echando un paquete de leche materna en la bolsa.
    A su lado, Kylie miraba la escena con expresión de sorpresa.
    – Está claro que no tiene usted medios. Sólo hay que verla para… -empezó a decir Marc.
    Un error. Un terrible error. Tammy tomó un paquete de leche materna y se lo tiró a la cara. El paquete lo golpeó en el pecho, se rompió y lo cubrió de polvo blanco.
    La acción dejó a todos sorprendidos. Incluso a ella.
    – Lo siento. No debería haber hecho eso.
    – Era mi mejor uniforme -murmuró Marc. A Tammy le pareció que se le escapaba una sonrisa, pero no podía ser. ¿O sí? También a ella le dieron ganas de reír.
    – Supongo que tendrá cientos de uniformes en su casa.
    – Sí, pero están en Broitenburg.
    – Pues entonces tendrá que volver a Broitenburg así.
    – Tengo más trajes.
    – ¿Brocado, capas de terciopelo, coronas y cosas así?
    – No siempre voy vestido de uniforme.
    – Una pena -dijo Tammy, señalando la bolsa-. ¿Tiene una maleta para llevarme todo esto? -le preguntó a la niñera.
    – No lo sé -contestó la joven-. Si se lleva al niño, ¿eso significa que ya no tengo trabajo?
    – Su tía tiene autoridad para cuidar de él -intervino Marc-. Pero le pagaré todo el mes, no se preocupe.
    – Muy bien. De todas formas, estaba harta del trabajo.
    – No me diga -murmuró Tammy, irritada.
    – Ve por ella -dijo Marc.
    Quizá en esa carta encontraría una respuesta, pensó. O, al menos, podía ganar tiempo. Aunque debía reconocer que la rabia de Tammy era comprensible. Que hubieran tratado así a un niño era imperdonable.
    Marc y ella se quedaron solos cuando la niñera desapareció. El niño miraba de uno a otro, pero no mostraba ninguna emoción.
    – No puede llevárselo -dijo Marc.
    – Sí puedo. Ha dicho que Henry es ciudadano australiano y yo soy su tutora legal. Usted no es su tío siquiera.
    – No, pero…
    – Pero nada.
    – Su madre me ha dado permiso.
    – Mi madre prometería cualquier cosa con tal de conseguir dinero. Si Lara dejó dicho en su testamento que yo era la tutora de Henry, no hay más que hablar.
    Marc respiró profundamente, intentando conservar la calma. -Mire, señorita… -Tammy -lo corrigió ella. -Tammy. ¿Podemos hablar con tranquilidad? -Eso es lo que estoy haciendo. -Pero ya ha tomado una decisión. -¿Cuidar de mi sobrino? Es verdad. Pero no tengo alternativa. Después de ver cómo lo han tratado… -Le prometo que…
    – ¿Lo cuidarán un montón de niñeras muy capaces? De eso nada.
    – Kylie no es un buen ejemplo. -Desde luego que no -suspiró Tammy, tomando una novela que había sobre el sofá-. La esclava del vampiro. Qué bonito cuento para Henry.
    – Estaba desesperado. Tenía que contratar a alguien de inmediato y no podía desplazarme a Sidney. -Y ha tardado semanas en venir. Genial. Pero no se preocupe, ahora está con su tía que va a cuidar de él.
    – No lo entiende. Tengo que llevarme a ese niño.
    Lo necesito. -¿Por qué?
    – Es el heredero del trono de Broitenburg. Tammy lo pensó un momento. -Puede ser el heredero aquí, en Australia. Ahora mismo no va a sentarse en ningún trono, ¿no? Lo hará cuando sea mayor, cuando pueda decidir. Pero usted… todos ustedes se han mostrado incapaces de cuidar de él.
    – ¿Y usted sí es capaz?
    – Claro que sí. Incluso tengo experiencia.
    – No la creo.
    – Pues muy bien. Tampoco yo lo creo a usted. Hacemos una pareja perfecta.
    – Pero tiene que escucharme. Quédese esta noche, por favor. Yo pagaré la habitación.
    Tammy respiró profundamente.
    – ¿En este hotel? ¿Con sábanas limpias y todo? No sé si podré soportarlo -replicó, irónica.
    – No se ponga sarcástica.
    – Y usted no se ponga condescendiente -contestó ella.
    – Tiene que dormir en algún sitio, ¿no? -preguntó Marc, que estaba a punto de perder la paciencia.
    – Supongo.
    Además, tenía que saber más cosas de aquel niño. Tenía que saber qué había pasado, por qué estaba solo en Australia… tenía que saber si estaba vacunado, si tenía alguna alergia…
    – Quédese esta noche -insistió Marc-. Kylie cuidará del niño mientras nosotros hablamos.
    – Si vuelve a llamarle «el niño» me iré de inmediato. Se llama Henry. Y Kylie no va a cuidar de mi sobrino, yo cuidaré de él.
    – Pero tenemos que hablar.
    – Hablaremos con Henry a mi lado.
    – No puedo…
    – ¿No puede incorporar a un niño en sus importantes actividades? Pues peor para usted.
    En ese momento apareció Kylie con la maleta. Tammy se sentó en el suelo y empezó a colocar las cosas sin soltar a Henry, como si estuviera acostumbrada.
    ¿Tendría hijos?, se preguntó Marc. El detective le dijo que era soltera, pero…
    No sabía nada de ella. Pero el niño se apoyaba en su pecho como si, por fin, hubiera encontrado a su familia.
    Marc sintió algo raro, una emoción desconocida. Aquella mujer y él pertenecían a mundos opuestos, pero los valores que eran importantes para las mujeres que él conocía, no parecían serlo para Tammy.
    Tenía que convencerla para que le diese el niño. Tenía que hacerlo. Pero ella se negaba.
    La imposibilidad de la situación empezaba a desesperarlo de tal forma que cerró los ojos un momento. Cuando los abrió, ella lo estaba mirando. -O sea, que está metido en un buen lío, ¿no? Por primera vez había algo de simpatía en su voz. -Estoy metido en un buen lío -suspiró Marc. Tammy lo miró un momento en silencio y luego pareció tomar una decisión.
    – Déme un par de horas a solas con Henry y me quedaré en el hotel esta noche. Y cuando se duerma podremos cenar juntos. ¿De acuerdo?
    Tenía que estar de acuerdo. Era lo único que iba a conseguir
    – Muy bien.
    – Estupendo.
    Después de cerrar la maleta, Tammy miró la carta dirigida a ella. Pero en lugar de abrirla la guardó en la mochila.
    – Puede quedarse en la suite -dijo Marc-. Está pagada hasta final de mes.
    – No voy a quedarme en esta suite. Y tengo dinero para pagar una habitación, no se preocupe -replicó ella-. No me gusta depender de nadie, Alteza. Nos veremos a las siete.
    A medida que se acercaba la hora, Tammy se sentía más confusa que nunca.
    ¿Confusa? Eso era decir poco. Se sentía furiosa, dolida, triste…
    Pero debajo de todo eso estaba Henry. Lo más importante era él, se dijo. Había pedido una habitación sencilla, no tan aparatosa como la suite, y estaba sentada en el suelo, intentando hacerle sonreír
    Él la miraba con sus ojos enormes como miraba la ventana, algo que se aprecia con cierto interés pero sin la menor emoción.
    Tammy pidió un puré de manzana al servicio de habitaciones y, cuando iba a dárselo, el niño abrió la boca como un pajarito. Evidentemente, estaba acostumbrado a que le dieran de comer… pero no estaba acostumbrado a jugar. Tammy hacía el avión con la cucharilla y él la miraba como si lo estuviera traicionando.
    – Tienes que buscar el avión con la boca… Brrrr-rruuuuuuuuummmmm, ¿ves así?
    Hacía círculos con la cucharilla, riendo, y Henry la miraba como si fuera la criatura más misteriosa que había visto nunca.
    – Vamos a hacerlo otra vez.
    Y en el quinto círculo…
    Los ojos de Henry se iluminaron y una sonrisa iluminó su rostro.
    Tammy estuvo a punto de ponerse a llorar otra vez.
    Iba a funcionar, se dijo. No sabía muy bien cómo porque su mundo estaba patas arriba, pero tenía que funcionar. De una cosa estaba segura: donde fuera ella, iría Henry.
    Cuando por fin se quedó dormido lo metió en el moisés. No tenía juguetes, no había un solo juguete entre todas sus cosas. Era increíble.
    Y cuando lo vio, dormidito, no podía apartar los ojos de él.
    Pero eran las seis y media. Con desgana, se duchó y se puso unos vaqueros limpios y una camiseta, lo único que llevaba en la mochila, y se sentó a esperar a Marc.
    Y a leer la carta.
    Era de Lara. Escrita cuatro meses antes y guardada en una maleta.
    Y era importante.
    Tammy estaba leyendo la carta por enésima vez cuando un golpecito en la puerta anunció la llegada de Marc.
    Por un momento pensó en no abrir, pero entonces… Él la había llevado al hotel, él había pagado la niñera. Si no fuera por Marc, no se habría enterado de la existencia de su sobrino. La carta podría haberse quedado allí, sin abrir, para siempre.
    Y el destino de Henry… no quería ni pensarlo.
    Tammy abrió la puerta y al ver al hombre que había al otro lado se quedó de piedra.
    Su Alteza Real, el príncipe regente de Broitenburg con uniforme era una cosa, pero Marc con unos pantalones y una sencilla camisa era… como para tragar saliva.
    Iba un poco despeinado y sus ojos grises estaban llenos de humor.
    A Tammy le dieron ganas de dar un paso atrás. O quizá de dar un paso adelante, pero no iba a hacerlo.
    – ¿Henry está dormido?
    – Sí. Pase.
    – Gracias. He traído algo para él -dijo Marc, mostrándole un oso de peluche.
    – ¿Cómo sabía que eso es precisamente lo que necesita?
    – No soy insensible, señorita Dexter. Aunque usted lo crea.
    – Muchas gracias -murmuró Tammy, tomando el osito. Era precioso, de una lana muy suave, perfecto para un niño tan pequeño. Tenía una sonrisa simpatiquísima y, por primera vez en mucho tiempo, le entraron ganas de sonreír.
    – ¿Dónde lo ha encontrado?
    – En la vigésimo cuarta tienda de juguetes -contestó Marc-. O a lo mejor no fueron tantas, pero no me lo ha parecido. ¿Sabe que hay cientos de modelos de ositos de peluche?
    – Claro que sí -sonrió Tammy, dejando el osito en el moisés del niño-. Es precioso, gracias. Marc miró alrededor.
    – Esta habitación es muy pequeña. Yo dije en recepción que le dieran una suite…
    – Y yo les dije que quería una habitación sencilla. Me gusta más. -Pero si pago yo…
    – No. Ya le dije que prefiero pagar mis cosas. Él la miró como si nunca hubiera conocido a nadie así. Y Tammy levantó la barbilla con gesto desafiante.
    Marc sonrió. El príncipe Marc de Broitenburg parecía divertido. Los campesinos se rebelaban y al príncipe le divertía el asunto.
    – Podríamos llamar a la niñera del hotel y bajar al restaurante.
    – No pienso dejar a Henry -contestó Tammy con firmeza.
    Marc dejó de sonreír. Estaba muy bien que los campesinos se rebelaran, pero siempre que no interfiriesen con los planes de la realeza, claro. -El restaurante sería más cómodo. -No.
    – Señorita Dexter…
    – No va a llevárselo -lo interrumpió ella-. Me da igual quién sea usted y me da igual los ositos que le haya comprado. Henry se queda conmigo. -Es imperativo que vuelva a su país.
    – Es imperativo que se quede conmigo. Tiene diez meses y nadie lo ha querido.
    – Yo puedo darle los mejores cuidados -insistió Marc.
    – No lo entiende, ¿verdad? No se puede comprar amor para un niño. Yo no tengo su dinero, pero…
    Pero él no la estaba escuchando.
    – Mire, si es una cuestión de dinero…
    – No lo es.
    – Soy muy rico, señorita Dexter. Y puedo garantizarle que Henry estará bien cuidado, que tendrá los mejores pediatras, los mejores psicólogos. Además, puedo darle esto -dijo Marc, sacando un papel del bolsillo.
    Era un cheque. Tammy lo miró, perpleja. ¿Cuántos ceros tenía? No había visto nunca una cantidad semejante.
    Pero eso la puso furiosa. Pensó en la carta que acababa de leer y sintió una rabia inmensa. Dinero. Eso era todo. Henry no era más que el resultado de un deseo de riquezas y posición.
    – Podría retirarse con lo que le estoy ofreciendo. Podría vivir en hoteles como éste. No tendría que volver a trabajar.
    Estaba sonriendo. Tenía la poca vergüenza de sonreír.
    Esperaba que aceptase, claro.
    Tammy tomó el cheque, lo rompió en pedacitos y los dejó caer sobre la moqueta.
    Pero él, aparentemente, seguía sin entender porque la miraba como si estuviera loca. Y entonces Tammy, sin poder evitarlo, levantó la mano y le dio una bofetada.
    Nunca había pegado a nadie. Y en menos de tres horas le había tirado un paquete de leche y le había dado un bofetón a aquel hombre…
    Pero daba igual.
    – Salga de aquí. No quiero volver a verlo en mi vida. Ni a usted ni a su familia ni su dinero…
    – ¿Qué? -murmuró él, tocándose la cara con expresión incrédula.
    Los campesinos se habían rebelado, desde luego… ¡y con qué violencia!
    – Ustedes mataron a Lara. Ustedes son los responsables… -Tammy volvió a levantar la mano, pero Marc la sujetó.
    Una pareja que pasaba en aquel momento por el pasillo se detuvo, sorprendida.
    – ¿Qué pasa aquí?
    Mascullando algo entre dientes, Marc cerró la puerta.
    – ¿Ve lo que ha hecho?
    – ¿Destrozar su reputación? Seguramente no soy la primera mujer que le da una bofetada -replicó Tammy.
    – Lo crea o no, es la primera vez que me pasa… ¿Qué estaba diciendo de mi familia?
    – He leído la carta de mi hermana. Escrita hace cuatro meses.
    – ¿Y?
    – Lara estaba asustada. Su marido tomaba drogas, siempre estaba borracho… -Lo sé.
    – ¿Usted lo sabía? -exclamó Tammy.
    – Jean Paul era un arrogante y un idiota. Desde pequeño le dejaron hacer todo lo que quería y no era más que un niño mimado. Se convirtió en alcohólico a los dieciocho años y no cambió al conocer a su hermana. Ella sabía dónde se estaba metiendo.
    – ¿Entonces por qué…?
    – ¿Por qué se casó con él? -terminó Marc la frase, señalando el cheque hecho pedazos-. Lara nunca habría hecho eso. Cuando se casó con Jean Paul pensó que había ganado un trofeo. Ser princesa tiene un precio, señorita Dexter.
    Marc seguía sujetando su mano y Tammy respiraba con dificultad. Seguramente no se daba cuenta de su fuerza, pero la sujetaba como si pudiera contener a tres como ella.
    – Suélteme -dijo, con los dientes apretados.
    – ¿Va a pegarme otra vez?
    – Probablemente.
    – Entonces no debería soltarla.
    – Pero podría marcharse. Eso resolvería todos nuestros problemas.
    – No resolvería nada -contestó Marc.
    Estaban tan cerca que podía sentir su aliento en el pelo. Tammy miraba hacia delante, hacia el cuello de la camisa. Su pecho estaba bronceado…
    Y su cuerpo reaccionó de una forma absurda. Tenía que concentrarse en Henry, pensó. Y, sin embargo, aquel hombre tenía la habilidad de hacerla pensar en cosas que…
    Henry. Debía pensar en Henry.
    – ¿Qué decía su hermana en la carta?
    – No tengo por qué decírselo.
    – No puedo contestar a sus acusaciones a menos que me diga cuáles son. Y ha llegado la hora de la verdad. ¿No le parece?
    – Yo…
    En ese momento llamaron a la puerta.
    – ¿Está esperando a alguien?
    – ¿Necesita ayuda, señorita? -oyeron una voz masculina-. Hay un aviso en recepción para que pasemos por aquí.
    Genial. La seguridad del hotel. Justo lo que necesitaba. Tammy miró a Marc con expresión de triunfo y se dirigió a la puerta.
    – ¿Señorita Dexter?
    – Sí, soy yo.
    – ¿Ese hombre está molestándola?
    Debería decirles que sí. Debería hacer que se lo llevaran y cerrar de un portazo. Y relacionarse con él sólo a través de abogados.
    – Tenemos que hablar -dijo Marc, sin poder disimular su irritación.
    – ¿Por qué?
    – Porque usted y yo somos la única familia que tiene Henry. Porque, piense lo que piense de mí, el niño me importa. Porque tengo muchas responsabilidades, señorita Dexter. Y porque Henry tiene una herencia de la que ocuparse.
    – Henry se queda conmigo -insistió Tammy.
    – ¿Podemos llamar a una niñera y hablar durante la cena?
    – No.
    – ¿Quiere que nos lo llevemos, señorita? -preguntó uno de los guardias de seguridad.
    Tammy vaciló. Tenía que preguntarle tantas cosas… Henry era un ciudadano australiano, de modo que no podía sacarlo del país. Además, si hubiera querido hacerlo de forma ilegal no se habría molestado en buscarla.
    No. Aquél era un hombre de estado y quería hacer las cosas bien.
    – Cenaremos juntos.
    – Reservaré una mesa…
    – No, yo organizaré la cena. Y cenaremos aquí, donde pueda vigilar a Henry -lo interrumpió Tammy, antes de volverse hacia los guardias de seguridad-. No pasa nada. Su Alteza tiene mucho temperamento, pero está intentando adaptarse a la sociedad civilizada. Están ustedes de servicio por si acaso, ¿no?
    Oyó una maldición tras ella, pero le daba igual. Se lo merecía.
    – Si ocurre algo puede llamar a recepción, señorita -dijo uno de los guardias-. Subiremos enseguida.
    Pero no hablaban con Tammy. Hablaban directamente con Marc y, por su actitud, parecían decirle que lo sacarían de allí a patadas si no se comportaba

