Скачать fb2
En Manos del Destino

En Manos del Destino

Аннотация

    En la Inglaterra del siglo V no hay más ley que la fuerza…
    Cailin lo sabe por propia experiencia. Siendo casi una niña, escapa milagrosamente de una sangrienta matanza en la que perece toda su familia. Huérfana y desposeída de todos los bienes familiares, conoce a Wulf, un sajón atractivo y enérgico que la ayuda a rehacer su vida.
    Pero Cailin parece condenada a la desdicha: cuando está dando a luz a su primer hijo, alguien le administra un poderoso somnífero y la vende a un traficante de esclavos. Sin embargo, el destino no ha dicho aún la última palabra.


Bertrice Small En Manos del Destino

    To Love Again (1993)

PRÓLOGO

    Bretaña, 404-406.

    El guerrero celta, de la tribu de los catuvellaunios, yacía de bruces en el barro sobre la tierra humeante. Su cuerpo desnudo y maltrecho estaba pintado de un vivo color azul. Alrededor yacía otro millar de hombres como él, muertos o agonizantes, mientras los legionarios romanos avanzaban metódicamente por el campo de batalla dando el golpe de gracia a los infortunados que todavía se aferraban a la vida. Oía las llamadas de las aves carroñeras, y un estremecimiento recorrió su cuerpo.
    Cerca de allí un grupo de oficiales romanos observaba. Volviendo ligeramente la cabeza, los miró con los ojos entrecerrados y, para su asombro, reconoció al propio emperador. Con gran sigilo, el guerrero acercó una mano a su jabalina. Despacio, cerró los dedos en torno a su asta y sintió la reconfortante familiaridad de la suave madera de fresno. Apenas respiraba, pero no importaba: en aquellas circunstancias respirar dolía demasiado.
    Con un esfuerzo sobrehumano se puso en pie y, aullando como un demonio, arrojó su arma directamente al emperador romano, agotando con ello hasta la última pizca de fuerza que le quedaba. Para su decepción, un joven y alto tribuno que se hallaba en el grupo reaccionó más velozmente de lo que habría creído posible y se colocó frente al emperador, recibiendo la jabalina en la rodilla.
    El guerrero catuvellaunio no tuvo tiempo de admirar el valor del joven. Ya estaba muerto; un segundo tribuno que había dado un salto al frente en defensa del emperador lo había decapitado. Su cabeza, con el largo pelo ensangrentado y apelmazado, rodó por el suelo hasta los pies del emperador.
    Claudio bajó la mirada y suspiró profundamente. Vio que la cabeza pertenecía a uno de los guardias personales del jefe catuvellaunio. Se había fijado en el chico cuando los catuvellaunios acudieron a hablar de paz pese a estar reuniendo a traición sus fuerzas en un intento por expulsar a los romanos de Britania. El joven tenía una marca de nacimiento pequeña pero muy clara en el pómulo izquierdo. Claudio, físicamente deteriorado, era rápido en observar a los que tenían alguna tara de cualquier clase. Meneó la cabeza con aire triste. No le gustaba la guerra. Tantas vidas como la de ese joven desperdiciadas. Los hombres jóvenes luchaban en la guerra, pero eran los ancianos como él mismo quienes la planeaban.
    Se alejó de la cabeza cortada y prestó atención ahora al tribuno que le había salvado de una muerte segura.
    – ¿Cómo está? -preguntó el emperador al cirujano arrodillado junto al joven, que intentaba restañar la sangre que manaba en abundancia.
    – Vivirá -fue la lacónica respuesta, -pero no podrá volver a ser soldado, César. La jabalina, por la gracia de los dioses, no le ha cercenado la arteria. Pero le ha astillado la rótula y dañado los tendones. El chico andará con una notable cojera el resto de sus días.
    Claudio hizo un gesto de asentimiento y preguntó al joven herido:
    – ¿Cómo te llamas, tribuno?
    – Flavio Druso, César.
    – ¿Somos parientes, pues? -preguntó el emperador, ya que su nombre era Claudio Druso Nerón.
    – Lejanos, César.
    – ¿Quién es tu padre?
    – Tito Druso, César, y mi hermano también es Tito.
    – Sí -dijo el emperador, pensativo. -Tu padre está en el senado. Es un hombre justo, que yo recuerde.
    – Lo es, César.
    – Eres el tribuno laticlavio del Catorce -observó el emperador, fijándose en el uniforme del joven. -Me temo que ahora tendrás que regresar a casa, Flavio Druso.
    – Sí, César -respondió el joven con sumisión, pero Claudio captó algo más que simple decepción en su voz.
    – ¿No quieres ir a casa? -preguntó. -¿No hay ninguna mujer esperando ansiosa tu regreso? ¿Cuánto hace que estás en el Catorce, Flavio Druso?
    – Casi tres años, César. Esperaba hacer carrera en la milicia. Soy el menor de los cuatro hijos de Tito Druso. Mi hermano mayor, naturalmente, seguirá los pasos de nuestro padre; y Gayo y Lucio son magistrados. Con otro magistrado de la familia Druso, nos acusarían de monopolio -terminó Flavio Druso con una leve sonrisa.
    Luego hizo una mueca de dolor y se puso lívido cuando le extrajeron la jabalina de la pierna.
    Claudio casi gimió por simpatía con el dolor del joven. Aunque el segundo en el mando de su legión, ser tribuno laticlavio era realmente un puesto de honor. Había seis tribunos en cada legión, y cinco de ellos solían ser veteranos en la batalla. El laticlavio siempre era un joven de una familia noble, enviado a pasar dos o tres años en la milicia para formarle, o alejarle de problemas o de malas compañías. Normalmente, al final de este período, el tribuno laticlavio regresaba a casa con un cargo de magistrado y una esposa rica. El emperador se volvió hacia el jefe legionario:
    – ¿Es un buen soldado, Aulo Majesta?
    Éste asintió.
    – El mejor, César. Llegó a nosotros como casi todos, verde e ignorante, pero a diferencia de los otros a los que he tenido que adiestrar en mi carrera, Flavio Druso ha mostrado mucho interés por aprender. Tenía que seguir hasta que uno de mis otros tribunos se retirara dentro de un año. Después, mi intención era ascenderle. -Dirigió la mirada al joven, pálido a causa de la herida. -Es una pena, César. Es un buen oficial, pero no puedo tener un tribuno cojo, ¿verdad? -En realidad no fue una pregunta.
    Claudio sintió ganas de preguntar a Aulo Majesta qué tenía que ver la forma de andar de un hombre con su capacidad para tomar sabias decisiones militares, pero se contuvo. Toda su vida había sido un hazmerreír a causa de su cojera y tartamudez. Le habían considerado no apto para todo, incluso en su propia familia. Pero cuando su temible sobrino Calígula había sido asesinado y depuesto, la milicia le había pedido que gobernara Roma. Claudio era más consciente que la mayoría de lo que le esperaba a Flavio Druso. Los prejuicios siempre eran difíciles de superar.
    – Serás recompensado por haberme salvado la vida -dijo con firmeza.
    – ¡Sólo he cumplido con mi deber, César! -protestó el joven tribuno.
    – Y al hacerlo has arruinado tu carrera militar -replicó el emperador. -¿Qué será de ti cuando regreses a casa? No tendrás nada, puesto que eres el hijo menor. Al salvar mi vida, en cierto sentido has perdido la tuya, Flavio Druso. No sería digno de la noble tradición de los cesares permitir tal cosa. Te ofrezco una de dos posibilidades. Piénsalo bien antes de elegir. Regresar a Roma con honor, donde te concederé una esposa noble y una pensión vitalicia. O quedarte en Britania. Te daré tierras en propiedad y fijaré una cantidad de dinero para que puedas construir un hogar.
    Flavio Druso pensó por un largo momento. Si regresaba a Roma, esposa noble o no, se vería obligado a vivir en casa de su padre, que un día sería la casa de su hermano mayor. Su pensión probablemente no sería suficiente para comprarse una casa. La esposa noble sería alguna hija menor con poco capital propio. ¿Cómo dotaría a las hijas o daría un futuro a los hijos? Sin embargo, si permanecía en Britania, tendría sus propias tierras. No estaría sujeto a nadie. Fundaría una nueva rama de su familia, y trabajando con ahínco se convertiría en un hombre rico por derecho propio.
    – Me quedaré en Britania, César -dijo, consciente de tomar la decisión correcta.
    – Y así -dijo Tito Druso Corinio a sus hijos el verano del año 406- es como llegó nuestra familia a esta tierra hace trescientos sesenta y dos años. El primer Flavio Druso aún vivía cuando la reina Bodicea se rebeló contra Roma. Aunque la ciudad de Corinio, actualmente Cirencester, donde se había establecido, no sufrió las consecuencias de la revuelta, comprendió que quizá nuestra familia estaría mejor si realizaba alianzas con las tribus célticas locales en lugar de enviar en busca de esposas romanas. Así que sus hijos se casaron con mujeres de la tribu dobunia, y los hijos e hijas que llegaron después se han casado con celtas y britanos romanos hasta el día de hoy.
    – Y ahora Roma abandona Britania -dijo Julia, la esposa de Tito.
    – ¡Buen viaje! -exclamó su esposo. -Roma está acabada. Pero los romanos no tienen la sensatez de darse cuenta de ello. En otro tiempo Roma fue un gran y noble poder que gobernó el mundo. Hoy en día es corrupta y venal. Incluso los cesares no son lo que fueron. Los Julianos se extinguieron hace tiempo, y en su lugar han venido una sucesión de soldados-emperadores, apoyado cada uno de ellos por una serie de legiones diferentes. Vosotros, niños, sabéis que en vuestra corta vida el imperio se dividió, separándose Britania y Galia, y luego se volvió a unir. Ahora existe un imperio aún más oriental, en un lugar llamado Bizancio. Será mejor que los britanos nos deshagamos de los romanos de una vez y tracemos nuestros propios destinos. Si no lo hacemos, los sajones que vienen del norte de Galia y de Renania a nuestra costa del sudeste se adentrarán en el país y nos dominarán.
    Los jóvenes sonrieron. Su padre siempre estaba prediciendo hechos tristes.
    – Oh, Tito -dijo su esposa, -los sajones no son más que campesinos. Nosotros somos demasiado civilizados para dejarnos vencer por ellos.
    – Demasiado civilizados, sí -coincidió él. -Quizá por eso temo por Britania. -Cogió a su hijo menor Gayo, que había estado jugando en silencio en el suelo. -Cuando un pueblo se vuelve tan civilizado que no teme a los bárbaros que tiene a las puertas es cuando el peligro resulta mayor. El pequeño Gayo y sus hijos serán los que tendrán que vivir las consecuencias de nuestra insensatez, me temo.

CAPÍTULO 01

    CAILIN
    Britania, 452-454

    – ¡Oh, Gayo, cómo has podido! -exclamó irritada Kyna Benigna a su esposo. Era una mujer alta y hermosa, de pura ascendencia céltica. Llevaba su oscuro cabello pelirrojo peinado en una serie de complicadas trenzas en torno a la cabeza. -No puedo creer que hayas enviado a Roma a buscar marido para Cailin. Se pondrá furiosa contigo cuando lo descubra.
    La larga y suave túnica de lana amarilla de Kyna Benigna oscilaba con elegancia mientras la mujer se paseaba por la estancia.
    – Ya es hora de que se case -se defendió Gayo Druso Corinio, -y aquí no parece haber nadie que le convenga.
    – Cailin no cumplirá más que catorce años el mes que viene, Gayo -le recordó su esposa. -No estamos en la época de los Julianos, cuando las niñas se casaban en cuanto les empezaba los ciclos lunares. Y en cuanto a no encontrar a ningún joven que le convenga, no me sorprende. Adoras a tu hija y ella te adora a ti. La has mantenido tan cerca de ti que realmente no ha tenido ocasión de conocer a jóvenes que puedan convenirle. Y aunque lo hiciera, ninguno sería del agrado de su querido padre. Cailin tiene que relacionarse como una chica normal, y ya verás cómo encuentra al hombre de sus sueños.
    – Eso ahora es imposible y lo sabes -repuso Gayo Druso Corinio. -Vivimos en un mundo peligroso Kyna. ¿Cuándo fue la última vez que nos atrevimos a por la carretera de Corinio? Hay bandidos por todas partes. Sólo permaneciendo en nuestras tierras estamos relativamente a salvo. Además, la ciudad no es lo que era. Creo que si alguien quiere comprarla, venderé nuestra casa. No hemos vivido allí desde el primer año de casados, y ha estado cerrada desde que mis padres murieron hace tres años.
    – Quizá tengas razón, Gayo. Sí, creo que deberíamos vender la casa. Quienquiera que se case con Cailin algún día, ella querrá seguir viviendo aquí, en el campo. Nunca le ha gustado la ciudad. Ahora dime quién es este joven que vendrá de Roma. ¿Se quedará en Britania o querrá regresar a su patria? ¿Has pensado en eso, esposo mío?
    – Es un hijo menor de nuestra familia de Roma, querida.
    Kyna Benigna volvió a menear la cabeza.
    – Tu familia no ha estado en Roma en los dos últimos siglos, Gayo. Acepto que las dos ramas de la familia nunca han perdido contacto, pero vuestras relaciones siempre han sido por cuestiones de negocios, no de tipo personal. No sabemos nada de esa gente a quien te propones entregar a nuestra hija, Gayo. ¿Cómo has podido siquiera pensar en una cosa así? A Cailin no le gustará, te lo aseguro. No la convencerás. j
    – La rama romana de nuestra familia siempre nos ha tratado honrosamente, Kyna -dijo Gayo. -Son gente de buen carácter. He decidido dar a ese hijo menor una oportunidad porque, igual que el hijo menor que era mi antepasado, tiene más que ganar quedándose en Britania que regresando a Roma. Cailin recibirá como dote la casa de la colina y sus tierras para que pueda seguir cerca de nosotros. Resultará bien. He hecho lo que debía, Kyna, créeme -concluyó.
    – ¿Cómo se llama ese joven? -preguntó ella, no muy segura de que su marido tuviera razón.
    – Quinto Druso -respondió él. -Es el hijo menor de mi primo Manió Druso, jefe de la familia Druso en Roma. Manió tuvo cuatro hijos y dos hijas con su primera esposa. Este chico es uno de los dos hijos y la hija que tuvo con su segunda esposa. Según escribe Manió, la madre le adora, pero está dispuesta a dejarle marchar porque aquí en Britania será un hombre respetado con tierras de su propiedad.
    – ¿Y si a Cailin no le gusta? -preguntó Kyna Benigna. -No has pensado en eso, ¿verdad? ¿No se ofenderán tus primos de Roma si les devuelves a su hijo después de haberlo enviado aquí con tantas esperanzas?
    – Claro que le gustará a Cailin -insistió Gayo, quizá con más seguridad de la que sentía.
    – No permitiré que la obligues a casarse si su pareja no le satisface -declaró Kyna Benigna con convicción.
    Gayo Druso Corinio recordó de pronto por qué se había enamorado de la hija de un jefe dobunio en lugar de elegir a otra chica de una familia britano romana. Kyna era tan fuerte como hermosa, y su hija era como ella.
    – Si verdaderamente no puede ser feliz con él, Kyna, no obligaré a Cailin -prometió. -Sabes que la adoro. Si Quinto le desagrada, le daré al muchacho algunas tierras y le buscaré una esposa adecuada. Seguirá estando mejor de lo que estaría en Roma con su familia. ¿Satisfecha ahora? -Sonrió a su esposa.
    – Sí -murmuró ella con voz suave.
    Qué sonrisa más encantadora tenía, pensó él, recordando la primera vez que la había visto. Ella tenía catorce años, la edad de Cailin. Él había acudido con su padre a la aldea del padre de ella para hacer trueques con los finos broches que su gente confeccionaba. Ella se enamoró al instante. Pronto se enteró de que era un viudo sin hijos y al parecer sin prisa por volver a casarse. Su padre, sin embargo, ansiaba que su hijo volviese a tomar mujer.
    Gayo Druso Corinio era el último de una larga familia de britanos romanos. Su hermano mayor Flavio había muerto en Galia con las legiones cuando tenía dieciocho años. Su hermana Drusilla había fallecido de parto a los dieciséis años. Su primera esposa había muerto después de media docena de abortos espontáneos.
    Kyna, la hija de Berikos, sabía que había encontrado al único hombre con quien podría ser feliz. Descaradamente, se dispuso a conquistarle. Para su sorpresa, le costó poco. Gayo Druso Corinio era tan apasionado como ella misma. Su primera esposa le había aburrido, así como todas las mujeres y chicas solteras a quienes había intentado atraer tras la trágica muerte de Albinia. Una vez Kyna hubo conseguido que se fijara en ella, él apenas si podía dejar de mirarla. Era una joven alta y delgada como un arbolito, pero sus jóvenes senos firmes y turgentes prometían delicias que ni siquiera se atrevía a imaginar. Ella le provocaba en silencio con sus ojos azul zafiro y haciendo movimientos bruscos con su larga cabellera pelirroja, coqueteando maliciosamente con él hasta que Gayo Druso Corinio no pudo soportarlo más. La deseaba como jamás había deseado nada en su vida, y eso dijo al padre de Kyna.
    Kyna era hermosa, fuerte, sana e inteligente. La sangre de ambos mezclada no haría sino reforzar a su familia. Tito Druso Corinio se sintió aliviado y encantado.
    Berikos, jefe de los dobunios de la colina, no.
    – Jamás hemos mezclado nuestra sangre con la de los romanos como han hecho otras tribus -dijo con aire triste. -Te venderé lo que quieras, Tito Druso Corinio, pero no mi hija a tu hijo como esposa. -Sus ojos azules eran fríos como la piedra.
    – Soy tan britano como tú -replicó Tito indignado. -Mi familia lleva tres siglos viviendo en esta tierra. Nuestra sangre se ha mezclado con la de los catuvellaunios y los icenios, igual que tu familia ha mezclado su sangre con la de estas y otras tribus.
    – Pero jamás con los romanos -fue la terca respuesta.
    – Las legiones se marcharon hace mucho tiempo, Berikos. Ahora vivimos como un solo pueblo. Deja que mi hijo Gayo tenga a tu hija Kyna por esposa. Ella le quiere tanto como él a ella.
    – ¿Es eso cierto? -le espetó Berikos a su hija, temblándole el largo bigote. Ella era la niña de sus ojos. Su traición a su gloriosa herencia resultaba dolorosa.
    – Así es, -respondió ella desafiante. -Gayo Druso Corinio será mi esposo o no lo será nadie.
    – Muy bien -gruñó Berikos, -pero has de saber que si tomas a ese hombre por compañero, lo harás sin mi bendición. Jamás volveré a posar mis ojos sobre ti. Será como si hubieras muerto -declaró con aspereza, esperando que sus palabras intimidaran a la joven y le hicieran cambiar de parecer.
    – Que así sea, padre -repuso Kyna con igual firmeza.
    Aquel día abandonó su aldea dobunia y jamás miró atrás. Aunque echaba de menos la libertad de su aldea en la colina, sus parientes eran buenos y amables con ella. Julia, su suegra, insistió sensatamente en que la boda se retrasara seis meses para que Kyna aprendiese modales más civilizados. Luego, un año después del matrimonio, ella y Gayo dejaron la casa de Corinio y se trasladaron a una villa familiar a unos veinticuatro kilómetros de la ciudad. Aún no había quedado embarazada, y creyeron que la paz del campo ayudaría a la joven pareja en sus intentos. Cuando Kyna tenía diecisiete años nacieron sus gemelos, Tito y Flavio. Cailin llegó dos años más tarde. Después no hubo más hijos, pero a Kyna y Gayo no les importaba. Los tres con que los dioses les habían bendecido eran sanos, fuertes, hermosos e inteligentes, igual que su madre.
    Berikos, sin embargo, jamás había perdonado a Kyna su matrimonio. Ella le hizo saber el nacimiento de sus hijos y otro mensaje cuando nació Cailin, pero, tal como había prometido, el jefe dobunio se comportó como si su hija no existiera. La madre de Kyna, por el contrario, acudió tras el nacimiento de Cailin y anunció que se quedaría con su hija y yerno. Se llamaba Brenna y era la tercera esposa de Berikos. Kyna era su única hija.
    – Él no me necesita. Tiene a las otras -se justificó Brenna.
    De modo que se quedó con ellos, apreciando quizá aún más que su hija los modales civilizados de los britanos romanizados.
    La villa donde ahora vivía Brenna con su hija, yerno y nietos era pequeña pero confortable. Su entrada porticada con cuatro columnas de mármol blancas era impresionante y contrastaba con el bonito atrio informal al que conducía. Estaba decorado con rosas de Damasco que tenían una temporada de floración más prolongada que la mayoría, debido a su colocación al abrigo. En el centro había un pequeño estanque en el que crecían nenúfares y vivían pequeños peces de colores durante todo el año. La villa disponía de cinco dormitorios, una biblioteca para Gayo Druso, una cocina y un comedor redondo con bellas paredes de yeso decoradas con pinturas de las aventuras de los dioses entre los mortales. Lo mejor de la casa, para Brenna, eran los baños con baldosas y el sistema hipocausto que calentaba la villa en los días húmedos y fríos. Tras la entrada la casa no poseía nada grandioso, estaba construida principalmente con madera y el tejado era de tejas rojas, pero era una morada cálida y acogedora y todos vivían felices.
    Eran una familia unida, y Kyna sólo lamentaba que sus parientes políticos insistieran en permanecer en Corinio. A ellos les gustaba el bullicio de la ciudad, y Tito ocupaba su lugar en el consejo. Para ellos la vida en la villa era aburrida. A medida que transcurrieron los años, y los viajes por carretera se fueron haciendo más peligrosos, sus visitas se hicieron menos frecuentes.
    Aunque ni Kyna ni su esposo recordaban los días en que las legiones poblaban su patria, manteniendo las cuatro provincias de Britania y sus caminos inviolados, sus mayores sí los recordaban. Julia lamentaba la partida de las legiones, pues sin ellas la autoridad civil fuera de las ciudades era difícil de mantener. Una petición a Roma varios años después de la retirada había recibido una lacónica respuesta por parte del emperador: los britanos tendrían que defenderse solos. Roma tenía sus propios problemas.
    Y de pronto, tres años atrás, Gayo y Kyna recibieron el mensaje de que Julia se hallaba enferma. Gayo reunió a un grupo de hombres armados y se apresuró a viajar a Corinio. Su madre murió al día siguiente de su llegada. Para su sorpresa y profundo pesar, su padre, incapaz de hacer frente a la pérdida de la esposa que le había acompañado durante casi toda su vida adulta, languideció y falleció menos de una semana después. Gayo asistió a su entierro. Después regresó a casa y la familia se unió aún más.
    Ahora Kyna Benigna dejó a su esposo con sus cosas y se apresuró a reunirse con su madre. Brenna se encontraba en el jardín trasplantando plantas jóvenes al cálido suelo primaveral.
    – Gayo ha enviado a su familia a Roma a buscar marido para Cailin -dijo Kyna sin preámbulos.
    Brenna se puso lentamente de pie, limpiándose el polvo de su túnica azul. Era una versión más anciana de su hija, pero sus trenzas prematuramente blancas contrastaban con sus brillantes ojos azules.
    – ¿Qué, en nombre de los dioses, se ha apoderado de él para cometer semejante tontería? -dijo. -Cailin no aceptará ningún esposo que ella no haya elegido. Me sorprende que Gayo pueda ser tan necio. ¿Te consultó antes a ti, Kyna?
    Kyna rió con tristeza.
    – Gayo casi nunca me consulta cuando tiene intención de hacer algo que sabe que yo no aprobaré, madre.
    Brenna sacudió la cabeza.
    – Así son los hombres -exclamó. -Después, las mujeres tenemos que reparar el daño que ellos han hecho y limpiar el desorden. Los hombres, me temo, son peores que niños. Los niños no saben hacerlo mejor. Los hombres sí, y aun así actúan a su manera. ¿Para cuándo se espera a este «novio»?
    Kyna se llevó una mano a la boca.
    – La noticia me ha inquietado tanto que he olvidado preguntárselo. Supongo que será pronto, de lo contrario no habría dicho nada. Dentro de pocas semanas es el cumpleaños de Cailin. Quizá Quinto Druso llegue para entonces. Creo que Gayo ha estado ocupándose de esta perfidia desde el pasado verano. Conoce el nombre del joven e incluso su historia. -Sus ojos azules destellaron de contrariedad. -En realidad, estoy empezando a sospechar que esta intriga se tramó hace ya algún tiempo.
    – Tenemos que decírselo a Cailin -dijo Brenna. -Debe conocer las maquinaciones de su padre. Sé que Gayo no la obligará a casarse con ese Quinto si no le gusta. No es su manera de actuar, Kyna. No es más que un hombre.
    – Desde luego -admitió Kyna. -Ha prometido que si Cailin rechaza a Quinto Druso, le encontrará otra esposa y le dará algunas tierras. Aun así, madre, me pregunto si esos romanos aceptarán con agrado que su hijo se case con otra chica cuando se les ha prometido que lo hará con nuestra hija. No conocemos a muchas chicas jóvenes cuyas familias puedan igualar o ni siquiera acercarse a la dote de Cailin. Los tiempos son muy duros, madre. Sólo la prudencia de mi esposo ha permitido a Cailin las ventajas de ser una rica heredera.
    Brenna cogió las manos de su hija y le dio unas palmaditas de consuelo.
    – No nos busquemos dificultades ni las veamos donde todavía no existen -dijo con prudencia. -Quizá ese Quinto Druso será el esposo perfecto para Cailin.
    – ¿Esposo? ¿Qué es eso de un esposo, abuela?
    Las dos mujeres dieron un respingo de culpabilidad y, volviéndose, se vieron cara a cara con el principal objeto de su discusión, una jovencita alta y delgada, de grandes ojos color violeta y una rebelde cabellera rizada castaño rojiza.
    – ¿Madre? ¿Abuela? ¿Quién es Quinto Druso? -preguntó Cailin. -No quiero que me escojan marido; y tampoco estoy preparada para casarme.
    – En ese caso será mejor que se lo digas a tu padre, hija mía -repuso Kyna sin ambages. Aunque le preocupaba abordar este problema con Cailin, no era mujer que se anduviera con rodeos. Era mejor hablar claro, más en una situación delicada como aquélla. -Tu padre ha enviado a buscar un posible marido para ti en Roma. Cree que es hora de que te cases. El joven se llama Quinto Druso, y supongo que llegará en cualquier momento.
    – Pues no voy a casarme con ese Quinto Druso -dijo Cailin con firmeza. -¿Cómo ha podido hacer padre una cosa así? ¿Por qué debo casarme antes que Flavio y Tito, o es que también ha enviado a buscar esposas para mis hermanos? Si es así, descubrirá que ellos no tienen más ganas que yo de casarse.
    Brenna rió.
    – Eres más celta que romana, mi niña -dijo sonriendo. -No te preocupes por Quinto Druso. Tu padre dice que si no te gusta, no te casarás con él; pero quizá resulte ser el hombre de tus sueños, Cailin. Todo es posible.
    – No concibo por qué padre cree que necesito marido -gruñó Cailin. -Es demasiado ridículo incluso para pensar en ello. Prefiero quedarme en casa con mi familia. Si me caso, habré de ocuparme de una casa y tener hijos. No estoy preparada para todo eso. Se me da poca libertad para hacer las cosas que realmente encuentro interesante porque soy demasiado joven, y de repente soy lo bastante mayor para casarme. ¡Es absurdo! La pobre Antonia Porcio se casó hace dos años, cuando sólo tenía catorce. ¡Y miradla ahora! Tiene dos hijos, se ha puesto gorda y siempre parece cansada. ¿Eso cree padre que me hará feliz? Y el marido de Antonia… bueno. He oído decir que se ha llevado a una esclava egipcia muy bonita a la cama. Eso a mí no me sucederá, os lo aseguro. Cuando llegue el momento, elegiré a mi esposo y él no se apartará de mi lado… ¡o le mataré!
    – ¡Cailin! -la reprendió Kyna. -¿Dónde has oído ese chisme salaz acerca de Antonia Porcio? Me sorprende que lo repitas.
    – Oh, madre, todo el mundo lo sabe. Antonia se queja de su marido a cada momento. Se siente explotada, y quizá sea cierto, aunque creo que es por su culpa. La última vez que la vi, en las saturnalias, fue incapaz de dejar de hablar de todas sus aflicciones. Me retuvo en un rincón durante casi una hora, hablando sin parar.
    »Todo es culpa de su padre. Le escogió el marido. ¡Cómo presumía entonces! Le encantaba presumir delante de las otras chicas cuando nos encontrábamos en los festivales. Sexto Escipión era tan guapo, alardeaba. Más guapo que ningún esposo que jamás pudiéramos tener nosotras. Y también era rico. Más rico que ningún esposo que jamás pudiéramos tener nosotras. ¡Por los dioses, cuántos aspavientos! Y todavía los hace, me temo, pero ahora canta otra canción. ¡Bueno, en mi caso no será así! Yo elegiré a mi esposo, y será un hombre con carácter y honor.
    Brenda asintió.
    – Entonces elegirás sabiamente cuando llegue el momento, mi niña.
    – Igual que elegí yo -intervino Kyna con voz suave, y las otras mujeres asintieron sonriendo.

    Cuando por la noche se reunieron para cenar, Cailin bromeó con su padre.
    – Me han dicho que has enviado a Roma a buscar un regalo de cumpleaños muy especial para mí, padre.
    Sus grandes ojos exhibían una chispa de humor. Había tenido toda la tarde para calmarse. Ahora le parecía divertido que su padre creyera que estaba preparada para casarse. Sólo hacía unos meses que habían comenzado sus ciclos lunares.
    Gayo Druso enrojeció nervioso y miró a su hija.
    – ¿No estás enfadada?
    El genio fuerte de Cailin a veces le intimidaba. Su sangre celta era más vehemente que la de sus hermanos.
    – No estoy preparada para el matrimonio -declaró Cailin, mirando a su padre a los ojos.
    – ¿Matrimonio? ¿Cailin? -preguntó su hermano Flavio, y se echó a reír.
    – Que los dioses se apiaden del pobre hombre -añadió su gemelo, Tito. -¿Quién será el que se ofrezca en sacrificio ante el altar?
    – Es de Roma -les informó Cailin. -Un tal Quinto Druso. Creo que acompaña a las doncellas elegidas para ser vuestras esposas, queridos hermanos. Celebraremos una triple boda. Eso ahorrará una fortuna a nuestros padres, con los tiempos difíciles que corren. Bueno, ¿cómo ha dicho madre que se llamaban las novias? ¿Majesta y Octavia? No, creo que Horacia y Lavinia.
    Los dos jóvenes de dieciséis años palidecieron y no cayeron en que se trataba de una broma hasta que toda la familia prorrumpió en risas. Sus expresiones de alivio fueron cómicas.
    – ¿Lo ves, padre? -dijo Cailin. -La idea de que alguien elija a sus esposas es horrenda para mis hermanos. Para mí aún lo es más. ¿No hay forma de impedir que venga Quinto Druso? Su viaje no servirá para nada. No me casaré con él.
    – Quinto Druso llegará en dos días -anunció Gayo con incomodidad.
    – ¡Dos días! -exclamó Kyna mirando indignada a su marido. -¿No me avisas de que ese joven va a venir a casa hasta dos días antes de su llegada? ¡Oh, Gayo! Esto es intolerable. Todos los criados son necesarios en los campos para las plantaciones de primavera. No tengo tiempo para prepararme para recibir a un invitado que viene de Roma.
    Miró furiosa a su marido.
    – Es de la familia -replicó Gayo débilmente. -Además, nuestra casa siempre está impecable, Kyna. Bien lo sabes.
    – Hay que limpiar y airear la cámara de invitados. Hace meses que no se utiliza. Los ratones siempre se instalan allí cuando está cerrada. La cama necesita un colchón nuevo. El viejo está lleno de bultos. ¿Sabes cuánto se tarda en hacer un colchón nuevo, Gayo? ¡No, claro que no lo sabes!
    – Que duerma sobre el colchón viejo, madre -opinó Cailin. -Se irá antes si está incómodo.
    – No se irá -replicó Gayo Druso, recuperando la compostura y la dignidad como cabeza de familia. -He prometido a su padre que Quinto tendrá un futuro en Britania. En Roma no hay nada para él. Mi primo Manió me rogó que le encontrara un lugar. Y le he dado mi palabra, Kyna.
    – ¿Este estúpido plan de que se case con Cailin no fue lo primero que pensaste? -preguntó. Empezaba a ver el asunto bajo una luz diferente.
    – No. Manió Druso me escribió hace dos años -explicó Gayo. -Quinto es el menor de sus hijos. Si hubiera sido chica habría sido más fácil, pues podían haberla casado con una dote modesta; pero no lo es. Y en Roma no hay lugar para Quinto. Los hijos del primer matrimonio de Manió están casados y tienen descendencia. Manió repartió sus tierras entre ellos a medida que se fueron casando. Y sus hijas tuvieron una buena dote e hicieron un buen matrimonio.
    »Luego, después de varios años de viudedad, Manió se enamoró. Su nueva esposa, Livia, le dio primero una hija, y Manió era lo bastante rico para apartar su dote. Luego Livia le dio un hijo. Mi primo decidió que el chico heredaría su casa de Roma. Su esposa accedió a no tener más hijos, pero…
    Kyna se echó a reír.
    – El primo Manió fornicó por última vez, y de su imprudencia nació Quinto -terminó por su esposo. Él asintió.
    – Sí. Mi primo esperaba reunir otra pequeña fortuna para este último hijo, pero ya sabes, Kyna, lo mal que ha estado la economía en Roma estos últimos años. El gobierno gasta constantemente más de lo que tiene. Hay que pagar a las legiones. Los impuestos han subido tres veces y la moneda casi no vale nada. Mi primo apenas podía mantener a su familia. No había nada para dar al joven Quinto. Por eso recurrió a mí para que le ayudara. Ofreció a Quinto como esposo para nuestra hija. En ese momento me pareció una buena idea.
    – Pues no lo es -espetó su esposa con sequedad, -y deberías haberlo hablado conmigo antes.
    – No me casaré con ese Quinto Druso -volvió a decir Cailin.
    – Ya nos lo has dicho varias veces, hija mía -dijo Kyna con dulzura. -Estoy segura de que tu padre acepta tu decisión en este asunto, igual que yo. Sin embargo, el problema sigue siendo qué hacer. Quinto Druso ha recorrido cientos de leguas desde Roma para venir aquí a emprender una vida nueva y mejor. No podemos enviarle de regreso. Se trata del honor de tu padre; de hecho, del honor de toda la familia. -Frunció la frente unos instantes y luego su rostro se iluminó: -Gayo, creo que tengo la respuesta. ¿Cuántos años tiene Quinto Druso?
    – Veintiuno.
    – Pues le diremos que hemos decidido que Cailin es demasiado joven para casarse. Daremos a entender que se trata de un malentendido. Que lo único que ofreciste fue ayudar a Quinto a iniciar una vida en Britania. Si Cailin llega a enamorarse de él, entonces sí habrá boda. No hiciste un auténtico contrato de boda con Manió Druso, ¿verdad, Gayo? -Miró ansiosa a su marido.
    – No, no lo hice.
    – Entonces no habrá problema -dijo Kyna con alivio. -Regalaremos al joven Quinto esa pequeña villa junto al río con sus tierras, la que compraste hace varios años de la propiedad de Séptimo Agrícola. Es fértil y tiene un buen manzanal. Le proporcionaremos esclavos, y si trabaja duro puede volverla muy próspera.
    Gayo Druso sonrió por primera vez aquel día.
    – Es la solución perfecta -coincidió. -No sé cómo me las arreglaría sin ti, querida.
    – Soy de la misma opinión -replicó Kyna. El resto de la familia se echó a reír. Luego Cailin dijo:
    – Pero no hagas un colchón nuevo, madre. Recuerda que queremos que Quinto Druso se marche de esta casa cuanto antes.
    Hubo más risas. Esta vez Gayo Druso también rió, aliviado porque una situación engorrosa había sido resuelta por su bella y lista esposa. No había cometido ningún error años atrás, cuando se había casado con Kyna, la hija de Berikos.

    Dos días después, exactamente como estaba previsto, Quinto Druso llegó a la villa de su primo montado en un elegante caballo pardo rojizo que su padre le había regalado al partir de Roma. Los penetrantes ojos negros de Quinto Druso contemplaron el rico suelo de la tierra de labranza de su primo, los árboles bien podados de los huertos, el buen estado de los edificios, la buena salud de los esclavos que trabajaban al aire libre bajo el sol primaveral. Lo que vio le hizo sentir alivio, pues los planes que su padre había hecho para él no le habían colmado de alegría.
    – No tienes más remedio que ir a Britania -le había dicho su padre con enojo cuando él había protestado por su decisión. Su madre, Livia, lloraba quedamente. -Aquí en Roma no hay nada para ti, Quinto. Todo lo que tengo ya lo he distribuido entre tus hermanos. Sabes que es así. Lamento que seas mi hijo más joven y que no pueda ofrecerte tierras ni dinero.
    »Gayo Druso Corinio es un hombre rico y posee muchas tierras en Britania. Aunque tiene dos hijos, dará una buena dote a su única hija. Ella tendrá tierras, una villa, oro. Todo puede ser tuyo, hijo, pero debes pagar un precio por ello, y el precio es que te exilies de Roma. Debes permanecer en Britania y trabajar las tierras que recibirás. Si lo haces, serás feliz y vivirás cómodamente el resto de tus días. Britania es muy fértil, según me han dicho. Será una vida agradable, Quinto, te lo prometo.
    Él había obedecido a su padre, aunque no le complacía su decisión. Britania se hallaba en el fin del mundo y su clima era horrible. Todos lo sabían. Pero no podía quedarse en Roma, al menos de momento. Armilla Cicerón se estaba volviendo muy exigente. La noche anterior le había dicho que estaba encinta y que tendrían que casarse. El padre de ella era muy poderoso: Quinto Druso sabía que podía hacerle la vida muy difícil a cualquier hombre de quien creyera que había hecho infeliz a su hija. Era mejor abandonar Roma.
    Armilla abortaría, como había hecho en numerosas ocasiones. Él no era el primer hombre al que había echado sus redes y tampoco sería el último. En realidad era una vergüenza, pensó Quinto, pues el senador Cicerón era un hombre acaudalado, que sus dos yernos vivieran infelices dominados por él. Ésa no era la clase de vida a que Quinto Druso aspiraba. Él sería dueño de su propio destino.
    Tampoco, pensó mientras se acercaba a la villa de su primo, tenía intención de llevar una vida dedicada a la agricultura en Britania. Aun así, por ahora no podía hacer otra cosa. Con el tiempo se le ocurriría algo y se marcharía, regresaría a Roma, con los bolsillos llenos de monedas de oro que le permitirían vivir con comodidad hasta el fin de sus días.
    Vio a un grupo de gente salir de la villa para darle la bienvenida y forzó una sonrisa en su bello rostro. El hombre, alto, con el pelo castaño oscuro y ojos claros, no se parecía a ningún otro Druso que él conociera, pero evidentemente se trataba de su primo Gayo. La mujer, alta, con un pecho turgente y abundante y el pelo rojo oscuro, debía de ser la esposa de su primo. La mujer mayor con el pelo blanco era la madre de ésta, sin duda. Su padre le había dicho que la suegra celta de Gayo vivía con ellos. Los dos muchachos casi adultos eran el vivo retrato de su padre. Tenían dieciséis años. Y allí estaba la chica.
    Quinto Druso se hallaba lo bastante cerca para distinguirla con claridad. Era alta como el resto de su familia, más alta, pensó irritado, que él. No le gustaban las mujeres altas. Tenía cabello castaño rojizo, una masa larga y ensortijada de rebeldes rizos que sugerían una naturaleza sin domesticar. Tenía la piel pálida y facciones perfectas: nariz recta, ojos grandes, boca como un capullo de rosa. En realidad era una de las mujeres más hermosas que jamás había visto, pero le desagradó al instante.
    – Bienvenido a Britania, Quinto Druso -saludó Gayo cuando el joven detuvo su caballo ante ellos y desmontó.
    – Gracias, primo -respondió Quinto Druso.
    Luego, educadamente, saludó a los demás a medida que le eran presentados. Para su asombro, percibió que él le desagradaba a ella tanto como ella a él. Pero no era necesario que la mujer le gustara al hombre para que éste se casara con ella y tuvieran hijos. Cailin Druso era una mujer joven y rica que representaba su futuro. No tenía intención de dejarla escapar.

    Durante los siguientes días esperó que su primo, Gayo, planteara el tema del contrato matrimonial y fijara una fecha para la boda. Cailin le evitaba como si fuera portador de la peste. Por fin, al cabo de diez días, Gayo habló con él una mañana.
    – Prometí a tu padre que, debido a los vínculos de sangre que unen a nuestras dos familias -comenzó, -te daría oportunidad de emprender una nueva vida aquí en Britania. Por tanto, te he cedido una bonita villa y granja con un huerto fértil junto al río. Todo se ha hecho conforme a la ley y registrado como es debido con el magistrado de Corinio. Tendrás los esclavos que necesites para trabajar tus tierras. Te irá bien, Quinto.
    – ¡Pero si yo no sé nada de labranza! -replicó Quinto Druso.
    Gayo sonrió.
    – Lo sé, muchacho. ¿Cómo quieres que un muchacho como tú, educado en Roma, sepa nada de la tierra? Pero te enseñaremos y te ayudaremos a aprender.
    Quinto Druso se dijo que no debía perder los estribos. Tal vez podría vender esa granja y su villa y escapar a Roma. Pero las siguientes palabras de Gayo desvanecieron todas sus esperanzas en esa dirección.
    – Compré la granja del río a la propiedad del viejo Séptimo Agrícola hace varios años. Desde entonces está en barbecho. Tuve suerte de conseguirla barata de los herederos que viven en Glevum. Los valores de la propiedad cada vez están bajando más para los que quieren vender, pero son un valor excelente para los que desean comprar.
    Entonces no había escapatoria, pensó Quinto Druso con tristeza, pero una vez fijado su matrimonio con Cailin al menos recibiría algún dinero.
    – ¿Cuándo propones -preguntó- celebrar la boda entre tu hija y yo?
    – ¿Boda? ¿Entre tú y Cailin? -Gayo Druso puso cara de asombro.
    – Mi padre dijo que tu hija y yo nos casaríamos, primo. Creía que había venido a Britania para casarme, para unir de nuevo las dos ramas de la familia.
    El bello semblante de Quinto Druso exhibía su ira apenas reprimida.
    – Lo siento, Quinto. Tu padre debió de entenderme mal, muchacho -dijo Gayo. -Yo sólo te ofrecí una oportunidad aquí, en Britania, pues en Roma no tenías ninguna. Era mi deber a causa de nuestros vínculos de sangre. Ahora bien, si tú y Cailin algún día os enamoráis, sin duda no pondría objeción a que te casaras con mi hija, pero no hubo ningún contrato de matrimonio entre nosotros. Lamento la confusión. -Sonrió con afecto y dio unas palmaditas en el brazo del joven. -Cailin aún está creciendo. Yo de ti, muchacho, buscaría una mujer fuerte y sana entre las hijas de nuestros vecinos. Dentro de unos días celebraremos la fiesta de la entrada en la edad viril de nuestros hijos gemelos, durante las Liberalias. Asistirán muchos vecinos y sus familias. Será una buena ocasión para que observes a las doncellas locales. Eres un buen partido, Quinto. Recuerda que ahora eres un hombre con propiedades.
    «No hay boda.» Esas palabras le ardían en la cabeza. Quinto Druso no había estado al corriente de la correspondencia entre su padre y su primo Gayo, pero estaba seguro de que su padre creía que iba a haber boda entre él y Cailin Druso. ¿Lo había entendido mal su padre? No era un hombre joven, desde luego, pues tenía unos veinte años más que Gayo Druso.
    ¿O acaso su padre sabía desde el primer momento que no habría boda? ¿Le había engañado Manió Druso para que abandonara Roma porque Gayo estaba dispuesto a ofrecerle tierras? ¿Manió Druso había engatusado a su hijo menor con una buena boda porque sabía que de otro modo no se marcharía? Era la única explicación que Quinto Druso podía encontrar. Su primo Gayo parecía un hombre honrado en todos los aspectos. No como aquel viejo zorro romano, su padre.
    Quinto Druso estuvo a punto de gemir de frustración y se pasó una mano por el pelo. Se hallaba aislado en el fin del mundo, en Britania, y tenía que hacerse granjero. Sintió un escalofrío al ver ante sí una larga y aburrida vida llena de cabras y gallinas. No volvería a contemplar gloriosos duelos de gladiadores en el Coliseo, ni carreras de carros en la vía Apia. Se acabaron los veranos en Capri, con sus cálidas aguas azules y un sol interminable, o las visitas a algunos de los mejores burdeles del mundo, con sus magníficas mujeres que satisfacían todos los gustos.
    Tal vez si intentase que aquella pequeña zorra de Cailin se enamorara de él… No. Para ello se necesitaría un milagro, y él no creía en milagros. Los milagros eran para los fanáticos religiosos como los cristianos. Cailin Druso había manifestado su desagrado desde el momento en que había puesto los ojos en él. Cuando se encontraban en presencia de los mayores se comportaba de un modo meramente civilizado, y cuando se hallaban solos no le hacía caso. Él sin duda no quería una esposa sin pelos en la lengua y desenfrenada como aquella chica. Las mujeres de sangre celta al parecer eran así. La esposa y la suegra de su primo también eran francas e independientes.
    Quinto Druso hizo un esfuerzo por tragarse su decepción. Se hallaba solo en tierra extraña, a centenares de leguas de Roma. La buena voluntad y la influencia de Gayo Druso y su familia le resultaban necesarias. No tenía nada, ni siquiera medios para regresar a casa. Bien, si no podía conseguir a Cailin y la buena dote que su padre le asignaría algún día, habría otras muchachas con buenas dotes. Ahora necesitaba de la amistad de Cailin y su madre Kyna si quería encontrar una esposa rica.
    Los jóvenes primos de Quinto, Flavio y Tito, celebrarían su decimosexto aniversario el 20 de marzo. Las Liberalias se celebraban el 17. La ceremonia de entrada en la edad viril siempre se festejaba en las fiestas más próximas al cumpleaños del muchacho, aunque decidir qué cumpleaños quedaba a la discreción de los padres.
    Aquel día especial, el muchacho dejaba la toga de borde rojo de su infancia y recibía en su lugar la toga blanca de la edad adulta. En Britania se trataba de un asunto meramente simbólico, pues los hombres no solían llevar toga. El clima era demasiado riguroso para ello, como Quinto había descubierto. Enseguida había adoptado la cálida y ligera túnica de lana y los braceos de los britano-romanos.
    Aun así, se conservaban las viejas costumbres de la familia romana, aunque sólo fuera porque eran excusas magníficas para reunirse con los vecinos. En estas reuniones se formaban las parejas, así como acuerdos para cruzar piezas de ganado. Ofrecían a los amigos la oportunidad de volver a verse, pues viajar de manera regular cuando no era necesario ya no era posible. Todos los grupos que partían hacia la villa de Gayo Druso Corinio hacían ofrecimientos y oraban a los dioses para llegar a salvo y regresar sin contratiempos.
    La mañana de las Liberalias, Quinto Druso dijo a Kyna en presencia de Cailin:
    – Hoy tendréis que presentarme a todas las mujeres solteras, señora. Ahora que mi primo Gayo me ha convertido, tan generosamente, en un hombre con propiedades, buscaré esposa que comparta mi buena fortuna conmigo. Confío en vuestra sabiduría en este asunto, tal como confiaría en mi dulce madre Livia.
    – Estoy segura -le dijo Kyna- de que a un hombre joven tan guapo como tú no le costará encontrar esposa. -Se volvió hacia su hija. -¿Qué opinas tú, Cailin? ¿Quién le gustaría más a nuestro primo? Hay muchas chicas bonitas entre nuestros conocidos dispuestas a casarse.
    Cailin miró a su primo.
    – Supongo que querrás una esposa con una buena dote, ¿no, Quinto? ¿O te conformarás con una que sea virtuosa? -dijo con malicia. -No, no creo que te conformes con la virtud.
    Él rió forzadamente.
    – Eres demasiado lista, primita. Con una lengua tan afilada, me extrañará que encuentres marido. Los hombres prefieren la dulzura en el hablar.
    – Habrá dulzura en abundancia para el hombre adecuado -replicó Cailin sonriendo con falsa ternura.
    Aquella misma mañana, más temprano, Tito y Flavio se habían quitado los bullae dorados que habían llevado al cuello desde su nacimiento. Los bullae, amuletos para protegerse del mal, fueron colocados en el altar de los dioses de la familia tras la ofrenda de un sacrificio. Los bullae nunca más tenían que ser lucidos a menos que sus propietarios se encontraran en peligro de la envidia de sus compañeros o de los dioses.
    Luego los mellizos se pusieron sendas túnicas blancas, que, según la costumbre, su padre les ajustó con cuidado. Como descendían de la clase noble, las túnicas vestidas por Tito y Flavio Druso tenían dos anchas franjas rojas. Por fin, sobre la túnica les fue colocada la toga virilis blanca como la nieve, la prenda que llevaban los hombres adultos.
    De haber vivido en Roma, una comitiva compuesta por la familia, amigos, libertos y esclavos habría desfilado festivamente hasta el Foro, donde los nombres de los dos hijos de Gayo Druso se habrían añadido a la lista de ciudadanos. Según una costumbre que se remontaba a los tiempos del emperador Aureliano, todos los nacimientos se registraban en un plazo de treinta días en Roma, o ante las autoridades provinciales oficiales; pero sólo cuando un muchacho se hacía formalmente hombre su nombre era inscrito como ciudadano. Era un momento de orgullo. Los nombres de Tito y Flavio Druso Corinio entrarían en la lista conservada en la ciudad de Corinio, y con esa ocasión se efectuaría una ofrenda al dios Liber.
    Cuando sus vecinos y amigos empezaron a llegar para la celebración familiar, Cailin llevó aparte a sus hermanos.
    – Al primo Quinto le gustaría que le presentáramos a posibles esposas -dijo con un destello en los ojos. -Creo que deberíamos ayudarle. Pronto se irá. Me desagrada su presencia.
    – ¿Por qué te desagrada tanto? -le preguntó Flavio. -No te ha hecho nada. Una vez padre dijo que como no habría boda entre vosotros, te sentirías más cómoda. Sin embargo aprovechas cualquier oportunidad para pincharle. No lo entiendo.
    – A mí me parece un buen tipo -coincidió Tito con su gemelo. -Sus modales con impecables, y monta bien a caballo. Creo que padre tenía razón cuando dijo a Quinto que eras demasiado joven para casarte.
    – No sería demasiado joven para casarme si apareciera el hombre debido -respondió Cailin. -En cuanto a Quinto Druso, intuyo que hay algo en él, pero no sé qué es. Simplemente creo que representa un peligro para todos nosotros. Cuanto antes se vaya a la villa del río y se instale con una esposa, mejor. Bueno, ¿qué chicas le irían bien? ¡Pensad! Vosotros conocéis a todas las doncellas casaderas respetables y no tan respetables en varios kilómetros a la redonda.
    Rieron al unísono, poniendo los ojos en blanco, pues si había algo que gustara a los hermanos de Cailin era las mujeres; tanto, que Gayo Druso declaraba a sus hijos hombres para encontrarles esposa y casarles antes de que provocaran un escándalo dejando encinta a la hija de alguien o, peor, siendo pillados seduciendo a la esposa de otro hombre.
    – Está Bárbara Julio -dijo Flavio pensativo. -Es guapa y tiene buenos pechos. Eso va bien para los bebés.
    – Y Elisia Octavio, o Nona Claudio -sugirió Tito.
    Cailin asintió.
    – Sí, todas ésas serían adecuadas. Ninguna de ellas me gusta tanto como para pedirles que se aparten de nuestro primo Quinto.
    Las familias de las propiedades vecinas empezaban a llegar. Los gemelos presentaron sus sugerencias a su madre, y Kyna efectuó las debidas presentaciones. Quinto Druso era apuesto, además de poseer tierras, lo que le hacía algo más que casadero.
    – Necesita tres brazos -dijo Cailin secamente a su abuela, -pues Barbara, Nona y Elisia seguro que acabarán peleando como gatos para cazarle. ¿Tendré yo que sonreír como una boba como hacen ellas para que un hombre se fije en mí? ¡Qué repugnante!
    Brenna sofocó una risita.
    – Lo único que hacen es coquetear con Quinto -dijo. -Una de ellas debe ganar ascendencia sobre las otras si han de conquistar el corazón de tu primo. Los hombres y las mujeres han coqueteado desde siempre. Algún día habrá un hombre que te atraiga tanto que quieras coquetear con él, mi Cailin. Créeme.
    Tal vez, pensó Cailin, pero ella seguía pensando que las tres muchachas que revoloteaban ante Quinto eran criaturas estúpidas. Cailin paseó entre la multitud de vecinos que llenaban los jardines de la villa. Nadie le prestaba mucha atención, pues no era su día sino el de sus hermanos. Cailin percibía la primavera en el aire. La tierra volvía a estar cálida y la brisa leve, aunque el día no era tan soleado como ellos habrían deseado. Entonces vio a Antonia Porcio, y antes de poder volverse en otra dirección Antonia la detuvo con gran alharaca y no hubo modo de eludirla.
    – ¿Cómo estás, Antonia? -preguntó Cailin haciendo un esfuerzo para que le salieran las palabras, pues Antonia Porcio no sabía responder la pregunta más sencilla sin entrar en exasperantes detalles.
    – Me he divorciado de Sexto -anunció Antonia melodramáticamente.
    – ¿Qué? -preguntó Cailin asombrada.
    Era la primera noticia que tenía de ello.
    Antonia cogió a Cailin del brazo y le contó con tono confidencial:
    – Bueno, en realidad se fugó con esa pequeña esclava egipcia. Papá se puso furioso. Dijo que no debía seguir casada con Sexto Escipión en esas circunstancias. ¡Y me concedió el divorcio! -Soltó una risilla tonta. -A veces, tener al magistrado jefe de Corinio por padre no es mala cosa. Me lo he quedado todo, claro, porque Sexto me deshonró en público. Padre dice que ningún magistrado honrado permitiría que una buena esposa y sus hijos sufrieran en esas circunstancias. Si Sexto vuelve alguna vez, encontrará que ha vuelto para nada, pero me han dicho que se han fugado a Galia. ¡Imagínate! ¡El dijo que estaba enamorado de ella! ¡Qué necio!
    Entrecerró sus ojos azules un momento.
    – Me he enterado de que ha venido tu primo de Roma, y que tu padre le ha regalado la antigua propiedad de Agrícola. Me han dicho que es divinamente bello. Mi propiedad está junto a esas tierras. Mi padre quería comprarlas para mí, pero tu padre se las ofreció antes a los herederos de Glevum. ¿Cómo se llama? Tu primo, quiero decir. ¿Me lo presentarás, Cailin? Corre el rumor de que está buscando esposa. Una mujer rica como soy yo ahora no sería mala pareja, ¿no crees? -Volvió a soltar una risilla. -¿No sería agradable que fuéramos primas, Cailin? Siempre me has caído bien. No dices cosas crueles de mí a mis espaldas. ¡Creo que eres la única amiga que tengo, Cailin Druso!
    Cailin estaba atónita. Apenas si eran amigas; con diecisiete años, Antonia era mayor que ella y raras veces le había hecho caso. Hasta ese día.
    «Vaya, qué interesada -pensó Cailin. -Lo que realmente quiere es conocer á Quinto. Supongo que quitárselo a las demás sería una doble victoria para ella.» Superaría a las que hablaban mal de ella y demostraría al mundo que aún era una mujer deseable. Sexto Escipión era un bribón y un tonto.
    – ¡Qué amable eres, querida Antonia! -se oyó decir Cailin mientras pensaba atropelladamente en deliciosas posibilidades.
    Antonia era un poco rolliza, pero también algo que bonita. Si se casaba con ella, Quinto obtendría mujer rica en tierras y dinero. Era hija única y heredaría todo lo que su padre poseía.
    También era tonta y egoísta. Sexto Escipión debió de ser absolutamente desdichado con ella para haber abandonado todo lo que su familia había construido en el transcurso de los últimos siglos. Antonia Porcio sin duda merecía al primo de Cailin, y con toda seguridad Quinto Druso merecía a la hija del magistrado jefe de Corinio.
    – Claro que te presentaré a mi primo Quinto, Antonia. Pero has de prometerme que no te desmayes -bromeó Cailin. -Es bello como un dios, ¡te lo aseguro! Ojala me encontrara atractiva, pero no es así. Sería verdaderamente estupendo que tú y yo fuéramos primas. -La empujó levemente hacia adelante. -¡Vamos ahora mismo! Mi madre ya ha empezado a presentarles a todas las chicas casaderas de la provincia, no querrás que se te adelanten, ¿verdad? Pero creo que, vez, cuando Quinto te vea, querida Antonia, vuestras vidas cambiarán. ¡Oh, sería maravilloso!
    Quinto Druso se hallaba en su elemento, rodea de atractivas jovencitas núbiles que querían congraciarse con él. Vio acercarse a Cailin con una rubita rolliza, pero esperó a que ella le hablara para saludarla.
    – Primo Quinto, ésta es mi buena amiga Antonia Porcio. -Cailin dio un empujoncito a la joven para que se adelantara. -Antonia, éste es mi primo Quinto. Estoy segura de que tenéis mucho en común. Antonia es la única hija del magistrado jefe de Corinio.
    «Bien, bien -pensó él. -La primita Cailin está siendo de lo más útil. Me pregunto qué travesura está preparando ahora.» Sí, tenía curiosidad. Ella le había indicado claramente que la rubia muchacha era hija de un hombre poderoso y además su heredera. No entendía por qué Cailin quería hacerle un favor a él. No era un secreto que le desagradaba desde que le había puesto los ojos encima. La candidata que le presentaba debía de tener algún defecto. Miró los ojos azules de Antonia y decidió que cualquiera que fuera el defecto, disfrutaría buscándolo.
    Se llevó la mano al corazón y dijo:
    – Veros, mi lady Antonia, me permite comprobar por fin por qué las mujeres de Britania son tan famosas por su belleza. Me postro a vuestros pies.
    La boca de Antonia formó una sonrisa de placer, mientras las otras chicas que rodeaban a Quinto Druso ahogaban una exclamación de sorpresa. Entonces, el joven y guapo romano cogió a Antonia Porcio del brazo y le pidió que le mostrara los jardines. La pareja se alejó del grupo con paso lento, aparentemente arrebatados el uno por la compañía del otro, mientras los que habían quedado atrás los contemplaban con asombro.
    – ¿En tu familia hay antecedentes de locura, Cailin Druso? -preguntó Nona Claudio, con el tono de una joven dama desconcertada.
    – ¿Qué te ha impulsado a presentar a Antonia Porcio un hombre casadero? -preguntó Barbara Julio.
    – ¿Y qué habrá visto él en ella? -se maravilló Elisia Octavio. -Nosotras somos más jóvenes y más bonitas.
    – No era mi intención molestaros -dijo Cailin con aire inocente. -Simplemente sentí lástima por la pobre Antonia. Acabo de enterarme de que se ha divorciado. Sexto, su esposo, se fugó con una esclava. Lo único que pretendía era animarla presentándole a mi primo. No pensé en ningún momento que él se sentía atraído hacia ella. Es mayor que todas nosotras y, tienes razón, Elisia, somos más bonitas. -Cailin se encogió de hombros. -Los gustos de los hombres en cuestión de mujeres son incomprensibles. Quizá Quinto se aburrirá pronto de ella y volverá con vosotras.
    – Si tu villa no fuera la que está situada más lejos de Corinio, Cailin, te habrías enterado antes del divorcio de Antonia -dijo Barbara irritada. -Francamente ninguna de nosotras le reprocha nada a Sexto Escipión. Antonia es egoísta a más no poder. Todo lo que ve y desea ha de tenerlo. Sexto decía que ella le estaba llevando a la pobreza. Si le negaba alguna cosa, su padre le reprendía. Y no es una buena madre, y además trata con crueldad a sus esclavos, dice mi padre. Oh, es dulce encantadora cuando consigue lo que quiere, pero de contrario ¡cuidado! Quería a Sexto Escipión porque era el hombre más hermoso y más rico de por aquí. Pero una vez le tuvo en la trampa, se volvió lo que realmente es: una zorra malcriada. Deberías advertir a tu primo.
    – He oído -dijo Nona Claudio bajando la voz- que aunque Antonia se ha quedado con la propiedad de su marido, sus bienes y enseres, Sexto Escipión y su amante escaparon con mucho oro y monedas. Mi padre era su banquero, ya lo sabéis. Dice que Sexto Escipión había estado enviando fondos al extranjero desde hace meses. Eso Antonia no se lo cuenta a nadie. Se lo ha borrado de la mente. La idea de que su esposo se fugó par vivir felizmente y con comodidad le resulta insoportable.
    – Evidentemente, está lanzando sus redes para pescar otro marido -intervino Barbara con tono de reprobación- y otra vez es el más apuesto de la provincia. Supongo que también es rico. ¡No sé porque Antonia tiene tanta suerte!
    – No es rico -les informó Cailin, esperando que abandonaran la causa de Antonia. -Es el hijo más joven del primo que mi padre tiene en Roma. Es una familia muy numerosa. No quedó nada para el pobre Quinto. Padre sintió lástima y le pidió a su primo Manió que lo enviara aquí. Le regaló la villa del río y todas sus tierras. Por supuesto, tendrá esclavos para que trabajen las tierras y cuiden el huerto, pero Quinto posee muy poco más que su bello rostro.
    – Las tierras de Antonia están junto a la villa del río -observó Nona. -Cuando tu atractivo primo se entere, aún estará más interesado en ella. Antonia es una mujer rica. Francamente, Quinto Druso sería un tonto si no se casara con ella. Me temo que no tenemos ninguna esperanza.
    – ¿De veras lo crees? -preguntó Cailin. -¡Oh, querida!
    Brenna se reunió con su nieta cuando las otras muchachas se alejaron de ella.
    – Intrigas como un druida, Cailin Druso -murmuró.
    – Cuanto antes se case -dijo Cailin, -más tranquila estaré. Demos gracias a los dioses de que no le gusté cuando me vio. Hay algo en él, abuela… No sé con exactitud de qué se trata, pero percibo que Quinto Druso es un peligro para mí, para todos nosotros. Espero que se case con Antonia Porcio por su riqueza y sus relaciones. No estaré tranquila hasta que se marche de nuestra casa. -Miró el rostro bondadoso de Brenna. -¿No me consideras una tonta por albergar sentimientos tan intensos?
    – No -respondió Brenna. -Siempre he dicho que eres más celta que tus hermanos. La voz interior te previene de Quinto Druso. Escúchala, hija mía. Esa voz nunca te engañará. Cuando no la escuchamos es cuando cometemos errores de juicio. Confía siempre en tus instintos, Cailin -le aconsejó su abuela.

CAPÍTULO 02

    – Con tantas muchachas encantadoras como hay en la provincia, ¿por qué Quinto se ha casado con Antonia Porcio? -preguntó Kyna a su esposo.
    La boda de su primo se había celebrado por todo lo alto la mañana anterior en Corinio. Ahora regresaban a su villa, que se hallaba a unos treinta kilómetros de la ciudad; con seguridad un día de viaje. Gayo y sus hijos iban a caballo y las tres mujeres en un carro descubierto. Viajaban con un nutrido grupo de familias de villas cercanas. Los vecinos se habían unido para contratar un destacamento de soldados que les protegiera en el camino.
    – Antonia es muy atractiva -respondió Gayo.
    – No me refiero a eso -replicó Kyna con aspereza, -¡y lo sabes bien, Gayo! Quinto podía haber elegido a una muchacha virgen de buena familia. En cambio, se decidió por una mujer divorciada con dos hijos y un padre que no quiere soltar a su hija. Antonio Porcio no será un suegro fácil, como descubrió el pobre Sexto Escipión.
    – Vamos, querida -dijo Gayo Druso, -sabes tan bien como yo que Quinto puso sus miras en Antonia por varias razones. Es rica y sus tierras están junto a las que yo le di a él. Hay poco misterio en esto. A Quinto se le prometieron tierras y esposa si venía a Britania. Por supuesto, yo tenía intención de que esa esposa fuera Cailin; pero como ella no le quiso (y si he de ser sincero, creo que ella y Quinto habrían hecho mala pareja), Quinto, con mucha sabiduría, eligió a Antonia. Es un hombre fuerte y podrá controlarla. Será un buen matrimonio.
    – Forman una buena pareja -se atrevió a decir Cailin.
    Su madre se echó a reír.
    – Creerías que Quinto y Hécate hacen buena pareja si eso te hubiera salvado de casarte con él, hija. Bueno, ¿qué harás tú para encontrar pareja?
    – Cuando conozca al hombre adecuado, madre, sabré -respondió Cailin con seguridad.
    – ¿Por qué Antonia y Quinto te eligieron para ser su testigo, hermanita? -preguntó Flavio.
    Cailin sonrió con falsa dulzura.
    – Flavio, yo presenté a mi primo Quinto a mi querida amiga Antonia. Supongo que creen que, como hice de Cupido, soy responsable en parte de la felicidad que han hallado el uno en el otro.
    – ¡Cailin! -exclamó su madre. -¿Tú los presentaste? No me lo habías dicho. Me preguntaba cómo se habían conocido aquel día.
    – ¿No lo había mencionado, madre? Supongo que se me olvidó porque no me pareció importante. Sí, lo presenté yo. Fue en las Liberalias.
    – ¡Intrigas como un druida! -dijo su madre.
    – La abuela me dijo lo mismo -repuso Cailin con aire malicioso.
    – Sí que lo dije -observó Brenna. -De tus tres hijos, ella es la que se parece más a los celtas. A Beriko le gustaría.
    – Madre -dijo Cailin, -¿por qué Berikos desaprobaba que te casaras con padre?
    Nunca pensaba en el padre de su madre como el «abuelo». Raras veces se le mencionaba en la casa, y ella nunca le había visto. Era un misterio para Cailin igual que ella lo habría sido para él.
    – Mi padre es un hombre orgulloso -dijo Kyna. -Quizá demasiado. En tiempos pasados, los dobunios formaron parte de los poderosos celtas catuvellaunios. Un hijo de su gran jefe comió, Tincomio de nombre, trajo un grupo de seguidores a esta región hace muchos años. Se convirtieron en los dobunios. Tu abuelo desciende de Tincomio. Se siente orgulloso de su linaje y más orgulloso aún del hecho de que nadie de su familia hasta mí se había casado con un romano. Siempre ha odiado a los romanos, aunque por ninguna razón especial.
    »Cuando vi a tu padre y me enamoré de él, Berikos se enfadó conmigo. Él ya había elegido un esposo para mí, un hombre llamado Carvilio. Pero yo no quería a Carvilio. Sólo quería a tu padre, y por eso Berikos me repudió. Yo le había avergonzado. Había avergonzado a los dobunios.
    – Es un necio y siempre lo ha sido -masculló Brenna. -Cuando le llevaron el mensaje de que habían nacido los gemelos, una sonrisa lo traicionó por un instante pero luego frunció el entrecejo y dijo: «No tengo ninguna hija.» Sus otras esposas, Ceara, Bryna y esa pequeña tonta de Maeve, se pavoneaban y alardeaban de sus nietos, pero yo, con mi única hija exiliada, no podía decir una sola palabra. En realidad, ¿qué podía decir? Ni siquiera había visto a los niños.
    – Pero si Berikos tenía otras tres esposas y otros hijos -preguntó Cailin a Brenna, -¿por qué se enfadó tanto al seguir madre el impulso de su corazón? ¿No quería que fuera feliz?
    – Berikos ha sido padre de diez hijos de sus otras esposas, pero mi hija era la única hembra. Kyna era la preferida de su padre, por eso la dejó marchar y por eso nunca pudo perdonarle que renunciara a su herencia.
    »Sin embargo, cuando tú naciste, la dije a Berikos que si no podía perdonar a tu madre por casarse con un britano-romano, yo abandonaría la tribu para estar con mi hija. Él tenía otros nietos, pero yo sólo tenía a los hijos de tu madre. No era justo que él me impidiera tener un lugar junto al hogar de mi hija o el derecho de mecer a mis nietos en mis brazos. De eso hace catorce años. Jamás he lamentado mi decisión. Soy más feliz con mi hija y su familia de lo que jamás fui con Berikos y su insufrible orgullo.
    Kyna cogió la mano de su madre y le dio un apretón mientras ambas se miraban sonrientes. Luego Brenna dio unas palmaditas cariñosas en la mejilla de Cailin.

    La boda de Quinto se había celebrado en las Calenda de junio. Para sorpresa de todos, incluido él mismo, resultó un administrador de sus fincas muy apto, incluso de la amplia parte de su esposa. La villa junto al río le pareció que estaba en mal estado y la hizo demoler. Los campos que formaban parte de la propiedad ahora prosperaban con grano sembrado. El huerto medraba, Quinto, confortable en la lujosa villa de su esposa, engordó. Su devoción hacia Antonia era asombrosa. Aunque tenía derecho a llevarse a la cama a cualquier esclava que le gustara, no lo hacía. Sus hijastros le temían y respetaban, como los hijos de cualquier hombre respetable. Sus esclavos no hallaban motivos de murmuración en su amo. Y en cuanto a Antonia, a principios de otoño estaba encinta.
    – Es asombroso -dijo Gayo a su esposa. -La pobre Honoria Porcio, con todos sus años de matrimonio, sólo pudo tener un hijo; sin embargo su hija madura como un melón cada vez que un marido cruza la puerta de su casa. Bueno, debo admitir que Cailin fue una buena casamentera. Mi primo Manió debería estarme muy agradecido por la suerte de su hijo.
    Sin embargo, Quinto Druso no era el hombre que aparentaba ser. Su buena fortuna no le había proporcionado más que ansias de poseer más. El gobierno se estaba desmoronando con las propias ciudades. Él vio que pronto no habría un gobierno central. Cuando eso sucediera, los ricos y poderosos serían quienes controlaran Britania. Quinto Druso había decidido que, llegado el momento, él sería el hombre más rico y poderoso de Corinio y alrededores. Contemplaba con ambición las fincas de su primo, Gayo Druso Corinio.
    Recientemente, Antonia había estado hablándole de posibles parejas para sus primos Tito y Flavio, quienes ya retozaban con las esclavas en casa de su padre. Corría el rumor de que uno de ellos -nadie estaba seguro de cuál, pues tenían las facciones idénticas- había dejado embarazada a una de ellas. Sus bodas significarían que pronto habría niños; otra generación de herederos para la propiedad de Gayo Druso Corinio.
    Y estaba Cailin. Sus padres pronto le buscarían marido. Ella también celebraría su cumpleaños en primavera. Con quince años ya tenía edad suficiente para casarse. Un marido poderoso aliado con el primo Gayo… esa idea no agradaba a Quinto Druso. Él quería las tierras que pertenecían a su benefactor, y cuanto antes las consiguiera menos complicaciones habría. La única cuestión que le quedaba por decidir era cómo alcanzar su objetivo sin que nadie se diera cuenta.
    Habría que deshacerse de Gayo y su familia, pero ¿cómo hacerlo? Nadie debía sospechar de él. No. Él sería quien más lloraría en los funerales de Gayo Druso Corinio y su familia… y el único que quedaría para heredar las propiedades de su primo. Quinto sonrió para sí. Al final poseería mucha más riqueza que cualquiera de sus hermanos en Roma. Pensó en cómo se había resistido a la idea de venir a Britania; sin embargo, de haber venido habría perdido la mayor oportunidad su vida.
    – Pareces muy contento, amor mío -dijo Antonia, sonriéndole mientras yacían en la cama.
    – Cómo no iba a estarlo, cariño -respondió Quinto Druso a su esposa. -Te tengo a ti y mucho más. -Le puso una mano sobre el abultado vientre Es el primero de una gran casa, Antonia.
    – ¡Oh, sí! -exclamó ella, cogiéndole la mano y besándola.
    «Los hijos de Antonia…», pensó mientras acariciaba con ternura a su adorada esposa. Eran jóvenes muy frágiles. El más leve asomo de enfermedad se los llevaría. Realmente parecía una vergüenza que los hijos de Sexto Escipión hubieran de tener, algún día, al suyo. Pero, por supuesto, Antonia no permitiría que fueran desheredados. Aunque no era la mejor de madres, adoraba a sus hijos. Aun así, podría suceder alguna desgracia, pensó Quinto Druso. Cualquier cosa.

