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Philippa

Philippa

Аннотация

    Philippa Meredith, la hija mayor de Rosamund Bolton y heredera de Friarsgate, sufre una terrible desilusión cuando el joven con quien pensaba casarse la abandona para ordenarse sacerdote. Sin embargo, ese inesperado giro del destino permite a la bella e impetuosa Philippa volver a ocupar su lugar en la corte de Catalina de Aragón y conocer a Crispin St. Claire, conde de Witton, un hombre sofisticado, elegante y, además, un excelente candidato para casarse. La pasión arrebatadora del noble caballero enloquece de deseo a Philippa.
    Pero cuando ella se entera accidentalmente de un complot para asesinar al rey Enrique Tudor, y ambos se ponen en marcha para desenmascarar a los conspiradores, su amor se resiente por la dura prueba que deben atravesar. Sensualidad, drama e intriga abundan en este relato ambientado en la corte de Enrique VIII


Bertrice Small Philippa

    .

    3° de la Serie Friarsgate
    Rosamund (2004)

PRÓLOGO

    Primavera de 1519.

    – No puedo casarme contigo -le dijo Giles FitzHugh sin rodeos a Philippa Meredith, que se quedó boquiabierta.
    Corría el mes de mayo y la corte se había trasladado a Greenwich. Los árboles estaban cubiertos de hojas y el perfume de las primeras flores era embriagador. Más allá de los jardines reales, el río Támesis fluía suavemente hacia el mar como una cinta de seda que ondeaba bajo el sol primaveral. Era un lugar para el romance, no para el desprecio.
    Philippa pensó que su corazón se había detenido. Pero no, todavía seguía latiendo. Cerró la boca y trató de entender lo que él acababa de decirle.
    – ¿Te has enamorado de otra mujer?
    – No.
    – ¡¿Entonces por qué me dices esto?! Nuestras familias han planeado la boda durante años, Giles. Acabo de cumplir los quince, ya estoy lista para ser tu esposa.
    – Philippa, nunca existió un compromiso formal entre nosotros -respondió con calma-. Tu propia madre lo prefirió así, querida mía. -A los diecinueve años, Giles FitzHugh era alto y corpulento. Al igual que su hermano mayor, había heredado el cabello color arena de su padre y los ojos azules de su madre.
    – Pero todos estaban seguros de que algún día nos casaríamos -insistió, desconcertada ante el comportamiento poco gentil de Giles. ¿Debía enojarse con él? Por supuesto, y mucho-. Entonces, si no hay otra mujer, ¿qué es lo que te aleja de mí?
    – Dios -respondió con devoción mientras se persignaba.
    – ¿Qué? -creyó haber escuchado mal, ahora sí estaba absolutamente confundida. ¿Era el mismo Giles FitzHugh que se escapaba de misa cada vez que podía cuando era el paje del rey, que casi siempre lograba evitar los castigos ofreciendo las más inverosímiles excusas para justificar sus ausencias? La muchacha soltó una risotada y dijo:
    – Bromeas, no hay duda.
    Giles sacudió la cabeza.
    – Quiero tomar los hábitos, Philippa. Voy a ser sacerdote. Estudié en Roma con el primo del rey, Reginald Pole. Cuando llegué, no era esa mi intención, pero de pronto sentí el llamado divino. No tengo más explicaciones que dar. Es lo que deseo, querida mía, mucho más que casarme con cualquier mujer.
    – ¿Cuánto tiempo hace que lo sabes? -inquirió Philippa, aún incrédula. Era ridículo. Completamente absurdo. ¿Giles? ¿Su Giles, convertido en sacerdote? ¡Imposible!
    – Mi dulce Philippa, fui a estudiar a Europa; primero a París y luego a Roma. Quería dedicarme a la literatura y a la historia. Quería estudiar, beber y frecuentar burdeles como todos los jóvenes. Y eso hice en París -confesó riendo con picardía. Philippa recordó al viejo Giles, a aquel muchacho de quien se había enamorado hacía ya tanto tiempo, y sintió un fuerte dolor en el pecho-. Pero luego fui a Roma y algo me ocurrió en la antigua ciudad.
    – ¿Qué sucedió, Giles? Dime qué te pasó en Roma.
    – Todo comenzó con la ciudad misma, tan vieja, tan sagrada. Las voces de los coros de las iglesias flotan en el aire. La luz es dorada y el aire que respiras te purifica. Roma es tan bella que hiere el corazón, Philippa. No sé cómo me di cuenta, pero de pronto comprendí que estaba destinado a permanecer allí para servir a Dios con todo mi ser. Entonces, abandoné la vida frívola y me dediqué por completo a mi nueva vocación. Dios elige a sus servidores, querida. Sólo regresé para comunicarte en persona mi decisión y para recibir la bendición de mis padres. Se sorprendieron tanto como tú, pero me entendieron. De hecho, al comprobar mi genuina devoción por la Santa Madre Iglesia, se sintieron felices.
    – Bueno, yo no lo entiendo -dijo bruscamente Philippa, exteriorizando toda su furia-. ¿Cómo puedes preferir una vida de celibato, de arduo trabajo en una iglesia miserable o rodeado de libros en un lugar polvoriento, a casarte conmigo? ¿Cómo se te ocurre rechazar a una heredera como yo? ¡Tú ni siquiera eres primogénito, Giles! Nuestro matrimonio también era muy ventajoso para nuestras familias. Tú hubieses poseído Friarsgate y yo, a cambio, hubiese sido condesa. Te he amado desde los diez años, ¿y ahora me dices que no me amas? -Las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas.
    – No comprendes, Philippa, sí te aprecio. Eras la niña más encantadora del mundo y te has convertido en una bellísima joven. Pero no te amo como un marido debe amar a su esposa. Amo más a Dios. Cuando viniste por primera vez a la corte, no tuvimos oportunidad de conocernos bien. Al poco tiempo, partiste a Friarsgate y cuando regresaste a palacio para servir a la reina, yo ya me había ido hacia el extranjero. Tú no me amas en realidad. Estás enamorada de un sueño, de una fantasía que inventaste. Lo superarás muy pronto, te lo aseguro.
    – Te amaré hasta la muerte. No puedo creer que no me ames. Que elijas la vida clerical en lugar de una esposa y tierras propias. ¡Es absurdo!
    – Philippa, no quiero tus tierras. Están situadas demasiado al norte para mí. Antes de venir a la corte crecí en el sur, en la frontera entre Gales e Inglaterra. No hubiese soportado el inhóspito clima de tu región ni vivir tan alejado de mi familia.
    – ¿Acaso no te sentirás triste en Roma? Estarás mucho más alejado de tu familia que en Cumbria. No podrás ver a los tuyos a menos que vuelvas a Inglaterra. -La joven se secó las lágrimas de su bonito rostro.
    Giles sonrió con gentileza.
    – Me ordenaré sacerdote en cuanto regrese a Roma. Me prometieron un puesto en el Vaticano al servicio del mismísimo Santo Padre. Al parecer mi talento para las finanzas será de utilidad para la Iglesia. Pero, dondequiera que me envíen, siempre me sentiré en casa y contento mientras esté al servicio de Dios. -Tomó la mano de la joven y la besó-. ¿No me deseas buena suerte, Philippa? -Sus ojos azules la observaban con calma. No expresaban ningún sentimiento hacia ella; quizás, un poco de lástima.
    Ofendida, Philippa retiró la mano y lo abofeteó con todas sus fuerzas.
    – No, Giles, no te desearé suerte. Has arruinado mi vida. ¡Te odio! Nunca te perdonaré.
    – Te ruego que trates de comprender -insistió él, frotándose la delicada mejilla.
    – ¡No! ¿No entiendes lo que me has hecho? Vine a la corte a servir a la reina con la idea de que algún día nos casaríamos. Ahora te rehúsas. ¿Cómo te atreves a hacerme esto? Tengo quince años y estoy lista para casarme. ¿Qué clase de esposo conseguiré, después de haber sido repudiada por un hombre que prefiere a Dios antes que a una mujer de carne y hueso? Seré el hazmerreír de la corte. Todas las bromas maliciosas recaerán en mí hasta que otro tonto caiga en desgracia y sea el nuevo objeto de las burlas palaciegas, y sólo Dios sabe cuándo ocurrirá eso. Si supiste que tu vocación era servir a Dios ya en Roma, ¿por qué entonces no le escribiste a tu padre de inmediato? Así, mi madre habría salido a buscar otro buen partido. ¿Tienes idea de cuán difícil es encontrar la pareja apropiada entre familias como las nuestras? Ni tú ni yo portamos un gran apellido, Giles. Has actuado de una manera horriblemente egoísta. No, no lo entiendo, ni te desearé buena suerte en tu nueva vida. No soy una santa, Giles FitzHugh, aunque es obvio que tú sí aspiras a serlo.
    Giles hinchó el pecho con orgullo y repitió con firmeza;
    – Siento mucho ser el causante de tu infelicidad, Philippa. Sin embargo, te perdono por la inmadurez de tus sentimientos. Siempre te recordaré con cariño y rezaré por ti.
    – ¡Vete al infierno! -le gritó Philippa con ira. Luego, lo empujó, sobre un sendero de rosas damascenas. Hecha una furia, la joven dio media vuelta y partió con la cabeza erguida rumbo al palacio de Greenwich. Giles maldecía por lo bajo entre los rosales tratando de arrancarse las espinas, y no vio que Philippa lloraba de nuevo.
    Esa muchacha tenía un temperamento terrible, pensó Giles una vez que logró salir de los arbustos. Dios lo había salvado de casarse con una arpía. Bien, respiró aliviado, ya había pasado lo peor. Ahora podía retornar a Roma cuanto antes. Pese a la desagradable e indecorosa conducta de Philippa, él rezaría por su felicidad. Después de todo, si Dios había ideado un plan para Giles FitzHugh, seguramente también tenía otro para Philippa Meredith.

CAPÍTULO 01

    – ¿Por qué no me lo dijiste? – preguntó Philippa a Cecily FitzHugh-. Nunca me sentí tan triste y furiosa. Somos amigas íntimas, Cecily. ¿Cómo pudiste ocultarme algo así? No sé si alguna vez podré perdonarte.
    Los ojos grises de Cecily se llenaron de lágrimas.
    – Yo no lo sabía -sollozó lastimosamente-. También fue una gran sorpresa para mí. Lo supe recién esta tarde, cuando mi hermano habló conmigo. Papá dijo que lo mantuvieron en secreto porque sabían que yo te contaría todo de inmediato; pensaban que le correspondía a Giles darte las explicaciones del caso. Philippa querida, ¡mi hermano es un ser monstruoso! íbamos a ser hermanas, y ahora tú te casarás con otro.
    – ¿Con quién? -lloriqueó la muchacha-. No soy noble y, aunque se me considera una heredera, mis tierras están en el norte. Ahora, por culpa del egoísta de Giles, me he convertido en una solterona. Recuerda cuánto tiempo tardaron tus padres en encontrarte un buen partido. Muy pronto te casarás, Cecily, mientras que yo me iré marchitando poco a poco -suspiró con dramatismo-. Si Giles decidió dedicar su vida a Dios, tal vez yo deba hacer lo mismo. Mi tío Richard Bolton es el prior de St. Cuthberth's, cerca de Carlisle. Él debe de conocer algún convento al que yo pueda ingresar.
    Cecily rió.
    – ¿Tú quieres ser monja? No, querida Philippa, no. Amas demasiado la vida mundana como para tomar los hábitos. Tendrás que abandonar todas las cosas que tanto adoras: la ropa sofisticada, las joyas y la buena comida. Tendrás que ser obediente. Pobreza, castidad y obediencia son las reglas básicas del convento, y tú jamás podrías ser pobre ni dócil ni casta -aseguró Cecily risueña.
    – Sí que podría. Mi tía Julia es monja y también dos hermanas de mi padre. ¿Qué pasará ahora que tu hermano me ha rechazado?
    – Tu familia te conseguirá otro marido -opinó con pragmatismo.
    – ¡No quiero otro marido! Quiero a Giles. Lo amo, nunca amaré a nadie más. Además, ¿quién querrá exiliarse en Cumbria? Hasta Giles me dijo que la idea de vivir en Friarsgate lo entristecía. Nunca entenderé por qué mi madre ha luchado durante toda su vida por esas malditas tierras. Es más, yo tampoco quiero vivir allí. Estaría demasiado lejos de la corte.
    – Ahora lo dices porque estás desilusionada -la consoló Cecily. Luego cambió de tema-: Un mensajero partirá mañana con una carta de mi padre en donde le comunica a tu madre la decisión de Giles. ¿Deseas enviarle una carta?
    – Si -contestó con firmeza, y se levantó de su silla-. Le pediré permiso a Su Majestad para retirarme y escribir la carta ya mismo.
    Sin mirar atrás, Philippa atravesó la antecámara de la reina. Se parecía mucho a su madre cuando tenía su edad. Tenía un porte esbelto y una cabellera caoba, pero los ojos eran color miel, como los de su padre.
    AI acercarse a la reina, le hizo una reverencia y aguardó su permiso para hablar.
    – ¿Qué sucede, mi niña? -preguntó Catalina con una sonrisa. -Su Majestad ya estará enterada de mi desgracia, supongo -comenzó Philippa.
    – Sí, lo siento mucho.
    La muchacha se mordió el labio; estaba a punto de llorar. Se esforzó por contenerse y continuó la conversación.
    – Lord FitzHugh enviará un mensajero a mi casa mañana por la mañana. Me gustaría que llevara también una carta mía para mi mamá. Con el permiso de Su Majestad, me retiraré a mis aposentos para redactarla. -Hizo una reverencia, acompañada de una ligera sonrisa.
    – Tienes mi permiso, pequeña. No olvides enviarle a tu madre mis mejores deseos y dile que si podemos colaborar en la búsqueda de un nuevo candidato, lo haremos con gran placer. Aunque sé que a tu madre le gusta resolver las cosas a su manera -dijo la reina recordando viejos tiempos.
    – Gracias, Su Majestad.
    Philippa volvió a hacer una reverencia y se encaminó deprisa al cuarto de las doncellas donde, si tenía suerte, podría estar sola con sus perturbados pensamientos y concentrarse en escribirle a Rosamund. Pero no fue así. En el dormitorio se encontró con una de las jóvenes que más detestaba, acicalándose para reunirse con las doncellas de la reina.
    – ¡Oh, pobre Philippa! -se lamentó con falsa preocupación-. Según me dijeron, el hijo del conde de Renfrew te ha abandonado. ¡Qué pena!
    – No necesito tus condolencias, Millicent Langholme. Y, además, preferiría que no te inmiscuyeras en este asunto -respondió furiosa.
    – Tu madre tendrá algunas dificultades para encontrarte un marido decente. ¿Es cierto que Giles FitzHugh quiere ser sacerdote? Jamás lo hubiese imaginado de un hombre como él. Seguro que lo hizo para no casarse contigo; es la única explicación posible -dijo con una risita ahogada. Luego acarició sus faldas de terciopelo y se arregló con cuidado la cofia.
    Philippa nunca deseó tanto darle un golpe a alguien como en ese momento. Pero su situación ya era muy penosa, y no quería causar otra desgracia a su familia por atacar a una dama de la reina.
    – No dudo de la vocación de Giles. Estoy segura de que es sincero. -De pronto, notó que estaba defendiendo al hombre que la había abandonado, cuando, en realidad, deseaba con todas sus fuerzas aporrear hasta el cansancio a ese santurrón-. Más vate que te apresures, Millicent. La reina te está buscando.
    Al comprobar que sus maldades no lograban irritar a Philippa, Millicent se retiró sin añadir palabra. La joven heredera abrió el cofre donde guardaba sus pertenencias, tomó la pluma y el tintero y se sentó sobre su cama. Cuando terminó la carta, se la entregó a un paje para que se la diera al mensajero del conde de Renfrew, que partiría a la mañana siguiente.
    Unos días más tarde, al leer la misiva de su hija, Rosamund se enfureció.
    – Maybel, tráeme la carta de lord FitzHugh. ¡Deprisa! Justo cuando pensaba que estaba todo encarrilado, aparecen nuevas dificultades.
    – ¿Qué sucede? -le preguntó Maybel mientras le entregaba la carta-. ¿Qué dice el conde?
    – ¡Un momento, por favor! -respondió Rosamund, levantando con delicadeza su mano-. ¡Por el amor de Dios! -Ojeó rápidamente el pergamino y luego lo apartó-. Giles FitzHugh decidió dedicar su vida al sacerdocio. Ya no habrá boda. ¡Pobre diablo! Bueno, la verdad es que nunca me gustó ese muchacho.
    Maybel lanzó un chillido escandalizada.
    – El conde pide disculpas -continuó la dama de Friarsgate- y dice que siempre considerará a Philippa como una hija. Se ofrece a encontrarle marido. Hay que enviar a alguien a Otterly en busca de Tom. Sigue siendo más hábil que yo para estos asuntos, pese a haber estado alejado de la corte tantos años. ¡Pobre Philippa! Había depositado todas sus esperanzas en ese joven.
    – ¡Sacerdote! -se lamentó Maybel-. ¡Un hombre tan apuesto! Es una lástima. Y ahora nuestra pequeña, con quince años ya cumplidos, se siente abandonada y sufre penas de amor. Ese muchacho egoísta debió avisarle antes.
    – Estoy de acuerdo contigo. -Tomó de nuevo la carta de su hija y la releyó sin dejar de sacudir la cabeza. Cuando terminó, la colocó junto a la otra-. Philippa dice que no le queda más remedio que convertirse en monja. Quiere que le pregunte al tío Richard si conoce algún buen convento.
    – ¡Puras tonterías! La niña está alterada, y no es para menos. Pero no me la imagino tomando los hábitos, aunque ella opine lo contrario.
    – Yo tampoco, Maybel -rió Rosamund-. Mi hija valora demasiado la buena vida como para retirarse a un convento. Dile a Edmund que vaya hoy mismo a Otterly en busca de Tom, y asegúrate de que atiendan al mensajero del conde como es debido.
    – No hace falta que me lo recuerdes -refunfuñó Maybel mientras se dirigía a buscar a su marido. Por suerte, Rosamund había decidido recurrir a su primo para resolver el asunto. Tom Bolton sabría exactamente qué hacer.
    Dos días más tarde, lord Cambridge llegó de Otterly.
    – ¿Cuál es la emergencia? ¿Los niños están bien? ¿Dónde está tu valiente escocés, querida prima?
    – Logan está en Claven's Carn, fortificando las defensas. La frontera se ha vuelto muy peligrosa desde que la reina Margarita se fue de Escocia. Los niños se encuentran bien. La que está en problemas es Philippa, Tom. Necesito con urgencia tus sabios consejos. Giles FitzHugh se ordenará sacerdote.
    – ¡Dios y María Santísima! Así que ahora nuestra pequeña está sola, abandonada y sin candidatos a la vista. Semejante comportamiento no es digno de un caballero. Al menos, Giles debió comunicarnos sus planes antes. Ah, los hombres de la Iglesia son tan desconsiderados. Lo único que parece importarles es Dios y amasar una gran fortuna.
    – Al tío Richard no le gustaría escuchar lo que acabas de decir -bromeó Rosamund, pero enseguida se ensombreció-. ¿Qué debo hacer? Sé que tengo que buscarle marido a mi hija, pero ¿lo conseguiré? Giles era el hijo de un conde. ¿Cómo haremos para encontrar un partido similar? Además, Philippa amenaza con hacerse monja.
    Thomas Bolton fue presa de un ataque de risa; rió hasta que las lágrimas rodaron por sus mejillas y mojaron su elegante jubón de terciopelo.
    – ¡¿Philippa quiere tomar los hábitos?! De todas tus hijas, querida prima, Philippa siempre fue mi mejor discípula. Su conocimiento de las piedras preciosas es asombroso, incluso es mejor que el mío. ¿Cómo podría soportar las ásperas vestiduras monacales si exige que las enaguas estén forradas en seda para que no se le irrite su delicada piel? Debe volver a casa cuanto antes, hasta que este infame episodio se olvide. Envíale ya mismo un mensaje a la reina para que ordene el regreso de Philippa. Catalina lo entenderá de inmediato y le ofrecerá retomar su puesto en la corte dentro de un tiempo, cuando los ánimos se hayan calmado. Mientras tanto, pensaré en posibles candidatos para nuestra pequeña. Ya está en edad de casarse y si dejamos que el tiempo pase, tal vez se quede soltera.
    – Estoy de acuerdo contigo, Tom. Cuando Logan se entere del problema, empezará a proponer a cada uno de los hijos de sus amigos.
    – Ningún escocés será un buen marido para Philippa -repuso Tom Bolton, sacudiendo la cabeza- Ella está demasiado fascinada con la corte del rey Enrique. Es más inglesa que tú, si eso es posible, mi adorada prima.
    – Es cierto, primito. Por eso te ruego que me ayudes a encontrarle una nueva pareja. Sabes cuan obstinado puede ser Logan cuando se le mete una idea en la cabeza.
    – Hay que impedir que tu valiente escocés se entrometa en esta cuestión. No temas, sé cómo manejar a Logan Hepburn.
    – Lo sé, Tom -rió Rosamund- y también sé que Logan se enfadaría si se enterara de esta desgracia.
    – Bien, ten la certeza de que no le diré nada -dijo guiñándole un ojo-. Mientras tanto, ¿qué podemos esperar de la reina además de sus bien intencionadas promesas de buscarle otro candidato? Yo no dejaría el asunto en sus manos, prima.
    – Comparto tu opinión. Sin embargo, creo que si traemos a Philippa de vuelta a casa, la situación será aun más difícil de resolver. A menos que la reina decida enviarla a Friarsgate, deberíamos dejarla donde está. Ya no es una niña: tiene que aprender a enfrentar las dificultades que se le irán presentando en la vida. Ciertamente, esta no será la última desilusión que sufra. La futura dama de Friarsgate debe ser una mujer fuerte y capaz de defender sus tierras.
    – La corte es un mundo muy distinto del nuestro -suspiró lord Cambridge-. Ahora prefiero los fríos inviernos de Cumbria a los placeres de la corte. Me asombra que alguna vez me haya gustado esa forma de vida. Aunque, si te parece mejor que la pobre Philippa permanezca allí, seguiremos el dictado de tus instintos maternales.
    – No me digas que finalmente te encariñaste con Otterly. ¿Acaso también disfrutas de la vida tranquila? -se burló Rosamund.
    – Bueno -respondió malhumorado-, ya no soy tan joven como antes, prima.
    – No digas tonterías. Estoy segura de que Banon te mantiene bien ocupado. Siempre fue muy vivaz.
    – Tu segunda hija es una niña deliciosa. Desde que vino a vivir con nosotros el año pasado, la casa se ha colmado de alegría. Me sorprendió que quisiera mudarse conmigo, Rosamund. Pero, como bien me lo señaló Banon, si algún día se convertirá en la dama de Otterly, debe conocer todos los detalles de la propiedad y su funcionamiento. Es una joven muy inteligente. Algún día, tendremos que encontrarle un marido digno de ella.
    – Pero antes ocupémonos de los problemas de Philippa -le recordó Rosamund-. Estamos de acuerdo en que ella se quedará en la corte, a menos que Catalina decida enviarla a Friarsgate. Agradeceremos a la reina su ofrecimiento, y le diremos que nosotros nos encargaremos de buscarle marido a Philippa; aunque, por supuesto, el candidato deberá contar con la bendición de Sus Majestades. Thomas Bolton sonrió con picardía.
    – No has perdido la mano, querida. Sí, dile todo eso. Es perfecto. Recuerda enviarle mi cariño a Philippa cuando le escribas. Ahora que he resuelto todos tus problemas, primita, aliméntame que tengo un hambre feroz. ¿Qué me ofrecerás? ¿No pensarás conformarme con un guiso de conejo? ¡Quiero carne de vaca!
    – Se hará tu voluntad, mi querido Tom.
    Rosamund estaba concentrada en la carta que escribiría a su hija para consolarla y aconsejarla. No sabía qué tono adoptar: no quería mostrarse severa ni demasiado sentimental, ambas actitudes le parecían contraproducentes. No sería nada fácil redactar esa carta.
    Algunos días más tarde, cuando Philippa Meredith recibió la misiva de su madre, no se conmovió en lo más mínimo, ni tampoco se sintió reconfortada por sus palabras. En un arranque de indignación, arrojó el pergamino a un lado.
    – ¡Friarsgate! ¡Siempre la misma historia de Friarsgate! -gritó irritada.
    – ¿Qué dice tu madre? -preguntó Cecily FitzHugh con temor.
    – Me aconseja algo ridículo. Dice que la desilusión es parte de la vida y que debo aprender a aceptarla. Que el convento no es la solución para mis problemas. Dime, ¿cuándo dije yo semejante cosa, Cecily? No soy el tipo de mujer que toma los hábitos.
    – Pero hace unas semanas decías que querías ser monja -respondió Cecily-. Incluso mencionaste a unas tías religiosas. Por supuesto que a todos nos pareció una idea ridícula.
    – ¡Ah! Así que todo el mundo se ha estado riendo a mis espaldas. ¡Y yo que te consideraba mi mejor amiga!
    – ¡Soy tu mejor amiga! Aunque últimamente has estado muy melodramática. ¿Qué más dice tu madre que te ha enfurecido tanto?
    – Que me encontrará otro marido. Uno que me aprecie y me ayude con su sensatez a ser la dama de Friarsgate. ¡Dios mío! Yo no quiero ocuparme de Friarsgate, Cecily. No quiero volver a vivir en Cumbria nunca más. Deseo quedarme en la corte para siempre. Aquí está el centro del universo. Moriría si me obligaran a regresar. ¡Yo no soy mi madre! -exclamó con dramatismo-. ¿Recuerdas nuestra primera Navidad como damas de honor?
    – Claro que sí. La Llamaron la Navidad de las Tres Reinas en honor a Catalina, Margarita y su hermana, María. Hacía años que no se encontraban las tres juntas, fue maravilloso. Cada día había un festejo diferente.
    – El cardenal Wolsey tuvo que darle a la reina Margarita doscientas libras para que pudiera comprar sus regalos de Año Nuevo. La pobre quedó casi en la ruina cuando debió huir de Escocia luego de que los lores desacataron el testamento del rey Jacobo y nombraron a Juan Estuardo, duque de Albany, como tutor del niño rey. Margarita no debió volver a casarse, y menos con el conde de Angus.
    – Pero estaba enamorada -suspiró Cecily-, además él es muy apuesto.
    – Ella lo deseaba con locura -repuso Philippa-. Era la heredera de la fortuna del rey, y resignó todo su poder y su autoridad solo para ser poseída por un hombre más joven. El resto de los condes y lores no querían que los Douglas gobernaran Escocia. Es por eso que eligieron un nuevo regente.
    – Pero Juan Estuardo nació en Francia. Creo que nunca pisó suelo escocés antes de asumir la regencia. Y también es el heredero del pequeño rey, así que comprendo perfectamente por qué la reina Margarita estaba tan asustada.
    – Sin embargo, tiene fama de ser un hombre íntegro y leal.
    – ¡La Noche de Reyes! -evocó Cecily cambiando de tema-. ¿Te acuerdas de aquella primera Noche de Reyes? ¿No fue maravillosa? -Los gratos recuerdos la sumieron en una plácida ensoñación.
    – ¡Quién podría olvidarla! El espectáculo se llamaba El jardín de la esperanza y montaron un enorme jardín artificial donde hubo bailes y desfiles de carruajes. Recuerdo cómo la princesita María aplaudía de felicidad.
    – ¡Qué triste que no haya más príncipes y princesas! Pese a la fidelidad de nuestra reina, a sus infinitas peregrinaciones a Nuestra Señora de Walsingham y a sus obras de caridad, no logra tener hijos.
    – Ya es demasiado vieja -replicó Philippa en voz baja-. La he visto envejecer en los tres años que llevo aquí. Cada día se vuelve más religiosa y se retira más temprano de las fiestas de la corte. Los ojos del rey empezaron a posarse en otras mujeres. ¿No lo has notado?
    – Pero Su Majestad nunca dejó de cumplir con sus deberes reales. Ella y el rey han tenido siempre muchos intereses en común. Todavía salen de caza juntos y él la visita en sus aposentos todos los días después del almuerzo.
    – Fíjate que siempre acude rodeado de cortesanos -añadió Philippa-. Es raro que la pareja tenga intimidad. ¿Cómo es posible que un hombre engendre un hijo sí nunca está a solas con su esposa? El rey se queja, pero no hace nada para modificar la situación.
    – ¡Calla, Philippa!, puede haber alguien escuchando.
    – ¿No has notado todavía que el rey empezó a mirar a la señorita Blount? Parece un gato en celo que se relame ante un bello y regordete pichón.
    Cecily sonrió con malicia.
    – Philippa, eres terrible. Elizabeth Blount es una muchacha encantadora; nunca la vi hacer maldades como Millicent Langholme.
    – El rey la llama Bessie cuando cree que nadie lo oye. Lo escuché con mis propios oídos. Observa su rostro cuando ella baile de nuevo con él una de estas noches.
    – La nombraron Elizabeth en honor a la madre del rey. La mamá de Bessie era una Peshall y su padre peleó en Bosworth bajo las órdenes de Enrique VII cuando derrotó a Ricardo III. Nació en Shropshire, que está tan al norte como tu odiada Cumbria, ¿no es cierto?
    – Pero habrás notado que no vive en Shropshire. Elizabeth es una criatura de la corte, como yo, y, además, tiene excelentes conexiones.
    – Y, sobre todo, es muy bella -recalcó Cecily-. Tienes razón: su primo, lord Montjoy, es uno de los favoritos del rey. Y el conde de Suffolk y Francis Bryan también se sienten atraídos por ella. ¿La has oído cantar? Tiene una voz preciosa.
    – Quisiera ser como ella -suspiró Philippa con melancolía-. Siempre atrae todas las miradas.
    – Especialmente la del rey. ¿Qué pasaría si Su Majestad decide…? Tú sabes… ¿Su vida no quedaría arruinada para siempre? Quiero decir que nadie se casaría con una joven que fue…
    – Una dama no puede rechazar al rey -sentenció la joven-. Y los monarcas se preocupan por sus amantes. Al menos así lo hizo el rey Jacobo. ¿Piensas que el buen Enrique no cuidaría de las suyas? Si no lo hiciera, su conducta sería indigna de un caballero, y nuestro rey es el hombre más honorable de toda la cristiandad. Recuerda el último verano, cuando la fiebre asoló a Inglaterra y el rey trasladó a toda la corte de Londres a Richmond y luego a Greenwich hasta que, finalmente, la epidemia remitió. Se preocupa mucho por su pueblo. Es un gran rey. -De pronto, volvió a invadiría el desánimo y cambió el tema de repente-: ¿La gente habla de mí y del desplante de tu hermano, Ceci? ¿Qué voy a hacer de mi vida? No soy la más codiciada de las jóvenes casaderas por culpa de mis malditas tierras. Seamos sinceras: tu hermano era un gran candidato para mí y se hubiese convertido en un próspero terrateniente.
    – Todas las doncellas sienten una gran pena por ti, salvo, por supuesto, Millicent Langholme. Era un excelente matrimonio. Pero ahora, Millicent no hará más que jactarse de su novio, sir Walter Lumley, y sus propiedades en Kent. Sir Walter está negociando un acuerdo con su padre, ella espera desposarse antes de fin de año.
    – Para entonces, tú también estarás casada. Y yo me quedaré sola, sin mi querida confidente. Aunque nos conocimos a los diez años, parece que hubiésemos sido amigas siempre. La mejor época de mi vida ha sido la que pasé en la corte. Jamás me iré de aquí.
    – No me casaré hasta el final del verano. Además Tony y yo regresaremos a la corte en Navidad. Maggie Radcliffe, Jane Hawkins y Annie Chambers te harán compañía cuando no esté. Y la desagradable Millicent estará felizmente casada y será la dama de las tierras de sir Walter en Kent.
    De pronto, una sonrisa maligna se dibujó en los labios de Philippa.
    – Millicent podrá tener a sir Walter, pero sólo después de que yo haya terminado con él. Ahora que tu hermano me despreció, soy libre como un pájaro.
    Cecily abrió grandes sus ojos grises.
    – ¡Philippa! ¿Qué estás planeando? Recuerda que debes cuidar tu reputación si quieres conseguir marido. No puedes darte el lujo de actuar de manera precipitada ni de hacer tonterías.
    – No te inquietes. Solo me divertiré un poco. Hasta hoy he sido la más casta de las doncellas de la reina, porque le debía toda mi lealtad a Giles. Ahora no tengo que preocuparme por tu hermano ni por nadie. El rey coquetea con la señorita Blount, de modo que sus otros admiradores pasarán a un segundo plano, y aprovecharé el espacio que Elizabeth ha dejado vacante. ¿Por qué no? Yo soy más bonita. He heredado de mi padre gales el maravilloso don del canto que solo he usado en la misa. Además, sé bailar con gracia y elegancia. Tarde o temprano mamá me encontrará un esposo. Como seguro será un caballero del norte, no volveré a pisar la corte nunca más -suspiró con tristeza-. Antes de que la vida matrimonial me ate y me encierre para siempre, pienso divertirme a lo grande, querida amiga.
    – ¿Pero te parece bien flirtear con sir Walter Lumley?
    – ¿Por qué no? -rió-. No lo haré solo por mí, sino por todas las doncellas que tuvieron que soportar la venenosa lengua de Millicent Langholme y sus viles comentarios durante tres años. Me convertiré en la heroína de las damas de honor de la reina.
    – ¿Y si sir Walter decide casarse contigo y no con Millicent? ¿No será lo que en verdad deseas?
    – ¡No! Sir Walter jamás se casaría con una mujer como yo, ni en un ataque de lujuria. Como Millicent, es una persona que vive pendiente de su posición en la corte. Jugaré con él sólo para enfurecer y frustrar a su futura prometida. Incluso, tal vez deje que me bese, aunque antes debo asegurarme de que ella se entere, por supuesto. Y después lo abandonaré como si nada y coquetearé con otro caballero. Sir Walter quedará como un idiota y estará muy contento de tener una novia como Millicent Langholme. En realidad, esa arpía debería agradecerme.
    – Dudo que ella lo vea de esa manera.
    – Tal vez no.
    – Jamás imaginé que pudieras ser tan malvada. -Yo tampoco -dijo Philippa con picardía-. La verdad es que me gusta.
    – Pero debes ser muy cuidadosa, no sea que la reina descubra tus travesuras -dijo Cecily, mirando a su alrededor por si alguien las escuchaba, algo muy improbable, pues se hallaban en un rincón alejado de la antecámara de la reina.
    – No te preocupes. Nadie se dará cuenta. Quizás empiece a flirtear esta misma noche. El rey nos invitó a un día de campo junto al río durante el crepúsculo. Habrá faroles de papel y, antes de que oscurezca, se disputará un torneo de tiro al blanco. Sir Walter es famoso por su puntería, y yo necesitaré de su ayuda para acertar al blanco.
    – ¡Pero si eres una excelente arquera!
    – Dudo que él lo sepa. Pero si lo sabe, fingiré que algo entró en mi ojo y arruinó mi puntería.
    – Si Millicent se da cuenta, se pondrá furiosa.
    – Sí -contestó la maliciosa Philippa-, pero no puede hacer nada porque su compromiso todavía no es oficial. Nadie firmó nada. Créeme; si no, ya nos habríamos enterado. Ella no tiene derecho a regañarlo porque todavía no es su futuro marido. ¡Pobre hombre! Si no fuera tan presumido, hasta sentiría pena por él.
    – Pero lo es. Me pregunto si lograrás engatusarlo. ¡Tú no eres nadie, Philippa!
    – Es cierto, pero era alguien para el hijo del conde de Renfrew antes de que decidiera tomar los hábitos. Eso es más que suficiente para que sir Walter sienta curiosidad y caiga en la tentación.
    Cecily sacudió la cabeza.
    – Pienso que Giles hizo muy bien en deshacerse de ti -bromeó.
    – Todavía me siento herida. Estoy segura de que su vocación religiosa le apareció hace por lo menos un año. Quizá no tuvo la suficiente valentía ni honestidad para enfrentarme y decirme la verdad. Ahora todo es un desastre.
    – No te preocupes, todo saldrá bien. Estaba escrito que no eran el uno para el otro. -Luego cambió de tema y dijo-: Unos gitanos están acampando al costado de la ruta de Londres. Vayamos mañana para que nos lean la suerte. A Jane y a Maggie les encantaría venir con nosotras.
    – ¡Qué divertido! Sí, vayamos todas.
    Por la tarde, los sirvientes colocaron las mesas con manteles blancos a la vera del río; los faroles flameaban en sus postes y la carne de venado ya se estaba asando para la cena. Los blancos para el concurso también estaban en su sitio. Pequeñas canoas esperaban cerca de la costa a los cortesanos dispuestos a disfrutar de una agradable excursión antes del atardecer. Se instaló una pequeña plataforma con varias sillas, donde tocarían los músicos del rey y los invitados bailarían danzas campesinas en el césped.
    Era el primer día de junio. Muy pronto, la corte se mudaría a Richmond, y retornaría a Londres a fines del otoño, pues el aire húmedo y cálido de la ciudad se consideraba nocivo para la salud.
    En la habitación de las doncellas, Philippa y sus compañeras se acicalaban para la fiesta. Todas las damas de honor de la reina coincidían en que, pese a sus modestos orígenes, Philippa Meredith siempre lucía los trajes más elegantes. La envidiaban, no porque vistiera con gran lujo, sino que siempre estaba a la moda y su refinamiento y buen gusto eran indiscutibles.
    – No sé cómo lo hace -refunfuñó Millicent Langholme observando a Philippa mientras su sirvienta la ayudaba a vestirse-. Una muchacha de tan baja alcurnia, que solo posee una finca y unas cuantas ovejas, ¿cómo se las arregla para lucir así?
    – Estás celosa, Millicent -dijo Anne Chambers-. Es cierto que su padre, sir Owein Meredith, era un humilde caballero, pero fue un hombre que siempre defendió a Enrique VIII y al padre del rey, mostrando una lealtad inquebrantable a la Casa Tudor. Sir Meredith era gales y cuentan que desde su infancia estuvo al servicio de la familia real.
    – Pero su madre es una campesina -insistió Millicent.
    Anne rió.
    – Su madre es dueña de grandes territorios. No es ninguna campesina. Dicen que hace muchos años le hizo un gran favor a la reina, sacrificando incluso sus propios intereses. La dama de Friarsgate pasó parte de su juventud en compañía de las reinas Margarita y Catalina, quienes la consideraban una gran amiga. Nunca lo olvides, querida. No conozco a nadie que no quiera a Philippa o la critique, excepto tú. Ten cuidado con lo que haces, podrías caer en desgracia. A la reina no le gusta rodearse de gente maligna.
    – De todas formas, pronto me iré de la corte -contestó Millicent malhumorada.
    – ¿Ya se han fijado los términos del acuerdo matrimonial?
    – Bueno, casi. Todavía hay unos pocos e insignificantes detalles que mi padre desea aclarar antes de firmar los contratos correspondientes. -Se cepilló con lentitud su cabello de color rubio platinado-. No conozco esos detalles.
    – Yo sí -intervino Jane Hawkins-. Oí que sir Walter quiere más oro del que se incluye en tu dote y que tu padre tuvo que pedir prestado. Obviamente, está tan ansioso por deshacerse de ti como para endeudarse de esa manera, Millicent.
    – ¿Es todo? -dijo Anne Chambers-. A mí me había llegado el rumor de que sir Walter tenía varios hijos ilegítimos. Dicen que uno de ellos es nieto de un mercader de Londres, quien, en compensación por la deshonra de su hija, reclamó a sir Walter una elevada pensión, sustento para el nieto e, incluso, le exigió que le diera su apellido al niño.
    – ¡Eso es una mentira infame! -gritó Millicent-. Sir Walter es un hombre honorable y virtuoso. Jamás mira a otra joven ahora que está comprometido conmigo. Las mujeres que conoció en su juventud son unas sucias y deshonestas prostitutas, que no merecen más de lo que tienen. Anne, no te atrevas a repetir semejante calumnia o me quejaré con Su Majestad.
    Anne y Jane se retiraron de la habitación muertas de risa. Conocían a la perfección los planes de Philippa y la reputación de sir Walter, un caballero pretencioso y célebre por su lascivia. Ahora Millicent lo vigilaría muy de cerca, y cuando su pretendiente sucumbiera a los irresistibles encantos de Philippa, la pobre no podría hacer nada, salvo enfurecerse. Hasta ese día, ninguna amiga de Philippa la imaginaba capaz de semejante conducta. Pero la joven se transformaba, segundo a segundo, frente a ellas, a causa de su dolor. Además, todas las muchachas estaban muy contentas de que Millicent recibiera por fin un merecido castigo.
    Philippa se había vestido con esmero para la velada. Disponía de un enorme guardarropa en la casa de lord Cambridge. Sus compañeras, en cambio, tenían que contentarse con un espacio mínimo para sus pertenencias y, además, debían empacarlas rápidamente cada vez que la reina Catalina se mudaba. Philippa compartía esos lujos con sus amigas: Cecily, Maggie Radcliffe, Jane Hawkins y Anne Chambers, y enviaba a Lucy, su propia doncella, a buscar las prendas que cualquiera de ellas necesitara.
    Para la ocasión eligió un vestido de brocado de seda color durazno. Tenía un amplio escote cuadrado con una guarda bordada en hilos de oro y falda acampanada. Las mangas ajustaban su delicado hombro y se ensanchaban hasta llegar a la muñeca adornada con puños de volados. De la cintura pendía un largo cordón dorado que sostenía una carterita de brocado de seda. Llevaba una pequeña cofia al estilo Tudor, orlada de perlas, con un velo del que se asomaba su larga cabellera caoba. Adornaba su cuello una fina cadena de oro con un colgante diseñado a partir de un broche de diamantes y esmeraldas que la abuela del rey le había regalado cuando nació.
    – No veo nada que cubra tu escote -le advirtió Cecily.
    – No -dijo Philippa con una sonrisa desafiante-. ¿Y qué?
    – Que tus senos se ven demasiado -continuó Cecily nerviosa.
    – Debo llevar un buen cebo si salgo de cacería -respondió Philippa con desenfado.
    – Por favor, Philippa, no olvides tu reputación. Entiendo que Giles haya herido tus sentimientos, pero no arruines tu buen nombre y honor por su causa. Ningún hombre se merece que una mujer pierda la honra.
    – Francamente, no creo que a Giles le interese nada de lo que me suceda. Nunca me amó. Jamás podré perdonarle su egoísmo. Si le importa más la Iglesia que desposarse conmigo, muy bien, que sea sacerdote entonces. Mantuve mi castidad para casarme con él. Sabes muy bien que jamás permití que un joven me besara, a diferencia de muchas de nuestras compañeras. ¡Hasta tú lo hiciste, Cecily! Pronto mi madre me encontrará un rico terrateniente inglés o mi padrastro me presentará al hijo de alguno de sus amigos escoceses; entonces, me casaré y no me divertiré nunca más. Lo peor de todo es que tendré que abandonar la corte para siempre. Así que, ¿qué tiene de malo que haga algunas travesuras mientras soy libre? El terrateniente inglés o el lord escocés jamás se enterarán. Además, conservaré mi virginidad para mi futuro marido.
    – Es verdad, hasta ahora te has comportado mucho mejor que todas nosotras. Y ahora que los favoritos del rey han caído en desgracia gracias al cardenal Wolsey, no parece tan arriesgado que juguetees con algunos jóvenes de la corte.
    – Empezando por el presumido sir Walter de Millicent. Ya le sacaré a esa arpía las ganas de hablar a mis espaldas. Lo más gracioso es que aunque esté furiosa con sir Walter, igual tendrá que casarse con él porque lo que más desea en el mundo es el prestigio que obtendrá con ese matrimonio.
    – Pobre sir Walter -dijo la bondadosa Cecily-. Desposará a una bruja.
    – No siento la menor pena por él. Está muy ocupado con las negociaciones de su alianza, pero ya verás cómo, pese a todo, sucumbirá a mis encantos. Para mí, sir Walter no es un hombre honorable. Él y Millicent son tal para cual. Les deseo toda la infelicidad del mundo.
    – ¿No sientes piedad?
    – No. Un hombre sin honor no vale nada. Dicen que mi padre era un caballero noble y gentil. También lo son mi tío lord Cambridge y mi padrastro Logan Hepburn. Y no me casaré con ningún hombre que no lo sea.
    – Te has vuelto muy severa. -No. Siempre he sido así.

CAPÍTULO 02

    – ¡Vamos, jovencitas! -vociferó lady Brentwood, la asistente de las doncellas-. El día de campo está por comenzar. Su Majestad permitió que paseen a gusto, siempre que dos de ustedes se turnen para acompañarla.
    Las damas de honor salieron de sus aposentos riendo y parloteando como cotorras. Un día de campo junto al río era un programa maravilloso. Sobre todo porque en esas ocasiones, las formalidades de la corte solían dejarse de lado. Era un día hermoso. El cielo azul y la fresca brisa que mecía las flores prometían una jornada inolvidable. Como era muy temprano para ejecutar su plan, Philippa se ofreció a escoltar a la reina. Aún no había visto a sir Walter y quería aguardar hasta que se encontrara ligeramente ebrio.
    – Estás muy bella, pequeña -dijo Catalina a Philippa-. Me traes bellos recuerdos de tu madre y de los años que pasamos juntas en el palacio cuando éramos niñas. -La hijita de la reina, a quien se le había permitido asistir a la fiesta, saltaba en el regazo de su madre-. María, mi amor, por favor, quédate quieta. A papá no le va a gustar verte así.
    – Su Majestad, ¿le gustaría que lleve de paseo a la princesa? -preguntó Philippa con gentileza-. También puedo jugar con ella y entretenerla un rato. Siempre ayudé a mamá a cuidar a mis hermanos.
    La reina asintió aliviada.
    – Querida Philippa, ¿harías eso por mí? El embajador de Francia viene esta tarde a verla y le escribirá al rey Francisco sobre los progresos de nuestra princesita. Ahora que María está comprometida con el delfín, los franceses no le quitan los ojos de encima. Aunque yo preferiría que se casara con mi sobrino Carlos. Sí, mejor llévatela de aquí y trata de que no se ensucie.
    – Sí, Su Majestad -dijo Philippa tras hacer una reverencia. Luego, tomó de la mano a la pequeña princesa-. Venga conmigo, Su Alteza. Vamos a pasear por los jardines y admirar las bellas vestimentas que lucen los invitados.
    María Tudor, con sus tres años de edad, se deslizó de la falda de su madre y, respetuosamente, aceptó la mano que le tendía la señorita Meredith. Era una niña de mirada muy seria, bonita, de cabello caoba similar al de Philippa. Su vestido era una réplica en miniatura del de su madre.
    – Tu vestido es bonito -reconoció. La princesa María tenía una inteligencia notable. Pese a su corta edad, podía sostener una conversación sencilla tanto en inglés como en latín.
    – Gracias, Su Alteza.
    Caminaron a la vera del río y la niña señaló las embarcaciones. -¡Vamos! -gritó exultante de alegría-. Quiero pasear en bote. Philippa sacudió la cabeza.
    – ¿Su Alteza sabe nadar?
    – No.
    – Entonces no puede pasear en canoa. Para hacerlo es necesario saber nadar.
    – ¿Y tú sabes nadar? -le preguntó escrutándola con su extraña mirada de adulta.
    – Sí -respondió Philippa con una sonrisa. -¿Quién te enseñó?
    – Un hombre llamado Patrick Leslie, conde de Glenkirk.
    – ¿Dónde?
    – En un lago de las tierras de mi madre. También les enseñó a mis hermanas Banon y Bessie. Pensábamos que nuestro lago era muy frío, pero él nos dijo que los lagos ingleses eran tibios en comparación con los escoceses. Una vez estuve en Escocia, pero nunca me aventuré a nadar en sus gélidas aguas.
    – Mi tía Meg es la reina de Escocia -anunció la pequeña María.
    – Ya no -corrigió Philippa-. Luego de enviudar, su tía contrajo nuevas nupcias. Ahora solo es la madre del rey. Pero yo tuve la suerte de visitaría junto con mi madre cuando todavía era reina de Escocia. Su corte era espléndida.
    – ¿Mejor que la de mi papá? -preguntó con un dejo de arrogancia.
    – No hay en el mundo una corte como la del rey Enrique. Como usted bien sabe, su padre es el rey más distinguido y gallardo de toda la cristiandad.
    – ¡Qué delicioso elogio! -dijo Enrique VIII acercándose a su hijita. Philippa, ruborizada, le hizo una reverencia.
    – ¡Papá! -gritó María Tudor, riendo mientras él la tomaba en sus brazos y la acariciaba con ternura.
    – ¿Y quién es la más bella princesa del mundo? -preguntó el rey a su hija, besando sus mejillas rosadas.
    La niña reía con felicidad. El rey se dirigió a Philippa:
    – Tú eres la hija de Rosamund Bolton, ¿o me equivoco, señorita?
    El rostro de la joven era pura dulzura e inocencia.
    – Lo soy, Su Majestad -respondió apartando la vista, como dictaba el protocolo. Además, a Enrique Tudor le molestaba muchísimo que lo miraran a los ojos.
    El rey se acercó a la joven Meredith y le rozó la mejilla con un dedo.
    – Eres tan bella como Rosamund a tu edad. Como sabrás, nos conocemos desde hace muchos años.
    – Sí, Su Majestad, ella me lo ha contado todo -rió Philippa con nerviosismo.
    – ¡Ah! -dijo Enrique con una sonrisa-. Entonces conoces toda la historia. En esa época yo era un muchachito lleno de malicia.
    – Incluso le gustaba apostar a las cartas -respondió con picardía.
    – ¡Ja, ja, ja! Es muy cierto, señorita Philippa. Y mi abuela recolectaba el dinero de las apuestas y las ponía religiosamente en la caja de los pobres en Westminster. Así fue como aprendí a no apostar. -Dejó a su hija en el suelo-, Me enteré de que el hijo menor de Renfrew ha decidido ordenarse sacerdote. Lo siento mucho.
    A Philippa se le llenaron los ojos de lágrimas, pero se las secó de inmediato.
    – Es la voluntad de Dios -afirmó la joven sin la menor convicción.
    – Puedes contar con mi ayuda, señorita Philippa -murmuró Enrique Tudor-. Tu madre sigue siendo una de mis grandes amigas, aunque se haya casado con un escocés salvaje.
    – Gracias, Su Majestad -contestó con una reverencia.
    – También recuerdo a tu padre, pequeña. Era un buen hombre y, además, fue el más leal servidor de la Casa Tudor. Sus hijas cuentan con mi amistad eterna. No lo olvides, Philippa Meredith. Ahora, por favor, lleva a mi hija con su madre. Luego, regresa y únete a tus amigos, así te diviertes un poco, jovencita. ¡Es una orden del rey! -exclamó prodigándole una amplia sonrisa-. ¡Corre a divertirte! Es el último día de mayo, hay que disfrutarlo.
    El rey la observó partir. ¿Cómo era posible que la hija de Rosamund Bolton hubiera crecido tanto? Tanto como para casarse y tener el corazón destrozado… "Había otras dos Meredith -recordó el monarca-, y su padrastro le había dado dos hermanos más". ¿Y él qué tenía? Una niña y una mujer demasiado vieja para parir los hijos varones que necesitaba. La reina había perdido una criatura hacía seis meses. Siempre ocurría lo mismo: cuando el embarazo llegaba a término, los bebés nacían muertos o sobrevivían al parto unos pocos días. María fue la única que pudo seguir con vida. Algo no estaba bien. Los médicos decían que la reina no podía tener más hijos. ¿Acaso Dios trataba de transmitirle algún mensaje? Observó a su esposa sentada en el trono, al otro lado del parque. Su piel otrora rozagante se veía macilenta; su cabellera brillante ahora lucía opaca. La reina pasaba cada vez más tiempo rezando de rodillas y cada vez menos tiempo cumpliendo sus deberes reales en la cama.
    Enrique contempló al grupo de doncellas que acompañaban a Catalina, y sus ojos se posaron en la sobrina de Montjoy, la deliciosa Elizabeth Blount. Era pequeña y curvilínea, de cabello rubio y ojos celestes. Junto con su hermana Mary, era la bailarina más graciosa de la corte, además cantaba como los ángeles. Tenía un gran ingenio, pero también era dócil frente a la autoridad, cualidad que, según Montjoy, podía convertirla en la mejor esposa del mundo. El rey entrecerró sus ojos azules. Si la joven era tan obediente como aseguraba Montjoy, sería una amante encantadora, feliz de rendirse ante la pasión de Su Majestad. Enrique Tudor sonrió. ¡Qué dulce verano tendrían por delante, si no los asolaba la peste o la fiebre! Luego continuó su paseo por los jardines y saludó con júbilo a todos los invitados.
    Philippa volvió junto a la reina para entregarle sana y salva a la princesita.
    – Hemos dado una magnifica caminata, Su Majestad. La princesa quiso pasear en bote, pero no me pareció seguro.
    – ¡Muy bien hecho! -aprobó la reina.
    – ¿Qué te ha dicho el rey en el parque? -preguntó con malicia Millicent-. Estuvieron conversando un rato largo, Philippa Meredith.
    – El rey sólo quería estar con su hijita. Me preguntó por mi madre y también por el resto de mi familia en Cumbria. Ellos se conocen desde que eran niños. ¿Y por qué te interesa mi conversación con el rey, Millicent Langholme? ¿Acaso tu vida es tan aburrida que necesitas entrometerte en los asuntos ajenos? Supongo que pronto tendrás novedades, cuando sir Walter termine de decidirse si desea o no comprometerse formalmente contigo.
    "Cómo me voy a divertir con tu arrogante caballero frente a tus propias narices, Millicent -pensó Philippa-. Y no podrás hacer nada más que enfurecerte".
    La reina sonrió con disimulo, mientras la señorita Langholme permanecía muda de indignación.
    – ¿Cómo está tu madre? -preguntó la monarca a Philippa. -Con buena salud, gracias. Su Majestad, ¿me permite el atrevimiento de preguntarle si sería posible asignarle un puesto en la corte a mi hermana Banon? Es una niña encantadora, pero si pasara un tiempo al servicio de Su Majestad, refinaría su carácter. Ella posee sus propias tierras en Otterly.
    – Si Millicent Langholme se casa, entonces podré recibir con suma alegría a Banon en la corte -respondió Catalina-. Banon. ¡Qué nombre extraño!
    – Significa "reina" en gales. Su nombre completo es Banon Mary Katherine Meredith, madame. Mi padre la llamó Banon -explicó Philippa.
    – Por supuesto, para honrar sus raíces -dijo la reina mientras pensaba que Philippa se había convertido en una auténtica criatura de la corte, que se atrevía incluso a solicitar un cargo para su hermana.
    La tarde comenzó a extinguirse. Algunas personas bailaban, mientras los músicos tocaban, unos caballeros en mangas de camisa practicaban tiro al blanco, parejas de enamorados navegaban por el río. Philippa observó a todos los invitados y, de pronto, vislumbró a sir Walter Lumley. Su presa se encontraba parada junto a un grupo de hombres que jugaban a los dados. Philippa se dirigió allí deprisa; por suerte, también se hallaba Bessie Blount.
    Bessie le sonrió al ver que se aproximaba. Era una joven de buenos sentimientos, pero sus posibilidades de conseguir un buen partido eran aun más remotas que las de Philippa.
    – ¡Ven a ver cómo está ganando Tony Deane! -gritó Bessie.
    – ¿Sabe Cecily que eres aficionado a los dados? -bromeó Philippa a sir Anthony Deane, el prometido de su mejor amiga.
    – Mientras me sonría la suerte, ¿te parece que mi amada podrá poner alguna objeción? -replicó el muchacho. Luego volvió a arrojar los dados y ganó una vez más, para alegría de todos los espectadores.
    Philippa logró infiltrarse en el grupo contiguo y se paró junto a sir Walter.
    – ¿Le gustan los dados, sir? -preguntó con una sonrisa provocativa.
    – Sí, me complace jugar de vez en cuando -admitió; sus ojos se posaron en el espectacular escote de la doncella y se relamió.
    – Yo nunca jugué a los dados -dijo Philippa fingiendo inocencia y atrayendo inmediatamente la atención de sir Walter y de otros caballeros-. ¿Es difícil?
    – No mucho -respondió sir Walter con una amplia sonrisa mientras ella lo miraba con curiosidad-. Señorita Meredith, ¿le gustaría que le enseñara?
    – ¿Lo haría? -respondió con dulzura-. ¿Y cuánto debo apostar? -Tomó la carterita que colgaba de su cintura y dijo-: Espero tener dinero suficiente.
    Tanto Bessie Blount como Tony Deane miraban azorados a Philippa. Sabían perfectamente que ella no era la niña tonta que fingía ser en ese momento. Pero se quedaron callados. Sentían una enorme curiosidad por la conducta de su amiga.
    – No, usted no debe tocar sus preciosas monedas -dijo muy galante sir Walter-. En lugar de dinero, sugiero que el premio sea un beso, señorita Meredith.
    – Nunca nadie me ha besado. Sir, ¿una conducta tan indecorosa no pondría en peligro mi buen nombre y honor?
    Sir Walter parecía confundido. Decirle a esa joven que su reputación permanecería intacta luego de rifar sus besos a los dados era una mentira atroz. Pero él se moría por besarla en ese preciso instante, y que esos apetitosos labios fueran vírgenes avivaba aún más su deseo. Además, quería juguetear con esos senos redondos que la joven exhibía de manera tan descarada.
    – No soy partidario de abandonar cuando voy ganando -anunció finalmente Tony Deane-. Philippa, ¿por qué no observas cómo juegan los demás? Más tarde, cuando entiendas las reglas, puedes probar tú misma, aunque sugiero que apuestes dinero y no tu buen nombre.
    – Es cierto. Estoy absolutamente de acuerdo -accedió sir Walter-. Yo le explicaré mientras Tony hace su jugada, señorita Meredith. -Deslizó el brazo alrededor de su fina cintura y notó complacido cómo ella se acercaba a él en lugar de apartarse.
    – Muy bien. Le estoy eternamente agradecida por su atención. Usted es el caballero más gentil que he conocido.
    Esto sería mucho más efectivo que el tiro al blanco.
    – Por favor, querida, es un placer -replicó, embriagado por el delicioso perfume de la doncella.
    Philippa notó la lujuria en su mirada. "Qué idiota -pensó-. Millicent lo llevará por la vida con mano firme y su matrimonio será un infierno. Aunque él se lo merece, como la mayoría de los hombres".
    – Este juego no parece nada complicado-comentó la joven contemplándolo arrobada.
    – Es cierto -acordó sir Walter. Ciertamente, no podía apartar la vista del tentador escote. Su futura esposa tenía senos tan pequeños como los de una niña, y no olía tan bien como esta mujercita. Pero era un buen partido y él lo sabía. La sangre de Millicent era más noble que la suya y, además, era hija única, de modo que cuando su padre muriera, era muy probable que sir Walter heredara el titulo de barón. Sí, ella era la esposa perfecta para él. En cambio, Philippa era una fruta madura que debía saborearse en el momento, antes de que fuera demasiado tarde. Sus brazos sujetaron con más fuerza la delicada cintura.
    La muchacha se alejó de un salto de sir Walter.
    – Tal vez no deba jugar. En realidad, no cuento con los medios para hacerlo.
    – Me parece una decisión muy sabia -acordó Tony Deane. ¿Qué estaba tramando esa maliciosa joven? Nunca la había visto actuar así.
    – Debería volver con la reina -dijo Philippa con nerviosismo.
    – Si no desea jugar a los dados -ronroneó sir Walter-, entonces vayamos a dar un paseo por la ribera, señorita. El río se ve encantador con los reflejos del atardecer.
    – ¿Pero no provocaríamos habladurías, sir? Usted dijo que estaba comprometido con Millicent Langholme.
    – Todavía no hemos firmado nada, señorita. Tan solo le propongo una inocente caminata a la vista de toda la corte.
    – Bueno, no sé si es correcto, No me gustaría herir a Millicent.
    – Es solo una corta caminata -repitió sir Walter, tomándola del brazo y conduciéndola hacia el río.
    Bessie Blount preguntó riendo:
    – ¿Qué significa todo esto? ¿Por qué está actuando así?
    – No entiendo qué pretende -declaró Tony Deane, mientras recogía sus ganancias y le pasaba los dados al siguiente jugador.
    – Yo tampoco -dijo Bessie-, aunque te puedo asegurar que Millicent y Philippa se odian. Millicent suele tratarla con un desdén y una soberbia intolerables. Ya sé a quién podríamos preguntarle, Tony: a tu prometida. Ella debe estar al tanto de todo, porque son amigas íntimas.
    – Prefiero no enterarme de las travesuras de Philippa -replicó el joven. Tony no solo era un hombre alto de cabello rubio ceniza y ojos azules, sino que, además, era un rico terrateniente de Oxfordshire.
    Bessie rió.
    – En cambio, yo me muero de intriga. Ya mismo voy a buscar a Cecily. -Se marchó de prisa. Cecily y Millicent estaban con la reina. Bessie se acercó con sigilo, y le preguntó a Cecily en voz baja-: Dime, ¿qué está haciendo Philippa?
    – Vengándose -susurró y luego preguntó en voz muy alta-: ¿Millicent, acaso no es sir Walter quien pasea a la vera del río con Philippa Meredith?
    – No puede ser -respondió la muchacha irritada-. ¿Qué asunto podría estar conversando con ella?
    Todas las mujeres que la rodeaban soltaron una carcajada. Hasta la reina Catalina sonrió.
    – Sí, sin duda es Philippa -insistió Cecily-. Y mira qué juntos caminan y cómo él se inclina hacia ella. ¡Creo que la besó! No, espera. No la besó. Solo está hablando con ella, sus labios están tan cerca que me confundí.
    Millicent miró con furia hacia el río.
    – Ese hombre no es sir Walter -aseguró Millicent, aunque sabía, como todo el mundo, que se trataba de su prometido. ¡La muy zorra la estaba humillando delante de toda la corte! ¿Cómo era posible? Le contaría todo de inmediato a su padre. Él no permitiría que su hija se casara con un hombre tan indecente. Sin embargo, recapacitó enseguida, y empezó a recordar las propiedades de sir Walter en Kent, su hermosa casa y el oro que su padre estaba comprando para agregar a la dote. Además, sabía perfectamente lo que le diría el señor Langholme: los hombres debían hacer su vida y las mujeres inteligentes debían mirar para otro lado. Pero ¿cómo podía mirar para otro lado cuando sir Walter estaba flirteando tan escandalosamente frente a todo el mundo? Lo único que deseaba era abofetear a aquella muchacha atrevida. Sus ojos volvieron a dirigirse hacia el río y frunció el ceño.
    Philippa reía junto a sir Walter.
    – Usted es un picaflor infatigable. Me pregunto si su prometida lo sabe.
    – Todo hombre tiene derecho a admirar la belleza, señorita Philippa.
    – Usted desea besarme, ¿no es así? -replicó la joven provocativamente.
    – Así es, sería un honor darle el primer beso.
    – Mmmh, lo pensaré. He guardado ese beso durante años para el hombre con quien me iba a casar. Pero él decidió abandonarme y dedicar su vida a Dios. ¿No debería seguir reservándolo para mi futuro marido?
    – Su virtud es admirable, señorita Philippa. Pero no creo que una bella dama deba privarse de un inocente beso. Un poco de experiencia en ese arte no puede considerarse indigno ni arruinar su reputación. ¿Acaso cree que todas las doncellas de la reina son tan inocentes como usted? Por lo que sé, no es así. -Y le dedicó una sonrisa lasciva.
    – Usted habla muy bien, sin embargo, me pregunto si es correcto besar a un hombre que está a punto de comprometerse. Dirán que soy una mujer descarada por hacer algo semejante. Sir Walter, debo pensar seriamente a quién daré mi primer beso. -Le sonrió con dulzura y picardía-. Ahora deseo volver con mis compañeras. No quiero que nuestro paseo dé lugar a rumores. -Así fue como Philippa se escapó. Alzó su falda y atravesó el parque, dejando a sir Walter Lumley solo e insatisfecho.
    La primera en acercarse fue Cecily. La tomó del brazo y caminaron juntas entre los invitados.
    – Millicent está furiosa. Me las arreglé para mostrarle que estabas paseando con sir Walter.
    – Ahora, debo decidir si lo besaré o no. Como sabes, nunca he besado a nadie, me mantuve casta durante años para el traidor de tu hermano.
    – ¡No, Philippa! No le regales tu primer beso a sir Walter. Además, escuché que no besa bien. Dáselo a Roger Mildmay, ¡él sí que sabe besar! -replicó Cecily.
    – ¿Fue el primer hombre que besaste?
    Cecily asintió con una pequeña sonrisa.
    – Además, es encantador. Llegué a pensar que podría ser un buen partido para ti, Philippa. Sus propiedades están cerca de las de Tony, en Oxfordshire. Pero luego supe que planeaba casarse con la hija de un vecino. Aun así, insisto en que es un buen candidato para tu primer beso. ¿Quieres que le pregunte?
    – ¡Cecily! -gritó Philippa ruborizada.
    – Es mejor que lo beses ya mismo para sacarte de encima a sir Walter. Ya molestaste bastante a Millicent hoy. Ella no merece que le dediques más tiempo. -Tomó la mano de su amiga y le sugirió-: Ven conmigo. Allí están sir Roger Mildmay y Tony. Le preguntaré si quiere besarte.
    Philippa se echó a reír.
    – Tengo quince años, nunca nadie me ha besado y mi mejor amiga tiene que pedirle a un hombre que me rinda los honores. Es una vergüenza, quedaré como una tonta.
    – No, no con Roger. Es muy gentil y comprensivo. Él apreciará que hayas guardado ese beso para Giles. ¡Vamos!
    Arrastró a Philippa a través del parque hasta el sitio donde su prometido conversaba animadamente con Roger Mildmay. En puntas de pie, Cecily le susurró algo a sir Roger. Luego, soltó la mano de Philippa y tomó la de Tony para llevárselo a otra parte.
    Sir Roger Mildmay le sonrió con ternura.
    – Esto es ridículo -se quejó Philippa-. ¿Qué le dijo Cecily?
    – Que si yo no le daba su primer beso, Walter Lumley lo haría. De seguro usted no desea eso, ¿o sí señorita Philippa?
    Sir Roger era un hombre joven de contextura mediana, cálidos ojos marrones y cabello color arena.
    – No -respondió.
    – ¿Por qué nadie la ha besado? Ya hace tres años que está en la corte. Lo recuerdo porque llegó junto con Cecily FitzHugh. ¿Por qué no quiere ser besada?
    – Me estaba reservando para Giles FitzHugh, mi prometido.
    – Es una actitud muy tierna de su parte. Algún día encontrará al hombre apropiado del que será una espléndida y fiel esposa. Mientras tanto, señorita Philippa, siéntase libre de buscar el amor como lo hacen todas las doncellas de la reina.
    – ¿No le parece una conducta libertina, señor?
    – Solo si se cometen excesos. Le propongo que pasemos el resto del día juntos. Las damas aseguran que mi compañía es muy agradable -se jactó con una sonrisa.
    Philippa rió.
    – Cecily tiene razón. Usted es muy agradable.
    – Entonces, ¿estamos de acuerdo? Le daré su primer beso. Y luego vendrán muchos más, espero. Pero, antes que nada, quiero ser muy claro. Tengo entendido que su familia está buscándole otro candidato, debo advertirle que no estoy disponible. Al final del verano volveré a mis tierras para casarme con Anne Brownley, la hija de un vecino. Estamos comprometidos desde que éramos niños y estoy muy contento de desposarla. -Sir Roger la miró a los ojos y le sonrió con calidez-. Sé que su corazón está destrozado por lo ocurrido y no quiero agregarle otro pesar.
    – Cecily me dijo que usted era un auténtico caballero y también me informó de su compromiso con otra mujer. Por otra parte, es poco probable que alguien se interese en mí ahora. Ya tengo quince años y mis tierras están casi en Escocia.
    – Pero usted es muy bella. Pronto aparecerá el hombre de sus sueños.
    Philippa sacudió (a cabeza con pesimismo.
    – Mi madre querrá que mi marido viva en Friarsgate conmigo. Si al menos mis tierras quedaran cerca de Londres… -Philippa suspiró-. Para colmo, no tengo un nombre importante ni familiares de alcurnia.
    – ¿Entonces cómo llegó a la corte? -preguntó el caballero con curiosidad.
    – Mi madre era la heredera de Friarsgate. Cuando tenía apenas tres años de edad, murieron sus padres y también su hermano mayor, y quedó bajo la tutela del tío de su padre. Henry, así se llamaba, la casó con su hijo de cinco años. Cuando mi madre cumplió cinco, su pequeño esposo falleció. Muchas familias querían desposar a mi madre con sus hijos. Pero Henry deseaba apoderarse de Friarsgate. Entonces casó a mi madre con un caballero anciano para alejarla de los candidatos más jóvenes. Su intención era casarla, llegado el momento, con su hijo menor. Contra todo lo previsto, el viejo esposo se ocupó de la educación de mamá como si fuera una hija y le enseñó a administrar sus propiedades. Poco antes de morir, escribió en el testamento que su viuda debía quedar bajo la custodia del rey Enrique VIL Así fue como se frustraron los planes del tío Henry, quien, pese a sus furiosos arrebatos, no pudo evitar que m¡ madre fuera a la corte. Al principio, se ocupó de ella la reina Isabel y, cuando la pobre murió, la cuidó la Venerable Margarita, la abuela del rey Enrique. Sus dos mejores amigas eran Margarita Tudor y la princesa de Aragón.
    – ¡Qué afortunada! -exclamó sir Roger impresionado.
    – Mamá volvió a su hogar cuando Margarita Tudor se convirtió en la reina de Escocia. Pero antes de retornar a Friarsgate, ya habían arreglado su matrimonio con quien sería mi padre, sir Owein Meredith. Él era gales y se había criado con los Tudor. Estuvo a su servicio desde los seis años y los reyes lo querían y respetaban mucho. Parte del camino a Friarsgate lo hicieron junto con el séquito nupcial de Margarita de Escocia. Papá amaba esas tierras tanto como mi madre. Eran una pareja perfecta y fue muy triste cuando él murió súbitamente tras caerse de un árbol.
    – ¿Su madre ha vuelto a casarse? -preguntó sir Roger.
    – Sí. Mamá y las dos reinas siguieron siendo amigas y es por eso que estoy aquí. Tenía diez años cuando mi madre me trajo a la corte, y quedé deslumbrada para siempre. La reina Catalina me aceptó como su dama de honor cuando cumplí los doce.
    – Sin duda, muchas jovencitas sienten celos de usted, señorita Philippa. Para ser una joven sin ningún título, ha llegado muy lejos. Perder un candidato como Giles FitzHugh debió de ser un duro golpe para su familia. Entiendo perfectamente sus problemas, ojalá sus tierras estuvieran más cercas de Londres.
    – Sí, lo sé -aprobó con tristeza Philippa.
    Al ver que los ánimos de la doncella languidecían, le propuso:
    – Vamos, jovencita. Vamos a bailar y a divertirnos. Acaban de encender los faroles, el aire es suave y la noche clara. Sé que le gusta bailar porque la vi en varias fiestas.
    Se unieron a una ronda de bailarines y enseguida Philippa quedó atrapada por la música y el ritmo. Bailaba con mucha gracia, y cuando sir Roger la alzó por los aires, rió de felicidad. Su tristeza había desaparecido. Al rato, el caballero le dio un inesperado y rápido beso en sus deliciosos labios.
    – ¡Oh! -exclamó Philippa llena de estupor, y volvió a sonreír.
    Con una sonrisa maliciosa la tomó de la mano, y juntos se deslizaron en la oscuridad en dirección al río.
    – Sus labios son dulces-le dijo. Luego se detuvo, la abrazó y la besó como sólo él sabía hacerlo.
    Cuando Roger por fin soltó a Philippa, ella lo miró radiante de goce.
    – ¡Ahora sí! -clamó la doncella-. Esta vez fue mucho más placentero, milord. ¿Por qué no lo hace de nuevo? -Cuando se sintió satisfecha se lamentó-: ¡Cómo pude esperar tanto tiempo! Soy una tonta.
    Sir Roger rió a carcajadas.
    – Señorita Philippa, confieso que siento envidia del hombre que algún día sea su esposo. Ahora volvamos al baile, no me gustaría que su reputación se viera dañada por permanecer demasiado tiempo a solas conmigo.
    Philippa accedió de mala gana. Jamás se había sentido así. Los besos de sir Roger la habían dejado extasiada.
    Por la noche, Philippa y Cecily, ya acostadas, comentaron en voz baja los acontecimientos del día. Cecily se rió a carcajadas al escuchar el relato de la aventura de su amiga con sir Roger.
    – Te lo dije. Es el mejor de todos. ¡Qué lástima que esté comprometido con otra!
    – No me importa. Sus besos son adorables, aunque no lo imagino como marido. Ahora cuéntame de Millicent. ¿Estaba furiosa? ¿Qué dijo?
    – No dijo demasiado, pues la reinase hallaba presente. Pero estaba verde de ira porque sir Walter te estaba prestando mucha atención. Luego de que tú y Walter se separaran, ella le pidió permiso a la reina para retirarse y corrió a encontrarse con él. Curiosamente, ¡no lo regañó! Supongo que, como aún no se ha formalizado el compromiso, no le convenía. Lo aferró del brazo y lo miró con amor. Te juro que parecía una dulce ovejita adorando a su cordero -Cecily rió con malicia-. ¿Seguirás jugueteando con sir Walter o ya estás satisfecha? Tony me dijo que fingiste no saber jugar a los dados. ¡Y todos saben que eres la mejor jugadora entre las damas de la corte!
    – Seguiré tu consejo: no desperdiciaré mi tiempo en Millicent. Ahora tengo cosas mucho más importantes que hacer. Seduciré a todos los hombres que pueda antes de que me lleven de vuelta al norte para casarme con algún campesino idiota. Así tendré maravillosos recuerdos de mis últimos días en la corte del rey Enrique.
    – Evidentemente, sir Roger te ha levantado los ánimos -comentó Cecily con una sonrisa-. Es un hombre encantador. Ahora tratemos de dormir un poco. Mañana debemos mudarnos a Richmond antes del receso estival. Pienso que este año iremos al norte.
    Al día siguiente, la corte partió de Greenwich en dirección a Richmond. Por fortuna, aún no había signos de ningún tipo de epidemia. Muchas doncellas abandonaban la corte a medida que se acercaba el verano. Algunas, como Millicent y Cecily, se casarían pronto. La idea de perder a su mejor amiga entristeció aún más a Philippa y su conducta empeoró. Jugaba a los dados con los jóvenes caballeros de la corte, y perdía lo justo para que siguieran apostando; pagaba sus deudas con besos y también con abrazos. Su doncella, la bondadosa Lucy, la regañaba en vano. Lucy quería enviarle una carta a su madre, pero no sabía escribir ni contaba con el dinero necesario para contratar a un escribiente.
    La reina estaba cada día más cansada; se decía que era a causa de la edad. Al parecer, el último embarazo la había dejado exhausta. Catalina planeaba pasar el mes de julio en Woodstock en lugar de acompañar al rey y a la corte. Enrique se mostró disgustado, aunque finalmente aceptó el pedido de su esposa.
    Cecily no iría a Woodstock porque debía volver a su hogar para casarse en agosto. El plan original era que Philippa viajara con ella, pero como Giles la había abandonado, el conde de Renfrew y su mujer pensaron que sería mejor que permaneciera en la corte.
    – Querida, temo que visitarnos en esta ocasión te traiga recuerdos de Giles -le confesó Edward FitzHugh a Philippa-. No deseamos que la boda de Cecily esté cubierta por un manto de tristeza, aun cuando intentaras aplacar tu dolor. Y como sé que no deseas hacerle eso a tu mejor amiga, lady Anne y yo decidimos privarnos de tu presencia por esta vez.
    Philippa asintió en silencio, sus mejillas se inundaron de lágrimas. El conde tenía razón, sin duda, pero ¡era una desgracia perderse la boda de Cecily y Tony!
    – Cecily ya está al tanto de nuestra decisión, Philippa. No queríamos causarte más dolor, mi niña. Lo siento mucho. La decisión de mi hijo nos complicó la vida a todos. Bien sabes que tanto mi mujer como yo estábamos felices de que formaras parte de nuestra familia y fueras una hija más. Pero las cosas sucedieron de otra manera. De todas formas, le dije a tu madre que trataré por todos los medios de buscarte un nuevo candidato.
    De pronto, Philippa se enojó.
    – Creo, milord, que mi familia puede ocuparse perfectamente de encontrarme un candidato sin su ayuda -replicó con frialdad-. Ahora volveré al dormitorio para ayudar a Cecily a terminar de empacar. -Hizo una brusca reverencia, dio media vuelta y se alejó del conde de Renfrew.
    Una ligera sonrisa se dibujó en los labios de Edward FitzHugh. Esa niña orgullosa habría sido un gran aporte para la familia. Hasta llegó a pensar que la joven era demasiado buena para el tonto de su hijo.
    Philippa volvió llorando junto a Cecily. Se sentó en la cama al lado de su mejor amiga y le acarició el hombro.
    – Tus padres tienen razón -comenzó a decir-. Pero odio a tu hermano, por su culpa me perderé tu boda. Aunque supongo que me escribirás contándome todo, ¿verdad, querida? Y esta vez ni Mary ni Susanna se sentirán celosas porque me prefieres a mí.
    – Me siento mucho más cerca de ti que de mis hermanas -sollozó Cecily.
    – Algún día vendrás a mi boda -declaró Philippa-. Mi madre está en plena búsqueda de un hombre incauto para encadenarlo a Friarsgate, es lo único que le importa en el mundo, mucho más que su pobre hija.
    – ¿Irás a tu casa este verano?
    – ¡Por Dios, no! Solo volví unas pocas semanas luego de mi primer año en la corte porque la reina insistió en que debía hacerlo. Nunca me aburrí tanto en mi vida. No, no regresaré a Friarsgate a menos que me lleven por la fuerza.
    – Pero tu vida no va a ser muy divertida este verano, ya que debes ir a Woodstock para acompañar a la reina en lugar de unirte al resto de la corte -agregó Cecily.
    – Lo sé -gruñó Philippa-. Nos marcharemos dentro de unos días. Tú te vas mañana, y yo me quedaré devastada por tu partida.
    – Tony me prometió que volveremos a la corte para Navidad. Hasta ese momento nos quedaremos en sus tierras.
    – ¿Irán inmediatamente después de la boda? -preguntó Philippa mientras doblaba varios pares de mangas y los depositaba con cuidado en el baúl de Cecily.
    – No. Primero iremos a Everleigh, la casa más antigua de los FitzHugh. Nos quedaremos un mes para relajarnos y disfrutar de la belleza del lugar, y después iremos a Deanemere, nuestro futuro hogar. Everleigh está bastante lejos y es una residencia pequeña, ideal para nosotros dos, pero no podremos recibir invitados. La casa siempre se mantuvo en perfecto estado, aunque hace mucho tiempo que mi familia no vive ahí.
    – ¡Te extrañaré mucho, Ceci!
    – Y yo a ti.
    – Ya nada será igual entre nosotras. Tú estarás casada y yo no.
    – Pero siempre serás mi mejor amiga.
    – Siempre.