Capítulo 4

    GENIAL. -¿Genial? -¿Sabe lo que ha hecho? Esa gente sabe quién soy.
    – Me da igual.
    – Pues a mí no.
    – ¿Había reporteros en el pasillo? -replicó ella. Se miraban a los ojos como dos contrincantes en un ring-. Broitenburg es un país diminuto y usted un príncipe de pacotilla, Alteza.
    «Un príncipe de pacotilla». Lo había llamado príncipe de pacotilla.
    Tammy se volvió para mirar a Henry. Evidentemente, el niño estaba acostumbrado a dormir con ruido porque no se había despertado. Pero al ver que estornudaba lo tapó con una mantita.
    Henry era el más importante. Henry. No un príncipe acostumbrado a darse aires.
    – ¿Va a contarme lo que decía esa carta?
    – Quizá.
    – Sé que está enfadada. Yo también lo estoy -dijo Marc entonces, suspirando-. Vamos a pedir algo de cena.
    – ¿Aquí?
    – Por supuesto. Lo ha dejado usted muy claro, ¿no? Si pongo alguna objeción, los guardias de seguridad vendrán a sacarme de aquí y eso crearía un incidente internacional. Así que estoy en sus manos, señorita Dexter.
    – ¿Por qué no confío en esa sonrisa? -preguntó ella.
    – Puede confiar en mí, se lo aseguro.
    Tammy se puso colorada. Y aquella vez no era de rabia, sino por su forma de mirarla.
    ¿Podía confiar en él?, se preguntó.
    – Muy bien. Pida la cena. Pero nada de ancas de rana para mí.
    – Ni filete de canguro -sonrió Marc.
    – De acuerdo.
    – Por fin tenemos consenso.
    Tenían consenso para cenar, pero cuando se sentaron a la mesa se miraban como si cualquiera de los dos estuviera a punto de sacar una pistola.
    Tammy miró su plato: langosta y ensalada. Justo la combinación que más le apetecía en aquel momento. Al menos podía decir algo bueno de Su Alteza: tenía buen gusto.
    Marc sirvió el vino y ella lo miró, desconfiada.
    – El vino no contiene veneno, señorita Dexter. Y no intento emborracharla.
    – No estaría yo tan segura.
    Marc cerró los ojos un momento, desesperado.
    – ¿Qué decía esa carta?
    – Pensé que ya lo sabría.
    – Sé muy poco. No tenía mucha relación con mi primo. Nuestras familias no se llevaban bien.
    – ¿Cómo puede ser usted príncipe regente si sus familias no se llevaban bien?
    – Yo no esperaba heredar la corona. Jean Paul tenía un hermano mayor, Franz, que murió en un accidente de tráfico hace cinco años. Tras la muerte de Franz, Jean Paul se convirtió en el príncipe. Con dos primos por delante de mí, nunca imaginé que yo heredaría la corona de Broitenburg. Y no la quiero.
    – ¿No la quiere?
    – No.
    – ¿Por qué?
    – Porque no. Pero no me ha quedado más remedio. Sólo estoy yo… y Henry. ¿Qué decía la carta?
    Tammy tomó un sorbo de vino, que estaba delicioso, y lo pensó un momento. La carta era personal, pero quizá ya no era momento de guardar secretos.
    – Mi hermana parecía… desesperada en la carta. Me pedía perdón por no haberme dicho que se había casado y que tenía un hijo. Dice también que mi madre arregló su encuentro con Jean Paul y, por supuesto, la boda. Eso me lo creo.
    – Yo también -suspiró Marc-. No me gusta decirlo, pero su hermana parecía… una persona un poco débil de carácter. Sólo la vi una vez, en la boda. Era una princesa de cuento de hadas, pero una persona débil.
    – Lara siempre hizo lo que mi madre quería. Al contrario que yo. Cuando se hizo mayor se convirtió en una mujer bellísima y, por lo tanto, muy valiosa. Mi madre la enseñó a usar a los hombres.
    – ¿Y Jean Paul le pareció apropiado?
    – ¿Cómo no? Mi madre solía llamar a Lara «mi princesa» -suspiró Tammy-. Mi padre tenía un título nobiliario y mucho dinero, por eso Isobelle se quedó embarazada de mí. Pero después de nacer yo mi padre se negó a casarse con ella. Para mi madre fue un embarazo absurdo. Quizá eso explica que me odie tanto.
    – ¿La odia?
    – Isobelle se ha casado cuatro veces. Lara fue otro embarazo «arreglado» para cazar a un hombre. Y esa vez tuvo éxito. El matrimonio duró dieciocho meses.
    – ¿Lara era como ella?
    – Mi hermana conseguía su afecto a través de la obediencia. O hacíamos lo que mi madre quería o no había afecto en absoluto.
    Marc la observó, en silencio. Podía entender la amargura que había tras aquellas palabras. Pero no comentó nada.
    – Bueno, el caso es que Lara se hizo mayor y mi madre encontró un buen partido para ella. Según la carta, Jean Paul la asustaba, pero mi hermana tenía miedo de separarse. Un día, en París, cuando volvió al hotel vio a un amigo de su marido intentando darle drogas al niño… A Jean Paul le parecía muy gracioso. Fue entonces cuando, por fin, mi hermana se dio cuenta de que no podían seguir así y envió a Henry a Australia.
    – ¿Para que viviera con su madre?48
    – Para que viviese conmigo. Según la carta, le había pedido a Isobelle que me entregase el niño. Aunque hacía años que no hablábamos, mi hermana sabía que yo cuidaría de Henry porque cuidé de ella cuando éramos pequeñas.
    – Isobelle no le entregó el niño, claro.
    – No. Era más fácil dejar a Henry en un hotel con una niñera y decirle a Lara que no me había encontrado… o que yo no quería hacerme cargo del niño. A lo mejor le dijo que lo había dejado conmigo. A saber. Mi madre y yo no tenemos ninguna relación… se puede imaginar por qué.
    – Pero Lara también tiene la culpa de lo que ha pasado. Una buena madre habría comprobado personalmente cómo estaba su hijo.
    – Si quiere que le diga la verdad, según esa carta… creo que mi hermana también bebía o tomaba algún tipo de droga.
    Marc asintió.
    – Viviendo con Jean Paul, no me extraña. Seguramente era la única forma de soportarlo.
    – ¿Tan horrible era?
    – Sí.
    – Mi madre debía saberlo.
    Él no respondió. No había respuesta para eso.
    – ¿Le gusta la cena?
    – Sí, está muy rica.
    – Me alegro -sonrió Marc.
    Otra vez esa sonrisa. Era para quedarse sin aire. Era como un rayo de sol en medio de la oscuridad, como si esa sonrisa pudiera evitar todos los males…
    Un pensamiento absurdo, por supuesto. Aquel hombre y su familia eran la causa de todo ese caos.
    Henry.
    – No todo está perdido -dijo Marc, como si hubiera leído sus pensamientos.
    – ¿Por qué quiere llevárselo a Broitenburg?
    – Porque debe vivir allí.
    – Pero usted no va a cuidar de él.
    – No, pero…
    – Charles le llamó príncipe regente, de modo que es usted el jefe del estado, ¿no?
    – Sí, pero…
    – ¿Pero qué?
    Marc volvió a llenar su copa de vino y se echó hacia atrás, como un hombre preparado para poner sus cartas sobre la mesa.
    – Jean Paul se comportaba como si fuera el dueño de Broitenburg y eso mismo hizo su hermano. Hay corrupción entre los políticos, todo el mundo intenta conseguir un puesto en el poder… Charles, por ejemplo. ¿Por qué un país tan pequeño como Broitenburg tiene embajada en Australia? No la necesita, pero aquí está Charles, cobrando un buen sueldo por no hacer nada en absoluto, viviendo en una casa en la que caben diez familias, viajando en limusina. Broitenburg es… era un país próspero, pero cuando Franz y Jean Paul llegaron al poder empezaron a esquilmarlo. Hay que solucionar muchas cosas.
    – Y usted va a hacerlo -murmuró Tammy.
    – Eso intento.
    – ¿Por qué se molesta?
    – Porque Broitenburg es un país maravilloso. Nací y me crié allí. A mis primos les importaba un bledo, pero mientras mi abuelo fue el príncipe de Broitenburg, era un país de ensueño. Me apena verlo así.
    – ¿Y?
    – ¿Y qué?
    – ¿Por qué no echa a todos esos políticos corruptos? En lugar de ofrecerme un montón de dinero para pasarse los próximos veinte años cuidando de un niño, ¿por qué no se va a casa y limpia el gobierno de Broitenburg?
    – Hay un pequeño problema.
    – ¿Cuál?
    – El heredero es Henry, yo sólo soy un príncipe regente. Cuando el niño cumpla veinticinco años, la corona será suya.
    Tammy se quedó pensativa.
    – Tendrá usted veinticinco años para jugar a ser príncipe. ¿No es suficiente?
    – Sólo puedo ser regente si Henry está en el país. Si no vive en Broitenburg, no tengo ningún poder.
    Tammy volvió la cabeza y, cuando vio al pequeño Henry en su moisés, la idea de verlo con una corona le pareció ridícula. Ella era australiana y, por tanto, el asunto de la monarquía le parecía bastante extraño.
    – ¿Quiere decir que si Henry no vuelve a Broitenburg, el país se convertiría en una república?
    Marc hizo una mueca.
    – Mi país está dirigido ahora mismo por un puñado de déspotas. Sin la monarquía, Broitenburg se destruiría y yo no puedo dejar que eso ocurra.
    – O sea, que Henry tiene que volver -dijo Tammy con pesar.
    – Así es.
    Tammy volvió a mirar el moisés. Henry era tan pequeñito, tan frágil…
    – ¿Pondría el bien de su país por encima de cualquier cosa?
    – No tengo elección, señorita Dexter. Pero le juro que Henry estará muy bien cuidado.
    – Henry no necesita que lo cuiden, necesita que lo quieran.
    – Yo lo cuidaré.
    Parecía sincero. Marc quería hacer lo que era mejor para su país. ¿Y qué recibiría a cambio?
    La regencia. Veinticinco años haciendo de príncipe. Si Henry no volviera a Broitenburg, él no sería nada.
    – Ya le he dicho que yo no quiero esto -dijo Marc entonces.
    – ¿Qué?
    – Está pensando que quiero llevarme a Henry a Broitenburg para asegurar mi puesto, pero no es así. Yo nunca he querido el poder.
    – Yo…
    – Broitenburg es un país próspero, señorita Dexter, pero las empresas se marchan por la corrupción del gobierno. Gente buena, buenos trabajadores, emigran porque su trabajo no está bien pagado. Como príncipe regente puedo cambiar ciertas cosas… incluso podría pedir reformas en la Constitu ción para que la nuestra fuera una monarquía parlamentaria… Tiene que darme esta oportunidad,
    Tammy. Quiero que Broitenburg vuelva a ser el país maravilloso que era antes.
    Había pasión en su voz. Aquel hombre no era un corrupto. Era honrado y le importaba lo que estaba haciendo. Y, en cierto modo, lo reconocía como un alma gemela…
    Tammy se preguntó a qué se dedicaría mientras Jean Paul estaba en el trono. ¿Habría alguna mujer en su vida?
    Pero aquél no era el momento para preguntarse ciertas cosas que, además, no eran asunto suyo. Le estaba pidiendo que le entregase a su sobrino…
    – Quizá cuando sea un poco mayor…
    – Tiene que volver a Broitenburg ahora mismo. Sus derechos al trono terminan cuarenta días después de la muerte de su padre. Tengo hasta el viernes.
    – ¿Cuatro días?
    – Eso es.
    – Pero… ¿por qué ha tardado tanto en venir a buscarlo?
    – Pensé que Henry estaba bien cuidado, que no había ningún problema. En el funeral, su madre me dijo que estaba en buenas manos.
    – Claro, ya me imagino.
    – Pensé que estaba con ella porque parecía tan… tan apenada por la muerte de Lara. Además, cuando llegué al trono tuve que controlar muchas cosas, ponerme al día, acudir a reuniones, eventos oficiales… No estaba preocupado por Henry hasta que llamaron de los servicios sociales. ¿Cómo ha podido Isobelle abandonar a su nieto?
    – Muy fácil. Porque sólo piensa en sí misma.
    – No parece sorprendida.
    – Porque no lo estoy -suspiró Tammy-. Isobelle no se quedaría cuidando de un niño durante veinticinco años. Bueno, ni cinco minutos. Ahora mismo estará con algún millonario…
    – ¿No se hablan?
    – No, pero hablaré con ella sobre esto. ¡Desde luego que hablaré con ella!
    – Pero mientras tanto…
    – Mientras tanto, usted necesita llevarse a mi sobrino a Broitenburg.
    – Lo siento, pero así es.
    – Pues lo siento, pero no puedo permitirlo. Es un dilema, lo sé. Broitenburg necesita a Henry, pero Henry no necesita a Broitenburg. Puede que usted esté dispuesto a sacrificarlo todo por su país, pero yo no.
    – Pero…
    – No hay que ser un eminente psicólogo para saber que el niño ha sufrido. Es casi imposible hacerlo reaccionar. Lara sabía que eso estaba pasando. En la carta parece asustada; no por ella sino por el niño. Me pide que la ayude y lo deja mi cargo.
    – Pero…
    – Yo soy todo lo que tiene. No puedo darle un corona, pero puedo cuidar de él y eso es lo que pienso hacer -lo interrumpió Tammy, levantándose-. Lo siento, Marc. Me gustaría ayudarle, peí no puedo.
    Marc también se levantó. La expresión de el era implacable, decidida.
    Nunca había conocido a una mujer así. No llevaba maquillaje, no iba arreglada, sus vaqueros eran viejos… y él sentía el absurdo deseo de tocar su pelo, que caía libremente por su espalda.
    Imposible.
    Aquello era imposible.
    – Creo que hemos llegado a un impasse -estaba diciendo Tammy-. Y creo que lo mejor es que se vaya.
    – Hay otra salida, señorita Dexter.
    – ¿Cuál?
    Marc lo pensó un momento. Le parecía la única solución.
    – Puede usted venir a Broitenburg.

Capítulo 5

    AFORTUNADAMENTE, no estaba comiendo o se habría atragantado. -¿Por qué iba a ir yo a Broitenburg?
    Marc sonrió.
    Otra vez. Esa sonrisa… pero tenía que concentrarse. Lo que decía era una estupidez.
    – ¿Por qué no?
    – Porque no quiero -contestó Tammy.
    – ¿Ha estado en Broitenburg alguna vez?
    – No. Ni siquiera sé dónde está…
    – Pues es un país precioso, lleno de montañas, ríos, castillos… A los turistas les encanta y a usted también le encantaría.
    – No lo creo.
    – ¿Cómo lo sabe si no ha estado nunca allí?
    – Vivo en Australia -contestó Tammy-. Mi carrera está aquí.
    – Cuando nos conocimos pensó que iba a ofrecerle un trabajo.
    – Pero no lo habría aceptado.
    – ¿Tiene muchas ofertas?
    – Soy arboricultora. Y muy cualificada.
    – ¿A pesar de haber dejado el colegio a los quince años? -preguntó Marc.56
    – ¿Cómo lo sabe?
    – Usted misma me lo dijo. Además, esta mañana he recibido una llamada del hombre al que contraté para buscarla. Sé muchas cosas sobre usted, señorita Dexter.
    – ¿Ah, sí? ¿Qué sabe?
    – Que es una de las mejores arboricultoras del país. Que ha hecho cursos universitarios por correspondencia. Incluso ha trabajado en Europa.
    – Yo…
    – En los jardines más famosos de Francia e Inglaterra. Y ha trabajado con el mejor: Lance Hilliard. Después de eso, podría pedir el dinero que quisiera, trabajar donde quisiera… pero volvió a Australia. ¿Por qué?
    – Porque me encanta mi país.
    – ¿Por qué enterrarse entre árboles?
    – No me gusta la gente.
    – Eso ya lo veo. Pero yo puedo ofrecerle toda la soledad que quiera. Y trabajo. Podría trabajar en el palacio real…
    – ¿El palacio?
    – El palacio de Broitenburg está situado en una finca inmensa, llena de árboles. Es precioso. Al jardinero jefe le encantaría tenerla como compañera.
    Ella sacudió la cabeza, incrédula. La situación era absurda.
    – Es absurdo.
    – ¿Por qué?
    – Porque pienso quedarme aquí. Me quedo con Henry.
    – No puede llevarse a Henry con usted cuando vaya a trabajar, ¿no? ¿Qué piensa hacer, colocarle un arnés diminuto y colgarlo a veinte metros del suelo?
    – Me tomaré un tiempo de descanso.
    – ¿Cuánto, veinticinco años?
    – Puedo trabajar en algún jardín botánico.
    – ¿Y llevar a Henry a una guardería? ¿No sería mejor que usted misma lo cuidase en Broitenburg? Piénselo.
    Antes de que Tammy pudiera contestar, Marc apretó su mano.
    – El palacio real de Broitenburg es un sitio maravilloso. Con gastos pagados, además. Podríamos buscar a una buena niñera que la ayudase con Henry y usted pasaría con él todo el tiempo que quisiera. Podría no hacer nada en todo el día…
    – ¡No!
    – O podría trabajar en los jardines del palacio. Le pagaría el doble de lo que le pagan aquí.
    Tammy lo miraba como si se hubiera vuelto loco.
    – ¿Quiere decir que viviría en un palacio de verdad?
    – Sí.
    – Eso es una locura.
    Había visto palacios y castillos en Europa y le parecían preciosos, pero vivir en uno de ellos… esa vida no iba con ella. Cuando miró sus manos casi se sobresaltó. Eran unas manos de mujer trabajadora, llenas de callos y magulladuras.
    Marc siguió la dirección de su mirada y después, sin pensarlo, besó su mano. Tammy contuvo el aliento. Era como si la estuvieran transportando a un país de maravillas.
    – Podría pasarlo muy bien -dijo Marc.
    – ¿Durante cuánto tiempo?
    – El tiempo que usted quiera. Para siempre, si lo desea. Desde luego, hasta que Henry cumpla veinticinco años.
    – ¿Y si cambio de opinión? Una vez que Henry esté en Broitenburg no podría llevármelo de allí.
    Marc lo pensó un momento.
    – Haremos un trato.
    – ¿Qué tipo de trato? -le espetó Tammy, apartando la mano. La estaba poniendo demasiado nerviosa.
    – Le compraré un billete de ida y vuelta. Primera clase. Si no es feliz en Broitenburg puede volver a Australia cuando quiera.
    ¿Si no era feliz? Eso tenía gracia.
    – Allí habrá leyes diferentes. Tendrá a Henry donde usted quería…
    – Puedo asegurarle que cumpliré el trato. ¿No confía en mi palabra?
    – No -contestó ella.
    – Supongo que, en sus circunstancias, yo tampoco confiaría -suspiró Marc, sacando la cartera-. Esta es la tarjeta de Paule Taróme, el presidente de la Audiencia Nacional de Broitenburg. Ésta es de Ángela Jefferson, una abogada australiana experta en derecho internacional. Le diré a Paule que redacte un documento en el que diga que tendrá usted derecho a sacar a Henry del país cuando desee. Ángela será testigo de ese acuerdo. ¿De ese modo aceptaría ir a Broitenburgo
    Tammy se lo pensó. Seguía sin confiar en él. No debía hacerlo. Aunque sintiera cosquillas en el estómago cada vez que sonreía.
    – Broitenburg depende de su decisión. La necesitamos, señorita Dexter. Yo la necesito y Henry la necesita.
    Henry. Broitenburg.
    Aquel hombre.
    Su vida estaba a punto de cambiar de una forma radical. Tenía un niño.
    Y Henry tenía una herencia. Si aceptaba…
    – Muy bien -dijo por fin-. Iré a Broitenburg.
    Marc dejó escapar un suspiro de alivio.
    – No lo lamentará.
    – Ya veremos.
    – No lo lamentará -insistió él-. Se lo prometo. Pero ahora tengo que hacer un par de llamadas.
    A Tammy le habría gustado seguir así, tan cerca, mirándose. Lo cual era ridículo.
    – Buenas noches -se despidió Marc.
    – Buenas noches.
    – Todo va a salir bien, se lo aseguro.
    – Eso espero.
    Luego hubo un silencio. ¿Por qué no se marchaba? ¿Por qué seguía ahí, mirándola con aquella expresión?
    Cortada, Tammy se miró los pies desnudos.
    Y entonces, antes de que pudiera hacer nada, Marc se acercó, la tomó por los hombros y la besó en los labios.
    Con ese beso quería sellar el acuerdo. Eso fue lo que se dijo a sí misma.60
    Sus labios eran firmes, pero no exigían respuesta. No estaba pidiéndole nada, pero… si sólo era una afirmación del futuro, ¿por qué sentía cosquillas por todo el cuerpo? ¿Por qué hubiera querido enredar los brazos alrededor de su cuello?
    Quizá porque el beso duraba mucho, pensó, incrédula. Duraba mucho más de lo que debería durar un beso en el que uno sella un acuerdo con otra persona. ¿Por qué apretaba sus hombros con tanta fuerza? ¿Por qué la besaba con tal pasión?
    Tammy estaba rígida, aunque hubiera querido contestar. Tanto que… no pudo evitarlo. Aunque fuera absurdo y peligroso, estaba deseando abrir los labios para recibir la caricia, estaba deseando buscar seguridad en aquel hombre que había puesto su mundo patas arriba.
    El beso era maravilloso. Nunca antes había sentido nada así. Su fuerza, su altura, su masculinidad…
    Cuando por fin Marc se apartó, vio en sus ojos la misma confusión que debía haber en los suyos.
    – No debería haber hecho eso.
    – Yo…
    – Hoy mismo te has enterado de la muerte de tu hermana -siguió Marc, perplejo, tuteándola por primera vez-. Luego, que eras la tutora de tu sobrino y después, que ibas a cambiar de país… Pero yo te cuidaré, Tammy. Te lo prometo.
    La ternura que había en su voz era tan inesperada que Tammy se quedó sin aliento. Y, de repente, notó que una lágrima corría por su rostro.
    – Estás agotada. Perdóname…
    – No, yo…
    – Tienes que tomarte esto con calma. Lo siento, de verdad.
    ¿Tomarse qué con calma? ¿El beso?
    Debía solucionar muchas cosas antes de irse del país. El beso no tenía nada que ver.
    ¿O sí?
    La ternura era una cualidad desconocida para ella. Quizá porque no dejaba que nadie se acercara demasiado. Nunca.
    – No tiene que lamentarlo. No es culpa suya.
    – No, pero…
    – Tengo que irme a dormir -lo interrumpió Tammy. Necesitaba estar sola. Desesperadamente. Si no se iba, podría caer en sus brazos y no moverse nunca de allí. La tentación era casi irresistible.
    Pero absurda. Su hermana se había casado con un hombre como él y ¿qué pasó? Que había muerto.
    Ese pensamiento le hizo dar un paso atrás.
    – Márchese.
    – ¿Estás bien?
    – Sí, pero márchese. Y Marc… Alteza… no sé cómo llamarlo.
    – Marc -contestó él.
    – Marc, no vuelvas a besarme.
    – ¿Por qué no?
    – Porque no quiero.
    – ¿Estás segura?
    Menudo arrogante. Era un príncipe, claro. Realeza. Y ella, una arboricultora que iba descalza.
    – Completamente -contestó por fin, acercándose a la puerta-. Y ahora, o te vas o tendré que llamar a mis amigos, los de seguridad.62
    – Me voy, me voy.
    – Bien.
    – Buenas noches.
    Marc pasó a su lado, pero antes de irse acarició su cara.
    – Siento haber sido yo quien te diera la noticia. Que duermas bien, Tammy Dexter. Mañana empieza nuestro futuro.
    Entonces acarició sus labios con un dedo… un beso que no era un beso.
    Y luego se marchó.
    ¿Qué había dicho? «Mañana empieza nuestro futuro».
    Su futuro.
    Hasta aquel día su futuro estaba cuidadosamente planeado, pero ahora… se iba de Australia para vivir en un país que no conocía, lleno de castillos y princesas
    El príncipe Marc de Broitenburg le ofrecía un futuro que no podría controlar.
    – Ten cuidado, Tammy -murmuró, cerrando la puerta-. Ten mucho cuidado.
    Quizá no debería ir. Quizá no tenía elección. Y quizá se alegraba de ello.
    El recuerdo de aquel beso había cambiado algo más que el futuro. Había destrozado la confianza que tenía en su autocontrol.
    ¿Debería pedir ayuda?
    Los dos días siguientes fueron de locos. Afortunadamente, tenía el pasaporte en regla y conseguir el visado no fue un problema
    – Charles tiene que servir de algo, además de para gastarse el dinero de los contribuyentes.
    El jefe de Tammy se enteró de inmediato. Y su respuesta fue:
    – Puedes volver aquí cuando quieras. Yo cuidaré del niño si así consigo que vuelvas a trabajar para mí.
    Eso la reconfortó. Llevaba tres años trabajando para Doug y eran como una familia. La idea de que el equipo la echase de menos, que alguien la echase de menos… era inexplicablemente consoladora.
    Nadie más la echaría de menos. Nadie se daría cuenta de que se había ido de Australia.
    Pero tenía que llamar a su madre.
    – ¿Por qué iba a decirte que Lara había muerto? -replicó Isobelle cuando Tammy le pidió explicaciones-. Nunca te has preocupado de ella.
    «Qué sabrás tú», pensó Tammy, pero se mordió la lengua.
    – Voy a llevarme a Henry a Broitenburg.
    Al otro lado del hilo hubo un silencio.
    – ¿Con el príncipe regente… cómo se llama?
    – Marc.
    – Vaya, vaya -replicó su madre, irónica. Y ella se preguntó por enésima vez por qué Isobelle la odiaba tanto-. No lo conseguirás.
    – ¿Perdona?
    – Es un buen partido, pero no se casará contigo.
    – No sé de qué estás hablando.
    Pero lo sabía. Lo sabía perfectamente. Para su madre, los hombres siempre habían sido un medio para llegar a un fin.
    – No eres suficientemente guapa.
    – Yo no…
    – He oído hablar de tu precioso príncipe Marc. Es un mujeriego y, además, es riquísimo. ¿Crees que alguien como él miraría dos veces a una chica como tú?
    Muy bien. Ya estaba harta. Había llamado para pedirle explicaciones, pero no pensaba decirle una palabra más. De modo que colgó el teléfono.
    Tenía otras cosas de qué preocuparse.
    Ropa, por ejemplo. Tenía vaqueros, camisetas, cazadoras… no precisamente un vestuario como para vivir en un palacio.
    – Puedo enviar a alguien a tu casa para que embale tus cosas. Las enviaremos a Broitenburg en un container -dijo Marc la última tarde.
    – ¿Un container?
    – Si piensas quedarte en Broitenburg…
    – Mi «casa» es un estudio de alquiler y los muebles no son míos. Pero no te preocupes, en Broitenburg compraré unos vaqueros nuevos. Si hay pantalones vaqueros en tu país, claro.
    – Sí, pero…
    Marc había arrugado el ceño, pero Tammy estaba meciendo a Henry y no se dio cuenta.
    – ¿Pero qué?
    – En el palacio hay cenas formales, cenas de galas y cosas así.
    – Tú tienes cenas de gala -lo corrigió ella-. Yo no. Nunca he estado en una cena de gala. Me contento con un microondas.
    – Quiero que seas parte de la familia real, no una criada.
    – Pues yo no quiero ser parte de la familia real, muchas gracias.
    – Henry será educado como heredero.
    – ¿Sabes una cosa? Creo que, ahora mismo, Henry no está interesado en cenas de gala.
    – Mira, Tammy, tenemos que dejar algo claro -empezó a decir Marc-. Vas a Broitenburg como miembro de la familia. Y como tal tendrás que soportar ciertas formalidades.
    – ¿Quieres decir que debo comprarme zapatos? Muy bien, me compraré unas zapatillas de deporte.
    – Ah, estupendo -suspiró Marc.
    – Gracias, Alteza.
    – No funcionará.
    – ¿Qué quieres, que me compre una tiara antes de ir a Broitenburg?
    – Una tiara no, pero algo un poco más formal…
    – No -contestó Tammy-. La princesa de Broitenburg fue Lara, no yo.
    Al final, Charles los llevó al aeropuerto con una enorme maleta de cuero en la que estaban las cosas de Marc, otra con las cosas de Henry… y una vieja mochila que contenía todas las posesiones de Tammy Dexter