    El hijo de Quinto Druso nació en las Calendas de marzo, exactamente nueve meses después de que sus padres se hubieran casado. El niño era robusto y estaba sano. Sin embargo, la alegría de Antonia duró poco pues a la mañana siguiente los dos hijos habidos de matrimonio con Sexto Escipión fueron hallados ahogados en el estanque con peces del atrio. Las dos esclavas asignadas a vigilar a los niños fueron encontradas en circunstancias de lo más comprometedoras: desnudas, entrelazadas en un lascivo abrazo y ebrias. No hubo defensa para su crimen. Ambas fueron estranguladas y enterradas antes de que acabara aquel fatídico día. El dolor provocó el desquicio de Antonia.
    – Le llamaré Póstumo en honor a sus hermanos -declaró con aire dramático y grandes lágrimas resbalándole por las mejillas mientras contemplaba al recién nacido. -Qué trágico resulta que jamás pueda conocerles.
    – Se llamará Quinto Druso el joven -le dijo su esposo, colocándole dos gruesos brazaletes de oro en el brazo mientras le daba un breve beso. -No debes afligirte, cariño. La leche no te subirá si lo haces. No permitiré que mi hijo chupe las tetas de una esclava. Ellas no están tan sanas como la propia madre. Livia, mi madre, siempre lo decía. Ella nos crió a mi hermano, a mi hermana y a mí hasta que tuvimos más de cuatro años. -Alargó el brazo y colocó una mano debajo de un pecho de Antonia diciendo con un deje de advertencia en la voz: -No prives a mi hijo, Antonia, de lo que le corresponde. Los hijos de Sexto Escipión eran inocentes, y como tales ahora están con los dioses. No puedes hacer nada por ellos, cariño. Deja de pensar en ellos y ocúpate del hijo vivo que los dioses se han complacido en darnos.
    Se inclinó sobre ella y la besó en los labios otra vez.
    La niñera cogió al bebé de brazos de Antonia. Dejó al niño a los pies de su padre. Quinto Druso tomó el bulto en sus brazos, reconociendo así que el hijo era suyo. Este formal reconocimiento simbólico significaba que el recién nacido era admitido en aquella familia romana con todos sus derechos y privilegios. Nueve días después de nacer, Quinto Druso el joven recibiría su nombre oficialmente en una gran celebración familiar.
    – Recordarás lo que te he dicho, ¿verdad? -dijo Quinto Druso a su esposa mientras devolvía el bebé a la niñera y se ponía en pie. -Nuestro hijo debe ser lo primero.
    Antonia asintió, los ojos azules abiertos de par en par por la sorpresa. Ésa era una faceta de su marido que había visto y, de pronto, sintió miedo. Quinto había sido siempre muy indulgente con ella. Ahora parecía que colocaba a su hijo por delante de ella. Él la miró y sonrió.
    – Estoy satisfecho contigo, Antonia. Han sido unos momentos terribles para ti, pero has de ser valiente. Eres la madre adecuada para mis hijos.
    Salió del dormitorio y se encaminó a la biblioteca. La casa se hallaba en silencio, ahora que sus hijastros no correteaban de un lado a otro. En cierto modo era triste, pero al cabo de unos años en la villa volverían a oírse risas y gritos infantiles. Los de sus propios hijos. Una lámpara ardía sobre la mesa cuando entró en su santuario particular; una vez dentro, cerró la puerta con firmeza. Sólo la emergencia más grave haría que alguien le molestara cuando aquella puerta estaba cerrada. Después de casarse con Antonia había inculcado a los criados, que aquella habitación era su sancta sanctorum. Nadie debía entrar en ella sin su consentimiento expreso.
    – Lo habéis hecho muy bien -dijo a los dos hombres que ahora salieron de las sombras de la habitación.
    – Ha sido fácil, amo -dijo el de mayor estatura. -Esas dos niñeras no nos han dado ningún problema. Un poco de vino con narcótico, joder un poco, otro poco de vino, un poco más de…
    – ¡Sí, claro! -interrumpió Quinto Druso impaciente. -El cuadro que me pintas es bastante explícito. Háblame de los niños. ¿Os han dado algún problema? ¿No han gritado? No quiero que más adelante aparezca algún testigo.
    – Les estrangulamos en la cama, mientras dormían, amo. Después colocamos los cuerpos en el estanque del atrio. Nadie nos vio, os lo garantizo. Era plena noche y todos dormían. Antes de acabar con los niños preparamos la escena. Tenían un aspecto horrible, esas chicas -prosiguió el hombre alto y rió con aire obsceno.
    – Nos prometisteis la libertad -dijo el otro hombre a Quinto Druso. -¿Cuándo nos la daréis? Hemos hecho lo que pedisteis.
    – Os dije que debías realizar dos tareas para mí-fue la respuesta de Quinto Druso. -Esta no es más que la primera.
    – ¿Cuál es la segunda? ¡Queremos nuestra libertad! -repuso el hombre alto.
    – Eres impaciente, Cato -dijo Quinto Druso, observando su expresión de disgusto. Le divertía dar a sus esclavos nombres dignos, de sonido elegante. -Dentro de nueve días mi hijo recibirá su nombre formalmente y se celebrará una ceremonia de purificación. Es un acontecimiento familiar que se celebra dentro de casa. Vendrá mi suegro de Corinio y mi primo Gayo y su familia de su villa cercana. Quiero que estudiéis bien a mi primo y a su familia.
    »En mayo hay un festival céltico. Esa noche, desde que se pone el sol hasta que amanece, Gayo Druso concede libertad a sus esclavos. Tengo intención de seguir la misma costumbre. Esa noche eliminaréis a mi primo y a su familia. Como incentivo extra, podéis robar el oro de mi primo de un escondrijo que yo os revelaré oportunamente. Con el alboroto que se formará tardaré varios días en descubrir que aquellos dos nuevos esclavos de Galia que compré hace poco han desaparecido. ¿Comprendéis?
    Miró fríamente a los dos hombres, preguntándose si habría alguna manera de eliminarles a ellos también y ahorrarse la posibilidad de ser descubierto algún día. No. Tendría que confiar en ellos. Si sabía juzgar bien a los hombres, huirían como alma que llevan los demonios para regresar a Galia.
    – Beltane -dijo Cato.
    – ¿Beltane? -repitió Quinto Druso perplejo. -Es el festival céltico que habéis mencionado. Se celebra el primer día de mayo, amo. No hay ningún otro festival importante de primavera.
    – Muy apropiado -dijo Quinto Druso con un; breve sonrisa. -Me casé con mi esposa en las Calenda de junio y nuestro hijo nació en las de marzo. Ahora en las de mayo iniciaré el camino de mi destino. Cree que el uno es mi número de la suerte. -Miró a los dos galos. -Apagaré la luz un momento. Salid por el jardín y comportaos. ¡Los dos! Debéis tener fácil acceso a la casa cuando mi primo y su familia estén aquí. Si causáis dificultades, el mayordomo os enviará a los campos, y allí no me servís de nada.
    Por la mañana, Quinto Druso envió mensajeros; su suegro en Corinio y a su primo Gayo, invitándole: a ir a su casa, el día de la imposición del nombre y la purificación del nuevo Druso.
    Hasta que llegaron para la celebración Gayo Druso Corinio y su familia no se enteraron de la muerte de los dos hijos mayores de Antonia.
    – Oh, querida -exclamó Kyna, besando a la joven en ambas mejillas. -Lo siento terriblemente. ¿Por qué no enviaste a buscarme? Mi madre y yo habríamos venido. Y Cailin también. No es bueno que una mujer esté sola en momentos de tanto dolor.
    – No era necesario -dijo Antonia con suavidad. -Mis pequeños están a salvo con los dioses. Quinto me lo ha asegurado. No puedo hacer nada por ellos. Debo pensar en el bebé. Quinto no quiere que una esclava lo críe. No puedo disgustarme o dejaré de tener leche. Eso enfadaría mucho a Quinto, y se porta tan bien conmigo que no quiero que eso suceda.
    – La tiene hipnotizada -observó Cailin con desagrado.
    – Está enamorada de él -respondió Kyna.
    – Creo que ha sido muy oportuna la muerte de los dos hijos de Sexto Escipión -comentó Cailin con voz suave.
    Kyna se sorprendió.
    – ¡Cailin! ¿Qué insinúas? ¿No estarás acusando a Quinto Druso de algún acto no natural? Quería a esos chiquillos y era un buen padrastro para ellos.
    – No acuso a nadie de nada, madre -se defendió Cailin. -Simplemente he observado lo oportuno que ha sido que los hijos de Antonia hayan fallecido. Debes admitir que ello favorece el que el único hijo de Quinto lo herede todo.
    – ¿Por qué cuando hablas de Quinto -preguntó Kyna a su hija- tus pensamientos siempre son lúgubres, Cailin?
    La muchacha hizo un gesto de negación.
    – No lo sé -respondió con sinceridad. -Una voz dentro de mí me previene contra un peligro indefinido. Creía que cuando se casara con Antonia esa sensación se evaporaría, pero no ha sido así. En todo caso, se hace más fuerte cada vez que estoy en presencia de Quinto.
    – ¿Quizá estás celosa de su matrimonio? -sondeó Kyna. -¿Es posible que lamentes tu decisión de no casarte con él?
    – ¿Estás loca, madre?
    La expresión de disgusto en el bello rostro de Cailin indicó a Kyna que se equivocaba por completo.
    – Sólo preguntaba -dijo Kyna con tono de disculpa. -A veces lamentamos lo que hemos rechazado o despreciado.
    Fueron llamadas al atrio, donde estaba preparado el altar familiar. Con orgullo, Quinto Druso otorgó su propio nombre a su hijo. Con suavidad, colgó una hermosa bullae de oro tallado en el cuello del bebé. El medallón, cerrado por un ancho muelle, contenía un poderoso amuleto entre sus dos mitades que protegería a quien lo llevara hasta que se hiciera hombre. Con la dignidad del patriarca de una gran familia, Quinto Druso entonó plegarias a los dioses, y a Marte en particular, pues se hallaban en el mes de marzo. Oró para que Quinto Druso el joven tuviera una vida larga y feliz. Luego sacrificó un cordero, nacido el mismo día que su hijo, y dos palomas blancas en honor a los dioses para que sus plegarias fueran atendidas favorablemente.
    Una vez finalizada la ceremonia religiosa, comenzó la celebración y la fiesta. Cada miembro de la familia de Gayo Druso había traído un crepundia al bebé. Estos eran juguetes de oro o plata en forma de animales, peces, espadas, flores o herramientas, que se unían a una cadena y se colgaban del cuello del pequeño para que se divirtiera con su tintineo. Eran los regalos tradicionales del día de la purificación y del nombre del niño.
    Quinto Druso estaba de buen humor. Compartiendo vino con sus primos Tito y Flavio, bromeó con ellos.
    – He oído decir que cierta esclava de la villa de vuestro padre está madurando como un melón. ¿Quién es el responsable, eh?
    Los gemelos se sonrojaron y luego rieron con aire de complicidad.
    – No estamos seguros -admitió Flavio. -Siguiendo la costumbre de nuestra infancia, lo compartimos todo.
    – Madre está muy enfadada con nosotros. Dice que van a casarnos antes de que termine el verano para que no provoquemos ningún escándalo -dijo Tito a su primo de más edad. -La chica ha abortado, y por eso nunca sabremos quién era el padre, aunque quizá tampoco lo habríamos sabido nunca.
    – Y padre dice que no metamos nuestro cubo en más pozos, por muy dulce que sea el agua -añadió Flavio.
    – ¿Y ya os han elegido novia, primos? -preguntó Quinto.
    – Todavía no -respondió Tito. -Padre quiere ir un poco más lejos de Corinio. Dice que es hora de que entre sangre fresca en la familia. Me parece que no le gustan las chicas disponibles de por aquí.
    – La selección no es particularmente fantástica -observó Quinto. -Yo tuve suerte con mi querida Antonia. Ojalá los dioses os brinden la misma fortuna, jóvenes primos, y yo pueda celebrar el día del nombre de todos vuestros hijos.
    Alzó su copa y bebió.
    Ellos brindaron a su vez.
    – ¿Y qué hay de Cailin? -preguntó Quinto. -¿Se casará pronto? Cada día está más guapa. -Miró al otro lado de la habitación, donde Cailin estaba sentada con Antonia. -Si no me hubiera enamorado de Antonia a primera vista, habría desesperado por perder a vuestra encantadora hermana. Quienquiera que sea el hombre a quien elija será afortunado.
    – Parece que no hay ningún hombre que atraiga a nuestra hermana -dijo Flavio. -Me pregunto si realmente existe algún hombre capaz de ello. A veces nuestra hermana es un poco rara. Tiene más sangre celta que romana. Sería una lástima que muriese virgen.
    – ¿Más vino, amo? -preguntó un esclavo junto a Quinto.
    – Sí, Cato, gracias. Y llena también las copas de mis primos -añadió jovialmente.

    La noche de Beltane, las hogueras resplandecían en todas las colinas de la provincia. La celebración céltica en honor de la nueva estación era compartida por todos. Las barreras de clase parecían desaparecer y los hombres y mujeres, libres y esclavos, danzaban juntos y compartían copas de hidromiel alrededor de las hogueras.
    Gayo Druso Corinio acababa de hacer el amor con su esposa en la intimidad de su casa vacía cuando le pareció oír un ruido. Se levantó y salió al atrio a investigar. No vio a los dos intrusos que aparecieron por detrás de él y le estrangularon con rapidez.
    Kyna no se enteró de que el ruido que había oído era el cuerpo de su esposo al caer al suelo. Se levantó y, cuando se hallaba en medio del dormitorio, éste fue invadido por dos hombres.
    – Te dije que era una belleza -dijo el más alto.
    Era fácil adivinar sus intenciones. Aterrada, Kyna retrocedió.
    – Soy la joya de Berikos, jefe de los dobunios -logró decir, aunque el miedo le atenazaba la garganta.
    El hombre más alto agarró a Kyna y la besó soezmente. Kyna forcejeó con su atacante como una leona, arañándole y escupiéndole. Riendo, el hombre la empujó sobre la cama y se echó encima de ella, levantándole la túnica de dormir. El otro hombre se puso junto a su cabeza y silenció sus gritos con la mano. Kyna rogó a los dioses tener una muerte rápida.
    Brenna regresó pronto a la villa. Había estado haciendo de carabina de Cailin en la celebración, pero su nieta en realidad no la necesitaba. No había nadie que gustara a Cailin y, además, la muchacha no huiría en la oscuridad con ningún hombre. Simplemente se divertía bailando y cantando.
    Brenna tropezó con algo en el oscuro atrio. Se agachó y reconoció con horror el rostro de su yerno. Éste tenía el rostro azulado y estaba muerto. Empezó a temblar. Con gran esfuerzo, se puso en pie y luego, con el corazón desbocado, corrió al dormitorio de su hija. Kyna yacía desnuda, con las piernas separadas entre un revoltijo de sábanas ensangrentadas. Brenna se desplomó en el suelo sin siquiera darse cuenta de que le habían dado un golpe.
    – La vieja sin duda ha sido fácil -señaló Cato con indiferencia.
    – Pero con la joven ha sido más divertido -dijo su compañero. -Qué manera de pelear. Pero la mejor será la chica. Juguémonos a los dados quién se lleva su virginidad y quién se queda con las sobras antes de matarla.
    Tito y Flavio Druso Corinio, que regresaron a casa ebrios de hidromiel, no vieron a sus asesinos. Les resultó fácil tenderles una emboscada; rápidamente les cortaron el cuello y luego arrastraron sus cuerpos, junto con el del padre, al dormitorio de éste, donde Cailin no pudiera tropezar con ellos.
    Los dos galos esperaron. Los minutos se convirtieron en una hora y en otra.
    – ¿Dónde demonios está esa chica? -gruñó el esclavo más bajo.
    – No podemos esperar más -dijo Cato. Señaló hacia la ventana. -El cielo ya se está iluminando con la aurora. Hemos de prender fuego a la casa para que parezca otra hoguera de Beltane y marcharnos de aquí antes de que vuelvan los criados. La chica no merece que nos atrapen. ¿Crees que Quinto Druso nos dejará en libertad si lo hacemos? Un hombre capaz de asesinar a sus hijastros para que no puedan heredar de él, y capaz de asesinar a la familia de su primo para conseguir tierras, no es un hombre que te ayude en un momento de necesidad. En realidad sospecho que nos mataría también si pudiera. El oro que nos prometió está en un escondrijo dentro de la estatua de Juno en la alcoba. Cógela y marchémonos. No confío en que esa escoria romana nos dé muchos días de ventaja. Mañana nos hará perseguir. Pero le engañaremos. No nos dirigiremos a Galia sino a Irlanda.
    Brenna yacía inmóvil, escuchando sus palabras. Rogaba que no se dieran cuenta de que aún se hallaba con vida. Cuando se hubieran ido, correría a informar a Cailin de la matanza. Ahogó un gemido mordiéndose el labio. La cabeza le dolía terriblemente. Sabía que había perdido mucha sangre, pero si los dioses le concedían tan sólo el seguir viva lo suficiente para vengar a Kyna y al resto de su familia, jamás volvería a pedirles nada
    Brenna percibió el olor a humo procedente de cama y las colgaduras de gasa de la ventana que ardían. Oyó ruido de pasos que se alejaban de ella. Vio los dos pares de botas cuando los asesinos salieron por la puerta, dejándola entreabierta con las prisas. No se movió Era preciso estar segura de que los dos hombres se habían ido.
    Pronto el dormitorio empezó a llenarse de humo denso. Jadeando, con los pulmones abrasados a causa del acre olor, Brenna comprendió que no podía seguir allí. Despacio y dolorosamente, la cabeza dando vueltas, se arrastró hacia la puerta abierta y salió a atrio. Allí no había muebles que pudieran arder como en la otra estancia. Aunque el atrio se estaba llenando rápidamente de humo espeso y negro, supo encontrar el camino hacia la puerta. Casi vencida por las náuseas se apoyó contra una columna y le entraron arcadas secos espasmos, pero con gran esfuerzo se puso en pie Con voluntad de hierro, Brenna cruzó tambaleándose el atrio hasta la entrada principal de la casa. Abrió puerta y salió con paso inseguro a la fría y húmeda noche y cayó al suelo a unos metros de la villa.
    No había nadie a la vista. Los asesinos se habían marchado. Brenna aspiró el aire puro para limpiarse los pulmones. Sobre ella una luna llena iluminaba plácida mente la escena de la matanza. ¡Tenía que encontrar Cailin!
    Pero fue Cailin quien la encontró a ella, pues en ese momento se acercaba corriendo por el camino, su largo pelo ondeando al viento. Al ver a su abuela en el suelo se precipitó a su lado.
    – ¡Abuela! ¡La casa está ardiendo! ¿Qué ha ocurrido? ¿Dónde están padre y madre? ¿Y mis hermanos? -Cogió a la anciana por los brazos y la incorporó. Brenna gimió. -¿Estás herida, abuela? ¿Por qué no viene nadie a ayudar? ¿Por qué los esclavos no han regresado de la fiesta?
    – ¡Vete, mi niña! ¡Tenemos que alejarnos de la villa! ¡Estamos en peligro mortal! ¡Ayúdame! ¡Deprisa!
    – ¿Y la familia? -volvió a preguntar Cailin, intuyendo ya la respuesta.
    – Muertos. Todos. Ahora vamos, ayúdame. Aquí no estamos a salvo, Cailin. Debes creerme, querida mía -insistió Brenna entre sollozos.
    – ¿Por qué no podemos esperar a que regresen los esclavos? Debemos informar a las autoridades -dijo Cailin con desesperación.
    Brenna miró a su nieta a la cara.
    – Ahora no tengo tiempo de explicártelo. Debes confiar en mí si deseas vivir muchos años. Vamos, ayúdame. Estoy débil porque he perdido mucha sangre, y tenemos que marcharnos para ponernos a salvo.
    Cailin se asustó.
    – ¿Adónde vamos, abuela?
    – Sólo podemos acudir a un sitio, mi niña. A los dobunios. A tu abuelo, Berikos. Sólo él puede salvarnos. -Cogió a su nieta por el brazo y echó a andar trabajosamente. -Sólo está a unos kilómetros, aunque no lo sabías. Toda tu vida has vivido a pocos kilómetros de Berikos y no lo sabías.
    Entonces Brenna dejó de hablar, comprendiendo que necesitaba dosificar sus fuerzas si quería llegar viva a su destino. Berikos debía saber lo que había sucedido. Después, si los dioses lo deseaban, moriría. Pero Berikos tenía que saberlo.
    – No conozco el camino -gimió Cailin. -¿Puedes enseñarme el camino, abuela?
    La anciana asintió.
    Abandonaron el sendero y Brenna condujo a su nieta por las colinas. Cruzaron un pequeño y espeso bosque iluminado por la brillante luna. La noche era silenciosa. De vez en cuando un pájaro lanzaba un trine nervioso, anticipando el amanecer. En ocasiones descansaban, pero Brenna no se atrevía a detenerse mucho rato. No temía que las persiguieran sino su propia muerte. Cruzaron una gran pradera donde unos ciervos pacían bajo la luz de la madrugada y luego penetraron en otro bosque. El cielo se estaba iluminando paulatinamente. Llevaban recorridos varios kilómetros, y Cailin tenía la sensación de que ascendían.
    – ¿Queda aún muy lejos, abuela? -preguntó Cailin tras varias horas de caminar mayormente cuesta arriba. Se sentía agotada pues no estaba acostumbrada a hacer ejercicio físico. E imaginaba cómo debía de sentirse la anciana. Hacía mucho tiempo que Brenna no recorría aquella distancia, y sin duda jamás en aquel precario estado de salud.
    – No mucho, hija. La aldea de tu abuelo está al otro lado de este bosque.
    El bosque empezó a ralear y el horizonte estaba brillante de color cuando salieron al claro. Ante ellas se alzaba una pequeña colina en cuya cima se encontraba la aldea dobunia. De pronto apareció un joven delante de ellas. Era evidente que había estado vigilando y le sorprendía ver a alguien tan temprano. Su rostro se iluminó cuando reconoció a la anciana.
    – ¡Brenna! ¿Realmente eres tú?
    – Lo soy, Corio -respondió la anciana, y las rodillas se le doblaron.
    – ¡Ayudadme, señor! -exclamó Cailin tratando en vano de sostener en pie a su abuela.
    Corio, tras su asombro inicial al ver a Brenna, se precipitó a coger en brazos a la mujer desvanecida.
    – Sígueme -indicó a Cailin, y sin volver a mirarla inició un rápido ascenso de la colina.
    Cailin se apresuraba detrás de él, el rostro crispado de preocupación. Sin embargo, sentía curiosidad y observó que la colina estaba cercada por tres muros de piedra. Después del tercero entraron en la aldea. Corio se encaminó directamente a la casa más grande, y Cailin le siguió, entrando en una gran sala. Una mujer, de al menos un metro ochenta de estatura y vestida con una túnica azul oscuro, se acercó a ellos. Echó una breve mirada a Cailin, pareció reconocerla y luego miró la carga que llevaba Corio.
    – Es Brenna, abuela, y está herida -dijo Corio.
    – Ponla allí, en el banco junto a la chimenea -ordenó la anciana. -Luego ve a buscar mis medicinas. -Miró a Cailin. -¿Eres quisquillosa o puedes ayudar?
    – Decidme lo que tengo que hacer -respondió Cailin.
    – Soy Ceara, la primera esposa de Berikos -dijo la mujer. -Tú eres la hija de Kyna, ¿verdad? Te pareces a ella.
    – Sí, soy la hija de Kyna. Me llamo Cailin. -Los ojos de la muchacha se llenaron de lágrimas. -¿Morirá la abuela?
    – Todavía no lo sé -contestó Ceara. -¿Qué ha sucedido?
    Cailin hizo un gesto de negación.
    – No lo sé. Al regresar del festival de Beltane he encontrado la casa en llamas y a la abuela en el suelo, en la calle. Dice que mi familia ha muerto, pero no sé nada más. Ha insistido en que viniéramos aquí. Ni siquiera me ha dejado informar a las autoridades o esperar a que los esclavos regresaran de su día de fiesta.
    – ¡Berikos! -llamó Brenna con voz ronca. -¡Tengo que hablar con Berikos!
    Hizo esfuerzos por levantarse del banco donde yacía.
    – Has de quedarte quieta, Brenna -le dijo Ceara. -Enviaré a buscar a Berikos, pero si insistes en moverte no vivirás para hablar con él. Ahora descansa.
    – ¡Ceara! ¿Qué me han dicho? ¿Brenna ha regresado?
    Otra mujer, no tan alta como Ceara pero más que Cailin, se reunió con ellas. Tenía el rostro más bonito dulce que Cailin recordaba haber visto. Había algo fa miliar en él, y sin embargo Cailin no sabía qué era. Ahora ese rostro se frunció de inquietud cuando se inclinó sobre la anciana. Sus ojos azules se llenaron de lágrimas.
    – ¡Brenna! ¡Eres tú! ¡Creí que jamás volvería a vertí -Maeve… -balbuceó Brenna, pero Cailin percibió afecto en su tono. -Veo que sigues siendo una tonta.
    Maeve se inclinó y besó la frente de la mujer herida.
    – Y tú sigues siendo terca y orgullosa, hermana.
    – ¿Hermana?
    Cailin miró a Ceara.
    – Maeve es la hermana menor de tu abuela. ¿No lo sabías? No, ya veo que no.
    – ¿Por qué la abuela la llama tonta? -pregunto Cailin, dándose cuenta de que el rostro familiar de Maeve era una versión un poco más joven del de Brenna.
    – Tu abuela y Berikos no formaban una buena pareja -dijo Ceara. -Se casaron con prisas por la terrible lujuria que sentían el uno por el otro. Cuando lo comprendieron, tu abuela estaba encinta. Varios años más tarde tu abuelo se enamoró verdaderamente de Maeve y ella de él. Brenna quedó horrorizada. Temía que la historia se repitiera y adoraba a su hermana, que tiene cinco años menos. Rogó a Maeve que no se casara con Berikos, pero Maeve no la escuchó. Brenna la llamó tonta y desde entonces siempre la ha llamado así, a pesar de que el matrimonio de Maeve y Berikos resultó satisfactorio. -Ceara se volvió hacia la otra mujer. -Ve a buscar a Berikos, Maeve. Está en casa de ella.
    Corio regresó con la cesta de medicinas de su abuela y Ceara inició la tarea de examinar la herida de Brenna. Cortó un poco del espeso cabello blanco de la anciana, meneando la cabeza al ver el tamaño de la herida. Aquello era más grave de lo que imaginaba. El pelo de Brenna estaba apelmazado a causa de la hemorragia. El hueso del cráneo estaba abierto y faltaba una astilla. Ceara ni siquiera estaba segura de poder cerrar la herida. La naturaleza tendría que encargarse de ello. Con suavidad, limpió la herida con vino, dando un respingo cada vez que Brenna gemía. Espolvoreó los polvos curativos sobre la herida y luego la vendó con musgo seco y limpio. Nunca se había sentido tan impotente.
    La muchacha había permanecido a su lado, pasándole lo que necesitaba y sin hacer ninguna mueca. Su presencia parecía calmar a Brenna. Ceara creía que sólo el descanso, el tiempo y la voluntad de los dioses podrían hacer algo.
    Corio se había marchado de la sala y ahora regresó con un pequeño cuenco. Se lo entregó a su abuela.
    – He creído que quizá querrías esto para Brenna -dijo.
    Ella le sonrió con aire aprobador.
    – Sí, es exactamente lo que necesita. Toma, Brenna, bebe. Te dará fuerzas. Ayúdala a incorporarse un poco, Cailin.
    Cailin se sentó en el banco detrás de su abuela y la incorporó con suavidad.
    – ¿Qué es lo que bebe? -preguntó, observando que Brenna tomaba el líquido rojizo casi con avidez.
    – Sangre de vaca -respondió Ceara. -Es nutritiva y ayudará a Brenna a reconstruir su sangre.
    Ceara contuvo una sonrisa al ver la cara de asco de Cailin. Al menos no se había desmayado.
    – ¡Ceara! -atronó una voz profunda. -¿Qué ocurre? ¿Es cierto lo que me ha dicho Maeve?
    Cailin levantó la mirada. Un hombre alto de cabello y bigote blancos como la nieve había entrado en sala. Iba envuelto en una túnica de lana de color ve oscuro bordada con hilos de oro en el cuello y las m gas. Alrededor del cuello lucía un extraordinario como de oro con esmaltes verdes. El hombre se acero grandes pasos al banco donde Brenna yacía y la miro
    – Salve, Berikos -saludó Brenna burlona.
    – De modo que has vuelto -dijo éste con serenidad. -¿A qué debemos este honor, Brenna? Creí que no volvería a verte.
    – Ni yo a ti. Te has hecho viejo, Berikos -dijo Brenna. -No estaría aquí de no ser por Cailin. Había muerto en el bosque antes que venir aquí de no ser por tu nieta. Estoy aquí por ella, Berikos, no por mí.
    – No tenemos ninguna nieta en común -repuso.
    – ¡Berikos! -exclamó Ceara con aspereza. -No insistas en tu terquedad sobre este asunto. Kyna ha muerto.
    Una expresión de pesar cruzó fugazmente el rostro del anciano.
    – ¿Cómo? -preguntó con voz inexpresiva p que nadie pudiera advertir su dolor.
    – Anoche fui con Cailin a ver los fuegos de Beltane -comenzó Brenna, -pero me cansé y regrese pronto a casa. En el atrio de la villa tropecé con el cadáver de nuestro yerno, Gayo Druso. Corrí al dormitorio de Kyna y la encontré muerta sobre la cama, desfigurada y flagelada. Ni siquiera sentí el golpe que me derribó. Cuando recuperé el sentido, vi los cuerpos Gayo y de nuestros nietos, Tito y Flavio, cerca de ahí. Los asesinos esperaban a Cailin.
    – ¡Quinto Druso! -exclamó Cailin, con el rostro lívido.
    – Sí, hija mía, tu voz interior no se equivocaba. Brenna miró a Berikos y siguió relatando la horrible historia.
    – ¿Y tu cacareado magistrado romano de Corinio? -le preguntó Berikos con mordacidad cuando hubo terminado. -¿Ya no existe la justicia romana?
    – El magistrado jefe de Corinio es el suegro de Quinto Druso -dijo Brenna. -¿Qué posibilidades hubiese tenido Cailin contra él?
    – ¿Qué quieres de mí, Brenna?
    – Quiero tu protección, Berikos, aunque me duele pedirlo. Tu protección para Cailin y para mí. Los esclavos todavía no habían llegado a la villa cuando ocurrió todo. Nadie sabe que hemos sobrevivido ni nadie debe saberlo. Cailin es tu nieta y no puedes negarle tu ayuda. No sé si sobreviviré, estoy herida y me duelen los pulmones debido al humo que inhalé. Necesité todas mis fuerzas para traer a Cailin hasta aquí.
    Berikos permanecía serio y callado.
    – Tendréis la protección de la tribu -dijo por fin Ceara. Cuando su esposo la miró furioso, añadió: -Brenna sigue siendo tu esposa, Berikos; la madre de tu única hija. Cailin es tu nieta. No puedes negarles refugio ni protección según nuestras leyes, ¿o has olvidado esas leyes a causa de tu lujuria por Brigit?
    – Aceptaré vuestra hospitalidad sólo mientras viva mi abuela -dijo Cailin con ceño. -Cuando haya cruzado la puerta de la muerte para ir a su próxima vida, me abriré camino en el mundo yo sola. No os conozco. Berikos de los dobunios, y no os necesito.
    Una leve sonrisa curvó la boca del anciano. Con fríos ojos azules observó a Cailin por primera vez desde que había entrado en la estancia.
    – Palabras valientes, pequeña zorra mestiza -dijo, -pero me pregunto cómo te han preparado tus costumbres romanas para sobrevivir en este duro mundo.
    – No tengo miedo -afirmó Cailin desafiante -puedo aprender. También os recordaré que soy britana, Berikos. Nací aquí, igual que mis padres y abuelos por ambas partes durante generaciones a que yo. Me han educado en el respeto a mis mayores pero no pongáis a prueba mi paciencia o no podréis ocultaros tras el muro de vuestros muchos años.
    Berikos alzó la mano pero al punto la bajó sorprendido por la firmeza que vio en la mirada de la muchacha. No era tan alta como una dobunia, pero tampoco era menuda. Le recordaba a Kyna en muchos aspectos pero su espíritu era sin duda el de su abuela. Ese espíritu que le había atraído hacia Brenna al principio, lamentablemente, no había sido capaz de vivir con ella, no logró amansar a Brenna. Ahora sospechaba que aquella muchacha era igual. Cailin, su nieta. Ella una espina en su corazón, pero no podía hacer cosa sino concederle protección y refugio.
    – Puedes quedarte -anunció.
    Se volvió con brusquedad y se alejó.
    Brenna se apoyó en Cailin.
    – Estoy cansada -dijo.
    – Corio -llamó Ceara, -lleva a Brenna al estar para dormir junto al foso del fuego. Allí estará cómoda y caliente. Ve con ella, hija. Cuando la hayáis instalado, volved. Os daré de comer. Debes de estar hambrienta después del viaje y el dolor de todo lo ocurrido.
    El joven levantó a Brenna en brazos suavemente cruzó la sala. Con cuidado la tendió en el espacio dormir. Cailin tapó a su abuela con una piel de cordero, abrigándole los hombros. Exhaló un hondo sus con expresión preocupada, pero Brenna no la vio, estaba dormida.
    Cailin se sobresaltó cuando alguien la tocó brazo. Se dio la vuelta y vio a Corio. Era un hombre de aspecto agradable con los ojos azul claro.
    – Vamos, mi abuela nos dará de comer. El pan nuevo siempre se come mejor caliente. Somos primos, ¿no? Mi padre es Epilo, el hijo menor de Ceara. Sólo soy el primero de los parientes que vas a conocer. Tu madre tenía diez hermanos, y todos viven, la mayoría con hijos y en algunos casos nietos. Aquí no estarás sola.
    Cailin miró a Brenna, que estaba pálida, pero su respiración era firme y regular. La chica se volvió y siguió al joven a donde Ceara preparaba la comida de la mañana. La corpulenta mujer puso una generosa ración de cebada cocida en dos rebanadas de pan fresco y se las dio.
    – Hay cucharas sobre la mesa, si eres melindrosa -le dijo Corio. -Ven a sentarte.
    Dio un mordisco a su pan con cebada.
    Se sentaron y Ceara les sirvió dos copas.
    – Vino con agua -dijo, y luego se sentó con ellos. -Me recuerdas a tu madre, y sin embargo no te pareces a ella cuando tenía tu edad. ¿Fue feliz con tu padre?
    – ¡Oh, sí! -exclamó Cailin. -¡Éramos una familia feliz!
    Bruscamente, la enormidad de la tragedia la asaltó. El día anterior, Kyna, su padre y sus hermanos estaban vivos. No habían recibido ningún aviso de su desgracia; no es que hubiera sido más fácil soportarlo si lo hubiera habido, pero haber sobrevivido al asesinato de su familia sólo por casualidad le resultaba insoportable. ¿Por qué ella debía vivir cuando todos los demás habían muerto?
    Era el primer festival de Beltane al que le habían permitido asistir sin carabina. Brenna le había dado permiso aquella noche y, una vez sola, Cailin había empezado a ver las cosas bajo una nueva luz. Todos los hombres jóvenes habían querido bailar con ella, y ella danzó alrededor de las hogueras hasta casi el amanecer.
    No estaba preparada todavía para tenderse en la oscuridad con un hombre, pero bebió su primera copa de hidromiel y después se sintió de maravilla. Cailin tenía intención de volver a casa con sus hermanos, pero ellos se habían marchado mucho antes, con dos muchachas. No había vuelto a verles. Sólo cuando la aurora empezó a clarear el cielo y la música por fin cesó se dispuso a regresar a la villa, donde descubrió que la muerte había llegado antes que ella.
    Ahora Cailin palideció y apartó el pan. La sola idea de la comida le provocaba náuseas.
    Ceara adivinó lo que ocurría.
    – Es la voluntad de los dioses -dijo con voz suave. -A veces son buenos, y amables, y otras veces, siendo buenos, resultan despiadados. Tú y Brenna estáis vivas porque vuestro viaje en este mundo todavía no se ha completado. ¿Te atreverías a poner en duda la sabiduría de los dioses, Cailin Druso?
    – ¡Sí! -respondió ella. -¿Por qué he de vivir cuando mi familia ha muerto? ¿Qué podían haber hecho mis hermanos en este mundo para que su vida ya no fuera necesaria? ¡Sólo tenían diecisiete años!
    – No puedo responderte, niña -repuso Ceara. -Lo único que puedo decirte es que todo sucede cuando tiene que suceder. ¿Qué es la muerte? Sólo el umbral entre esta vida y la siguiente. No tenemos que temerla. Cuando llegue tu hora, Cailin, aquellos a los que amas y se han ido antes que tú te estarán esperando en las Islas de los Bienaventurados. Hasta entonces tu deber para con los dioses que te crearon es vivir tu destino tal como ellos lo planearon. Puedes, por supuesto, quejarte y desesperar de la injusticia que todo ello supone, pero ¿por qué malgastar inútilmente el precioso tiempo que se te ha concedido?
    – Entonces, ¿no se me permite llorar su muerte? -preguntó Cailin con amargura.
    – Puedes llorar la manera en que han llegado a su final -dijo Ceara, -pero no les llores a ellos. Ellos han ido a un lugar mejor. Ahora tómate el desayuno, Cailin Druso. Necesitas recuperarte si quieres cuidar de Brenna.
    – Señora, no me tratéis como a una niña estúpida.
    – Pues no te comportes como una niña -replicó Ceara con una leve sonrisa, levantándose de la silla. -Por tu aspecto eres una muchacha adulta, y nosotros no somos gente ociosa. Tendrás que ganarte el pan, con lo cual dispondrás de poco tiempo para compadecerte de ti misma.
    Se volvió y empezó a servir el desayuno a los demás, que ahora entraban en la sala.
    – No dejes que mi abuela te avasalle -le aconsejó Corio con una sonrisa cuando vio que Cailin miraba con furia a Ceara, que estaba vuelta de espaldas. -Es famosa por su corazón bondadoso. Sólo pretende impedir que te perjudiques a ti misma.
    – Tiene una manera extraña de demostrarlo -masculló Cailin.
    – ¿Quieres que te cuente cosas de la familia? -preguntó Corio en un intento por distraerla. Ella asintió y él comenzó: -Aunque nuestro abuelo tuvo diez hijos, sólo tres viven en esta aldea: mi padre Epilo y mis tíos Lugotorix y Segovax, hijos de Bryna. Los otros y sus familias están repartidos en las otras aldeas de la fortificación de los dobunios. Nuestro abuelo tiene cinco esposas.
    – Creía que sólo eran cuatro.
    – Cuatro vivas, pero tuvo un total de cinco. Bryna se marchó a las Islas de los Bienaventurados hace unos años. Después, hace dos años, Berikos se casó con una mujer llamada Brigit. No es una dobunia, sino una catuvellaunia. Nuestro abuelo se pone en ridículo con ella. No es mucho mayor que tú, Cailin, pero es increíblemente malvada. Mi abuela es la esposa principal de Berikos, pero si Brigit decide oponerse a las decisiones de Ceara, Berikos apoya a Brigit. Eso está muy mal, pero le divierte alentarla en contra de sus otras mujeres. Afortunadamente Brigit es feliz dejando a mi abuela y Maeve sus responsabilidades domésticas. No son su fuerte. Prefiere pasar los días en su propia casa, perfumándose y preparándose para el placer de mi abuelo. Cuando se aventura a salir, la acompañan dos criadas que se anticipan a todos sus deseos. Dicen que conserva a nuestro abuelo gracias a un encantamiento y a pociones secretas.
    Tres hombres altos, uno de ellos de cabello oscuro y los otros dos de pelo como el de Cailin, se sentaron junto a ellos.
    – Madre dice que eres la hija de Kyna -dijo el de pelo oscuro. -¿Eres la hija de nuestra hermana, hermosa muchacha? Yo soy Epilo, el padre de este apuesto joven e hijo menor de Ceara y Berikos.
    – Sí, soy la hija de Kyna y de Gayo Druso. Me llamo Cailin -respondió ella.
    – Yo me llamo Lugotorix -se presentó uno de los de pelo castaño- y éste es mi hermano gemelo Segovax. Somos hijos de Bryna y Berikos.
    – Mis hermanos, Tito y Flavio, también eran gemelos -dijo Cailin, y entonces, para su mortificación, las lágrimas empezaron a resbalarle por las mejillas. Desesperadamente intentó enjugárselas.
    Los tres hombres de más edad desviaron la mirada, dando a la muchacha tiempo para recobrarse mientras Corio pasaba un tímido brazo por los hombros de su prima y le daba consuelo. Aquello fue una desdicha para Cailin, pero logró encontrar humor en la situación. El pobre Corio estaba tratando de consolarla, pero en realidad su bondad estaba a punto de provocarle un ataque de histeria. Ella necesitaba llorar y sentir dolor por su familia, pero no ahora. No allí. Tendría que ser más tarde, en un lugar privado donde nadie viera sus lágrimas. Cailin respiró hondo y se tranquilizó.
    – Estoy bien -dijo, apartando el brazo protector de Corio.
    Sus tres tíos la miraron y Epilo dijo:
    – Veo que todavía llevas tu medallón.
    – No estoy casada -les dijo.
    – Dentro de tu medallón hay un trocito de cuerno de ciervo y una gotita plana de ámbar dentro de la cual hay una diminuta flor perfectamente conservada -explicó Epilo. -¿Tengo razón, Cailin?
    – ¿Cómo sabéis lo que contiene mi amuleto? -preguntó ella, sorprendida. -Creía que mi madre y yo éramos las únicas que lo sabíamos. Ni siquiera mi abuela sabe lo que hay dentro. Está bendecido.
    – Sí, pero no por ninguna de tus falsas deidades romanas -respondió él. -El cuerno de ciervo está consagrado a Cernunnos, nuestro dios de la caza. El ámbar es un pedazo de Dana, la Madre Tierra, tocada por Lug, el sol; la flor atrapada en su interior significa fertilidad, o Macha, que es nuestra diosa de la vida y la muerte. -Sonrió a Cailin. -Los hermanos de tu madre te enviaron esta protección incluso antes de que nacieras. Creo que te ha mantenido a salvo para que algún día pudieras venir a nosotros.
    – No lo sabía -admitió Cailin con voz suave. -Mi madre hablaba poco de su vida anterior a su matrimonio. Creo que la única manera de no echar de menos a los que amaba fue apartarlos de su mente por completo.
    Epilo sonrió.
    – Cuánto la conocías, Cailin. Tanta sabiduría en una persona tan joven es de admirar. Te doy la bienvenida a la familia de tu madre. Imagino que mi padre no lo ha hecho. Nunca ha podido perdonar a Kyna el haberse casado con Gayo Druso, y esa actitud orgullosa le ha costado un alto precio. Amaba muchísimo a madre. Ella era su alegría.
    – ¿Por qué odia a los romanos o a todo lo que tiene alguna relación con su cultura? Hace muchos años que en estas tierras no hay ningún romano auténtico La familia de mi padre se ha casado con britanos durante tanto tiempo que queda poca sangre romana nosotros. Sólo mi primer antepasado era romano puro. Sus hijos se casaron con chicas dobunias igual que padre.
    – Nuestro padre es un hombre atrapado en el pasado -dijo Lugotorix. -Las glorias pasadas de los dobunios. Un pasado que empezó a desvanecerse y cambiar con la llegada de los romanos siglos atrás. Nuestra historia no está escrita, Cailin Druso. Es una historia oral, y Berikos puede recitar esa historia como un bardo. Ceara, que está más próxima a él en edad, cuerda a Berikos cuando era joven. Siempre estuvo entregado a nuestro pueblo y su pasado. Sabía que algún día nos gobernaría y en secreto ansiaba restaurar la antigua gloria de los dobunios. Cuando las legiones marcharon, Ceara dijo que lloró de alegría, pero desde entonces pocos cambios se han producido en Britania
    »Aun así, vio la desintegración de las ciudades construidas por los romanos y de su forma de gobernar Vortigern, que se hace llamar rey de los britanos, jamás ha consolidado realmente las tribus. Ahora es viejo y tiene auténtico poder sobre los dobunios ni sobre ningún otro celta. Para Berikos, la boda de tu madre con padre fue una gran traición. Él tenía previsto casa con un guerrero llamado Carvilio. Nuestro padre esperaba que Carvilio le ayudara a recuperar todo el territorio dobunio perdido con los romanos en el transcurso de los años, pero no pudo ser así. Kyna amaba a Gayo Druso y el sueño de nuestro padre murió.
    – No sé nada del pueblo de mi madre. Tendré que aprender muchas cosas si quiero comprenderlo -dijo Cailin. -Mi abuela dice que no podemos regresar a mi hogar. Dice que mi primo Quinto Druso me matará para quedarse con las tierras de mi padre. He de convertirme en una dobunia, tíos. ¿Será posible?
    – Eres hija de Kyna -respondió Epilo. -Ya eres una dobunia.

CAPÍTULO 03

    La aldea donde Cailin se encontraba era la principal aldea de la colina de los celtas dobunios. Era una fortificación típica de los poblados célticos en Britania. Había quince casas en el interior de las murallas, y la de su abuelo era la más grande. Todas las moradas salvo la de Berikos estaban construidas con madera, paredes de barro y zarzos y techo de paja. Había otras diez aldeas que pertenecían a la colina de los dobunios, pero cada una sólo tenía ocho casas.
    Aunque las casas eran confortables, distaban mucho de la villa en que Cailin había crecido. Los suelos de la villa eran de mármol o mosaico. El suelo de la casa de su abuelo era de piedra, y en las otras casas era de tierra dura. Las paredes de la villa eran de escayola, pintadas y decoradas. Cailin tuvo que admitir que las paredes de barro y zarzo, aunque no eran bonitas, protegían de la lluvia y el frío. Al fin y al cabo, éste era el verdadero fin de una pared. En la villa de su padre disponía de un pequeño dormitorio para ella sola. En la casa de su abuelo compartía un confortable espacio para dormir con Brenna. Estaba construido en la pared y a Cailin le parecía bastante acogedor.
    – No estás nada mimada -observó Ceara mientras Cailin desenvainaba guisantes para ella una tarde. -Habría dicho que al haber sido educada como lo fuiste, rodeada de esclavos, sabrías poco y te quejarías mucho.
    – Me enseñaron que en los primeros días de Ron las mujeres, incluso las del orden social más elevado eran laboriosas y conocían las artes domésticas. Se encargaban personalmente de sus hogares. Aunque la familia de mi padre ha vivido en Britania centenares años, esos valores se conservaron. Mi madre me enseño a tejer y cocinar, entre otras cosas. Algún día seré una buena esposa, Ceara.
    Ceara sonrió.
    – Sí, creo que sí. Pero ¿quién será tu esposo, Cailin Druso? Me sorprende que todavía no te hayas casado.
    – No había nadie que me gustara, Ceara -dijo Cailin. -Mi padre intentó emparejarme una vez, pero no quise. Elegiré a mi esposo cuando llegue el momento. Por ahora, necesito ser libre para cuidar de mi abuela y ganarme el pan. Hay muchas cosas que no sé.
    Ceara guardó silencio. En el festival de Lug, después de la cosecha, se celebraría una gran reunión de todos los habitantes de la colina de los dobunios. Quizá a habría algún joven que agradara a Cailin. Tenía quince años, empezaba a superar la edad casadera. Sin embargo Ceara conocía a todos los jóvenes de las diversas aldeas No se le ocurría ninguno que pudiera ser adecuado.
    Cailin necesitaría un marido antes de que finalizara el año. Brenna no viviría mucho más tiempo. Aunque no parecía haber resultado herida de gravedad en el incendio de la villa, sus pulmones probablemente se habían abrasado con el calor y el humo. No había recuperado su fuerza. Pasaba casi todo el tiempo sentada durmiendo. Caminar, aunque sólo fuera una corta distancia, la agotaba, de modo que Corio la llevaba de lado a otro para que pudiera participar en la vida familiar. Si Cailin no veía a su abuela extinguirse poco a poco, Ceara y Maeve sí.
    La vida cotidiana en la aldea de Berikos giraba en torno al cultivo de los campos y el cuidado del ganado. La tierra pertenecía a la tribu en común, pero la propiedad del ganado separaba las clases sociales. Berikos poseía un nutrido rebaño de animales de cuernos cortos que se empleaban para obtener leche, carne y a veces se vendían, y también poseía ovejas que daban una lana de excelente calidad. Cada hombre de su familia tenía al menos dos caballos, pero Berikos tenía una manada. Poseía también gallinas, gansos y patos, y criaba cerdos. El cerdo celta era famoso en todo el mundo occidental, y los dobunios lo exportaban de manera regular. Berikos también criaba perros de caza de los que se sentía muy orgulloso.
    Cailin aprendió a trabajar en el huerto de Ceara. Era un tipo de tarea que su familia dejaba para los esclavos, pero aunque le disgustó el estado de sus manos después de varios días de trabajo, Cailin se enteró a través de su prima Nuala, la hermana pequeña de Corio, de que una crema de grasa de oveja derretida le curaría las manos enrojecidas o cualquier parte de su piel que requiriese cuidados.
    Nuala, que tenía casi catorce años, se llevaba a Cailin consigo cuando iba a vigilar las ovejas. A Cailin le gustaban esas horas que pasaba en las verdes colinas. Nuala le contó todo lo que necesitaba saber acerca de su familia dobunia, y Cailin a su vez le relató su vida antes de que su familia fuera asesinada. Era la primera verdadera amiga de Cailin. Se comportaba de un modo mucho más amable que las chicas britano-romanas con las que se había criado, y era más aficionada a las diversiones. Era más alta que Cailin y tenía un magnífico pelo oscuro que llevaba largo y unos vivos ojos azules.
    Cailin raras veces veía a su abuelo y consideraba este hecho una bendición. Él pasaba las noches con su joven esposa Brigit, en la casa de ella. Sin embargo, Brigit no cocinaba al gusto del anciano, por lo que éste tomaba sus comidas en el comedor de su casa. Cailin evitaba a Berikos por Brenna, pero él no la había olvidado.
    – ¿Es inútil como todas las mujeres romanas? -preguntó a Ceara un día.
    – Kyna le enseñó a cocinar, a tejer y coser -le respondió Ceara. -Lo hace bien. Esa costilla que roes con tanta fruición la ha preparado Cailin.
    – Mmm -gruñó el anciano.
    – Y cuida de mi huerto, Berikos. Mis huesos son casi tan viejos como los tuyos. No me gusta ir arriba y abajo, arrancando malas hierbas, sachando, trasplantando. Cailin ahora lo hace por mí. Aprende de prisa. Nuala la ha llevado a cuidar de las ovejas. Cailin también cuida de Brenna. Kyna la educó bien. Es una buena chica, pero debemos encontrarle un marido. Brenna no vivirá mucho, y cuando muera, a Cailin le parecerá que no tiene a nadie.
    – Nos tiene a nosotros -replicó Berikos con aspereza.
    – No será suficiente -declaró Ceara.
    – Bueno -dijo el jefe dobunio, -al menos se está ganando el pan, si puedo creerte, Ceara.
    – No soy esposa proclive a mentir, Berikos -espetó Ceara. -Debes mirar a tu catuvellaunia si quieres encontrar mentiras.
    – ¿Por qué no puedes llevarte bien con Brigit? -rezongó él.
    – Porque ella no me tiene respeto, y tampoco a Maeve. Se aprovecha de ti, Berikos, y tú dejas que lo haga. Apela a tu lado oscuro y te incita a hacer cosas que jamás habrías hecho antes de casarte con ella. Es malvada y demasiado ambiciosa para ser la esposa de un jefe dobunio. Pero ¿por qué malgasto palabras ha blando contigo? Tú no quieres oírlas. Jamás te he mentido, Berikos. Cailin es una buena chica -finalizó Ceara con suavidad.

    A mediados de junio la espelta, una especie de trigo temprano, fue recogido. A finales de julio se recogió el einkorn, una variedad de trigo de un solo grano, junto con la cebada, el centeno y el mijo. El grano que había que conservar para sembrar o permutar era colocado en silos de piedra subterráneos, cerrados con arcilla. El grano para uso cotidiano se guardaba en los graneros. El heno se cortaba y se ponía a secar sobre rejillas de madera.
    Nuala y Cailin recogían hojas de glasto, llenando con cuidado sus toscos cestos; aplicándoles un tratamiento, se convertían en un maravilloso tinte azul por el que los celtas eran célebres. También desenterraban raíces de rubia, que producían un excelente tinte rojo. Cuando se mezclaban los dos, el resultado era un color púrpura muy solicitado. Los colores serían utilizados en las prendas de vestir confeccionadas con el lino y cáñamo que también recogían.
    El 1 de agosto se celebraba la fiesta del gran dios del sol celta, Lug. Era señalado en toda Britania por una tregua militar general entre las tribus. Hecha la principal recolección, habría una gran reunión de todos los dobunios de la colina, con juegos, carreras, música y recitales de poesía. Cailin estaba familiarizada con el festival, pues en Corinio también se celebraba una fiesta en honor del Lug.
    Se preguntó si alguna vez volvería a ver la ciudad. Poco después de la muerte de su familia, sus tíos Epilo y Lugotorax habían viajado a Corinio para enterarse de lo que se decía de las muertes de Gayo Druso y su familia. Se detuvieron en la principal taberna y mencionaron al tabernero la villa arrasada por el fuego que habían visto a unos kilómetros de la ciudad.
    – Parece que ha habido un incendio reciente -dije Epilo con indiferencia.
    – ¿Alguien resultó herido? -preguntó Lugotorax.
    El tabernero, alma chismosa con poco trabajo aquel día soleado, respiró hondo y respondió.
    – Fue una gran tragedia. La villa pertenecía a Gayo Druso Corinio. Su familia se remontaba a la época de emperador Claudio, cientos de años atrás. Gente agradable. Una familia muy respetable, en verdad. Tenía tres hijos, dos chicos y una chica. Y también vivía con ellos la madre de la esposa. Ahora todos están muertos. La villa se incendió en el último Beltane y toda la familia pereció.
    – Entonces ¿la tierra está en venta? -pregunto Epilo.
    – No -respondió el tabernero. -Lo que fue mal; suerte para Gayo Druso Corinio fue buena para su primo Quinto Druso. Ese joven vino de Roma hace un par de años y se casó con la hija del magistrado jefe de Corinio, una mujer rica. Ahora él ha heredado las tierras que pertenecían a Gayo Druso Corinio. Bueno, y; saben lo que se dice, amigos: la riqueza llama a la riqueza, ¿eh?
    Cuando viajaban de regreso a su aldea, Epilo comentó:
    – Me gustaría esperar una noche oscura a ese tal Quinto Druso y rebanarle la garganta. Asesinar a la familia fue algo horrible, pero recuerda lo que nos contó Brenna que le hicieron a nuestra hermana Kyna antes de morir.
    – Matar a Quinto Druso no devolverá a nuestra hermana y su familia al mundo de los vivos -replico Lugotorax a su hermano. -Ahora tenemos que pensar en Cailin. Ceara dice que Brenna no vivirá mucho. Hemos de encontrar un buen marido para nuestra sobrina.
    – Quizá en los festejos en honor de Lug-observó Epilo pensativo, -cuando todos los dobunios de la colina estén reunidos. ¿Crees que alguno de los hijos de nuestros hermanos sería adecuado para la muchacha? Quienquiera que sea, ha de ser un hombre con propiedades. A pesar de lo que padre diga, Cailin lleva nuestra sangre.
    Un grupo de extranjeros, gente oscura con ropa de colores, que viajaba en tres carretas cerradas, llegaron a la aldea de Berikos la noche antes de la festividad de Lug. Debido a la fecha, fueron recibidos cálidamente e invitados a quedarse a los festejos.
    – Gitanos -dijo Nuala. -Son muy buenos con los caballos, y se dice que algunos incluso poseen el don de la profecía.
    A la mañana siguiente, cuando comenzaron las celebraciones, una anciana arrugada del grupo de gitanos se instaló bajo un pequeño toldo y se ofreció a adivinar la fortuna a cambio de otras cosas.
    – ¡Oh! -exclamó Nuala excitada. -¡Vamos a que nos adivinen el futuro, Cailin! Quiero saber si tendré un marido joven y guapo sediento de mí. -Al ver la expresión asombrada de Cailin, Nuala ahogó una risa traviesa. -Los celtas hablamos sin rodeos -explicó a su prima.
    – No tengo nada que ofrecer a la anciana -dijo Cailin. -De no ser por tu abuela, sólo tendría la túnica que llevaba cuando llegué. Las únicas joyas que poseo son los pendientes y el broche de oro y esmaltes que llevaba en la fiesta de Beltane. Ve tú, Nuala, a que te adivinen el futuro. Yo escucharé.
    – Dale un bote de ese ungüento que te enseñé a hacer -dijo Nuala. -Será más que suficiente, te lo aseguro. Iremos juntas, pero yo entraré primero y le daré esta aguja de bronce y esmaltes. Es realmente hermoso, pero ya no me gusta.
    Las dos primas se acercaron al toldo. La mujer que estaba debajo era sin duda una criatura de aspecto anciano. Sus negros ojos las examinaron cuando llegaron a ella. Parecía una tortuga asoleándose sobre una roca a principios de primavera, pensó Cailin.
    – ¡Venid! ¡Venid, guapas! -les saludó. -¿Queréis que la vieja abuelita os adivine el futuro?
    Sonrió, mostrando una boca sin dientes.
    Nuala le tendió el alfiler y la anciana lo cogió, lo examinó con atención e hizo un gesto de asentimiento.
    – Nadie hace un mejor trabajo de esmaltes que vosotros los celtas -dijo con admiración. -Dame la mano, muchacha. Veremos qué te reserva la vida. -Cogió la mano de Nuala y miró con atención la palma. -¡Ahhh! -exclamó, y volvió a mirar la mano. -¡Sí! ¡Sí!
    – ¿De qué se trata? -preguntó Nuala. -¿Qué ves, anciana?
    – Un hombre fuerte y guapo, muchacha, y no sólo uno. Serás esposa de dos hombres. Tendrás muchos hijos y nietos. ¡Ay! Vivirás muchos años, niña. No siempre será una vida fácil, pero no serás infeliz.
    La gitana soltó la mano de Nuala.
    – ¿Dos maridos? -Nuala parecía perpleja y ahogó la risa. -Bueno, si uno es suficiente, estaré encantada de tener otro. ¿Y muchos hijos, dices? ¿Estás segura?
    La anciana asintió con vigor.
    – Bueno -prosiguió Nuala, -es un buen destino y seré feliz. ¿Qué mejor para una muchacha que casarse y tener hijos? -Empujó a Cailin con suavidad. -¡Ahora dile el futuro a mi prima! Tiene que ser al menos tan bueno como el mío. ¡Dale el ungüento, Cailin!
    Cailin entregó el pequeño bote de piedra a la gitana, quien cogió la mano de la joven y la examinó.
    – Hace poco has burlado a la muerte -dijo la adivinadora. -La burlarás más de una vez, muchacha, antes de que llegue tu hora. -Miró a Cailin a la cara y ésta se estremeció. La gitana volvió a mirarle la palma. -Veo a un hombre; no, más de uno. -Meneó la cabeza. -Torres doradas. ¡Ay, aquí hay demasiada confusión! No veo lo que necesito ver. -Dejó la mano de Cailin. -No puedo adivinar más, muchacha. Lo siento. Toma tu ungüento.
    – No -repuso Cailin. -Guárdalo si puedes decirme una sola cosa, anciana. ¿Perderé pronto a un ser querido?
    La gitana volvió a coger la mano de Cailin y dijo: -Recientemente has perdido a varios seres queridos, muchacha, y sí, el último lazo que te une a tu antigua vida pronto será cortado por la muerte. Lo siento por ti.
    – No lo sientas -le dijo Cailin. -No has hecho más que confirmar lo que mi voz interior me dice. Que tus dioses te protejan.
    Se dio la vuelta y se alejó, Nuala detrás de ella.
    El rostro de la muchacha más joven mostraba preocupación.
    – Es Brenna, ¿verdad? -preguntó.
    Cailin asintió.
    – Trato de poner buena cara por ella -dijo. -En mi presencia todos fingen que no se dan cuenta, pero todos lo sabemos, incluso la abuela. He vivido con ella toda mi vida. Me salvó de la muerte y me trajo a un lugar seguro. Deseo tanto que se ponga bien y viva muchos años más, pero no será así, Nuala. Se está muriendo cada día, y a pesar de todo mi amor no puedo ayudarla.
    Nuala rodeó los hombros de su prima e intentó consolarla.
    – La muerte no es más que el umbral entre esta vida y la siguiente, Cailin. Tú lo sabes, entonces ¿por qué te apenas antes de que Brenna siquiera haya dado el primer paso para cruzarlo?
    – Me apeno porque no puedo dar ese paso todavía, Nuala. Me quedaré sola a este lado de la puerta mientras mi familia vive en el otro. Echo de menos a mis padres y mis hermanos.
    No había nada que Nuala pudiera decir para consolar a Cailin, y por tanto se quedó callada. Ella tenía a toda su familia con ella. Apenas podía imaginar cómo sería vivir sin la familia de una, y ese pequeño esfuerzo de la imaginación estuvo a punto de hacerla llorar. Para cambiar de tema, sugirió:
    – Vamos a ver las carreras. Mi hermano Corio es muy rápido. Todos los jóvenes de las otras aldeas intentarán ganarle.
    – ¿Y no lo conseguirán? -preguntó Cailin con una leve sonrisa. El amor de Nuala por su hermano rozaba la adoración.
    – Nadie puede ganar a Corio -sentenció Nuala con orgullo.
    – ¡Yo puedo! -exclamó una joven voz, y las primas se volvieron sorprendidas. Era un muchacho de cabello oscuro sujeto en la nuca con una correa de cuero.
    – Bodvoc el fanfarrón -se burló Nuala. -No pudiste vencer a mi hermano en las últimas fiestas de Lug. ¿Por qué crees que ahora puedes hacerlo?
    – Porque este año soy más rápido -respondió Bodvoc, -y cuando gane la carrera, Nuala, me recompensarás con un beso.
    – ¡Claro que no lo haré! -replicó Nuala indignada, enrojeciendo, pero Cailin observó que su protesta en realidad no era tan firme como quería aparentar.
    Bodvoc sonrió, seguro de sí mismo.
    – Sí lo harás -dijo; luego se alejó para reunirse con los otros jóvenes que se preparaban para participar en la carrera.
    – ¿Quién es? -preguntó Cailin.
    – Bodvoc. Su padre es Carvilio, jefe de una de las aldeas de nuestro abuelo. Tu madre tenía que haberse casado con Carvilio, pero cuando ella eligió a tu padre, él se casó con una mujer catuvellaunia. Bodvoc es el último de sus hijos.
    – A Bodvoc le gustas, Nuala -bromeó Cailin.
    Nuala ahogó una risita.
    – Bueno -concedió, -es guapo.
    – Y sospecho que tiene una insaciable sed de tu cuerpo. ¿Podría ser el primero de tus maridos?
    – Oh, no comentes a nadie que la gitana ha dicho que tendré dos maridos -rogó Nuala. -Ningún hombre querrá arriesgarse conmigo si cree que eso le acortará la vida. ¡Y entonces moriré solterona!
    – No lo diré -prometió Cailin, -pero vayamos a ver la carrera y comprobemos si realmente le debes un beso a Bodvoc.
    Nadie creía que Corio pudiera ser derrotado, pero para sorpresa de todos, Bodvoc terminó un cuerpo por delante del campeón. Vestido sólo con unos calzoncillos de cuero, empapado de sudor su musculoso pecho a causa del esfuerzo, se acercó con grandes pasos a una Nuala sorprendida.
    – Me debes un beso, Nuala de los ojos azules -dijo con voz suave mientras una lenta sonrisa iluminaba sus bonitas facciones.
    – ¿Por qué iba a besar a un hombre que ha superado a mi hermano favorito? -replicó ella sintiendo un poco de debilidad en las rodillas. Bodvoc era tan apuesto…
    Bodvoc no discutió con ella, sino que se limitó a atraerla contra su cuerpo e inclinarse para besarla. Nuala exhaló un hondo suspiro y cedió a él un largo momento mientras sus labios se ablandaban bajo los de él. Estuvo a punto de caer cuando él la soltó suavemente. La pálida piel de Nuala enrojeció cuando los participantes en la carrera, incluido su propio hermano, rieron divertidos.
    – ¿Nuala? -dijo Cailin en voz baja.
    La voz de su prima devolvió a Nuala a la tierra. Se echó hacia atrás y dio una bofetada a Bodvoc.
    – ¡No te he dicho que pudieras besarme, zoquete! -gritó, y se alejó corriendo, ondeando al viento su largo pelo oscuro.
    – ¡Me ama! -exclamó Bodvoc exultante, y se volvió hacia Corio. -Dile a tu padre que quiero a Nuala por esposa -dijo, y echó a correr tras la muchacha.
    La multitud empezó a dispersarse. Cailin miró a Corio.
    – ¿Ella le aceptará?
    – Bodvoc le gusta a Nuala desde hace años, y ahora tiene catorce. Es suficientemente mayor para ser una esposa. Hacen buena pareja. Él tiene dieciocho y es fuerte. Tendrá hermosos bebés, Cailin. Ahora tenemos que encontrarte un marido para ti también, prima. Supongo que a mí no me considerarías como compañero, ¿verdad?
    Por un breve instante una expresión casi esperanzada le cruzó el rostro y Cailin comprendió, para su sorpresa, que su primo Corio albergaba sentimientos hacia ella que, si eran estimulados, podrían convertirse en amor.
    – Oh, Corio -dijo y le cogió el brazo. -Te quiero, pero mi amor es el de una hermana hacia un hermano. No creo que nunca seas nada más para mí. -lo abrazó. -Creo que en estos momentos de mi vida necesito un amigo más que un marido. Sé mi amigo.
    – Eres la muchacha más hermosa que jamás he visto y quieres que sea tu amigo -dijo Corio con tono quejumbroso. -Sin duda he hecho algo que ha desagradado a los dioses para que me impongan semejante carga.
    – Eres un bribón, queridísimo primo -rió Cailin, -y no me das lástima. Tu camino está sembrado de corazones rotos.
    Aquella noche Cailin aprendió un poco más acerca de su herencia dobunia cuando su abuelo se presentó ante una concurrida audiencia en su salón y recitó la historia de su tribu céltica. A su lado, un joven arpista tocaba, alternando en su música la dulzura y la pasión, según la parte de la historia que se estaba recitando. Ceara y Maeve iban de un lado a otro del salón, procurando que todos sus invitados estuvieran cómodos; pero en la alta tarima Brigit, la joven esposa de Berikos, se exhibía sentada con aire orgulloso.
    En los tres meses que llevaba viviendo entre los dobunios, Cailin había visto pocas veces a Brigit y nunca había hablado con ella. Brigit era hermosa, con una belleza fría, piel inmaculada como el mármol, ojos plateados y cabello negro azabache. Se mantenía distante, creyendo que la protección de su anciano esposo era lo único que necesitaba.
    – Y cuando él muera, ¿se ha preguntado Brigit qué será de ella? -observó un día Ceara con amargura.
    – Encontrará a otro anciano necio -respondió Maeve. -Ningún hombre joven la aceptaría, pues es evidente que no tiene corazón. Pero a un anciano se le puede hacer creer que será la envidia de todos por poseer una esposa joven.

    En los días siguientes a la celebración de Lug se completó la recolección final. Se recogieron las manzanas y peras de los huertos. Se araron los campos de nuevo y se plantó el trigo de invierno. Cailin arrancó zanahorias, nabos y cebollas para guardar al fresco.
    – Deja la col hasta que haya peligro de helada fuerte -dijo Ceara. -Está mejor en el jardín. Pero recoge todas las lentejas que quedan. Quiero secarlas y guardarlas yo misma.
    – Cuida de Cailin cuando yo me vaya -pidió Brenna a Ceara una tarde. -Todo lo que ella conoce ahora ha desaparecido. Es valiente, pero la he oído llorar por la noche cuando cree que yo duermo y no oigo. Su dolor es muy grande.
    – ¿Por qué no Maeve? -preguntó Ceara. -Es hermana.
    – Maeve está loca por Berikos -contestó Brenna, -y además Cailin te ha cogido afecto. Honrar; Maeve, pero eres tú en quien confía y a quien ha aprendiendo a querer. Prométeme que cuidarás de ella querida amiga. Cada vez me queda menos tiempo, pero no puedo irme tranquila si no sé que Cailin tiene en ti una amiga y una protectora.
    – Cuando hayas cruzado el umbral -declaró Ceara, -cuidaré de Cailin como lo haría con una de mis nietas. Lo juro por Lug, Dana y Macha. Puedes confiar en mi palabra.
    – Lo sé -dijo Brenna con alivio.
    Brenna murió la víspera de Samain, seis meses después del incendio. Se fue a dormir y ya no despertó. Cailin, en compañía de Ceara y Maeve, lavó su cuerpo y lo vistió para su entierro. Como refugiadas, Cailin su abuela poseían pocas cosas, pero junto al cuerpo empezaron a aparecer pucheros decorados, vasijas bronce para comer y beber, fragmentos de joyas, pieles, ropa y otras cosas que se consideraban necesarias para una mujer, para que fuera enterrada como correspondía a la esposa de un jefe dobunio.
    Brenna fue enterrada varias horas antes de la puesta de sol, cuando comenzaban las fiestas Samain. El arpista tocó una triste melodía mientras las plañideras seguían el cadáver. Berikos acompañó a la esposa que había vivido separada de él hasta el último lugar de desean junto con el resto de la familia. Incluso Brigit se encontraba entre las plañideras oficiales. Como siempre, procuró atraer la atención de Berikos hacia sí misma.
    – ¿No podía haber esperado a morirse cuando hubiera comenzado el nuevo año? -se quejó a su esposo.
    – Me parece apropiado que Brenna eligiera el último día del año para poner fin a su existencia aquí y cruzar el umbral -respondió Berikos con aspereza.
    – La fiesta de esta noche quedará deslucida -observó Brigit.
    Ceara vio venir la tormenta pero no pudo impedirla. Cailin se volvió y se puso delante de Brigit, cerrándole el paso.
    – ¿Cómo os atrevéis a hablar con tanta falta de respeto en el funeral de mi abuela? -preguntó. -¿Eso enseñan los catevellaunios a sus hijas? Mi abuela era una mujer virtuosa y buena, estimada por todos los que la conocieron. ¡A vos lo único que os preocupa es vuestra persona y vuestras egoístas necesidades!
    – ¿Quién es esta… esta muchacha? -preguntó Brigit airada a su esposo.
    – Mi nieta Cailin -respondió él. -La nieta de Brenna.
    – Ah, la perra mestiza -dijo Brigit con desprecio.
    – No soy mestiza -replicó Cailin con orgullo. -Soy britana. No creo que vuestra sangre sea tan pura, Brigit de los catevellaunios. Según me han dicho, las legiones sembraron muchos campos entre las mujeres de vuestra tribu. Vuestra nariz romana os delata. Me sorprende que mi abuelo no se fijara en ello, pero su lujuria por vos es tan grande que no ve nada más que un par de abundantes senos y unas nalgas firmes.
    – ¿Vas a permitir que me hable así, Berikos? -dijo Brigit, las mejillas enrojecidas de indignación.
    – Tiene razón, Brigit. No eres respetuosa con los muertos y mi lujuria por ti me ciega -replicó Berikos con cierto humor.
    – ¡Habría que azotarla! -instigó Brigit.
    – ¿Sois lo bastante valiente para intentarlo, mujer catuvellaunia? -espetó Cailin. -¡No, no lo sois! Os escondéis detrás de la autoridad de mi abuelo y recurrís a él cuando no conseguís lo que queréis. Todos sabemos qué sois: el juguete de un anciano cuya lujuria le ha convertido en el hazmerreír de todos. ¿Qué haréis cuando Berikos cruce el umbral, Brigit de los catevellaunios? ¿Buscaréis a otro anciano para seducirle con vuestra juventud y vuestro bonito rostro? ¡No seréis joven eternamente!
    – ¡Cállate, Cailin! -ordenó. -Creí que habíamos venido a enterrar a Brenna, pero oigo su voz a través de tu boca, vituperándome como ella jamás podrá hacer. Hablas de respeto, pero ¿dónde está tu respeto por Brenna cuando interrumpes su entierro de esta manera? ¡Ahora cállate, muchacha! No quiero oír otra palabra tuya en todo el día.
    Cailin le miró con aire desafiante pero no dijo nada más. Brigit, sin embargo, prorrumpió en llanto y se alejó corriendo, seguida de sus dos criadas.
    Berikos gruñó.
    – Sólo los dioses saben lo que me costará esto -rezongó a Ceara y Maeve. -Quizá debería hacer azotar a la chica.
    – La ira de Cailin no es más que el reflejo de su dolor, Berikos -dijo Ceara con sensatez. -Recuerda que sólo hace seis meses que toda su familia fue cruelmente asesinada a traición. Únicamente sobrevivió Brenna, y Cailin vivía para Brenna. La ha cuidado con devoción.
    – Mi hermana era lo único que Cailin creía que le quedaba -intervino Maeve. -Ahora Brenna también ha muerto. Cailin está abrumada por su soledad. Kyna era una buena esposa y madre. Su familia estaba muy unida.
    – Piensa, Berikos -dijo Ceara, -cómo te sentirías si todos a los que amabas ya no estuvieran aquí y sólo quedaras tú. Cailin jamás podrá reemplazar a los que ha perdido, pero debemos ayudarla a hacer las paces consigo misma y comenzar una nueva vida.
    – Esa chiquilla tiene que aprender a sujetar la lengua -replicó Berikos, escociéndole aún las ásperas palabras de su nieta. -Será mejor que le enseñéis modales dobunios. La próxima vez la haré azotar -amenazó.
    El anciano miró hacia donde se encontraba la apesadumbrada muchacha, a cierta distancia de ellos, junto a la tumba de Brenna. Entonces Berikos se apartó de sus dos esposas y se encaminó a su casa, donde pronto daría comienzo el banquete de Samain.
    Ceara meneó la cabeza.
    – Se parecen tanto -dijo. -Cailin puede que sea franca como Brenna, pero es tan terca como Berikos. Volverán a chocar, puedes estar segura.
    – Y Brigit buscará la manera de vengarse -observó Maeve. -No está acostumbrada a que la insulten en público, ni a que Berikos no acuda en su defensa.
    Aquella noche, Ceara mantuvo a Cailin ocupada ayudando en el banquete. Brigit, sentada en el lugar de honor junto a su esposo, se había vestido con especial cuidado. Su túnica escarlata estaba bordada en oro en el cuello y las mangas. En torno a su esbelto cuello llevaba un delicado torque de oro con filigranas de esmalte rojo. De sus orejas colgaban unas perlas y llevaba el largo pelo negro suelto, sujeto sólo con una banda de oro y perlas en torno a la frente.
    Observó a su enemiga y contempló su venganza. Nada de lo que se le había ocurrido hasta el momento era adecuado. Por supuesto ahora no era el momento oportuno, pero cuando éste se presentara sin duda lo sabría. Entretanto, ataría más corto aún a Berikos para que aprobara cualquier cosa que ella deseara cuando se presentara la ocasión de la venganza.
    Berikos, en un esfuerzo por arreglar las cosas con su joven esposa, le dijo:
    – Compartiré un secreto contigo, Brigit.
    Se acercó a ella y la cabeza le dio vueltas al percibir la embriagadora fragancia que Brigit rezumaba.
    – Dime -dijo ella moviendo los rojos labios seductoramente. -Luego yo también te contaré un secreto, mi querido señor.
    – He enviado a buscar un guerrero sajón para que enseñe a nuestros hombres lo que han olvidado acerca de la lucha. Si todo va como espero puede que el próximo verano empecemos a recuperar las tierras de los dobunios robadas por los romanos. Como las legiones hace tiempo que se marcharon y sin duda no volverán, lo único que queda de los romanos son granjeros y comerciantes. Los destruiremos. Creen que las tribus célticas se han convertido en perros salvajes, pero les demostraremos que no es así, Brigit. ¡Recuperaremos lo que es nuestro con la espada y el fuego! Nuestro éxito estimulará a los otros a recuperar también sus tierras. Britania volverá a ser nuestra. Será como en los viejos tiempos, bella mía… Bien, ¿qué querías decirme?
    – ¿Recuerdas a los gitanos que vinieron para las fiestas de Lug? Bueno, una de mis criadas se enteró de un secreto que te proporcionará un placer que jamás has soñado, mi señor. -Hablaba con voz casi susurrante y el corazón le palpitaba de excitación. -He tardado todo este tiempo en aprender la técnica a la perfección, pero por fin la domino. Esta noche te la mostraré. No bebas en exceso, Berikos, o mis esfuerzos serán vanos.
    El dejó la copa a un lado.
    – Vámonos ahora -dijo.
    – Si te marchas el banquete terminará -protestó ella débilmente. -Todavía es pronto, Berikos. Esperemos un poco más, te lo ruego.
    – Las hogueras de Samain se han extinguido hace rato -replicó él. -En cambio, mi fuego por ti está en su apogeo, Brigit, esposa mía.
    – Contén tu fuego un poco más, mi señor. -Sonrió con aire triunfal. -Será mejor después de la espera.
    Le besó en los labios.
    – Tal como mi nieta me ha recordado tan bruscamente esta tarde -dijo Berikos, -ya no soy un hombre joven. -Se puso en pie, arrastrando a Brigit consigo. -¡Vamos! La noche envejece tan deprisa como yo. Salieron del comedor y Ceara sonrió con amargura. -Brigit nos recuerda una vez más que es ella quien guía al viejo semental que conduce este rebaño.
    – Me pregunto qué le habrá dicho para que se marchen tan pronto -observó Maeve.
    – Le habrá sugerido algún juego lascivo, puedes estar segura -dijo Ceara. -El siempre ha tenido un gran apetito por el cuerpo de las mujeres. Y es evidente que sigue siendo así, pero ¿puede hacerlo a su edad?
    – Pareces celosa -declaró Maeve, asombrada.
    – ¿Tú no lo estás? -repuso Ceara. -Se me puede considerar una mujer anciana en virtud de mis años, pero ¿por qué mis deseos no pueden ser tan apasionados como los de Berikos? No me importaría que visitara mi cama de vez en cuando. Siempre ha sido un buen amante.
    – Sí -coincidió Maeve, -lo era. Ahora que somos mayores nadie nos admira ni pide permiso a Berikos para compartir nuestra cama. Me siento muy sola.
    – Recuerdo cuando éramos jóvenes -dijo Ceara. -Berikos estaba orgulloso de cómo los otros hombres deseaban a sus esposas cuando venían a visitarle. Siempre le producía un gran placer extender su hospitalidad a nuestras camas. Y también él recibía en la suya a las mujeres que venían de visita. ¿Recuerdas cuando llegaron aquellos tres jefes de tribus vecinas para discutir una alianza y expresaron su admiración por nosotras?
    Maeve rió al recordar.
    – ¡Ay, sí! Habían venido solos para que los demás no conocieran su visita. Berikos se vio obligado a repartirnos y aquella noche él se quedó sin compañera de cama. Brenna estaba casi a punto de tener a Kyna y por tanto no podía estar con él. Las únicas mujeres que quedaban disponibles eran parientes suyas. ¡Oh, parece que hace tanto tiempo de ello!
    – Lo hace -dijo Ceara. -Las viejas costumbres están muriendo, y los hombres no están tan dispuestos a compartir a sus mujeres como antes. Es una lástima, ¿no crees? Las precauciones correctas impedían un embarazo no deseado, pero un hijo de un hombre honorable se consideraba una bendición. Debo admitir que disfruté con la variedad que se me ofreció en esas raras ocasiones.