CAPÍTULO 03

    Cecily FitzHugh regresó a su casa; también la odiosa Millicent Langholme. Solo quedaban en la corte Elizabeth Blount y Philippa Meredith, que en dos días partirían con la reina al anodino, tranquilo y aburrido Woodstock, para pasar un verano tedioso. Enrique, por su parte, se dirigiría a Esher y Penhurst con los pocos cortesanos que habían permanecido en el palacio. Pensaban disfrutar de las vacaciones estivales cazando durante el día y comiendo y riendo durante la noche.
    La reina planeaba recibir pocos invitados, practicar un poco de ejercicio físico y, sobre todo, rezar, de modo que las doncellas se vieran obligadas a costarse temprano. Oxfordshire era un lugar idílico, pero, sin la vivaz compañía de la corte, carecía de todo interés para Philippa. No obstante, la reina amaba su belleza bucólica y las cinco capillas donde podía orar; su preferida era la pequeña iglesia redonda. El panorama era deprimente, Philippa estaba al borde de la desesperación.
    – ¿De dónde lo sacaste? -preguntó Philippa.
    – Lo robé -respondió la pícara Bessie- Es un exquisito vino de Madeira que encontré en la recámara de María de Salinas. Desde que se casó el año pasado, nadie vio la botella sobre el estante. Sería una pena desperdiciar un vino semejante y, considerando el verano que nos espera, creo que nos hará falta. Ojalá pudiéramos partir con el rey. Woodstock es tristísimo sin su presencia.
    Philippa bebió el contenido de la copa y pidió un poco más.
    – Mmmh, esto sí que sienta bien. Siempre quise probar el vino de Madeira.
    – Busquemos la compañía de algunos caballeros- sugirió Bessie-. Durante una larga temporada no podremos gozar de la compañía de hombres jóvenes.
    – ¿Quiénes se quedaron?- Bessie rió.
    – Confía en mí; sígueme y trae tu copa. Yo llevaré el vino.
    – ¿Adónde vamos?-preguntó Philippa.
    – Subiremos a la Torre Inclinada. Allí nadie podrá encontrarnos -aseguró con malicia-. No querrás que nos descubran jugando a los dados y bebiendo, ¿verdad?
    – No -respondió Philippa. Mientras caminaban, la joven seguía bebiendo ese delicioso vino de Madeira.
    Atravesaron un patio y siguieron a tres muchachos que iban en la misma dirección. Aunque en verano la luz del crepúsculo tardaba en extinguirse, los jóvenes llevaban unos faroles. La Torre Inclinada tenía cuatro pisos: ciento veinte escalones llevaban a la gloriosa cúspide. Comenzaron el ascenso, de vez en cuando debían detenerse a causa de la risa incontrolable que íes provocaba el vino. Desde la azotea de la torre, se veía un magnífico panorama del río y la campiña. Había varias veletas azules y oro, adornadas con el escudo del rey. Los hombres se sentaron en el piso y empezaron a jugar a los dados. De inmediato, las muchachas se sumaron al grupo. La jarra de vino pasaba de mano en mano.
    – No tengo más dinero -se quejó Philippa al cabo de un rato. El azar no la había favorecido esa velada.
    – Entonces, apostemos nuestros trajes -sugirió el travieso Henry Standish.
    – Yo apuesto un zapato -dijo Philippa sacándoselo y arrojándolo al centro del área de juego. Rápidamente perdió sus zapatos, las medias y dos mangas-. Por favor, Bessie, desátame el corpiño. ¡Mi suerte cambiará pronto!
    En pocos segundos, Philippa también lo había perdido. Comenzó a desabrocharse la falda, pero estaba tan ebria que sus dedos no le respondían.
    Como Bessie solo estaba un poco mareada y era una joven con más experiencia, trató de impedir que su amiga siguiera desvistiéndose. Los tres jóvenes que las acompañaban también estaban medio desnudos y se desternillaban de risa. La única que parecía bendecida por la suerte era Elizabeth Blount, pues solo había perdido los zapatos.
    Philippa comenzó a entonar una canción que había escuchado en los establos, los caballeros no tardaron en sumar sus voces:

    El pastor abrazó a la lechera. En el heno la abrazó.
    La besó en los arbustos, porque allí se acostaron.
    Y luego copularon alegremente, pues era el mes de mayo,
    Gritando ay, ay, ay, oh, oh, oh.

    Alegres y felices, hacían chistes de borrachos y lanzaban ruidosas carcajadas. Hasta Bessie reía, sin importarle que el cabello se le alborotase.
    – ¡Shh! No hagan tanto ruido. ¡Pueden descubrirnos!
    – ¿Quién podría encontrarnos? Toda la gente divertida, salvo nosotros, ya se fue a su casa -se defendió Philippa.
    – ¿Y tú qué haces todavía aquí, mi bella dama? -preguntó lord Robert Parker clavando sus ojos lascivos en los senos que se asomaban por la camisa entreabierta de Philippa.
    – ¿Adonde podría ir? ¿A Friarsgate? ¿A conversar con las ovejas? Prefiero recluirme con la reina en Woodstock antes que volver a Cumbria.
    – Cum-cum-cumbria -canturreó lord Robert-. ¡Pobre señorita Philippa!
    – Bebamos -sugirió Roger Mildmay, pasando la jarra a sus compañeros.
    – Yo… hic… det-testo Cumbria -declaró Philippa-. Sigamos jugando y veamos quién tiene la suerte de ganar mi falda. O tal vez pueda recuperar mi corpiño, Hal Standish. -Tiró los dados y suspiró desilusionada-. Ahora te llevarás mi falda. Es justo, ¿para qué querrías un corpiño sin una falda? -Se puso de pie y volvió a lidiar con las presillas. Finalmente, logró desabrocharla y la falda cayó al suelo.
    – ¿Qué diablos está sucediendo allá arriba? -tronó una voz familiar. El rey apareció con Charles Brandon en la terraza de la torre. Miró con indignación al quinteto de cortesanos y gritó:
    – ¡Mildmay, Standish y Parker! Explíquenme ya mismo qué está sucediendo aquí.
    – Jugábamos a los dados, Su Majestad -respondió Philippa eufórica-. Y parece que esta noche la suerte no me acompaña, hic. Será difícil recuperar la ropa. ¡Hic! ¡Ja, ja, ja!
    Charles Brandon contuvo la risa. Esa niña estaba tan borracha como un tabernero.
    – Cuan distinta es esta joven de su madre. ¿No te parece, Enrique? El rey frunció el ceño.
    – Señorita Blount, ayude a la señorita Meredith a vestirse y llévela a la cama. Mañana, luego de la misa, tráigala a mi salón privado. ¿Entendido?
    Elizabeth Blount estaba pálida, había recobrado la sobriedad a causa del susto.
    – Sí, Su Majestad -susurró. Comenzó a recoger las prendas de Philippa y la ayudó a vestirse. Pero la joven se puso a cantar de nuevo la canción del pastor y la lechera.
    El rey estaba horrorizado. Los tres caballeros, que también habían recuperado la compostura ante la presencia de Su Majestad, trataban de contener la euforia. Pero cuando Charles Brandon soltó sus campechanas carcajadas, los jóvenes volvieron a reírse hasta que el largo crepúsculo se hundió en la noche.
    Bessie Blount había logrado vestir a Philippa y trataba de mantenerla de pie, pero la muchacha se cayó y su cabellera caoba terminó barriendo las botas del rey. Todos se quedaron mudos.
    – Estoy tan cansada -murmuró-. Muy cansada. Hic. -Y en medio del silencio, comenzó a roncar suavemente.
    Tras una larga pausa en la que nadie parecía respirar, el rey, harto de esa situación vergonzosa, le ordenó a Mildmay:
    – Lleva a esta doncella a su cama. Standish, usted y Parker, la bajarán por las escaleras y después se la entregarán a sir Roger. Señorita Blount, acompáñelos y permanezca en el dormitorio junto con la señorita Meredith. En cuanto a ustedes tres, caballeros, vuelvan de inmediato a la torre. Les daré una lección de astronomía, así evitaré que se escabullan en el dormitorio de las doncellas. Señorita Blount, cierre la puerta de la recámara; enviaré a mi guardia personal para que verifique que mis órdenes se hayan cumplido a la perfección. Por último, mis estimados caballeros, retornarán a sus hogares en dos días. No están invitados a Esher. ¿Entendido?
    – Sí, Su Majestad -contestó el trío a coro.
    – Si así lo desean, pueden regresar para Navidad, pero no antes.
    – Sí, Su Majestad -repitieron al unísono.
    Luego, lord Parker y lord Standish alzaron a Philippa. Uno la tomó de los pies y el otro de los brazos. Descendieron de la Torre Inclinada, seguidos por sir Roger y Elizabeth Blount. Charles Brandon volvió a reír cuando oyó a uno de los jóvenes quejarse de la carga.
    – ¡Uf! ¡Nunca pensé que Philippa pesara tanto!
    – Tonto, ¿no te das cuenta de que es un peso muerto?
    El conde de Suffolk miró a su cuñado y le preguntó:
    – ¿Qué haremos con esta joven, Enrique? Rosamund Bolton moriría de vergüenza si se enterara de la conducta de su hija.
    – La pobre niña tiene el corazón destrozado por el maldito FitzHugh -dijo el rey-. Hablaré con la reina del tema.
    – ¿De veras enviarás a tu guardia a cerciorarse de que la puerta del dormitorio de las doncellas esté cerrada? -preguntó Charles Brandon en tono burlón.
    – Por supuesto.
    – La señorita Blount es una niña encantadora, ¿verdad?
    – Sí -respondió el rey, pensativo.
    A la mañana siguiente, Philippa se despertó con una espantosa sensación: la jaqueca le impedía abrir los ojos, pues no toleraba el menor rayo de luz, le latían las sienes y apenas podía moverse. Bessie logró sacarla de la cama pese a las protestas de su amiga.
    – ¡Voy a morir! -gritó Philippa.
    – No, vas a vestirte para la misa. La reina notará enseguida tu ausencia.
    – ¿Qué pasó? ¿Cómo llegué aquí y quién me puso la ropa de dormir?
    – ¿De veras no te acuerdas?
    – ¡No!
    La muchacha le contó todos los detalles de la velada, mientras Philippa enrojecía de vergüenza.
    – ¿Me quedé en camisa? -preguntó Philippa horrorizada-. ¡Dios mío!
    – Eso no fue lo peor -continuó Bessie divertida, y le relató cómo fueron sorprendidos por el rey y el duque Suffolk, y el deplorable estado en el que ella se encontraba-. ¡Estabas totalmente dormida y hasta roncabas!
    – ¡Oh! ¡Virgen Santa! Estoy arruinada. ¿Y qué sucedió después? -preguntó con nerviosismo.
    – El rey pidió que te llevaran al dormitorio de las doncellas. Les ordenó a los caballeros que retornaran a sus hogares y no volvieran hasta Navidad. A ti quiere verte hoy mismo, después de la misa en su salón privado, yo te acompañaré.
    – Tengo náuseas.
    Bessie le alcanzó una bacinilla y se dio vuelta mientras oía las arcadas de Philippa. Cuando la joven terminó de vomitar, Bessie le dijo:
    – Ahora debemos ir a misa. Enjuaga tu boca con agua de rosas y partamos ya mismo. Pero no se te ocurra tomar una gota de agua por el momento. Eso te haría seguir vomitando. Más tarde te traeré un poco de vino.
    – No volveré a tomar vino nunca más -declaró Philippa. Bessie rió.
    – Confía en mí. Una pequeña dosis del mismo veneno solucionará todos tus problemas, salvo el dolor de cabeza, creo.
    – ¡Voy a morir! -repitió Philippa. Se enjuagó la boca, pero no pudo sacarse el sabor amargo.
    Salieron deprisa hacia la capilla real, llegaron justo cuando entraba la reina. Catalina se dio vuelta y miró a Philippa. Luego sacudió la cabeza y se dirigió a su silla.
    "La reina ya lo sabe -pensó Philippa-. Tres años sin un traspié y ahora caigo en desgracia. Y todo por un hombre que prefirió ser sacerdote a casarse conmigo. ¿En qué estaba pensando cuando actué así? No quiero pasar el resto de mis días en Friarsgate. ¿Qué haré si me echan de aquí? No volveré a ver a mi querida Ceci, todo por culpa del maldito Giles. Soy una tonta, una cabeza hueca. ¡Dios mío! Tengo náuseas de nuevo, pero no debo vomitar". Se tragó la hiel y rogó al Señor que la ayudara a guardar la compostura.
    Cuando la misa concluyó, Bessie Blount la acompañó al salón privado del rey. Las dos muchachas tuvieron que esperar de pie en la antecámara, entre secretarios, mercaderes extranjeros y otros personajes que solicitaban audiencia con Su Majestad. Por fin, un paje vestido con la librea real se les acercó.
    – Señorita Blount, Su Majestad le permite retirarse. Señorita Meredith, por favor, sígame.
    – ¡Buena suerte! -dijo Bessie, apretando con fuerza la mano helada de Philippa. Luego, salió deprisa para tomar el desayuno.
    El paje la condujo hasta donde estaban los reyes y se quedó esperando detrás de la puerta.
    – Ven aquí, hija mía -dijo la reina.
    – Acércate, señorita Meredith, y explícame tu conducta de anoche -agregó el rey con severidad.
    La pareja real estaba sentada a una mesa de roble, frente a Philippa. La joven hizo una reverencia y sintió como si su cabeza fuera a rodar por el piso. Respiró hondo, se aclaró la garganta y declaró con voz trémula:
    – No hay ninguna excusa para mi conducta, Su Majestad. Pero en mi defensa debo alegar que nunca antes me comporté de esa manera y le aseguro que jamás lo volveré a hacer.
    – Eso espero, Philippa Meredith -dijo suavemente la reina-. Tu madre se sentiría muy mal si se enterara de tu mala conducta.
    – Estoy tan avergonzada, Su Majestad. Apenas recuerdo lo sucedido. Bessie Blount me puso al tanto de mi aberrante conducta. Nunca había hecho algo así en mi vida. Y usted lo sabe.
    – Estabas ebria, pequeña -comentó el rey con calma.
    – Sí, Su Majestad -admitió Philippa, bajando la cabeza.
    – ¡Fue un espectáculo vergonzoso!
    – Es cierto, Su Majestad. -Sintió que las lágrimas le rodaban por las mejillas.
    – ¡Me sorprende que conozcas canciones de ese tipo!
    – Las escuché en los establos -respondió Philippa.
    – Apostaste tu dinero, tu ropa, y si yo no hubiera llegado a tiempo, no sé qué otra cosa hubieras entregado. ¿Por qué una jovencita como tú arruinaría su reputación por un capricho? Conocí a tu padre, era uno de los hombres más honorables del reino. Y pienso lo mismo de tu madre, aunque se haya casado con un escocés. Su buena conducta y lealtad te han brindado el honor de servir a nuestra reina. ¿Acaso quieres perder esos privilegios?
    Philippa comenzó a sollozar.
    – No, Su Majestad. Estoy tan orgullosa de servir a mi reina. Siempre quise estar a su lado. ¡Estoy tan arrepentida! Le ruego me perdone, Su Majestad. Lamento haberlo desilusionado de esa manera. -Philippa se echó a llorar, cubriéndose el rostro con las manos.
    El rey parecía incómodo. No le gustaba ver llorar a las mujeres. Se puso de pie, se acercó a Philippa y la rodeó con su brazo. Sacó un pañuelo de seda y le secó los ojos como si fuera una niñita.
    – No sufras más, pequeña. No es el fin del mundo -la tranquilizó. Le dejó el pañuelo y volvió a sentarse.
    La muchacha trató de controlarse. Era una situación penosa, nadie aullaba como un bebé frente a un rey. Pero le dolía la cabeza y también el abdomen.
    – Temo que decidan enviarme de regreso a Friarsgate -se animó a decir. Se enjugó las lágrimas y los miró a los ojos.
    – Así es -dijo el rey alzando la mano para evitar que la joven intentara defenderse-. La reina y yo pensamos que debes regresar con los tuyos por un tiempo. No has estado en tu casa durante varios años. Cuando tu madre considere que estás lista para volver a la corte, nosotros te recibiremos con los brazos abiertos. Partirás con tu doncella mañana. Acompañarás a la comitiva de la reina hasta Woodstock y luego continuarás tu camino escoltada por nuestros hombres.
    "No puedo objetar esta decisión -pensó Philippa-. Nadie discute con los reyes. Además, dijeron que podía volver".
    – Gracias, Su Majestad -dijo tras hacer una reverencia.
    – Por fortuna, hay poca gente en Richmond, Philippa Meredith. Los pocos que se han enterado de tu indiscreción la habrán olvidado cuando regreses. -Le tendió la mano. Philippa la tomó y besó el anillo del rey,
    – Gracias, Su Majestad. Su Majestad -se dirigió a la reina-, por favor, acepte mis disculpas por la inexplicable conducta de anoche. No volverá a ocurrir. -Se inclinó en una profunda reverencia.
    – Le llevarás una carta a tu madre -agregó el rey y levantó su mano en señal de despedida.
    Suspirando, Philippa salió del salón privado del rey. La reina volteó hacia su marido.
    – Milord, trata de ser diplomático cuando le escribas a Rosamund Bolton. Quiero volver a ver a Philippa en la corte en el futuro y, además, sé que la joven no quiere vivir en el norte.
    – ¡Qué extraño! A Rosamund nunca le interesó la vida palaciega. En cambio, su hija mayor adora esa vida y es, sospecho, una perfecta dama de la corte. Me pregunto qué sucederá cuando se encuentren madre e hija. A Philippa no le gustará permanecer en Cumbria.
    – Pero ella es la heredera de Friarsgate.
    – Sospecho que eso no le importa demasiado.
    Philippa se dirigió deprisa a la habitación donde sabía que Bessie la estaría esperando.
    – Me han enviado de vuelta a casa -declaró con dramatismo ni bien traspuso la puerta.
    – ¿Qué ocurrió? Pero podrás volver, ¿no? No te habrán expulsado para siempre.
    – Sí, por fortuna me permitieron volver, pero solo cuando mamá lo autorice, así que tendré que convencerla de que necesito regresar cuanto antes a la corte. Los reyes me regañaron y con justa razón.
    – ¿Lloraste?
    – Sí -admitió Philippa-. Sentí mucha vergüenza, no pude contenerme.
    – Entonces te castigó por eso. Dicen que el rey odia a las mujeres lloronas -sonrió Bessie-. ¿Cuándo te vas?
    – Mañana parto rumbo a Woodstock con la comitiva de la reina y de allí me escoltarán hasta Friarsgate. Lucy casi terminó de empacar. Debe de estar feliz de saber que regresamos a casa. AI menos, ella extraña su tierra.
    – ¿Friarsgate es tan espantoso como lo describes? Yo soy de Shropshire, dicen que tenemos los inviernos más crudos de Inglaterra. Mi familia tampoco es especial; pero, aunque me gusta la corte tanto como a ti, me siento feliz cuando tengo la oportunidad de volver a Kinlet Hall y ver a mi querida madre. Y eso que no tengo la buena fortuna de ser la heredera de las tierras de mi familia.
    Philippa suspiró.
    – Lo sé. Quizá sea una tonta, pero yo cambiaría Friarsgate por una pequeña propiedad en Kent, Suffolk o incluso en Devon. Las tierras de mi madre necesitan cuidados muy especiales. Ella y mi tío Thomas, lord Cambridge, crían ovejas para fabricar tejidos, luego los envían al extranjero en un barco que poseen. Saben exactamente cuánto van a vender y a quién, así pueden administrar las tierras. Por otra parte, si aprendí algo de mi madre es que uno debe administrar sus propiedades y no dejarlas en manos de extraños. Sin embargo, no deseo encargarme de semejante responsabilidad. Creo que soy más parecida a mi padre, él era un caballero leal del rey y entendía la vida de la corte. En cambio, de mi madre solo heredé su apariencia física.
    – Tu familia siempre me dio la impresión de ser muy unida y cariñosa. ¿Tus hermanas vendrán alguna vez a la corte?
    – Banon ya está en edad de hacerlo. Ella es la heredera de Otterly Court, las propiedades de lord Cambridge. Y luego está mi hermanita, que se llama Bessie como tú. Me temo que no las reconoceré después de tantos años.
    – Seguro que de inmediato te sentirás como en los viejos tiempos.
    – Sí. Y además veré a John Hepburn, el hijo de mi padrastro, y a mis medio hermanos; son escoceses, no ingleses. Ahora también seré una extraña para ellos.
    – Entonces pasarás un verano interesante. No como el mío, que será tedioso. Creí que Maggie, Jane y Anne se quedarían con la reina durante el verano.
    – La madre de Jane se enfermó y tuvo que regresar a su casa. No estoy segura de que pueda volver. Maggie fue a visitar a su abuela a Irlanda. Y Anne fue a conocer a un candidato que su familia encontró para ella -recordó Philippa-. Sí, creo que pasarás un verano muy aburrido, pero no te preocupes, trataré de volver lo antes posible.
    – Dijiste que eso dependía de tu madre.
    Philippa sonrió.
    – No estaré feliz en casa. Y si no estoy contenta, nadie lo estará hasta que regrese a la corte y me rodee de gente civilizada. Bessie sacudió la cabeza.
    – Deberías aprender a ser más complaciente, Philippa Meredith. A los hombres nos les gustan las mujeres tan testarudas. Philippa rió.
    – No me importa. Al menos soy honesta, no como otras. Millkent Langholme sonríe con dulzura y se sonroja por cualquier tontería; pero todas sabemos que en cuanto consiga el anillo de bodas, le pondrá una soga al cuello a sir Walter y lo arrastrará por la vida a su manera, sin tenerle la menor consideración.
    Bessie rió.
    Al día siguiente, la reina y su comitiva partieron hacia Woodstock, y el rey y sus amigos a Esher. Philippa llevaba poco equipaje porque había dejado casi todo su guardarropa en la casa de lord Cambridge, cerca de Londres. Sus hermosos vestidos de fiesta no le servirían de nada en Friarsgate. Como no permanecería allí por mucho tiempo, le pareció más práctico llevar poca carga para poder desplazarse con mayor comodidad.
    A la tarde, antes de la partida, la reina mandó llamarla. Catalina estaba sentada y había un caballero de pie junto a ella.
    – Te presento a sir Bayard Dunham, pequeña. Él te escoltará hasta Friarsgate para que tú y Lucy puedan llegar a casa sanas y salvas. Ya ha recibido nuestras instrucciones y, además, lleva una carta para tu madre. Una docena de guardias armados de mi custodia personal acompañarán a sir Dunham. Partirán con la primera luz del amanecer.
    – Gracias, Su Majestad -respondió Philippa e hizo otra reverencia.
    – Envíale a tu madre mis más cariñosos saludos y dile que espero que retornes al palacio para Navidad. Siempre y cuando se hayan curado las penas que te ocasionó el joven FitzHugh -acotó.
    – Sí, señora -contestó la joven con una sonrisa radiante. Después de sus aventuras en la Torre Inclinada, ya no estaba enojada con Giles FitzHugh. Pero sabía que la reina no le creería.
    – Que Dios y la Santa Madre te protejan en tu viaje, mi niña.
    – Y que Dios y su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, cuiden a Su Alteza y satisfagan todos sus deseos -agregó, haciendo una última reverencia, mientras salía de la habitación seguida por sir Bayard Dunham.
    Las piadosas palabras de la joven conmovieron a Catalina de Aragón.

    – 
    – Espero que entienda que la primera luz del amanecer significa exactamente eso, señorita Meredith. No podemos perder la mitad del día esperando que usted termine de acicalarse. ¿Lleva mucho equipaje? -preguntó con tono severo sir Bayard a Philippa en la antecámara de la reina.
    – No. Los vestidos de la corte no son apropiados para Cumbria. Tanto mi criada Lucy como yo llevaremos solo lo indispensable, señor. No me gustan los viajes largos, y aunque no me ilusiona pasar el verano en las tierras de mi madre, deseo llegar lo antes posible. Espero que cada día cabalguemos hasta bien entrada la noche. Supongo que ya habrá arreglado dónde nos hospedaremos, sir Bayard.
    – Así es, está todo organizado -replicó sin el menor rencor, pese al tono cáustico de la joven. Luego, la saludó con respeto-. Entonces, nos vemos mañana, señorita Meredith.
    Philippa le hizo una reverencia y luego se retiró. Al encontrarse con Lucy le comentó:
    – Nuestro escolta es sir Bayard Dunham, un viejo y rudo servidor de la reina. Lo vi muchas veces en la corte. Debemos partir con la primera luz de la mañana.
    – Me ocuparé de que nos despertemos a tiempo para desayunar -respondió Lucy. La doncella había madurado mucho desde aquel viaje a Edimburgo, cuando se habían quedado atónitas ante la visión de la primera ciudad que conocían en su vida.
    – ¿Volverás al palacio conmigo, Lucy? Sé que extrañas Friarsgate más que yo.
    – ¡Por supuesto que volveré! Usted no podría arreglárselas sin mí. Unos pocos meses en Friarsgate bastarán para que se me pase el deseo de permanecer allí indefinidamente. Ya empiezo a sentir el hedor de las ovejas.
    – Yo también -rió Philippa.
    A la mañana siguiente, cuando el sol aún no había salido, Lucy y Philippa esperaban a sir Bayard en el establo junto a los mozos de cuadra y la tropilla de hombres armados, montados en sus caballos. Las dos mujeres habían desayunado avena, panecillos recién horneados untados con mantequilla y mermelada de ciruela, y el más delicioso de los vinos aguados de la reina. La guardia de sir Bayard estaba avergonzada: el hombre se había quedado dormido.
    – Por favor, ¿podrían decirme dónde está la canasta de comida? -preguntó Philippa tras subir a su caballo.
    – Aquí mismo -dijo el capitán, señalando la cesta de mimbre atada a la parte trasera de la montura.
    Philippa se dirigió a sir Bayard y le dijo:
    – Sir, ¿ya estamos listos para partir?
    El caballero la miró con el ceño fruncido, convencido de que la joven se burlaba de él. Pero el rostro de Philippa no evidenciaba el menor gesto de humor, de modo que se limitó a asentir con la cabeza. Abandonaron el palacio, atravesaron la ciudad y tomaron la ruta que los conduciría al norte del país. Luego de una hora de cabalgata, Philippa se acercó a sir Bayard y le tocó la manga. El hombre la miró asustado. Sin decir nada, la joven le alcanzó un paquete pequeño envuelto en una servilleta. Al abrirlo, el caballero descubrió un grueso trozo de pan con mantequilla, huevo y una generosa lonja de jamón. La joven se retiró y se puso a conversar animadamente con Lucy. Sir Bayard Dunham, con su estómago rugiente, devoró el inesperado desayuno. Mientras comía, pensó que tal vez esa niña no fuera tan frívola y caprichosa como parecía, tal como solían ser las doncellas de la reina.
    Recorrieron casi el mismo trayecto que Rosamund había hecho muchos años atrás. Atravesaron el bello condado de Warwickshire, con su gran castillo y sus verdes praderas; las rutas eran tan peligrosas como antes y, si bien no había llovido, el cruce de los ríos seguía siendo dificultoso.
    Cuando llegaron a Shropshire, Philippa recordó que Bessie Blount le había dicho que la mansión de su padre quedaba allí.
    – ¿Nos alojaremos en Kinlet Hall? -preguntó.
    – Lamentablemente, no -respondió sir Bayard-. Nos aleja del camino.
    En ese momento, un enorme rebaño de ovejas de cabeza negra se interpuso en el camino.
    – ¡Saquen a esos malditos animales de ahí! -ordenó sir Bayard. -¡No, no! SÍ el rebaño se disgrega, al pastor le resultará muy difícil volver reunirlo, incluso puede perder algunos animales. Esperemos a que la ruta se despeje. -El hombre la miró sorprendido-. Mi madre tiene varios rebaños de ovejas de cabeza negra -explicó la muchacha.
    Sir Bayard Dunham no salía de su estupor, y solo pudo acotar:
    – Conocí a su padre.
    – Todavía lo recuerdo, aunque era muy pequeña cuando murió -dijo Philippa.
    – Era un buen hombre. Sabía cómo cumplir con su deber. ¿No tuvo hijos varones?
    – El único que tuvo no sobrevivió.
    El rebaño por fin terminó de cruzar la ruta y el pastor los saludó amistosamente agradeciéndoles la paciencia. La comitiva se dirigió hacia el norte y fuego hacia el oeste, rumbo a Cumbria, atravesando el condado de Cheshire y el boscoso Lancaster. Al cabalgar por unas desoladas e inhóspitas colinas, Philippa reconoció que estaban por atravesar Westmoreland.
    – Mañana deberíamos llegar a Carlisle -aseguró-. Luego, nos quedará un día y medio de viaje para llegar a Friarsgate. Hemos tenido mucha suerte, sir Bayard, no ha llovido ni un solo día.
    – Sí. Durante esta época del año, el tiempo suele ser seco.
    – ¿Se reunirá con el rey en Esher cuando vuelva?
    Sir Bayard sacudió la cabeza.
    – Desde hace algunos años estoy al servicio de la reina. Ya no soy lo suficientemente joven para seguirle el ritmo al rey.
    Al otro día, cuando arribaron a Carlisle, se alojaron en una posada que pertenecía al monasterio de St. Cuthbert. El tío abuelo de Philippa, el prior Richard Bolton, se hallaba allí cuando llegaron. En cuanto se enteró, corrió de la iglesia a la posada para saludarla. Era un hombre alto y distinguido, con brillantes ojos azules.
    – ¡Philippa! Tu madre no me dijo que volverías a casa. ¡Bienvenida! -y la ayudó a bajar del caballo.
    – Tío, me han enviado a casa. Pero solo sabré si he caído en desgracia o no, cuando mamá lea la carta que le envió la reina. De todas formas, me han dicho que puedo regresar a la corte para Navidad y retomar mis tareas habituales.
    – Bueno, si te han vuelto a invitar, sospecho que la infracción no es demasiado grave. ¿Acaso tendrá que ver con Giles FitzHugh, pequeña? Los ojos de la joven se encendieron de furia.
    – ¡Ese canalla!
    – Querida, cuando se recibe el llamado de Dios, debe ser escuchado. No existe otra solución. Además, Roma tiene la propiedad de maravillar a ciertas personas sensibles y, según me informaron, Giles ocupará un puesto en el mismísimo Vaticano. Evidentemente, la Iglesia tiene grandes esperanzas depositadas en el joven FitzHugh. Lo siento, pequeña, pero el matrimonio no puede competir con la vocación divina.
    – Lo sé -respondió Philippa con acritud-. Ya superé mi desilusión, querido tío, pero mi madre consideraba que el segundo hijo de un conde era un excelente candidato para la heredera de Friarsgate. Sin embargo, ya tengo más de quince años, creo que estoy condenada a ser una solterona.
    – Estoy seguro de que Rosamund encontrará una solución a tu problema. SÍ es la voluntad del Señor que regreses a casa quiere decir que tiene otros planes para ti.
    – Regresaré al palacio, tío -aseguró Philippa, inflexible-. No me casaré con un tonto pueblerino porque mi madre piense que administrará bien sus ovejas.
    Los ojos azules de Richard Bolton traslucían preocupación. Philippa no amaba Friarsgate como Rosamund, pero era tan testaruda como ella. "No será un verano pacífico"-pensó el prior.

CAPÍTULO 04

    En lo alto de una de las colinas que rodeaban el valle de Friarsgate, Philippa se detuvo a contemplar el panorama. La luz de la tarde se reflejaba en el lago. Como siempre, los campos estaban perfectamente cuidados; ovejas, vacas y caballos pastaban en las praderas. Sin duda, su madre había engrosado los rebaños, pues jamás había visto tantas ovejas.
    – Parece un lugar próspero y pacífico -comentó sir Bayard.
    – Lo es -respondió la joven con sequedad, mientras Lucy reía por lo bajo. Philippa espoleó los flancos de la montura y comenzaron a descender la colina. Los campesinos que la vieron pasar se quedaron embelesados por su belleza. Muy pocos la reconocieron, ya no era la niña que habían visto tres años atrás sino toda una mujercita.
    Sir Bayard Dunham había pasado la mayor parte de su vida en la corte. El paisaje le resultaba encantador y la gente parecía muy feliz. Sin embargo, no duraría mucho tiempo en un sitio tan tranquilo. Sintió cierta compasión por la muchacha que estaba a su cargo: Philippa pertenecía a la corte y no al campo.
    Cuando llegaron a la casa, los mozos de cuadra saludaron a los visitantes y se hicieron cargo de los caballos. La puerta principal se abrió de par en par y apareció Maybel Bolton. La esposa de Edmund cumplía ahora la función de capataz de Friarsgate.
    Edmund y su hermano, el prior Richard, eran los hijos del bisabuelo de Philippa, pero ambos eran ilegítimos. Habían nacido antes del matrimonio de su padre, que tuvo, además, dos hijos legítimos: Guy Bolton, el mayor, y Henry Bolton. Guy era el abuelo de Philippa; al morir junto con su esposa e hijo, dejó a Rosamund como heredera y al tío Henry, como su tutor.
    Maybel gritó de alegría. Estaba tan excitada que no sabía si entrar o salir de la casa. Finalmente salió y abrazó a Philippa.
    – ¡Has vuelto, angelito mío! -exclamó llorando-. ¿Por qué no avisaste que vendrías, pequeña bandida?
    – Porque yo misma no lo sabía hasta hace unos días. Me mandaron a casa para recuperarme de la puñalada que me dieron en el corazón, aunque la herida ya cicatrizó, Maybel.
    – ¡Pobrecita, mi bebé! Rechazada por un sujeto repugnante como ese Giles FitzHugh. ¡Ojalá caiga sobre él la peor de las desgracias!
    – Maybel, te presento a sir Bayard Dunham, mi escolta y hombre de confianza de la reina. Además de ocuparte de nosotros dos, tendrás que dar comida y alojamiento a los guardias armados por unos días. ¿Dónde están mamá y mis hermanas?
    – Tu madre está en Claven's Carn con los Hepburn. Banon está en Otterly. Y Bessie debe de andar por algún lado. Entra, pequeña; usted también, sir Bayard. -La anciana se quedó observando a los doce hombres armados-. Ustedes también, ¡adentro! -indicó haciendo un gesto con la mano.
    La vieja nodriza ordenó a los sirvientes que instalaran mesas y bancos para los guardias.
    – Aliméntenlos. Es tarde, han de estar muertos de hambre. -Luego se dirigió a sir Bayard-: Hace bastante calor, sir, de seguro no tendrán problema en dormir en los establos. No me parece apropiado meterlos en la casa en ausencia de la señora y el señor.
    – Tiene mucha razón. Cuando terminen de comer, los llevaré yo mismo.
    – Usted puede quedarse aquí. Ordenaré a uno de los criados que le prepare una cama mullida. Ya no está en la flor de la juventud, sir Bayard, dormirá mejor al abrigo del fuego del salón.
    – Gracias, señora. -Definitivamente, la anciana no tenía pelos en la lengua, pero era muy amable. No recordaba la última vez que alguien se había preocupado por su bienestar. La idea de dormir en un sitio cálido y cómodo le resultaba de lo más reconfortante.
    – Tal vez deberías enviar por mi madre -sugirió Philippa-. Quiero olvidar este asunto de una vez por todas, y seguro tendrá muchas cosas que decirme. No podré permanecer mucho tiempo en Friarsgate, me han pedido que retome mi antiguo puesto. La reina necesitará muchachas que ya tengan experiencia en servirla. Este verano muchas de sus damas de honor se fueron del palacio para contraer matrimonio. Tal vez inviten a Banon a la corte, Maybel. Creo que le gustará la idea.
    – ¿Banon también servirá a la reina? ¡Oh, qué inmenso honor! Y todo gracias a la amistad que tu madre ha sabido cultivar con Catalina -replicó Maybel con gran efusividad.
    En ese momento entró en el salón una niña. Era flaca, alta y su larga cabellera rubia parecía ingobernable, llevaba un vestido harapiento que caía recto sobre el cuerpo sin curvas. Miró asombrada a Philippa y a sir Bayard.
    – Saluda a tu hermana, Bessie -indicó Maybel.
    Elizabeth Meredith se acercó, y con gran dignidad hizo una reverencia a sir Bayard y a su hermana.
    – Bienvenida a casa, Philippa.
    – ¿Por qué estás vestida como una pobre campesina?
    – Porque no tengo prendas suntuosas como tú; además, prefiero no ensuciar los vestidos buenos. No se puede arrear a los animales ataviada como una dama de la corte.
    – No estoy ataviada como una dama de la corte. Dejé mis preciosos vestidos en Londres, en la casa del tío Thomas. ¿Y por qué andas arreando animales?
    – Porque me gusta. Odio hacer cosas inútiles, hermanita.
    – Te aseguro que mi trabajo no es nada inútil. Es un orgullo servir a la reina Catalina, y te recuerdo que ser dama de honor es muy trabajoso, apenas tenemos tiempo para dormir.
    – Supongo que te encanta la vida palaciega. Hacía siglos que no venías a casa.
    – La corte del rey Enrique es el centro del mundo. ¡No veo la hora de regresar! -exclamó con un brillo en los ojos.
    – ¿Y entonces para qué te molestaste en venir?
    – No es asunto tuyo.
    Bessie soltó la risa.
    – Es por ese muchacho, ¿verdad? Los muchachos son unos estúpidos. Nunca me enredaré con ellos. No valen nada, salvo, quizá, nuestros hermanitos.
    – No digas tonterías, Bessie Meredith. Algún día te casarás, aunque no sé quién querrá desposarse contigo. No tienes tierras, y para ser aceptada en una buena familia es fundamental ser propietaria. Pero ¿qué hago hablando contigo de estas cosas? ¿Cuántos años tienes ahora?
    – Once, hermanita. Y el hombre que se case conmigo lo hará porque me ama y no por mis posesiones.
    – ¡Niñas, niñas, basta ya de pelear! ¿Qué va a pensar sir Bayard? -las regañó Maybel-. Bessie, ve a lavarte las manos y la cara.
    – ¿Para qué? Si volveré a ensuciarme apenas salga -refunfuñó Bessie, pero obedeció y subió la escalera de piedra rumbo a su alcoba.
    – Me sorprende que mamá le permita comportarse como un animal salvaje.
    – Es la más pequeña de los Meredith -explicó Maybel-. Ahora tu madre tiene una nueva familia que la necesita tanto como ustedes.
    – Alguien tendrá que ponerle límites a esa muchacha -replicó Philippa en tono perentorio. Luego, se dirigió a sir Bayard-: Acompáñeme, señor, y sentémonos juntos a la mesa. Los criados nos traerán la cena enseguida.
    Edmund Bolton entró en el salón. Saludó cariñosamente a Philippa y agradeció a sir Bayard por haber escoltado a su sobrina desde Woodstock hasta Friarsgate. Acababa de encontrarse con el mensajero que habían enviado a Claven's Carn, del otro lado de la frontera con Escocia. Cuando Philippa y su hermana se fueron a dormir, se sentó con su esposa y sir Bayard junto al fuego. Los hombres bebían el exquisito whisky elaborado por el marido de Rosamund.
    – Me extraña que una terrateniente inglesa y amiga de nuestra reina se haya casado con un lord escocés -comentó sir Bayard.
    – Hay muchos matrimonios así en la zona fronteriza -replicó Edmund-. Además, Rosamund también es amiga de la reina Margarita.
    – Tengo entendido que ahora le dicen "la madre del rey".
    – En algunos lugares, puede ser, pero no en esta casa. La dama de Friarsgate no tolerará que le falten el respeto a su vieja amiga.
    – Debo admitir que los escoceses hacen un whisky excelente -señaló sir Bayard.
    – Sí -dijo Edmund con una sonrisita.
    Rosamund llegó dos días más tarde, justo cuando sir Bayard se disponía a partir. Le dio las gracias por haber cuidado a su hija c insistió en pagarle por la molestia. Al principio, el caballero vaciló, pero luego tomó la pequeña bolsa, besó su mano y se despidió. Rosamund observó cómo él y sus doce hombres armados se alejaban de Friarsgate.
    – ¿Dónde está Philippa? -preguntó al ingresar a la casa.
    – En su alcoba. No sé qué diablos le pasa a esa dulce jovencita, Rosamund. Mira todo con desprecio y pelea continuamente con Bessie. Y Lucy, esa muchacha petulante, no se queda atrás. Casi no trajeron ropa, y como Philippa ahora tiene cuerpo de mujer, la pobre costurera tiene que reformar los viejos vestidos de la muchacha. Cuando le pregunté por qué no había traído equipaje, respondió que solo permanecería lo estrictamente necesario en este lugar tan remoto. Rosamund, nuestra pequeña Philippa ha muerto, y no me gusta nada esa extraña criatura que lleva su nombre y rostro.
    – Es la vida de palacio -señaló Rosamund, rodeando con un brazo a su vieja nodriza.
    – Pero cuando tú y yo fuimos a la corte, no volvimos hechas unas arrogantes insufribles.
    – ¿Recuerdas el lema de la familia Bolton, Maybel? Tracez votre chemin. Traza tu propio camino. Y eso es precisamente lo que está haciendo mi hija. Pero es muy joven todavía, y ha recibido un duro golpe. No tanto por el desplante de Giles FitzHugh, sino por la vergüenza que eso le ocasionó en la corte.
    – El caballero que la escoltó hasta aquí trajo una carta de la reina para ti. Supongo que allí habrá mucha información que la señorita aún no nos ha contado. Philippa estaba ansiosa porque vinieras, pero a la vez no parecía muy urgida de verte -agregó, y le entregó el mensaje.
    Rosamund se echó a reír, A sus veintinueve años, seguía siendo una mujer hermosa. Estaba embarazada de su séptimo hijo, que nacería en febrero, cuando sus ovejas parieran a sus corderitos.
    – Bien, es mejor que tomemos el toro por las astas, Maybel. Dile a una de las criadas que traiga a mi hija al salón.
    – ¡Mamá! -Elizabeth Meredith entró corriendo a la enorme estancia-. Vi que llevaban tu caballo a los establos. Espero que no hayas venido sola, o papá se pondrá furioso.
    – No, mi querida Bessie, me escoltaron varios miembros del clan. -Tomó el rostro de la niña y la examinó con atención-. Muy bien, no veo signos de violencia.
    Bessie lanzó una estrepitosa carcajada.
    – Tengo reflejos demasiado rápidos para la princesa, mamá. Philippa está irreconocible, es una bruja. Dejaré de quererla si sigue así.
    – Ten paciencia, mi amor. Tu hermana está muy triste y debemos tratarla con cariño y comprensión. Acaba de perder a un buen candidato que será difícil de reemplazar. Lo sabe porque ha vivido bastante tiempo en la corte. Debajo de esa rabia y esa arrogancia que tanto te molestan, esconde un profundo temor. La mayoría de las muchachas se casan a los quince años, y para ella, encontrarse de repente sin una propuesta matrimonial es una catástrofe. Pero Friarsgate es una dote tentadora para cualquiera. Ya aparecerá el hombre apropiado. Debemos tener paciencia, nada más.
    – Detesta Friarsgate y está convencida de que, si sus tierras no estuvieran tan al norte, Giles no la habría abandonado.
    – ¿Ya andas contando historias? -Philippa ingresó en el salón. Llevaba un sencillo vestido verde-. ¡Qué alegría verte, mamá! ¡Oh, no! ¡No me digas que estás embarazada otra vez!
    – Bessie, muñeca, ve a la cocina y dile a la cocinera que he regresado. Philippa, siéntate conmigo junto al fuego. Sí, estoy encinta de nuevo, daré a luz en febrero. Es probable que sea otro niño pues, al parecer, Logan solo engendra varones.
    Se sentó y puso en su regazo la carta que le había dado Maybel. Aún no la había abierto. Philippa miraba el pergamino con recelo.
    – ¿Me contarás qué dice la reina en la carta o prefieres que la lea antes de que empecemos a conversar? -preguntó Rosamund.
    – Como te plazca. Su Majestad seguramente exagera, cree que estoy sufriendo por Giles FitzHugh, ¡pero no es así! Lo odio. Ahora soy la dama de honor más vieja de la corte, y no podré quedarme mucho tiempo más. Estoy triste, mamá, es cierto, pero no por ese estúpido beato.
    Rosamund rompió el sello de la carta, y comenzó a leerla. Una o dos veces levantó la ceja izquierda, luego esbozó una ligera sonrisa. La releyó para asegurarse de haber comprendido bien la posición de Catalina. Luego, dijo con voz calma:
    – Si no fueses mi hija, Philippa, habrías caído en la desgracia más absoluta. Te habrían expulsado del servicio de la reina y enviado a casa sin posibilidades de retornar jamás al palacio.
    – ¡Pero me pidieron que volviera! En Navidad retomaré mi puesto de dama de honor de la reina -se apresuró a decir Philippa.
    – Porque Catalina valora nuestra amistad, querida.
    – El rey salió a defenderme. Fue muy gentil. Dicen que Inés de Salinas una vez te pilló en una situación comprometedora con Enrique Tudor, y que te las ingeniaste para que la despidieran de la corte cuando la reina te perdonó.
    – Eso es mentira -replicó Rosamund. No le revelaría sus secretos a su hija; no eran de su incumbencia-. Conocí al rey cuando era un muchacho y yo estaba bajo la custodia de su abuela. Ya sabes de memoria la historia. No debes prestar atención a los rumores y menos a uno tan antiguo, pero no quiero hablar de mi vida en la corte, sino de tu censurable conducta. ¿Qué demonio te poseyó? Bebes en exceso, haces apuestas y te quitas las prendas cada vez que pierdes a los dados. ¿Cómo piensas que te conseguiré un esposo respetable si llevas una vida desenfrenada? Así que el rey fue muy amable contigo. Me alegro, es lo menos que podía hacer. Enrique recuerda muy bien a tu padre y su lealtad a la Casa Tudor. Ojalá su hija mayor demostrara ser tan honorable como Owein Meredith. La reina espera que vuelvas a la corte en Navidad, pero dice que la decisión ha de ser mía y solo mía, Philippa. Estoy muy enfadada contigo, no sé si permitiré que regreses al palacio.
    La muchacha saltó de la silla.
    – ¡Moriré si me obligas a vivir en este cementerio! ¿Es eso lo que quieres? ¿Qué muera? ¡Debo regresar al palacio! ¡Y lo haré! -gritó con los ojos desorbitados por la angustia.
    – Siéntate, Philippa. Ahora comprendo por qué la reina estaba tan preocupada. Has perdido el control y el sentido de la mesura. Admito que la conducta de FitzHugh fue infantil, egoísta y descortés. Debió escribirle a su padre comunicándole su decisión, en lugar de esperar hasta regresar a Inglaterra para anunciarla a todo el mundo.
    – ¡Yo lo amaba! -Philippa empezó a llorar.
    – Pero si apenas lo conocías -replicó su madre con franqueza-. Lo viste por primera vez a los diez años, cuando te llevé a la corte y te presenté a los reyes. En ese momento, hubo una propuesta matrimonial que si bien no decliné, tampoco acepté. Le dije a su padre que volveríamos a hablar del tema cuando ustedes fueran más grandes. Cuando regresaste a la corte, Giles ya estaba estudiando en Europa. Te inventaste toda una fantasía romántica alrededor de ese muchacho, Philippa. Sinceramente, creo que es una suerte que Giles no sea tu esposo, pues dudo que pudiera competir con ese amante soñado y perfecto.
    – ¡No, mamá, yo no pensaba en Giles en esos términos!
    – ¿Ah, no? Entonces, decididamente no era para ti. Una mujer debe desear al hombre con quien ha de casarse. Pese a ser una muchacha tímida, estaba ansiosa por ser la mujer de tu padre. Y no sabes cuánto deseé a Patrick Leslie y a Logan Hepburn. ¿Acaso no recuerdas la pasión que sentíamos el conde de Glenkirk y yo?
    – Sí, y me parecía algo maravilloso, pero excepcional. La mayoría de las personas no se ama de ese modo, mamá. Se supone que el propósito del matrimonio es establecer alianzas familiares, aumentar la riqueza y procrear. Es lo que la reina enseña a sus damas de honor.
    – ¿De veras? Pues bien, esos requisitos tal vez basten para una princesa de Aragón que se desposa con un rey de Inglaterra, pero no para la gente como tú y yo. -Rosamund extendió la mano y enjugó las lágrimas de su hija-. Giles te ha lastimado, pequeña. Acéptalo, y cuando retorne la alegría a tu corazón, encontraremos un joven a quien ames como yo amé a los hombres de mi vida. No eres una reina, Philippa, sino simplemente la heredera de Friarsgate.
    – No lo entiendes -se quejó la muchacha, apartándose de su madre-. No me interesa Friarsgate, mamá. No quiero pasar el resto de mi vida aquí. Ese era tu sueño, tu deseo, no el mío. A mí me gusta la vida de la corte. Me encantan la excitación, la pompa, las intrigas, los colores del palacio. ¡Es el centro del mundo, mamá, y quiero vivir allí por siempre!
    – Estás muy disgustada, no sabes lo que dices -dijo Rosamund con serenidad. ¿Que no le interesaba Friarsgate? ¡Patrañas! Pero estaba demasiado dolorida y no era el mejor momento para discutir el asunto-. Enviaré un mensaje a Otterly pidiendo a Tom y a tu hermana Banon que vengan a casa -agregó, derivando la conversación hacia un tema menos ríspido.
    – Espero que Banon sea más limpia que Bessie, y más civilizada -dijo Philippa con aspereza-. No deberías permitir que tu hija corra por el campo descalza y mugrienta, mamá. Se pasa todo el día con las ovejas, ¿qué gracia le ve a esos tontos animales? No lo entiendo. ¿Ha dejado de tomar las lecciones del padre Mata?
    – Es bastante más instruida que tú, Philippa. Tiene una aptitud extraordinaria para los idiomas. Además de latín y griego, sabe hablar alemán y holandés.
    – ¿Y para qué cuernos le sirve hablar alemán y holandés? El francés es una lengua mucho más culta. Mi francés ha mejorado notablemente desde que estoy en la corte. Papá estaría orgulloso de mí; recuerdo las lecciones que te daba, ¿Quién le enseña lenguas tan toscas?
    – Bessie está muy interesada en el comercio de la lana y me acompañó a Holanda dos veces. Nuestro representante en Ámsterdam está adiestrando a su hijo en el oficio. El joven se llama Hans Steen y le está enseñando a tu hermana todo lo relacionado con la cría y el comercio de ovejas. Allí, Bessie aprendió las lenguas nórdicas. Creo que ella nunca querrá ir al palacio.
    Philippa parecía escandalizada.
    – ¿Bessie prefiere actuar como un hombre de negocios? ¡¿Cómo se lo permites?! No somos vulgares comerciantes. Si alguien se entera de que mi hermana se comporta de una manera tan indigna, caeré en la ruina total. Me asombra que apruebes sus inclinaciones, mamá. No pertenecemos a la nobleza, pero hemos logrado un lugar en la corte desde que tú naciste.
    – Tu hermanita carece de tierras, pero Tom le proporcionará una generosa dote, así que no tendrá que conformarse con ser la esposa de un granjero. Podría ser un excelente partido para el heredero de un comerciante exitoso. Además, es muy inteligente y por nada del mundo aceptaría convertirse en la muñequita de un hombre.
    – ¡Debes impedir que mi hermana caiga tan bajo!
    – ¡No seas necia, Philippa! ¿De dónde crees que proviene tu fortuna, cabeza hueca?
    – El tío Tom es muy rico -respondió con ingenuidad. Rosamund se echó a reír.
    – ¿Y cómo crees que amasó esa fortuna? El bisabuelo de Tom y el mío eran primos hermanos. Martin Bolton fue enviado a Londres para desposar a la hija de un mercader de quien había sido aprendiz. Se casaron y tuvieron un hijo. La muchacha era muy bonita, y fue seducida por el rey Eduardo IV. La pobre terminó suicidándose de la vergüenza. Eduardo se sintió culpable de la desgracia, sobre todo porque Martin Bolton y su consuegro eran acérrimos defensores del rey y lo habían ayudado financieramente en varias oportunidades. Para resarcirse, otorgó a Martin un título de nobleza, que nosotras hemos heredado, Philippa. Pero, de una u otra manera, lo que mantuvo próspera a esta familia fue siempre el comercio. Lamento que consideres bochornoso ganarse el propio pan. Has perdido el respeto por los valores morales durante tu estadía en la corte, Philippa; y no permitiré que regreses hasta que hayas recobrado el sentido. No frunzas el ceño, hija. La decisión está tomada.
    – ¡No me entiendes, mamá, porque nunca fuiste joven!
    – Es cierto. No me permitieron ser joven. Desde los tres años, soporté sobre mis hombros la pesada carga de Friarsgate. No tuve tiempo para gozar de la juventud, tal como tú la entiendes. Crees que tienes derecho a ser una consentida y una egoísta, ¡pero estás muy equivocada! Ahora ve a tu alcoba. Me has defraudado, hija mía.
    – ¡Regresaré al palacio en Navidad o incluso antes! -rugió Philippa-. ¡Aunque tenga que arrastrarme sola hasta Greenwkh! No me quedaré aquí. Odio Friarsgate y estoy empezando a odiarte a ti también, mamá, porque lo único que te importa es esta maldita tierra. ¡Nunca me has comprendido!
    Philippa salió corriendo del salón y subió las escaleras.
    Rosamund respiró hondo, y leyó por tercera vez la misiva de la reina. Desde el primer día que su hija pisó el palacio, supo que la perdería. Por esa razón, se había rehusado a mandarla a la corte antes de que cumpliera los doce años. Ciertamente, allí había estudiado francés y griego, dominaba el arte del bordado y había aprendido a bailar todas las danzas, a cantar y a tocar majestosamente el laúd. Se bañaba más a menudo que sus hermanas y cuidaba su apariencia como si fuera la flor más rara y delicada. Todas las mañanas y todas las noches, Lucy daba cien cepilladas a su cabellera color caoba. En suma, Philippa se preparó con tenacidad para la vida de la corte y para ser dama de honor de Catalina. A los quince años esperaba comprometerse y casarse con el segundo hijo de un conde. Su vida había sido exactamente tal como ella había deseado. Hasta ahora.
    – Veo que has resistido el temporal -bromeó Maybel mientras se sentaba junto a Rosamund.
    – Más o menos. Está muy enojada porque le he prohibido volver a la corte hasta que no modifique su conducta. Pero insiste en que regresará aunque tenga que arrastrarse. No recuerdo haber sido tan testaruda, Maybel.
    – Eras tan cabeza dura como esa niña, pero volcabas toda tu pasión en Friarsgate y en las personas que dependían de ti. Philippa se ha convertido en una persona egoísta. Tal vez siempre lo fue y no nos dimos cuenta. Me preocupa el futuro de Friarsgate.
    – Es preciso que hable con Tom.
    – ¿Y por qué no con tu marido? -preguntó Maybel, sorprendida. Rosamund sacudió la cabeza.
    – No. Logan es mi esposo, pero jamás entendió mi relación con Friarsgate. Ese es su único defecto. Tom es más comprensivo y sabrá qué hacer con Philippa. Si fuera por Logan, la casaría con el primer candidato aceptable que encontrara. No toleraría ni un segundo los berrinches de mi hija. No, Maybel, Tom debe acudir en nuestra ayuda lo antes posible; si me quedo demasiado tiempo aquí, Logan vendrá a buscarme y no vacilará en darle una buena tunda a Philippa si sigue con ese comportamiento arrogante, y debo admitir que se lo merece.
    – ¿No andará aporreando a sus hijos? -dijo Maybel, horrorizada.
    – No es un hombre cruel, querida amiga, pero es algo primitivo y un par de veces les ha pegado a Alexander y al pequeño Jamie. Es que son muy revoltosos. En cambio, su hijo John es dulce y encantador. No, es mejor recurrir a Tom.
    – Edmund ya lo mandó llamar. Estará aquí hoy a última hora o mañana, vendrá con Banon. Philippa se morirá de envidia cuando vea a la más guapa de tus hijas. Cuando era chica pensaba que se parecería más a ti que a su padre, Dios lo tenga en la gloria. Pero ahora es una mezcla de los dos. Con esos preciosos ojos azules, uno diría que es la hija de Logan Hepburn.
    – Mis tíos también tienen ojos azules-señaló Rosamund-. Si es tan hermosa a los trece, imagina cómo será dentro de dos o tres años.
    – ¡Uf! También habrá que conseguirle marido.
    – De eso se ocupará Tom. Es su heredera. Dejemos que él elija al hombre que despose a Banon y se convierta en el amo de Otterly. No es de mi incumbencia.
    La cena fue tensa. Philippa solo abrió la boca para criticar a su hermana. Elizabeth Meredith no era una niña que se quedaba sentada de brazos cruzados y aceptaba con mansedumbre los insultos de su hermana. Al principio, Rosamund trató de apaciguar a sus hijas, pero finalmente desistió.
    – ¡Váyanse a la cama, las dos! No quiero más escándalos. Si no pueden comportarse como personas civilizadas, retírense de la mesa.
    Las dos jóvenes salieron del salón discutiendo entre ellas.
    Rosamund se apoyó contra el respaldo de la silla y cerró los ojos por unos instantes. Todo estaba en calma antes de la llegada de Philippa. Comenzó a sentir una fuerte antipatía por el segundo hijo del conde de Renfrew. Él tenía la culpa del descalabro. Así como el sueño de su hija se había desvanecido en el aire, la llegada de Philippa había trastocado la vida de Rosamund. La muchacha había adoptado una actitud claramente beligerante.
    – Iré a la cama -anunció en voz alta, aunque no había nadie que la escuchara. Se levantó de la mesa y abandonó el salón.
    A media mañana se oyó el sonido de un cuerno procedente de las colinas. Sir Thomas Bolton y Banon Meredith cabalgaban por el camino, precedidos por un jovencito que tocaba la trompeta, mientras unos galgos y un mastín correteaban junto a los jinetes. Lord Cambridge y su heredera iban acompañados por seis guardias armados. Llegaron a la puerta de la casa, donde Rosamund los esperaba ansiosa.
    Tom se deslizó de la montura y ayudó a Banon a bajar de su caballo.
    Banon Mary Katherine Meredith era una niña preciosa a punto de convertirse en una mujercita. Llevaba un vestido de montar de seda azul que combinaba con sus ojos; de la capucha colgaba un pequeño velo de hilo que dejaba ver su cabello color caoba.
    – ¡Mamá! -exclamó, soltándose de los brazos de su tío. Besó a su madre con ternura-. ¿Dónde está Philippa? ¡Estoy ansiosa por verla!
    La sonrisa de su hija le hizo acordar a su madre, de quien tenía un vaguísimo recuerdo.
    – Espera, mi ángel -aconsejó Rosamund-. Philippa no es la misma de hace dos años. Está triste y enojada.
    – ¡Es mala y egoísta! -acotó Bessie Meredith, que había escuchado a su madre, mientras corría al encuentro de su hermana-. ¡Bannie, estás bellísima! -Luego se dirigió a Tom Bolton y se arrojó en sus brazos-. ¡Tío Thomas! ¿Qué me has traído?
    – ¡Bessie! -la retó dulcemente Rosamund, pero Tom se echó a reír.
    El tío metió la mano en su elegante jubón de terciopelo y sacó un gatito color naranja, medio somnoliento.
    – ¿Le gusta, señora?
    Gritando de júbilo, Bessie tomó el animalito, lo levantó para mirar sus ojos dorados y le besó el hocico.
    – ¿Cómo sabías que quería un gatito?
    – Siempre quieres un animalito para mimar. Te he regalado tantos cachorros que ya podrías salir a cazar con ellos. Esta vez se me ocurrió variar un poco y pensé que un gatito te agradaría.
    – ¡Oh, gracias! -dijo Bessie. Luego dio media vuelta, puso un brazo en el hombro de Banon y se alejó para poder hablar seriamente con su hermana.
    – Dime, querida, ¿cuál es el problema? -preguntó Tom a su prima.
    – Es Philippa -contestó mientras entraban en la casa-. Volvió hecha una furia y pelea todo el tiempo con Bessie porque desaprueba su conducta. Estoy muy preocupada, Tom, necesito tus consejos. Ya no sé cómo lidiar con mi hija mayor. Me siento perdida.
    – ¿Dónde está Logan?
    Lord Cambridge tomó una copa de vino de la bandeja que sostenía uno de los sirvientes y la bebió despacio mientras pasaban al salón para sentarse y hablar tranquilos.
    – Está en Claven's Carn con los niños -contestó Rosamund- y espero que se quede allí, porque no toleraría el comportamiento de Philippa. Ella trata mal a todo el mundo. Dice que odia Friarsgate, cree que amo más a mis tierras que a mis hijos. No hay manera de hacerla entrar en razón, Tom.
    – ¿Y todo por el joven Renfrew? Son una familia muy agradable, pero ninguno de ellos parece capaz de despertar una pasión tan intensa. Tiene que haber otro motivo -Tom se quedó pensativo y bebió un sorbo de vino.
    – La enviaron de vuelta para recuperarse, pero podrá volver a la corte cuando yo lo decida.
    – ¿Solo por eso la mandaron a Friarsgate? -preguntó lord Cambridge, con aire curioso y a la vez divertido.
    Rosamund le relató el episodio de la Torre Inclinada: los dados, el vino, las apuestas, mientras Thomas Bolton reía como un desaforado.
    – ¡Qué gracioso! ¡Jamás imaginé que nuestra Philippa fuera tan diabla! Es lo más divertido que he escuchado en meses.
    – ¡Cállate, Tom! ¡Esto no es nada divertido! Si yo no fuese amiga de la reina, Philippa estaría arruinada. Por suerte, en ese momento casi todo el mundo había huido de la corte para pasar el verano en sus propias tierras y no tener que acompañar a Enrique en sus agotadoras cacerías. El incidente pudo haber terminado en una catástrofe, Tom. Es preciso encontrarle un marido a Philippa, y no sé por dónde empezar.
    – ¡Oh, pobre primita! Hacía tiempo que no te veía tan angustiada. Comprendo la gravedad de la situación. Hablaré con ella y escucharé pacientemente todo lo que me diga antes de decidir cómo resolver el asunto. Espero que Logan permanezca del otro lado de la frontera mientras intentamos hallar una solución. Tu malvado escocés tiene un humor de perros para este tipo de situaciones.
    Rosamund respiró más aliviada.
    – Enviaré por Philippa para que hablen a solas en el salón, últimamente me resulta imposible hablar con mi hija sin pelear. En mi actual estado, no creo poder soportar otra discusión. Estaré en el jardín si me necesitas antes de la cena.
    Thomas Bolton observó el grácil andar de Rosamund mientras se retiraba de la estancia. A veces lamentaba no ser un hombre inclinado a casarse con una mujer y pensaba que su prima habría sido una excelente esposa. Congeniaron desde el momento en que se conocieron; ella siempre le confiaba sus problemas, aunque en los últimos tiempos recurría a él con menos frecuencia, pero eso era absolutamente lógico, pues ahora podía consultar a su marido. Sin embargo, el tema de Philippa era demasiado serio y requería mucho tacto y delicadeza, cualidades que Logan Hepburn no poseía.
    – ¿Querías verme, tío?
    Lord Cambridge alzó la mirada, Philippa estaba parada frente a él. Le sonrió y dijo:
    – Mi querida niña, estoy muy feliz de verte, pero ese vestido que llevas es un espanto. ¡No vas a decirme que es la moda! -El tío estaba de veras horrorizado.
    Una ligera sonrisa se dibujó en los labios de la joven, y al instante desapareció.
    – Dejé los trajes en tu casa de Londres. No me pareció conveniente traerlos aquí y, además, se habrían arruinado durante el viaje por todo el polvo que hay en los caminos durante el verano.
    – ¿Y qué demonios es eso que te llevas puesto? ¡Es horrible!
    – Hice reformar la ropa vieja que había dejado en mis baúles.
    Thomas Bolton hizo un gesto de fastidio.
    – Has crecido bastante desde que te fuiste y ese vestido no hace justicia a tu figura. Ya mismo mandaremos hacer nuevas prendas. No como las que usarías en la corte, sino algo más apropiado para, digamos, un paseo campestre, algo que al menos sea de tu talle. ¡Por Dios, Philippa! Pareces una campesina que se la pasa tirando el arado para el holgazán de su marido -afirmó Tom, poniendo cara de asco.
    Philippa no pudo contenerla risa.
    – Oh, tío, por fin he encontrado una razón para alegrarme de estar aquí. ¿Por qué insistes en aislarte en Cumbria? Recuerdo cuánto te gustaba la vida agitada de la corte.
    – Es cierto, querida. Antes disfrutaba mucho de la vida palaciega. La primera vez que vine aquí, me sorprendió el amor que tu madre sentía por Friarsgate. Pero, después de un tiempo, la gloria de la corte empalidece frente a los atardeceres de invierno o las primeras flores de primavera que pugnan por atravesar las capas de nieve y deslumbrarnos con sus colores. Tal vez sea la edad, ahora prefiero mil veces vivir en Cumbria; de lo contrario, no habría vendido mi casa de Cambridge.
    – Sin embargo, conservas las de Londres y Greenwich.
    – Las conservo por ti, mi amor. Supe qué clase de mujer serías desde el momento en que te llevamos al palacio.
    – ¡Sabía que me entenderías! Mamá no me comprende, porque su vida gira en torno de Friarsgate. Pero la mía no, ¡amo la corte! Quiero permanecer allí, ¿aunque cómo podré hacerlo ahora? Muy pronto seré demasiado vieja para seguir siendo dama de honor de la reina. Si hubiese desposado a Giles FitzHugh, habría podido vivir en la corte. ¿Qué será de mí, tío? La reina desea que regrese, pero ¿por cuánto tiempo más? Cecily se casará muy pronto, todas mis amigas se irán, y yo me convertiré en una doncella vieja y amargada.
    – ¿Ese es el problema que te atormenta?
    – En parte, sí. ¿Cómo encontraré un buen marido si mis tierras están casi en Escocia? El propio Giles me confesó que no habría soportado vivir en un lugar tan alejado de la civilización. Mamá jamás permitirá que despose a un hombre a quien no le interesen nuestras tierras. Y tiene razón, Friarsgate es una gran responsabilidad, aunque yo no quiero asumirla. Soy una criatura de la corte, y estoy orgullosa de ello.
    – ¿Estás completamente segura de que no te interesa ser dueña de Friarsgate? Reconozco que el clima es duro, pero es una herencia muy valiosa, mi tesoro.
    Philippa suspiró.
    – No puedo ser dueña de Friarsgate y vivir en la corte al mismo tiempo, tío Tom. Si tengo que elegir, elijo la corte. Mamá piensa que lo digo por rabia, que en el fondo siento tanto amor por este lugar como ella. ¡No es cierto! Estaba ansiosa por escapar de aquí, te lo juro. Si de mí hubiese dependido, me habría marchado el mismo día que cumplí los doce años. Aunque fueron unas pocas semanas, ese tiempo de espera que mamá me impuso fue una agonía interminable. ¡Vivía aterrorizada de que cambiara de opinión!
    Lord Cambridge comprendió perfectamente la situación. La pasión de Philippa por la corte era tan intensa y genuina como la de Rosamund por Friarsgate. Pero también sabía que esa verdad destruiría el corazón de su prima.
    – Debo meditar en el asunto, Philippa querida -anuncio-, pero prometo ayudarlas a solucionar este problema en apariencia insoluble. ¿Confiarás en mí?
    – Sí, tío -replicó con una sonrisa.