Capítulo 6

    TODO le parecía raro.
    Para empezar, iban en primera clase, cuando Tammy sólo había viajado en turista.
    Delante de sus asientos había un moisés para cuando Henry tuviera sueño y las azafatas estaban pendientes de él.
    Pero desde que entró en el avión, Tammy se sentía como si estuviera en la película equivocada.
    – ¿Puedo ir a sentarme en turista? No me parece que esté volando a menos que me dé con las rodillas en la frente.
    – Ponte las rodillas en la frente si quieres -sonrió Marc-. Pero quédate aquí. Si me dejas solo con Henry me darán espasmos.
    Ella soltó una risita. El pobre miraba al niño como si fuera a morderlo.
    – Los niños no son lo tuyo, ¿eh?
    – No.
    Su madre le había dicho que era un mujeriego, pero no se lo parecía. Allí, en un avión, con veinticuatro horas de vuelo por delante, era el momento de hacer preguntas. Después de todo, ¿qué podría hacer Marc si se sentía ofendido? ¿Echarla del avión?
    De modo que podía permitirse el lujo de hacer un par de preguntas impertinentes.
    – ¿Estás casado?
    – No.
    – ¿Tienes pareja?
    Él levantó una ceja, incómodo.
    – Tengo… novia.
    – Ah, ya veo.
    Tenía novia. Entonces, ¿por qué la había besado? A lo mejor su madre tenía razón y era un mujeriego.
    – ¿Y tú? -le preguntó Marc-. El detective me ha dicho que no tienes novio.
    – Esto no es justo. Yo tengo que creer lo que me digas, pero tú me has investigado.
    – No tendrás que contratar a un detective, tranquila. Cualquier revista europea te dirá todo lo que quieras saber sobre mí… Por cierto, si has estado en Europa deberías haber leído algo sobre Lara. Salía continuamente en las revistas… las fotos de la boda salieron en todas las portadas.
    – Estaba en Australia cuando se casó -suspiró Tammy-. Subida a un árbol.
    – ¿Tu lugar favorito?
    – Sí.
    – ¿Y eso?
    – Porque la gente me hace daño -contestó ella, con toda sinceridad-. Atarte a alguien hace daño. Lo intenté con Lara y mira lo que pasó.
    – Pero lo intentarás de nuevo con Henry.
    No me queda más remedio.-Tienes elección. Ya te dije que yo me comprometía a cuidar de él.
    – ¿Y tu novia? ¿Qué habría dicho?
    – A Ingrid no le gustan muchos los niños -contestó él, incómodo-. Pero sabes que yo habría cuidado de Henry.
    – ¿Ah, sí?
    Henry estaba chupando la oreja del osito de pe-luche con la intensidad de un atleta. Henry y «Teddy» habían hecho una buena amistad, pero Tammy sospechaba que la oreja del osito no llegaría a Europa.
    – ¿Lo habrías cuidado de verdad, personalmente?
    – Por supuesto.
    Aquel hombre parecía muy seguro de sí mismo. Capaz de cualquier cosa. ¿Capaz de cuidar de un niño?
    – ¿Qué tal si empiezas ahora mismo?
    Antes de que él pudiera protestar, Tammy lo colocó sobre su rodilla. Sobre la rodilla de Marc, príncipe regente de Broitenburg.
    Su Alteza se quedó helado.
    – No puedo.
    – Claro que puedes. Acabas de decir que lo habrías hecho -sonrió Tammy cerrando los ojos-. Yo voy a dormir un ratito, Alteza. Que lo pases bien.
    Se quedó dormida y cuando despertó, varias horas después, habían bajado las luces del avión y el hombre que estaba a su lado dormía profundamente.
    Como Henry. El niño se había quedado dormido sobre las rodillas de Marc. Afortunadamente, la azafata les había puesto una manta.
    Tammy los miró, sonriendo. Parecían tan tranquilos, como si aquello fuera de lo más normal.
    Incluso se parecían. El niño tenía la cabeza bajo la barbilla de Marc y le agarraba un dedo con el puñito…
    De repente, la imagen fue demasiado para ella y se le hizo un nudo en la garganta. ¿Qué tenía aquel hombre que siempre le daban ganas de llorar? Marc abrazando al niño…
    No sabía nada de él, pensó. Nada en absoluto, excepto que era el príncipe regente de un diminuto país europeo. Que tenía una novia llamada Ingrid…
    «A Ingrid no le gustan los niños», le había dicho. Marc era un hombre serio, incluso podría parecer despiadado, pero Henry despertaba en él sentimientos nuevos, sentimientos que quizá ni él mismo creía tener.
    «A Ingrid no le gustan los niños».
    ¿Qué clase de persona era Marc? ¿En qué sitio iba a vivir?
    En un palacio gigantesco.
    La limusina los dejó delante de la entrada de piedra, con unos escalones que parecían los del Parlamento. Bajo los escalones había un lago que se perdía en la distancia…
    Sobre sus cabezas, las torres puntiagudas del palacio. Era como un cuento de hadas. Hecho de piedra, brillaba bajo el sol, con una belleza que la dejó impresionada.
    No era ostentoso, o quizá lo era, pero estaba construido con mucho encanto. Rodeado de jardines y bosques, Tammy estuvo a punto de saltar del coche y ponerse a explorar.
    Detrás del palacio, las montañas cubiertas de nieve y, en el lago, varios cisnes blancos nadando perezosamente. El palacio no estaba bien atendido, le había dicho Marc, pero a ella no se lo parecía.
    Era mágico. Y era su nuevo hogar.
    – ¿Qué te parece? -preguntó Marc.
    – Pues… apabullante, una absurda ostentación de riqueza.
    – Vaya.
    – Y pretencioso.
    – ¿De verdad?
    – Y… es precioso, Marc -sonrió Tammy.
    – Ah, menos mal.
    Cuando pensó en su estudio diminuto tuvo que pellizcarse para comprobar que aquello era real. Y cuando un mayordomo uniformado le abrió la puerta de la limusina, tuvo que pellizcarse otra vez.
    – Esto no es real -murmuró.
    Marc la estaba observando, pero no sonreía. La miraba con una expresión enigmática.
    – Es real.
    – Bienvenida a casa -dijo el mayordomo con toda solemnidad.
    «Bienvenida a casa».
    Los criados estaban colocados en fila, como en las películas. Había unas en el vestíbulo del palacio, como esperando revista. Marc sabía el nombre de cada uno y ellos lo saludaron con lo que a Tammy le pareció auténtica simpatía.
    – Yo no podré acordarme de todos los nombres -murmuró, incómoda.
    Por primera vez, pensó que Marc había tenido razón sobre la ropa. Quizá un vestidito no habría ido mal.
    – No espero que los recuerdes de inmediato. Pero deberías aprender los más importantes: Dominic, el mayordomo, y la señora Burchett.
    Una mujer mayor le hizo a Marc una reverencia, pero estaba mirando a Henry. Desde que bajaron del avión, habían hecho turnos para llevarlo en brazos y, en aquel momento, lo llevaba él.
    – La señora Burchett es la gobernanta de palacio. Es inglesa. Cualquier cosa que quieras saber puedes preguntársela a ella.
    – Será un placer -dijo Madge Burchett-. Cómo ha crecido el niño. No lo habíamos visto desde que nació… y usted es su tía -añadió, mirándola de arriba abajo. Era evidente que estaba comparándola con Lara-. Bienvenida a casa.
    – Gracias.
    – ¿Quiere que la lleve a su habitación?
    – Buena idea -dijo Marc. Intentó darle el niño a la señora Burchett, pero Henry se negaba a soltarlo, de modo que tuvo que dárselo a Tammy.
    Le había entregado el niño a las mujeres. Ya había hecho su papel y, a partir de aquel momento, pensaba vivir su vida, pensó ella.
    En ese momento oyó un grito y una chica más o menos de su edad entró corriendo en el vestíbulo. Había estado montando a caballo y su atuendo era… magnífico, espléndido. Su pelo castaño estaba recogido en un precioso moño francés y la sonrisa que le dirigió a Marc era de cine. Llevaba en la mano una fusta, pero la soltó y se echó en sus brazos.
    – ¡Cariño! Por fin has vuelto a casa.
    Tammy vio que la señora Burchett miraba a la pareja con expresión de desaprobación.
    – Bueno, señorita Dexter… podrá hablar con la señorita Ingrid más tarde. Ahora vamos a la habitación para que el niño y usted puedan descansar un rato.
    – Dígame cómo funciona esto.
    Tammy tardó dos minutos en saber que había encontrado una amiga en la señora Burchett. Los vaqueros y las camisetas podrían ser inapropiados para el palacio, pero era evidente que la gobernanta temía que ella fuera otra Lara… u otra Ingrid. Su alivio era palpable.
    – ¿Qué quiere saber?
    – Todo -contestó ella.
    Estaban colocando a Henry en la habitación. Durante el viaje no había dado ningún problema y era evidente por qué: porque no esperaba nada. No lloraba porque las lágrimas no le conseguían nada en absoluto. Iba de unos brazos a otros sin quejarse y se conformaba con la oreja de su osito.
    Debería quejarse, pensó Tammy. Debería exigir atención. Cuanto más tiempo pasaba por él, más deseos sentía de estrangular a su madre, a Marc, a Lara, a cualquiera que hubiese tenido algo que ver con aquel desastre…
    – La cuestión es muy simple -dijo la señora Burchett-. Además del príncipe, la señorita Ingrid y usted, aquí sólo vive el servicio. Jean Paul y su hermana pasaban casi todo el tiempo esquiando o de viaje. La última vez que vi a Henry tenía dos semanas. No volvieron por aquí.
    – ¿Nunca?
    – Nunca -contestó la gobernanta-. El servicio es muy bueno, pero últimamente no recibían su salario. Sólo se han quedado porque algunos no tienen dónde ir. Yo era ayudante de cocina cuando llegué aquí, hace veinte años, y no habría ascendido a gobernanta si no fuera porque la anterior se marchó. Pero las cosas han vuelto a la normalidad desde que murió el príncipe Jean Paul.
    – ¿Marc ha cambiado eso?
    – Su Alteza, sí.
    Tammy no podía llamarlo Alteza. Quizá si no la hubiera besado…
    Quizá.
    – ¿Y la señorita Ingrid?
    – Lleva aquí tres días -suspiró la señora Burchett, sin poder disimular su desagrado-. Llegó para esperarlo… o eso dijo. Pero actúa como si fuera la dueña del palacio. Como la madre de la princesa Lar…
    No terminó la frase, pero no hacía falta. -¿Cómo si fuera mi madre? -No quería decir eso -se disculpó la señora Burchett-. Lo siento. Es que… llevamos tanto tiempo esperando que volviera el niño… Significa todo para nosotros. Su Alteza ha conseguido traerlo a casa y eso es fundamental no sólo para mí sino para el país. Pero no debería criticar a la señorita Ingrid ni a su madre…
    – No se preocupe. Conozco muy bien a mi madre.
    – Entonces, ¿va a quedarse? -No me queda más remedio -suspiró Tammy, sentándose en la cama. O, más bien, subiéndose a la cama. Era tan alta que los pies no le llegaban al suelo. Se preguntaba qué hacía allí. ¿Cuál era su papel, tía de Henry? ¿Iba a quedarse allí para siempre? Sería como un pez fuera del agua.
    Pero al menos había encontrado una persona amable entre el servicio. La señora Burchett la hacía sentir cómoda.
    – Nos alegró tanto saber que no quería usted dejar al niño… Es la primera persona que se preocupa por él de verdad. Pobrecito… Pero en fin, ya está aquí -suspiró la gobernanta-. Supongo que querrá descansar. ¿Sus cosas llegarán hoy?
    – Ya han llegado. Ése es mi equipaje -sonrió Tammy, señalando la mochila. -Pero querida… -Es todo lo que necesito. -¿Pero qué se pondrá para cenar? -Pienso cenar en la habitación. No quiero cenar ni con su Alteza. Ni con Ingrid
    – No puede cenar aquí -protestó la señora Burchett.
    – Entonces cenaré con usted, en la cocina.
    – ¡Pero eso no puede ser! -replicó la mujer, horrorizada.
    Tammy miró alrededor. Era una habitación preciosa, pero hacía falta un radiador, una nevera y un par de cosas más.
    – ¿No puedo tomar un sandwich aquí?
    – Quizá esta noche… No estoy segura. ¿Su Alteza sabe que no va a cenar con él?
    – «Su Alteza» sabe que me gusta vivir de forma independiente.
    – ¿Y lo aprueba?
    – Me da igual. Yo tomo mis propias decisiones.
    – Entonces pediré que le suban algo de comer, querida -sonrió la señora Burchett-. Si eso es lo que quiere… Pero no sé qué dirá el príncipe.
    La señora Burchett le envió unos sándwiches y un vaso de leche para cenar. Para entonces Tammy llevaba dos horas en el palacio, pero no se sentía nada cómoda.
    Había explorado un poco aquel ala, pero era tan grande que tardó una hora en ver la mitad de las habitaciones. Y no era tan valiente como para aventurarse en otra zona… por si no encontraba el camino de vuelta.
    Henry se quedó dormido después de tomar el puré de verduras y Tammy aprovechó una ducha y cambiarse de ropa. Pero seguía sin sentirse cómoda.
    Era imposible. Y cuando llegaron los sándwiches en una bandeja de plata, con un criado de librea y guantes blancos, se sintió completamente ridículas.
    Pero aún faltaba lo peor. Estaba dándole un mordisco a un sandwich cuando sonó un golpecito en la puerta. Marc no se molestó en esperar, entró directamente. Iba vestido para cenar: traje oscuro, camisa blanquísima, corbata azul.
    Parecía un príncipe de película, pensó Tammy, intentando controlar los latidos de su corazón. -¿Qué estás haciendo? -Cenar -contestó ella. -Se cena en el comedor. -No. Yo ceno aquí.
    Marc le quitó el sandwich de la mano. -De modo que la señora Burchett tenía razón. Estás cenando sándwiches de queso. -Lo que me han subido.
    Marc la miró como si fuera un ser de otro planeta.
    – Henry está dormido. ¿Qué haces aquí sola? -Ya te dije que quería vivir mi vida. -Eso es ridículo. La señora Burchett ha hecho una cena estupenda. No quiero que ofendas al servicio, Tammy.
    – La señora Burchett me envió los sándwiches,
    Marc. Ella me entiende…
    – No entiende nada -replicó él, pasándose una mano por el pelo-. Tammy, tengo que llevar este palacio como es debido. Al servicio le gusta la normalidad… y la mayoría de ellos han permanecida leales en las peores circunstancias. Están encanta dos de recibir a Henry y lo mínimo que podías hacer es bajar y disfrutar del banquete que han preparado para nosotros.
    – ¿Banquete?
    – Un banquete, sí.
    A Tammy le dio un vuelco el corazón.
    – Yo no soy una princesa. Mi sitio no está aquí
    – Ni el mío tampoco.
    – Ya, seguro.
    – Tú eres la tutora legal de Henry, su tía -insistió Marc-. Éste es tu sitio tanto como el mío. No pensarás quedarte en tu habitación durante los próximos veinticinco años, ¿verdad?
    – Encontraré una casa -contestó ella-. Este palacio es enorme, pero tiene que haber un sitio done Henry y yo podamos vivir de forma independiente Una casita de campo o algo así.
    – Sí, claro. Henry es el heredero de la corona estaría muy bien que viviera en «una casita de campo» -replicó Marc, irónico.
    – Si oigo eso del heredero una vez más…
    – Tendrás que oírlo muchas veces, Tammy, pe que Henry es el heredero del trono de Broitenbur ¿Tú crees que a mí me gusta vivir aquí? Tengo una casa estupenda a diez kilómetros de aquí, un chateau en Renouys. Ésa es mi casa y es allí donde quiero vivir. Yo no quería ser príncipe regente. Sí quería ser responsable de Henry, pero alguien tiene que hacerlo…
    – Yo he venido a este país porque soy responsable de mi sobrino.
    – Pues entonces hazlo bien. Pensé que eras más valiente, Tammy. Esconderte en tu habitación…
    – ¡No estoy escondida! -exclamó ella, levantándose.
    – ¿Por qué no bajas a cenar? -Porque estoy cansada por el desfase horario. -Sí, claro, y yo soy el rey de Siam. Has dormido como un tronco durante seis horas. -Eso no es verdad.
    – Claro que es verdad -insistió Marc-. Te quedaste dormida sobre mi hombro en el avión. Y Henry también. Tengo una tortícolis que lo demuestra. No pude moverme durante seis horas… seis largas horas.
    – ¡Yo no me quedé dormida sobre tu hombro! -¿Quieres que llamemos a la azafata? Seguro que podríamos localizarla. -Eso es ridículo.
    – Desde luego que sí. Mira, servirán la cena dentro de quince minutos. Espero que te reúnas con nosotros en el comedor. -No quiero…
    – Ni yo tampoco. Pero tengo que hacerlo. Cada uno tiene sus obligaciones, Tammy. -Sólo tengo vaqueros… -¿Y de quién es la culpa? Ella se cruzó de brazos, irritada. -¿Bajarás? -Yo…
    – No tienes elección.
    – ¡Muy bien! -exclamó Tammy por fin-. Bajaré a cenar en vaqueros y haré el ridículo delante de todo el servicio. Y ahora vete de mi habitación.
    – Yo…
    – ¡Sal de aquí!
    Quince minutos.
    Ayuda.
    Podía bajar tal y como estaba. Podía hacerlo. Debería hacerlo.
    Pero ella era… la tutora legal de Henry. Tenía un sitio en aquel palacio hasta que el niño no la necesitara. Y debería portarse de forma responsable.
    Maldito Marc… ¿Cómo se atrevía a ponerla en semejante situación?
    Claro que había intentado advertirla.
    Tammy miró la mochila como si fuera un enemigo. ¿Qué debía hacer? Ingrid estaría preciosa, divina, y parecer una mendiga al lado de un príncipe y una princesa no era lo suyo.
    Pero Lara había vivido allí, pensó entonces. Tenía que haber ropa suya en los armarios.
    ¿Debía hacerlo?, se preguntó. ¿Por qué no? Estaba en un palacio de cuento de hadas.
    ¿Por qué no?
    «Llámeme si necesita algo», le había dicho la señora Burchett. «El timbre está conectado con la cocina. Normalmente contesta alguna de las chicas, pero esta noche yo estaré atenta».
    Tammy miró el timbre y tomó una decisión.
    Estaba muy lejos de Australia, en otro continente. Estaba muy lejos de casa. Y necesitaba ayuda.
    – ¿No quieres esperar a la experta en plantas? -No hace falta -contestó él-. La experta en plantas ya está aquí.
    Ingrid empezaba a impacientarse. Y cuando Marc volvió al salón, apenas podía disimular su enfado.
    – ¿Dónde estabas?
    – Invitando a la tía de Henry a cenar con nosotros.
    – ¿Ella quiere cenar con nosotros? -preguntó Ingrid-. Pensé que…
    – ¿Qué habías pensado?
    No esperaba encontrar a Ingrid esperándolo en palacio. En realidad, esperaba tener un par de días para solucionar cosas antes de llamarla. Pero allí estaba.
    – Pues, que esa clase de chica…
    – ¿Qué quieres decir con eso?
    – Esa clase de chica no está acostumbrada a moverse en nuestros círculos, Marc -sonrió Ingrid-. ¿Qué me habías contado, que la sacaste de un bosque en Australia? Cariño, tendremos suerte si sabe usar un cuchillo y un tenedor.
    – Es la hermana de Lara -replicó Marc.
    – Sí, es increíble. ¿Cómo podían ser hermanas? Lara era una belleza.
    – Tammy… Tamsin no es fea.
    – No, cariño, pero esa ropa… y esas pecas…
    – ¿Quieres que pasemos al comedor? -la interrumpió Marc.
    Marc se quedó de una pieza. ¿Cómo había hecho eso en quince minutos? Tammy se había transformado por completo. Los viejos vaqueros desaparecieron. Y también desapareció Tammy Dexter, la arboricultora. Para dar paso a… Tamsin.
    El vestido negro era engañosamente simple. Tenía el cuello de pico y un frunce en el centro que marcaba la cintura y las caderas de una forma elegante y muy sexy a la vez. Sus largas piernas parecían aún más largas con unas sandalias de tacón.
    Y el resto… los rizos morenos caían por su espalda como una cascada. Se había puesto sombra de ojos y brillo en los labios. No le hacía falta nada más. ¡Estaba arrebatadora!
    – ¿Qué has hecho con tu ropa? -exclamó Marc. -Vaya, y yo preguntándome si mis modales serían aceptables -sonrió Tammy.
    – Perdona. Tammy… te presento a Ingrid, mi… -Novia -terminó ella la frase-. Encantada de conocerte, Tammy. ¿Cómo estás, querida? Estábamos diciendo que debes sentirte muy rara aquí… Pero veo que llevas un vestido de tu hermana. Bien hecho. Yo iba a enviarlos a algún albergue, pero si te gustan…
    Tammy se puso colorada. Pero aquella mujer le recordaba a su madre y sabía que la rabia no valía de nada con ese tipo de persona. Otros métodos eran más efectivos.
    – Me alegro de que no lo hayas hecho. Aún no he visto el testamento de mi hermana, pero dudo mucho que pudieras disponer de sus cosas. Los asuntos legales son tan fatigosos, ¿verdad? -sonrió Tammy, tomando la copa de champán que Marc le ofrecía-. Gracias. Ah, Dom Pérignon, mi favorito.
    Quince minutos antes estaba diciendo que prefería tomar un sandwich de queso. Marc parpadeó… aunque hubiera parpadeado de todas formas. Hasta entonces sospechaba que Tammy eligió su profesión por un complejo de inferioridad. Lara e Isobelle eran magníficas, criaturas perfectas físicamente. Si Tammy había crecido comparándose con ellas… en fin, seguramente cualquiera se habría dedicado a los árboles.
    Pero ella era tan guapa como su madre o su hermana. Incluso más. Llevaba muy poco maquillaje y ninguna joya, pero con aquel sencillo vestido negro hacía que Ingrid pareciese fuera de lugar. Ingrid lo sabía, claro. Por eso estaba enfadada. -Bueno, si te quedan bien… -sonrió, señalando la mesa con un gesto muy estudiado.
    Estaba haciéndose la anfitriona, por supuesto. El gesto tampoco pasó desapercibido para Marc, que levantó los ojos al cielo.
    – Por lo que he visto en los armarios, no tendré que comprar ropa nunca más.
    – ¿Piensas quedarte mucho tiempo? -preguntó Ingrid.
    – Henry necesita una madre -contestó Tammy-. De modo que supongo que sí.
    – Pero si Marc y yo…
    – ¿Quieres más champán? -la interrumpió él. Tammy sonrió, agradecida.
    – Sí, por favor.
    Marc no podía dormir. Por fin, a las dos de la mañana, se levantó de la cama y fue a dar un paseo por el jardín. La luna llena se reflejaba en las tranquilas aguas del lago y caminó por toda la orilla a grandes zancadas, intentando calmarse.
    ¿Qué estaba haciendo?
    Hasta que Jean Paul murió, su vida no era complicada. O, al menos, era mucho menos complicada. Vivía alejado de su familia, que era lo que deseaba.
    Creció muy cerca del palacio porque su padre era hermano del príncipe, pero no lo habían educado para heredar la corona. Además, nunca se había llevado bien con sus primos. La madre de Jean Paul era una cursi de primer orden, para quien ser la esposa del príncipe de Broitenburg era motivo de satisfacción, mientras su madre era una mujer encantadora que no tenía nada que ver con la realeza.
    Al pensar en su madre, Marc hizo una mueca de dolor. Lo que le habían hecho a ella, a su familia…
    Daba igual, era el pasado. Y él había aprendido que la única forma de tratar con aquella gente era ser brusco y distante.
    Porque amaba a su país haría lo que tuviera que hacer. Llevaría la corona y mantendría la monarquía por su primo Henry, pero nada más. Si pudiera persuadir a Tammy para que ocupara su sitio en palacio, él podría apartarse. Que era lo que deseaba. Quería vivir en su casa, alejarse de cierta gente…
    ¿De Tammy también?
    Sí, de Tammy también. Ella lo excitaba como ninguna otra mujer, lo ponía nervioso…
    Y no entendía por qué. A él no le gustaban las mujeres como ella. Le gustaban las mujeres como Ingrid. Ingrid.
    Cuando recordaba su comportamiento durante la cena se ponía enfermo. Tenía que librarse de ella lo antes posible. Después de la cena, cuando esperaba irse con él a la cama, Marc la rechazó con muy poco tacto.
    – Estoy cansado, Ingrid. Necesito dormir solo esta noche.
    – Puedo quedarme sólo un rato, cariño. Cariño… El término resultaba casi obsceno en su boca. Era preciosa y elegantísima, pero su relación no había durado más que unos meses. Ninguna de sus relaciones duraba más que eso.
    Y así era como le gustaba. Las mujeres de su círculo eran todas como su tía e Isobelle. Y como Lara. El sabía muy bien lo que buscaban. Llevar allí a una mujer de otro círculo, exponerla como si fuera un pez en una pecera, sería exponerla al mismo dolor que experimentó su madre.
    Y Tammy…
    ¿Por qué no podía dejar de pensar en Tammy? Tammy mirándolo con sus ojos enormes de color miel. Tammy, durmiendo sobre su hombro en el avión. Tammy, abrazando a Henry, haciéndole sonreír, sentada sobre la cama con los pies desnudos.
    Tammy con aquel vestido negro…
    Estupendo, si mantenía una relación con ella estaría involucrado con el trono y con la familia real para siempre. Y él no quería eso.
    Además, no podía casarse con ella…
    ¿Casarse? ¿De dónde había salido aquel pensamiento? ¡Ridículo!
    – Maldito seas, Jean Paul -murmuró, entre dientes-. Haré lo que tenga que hacer y luego me marcharé de aquí.
    Tammy…
    «No seas ridículo», se dijo a sí mismo. No debería haberla besado. No sabía por qué lo había hecho, en realidad. Una cosa era segura: no iba a pasar de nuevo. No la deseaba, no quería saber nada de ella.