    Los días se iban haciendo más cortos a medida que se aproximaba el invierno. El sol no salía hasta tarde y se ponía pronto. Ceara y Maeve decidieron visitar a sus hijos y nietos en dos de las otras aldeas antes de que cayeran las nieves. Como irían a la aldea donde vivía Bodvoc con su familia, Nuala decidió acompañar a su abuela.
    – Sólo quieres ir para compartir un espacio para dormir con él -bromeó Cailin. -Estás segura de que tendrás un vientre gordo cuando los dos os caséis en el próximo Beltane.
    Beltane era la época tradicional para celebrar las bodas entre las tribus célticas.
    – Si tengo un vientre gordo cuando por fin nos casemos, nadie estará más satisfecho que Bodvoc y su familia. Eso les demostraría que soy un campo fértil y que la semilla de Bodvoc es fuerte. Entre nuestras gentes eso no es ninguna vergüenza, Cailin. ¿Para los britanos no es igual? Tu sangre está tan mezclada que creía que seguirías muchas costumbres dobunias.
    – Seguimos muchas costumbres que pertenecen a los pueblos célticos, Nuala -dijo Cailin, -pero entre los romanos una muchacha va virgen al matrimonio. Esa costumbre ha perdurado entre los britanos.
    – Qué lástima -observó Nuala. -¿Cómo puedes complacer a tu esposo si no sabes nada respecto a hacer el amor? -Entonces sus ojos azules se abrieron de par en par. -¿Nunca has estado con un hombre, Cailin? -preguntó con asombro. -¿Ni siquiera con Corio? Oh, cuando regrese de visitar a Bodvoc tendré que remediar ese vacío en tu educación, querida prima. Saber leer está muy bien, pero una mujer ha de saber más cosas para complacer a un hombre en la cama.
    – Me parece que todavía no quiero tener a ningún hombre en mi cama -se atrevió a decir Cailin.
    – La próxima primavera cumplirás dieciséis años, prima -dijo Nuala. -Te enseñaré todo lo que necesitas saber y luego buscaremos a un hombre que te guste para practicar. ¡Bodvoc sería perfecto!
    – ¡Pero Bodvoc ha de casarse contigo! -exclamó Cailin nerviosa.
    – No soy celosa. Al fin y al cabo, tú no le amas. Es un amante maravilloso, Cailin. ¡Perfecto para una primera experiencia! Estoy segura de que a él le gustará ayudarnos en este asunto.
    – No sé si puedo hacer una cosa así, Nuala. No me han educado con tanta libertad como a ti. No es mi manera de comportarme -dijo Cailin.
    – Nosotros no consideramos reprobable el que hagan el amor dos personas que estén de acuerdo en hacerlo, Cailin -explicó Nuala. -No hay nada malo en dar y recibir placer. Puedes estar segura de que tu madre no era virgen cuando se casó con tu padre. -Dio unas palmaditas cariñosas a su afligida prima. -Hablaremos de esto cuando vuelva de visitar la aldea de Carvilio.
    La madre de Cailin nunca le había hablado de estas cosas. Brenna tampoco. Muchas chicas de su edad, y más jóvenes, habían hablado de los misterios del amor, pero Cailin nunca había sentido una especial curiosidad por ello. Ningún hombre la había atraído lo suficiente para despertar su interés. Aunque había adquirido estatura y anchura y le había crecido el pecho nunca había pensado en la vida como mujer adulta. Ahora, al parecer, debía hacerlo.
    Ceara y Maeve no se mostraban sutiles en su búsqueda de un marido para ella. Su razonamiento era claro: necesitaba un protector. Berikos apenas la toleraba y si hubiera tenido oportunidad, ya la habría echado de su casa. Ceara y Maeve cuidaban de ella, pero ¿qué ocurriría cuando ellas ya no estuvieran?
    – Mantente lejos de tu abuelo mientras nosotras estamos fuera -advirtió Ceara a Cailin la mañana de su partida. -Brigit todavía tiene que vengarse de ti, lo intentará, sobre todo si no hay nadie para defenderte. ¿Estás segura de que no quieres venir con nosotras mi niña? Serías recibida con agrado.
    Cailin hizo un gesto de negación.
    – Sois buenas al pedírmelo, pero necesito estar solas conmigo misma y mis pensamientos. Desde que vine no he tenido tiempo para hacerlo. Me mantendré lejos de Berikos, te lo prometo, Ceara. No quiero que me repudie como hizo con mi madre. Al menos ella tenía a mi padre, pero yo no tengo a nadie.
    – Asegúrate de que las esclavas le tienen preparadas las comidas a su hora, y de que estén calientes. Entonces no tendrás problemas con él. El estómago y el sexo son el centro de su vida actual. Ocúpate del estomago y Brigit se encargará de lo otro -le dijo Ceara con ironía.
    Cailin rió.
    – Si Berikos te oyera, diría que hablas como Brenna, estoy segura. No temas, vigilaré a las esclavas.
    Durante dos días todo fue bien. A media mañana de tercer día Brigit entró en la casa presa de la agitación.
    – ¿Dónde está Ceara? -preguntó a Cailin, que estaba sola ante su telar, tejiendo.
    – Se ha ido por dos días a visitar a sus hijos -respondió Cailin. -¿No lo sabíais, señora?
    – ¿Saber? ¿Cómo iba a saberlo? ¿Quién me cuenta nada? -se quejó Brigit. -Entonces Maeve. ¡Ve a buscar a Maeve! -pidió con excitación.
    – Maeve también se ha ido -respondió Cailin.
    – ¡Por todos los dioses! ¿Qué voy a hacer? -exclamó Brigit.
    Cailin tragó saliva. Brigit parecía muy preocupada, y aunque no eran amigas, Cailin se oyó decir:
    – ¿Puedo ayudaros en algo, señora?
    Brigit entrecerró sus ojos azules y la observó con aire pensativo.
    – ¿Sabes cocinar? -preguntó por fin. -¿Sabrías preparar un pequeño banquete para esta noche? Berilios recibirá una importante visita. Debemos ofrecerle nuestra mejor hospitalidad. -Enrojeció y admitió: -Yo no sé cocinar, al menos no lo bastante bien para preparar la clase de comida que hay que servir.
    – Soy buena cocinera, y si las esclavas me ayudan puedo preparar una comida digna de un importante invitado, señora.
    – ¡Entonces hazlo! -ordenó Brigit de mala manera. -Y será mejor que sea buena, mestiza, o esta vez conseguiré que tu abuelo te haga azotar por insolente. Ahora no hay nadie para defenderte.
    Se volvió y salió apresurada de la casa.
    «Debería haber ido con Ceara y Maeve -se dijo Cailin. -Así se habría encontrado en un buen apuro, y ¿qué habría pensado entonces Berikos de su guapa y joven esposa? Bueno, lo haré porque Ceara querría que lo hiciera y ella es buena conmigo.»
    Se dirigió a la cocina, justo detrás de la casa. Allí dio instrucciones a los criados para la preparación de un espeso potaje con lentejas y cordero, mientras en el asador se cocería lentamente una ijada de buey. Habría col y nabo, y cebollas asadas a las brasas. Aquella tarde se coció pan, que sería servido con mantequilla y queso. Cailin dio brillo a una docena de manzanas y las apiló artísticamente en un cuenco de latón bruñido. Al llevarlas a la casa para colocarlas sobre la alta mesa, ayudó a la joven esclava que acababa de pulir ésta con cera de abeja. La enorme mesa era el orgullo y la alegría de Ceara. Disfrutaba con el hecho de que en otras casas las mesas estaban estropeadas y llenas de marcas hechas con cuchillos y copas. En el suyo, la mesa relucía como si fuera nueva.
    La joven esclava trajo candelabros de latón.
    – La señora siempre utiliza éstos cuando hay invitados importantes -informó a Cailin.
    Cailin le dio las gracias y los colocó sobre la mesa; luego cogió unas gruesas velas y las clavó con cuidado en los pinchos de hierro que las sostendrían. Dio un paso atrás y sonrió para sí. La alta mesa tenía el mismo aspecto que si Ceara la hubiera preparado. Berikos no tendría motivo de queja.
    Entonces Cailin se dio cuenta de que alguien la estaba observando. Se volvió y, al otro lado de la casa, vio a un hombre alto y apuesto. Su mirada era atrevida.
    – ¿Quién es? -preguntó a la esclava.
    – Es el invitado de vuestro abuelo -susurró la muchacha. -El sajón.
    Cailin se volvió y bajó de la tarima. Se acercó con paso mesurado al hombre.
    – ¿Puedo serviros en algo, señor? -preguntó sin detenerse a pensar que él quizá no entendía el latín.
    – Quisiera sentarme junto al fuego, señora -fue la respuesta del hombre. -El día es frío y he hecho un largo viaje.
    – Claro, venid junto al fuego -respondió Cailin. -Iré a buscaros una copa de vino, a menos que prefiráis cerveza.
    – Vino, gracias. ¿Puedo preguntar a quién tengo el honor de dirigirme? No quisiera cometer ninguna ofensa en esta casa.
    – Soy Cailin Druso, nieta de Berikos, el jefe de la colina de los dobunios. Pido disculpas por vuestro pobre recibimiento, pero Ceara, que es la señora de la casa, ha ido a visitar a sus nietos antes de que lleguen las nieves. No sabíamos que se os esperaba, de lo contrario no se habría marchado. ¿Han llevado vuestro caballo al establo, señor?
    Cailin sirvió un poco de vino en una copa de plata decorada con ágatas de color verde oscuro y se la entregó al corpulento sajón. Ella nunca había visto a un hombre tan grande. Era incluso más corpulento que los hombres celtas que conocía. Su ropaje era de lo más vistoso: braceos verdes con galones cruzados en azul oscuro y dorado, y una túnica azul oscura que amenazaba con estallar a cada inspiración.
    – Gracias; los siervos de vuestro abuelo se han ocupado de mi caballo.
    Apuró la copa y se la devolvió a Cailin con una deslumbrante sonrisa. Sus dientes eran grandes, blancos y asombrosamente regulares.
    – ¿Más? -preguntó ella.
    El hombre tenía el pelo amarillo y largo hasta los hombros. Cailin nunca había visto cabellos de ese color natural.
    – No, es suficiente por ahora. Gracias.
    Unos relucientes ojos azules miraron a Cailin, que se sonrojó. Aquel hombre estaba produciendo un extraño efecto en ella.
    – Me llamo Wulf Puño de Hierro -dijo él.
    – Suena a feroz, señor -comentó ella.
    Él sonrió.
    – Gané ese nombre cuando era un muchacho imberbe simplemente porque podía cascar nueces de un puñetazo -le contó sonriente. -Sin embargo, más adelante, mi nombre adquirió un significado diferente, cuando me uní a las legiones del César en la tierra del Rin, donde nací.
    – ¡Por eso habláis nuestra lengua! -exclamó Cailin, y volvió a sonrojarse. -Perdonad mi excesiva franqueza -dijo arrepentida.
    – No os preocupéis -dijo él. -Sois sincera, espontánea. Eso no es ningún delito, Cailin Druso. Me gusta.
    Cailin sintió un repentino calor en las mejillas al oírle pronunciar su nombre, pero su curiosidad era mayor que su timidez.
    – ¿Cómo es que habéis venido a Britania? -preguntó.
    – Me dijeron que en Britania hay oportunidades y tierra. En mi país queda poca tierra libre. Pasé diez años con las legiones, y ahora me gustaría establecerme para cuidar mi propia tierra y criar a mis hijos.
    – Entonces, ¿estáis casado?
    – No. Primero la tierra, y después una esposa o tal vez dos -contestó con sentido práctico.
    Cailin sonrió con timidez a Wulf Puño de Hierro. Aquel sajón le parecía el hombre más apuesto del mundo. Luego, recordando sus deberes, dijo:
    – Debéis disculparme, señor. Al no estar la señora Ceara, las cocinas están a mi cargo. Mi abuelo es muy exigente con sus comidas y le gustan muy calientes. Quedaos junto al fuego y poneos cómodo. Me ocuparé de que avisen a Berikos de que habéis llegado.
    – Gracias por vuestra amabilidad y hospitalidad.
    Cailin se apresuró a salir de la casa y se dirigió al primer sirviente que encontró para que fuera a buscar a su amo. Luego volvió a las cocinas a revisar las preparaciones finales de la cena, pidiendo que se dispusieran jarras de vino, cerveza e hidromiel. Probó el potaje e indicó a la cocinera que añadiera un poco de ajo. El buey siseaba y chisporroteaba sobre el fuego, y su aroma era irresistible.
    – He enviado un hombre al arroyo a mirar en la red de pesca, señorita -le dijo la cocinera. -Ha encontrado dos buenas percas. Las he rellenado de cebolletas y perejil y las he cocido a la brasa. Es mejor que sobre y no que falte. Me han dicho que el sajón es un gigante y que ha hecho un largo viaje. Tendrá buen apetito para la cena, supongo.
    – ¿Habrá suficiente, Orna? -se preocupó Cailin. -Berikos se enfurecerá si cree que desairamos a su invitado. Nunca había tenido que preparar una cena para una persona importante. No quiero avergonzar a Ceara ni a los dobunios.
    – No se preocupe, señorita -la tranquilizó la sonrosada cocinera. -Lo ha hecho bien. Un buen potaje espeso, carne asada, pescado, verduras, pan, queso y manzanas. Es una buena cena.
    – ¿Tenemos jamón? -se preguntó Cailin en voz alta, y cuando la rolliza Orna asintió vigorosamente, indicó: -Pues sirvámoslo también, y pon a hervir una docena de huevos. ¡Y peras! Pondré peras con las manzanas. Oh, por favor, procura que haya suficiente pan.
    – Me ocuparé de ello -dijo Orna. -Ahora id a poneros vuestro vestido más hermoso, señorita. Sois mucho más guapa que la mujer catuvellaunia. Esta noche debéis sentaros en la mesa alta con vuestro abuelo, en el lugar de la señora Ceara. ¡Daos prisa!

CAPÍTULO 04

    Cailin salió de las cocinas y regresó a la sala. No había pensado cenar con su abuelo y su invitado. Desde que Ceara y Maeve se habían marchado se había acostumbrado a comer en la casa de la cocinera. A Brigit no le gustaría que apareciera aquella noche, pero bueno, al infierno con Brigit, pensó Cailin. Orna tenía razón. Ella debía ocupar el lugar de Ceara. Cailin se apresuró a ir a su espacio para dormir dispuesta a cambiarse de ropa. Para su sorpresa, había una pequeña jofaina llena de agua caliente esperándola. Sonrió. Los sirvientes estaban sin duda unidos en el desagrado que sentían por Brigit y, evidentemente, decididos a que ella luciera más que la joven esposa de Berikos.
    Cailin se quitó la túnica. Abrió su pequeño baúl y sacó su mejor vestido. Era un hermoso traje de lana ligera que había sido teñido con una mezcla de hierba pastel y raíz de rubia. El rico color púrpura resultante era magnífico. Tenía bordados de oro y plata en el sencillo cuello redondo y en los puños de las mangas. Ceara se lo había regalado en la festividad de Lug y Cailin aún no se lo había puesto. Se bañó con esmero, utilizando un pequeño jabón con perfume a madreselva. Cuando hubo guardado en el baúl la túnica que había llevado todo el día, se puso el vestido púrpura sobre la camisa de hilo. Corio le había hecho un peine de madera. Cailin sonrió cuando se lo pasó por la maraña rizos rojizos. Una sencilla cinta de perlas de agua de pedacitos de cuarzo púrpura adornaba su cabeza; regalo de Maeve por el día de Lug.
    Al oír la voz de su abuelo, Cailin salió de su dormitorio e indicó a los sirvientes que empezaran a servir la comida. Ella ocupó su lugar en la mesa alta, dando cortésmente con la cabeza a Berikos, que inclinó la suya en su dirección. Cuando Brigit abrió la boca para expresar lo que Cailin estaba segura sería una queja por su presencia, Berikos la miró con fiereza boca de su esposa se cerró sin pronunciar ninguna palabra. Cailin se mordió el labio para reprimir la risa. Sabía que no era que Berikos se hubiera ablandado respecto a ella, sino que el anciano era lo bastante sabio para comprender que Brigit no podría dirigir sirvientes a satisfacción suya. Cailin, como él sabía por Ceara, sí podría.
    Brigit se sentó entre su esposo y su invitado. Habló con efusión y coqueteó con Wulf Puño de Hierro en lo que ella consideraba un esfuerzo satisfactorio para ganárselo para los planes que Berikos tenía para la región. El joven sajón era educado y estaba más que sorprendido por la esposa de su anfitrión. Había oído decir los celtas eran un pueblo hospitalario, pero la esposa un hombre era la esposa de un hombre.
    De vez en cuando su mirada se desviaba hacia Cailin, callada al otro lado de Berikos. Sus únicas palabras eran dirigidas a los sirvientes, y sabía dar órdenes, se percató él. Algún día sería una buena esposa, si no estaba ya casada, y por alguna razón pensó que no lo estaba. Había en ella un aire de inocencia que indicaba todavía era doncella.
    Brigit se fijó en que el apuesto sajón dirigía su atención hacia la nieta de Berikos. Un plan perverso empezó a cobrar forma en su mente. Había esperado pacientemente el momento adecuado para la perfecta venganza sobre Cailin Druso… Ahora creía que había llegado ese momento. Cailin la había avergonzado en público ante toda la aldea y, aún peor, Berikos se había negado a disciplinarla. Cómo se habían relamido aquellas dos viejas urracas, Ceara y Maeve, protegiendo a Cailin de su ira, pero ahora no se hallaban allí. Discretamente, fue llenando la copa de su marido, primero con vino tinto y luego con hidromiel. Berikos aguantaba bien la bebida, pero en los últimos años su tolerancia había mermado.
    El humeante potaje estaba sobre la mesa junto con la carne, el jamón y el pescado. Siguieron fuentes de verduras, queso y pan. En un alarde de generosidad, Berikos hizo un gesto de asentimiento para aprobar la obra de su nieta. Los reunidos comieron y bebieron, igualando el sajón el número de copas que tomaba el anciano hasta que por fin la comida fue retirada de la mesa y empezaron a hablar de negocios.
    – Si entreno a vuestros jóvenes y les guío, Berikos, ¿qué me daréis a cambio de mis servicios? -preguntó Wulf Puño de Hierro. -Después de pasar diez años con las legiones, puedo enseñar a vuestros celtas a pelear como romanos. Los romanos tienen el mejor ejército del mundo. Mis conocimientos son valiosos. A cambio espero recibir un valor equivalente.
    – ¿Qué queréis? -gruñó el anciano.
    – Tierras. Ya he tenido bastante de guerra, pero haré esto por vos si me dais tierras.
    – No -respondió Berikos. -¡Nada de tierras! Quiero echar a todos los romanos y demás extranjeros de Britania y conseguir que pertenezca a nuestro pueblo como en otro tiempo. ¿Por qué, si no, iba a emprender semejante acción a mi edad?
    – Los únicos extranjeros que quedan en Britania somos los sajones -respondió divertido Wulf. -Los verdaderos romanos partieron hace años, y los que vos llamáis romanos en realidad son britanos. Su sangre se ha mezclado con la de vuestros celtas durante tantas generaciones que ya no son extranjeros. Si queréis ser rey de esta región, os ayudaré a cambio de tierra y os juraré lealtad; pero expulsar a todos los habitantes de Britania salvo a los de pura sangre céltica es una locura y una tarea imposible.
    – Pero si lo logro -insistió Berikos, -más tribus se unirán a mí: Los catevellaunios, los icenios, los silures y otros.
    En su entusiasmo volcó su copa, pero Brigit enseguida la colocó de pie y volvió a llenarla. Berikos se la bebió de un trago.
    – No, no lo harán. También ellos se han acostumbrado a la paz -replicó el sajón. -Lo único que quieren es proseguir su vida cotidiana. Vivís en otro siglo, Berikos. Los tiempos han cambiado; están cambiando incluso en estos momentos en que estamos aquí, charlando. Ahora los sajones venimos a Britania. Dentro de cincuenta años nuestros descendientes también serán nativos. Un día vendrá otro pueblo, y también se entremezclarán con los habitantes de Britania hasta que también ellos serán nativos. Así es el mundo: una tribu vence a otra y se mezcla con su sangre, para convertirse en un pueblo diferente. Debéis aceptarlo, pues no podéis cambiarlo, como no podéis cambiar las fases de la luna o las estaciones. Entrenaré a vuestros celtas en las artes militares para que podáis convertiros en el guerrero más fuerte de esta zona, si a cambio me dais tierras para cultivar. Quizá incluso encontraré a una esposa o dos entre vuestras mujeres. Es una oferta justa, Berikos.
    Al principio el anciano no respondió nada y permaneció reflexionando, sin querer realmente abandonar su sueño. Hasta ahora nadie salvo Ceara se había atrevido a decirle que los planes que proponía para la región eran imposibles. En otra época no habría necesitado llamar a un guerrero sajón para que enseñara a sus hombres a pelear, pues los celtas habían sido célebres por su habilidad en la batalla. Pero ahora los hombres de su tribu se habían vuelto blandos a causa de la buena vida. Se contentaban con cultivar la tierra y cuidar el ganado. Eso era lo que Roma había hecho con ellos. Les había arrebatado el corazón.
    En Eire, según había oído contar, los celtas aún eran hombres auténticos. Vivían para pelear con el enemigo. Quizá debería haber enviado a buscar un guerrero irlandés endurecido por la batalla para reeducar a los dobunios en las artes de la guerra. Volvió a coger su copa y bebió la hidromiel que Brigit le había servido. Le quemaba cuando llegaba al estómago. Berikos se sentía cansado, y confundido por las palabras del joven. Sus parientes catevellaunios estaban más próximos a la costa sajona del sudeste de Britania. Había pedido que le encontraran un militar respetado entre los sajones, y Wulf Puño de Hierro había venido muy recomendado. Aun así, Berikos no estaba satisfecho con lo que el sajón decía.
    Brigit se inclinó y susurró al oído de su esposo:
    – Podemos poner el sajón de nuestro lado si somos pacientes, mi señor -murmuró. -Ofrezcámosle la hospitalidad céltica como los antiguos. Enviemos una mujer hermosa a su dormitorio para que le caliente la cama y le proporcione diversión. No una auténtica dobunia, sino tu nieta Cailin Druso. No debemos permitir que una de nuestras mujeres mezcle sus humores con los del sajón. Cailin no es realmente uno de los nuestros, ¿verdad que no, Berikos?
    Él hizo un gesto de negación y murmuró:
    – Pero ¿qué diversión puede ofrecerle esa pequeña mestiza, Brigit? Es una virgen que no ha sido enseñada.
    – Razón de más para ofrecérsela al sajón. Los derechos de la primera noche se consideran un privilegio especial entre todas las tribus. Honras al sajón concediéndole esos derechos con alguien que él creerá que es de tu propia sangre.
    Berikos miró de reojo a la joven. Sin duda era hermosa, tuvo que admitir. El tono de su piel era único y resultaba verdaderamente provocador. Ya tenía edad más que suficiente para perder su virginidad. Tendrían que encontrarle un marido pronto, y necesitaría saber cómo complacer a un hombre. Ningún hombre quería una esposa asustada o torpe en la cama. Se volvió hacia Wulf Puño de Hierro y dijo:
    – Ya hemos hablado bastante por esta noche, joven amigo. No sé si estar de acuerdo contigo, pero debes darme tiempo para pensar. No soy tan viejo como para no poder cambiar si es necesario. Volveremos a hablar de ello mañana. Es nuestra costumbre honrar a un invitado ofreciéndole una de nuestras mujeres para que le caliente la cama. Te entregaré a mi nieta Cailin. Esta noche compartirá contigo su lecho, ¿verdad, mi niña?
    Si le hubiera dado una bofetada, Cailin no se habría sorprendido más. Entonces vio a Brigit esbozar una amplia sonrisa y supo al instante quién había instigado al anciano. Su primer impulso fue rehusar y huir del comedor. Lo que Berikos le pedía era impensable. Pero luego, cuando la razón se sobrepuso a sus emociones, comprendió que negarse no sólo encolerizaría a Berikos sino que avergonzaría al anciano y a los dobunios. Nunca se había sentido más sola en toda su vida. La sonriente Brigit sin duda había dado con una buena venganza. Sabía que los britano-romanos conservaban vírgenes a sus hijas hasta el matrimonio, a diferencia de los celtas. Sin embargo, quienquiera que fuera el esposo que encontraran para ella sería celta. No consideraría un defecto su virginidad perdida. No tenía alternativa.
    – Bueno, ¿qué dices, muchacha? -gruñó el anciano con aire amenazador.
    – Como queráis, Berikos -respondió ella, mirando a los ojos de su abuelo hasta que él los bajó.
    Cailin nunca había estado tan asustada, pero no quería dar a Brigit la satisfacción de reconocerlo.
    – Bien, bien -murmuró él, y se volvió hacia su esposa. -Es hora de retirarnos, Brigit. Despídete de nuestro invitado. Me reuniré contigo dentro de un rato.
    Brigit se levantó de la mesa con una amplia sonrisa.
    – Buenas noches, Wulf Puño de Hierro. Que vuestro placer sea grande… y que haya muchos -añadió. -Esperaré ansiosa que vengas, mi señor -dijo a Berikos. Y luego, con otra amplia sonrisa, abandonó el comedor.
    – Vete a tu cama, Cailin -le ordenó su abuelo. -Wulf Puño de Hierro y yo tomaremos una última copa de hidromiel mientras tú le esperas.
    Cailin se puso de pie y se apartó despacio de la alta mesa. No dijo una palabra de despedida a Berikos, y por supuesto ninguna era necesaria para el apuesto sajón. Berikos sin duda le indicaría dónde estaba su espacio para dormir cuando llegara el momento. Francamente, no estaba segura de conocer qué clase de formalidades existían en este caso. Era mejor permanecer callada.
    Cuando llegó a su dormitorio, Cailin abrió su pequeño baúl, se quitó el vestido y lo guardó con pulcritud junto con su pequeña cinta adornada con joyas. ¿Debía quitarse la camisa? No lo sabía. Nunca había visto a sus padres juntos en la cama. No sabía absolutamente nada de lo que ocurriría entre ella y Wulf. Ninguna madre en su cultura hablaría de temas tan serios con su hija hasta que ésta no estuviera a punto de casarse. Como eso no había sucedido a Cailin, no había mantenido ninguna conversación acerca de las intimidades compartidas por un hombre y una mujer. Sus hermanos gemelos la habían protegido igual que sus padres.
    Lo mejor sería, decidió por fin, decantarse por la cautela, para no ser tildada de lasciva. Lentamente se quitó las suaves zapatillas de fieltro que llevaba en casa y también las metió dentro del baúl; después lo cerró. Luego subió a la cama, que era un espacio horadado en las paredes de piedra de la casa.
    El colchón era recién hecho, lleno de una mezcla de heno, lavanda, brezo y pétalos de rosa. La cubierta interior del colchón era de tela, pero la exterior era de un tejido más fino y suave de tono natural. Había una bonita colcha de zorra roja, que producía calor en las noches frías y húmedas. En un pequeño hueco sobre la cabeza ardía una pequeña lámpara de aceite que iluminaba el dormitorio. Cailin pensó en reducir la llama, pero decidió dejarla como estaba. Arrojaba una reconfortante luz dorada, y ella necesitaba reunir todo su valor para afrontar lo que le esperaba.
    Wulf Puño de Hierro fue acompañado al dormitorio de Cailin por un criado. Sentado en el pequeño baúl, se quitó las botas y las dejó a un lado. Luego se puso de pie y se quitó la túnica y los bracos. La criada, que se había escondido en las sombras para verle desnudo, casi se desmayó al verlo. ¡Nunca había visto a un hombre así! Cuando se volvió, la criada fue obsequiada con la vista de unos brazos musculosos y un pecho bronceado. Sus piernas eran como troncos, firmes y bien formadas, cubiertas de vello dorado. Los grandes ojos de la muchachita descendieron por el asombroso torso hasta llegar al preciado tesoro, y su boca formó una pequeña mueca de admiración. En silencio se marchó, envidiando a la afortunada joven ama que disfrutaría con la pasión del joven sajón.
    Wulf Puño de Hierro se quitó la cinta que le sujetaba el cabello en la nuca y su cabellera rubia cayó hacia adelante rozándole los hombros. El reflejo de la luz en la cama resultaba acogedor. Wulf apartó la colcha de pieles y subió a la cama. Por un instante creyó que estaba solo, pues Cailin estaba pegada al otro extremo del pequeño recinto, dándole la espalda, y al principio no la vio. Aunque antes había pensado que la conducta de Cailin era agradablemente modesta, esperaba un recibimiento más cálido. ¿Se estaba burlando de él? ¿O simplemente era tímida? Le apartó el delicioso mechón de rizos para dejarle el cuello al descubierto. Luego se inclinó y besó con calidez la esbelta espalda.
    – Tienes la piel como la seda -le dijo con admiración, y le acarició con suavidad la nuca.
    Cailin, que se había estremecido ligeramente al contacto de sus labios, sintió un intenso escalofrío.
    Wulf Puño de Hierro no era un hombre insensible. Se dio cuenta de que la muchacha se mantenía rígida. Luego vio que también llevaba puesta la camisa. Un pensamiento incómodo cruzó por su mente, pero lo apartó de inmediato. Necesitaba saber más.
    – No te has quitado la camisa -dijo con voz suave. -Déjame ayudarte.
    – No sé si debería -murmuró ella, intentó alejarse aún más de él, aunque era imposible debido a las reducidas dimensiones del espacio.
    – Me han dicho que las chicas celtas festejáis a la diosa Madre -dijo él, alargando el brazo para quitarle la camisa.
    Se dio la vuelta, arrojó la prenda sobre el baúl y se volvió hacia Cailin de nuevo. La línea de su espalda era hermosa y su piel exquisitamente clara. Le rozó el hombro con suavidad y ella dio un respingo.
    – ¿No deseas compartir tu cama conmigo, Cailin Druso? Me han dicho que ésta es una costumbre corriente en tu pueblo. ¿Qué ocurre?
    – Que una chica soltera comparta su cama con un hombre no es lo que me enseñaron, Wulf Puño de hierro, pero estoy dispuesta a obedecer los deseos del abuelo. Hace sólo unos meses fui tan necia como decir a Berikos que cuando mi abuela cruzara el umbral de esta vida para entrar en la otra, yo abandonaría dobunios, que podría cuidar de mí misma. Pero la verdad es que no puedo arreglármelas sola por mucho que lo desee. Por lo tanto, debo obedecer las órdenes de Berikos. En realidad no le gusto mucho. -Su joven voz temblaba levemente.
    – ¿No eres una dobunia?
    ¿Qué broma era ésa?, se preguntó Wulf.
    – Mi madre, hija de su tercera esposa, era la única hija de Berikos -dijo Cailin. -Se llamaba Kyna. Mi abuela la quería con locura, según me han contado pero él la repudió cuando se casó con mi padre, cuya familia desciende de un tribuno romano. Me ha gustado lo que le habéis dicho a mi abuelo esta noche de que todos somos britanos. Lamentablemente Berikos no lo ve así.
    Cailin siguió contando a Wulf cómo había llegado a la aldea de Berikos y la muerte de su abuela una semanas atrás.
    – No soy desdichada entre las gentes de mi madre. Son buenas y amables conmigo. Pero mi abuelo no me perdonará ni una sola gota de la sangre romana que corre por mis venas -terminó.
    – A lady Brigit tampoco le gustas -observó Wulf con sagacidad.
    – No, no le caigo bien. Ha sido ella quien ha sugerido esto, pero es costumbre entre los dobunios ofrecer a las visitas importantes una compañera de cama para pasar la noche. Brigit cree que así mata dos pájaros de un tiro. Puede vengarse de mí y espera influir en vos para ayudar a mi abuelo, lo cual servirá para que ella gane favor con él.
    – ¿Qué opinas de sus planes para Britania? -preguntó Wulf.
    Le había gustado esa chica guapa y evidentemente lista desde el primer momento en que la había visto. No quería lastimarla.
    – Creo que tenéis razón, señor, y que Berikos se engaña -contestó Cailin con sinceridad. -¿Le ayudaréis?
    – Date la vuelta, Cailin Druso, y mírame. Es difícil hablarle a tu espalda -replicó él, y en su voz profunda se insinuó la risa.
    – No puedo -admitió Cailin. -Estáis desnudo, ¿no? Nunca he visto a un hombre desnudo… completamente desnudo -rectificó, recordando a los luchadores que habían actuado en la Liberalia de sus hermanos.
    – Me envolveré bien con las pieles -prometió él. -Sólo dejaré visibles los brazos, los hombros y la cabeza. Y tú tienes que envolverte también. No quiero avergonzarte, Cailin Druso, pero me gustaría ver tu adorable rostro cuando hablamos. Esto está muy oscuro. Me siento como si estuviera hablando con alguna criatura sin cuerpo -bromeó.
    Ella se quedó pensando un momento y luego dijo:
    – De acuerdo, pero no me miréis demasiado de cerca. No puedo evitar ser tímida, señor. Todo esto es bastante nuevo para mí, aunque no tan terrible como creía. -Cailin se dio la vuelta con cuidado, aferrando las pieles sobre su pecho. Él sonrió para darle ánimos. Y ella se ruborizó. -¿Ayudaréis a Berikos? -repitió al mirarle; el corazón le latía con fuerza.
    Por un instante él vislumbró sus ojos; eran color el violetas húmedas. Ella los cerró rápidamente.
    – Al parecer Berikos no está dispuesto a pagar el precio que pido -respondió Wulf.
    – Tierras -dijo Cailin, y de pronto tuvo una idea maravillosa. -Yo lo pagaré, señor -dijo, -y a cambio sólo os pediré dos cosas. Veréis que mi trato es mejor.
    – ¿Me darás tierras por entrenar y dirigir a los dobunios? -preguntó él, confundido. Cailin rió.
    – No. Tenéis razón respecto a las probabilidades de que los dobunios resitúen a las tribus célticas en destacada posición: no existe ninguna. Pero me vengaría del hombre que planeó el asesinato de mi familia y me habría asesinado a mí. Las tierras de la familia Druso Corinio son mías por derecho, pues soy la única superviviente de esa familia. Yo sola no puedo hacer nada para reclamar mis derechos. Mi primo Quinto Druso encontraría la manera de matarme para quedarse con lo que ha robado. Pero vos podríais matar a Quinto Druso para mí. Y si os casáis conmigo, mis tierras serán vuestras, ¿no? Es una oportunidad mucho mejor que la que puede daros mi abuelo -concluyo Cailin, sorprendida por su propia osadía al sugerir semejante acción. Quizá, al fin y al cabo, estaba aprendiendo a sobrevivir sin los dobunios.
    – ¿Tus tierras son fértiles? ¿Hay agua suficiente -preguntó él, asombrado de considerar siquiera la proposición de la muchacha. Pero ¿por qué no iba a hacerlo? Él quería tierras de su propiedad y necesitaría una esposa. La idea de Cailin era una solución perfecta a ambos problemas.
    – Nuestras tierras son fértiles -aseguró ella y hay mucha agua. Hay buenos campos para cultivar grano y otros para alimentar ganado. También hay huertos. La villa de mi familia ha desaparecido, pero podemos construir otra morada, señor. Los esclavos que pertenecían a mi padre también serán míos. Berikos tendrá que ofrecerme también un regalo de boda. Ceara y Maeve se ocuparán de que sea bueno.
    Wulf necesitaba tiempo para pensarlo. El ofrecimiento era excelente y sólo un tonto lo rechazaría.
    – Lo haré -dijo. -Nos casaremos y recuperaré tus tierras para ti, Cailin Druso. Incluso ayudaré a ese viejo réprobo, tu abuelo. Nos veremos obligados a pasar aquí el invierno. Durante los próximos meses entrenaré a todos los jóvenes dobunios que desean aprender las artes de la guerra. La prueba final de sus habilidades será cuando recuperemos tus tierras de tu perverso primo. Después serán para Berikos. Si no te confundes respecto a esta gente, no le seguirán más lejos que los límites de su propio campo. -La miró fijamente. -Eres lista, ovejita. -Le levantó el rostro y la besó levemente en los labios. -Pero no le contaremos nuestros planes a tu abuelo. Sólo le diré que te quiero por esposa.
    – Eso no te lo negará -dijo ella, sintiendo que el rubor se le extendía por todo el cuerpo al notar el roce de su boca en la de ella. -En realidad, él y Brigit creerán que está bien que la zorra mestiza, como les gusta llamarme, se una a un extranjero, como os llaman a los sajones.
    – Todavía no nos hemos unido -dijo él con suavidad.
    – Todavía no nos hemos casado -replicó ella sin vacilar, sintiendo que el corazón le daba un vuelco.
    – No podemos insultar a tu abuelo, ni creerá que he vencido mi pasión por ti si no hacemos lo que esperan que hagamos esta noche. -Enredó su gran mano en el pelo de Cailin. -Me gusta el color de tu pelo y la encantadora confusión de tus rizos. Las chicas sajonas tienen el pelo rubio y lacio. Lo llevan peinado en dos trenzas, y cuando se casan se lo cortan muy corto, para demostrar su sumisión al esposo. Yo no podría hacerlo con tus encantadores rizos, por eso es una suerte que seas britana y no sajona -agregó con una sonrisa.
    Con suavidad pero con firmeza, le echó la cabeza hacia atrás, dejando al descubierto la garganta. Luego, la puso de espaldas y fue depositando lentos y cálidos besos en la blanca piel.
    Cailin aferraba desesperadamente la colcha sobre sus senos. No sabía qué hacer. Ni siquiera sabía si tenía que hacer algo. De pronto se dio cuenta de que los ojos azules de Wulf miraban con profundidad los suyos. Cailin no pudo desviar la mirada. Volvía a sentir calor, pensó de forma irracional, y deseaba apartar la colcha pero no se atrevía a hacerlo.
    Wulf estaba seguro de la respuesta que recibiría a la pregunta que le formuló:
    – ¿Eres virgen, ovejita?
    Claro que era virgen. El semblante de Cailin reflejó la confusión que sentía, pues alternaba el miedo a lo desconocido y la curiosidad.
    – Sí -musitó. -Lo siento, no podré darte placer. No sé qué tengo que hacer.
    – Me gusta que seas virgen -repuso él con ternura, -y te enseñaré todo lo que has de saber para que los dos obtengamos placer.
    – Ni siquiera sé besar -declaró ella con abatimiento.
    – Es un arte que se aprende con facilidad -la tranquilizó él, serio, pero en sus ojos asomaba el regocijo. -En muchos es algo instintivo. Cuando te bese, limítate a besarme tú a mí. Deja que el corazón te guíe. Yo te enseñaré ciertos refinamientos más adelante. -La besó con suavidad y, tras un momento de vacilación, Cailin le besó a él. -Eso está muy bien -la alabó. -Volvamos a intentarlo.
    Esta vez el beso de Wulf fue más firme, y ella sintió que sus labios cedían ligeramente bajo los de él. Cailin ahogó un débil grito cuando la punta de la lengua de Wulf le rozó la boca suave y sensualmente. La cabeza empezó a darle vueltas. Cailin rodeó a Wulf con los brazos para mantenerse firme, pues tenía la sensación de que se estaba cayendo.
    Él se apartó de sus labios y hundió la cabeza en su pelo.
    – Tienes un gusto delicioso, ovejita, y hueles de maravilla. Nunca había conocido a una chica que oliera tan bien. ¿A qué se debe? -Bajó la mirada a los ojos de Cailin y ésta se sonrojó una vez más. -¿Siempre te sonrojarás cuando te mire? -le preguntó con voz suave. -¡Eres tan hermosa!
    – Me parece que exageráis, señor.
    Entonces se dio cuenta de que le estaba rodeando con los brazos y protestó.
    – Me gusta que me abraces, ovejita. Creo que a pesar de todos tus temores, sabes que soy un hombre en quien se puede confiar. No soy un hombre que suelte cumplidos como gotas de lluvia. Cuando te alabo, es porque lo mereces. Eres muy guapa. Nunca había conocido a ninguna mujer tan hermosa. Estaré orgulloso de tenerte por esposa, y estaré celoso de cualquier hombre que te mire. Juntos haremos niños guapos y fuertes.
    – ¿Cómo? -se atrevió a preguntar ella. Él sonrió.
    – Tienes curiosidad, ¿eh? Entonces debemos proseguir nuestras lecciones.
    Empezó a retirar la colcha de pieles. Cailin soltó un gritito, tratando de detenerle, pero él no se detuvo. La expresión sobrecogida del bello rostro de Wulf cuando contempló su desnudez permitió a Cailin vislumbrar el poder que una mujer tiene sobre un hombre. Al principio no la tocó. Sus ojos absorbieron la suavidad y palidez de su cuerpo: sus pequeños senos redondeados, la elegante curva de su cintura, sus muslos esbeltos y bien torneados, el vello rizado de su monte de Venus.
    Él sonrió, casi para sí, y la tocó allí con un solo dedo.
    – Estos rizos hacen juego con los de tu cabeza -dijo.
    Ella le observaba con los ojos abiertos de par en par, en silencio.
    Entonces él dijo:
    – Retira mis pieles, ovejita.
    Ella lo hizo y contuvo el aliento. Él la había llamado hermosa, y sin embargo el hermoso era él. Tenía el cuerpo de un dios, sin duda. Todo era proporcionado y perfecto. Lo que más le sorprendió fue el apéndice que tenía entre las piernas. Lo miró con curiosidad, y lo tocó con cautela y suavidad.
    – ¿Qué es esto? -preguntó. -¿Para qué sirve? Yo no lo tengo.
    Wulf tragó saliva. La curiosidad de Cailin parecía la de una niña.
    – No, tú no lo tienes, pero tus hermanos lo tenían. ¿Nunca se lo viste?
    – ¿Qué es? -repitió Cailin.
    – Se llama raíz del hombre.
    – ¿Y mis hermanos también lo tenían? No, nunca se lo vi. Mis padres creían en el recato. Decían que muchos problemas de Roma derivan de la falta de moral. No creían que debamos avergonzarnos de nuestro cuerpo, pero tampoco creían que debamos exhibirlo. ¿Para qué sirve la raíz del hombre?
    – Es el conducto por el que mi semilla entrará en tu vientre. Cuando se excita aumenta de tamaño y se pone duro. Te lo meteré dentro y soltaré mi semilla. Ese acto nos proporcionará placer a los dos.
    – ¿Dónde me lo meterás? Enséñamelo -pidió. El se inclinó y volvió a besarla, y al hacerlo introdujo con suavidad un dedo entre los labios vaginales de Cailin y tocó la entrada del conducto. -Aquí -dijo.
    – ¡Ooooh! -exclamó ella.
    Aquel sencillo roce no sólo la sobresaltó, sino que pareció estallar en el interior de su cuerpo. Pequeños temblores recorrieron todo su ser.
    – Tenemos cosas que hacer antes que eso -dijo él, retirando el dedo. -Responderé a todas tus preguntas más tarde, pero quizá ahora sería mejor no hablar tanto.
    – ¿Por qué me llamas «ovejita»? -preguntó ella nerviosa.
    – Porque eres una inocente ovejita, con tus grandes ojos color púrpura y tus rebeldes rizos rojizos, y yo soy el lobo que va a comerte.
    Entonces la besó en la boca. Quería ser gentil y paciente, pero la proximidad de Cailin le estaba volviendo loco de deseo. Necesitaba desfogarse y, a decir verdad, cuanto más esperara más difícil sería para Cailin. Los labios de ésta se ablandaron bajo los suyos y él le introdujo la lengua en la boca. Ella trató de apartarse, pero él la sujetaba con firmeza.
    Al principio ella intentó esquivar la lengua que buscaba la suya, pero él no la dejaba. Cailin notaba el sabor a hidromiel en su aliento y eso la excitó. Con cautela su lengua buscó la de él y se unieron en una danza que gratificó a los sentidos de ambos. Le rodeó de nuevo con sus brazos, atrayéndole hacia sí, elevando sus jóvenes pechos para rozar el suave torso de Wulf.
    De pronto él se apartó, le cogió el rostro entre las manos y lo cubrió de besos. Sus labios descendieron de nuevo hasta la garganta y pasaron al valle que formaban sus senos. Cuando ella exhaló un suave grito, él la tranquilizó:
    – No, ovejita, no tengas miedo.
    Cailin tenía la impresión de que sus senos se hinchaban bajo los besos de Wulf. Cuando él le cogió uno con la mano y lo acarició con ternura, el gemido que exhaló fue de alivio. Ella deseaba que la tocara allí. Quería que siguiera tocándola allí. El corazón le latía con tanta violencia que creyó que se le saldría del pecho, pero las caricias de él ahora eran más exigentes que sus temores.
    Wulf se inclinó y besó los jóvenes senos. Su lengua empezó a lamer los pezones con cautela, primero uno y después el otro, convirtiendo la suave carne en duros y tensos puntos de hormigueo. La respiración de Cailin era agitada cuando él por fin cerró su boca en torno al pezón izquierdo y empezó a chuparlo con avidez.
    – Placer… -le oyó decir a Cailin cuando pasó al otro pezón, al que ofreció el mismo homenaje que había ofrecido al otro.
    Cailin le observaba con los ojos entrecerrados adorar su cuerpo. Sentía un deseo desconocido que la excitaba. De pronto se dio cuenta de que él se había colocado sobre ella, mientras le besaba y acariciaba el torso. Observó que de su cuerpo sobresalía la raíz de hombre Pero ahora era enorme. No era posible que encajara en su joven cuerpo. ¡La desgarraría!
    – ¡Eres demasiado grande! -exclamó ella con vez asustada, manteniéndole apartado con las manos contra el pecho. -¡Por favor, no lo hagas! ¡No quiero que me hagas eso ahora!
    Se arqueó, luchando contra él.
    El gimió. Fue un sonido desesperado.
    – Déjame poner sólo la punta en tu conducto, ovejita, y verás que no pasa nada.
    – ¿Sólo la punta? -preguntó ella temblando.
    Él asintió y la guió con la mano suavemente. Ella estaba maravillosamente húmeda de excitación y no le resultó difícil penetrarla unos centímetros. El calor le recibió cuando ella encerró con fuerza la punta de su raíz de hombre. Wulf se preguntó cuánto podría mantener el control. Ella era sencillamente deliciosa. ¿Qué sinrazón le había hecho proponer aquella locura? Deseaba hundirse dentro de ella. Respiró hondo.
    – ¿Lo ves? -dijo. -No es tan terrible, ¿verdad ovejita?
    Era una penetración tierna. La punta de su miembro la forzaba, pero en realidad no le dolía.
    Él le besó los labios suavemente y murmuró:
    – Si me dejas entrar un poquito más, te produciría mucho placer.
    Como ella no respondió, empezó a presionar con delicadeza, mientras seguía besándola en la boca, la cara y el cuello.
    Cailin cerró los ojos y le dejó hacer. Aunque la sensación que experimentaba era nueva para ella, no le resultaba completamente desagradable. En realidad empezaba a sentir calor y cuando su cuerpo se acopló al ritmo de Wulf, se sorprendió pero no pudo evitarlo. En realidad, mientras se movía con él sintió que la embargaba una sensación de abrumadora dulzura. Era como si un centenar de mariposas le recorrieran el cuerpo. Cailin de pronto le cogió el rostro y le besó apasionadamente por primera vez.
    Él había observado sus expresiones cambiantes.
    Era como observar la formación de una tormenta en un cielo despejado.
    – ¿Empiezas a sentir placer, ovejita? -preguntó- ¿Te gusta? Déjame terminar lo que hemos empezado ¡Deseo poseerte por completo!
    – ¡Sí, hazlo! -respondió ella sin vacilar.
    Sintió que los firmes muslos de Wulf la inmovilizaban con firmeza y que él empezaba a embestirla con movimientos cada vez más rápidos. De pronto sintió un dolor punzante cuando su virginidad cedió ante la apremiantes embestidas. El dolor le subió por el torso y le inundó el cuerpo cuando él penetró por completo en ella con un grito triunfante. Cailin jadeó al sentir el fuego estallarle en el vientre. Tenía las uñas clavadas en la espalda tensa de Wulf. Habría gritado en su aterrada agonía de no haberle tapado él la boca con la suya en el preciso momento en que la desfloraba.
    ¡Le había hecho daño! ¡Él no la había advertido de esta tortura! Claro que no. Sabía que no le habría ofrecido su cuerpo de haber conocido el horror de este dolor. ¡Le odiaba! Jamás se lo perdonaría. Pero de pronto fue consciente de una nueva sensación absolutamente deliciosa: el dolor había desaparecido con la misma rapidez con que había venido. Sólo quedaba un placer dulce y cálido. Wulf se movía sobre ella y el fuego que vertía en sus venas no se parecía a nada que hubiese experimentado.
    – ¡Ooooh! -medio sollozó cuando él se apartó de sus labios. -¡Oh! -En su interior se iba formando una ardiente dureza. -¿Qué me está sucediendo? -gimió desesperada cuando sintió que su cuerpo empezaba a elevarse hacia un éxtasis maravilloso. ¡Estaba elevándose! ¡Era glorioso! ¡No quería parar! Podría seguir así eternamente. La sensación llegó entonces a la cumbre y estalló como un millar de estrellas en su interior. -¡Oooooh…! -exclamó, abrumada por el placer y decepcionada cuando notó que aquel delicioso placer se derretía con la misma rapidez con que se había apoderado de ella. -¡No! -exclamó, y abrió los ojos y miró a Wulf. -¡Quiero más!
    Wulf prorrumpió en carcajadas, la risa de un hombre feliz y aliviado. Le retiró el pelo del rostro y se apartó de ella, besándole la punta de la nariz. Luego se apoyó contra la pared, miró a Cailin y dijo:
    – Espero que hayas obtenido tanto placer como yo, ovejita.
    La atrajo a la seguridad de sus fuertes brazos.
    Cailin asintió y volvió la cabeza para mirarle a la cara. Su euforia empezaba a calmarse, pero no se sentía desdichada.
    – Después de sentir dolor ha sido maravilloso -dijo con timidez.
    – Sólo duele la primera vez -aseguró él. -Haremos buenos niños. Los dioses han sido bondadosos con nosotros, Cailin Druso. Creo que hacemos una buena pareja.
    – Tu semilla quema -dijo, sonrojándose al recordar cómo la había sentido inundarla con bruscas explosiones. -Quizá ya hemos hecho nuestro primer hijo, Wulf -agregó mientras volvía a deslizarse bajo las pieles.
    Él apoyó la cabeza sobre sus senos y le gustó que la acunara en actitud protectora como él había hecho con ella. Había llegado a la aldea dobunia en busca de tierras. Los dioses, en su sabiduría, le habían dado a Cailin y un inesperado futuro.
    – Si estuviéramos en tu mundo -dijo- y te hubiera pedido a tu padre, y él hubiera consentido, ¿cómo se habría celebrado nuestro matrimonio?
    – La ceremonia empezaría en la villa de mi padre -explicó Cailin. -La casa estaría decorada con flores y ramas verdes, con tapicerías de lana de vivos colores. Los presagios se harían a la hora del falso amanecer si fueran favorables los invitados empezarían a 1legar incluso antes de que saliera el sol. Acudirían de todas las villas vecinas y también de Corinio.
    »La novia y el novio se acercarían al atrio y comenzaría la ceremonia. Una matrona felizmente casada que sería nuestra prónuba, nos uniría. Juntaría nuestras manos ante diez testigos formales, aunque en realidad todos nuestros invitados estarían presentes.
    – ¿Por qué diez? -preguntó Wulf.
    – Por las diez primeras familias patricias de Roma -respondió, y prosiguió: -Entonces yo recitaría antiguas palabras de mi consentimiento al matrimonio «Cuando y donde eres Gayo, yo entonces y allí Gaya.» Luego pasaríamos a la izquierda del altar familiar y lo encararíamos, sentados en taburetes cubiertos con la piel de ovejas sacrificadas para la ocasión. Mi madre ofrecería un pastel de espelta a Júpiter. Nosotros comeríamos el pastel, mientras mi familia oraría en alta a Juno, que es la diosa del matrimonio. El rezaría Nodens y a otros dioses de la tierra, romanos y célticos. Después se nos consideraría verdaderamente casados. Hay otras formas de ceremonia matrimonial, pero en mi familia siempre se empleaba ésta.
    »Mis padres ofrecerían luego un gran festín que duraría un día entero. Al final se distribuirían trozos de nuestro pastel de boda entre los invitados para que tuvieran suerte. Después yo sería escoltada formalmente al hogar de mi esposo. Tú me cogerías de los brazos de madre y yo ocuparía mi lugar en la procesión. Nos apañarían portadores de antorchas y músicos y cualquiera que durante el trayecto quisiera unirse al cortejo. En realidad, en los viejos tiempos se consideraba que esta procesión era el sello final de la validez de un matrimonio.
    »Es costumbre que la novia sea asistida por tres jóvenes cuyos padres vivan. Dos caminarían junto a mí y me cogerían de la mano, mientras el tercero iría delante con una rama de espino. Detrás de mí se llevaría un huso y una rueca. Yo tendría tres monedas de plata: una la ofrecería a los dioses de las encrucijadas, la segunda te la daría a ti, en representación de mi dote, y la tercera la ofrecería a los dioses de tu hogar.
    – ¿Y yo no haría nada más que caminar a tu lado con orgullo? -preguntó él.
    – Oh, no. Tú repartirías pastelillos de sésamo, nueces y otras golosinas entre los espectadores. Cuando llegáramos a tu casa, yo decoraría los postes de la puerta con lana de colores y untaría la puerta con aceites preciosos. Entonces tú me cogerías en brazos para cruzar el umbral. Se considera que trae mala suerte que la novia resbale cuando entra en su nuevo hogar.
    – Yo no te dejaría resbalar -observó él, y alzando la cabeza la besó en los labios. -¿Eso es todo?
    – No -respondió ella con una risita. -Hay más. Al entrar en la casa, yo repetiría las mismas palabras pronunciadas en la ceremonia. Entonces se cerraría la puerta a la multitud.
    – ¡Y por fin estaríamos solos! -exclamó Wulf.
    – ¡No! -exclamó Cailin riendo. -Algunos invitados nos harían compañía. Tú me dejarías en el suelo y me ofrecerías fuego y agua como prenda de la vida que compartiríamos y como símbolos de mi deber en nuestro hogar. Habría leña puesta ya en la chimenea, que yo encendería con la antorcha nupcial. Después arrojaría la antorcha a los invitados. Se considera un buen augurio conseguir una antorcha nupcial.
    – Luego nuestros invitados se irían a casa y nosotros por fin estaríamos solos -dijo él. -¿Es así o no?
    Ella contuvo la risa.
    – No.
    – ¿No? -preguntó él con exagerado tono de indignación.
    – Antes yo tendría que recitar una plegaria.
    – ¿Una plegaria larga? -Fingió apesadumbro.
    – No, no demasiado -respondió ella. -Y pues la prónuba me conduciría a nuestro diván nupcial que estaría colocado en el centro del atrio la primera noche de boda. Siempre permanecería en ese como símbolo de nuestra unión.
    – Es un día largo para los novios -comentó.
    – ¿Cómo celebran las bodas los sajones? – preguntó ella.
    – El hombre compra a su mujer. Claro que suele asegurarse de que la doncella esté más o menos de acuerdo. Entonces se aproxima a la familia de ella, a través de un intermediario, por supuesto, para ver qué y cuánto quieren por la chica. Luego se hace la oferta formal. Tal vez sea aceptada o tal vez sea necesario regatear un poco más. Una vez acordado el precio de la novia y realizado el intercambio, se celebra un banquete y después la feliz pareja se va a casa, sin sus invitados, debo añadir -concluyó. Entonces cogió la barbilla de Cailin y dijo: -Pronuncia las palabras, Cailin Druso. -Su voz era suave, y su masculinidad empezó a excitarse otra vez. -Dime las palabras, ovejita. Seré un buen esposo para ti, lo juro por todos los dioses, los tuyos y los míos.
    – Cuando y donde eres Gayo, yo entonces soy Gaya -recitó Cailin.
    «Qué extraño -pensó. -Sabía que alguna vez tendría que pronunciar estas palabras, pero jamás pensé que las diría completamente desnuda, en una cama en una aldea dobunia, a un sajón.» Aun así, Cailin se consideró afortunada. Había percibido que Wulf Puño Hierro era un hombre bueno y honorable. Ella necesitaba su protección, pues fuera de su familia no te nadie. Ceara y Maeve hacían todo lo que podían por ella, pero se habían marchado y ella se encontraba merced de Berikos y su perversa esposa catuvellauna.
    No volvería a suceder. De pronto oyó la voz del sajón, fuerte y segura, y le miró a los ojos.
    – Yo, Wulf Puño de Hierro, hijo de Orm, te tomo, Cailin Druso, por esposa. Te cuidaré y protegeré. Lo juro por el gran dios Woden, y por el dios Tor, mi patrón.
    – Seré una buena esposa para ti -prometió Cailin.
    – Lo sé -dijo él, y contuvo la risa. -Me pregunto qué pensarán tu abuelo y esa bruja de Brigit de este giro de los acontecimientos.
    – El te pedirá un pago por mí, estoy segura. ¡No le des nada! No se merece nada.
    – Lo que no se paga no vale nada, ovejita. Para mí vales más que todas las mujeres. Le daré un precio justo del que no tendrás que avergonzarte.
    – Eres demasiado bueno. ¿Cómo podré pagarte tu bondad conmigo? Tenías que haber disfrutado conmigo esta noche y luego abandonarme. Sin embargo, si lo hubieras hecho, aunque no habría debido avergonzarme pues es la costumbre dobunia, en el fondo de mi corazón sí lo habría hecho.
    Una lenta sonrisa maliciosa iluminó las fuertes y hermosas facciones de Wulf.
    – Sé cómo puedes empezar a pagármelo, ovejita -dijo, y le cogió la mano y se la llevó a su sexo, que volvía a estar ansiosamente preparado. -Tengo intención de que me lo pagues en su totalidad, ovejita, no sólo esta noche sino en todas las venideras.
    El joven rostro de Cailin adoptó una expresión seductora que él no le había visto antes.
    – Me parece justo, esposo mío -coincidió ella. -No oirás ninguna queja por mi parte en este aspecto. Mi familia siempre me enseñó a pagar mis deudas.
    Entonces atrajo el rostro de Wulf hacia el suyo, ansiosos sus labios de recibir los besos de él.

CAPÍTULO 05

    Berikos miró a su invitado.
    – ¿Has dormido bien? -preguntó. -¿Has reconsiderado nuestra conversación de ayer?
    – Tu nieta es una compañera encantadora -respondió Wulf, y tomó un trago de cerveza negra. -Me honra haber tenido derecho a su primera noche, Berikos. Has dejado claro cuánto deseas mi ayuda, pero yo aún creo que tu idea está condenada al fracaso. No puedes hacer que vuelvan los tiempos pasados. Nadie ha podido hacerlo, amigo mío.
    – Aceptaré tu precio -dijo Berikos, desesperado.
    – Tierras. -El sajón alzó una ceja con aire interrogador.
    Berikos asintió.
    – Serías un mal vecino, con los sentimientos que albergas -replicó Wulf al anciano. -En realidad nunca podría confiar en ti… a menos que…
    – ¿A menos que qué? -preguntó Berikos asiéndose a un hilo de esperanza.
    – Me asignes ahora una porción de tierra de seguridad. Cuando haya entrenado a tus hombres, la intercambiaré con otro celta que viva en la costa sajona -explicó Wulf. -Tendré mis tierras y la tierra que me des pertenecerá a otro de tu raza. Quizá de tu propia tribu, pero los celtas podéis arreglar eso entre nosotros.
    Berikos asintió.
    – Sí, podemos, y cuando llegue el día en que devolvamos vuestro pueblo a la tierra del Rin no podrás venir a quejarte a mí. Habré cumplido mi parte del trato. ¡Bien! ¡Acepto!
    – No tan deprisa, amigo -dijo Wulf. -Quiero otra cosa de ti. Creo que serás más apto para mantener tu trato conmigo si estamos emparentados. Tu nieta me gusta y yo necesito una esposa. Su sangre mezclada te inquieta, pero a mí no. Te pagaré un precio justo por ella si das tu consentimiento.
    – Según nuestras leyes, ella también debe dar su consentimiento. Si lo hace, estaré encantado de aceptar un precio por ella -respondió Berikos, -aunque no debería hacerlo. Me harás un favor llevándote a Cailin. Mi esposa Ceara me ha estado insistiendo en que le encuentre un marido. ¿Qué me darás por ella?
    El sajón arrojó una moneda a su compañero. La moneda relució mientras surcaba el aire. La mano de Berikos la atrapó. Sus ojos se abrieron de par en par. Mordió la moneda y compuso una expresión de sorpresa.
    – ¿Oro? Es una moneda de oro. Una chica no vale una moneda de oro -dijo Berikos. Quería el oro del sajón, pero su conciencia nunca le dejaría en paz si no era honrado. -Además, ella aún no ha dado su consentimiento a la unión.
    – Sí lo ha dado -replicó Wulf. -Es un precio justo, pues asegurará que tú no me quitarás la vida cuando ya no te sea útil, Berikos de los dobunios.
    El anciano rió.
    – No te fías de nadie, ¿eh, sajón? Bueno, es de sabios no hacerlo. En este mundo no se puede confiar en nadie por completo. Muy bien, acepto tus condiciones. La chica es tuya. Puede que lo consideres un mal negocio cuando ella te muestre el látigo de su lengua, pero no aceptaré que me la devuelvas. -Escupió en la mano derecha y la tendió al sajón, quien a su vez escupió en la suya y se la tendió al anciano, estrechándola con fuerza.
    – De acuerdo, Berikos, pero no lamentaré el trato, te lo aseguro. Cailin será una buena esposa para mí. Su madre le enseñó bien los deberes de una mujer hacia su esposo y su hogar.
    – Sí -respondió el hombre con voz aguda. -Kyna era una buena chica.
    – Buenos días, ¿habéis disfrutado de una noche llena de placeres? -preguntó Brigit al entrar en el comedor, sonriendo con falsedad.
    Su túnica azul con bordados plateados ondeaba en torno a su cuerpo con elegancia.
    – Pues sí, señora, ha sido una noche estupenda -respondió el sajón.
    – Wulf ha accedido a ayudarnos -dijo Berikos, complacido. Explicó a su joven esposa la transacción de tierras que habían acordado. -Y le he dado a Cailin como esposa.
    – ¿Que has hecho qué? -Los ojos de Brigit se abrieron de asombro. Eso no era lo que ella había planeado. Sólo quería que el sajón violara brutalmente a Cailin y le destrozara el alma. Quería que la muchacha quedara avergonzada y dolida.
    – Wulf me ha pedido la mano de Cailin -explicó Berikos. -Su sangre mixta no le importa. Mi nieta está de acuerdo. -Le mostró la moneda. -Wulf me ha dado esto como pago por ella. Es oro. Tu padre se contentó con aceptar una pieza de plata y una pareja de perros de caza por ti, Brigit.
    Los ojos de Brigit brillaron al ver el oro y Wulf pensó que Berikos no conservaría por mucho tiempo el precio que había recibido por su nieta. La mujer puso gesto malhumorado y al fin dijo:
    – ¿No hay nada para comer aquí? Cailin es negligente con sus obligaciones, ¿o es que el matrimonio se le ha subido a la cabeza? Una buena esposa debería tener la comida de la mañana a punto a una hora razonable. Espero que Ceara regrese pronto.
    – Quizá si no durmierais media mañana, Brigit -dijo Cailin entrando en el comedor, -encontraríais la comida preparada. Berikos y mi esposo han comido hace horas. Si vais a la cocina, sin embargo, puede que os den algo si les decís que yo he ordenado que lo hagan. -Esbozó una amplia sonrisa. -Debo cumplir con mis deberes. Esta mañana ha llegado un mensajero procedente del fuerte de la colina de Carvilio. Ceara y Maeve llegarán antes de ponerse el sol. Comeremos en cuanto lleguen. Procurad ser puntual, señora. -Se volvió hacia su abuelo. -¿Habéis hecho un trato con mi esposo, Berikos?
    – Sí -masculló él. Aquella muchacha era fuerte y no se dejaba vencer, lo admitía. -En el futuro, mestiza, habla con más respeto a mi esposa -le advirtió. -Merece ser respetada.
    – Sólo si se lo gana, Berikos -espetó Cailin y, volviendo sobre sus talones, abandonó la sala.
    – ¡Mira! -exclamó Berikos. -Ya has visto el látigo de su lengua, pero es demasiado tarde. Es tu esposa.
    – La puya no iba dirigida a mí, Berikos. Me gustan las mujeres que dicen lo que piensan. Sólo la escarmentaré si me desafía.
    Ceara, Maeve y Nuala llegaron cuando el sol invernal de media tarde teñía el cielo de bellos tonos rojizos, anaranjados, dorados y purpúreos. Una estrella brillante flotaba sobre el fuerte de la colina de Berikos como si las guiara hacia la cálida seguridad de su interior. Nuala estaba excitada por el regreso a casa, y corrió a abrazar a su prima.
    Antes de que se enteraran por otro, Berikos contó a sus dos esposas de mayor edad la boda de Cailin. Ambas quedaron anonadadas e igualmente furiosas por la participación que Brigit había tenido en el asunto.
    – ¡Lo hizo por crueldad! -Exclamó Maeve en una rara demostración de ira ante su esposo. -¡Tú estabas lleno de vino e hidromiel, no lo dudo, y seguiste el juego a esa zorra! ¡Qué vergüenza, Berikos!
    – No tienes que aceptarle por esposo, mi niña -dijo Ceara a Cailin tratando de mantener la calma. -No es ninguna vergüenza en nuestro pueblo que una mujer pruebe el placer con varios hombres. Si aprende a dar placer, ello aumenta su reputación como buena esposa. Puedes retirar tu consentimiento, Cailin, si lo deseas. Berikos puede devolver la pieza de oro al sajón. Se puede hacer con honor.
    – No deseo retirar mi consentimiento, Ceara -dijo Cailin con serenidad. -Wulf Puño de Hierro es un buen hombre. Estoy contenta de ser su esposa. No me siento atraída hacia ningún otro hombre. ¿No habéis insistido en que me casara, señora? -bromeó.
    – Pero cuando haya terminado su trabajo aquí -gimió Ceara, -te llevará a la costa sajona y no volveremos a verte.
    – ¡Buen viaje! -exclamó Brigit.
    – ¡Cierra la boca, zorra! -le espetó Ceara. -Debería haberte matado cuando te vi por primera vez. ¡No haces más que causar problemas! -Se volvió hacia su esposo. -Te he honrado toda mi vida, Berikos. He defendido tus decisiones incluso cuando sabía que eran equivocadas. Permanecí callada cuando repudiaste a tu única hija y jamás dije una palabra en defensa de Kyna cuando debí hacerlo. Apretaba los dientes cuando no nos permitías compartir la alegría de los nacimientos de los nietos de Brenna y permanecí de nuevo callada cuando Brenna nos abandonó para ir a vivir con Kyna y su familia.
    »¡Eres un hombre necio, Berikos! Quieres recuperar la grandeza de los dobunios. ¿Qué grandeza? ¡Jamás tuvimos grandeza! Somos un simple clan. Si intentas echar a los britanos ellos pelearán por esas tierras que han cultivado durante los últimos cien años. No lograrás ningún éxito en este plan, aunque no puedo impedir que lo intentes; pero no permitiré que la única nieta superviviente de Brenna nos abandone. Darás a este sajón las tierras que le prometiste y se quedarán aquí. A menos que desees pasar tus últimos días sin Maeve y sin mí.
    Berikos estaba aturdido. En todos los años en que habían estado casados, Ceara jamás le había hablado con tanta dureza, en privado o en público. Tampoco la había visto nunca tan enfadada.
    – ¿Qué quiere decir sin Maeve y sin ti? -fue lo único que se le ocurrió preguntar.
    – Te abandonaremos, Berikos -respondió Ceara con seriedad. -Iremos a otras aldeas y viviremos con nuestros hijos. Pero no temas. Estoy segura de que Brigit cuidará de tu casa y de ti con ternura cuando te pongas enfermo, y se ocupará de que tengas la comida preparada como te gusta. ¿Sabe cómo te gusta la comida? Probablemente no, pero estoy segura de que se lo dirás.
    – Eso no es necesario -gruñó Berikos nervioso.
    Ceara alzó una ceja en gesto interrogador.
    – ¿De veras?
    – Haremos algunos arreglos, lo juro -prometió Berikos a la furiosa mujer. -No hay necesidad de precipitarse.
    – Ya veremos, anciano -replicó Ceara, con tono sombrío.
    Cailin elevó la mirada hacia su esposo, brillantes sus ojos al pensar en su conspiración. Habían acordado en la acogedora intimidad de su cama, aquella mañana, que no mencionarían las tierras de Cailin hasta que estuvieran preparados para trasladarse. No presionarían a Berikos para que mantuviera su trato. Cuando llegara el momento oportuno, recuperarían las propiedades de la familia Druso Corinio.
    Había corrido la voz entre las aldeas dobunias de que todo el que deseara aprender las antiguas artes de la guerra tenía que acudir a la aldea de Berikos, donde serían alojados, alimentados e instruidos a cambio de su servicio. Se construyeron varios barracones de madera dentro de las murallas de la fortificación de la colina para los futuros guerreros. Acudieron ciento cincuenta hombres jóvenes, de trece a dieciocho años. Berikos quedó decepcionado ante este pequeño contingente. Sinceramente había creído que serían muchos más.
    – ¿Qué esperabas? -le dijo Ceara. -Sólo somos un millar. Muchos jóvenes ya están casados y no quieren abandonar a su familia. ¿Por qué iban a hacerlo?
    – ¿Y qué me dices del honor? -espetó Berikos, ofendido por sus palabras.
    Maeve rió entre dientes.
    – El honor tiene pocas esperanzas de mantener caliente a un hombre en una fría noche de invierno. ¿Y qué mujer quiere pasar el invierno sola o con sus hijos, sin ningún hombre que la consuele?
    – ¡Eso es lo que los romanos han hecho con nosotros! -exclamó Berikos.
    – Los romanos no nos hicieron nada que no dejáramos que nos hicieran -replicó Ceara. -Además, ¿qué pueblo sensato no prefiere la paz a la guerra?
    – Nuestro pueblo -dijo Berikos. -Nuestro pueblo que vino de la oscuridad y a través de las llanuras y los océanos a Britania, Eire, Cimris, Galia y Armórica. ¡Nuestra raza céltica!
    – ¿Cuándo aceptarás que esos tiempos ya han pasado, Berikos? -dijo Ceara y le apoyó una mano tranquilizadora en el brazo, pero él la apartó.
    – ¡No! No puede ser. ¡Volverán! -insistió.
    – Entonces entrena a tus guerreros, viejo terco -dijo ella irritada. -Cuando llegue la primavera, veremos qué ocurre.