CAPÍTULO 05

    Logan Hepburn cruzó la frontera con los hombres de su clan. Sus dos hijos mayores -John, de cinco años y medio, y Alexander, de cuatro- los acompañaban montados en sus ponis. James, el más pequeño, iba sentado muy orondo en la silla de montar de su padre. El niño tenía su propio poni, pero recién empezaba a aprender a cabalgar. Al principio, estaba furioso porque a sus hermanos les permitían viajar a Friarsgate en sus animales y él, en cambio, debía ir en el caballo de su padre. Había gritado y pataleado, pero Logan lo calmó rápidamente dándole una buena palmada, y riendo para sus adentros; en el fondo, estaba orgulloso del temperamento del niño. John había heredado el carácter tranquilo de su madre, Jeannie Logan, la primera esposa del señor de Claven's Carn; en cambio, Alex y Jamie eran más temperamentales. Lord Hepburn siempre supo que Rosamund le daría hijos fuertes y valientes. Y estaba muy contento por el bebé que nacería a mediados del invierno.
    No le gustaba estar separado de su esposa. Ella era su única debilidad. Tras enterarse de que Philippa había regresado repentinamente a Friarsgate, Rosamund había salido corriendo a verla. Pero ya había transcurrido un mes y aún no parecía dispuesta a regresar. Lord Hepburn la extrañaba y quería que estuviera en casa. Si bien Rosamund le enviaba cada tanto breves mensajes, no le explicaba con claridad las razones de la demora. El verano estaba por terminar y, harto de esperar, Logan resolvió ir a buscarla. Sospechando que la empresa no sería nada fácil, decidió llevar a los niños. Confiaba en que, al ver a todos sus hijos juntos, el corazón de su esposa se ablandaría. Podía ser una mujer muy obstinada cuando se lo proponía. Y luego recordó, sonriente, que esa era una de las razones por las que la amaba tanto.
    Como sabía cuánto le disgustaba a Logan que se ausentara mucho tiempo, Rosamund estaba segura de que su marido vendría a buscarla. Cuando Bessie (legó corriendo con la noticia de que se padrastro descendía por la ladera de la colina junto con sus hermanitos, Rosamund hizo un gesto de fastidio.
    – No seas antipática, primita -dijo Thomas Bolton-. El hombre está loco de amor por ti y lo sabes muy bien. Será una visita encantadora, no tengo dudas. Solo debemos evitar que Philippa pelee con él. La preferida de Logan es Bessie y no tolerará que su hermana la maltrate.
    – Ha venido con el firme propósito de llevarme de nuevo a Claven's Carn, pero no puedo marcharme sin haber solucionado el problema de Philippa. ¡Oh, Tom!, ¿se te ha ocurrido alguna idea para ayudarla? No me gusta discutir con Logan.
    – Tengo algo en mente, aunque todavía no estoy del todo convencido. Ahora demos la bienvenida a tu valiente fronterizo; no es el momento oportuno para plantear mi posición. Tal vez Philippa decida quedarse aquí y casarse con un Neville, un Percy o incluso con un escocés, como lo hizo su madre.
    – ¡Jamás! -gritó Philippa al ingresar en el salón-. Ha llegado Logan, mamá. ¿Te marcharás pronto? ¿Puedo irme a Woodstock, por favor?
    – No discutamos delante de Logan, te lo ruego -ordenó Rosamund apretando los dientes-. Debo analizar la situación con tu padrastro.
    – ¿Acaso no le has escrito contándole todo?
    – Sí, lo hice. Pero tu futuro es muy importante y quiero hablar con él en persona. Luego te informaremos de nuestra decisión al respecto. -Se levantó de su asiento junto al fuego, dio media vuelta y fue a saludar a su marido que entraba en la estancia.
    – Logan le dirá que me envíe de regreso a la corte -dijo Philippa con cierta petulancia.
    – Tu mamá no hará nada hasta estar segura de haber tomado la decisión que mejor te convenga, Philippa -replicó Thomas Bolton.
    – Logan se cansó de estar solo en Claven's Carn tanto tiempo y lo único que le importa es que ella regrese a su casa. La convencerá de que me deje volver al palacio.
    – Saluda a tu padrastro y luego ven a verme de nuevo. Y escúchame bien, jovencita: la única persona capaz de persuadir a tu madre y de lograr que obtengas todo lo que desea tu corazón soy yo.
    – ¿Tú, tío? -preguntó, mirándolo extrañada.
    – ¡Haz lo que te digo! -exclamó lord Cambridge con voz firme.
    Philippa atravesó el salón. El corazón se agitaba, sentía que iba a desmayarse en cualquier momento. ¡Cómo podía haberlo olvidado! Recordó de pronto que el gran mago de la familia siempre había sido Thomas Bolton. Él era el único que podría ayudarla. Sus labios se curvaron en una sonrisa.
    – ¡Logan! -Saludó a su padrastro y, parándose en puntas de pies, besó su áspera mejilla-. Creo que ya estoy demasiado grande para decirte papá. He crecido bastante, ¿no crees? -dijo haciendo piruetas y pasitos de baile.
    – Es cierto, pequeña, te has convertido en una hermosa jovencita. No te habría reconocido, si no te parecieras tanto a tu madre cuando la vi por primera vez -señaló Logan y la besó en la frente.
    – Supongo que querrás hablar con mamá -comentó Philippa, muy dulce y galante.
    – Por supuesto, pero primero ven a saludar a tus hermanos, dudo que te recuerden. Cuando te fuiste, Johnnie tenía solo tres años; Alex todavía no sabía caminar y el pequeño Jamie ni siquiera había nacido. ¡Vengan, niños! Ella es Philippa, su hermana mayor. Muéstrenle los modales que les enseñó su padre.
    John Hepburn se acercó, tomó la mano de la muchacha y la besó con toda la gracia de un cortesano mientras hacía una reverencia.
    – Me acuerdo de ti, hermana, aunque muy poco. A partir de ahora jamás olvidaré tu rostro, pues eres igual a mamá.
    – Y tú eres igual a la madre que te alumbró, Johnnie. Recuerdo muy bien a Jeannie Hepburn; era una mujer muy bella y bondadosa -replicó Philippa.
    – Yo no la recuerdo, pero agradezco tus tiernas palabras. -Luego, empujando a sus hermanos, procedió a presentarlos-; Él es Alexander y este es Jamie. Llora como un marrano cuando no consigue lo que quiere.
    – ¡No! -aulló el pequeño Jamie y golpeó a Johnnie con sus puñitos-. ¡Dile que es mentira!
    – Saluda a tu hermana, bufón -dijo el mayor.
    – No eres ningún bufón, Jamie Hepburn -repuso Philippa-. Pareces un niño muy valiente que se atreve a atacar a alguien más grandote que tú.
    El pequeño levantó la cabeza y la miró. Tenía el cabello oscuro del padre y los ojos color ámbar de la madre.
    – Eres bonita -opinó.
    – Tómalo como un saludo, es su forma de presentarse -explicó Alexander Hepburn-. No me acuerdo de ti, pero estoy feliz de tener una hermana tan hermosa. Yo soy Alexander Hepburn. -Sus ojos eran azules como los del padre.
    – ¿Acaso Bessie y Banon no te hacen feliz? -preguntó Philippa sonriéndole con picardía.
    – A veces sí y a veces no -respondió el niño y le devolvió la sonrisa.
    – Hermanitos, ahora vayan a la cocina, donde los esperan unos pasteles deliciosos y bien merecidos después de tanta cabalgata. Yo iré a hablar con el tío Tom.
    Philippa indicó a los niños las escaleras de la cocina y luego caminó con gracia hasta el rincón del salón donde la esperaba lord Cambridge, sentado en una silla de respaldo tapizado, sosteniendo una copa de vino en su elegante y enjoyada mano. Philippa se sentó frente a él y lo miró con aire inquisitivo.
    – ¿Cómo puedes ayudarme a escapar del tedio de este glorioso nido de ovejas?
    – No seas impaciente, sobrina -replicó Tom con tono divertido. Los anillos de los dedos centelleaban cada vez que llevaba la copa a los labios.
    – Tío, me muero de aburrimiento. Hace seis semanas que estoy aquí. Estamos a fines de agosto y quiero regresar a la corte.
    – Ya regresarás, cariño, ya regresarás. Sé perfectamente que Friarsgate no es un lugar para ti. Recuerdo a tu madre cuando era jovencita y estaba en el centro del mundo, como lo llamas. ¿Sabes cuál era su único deseo? ¡Volver a su amado Friarsgate! ¡Las mismas tierras de las que su hija mayor quiere escapar! -Se echó a reír, pero enseguida adoptó una actitud circunspecta-. Ahora, sé franca conmigo, Philippa. ¿Hablas en serio cuando afirmas que no deseas ser dueña de Friarsgate? ¿O solo estás furiosa porque Giles FitzHugh te rechazó? Quiero la verdad. Todo lo que haga para ayudarte dependerá exclusivamente de lo que me digas ahora.
    – ¡Friarsgate no me interesa en lo más mínimo!
    – Es una herencia muy tentadora, querida. ¿De veras estás dispuesta a renunciar a ella?
    – ¡Sí, ya mismo! No me sirve de nada, está demasiado lejos del rey y del palacio. Soy plenamente consciente de las obligaciones que implica ser la heredera de esta propiedad, tío, y no me interesa asumirlas. Prefiero servir a la reina.
    Lord Cambridge se quedó callado y pensativo por unos minutos. Para su asombro, Philippa también guardaba silencio.
    – Bien, olvidémonos de Friarsgate por un momento. ¡Qué otra cosa te gustaría hacer además de vivir en la corte y servir a la reina?
    – Tener lo suficiente para pagarle a mi doncella.
    – ¿Acaso no piensas casarte?
    – Luego de haber hablado con mamá las últimas semanas, me di cuenta de que nunca estuve enamorada de nadie, y menos de Giles FitzHugh. Si me hubiese propuesto matrimonio, lo habría aceptado sin vacilar y me habría considerado una mujer feliz. Tal vez por unos pocos años, o tal vez para siempre. ¿Quién sabe, tío? SÍ algún día aparece un hombre que me ame y a quien yo ame, podré ofrecerle al menos una dote decente. Hay muchas personas como yo en la corte, y lo sabes muy bien, tío. MÍ padre, por ejemplo. Gracias a su matrimonio con mamá, dejó de ser un oscuro servidor del rey para convertirse en un gran terrateniente. Tal vez haya en la corte un caballero que sea propietario de una casita y pueda ser feliz con una esposa como yo. No descarto la posibilidad del matrimonio, tío.
    – Sin embargo, tú eres una persona muy vanidosa. Me pregunto si en realidad te gustará llevar una vida tan sencilla.
    – ¿Qué otra alternativa tengo? -le preguntó con absoluta franqueza.
    – Veremos, querida mía. Ahora promete que confiarás en mí y que no pelearás más con tus hermanas. Banon es mi heredera y no permitiré que nadie la agreda. Bessie es la preferida de tu padrastro, pues es la única muchachita de Claven's Carn. Si quieres que interceda en tu favor, deberás dejar que resuelva el asunto a mi manera.
    – ¿Y volveré al palacio, tío? -inquirió con ansiedad.
    – Sí, y disfrutarás de las fiestas navideñas, te lo prometo. Ahora, tesoro, dame tu mano y sellemos nuestro pacto. -Lord Cambridge extendió la mano y Philippa colocó la suya encima.
    – Confiaré en ti, tío Tom, y trataré de portarme bien.
    – ¡Excelente!
    – ¿Puedes decirme cuál es tu plan? -preguntó la joven, impaciente.
    – Es muy pronto todavía, primero debo arreglar ciertos asuntos.
    Desde la otra punta del salón, Rosamund observaba cómo su hija y su primo conversaban seriamente. ¿Cuál sería el plan de Tom? Debía apresurarse a ponerlo en práctica, pues Logan ya estaba insistiéndole en que regresara a Claven's Carn. Era difícil decirle que no cuando la miraba con esos ojos tan azules que siempre la habían cautivado. Ya lo había puesto al tanto de la situación.
    – Tu hija ha tenido un gran disgusto y no sabe lo que dice -opinó Logan-. Dejemos que vuelva a la corte y verás cómo recupera la razón muy pronto.
    Aunque hubiese preferido no mencionar el tema, Rosamund se vio obligada a contarle el escandaloso episodio de la Torre Inclinada. Y Logan reaccionó tal como ella suponía.
    – Conozco muchos jóvenes fuertes y saludables, hijos de mis amigos, que estarían encantados de desposar a la próxima dama de Friarsgate. Esa muchacha tiene que casarse lo antes posible.
    – No, mi amor. El problema es más complicado. Tom dice que puede resolverlo si le damos entera libertad. Y le creo, porque en las situaciones difíciles sus decisiones siempre resultaron acertadas.
    El señor de Claven's Carn asintió.
    – A decir verdad, a pesar de que Philippa es solo una niña, es tan decidida y obstinada que aterrorizaría al hombre más salvaje. Si Thomas Bolton dice que tiene una buena solución al problema, estoy dispuesto a escucharlo. Y luego nos iremos a casa.
    – Quédate unos días, mi querido. Todavía faltan unas semanas para que empiece la caza del urogallo -bromeó Rosamund-. Después, ya no tendré fuerzas para viajar hasta que nazca el bebé. Me siento mucho más pesada y extenuada que en los otros embarazos. Me gustaría ponerle el nombre de mi primo, Thomas, si estás de acuerdo. Es una forma de agradecerle su extremada bondad conmigo a lo largo de los años. ¿Qué te parece, mi amor?
    – Por supuesto. Pese a sus extravagancias, Tom es un hombre muy bueno.
    – Entonces me esperarás, ¿sí?
    – Hasta fines de septiembre, y después irás a casa y te quedarás allí -dijo Logan con una sonrisa.
    Tras la conversación con lord Cambridge, Philippa modificó totalmente su actitud. Ignoraba cuáles serían los planes de su tío, pero sabía que la beneficiarían. Comenzó a ser más gentil con sus hermanas, aunque Bessie se empeñaba en seguir irritándola y buscando pelea. Banon, en cambio, tenía una personalidad diferente y enseguida hizo las paces con ella. Las dos hermanas mayores renovaron su amistad y trataban de evitar a Bessie y sus sucias artimañas.
    A Banon le encantaba escuchar las historias de la corte.
    – Supongo que iré, al menos por un corto período -dijo un día de septiembre, mientras conversaban animadamente sentadas en el jardín. Las margaritas se habían adelantado al Día de San Miguel y mostraban sus primeras flores. Los abejorros zumbaban entre las plantas, mientras extraían el polen de los delicados pimpollos.
    – ¡Te encantará la corte! -aseguró Philippa con entusiasmo.
    – Es posible, pero no olvides que Otterly, como Friarsgate, queda en el norte del país y tendré que casarme con un hombre de la región. De todos modos, una breve estadía al servicio de la reina mejorará mi reputación, ¿verdad, hermanita? -Banon no dejaba de mirar a Philippa, quien, aun vestida con un sencillo traje de campo, parecía una dama sofisticada. Philippa había encargado una serie de atuendos apropiados para la vida rural, tal como le había aconsejado el tío Tom. A Banon le encantaba visitar a la costurera con lord Cambridge, pues siempre la ayudaba a elegir las telas y el diseño de los vestidos. Era un hombre de un gusto exquisito-. Es el peinado, creo -dijo Banon de pronto-, lo que te da ese aire tan encantador.
    – En general, uso el cabello suelto como las demás, pero me gusta este rodete francés que Annie le enseñó a hacer a Lucy hace mucho tiempo. Es muy elegante.
    – Tío Tom piensa que soy demasiado joven para usar un peinado así. ¿Tú qué opinas?
    – No seas impaciente, Banon -aconsejó Philippa-. Ya tendrás tiempo de sobra para parecer mayor. Es eso lo que quieres, ¿verdad?
    – ¿Cómo lo sabes?
    – Porque me pasó lo mismo cuando fui a la corte por primera vez. Pero Lucy me recomendó que usara el cabello suelto para parecer más joven y evitar que los hombres me acosaran. Decía que primero debía aprender los usos y costumbres de la corte y que eso requería cierto tiempo. Tenía razón, sin duda. Pero cuando vayas a la corte, no estarás sola: yo te cuidaré. Y mis amigas también.
    – Estás ansiosa por regresar.
    – ¡Ay, sí!
    – ¿Cuándo será?
    – No lo sé. El tío Thomas prometió resolver la situación.
    Septiembre llegaba a su fin y el 29, Día de San Miguel, Logan anunció que partiría con toda su familia el 1° de octubre.
    – Tú también puedes venir, Philippa -dijo el señor de Claven's Cara.
    La joven miró con desesperación a lord Cambridge.
    Llegó la hora, pensó Tom, y comenzó a hablar:
    – Tengo la solución a todos los problemas que los FitzHugh, sin querer, han ocasionado a esta familia.
    – ¡Dilo de una buena vez! -reclamó Rosamund.
    – Tal vez no complazca a todos, pero, sin duda, le agradará a Philippa, cuya felicidad es lo único que debe preocuparnos en este momento, prima querida. ¿Estás de acuerdo? -Los ojos de Tom la miraban implorantes. Rosamund se dio cuenta de que no iba a gustarle su propuesta, pero asintió de todos modos-. Philippa ha sido muy firme en su posición: no desea cargar con el peso de Friarsgate. Hemos discutido el tema infinidad de veces en las últimas semanas y su decisión es definitiva.
    – ¿Cómo es posible que rechace estas tierras? ¡Está absolutamente loca! -exclamó Logan, enojado y también apenado, porque sabía que esa decisión lastimaría a su amada Rosamund. ¿Qué diablos le ocurría a Philippa? Debió haberse encargado él mismo de buscarle un marido y casarla sin tantos rodeos.
    – ¿A qué conclusiones has llegado, Tom? -preguntó Rosamund, con un hilo de voz y el rostro pálido.
    – Dejaremos que Philippa encuentre su camino en la corte, que es su más ferviente deseo: hemos ganado mucho dinero con el comercio de la lana. Tomaremos parte de esas ganancias y entregaremos a la niña una generosa dote, y yo, por mi parte, le compraré además una casa en el sur. De ese modo, no solo contará con una dote, sino también con una propiedad, condiciones que, sin duda, le permitirán hallar un buen partido y casarse como todas las muchachas respetables. Así, podrá elegir con tiempo un hombre que prefiera vivir y servir en el palacio como ella. Hay muchos matrimonios así en la corte, Rosamund querida, lo sabemos muy bien. Me parece que es la solución perfecta para todos nuestros problemas. ¿Qué opinan ustedes?
    – ¿Pero qué pasará con Friarsgate? -preguntó Rosamund con voz suave.
    – ¡¿Qué pasará con Friarsgate?! -estalló Philippa-. ¡Y qué pasará conmigo! ¡Por una vez en tu vida piensa en mí y no en tu maldito Friarsgate! -La joven estaba a punto de llorar.
    Rosamund parecía mortificada por el reproche de su hija.
    – ¡No hables así a tu madre, Philippa Meredith! -gruñó Logan Hepburn y abrazó a su esposa en actitud protectora-. Ella dio su vida por estas tierras. Y tú, con total descaro, desprecias el regalo que te ofrece. ¡No te entiendo, jovencita!
    – ¡No, nadie me entiende! -replicó Philippa encolerizada-. ¡Nadie excepto el tío Thomas! ¿Por qué les cuesta tanto entenderme? Soy como mi padre. Me siento tan feliz de servir a la reina como él de servir al rey. Pero no podré hacerlo si me encargo de Friarsgate. -Volteó hacia su madre-: Si es la voluntad de Dios, mamá, vivirás muchos años, pero lo cierto es que cada vez pasas menos tiempo aquí y Friarsgate necesita una dueña. Tu esposo y tus hijos varones son escoceses. Tus hijas hemos crecido. Banon es ama de Otterly, está muy contenta y me ha dicho que se casará con un hombre del norte. Yo quiero quedarme en el sur, mamá. Por favor, te lo ruego, déjame ir. Prefiero estar muerta que asumir la responsabilidad de Friarsgate. -Los ojos color miel de Philippa estaban inundados de lágrimas. Extendió las manos hacia su madre en señal de súplica.
    Sus palabras eran como filosos puñales que despedazaban el corazón de Rosamund. Había hecho todo por el bien de sus hijos. Se había sacrificado tanto por esas tierras y por su gente. ¿Y para qué?
    No obstante, la firme expresión de Philippa le indicaba que era imposible cambiar su decisión. Bien, pensó, tal vez Banon podría ocuparse de las dos propiedades algún día, aunque no era el mejor momento para debatirlo. Estaba cansada de estar recluida en esa casa y triste por el nuevo curso de los acontecimientos. No deseaba seguir discutiendo. Clavó sus ojos ambarinos en su hija mayor y preguntó, sabiendo ya la respuesta:
    – ¿Estás segura de lo que dices? ¿No te arrepentirás?
    Philippa asintió.
    – Entonces, ve y encuentra tu felicidad, hija mía. No te detendré. -Luego se dirigió a su primo-: ¿Qué haría sin ti, mi dulce Tom? ¿Te ocuparás de hacer los arreglos necesarios?
    Thomas Bolton se acercó y se sentó junto a Rosamund. Le tomó la mano y se la besó con ternura.
    – Me encargaré de todo, querida. ¡Hace años que no visito la corte! Estoy empezando a aburrirme, necesito la compañía de gente elegante y divertida por un tiempo. Banon vendrá conmigo, le hará bien un poco de refinamiento. Quién sabe, tal vez algunas familias del norte estén buscando una esposa bella y rica para sus hijos. Y si aparece un candidato potable, arreglaremos el compromiso sin titubeos. Admite que fue un error mostrarte indecisa cuando el conde de Renfrew te propuso casar a su hijo con Philippa.
    – Sí, fue un error.
    – Pero repararé el daño causado, primita -la animó Tom-. Ahora podrás volver a Claven's Carn, descansar y entregarte a los cuidados cariñosos de tu esposo hasta que nazca el bebé. Has parido demasiados críos, querida. -Antes de soltar su mano, la besó una vez más-. Deberías darte por satisfecho, Logan, son muy pocos los hombres que tienen cuatro varones saludables. Recuerda que tendrás que mantenerlos a todos de una manera u otra. Piensa lo triste que sería la vejez, mi buen amigo, si te quedaras solo.
    – Nunca me sentiré solo mientras vivas, primo Tom -dijo el señor de Claven's Carn con una amplia sonrisa-, aunque reconozco que cuatro hijos es una cantidad considerable.
    – ¿Te encuentras bien, Rosamund? -preguntó lord Cambridge.
    – Sí, y les advierto que ninguno de los dos se librará de mí en la vejez -anunció. El color comenzó a teñir sus pálidas mejillas y sus labios dibujaron una sonrisa-. Perdonen el disgusto que les he causado. Este embarazo es más difícil que los anteriores, me siento muy cansada. Ya no soy una niña -rió-. Además, la decisión de Philippa fue un duro golpe para mí.
    La muchacha se acercó y se arrodilló frente a su madre.
    – Mamá, lamento las cosas horribles que te dije. Te amo, y lo sabes, pero soy distinta de ti. Es curioso que tú, que me inculcaste un férreo sentido del deber, te sorprendas de que sea justamente el deber lo que me aleje de aquí. Servir a la reina es una enorme responsabilidad para mí, mamá, como lo es Friarsgate para ti. Me entiendes, ¿verdad?
    La joven escudriñó el rostro de su madre, buscando algún signo de comprensión.
    – Supongo que es un error que cometemos la mayoría de los padres-dijo Rosamund con voz suave-. Esperamos que nuestros hijos sean como nosotros porque los hemos educado con nuestros valores. Y cuando un hijo interpreta esos valores de una manera distinta, nos enfadamos. -Sonrió a Philippa y le acarició el rostro con dulzura- Has luchado por lo que quieres con tanto fervor como yo luché por lo que deseaba. No te culpo por eso, mi niña. Te doy mi bendición, Philippa Meredith, aunque ahora esté triste por la decisión que has tomado. Eres el fruto del amor que sentí por tu padre y sería injusta con su memoria si obstaculizara tu felicidad.
    – ¡Oh, gracias, mamá! -exclamó exultante de alegría.
    – ¡Muy bien! Gracias a Dios, este penoso asunto ha tenido un final feliz, mis adorables criaturas -dijo lord Cambridge con un fingido suspiro de alivio-. ¡Por Dios, no podemos perder más tiempo! Hay que arreglar infinidad de detalles antes de mostrarnos en público. Banon necesita con urgencia renovar todo su guardarropa para presentarse en 'a corte, tendré que sacar las joyas de mis cofres. ¿Estás de acuerdo, Philippa? Seque tus hermosos vestidos están en la casa de Londres, pero ¿no te gustaría comprar tú también algún traje, cariño? Instruirás a mi sastre sobre la nueva moda masculina, que, sin duda, cambió mucho en los últimos años. Quiero honrar mi vieja reputación, no pisaré el palacio hasta no estar vestido como el más elegante de los caballeros. ¿Por qué no vienes con nosotros a Otterly, Philippa, y nos ayudas con los preparativos? Así, te sentirás más cerca de tu adorada corte, mis tierras quedan un poco más al sur que el inhóspito Friarsgate -acotó con malicia-. Rosamund, mi ángel, me siento eufórico como en los viejos tiempos, ¡no puedo dejar de pensar en las excitantes aventuras que nos aguardan!
    Rosamund lanzó una carcajada.
    – Ay, Tom, no sé si deba dejar a mis hijas en tus tiernas manos. Se divertirán demasiado y comenzarán a pensar que la vida es pura jarana y bellos vestidos.
    – ¿Acaso no cuidé bien de ti? -le recordó Tom.
    – Claro que sí, primo querido, no he conocido persona más buena y generosa que tú. Casi envidio a mis hijas por los momentos maravillosos que pasarán contigo. Casi -aclaró con una sonrisita. De pronto, había recuperado la alegría.
    A Logan Hepburn no ofendieron en lo más mínimo las palabras de Rosamund, pues sabía que eran la pura verdad. Nadie la había cuidado con tanto cariño hasta que su primo apareció en su vida. Se querían como hermanos.
    – Entonces, partiremos a Claven's Carn mañana y podrás descansar tranquila, amor mío, el futuro de Philippa está a salvo con Tom -anunció Logan.
    Esa noche, la cena fue la más feliz en mucho tiempo. Philippa acaparó la conversación contando anécdotas graciosas de la corte. Banon hacía miles de preguntas que su madre, su hermana mayor o lord Cambridge contestaban alternadamente. Por tratarse de una ocasión tan especial, habían invitado a los pequeños Hepburn a comer en la mesa del gran salón. Jamie compartía su plato con uno de los perros de Thomas Bolton; mordía un poco y enseguida le ofrecía un bocado al animal, un mastín enorme de temperamento manso. Los mayores no paraban de reír ante la inocente conducta del chiquillo.
    – ¡Oooh! Esa bestia podría devorárselo de un mordiscón -rió Maybel-. ¡Pero es tan dulce ver cómo el niño comparte su cena con el perro!
    Sentada en su silla, Elizabeth Meredith observaba a la familia con curiosidad. Hacía tanto tiempo que no se oían risas en el salón y que toda familia no se reunía. Mañana todos se marcharían de nuevo y ella se quedaría sola. A veces acompañaba a su madre a Claven's Carn, pero, en general, prefería permanecer en Friarsgate. No le molestaba la soledad, Maybel y Edmund sabrían cuidarla muy bien. Además, retomaría las lecciones con el padre Mata. Bessie era mucho más rápida y despierta que sus hermanas, tanto que, decía el clérigo, muy pronto no sabría qué enseñarle. También seguiría aprendiendo alemán y holandés con Hans. En realidad, estaba contenta de que todos partieran y su vida volviera a la normalidad. No había llegado a hacer las paces con Philippa y sentía que ya no tenía nada en común con Banon. Eran hermanas de sangre solamente, no de espíritu.
    Al día siguiente, el cielo amaneció despejado. Rosamund estaba lista para emprender el viaje a Claven's Carn desde la primera hora de la mañana.
    – Todavía no tomaré ninguna decisión respecto de Friarsgate -le dijo a Philippa-. Sé que me dirás que no, pero tal vez cambies de opinión. Solo quiero que seas feliz, hija mía.
    – No cambiaré de opinión, mamá. Sin embargo, me parece sensato que esperes un poco antes de tomar una decisión. Es una herencia valiosa para cualquiera que la reciba. Estoy muy contenta con la vida que he elegido. Recuerda siempre que te amo, mamá. -Philippa abrazó a su madre. Luego bajando el tono de voz, le susurró-: El tío Thomas tiene razón. ¿Podrías no concebir más hijos después de que nazca este?
    Rosamund asintió.
    – Te avisaré cuando llegue el momento. Si te casas, Philippa, trae a tu esposo para que lo conozca. Sé que Tom te ayudará a elegir muy bien.
    – Lo haré, mamá -prometió.
    Se dieron un último abrazo.
    – Mi querida Banon -dijo a su segunda hija-, sigue los consejos de Thomas. Es un hombre sabio, mucho más sabio que tu hermana. Ella se cree la dueña de la verdad, pero no es así. Siempre consulta primero a tu tío.
    – Sí, mamá -replicó Banon-. Yo no tengo los mismos deseos que Philippa. En la primavera regresaré a Otterly para cumplir con mis obligaciones; el tío Thomas dice que soy el ama perfecta -remató con orgullo.
    – Y tiene razón. Avísame cuando vuelvas, hijita.
    – Por supuesto, mamá -dijo Banon y abrazó a su madre-. Y tú avísame cuando nazca el bebé.
    Rosamund asintió y miró a Bessie.
    – ¿De veras no quieres acompañarme?
    – No, prefiero estar aquí, aunque me gusta más cuando estás conmigo, mamá.
    Rosamund acarició una de las rubias trenzas de su hija.
    – SÍ cambias de parecer, házmelo saber, ¿sí, tesoro? Falta mucho tiempo para que comience a nevar. Bessie sonrió a su madre.
    – De acuerdo, mamá -asintió la niña, pero ambas sabían que no iba a cambiar de opinión. Besó la mejilla de su madre y se retiró.
    – ¡No te pongas a llorar ahora, mujer! -la retó Maybel mientras se acercaba a Rosamund-. Sabes que la cuidaré como a una hija.
    – Me apena cargarte con tanto trabajo a esta altura de tu vida, Maybel. Ya no eres joven, hace rato que pasaste el medio siglo.
    – Algunas damas serán viejas a mi edad, ¡pero yo, jamás! Y para tu información, señora Hepburn de Claven's Carn, tu tío Edmund todavía es un hombre vigoroso. Me sobra energía para criar a otra niña. Además, ¿qué haría si te llevaras a mi Bessie? Ni lo pienses, Rosamund. ¿O acaso quieres romperme el corazón? -Sus huesudas mejillas se hundieron aun más de la tristeza.
    – ¡No, no! -gritó Rosamund y estrechó a la vieja nodriza en sus brazos-. Solo quería evitarte una molestia. Bessie no es una niña fácil de llevar.
    – ¡Es perfecta y encantadora! -protestó Maybel.
    – ¡Entonces te la regalo! -rió Rosamund y luego se dirigió a su tío-: Como siempre, sé que Friarsgate queda en las mejores manos.
    – Así es, sobrina -dijo Edmund Bolton en voz baja.
    – Vamos, querida, tu valiente fronterizo está impaciente por partir y ese par de hijos revoltosos que tienes no paran de pelear. Te has despedido de todos menos de mí. ¡Te adoro, primita! Cuidaré muy bien a tus hijas. Philippa obtendrá lo que desea y Banon pasará una temporada inolvidable en la corte. No dejes de escribirme. -La besó calurosamente en ambas mejillas, luego la acompañó afuera y la ayudó a montar-. ¡Adiós! ¡Buen viaje! -Palmeó las ancas del caballo al tiempo que guiñaba un ojo a Logan Hepburn-. ¡Adiós, Logan querido! ¡Hasta la próxima! -gritó mientras los Hepburn de Claven's Carn se alejaban por el camino-. ¡Estoy muerto de hambre, Maybel! ¿Está lista la comida? Las niñas y yo saldremos muy pronto.
    – ¡Entonces no te quedes ahí parado como si estuvieras posando para un retrato! ¡Entra de una vez, por el amor de Dios!
    Rosamund se dio vuelta para observar a su familia y no pudo contener la risa. Maybel regañaba a Tom sacudiendo su dedo acusador. Tomadas del brazo, Banon y Philippa conversaban con las cabezas casi pegadas. Bessie había salido disparada hacia las praderas y el padre Mata corría tras ella, con su larga sotana flameando al viento y rogándole a los gritos que se pusiera a estudiar. Suspiró y volteó en dirección a la frontera, a Claven's Carn. Allí sí la necesitaban.
    Poco después, lord Cambridge partió de Friarsgate con sus dos pupilas y Lucy, la doncella de Philippa. En cuanto llegaron a Otterly, iniciaron los preparativos para el retorno de Philippa y la presentación de Banon en la corte. Fiel a su promesa, Thomas Bolton puso a trabajar de sol a sol a su costurera y su sastre en la confección de los nuevos trajes. Incluso Lucy debió renovar un poco su guardarropa: dos vestidos sencillos que fueron los primeros en terminarse, cofias y delantales de un hilado muy fino. Ella misma colaboró contenta en la costura de las prendas.
    – Necesito varias casacas cortas con la espalda plisada -señaló Tom al sastre-. A mi edad todavía puedo darme el lujo de lucir mis bellas Piernas. Quiero las mangas forradas en piel o rellenas con algún material abrigado. Los palacios reales no suelen estar caldeados, mi querido sastre.
    A mediados de noviembre, celebraron el Día de San Martín comiendo ganso y manzanas asadas. A Philippa le fascinó el palacete de Otterly y juró que algún día tendría una mansión parecida. No una casa como la de Friarsgate, tan anticuada y vulgar, sino una residencia moderna con ventanas de cristal y chimeneas en cada alcoba. Banon era muy afortunada de ser la heredera de Otterly.
    Por fin, llegó el momento de la partida. Philippa estaba mareada por la excitación. Había esperado con ansias su regreso a la corte; Cecily y Tony habían prometido que estarían allí para Navidad. Presentaría a Banon a todo el mundo y volvería a servir a la reina con tanto fervor como antes.
    El viaje sería lento pues llevaban dos carros repletos de equipaje. Lord Cambridge había hecho los arreglos para alojarse cada noche en confortables conventos o en casas de familias nobles que él conocía. Incluso era probable que algunos de esos aristócratas se unieran a ellos en el camino. Susan, la doncella de Banon, los acompañaría; Lucy ya la había instruido sobre cómo debía comportarse y servir a su ama en la corte. Dos docenas de hombres armados los escoltarían a Londres y se quedarían con ellos hasta la primavera, cuando Banon debía regresar a Otterly. "Todo saldrá de maravillas -pensó Philippa-. Será la mejor Navidad de mi vida".

CAPÍTULO 06

    Hacia mediados de diciembre volvieron al palacio y se enteraron de que, en los últimos meses, la reina Catalina había estado muy delicada de salud. Los médicos, preocupados, le comunicaron al rey que su esposa no podría quedar embarazada. Enrique Tudor estaba disgustado y sentía que un velo oscuro se cernía ese año sobre las fiestas navideñas. No tenía ningún hijo varón que lo sucediera en el trono. ¿Por qué el buen Dios se lo había negado? ¿No era acaso un fiel cristiano? ¿No era un rey abnegado? Su esposa era vieja y estéril. Con excepción de María, su única hija, la reina nunca había podido insuflar la energía suficiente a sus bebés para que vivieran. ¿El heredero de Enrique Tudor sería entonces una mujer? ¡Por Dios, no! Él deseaba tener un heredero varón. Y además, era su deber. Sus pensamientos se centraron en su nueva amante, que le había susurrado al oído que llevaba en el vientre un hijo suyo y que nacería a principios del verano.
    Volviendo a Philippa, la joven estaba desilusionada porque los festejos de ese año no serían tan alegres. Pero, en realidad, lo sentía más por Banon que por ella misma.
    – En las fiestas, la corte es siempre maravillosa. Y después de la Noche de Reyes, casi inmediatamente viene la Cuaresma. Querida Banon, volverás a casa en primavera y no habrás tenido la suerte de divertirte.
    – Piensa en la pobre reina -respondió Banon-. Mi corazón se destrozó cuando me llevaste a conocerla. Se la ve muy frágil y triste. Y aun así me saludó con calidez y una sonrisa. Debió de ser muy hermosa cuando era joven.
    – Es lo que dice mamá, pero asegura que la reina Margarita era aun más bella. Apúrate. Debes prepararte para ir a la corte, Bannie. Nos esperan a la tarde. Abrígate bien porque hará frío en el Támesis.
    – ¿Piensas que Cecily y Tony regresarán al palacio para los festejos de Navidad?
    – Eso espero -respondió Philippa a su hermana mientras completaba su atuendo. Lucy le colocó una cadena de oro y perlas con el broche de esmeraldas, ahora convertido en un colgante. La joven estaba muy orgullosa de esa joya, porque la abuela del rey se la había regalado cuando nació, y a cada uno que la elogiaba, le contaba la historia.
    Las hermanas se reunieron con lord Cambridge en sus aposentos con vista al río.
    – Tío -exclamó Philippa al verlo-. ¡Tu vestimenta de hoy es todavía más impresionante que la de ayer! Dejando de lado al rey, eres el caballero más elegante de la corte.
    – Soy mucho más espléndido que el rey Enrique -respondió lord Cambridge-, pero no discutamos minucias, querida niña. ¿Te gustan mis sobrias calzas? Las elegí especialmente para resaltar el jubón y la casaca. -Dio una vuelta para que las jóvenes admiraran su elegancia, mostrándoles con gracia sus mangas bordadas-. ¿Y qué les parecen mis zapatos? ¡Los hice teñir para que combinaran con la casaca! Y lo mismo hice con los guantes bordados.
    – El celeste, el dorado y el blanco te favorecen, tío -opinó Philippa-. Pero lo mejor es el cuello plisado de tu camisa y ese sombrero con penacho.
    El tío le sonrió complacido.
    – Todo el conjunto está pensado para realzar mi tipo nórdico. Hay pocos hombres en esta corte que son rubios auténticos como yo. Y tú, Banon, ¿no tienes nada que decir?
    – Tío, estoy asombrada por tu buen gusto. Aunque siempre te vistes bien en Cumbria, nunca te había visto tan espléndido atavío.
    – Es que Otterly no es el lugar apropiado para esta ropa. Casi había olvidado el placer de lucir prendas suntuosas. Lamentablemente, no lo haré por mucho tiempo más.
    Los sirvientes les alcanzaron sus capas de terciopelo forradas de piel y se las colocaron sobre los hombros para que pudieran salir de la habitación y dirigirse a la barcaza de lord Cambridge.
    – ¿No te arrepientes de tener que volver al norte, tío? -preguntó Philippa.
    – No, adorada niña, de ninguna manera. El palacio es demasiado agotador para un hombre de mi edad. Además, tu madre significa mucho más para mí que andar adulando al rey. No. A esta altura de mi vida, me sienta mejor la tranquilidad de Otterly. Sólo vine al palacio para cerciorarme de que estés bien aquí, Philippa Meredith.
    La joven lo besó en la mejilla.
    – Te quiero, tío Thomas.
    Lord Cambridge sonrió contento. Pronto se irían de Londres a Greenwich. Thomas Bolton estaba empezando a interiorizarse de las intrigas del palacio. Por ejemplo, había oído el rumor de que la nueva y muy discreta amante del rey era la deliciosa señorita Blount. Y también se decía que Bessie estaba esperando un bebé. Como era de esperar, Tom le sugirió a Philippa que no interrumpiera su amistad con la encantadora Bessie. Y, además, decidió que él también gozaría de la tierna compañía de la joven Blount. Enrique Tudor no tendría celos de él. Por otra parte, si lord Cambridge flirteaba con la niña, le haría un favor, ya que ayudaría a acallar los rumores que podrían llegar a oídos de la reina. Y si eso ocurriera, la pobre Bessie dejaría de ser dama de honor. Obviamente, sus días al servicio de Su Majestad estaban contados, pero Bessie no tenía por qué irse en ese preciso momento. Catalina también apreciaba a Thomas Bolton, lord Cambridge, y se negaba a creer las historias acerca de sus costumbres poco ortodoxas, dado que no veía nada indecoroso en la conducta de ese caballero.
    La Navidad en Greenwich fue sencilla y tranquila; los festejos, poco animados, por respeto a la reina, aunque el rey, todavía molesto, bailaba con todas las bellas mujeres que aparecían ante su vista y, sobre todo, con la señorita Blount. Bessie no era una muchacha maliciosa, así que continuó tratando a la reina, su ama, con la mayor deferencia y respeto, corriendo deprisa a su lado cada vez que la música terminaba. Algunos la trataban de ingenua por eso. Aunque Catalina sabía todo lo que estaba ocurriendo, prefería hacerse la distraída. Sentía un profundo agradecimiento hacia Bessie Blount por sus buenos modales y su noble corazón. La naturaleza dulce de Bessie hacía que todo el mundo la quisiera. Era imposible enojarse con ella. El rey la había elegido y Bessie había sido educada para obedecerlo.
    Durante el primer día de! año 1520, lord Cambridge oyó unas noticias que excitaron su curiosidad, Lord Melvyn había muerto sin dejar herederos de sus tierras en Oxfordshire, que pasarían a manos de la corona. El rey podía conservarlas y usarlas como cotos de caza o bien venderlas. Se hallaban cerca de Londres, lo que permitiría que Philippa continuara al servicio de los Tudor. Y era una propiedad próspera. La plantación de manzanos de lord Melvyn era famosa por la excelente sidra que producía y sus tierras de pastoreo se alquilaban a muy buen precio a los vecinos que criaban ganado. Esa información la había obtenido lord Cambridge de uno de los secretarios del rey, William Smythe.
    – ¿Y si yo estuviera interesado en adquirir las propiedades del difunto lord Melvyn?
    – El rey está interesado en utilizarlas como parque para sus ciervos.
    – Pero el rey tiene muchos parques de ciervos -respondió lord Cambridge.
    – Eso es cierto, milord. Tal vez se podría vender, porque el monarca aprecia tanto una bolsa llena de dinero como un parque de ciervos. Y, además, Woodstock está cerca.
    El significado de la frase era evidente.
    – Por supuesto, le pagaré unos buenos honorarios a quien se encargue de la intermediación. En este caso, me refiero concretamente a su persona. Y hablo de honorarios más que generosos.
    – Hay otro interesado en la compra de esa propiedad. Es el caballero que le alquilaba el campo de pastoreo a lord Melvyn.
    – Yo pagaré más -afirmó lord Cambridge con franqueza. Introdujo la mano en su jubón y extrajo una pequeña bolsa de gamuza-. Una muestra de mi gratitud que le dejaré hasta que inspeccione las tierras de lord Melvyn en Oxfordshire. Además, le comentaré al rey acerca de mi interés en la propiedad, así no encontrará usted ninguna dificultad en la negociación.
    – ¿Conoce tan bien a Su Majestad como para poder hablar con él? -preguntó impresionado, pues la mayoría de los cortesanos no hablaban con el rey. Y luego tomó la bolsa repleta de monedas que le ofreció lord Cambridge.
    – Hace años que converso con el rey, señor Smythe, y la propiedad de lord Melvyn que deseo comprar es para la hija de mi prima, la dama de Friarsgate, una muy buena amiga de la reina. Hoy su hija está al servicio de Su Alteza.
    – Confíe en mí, entonces. Las tierras de lord Melvyn no se venderán hasta que usted las haya inspeccionado, milord -dijo el secretario-. Pero, como comprenderá, debo venderla a quien le haga la mejor oferta a mi amo, el rey. Ese es mi deber.
    – Por supuesto -dijo lord Cambridge, y luego se retiró de la habitación que ocupaban los secretarios del rey. El soborno había sido generoso y le daba tiempo para visitar la propiedad en cuestión. Le explicó a Philippa que debía ausentarse durante unos días por asuntos de negocios y partió rumbo a Oxfordshire, acompañado por dos hombres armados de Otterly.
    La finca de lord Melvyn estaba situada al noroeste de Oxford. La ciudad contaba con buenos alojamientos y también ofrecía excelente comida y bebida. Lord Cambridge eligió la posada más confortable, King's Arms, situada casi en las afueras del pueblo. Si partían bien temprano a la mañana siguiente, llegarían fácilmente a Melville y podrían estar de regreso en Oxford cuando oscureciera. La suerte acompañaba esta vez a Thomas Bolton. Tras una noche de sueño reparador, al amanecer se despertó renovado. Era una mañana de invierno fría, pero con un cielo diáfano y sin viento. Cargaron comida para el viaje, comenzaron la cabalgata y al atardecer ya estaban de vuelta. Thomas Bolton sabía que había encontrado la nueva casa de campo de Philippa.
    – Creo que te encontré una propiedad en Oxfordshire -informó a su sobrina-. Pero no estaré tranquilo hasta que todo quede arreglado. Dependo de uno de los secretarios del rey. Además, hay otro interesado en las tierras de Melville, aunque dudo que tenga tanto dinero como yo. Sin embargo, no debo alardear hasta que el asunto haya concluido.
    ¿Así que esos eran tus negocios, querido tío? Por dejar el palacio, te has perdido un evento de lo más importante. Banon conoció a un joven. No es más que un insignificante Neville, pero muy educado y de modales encantadores. Estoy segura de que te va a gustar.
    – ¿A ti te gusta, mi dulce niña? ¿Y qué opina Banon del joven? ¿Será posible que ya se haya solucionado uno de mis problemas?
    Sí, a mí me gusta y creo que a Banon también, aunque se muestra reticente a hablar del tema. Pero, por favor, cuéntame más sobre mi nueva propiedad.
    – No, pequeña. No diré nada hasta que esté seguro de que es tuya. No quiero ocasionarte una nueva desilusión. William Smythe, uno de los secretarios del rey, dice que hay otro interesado en la compra de Melville. Todavía no sé si es cierto o si Smythe me lo dijo para subir el precio y así ganar un poco más de dinero, además del generoso soborno que ya tiene en su bolsillo. Esos funcionarios de bajo rango suelen ser codiciosos y despiadados. No deseo que me engañen ni me tomen tonto, porque eso podría afectar de manera negativa los negocios que llevo adelante desde hace años con tu madre. Mañana me encontraré con él y trataré de concluir la negociación.
    – Gracias, tío. Nunca nadie ha sido tan bueno conmigo. Mamá siempre dice lo mismo de ti.
    – Es que son mi única familia. Me sentiría perdido sin ustedes revoloteando a mi alrededor.
    Inmediatamente después de la misa y antes del desayuno, el señor de Otterly se reunió con el secretario del rey. Había otro hombre con él, vestido con sobriedad, con el rostro bronceado de quien suele trabajar al aire libre. Por un instante, el desconocido se quedó boquiabierto mirando a lord Cambridge, ataviado con magnificencia.
    – Buenos días, señor Smythe. Supongo que está listo para comenzar la negociación -dijo Thomas Bolton alegremente mientras saludaba al otro hombre.
    – Le presento a Robert Burton, secretario y agente del conde de Witton, milord. Él también hará una oferta por la propiedad de lord Melvyn. ¿Le molestaría comenzar con su propuesta, milord? -El secretario sonrió y eso sorprendió a lord Cambridge. Era la primera vez que veía sonreír a un secretario del rey.
    – Ciento cincuenta guineas -expuso Thomas Bolton. Consideraba que era un precio más que generoso y no estaba en sus planes tratar de ahorrar en esta compra.
    – Doscientas guineas -contra ofertó el agente.
    – Trescientas guineas -replicó lord Cambridge.
    Robert Burton sacudió la cabeza y agregó:
    – No puedo ofrecer más de lo que tengo, señor.
    – Entonces, la propiedad queda en manos de lord Cambridge. ¿Puedo ver su dinero, milord?
    Thomas Bolton extrajo una gran cartera de cuero y se la alcanzó al secretario.
    – Cuéntelo, y tome diez guineas para usted. Pensaba pagar más, si era necesario, pero el conde de Witton, por suerte, no pensaba lo mismo. Esperaré hasta que haga la cuenta y terminemos con la compra.
    – Milord, ¿puedo preguntarle para qué desea esa propiedad? -inquirió Robert Burton con delicadeza.
    – Es un regalo para un familiar -dijo lord Cambridge en voz baja.
    El agente asintió.
    – Mi amo va a estar muy desilusionado -repuso. Luego, con una ligera reverencia, procedió a retirarse del cuarto.
    – Me gustaría hablar con usted en privado, señor Burton -lo llamó Thomas Bolton. Mientras cerraba la puerta, el agente alzó su mano para indicar que lo había escuchado-. ¿Qué sabe usted de ese conde de Witton? -preguntó lord Cambridge al secretario Smythe.
    – Casi nada, milord. Sé que ha estado al servicio de Su Majestad, pero no conozco ningún detalle más. Para mí, es un absoluto desconocido. -Terminó de apilar varias columnas de monedas que había extraído de la bolsa de cuero. Luego, lentamente, contó las diez guineas adicionales. Con sumo cuidado, cerró la cartera y se la devolvió a Thomas Bolton, junto con un billete de compra y la escritura de la propiedad.
    Lord Cambridge tomó todos los papeles con una sonrisa,
    – ¿Está satisfecho con su puesto al servicio del rey, Smythe?
    – Es difícil para una persona de mi posición progresar todo lo que desearía. No soy uno de los hombres del cardenal. Lord Willoghby, el hombre que desposó a María de Salinas, una amiga de la reina, me recomendó hace varios años para este puesto. Pero no conozco a nadie con el poder suficiente como para ayudarme a mejorar mi situación.
    – Smythe, no ha contestado mi pregunta. ¿Está satisfecho de estar al servicio del rey? ¿O preferiría un empleo en otra parte donde tuviera más responsabilidad y reconocimiento? -insistió lord Cambridge.
    – Si existiera un puesto así y me lo ofreciera un amo respetable, podría abandonar sin ningún cargo de conciencia el servicio de Su Majestad. No soy una figura importante.
    – Yo tampoco soy un hombre importante. Pero soy un caballero rico que se dedica al comercio y a quien le vendría muy bien alguien como usted. Debemos volver a conversar, William Smythe, antes de que regrese al norte. ¿Le molestaría vivir en Cumbria?
    – En absoluto, milord -dijo el maestro Smythe y sonrió por segunda vez en el día. Estaba sorprendido de que lord Cambridge recordara su nombre de pila, y de pronto pensó que, pese a sus aires de dandy, Thomas Bolton era uno de los hombres más inteligentes y astutos que conocía.
    Lord Cambridge se despidió; salió del cuarto del secretario y se dirigió al corredor donde se encontró con Robert Burton.
    – Gracias por esperarme. Vayamos a algún lugar donde podamos hablar en privado. -Encontraron un cuarto alejado con una ventana que daba a un patio interior-. Bien, señor Burton, cuénteme algo sobre su amo, el conde de Witton. ¿Ha servido al rey en alguna ocasión? ¿Y por qué deseaba las tierras de lord Melvyn?
    Robert Burton titubeó. Había esperado a Thomas Bolton por mera curiosidad, pero, a la vez, estaba ansioso por comunicarle a su amo el resultado de la negociación.
    – Vamos, señor Burton -lo animó lord Cambridge en voz baja-. Sabré cómo mitigar su desilusión si me da las respuestas correctas. ¿El conde está casado?
    – No, señor -respondió de inmediato.
    – ¿Cuántos años tiene? -la pregunta escapó de sus labios.
    – No sabría decirle, señor, pero obtuvo el título de conde el año pasado, después de la muerte de su padre a causa de la fiebre. MÍ amo no es un anciano, pero tampoco es joven.
    – ¿Y por qué no está casado?
    – ¡Por Dios! No tengo idea. Soy un simple secretario.
    – ¡Pero los sirvientes saben más que sus amos! -bromeó Thomas Bolton con una sonrisa-. ¿Acaso no ha vivido en las propiedades del conde desde su nacimiento? ¿No recuerda cuándo nació su amo?
    – Sí, yo tenía doce años cuando nació mi señor.
    – ¿Y cuántos años tiene usted ahora?
    – Cumplí cuarenta y dos en septiembre, milord.
    – Entonces su amo tiene treinta, Robert Burton. Es una buena edad. Ahora, dígame, ¿sabe si su señor está comprometido con alguna mujer?
    – No, milord. Pero está buscando una buena esposa o al menos eso es lo que dice mi hermana, que trabaja a su servicio en la casa.
    – Bien, excelente. Ahora otra pregunta, Robert Burton. ¿Es su amo sano de cuerpo y mente? ¿Es un hombre apuesto?
    – Es un amo bueno y justo, milord, y las muchachas dicen que es apuesto.
    – ¿Y por qué su señor quería comprar Melville?
    – Durante años hemos alquilado los campos de pastoreo de lord Melvyn, milord. Cuando él murió sin dejar herederos, nos pareció un buen momento para comprar sus tierras. ¿Quién más las querría? Pero, ¡ay!, usted las quiso. El conde va a sentir una enorme desilusión.
    – Tal vez pueda aliviar sus penas. Dígale a su amo que venga a verme. Quizás exista una manera de que él pueda ser el dueño de Melville. Mi nombre es Thomas Bolton, lord Cambridge. Mi casa está en el río, cerca de Richmond y Westminster. Cualquier lugareño sabrá indicarle dónde queda.
    – Gracias, milord, le comunicaré a mi amo todo cuanto me ha dicho. Creo que vendrá a verlo, porque deseaba ser dueño de Melville. Si el nuevo dueño destinara tas tierras a su uso personal en lugar de alquilarlas, nos quedaríamos sin pasturas para alimentar a nuestro ganado. -Hizo una reverencia y salió deprisa. Thomas Bolton consideró que, si el conde de Witton era una persona razonable, todos sus problemas terminarían por solucionarse.
    Robert Burton arribó a Brierewode, la tierra del conde de Witton, pocos días más tarde. Le entregó su caballo al mozo de cuadra y se dirigió a la casa para hablar con el conde, que se hallaba en la biblioteca.
    Crispin St. Claire miró a su secretario mientras entraba en la habitación.
    – ¿Cuánto nos costó, Rob? Robert Burton sacudió la cabeza. Nada. La hemos perdido, milord.
    – ¿Qué? -El conde de Witton estaba estupefacto-. ¿No te dije que podías ofrecer hasta doscientas guineas?
    – Hubo tres ofertas, milord. La primera empezó con ciento cincuenta guineas. Luego, ofrecí doscientas, pero lord Cambridge subió a trescientas -el secretario se encogió de hombros-. Milord, ¿qué más podía hacer?
    – Esa propiedad no vale todo ese dinero -refunfuñó el conde.
    – Mientras el secretario real contaba el dinero, me pidió que lo esperara. Y así lo hice.
    – ¿Y qué te dijo? -inquirió el conde con curiosidad.
    – Me hizo muchas preguntas acerca de su persona, señor. Y me dijo que si milord fuera a verlo, tal vez podría convertirse en el dueño de la propiedad.
    – Probablemente pretende beneficiarse con la venta de la propiedad -se irritó el conde-. Quizás esté confabulado con el secretario del rey en este negocio. ¡No quiero que me estafe un cortesano intrigante! ¡Maldición!
    – Dudo que lord Cambridge sea un estafador, milord. Su vestimenta es soberbia y se podría decir que es un dandy. Pero sus modales son francos y directos. Es difícil reconciliar esas dos imágenes, pero debo decirle que me parece un hombre de bien. No creo que sea deshonesto.
    – Muy interesante, Rob. Siempre has sido bueno para juzgar a las personas -acotó el conde-. Entonces, ¿me aconsejas que vaya a encontrarme con este lord Cambridge?
    – Sin dudarlo, milord. Todavía es invierno y la tierra está sin cultivar. El ganado se halla en los establos, así que en este momento hay poco trabajo. ¿No es en invierno cuando los nobles visitan la corte? ¿Qué daño le podría hacer conversar con lord Cambridge? Me parece que nada puede empeorar su situación.
    – Admito que siento una enorme curiosidad. Por otra parte, tú te encargarás de la propiedad durante mi ausencia, Rob. Pero esta vez, te juro que no regresaré a casa hasta que consiga una esposa.
    – Es más probable que la encuentre en el palacio y no aquí. Ninguno de nuestros vecinos tiene hijas casaderas.
    – No quiero desposar a una muchacha malcriada que solo piense en vestidos y en cómo gastar mi dinero. Un hombre debe tener una mujer con quien pueda conversar de vez en cuando. Esas niñas de la corte no sirven más que para bailar. Se ríen como tontas, coquetean y besan en los rincones oscuros al primer caballero que se les cruza en el camino. Sin embargo, no hay que perder las esperanzas. Tal vez haya alguna mujer para mí. Una muchacha dócil que se ocupe de llevar la casa y criar a mis hijos sin quejas ni lamentos. Y que no malgaste mi dinero en naderías.
    – Nunca la encontrará, milord, si no va a la corte -insistió Robert Burton-. Sin duda, el rey lo acogerá, ya que estuvo a su servicio durante ocho años.
    – Es cierto. Ser un diplomático que representa a Enrique Tudor no es una tarea fácil, Rob. Pero yo hice mi trabajo con esmero y fidelidad en San Lorenzo, cuando echaron al idiota de Howard, y también en Cleves.
    – Nos habríamos sentido todos muy felices si hubiese regresado a casa con una novia, aunque fuera una dama extranjera.
    – En San Lorenzo, las damas eran demasiado liberales en sus costumbres para que resultaran de mi agrado. Y en Cleves eran muy pacatas. No, por favor, necesito una buena esposa inglesa. Espero tener la suerte de encontrarla.
    – Permanezca en la corte lo que resta del invierno, milord. Pero antes que nada, vaya a visitar a lord Cambridge para averiguar qué le ofrece. Y, además, fíjese si encuentra una bella joven que satisfaga sus deseos, señor -sonrió Robert Burton. Hacía años que servía al conde y se había ganado la libertad de hablar abiertamente con él.
    Bueno, entonces debo ir a Londres aunque más no sea para ver qué me dice lord Cambridge. Y tal vez lo convenza de que me entregue las tierras que deseo.
    Pocos días más tarde, el conde de Witton partió hacia el palacio. Cuando llegó a Londres, la corte se había retirado de Greenwich y se había instalado de nuevo en Richmond. Lo primero que hizo fue presentarse ante el mayordomo del cardenal Thomas Wolsey para pedirle alojamiento. Había sido el cardenal quien le había asignado las misiones diplomáticas en representación del rey. El conde de Witton dudaba de que el rey se acordara de él, pero estaba seguro de que Wolsey lo recordaría. Le dieron un pequeño cubículo donde podía dejar sus pertenencias y dormir durante la noche. Pero el alimento debía procurárselo por su cuenta. Podía comer en el salón del cardenal, si encontraba algún lugar Ubre. El conde de Witton le agradeció las atenciones al mayordomo y le insistió en que aceptara unas monedas por las molestias ocasionadas.
    A la mañana siguiente, se vistió con esmero, pero de manera sobria y le pidió a un remero que lo llevara a la casa de Thomas Bolton. El marinero asintió y comenzó a remar río arriba y con la marea creciente. Ya habían pasado Richmond cuando comenzaron a acercarse a la costa. En medio de un bello parque se erigía una casa de varios pisos y techo de pizarra. Atracaron en el muelle; el conde salió de la barca y le lanzó una moneda de valor al marinero.
    – ¿No quiere que lo espere, milord? -preguntó el remero.
    Como el conde vio dos barcas amarradas al otro lado del muelle, dijo;
    – No, gracias. Supongo que mi anfitrión me llevará de regreso en cuanto lo necesite.
    Caminó a través del sendero de grava que conducía a la residencia y, cuando se hallaba a mitad de camino, un sirviente se acercó para ver quién era el extraño que andaba por el parque.
    – Soy el conde de Witton y vengo a ver a lord Cambridge -dijo a modo de presentación.
    – Pase, milord. Mi amo lo está esperando. Por favor, sígame.
    El conde se sorprendió al entrar en una maravillosa sala que parecía ocupar toda la longitud de la casa. En una de las paredes había enormes ventanales que daban al río. La habitación estaba totalmente revestida en madera y el techo era artesonado. El piso de madera estaba cubierto por las más exquisitas alfombras orientales. Al fondo, dos grandes mastines de hierro flanqueaban el gigantesco hogar donde rugía un poderoso fuego. El fino mobiliario de roble brillaba y había cuencos con distintas fragancias que aromatizaban el ambiente. Sobre un amplio aparador había una bandeja de plata con su correspondiente juego de copas de vino y jarras de cristal.
    De pronto, se abrió una de las puertas y apareció un caballero. Llevaba un jubón de terciopelo color borravino con cuello de fina piel. De las mangas abiertas asomaba una sofisticada seda negra que remataba en un gracioso encaje.
    – Mi querido lord St. Claire -dijo el caballero, mientras le extendía su mano colmada de anillos-. Le doy la bienvenida. Mi nombre es Thomas Bolton, lord Cambridge. Por favor, sentémonos junto al fuego. ¿Tiene sed? Puedo ofrecerle unos vinos españoles excelentes. Pero no, mejor los bebemos más tarde, cuando celebremos nuestro acuerdo.
    El conde aceptó la mano y se sorprendió por la firmeza de su apretón. Luego se sentó, francamente abrumado por la presencia de lord Cambridge.
    – Dígame, milord. ¿Por qué acuerdo vamos a brindar? -se animó a preguntar.
    Thomas Bolton sonrió.
    – El único que le permitirá poseer las tierras de lord Melvyn, que es lo que desea. Y, a cambio, usted me dará lo que yo deseo. Es realmente muy simple, milord.
    – No sé si podré reunir el dinero necesario para pagarle lo que pretende por Melville.
    – Querido, esa tierra no vale el precio que pagué por ella -rió Tom.
    – ¿Entonces, por qué ofreció una suma tan ridícula? -preguntó desconcertado.
    – Porque quería comprarla, por supuesto. Me alegro de que su agente lo haya convencido de venir a verme. Parece ser un buen hombre y un fiel servidor. Y desde que su secretario partió, me he dedicado a hacer averiguaciones sobre su persona.
    – ¡No me diga! -dijo el conde con asombro. Era la conversación más extraña que había tenido en su vida.
    – Usted es el cuarto conde de Witton. Su linaje es antiguo y su familia fue siempre leal a quien estuviera en el trono. Una manera inteligente de actuar, debo agregar. Estuvo al servicio de Enrique Tudor en el continente como embajador y negociador durante mucho tiempo. Su madre murió cuando apenas tenía dos años. Su padre falleció hace un año y es por eso que usted regresó a su hogar. Tiene dos hermanas mayores, Marjorie y Susanna. Las dos están casadas con hombres respetables, pero no de gran alcurnia, obviamente, ya que sus dotes son más bien modestas. Se dice de usted que es un hombre honesto, inteligente y escrupuloso en sus transacciones. Nunca se ha casado y ni siquiera estuvo comprometido con mujer alguna.
    – Es que no tuve tiempo -dijo el conde como a la defensiva, y luego se preguntó por qué se sentía en la obligación de disculparse.
    – ¿Me he olvidado de algo? -preguntó lord Cambridge en voz alta. Y él mismo se respondió-: No, creo que no.
    El conde no pudo evitar reír.
    – ¿Y qué quiere usted de mí, milord?
    – Deseo darle las tierras de lord Melvyn, querido muchacho. ¿No es eso acaso lo que quiere? -dijo Thomas Bolton sonriendo al conde de Witton,
    – ¿Y qué desea usted a cambio, milord? ¿Qué podría desear con tanto anhelo para pagar una suma tan exorbitante por Melville?
    – Usted necesita una esposa, mi querido conde. ¿Aceptaría casarse con una joven a cambio de las tierras de lord Melvyn? Por pura coincidencia, las propiedades ahora son parte de la dote de mi sobrina, Philippa Meredith.
    El conde de Witton estaba atónito por las palabras de lord Cambridge. No sabía qué trato le iba a ofrecer, pero de ninguna manera se imaginó algo así. Con desconfianza le preguntó:
    – ¿Qué problema hay con esa joven?
    – Ninguno. Tiene quince años. Es pelirroja, inteligente, casta, y su dote, además de Melville, es abultada en monedas de plata y oro, joyas, vestimentas, ropa blanca y todo lo que se espera de una joven casadera.
    – Estimado señor, le reitero la pregunta. ¿Qué pasa con esa niña? ¿Alguien la ha seducido y ha arruinado su reputación? No me casaré con una ramera. ¡Por Dios! -Obviamente, el conde no esperaba una propuesta tan escandalosa, pero parecía dispuesto a considerar la oferta.
    – Philippa Meredith es la heredera de una gran propiedad en Cumbria y debía casarse con el segundo hijo del conde de Renfrew -empezó a explicar Thomas Bolton-. Pero resulta que, luego de estar en París y Roma, el joven decidió dedicar su vida a Dios.
    El conde volvió a reír.
    – Pobre muchacha. Pero si tiene tantas tierras en el norte, ¿para qué le compró Melville?
    – Philippa renunció a ser la heredera de Friarsgate, aunque su madre todavía se niega a aceptarlo. Solo porque adoro a mi prima Rosamund y a sus hijas, le busqué una propiedad cerca de la corte a Philippa y elegí las tierras de lord Melvyn. Pero mi sobrina necesita también un marido y usted desea esas tierras, aunque no tiene dinero para comprarlas. Creo que el matrimonio es la solución para todos sus problemas. Usted tiene un nombre de alcurnia y Philippa es una rica heredera. Parece ser una combinación perfecta. Sé que tanto Rosamund como su esposo, el señor de Claven's Carn, estarán de acuerdo. Me tienen absoluta confianza en estos asuntos.
    – ¿La joven es medio escocesa? No, entonces mi respuesta es no, querido amigo.
    – No, Logan Hepburn es el padrastro de Philippa. Su difunto padre era sir Owein Meredith, un caballero que estuvo al servicio de los Tudor desde la infancia. Su madre es Rosamund Bolton, dama de Friarsgate. Enrique VII fue el tutor de Rosamund durante un tiempo y la madre del rey, la Venerable Margarita, arregló el matrimonio de mi prima con sir Owein. Rosamund es íntima amiga de Catalina y de la reina de Escocia, pues se crió con ellas. Es por eso que Philippa tiene un lugar en la corte de la reina.
    – La familia de la joven no es aristocrática como la mía; sin embargo, su propuesta es muy tentadora, milord. Me gustaría conocer a su joven sobrina. Debemos congeniar y llevarnos bien; por muy rica que sea, no quiero discordia en mi hogar, sino una mujer dócil que me obedezca.
    – Le prometo que Philippa será una buena esposa. Es inteligente, milord, y educada como la mayoría de las damas de honor de la reina. Aunque no siempre estará de acuerdo con usted, pero ¿qué mujer lo estaría, muchacho?
    – De acuerdo. ¿La joven está ahora aquí?
    – No, está en la corte con la reina. Es una fiel servidora de Catalina, como su padre lo fue de los Tudor.
    – Eso habla bien de su sobrina. ¿Cuándo podré conocerla?
    – Tengo una barca lista para partir en cuanto usted lo desee. Si no le molesta esperar a que me cambie de atavío para ir la corte, navegaremos juntos hasta Richmond, milord. Mis sirvientes, entretanto, le traerán algo para comer. ¿Dónde se aloja en Londres?
    – En un cuarto de la casa del cardenal Wolsey. Pero la comida es un problema, así que agradecería que me sirvieran algo de comer. ¿Y por qué necesita cambiarse? La ropa que lleva es muy elegante.
    – Querido, ¡no puedo aparecer en la corte con ropa de entre casa! -se escandalizó lord Cambridge-. Tengo que cuidar mi reputación, como pronto se dará cuenta usted también. Mis criados le traerán comida y vino mientras me acicalo. ¿Seguimos hablando en el camino al palacio? -Thomas Bolton se puso de pie y se retiró por la misma puerta por la que había entrado. Crispin St. Claire estaba perplejo y a la vez le divertía toda la situación.
    Luego hicieron su aparición los sirvientes, provistos de una bandeja donde había un plato de huevos poché en una sabrosa salsa a base de vino de Marsala, jamón de campo, pan casero recién salido del horno, mantequilla dulce y dulce de cerezas. Le acercaron una mesita recubierta con un mantel de lino blanco. Apoyaron la bandeja y a su derecha pusieron una copa de cristal.
    – ¿Vino o cerveza, milord? -preguntó con cortesía uno de los criados.
    – Cerveza -respondió. Estaba hambriento, pues no había probado bocado esa mañana. Las atenciones de lord Cambridge habían causado una fuerte impresión en Crispin St. Claire. Si su sobrina era una anfitriona tan excelente como su tío, tal vez sería también una buena esposa y una eficiente condesa de Witton. Se sorprendió al darse cuenta de que estaba considerando la posibilidad de desposar a una vulgar terrateniente del norte. La familia del conde había llegado a Inglaterra varios siglos atrás, en los tiempos del rey Guillermo de Normandía, y tenía incluso sangre de los Plantagenet, ya que uno de sus ancestros se había casado con una de las hijas bastardas del rey Enrique I.
    Pero la joven en cuestión poseía las propiedades que él codiciaba. Y, además, parecía un buen partido. ¿Acaso había otra dama con la que preferiría casarse? La triste verdad era que no. No había ninguna mujer en su vida. Y él necesitaba una esposa. Sus hermanas se lo recordaban cada vez que lo veían. Era el último varón de la familia St. Claire, pero no había hecho el menor esfuerzo por buscar una pareja. Tal vez esa jovencita fuera la respuesta a sus problemas. Su familia era respetable; sus contactos, buenos. Tenía la tierra con la que él había soñado y era la heredera de una pequeña fortuna. ¿Qué más podía pedir un hombre de una mujer? Y si además era bella, se sentiría en la gloria, aunque no era una condición necesaria. No tenía nada más que hablar con lord Cambridge. El hombre era astuto y sabía que, si le daba tiempo para aplacar su orgullo, el conde de Witton no podría rechazar su propuesta. El conde limpió su plato con el último trozo de pan y bebió hasta la última gota de vino. Empujó la silla hacia atrás y suspiró satisfecho. Iba a ser un gran día. Se abrió la puerta que comunicaba con la habitación principal e hizo su aparición lord Cambridge.
    – ¿Ha comido bien, muchacho? -preguntó solícito.
    – Sí -contestó el conde, mirando atónito a Thomas Bolton.
    Lord Cambridge rió al ver la expresión del joven.
    – Luzco magnífico, ¿verdad, milord?
    Su casaca corta plisada era de un brocado de terciopelo azul oscuro, forrado y ribeteado con piel de conejo gris. El cuello de la camisa también estaba adornado con delicados pliegues. El jubón era de color celeste, con toques de hilos dorados. Las calzas de lana tenían rayas en distintos tonos de azul. Además, llevaba una liga dorada en su pierna izquierda. La bolera estaba bordada con piedras preciosas. Los zapatos, de punta cuadrada, estaban forrados con el mismo brocado de terciopelo de la casaca. Y alrededor de su cuello, colgaba una gran cadena de oro rojo.
    – Nunca imaginé que un hombre pudiera lucir tan bien. Ni siquiera el rey viste así. Pero, por favor, no vaya a repetir estas palabras a Su Majestad.
    – Y usted, milord, no vaya a repetir que el rey suele consultarme sobre su guardarropa. Ahora, si está listo, querido Crispin, le propongo partir hacia el palacio para que inspeccione a Philippa Meredith. Estoy seguro de que la aceptará como esposa.

CAPÍTULO 07

    – Allí están mi heredera y su hermana mayor; es la que sentada a los pies de la reina, a quien mucho le simpatiza. Quizá Philippa le recuerde su juventud, cuando ella y la leal Rosamund compartieron momentos de dicha y también de tristeza -susurró lord Cambridge.
    – ¿Es la muchacha vestida de verde? -quiso confirmar el conde.
    – Sí, de verde Tudor -bromeó Tom-. Todavía no tiene dieciséis años y ya es una perfecta dama de la corte. ¿Qué opina? Le ofrezco riqueza, la tierra que desea y una hermosa jovencita por esposa.
    Crispin St. Claire trataba de no mirarla con insistencia. Era una criatura encantadora, de rasgos delicados y, si bien no era noble, solo un insensato la consideraría una persona vulgar.
    – Es muy bella, pero busco algo más que belleza en una mujer.
    – Es culta y refinada.
    – ¿Y es inteligente, milord?
    Thomas Bolton sintió una ligera irritación y dijo con aspereza:
    – Si perteneciera a la familia más noble, ¿sería usted tan quisquilloso? Las muchachas de sangre azul suelen morir jóvenes y no son muy fértiles. Si quiere que su familia se perpetúe, deberá casarse con una mujer que no pertenezca a su entorno natural. No obstante, si no le interesa desposar a mi sobrina, no tiene más que decirlo y nos despediremos como buenos amigos.
    – Necesito una esposa con quien pueda mantener una conversación inteligente, milord -alegó St. Claire-. Prefiero quedarme soltero y causar la desaparición de los condes de Witton a casarme con una dama cuyo único tema de conversación sea el bordado, la casa y los niños. Y creo que a usted tampoco le interesaría una mujer así.
    Lord Cambridge no pudo contener la risa.
    – No, señor, no me interesaría una mujer así. Si ese es su temor, no debe preocuparse. Philippa es capaz de opinar sobre cualquier cosa. Puede volverlo loco, pero aburrirlo, jamás. Lo enfurecerá, lo hará reír, pero nunca sentirá una pizca de tedio con ella, se lo garantizo, muchacho. Entonces, ¿desea que se la presente o prefiere que nos separemos?
    – Sus palabras son muy convincentes -admitió St. Claire-. Estoy intrigado. De acuerdo, quiero conocerla.
    – ¡Excelente! Hablaré con mi sobrina y arreglaremos un encuentro en un lugar menos público y bullicioso.
    – ¿Por qué no ahora mismo? -preguntó el conde sorprendido y también algo desilusionado.
    – En asuntos tan delicados como este, es mejor actuar con cautela y preparar bien el terreno. Philippa quedó muy enojada y dolorida por el desaire de Giles FitzHugh, me temo que ha perdido la confianza en los hombres.
    – ¿Amaba tanto a ese joven?
    – ¡No, en absoluto! Pero ella estaba convencida de que lo quería, pese a que apenas se conocían -explicó lord Cambridge-. Ahora, pienso que mi sobrina hubiese preferido ver muerto a ese joven que ser abandonada por la Santa Iglesia.
    – ¿Todavía sigue enojada?
    – Aunque lo niegue, yo creo que sí. Pero ya pasaron ocho meses desde ese infortunado incidente y es hora de que Philippa prosiga con su vida, ¿verdad, milord?
    El conde asintió.
    – ¿Cuándo la conoceré, entonces?
    – En unos pocos días. Usted se alojará en mi casa, milord. Dejará de inmediato ese horroroso cuartucho en la residencia del cardenal Wolsey. Philippa no debe pillarnos desprevenidos. Ella y su hermana viven en la corte como damas de honor. Viene a casa a menudo para buscar ropa, pues aquí no tiene suficiente espacio.
    – De acuerdo, agradezco su hospitalidad. Si continuara al servicio del rey, seguramente me habrían ofrecido un cuarto mejor. Me hospedaron a regañadientes, ni siquiera hay una chimenea y, por supuesto, jamás me invitan a la mesa del cardenal.
    Lord Cambridge se estremeció de indignación.
    – Será un hombre inteligente y un gran cardenal, mi querido, pero en definitiva su procedencia lo delata. No tiene modales ni sentido común. Sus palacios de York Place y Hampton Court son más grandes y fastuosos que los del propio rey. Un día Enrique Tudor dejará de tratarlo con tanta consideración. Nadie, ni siquiera un cardenal, debe ubicarse por encima del soberano. En algún momento, Wolsey cometerá un error y sus enemigos no tardarán en prevenir a Su Majestad. No es un hombre querido aunque al rey le resulte útil; su ascenso ha sido vertiginoso, pero su caída será terrible.
    – Sin embargo, es extremadamente astuto e inteligente. Cuando servía al rey, él me daba las instrucciones. Según dicen, Wolsey gobierna y el rey juega, aunque, conociendo a los dos, tengo mis dudas. Enrique lo utiliza como a un sirviente cualquiera y mientras él se lleva toda la gloria, el cardenal se lleva todo el desprecio.
    – ¡Ah, estoy sorprendido, mi querido conde! Es usted más sagaz de lo que pensaba. Me complace. Ahora, debo ir a conversar con unos amigos. Si desea marcharse antes que yo, tome mi barca y dígale al remero que luego venga a buscarme. -Lord Cambridge se despidió con una reverencia y se perdió en la multitud sonriendo y saludando a diestra y siniestra.
    "¡Qué hombre interesante!"-pensó el conde de Witton. Excéntrico, pero interesante. Se retiró a un rincón tranquilo y paseó la mirada por el salón en busca de Philippa. Se había apartado de la reina y bailaba una alegre danza tradicional con un joven. Cuando su vigoroso compañero la levantaba en el aire y la hacía girar, la muchacha echaba la cabeza hacia atrás y reía. El conde sonrió al ver cómo se divertía. ¿Y por qué no habría de hacerlo? Era joven y hermosa. Sintió cierto recelo cuando comenzó la siguiente danza y el rey se acercó a ella. Enrique solo bailaba con aquellas mujeres de la corte que consideraba expertas bailarinas. Por eso, sus potenciales parejas eran escasas, las jóvenes tenían terror de bailar con él y más aun de disgustarlo. Pero a Philippa no la asustaba en lo más mínimo Enrique Tudor. Su gracia y simpatía deslumbraron al monarca mientras bailaban al compás de una bella melodía. Cuando concluyó la danza, el rey besó la mano de la niña y ella le devolvió la gentileza con una reverencia. Luego, volvió a ocupar su lugar junto a la reina. Estaba ruborizada, un largo rizo color caoba se había desprendido del elegante rodete francés, y el conde la encontró sumamente encantadora.
    Antes de retirarse, Thomas Bolton quiso ver a su sobrina.
    – ¿Puedo robársela un momento, Su Majestad?
    – Por su puesto, lord Cambridge -accedió la reina sonriente.
    Lord Cambridge ofreció el brazo a Philippa y abandonaron la espaciosa antecámara donde el rey y sus cortesanos disfrutaban de la fiesta. Mientras caminaban por una galería de magníficos tapices, lord Cambridge dijo:
    – Mi tesoro, somos las personas más afortunadas del mundo.
    – ¿Conseguiste la propiedad que buscabas, tío?
    – Sí, pero eso no es todo. Había otro individuo interesado en la propiedad, un caballero cuyas tierras lindan con Melville. Se trata del conde de Witton, es soltero y está buscando esposa -dijo Tom con efusividad.
    Philippa lo hizo callar.
    – Sé adónde apuntas, tío, y no me gusta nada.
    – Podrías ser la condesa de Witton, querida. ¡Imagínate casada con un conde de una antigua familia ilustre!
    – ¿Y por qué un hombre de tan noble estirpe aceptaría desposar a la humilde hija de un caballero del rey? Algún defecto grave ha de tener -replicó Philippa con suspicacia.
    – Su nombre es Crispin St. Claire y ha estado al servicio del rey como diplomático. Su padre murió el año pasado y ha vuelto a Inglaterra a asumir sus responsabilidades. No tiene ningún defecto.
    – Entonces, debe ser un anciano, tío. ¿Quieres condenarme a vivir al lado de un vejestorio? -exclamó con una mirada de temor.
    – Tiene treinta años, querida, jamás diría que es un vejestorio. Es un hombre maduro y preparado para el matrimonio. ¿No te das cuenta de lo afortunada que puedes ser? Él quiere ser dueño de Melville, que es una parte de tu dote.
    – En otras palabras, está tan desesperado por esas tierras que no le queda más remedio que casarse conmigo.
    – ¡No, no! -replicó Thomas Bolton. Sintió ganas de arrojarle un balde de agua fría a esa niña con tan elevada opinión de sí misma- Siempre le interesaron esas tierras, y como supe que estaba buscando esposa, simplemente le comenté que Melville era parte de tu dote,
    – ¡Tío, hiciste muy mal! -se enfureció Philippa-. ¡Le tendiste una trampa a ese pobre hombre!
    – No, tan solo me aproveché de la situación. Tu madre aprobaría plenamente mi conducta.
    – ¡Tu desfachatez, querrás decir! ¿Qué pensará de ti ese conde de Witton? ¡Y de mí! No puedo creer que hayas caído tan bajo, tío.
    – No digas bobadas, querida -espetó Tom, inmune a las críticas de su sobrina-. El conde de Witton pertenece a una familia antigua y honorable aunque no muy próspera. No es un hombre pobre, pero tampoco es rico. Si te casas con el conde, obtendrás un título y tus hijos serán auténticos nobles. El conde recibirá a cambio las tierras que tanto ansía añadir a las que ya posee y una esposa con gran dote en oro. Será un matrimonio perfecto.
    – ¿Y qué lugar tiene el amor en esta historia, tío? Si he de desposar a este hombre, ¿no debería haber algo más que dinero y tierras? -La preocupación embellecía su rostro, sus ojos color miel lo miraban pensativos.
    – Al menos, intenta conocerlo. Jamás te obligaría a casarte por la fuerza. Primero, averigüemos si tú y el conde congenian, de lo contrario tendrá que buscarse otra esposa. Quiero tu felicidad tanto como tu madre. ¡Pero piensa, Philippa! Se trata de un verdadero conde y no del segundo hijo de un conde. El único que se habría beneficiado con ese maldito matrimonio habría sido Giles FitzHugh. ¿Qué ventajas habrías obtenido? Ninguna. Confieso que, al principio, antes de que vinieras a la corte, me pareció un buen candidato, pero Witton es mil veces mejor. Además, gozas de los favores de los reyes. Te vi bailar con Enrique esta noche.
    – ¿Sabes por qué? Porque no podía bailar con Bessie, ella le dijo que yo era una excelente bailarina.
    – ¿Y qué impedía a la señorita Blount danzar con el rey? -preguntó lord Cambridge con gran curiosidad.
    – No se siente bien. Últimamente está muy molesta por el embarazo -fue la ingenua respuesta de Philippa.
    Tom dudó unos instantes y luego dijo:
    – ¿Has oído el rumor, verdad?
    Philippa se mordió el labio inferior y se sonrojó.
    – ¿De que es la amante del rey? Sí, tío, lo escuché. Y si lo fuera, ¿qué debería hacer yo? Amo a la reina, pero también me simpatiza Bessie Blount.
    – No hagas nada, pequeña, mantén la misma actitud de siempre. Debes respetar y amar a la reina, y al mismo tiempo ser afable con la señorita Blount. Serías una tonta si no lo hicieras, porque, sin duda, Bessie es la amante de Enrique. Y te diré algo más, jovencita: es muy probable que el hijo que está esperando sea del rey. Estoy seguro de que muy pronto Bessie desaparecerá de la corte, pues Enrique Tudor no querrá que mortifique a la reina paseando su enorme barriga por el palacio, sobre todo ahora que se sabe que Catalina no puede concebir.
    – Estoy al tanto de esos rumores, pero no los creo. ¿Quién querrá casarse con Bessie Blount si cae en desgracia?
    Thomas Bolton rió para sus adentros. A veces la ingenuidad de su sobrina lo conmovía y le recordaba cuan cándida era.
    – El rey será generoso con la señorita Blount, sobre todo si da a luz a un varón. Como recompensa, recibirá un marido, una pensión, y la criatura gozará de ciertos honores, te lo aseguro.
    – Me siento culpable de ser amiga de Bessie sabiendo la angustia que siente la reina.
    – No cometas el error de tomar partido, es muy común entre los miembros de la corte. La realeza es voluble como el viento, mi ángel, y conviene más soplar a favor que en contra. Al rey le agrada la señorita Blount, y ella se comporta con respeto y discreción ante la reina. Tanto Enrique como Catalina actúan como si nada malo ocurriera entre ellos. ¿Acaso la reina muestra animosidad hacia la señorita Blount?
    – No, pero varias damas de la reina la tratan con desprecio, y algunas son repugnantes.
    – No sigas su ejemplo. Compórtate con la reina y con Bessie como siempre lo has hecho. Nadie sabe qué puede pasar el día de mañana. Ahora, ocúpate de tus asuntos. Dentro de unos días solicitaré el permiso de la reina para que nos visites. Invité al conde de Witton a hospedarse en mi residencia.
    – Una condesa -murmuró Philippa-. Seré la condesa de Witton.
    Millicent Langholme se pondrá verde de envidia. Acaba de casarse con sir Walter Lumley. Cecily se asegurará de informar a Giles y a sus padres. Quedarán muy impresionados. Espero que los Witton tengan mejores tierras que los Renfrew. Imagínate, el conde de Renfrew se ofreció a buscarme un candidato, ¡pero jamás podría encontrar uno tan bueno como el tuyo, tío querido! -a Philippa comenzaba a gustarle la idea.
    – Todavía no está dicha la última palabra -le advirtió lord Cambridge-. Primero deberás conocerlo.
    – Él desea Melville. ¿Acaso dudas de que le agrade a ese conde de Witton?
    – Es cierto, pero es un hombre de honor y no se casará contigo solo por las tierras.
    – Y yo tampoco, tío. -Tom le sonrió.
    – Tesoro, estoy seguro de que Crispin St. Claire caerá rendido a tus pies. Será un golpe magistral, Philippa. ¡Imagínate, un conde, un diplomático! Un hombre que disfrutará de la corte tanto como tú. Pero cumplirás con tu deber y le darás un heredero.
    Philippa se quedó callada.
    – Hijos -murmuró-. No había pensado en los hijos, tío. Pero si en algo me parezco a mi madre es en el sentido del deber.
    Lord Cambridge la miró con alegría y asintió.
    – Sí, encantarás al conde, querida niña. Estoy completamente seguro.
    – Iré a tu casa dentro de dos días. ¿Puedo contarle a la reina que me presentarás un candidato?
    – Sin mencionar nombres, por favor -aconsejó Tom-. Ella comprenderá.
    – De acuerdo. Debo regresar, tío. No quiero abusar de la amabilidad de Catalina.
    – Antes cuéntame rápidamente cómo le va a Banon.
    – Le simpatiza a los reyes, pero, como mamá, siente nostalgia por sus tierras y está ansiosa por retornar a Otterly -anunció Philippa. Besó al tío en la mejilla y salió corriendo hacia el otro extremo de la galería.
    Thomas Bolton estaba exhausto, sentía el peso de sus cuarenta y nueve años en cada parte de su cuerpo. Respiró hondo, con sorpresa descubrió que la corte ya no lo apasionaba tanto como antes. Quería estar en su casa de Otterly, junto al fuego protector, lejos del crudo invierno de Cumbria. Si bien le interesaba buscar alianzas para Philippa y Banon, mucho más lo entusiasmaba el comercio de la lana que había emprendido con Rosamund. ¿Cómo supervisaría sus asuntos comerciales en Londres? Rosamund estaba en Claven's Carn, esperando el nacimiento de su hijo. Le preocupaba que su estado le impidiera ocuparse correctamente de los asuntos comerciales.
    – ¿Lord Cambridge? -William Smythe apareció como un fantasma de un rincón oscuro de la galería. Estaba vestido con una casaca de terciopelo negro algo gastada y polvorienta, que le llegaba a la mitad de las pantorrillas.
    – ¡Oh, señor Smythe!
    – No quise molestarlo mientras hablaba con su sobrina, milord -dijo William Smythe prodigándole una sonrisa.
    – Muy amable de su parte -replicó. Tom pensó que era un hombre verdaderamente encantador y le devolvió la sonrisa.
    – He estado pensando en lo que me dijo la última vez que nos vimos. ¿Entendí mal, milord, o usted sugirió que podría ofrecerme una tarea interesante?
    – Con la condición de que esté dispuesto a residir en el norte y a viajar de vez en cuando. El comercio de la lana se está expandiendo. Mi prima y yo ya no podemos administrarlo sin ayuda, pero, por supuesto, necesitamos una persona refinada y experta en el arte del comercio. Deberá trasladarse a Otterly, William. Al principio, vivirá en mi residencia y luego, si decide continuar, le daré una casa en la aldea. Le daré cincuenta guineas de oro por año, que recibirá puntualmente el Día de San Miguel.
    Una mirada de asombro iluminó el rostro impasible de William Smythe.
    – Es una oferta muy generosa, milord. Mucho más de lo que hubiera imaginado.
    – Tómese su tiempo para evaluar mi propuesta. Es un honor servir al rey, supongo que tendrá que consultar a su familia también.
    – Ya no queda nadie en mi familia. Tampoco soy uno de los más allegados al rey. Sé lo que valgo, milord. Soy un hombre inteligente con escasas posibilidades de desplegar todo mi talento, Pero, gracias a Dios, usted supo apreciar mis virtudes y está dispuesto a brindarme una gran oportunidad. -Toda la arrogancia que había manifestado en el encuentro anterior había desaparecido-. No necesito evaluar nada. Me sentiré feliz y orgulloso de servirlo, milord, y trabajaré arduamente para usted. -Se arrodilló, aferró la mano de Thomas Bolton y la besó.
    – Obtenga el permiso del rey, William. Todavía no sé cuándo partiremos a Otterly, pero me gustaría que comenzara a trabajar lo antes posible. -Sacó la bolsa de su vistoso jubón, tomó una moneda y se la tendió al joven-: Pague sus deudas, no quiero problemas mientras esté a mi servicio.
    El secretario se puso de pie y acotó, nervioso:
    – Debo pedirle un favor, milord. Tengo una gata que ha sido mi más fiel compañera durante muchos años. ¿Podría llevarla conmigo?
    – ¡¿Una gata?! -Lord Cambridge lanzó una estruendosa carcajada-. ¡Por supuesto que puede traerla! Apuesto que simpatizará con mi sobrina más joven, Bessie Meredith. Además, a mí también me gustan los gatos. ¿Es hábil para cazar ratones?
    – ¡Oh, sí, milord! Pussums es una excelente cazadora.
    – Cuando esté listo, le enviaré mi barca para que lo traslade. A usted y a Pussums -se corrigió lord Cambridge. Luego se despidió y siguió caminando por la galería.
    Se sentía exhausto. Sin embargo, la visita a la corte había dado un giro inesperado, comenzaba a resultarle bastante entretenida.