Capítulo 7

    MARC SE despertó al oír risas. Cuando abrió los ojos eran las ocho de la mañana… Eso le enseñaría a pasear hasta las tantas por el lago. Tenía la cabeza embotada.
    Quizá había imaginado las risas, pensó, muerto de sueño. Una cosa que aquel palacio no despertaba era risas precisamente.
    Pero allí estaban otra vez, entrando por la ventana. ¿Sería Tammy?
    Unos segundos después, oyó un golpecito en la puerta y Dominic entró con la bandeja del desayuno. Cuando abrió las cortinas y Marc se tapó los ojos, el mayordomo sonrió.
    – Lo siento, señor, pero hoy tiene una reunión con el señor Lavac a las nueve.
    – ¿A las nueve? ¿El señor Lavac? -preguntó todavía medio dormido.
    – El contable, señor -contestó Dominic.
    – Ah, sí, claro, el contable ^murmuró Marc-. ¿Quién se está riendo? ¿No será T… la señorita Dexter?
    – ¿Le ha despertado, señor? ¿Quiere que les diga que no hagan ruido?
    – ¿A quién?
    – A la señorita Dexter y al príncipe Henry -sonrió Dominic, mirando hacia el jardín-. Aunque debo admitir que no me apetece hacerlo. Me gusta verlos reír. Y ella es…
    – ¿Te gusta la señorita Dexter? -preguntó Marc, levantándose.
    Tammy estaba tumbada en la hierba con Henry sobre su estómago, jugando a los caballitos. Una pata y sus polluelos observaban el juego desde el borde del lago, tan sorprendidos como Marc.
    En cuanto a él… era increíble. Al verla reír así, sintió una ola de deseo inesperado.
    Pero no era un deseo conocido. Era algo diferente. Le habría gustado bajar para jugar con ella. Y con el niño al que estaba empezando a querer.
    ¿Querer? El no lo quería, sólo estaba allí para salvaguardar la herencia de Henry, nada más.
    No lo quería.
    El mayordomo lo miraba con una expresión rara y Marc carraspeó, incómodo.
    – ¿El servicio se lleva bien con Tammy?
    – Muy bien, señor. La señorita Dexter se levantó a las seis de la mañana y tomó el desayuno en la cocina. Nos quedamos sorprendidos, pero ella se negaba a desayunar en el comedor. Bajó al niño con ella… en fin, la señora Burchett dice que no podría ser más diferente de su…
    Dominic no terminó la frase.
    – ¿Su hermana?
    – Sí, la verdad es que sí. La princesa Lara y el príncipe Jean Paul jamás prestaban atención al servicio. Cuando se llevaron al niño a la señora Burchett se le rompió el corazón. Llevaban mucho tiempo deseando tener un niño en palacio.
    – Sí -murmuró Marc, distraído. No podía apartar la mirada del jardín.
    Las risas de Tammy y Henry eran contagiosas. En aquel momento ella lo lanzaba al aire y Henry disfrutaba como loco. Iba descalza, como casi siempre, y había vuelto a ponerse sus viejos vaqueros.
    Por un lado parecía una mendiga, por otro… una princesa.
    – Perdone, señor, ¿piensa llevarlos a Renouys?
    – ¿Perdona?
    – A su casa. ¿Va a llevarse a la señorita Dexter y al príncipe Henry a Renouys?
    – ¿Por qué iba a hacer eso?
    – La cláusula de la que usted me habló dice que el niño debe permanecer en el país… no en palacio.
    – Ah.
    – Así que hemos pensado que… quizá se lo llevaría a Renouys.
    – No.
    – ¿No?
    – No.
    Dominic no pensaba abandonar. Ése era el problema con los viejos empleados, que su idea del respeto era muy particular. Dominic lo conocía desde que era un niño y la demarcación entre mayordomo y jefe era más borrosa cada día.
    – ¿Piensa quedarse a vivir aquí?
    – Sabes que sólo estaré aquí hasta que consiga solucionar el asunto de Henry. La señorita Dexter se quedará aquí.
    – Pero el palacio necesita un príncipe.
    – Si me necesitáis ya sabéis dónde encontrarme. No puedo quedarme aquí para siempre.
    – Será usted el príncipe regente durante veinticinco años -le recordó Dominic-. Para algunos, eso es toda una vida. Podría vivir aquí.
    – No me apetece.
    – Pero…
    – Dominic, no -lo interrumpió Marc. La sonrisa había desaparecido. La sensación de estar atrapado que experimentaba desde que Jean Paul murió era abrumadora.
    – Seguro que la señorita Ingrid…
    – La señorita Ingrid no tiene nada que ver con mi decisión. ¿A qué hora dices que llega el señor Lavac?
    – A las nueve.
    – Entonces, será mejor que desayune. ¿La señorita Ingrid ya ha desayunado?
    – No, señor.
    – Una pena. En fin, me gustaría tener un rato para pasear antes de que llegue el señor Lavac.
    – Sí, señor.
    Dominic se dio la vuelta antes de que Marc viera su sonrisa de complicidad.
    – Me parece buena idea, señor. El jardín está precioso.
    Marc se duchó y se vistió en tiempo récord. Cuando iba a ponerse los zapatos, lo pensó un momento… ¿por qué no?, se dijo.90
    Y bajó al jardín descalzo.
    Lo lamentó de inmediato. Había gravilla entre los escalones de la entrada y el jardín… Cuando levantó un pie, dolorido, Tammy soltó una carcajada.
    – Se le han olvidado las zapatillas reales, Alteza.
    – Suelo ir descalzo -protestó él.
    – Sí, seguro. Y yo suelo llevar tiara.
    – Y elegantes vestiditos negros -sonrió Marc.
    – A veces es necesario usar el atuendo de los nativos -replicó Tammy.
    – Estoy de acuerdo. De ahí los pies descalzos.
    – Pues no deberías copiarme. Yo no soy nativa de Broitenburg.
    – ¿Crees que serías feliz si te quedaras en Broitenburg para siempre?
    – Por favor… ¿Cómo voy a tomar una decisión así? Sólo ¡levo aquí un día.
    – ¿Pero te gusta?
    – Estoy un poco preocupada por las habitaciones. Pero Henry y yo hemos estado discutiendo el asunto y creo que podremos soportarlo. Además, si tú puedes… ¡una nativa de las antípodas no puede dejarse vencer por un broitenburgiano!
    Estaba sonriendo, con esa sonrisa preciosa que parecía iluminar el día. Henry parecía contento en sus brazos y, al ver cómo se apoyaba en su pecho, se le encogió el corazón. Parecía tan cómodo con ella.
    Mujer y niño parecían hechos el uno para el otro y Tammy estaba en el jardín de palacio como si fuera su propia casa.
    Aquello podría funcionar.
    – Marc, sobre lo de tener una casa propia…
    – ¿Una casa?
    – La verdad es que tampoco es apropiado que yo viva aquí. Anoche… te darás cuenta de que no puede funcionar.
    – Yo creo que anoche funcionó estupendamente.
    – Pues para mí no -replicó ella-. Si crees que voy a ser la anfitriona de tu amante de turno, lo llevas claro.
    – Ingrid no es mi amante.
    – ¿No?
    Marc se puso colorado.
    – Tammy…
    – Mi madre dice que eres un mujeriego…
    – ¿Qué sabe tu madre?
    – La señora Burchett dice que has tenido muchas relaciones y que sales con Ingrid sólo desde hace unos meses. También me ha dicho que cuando Ingrid se vuelva posesiva la dejarás y te buscarás otra.
    Era tan cierto que Marc se quedó boquiabierto. Definitivamente, el servicio de palacio lo conocía bien.
    – Eso no es asunto tuyo.
    – No, es verdad -asintió ella-. A menos que intentes besarme otra vez… y si sabes lo que es bueno para ti, no lo harás. Pero si piensas traer mujeres aquí…
    – ¿Te importaría no meterte en mi vida privada?
    – Es que eso me pone en una situación imposible. ¿Cuál era mi papel anoche? ¿Anfitriona, invitada? ¿O la anfitriona era Ingrid? Ella intentó ofenderme todo lo que pudo. ¿Significa eso que cada vez que cambies de novia tendré que soportar que me hagan sentir inferior?
    – Ella no quería…
    – ¿Cómo que no? Olvidas que me crié con Lara e Isobelle. Sé cuando alguien intenta hacer que me sienta mal. Pero eso es lo de menos. Que tú tengas una mujer detrás de otra no es un buen patrón de comportamiento para Henry.
    – No puedo creerlo… -murmuró Marc, atónito.
    – Alguien tiene que decírtelo. Si quieres que me quede aquí, tendrás que buscarme una casa.
    – El palacio es tuyo. Y no hace falta que te pongas histérica. Soy yo el que se marcha.
    Silencio.
    Un jardinero estaba limpiando las hojas que habían caído en el jardín y un par de jilgueros cantaban en la rama de un árbol.
    – ¿Te marchas? -preguntó Tammy por fin.
    – Sí. En cuanto estés instalada.
    – ¿Y vas a dejarme sola aquí?
    – Sola no, con el servicio.
    – Con el servicio -repitió ella-. ¿Quieres decir que te escapas, dejándome a mí sola con la responsabilidad de todo esto?
    Ninguna mujer le había hablado así. Ninguna.
    – No te hago responsable de nada.
    – ¿Dónde vas a ir?
    – Ya te dije que vivo en Renouys, a diez kilómetros de aquí.
    – Ah, claro. Se me había olvidado que no eres un príncipe de verdad. Así que te marchas y harás de príncipe desde otro sitio.
    – En realidad, soy ingeniero -replicó él, con los dientes apretados-. Diseño tuberías y sistemas de irrigación y me apetece volver a trabajar.
    – Fascinante. Y yo te recuerdo que soy arboricultora además de la tía de Henry. ¿Por qué no puedo volver a mi trabajo?
    – Puedes hacerlo.
    – ¿Y tú no puedes diseñar tuberías desde aquí? -le preguntó.
    – No hace falta…
    – ¿Cómo que no? Yo no sé cómo dirigir un palacio.
    – No hace falta. El palacio se lleva solo.
    – Sí, como en los últimos diez años, ¿no? La señora Burchett me ha contado que esto era un desastre.
    – Parece que la señora Burchett te ha contado muchas cosas.
    – Me ha contado lo mal que estaban todos, lo irresponsables que fueron Franz y Jean Paul. Y ahora tú te quieres marchar y dejarme a mí con…
    – No dejaré mis obligaciones como gobernante. No voy a nacerte responsable de nada.
    – ¿Y Henry?
    – Es tu sobrino.
    – Y tu heredero.
    – No es mi heredero, es el heredero del trono de Broitenburg. ¿No sabes nada sobre las monarquías?
    – Sé lo necesario. Sé que tienes una responsabilidad para con este país y que te vas a tu casa para jugar a los ingenieros.
    – Mira, yo nunca he querido…
    – ¿Qué, responsabilidad, compromiso? La señora Burchett me ha dicho que nunca has querido saber nada de eso. Me ha hablado de tu madre…
    – ¿Qué demonios sabes tú de mi madre? -la interrumpió Marc.
    – Que murió cuanto tú tenías doce años y que fue entonces cuando tu padre empezó a beber hasta matarse. Y que tú culpas a la familia de Jean Paul, a la familia real, por destrozar tu infancia.
    – No me lo puedo creer… -murmuró él, atónito.
    ¿Cómo se atrevía la señora Burchett a contarle esas cosas? Debería entrar en palacio y despedirla de inmediato.
    Pero… sólo estaba diciendo lo que decían las revistas. Le gustase o no, era de dominio público.
    Tammy se mordió los labios. Por la expresión de Marc, se daba cuenta de que había hablado de más.
    – Sé que todo eso no es asunto mío, pero sólo llevo aquí unas horas y ya he visto que el servicio está desesperado. Ellos quieren que te quedes, Marc. Supongo que intuían que ibas a marcharte… Y siento lo que he dicho, sé que no debería habértelo recordado, pero…
    – Esto no tiene nada que ver con los cotilleos. No tiene nada que ver con el pasado. No soy un príncipe, soy un ingeniero.
    Tammy se lo pensó un momento. No ya por ella, sino por Henry. Henry lo necesitaba a su lado, necesitaba una figura masculina que le enseñase cuáles serían sus obligaciones.
    – Eres el jefe de Estado.
    – El jefe de Estado en realidad es Henry.
    – Ya, claro -sonrió ella, acariciando la cabecita del niño-. ¿Quieres que firme algún papel? ¿Quieres que redacte alguna ley?
    – Ya te he dicho que estaré sólo a diez kilómetros de aquí. Puedo venir en menos de media hora si me necesitas.
    – Tu sitio está aquí.
    – No, tu sitio está aquí.
    – Tú me has traído y no pienso dejar que te escabullas.
    – No tengo intención de escabullirme…
    – ¿Marc?
    No se habían dado cuenta, pero Ingrid estaba en las escaleras, observando la discusión con cara de sorpresa. Con un cárdigan de cachemir y una faldita de tweed beige, sin un pelo fuera de su sitio, estaba preciosa.
    – Buenos días, Ingrid.
    – ¿Qué haces ahí? ¿Descalzo?
    Marc no sabía qué la ofendía más, verlo hablando con Tammy o que estuviera descalzo.
    – Jugando con la grava -sonrió por fin-. Pero no te lo aconsejo. Los pies de Tammy deben ser de cuero.
    – Pensé que desayunaríamos juntos.
    – *Y yo pensé que ibas a desayunar en la cama.
    – Yo nunca desayuno en la cama. Los criados lo saben -replicó ella.96
    – ¿Ah, sí? ¿Y por qué lo saben?
    – Porque llevo aquí tres días.
    – ¿Y por qué llevas aquí tanto tiempo? -siguió preguntando.
    – Alguien tiene que controlar el palacio. Ahora es tu responsabilidad, Marc. No puedes dejar que lo controle el servicio.
    – Eso es lo que yo le estaba diciendo -intervino Tammy-. ¿Sabes que piensa volver a su casita en cuanto pueda?
    – ¿Cómo dices? -replicó Ingrid, mirándola como se mira a un gusano.
    – Piensa dejarme aquí.
    – ¿Sola?
    – Con Henry. Intenta convencerlo, por favor -sonrió Tammy, volviéndose hacia Marc-. Pero si no quieres que empiece a buscar casa, será mejor que te lo pienses. Lo siento, Alteza, tengo que poner a esta otra Alteza en la cuna.
    Y luego pasó a su lado muy digna, con gesto de gran dama, descalza y todo.
    A pesar de su aparente confianza, Tammy estaba nerviosa. El palacio era una maravilla, el país era magnífico, pero ella no quería responsabilidades.
    ¿Debía aceptar su destino como responsable del heredero al trono?
    Seguramente sí, pensó, mirando al niño dormido en la cuna. Y, en realidad, la culpa no era de Marc, sino de su hermana.
    Muy bien. Podía cuidar de Henry, pero controlar un palacio y explicarle al niño cuál sería su futuro papel en Broitenburg era algo que no podía hacer sola.
    – ¿Quiere aprobar el menú del almuerzo, señorita Dexter? -le preguntó la señora Burchett.
    – ¿Yo?
    – No quiero molestar a Su Alteza.
    – ¿No puede hacerlo Ingrid?
    – Es usted la anfitriona, señorita Dexter. ¿Qué tal codornices estofadas como primer plato?
    – Yo creo que sería mejor un caldo de gallina -suspiró Tammy-. Porque así es como me siento ahora mismo. Como una gallina desplumada.
    La señora Burchett disimuló una risita.
    – ¿Lo dice en serio?
    – Bueno, un pollo tampoco estaría mal.
    Tammy no quería soportar las ironías de Ingrid otra vez, pero bajó al comedor cuando Dominic anunció que el almuerzo estaba servido.
    Sin embargo, ni Marc ni Ingrid aparecieron por allí.
    – Su Alteza y la señorita Ingrid comerán fuera de palacio -le dijo Dominic.
    «Mejor», pensó ella. Así podría conocer al mayordomo… e intentar hacerlo su aliado.
    Y funcionó. Para cuando terminó con el postre de fresas silvestres estaba casi segura de que podía contar con un amigo.
    De modo que, ¿dónde estaban Marc e Ingrid?98
    – Se han ido al cháteau de Su Alteza, en Renouys. Aunque nos gustaría que se quedase aquí, Su Alteza no disfruta en palacio.
    – ¿Podría convencerlo para que se quedara? -preguntó Tammy.
    – No lo sé. Pero si usted puede hacer algo…
    Sí, ya. ¿Qué podía hacer ella? Lo único que tenía claro era que si Marc se iba de palacio para hacer lo que le daba la gana, ella también podía hacerlo.
    De modo que bajó al jardín y buscó al jardinero jefe. Otto era mayor que Dominic y apenas hablaba su idioma, pero compartían el mismo amor por las plantas. Por lo visto, llevaba años intentando remodelar el jardín y el bosque que rodeaba el palacio, pero nadie le daba órdenes precisas. Cuando le mostró los planos de lo que quería hacer, Tammy se quedó boquiabierta.
    – Es asombroso -sonrió, admirando una avenida flanqueada por perales de Manchuria-. Una maravilla.
    – Si Su Alteza lo permitiera…
    – Claro que lo permitirá. Tiene que hacerlo.
    – ¿Qué es lo que debe permitir Su Alteza? -oyeron una voz tras ellos.
    Marc acababa de aparecer entre los árboles y parecía muy serio.
    Pero Tammy no pensaba dejarse intimidar.
    – ¿Has visto estos planos? Son increíbles.
    Pero el jardinero estaba guardando los papeles, nervioso.
    – Otto quiere hacer muchas cosas -insistió Tammy-. Y no sé por qué no se lo han permitido antes. Mira esta colina. La mayoría de los árboles sufrieron algún desperfecto después de una gran tormenta hace años… pero nadie le ha dado permiso para replantarlos y la erosión empieza a ser un problema. Sería un crimen dejar que el terreno se echara a perder.
    – ¿Un crimen?