    Llegó el invierno con sus vientos fríos, lluvias heladas y nieve. Wulf trabajaba con sus reclutas, los sometía a largas marchas en las peores condiciones climáticas y cargados con veinticinco kilos de peso a la espalda. Cuando al principio se quejaron, él les dijo con frialdad:
    – Las legiones de Roma acarrean más peso. Quizá por eso ya no sois dueños de todas vuestras tierras. Preferís beber y contar historias indignas a entrenaros militarmente.
    Los jóvenes dobunios apretaron los dientes y no volvieron a quejarse. En el límpido aire de la fortaleza sonaban las espadas y las jabalinas al dar en el blanco mientras los futuros guerreros mejoraban sus habilidades en la batalla y la supervivencia.
    Pero por muy duro que fuera Wulf al entrenar a sus hombres, con su esposa era completamente diferente. Ceara y Maeve estaban de acuerdo en que el sajón, aunque fiero oponente en el campo de batalla, era un alma gentil con Cailin y con los niños de la fortaleza que le seguían con admiración, suplicándole su favor. A menudo cogía a dos pequeños en brazos y cruzaba la aldea con ellos cuando se dirigía a su trabajo. No había niño que no le adorara, ni una jovencita que no intentara atraer su atención. Al fin y al cabo, nada limitaba a Wulf Puño de Hierro a tener una sola esposa. Sin embargo, las doncellas estaban condenadas a la decepción, pues el sajón no tenía tiempo para nadie ni nada más que su esposa y su deber.
    Cailin se sentía satisfecha con la vida que llevaba. Tenía un esposo atractivo que era bueno y le hacía el amor apasionada y regularmente. Parecía suficiente, en particular cuando descubrió que estaba encinta. Se dio cuenta de que sus padres habían tenido una relación diferente de la que ella mantenía con Wulf, pero no comprendía cuál había sido esa relación.
    El vientre hinchado de Cailin complacía a su esposo. Era la prueba de su virilidad ante los dobunios. Pero Berikos no estaba satisfecho. Ahora jamás se vería libre del sajón. Si antes Ceara y Maeve estaban decididas a que él y Cailin se quedaran, ahora serían implacables. Berikos suspiró para sí. Bueno, de todos modos, ¿qué importaba un maldito sajón? Siempre existía la posibilidad de que Wulf muriera en una batalla.
    Cailin disfrutaba de las largas y oscuras noches de invierno que pasaba acunada por Wulf. Una vez le hubo dado la noticia, él iba con más cuidado pero no dejaba de ser un amante vigoroso. Le gustaba acariciar aquel vientre voluminoso y sus grandes y endurecidas manos rodeaban los senos de Cailin, que habían aumentado de tamaño debido a su estado. Sus pezones, siempre sensibles, aún lo eran más con cada día que transcurría.
    – Te has vuelto muy lasciva -le dijo una noche mientras la penetraba por atrás para que su peso no dañara al niño. Le acarició el pecho, jugueteando con los duros pezones. Después deslizó las manos hacia abajo y la rodeó por las caderas atrayéndola hacia él con firmeza. Mordisqueó el cuello de Cailin y luego la besó.
    Cailin se retorcía contra él.
    – ¿A las esposas no les está permitido ser lascivas, esposo mío? Ooooh… -gimió suavemente cuando él la penetró más profundamente, y empezó a mover despacio las caderas contra él.
    Wulf gruñó de placer. Nunca había conocido a ninguna mujer que le provocara la excitación que le producía Cailin. Ella le empalmaba más deprisa y le hacía eyacular antes. No estaba seguro de que le gustara, pero sin duda no le desagradaba. Empezó a penetrarla rítmicamente y los grititos de placer de ella no hicieron sino aumentar los suyos.
    Cailin pensó que él ya debía de estar cansado, pero cada vez que la tomaba se excitaba tanto que llegaba un momento en que ella casi no podía soportarlo, tan dolorosamente dulce era. El pareció hincharse y crecer dentro de ella hasta que finalmente los dos alcanzaron el éxtasis. La sensación de satisfacción posterior también fue deliciosa. Incluso ahora, cuando el niño se movía dentro de ella, disfrutaba con las atenciones de Wulf.
    – ¡Aaaahhhh! -suspiró por fin.
    – Pronto tendremos que dejar esto -dijo él de mala gana.
    – ¿Por qué?
    – Temo dañar al niño.
    – ¿Tomarás otra mujer? -preguntó ella.
    Wulf percibió los celos en su voz, lo que le complació. Permaneció en silencio un largo momento.
    – ¿Te importaría si lo hiciera? -preguntó, fingiendo indiferencia.
    Ahora le tocó a Cailin quedarse un rato callada. ¿Le importaría? Y si era así, ¿por qué?
    – Sí -respondió por fin. -Me importaría que te llevaras otra mujer a la cama. Pero no me preguntes por qué; no lo entiendo. Simplemente me importaría.
    – Entonces no lo haré. Si no puedo contener mis deseos viriles, entonces no soy mejor que un chiquillo. Además, he visto las dificultades que encuentra tu abuelo al tener más de una esposa. Creo que debería evitar estas dificultades, aunque no te prometo que siempre piense igual, ovejita.
    Cailin sonrió. No habría otras esposas si ella podía evitarlo. Una esposa era más que suficiente para cualquier hombre, incluso para uno tan maravilloso como Wulf Puño de Hierro. Ella siempre sería más que suficiente para él. Entonces se le ocurrió una cosa. ¿Por qué le importaba? ¿Era posible que la amara? ¿La consideración que demostraba Wulf con ella era señal de amor? Cailin cayó en un sueño satisfecho, sintiendo el aliento de su esposo contra su oreja. Era una sensación reconfortante.
    Varios días más tarde, una luminosa mañana de abril, Wulf puso en marcha su plan para recuperar las propiedades de su esposa. Reunió a los jóvenes guerreros a quienes había entrenado durante los meses invernales y les preguntó:
    – ¿Os gustaría demostrarme vuestra habilidad ayudándome a tomar una villa propiedad de un romano llamado Quinto Druso?
    Los jóvenes parecieron a todas luces incómodos. Corio, el primo de Cailin, dijo:
    – La mayoría quiere regresar a sus aldeas, Wulf. Ya es época de sembrar y sus familias les necesitan. Nunca esperaste realmente que formarían un ejército para Berikos y llevarían a cabo sus descabellados planes, ¿verdad?
    Wulf rió.
    – No, Corio, no. Sin embargo, Quinto Druso hizo asesinar a la familia de Cailin y es el responsable de la muerte de Brenna. Cuando nos casamos prometí a Cailin que recuperaría sus tierras para ella y nuestros hijos.
    Los ojos azules de Corio se abrieron como platos; luego sonrió.
    – ¿Por eso no has presionado al abuelo respecto a las tierras que te prometió? ¿Todo este tiempo sabías que dispondrías de las propiedades de Cailin?
    – Sólo dispondré de ellas si tú y los demás me ayudáis a recuperarlas y a poner a Quinto Druso en manos de la justicia -dijo Wulf. -No puedo hacerlo sin vuestra ayuda.
    Corio se volvió hacia los otros jóvenes.
    – Sólo será unos días -les dijo. -Vengaremos un agravio y Cailin podrá volver a casa y criar allí a sus hijos, para honrar a su familia fallecida y para vivir en paz como vivimos nosotros. -Miró a sus compañeros, y al ver que todas las cabezas asentían, se volvió hacia Wulf y declaró: -¡Lo haremos!
    – Gracias. Que descanséis bien, muchachos -les deseó el sajón. -Partiremos por la mañana. -Los despidió, pero Corio le cogió por el brazo mientras los otros se alejaban en diferentes direcciones. -¿Qué ocurre, Corio?
    – Debo decirte algo, Wulf. Se trata de mi abuelo, pero debes mantener en secreto lo que voy a revelarte.
    – De acuerdo.
    Corio no se anduvo por las ramas.
    – Los hombres han tenido una reunión clandestina. Como sabes, Berikos vive en el pasado; un pasado del que él ni siquiera formó parte, lo cual resulta aún más extraño. A medida que envejece, su deseo de expulsar a todos los romanos de Britania aumenta. Brigit le estimula. Nosotros no deseamos secundarlo en su locura, pero mientras sea nuestro jefe debemos obedecerle. Sin embargo, tenemos la opción de sustituirle por otro. Mi padre, Epilo, ha sido elegido para acaudillar la colina dobunia. Berikos puede retirarse con honor y pasar el resto de sus días divirtiéndose como quiera.
    – ¿Cuándo ocurrirá esto? -preguntó Wulf.
    – Poco antes de Beltane. Recuperaremos las tierras de Cailin y luego regresaremos para ayudar a los demás a deponer a mi abuelo.
    – Creo que es una sabia decisión. Algunos hombres en el poder envejecen y su sabiduría aumenta con la edad. Su juicio sigue siendo bueno. Otros, sin embargo, pierden el sentido de la proporción. Berikos es uno de ellos, me temo. Tu pueblo jamás tendrá verdadera paz mientras él os gobierne. Entiendo tu deseo de paz. He visto suficientes guerras. No volveré a pelear salvo en defensa de mis tierras y mi familia. No existe ninguna otra razón para ello.
    – He vivido toda mi vida entre estas colinas -declaró Corio. -Lo más lejos donde he estado es la ciudad de Corinio. Es un lugar maravilloso, con calles pavimentadas, tiendas y obras de alfarería, teatros y anfiteatro. Aun así, no podría vivir allí. Hay demasiado ruido, bullicio y suciedad; y según me han dicho hay lugares más grandes que Corinio, incluso aquí, en esta tierra. Dicen que en el sudeste hay una ciudad enorme llamada Londres. Dos caminos de Corinio conducen a ella si se va lo bastante lejos, pero yo nunca he sentido deseos de seguir ninguno de los dos.
    »He oído contar tus historias de las batallas en que participaste en Galia y en la tierra del Rin. No me llenan de excitación como a otros jóvenes. Me asustaron, y los celtas se supone que no tienen miedo a nada. Como tú, no veo razón para luchar salvo para conservar las tierras y proteger a la familia. La mayoría pensamos así, y por eso Berikos debe marcharse. No le gustará, pero no tendrá más remedio que aceptar la voluntad de los dobunios.
    – Brigit seguro que no estará contenta -observó Wulf. -Será mejor que tengáis cuidado con ella. Es una mujer perversa y no vacilará en hacer daño a quien crea que la ha traicionado a ella o a Berikos.
    – No me hables de Brigit -dijo Corio. -Cuando vino a nuestra fortaleza de la colina como esposa de mi abuelo, intentó seducirme. Nunca me ha perdonado que la rechazara. Y no soy el único hombre al que se ha acercado. Otra cosa sería si Berikos la hubiera ofrecido, pero no lo ha hecho. Está muy orgulloso de ella y celoso de cualquier hombre que mire en su dirección. Tienes razón al decir que no estará contenta. Ser la esposa de un jefe le proporciona cierto rango, pero ser simplemente la esposa de un anciano no. -Sonrió. -Creo que disfrutaré viendo su disgusto, y no seré el único que se alegre de su caída. Goza de las simpatías de poca gente.
    – Creyó jugar una mala pasada a Cailin cuando sugirió a Berikos que me la ofreciera para compartir la cama la noche de mi llegada -dijo Wulf. -Sabía que ésa era la costumbre dobunia pero no la de Cailin y esperaba avergonzarla y degradarla a través de mí.
    – Lo sé -admitió Corio con voz suave. -De no haber resultado bien, habría estrangulado a Brigit con mis propias manos.
    Wulf miró al joven. Por un instante vio algo en su rostro que nunca había visto, pero rápidamente desapareció.
    – Te gusta Cailin -dijo.
    – Le ofrecí convertirla en mi esposa poco después de que llegara, pero no me amaba, al menos como hombre. Dijo que me quería como una hermana. -Sonrió con ironía. -¿Qué hombre enamorado de una chica quiere oírle decir que le recuerda a su familia? Tú no le recuerdas a sus hermanos, seguro. ¿La amas? Sé que eres bueno con ella, pero algún día eso no será suficiente para Cailin. Es más celta que romana. Necesita que la amen, no simplemente que le hagan el amor.
    El corpulento sajón se quedó pensativo. No había considerado la posibilidad de amar a Cailin. El tipo de amor del que hablaba Corio era un lujo entre hombres y mujeres. Un hombre quería una esposa que fuera buena productora de hijos, buena ayuda y quizá, si era afortunado, una buena amiga. Amor. Dio vueltas a la palabra en su imaginación como si pudiera examinarla. ¿La amaba? Sabía que quería estar con ella siempre que no tenía ninguna obligación que cumplir. No sólo hacerle el amor, sino estar con ella; verla sonreírle, oler su fragancia, hablar con ella y abrazarla en las noches de frío. Pensó en los sentimientos confusos que había tenido últimamente cuando otros hombres miraban con admiración a su esposa embarazada. Estaba orgulloso, pero también celoso. Pensó en cómo sería su vida sin ella y comprobó que ni siquiera podía imaginarlo. Eso le sorprendió, y se oyó a sí mismo decir:
    – Sí, la amo. -Y lo extraño fue que cuando esas palabras resonaron supo en lo más profundo de su corazón que era cierto.
    – Bien -dijo Corio con una sonrisa. -Me alegro de que la ames, porque Cailin te ama a ti.
    Esta afirmación sorprendió a Wulf.
    – ¿Ah, sí? Nunca me lo ha dicho, ni siquiera en los momentos de más pasión. ¿Cómo es que sabes que me ama? ¿Te lo ha dicho?
    Él negó con la cabeza.
    – No, Wulf, pero lo veo en su rostro cada vez que pasas por su lado, en sus ojos que te siguen, en la forma en que sonríe con orgullo cuando alguien te alaba en su presencia. Todas estas son señales de sus sentimientos por ti, pero debido a que estaba tan protegida por su familia no es consciente todavía de lo que esos sentimientos significan. Algún día lo hará, pero entretanto no debes ocultarle lo que sientes por ella.
    – Le dije que no tomaría ninguna otra mujer, aunque no pudiéramos hacer el amor por el niño que ha de nacer. Me pareció que eso le satisfacía -confesó Wulf a Corio.
    El joven se echó a reír.
    – ¿Lo ves? -dijo con aire triunfante. -Está celosa y eso, amigo mío, es señal segura de que una mujer está enamorada.
    Sin dejar de hablar, los dos hombres entraron en la casa. Cailin estaba sentada junto a su telar, tejiendo. Levantó la mirada y esbozó una sonrisa de bienvenida.
    – ¡Wulf! ¡Corio! -Se levantó. -¿Tenéis hambre o sed? ¿Os preparo algo?
    – Mañana partiremos para tu villa -anunció Wulf.
    – Iré con vosotros -dijo Cailin.
    – No puedes -replicó él. -Es trabajo de hombres.
    – Ni las tierras de mi padre ni las de mi primo están defendidas. Nunca hubo necesidad de ello. No encontraréis resistencia, os lo aseguro. Quinto Druso protestará, pero ni siquiera su suegro, el magistrado jefe de Corinio, me negará lo que es mío por derecho.
    – No estarás a salvo -insistió Wulf- a menos que mate a ese Quinto Druso. Recuerda que él no tuvo piedad con tu familia.
    – Jamás olvidaré su traición mientras viva. Claro que tienes que matarle, pero no de modo que el magistrado pueda acusarte de asesinato. Mi hijo debe tener a su padre.
    – Y la madre de mi hijo debe permanecer aquí, donde estará a salvo -repuso Wulf con lo que consideraba pura lógica.
    – Si no voy contigo, ¿cómo sabrán que estoy viva? Quiero que Quinto me vea y sepa que he ido allí no sólo para reclamar lo que me corresponde sino para exponer su maldad al mundo.
    – No puedes montar a caballo, Cailin -terció Corio.
    – No me pasará nada si cabalgo junto con mi esposo -replicó Cailin. -Mi vientre todavía no es tan grande. El niño no nacerá hasta después de la recolección. Tengo que ir. ¡Tengo derecho a ver que se hace justicia!
    – Muy bien -accedió su esposo, -pero partiremos antes del amanecer, Cailin. Si encontramos alguna resistencia, te apearás y te esconderás. ¿Me prometes que lo harás, ovejita?
    – Sí -respondió ella, y sonrió casi con crueldad: -Será terrible para ellos ver a un grupo de hombres armados aparecer por el bosque y los campos. Hace más de cien años que esto no ocurre, y sin duda no está en la memoria de nadie. Sembraréis el terror en todo el que os vea. -Miró a los dos hombres. -¿Berikos conoce vuestros planes?
    Ellos negaron.
    – Sólo le diremos que llevamos a los hombres a una marcha de práctica -dijo Wulf. -No tiene que saber mucho más.
    – No -coincidió Cailin. -Cada día está más extraño, y pasa todo el tiempo con Brigit. Sólo le veo durante las comidas por la mañana y por la noche. Francamente, lo prefiero.
    Los dos hombres no dijeron nada. El derrocamiento de Berikos no era asunto de Cailin. Ya se enteraría cuando sucediera.
    Cuando se levantaron en la oscuridad de la noche para vestirse y partir, el aire estaba frío y húmedo. Wulf entregó a su esposa un par de braceos.
    – Corio me los ha dado para ti -dijo. -Están forrados de piel de conejo y son lo bastante grandes para tu vientre.
    A Cailin le encantó la prenda. Se confeccionó un cinturón con una tira de cinta para sujetar los braceos y luego deslizó su camisa y túnica por encima. Sus botas también estaban forradas de piel de conejo y absorbieron el frío de los pies en cuanto se las puso. Se pasó el peine de madera por el pelo y cogió su capa; en silencio siguió a su esposo fuera, donde Corio y los otros ya esperaban montados en sus animales.
    Wulf montó su caballo y luego se inclinó para ayudar a Cailin a subir. La luna menguante les proporcionaba escasa luz y el bosque estaba particularmente oscuro, pero con cada paso que daban, el cielo sobre ellos fue pasando del negro absoluto al negro grisáceo y por fin a un gris claro cuando cruzaron la gran pradera que Cailin recordaba de su viaje a la fortaleza dobunia casi un año atrás. Los pájaros gorjeaban alegremente cuando cruzaron el segundo bosque y las colinas que conducían al hogar que Cailin había conocido en otro tiempo.
    En la cima de la última colina se detuvieron y al mirar hacia abajo Cailin vio las ruinas de la casa de su familia. Parecía que nadie las había tocado; los escombros no habían sido retirados aunque los campos próximos estaban cultivados y los árboles de los huertos parecían cuidados.
    – Llévame a la villa -pidió en voz baja. -Todavía es temprano y no hay nadie que pueda dar la alarma.
    Wulf guió a sus guerreros colina abajo. Se pararon ante el edificio en ruinas y Cailin se apeó del caballo. Durante un largo momento permaneció con la vista fija y luego entró. Se abrió paso con cuidado a través del atrio, pisando las maderas caídas que yacían esparcidas por lo que en otra época había sido un magnífico suelo de piedra con mosaicos. Wulf, Corio y algunos hombres más la siguieron.
    Cailin entró al dormitorio de sus padres. Era imposible reconocer nada, salvo los huesos blanqueados y los cuatro cráneos que se encontraban en diferentes ángulos en el suelo.
    – Es mi familia -dijo Cailin y las lágrimas acudieron a sus ojos. -Ni siquiera tuvo la decencia de enterrarlos con honor. -Mientras las lágrimas le resbalaban por el rostro, prosiguió: -La de allí, sobre la cama, es mi madre Kyna, carbonizada salvo algunos huesos largos y su cráneo, que está en lo que era un refugio amoroso para ella. Y allí, en fila, mi padre y mis hermanos. El cráneo de mi padre debe de ser el más grande. -Se arrodilló y tocó uno de los cráneos pequeños. -Éste es Tito. Lo sé porque tiene un diente astillado. Le di un golpe con una pelota cuando era pequeña. Lo hice sin querer, pero a partir de entonces siempre pude diferenciar a mis hermanos. Y éste es Flavio. Eran tan apuestos y estaban tan llenos de vida la última vez que les vi…
    De pronto se sintió muy vieja, pero hizo un esfuerzo y se puso en pie.
    – Ahora debemos irnos. Cuando hayamos recuperado mis tierras, regresaremos para enterrar a mi familia con la dignidad que merecen.
    Se volvió y salió de las ruinas.
    Corio meneó la cabeza.
    – Es celta -dijo con admiración.
    – Criáis mujeres fuertes -observó Wulf. Los hombres se reunieron con Cailin. -¿Dónde vive Quinto Druso? -preguntó el sajón a su esposa.
    – Os guiaré -respondió ella con voz firme y fría.
    Los esclavos que trabajaban en los campos de Quinto Druso vieron acercarse al grupo armado. Se quedaron paralizados donde estaban. Los dobunios no les prestaron atención. Wulf les había asegurado que no proporcionaba ningún placer matar a esclavos desarmados. Cuando llegaron a la magnífica y espaciosa villa del primo de Cailin, detuvieron los caballos. Los esclavos que rastrillaban el sendero de grava desaparecieron como alma que lleva el diablo. Como habían acordado, cincuenta hombres se quedaron montados a la entrada de la villa. Cailin, Wulf, Corio y el otro centenar de hombres entraron en la casa sin anunciarse.
    – ¿Qué es esto? ¡No podéis entrar aquí! -gritó el sirviente, corriendo como si pudiera detenerlos.
    – Ya hemos entrado -dijo Wulf con voz grave. -Ve a buscar a tu amo. ¿O prefieres probar mi espada, repugnante insecto?
    – Ésta es la casa de la hija del magistrado -gimió el sirviente, tratando desesperadamente de cumplir con su deber.
    – Si el magistrado se encuentra aquí, ve a buscarlo también -ordenó Wulf, y le pinchó su gordo vientre con la punta de la espada. -Me estoy impacientando -gruñó.
    Exhalando un gritito de horror al ver que la espada rasgaba su túnica, el hombre se dio la vuelta y salió corriendo; la risa de los dobunios le hizo enrojecer las orejas.
    – Desde Antioquia hasta Britania todos son iguales, estos siervos superiores -observó Wulf. -Pomposos y engreídos.
    Mientras esperaban en silencio, los dobunios echaron un vistazo al atrio, pues la mayoría de ellos nunca había estado en una casa tan elegante. De pronto entró Quinto Druso en la estancia. Detrás de su esposo, Cailin atisbó a su primo. Había engordado desde la última vez qué le había visto y casi se podía decir que estaba gordo. Sin embargo aún era apuesto, pero ahora su mirada era dura y la boca tenía un mohín hosco.
    – ¿Cómo os atrevéis a entrar en mi casa sin anunciar y sin haber sido invitados, salvajes? -les espetó Quinto Druso, pero mientras lo hacía sabía que no habría podido detener a aquellos hombres. -¿Qué queréis? ¡Exponed el asunto que os trae aquí, si es que hay alguno, y luego salid!
    Wulf lo evaluó y vio que era blando. No era un guerrero; sólo una criatura carroñera que dejaba que otros mataran por él y luego se acercaba para llevarse la mejor parte del botín. El sajón se hizo ligeramente a un lado para que Cailin diera un paso al frente.
    – ¡Salve, Quinto Druso! -saludó ella, disfrutando al ver el asombro de su primo y luego la furia reflejada en su rostro.
    – ¡Estás muerta! -dijo.
    – No. Estoy viva, y muy viva, primo. He regresado para reclamar lo que es mío por derecho y para ocuparme de que se haga justicia. No tendré contigo más piedad de la que tú tuviste con mi familia.
    – ¿Qué es esto? ¿Qué ocurre? -preguntó Antonio Porcio entrando en el atrio seguido de su hija.
    Antonia fue la que vio primero a Cailin y ahogó un grito de sorpresa.
    – ¡Cailin Druso! ¡Cómo es posible! ¡Moriste en el incendio hace casi un año…! ¿Dónde has estado? ¿Y por qué llevas esa ropa tan horrible?
    Cailin hizo un gesto de asentimiento a Antonia pero sus palabras iban dirigidas a Antonio Porcio.
    – Magistrado jefe de Corinio, os reclamo justicia.
    – La tendrás, Cailin Druso -respondió el magistrado con solemnidad, -pero dime, chiquilla, ¿cómo sobreviviste a aquel terrible incendio, y por qué no has aparecido hasta ahora?
    – Por razones que jamás comprenderé -contestó Cailin, -los dioses no me dejaron morir en la tragedia que destruyó mi hogar. Durante las celebraciones de Beltane estuve levantada hasta muy entrada la noche. Cuando volví a la villa la encontré en llamas y a mi abuela Brenna fuera, desplomada en el suelo. Ella insistió en que huyéramos, diciendo que nuestras vidas corrían grave peligro. Anduvimos toda la noche hasta que al amanecer llegamos a la fortaleza de mi abuelo Berikos, jefe de los dobunios. Allí nos contó lo que había ocurrido.
    – ¿Qué había ocurrido? -preguntó Quinto Druso irritado.
    – ¡Tú, maldito romano! -exclamó Cailin. -Eres el deshonor del apellido Druso. Tú asesinaste a mi familia, ¿y te atreves a hacerte el inocente? ¡Ruego que los dioses te fulminen delante de mí, Quinto Druso!
    Cailin miró de nuevo al magistrado.
    – Mi primo se encargó de que dos esclavos galos consiguieran su libertad a cambio de cometer esa atroz acción. Entraron en la villa, mataron a mis padres y hermanos y derribaron a Brenna de un golpe dándola por muerta, pero ella no murió. Permaneció tumbada hasta que pudo escapar. Oyó a esos dos galos alardear de lo bien que habían cumplido la misión de su amo, primero asesinando a sus dos pequeños hijos y haciéndolo aparecer como un descuido de las niñeras, y luego el asesinato de mi familia. Incluso sabían dónde guardaba el oro mi padre y se lo llevaron antes de huir.
    »A mí también tenían que matarme, pero se hizo tarde. Los galos temieron que les descubrieran si no huían rápido, por eso prendieron fuego a la casa y se marcharon. Mi abuela escapó, arrastrándose entre las llamas y el humo. Huimos a la aldea de mi abuelo, temiendo que si mi primo se enteraba de que habíamos sobrevivido nos buscaría para acabar su propósito. Brenna no se recuperó; murió en Samain. Ahora he regresado, Antonio Porcio, y reclamo lo que me corresponde por derecho como única superviviente de la familia Druso Corinio. Ahora soy una mujer casada y mi hijo nacerá después de la cosecha. Quiero recuperar mis tierras y quiero que este asesino reciba su castigo -concluyó Cailin.
    Había mucho que digerir. A Antonio Porcio nunca le había gustado Quinto Druso, pero se había tragado sus sentimientos ya que tampoco le había gustado Sexto Escipión. Había supuesto que como padre sobre protector era natural que le desagradaran todos los maridos de su hija. Se dio cuenta de que quizá no se había equivocado y su hija era incapaz de elegir a un buen hombre. Ahora Cailin acusaba a su primo no sólo del asesinato de su familia sino también del de sus dos hijastros. Era terrible, pero en el fondo creía que era cierto. Quinto era un hombre frío y duro de corazón. Aun así, Antonio Porcio era magistrado jefe. Todo lo que hacía tenía que ser conforme a la ley.
    Respiró hondo.
    – Por supuesto puedo devolverte las tierras, Cailin Druso. Verdaderamente son tuyas por derecho de herencia y tienes un esposo que las trabajará y protegerá. En cuanto a tus acusaciones contra Quinto Druso, ¿qué prueba puedes dar aparte de la historia que contó tu abuela?
    Cailin le miró con expresión sombría y dijo:
    – En una ocasión mi madre me dijo que antes de casarse con mi padre, cuando aún vivía con mis abuelos en Corinio, vos os enamorasteis de ella. Sin embargo, ella amaba a mi padre, pero cuando os rechazó lo hizo con bondad pues os respetaba. Si existe alguna piedad en vuestro corazón, Antonio Porcio, ayudadme a vengar su muerte. ¿Sabéis lo que los galos de mi primo le hicieron? La violaron y le pegaron hasta matarla. La última visión que mi abuela tuvo de su hija fue con el rostro y el cuerpo ensangrentados y destrozados. Había sido una mujer muy hermosa. Este asesino con el que vuestra hija está casada ni siquiera tuvo la bondad de enterrar sus huesos ni los del resto de mi familia. Yacen en el mismo lugar donde fueron asesinados, mientras Quinto Druso ara nuestros campos con nuestros esclavos. ¿Ésta es la justicia romana de nuestros antepasados?
    El magistrado parecía conmovido. La muchacha contaba la verdad; en el fondo de su alma su parte celta lo sabía, pero no podía ayudarla.
    – La ley, Cailin Druso, requiere pruebas. No tienes ninguna salvo las palabras de una anciana moribunda. No es suficiente. Te ayudaría si pudiera, pero no hay pruebas.
    Cailin prorrumpió en llanto.
    – ¿He sobrevivido a todas las calamidades y acudido a vos por justicia y me la negáis? ¿Debo vivir el resto de mi vida sabiendo que Quinto Druso sigue viviendo confortablemente cuando mi familia ha muerto? -Se secó las lágrimas con el dorso de la mano y su momento de debilidad pasó. Miró a su primo. -Sabes que lo hiciste, Quinto Druso. No creas que escaparás al castigo. Eres listo y jamás volverás a cerrar los ojos para dormir. ¡Pero yo me encargaré de que seas castigado aunque sea la última cosa que haga en mi vida, vil asesino!
    – Te has vuelto loca, o quizá la pena que naturalmente sientes te ha trastocado, Cailin, querida -dijo Quinto con tono aburrido y de superioridad. Le fastidiaba perder las tierras de su prima después de haber trabajado tan duramente, pero él corregiría ese hecho. Sólo necesitaba tiempo, y como su suegro mantenía que a falta de pruebas resultaba imposible juzgarle, dispondría de ese tiempo.
    – Bueno -intervino Antonia, -ahora que está todo arreglado, ¿puedo ofreceros una copa de vino? -Sonrió ampliamente, como si no hubiera oído nada de lo que se había dicho.
    – No se arreglará nada hasta que tu marido pague por sus crímenes -repuso Cailin con frialdad. -Por todos los dioses, Antonia, ¿no te das cuenta de lo que hizo Quinto? ¡No sólo a mí, sino también a ti!
    – Quinto es un buen esposo, Cailin -replicó Antonia.
    – ¡Quinto es un bastardo inhumano! -espetó Cailin. -Antes de asesinar a mi familia hizo que esos galos asesinaran a los hijos que tuviste con Sexto Escipión. ¡Eran niños inocentes!
    – Mis hijos se ahogaron en el estanque del atrio porque sus ineptas niñeras fueron negligentes -repuso Antonia, pero la voz le temblaba pues en secreto siempre había albergado dudas respecto al incidente.
    – Los galos de tu marido estrangularon a tus hijos en la cama y luego pusieron sus cuerpos sin vida en el estanque del atrio -explicó cruelmente Cailin.
    – ¡No es cierto! -exclamó Antonia estallando en sollozos.
    – ¡Sí lo es! -insistió Cailin con aspereza. -¿Te duele saber lo que hizo Quinto? Quizá entonces comprenderás parte de lo que siento, Antonia.
    – ¡Quinto! Dime que no es cierto -sollozó Antonia. -¡Dímelo!
    – Sí, primo -se burló Cailin. -Dile la verdad, si es que te atreves. ¿Alguna vez has dicho la verdad en tu vida? Cuéntale a tu esposa, la madre de tu único hijo, que no ordenaste que mataran a los hijos de su primer matrimonio; y dile que no hiciste que esos mismos galos asesinaran a mi familia para que pudieras heredar las tierras de mi padre. ¡Díselo, Quinto! Cuéntale la verdad… Pero no, claro. ¡Eres un cobarde!
    Quinto Druso tenía el rostro contraído reprimiendo una furia aterradora.
    – ¡Y tú eres una zorra, Cailin Druso! -siseó. -¿Quién entre los dioses me odia tanto que te protegió de la muerte aquella noche, cuando yo lo había organizado todo tan bien?
    Cailin se arrojó sobre su primo y le clavó las uñas en el rostro.
    – ¡Te mataré yo misma! -gritó con los dientes apretados.
    Quinto Druso levantó la mano para darle una bofetada, pero de pronto alguien le cogió los brazos y lo inmovilizó. El pánico se apoderó de él cuando vio a un enorme guerrero sajón apartar a Cailin. Quinto Druso supo por su expresión que iba a morir.
    – ¡Nooo! -aulló, luchando desesperadamente por liberarse de la garra de hierro que le sujetaba.
    Wulf desenvainó la espada. Era una hoja de doble filo, de unos ochenta centímetros de largo y hecha de acero finamente forjado, con la punta casi roma. Asiendo con fuerza el arma, el sajón la dirigió al corazón de Quinto Druso, retorciendo un poco la hoja para romper las arterias. Sus ojos azules no se desviaron de los de su aterrada víctima. Su mirada era implacable. El terror que vio era un pequeño pago por toda la desdicha y dolor que Quinto Druso había causado a los que le rodeaban, en especial a Cailin. Cuando la vida había desaparecido de los ojos del romano, Wulf retiró la espada y la limpió en la toga del propio Quinto. Corio dejó entonces que el cuerpo cayera al suelo.
    El sajón miró desafiante al magistrado, pero Antonio Porcio dijo con suavidad:
    – Él mismo se ha condenado con sus palabras. -Rodeó a su hija con un brazo para consolarla. -Esperad aquí -dijo a los hombres, y salió del atrio con Antonia.
    – Un hombre realista -observó Corio con sequedad.
    – Siempre ha sido un hombre práctico -dijo Cailin. -Mi padre decía que, por su gordura, Antonio Porcio tenía que ser más ligero que el vilano, pues podía volar en cualquier dirección con el viento, como una pluma de pato. -Bajó la mirada al cuerpo inerte de su primo. -Me alegro de que haya muerto. Sólo lamento que no haya sufrido como mi madre.
    – Tu madre está con los dioses -la consoló Corio. -Este romano no, estoy seguro. -Miró a Wulf. -Creo que ahora los hombres pueden esperar fuera. Aquí no hay peligro.
    – Hazlos salir -indicó Wulf, y luego dijo a su esposa. -Ven a sentarte, ovejita. Ha sido una mañana muy larga para una mujer en tu estado. ¿Estás cansada? ¿Quieres beber algo?
    – Estoy bien -dijo ella. -¿Parezco una criatura delicada a la que hay que mimar?
    Pero no obstante se sentó en un pequeño banco de mármol junto al estanque del atrio, que estaba vacío de agua.
    Antonio Porcio regresó.
    – He dejado a mi hija al cuidado de las mujeres -dijo. -Lamentablemente, vuelve a estar embarazada. -Se sentó al lado de Cailin. -Querida mía, ¿qué puedo decir para aliviar tu sufrimiento? -Meneó la cabeza. -Él nunca te gustó, lo sé. A mí tampoco, pero me consideraba un anciano celoso del marido de mi única hija. Bueno, ahora está muerto y no volverá a causarte ningún daño, y a Antonia tampoco. Lo pasado, pasado está. Cuando vuelva a Corinio me ocuparé de que se dé a conocer la noticia de que estás viva y de que recuperes legalmente tus tierras. Y también los esclavos de tu familia y todas las demás pertenencias, por supuesto. ¿Dónde vas a vivir? La villa está en ruinas.
    – Los guerreros dobunios que han venido con nosotros nos ayudarán a construir un refugio. Enterraremos a mi familia con honor y luego retiraremos los escombros y empezaremos. No se puede salvar nada. Tendremos que empezar desde cero, igual que mi antepasado, el primer Druso Corinio -dijo Cailin.
    – ¿Este fornido sajón es tu marido? -preguntó Antonio Porcio.
    – Sí. Nos casamos hace cinco meses -respondió ella, y al ver su rostro preocupado explicó: -Lo elegí yo, Antonio Porcio. Los celtas no obligan a sus hijas a casarse.
    – Lo sé. A pesar de mi nombre romano, soy tan celta como tú.
    – Yo soy britana -dijo ella. -Soy britana y Britania es mi tierra. No tomaré partido contra ninguna de mis dos partes. Me siento orgullosa de mis antepasados y de su historia. Honro las viejas costumbres cuando puedo, pero soy britana, ni romana ni celta. Mi esposo, Wulf Puño de Hierro, es sajón, pero nuestros hijos serán como yo, britanos. Yo les enseñaré mi historia y Wulf les enseñará la suya, pero serán britanos. Ahora todos hemos de ser britanos si queremos sobrevivir al oscuro destino que nos aguarda. Todo lo que conocimos ha cambiado, o está cambiando. Vivimos en un mundo difícil.
    – Sí, hija mía, así es -coincidió él. Se levantó y ayudó a Cailin a hacerlo también. -Ahora vete, Cailin Druso. Vete con tu fuerte y joven esposo y emprende un nuevo camino, un nuevo comienzo. Con el tiempo, el horror del día de hoy desaparecerá. Mis nietos jugarán con tus hijos y habrá paz entre nosotros, como siempre la hubo entre nuestras familias. -La besó con ternura en la frente y luego puso las manos de ella en las de Wulf. -Que los dioses os protejan -declaró.
    Juntos salieron del atrio de la villa, seguidos de Corio.
    – Un nuevo comienzo -dijo Wulf. -Me gusta cómo suena.
    – Sí -coincidió Cailin, y sonrió a ambos hombres. -Un nuevo comienzo para todos. Para Britania y para los britanos.

CAPÍTULO 06

    Cumpliendo su palabra, Antonio Porcio regresó a Corinio y borró el nombre de Cailin de la lista de muertos y le devolvió legalmente sus propiedades. Luego cerró su casa y regresó al hogar de su hija. El instinto le decía que necesitaría la presencia de un hombre en su casa. Aparte de él Antonia no tenía más familia. Sabía que su hija sentiría una profunda pena, pues había amado verdaderamente a Quinto Druso y se había negado a reconocer sus defectos.
    Para su sorpresa, Antonio Porcio no encontró a su hija postrada de dolor, sino amargada y enfadada. Peor, se había vuelto demasiado protectora de su hijo pequeño, Quinto. Antonia había querido a todos sus hijos, pero nunca se había ocupado mucho de ellos, prefiriendo dejarlos al cuidado de la servidumbre, práctica que su padre censuraba pero no podía impedir. Ahora, de pronto, Antonia apenas podía soportar no tener a su hijo ante su vista.
    – No debes permitirle que haga todo lo que quiera, hija -la reprendió Antonio Porcio la tarde de su regreso.
    El pequeño Quinto acababa de coger una rabieta y, tras haberlo calmado, Antonia le recompensó con un juguete nuevo.
    – Está solo en el mundo, padre, sólo nos tiene a nosotros dos -respondió ella con tristeza. -Gracias a Cailin Druso, mi pequeño Quinto y el hijo que llevo en mi vientre no tendrán padre. Ahora yo tengo que ser padre y madre de mis hijos. ¡Y todo por culpa de Cailin Druso!
    – Antonia, querida hija -razonó su padre, -debes afrontar la verdad. No puedes vivir con el corazón lleno de amargo veneno. Cailin Druso no es responsable de la muerte de tu esposo. ¿No comprendiste nada de lo que se dijo el día en que murió? Quinto Druso hizo asesinar a la familia de Cailin y luego incendiar su villa para encubrir su crimen, con el fin de adueñarse de sus tierras. Lo admitió. ¿No lo entiendes?
    – ¡No lo creo! -exclamó Antonia con terquedad.
    – ¿Por qué Cailin iba a inventarse esa historia, Antonia? -insistió su padre. -¿Con qué finalidad lo habría hecho? Si no hubiera sido cierto, ¿por qué ella y Brenna habrían huido y acudido a Berikos? Si el incendio hubiera sido un accidente, ¿por qué no decir sencillamente que se habían salvado?
    – Quizá porque ella fue la que mató a su familia, padre. ¿Has pensado en esa posibilidad? ¡No, claro que no! -gritó Antonia.
    – ¡Antonia! -El anciano se horrorizó al oír aquellas palabras, pues eran completamente disparatadas. -¿Qué razón habría tenido Cailin para cometer semejante crimen?
    La apesadumbrada viuda le miró en silencio en actitud inexpresiva.
    – Antonia -prosiguió su padre, -¿cómo puedes llorar a un hombre que encargó el asesinato de tus dos hijos?
    – ¡No es cierto! -chilló Antonia. -¡No puede serlo!
    – A mí me horroriza tanto como a ti, pero hay en ello cierta lógica. Antonia, ¿Quinto Druso era un hombre tan bueno y perfecto que no hubo ningún momento en que le tuvieras miedo?
    – Hubo una ocasión -confesó Antonia con voz baja. -Justo después de que Lucio y Paulo fueran hallados muertos, cuando nuestro hijo no tenía más que un día de vida. Yo estaba muy apesadumbrada, pero Quinto se puso duro conmigo pues temía que mi tristeza me impidiera tener leche. Se enfadó mucho conmigo, padre. Dijo que su hijo debía ser alimentado por su madre, no por una esclava angustiada. En aquel momento tuve miedo de él, pero se me pasó.
    «Así que éste fue el motivo por el que Antonia amamantó a su hijo», pensó Antonio Porcio. A sus anteriores hijos no los había amamantado.
    – No pudo haber ordenado matar a mis hijos -siguió protestando Antonia. -¡Les quería! Además, las dos niñeras fueron halladas en posturas lascivas y comprometedoras, apestando a vino.
    – ¿Esas mujeres alguna vez habían estado borrachas o se las había hallado culpables de una conducta licenciosa? Las recuerdo. Eran mujeres leales y querían a mis nietos. Las elegiste escrupulosamente tú misma cuando nacieron Lucio y Paulo. Ellas alimentaron a los niños con devoción. Sin embargo, aun antes de que pudieran defenderse, se las consideró culpables y fueron estranguladas. ¿Quién lo hizo?
    – Fue Quinto -respondió Antonia.
    – Quinto -repitió su padre con voz suave. -Ah, sí, Quinto. Muy interesante, querida. Las esclavas del hogar son competencia tuya, Antonia. ¿No tendría que haber esperado tu decisión al respecto? Quizá no lo hizo porque sabía que, si lo hacía, esas pobres mujeres habrían denunciado a sus galos asesinos y ellos, a su vez, para salvar el pellejo, le habrían acusado a él. Creo que mi razonamiento es lógico.
    Antonia meneó la cabeza con terquedad.
    – ¡Es culpa de Cailin!
    – ¿De qué modo es culpa de Cailin, Antonia? -preguntó.
    – Oh, padre, ¿no lo ves? Si Cailin Druso no hubiera regresado nada de esto habría ocurrido. Quinto ahora estaría vivo y mis hijos tendrían un padre. Pero ella regresó con sus acusaciones y su esposo mató al mío.
    – ¿Qué me dices de tus dos hijos mayores, Antonia? ¿Y de la familia Druso? -insistió el magistrado. -Todos fueron brutalmente asesinados; la villa incendiada; los huesos de la familia Druso abandonados al viento y la lluvia. ¿No sientes piedad por nadie más que por ti misma, hija mía? ¡Por todos los dioses! ¡Me avergüenzo de ti! ¡No te eduqué para que fueras tan egoísta!
    Antonio Porcio se alejó de su hija, enfadado y decepcionado.
    – ¿Soy egoísta por haber amado a mi esposo, padre? Si es así, no me importa lo que pienses de mí. Quinto Druso era el hombre al que amaba y Cailin me lo ha arrebatado. Nada más me interesa. Si estoy equivocada, ¿qué importa? Estoy condenada a vivir el resto de mis días sin amor, y mis hijos a crecer sin su padre, y de éste y otros crímenes hago responsable a Cailin Druso. ¡La odio! Sólo espero que algún día sepa el dolor y sufrimiento que me ha infligido. ¡Jamás la perdonaré! No es justo, padre, que ella ahora tenga por marido al hombre más apuesto de la provincia y yo no. Ella me arrebató a Quinto Druso y sin embargo tiene a ese magnífico sajón para que la consuele. ¡Yo no tengo a nadie que me consuele!
    El desequilibrado pensamiento de su hija inquietó a Antonio Porcio. Comprendía en parte la ira de la muchacha, pero esa repentina e irracional envidia del esposo de Cailin le hizo sentirse muy incómodo. Quizá con el tiempo Antonia aprendería a aceptar la realidad de lo sucedido. Se conformaría y todo volvería a ir bien. La muerte de Quinto Druso era reciente y Antonio Porcio conocía a su hija. Le lloraría exageradamente un tiempo y luego otro hombre apuesto llamaría su atención y Quinto Druso caería en el olvido. Antonia siempre se comportaba así cuando perdía a un hombre. Pronto otro ocupaba su lugar.
    Después de pasar varios días con su hija, el magistrado se encaminó a la finca de Druso Corinio. Los escombros de la villa incendiada habían sido retirados y se estaba construyendo un muro de madera y piedra sobre el suelo de mármol. Las alas de la villa donde habían estado ubicados los dormitorios, baños y cocina no iban a restaurarse. Cailin tendría que acostumbrarse a un estilo de vida más sencillo y práctico, comprendió Antonio Porcio.
    En toda Britania otros se veían obligados a hacer lo mismo para sobrevivir. La edad de la buena vida representada por la elegancia y el estilo de vida exuberante de sus antepasados romanos habían terminado. Para seguir adelante, la gente tendría que aprender a arreglárselas. Aunque a algunos les iría mejor que a otros. El anciano sonrió para sí. Realmente no estaba tan mal. Cailin y Wulf tenían buenas tierras y la esperanza de muchos hijos. A fin de cuentas, aquello era lo importante.
    La joven pareja le recibió cortésmente y le mostraron las tumbas de la familia de Cailin. Desde Corinio habían enviado un artefacto para cortar mármol que sacarían de los aleros de la villa para construir un monumento a la familia. La nueva casa no sería muy grande al principio, pero con el tiempo, informó Wulf a su invitado, construirían otra mayor y más espléndida. Habría una habitación, llamada buhardilla, situada sobre parte de la sala principal, que les ofrecería un poco de intimidad. Los hoyos para el fuego se forrarían de ladrillo; el techo se cubriría expertamente con agujeros para el humo.
    – Hemos podido salvar algunos objetos de la antigua cocina -dijo con orgullo Cailin. -Las cacerolas y la vajilla no se quemaron. Limpias creo que podrán utilizarse de nuevo.
    – Pero ¿cómo te las arreglarás para conseguir otros artículos para la casa y muebles? -preguntó él. -Tal vez Antonia tenga algunas cosas que no necesite y te las pueda enviar -dijo pensativo.
    – No quiero nada de vuestra hija -replicó Cailin. -Los dobunios nos darán lo que necesitamos. Berikos me debe mi dote y Ceara se ocupará de que me la dé.
    – Y yo aprendí carpintería cuando era soldado -intervino Wulf. -Y también algunos de nuestros esclavos pueden realizar trabajos similares. Tardaremos algún tiempo, pero tiempo es lo único de que disponemos en abundancia, Antonio Porcio.
    – No podréis hacer gran cosa más con la casa hasta que la cosecha esté recogida -dijo el anciano. -Los próximos meses de verano deberéis atender los campos, que ya están sembrados y reverdeciendo. La cosecha será vuestro capital más importante. Necesitaréis uno o dos graneros.
    – Sí -coincidió Wulf, -pero algunos hombres no podrán trabajar en los campos y habrá días de lluvia en que no se pueda hacer nada allí. Nos las arreglaremos para terminar lo que tenga que estar terminado antes del invierno.
    Regresaron a la fortaleza de Berikos para la festividad de Beltane y la boda de Nuala y Bodvoc. Epilo ya era jefe de la colonia dobunia. Sin embargo, no había sido necesario deponer a Berikos. Le habían ahorrado esa indignidad. Varios días después de que Cailin, Wulf y sus hombres hubieran partido para vengar a la familia de la joven, el abuelo de ésta sufrió una serie de ataques que lo dejaron paralizado de cintura para abajo. El habla también le quedó afectada. Sólo Ceara y Maeve entendían lo que el anciano trataba de comunicar.
    En consecuencia, los hombres dobunios no habían tenido que obligarle a abandonar su puesto. Un hombre físicamente impedido no podía gobernar a su pueblo. En lo que se refería a todos, los dioses se habían ocupado del asunto y Berikos se había retirado con honor. Sin embargo, el anciano albergaba resentimiento, principalmente contra Brigit.
    – Ella le ha abandonado -informó Ceara a Cailin. -En cuanto se enteró de su estado y de que no se recuperaría completamente, desapareció. -Ceara sonrió con tristeza. -Se llevó a sus servidoras, sus joyas y todos los objetos de valor que él le había regalado. Una mañana despertamos y ya había desaparecido, junto con un muchachito necio cuyo nombre no mencionaré. El muchacho regresó con el rabo entre las piernas varios días después. Brigit regresó a casa de sus parientes catuvellaunios y tomó un nuevo esposo. Esto no se lo hemos dicho a Berikos. No es necesario herirle más.
    – Casi siento lástima por él -dijo Cailin, -pero no puedo olvidar que repudió a mi madre y que se portó tan mal con mi abuela cuando vinimos aquí en busca de ayuda. No puedo perdonarle que me enviara a la cama de Wulf cuando sabía que yo era virgen y que no estaba acostumbrada a esa conducta.
    – Pero eres feliz con Wulf, ¿no? -preguntó Ceara.
    – Sí, pero ¿y si Wulf no hubiera sido bondadoso cómo es?
    Ceara asintió.
    – Sí, tienes motivos de queja, pero trata de perdonarle, Cailin. Es un anciano necio y terco. No puede cambiar, pero tú sí puedes. Él amaba a tu madre y sospecho que a ti también te quiere, pues eres la hija de Kyna, aunque es demasiado orgulloso para admitirlo.
    – En mí ve demasiado a Brenna -dijo Cailin. -Y nunca me lo perdonará. No ve a mi madre cuando me mira. Ve a Brenna hablando por mi boca. -Sonrió. -Pero lo intentaré; lo haré por ti, Ceara. Has sido buena conmigo.
    Nuala y Bodvoc se casaron durante la celebración de Beltane. El vientre de la novia ya estaba bastante redondeado y mientras Bodvoc era felicitado, a Nuala le gastaban bromas, pero a ella no le importaba.
    – Quizá nos marchemos de aquí y nos establezcamos cerca de ti y de Wulf -dijo Nuala a su prima.
    – ¿Abandonar a los dobunios? -preguntó Cailin sorprendida por las palabras de Nuala.
    La vida céltica era una vida comunal de parientes y buenos amigos. Le sobresaltó pensar que Nuala y Bodvoc abandonaran todo aquello.
    – ¿Por qué no? -replicó Nuala. -Los tiempos están cambiando. La vida aquí es demasiado limitada para Bodvoc y para mí. No hay oportunidades para hacer nada excepto lo que siempre se ha hecho. Queremos a nuestra familia, pero quizá nos gustaría vivir un poco lejos de ella. Tú y Wulf no os tenéis más que el uno al otro. Si nosotros fuéramos a vivir cerca, nos tendríais a nosotros, y estaríamos lo bastante cerca de las aldeas dobunias para visitar a nuestra familia cuando quisiéramos, o si nos necesitaran, o nosotros a ellos. Allí hay tierra más que suficiente para nosotros, ¿no?
    Cailin hizo un gesto de asentimiento.
    – Cuando Antonio Porcio me devolvió las tierras de mi familia, incluyó la villa junto al río que mi padre regaló a Quinto Druso. Tú y Bodvoc podríais quedaros con aquellas tierras. Wulf y yo os la daremos como regalo de boda. Tendréis que construiros vuestra casa, pero las tierras son fértiles, y hay agua en abundancia y un buen huerto. Sería bueno para nosotros que estuvierais cerca.
    – Nuestros hijos crecerán juntos -dijo Nuala con una sonrisa.
    Cailin fue a buscar a su esposo y se lo contó.
    – ¡Bien! -dijo él con una sonrisa. -Bodvoc será un buen vecino. Le ayudaremos a construir su hogar para que cuando nazca el niño ya tengan un lugar de su propiedad.
    Con la puesta de sol, las hogueras de Beltane cobraron vida y la comida, la bebida y la danza prosiguieron. Durante el día, Cailin había estado ocupada con sus parientes y la boda, pero ahora una profunda tristeza se apoderó de ella. Justo un año antes su familia había sido asesinada. Vagó entre los juerguistas y de pronto se encontró junto a Berikos. «Bueno -pensó, -es un buen momento para intentar hacer las paces con este viejo reprobó.» El anciano se hallaba sentado en un banco con respaldo. Ella se sentó en el suelo a su lado.
    – Una vez -empezó- mi madre me contó que, cuando era una niña, nadie podía saltar más alto las hogueras de Beltane que vos, Berikos. Creo que fue la única vez que le oí hablar de vos. Me parece que os echaba de menos, en especial en esta época del año. Yo no soy como ella, ¿verdad? Bueno, no puedo ser más que yo misma.
    Con sorpresa, Cailin sintió que la mano de su abuelo había caído pesadamente sobre su cabeza y se volvió a mirarle. Una lágrima le resbalaba por el rostro envejecido. Por un instante, Cailin notó que volvía a crecer su ira. El anciano no tenía derecho a hacerle eso después de lo cruel que se había mostrado con ella; no sólo con ella, sino con Brenna y Kyna. Entonces, algo en su interior hizo que su rabia desapareciera. Sonrió a su abuelo.
    – Nos parecemos, ¿verdad, Berikos? No sólo es a Brenna a quien debo ser como soy. A vos también.
    Tenemos la lengua rápida y un exceso de orgullo. -Se dio unas palmaditas en el abultado vientre. -Sólo los dioses saben cómo será este biznieto vuestro.
    Él emitió un ruido extraño al oír esta observación.
    – ¿Bueno? -preguntó ella, y él asintió vigorosamente, soltando una especie de risa ahogada. -Eso crees, ¿no? Bien, lo sabremos después de la festividad de Lug -añadió Cailin con una leve sonrisa.
    Antes de que Cailin y Wulf partieran a la mañana siguiente, Ceara se acercó a ella y le dijo:
    – Has hecho muy feliz a Berikos, hija mía. Tu madre estaría orgullosa de ti y de lo que has hecho. Creo que le has ayudado a hacer las paces consigo mismo y con Kyna.
    Cailin hizo un gesto de asentimiento.
    – ¿Por qué no? -dijo. -Anoche, las puertas entre los mundos estaban abiertas. Quizá no tanto como en Samain, pero no obstante abiertas. Me pareció que mi madre quería que fuera generosa con Berikos. Es extraño, ¿no, Ceara? Hace sólo unas semanas Berikos estaba fuerte y lleno de vida, era el señor de su mundo. Ahora no es más que un anciano débil y triste. Qué deprisa emiten su juicio los dioses cuando deciden que ha llegado el momento.
    – La vida es frágil, hija mía, y asombrosamente veloz, como pronto sabrás. Un día estás llena de juventud y nada es imposible. Y de pronto eres una vieja cáscara seca con los mismos deseos pero sin voluntad para realizarlos. -Rió. -Todavía te queda tiempo. Ahora ve con tu hombre. Envía a buscarme cuando vaya a nacer el niño. Maeve y yo te ayudaremos.
    Cailin se detuvo junto al banco donde su abuelo permanecía al sol de la mañana de mayo. Se inclinó para besarle su blanca cabeza y le dio un apretón en la mano.
    – Adiós, abuelo -dijo con voz suave. -Os traeré el niño cuando haya nacido.
    Ella y Wulf regresaron a su hogar y Cailin, más fuerte de lo que creía, ayudó a sellar las paredes del nuevo granero con adobe y cañas mientras Wulf trabajaba en sus campos con los sirvientes. Era un buen verano, ni demasiado seco ni demasiado húmedo. En los huertos la fruta crecía y colgaba de las ramas de los árboles. El grano maduraba lentamente mientras el heno se cortaba, secaba y finalmente almacenaba en cobertizos para el invierno siguiente.
    Él ganado engordaba; sus rebaños habían aumentado considerablemente aquella primavera con el nacimiento de muchos terneros. En los prados las ovejas también se habían multiplicado y se acercaba la época del esquileo. Un cálido día, Cailin, sentada fuera de la casa, miró con satisfacción al otro lado de los campos. Por un momento le pareció que nada había cambiado, y sin embargo todo había cambiado. Era una época diferente y empezaba a percibir la diferencia con más fuerza.
    Una noche, ella y Wulf yacían de espaldas en la ladera de la colina, contemplando las estrellas.
    – ¿Por qué nunca mencionas a tu familia? -le preguntó ella. -Voy a tener un hijo tuyo y sin embargo no sé nada de ti.
    – Tú eres mi familia -respondió él cogiéndole la mano.
    – ¡No! -exclamó ella. -Háblame de tus padres. ¿Tenías hermanos? ¿Qué les sucedió? ¿Están en Britania?
    – Mi padre murió antes de que yo naciera -contó él. -Mi madre murió cuando yo tenía poco más de dos años. No recuerdo nada de ellos. Eran jóvenes y yo era su único hijo.
    – Pero ¿quién te crió? -preguntó Cailin.
    Lamentaba que no tuviera parientes cercanos, pero por otra parte eso significaba que Wulf era sólo para ella.
    – Los parientes, en la aldea junto a un río de Germania. Fui pasando de un pariente a otro como un animalillo adorable pero no deseado. No se portaban mal conmigo, pero la vida era dura. Nadie necesitaba otra boca que alimentar. Me marché cuando cumplí trece años e ingresé en las legiones. Jamás regresé. Ahora ésta es mi tierra, mi hogar. Tú y nuestro hijo sois mi familia, Cailin. Hasta que te conocí estaba solo.
    – Hasta que me conociste -dijo ella- yo también estaba sola. Los dioses han sido bondadosos con nosotros, Wulf.
    – Sí -coincidió él.
    Ambos levantaron la mirada y vieron una estrella fugaz cruzar el firmamento.

    Un día llegó un esclavo de Antonio Porcio con un mensaje. Antonia había empezado a tener dolores de parto y el magistrado no sabía qué hacer. Según decía, las criadas de Antonia parecían confundidas, aunque no deberían estarlo, pensó Cailin. El anciano rogaba que Cailin acudiera a la villa para ayudarles. A Wulf Puño de Hierro no le gustó la idea, pero Cailin consideró, a la luz de la bondad que el magistrado había mostrado hacia ellos, que no podía negarse.
    – Acolcharemos la carreta y así viajaré con comodidad -dijo a su esposo. -Nuestro hijo no tiene que nacer hasta dentro de unas semanas. Aunque vayamos despacio, estaré de vuelta antes de que acabe el día.
    Antonio Porcio agradeció la llegada de Cailin. Antonia seguía con dolores y tenía grandes dificultades.
    – Echó a todas las mujeres que siempre habían estado con ella después de la muerte de Quinto y las sustituyó por un grupo de jovencitas. No sé por qué -explicó a Cailin, respondiendo a la pregunta que ella no formuló.
    – Probablemente quería empezar de nuevo -sugirió Cailin. -Quizá las otras mujeres que vivían con ella cuando estaba casada con Sexto Escipión y luego con mi primo la entristecían. Sólo le recordaban todo lo que había perdido, los tiempos mejores que se habían ido.
    – Puede que tengas razón, Cailin -respondió el anciano.
    – Me habéis pedido que venga y he venido -dijo Cailin, -pero ¿qué le parecerá mi presencia a Antonia? Yo la ayudaré, por supuesto, pero no soy experta. ¿Por qué no tenía a una comadrona entre su servidumbre?
    Él se encogió de hombros.
    – No lo sé.
    – Nunca he ayudado a parir, pero sé lo que hay que hacer. Antonia podrá ayudarme, ya que es su cuarto hijo. Llevadme junto a ella.
    Cuando llegaron a los aposentos de Antonia, la encontraron sola, pues sus doncellas habían huido. Al ver quién acompañaba a su padre, los ojos azules de Antonia destellaron por un momento, pero reprimiendo su ira preguntó:
    – ¿A qué has venido, Cailin Druso?
    – Tu padre me ha pedido que te ayude, aunque la verdad es que tú entiendes más que yo de parir un hijo. Pero haré lo que pueda, Antonia. Al parecer tus jóvenes mujeres no saben hacer nada.
    Antonia gimió al sentir una contracción, pero hizo un gesto de asentimiento.
    – Has sido bondadosa al venir -admitió de mala gana.
    El bebé, que llegó poco después, nació muerto, con el cordón umbilical enrollado en el cuello. Era un niño, con el rostro azulado. Cailin lloró abiertamente con pesar. Aunque había detestado a su primo Quinto, sabía que Antonia le había amado. Amando a Wulf como le amaba, Cailin pudo imaginar la profunda tristeza de Antonia al perder al hijo póstumo de Quinto Druso.
    Sin embargo, Antonia tenía los ojos secos.
    – Es mejor así -dijo con tono fatalista. -Mi pequeño Mario ahora está con los dioses y con su padre.
    Exhaló un exagerado suspiro.
    «Es difícil que Quinto esté con los dioses», pensó Cailin con amargura mientras Antonio Porcio trataba de consolar a su hija.
    – Me quedaré a pasar la noche y regresaré a casa mañana -les dijo Cailin, dando un pequeño respiro cuando sintió una leve contracción en el vientre.
    – ¿Qué ocurre? -preguntó Antonia.
    – Sólo ha sido una punzada -respondió Cailin aparentando más seguridad de la que sentía.
    Le desagradaba encontrarse allí y le parecía que la mañana no llegaría nunca.
    – No me dejes tan pronto, Cailin -suplicó Antonia. -Quédate conmigo unos días, al menos hasta que se me haya pasado la pena de los primeros momentos. No le sirves de nada a tu apuesto esposo en tu estado actual. Quédate conmigo. Estoy segura de que te gustará disfrutar de mis baños. En tu casa no tienes tantas comodidades.
    Cailin consideró la tentadora oferta de Antonia. Realmente quería irse a casa, pues Antonia le hacía sentirse incómoda. Si en verdad sentía pena por la pérdida de su pequeño hijo, Cailin no lo veía. ¿Qué clase de mujer era? Con todo, su tono de súplica parecía auténtico y la oferta de los baños era seductora. A Cailin no le importaba la vida más sencilla que llevaba, salvo por una cosa: verdaderamente echaba de menos los baños, con su sistema de calentamiento hipocaustito, que había en la antigua villa de su familia. Hacía más de un año que había disfrutado del lujo de un largo baño caliente. Sería agradable quedarse unos días para volver a hacerlo.
    – Bueno -dijo. -Me quedaré, Antonia, pero sólo dos o tres días.
    Luego envolvió el cuerpo del bebé en una pequeña sábana y se lo llevó para que recibiera sepultura y envió a las necias doncellas de Antonia junto a su ama para que atendieran a sus necesidades.
    Su ama apenas se fijó en ellas. Estaba demasiado ocupada trazando planes. Había visto el espasmo que había cruzado el rostro de Cailin. ¿Era posible que el parto se le adelantara? ¿O quizá había calculado mal el momento de la llegada de su hijo? Antonia Porcio sabía que nunca volvería a tener una oportunidad así para vengarse, y ansiaba hacerlo. Si Cailin tuviera a su hijo allí, sola y sin su esposo sajón, la esposa y el hijo de Wulf Puño de Hierro se hallarían a su merced. «Oh, Quinto -pensó. -Ayúdame a vengar tu injusta muerte a manos de ese bárbaro. ¡Déjame hacerle sufrir como yo he sufrido! ¿Por qué él ha de ser feliz cuando yo no lo soy?»
    – Eres buena al quedarte con Antonia -dijo Antonio Porcio a Cailin aquella noche, mientras cenaban. -Esta tragedia no podía haber sucedido en peor momento para mí. He encontrado comprador para mi casa de Corinio. Tengo intención de vivir aquí con Antonia, ya que se ha quedado viuda. Por estos alrededores hay pocos hombres jóvenes y es posible que ya no tenga ocasión de volver a casarse. Mi nieto necesitará la influencia de un hombre. Si Antonia vuelve a casarse, ningún yerno se negará a darme cobijo en esta casa. Y aunque ella no lo admitirá nunca, creo que mi hija me necesita.
    – ¿Tenéis necesidad de viajar a Corinio dentro de poco? -adivinó Cailin.
    – Sí, querida. Desde que Antonia se casó con Sexto Escipión he dejado un poco abandonada mi casa. Estaba solo y realmente entonces no me importaba. Ahora, sin embargo, debo efectuar algunas reparaciones antes de que los nuevos propietarios acepten mi precio. Desean tomar posesión lo antes posible. Tengo suerte de haber encontrado compradores en estos tiempos difíciles. Quiero supervisar el trabajo personalmente, o sea que tendré que estar fuera varias semanas. Sé que no puedes quedarte con Antonia tanto tiempo, pero si le haces compañía unos días le resultará más fácil superar la tristeza. -Sonrió con afecto, viendo a su hija como nadie más la veía. -Mima demasiado al pequeño Quinto, y en mi ausencia no hay disciplina en absoluto.
    – Dos días, tres como mucho -le dijo Cailin, -pero no más. Mi hijo debe nacer en la casa de su padre. Las esposas de mi abuelo, Ceara y Maeve, irán para ayudarme. Puedo quedarme muy poco tiempo antes de regresar a mi casa. ¿Lo comprendéis?
    El asintió.
    – Sólo te pediré dos días, Cailin, y te agradezco tu bondad para con mi hija. Ella no siempre se ha portado bien contigo, lo sé, pero sin duda eres su más querida amiga.
    Antonio Porcio partió a la mañana siguiente para Corinio. Al verle marchar, Antonia sintió alivio. Habría sido más difícil ejecutar sus planes si su padre se hubiera quedado. Ah, sí, los dioses estaban de su parte, no cabía duda, y su regocijo aumentó sabiendo que ellos aprobaban su venganza. En cierto modo, ella iba a ser su instrumento de retribución contra Cailin Druso y su esposo.
    Cailin pronto se sintió aburrida. Cuando sus padres vivían y ella llevaba una vida similar a la de Antonia, nunca había estado tan ociosa como esa mujer. Antonia aparentemente se había recuperado al instante de la muerte de su hijo. Pasaba todo el tiempo detrás de Quinto y embelleciéndose. Las jóvenes que la rodeaban no hacían más que sofocar risitas.
    A través de sus conversaciones con Antonio Porcio, Cailin se enteró de que su hija había quedado desolada y amargada a causa de la muerte de su esposo; sin embargo allí estaba Antonia, viuda reciente, su bebé muerto, comportándose como si nada hubiera ocurrido y mostrándose amable con la esposa del verdugo de su marido. Cailin se sentía cada vez más incómoda. ¿Por qué, en nombre de los dioses, había accedido a hacer compañía a esa mujer, aunque sólo fuera por un par de días? Lo peor era que no podía escapar de Antonia, quien parecía estar allá donde ella iba y siempre parloteaba sin hablar de nada en especial. Cuanto más tiempo permanecía Cailin con Antonia, más oía su voz interior que la pinchaba, en particular cuando su anfitriona le informó feliz:
    – Esta mañana he enviado un mensajero a Wulf para que venga a recogerte dentro de tres días.
    – Qué amable de tu parte -respondió Cailin, preguntándose por qué no se le había ocurrido a ella.
    Estar allí debía de embotarle la inteligencia. Bueno, al menos ese día casi había terminado.
    La cena fue una dura prueba. A Antonia le gustaba la buena comida y el buen vino, lo que sin duda explicaba su robustez. Presentaba plato tras plato a su invitada, llenando el suyo con pescado en salsa, caza, huevos, queso y pan. Reprendió a Cailin porque no comía suficiente.
    – Ofenderás a mi cocinera -dijo.
    – No tengo hambre -replicó Cailin, mordisqueando un poco de fruta y pan con queso. Tenía un nudo en el estómago.
    – ¿Te encuentras bien? -preguntó solícita Antonia.
    – Sólo tengo el estómago un poco revuelto.
    ¡Aquella pobre tonta estaba a punto de parir! Estaba de parto y no lo sabía, pensó Antonia con placer. Claro que no lo sabía. Nunca había parido. Pero Antonia estaba segura de ello.
    – El vino sienta bien cuando te encuentras mal en tu estado -aconsejó, y sirvió a Cailin una gran copa. -Ésta es mi añada chipriota favorita; te sentirás mejor después de haberlo bebido. Toma un poco de pan para limpiarte el paladar -instruyó, y mientras distraía de ese modo a Cailin, abrió el cierre de un anillo con una gran piedra de berilo que llevaba en el dedo y dejó caer una pizca de polvos en el vino, donde se disolvieron al instante. Tendió la copa a la muchacha. -Bébelo todo, Cailin, y pronto te sentirás mejor.
    Cailin bebió lentamente mientras observaba los platos medio llenos de comida que retiraban a la cocina. Nadie podía comer todo aquello, pensó. Qué manera de desperdiciar cuando tanta gente pasaba hambre. Entonces ahogó un grito al sentir un fuerte dolor.
    – Estás de parto -dijo Antonia con calma.
    Claro que lo estaba. Si bien los dolores que antes había tenido no lo eran, el vino drogado había precipitado el proceso.
    – Envía a buscar a mi esposo -pidió Cailin, tratando de que su voz no traicionara el miedo que sentía. -¡Quiero que Wulf esté aquí cuando nazca su hijo! ¡Oh, los dioses! ¿Por qué me has hecho prometer que me quedaría aquí unos días?
    – Claro que quieres que Wulf esté a tu lado -dijo Antonia. -Recuerdo cuánto deseaba yo que Quinto estuviera conmigo cuando nació mi querido hijo. Enviaré a un esclavo. No temas, querida Cailin. Yo me ocuparé de ti.
    Ayudó a Cailin a ir a su dormitorio.
    Antonia dejó a sus doncellas con ella y fue a buscar a un joven esclavo al que había intentado convertir en su amante. Era una lástima, pensó, pero tendría que matarle por su participación en ese asunto y ni siquiera le había disfrutado una sola noche.
    – Ve a Simón, el mercader de esclavos de Corinio.
    Él realiza envíos a Londres cada mes y pronto enviará una caravana. Dile que tengo una esclava de la que me gustaría deshacerme. Es una criatura que me causa problemas, y una mentirosa. Tiene que estar drogada hasta que llegue a Galia. Quiero que la envíen lo más lejos posible de Britania. ¿Comprendes, mi bello Ático?
    Antonia sonrió al joven mientras le acariciaba las nalgas sugestivamente.
    – Sí, mi ama -respondió él devolviéndole la sonrisa.
    El muchacho era nuevo en la casa pero había oído contar que ella era una mujer lasciva. Sin duda no tendría quejas de su actuación cuando estuviera recuperada del parto y dispuesta a tomar un amante.
    – Dile a Piso que te dé el caballo más rápido del establo -instruyó Antonia. -Quiero que estés de regreso al amanecer. Si no es así, te haré azotar. -Le acarició el miembro endurecido. -Estás bien formado -observó. -¿Te compré, Ático? No lo recuerdo.
    – Vuestro padre me compró, mi ama -contestó el muchacho con más aplomo del que sentía. Tenía su miembro duro como el hierro bajo la caliente mano de Antonia.
    – Tendremos que encontrar un puesto adecuado para ti dentro de poco -observó Antonia, pensando que quizá no le mataría enseguida. Al fin y al cabo, no comprendería lo que ella había hecho. -¡Ahora vete!
    Antonia se volvió y se apresuró a regresar junto a su paciente.

    Cailin pasó toda la noche tratando de alumbrar a su bebé. Tenía el cuerpo empapado de sudor. Bajo la dirección de Antonia, hacía esfuerzos para que naciera su hijo.
    – ¿Dónde está Wulf? -repetía Cailin una y otra vez. -¿Por qué no viene?
    – Es de noche -respondió Antonia. -No hay luna. Mi mensajero debe ir despacio por los campos para llegar a tu casa. No puede galopar, Cailin. Ha de mirar bien por dónde va. Llegará, pero luego él y tu esposo han de regresar igualmente despacio. Toma. -Le pasó el brazo por los hombros. -Bebe un poco de mi vino. Te sentirás mejor. Yo siempre lo hago.
    – No lo quiero -replicó Cailin, apartando la mano de Antonia.
    – No seas tonta -dijo Antonia. -He puesto unas hierbas para que te alivien el dolor. Yo también las tomaba cuando estaba de parto. No veo razón para sufrir.
    Cailin cogió la copa y bebió despacio. Inmediatamente se sintió mejor, pero la cabeza le daba vueltas. Otro doloroso espasmo le desgarró y la joven lanzó un grito. Antonia se arrodilló y examinó si había progresado.
    – ¿Se ve la cabeza del bebé? -le preguntó Cailin. -¡Ojala Ceara y Maeve estuvieran aquí, las necesito!
    – No podrían hacer por ti nada que no pueda hacer yo -replicó Antonia con aspereza, pero suavizó un poco su tono. -Ya veo la cabeza. Sé valiente, Cailin Druso, ¡dentro de unos minutos tu hijo habrá nacido!
    – ¡Los dioses! -exclamó Cailin. -¿Dónde está Wulf? Antonia, estoy muy mareada. ¿Qué has puesto en el vino?
    Tuvo otra dolorosa contracción.
    Antonia hizo caso omiso de las preguntas de Cailin.
    – ¡Empuja! -ordenó. -Empuja fuerte. ¡Más fuerte!
    La cabeza y los hombros del niño aparecieron entre las piernas de su madre. Antonia sonrió satisfecha. Cailin no se daba cuenta, pero estaba teniendo un parto fácil. El bebé habría nacido enseguida.
    Le resultaba difícil mantener los ojos abiertos. La cabeza le daba vueltas y tenía la sensación de que iba a caerse. Sintió otro terrible dolor. Oyó, aunque un poco distante, la voz de Antonia que le pedía de nuevo que empujara. Cailin hizo esfuerzos por obedecer. No podía perder el conocimiento. Efectuando un esfuerzo supremo empujó con todas sus fuerzas. Se vio recompensada con el súbito llanto de un recién nacido y su corazón palpitó de felicidad. Entonces, de pronto, la oscuridad pareció apoderarse ella. Cailin luchó valientemente pero fue inútil. Lo último de que fue consciente fue de la voz de Antonia:
    – Es tan dulce. Siempre he deseado tener una niña.

    Cuando dos días después llegó Wulf a reclamar a su esposa, Antonia salió lentamente al patio para recibirle. Estaba llorando y cariacontecida.
    – ¿Qué ocurre? -preguntó él, abrumado por una extraña sensación.
    Antonia ahogó un sollozo y se arrojó a los brazos del desconcertado Wulf.
    – ¡Cailin! -jadeó. -Cailin ha muerto, y el niño, tu hijo, también. No pude salvarles. ¡Lo intenté! ¡Juro que lo intenté!
    – ¿Qué dices? ¿Cómo ha podido ocurrir, Antonia? Ella estaba rebosante de salud cuando la vi por última vez…
    Antonia se separó de sus brazos y le miró con sus grandes ojos azules.
    – Tu hijo era grande y no venía bien colocado. Los niños nacen de cabeza, pero éste lo hizo por los pies. Casi partió en dos a la pobre Cailin. Su sufrimiento fue insoportable. Murió desangrada. El niño, al que tanto costó nacer, sólo sobrevivió una hora. Jamás imaginé que pudiera suceder algo semejante. Lo siento, Wulf.
    – ¿Dónde está su cuerpo? -pidió él. Su voz era dura y fría. ¿Su amada ovejita, muerta? ¡No era posible!
    ¡No lo creía! -Quiero ver el cadáver de mi esposa -repitió. Sentía un fuerte dolor en el pecho. ¿Podía romperse un corazón?, se preguntó, pues creía que eso le estaba sucediendo.
    – Estaba tan desgarrada -explicó Antonia- que no pudimos prepararla debidamente para ser enterrada. Hice que la incineraran, como solían hacer nuestros antepasados celtas. Coloqué el bebé en sus brazos para que pudieran llegar juntos a los dioses.
    Él hizo un gesto de asentimiento, aturdido de pesar.
    – Quiero sus cenizas -dijo con frialdad. -Supongo que tienes sus cenizas. Me las llevaré a casa y las enterraré en sus tierras con el resto de su familia. A Cailin le gustaría.
    – Por supuesto -accedió Antonia con suavidad. Se volvió y cogió una urna de bronce pulido bellamente decorada que estaba sobre el banco del atrio. -Las cenizas de Cailin y las de tu hijo están aquí. -Se lo entregó con una sonrisa compasiva. -Comprendo tu pesar, ya que hace poco perdí a mi compañero y a mi hijo -dijo.
    Él cogió la urna, como si aún no pudiera creer lo que había oído. Luego se volvió sin decir palabras y se encaminó hacia la puerta.
    Antonia se sintió exultante al ver el dolor de Wulf. Luego se le ocurrió una idea perversa y, siguiendo un impulso, la puso en práctica.
    – Wulf, espera. -Su voz había adquirido un tono seductor.
    Él se volvió y quedó atónico al ver que Antonia se había quitado la túnica y estaba completamente desnuda. Su cuerpo era blanco, sonrosado y rollizo. No había ni una marca que estropeara la perfección de su suave piel, pero él la encontró repulsiva. Por un momento se quedó clavado donde estaba, mirando fijamente la repugnante desnudez de la mujer.
    – Estoy sola, Wulf -musitó. -Muy sola…
    – Vuelve a ponerte la túnica, Antonia.
    – Mataste a mi esposo, Wulf. Ahora estoy sola. ¿No crees que deberías compensarme por la pérdida de Quinto Druso? -ronroneó Antonia. Deslizó las manos bajo sus abundantes senos, con sus pezones morados y los levantó en gesto de ofrecimiento. -¿Estos frutos no te tientan a que los pruebes? ¿El arma que llevas bajo los braceos no está dura de deseo?
    – Vístete -ordenó él con frialdad. -Me repugnas.
    Ella se precipitó y apretó su desnudo cuerpo contra el de él. Wulf se sintió abrumado por el olor a almizcle.
    – Eres el hombre más guapo de la provincia, Wulf -dijo Antonia, jadeante de deseo. -Siempre tengo por compañero al más guapo de la provincia. -Le rodeó el cuello con los brazos. -Bésame, bruto sajón, y después tómame. ¡Aquí! En el atrio. Lléname con tu virilidad, hazme gemir de placer. ¡Te deseo tanto!
    Wulf apartó los brazos de Antonia y la separó de sí de un empujón. Sentía ganas de vomitar.
    – Antonia, la pena te ha vuelto loca. Primero tu esposo e hijo, y luego mi esposa y mi hijo. Lo lamento por ti, pero debo dominar mi propio dolor. Ya me está desgarrando. Amaba a mi esposa. No sé cómo viviré sin ella. ¿Qué me queda ahora? ¡Nada! Se volvió y salió tambaleante del atrio. -¡Vete! -gritó Antonia. -¡Vete, Wulf Puño de Hierro! ¡Si sufres, me alegro! ¡Ahora sabrás lo que yo sentí cuando asesinaste a mi Quinto!
    Se inclinó, recogió su túnica y se la puso. «¡Ojala pudiera decirte la verdad! -pensó, -pero no puedo. Mi padre también se enteraría y no podría soportarlo. -Rió. -De todos modos, me he vengado de ti y de Cailin Druso. Si nadie más que yo lo sabe, ¿qué importa?
    Cuando Antonio Porcio regresó de Corinio varias semanas más tarde, su hija le esperaba. Se sentaron juntos en el jardín, al fresco aire de mediados de otoño, mientras Antonia amamantaba al bebé.
    – Me quedé perpleja, padre -dijo. -Él no la quería. Estaba dispuesto a dejarla en la colina, si yo no le hubiera rogado que me la entregara. Lo único que le importaba era que Cailin no le había dado el hijo varón que él quería. Estos sajones son crueles, padre. Afortunadamente el pequeño Quinto estaba listo para ser destetado, y mi leche es abundante, por eso decidí quedarme con la niña y educarla con mi hijo. Casi me compensa por haber perdido a mi bebé. ¡Pobre Cailin!
    – ¿Dónde está ahora Wulf Puño de Hierro? -preguntó el magistrado.
    – Ha desaparecido -respondió Antonia. -Nadie sabe adónde ha ido. No dejó nada dispuesto para sus esclavos. Simplemente se marchó. Las tierras, por supuesto, ahora pertenecen a mi pequeña Aurora. La llamo así porque nació con el alba, aunque su madre muriera. Envié a mi mayordomo a que expulsara a los dobunios que habían empezado a construir una casa en la villa junto al río. Dijeron que Cailin se la había entregado como regalo de boda, pero yo les dije que era mía por derecho de herencia y que Cailin había muerto de parto y no se hallaba allí para hacer cumplir sus supuestos derechos. No me dieron muchos problemas, y ahora ya se han ido.
    Antonio Porcio asintió. Eran muchas cosas para digerir, pensó, pero de todo ello había surgido algo bueno. Antonia parecía volver a ser la de antes. Adoptar a la hija huérfana de Cailin Druso sin duda le había hecho bien.
    – Te quedarás a vivir con nosotros, ¿verdad, padre? -le preguntó Antonia. -Te necesito. No volveré a casarme; dedicaré mi vida a mis dos hijos. Creo que es lo que los dioses desean de mí.
    – Tal vez tengas razón -dijo el anciano cogiéndole una mano. -Seremos una familia feliz, Antonia. ¡Lo presiento!

CAPÍTULO 07

    Bizancio, 454-456.