    Philippa había vuelto a ocupar su lugar junto a la reina.
    – ¿Está todo en orden, pequeña? -preguntó Catalina.
    – Sí, señora. Mi tío acaba de comunicarme que tiene un candidato Para mí. Lord Cambridge solicita a Su Majestad que me otorgue permiso para visitarlo en su casa pasado mañana.
    – ¿Y puedes decirme cómo se llama el caballero en cuestión?
    – Mi tío espera que Su Majestad comprenda la importancia de ser discretos hasta tanto no haya un acuerdo firme -replicó Philippa con nerviosismo. Había dicho que no a la reina, algo que jamás se había atrevido siquiera a imaginar.
    – Comprendo perfectamente la situación. Quieres proteger al caballero y a ti misma -admitió la reina, para sorpresa de la joven. Y luego agregó con una sonrisita cómplice-: Ni al rey se lo diré.
    Esa noche Philippa se acostó en la cama que compartían con su hermana. Banon estaba excitadísima porque el padre de Robert Neville hablaría con lord Cambridge para formalizar el compromiso entre su hijo y la joven Meredith.
    – El tío Thomas estará de acuerdo -aseguró Banon-. Robert no será el primogénito, pero es un Neville.
    – Como tu abuela, querida. No creo que eso impresione a Tom.
    Philippa estaba un poco celosa de que su hermana se comprometiera antes que ella.
    – ¿Has visto el lago que limita con Otterly? Pertenece a los Neville, y el padre de mi Robert prometió obsequiárselo. También le entregará una porción de sus tierras. Todo eso pasará a formar parte de Otterly si nos casamos.
    – Lord Neville no pierde nada con ese gesto que te parece tan admirable. Al fin y al cabo, si Robert te desposa, todo Otterly será suyo. -Otterly será de nuestro hijo mayor.
    – Que se apellidará Neville, y no Bolton o Meredith. Los Neville acrecentarán sus posesiones gracias a tu bendito matrimonio.
    – Pero yo seré feliz. ¿Por qué te gusta complicar las cosas? Estás molesta porque voy a comprometerme y tú no. -Dio la espalda a su hermana y tiró del cobertor para taparse los hombros.
    – El tío Thomas ha encontrado un candidato para mí, no tendré que irme del palacio si me caso con él.
    – ¿Quién es? -preguntó Banon sin cambiar de posición.
    – Todavía no puedo revelar su nombre a nadie, ni siquiera a la reina. Pronto lo conoceré.
    – Seguro que no es un Neville.
    – No. Es alguien que ama la corte tanto como yo, hermanita. Y ruega a Dios que ese hombre y yo nos llevemos bien, pues mamá no permitirá que te cases antes que yo. Soy la mayor y debo desposarme primero.
    Banon se sentó en la cama y fulminó a su hermana con la mirada.
    – ¡Si llegas a arruinar mi felicidad, jamás te perdonaré, Philippa Meredith!
    – A ti te agrada Robert Neville, Bannie. Bueno, a mí también tendrá que gustarme este caballero. No me casaré solo para facilitarte las cosas -la desafió Philippa chasqueando la lengua.
    – ¡A veces eres tan odiosa y malvada!
    – Empieza a rezar, hermanita -la azuzó. Luego, dio media vuelta y se quedó profundamente dormida, mientras su hermana yacía tendida con los ojos abiertos y llena de rabia.
    Dos días más tarde, Philippa se encaminó hacia el muelle donde debía abordar la barca que la conduciría a la casa de lord Cambridge. Llevaba un vestido de brocado de terciopelo marrón y oro, con un corpiño bien ceñido al cuerpo. El escote era bajo y cuadrado, cubierto con una finísima tela plisada de color natural, los puños de las mangas estaban forrados en piel de castor. Una faja de seda bordada con hilos de oro y cobre rodeaba su delgada cintura; en la cabeza lucía una cofia con velo de gasa dorada. También llevaba una capa de terciopelo marrón y ribeteada en piel de castor para cubrir sus hombros.
    – ¡Vaya, vaya! El hombre quedará muy impresionado, señorita Philippa -evaluó Lucy con picardía.
    – ¿A qué hombre te refieres? -preguntó Philippa nerviosa.
    – Al caballero que le quiere presentar lord Cambridge. Es por eso que va a su casa, ¿verdad? Me lo dijo la señorita Banon.
    – Es cierto, pero todavía no se ha hablado de matrimonio. Decidimos encontrarnos fuera de la corte para evitar las habladurías.
    – Bien hecho, señorita Philippa, aquí hay demasiados fisgones.
    – No se te ocurra abrir la boca, Lucy -la reprendió, y su doncella asintió.
    Por fortuna, había tomado la precaución de ponerse varias enaguas abrigadas debajo del vestido. El día era frío y lúgubre; una helada aguanieve calaba los huesos. En medio del río, muerta de frío, Pese a la manta de piel que cubría sus piernas y los ladrillos calientes que calentaban sus pies, miles de pensamientos se agolpaban en su mente.
    ¿Cómo sería ese conde de Witton que la doblaba en edad? ¿Le seguiría gustando la vida palaciega? ¿La dejaría ir a la corte o pretendería que se quedara en la casa pariendo un heredero tras otro? Tenía que casarse lo antes posible, pronto cumpliría dieciséis años. Cecily aún no había regresado a la corte, y estaba esperando un bebé, según le había escrito. Ella y su esposo permanecerían en Everleigh hasta el nacimiento del niño, pues Cecily quería estar cerca de su madre. Hasta la arpía de Millicent Langholme estaba preñada. Sir Walter había visitado la corte en la Noche de Reyes para hacer alarde de su virilidad de toro. Bessie Blount también estaba embarazada, aunque era un tema delicado del que se hablaba poco, le había dicho a Philippa que el niño nacería en junio. Muy pronto, antes de la Cuaresma, se marcharía de la corte. El golpe de la barca contra el muelle de la casa de lord Cambridge la sacó de su ensimismamiento.
    Un lacayo la ayudó a descender.
    – Lord Cambridge la está esperando en el salón, señorita -dijo mientras la conducía por los jardines. Lucy caminaba detrás de ella. Luego de ingresar a la residencia, el muchacho le quitó la capa y, sin perder un segundo más, Philippa enfiló hacia el salón.
    – ¡Tío! -gritó. La estancia era tan cálida y acogedora que olvidó de inmediato el tiempo horrible que hacía afuera. Extendió los brazos hacia lord Cambridge.
    – ¡Tesoro mío! -Thomas Bolton se acercó a la joven, tomó sus manos y la besó en ambas mejillas-. Ven, quiero que conozcas a alguien. -La condujo hacia el rincón de la chimenea donde un alto caballero los estaba aguardando junto al fuego-. Philippa Meredith, te presento a Crispin St. Claire, conde de Witton. Milord, ella es la sobrina de quien le he hablado. -Soltó las manos de la joven.
    Philippa saludó al hombre con una graciosa reverencia.
    – Milord -dijo, bajando los ojos, pero deseosa de observarlo mejor. No había tenido tiempo de decidir si era apuesto o no.
    "De cerca, es todavía más bella"-pensó el conde. Levantó con delicadeza la mano de Philippa, la llevó a sus labios y le dio un beso muy suave.
    – Señorita Meredith -saludó.
    Su voz era profunda y algo ronca. Philippa sintió que un leve escalofrío le recorría la columna vertebral. Echó una rápida ojeada al hombre que retenía su mano y preguntó:
    – ¿Podría devolverme mis dedos, milord?
    – No sé si quiero devolvérselos -respondió el conde con atrevimiento.
    – Muy bien, queridos míos, veo que pueden prescindir de mi grata presencia. Los dejaré solos para que conversen tranquilos y se conozcan -murmuró lord Cambridge y se retiró del salón, convencido de que todo saldría de maravillas.
    – ¡Ah, tiene unos hermosos ojos color miel! -exclamó el conde cuando se encontraron sus miradas-. En el baile de la corte, estaba muy lejos como para distinguir el color. Pensé que serían marrones como los de la mayoría de las pelirrojas.
    – Heredé el pelo de mi madre y los ojos de mi padre.
    – Son preciosos.
    – Gracias -replicó Philippa sonrojada.
    El conde advirtió enseguida que esa niña nunca había sido cortejada. Sin soltarle la mano, la condujo a uno de los asientos junto a la ventana que daba al Támesis.
    – Bien, señorita Meredith, aquí estamos, en una situación un tanto incómoda. ¿Por qué será que quienes buscan nuestro bienestar no comprenden que al hacerlo nos colocan en una situación difícil?
    – Usted desea Melville -lanzó Philippa sin rodeos.
    – Es cierto. Durante años he llevado a los ganados a pastar en esas tierras. Las necesito, pero no tanto como para aceptar un matrimonio en el que yo o mi esposa seamos infelices. Por el amor de Dios, míreme a los ojos, ha querido observarme desde que entró al salón. No soy el rey; puede mirarme. Tengo treinta años, y soy sano de cuerpo y mente, creo. -Soltó la mano de Philippa y se puso de pie-. ¡Mire de frente al conde de Witton, señorita Meredith!
    Philippa lo observó. Era alto y delgado, no se destacaba por su belleza, pero no era desagradable. Tenía una nariz demasiado larga y filosa, un mentón puntiagudo y una boca enorme. Pero poseía unos hermosos ojos grises y unas largas y tupidas pestañas oscuras. El cabello era de color castaño y estaba vestido con elegante sencillez. Llevaba una casaca plisada de terciopelo azul hasta las rodillas, con mangas acampanadas y ribeteadas en piel. La muchacha vislumbró una fina cadena de oro prendida en su jubón de brocado azul. Era el atuendo de un caballero, aunque no necesariamente el de un cortesano. Sin embargo, sus modales denotaban una excesiva seguridad en sí mismo. El hombre, por alguna razón, la irritaba.
    La joven se paró enérgicamente.
    – ¡No me dé órdenes, milord!
    Una sonrisa se dibujó en el rostro del conde, y al instante se desvaneció.
    – Es usted muy menuda -opinó-. ¿Su madre también es de contextura pequeña, señorita Meredith?
    – Sí, milord, y engendró a siete hijos, seis de ellos viven y gozan de buena salud, y está a punto de parir al octavo. Yo también seré capaz de darle un heredero a mi esposo, señor.
    – A algunas damas de la corte no les gustan los niños -señaló St. Claire.
    – Soy la mayor de mis hermanos y le aseguro, señor, que me gustan los niños. Si llegáramos a casarnos, milord, no vacilaría en cumplir con mi deber.
    – ¿Y quién criaría a nuestros hijos, señorita Meredith?
    – Soy dama de honor de la reina, tendré que pasar parte de mi tiempo en la corte.
    – Pero si se casa, dejará de ser dama de honor. ¿No consideró esa posibilidad? ¿Habrá alguna otra tarea para usted entre las damas de Su Majestad?
    Esa posibilidad no se le había cruzado por la cabeza hasta que él la mencionó. De pronto, advirtió que ninguna de sus compañeras de la corte había regresado luego de contraer matrimonio.
    – No lo había pensado… -no pudo contener las lágrimas.
    St. Claire tomo rápidamente su mano para consolarla.
    – Jamás la alejaría de la corte si se convirtiera en mi esposa. Solo le pediría que pasara el tiempo suficiente en Brierewode para cuidar a los niños. Muchos hombres de mi condición social aceptan que sus hijos sean criados por sirvientes, pero no es mi caso. Podríamos ir a la corte en otoño, durante la temporada de caza, y regresar para las fiestas navideñas. Pasaríamos el invierno en Oxford, nos reuniríamos con Sus Majestades durante la primavera y regresaríamos a casa a comienzos del verano. Mientras esté en la corte, usted podría ofrecer sus servicios a la reina, pero también, si quisiera, podría simplemente divertirse. Después de todo, se lo merece.
    – El panorama que me presenta es muy agradable, milord.
    – Así es -replicó el conde.
    – Ser su esposa sería una gran ventaja para mi familia, pero debo aclararle mi posición, milord, aunque algunos la encuentran ridícula: no me casaré sin antes conocer bien a mi futuro esposo.
    – Estoy completamente de acuerdo con usted. Yo también deseo conocer a mi esposa antes de tomar los votos matrimoniales. No obstante, creo que este ha sido un buen comienzo, señorita Meredith.
    – Y yo creo, milord, que dadas las circunstancias, debería empezar a tutearme y llamarme Philippa.
    – ¿Por qué te pusieron ese nombre? Supongo que será por algún miembro de la familia.
    – Mi abuela se llamaba Philippa Neville. Nunca la conocí porque murió junto con mi abuelo y su hijo cuando mamá tenía tres años.
    – Neville es un apellido prestigioso en el norte -señaló St. Claire.
    – Pero nosotros pertenecemos a una rama menos conocida de la familia -replicó Philippa. No quería que el conde pensara que ella pretendía mostrarse mejor de lo que era.
    – Eres honrada, Philippa, una cualidad que admiro tanto en hombres como en mujeres.
    – Las mujeres podemos ser honorables, milord -repuso con cierta crudeza.
    La conversación se estaba tornando difícil. Ambos se mostraban demasiado formales y corteses. ¿Siempre sería así el conde de Witton? ¿Sabría comportarse de otra manera? Después de todo, tenía treinta años. En la corte había muchos hombres de su edad o incluso mayores que sabían divertirse. El rey, sin ir más lejos, era más viejo y sabía cómo entretenerse.
    – ¿Qué estás pensando, Philippa?
    – Que estamos demasiado serios.
    – ¿Siempre eres tan franca en tus respuestas? -Notó que la mano de la joven estaba fría-. Es una situación difícil. Somos dos extraños a quienes pretenden casar-dijo frotando la mano para calentarla-. Hace mucho tiempo que no cortejo a una mujer, Philippa, y temo que lo hago con bastante torpeza; a decir verdad, nunca fui un gran seductor.
    – ¿Por eso aún no te has casado?
    El conde rió.
    – Lo primordial en mi vida era servir al rey. Sé que comprendes el significado del deber, pues también sirves con lealtad a la reina, como lo hizo tu padre, según me han dicho.
    Advirtió que la mano de la joven estaba más caliente.
    – Cuéntame de tu familia -Philippa quiso saber un poco más de ese misterioso hombre.
    – Mis padres murieron. Tengo dos hermanas mayores. Ambas están casadas y convencidas de que saben qué es lo mejor para mí.
    La muchacha echó a reír.
    – Las familias son muy extrañas, milord. Nunca dejaremos de amarlas, pero, a veces, quisiéramos que guardaran silencio y se evaporaran para poder estar solos y vivir nuestra vida en paz.
    – Eres demasiado jovencita para tener esas ideas.
    – ¡No soy jovencita! Cumpliré dieciséis a fines de abril.
    – ¿En serio? Entonces casémonos ya mismo o serás una vieja para mí -bromeó St. Claire.
    – ¡Bravo, tienes sentido del humor! ¡Qué alivio! Temía que fueras demasiado serio.
    El conde de Witton lanzó una carcajada.
    – Lord Cambridge me aseguró que jamás me aburriría contigo, Philippa, y a juzgar por nuestro breve encuentro, veo que no mintió. Bien, ya nos hemos conocido y conversado… ¿Qué dices? ¿Quieres que sigamos o no?
    – Ambos debemos casarnos. Si lo deseas, puedes cortejarme, milord, pero te ruego que esperemos un poco antes de formalizar el compromiso.
    – Por supuesto. Le pediré permiso a la reina para llevarte a mi casa en Oxfordshire También invitaré a lord Cambridge y a tu hermana. Supongo que querrás conocer Melville. -Levantó la mano que aferraba entre las suyas y la besó-. Ahora sí te devuelvo tus preciosos deditos.
    – ¿Te quedarás mucho tiempo en Londres?
    – Hasta que la reina me conceda una audiencia. Luego, regresaré a Brierewode y me ocuparé de que acondicionen la casa para tu visita. Quiero que la conozcas en todo su esplendor. El invierno está terminando, pero es mejor viajar antes de que se inunden los caminos. Brierewode es hermoso aun en esta época del año.
    – Si decidimos contraer matrimonio, milord, quisiera hacerlo después de la visita de la corte a Francia, que será a principios del verano. Nunca estuve allí, y si bien considero que Enrique y Catalina son las estrellas más brillantes del firmamento, me gustaría poder contarles a mis hijos que también he conocido a los reyes de Francia.
    – De acuerdo, pero iré contigo, Philippa. Eres demasiado joven e inocente pese a tu sofisticada apariencia. Los franceses son muy taimados y no quiero que un apuesto caballero de la corte se abalance sobre ti. Yo te acompañaré y te protegeré.
    – No necesito protección, milord. Sé defenderme sola -declaró con indignación.
    – ¿Conociste alguna vez a un francés?
    – No, pero no creo que sean más pícaros que nuestros cortesanos.
    – Son muchísimo más pícaros, y lograrán que te quites el vestido sin siquiera darte cuenta. Los franceses son maestros en el arte de la seducción. Debo cuidar la reputación de la futura condesa de Witton. Confía en mí, tengo bastante experiencia en estas cuestiones.
    – ¡Pero descubrirán nuestro compromiso! -exclamó contrariada.
    – ¿Y qué? ¿Acaso deseas ser seducida? Porque si lo deseas, me hará muy feliz complacerte -ronroneó el conde de Witton entrecerrando peligrosamente los ojos.
    Philippa dio un respingo.
    – ¡No, milord! Te prometo que seré muy precavida.
    – Por supuesto que lo serás, pues no me alejaré de tu lado, pequeña. Todos sabrán que eres mi prometida y no se atreverán a mancillar tu virtud.
    – ¡Jamás permitiría tal cosa! ¿Supones que he arriesgado mi honor en los tres años que he estado en la corte? ¡Me ofendes!
    – ¿Juras que jamás has besado a ningún joven del palacio?
    – Claro que n… -Philippa interrumpió la frase. Había besado a sir Roger Mildmay, pero ¿cómo podría explicárselo?- Bueno, sí, fue en la primavera pasada. Me había reservado para Giles hasta que él me rechazó, estaba tan enfadada… y una amiga me convenció de que mi reputación no peligraba, así que le concedí el privilegio a un amigo.
    – En ese momento obraste impulsada por la ira. Tienes que impedir que las emociones guíen tus actos, Philippa. Esa conducta pudo llevarte a cometer un error fatal. ¿Quién era el caballero en cuestión?
    – ¡Se dice el pecado pero no el pecador, señor! Solo puedo decirle que fue un tal sir Roger. Y solo me besó. No se tomó otras libertades y además es un amigo.
    El conde de Witton no sabía si reír o regañarla. Por lo visto, la reina no ejercía un control absoluto sobre sus doncellas, era comprensible pues esa pobre mujer estaba abrumada de problemas. Al fin y al cabo, era un milagro que no se hubieran producido más escándalos.
    – Antes de casarnos, si es que lo hacemos, dejarás de experimentar con esos jueguitos. Si deseas ser besada, seré yo quien lo haga.
    – ¡No lo entiendo! ¿Qué hay de malo en un beso inocente?
    – Tu reticencia aviva aun más mi curiosidad.
    – ¿Acaso te sientes deshonrado por mi conducta y deseas limpiar el honor de tu familia? -preguntó Philippa con candor.
    – ¡De ningún modo! No tengo la menor intención de reprender a ese muchacho por haber consolado a una niña despechada en una época en la que ni siquiera te conocía. Lamento que me hayas interpretado mal. Sin embargo, si has a ser mi esposa, no puedo dejarte sola en Francia. No se vería bien. Como futuro marido, tengo el deber de escoltarte dondequiera que vayas.
    – Podríamos comprometernos formalmente luego de regresar de Francia.
    – Si no nos comprometemos antes del viaje, Philippa, olvídate del matrimonio. Dices que cumplirás dieciséis años en abril. Bueno, yo tendré treinta y uno en agosto. Ninguno de los dos puede esperar más tiempo Quiero tener un heredero lo antes posible. Te concedo la libertad de ir a Francia con la corte, pero yo te acompañaré a todas partes. Y nos casaremos en cuanto regresemos a Inglaterra. Si no aceptas mis condiciones aquí y ahora, no veo motivo para continuar esta conversación.

CAPÍTULO 08

    – ¡Es increíble! -se quejó Philippa a lord Cambridge, y le relató su conversación con el conde de Witton. La joven estaba tan ofendida por las exigencias de Crispin que había abandonado el salón corriendo.
    – Lo siento, querida, pero estoy de acuerdo con él -admitió Thomas Bolton.
    – Pero, tío, se comporta como si no me tuviera confianza. No puedo casarme con un hombre que no cree en mí -replicó Philippa furiosa.
    – Aunque Crispin te conociera lo suficiente como para confiar en ti, jamás te dejaría viajar sola a Francia. No es decoroso. Ahora, volvamos al salón y arreglemos este enojoso asunto.
    – ¡Pero, tío! -protestó.
    – Philippa, compórtate. El conde es un magnífico candidato. Espero que no lo hayas ahuyentado con tus caprichos de niña malcriada. Debemos volver a reunimos con él de inmediato. -Su voz era severa. Philippa parecía sorprendida. Nunca había oído a Thomas Bolton hablar de esa manera.
    – ¿Alguna vez le hablaste así a mi madre?
    – No, porque nunca fue necesario. Ahora, pequeña, ve ya mismo a la sala. -Y la empujó suavemente hacia la estancia donde el conde de Witton permanecía de pie y de mal humor mirando el río.
    El conde se dio vuelta en cuanto la joven entró en la estancia.
    – Philippa viene a pedirle perdón por su conducta -anunció lord Cambridge- y agradece que la acompañe a Francia este verano. ¿No es así, Philippa?
    – Bueno, está bien -murmuró con rencor la muchacha-. Me disculpo, milord.
    – Muy bien -aceptó lord Cambridge, satisfecho-. Ahora hagan las paces, por favor. Ambos tienen un espíritu independiente, pero deben aprender que, a veces, hay que ceder para llegar a un acuerdo razonable.
    – Es cierto -respondió el conde mirando a Philippa.
    – Lamento haberme marchado de una manera tan precipitada -reconoció Philippa con frialdad-. ¡Me sentí ofendida, milord! Nadie ha dudado de mí jamás.
    – No fue mi intención -replicó el conde-. Solo me preocupaba por tu buen nombre y honor, Philippa. Me alegra que aceptes de buen grado que te acompañe a Francia.
    Ella asintió complacida.
    – ¡Excelente, excelente! -celebró lord Cambridge con una amplia sonrisa-. Y ahora, muchachos, ¡a comer! Estoy famélico. Estaban tan concentrados en la pelea que no notaron que la mesa estaba servida. Philippa, hoy pasarás la noche aquí. Está nevando, y no deseo poner en riesgo tu salud por enviarte de regreso al palacio. Partirás a la mañana.
    Se sentaron frente a un verdadero banquete. El cocinero de lord Cambridge era un auténtico artista. Comenzaron por el salmón, cortado en finas lonjas, ligeramente asado y aderezado con eneldo. Luego, llegaron las ostras frescas y los camarones al vino. A continuación les sirvieron un pato jugoso nadando en una espesa salsa de vino tinto, pastel de conejo, una fuente de chuletas y otra con jamón de campo. Los ojos se Philippa se abrieron de par en par cuando vio otra fuente de plata colmada de carnosas alcachofas.
    – ¡Tío! ¿Dónde las conseguiste? Creía que sólo el rey podía comerlas. Sabes cuánto le gustan.
    Lord Cambridge sonrió con picardía.
    – Bueno, querida, tengo mis recursos.
    – En la cocina del tío Thomas siempre ocurren milagros; no importa en qué casa se encuentre.
    – Entonces, usted tiene más de una residencia -se sorprendió el conde.
    – Sí. Esta, otra en Greenwich y, por supuesto, la finca de Otterly en Cumbria -respondió Philippa antes de que su tío abriera la boca-. Y todas las casas son idénticas por fuera y por dentro, porque a él no le gustan los cambios. ¿No es cierto, tío?
    – Es verdad. Así, mi vida es mucho menos complicada. No importa dónde me encuentre, cada cosa está siempre en el mismo lugar.
    – Pero la tapicería es distinta -agregó la muchacha sonriendo.
    – Bueno, una pequeña variación nunca viene mal -dijo lord Cambridge en tono burlón.
    La cena culminó con una tarta de peras al vino. Las copas permanecieron llenas y los invitados estaban relajados y contentos; afuera, la lluvia no cesaba de caer, una señal de la cercanía de la primavera.
    – Philippa juega bastante bien al ajedrez, Crispin -comentó lord Cambridge-. Yo mismo le enseñé. Si me disculpan, estoy exhausto, me retiraré a mis aposentos. -Se puso de pie, les hizo una reverencia y salió de la habitación.
    – Mi tío no es muy sutil -confesó Philippa cuando Thomas Bolton ya se había ido.
    – Es muy optimista. Piensa que ya no volveremos a pelear -contestó el conde. La joven sonrió.
    – Cuando era niña, mi madre era la autoridad de la casa. Estos últimos años en la corte, me sentí libre, como si fuera artífice de mi propio destino, aunque sé que no es así. Ahora, la idea de un marido a quien debo obedecer me perturba. ¿Entiendes lo que siento, milord?
    El conde asintió y pensó que desposar a una mujer era como domesticar a una criatura salvaje, al menos en el caso de Philippa.
    – Trataré de no ser demasiado estricto contigo -prometió con una amplia sonrisa. Luego, se levantó de la mesa-. Vamos a jugar al ajedrez, señora. Es un juego que disfruto.
    Philippa buscó el tablero y las piezas, que colocó prolijamente sobre una mesita junto al hogar.
    – ¿Blancas o negras, milord? -preguntó mientras tomaban asiento.
    – Negras. Siempre me divirtió ser el Caballero Negro.
    – Y a mí, la Reina Blanca -retrucó Philippa moviendo el primer peón.
    El conde advirtió enseguida que se enfrentaba a un verdadero rival. La joven no jugaba como solían hacerlo las mujeres, lloriqueando cada vez que perdían una pieza, Philippa jugaba fríamente, calculaba cada movimiento. Era tan astuta que lo sorprendió cuando le arrebató la reina. Durante la partida, no hablaron una sola palabra. Finalmente, él la venció, pero con mucho esfuerzo.
    – Al fin encuentro un oponente digno de mi juego -dijo Philippa complacida-. No te dejaré tanta libertad de acción cuando juguemos otra vez.
    – ¡Ah! Crees que puedes derrotarme.
    – Tal vez. -Recordó que a los hombres no les gustaba que las mujeres los desafiaran, de modo que decidió contenerse.
    – ¡Solo "tal vez"? -se mofó el conde.
    – Nada es seguro, milord -contestó de inmediato Philippa. Él volvió a reír.
    – No me convence tu aparente humildad. Si piensas que puedes vencerme, simplemente hazlo.
    Dudaba de que ella pudiera ganarle y se divertía molestándola para ver cómo cambiaba la expresión de su encantador rostro.
    En absoluto silencio, la muchacha volvió a colocar las piezas en su lugar, comenzó a jugar con una intensa concentración: no tardó en derrotarlo. Cuando le dio jaque al rey y lo arrinconó junto a su reina, caballos y alfiles, Philippa miró seriamente a su oponente.
    – Es cierto, milord. No quería herir tus sentimientos. No se puede vivir en la corte al servicio de los monarcas y ser tan ingenua. Ni los reyes toleran enfrentarse con un mal ajedrecista, así que siempre me las arreglo para dejar ganar al rey. Pero juego con el suficiente nivel para que crea que el triunfo es mérito suyo. Le encanta medirse conmigo, porque le gané a su cuñado, el duque de Suffolk, y a muchos de sus favoritos. Incluso vencí dos veces al cardenal.
    – Lord Cambridge tiene razón. Eres una auténtica dama de la corte. Estoy impresionado por tu perspicacia.
    – ¿Pero soy el tipo de dama que tomarías por esposa, milord? -preguntó desafiante.
    – Si nos casamos, ¿me obedecerás siempre? -preguntó el conde con candidez.
    – Probablemente no -la espontánea respuesta lo hizo sonreír.
    – Eres honesta, Philippa. Para mí, la honestidad es una de las grandes virtudes, junto con la lealtad y el honor -reconoció Crispin St. Claire-. Bueno, pero si realmente eres desobediente, deberé castigarte. Aunque hay maneras más placenteras de aplacar a una esposa rebelde.
    – ¿Intentas seducirme, milord? -sus mejillas ardían.
    – Sí, señorita. Me gusta hacerte ruborizar. Si puedo incomodarte, siento que tengo alguna ventaja.
    – Hablas como si nuestro compromiso ya estuviese arreglado, milord-respondió la muchacha un poco irritada. Le molestaba la arrogancia del conde.
    – ¿Es que piensas encontrar un mejor partido que el conde de Witton? -preguntó seriamente-. Yo podría hallar con facilidad una joven casadera de mejor linaje, pero, como bien dijo lord Cambridge, las mujeres de alta alcurnia suelen ser estériles. Si te pareces a tu madre, estoy seguro de que me darás todos los hijos que desee. Sí, el matrimonio está decidido entre nosotros.
    – ¡Yo no he accedido todavía! -Saltó de la silla tan violentamente que hizo volar por los aires el tablero de ajedrez y todas las piezas.
    – Pero sé que aceptarás ser mi esposa -se mofó Crispin.
    – Lo que deseas son las tierras -le espetó.
    – Al principio, sí. Pero desde que te vi en la corte la otra noche, decidí que quería casarme contigo.
    – ¡No te atrevas a decir que me amas!
    – No, jamás haría algo semejante. Apenas te conozco. Quizás algún día aprendamos a amarnos, Philippa. Aunque son pocos los que se casan por amor. No eres ninguna tonta, sabes muy bien que los matrimonios entre las personas como nosotros se arreglan por varias razones: la tierra, la riqueza, la condición social… los herederos. Philippa, nos respetaremos y tendremos hijos. Y si somos afortunados, el amor nos acompañará. Mientras tanto, serás una buena esposa y yo te haré condesa de Witton. Intentaré ser un buen marido. ¿Me encuentras poco atractivo?
    – No. No eres demasiado apuesto, pero tienes ingenio e inteligencia, dos cualidades que aprecio mucho más en un caballero que una cara bonita. Sin embargo, también pienso que eres muy arrogante, milord.
    – Sí, tienes razón, soy arrogante y, pese a todo, creo que hemos comenzado bastante bien, Philippa. -Se acercó a ella y la rodeó con sus brazos-. Quiero que firmemos los papeles del compromiso matrimonial cuanto antes -le dijo acercando el rostro de la joven al suyo-. No me gustaría tener que esperar demasiado tiempo para la noche de bodas.
    El conde la había tomado desprevenida cuando la abrazó. La joven estaba aturdida. Su corazón se aceleraba ante la proximidad del cuerpo de Crispin. Entreabrió sus húmedos labios y suspiró cuando su boca se encontró con la del conde. Sintió que se mareaba a causa del placer. Estaba sorprendida, no había experimentado algo así desde aquella inolvidable velada con Roger Mildmay. Cuando los labios de Crispin se alejaron, se sintió abandonada. Estuvo a punto de protestar.
    – Bien -anunció el conde-. El acuerdo entre nosotros ha quedado sellado, señorita Meredith.
    – Pero ¡yo no dije nada!
    – Pronto lo harás -prometió con su voz profunda y la liberó de su abrazo.
    Ella se tambaleó, pero recuperó de inmediato el equilibrio.
    – Debo irme a dormir. Tendré que madrugar para llegar al palacio antes de la primera misa. La reina siempre espera que sus damas de honor la acompañen. Buenas noches, milord. -Le hizo una reverencia y se retiró.
    Crispin la miró partir. Luego, se sirvió una copa de vino tinto. Se sentó junto al fuego y recordó los acontecimientos del día. ¿Era correcto casarse con una mujer como Philippa Meredith? Sí, la deseaba. Y no estaba en sus planes esperar meses o años para desposarla. Seguía conmovido por el contacto con los labios de la muchacha. No era una cortesana experimentada, por cierto, sino una niña inocente y encantadora. La dejaría ir a Francia y, aunque ella no lo supiera todavía, partiría de viaje ya convertida en su esposa. Al día siguiente le pediría una audiencia al cardenal Wolsey y le ofrecería sus servicios durante el encuentro entre el rey Enrique y el rey Francisco. Crispin St. Claire sabía que harían falta diplomáticos experimentados para la ocasión. Si bien el cardenal era muy eficiente, no le correspondía ocuparse de los detalles tales como la ubicación del pabellón de cada rey y reina, la cantidad de caballos, la calidad y cantidad de comida y bebidas o el número de cortesanos. Nada debía quedar librado al azar. Cada monarca debía sentirse el más importante y el más poderoso. El trabajo requería dedicación y planificación para llevar a cabo la tarea más importante: lograr que Enrique Tudor y Francisco I se convencieran de que este encuentro los beneficiaría.
    Philippa partió temprano a la mañana siguiente, incluso antes de que lord Cambridge o el conde se levantaran. No quería hablar con ninguno de los dos hasta que tuviera tiempo de reflexionar. Había dormido mal. La velada con Crispin St. Claire la había dejado un poco confundida: era un hombre muy decidido, evidentemente estaba acostumbrado a hacer las cosas a su manera. Pero, por desgracia, ella también.
    Su padre había muerto cuando ella era una niña. Se crió prácticamente entre mujeres. Edmund Bolton era un hombre tranquilo y, cuando quedó a cargo de Friarsgate, eran Rosamund y Maybel las que en realidad tomaban las decisiones importantes. El tío Thomas tampoco interfirió en los planes de su prima, siempre fueron amigos leales y hasta íntimos confidentes. Y cuando Philippa regresó a su casa, a raíz de la boda de su madre con Logan Hepburn, su padrastro nunca se entrometió en la administración de tas tierras de su esposa. En las raras ocasiones en que Philippa iba a Claven's Carn junto con ellos, se la consideraba la heredera de Friarsgate.
    En una palabra: la joven no estaba acostumbrada a que un hombre le dijera lo que tenía que hacer. Pero Crispin no lo había hecho -reconsideró Philippa-, simplemente quería ejercer sus derechos como señor de la casa. El conde era un candidato excelente para una mujer de su posición. Y cuando la besó… Philippa sintió un ardor al recordar el beso y sonrió. Fue una experiencia maravillosa, casi deseaba que la besara de nuevo, durante un largo rato sin detenerse.
    Esa misma mañana, el conde de Witton entró en el salón de la casa de Thomas Bolton y lo encontró vacío, con excepción de los criados.
    – ¿Dónde está la señorita Meredith? -preguntó.
    – Volvió a Richmond, milord. Todavía no había salido el sol cuando pidió una barca. ¿Le traigo su desayuno, milord?
    El conde asintió. Le hubiese gustado hablar con ella antes de su partida. ¿Acaso había escapado de él? ¿O, en efecto, debía estar de regreso antes de la primera misa? ¿Era tan importante para la reina que ella llegara a tiempo? Comió en abundancia y pasó la mañana en un estado de inquietud hasta que lord Cambridge hizo su aparición, como era de esperar, vestido con magnificencia. Evidentemente, él también pensaba retornar a la corte. El conde había visto que la barca de Bolton había regresado y que flotaba apacible en el río, junto al muelle.
    – Querido muchacho, ¿cuánto tiempo lleva despierto? -preguntó Thomas Bolton a su invitado, tomando una copa de vino aguado que le ofrecía un sirviente.
    – Varias horas, Tom.
    – ¿Ha visto a mi querida sobrina antes de que partiera? -No. Se fue mucho antes de que yo me despertara. Un sirviente me dijo que apenas estaba clareando cuando se marchó. -La joven es muy cumplidora.
    – Quiero que redactemos el contrato de compromiso cuanto antes -anunció el conde-. Philippa acompañará a la reina a Francia dentro de unos meses, pero yo preferiría que lo hiciéramos como marido y mujer. Pensaba ir ahora mismo a ofrecerle a Wolsey mis servicios para el evento. El rey elegirá solo a unos pocos privilegiados, así que debo ponerme al servicio del cardenal aunque sea por un breve lapso.
    – ¿Y Philippa está tan ansiosa por casarse como usted, muchacho?
    – Aún no lo he discutido con ella. No es asunto suyo cuándo nos casaremos -replicó el conde.
    – ¡Calma, muchacho! No puedo anunciarle sin más a mi sobrina que usted ha elegido la fecha del casamiento. Puedo hacer redactar los papeles del compromiso, pedirle permiso al rey para la boda, pero primero debe decirle a Philippa que planea casarse antes del viaje a Francia. Seguramente habrá descubierto anoche que mi sobrina no es una criatura mansa como una ovejita. Tendrá que utilizar todas sus habilidades diplomáticas para convencerla. Por supuesto, yo también haré mi parte del trabajo para facilitarle las cosas: le recordaré que Banon no puede casarse hasta tanto ella no lo haga. Y Philippa sabe que Banon y Robert Neville desean hacerlo pronto. Si aceptara la fecha que usted le propone, su hermana podría casarse en Otterly en el otoño o a comienzos del invierno. El único problema es que Rosamund se sentirá desilusionada por no poder acompañar a su hija en un acontecimiento tan importante. Aunque estoy seguro de que sabrá comprender. Por otra parte, en este momento debe de estar por dar a luz, no le permitirán alejarse de Claven's Carn.
    – ¿Usted podría actuar en representación de la dama de Friarsgate?
    – Sí y el rey lo sabe. Pero recuerde, querido Crispin, que no obligaré a Philippa a casarse con usted. Su madre jamás lo permitiría.
    – Rosamund llegó tres veces al altar por decisión de terceros. Solo pudo elegir al cuarto marido y, no se cansa de repetir que sus hijas deben escoger con absoluta libertad al hombre que las despose. ¡Claro que ella lo aprobaría! Pero no es a Rosamund a quien debemos convencer, sino a Philippa. Intercederé en su favor. De hecho, pienso que sería bueno para Philippa contar con la protección de un marido.
    – ¿Usted viajará con la corte? -preguntó el conde.
    Lord Cambridge sacudió la cabeza.
    – El encuentro entre el rey de Inglaterra y el de Francia es un evento de gran trascendencia. Solo invitarán a los miembros de la alta nobleza. No soy lo bastante importante. Regresaré al norte junto con Banon Meredith y el joven para arreglar los detalles de la boda. Quizás ustedes puedan venir a! norte para conocer a la familia de Philippa. Estoy seguro de que mi adorada sobrina querrá asistir a la boda de su hermana.
    – ¿Está seguro de que Philippa formará parte de la comitiva de la reina? No me gustaría ofrecerle mis servicios a Wolsey y luego estar separado de mi esposa durante unos meses.
    – Sí. Pese a su humilde origen, es una de las favoritas de Su Majestad -aseguró lord Cambridge-. La reina la querrá a su lado. Philippa tiene el don de alegrar a Catalina cada vez que se entristece. ¡Y qué aventura será para la niña viajar a Francia, querido Crispin! Solo visitó Escocia con su madre y Dios sabe que es un lugar extraño para un inglés, ¡pero Francia es otro mundo! Será algo que Philippa jamás olvidará. ¿Será capaz de convencerla de que la boda se celebre antes del verano?
    – No lo sé -admitió Crispin con extraño candor. Podía escuchar la voz de Philippa diciendo:"Pero ¡yo no dije nada!". ¿Cómo debía hablarle? ¿Directamente? ¿Con mucho tacto?
    – Si estuviera en su lugar -sugirió lord Cambridge-, cortejaría a la muchacha empleando todos los recursos disponibles. Poesía, obsequios, pero, sobre todo, pasión. Querido, las vírgenes son muy sensibles, pero a la vez curiosas y es muy raro que sean inmunes a la pasión.
    – No me estará sugiriendo…
    – Si fuera usted -lo interrumpió lord Cambridge-, haría todo lo necesario para ganarme el favor de mi amada. Una seducción hábil es un arma infalible para robarle el corazón a una amante testaruda.
    – Creo que el cardenal Wolsey hubiera encontrado en usted a un servidor astuto e inteligente, milord.
    Thomas Bolton soltó una risotada.
    – Muchacho, soy demasiado sensato para involucrarme en negociaciones políticas entre países o gobiernos. Les dejo esa tarea a quienes necesitan darse importancia.
    Ahora reía el conde de Witton.
    – ¿Es usted cínico o escéptico, Tom Bolton?
    – Soy una persona realista. Y usted también debe serlo si desea conquistar a Philippa y llevarla a Francia como su esposa. Cortéjela, pero no la subestime, querido amigo.
    ¿Y cómo se haría eso? El conde sacudió la cabeza y se preparó para acompañar a lord Cambridge al palacio. Junto a él se sentía como un gorrión que escolta a un pavo real. Pero no era el único. Así se sentían casi todos en la corte frente a la presencia de lord Cambridge.
    – Pediré audiencia a los reyes -añadió lord Cambridge mientras descendía de su barca en Richmond.
    – ¿No llevará mucho tiempo? -preguntó el conde.
    – En circunstancias normales, sí, pero tengo un nuevo amigo entre los secretarios del rey y una abultada bolsa. Entre los dos, lograrán conseguirme hoy mismo la audiencia, no tendremos que esperar.
    – Entonces, iré a ofrecerle mis servicios al cardenal -resolvió el conde.
    Los dos hombres se separaron. El conde de Witton anunció a un funcionario del cardenal Wolsey que deseaba hablar con su antiguo señor.
    – Y debe ser hoy mismo -enfatizó Crispin-. Vengo a ofrecer mis servicios para el gran encuentro entre nuestro buen rey Enrique y el soberano de Francia.
    El hombre que recibió al conde era el segundo secretario del cardenal. Sabía perfectamente quién era Crispin St. Claire y conocía su trayectoria al servicio de su amo.
    – Entonces no necesita una entrevista extensa -concluyó y estudió con ansiedad la cara del conde-. El cardenal está terriblemente ocupado.
    – Seré muy breve -dijo el conde.
    – Tendrá que aguardar.
    Crispin St. Claire se sentó en una silla de respaldo alto y esperó. Era consciente de cuan ocupado estaba el poderoso clérigo. Para Wolsey servir al rey no era una tarea fácil. Debía cumplir sus órdenes, adelantarse a los posibles problemas, identificar a sus detractores. Lo cierto era que Thomas Wolsey estaba más en contra que a favor del rey. Era un hombre brillante y muy trabajador, pero, desafortunadamente, no toleraba los actos desenfrenados del rey. Era arrogante y no le importaba en lo más mínimo hacer esperar a la gente durante horas en su antecámara. Hasta el conde de Witton debía aguardar, y lo hacía con más paciencia que la mayoría.
    Por fin, el secretario lo llamó. Crispin se levantó deprisa y siguió al hombre hasta el salón privado del cardenal.
    – Milord, el conde de Witton -anunció el secretario y se retiró.
    – Me han dicho que desea ofrecerme de nuevo sus servicios, milord.
    – Sí, por un breve lapso. Me gustaría ir a Francia con la corte.
    – ¿Por qué desea viajar?
    – Quiero desposar a una de las damas de honor de la reina. Si todo marcha según los planes, la boda se celebraría antes del verano. No me gustaría que Philippa viajara a Francia sin mi compañía, milord.
    – ¿Philippa? -los ojos cansados del cardenal lo miraron durante unos instantes.
    – La señorita Philippa Meredith, milord.
    El cardenal se quedó pensando un largo rato y luego dijo:
    – Su padre fue sir Owein Meredith y su madre, una heredera de Cumbria. -Hizo una breva una pausa y luego continuó-: Creo que su nombre era Rosamund Bolton. La Venerable Margarita arregló ese matrimonio. ¿Philippa es su hija? Estoy seguro de que usted puede encontrar algo mejor, milord.
    – La joven me conviene, cardenal. Es bella, vivaz e inteligente.
    – Cualidades atractivas para un hombre de menor importancia, Witton. ¿O hay algo más que le atrae de la joven? -Thomas Wolsey era muy perspicaz.
    El conde sonrió.
    – Su dote incluye una tierra que siempre deseé poseer -le contestó con sinceridad-. Esta sería la única manera de convertirme en su dueño.
    – ¡Ah! -respondió el cardenal-. ¿Cómo es posible que una familia del norte adquiriera esa propiedad? ¡Espere! Percibo las finas manos de Thomas Bolton en todo este asunto. ¡Cómo no me di cuenta antes! Sería un hombre temible si decidiera dedicarse a la política. Él arregló esta boda, ¿no es cierto?
    El conde asintió una vez más.
    El cardenal permaneció en silencio durante un tiempo y luego agregó:
    – Muy bien. Este verano podré contar con un par de ojos y oídos confiables en mi comitiva. Siempre abundan los complots y los traidores. Esta es una empresa sumamente peligrosa. Pero los reyes insisten en encontrarse. Debe desposar a la joven antes de que partamos en el mes de mayo. Oficiaré en la ceremonia nupcial. Elija una fecha.
    – Gracias, mi cardenal. Es un honor volver a su servicio. Lo tendré al tanto de todo lo que ocurra.
    – Sé que lo hará, Witton. Siempre se ha destacado por sus dotes diplomáticas -saludó al conde agitando la mano-. Que Dios lo bendiga, hijo mío.
    El conde le hizo una reverencia y se retiró.
    – Gracias, mi cardenal -dijo mientras desaparecía del cuarto del clérigo.
    En la antecámara, arrojó una moneda sobre la mesa del secretario. Luego, sin decir nada, partió, mientras oía el sonido de la moneda que tintineaba en la madera.
    "Elija una fecha". Las palabras del cardenal resonaban en su cabeza. También recordaba las palabras de Philippa: "¡Yo no dije nada!". El conde estuvo a punto de lanzar una carcajada. ¿Cómo la convencería de firmar el compromiso de matrimonio y casarse de inmediato? Solo un milagro podía ayudarlo. Nunca le había pedido nada a Dios. Pero ahora había llegado el momento de hacerlo. Buscó a lord Cambridge. No pudo encontrarlo. Sin embargo, vio a Philippa, como siempre, sentada junto a la reina. Caminó hacia ella, y cuando la joven alzó la vista y se ruborizó, reprimió una sonrisa.
    Hizo una reverencia a la reina Catalina, que le dio permiso para que le dirigiera la palabra.
    – Su Majestad, ¿podría hablar con Philippa unos instantes? -preguntó el conde.
    La reina sonrió.
    – Me han dicho que habrá un compromiso de boda, milord. ¿Es cierto?
    – Así es, señora.
    – Estoy muy contenta con esta unión -admitió la reina-. Philippa Meredith es una jovencita sumamente virtuosa. Será una buena esposa, milord. Sí, puede ir a caminar con ella, pero que sea breve. -La reina empujó suavemente a Philippa para que se levantara de su taburete-. Puedes ir con tu prometido, hija mía.
    La muchacha se puso de pie e hizo una reverencia. La joven no se resistió a que Crispin la tomara del brazo. Y así, muy juntos, se retiraron.
    – Vayan a los jardines -sugirió la reina-. Allí encontrarán la privacidad que necesitan, si eso es posible en este palacio.
    – Es marzo -murmuró Philippa-. Con este frío, los jardines no me parecen un lugar propicio para un paseo romántico.
    – En este momento, querida, no estoy interesado en el romance murmuró el conde-. Necesito hablar contigo en un lugar privado.
    – Está helando y no traje mi capa. Mejor vayamos a la capilla, seguramente estará vacía.
    – ¿Y si alguien viene a rezar? -preguntó el conde.
    Philippa rió.
    – ¿En la corte? La mayoría solo asiste a la misa de la mañana, con el único propósito de ser vistos por la reina y el rey. Ni siquiera los sacerdotes de Catalina andarán por allí. A esta hora suelen dormir la siesta 0 jugar a los dados. Sígueme.
    Nuevamente, el conde quedó sorprendido por su perspicacia. Pese a que era una mujer muy joven, Crispin decidió confiar en ella desde el comienzo. A Philippa no se la podía engañar. Llegaron a la capilla que, en efecto, estaba vacía. El conde se asombró cuando Philippa espió en el confesionario para asegurarse de que no hubiera nadie. Luego, se sentó en el medio del recinto.
    – Será difícil que nos vean si nos sentamos aquí.
    Él se sentó a su lado.
    – Eres asombrosa -le dijo y le besó la mano que aún no había soltado.
    Para su sorpresa, esta vez la joven no intentó liberar su mano y, además, le regaló una genuina sonrisa.
    – Presumo que necesitas discutir algún tema serio conmigo. Él asintió y dijo:
    – Debo saber si puedo confiar en ti, Philippa, aunque sé que todavía eres una niña en muchos sentidos.
    – Soy una persona discreta, milord. Si necesitas que permanezca en silencio, no tienes más que pedírmelo, y no diré una palabra.
    – Es preciso que nos casemos cuanto antes -le espetó; no se sorprendió al ver los ojos asombrados de su prometida.
    – ¿Por qué? -preguntó perturbada.
    El conde le explicó sus razones y concluyó:
    – De ese modo, podré acompañarte en el viaje a Francia.
    – Como agente del cardenal, supongo -acotó la joven.
    – Sí. Wolsey busca a alguien leal y atento a todos los movimientos de la corte. No me lo dijo, pero lo conozco muy bien después de tantos años de servicio. El cardenal percibe algún tipo de intriga y, aunque todavía no sepa exactamente de qué se trata, sus instintos son infalibles. Pero, por supuesto, nadie debe saber que soy uno de sus hombres. Además, nadie creerá que el prometido de la doncella favorita de la reina está en Francia por algo más que un verano de amor.
    Philippa no pudo evitar reír.
    – ¿Un verano de amor, milord? ¡Por Dios! Lo dices de un modo lascivo. Pero no te preocupes, en esta corte se escuchan todo tipo de cosas. Crispin le devolvió una sonrisa.
    – Quizá no me expresé con propiedad.
    – Sin embargo, me gustó la manera en que lo dijiste, milord, "un verano de amor" -repuso en tono burlón.
    El hombre se sintió tentado de besar su adorable boca, pero se contuvo.
    – El cardenal mismo oficiaría nuestra boda.
    – ¿Thomas Wolsey estaría a cargo de la ceremonia? No, milord, no creo que sea una buena idea. Su presencia hará que toda la atención de la corte se centre en nosotros. Y, si quieres pasar inadvertido, lo mejor será que el gran cardenal no muestre interés en dos personas insignificantes como nosotros, pues la gente comenzará a hacer preguntas. Estoy segura de que uno de los sacerdotes de la reina podrá unirnos en el altar.
    – Tienes razón -admitió el conde sorprendido. Y luego notó que la joven no había protestado ante la idea de una pronta boda-. Entonces, ¿aceptas?
    Philippa asintió.
    – Milord, necesito un tiempo para reflexionar sobre todo lo que ocurrió en estos días. Nuestra unión es evidentemente una buena idea. Solo quiero pedirte un favor.
    – ¿Qué puedo hacer por ti, querida?
    – Milord, todavía no tuve la oportunidad de conocerte. Aunque reconozco las ventajas de esta boda, soy muy inexperta en los asuntos amorosos. No puedo entregarme a ti simplemente porque seamos marido y mujer. No es que quiera privarte de tus derechos, milord. Solo necesito un poco más de tiempo para conocerte antes de unir nuestros cuerpos. ¿Me entiendes? -Philippa lo miraba a los ojos mientras le hablaba.
    – Entiendo perfectamente. Te cortejaré y consumaremos nuestro amor en la noche de bodas.
    – Lo que no entiendo es lo del cortejo -dijo la joven. -Tiene que ver con besarse y acariciarse.
    – Eso ya lo oí, pero qué más implica el cortejo -insistió. La muchacha trataba de ignorar a propósito su comentario sobre la consumación del matrimonio.
    – Ni siquiera yo lo sé bien -reconoció el conde-. Nunca cortejé seriamente a ninguna mujer. Deberemos aprender juntos. Entonces, ¿cuándo será la fecha de nuestra boda? Quiero que tú elijas el día.
    – El sobrino de la reina, el emperador Carlos V, viene a Inglaterra a fines de mayo y luego, a principios de junio, partiremos a Francia. MÍ cumpleaños es el 29 de abril. Casémonos al día siguiente, milord. Así tendré tiempo para prepararme como corresponde. ¿Te parece bien?
    – Tom asegura que tu madre no podrá venir. ¿Preferirías casarte en Cumbria?
    – No, no hay tiempo. Mamá pronto dará a luz y conociendo a mi padrastro no la dejará viajar con el recién nacido ni siquiera a Friarsgate. Ella suele amamantar a sus niños -aclaró Philippa-. Si estás de acuerdo, me gustaría ir al norte para la boda de mi hermana Banon en el otoño. ¿Estás conforme con estos planes?
    – Estoy muy conforme.
    – Antes debo decirte una cosa más: soy la heredera de Friarsgate, pero le dije a mi madre que no quería ser la dueña de esa propiedad. Aunque sus tierras y sus rebaños sean magníficos no quiero asumir esa responsabilidad. Debes saberlo antes de que se formalice nuestro compromiso.
    – Me parece muy bien. No podría ocuparme de una propiedad en el norte. Ya verás que Brierewode es más que suficiente para mí.
    – ¿Tienes ovejas?
    – Solo vacas y caballos.
    – ¡Gracias a Dios! Porque no puedo soportar el hedor de las ovejas.

CAPÍTULO 09

    Antes del almuerzo, lord Cambridge había logrado ver a la reina para comunicarle el inminente compromiso de Philippa Meredith y pedirle su bendición. Catalina se había alegrado por la noticia y le había dicho que anunciara al rey el feliz acontecimiento.
    Thomas Bolton pudo entrevistarse con Enrique mientras el rey cenaba. De pie, frente a uno de los extremos de la mesa real, le contó la buena nueva.
    – ¿Rosamund estará de acuerdo? -preguntó el soberano.
    – Sí, milord, ella me dio su permiso para hallarle un esposo a Philippa.
    – ¿Cómo logró conseguir un candidato tan interesante, sir? Un conde soltero lo bastante joven y vigoroso para engendrar hijos saludables. Me sorprende; es usted tan inteligente como afirma Wolsey. -El rey dio un mordiscón a la pata de venado que aferraba con el puño.
    Thomas le relató el plan estratégico que había ideado para lograr el compromiso.
    – Wolsey siempre tiene razón -opinó el rey y tomó un trago de la fastuosa copa de vino-. ¿Y la reina aprueba el compromiso?
    – Sí, milord.
    – Entonces, yo también lo apruebo. ¿Cuándo se celebrará la boda?
    – Cuanto antes, Su Majestad.
    – Seré testigo de la ceremonia, como lo fui del compromiso de su madre con nuestro leal sirviente, sir Owein Meredith.
    – Philippa y el conde de Witton se sentirán muy honrados por su presencia -agradeció Thomas Bolton, y se retiró para ir en busca de su sobrina y de Crispin St. Claire. Los encontró caminando por la galería, cerca de la capilla real.
    – Hemos coincidido en todo, tío Tom -manifestó Philippa.
    – ¿Y qué es todo? -preguntó lord Cambridge tras besarla en ambas mejillas.
    – ¡Pues, nuestro matrimonio! Decidimos casarnos el 30 de abril, un día después de mi cumpleaños. Debes preparar los papeles de inmediato.
    – ¿Entonces no irán a Francia?
    – Sí que hemos. Catalina necesita que la acompañe y estoy segura de que permitirá que mi esposo viaje conmigo. Ella tiene un gran corazón y no querrá separar a una pareja de recién casados. Será el verano más glorioso de mi vida. Al regresar, viajaremos al norte para asistir a la boda de Bannie con Neville.
    Lord Cambridge miró al conde.
    – ¿Estás de acuerdo, milord?
    – No me atrevo a disentir. Philippa ha planificado todo hasta el último detalle y con una eficiencia asombrosa. Sus habilidades serán muy útiles en Brierewode cuando se convierta en mi esposa. Será una perfecta castellana.
    – Creo que les agradará saber que el rey aprueba su matrimonio y ofrece ser testigo de los esponsales.
    – ¡Ohh! -exclamó Philippa aplaudiendo-. Él y la reina Margarita fueron testigos del compromiso de mis padres. ¡Cuando mamá se entere! Iré a escribirle ya mismo.
    Hizo una reverencia a los dos caballeros y se alejó presurosa por la galería.
    Los hombres caminaron juntos.
    – ¿Cómo es que todo salió tan bien, querido Crispin? -preguntó lord Cambridge.
    – Es un misterio, Tom -respondió encogiéndose de hombros-. Cuando pedí permiso a la reina para dar un paseo con Philippa, ya estaba enterada de nuestro inminente compromiso. Se mostró muy amable. -Crispin le contó lo que él y Philippa habían discutido en la capilla y agregó-: Es una muchacha muy práctica. Ya no tendremos necesidad de ir a Oxford este invierno.
    – Práctica. Una forma agradable de decir mandona. Pero así es Philippa. Cuando toma una decisión, la ejecuta sin vacilar. ¿Estás de acuerdo con ella, entonces?
    – Sí. Prepara los papeles.
    – Querido Crispin, estarán listos antes de que termine la semana prometió lord Cambridge.
    Los dos hombres se separaron. Thomas Bolton abordó su barca para llegar a su casa lo antes posible. La superficie del río parecía tan lisa como el cristal. Mientras se deslizaba por el Támesis, sintió la frescura primaveral en el aire. Al llegar a su casa, se encontró con un mensaje procedente del norte. Lo leyó de inmediato. En un momento, abrió grandes los ojos y una amplia sonrisa apareció en su rostro. El último día de febrero, Rosamund había dado a luz a dos gemelos: Thomas Andrew y Edmund Richard. Eran saludables, fuertes y se alimentaban bien. Lord Cambridge sería el padrino de su tocayo junto con John Hepburn, y los tíos de la madre serían los padrinos del otro gemelo. Los niños ya habían sido bautizados. Rosamund lo reprendía por haber estado lejos de Otterly y no haber participado de la ceremonia. ¿Cómo estaban sus hijas? ¿Cuándo regresaría al norte?
    – ¿El mensajero sigue aquí? -preguntó Thomas Bolton a su mayordomo.
    – Sí, milord, está comiendo en la cocina. Llegó hace una hora. Es uno de los hombres del clan de lord Hepburn.
    – Dile que venga a verme cuando termine de comer. No hay prisa. Le escribiré una carta a su señora.
    – A sus órdenes, milord. -El sirviente se retiró.
    Thomas Bolton se sentó a escribir: empezó por contarle las novedades sobre el compromiso de Banon. Cuando terminó de referirle todos los detalles, hizo una pausa. Prefería explicarle personalmente la situación de Philippa, pero sabía que era imposible. Volvió a tomar la pluma y prosiguió con su crónica. Lord Cambridge prometió a su prima contarle todos los detalles restantes cuando regresara a casa.
    Continuó diciendo que estaba sorprendido y feliz por el nacimiento de los gemelos, y que se sentía orgulloso de que uno de ellos llevara su nombre. No obstante, recalcó, esperaba que el señor de Claven's Carn estuviera más que satisfecho con sus cinco hijos legítimos y que Rosamund tomara sus precauciones para no quedar embarazada. También le comentó que había contratado a un secretario de la corte llamado William Smythe para que los ayudara en su empresa comercial. Por último, escribió que estaba ansioso por regresar a casa, pues la corte ya no lo seducía como en los viejos tiempos.
    Dejando a un lado la pluma, Thomas Bolton se aseguró de no haber omitido ningún asunto importante. Luego, dobló el pergamino y lo selló, estampando el escudo de su anillo en la cera caliente.
    Después repasó las tareas que lo aguardaban. Debía concertar con los reyes la fecha de la firma de los esponsales. Philippa necesitaría dos trajes nuevos: uno para la ceremonia de compromiso y otro para la boda. Comenzó a pensar en posibles géneros y colores. La puerta de la biblioteca se abrió y entro William Smythe.
    – Me acaban de informar sobre su regreso, milord -dijo, y espiando la carta doblada sobre el escritorio, agregó-: ¿En qué puedo servirle?
    – Es para Rosamund, Will, y prefiero escribirle sin intermediarios.
    – El mensajero está aguardando afuera, milord.
    El hombre del clan Hepburn saludó con una reverencia y esperó instrucciones. Thomas lo reconoció de inmediato.
    – Permanecerás aquí hasta mañana, Tam. Come hasta hartarte y duerme. El cocinero te preparará comida para llevar en el viaje. Le darás este mensaje a mi prima, lady Rosamund de Claven's Carn. ¿Tu amo se encuentra bien?
    – Sí, y muy feliz por los gemelos. Dios ha bendecido a milady.
    – Cinco hijos son más que suficientes -se limitó a contestar lord Cambridge.
    – ¡No, milord! Un hombre debe tener todos los hijos varones que pueda -replicó Tam y con una ceremoniosa inclinación añadió-: Gracias por su hospitalidad. Me ocuparé de que el mensaje llegue a las manos de lady Rosamund. -Volvió a hacer una reverencia y se retiró del cuarto.
    – Will, llama a la costurera. Quiero elegir algunas telas para el traje de novia de mi sobrina.
    – Con su permiso, milord.
    Cuando el secretario abandonó la biblioteca, Thomas Bolton se reclinó en su silla y cerró los ojos. Estaba extenuado y aún faltaba bastante para finalizar el día. La corte era para gente joven como Philippa ¿Qué estaría haciendo esa muchacha?
    Philippa conversaba con su hermana.
    – ¿Ya besaste a Neville?
    – Así es, y debo confesar que lo hace muy bien. ¿Y tú? ¿Has besado al conde de Witton? -replicó Banon.
    – ¡Sí! ¡Y te juro que me flaquearon las piernas!
    Banon soltó una risita y dijo:
    – Imagínate, Philippa, dentro de un año las dos seremos mujeres casadas luciendo barrigas. Tal vez hasta hayas parido para entonces. ¡Seremos madres! ¿No te parece increíble?
    – El hecho de estar casadas no significa que tengamos que embarazarnos de inmediato.
    – Mamá dice que cada vez que Logan se quita las calzas, la preña. Nuestro padrastro es muy atractivo, no entiendo por qué tardó tanto en desposarse con él.
    – Porque amaba con locura a otro hombre. Creo que nadie podrá superar el amor que ellos sintieron.
    Los días se alargaban y el aire era cálido. Los jardines comenzaban a reverdecer y la corte esperaba ansiosa la llegada de mayo para trasladarse a Greenwkh. Carlos V, emperador del Sacro Imperio Romano y sobrino de la reina, visitaría Inglaterra antes de reunirse con el rey Francisco de Francia. Regresaría a España luego de ser coronado emperador en Aquisgrán, en Alemania. Catalina quería estrechar los lazos entre su esposo y su sobrino, prefería una fuerte alianza con España y el Imperio a una coalición con Francia. Sin embargo, sospechaba que sus esperanzas se verían frustradas.
    Notó con irritación que Enrique se estaba dejando crecer la barba porque le habían contado que Francisco tenía una barba tupida de la que estaba muy orgulloso. Pero ella odiaba esas mejillas velludas.
    – Lo hago en honor del rey de Francia. Recuerda que su hijo se casará algún día con nuestra hija. María será reina de Francia y de Inglaterra. ¡Qué idea magistral! ¡Imagínate a nuestra pequeña reina de dos naciones tan poderosas!
    – Desde luego -admitió Catalina sin entusiasmo.

    Los papeles del compromiso se firmarían el 28 de abril y la boda se celebraría el 30.
    La reina accedió a prescindir de los servicios de Philippa para que la muchacha pudiera prepararse para tan importantes eventos. También le permitieron encontrarse con el conde de Witton más a menudo. Philippa aún lo consideraba arrogante, pero lord Cambridge se burlaba de su opinión.
    – La dificultad, a mi entender, es que son demasiado parecidos.
    – ¡De ninguna manera! -declaró Philippa con vehemencia.
    – Vamos, querida, olvídate de eso y elige las telas para el vestido de compromiso.
    – Me gusta el brocado de seda violeta, combina con el color de mi cabello. Para el traje de novia usaré el brocado de seda marfil, y mandaré hacer una enagua con terciopelo marfil y oro. Y también quiero cofias y velos al tono. ¡Soy demasiado codiciosa?
    – No, mi querida, en absoluto. Pero las cofias las guardarás para otro momento, no las necesitarás. En ambas ceremonias, debes llevar el cabello suelto, como corresponde a una doncella.
    – Bannie también precisará un nuevo vestido.
    – Desde luego. El terciopelo rosa le sentará muy bien. Recuerda que renovará todos sus trajes cuando regrese al norte, pues muy pronto será una novia como tú. Y ahora que hemos resuelto estos detalles de suma importancia, puedes retornar al palacio con tu conde -anunció Tom poniéndose de pie-. ¿Está enojado porque no le permitimos participar en esta tarea crucial?
    – Dijo que tú serías mucho más útil que él y que, además, trae mala suerte ver el vestido de la novia antes de la boda -respondió Philippa y también se puso de pie-. Muchísimas gracias, tío Tom. Seré la novia más bella de la corte gracias a tus consejos.
    Lo besó en la mejilla, hizo la reverencia y abandonó la habitación para reunirse con Crispin St. Claire, que la aguardaba en el salón. Luego se dirigieron juntos al muelle para abordar la barcaza. El conde ya se había habituado a las estatuas marmóreas de mancebos bien torneados que adornaban los jardines. A Philippa no parecían llamarle la menor atención. Cuando la barca comenzó a deslizarse rumbo a Richmond, se reclinaron en sus asientos.
    Crispin abrazó a la joven, ella apoyó la cabeza contra su hombro.
    – Estás empezando a acostumbrarte a mis caricias -dijo él en broma.
    El conde levantó el rostro de Philippa y le dio un largo y ardiente beso. Adoraba esos labios suaves y perfumados como pétalos de rosa. Luego, apoyó su mano en los senos de la joven y comenzó a acariciarlos. Era la primera vez que lo hacía. Philippa se puso tensa y se apartó de su lado, asustada.
    – ¿Qué estás haciendo? -dijo con una vocecita nerviosa.
    – Lo que tengo derecho a hacer.
    – Prometiste esperar hasta que nos conociéramos mejor -le recordó Philippa.
    – ¿Crees que un buen día nos despertaremos y, por arte de magia, nos conoceremos mejor? Nos casaremos en unas semanas. Para profundizar nuestra intimidad, no solo debemos darnos besos inocentes, sino también tocarnos. -Levantó con sus dedos el mentón de Philippa-. Eres hermosa, quiero probar las delicias de poseerte enteramente. No podemos aguardar toda la eternidad. Nuestras familias esperan que tengas un heredero dentro de un lapso razonable.
    – ¿Has hecho el amor con otras mujeres?
    La pregunta lo sorprendió, pero le respondió con sinceridad.
    – Desde luego, pero jamás he forzado a nadie -murmuró acariciando su cuello. Philippa se estremeció de placer.
    – Los remeros… -susurró la muchacha señalando a los cuatro hombres fornidos delante de ellos.
    – No tienen ojos en la nuca ni pueden ver a través de las cortinas -replicó con picardía. La abrazó con fuerza y observó su rostro y sus ojos desorbitados, mientras pasaba su mano suavemente por el vestido. La ropa era un obstáculo para su creciente pasión, y la barca no era el lugar más apropiado para desatarle el corpiño. Bajó la cabeza y besó los tiernos senos que sobresalían del escote. Su perfume a lirios del valle era embriagador y turbaba sus sentidos.
    Cuando los labios del conde tocaron su delicada piel, Philippa sintió por un momento que no podía respirar. Esos besos dulces, pero ardientes, hacían que su corazón latiera cada vez más rápido. No quería que él se detuviera, aunque no estaba segura de que fuera correcto lo que estaban haciendo. Jamás había consultado a nadie sobre ese tipo de cosas. Su madre estaba muy lejos y sus únicas amigas hacía rato que se habían marchado de la corte.
    – Philippa, ¿qué sucede? -preguntó el conde acunando el rostro de la joven con una de sus enormes manos.
    – He mantenido mi reputación a fuerza de ser casta, milord, no permitiendo que me acaricien en una barcaza.
    – Me tranquiliza que lo digas -replicó el conde con el semblante serio-. Me desagradaría saber que tienes una mala reputación. Supongo entonces que no hay nada en tu pasado que pueda perturbarme.
    – ¡No te burles de mí!
    – De ninguna manera, querida. Solo te estoy preguntando lo mismo que tú me has preguntado -la desafió con un extraño brillo en los ojos-. ¿No me ocultas nada, verdad?
    – Mi conducta ha sido siempre intachable -replicó con arrogancia. ¿Por qué la miraba como si estuviera a punto de lanzar una carcajada?
    – Sin embargo, he oído de tus propios labios la historia de la Torre Inclinada. Si mal no recuerdo, unas señoritas y unos muchachitos hacían ciertas diabluras y fueron descubiertos por el rey.
    – Había bebido mucho vino -protestó Philippa-. No suelo emborracharme ni hacer locuras, milord. Además, no hubo ningún escándalo.
    – Lord Cambridge encontró muy divertido el episodio, y yo también.
    – ¡No fue nada divertido, milord! Mi conducta fue vergonzosa, solo la llegada oportuna del rey impidió que cometiera una falta aun peor. ¿Por qué me recuerdas ese traspié justamente ahora?
    – ¡Ay, Philippa, Philippa! Eras una niña con el corazón hecho pedazos. Pronto seré tu esposo y haré que te olvides de ese mojigato de FitzHugh. Quiero hacer el amor contigo de la manera más dulce posible, pero tú te resistes. No me rechaces, Philippa -concluyó, acariciando su rostro.
    La joven apoyó la cabeza en su hombro.
    – ¡Tú no me amas!, solo te interesan las tierras de Melville -sollozó.
    – Es cierto: quiero esas tierras y no te amo. ¿Cómo podría amarte si apenas te conozco? Me ahuyentas con tu timidez. -La estrechó contra su pecho mientras le acariciaba la espalda.
    Philippa se sentía reconfortada por ese cálido abrazo. Aunque no la amaba, era un buen hombre.
    – Solo sé besar -dijo la joven.
    – Y lo haces muy bien, por cierto.
    – Nunca presté demasiada atención a lo que hacen en la intimidad las parejas.
    – Muy pronto lo sabrás. Ahora, enjúgate esas lágrimas y hagamos las paces con un beso.
    El conde sacó del puño de la manga un pequeño pañuelo con bordes de encaje y le secó el rostro.
    – Ya no siento ganas de besarte. Te has burlado y reído de mí, milord. Debes ser más gentil conmigo.
    Con un brusco movimiento, Crispin St. Claire se arrojó sobre ella y la abrazó con fuerza, dejándola indefensa y rendida a su voluntad.
    – Mi querida Philippa, no creo que nuestra conversación ofenda tus sentimientos. Te estás comportando como una tonta niña de la corte, y eso no me agrada. Quiero que mi esposa sea tal como eres en realidad, una muchacha con ingenio e inteligencia. Te di mi palabra de que no te presionaré para que me entregues tu cuerpo. Pero nos casaremos dentro de unas pocas semanas, ese es el plazo que te impongo. No esperaré un minuto más. De modo que si no quieres sufrir una conmoción la noche de bodas, te sugiero que empieces a aceptar mis abrazos desde este mismo instante. -La besó con vehemencia-. No sabes lo delicioso que es dar rienda suelta a la pasión. No permitiré que te comportes como nuestra remilgada reina española. -Volvió a besarla-. Te acostarás en mi cama, desnuda y ardiente, y dejarás que te toque a mi antojo. No cerrarás los ojos ni rezarás el rosario cuando hagamos el amor, sino que gemirás por el intenso placer que te brindaré. -El siguiente beso fue tan lento y profundo que la dejó sin aliento-. Uniremos nuestros cuerpos, pues así lo quiso el Dios que nos creó.
    – Gritarás de gozo y clamarás por más. -Acarició con su mano todo el corpiño, y se demoró en sus senos-. Ahora dime: "Sí, Crispin" -ordenó en voz baja pero firme.
    – ¡No! ¡Te moleré a golpes!
    – ¿Por qué?
    – Porque…
    – No hay ninguna razón, Philippa. Serás mía y yo seré tuyo.
    – ¡Podría odiarte!
    – Pero no lo harás -murmuró el conde-. Te ves muy hermosa cuando estás confundida.
    – ¡Eres tan arrogante! -le espetó Philippa, un poco enfadada.
    – Y tú eres irresistiblemente encantadora cuando estás confundida -repitió con una amplia sonrisa.
    La barca se detuvo en el muelle del palacio y un lacayo ayudó a la joven a desembarcar.
    – Debo reunirme con la reina -dijo con firmeza y se alejó del conde.
    Él se quedó contemplándola. El encuentro le había resultado divertido. Sin embargo, pensaba mantenerse firme en su posición. Philippa era como una yegua que aún no había sido domada, pero él se encargaría de someterla a su voluntad. No se arrepentía de su decisión de desposarla. Estaba convencido de que la joven sería una excelente condesa de Witton. Entró en el palacio en busca de algunos caballeros con quienes jugar a las cartas y, para su sorpresa, se encontró con su hermana mayor deambulando por la galería.
    – ¡Marjorie! ¿Qué estás haciendo aquí?
    – Me enteré de que por fin contraerás matrimonio. Vine a Londres lo antes posible. ¿Quién es la muchacha y por qué diablos no me lo contaste? ¿Susanna sabe la noticia?
    Crispin tomó las manos de su hermana y las besó.
    – No tuve un minuto libre desde que tomé la decisión. Todo sucedió muy rápido.
    – ¿Y quién es ella? Me dijeron que es una de las damas de honor de la reina.
    – Se llama Philippa Meredith.
    – ¿Meredith? ¿Meredith? No reconozco el nombre. ¿Cómo es su familia?
    – Es mejor que nos sentemos -propuso el conde, y la condujo a un rincón de la galería donde había dos sillas-. Su padre era sir Owein Meredith; sirvió a los Tudor desde que era un niño hasta que la Venerable Margarita arregló su boda con la heredera de Friarsgate, Rosamund Bolton.
    – ¿Bolton? Es un apellido del norte, Crispin. Son unos salvajes. ¿No podrías haber hallado algo mejor? -Lady Brent miró a su hermano con recelo. Era una mujer bellísima, de ojos celestes y cabello castaño-. Supongo que ofrecerá una dote extraordinaria para compensar sus falencias.
    Crispin se echó a reír.
    – Te sorprenderás cuando conozcas a Philippa. Su Alteza la adora y, en cuanto a la dote, es en extremo generosa, casi demasiado, e incluye Melville, hermana querida.
    – ¡Oh! ¿Ese es el cebo con el que te atrajo la muchacha? No te culpo por querer ser dueño de Melville, pero ¿no podrías haberlo adquirido de otra manera y conseguirte una esposa mejor?
    – No soy tan rico, Marjorie -le recordó el conde-. Además, no existe otra manera de conseguir esas tierras.
    – ¡Ya veo! -rió Marjorie-. ¡Las estás pagando con creces, hermanito!
    – Era hora de casarme, querida, y Philippa es adorable. Te agradará. Es refinada y se comporta como una perfecta dama de la corte.
    – Me reservo mi opinión, Crispin. He pedido a Susanna que venga de Wiltshire. No puedes casarte hasta que las dos conozcamos a la novia.
    – Te dije que la fecha de la boda es el 30 de este mes.
    – ¿Y a qué se debe tanta prisa? ¿Acaso ya has dejado preñada a la jovencita? ¿Recurrió a esa sucia artimaña para atraparte?
    Crispin lanzó una carcajada.
    – Philippa es pura y casta, Marjorie. Decidimos contraer matrimonio con tanta prisa porque ella debe viajar con la reina a Francia este verano y la condición para que yo pudiera acompañarla era que nos casáramos. Recuerda que solo los más altos funcionarios pueden integrar la comitiva real. La reina aceptó porque es buena y generosa y detesta separar a una pareja de recién casados. Con suerte, estará encinta cuando regresemos y dentro de un año tendré un heredero. ¿Acaso no es eso lo que desean Susanna y tú?
    – Desde luego que es mi deseo. Pero Susanna pensaba que, en caso de permanecer soltero, elegirías como heredero a su segundo hijo. Y, a decir verdad, tenía grandes esperanzas de que así lo hicieras.
    – ¿Tú no querías que cediera mi título a tu hijo? -la provocó.
    – Mi muchacho ya posee su propio título, no necesita otro. ¿Estás seguro de que la joven es fértil?
    – Su madre ha tenido cinco varones y tres mujeres con dos de sus maridos.
    – ¡Esa es una excelente noticia! Me siento un poco más tranquila ahora, querido Crispin.
    – El rey será testigo del compromiso -agregó el conde para impresionarla aun más.
    – ¡¿De veras?! Entonces es una muchacha muy importante.
    – En realidad, no. Pero tanto el rey como la reina conocen a su madre desde la infancia y esa amistad se ha mantenido intacta a lo largo de los años. El tío de Philippa pidió su bendición a Sus Majestades y se la concedieron sin titubear.
    – Bien, veo que no era necesario que viajara desde Devon, pero ya que estoy aquí me quedaré hasta la boda.
    – ¿Dónde te hospedarás?
    – Pensaba solicitar alojamiento en el palacio, Crispin.
    – No me parece conveniente. Están todos alborotados por los preparativos del viaje a Francia y por la visita de Carlos V a fines de mayo. Te quedarás conmigo en la casa de lord Cambridge, el tío de Philippa. Es un caballero sumamente hospitalario, Marjorie. Susanna también se alojará allí.
    – ¿Hay suficiente espacio para las dos?
    – Hay espacio de sobra, y conociendo tu afición a la comida, hermanita, me complace informarte que el cocinero de Tom Bolton es una maravilla. Su amo siempre lo lleva a sus casas de Cumbria, Londres o Greenwich.
    – Cuanto más me cuentas sobre esta jovencita, más me simpatiza. ¿Sus padres asistirán a la boda? Siento curiosidad por conocerlos.
    – Sir Owein murió y la madre de Philippa acaba de dar a luz a gemelos. Pero te presentaré a una de sus hermanas, es la heredera de lord Cambridge y también se casará muy pronto con Robert Neville.
    – Tal vez no resulte tan malo tu matrimonio, Crispin. Perdóname, debí confiar en tu juicio. Pero ahora que estoy aquí trataré de aprovechar al máximo mi estancia en Londres.
    – Hoy a la noche le presentarás tus respetos a la reina y conocerás a Philippa. Después, te llevaré a la casa de Thomas Bolton. No sé si lord Cambridge vendrá hoy a la corte o no.
    Thomas Bolton sí acudió a la corte ese día. En la antecámara de la reina se encontró con el conde de Witton y una mujer mayor. Lady Marjorie quedó fascinada con lord Cambridge cuando fueron presentados y él besó su mano con gracia.
    – Es usted muy amable, milord.
    – ¿Ya conoció a mi sobrina Philippa? -preguntó Tom sin soltar su mano.
    – La veré en unos instantes -respondió con una expresión radiante en el rostro y atenta a su mano atrapada en la de lord Cambridge. ¡Qué hombre exquisito!
    – Es una joven adorable, señora, y me atrevo a decir que será una excelente condesa.
    – Lo sé, me lo contó mi hermano Crispin.
    La puerta se abrió y Philippa apareció agitada.
    – ¿Sucede algo? Uno de los pajes me avisó que querías verme, milord -dijo, dirigiéndose al conde.
    – Te presento a mi hermana, lady Marjorie Brent. Acaba de sorprenderme con su visita. Viajó a Londres desde Devon. Una amiga que regresaba de la corte le contó de nuestro compromiso.
    – ¿Cómo? ¿No habías avisado a tus hermanas, faltando tan pocos días para la boda? ¡Eso está muy mal, milord! -lo regañó cariñosamente e hizo una reverencia.
    – ¡No te preocupes, Philippa querida! Mi hermano es así; en cambio, veo que tú tienes buenos modales -repuso Marjorie y luego abrazó a la joven con calidez-. ¿Puedo darte la bienvenida a mi familia?
    – ¡Gracias, señora! Lamento no poder dedicarle más tiempo porque, ¡ay, el deber me reclama!
    – Comprendo perfectamente, dulce Philippa.
    – Con su permiso, señora -se despidió con un reverencia y giró para regresar a la cámara de la reina.
    – ¡Espera un momento! -gritó Tom Bolton-. Mañana a la tarde ven a visitarme. ¡Y trae a Banon, querida!
    Philippa asintió y desapareció.
    – Usted se hospedará en mi residencia, lady Marjorie -invitó lord Cambridge.
    – ¡Muy amable, milord! -accedió. La dama se cuidó de no mencionar que ya la había invitado su hermano, aunque él no era el dueño de casa.
    – No podría sino ser amable con usted, milady -murmuró, y ella, alborozada, rió tímidamente-. Si ha concluido sus asuntos, mi querida, le ruego me acompañe a mi hogar en la barcaza. Crispin, uno de los remeros vendrá a buscarte en la pequeña barca.
    Tomó el brazo de lady Marjorie y se retiraron.
    Al verlos partir, Crispin St. Claire contuvo la risa. No sabía exactamente qué clase de hombre era Thomas Bolton, aunque tenía sus sospechas. Sin embargo, había logrado conquistar a su hermana y sabía cómo manejarla. Se preguntó si era cierto que había conocido a su cuñado, pero decidió no indagar en ese tema. La respuesta podría ser muy desconcertante.