    – Sí. Y no es un problema de dinero. Otto tiene semillas suficientes para plantar un bosque entero. Sólo tenemos que decirle que sí.
    – ¿Tenemos?
    Tammy se puso colorada.
    – Bueno, tú. Pero yo lo ayudaré, claro. En cuanto esté instalada del todo…
    – ¿Vas a quedarte en palacio?
    – Yo no. Tú te quedarás en palacio.
    – Esto parece una discusión de niños -replicó Marc, irritado-. Yo me quedo, tú te quedas…
    – Pues deja de portarte como un niño.
    – ¿Cómo dices?
    – Dejar tus responsabilidades en manos de una chica inexperta…
    – ¿Una chica inexperta? No creo que lo fueras ni cuando tenías tres años -la interrumpió él-. ¿Qué te parece, Otto? Fantastique, eh
    – Oui -contestó el jardinero-. Et belle, tres belle.
    – Eso es verdad. Desde luego que sí-sonrió Marc.
    – Sí, guapísima. Despeinada, con los vaqueros manchados de hierba… Estáis locos.
    – Yo no lo creo. Por cierto, he venido para informarte de que la señora Burchett está haciendo un soufflé, así que no podemos llegar tarde a cenar. También me ha dicho que pensaba servir codornices para el almuerzo, pero la señora le pidió pollo.
    – Yo no… bueno, sí, pero…
    – Planeando arreglos en el jardín, cambiando el menú… te sentirás como en casa antes de que te des cuenta. Y entonces yo podré vivir mi propia vida -sonrió Marc.
    Ah, genial.

Capítulo 8

    INGRID no estaba allí. Tammy entró en el salón y se encontró a solas con Marc, que la esperaba frente a la chimenea con una sonrisa en los labios.
    – ¿Qué? Quiero decir, buenas noches, Alteza.
    – Buenas noches, señorita -dijo él, inclinando la cabeza.
    En otro hombre hubiera resultado irónico, pero en él resultaba tan normal como que le besara la mano. Lo cual no era nada normal para ella… Nunca le habían besado la mano.
    ¿Y cuántos hombres conseguían ponerla nerviosa con una simple sonrisa?
    – ¿Dónde está Ingrid?
    – Ha tenido que volver a su casa urgentemente.
    – ¿A tu casa?
    – A la suya.
    – De modo que la señora Burchett tenía razón-la has dejado.
    – No.
    – ¿Entonces volverá?
    – No sé por qué te preocupa tanto.
    – Es por el vestido -contestó Tammy, pasando la mano por la falda del vestido azul que había sacado del armario-. Si a partir de ahora vamos a cenar solos, puedo bajar en vaqueros.
    – Ah, muchas gracias. Merci du compliment.
    – De nada.
    – Pensé que las mujeres se vestían para agradar a los hombres.
    – Sólo si intentan atraerlos. Y yo no lo estoy intentando.
    ¿Sería eso cierto? ¿Estaba intentando atraerlo? No… o no mucho. O no estaba dispuesta a admitirlo.
    – Las mujeres se visten para impresionar a otras mujeres. Mi madre y mi hermana podían diseccionar el atuendo de una mujer a quinientos metros.
    – ¿Y a ti no te hacía gracia?
    – Ninguna. ¿Podemos ir a probar el soufflé?
    – ¿Por qué no te gustan las codornices?
    – No me han gustado nunca.
    – ¿Y si a mí me gustan?
    – Si yo soy la encargada del menú, nunca comerás codorniz.
    – Eres muy dura.
    – Lo soy -sonrió Tammy. En realidad, se sentía feliz por la ausencia de Ingrid. Y no quería preguntarse por qué.
    Fue una cena fabulosa. Podrían servirle pollo todas las noches si querían. Lo preparaban con unas hierbas especiales y era muy jugoso, una joya. Y el soufflé de salmón, para morirse. También fue delicioso el postre, una tarta de frambuesas que se deshacía en la boca.
    Nunca había comido tan bien. Y si seguía comiendo así tendría que desabrocharse algún botón del vestido.
    – ¿Qué? -preguntó Marc al ver que lo miraba.
    El comedor era enorme, espléndido. Techos altos, candelabros de cristal, cortinas de brocado, una enorme chimenea, velas, cuadros de ancestros del principado colgando en las paredes…
    Cualquiera se sentiría intimidado, pensó Tammy. Pero al mirar a Marc se dio cuenta de que era él quien la intimidaba en realidad. No el comedor, sino Marc. Específicamente cuando sonreía.
    – Estaba preguntándome qué habrá sido de las pobres codornices que la señora Burchett pensaba servir en el almuerzo.
    – ¿Por qué?
    – Porque me caen bien las codornices. Lo que pasa es que no me gusta comérmelas. Me gusta verlas volar. De pequeña cuidé de una que se había roto una pata.
    – ¿Y no piensas comerte a ninguno de sus parientes?
    – No pasa nada por tomar pollo en lugar de codorniz. Pero si ya las habían matado, es absurdo tirarlas a la basura.
    – ¿Las quieres para el desayuno?
    – No, mejor no.
    – Pues entonces tendrás que cenarlas mañana tú sola. O dejar que las coma el servicio -sonrió Marc, levantándose y apartando su silla.
    Por supuesto, ella no necesitaba que nadie apartara su silla, pero la sensación no era desagradable. Sobre todo, porque así lo rozó y, al hacerlo, experimentó una sensación nueva, un cosquilleo sorprendente.
    ¿Qué le pasaba? ¿Por qué actuaba como una niña pequeña?
    – ¿Tendré que cenar yo sola? ¿Tú no estarás aquí?
    – Me voy a casa. Ya te dije que no quería quedarme en el palacio.
    – Pero vives aquí.
    – No, tú vives aquí. Tomaste esa decisión al venir con Henry a Broitenburg.
    – Pues entonces me has traído engañada.
    – Si hubieras decidido no venir, yo tendría que vivir aquí.
    – ¿Y qué ha cambiado?
    – Tú -contestó Marc-. Y yo.
    – No sé a qué te refieres.
    – Tú misma has dicho que la situación era imposible.
    – Yo necesito mi propio espacio -murmuró Tammy, tragando saliva. Y lo necesitaba justo en aquel momento porque Marc estaba muy cerca, demasiado cerca.
    – Yo también.
    – Pero este palacio es suficientemente grande para los dos. Si aceptas que yo convierta una parte del palacio en mi apartamento…
    – No es necesario, Tammy. Yo odio este sitio.
    – ¿De modo que dejas toda la responsabilidad en mis manos?
    – No es mi responsabilidad vivir aquí.
    – Tampoco mía.
    – Tú elegiste venir a Broitenburg.
    – Elegí cuidar de Henry, no de todo el palacio. Ni del reino.
    – Principado -la corrigió Marc.
    – Por favor… yo intento buscar sentido a todo esto y tú me discutes la semántica.
    – No discuto nada. Me voy.
    – Pero no sabía que te fueras tan pronto -protestó ella-. No puedo quedarme sola aquí, Marc. Aún no estoy acostumbrada a Henry.
    – Da igual. Dominic y Madge te ayudarán.
    – ¿Por qué no te quedas un poco más?
    – Tengo que irme.
    – ¿Por qué? -exclamó Tammy-. ¿Por qué tienes que irte? ¿Por qué sales corriendo? Por favor… es como si hubiera fantasmas en el palacio.
    – No seas ridícula. Los fantasmas no me dan miedo.
    – Entonces, ¿qué te da miedo?
    – Nada -contestó él-. Tengo mis propias responsabilidades en casa.
    – ¿Y no puedes solucionarlo desde aquí? No me lo creo.
    – Lo creas o no, así es.
    – Antes de salir de Australia, no dijiste que te irías de palacio. Me hiciste creer que cuidaríamos juntos de Henry. Y ahora me dices que te vas mañana… tiene que haber una razón. ¿Por qué te vas?
    ¿Por qué?
    Sus palabras quedaron colgadas en el aire.
    Marc la miró, perplejo, y ella le devolvió la mirada con los ojos llenos de furia. Tenía las mejillas coloradas y su pecho subía y bajaba, agitado. Era…
    Era demasiado.
    ¿Por qué?
    Marc sabía por qué y no podía soportarlo ni un minuto más.
    Había jurado no hacerlo. La primera vez fue un error. Nunca debió tocarla. Pero ella parecía tan vulnerable, tan dulce, tan… Tammy.
    Pero, ¿cómo no iba a hacerlo? Ella lo estaba mirando, estaban tan cerca…
    Marc no entendía nada, pero tenía que hacerlo.
    Por supuesto.
    Y, de nuevo, la besó.
    Después no podía creerlo. Era lo último que deseaba hacer… o más bien lo último que debía hacer.
    La había besado en Australia como para sellar una promesa, pero aquello… no era una afirmación de nada. Era la atracción entre un hombre y una mujer. La deseaba como no había deseado a nadie.
    El sentido común no tenía nada que ver. La lógica se había ido por la ventana. La abrazaba con una pasión desconocida para él.
    La necesitaba. Estaba en su casa, en su corazón, en su vida.
    La apretaba con ansiedad, como si no quisiera soltarla nunca, y ella levantaba la cara, quizá tan desesperada como él.
    Estaba respondiendo, le devolvía el beso. Abría la boca para recibirlo, buscando algo que Marc pensaba necesitar sólo él.
    Aquella mujer se había metido en su corazón, pensó, incrédulo. Era su otra mitad. Cuando sonreía, su sonrisa se le metía dentro. Era una mujer salvaje, libre, especial. Sin maquillaje, sin falsedad…
    Pero cuando abrazaba a su sobrino había una ternura en ella que le partía el corazón.
    ¿Cuándo había empezado aquello, en Sidney? ¿Cuando la vio subida al árbol?
    Ella debería apartarse, pensó. Debería darle una bofetada como hizo en Sidney. Pero su cuerpo se plegaba contra el suyo con una suavidad que lo volvía loco.
    Lo encendía, lo enardecía. Marc deslizó las manos hasta sus pechos para acariciar su perfecta simetría, su perfección…
    Tammy.
    ¿Había dicho el nombre en voz alta? No lo sabía. Lo único que sabía era que se estaba derritiendo, que sentía un deseo que apenas podía reconocer.
    Él no era así, él era una persona que controlaba sus sentimientos… Pero en ese momento Tammy metió la mano por debajo de la camisa para acariciar su espalda.
    ¡Tammy lo deseaba tanto como él!
    No podía parar. Llevaba todo el día controlándose, diciéndose a sí mismo que debía marcharse. Una noche más y desaparecería de palacio; a partir de entonces sólo tendría que verla en eventos oficiales.
    Pero, ¿cómo iba a marcharse? Ni siquiera podía apartarse de ella. Y Tammy era tan apasionada… como si también lo reconociera como su pareja.
    Era un pensamiento absurdo, ridículo, pero Marc no podía razonar. Los labios de Tammy le hacían perder la cabeza. El control fiero que había ejercido sobre sus pasiones durante todos aquellos años desaparecía sólo con tocarla.
    Era una mujer…
    ¡Y suya!
    Tardó unos segundos en oír los golpes en la puerta y, por un momento interminable, pensó que eran los latidos de su corazón. Pero por fin se dio cuenta.
    Marc se apartó y fue como si le quitaran algo de sí mismo, como si le arrancaran un miembro. Y cuando vio la confusión en los ojos de Tammy…
    – Yo…
    – Lo sé -murmuró ella, llevándose un dedo a los labios, como si no pudiera creerlo-. No… querías hacerlo.
    – No, yo…
    Seguían llamando a la puerta y cuando Marc abrió, encontró a la señora Burchett con Henry en brazos, llorando.
    – Lo siento, pero…
    El niño lloraba como un desesperado y en cuanto vio a Tammy alargó los bracitos hacia ella.
    – Se ha despertado y no deja de llorar -explicó la acongojada señora Burchett-. Durmió toda la tarde mientras usted estaba en el jardín y ahora… está frenético el pobre.
    – Démelo.
    A pesar de la confusión y el nerviosismo, a pesar de que su mundo estaba patas arriba, el corazón de Tammy se encogió. Era la primera vez que Henry la reconocía, que la buscaba con sus bracitos.
    – Ven aquí, cariño -murmuró-. Iba a subir ahora.
    – Quédate -dijo Marc-. Tenemos que hablar.
    – Tengo que atender a Henry.
    – Puedes atenderlo aquí.
    – Hablaremos por la mañana.
    – Por la mañana me habré ido -dijo él con firmeza.
    – ¿Te vas?
    – Ya te lo he dicho.
    – Pero… no nos había dicho nada, señor -intervino la señora Burchett.
    – Acabo de decidirlo -contestó Marc.
    Como Tammy, estaba confuso, tenía que pensar. Se estaba metiendo en algo que no conocía y con lo que temía enfrentarse.
    – Nos veremos en el desayuno -dijo por fin, pasando a su lado.
    Pero al hacerlo, el niño alargó los bracitos hacia él. Hacia él.
    Marc se quedó parado.
    Ninguno de los tres podía creerlo. Henry alargaba las manitas y miraba a su primo con los ojos brillantes. Durante el viaje en avión, cuando se durmió en sus brazos, seguramente decidió que podía confiar en aquel hombre.
    – Tengo que… -Marc quería irse, pero sus pies no se movían.
    Y Tammy tomó una decisión.
    – No -dijo, poniendo a Henry en sus brazos-. Si te vas por la mañana, esta noche lo cuidas tú. Él quiere estar contigo y yo me quiero ir a la cama. Señora Burchett, ¿puedo hablar con usted un momento? Buenas noches, Alteza.
    Y sin decir otra palabra, salió del comedor seguida de la gobernanta.
    Marc acunó al niño durante un rato y, cuando por fin empezó a tranquilizarse, llamó al timbre.
    Nadie contestó.
    – Vamos a buscar a la señora Burchett -dijo en voz baja.
    Pero no encontró a Madge por ninguna parte. La cocina estaba vacía. Siempre había criados en el palacio, pero no encontraba a ninguno. Marc llamó al timbre de nuevo y esperó.
    Nada.
    – No pueden haberse ido todos… ah, a lo mejor se acuestan temprano.
    Henry sonreía, contento, ajeno a sus preocupaciones.
    Cuando entró de nuevo en el comedor vio una nota sobre la mesa. Iba dirigida a Su Alteza Real, el príncipe regente.
    Era de Tammy, claro.
    Querido Marc,
    Acabo de comprobar que Henry te necesita a ti que a mí, de modo que es una pena que te marches. Yo creo que lo mejor sería compartir el cuidado del niño. Esta noche tú cuidarás de Henry y mañana puede quedarse conmigo. La siguiente noche será tu turno. Sé que no es una solución perfecta, pero es la única que se me ocurre. Y es mejor que perderte del todo.
    Buena suerte,
    Tammy
    Luego había una posdata:
    Como se supone que soy yo la que manda en palacio, he ordenado a los criados que se vayan a dormir.
    Marc leyó la nota varias veces.
    ¿Cuidar de Henry un día sí y otro no? ¿Quién se creía que era?
    En realidad, le había prometido cuidar del niño… pero pensaba dejarlo en manos de la señora Burchett y una competente niñera, no cuidar A él personalmente.
    Sin embargo, lo tenía en brazos y parecía encantado. Tammy tenía razón: Henry había elegido a los dos adultos que iban a cuidarlo y él era uno de ellos.
    Y parecía feliz.
    Pero él no. Sentía como si se ahogara. Familia, lazos, responsabilidades… todo lo que había intentado evitar.
    El amor.
    – Puedo cuidar de ti hasta el desayuno, pero nada más.
    Henry intentó meterle la oreja del osito en la boca y Marc tuvo que sonreír.
    – No, gracias. Ya he cenado. Y tienes que irte a la cama.
    Henry no parecía muy convencido y empezó a protestar.
    – ¿Qué te pasa? A ver… a lo mejor hay que cambiarte el pañal.
    Pero eso significaba subir a la habitación de Tammy, que era la habitación contigua a la del niño. Si seguía despierta… y si no, peor para ella.
    – ¿Quién se cree que es, intentando dirigir mi vida? Éste es su trabajo, no el mío.
    No estaba allí.
    Marc subió a Henry a la habitación y miró hacia la cama de Tammy. Esperaba ver un bulto bajo el edredón, pero no había nada.
    La cama estaba hecha y… Marc no pudo evitar mirar en el armario. Su ropa seguía allí también, de modo que no se había marchado del palacio.
    Entonces, ¿dónde estaba?
    – ¿Tammy?
    No hubo respuesta. Frustrado, llamó al timbre y el eco resonó por los pasillos del palacio. ¿Qué decía en su nota? Que había mandado a los criados a la cama.
    ¿Dónde se habría metido? Allí estaba él, con Henry en brazos, sin saber qué hacer. Seguramente estaría escondida en la cocina o en cualquiera de las innumerables habitaciones del palacio. O en el jardín, subida a un árbol.
    Sola.
    Henry empezó a protestar, de modo que resolver aquella crisis él solo.
    – Estas cosas no deberían pasarme a mí muró-. Debería bajar al ala del servicio y a alguien. Yo no sé cambiar pañales.
    Pero seguramente eso era lo que ella Marc cerró los ojos y cuando los abrió Henry lo estaba mirando.
    – Puedo cambiar pañales. Puedo cuidar de un niño -le dijo.
    Pero cuando dejó a Henry sobre la cama se dio cuenta de que estaba haciendo algo más que cumplir con una obligación. No sólo hacía aquello parque era su responsabilidad.
    Se estaba encariñando. Empezaba a querer a aquel niño que lo miraba con los ojos brillantes,
    La idea hizo que le diera un vuelco el corazón-
    Cambió el pañal como pudo, volvió a tomar a Henry en brazos y se dirigió a su habitación.
    Y se sentó en la cama, preguntándose dónde demonios estaría Tammy.