    – ¡No puedo creerlo! -exclamó Focas Máxima sorprendido. -Esta no puede ser la misma muchacha que has comprado en el mercado esta mañana, Joviano. Aquella criatura estaba sucia y llena de úlceras, y esta chica es encantadora. Su piel es como la crema, no tiene ninguna marca, y ¡qué pelo! ¡Qué maravilla de rizos castaños!
    – Son la misma, querido hermano -dijo Joviano Máxima con aire de suficiencia. -Eres un verdadero hombre de negocios, no tienes nada de imaginación, Focas. En cuanto he puesto los ojos en ella, he sabido que era un tesoro. Sólo ha sido necesario un poco de agua caliente y jabón para lavarla. Además, habla un latín impecable, salvo por un leve acento provincial que puede corregirse, aunque algunos a lo mejor lo encuentren encantador. -Miró a la esclava que acompañaba a su nueva compra. -Isis, quítale la túnica, por favor.
    Focas Máxima miró fijamente a la chica cuando por fin la tuvo desnuda ante él.
    – Está un poco delgada para mi gusto -observó, -pero podemos engordarla. No creo que le hayan dado mucho de comer últimamente. Tiene los pies estropeados.
    – Ha caminado mucho, supongo -dijo Joviano.
    – Con el tiempo podemos corregirlo -dijo su hermano. -Tiene unos pechos bonitos; pequeños pero bien formados. Bueno, debo admitirlo: has hecho un buen negocio con esta chica. ¿Sabe hacer lo que se espera de ella, o vamos a tener que enseñarla? Espero que sea pagana.
    Era como si ella fuese un objeto, pensó Cailin mientras escuchaba a los dos hermanos hablar. No es que le importara realmente su destino. Ya nada le importaba. Todo era muy confuso. Ni siquiera comprendía por qué seguía viva cuando todos sus seres queridos habían muerto; pero algo en su interior no le permitía morir. Eso le enfadaba, pero no parecía que pudiera hacer nada al respecto.
    Recordó los muchos días transcurridos desde que había empezado a tener dolores de parto en la villa de Antonia. Lo último que recordaba era el llanto del bebé cuando se sumió en la inconsciencia. Cuando recobró el sentido vagamente, se hallaba en una sucia habitación en una casa extraña. La mujer que le llevó comida le dijo que se encontraba en Londres, lo cual la sorprendió. Había oído hablar de Londres, pero nunca había pensado que vería esa ciudad. Al final resultó que no la vio, pues cuando preguntó qué hacía en aquel lugar, le dijeron que Antonia la había vendido a Simón, el mercader de esclavos, y que pronto sería transportada a Galia y después más lejos.
    – ¡Pero yo no soy una esclava! -protestó Cailin.
    – Esto es lo que Antonia nos advirtió que dirías -replicó con aspereza la mujer. -Dice que causas muchos problemas y tienes ideas extrañas acerca de tu identidad. ¡Si hasta sedujiste a su difunto esposo y llevaste a su bastardo en tu vientre! Bueno, ya no tendrá que aguantarte más, zorra.
    – ¿Dónde está mi bebé? -preguntó Cailin.
    – Murió, o al menos eso me dijeron.
    Cailin se echó a llorar histéricamente.
    – ¡No te creo! -protestó.
    A continuación la obligaron a beber un líquido amargo y volvió a quedar inconsciente.
    Durante días flotó entre la realidad y la pesadilla. Cuando por fin volvió en sí, se hallaba en Galia, viajando hacia el sur con un envío de esclavos con destino al mar Mediterráneo. Poco después, una mujer joven y hermosa trató de escapar, pues a diferencia de los muchos esclavos que viajaban con ellos no llevaba collar ni iba encadenada, pero pronto fue capturada pues no conocía el terreno.
    El dueño de los esclavos vaciló respecto al castigo a imponerle. Azotarla le dejaría marcas en la delicada piel, y esa misma piel era un valor que podía proporcionarle un buen dinero. Decidió castigarla violándola, lo que hizo ante todo el grupo de viajeros.
    – Vuelve a escaparte, zorra -amenazó mientras la inmovilizaba, -y te entregaré a mis hombres. A lo mejor eso te gustaría, ¿eh, puta?
    La mirada de terror de todas las mujeres indicó al dueño de los esclavos que no tendría problemas con ninguna de ellas. En realidad, después de aquello Cailin trató de hacerse invisible. Dejó que el pelo se le ensuciara y despeinara. Su túnica, la única prenda que poseía, se fue haciendo jirones paulatinamente. No se atrevía a lavarla por miedo a que se desintegrara y ella se quedara desnuda como algunas mujeres. No esperaba que le proporcionaran otra ropa si perdía la suya.
    Cuando llegaron a la costa los esclavos fueron separados; algunos fueron obligados a subir a bordo de un barco para dirigirse a una ciudad llamada Cartago, mientras que Cailin y el resto fueron enviados a un lugar llamado Constantinopla. Escuchando a los demás se enteró de que se trataba de la gran capital del Imperio Oriental. Los esclavos de su grupo estaban encadenados a los remos de la galera. Serían vendidos cuando llegaran a su destino, si es que llegaban, pero entretanto proporcionarían la mano de obra para llegar allí. Las mujeres se cobijaban en la bodega, un lugar apenas habitable; un espacio cuadrado sin otra comodidad para dormir que el suelo, un cubo de madera para sus necesidades, poca luz y menos aire.
    Cada noche, el segundo de a bordo llegaba, sonriente, y elegía a varias mujeres, a las cuales se llevaba. Éstas regresaban por la mañana, normalmente riendo, con comida y agua que en general no querían compartir. Su propia supervivencia era lo más importante. Cailin se escondía, de modo instintivo, en el rincón más oscuro cuando llegaba el marino. No era necesario que le dijeran lo que hacían las mujeres o por qué se les daban regalos. Fue adelgazando con las escasas raciones que le suministraban, pero conservó la vida para llegar a Constantinopla.
    La mañana de la llegada apareció el dueño de los esclavos para examinar con atención a las mujeres. Seleccionó a las que parecían más atractivas y se las llevaron de inmediato. Algunas de las que no habían sido elegidas le suplicaron que se las llevara, y lloraron cuando fueron apartadas rudamente.
    – ¿Adónde han ido las otras? -preguntó Cailin a una mujer mayor.
    La mujer la miró y respondió:
    – Se las considera mejores que nosotros. Las llevarán a un mercado de esclavos particular donde las bañarán, perfumarán y vestirán con finura antes de ser subastadas. Conseguirán amos ricos y vivirán confortablemente si los complacen.
    – ¿Qué nos ocurrirá a nosotras?
    – Nos espera el mercado público -respondió la mujer con aire lúgubre. -Nos comprarán como esclavos domésticos o para trabajar en los campos, o para algún burdel.
    – ¿Qué es un burdel?
    El asombro reflejado en el rostro de la mujer casi fue cómico, pero antes de poder responder a Cailin, los hombres bajaron y empezaron a llevarse a las mujeres a cubierta. La luz del sol les hacía parpadear, pues sus ojos no estaban acostumbrados a la fuerte luz después de los muchos días pasados en la semioscuridad de la bodega del barco. Poco a poco se adaptaron a la luz y fueron conducidas por las calles de la ciudad hasta el mercado público de esclavos.
    Cailin quedó atónita al ver los edificios de cuatro y cinco pisos ante los que pasaba en su camino. Nunca había visto edificaciones tan grandes. ¡Y cuánto ruido! Parecía que no había tranquilidad en aquel lugar. No podía imaginar cómo vivía la gente entre tanto ruido y suciedad. Las calles estaban sembradas de escombros y por todas partes había excrementos humanos y animales. Los pies se le encogían a cada paso que daba.
    Por fin llegaron al mercado de esclavos, donde se perdió poco tiempo. Uno tras otro, los que habían viajado con ella fueron colocados sobre la tarima y vendidos. De nuevo Cailin se ocultó entre los demás, hasta que no hubo más lugar para esconderse. Fue empujada brutalmente sobre la pequeña plataforma.
    – He aquí una muchacha joven y fuerte, buena para la casa o para el campo -anunció el mercader. Volviéndose a Cailin, ordenó: -Abre la boca, zorra. -El hombre miró dentro y luego proclamó: -Conserva todos los dientes. ¿Cuánto se ofrece por ella?
    Los espectadores levantaron la mirada hacia la criatura ofrecida. Era alta y penosamente delgada. El pelo, de un color difuso, estaba sucio y apelmazado. Nada en ella podía considerarse atractivo. A pesar de lo que pregonaba el mercader, no parecía particularmente fuerte habría creído que nadie pudiera estar tan sucio como estaba ella entonces. Teniendo en cuenta lo que le había advertido el hombre, apretó el paso detrás de éste y de su compañero.
    Caminaron con rapidez por la bulliciosa ciudad, y adondequiera que mirara Cailin había algo que atraía su mirada. Deseaba no encontrarse en aquella situación, poder hacer preguntas a los dos hombres. Todo le resultaba abrumador y temible. No estaba acostumbrada a la idea de ser esclava. Cuando siguiendo a los dos hombres por la ancha avenida torció por una calle estrecha y tranquila, les vio cruzar las grandes puertas de una enorme mansión. Bueno, al menos eran ricos y podrían sustituirle su andrajosa túnica.
    Un sirviente se apresuró a saludar a los dos caballeros, abriendo los ojos de par en par al ver a la muchacha que iba tras ellos.
    – ¿Señor? -preguntó con voz débil. -¿Esa criatura viene con vos?
    – Joviano la ha comprado en el mercado público, Paulo -respondió el hombre más austero. -Tendrás que preguntarle a él qué quiere hacer con ella.
    El mayordomo miró a Joviano y éste se echó a reír al ver la inquietud del criado.
    – La llevaré yo mismo a los baños, Paulo -dijo. -Asegúrate de que los encargados se mantienen ocupados. Sin duda tienen trabajo, pero espera a que hayamos terminado. Esta sucia cerdita que he comprado se convertirá en un pavo real, lo prometo. ¡Y sólo he pagado cuatro folies por ella! -Se volvió hacia Cailin. -Vamos, muchacha. Ese baño que tanto deseas está lejos.
    – Me llamo Cailin -dijo ella, siguiéndole.
    – ¿Ah, sí? ¿Y qué clase de nombre es Cailin? -Salieron del amplio atrio y cruzaron una serie de perfumados corredores con puertas a ambos lados. -Y ¿de dónde es Cailin?
    – Mi nombre es celta, señor. Soy britana -explicó mientras entraban en la antesala de los baños. Dos atractivas mujeres se acercaron, se inclinaron ante Joviano y parecieron intranquilas al ver a la muchacha que le acompañaba.
    – Tendréis mucho trabajo con ésta, queridas -les dijo Joviano. -Dice que no se ha bañado en ocho meses. -Contuvo la risa. -Entraré mientras la estéis bañando. Dice que se llama Cailin. Me gusta ese nombre. Dejaremos que lo conserve.
    – No responderé a ningún otro nombre -terció Cailin con firmeza.
    – Es evidente que no has nacido esclava -observó Joviano.
    – Claro que no -replicó ella indignada. -Soy miembro de la familia Druso de Corinio. Mi padre, Gayo Druso Corinio, era un decurión de la ciudad. Soy una mujer casada, con propiedades y buena reputación.
    – Que ahora es esclava en Constantinopla -añadió Joviano con sequedad. -Ahora dime cómo has llegado hasta aquí -pidió cuando entraban en el vestuario.
    Cailin le contó lo que recordaba, mientras las encargadas de los baños les desvestían y les llevaban al tepidario, una antesala cálida donde esperarían hasta que empezaran a transpirar. El hecho de estar desnuda, igual que Joviano, no preocupaba a Cailin. No sentía ningún peligro ante aquel hombre. En realidad le parecía que podrían ser amigos. Cuando vieron que empezaban a transpirar, las encargadas de los baños les quitaron la suciedad y el sudor con rascadores de plata mientras hablaban.
    – Es evidente que fuiste traicionada por esa tal Antonia Porcio -observó Joviano. -Una mujer que se considera agraviada es un enemigo muy peligroso, querida. Venderte como esclava fue su venganza contra ti y contra tu pobre esposo. No cabe duda de que le dijo que habías muerto. Si no, él la habría obligado a revelar tu paradero y habría ido a buscarte, supongo. Sin embargo, la noticia de tu muerte le causaría el mismo dolor que a ella le había producido la ejecución de su esposo por parte del tuyo. Ha sido muy hábil esa Antonia. Es una intriga digna de un bizantino. Tú sobrevives y sufres siendo esclava, sin saber qué ha ocurrido con tu hijo, mientras tu esposo sufre angustiado por tu presunta muerte.
    Cailin permanecía en silencio. Cuan claramente lo expresaba Joviano, y quizá era así. Lo peor era que ella no podía hacer nada. Se hallaba indefensa, y tan lejos de su querida Britania que jamás podría regresar. Hasta ese momento ni siquiera había pensado en ello, pero ahora no le quedaba más remedio que afrontar la realidad. Estaba viva y era probable que siguiera estándolo. Tenía que pensar en su futuro.
    – ¿Por qué me comprasteis? -preguntó a Joviano cuando entraron en el caldario para ser bañados.
    – Vi que debajo de la suciedad eras hermosa, y las mujeres hermosas son mi negocio -dijo él; luego se volvió y dijo a las encargadas de los baños: -Primero lavadle la cabeza, queridas. Quiero ver el verdadero color de su cabello.
    – Mi pelo es castaño rojizo -informó Cailin. -Heredé este color de mi madre, una celta dobunia. -Pero no pudo decir nada más, pues las dos chicas que la bañaban empezaron a frotarle la cabeza con gran vigor. -¡Ay! -exclamó Cailin mientras los dedos de las dos muchachas se abrían paso por la maraña de nudos en que se había convertido su cabello durante los últimos meses. Por fin se lo enjuagaron con agua caliente que olía a una sustancia acre. -¿Qué hay en el agua?
    – Limón -respondió Joviano. -¡Por todos los dioses! ¡Tienes un pelo maravilloso!
    – ¿Qué es «limón»? -preguntó Cailin.
    – Más tarde te lo enseñaré -dijo él. -Ahora ven, deja que las chicas te bañen, belleza mía. No. -Hizo una seña a las encargadas de los baños. -Yo mismo me bañaré. Dedicaos a Cailin.
    La lavaron con un jabón suave que acabó de quitarle la suciedad. Cailin sintió una inmensa satisfacción por volver a estar limpia. A continuación pasaron al frigidario para darse un rápido baño frío y luego al untorio, donde se tumbaron uno junto a otro en sendos bancos para recibir masaje con aceites aromáticos.
    – ¿De qué manera las mujeres hermosas son vuestro trabajo, señor? -preguntó Cailin.
    Las dos encargadas de los baños soltaron una risita.
    – Esto es Villa Máxima, Cailin -explicó Joviano, -el burdel más elegante de Constantinopla. Servimos a damas y a caballeros que buscan diversiones refinadas y excitantes.
    – ¿Qué es un burdel? -preguntó ella, molesta porque las dos muchachas volvían a mostrarse divertidas.
    Joviano alzó la cabeza sorprendido y miró a Cailin, que yacía cómodamente a su lado, disfrutando del masaje.
    – ¿No sabes qué es un burdel? -preguntó atónito. -No lo habría preguntado si lo supiera, señor -respondió ella.
    – Dices que eres de Corinio -comenzó él, pero ella le interrumpió.
    – La rama familiar de Druso Corinio llegó a Corinio en tiempos del emperador Claudio, pero yo fui educada fuera de la ciudad. Sólo la he visitado tres veces en mi vida, la última cuando tenía seis años. Soy la única hija de una buena familia patricia. Y no sé qué es un burdel. ¿Debería saberlo?
    – ¡Oh, querida! -exclamó Joviano, casi para sí, -termina tu masaje, Cailin, y después te explicaré lo que necesitas saber.
    Miró con inusual irritación a las dos encargadas de los baños, que no paraban de reír entre dientes y que callaron al instante. Era raro que el amo Joviano se encolerizara, pero cuando lo hacía era temible.
    Cuando las encargadas de los baños terminaron su trabajo, acompañaron a Cailin y Joviano a un cálido vestidor, donde Joviano se puso una dalmática limpia, de seda azul cielo. A Cailin le entregaron una túnica de seda blanca que se ataba a la cintura con un cordón dorado.
    – Ven, querida -dijo él cogiéndola de la mano. -Tomaremos pasteles de miel y vino en mi jardín privado y te contaré todo lo que has de saber.
    El jardín era exquisito; pequeño y rodeado por un muro cubierto de hiedra. En el centro había una pequeña fuente de mármol en forma de concha, de la que caía el agua a una taza redonda. Había media docena de rosales que ya empezaban a florecer, perfumando el ambiente con su exuberante perfume.
    – Ven y siéntate aquí -indicó Joviano, sentándose en un banco de mármol. -Ah, el vino está frío. ¡Excelente! -dijo con una sonrisa a la esclava que lo servía. -Bien, Cailin, para responder a tu pregunta… Un burdel es un lugar donde las mujeres venden su cuerpo para diversión de los hombres. ¿Entiendes?
    Ella asintió, los ojos como platos, y Joviano observó el maravilloso color violeta de éstos.
    – Nunca había oído hablar de algo así -respondió. -Sé que los hombres yacen con otras mujeres aparte de sus esposas, pero no sabía que las mujeres cobraran por ello.
    – Bueno, no hay nada extraño en ello -dijo él. -Se hace continuamente y se ha hecho desde el principio de los tiempos. Sin embargo, existen diferentes grados en este asunto. Algunas mujeres se venden en las calles.
    Se las llama prostitutas, o putas. Copulan con sus clientes contra la pared, en los callejones. No pueden elegir con quién tiene tratos. En consecuencia, acaban enfermas y a menudo mueren jóvenes, lo cual probablemente es una bendición para ellas. No es fácil ser una mujer de la calle. Pueden caer presa de un hombre que las obliga a ir con otros hombres pero se lleva todos los beneficios. Es una vida muy dura.
    »Las mujeres de los burdeles suelen estar mejor, aunque hay diferentes clases de burdeles. Los que son para las clases inferiores tienden a tratar a sus mujeres poco mejor que las desdichadas que hacen su trabajo en la calle. Estos burdeles existen porque siempre hay muchas pobres muchachitas deseosas de hacer fortuna en el interior de sus muros, pero pocas, si acaso alguna, escapan para envejecer con comodidad.
    – ¿Por qué lo hacen, pues? -preguntó Cailin.
    – Porque no tienen alternativa -respondió él con franqueza. -Sin embargo, Villa Máxima no es como la mayoría de burdeles. Nosotros mimamos a nuestras mujeres y las rodeamos de lujo. No son prostitutas corrientes sino cortesanas, muy bien preparadas y con habilidad para ofrecer a los clientes el máximo placer. También tenemos jóvenes y apuestos cortesanos muy solicitados entre ciertas mujeres adineradas de la ciudad y la corte. Entre nuestros clientes se encuentran hombres que disfrutan con la compañía de otros hombres o la prefieren; y mujeres que prefieren tener a una mujer por amante. Nosotros complacemos todos los caprichos.
    – Todo me resulta muy extraño -manifestó Cailin.
    Él hizo un gesto de asentimiento.
    – Sí, imagino que sí, teniendo en cuenta la vida que llevabas en Britania. Sé que será difícil para ti, pero te adaptarás a esta nueva vida si mantienes la mente abierta. ¿Por casualidad eres cristiana?
    Cailin negó con la cabeza.
    – No. ¿Y vos?
    Él rió.
    – Ahora es la religión oficial del imperio -dijo. -Como buen ciudadano, obedezco al emperador en todo.
    Cailin rió por primera vez en muchos meses.
    – ¡Qué prevaricado sois, señor! Me temo que no os creo.
    Joviano se encogió de hombros.
    – Hago lo necesario para evitarme problemas -dijo. -En esta nueva iglesia hay luchas internas respecto a qué es la doctrina correcta y qué no lo es. Cuando se hayan puesto de acuerdo, tal vez yo encuentre mi fe. Hasta entonces…
    – Guardáis las apariencias -terminó ella. -Sé muy poco de los cristianos, señor. Sin embargo, creo que prefiero a mis dioses: Sanu, la madre, y Lug, nuestro padre. Están representados por la tierra y el sol. Luego está Macha, Epona, Sulis, Cernunos, Dagda, Taranis y mi favorita, Nodens, la diosa del bosque. Mi madre adoraba en particular a Nodens. Los cristianos, según me han dicho, no tienen más que un dios. Me parece una religión muy pobre, si sólo tiene un dios.
    – Deberías aprender más cosas sobre ellos, si has de vivir en Constantinopla -le dijo Joviano. -Haré que un sacerdote te introduzca en la religión. Tenemos a varios clérigos importantes entre nuestros clientes.
    – Entonces, señor, ¿seré cortesana? -preguntó Cailin.
    – No inmediatamente, querida. Para empezar, te faltan conocimientos, y además, debo asegurarme de que no tienes ninguna enfermedad. Las mujeres que viven en esta casa están sanas. No les permito acostarse con hombres que no lo están. Algunos propietarios de burdeles tienen mujeres de una salud penosa. Mi burdel no. Por un solo solidus se puede comprar en el mercado un buen médico griego. Nosotros tenemos uno que vive aquí y cuida la salud de todas las residentes de Villa Máxima.
    – Entonces, cuando él haya decidido que estoy sana -dijo Cailin, -me enseñaréis a ser cortesana.
    – A la larga, sí -respondió él. -¿Te inquieta saber que con el tiempo tendrás que tener varios amantes, querida?
    Cailin sopesó la respuesta. En otra época y en otro lugar, la simple idea la habría horrorizado, pero no estaba en Britania. Se hallaba tan lejos de su casa que ni siquiera podía saber la distancia. Su esposo probablemente la creía muerta. Quizá ya había tomado otra esposa. Wulf… Por un momento vio ante ella su bello rostro y su fuerte cuerpo, y las lágrimas asomaron a sus ojos. Pero parpadeó y las reprimió rápidamente. Al principio no sería fácil recibir a otro hombre entre los muslos, pero suponía que con el tiempo se acostumbraría.
    – ¿Qué futuro me espera después de mi juventud? -preguntó a Joviano.
    Por un momento la sorpresa se reflejó en su rostro; luego dijo con tono admirativo:
    – Eres prudente, querida, al pensar en tu futuro. Muchas chicas no lo hacen. Creen que serán jóvenes y deseables eternamente. Claro que éste no es tu caso. Bien, te diré qué futuro te puede esperar si confías en mí. Aprende bien tus lecciones, Cailin, y te prometo que atraerás a los mejores amantes de Constantinopla.
    »No aprendas sólo las artes de la sensualidad, querida. Muchos no comprenden que para ser verdaderamente fascinante una mujer debe saber conversar con amenidad tanto como ser deseable. Los amantes inundarán a esta mujer de regalos valiosos, oro, joyas y otros objetos preciosos. Al final podrás comprar tu libertad.
    »Al comenzar cada año ponemos valor a cada mujer de la casa. Si durante ese año decide que desea comprar su libertad, no discutimos el precio, pues ya está fijado. Hoy te he comprado a ti por cuatro folies, pero tu valor ya ha aumentado ahora que tu belleza es visible. Vales al menos diez solidus.
    – ¿Cuántos folies es eso, señor? -preguntó Cailin.
    – Hay ciento ochenta folies de cobre en cada solidus de oro. Mil ochocientos folies de cobre son diez solidi de oro, querida -respondió con una sonrisa. -Estoy casi tentado de devolverte ahora que ese necio mercader te ha dejado marchar por tan poco dinero sólo porque necesitabas un poco de agua y jabón. No, no puedo. Se pondrá a aullar y a llorar diciendo que le han engañado, a pesar de que yo se lo he advertido. Todos son iguales. -Se puso de pie. -Vamos a ver a mi hermano Focas y demostrarle que no he perdido mi habilidad para ver una gema perfecta bajo el barro de la calle. Isis -llamó a una esclava. -Acompáñanos. -Se volvió hacia Cailin. -Te dirigirás a los caballeros que vienen a esta casa tratándoles de «mi señor». También a mi hermano y a mí.
    – Sí, mi señor -respondió Cailin, siguiendo a Joviano a través de la casa hasta donde Focas les esperaba.
    Cuando se desnudó, el mayor de los hermanos Máxima expresó su sorpresa y aprobación. Ella permaneció en silencio mientras ellos hablaban, hasta que por fin volvieron a vestirla.
    – Isis -dijo su nuevo amo a la esclava, -lleva a Cailin a los alojamientos que he ordenado prepararan para ella. -Cuando las dos mujeres hubieron partido, Joviano se volvió hacia su hermano, lleno de excitación. -Tengo planes maravillosos para esa chica – dijo. -Nos hará ganar una fortuna, Focas, y nos asegurará la vejez.
    – Ninguna cortesana, por muy bien preparada que esté puede hacernos ganar mucho oro -replicó su hermano mayor.
    – Esta sí, y no tendrá que distraer personalmente a ninguno de nuestros clientes. Al menos no durante cierto tiempo, hermano querido -terminó Joviano.
    Frotándose las manos con aire alegre, se sentó al lado de Focas.
    Aquellos dos hermanos eran un estudio de contrastes. Aunque casi iguales de estatura -Focas era un pelín más alto, -nadie que no los conociera habría dicho que eran hermanos, nacidos de los mismos padres. Su padre había sido cortesano y su madre su amante. Villa Máxima era el hogar de ella. Focas había heredado el lado paterno de su familia. Era esbelto, de rostro largo y aristocrático formado por una nariz delgada, labios estrechos y profundos ojos oscuros. Tenía el pelo negro y lacio que llevaba peinado hacia atrás. Su ropaje era caro y sencillo. Focas Máxima era la clase de hombre que podía desaparecer fácilmente entre una multitud. Las mujeres de su propiedad decían que era un amante de proporciones épicas que podía hacer llorar de felicidad a la cortesana más endurecida. Su perspicacia para los negocios era admirada en toda la ciudad, y sus generosas obras de caridad le mantenían en buenas relaciones con la Iglesia.
    Su hermano menor, Joviano, era lo contrario. Elegante, educado clásicamente, aficionado a la moda, estaba considerado una de las mayores inteligencias de su tiempo. Adoraba las cosas hermosas: la ropa, las mujeres, las obras de arte y en particular a los jóvenes apuestos, de los cuales mantenía a varios para que se ocuparan de sus necesidades. Con sus rizos oscuros despeinados de modo deliberado, se le reconocía con facilidad en las carreras, los juegos, el circo. El éxito de Villa Máxima se debía en gran medida a él, pues aunque Focas sabía llevar la contabilidad y ocuparse del presupuesto necesario para llevar un burdel, era la imaginación de Joviano lo que situaba a Villa Máxima por encima de los demás burdeles caros de la ciudad. Su difunta madre, famosa cortesana en su tiempo, habría estado muy orgullosa de ellos.
    – ¿Qué se te ha ocurrido? -le preguntó Focas, despertada su curiosidad por el estado particularmente excitado de su hermano con respecto a Cailin.
    – ¿No somos famosos a todo lo largo y lo ancho del imperio por nuestras diversiones? -dijo Joviano.
    – ¡Claro que sí!
    – Nuestros cuadros vivos no tienen igual. ¿Tengo razón?
    – Tienes razón, querido hermano -respondió Focas.
    – ¿Y si lleváramos un cuadro vivo un paso más allá? ¿Y si en lugar de un cuadro presentáramos una obrita de deliciosa depravación, tan decadente que todo Constantinopla quiera verla… y pague bien por gozar de ese privilegio? Al principio, querido hermano, nadie salvo nuestros clientes habituales podría verlo. Estos, por supuesto, hablarían de ello e intrigarían a sus amigos y a los amigos de sus amigos.
    »Sólo se permitiría la entrada a los que vinieran recomendados personalmente por nuestros clientes. Pronto tendríamos tantas solicitudes de entrada que podríamos poner el precio que quisiéramos, y así nos haríamos ricos. Nadie ha hecho jamás una cosa así. Naturalmente, habrá otros que nos imitarán, pero no podrán mantener nuestro nivel de genio e imaginación. Cailin será la pieza central de la función.
    Focas comprendió el plan de su hermano. Era sin duda muy brillante.
    – ¿Cómo llamarás a tu obrita y cómo se representará? -preguntó, fascinado.
    – «La virgen y los bárbaros». ¿No es magnífico? -Joviano estaba más que satisfecho de sí mismo y de su ingenio. -La escena comenzará con nuestra pequeña Cailin sentada ante un telar, vestida de blanco, modesta e inocente, el pelo suelto, tejiendo. ¡De pronto se abre bruscamente la puerta de su cámara! Entran tres magníficos bárbaros desnudos, espada en mano, con intenciones bastante evidentes. ¡La asustada doncella da un salto pero…! Los hombres se echan sobre ella y la desnudan a pesar de sus gritos. La violan y baja el telón ante las aclamaciones del público.
    – Aburrido -dijo Focas secamente.
    – ¿Aburrido? -Joviano pareció ofendido. -No puedo creer que me digas eso. No hay nada aburrido en la escena que acabo de describirte.
    – La violación de una virgen es un tema corriente de cuadro vivo -respondió Focas decepcionado. -Si eso es todo, Joviano, es aburrido.
    – ¡Por todos los dioses! Lo veo tan claro que no te he explicado los detalles. Nuestra virgen es violada por tres bárbaros, Focas. ¡Tres!
    – Aunque sean tres, y no uno, es aburrido.
    – ¿Los tres al mismo tiempo?
    Focas abrió los ojos de par en par.
    – ¡Imposible! -dijo.
    – En absoluto -replicó su hermano, -pero la coreografía debe estar muy bien hecha, como si fuera una danza del templo. Pero no es imposible, querido hermano, ¡en absoluto! Y aquí en Bizancio no se ha presentado nunca nada igual. ¿No está censurando la Iglesia constantemente la perversidad de la naturaleza del hombre? Habrá tumultos ante nuestras puertas para ver la función. Esta muchacha nos hará ganar una fortuna. Nos retiraremos a esa isla del mar Negro que compramos hace varios años y que no hemos visto desde entonces.
    – Pero ¿la muchacha cooperará? -preguntó Focas. -Al fin y al cabo, esperas mucho de una pequeña provinciana.
    – Cooperará, hermano. Es muy inteligente para ser mujer, y como es pagana no tiene escrúpulos. Al no ser virgen, no tiene respetabilidad que perder. ¿Sabes qué me ha preguntado? Qué futuro tendrá cuando su juventud y belleza hayan desaparecido. Por supuesto, le he dicho que podría comprar su libertad si era lista, y creo que lo es. Con las debidas enseñanzas, Cailin será la mayor cortesana que esta ciudad haya conocido.
    – ¿Has decidido quiénes serán los hombres? -preguntó Focas. -¿Y con qué frecuencia daremos el espectáculo?
    – Sólo dos veces a la semana. Hay que proteger el bienestar físico de la muchacha y tener en cuenta la naturaleza única de la función. Es mejor que nuestra clientela se quede rogando antes que nuestra obrita se vuelva demasiado ordinaria. En cuanto a los hombres, hace dos días vi al trío que necesitaremos en el mercado de esclavos privado de Isaac Stauracius.
    – ¿Y si ya están vendidos?
    – No lo estarán -afirmó Joviano. -Cuando los vi creí que los quería, pero no estaba seguro. Le di a Isaac cinco solidi de oro para que me los reservara. Mañana tenía que decirle algo, pero iré hoy. Son magníficos, querido Focas. Hermanos, idénticos de cara y cuerpo hasta en el último detalle. Hombres del norte, fornidos y rubios. Sólo tienen un pequeño defecto. No es visible, pero Isaac quiso que lo supiera. Son mudos. El imbécil que les capturó les arrancó la lengua. Una verdadera lástima. Parecen inteligentes y oyen bien.
    – Ve a buscarlos -dijo Focas, -y no dejes que Isaac te engañe. Al fin y al cabo, él no sabe qué vamos a hacer con esos jóvenes. Su defecto físico ha de rebajar el precio considerablemente. ¡Pero espera! ¿Y sus órganos sexuales? ¿Son grandes? Por muy apuestos que sean han de tener buenos genitales. ¿Cómo puedes asegurarte de ello sin que Isaac sospeche algo del uso que daremos a ese trío?
    Joviano miró divertido a su hermano mayor.
    – Focas, querido hermano, me hieres profundamente. ¿Cuándo he comprado un esclavo para esta casa sin haberle inspeccionado sus atributos antes? En reposo, la virilidad de esos tres cuelga al menos quince centímetros. Excitada llegará a veinte, si no me equivoco, y raras veces me equivoco.
    – Perdona, hermano -se disculpó Focas con una leve sonrisa.
    Joviano le devolvió la sonrisa e hizo una leve inclinación de cabeza antes de marcharse. Llamó a su esclava favorita y actual amante para que se reuniera con él y, con paso ágil, cruzó las puertas de Villa Máxima rumbo a la calle.

CAPÍTULO 08

    Cailin siempre había considerado lujoso el hogar en que había crecido, pero la vida en Villa Máxima fue toda una revelación para ella. En las paredes exteriores del edificio que daba a la calle no había ventanas. Se entraba por unas puertas de bronce que conducían por un estrecho pasillo a un patio grande y soleado. El suelo del patio era un diseño de bloques cuadrados de mármol blanco y negro. Había grandes tiestos colocados alrededor del patio. También había plantados pequeños árboles y rosales. Siempre había atractivas esclavas trabajando en el patio para dar la bienvenida a los visitantes y para acompañarles por las dos grandes escalinatas de mármol blanco hasta el pórtico con columnas y, a través de éste, al atrio de la villa.
    El atrio era magnífico. El techo era alto y abovedado y estaba dividido en paneles hundidos tallados y adornados en tonos rojos, azules y dorados. Las paredes estaban decoradas con paneles de mármol blanco y rodapiés revestidos de plata. La entrada al atrio tenía dos columnas cuadradas y cuatro pilares redondos en mármol rojo y blanco, todo ello coronado con cornisas. Sobre la entrada había tres ventanas largas y estrechas con rejas.
    Las puertas del atrio eran de bronce y los marcos estaban revestidos de mármol verde, tallado y decorado con marfil y oro. El suelo era de baldosas de mármol de diversos tonos de verde y blanco que formaban dibujos geométricos. En los nichos de la pared se exhibían maravillosas esculturas de hombres y mujeres desnudos, en solitario o en parejas o grupos, todos ellos en posturas eróticas calculadas para excitar al espectador. Había tinas de mármol llenas de flores de brillantes colores y varios bancos de mármol donde los clientes esperaban a que se comprobara su identidad antes de ser admitidos.
    Lo poco del resto de la villa que Cailin vio en sus primeras semanas en Constantinopla era igualmente magnífico. Todas las paredes estaban paneladas y adornadas con cuadros enmarcados. El tema de casi todos los cuadros era de naturaleza erótica. Los lechos también estaban panelados y decorados con relieves dorados o trabajos en marfil. Las puertas eran o de mármol de diversos tonos o de pinturas en mosaico confeccionadas con piezas tan pequeñas que parecían pintadas. El suelo de la cámara principal, donde tenían lugar los encuentros eróticos, tenía la historia de Leda y Júpiter ilustrada en piezas de mosaico de exquisitos colores refulgentes.
    El mobiliario de Villa Máxima era típico de un hogar acaudalado. Había divanes por todas partes, de estilo ornamental. Para las patas y los brazos, que a menudo estaban tallados, se utilizaban maderas de magnífica fibra. Para decorarlos se empleaba carey, marfil, ébano, joyas y metales preciosos. Las cubiertas de los divanes eran de los mejores tejidos, bordados en oro y plata y adornados con joyas.
    Las mesas eran igualmente bellas, siendo las mejores de cedro africano. Algunas tenían la base de mármol, otras de oro o plata y otras de madera recubierta con oro. Había arcas para guardar cosas, algunas sencillas y otras de elegante diseño. Los candelabros eran de bronce, plata y oro, así como las lámparas, tanto las que se hallaban sobre las mesas como las que colgaban. No había nada que pudiera calificarse de carente de elegancia o belleza en la villa y su mobiliario.
    A Cailin le habían asignado una bonita habitación pequeña con un suelo de mosaico cuya decoración central era Júpiter seduciendo a Europa. En las paredes se exhibían frescos de jóvenes amantes alentados y acosados por una multitud de graciosos Cupidos alados. Había una sola cama, una deliciosa y pequeña arca de madera decorada y una pequeña mesa redonda; sólo había una ventana, que daba a las colinas de la ciudad y más allá el mar. La habitación recibía sol casi todo el día, y la luz le proporcionaba un aspecto alegre que hacía que Cailin se sintiera cómoda por primera vez en casi un año. No. era un mal lugar donde comenzar su nueva vida.
    Durante casi dos semanas esa vida transcurrió sin complicaciones y con mimos. Le daban más comida de la que jamás había recibido. La bañaban y le daban masaje tres veces al día. También le cuidaban los pies y las manos, le limaban las uñas y le aplicaban crema para suavizar la piel. La hacían descansar continuamente, hasta que creyó que se moriría de aburrimiento pues no estaba acostumbrada a la vida ociosa. No veía a nadie más que a Joviano y a los pocos siervos que se ocupaban de ella. Por las noches oía risas, música y alegría en otra parte de Villa Máxima, pero su cámara se hallaba muy aislada del resto de la casa.
    Un día Joviano fue a buscarla y la llevó en una litera muy decorada y extravagante a dar un paseo por la ciudad. Él fue una fuente de datos fascinantes e información general. Cailin se enteró de que mil años atrás los griegos habían fundado una ciudad en aquel lugar. Situada en la unión de las rutas comerciales entre el este y el oeste, la ciudad siempre había florecido, aunque no era particularmente distinguida. Hasta que, unos cien años atrás, el emperador Constantino el Grande decidió abandonar Roma y eligió como nueva capital la ciudad de Bizancio. Constantino, el primer emperador que abrazó el cristianismo, consagró la ciudad el 4 de noviembre del año 328. La ciudad, rebautizada con el nombre de Constantinopla en su honor, fue consagrada formalmente el 11 de mayo de 330, con gran pompa y ceremonia. A la sazón ya estaban en marcha la construcción y la renovación de la ciudad.
    Constantino y sus sucesores siempre estaban construyendo, y poco quedaba ya de la ciudad griega original. Constantinopla ahora tenía una universidad de estudios superiores, su propio circo, ocho baños públicos y ciento cincuenta privados, cincuenta pórticos, cinco graneros, cuatro grandes salas públicas para el gobierno, el senado y las cortes de justicia, ocho acueductos que conducían el agua de la ciudad, catorce iglesias -incluida la magnífica Santa Sofía, -y catorce palacios para la nobleza. Había cerca de cinco mil hogares adinerados y de clase media alta, por no mencionar los varios miles de casas que alojaban a las clases plebeyas, los tenderos, los artesanos y los humildes.
    La ciudad había sido construida a partir del comercio, y el comercio prosperaba allí. Como estaba ubicada donde se unen las rutas por tierra de Asia y Europa, los mercados de Constantinopla estaban llenos de artículos de todas clases. Había porcelana de Catai, marfil de África, ámbar del Báltico, piedras preciosas de todo tipo; sedas, damascos, áloes, bálsamos, canela y jengibre, azúcar, almizcle, sal, aceite, granos, cera, pieles de animales, madera, vinos y, por supuesto, esclavos.
    Aquella tarde recorrieron la ciudad hasta la puerta Dorada y luego regresaron por la Mese pasando por delante de los foros de Constantino y de Teodosio. Bordearon el Hipódromo y pasaron por delante del Gran Palacio. Cuando eran transportados junto a la gran iglesia de Santa Irene, Joviano dijo:
    – Todavía no he elegido a ningún sacerdote para ti, Cailin. Tengo que acordarme de hacerlo.
    – No te preocupes -dijo ella. -No creo que pudiera ser cristiana. Parece una fe difícil, me temo.
    – ¿Por qué lo dices? -preguntó él.
    – Tus siervos me han dicho que para ser cristiano has de perdonar a tus enemigos. No creo que yo pueda perdonar al mío, Joviano. Mi enemigo me ha costado mi familia, mi esposo y mi hijo. Ni siquiera sé si ese hijo era niño o niña. Me han hecho marchar a la fuerza de mi tierra, me han hecho esclava y me han aterrorizado. Los britanos somos una raza fuerte, lo cual explica probablemente por qué he sobrevivido a todo esto, pero estoy furiosa y amargada. Si tuviera oportunidad de vengarme de Antonia Porcio, lo haría con gusto. No puedo perdonarle lo que me ha hecho ni lo que me ha quitado.
    – Tu destino ahora está aquí -declaró Joviano con calma, y le cogió la mano para consolarla.
    Los ojos violáceos de Cailin le observaron con serenidad.
    – He aprendido a no confiar en nadie, mi señor. Es más prudente, así no recibiré decepciones.
    «Qué fría es», pensó él, preguntándose si su esposo alguna vez había sido capaz de encender la pasión en ella. Sin embargo, era exactamente lo que él necesitaba para su nuevo espectáculo: una perfecta Venus: hermosa, intocable, fría y despiadada. Causaría sensación y su actuación rendiría a toda Constantinopla a sus pies.
    – Mañana empezarás a aprender -dijo. -Te enseñarán a hacer ciertas cosas que al principio te pueden asustar o parecer repugnantes, pero créeme, Cailin, cuando te digo que no permitiré que nadie te haga daño de ninguna forma. Puedes confiar en mí. He invertido demasiado en tu persona para permitir que resultes dañada, querida. Sí, puedes confiar en Joviano Máxima, pero en nadie más.
    – Habéis invertido cuatro folies, mi señor -rió Cailin. -No es precisamente una fortuna, según vos mismos me explicasteis.
    – Sí, pero recuerda que después de bañarte te dije que tu valor había aumentado a diez solidi. Una vez hayas aprendido, tu valor será un centenar de veces más elevado.
    Ella estaba fascinada por las palabras de Joviano. No tenía la menor idea de qué era lo que tendría que aprender, ni qué ocurría exactamente en Villa Máxima durante aquellas largas veladas en que los curiosos ruidos procedentes de la parte principal de la villa importunaban su reposo. Lo único que sabía de los burdeles era que en ellos se vendían cuerpos para el placer de una noche, pero al parecer había mucho más, si su intuición no se equivocaba.
    A la mañana siguiente la esclava llamada Isis la acompañó a una habitación interior donde Joviano la esperaba con otras personas. Todos salvo Joviano, espléndido con una dalmática roja y plateada, estaban desnudos. Había una hermosa mujer de pelo oscuro de la estatura de Cailin y tres hombres altos y jóvenes con rizos dorados. Por un momento, cuando les vio, el corazón le dio un vuelco a Cailin. Aunque nada en el aspecto de aquel trío, salvo su tamaño y tez, le recordaba a Wulf, fue más que suficiente. Se sintió furiosa unos instantes contra Joviano, pero enseguida comprendió que él no podía saberlo, así que se preparó para lo que tuviera que ocurrir a continuación, ya que significaba el primer paso hacia la libertad.

    El día anterior, al hablar con Joviano de su rabia, Cailin había comprobado que anhelaba desesperadamente volver a Britania, por lejos que estuviera y difícil que resultara el viaje. Ver realizado este sueño era imposible sin oro y poder. No sabía si Wulf estaba vivo o muerto. Y aunque viviera, era posible que ya no la quisiera. Pero las tierras de su padre eran de ella y también estaba aquel hijo sin rostro, sin sexo, que le pertenecía. Quería recuperarlos y quería vengarse de Antonia Porcio. Sólo haciéndose famosa en Constantinopla tendría una remota posibilidad de regresar a Britania y frustrar el perverso plan de Antonia. En su inocencia, Cailin juró que haría cualquier cosa que fuera necesaria para alcanzar su meta.
    – Ésta es Casia -dijo Joviano, presentando a la mujer de cabello oscuro. -Hace dos años que está con nosotros y es muy popular entre los caballeros. Le he pedido que esté presente porque demostrará lo que tengo pensado para ti. Quítale la túnica a Cailin, Isis, y luego puedes marcharte.
    Cailin tragó saliva con aprensión al verse desnuda delante de extraños. Nadie más parecía turbado. Era, evidentemente, algo normal en circunstancias como aquéllas. La evidente admiración por ella que reflejaron los ojos azules del trío masculino le resultó turbadora.
    – ¿Quiénes son? -preguntó a Joviano.
    – Tus compañeros de juegos -respondió él con suavidad, y le preguntó: -¿Cómo hacíais el amor tú y tu esposo, querida? Quiero decir, qué posturas empleabais -explicó. -¿Tú te tumbabas de espaldas y él te montaba?
    Cailin asintió, tragando saliva en silencio. De pronto sintió frío.
    Casia la rodeó con el brazo.
    – No tengas miedo -la tranquilizó con tono gentil. -Nadie va a hacerte daño, Cailin. En realidad, tienes mucha suerte de que Joviano te haya elegido para esta diversión.
    – ¿Seguro que no tienes miedo? -insistió Joviano. -Te dije que podías confiar en mí. Lo que te inquieta es simplemente lo desconocido. Bueno, vamos a desmitificar tus temores. Tus compañeros de juego no pueden hablar, pero sí oír. He decidido llamarles Apolo, Castor y Pólux. El médico me ha dicho que están sanos en todos los aspectos y más que dispuestos a recibir homenaje como hombres. Ellos serán tus amantes.
    – Son esclavos como yo -dijo Cailin. -¿Dónde está el beneficio en esto, mi señor? ¿Cómo puedo ganar mi libertad yaciendo con esclavos?
    Joviano contuvo la risa. Tal vez tuviera miedo, pero la joven no había olvidado ni una palabra de lo que él le había dicho.
    – Haréis el amor para distraer a nuestros clientes, Cailin. Dos veces a la semana actuaréis en una obra que he creado yo. -Entonces pasó a explicar qué tendría que hacer ella. -Supongo que nunca te ha penetrado un hombre por tu templo de Sodoma. Por eso está aquí Casia. Es su especialidad. Si ves cómo hace el amor de ese modo, verás que no hay nada que temer. Casia, ocupa tu lugar. Pólux y Castor, ayudadla. Ahora observa con atención, Cailin. Tú tendrás que hacer lo mismo que Casia.
    Casia se puso de rodillas. Castor, de pie delante de ella, frotó el miembro contra sus labios. Ella abrió la boca y lo absorbió ante los ojos atónitos de Cailin, succionándolo con avidez.
    – Le está excitando chupándole y acariciándole con la lengua -explicó Joviano. -¿Lo ves?, ya está lleno de lujuria. Es un joven ansioso.
    Casia ya no podía contener al hombre dentro de su boca. Se puso a cuatro patas. Castor se colocó detrás de ella y se arrodilló. Utilizando la mano para orientarse, empujó entre las nalgas de la muchacha. Casia gimió suavemente y, cuando lo hizo, Polux le levantó un poco la cabeza con una mano mientras con la otra ofrecía a la muchacha su miembro para que se lo metiera en la boca. Castor le cogió las caderas con sus grandes manos y muy despacio la penetró. Entonces empezó a embestirla con deslizamientos lentos y largos de su miembro.
    – Yo no puedo hacer eso -dijo Cailin, estupefacta.
    – Claro que sí, y no sólo harás eso sino más, querida -la tranquilizó Joviano. -Observarás el cuidado con que él la trata. A pesar de lo excitado que está, se muestra tierno. Debe serlo para no hacerle daño. Perdería la vida si lo hiciera, y lo sabe. -Joviano pasó un brazo por los hombros de Cailin, la atrajo hacia sí y le puso una mano en la entrepierna, para sorpresa de Cailin. -Bien, ya estás húmeda de deseo, a pesar de esas pueriles protestas. Apolo, ven y calma a nuestra pequeña novicia. Túmbala de espaldas y fóllala bien.
    Curiosamente, la tierna piedad en los ojos de Apolo endureció el corazón de Cailin, que comprendió que si no se hacía dueña de la situación, los tres hermanos la intimidarían en cada actuación. Se tumbó sobre una mullida alfombra colocada en el suelo de mármol, separó las piernas y observó a Joviano. Luego dijo:
    – Él está listo como yo para copular, mi señor. Su miembro está bien, pero los he visto mayores. Ven, Apolo, y cumple la orden de nuestro amo.
    Cailin no sintió absolutamente nada mientras él la follaba con vigor. Se mostraba fría como el hielo. Por fin, Casia, finalizada su actuación, se arrodilló junto a la cabeza de Cailin y le indicó en voz baja:
    – Siempre tienes que hacer creer al hombre que sientes una pasión como nunca has sentido, aunque no sea verdad. Echa la cabeza hacia atrás y hacia adelante. ¡Bien! Ahora gime y clávale las uñas en la espalda. -Miró a Joviano y éste sonrió al ver que Cailin hacía lo que le había indicado. -Es una buena alumna, mi señor.
    «Estoy muerta -pensó Cailin- y esto es el Hades.» Pero no lo era. Durante varias semanas fue instruida en las artes eróticas, y, para su sorpresa, resultó una alumna aventajada. Por fin llegó el día en que Cailin y el trío de jóvenes norteños dieron vida a la obra de Joviano ante los ojos encantados de éste. Dos días después realizaron un ensayo con disfraces ante todos los residentes de Villa Máxima. Al terminar, Cailin y Joviano recibieron las felicitaciones de todos: Joviano por sus habilidades creativas y Cailin por su actuación sencillamente acrobática.
    – La semana que viene empezaremos las actuaciones -anunció Joviano con entusiasmo. -Hay tiempo suficiente para que nuestros clientes especiales sepan que ocurrirá algo extraordinario. ¡Oh, hermano mío, vamos a ser ricos!
    «La virgen y los bárbaros» fue un éxito inmediato. Jamás en la historia de Constantinopla se había visto nada igual. Todo salía exactamente como Joviano había vaticinado. Focas, en una rara muestra de excitación, apenas podía contener su alegría ante los miles de solidi que se amontonaban en su caja de caudales. La obra se representaba dos veces a la semana ante varios cientos de espectadores, cada uno de los cuales pagaba cinco solidi de oro. Una noche, Joviano buscó a su hermano mayor y le dijo con excitación:
    – ¡Ha venido la emperatriz y el general Aspar! Me he sentado con ellos en la primera fila para ver mejor la representación. ¡Por todos los dioses! ¡Sabía que tenía razón! Voy a empezar a idear otra obra, Focas.
    – Me pregunto si es tan fascinante como dicen los rumores -murmuró el príncipe Basilico a su compañero.
    Era un hombre elegante y de piel clara, pelo negro y ojos castaño oscuro. Culto y educado, era inusual encontrarle en un ambiente como aquél, en particular dada su piedad pública y su círculo de amigos religiosos.
    – Lamentaré haber permitido que me arrastraras hasta aquí esta noche, Aspar.
    El general rió.
    – Eres demasiado serio, Basilico.
    – ¿Y debería ser más como tú? ¿Un aficionado a los juegos y espectáculos públicos, Aspar? Si no fueras el mejor general que el imperio ha conocido, la corte no te toleraría.
    – Si no fuera el mejor general que el imperio ha conocido -repuso Aspar con calma, -tu hermana Verina no sería emperatriz.
    El príncipe rió.
    – Es cierto -admitió. -Tú hiciste emperador a Leo aunque elegiste a Marciano ante él. Tú mismo serías emperador de no ser por mis amigos de la Iglesia. Ellos te temen, Aspar.
    – Entonces son unos necios. Da gracias a Dios de que carezco de ortodoxia, Basilico. Prefiero hacer emperadores que ser emperador. Por eso tus amigos me temen. No comprenden por qué quiero ser como soy. Además, los tiempos han cambiado. Bizancio necesita un gran general más que un gran emperador; y hace tiempo que pasaron los tiempos en que un solo hombre podía ser ambas cosas.
    – Tu modestia me conmueve -dijo con ironía el príncipe. -¡Dios mío! ¿No es la esposa del senador romano esa que va con ese tipo musculoso? ¡Claro que lo es!
    Aspar contuvo la risa.
    – Probablemente conocemos a la mitad de la gente que ha venido, Basilico. Mira allí. Es el obispo Andrónico, y observa con quién está. Es Casia, una de las mejores cortesanas que Villa Máxima puede ofrecer. He disfrutado de su compañía varias veladas. Es encantadora y tiene mucho talento. ¿Te gustaría conocerla? Pero no creo que esta noche me atreva a entrometerme con el obispo.
    La sala estaba abarrotada. Jóvenes de ambos sexos desnudos empezaron a ir de un lado a otro, apagando las lámparas hasta que el recinto quedó en total oscuridad. Aspar sonrió al oír los gemidos bajos y respiraciones fuertes alrededor. Algunos de entre el público ya aprovechaban la oscuridad para hacer el amor. Entonces el grueso telón que ocultaba el escenario fue retirado y dejó al descubierto un segundo telón transparente. El escenario estaba muy bien iluminado, con lámparas colocadas a lo largo del suelo y otras colgadas de las vigas del escenario.
    La cortina transparente fue corrida lentamente y tras ella apareció una hermosa joven sentada ante un telar. Su rostro era sereno, pero lo que Aspar encontró delicioso fueron sus largos rizos castaño rojizos. La muchacha iba vestida con una modesta túnica blanca; sus esbeltos pies estaban desnudos. Trabajaba expertamente en el telar. Su actitud era de pureza e inocencia.
    Se oía una música suave de fondo procedente de unos músicos invisibles. El general miró alrededor. Entre el público, los amantes empezaban a entrelazarse. La esposa del senador romano estaba sentada frente al escenario, encima del regazo de su amante. Tenía el vestido recogido igual que la túnica del joven sobre el que se sentaba. Lo que hacían era obvio. Aspar sonrió, divertido, y se volvió hacia el escenario. La muchacha levantó la mirada y Aspar vio que sus ojos eran absolutamente inexpresivos. Por un momento se preguntó si era ciega. Aquella mirada vacía le conmovió de una forma extraña y le hizo sentir lástima por aquella hermosa joven.
    Entonces, de pronto, la puerta que daba al pequeño escenario se abrió. El público ahogó una exclamación al ver a tres guerreros desnudos, untados de aceite, entrar a grandes pasos. Los tres tenían idénticos rasgos faciales. Vestían casco con coleta y llevaban una espada y un escudo decorado; pero sus grandes órganos masculinos era lo que más llamaba la atención del público.
    – ¡Dios de los cielos! -exclamó Basilico en voz baja. -¿De dónde vienen ésos? Supongo que no… ¡ah, sí, sí lo van a hacer!
    Se inclinó hacia adelante, fascinado, mientras los tres bárbaros empezaron a violar a la indefensa virgen.
    La pequeña prenda de vestir transparente que llevaba Cailin le fue arrancada con violencia de su voluptuoso cuerpo. Ella levantó el brazo derecho y se llevó la mano a la frente mientras bajaba el izquierdo y lo colocaba ligeramente hacia atrás. Esta postura ensayada permitió al público contemplar con claridad su hermoso cuerpo desnudo. Por un instante los tres bárbaros permanecieron inmóviles, como si también ellos admiraran a su víctima. Entonces, de pronto, uno de ellos cogió a la muchacha y la besó con fiereza, acariciando con sus grandes manos aquel apetecible cuerpo. Un segundo bárbaro cogió a la doncella y empezó a explorar sus labios, mientras el tercer hombre exigía su parte también. Durante unos minutos, los tres bárbaros besaron y acariciaron a Cailin ante el suspirante público.
    – ¡Oh, por todos los dioses! -casi gimió una voz femenina sin rostro en la oscuridad cuando los tres dorados bárbaros de pronto se volvieron hacia el público, exhibiendo sus miembros viriles erectos al máximo.
    Se oyeron más suspiros de lujuria y gemidos mientras proseguía la obra. Los tres bárbaros agarraron a la muchacha para impedir que escapara y se jugaron a los dados quién se llevaría la virginidad contenida en su templo de Venus. El público no lo sabía, pero esta parte era la única que quedaba al azar en cada representación.
    Joviano creía que si los actores masculinos interpretaban siempre exactamente el mismo papel acabarían aburridos.
    Apolo ganó la primera vez y sonrió con placer. En las tres últimas representaciones había quedado relegado al papel que su hermano Castor interpretaría aquella noche. Gimió de auténtico placer cuando se tendió debajo de Cailin, que fue obligada a dejarse penetrar por la vagina. Por su parte, Pólux se arrodilló detrás de la muchacha, la sujetó con fuerza por las caderas mientras ella guardaba el equilibrio apoyándose en las manos, y lentamente penetró en el templo de Sodoma de Cailin. La audiencia estalló en risas cuando Castor, aparentemente descartado de la diversión, se mostró abatido. Entonces una sonrisa perversa le cruzó el rostro. Se acercó al grupo, apoyó un pie a cada lado de Apolo y obligó a Cailin a levantar la cabeza. Se frotó contra los labios de ella hasta que, con aparente recato, ella abrió la boca y atrapó el miembro viril, al principio con timidez y luego chupando con avidez. Con cuidado los otros dos hombres empezaron a moverse también dentro de la chica. Los violadores aullaban de placer.
    Era hábil, pensó el general. La muchacha parecía inocente como un corderito. Sin embargo, sus ojos inexpresivos le indicaban que hacía aquello para sobrevivir. Era evidente que no disfrutaba con aquellos tres hombres que la habían penetrado por tres orificios de su adorable cuerpo. Aspar vio alrededor de él hombres y mujeres boquiabiertos y con los ojos desorbitados de lujuria. Varias parejas, unidas físicamente, gemían de placer mientras los actores llevaban a término aquella pequeña pieza de depravación. Cuando el cuarteto se desplomó formando un montón de miembros entrelazados, se corrió el telón.
    Joviano apareció, ante los vítores y gritos de aprobación del público.
    – ¿Habéis disfrutado con nuestro pequeño entretenimiento? -preguntó con un brillo pícaro en los ojos.
    El público rugió de aprobación y él se sintió radiante.
    – ¿Hay alguna dama presente que quisiera disfrutar de las atenciones especiales de alguno de nuestros jóvenes y bellos bárbaros? -preguntó Joviano con cierto recato.
    De inmediato fue bombardeado con ávidas peticiones. Los tres hermanos salieron rápidamente de detrás del telón para reunirse con sus felices compañeras de aquella noche. Para asombro de Basilico, la lasciva esposa del senador romano se apoderó de uno de los actores y desapareció con él y su joven amante.
    – ¿Y la chica? -preguntó alguien a gritos.
    – ¡Ah, no! -respondió Joviano con una sonrisa. -Nuestra virgen no es para nadie… de momento… Quizá algún día, caballeros, pero no ahora. Mi hermano y yo nos alegramos de que os hayáis divertido con nuestra obra. Habrá otra representación dentro de tres noches. Decidlo a vuestros amigos.
    Y acto seguido desapareció tras el telón como una pequeña zorra saltando a su madriguera.
    Aspar se puso en pie.
    – Tengo que ocuparme de cierto asunto -dijo a su compañero. -¿Me esperas, Basilico?
    – Creo que sí -respondió el príncipe. -Al fin y al cabo, ya estoy aquí.
    Sonriendo para sí, Flavio Aspar salió del pequeño teatro. Llevaba varios años buscando diversión en Villa Máxima y sabía muy bien a dónde iba. Encontró a los dos hermanos Máxima en una pequeña habitación interior, contento con satisfacción los ingresos de aquella noche.
    – ¡Mi señor, me alegro de veros! -Joviano se apresuró a saludarle mientras Focas levantaba la vista lo suficiente para hacer un gesto de asentimiento al general. -¿Os ha gustado la obrita? He visto que el príncipe Basilico estaba con vos.
    – Nada escapa a tus agudos ojos, ¿verdad, Joviano? -dijo el general riendo. -La actuación ha sido brillante. Un poco dura para la chica, diría. ¿Eso es lo que limita sus apariciones a dos veces a la semana?
    – Claro. Cailin es muy valiosa para nosotros. No queremos causarle ningún daño -dijo Joviano.
    – Quiero comprarla -respondió Aspar con voz tranquila.
    Joviano sintió que el corazón le daba un vuelco. Sus ojos se posaron en los de su hermano, nervioso. Sin duda no habían pensado en esa posibilidad.
    – Mi señor -dijo despacio, -no está en venta. Al menos por ahora. Quizá más adelante…
    Notó una gota de sudor resbalarle por la espalda. Aquél era el hombre más poderoso del imperio bizantino. Más que el propio emperador.
    – Mil solidi de oro -ofreció Aspar, y sonrió para demostrar que la negativa de Joviano no le ofendía.
    – Tres mil -respondió Focas.
    Focas Máxima carecía de sentimientos. Joviano podría protestar, pero enseñarían a otra muchacha para que ocupara el lugar de Cailin. Además, la obra ya no era una auténtica novedad.
    – Mil quinientos -replico el general sin vacilar.
    – Dos mil -replicó a su vez Focas.
    – Mil quinientos -insistió con firmeza el general, indicando que el regateo había terminado. -Que me entreguen a la chica en mi villa privada de la costa. Queda a sólo ocho kilómetros de la puerta Dorada. Cuando lleguéis mañana, el mayordomo os dará el oro. Confío en que lo consideraréis un trato satisfactorio, caballeros.
    Ni por un instante creyó que pudiera serle negado.
    – Preferiríamos, mi señor, que el oro nos fuera entregado aquí. No creo que a ninguno de los dos le gustara regresar de más allá de las murallas de la ciudad cargado con semejante tesoro -explicó Focas. -Cuando nos hayan traído el dinero, nos complacerá enviaros la chica.
    Hizo una cortés inclinación de cabeza.
    – Muy bien -respondió Flavio Aspar, y al ver la expresión abatida de Joviano, añadió: -No estés triste, mi viejo amigo. «La virgen y los bárbaros» se estaba volviendo muy popular. Pronto nadie creerá que tu pequeña protegida… ¿cómo la llamáis?… es virgen. Crea una nueva obra para tu público, Joviano. No perderás nada con ello. Los que no han visto ésta estarán doblemente ansiosos por ver la próxima, y los que la han visto estarán igualmente ansiosos por ver la siguiente.
    – Cailin. Se llama Cailin. Es britana -respondió Joviano. -¿Seréis amable con ella, mi señor? Es una buena chica nacida en tiempos difíciles. Si le preguntáis, os contará su historia. Es de lo más fascinante.
    – No la he comprado para hacerle daño, Joviano -espetó el general. Luego añadió: -Caballeros, no quiero habladurías respecto a esta transacción, ni siquiera con mi amigo Basilico. No quiero que nadie conozca mi compra.
    – Lo comprendemos perfectamente, mi señor -dijo Joviano con suavidad, empezando a recuperar su aplomo. Conociendo la historia de Sexto Escipión, siempre se había sentido un poco culpable por convertirla en la protagonista de su obra. Comprendió que como amante del general Aspar estaría más a salvo y, posiblemente, incluso sería más feliz. -Supongo que ahora os veremos menos -dijo.
    – Quizá -respondió Aspar.
    Con un gesto de asentimiento a los dos hombres, abandonó la estancia y cerró la puerta tras de sí.
    – ¡Por todos los dioses! -exclamó Focas. -Hemos tenido a esa chica en nuestro poder menos de tres meses, querido hermano. Sus actuaciones nos han hecho ganar mil quinientos solidi y su venta nos ha aportado otros mil quinientos. Un excelente beneficio con una esclava que sólo nos costó cuatro folies, aun considerando el coste de mantenerla, el cual realmente ha sido mínimo. Te felicito, Joviano. ¡Tenías razón!
    Joviano esbozó una amplia sonrisa. Un cumplido de Focas era tan raro como encontrar una perla perfecta en una ostra.
    – Gracias, hermano -dijo. -¿Se lo dirás a la chica?
    – Hablaré con ella por la mañana. Las noches que tiene función se baña y se va a la cama inmediatamente después. Ahora debe de estar dormida, y siempre duerme como un tronco.
    Dormir. Era la única manera que tenía Cailin de escapar. Creía que era una mujer fuerte. Casi se había convencido de que podría hacer todo lo que le pidieran. Pero no creía que pudiera soportarlo mucho más tiempo. No es que nadie la maltratara, ya que todos se esforzaban para que se sintiera cómoda. Todos en Villa Máxima la mimaban y complacían. Joviano se dedicaba casi por completo a ella. Apolo, Castor y Polux la adoraban abiertamente. Incluso habían llegado a mostrarle un león dibujado en un mosaico, señalándola a ella, para indicar, a su manera, que era valiente como un león. Eso la halagó, pero no era suficiente. Recientemente había oído a Joviano hablar de un nuevo espectáculo que estaba ideando para ella. Sin duda no podría ser peor del que ya estaba representando.
    Para su sorpresa, Joviano se reunió con ella a la mañana siguiente para tomar la primera comida del día.
    – No podía dormir -dijo él, -y por eso he ido temprano al mercado. Mira qué estupendo melón te he traído. Lo tomaremos juntos mientras te cuento la increíble suerte que has tenido, Cailin.
    – La diosa Fortuna no ha sido muy buena conmigo últimamente -replicó ella, entregándole el melón a Isis para que lo partiera.
    – Anoche te sonrió ampliamente, querida -dijo Joviano. -Flavio Aspar, el hombre más poderoso de Bizancio, se hallaba entre el público.
    – Creía que el hombre más poderoso era el emperador -observó Cailin.
    – Flavio Aspar es el general más afamado de Bizancio. Ha elegido personalmente a los dos últimos emperadores. Los dos, el difunto Marciano y el actual León, le deben su posición.
    – ¿Y qué tiene que ver ese general conmigo, mi señor?
    Cailin cogió la rodaja de melón que le ofrecía Isis. Era agradablemente dulce y el jugo le resbaló por la barbilla. Sacó la lengua para lamerlo.
    – Te he vendido a él -respondió Joviano, dando un mordisco a su rodaja de fruta. -Ha pagado mil quinientos solidi de oro por ti, querida. ¿No te dije que tu valor aumentaría?
    – También me dijisteis que podría comprar mi libertad -replicó Cailin con amargura. -¿No os dije que no debía confiar en nadie? Pero vos me jurasteis que podía confiar en vos, mi señor.
    – Querida niña -protestó Joviano, -no solicitamos tu venta. El acudió a nosotros después de la función de anoche y dijo que deseaba comprarte. Es el hombre más poderoso del imperio, Cailin. No era posible negarse y seguir prosperando. Negarle a Aspar lo que quería habría sido un suicidio. -Le dio una palmadita en el brazo. -No temas, querida. Será bueno contigo. No creo que el general haya tenido jamás una amante. Cuando quería tener una mujer que no fuera su esposa venía aquí, o iba a algún otro establecimiento respetable como el nuestro. Deberías sentirte honrada. Cailin le miró furiosa.
    – ¿Cómo regresaré a Britania para vengarme de Antonia Porcio? -preguntó echando fuego por los ojos.
    – Una mujer lista, Cailin (y creo que tú lo eres), comprendería que se le ofrece una gran oportunidad. Aspar te llenará de regalos si le satisfaces. Incluso es posible que algún día te libere.
    – Yo carezco de las habilidades de una cortesana -repuso ella. -Esas lecciones tenían que venir más adelante. Lo único que soy capaz de hacer es… -Se sonrojó. -Bueno, ya sabéis lo que puedo hacer, mi señor, pues vos concebisteis el Hades en que he vivido durante las últimas semanas. ¿Vuestro poderoso general no creerá que ha sido engañado cuando descubra que la mujer que compró no posee ninguna habilidad en el arte del erotismo?
    – No creo que quiera una cortesana con experiencia, Cailin -dijo Joviano. -Aspar es un hombre extraño. A pesar de todos sus conocimientos militares, es una persona muy buena en un mundo muy cruel. Sin embargo, no te equivoques con él. Es un hombre acostumbrado a que le obedezcan. Puede ser muy duro.
    En ese momento entró Focas.
    – Ha llegado el mensajero con el oro -dijo exultante. -Lo he contado y está todo, querido hermano. ¿Se lo has dicho a Cailin? ¿Está preparada para marcharse?
    – Tengo que lavarme las manos y la cara -respondió Cailin por Joviano. -Luego estaré lista para partir, mi señor Focas.
    No había nada más que decir. Isis le llevó una palangana con agua y Cailin se limpió los restos de melón. Entonces se despidió de Isis y fue acompañada por los dos hermanos al patio, donde le esperaba una litera. Vestía una sencilla túnica blanca anudada en la cintura con un cordón dorado. Las mangas de la prenda le caían con elegancia sobre los brazos. Iba descalza, pues en Villa Máxima no necesitaba sandalias y no le habían dado calzado.
    Casia salió al patio y dijo:
    – No podéis permitir que se marche sin esto. -Con una pequeña sonrisa colocó unos pendientes de amatista, perla y oro en las orejas de Cailin. -Todas las mujeres merecen alguna joya. Que los dioses te acompañen, amiga mía. No creo que comprendas cuan afortunada eres.
    – Gracias, Casia -exclamó Cailin. -Nunca he tenido unos pendientes tan bonitos como éstos; y gracias por todo.
    – Sé tú misma y tendrás éxito con él -le aconsejó Casia.
    – Te visitaré pronto -dijo Joviano a Cailin, y la ayudó a subir a la litera. -Sigue el consejo de Casia. Ella conoce el oficio como ninguna.
    Cailin sintió un momento de pánico cuando alzaron la litera y los porteadores cruzaron las puertas de Villa Máxima. Una vez más se enfrentaba a lo desconocido. ¡Parecía tan extraño, tras la vida apacible que había llevado en Britania, que en el espacio de dos años su destino hubiera dado tantos giros! Cailin se recostó y cerró los ojos mientras era transportada a través de la ciudad. En la puerta Dorada la litera se detuvo en la cola que esperaba cruzar. Oyó a una voz áspera preguntar:
    – ¿Y qué tenemos aquí?
    – Esta mujer pertenece al general Aspar y va a Villa Mare -fue la escueta respuesta.
    – Echaré un vistazo -respondió la voz, y el velo diáfano de la litera fue apartado.
    Cailin clavó la mirada fríamente al soldado que miró dentro. Éste soltó la cortina.
    – ¿Pertenece al viejo Aspar? -preguntó el guardia, silbando con admiración. -¡Menuda belleza! ¡Adelante, moveos!
    Volvieron a alzar la litera y a avanzar. Cailin atisbo entre las cortinas. El camino discurría a través de una llanura fértil con campos de trigos, huertos y olivares a ambos lados. Más allá se encontraba el mar. No lo veía pero percibía el aroma del aire salado. Empezó a sentirse mejor. El mar era un medio de escapar, y ahora que estaba fuera de Villa Máxima, jamás volvería a degradarse como había hecho en las últimas cinco semanas.
    Avanzaron por un camino llano y luego notó que los porteadores reducían el paso y giraban. Volvió a atisbar y vio que habían cruzado una puerta de hierro y recorrían un sendero flanqueado por árboles. Se hallaba de nuevo en el campo, pensó, aliviada de verse libre del ruido y el hedor de Constantinopla. Los porteadores se detuvieron y dejaron la litera en el suelo. Apartaron las cortinas y le tendieron una mano. Cailin bajó y descubrió que la mano pertenecía a un anciano de cabello blanco y baja estatura.
    – Buenos días, señora. Soy Zeno, el sirviente de Villa Mare. El general me ha encargado que os dé la bienvenida. Éste es vuestro hogar y todos estamos a vuestras órdenes.
    Hizo una cortés reverencia con una sonrisa amistosa en el rostro.
    – ¿Dónde está vuestro amo, Zeno? -preguntó ella.
    – No veo al general desde hace varios meses, señora. Ha enviado un mensajero esta mañana temprano con sus órdenes para vos.
    – ¿Se le espera pronto? -Qué extraño resultaba aquello.
    – No me ha informado de ello, señora -dijo Zeno. -Entrad y tomad algún refresco. El día empieza a ser caluroso y el sol es muy fuerte a finales de junio. Pero imagino que la ciudad debía de ser un horno.
    Cailin le siguió.
    – No me gusta la ciudad -dijo. -El ruido y la suciedad son espantosos.
    – Es cierto. Hace muchos años que sirvo al general, pero cuando me ofreció ser su sirviente en Villa Mare, le besé los pies agradecido. Cuanto más mayor me hago menos tolerancia parezco tener, señora. ¿Vos no sois ciudadana de Bizancio?
    – Soy britana -respondió Cailin, y aceptó una copa de vino fresco de manos de un sonriente siervo.
    – Me han dicho que es una tierra salvaje y bárbara -observó Zeno con seriedad. -Dicen que la gente es de color azul, pero vos no lo sois, señora. ¿Estoy confundido, pues?
    Cailin no pudo reprimir la risa, pero al punto calmó al sirviente diciéndole:
    – En la antigüedad los guerreros se pintaban de azul cuando acudían a la batalla, Zeno, pero no tenemos la piel azul.
    – Ya lo veo, señora, pero ¿por qué se pintaban de azul?
    – Nuestros guerreros creían que aunque el enemigo pudiera matarles y arrebatarles sus posesiones, si iban pintados de azul no podrían robarles su honor y su dignidad. Britania no es una tierra salvaje. Hemos formado parte del Imperio más de cuatrocientos años, Zeno. Mi propia familia descendía de un tribuno romano que fue allí con el emperador Claudio.
    – Veo que tengo que aprender mucho acerca de los britanos, señora. Espero que compartiréis vuestros conocimientos conmigo. Valoro en gran medida el conocimiento -declaró Zeno.

    Durante los siguientes días Cailin exploró su nuevo ambiente. Villa Mare se parecía mucho a su hogar de Britania; era una sencilla pero confortable villa en el campo. El atrio tenía un pequeño estanque cuadrado con peces y a ella le gustaba sentarse allí durante el calor del día, cuando en el exterior no se estaba demasiado bien. Su dormitorio era espacioso y aireado. No había más que una docena de sirvientes, todos ellos ya mayores. Era evidente que el general Aspar enviaba a Villa Mare a los esclavos que deseaba retirar, pues allí disfrutarían de una vida más sencilla y fácil. Parecía un acto de bondad, y con ello creció la curiosidad que sentía por el hombre que la había rescatado de Villa Máxima; pero, al parecer, no se le esperaba pronto. Era como si, deliberadamente, la dejara en soledad para que se recuperara de la difícil prueba que había afrontado en los últimos meses. Si era así, Cailin le estaba agradecida.
    Zeno se quedaba fascinado con las historias que ella le contaba de Britania. Al parecer, nunca había estado en ninguna otra ciudad aparte de Constantinopla y sus aledaños. A Cailin le sorprendió descubrir que a pesar de su posición social era un hombre muy culto. Sabía leer y escribir latín y griego, y también llevar las cuentas. Le contó que había sido educado con el hijo de un noble de la corte de Teodosio II y había llegado al hogar del general Aspar cuando su amo había muerto lleno de deudas; entonces él, junto con los otros esclavos de la casa, fueron vendidos.
    – Vos no nacisteis esclava, mi señora -le dijo Zeno un día.
    – No -respondió ella. -Fui traicionada por una mujer a la que creía amiga. Hace un año yo estaba en Britania y era esposa y futura madre. Si me hubieran dicho que éste sería mi destino, jamás lo habría creído, Zeno. -Sonrió levemente, casi para sí. -Algún día regresare a casa y me vengare de esa mujer. ¡Lo juro!
    Era evidente que aquella joven pertenecía a la clase alta, pero como Zeno había nacido esclavo, hijo y nieto de esclavos, no hizo más preguntas. Habría sido presuntuoso por su parte y no podía, a pesar de su curiosidad, cambiar los hábitos de toda una vida. No importaba que ella también fuera esclava. Era una esclava que había nacido patricia. Era superior a él, a pesar de su juventud.
    – Háblame de tu amo -pidió Cailin.
    – ¿No le conocéis? -dijo Zeno. -Qué curioso.
    – Ni siquiera sé qué aspecto tiene -admitió ella con inocencia. -El amo de la casa en que servía vino a mí una mañana y me dijo que el general Aspar me había visto y admirado y me había comprado. Entonces me enviaron aquí. Todo me resulta muy extraño.
    Zeno sonrió.
    – No -dijo. -Es el tipo de cosa que él haría, señora. Los que estamos con él hace tantos años conocemos su buen corazón, aunque no tiene fama de ello. La tendría si fuera emperador de Bizancio, señora, pero en cambio colocó a León en el trono.
    – ¿Por qué?
    Indicó a Zeno que se sentara con ella junto al estanque del atrio, alentándole a proseguir.
    – Desciende de los alanos, señora. En otro tiempo fueron un clan nómada dedicado al pastoreo que vivía más allá del mar Negro. Los alanos fueron expulsados de su tierra por los hunos, una fiera tribu guerrera que hasta hace poco era gobernada por un animal llamado Atila. Aunque el general es cristiano, es un cristiano ario. Mientras que los cristianos ortodoxos creen que su Santísima Trinidad (el Dios Padre, el Hijo y el Espíritu Santo) son uno y trino, los arios creen que el Hijo es un ser diferente de Dios Padre y lo subordinan a él.
    »Discuten una y otra vez la doctrina. Aunque algunos de nuestros emperadores se sienten atraídos pe los arios, la Iglesia ortodoxa se mantiene firme en Bizancio. No dejarán que un cristiano ario reconocido sea emperador. Sinceramente, no creo que él quiera serlo, señora. El emperador no es un hombre libre. Preferiría ser un hombre libre que monarca.
    – ¿Tiene esposa? ¿O hijos? -preguntó Cailin.
    – Durante muchos años el general estuvo casado con una buena mujer de Bizancio, Ana. En el primer año de su matrimonio tuvieron un hijo, Ardiburio, luego una hija, Sofía. Hace nueve años la señora Ana tras muchos años de esterilidad, dio a nuestro amo su segundo hijo varón, Patricio. El parto la debilitó y permaneció inválida hasta su muerte hace tres años. Villa Mare se compró para ella, porque se creyó que el aire del mar le resultaría saludable.
    »Creíamos que el general seguiría sin pareja, pero el año pasado volvió a casarse. Sin embargo, se trata de una alianza política. La señora Flácida es viuda y tiene dos hijas casadas. Ni siquiera vive en la casa de nuestro amo en la ciudad, sino que sigue en el hogar que tuvo durante años. Es una mujer de la corte con poderosas conexiones, pero me temo que resulta una pobre compañía para el general. El está solo.
    – El problema con los siervos viejos y valiosos, -dijo una voz profunda- es que saben demasiadas cosas de uno y son dados a la conversación ociosa.
    Zeno se levantó al instante y se arrodilló ante el hombre que había entrado en el atrio, besándole el borde de la capa.
    – Perdone a un viejo necio, mi señor -dijo, y añadió: -¿Por qué no enviasteis recado de que veníais?
    – Porque esta casa siempre está en perfecto orden para recibirme, Zeno -respondió Aspar, ayudando al anciano a ponerse en pie. -Ahora ve y tráeme un poco de vino fresco, el vino chipriota, pues el viaje ha sido largo y caluroso. -Tras despedir al criado, se volvió a Cailin: -¿Has descansado bien?
    – Gracias, mi señor -respondió ella tratando de no mirarle fijamente.
    – ¿Zeno se ha ocupado de que estuvieras cómoda? -preguntó él.
    «Qué hermosa es», pensó. La había comprado en un impulso, por piedad, pero ahora se daba cuenta de que quizá no había sido tan necio. Hacía mucho tiempo que ninguna mujer le había hecho latir el corazón con violencia y encenderle la entrepierna de puro deseo.
    – No me han tratado más que con amabilidad, mi señor -contestó Cailin con voz suave.
    «Es un hombre muy atractivo», pensó, comprendiendo al ver su mirada el lugar que ocuparía en aquella casa.
    – Dadme la capa -se ofreció, desabrochando el botón de diamante de la prenda y dejándola a un lado.
    Él era cuatro o cinco centímetros más alto que ella; no tan alto como Wulf o el trío de hombres del norte, pero tenía un cuerpo sólido y robusto. Era evidentemente un general que se mantenía en tan buena forma como se exigía a sus hombres.
    – ¿Qué perfume llevas? -preguntó él.
    – No llevo ningún perfume, mi señor, pero me baño cada día -respondió Cailin, nerviosa, apartándose un paso de él. -Probablemente es el aroma del jabón lo que permanece en mi piel.
    – Una vez haya tomado el vino nos bañaremos juntos. El viaje ha sido caluroso y en la ciudad aún hacía más calor. ¿Te gusta estar cerca del mar?
    – Me crié en el campo, mi señor, y viví allí hasta que llegué a Constantinopla. Lo prefiero a la ciudad -respondió con calma, pero el corazón le latía con fuerza. «Nos bañaremos juntos.» Si antes había albergado alguna duda respecto a qué lugar iba a ocupar allí, ahora ya no le quedaba ninguna.
    Zeno regresó con el vino y Aspar se sentó en el banco de mármol junto al estanque, bebiendo a sorbos la bebida fresca y apreciándola. Cailin permaneció callada a su lado, observándole. Tenía el pelo castaño oscuro, moteado de plata; lo llevaba corto y peinado a la manera militar. La mano que sujetaba la copa era grande y los dedos largos y de aspecto fuerte. Llevaba un gran anillo de oro en el dedo medio. El rubí que ostentaba estaba tallado en forma de águila de dos cabezas, el símbolo de Bizancio.
    Él percibió su mirada y levantó los ojos. Cailin enrojeció. Él sonrió. Fue una sonrisa rápida y traviesa como la de un niño. Tenía los dientes blancos y regulares y los ojos mostraban un brillo gris plateado. Las arrugas alrededor de los ojos le indicaron que era un hombre que sonreía con facilidad.
    – Creo que tengo la nariz demasiado grande, ¿qué opinas tú, Cailin?
    Volvió a sonreír y ella sintió que las rodillas le flaqueaban. No era un hombre guapo, pero tenía algo.
    – Creo que tenéis una nariz muy bonita, mi señor -respondió.
    – Las ventanas son demasiado grandes -replicó él. -Pero mi boca está bien proporcionada, ni demasiado grande ni demasiado pequeña. Nuestro amigo Joviano tiene una boca como el arco de Cupido, pero adecuada para un hombre, ¿no lo crees así? Probablemente de niño era encantador.
    – Joviano todavía tiene algo de niño -observó Cailin.
    Aspar emitió una risita.
    – O sea que hay un ojo experto y, sospecho, un agudo intelecto bajo ese hermoso rostro y cuerpo. -No sabía que mi rostro fuera particularmente visible cuando me visteis, mi señor, y mi cuerpo estaba bastante contorsionado o así me lo parecía -dijo Cailin con sentido del humor. Luego se puso seria. -¿Por qué me comprasteis, señor? ¿Tenéis por costumbre comprar internas de burdeles?
    – Cuando te vi me pareciste la mujer más valiente que jamás había conocido -dijo él. -Estabas luchando por sobrevivir en Villa Máxima. Lo vi en la mirada vacía con que obsequiaste al público y el modo estoico con que aceptabas la degradación a que te sometían en aquella obscena obra de Joviano.
    »El imperio que gobierna el mundo, al menos gran parte de él, está regido por los mismos degenerados que encontraron divertida tu vergüenza. Yo soy miembro de esa clase gobernante, pero esa gente me asusta más que cualquier peligro que jamás haya arrostrado en la batalla. Cuando de manera impulsiva te compré a Joviano, quien por cierto no se habría atrevido a negarse a mi petición, lo hice porque me pareció que tu valentía debía ser recompensada liberándote del infierno que tan valientemente soportabas. Ahora, sin embargo, creo que quizá también había otra razón. Me excitas, al parecer.
    Su franqueza sorprendió a Cailin. Ésta luchó por conservar la compostura.
    – Debe de haber muchas mujeres hermosas en Bizancio, mi señor -dijo. -Según me han dicho, es una ciudad de mujeres bellas sin igual. Seguro que hay otras que merecen vuestra atención más que yo, una humilde esclava de Britania.
    La carcajada que soltó Aspar sobresaltó a Cailin.
    – Por Dios, no había pensado que la pusilanimidad formara parte de tu naturaleza, Cailin -dijo Aspar.
    – ¡Nunca he sido pusilánime! -protestó ella indignada.
    – Entonces no empieces a serlo ahora -la reprendió él. -Eres una mujer hermosa y te deseo. Puesto que te compré, poco puedes hacer excepto soportar el horrendo destino que te tengo reservado.
    Dejó la copa y se levantó para colocarse frente a ella.
    – Sí, vos me poseéis -dijo Cailin, y, para su vergüenza, las lágrimas acudieron a sus ojos y se vio incapaz de controlarlas. -Tengo que obedeceros, mi señor, pero jamás me tendréis por completo, pues hay una parte de mí que sólo yo puedo dar. ¡Ningún hombre puede cogerla!
    Él le cogió la barbilla entre el pulgar y el índice, asombrado por las sinceras palabras de Cailin y conmovido por su apasionado reto. Las lágrimas resbalaban lentamente por las mejillas de la muchacha como pequeñas cuentas de cristal.
    – Dios mío -exclamó él, -¿sabías que tus ojos brillan como amatistas cuando lloras? Me partes el corazón. ¡Cesa, te lo ruego, belleza mía! Me rindo humildemente a tus pies.
    – ¡Detesto ser esclava! -exclamó ella desesperada. -¿Y cómo es que podéis atravesar las defensas que con tanto cuidado he construido a mi alrededor en estos últimos meses, cuando nadie más ha podido hacerlo?
    – Utilizo mejor táctica que los otros -bromeó él. -Además, Cailin, aunque tientas mi naturaleza más primaria, te encuentro fascinante en otros aspectos. -Le enjugó las lágrimas con un dedo, suavemente. -Ya he terminado mi vino. Nos conoceremos mejor en el baño. Te prometo que procuraré no volver a hacerte llorar si no te muestras pusilánime. ¿Satisfecha, belleza mía? Creo que soy bastante generoso.
    Cailin no podía enfadarse con él. Realmente se estaba comportando con mucha bondad, pero aun así tenía un poco de miedo.
    – De acuerdo -dijo por fin.
    – Vamos, pues -repuso él, y la cogió de la mano y salieron juntos del atrio.