CAPÍTULO 10

    El 28 de abril amaneció húmedo. La corte se preparaba para partir rumbo a Greenwich al día siguiente. La ceremonia de compromiso se llevaría a cabo en el gran salón de Thomas Bolton. Luego de cumplidas las formalidades, darían una pequeña fiesta, aunque ni el rey ni la reina se quedarían para la celebración. Solo brindarían por la pareja y luego regresarían a Richmond.
    La noche anterior, Philippa había ido a casa de lord Cambridge para dormir en su propia cama. La reina se había enterado por la camarera mayor de las doncellas de que la joven no estaba descansando bien y creyeron que se debía a los nervios previos al casamiento. Pero no durmió mejor en la casa de Thomas Bolton. Sus futuras cuñadas no paraban de hablar y le resultaban irritantes. Tanto lady Marjorie Brent como lady Susanna Carlton adoraban a su hermano menor y no cesaban de darle consejos sobre cómo cuidarlo y alimentarlo. Philippa se sentía al borde de un ataque de nervios, pero Banon se dio cuenta de la situación y decidió ponerle coto.
    Se levantó de la mesa y con una sonrisa les dijo:
    – Philippa debe ir a la cama y descansar, señoras. Durante varias semanas hemos compartido la cama en el palacio y les aseguro que apenas pudo conciliar el sueño debido a sus múltiples deberes. Con su permiso, por favor.
    Tomó a su hermana de la mano y la condujo fuera del salón.
    – ¡Qué niña encantadora! -escucharon que decía lady Susanna, y se rieron juntas mientras subían deprisa las escaleras y se miraban con alegre complicidad.
    – Gracias, Banon -le dijo Philippa cuando se acercaban a su dormitorio-. No sé por qué, ya que son muy buenas personas, pero las hermanas de Crispin me resultan molestas. No sé qué me pasa últimamente. -Abrió la puerta de su habitación y entraron juntas.
    – Te pasa que te vas a casar dentro de dos días -respondió Banon con sensatez-. Solo tienes los nervios alterados. En tu lugar, yo también estaría nerviosa. Apenas conoces a tu futuro marido. Los estuve observando en el palacio y noté que en las últimas semanas hacías todo lo posible por evitarlo. Tal vez no debería decir esto, pero soy tu hermana y quiero tu felicidad: todavía puedes cancelar la boda. Philippa sacudió la cabeza.
    – No. Es un candidato maravilloso para mí y también es un honor para la familia que yo forme parte de la nobleza. Y, además, si cancelara la boda, no podrías casarte en otoño con tu apuesto Neville. ¿Lo amas, Banon?
    – Creo que sí. Aunque, en verdad, hermana, no estoy segura de qué es el amor n¡ cómo se siente. Pero me gusta estar con él. Y me gusta la idea de tener hijos. Cuando vea a mamá, en unas semanas, le preguntaré todo sobre el amor.
    – ¿Se han besado muchas veces? ¿Te ha tocado?
    Banon estuvo a punto de protestar por el grado de intimidad de las preguntas. Pero luego se dio cuenta de que su hermana no era impertinente, sino que, por alguna razón, necesitaba conocer la respuesta.
    – Sí, nos besamos muchas veces. A Robert le encanta besarme y debo admitir que yo también lo disfruto. Y me acaricia los senos y yo lo acarició a él. Nos da mucho placer, Philippa. ¿Y a ti? ¿Te gusta besar y acariciar al conde?
    – No nos besamos muchas veces y me he resistido a sus caricias -admitió Philippa. Estaba muy pálida-. No quería que pensara que soy una mujer fácil, como suelen serlo las damas de la corte. Y ahora estoy aterrorizada, porque me acostaré con un extraño dentro de dos noches. No es que quiera cancelar la boda, solo tengo mucho miedo, Bannie.
    Banon Meredith meneó la cabeza.
    – Philippa, eres la hermana mayor y deberías saber cuáles son tus obligaciones. Pero, a esta altura, me doy cuenta de que Bessie tiene más idea que tú acerca de la unión matrimonial. Te he visto evitar al conde durante las últimas semanas y apuesto a que nunca ha logrado verte a solas. ¿En qué estabas pensando, querida hermana? Ese hombre será tu marido y no parece ser un monstruo. De hecho, tiene el aspecto de un hombre noble. El único consejo que te puedo dar es que confíes en su bondad.
    – ¡Pero no sé qué tengo que hacer! -lloriqueó Philippa.
    – Bueno, yo tampoco. ¿Cómo podríamos saberlo? -sonrió-. Preguntémosle a Lucy. Seguro que sabe más que nosotras dos juntas.
    – ¿Lucy? -preguntó Philippa muy sorprendida. La sirvienta estaba siempre a su lado. ¿Cómo podía saber algo sobre la relación entre los hombres y las mujeres?
    – Las sirvientas de la corte conocen bien esos asuntos. Son más liberales que nosotras. ¡Lucy! -La joven criada entró en el dormitorio desde el guardarropa donde estaba preparando el vestido de su dama para el día siguiente.
    – ¿Sí, señorita Banon?
    – Mi hermana necesita saber qué pasa entre un hombre y una mujer en la noche de bodas. Dado que mamá no está aquí, debes contarle todo lo que sepas. -Los ojos celestes de Banon brillaban con malicia.
    – ¿Y qué le hace pensar que sé de esas cosas? -preguntó Lucy con las manos sobre sus generosas caderas.
    – Yo sé que tú sabes -replicó Banon-. Te he visto con los sirvientes de la corte. ¿Vas a decirme que se reunían para conversar?
    – Es incorregible, señorita -la regañó Lucy-. Le contaré a mi ama todo lo que necesite saber, dado que su madre no está aquí para hacerlo, pero usted deberá irse a su cuarto. Usted no se casa dentro de dos días, así que será su madre quien la instruya sobre lo que debe hacer en la noche de bodas. -Cuando Banon salió del dormitorio, se volvió hacia su ama y le dijo-: Primero, aprestemos todo para que se acueste y luego le contaré lo que necesita saber.
    Philippa asintió.
    – ¿Tendré tiempo para darme un baño por la mañana?
    – Sí. Debemos levantarnos temprano. El rey, como siempre, será puntual porque está muy ocupado.
    Lucy la ayudó a desvestirse. Philippa caminó hacia la mesa de roble donde había una jofaina con agua perfumada y se lavó la cara, las manos y el cuello. Se frotó los dientes con un lienzo áspero. Vestida solo con la camisa, se dirigió hacia la cama y se acostó.
    Lucy ordenó las prendas de Philippa y vació la jofaina por la ventana. Entonces, se sentó al borde de la cama.
    – Primero, señorita, cuénteme lo que sabe.
    – No sé nada. Banon me ha regañado porque no me dejé besar lo suficiente ni tampoco permití a mi futuro marido que me tocara. Ahora me doy cuenta de que tiene razón.
    – Tal vez, pero usted no lo hizo y ahora se acerca la noche nupcial, señorita. Sin embargo, en mi modesta opinión, no hay demasiado que saber. A él le encantará que usted sea ignorante y ser el único que ha estado entre sus piernas. Esos caballeros aprecian la pureza de sus esposas, según me han dicho. Usted es única, señorita. La mayoría de sus compañeras han sido traviesas y lascivas con los caballeros de la corte. Usted, en cambio, se ha mantenido casta.
    – ¿Pero qué tengo que hacer?
    – Nada, señorita. Él le dirá lo que tiene que hacer y así es como debe comportarse una jovencita como usted. Su marido la pondrá de espaldas sobre la cama y se introducirá entre sus piernas. Hay un agujero profundo entre los labios íntimos donde él meterá su virilidad. Moverá las caderas hacia delante y hacia atrás en búsqueda del placer. No es nada más que eso. Y cuando haya liberado los jugos del amor en sus entrañas, se retirará.
    – ¿Y los besos y las caricias, Lucy?
    – Eso dependerá de cuánto la desee el hombre -sonrió Lucy-. Debo decirle una cosa importante. La primera vez suele doler un poco, y habrá algo de sangre. No se asuste por eso, no es nada.
    Philippa asintió. Todo sonaba muy pragmático. Luego de haber oído las explicaciones de Lucy, la niña no entendía por qué, entonces, se hablaba tanto de ello.
    – Gracias por instruirme, Lucy. No quería quedar como una tonta frente al conde.
    – La señorita Banon me ha dicho que usted no ha dormido bien durante las últimas noches. Espero que esta conversación la haya aliviado un poco. Ahora no tiene nada que temer, milady. Cierre los ojos y duérmase. Está muy protegida en la casa de su tío Thomas.
    Luego, Lucy se retiró en puntas de pie a su catre del cuarto contiguo. Philippa pensó que una vez más pasaría la noche en vela. No podía parar de pensar. Nunca había estado en Brierewode. ¿Cómo sería su futura morada? ¿Sería fácil ser la señora de esa casa? ¿Los criados le harían la vida imposible o estarían contentos de tener una nueva ama y señora? ¿Podría ser una buena esposa y condesa de Witton? ¿Cómo podría encontrar un equilibrio entre sus deberes hacia Crispin y sus obligaciones en la corte? Al rato, para su sorpresa, sintió que se iba quedando dormida. ¿Por qué se torturaba con esas preguntas? Todo saldría bien, como siempre. Y ella no iría a Brierewode hasta el otoño. Los párpados le pesaban. No había nada de qué preocuparse. Nada. Estaba todo bien. Y con esos pensamientos se quedó dormida.
    Cuando Lucy la sacudió suavemente para despertarla, Philippa sintió el ruido de la lluvia. Bueno, era abril. Permaneció acostada unos minutos más detrás de las cortinas de su cama, mientras dos criados entraban y salían del cuarto con cubos de agua para llenar la bañera. Lucy vertió aceite en el agua y colocó la toalla al lado del fuego. Luego, abrió las cortinas de su lecho.
    – Venga, señorita. Está todo listo para el baño y el agua está a la temperatura que a usted le gusta. -Ayudó a Philippa a salir de su cama y le quitó la camisa.
    Philippa se introdujo en la bañera, suspirando mientras el calor envolvía su cuerpo.
    – ¡Aaah! ¡Qué agradable! Primero lávame el cabello, Lucy.
    Obedeciendo la orden, la criada lavó y enjuagó la larga cabellera con agua perfumada y luego la cubrió con una toalla. Philippa tomó un jabón y comenzó a lavarse el resto del cuerpo. Lo hizo rápidamente, porque era una mañana helada y temía resfriarse. Acto seguido, se secó y, envuelta en un lienzo de baño, se sentó junto al hogar y comenzó a cepillarse el cabello.
    Lucy se dirigió deprisa a la cocina en busca del desayuno de su ama. Regresó con una bandeja que contenía una lonja de jamón, un huevo duro, pan recién horneado, naranjas españolas y mantequilla y mermelada.
    – El cocinero le pide disculpas por la comida. Está muy ocupado preparando la fiesta de compromiso. ¡Qué hermoso vestido se va a poner hoy!
    Philippa sintió que se le dibujaba una sonrisa. Sí, era un vestido precioso.
    – Esta comida está bien para el día de hoy porque no tengo nada de hambre.
    – Bueno, de todas maneras, debe comer, señorita. El estómago vacío es enemigo del amor. Y el cocinero le trajo esa deliciosa mermelada de cerezas que tanto le gusta.
    Philippa comió todo lo que había en la bandeja y bebió una pequeña copa de cerveza. Limpia, descansada y bien alimentada, sintió que ahora sí podía enfrentar ese día tan importante. Finalmente, se enjuagó la boca con agua mentolada.
    La doncella le alcanzó una camisa limpia de seda color marfil, con mangas largas que culminaban en un delicado encaje. El cuello era redondo y cerrado. Luego la ayudó a colocarse el vestido.
    – Me encanta sentir la seda sobre la piel -ronroneó Philippa.
    Lucy sonrió. En el suelo yacían dos enaguas de seda y le ayudó a ponérselas. A continuación, le ajustó todas las prendas. Luego, puso una falda sobre el vestido de Philippa y la ató a las múltiples enaguas. Philippa acarició el brocado de terciopelo violeta con las palmas de las manos. El cuello cuadrado del corpiño estaba ribeteado con bordados de hilos de oro. La parte superior de las mangas era ajustada, pero la inferior era amplia y terminaba en un puño de satén violeta y un brocado del mismo color.
    – Ya está lista para el compromiso -anunció la criada-. Ahora debe ponerse los zapatos. Me ocuparé de su cabello. Lord Cambridge me ordenó que esté muy cepillado y suelto. Y me dio esto para que lo espolvoree en su cabellera mientras la peino. -Sacó una cajita y se la mostró a Philippa.
    – Es polvo de oro y del más exquisito. Mi tío no deja de sorprenderme con sus extravagancias. No lo uses todo, pues quiero guardar algo para el día de la boda.
    – Ahora, póngase de pie -le pidió Lucy mientras se subía a un taburete con el cepillo en la mano. Cepilló y cepilló el cabello de su ama hasta dejarlo brillante. Cuando se sintió satisfecha, esparció el polvo de oro y volvió a arreglar el cabello de Philippa-. No lo utilicé todo, solo lo necesario para darle más brillo. Debemos guardarlo también para los festejos de Navidad. Usted va a causar sensación, señorita.
    – No estoy segura de que una mujer casada deba causar sensación-rió Philippa. Luego giró y dio un paso hacia atrás.
    – ¿Cómo me veo, Lucy?
    – Es todavía más hermosa que su madre -respondió con admiración.
    De pronto, alguien golpeó a la puerta y, antes de que tuvieran tiempo de contestar, lord Cambridge entró en la habitación con una amplia sonrisa. El tío, feliz, abrió su jubón y extrajo una larga cadena y un par de pendientes de perlas.
    – Son para ti, mi querida. Y también debes usar la cadena con el crucifijo de oro y perlas -le aconsejó mientras la joven se enjoyaba-. Te conseguí esas perlas especialmente para que combinen con toda tu vestimenta.
    – ¿Ya llegó el rey? -preguntó Philippa.
    – Por suerte no, tesoro. Tú y yo debemos agradecerle personalmente su visita en cuanto atraviese el umbral de la puerta. No recuerdo que haya venido jamás a mi casa. Gracias a Dios que mi residencia es pequeña y simple, o despertaría los celos de Su Majestad y me sentiría obligado a entregar mí casa a la corona.
    – Tío Thomas -rió Philippa-, ¡tu lengua viperina no se detiene nunca, ni siquiera a la mañana temprano! ¿Ya han alimentado bien a las cotorras?
    – Tu lengua es tan incisiva como la mía, querida. Sí, llenaron los estómagos de tus futuras cuñadas con generosas bandejas de comida y ya están en el salón. Ambas están muy excitadas ante la idea de conocer al rey. Ninguna de ellas tuvo ese honor. No puedo dejar de alardear sobre la larga relación que une a la familia Bolton con los Tudor. Cuanto más les cuento, más se alegran con la idea de la boda.
    Philippa sacudió la cabeza y dijo:
    – Eso no importa, tío. Crispin tendrá las tierras de Melville y aunque yo fuera tuerta y desdentada igual me desposaría. Me niego a hacerme ilusiones, así me evitaré futuros desengaños.
    – Pienso que eres injusta con tu conde, querida. Es un hombre honorable. Sí, es cierto que fue Melville lo que lo atrajo en primera instancia, pero tengo la certeza de que no se casa contigo solo por las tierras. ¿No te has dado cuenta de la manera en que te mira cuando cree que nadie lo observa?
    Alguien golpeó la puerta y Lucy se apresuró a ver de quién se trataba. Afuera estaba William Smythe, vestido sobriamente con su clásico atuendo negro.
    – Milord, la barca real se está acercando al muelle -anunció con una reverencia.
    – Gracias, Will. Vamos, querida -dijo lord Cambridge y tomó a su sobrina del brazo-. ¿Está todo listo en el salón? ¿Las hermanas del conde ya están por desmayarse?
    – La verdad es que sí -respondió el secretario con una sonrisa discreta-. Creo que solo se calmarán cuando usted y su sobrina les hagan compañía. Al conde también se lo nota bastante incómodo y nervioso.
    Philippa y su tío bajaron deprisa las escaleras y se dirigieron hacia el jardín. Desde la puerta vieron cómo la barcaza real atracaba en el muelle. Luego, el rey puso su pie en tierra firme y ayudó a su esposa a desembarcar mientras los sirvientes de Thomas Bolton los cubrían con un toldo para protegerlos de la lluvia. Los reyes de Inglaterra atravesaron los jardines, donde lord Cambridge y su sobrina los esperaban para darles la bienvenida. Detrás de la pareja real, venía uno de los sacerdotes de la reina.
    Thomas Bolton los saludó con una inclinación de cabeza mientras que Philippa hizo una reverencia desplegando sus faldas como si fuesen pétalos de flores.
    – Su Majestad, no sé cómo expresarle el honor que significa su presencia en mi casa -dijo lord Cambridge mientras hacía pasar al rey y a la reina a través de la puerta de entrada.
    – Desde el río, su morada parece una joya, Tom. Es perfecta para usted -tronó la voz del rey. Luego, se volvió hacia Philippa y la aprobó con su mirada-. Tu madre estaría muy orgullosa de ti, querida mía. Haber elevado a tu familia a tan alto rango es un gran logro de tu parte, considerando quién es tu padrastro. Aunque reconozco que ni tú ni ninguna de tus hermanas tienen sangre escocesa. Me enteré de que una de ellas se va a casar con un Neville.
    – Sí, Su Majestad. Banon se casará con Robert Neville en otoño. Su abuelo y mi abuela eran parientes.
    – ¿Tienen el permiso de la Iglesia? -preguntó el rey a lord Cambridge.
    – Sí, Su Majestad. El cardenal en persona obtuvo el permiso de Roma.
    – Excelente -dijo Enrique VIII-. Bueno, comencemos con la ceremonia de compromiso. La reina y yo tenemos un largo día por delante. Mañana mismo partiremos rumbo a Greenwich.
    Lord Cambridge y Philippa condujeron a los reyes hasta el salón donde el conde de Witton y sus hermanas estaban esperándolos. Lady Marjorie y lady Susanna fueron, finalmente, presentadas a los monarcas. Estaban nerviosas, pero se tranquilizaron al ver que el rey era de lo más gentil. Les hizo bromas e incluso les dio un sonoro beso en sus enrojecidas mejillas. La reina también se mostró muy amable y las hermanas del conde quedaron deslumbradas por sus modales encantadores.
    Los criados se apresuraron a llevar el vino. Todos los sirvientes, desde el ayudante de cocina hasta el mayordomo, se reunieron en la parte trasera del salón para espiar al rey y a la reina. William Smythe trajo los papeles del compromiso y los desplegó con cuidado sobre la mesa. Colocó también el tintero, la arena secante y la pluma. Sobre el tablero de la mesa habían dispuesto dos grandes candelabros de oro con velas de cera de abeja. El fuego del salón ardía y las ramas floridas inundaban el ambiente con su fragancia. Y afuera, la lluvia de abril golpeaba las ventanas.
    – Llegó la hora, milord -dijo el secretario.
    Lord Cambridge asintió.
    – Por favor, acérquense para formalizar el compromiso entre mi sobrina Philippa Meredith y Crispin St. Claire.
    – Crispin St. Claire, ¿está usted de acuerdo con los términos de este compromiso? -preguntó el sacerdote.
    – Sí, padre.
    – Por favor, firme aquí -señaló el secretario. El conde de Witton firmó y le devolvió la pluma a William Smythe. El secretario entintó la pluma y se la ofreció a Philippa, mientras colocaba los papeles frente a la joven.
    El sacerdote volvió a intervenir:
    – Philippa Meredith, ¿acepta usted este compromiso?
    – Sí, padre -respondió Philippa. Luego, respiró profundamente y estampó su firma. Le devolvió la pluma al secretario, que secó las rúbricas con arena.
    A continuación, el clérigo les pidió a los novios que se arrodillaran y les dio su bendición.
    – Ya está -dijo el rey jovialmente, mientras el conde ayudaba a Philippa a ponerse de pie-. Y ahora, ¡brindemos por los novios!
    Enseguida trajeron el vino y todos llenaron sus copas para desearle larga vida y muchos hijos a la nueva pareja.
    – Su madre es muy fértil -dijo el rey lanzándole una mirada significativa a su esposa-. Seguramente tendrán un heredero este mismo año.
    La reina se mordió el labio angustiada y agregó:
    – Le pedí a fray Felipe que oficiara los sacramentos en mi capilla de Richmond el día 30 de abril. Y, luego, los recién casados vendrán a Greenwich para reunirse con nosotros.
    – ¡De ninguna manera! -volvió a tronar el rey-. No nos iremos a Francia hasta principios de junio. Podrás sobrevivir sin Philippa, Catalina, son apenas unas pocas semanas. Ella y su marido irán a su casa en Oxfordshire y los volveremos a ver en Dover el día 24 de mayo. Han tenido muy poco tiempo para estar solos desde que se cerró el acuerdo entre las familias. Dejémoslos disfrutar de la intimidad. ¿Acaso nosotros no gozamos de una maravillosa luna de miel hace muchos años, Catalina? -Y acto seguido le dio un beso en los labios, lo que hizo enrojecer de inmediato el rostro siempre macilento de la reina.
    – Tienes razón, querido Enrique. Por supuesto.
    – Pero, Su Majestad -protestó Philippa-, ¿usted no me necesita?
    – ¿Ves? -dijo el rey, complacido-. Esta joven es tan devota al deber como su padre, sir Owein Meredith, que Dios guarde en su santa gloria. -Luego se volvió hacia las hermanas del conde-: ¿Sabían ustedes, queridas señoras, que sir Owein sirvió a los Tudor desde que cumplió los seis años? -A continuación, se dirigió a Philippa-: No, querida, debes pasar un tiempo en absoluta privacidad con tu nuevo esposo. Es una orden del rey.
    – Sí, Su Majestad -dijo Philippa haciendo una reverencia. ¿Pasar un tiempo con el conde? Apenas se conocían. ¿De qué hablarían?
    – Nosotros debemos partir -anunció el rey-. Y dado que no voy a asistir a la boda, besaré a la novia. -Tomó a Philippa por los hombros y besó sus mejillas ardientes-. ¡Que Dios te bendiga, querida! Nos veremos pronto en Dover.
    Se produjo un largo silencio hasta que lady Marjorie y lady Susanna comenzaron a hablar al unísono.
    – ¡Por la Virgen! ¡Qué apuesto es el rey!
    – Me hizo cosquillas con su barba cuando me besó en la mejilla.
    – A la reina no le gusta. Se la dejó crecer porque el rey Francisco usa barba y quiere honrarlo con ese gesto.
    Las hermanas se fascinaron al oír esa información. Habían visto con sus propios ojos que el rey y la reina trataban a su futura cuñada con una familiaridad solo reservada a los altos miembros de la realeza o a los poderosos, y no a una joven de Cumbria. Tanto Marjorie como Susanna tenían hijos que algún día necesitarían contactos en la corte. Tal vez Philippa podría ayudarlos. Ese matrimonio era verdaderamente conveniente para ambas partes.
    – Si las señoras desean ver la barcaza real -dijo William Smythe-, en este momento está zarpando del muelle de milord.
    Lady Marjorie y lady Susanna corrieron hacia la ventana que daba al río y no cesaron de proferir exclamaciones de asombro.
    – ¡Nunca he visto algo similar!
    – ¡Ni lo volveremos a ver!
    – Susanna, ¿alcanzas a ver al rey?
    – No -respondió desilusionada-. Ya bajaron las cortinas.
    Mientras tanto, lord Cambridge regresó al salón y se dirigió a Philippa para besar su suave mejilla.
    – Pequeña, se te ve exhausta y el día recién comienza. Debes ir a los jardines con Crispin a tomar un poco de aire fresco.
    – ¿Bajo la lluvia? -le preguntó Philippa.
    – Ya no Hueve más. Mi querida, faltan apenas dos días para que estén formalmente casados y el tiempo vuela. Debes aprovecharlo.
    – ¿Cómo es posible que me conozcas mejor que yo misma? -le preguntó, mientras le regalaba una sonrisa y le guiñaba el ojo.
    Luego lord Cambridge le dijo al conde:
    – Creo que una tranquila caminata les hará muy bien. En cuanto la mesa esté servida para la fiesta, enviaré a los criados a buscarlos.
    Sin decir una sola palabra, Crispin St. Claire tomó a Philippa de la mano y la condujo a través del salón.
    – Por favor, traiga mi capa y pídale a Lucy que le alcance a su ama la suya -ordenó a un sirviente en el corredor. Cuando estuvieron solos, el conde tomó a Philippa por los hombros y la besó con dulzura-. No nos hemos besado para sellar nuestro compromiso -le dijo con una sonrisa amable-. De hecho, hace muchos días que no nos besamos. ¿Acaso no te gusta besarme? ¿Te parece desagradable, pequeña mía? -Sus ojos grises estudiaban la mirada de Philippa mientras alzaba su mentón con la mano.
    – No, milord. Me gusta besarte -admitió en voz baja-. Pero no quería que pensaras que era una joven desvergonzada.
    – Puedo decir muchas cosas sobre ti, Philippa, pero jamás utilizaría la palabra "desvergonzada" para describirte -le dijo y la abrazó con fuerza. Le agradaba sentir su pequeño cuerpo contra el suyo.
    – Sé que te enteraste del desafortunado episodio de la Torre Inclinada.
    – Pero también sé los motivos que te llevaron a cometer esa imprudencia, querida mía. Y ya te dije que me resultaba una historia divertida. Tienes la reputación de ser la más casta de las doncellas de la reina.
    – ¿Y cómo sabes eso? -Una agradable fragancia emanaba del jubón de Crispin.
    – Porque hice mis averiguaciones. En mis treinta años de vida aprendí que la mejor manera de encontrar la respuesta a las dudas, es preguntando.
    – ¡Ah! -respondió Philippa sintiéndose un poco tonta.
    – Su capa, milord. -El criado había regresado con las prendas requeridas y los ayudó a ponérselas.
    La pareja recién comprometida comenzó a caminar por los jardines de lord Cambridge. La lluvia había cesado y el sol empezaba a brillar a través de las nubes.
    – ¡Oh, mira! -gritó Philippa-. Dicen que da buena suerte contemplar el arco iris. Desde ahora y para siempre.
    El conde miró hacia donde señalaba su novia y vio el ancho arco de color atravesando el río Támesis. Sonrió.
    – Un signo de buena suerte en el día de nuestro compromiso es más que bienvenido.
    – ¿Acaso estás asustado?
    – ¿De qué debería estar asustado?
    – De nuestro matrimonio. Apenas nos conocemos.
    – Tuvimos la oportunidad de conocernos, pero la hemos desperdiciado. Me evitabas de manera deliberada y no entiendo por qué.
    Philippa suspiró.
    – Lo sé. Primero acepté casarme y luego me asusté. Tú perteneces a la nobleza, milord, y temo que nunca me ames, que solo desees desposarme por la tierra de Melville.
    – Si fuera posible, Philippa, te juro que no aceptaría Melville para demostrarte que nuestra unión ya no tiene nada que ver con la tierra. Pero necesitamos esos campos de pastoreo. Por otra parte, todos los matrimonios se arreglan sobre la base de decisiones sensatas. El amor tiene poco que ver en la mayoría de las bodas. Algún día, nosotros llegaremos a amarnos, pequeña. Pero vayamos paso a paso. Por ahora, estamos comprometidos y en dos días estaremos casados. Al menos debemos ser amigos. Por suerte, el rey nos permitió pasar un tiempo a solas. El viaje a Brierewode llevará unos días y estoy ansioso por mostrarte tu nuevo hogar.
    – Pero iremos a Francia -replicó Philippa-. Yo debo acompañar a la reina.
    – Y así será, querida. Llegaremos a Dover el día de la partida. Estaremos todo el verano en Francia con la corte antes de volver a Inglaterra para visitar a tu madre y luego pasar el invierno en Brierewode.
    – Pero debemos volver al palacio para los festejos de Navidad.
    – Si no estás embarazada.
    – ¿Embarazada? -Philippa respiró hondo.
    – El propósito de nuestra unión es tener hijos -le dijo con solemnidad-. Necesito un heredero. SÍ pruebas ser tan fértil como tu madre, tendré la suerte de ser el padre de muchos niños.
    Philippa se detuvo y le dio un pisotón.
    – No me hables como si fuera una vaca de raza -protestó.
    – Todavía está por verse si eres de raza -replicó el conde secamente y la miró con sus ojos grises, de pronto helados.
    – Me habías prometido que esperaríamos un poco.
    – Philippa, eso es lo que hice durante casi un mes, mientras tú evitabas mi compañía. Ni un beso ni una caricia. Pero dentro de dos noches, pequeña, cumplirás con tus obligaciones porque debes convertirte en mi esposa. ¿Me entiendes?
    – Eres el hombre más arrogante del mundo -le contestó furiosa.
    Crispin rió.
    – Es probable -asintió. Y luego la acercó a su cuerpo y la abrazó con ternura-. De ahora en adelante, a esa deliciosa boquita tuya, Philippa, le daremos un mejor uso que el de pelear conmigo. -Inclinó su cabeza y sus labios se encontraron con los de su prometida en un beso apasionado.
    Al principio, los puños cerrados de la joven golpeaban contra el jubón de terciopelo de Crispin. Pero el beso la fue debilitando y la cabeza le daba vueltas. Le gustaba. Sí, le gustaba mucho. Sus labios se abrieron y la muchacha lanzó un suspiro de placer, y dejó de golpear a su prometido.
    El conde alzó la cabeza y miró a su novia.
    – Philippa, ya estás dispuesta a ser amada. ¿Por qué te opones a tus deseos? Seré muy cuidadoso contigo.
    – Es que necesito conocerte más antes de ser tuya en cuerpo y alma -murmuró contra su boca.
    – Pequeña, cuentas solo con estos dos días para conocerme. No hay más tiempo -le dijo, mientras la sentaba en un banco de mármol a la sombra de un ciruelo. Luego, comenzó a besarla una y otra vez hasta que la joven temió que sus labios quedaran morados. Los dedos del conde soltaron los lazos del corpiño. Sus manos se introdujeron por el escote y alcanzaron a tocar con dulzura sus deliciosos y redondos senos.
    Philippa no podía respirar y su corazón latía con furia. La mano de Crispin era tibia y suave. Apoyó la cabeza en el hombro de su prometido. Esas caricias eran la experiencia más excitante de su vida.
    – No deberías hacerlo -protestó débilmente-. Todavía no estamos casados.
    – El compromiso ha legalizado nuestra unión -gimió el conde.
    – La reina dice que toda mujer debe ser casta aun en el lecho nupcial -susurró Philippa.
    – ¡Basta con la reina! -dijo Crispin enojado-. ¿Es ella la culpable de tu conducta de las últimas semanas?
    – ¡Milord! -Philippa estaba perturbada por sus palabras-. La reina es un ejemplo en todo sentido, incluso como esposa, para todas las mujeres del reino.
    – Tal vez sea por eso que Catalina no pudo dar vida a ningún hijo varón -le respondió mientras su pulgar frotaba los pezones de Philippa-, ¡Los niños saludables son hijos de la pasión, no de la mojigatería!
    – No puedo concentrarme cuando haces eso -volvió a protestar.
    – ¿En qué debes concentrarte, preciosa? -le dijo riendo con ternura. Luego volvió a besarla mientras seguía acariciándole los senos-. Lo que sí deberías hacer es perder la compostura y entregarte al placer de las deliciosas sensaciones que corren por tus venas en este momento. -Sus labios ardientes tocaron la frente, las mejillas y el cuello de Philippa.
    La joven levantó la cabeza.
    – ¡Oh, milord! No debes tocarme con tanta dulzura. Tus caricias y besos me marean y no puedo pensar.
    El conde soltó una carcajada.
    – Muy bien, pequeña, haremos una pausa. Este breve encuentro me ha dejado con la sospecha de que, en el interior de esa alma inocente, se esconde un espíritu apasionado y lujurioso. Y me gustaría mucho encontrarlo, Philippa.
    – Milord -dijo un poco incómoda-, me parece increíble oír semejante vocabulario de la boca de un caballero. Mi ama, la reina, jamás aprobaría el uso de esas palabras que pronuncias con tanta soltura.
    – Tu ama, la reina, es una buena mujer que luchó toda su vida para tratar de ser una buena esposa del rey. Pero es una mojigata, Philippa. En España la educaron solo para cumplir con sus deberes, que consisten, principalmente, en una estricta devoción a la Iglesia. Luego siguen sus obligaciones como infanta española y reina de Inglaterra, y por último su lealtad hacia el marido. Pero el deber no se extiende hasta el lecho marital, Philippa. -Ella lo miró asombrada-. Todo hombre desea una mujer que disfrute del lecho nupcial. Una mujer que se abra a una pasión compartida y confíe en que su esposo le hará gozar de los placeres más exquisitos. Sé que eres virgen, pequeña. Y me gusta que hayas permanecido casta. Pero ya terminó el tiempo de la pureza. Hasta el día de nuestro matrimonio, complacerás todos mis deseos, pequeña. Y no te arrepentirás. Eso te lo prometo.
    – La reina… -Philippa comenzó a decir, pero él le tapó la boca con los dedos.
    – Tú no eres la reina, Philippa. Quiero que me digas: "Sí, Crispin. Haré lo que quieras". -Sus ojos grises brillaban divertidos.
    – Pero tienes que entender… -intentó una vez más Philippa y otra vez los dedos le sellaron los labios.
    – Por favor, di: "Sí, Crispin".
    – Nadie me habla como si fuera una niña -protestó Philippa.
    – Pero es que eres una niña en los temas del amor. Y yo soy quien deberá instruirte y hacer de ti la mejor alumna, Philippa. Ahora, la primera lección. Debes besarme con dulzura y decir: "Sí, Crispin. Haré todo lo que me pidas".
    Philippa le clavó sus ojos de miel. Era una mirada aguerrida. Apretó sus labios hasta formar con ellos una delgada línea. Se puso de pie y dijo:
    – No, Crispin. No diré todo lo que quieres. No eres más que un arrogante domador de caballos.
    Luego, se volvió y regresó a la casa, con los lazos del corpiño flameando al viento. El conde de Witton lanzó una carcajada. El matrimonio con Philippa Meredith iba a ser cualquier cosa menos aburrido.

CAPÍTULO 11

    Al día siguiente de los esponsales, Philippa celebró su cumpleaños número dieciséis. Banon, ya relevada de sus servicios en la corte, llegó temprano a la casa de lord Cambridge con todas sus pertenencias. Sus ojos azules brillaban de felicidad y su porte era muy distinguido. Había cambiado mucho durante la estancia en el palacio. Banon había cumplido catorce años el 10 de marzo.
    – Lamento no haber podido venir ayer. Pero Catalina me dio permiso para partir esta mañana y huí del palacio antes de la primera misa. ¡Ese lugar es un pandemonio! Todo el mundo está conmocionado por la mudanza a Greenwich. Francamente, no entiendo por qué te gusta tanto vivir en la corte, con ese bullicio y ese ajetreo constantes. En fin… ¡Feliz cumpleaños, hermanita! -exclamó y besó a Philippa en ambas mejillas-. ¡Estás muy pálida! ¿Qué te ocurre?
    – Según el tío Tom, sufro de nerviosismo prenupcial. Estoy feliz de verte, Banon. Ven, comamos algo antes de que aparezcan mis cuñadas. Hablan todo el tiempo y tienen una mentalidad demasiado provinciana para mi gusto. Reconozco que son muy buenas y dulces, pero no soportaría vivir cerca de ellas.
    – ¡Al fin una comida de verdad! -exclamó Banon entusiasmada-. Los mejunjes de la corte son incomibles. -Tomó una rebanada de pan recién horneado, la untó y una mirada de felicidad iluminó su rostro mientras la mantequilla derretida le chorreaba de la boca-. ¡Ah, qué manjar celestial!
    – ¡Vas a engordar!
    – ¿Y qué me importa? Lo único que me interesa es ser la dueña de Otterly, tener hijos y mimar a Robert. A él no le preocupa mi silueta, y siempre dice que me querrá más si engordo.
    – ¿Cómo es posible que hablen con tanta naturalidad entre ustedes? Si se conocieron casi al mismo tiempo que yo y el conde…
    – Philippa, eres mi hermana mayor y no necesito recordarte cuánto te quiero, pero te estás pareciendo demasiado a la reina; pienso que deberías imitar más a mamá. Ella ama la vida y no tiene miedo de entregarse a la pasión.
    Banon hundió la cuchara en la avena caliente y se la llevó a la boca. El potaje estaba condimentado con canela, azúcar, crema y trocitos de manzana.
    – ¿Cómo lo sabes? -preguntó Philippa, sorprendida.
    – El tío Tom me contó muchas cosas en estos dos años que llevamos viviendo juntos. Tú, en cambio, tratas con mucha distancia a Crispin St. Claire. Mañana te casarás y tendrás que intimar más con él. De lo contrario, no cumplirás con los deberes conyugales como corresponde.
    – Lo sé -admitió Philippa-. Es que estoy confundida y asustada.
    – ¿De qué?
    – De él. Del conde. Es muy obstinado. Banon se echo a reír.
    – ¡Mira quién habla! ¡Tú también eres obstinada!
    – Ayer, después de la ceremonia, me llevó a los jardines y me besó una y otra vez.
    – ¿Y qué más?
    – ¡Acarició mi pecho! Dijo que yo era su alumna y que él me enseñaría a amar con pasión. Entré corriendo en la casa y me encerré en mi alcoba por el resto del día.
    – Veo que estás decidida a ser infeliz. ¿Qué te pasa? El conde es un hombre encantador. No es muy popular en la corte, pero quienes lo conocen elogian su bondad e integridad. Nadie te obligó a casarte, Philippa. Deja de comportarte como una virgen timorata y tonta.
    – ¡Es que soy una virgen timorata! -protestó Philippa.
    – Mira, Philippa, créeme que si no estuviera tan enamorada de Robert Neville, no vacilaría en robarte a ese conde y casarme con él -declaró Banon irritada y bebió de un trago medio vaso de cerveza-. Es uno de los mejores candidatos que hay.
    – ¡Oooh, gracias, Banon! -interrumpió el conde acercándose a la mesa. La miró con una amplia sonrisa y luego se dirigió a Philippa-: ¿Te sientes mejor hoy, chiquilla?
    Tras darle un beso en la frente, se sentó a su lado.
    – Sí, milord -respondió bajando la mirada.
    – Muy bien, creo que he comido hasta hartarme -comentó Banon v se levantó de su silla-. Tomaré una merecida siesta. Una nunca duerme lo suficiente en la corte. Los veré más tarde.
    – Espérame, te acompaño -dijo Philippa, pero el conde la detuvo. La joven volteó hacia él y lo miró con asombro.
    – ¡No quiero que me acompañes! -gritó Banon alejándose.
    – ¡Basta de juegos! -regañó el conde a Philippa.
    – No sé qué me pasa, milord. No suelo comportarme como una cobarde -se excuso. Tomó la jarra, le sirvió un vaso de cerveza, untó con mantequilla una rebanada de pan y se la dio.
    – Pasaremos el día juntos -anunció Crispin St. Claire-. Navegaremos río arriba en la barca de Tom hasta alejarnos de la ciudad. Llevaremos una canasta con víveres y comeremos los dos solos. Sin mis latosas hermanas, ni la encantadora Banon, ni el extravagante tío Tom. Solo tú y yo. Me hablarás de tu familia y de tu aversión por las ovejas, y yo te hablaré de mi pasado.
    – ¡Me gusta la idea! -exclamó Philippa y le sonrió.
    – Estás cansada, pequeña, lo sé. Te tomas la vida demasiado en serio. Me pregunto si alguna vez te has permitido alguna diversión -dijo el conde mientras le acariciaba el rostro.
    – Iré a decirle al cocinero que nos prepare una canasta Crispin tomó su mano y la besó.
    – No te demores, pequeña. Me gusta mucho tu compañía.
    Philippa se alejó sonriendo. Banon tenía razón. Estaba actuando como una tonta, sin duda influida por la reina, que siempre predicaba la castidad a sus doncellas, no solo con palabras sino con el ejemplo. Sin embargo, en otros aspectos la corte era un paraíso de lujuria y libertinaje. Eso la confundía y no podía determinar con exactitud qué cosas estaban bien y qué cosas, mal.
    Al llegar a la cocina, ordenó que prepararan una canasta con pan, jamón, queso y vino.
    – Y también quiero uno de esos deliciosos pasteles de carne recién salidos del horno. ¡Ah, y esas fresas frescas que veo allí! Coloque una cantidad abundante, señor cocinero. El conde es un hombre robusto y de buen comer.
    – ¿Cuándo vendrá a buscar la canasta?
    – Dentro de una hora o tal vez antes. Mandaré a Lucy a retirarla.
    Cuando regresó al salón, el conde ya había terminado de desayunar. Estaba solo, pues lord Cambridge casi nunca se levantaba antes de las diez de la mañana cuando se encontraba en Londres. Y, al parecer, las hermanas de Crispin tampoco.
    – Esperaré a que se levante el tío Tom. No quiero partir sin antes avisarle adonde iremos. ¿Te gustaría salir al jardín? Es un día hermoso.
    – Sí. Tengo una sorpresa para ti, Philippa. Como hoy cumples dieciséis, te he comprado un regalito.
    Crispin St. Claire le entregó una bolsa de terciopelo.
    – ¡Qué considerado! -se asombró la joven-. ¿Qué es?
    – Ábrela y lo sabrás -sonrió el conde.
    Philippa vació en la palma de su mano el contenido de la bolsa: una delicada cadena de la que pendía un medallón de oro tachonado de estrellas de zafiro.
    – ¡Oh, es precioso, milord! ¡Muchísimas gracias! Después del tío Thomas, eres el primer hombre que me regala una joya.
    Philippa levantó la cadena y se quedó admirando el medallón que lanzaba graciosos destellos a la luz del sol que se colaba por las ventanas.
    – Bueno, de ahora en adelante seré yo quien goce del privilegio de regalar joyas a mi esposa. Permíteme que te la ponga. -Philippa le tendió la cadena. El conde la hizo girar y se la colocó pasándola suavemente por la cabeza-. Perteneció a mi madre y a mi abuela. Por tradición debe ser entregada a la condesa St. Claire. Uno de mis antepasados luchó en las cruzadas con el rey Ricardo Corazón de León y trajo esta hermosa reliquia de Tierra Santa.
    Tomándola de la cintura, le dio un beso en el hombro y acomodó el medallón en el centro, deslizando los dedos entre los senos de la joven, como al descuido, aunque ambos sabían que lo había hecho a propósito.
    Philippa sintió que se le aceleraba el pulso, pero esta vez no lo regañó ni se resistió. Mañana sería su esposa. Además, una vez formalizado el compromiso, la pareja se consideraba casada según las leyes del reino. Solo faltaba que la Iglesia bendijera y santificara la unión. Si la finalidad del matrimonio era la reproducción, ella debía rendirse a los deseos del conde. Y también, por qué no, a sus propios deseos. Las dudas y los interrogantes la agobiaban y, por primera vez en tres años, Philippa sintió una necesidad imperiosa de hablar con su madre.
    – ¿Qué estás pensando? -inquirió St. Claire.
    – Me gustaría que mi madre estuviera aquí. ¡Tengo tantas preguntas para hacerle!
    – Sé que te preocupa tu inexperiencia, Philippa -adivinó su pensamiento.
    – Te prohíbo leer mi mente -rió Philippa. Dio media vuelta y lo besó-. Gracias. El regalo es precioso y lo cuidaré como un tesoro.
    Cuando salieron al jardín, vieron barcos navegando por el río desde Richmond hasta Greenwich. Cuando la nave real pasó cerca del muelle, Philippa y Crispin hicieron una amplia reverencia.
    – ¡Philippa, Philippa! -Una niña con un vestido rojo escarlata movía frenéticamente la mano.
    Philippa le devolvió el saludo y la pareja volvió a inclinarse en una reverencia.
    – Es la princesa María-le dijo al conde-. ¡Buen viaje, Su Majestad!
    Tras alejarse la majestuosa nave, se sentaron en un banco de mármol.
    – ¿Por qué pasaron por aquí si Greenwich está en la dirección contraria? ¿Todos viajan en barco?
    – En primavera, sí -explicó Philippa-. Algunos viajan en sus propias embarcaciones y otros, en las de amigos o conocidos. Son muy pocos los que pueden darse el lujo de tener un barco. La corte parte cuando lo decreta el rey y, a veces, la marea no coincide con sus decisiones. Entonces navegan primero río arriba y luego vuelven a bajar. Lo lógico sería que Su Majestad se rigiera por las mareas, pero nunca lo hace -rió Philippa-. Si prestas atención, escucharás el traqueteo de los carros cargados con el equipaje que avanzan por el camino. Entre ellos, van las personas que, supuestamente, prefieren hacer el viaje a caballo, pero que, en realidad, no pudieron conseguir un asiento en los botes. Yo he sido muy afortunada. Desde la primera vez que llegué al palacio, supe que ese era el tugar donde quería vivir. No concibo otro tipo de vida.
    – Sabes que a partir de mañana ya no podrás pasar tanto tiempo en la corte. Como condesa de Witton, tendrás otros deberes que cumplir. Pero te prometo que iremos en Navidad y en mayo, por supuesto.
    – Desde luego -acordó amablemente. La reina le había sugerido que en algún momento volvería a requerir sus servicios como dama de la corte y Philippa pensaba que el conde no se rehusaría a semejante reclamo. Estaba dispuesta a esperar.
    Lucy salió al jardín y los saludó con una reverencia.
    – Dice el cocinero que ya está lista la canasta, señorita. ¡Buenos días, milord!
    – Me despediré del tío Tom -anunció Philippa.
    – ¿Mis hermanas ya se han levantado, Lucy? -inquirió Crispin.
    – No las he visto y tampoco a sus doncellas, milord.
    – ¿Crees que serás feliz en Brierewode? Es muy distinto de Cumbria.
    – Mi felicidad está allí donde se encuentre mi ama. Con su permiso, llevaré la canasta.
    – No, yo me encargaré. ¿Cuál es la barca?
    – La que tiene cortinas azul y oro. Son los colores de Friarsgate. Lord Cambridge la hizo construir especialmente para lady Rosamund cuando vino a la corte tras la muerte de sir Owein Meredith.
    – ¿Piensas que le agradaré a la madre de Philippa?
    – Si es bueno con su hija, sin duda lo querrá.
    – Hago todo lo posible por ser bueno con tu ama, Lucy.
    – Ella admira demasiado a la reina, milord, pero, por favor, no se le ocurra repetir mi comentario -dijo Lucy guiñándole el ojo-. ¿Me comprende, verdad?
    El conde se echó a reír.
    – Sí, y me ocuparé de borrar esa nefasta influencia lo antes posible. Luego, se dispuso a llevar la canasta a la embarcación que se mecía junto al muelle.
    Entretanto, Philippa había entrado a la casa y subido las escaleras rumbo a los aposentos de lord Cambridge. Golpeó suavemente la puerta y fue recibida por el ayudante personal de Thomas Boldon.
    – Buenos días, señorita Philippa -la saludó.
    – ¿Ya está despierto?
    – Sí, se levantó hace más de una hora y ya está impartiendo órdenes al señor Smythe. Le diré que ha venido. La joven fue admitida de inmediato.
    – ¡Feliz cumpleaños, queridísima mía! -exclamó el tío Tom.
    – ¿Puedo expresarle mis mejores deseos, señorita? -dijo William Smythe con una galante inclinación. Se hallaba de pie junto a la cama de su empleador.
    – Por supuesto. Muchas gracias.
    – ¡Esa joya que adorna tu cuello es una hermosura! -opinó el tío Tom-. Jamás la había visto antes y no es uno de mis regalos. Acércate para que la observe con detenimiento.
    – ¿No es bellísima? Me la regaló el conde para mi cumpleaños. Dice que perteneció a todas las condesas de Witton desde que un antepasado suyo y cruzado de Ricardo Corazón de León la trajo de Tierra Santa. -Se quitó la cadena y se la tendió a lord Cambridge.
    – Es una pieza sublime, tesoro -confirmó luego de examinarla y devolverla a su dueña-. Espero que Crispin tenga tan buen gusto como su ancestro.
    – Vine a decirte que tomaremos la barca de mamá y pasaremos el día junto al río. Acabamos de ver pasar a la corte rumbo a Greenwich.
    – Nunca entenderé por qué el rey se empecina en ignorar las mareas. Ese necio cree que puede controlar todo en su vida. Ve, pequeña, y diviértete. Yo me encargaré de entretener a tus cuñadas. Tal vez las lleve a la torre para ver los leones del rey. ¿Dónde está Banon? ¿Ya llegó a casa?
    – Sí, y desayunamos juntas. Ahora está durmiendo la siesta. Se siente muy feliz de estar contigo y de regresar a Otterly. ¿Robert Neville viajará con ustedes o ya ha partido hacia el norte?
    – Viajará con nosotros, porque debemos pasar por la casa de su padre para firmar el compromiso y arreglar la fecha de la boda antes de seguir camino a casa. Vendrá hoy a la noche. ¿Verdad, Will?
    – Así es, milord.
    – Entonces, me marcho ya mismo, y reza porque pueda escapar al jardín sin ser acosada por mis cuñadas.
    El conde la esperaba en el muelle. Muy galante, la ayudó a subir al bote. La barca navegó río arriba, manteniéndose siempre cerca de |a costa donde las corrientes eran menos traicioneras.
    – ¿Adónde vamos? -preguntó Philippa.
    – No tengo la menor idea. Desconozco esta parte del río. Reconoceré el lugar cuando lo vea -dijo el conde mientras la estrechaba en sus brazos.
    – ¿Y cómo lo verás si estás ocupado besándome? -preguntó con curiosidad. Crispin la miraba con una expresión extraña en sus ojos grises, pero esta vez Philippa no sintió ningún temor.
    – Dudo que el sitio perfecto se encuentre tan cerca de la casa de lord Cambridge, así que podemos besarnos a gusto. La práctica es muy útil, dicen. -Sus labios rozaron los de Philippa-. Y tú has estado descuidando el estudio, pequeña. -Le dio un dulce y prolongado beso.
    – Estaba esperando al maestro indicado, milord -le dijo en un tono seductor cuando sus labios se separaron-. ¿Acaso eres tú?
    Philippa estaba asombrada de su desfachatez. ¡Estaba flirteando con el hombre que la desposaría al día siguiente! Crispin le levantó la barbilla y clavó la vista en sus ojos color miel, que lo miraban con una timidez irresistiblemente seductora.
    – Lo soy, Philippa. Te enseñaré todas las técnicas amatorias, no solo los besos. ¿Comprendes?
    – Sí -murmuró-. Hoy no llevo camisa y el vestido se desata en la parte delantera. -Enseguida se ruborizó por esa atrevida confesión. El conde estaba realmente asombrado.
    – ¡Me halagas, Philippa!
    – Bueno, ya estamos comprometidos y mañana nos casaremos -sonrió y prefirió cambiar de tema-: ¿Nunca estuviste comprometido antes?
    – No. Mientras mi padre vivió, no le veía sentido al matrimonio y sabía que, si algo malo me ocurría, los hijos de mis hermanas heredarían el título.
    – Pero decidiste irte de Brierewode.
    – No tenía nada que hacer allí, Philippa. Mi padre no quería compartir su autoridad con nadie más, ni siquiera con su único hijo varón y heredero. Fui a probar suerte a la corte y llamé la atención del cardenal Wolsey. Al poco tiempo, comenzaron a encomendarme misiones diplomáticas. Un buen día me enviaron a San Lorenzo, un pequeño ducado entre Italia y Francia. El embajador anterior irritó al duque hasta hartarlo: lo expulsó y le dijo al rey que no deseaba más diplomáticos ingleses. Enrique VIII me envió para calmar los ánimos del soberano de San Lorenzo, pero no lo logré. Fui trasladado al ducado de Cleves, y mientras trabajaba allí, murió mi padre. Entonces abandoné mi puesto. No tenía tiempo para pensar en casarme mientras servía al rey.
    – Eres más joven que tus hermanas.
    – Sí. Tengo treinta años; Marjorie, treinta y siete y Susanna, treinta y cinco. Mi madre era una mujer de salud frágil, pero estaba empecinada en darle un hijo varón a su esposo. El esfuerzo acabó minando sus escasas fuerzas y murió justo después de mi segundo cumpleaños.
    – Yo tenía seis años cuando murió mi papá. Me quedaron vagos recuerdos de él, pero mis hermanas no lo recuerdan para nada. Todos dicen que Bessie, la menor, se parece a mi padre y que Banon y yo nos parecemos a mi madre. En cambio, mis hermanos son iguales a su papá, Logan Hepburn.
    – Es escocés, ¿verdad?
    – Sí. Su casa está muy cerca de Friarsgate, del otro lado de la frontera. Estuvo enamorado de mamá desde la infancia.
    – ¿Tu madre solía pasar mucho tiempo en la corte?
    – ¡No! ¡La odiaba! Cuando murió su segundo esposo, estuvo bajo la tutela del rey Enrique VII. El rey le pidió a mi padre que la escoltara durante el viaje al palacio. En la corte conoció a la reina Margarita de Escocia y a Catalina y las tres eran damas de honor de la Venerable Margarita. Mamá solía visitar a las dos reinas tras la muerte de papá, pero siempre añoraba sus tierras.
    – En cambio, tú amas la corte.
    – Desde el primer día que vine con el tío Tom y mamá.
    – Bueno, eso es algo que tenemos en común. Me gusta la corte, pero también quiero un heredero.
    – Conozco mis deberes, milord, y te prometo que los cumpliré.
    – Pero primero debemos intimar más, pequeña. Ya sabes que los bebes no nacen del aire -bromeó mientras le acariciaba el rostro.
    – Eso lo sé muy bien, pero me falta un poco de información -admitió con candidez.
    – Soy un hombre paciente, Philippa, no puedes negarlo -dijo y comenzó a desatar lentamente el corpiño-. Para lograr una buena intimidad, debemos procurarnos placer el uno al otro. -Abrió la prenda y miró extasiado sus pequeños senos blancos y redondos-. ¡Oh, eres hermosa! -exclamó deslizando su dedo entre los senos.
    Philippa se mordió el labio con nerviosismo y le susurró algo en voz tan baja que él tuvo que pegarse a ella para escucharlo.
    – Los remeros, milord.
    La cálida fragancia de su piel atizaba sus sentidos.
    – No tienen ojos en la nuca, pequeña, ya te lo dije…
    Ahuecando la mano, envolvió uno de sus senos, suave y trémulo como un gorrión atrapado. Tocó el pezón con la yema del dedo y notó cómo se endurecía. Bajó la cabeza y lo lamió con suma lentitud. Ella contuvo el aire hasta que exhaló un fuerte suspiro, seguido por un agudo gritito de estupor.
    – ¡Aaah!
    – ¿Te gustó? -preguntó el conde levantando la cabeza. Philippa asintió con los ojos bien abiertos, pero no pudo emitir palabra.
    – ¿Quieres que lo haga de nuevo?
    – ¡Sí! -dijo con esfuerzo, pues sentía una opresión en la garganta.
    El conde cubrió de besos el cálido pecho desnudo, y sintió cómo el corazón de su prometida latía cada vez más aceleradamente. Lamió el otro pezón y comenzó a succionarlo con delicadeza.
    Ella se estremeció de placer y un leve gemido escapó de su boca. Entonces Crispin empezó a chupar el pezón con más ardor hasta que la joven experimentó una extraña sensación en sus zonas más íntimas, como un cosquilleo o, mejor, una vibración. Notó que estaba mojada, pero esa humedad no era pis, sino una sustancia pegajosa. Frotó su cuerpo contra él.
    De pronto, Crispin St. Claire se detuvo y la miró azorado. Con cierta turbación, se apresuró a cerrarle el vestido.
    – ¿Eres una bruja? -murmuró.
    – ¿Qué pasa? ¿Por qué te detienes? ¡Me gustaba lo que estabas haciendo!
    – Y a mí también -admitió-. Demasiado… No soy un hombre lujurioso, pero si continuamos así, me temo que te robaré la virginidad antes de que la Iglesia bendiga nuestra unión. Podrías odiarme, Philippa, y no quiero que me odies.
    – Déjame a mí -dijo, y terminó de atarse el corpiño, rematando los lazos con unos delicados moñitos-. Jamás me habían tocado con tanta ternura, milord. Al principio sentí miedo, pero luego, a medida que jugabas con mi cuerpo, el temor se fue desvaneciendo y empecé a disfrutar de tus caricias. ¡No quería que te detuvieras!
    – Si bien nuestra relación comenzó por un pedazo de tierra, ahora te deseo con locura. Pero también debo honrarte como esposa. Jamás te despojaría de tu virtud en un bote en medio del Támesis, aunque juro que, si no fueras virgen, pequeña, te habría hecho el amor hace cinco minutos.
    Luego, la besó con voracidad, enroscando su lengua en la de Philippa. Se apretó contra ella con fuerza y aplastó sus senos hasta hacerla gritar de dolor.
    – ¡Lo siento! -se disculpó el conde-, ¡Por el amor de Dios! ¿Qué has hecho para embrujarme de esta manera?
    El miembro se le había puesto rígido como una piedra por ese inocente juego destinado a preparar a la novia para los deberes maritales.
    – ¿Acaso tengo poderes mágicos, milord? -bromeó Philippa. De pronto, sintió una felicidad que nunca antes había experimentado.
    – Sí. Eres una pequeña hechicera, chiquilla. No tienes idea del poder que ejerces sobre mí en este momento. Me temo que pronto te convertirás en una mujer muy peligrosa.
    – No comprendo muy bien lo que dices, pero me encanta cómo suenan tus palabras, milord.
    – Philippa, mi nombre es Crispin. Quisiera que me llamaras por mi nombre.
    – Crispin. ¿Solo Crispin?
    – No. Crispin Edward Henry John St. Claire. Me pusieron Edward y Henry por los reyes y John, por mi padre.
    – ¿Y Crispin?
    – Por un antepasado. Cada tantas generaciones un varón de la familia es bendecido, o maldecido, según el punto de vista, con ese nombre.
    – Me agrada, Crispin. ¡Oh, mira! ¡Hay un bosquecito de sauces en la margen derecha del río! Por favor, diles a los remeros que nos lleven allí.
    El conde descorrió las traslúcidas cortinas y dio la orden a los remeros, que se apresuraron a obedecerla. Cuando el bote tocó la costa, St. Claire salió de un salto y ayudó a Philippa a desembarcar. Uno de los remeros les tendió la canasta, una manta donde sentarse y varios almohadones de seda, y preguntó:
    – Vimos una posada río abajo, milord. ¿Podríamos ir allí Ned y yo?
    – ¿Cuánto falta para que cambie la marea?
    – Unas cuatro horas y después viene la calma.
    – Regresen dentro de tres horas o antes, si lo prefieren. Navegaremos río abajo hasta que la marea vuelva a cambiar.
    – Gracias, milord -dijo el remero. Subió a la barca y, junto con su compañero, la hizo girar en dirección a la posada.
    Philippa, entretanto, extendió la manta debajo de un enorme sauce, la rodeó de almohadones y, en el centro, colocó la canasta.
    – ¿Quieres sentarte a mi lado, Crispin?
    La intimidad con un hombre ya no la asustaba sino que, por el contrario, comenzaba a gustarle. Realmente disfrutaba de las caricias del conde. Antes de que él se acercara, se desató los moños y se humedeció los labios con la lengua.
    Cuando el conde la miró, se quedó sin aliento, fascinado por la belleza de su prometida. No llevaba cofia ni velo y su abundante cabellera caoba caía con naturalidad sobre los hombros y la espalda. Su vestido de seda verde Tudor era de una sola pieza y los labios insinuantes de la joven invitaban a desgarrarlo. Crispin no entendía lo que le estaba pasando. ¿Por qué sentía ese deseo irrefrenable de poseer a Philippa Meredith?
    Philippa hizo una profunda inspiración y luego exhaló todo el aire. Su pecho subía y bajaba, haciendo que el corpiño se abriera peligrosamente.
    – Siéntate a mi lado, milord -invitó al conde con voz muy dulce.
    – No es una buena idea.
    – Sí que lo es. ¿Acaso no tenemos que conocernos mejor? -Extendió su mano hacia él-. Ven, siéntate. Quiero que me beses y me abraces de nuevo. Estamos solos, nadie nos verá en nuestro bosquecillo de sauces.
    Sin tomarle la mano, Crispin se sentó. Era un adulto experimentado y podría refrenar sus impulsos un día más.
    – Tengo hambre -dijo echando un vistazo a la canasta. La comida lo haría olvidar la pasión.
    – Yo también -replicó mirándolo como si él fuera una deliciosa golosina que quería probar ya mismo.
    El conde trataba de no sonreír. Estaba asombrado de lo que había provocado en esa niña inexperta con unos pocos besos y caricias. Era como si todas sus inhibiciones hubieran desaparecido.
    – Señora -dijo en un tono deliberadamente severo y admonitorio-, debes aprender a controlarte.
    – ¿Por qué? Quiero que me beses.
    – Y pensar que ayer me rechazabas. ¿A qué se debe este cambio repentino? Antes no podía besarte y ahora tengo la obligación de hacerlo.
    – Es que ahora estamos comprometidos y mañana será el día de nuestra boda -explicó Philippa-. ¿No deseas besarme, Crispin?
    – Philippa, quiero besarte y acariciar tus deliciosos senos. Pero debo confesar que lo que empezó como una inocente lección amorosa ha avivado tanto mi deseo que temo no poder controlarme. Quiero que seas virgen en nuestra noche de bodas. Que los sirvientes chismorreen sobre las sábanas manchadas de sangre una vez que hayamos partido hacia Brierewode.
    – ¡Oh, Crispin! Te cubriría de besos ahora mismo, si no corriera el riesgo de liberar esa bestia feroz que, dices, hay en ti. Cuando vuelva a servir a la reina, le contaré cuan honorable es el hombre con quien me he casado. Eres el marido que ella habría soñado para mí, Crispin. Aunque has despertado en mí un lado nada casto. Ansío mucho tus caricias.