Capítulo 9

    FUE UNA noche muy larga. Marc habría tenido que buscar mucho si hubiera querido encontrar a Tammy porque ella decidió dormir donde más le apetecía: en una tienda de campaña en el jardín.
    Mientras Marc se peleaba con los pañales, ella dormía mirando las estrellas, que eran totalmente diferentes a las de Australia. En las Antípodas todo era diferente.
    Pero estar boca abajo tenía sentido en su situación. Todo en su vida estaba boca abajo.
    ¿Por qué había hecho aquello? ¿Qué esperaba?
    Cuidar de Henry al lado de Marc, seguramente. Pero sabía que era mucho más que eso. Quería que Marc quisiera al niño. Quería que Marc… ¿se comprometiera?
    Quería que se comprometiera con Henry, se dijo a sí misma. Pero sentía un vacío en el corazón que no podría explicar.
    ¿Por qué la había besado?
    «¿Qué ha cambiado?», le preguntó. «Tú y yo», fue su respuesta.
    – No tiene sentido -murmuró Tammy, que acostumbraba a hablar consigo misma.
    Aquel hombre era un mujeriego; todo el mundo se lo decía. ¿La había besado? ¿Y qué? Seguramente besaba a todas las mujeres del principado. Tenía suerte de no haber llegado más lejos.
    – ¿Suerte? Sí, suerte -murmuró-. Pero si él quisiera ir más lejos… Estás loca, Tammy. Acaba de dejar a Ingrid… de hecho, no sabes si la ha dejado. ¿Quieres caer en sus brazos entre unas y otras?
    – No me importaría -se contestó a sí misma-. ¡Tamsin Dexter!
    ¿Qué le estaba pasando? ¿Por qué fantaseaba con un hombre que nunca podría ser suyo? Quizá necesitaba un novio. Sí, seguramente era eso.
    ¿Y qué tal le iría a «su fantasía» con Henry?
    – No es asunto tuyo -se dijo-. Vete a dormir… Pero podría subir de puntillas. Sí, claro, y arriesgarme a que me pille. Eso sería un desastre porque los criados están en la cama y estaría a solas con Su Alteza, el príncipe regente…
    – No, no es buena idea -se dijo a sí misma, cerrando la cremallera del saco de dormir-. De hecho, es una idea malísima.
    Entonces, ¿por qué quería hacerlo? ¿Por qué no dejaba de pensar en ello?
    ¿Dónde estaba?
    Henry no tenía ganas de dormir, sino de jugar con su osito, así que Marc encendió el ordenador portátil y empezó a trabajar en el diseño de un programa de irrigación. Pero no pudo trabajar mucho, porque Henry enseguida se aburrió del osito y quería cosas nuevas. Había cambiado mucho en menos de una semana, cuando su única distracción era una ventana.
    Henry había encontrado juguetes nuevos: los adultos, y quería jugar con ellos a todas horas. Un osito parecía muy aburrido al lado de un ordenador y, antes de que Marc se diera cuenta, su diseño parecía el trabajo de una araña borracha.
    – ¿Cómo vamos a colocar las cañerías así? -le preguntó a su primo.
    Riendo, Henry puso el puñito en el teclado y envió un montón de canales de agua hacia arriba.
    – Ah, genial. ¿Te das cuenta de que estás enviando el agua de un área seca a otra donde hay mucha lluvia?
    Henry pensó que era una gran idea.
    – ¿Dónde está tu tía?
    El niño no lo sabía y le daba igual. Pero a Marc no.
    – Ha venido a Broitenburg para cuidar de ti. Ésa es su misión.
    Sin comentarios.
    – ¿Dónde demonios estará? -murmuró Marc, mirando el reloj. Eran las dos y media de la madrugada.
    – Espero que vuelva por la mañana. Tiene que estar de regreso por la mañana.
    Pero no la quería allí por la mañana. ¡La quería allí de inmediato!
    Tammy se despertó al amanecer. No quería que la encontrasen los jardineros, de modo que dos minutos después de despertarse guardó la tienda y volvió al palacio.
    Los criados debían estar dormidos todavía. Les había ordenado que no se levantaran hasta las siete.
    Quizá a Marc le apetecería una taza de té. Pero si había estado despierto toda la noche con Henry…
    Tammy entró en la cocina, se hizo un té y una tostada y siguió pensándolo.
    Pero la tentación era irresistible.
    – ¿Qué hombre no querría un té al amanecer? Se lo merece, ha trabajado mucho.
    De modo que hizo tostadas con mermelada, colocó tazas y platos en una bandeja y subió a la habitación.
    ¿Qué estaba haciendo?, se preguntó.
    No tenía ni idea.
    Nadie contestó cuando Tammy llamó a la puerta. Y cuando abrió, los vio en la cama: un príncipe grande y otro mucho más pequeño, profundamente dormidos.
    Marc debía estar trabajando cuando se quedó dormido porque tenía el ordenador portátil a su lado y seguía encendido. Y el niño dormía con la carita sobre su pecho.
    Desnudo de cintura para arriba, Marc tenía en la mano el osito de peluche. Y Henry… el niño dormía plácidamente, como si el príncipe regente fuera su cuna favorita.
    Tammy se quedó observando la escena durante un rato. Y se le hizo un nudo en la garganta. No sabía qué le estaba pasando, pero ver a Marc con Henry…
    Ella no quería una relación, pensó. No estaba interesada en los hombres. Debería marcharse de allí. Pero no podía moverse, no podía apartar la mirada de la cama.
    Marc era tan… grande. Su torso era fuerte, con los pectorales marcados. Y el delicado osito acentuaba su masculinidad.
    El hombre y el niño. Como debía ser.
    Y en ese momento se dio cuenta de algo: aquél era el sitio de Marc, el sitio de Henry… pero no el suyo.
    Ella era la extraña. Había recorrido la mitad del mundo para proteger a su sobrino, pero no era necesario. Si aquel hombre pudiera protegerlo, si pudiera amarlo…
    Los ojos de Tammy se llenaron de lágrimas.
    Se volvió, pero no había llegado a la puerta cuando Marc abrió los ojos.
    – No te vayas.
    – Yo…
    Marc saltó de la cama antes de que ella pudiera salir de la habitación. Sólo llevaba unos calzoncillos… y era demasiado grande. Demasiado masculino. Demasiado todo.
    Y, de nuevo, le entraron ganas de llorar.
    – ¿El desayuno? ¿Me has traído el desayuno?
    – Pensé que…
    – Pensaste que debías hacer algo para compensar que anoche me dejaste solo con Henry. Eres muy amable.
    – No estoy siendo amable. Sólo he venido para ver cómo estaba Henry.
    – Está bien -dijo Marc-. ¿Lágrimas, Tammy?
    – No. ¿Por qué iba a llorar?
    – No lo sé.
    – No estoy llorando.
    – ¿Qué te pasa? -insistió él.
    – Nada, ya te he dicho que he subido para ver cómo estaba mi sobrino.
    – Sólo ha dormido un par de horas, así que no creo que se despierte en mucho rato.
    – ¿No se durmió hasta tan tarde?
    – Se durmió «temprano» en realidad -rió Marc-. Casi estaba amaneciendo… Pero Tam, yo no soy una niñera.
    – Lo siento.
    El uso de aquel diminutivo la puso aún más nerviosa.
    En Australia pensó que Marc no sabría ocuparse de Henry, que lo dejaría al cuidado de las niñeras, pero se daba cuenta de que no era así. Marc necesitaba al niño tanto como el niño a él. Tammy se había enamorado de Henry a primera vista, pero quererlo significaba querer lo mejor para él.
    Y si eso significaba dejarlo…
    Marc estaba esperando. ¿Qué le había dicho, que lo sentía? Pues no era así.
    – En realidad, no lo siento -se corrigió a sí misma-. No lo siento. Dormir pocas horas es algo muy normal cuando uno cuida de un niño. Esta noche me toca a mí.
    – Llévatelo ahora -sonrió Marc-. Yo lo he cuidado toda la noche, ahora te toca a ti.
    Tammy negó con la cabeza.
    – No.
    – ¿Cómo que no?
    – Cada turno dura veinticuatro horas. Tú cuidas de Henry durante veinticuatro horas y yo haré lo mismo.
    – Pero…
    – ¿Pero qué?
    Marc se pasó una mano por el pelo.
    – Le diré a la señora Burchett que se encargue de él.
    – Claro, al fin y al cabo eres un príncipe -replicó Tammy, irónica-. Los criados se responsabilizarán de todo, ¿no?
    – Henry no es mi responsabilidad, Tammy.
    – ¿Y de quién es entonces?
    – Tuya.
    – No. Yo he venido a Broitenburg para asegurarme que está bien cuidado, pero no soy su niñera. Así que toma tu desayuno, mi trabajo aquí ya está hecho.
    – ¿Qué quieres decir? ¿Cómo que ya has hecho tu trabajo?
    – Deja a Henry con la señora Burchett si te parece. Pero debes saber que el niño quiere estar contigo.
    – Tammy…
    – Me voy a curar algún árbol. Ése es mi trabajo -lo interrumpió ella-. Tú tienes tu trabajo y yo tengo el mío. Por cierto, ése parece un interesante sistema de riego -añadió, señalando el ordenador-. Puede que no se me dé bien la geografía, pero el agua parece estar subiendo por la montaña. ¡Menudo ingeniero!
    Y antes de que Marc pudiera decir nada, Tammy salió de la habitación, dejándolo perplejo.
    Marc tomó el té y las tostadas mientras observaba a Tammy por la ventana adentrándose en el bosque. Llevaba en la mano lo que desde arriba parecía una sierra eléctrica. Era una máquina demasiado grande para una chica tan delgada, pensó. Entonces se imaginó a Ingrid con una sierra eléctrica y le dio la risa. La imagen era inverosímil.
    Tammy caminaba contenta, feliz. No parecía alguien que acaba de abandonar a un niño. De verdad parecía decidida a no volver a pensar en Henry.
    Él no estaba acostumbrado a que las mujeres lo trataran así. Mujeres con sierras eléctricas, además. Mujeres que lo dejaban solo con niños de diez meses.
    Mujeres que le hacían sonreír.
    No estaba acostumbrado a mujeres como Tammy.
    A lo mejor no había mujeres como Tammy…
    Quizá podría bajar para ver qué estaba haciendo. No, él se iba a casa.
    ¿O no?
    A su lado, Henry dormía como un bendito. Y era lógico. Por primera vez en su vida era tratado con amor… Cuando Marc tocó la manita del niño se le hizo un nudo en la garganta.
    Pero tenía que marcharse, tenía que volver a su casa.
    Podría llamar a la señora Burchett. Henry estaría de maravilla con Madge.
    Pero Henry no era familia de Madge, era su familia. Y el niño parecía feliz estando con él.
    ¡Pero Marc no quería eso!
    ¿Qué quería? A Tammy.
    Aquello era una locura.
    Debería meterse en la cama, se dijo. Sólo había dormido dos horas y no había razón para levantarse tan temprano.
    Pero Tammy estaba en el bosque, jugando con una sierra eléctrica…
    No pensaba acercarse a ella. Se iría a casa.
    Pero cuando miró la manita de Henry rozando la suya supo que no iba a hacerlo; no podía hacerlo. Y tampoco iba a bajar para hablar con Tammy. Era un hombre y tenía su orgullo. Y si ella pensaba…
    Ella no pensaba nada, no quería saber nada de él, no se vestía para agradarlo, nunca se maquillaba…
    ¿Se habría dado cuenta de que era un hombre?
    Claro que se había dado cuenta. Si no fuera así, no le habría devuelto el beso como lo hizo. Y el recuerdo de ese beso lo hacía desear ponerse la almohada sobre la cabeza. Él no había sentido eso jamás.
    Cuidaría de Henry, le daría de comer y después hablaría con Tammy. Tenían que llegar a un acuerdo de una vez por todas. Debía aceptar que su trabajo consistía en cuidar del niño de forma permanente.
    Y él tenía que salir de allí antes de que se volviera loco.
    El día le estaba pareciendo largísimo. Más de una vez Marc miró por la ventana para ver si veía aparecer a Tammy, pero no la vio. Y más de una vez miró el timbre para llamar a la señora Burchett, pero tampoco lo hizo. Quizá porque le gustaban las risas de Henry o quizá porque tenía miedo al desprecio de Tammy si volvía y encontraba a Henry con la gobernanta.
    Pero no era sólo ella, reconoció. No quería que Henry sufriera. El niño se le había metido en el corazón y no sabía qué hacer con ese sentimiento.
    Cuidaría de Henry durante el día, pero por la noche se lo daría a Tammy y escaparía de allí. De inmediato. Si a él le resultaba difícil dejar al niño con lo criados, a ella le resultaría imposible.
    De modo que se quedaría hasta la hora de la cena y después… adiós.
    Era un día interminable.
    Tammy no volvió a palacio para comer. Según la señora Burchett, se había llevado con ella unos bocadillos. Y el deseo de bajar con Henry al jardín para ver lo que estaba haciendo era abrumador
    Al niño le encantaba el jardín y, asombrado, Marc se descubrió a sí mismo hablando con él, como si pudiera entenderlo.
    – Esto es lo que heredarás algún día. Será tu alegría y tu responsabilidad.
    Y había alegría en el palacio. A él siempre le había parecido opresivo, pero en aquel momento era diferente. El lago, los jardines, el estanque, las flores, todo le parecía diferente. Seguramente lo estaba mirando con los ojos de Tammy.
    Tammy haría maravillas con aquel sitio.
    – Tu tía está allí… -dijo, señalando con la mano.
    Pero se detuvo, no siguió adelante. En lugar de ir a verla, Marc volvió a palacio. Un par de cuentos, una buena cena y Henry se quedó dormido como un angelito.
    Por fin. Quizá entonces podría marcharse.
    Eran las cinco de la tarde y el niño estaba dormido. El turno de Tammy empezaba esa noche y sería un milagro que Henry despertara antes de las ocho. La señora Burchett se encargaría de él si ocurriera algo, de modo que podía marcharse…
    Pero su ordenador seguía encendido y le resultó más fácil sentarse frente a la pantalla para hacer un plan de irrigación… con tuberías que no subieran por la montaña, y echar un vistazo a Henry de vez en cuando. Después de todo, si despertaba y se veía solo…
    O podía mirarlo y pensar en Tammy.
    – La cena estará lista dentro de diez minutos, señor -le avisó Dominic-. La señorita Dexter está esperando en el salón y he encendido la chimenea.
    Sonaba de maravilla. Además, marcharse en aquel momento sería una grosería. ¿No?
    Tammy iba en vaqueros.
    Marc iba vestido como solía vestir para cenar en palacio: con traje y corbata. Y, al verla, se sorprendió. Los vaqueros estaban limpios, naturalmente, pero le resultaba extraño.
    – No soy una princesa -dijo ella, levantando la barbilla.
    ¿Cómo sabía lo que estaba pensando?
    – No sé de qué hablas -replicó Marc.
    – Yo creo que sí -contestó Tammy-. No te has vuelto a dormir, ¿eh?
    – No.
    – Hay que dormir para poder cuidar de un niño.
    – Mira, Tammy…
    – ¿Cenamos?
    – ¡No! Este plan tuyo es absurdo.
    – ¿Qué es absurdo? Es el único plan posible en nuestras circunstancias.
    – Tú viniste aquí para cuidar de tu sobrino.
    – Ya te he dicho para lo que vine: para comprobar que estaba bien cuidado… y para saber si alguien lo quería. Tú lo quieres.
    – No lo quiero.
    – ¿Ah, no? -sonrió ella-. A lo mejor no… todavía. Pero te he visto con él, Marc. Y puede que no haya estado en palacio en todo el día, pero tengo espías.
    – No has podido dejar a Henry solo ni siquiera cuando estaba dormido. -Yo no…
    – ¿No lo quieres? Eso dices, pero no me lo creo -lo interrumpió Tammy-. Henry no es una mujer a la que puedas abandonar, Marc. No has querido a nadie desde que murió tu madre, pero Henry te curará de eso.
    Marc se quedó boquiabierto. -¿Cuándo te vas a meter en la cabeza que no quiero curarme de nada?
    – ¿No quieres que te quieran? -¡No!
    – ¿Y no crees que quieres a Henry? -¡No!
    – Mentiroso. Yo cuidé de mi hermana cuando era pequeña y luego me rompió el corazón. Si me dejas a cargo de Henry podría pasarme lo mismo… pero no voy a dejarte. Necesito ayuda y tú vas a ayudarme.
    Marc la fulminó con la mirada. -Tienes miedo.
    – Sí -asintió ella-. Tengo miedo, pero al menos lo reconozco.
    – Y me extorsionas.
    – Nadie te extorsiona más que tu propio corazón. Podrías haber dejado a Henry con la señora Burchett. ¿Por qué no lo has hecho? -Por tu culpa -contestó Marc. -¿Por mi culpa?
    – Eres la mujer más irritante que he conocido en mi vida. La más grosera, la que peor viste…
    – ¡Oye!
    – ¿Qué?
    – No visto tan mal. Visto como lo hago en mí casa… que no es ésta.
    – Sí lo es.
    – No.
    – ¿Crees que porque tienes acento australiano, vas en vaqueros y usas una sierra eléctrica…?
    – ¿No puedo ser parte de esta familia? Claro que no.
    – Pues te equivocas.
    – Si quieres una princesa, llama a Ingrid. Ella está deseando…
    – ¡No me interesa Ingrid! -exclamó Marc, tomándola por los hombros.
    Al otro lado de la puerta estaba Dominic, con la bandeja de la cena. Él era un mayordomo profesional, de modo que no quería poner la oreja en la puerta, pero tenía que esperar una pausa en la conversación… y su oreja estaba peligrosamente cerca.
    Tammy fulminó a Marc con la mirada. No había nada más que decir. Llevaban días dándole vueltas a la misma conversación.
    Se miraban a los ojos como dos púgiles, sin querer dar un paso atrás. Él seguía sujetando sus hombros y Tammy no se apartó.
    Pero la línea entre la rabia y el deseo empezó a hacerse brumosa. Después de todo, Marc era humano…
    Y, de nuevo, la estrechó entre sus brazos.