CAPÍTULO 09

    El baño en Villa Mare era peculiar en que no se trataba de una habitación interior. Daba al mar y tenía un pórtico abierto que podía cerrarse mediante contraventanas para protegerse del frío o las inclemencias del tiempo. La vista que se tenía desde la habitación era bella y calmante. Las paredes estaban decoradas con mosaicos. Una representaba a Neptuno, el dios del mar, de pie entre las olas, un tridente en una mano y una concha en la otra, sobre la cual soplaba. Detrás de él saltaban unos delfines de color azul plateado. Otra pared ofrecía una escena de las muchas hijas de Neptuno, divirtiéndose entre las olas con un grupo de caballos marinos; la tercera pared exhibía al poderoso rey del mar seduciendo a una hermosa joven en una cueva submarina. El suelo de mosaico del baño consistía en imágenes de peces y vida marina. Era divertido y de alegres colores.
    Junto al baño había un vestuario revestido de azulejos, pero la sala principal servía para todos los pasos necesarios para el baño, a diferencia del elegante complejo de Villa Máxima, que tenía diferentes habitaciones. La piscina estaba forrada de azulejos azul mar y el agua era cálida. En una esquina, una fuente con taza de mármol ofrecía agua fresca. Había depresiones en forma de concha con desagües para enjuagarse y bancos para recibir masaje.
    Aspar despidió a la anciana esclava encargada del baño.
    – La señora Cailin desea servirme -indicó a la mujer, y ésta sonrió exhibiendo su dentadura vacía en muestra de complicidad.
    – Aquí se derrocha discreción -dijo Cailin, recogiéndose el pelo en lo alto de la cabeza.
    – Quítate la túnica. Quiero verte tal como Dios te hizo, Cailin. Inclinada tal como estabas la última vez que contemplé tus encantos, apenas pude ver gran cosa, pues aquellos hombres te ocultaban casi por completo.
    – Tal vez lamentéis no haber comprado uno de ellos -bromeó ella.
    Se pasó la túnica por la cabeza y la arrojó sobre un banco. Permaneció callada e inmóvil, sorprendida de no sentirse mortificada; pero, como sospechaba, su estancia en Villa Máxima la había despojado de todo falso pudor.
    – Vuélvete despacio -ordenó él con admiración.
    Entonces él se quitó toda la ropa: se desabrochó los braceos y los dejó resbalar al suelo, luego los calzoncillos, la túnica y la fina camisa de hilo.
    Cuando Cailin se volvió para mirarle de frente, encontró a Aspar desnudo como ella. Sobresaltada, enrojeció. El guardó silencio, dándole la misma ventaja de la que él había disfrutado antes, y luego también se volvió. La primera impresión que había recibido Cailin había sido buena. El cuerpo del hombre era firme, con buenos músculos y bronceado por el sol. No estaba gordo, pero tampoco delgado. Había en él una robustez sólida que a Cailin le resultó reconfortante. Llevaba las piernas y los brazos depilados, igual que su pecho. Sus piernas eran más largas de lo que ella esperaba y su torso, duro y bien esculpido. Las nalgas eran firmes.
    Sus órganos sexuales eran más pequeños de lo que ella estaba habituada a ver, pero supuso que eran de tamaño normal. Sus «bárbaros» y Wulf eran excepciones a la regla, le había asegurado Casia cuando hablaron de ello en una ocasión. Su curiosidad la había llevado a preguntar a la cortesana quién la había instruido tan bien en las artes de Eros. Casia había resultado una fuente de información útil y fascinante para Cailin, que carecía de experiencia respecto a las prácticas amatorias.
    La voz de Aspar la devolvió al presente.
    – ¿Me encuentras hermoso como yo a ti? -le preguntó.
    – Sí -respondió ella con voz suave.
    Era un hombre atractivo y Cailin no veía razón para no reconocerlo.
    – Coge el rascador y ráscame -ordenó él. -Estoy muy sucio del viaje. Los caminos están llenos de polvo en esta época del año.
    Cailin cogió el utensilio de plata y empezó a rascar el sudor y la mugre que el viaje al calor del día había depositado en la piel de Aspar. Ella había observado trabajar a las encargadas del baño en Villa Máxima, pues Casia le había advertido que los hombres con frecuencia deseaban ser servidos así por sus amantes. Lentamente, con cuidado, Cailin le fue restregando, pasando de los hombros al pecho, de los brazos a la espalda y por fin las piernas.
    – Tienes mucha habilidad para esto -musitó él con voz suave mientras ella se arrodillaba ante él, pasándole con cuidado el utensilio por los muslos.
    – Soy novata en esta tarea -dijo ella, -pero me alegra complaceros, mi señor.
    Le enjuagó con una jofaina de agua caliente sacada de la piscina y él cogió el rascador.
    – Ahora te rascaré yo a ti -indicó él con voz baja.
    Cailin se quedó muy quieta mientras él le pasaba el rascador por su delicada piel. Encontraba encantador ese juego. La moderación de aquel hombre al reclamar sus derechos la tranquilizaba. Suspiró y, volviéndose a él, dijo:
    – Ahora, mi señor, os lavaré antes de entrar en la piscina.
    Él se quedó de pie en una de las conchas vaciadas en el suelo. Cailin colocó a su lado una jarra de alabastro de suave jabón y cogió una esponja natural. La mojó con un poco de jabón de la jarra y lo derramó sobre los hombros de Aspar, utilizando después la esponja. Despacio, con esmero, le lavó, ejecutando los movimientos de manera eficaz, añadiendo más jabón y frotándole la espalda. Se sonrojó al lavarle el miembro viril, pero él no dijo nada y permaneció inmóvil mientras ella se aplicaba. Cailin se puso de pie y le pasó la esponja por el vientre y el pecho. Cuando terminó, volvió a enjuagarle con agua caliente, aliviada de que la dura prueba hubiera terminado. Nunca había bañado a un hombre. Wulf siempre se bañaba solo, normalmente en el arroyo que discurría cerca de su casa, incluso en invierno.
    – Ahora podéis entrar en la piscina -indicó a Aspar.
    – No -dijo él, y le cogió la esponja de la mano. -Antes tienes que bañarte tú, belleza mía. -Se inclinó y enjuagó la esponja en el recipiente de bronce y volvió a empaparla con agua limpia.
    – Puedo bañarme sola -replicó ella.
    – Estoy seguro de que así es -dijo él, divertido, -pero no me negarás el placer que servirte me proporcionará, ¿verdad? -Sin esperar respuesta, hundió sus dedos en la jarra de alabastro y empezó a echarle jabón lentamente sobre los hombros y la espalda. El movimiento lento y circular de la esponja sobre la piel era casi hipnotizante de tan sensual. Le pareció que notaba los labios de Aspar rozarle la nuca y luego la esponja jabonosa trazó círculos, confundiéndola. Arrodillado, él le lavó las nalgas, besándolas antes, y luego pasó a las piernas. -Vuélvete -dijo con voz suave.
    Ella obedeció; su cuerpo ya empezaba a sentir la fuerza del deseo. Qué placentero le resultaba todo aquello. Bañarse con un hombre era de lo más agradable.
    Aspar le levantó el pie izquierdo y se lo lavó; luego el derecho. La esponja ascendió lentamente por sus piernas, que mantenía apretadas con fuerza. Con suavidad él las separó y la esponja se deslizó sobre la sensible piel. Cailin volvió la cabeza y desvió la mirada. No estaba acostumbrada a ver su monte de Venus tan rosado y suave, desprovisto de sus pequeños rizos, pero Joviano le había asegurado que sólo los hombres, los campesinos y los salvajes conservaban este vello corporal. La mujer ha de ser sedosa en todo su cuerpo. El estómago se le hizo un nudo cuando la mano de Aspar le pasó la esponja por aquella zona. Cerró los ojos mientras él la frotaba con suavidad.
    Cailin ahogó un grito, sobresaltada, cuando la mano del general la inclinó suavemente hacia adelante y su boca se cerró sobre el pezón derecho. Lo mordisqueó levemente y luego lo chupó con fuerza mientras con la mano izquierda le acariciaba y luego aplastaba el otro seno hasta que las rodillas de Cailin empezaron a flaquearle. Él se puso en pie y la estrechó con fuerza [buscando la boca de ella, y al encontrarla le dio un apasionado beso que la dejó sin aliento. Luego sus ojos grises la mantuvieron hechizada mientras la enjuagaba lentamente, asegurándose de que todo el jabón desaparecía. Por fin dejó la jofaina en el suelo, cogió a Cailin de la mano y juntos descendieron los escalones de la piscina.
    El agua cálida les lamió suavemente el cuerpo. Cailin se sintió débil al penetrar de pronto en el calor. Al ver lo pálida que estaba, él la atrajo hacia así. Cuando notó que temblaba, Aspar dijo en voz baja, mientras empezaba a depositar pequeños besos en todo su rostro:
    – No quiero que tengas miedo, Cailin, pero has de saber que quiero hacer el amor contigo. ¿Sabes lo dulce que puede ser hacer el amor entre un hombre y una mujer? No aquel brutal acoplamiento que estabas obligada a soportar en Villa Máxima, sino la auténtica pasión entre amantes. Dime, ¿eras virgen cuando llegaste a Constantinopla, o algún otro amante te inició en la maravillosa dulzura que dos personas pueden crear?
    Le mordisqueó con ternura el lóbulo de la oreja y luego la miró a los ojos.
    – Yo… tenía esposo -respondió ella.
    – ¿Qué le ocurrió? -preguntó Aspar.
    – No lo sé, mi señor. Me traicionaron y me vendieron como esclava -dijo, y le relató su historia brevemente. -Joviano dice que probablemente le dijeron a Wulf que yo había muerto -dijo para terminar. Varias lágrimas le resbalaron por las mejillas. -Creo que tiene razón. Sólo me gustaría saber qué le ocurrió; nuestro hijo. Temo que Antonia lo vendiera también; nuestro hijo era fuerte. ¡Sé que todavía vive!
    – No puedes cambiar el pasado -repuso él sabiamente. -Lo comprendo mejor que nadie, Cailin. Si confías en mí, te daré un feliz presente y tu futuro será lo único que desearás.
    – Me parece, mi señor, que no puedo elegir.
    «Confiar -pensó con ironía. -¿Por qué los hombres siempre están pidiendo que se confíe en ellos?»
    – Oh, belleza mía -exclamó él con una sonrisa- Siempre podemos elegir. Sólo que a veces las alternativas no son particularmente agradables. Sin embargo las tuyas lo son. Puedes amarme ahora o puedes amarme más adelante.
    Cailin rió entre dientes.
    – Vuestras alternativas, mi señor, guardan una gran similitud.
    Aquel hombre le gustaba. Era amable y tenía sentido del humor. Aunque era poderoso no mostraba actitudes desagradables.
    Él sonrió a su vez. Ella le excitaba de un modo en que ninguna otra mujer jamás lo había hecho, ni siquiera su querida Ana. Había pasado mucho tiempo desde que verdaderamente había deseado una mujer, aunque visitaba Villa Máxima con regularidad. Creía que el hombre no debía permitir que sus humores permaneciesen reprimidos demasiado tiempo; hacerlo enturbiaba el cerebro y lo volvía irritable. Sin embargo, al contemplar a aquella hermosa joven que tenía ante él, sabía que jamás volvería a visitar Villa Máxima.
    – Me gusta cuando ríes, belleza mía -dijo con ternura.
    – Y a mí me gusta cuando vos me sonreís, mi señor -respondió ella, y entonces le besó en los labios, deprisa y sin pasión pero con dulzura.
    Él le cogió la cabeza con una mano y empezó a besarle el rostro y la garganta con ardientes labios que provocaron un hormigueo de placer en todo el cuerpo de Cailin, que gimió levemente. Arqueó el cuerpo mientras la otra mano de Aspar empezaba a sobarle un seno y empujaba a la joven contra la pared de la piscina. Le pasó la lengua por los labios, le mordisqueó los párpados y le lamió el cuello tenso. Hundió la mano en los apretados rizos de su cabellera y gimió cuando ella apretó su cuerpo contra el de él. Los brazos de Cailin se deslizaron por su cuello. Devolviéndole los besos con ardor, Cailin se dio cuenta de que con Aspar no tenía necesidad de emplear los trucos de Casia. Sentía crecer el deseo de él contra el muslo, empujando y presionando con apremio.
    – Quiero esperar -susurró él, -pero no puedo, Cailin.
    – No lo hagáis, mi señor -lo alentó ella, apretando su abrazo mientras él deslizaba las manos debajo de sus nalgas y la penetraba, suspirando con alivio.
    Empujó con movimientos largos y lentos y ella le sintió, duro y ardiente, en su interior. Murmuró en voz baja mientras él se movía dentro de ella una y otra vez hasta que no pudo aguantar más y su tributo de amante alcanzó apasionados estallidos. Cailin se asombró de que no hubiera sentido nada más que la presencia física de él. Se estremeció, horrorizada.
    Aspar abrió los ojos.
    – ¿Qué ocurre? -preguntó. -Te ha dado placer, ¿verdad, Cailin? Sí, creo que no te desagrado, ¿eh, belleza mía?
    Salió del cuerpo de ella y se quedaron uno frente a otro, ella aún apoyada contra la pared de la piscina.
    – ¿Sólo hacerlo con el esposo da placer? -preguntó ella, confundida y necesitando saberlo. -No sentía placer cuando me obligaban a unirme al trío de Joviano, pero creía que era porque no les amaba, porque lo que me hacían estaba mal. Vos no sois mi esposo pero sois amable conmigo. Quiero serviros como una esposa. ¿No debería sentir placer, mi señor? Vos no me repeléis. ¡No! -Se le quebró la voz y se echó a llorar. -¿Qué me ha ocurrido, mi señor, para que no pueda sentir placer con vos?
    El la estrechó entre sus brazos y la tranquilizó lo mejor que pudo. Aspar no era médico, pero sabía que la mente probablemente era el arma más poderosa que Dios jamás había creado. Había visto ocurrir cosas extrañas a los soldados en la guerra, en especial después de una cruel batalla: los hombres, normalmente endurecidos y fieros, rompían a llorar. Hombres que jamás podían volver a ver un arma sin echarse a temblar incontroladamente. Quizá el brutal salvajismo que había tenido que soportar Cailin le había dañado de un modo similar. Recordaba la expresión vacía en sus ojos la noche de la representación en Villa Máxima. Ella se había abstraído de lo que estaba sucediendo en el escenario porque era la única manera de poder sobrevivir.
    – Lo que te ha sucedido desde que abandonaste Britania te ha dañado de un modo que no se ve -le dijo él para consolarla. -Si confías en mí te ayudaré a curarte, belleza mía. Quiero que obtengas de mí el mismo placer que yo obtengo de ti. A diferencia de la mayoría de hombres de mi edad, tengo una inusual capacidad de hacer el amor, Cailin. Seguiremos hasta que también tú sientas placer, por mucho tiempo que tardemos. -Le cogió la mano. -Ahora vamos, antes de que nos quedemos tan débiles que el agua nos diluya.
    Salieron de la piscina y se secaron mutuamente. Luego él volvió a cogerla de la mano y la llevó a su dormitorio. Cailin se sorprendió al ver que habían retirado su pequeño diván y lo habían colocado adosado a una pared. En su lugar sobre la plataforma elevada había un gran colchón a rayas y varios almohadones de vivos colores. Aspar volvió a besarla y poco después se tumbaron en la cama, entrelazados. Las sensaciones que el cuerpo de aquel hombre le producía eran completamente distintas allí que en la piscina. Parecía más duro.
    – Quédate quieta -ordenó él, y poniéndole dos almohadones debajo de las caderas para elevarla le dijo: -Quiero que separes las piernas para mí, mi belleza. -Y cuando ella le obedeció, él se inclinó, le separó los labios mayores de la vagina con los dedos y empezó a acariciarla lenta y tiernamente con la lengua.
    Cailin ahogó un grito de asombro y sorpresa. Su primer pensamiento fue apartarle. Eso era una intrusión que jamás la había experimentado. Sin embargo había ternura en el acto, una dulzura que la hipnotizó tan intensamente que se vio incapaz de negarse. La lengua de Aspar le acariciaba suavemente la carne y luego empezó a juguetear con el clítoris. Cailin se sintió inundada de calor y sin embargo temblaba. La pequeña protuberancia empezó a hormiguearle, creciendo en intensidad hasta que creyó que no podría soportarlo más, pero por mucho que lo intentó no pudo encontrar la voz para pedirle que parara.
    Cailin dejó que la sensación de placer se apoderara de ella y se oyó a sí misma gemir encantada. Sentía los miembros pesados con un ansia que jamás había experimentado, hasta que por fin una intensa dulzura la inundó como una ola del mar y retrocedió con igual rapidez, dejándola débil pero extrañamente satisfecha.
    – Aaahhh… -exhaló jadeante.
    Entonces, de manera inesperada, se echó a sollozar.
    Aspar se incorporó y la abrazó. No dijo nada. Se limitó a acariciarle los pequeños rizos despeinados, maravillándose de su suavidad mientras los enroscaba en sus dedos. Ella se apretó a él como buscando su protección y la sorprendió el deseo que percibió en él de mantenerla a salvo de toda la crueldad del mundo. A pesar de todo lo que le había ocurrido, Cailin era inocente. Él no iba a permitir que volvieran a hacerle daño.
    Por fin se serenó y dijo:
    – Vos no habéis recibido placer, mi señor, pero yo sí. ¿Cómo puede ser? No sabía que una mujer pudiera disfrutar de esta manera.
    Levantó la vista hacia él y Aspar pensó que sus hermosos ojos parecían violetas rociadas por la lluvia primaveral.
    – Dar placer también lo proporciona, Cailin; quizá no tan intenso como cuando se recibe, pero es placer al fin y al cabo. Hay muchas maneras de darlo y recibirlo. Las exploraremos todas. Jamás te haré daño intencionadamente, mi amor -le dijo, acariciándole la mejilla con un dedo.
    – Dicen que sois el hombre más poderoso del Imperio, mi señor. Aún más poderoso que el propio emperador.
    – Nunca repitas eso en voz alta, Cailin -le advirtió. -Los poderosos son celosos de su poder y no desean compartirlo. Mi supervivencia depende de que siga siendo un leal servidor del Imperio. Realmente es el Imperio al que honro. Dios, y el Imperio. A ningún hombre. Pero eso, querida, ha de quedar como un secreto entre nosotros. -Le sonrió.
    – Sois como los romanos de antaño, mi señor. Honráis la nueva Roma, Bizancio, como ellos honraron a la antigua.
    – ¿Y qué sabes tú de Roma? -preguntó él, divertido.
    – Estuve con mis hermanos y su tutor muchos años -dijo Cailin. -Aprendí la historia de Roma y de mi Britania nativa.
    – ¿Sabes leer y escribir?
    – En latín -respondió ella. -La historia del pueblo de mi madre, los celtas dobunios, es una historia oral, pero la conozco, mi señor.
    – Joviano me contó un poco acerca de tu pasado, Cailin. Tu latín es el de una mujer culta, aunque un poco provinciana. ¿Quién era tu gente?
    – Desciendo de un tribuno de la familia Druso que llegó a Britania con el emperador Claudio -explicó ella, y luego, tumbados juntos, le contó la historia de su familia.
    – ¿Y tu esposo quién era? ¿También era de una familia romano-britana?
    – Mi esposo era sajón. Me casé con él después de que mi familia fuera asesinada por instigación de mi primo Quinto, que codiciaba las tierras de mi padre. Mi primo no supo que yo había escapado de la matanza hasta que fui a verle con mi esposo, Wulf Puño de Hierro, para reclamar lo que por derecho me correspondía. Wulf mató a Quinto cuando éste trató de atacarme. Fue su esposa, Antonia, quien me traicionó, pero esa parte de la historia ya la conocéis, mi señor.
    – Es asombroso que hayas sobrevivido a todo eso -dijo Aspar con aire pensativo.
    – Ahora lo sabéis todo de mí. Zeno me ha contado que vuestra primera esposa era una mujer buena y honorable. Lo que no ha dicho sobre la esposa que ahora tenéis es más interesante -dijo Cailin. -Si me lo contarais, mi señor, me gustaría conocerla.
    – Flacila es miembro de la familia Estrabo. Son poderosos en la corte. El nuestro fue un matrimonio de conveniencia. No vive conmigo y, francamente, ella no me gusta.
    – Entonces ¿por qué os casasteis? -preguntó Cailin. -No necesitabais volver a casaros, mi señor. Zeno me ha dicho que tenéis un hijo mayor, un segundo hijo y una hija.
    – ¿Zeno ha mencionado a mis nietos? -preguntó Aspar con cierto humor en la voz. -Mi hija Sofía tiene tres hijos y mi hijo mayor tiene cuatro. Como Patricio, el menor, no parece querer ser monje, supongo que también él me dará nietos cuando se case.
    – ¿Tenéis nietos? -Cailin estaba atónita. No parecía tan viejo, y su conducta sin duda no era la de un anciano. -¿Cuántos años tenéis, mi señor Aspar? Yo cumplí diecinueve el mes de abril.
    Él gimió.
    – ¡Dios mío! Sin duda soy lo bastante viejo para ser tu padre, mi amor. Cumplí cincuenta y cuatro el mes de mayo.
    – No sois como mi padre -murmuró ella, y con gran atrevimiento le cogió la cabeza entre las manos, la acercó y le besó dulcemente.
    Él cedió con placer a su osadía.
    – No -dijo, mirando con placer sus ojos violetas, -no soy tu padre, ¿verdad, mi amor?
    La besó, larga, lenta y profundamente.
    Cailin desfalleció interiormente. Cuando por fin se recuperó, dijo:
    – Habladme más de vuestra esposa, mi señor Aspar.
    – Me gusta cómo suena mi nombre en tus labios. -Habladme de Flacila Estrabo, mi señor Aspar-insistió Cailin.
    – Me casé con ella por varias razones. El difunto emperador, Marciano, a quien yo coloqué en el trono de Bizancio y se casó con la princesa Pulquería, estaba a punto de morir y no tenía herederos.
    «Marciano procedía de mi hogar. Me había servido lealmente durante veinte años. Cuando comprendí que su final estaba próximo, elegí a León, otro miembro de mi hogar, para que fuera el siguiente emperador. Sin embargo, necesitaba cierto apoyo de la corte. El patriarca de Constantinopla, el líder religioso de la ciudad, es pariente de la familia Estrabo, y los lazos familiares aquí son fuertes. Sin él no tenía esperanzas de colocar a León en el trono. Para asegurarme su apoyo y el de la familia Estrabo, me casé con la viuda Flacila. Ella estaba entonces embarazada de un amante y causaba a su familia una indecible vergüenza.
    – ¿Qué ocurrió con el niño?
    – Abortó en el quinto mes, pero era demasiado tarde. Ya era mi esposa. A cambio de mi ayuda, el patriarca y la familia Estrabo apoyaron mi elección de León. Por supuesto, otras familias patricias les imitaron. Esto nos permitió una transición pacífica de un emperador a otro. La guerra civil es muy desagradable, Cailin. Y Flacila es, de puertas afuera, una buena esposa. Tomó a su cargo a mi hijo pequeño, Patricio, y es una buena madre para él. Le están educando en la fe ortodoxa. Espero casarle algún día con la princesa Ariadna y convertirle en heredero de León, pues el emperador no tiene hijos.
    – ¿Qué queréis de mí, mi señor, aparte de lo obvio? -preguntó Cailin.
    Se sonrojó de su propia audacia, pero su vida desde que había salido de Britania se había visto completamente trastocada y necesitaba saber si iba a tener un hogar permanente.
    Él pensó durante varios minutos.
    – Amaba a mi primera esposa -dijo al fin. -Cuando Ana murió, pensé que jamás volvería a mirar a ninguna mujer. No me gusta Flacila, pero le sirvo para algo. Su rango social es prácticamente tan alto como el de la emperatriz Verina, pues soy el jefe de los ejércitos orientales y primer patricio del Imperio. Flacila se ocupa de mi hijo huérfano, pero esto es todo lo que hace por mí.
    »Soy poderoso, Cailin, pero estoy solo, y la verdad es que me siento solo. Cuando te vi aquella noche en Villa Máxima, me conmoviste como ninguna mujer lo ha hecho. Necesito tu amor, tu bondad y tu compañía. ¿Crees que puedes dármelos, belleza mía?
    – Mi abuelo decía que yo tenía una lengua afilada, y así es -repuso Cailin. -Soy muy práctica. Si queda algo de bondad en mí, mi señor Aspar, posiblemente sois el único que la ve. Lo que ahora debo deciros os parecerá duro, pero en el último año he tenido que aprender a ser dura para sobrevivir. No sois un hombre joven, pero yo soy vuestra esclava. Si morís, ¿qué me ocurrirá a mí? ¿Creéis que vuestros herederos tratarán con bondad a la amante esclava de su padre? Yo creo que no.
    «Seguramente se desharán de mí junto con todas las demás posesiones que consideren innecesarias. ¿Puedo amaros? Sí. Creo que sois una persona buena, pero si verdaderamente soy algo para vos, mi señor, ocupaos de que cuando ya no estéis aquí yo siga estando a salvo. Hasta ese momento os serviré con todo mi corazón y toda mi alma.
    El asintió lentamente. Cailin tenía razón. Tendría que efectuar disposiciones para protegerla cuando él ya no pudiera hacerlo.
    – Mañana iré a la ciudad y me ocuparé de todo -le prometió. -Cuando yo muera, serás libre y dispondrás de una herencia para mantenerte. Si tienes algún hijo mío, me ocuparé también de él y le reconoceré.
    – Es más que justo -aceptó Cailin con alivio.
    Cuando por la mañana despertó, Aspar no estaba en la cama.
    – Se ha ido a la ciudad -informó Zeno, sonriendo. -Me ha encargado que os diga que regresará dentro de unos días, señora. También me ha indicado que os consideremos la dueña de esta casa y os obedezcamos.
    – Mi señor es un hombre generoso -dijo Cailin. -Debo confiar en ti, Zeno, para que me ayudes a hacer lo correcto y oportuno.
    – Sólo la gran belleza de mi señora supera a su sabiduría -observó el anciano sirviente, complacido por la diplomática respuesta de Cailin y la seguridad de que todo seguiría como siempre.
    Aspar regresó de Constantinopla unos días más tarde. Al cabo de poco tiempo los sirvientes consideraron evidente que tenía intención de convertir Villa Mare en su primera residencia. Sólo se marchaba para atender los asuntos de la corte y cumplir con sus deberes militares. Raras veces pasaba la noche fuera. Él y Cailin habían iniciado una existencia doméstica muy tranquila.
    Cailin se sorprendió al enterarse de que Aspar era propietario de las tierras de labranza que rodeaban a la villa en varios kilómetros. Había viñas, olivares y campos de trigo, lo que contribuía a la riqueza del general, a quien no le importaba ayudar en los campos o recoger las uvas. Cailin suponía que disfrutaba con ello.

    En la ciudad, la ausencia de Aspar de su elegante palacio al principio no fue observada, pero la emperatriz Verina, mujer hábil, mantenía el oído atento en todos los terrenos. Ella y su esposo no tenían la ventaja de la herencia para mantener su trono a salvo. Aspar era importante para ellos. Aunque excelente servidor público, León no era un maestro de la intriga en esta primera etapa de su reinado; pero su esposa, educada en Bizancio, sabía que cuantas más cosas conocía uno, más a salvo se encontraba. Llegó a sus oídos el chismorreo ocioso de un sirviente, y luego volvió a escucharlo, esta vez de labios de un oficial menor. La emperatriz invitó a su hermano Basilico a visitarla.
    Se sentaron en una terraza que daba al Propontis, llamado por algunos el Mármara, una tarde de finales de otoño, tomando el primer vino de la temporada. Verina era una mujer hermosa con la piel como el marfil y el largo cabello negro peinado en trenzas sujetas con alfileres adornados con piedras. Su estola roja y dorada era de ricos materiales y el escote mostraba el nacimiento de su bonito pecho. Sus zapatillas estaban adornadas con joyas y llevaba varias sartas de perlas tan translúcidas que parecían relucir en contraste con su piel y vestido. Sonrió a su esposo.
    – ¿Qué es eso que me han dicho de Aspar? -ronroneó.
    – ¿Qué es lo que has oído, cariño?
    – Se dice que ha cerrado su palacio y que ahora vive en el campo -dijo la emperatriz. -¿Es cierto?
    – No lo sé, querida hermanita -respondió Basilico. -Hace meses que no veo a Aspar fuera del trabajo. Sólo le veo cuando tenemos asuntos que atender juntos, lo cual no ocurre con frecuencia. ¿Por qué te interesa saber dónde vive Aspar, Verina? Aunque es responsable de la ascensión de León, nunca has mostrado particular interés por él. Sé bien que su presencia te irrita pues sólo sirve para recordarte que él es el responsable de tu buena fortuna.
    – Se dice que una mujer vive con él, Basilico -dijo la emperatriz, sin hacer caso de la astuta observación de su hermano. -Sabes que la esposa de Aspar, Flacila, es amiga mía. Me molestaría que Flacila se viera turbada por los pecadillos de su esposo.
    – Tonterías, hermana, simplemente estás muerta de curiosidad -replicó Basilico. -Si realmente Aspar está viviendo con alguna amante, nada te complacería más que insinuarlo al oído de Flacila, encolerizándola con ello. Sabes que Aspar sólo accedió a casarse si ella guardaba discreción en sus pequeñas aventuras y no volvía a avergonzar a su familia. Aspar no es un hombre que instale a una amante en su casa, pero si realmente lo ha hecho, viviendo en el campo está intentando ser discreto. Además, no hay nada de malo en que un hombre tenga una amante, Verina. En mi opinión, nuestro buen general se merece algún placer en la vida. Jamás lo obtendrá de tu querida amiga Flacila, que tiene amantes como algunas mujeres tienen flores en el jardín, y con menos discreción, añadiría.
    – Flacila todavía es joven. Tiene bastantes años menos que su esposo -observó la emperatriz. -Aspar no podría estar a su altura, te lo aseguro.
    – Ella es la que no podría estar a la suya -replicó Basilico con una carcajada. -Aspar tiene fama de amante prodigioso, querida hermanita. Una muchachita de dieciocho años no podría seguirle, según fuentes dignas de confianza. Además, Flacila tiene dos hijas mayores. No está en la flor de la juventud.
    – Tuvo a sus hijos a los quince y dieciséis años -dijo Verina en defensa de la mujer. -Ellas tenían quince y dieciséis cuando las casó el año pasado. Eso significa que tiene treinta y dos. Aspar es al menos veinte años más viejo. Si ha tomado una amante, mi pobre Flacila será el hazmerreír de toda Constantinopla. ¡Tienes que averiguarlo!
    – ¿Yo? -preguntó Basilico horrorizado. -¿Cómo quieres que lo haga?
    – Ve a visitar a Aspar a su casa de campo. Quizá esos rumores no son más que eso, rumores, pero si son ciertos debo informar a Flacila antes de que sea avergonzada ante la corte.
    – ¿Ir al campo? ¡Verina, detesto el campo! Hace años que no salgo de la ciudad. En el campo no hay nada que hacer. Además, Flacila debería estar encantada de que Aspar tenga una amante. Eso le mantendrá ocupado y distraído y no se interesará tanto por sus asuntos. Ella estuvo a punto de causar un gran escándalo la semana pasada, cuando el joven gladiador con el que se había estado divirtiendo decidió que estaba enamorado de ella después de que ella tratara de sacárselo de encima.
    – No me había enterado de eso -repuso la emperatriz, molesta y curiosa porque su red de espías no le habían informado de esta interesante noticia. -¿Qué sucedió, Basilico? Veo que conoces todos los detalles. Dímelo enseguida o haré que te dejen ciego.
    Él rió y se sirvió otra copa de vino antes de empezar.
    – Bueno, mi querida hermana, tu amiga Flacila se llevó a la cama a un joven gladiador al que había conocido en los juegos de primavera. Un tracio llamado Nicoforo; bastante corpulento, pero sus músculos eran irresistibles, supongo. Como es habitual en Flacila, al cabo de unos meses la intimidad empezó a engendrar desprecio. Así pues, se cansó del musculoso Adonis y, además, sus ojos se habían fijado en Miguel Valens, el joven actor. Nuestra Flacila volvió a recibir la flecha de Cupido.
    – ¿Qué le ocurrió al gladiador?
    – Les pilló en el mismo lugar de cita que Flacila había compartido con él en otro tiempo. No tiene mucha imaginación, ¿verdad, hermanita? A ti se te habría ocurrido elegir otro lugar para dar rienda suelta a tu pasión, pero no, ella fue al mismo sitio. Nicoforo, informado por alguna alma perversa, les encontró allí. Estaba hecho una furia y se puso a aporrear a la puerta de la habitación en la que se encontraban tu amiga y su amante. Al final la derribó.
    «Miguel Valens, que no es ningún héroe, temeroso de que pudieran estropearle su bello rostro, escapó por una ventana, desnudo como su madre lo trajo al mundo, según me han dicho, y dejando sola a la semidesnuda Flacila para que se enfrentara al ultrajado gladiador. Él se puso a gritar contra ella, maldiciéndola y llamándola puta. Por fin el posadero llamó a un guardia, quien persiguió a Nicoforo mientras éste corría gritando tras la litera de Flacila, que se abría paso por las calles a una velocidad inusualmente rápida. -Basilico rió. -El capitán de la guardia y sus hombres, por supuesto, fueron comprados por el patriarca. El escándalo fue acallado. Nicoforo fue enviado a Chipre. Menos mal que Aspar no se hallaba en la ciudad cuando esto sucedió. Advirtió a Flacila, antes de casarse, que si provocaba algún escándalo público la enviaría al convento de Santa Bárbara para que pasara allí el resto de su vida.
    La emperatriz asintió.
    – Sí, y el patriarca accedió a apoyarle llegado el caso. La familia Estrabo no está sólo un poco irritada por la conducta indiscreta de Flacila, y su paciencia tiene un límite. Mmmm, me pregunto qué uso puedo dar a esta información, pero por supuesto el rompecabezas estará incompleto hasta que sepa exactamente qué está sucediendo en la villa de Aspar. -Sus ojos ambarinos lanzaron un destello de maldad. -Te irás por la mañana, hermano.
    Él se levantó con un gemido y besó la mano de su hermana.
    – Los deseos de la emperatriz son órdenes para mí, pero Verina, espero que me hagas un favor a cambio de esta empresa que emprendo en tu nombre. ¡Recuérdalo!
    – Siempre que sea razonable, Basilico -ronroneó ella sonriendo.
    Era un buen hermano, pensó la emperatriz mientras le observaba partir con expresión afectuosa. Fuera lo que fuese lo que sucedía en casa del general, Basilico se enteraría de la historia completa, la analizaría y regresaría para contársela. Si ella no sabía decidir cómo utilizar esta información, él podría aconsejarla. Estaban muy unidos, siempre lo habían estado.

    Basilico abandonó la ciudad al día siguiente temprano. Viajó en una cómoda litera, pues prefirió no montar a caballo a causa del calor. Para su sorpresa, pasó casi todo el viaje durmiendo y despertó cuando cruzaban las puertas de la villa. Zeno, el sirviente, le saludó cortésmente, reconociendo al príncipe de los días en que servía en la casa del general en Constantinopla.
    – ¿Dónde está tu amo? -preguntó Basilico.
    – Está paseando junto al mar, señor.
    Basilico estuvo a punto de pedirle que enviara a un criado a buscar a Aspar, pero decidió que podría enterarse de algo de valor si cogía desprevenido a su amigo.
    – Gracias, Zeno -dijo. -Indícame el camino.
    Siguió al mayordomo por el atrio de la villa y por el jardín interior hasta salir a un gran jardín exterior que daba al Propontis y, más allá, a Asia.
    – Hay un sendero, señor -señaló Zeno.
    Basilico enfiló el camino de grava. Hacía un día maravilloso, con un cielo azul brillante y sin una sola nube. El sol de otoño era cálido, y alrededor los rosales exhibían una mezcla de capullos tardíos y grandes rosas rojas. Entonces les vio: Aspar y una mujer, riendo juntos en la playa. La mujer llevaba una túnica blanca e iba descalza, igual que su amigo, que iba vestido con una corta túnica roja. El mar estaba apacible, una mezcla de azul, aguamarina y verde que se extendía como un tejido iridiscente hasta las colinas de la otra orilla. Sobre ellos las gaviotas chillaban, lanzándose al agua y luego ascendiendo perpendicularmente en el aire inmóvil.
    Basilico les observó un largo momento, y luego llamó a la pareja, alzando la mano y agitándola:
    – ¡Aspar, amigo mío!
    Avanzó sobre la arena de la playa y se aproximó a ellos.
    – ¡Dios mío! -masculló Aspar. -Es Basilico.
    – ¿El hermano de la emperatriz? -preguntó Cailin. -¿Le habéis invitado?
    – Claro que no. Seguramente ha oído algo, amor mío. Es listo y astuto como un zorro. Ha venido con algún propósito, puedes estar segura.
    – Es muy apuesto -observó ella.
    Aspar sintió una punzada de celos. No tenía motivos para dudar de ella, que simplemente había hecho una observación y sin embargo a él le dolió. No quería compartir a Cailin con nadie, pensó mientras Basilico llegaba hasta ellos.
    – ¿Se ha producido alguna emergencia para que interrumpas mi intimidad? -preguntó a su amigo.
    Basilico se sorprendió al oír el tono poco amistoso del general. ¡Dios santo! Estaba atrapado entre la curiosidad insaciable de su hermana y la irritación del hombre más poderoso del imperio. Nadie envidiaría su posición en esos momentos.
    – No hay ninguna emergencia -respondió. -Simplemente me ha apetecido pasar un día en el campo. Aspar. No creí que mi llegada te hiciera comportarte como un oso herido -añadió, decidido a quedarse.
    – Vuestro invitado tendrá sed y hambre, mi señor -dijo Cailin con voz suave. -Iré a ocuparme de que Zeno prepare algún refresco.
    Hizo un educado gesto de asentimiento al príncipe y dejó a los dos hombres solos.
    – ¡Qué criatura tan magnífica! -exclamó Basilico. -¿Quién es y dónde, afortunado de ti, la encontraste?
    – ¿Por qué has venido? -preguntó bruscamente el militar. -Detestas el campo, Basilico. Hay otra razón lo sé.
    – Verina me ha hecho venir -admitió Basilico.
    La sinceridad siempre funcionaba con Aspar, y el príncipe lo sabía. Además, Aspar no era un hombre al que se podía engañar, en especial cuando se hallaba de mal humor como en aquel momento.
    – ¿Qué quiere de mí tu hermana para que te envíe al campo a verme, Basilico? ¡Dime! No entraremos en la casa hasta que me lo digas. Tu pobre cuerpo pronto sufrirá una conmoción, amigo mío. No creo que lo haya rozado el calor del sol en años.
    – Verina ha oído decir que has cerrado tu casa de la ciudad y que te has trasladado aquí. También ha oído decir que tienes una amante. Ya sabes que su curiosidad no tiene límites. Y, por supuesto, es amiga de Flacila.
    – Y ella espera que contraiga una deuda con ella -observó Aspar.
    – Conoces muy bien a mi hermana -dijo Basilico con tono burlón.
    – También conozco el reciente escándalo en el que estuvo involucrada mi esposa y que el patriarca acalló. Vivo en el campo, Basilico, pero sigo teniendo mis canales de información. Pocas cosas suceden en la ciudad de las que no me entere. Como soy feliz, y como los parientes de mi esposa han acallado los chismes respecto a ella y a sus recientes amantes, me contento con dejar correr el asunto, a menos que mi situación sea divulgada. Tú sabes tan bien como yo que Flacila es perfectamente capaz de montar un escándalo por esta villa y sus habitantes sólo para desviar la atención de su propia conducta indigna. Como no es una mujer feliz, la idea de que yo lo sea la mortifica. Por eso vivo aquí y no en la ciudad. Mi conducta está sometida a menos escrutinio en Villa Mare, o eso creía hasta hoy.
    – No pareces vivir una vida muy disoluta, Aspar -observó Basilico mientras se dirigían de la playa a la villa. -En realidad, si no te conociera habría supuesto que eras un simple caballero acomodado con su esposa. Ahora dime, antes de que me muera de curiosidad, ¿quién es esa chica y dónde la encontraste?
    – ¿No la reconoces, Basilico?
    El príncipe meneó su oscura cabeza.
    – No, la verdad.
    – Recuerda, amigo, una noche hace varios meses en que tú y yo visitamos Villa Máxima para ver una obrita notoria y particularmente salaz que estaba de moda en la ciudad -explicó Aspar.
    Basilico pensó un momento y luego abrió de par en par sus ojos oscuros.
    – ¡No! -exclamó. -¡No puede ser! ¿Lo es? ¿Compraste aquella chica? ¡No lo creo! Esta criatura exquisita que estaba contigo sin duda es patricia de nacimiento. ¡No puede ser aquella muchacha!
    – Lo es -insistió Aspar, y refirió a su amigo una breve historia de Cailin y de cómo había llegado a Villa Máxima.
    – O sea que la rescataste de una vida vergonzosa -señaló Basilico. -¡Qué ternura demuestras, Aspar! Será mejor que otros, entre ellos mi hermana y tu esposa, no lo sepan, supongo.
    – Sólo soy blando de corazón en lo referente a Cailin -dijo el general a su amigo. -Ella me hace feliz, y para mí es más como una esposa de lo que Flacila ha sido jamás. A Ana también le habría gustado.
    – Estás enamorado -repuso Basilico, casi con envidia.
    Aspar no contestó, pero tampoco lo negó.
    – ¿Qué harás, viejo amigo? -preguntó Basilico. -No te contentarás con vivir en las sombras con tu Cailin mucho tiempo, lo sé.
    – Quizá me divorcie de Flacila. El patriarca no puede negarse, en particular después del reciente escándalo provocado por ella. Ya hace tiempo que debería estar encerrada en un convento. Es una constante vergüenza para su familia. Al final cometerá una locura de tal calibre que no podrán ocultarla.
    Cruzaron el pórtico que daba al mar y entraron en el jardín interior de la villa, donde les esperaba vino fresco y pastelillos de miel. Cailin no se encontraba a la vista y fueron servidos por una silenciosa esclava que, a una señal de su amo, se retiró para respetar su intimidad.
    – Aunque te concedan el divorcio de Flacila Estrabo -observó Basilico, -jamás te permitirán casarte con una mujer que ha iniciado su vida en Constantinopla en el burdel más famoso de la ciudad. Supongo que te das cuenta de ello.
    – Cailin es patricia, nacida en una de las familias más antiguas y más distinguidas de Roma -argumentó Aspar. -Su conducta en Villa Máxima no se debía a su voluntad. No fue utilizada como una prostituta común, y sólo actuó en aquella obscena obra una docena de veces. Dios mío, Basilico, la primera noche que la vi había entre el público mujeres copulando con esclavos, y todos eran de buena familia. El príncipe suspiró.
    – No puedo discutir con tu lógica, pero tú tampoco puedes discutir con los hechos. Sí, había mujeres de familias distinguidas buscando diversiones ilícitas, pero ella actuaba para deleite de cientos de personas dos veces a la semana. Incluso mi hermano podría conmoverse con la historia de Cailin, pero aun así no aprobaría que te casaras con ella. Además, la chica es pagana.
    – El propio patriarca podría bautizarla, Basilico, y así aseguraría que mi esposa es ortodoxa, y también mis hijos.
    – Estás viviendo en el paraíso de los necios, viejo amigo -observó el príncipe. -Eres demasiado importante para Bizancio para que se te permita esta locura romántica, y no se te permitirá, te lo aseguro. Mantén a esa chica como amante y sé discreto. Es todo lo que se te permitirá, pero al menos estaréis juntos. No le contaré a mi hermana tus deseos. La asustarían, pues no son propios de ti.
    – Soy el hombre más poderoso de Bizancio, el que corona a los reyes, y sin embargo no puedo disfrutar de mi propia felicidad -dijo Aspar amargamente. Bebió un trago de vino. -Debo seguir casado con una zorra de alta cuna que se prostituye con las clases más bajas, pero yo no debo casarme con mi amante de alta cuna porque se vio forzada a una breve esclavitud carnal.
    – ¿La has hecho libre?
    – Por supuesto. Le dije a Cailin que sería libre legalmente cuando yo muriera, pero en realidad ya lo es. Temía que se marchara si conocía la verdad, aunque la verdad es que está bastante indefensa. Quiere regresar a su Britania natal para vengarse de la mujer que la vendió como esclava, pero ¿cómo podrá hacerlo sin ayuda? ¿Y quién la ayudará? Sólo los que quieran aprovecharse de ella.
    – Y además -dijo Basilico con voz suave, -tú la amas. No lamentes lo que no puedes tener. Coge lo que puedes tener. Tienes a Cailin y ella será tuya mientras la desees. Nadie te negará una amante, aunque Flacila proteste por ello. La corte sabe cómo es realmente tu esposa y nadie desea verte infeliz. ¿Comprendes, Aspar?
    El general asintió con rostro inexpresivo.
    – Lo comprendo. ¿Qué le dirás a tu hermana, Basilico? Tienes que contarle algo que la satisfaga.
    Basilico rió.
    – Sí. Verina es más curiosa que un gato. Bueno, le diré que te has llevado a la cama a una encantadora y bella amante, y que vives satisfecho con ella en Villa Mare para evitar el escándalo o cualquier altercado público con Flacila. Ella considerará que es justo a pesar de su «amistad» con tu esposa y ahí se acabará todo, supongo. Verina cree que no le miento, aunque a veces tengo que hacerlo para protegerla o para protegerme a mí. -El príncipe rió entre dientes. -Además, no mentiré, simplemente le diré la verdad. Pero ella no necesita conocer toda la historia. -Sonrió.
    – No sé por qué León no te utiliza en el servicio diplomático -repuso Aspar con un destello en sus ojos grises.
    – Mi cuñado no confía en mí -replicó Basilico. -Tampoco le gusto, me temo. Su alto cargo le ha hecho dejar de ser un hombrecillo meramente aburrido para convertirle en un hombrecillo aburrido que cada día se vuelve más recto y piadoso. Los sacerdotes le adoran. Tendrías que vigilar ese terreno o convencerán a León de su propia infalibilidad y de que los generales son innecesarios para el gran plan que Dios ha trazado para Bizancio.
    – Puede que no te guste León, o que tú no le gustes a él -dijo Aspar, -pero es el hombre perfecto para ser emperador, y posee más sentido común del que supones. Por ahora carece de ego, aunque a la larga, como todos los hombres que están en el poder, el ego surgirá y le causará dificultades. Adora Bizancio, y es un buen administrador. Elegí al hombre adecuado, y los sacerdotes lo saben. Aunque me obligaron a hacer aquel pequeño trato para conseguir su apoyo, están satisfechos con León y también lo está el pueblo. Marciano nos dio prosperidad, y más paz de la que habíamos gozado en muchos años. León es su más digno heredero.
    – Creía que no te importaba mucho la paz -observó el príncipe.
    Aspar rió.
    – Hace treinta años no había suficiente guerra para mí, pero ahora ya he llenado el cupo. Estoy en el ocaso de mi vida. No deseo nada más que vivir aquí en paz con Cailin.
    – Que Dios te conceda ese deseo, Aspar, amigo mío. Me parece un deseo muy insignificante -confió Basilico al general. -Bueno, ¿vas a presentarme a esa exquisita muchacha, o he de regresar con la noticia de que ni he visto ni he hablado con la divina criatura que te ha hecho abandonar tu casa de Constantinopla?

CAPÍTULO 10

    – ¿Es guapa? -preguntó la emperatriz a su hermano.
    – Escandalosamente guapa -respondió Basilico sonriendo.
    Había partido de Villa Mare a primera hora de la tarde el mismo día en que había llegado, apresurándose a regresar a la ciudad para informar a su hermana, que esperaba ansiosa sus noticias.
    – ¿Tiene piel blanca? -siguió preguntando Verina.
    – Tiene piel blanca y suave como una estatua de mármol, querida.
    – ¿De qué color son sus ojos?
    – Depende de la luz -dijo Basilico. -En ocasiones son como amatistas y en otras parecen violetas tempranas -respondió poéticamente.
    – ¿Y el pelo?
    Verina estaba cada vez más intrigada. Basilico no era un hombre que hiciera halagos fácilmente.
    – Tiene el pelo castaño rojizo, una masa de pequeños rizos que le llega hasta las caderas. Lo lleva suelto y resulta muy atractivo.
    – No me lo digas -repuso la emperatriz. -Sus rizos son naturales, estoy segura. Qué suerte tiene, pero ¿quién es?
    – Una joven viuda, patricia de ascendencia romana, que procede de Britania -respondió él. -Es encantadora, Verina, y ama a Aspar. Si les vieras juntos, dirías que son una pareja felizmente casada.
    – ¿Cómo llegó a Bizancio? ¿Una viuda, dices? ¿Su esposo era bizantino? ¿Tiene hijos? Vamos, Basilico, no me estás diciendo todo lo que sabes.
    La emperatriz miró severamente a su hermano.
    – Su esposo era sajón, según me han dicho. Perdieron a su hijo. No tengo ni idea de cómo llegó a Bizancio. De veras, Verina, ya fue bastante vergonzoso interrogar a Aspar para satisfacer tu curiosidad infantil. He hecho todo lo que he podido y no haré nada más -añadió irritado.
    – ¿Cuántos años tiene la pequeña amante de Aspar y cómo se llama? -presionó la emperatriz. -Eso seguro que lo sabes.
    – Tiene diecinueve años y se llama Cailin.
    – ¿Diecinueve? -Verina dio un respingo. -¡Pobre Flacila!
    – Flacila se merece lo que le pasa -espetó Basilico, ansioso por escapar del interrogatorio de su hermana antes de decir algo inconveniente. Por alguna razón, Verina le estaba poniendo nervioso.
    Verina captó la intranquilidad de su hermano.
    – Esta mañana he tenido visita -dijo con demasiada dulzura. -Probablemente no debería confiarte esto. Los hombres sois muy tontos en estas cosas, pero como es evidente que tú me ocultas algo, debo decírtelo para que hables libremente. Sabes que últimamente León raras veces visita mi cama. Escucha a sus clérigos, que declaran que las mujeres somos impuras, un mal necesario para la reproducción que, de no ser por eso, deberían ser evitadas. No sé cómo cree que le daré un hijo si no copulamos. Está muy bien que los sacerdotes le digan que rece para tener un heredero, pero para tener un hijo hay que hacer algo más que rezar. -La emperatriz enrojeció de ira, pero luego prosiguió con suavidad. -No me atrevo a coger un amante para satisfacer mis necesidades. La Iglesia considera malas las necesidades naturales de la mujer. No tengo auténtica intimidad, y como sabes se me vigila constantemente. He estado pensando en ello, y al final se me ha ocurrido. Si tengo que seducir a mi esposo para que regrese a mi cama, he de emprender una acción drástica. Comprendo que se supone que no debería saber de estas cosas, pero resulta que sí, y según me han dicho hay burdeles muy elegantes en Constantinopla. Decidí contratar a una cortesana para que me enseñara las artes eróticas que podrían tentar a León a cumplir con su deber como marido.
    – ¿Que has hecho qué? -preguntó Basilico, atónito por la revelación de su hermana.
    La buena esposa bizantina no debía conocer esas cosas. No sabía si consternarse o reír.
    – Contraté a una cortesana para que me enseñara a ser más sensual -repitió Verina. -Flacila me ayudó. A veces visita un lugar llamado Villa Máxima. Allí ofrecen diversiones maravillosas y fantásticos jóvenes que se alquilan como amantes. ¿Lo sabías, Basilico? -Y mientras él la miraba boquiabierto, ella misma se respondió: -Claro que conoces Villa Máxima, querido hermano. En ocasiones eres uno de sus distinguidos parroquianos.
    »Una de esas ocasiones fue varios meses atrás, cuando visitaste ese lugar en compañía de nuestro general. Representaban una obrita, peculiar y de lo más lasciva, dos veces a la semana, de cuya perversidad toda la ciudad hablaba. ¡Flacila dice que era fantástica! Ojalá yo hubiera podido verla, pero ¿cómo podía asistir a un lugar así, aunque fuera disfrazada? Seguro que alguien me habría reconocido. Él asintió.
    – Habría sido imprudente, es cierto, Verina.
    Ella le sonrió y retomó el hilo de su historia.
    – La cortesana que me han enviado es una criatura adorable llamada Casia. Ella es quien me ha dicho que Aspar compró a los propietarios del burdel al miembro femenino de ese depravado espectáculo. ¿Una joven viuda, patricia, de antepasados romanos, procedente de Britania? ¿De veras, Basilico?
    – Ella es exactamente como te la ha descrito, Verina. No me ha parecido necesario revelarte los desdichados meses que vivió como esclava, estado al que llegó no por su culpa. Aspar la liberó inmediatamente después de comprarla. Reconoció su sangre patricia y se compadeció de ella. Y ahora está enamorado de Cailin.
    – No puedo creer que me hayas mentido, hermano -dijo la emperatriz poniendo mala cara.
    – No te he mentido -replicó el príncipe con irritación.
    – No me has contado todo lo que sabes. No puedo perdonártelo.
    – No te lo conté porque no quería avergonzar a Cailin. Aspar no me lo habría dicho, pero la reconocí. Es un episodio que los dos querrían olvidar. Lo único que desean es vivir en paz en Villa Mare. -Se puso serio. -León nunca estará tan a salvo como para que no necesite a Aspar, hermanita. Si le ofendes, sabe Dios qué podría sucederos a ti y a tu familia. El Imperio ahora disfruta de una relativa estabilidad, pero nunca se sabe cuándo podría estallar la rebelión y el descontento entre las masas.
    »Le diré a Aspar que conoces su secreto y cómo te enteraste. Mantendrás el secreto y así el general estará en deuda contigo, Verina. Eso te beneficiará más que cualquier satisfacción momentánea que pudieras obtener revelándole todo esto a Flacila Estrabo.
    La emperatriz consideró las palabras de su hermano y luego asintió.
    – Sí, tienes razón. La buena voluntad de Aspar es más importante para nosotros que su zorra esposa. Ahora tiene un nuevo amante, ¿lo sabías?, y esta vez lo ha elegido entre los de nuestra clase.
    – ¿Ella te lo ha dicho? ¿Quién es, Verina?
    – Justino Gabras. Vástago de la gran familia patricia de Trebisonda. Tiene veinticinco años y dicen que es muy guapo.
    – ¿Qué está haciendo en Constantinopla, y qué ha hecho Flacila para seducirle? -se preguntó Basilico en voz alta, pero al ver el brillo en los ojos de su hermana supo que se lo contaría todo.
    – Se dice -comenzó Verina- que Justino Gabras tiene un genio muy vivo. Ha matado a varias personas que consideró que le habían ofendido. Su última víctima, sin embargo, era primo del obispo de Trebisonda. Según me han contado fue necesario retirar de la escena al asesino lo antes posible. Dicen que la familia Gabras se vio obligada a pagar a la del obispo una buena compensación por la vida de su pariente. Justino Gabras fue expulsado de Trebisonda por un período de cinco años.
    »En Constantinopla su crueldad ya se ha hecho conocida. Ha comprado una enorme mansión que da al Cuerno Dorado y una finca en el campo. Dicen que sus fiestas y diversiones rivalizan con las de los mejores burdeles de la ciudad. ¿Te sorprende que Flacila le haya conocido?
    – Me sorprende que la Iglesia no interfiera -dijo el príncipe.
    – Gracias a su generosidad hacia el favorito del patriarca, la Iglesia hace la vista gorda -declaró la emperatriz.
    – Si Justino Gabras es todo lo que dices que es, creo que Flacila esta vez se ha enamorado -observó Basilico.
    – Si es así, podría resolver muchos problemas. La familia Estrabo ya no tendría que preocuparse por la conducta de Flacila, ni Aspar tendría que cargar con ella.
    – Y entonces podría casarse con su querida Cailin -dijo Basilico con indiferencia, observando la reacción de su hermana.
    – ¿Casarse con la chica que conoció en un burdel? No, querido hermano, no se le permitiría. No tiene que volver a casarse, no sería apropiado que el primer patricio del Imperio, el mayor general de Bizancio, se casara con una muchacha que trabajaba en un burdel, por muy de sangre azul que fuera. El Imperio sería el hazmerreír y no podemos permitirlo -manifestó Verina.
    Por supuesto, pensó Basilico con tristeza, jamás permitirían a Aspar que se casara con Cailin. ¿No se lo había dicho él mismo a su amigo? Aun así, cuando había oído lo del último amante de Flacila y su mala fama, había pensado que quizá el Imperio recompensaría a su hijo favorito con el permiso para casarse con la mujer a la que amaba, que le cuidaba con devoción y le amaba en su vejez. Basilico se consideraba mundano, pero a veces deseaba llevar una vida más sencilla.

    El otoño dio paso al invierno. Los vientos soplaban del norte y en Villa Mare las contraventanas del pórtico estaban cerradas, mientras los braseros llenos de carbón caldeaban las habitaciones. Cailin y Aspar llevaban una vida tranquila. Parecía que sólo se necesitaban el uno al otro. No hubo más visitas a la villa después de la de Basilico aquel día de otoño. Ellos lo preferían así.
    Aspar pasaba varios días cada semana en la ciudad, atendiendo sus obligaciones. Veía a menudo a su hijo mayor, Ardiburio, y un día, en el senado, éste le preguntó abiertamente a su padre:
    – ¿Por qué cerraste nuestro palacio?
    – Porque prefiero vivir en el campo -respondió Aspar.
    – Dicen que tienes a una amante joven contigo.
    Una leve sonrisa acudió a los labios de Aspar pero desapareció enseguida.
    – Tienen razón -admitió a su hijo. -A diferencia de tu madrastra, yo prefiero llevar mi asunto con discreción. Cailin es una muchacha tranquila y prefiere el campo a la ciudad. Y a mí me gusta complacerla.
    Ardiburio tragó saliva.
    – ¿Te gusta, padre?
    Aspar miró fijamente a su hijo, preguntándose adonde quería llegar. Por fin respondió:
    – Sí, y a tu madre también le habría gustado.
    – ¿No amas a Flacila?
    – No, Ardiburio, no la amo. Creía que lo sabías desde el principio. Nuestro matrimonio fue por motivos políticos. Necesitaba que el patriarca aprobara a León y lo conseguí llevándome a Flacila del seno de su familia -explicó Aspar. -¿Qué quieres decirme, hijo? Nunca has sido hombre de muchas palabras. Eres un soldado, como yo. ¡Habla!
    – Debes quitar a Patricio del cuidado de Flacila, padre. No debería seguir en su casa más tiempo.
    – ¿Por qué?
    – Tiene un amante perverso, padre. Un hombre rico y de una gran familia. Sé de buena tinta que ha corrompido a niños de sólo ocho años. Patricio tiene casi diez y cada día es más guapo. Es un niño encantador, como sabes, y siempre está dispuesto a caer bien. El amante de tu esposa todavía no le ha violado, pero últimamente ha mostrado un interés que no es sano. Mi fuente es de absoluta confianza, padre. Hay que proteger a mi hermano pequeño.
    – Entonces debéis llevároslo tú y Zoé -dijo Aspar. -Sofía no está acostumbrada a los niños pequeños y él no le tiene ningún respeto. Patricio te adora, Ardiburio, y tu esposa sabe bien cómo tratar a los críos traviesos. Le diré a Flacila que Patricio necesita la compañía de otros niños y que he decidido entregároslo a ti y Zoé. Si lo digo así no parecerá una crítica. Supongo que su nueva distracción la mantendrá ocupada, así que no se ofenderá. Ya sabes que no puedo llevarme a Patricio a Villa Mare. Cailin le adoraría, pues tiene cualidades para ser madre, pero eso causaría la reacción que precisamente quiero evitar: un escándalo. ¿Lo comprendes, hijo mío?
    – Sí, padre. ¿Te llevarás hoy mismo a Patricio? Hay que hacerlo lo antes posible. Ya he discutido con mi familia la posibilidad de que viniera con nosotros. Tu nieto David está encantado con la idea de tener a su tío en casa. Como es el mayor y tiene dos hermanas pequeñas, y el niño aún es un bebé, le resulta penoso.
    – Le mimas demasiado -gruñó Aspar, -pero a pesar de ello parece un buen muchacho. Ahora tiene siete años, ¿no? Él y Patricio se llevarán bien. -Suspiró. -Aunque detesto tener que ver a Flacila, iré ahora mismo a buscar a Patricio. Vete a casa, Ardiburio, y dile a Zoé que al caer la noche iré a llevaros al niño.
    El general abandonó el senado y, tras montar su caballo, cabalgó sin escolta por las calles de la ciudad hasta el hogar de su esposa. No necesitaba que ningún guardia le protegiera, y muchos viandantes, al reconocerle, le saludaban y le deseaban bien. El portero de la mansión de Flacila le saludó con agrado, y el sirviente, tras apresurarse a darle la bienvenida, envió un esclavo a su dueña para anunciar la llegada de su esposo.
    Flacila Estrabo era una mujer hermosa. Menuda y delicada, poseía un espléndido cabello rubio y ojos verde mar. Se hallaba divirtiéndose con su amante cuando le llegó la noticia de la inesperada visita de su esposo.
    – ¡Maldita sea! -exclamó con irritación. -Qué raro que Aspar venga sin avisarme. ¡Dios mío! ¿Y si ha oído algo de nosotros? ¡Me amenazó con meterme en Santa Bárbara si provocaba algún escándalo, y mi familia le apoyará si lo hace!
    Justino Gabras le sonrió perezosamente desde el diván donde estaba reclinado. Un rizo negro le caía directamente en el centro de la frente. Era un hombre alto y esbelto, y sus ojos oscuros parecían no conocer el miedo.
    – Lamentaría perderte, Flacila -observó con voz lenta.
    – ¡Debes irte ahora mismo! -dijo ella asustada mientras el silencioso esclavo esperaba sus órdenes para transmitírselas al sirviente.
    Justino alargó el brazo e hizo caer a Flacila sobre su regazo, le bajó el escote de la túnica todo lo que pudo y empezó a sobarle un seno.
    – Dile a tu esposo que entre, Flacila. Tengo ganas de conocerle. Su fama como general del Imperio le precede.
    No creo que jamás haya conocido a un hombre verdaderamente valiente, pero dicen que Aspar lo es.
    Ella forcejeó para librarse.
    – ¿Estás loco? -dijo ahogando un grito mientras bajaba la cabeza y él empezaba a chuparle un pezón.
    Como respuesta, Justino Gabras dio un mordisco en el seno de Flacila, quien dejó escapar un leve grito. Se miraron a los ojos y Flacila dijo débilmente al esclavo:
    – Que mi esposo se reúna con nosotros en la terraza, Marco.
    Luego ahogó otro grito cuando su amante deslizó una mano por debajo de la túnica, le acarició la pierna y empezó a toquetearle su pequeña joya. Ella gemía con nerviosismo, sabiendo que no pararía hasta que le diera completa satisfacción, y no le importaría que Aspar entrara y les encontrara en una postura comprometedora. Justino Gabras era el hombre más perverso que Flacila había conocido jamás, y aunque a veces la asustaba, no podía resistirse a él.
    – ¡Aaaahhhh…! -gimió mientras él la excitaba.
    Él se echó a reír, la soltó y observó cómo rápidamente se arreglaba la ropa y trataba de recuperar la compostura.
    – Probablemente estaba ya en la escalera cuando te he obligado a obedecerme -se burló él. -¿Pensabas en que se estaba acercando mientras yo jugaba contigo, cariño?
    – Eres perverso -espetó ella, ahora enfadada por haberla asustado tanto. -Te encanta el peligro, pero también me has metido a mí en ello.
    – Y a ti te ha encantado, Flacila -se burló él. -Eres la mujer perfecta para mí. Tienes educación y eres una puta muy hábil. Cuando tu esposo se marche, te daré otra pequeña sorpresa, cielito. ¿Te excita pensar en ello?
    Sin embargo, antes de que pudiera responder, Aspar apareció en la terraza. Flacila se levantó para saludarle.
    – Mi señor, ¿por qué no me has avisado que ibas a venir? Patricio estará encantado de verte. Últimamente va muy bien en sus estudios, según dicen los tutores.
    – Disculpad que os interrumpa, a ti y a tu invitado -dijo Aspar con un leve tono de reproche en la voz.
    Ella replicó al instante.
    – Éste es Justino Gabras, un caballero de Trebisonda. Ahora se está instalando en la ciudad. El patriarca me ha pedido que le ayude en un proyecto para socorrer a los pobres. Estábamos hablando de ello cuando has llegado. ¿Quieres unirte a nosotros?
    Una leve sonrisa divertida asomó a los labios de Aspar, pero al punto desapareció.
    – He venido a buscar a Patricio -dijo. -He decidido enviarle a vivir con Ardiburio y Zoé. Has sido una buena madre para él, Flacila, pero por su edad necesita la compañía de otros niños. Mi nieto David sólo es un poco más joven que Patricio y también se beneficiará de su compañía. Como mi hijo mayor y mi nuera siguen la fe ortodoxa, Patricio, por supuesto, seguirá esa instrucción. ¿Quieres enviar a buscarle?
    Flacila estaba atónita y sentía curiosidad ante aquella repentina decisión, pero hizo un gesto de asentimiento. Llamó a un criado y le dio instrucciones de que fuera a buscar al muchacho.
    – ¿Podré ver a Patricio de vez en cuando, mi señor? -preguntó a su esposo. -Me he encariñado con él.
    – Por supuesto -respondió él sonriendo. -Serás siempre bien recibida en casa de mi hijo mayor para visitar a Patricio. También él se ha encariñado contigo, lo sé.
    Justino Gabras estaba fascinado. Nunca había visto a dos personas que encajaran peor una con otra. También él lamentaría ver partir al niño. Hasta hacía poco no había empezado a pensar en lo apetitoso que sería. Como Patricio poseía un talante dulce y siempre deseaba agradar, seducirle habría sido sencillo. Y después le habría enseñado a complacer a su lasciva madrastra. Mala suerte, pensó, una oportunidad perdida, pero ya surgiría otra.
    El general y su esposa se habían quedado callados, pues poco tenían que decirse. Aspar parecía un tipo aburrido, pensó Justino Gabras. Brillante en el campo de batalla pero aburrido en el dormitorio. Flacila le ofreció vino, y luego por fin llegó el niño.
    – ¡Padre! -El hijo menor de Aspar entró corriendo en la terraza y el rostro se le iluminó. -¡Qué sorpresa, padre!
    Aspar estrechó al chiquillo entre sus brazos y luego dio un paso atrás y dijo:
    – ¡Has vuelto a crecer, muchacho! Y Flacila dice que tus tutores han dado buenos informes de tus estudios. Me siento orgulloso de ti y he venido a darte una sorpresa. Irás a vivir con tu hermano y su esposa. Tu primo David está ansioso de que llegues.
    – ¡Oh, padre! ¡Qué maravillosa noticia! -exclamó Patricio. -¿Cuándo voy a ir? -De pronto bajó el rostro y, volviéndose hacia Flacila, dijo casi con tono de disculpa: -Os echaré de menos, señora. Habéis sido buena conmigo.
    Flacila sonrió sin afecto.
    – Creo que tu padre ha tomado una sabia decisión, Patricio. Tienes que estar con otros niños, y en mi casa no hay ninguno.
    – ¿Te agradaría que nos fuéramos ahora? -preguntó Aspar a su hijo. El muchacho asintió vigorosamente y Aspar dijo a su esposa: -Ordena que la vieja Marie prepare las cosas de mi hijo. Puedes enviarla a ella y los tutores a casa de Ardiburio mañana. Ahora nos despediremos para que vuelvas a tus asuntos con este caballero.
    Saludó a Flacila con una leve inclinación de la cabeza y después a Justino. Cogió a Patricio de la mano y salió de la terraza.
    Cuando se hallaron fuera del alcance del oído, Patricio dijo a su padre:
    – Me alegro de ir a casa de mi hermano, padre. Flacila recibe a demasiados caballeros y este último me asusta. Siempre me estaba mirando.
    – Pero no te ha tocado ni hecho nada, ¿verdad, hijo mío?
    – ¡Oh, no, padre! -aseguró el muchacho. -Nunca le he dejado acercarse tanto a mí. Marie dice que es un hombre muy malo.
    – Atiende los consejos de tu vieja niñera, Patricio. Ella te quiere de verdad. Tu madre la eligió especialmente para que cuidara de ti.
    En la terraza, Flacila observó partir a su esposo y a su hijastro a través de la celosía del muro bajo. Justino Gabras, de pie y con las manos en sus caderas la follaba rítmicamente por atrás mientras ella se hallaba inclinada sobre el parapeto.
    – Ha sido tan repentino… -jadeó ella. -Es típico… aaah… de Aspar hacerme… una visita sorpresa con un final sorprendente.
    Su amante la penetró hasta el fondo y se inclinó para susurrarle al oído:
    – Cree que ya no eres adecuada para cuidar del niño, cielito. Sí, ha disimulado su intención con palabras dulces, pero para mí ha sido evidente lo que realmente pensaba. Me pregunto qué habladurías correrán, pues seguro que eso avivará el fuego.
    De pronto ella notó que se aproximaba al orgasmo y gimió con avidez, echando las caderas hacia atrás.
    – ¡Iré… a ver… a la emperatriz! -dijo entre jadeos. -¡Oooh…!
    Justino Gabras disfrutó del grito sorprendido que dejó escapar ella cuando él salió de su templo de Venus y se metió en su templo de Sodoma. Justino la sujetaba con firmeza, dominando el débil forcejeo de Flacila, y se inclinó para darle un pequeño mordisco en el cuello.
    – Serás el hazmerreír de Constantinopla, cielo. Todo el mundo te tiene por una puta, pero ahora te tendrán por una mala madre también. ¿Nunca te has preguntado por qué tus hijas no te visitan, Flacila? La familia de su esposo no les deja tener tratos contigo, según me han dicho… Aaahh…
    Su lujuria estalló en el dolorido cuerpo de ella y, por fin, con un gemido de satisfacción, se retiró.
    Flacila prorrumpió en llanto.
    – ¿Por qué me cuentas estas mentiras? -le preguntó.
    – Porque tienes un talento delicioso para la perversión que encaja con el mío, cielo. Apenas has arañado la superficie de tu perversidad, pero bajo mi tutela te convertirás en una maestra del mal. No llores. Eres demasiado vieja para hacerlo en público, y se te hincha la cara. No te miento, Flacila, cuando te digo que eres la mujer perfecta para mí. Quiero casarme contigo. Tienes relaciones familiares poderosas y yo he de quedarme en Constantinopla, por eso quiero una esposa como tú, querida. Una chica joven me aburriría. Se quejaría y lamentaría de mis gustos. Tú, por el contrario, no lo harás, ¿verdad?
    – ¿Me dejarías tener amantes? -le preguntó ella.
    – Claro que sí -respondió él, riendo, -porque yo también lo haré. -Le cogió la mano y se tumbaron en el diván. -¡Piénsalo, Flacila! Piensa en todo lo que podríamos compartir, y sin recriminaciones de ninguna clase. Incluso podríamos compartir amantes. Sabes que me gustan las mujeres y los hombres como a ti. ¿Vamos esta noche a Villa Máxima y elegimos un amante para los dos? ¿Qué me dices de uno de esos maravillosos norteños mudos de los que Joviano tanto alardea? ¿O quizá prefieres a Casia? ¿Qué respondes?
    – Déjame pensar -dijo ella. -Oh, ojalá aquella chica que Joviano presentó en la primera de sus obras aún estuviera allí. Era tan hermosa, pero desapareció enseguida. Tú no viste la representación, porque todavía no estabas en Constantinopla, pero esa chica tenía a los tres norteños dentro de su cuerpo al mismo tiempo. Joviano nunca permitió que nadie disfrutara de ella, y luego de pronto desapareció. Nunca ha explicado qué sucedió. Quizá se suicidó. No parecía una prostituta.
    – Entonces cojamos a los tres norteños, Flacila. Tú harás el papel de la chica para mí y también compartiremos a Casia -dijo, besándola. -Celebraremos así nuestro compromiso.
    Flacila se incorporó.
    – Mi familia jamás me permitiría divorciarme de Aspar y casarme contigo -dijo. -Valoran demasiado la influencia de Aspar. Aunque le obligaron a casarse conmigo para que apoyaran a León, han logrado muchas cosas por medio de su influencia, Justino. No renunciarán fácilmente.
    – No preguntes nada a tu familia y pídele el divorcio a tu marido. Sospecho que él quiere pedírtelo, y quitarte al niño es el primer paso para deshacerse de ti. Una vez más Aspar te arrastrará al ridículo. ¡Golpea primero, cielo! Dudo que a él le importe nada mientras pueda librarse de ti.
    – ¿Y si me lo niega? -preguntó. -Con Aspar nunca se sabe.
    – Entonces acude a tu familia -respondió Justino. -Tu esposo no es un dios, Flacila. Seguro que tiene alguna debilidad que puedes aprovechar. ¿No te enteraste de nada durante el tiempo en que estuviste casada con él?
    – En realidad le conozco muy poco. Nunca hemos vivido juntos, y mucho menos dormido. Es un enigma para mí.
    – Entonces debes espiarle para enterarte de lo que necesitamos saber, porque he de tenerte yo o no te tendrá nadie.
    Le dio un apasionado beso.