CAPÍTULO 12

    El 30 de abril amaneció con un sol radiante. El río brillaba bajo la alegre luz matinal. Las primeras flores teñían de color los jardines y los pájaros cantaban dulcemente.
    Philippa se había levantado temprano para contemplar la salida del sol. Había bajado al jardín en camisón y se había mojado la cara con el rocío de la hierba. Luego, se puso a bailar descalza entre las plantas perfumadas y volvió a entrar en la casa. "Ojalá mamá estuviera aquí" -pensó. Pero en esa época del año Rosamund estaba ocupada contando los corderos, seleccionando el ganado y preparando el embarque de los tejidos de lana.
    Crispin St. Claire también se había levantado temprano. Desde la ventana de su alcoba, había visto una graciosa figura danzando entre las flores. Era Philippa. Mientras la contemplaba fascinado, se dio cuenta de que se había enamorado de la muchacha con quien iba a casarse en pocas horas. Esa revelación lo hizo sonreír y sentirse un poco tonto. Su novia le parecía una muchacha ingenua, pero, a la vez, muy sofisticada, y sabía que con el tiempo iría descubriendo otros aspectos de su personalidad.
    Banon entró en la alcoba de su hermana mayor, restregándose los ojos para despabilarse.
    – Nunca voy a recuperar el sueño perdido durante todos estos meses en la corte. ¿Puedo compartir el baño contigo?
    Abrió la boca en un amplio bostezo y, suspirando, se sentó en la cama.
    – Lucy fue a buscarnos algo de comer. Es un día perfecto, Bannie. El aire es cálido y fragante.
    – Estoy contenta de regresar a Otterly antes de que se desate la peste.
    – No hay peste todos los años.
    Lucy apareció con una pesada bandeja que colocó sobre la mesa de roble situada en el centro de la habitación.
    – Vengan, niñas, he traído el desayuno. Les prepararé el baño enseguida.
    Las dos hermanas se sentaron a la mesa y comenzaron a comer Había huevos con salsa de queso, crema y eneldo; jamón, pan fresco, mantequilla dulce y mermelada de cerezas. Había, además, potaje de avena, y miel y crema para añadir al cereal. Pese a los tres años pasados en la corte, Philippa no había perdido su buen apetito de campesina y Banon, por supuesto, la igualaba en voracidad. Comieron todo hasta no dejar ni una miga de pan.
    Los lacayos subían y bajaban las escaleras con baldes de agua. Habían sacado la enorme bañera de roble con bandas de hierro de un armario empotrado en la pared y la habían colocado frente al fuego. Cuando la bañera se llenó, Lucy echó el cerrojo a la puerta y se dispuso a aromatizar el agua.
    – No se te ocurra echar aceite de lirios. Bannie se va a bañar conmigo y no quiero que use mis fragancias.
    – A mi no me gusta el brío del valle, querida, me hace doler la cabeza.
    – Entonces, echaré rosas damascenas.
    – Te han crecido los senos -señaló Philippa a su hermana mientras subía a la bañera-. Eres dos años menor y son más voluminosos que los míos. ¡No es justo!
    – Los tuyos crecerán cuando dejes que tu esposo los acaricie con regularidad. No se agrandarán si solo los guardas para ti. ¡Ay, cómo te envidio! ¡Ojalá fuera mi noche de bodas!
    – ¡Si su madre las oyera! -se quejó Lucy.
    – ¿Y qué? Te aseguro que no armaría ningún escándalo -la desafió Banon-. Durmió con nuestro padrastro antes del matrimonio y fue la amante del conde de Glenkirk. Y hasta tu propia hermana quedó embarazada antes de la boda.
    – ¿Cómo saben esas cosas? ¡Si eran unas niñitas en esa época!
    – La gente no suele prestar atención a los niños, Lucy, pero escuchan todo.
    Muertas de risa, las hermanas se lavaron el cabello y el cuerpo. Cuando terminaron, salieron de la bañera y Lucy las cubrió con enormes toallas que había calentado junto al fuego.
    – Primero voy a vestir a la señorita Banon.
    La ayudó a ponerse las medias, las ligas y una camisa de seda de cuello redondo. El vestido era de brocado de seda rosa, con escote cuadrado y una guarda bordada con hilos de oro y plata. Las zapatillas estaban forradas con el mismo género que su pequeña cofia estilo Tudor, adornada con un velo corto de gasa transparente. Una sencilla cadena con una cruz de oro, rubíes y perlas rodeaba su delicado cuello.
    – ¡Ese color te favorece muchísimo! -opinó Philippa-. Debe de ser porque resalta tus ojos azules. Pese a que las dos tenemos el mismo color de cabello, a mí ese rosa no me queda nada bien.
    – Me muero de ganas de ver tu vestido. La tela que elegiste es bellísima.
    Philippa sonrió ante el comentario de su hermana. Ya se había puesto las medias y las enaguas, y Lucy se disponía a colocarle el corpiño del traje nupcial de brocado de seda color marfil. Las mangas eran anchas y abiertas. Estaban atadas con cordones de oro y se ajustaban en las muñecas. Los puños remataban en unos graciosos volados de encaje. El escote era cuadrado, decorado con una cinta bordada en oro y perlas. La falda del vestido se abría en la parte delantera para mostrar una enagua de terciopelo dorado y marfil, deliciosamente bordada.
    – ¡Oh, Philippa! -exclamó Banon maravillada-. ¡Eres una obra de arte! ¡Cómo me gustaría que te viera mamá!
    – En la primavera está demasiado ocupada y era imposible posponer mi casamiento, pues la reina quiere que seamos marido y mujer cuando viajemos a Francia.
    – ¿Es que nunca dejarás de servir a la reina?
    – Nunca.
    – Se rumorea que el rey está disgustado con Catalina porque no puede darle un heredero.
    – La princesa María será su sucesora. El rey no puede hacer nada a menos que la reina muera.
    – Dicen que Enrique podría divorciarse y desposar a otra mujer más joven y fértil. Muchos reyes lo han hecho con el fin de tener un heredero.
    – ¡Eso es imposible! El matrimonio cristiano dura hasta la muerte. Espero que no hayas repetido esas viles calumnias en la corte.
    Banon sacudió la cabeza.
    – Solo me limité a escuchar. Nada más.
    Se oyó un golpe en la puerta y lord Cambridge entró en la alcoba. Golpeándose el pecho con dramatismo y echándose hacia atrás, exclamó:
    – ¡Querida, estás espléndida! ¡Mereces ser inmortalizada por un gran artista! Hablaré con el conde.
    – Banon me dijo lo mismo -replicó Philippa. Se acercó a él y le dio un fuerte beso en la mejilla-. Gracias, tío Thomas, por todo lo que has hecho por mí. Este matrimonio es perfecto, y te lo debo a ti.
    – Veo que Crispin te agrada, mi pequeña, y quiero que seas feliz. Ya no le interesan solo las tierras. Creo que se ha enamorado de ti, Philippa, y es un buen hombre. No vacilaría en cancelar la boda si no estuviera plenamente convencido de ello. Prometí a tu madre que te cuidaría y sabes que ella es la persona que más quiero en el mundo. Jamás la defraudaría, y a ti tampoco. -Tomó un rulo de su cabello y lo besó.
    – Sí, lo sé -sonrió Philippa-. Pero, tío de mi alma, estás vestido con extrema sobriedad. ¿Dónde está el deslumbrante jubón bordado con hilos de oro y perlas? ¿Y las coloridas calzas de seda? ¿Y la bolera con incrustaciones de piedras preciosas? Hoy es mi fiesta de bodas y te apareces con una sencillísima casaca de terciopelo con mangas de piel. SÍ no fuera por esa aparatosa cadena de oro y ese medallón impresionante, no te reconocería. ¡Hasta los zapatos son discretos!
    – Hoy es tu día, tesoro. No quiero opacar a la novia, pero, eso sí, me he ocupado con empeño de los atavíos del novio. Ahora está en el salón con sus hermanas, que lloran y parlotean, y con el joven Neville. ¿Dónde están las joyas?
    – Estaba a punto de ponérselas cuando usted entró, milord -intervino Lucy. Colocó una gran sarta de perlas alrededor del cuello de su ama y prendió unos pendientes en sus orejas-. Ya está. ¿No lucen preciosas?
    – ¿Estamos todos listos? -preguntó lord Cambridge-. Tú también, Lucy, muévete.
    – ¿Yo? ¡Gracias, señor, gracias! Espere un segundo que vaya a buscar mi delantal.
    – ¡Date prisa, mujer! Los barcos están aguardando para llevarnos a Richmond. Ve tú primero, Banon. Philippa y yo te seguiremos en un momento. -Amablemente, acompañó a la niña hasta la puerta, dio media vuelta y miró a su sobrina mayor-. No soy la persona indicada para hablarte de estas cosas, querida, pero no hay nadie más a la vista.
    Lord Cambridge estaba muy incómodo.
    – Está bien, tío -rió Philippa-. Sé todo lo que se precisa saber sobre ese tema. La reina, las damas de honor, Lucy y Banon han tenido la gentileza de compartir sus conocimientos conmigo. Y la reina me advirtió que no es bueno dar demasiadas instrucciones a la novia.
    – ¡Gracias a Dios! -exclamó y respiró aliviado-. Creo que me habría desmayado antes de atreverme a hablar de un asunto tan delicado.
    – ¡Estoy lista, milord!
    Lucy había regresado, ataviada con un sencillo vestido de seda negra y un delantal de hilo y encaje.
    – ¡Entonces, vámonos! -ordenó Thomas Bolton.
    Cuando llegaron al salón, todos estaban esperándolos. El conde clavó la mirada en Philippa y ella le sonrió con labios trémulos. Lady Marjorie y lady Susanna alabaron el vestido con gran efusividad.
    – Queridos míos -anunció lord Cambridge-, llevaré a la ruborizada novia y a su doncella en el bote pequeño. Los demás irán en mi barca personal. Salgamos ya mismo, no hagamos esperar al sacerdote.
    Como siempre, lord Cambridge había planeado todo a la perfección. El río estaba quieto como el agua de un estanque. Las embarcaciones se deslizaban fácilmente por el Támesis rumbo al palacio de Richmond. En el muelle de piedra los aguardaba un solo lacayo, pues la mayor parte de la servidumbre se había trasladado a Greenwich junto con Sus Majestades. Uno de los sacerdotes de Catalina los esperaba en el altar y Philippa lo reconoció enseguida. Era fray Felipe.
    La novia se alejó del séquito nupcial y se acercó al padre.
    – Gracias por quedarse en el palacio para oficiar el sacramento, fray Felipe.
    – Es un honor, milady -replicó con fuerte acento español-. Su Majestad le tiene un gran afecto y sé que usted ha servido a la reina tan bien como su madre. -Le hizo una reverencia y agregó-: ¿Podemos empezar?
    El conde de Witton se paró junto a Philippa y tomó su mano, apretándola ligeramente. La miró y le sonrió. Lord Cambridge se colocó del otro lado de la novia mientras Banon, Neville, lady Marjorie, lady Susanna y Lucy se agolpaban alrededor del trío. En un momento la capilla quedó en silencio. Solo se escuchaba el murmullo de la voz del sacerdote que recitaba frases en latín.
    Cuando se esparció el dulce incienso sobre los novios, Philippa se sintió inmersa en un dulce sueño. Sus reacciones eran instintivas y repetía mecánicamente las palabras en latín que le había enseñado el padre Mata. Era el día de su boda. La ceremonia aún no había terminado y, de pronto, la acometió una oleada de pánico. ¿Estaba a tiempo de cambiar de opinión? El conde la calmó apretando suavemente su mano. ¿Estaba respirando? Abrió la boca para recibir la hostia. Repitió las palabras tal como le indicaba el sacerdote. Crispin deslizó un pesado anillo de oro y rubíes en su dedo. Fray Felipe unió las manos de la pareja con una cinta de seda mientras hablaba de la indisolubilidad del matrimonio. Finalmente, los bendijo y dio por terminada la ceremonia. Philippa era una mujer casada a los ojos de la ley inglesa y de la Sagrada Iglesia. Ya no era la señorita Meredith, sino Philippa, condesa de Witton. El conde la besó con dulzura y la capilla se inundó de risas y aplausos.
    – Ahora puedes respirar -le susurró Crispin al oído-. Ya estamos legítimamente unidos hasta que la muerte nos separe, mi pequeña.
    Ella le sonrió y le dijo mientras salían de la iglesia:
    – Fue como un sueño. Pensar que una joven se pasa la vida esperando este momento que dura menos que un suspiro.
    Lord Cambridge aguardó a que todos se fueran para entregarle una bolsita de monedas al prior.
    – Por favor, dele las gracias a Su Majestad por su generosidad con mi sobrina.
    – A Su Majestad le complace ver a sus doncellas bien casadas y este matrimonio es, sin duda, muy ventajoso para la joven. Se lo merece, milord, porque siempre se ha mantenido casta y ha manifestado una absoluta lealtad a la reina. Ojalá otros mostraran la misma devoción.
    – La carne es débil y los hombres son aun más débiles que las mujeres. Enrique es nuestro rey, pero también es un hombre, padre.
    – Es cierto -dijo lacónicamente y luego lo despidió con una reverencia-: Que tenga un buen día, milord.
    Thomas Bolton comprendió enseguida a quién se referían las palabras del sacerdote. Bessie Blount se había ido de la corte, pero el inminente nacimiento de su hijo -y del rey Enrique- era un secreto a voces. "Que el Señor se apiade de la reina si esa mujer da a luz a un saludable varoncito" -pensó Tom, que estaba al tanto de todos los rumores y chismes que circulaban en la corte. Se decía que el rey se sentía desdichado y empezaba a creer que Dios estaba disconforme con su matrimonio. Lord Cambridge se alegró de emprender muy pronto el regreso a Otterly.
    Apurando el paso, se dirigió al muelle y subió a la barca más grande. -Ajá, veo que nuestros tortolitos ya han partido. Después de la fiesta, les tengo reservada una linda sorpresa.
    – ¡Oh, tío, no seas malo y dinos de qué se trata! -suplicó Banon. -No, no. Lo anunciaré en presencia de Crispin y Philippa -declaró Tom con una risa maliciosa.
    – Cuando ríe así es porque algo maravilloso va a ocurrir -dijo Banon a Robert Neville- Es el hombre más generoso del mundo.
    En el banquete había ostras recogidas del mar esa misma mañana; bacalao en una salsa de crema condimentada con apio y eneldo, una enorme trucha sobre un colchón de berros y rodajas de limón y muchos otros majares. Los panes recién salidos del horno habían sido moldeados en formas graciosas y podían untarse con mantequilla dulce. Había dos tipos de quesos: un brie francés y un cheddar inglés.
    – Jamás vi un festín igual en mi vida -susurró lady Marjorie a su hermana-. Thomas Bolton me resulta un tanto extraño, pero debo admitir que es un anfitrión insuperable.
    Luego, se sirvieron los postres: gelatinas, violetas caramelizadas, fresas con una espesa crema de Devon y barquillos de azúcar regados con vino. Por último, se hicieron varios brindis por la salud y felicidad de la pareja.
    Caía la tarde y, en un momento dado, lord Cambridge se puso de pie.
    – Ahora, queridos míos, tengo una sorpresa para ustedes. Banon, Robert, lady Marjorie y lady Susanna me acompañarán a mi casa de Greenwich. Los baúles ya han sido empacados y despachados. Y también he enviado a los sirvientes. Propongo despedir a los novios y partir de inmediato. -Y dirigiéndose a Philippa dijo con gran satisfacción-: Pueden disponer de mi casa a su antojo, tesoro.
    – ¡Greenwich! -gritó lady Marjorie-. ¡Allí está la corte en pleno!
    – Así es. Y mañana es el Día de la Primavera, la fiesta preferida del rey. No se imaginan cuan grandiosas son las celebraciones de la primavera en la corte. Mi casa queda muy cerca del palacio y estamos todos invitados.
    – ¡Qué maravillosa noticia! -exclamó lady Marjorie con los ojos desorbitados.
    – Y cuando se hayan hartado de la juerga, mis queridas damas, pueden volver a mi casa. Mi pupila, el joven Neville y yo partiremos rumbo al norte, a Otterly.
    – Tío Thomas… -empezó a decir Philippa, pero se interrumpió.
    – No me agradezcas nada, pequeña -ronroneó lord Cambridge con un brillo en sus ojos azules.
    Philippa se echó a reír.
    – No pensaba agradecerte. Crispin y yo nos marcharemos a Brierewode mañana.
    – Lo sé, pero mereces gozar de privacidad por el resto del día. ¿O quieres que tus cuñadas te miren con ojos maliciosos cuando te retires al tálamo nupcial? -murmuró en voz muy baja-. Banon, Robert y yo volveremos pronto, pero nos quedaremos unos pocos días, y después emprenderemos el regreso definitivo a Otterly.
    – Voy a extrañarte, tío. La vida es más divertida cuando estás cerca.
    – Te veré cuando vayas a Friarsgate con tu esposo, y también en la boda de Banon, que, lo juro, será tan espectacular como la tuya. Aunque lo más importante es el gran amor que sienten. Lo has notado, ¿verdad?
    – ¿Cómo podría notarlo?
    – ¿No observaste cómo la miraba Robert en la capilla, querida? Es un hombre enamorado que se entrega con todo el corazón.
    – No entiendo ese tipo de amor, aunque he tenido un buen ejemplo en mamá. ¿Qué se siente, tío? -Philippa parecía realmente confundida.
    – Lo sabrás cuando lo experimentes en carne propia. Bien, espero que me cuentes hasta el mínimo detalle de tu viaje a Francia cuando nos veamos -dijo inclinándose para besarle la frente. Luego, ordenó a sus invitados-: ¡Despídanse de Philippa y Crispin! La barca nos está esperando.
    Banon abrazó a su hermana.
    – La pasé muy bien contigo, Philippa. Nos veremos en mi boda. -Las hermanas se besaron y, acto seguido, Banon se acercó a su flamante cuñado-: Adiós, milord. Estoy muy contenta de que vengas a visitarnos a Otterly. ¡Les deseo un buen viaje!
    El joven Neville saludó a los novios, seguido por lady Marjorie y lady Susanna, que lloraron mientras abrazaban a Philippa y a su hermano. Lord Cambridge fue el último en despedirse.
    – Lucy se quedará en casa e irá con ustedes. Crispin y yo ya organizamos todo el viaje. ¡Adiós, dulzura! ¡Que seas muy feliz! Nos vemos en octubre.
    Encabezados por Thomas Bolton, todos los invitados se retiraron del salón.
    Los novios permanecieron en silencio un rato y luego Philippa corrió a una de las ventanas que daban al Támesis. Vio cómo todos iban subiendo al barco. Antes de embarcar, Thomas Bolton giró y la saludó con la mano. Philippa estalló en un llanto incontrolable, ante la mirada de asombro de su flamante esposo.
    – ¿Qué te pasa, pequeña? -preguntó y, tras unos segundos de vacilación, la estrechó en un tierno abrazo.
    – Me doy cuenta de que mi niñez se ha ido para siempre. Sentí algo parecido cuando vine a la corte, pero en esa época todavía tenía a mi familia. ¡Ahora estoy sola! -Apretó su cara contra el hombro aterciopelado.
    – No has perdido a tu familia, tontuela -la consoló el conde riendo-. Siempre contarás con ellos, aunque seas mi esposa. Y se irá agrandando cuando tengamos nuestros hijos. No llores, Philippa.
    Philippa sollozaba ruidosamente. Alzó la vista y lo miró. Las pestañas, empapadas por el llanto, parecían pequeñas púas filosas. Las lágrimas inundaban sus ojos color miel y dejaban surcos en sus mejillas.
    – ¡No soy una tonta! -gritó con toda la dignidad de la que era capaz.
    – Pero eres inexperta -dijo Crispin con voz calma-, y así debe ser, Eres una novia joven que acaba de ver partir a su familia y se ha quedado sola con un hombre que apenas conoce. Pero así es el mundo en el que vivimos, Philippa. Tendrás que aprender a confiar en mí, pues estaremos juntos hasta la muerte.
    – Me emocionó ver al tío Tom saludando con la mano. Tras la muerte de mi padre, él vino a casa para escoltar a mamá hasta la corte. Era muy distinto de todos los hombres que habíamos conocido.
    – Me imagino -rió el conde.
    – Pero era tan bondadoso -continuó Philippa-. Tom y mamá llegaron a quererse como si se hubieran conocido de toda la vida. Maybel y Edmund también le tomaron mucho cariño, así que muy pronto pasó a formar parte de nuestra familia.
    – Tenía propiedades en el sur del país, ¡verdad?
    – Sí, pero las vendió y compró la casa de nuestro tío abuelo Henry. Pero no quiero aburrirte con esa larga historia.
    – Me gustaría escucharla.
    – Entonces vayamos al jardín y te la relataré. Y después me hablarás de tu vida y tu familia. -Dio media vuelta y se sobresaltó cuando Crispin le tomó la mano-. Es una lástima perdernos un día tan lindo.
    Salieron al jardín y se sentaron bajo el cálido sol. Philippa le contó a Crispin cómo el tío Henry había intentado robarle Friarsgate a Rosamund, la heredera legítima, y cómo su madre, con la ayuda de Hugh Cabot, Owein Meredith, Thomas Bolton y Logan Hepburn, había logrado desbaratar los perversos planes de su tío y su familia.
    – Tu madre es una mujer muy valiente y astuta. Espero que hayas heredado sus virtudes, Philippa.
    – La gran pasión de mi madre siempre ha sido Friarsgate. Bueno, no siempre, en realidad. Una vez amó tanto a un hombre que estaba dispuesta a abandonar sus tierras. Pero el destino no lo quiso así.
    – ¿Otra historia para contar? -preguntó el conde sonriéndole.
    – En otro momento. ¡Tengo tantas anécdotas de mi familia!
    – La mía, en cambio, es un tedio comparada con la tuya.
    – Crispin, antes de viajar a Cumbria en otoño debes decirme con total sinceridad si quieres realmente renunciar a Friarsgate. Es una herencia muy tentadora y, si bien yo no deseo esas tierras ni asumir las responsabilidades que implican, quizás a ti te interesen.
    – No, ya te dije que Brierewode y Melville me mantendrán muy ocupado. Iremos a la corte mientras disfrutes de esa forma de vida. Te he dado mi palabra y la cumpliré. Pero no viviremos allí como la mayoría de los cortesanos. Mis campesinos y arrendatarios necesitan de mi presencia y mi protección. Me preocupo por Brierewode tanto como tu madre por Friarsgate.
    Se levantó un ligero viento procedente del río. El sol comenzaba a caer. Bajo los jardines, en el Támesis, ya no quedaba ninguna embarcación.
    – Es mejor que entremos -dijo el conde ayudándola a levantarse del banco de mármol donde se habían sentado- Lord Cambridge fue muy amable al invitar a mis hermanas a pasar unos días en Greenwich. Ellas son mujeres del campo que llevan una vida sencilla. Marjorie tiene seis hijos; Susanna, cuatro. Sus esposos son un tanto aburridos, pero buenas personas.
    Tomados de la mano, cruzaron el jardín y entraron en la casa. No quedaban rastros de la fiesta en el salón y el fuego ardía en la chimenea. El ayudante principal del mayordomo apareció en el salón e hizo una reverencia.
    – Les hemos preparado una pequeña colación. Sobre la mesa tienen carne fría, pollo, pan, mantequilla, queso y tartas de frutas. ¿Prefieren servirse ustedes mismos?
    – Sí, Ralph, gracias -dijo Philippa-. ¿Dónde está Lucy?
    – ¿Milady requiere su presencia?
    ¡Milady! ¡Ahora era milady!
    – Ahora no, pero la necesitaré más tarde.
    – Le avisaré de inmediato, milady. Está cenando en la cocina -informó Ralph y, tras hacer una reverencia, se retiró.
    – ¿Quieres comer ahora? -preguntó Philippa al conde.
    – Todavía no. Tengo ganas de jugar al ajedrez contigo.
    – ¡No, milord! Sería injusto que te ganara en nuestro día de bodas.
    – Nuestra noche de bodas, querrás decir -le recordó con una sonrisa picara y las mejillas encendidas.
    – ¡Ah, veo que piensas jugar sucio! -lo retó.
    – Dicen que en el amor y en la guerra, todo está permitido.
    – ¿Y lo nuestro qué es? ¿Amor o guerra?
    – ¡Buena pregunta, pequeña!
    – ¿Por qué me dices "pequeña"?
    – Porque eres baja de estatura y más joven que yo.
    – Me agrada.
    – Bien. Trataré de agradarte todo lo que pueda.
    – Y yo también. Traeré el tablero y las piezas.
    El conde se acercó a ella.
    – Promete que ganarás sin humillarme. -Posó los labios en su cabeza y cuando ella, sorprendida, alzó la vista, le dio un beso prolongado. Rodeó su delgada cintura con el brazo y la atrajo hacia él.
    Philippa reculó instintivamente, pero enseguida recordó que era su esposo. Observó sus ojos grises, que la miraban serios, y no pudo descifrar sus emociones.
    – No eres hermoso, pero me gusta tu rostro.
    – ¿Por qué? -inquirió el conde. Luego aferró su mano y comenzó a besarle los dedos.
    – Irradia fuerza y nobleza -afirmó, asombrada de sus propias palabras.
    – ¡Qué hermoso cumplido, pequeña! -sonrió y le recordó-: Prepara el tablero, señora.
    Se sentaron y comenzaron a jugar. Como siempre, Philippa no tardó en ganar una posición ventajosa, capturando las torres y la reina.
    – Eres demasiado impaciente -opinó ella-. Tienes que observar el tablero y pensar con anticipación tres jugadas, por lo menos.
    – ¿Cómo? ¡Si no sé qué pieza vas a mover tú!
    – ¡Crispin! -se exasperó-. Hay una cantidad limitada de movimientos en cada jugada. Debes calcular mentalmente cuáles son esos movimientos y decidir cuál es el mejor de todos.
    AI conde lo sorprendió la explicación.
    – ¿Tú haces eso? -preguntó sabiendo la respuesta.
    – Sí. No me gusta perder. Tendrás que dejar que te enseñe, pues eres un oponente muy fácil. No me divierte jugar con alguien a quien sé que le voy a ganar.
    – ¿Nunca te dijeron que es poco femenino vencer a un hombre en el ajedrez?
    – Sí, ya me lo advirtieron. Pero la reina jamás deja que el rey la derrote con facilidad y la mayoría de las veces gana ella. Solo sigo el ejemplo de Su Majestad, milord. No soy ni seré nunca como esas mujeres alborotadas de la corte.
    – Por supuesto que no. Pero, a veces, las mujeres inteligentes que se jactan de su superioridad intelectual no ven lo más evidente. Jaque mate, mi querida condesa -remató con una sonrisa triunfante mientras capturaba al rey.
    Philippa miró el tablero azorada, pero al instante se echó a reír y a aplaudir.
    – ¡Brillante, milord, te felicito! Comienzo a descubrir que tienes más virtudes de las que imaginaba.
    – Poseo muchas virtudes, por cierto -declaró con absoluta seriedad. Luego se puso de pie y estiró los brazos-. Es hora de comer, no podemos postergar indefinidamente lo inevitable. -Tomándola de la mano, la condujo a la mesa y, con gesto galante, corrió su silla para que se sentara.
    Philippa asintió ruborizada. La sola mención de la noche que la esperaba le había quitado el hambre. Crispin comía con buen apetito, sin dejar de observarla mientras ella pinchaba un trozo de pollo o bebía de un trago media copa de vino. Se dio cuenta de que la joven estaba asustada, aunque ignoraba cuan intenso era ese temor. Philippa era virgen, y al conde no le agradaba la idea de desflorar a una virgen aprensiva. No obstante, debería hacerlo esa misma noche. Él estaba seguro de que lord Cambridge querría comprobar la pérdida de la virtud de Philippa para asegurarse de que el matrimonio se había consumado. Vació de un trago su copa de vino. Esa noche debía impartir una lección de diplomacia y estrategia. Esperaba estar a la altura de las circunstancias.

CAPÍTULO 13

    Cuando terminaron de comer y los sirvientes despejaron la mesa, se produjo un largo e incómodo silencio entre los recién casados.
    – Creo que deberíamos retirarnos, querida. Me quedaré en el salón. Cuando estés lista, dile a Lucy que avise a mi criado -ordenó el conde en un tono calmo que, sin embargo, no admitía réplica. Luego, se puso de pie, tomó la helada mano de Philippa y la besó-. Mi paciencia tiene un límite, pequeña.
    Ella se inclinó en una reverencia; el color había desaparecido de sus mejillas, parecía mareada. Tras una profunda inspiración, le respondió: -Trataré de no hacerte esperar. Cuando Philippa entró a su alcoba, gritó asombrada:
    – ¡Lucy! ¿Qué pasó aquí?
    – Fue idea de su tío. Los sirvientes redecoraron la habitación siguiendo instrucciones precisas de lord Cambridge. Dijo que los novios debían comenzar su vida en común en un terreno neutral y que el escenario de su noche de bodas no podía ser de ninguna manera el cuarto de su infancia, milady.
    Philippa miró a su alrededor. Los cortinados de terciopelo rosa de la ventana y de su antigua cama habían sido reemplazados por otros color borravino. Las alfombras persas eran de un rojo y un azul intensos. Los muebles eran los mismos, con excepción de una enorme cama, donde cabían cómodamente dos personas, rodeada por cortinas sujetas por unos brillantes aros de bronce.
    – Bien, ha logrado su objetivo -reconoció riendo-, pero me gustaba el viejo terciopelo rosa, pero el tío Thomas es la persona más sensible y atenta que conozco. A nadie, ni siquiera a mi madre, se le hubiese ocurrido una idea tan extravagante.
    – El adora a sus sobrinas. Vamos, milady, no perdamos más tiempo.
    Philippa sonrió a la doncella.
    – Me resulta extraño que me digas "milady".
    – Ahora es la condesa de Witton, milady -replicó la doncella con orgullo. Estaba muy concentrada en su laboriosa tarea. Desató los cordones de las mangas, le sacó el corpiño y lo apartó a un lado. Luego, desanudó la falda y las enaguas, que cayeron al suelo.
    La condesa abrió el cofre de las joyas y guardó los pendientes y la sarta de perlas. Luego se sentó en una silla y se lavó las manos y el rostro. Mezcló polvo de piedra y menta en un lienzo y se frotó los dientes. Repitió mecánicamente todos los pasos que solía dar antes de acostarse. Pero esa noche sería distinta: habría un hombre en su cama.
    – Muy bien, ya está lista, milady -dijo la criada, y se retiró de la habitación haciendo una reverencia.
    – El cabello… -murmuró Philippa-. Bueno, tendré que peinarme sola -rió.
    Sentada frente a la ventana que miraba a los jardines, comenzó a cepillarse. Maybel y su madre le habían enseñado que debía darse cien cepilladas todas las mañanas y todas las noches. Las cerdas se movían a un ritmo constante a través de su larga y ondulada cabellera.
    Contempló el paisaje. La luna estaba en cuarto creciente y, junto a ella, había una estrella. Era un espectáculo maravilloso. "¿Por qué no será así siempre?". De pronto, se abrió la puerta y escuchó los pasos del conde entrando en la alcoba.
    Ella no se dio vuelta, pero su mano se detuvo en el aire, a la altura de la nuca. Sin decir una palabra, Crispin tomó el cepillo y lo deslizó por su melena caoba. Inmóvil y en silencio, la joven respiraba con dificultad.
    – ¿Ya llegamos a las cien? -preguntó el conde.
    – Perdí la cuenta, pero creo que sí, o más.
    – Entonces hemos terminado. Tienes un cabello hermoso. -Tomó un mechón, se lo llevó a los labios y lo besó.
    Se sentó junto a su esposa y le ciñó la cintura con los brazos. La muchacha dio un salto y él aflojó un poco la presión. Desnudó su cuello y lo besó amorosamente. Philippa sintió un ligero escalofrío. El conde comenzó a desatar las cintas de la camisa.
    – No, por favor -suplicó, oprimiendo sus manos contra las de Crispin.
    – Solo quiero acariciar tus dulces senos, pequeña -le susurró al oído, y le besó el lóbulo de la oreja.
    – Estoy asustada.
    – ¿De qué?
    – De todo esto. De ti. De lo que pasará esta noche. -Las palabras salían con torpeza de su boca.
    – Sólo estoy acariciándote. -Crispin logró liberarse de las manos de Philippa, le abrió la camisa y tocó su seno-. Soy tu marido, pequeña, no hay razón para que tengas miedo de mí. Debemos consumar el matrimonio para que tu familia quede satisfecha. De lo contrarío -agregó jocoso-, robaré tu dote y te dejaré por no haber cumplido con tus deberes conyugales.
    – Jamás harías algo así -se enojó Philippa-. Eres un caballero honorable.
    – Me alegra que tengas esa opinión de mí, pequeña -sonrió Crispin-. Soy un hombre honorable y, precisamente por eso, aceptarás que hoy se consume nuestra relación. Vamos, no temas. Uniremos nuestros cuerpos y nos brindaremos al placer.
    – ¿Y por qué tiene que ser esta noche? ¿No podemos esperar un poco más?
    – ¿Cuánto tiempo más quieres esperar? -rió el conde.
    – No lo sé.
    – Tiene que ser esta misma noche. Cuanto más lo posterguemos, más miedo sentirás. En cambio, si lo hacemos ahora mismo, verás que no es tan terrible e incluso es probable que quieras repetirlo más de una vez.
    – La reina, y también la Iglesia, dicen que la única finalidad de la unión entre los esposos es la procreación, milord.
    – Ni la reina ni la Iglesia se meterán hoy en nuestra cama, Philippa -repuso el conde con voz firme-. ¡Solo estaremos tú y yo! -y le dio un fogoso beso.
    Primero, la joven mantuvo sus labios sellados, pero luego se doblegó. El conde introdujo su lengua hasta tocar la de su amada, y la acarició con frenesí. La besó hasta dejarla sin aliento. Ella se estremeció; de pronto, rodeó con sus brazos el cuello de Crispin.
    – Me gusta que me beses -murmuró.
    – Estás hecha para ser besada, acariciada y amada, pequeña. Puedo ser un perfecto caballero mientras no te toque, pero cuando te estrecho en mis brazos y saboreo esos dulces senos que tienes, soy capaz de perder el control, Philippa. Ninguna mujer me excitó tanto.
    Philippa adivinó la pasión del conde en sus ardientes ojos grises.
    – Te deseo -repitió el conde- y me alegra que me hayas obligado a esperar hasta este momento. Quedaremos extasiados de tanto placer.
    Philippa sintió que sus huesos se derretían; no tenía fuerzas para moverse ni emitir palabra. Crispin la paró frente a él y le quitó la camisa. Sintió cómo la seda se deslizaba por sus caderas, sus muslos, sus piernas. Se sintió frágil, desnuda ante ese hombre. No sabía dónde mirar, tenía un nudo en la garganta.
    A excepción de unas pocas mujeres, nadie la había visto desnuda. ¿Qué diría la reina? ¿Alguna vez se habría mostrado desnuda ante el rey? Probablemente no, supuso, pues Catalina jamás se sacaba la camisa, ni siquiera para bañarse.
    – No es justo -se quejó-. Te estás aprovechando de mi inocencia.
    – Es cierto -admitió el conde-. Ya mismo me quitaré la ropa para estar en igualdad de condiciones, -Se desnudó y arrojó las prendas junto a las de ella-. Voila.
    En un acto reflejo, la joven se cubrió los ojos con ambas manos.
    – ¡No, milord! Las velas están encendidas. Hay demasiada luz en la habitación.
    Crispin apartó las manos de su rostro, pero los ojos de Philippa permanecían cerrados.
    – ¿Por qué cierras los ojos? -preguntó el conde.
    – Porque no llevas nada puesto, milord. No es correcto que veamos nuestros cuerpos desnudos. La Iglesia dice que Dios nos dio la ropa para cubrir nuestra vergüenza.
    – Será más difícil hacerte el amor si estás vestida, Philippa -explicó el conde-. Además, si la finalidad de nuestra unión ha de ser la procreación, como nos enseña la Iglesia, es necesario que estemos desnudos. -Sintió ganas de reír pero no lo hizo. Maldijo a la reina española y su beata mojigatería, y comprendió la frustración del rey. ¿Cuánto tiempo había estado Philippa bajo la influencia de Catalina? ¿Tres, cuatro años? Aunque Crispin sabía que era imposible borrar en una sola noche todas las tonterías que le había inculcado la reina, decidió hacer el intento.
    – ¡Abre los ojos! ¡Soy tu esposo y me debes obediencia! -ordenó el conde.
    Sobresaltada por la severidad de su voz, la joven abrió sus ojos color miel y los fijó en un punto situado por encima del hombro de su flamante esposo.
    – Sí, milord -susurró ruborizada y dio un paso hacia atrás.
    Con una brusca y veloz maniobra, Crispin la arrastró hacia él y la abrazó.
    Philippa forcejeaba inútilmente contra el cuerpo sólido de su marido.
    En un momento, sus miradas se encontraron y Crispin procedió a explicarle cada detalle de lo que harían a continuación:
    – Ahora, Philippa voy a acariciar cada pulgada de tu delicioso cuerpo y tú, del mío. Nos besaremos, y cuando se encienda la pasión nos uniremos como marido y mujer. Eso puede servir a la procreación, pero también provocar placeres insospechados, y no hay nada malo ni pecaminoso en ello. Lamento que la reina no haya experimentado jamás esos placeres. Pero tú, pequeña, los sentirás en cada fibra de tu ser.
    – Su Majestad asegura que la esposa debe rezar el rosario y orar sin cesar mientras el marido está montado sobre ella.
    – ¡Nada de rosarios ni plegarias! El único sonido que escucharé de tus labios serán gritos de júbilo y súplicas para que no me detenga. ¿Comprendes, Philippa?
    El conde calzó sus vigorosas manos en el trasero de la joven, y comenzó a acariciarle las nalgas.
    Sobresaltada, trató de liberarse de esas garras que la apretaban contra él. Era imposible. De pronto, sintió que algo duro presionaba su vientre y el estupor fue aún mayor.
    – ¡Oh! -jadeó Philippa. Intentó alejarse de él, pero fue en vano-. ¿Crispin?
    – ¿Qué? -preguntó. Sus ojos irradiaban una inmensa felicidad.
    – Por favor…
    – ¿Por favor qué?
    – ¡Eres muy cruel! -exclamó mientras una lágrima rodaba por su mejilla.
    El conde lamió la lágrima. La muchacha comenzó a temblar. El gestito le pareció lo más sensual que había experimentado en su vida.
    – Sí, A veces un hombre debe ser cruel para ser gentil -dijo Crispin.
    – No lo comprendo.
    – No, ahora no comprendes nada, querida, pero ya entenderás.
    La alzó y la depositó en la cama con delicadeza.
    Ya no podía seguir apartando la vista, y se atrevió a mirarlo. Crispin tenía un cuerpo tan esbelto como las estatuas del jardín de lord Cambridge y, por cierto, mucho más hermoso que su rostro. Cuando se acostó sobre ella, la joven lanzó un suave gemido.
    El conde había notado la expresión de admiración de Philippa, aunque sus ojos no habían siquiera vislumbrado su virilidad. Con sumo cuidado, Crispin se colocó en una posición que no la lastimara. Comenzó a besarla de nuevo. Tenía deseos de penetrarla, pero sabía que su esposa aún no estaba lista, y decidió esperar. Quería que la pérdida de la virginidad fuera lo menos dolorosa posible para ella. Le besó los labios y el rostro y vio con satisfacción cómo Philippa le devolvía sus besos tímidamente y lo rodeaba con sus brazos. En un momento dado, la hizo girar en la cama de modo que él quedara debajo de ella. Philippa lanzó un chillido de asombro, pero no protestó. La tiró hacia delante hasta que los senos de la joven quedaron a la altura de su boca. Primero hundió el rostro en la hendidura entre esos dos deliciosos frutos y luego, incapaz de contener su ardor, le lamió los pezones, primero uno, después el otro, hacia atrás y hacia delante, hasta que ella emitió un gemido casi inaudible. Crispin apretó con sus labios una de esas tentadoras fresas y comenzó a succionarla con vigor, escuchó un grito, pero esta vez era de placer. Cuando exprimió al máximo el primer pezón, pasó al segundo y lo atizó con deleite, mientras ella subía y bajaba la cabeza, sacudiendo su roja cabellera.
    – ¡Esto está mal! -jadeó Philippa.
    El travieso conde le mordió el pezón.
    – ¡Ay, Crispin! -exclamó, pero no exigió que se detuviera. Haciéndola girar nuevamente, se puso encima de ella y comenzó a lamerle el cuerpo con su carnosa lengua. Se detuvo en la garganta, para sentir cómo se aceleraba el pulso bajo sus caricias; luego, pasó a los hombros, los brazos, las manos… Luego, deslizó la lengua por su bello torso y besó la suave curvatura de su vientre. Quería saborear el néctar de su virgen femineidad, pero temía que su joven e inocente esposa se asustara al sentir una pasión tan intensa. Entonces, se acostó junto a ella y la abrazó, mientras su mano exploraba su intimidad. Le acarició el monte de Venus y luego metió un dedo entre los húmedos labios.
    – ¡No! ¡No debes hacer eso! -exclamó Philippa.
    – Sí, lo haré. -Tocó su pequeña gema y comenzó a atizarla, primero despacio y luego con insistencia, sonriendo al oír los gemidos que su mujer no lograba ahogar.
    ¿Qué estaba haciendo? ¿Y por qué era tan… tan… maravilloso? No, debía detenerlo. Eso estaba muy mal. El propósito de la unión carnal era, pura y exclusivamente, la procreación. Pero, por cierto, todavía no se había producido la unión carnal. Una ráfaga de placer estremeció su cuerpo y la aturdió tanto que al principio no se dio cuenta de que el conde había introducido uno de sus dedos.
    Entretanto Crispin maldecía para sus adentros, la joven era demasiado estrecha. Con la punta del dedo tocó el himen. Estaba intacto, lo que probaba su inocencia. Empujó un poco más y entonces Philippa, plenamente consciente de lo que estaba sucediendo, pegó un grito.
    – ¡Nooo!
    – Sí, pequeña, llegó el momento -dijo, y al instante estaba montado sobre ella. Logró separar los muslos que oponían resistencia y se colocó en posición de ataque. Había querido penetrarla desde el momento en que había entrado en la alcoba. Crispin podía sentir cómo su miembro rígido como una piedra latía a causa de la ansiedad por iniciar la batalla. Comenzó a moverse para penetrarla.
    – ¡No! -bramó Philippa-. ¡No!
    Pese a las protestas, la joven estaba húmeda a consecuencia del placer que le prodigaba su esposo. El conde la apaciguó con gestos y palabras tiernas. Y continuó empujando. Despacio, despacio. Cuando metió la punta, sintió una fuerte opresión en su virilidad. Siguió penetrándola hasta que se topó con la barrera de la virginidad. Entonces se detuvo.
    – No soporto más -sollozó-. Es demasiado grande. Me lastimarás.
    No podía decirle nada que la aliviara y él lo sabía muy bien. Debía apresurarse a romper su virginidad. Empujó con violencia y sintió cómo se desgarraba la delgada membrana.
    Philippa gritó, pero no de dolor sino más bien de asombro. Cuando Crispin la llenó, la joven experimentó una sensación que nunca había imaginado. Él se movía dentro de ella, murmurando palabras dulces y excitándose cada vez más, hasta que el deseo comenzó a obnubilarle la razón. De pronto, ella se relajó y sintió un irrefrenable impulso de entregarse a la pasión. Cerró los ojos y fue embestida por una ráfaga de placer, un arrebato embriagador que le resultaba absolutamente nuevo y desconocido. Crispin aflojó la presión que ejercía sobre ella y entonces Philippa abrazó su largo y delgado cuerpo y comenzó a acariciarlo.
    – ¡Rodéame con tus piernas, pequeña! -jadeó el conde.
    Obedeció mientras él empujaba para penetrarla cada vez más hondo.
    – ¡Oooh, Crispin! -suspiró.
    ¡Por todos los santos, cómo pudo haber sentido miedo de una experiencia tan maravillosa! ¡Era el paraíso en la tierra! ¡Un milagro divino! ¿De modo que así era cómo se concebían los hijos?
    Volvió a suspirar. Un estremecimiento surgió de lo más profundo de su ser y agitó violentamente cada fibra de su cuerpo. Turbada por esa nueva conmoción, lanzó un grito, que al instante fue sofocado por una agradable sensación de bienestar. El conde la colmó con su cálido fluido y emitió un prolongado gemido de placer y de alivio. Luego, se tendió junto a ella y la abrazó mientras besaba su rostro, sus labios, sus ojos.
    – ¡Mi pequeña, mi pequeña! Gracias por regalarme tu inocencia y darme tanto placer. Espero haberte satisfecho yo también.
    – Olvidé decir mis oraciones. No podía pensar en nada mientras me hacías el amor. Será mejor que no se lo cuente a la reina.
    El conde de Witton estalló en una carcajada.
    – Señora, te prohíbo rezar mientras hacemos el amor. Dios se apiade de la reina que nunca ha conocido la pasión.
    – Al principio me dolió -confesó la joven.
    – Es normal que duela al principio. ¿No lo sabías? Tal vez no te lo dijeron para no asustarte.
    – Pero después fue maravilloso, como estar en otro mundo. Sentí que volaba, créeme. ¿Cuántas veces lo haremos?
    – Todas las veces que desees, pequeña. Pero ahora vamos a dormir. Mañana partimos a Brierewode y en unas semanas viajaremos a Francia. Ha sido un día largo. Tienes que descansar; yo me quedaré junto a ti para protegerte. A partir de esta noche dormiré a tu lado.
    – ¡Qué bien! Mis padres siempre dormían juntos, y mamá y Logan Hepburn también.
    Philippa tiró del cobertor para cubrirse y cubrir a su esposo. No tenía sentido levantarse a buscar el camisón. Arropó bien al conde, que sintió ternura por ese gesto maternal. Comenzaba a convencerse de que había hecho un excelente trato con lord Cambridge. Se acurrucó junto a su bella esposa, sintió el roce de su tupida cabellera caoba. Por fin se quedaron dormidos.

    Crispin se despertó antes del amanecer en los brazos de su esposa. La observó con detenimiento: era una criatura encantadora. Su piel era hermosa y su cuerpo, magnífico. El mero hecho de mirarla lo excitó. Acarició suavemente las curvas de ese cuerpo tendido junto a él.
    Philippa abrió los ojos. Al principio estaba desorientada, pero luego recordó dónde se encontraba. Miró al conde y la atmósfera de intimidad que los rodeaba la hizo sonrojar. Sin decir una palabra, el conde se subió encima de ella, que, lejos de protestar, estaba ansiosa por volver a hacer el amor. Lo rodeó con sus brazos y lo atrajo hacia sí mientras él penetraba lentamente en su cuerpo anhelante.
    – ¡Aaah, qué placer! -exclamó Philippa.
    – Dime qué sientes cuando estoy dentro de ti.
    – Es difícil de explicar. Me gusta desde el momento en que entras en mi cuerpo. Cuando me llenas con tu virilidad, siento deseos de fundirla con mi carne y no dejarla salir nunca. Es como si perdiera mi identidad al unirnos en un solo ser.
    – A mí me provoca una sensación de inmenso poder -admitió Crispin-. ¡Oh, pequeña, es tan irresistiblemente dulce estar dentro de ti! -murmuró, y luego la besó.
    La besó hasta que la cabeza de Philippa comenzó a girar. El roce de sus labios, su miembro la colmaban de una dicha tan increíble que era casi insoportable. Sintió cómo su hombría latía dentro de su cuerpo y comenzó a gemir de deseo. Sentía una necesidad imperiosa de ser poseída.
    – ¡No te detengas, no te detengas! -imploró.
    Crispin comenzó a moverse a un ritmo cada vez más acelerado. Philippa sacudía frenéticamente la cabeza en la almohada y el conde contemplaba extasiado su rostro ávido de pasión. Empujó con más fuerza hasta que ella empezó a gritar de placer.
    Philippa anudó sus piernas en torno a él para permitirle una penetración más profunda. El vértigo era increíble, y por primera vez logró comprender la pasión de su madre. Aún podía mantener cierto control, aunque el placer se acrecentaba cada vez más hasta que sintió que estaba a punto de desfallecer. No se inquietó. Lo único que le importaba era saciar su deseo. Su cuerpo comenzó a agitarse como si fuera a explotar.
    – ¡Crispin! ¡Crispin! -gritó. Y entonces su conciencia fue absorbida por un oscuro torbellino de ardiente placer.
    El conde la escuchó gritar su nombre, pero estaba hipnotizado por las extrañas emociones que lo asaltaban. Su miembro se hinchaba y crecía dentro de ella, causándole sensaciones dolorosas e intolerables, hasta que, por fin, brotó el ardiente tributo en sucesivos torrentes. Por un momento, pensó que ese manantial jamás se agotaría. Desconcertado por la extrema voluptuosidad que su joven esposa había provocado en él, se preguntó si acaso siempre sería tan deliciosamente perversa. Y rogó a Dios que así fuera, aunque lo terminara matando.
    Al rato se quedaron dormidos, con sus cuerpos exhaustos, desparramados a lo ancho de la cama y con las piernas entrelazadas.
    Philippa fue la primera en despertarse, el sol ya había salido y los pájaros cantaban sus coplas de mayo. Estudió el rostro de su esposo y se ruborizó al recordar el reciente arrebato. Tenía un cuerpo fuerte y vibrante. Dirigió la mirada hacia su masculinidad y se sorprendió de la diferencia de tamaño, comparada con el estado anterior.
    – Ahora está agotada, pero ya se recuperará -aseguró el conde sin abrir los ojos.
    – ¡Oh! -se asustó Philippa al ser descubierta examinando atentamente su miembro-. Es la primera vez que veo el cuerpo de un hombre.
    Crispin sonrió y abrió sus ojos grises.
    – Espero no haber defraudado tus expectativas.
    – En realidad, no tenía ninguna expectativa, milord. Pero, para tu tranquilidad, juro que lo que he visto no me ha desilusionado en lo más mínimo.
    – En otro momento te enseñaré a acariciarlo, Philippa. Es increíble lo que puede lograr la mano de una bella mujer. Pero ahora hay que levantarse, pequeña, aunque esos adorables senos tuyos me están tentando para que me quede en la cama.
    Philippa se cubrió rápidamente y le sacó la lengua.
    – Para que no te tientes más -bromeó.
    – Lo único que me impide pasar el día en la cama contigo es el deseo de llevarte a Brierewode. Has resultado ser muy fogosa, mi querida condesa de Witton.
    – Y tú, milord, has alejado todos mis temores relativos al amor conyugal.
    Se deslizó fuera de la cama, se puso la camisa y abrió la puerta.
    – ¡Lucy! El señor y yo queremos tomar un baño ahora -vociferó Philippa.
    – Enseguida, milady-replicó la doncella saltando de la silla. Había estado esperando el llamado de su ama desde hacía rato. Esa mañana no se atrevía a entrar en la cámara nupcial-. ¿Dónde quiere que coloquemos la bañera? ¿Aquí afuera?
    – De acuerdo. ¿El fuego está bien caliente?
    – Sí, milady.
    Philippa regresó a la alcoba.
    – Tomaremos un baño ahora, no tendremos muchas oportunidades de hacerlo durante el viaje. Debes saber que suelo bañarme con regularidad, y no dos o tres veces al año como la mayoría de las personas de la corte. Quisiera que nos metiéramos juntos en la bañera, milord.
    La bañera tardó un tiempo en llenarse. Lucy pidió al lacayo del conde que colocara la ropa limpia de su amo en el cuarto contiguo a la alcoba de Philippa. El hombre atravesó velozmente la sala de estar donde se bañaban los recién casados. Mientras tanto, Lucy sacó la sábana con la mancha de sangre y la apartó para que lord Cambridge pudiera comprobar la pérdida de la virginidad de su sobrina. Luego, preparó la ropa que Philippa usaría ese día. Los baúles ya estaban empacados. Casi todo el guardarropa quedaría en Londres hasta que los esposos regresaran de Brierewode. La doncella sonrió al escuchar cómo su ama y el conde reían alborozados en la bañera. Al parecer, la noche de bodas había sido un éxito.
    – ¿Cuánto tiempo tardaremos en llegar a Brierewode? -preguntó Philippa mientras se enjabonaba.
    – Varios días. Navegaremos hasta Henley y luego cabalgaremos hasta Cholsey, donde tomaremos una barca que nos llevará a Oxford. De allí iremos a Brierewode por tierra. Tal vez sea más rápido hacer todo el viaje a caballo, pero mi intención es que disfrutemos de nuestro tiempo a solas mientras podamos. Espero que apruebes mis planes.
    – Es una idea muy romántica, milord. Nunca hice un trayecto tan largo por el río. Además, estamos en mayo, contemplaremos la naturaleza en todo su esplendor.
    Después del baño, fueron atendidos por sus respectivos sirvientes. Philippa se puso un vestido de terciopelo azul cerrado en el escote y con cuello de hilo. Era el atuendo ideal para el viaje y Philippa pensaba usarlo todos los días. El conde llevaba una casaca plisada de color azul, con cuello y forro de terciopelo, que le llegaba hasta los tobillos. Los zapatos lucían un bonito bordado.
    Después de acicalarse, bajaron al salón donde les habían servido un suculento desayuno compuesto por potaje de avena, pan, jamón, huevos duros, manteca, queso y mermelada de cerezas, la preferida de Philippa. Decidió beber vino aguado, como cuando era niña. Luego de comer, se prepararon para embarcar.
    – Nos reuniremos con ustedes en la posada donde pasarán la noche -informó Lucy.
    – ¿Cómo? ¿No vienes con nosotros? -preguntó Philippa.
    – Una doncella y un lacayo de mediana edad no son la compañía más apropiada para una pareja de recién casados -rió Lucy-. Le preparé una canasta con comida para el almuerzo. No se preocupe, milady.
    – Debemos partir, pequeña -dijo el conde. Tomados de la mano, llegaron al muelle donde los aguardaba la barca.

    Era 1° de mayo y el tiempo estaba espléndido.
    – Ahora deben de estar bailando en el palacio -comentó Philippa con una sonrisa nostálgica.
    – ¿Sientes pena por no estar allí?
    – No voy a negar que me gustaría, pero solo si me acompañaras, Crispin.
    – Eres una excelente diplomática. Te lo dice un ex embajador, querida.
    Ayudó a su esposa a subir a la encantadora barca que Thomas Bolton había construido especialmente para su prima Rosamund. En la cabina había un banco tapizado de terciopelo flanqueado por dos ventanas. Los dos remeros estaban sentados en la cubierta de proa, esperando instrucciones. Luego de que la pareja se acomodó en los sillones, el conde dio la orden de partir y la barca comenzó a alejarse del muelle.
    La embarcación se deslizaba sin problemas por el agua. Philippa contemplaba con fascinación el paso de los barcos que se dirigían a Londres. Algunos transportaban flores y productos de granja; otros, ganado. Al cabo de un rato, se encontraron solos en medio del río. A medida que avanzaban, pasaban debajo de varios puentes e iban dejando atrás granjas, praderas y pequeñas aldeas. También divisaron nidos de aves acuáticas entre los juncos y los pantanos de la ribera, e incluso vieron varias parejas de cisnes con sus crías.
    – Hacía mucho tiempo que no estaba en el campo -comentó Philippa.
    – No te gusta, ¿verdad?
    – Sí me gusta. Solo necesito estar en un lugar que esté relativamente cerca de la corte. Friarsgate se encuentra tan lejos de Londres que se tarda una eternidad en ir y volver. A mi madre nunca le agradó la vida palaciega; su única pasión son sus tierras.
    – Brierewode es una propiedad fácil de manejar, pequeña, ya lo verás. Solo tendrás que ocuparte de la casa y de los niños.
    – ¿Y quién cuidará de ti? -preguntó con una sonrisa maliciosa.
    – Sospecho que no será sencillo lidiar contigo, esposa -rió el conde-. Pero con el tiempo aprenderás que solo puede haber un amo en Brierewode y ese soy yo. -Le besó la punta de la nariz.
    – ¡Ah, no, milord! -protestó; sus mejillas comenzaron a encenderse por la irritación-. No permitiré que me trates como una cabecita hueca. He renunciado a Friarsgate, pero puedo ser mucho más útil de lo que imaginas. Seré la señora de Brierewode y también serviré a la reina en la corte durante una parte del año.
    – Tu deber principal es darme un heredero, Philippa, no lo olvides -replicó con tono severo.
    – ¿Romperás tu promesa de ir a Francia? ¡No podemos rechazar esa invitación!
    – Iremos a Francia, pequeña. Cuando doy mi palabra, la cumplo -repuso el conde y luego le acarició el rostro con ternura-. Es probable que ya haya plantado una semillita en tu vientre, señora -agregó y se rió al ver cómo sus palabras avergonzaban a la joven-. Fuiste una virgen muy receptiva y apasionada. -Posó los labios en su frente.
    – Milord, no hables de asuntos tan íntimos. Los remeros podrían oírnos.
    – Dos veces -susurró Crispin-. Dos veces te entregaste con ansia para recibir mi semilla en tu jardín secreto. ¡Dios me guarde! Me siento excitado de solo pensar en lo que hicimos anoche.
    – ¡Crispin, compórtate!
    – Podría hacerte el amor aquí mismo -murmuró. Tomó su mano y la apretó contra su virilidad ardiente, oculta bajo la casaca-. Tal vez más tarde te siente en mi regazo, despacio, muy despacio, levante tus faldas y te penetre profundamente. Entonces te enseñaré a cabalgar en tu brioso semental mientras sofoco tus gritos con mis besos. ¿Te gustaría eso, señora?
    – Tus impúdicas palabras me avergüenzan, milord -murmuró, pero siguió apretándole la entrepierna.
    – Cuando lleguemos a casa, te enseñaré a tocarlo, chiquilla -replicó Crispin St. Claire, y apartó la mano de la joven.
    Philippa dirigió la mirada hacia el río. El corazón le latía con violencia. Sintió un ardor en todo el cuerpo y la suave brisa no alcanzaba a apagar el fuego. Cerró los ojos para serenarse, pero la asaltaron las voluptuosas imágenes de su noche de bodas. Trató de recordar las enseñanzas de la reina. Catalina nunca había mencionado el placer en sus lecciones. Philippa empezó a pensar que, tal vez, estaba mal haber disfrutado tanto, que no debería excitarse con las palabras seductoras que acababa de susurrar el conde, ni desear que su esposo volviera a tomarla en sus brazos y la poseyera por completo. Cuando el conde tomó de nuevo su mano, la joven se sobresaltó.
    Crispin le besó el dorso, luego, cada uno de los dedos y por último, la palma.
    – No te asustes, querida -trató de aliviarla, consciente del duelo de emociones que se libraba en la mente de su esposa-. Todo saldrá bien, te lo prometo.
    Sin soltarle la mano, se puso a contemplar el río.
    Philippa cerró los ojos una vez más. El trajín de la corte, las semanas previas a la boda y la noche anterior habían agotado sus fuerzas. Sí, estaba cansada, pero ya no tenía miedo. De repente, sintió deseos de que Banon estuviera con ella para contarle todo. Aunque no hacía falta. Muy pronto su hermana descubriría que el matrimonio podía ser algo maravilloso si se encontraba al hombre adecuado.

CAPÍTULO 14

    Hacia el mediodía, la barca se acercó a la costa.
    – Ahora, déjennos solos -ordenó el conde a los remeros-. Los llamaré cuando estemos listos para continuar el viaje. Han remado a buen ritmo. Llegaremos al King's Head al atardecer. ¿Tienen comida?
    – Sí, milord, gracias. Vamos a comer y a descansar un rato. Philippa extendió el mantel sobre la hierba y, cuando se sentó, las faldas se extendieron a su alrededor.
    – Ven a almorzar, milord.
    En la cesta encontraron un verdadero banquete y hasta una botella de vino tinto. El aire era más cálido que a la mañana y comieron hasta vaciar la canasta.
    – Es el Día de Mayo más bello que he tenido. El viaje por el río fue maravilloso -suspiró Philippa.
    – Pasaremos por Windsor esta tarde.
    – Nunca vi el palacio desde el Támesis. Siempre íbamos de Richmond a Greenwich por el río pero, salvo aquel día de campo, nunca me aventuré más allá de la casa del tío Thomas.
    Se acostó plácidamente en la hierba. Crispin se tendió junto a ella y le tomó la mano.
    – Tengo que confesarte algo, Philippa. La idea del viaje en barco fue de lord Cambridge. Le parecía más romántico y menos agotador que hacer todo el trayecto a caballo o en carruaje. Yo no estaba nada entusiasmado, pero igual acepté su plan. ¡Y no me arrepiento en lo más mínimo! Es la mejor forma de festejar la primavera.
    Apoyándose en uno de los codos, contempló su bello cuerpo y le dio un beso.
    – Crispin -murmuró Philippa-, los remeros… Alzó su cabeza y sonrió con picardía.
    – ¿Por qué crees que les ordené que nos dejaran solos? Te aseguro que entendieron perfectamente mi mensaje, así que no debes preocuparte. Tengo el firme propósito de hacerte el amor bajo los árboles, y si no me permites satisfacer mi deseo aquí y ahora, en algún momento de la tarde, mientras estemos en la barca, te poseeré cuando me plazca. La decisión es tuya, señora. -Su mirada denotaba que no estaba bromeando.
    – Eres muy perverso, milord. ¿Y si pasara un pastor o una lechera y nos sorprendieran en flagrante delito?
    Crispin le levantó las faldas y acarició sus suaves muslos.
    – Un hombre retozando con su esposa no es un delincuente. ¡Philippa, eres tan deliciosa y cautivante!
    La besó con furor, separándole los labios con la lengua.
    ¿Por qué se sentía tan débil y aturdida cuando él la embestía de esa manera? Abrió la boca y acogió esa lengua sensual mientras los hábiles dedos del conde jugueteaban con sus labios íntimos. Sus senos estaban a punto de saltar del corpiño. Maldijo la idea de usar un vestido tan complicado de desabrochar. Entre tanto, el conde excitaba con la yema de los dedos la pequeña y sensible cresta de su femineidad. Ella ronroneó.
    – Crispin, no sigas, por favor.
    – ¿Por qué? -susurró mientras deslizaba dos dedos en la venusina caverna.
    – No sé -logró articular-. ¡Oh, no! ¡No deberías hacer eso, no!
    – ¿Por qué? -preguntó otra vez. Luego la cubrió con su cuerpo y comenzó a penetrarla.
    – ¡Oh, por Dios! -Philippa lo acogió y sintió cada pulgada de su virilidad. Su longitud, su grosor, su calor.
    – De modo que te gusta, ¿eh? -musitó lamiéndole la oreja-. Te gusta mucho, muchísimo. Dime que me deseas tanto como yo a ti, pequeña.
    – ¡Sí! -jadeó-. ¡Sí! -Y siguió gimiendo. El conde se movía a un ritmo cada vez más frenético hasta que los dos aullaron de éxtasis, fundiendo sus cuerpos en uno solo.
    Más tarde, Crispin se puso de pie, se acomodó la ropa y recobró su porte distinguido. Philippa alzó la vista hacia él. Jamás había imaginado que ese hombre tan elegante fuera tan apasionado. Al ver que estaba despierta, el conde se agachó, la levantó entre sus brazos y la besó con ternura.
    – Debemos irnos. Llamaré a los remeros.
    – ¿Tengo un aspecto decente? -preguntó Philippa.
    – Estás perfecta, señora -replicó luego de alisarle las faldas.
    – La próxima vez, desátame el corpiño, Crispin. Me costaba respirar. De ahora en más, usaré vestidos que se anuden en la parte delantera.
    – No es mala idea -acordó su flamante esposo-. Eché de menos esos apetitosos frutos que posees. Hoy a la noche les pediré disculpas por haberlos abandonado.
    – ¡No haré el amor contigo en una posada pública! -declaró indignada.
    – Ya veo. En la ribera del río sí, pero en la posada no.
    – ¡La gente puede oírnos!
    – Todo depende de las habitaciones que nos den.
    Pasaron por el gran castillo de Windsor, cuyas torres y almenas se alzaban sobre el Támesis. Philippa siempre había admirado su magnificencia, pero desde el río le resultaba aun más imponente y amenazador. Recordó las partidas de caza en las que había participado durante los meses de otoño. Cuando dejaron atrás el castillo de Windsor, divisó las hermosas colinas de Chiltern. Llegaron a la posada King's Head poco después de la puesta del sol. El cielo seguía iluminado, pues la noche caía muy tarde en primavera.
    Lucy y Peter, el lacayo del conde, los estaban esperando. Lord Cambridge había reservado toda un ala de la posada, que constaba de una inmensa alcoba para los recién casados, dos pequeños cuartos destinados a los sirvientes y un comedor privado. Los remeros cenarían en la cocina y pasarían la noche en los establos.
    – La cena fue ordenada previamente por lord Cambridge, milord -anunció Peter a su amo.
    – Dile al posadero que nos sirva, entonces. Ha sido un día muy largo y la dama está ansiosa por retirarse a las habitaciones a descansar.
    – Sí, milord.
    Lucy había acompañado a su ama a la alcoba para que se refrescara.
    – El viaje no fue nada malo, milady. El tal Pedro resultó ser un buen hombre y una agradable compañía.
    – Tendrías que haber visto Windsor desde el Támesis -comentó Philippa-. Parece el doble de grande, o más. Me sentía diminuta en un barquito minúsculo. Todo se ve diferente desde el río. Tío Thomas tuvo una idea brillante y siempre se lo voy a agradecer. -Se lavó la cara y las manos. Cuando terminó, le dijo a su doncella-: Ve a cenar ahora y luego me ayudas a prepararme para la cama, ¿de acuerdo?
    – Gracias, milady -replicó Lucy haciendo una reverencia. Acompañó a Philippa al comedor privado y luego desapareció, seguida por Peter.
    Al rato se presentó el dueño de la posada, escoltado por tres jóvenes sirvientas que cargaban tres bandejas enormes. Crispin St. Claire rió para sus adentros al ver la cena. Lord Cambridge no había sido muy sutil en la elección del menú: ostras para el caballero y espárragos verdes en salsa de limón para la dama. Echó una mirada a Philippa y vio cómo chupaba los carnosos tallos y se lamía los labios con fruición.
    – ¡Me encantan los espárragos! -exclamó la flamante esposa con gran entusiasmo-. ¡Qué dulce es el tío Tom que se acordó de este detalle!
    Philippa no tenía idea de cómo ese plato inocente estaba afectando a su marido.
    – Milord encontrará una tarta de manzanas con crema sobre aquella mesa -indicó el posadero al conde. Luego, le presentó sus respetos y, azuzando a las criadas, salió de la habitación y cerró la puerta.
    Crispin y Philippa se echaron a reír.
    – Cómo se nota que el tío Tom anduvo por aquí. Estoy segura de que vino en persona y abrumó al pobre hombre con miles de instrucciones.
    – Y no nos defraudó, pequeña. El menú fue perfecto y la comida, deliciosa. Ojalá nos atiendan así en todas las posadas.
    – Seguro que sí -replicó Philippa. Conocía muy bien a Thomas Bolton y sentía que, segundo a segundo, aumentaba la enorme deuda que tenía con él y que jamás podría pagarle. Gracias a él había conocido al conde, con quien disfrutaba de los placeres de la cama. Además, Crispin era un hombre bondadoso.
    Sin embargo, sospechaba que el conde no compartía del todo su devoción por servir a la reina. Rezó en silencio y rogó a Dios que Crispin lograra comprenderla.
    Cuando terminaron de comer, aun no había anochecido. El sonido de flautas, tambores y címbalos inundó la estancia. Se acercaron a la ventana y vieron que habían instalado un Palo de Mayo en la plaza de la aldea. Las parejas se estaban preparando para comenzar el baile. Philippa miró suplicante a su esposo y él asintió con la cabeza. En el corredor de sus apartamentos había una puerta que comunicaba con el exterior. Tomados de la mano, salieron para ver a los jóvenes danzando alrededor del poste engalanado con coloridas cintas que los bailarines enredaban con sus saltos y piruetas. Era el final perfecto de un día perfecto.
    El conde volvió a hacerle el amor esa noche, luego de convencerla de que nadie podría oírlos, pues sus habitaciones se hallaban en el extremo más alejado de la posada. Crispin fue tierno y cariñoso.
    Cuando finalmente llegaron a Oxford, con su bullicio y ajetreo, Philippa se alegró: la ciudad le resultaba vivificante, incluso más que Londres. La posada elegida por lord Cambridge quedaba sobre el camino que conducía a Brierewode.
    – Tendremos que salir al amanecer -anunció el conde.
    – De acuerdo, milord. Sé que estás ansioso por llegar y yo muero de curiosidad por conocer mi nuevo hogar.
    – Te encantará.
    Philippa le sonrió, pero dudaba de que fuera a gustarle. "Será otra finca en medio del campo -pensó-. No es la corte. Me aburriré enseguida. Por suerte, en un par de semanas volveremos a reunimos con el rey y la reina".
    Por primera vez desde el 30 de abril, el día amaneció gris y nublado, aunque no llovía. Partieron de Oxford bajo una luz mortecina. Los acompañaba una tropa de guardias armados que habían contratado en Henley. Lucy y Peter iban en la retaguardia, junto al carro que transportaba las pertenencias de la condesa. Ya avanzada la tarde, Philippa escuchó la voz de Crispin en medio del ruido de los cascos de los caballos.
    – Ya casi llegamos, pequeña. Ahí adelante está la aldea de Wittonsby. ¿Alcanzas a ver la aguja de la iglesia?
    – ¿Cómo se llama el río que estamos bordeando?
    – Windrush. Podrás verlo desde la casa, Luego de la próxima curva, sobre la ladera de las colinas, está Brierewode -anunció con alegría.
    Cuando doblaron la curva, Philippa alzó la vista y descubrió una hermosa casa de piedra gris con tejados a dos aguas y altas chimeneas.
    – Es encantadora -reconoció.
    En la pradera, junto al río, pastaba el ganado. Los campos estaban recién arados y la tierra, lista para ser sembrada. Los labriegos interrumpieron sus tareas para observar a la comitiva. Cuando reconocieron a su amo, todos gritaron al unísono y agitaron sus manos con gran efusividad. Crispin St. Caire les devolvió el saludo. Philippa entendió de inmediato que su marido era amado por su gente.
    La aldea estaba ubicada a lo largo de la ribera bordeada por añosos sauces. Las granjas de piedra, con sus techos de paja, estaban muy bien conservadas. Los esposos y su cortejo cruzaron la plaza principal, donde había una hermosa fuente, y se detuvieron ante la iglesia de piedra que se alzaba hacia el cielo. Los pobladores abandonaron sus casas y sus campos para dar la bienvenida al conde. Alertado por uno de los niños, el sacerdote salió presuroso del templo.
    El conde levantó la mano para pedir silencio; fue obedecido al instante.
    – Les presento a Philippa Meredith, condesa de Witton, a quien he desposado hace seis días en la capilla de la reina Catalina. El párroco se acercó e hizo una reverencia.
    – Bienvenido a casa, milord. Bienvenida a Wittonsby, milady. Dios bendiga su unión con muchos hijos. Soy el padre Paul -dijo dirigiéndose a Philippa. Era un hombre sencillo de mediana edad.
    Luego, un hombre de baja estatura y rostro rubicundo dio un paso adelante y tomó la palabra.
    – Bienvenido a casa, milord -dijo, arqueándose en una cómica reverencia-. Me alegro de que haya regresado. Bienvenida, milady -agregó, despejándose la frente a modo de saludo. Luego, arengó a la multitud-: ¡Gritemos tres hurras por el señor y su novia! ¡Hurra! ¡Hurra! ¡Hurra!
    Y todos los pobladores vitorearon a coro.
    – Es Bartholomew, mi capataz. Bario es un buen hombre -explicó el conde a Philippa-. La condesa y yo agradecemos a todos por tan grato recibimiento -dijo a la multitud. El conde y su comitiva se retiraron de la plaza saludando, y subieron la arbolada colina donde se hallaba Brierewode.
    El mayordomo los aguardaba en la puerta y los mozos de cuadra procedieron a hacerse cargo de los caballos.
    – Bienvenidos a casa, milord, milady -saludó el mayordomo con una reverencia-. ¿Desea que atienda a los guardias, milord?
    – Sí. Aliméntalos y alójalos en algún sitio; por la mañana, dile a Robert que les pague por su servicio.
    Crispin miró a Philippa y, lomándola por sorpresa, la levantó en sus vigorosos brazos y la llevó en andas hasta el vestíbulo, donde la depositó suavemente.
    – Es una vieja costumbre.
    – Lo sé, pero la había olvidado -rió Philippa-. Enséñame toda la casa, no quiero perderme ningún detalle.
    – ¿No estás exhausta por el viaje, pequeña?
    – Sí, pero la curiosidad por conocer mi futuro hogar es más fuerte que el cansancio.
    Las paredes del salón estaban revestidas con paneles de madera oscura. El techo era altísimo; de sus vigas doradas y talladas pendían banderas de colores que, según le explicó el conde, eran los estandartes que sus ancestros portaban durante las batallas en Inglaterra, Escocia y Tierra Santa.
    – Siempre hemos luchado por Dios, el rey e Inglaterra, Philippa.
    Una gran chimenea de piedra encendida caldeaba el recinto y, justo enfrente, había unos altos ventanales de vidrio en forma de arco. Desde allí se podía ver el río Windrush, que corría a lo largo del valle, al pie de la colina sobre la que estaba emplazada la casa.
    – Nuestro hogar se construyó hace trescientos años, pequeña, y se hicieron varias reformas en el transcurso del tiempo. Las cocinas ahora están en el sótano y no en un edificio separado como antes.
    – ¿Qué más hay en este piso de la casa?
    – Está la habitación donde el capataz, mi secretario Robert y yo discutimos los asuntos de Brierewode. Y también tengo una biblioteca. ¿Sabes leer?
    – ¡Por supuesto! -contestó Philippa con orgullo-. Sé leer, escribir y hacer cuentas, no olvides que se suponía que algún día iba a encargarme de Friarsgate. A mamá no le gusta que su fortuna sea administrada por personas extrañas. Mis hermanas y yo aprendimos todas esas cosas y también hablamos varios idiomas. Cuando llegué al palacio, sabía francés, griego y latín, tanto el eclesiástico como el vulgar. Aprendí un poco de italiano y alemán en la corte. He notado que los venecianos son muy encantadores. En el salón de Friarsgate hay un retrato de mi madre que fue pintado por un artista veneciano.
    Crispin se sobresaltó al oír esto último. Recordó haber visto el retrato de una ninfa vestida con una túnica traslúcida y con un seno al aire en el salón del palacio del duque de San Lorenzo. Bastó contemplar el cuadro solo una vez para que lo cautivara por completo. De pronto, relacionó la imagen de esa mujer con su esposa y advirtió que el parecido era asombroso. Sabía que no era Philippa, aún era demasiado joven para irradiar tanta sensualidad. No. Era la efigie de una mujer amada y enamorada. El conde se quedó sumamente intrigado y decidió que la próxima vez que se encontrara con Thomas Bolton le preguntaría si sabía algo al respecto.
    – ¿Puedo usar tu biblioteca? -inquirió Philippa.
    – ¡Desde luego!
    – Muéstrame más cosas.
    – No hay mucho más para ver. Solo quedan las alcobas y los áticos donde duermen los sirvientes. ¿No prefieres explorar la casa sola en otro momento, mientras me ocupo de mis asuntos?
    – De acuerdo, así no me aburro.
    – ¡Bienvenido, milord! -Una mujer alta y de contextura grande irrumpió en el salón. Tras hacer una reverencia, se presentó ante la nueva condesa de Witton-: Milady, soy Marian. Tengo el honor de ser el ama de llaves de Brierewode, estoy a su entera disposición. -Acto seguido, le entregó un manojo de llaves-. Aquí tiene, milady.
    – Guárdalas, Marian -dijo Philippa con voz cálida-. Soy una extraña aquí y necesitaré que guíes mis pasos hasta que me sienta más segura. Además, pasaré gran parte del tiempo en la corte, pues soy una fiel servidora de nuestra buena reina.
    El ama de llaves asintió con la cabeza.
    – Gracias por su confianza, milady.
    – Si mi esposo confía en ti, yo también lo haré. He traído a mi doncella Se llama Lucy. Necesitará una habitación propia, por pequeña que sea, y cercana a la mía.
    – Me encargaré de ello, milady. ¿Desea que le enseñe sus aposentos ahora?
    – Ve, pequeña -la animó el conde-. Tengo que hablar con Bartholomew y Robert antes de que termine el día. Besó a Philippa en los labios y se retiró.
    – ¿Así que es una fiel servidora de la reina Catalina? -la vieja mujer parecía muy impresionada por esa información.
    Philippa le contó rápidamente cómo su familia y ella misma habían servido a los reyes por mucho tiempo y agregó:
    – Acompañaré a mi reina siempre que me necesite. Es un honor servirla. Es una de las mujeres más bondadosas que he conocido.
    – Tuvimos suerte con esta reina. Lástima que el rey no consiga tener un heredero.
    – La princesa María será quien nos gobierne algún día.
    – Tal vez Su Majestad pueda engendrar un hijo que sobreviva -replicó Marian con esperanza y abrió una puerta de dos hojas-. Estos son sus aposentos, milady.
    Lucy, que estaba adentro del apartamento, corrió alborozada al encuentro de su ama y, tras hacer una rápida reverencia, exclamó:
    – ¡Es un sitio adorable, milady! ¡Seremos tan felices aquí!
    – Cuando no estemos en la corte, Lucy -aclaró Philippa riendo- estoy segura de que seremos muy felices en Brierewode. ¿Ya conoces a la señora Marian, el ama de llaves?
    – Señora -dijo la doncella haciendo un gesto de cortesía.
    – Lucy -replicó la mujer-, si tienes un momento libre y tu ama te autoriza, te presentaré al resto de la servidumbre. Peter, el lacayo del señor, es mi hermano y ya me ha contado que eres una muchacha de buena reputación.
    – ¿Puedo ir, milady?
    – Ve tranquila. Exploraré el lugar sola.
    – Sé que querrán disfrutar de una buena comida -acotó el ama de llaves-, pero hoy preparamos una cena muy sencilla, no esperábamos al conde.
    – Estamos muy cansados del viaje, Marian, y lo que más necesitamos es reponer nuestras fuerzas. Lo que haya de cenar hoy será más que suficiente. Mañana hablaremos de temas culinarios. Me interiorizarás sobre los gustos del conde y yo te contaré cuáles son mis platos preferidos.
    – Muy bien, milady -asintió Marian y se retiró junto con Lucy. Con la ayuda del ama de llaves, sería fácil administrar la casa. Philippa se preguntó si su esposo la acompañaría siempre a la corte o si preferiría quedarse en Oxfordshire. Le gustaba Crispin St. Claire. Era ingenioso, inteligente y, por cierto, muy apasionado. No era tan apuesto, pero no le importaba. ¿A quién se parecerían sus hijos? Solo esperaba que al menos sus hijas heredaran la belleza de la madre.
    Hijas. Hijos. ¿Cuántos hijos querría el conde? ¿Sería ella una mujer fértil? Su madre había parido ocho bebés, de los cuales siete habían sobrevivido. ¿Volvería a quedar embarazada? Conocía muy bien a Rosamund y sabía que la decisión dependía exclusivamente de ella y no de Logan Hepburn. ¿Pero cómo se tomaban esas decisiones? Lamentaba que Rosamund estuviera ausente en esos momentos tan cruciales de su vida. Decidió plantearle todas sus dudas en persona, cuando se reencontraran en otoño.
    Se sentó en el sillón junto al fuego y se quedó dormida. Lucy la despertó para la cena. Philippa bostezó y se estiró para desperezarse.
    – No creo que pueda cenar -dijo la nueva condesa de Witton.
    – Yo también estoy muy cansada, milady. Permítame que le quite el vestido y le ponga un camisón limpio. ¡Ah! Esta es una casa muy linda y los sirvientes son muy amables. Me recuerdan a la gente de Friarsgate.
    – Mañana a la mañana tomaré un buen baño -anunció.
    – Sí, milady. Encontré la bañera antes de que usted llegara. Es grande y confortable. Ahora, siéntese. Traeré la jofaina.
    Extenuada, Philippa se acostó. Trató de mantenerse despierta, pero los ojos se le cerraban obstinadamente. Al verla dormitando, Lucy colocó el lavamanos sobre el fuego y salió en puntas de pie. Cuando pasó por el salón, vio al conde y caminó hacia él.
    – ¿Qué ocurre, Lucy?-preguntó Crispin.
    – Con su permiso, milord. Quería avisarle que la señora cenará en la alcoba. La pobre apenas puede mantenerse despierta.
    – Subiré en cuanto pueda.
    Lucy bajó a la cocina y preparó una bandeja con una cazuela de guiso, pan, manteca y un jarro de sidra. Cuando entró en la alcoba de su ama, se encontró con el conde, que observaba a su esposa dormida. "¡Bendito sea! -pensó la doncella-, ¡Qué mirada más tierna!". Dejó la bandeja sobre la mesa y le golpeó suavemente el hombro de Philippa.
    – Milady, la cena está servida. Se sentirá mucho mejor después de comer, ya lo verá. Su atento esposo está a su lado esperando que se despierte.
    – Mmmh -murmuró Philippa y abrió los ojos-. ¡Crispin! El conde la miró y le sonrió.
    – Tiene razón, pequeña. Come algo antes de volver a dormir. Lucy, trae la bandeja. La señora comerá en la cama. -El conde la ayudó a sentarse y colocó las almohadas en su espalda.
    La doncella colocó la bandeja en el regazo de la joven esposa y se alejó a un rincón. Con ojos somnolientos, Philippa miró la comida y negó con la cabeza. El olor era delicioso, pero no tenía fuerzas para comer.
    Crispin levantó la cuchara y comenzó a alimentarla. Abrió la boca, obediente, y tragó. El conde repitió los mismos movimientos hasta que el plato quedó vacío.
    – Tengo un cansancio increíble.
    – Tus tareas en la corte son agotadoras. Espero que cuando tengamos hijos ya no te resulte tan placentera esa forma de vida.
    – No puedo abandonar mis obligaciones. Le debo lealtad a [a reina.
    – Lucy, llévate la bandeja. Te llamaré cuando te necesite. -Una vez que la doncella se hubo retirado, continuó-: Has sido dama de honor durante cuatro años. Ahora eres una mujer casada y muy pronto otra muchacha ocupará tu lugar junto a la reina.
    – Tenemos que acompañar a los reyes a Francia -le recordó Philippa.
    – La reina sabe lo mucho que deseas ir a Francia y nos ha invitado para retribuir tu lealtad. Pero apenas termine el receso estival, deberás asumir tu rol de condesa de Witton. Deseo un heredero y es tu deber dármelo. Catalina conoce mejor que nadie las obligaciones de una esposa. Si le preguntaras, te diría lo mismo que yo.
    – Prometiste que me dejarías permanecer en la corte.
    – No. Dije que visitaríamos la corte. Si no estás encinta, iremos allí en Navidad y en mayo del año que viene. No me casé contigo porque fueras una dama de honor, pequeña.
    – ¡No, claro que no! ¡Te casaste conmigo por las tierras de Melville!
    – Es cierto, no voy a negar que la dote fue un factor importante. -Philippa lo fulminó con la mirada.
    – ¡Lograrás que te odie!
    – Espero que no, pequeña, porque me he habituado a tu compañía y me sentiría muy solo sin ti. ¿Es tan terrible renunciar a la corte?
    – Siempre fue mi única ambición.
    – Era el sueño de una niña, pero ahora eres una mujer, Philippa. ¿Acaso no aspirabas a casarte y tener hijos como otras jovencitas?
    – Sí, quería casarme con Giles FitzHugh, pero me abandonó por la Iglesia.
    – Entonces, lord Cambridge corrió a buscarte un marido y por uno de esos azares de la vida me encontró a mí. Dices que te gusta hacer el amor y, por cierto, lo has demostrado muy bien.
    – ¿Acaso está mal? -se preocupó Philippa.
    – No, está bien, y me alegra que disfrutes de los placeres del lecho conyugal. Pero uno de los propósitos del amor es tener hijos, y eso será imposible si pasas todo el tiempo en la corte y yo me quedo en Brierewode ocupándome de mis tierras, como corresponde.
    – ¡Estás hablando como mi madre! -rezongó Philippa.
    – Y tú estás hablando como una niña malcriada que no acepta asumir sus responsabilidades.
    – Si eso es lo que piensas, ¿por qué no te quedas en casa mientras viajo a Francia con los reyes? Puedes administrar tus preciosas tierras perfectamente solo; no necesitas mi ayuda para eso.
    – Ahora eres mi esposa y no irás sin mí.
    – ¿Me estás prohibiendo ir a Francia?
    El conde notó un brillo asesino en sus ojos.
    – No, porque sé que ese viaje significa mucho para ti. Además, el encuentro entre el rey Enrique y el rey Francisco será un acontecimiento extraordinario que contaremos a nuestros hijos en el futuro. -Volvió a besar su pequeña mano-.Vamos, chiquilla, aplaca esa furia y hagamos las paces. Tenemos muchos años por delante y miles de oportunidades para pelear.
    Philippa no pudo evitar reír. Sin duda, su marido era un hombre encantador.
    – Te perdono por haberme hecho enojar, Crispin.
    El conde soltó una carcajada. En ese momento entendió que su esposa siempre iba a querer tener la última palabra y que él casi siempre le haría creer que la tenía la mayor parte del tiempo.
    – Le diré a Lucy que te prepare para dormir. Iré a comer al salón. Esta noche podrás descansar tranquila.
    Se puso de pie, se inclinó en una galante reverencia y abandonó el cuarto.
    Philippa no tardó en quedarse dormida. En un momento de la noche, se despertó y sintió el cuerpo de su marido pegado a su espalda. Era una sensación muy gratificante.