Capítulo 10

    LA LÍNEA entre el amor y el odio también era muy difusa. Si le hubieran preguntado aquella mañana qué sentía por Tammy, se habría reído, pero…
    Estaba tan fuera de control que no sabía lo que hacía y cuando la apretó contra sí, cuando buscó su boca, estaba furioso, cegado de rabia. Era rabia.
    Por supuesto que lo era. Quería castigarla. Quería hacerla ver lo imposible que era. Cómo lo volvía loco, cómo su cuerpo la reclamaba de una forma desconocida. Cuando sonreía, se le hacía un nudo dentro. Su olor, su proximidad… era como una encantadora criatura a la que no podía llegar. Y tan deseable.
    ¿Por qué no se apartaba? Debería darle una patada y salir corriendo.
    Quizá debería marcharse de Broitenburg. No había sitio allí para ella. Tammy era de otro mundo. Su primo debía quedarse en el palacio con los criados y él en su chateau…
    No. Nada estaba como debía estar. Nada ocurría como debiera. Su mundo estaba patas arriba y sólo podía pensar en Tammy, en su calor, en su pelo, en cómo sus pechos se apretaban contra su torso, en cómo la deseaba.
    ¡La deseaba!
    Aquella mujer estaba destrozando su vida. Era tan encantadora. Su boca se plegaba ante el ataque de sus labios y se agarraba a él…
    ¿Cómo podía responder? ¿Cómo podía sentir lo que él sentía? Allí estaba aquello de lo que siempre había querido escapar. Era su mujer, su otra mitad. Nunca había sabido que estaba incompleto y, sin embargo, se sentía como si le hubieran arrancado algo.
    No podía apartarse. Sólo podía abrazarla, besarla.
    Tammy…
    ¿Y Tammy?
    Como Marc, parecía incapaz de parar. ¿Cómo iba a hacerlo? Nunca había pensado que algo podría ser tan dulce y tan excitante a la vez.
    Marc no era el hombre de su vida, desde luego. Su sentido común se lo decía a gritos. Pero en aquel momento no quería saber nada del sentido común. No podía comparar lo que sentía en aquel momento con nada que hubiera sentido antes. Era como si fuera otra persona.
    Era como… como una consumación.
    Eso era. Una consumación. Fueran más lejos o no, era como si hubiera esperado a aquel hombre toda su vida.
    Pero Marc era un mujeriego. Eso era lo que su madre le había llamado. Y la señora Burchett estaba de acuerdo
    Se iría al día siguiente, decidió Tammy. Al día siguiente empezaba su yermo y solitario futuro.
    Pero aquella noche era suya. Para sentirlo, para desearlo, para besarlo, para amarlo.
    De modo que sus labios le dieron la bienvenida y sintió que se incendiaba.
    Marc…
    – ¿Marc?
    Había pronunciado su nombre sin darse cuenta y él se apartó para mirarla a los ojos. Tammy no estaba jugando. Las mujeres como Ingrid jugaban con los hombres, pero ella no. Seguramente no sabría cómo hacerlo.
    En sus ojos vio algo que no había visto antes.
    Estaba mirándolo con una ternura increíble, con…
    Y entonces lo supo. Si la tomaba en brazos y la subía a su habitación, se entregaría a él con toda su alma.
    Lo miraba como esperando… ¿un compromiso?
    No. Esperando lo que él quisiera darle, porque el compromiso ya estaba allí. Podía leerlo en sus ojos.
    Lo único que tenía que hacer era estrecharla en sus brazos y sería suya… durante el tiempo que quisiera.
    Pero ¿cómo podía hacerla suya y olvidarla después? Si la tomaba ahora, la tomaría para siempre. Y no podía hacer eso.
    El no sabía amar.
    O quizá sí.
    Pero no tenía derecho a aceptar el amor de Tammy. Era un hombre con defectos. Toda su familia era un defecto. El palacio, su título… todo era una pecera. Llevar a una mujer a ese mundo, una mujer tan inocente además, obligarla a quedarse…
    Y ella se ofrecía a sí misma, le ofrecía la devoción que su madre le dio a su padre.
    Una devoción que su padre destruyó.
    – No puedo.
    – ¿No puedes?
    – No puedo hacer esto, Tammy. No soy… yo no…
    ¿Qué estaba diciendo?
    – Marc, no te estoy pidiendo…
    – No me estás pidiendo nada -la interrumpió él-. Tú das y das y das. Pero no yo no quiero tomarlo. No pienso destruirte.
    – No sé a qué te refieres.
    – Eres maravillosa, Tammy -suspiró Marc-. Eres la mujer más bella que he visto en mi vida. Eres una delicia de persona y no quiero hacerte daño.
    – ¿Qué quieres decir?
    – El principado, la corte, las obligaciones…
    – Ya estoy metida hasta las cejas -lo interrumpió Tammy.
    – Pero tú… si yo quisiera…
    – Soy mayorcita, Alteza, y sé lo que quiero. Y te quiero a ti -dijo ella entonces.
    ¿Cómo iba a responder a eso? Sólo había una forma, le decía su cuerpo. Subir con ella a la habitación y… ¡No! No podía hacer eso. No estaba en sus cabales.
    – Tengo que… tengo que irme.
    – ¿Mañana?
    – No, ahora. Lo siento, Tammy. Tengo que irme.
    – Pero…
    – Lo siento mucho -insistió él, abriendo la puerta de un tirón. Al otro lado estaba el mayordomo, escuchando evidentemente, pero Marc no se dio cuenta-. Sirve la cena a la señorita Dexter. Hoy no ceno aquí, Dominic. Y cuida de Tammy por mí, ¿de acuerdo?
    Sin decir otra palabra, Marc subió las escaleras de dos en dos.
    ¿Cómo iba a comer después de eso?
    Tammy se sentía ridícula en aquella mesa enorme, sola. Dominic la servía en silencio, mirándola con cierta preocupación.
    Después del postre, oyeron el ruido de! coche desapareciendo por el camino.
    Tammy se puso tan pálida que Dominic tocó su brazo.
    – Gracias -murmuró ella-. Lo siento… no he comido mucho porque no tengo hambre. Pero dígale a la cocinera que la cena estaba deliciosa.
    – Entiendo, señorita.
    – ¿Cree que volverá? -preguntó Tammy.
    – Tendrá que animarlo un poco…
    – No le entiendo.
    – Se ha ido porque está asustado.
    – ¿De mí?
    – ¿Qué cree que pasaría si el príncipe Henry volviera a Australia?
    – Marc me dijo que la monarquía podría estar en peligro…
    – Eso no es cierto del todo. La corona pasaría al príncipe regente.
    – Pero él me dijo que si Henry no la heredaba, la dinastía moriría.
    – Sólo si el príncipe Marc se niega a aceptar la corona. Él odia a su familia y todo lo que representa, pero…
    El mayordomo dejó escapar un suspiro. Seguramente no debería contarle aquello, pero todos estaban encariñados con aquella chica australiana que cuidaba tan bien del pequeño Henry. Y la situación era desesperada.
    – El padre de Marc tuvo una aventura con la mujer de su tío… y las consecuencias fueron desastrosas. Su madre se suicidó.
    – Dios mío…
    – Luego esa chica de la que Marc estuvo enamorado… necesitaba el consentimiento de su tío para casarse, de modo que la trajo aquí. Franz, su primo mayor, se encaprichó de ella y… la joven decidió que ser princesa era más emocionante.
    – Oh, no.
    – Así fue, señorita Dexter. Pero aún hay más. Franz no deseaba casarse con ella y cuando quedó embarazada la abandonó. Murió de una sobredosis de droga y aún no se sabe si fue un suicidio o un accidente.
    – Yo no sabía…
    – La familia se convirtió en un veneno para el príncipe Marc. Y cuando Franz y Jean Paul murieron, él se vio obligado a aceptar la corona. La única forma de escapar era traer de vuelta al príncipe Henry.
    – De modo que me mintió.
    – En realidad, no. Si el príncipe Marc no aceptase la corona, nadie podría heredarla.
    – Pero si me llevo a Henry a casa…
    – ¿A Australia? Si lo hiciera, lo obligaría a aceptar. Siempre ha dicho que no aceptaría, pero es un hombre responsable y quiere mucho a su país. Lo que odia es este palacio.
    – No es el palacio, es la gente que vivía en él -suspiró Tammy-. Y esa gente ha muerto.
    – Sí, señorita, ¿pero cómo va a hacerle entender eso?
    – Usted lo quiere, ¿verdad?
    – Mucho, señorita Dexter. Siempre he trabajado para su familia. El príncipe Marc me trajo aquí cuando Jean Paul murió. Yo jugaba con él de pequeño, lloré con él la muerte de su madre y fui yo quien tuvo que decirle que su ex prometida había muerto… No quiero verlo sufrir de nuevo.
    – Entiendo, pero…
    – Creo que está enamorado de usted -la interrumpió Dominic-. Por eso le habló de esta forma.
    – ¿Enamorado de mí? -repitió Tammy, atónita.
    – Sí, señorita.
    – Pero si apenas me conoce.
    – La conoce. La conocemos todos. No era posible. ¿Marc enamorado de ella? -¿Por qué cree que se ha ido? -preguntó Dominic.
    Tammy lo pensó, pero lo único que veía era que debía marcharse… a Australia.
    – No puedo quedarme aquí.
    – Usted también lo quiere.
    – No. Sí. ¡No lo sé! No sé qué hacer. Estamos esperando un milagro y…
    – ¿Y?
    Ella dejó escapar un suspiro.
    – Y creo que sólo usted puede ayudarme -dijo finalmente.
    Aquella noche no durmió bien. Después de jugar hasta las tantas con Henry, el niño se quedó dormido, pero ella no podía pegar ojo. Estuvo paseando por la habitación, pensando, dándole vueltas al asunto…
    ¿Qué podía hacer?
    ¿Marcharse, llevarse a Henry? ¿Quedarse con Marc? ¿Verlo todos los días? ¿Esperar que Dominic tuviera razón?
    Pero no podía ser. ¿Cómo iba a amarla un hombre como Marc?
    Tammy no pudo pegar ojo en toda la noche.
    Al día siguiente, trabajó un poco en los jardines mientras Henry dormía la siesta, pero durante el resto del día jugó con él, habló con él e intentó no pensar en Marc.
    En su amor.
    Lo amaba. Lo veía con una claridad que la dejaba sorprendida. Se había enamorado de su sobrino y luego se enamoró de Marc.
    La situación era absurda. De ella dependía que Marc fuera el príncipe regente de Broitenburg o que lo tirase todo por la borda.
    Si volvía a Australia, Marc tendría que ser el príncipe, quisiera o no. Un príncipe solitario en aquel enorme palacio. Un hombre solo con sus sombras.
    Y también podía quedarse allí, mirándolo, deseándolo, soñando con él… con un hombre que no podría ser suyo.
    Y se volvería loca.
    Pero había una alternativa. Y Tammy sabía que era la decisión más importante de su vida.
    Eran las siete. Marc estaba frente a su escritorio en el cháteau de Renouys. Era una habitación magnífica, dentro de una casa magnífica. Su casa.
    No el palacio. El palacio de Broitenburg era la casa de Henry. Y la de Tammy. No era sitio para él. El ya había cumplido con su país llevando a Henry de vuelta a Broitenburg.
    Sin embargo, ¿por qué su casa, que siempre le había gustado tanto, le parecía fría y solitaria?
    Debería llamar a sus amigos. No a Ingrid. Otros amigos. Él tenía un estupendo círculo de amigos. Podría ir al teatro, cenar en el nuevo restaurante del que hablaba todo el mundo…
    Pero no le apetecía nada. Tenía trabajo, además. Encendió el ordenador y un diseño apareció en pantalla. Era el «diseño» que había hecho Henry. Marc sonrió. Le gustaba mucho jugar con su primo.
    Y seguiría jugando con él, pero cuando quisiera, no cuando Tammy lo ordenase. Entonces miró su reloj: las siete. ¡Ja! Según Tammy, él debería encargarse de Henry a partir de aquel momento.
    Ridículo.
    Tenía que trabajar, se dijo. Pero entonces oyó el ruido de un coche. No sería nada, pensó, algún envío, algún recado. El cháteau era una granja y siempre había gente yendo y viniendo.
    Pero entonces oyó voces… la de André, el capataz de la granja.
    – Por ahí, señorita. La primera puerta a la izquierda.
    Marc se quedó helado.
    Tammy.
    Tenía que hacerlo. Tenía que decirle lo que había ido a decir y luego se marcharía. Y no quería tener a Henry en brazos más tiempo del necesario para no ponerse a llorar.
    No podía creer que fuese capaz de hacerlo, que hubiera tomado aquella terrible decisión.
    Pero era lo mejor. Aquél no era su sitio. Era el sitio de Henry y de Marc.
    – Tammy.
    Marc estaba en el pasillo cuando Tammy entró en la casa.138
    Iba en vaqueros, como siempre. Y estaba tan guapa como siempre.
    – Es la hora -dijo ella, poniendo al niño en sus brazos. Henry, que parecía encantado de verlo, empezó a tirarle del pelo. Pero Marc sólo podía mirarla a ella.
    – ¿Qué estás haciendo?
    Tammy acababa de dejar en el suelo una bolsa con las cosas del niño y en su mirada había un dolor que no podía disimular.
    – Ya te dije que yo no era una niñera. Mi misión era comprobar que alguien cuidaría a Henry con cariño y ahora sé que lo harás.
    – Pero…
    – Henry te quiere tanto como a mí.
    – Pero yo no…
    – ¿No lo quieres? Claro que lo quieres -suspiró Tammy-. Eres capaz de amar, Marc, pero te da miedo reconocerlo. Yo puedo soportarlo, pero Henry no. El niño te necesita y tú lo necesitas a él. Seas príncipe regente o no…
    – ¿Porqué dices…?
    – Has salido corriendo, Marc. Yo también lo he hecho muchas veces, pero ha pasado algo… Lo que hay entre tú y yo me ha hecho ver que el mundo es lo que hagamos de él. Y me temo que me he enamorado de ti, Marc.
    – ¿Qué?
    – No, no debería haber dicho eso. No es justo decírtelo. Además, no espero nada de ti. He vivido muchos años sin amor y no me pasará nada por seguir así. Y a ti tampoco. Pero el importante es Henry. Es un niño especial y necesita un papá. Te necesita, Marc.
    – ¿Te vas? -preguntó él, intentando disimular la angustia que sentía-. ¿Lo dejas aquí hasta mañana?
    – Lo dejo aquí… hasta que me necesite -contestó Tammy.
    Después se dio la vuelta y bajó los escalones corriendo.
    Antes de que Marc pudiera ver sus lágrimas.
    Unas lágrimas de despedida.
    ¿Qué había dicho?
    «Me temo que me he enamorado de ti».
    Marc pensó que había oído mal. ¿Cómo podía amarlo? Si apenas se conocían.
    ¿No sabía que podría destruirla? Su familia contaminaba todo lo que tocaba.
    ¿Amaba él a Tammy?
    No, él no amaba a nadie.
    Pero tenía a Henry en brazos y lo que sentía por el niño hacía que tuviera que replantearse muchas cosas.
    ¿Replantearse el amor? Imposible.
    Mientras le daba la cena a Henry, intentó no pensar en la mirada dolorida de Tammy. ¿Cómo podían traer y llevar al niño de una casa a otra cada veinticuatro horas? Era absurdo.
    Quizá ella tenía razón. Quizá debería vivir en el palacio.140
    No. Eso era imposible. Él quería ser independiente, quería vivir en su casa.
    Y lo del amor…
    No quería ni pensar en ello. La había besado demasiadas veces.
    – Tu tía no se da cuenta de que esto es imposible -le dijo a Henry-. Ella debería cuidar de ti a diario y yo podría hacerlo durante los fines de semana. A veces.
    Pero incluso eso era demasiado. Cuanto más tiempo pasaba con Henry, más se le metía el niño en el corazón.
    Lo dejaría con los criados.
    No, no podía hacer eso.
    – Te llevaré a casa mañana e intentaré que Tammy entre en razón.
    Pero…
    ¿Ella lo quería?
    No era su imaginación, Tammy lo había dicho. Esas palabras se repetían en su cabeza una y otra vez. Pero no tenía sentido.
    El no sabía amar.
    Henry tiró su tostada sin querer y el anciano collie que dormía junto a la chimenea se levantó para merendársela de un bocado. El alarido indignado del niño casi levantó el techo.
    – No te preocupes, haremos más tostadas -intentó calmarlo Marc. Pero Henry seguía llorando a pleno pulmón-. Te haré todas las tostadas que quieras, ¿de acuerdo? Podrás comer todas las que quieras.
    Por fin, el niño dejó de llorar.
    – Muy bien, estoy enganchado contigo. Pero sólo por hoy. Después… ya veremos. Yo preferiría mantener las distancias.
    ¿Las distancias? Sin saberlo, lo estaba consiguiendo.
    Media hora después, cuando Henry se había comido dos tostadas y Marc se devanaba los sesos intentando encontrar la forma de dormirlo, Tammy tomaba un avión que la llevaría a Australia.
    – ¿Cómo que se ha ido?
    – Se marchó anoche, señor -contestó Dominic-. Imagino que ya casi habrá llegado a Sidney.
    – No puede ser.
    Eran las siete de la tarde. Tammy tenía que quedarse con el niño. Marc había ido a palacio dispuesto a convencerla de que una persona con sus responsabilidades de estado no podía hacerse cargo de un niño.
    – Lo siento, señor, pero se ha ido. Después de dejar al príncipe Henry con usted, fue directamente al aeropuerto.
    – ¿Tú sabías que se marchaba? -exclamó Marc.
    – Sí, señor.
    – ¿Y no me lo dijiste? ¿No me llamaste por teléfono?
    – La señorita nos pidió que no lo hiciéramos, señor. Y no vi la necesidad.
    – ¡Que no viste la necesidad!
    – No, señor.
    – Pero…
    No podía ser. Aquello no podía ser. Tammy en Australia, él solo con el niño…
    – ¿Quién va a cuidar de Henry ahora?
    – Creo que la señorita Dexter pensó que lo haría usted, señor.
    Marc lo miró, suspicaz.
    – ¡Estás compinchado con ella!
    – No sé a qué se refiere -replicó el mayordomo, impasible.
    – ¡Es un complot!
    – ¿Va a fusilarme al amanecer, señor?
    – Debería. ¿Qué demonios está pasando aquí, Dominic?
    – Creo que la señorita lo ha hecho con buena intención, señor. ¿Quiere que le lea su nota?
    – ¿Ha dejado una nota?
    – Sí, señor.
    – Dámela.
    La nota era muy simple, muy directa:
    Querido Marc,
    No debería haber venido a Broitenburg. Cuando me dijiste que mi hermana había muerto sólo pude pensar en Henry. Pensé que me necesitaba y, si quieres que sea sincera, yo lo necesitaba también. La soledad es así. Y no imaginé que a ti te importaría tanto, pero ahora te conozco mejor.
    Lo suficiente como para saber que cuidarás de Henry tan bien que no tendré que preocuparme.
    Sería mejor que nos tuviera a los dos, pero ir de un pariente a otro no podría funcionar. Porque así no te comprometerías nunca.
    Marc, sé que esto no es asunto mío, pero creo que has estado huyendo desde que murió tu madre. Te da miedo comprometerte con alguien, amar a alguien… pero te has enamorado de Henry.
    Vine aquí porque pensé que el niño estaría solo, pero cuando el avión aterrizó en Broitenburg supe que cuidarías de él y me di cuenta también de que lo necesitabas tanto como él a ti. Tienes que quitarte la coraza, Marc, y cuidar de Henry es la única forma de conseguirlo.
    Quizá soy ingenua, pero que me besaras… lo cambió todo. Eso significa que no puedo estar a tu lado. Amarte es absurdo.
    Es terrible, pero ésta es la única solución.
    Me voy a casa