    Tras una noche de depravación particularmente salvaje, Flacila despertó con la cabeza despejada y decidida.
    – Envía un mensajero al palacio de mi esposo -indicó al sirviente- y dile que deseo visitarle esta mañana. Llegaré antes de mediodía.
    – El general no está en su palacio, mi señora -informó el sirviente. -Lo cerró hace unos meses y ahora vive en Villa Mare. ¿Envío el mensajero al campo para informarle de que vais a ir, mi señora? La villa sólo está a ocho kilómetros de las puertas de la ciudad.
    – No. No te molestes. Iré sin avisar. Para cuando el mensajero haya ido y vuelto, ya puedo estar allí yo misma. Haz que preparen mi litera.
    Despidió al mayordomo y llamó a sus doncellas.
    Como quería causar buena impresión, Flacila eligió la ropa con cuidado. Su estola era de color verde azulado y hacía juego con sus ojos. Estaba bordada con hilo de oro y el tejido era muy rico. Las mangas eran largas y ajustadas y la prenda se abrochaba en la cintura con un ancho cinturón dorado. Sus zapatillas doradas estaban bellamente adornadas con joyas y el pelo era una masa de trenzas doradas, recogidas en lo alto y decoradas también con joyas. Una capa a juego forrada de piel completaba su atuendo. Flacila se miró con atención en el espejo de plata pulida. Sonrió satisfecha. Aspar quedaría impresionado.
    Sus porteadores se apresuraron por el Mese y cruzaron la puerta Dorada. Era un día agradable y Flacila miraba por una abertura en las cortinas el paisaje rural. De vez en cuando veía campesinos podando árboles en los huertos que ocasionalmente bordeaban el camino. Era una escena relajante y casi bucólica, pensó Flacila, y un poco aburrida. ¿Por qué Aspar vivía en el campo? La litera cruzó las puertas de Villa Mare y entró en el patio, donde se detuvo. El vehículo fue depositado en el suelo. Alguien le tendió una mano para ayudarla a salir.
    – ¿Quién eres? -preguntó Flacila al anciano.
    – Soy Zeno, el sirviente del general Aspar.
    – Yo soy Flacila, la esposa del general. Dile que he llegado -ordenó ella con aire majestuoso. -Enséñame el camino del atrio, Zeno, y tráeme un poco de vino.
    Zeno estaba horrorizado.
    – Si la señora quiere seguirme -dijo con calma.
    Era una pequeña villa encantadora, pensó Flacila, quizá un poco rústica para su gusto. Nunca había estado allí. Sin embargo, no entendía por qué Aspar la prefería a su palacio en la ciudad. Se acomodó en un banco de mármol a esperar su vino y a que apareciera su esposo.
    Aspar llegó antes que el vino. Su saludo fue menos que cordial.
    – ¿Qué haces aquí, Flacila? ¿Qué te ha traído al campo en una mañana de invierno?
    Parecía incómodo y ella se preguntó por qué. Entonces se le ocurrió que su esposo tenía una amante. Vivía con ella y no quería que nadie lo supiera. ¡Vaya con el viejo zorro! Flacila estuvo a punto de echarse a reír.
    – He venido por un asunto de importancia -empezó ocultando lo divertida que le resultaba la situación.
    – ¿Ah, sí?
    – Quiero el divorcio, Aspar.
    No era momento de mostrarse delicada. A ella le importaba un bledo que tuviera una amante o un centenar escondidas en el campo. Ella se había casado dos veces por complacer a su familia. Ahora quería casarse porque lo deseaba.
    – ¿Quieres el divorcio? -preguntó él con tono incrédulo.
    – Oh, Aspar -exclamó ella con candor, hablando deprisa. -Nuestro matrimonio fue de conveniencia. Tú conseguiste lo que querías: el apoyo del patriarca y de la familia Estrabo en favor de León. Yo obtuve lo que creía que quería: ser la esposa de un hombre poderoso de Bizancio. Pero el nuestro no ha sido un auténtico matrimonio. ¡Nos detestamos el uno al otro en cuanto nos conocimos! Nunca hemos pasado una noche juntos, ni siquiera el día de nuestra boda, ni en la misma cama ni bajo el mismo techo. Tú en realidad no me quieres. Incluso te has llevado a Patricio de mi cuidado.
    »Bueno, ya no soy una chiquilla, y por primera vez en mi vida estoy enamorada. Quiero casarme con Justino Gabras y él quiere casarse conmigo. Dame el divorcio y a cambio yo seré tus ojos y oídos en la corte. Verina tiene grandes ambiciones para ella y para León. Se desharía de ti si creyera que puede hacerlo, y algún día tal vez lo piense. Si yo estoy allí por ti, no tendrás que hacer frente a ninguna sorpresa desagradable por esa parte. ¡Es una oferta justa!
    Aspar estaba atónito. Si los dos querían el divorcio, el patriarca no podría oponerse y los Estrabo no podrían ofenderse.
    – Sí -dijo, -es una oferta justa, Flacila. ¿Por qué no me hablaste de ello ayer, cuando fui a buscar a Patricio?
    – Justino me ha preguntado lo mismo -mintió Flacila, -pero, como le he dicho a él, la partida de Patricio me afectó tanto que no podía pensar con claridad. Sin embargo, le he prometido que vendría a verte hoy mismo y arreglaría el asunto.
    – Aquí está el vino, mi señor -anunció Zeno, y dejó las copas y la botella en una pequeña mesa.
    – No es necesario que nos sirvas -indicó Aspar, -lo haré yo mismo. Vuelve a tus obligaciones -añadió con tono significativo, esperando que Zeno comprendiera.
    – Enseguida, mi señor -respondió con énfasis el sirviente, pero en aquel momento se produjo el desastre, pues Cailin entró en el atrio.
    – Me han dicho que tenemos invitados, mi señor -dijo.
    Flacila Estrabo se quedó boquiabierta. Miró fijamente a la muchacha y logró exclamar: -¡Tú! ¡Eres tú! Cailin pareció confundida. -Señora, ¿os conozco?
    – ¡Tú eres la chica de Villa Máxima! ¡No te molestes en negarlo! ¡Te he reconocido! -chilló Flacila, y a continuación se echó a reír. -Oh, Aspar -exclamó, -fuiste fiel a Ana y después esperasteis años cuando la mayoría de hombres toman una amante enseguida. Ahora, en el ocaso de tu vida eliges a una y resulta que es la prostituta más conocida de todo Bizancio. Me darás el divorcio y no hablaremos más del asunto. Si no, contaré al mundo de tu prostituta y serás el hazmerreír del Imperio. Tu utilidad habrá terminado, y tu poder. ¡Estarás indefenso! ¡Apenas puedo creer en mi buena fortuna! ¡La chica de Villa Máxima!
    – ¿Quién es esta mujer tan grosera, mi señor? -preguntó Cailin con frialdad.
    – ¿Grosera yo? ¿Yo? -Flacila la miró con furia ¡Dios, era tan joven!
    – Te presento a mi esposa, Flacila Estrabo -dijo Aspar con formalidad. Qué mala suerte que Cailin hubiera entrado en el atrio antes de que Zeno la hubiese prevenido. Bueno, ya no había remedio. Tendría que intentar remediarlo. Miró a Flacila. -No sabía que frecuentabas Villa Máxima.
    – Voy en ocasiones -respondió ella con cautela. -La obrita de Joviano fue la sensación del verano pasado en la ciudad. Pero no parece una puta, Aspar.
    – No lo soy -replicó Cailin con aspereza. -Mi sangre es más noble que la vuestra, señora. Soy una Druso de la gran familia romana.
    – Roma está acabada. Hace tiempo que lo está, y desde que Atila la saqueó hace varios años queda poco de importancia, ni siquiera sus familias. Ahora el centro del mundo está aquí. -Flacila sonrió con malicia.
    – No os jactéis tanto, señora -espetó Cailin. -Este centro del mundo del que tanto alardeáis está tan podrido como un huevo dejado al sol. En Britania no degradamos a nuestras mujeres ante un público de depravados lujuriosos. Deberíais avergonzaros de admitir que visteis lo que visteis; pero ¿de qué me sorprendo? Incluso vuestros sacerdotes asisten a los espectáculos de Joviano. La belleza externa de vuestra ciudad no compensa la oscuridad de vuestros corazones y almas. Me dais pena.
    – ¿Permitirás que esta esclava me hable así? -exigió Flacila, furiosa. -¡Todavía soy tu esposa y merezco respeto!
    – Cailin no es ninguna esclava -respondió Aspar con calma. -La liberé hace meses. Ahora está en iguales condiciones que tú, y puede hablarte como le plazca. -Cogió la mano de Cailin y prosiguió. -Te daré el divorcio, Flacila. Iremos a ver al patriarca y le comunicaremos nuestros deseos. No quiero discutir contigo y nunca lo he hecho. Si has encontrado la felicidad, como yo la he encontrado, te deseo lo mejor y haré todo lo que pueda para asegurar tu buena fortuna.
    La ira de Flacila se apaciguó.
    – Eres muy generoso, mi señor.
    – Pero impongo una condición -declaró él: -No murmurarás acerca del pasado de Cailin. Debes jurarme que guardarás el secreto o no accederé. El divorcio te favorece más a ti, querida esposa, que a mí. Y seguirás siendo mis ojos y oídos en la corte de Verina. Éstas son mis condiciones. ¿Lo juras?
    – ¿Por qué me favorece más a mí que a ti?
    – Tú deseas casarte con Justino Gabras, ¿no? Pues no puedes hacerlo si no estás divorciada de mí. En cambio, a mí nunca me permitirán casarme con Cailin debido a sus inusuales comienzos en Constantinopla. El hecho de que la conserve como amante no es un crimen, y tampoco se considera raro en un hombre de mi posición. Tanto si eres mi esposa como si no, Cailin seguirá siendo mi amante; pero tú, para casarte con tu amante, tienes que librarte de mí. Así que tú tienes más que ganar si yo acepto el divorcio. ¿No crees que tengo razón? -Le sonrió con aire amistoso, ladeando la cabeza. -Bueno, ¿qué me respondes, querida?
    Ella asintió.
    – Como siempre, tienes razón. Debo decirte que siempre he encontrado esta característica tuya de lo más irritante. Muy bien, juro por el cuerpo de nuestro Señor crucificado que no murmuraré ni hablaré mal de tu pequeña amante bárbara y pagana. Raras veces doy mi palabra, ya lo sabes. También sabes que puedes confiar en esa palabra.
    – Confío en ella, Flacila. Ahora dime cuándo quieres que vayamos a ver a tu primo el patriarca. Estoy a tu disposición.
    – ¡Vayamos hoy mismo! -exclamó ella. -Visitémosle sin avisarle. Si le cogemos desprevenido, es más probable que colabore que si se sienta con su concilio de obispos a comentar el asunto. Poseo el argumento necesario para persuadirle, Aspar.
    – Ve delante de mí -indicó él. -Te alcanzaré antes de que llegues a las puertas de la ciudad. Ahora te acompañaré hasta tu litera, Flacila. Cailin, quédate aquí.
    – Encantada -dijo ella con frialdad.
    Aspar fue con su esposa hasta la litera que aguardaba.
    – Qué pena que no puedas casarte con ella -dijo Flacila con perversidad. -Te quiere como te quería Ana, y es evidente que será una buena esposa, pero tiene carácter, como yo. Es la compañera perfecta, Aspar, pero no puedes tenerla. No me parece justo después de todos los servicios que has prestado al Imperio -se burló.
    Él sonrió, impermeable a sus crueles comentarios, preocupado por Cailin pues sabía que estaría furiosa con él por no haberle comunicado que ya era una mujer libre.
    – Será como Dios quiera, querida -observó con calma, fastidiando el regocijo de Flacila mientras la ayudaba a subirse a la lujosa litera. -Me reuniré contigo lo antes posible. -Cerró las cortinas del vehículo e indicó a los porteadores: -Llevadla al palacio del patriarca.
    Luego regresó al atrio de su villa.
    Cailin se paseaba en torno al estanque. Se giró en redondo cuando le oyó entrar y exclamó:
    – ¿Cómo habéis podido ocultarme semejante noticia, mi señor? ¿O ha sido una mentira simplemente para molestar a esa horrible mujer?
    – Es cierto -dijo él. -Eres una mujer libre desde el día en que te lo prometí. No podía contarte toda la verdad, Cailin. No soy joven pero te amo. Temía que si te decía que eras libre me abandonaras; que intentaras regresar a Britania y terminaras en una situación peor que cuando te rescaté.
    Por un momento la compasión asomó a los ojos de Cailin, pero pronto desapareció.
    – Oh, Aspar, ¿no sabes que yo también te amo? Hasta que me encontraste, incluso algún tiempo después, soñaba con regresar a Britania para vengarme de Antonia Porcio. Pero ¿qué bien me reportaría eso? ¿La venganza me devolvería a mi familia? ¿A mi esposo? ¿A mi hijo? No creo que la venganza de Antonia le haya devuelto a Quinto. Wulf Puño de Hierro habrá encontrado otra esposa, quizá incluyo ya tienen un hijo. Administra las tierras que pertenecieron a mi familia. Mi regreso causaría desdicha a todos. Britania ha entrado en una nueva era y yo no estoy destinada a formar parte de ella. Esto es lo que mi destino me ha deparado y aquí permaneceré, a tu lado y en tu corazón mientras quieras tenerme, Aspar. -Se sorprendió de sus propias palabras, pero se dio cuenta de que era hora de dejar a un lado sus sueños y afrontar la realidad. Era muy improbable que algún día regresara a Britania.
    – No nos permitirán casarnos -dijo él con tristeza.
    – ¿Quiénes? ¿Tus sacerdotes cristianos? Yo no soy cristiana, Aspar. Soy… ¿cómo me ha llamado tu esposa? ¿Pagana? Bien, soy pagana. ¿Recuerdas las antiguas palabras del matrimonio romano? Quizá tú no, pero si te divorcias de Flacila yo te las enseñaré de modo que nos las podamos decir el uno al otro. Entonces, digan lo que digan los demás, estaremos unidos para toda la eternidad, mi señor -le prometió. Le rodeó con los brazos y se apretó a él con fuerza, besándole con toda la pasión que su joven alma pudo reunir. Luego levantó la mirada y dijo: -Jamás volverás a ocultarme nada ni a contarme medias verdades, mi amado señor, o me enfadaré muchísimo. No conoces todavía mi mal genio, y no te aconsejo conocerlo.
    Ésas palabras le dejaron atónito y la felicidad que le inundó sólo le permitió preguntar:
    – ¿Me amas? ¡Me amas! -La cogió en vilo y dio un par de vueltas. -¡Cailin me ama!
    – ¡Suéltame! -exclamó ella riendo. -Los criados creerán que has perdido el juicio, mi señor.
    – Sólo el corazón, mi amor, y eso lo guardarás a salvo para mí, ¡lo sé!
    La dejó en el suelo con suavidad.
    – Ve ahora a Constantinopla, mi señor, y convence a quien sea necesario de que has de deshacerte de esa mujer con quien te casaste por conveniencia. Yo esperaré ansiosa tu regreso.
    – Legalizaré a todos los hijos que me des -prometió él.
    – Sé que lo harás. ¡Ahora vete!
    Ni siquiera tuvo que dar órdenes. Zeno informó a su amo de que tema el caballo ensillado esperándole en el patio. Aspar rió en voz alta. Era una conspiración de felicidad, pensó. Su servidumbre adoraba a Cailin y haría lo que fuera necesario para asegurar la felicidad de ambos. Cabalgó hacia la ciudad y al poco alcanzó la litera de Flacila. Viajaron juntos el resto del camino hasta el palacio del patriarca, en el que fueron admitidos de inmediato y anunciados al líder religioso de Constantinopla.
    El patriarca miró con ceño a la pareja.
    – ¿A qué debo el placer de veros a los dos juntos? -preguntó con un murmullo nervioso.
    – Queremos el divorcio -anunció Flacila sin rodeos. -Aspar y yo estamos de acuerdo. No puedes negarte. No hacemos vida de matrimonio y nunca la hemos hecho, mi señor. No hemos yacido juntos ni una vez y con frecuencia he traicionado a mi esposo con hombres de baja ralea -terminó.
    – ¿Con frecuencia? -preguntó Aspar alzando una ceja en gesto de perplejidad.
    – Raras veces te enterabas -dijo ella, y se echó a reír con desparpajo. -No todos terminaron tan escandalosamente como el episodio del gladiador y el actor, mi señor.
    El patriarca palideció.
    – ¿Conocías ese infortunado incidente? -preguntó a Aspar.
    – Lo conocía -respondió el general. -Mis fuentes están mejor informadas que las vuestras, mi señor patriarca. Preferí no hacer caso de ello.
    – ¿Debido a tu pequeña amante? -espetó el patriarca, haciendo ondear su túnica negra mientras se paseaba por la estancia con nerviosismo. -Jamás podrás casarte con ella. Tu prestigio es demasiado valioso para Bizancio, Flavio Aspar. Se te tolera tu conducta porque has sido discreto, pero sólo por ese motivo. Volved a casa, los dos.
    – Me he casado dos veces por el bien de mi familia -dijo Flacila. -Me sentía feliz como viuda cuando mi esposo Constancio murió, pero los Estrabo me hicieron esposa de este hombre. Bueno, lo hice por ellos y por vos. Ahora quiero ser feliz con un hombre al que yo he elegido. -Sus ojos azules miraron al patriarca relucientes de furia. -Primo, deseo casarme con Justino Gabras y él desea casarse conmigo. Es el primer amante de mi categoría. La familia Gabras, como bien sabéis, es la primera familia de Trebisonda. Ahora tenéis al emperador en el bolsillo, y Aspar es el ciudadano más leal de esta tierra. No tenéis nada que temer de ellos. Yo os sería más útil como esposa de Justino Gabras, y con ello conseguiríais un importante vínculo en Trebisonda. Si os negáis, causaremos tal escándalo que ni vos ni el emperador sobreviviréis a ello. Hablo en serio, primo, y sabéis que soy capaz de destruiros -terminó Flacila con aire amenazador.
    – ¿A ti te satisface permitir ese matrimonio? -preguntó débilmente el patriarca a Aspar, pero sabía que ésta consideraba la situación un puro golpe de suerte.
    – No discutiré con Flacila -respondió con calma. -Si este matrimonio puede hacerla feliz, ¿por qué negárselo, mi señor? ¿Con qué fin? Tienes razón respecto a la familia Gabras y, sospecho, ellos estarían aún más agradecidos a Flacila. Su amante nunca ha estado casado y hacerlo podría contribuir a que asentara su personalidad más bien errática. Esto sin duda sería positivo para los Estrabo y para vos. -Se encogió de hombros. -En cuanto a mi situación, seguiré siendo discreto. Poco puede decirse de un hombre no casado que tiene una amante y le es fiel, mi señor. Es una pequeña recompensa que pido por todos mis servicios al Imperio.
    – Ella tiene que bautizarse -señaló el patriarca. -Podemos tolerar a una amante cristiana, Flavio Aspar, pero jamás a una pagana. Yo mismo elegiré a un sacerdote para que reciba instrucción, y cuando él me indique que está preparada para recibir el sacramento, yo personalmente la bautizaré en la verdadera fe ortodoxa de Bizancio. ¿Aceptas mi decisión?
    – Sí -respondió Aspar, preguntándose cómo se lo explicaría a Cailin. A ella le parecerá irracional, pero al final lo haría para complacerle a él, porque era la única manera en que su relación sería tolerada.
    El patriarca se volvió hacia Flacila.
    – Tendrás tu divorcio, prima, y antes de que la familia Estrabo lo sepa siquiera. No tengo intención de discutir con ellos este asunto. Elige una fecha para la boda y yo personalmente te casaré con Justino Gabras. Sin embargo, habrá que hacerlo en privado y con un poco de decoro. No permitiré que ninguno de los dos hagáis de este asunto un espectáculo. Y después ofrecerás una fiesta a la familia para celebrar esta nueva unión. No habrá ninguna orgía. ¿Lo entiendes? ¿Justino Gabras lo entenderá?
    – Se hará según tus deseos, mi señor patriarca -aceptó Flacila con docilidad.
    El clérigo rió sin ganas.
    – Si es así -dijo, -será la primera vez que realmente me obedeces, prima.

CAPÍTULO 11

    En Bizancio la primavera siempre llegaba antes que en Britania, observó Cailin, a quien no desagradaba la temprana floración de los árboles del huerto de Aspar. El general era un buen amo, como todos los campesinos se apresuraban a asegurarle. Mientras muchas haciendas vecinas estaban casi en ruinas debido a los elevados impuestos con que el gobierno imperial gravaba a los campesinos, Aspar pagaba los de su gente para que no tuvieran que abandonar sus pequeños terrenos. Lamentablemente, los impuestos no podían pagarse en especies. Tenían que ser satisfechos en oro; sin embargo, el precio de todos los productos y animales de granja era regulado estrictamente por el gobierno, con lo que a los hombres libres les resultaba casi imposible cumplir con sus obligaciones impositivas. El gobierno mantenía estos precios artificialmente bajos para satisfacer al pueblo. Muchos pequeños campesinos vinculados con otras haciendas prácticamente se habían vendido a sus señores para poder sobrevivir.
    – Si no tienes campesinos -dijo Cailin a su amante, -¿de dónde sacaremos la comida? ¿El gobierno no tiene esto en cuenta? ¿Por qué a los mercaderes se les imponen tan pocos impuestos y a los campesinos tantos?
    – Por la misma razón por la que los barcos que entran en el Cuerno de Oro sólo pagan dos solidi al llegar pero quince al partir. El gobierno quiere que se traigan a la ciudad artículos de lujo y materias primas, pero no que salgan de ella. Por eso los mercaderes pagan tan pocos impuestos. Alguien tiene que compensar el déficit. Como los campesinos no tienen más remedio que cultivar la tierra, y están diseminados por todo el país y no pueden unirse y quejarse, la mayor carga impositiva recae sobre ellos -explicó Aspar. -Los gobiernos siempre han actuado así, pues siempre hay alguien dispuesto a cultivar la tierra.
    – Es totalmente ilógico -observó Cailin. -Los artículos de lujo son los que deberían pagar más impuestos, y no los pobres que suministran los productos para la vida cotidiana. ¿Quién hace estas leyes tan absurdas?
    – El senado -respondió él, sonriendo al verla tan indignada. -Verás, amor mío, la mayor parte de productos de lujo se venden a la clase gobernante y los muy ricos sienten una gran aversión a los impuestos altos. El gobierno mantiene a la mayoría del pueblo contento regulando el precio de todo lo que se vende. Los pobres campesinos, que son minoría, pueden quejarse todo lo que quieran, pero sus voces no serán oídas ni en el senado ni en palacio. Sólo cuando la mayoría amenace con la rebelión escucharán los que están en el poder, y aun entonces no con demasiada atención, sólo lo suficiente para salvar el pellejo -terminó Aspar cínicamente.
    – Si hacen pagar tantos impuestos a los campesinos y éstos desaparecen -insistió Cailin, -¿quién cultivará los productos alimenticios? ¿Ha pensado en ello el gobierno?
    – Los poderosos lo harán empleando esclavos.
    – Por eso tú pagas los impuestos de tus arrendatarios, ¿no?
    – Los hombres libres son más felices -dijo Aspar- y los hombres más felices producen más que los que no lo son o que los que no son libres.
    – Este país es muy hermoso -dijo Cailin, -y sin embargo existe mucha maldad y depravación. Echo de menos mi tierra. La vida en Britania era más sencilla, y los límites de nuestra supervivencia estaban definidos más claramente, aunque no poseíamos los lujos de Bizancio, mi amado señor.
    – Tus pensamientos son complejos incluso para un hombre sabio -respondió él, cogiéndole la mano y besándole el interior de la muñeca. -Tu corazón es grande, Cailin Druso, pero has de aceptar que sólo eres una mujer. Poco puedes hacer para remediar los males del mundo, amada mía.
    – Sin embargo, el padre Miguel me dice que debo perseverar -respondo ella hábilmente, y él sonrió al ver su tenacidad. -Este cristianismo vuestro es interesante, Aspar, pero sus adeptos no siempre hacen lo que predican, mi señor. Me gusta vuestro Jesús, pero creo que a él no le gustaría la manera en que algunas de sus enseñanzas son interpretadas por los que afirman hablar en su nombre. Me han enseñado que uno de los mandamientos dice que no mataremos a nuestro prójimo, y sin embargo lo hacemos. Matamos por razones estúpidas, lo cual es peor. Si un hombre no se comporta como esperamos, le matamos. Si un hombre es de diferente raza o tribu, le matamos. Esto no es, me parece, lo que Jesús predicaba. Aquí, en Bizancio, hay mucho mal mezclado con la piedad. Sin embargo se hace caso omiso de ese mal, incluso por parte de la jerarquía más elevada que rinde culto con orgullo en Santa Sofía y después se van a cometer adulterio o engañan a sus socios. Todo resulta muy confuso.
    – ¿Le hablas al padre Miguel de lo que piensas y te preocupa? -preguntó él, sin saber si la actitud de Cailin debía divertirle o asustarle.
    – No -respondió. -Su fervor religioso es demasiado intenso y está convencido de que su culto es el correcto. Dice que me falta mucho para estar preparada para el bautismo, lo cual creo que es bueno. Una buena mujer cristiana, dicen, debe ser o esposa o entrar en un convento. Me han dicho que no puedo ser tu esposa, y no tengo ganas de vivir en un monasterio. Por lo tanto, una vez acepte el rito del bautismo, deberé abandonarte o me condenaré eternamente. No se me ofrecen muchas alternativas, mi señor. -Los ojos violetas de Cailin brillaron divertidos. Deslizó los brazos alrededor del cuello de Aspar y le besó lentamente. -Voy a evitar el bautismo todo el tiempo que pueda, mi señor.
    – ¡Bien! -exclamó él. -Así tendré oportunidad de vencer esa ridícula idea de que no podemos casarnos. Flacila ha tenido amantes en todo Bizancio y se le ha permitido casarse con Justino Gabras, pero a ti, amor mío, que en tu inocencia fuiste cruelmente maltratada, se te niega el derecho a casarte. Es una situación injusta y no la toleraré.
    – Estamos juntos, y eso a mí me basta, Aspar. No quiero nada más que estar a tu lado eternamente.
    – ¿Te gustaría asistir a los juegos conmigo en mayo? Cada once de mayo se celebran juegos especiales para conmemorar la fundación de Constantinopla. Mi palco está al lado del palco imperial. ¿Alguna vez has visto carreras de carros, Cailin? El Hipódromo tiene la mejor pista de todo Bizancio.
    – Si te ven en público conmigo, ¿no provocarás un escándalo? No creo que sea prudente, mi señor.
    – No hay nada inusual en que un hombre lleve a su amante a los juegos, en particular un soltero como yo. Casia, la chica que conociste en Villa Máxima, ahora es amante de Basilico. Él le ha proporcionado una casa en la ciudad y la visita con regularidad. Le pediremos que vaya con nosotros, y también a algunos de los artesanos y actores más famosos de la ciudad. Soy célebre por reunirme con esa gente, para desesperación de la corte, pero francamente me resultan más interesantes que los que gobiernan e intrigan. -Rió entre dientes. -Llenaremos el palco de gente interesante y pocos sabrán quién es quién.
    – Tal vez sería agradable ver a otra gente. Cuando estás fuera, cumpliendo con tus obligaciones oficiales, a veces me siento muy sola.
    Estas palabras sobresaltaron a Aspar, pues ella nunca se quejaba de su soledad. Él nunca había pensado que pudiera estar cansada de no tener compañía.
    Varios días más tarde, Zeno fue enviado a la ciudad, y cuando regresó trajo consigo a una joven muchacha de ojos grandes y asustados y trenzas rubias.
    – El amo ha creído que os gustaría tener a una joven doncella para que os haga compañía -declaró Zeno, sonriente. -Aquí todos somos muy viejos, pero vos, señora, sois como la primavera y necesitáis alguien que os distraiga. No habla ninguna lengua que yo comprenda, pero parece agradable y sumisa.
    Cailin sonrió a la muchacha y preguntó:
    – ¿Dé dónde es, Zeno? Tal vez pueda encontrar un lenguaje para comunicarnos. Si no puedo hablar con ella, las buenas intenciones del amo no servirán de nada.
    – El mercader de esclavos ha dicho que era de Britania -anunció Zeno triunfante. -Seguro que podréis comunicaros con ella, mi señora.
    – Pero no habla latín. -Se volvió a la joven: -¿Cómo te llamas? -preguntó en su lengua celta nativa. Si no hablaba latín, debía hablar celta.
    – Nellwyn, señora -respondió la muchacha.
    – ¿Eres celta?
    – No. Sajona, señora, pero entiendo la lengua que habláis. Provengo de la costa sajona, donde hay muchos celtas.
    – ¿Cómo has llegado a Bizancio? -siguió preguntando Cailin.
    – ¿Bizancio? -Nellwyn pareció confundida. -¿Qué es Bizancio, señora?
    – Este lugar, esta tierra. Se llama Bizancio. La ciudad en la que estabas es su capital, de nombre Constantinopla -explicó Cailin.
    – Los hombres del norte saquearon nuestra aldea -informó Nellwyn. -Mataron a mis padres y hermanos. Mis hermanas y yo y las otras mujeres que no pudieron escapar fueron raptadas. Primero nos llevaron a Galia y después viajamos por mar hasta aquí. Muchas murieron por el camino. ¡El mar es terrible!
    – Sí, lo sé -dijo Cailin. -Yo vine a Bizancio hace casi dos años, procedente de Britania, de una manera similar. Mi hogar estaba cerca de Corinio.
    Los ojos de la muchacha se abrieron de par en par.
    – ¿También sois una esclava?
    – Ya no.
    – ¿Ésta es vuestra casa, señora?
    Nellwyn sabía reconocer la calidad, y aquella hermosa mujer sin duda pertenecía a la nobleza.
    – No -dijo Cailin. -Es la casa de Flavio Aspar, el militar más célebre de Bizancio y un gran noble. -No había necesidad de explicar nada más. Nellwyn pronto imaginaría la situación, si no lo había hecho ya. -Mi señor te ha traído para que me hagas compañía, Nellwyn. Ahora estás a salvo y no tienes nada que temer. ¿Lo entiendes?
    – Sí, señora -respondió la chica, arrodillándose ante Cailin. -Os serviré lealmente. ¡Lo juro por Odín!
    – Me alegra oírlo. Ahora levántate, muchacha, y ve con Zeno, que es el jefe de los criados en esta casa. El te enseñará dónde dormirás. Tendrás que aprender la lengua que se habla en esta tierra, o te resultará difícil vivir aquí. Esta lengua se llama latín. En Britania muchos lo hablaban.
    – He oído algunas palabras -comentó Nellwyn. -Tengo buen oído, según decía mi padre, y aprendí celta enseguida. Estoy segura de que también aprenderé latín, señora, y os sentiréis orgullosa de mí.
    – ¡Bien! Ahora debes obedecer a Zeno en todo lo que te indique -explicó Cailin. Luego se volvió hacia el anciano: -Conoce algunas palabras de latín y dice que puede aprender de prisa. Ocúpate de que tome un baño; huele a establo. Después dale ropa limpia y un sitio para dormir. Que venga a verme por la mañana y le asignaré sus tareas, y yo misma empezaré a enseñarle.
    El sirviente volvió a inclinarse y salió de la estancia, seguido por la muchacha. Poco después, sin embargo, regresó y dijo bruscamente:
    – No se deja bañar, mi señora. Chilla como un conejo atrapado en una trampa.
    – Iré a ver -dijo Cailin.
    Le siguió a los alojamientos de los criados, donde Nellwyn, desnuda, sollozaba lastimosamente.
    – Vamos, muchacha, tienes que lavarte -le regañó Cailin. -En esta tierra nos bañamos con regularidad. Tu pelo debe de estar lleno de piojos, no me cabe duda, y también hay que lavarlo. Ve con Tamar a bañarte ahora mismo.
    – ¡Me ahogarán, señora! -sollozó Nellwyn. -Sé lavarme, pero con una palangana, no con tanta agua.
    Cailin sofocó la risa.
    – En Bizancio nos lavamos con mucha agua -explicó. -Confía en mí y obedéceme, pues soy tu nueva ama. Ve con Tamar.
    De mala gana la joven obedeció, mirando por encima del hombro con los ojos anegados en lágrimas mientras seguía a la anciana hacia el baño de la servidumbre.
    – Me has regalado un juguete muy bonito, mi señor -dijo Cailin a Aspar aquella noche mientras cenaban. -No habla latín y he de enseñarle; le da miedo bañarse, pero parece tener un carácter dulce y ganas de aprender.
    – Dijiste que te sentías sola. Ella es joven como tú. Te distraerá cuando yo esté fuera -respondió él sonriendo.
    – Tiene trece años, y creía que iban a ahogarla en la piscina de los criados -explicó Cailin y rió. -¿Dónde la encontraste?
    – Pedí a un mercader de esclavos que me buscara una joven britana -respondió.
    – Es sajona, de la costa sajona de Britania.
    – Entonces, ¿no es de los tuyos? -observó él, irritado consigo mismo. -Debí ser más específico con el mercader de esclavos.
    – Suele ser difícil atrapar a los celtas -dijo Cailin con un destello en los ojos, -y no se adaptan bien al servicio. Nellwyn me servirá muy bien. Las chicas sajonas suelen tener buen carácter.
    – Entonces te he complacido -sonrió él.
    – Siempre me complaces, mi señor -ronroneó ella.
    – No siempre -dijo con tristeza. -Ojalá pudiera.
    – La culpa es mía, Aspar. ¡Sabes que lo es! Me rompe el corazón no poder sentir pasión cuando estoy con un hombre -dijo Cailin con lágrimas en los ojos. -Sin embargo obtengo un tipo de placer diferente cuando yacemos juntos. Tu roce rebosa de amor por mí y se transmite a mi corazón, lo que me provoca paz y felicidad. Para mí es suficiente. Ojalá también lo fuera para ti. Me duele saber que te he fallado en este aspecto, pero no sé cómo cambiar las cosas. No tengo tanta sabiduría, mi amado señor.
    Apoyó la cabeza en el hombro de Aspar y suspiró con tristeza. ¿Cómo era posible que le gustara aquel hombre bueno, se preguntó, y fuera incapaz de devolverle su pasión completamente?
    – Te amo por muchas razones -declaró él, -pero tu sinceridad en todo me satisface sobremanera. No aceptaría que fingieras como una prostituta, Cailin; no quiero grititos simulados en mis oídos. Algún día lo harás, pero de corazón. Esperaré hasta ese momento. Quizá no siempre con paciencia, pero esperaré. -Se levantó de la mesa y le tendió la mano. -La noche es apacible y hay luna. Vayamos a dar un paseo, amor mío.
    Caminaron primero por los cercanos campos de almendros, melocotoneros y albaricoqueros con sus perfumados capullos rosados y blancos, algunos de los cuales ya empezaban a caer y se enredaban en los abundantes rizos de Cailin.
    – Estos árboles son más bonitos que los olivares -observó ella. -No me gustan las flores amarillentas de esos árboles.
    – Pero la aceituna es un fruto más práctico -señaló él. -Los melocotones y albaricoques se pasan pronto. Las aceitunas, si se preparan como es debido, duran todo el año. Lo hermoso no siempre resulta práctico.
    – Las almendras son hermosas, y duran tanto como las aceitunas, incluso más, y no hay que salarlas.
    Él rió.
    – Eres demasiado inteligente -bromeó. -Demasiado inteligente para ser mujer. No me extraña que asustes al padre Miguel.
    – Todo lo que es de este mundo asusta al padre Miguel -dijo Cailin.
    Dejaron atrás los árboles frutales y llegaron a un pequeño campo junto a la playa. Cailin exclamó con voz suave:
    – ¡Oh, Aspar! ¡Mira la luna sobre el mar! ¿No es lo más hermoso que jamás hayas visto?
    Era uno de los raros momentos en que las inquietas olas permanecían en absoluta calma. La plana superficie oscura del agua que se extendía ante ellos parecía plateada y relucía como la mejor seda. Permanecieron en silencio, admirando la belleza del paisaje. Era como si el mundo entero estuviera en paz consigo mismo y con las únicas dos criaturas que habitaran en él. Aspar cogió la mano de Cailin y se dirigieron hacia la playa por el pequeño terraplén.
    Aspar se quitó la capa y la extendió sobre la arena ante ellos. Luego cogió a Cailin en sus brazos y la besó suavemente. Cuando por fin la soltó, ella, sin decir palabra, se pasó la prenda por la cabeza y dejó que cayera de sus manos. Desnuda, permaneció erguida con orgullo ante él. Aspar respondió sacándose la larga y confortable túnica que llevaba en casa y de una patada se deshizo de las sandalias. Después se arrodilló delante de Cailin y la atrajo hacia sí, apretando la mejilla contra su vientre.
    Se abrazaron en silencio un largo momento. Luego él empezó a besarla con suavidad por todo el cuerpo. Cailin suspiró quedamente. La paciencia y gentileza de aquel hombre siempre la sorprendían. Cuánto deseaba responder a este amor, pero la pasión al parecer estaba dormida en ella. La única ocasión en que sentía algo era cuando él le acariciaba con la lengua su pequeña joya, pero cuando el miembro viril de Aspar la penetraba sólo sentía su presencia física dentro de ella. En un esfuerzo por despertar su pasión, Cailin había tratado de recordar todas las veces en que lo había hecho con Wulf; pero pronto se dio cuenta de que evocar a su esposo sajón sólo parecía enfriar su cuerpo y su alma. Varias veces había estado a punto de gritar de frustración y de apartar a Aspar porque no era Wulf y no podía darle la felicidad que en otro tiempo había conocido en sus fuertes brazos. Si conseguía alejar a su esposo de su mente mientras su amo bizantino le hacía el amor, le resultaba más fácil.
    Aspar frotó su cara entre los senos de Cailin y levantó una mano para acariciarla.
    – Son como perfectas manzanitas de marfil -dijo.
    Con suavidad, con la otra mano la apretó por detrás y cuando ella se inclinó un poco, él levantó la cabeza para chuparle el pezón.
    – Aaaahhh… -exclamó ella, clavando los dedos en los musculosos hombros de Aspar.
    Él dedicó su atención al otro seno y se lo acarició hasta que a ella le pareció que le iban a estallar de placer.
    Entonces Aspar apretó la mano contra el monte de Venus y empezó a explorarle lentamente el cuerpo con los labios y la lengua. Cada beso que depositaba sobre la delicada piel de Cailin era distinto. Con la otra mano le aferraba las nalgas y la acariciaba con los dedos. Metió la lengua en el ombligo y Cailin murmuró en voz baja, como si aquello simulara lo que seguiría. Como para realzar el momento, él le metió un dedo en la vagina y lo empujó dentro del conducto.
    A Cailin la cabeza le daba vueltas y las rodillas empezaron a flaquearle. Él percibió su debilidad y, retirando el dedo, la hizo arrodillarse. Los ojos oscuros de Aspar miraron fijamente los de ella cuando le ofreció su dedo, pasándolo sensualmente por los labios hasta que ella abrió la boca y lo chupó, aferrándose a su mano hasta que él retiró el dedo y le acarició la garganta. Ella bajó la cabeza y dio un leve mordisco a la mano de Aspar, lo que le sorprendió, y luego le besó los nudillos.
    «Esta noche hay algo diferente», pensó Cailin, y al levantar la mirada hacia él se dio cuenta de que él también lo percibía. No se atrevió a hablar por miedo a romper el hechizo que parecía envolverles. Él la cogió por los hombros y le rozó los labios con los suyos en un beso tierno. Sin embargo, este beso pronto se hizo más ardoroso y Cailin abrió la boca para que él introdujera su lengua, donde danzó primitiva y apasionadamente con la suya. Luego él volvió a cubrirle el rostro de besos y Cailin echó la cabeza hacia atrás, tensando el cuello casi con desesperación mientras los labios de Aspar descendían apasionados por la perfumada columna de su garganta.
    Ella acarició aquel cuerpo firme. Sus dedos se entrelazaron con el espeso pelo negro y se dejó caer de espaldas sobre la capa extendida. El movió la boca lentamente por el cuerpo de Cailin hasta que su lengua encontró la delicada y sensible joya de su feminidad, despertando en ella una dulzura y una intensidad que jamás había sentido. Entonces el cuerpo de Aspar la cubrió y su tenso miembro la penetró. Cailin ahogó un grito de sorpresa cuando se dio cuenta de que por primera vez en dos años su cuerpo ansiaba ser poseído por un hombre.
    Se estremeció de auténtico placer cuando él la penetró. Sus brazos le rodearon con fuerza y le apretaron contra ella, feliz de sentirle en su interior. Se miraron a los ojos incluso cuando él empezó a moverse lentamente.
    Cailin no podía desviar la mirada, y él tampoco. Sus almas parecieron fundirse mientras el rítmico movimiento sensual de Aspar empezó a transmitir la creciente pasión que sentían. Él no dijo nada, pero ella percibió su deseo de que le envolviera con sus piernas y así lo hizo. Luego empezó a seguir el ritmo de sus embestidas con movimientos voluptuosos para obtener placer. La cadencia de su profundo deseo se fue haciendo casi salvaje, hasta que ambos, Aspar y Cailin, fueron vencidos por la tierna violencia de ese deseo.
    Cailin se sintió volar. Tuvo la impresión de que su espíritu se alejaba de su cuerpo y remontaba sobre el mar inmóvil y plateado. Ella era una con la tierra y el cielo y las sedosas aguas. Nada importaba, sólo la dulzura que les envolvía y les mecía cálidamente en su abrazo. Los dos eran uno solo.
    – ¡Aspar! -exclamó con suavidad al oído de él mientras volvía en sí y la visión se le hacía más clara.
    Vio el rostro de su amado, sus mejillas mojadas por las lágrimas. Cailin le sonrió feliz, bajando la cabeza para enjugarle las lágrimas con sus besos, dándose cuenta de que también ella estaba llorando.
    Después yacieron juntos sobre la capa, calmados de nuevo, los dedos entrelazados, y él dijo, tratando de poner humor en su voz:
    – Si hubiera sabido, amor mío, que hacer el amor contigo en la playa, a la luz de la luna, resultaría tan placentero, lo habría hecho hace meses. ¡Cuánto tiempo hemos perdido en la cama y el baño!
    – No perderemos más tiempo -prometió ella, y él se inclinó para besarla con el rostro radiante. -Lo que me impedía compartir la pasión contigo hasta esta noche ha desaparecido, mi amado señor. Soy tu madre, la tierra, renacida con la primavera.
    Si hasta entonces Aspar había reprimido su amor por Cailin en consideración a sus sentimientos, ese amor era ahora claramente visible. Aspar estaba más decidido que nunca a que Cailin fuera su esposa.
    – Acudiremos a algún sacerdote del campo para que nos case -dijo. -Una vez efectuado el rito, ¿qué pueden hacernos? ¡Has de ser mi esposa!
    – No hay nadie en el Imperio que no conozca a Flavio Aspar -observó ella con calma. -Y no hay nadie que no conozca los deseos del patriarca en este asunto. Aunque me hiciera cristiana, mi amado señor, no se me permitiría convertirme en tu esposa. Los pocos meses que pasé en Villa Máxima destruyeron mi reputación.

    – Tiene que haber alguna manera de convencer al patriarca -dijo Aspar a Basilico una tarde cuando regresaban de palacio, donde habían conferenciado con el emperador. -Flacila se ha casado con Justino Gabras y son la comidilla de la ciudad, con sus orgías y fiestas que rivalizan con todo lo que los burdeles pueden ofrecer. ¿Cómo puede el patriarca justificar semejante unión y negarme a mí el casarme con mi Cailin, que es tan buena?
    – Su bondad no tiene nada que ver, amigo mío -replicó Basilico. -Y no es sólo el patriarca. Tenemos una ley en Bizancio que prohíbe la unión de un senador, u otra persona de alto rango, con una actriz, una prostituta o cualquier mujer de baja categoría. No se puede permitir que vulneres la ley, Aspar. Ni siquiera tú.
    – Cailin es patricia -protestó Aspar.
    – Ella dice que lo es -declaró Basilico, -pero ¿quién puede demostrarlo? Aquí en Bizancio fue actriz en un burdel, y realizaba actos sexuales ante el público. Eso la incapacita para casarse con el primer patricio del Imperio, Flavio Aspar.
    – Entonces abandonaré el Imperio -dijo éste con tristeza. -Ya no me siento satisfecho ni útil si se me niega mi deseo en este asunto.
    Basilico no discutió. Aspar no abandonaría Bizancio. Su mundo se hallaba allí y no era un hombre joven. Además, incluso a pesar de su breve encuentro con Cailin, Basilico creía que no permitiría que Aspar hiciera nada que pusiera en peligro su posición o su confort.
    – Casia me ha dicho que le has pedido que se siente en tu palco en los juegos de la semana que viene -dijo el príncipe, cambiando de tema. -Eres muy amable, y le he dicho que puede ir, aunque provocará un pequeño escándalo. ¿A quién más has invitado? A artistas y artesanos, sin duda.
    Aspar se echó a reír.
    – Sí -dijo. -¿Cómo podría yo, el primer patricio del Imperio y gran general, preferir a los que crean antes que a los poderosos? ¿Eh, Basilico? ¡Pero lo hago! Y tienes razón. Belisario y Apolodoro, el gran actor clásico y el comediante favorito de las masas, estarán en mi palco el once de mayo. Y Anastasio, el cantante y poeta, y también Juan Andronico, el artista que hace maravillosas tallas en marfil, y Filipico Arcadio, el escultor. Le he encargado que haga un desnudo de Cailin para nuestro jardín. Pasará el verano en la villa. Le he acondicionado un estudio donde trabajar, así no tendrá que viajar ni preocuparse de sus necesidades cotidianas, de las que se ocuparán mis sirvientes. A tu hermana le encantará este chisme, Basilico.
    – Ya lo creo -admitió, y añadió: -¿Belisario y Apolodoro no son rivales? He oído decir que se desprecian mutuamente. ¿No es peligroso tenerles en el mismo palco?
    – Su odio últimamente se ha convertido en amor, o eso me han dicho -comentó Aspar ahogando una risita. -Otro chisme para solaz de nuestra querida emperatriz Verina.
    – ¡Por los dioses! No serán amantes, ¿verdad? ¡Claro que sí, o de lo contrario no lo dirías! -exclamó Basilico.
    Habían llegado a la litera y éste subió a ella, recostándose cómodamente entre los almohadones.
    Aspar montó su caballo, que estaba atado junto a la litera del príncipe.
    – ¿Tu esposa irá a los juegos?
    Basilico asintió con tristeza.
    – Eudoxia no se perdería una oportunidad de sentarse en el palco imperial, donde pueden verla, admirarla y envidiarla todas sus amigas y conocidas que se sientan en las gradas. Yo estaré con ella, como exige la norma, pero después, cuando se vaya a palacio a disfrutar del banquete, me reuniré con mi adorable Casia.
    – ¿Eudoxia no te echará de menos en el banquete?
    – No -respondió el príncipe. -Estará demasiado ocupada probando las delicias ofrecidas a los invitados imperiales; y, por supuesto, está ese joven guardia al que recientemente ha echado el ojo. Sin duda pretende seducirle a la larga, y quiero darle oportunidad de hacerlo. Si está ocupada con su joven, no se preguntará si yo estoy ocupado en otro sitio. Eudoxia raras veces quebranta sus votos matrimoniales, y por eso, cuando lo haga, quiero despejarle el campo. Es una excelente esposa y madre de nuestros hijos. Podría añadir que su discreción en sus pequeños pecadillos es encomiable. Nunca se ha producido el mínimo escándalo con ella, lo cual es ciertamente más de lo que se puede decir de la mayoría de esposas de patricios en estos días.
    – Qué afortunados sois -comentó Aspar con sequedad.
    No entendía el matrimonio de la mayoría de miembros de la nobleza. Era cierto que había excepciones, parejas que, como su difunta esposa Ana y él, cumplían sus promesas de fidelidad y lealtad. Ésa era la clase de matrimonio que él quería compartir con Cailin algún día.
    – Hasta los juegos no soy necesario en la ciudad -dijo al príncipe. -Te veré entonces.
    Se alejó hacia la puerta Dorada mientras Basilico ordenaba a sus porteadores que le llevaran a casa de su amante, la rubia Casia.

    El 11 de mayo amaneció claro y soleado. Era un día perfecto para celebrar la fundación de Constantinopla. Cailin se vistió prestando atención a lo que se ponía, consciente de que sería objeto de las murmuraciones de todos. Quería que Aspar se sintiera orgulloso, y por eso eligió una estola de seda violeta pálido que armonizaba con sus ojos. El escote redondo era bajo, pero no indecente. Las largas mangas estaban bordadas con anchas franjas doradas que exhibían flores y hojas. La estola se abrochaba debajo de la cintura con un cinturón de pequeñas placas doradas con perlas incrustadas que le quedaba casi sobre las caderas. Un delicado chal dorado y violeta, conocido como palla, la protegería del ardiente sol. Nellwyn calzó unas delicadas sandalias de piel adornadas con joyas en los pies de su ama y luego se levantó para contemplarla. Sus ojos expresaron aprobación.
    – Estaréis tan hermosa como esa emperatriz, señora -dijo.
    – Sólo lo estará si luce joyas que rivalicen con las de Verina -observó Aspar entrando con una gran caja de madera. -Esto es para ti, amor mío.
    Cailin cogió la caja, la dejó sobre la mesa y la abrió. Contenía un collar de oro bellamente enjoyado con pequeños diamantes, amatistas y perlas. Ella se quedó estupefacta, cuando él lo sacó del estuche y se lo puso al cuello. El collar quedó plano sobre su pecho, casi cubriendo toda la piel que el escote dejaba al descubierto y realzando la estola, que ya de por sí era elegante.
    – Nunca he tenido nada así -dijo Cailin. -Es muy hermoso, mi amado señor. ¡Gracias!
    – Hay más -dijo él, y cogió un par de grandes pendientes y se los entregó con una sonrisa.
    Cailin sonrió temblorosa y se colocó en las orejas las grandes amatistas montadas en oro. La caja también contenía varios brazaletes: dos aros de oro con diamantes y perlas y uno de oro blanco con un reluciente mosaico incrustado. Finalmente había una diadema de oro con filigranas y amatistas y diamantes incrustados. Cailin se la colocó sobre el velo malva que le cubría el pelo, que llevaba suelto en deferencia a Aspar pues a él le gustaba así.
    – Hoy seré la envidia de todos los hombres en el Hipódromo -observó Aspar. -Eres la mujer más hermosa en una ciudad de bellezas.
    – No deseo ser la envidia de nadie -dijo Cailin. -La última vez que conocí semejante felicidad los dioses me la arrebataron. Perdí todo lo que me era querido. Ahora que he vuelto a hallar la felicidad quiero conservarla, mi señor. No te jactes o los dioses te oirán y se pondrán celosos.
    – La conservaremos -dijo él con firmeza, -y yo te mantendré a salvo.
    Cailin viajó a la ciudad en su cómoda litera mientras Aspar montaba su gran caballo blanco a su lado. Fue saludado por muchas personas a lo largo del camino. Cailin, que observaba desde detrás de las cortinas, sintió que el corazón se le henchía de amor por aquel gran hombre. No cabía duda de que Flavio Aspar era muy respetado por los ciudadanos, no simplemente temido por su poder y riqueza.
    Entraron en la ciudad a través de la puerta Dorada, que era la puerta triunfal y ceremonial de Constantinopla. Construida en prístino mármol blanco y encajada en las murallas de Teodosio, la puerta recibió su nombre por las enormes puertas de latón bruñido de que estaba provista. La elegante severidad de su arquitectura y sus espléndidas proporciones la convertían en objeto de admiración en todo el Imperio. Cruzando la puerta, viajaron despacio debido a la creciente multitud que circulaba en dirección al Hipódromo.
    En la puerta Dorada se les unió un destacamento de caballería que había acudido para escoltar a Aspar y su grupo por la ancha avenida principal de la ciudad. Cuando rodearon la litera de Cailin, ella cerró discretamente las cortinas de seda. Era consciente de que era objeto de cierta curiosidad entre los soldados, pero no podía permitir que la contemplaran osadamente como si se tratara de una prostituta vulgar.
    El Hipódromo podía albergar cuarenta mil personas, y era una imitación del Circo Máximo de Roma. Sin embargo, nunca había servido de escenario para juegos tan crueles como los de Roma ni había visto el martirio de inocentes. Había sido construido por el emperador romano Septimio Severo, pero remodelado por el gran emperador bizantino Constantino I. Las diversiones que ofrecía eran variadas: desde acoso de animales, teatro y gladiadores hasta carreras de carros, procesiones religiosas, ceremonias civiles y la tortura pública de prisioneros famosos. Se accedía al Hipódromo presentando un pase especial que eran entregados gratuitamente de antemano a la gente. El público se sentaba, sin distinción de clases, en las graderías de mármol blanco.
    En el centro del Hipódromo había una hilera de monumentos, formando una spina. La spina indicaba la división entre el carril de ida y el de vuelta de la carrera. Entre los monumentos se encontraba la columna de la Serpiente, traída a Constantinopla desde el templo de
    Apolo en Delfos por Constantino I. La antigua columna, hecha de serpientes de bronce entrelazadas, había sido un presente de treinta y una ciudades griegas en el año 479 a.C. Conmemoraba la victoria de los griegos sobre los persas y fue presentada a los dioses en señal de gratitud. Otro monumento que destacaba era el obelisco egipcio que Teodosio había colocado sobre una base esculpida. Estaba tallado por los cuatro lados con escenas de la vida imperial, incluida una del propio Teodosio en el palco imperial con su familia y sus amigos íntimos, contemplando los juegos.

    La litera de Cailin fue conducida a través de una puerta privada a la arena de la parte oriental. Aspar desmontó y la ayudó a bajar del vehículo. Sabía que todos los hombres de la caballería estaban ansiosos por ver a la mujer que se rumoreaba había conquistado su corazón. Primero apareció una sandalia de oro con joyas incrustadas. Los ojos se abrieron de par en par y los soldados intercambiaron miradas, la mayoría no exenta de envidia, y cuando el primer patricio del Imperio entró con su bella y joven amante en el Hipódromo, un largo silbido de admiración resonó entre ellos.
    Aspar sonrió, igual que cualquier niño con un juguete nuevo, pero Cailin le regañó en voz baja.
    – ¡Qué vergüenza, mi señor! No tienes que mostrarte tan complacido contigo mismo, como si hubieras hecho algo digno de elogio. Todos esos jóvenes soldados se están preguntando si es tu poder, tu riqueza o tu habilidad como amante lo que te ha permitido conseguir una amante joven y bonita. No es algo de lo que sentirse orgulloso. Una mujer decente estaría avergonzada.
    – Pero a ti no se te considera una mujer decente -bromeó él. -Estos jóvenes soldados, como tú les has llamado, me envidiarían aún más si conocieran a la apasionada y lasciva mujer en que te has convertido. Tengo la espalda llena de arañazos que testimonian tu delicioso deseo recién recuperado, mi amor. ¡Ah, sí, haces bien en sonrojarte! -Rió. -Pero me alegra que seas tan desvergonzada conmigo.
    Ella había enrojecido, pero no pudo reprimir la risa. La satisfacción que demostraba Aspar por haber conseguido derretir el hielo que había en ella la hacía feliz.
    – Eres tú el desvergonzado, mi señor -replicó. -Te pavoneas como un pavo con la cola extendida y has disfrutado exhibiéndome ante esos jóvenes. -Ahogó una risita. -Todos han puesto cara de asombro cuando me han visto… ¿Tienes tan mala fama que no te creían capaz de atraer a una mujer bonita? Deberían conocerte como yo.
    – Si lo hicieran, mi amor, me llamarían con un nombre diferente y habría elegido a Joviano como amante -dijo riendo.
    – ¡Mi señor! -La risa se apoderó de Cailin.
    Él la hizo subir por una escalera explicándole que ése era el camino a los dos palcos privados del Hipódromo aparte del imperial.
    – El palco del patriarca está a la derecha del emperador, y el del primer patricio del Imperio está a su izquierda. He venido pronto para que nadie estorbe nuestra entrada. No quería que la multitud me hiciera detener ante el emperador. Entraremos discretamente en el palco y nos prepararemos para recibir a nuestros invitados. El emperador no llegará hasta que las carreras estén a punto de empezar. Esta mañana habrá cuatro carreras y por la tarde otras cuatro. En el intermedio nos ofrecerán otras diversiones y Zeno vendrá con nuestros criados a traernos el almuerzo.
    – Nunca he visto carreras de carros -dijo Cailin. -¿Quién intervendrá hoy? En Corinio había un anfiteatro para juegos, pero mi padre nunca nos llevó. Decía que los juegos eran crueles.
    – Algunos lo son -admitió Aspar, -pero hoy no habrá gladiadores, según me han dicho. Habrá actores, luchadores y diversiones más civilizadas. En Constantinopla tenemos cuatro equipos de carros: los Rojos, los Blancos, los Azules y los Verdes. Participarán los cuatro y las pasiones que levantan entre el público a veces son aterradoras. Se hacen apuestas y suelen verse peleas entre los partidarios de un equipo y sus rivales. En el palco estarás a salvo.
    – ¿Cuál es tu equipo favorito, mi señor? -preguntó Cailin.
    – Los Verdes -respondió. -Son los mejores, y les siguen los Azules. Los Rojos y los Blancos no son nada, aunque lo intentan.
    – Entonces yo también iré a favor de los Verdes -dijo Cailin.
    Habían llegado a un pequeño rellano donde la escalera se bifurcaba en dos, y tomando los tres escalones de la derecha entraron en el palco de Aspar. Una marquesina de tela dorada con rayas púrpura formaba el techo del palco. Había cómodas sillas de mármol con cojines de seda y bancos alrededor, todos con una buena visión de la arena. Las gradas del público empezaban a llenarse, pero nadie se fijó en ellos, y un rápido vistazo mostró a Cailin que el grupo imperial y los importantes personajes religiosos todavía no se encontraban en sus respectivos palcos.
    – No hay escalones para entrar en el palco del emperador -comentó a Aspar. -¿Cómo se accede a él?
    – Hay unas escaleras que van directamente al palco desde un túnel que discurre por debajo de los muros de palacio -respondió él. -Eso permite a nuestro emperador salir deprisa en caso necesario. Siempre me ha parecido un excelente lugar para una emboscada, pero realmente no se podría hacer nada para evitarlo.
    – ¡Cailin!
    Una mujer joven había entrado en el palco detrás de ellos.
    Cailin se volvió y reconoció a Casia con un aspecto particularmente radiante, vestida con sedas escarlata y doradas. Cailin le tendió las manos en gesto de bienvenida. Se había preguntado cómo se sentiría al ver de nuevo a Casia, quien siempre había sido buena con ella.
    – La fortuna te ha sonreído, según me han dicho -le dijo. -Me alegro de que hayas venido.
    – Mi señora Casia -saludó Aspar con una sonrisa, y Cailin sintió una punzada de celos. Los ojos de Aspar eran demasiado afectuosos y tenían un brillo de complicidad.
    – Mi señor, me alegro de volver a veros. Tengo una deuda de gratitud para con vos por presentarme al príncipe. No tenía intención de comprar mi libertad de Villa Máxima hasta el año próximo, pero cuando el príncipe me ofreció su favor, sorprendí a mis amos y me liberé de ellos para aprovechar la generosidad del príncipe.
    Casia les sonrió con afecto y se acomodó junto a Cailin.
    Aspar inclinó la cabeza de nuevo y dijo:
    – Entonces los dos estáis contentos con el acuerdo y yo me alegro, Casia. Pero confío en que todavía eres lo bastante sensata para pensar en tu futuro. Los príncipes a menudo son volubles. Casia rió alegremente.
    – Soy una mujer frugal, mi señor. Si Joviano y Focas hubieran tenido alguna idea de lo que ahorré durante los tres años que estuve con ellos, habrían puesto un precio más elevado. Sin embargo no lo sabían y obtuve un precio muy asequible. La casa donde resido también es mía. Insistí en ello, y Basilico fue generoso. No voy a terminar mis días en las calles como una necia.
    – No me agradaría que fuera así -respondió él.
    No había tiempo para que Cailin preguntara a su amante, pues el resto de invitados empezó a llegar al palco y le fueron presentados. Belisario, el afamado actor clásico, y su actual amante, el actor cómico Apolodoro, fueron los primeros. Elegantemente ataviados con dalmáticas blancas y doradas, y ambos bastante ingeniosos, al principio intimidaron a Cailin. Ella no estaba acostumbrada a hombres de esa clase, pero Casia charlaba fluidamente con ellos, intercambiando chismes e insultos como si les conociera de toda la vida. Anastasio, el gran cantante bizantino, llegó y les habló en susurros, lo cual, según Aspar explicó a Cailin, era su costumbre. Anastasio hablaba poco, pues reservaba su gloriosa voz para el canto.
    El tallador de marfil Juan Andronico, y el escultor Arcadio llegaron casi al mismo tiempo. El primero era un hombre tímido, pero de naturaleza afable y cortés. El otro era todo lo contrario, un tipo atrevido con una mirada aún más atrevida.
    – A Casia la reconozco, o sea que esta belleza etérea ha de ser la que queréis que inmortalice, mi señor. -Arcadio miró a Cailin con fijeza. -El cuerpo que veo -prosiguió, desnudándola mentalmente- es tan hermoso como el rostro, evidentemente. Haréis que mi verano sea espléndido, señora, pues nada amo más que esculpir una mujer adorable.
    Aspar sonrió divertido cuando Cailin se sonrojó.
    – Me pareció que era un tema perfecto para tu estilo clásico, Arcadio -dijo. -Es Venus renacida.
    – Sin duda obtendré más placer con el trabajo que me habéis encargado, mi señor, que con todos los santos que últimamente he estado esculpiendo -admitió el escultor.
    De pronto la multitud lanzó una ovación y los presentes en el palco de Aspar se volvieron para ver al emperador y su séquito entrar en su palco. León tenía un rostro severo y sereno, pero ni siquiera con su elegante vestimenta se podía decir que fuera distinguido o regio. Ésta fue la primera impresión que tuvo Cailin del monarca de Bizancio, y tuvo que recordarse que Aspar había elegido a ese antiguo miembro del personal de su casa para la gloria debido a otras cualidades. La emperatriz, sin embargo, era diferente. Era una estrella que resplandecía alrededor de la calmada luna de su esposo. El resto del grupo real estaba formado por hombres y mujeres entre los que sólo el rostro de Basilico le resultó familiar. El clérigo, vestido de negro, ya había ocupado su lugar antes de que llegara el grupo imperial, pero Cailin había estado demasiado ocupada con sus invitados para fijarse en él.
    Al cabo de unos minutos, Aspar dijo a Cailin:
    – ¡Mira!
    De pie sobre una tarima de mármol colocada delante de su palco, el emperador León levantó un pliegue de su túnica dorada y púrpura e hizo la señal de la cruz tres veces; hacia las gradas centrales y después hacia las de la derecha y la izquierda: bendijo a todos los presentes en el Hipódromo. Luego metió la mano en la túnica y sacó un pañuelo blanco que, según susurró Aspar a Cailin, se llamaba mappa. Dejó caer el cuadrado de seda blanca en señal de que dieran comienzo los juegos.
    Las puertas de la muralla del Hipódromo se abrieron y el primero de los cuatro carros que iban a competir salió a la arena. El público estalló en vítores. Los aurigas, que controlaban cada uno cuatro caballos, iban vestidos con túnicas de piel cortas y sin mangas, firmemente sujetas con cinturones cruzados de piel. En las pantorrillas llevaban polainas también de piel. Todos tenían excelente constitución física y muchos eran atractivos. Las mujeres les llamaban a gritos y agitaban las cintas coloreadas de su equipo favorito, y los aurigas, riendo felices, sonreían y saludaban con la mano.
    – No deberían permitir que las mujeres asistieran a los juegos -se oyó al patriarca murmurar sombríamente en su palco. -Es indecente que estén aquí.
    – Las mujeres asistían a los juegos en Roma -observó un joven sacerdote.
    – Y mira lo que sucedió en Roma -espetó el patriarca mientras los otros clérigos asentían mostrando su acuerdo.
    – ¿Alguna de vosotras ha estado alguna vez en las carreras? -preguntó Arcadio a Cailin y Casia, y cuando ellas respondieron con una negativa, dijo: -Entonces os lo explicaré. El orden en que los carros se alinean se echa a suertes el día anterior. Cada auriga tiene que dar siete vueltas a la pista. ¿Veis esa plataforma que hay junto a la spina donde está el prefecto con la anticuada toga? ¿Veis los siete huevos de avestruz sobre la tarima? Serán retirados uno a uno a medida que se cubra cada vuelta de la carrera. Normalmente se concede una pequeña palma de plata al ganador de cada carrera, pero como hoy se conmemora la fundación de nuestra ciudad se entregará una corona de laurel a los ganadores de todas las carreras, menos las dos últimas. Habrá una competencia feroz entre los Verdes y los Azules por llevarse el mayor número de coronas. ¡Mirad! ¡Ya salen!
    Los carros atronaron en torno a la pista. En pocos momentos los caballos echaban espuma por la boca y el sudor les resbalaba por los flancos. Sus aurigas los conducían con un descuidado abandono que Cailin nunca había visto. Al principio parecía que la pista era lo bastante ancha para los cuatro carros, pero pronto fue evidente que para ganar los aurigas tenían que desviarse a un lado y a otro, luchando para adelantar a sus rivales. De las ruedas saltaban chispas cuando los carros chocaban entre sí, y los aurigas utilizaban el látigo no sólo en sus caballos sino también en los otros conductores que se interponían en su camino.
    La multitud vociferó acaloradamente cuando el carro de los Verdes dio la vuelta final sobre una rueda, casi volcando, pero el de los Azules le interceptó, colocándose delante repentinamente, y cruzó la línea de meta el primero por poca distancia. Ambos carros se detuvieron y los aurigas de los equipos Azul y Verde se enzarzaron en una violenta pelea a puñetazos. Fueron separados y abandonaron la pista maldiciéndose a gritos el uno al otro mientras los carros para la siguiente carrera se alineaban y salían.
    Las carreras de carros fascinaron a Cailin. Celta de alma, siempre había admirado los buenos caballos; y los que esa mañana corrían eran los mejores que había visto.
    – ¿De dónde son esos magníficos animales? -preguntó a Aspar. -Nunca había visto caballos tan buenos. Son mejores que los de Britania, y parecen bravos. Su velocidad y seguridad son encomiables.
    – Vienen de Oriente -respondió él, -y cuestan una fortuna.
    – ¿Nadie los cría en Bizancio, mi señor? -se extrañó ella.
    – Que yo sepa no, mi amor. ¿Por qué lo preguntas?
    – ¿No podríamos destinar una parcela de tierra para, en lugar de cultivar grano, hacer crecer pasto para criar caballos como ésos? Si valen tanto, sin duda te reportarían grandes beneficios. El mercado para estas bestias sería enorme, y sería más accesible y menos arriesgado para los equipos de carro que importarlos de Oriente. Si criáramos nuestros propios caballos, los verían crecer desde que nacieran e incluso elegirían pronto a los que parecieran prometedores -concluyó Cailin. -¿Qué opinas, mi señor?
    – ¡Es una brillante idea! -exclamó Arcadio con entusiasmo.
    – Tendríamos que encontrar un semental excelente, o dos, para crianza, y necesitaríamos al menos una docena de yeguas para empezar -pensó Aspar en voz alta. -Tendría que ir a Siria para elegir los animales. No permitiríamos que nadie de allí se enterara de nuestros proyectos. Los sirios se enorgullecen de sus buenos caballos y su ventajoso mercado de exportación. Probablemente podría obtener yeguas jóvenes en diferentes sitios fingiendo que las quiero para las damas de mi familia, que se divierten cabalgando cuando están en el campo. Normalmente -observó Aspar, -las mujeres no montan a caballo.
    – Los Verdes han ganado la segunda carrera mientras vosotros charlabais -informó Casia. -Los Azules se quejan de que ha habido trampas, pues los Rojos y los Blancos se esforzaron en interceptar el carro del equipo Azul en cada giro y ha acabado el último.
    Entre cada una de las cuatro carreras de la mañana había un pequeño entretenimiento con mimos, acróbatas y, finalmente, un hombre con un grupo de divertidos perritos que saltaban a través de aros, daban volteretas y bailaban sobre las patas traseras al son de una flauta. Estos intervalos eran breves, pero hubo otro más largo entre las carreras de la mañana y las de la tarde. Entonces el palco del emperador se vació, y también el del patriarca.
    – ¿Adonde van? -preguntó Cailin.
    – A un pequeño banquete que se ofrecerá para León y sus invitados -respondió Aspar. -Mira alrededor, mi amor. Todo el mundo ha traído comida; y ahí está Zeno con el almuerzo para nuestros invitados. Como siempre, viejo amigo, eres puntual.
    – Es evidente que le gustas mucho a Aspar -dijo Casia en voz baja a Cailin mientras preparaban el almuerzo. -Fuiste muy afortunada, joven amiga, al encontrar a ese hombre. Se rumorea que se casaría contigo si pudiera, pero no cuentes con ello.
    – No lo hago -dijo Cailin. -No me atrevo. He llegado a amar a Aspar, pero algo en lo más hondo de mí me advierte del peligro. A veces puedo pasar por alto esa vocecilla interna, pero en otras ocasiones me martillea y me asustan tanto que no puedo dormir. Aspar no lo sabe. De todos modos no quiero inquietarle. Él me ama, Casia, y es muy bueno conmigo.
    – Tienes miedo porque la última vez que amaste a un hombre fuiste cruelmente separada de él, Cailin. Pero eso no volverá a ocurrir. -Aceptó la copa de vino que Zeno le ofrecía y bebió un sorbo. -¡Ah, de Chipre! ¡Delicioso!
    Un guardia imperial entró en el palco.
    – Mi señor general -saludó. -El emperador solicita que os unáis a su mesa.
    – Dale las gracias al emperador -dijo Aspar, irritado. León sabía que tenía invitados. -Dile que sería descortés por mi parte abandonar a mis invitados, pero que si me necesita luego le atenderé.
    El guardia se inclinó y se había vuelto para marcharse cuando Cailin dijo:
    – ¡Espera! -Cogió las manos de Aspar y le miró. -Ve, mi señor, por favor, aunque sólo sea por mí. Por muy amable que sea tu negativa, insultarás al emperador. Yo me ocuparé de los invitados hasta que vuelvas. -Le dio un beso en la mejilla. -Ahora vete, y muéstrate educado y complaciente.
    Aspar se levantó de mala gana.
    – Iré sólo por ti, mi amor. No quieres que ofenda a León, sin embargo su invitación me ofende porque no te tiene en cuenta a ti ni a quienes nos acompañan.
    – Yo no existo para el emperador, y tampoco Casia. En cuanto a los demás, son artesanos y actores. A veces se invitan, a veces no -dijo Cailin con una leve sonrisa. Había aprendido bastante sobre las costumbres de la sociedad bizantina. -Ahora ve, que cuanto antes te marches antes regresarás.
    – Tienes más educación que la mayoría de los que están en la corte -dijo Arcadio, arqueando una oscura ceja. -¿Acaso no eres lo que pareces?
    Cailin sonrió son serenidad.
    – Soy lo que soy -respondió.
    Arcadio rió entre dientes, y al ver que no le sonsacaría nada volvió su atención al excelente jamón que tenía en su plato. Se enteraría de lo que le interesaba en verano, cuando ella posara para él.

    Poco después de que Aspar hubiera abandonado el palco, entró otro guardia imperial, que hizo una inclinación de cabeza a Cailin y anunció:
    – Señora, debéis venir conmigo, tened la bondad.
    – ¿Qué quieres? -preguntó ella. -¿Y quién te envía?
    El guardia era joven y se sonrojó ante las preguntas de Cailin.
    – Señora -dijo con esfuerzo, -no puedo decirlo. Se trata de un asunto privado.
    Antes de que Cailin pudiera volver a hablar Casia se inclinó hacia adelante, permitiendo al joven una buena visión de su pecho.
    – ¿Me conoces, joven? -le preguntó con un ronroneo. -¿Sabes que eres muy atractivo?
    Arcadio reprimió una sonrisa. Casia tendría la información que quería al cabo de poco rato, a juzgar por la expresión del joven guardia.
    – No, señora, no os conozco -respondió, nervioso, incapaz de apartar los ojos de los blancos senos de la mujer. -¿Debería conoceros?
    – Soy la amiga especial del príncipe Basilico, joven, y si no le dices a la señora quién te ha enviado, le contaré a mi príncipe tu grosería y le diré que me has violado con tus perversos ojos castaños. ¡Y ahora habla!
    El joven guardia alzó la mirada con expresión culpable. Enrojeció y murmuró:
    – La emperatriz, señora. -Luego miró ansioso a Cailin y añadió: -No pretende haceros ningún daño, señora. Es una buena mujer.
    Casia y Arcadio se echaron a reír, con lo que los demás invitados del palco levantaron la vista de su comida con curiosidad.
    Cailin se puso en pie.
    – Como todos sabéis con quién estaré, no hay nada que temer. Iré contigo.
    Se alisó las arrugas de su estola y siguió al guardia.
    A los pies de la escalera había una pequeña puerta, oculta tan hábilmente que Cailin antes no la había visto. El guardia presionó la pared en un punto determinado y la puerta se abrió y dejó al descubierto un segundo tramo de escaleras que descendían. Cailin las bajó presurosa, detrás del joven soldado. Entraron en lo que Cailin intuyó era el corredor principal que conducía al palco imperial. El túnel estaba bien iluminado con antorchas y varios metros más adelante el guardia se detuvo, presionó de nuevo la pared y otra puerta se abrió. Ante ellos apareció una habitación y dentro de ella una mujer, que se volvió.
    – Adelante -dijo con voz baja y bien modulada. -Espéranos fuera, Juan -ordenó al guardia. -Lo has hecho bien.
    La puerta se cerró tras Cailin, quien se inclinó reverencialmente ante Verina.
    – No pareces una prostituta -dijo la emperatriz.
    – No lo soy -respondió Cailin.
    – Sin embargo viviste varios meses en Villa Máxima y participaste en lo que, según me han dicho, era uno de los espectáculos más libertinos jamás vistos en ésta o cualquier otra ciudad. Si no eres una prostituta, ¿qué eres exactamente?
    – Me llamo Cailin Druso y soy britana. Mi familia desciende de la gran familia romana. Mi antepasado Flavio Druso era tribuno de la Decimocuarta Legión Gemina y llegó a Britania con el emperador Claudio. Mi padre era Gayo Druso Corinio. Hace casi dos años, siendo esposa y madre, fui raptada y vendida como esclava. Fui traída a esta ciudad con un cargamento de esclavos. Joviano Máxima me compró por cuatro folies, señora. Lo que hizo conmigo ya lo sabéis. Mi señor Aspar me rescató de esa vergonzosa cautividad y me liberó -acabó Cailin con orgullo.
    Verina estaba fascinada.
    – Tienes aspecto de patricia y hablas bien -dijo. -Vives como amante de Aspar, ¿verdad, Cailin Druso? Dicen que él te ama no sólo con su cuerpo sino también con su corazón. No le creo capaz de semejante debilidad.
    – ¿El amor es una debilidad, majestad? -preguntó Cailin.
    – Para los que están en el poder sí -respondió la emperatriz. -Los que están en el poder nunca han de tener ninguna debilidad que pueda ser utilizada en su contra. Sí, el amor por una mujer, por los hijos, por cualquier cosa, es una debilidad.
    – Sin embargo vuestros sacerdotes enseñan que el amor lo conquista todo -replicó Cailin.
    – Así pues, ¿no eres cristiana? -preguntó Verina.
    – El padre Miguel, que me fue enviado por el patriarca, dice que aún no estoy preparada para convertirme al cristianismo. Dice que hago demasiadas preguntas y no tengo la humildad que corresponde a una mujer. El apóstol Pablo, según me han dicho, declaró que las mujeres debían humillarse ante los hombres. Me temo que yo no soy lo bastante humilde.
    Verina se echó a reír.
    – Si la mayoría no fuéramos bautizados de niños, nunca lo haríamos, también por falta de humildad, Cailin Druso, pero debes bautizarte si quieres ser la esposa de Aspar. El general de los ejércitos orientales no puede tener una esposa pagana. No se lo tolerarán. Seguro que puedes engañar a este padre Miguel y hacerle creer que has aprendido a ser humilde.
    ¿La esposa de Aspar? Cailin no podía haber oído bien a la emperatriz.
    Verina vio su expresión de sorpresa y adivinó su causa.
    – Sí -dijo a la perpleja muchacha. -Me has oído bien. He dicho: «la esposa de Aspar», Cailin Druso.
    – Me han dicho que es imposible que yo alcance esa posición, majestad -repuso Cailin despacio. Tenía que pensar. -Me han dicho que en Bizancio existe una ley que prohíbe los matrimonios entre la nobleza y los actores. Y que el tiempo que pasé en Villa Máxima negaría mi nacimiento patricio.
    – Para mí es importante -respondió Verina- conservar la buena disposición y el apoyo del general Aspar. Es cierto que llegaste aquí como esclava y serviste de entretenimiento en un burdel, Cailin Druso, pero eres patricia. No albergo ninguna duda respecto a tu linaje. Te he observado esta mañana. Tu actitud es culta y no cabe duda de que has recibido una buena educación. Creo que lo que me has dicho de tu familia es cierto. El tiempo que pasaste en Villa Máxima fue breve. Los que conocen ese hecho permanecerán callados o yo me encargaré de que lo hagan cuando te conviertas en esposa de Aspar. ¿Quieres ser su esposa?
    Cailin asintió lentamente y preguntó:
    – ¿Qué queréis de mí, majestad? Semejante favor tendrá un precio, lo sé.
    Verina sonrió con malicia.
    – Eres lista, Cailin Druso, al pensar eso. Muy bien. Yo ayudaré a acallar las objeciones que se expresen contra tu boda con Aspar si tú, a cambio, me garantizas que él me ayudará en todo. Y ha de jurarlo sobre la reliquia de la cruz que estará conmigo en caso de que le necesite. Sé que puedes convencerle para que lo haga a cambio de mi ayuda.
    El corazón de Cailin latía con violencia.
    – No es fácil hablar con él de ese asunto -dijo. -Lo intentaré dentro de unos días, majestad, pero ¿cómo podré comunicaros mi éxito o mi fracaso? Pues ahora ni siquiera existo en lo que se refiere a vuestro mundo; de lo contrario me habríais invitado a vuestro banquete, no sólo a Aspar, quien ha sido separado de mí para que vos y yo pudiéramos reunimos en secreto bajo las murallas del Hipódromo.
    – Es muy estimulante tener a alguien que hable franca y sinceramente -dijo la emperatriz. -Aquí, en la corte de Bizancio, todo el mundo habla con doble sentido; y los motivos a menudo son tan complejos que resultan incomprensibles. Habla con tu señor, y dentro de unos días iré una tarde, por mar, a visitar al general en su villa de verano. Si alguien se entera de mi visita, creerá que simplemente tengo curiosidad y no provocará ningún escándalo. León es un hombre muy honrado y yo le soy muy leal. Si se entera de mi excursión, supondrá naturalmente que me han arrastrado mis compañías, suposición que yo no corregiré. Ya han sucedido antes cosas así.
    Sonrió con aire significativo.
    – Haré todo lo que pueda por vos, majestad -dijo Cailin.
    La emperatriz rió.
    – No me cabe duda de que lo harás, querida. Al fin y al cabo, la futura felicidad de ambas depende de tu éxito, y yo soy un mal enemigo, te lo aseguro; pero hemos de regresar. Si permanezco demasiado rato ausente del banquete notarán mi ausencia. -Verina se acercó a la puerta y la abrió, diciendo: -Juan, acompaña a la señora a su palco, y luego ocupa tu puesto como antes. Adiós, Cailin Druso.
    Cailin inclinó la cabeza y salió de la habitación. Mientras seguía al guardia por el túnel y la escalera, en su mente se arremolinaban los acontecimientos de los últimos minutos. Al entrar en el palco fue acosada por una Casia ansiosa.
    – ¿Qué quería? -le preguntó en un susurro, y Arcadio se inclinó para oír la respuesta de Cailin.
    – Tenía curiosidad -dijo con una sonrisa. -Su vida ha de ser muy aburrida para tener tanta curiosidad por conocer a la amante de Aspar.
    – Oh -exclamó Casia decepcionada, pero Arcadio se dio cuenta de que Cailin no lo había contado todo. Era evidente que iba a disfrutar de un verano muy interesante.
    En la arena, media docena de luchadores divertía a la incansable multitud desfilando haciendo malabarismos con varias pelotas de colores. Iban seguidos por una procesión maravillosa de animales exóticos. Aspar regresó al palco y se sentó junto a Cailin, rodeándola con un brazo. Casia miró a Arcadio con una leve sonrisa y él sonrió a su vez.
    – ¡Oooohhh! -chilló Cailin. -¡Nunca había visto bestias como ésas! ¿Qué son? ¿Y las que tienen rayas?
    – Las grandes bestias grises con la nariz larga se llaman elefantes -respondió Aspar. -La historia cuenta que el gran general cartaginés Aníbal cruzó los Alpes a lomos de elefante y ganó muchas batallas. Los gatos a rayas son tigres. Proceden de la India, una tierra lejana al este de Bizancio. Los caballos a rayas son cebras.
    – Esas criaturas altas y con manchas, mi señor, y esas graciosas bestias con jorobas, ¿qué son?
    – Las primeras son jirafas. Proceden de África, pero todas éstas ahora viven en el zoo imperial. Los países extranjeros siempre nos regalan bestias raras para nuestro zoo. Los otros animales son camellos.
    – Son magníficos -exclamó ella, con ojos relucientes de infantil excitación. -Nunca había visto bestias así. En Britania tenemos ciervos, conejos, lobos, zorros, tejones, erizos y otras criaturas corrientes, pero ninguna como los elefantes.
    – Ah -suspiró Arcadio exageradamente. -Ver Bizancio de nuevo a través de los maravillosos ojos violetas de Cailin Druso.
    – ¿Ojos violentos? ¿Quién tiene ojos violentos? -preguntó Apolodoro, el comediante.
    – ¡Violeta, cómico desvergonzado! -espetó Arcadio. -Cailin Druso tiene los ojos de color violeta. ¡Míralos! Son muy hermosos.
    – Los ojos de las mujeres nunca dicen la verdad -observó Apolodoro perversamente.
    – ¡No es cierto! -negó Casia.
    – ¿Tú dices la verdad cuando miras a los ojos de un hombre? -preguntó el comediante. -Las cortesanas son famosas por su sinceridad.
    – ¿Y los actores sí? -replicó Casia con mordacidad.
    Anastasio, el cantante, ahogó la risa al oír esta respuesta. Era el primer sonido que Cailin creía haberle oído desde que había entrado en el palco.
    – El emperador ya vuelve -anunció Juan Andronico, el tallador de marfil. También él había hablado poco desde que se había reunido con ellos.
    Cailin aprovechó la oportunidad para hablar con él.
    – En la villa hay una de vuestras encantadoras piezas -le dijo. -Una Venus rodeada por un grupo de Cupidos alados.
    – Se trata de una de mis primeras piezas -admitió el tallador, sonriendo con timidez. -Ahora me dedico principalmente a obras religiosas para las iglesias. Es un mercado muy lucrativo, y es mi manera de devolver el don que Dios tan generosamente me ha dado, señora. Ahora estoy haciendo una natividad para el emperador.
    – ¿Puedo entrar? -preguntó el príncipe Basilico, deslizándose discretamente en el palco del general. -¡Casia, mi amor! ¡Estás para comerte! Y lo haré, más tarde.
    Le lanzó un beso.
    – ¿Y tu esposa Eudoxia, amigo mío? No deberías avergonzarla -le recriminó Aspar con seriedad.
    – Su amiguito está de guardia en el palco imperial -explicó Basilico con una sonrisa. -Quiere tener tiempo para coquetear con él, y si yo estoy a su lado no puede hacerlo. Además, Flacila y Justino Gabras también están en el palco del emperador. Mira. Están en el fondo. No sé por qué León les permite su presencia, aunque probablemente les ha invitado mi hermana. En verdad son una pareja temible, Aspar. Me han contado que sus fiestas son tan depravadas que los habitantes de Sodoma y Gomorra se sonrojarían. Y lo peor es que son muy felices. Flacila ha encontrado un compañero digno de ella. Son la pareja perfecta.
    – Muy bien, quédate, pero sé discreto -advirtió Aspar.
    – Me alegro de veros, mi señor -saludó Cailin, sonriendo.
    – Señora, cada minuto que pasa sois más hermosa -respondió galante el príncipe. -Adivino que sois feliz y él también. -Entonces Basilico se volvió hacia Casia. -Qué encantadora estás, cielito. El escarlata y dorado te sienta bien. Tendremos que ver cómo quedan los rubíes con oro sobre tu suave y blanca piel, ¿eh?
    Las carreras volvieron a empezar. Por la mañana, los Verdes habían ganado dos carreras, los Azules una y los Rojos la última. Ahora el equipo de los Blancos ganó la primera carrera de la tarde y luego los Azules obtuvieron una segunda victoria, con lo que empataron con el equipo Verde. Pero el día iba a ser para los Verdes. Ganaron las dos últimas carreras y recibieron de manos del propio León un aurigarión (un emblema de oro), un casco de plata y un cinturón de plata. La multitud, que ya estaba ronca de tanto gritar, renovó sus aclamaciones y los juegos concluyeron formalmente cuando el palco imperial quedó vacío.
    De pronto, los que estaban en los asientos más próximos a Aspar distinguieron las cintas verdes que éste llevaba se pusieron a corear:
    – ¡Aspar! ¡Aspar! ¡Aspar!
    Una expresión de enojo cruzó fugazmente el rostro de Aspar. Se volvió y saludó con un gesto de la mano, a la multitud que le aclamaba, suficiente para satisfacerles pero no lo bastante para alentar mayores muestras de admiración.
    – Qué político eres -se burló Basilico. -Este pequeño incidente será comunicado a León, por supuesto adornado con exageraciones, y el pobre hombre se sentirá dividido entre la gratitud que siente hacia ti y el temor de que algún día le desplaces.
    El príncipe rió.
    – León sabe que prefiero ser un ciudadano corriente antes que emperador -dijo Aspar. -Si alguna vez lo dudara, le tranquilizaría enseguida. Francamente, si me lo permitiera me retiraría.
    – Tú no -dijo Basilico con una amplia sonrisa. -Tú morirás al servicio de Bizancio. Casia, ángel mío, ¿tienes alguna deliciosa cena preparada para mí? Iré contigo.
    – ¿No vas a palacio para asistir al banquete? -preguntó Aspar a su amigo. -Sé que antes has dicho que no, pero ¿no es obligatoria tu presencia?
    – No me echarán de menos, te lo aseguro, amigo mío -replicó el príncipe. -Además, el patriarca está invitado. Rezará tanto rato antes de comer, que cuando lo hagan la comida se habrá estropeado -terminó con una carcajada.
    – Yo me ocuparé mejor de él, mi señor -dijo Casia, -y su cena será de su gusto, ¿verdad, príncipe mío?
    Los ojos de Basilico brillaron con malicia. Casia se volvió hacia Cailin.
    – ¿Puedo visitarte algún día? Estoy muy contenta de que me hayáis incluido en vuestro grupo de hoy. Las dos hemos recorrido un largo camino desde nuestros días en Villa Máxima.
    – Claro que puedes -contestó Cailin sinceramente. -He estado muy sola desde que dejé Villa Máxima, aunque ahora tengo una joven esclava sajona que me hace compañía. Me encanta escuchar tus chismorreos, Casia. Pareces saber todo lo que ocurre en Constantinopla. Pero en realidad soy más feliz en el campo.
    – El campo es agradable para ir a visitarlo -dijo Casia, -pero yo nací en Atenas y prefiero la ciudad. A Basilico le gusta hablar en griego conmigo. Está muy helenizado para ser bizantino.
    Cailin despidió a todos los invitados y Arcadio prometió que iría pronto a Villa Mare para iniciar su trabajo. Casia montó en su litera junto con Basilico y se alejaron entre la multitud que salía del Hipódromo. Cailin subió a su litera.
    – Tengo que acudir a palacio a ver al emperador -dijo Aspar, inclinándose para hablarle al oído. -Enviaré a la caballería para que te escolte hasta casa y me reuniré contigo en cuanto pueda.
    – No necesito soldados después de cruzar las puertas de la ciudad, mi señor. El camino está libre de peligros y muy concurrido, y es de día. Me ayudarían a abrirme paso entre el gentío, pero no quiero que sigan, te lo ruego.
    – Muy bien, mi amor. Enviaré un mensajero si he de retrasarme. Espérame si puedes, Cailin.
    – ¿Qué quería antes el emperador, mi señor? -le preguntó ella.
    – Mi presencia, nada más. Es su manera de ejercer su autoridad, y yo le obedezco porque eso le tranquiliza -dijo Aspar. -La invitación al banquete, cuando sabe que me desagradan los banquetes, no es más que otra prueba. La Iglesia siempre está arrojando veneno al oído de León porque mis creencias no son ortodoxas. Obedeciéndole puntualmente, las mentiras del patriarca parecen necias. León no es estúpido. Tiene miedo, sí, pero es inteligente. La emperatriz es quien mi preocupa.
    – ¿Por qué?
    – Es ambiciosa. Mucho más que León. A Verina le gustaría tener un hijo que siguiera los pasos de León No tienen más que dos hijas. No sé si conseguirá tener ese hijo varón. León prefiere la oración al placer, seguí parece.
    – Si eso es una virtud, mi señor, y es necesaria par; un emperador, en verdad tú jamás serás emperador -dijo Cailin riendo. -Tú prefieres el placer a la oración. Me parece que nunca te he visto rezar al dios cristiano ni a ningún otro dios.
    Como respuesta, él la besó en los labios lenta y ardorosamente. Ella le correspondió moviendo la lengua pícaramente dentro de su boca mientras él deslizaba una mano bajo su túnica para acariciarle un seno. El pezón se endureció de inmediato y Cailin gimió suavemente.
    Aspar apartó los labios y sonrió con malicia a Cailin -Iré en cuanto pueda, amor mío -prometió, retirando la mano no sin antes darle un leve pellizco en el pezón.
    Ella contuvo el aliento y lo dejó escapar lentamente, y le dijo:
    – Esperaré, mi señor, y estaré preparada para cumplir tus órdenes.