CAPÍTULO 15

    Philippa no tardó en descubrir varias diferencias entre Brierewode y Friarsgate. Comparado con la propiedad de su madre, Brierewode era mucho más pequeño, aun con la anexión de Melville. Mientras que las praderas y los campos de Friarsgate eran muy extensos y, en gran parte, agrestes, las tierras del conde de Witton estaban divididas en parcelas prolijamente sembradas y cultivadas. El ganado pastaba en un terreno rodeado por setos bajos para evitar que los animales escaparan. Varios terratenientes desconfiaban de ese sistema y otros incluso lo reprobaban abiertamente. Sin embargo, los vecinos de Crispin St. Claire no habían planteado ninguna queja hasta el momento.
    Además, la región era mucho más civilizada de lo que Philippa había temido. Los vecinos vivían bastante cerca y el lugar era ideal para criar a sus futuros hijos.
    No obstante, había un problema. La joven no lograba hacer entender a su esposo que lo más importante en su vida era servir a la reina Catalina, siguiendo la tradición familiar de los Meredith, fieles servidores de los Tudor.
    Un día, Philippa recibió una carta de su madre que incluía la receta de un brebaje para evitar el embarazo y un sobre con semillas de zanahorias, el principal ingrediente de la poción.
    – Dudo que el sacerdote apruebe eso -se preocupó Lucy-. Perdone el atrevimiento, milady, pero le recuerdo que su obligación es darle un hijo al señor conde.
    – Mamá toma esta poción.
    – Pero ella ya cumplió con sus deberes hacia su padre y hacia lord Hepburn -alegó la doncella. Philippa entrecerró los ojos.
    – ¿Eres infeliz a mi lado, Lucy? ¿Acaso deseas volver a Cumbria?- Lucy conocía muy bien a su ama y sabía que la amenaza no iba en serio.
    – ¿Usted me pediría que pusiera en peligro mi alma inmortal, milady?
    – Si mi madre me envió esto, es porque quiere que lo use. ¿Vas a cuestionar a la dama de Friarsgate? Annie jamás haría semejante cosa.
    – Pero yo no soy mi hermana. De acuerdo, no protestaré porque lo tome hasta que volvamos de Francia. Además, es una suerte que su esposo aún no la haya preñado. Se ve que es un hombre fogoso.
    – ¿Cómo lo sabes? -preguntó Philippa, ruborizada.
    – Porque cada mañana, cuando tiendo la cama, me encuentro con un revoltijo de sábanas.
    – Tienes ojos demasiado curiosos, Lucy.
    – Está bien, le prepararé el brebaje. Aunque ahora no lo necesita pues está en el período menstrual. Eso dice la carta.
    – ¡Por qué te habré enseñado a leer! -se lamentó-. ¡Y no se te ocurra decir una palabra a mi marido ni a nadie! ¿Entendido?
    – Sí, milady. Si el conde se enterara, me echaría a patadas a Cumbria, y me gusta el sur tanto como a usted. Si volviera, me obligarían a casarme con el hijo de un granjero y me quedaría estancada en el norte para siempre. Le reitero: no soy como mi hermana, feliz con su marido y sus hijos.
    – Pero cuando tenga hijos, nos quedaremos varadas en Brierewode -Philippa quiso inquietar a su doncella, pero no lo logró.
    – Dele uno o dos hijos y verá cómo la deja regresar a la corte. Todo saldrá bien.
    Philippa asintió.
    – ¿Sabías que el tío Thomas alquiló un barco para nosotros? Navegaremos junto con la flota real y la reina me ha pedido que lleve conmigo a varias damas de honor. Izaremos nuestro propio pabellón y no tendremos que andar mendigando un lugar para dormir.
    – Al menos viajaremos cómodas a ese país extraño. Nunca subí a un barco, milady, pero, si mi hermana Annie cruzó el mar en barco, yo también lo haré, aunque me dé un poco de miedo.
    A Philippa le gustaba galopar por las tierras de su marido y cada día se sentía más relajada y a gusto. Ya hacía bastante tiempo que había dejado la corte. Crispin cumplía con diligencia sus deberes de terrateniente y de esposo. Y Philippa disfrutaba tanto de sus caricias que la entristecía un poco tener que dejar Brierewode para reunirse con la corte en Dover.
    El sobrino de la reina visitaría el palacio justo antes del ansiado viaje a Francia. Las damas y los caballeros que integraban la comitiva real debían estar en Dover para saludar a Carlos V. El emperador, hijo de la difunta hermana de Catalina, contaba apenas veinte años de edad y no conocía a su tía. No se llevaba bien con el rey francés, pues Francisco, al igual que Enrique, había aspirado al trono del Imperio y se había opuesto a la elección de Carlos de España.
    Partieron de Brierewode una lluviosa mañana de mayo. Philippa se sentía de lo más excitada.
    – Nos veremos en otoño, antes de ir al palacio para las fiestas navideñas -dijo a Marian.
    El ama de llaves asintió y sonrió. Era imposible no simpatizar con una muchacha tan amable y encantadora como Philippa, pero, en su opinión, viajaba demasiado. ¿Cuándo se quedaría en la casa a hacer lo debía?
    – ¡Buen viaje, milady y milord! -exclamó.
    Primero fueron a Londres y se alojaron en la residencia de Thomas Bolton, donde Lucy los estaba esperando.
    – Lord Cambridge mandó hacer unos vestidos hermosos para usted, milady -susurró la doncella, exaltada-, y también trajes para el señor que ya guardé en un baúl aparte. También empaqué sus joyas. Será un acontecimiento extraordinario; todo el mundo habla de eso. La cena va a ser sencilla, porque tuve que prepararla yo misma. La servidumbre en pleno se marchó a Otterly con lord Cambridge.
    – Sírvenos la cena en nuestros aposentos. Supongo que tendré que olvidarme del baño, ya que no hay quien cargue los baldes de agua. ¡No sé cómo haré para quitarme el maldito polvo del camino!
    – Puedo colocar una pequeña bañera en la cocina.
    – Peter y yo la llenaremos con el agua del pozo -propuso el conde, que había escuchado la conversación.
    – ¡Oh, gracias, milord! -se alegró Lucy.
    Crispin St. Claire enlazó la cintura de su esposa con sus brazos.
    – Te frotaré la espalda -dijo en tono lascivo.
    – Y yo frotaré la tuya porque vamos a bañarnos juntos, milord. Conozco esa mirada, Crispin, pero no me acostaré con un hombre mugriento y con olor a caballo.
    – ¡Qué fastidiosa! Jamás conocí una mujer tan obsesiva de la higiene, aunque tampoco conocí una mujer que huela tan dulce como tú, pequeña. Dudo que tengamos la suerte de bañarnos en Francia.
    – Dondequiera que vaya, debo tener mi baño. Muchas de mis compañeras usan perfume para tapar la hediondez, pero mi nariz es muy sensible y la detecta enseguida.
    – Iré a buscar el agua. ¡Peter!
    Amo y criado llenaron dos grandes calderos y Lucy los puso sobre el fuego.
    – El agua tardará en calentarse, milady.
    Lucy corría agitada de un lado a otro. Colocó platos y jarros de peltre sobre la mesa de la cocina. Llenó un recipiente con mantequilla, sacó el pan del horno, buscó una tabla de madera y un cuchillo, y puso todo sobre la mesa. Luego le pidió a Peter que trajera una jarra de cidra de la alacena y llenara las copas. Tomó un cucharón y sirvió dos platos del suculento guiso, que constaba de trozos de carne, puerros y zanahorias sumergidos en una salsa a base de vino.
    – ¡Por favor, siéntense! -invitó el conde a los criados-. No se queden esperando, porque se les va a enfriar la comida.
    – Gracias, milord -replicó Peter mientras la doncella agregaba dos platos y dos jarros a la mesa.
    Mientras comían se oía cómo el agua de los calderos empezaba a hervir. Philippa mojó con pan los restos de la salsa y esperó que los demás terminaran. Cuando finalizaron de comer, Peter se puso de pie.
    – Con su permiso, milady, voy a llenar la bañera.
    – ¡Controla la temperatura! -indicó Lucy mientras llevaba la vajilla al fregadero de piedra-. Milord, por favor, ¿sería tan amable de llenar un balde con agua fría? Y tú, Peter, cuando termines con la bañera, ve a los establos y trae la olla que les dejamos a los guardias.
    Por fin, el baño estaba listo. Peter había regresado a los establos para hacerles compañía a los hombres armados. El conde había dado permiso a Lucy para retirarse. Philippa estaba feliz en su bañera y Crispin la observaba, disfrutándola.
    – ¡El cepillo, milord! -pidió Philippa, sacando al conde de su ensimismamiento-. ¿No dijiste que me frotarías la espalda?
    Él se arrodilló, tomó el cepillo, y comenzó a frotarle la espalda.
    – ¡Qué pena que no haya lugar para los dos! -le murmuró al oído y le besó el lóbulo de la oreja- Me encanta bañarme contigo, Philippa.
    Ella soltó una risita.
    – Cuando te bañas conmigo me enredas entre tus piernas.
    – Te haré el amor esta noche.
    – Tenemos que madrugar mañana.
    – Pero no podremos retozar hasta llegar a Francia. Además, tú odias las posadas públicas.
    – Le pediré a Lucy que vierta más agua. ¡Detente, Crispin, mi espalda es muy sensible!
    Crispin la enjuagó con suavidad hasta que desapareció toda la espuma de su piel. Cuando salió de la bañera, la abrazó.
    – Crispin, no -lo regañó, al observar el bulto en su entrepierna.
    – No pienso esperar un minuto más, pequeña.
    Se quitó la camisa y el resto de las prendas y la fue empujando hasta la mesa. Aferró su rostro con las manos y le dio un imperioso beso.
    – ¡Crispin! -protestó una vez más-. ¡Los criados!
    – Peter está jugando a los dados con los guardias y dormirá en los establos. Lucy está en el piso de arriba y no vendrá a menos que la llamemos.
    Con su virilidad liberada de toda coerción, se preparó para el lujurioso arrebato. Tendida sobre la gran mesa de la cocina, Philippa enlazó sus piernas en la cintura del conde y él hundió su espada en un solo movimiento, suave pero certero. Ella lo estrujó en sus brazos y emitió un profundo suspiro.
    – ¡Ay, mi condesa, creo que estoy agonizando! Ninguna mujer me ha hecho gozar tanto como tú.
    – Entonces, estarás muy feliz de que sea de tu esposa, Crispin.
    Philippa gemía, colmada por esa virilidad anhelante. Los pezones estaban duros como púas por el roce constante del sólido torso del conde contra ella. Arqueó su cuerpo para que él pudiera llegar hasta lo más recóndito de su ser. Crispin la poseía de una forma que la enloquecía de placer. Presa de una pasión ardiente y estremecedora, echó la cabeza hacia atrás y sintió cómo unos labios húmedos e impetuosos recorrían su delicado cuello, desde la base hasta el mentón. Philippa deslizó los dedos por la espalda del conde, arañándolo suavemente al principio y luego, a medida que aumentaba su excitación, hundiendo sus garras con más vigor.
    El conde tomó las manos de Philippa y las colocó en torno a su cabeza.
    – ¿Quieres dejarme tus marcas, pequeña? -gruñó Crispin y le besó la oreja. Movía sus caderas hacia adelante y hacia atrás, cada vez más excitado por los gemidos y quejidos que brotaban de la garganta de su esposa. Sintió dentro de ella unas leves contracciones, pero él aún no estaba listo. Retiró despacio el miembro y se detuvo.
    – ¡Oh, Crispin, no! -suplicó Philippa-. ¡Te necesito, te necesito!
    – Espera un segundo, pequeña.
    Besó sus dulces labios con creciente ardor y volvió a moverse dentro de ella. Las húmedas paredes de su femineidad se contraían y lo estrujaban con fuerza, provocándole un placer casi doloroso.
    Philippa creyó que moriría de frustración cuando se interrumpió el amoroso acto. Pero los fogosos besos y la nueva embestida de su esposo reavivaron rápidamente su deseo. La tormenta volvió a cernirse, haciéndose cada vez más densa y cercando a los amantes hasta estallar sobre ellos con toda su furia. El conde cayó desplomado encima de Philippa, que se dio cuenta de que la dura madera lastimaba sus hombros, espalda y nalgas.
    – ¡Sal de encima mío! -gritó riendo-. Por culpa de tus jueguitos perversos, tendré que tomar otro baño.
    Crispin emitió un gruñido. Se sentía exhausto. Las piernas estaban inertes. Cuando recibió un fuerte empujón, logró ponerse de pie.
    – ¡Por Dios, mujer! -se quejó-.Vas a matarme con tus exigencias constantes.
    – ¿¡Mis exigencias!? -Philippa se sentó y luego se bajó de la mesa-. Estás muy equivocado, milord. ¡Eres tú el insaciable!
    – No, no. Mira esos adorables senos que tienes, mira cómo me señalan. ¿No ves que me están rogando que los acaricie? -Agachó la cabeza y besó uno de los pezones.
    – Eres un depravado, milord -lo retó en broma. Luego se metió en la bañera y se lavó hasta que no quedaran vestigios de la pasión-. Trae el caldero para calentar el agua. Está demasiado fría para ti.
    – Llama a Lucy y dile que puede irse a dormir -susurró el conde cuando ambos estuvieron en la alcoba.
    – Partimos bien temprano. Antes de acostarte, guarda la bañera ordenó Philippa a su doncella, que salió presurosa.
    – Ven a la cama -dijo Crispin, somnoliento.
    La joven se quitó la camisa, se metió en la cama y sonrió cuando él la abrazó. Sabía que estaba dormido y que en cualquier momento comenzaría a roncar. Pero a mitad de la noche, el caballero se despertó e hizo el amor apasionadamente con su mujer.
    – No podremos hacerlo hasta llegar a Francia -murmuró.
    – Tu fogosidad asombraría al rey y la reina, milord.
    En pocas semanas habían desaparecido sus temores de unirse con su esposo. Desde el principio, había sido una experiencia de lo más placentera. Obviamente, la reina no opinaba lo mismo, aunque nunca había dicho una palabra al respecto. Philippa se preguntó si todas las mujeres gozaban tanto como ella en la cama.
    El día siguiente amaneció despejado y cálido. Era 24 de mayo. Partieron antes del alba y vieron la salida del sol mientras cabalgaban rumbo a Canterbury, donde se reunirían con la corte. Cuanto más se acercaban a la ciudad, más atestados se hallaban los caminos. Llegaron a destino y se dirigieron a la pequeña posada The Swan, donde lord Cambridge les había reservado habitaciones.
    El emperador aún no había llegado, pero su arribo era inminente. Philippa se presentó ante la reina, que se alegró de verla.
    – ¿Eres feliz, hija mía?
    – Muy feliz. Pero ya estoy lista para volver a mi puesto, Su Alteza.
    – Cuando regresemos de Francia, ya no estarás a mi servicio. No me faltarán mujeres que me asistan, pequeña, y si bien has sido tan leal a los Tudor como tu difunto padre, ahora tu deber principal es darle un heredero a tu esposo. Es un requisito fundamental para la felicidad del matrimonio; nadie lo sabe mejor que yo, hija mía.
    – ¡Pero, Su Alteza, yo quiero servirla siempre!
    – Lo sé, querida. Una de las gracias que Dios me ha concedido es el amor que tú y tu buena madre me han brindado. Pero, como Rosamund, debes seguir tu propio camino. Siempre serás bienvenida en la corte, por supuesto, pero tu obligación, y lo sabes muy bien, es formar una familia.
    – ¡Oh, señora, me siento tan desconsolada! -sollozó Philippa-. Si hubiera sabido que tenía que renunciar a la corte, jamás me habría casado.
    – ¡Pamplinas! -rió la reina-. Las mujeres se casan o se ordenan monjas, no hay otra opción. Y tú no eres carne de convento, pequeña, pese a las solemnes declaraciones que hiciste el año pasado. Como tu madre, estás hecha para ser esposa y tener una familia. Ahora, sécate esas lágrimas. Eres una de las damas más bellas de la corte y quiero que estés a mi lado cuando saludemos a mi sobrino, el emperador Carlos V.
    – Muy bien, señora.
    Cuando se encontró con su esposo a la noche, le contó con enojo la decisión de la soberana.
    – Lo lamento, pero la reina piensa que eso es lo mejor para ti. Es una suerte que gocemos de su amistad, Philippa. Si tenemos una hija, tal vez algún día se convierta en dama de honor de Catalina o de la princesa María.
    – De todos modos, podemos seguir yendo a la corte. Iremos para Navidad, ¿verdad?
    – Lo decidiremos luego de visitar a tu familia en el norte. Si quedaras embarazada, no te haría nada bien el ajetreo del viaje. No podría soportar que te pasara algo, pequeña.
    – ¿Por qué? ¡Si ya posees las tierras que tanto deseabas! -le espeto Philippa con crueldad.
    – Porque considero que eres tan valiosa como esas tierras -repuso sin alzar la voz.
    La joven se sorprendió ante la respuesta.
    – ¿Acaso te has enamorado de mí?
    – No lo sé. Estamos empezando a conocernos. ¿Y tú, Philippa, crees que algún día podrás amarme?
    Se quedó meditando un largo rato y luego contestó:
    – No lo sé. He visto cómo el amor puede elevarte a alturas celestiales y al mismo tiempo hundirte en el dolor más profundo. Creí amar a Giles FitzHugh, pero, obviamente, estaba equivocada, pues hace rato que lo he borrado de mi memoria y de mi corazón.
    – ¿Me amarás algún día, Philippa? -volvió a preguntar el conde.
    – No lo sé. Estamos empezando a conocernos, Crispin.
    – Eres una mujer difícil -rió St. Claire.
    Philippa se enteró de que la princesa María no viajaría con sus padres para encontrarse con su prometido, el delfín de Francia. La princesita se quedaría en el palacio de Richmond, bajo la tutela del duque de Norfolk y el obispo Foxe, que también compartiría la responsabilidad del gobierno. Enrique y Catalina se dirigieron a la costa. El 22 de mayo pernoctaron en el castillo de Leeds y el 24 llegaron a Canterbury, ya avanzada la tarde. Dos días después, arribó finalmente el emperador Carlos V con su flota. La armada inglesa, que lo estaba aguardando en el estrecho de Dover, lo recibió con una salva de cañonazos.
    El conde y la condesa de Witton habían cabalgado hasta Dover al enterarse del inminente desembarco del emperador. Mezclados con la multitud, vieron cómo Carlos V avanzaba bajo un dosel con el blasón del Imperio: un águila negra sobre un paño de oro. El obeso y altivo cardenal Wolsey, ataviado con su capa púrpura, se acercó al ilustre visitante y se inclinó sin dejar de sonreír un segundo. Debido al griterío de la muchedumbre, Philippa y Crispin no alcanzaron a escuchar sus palabras, pero sabían que el cardenal escoltaría al emperador al castillo de Dover, donde pasaría la noche.
    El rey, que no había sido informado de la llegada de su sobrino con tanta premura como el cardenal Wolsey, arribó a Dover a la mañana del día siguiente, que era domingo de Pentecostés. Tras saludar al emperador, lo escoltó hasta Canterbury. A medida que avanzaban por la ruta, multitudes de súbditos ingleses vitoreaban al rey Enrique y a Carlos, y manifestaban su aversión a los franceses.
    En la catedral, los soberanos asistieron a una misa solemne en la que no solo se celebró la festividad religiosa, sino también la augusta visita del emperador. Después del oficio, se trasladaron al palacio del arzobispo Warham, donde el cortejo real aguardaba con ansiedad al emperador. Carlos V finalmente conocería a su tía, Catalina de Aragón.
    Cuando el rey y el emperador aparecieron en las puertas del palacio, todos los cortesanos se agolparon en el vestíbulo para saludarlos. Luego, las damas escoltaron a los regios caballeros a lo largo de un corredor flanqueado por veinte pajes de la reina vestidos con trajes de brocado dorado y satén carmesí. Cuando llegaron al pie de una amplia escalinata de mármol, el emperador vio a la reina sentada en su trono. Vestía una capa confeccionada con hilos de oro y ribeteada en armiño, y en el cuello lucía un collar de gruesas perlas de varias vueltas. Catalina lo acogió con una cariñosa sonrisa. Carlos notó que no tenía la belleza de su madre, Juana, y que parecía más bien una matrona rolliza. Pero era su pariente sanguíneo más cercano, luego de sus hermanas. Tomó las manos extendidas de la reina y las besó afectuosamente. Catalina lo abrazó y ambos lloraron de alegría.
    Nadie en su sano juicio diría que era un joven atractivo. Philippa escuchó ese comentario de boca de muchas mujeres y rogó que no llegara a oídos de su reina. Carlos V tenía una mandíbula prominente y deforme, ojos de un celeste desvaído, cutis blanco como la panza de un pez, dentadura irregular y una boca enorme que le dificultaba el habla. Por fortuna, se había dejado crecer una prolija barba que disimulaba algunos de esos defectos.
    Era una figura importante para el comercio de Inglaterra, que siempre había sido una aliada firme y solícita del Imperio. Sin embargo, el inesperado plan de Enrique VIII de reconciliarse con Francia preocupaba mucho al emperador, a tal punto que consideró necesario viajar a Inglaterra, aunque fuera por un breve lapso. Era consciente de que no torcería la voluntad de Enrique Tudor, pero al menos lograría inquietar a los franceses con esa visita, que, sabía muy bien, halagaba enormemente al monarca inglés.
    Los monarcas y los familiares más cercanos hicieron una pausa para almorzar en privado, y los miembros de la corte tuvieron que salir a buscar comida y entretenimiento.
    Más tarde, llegó la hermosa reina consorte Germaine de Foie, viuda de Fernando de Aragón, acompañada por sesenta damas. Esa noche se organizó un gran banquete. El rey Enrique, el emperador y las tres reinas (Catalina, Germaine y María Tudor) se sentaron a la mesa principal.
    Una de las damas de la reina flechó a un conde español que, para cortejarla, le recitaba poemas y cantaba canciones con tanto ímpetu y vigor que en un momento cayó desmayado al suelo y tuvieron que sacarlo del recinto. El viejo duque de Alba, un caballero encantador, y otros miembros de su comitiva hicieron una exhibición de danzas españolas. Enrique Tudor condujo a su hermana hasta el centro del salón y al instante se le unieron otras parejas. Infringiendo las convenciones, Philippa salió a bailar primero con su marido, pero cuando el rey la vio y recordó su destreza, la eligió como compañera en una de las danzas.
    – Mi querida condesa -le sonrió-. ¿Ya te acostumbraste a ese título, Philippa? -La alzó por los aires y la joven reía sin dejar de mirar su hermoso rostro.
    – No, señor, todavía no, pero algún día me acostumbraré -respondió. Sus pies volvieron a tocar el piso y, levantando las faldas, comenzó a hacer piruetas junto al rey.
    – ¿Cómo está tu madre?
    – Lo último que supe de ella es que tuvo dos gemelos varones, Su Majestad.
    – ¿Cuántos varones tiene?
    – Cuatro, señor.
    – Dios quiera que le des muchos hijos a tu esposo -manifestó, con cierta turbación en su mirada.
    Cuando concluyó la danza, Enrique condujo a Philippa hasta la gran mesa donde estaban sentados la reina y su sobrino.
    – Catalina, mi querida, ¿por qué no presentas a la condesa al emperador? -Besó la mano de la joven y se retiró para bailar otra vez con su hermana.
    Cuando Philippa se inclinó en una profunda reverencia, sus faldas se inflaron como una campana.
    – En mis cartas te he hablado de Rosamund Bolton, una amiga muy querida. Ella es su hija mayor, Philippa, condesa de Witton. Me ha servido con lealtad durante cuatro años, pero luego del receso estival dejará su puesto para dedicarse a su marido y darle un heredero. Philippa, te presento al emperador.
    – Su Majestad -susurró, haciendo otra reverencia.
    – ¿Su madre se encuentra bien? -preguntó Carlos V.
    – Sí, Su Alteza, y se sentirá muy honrada de que usted se haya interesado por su bienestar.
    – Ella es del norte del país, ¿verdad?
    – Sí, Su Majestad. Es terrateniente y junto con su primo, lord Cambridge, exporta lana a los Países Bajos. Tal vez Su Alteza haya escuchado hablar de la lana azul de Friarsgate. Su calidad es excelente.
    – Es una mercancía muy requerida -explicó el emperador, para sorpresa de Philippa-. He recibido quejas porque, al parecer, es bastante difícil de conseguir.
    – Ellos controlan la distribución a fin de mantener alto el precio.
    – Qué inteligente es su madre.
    – Sin duda lo es, Carlos -intervino la reina, para evitar que la joven siguiera hablando-. Hija mía, creo que tu esposo, el conde de Witton, te está buscando.
    Philippa se despidió con una gentil inclinación.
    – Gracias, Su Alteza. Con su permiso, Su Majestad -dijo caminando hacia atrás. De pronto, cobró conciencia de su nuevo estatus. Ya no era la señorita Meredith, doncella de la reina, sino la condesa de Witton, una figura digna de ser presentada ante el emperador. Fue una grata revelación.
    – Estuviste con el emperador -se enorgulleció Crispin.
    – ¡Sí! ¿Puedes creer que conoce la famosa lana de mamá y dice que los mercaderes de los Países Bajos se quejan de desabastecimiento? ¡Imagínate! El mismísimo emperador del Sacro Imperio Romano y rey de España conoce la lana azul de Friarsgate.
    – Es muy joven todavía, pero estoy convencido de que será un gran hombre. Nada se le escapa, ni siquiera los tejidos de Friarsgate. También te vi bailar con el rey.
    – Ya bailé antes con el rey. Es muy exigente y sólo elige a las mejores bailarinas.
    – Si bailas con él en Francia llamarás la atención de Francisco y yo me pondré celoso.
    – ¿Realmente te pondrías celoso?
    – ¡Sí, con locura!
    – Entonces tendré que ser muy cautelosa -bromeó Philippa.
    – ¡Cuidado, pequeña! Ninguna dama permanece casta en la corte de Francia. La hija de Tomás Bolena, María, ha pasado varios años allí y terminó convirtiéndose en una famosa ramera. Francisco la llama "mi yegua inglesa" y afirma haberla montado infinidad de veces.
    – ¡Qué desagradable! ¿Cómo se atreve a difamar así a la hija del conde de Wiltshire? -se indignó Philippa.
    – No lo diría si no fuera verdad, pequeña. Por eso te ruego que seas muy cuidadosa en el trato con los nobles franceses. No me gustaría batirme a duelo para defender tu honor. No hasta que me des uno o dos hijos.
    – ¿Tienes miedo de perder?
    – ¡Malvada! ¿Pondrías en peligro la vida de un pobre francés con tal de divertirte? Temo que uno de estos días tendré que aplicarte un correctivo por tu comportamiento.
    – ¿Y cómo lo harás?
    – ¿Nunca te dieron palmadas en el trasero, señora?
    – ¡Crispin! ¡No serías capaz de semejante cosa!
    – Entonces, no abuses de mi paciencia, pequeña. Ahora, a menos que me des una buena razón para quedarnos aquí, propongo volver a la posada. ¿Comiste algo? Porque tengo la impresión de que a los invitados que no estábamos en las mesas principales nos mataron de hambre.
    – Es cierto. La presentación de los platos era perfecta, pero ¡faltaba el alimento! ¿Crees que el posadero será tan amable de convidarnos con pan duro y cascara de queso?
    – Ahora comprendo cómo hiciste para sobrevivir en la corte. Te prometo algo más que pan duro y cascara de queso. Por ejemplo, un rico pollo, fresas, pan fresco, mantequilla y un delicioso queso brie.
    – ¡Suena maravilloso! -exclamó Philippa cuando se encontraron en las calles de la ciudad.
    Regresaron por el mismo camino que habían tomado a la ida. No era un trayecto muy largo, y las calles estaban bien iluminadas y vigiladas a causa de la visita del rey. Bajo la noche primaveral, Philippa experimentó por primera vez el placer de pasear de la mano de un hombre. El matrimonio con Crispin St. Claire le traía cada día nuevas aventuras y ya había decidido que le gustaba la vida de casada. Pero ahora había descubierto que también le agradaba ser la condesa de Witton. Sus hermanas se pondrían verdes de envidia cuando las viera y les contara sus andanzas. Por muy enamorada que estuviera, Banon desposaría al segundo hijo de un conde, lo que no era gran cosa. Y en cuanto a Bessie, ¿qué podía esperar la pobre Bessie si apenas tenía una miserable dote para ofrecer? Definitivamente, era maravilloso ser la condesa de Witton.

CAPÍTULO 16

    Enrique Tudor no quería hacer ningún trato que excluyera a Francia. Acordó reunirse nuevamente con Carlos V en Gravelmas, en territorio imperial, después del encuentro con el rey Francisco. La tarde del martes 29 de mayo, el joven emperador partió rumbo a Sándwich y, a la mañana siguiente, el monarca inglés y la corte se dirigieron a Dover, donde los esperaba una flota de veintisiete barcos, presidida por la nave personal de Su Majestad.
    Recién reacondicionado para el viaje a Francia, el Great Henry tenía unas magníficas velas de paño de oro que se henchían con la brisa del verano. Hermosas banderas y exquisitos estandartes flameaban en lo alto de todos los mástiles. El rey sabía que los franceses no tenían nada parecido a ese portentoso barco y, si bien lamentaba que Francisco no estuviera en Calais para verlo con sus propios ojos, estaba seguro de que no tardaría en recibir un informe detallado de la nave.
    La comitiva del rey estaba integrada por casi cuatro mil personas. Además del infaltable secretario privado de Su Majestad, Richard Pace, había pares y obispos; heraldos, guardias, ayudantes de cámara y funcionarios de la corte, acompañados por sus propios sirvientes. El séquito de la reina estaba formado por más de mil personas, dentro de las cuales se contaban Philippa y su doncella Lucy. En la comitiva del cardenal Wolsey figuraban, entre otros, el conde de Witton, varios capellanes y sirvientes. En total, viajaron a Francia más de cinco mil personas y cerca de tres mil caballos.
    El gran cortejo real partió de Dover la madrugada del 31 de mayo. Tras navegar por aguas tranquilas, la flota llegó a Calais hacia el mediodía. El conde y la condesa de Witton habían acogido en su barco privado a seis damas de la corte y sus respectivas doncellas. Una de las damas era María Bolena. A Philippa le parecía una persona agradable, pero a Crispin no le gustaba tenerla a bordo.
    – Goza de muy mala reputación -explicó a su esposa.
    – La reina me pidió que la llevara y no pude rehusarme. ¿Qué te han contado de ella?
    – Que es una ramera fácil de llevar a la cama.
    – Supongo que todas las rameras son fáciles de llevar a la cama; de lo contrario, no serían rameras. ¿Acaso gozaste de sus servicios?
    – ¡Válgame Dios, Philippa! ¡No! Nunca me sedujeron los caminos demasiado trillados.
    – ¿Crees que el rey está transitando por ese camino ahora? Tal vez sea esa la razón por la que Catalina me pidió que la lleváramos con nosotros.
    – Hay rumores, pequeña. Ahora que se fue Bessie Blount y que se confirmó que la reina no puede tener hijos, Enrique está muy perturbado. María Bolena es una mujer de vida ligera.
    – Es una tragedia que el único hijo varón del rey tenga que ser un bastardo.
    – Enrique encontrará la manera de deshacerse de la vieja reina y buscarse una mujer joven y fértil. Te aseguro que el rey hará lo imposible por conseguirse un heredero. No permitirá que la dinastía Tudor fundada por su padre se extinga con él. Además, el futuro marido de la princesa María tendrá que ser forzosamente alguien de su mismo rango, pues una reina debe casarse con un rey. Pero los ingleses no aceptarán ser gobernados por un monarca nacido en el extranjero.
    – Por supuesto que no -remarcó Philippa con firmeza.
    Permanecieron en su barco hasta el 3 de junio, cuando la comitiva partió rumbo a Guisnes. Philippa se quedó pasmada al ver la fastuosa ciudadela que se había construido para alojar a los reyes y su séquito. En cambio, el obispo Fisher estaba horrorizado por el excesivo derroche y el lujo, y sacudía la cabeza en gesto de reprobación.
    La suntuosa tienda del rey Francisco era de paño de oro y el techo estaba pintado con estrellas y signos astrológicos. La entrada interior estaba repleta de árboles jóvenes y tiestos de hiedra y, en el centro, se erguía una enorme estatua de oro de san Miguel que reflejaba la luz del sol procedente de la amplia apertura del pabellón.
    Enrique VIII logró superar en riqueza y extravagancia a su par francés. Seis mil carpinteros, constructores, albañiles y artesanos habían tardado varios meses en edificar un palacio de estilo italiano para el rey y su séquito. Hecho en piedra y ladrillo, se hallaba coronado por hermosas almenas y decorado con mosaicos, piedras labradas en forma de abanico, herrajes y estatuas de tamaño natural que representaban a héroes famosos. De los ángulos del palacio surgían unos animales heráldicos de piedra y, en el centro, se levantaba una cúpula hexagonal, también ornamentada con animales fantásticos y un ángel labrado en oro.
    Soberbios tapices, alfombras, cortinados de seda, mobiliario y adornos habían sido trasladados de Greenwich y Richmond a Francia. En la capilla había un altar cubierto por un mantel de hilos de oro y bordado con perlas y otras piedras preciosas, y doce estatuas de oro de los apóstoles. Los candelabros y los cálices habían sido traídos de la abadía de Westminster. El detalle más impresionante lo daban las fuentes construidas en la explanada del castillo. De una de ellas brotaba vino clarete y, de la otra, cerveza, y todo aquel que quisiera refrescarse con un trago podía servirse a discreción.
    El conde y la condesa de Witton se sintieron aliviados al enterarse de que su tienda se hallaba en el límite que separaba los pabellones de la reina y del cardenal Wolsey. Lord Cambridge les había conseguido una carpa de exquisita tela con un cobertizo para los caballos y con dos secciones. El lacayo del conde había encendido el fuego y puesto braseros con carbones ardientes en los dos cuartos de la tienda para eliminar la humedad y el frío del ambiente. En la sala de estar había una mesa con varias sillas, y en un rincón alejado, se hallaba el colchón para Lucy. En el otro cuarto, una cama, una silla y una mesa. A Peter se le ocurrió la brillante idea de tender una soga para que Lucy pudiera colgar los vestidos de su ama.
    Aún no habían terminado de instalarse en su nuevo hogar, cuando Philippa y Crispin recibieron una visita. Un caballero con atavíos espléndidos ingresó en el pabellón. Miró a su alrededor y, al posar los ojos en Crispin, exclamó:
    – ¡Mon chou! No sabía que seguías al servicio de monsieur le Cardenal.
    – ¡Querido Guy-Paul! -saludó el conde mientras se acercaba a saludar al invitado-. Ya no trabajo para el cardenal Wolsey. Vine a Francia porque mi esposa es una de las damas de honor de la reina.
    – ¿Tu esposa? ¿Te has casado, Crispin?
    – ¿No te parece que era hora de sentar cabeza, Guy-Paul? Philippa, te presento a mi primo Guy-Paul St. Claire, conde de Renard. Primo, te presento a mi esposa.
    – Monsieur le comte-dijo Philippa con extrema cortesía, tendiendo la mano al caballero.
    – Madame la comtesse -replicó escudriñándola con sus ojos azules. Le besó la mano y luego, tomándola de los hombros, le besó ambas mejillas. Retrocedió unos pasos para admirar a la joven y exclamó-: ¡Crispin, mon cher, tienes una esposa bellísima!
    – Me halaga usted, aunque sé que exagera. Admito que soy bonita, pero nada más. De todas maneras, le aseguro que encontrará muchas mujeres hermosas en nuestra corte.
    Guy-Paul se sorprendió al oír estas palabras.
    – Veo, madame la comtesse, que no lograré seducirla con mis encantos.
    – Un poquito, tal vez. Por favor, tome asiento. Iré a buscar el vino.
    – ¿Cuánto hace que te casaste, primo? La última vez que nos vimos eras soltero -dijo Guy-Paul, mientras Philippa se ocupaba de servir el vino.
    – La boda se celebró el último día de abril.
    – ¿Es una mujer rica?
    – Tenía unas tierras que me interesaban y una dote considerable.
    – Pero no pertenece a la nobleza.
    El conde de Witton negó con la cabeza.
    – De todos modos, era un excelente partido y tiene conexiones importantes. Su madre es amiga de la reina y Philippa la ha servido durante cuatro años. Catalina quiere mucho a mi esposa.
    – Es bueno que cada tantas generaciones los nobles de casen con mujeres de una clase ligeramente inferior. La sangre se renueva y se fortalece. Tendré que imitarte uno de estos días. La familia está cada vez más fastidiosa. Mi hermana dice que no me quedará simiente para engendrar hijos legítimos si sigo teniendo bastardos.
    – ¿Cuántos van?
    Tras meditar unos segundos, Guy-Paul replicó:
    – Creo que seis varones y cuatro mujeres.
    – Siempre te gustó hacer las cosas a lo grande. Pero es hora de que te cases, primo. Te lo recomiendo. Además, tienes dos años más que yo.
    – El vino, señores -anunció Philippa sosteniendo una bandeja. Había escuchado toda la conversación.
    – Siéntese y únase a la charla, chérie -la invitó Guy-Paul.
    – No sabía que mi esposo tenía parientes en Francia -murmuró y bebió un sorbo de vino. Había tantas cosas que ignoraba de su marido, fuera del hecho de que disfrutaba de compartir con ella los placeres de la cama.
    – Nuestro antepasado común tuvo dos hijos -comenzó a explicar el conde de Renard-. El mayor fue, por supuesto, el heredero y el menor fue a luchar con el duque Guillermo de Normandía cuando reclamó el trono de Inglaterra. En retribución por los servicios prestados, le donaron tierras de esa región.
    – No obstante -prosiguió el relato Crispin-, las dos ramas de la familia nunca se separaron. Peleamos en bandos opuestos en defensa de nuestros reyes y codo a codo en las cruzadas. De niño, pasé dos veranos en Francia con los St. Claire y Guy-Paul pasó dos veranos en Inglaterra conmigo. De vez en cuando hay casamientos entre primos y los miembros de cada generación siempre se mantienen en contacto por carta.
    – Qué bueno -comentó Philippa-. La familia de mi madre también era así, pero en un momento se separaron hasta que una feliz coincidencia nos reunió a todos de nuevo.
    – Me dijo Crispin que era una de las damas de la reina.
    – He sido dama de honor durante cuatro años. Sin embargo, cuando vuelva a Inglaterra dejaré mi puesto a pedido de Catalina, pues considera que ahora mi deber es cuidar de mi marido y darle herederos. No quiso despedirme antes, porque sabía lo mucho ansiaba hacer el viaje a Francia.
    – Así que le gusta la corte de Enrique Tudor.
    – ¡Es la mejor del mundo! -repuso Philippa con entusiasmo.
    – ¿Y cómo hará para sobrevivir cuando ya no forme parte de ella?
    – No lo sé, pero sobreviviré. Mi padre sirvió a los Tudor desde los seis años. Mi madre tuvo que hacerse cargo de una enorme propiedad a los tres años y la ha administrado con éxito hasta el día de hoy. Me han inculcado el sentido del deber desde que nací, monsieur le comte.
    Guy-Paul St. Claire quedó impresionado por el discurso de Philippa. La veía tan joven, tan deliciosa, tan femenina, que le sorprendió descubrir esos rasgos de severidad. Y lo más curioso era que su primo parecía celebrar las palabras de su esposa.
    – Madame, es usted admirable. Crispin, creo que, por primera vez en tu vida, has logrado causarme envidia.
    Philippa se levantó de su silla.
    – Señores, los dejaré solos para que renueven su amistad. Estoy muy cansada a causa de los viajes. Lucy, ven a ayudarme -ordenó a su doncella. Luego, saludó a los dos hombres con una graciosa reverencia y desapareció tras las cortinas de brocado que separaban las dos secciones de la tienda.
    – Es tan joven y a la vez tan intensa. ¿Es así en la cama? Si me dices oui, moriré de envidia.
    – Oui-contestó Crispin devolviéndole la sonrisa.
    – Es injusto -reprochó el conde de Renard-. ¿Cómo diablos hiciste para conseguir ese tesoro, primo?
    Cuando St. Claire terminó de contarle toda la historia, Guy-Paul meneó la cabeza con escepticismo.
    – Si frecuentaras más a los burgueses ricos, encontrarías una esposa como Philippa, pero sospecho que eres demasiado perezoso. Sin embargo, tendrás que intentarlo algún día, primo.
    – Tal vez, pero primero quiero gozar de este grandioso evento, mon chou. Mi único deber es divertirme y por eso estoy aquí. Francisco ha traído mucha menos gente que tu rey. Sospecho que, al ser más poderoso, no necesita ostentar tanto como Enrique Tudor.
    El conde de Witton se echó a reír.
    – No vuelvas a decir eso en voz alta, Guy-Paul. Si te escuchara cualquier otro caballero inglés, se ofendería y te retaría a duelo. Tú, por supuesto, ganarías, pero se armaría un gran alboroto. Enrique ha querido impresionar a tu rey y a los franceses para demostrarles que es muy poderoso. Recuerda que algún día su hija será reina de Francia.
    El conde de Renard se encogió de hombros.
    – Me pregunto si eso realmente ocurrirá o si la reina terminará casando a su hija con algún español. Estos compromisos son meras jugadas de ajedrez y lo sabes tan bien como yo.
    – Es posible, pero hasta el momento la princesa María y el joven delfín están comprometidos. Inglaterra y Francia son amantes.
    – Con España acechando tras bastidores.
    – Carlos V se casará mucho antes de que nuestra princesita esté en edad de contraer matrimonio. Ese hombre tiene grandes responsabilidades.
    Los primos continuaron conversando un tiempo más hasta que finalmente se separaron, con la promesa de volver a verse.
    La reunión de los dos reyes se había planeado hasta el más mínimo detalle, como una complicada coreografía. Los monarcas se comunicaban a través de mensajeros y el cardenal Wolsey era el emisario de Enrique. Cada vez que emprendía una misión, iba acompañado por cincuenta caballeros montados, vestidos con trajes de terciopelo carmesí, y por cincuenta ujieres que portaban mazas de oro. Cien arqueros a caballo marchaban al final de la comitiva. Todo el mundo admiraba el impresionante séquito del cardenal.
    Por fin, llegó el momento de la primera reunión. Era 7 de junio, Día de Corpus Christi. Se habían levantado colinas artificiales en los extremos del val d'or o valle de oro, como se llamó al lugar de! encuentro. Hacia el fin de la tarde sonaron las trompetas. Ingleses y franceses salieron a caballo de sus respectivos campamentos. Cada rey iba escoltado por una comitiva de cortesanos. El traje de Enrique era de paño de oro y plata con incrustaciones de piedras preciosas. Llevaba un sombrero engalanado con una pluma negra y el collar de la Orden de la Jarretera. De su corcel, asistido por los alabarderos de la guardia real, colgaban tintineantes campanillas de oro. El rey francés iba tan emperifollado como su par inglés.
    Al llegar a la cima de sus respectivas colinas, los reyes se detuvieron. Cuando escucharon el sonido de las trompetas y clarines, descendieron al galope y se encontraron en la mitad del valle. Quitándose los sombreros con gestos mayestáticos, Enrique y Francisco se abrazaron sin bajar de sus cabalgaduras. Luego se apearon y se dirigieron al pequeño pabellón construido especialmente para el memorable evento. A fin de evitar la enojosa situación de tener que decidir quién entraba primero, los monarcas se tomaron del brazo e ingresaron juntos, seguidos por el cardenal Wolsey y el almirante francés Bonnivet. A continuación, se leyeron en voz alta los artículos de la reunión y se enumeraron todos los títulos de Enrique Tudor, incluyendo el de rey de Francia. El soberano inglés se echó a reír.
    – Me temo que la presencia de mon frére Francisco invalida ese título en particular -dijo, palmeando en la espalda a su par francés-. Algún día nuestros hijos resolverán esa vieja disputa entre Inglaterra y Francia.
    Los dos hombres se sentaron a beber y conversar un rato. Al cabo, se pusieron de pie, salieron a recibir los vítores de los espectadores, se abrazaron varias veces y se separaron para volver a sus respectivos campamentos. Las trompetas y clarines ingleses y las flautas y tambores franceses inundaban el aire de sonidos musicales a medida que avanzaban. A partir de ese día y durante las dos semanas siguientes se celebraron fiestas y justas de un esplendor jamás visto.
    Philippa casi no vio a su marido en ese lapso, pues no podía separarse de la reina. Apenas durmió en su confortable tienda, pues debía permanecer en el gran pabellón de Catalina y estar siempre lista para obedecer sus órdenes. Solo retornaba a su tienda para cambiarse la ropa.
    Según Guy-Paul St. Claire, era la mujer más elegante de todas las damas inglesas e incluso los propios franceses admiraban su forma de vestir. Los ingleses consideraban indecentes los escotes bajos y abiertos de las francesas. Los embajadores de Venecia y Mantua afirmaban que, salvo escasas excepciones, las francesas vestían mejor que las inglesas, pero estaban maravillados por las hermosas cadenas de oro que usaban estas últimas.
    El 10 de junio Francisco presentó sus respetos a la reina Catalina. Se celebró un gran banquete en su honor y Philippa eligió un vestido de brocado verde y dorado con mangas largas de hilos de oro que terminaban en unos puños ajustados y forrados con piedras preciosas. El escote seguía la moda francesa y causó murmullos entre las damas. La joven rió para sus adentros al oír los cuchicheos. El cabello lo llevaba recogido en la nuca con un chignon adornado con flores silvestres. Ni siquiera las francesas usaban un peinado tan audaz.
    El rey de Francia reparó inmediatamente en Philippa y preguntó a sus asistentes por ella.
    – Es la condesa de Witton, la flamante esposa de mi primo inglés, Su Alteza -dijo Guy-Paul St. Claire.
    – ¿Nació en Francia? -preguntó el soberano.
    – No, es oriunda del norte de Inglaterra.
    – Mon Dieu! ¿Dónde aprendió esa hermosa niña a tener tan refinado estilo?
    – No sabría decirle, señor. Mi primo me la presentó hace apenas unos días.
    – Me gustaría conocerla -repuso el rey entrecerrando los ojos.
    – Puedo arreglar un encuentro. Estoy seguro de que madame la comtesse se sentirá muy honrada por su interés, señor.
    Guy-Paul supuso que la esposa de Crispin no cometería la tontería de dejarse seducir por Francisco, pero él podría ganarse la simpatía del rey al presentarlos. Lo que ocurriera después no era asunto suyo. Francisco era un hombre muy persuasivo con las mujeres, y el hecho de que una dama lo rechazara lo estimulaba aun más. Por consiguiente, tanto si Philippa sucumbía a sus encantos como si lo desairaba, Francisco quedaría satisfecho.
    – Entonces, hágalo -replicó el rey. Luego giró la cabeza para sonreír a la anfitriona, que precisamente le estaba diciendo que le gustaría presentarle a sus damas de honor. Francisco asintió complacido y saludó con el tradicional beso en ambas mejillas a cada una de las ciento treinta mujeres que desfilaron ante él y entre las cuales se hallaba, por supuesto, la bella condesa de Witton. Al inclinarse en una profunda reverencia, Philippa reveló un par de pechos soberbios que deleitaron los ojos del rey. Cuando la tomó de los hombros para besarla, sus regias manos se demoraron un poco más de lo habitual. Luego le tocó el turno a Anne Chambers, otra de las damas de la reina que también resultó del agrado del rey.
    Philippa se retiró y volvió a encontrarse con el primo de su esposo.
    – Cousine, estás preciosa hoy. Francisco estuvo elogiando tu belleza hace unos segundos. ¿Quieres que te lo presente, chérié?
    – Me lo acaba de presentar la reina -replicó Philippa. Aún no sabía si ese hombre le gustaba o no.
    – Non, non! No me refiero a eso. Cuando te vio, el rey quedó maravillado por tu hermosura y me expresó su deseo de pasar un momento a solas contigo.
    – ¿En medio de todo este barullo? -preguntó Philippa con incredulidad-. ¡Vamos, mon cher Guy-Paul! Lo que desea tu venerado rey es seducirme. Conozco muy bien su reputación y he pasado bastante tiempo en la corte para reconocer a un hombre en plan de conquista. Si aún fuera una doncella, la respuesta sería no. Pero como soy una mujer casada, la respuesta sigue siendo no -y se echó a reír-. No pongas esa cara de desilusión. ¿En serio creíste que aceptaría semejante invitación?
    No, definitivamente Guy-Paul St. Claire no le agradaba en lo más mínimo, pero debía ser cortés con él por respeto a Crispin.
    El conde se quedó abatido, pero al rato dijo:
    – Puesto que conoces tan bien el carácter de Francisco, no correrás ningún peligro. ¿No piensas que sería conveniente hacerte amiga del rey de Francia?
    – ¿Con qué fin, Guy-Paul? Si no permito que me seduzca, Francisco se sentirá ofendido. Y no estoy dispuesta a dejarme seducir por ningún hombre que no sea mi marido, que, además, es tu primo, por si lo olvidaste. ¿Crees que Crispin aprobará que ofrezcas a su esposa al rey de Francia?
    El conde de Renard parecía dolido por las palabras de la joven.
    – Siempre es útil tener un amigo en las altas esferas, Philippa, no solo para ti sino también para tu familia. Algún día tú y Crispin tendrán hijos. Además, piensa en tu madre, quien, según me ha contado mi primo, posee una próspera empresa. Imagínate los beneficios que ella obtendría si su hija fuera amiga del rey de Francia.
    – Si no dudara de tus motivos, estaría de acuerdo contigo, Guy-Paul. ¿Por qué diablos querría el rey conocerme si no es para seducirme? -dijo Philippa, pero a la vez pensaba que quizá la idea no fuera tan mala. Si lograba hacerse amiga del rey de Francia sin comprometer su honor y buen nombre, podría ayudar a su familia algún día. ¿Por qué no intentarlo? Después de todo, lo único que tenía que hacer era no dejarse seducir.
    – Me duele que sospeches de mí. Seamos francos, Philippa. Eres una muchacha de campo a quien se le brinda la oportunidad de conocer a un rey de enorme prestigio. Imagina las historias que les contarás a tus hijos y nietos. Es cierto, el rey me deberá un pequeño favor si le presento a la bella mujer que lo ha cautivado. Pero si lo rechazas, no me lo reprochará. Y tú, chérie, eres muy inteligente y te las ingeniarás para conservar su amistad y su buena voluntad, sin perjudicar a Crispin.
    Philippa no pudo evitar reírse.
    – Eres un ser malvado, Guy-Paul. Argumentas tan bien como Tomás Moro, aunque él es un hombre piadoso y tú jamás lo serás. Si aceptara conocer al rey Francisco, ¿dónde y cuándo sería el encuentro?
    El conde trató de disimular su alegría. Sabía que debía apelar a su inteligencia y a su devoción por la familia para convencerla.
    – No puede ser de noche -aclaró Philippa-, ni en un horario en que Crispin esté desocupado. Si se entera de que voy a reunirme con el rey, me lo prohibirá terminantemente y entonces yo me enojaré y cometeré alguna tontería -terminó la frase con una sonrisa-. Más vale contarle todo después del hecho. Es probable que se enfade contigo, ¿no has considerado esa posibilidad?
    – Podría ser por la tarde, después de las justas y antes de la fiesta nocturna -sugirió el conde, ignorando las últimas palabras de Philippa.
    – De acuerdo. Crispin suele reunirse con sus amigos en ese horario.
    – Me encargaré de todo -dijo Guy-Paul con voz suave. Tomó la mano de Philippa y la besó-: Sé tan encantadora con él como lo has sido conmigo, y Francisco caerá rendido a tus pies, ma chère cousine.
    – No quiero que caiga rendido a mis pies. Me entrevistaré con el rey en privado, le diré lo que corresponde decir en esas ocasiones, y luego desapareceré de su vista. Ahora, márchate. La reina nos está observando y querrá saber por qué conversamos tanto. Creo que no sería prudente repetirle nuestra charla, ¿verdad?
    Mientras el soberano francés visitaba a Catalina, Enrique Tudor visitaba a Claudia, la reina de Francia. Al regresar a sus respectivos campamentos, los reyes se encontraron en el camino: cada uno elogió a la esposa del otro y agradeció el excelente trato que había recibido. Luego, se abrazaron y siguieron viaje.
    Los festejos continuaron durante días. Los cocineros reales de los dos campamentos trabajaban sin descanso para ofrecer los menús más exquisitos y todos los días se organizaban justas deportivas. Dos árboles de honor artificiales portaban los emblemas de ambos reyes: el capullo de espino de Enrique VIII y la hoja de frambuesa de Francisco I, que se hallaban exactamente al mismo nivel, para demostrar su igualdad.
    Hacia mediados de junio, el calor se hizo insoportable. Las multitudes que se acercaban a mirar los torneos eran cada vez más numerosas; en un momento llegaron a reunirse diez mil personas. La situación se tornaba peligrosa y el capitán preboste era incapaz de controlarla.
    Una de esas tardes temibles y tórridas, Guy-Paul St. Claire saludó a Philippa, que descendía de las gradas de los ingleses.
    – ¿Podrías dar un paseo conmigo? -preguntó con cordialidad.
    – Su Majestad, le presento al primo de mi esposo, el conde de Renard -dijo Philippa a la reina-. Si no necesita mis servicios, saldré a caminar con él.
    – Por supuesto, hija mía. Te veré en el banquete de esta noche.
    – Me pregunto si el conde de Witton sabe que tiene un primo francés -comentó maldiciente una de las damas de la reina mientras los observaba alejarse tomados del brazo-. Ese sujeto hace honor a su nombre, pues realmente parece un zorro… o renard, en francés.
    Las otras mujeres se echaron a reír, pero la reina las regañó:
    – No admitiré esas habladurías. Philippa me ha hablado del conde y, Alice, te aconsejo que pases más tiempo rezando a Dios y a su Santa Madre para que te ayuden a contener esa lengua viperina. De todas las damas que me han servido, solo dos poseen una virtud intachable, y una de ellas es Philippa Meredith. Confiesa tu pecado y haz penitencia antes de volver a presentarte ante mí.
    Mientras tanto, Philippa avanzaba entre la multitud que asistía a las justas del día. Su acompañante la condujo discretamente a la tienda donde Francisco se preparaba para los torneos. En calzas, con el torso desnudo y sentado en un taburete de tres patas, aguardaba que un criado terminara de lavarlo. Alzó la vista al entrar los visitantes y sonrió.
    – Madame la comtesse, ha sido usted muy amable en venir a verme -saludó. Se paró con el agua chorreando por su amplio pecho. Era un hombre muy alto y viril.
    Philippa retrocedió un paso e hizo una reverencia.
    – Monseigneur le roi. Ha peleado con bizarría hoy y veo que su ojo está casi curado -saludó. Vio con el rabillo del ojo que Guy-Paul se escabullía fuera de la tienda y entonces se dio cuenta de que estaba cometiendo una tontería. Lo único que conseguiría sería poner en peligro su integridad y la de su esposo.
    El rey indicó a su sirviente que se retirara; luego tomó la mano de Philippa y se la besó.
    – Usted me llamó la atención el día del banquete de la reina. Era la más elegante de las damas inglesas. ¿Por qué sus compatriotas se visten tan mal? ¿Acaso no les gusta que un hombre las admire? -preguntó sin soltarle la mano y clavando sus ojos negros en el valle de su pecho.
    Philippa se sintió perturbada por esa mirada lasciva y ardiente, pero trató de no revelar sus emociones.
    – Mi tío Thomas Bolton, lord Cambridge, es un hombre dotado de una finísima sensibilidad en materia de estética. Él me enseñó a vestirme, aunque dice que poseo un instinto natural para la ropa y los colores.
    – ¿Y su tío también le enseñó a elegir las joyas? -inquirió Francisco, tocando las perlas de su collar y demorando sus dedos en la parte superior de los senos de la joven.
    – Así es, mi tío dice que también tengo un instinto natural para las joyas -replicó, tratando de reprimir la sensación de asco que la embargaba.
    – ¿Y qué otros instintos posee, madame'? -ronroneó, mientras su brazo se deslizaba como una serpiente alrededor de la cintura de Philippa y la atraía hacia él.
    La joven se sorprendió ante el intento de seducción. Rozó el cuerpo mojado del rey y tuvo miedo de que sus intensos ojos oscuros la hipnotizaran. Se sintió como un conejo acorralado por un sabueso gigantesco, pero se armó de valor y empujó al monarca con suavidad y firmeza al mismo tiempo.
    – ¡Oh, monseigneur, es usted tan fuerte y yo soy tan débil! Pero acabo de casarme y no quiero avergonzar a mi esposo. ¡Perdóneme! -Se arrodilló bruscamente y alzó la mirada hacia el rey con las manos unidas en señal de súplica-. ¡No debí venir! Me sentí tan halagada cuando supe que Su Majestad había reparado en mi humilde persona, que no pude resistirme. Soy solo una muchacha de campo, y ahora tendré que confesar mi conducta pecaminosa al sacerdote de la reina. -Agachó la cabeza y se las ingenió para soltar una lágrima.
    – ¿Y no le dirá nada a su marido? -preguntó el rey, divertido.
    – ¡Oh, no! ¡Me molería a golpes!
    – Si fuera mía, madame la comtesse, y mirara a otro hombre, yo también la azotaría -acotó el rey y luego la levantó-. Regrese con su esposo y duerma con su casta conciencia tranquila, pues no ha cometido pecado alguno. Nunca me vi en la necesidad de forzar a una mujer. -Besó sus labios y rió al ver la cara de asombro de Philippa-. No pude evitarlo, chérie, y en compensación por la desilusión que me ha provocado, exijo que me conceda una danza en el baile de esta noche.
    Philippa hizo una graciosa reverencia y huyó de la tienda, agradeciendo a su buena estrella por haber salido indemne de esa terrible situación. Sin embargo, Guy-Paul tenía razón. Había logrado engañar al rey con su pequeña pero brillante actuación, y había escapado sin mancillar su honor. De pronto, se detuvo pues no sabía dónde estaba. Y si bien aún era de día y el sol tardaría en ocultarse, no había suficiente luz en las angostas callejuelas que se formaban entre las carpas. Además, el viento empezaba a levantar el polvo y le impedía ver el camino.
    Quizá si caminaba hasta el final de la hilera de tiendas vería el campo y no sería difícil hallar el camino que conducía al sector inglés. Sin embargo, cuando llegó al extremo de la fila, descubrió que el sendero terminaba allí y que lo cruzaba una nueva callejuela. ¿Debía doblar a la derecha o a la izquierda? Recordó que el campamento inglés se hallaba al oeste, entonces dobló a la izquierda y continuó caminando. Cuando llegó al final del corredor, se encontró en la misma disyuntiva que antes: ¿izquierda o derecha? Ese lugar era peor que un laberinto de ligustros y ella, una mujer sola en un campamento extraño. ¡Maldito Guy-Paul! Debió haberla esperado, pero, de seguro, creyó que su rey lograría seducir a la campesina inglesa. Jamás volvería a dirigirle la palabra. No, mejor hablar con él, si quería que su esposo no se enterara del infortunado incidente que ella misma había provocado. ¿O le contaría todo? ¡Por Dios! ¿Dónde estaba el campo de juego? ¿Y si la sorprendía la noche? ¿Cómo hallaría el camino de regreso?
    Por fin, vio el campo de juego y sintió un gran alivio. Pero había un grupo de caballeros franceses conversando, y Philippa decidió avanzar hasta la siguiente callejuela para eludirlos. Más adelante vio un corrillo más pequeño de hombres. Philippa tuvo que detenerse pues no podía ver nada por el polvo que el viento arremolinaba. Sabía que estaba a centímetros de los hombres, pero temía moverse en esas circunstancias.
    Sin querer escuchó la conversación y descubrió con estupor que estaban tramando un asesinato. ¡Iban a matar a Enrique Tudor! Se quedó petrificada por el terror, pero al instante se dio cuenta de que ella misma corría peligro de ser asesinada. Tenía que usar toda su inteligencia para escapar de esa horrenda situación.
    La garganta se le cerraba y apenas podía tragar. Respiraba con dificultad, las piernas le flaqueaban. Philippa trató de recuperar la calma: inspiró y espiró una y otra vez hasta que el dolor y la opresión de la garganta desaparecieron y pudo volver a tragar. Tenía que ser valiente para salvar su vida y advertir al rey. Con el cuerpo pegado a una carpa, Philippa se puso a escuchar con extrema atención.

CAPÍTULO 17

    Philippa no podía ver a los hombres que hablaban claramente de asesinar al rey Enrique, pero ellos tampoco podían verla a ella. Sin embargo, cuando la tormenta de polvo amainara y advirtieran su presencia, ¿se darían cuenta de que los había escuchado?
    – ¿Estamos de acuerdo, entonces? -preguntó un hombre de voz ruda en un francés extraño.
    – Así es -replicó una segunda voz-. Todos estarán en el mismo lugar al mismo tiempo. No podemos dejar pasar esta oportunidad, mes amis, pues no volverá a repetirse. Los malditos ingleses ya no seguirán reclamando el trono de Francia, y nosotros nos apoderaremos de Inglaterra. Una vez eliminados el presuntuoso Enrique Tudor, su beata esposa española y el rechoncho cardenal, Francisco tomará bajo su tutela a la princesa María, la prometida del delfín, e Inglaterra será nuestra. Cuando el rey se entere de nuestra hazaña, de seguro nos recompensará generosamente.
    – ¿Y no se enojará el emperador? Después de todo, la reina es su tía. Además, ¿realmente crees que nos recompensarán? ¿No es posible que nos ejecuten por lo que planeamos hacer?
    – ¡Por supuesto que el emperador se va a enojar, idiota! Pero nuestros agentes en Inglaterra arrancarán a la princesita de las manos de sus guardianes y la traerán a Francia. Tal vez Francisco se enfade al principio, pero enseguida apreciará las ventajas de la situación. Además, la reina Luisa de Saboya nos protegerá pues ¿no somos acaso sus sirvientes? Cuando el rey tenga en sus manos a la princesa, podrá celebrarse la boda y el emperador no se animará a desafiar a la Iglesia. Inglaterra dejará de ser una amenaza para nosotros y se convertirá en súbdita de Francia. Los nobles ingleses no tardarán en aceptar la nueva situación, pues la aristocracia siempre trata de caer bien parada. Lo único que les importa es su propio bienestar; siempre ha sido así. Todos se echaron a reír a mandíbula batiente.
    – La señal será la salamandra del rey, ¿entendido?
    – Oui.
    El viento empezó a amainar y la nube de polvo se disipaba progresivamente. Philippa no tenía lugar donde esconderse. Apretando los dientes, decidió avanzar.
    – ¡Abran paso, abran paso! -gritó caminando en medio de la penumbra en dirección a los conspiradores. Ahora podía verles el rostro-. ¡Muévanse! Dejen pasar a la condesa de Witton. ¡Vamos, muévanse! -Estaba a centímetros de ellos.
    – ¡Qué demonios…! -exclamó un sujeto de mirada torva, y se plantó delante de Philippa.
    – ¡Apártese de mi camino, monigote! -dijo en inglés con arrogancia y clavó los ojos en el hombre.
    – ¿Nos habrá escuchado? -preguntó otro de los franceses.
    – ¡Dejen pasar a la condesa de Witton!
    – ¿Cuánto tiempo estuvo aquí, madame? -le preguntó sujetándole las muñecas-. ¿Cuánto tiempo?
    – ¿Cómo se atreve a tocarme con sus sucias manos? ¡Suélteme ya mismo! Haré que lo castiguen por su impertinencia.
    El corazón le latía a un ritmo frenético. ¿Podría escapar de esa situación? ¿Lograría convencerlos de que no entendía lo que le decían ni el idioma que hablaban? Le dio un fuerte puntapié al bandido que la tenía atrapada.
    El hombre la soltó maldiciendo y frotándose la pantorrilla, mientras sus compañeros reían ante el cómico espectáculo.
    – Madame, parlez vous français?-inquirió otro de los conspiradores.
    – ¿Qué? ¿Qué dice? ¿Por qué no habla inglés? ¡Malditos rufianes franceses! ¡Socorro! ¡Ladrones! ¡Unos forajidos quieren atacarme!
    – No habla francés -opinó uno de ellos-. No pudo haber entendido nuestra conversación, y si sigue aullando como una loca atraerá la atención de todo el mundo. Dejémosla ir, Pierre, antes de que vengan a socorrerla los caballeros. Fíjense en su ropa. Es una dama.
    – ¡Deberíamos estrangular a la perra! Pensé que las finas damas de la corte sabían francés, pero parece que no es así, Michel.
    Finalmente, el hombre se apartó y dejó pasar a Philippa, que alzó la falda y corrió hasta llegar al campo de juego. Respiró aliviada y miró a su alrededor en busca de alguna rostro conocida. Gritó al sentir que una mano firme le apretaba el codo. Dio media vuelta y se encontró con su marido.
    – ¿Dónde estabas? ¿Y qué hiciste? -Su mirada traslucía enojo y también preocupación.
    – ¡Hay un complot, milord! -atinó a decir Philippa-. ¡Un complot para matar al rey!
    – ¿A cuál rey? -preguntó alarmado.
    – ¡Al nuestro, a Enrique Tudor! Me importa un maldito rábano el rey francés.
    – ¿Cuándo?
    – No lo sé.
    – ¿Dónde?
    – Tampoco lo sé.
    – ¿Quiénes son los asesinos? -A esa altura Crispin estaba bastante exasperado.
    – Eso tampoco lo sé.
    – ¡Por Dios! -rugió el conde llamando la atención de la gente-. Dices que van a asesinar al rey y no sabes cuándo ni dónde ni quiénes lo cometerán, y sospecho que tampoco sabrás por qué. ¿Estás loca, Philippa? ¿Es posible que el calor y el polvo te hayan afectado tanto?
    – Por favor, Crispin, no hablemos aquí. Vayamos a nuestro pabellón y te contaré lo que he escuchado.
    La tienda se balanceaba, pero seguía firmemente clavada al suelo.
    – Entra los caballos, Peter. Este horrible viento durará un buen rato.
    – Sí, milord.
    Al ingresar a la carpa, saludaron a Lucy y le pidieron que se retirara.
    – Siéntate, Philippa, y explícame lo ocurrido. Fui a buscarte a donde estaban reunidas las damas de la reina y me dijeron que te habías ido con mi primo. Ya habrás notado que Guy-Paul no es una persona confiable. Siempre fue un niño taimado, y al reencontrarme con él me di cuenta de que no ha cambiado. ¿Qué demonios hacías con él?
    – ¿Estás celoso? -Philippa se sorprendió de sus propias palabras. ¿Por qué iba a estar celoso? Sabía que su esposa era una mujer honorable y que jamás lo traicionaría. ¿Por qué le perturbaba tanto que hubiera estado con su primo?
    – Responde la pregunta -urgió el conde.
    – Francisco me vio en el banquete de la reina y le gusté. Quiso conocerme y yo acepté, pues no me parecía nada malo encontrarme con el rey.
    – ¿No te parecía nada malo ofrecerte en bandeja como un cordero a un goloso caballero? ¿Qué pasó entre ustedes dos? -preguntó con frialdad.
    – ¡No pasó nada! -replicó Philippa, indignada de que Crispin desconfiara de ella-. ¿Cómo osas dudar de mi honor? Soy tu esposa, y no una ramera de la corte.
    – Una mujer que se entrevista con ese rey corre serio peligro de perder su buen nombre, que, te recuerdo, es también mi nombre, ¡maldita sea! ¿Qué hacía mi primo mientras conversabas con Francisco de Valois? ¿Había otras personas o estabas a solas con ese mujeriego empedernido?
    – Tu primo me condujo hasta el monarca y luego huyó como una sucia rata de albañal. Espero que lo regañes por su indigna conducta; por mi parte, no quiero volver a verlo jamás. Ahora que sabes que nadie dañó ni mancilló una de tus posesiones, te contaré lo que escuché mientras trataba de encontrar el camino de regreso a nuestra tienda.
    El conde estaba irritado. ¿Acaso creía que él la consideraba una mera posesión? ¿No se daba cuenta, por la forma en que le hacía el amor, de sus sentimientos hacia ella? Apretó los dientes y declaró:
    – Estaba preocupado por ti, pequeña. No podía localizarte ni encontrar a ese bastardo que por desgracia lleva mi misma sangre. Ahora, háblame del complot que crees haber descubierto.
    – No es ninguna creencia, Crispin, lo escuché con mis propios oídos. Eran tres hombres y, por lo que decían, estoy segura de que son sirvientes de la reina Luisa de Saboya. Uno, el más corpulento, se llamaba Pierre; el otro, Michel, y el tercero, no lo sé pues nadie lo llamó por su nombre. Hablaban de matar al rey, a la reina y al cardenal.
    – ¿Con qué fin?
    – Según escuché, unos compatriotas suyos que están en Inglaterra van a secuestrar a la princesa María y traerla a Francia para casarla con el delfín.
    – Y entonces Inglaterra será súbdita de Francia -dedujo el conde.
    – Así es, y decían que ni siquiera el Papa podría impedir esa boda.
    – Es cierto, no tendría ningún motivo para oponerse, ya que el compromiso entre la princesa y el delfín fue acordado por Enrique Tudor y Francisco de Valois.
    – Y también afirmaban que las grandes familias de la nobleza aceptarían la situación.
    – No todas. Algunas saldrían a buscar un heredero inglés. Otras se pondrían del lado de Francia a causa de la princesa. Estallaría la guerra civil otra vez, Philippa -sacudió la cabeza-. ¿Qué más escuchaste?
    – Dijeron que lo harían en algún momento en que los tres estuvieran juntos y que la salamandra del rey sería la señal.
    – La salamandra es el emblema personal de Francisco, pero, por lo que cuentas, no está involucrado en el complot. Sin embargo, su madre es una mujer muy ambiciosa. Haría cualquier cosa por su hijo, pero asesinar al rey de Inglaterra, a su reina y al cardenal es un plan de enorme envergadura. Hablaré con él, ahora. Es una suerte que hayas escuchado la conversación. Te aseguraste de que los conspiradores no te vieran, ¿verdad?
    – Por supuesto que me vieron cuando se disipó el polvo, y se asustaron bastante. Trataron de retenerme, pero fingí que no entendía el francés y les hablé todo el tiempo en inglés. Fui muy vehemente e imperiosa -dijo con una risita-. En ningún momento manifesté miedo, aunque, obviamente, estaba aterrorizada. Es más, los traté con bastante rudeza, como suele comportarse una dama inglesa ante subordinados franceses -concluyó con una amplia sonrisa.
    – Podrían haberte asesinado -murmuró el conde. La sola idea de perderla le destrozaba el corazón. Se dio cuenta de que la amaba y de que nunca se lo había dicho. ¿Y si Philippa hubiera muerto sin saber cuánto la amaba?
    De pronto, se escuchó un ruidoso griterío y Peter salió a averiguar qué pasaba. Minutos más tarde, regresó con la noticia de que el enorme pabellón del rey Francisco había sido derribado por el viento.
    – Las tiendas no estaban bien clavadas al suelo. Las nuestras no sufrieron mayores daños -informó el criado.
    Tomando a Philippa por los hombros, el conde la miró a los ojos.
    – Prométeme que te quedarás aquí, pequeña. Iré a hablar con el cardenal Wolsey. Él decidirá cómo manejar este asunto -la besó en la frente-. Vendré a buscarte si el cardenal desea verte.
    Philippa asintió y se quedó mirándolo mientras él se alejaba. Se había mostrado muy enojado cuando la encontró y ella lo acusó de estar celoso. ¿Realmente lo estaba? ¿Por qué motivo? Ella jamás haría nada que enlodara su reputación, y él lo sabía.
    ¿Era posible que Crispin St. Claire sintiera cariño por su esposa o incluso amor? Nunca le había dicho nada, pero la forma en que le hacía el amor demostraba que, al menos, se sentía atraído por ella. La joven suspiró. Había una sola persona capaz de aclarar todas sus dudas: su madre, Rosamund Bolton, que se hallaba muy lejos de Francia, en el norte de Inglaterra. Philippa se sentó a esperar. No le quedaba otra alternativa.
    – ¿Hay otro banquete esta noche? -preguntó Lucy acercándose a su ama.
    – Sí, ve y preséntale mis excusas a la reina. Dile que el viento y el polvo me han causado un terrible dolor de cabeza, y que la veré mañana antes de misa.
    – ¿Se encuentra bien, milady?
    – No lo sé. ¡Vete ya!
    – Regresaré enseguida.
    Cuando Lucy volvió, Philippa reunió a los dos sirvientes, les contó lo que había escuchado y les explicó que el conde había ido a ver al cardenal para informarle del complot.
    – No digan una palabra -les advirtió-. Ignoro qué hará el cardenal, pero supongo que querrá capturar a los conspiradores.
    – ¡Qué horror! -exclamó Lucy, conmocionada.
    – Mantendré la boca cerrada y los oídos bien abiertos, señora -dijo Peter.
    – ¡Podría haber muerto asesinada, milady! ¿Y cómo diablos le hubiera dado semejante noticia a su madre? Además, Annie me habría acribillado.
    Philippa sonrió ante el comentario.
    – Me temo que cuando volvamos a Inglaterra la vida nos resultará aburrida -bromeó.
    Lucy y Peter no pudieron contener la risa.
    – Me permito decir que mi vida se ha vuelto más interesante desde que usted se casó con el amo -confesó Peter.
    Finalmente, Crispin regresó y anunció que, después del banquete, cuando cayera la noche, el cardenal iría al pabellón del conde y la condesa de Witton para hablar con Philippa. Thomas Wolsey no quería que la joven se presentara en sus cuarteles, pues había mucha gente y su presencia allí resultaría sospechosa.
    – Mandé decir a la reina que me encuentro enferma. No me sentía capaz de asistir a una gran reunión después de haberme enterado del plan de asesinato -explicó Philippa.
    – Está bien. Iré a buscar al cardenal. Dado que he estado a su servicio previamente, a nadie le extrañará vernos partir juntos. Mi misión aquí era recabar información que pudiera interesarle al rey, pero no logré averiguar nada que no supiera todo el mundo, hasta que tú descubriste ese plan macabro. Agradezco a Dios que oyeras a esos hombres, pequeña, pero más le agradezco que te haya devuelto sana y salva.
    – Les conté todo a Lucy y Peter -le comunicó Philippa, extrañada por la ternura en la mirada de su esposo.
    – Hiciste bien, ellos deben saber lo que pasa y son lo bastante inteligentes como para mantener cerrada la boca. -La rodeó con sus brazos y le alzó la barbilla-. Promete que no irás a ninguna parte hasta que se haya resuelto este asunto.
    – Lo prometo.
    El conde la besó con tanta dulzura que ella parecía derretirse en sus brazos y quiso creer que la amaba, pero al instante trató de quitarse esa idea de la cabeza. Era su esposa y no debía importarle que la amara. Sin embargo, le importaba, y mucho, aunque no entendía por qué. Quería regresar a Inglaterra y hablar con su madre.
    – No debes pensar cuando te beso -bromeó el conde.
    – Estaba pensando en lo maravillosos que son tus besos. Creo que me gusta estar casada contigo, esposo mío.
    – Me alegra oír eso, Philippa, pues yo también estoy muy contento de ser tu esposo, mucho más de lo que había imaginado. -Volvió a besarla-. Extraño nuestros juegos amorosos -le susurró al oído.
    Philippa asintió ruborizada.
    – También pensaba que no veo la hora de regresar a Inglaterra, milord. Estoy un poco cansada de la corte y deseo ver a mi familia. Quiero que los conozcas a todos y estoy ansiosa por mostrarte Friarsgate.
    – ¿Acaso cambiaste de opinión, pequeña?
    – No, en absoluto. Prefiero mil veces Brierewode; es un lugar pacífico e ideal para criar a nuestros hijos -dijo Philippa con las mejillas arreboladas.
    – Tengo que prepararme para ir al banquete. Si sigo abrazándote así, querré llevarte a la cama y hacerte el amor para concebir al primero de nuestros hijos.
    Con sus delicados dedos, Philippa le acarició el rostro.
    – Ya habrá tiempo para eso, milord. Pronto regresaremos a nuestra querida Inglaterra.
    – Antes de ir al norte quisiera pasar por Brierewode.
    – Mi hermana se casará a fines del verano. Sabremos la fecha exacta cuando lleguemos a Oxfordshire. Estoy dispuesta a quedarme en Brierewode todo el tiempo que sea necesario, pero de ninguna manera me perderé la boda de Banon con el joven Neville.
    – De acuerdo, pero con la condición de que pasemos el invierno en nuestro hogar. Nos imagino a los dos juntos sentados frente al fuego mientras afuera es de noche y nieva.
    – Acepto, milord -replicó Philippa con una sonrisa-. Pero me sentarás en tu regazo, me acariciarás como sólo tú lo haces y me llenarás de placer.
    – Señora -gimió Crispin-, el cuadro que pintas es tan tentador que borraría todos esos meses que faltan para poder gozar de tan dulce intimidad.
    – Peter -ordenó la joven-. Ayuda a tu amo a vestirse para la fiesta de esta noche. Lucy, ve al pabellón de la cocina y tráeme algo de cenar. -Se deslizó suavemente de los brazos de Crispin. "Lo amo" -pensó.
    El conde se lavó con el agua de la jofaina y luego se emperifolló para el banquete.
    – No sé cuándo estaré de regreso -dijo a Philippa antes de salir-. Sabes cómo son estas fiestas en las que los anfitriones se desviven por impresionar a los invitados. -Besó sus labios y se retiró con un suspiro de tristeza.
    Lucy sirvió una suculenta cena. Apenas podía mantenerse en pie por el peso de la bandeja que cargaba. La señora y sus criados se sentaron a la mesa y comieron un enorme pollo asado, tres pasteles de carne, pan fresco, mantequilla, un queso blando francés y duraznos frescos. Pese a los terribles acontecimientos de ese día, Philippa tenía mucho apetito. Devoró con fruición los deliciosos platos, bebió dos copas de un exquisito vino dulce, y al rato la invadió una profunda modorra, pero dijo:
    – No debo quedarme dormida.
    – Y tampoco puede permanecer despierta, milady -señaló Lucy-. Vaya a la cama. La despertaré en cuanto vuelva el señor. -Acompañó a su ama al dormitorio, la ayudó a desvestirse, le puso el camisón, le cepilló la larga cabellera y la acostó en la cama. Philippa se durmió enseguida-. Pobre señora -dijo Lucy a Peter cuando entró al otro cuarto-. Fue muy valiente hoy, pero imagino que habrá sentido un miedo atroz. Yo me hubiera aterrorizado en su lugar.
    Hacia la medianoche, el conde regresó a la tienda acompañado por el cardenal Wolsey y uno de sus sirvientes. Ordenó a Lucy que despertara a su esposa. Philippa se apareció en su largo camisón de seda, que se ataba al cuello con cintas de seda blanca. Era un atuendo bastante modesto, dadas las circunstancias. El cabello suelto la hacía parecer más joven e inocente.
    – Su Gracia -dijo con una reverencia y besó la enorme mano de Thomas Wolsey.
    El cardenal tomó asiento, pero no invitó a sentarse a sus anfitriones.
    – Su esposo me ha contado el episodio de esta tarde. Ahora quisiera escuchar sus propias palabras, señora. Dígame qué pasó cuando dejó la tienda del rey.
    Philippa se sonrojó.
    – El primo de mi esposo había desaparecido y yo no sabía cómo volver al sector inglés. Como sabrá, Su Gracia, en esa zona las carpas son pequeñas, están alineadas una al lado de otra y forman un verdadero laberinto. Después de caminar para uno y otro lado, escuché una conversación entre dos hombres.
    – Su esposo me dijo que eran tres individuos -interrumpió el cardenal.
    – Así es, pero solo hablaban dos de ellos. Al principio, no podía verlos a causa del polvo -explicó Philippa clavando la vista en el cardenal.
    – Prosiga, señora -dijo Thomas Wolsey. Cuando Philippa concluyó el relato, el hombre asintió con la cabeza y preguntó-: ¿Está segura de que eran sirvientes de la reina Luisa de Saboya?
    – Sí, Su Gracia, y decían que ella los protegería en caso de que los atraparan. Tengo la impresión de que el complot es una idea que se les ocurrió a esos hombres para congraciarse con su ama.
    – Me sorprende que una joven que ha pasado cuatro años en la corte no conozca las iniquidades de las que son capaces los seres humanos. Es usted muy ingenua, señora, y sospecho que se debe a la influencia de Su Majestad Catalina -comentó el cardenal-. A decir verdad, no me interesa si la reina Luisa está involucrada; lo importante es encontrar la manera de impedir que el crimen se lleve a cabo. Con excepción de esos tres imbéciles, todos los demás escaparán al castigo, en especial los más poderosos. ¿Cuándo planean cometer el asesinato? Ese es el meollo de la cuestión.
    – Dijeron que lo harían en un momento en que ustedes tres estuvieran juntos.
    El cardenal se sumió en una profunda reflexión, mientras sus elegantes dedos tamborileaban en el apoyabrazos de la silla. Frunció los labios, cerró los ojos y al rato los abrió.
    – ¡Ya sé! -exclamó.
    – ¿Milord? -preguntó el conde.
    – El último evento de esta pomposa fanfarria es una misa que yo mismo presidiré y a la que asistirá todo el mundo. Es el lugar perfecto para perpetrar un asesinato. Enrique Tudor y Catalina, Francisco, la reina Claudia y Luisa de Saboya estarán en la primera fila. -Luego volteó hacia Philippa-. ¿Sería capaz de reconocer a esos tres sujetos, señora? ¿Pudo observar bien sus rostros pese al miedo?
    – Estaba asustada, milord, pero el miedo no llegó a enceguecerme. Puedo reconocerlos sin dificultad.
    – Supongo que no exigirá a la reina Luisa que haga desfilar a todos sus sirvientes para someterlos a una inspección -acotó el conde de Witton.
    – Por supuesto que no, mi querido Crispin. En primer lugar, sería muy fácil para los conspiradores eludir esa inspección y, además, dudo que la reina conozca a todos sus sirvientes.
    – Entonces su idea es esperar hasta el día de la misa. ¿No le parece peligroso, Su Gracia? ¿Habrá tiempo para detener a esos malhechores?
    – No queda otra opción -replicó el cardenal con voz calma-. Dios nos protegerá. Ahora, debo regresar antes de que empiecen a preocuparse por mi ausencia. Señora, la felicito por su inteligencia y su valentía. No conocí personalmente a su padre, pero sé que estaría muy orgulloso de usted. -Tendió la mano a Philippa, que se la besó, y se dirigió al conde-: Ha elegido una excelente esposa, Crispin. -Volvió a extender su regordeta mano para que el conde se la besara-. Les deseo buenas noches -se despidió.
    – Me parece un hombre muy seductor y a la vez atemorizante.
    – Es las dos cosas, pequeña.
    – ¿Realmente no intentará hallar a los asesinos antes de la misa? Si fuéramos al campamento francés, podríamos encontrarlos.
    – O ellos podrían encontrarnos a nosotros. Y entonces descubrirán que entendiste cada una de las viles palabras que pronunciaron. No, pequeña, aunque el plan del cardenal parezca demasiado sencillo e incluso peligroso, debemos confiar en él. Ese hombre sabe lo que hace.
    El conde la abrazó y le dio un beso en la frente. Philippa se apoyó contra el pecho de su esposo, embriagada por una sensación de absoluta felicidad. "Lo amo -pensó-. Ojalá también me ame, pero a pesar de que se ha comportado muy bien desde el día de la boda, sé que se casó conmigo por mis tierras. Nunca me amará".
    Al día siguiente los gobernantes de Inglaterra y Francia intercambiaron regalos, con la intención de demostrar la amistad que reinaba entre los soberanos. Sin embargo, debajo de ese barniz civilizado, seguía existiendo la vieja rivalidad.
    Después de casi un mes de fiestas, torneos y diversas actividades sociales, el encuentro llegaba a su fin. El día de la entrega de los suntuosos regalos, no había combatientes en el campo de juego, sino carpinteros, vidrieros, albañiles y artesanos que trabajaban sin descanso para erigir una capilla temporal. Los dos reyes juraron que algún día se levantaría en ese mismo lugar la iglesia de Nuestra Señora de la Amistad, donde volverían a reunirse allí para rezar y estrechar aún más sus vínculos. El cardenal Wolsey sería el encargado de colocar la piedra fundacional de ese templo luego de la misa final.
    La corte en pleno asistió a la capilla. Philippa y su marido lograron ubicarse junto a la reina. El altar estaba adornado con los candelabros de la abadía de Westminster y cubierto por un mantel traído de Notre Dame de París. Los cálices pertenecían a ambas catedrales. El cardenal, vestido con su toga color púrpura, era asistido por sacerdotes ingleses y franceses.
    De pronto, Philippa reconoció al hombre que había permanecido callado durante la ominosa conversación. Al principio no podía creer lo que estaba viendo, pero, luego, se inclinó hacia su marido y le susurró al oído:
    – ¡Crispin, uno de los conspiradores está en el altar con el cardenal! ¡Dios mío, es un sacerdote! ¡Qué horror!
    – ¿Cuál es? -preguntó el conde al tiempo que hacía señas a uno de los sacerdotes ingleses que él conocía y que se hallaba junto a la reina.
    – El hombre pelirrojo. Ese día llevaba una capucha y el polvo le oscurecía el color de su cabello, pero estoy absolutamente segura de que es él. Hay solo dos ancianos sacerdotes entre él y el cardenal -dijo con nerviosismo.
    – ¿Milord? -preguntó el religioso inglés acercándose a Crispin.
    – El hombre pelirrojo que está junto al cardenal es un asesino, padre. Wolsey sabía que estaría aquí, pero ignoraba su identidad. Acabamos de reconocerlo. ¿Podría avisarle a Su Gracia?
    El sacerdote asintió con la cabeza. Sabía que el conde había sido funcionario del rey y que su esposa era una devota servidora de la reina. Sigilosamente se deslizó entre los coristas y se paró en uno de los extremos del altar. Susurró algo al oído de otro sacerdote y se desplazaron con sumo cuidado hasta colocarse a ambos lados del conspirador.
    – Tendrá que acompañarnos, padre -susurró el hombre de la reina-. Se ha descubierto el complot y el cardenal desea hablar con usted después de la misa.
    El francés se sobresaltó, pero se dejó escoltar por los caballeros sin oponer resistencia. Salieron al campo de juego por una puerta lateral. El conde, que los estaba aguardando, echó una rápida mirada al prisionero y descubrió una peligrosa daga, cuya punta era más oscura que el resto de la hoja.
    – ¡Cuidado! -gritó Crispin-. ¡La daga está envenenada!
    – Salvaron la vida del cardenal, pero muy pronto su rey y su reina serán asesinados. Y no podrán hacer nada para impedirlo -gruñó el conspirador.
    El conde lo agarró del cuello y casi le rozó la garganta con la punta de la ponzoñosa daga.
    – ¡Dígame cómo se llaman y dónde están sus secuaces!
    – ¡Váyase al infierno!
    – ¿Realmente cree que asesinando a los monarcas de Inglaterra y secuestrando a su hija, Francia va a regir mi país? ¿Está dispuesto a perder su vida por esa ridícula idea? ¿Acaso no sabe que hay otros herederos legítimos del trono?
    El sacerdote permaneció en silencio, pero era evidente que estaba reflexionando en las palabras del conde.
    – ¿Qué harán con nosotros? -preguntó finalmente.
    – Dígame quiénes son y dónde están los otros conspiradores y los entregaremos a su ama. Ella decidirá qué hacer con ustedes. No queremos romper los lazos de amistad que se han creado entre ambos reinos. Hable ya mismo o le juro por Dios que le clavaré el cuchillo y lo dejaré morir sin la posibilidad de confesarse. ¿Acaso quiere presentarse ante el Creador con el alma mancillada por tan abyecto pecado?
    – Sus nombres son Pierre y Michel, y son sirvientes de la reina Luisa. Ahora se encuentran junto a ella en la capilla. Pierre es el más alto de todos los presentes, después de su rey Enrique. Michel está parado a su derecha. ¡Quite esa daga de mi cuello, se lo suplico!
    El conde arrojó al suelo al inicuo clérigo y le entregó el arma al sacerdote de la reina.
    – Vigílenlo de cerca. Si intenta escapar, clávenle la daga.
    Crispin St. Claire volvió a entrar en la capilla y habló unas palabras con el capitán de los alabarderos de la guardia real. Los hombres armados se dirigieron en silencio al lugar donde estaban los dos conspiradores, los tomaron del brazo sin siquiera darles tiempo a protestar y los llevaron discretamente fuera del templo. Muy pocos advirtieron lo que pasaba, pues la mayoría de los presentes estaban embobados por la pompa y la magnificencia de la misa y no querían perderse ningún detalle. Ni siquiera Luisa de Saboya se dio cuenta del pequeño alboroto.
    Afuera, los tres conjurados estaban arrodillados en el suelo, con las manos atadas a la espalda y bajo la celosa vigilancia de la guardia de Enrique VIII. Los dos sacerdotes ingleses habían regresado a la capilla.
    – Llévenlos a un sitio donde no los puedan ver los reyes ni las cortes -dijo el conde al capitán-. Hablaré con Su Gracia después de la misa y él decidirá qué hacer con ellos.
    – Sí, milord -fue la respuesta.
    De pronto, se escuchó un griterío procedente del campo.
    – ¡La salamandra! ¡La salamandra! Había olor a pólvora y un fuerte silbido atravesó el cielo.
    – ¿Qué fue eso? -preguntó el capitán.
    – Parece que uno de los fuegos artificiales se disparó antes de tiempo. Iré a ver.
    Y, efectivamente, tenía razón. Según le contaron los encargados del ígneo espectáculo, un jovencito había encendido por accidente la salamandra, el emblema personal del rey Francisco.
    – ¡Torpe! -exclamó enojado el especialista en fuegos de artificio-. Si hubiera arruinado otra pieza, lo habría perdonado, pero ¡el símbolo del rey! No tendré tiempo de hacer otro.
    – ¿Dónde está el niño? -preguntó Crispin.
    – Le di una paliza y lo dejé ir.
    – ¿Sabe quién es?
    – El inútil hijo de mi hermana. -Necesito hablar enseguida con él.
    – Piers, pequeño idiota, ¿dónde te has metido? ¡Ven ahora mismo o te despellejaré el trasero cuando te encuentre! -gritó el artesano.
    Esperaron un largo rato, hasta que apareció un muchachito sucio; parecía hambriento.
    – ¡Ven aquí, idiota! Este distinguido caballero desea hablar contigo.
    – Ven aquí, pequeño -dijo el conde con voz amable.
    – Sí, milord -susurró el niño, asustado.
    – Mira, muchacho, debes decirme la verdad y si lo haces te recompensaré. Y no trates de engañarme pues lo notaré enseguida. ¿Entendido?
    – Sí, milord.
    – ¿Alguien te pagó para que encendieras la salamandra cuando el sol estuviera en el cénit? Quiero la verdad. El niño parecía aterrorizado.
    – ¿Hice algo malo, milord?
    – Tal vez sí, pero solo quiero saber la verdad. ¿Alguien te pagó para que encendieras la salamandra?
    – Sí, milord. Un sacerdote me dio un penique de plata. Dijo que la madre del rey quería hacerle una broma.
    – ¿Un penique de plata? -exclamó el artesano-. ¿Dónde está, pequeño idiota? Deberías dármelo por todo el daño que me has causado. -Lo fulminó con la mirada y lo abofeteó-. ¡Dámelo!
    – Se lo di a mamá. Tú no me has pagado nada desde que me tomaste como aprendiz. Y mamá lo necesita para alimentar a mis hermanitos.
    El artesano volvió a azotar a su sobrino hasta que el conde le aferró el brazo.
    – Deje en paz al chiquillo. Necesito que identifique al sacerdote y si lo hace habrá una recompensa para usted. Ha habido un complot para matar a una figura muy importante y la salamandra era la señal que esperaban los asesinos. Su pobre sobrino fue víctima de un engaño.
    – ¡Santa Madre de Dios! -El hombre se persignó con nerviosismo.
    – El niño es inocente. Lo único que hizo fue aprovechar la oportunidad de ganarse un penique de plata. Por fortuna, nadie resultó herido, pues la conspiración se descubrió a tiempo. Pero necesito que el joven identifique al sacerdote ante las autoridades pertinentes. Vengan conmigo.
    – ¿Y usted quién es?
    – Mi nombre no significará nada para usted; soy un servidor del cardenal Wolsey.
    – De acuerdo, de acuerdo. Iremos con usted. -Todo el mundo, aun los franceses, sabían que el cardenal Wolsey era el verdadero gobernante de Inglaterra. Agarró al niño del cuello de la camisa y le gritó-: ¡Vamos, Piers, y di toda la verdad, basura inmunda!
    El conde los condujo desde el lugar donde se habían instalado los fuegos de artificio hasta el pabellón del cardenal en el campamento inglés. El guardia apostado en la entrada lo reconoció y lo hizo pasar junto con sus acompañantes. Adentro vieron a los tres malhechores arrodillados frente a Thomas Wolsey, quien había regresado de la misa.
    – ¡Es él! -gritó el niño sin esperar a que le preguntaran-. Es el sacerdote que me pagó un penique de plata por encender la salamandra.
    El cardenal les indicó que se acercaran.
    – Explíqueme lo que ocurre, Witton -reclamó el clérigo.
    – ¿Recuerda que Philippa habló de la señal de la salamandra? Este niño es aprendiz del artesano de los fuegos de artificio y alguien le dio un penique de plata para que encendiera la salamandra cuando el sol alcanzara el cénit. El sacerdote que le pagó le dijo que la reina madre quería hacerle una broma a su hijo Francisco.
    – ¿Y ese sacerdote está aquí, en mi pabellón, muchacho? -preguntó el cardenal.
    – ¡Sí, Su Gracia! Es uno de los que están arrodillados -el niño señaló al culpable.
    – Gracias, pequeño. Arrodíllense para que les dé mi bendición -les dijo al tío y a su sobrino.
    Tras bendecirlos, tuvo un gesto que sorprendió al conde, pues el poderoso cardenal era famoso por su mezquindad: metió su mano en un bolsillo oculto bajo su toga y sacó dos monedas. La más grande se la entregó al artesano, y la más pequeña, al muchacho.
    – Usted vuelva a su puesto y procure que los fuegos artificiales de esta noche deslumbren a todo el mundo -ordenó Wolsey al artesano-. El niño se quedará conmigo un tiempo más, pues tendrá que contar su historia a otra persona. -Luego se dirigió a uno de sus sirvientes-: Trae mi litera; iré a visitar a la reina Luisa de Saboya para averiguar qué opina de todo este complot. Crispin St. Claire, como siempre, ha hecho un excelente trabajo. Ahora vuelva al lado de su esposa y goce del espectáculo. Crispin hizo una reverencia.
    – Gracias, mi cardenal. Me complace haberle sido útil una vez más, pero quien merece toda la gloria es mi esposa. Si no hubiese escuchado esa conversación, el maléfico plan habría tenido éxito.
    El más corpulento de los prisioneros tuvo una súbita revelación y, mirando a su compañero Michel, protestó:
    – ¡Te dije que había que estrangularla! La muy perra entendió cada una de nuestras malditas palabras.
    – Así es, caballeros -replicó el conde, y salió del pabellón. Debía encontrar a Philippa y contarle todo lo que había sucedido.