Capítulo 11

    FUE EL mes más largo de su vida. Durante la primera semana, Marc se quedó en el cháteau de Renouys. Contrató una niñera que duró dos días… lo suficiente para que se diera cuenta de que no quería dejar a Henry en manos de una extraña.
    Intentó trabajar, pero cada vez que el niño lloraba… o estaba particularmente silencioso, tenía que levantarse para ver qué le pasaba.
    El rostro de Henry, duro e indiferente cuando estaba con la niñera, se iluminaba estando con él. Alargaba los bracitos y Marc estaba perdido.
    De modo que la niñera se fue y, después, empezaron a establecer una rutina diaria. Henry se despertaba temprano, jugaba durante un par de horas, dormía hasta media mañana, jugaba de nuevo, cenaba y dormía a partir de las siete.
    De modo que para Marc era relativamente fácil. Podía trabajar mientras el niño estaba dormido.
    No podía tener una vida social, pero curiosamente no le interesaba. La idea de salir y tomar copas no le interesaba en absoluto.
    Pero quedarse encerrado en casa el resto de su vida tampoco parecía lógico.
    Entonces, ¿qué era lo que quería?
    Tammy.
    Quería que volviese, quería volver a verla, quería que cuidase de Henry para volver a ser una persona normal.
    Pero… él ya no quería su antigua vida. Ingrid había llamado un par de veces y lo dejaba frío.
    De modo que trabajaba, jugaba con Henry y pensaba en Tammy.
    Tenía que volver.
    Pero no lo haría. De eso estaba seguro. Quizá si abandonaba al niño, volvería para llevárselo a Australia.
    – ¿Qué hacemos? -le preguntó a Henry una mañana.
    Como respuesta, Henry soltó una de sus risitas. Genial. Además, lo presionaban para que volviese al palacio…
    – Su sitio está aquí, señor -le dijo Dominic por teléfono-. Sabe que los ciudadanos de Broitenburg quieren que la familia viva en el palacio real. Usted es el jefe del estado y debería vivir aquí.
    – Henry es el jefe del estado, en realidad. Y a él no le gusta el palacio.
    – Usted es el príncipe regente, señor. Los ciudadanos lo quieren aquí… con una familia propia.
    – Estoy muy bien en mi casa, con Henry.
    – No me refería a eso.
    – Tú sabes que no tengo intención de casarme, Dominic. Ni de vivir en palacio… -Lo que usted diga, señor.
    Se estaba volviendo loco, pero debía reconocer que su nueva vida con Henry estaba llena de satisfacciones.
    Pasó una semana y otra… La prensa exigía una fotografía de ambos príncipes en los jardines de palacio. Marc lo retrasó todo lo que pudo, pero al final tuvo que acceder.
    De modo que estaban en los jardines del palacio real de Broitenburg. Henry sonreía a las cámaras y les ofrecía su osito como si llevara posando toda la vida.
    – ¿Podría dejarlo en la hierba? -preguntó un fotógrafo.
    Marc lo hizo y Henry intentó levantarse agarrándose a la pernera de su pantalón.
    – Podría ser su hijo -dijo alguien-. Se parecen mucho.
    – Es un niño estupendo -contestó Marc mirándolo.
    – Hemos oído que ha solicitado los papeles de adopción.
    – Así es -contestó Marc, orgulloso.
    – Ahora sólo necesitamos una madre… -intervino otro de los periodistas.
    Marc apretó los labios. Entonces Henry se soltó, miró hacia arriba como para comprobar que lo estaba mirando y dio su primer paso.
    Allí mismo, delante de todo el mundo, dio su primer pasito. Después se dejó caer sobre la hierba, satisfecho.
    ¡Menudo momento! Los fotógrafos se volvieron locos y Marc miraba al crío, estupefacto.
    Tammy debería haber estado allí para verlo. Que se lo hubiera perdido lo enfurecía. Aunque todo aquello era gracias a ella.
    Ella le dio a Henry. Se lo dio para que fuera feliz con el niño…
    Y él había sido un idiota.
    Tammy no quería marcharse. Lo hizo porque sabía que, algún día, se sentiría orgulloso de Henry. Que llegaría a un compromiso con él, que reconocería su amor por el niño.
    Era un regalo tan precioso, tan valioso. Hasta entonces Marc había jurado no amar a nadie… porque no sabía lo que era el amor.
    Tammy sí lo sabía porque había criado a su hermana. ¿Y qué manera más profunda de demostrar el amor que sentía por él que marcharse dejándole aquel regalo?
    Tammy…
    – ¿Tammy?
    – ¿Madre?
    Tammy llevaba un mes en Australia. Un mes interminable. Broitenburg había quedado al otro lado del mundo y ella estaba de vuelta bajo las estrellas, sus estrellas, en el campo… Y el sonido del móvil la sobresaltó.148
    – Tengo que hablar contigo -dijo Isobelle.
    – ¿Ocurre algo?
    – ¿Sabes lo que he tardado en conseguir tu número de teléfono?
    – Te di este número hace años y nunca lo has usado hasta ahora. Ni siquiera cuando murió Lara.
    – Lo perdí. Pero ahora…
    – ¿Ahora qué? -repitió Tammy con el corazón acelerado. ¿Le habría pasado algo a Henry? ¿A Marc?
    – ¿Has leído los periódicos?
    – ¿Qué periódicos?
    – Marc piensa adoptar a Henry.
    – ¿Qué?
    – Marc, el príncipe de Broitenburg. Quiere adoptar a Henry y ni siquiera nos ha pedido permiso. Yo soy su abuela -dijo Isobelle-. Está en todos los periódicos… Me han llamado varios periodistas para que comente la noticia… ¡Comentarla! He llamado a un abogado, pero me ha dicho que no puedo hacer nada. Aunque yo creo que si quiere adoptar al niño tendrá que dar algo a cambio.
    – ¿Cómo?
    – El abogado me ha dicho que tú eres su tutora legal. Si Marc quiere adoptarlo, tendrá que enviarte los papeles para que los firmes y…
    – ¿Y qué?
    – Puedes exigir tus derechos.
    – ¿Te refieres a dinero?
    – Por supuesto.
    – Soy la tutora legal de Henry, pero lo dejé en manos de Marc sabiendo lo que hacía. Y no quiero dinero.
    Al otro lado del hilo hubo un silencio.
    – Estás loca.
    – Siempre me has dicho eso, madre.
    – Si jugaras bien tus cartas…
    – Podría haberme quedado en el palacio de Broitenburg sin hacer nada el resto de mi vida.
    «Amando a Marc en silencio», pensó.
    – Ya veo que esta llamada es una pérdida de tiempo. Mereces seguir siendo una solterona toda la vida…
    Tammy colgó sin decir una palabra más.
    Pero no pudo volver a dormirse.
    Media hora después, subió a su furgoneta y fue al pueblo más cercano para comprar los periódicos. Quería ver si había una fotografía…
    Y allí estaba, en primera página, una preciosa fotografía de Marc con un sonriente Henry en los brazos. Parecían muy felices.
    – He hecho lo que tenía que hacer -se dijo con tristeza.
    Sus ojos se llenaron de lágrimas al pensar en todo lo que había dejado atrás.
    – Al menos Henry está bien. Y Marc parece contento. Se ve que está loco por el niño.
    Había tomado una decisión. Y fue lo mejor… pero nunca se había sentido tan sola en toda su vida.
    Marc…
    Tammy estaba subida a un árbol cuando llegó la realeza.
    No era el mismo árbol que la primera vez, pero podría haberlo sido. En aquella ocasión era un magnífico eucalipto.
    Y debajo estaba Doug, su jefe, con Marc y Henry.
    – Tam, tienes visita -gritó el capataz antes de desaparecer.
    Seguramente sospechaba que podría perder de nuevo a su mejor arboricultora, pero Tammy no había sido la misma desde que volvió de Europa.
    – Hola -dijo Marc.
    – ¿Qué haces aquí? -preguntó ella, con voz temblorosa.
    – Buscándote.
    – Pues ya me has encontrado.
    – Sí -murmuró Marc, dejando a Henry en el suelo, sobre la hierba-. Henry, tengo que hablar con tu tía. ¿Me perdonas un momento?
    El niño sonrió, encantado. Y entonces Marc se agarró a la primera rama y empezó a subir al árbol.
    – ¿Qué haces? -exclamó Tammy.
    – Quiero hablar contigo.
    – Pero no tienes arnés. Te vas a caer.
    – Me he caído muchas veces, porque antes estaba ciego -contestó él, sin dejar de subir.
    – ¿A qué te refieres?
    – He estado ciego contigo.
    Tammy lo miró, atónita. Debería pensar, pero el mecanismo no funcionaba. Su cerebro sólo servía en aquel momento para observar al hombre que subía por las ramas.
    Debajo de ellos, Henry observaba atentamente toda la operación.
    – Deberías estar en Broitenburg.
    – Sí, lo sé. Voy a adoptar a Henry -dijo Marc-. Si tú estás de acuerdo, claro. He traído los papeles. Si es mi hijo oficialmente, heredará la corona…
    – No creo que herede nada si te caes del árbol -lo interrumpió Tammy-. Necesitas un arnés.
    – No necesito nada -sonrió él, sentándose a horcajadas sobre una gruesa rama-. Bueno, no ha sido tan difícil.
    – Pero…
    – Tammy…
    La miraba con una expresión desconocida, llena de ternura. Y ella no podía ni respirar. Pero en la vida hay cosas mucho más interesantes que respirar.
    – ¿Me has echado de menos?
    Era preciosa. La imaginaba día y noche, pero al tenerla tan cerca… era tan bonita que su corazón se desbocó.
    Su Tammy.
    – Yo… ¿has venido para que firme los papeles de adopción?
    – No.
    – ¿Entonces?
    – He venido porque no me había dado cuenta.
    – ¿De qué?
    – De todo lo que me has dado.
    – No te entiendo.
    – Yo tampoco lo he entendido hasta hace poco -suspiró Marc, soltando una mano para apretar la de Tammy-. Quiero a Henry.
    – Ya lo sabía -dijo ella
    – Pero yo no me había dado cuenta. Tú quisiste a Henry casi desde el primer día porque sabías querer a alguien.
    – Sí, pero…
    – Pero lo dejaste escapar. Lo dejaste en Broitenburg para que yo aprendiese a amarlo, para que me librase de mi coraza. Me has dado un regalo precioso, Tammy. Me has dado el amor.
    – Yo…
    – Es un regalo que no tiene precio -sonrió Marc-. ¿Sabes que Henry ha dado sus primeros pasos?
    – ¿En serio?
    – Desde luego que sí. Lo hizo delante de los fotógrafos, en los jardines de palacio. Deberías haber estado allí, Tammy.
    – Marc, no puedo…
    – Yo he aceptado la responsabilidad de gobernar mi país, he aceptado la responsabilidad de adoptar un niño. Cuando Jean Paul murió, pensé que era mi final. Pensé que el título de príncipe era una trampa… pero es una responsabilidad importante. Puedo cuidar de mi gente, puede contribuir a que mi país prospere cada día más. Y puedo cuidar de ti.
    – Marc…
    – Cuando te conocí estaba desesperado por quitarme de encima esa responsabilidad -siguió Marc que, aparentemente, tenía mucho que decir-. Habría dejado a Henry con niñeras, habría hecho todo lo posible para que tuviese buenos cuidados, sin ocuparme personalmente de él. Pero ahora, gracias a ti…
    – Yo no he hecho nada.
    – Claro que sí -sonrió Marc-. Me miraste como me estás mirando ahora. Confiaste en mí al dejarme a Henry. Me diste tu amor…
    – No puedo…
    – ¿No puedes amarme? Tammy, debes hacerlo. Porque yo te quiero tanto… Dime que no he destrozado tu amor, dime que no me has olvidado.
    – Yo…
    – Quiero que seas mi mujer, cariño. Quiero que vuelvas conmigo a Broitenburg. Conmigo y con Henry. Y yo volveré dispuesto a aceptar la corona, dispuesto a aceptar las responsabilidades de un jefe de estado. Dispuesto a compartir las penas y las alegrías de una familia. Pero sobre todo quiero que vuelvas conmigo porque no puedo imaginar mi vida sin ti.
    – Marc…
    – ¿Quieres casarte conmigo, Tammy? ¿Quieres aceptar la responsabilidad de ser la princesa consorte, la madre de Henry, mi mujer?
    ¿Qué podía contestar una chica?
    Tammy Dexter, arboricultora, con sus vaqueros viejos, sus botas, el pelo revuelto… Tammy Dexter miró al hombre que amaba y sus ojos se llenaron de lágrimas.
    ¿Príncipe de Broitenburg?
    No, Marc. Era su Marc.
    – Claro que me casaré contigo, amor mío. ¿Cómo puedes dudarlo?
    – ¿De verdad?
    – De verdad.
    Marc metió la mano en el bolsillo del pantalón y sacó una cajita. Pero con los nervios se abrió la tapa… Antes de que cayera al suelo, Tammy vio un reflejo de mil colores.
    Henry lo vio también. Vio aquella cosa brillante sobre la hierba y la tomó torpemente con sus manitas para inspeccionarla.
    – Será mejor que bajemos -rió Tammy-. Si mi sobrino tiene en las manos lo que creo…
    – Tiene nuestro futuro en las manos, cariño -sonrió Marc.
    – Entonces, será mejor que bajemos lo antes posible. Antes de que el heredero del trono de Broitenburg decida comérselo.
    – ¡Carta de Tammy!
    Doug y el equipo estaban tomando un café en medio del bosque y todos parecieron entusiasmados. -Léela en voz alta -dijo uno de ellos.
    Queridos Doug, Lucy, Danny y Mia: Muchísimas gracias por vuestra carta. Este sitio es tan maravilloso que apenas puedo echar de menos Australia, pero os echo de menos a vosotros.
    No paramos. Marc ha aceptado la corona, con todas las responsabilidades que eso conlleva, y hemos adoptado oficialmente a nuestro querido Henry, de modo que algún día heredará el trono. Y, por cierto, el niño está más feliz que una perdiz.-Como todos.
    La razón por la que os escribo es que necesito ayuda. Otto, el jardinero jefe de palacio y yo estamos intentando tratar los árboles enfermos, pero el bosque fue plantado hace más de trescientos años. Marc y yo nos preguntábamos si podríais venir a Broitenburg durante unos meses para echarnos una mano.
    Hay cosas que puedo hacer yo sola, pero Marc se está poniendo un poquito pesado con eso de que no puedo subirme a los árboles. Y supongo que tiene razón. En mi estado no es muy recomendable.
    Marc no puede dejar de sonreír. Está todo el día sonriendo… casi tanto como yo.
    Bueno. Ya está bien de niños y defínales felices. Nos gustaría que vinierais a echar una mano. ¿Puedo enviaros los billetes de avión?
    Doug tomó la revista que Lucy tenía en las manos.
    – Seguro que en Broitenburg no tienen pasteles de carne -murmuró, mirando la fotografía del palacio real-. Seguramente nos darán caviar y trufas para comer.
    – Yo siempre he querido comer trufas -sonrió Lucy-. Y a mí me parece un palacio de ensueño.
    – ¿sí?
    – Sí.
    Doug miró la fotografía. Había sido tomada seis meses antes, durante la boda. Marc y Tammy estaban guapísimos, él con uniforme oficial, ella con un vestido de novia que quitaba el hipo… según Lucy, de un diseñador italiano muy famoso.156
    Pero lo más bonito de todo era cómo se miraban. Desde luego, eran un príncipe y una princesa, hechos el uno para el otro.
    También había un señor mayor a su lado… Dominic, mayordomo mayor de palacio, decía el pie de página. Llevaba a Henry en brazos con el orgullo de un abuelo. Tras ellos, el resto del personal de palacio. Todos parecían contentos.
    Y el palacio, como los de los cuentos de hadas.
    – A mí me apetece mucho ir -dijo Lucy.
    – Todos esos torreones, las gárgolas… -murmuró Danny, que tenía setenta años y nunca había salido de Australia-. Y mira a Tammy con ese vestido… parece una princesa de verdad.
    – Es que es una princesa de verdad, tonto -rió Mia.
    – Quiere que vayamos a Broitenburg -dijo Doug, pensativo-. ¿Qué hacemos?
    – Es la princesa, ¿no? Uno no puede desobedecer a una princesa. Vamos a arreglar esos árboles -contestó Danny.

Marion Lennox


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