CAPÍTULO 12

    – ¿Has visto cómo la miraba? -preguntó Flacila Estrabo a su esposo, Justino Gabras. -¡La ama! ¡Realmente la ama! -Su rostro reflejaba el enfado que sentía.
    – ¿Y a ti qué te importa? -replicó él. -Tú nunca le amaste. No debería importarte que la ame.
    – ¡No se trata de eso! ¡No seas estúpido, Justino! ¿No ves lo embarazosa que resulta su descarada pasión? ¡A mí no me dio su amor, pero se lo ha dado a esa zorrita! Seré el hazmerreír de todos mis conocidos. ¿Cómo se atreve a llevar a esa mujerzuela a los juegos y a sentarse con ella en su palco para que todos les vean? Aunque nadie supiera quién es ella, prácticamente todo Constantinopla conoce a Casia, especialmente ahora que es amante del príncipe Basilico. ¡Muy propio de Aspar rodearse de artesanos, actores y prostitutas!
    – No estás particularmente atractiva cuando te enfadas, mi querida esposa -bromeó Justino Gabras. -Te salen manchas en la piel. Sería mejor que controlaras tu genio, sobre todo cuando estamos en público. -Se inclinó por delante de la joven esclava que se hallaba entre los dos, acercó el rostro de Flacila y la besó. -No quiero hablar más de este asunto, mi amor, y si vuelves a mencionar a tu ex esposo desatarás mi peor ira. Y ya sabes lo que ocurre cuando exploto. -Pasó una mano por el cuerpo de la esclava. -Concentrémonos en diversiones más agradables, como nuestra pequeña y encantadora Leah. ¿No es encantadora, querida?, y está tan ansiosa por recibir nuestras tiernas atenciones… ¿Verdad que sí, Leah?
    – Oh, sí, mi señor -respondió la muchacha, arqueándose hacia él. -Anhelo vuestras caricias.
    Justino Gabras sonrió perezosamente a aquella bonita y sumisa criatura. Entonces, al ver que su esposa aún no estaba satisfecha, dijo con aspereza:
    – Tendrás tu venganza, Flacila. ¿Qué prefieres? ¿Un golpe rápido que permita a Aspar devolvérnoslo? ¿O esperar el momento oportuno y entonces destruirles a los dos? Quiero que te sientas satisfecha, querida. Elige ahora y zanjemos este asunto que ya empieza a aburrirme.
    – ¿Sufrirá? Quiero que sufra por haberme rechazado.
    – Si esperas el momento oportuno y me dejas planearlo debidamente, sí, sufrirá. La vida de Aspar se convertirá en un infierno, te lo prometo, pero has de tener paciencia, Flacila.
    – Bien -accedió ella. -Esperaré el momento propicio, Justino. Aunque estoy impaciente por destruir a Aspar, tu habilidad para el mal es infinita. Confío en ese dominio de la perversidad que posees. Ahora, dime, ¿quién de los dos poseerá a Leah primero? -Flacila miró a la muchacha y sonrió. -Realmente es encantadora, mi señor. No es virgen, ¿verdad?
    – No, no lo es. Me agradaría que la tomaras tú primero, Flacila. Me gusta verte con otra mujer. Lo hacemos muy bien, debo admitirlo, y eres más tierna con una de tu propio sexo que con los hombres jóvenes que tanto te gustan y a los que sin embargo maltratas.
    Ella sonrió con picardía.
    – Los hombres -dijo- tienen que ser castigados por las mujeres, pero las mujeres deben ser mimadas por sus amantes de ambos sexos. Una mujer mimada se entrega más que una maltratada, Justino.
    – Entonces Aspar debe de mimar mucho a esa Cailin -respondió él con crueldad. -Él la miraba con ojos de amor, y su mirada le era correspondida por esa adorable y bella jovencita. Si la ama como tú crees, te aseguro que ella también le ama.
    – Y saber eso -dijo ella, extrañamente tranquila- hará que nuestra venganza sea mucho más dulce, Justino, mi amor, ¿no es cierto?
    Él se echó a reír.
    – Eres tan perversa como yo, Flacila. Me pregunto qué pensaría de ti tu amiga la emperatriz si conociera tu verdadero carácter. ¿Se extrañaría? Algún día la tendré en mi cama, ¡lo juro! Está a punto para la rebelión, ya lo sabes. León prácticamente la tiene olvidada y pasa todo el tiempo que debería estar follando con ella rezando de rodillas por un heredero, o eso al menos dicen los rumores de la corte.
    A la tarde siguiente, un pequeño grupo formado por el hermano de Verina, ésta y dos doncellas de confianza zarpó en el yate imperial para una breve excursión por las costas occidentales de la ciudad y disfrutar del incipiente verano. Era una tarde perfecta para ello, y el suyo no era el único barco de vela que surcaba las aguas azul-verdosas del Propontis aquella tarde. Había suficiente brisa para impulsar suavemente la nave. El sol brillaba cálidamente en un cielo despejado. Basilico había navegado en este pequeño mar interior desde que era niño y conocía bien la costa y sus corrientes. Su habilidad le ahorraba llevar un capitán que más tarde podría ser sobornado para obtener información. Las dos mujeres que acompañaban a la emperatriz habrían muerto por ella. Su lealtad era tanta, que podía confiarse en que no hablarían ni bajo torturas.
    Cailin ignoraba cuándo acudiría la emperatriz a Villa Mare, pero sabía que sólo tardaría unos días en aparecer. No le gustaba guardar secretos a Aspar y por eso le habló a la mañana siguiente de su visita al Hipódromo. Él la escuchó con atención, y mientras ella le contaba la reunión secreta que había mantenido con Verina y su resultado, su rostro se puso serio.
    – Sea lo que sea lo que desea de mí -dijo, -debe de ser muy importante para ella.
    – Está de acuerdo en apadrinar nuestra boda si se lo concedes -dijo Cailin. -Aun así, me temo que podría inducirte a hacer algo indeseable.
    – No puedo hacer nada que pueda calificarse de traición -respondió él. -Mi honor siempre ha sido mi mayor defensa, amor mío. Aunque te quiero mucho y te deseo como esposa, no comprometeré mi honor, Cailin. Lo entiendes, ¿verdad?
    – No podría amarte, Flavio Aspar, si no fueras un hombre de honor -le aseguró ella. -Recuerda que me educaron en la tradición del antiguo Imperio romano. El honor aún era lo más importante cuando mi antepasado llegó a Britania con Claudio, y así ha sido en el transcurso de los siglos, mi señor. No te pediría nada deshonroso. Aun así, escuchar lo que la emperatriz tenga que decir no puede causarnos ningún daño.
    – La escucharé -prometió él. -Si Verina quiere emprender alguna acción reprobable, quizá pueda disuadirla de ello.
    Sin embargo, la misión de la emperatriz no era reprobable. Su origen se hallaba más bien en sus temores, como explicó a Aspar en la intimidad del jardín mientras Cailin y las criadas permanecían en el atrio, con Basilico para distraerlas. Verina estaba pálida y era evidente que no había dormido bien. Se movía inquieta entre las flores, tironeándose la túnica con nerviosismo. Aspar la seguía y la alentó a hablar.
    – Cailin me ha mencionado vuestro encuentro el día de los juegos -dijo él. -No disimuléis conmigo, señora. ¿Qué queréis de mí?
    – Necesito saber si, en caso de que se produjera una crisis, tú apoyarías mi posición -declaró la emperatriz con voz suave.
    – Os seré franco, señora. ¿Estáis hablando de traición?
    Verina palideció aún más.
    – ¡No! -exclamó. -No me he explicado bien. La situación me resulta turbadora. Oh, ¿cómo lo diría?
    – Claramente -dijo él. -Todo lo que me digáis quedará entre nosotros, señora. Os lo garantizo. Si no se trata de traición, no tenéis nada que temer de mí. ¿Qué os preocupa tanto que buscáis mi ayuda en secreto?
    – Se trata de algunos de los sacerdotes que rodean a mi esposo -dijo Verina. -Le incitan a creer que yo soy la responsable del hecho de que no tengamos un hijo. ¡Yo quiero un hijo! Pero ¿cómo puedo tenerlo si León no visita mi cama? Nunca ha sido un hombre excesivamente apasionado, y en los últimos años ha dejado por completo de visitar mi cama.
    »Los sacerdotes se han convertido en sus mejores confidentes. Le exhortan a rezar más y a dar limosnas para que Dios nos dé un hijo, pero si mi esposo no une su cuerpo al mío, no habrá hijo. Incluso llevé a Casia, la cortesana amante de mi hermano, a palacio, en secreto, para que me enseñara sus artes eróticas. Quería utilizarlas para seducir a mi esposo, pero no sirvió de nada -dijo la emperatriz con lágrimas en los ojos. -Ahora esos mismos sacerdotes aconsejan a mi esposo que me encierre en un convento para el resto de mis días, para que pueda coger una nueva esposa joven, que le daría el hijo que yo no puedo darle, le dicen los sacerdotes.
    »Ya no soy una niña, mi señor, pero aún soy capaz de concebir un hijo si se me da la oportunidad. Esos perversos clérigos realmente pretenden dar a mi marido una esposa que esté en deuda con ellos y que espíe para ellos.
    – ¿Qué es exactamente lo que queréis que haga? -le preguntó Aspar.
    – León os teme y os respeta. El temor procede de que vos le colocasteis en el elevado puesto que ocupa y el respeto nace de los muchos años que estuvo a vuestro servicio. A veces se pregunta si seríais capaz de arrebatarle el trono. Se encuentra muy cómodo apoltronado en él.
    »Los sacerdotes le llenan la cabeza con palabras crueles sobre vos, Flavio Aspar -prosiguió Verina. -Le dicen que deseáis gobernar a través de él, y que si no podéis hacerlo, le derrocaréis y ocuparéis el trono.
    – Yo no deseo ser emperador. En sus momentos de sensatez León tiene que ser consciente de ello. Si hubiera querido ocupar el trono imperial, lo habría hecho. No tenía más que renunciar a mis creencias arias en favor de las prácticas ortodoxas y me habrían apoyado suficientes miembros de la Iglesia para ceñir la corona imperial en mi cabeza.
    – Soy consciente de ello, y por eso he acudido a vos. Vuestros motivos son honrados y vuestra lealtad es a Bizancio, no a una facción o individuo. Ayudadme a conservar mi lugar al lado de mi esposo, a pesar de la perversidad de los que le rodean. Si me ayudáis y protegéis contra mis enemigos, me ocuparé de que León os permita casaros con Cailin Druso.
    Aspar fingió considerar su oferta, aunque ya había decidido ayudarla. El emperador le debía a Flavio Aspar su puesto. Si su esposa estaba unida a él, tanto mejor. Su propia posición se vería fortalecida. Era poco probable que León concibiera un hijo con ninguna mujer. No tenía estómago para ello. Prefería ayunar y rezar en lugar de enredarse en la maraña de la pasión. Aspar sospechaba que el emperador, en el fondo, estaría encantado de verse libre de ese deber. Verina siempre había sido una esposa fiel. Preferiría lo viejo y conocido a cualquier cosa nueva y núbil.
    «No -pensó Aspar; -no quiero ser emperador. Quiero que lo sea mi hijo.» Si León y Verina estaban en deuda con él, él tendría poder para promover un noviazgo entre su hijo menor, Patricio, y la princesa imperial más joven, Ariadna, al cabo de unos años. Primero el matrimonio, y después convencería a León de que nombrara heredero a Patricio.
    – Apoyaré vuestra causa, señora -dijo por fin Aspar a la emperatriz, quien suspiró aliviada. -Esos sacerdotes sobrepasan sus obligaciones. Su único deber es cuidar del bienestar espiritual del emperador. Hablaré personalmente con el patriarca de mi inquietud por su comportamiento. Sé que puedo confiar en que ponga fin a ese asunto. En verdad me sorprende que los elegidos para guiar a León espiritualmente abusen de su posición. No hay que permitirlo. Habéis hecho muy bien en solicitar mi ayuda, señora.
    Segura ya de que su causa era justa, Verina se irguió con orgullo y dijo:
    – Por mi parte, cumpliré mi promesa. Tardaré un poco de tiempo, pero me ocuparé de que se os permita formalizar vuestra relación en el seno de la Iglesia. Tenéis mi palabra, y sabéis que es válida.
    – Gracias, señora.
    – No -replicó ella, -soy yo quien debe daros las gracias, Flavio Aspar. Ojalá hubiera en Bizancio más hombres como vos a su servicio.
    Cuando la emperatriz y su grupo hubieron partido de regreso a Constantinopla, Aspar paseó con Cailin por los jardines, donde no era probable que nadie les oyera. Le explicó exactamente lo que Verina quería de él y le dijo que había aceptado ayudar a la emperatriz a cambio de que ella les ayudara.
    – Debes hacer un esfuerzo para complacer al padre Miguel para que te bautice -le dijo Aspar. -Cuando se tome la decisión en nuestro favor, no quiero que exista ningún impedimento a nuestro matrimonio. Una esposa ortodoxa bautizada será un punto favorable para mí. Hay más cosas en juego de las que puedes imaginar, mi amor.
    Ella no le preguntó de qué se trataba. Cailin sabía que Aspar se lo diría en el momento oportuno.
    – Muy bien -accedió ella. -Dejaré de hacer preguntas difíciles al padre Miguel y aceptaré mansamente lo que me diga con la humildad de una buena mujer cristiana. Aunque las reglas y normas impuestas por la Iglesia me parecen estúpidas, he de admitir que me gustan las palabras de Jesús de Nazaret. Es una de las pocas cosas a las que encuentro sentido. -Estrechó a Aspar con sus brazos. -Quiero ser tu esposa, Flavio Aspar. Quiero ser madre de tus hijos y pasear por las calles de Constantinopla con orgullo y ser la envidia de todos porque soy tuya.
    Tras pasear por los jardines fueron hasta la playa, donde se quitaron la ropa y se metieron al cálido mar. Él le había enseñado a nadar y Cailin adoraba la libertad del agua. Riendo, retozó entre las olas hasta que al fin él la llevó hasta la orilla y le hizo el amor apasionadamente en el mismo lugar donde había reavivado la pasión de la joven. Sus gemidos de placer se mezclaron con los graznidos de las gaviotas que revoloteaban. Después, yacieron saciados y satisfechos, dejando que el sol secara sus cuerpos.

    El vigésimo cumpleaños de Cailin ya había pasado. El verano transcurrió en una sucesión de largos y soleados días y noches calurosas y apasionadas. Cailin jamás había imaginado que un hombre pudiera ser tan viril, en especial un hombre de la edad de Aspar, y sin embargo el deseo de éste no se agotaba.
    Basilico acudía con regularidad a visitarles con Casia, y cuando Aspar bromeaba con su amigo por su súbita afición al campo, Basilico afirmaba:
    – Con este calor la ciudad es un horno, y he oído rumores de que hay una plaga. Además, aquí tenéis espacio más que suficiente para nosotros.
    En secreto, Basilico también les llevaba noticias de Verina.
    Aspar había visitado al patriarca para expresarle su desagrado ante cualquier plan para desplazar a la emperatriz por el asunto del heredero. Otra esposa no serviría de nada, dijo Aspar al religioso. La culpa era de León, que prefería una existencia ascética y sin complicaciones que le permitía gobernar con más sabiduría que si estuviera abrumado por los asuntos carnales. Había muchos hombres aptos para suceder a León, pero un emperador sabio y pío era una rara bendición sobre Bizancio. La emperatriz, dijo Aspar al patriarca, lo comprendía. Ella, virtuosa y devotamente leal, quería proteger a su esposo de las malas influencias. Perturbar la paz de su espíritu, observó Aspar, era perverso, injusto e impío.
    Basilico informó que los sacerdotes que rodeaban al emperador habían sido otros que parecían ocuparse sólo de la vida espiritual del emperador. La emperatriz se sentía aliviada y agradecida de que le hubieran retirado la espada de Damocles que pendía sobre su cabeza. Envió recado, a través de su hermano, de que cumpliría su promesa. Había iniciado su campaña para influir en León favorablemente respecto a la boda entre el primer patricio del Imperio y Cailin Druso, una joven viuda patricia procedente de Britania que pronto iba a ser bautizada en la fe cristiana ortodoxa.
    A principios de verano, Aspar fue enviado a Adrianópolis, pues el gobernador de la ciudad tenía dificultades con dos facciones rivales que amenazaban con la anarquía. Una de ellas estaba compuesta por cristianos ortodoxos y la otra por cristianos arios. Aspar, un ario que servía a un gobernador ortodoxo poseía la capacidad de moverse fácilmente entre estos dos mundos religiosos y era la persona idónea para establecer la paz. Flavio Aspar era respetado por ambas fes.
    – Ojalá pudiera llevarte conmigo -dijo a Cailin la víspera de su partida, -pero en un asunto como éste he de poder moverme con agilidad y sin ningún impedimento. Esos fanáticos se pelean por las cosas más absurdas y si alguien no contiene su ira se perderán muchas vidas.
    – Yo sería un estorbo -admitió ella. -Sin mí puedes actuar de manera decisiva, y es posible que tengas que hacerlo, mi señor. Matar y causar destrucción por una cuestión religiosa es una locura, pero sucede con frecuencia.
    – Serás una esposa perfecta para mí -observó él con admiración.
    – ¿Por qué? -repuso ella con picardía. -¿Porque comparto tu pasión, o porque no me quejo cuando debes marcharte?
    – Por las dos cosas -respondió él con una sonrisa. -Tienes una habilidad innata para entender a la gente. Sabes cuan delgada es la línea por la que debo caminar entre esas facciones fanáticas de Adrianópolis y no me distraes de mi deber. Los que se han opuesto a nuestro matrimonio pronto reconocerán que estaban equivocados y que Cailin Druso es la esposa adecuada para Aspar.
    – ¿No puedo distraerte de tus obligaciones? -Fingió sentirse ofendida y se colocó sobre él y le miró con ojos encendidos. Se pasó la lengua por los labios en gesto seductor, lentamente. Sus ojos se oscurecieron con la pasión y se acarició los pechos hasta que los pezones se pusieron erectos. -¿No puedo distraeros unos minutos, mi señor?
    Él la observó con los ojos entrecerrados y una leve sonrisa en los labios. Sabía que su amor por ella era lo que la hacía descarada, y sin duda eso redundaba en beneficio de él. Cailin era tan joven y tan hermosa, pensó, acariciándole la espalda. A veces, cuando la miraba, se preguntaba si cuando se hiciera viejo ella le amaría aún, v el miedo le atenazaba las entrañas. Entonces ella le sonreía y le besaba dulcemente y, tranquilizado, Aspar se convencía de que Cailin siempre le amaría, pues era honrada y leal por naturaleza. La cogió por la cintura y la levantó ligeramente para permitir que su miembro endurecido se irguiera.
    – Me distraes continuamente, mi amor -graznó mientras bajaba a Cailin lentamente sobre su sexo. Luego la penetró casi con rudeza y la besó apasionadamente, y a continuación le hizo dar la vuelta para penetrarla por atrás. -Estás condenada a pasar el resto de tus días distrayéndome, Cailin -gimió él al oído de la joven mientras la embestía con lentitud una y otra vez. -Te adoro, amor mío, y pronto serás mía para toda la eternidad! ¡Mi esposa! ¡Mi vida misma! ¡La dulce y luminosa mitad de mi alma oscura!
    – Te amo, Flavio Aspar… -dijo ella medio sollozando, y luego se abandonó al mundo de cálidas sensaciones que él le provocaba.
    Sentía frío y calor al mismo tiempo, y era tanto su amor que el corazón le palpitaba y parecía elevarse. Pero si su lugar estaba en el corazón y los brazos de él, ¿por qué tenía miedo? Luego llegó a la cima del placer y Cailin exhaló un leve grito y sus temores pronto se disiparon en la seguridad de los amantes brazos de Aspar. Ella se acurrucó feliz contra él y se quedó dormida.

    Cuando despertó por la mañana, él ya había partido. Nellwyn le llevó una bandeja con yogur recién hecho, albaricoques maduros, pan recién preparado y una jarrita de miel.
    – El maestro Arcadio pregunta si hoy posaréis para él. Dice que casi ha terminado y podrá marcharse el fin de semana si vos cooperáis. Creo que está ansioso por regresar a Constantinopla. El verano ha terminado y habla todo el rato de los juegos de otoño.
    – Dile que le veré dentro de una hora -indicó Cailin a la criada. -Quiero que la estatua esté terminada y montada en su pedestal en el jardín antes de que regrese mi señor. Será mi regalo de boda para él.
    – Jamás he visto nada igual -admitió Nellwyn. -Es tan hermosa, señora. Creía que sólo los dioses eran retratados así.
    – La estatua representa a Venus, la antigua diosa del amor. Yo simplemente he posado en lugar de la diosa para Arcadio.
    Cailin desayunó y, después de bañarse, se reunió con el escultor en el estudio de éste. Nellwyn le quitó la túnica y Cailin ocupó su lugar. El escultor trabajó un rato, pasando los ojos de la estatua de arcilla que había modelado a la propia Cailin. Cuando vio que ella empezaba a cansarse, paró. Cailin se puso la túnica antes de salir ambos a sentarse al sol y tomar zumo de naranja recién exprimido y un poco de pastel de sésamo que Zeno había servido.
    – Echaré de menos vuestra compañía -dijo Cailin a Arcadio. -Me gustan vuestros perversos chismes y he aprendido mucho de las personas con las que me relacionaré cuando esté casada con Aspar.
    – Vuestra vida no será fácil -respondió él. -Los que están en la corte os evitarán hasta que os conozcan, e incluso cuando conozcan vuestro verdadero valor algunos os seguirán dando la espalda. Sólo estarán ansioso por cultivar vuestra amistad debido a la influencia que tenéis sobre Aspar o porque esperan seduciros como han hecho con otras tantas, y debéis ir con cuidado con ellos. Vuestra virtud, a la luz de las murmuraciones que os rodean, verdaderamente les hará enloquecer.
    – Qué paradójicos son los bizantinos -dijo Cailin. -Abrazáis una religión que predica la bondad y sin embargo el mal abunda entre vosotros. La verdad es que no entiendo a vuestra gente.
    – Nuestra sociedad es simple -observó Arcadio. -Los ricos desean el poder y más riquezas para sentirse invencibles, y por eso se comportan como otras personas no se atreverían a hacerlo. Son más crueles, y más carnales, y como su fe les promete el perdón si se arrepienten, lo hacen de vez en cuando, deshaciéndose de sus pecados para seguir pecando.
    »Esto no ocurre sólo en Bizancio, Cailin. Todas las civilizaciones alcanzan su apogeo en algún punto de su desarrollo. Los menos ricos imitan a los ricos; y los pobres se mantienen en su lugar gracias a una fuerte burocracia y un dirigente benéfico que les permite entrar gratis en los juegos. El pan y el circo, mi querida niña, mantienen a los pobres controlados, salvo en los raros tiempos en que la plaga, el hambre o la guerra interfieren con la actividad de los gobernantes. Cuando eso sucede, ni siquiera los emperadores están a salvo en su trono. -Rió entre dientes. -Como veis, soy un cínico.
    – Lo único que deseo -dijo Cailin- es casarme con mi amado señor, y si los dioses lo quieren, darle un hijo. Viviré aquí, en el campo, educaré a mis hijos y seré feliz. No quiero participar en las intrigas de Bizancio.
    – No podréis escapar a ellas, querida. Aspar no es un noble sin importancia que pueda retirarse a una finca en el campo. Este idilio que habéis vivido no podrá seguir una vez estéis casados. Tendréis que aceptar vuestro lugar en la corte como esposa del primer patricio del Imperio. Seguid mi consejo, querida muchacha, y no os aliéis con ninguna facción por muy seductoramente que os inciten a ello; y lo harán, estad segura. Debéis permanecer neutral, como hace Aspar. Él sólo es leal a la propia Bizancio.
    – Mi lealtad es para Aspar -declaró ella con firmeza.
    – Eso está bien. Sí, querida niña, veo que no os dejaréis seducir por los cantos de sirena de la corte. Sois demasiado inteligente. Ahora volvamos al asunto de inmortalizaros -añadió con una risita. -Sois escandalosamente sensual para ser tan práctica.
    – Habladme de esos juegos que te incitan a regresar a la ciudad, Arcadio -pidió Cailin tras retomar su pose. -Creía que sólo había juegos en mayo, el día de la conmemoración. No sabía que también se celebraban en otras épocas. ¿Habrá carreras de carros?
    – Durante el año se celebran juegos varias veces -respondió él, -pero éstos en particular están patrocinados por Justino Gabras para celebrar su boda con la ex esposa de Aspar, Flacila Estrabo. No pudo organizados antes porque en primavera todo se centra en los juegos de mayo. Luego hacía demasiado calor. Así que Justino Gabras pensó que sus juegos podían coincidir con el aniversario del sexto mes de su boda con Flacila. Habrá carreras por la mañana y gladiadores por la tarde. Me han dicho que Gabras ha pagado para que haya luchas a muerte.
    – Nunca he visto gladiadores. Luchan con espadas y escudos, ¿no? ¿Qué son luchas a muerte?
    – Bueno, querida, veo que hay otra área de vuestra educación que tendré que cumplimentar. Las luchas de gladiadores empezaron en la antigua Campania y Etruria, de donde proceden nuestros antepasados. Los primeros gladiadores eran esclavos a los que se obligaba a pelear hasta la muerte para diversión de sus amos. Estos combates al final llegaron a Roma, pero durante muchos años sólo se celebraban en los funerales de hombres distinguidos. Poco a poco empezaron a ser patrocinados por particulares, y el emperador Augusto financió algunos de los llamados «espectáculos extraordinarios». A la larga se programaron luchas de gladiadores con regularidad en los juegos públicos de diciembre, en las Saturnalias, mientras los políticos y otros que deseaban el apoyo público ofrecían combates de gladiadores gratis en otras épocas. Al pueblo le encantaba la excitación y la sangre de estos juegos.
    »Al principio, los gladiadores eran cautivos tomados en la guerra que preferían la muerte a convertirse en esclavos. Eran luchadores entrenados. Sin embargo, cuando la paz romana se impuso en casi todo el mundo, el número de cautivos disminuyó y se hizo necesario entrenar a hombres que no eran soldados. Muchos criminales eran sentenciados a convertirse en gladiadores, pero aun así, no había suficientes para satisfacer la gran demanda que entonces existía. Muchos hombres inocentes fueron acusados de pequeñas ofensas y condenados a la arena. Los primeros cristianos fueron sacrificados porque no había bastantes criminales o cautivos. Cuando no había suficientes hombres, se enviaba a mujeres e incluso a niños para que pelearan.
    – ¡Qué horrible! -exclamó Cailin, pero Arcadio prosiguió, impasible.
    – Había escuelas de gladiadores en Capua, Prenesta, Roma y Pompeya, así como en otras ciudades. Algunas eran propiedad de ricos nobles que de esa manera entrenaban a sus propios luchadores, pero otras eran propiedad de hombres que comerciaban con gladiadores. Las escuelas eran dirigidas muy estrictamente, porque su fin era asegurar un suministro regular de luchadores competentes y preparados. Los profesores eran duros, pero entrenaban bien a sus alumnos, y con esmero. Se controlaba la dieta. Cada día hacían gimnasia y recibían lecciones de expertos en armas.
    »A la larga, sin embargo, resultó imposible conseguir suficientes hombres para entrenar, incluso entre cautivos y criminales. Los gladiadores de hoy en día son hombres libres que han elegido esa vida.
    – No puedo imaginar el motivo de tal elección -observó. -Parece terrible. Pero ¿qué armas utilizan? ¿Y cómo pelean?
    – Normalmente se enfrentan por parejas, aunque en el pasado los combates eran entre un grupo de hombres contra otro grupo. Normalmente quedaban pocos. Los gladiadores profesionales se dividen en tres grupos: samnitas, que van muy armados; tracios, que van poco armados; y los luchadores con red. Las armas de éstos son su gran red, sus dagas y una lanza.
    – Todavía no me habéis explicado qué es un combate a muerte -señaló Cailin.
    – Los combatientes pelearán hasta la muerte, a menos, claro está, de que Gabras conceda clemencia al perdedor de cada combate. Conociendo a Justino, dudo que lo haga. Será más popular si le da al pueblo un espectáculo sangriento.
    – Qué terrible -dijo Cailin con un estremecimiento. -No creo que me gusten esos combates de gladiadores, sabiendo que uno morirá.
    – Eso añade sal al espectáculo -explicó Arcadio. -En esas circunstancias los combatientes siempre resultan magníficos luchadores.
    – Me sorprende que haya hombres libres que accedan a pelear en esas condiciones -observó Cailin. -Saber que podrías morir es una perspectiva espantosa. -Se estremeció otra vez.
    – Pero siempre existe la posibilidad de que no le maten a uno. Además, los honorarios para un combate a muerte son más elevados que para un combate corriente. Me han dicho que el actual campeón, invencible, un hombre conocido como el Sajón, tiene que pelear en los juegos de Gabras.
    – Lo lamento por él -dijo Cailin. -Si es invencible, todos los demás se esforzarán por derribarle. Se enfrenta a un gran peligro.
    – Es cierto, pero será un combate más emocionante. Podéis bajar, Cailin, y vestiros. He terminado. -Dio un paso atrás para admirar su obra. -Ya está; creo que es una de mis mejores obras -dijo con fingida modestia. -Aspar debería estar complacido y pagarme a tiempo por mis esfuerzos.
    – ¿Qué hay de la base? -preguntó Cailin. -Quiero que la coloquen en el jardín, delante del mar, antes de que Aspar regrese de Adrianópolis.
    – Tengo un aprendiz en la ciudad trabajando en el pedestal, querida mía. El mármol es único, una mezcla de rosa y blanco. Desconozco su lugar de procedencia. Lo encontramos tirado bajo unas viejas prendas en la parte trasera de mi estudio, pero cuando lo vi supe que era la pieza perfecta para nuestra Venus. Venid a ver esto.
    Cailin se había puesto la túnica y se acercó a contemplar su estatua. La joven Venus, como a Arcadio le gustaba llamarla, se alzaba con el cuerpo ligeramente curvado, un brazo al lado y el otro levantado, la palma extendida como si se protegiera los ojos del sol. El pelo estaba recogido en lo alto de la cabeza, pero aquí y allá algunos rizos se curvaban en torno al esbelto cuello y delicadas orejas. Había una débil sonrisa en el rostro. Su cara y forma eran prístinas y serenas.
    – Es hermosa -opinó Cailin, francamente cautivada por la habilidad del escultor. Casi podía ver latir el pulso en la base de la garganta de la joven Venus. Cada uña de las manos y los pies era perfecta en su detalle, y había más.
    – Vuestro sencillo homenaje es alabanza más que suficiente -dijo él. Veía la admiración por su talento y su arte en los ojos de Cailin. La sencillez de aquella joven resultaba estimulante, pensó Arcadio. De haber sido una mujer de la corte, se habría quejado de que no había captado su verdadera esencia y luego habría tratado de escatimarle los honorarios. Bueno, había sido un trabajo más que agradable. Al día siguiente regresaría a la ciudad y empezaría una serie de seis figuras para el altar de una nueva iglesia que se construía en Constantinopla. -Cuando el pedestal esté terminado, querida, vendré yo mismo a instalar la estatua. Creo que Flavio Aspar estará muy satisfecho con lo que hemos conseguido.
    Tras su partida al día siguiente, Cailin descubrió que echaba de menos la compañía del escultor, que había resultado un compañero encantador y muy divertido. Nellwyn era una muchacha dulce pero simple. Cailin no podía hablar de temas profundos con ella. Sencillamente no los entendía. Aun así, resultaba agradable y Cailin se alegraba de su presencia.
    La cosecha fue buena en la hacienda de Flavio Aspar, y mientras Cailin caminaba por los campos con Nellwyn, saludando a los obreros, volvió a considerar la posibilidad de que Aspar criara caballos para las carreras de carros. Los arrendatarios de la finca ya cultivaban heno y grano para el ganado. Gran parte de los pastos eran igualmente adecuados para los caballos. Si Aspar necesitaba aún más tierras, quizá podría obtenerlas de los propietarios, cargados de impuestos, cuyas propiedades limitaban con la suya. Se lo plantearía de nuevo cuando regresara.
    Casia fue a visitarla para quedarse unos días y le llevó noticias de la ciudad.
    – Basilico me ha jurado que León dará su consentimiento a tu boda cuando Aspar regrese. Los esfuerzos del general en Adrianópolis al parecer están resultando satisfactorios. León no tendrá que mermar su tesoro imperial para recompensarle -dijo riendo. -¿Arcadio ya terminó tu estatua?
    – Hace unas semanas. Pronto volverá para instalar el pedestal en el jardín. Quiero que esté terminado antes de que Aspar regrese. ¿Te gustaría verla?
    – ¡Claro que sí! -respondió la hermosa cortesana, riendo. -¿Crees que lo he mencionado sólo de paso? Me muero de curiosidad.
    – Arcadio la llama la joven Venus -explicó Cailin al descubrir la estatua en el estudio del artista. -¿Qué te parece?
    Casia quedó fascinada y por fin dijo: -Te ha reflejado perfectamente, Cailin. Tu juventud, tu belleza, esa dulce inocencia que asoma en tu rostro a pesar de todo lo que has sufrido. Sí, Arcadio ha captado tu esencia y si no fuera amiga tuya me sentiría muy celosa. -Cogió las manos de Cailin y, dándole un fuerte apretón, añadió: -Pronto no podremos continuar nuestra amistad.
    – ¿Por qué? ¿Porque voy a ser la esposa de Aspar y tú eres la amante de Basilico? No, Casia, no seguiré sus crueles juegos. Continuaremos siendo amigas a pesar de mi cambio de posición social.
    Los adorables ojos de Casia se llenaron de lágrimas y luego dijo:
    – Jamás había tenido una amiga hasta que te conocí, Cailin. Espero que sea como tú dices.
    – Yo tampoco he tenido nunca una amiga, Casia. Antonia Porcio fingía serlo, aunque siempre supe que no lo era. Las amigas no se traicionan. Sé que nosotras nunca lo haremos. Ahora cuéntame las últimas habladurías de la ciudad. Echo de menos la charla de Arcadio.

    Salieron del estudio y se dirigieron a la playa, donde se sentaron en la arena y Casia le contó las últimas noticias de la ciudad.
    – La esposa de Basilico, Eudoxia, por fin ha seducido a su joven guardia. Es el mismo que trajo a la emperatriz aquí. Su semilla es muy potente y la pobre Eudoxia se quedó embarazada prácticamente enseguida, a pesar de sus esfuerzos para evitarlo, según me han dicho. Basilico se puso furioso. Ella quería abortar, pero él no lo permitió. La ha enviado a casa de sus padres, en las afueras de Éfeso.
    – No sé cómo se atreve a ser tan exigente, considerando la relación que tiene contigo -comentó Cailin con una leve sonrisa.
    – Parece injusto -coincidió Casia, -pero has de recordar que existen reglas diferentes para los hombres y las mujeres. Basilico ha sido muy benévolo con Eudoxia porque ella es una buena esposa y buena madre. No es como Flacila. Por eso le ha permitido disfrutar de esa pequeña diversión. Sin embargo, quedar embarazada ha sido un descuido por parte de Eudoxia y ha provocado una gran vergüenza a Basilico. Eudoxia tenía que haber pensado en las consecuencias cuando actuó tan a la ligera. El niño tiene que nacer a principios de verano y será dado en adopción a una buena familia. La pobre Eudoxia se quedará en Éfeso hasta que nazca. No me importa. Basilico ahora es libre de pasar más tiempo conmigo. Sus hijos prácticamente son mayores y no le necesitan.
    – Me pregunto qué piensan de su madre. -El hijo de Basilico conoce la verdad y quería matar al pobre guardia. Basilico le explicó que no se puede matar a un hombre por aceptar lo que se le ofrece libremente. En cuanto a las hijas del príncipe, no lo saben, o al menos él espera que no lo sepan. Les han dicho que su madre ha ido a Éfeso para cuidar de los abuelos, que están enfermos, y Basilico las envió al convento de Santa Bárbara para que estén a salvo hasta que regrese su madre. Solas, quién sabe qué travesuras podrían hacer. Las niñas tienen mucha inventiva.
    – ¿De dónde eres? -preguntó Cailin mientras contemplaban el agua. -De Atenas, creo que oí decir en una ocasión. ¿Dónde está eso?
    – Es una ciudad junto al mar Egeo, al sur de Constantinopla. Nací en un burdel que era propiedad de mi madre. Mi padre era oficial del gobierno destacado en esa ciudad. Recuerdo que no era muy apreciado por allí. Cuando murió, cerraron el negocio de mi madre. Yo sólo tenía diez años pero me vendieron como esclava. No sé qué les sucedió a mi madre y mi hermano pequeño. A mí me trajeron a Constantinopla y me compró Joviano para Villa Máxima. Tuve mucha suerte. Ya sabes lo bien que tratan a los niños en Villa Máxima. Les enseñan a leer y escribir y a hacer sumas sencillas. Aprenden modales y a complacer a los hombres y mujeres que frecuentan el establecimiento. Cuando tuve trece años mi virginidad fue subastada al mejor postor. Joviano y Focas nunca habían recibido, ni la han recibido después, una oferta tan elevada por una virginidad -dijo con orgullo. -Como me habían enseñado muy bien a complacer a los hombres, y como al parecer poseo un talento innato para eso, me hice muy popular. Joviano me advirtió que seleccionara a quién daba placer, pues tenía el derecho de rechazar a cualquier hombre. Resultó un excelente consejo. Cuanto más exigente parecía, más desesperaban los hombres por poseerme y más predispuestos a pagar el precio más elevado. Conseguí reunir algunos regalos magníficos de mis agradecidos amantes. -Sonrió. -Entonces llegó Basilico, y al cabo de poco tiempo quería de él más que una visita ocasional a mi cama. Le insinué si eso sería posible. Se ofreció a regalarme una casa en un buen distrito, y así compré mi libertad de Villa Máxima.
    – ¿Cuántos años tienes? -le preguntó Cailin.
    – Uno más que tú.
    Cailin se quedó sorprendida. Parecía mayor, pero no era de extrañar.
    – ¿Cuánto tiempo mantendrás al príncipe como amante? -preguntó. -Quiero decir… bueno… estás acostumbrada a tener varios amantes. ¿No te aburre tener sólo uno?
    Casia se echó a reír. Si esa pregunta se la hubiera hecho otra persona se habría ofendido, pero sabía que Cailin, sólo tenía curiosidad.
    – Con un amante ya es suficiente -respondió. -En cuanto a tu otra pregunta, estaré con Basilico mientras eso nos satisfaga a los dos. Él y yo nunca nos casaremos como tú y Aspar. Yo no soy patricia.
    – Ser patricia no me ha protegido del mal -replicó Cailin con voz suave. -Aunque en otro tiempo me quejaba de que la fortuna no me sonreía, me equivocaba. Perdí a mi esposo y mi hijo, pero he encontrado a Aspar. ¡Oh, Casia! ¡Él quiere tener hijos, a su edad! Casia se estremeció ligeramente. -Mejor tú, querida amiga, que yo. No soy muy maternal. Afortunadamente mi príncipe está satisfecho con los esfuerzos de su esposa para producir vástagos… cuando son suyos.
    Se alejaron de la playa y fueron a sentarse junto al estanque del atrio, donde tomaron vino dulce y disfrutaron de los pasteles de miel que la esposa de Zeno, Ana, había preparado para ellas.
    – La ciudad -dijo Casia- rebosa de excitación por los juegos que Justino Gabras organiza en el Hipódromo dentro de unos días. Ha hecho venir gladiadores para celebrar combates a muerte. ¡Apenas puedo esperar!
    – Arcadio me lo contó -respondió Cailin. -Me alegro de no tener que verlo. ¡Me parece algo terrible!
    – No lo es -dijo Casia. -Te acostumbrarías a ello. Es magnífico ver a los buenos gladiadores, pero en la actualidad escasean. La Iglesia no los aprueba, pero apuesto a que el patriarca y sus secuaces estarán allí, en su palco, con la misma sed de sangre que todos los demás. -Rió. -¡Son tan hipócritas! Lamento que no acudas. Tendré que sentarme en las gradas, pero no me perdería esos juegos por nada del mundo.
    «Peleará el Sajón. Dicen que nunca ha perdido un combate. Al parecer no teme a la muerte, y sus otros apetitos son igualmente insaciables, según me han dicho.
    Casia se quedó en Villa Mare tres días. El día antes de marcharse, llegó Arcadio con una carreta en la que traía el pedestal para la joven Venus y varios fornidos ayudantes que trasladarían la estatua del estudio a su sitio en el jardín. Las dos mujeres contemplaron, fascinadas, cómo acarreaban la obra de arte, haciendo esfuerzos por no reír al ver al escultor ir de un lado a otro dando órdenes airadas a los trabajadores. Por fin la joven Venus estuvo colocada sobre su base de mármol rosa y blanco, de cara al mar. Arcadio exhaló un suspiro de alivio.
    – Bueno -dijo, -¿qué os parece? Casia estaba visiblemente impresionada y así lo expresó. Cailin se limitó a besar al escultor en la mejilla, lo que le hizo sonrojar de placer.
    – Es maravillosa -coincidió con ellas. -Quedaos con nosotras esta noche -invitó Cailin. -Sí -dijo Casia. -Puedes volver a la ciudad por la mañana en mi litera, conmigo. Será un viaje más agradable que volver en la carreta con tus obreros, que huelen a cebolla y sudor.
    Arcadio sintió un escalofrío al oír esta descripción tan gráfica y exacta.
    – Me quedaré -dijo, y dio órdenes a su capataz de que se llevara a los hombres y regresara a Constantinopla. Luego volvió con las mujeres y dijo: -Los gladiadores llegaron ayer. Desfilaron por la ciudad con toda pompa, como si eso fuera necesario para estimular el interés por los juegos. El pueblo ya hervía de excitación. No puedo deciros cuántas mujeres se desmayaron al ver al campeón. Francamente, es la pieza masculina más magnífica que jamás he visto. Sería una lástima que le mataran, pero hasta ahora nadie lo ha conseguido.
    Casia y Arcadio, gente de ciudad hasta la médula, conversaron animadamente toda la velada, llenando los oídos de Cailin con toda clase de cotilleos. Aunque era divertido, Cailin se sintió aliviada cuando por fin pudo acostarse. Por la mañana despidió a sus invitados. Se preguntó si tendría que involucrarse en los asuntos de la corte una vez ella y Aspar estuvieran casados. Tal vez Arcadio se equivocaba.
    Por la tarde, nadó en el cálido y tranquilo mar y se tumbó desnuda en la playa, secándose al sol otoñal. La paz que reinaba era maravillosa y Cailin disfrutó de ella. Se quedó dormida y cuando despertó se sentía llena de renovadas energías y deseando que Aspar estuviera en casa de nuevo.

CAPÍTULO 13

    Aspar regresó a Villa Mare a última hora de la noche siguiente y se llevó a Cailin a la cama de inmediato. Al amanecer, cuando hubieron saciado su deseo, se relajaron y él le contó el resultado de su misión.
    – Llegué a Constantinopla ayer por la tarde -le dijo- e inmediatamente me presenté ante León. Las dificultades en Adrianópolis han sido superadas. En esa ciudad vuelve a reinar la paz, aunque no sé por cuánto tiempo. Tengo poca paciencia con los que discuten sobre el credo y el clan. ¡Qué tontos son!
    – Son la mayoría -señaló Cailin, -pero estoy de acuerdo contigo, mi amor. La gente cree que la vida es un rompecabezas profundo y difícil, pero no lo es. Nos une un hilo: nuestra humanidad. Si dejáramos a un lado nuestras diferencias y tejiéramos nuestro destino con ese hilo, no existirían más enfrentamientos.
    – Eres demasiado joven para ser tan sensata -bromeó él, besándola levemente. -¿Te gustaría saber cuál es mi recompensa por este reciente servicio a Bizancio?
    Sonrió y la miró con un destello malicioso en los ojos.
    El corazón de Cailin se desbocó. Pero no se atrevió a formular la pregunta y se limitó a asentir.
    – El uno de noviembre te bautizará el propio patriarca, en la capilla privada del palacio imperial -anunció Aspar. -Luego nos casará. León y Verina serán nuestros testigos formales. Tendrás que adoptar un nombre bizantino, por supuesto.
    Cailin ahogó un grito. Así pues, era cierto.
    – Ana María -logró decir. -Ana en recuerdo de tu buena esposa, la madre de tus hijos, y María por la madre de Jesús.
    – Has elegido bien -dijo él. -Todo el mundo lo aprobará, pero yo no dejaré de llamarte Cailin, mi amor. Para el mundo serás Ana María, la esposa de Flavio Aspar, pero yo me enamoré de Cailin y seguiré amándola toda la vida.
    – Me cuesta creer que el emperador y el patriarca al fin hayan dado su consentimiento -dijo Cailin con lágrimas en los ojos.
    – Ninguno de los dos es tonto, mi amor -señaló Aspar. -Tu presentación a la sociedad bizantina no fue lo que se dice convencional -sonrió, -y sin embargo León y la Iglesia saben que tu conducta desde que te compré y liberé ha sido mucho más circunspecta que la de la mayoría de mujeres de la corte, en especial a la luz del actual escándalo que rodea a la esposa de Basilico, Eudoxia. En cuanto a mí, he dado la vida por Bizancio, y si en mis últimos años no puedo tener lo que deseo, ¿de qué serviré al Imperio?
    – ¿Les dijiste eso a ellos? -preguntó Cailin, sorprendida de que hubiera hablado con tanta franqueza ante el emperador y el patriarca.
    – Sí, se lo dije -contestó Aspar, y luego rió entre dientes. -Sólo hice una insinuación, mi amor. Mi gran ventaja sobre el emperador es que no hay otro soldado de mi capacidad que pueda acaudillar los ejércitos del Imperio. Si me retirara de la vida pública… -Volvió a sonreír. -Lo he dejado a su imaginación. León no ha tardado en decidirse y ha convencido al patriarca. El emperador ha aprendido recientemente el valor de una esposa leal y virtuosa.
    «Entonces, al haber conseguido lo que mi corazón deseaba, me vi obligado a asistir a un banquete, por eso llegué tarde anoche. ¿Me has echado de menos, mi amor?
    – Terriblemente de menos -respondió ella, -pero no estuve sola. Arcadio terminó la estatua. Ya está instalada en el jardín: es mi regalo de boda para ti. También me dio algunos consejos sobre la corte. No me decantaré por ninguna facción, te lo prometo.
    – ¿Quieres ir a la corte? -preguntó él, sorprendido.
    – En realidad no -respondió Cailin. -Arcadio dijo que tendré la obligación de ir cuando sea la esposa del primer patricio del Imperio, pero preferiría más seguir aquí en el campo.
    – Entonces seguirás aquí -le aseguró él. -Arcadio no es más que un viejo chismoso. Por supuesto, tendrás que aparecer en ocasiones solemnes, cuando yo me vea obligado a asistir, pero si quieres llevar una vida tranquila, sin duda podrás hacerlo. Te daré hijos para que los eduques, y ocuparte de mí será la primera de tus obligaciones, naturalmente. Tendrás los días muy atareados -bromeó él, pasándole la mano sobre el hombro.
    – Quiero criar caballos para las carreras de carros -anunció ella. -Ya lo hemos hablado.
    – ¡Te ofrezco hijos que criar y pides caballos!
    Fingió estar ofendido, pero Cailin sabía que no lo estaba. Le empujó sobre las almohadas y le besó, acariciándole el pecho.
    – Soy una mujer inteligente, mi señor. Puedo hacer las dos cosas: educar a tus hijos y criar a tus caballos. Los celtas tienen buena mano para los caballos.
    – Eres una desvergonzada que siempre se sale con la suya -dijo él, y la puso de espaldas, se colocó encima y la frotó con el miembro. -¿Cuántos sementales necesitarás? -preguntó, restregándose lentamente sobre ella, complacido al ver que la pasión empezaba a encenderse en su mujer. ¡Cuánto la había echado de menos!
    – Sólo necesito este semental, mi dulce señor -dijo ella, acoplando su cuerpo al de Aspar mientras él la acariciaba, -pero dos campeones irían bien para la manada de yeguas que reuniremos. ¡Oooohhh…! -suspiró cuando él la penetró suavemente. ¡Por todos los dioses! ¡Le había echado mucho más en falta de lo que creía!
    Él cesó sus movimientos y se quedó inmóvil dentro de ella, acariciándole los pequeños senos con las manos. Quería prolongar aquel interludio. Desde el primer momento en que la había poseído, se había sentido joven otra vez. Esa sensación no había disminuido en los meses que hacía que estaban juntos. Con Ana existía respeto. Con Flacila no había existido nada. Pero Cailin… ¡con Cailin lo había encontrado todo! Jamás había soñado que fuera posible semejante amor entre dos personas.
    – ¿Estás segura de que eso es lo que quieres? -le preguntó él. -Solamente has visto carreras de carros una vez.
    Palpitó dentro de ella, con lo que a Cailin le resultaba casi imposible pensar en nada más.
    – Me sorprende que nadie lo haya pensado… -logró articular. -¡Ooohhh, amor mío, me vuelves loca!
    – No más de lo que tú me vuelves a mí -gimió él, y luego, incapaz de contenerse por más tiempo, se inclinó, la besó y la embistió con deliberada ferocidad hasta que ambos alcanzaron la cima del placer.
    Cuando Aspar fue capaz de hablar de nuevo, dijo:
    – Mañana asistiremos a los juegos de otoño. Vuelve a observar las carreras, y luego, si aún lo deseas, haremos los preparativos para criar caballos de carreras.
    – Pero esos juegos los patrocina el nuevo marido de Flacila -observó Cailin, sorprendida. -¿Estará bien que nos vean allí?
    – Asistirá toda Constantinopla -dijo Aspar, -incluidos todos los ex amantes de Flacila, puedes estar segura. Flacila y Justino Gabras se sentarán en el palco imperial con León y Verina. Al menos no estaremos junto a ellos, amor mío.
    – ¿Puedo invitar a Casia? Se sintió decepcionada cuando le dije que no iba a asistir a esos juegos, y dijo que se vería obligada a sentarse en las gradas con la plebe. No pienso dejar de relacionarme con ella.
    – Me decepcionarías si no lo hicieras -respondió él. -Sí, puedes invitar a Casia. La gente murmurará, pero no me importa.
    – No quiero ver las luchas de gladiadores -dijo Cailin. -Casia me dijo que serán a muerte. No soportaría ver morir a un pobre hombre sólo porque no ha sido tan rápido o hábil como su oponente. Me parece cruel por parte del esposo de Flacila pedir sangre.
    – La sangre agrada a la plebe -declaró Aspar. -Tienes que ver un combate, Cailin. A lo mejor no te horroriza tanto como crees. Si verdaderamente te desagrada, te marcharás con discreción. No podemos desairar a nuestro despreciable anfitrión.
    Cailin envió un mensajero a Casia aquella misma mañana, invitándola a unirse a ellos en su palco al día siguiente, cuando se iniciaban oficialmente los juegos. La respuesta de Casia fue una aceptación encantada.
    Al día siguiente Cailin se levantó temprano, pues los juegos comenzaban a las nueve y las carreras durarían hasta mediodía. Había preparado su vestido con gran esmero. Su estola, con el escote bajo y mangas ceñidas, era de suave hilo blanco. La parte baja de las mangas y el amplio borde inferior, así como la ancha franja que cubría la mitad superior de la falda, estaban tejidos en hilos de oro puro y seda verde esmeralda. La estola se ceñía a la cintura con un ancho cinturón de piel con una capa de polvo de oro y esmeraldas que hacían juego con el collar y los complicados pendientes. Debido a la época del año, Cailin necesitaría alguna prenda de abrigo, pero no quería tapar su vestido. Tenía una capa semicircular de seda verde brillante, que se abrochaba en el hombro derecho con un broche de oro con una esmeralda ovalada. Sandalias de piel doradas cubrían sus pies y el vestido se completaba con una banda de seda adornada con joyas alrededor de la cabeza, de la que colgaba un velo dorado.
    Aspar, ataviado con traje de ceremonia color púrpura con bordados de oro llamado «túnica palmata», que vestía con una toga de lana púrpura con bordados de oro, asintió satisfecho cuando la vio.
    – Provocarás muchas habladurías hoy, amor mío. Estás magnífica.
    – Tú también, mi señor-respondió ella. -¿Estás seguro de que no despertaremos los celos imperiales? He visto al emperador y tú, mi señor, tienes un aspecto bastante más regio que él.
    – Esa opinión no la compartirás con nadie más -advirtió Aspar. -León es un buen administrador, precisamente el emperador que Bizancio necesita.
    – León es el emperador de Bizancio -dijo, -pero tú eres el que gobierna mi corazón, Flavio Aspar. Esto es lo único que me importa, mi amado señor.
    Y le besó en la boca con ternura, sonriéndole a los ojos.
    Él se echó a reír.
    – Oh, Cailin, tú no sólo gobiernas mi corazón, me temo, sino también mi alma. ¡Eres dulce y picaruela, mi amor!
    Casia y Basilico ya les esperaban en el Hipódromo. Al verle entrar en el palco con el primer patricio del Imperio, la multitud empezó a corear su nombre:
    – ¡Aspar! ¡Aspar! ¡Aspar!
    Él se adelantó y saludó con la mano, agradeciendo MIS aclamaciones con una sonrisa. Luego se retiró a la parte posterior del palco para que el público se calma1.1. A la derecha del palco imperial el patriarca y su séquito le observaban.
    – Él no les incita -observó el secretario del patriarca.
    – Todavía no -respondió el patriarca. -Algún día creo que lo hará. Aun así, es un hombre extraño y es posible que me equivoque.
    De pronto el Hipódromo estalló en un frenesí de vítores cuando el emperador y la emperatriz, junto con el patrocinador de los juegos y sus invitados, entraron en el palco imperial. León y Verina recibieron el homenaje de la multitud con sonriente elegancia, y luego presentaron a Justino Gabras, que fue aclamado ruidosamente mientras saludaba con una mano lánguida.
    Al oír las trompetas, León se adelantó y ejecutó el ritual que abría los juegos. Cuando el pañuelo cayó de sus dedos, las puertas del establo se abrieron para dejar salir los carros de la primera carrera. La multitud alentaba fervorosamente a los cuatro equipos.
    – Mira eso -dijo Flacila con indignación. -¿Cómo se atreven Aspar y Basilico a traer a sus prostitutas a nuestros juegos?
    – Los juegos son para todos, querida -replicó Justino Gabras, mirando a Cailin ávidamente.
    «Qué magnífica criatura -pensó. -Cuánto me gustaría disponer de ella aunque sólo fueran unos minutos.»
    – No me parece correcto que el primer patricio del Imperio exhiba a su amante públicamente -insistió Flacila.
    – Oh, Flacila -dijo Verina con una risita, -tus celos me sorprenden, en especial dado que ni tú ni Aspar os soportabais cuando estabais casados.
    – No se trata de eso -replicó Flacila. -Aspar no debería exhibirse en público con una mujer de moral tan reprobable.
    – ¿Por eso nunca se le vio contigo, querida? -preguntó su esposo, burlón, y para mortificación de Flacila, León y Verina se echaron a reír.
    Ella prorrumpió en llanto.
    – ¡Dios mío! -exclamó Justino Gabras. -No soporto las emociones desbordadas de las mujeres que están en época de crianza. -Sacó un trozo de seda blanco de la túnica y se lo entregó a su esposa. -Sécate los ojos, Flacila, y no hagas el ridículo.
    – ¿Estás esperando un hijo? -preguntó Verina sorprendida, pero entonces pensó que eso explicaba la gordura que últimamente Flacila exhibía.
    Ésta hizo un gesto de asentimiento y sorbió por la nariz.
    – Dentro de cuatro meses -admitió.
    Todos felicitaron a Justino Gabras.
    – Podría ser peor -señaló éste. -Si la chica fuera la esposa de Aspar, tendría preferencia ante ti en la corte. En su actual situación es inofensiva.
    Verina no pudo resistir la tentación que se le ponía al alcance de la mano. Sonrió con falsa dulzura.
    – Me temo que es exactamente lo que va a ocurrir, mi señor. El emperador y el patriarca han autorizado a Aspar a que se case con Cailin Druso.
    Flacila palideció.
    – ¡No puedes permitirlo! -exclamó. -¡Esa joven no es más que una prostituta!
    – Flacila -repuso Verina con calma, -te inquietas por nada. Admito que la presentación en sociedad de esa muchacha no fue nada convencional, pero pasó muy poco tiempo en Villa Máxima. Sus antecedentes son mejores que los de todas nosotras. Se comporta con una modestia que se ha ganado incluso el encomio de tu primo, el patriarca. Será una esposa excelente para Aspar y, créeme, con el tiempo todo lo demás quedará olvidado, en especial si tú sigues provocando escándalos como el de la primavera pasada. Tú eres mucho más puta, y también la mitad de las mujeres de la corte, que la pequeña Cailin Druso.
    La emperatriz sonrió y cogió la copa de vino que le o I recia un criado.
    Antes de que Flacila pudiera responder, su esposo la pellizcó en el brazo.
    – Cierra la boca -le susurró. -No importa. -¡A ti no te importa! -espetó Flacila enojada. -Jamás daré preferencia a esa zorra presuntuosa. ¡Jamás!
    – Oh, Flacila -dijo la emperatriz, -no te preocupes. ¡Mira! Los Verdes han ganado dos carreras seguidas esta mañana. -Se volvió hacia su esposo. -Me debes un nuevo collar de oro, mi señor, y un brazalete.
    – ¡Oh, la odio! -masculló Flacila. -Cuánto me gustaría vengarme de ella.
    – Bueno, ahora no puedes hacerlo, querida -le susurró su esposo. -Como amante de Aspar tenía cierta vulnerabilidad, pero como esposa, Flacila, es inviolable. ¡Mírala! Modesta y hermosa. Pronto será famosa por sus buenas obras. Y será una madre modelo, no me cabe duda. No le veo ningún defecto. Si lo tuviera, podríamos encontrar una manera de estropear la felicidad de Aspar, pero no es así. Tendrás que aprender a convivir con esta situación. No quiero que te preocupes innecesariamente o perderás a mi hijo. Si eso ocurre, Flacila, te mataré con mis propias manos. ¿Me entiendes?
    – ¿Tanto significa para ti el niño, mi señor?
    – ¡Sí! Nunca he tenido un hijo legítimo.
    – ¿Y yo, mi señor? ¿No significo nada para ti, aparte de ser la hembra que te dará tu heredero?
    – Eres la única mujer para mí, Flacila. Te lo he dicho muchas veces, pero si te complace oírlo decir de nuevo, bien. Nunca había pedido a una mujer que se casara conmigo. Es a ti a quien quiero, pero también quiero tener un hijo, querida. Ten cuidado de que tu mal genio no estropee una relación perfecta.
    Ella volvió los ojos hacia la pista, sabiendo que Justino tenía razón y odiándole por ello. No se atrevió a volver a mirar hacia el palco de Aspar, pues no podía soportar ver a su ex marido y a Cailin juntos.
    Las carreras de carros por fin terminaron. El intermedio entre las carreras y los juegos duraría una hora. En los tres palcos, los criados sirvieron un ligero almuerzo a sus amos. Cuando casi habían terminado de comer, apareció un guardia imperial en el palco de Aspar.
    – El emperador y la emperatriz recibirán ahora vuestros leales respetos, señor, y también los de la señora -dijo, inclinando la cabeza en leve reverencia.
    – No me lo habías dicho -reprochó Cailin a Aspar, indicando a Zeno que le acercara una palangana de agua perfumada para lavarse las manos. Se las secó deprisa con la toalla de hilo que el anciano le entregó.
    – No sabía que nos recibiría hoy -respondió él. -Es un gran honor, mi amor. ¡Éste es el reconocimiento de nuestra relación! ¡No pueden echarse atrás, Cailin!
    – Estás hermosísima -susurró Casia a su amiga. -He estado observando a Flacila. Los celos la consumen. Es una gran victoria para ti, amiga mía. ¡Saboréala!
    Aspar y Cailin siguieron al guardia hasta el palco imperial donde se arrodillaron ante el emperador y la emperatriz. «Forman una pareja perfecta -pensó Verina mientras su esposo los saludaba. -Nunca había visto a un hombre mayor y a una mujer joven que encajaran tan bien. Casi estoy celosa del amor que se profesan.» La voz de León la sacó de sus elucubraciones.
    – Y mi esposa también os da la bienvenida, mi señora, ¿verdad, Verina?
    – Claro que sí, mi señor -respondió la emperatriz. -Aportaréis lustre a nuestra corte, señora. Me han dicho que sois de la ex provincia de Britania. Es una tierra brumosa, o eso me han informado.
    – Es una tierra verde y fértil, majestad, pero quizá no tan soleada y luminosa como Bizancio. La primavera aquí llega antes y el otoño más tarde que en Britania.
    – ¿Y echáis de menos vuestra verde y fértil tierra, señora? -preguntó la emperatriz. -¿Tenéis familia allí?
    – Sí -respondió Cailin. -A veces echo de menos Liritania, majestad. Allí era feliz, pero -añadió con una dulce sonrisa- también soy feliz aquí con mi amado señor, Aspar. Dondequiera que él esté será mi hogar.
    – ¡Bien dicho! -aprobó el emperador, sonriendo a Cailin.
    Cuando la pareja hubo regresado a su palco, León comentó:
    – Es encantadora. Creo que Aspar es un hombre muy afortunado.
    Justino Gabras estrechó la mano de su esposa como advertencia, pues se dio cuenta de que estaba a punto de estallar.
    – Respira hondo, Flacila -le sugirió con suavidad- y controla tu mal genio. Si somos apartados de la corte por culpa de tu comportamiento, lo lamentarás mientras vivas, ¡te lo juro!
    La rabia poco a poco desapareció del rostro y el cuello de Flacila, que tragó saliva y asintió.
    – Jamás volveré a ser feliz hasta que consiga vengarme de Aspar -susurró.
    – Déjalo, querida -le aconsejó él. -No hay manera.
    – Esa vaca gorda tendrá una apoplejía -se burló Casia maliciosamente en el palco de Aspar. -Está roja de ira. ¿Qué os han dicho el emperador y la emperatriz para que se haya enfadado tanto?
    – No tiene motivo para estar enfadada con nosotros -respondió Cailin, y le contó la conversación que habían mantenido con la pareja real.
    De pronto se oyó un resonar de trompetas y Casia exclamó con excitación.
    – ¡Oh, los juegos están a punto de empezar! Ayer fui a visitar a mi amiga Mará en Villa Máxima y vi a los gladiadores. Justino Gabras ha alquilado la villa para todo el tiempo que dure su estancia. No está permitida la entrada al público. Dijo que quería que sus gladiadores disfrutaran de lo mejor mientras estuvieran en Constantinopla. Joviano está en la gloria con todos esos guapos jóvenes alrededor, y Focas, según me han dicho, está realmente satisfecho, tan elevado es el precio que Gabras le pagó. Espera a ver el campeón al que llaman el Sajón. Jamás he visto a un hombre más guapo. Castor, Pólux y Apolo palidecen a su lado. ¡Ooooh! -exclamó. -¡Ahí están!
    Los gladiadores entraron en la arena y desfilaron hasta llegar al palco imperial, donde se detuvieron. Con las armas levantadas, saludaron al emperador y a su generoso patrón con una exclamación lanzada al unísono:
    – ¡Los que van a morir te saludan!
    – Ése es el Sajón -indicó Casia señalando al más alto del grupo. -¿No te parece muy apuesto?
    – ¿Cómo puedes saberlo? -bromeó Cailin. -Ese casco con visera prácticamente les oculta las facciones.
    – Es cierto -admitió Casia, -pero tendrás que creerme. Tiene el pelo como el oro y los ojos azules.
    – Muchos sajones son así -observó Cailin.
    Aspar se inclinó hacia ellas y dijo:
    – Los primeros combates se librarán con armas romas, mi amor. De momento no habrá derramamiento de sangre y podrás hacerte una idea de la habilidad que requiere.
    – Me parece que lo preferiré a lo que viene después -respondió Cailin. -¿Todos tienen que luchar hasta que sólo uno de ellos sobreviva?
    – No -respondió él. -Sólo se disputarán seis combates a muerte. Eso es lo que Gabras acordó. Hoy se celebrarán dos, mañana otros dos y otros dos el último día de los juegos. El Sajón, que es el campeón imbuido, peleará hoy y el último día. Su principal rival es un hombre llamado el Huno, que combatirá los tres días. Si sobrevive los dos primeros días, probablemente se enfrentará al Sajón el último día. Será un buen espectáculo.
    – Me parece horrendo que alguien deba morir -insistió Cailin. -Son hombres jóvenes. Va contra las enseñanzas de la Iglesia permitir esta barbaridad, y sin embargo allí están el patriarca y todos sus sacerdotes, en su palco al otro lado del emperador, disfrutando del espectáculo.
    Aspar le cogió una mano.
    – Calla, amor mío, te van a oír -le advirtió. -La muerte forma parte de la vida.
    La batalla había comenzado en la arena. Hombres jóvenes con pequeños escudos y espadas cortas peleaban encarnizadamente. La multitud se entusiasmaba con la exhibición, pero al final empezaron a cansarse.
    – ¡Que venga el Sajón! ¡Que venga el Huno! -gritaba el gentío.
    Luego sonaron las trompetas y los luchadores abandonaron corriendo la arena. Entraron los cuidadores y alisaron el terreno. El silencio envolvió el Hipódromo durante varios minutos. De pronto se abrió la puerta de los Gladiadores y aparecieron dos hombres. La multitud prorrumpió en gritos de excitación.
    – Es el Huno -informó Aspar. -Peleará con un tracio.
    – No lleva armadura -dijo Cailin.
    – No necesita más que hombreras de piel, mi amor. Lucha con red, daga y lanza; los que luchan con red son los gladiadores más peligrosos.
    El tracio, con casco y espinilleras en ambas piernas, llevaba un pequeño escudo y una espada de hoja curva. A Cailin le pareció injusto, hasta que los dos hombres empezaron a pelear. El Huno lanzó su red pero el tracio la esquivó, saltó detrás de su oponente e intentó clavarle el cuchillo. El Huno, se apartó a tiempo y sólo recibió un arañazo. Los hombres pelearon varios minutos mientras la multitud les alentaba a gritos. Por fin, cuando Cailin había empezado a pensar que exageraban la ferocidad de esos combates, el Huno dio un salto y, con un hábil movimiento de la muñeca, extendió su red. El tracio quedó atrapado en la telaraña. Desesperado, intentó cortarla con la espada mientras la multitud gritaba cada vez más fuerte, sedienta de sangre. El Huno clavó su lanza en el suelo, sacó su daga y se lanzó sobre el otro hombre. Fue tan rápido que Cailin ni siquiera estaba segura de haberlo visto, pero el suelo arenoso se manchó de sangre cuando el Huno cortó la garganta a su oponente y luego se alzó victorioso, agradeciendo los vítores de la multitud.
    Era un hombre de estatura media, complexión robusta y completamente calvo salvo por una coleta negra que llevaba sujeta con una trenza de cuero. Dio la vuelta al ruedo con grandes pasos, aceptando lo que consideraba su derecho. Mientras lo hacía salieron cuatro cuidadores y dos de ellos se llevaron a rastras el cuerpo sin vida del tracio por la puerta de la Muerte; los otros dos arrojaron arena nueva sobre la sangre y la alisaron.
    Cailin estaba asombrada.
    – Ha sido tan rápido… -murmuró. -El tracio ni siquiera ha tenido tiempo de gritar.
    – Los gladiadores no suelen ser crueles entre ellos -observó Aspar. -Son amigos o conocidos, pues viven, comen, duermen y fornican juntos. Los combates a muerte hoy en día son raros, y Justino Gabras debe de haber pagado mucho. O quizá estos gladiadores son hombres desesperados a quienes nada importa.
    – Quiero regresar a casa -dijo Cailin con voz suave.
    – ¡Ahora no puedes irte! -exclamó Casia. -El último combate del día está a punto de empezar y es el del campeón. El Huno es un aficionado comparado con el Sajón. Si hay demasiada sangre, no mires, pero tienes que verle sin casco. ¡Es como un dios, te lo aseguro! -dijo Casia entusiasmada.
    Aspar rió y, volviéndose hacia Basilico, dijo:
    – Creo que si estuviera en tu lugar me preocuparía por Casia. Está fascinada por ese gladiador.
    – Es un hombre muy bello -se defendió Casia antes de que el príncipe dijera nada, -pero sé que normalmente los hombres como el Sajón sólo pueden ofrecer un cuerpo y un rostro hermoso. No tienen nada más, ni ingenio ni cultura. Después de disfrutar de un buen revolcón, es agradable quedarse tumbado y charlar, ¿no es cierto, mi señor?
    Basilico asintió en silencio, pero le brillaban los ojos.
    – ¡Oh, mirad! -exclamó Casia. -Ahí están los combatientes. No me gustaría ser el pobre diablo que peleará con el Sajón. Sabe que no tiene ninguna posibilidad.
    – Qué triste para él -dijo Cailin. -Qué terrible ha de ser saber que se está frente a la muerte en este día tan hermoso.
    Casia pareció apesadumbrada pero enseguida se animó y dijo:
    – Bueno, siempre cabe la posibilidad de que tenga suerte y venza al campeón. ¿No sería emocionante? De cualquier modo, será un buen espectáculo, de eso puedes estar segura.
    El Sajón y su oponente iban armados al modo samnita: casco con visera, una gruesa manga en el brazo derecho y una espinillera en la pierna izquierda, un grueso cinturón, escudos largos y espadas cortas. Saludaron al emperador y a su amo y de inmediato empezaron a pelear. A su pesar, Cailin estaba fascinada, pues aquel combate parecía más igualado que el anterior.
    Se oía el entrechocar de las armas y el fragor de la lucha cuerpo a cuerpo. Cailin se dio cuenta de que en realidad el combate no era tan igualado. El riva