CAPÍTULO 18

    Cuando el encuentro terminó, el rey y la corte se retiraron a Calais, donde Enrique despidió a casi todos los miembros de su comitiva. Luego, él y la reina se dirigieron a Gravelinas para encontrarse con el emperador Carlos V y la regente Margarita. Los cuatro regresaron a Calais y, allí, Carlos y Enrique hicieron un pacto por el cual Inglaterra se comprometía a no firmar nuevos tratados con Francia durante los próximos dos años. La decisión tomada por ambos mandatarios no agradó al rey Francisco, pero no pudo hacer nada.
    Philippa y Crispin habían hecho el breve trayecto de Calais a Dover en el navío que lord Cambridge había alquilado para ellos, junto con una docena de cortesanos de menor jerarquía, que les rogaron que los llevaran a fin de retornar a Inglaterra lo más pronto posible. Casi todos eran hombres de Oxford a quienes Crispin conocía y no vaciló en ayudarlos.
    Habían partido antes del amanecer y pudieron observar el sol naciente emergiendo, majestuoso, por sobre la cada vez más lejana costa de Francia. En Dover, comenzaron a cabalgar rumbo a Oxfordshire.
    Philippa notó que algo estaba pasando. La amistosa y, en cierto modo, protocolar relación que había entablado en los últimos dos meses con su marido parecía estar cambiando. Y el cambio había comenzado en Francia, luego de que ella le contara el episodio de los conspiradores. Philippa no lo comprendía. Crispin se mostraba mucho más solícito y lo había sorprendido en varias ocasiones observándola con una expresión nueva en esos ojos color gris plata que, de pronto, podían volverse tan gélidos. ¿Qué estaba sucediendo? ¿Acaso la amaba? ¿Era posible que algo semejante ocurriera entre ellos? ¿Sería ella capaz de responder a ese amor? Pensó que sí, aunque no estaba segura de lo que significaba estar enamorada. Además, no podía decírselo. Había aprendido en la corte que una mujer debe ocultar sus sentimientos hasta que el caballero no revele los suyos.
    El no intentó poseerla en los hostales donde habían pernoctado. Y cuando ella le preguntó la razón de esa abstinencia, él le dijo que prefería esperar y hacer el amor en Brierewode; de alguna manera, era comprensible. Lord Cambridge no se había ocupado de organizarles el viaje, pues no sabía cuándo regresarían, de modo que las posadas donde pasaban las noches distaban de ser lugares románticos, o aun confortables, en algunos casos. Sin embargo, Philippa estaba ansiosa por corroborar si sus juegos amorosos seguían siendo tan placenteros como antes.
    Luego de cabalgar varios días hasta el crepúsculo y de pasar las noches en la primera posada que encontraban, arribaron finalmente a Brierewode para sorpresa de la señora Marian, que no esperaba volver a verlos hasta el otoño.
    Philippa no se había aseado en mucho tiempo y ordenó que le prepararan el baño de inmediato. Tenía el cabello sucio a causa del polvo de los caminos estivales y de nada le hubiera valido cepillarlo. Mientras Lucy preparaba la bañera y los criados la llenaban con agua caliente, la joven abrió de par en par una de las ventanas del dormitorio y se inclinó sobre el alféizar. El aire era fresco y tenía el aroma característico del verano, pero en las colinas la niebla era ahora más densa. Seguramente llovería durante la noche, y se alegró de estar de vuelta en casa. Había pasado muy poco tiempo en Brierewode y, sin embargo, sentía que ese era su verdadero hogar. Allí es donde pasaría el resto de su vida, salvo las visitas anuales a la corte. Y allí nacerían sus hijos.
    Aunque no era probable que tuviera hijos si continuaba tomando en secreto el brebaje de su madre para impedir la concepción. Philippa experimentó un profundo sentimiento de culpa. Lo que estaba haciendo se oponía a los preceptos de la Iglesia. La reina se hubiera horrorizado de su sacrílego comportamiento. Sin embargo, en el fondo de su corazón no se arrepentía de su conducta. Había visto morir a demasiadas mujeres por dar a luz a un hijo tras otro, sin tomarse un descanso entre parto y parto. No. Su culpa no provenía de beber un brebaje para evitar la preñez, sino de no cumplir sus deberes para con Crispin, que era tan bueno con ella y deseaba con tanta vehemencia un heredero.
    Cuando llegaron a Brierewode, los esperaba un mensaje procedente de Otterly, donde lord Cambridge les comunicaba que la boda de Banon se celebraría el 20 de septiembre y que los vería primero en Friarsgate y luego en sus tierras. Rosamund estaba ansiosa por conocer a su nuevo yerno.
    – Tu madre aún no ha perdido la esperanza de que te hagas cargo de Friarsgate.
    – Si tú y Crispin no han cambiado de idea, estoy seguro de que él convencerá a Rosamund de renunciar a sus planes, pero ignoro cómo reaccionará. Todavía es bastante joven y hay tiempo suficiente para elegir a un nuevo heredero.
    Probablemente la elección recaería en uno de los Hepburn; Philippa estuvo a punto de desternillarse de risa al pensar en el gesto del finado Henry Bolton de haberse enterado de una decisión semejante, pero se conformó con lanzar unas breves, pero estentóreas, carcajadas.
    – El baño está listo -anunció Lucy, entrando en el dormitorio-. Y perdone la intromisión, milady, pero ¿se puede saber por qué se ríe con tanta malicia?
    – Porque me imaginaba la reacción del tío abuelo Henry, en caso de que uno de los Hepburn heredase la tierra de los Bolton.
    – De modo que usted renunciará a Friarsgate -repuso Lucy, mientras ayudaba a su ama a desvestirse.
    – Hace un momento, al mirar por la ventana, me di cuenta de que este es mi auténtico hogar. Pertenezco a Brierewode, Lucy, lo sé.
    – Sí. Oxfordshire es una hermosa tierra.
    – Lava solo lo rescatable. En cuanto a esas faldas, han conocido tiempos mejores -acotó Philippa con una sonrisa irónica.
    – Las lavaré de todas maneras, y usted podrá ponérselas cuando viaje al norte, para no estropear la ropa nueva -dictaminó la práctica y ahorrativa doncella. Una vez que Philippa se sentó, Lucy le quitó los pesados zapatos de cuero para cabalgar-. Necesitan algunos remiendos, además de una buena lustrada -dijo mientras le sacaba las medias-. y éstas, ¡al fuego! De tanto viaje se han quedado con más agujeros que tela.
    – De acuerdo. Tíralas a la basura -concluyó la joven, al tiempo que se ponía de pie y se sacaba la camisa.
    Totalmente desnuda, se encaminó a la antecámara donde se hallaba la bañera, frente a la chimenea. En Brierewode solían encender el fuego incluso en los días de verano, a fin de quitar la humedad del ambiente. Lucy, quien ya había puesto a calentar las toallas junto al hogar, recogió las ropas de su ama y la siguió a la antecámara.
    – Llevaré la ropa al lavadero y luego vendré a ayudarla con el baño.
    – No. Primero me lavas la cabeza. Hemos tenido que dormir donde nos sorprendía la noche y quiero asegurarme de no tener pulgas. Si tío Thomas hubiese organizado las cosas, no habríamos pernoctado en esas posadas infectas. Le escribiré para pedirle que se ocupe de nuestro viaje al norte, de ese modo será más placentero. -Philippa subió los peldaños de madera y se metió en la bañera-. ¡Ah, el agua está deliciosa! ¡Qué placer!
    – Sumérjase ahora, milady, y le daré una buena jabonada. -Dos veces le lavó el cabello y dos veces se lo enjuagó. Luego envolvió la cabeza de Philippa en una toalla caliente-. Ya está, milady. Con su permiso, ahora sí llevaré esta ropa a lavar.
    La joven cerró los ojos. El hecho de tener la cabeza limpia la hacía sentir maravillosamente bien. Medio adormecida, escuchó a lo lejos el débil retumbo de un trueno y se incorporó para mirar por la ventana abierta: el cielo se había oscurecido y pronto comenzaría a llover. Pero no le importó. Estaba en casa, al abrigo de cualquier inclemencia. Su cabello estaba limpio y esa noche dormiría en una cama pulcra y fresca.
    En ese momento, se abrió la puerta de la antecámara y apareció Crispin. Al verla, no pudo evitar sonreír.
    – Voy a meterme en la bañera -anunció. Y comenzó a sacarse la ropa.
    – ¿Y si Lucy vuelve y te ve desnudo? -protestó Philippa.
    – Lucy no regresará hasta que la llamemos. La encontré en el corredor y le di las instrucciones pertinentes. Cuando hagas sonar la campanilla, nos traerá la cena. Esta noche no tengo intenciones de ir al salón. Tú serás mi aperitivo, señora.
    Una vez liberado de la última de sus prendas, se dirigió a la bañera.
    – ¡El agua va a rebalsar! -exclamó Philippa alarmada.
    – No, señora, no va a rebalsar. Les dije a los criados hasta dónde debían llenarla.
    Subió los peldaños, se metió en el agua y tomó a la joven entre sus brazos.
    – Hemos estado separados demasiado tiempo, pequeña. -No hemos estado separados en absoluto -dijo ella, con voz ahogada.
    Crispin le sacó la toalla de la cabeza y hundió los dedos en los cabellos mojados.
    – Sí, estuvimos separados, señora, pero ya no nos apartaremos el uno del otro.
    Sus manos se hundieron en el agua y, tomándola de las nalgas, la levantó y la colocó sobre su erguida vara.
    – Ahora, esposa mía, ya no estamos separados -murmuró, al tiempo que la sorprendida Philippa abría los ojos de par en par.
    – ¡Oh, milord! -exclamó, mientras él deslizaba su potente virilidad en su amoroso canal.
    Y aunque ella recordaba cuan maravillosa era su pasión, se había olvidado de las considerables dimensiones que podía cobrar. Él la penetró hasta las profundidades de su alma, moviendo las delgadas caderas cada vez más deprisa hasta que ambos gritaron al unísono.
    – Caramba, Philippa. He pensado en mi propio placer y no en el tuyo. ¿Me perdonarás, esposa?
    Ella lanzó una suave risita.
    – Crispin, no sé si le corresponde a una dama admitir que, pese a la rapidez del encuentro, también ha alcanzado el placer.
    – ¿Es cierto?
    – Sí, es cierto. He extrañado nuestros juegos, milord. Pero debemos lavarnos primero antes de meternos en la cama y continuar este delicioso interludio. Luego, comeremos algo y volveremos a hacer el amor, a menos, por supuesto, que estés demasiado cansado por el viaje -concluyó Philippa en un tono provocativo.
    – Señora, realmente me asombras -repuso Crispin, lanzándole una mirada de aprobación.
    La joven vertió un poco de agua en el cabello castaño ceniza de su marido y se lo lavó. Cuando hubo terminado, tomó un cepillo y le frotó vigorosamente la espalda, los hombros y los brazos. Después, enjabonó un paño de franela y lo pasó por su ancho y fornido pecho y por su adorable rostro.
    – Ahora sal de la bañera y déjame terminar mis abluciones, milord. Las toallas están calientes.
    Él obedeció y comenzó a secarse cuidadosamente, observando con delicia la punta de sus senos, que flotaban, oscilantes, en el agua, mientras ella se frotaba la espalda.
    Su boca anhelaba atrapar esos tentadores capullos de carne. Tras quitarse la toalla de la cabeza, enroscó un lienzo en torno a sus caderas, pero no logró disimular la floreciente lujuria que empezaba a consumirlo. Nunca había deseado a una mujer como deseaba a Philippa, su adorable y pequeña esposa. Philippa, que no solo le incendiaba el cuerpo sino también el corazón. Pero ¿cómo podía declararle su amor si ella se obstinaba en guardar silencio? Era una muchacha dulce y dócil, fiel a la Iglesia y apasionada en el lecho. Y aunque entregaba generosamente su cuerpo, no comunicaba ninguna de sus emociones.
    – Te espero en el dormitorio -dijo Crispin, y abandonó la antecámara.
    – No tardaré -repuso Philippa.
    ¡Por Dios! ¿Todos los hombres serían tan apasionados como él? Esa era una de las muchas preguntas que tenía que formularle a su madre. Y de pronto, Philippa supo que debía ir a Friarsgate lo antes posible. Si él se mostraba tan apasionado, entonces ¿por qué no la amaba? Y si la amaba, ¿por qué no se lo decía? Su madre conocería las respuestas.
    Salió de la bañera y se secó lentamente. Luego se sentó junto al fuego y se frotó el cabello con una toalla hasta quitarle toda la humedad. Por último, se encaminó al dormitorio completamente desnuda.
    – ¡Detente! -dijo Crispin, cuando ella estaba a punto de franquear el umbral-. ¡Eres tan terriblemente bella, Philippa!
    Sintió que la ardiente mirada de su marido la quemaba por completo. Él le tendió una mano y cuando ella se acercó para tomarla, Crispin la arrastró al lecho, de modo que la joven cayó sobre su cuerpo y se besaron con una pasión arrebatadora.
    Afuera se escuchó el estruendo que sigue al relámpago y Philippa jugó con la idea de que sus labios, al unirse con tanta vehemencia, habían sido la causa del trueno.
    Sus bocas se fundieron en un beso ardiente y húmedo, cada vez más intenso. Sus senos se aplastaron contra el suave y fornido pecho de Crispin. Ella estaba encima de él y las manos de ambos se enredaban en los cabellos del otro. Sintió el cuerpo de él arder bajo el suyo. Sintió que su virilidad se erguía una vez más, aunque tratara de refrenarse para saborear ese mágico y sublime momento. Finalmente, Philippa apartó la cabeza.
    Crispin la levantó y la sentó sobre su torso, como si ella estuviera cabalgando. El redondo y pequeño trasero de la joven le bastaba para mantener intacta su lujuria. Por ahora, todo cuanto quería era acariciarle los senos, esas dos perfectas y deliciosas esferas. Se llevó los dedos a la boca para humedecerlos con saliva y los pasó repetidas veces en torno al tenso capullo de rosa. Ella se estremeció. Lo tomó el pezón entre el pulgar y el índice y lo friccionó hasta convertirlo en un talluelo enhiesto. Lo pellizcó con suavidad y ella emitió un leve quejido. Al mirar su rostro, vio que tenía los ojos cerrados y que disfrutaba de cada nuevo placer que le ofrecía. Jugó primero con un seno y luego se dedicó al segundo.
    Philippa suspiraba sin decir palabra. Crispin pensó que el tiempo no los apremiaba y, tras un mes de celibato, ella estaría dispuesta a aceptar lo que pensaba proponerle.
    – Ahora tiéndete de espaldas sobre mi cuerpo, pequeña. Déjate caer hacia atrás y te haré conocer una nueva manera de gozar. No tengas miedo, Philippa, jamás te lastimaría.
    Al escuchar sus palabras, el corazón de la joven comenzó a latir a un ritmo vertiginoso. Lo desconocido la atemorizaba, pero cada vez que se había adentrado en lo desconocido con su esposo no había obtenido sino placer. Obedientemente, se tendió boca arriba. Él le levantó las piernas y deslizó un cojín bajo su trasero. Philippa estaba intrigada, pero no abría los ojos, pues no sabía si estaba lista para mirarlo cuando hacían el amor. Él le levantó aún más las piernas y la sostuvo firmemente en esa posición. ¿Y su cabeza? ¿Dónde había metido la cabeza? ¿Acaso entre sus muslos? Entonces, sintió que la lengua del hombre, eludiendo el tierno follaje, separaba sus labios internos y se hundía en el lugar más secreto de su cuerpo. Philippa ahogó un grito y abrió los ojos, sorprendida.
    – ¡Crispin! -se las ingenió para exclamar.
    Él alzó la cabeza y la miró.
    – Confía en mí, pequeña -fue todo lo que dijo, antes de proseguir con sus deliciosos trabajos de amor.
    La lengua era el más exquisito tormento que Philippa había experimentado en su vida. Los sabios lengüetazos lamían, ávidos, su sedosa carne. Sus jugos fluían más copiosamente que nunca y, a juzgar por los sonidos de su laboriosa lengua, él los estaba bebiendo con fruición, como si se tratase del néctar de los dioses. Después, la lengua llegó a ese lugar que sólo había tocado su dedo, y a partir de allí se convirtió en una suerte de émbolo, entrando y saliendo del fragante santuario de su femineidad hasta que Philippa comenzó a gemir. Era una sensación demasiado maravillosa para poder soportarla, y la joven pensó que el único desenlace posible era la muerte. Pero en lugar de morir, se dejó arrastrar por la ola a una vertiginosa altura, antes de desmoronarse dos veces sobre la playa. Crispin la montó entonces, como si fuera una espléndida yegua blanca, y la empaló con su rígido miembro. Sus cuerpos se movieron al unísono hasta que los gemidos de ella le indicaron que había llegado el momento de saciar sus apetitos y él, incapaz ya de contenerse, la inundó con un chorro que le llegó al fondo de las entrañas. Temblando, se apartó de ella con un gruñido de satisfacción.
    Yacieron el uno junto al otro, jadeantes y maravillados por cuanto acababa de ocurrir. Crispin la tomó de la mano sin decir una palabra. ¿Por qué Philippa se empeñaba en guardar silencio? ¿Por qué no le decía que lo amaba?
    Philippa, aunque encerrada en un mutismo absoluto, no pudo contener las lágrimas. ¿Por qué su esposo no le declaraba su amor? Tal vez porque no la amaba, concluyó la joven, dejándose llevar por el escepticismo… y la ignorancia.
    Crispin St. Claire fue el primero en hablar.
    – Creo que esta noche hemos engendrado un hijo -murmuró con una voz sofocada por la emoción.
    – No lo sé, milord -repuso Philippa, pensando que eso no era posible a causa del brebaje que tomaba todos los días.
    – Yo estoy seguro. Una pasión semejante entre un hombre y su esposa debería dar algún fruto.
    – Nunca he considerado, milord, que la pasión entre nosotros fuera infructuosa -replicó la joven.
    – ¿En serio, señora? -sonrió el conde. Cuando hacían el amor, respondía a sus caricias con una pasión que hubiera satisfecho al hombre más exigente, pero rara vez hablaba del tema-. ¿Tienes hambre? En ese caso llamaré a Lucy para que nos traiga la cena.
    Ella asintió con la cabeza, totalmente adormilada.
    – Mmmh… sí. Despiértame cuando llegue -dijo, y sus ojos se cerraron.
    Crispin tiró del cordón de la campanilla. Puso un brazo en torno a Philippa y se quedó escuchando su tranquila respiración. Evidentemente, ella estaba cansada de tantos viajes, y en cuanto a él, la idea de ir al norte en unas pocas semanas no le hacía la menor gracia, pero se lo había prometido. El casamiento de su hermana era importante para Philippa; además, ya era hora de conocer a sus parientes políticos. Se preguntó si era sensato de su parte permitirle a Philippa renunciar a una herencia que le pertenecía por derecho de nacimiento. Y concluyó que sí. Los St. Claire de Wittonsby no eran una familia acaudalada ni tampoco era probable que lo fuesen. Los tiempos en que un hombre podía elevar la condición socioeconómica de su familia habían pasado.
    Al escuchar a Lucy en la antecámara, el conde se levantó del lecho, se envolvió la toalla en torno a la cintura y se encaminó a su encuentro.
    – Vacía primero la bañera y luego dile a Peter que te ayude a guardarla. Y pon la bandeja sobre la mesa. Tu ama no te necesitará esta noche, Lucy. ¿Han preparado tu cuarto?
    – Oh, sí, milord. Todo está tal cual lo dejé, y la señora Marian es de lo más generosa. Me invitó a cenar con ella y con Peter.
    – Encárguense entonces de la bañera y luego ambos pueden retirarse -le dijo a la doncella y regresó al dormitorio, cerrando la puerta tras de sí.
    Lucy terminaba de vaciar el agua cuando apareció Peter.
    – ¿Vienes a cenar con nosotros? Mi hermana quiere conocerte mejor.
    – Primero guardemos la bañera en el armario -dijo Lucy y, tras una breve pausa, agregó-: ¿Se puede saber por qué tu hermana quiere conocerme mejor? ¿Qué hay que conocer? Me crié en Friarsgate. Mi hermana es la doncella de lady Rosamund, a quien he servido durante diez años. Mi vida no esconde ningún misterio; soy tal como me ves.
    – Mi hermana opina que deberíamos casarnos -repuso Peter con voz calma.
    – ¿Qué? -Lucy lo miró de lo más sorprendida-. ¿Cómo se le ocurre semejante cosa?
    – Según ella, es bueno que el lacayo del conde y la doncella de la condesa se casen, pues el matrimonio impide que otros los distraigan de sus deberes.
    – SÍ me lo preguntas, te diré que tu hermana es una mandona y una entrometida. Por el momento, no pienso casarme. Además, eres demasiado viejo para mí.
    – Tengo cuarenta años.
    – Y yo, veinte -repuso Lucy-. Sin embargo, si algún día me enamoro, consideraré la posibilidad de contraer matrimonio. Pero no todavía. Y se lo diré a tu hermana, si osa decir algo. Ahora, ayúdame a inclinar la bañera para terminar de vaciarla. Si no nos apuramos, se enfriará la comida del señor conde y de la señora condesa. Nuestros amos no nos perdonarán tamaña negligencia.
    – Supongo que están más interesados en hacer el amor que en la comida -dijo Peter, mirándola con picardía.
    – ¡Dios bendito! -exclamo Lucy, sonriendo-. No eres tan almidonado como pareces.
    – Pero no le diremos nada a la señora Marian, ¿verdad?
    – No, señor mentiroso -replicó la joven sonriendo y cerró la puerta con fuerza para que sus amos supieran que se habían retirado.
    El conde salió de la alcoba e inspeccionó la cena. Había un plato de ostras frescas y comió seis seguidas, acompañándose con una copa de vino. Medio somnolienta, Philippa apareció en la antecámara totalmente desnuda y, sin decir una palabra, se abalanzó sobre la bandeja, tomó un pastel de carne y comenzó a devorarlo con avidez. Crispin le sirvió una copa de vino y se la alcanzó.
    – Gracias -murmuró Philippa, mientras se apoderaba de otro pastel, que engulló con tanta prisa como el primero. Luego, atacó la fuente con espárragos en salsa de limón, y cada vez que chupaba los carnosos tallos, se lamía sensualmente los labios.
    Crispin, que al observaría sentía un cosquilleo en el miembro, apartó la vista, tomó una sabrosa y tierna pata de venado y la desgarró hasta el hueso con sus dientes blancos y vigorosos. Bebió más vino y pensó que jamás había comido con una mujer desnuda. "¿Qué hay de malo? Somos un matrimonio en la intimidad de sus aposentos" -pensó, y se quitó la toalla de las caderas.
    Cuando Philippa notó que el lienzo había caído al suelo, alzó la vista y miró de arriba abajo el cuerpo delgado y largo de su esposo. Los dos se hallaban parados frente al aparador. Estaban tan hambrientos que ni siquiera se habían molestado en sentarse para comer. Una vez que dieron cuenta de las ostras, la carne y los espárragos, cortaron con las manos la enorme hogaza de pan casero. Philippa extrajo un poco de mantequilla y la untó en el pan con el dedo pulgar. Con un rápido movimiento, el conde le arrebató el mendrugo, lo desmenuzó en pedacitos y los fue introduciendo en la boca de la joven. Imitando el gesto, Philippa cortó trozos de queso cheddar se los fue metiendo en la boca. Y luego se lamieron los dedos el uno al otro.
    Acto seguido, Crispin colocó el plato de fresas, la crema y un pequeño jarro de miel junto al fuego, y acostó a su esposa en el piso mientras la besaba dulcemente. En silencio, Philippa observaba cómo untaba con crema sus pezones y colocaba en la punta una fresa. A continuación, Crispin le cubrió el torso con crema y fresas, que procedió a comer una por una, y luego le lamió el abdomen hasta no dejar rastros de crema. Dejó para el final las dos pequeñas frutas de sus pezones, y los lamió hasta sentir que ella se retorcía de placer.
    – ¿Te gustó lo que te hice antes? -dijo finalmente Crispin, haciéndole cosquillas en la oreja con su cálido aliento.
    – Sí, pero fue muy perverso.
    – Sí, fue muy perverso -repitió el conde con un ronroneo y le mordisqueó los labios-. Puedo enseñarte otras cosillas perversas, ¿quieres?
    La joven, deseosa, asintió varias veces con la cabeza. Entonces, el conde hundió su virilidad en el tarro de miel y la retiró, ante la perpleja mirada de su mujer. Luego la apretó contra los labios de Philippa, quien los abrió y lamió la dulce sustancia con su rosada lengua. Como la miel comenzaba a licuarse y a chorrear debido al calor de su cuerpo, el conde introdujo todo el miembro en su boca. Philippa se sobresaltó al principio, pero enseguida se puso a chupar toda la miel, y cuando sintió que la rigidez de su amorosa vara la desbordaba, la dejó salir. El conde la deslizó entre sus piernas y empezó a empujar con ímpetu.
    Philippa le arañaba la espalda emitiendo suaves quejidos. Al instante esos quejidos se transformaron en gemidos y los gemidos desembocaron en un jubiloso grito. El conde movía sus caderas hacia delante y hacia atrás, hacia delante y hacia atrás, hasta que Philippa sintió que su cabeza giraba como un torbellino. Estaba mareada y débil por el ardiente placer que fluía por todo su cuerpo. "¡Lo amo! ¡Lo amo!" -pensó, pero no lo expresó en voz alta, pues Crispin aún no le había dicho que la amaba.
    Estaban empapados de sudor por el apasionado esfuerzo. Crispin la penetró hasta lo más profundo de su vientre, y sintió cómo los espasmos del éxtasis sacudían el cuerpo de Philippa. Sin embargo, no la oyó gritarle su amor. ¿Acaso era incapaz de experimentar ese tierno sentimiento? ¿Solo le interesaba satisfacer su instinto carnal? No sabía la respuesta y tampoco le importaba mucho en ese momento. Los jugos de la pasión brotaron de su ser, dejándolo exhausto y desesperado de amor.
    Se quedaron acostados junto al fuego un largo rato. Caía la oscuridad; los pájaros habían dejado de cantar; solo se oía el repiqueteo de la lluvia y algún trueno ocasional. El conde se puso de pie y ayudó a Philippa a levantarse. Juntos entraron en la alcoba, se metieron en la cama y durmieron hasta bastante después del amanecer.
    Philippa fue la primera en despertarse. Mientras oía los sonidos del nuevo día, se puso a reflexionar sobre los acontecimientos de la noche anterior. Pronto volvería a Friarsgate y podría hablar con Rosamund; esa idea le iluminó el rostro. Jamás había imaginado que llegaría a necesitar tanto a su madre, pero sus sentimientos hacia Crispin la tenían muy confundida. Se deslizó fuera de la cama, se dirigió al hogar y retiró del fuego la jarra que Lucy les había dejado. Volcó un poco de agua caliente en el aguamanil de plata, se lavó y arrojó el contenido por la ventana.
    Remoloneando en la cama, el conde observaba cómo Philippa se vestía y cepillaba su cabellera caoba hasta dejarla tersa y brillante como la seda.
    – Buenos días, condesa.
    Philippa dio media vuelta y le sonrió.
    – Buenos días, milord. Puedes lavarte con agua caliente -anunció señalando el lavamanos.
    – ¿Acaso no me lavaste bien anoche, pequeña?
    – ¡Milord! -lo regañó.
    – La próxima vez te echaré miel a ti y lameré tu deliciosa vaina.
    – Crispin, eres un depravado -replicó, pero, en realidad, los recuerdos de la miel, la crema y las fresas le causaban un cosquilleo en todo el cuerpo.
    Las semanas siguientes fueron maravillosas. Recorrieron a caballo las tierras de St. Claire, hicieron el amor en una parva de heno, donde el trasero del conde estuvo a punto de ser atacado por una abeja y Philippa lloró de la risa. Crispin le explicó cómo se administraban sus propiedades. Se detuvieron en cada casa de las tres calles de Wittonsby para saludar a los inquilinos y charlar con ellos. Las noches las dedicaban al placer y la pasión. Y, de pronto, el mundo exterior irrumpió en su dichosa existencia.
    Un mensajero que llevaba la insignia del cardenal Wolsey llegó a Brierewode con una orden para el conde de Witton: debía reunirse con el poderoso clérigo en Hampton Court. Enrique Tudor estaba pasando el verano en Wiltshire y Berkshire; la reina, en cambio, se había refugiado en su amado Woodstock y se quedaría allí hasta septiembre, cuando el rey iría a buscarla.
    – Estamos casi a mediados de agosto -protestó Philippa-. Debemos partir hacia el norte para asistir a la boda de mi hermana. ¿Por qué te reclama, si ya no estás a su servicio?
    – Es cierto, pero no puedo decirle que no. Es el vocero del rey, pequeña. Debo partir. Iremos al norte apenas regrese.
    – ¿Y cuándo volverás?
    – No lo sé. ¿Por qué no te preparas para el viaje mientras estoy ausente? Peter empacará mis cosas.
    – ¿Cómo? ¿No te acompañará?
    – El cardenal quiere discutir ciertos asuntos conmigo y no necesito llevar a mi lacayo. Cabalgaré deprisa con mis hombres y trataré de retornar lo antes posible. Wolsey sabe muy bien que no estoy a su servicio y, a decir verdad, dudo que ese hombre siga gozando de los favores del rey por mucho tiempo más.
    – Si no regresas dentro de una semana, viajaré sola.
    – No, te quedarás a esperarme en Brierewode. Te prometí que irías a la boda de tu hermana y lo cumpliré. Pero si me desobedeces, enfrentarás mi enojo, Philippa. Recuerda que quien manda en esta casa soy yo. ¿Estamos de acuerdo?
    A la mañana siguiente, Crispin St. Claire partió junto con el mensajero del cardenal y una tropa de hombres armados. Al llegar a Hampton Court, lo hicieron esperar dos jornadas enteras, pues Wolsey estaba muy ocupado arreglando los asuntos del rey. Por fin, llegó el día del encuentro.
    – Necesito que emprenda una nueva misión, milord -anunció Thomas Wolsey.
    – No podré ser de utilidad dentro del país, Su Gracia, y mi intención es permanecer en mis tierras, al menos hasta que mi esposa y yo tengamos herederos. Lo siento, Su Gracia, pero ya he pasado los treinta años y no podré hacerle un hijo a Philippa si no estoy en Brierewode. El rey sabrá comprender mis motivos.
    – De él se trata precisamente, Witton -enfatizó Wolsey-. Lo que le diré hoy no debe repetirlo en ninguna circunstancia. Se sospecha que el duque de Buckingham, el duque de Suffolk y varias personas más se han conjurado para derrocar a Enrique Tudor, con la excusa de que Su Majestad no tiene un heredero varón. Algunos seguidores de rango inferior son vecinos suyos, milord. Buckingham es descendiente de Eduardo III y siempre ha sido un hombre muy ambicioso. Algunos dicen que sus derechos al trono son más legítimos que los del propio rey.
    – Sólo un tonto se atrevería a decir algo así en voz alta -replicó el conde.
    – ¡Ah, sí! Pero la corte está plagada de tontos. Quiero que usted sea mi espía en Oxford, milord, necesito un hombre en quien pueda confiar.
    – ¿Suffolk? Me llama la atención que lo haya mencionado, pues es amigo y cuñado del rey.
    El cardenal se echó a reír con ganas.
    – Se casó con María Tudor sin el permiso del rey, ¿recuerda? Y permaneció en Francia hasta que su esposa obtuvo el perdón de Enrique. Suffolk sólo es leal a sí mismo, milord.
    – O sea que mi misión consiste en escuchar y comunicarle cualquier información que pudiera perjudicar a nuestro rey, ¿verdad?
    – Exactamente. No me atreví a poner mis instrucciones por escrito, por temor a que fueran leídas por personas equivocadas. Si bien tengo espías a mi disposición, trato de renovarlos periódicamente. Usted no es la única persona que he destituido del servicio secreto, milord. -Captó la mirada seria del conde y cambió de tema-: ¿Cómo se encuentra su bella esposa? ¿Está satisfecho con el matrimonio? ¿Melville valió la pena el esfuerzo?
    – ¡Oh, sí! -replicó el conde de Witton con una sonrisa- Estoy más que satisfecho con ella. Su madre y la reina han sido excelentes mentoras.
    – Entonces, regrese a casa, Crispin St. Claire, y le doy las gracias por haber venido. Sé que puedo confiar en usted.
    Crispin se puso de pie, lo saludó con una profunda inclinación y abandonó el salón privado del cardenal. Aún no era el mediodía y no tenía motivos para quedarse allí. Reunió a sus hombres y emprendieron el regreso a Oxford. Llegó varios días más tarde, y se enteró de que su esposa se había marchado a Friarsgate. Enojado, lanzó una sarta de improperios, provocando la reprobación de la señora Marian.
    – ¡Milord! -exclamó horrorizada, pues jamás le había escuchado palabras tan soeces. La señora llamó a uno de los criados y le ordenó que sirviera una copa de vino a su amo. El conde le arrebató la copa al sirviente y la bebió de un solo trago.
    – ¿Cómo se fue? -preguntó al ama de llaves-. ¿Quién la acompañó?
    – Lucy y mi hermano, milord, pero por suerte Peter logró convencerla de llevar a seis hombres armados. Ella no aceptó un hombre más. No sé qué locura la atacó. Desde que usted se fue, se la veía cada vez más perturbada. Me dijo que necesitaba ver a su madre. De no haber sido por el poder de persuasión de Lucy, se habría marchado al día siguiente de su partida, señor.
    – ¿Qué cosas llevó con ella? -inquirió el conde más tranquilo.
    – Solo una pequeña alforja. Dijo que no precisaría sus finos vestidos en Friarsgate y que deseaba llegar lo antes posible. No aceptó el carro con el equipaje que le ofrecimos. ¿Qué vestirá en la boda de su hermana? Me imagino que será una fiesta grandiosa.
    – Lord Cambridge la proveerá de vestidos, no se preocupe. La familia, y sobre todo mi esposa, suele recurrir a él para esos menesteres.
    – Debe de estar cansado de cabalgar, milord. Vaya al refectorio y le serviré algo de comer.
    – Tengo que partir ya mismo a Friarsgate.
    – Sí, milord, lo entiendo, pero muy pronto caerá la noche. Los días son más cortos ahora. Disfrute de una buena cena y de una noche en su cama limpia y fresca, y salga mañana a la mañana. -Lo condujo al refectorio y ordenó a los criados que se apresuraran a servir la cena.
    – Ay, Marian, pese a sus locuras, amo a Philippa.
    – Lo sé, milord, y ella también lo ama.
    – Nunca me lo ha dicho.
    – ¿Y usted, milord, le ha confesado su amor? Las mujeres no dicen esas cosas si el marido no toma la iniciativa.
    – ¡Oh, no, soy un idiota! -exclamó Crispin agarrándose la cabeza con las manos.
    – Como la mayoría de los hombres -replicó la señora con la confianza de una vieja y querida sirvienta-. Pero no lo ha abandonado, milord. Y ya tendrá tiempo de corregir el error.
    – ¿Por qué no quiso esperarme?
    – No lo sé. Solo sé que, de pronto, sintió una imperiosa necesidad de ver a su madre. Mire qué delicioso pastel de conejo acaba de salir del horno. Quiero que se lo coma todo; también hay pan, queso y mantequilla, y de postre, tarta de manzana.
    El conde la miró con una cálida expresión de gratitud.
    – Dígales a mis hombres que mañana partiremos a Cumbria.
    – Sí, milord -repuso la señora Marian y se retiró.
    Tal como le había asegurado el ama de llaves, Crispin se sintió mejor después de la cena y mucho mejor aún después de haber dormido profundamente en su propia cama. Uno de los sirvientes empacó sus pertenencias en ausencia de Peter y las puso en el caballo de carga. El conde tenía la esperanza de alcanzar a su testaruda esposa antes de que llegara a Friarsgate.
    Pero Philippa estaba decidida a encontrarse con su madre lo antes posible. Galopaba sin descanso, ante la mirada perpleja de los hombres, que no podían creer que una dama tan delicada viajara sin los típicos bártulos femeninos. Un día los sorprendió la noche antes de llegar a una posada o un convento, de modo que tuvieron que descansar en medio del campo y dormir en parvas de heno. Philippa no emitió una sola queja. Finalmente, llegaron a Cumbria y siguieron avanzando hacia el norte. Una mañana, cerca del mediodía, subieron a una colina y contemplaron el lago y las praderas donde los numerosos rebaños de Friarsgate pastaban plácidamente.
    – Gracias a Dios, podré morir en mi propia cama -suspiró Lucy.
    – Primero tendrás que bajar la colina -rió Philippa. El lugar era tal como lo recordaba: hermoso y pacífico. Espoleó los flancos de la montura e inició el descenso.
    – Su madre debe de estar en Claven's Carn -dijo Lucy.
    – Entonces mandaré a alguien a buscarla -replicó la joven con firmeza.
    Rosamund no estaba en Escocia, sino en sus amadas tierras. Y se sorprendió de ver a su hija mayor tan pronto.
    – ¡Bienvenida, querida mía! ¿Dónde está ese marido tuyo de quien Tom habla maravillas? Lo elogia tanto que temo que Logan termine odiando al pobre hombre. -Y sin decir más abrazó con fuerza a su hija.
    Con excepción de las dos cunas junto al fuego, nada había cambiado. Philippa se acercó a ver a los bebés.
    – ¿Son mis nuevos hermanitos?
    – Sí. ¿No son hermosos? Pese a que salieron de mi vientre al mismo tiempo, no son nada parecidos, ¡por suerte! Una de las mujeres de la aldea también tuvo mellizos el mismo día que nacieron Tommy y Edmund, pero esos niños son dos gotas de agua. ¡Bienvenida a casa, Lucy! Te ves exhausta. ¿Quién es el apuesto hombre que te acompaña?
    Peter dio un paso adelante.
    – Mi nombre es Peter y soy el lacayo del conde de Witton.
    – ¿Y por qué no está tu amo contigo?
    – Creo que esa pregunta debería responderla milady -replicó el sirviente con cortesía y dio un paso atrás.
    – ¿Philippa? -inquirió Rosamund con el rostro serio y preocupado.
    – Le advertí a Crispin que si no regresaba en siete días, vendría al norte sin él, mamá. Y no se hable más del tema.
    – ¿Y dónde se había ido tu esposo, querida? -insistió Rosamund.
    – A Hampton Court. El cardenal Wolsey deseaba verlo. Mamá, estoy cansada y sucia. Quiero tomar un baño y meterme en la cama.
    – Aún no me has explicado por qué te fuiste de Brierewode sin tu marido. ¿Por qué no lo esperaste?
    – ¿Y perderme la boda de mi hermana? Por favor, mamá, no me trates como a una niña, ahora soy una mujer casada y la condesa de Witton.
    – Banon y Robbie se casarán dentro de varias semanas, Philippa, así que no comprendo por qué no esperaste a que el conde regresara. No había tanta urgencia por venir. ¿Cuándo llegaste de Francia?
    – Hace más de un mes.
    – Puedes retirarte, hija mía. Los criados te prepararán el baño. Oh, aquí viene Annie. Annie, corre a buscar a Maybel y dile que Philippa ha vuelto. -Rosamund esperó hasta que su hija dejara el salón, y dijo-:
    – Lucy, quiero hablar contigo. Annie, busca a Maybel y llévate a Peter contigo. Él es el lacayo del conde.
    Cuando Annie y Peter desaparecieron, la dama de Friarsgate indicó a Lucy que tomara asiento.
    – Ahora cuéntame qué es lo que pasa.
    – No estoy segura, milady. El matrimonio marcha bien. El conde es un amo excelente y un buen esposo. Pero apenas partió a Hampton Court, Philippa comenzó a inquietarse. Tenía miedo de que el cardenal lo demorara demasiado tiempo y ella no pudiera asistir al casamiento de Banon. Andaba nerviosa, hecha una furia, le diría, y lo único que quería era venir lo antes posible a Friarsgate. No trajimos más ropa que la que llevamos puesta, milady. Creo que no es la fiesta de Banon la verdadera razón del alboroto.
    – ¿Ha estado tomando el brebaje que le envié?
    – Ya no, milady -contestó Lucy ruborizada.
    – Entonces querrá tener hijos muy pronto. Me parece bien; después de todo, su deber es darle un heredero a su marido. Recuerdo cuan ansiosa estaba por quedar embarazada cuando me casé con su padre, Dios lo tenga en la gloria -dijo Rosamund persignándose.
    – No, su intención era esperar hasta volver a la corte. En Francia, milady y el conde no gozaban de la más mínima privacidad. La pobre se bañaba en camisón como la reina. En tales circunstancias, me pareció innecesario administrarle la poción, pero todas las mañanas yo le daba un vaso de agua mezclada con semillas de apio y ella lo bebía religiosamente, convencida de que era el famoso brebaje. Cuando retornamos de Francia, mi ama empezó a hablar de la posibilidad de tener hijos y de no volver a la corte porque la reina la había relevado de sus funciones. Entonces pensé que carecía de sentido que siguiera tomando la poción contra el embarazo.
    – Pero siguió tomando el agua con semillas de apio.
    – Sí, señora Rosamund. Cuando mi ama toma una decisión, no hay forma de hacerla entrar en razones. Es muy cabeza dura. Como no quería discutir con ella ni portarme como una criada desobediente, preferí dejar el asunto en manos de Dios.
    – ¿Cuándo tuvo el último período? Apuesto a que no tuvo ninguno desde el regreso de Francia.
    Lucy se quedó pensando unos instantes y luego abrió grandes los ojos.
    – ¡Oh, milady, es cierto! ¿Qué he hecho? ¡Ay, Dios mío!
    – Me temo que Philippa está encinta y que la muy tonta está tan absorta en sí misma y en su marido que aún no se ha dado cuenta. -Rosamund sacudió la cabeza-. ¿Crees que el conde estará muy enojado cuando venga a Friarsgate?
    – Tendrá que preguntárselo a Peter. Yo siempre lo vi tratarla con la mayor de las dulzuras, aunque ella, a veces, ponía a prueba la paciencia de ese pobre hombre.
    – No le comentes mis sospechas, Lucy, ni a Philippa ni a nadie -le advirtió y se levantó del asiento-. Vigila a los niños; subiré a hablar con mi hija mayor.
    De pronto, una jovencita alta, esbelta y de largos cabellos rubios irrumpió en el salón.
    – ¡Mamá! ¡Acabo de enterarme de que volvió Philippa!
    – Así es, Bessie. Lucy te contará todo. Yo debo hablar con tu hermana. -Rosamund se retiró de la estancia.
    – Vino demasiado temprano para la boda de Bannie -dijo Elizabeth Meredith-. ¿Cómo es su esposo, Lucy? ¿Es apuesto y galante? ¿Es rico?
    – ¿Cuántos años tiene, señorita? -preguntó la doncella.
    – Cumpliré trece. ¡Vamos, Lucy, cuéntamelo todo!
    – Pensé que no le interesaba la vida de las damas y los caballeros distinguidos -bromeó Lucy.
    – Bueno, no deseo ser como ellos y, a diferencia de mis hermanas, jamás iré a la corte ni me arrodillaré ante los poderosos, pero no me molesta escuchar las historias de esa gente.
    Entretanto, Rosamund entró en la alcoba de Philippa, que había terminado de bañarse y se estaba secando.
    – Yo siempre necesito bañarme luego de los viajes -dijo la madre-. ¿Dónde está tu cepillo? Te secaré y peinaré el cabello, hijita mía.
    – Aquí está. Pero antes me pondré un camisón limpio. Dejé algunos aquí en mi última visita.
    Sacó un vestido de seda del baúl situado frente a la cama y se lo puso. Luego, se sentó junto a su madre y dejó que secara y cepillara su larga melena.
    – Dime, Philippa -murmuró Rosamund con voz calma-, ¿qué problemas tienes? A ti te ocurre algo; no lo niegues ni trates de convencerme de que viniste corriendo a Friarsgate por el casamiento de Banon.
    – ¿Qué es el amor? -preguntó sin rodeos-. ¿Cómo sabes si estás enamorada? ¿Y por qué Crispin no me dice nada después de todos estos meses? -y empezó a llorar-. ¡Ay, mamá, me resulta difícil explicarlo, pero lo amo y él no me ama! Es tierno y ardiente; sin embargo, nunca me ha expresado una palabra de amor. ¿Cómo puede ser tan apasionado conmigo si no me ama?
    – ¡Qué es el amor, Philippa! Es el sentimiento más extraño que existe, pues desafía cualquier explicación racional. Lo importante no es que lo entiendas, sino que lo sepas con el corazón, hija mía. En cuanto a tu esposo, si es tan tierno y apasionado como afirmas, estoy segura de que te ama. Pero a los hombres les resulta difícil decirlo en voz alta. En general, la mujer desea hacerlo, pero antes de expresar sus sentimientos necesita estar segura de que son correspondidos. Por consiguiente, se resiste a declarar su amor y permanece tan callada como el hombre. Es un dilema viejo como el mundo, Philippa.
    – Cuando estuvimos en Francia, escuché a unos hombres que planeaban asesinar al rey y se lo conté a Crispin. Al principio se enojó y luego me di cuenta de que el enojo no iba dirigido a mí sino a él mismo. Estaba asustado por mí y lamentaba no haber estado a mi lado cuando escapé de los asesinos.
    Rosamund sonrió y dejó el cepillo sobre la mesa.
    – Crispin te ama, créeme.
    – Tiene que decírmelo sin que yo se lo pregunte, mamá. De lo contrario, jamás estaré segura. -Philippa rompió en llanto y se arrojó en los brazos de su madre.
    Rosamund la estrechó con fuerza y la acarició dulcemente. Iba a ser abuela, no tenía ninguna duda. Esos violentos arranques de emoción eran una prueba inequívoca de que Philippa estaba embarazada. Su elegante y refinada hija se había enamorado e iba a tener un bebé.
    – ¿Tienes hambre? Hoy cenaremos guiso de conejo.
    – No, mamá, estoy muy cansada. Necesitaba estar en casa y hablar contigo. Ahora me siento mejor, pero estoy extenuada. Prefiero acostarme.
    – De acuerdo, querida. -Luego Rosamund se puso de pie, ayudó a Philippa a meterse en la cama, y la arropó-. Que tengas dulces sueños, hija mía. Estás en casa y te vamos a cuidar. Además, estoy segura de que muy pronto vendrá a visitarnos el conde.
    Dos días más tarde, Crispin St. Claire arribó a Friarsgate. Por pedido de Rosamund, tanto lord Cambridge como Logan Hepburn habían dejado sus propiedades y acudido en su ayuda a poco de llegar Philippa. Rosamund necesitaba que toda la familia colaborara para reconciliar a los recién casados. Ni bien vio a su yerno, le agradó y le pareció el esposo perfecto para su hija.
    – ¿Cómo elegiste tan bien, primito? -le susurró a Thomas Bolton.
    – Por instinto -replicó con un murmullo y dio un paso adelante con los brazos extendidos para saludar al conde de Witton-. ¡Mi querido amigo, que alegría volver a verte! Te presento a tu suegra, la dama de Friarsgate. Prima, te presento al marido de Philippa.
    Crispin tomó la mano de Rosamund y la besó al tiempo que se inclinaba en una graciosa reverencia.
    – Señora.
    – Bienvenido a Friarsgate, milord.
    – Te presento a Logan Hepburn, lord de Claven's Carn y esposo de Rosamund -continuó lord Cambridge.
    Los dos hombres se miraron con recelo y se dieron la mano
    – Por favor, pasemos al salón -lo invitó la dama de Friarsgate tomándolo del brazo.
    – ¿Dónde está mi esposa?
    – En su alcoba. Le suplico que no la regañe. Ha venido aquí porque sentía una imperiosa necesidad de hablar conmigo. Son problemas comunes a las esposas jóvenes. Ya ordené a su hermana que fuera a buscarla cuando lo vimos venir.
    – Regresé a Brierewode dos días después de su partida. Le prohibí terminantemente viajar sin mí, pero me desobedeció.- Rosamund sacudió la cabeza.
    – No le sobra experiencia con las damas, milord, ¿o me equivoco? Jamás debe prohibirle nada a una mujer, pues hará exactamente lo que usted le ordenó que no hiciera -rió-. La ama mucho, ¿verdad? Siéntese, por favor.
    – ¡Cómo es posible que usted se dé cuenta de ello y mi esposa no, señora! -exclamó en un tono de desesperación-. A veces me pregunto si esa niña es capaz de amar.
    – Ella lo ama con locura -replicó Rosamund y le tendió una copa de vino dulce-. En estos dos días, Philippa y yo hemos hablado más que en muchos años.
    – ¿Y por qué no me dice que me ama?
    – ¿Porqué no se lo dice usted?-replicó Rosamund con una sonrisa.
    – Es que soy un hombre, señora -contestó seriamente.
    – Y ella es una dama de la corte a quien le enseñaron que no debía confesar sus emociones antes de que lo hiciera el caballero.
    – ¡Por Dios!
    – Bien dicho, milord, yo no lo hubiera podido expresar mejor.
    – ¡Mamá! -gritó Elizabeth Meredith acercándose a su madre-. Philippa se rehúsa a bajar. Está tan terca y tonta como siempre. Logan ha ido a buscarla.
    – ¡Oh, Bessie, eres una malvada! -dijo Maybel riendo. La vieja nodriza acababa de entrar en el salón.
    – ¿Qué pasa? -preguntó lord Cambridge.
    – Bessie mandó a Logan a buscar a Philippa, pues ella no quiere bajar -informó la dama de Friarsgate.
    – ¡Ay, Dios mío! -se quejó Thomas Bolton, pero no pudo reprimir una sonrisa.
    De pronto, se escuchó un grito ensordecedor, y luego otro, y otro.
    – Parece que están asesinando a alguien -opinó el conde.
    – No, es mi marido arrastrando a Philippa hasta el salón -explicó Rosamund muerta de risa.
    El señor de Claven's Carn ingresó en la estancia cargando a la joven sobre los hombros y luego la depositó en el regazo de Crispin. Aullando como un gato escaldado, Philippa se paró de un salto.
    – ¿Cómo permites que ese maldito y salvaje escocés me trate así, milord? -encaró Philippa a su esposo, furiosa y arrebatada. Su larga melena, que siempre lucía tan perfecta, estaba despeinada y se bamboleaba de un lado a otro con los bruscos movimientos de la joven.
    – Buenos días, señora. Si mal no recuerdo, la última vez que hablamos te pedí que esperaras a que volviera de Hampton Court para emprender el viaje a Friarsgate -dijo el conde.
    – ¿Crees que iba a perderme la boda de mi hermana por los estúpidos asuntos del cardenal?
    – Todavía faltan algunas semanas para la boda, señora.
    – Bueno, no importa. Quería ver a mi madre.
    – ¿Por qué razón tan importante que no pudiste esperarme?
    – ¡Quería que me explicara qué es el amor y por qué no me amas! -Sus ojos de miel se inundaron de lágrimas.
    – En el nombre de Dios y de la Santa Madre, ¿qué te hizo creer que yo no te amaba?
    – ¡Tú nunca me lo dijiste! -gritó Philippa mientras el torrente de lágrimas surcaba sus mejillas.
    – ¡Pequeña! ¿Crees que recorrí el largo camino de Oxfordshire a Cumbria a todo galope porque no te amo? ¡Claro que te amo! ¡Te adoro! Eres tan bella que el solo verte hiere mi corazón. Eres la mujer más valiente que he conocido. ¡La idea de perderte me causa espanto! ¡Te amo con locura, Philippa! No lo dudes más, mi dulce pequeña.
    – ¡Oooh, Crispin! ¡Yo también te amo! -Y se arrojó en sus brazos.
    – ¡Demonios! -gruñó Elizabeth Meredith poniendo los ojos en blanco.
    El conde y su esposa se besaron y el resto de los presentes sonrieron felices. El problema se había resuelto.
    – No vuelvas a maldecir, Bessie. Es una conducta indigna de una dama -dijo Rosamund a su hija menor-. Ahora propongo que todos nos reunamos junto al fuego, pues tengo algo que decirles -y agregó, dirigiéndose a Philippa-: Parece que seré abuela en la próxima primavera. Estás encinta, querida. ¿No te diste cuenta?
    La joven se quedó helada. Estuvo a punto de abrir la boca, pero la mirada de advertencia de su madre la disuadió de hacerlo.
    – Es lógico, es tu primer hijo y no sabes detectar los signos del embarazo como una mujer experimentada. Más tarde te explicaré todo en mi alcoba. Bien, mi querido yerno, ¿qué dice? Su esposa ha cumplido con su deber y tendrá un heredero.
    – Señora, estoy feliz y sorprendido a la vez -respondió y luego dio un prolongado beso a su esposa-. Te dije que concebiríamos un niño aquella noche -murmuró con los labios pegados a su boca y Philippa se ruborizó.
    – Ahora debemos hablar del tema de la herencia de Friarsgate. Philippa, por derecho te corresponden a ti y a tu marido. Ya que vas a tener un bebé, ¿no quieres aceptar tu legítima propiedad?
    – Señora, tanto su hija como yo agradecemos su gran generosidad, pero no queremos ser dueños de Friarsgate -intervino el conde.
    – Es cierto, mamá, debes entenderlo -dijo Philippa-. Lo siento mucho, pues sé cuánto amas tus tierras, pero ahora pertenezco a Brierewode.
    – Podrías otorgárselas al próximo hijo -insistió Rosamund.
    – No, si tengo otro hijo, irá a la corte. Comenzará su carrera como paje y quién sabe adónde podría llegar.
    – ¿Está de acuerdo con ella, milord? -preguntó la suegra al yerno.
    – Sí, señora. Philippa y yo hemos servido a Sus Majestades cada uno a su manera. Somos criaturas de la corte, y también lo serán nuestros hijos algún día. Cumbria y sus vastas tierras no son para nosotros. No tendríamos tiempo para administrarlas y están demasiado lejos de Londres.
    Rosamund lanzó un profundo suspiro.
    – ¿Entonces para qué me he sacrificado tanto? -dijo como si hablara para sí-. Le he dedicado mi vida entera. Cuando perdí al hijo de Owein Meredith y luego a su padre, centré todas mis esperanzas en ti, Philippa. Banon será dueña de Otterly y tampoco desea Friarsgate. ¿Qué voy a hacer ahora? Últimamente, paso la mayor parte del tiempo en Claven's Carn para criar a los pequeños Hepburn. ¿Qué haré? ¿Quién se ocupará de mis tierras ahora?
    – Yo me ocuparé de tus tierras -respondió Elizabeth Meredith con voz potente, y todos la miraron perplejos. Era la hija menor de Owein Meredith, la niña revoltosa, la pequeña que corría descalza por los prados para atrapar a las ovejas. Pero, como descubrieron todos de repente, ya no era una niña, sino una jovencita que muy pronto se convertiría en mujer-. Amo cada pulgada de Friarsgate tanto como tú, y nunca tuve el deseo de ir a la corte ni de estar en otro lugar que no fuera este, mamá. Friarsgate es mi hogar, me pertenece. Yo debería ser su dueña. No puedes legárselo a los Hepburn, pues estas tierras son y serán siempre inglesas.
    Rosamund no salía de su asombro. Por primera vez en mucho tiempo, miró a su hija menor y vio a Owein Meredith, el fiel servidor de los Tudor, el hombre que se enamoró de Friarsgate desde el momento en que puso sus ojos en él.
    – Es cierto, Friarsgate debe seguir perteneciendo a Inglaterra -coincidió Logan Hepburn-. Además, mis hijos no sabrían qué hacer con tantas ovejas. La niña tiene razón, Rosamund.
    – Sí, yo también estoy de acuerdo. Si Banon y Philippa no quieren Friarsgate, la única dueña legítima es Bessie y nadie más -dijo lord Cambridge y abrazó a la jovencita-. ¿Qué dices, Bessie? ¿Aceptas sinceramente ser la heredera de Friarsgate como lo fue tu madre?
    La muchacha asintió y luego declaró:
    – No me llamen Bessie. Ya no soy una niña. Soy Elizabeth Meredith, la futura dama de Friarsgate y a partir de este momento no volveré a responder al nombre de Bessie.
    – ¡Entonces demos tres hurras por la heredera de Friarsgate! -exclamó Philippa con una sonrisa.
    – ¡Hip hip, hurra! ¡Hip hip, hurra! ¡Hip hip, hurra! -gritaron todos a coro en el salón.

EPILOGO

    La boda de Banon Meredith y Robert Neville se celebró un cálido día de finales de septiembre en Otterly.
    Mientras Philippa ayudaba a vestirse a su hermana, tuvo dificultades para anudar las cintas de satén celeste.
    – ¿Ya has engordado? -bromeó.
    Banon giró la cabeza y sonrió a su hermana mayor.
    – Estoy embarazada -replicó con orgullo.
    – ¡No puede ser! ¡Aún no te has casado! -gritó Philippa
    – Estaré casada dentro de una hora -rió-. Fue un verano maravilloso. Rob y yo nos divertimos como locos y el tío Thomas, Dios lo bendiga, tuvo la gentileza de mirar para otro lado.
    – ¿Y si Robert te hubiera abandonado?
    – Él me ama y su familia está muy contenta de tener una nuera rica y con posibilidades de volverse aun más rica en el futuro. Nadie se va a escandalizar porque nazca un bebé a principios de primavera. Solo ruego que sea un varón, por Otterly y por el tío Tom. Creo que nadie se alegraría tanto como él si yo tuviera un niñito.
    – ¡Eres una descocada, hermanita! Espero que moderes tus impulsos a partir de ahora. Serás la comidilla de todo el mundo.
    – Ay, Philippa, deja ya de comportarte como una perfecta dama de la corte -replicó Banon y besó la mejilla de su hermana-. Si mi hijo o hija se enamora de la vida palaciega como tú, te pediré que lo presentes a la más rancia aristocracia.
    Philippa sonrió y luego se puso melancólica.
    – No puedo creer que las dos estemos casadas y embarazadas. Hemos dejado de ser niñas.
    – Todavía queda Bessie o, mejor dicho, Elizabeth Meredith, la heredera de Friarsgate.
    – ¿Quién hubiera imaginado este desenlace? Yo, condesa de Witton; tú, heredera de Otterly, y Bessie, dueña de Friarsgate. Esa niña es una criatura salvaje. Tú vives más cerca de ella que yo, de modo que tendrás que enseñarle buenos modales, o jamás conseguirá un marido aceptable y menos que menos un noble caballero. Mamá no querrá que Friarsgate caiga en manos del hombre equivocado.
    – ¡Se ve que conoces muy poco a Be…, digo, a Elizabeth! Jamás permitirá que un hombre le diga cómo debe administrar Friarsgate. Preferiría morir soltera y virgen. Y sus modales son de lo más correctos, lo que pasa es que no le gusta desplegarlos todo el tiempo. Además, le encanta hacerte enojar, pues considera que eres demasiado pomposa para una niña criada en Cumbria. Obsérvala hoy mismo y la verás comportarse como toda una damisela. Ahora, termina de ajustar los lazos del vestido. No quiero hacer esperar a mi Robert en el altar. ¿Cuándo nacerá tu hijo?
    – A mediados de marzo, según mamá. Crispin dice que, cuando regresemos a Brierewode, me quedaré en casa.
    – El mío nacerá a fines de marzo o principios de abril. ¿Te quedarás en Brierewode? ¿No irás a la corte para Navidad? -Le acarició el cabello color caoba y luego colocó una corona de margaritas sobre su cabeza.
    – Regresaré al palacio algún día, pero no ahora. La idea de pasar el otoño y el invierno con Crispin me hace muy feliz.
    – Lo amas mucho.
    – Sí -admitió Philippa con una sonrisa radiante-. ¿Estás lista? ¿Puedo llamar al tío Thomas?
    – Estoy lista.
    Lord Cambridge entró en la alcoba, tomó a su sobrina del brazo y la condujo con orgullo desde la casa hasta la pequeña iglesia de la aldea de Otterburn. A cada lado del camino, los aldeanos saludaban y vitoreaban a la novia mientras avanzaba hacia la capilla donde se uniría en sagrado matrimonio con Robert Neville. Después de la boda, durante la fiesta, el señor de Claven's Carn y Rosamund bailaron una sensual danza escocesa. Philippa percibió el intenso amor que se profesaban mutuamente y se preguntó si, pese a las intenciones de su madre, no nacería otro Hepburn.
    Crispin, sentado junto a ella, le tomó la mano y le dijo;
    – Dentro de unos días, pequeña, estaremos en casa.
    – Sí. Serán unos meses maravillosos.
    – Y unos años maravillosos -replicó y apoyó su mano en el vientre de Philippa-. ¿Es un niño, pequeña?
    – Sólo Dios sabe la respuesta a esa pregunta. Si no lo es, haremos otro y otro y otro, hasta que llegue el varón. Y sí es un niño, le daremos muchos hermanos y hermanas.
    – Veo que has planificado al detalle nuestra vida juntos, Philippa. ¿Y piensas volver a la corte?
    – Algún día. La reina fue muy sabia cuando me explicó que mi deber era formar una familia. La familia es el don más preciado que nos regaló Dios.

    En la primavera de 1521, la condesa de Witton alumbró a su primer hijo: Henry Thomas St. Claire. Y tres semanas más tarde, Banon dio a luz a una niña a quien bautizaron con el nombre de Katharine Rose. El 23 de mayo Elizabeth Meredith cumplió trece años, y al año siguiente, cuando cumpliera los catorce, se convertiría en la dueña formal y legítima de Friarsgate.
    No tenía intenciones de casarse ni de soportar que un hombre le dijera lo que tenía que hacer. Friarsgate era su reino y ella era la única monarca. Pero Elizabeth Meredith era muy joven y, aunque lo ignoraba, el destino ya había planeado su futuro.

Bertrice Small


    Nacida en Manhattan, Bertrice Small ha vivido al este de Long Island durante 31 años, lugar que le encanta. Sagitaria, casada con un piscis, sus grandes pasiones son la familia, sus mascotas, su jardín, su trabajo y la vida en general.
    Es autora de 41 novelas, 36 de ellas históricas, 3 de fantasía y 2 de romance contemporáneo, además de 4 historias cortas de temática erótica. Los libros de Bertrice han figurado en lo más alto de las listas de ventas, siendo la autora una habitual del «New York Times», el «Publishers Weekly», el «USA Today», y el «L.A. Times».
    Ha recibido numerosos premios entre los que destaca el Romantic Times por toda su carrera en 2004, un Silver Pen, un Golden Leaf y varios Romantic Times concedidos por los lectores. Bertrice Small es una autora muy involucrada con la comunidad literaria y es miembro, entre otros, de The Authors Guild, Romance Writers of America, PAN, y PASIC, una sección de RWA dedicada a ayudar a nuevos escritores.

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